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Dos Veces Amada

Lavyrle Spencer

Después de esperar durante un año el regreso de su amado esposo, la joven y encantadora Laura recibe la noticia de que el barco en el que él viajaba ha naufragado con todos sus ocupantes. Dan, el mejor amigo de Rye, se convierte para Laura en el puntal que la ayuda a seguir adelante en los momentos más oscuros y terribles. Acabará siendo un buen padre para su bebé y un amante esposo que logrará conquistar su destrozado corazón. Laura consigue así su segunda oportunidad, sin sospechar que un marinero curtido por el sol volverá a tocar puerto tras cinco años de ausencia: Rye ha vuelto a casa, sano y salvo, dispuesto a recueprar a su esposa y a su hijo. Una historia palpitante e inolvidable que emocionará al lector y le hará vivir momentos de intenso desgarramiento. Una vez más, la autora penetra en la psicología de unos personajes maltratados por el destino, se enfrentarán a disyuntivas de difícil resolución y se verán obligados a navegar en las procelosas aguas de una pasión que sigue viva.

LaVyrle Spencer

Dos Veces Amada

© 1984, LaVyrle Spencer

Título original: Twice Loved

Traducción: Ana Mazía

A las tres personas

que más amo:

mi maravilloso marido, Dan,

y nuestras queridas hijas, Amy y Beth.

Capítulo 1

1837

Habían pasado cinco años, un mes y dos días desde la última vez que Rye Dalton vio a su esposa. En todo ese tiempo, sólo el beso salado del mar tocó sus labios, y sólo sus brazos fríos y mojados lo acariciaron.

Pronto, Laura, pronto.

Estaba de pie sobre la cubierta del ballenero Omega, una goleta de dos mástiles que surcaba el agua entre los bajíos de la bahía de Nantucket, con la bodega repleta de barriles desbordantes de aceite, «sellados y libres de impurezas», colocados de manera que no se perdiese nada de la preciosa carga. La mano que se apoyaba en la baranda de babor parecía de teca, igual que el rostro, en agudo contraste con las cejas espesas y el cabello rebelde, que casi no tenía color, expuesto durante años al sol y a la sal. Ese cabello, que parecía pedir a gritos un buen corte, acentuaba los audaces rasgos ingleses. Unas patillas espesas bajaban casi hasta la barbilla, enfatizando la forma cuadrada y avanzando hacia el hueco debajo del pómulo. Apuesto, con la postura característica del marinero, ansioso y firme a la vez, escrutaba la costa aún lejana.

A poca distancia de los bajíos de Nantucket fueron arriadas las velas del Omega, se soltaron las anclas, y se descolgaron las chalanas que emplearían para descargar. La tripulación subió a los botes, parloteando impaciente, en una cháchara teñida de excitación. Estaban en casa.

La chalana se deslizó por las aguas tranquilas de la bahía de Nantucket, pero era difícil distinguir a la multitud que esperaba la llegada de los marinos en el muelle Straight, mirando a través de las aguas salpicadas por el sol. El sol de primavera arrancaba millones de espejos a la su-perficie del agua, y cada uno de ellos semejaba un diminuto pez resplandeciente, que cegaba los ojos azules del hombre que escudriñaba el embarcadero. No necesitaba verla: sabía que estaría allí, como casi todo el pueblo. Hacía mucho que el vigía de la atalaya había avisado de la llegada del Omega y difundido la noticia; el navio se aproximaba pesadamente: el viaje había tenido éxito.

El reflejo brillante se esfumó, y la muchedumbre apareció a la vista. Mujeres llorosas agitaban sus pañuelos. Viejos lobos de mar, ya retirados, quitándose gorros de lana de las coronillas canosas, saludaban a los balleneros que regresaban, al tiempo que niños con sueños marineros contemplaban la escena con la boca abierta, esperando el día de convertirse en héroes.

La chalana chocó contra los pilotes, y los ojos de Dalton recorrieron la multitud. En pocos minutos, el muelle se convirtió en una confusión de reencuentros felices: novios que se abrazaban, padres con niños a los que acababan de conocer, esposas que se enjugaban lágrimas de felicidad, mientras carricoches y carros tirados por caballos esperaban para trasladar a los recién llegados a sus hogares. Ya tocaban la costa otros botes del Omega, y los estibadores empezaban a descargar los pesados barriles de madera llenos de aceite y grasa de ballena, haciéndolos rodar por la pasarela con un retumbar que parecía un constante trueno lejano. Había carretones tirados por caballos que esperaban para transportar la carga a los almacenes repartidos por la costa.

Por fin, las botas de Rye tocaron la sólida pasarela que ni se agitaba. Cargó al hombro su pesado baúl marinero, metió el chaquetón bajo el brazo y avanzó atravesando la multitud, buscando con mirada ansiosa. Alrededor, todo eran faldas que ondulaban sobre miriñaques de hueso de ballena, y cinturas ceñidas por corsés, también sostenidos por barbas de ballena. Las examinó con la mirada, buscando sólo a una.

Pero Laura Dalton no estaba.

Con el ceño fruncido, recorrió balanceándose todo el largo del muelle Straight, abriéndose camino entre grupos de vecinos del pueblo, con pasos largos y regulares, incluso bajo el peso del baúl. A su paso, las matronas se miraban boquiabiertas, maravilladas. Un par de jovencitas ocultaron la risa tras las manos, y el viejo capitán Silas, con las rodillas cruzadas y la encorvada espalda apoyada en la pared gastada por la intemperie de una choza para carnada, lo saludó con un movimiento de cabeza, y mirando de soslayo al alto y joven tonelero que avanzaba por la acera, dio una chupada a la pipa y refunfuñó:

– ¡Ahá!

Dejando atrás el barullo del embarcadero, Rye pasó ante depósitos que olían a brea, cáñamo y pescado. De las refinerías donde se derretía la grasa para convertirla en aceite de ballena, llegaba esa pestilencia sempiterna, mezclada con volutas del humo gris que brotaba de los calderos.

Pero el esbelto marino casi no advirtió el hedor, y tampoco las miradas inquisitivas que lo espiaban desde las tiendas de lámparas, de sogas y desde la carpintería, mientras recorría a zancadas las calles empedradas, adentrándose en el corazón del pueblo. En la cabecera del muelle, entró en la calle Main, más baja y recta. Ante él, emergiendo del gran puerto, y ascendiendo en suaves cuestas rumbo a la colina Wesco Hills, se extendía la ciudad donde había nacido. ¡Ah, Nantucket, mi Nantucket!

La isla, un afloramiento solitario en el Atlántico Norte, avanzaba unos cincuenta y cinco kilómetros hacia el mar, alejándose de los riscos de barro de Martha's Vineyard hacia el Oeste, y hacia las marismas barridas por el viento de Cape Cod, hacia el Norte. Nantucket, que era conocida como la “Pequeña Dama Gris del Mar”, ese día hacía honor a su nombre, dormida bajo un arco de cielo azul, con sus cabañas plateadas que relucían como piedras preciosas sin pulir bajo el alto sol de primavera. Las calles adoquinadas formaban un fuerte contraste con el verde asombroso de la hierba nueva de primavera que crecía junto a los senderos, que abría paso a retazos más claros de arena y de guijarros, a medMa que se iba tierra adentro. Las brisas saladas barrían los brezales abiertos, cargadas con la fragancia de las ciruelas maduras y de las bayas de arrayán, mientras que, en los jardines, los manzanos florecían en perfumadas explosiones blancas.

Se detuvo para recoger una, llevársela a la nariz y gozar de la delicada fragancia, que era más preciosa aún por ser de la tierra firme y no del mar. Respiró hondo, como si quisiera compensar los cinco años de no haber disfrutado ese placer. Entonces pensó otra vez en Laura, se puso serio, y se encaminó, decidido, en dirección a la casa.

Le bastaron unos minutos para llegar a un raro callejón cubierto de conchillas de un blanco deslumbrante. Tintinearon, aplastadas por sus botas, y Rye alzó más el arcón de marinero al oír ese ruido conocido, el perfume de las flores de manzano, las familiares chozas. Al comprender que, por fin, iba hacia su hogar, una oleada de loca impaciencia le recorrió el cuerpo.

Llegó a una encrucijada en forma de Y, cuya rama izquierda se alejaba hacia Quarter Mile Hill, mientras que la derecha se estrechaba, y subía una suave cuesta donde descansaba una pequeña vivienda típica de la isla, con techo a dos aguas, de una planta y media, con los lados y el tejado recubiertos de tejas de madera plateadas por el viento, la sal y la intemperie hasta adquirir el brillo suave de una perla gris. Hacía décadas que las ventanas guarnecidas de plomo habían sido fundidas para hacer balas, como un sacrificio entregado a la Revolución, pero a cada lado de la puerta resplandecían pequeños paños de vidrio enmarcados de madera, y blancas persianas se abrían como brazos, dejando entrar el día primaveral.

Al los lados del umbral de madera ya había geranios, los preferidos de Laura. Una nueva cerca de siempreverdes bordeaba el lado Oeste de la casa, y una hiedra se acurrucaba contra la pared del hogar. Rye observó, sorprendido, el techo de una vertiente que había sido añadido después de que él se marchara de la casa.

Mientras hacía crujir los últimos metros del sendero cubierto de conchas, en la torre de la iglesia Congregacionista sonó la sirena del mediodía. Sonaba cincuenta y dos veces por día, desde que Rye tenía memoria. En ese momento, llamaba a los ciudadanos de Nantucket a almorzar, pero a él le pareció que la reverberación le estallaba en el corazón, como bienvenida personal al hogar.

A poca distancia de la casa se apartó del sendero, para acercarse sin ruido. La puerta delantera estaba abierta, y el olor a comida le salió al encuentro. Una vez más, una oleada de excitación le sacudió el corazón, y de pronto se alegró de que Laura hubiese decidido esperarlo en la intimidad del hogar, en lugar de hacerlo en el muelle público.

Dejó el arcón junto al camino, se pasó los dedos temblorosos por el cabello descolorido que le caía sobre el rostro como algas, exhaló un suspiro nervioso que le elevó el pecho un instante, y cruzó el umbral.

Miraba al Sur, y llevaba directamente al patio, desde el cuarto en que se guardaban las conservas. Escudriñó en la penumbra, todavía deslumbrado por el fuerte resplandor de afuera. No hizo el menor ruido, aunque le pareció que el corazón le latía tan fuerte que debía de alertar a la mujer de su presencia.

Laura se inclinaba sobre un hogar gigantesco, y llevaba un vestido azul de flores que le llegaba hasta el suelo, y un delantal blanco de tela casera que usaba a modo de agarrador, mientras revolvía el contenido de un caldero de hierro que colgaba de la cabria.

Contempló la parte de atrás de la cabeza con el grueso nudo de cabello del color de la nuez moscada, la espalda esbelta, el contorno insinuado de las caderas bajo el algodón azul. Canturreaba quedamente acompañando el golpeteo de la cuchara contra el caldero.

A Rye se le humedecieron las manos y, al hallar todo tan similar a como estaba cuando lo dejó, se sintió aturdido. La contempló en silencio, regodeándose en la simple familiaridad del regreso al hogar, a esa mujer, a esa casa.

Laura volvió a tapar la olla y se estiró para dejar la cuchara sobre la repisa, mientras que él imaginaba la elevación de los pechos, el color café de sus ojos y la curva de los labios.

Por fin, dio un suave golpe en la puerta abierta.

Sobresaltada, Laura Dalton miró sobre el hombro. La silueta de un hombre alto se recortaba en el vano de la puerta, rodeado por el halo de la luz del mediodía que lo iluminaba desde atrás. Distinguió los hombros anchos, una mata de pelo, un bulto colgando entre la muñeca y la cadera y los pies separados, como para aguantar un viento fuerte.

– ¿Sí?

Se dio la vuelta, secándose en el delantal y llevando una de las manos a los ojos, para protegerlos. Guiñando, se adelantó con pasos inseguros hasta que el borde del vestido quedó iluminado por la luz del sol, entraba hasta el suelo de madera. Se detuvo y vio esos ojos tan conocidos, la piel cobriza, las cejas y el cabello descoloridos… y los labios que besó por primera vez en su vida.

Contuvo una exclamación y se llevó las manos a la boca. Se le dilataron los ojos y se irguió, como golpeada por un rayo.

– ¿R-rye?

Su corazón enloqueció. Se puso pálida, y tuvo la sensación de que el cuarto giraba alrededor, bajo su mirada estupefacta. Por fin, dejó caer las manos y balbuceó, con voz ahogada:

– ¿R-rye?

El recién llegado alcanzó a esbozar una sonrisa trémula, mientras la mujer trataba de comprender lo increíble: ¡ante ella estaba Rye Dalton!

– Laura -pronunció él, ahogándose un poco antes de continuar con tono áspero por la emoción-. Después de cinco años, ¿eso es todo lo que se te ocurre decir?

– ¡R-Rye, Dios mío, estás vivo!

El hombre dejó caer el chaquetón marinero al suelo, dio una zancada, inclinando la cabeza, abrió los brazos y la mujer corrió hacia él, hundiéndose con fuerza en el estrecho abrazo.

«¡Oh, no, oh, no, oh, no!», protestó la mente de Laura, mientras esos brazos que tan bien recordaba la alzaban, apretándola contra una tosca camisa de rayas que olía a mar. Cerró con fuerza los ojos, y luego los abrió mucho, como para aquietar sus sensaciones, que volaban sin control. ¡Pero era Rye! ¡Era Rye! ¡Su abrazo era capaz de romperle las costillas, y su cuerpo, con las piernas muy separadas, se apretaba contra el de ella, las mejillas bronceadas, cálidas y ásperas, desbordaban vida! Sus brazos hicieron lo mismo que miles de veces, antes, lo que ansiaba hacer desde entonces: rodearon los hombros amplios y lo abrazaron, mientras apoyaba la sien sobre las patillas largas y las lágrimas le quemaban los ojos. Entonces, Rye alzó la cabeza. Sus manos callosas y anchas circundaron el rostro de Laura, y la besó con la impaciencia que había crecido en esos cinco años. Esos labios tibios y conocidos, se abatieron sobre los de ella antes de que la razón pudiese intervenir. La lengua voraz buscó y encontró las profundidades de su boca, haciendo que los años se disolvieran en el olvido. Se apretaron con el dulce tormento del reencuentro, sus corazones bailaron una danza violenta, y el abrazo y el beso borraron toda noción del tiempo.

Al fin se separaron, pero Rye no soltó su cara, como si fuese un tesoro valioso, se quedó mirándola a los ojos y murmuró con voz emocionada:

– Ah, Laura, amor.

Fatigado, apoyó su frente en la de ella, cerrando los ojos, regodeándose en la fragancia y la proximidad de la mujer, pasándole las manos por la espalda, como para recordar cada músculo.

Tras un largo momento, Laura levantó la cara de Rye, recorriéndola con los ojos y con las yemas de los dedos, reconociendo las arrugas que habían añadido esos cinco años y que formaban una red en la piel bronceada. Parecía que, después de tantos días de mirar bajo el sol, no sólo se le había desteñido el cabello sino el mismo azul de los ojos.

Con esos ojos la bebió, de pie, a poca distancia. Levantó una de sus grandes palmas, tan duras como las poleas de los aparejos que había manipulado, y la apoyó en la mejilla de Laura, todavía sonrosada por el calor del fuego. La otra palma resbaló desde el hombro a la loma suave del pecho, acariciándola como para asegurarse de que era real, de que, por fin, estaba allí.

La reacción de la mujer fue la misma de siempre: se apretó con más fuerza contra la palma, cerrando un instante los párpados, posando su mano sobre la de él y sintiendo que se le aceleraban los latidos y la respiración. Entonces, cobró conciencia de lo que estaba haciendo y, atrapando la mano del hombre entre las suyas, volvió los labios hacia ellas y las apretó contra su cara, sintiendo que el temor y el alivio creaban una tormenta de emociones en su interior.

– Oh, Rye, Rye -se desesperó-, creímos que habías muerto.

Él puso su mano libre sobre el nudo del cabello que llevaba Laura en la nuca, sintiendo curiosidad por saber hasta dónde le llegaría por la espalda si lo soltaba. La palma áspera se apoderó de las finas hebras que tan bien recordaba, con las que había soñado tantas veces, a solas. La rodeó de nuevo con los brazos, estrechándola contra él, y preguntándole:

– ¿No recibiste ninguna de mis cartas?

– ¿Tus cartas? -repitió ella, aferrándose al sentido común y apartándolo con los codos, saliendo del abrazo aunque era lo que menos deseaba hacer.

– Dejé la primera en la caparazón de tortuga, en la isla Charles.

Encima de cierta roca, en las islas Galápagos, había un gran caparazón blanco de tortuga, que conocían todos los cazadores de ballenas del mundo. No había navio de Nueva Inglaterra que pasara por allí sin detenerse a ver si había cartas para la patria o, si se dirigía al Este, rodeando el cabo de Hornos, para recoger las cartas de los marinos que hubiese y enviarlas a los seres amados en ciudades como Nantucket o New Bedford. Solían pasar meses hasta que llegaran a sus destinatarios, pero la mayoría llegaban.

– ¿No las recibiste?

Rye contempló los ojos castaños de largas pestañas, que lo habían guiado por cientos de tormentas en el mar y de regreso a salvo, por fin a puerto.

Pero ella no hizo más que negar con la cabeza.

– Dejé la primera en el invierno de 1833 -recordó, con ceño preocupado-: Y envié otra por medio de un compañero desde Sag Harbor cuando nos cruzamos en el Stafford, en Filipinas. Y otra desde Portugal. Estoy seguro de que te mandé, por lo menos, tres. ¿No recibiste ninguna de ellas?

Una vez más, Laura se limitó a negar con la cabeza. El mar mojaba, y la tinta era vulnerable. Los viajes, largos, los destinos, inciertos. Existían millones de causas para que esas cartas no hubiesen llegado a destino. No pudieron hacer más que mirarse, perplejos.

– Pe-pero nos llegó la noticia de que el Massachusetts se hundió con… con todos sus tripulantes.

Seria, le tocó la cara para cerciorarse de que no era un fantasma. Entonces vio los pequeños agujeros en la piel: varios en la frente, uno que modificaba apenas la forma del labio superior, y otro que coincidía con la línea de la sonrisa, al lado izquierdo de la boca, dándole un aire de picardía, como si sonriese provocativo aunque no lo hiciera.

«Dios querido -pensó Laura-. Dios querido, ¿cómo puede ser?»

– Perdimos a tres tripulantes a este lado del cabo de Hornos, que saltaron del barco, aterrados ante la idea de afrontar la vuelta al cabo. Así que enfilamos hacia la costa de Chile para conseguir algún contrato de pesca, y nos topamos con una epidemia de viruela. Once días después, supe que yo también la había contraído.

– Pero te inoculaste la vacuna antes de partir.

Le tocó la cicatriz del labio superior.

– Sabes que no es del todo segura.

Por supuesto que no. El método que se usaba en ese momento consistía en dejar secar el pus de las costras insertadas en hilos, y luego se aplicaba el virus a un rasguño en la piel. No siempre impedía la enfermedad pero, de todos modos, la hacía menos severa.

– Como sea, yo fui uno de los infortunados que la pescó. Eso pensé cuando me bajaron del barco, aunque después, cuando supe que el Massachusetts se había hundido con todos sus tripulantes al llegar a las Galápagos… -En sus ojos apareció una expresión torturada, y soltó un hondo suspiro al evocar su roce cercano con la muerte y la pérdida de sus camaradas. Después, volvió con esfuerzo al presente, irguiendo los hombros-. Cuando se pasaron la fiebre y la erupción, tuve que esperar otro barco que necesitara un tonelero. Viajé hasta la isla Charles, sabiendo que todos atracaban allí, y tuve suerte. Llegó el Omega, y yo firmé un contrato para viajar en él, que fue hacia el Pacífico; todo el tiempo creí que mi carta había llegado y que tú sabías que yo seguía vivo.

«¡Oh, Rye, mi amor!, ¿cómo puedo decírtelo?»

Contempló ese rostro bienamado: largo, esbelto, apuesto, y apenas marcado por las cicatrices. Las contó: eran siete, y contuvo las ganas de besar cada una de ellas, comprendiendo que esas cicatrices físicas dejadas por el viaje no eran nada comparadas con las que le dejarían las emociones que lo esperaban.

El cabello grueso tenía el color de las barbas de maíz oscurecidas por el tiempo, y los ojos de Laura recorrieron el contorno de las patillas en forma de L que se proyectaban hacia las mejillas, y luego alzó la vista a las cejas de forma armoniosa, mucho menos rebeldes que el cabello, que siempre parecía peinado por los caprichos del viento, hasta cuando acababa de peinárselo. Lo alisó, «¡ah, por lo menos esta vez…!», incapaz de resistirse a ese ademán familiar, que tantas veces había hecho en el pasado. Y tocándole el cabello, se perdió en sus ojos, esos ojos que la habían perseguido cuando lo creyó muerto. Bastaba con que observara el cielo de pie en el umbral, en un día despejado, para recordar el color de los claros e inquisitivos ojos de Rye Dalton.

Apartó la vista de ellos, martirizada por todo lo que él había sufrido, por lo que aún le quedaba por sufrir, aunque no tenía la culpa.

Antes de su partida, habían sostenido una ardua discusión, y Rye le prometió ir en el ballenero por última vez, para volver con su «apuesta» -su parte de la ganancia-, y lograr así una situación acomodada. Laura le había rogado y suplicado que no fuese, que se quedara a trabajar en la tonelería allí, en Nantucket, con su padre. Las riquezas no le importaban demasiado. Pero él insistió en que haría un viaje más… sólo uno. ¿Acaso no comprendía qué cuantiosa era la parte de un tonelero si llenaban todos los barriles? Laura esperaba que él estuviese ausente unos dos años y, al principio, se hizo a la idea de una ausencia de esa duración. Pero los balleneros de Nantucket ya no podían llenar los barriles cerca de la patria. Todo el mundo necesitaba aceite de ballena, huesos, como le llamaban a las barbas de ballena, y ámbar gris, sustancia cerosa que se usaba para fabricar perfumes; los que buscaban esos productos en alta mar tenían cada vez más dificultades para encontrarlos.

– ¡Pero… cinco años! -gimió.

Rye volvió a cercarle la cara con las manos, y dijo:

– No lamento haberme ido, Laura. ¡El Omega casi se desbordó! ¡Llenó las bodegas! ¡No sabes lo ricos…!

Pero en ese momento interrumpió una voz infantil:

– ¿Mamá?

Laura saltó hacia atrás y se apoyó una mano sobre el corazón, que le martilleaba.

Rye giró sobre sus talones.

En la entrada había un niño rubio, que sólo le llegaba a la cadera. El niño levantó la mirada, turbado, hacia ese extraño alto, y con gesto tímido se metió un dedo en la comisura de la graciosa boca. En el pecho de Rye explotó una catarata de emoción: «¡Jesús, un hijo! ¡Tengo un hijo!”».

Buscó a Laura con mirada inquisitiva, pero ella la eludió.

– ¿Dónde has estado, Josh?

«¡Josh!, -pensó Rye, jubiloso-, ¿abreviatura del nombre de mi padre, Josiah?»

– Esperando a papá.

El pánico la invadió. Se le secó la boca, y las manos se le humedecieron. ¡Tendría que habérselo dicho a Rye de inmediato! Pero, ¿cómo se hacía para decir algo semejante?

El rostro del hombre, iluminado de alegría hacía segundos, pronto perdió la sonrisa cuando miró a su esposa con expresión interrogante. Laura sintió que la sangre se le agolpaba en las mejillas y abrió la boca, dispuesta a decirle la verdad, pero antes de que pudiese hacerlo, unos pasos hicieron crujir el sendero de conchillas y un hombre de complexión cuadrada entró por la puerta. Llevaba un atuendo muy formal: levita de puntas rectas, corbata blanca de lazo, y pantalones de sarga estirados de manera impecable entre sujetadores ocultos y las tiras que pasaban por debajo de los zapatos. Se quitó una lustrosa chistera de castor y la colgó del perchero que estaba junto a la puerta con un movimiento que denotaba hábito. Sólo entonces levantó la vista y vio a Laura y a Rye inmóviles como estatuas, ante él. La mano que se dirigía a la fila de botones de la chaqueta cruzada se detuvo en mitad del movimiento.

Laura tragó saliva. El rostro del hombre que estaba en la entrada palideció de pronto. La mirada de Rye voló desde el atildado sujeto al sombrero de castor que colgaba del perchero, y otra vez al hombre. El silencio era tan espeso que el ruido del estofado hirviendo en la olla pareció tan atronador como el rugir del viento del Noreste.

Un horrible temor atenazó a Rye, un temor mucho más intenso que cualquiera que hubiese experimentado rodeando el cabo de Hornos, en las bocas de dos océanos que se debatían entre sí y amenazaban con destrozar el barco.

Daniel Morgan fue el primero en recuperarse. Se obligó a esbozar una sonrisa de bienvenida, y extendió la mano.

– ¡Rye! ¡Mi buen amigo! ¿Las entrañas del mar te han regurgitado?

– Dan, qué alegría verte -repuso Rye automáticamente, aunque si se confirmaban sus sospechas, sería una mentira a medias-. Lo que pasó fue que no estaba a bordo del Massachusetts cuando se hundió. Me habían dejado en puerto porque contraje viruelas.

Como los dos hombres habían sido amigos íntimos de toda la vida, se estrecharon las manos y se palmearon los hombros, y aunque los gestos fueron sinceros, no ayudaron mucho a despejar la tensión del ambiente. Ninguno de ellos sabía bien cuál era la situación.

– ¿Salvado por… la viruela? -dijo Dan.

La ironía los hizo reír cuando se separaron. Pero la risa derivó en un silencio incómodo y ambos miraron a Laura, que pasaba la vista de uno a otro, posándose al fin en Josh, que los observaba a los tres confundido.

– Ve al fondo a lavarte las manos y la cara para cenar -le ordenó con suavidad.

– Pero, mamá…

– No discutas. Ve.

Le dio un gentil empellón y el chico desapareció por la puerta trasera, seguido por los ojos claros del hombre de mar.

La tensión era palpable como el velo de niebla que cubría Nantucket uno de cada cuatro días. Rye observó el lugar y vio que la mesa de caballete estaba puesta… para tres. En una mesa de fina confección, de madera de cerezo, había un humidificador, ese recipiente para guardar cigarros y, al lado, una silla tapizada de respaldo alto, con un taburete bajo haciendo juego. Ya no estaba la cama que ocupaba el cuarto cuando él se marchó. En su lugar había un camastro de una plaza colocado sobre un arcón; en el frente, unas puertas plegables, ahora abiertas, mostraban soldados tallados en madera sobre el cubrecama: sin duda, la cama del niño. A continuación, desplazó la mirada hacia la nueva abertura hecha en la pared, a la izquierda del hogar. Llevaba a una habitación donde se veía un extremo de la conocida cama de matrimonio.

Rye Dalton tragó con dificultad.

– ¿Has venido a almorzar con Laura? -le preguntó al amigo.

– Sí, yo… -Le tocó a Dan tragar saliva, y no supo dónde poner las manos.

Los dos apelaron en silencio a la mujer, que tenía los dedos apretados ante sí. En la habitación había la misma nube ominosa que presagia el anuncio de la muerte de alguien, pese a que, en este caso, se debía al anuncio de que Rye Dalton estaba vivo.

Laura, con voz ahogada y las mejillas ardiendo, se frotaba las palmas:

– Rye, nosotros… nosotros creímos que estabas muerto.

– ¿Nosotros?

– Dan y yo.

– Dan y tú -repitió sin expresión.

Laura buscó con la mirada la ayuda de Dan, pero él estaba tan mudo como ella.

– ¿Y? -espetó Rye, mirando de uno a otro, sintiendo que su pánico crecía a cada minuto que pasaba.

– Oh, Rye. -Laura tendió hacia él una mano implorante, y dio la impresión de que las líneas de su rostro se desfiguraban de compasión-. Se refirieron a todos los tripulantes. ¿Cómo podíamos saberlo? Nunca se encontró el cuaderno de bitácora.

Por fin, Dan sugirió en voz baja:

– Creo que será mejor que nos sentemos.

Pero, como hombre de mar, Rye Dalton estaba acostumbrado a enfrentarse a las calamidades de pie. Encaró a los dos y los desafió:

– ¿Es lo que parece?

Su vista describió un arco alrededor de la habitación, abarcando todas las señales de la presencia de Dan con esa sola mirada, y se posó sobre su esposa. Laura tenía los labios abiertos y trémulos, y las manos tan apretadas entre sí que los nudillos se le pusieron blancos. Los ojos castaños brillaban de lágrimas contenidas, y tenía una expresión de hondo remordimiento.

Admitió, en voz queda:

– Sí, Rye, así es. Dan y yo nos hemos casado.

Rye Dalton gimió y se dejó caer en una silla, ocultando el rostro entre las manos.

– Oh, Dios mío.

Laura pudo contenerse a duras penas de ir hacia él, arrodillarse y consolarlo, porque sentía su misma angustia. Quiso gritar:

– ¡Lo siento, Rye, lo siento!

Pero también estaba Dan. Dan, el mejor amigo de Rye. Dan, al que también ella amaba, que la había cuidado en la peor época de su vida; que la reconfortó cuando supo la noticia de la muerte de Rye; que se mostró mucho más fuerte que ella ante la pérdida común; que la alegró durante su embarazo y le dio ganas de seguir adelante; que se convirtió en su mano derecha cada vez que necesitaba la fuerza de un hombre para todas las tareas que, como mujer embarazada, no podía hacer; que había llegado a amar al hijo de Rye Dalton como si fuese suyo, que había adoptado a Josh cuando desposó a Laura.

Josh entró con ímpetu, la cara reluciente, su pelo formando una cresta de gallo en la coronilla. Corrió sin dudar hacia Dan, le abrazó las piernas y alzó la vista hacia su cara con una sonrisa angelical, que desgarró el corazón de Rye Dalton.

– Mamá ha hecho tu plato preferido… adivina cuál es.

Rye vio cómo Dan Morgan revolvía el pelo del niño y luego alisaba la cresta que inmediatamente se erguía de nuevo.

– Durante la cena vamos a jugar a las adivinanzas, hijo -le dijo, sin pensarlo.

Al darse cuenta se sonrojó y levantó la vista para encontrarse con la expresión dolorida de Rye.

Los ojos azul claro se posaron en el niño… «¿Cuántos años tendrá? -se preguntó, desesperado-. ¿Cuatro, cinco?». No pudo deducirlo.

Fue levantando poco a poco los hombros caídos y alzó la mirada hacia Laura, preguntándoselo sin hablar. Pero el niño estaba presente, y Rye entendió que no podía contestarle delante de él. Miró otra vez al chico, especulando: «¿Será mío o de Dan?»

La tensión aumentó, y Laura se sintió como si fuese la cuerda de un tironeo entre dos bandos en lucha. Le daba vueltas la cabeza y tenía náuseas; se sentía alienada, como si esa tragedia le estuviese sucediendo a otra persona. Pero recuperó cierto sentido del decoro, y obligó a sus labios a decir:

– Será un placer que te quedes a comer, Rye.

Hasta a ella le sonó extraño invitar a comer al propio dueño de la mesa.

Rye Dalton la oyó pronunciar la invitación, y contuvo una carcajada atormentada que estuvo a punto de escapársele. Durante cinco años había navegado por los mares, comiendo los insulsos bizcochos de a bordo, el intragable estofado, y pescado salado, mientras saboreaba por anticipado su primera comida en el hogar. Y ahora, estaba allí: le llegaba a las narices el aroma de la comida con la que había soñado. Sin embargo, no podía, de ninguna manera, sentarse y compartirla con Laura y con su… su otro marido.

Giró sobre sus pies: de repente tuvo prisa por irse y rumiar sus pensamientos. El niño seguía mirando, cosa que hacía imposible preguntar.

– Gracias, Laura, pero todavía no he visto a mis padres. Creo que iré a saludarlos.

Sus padres debían saber la verdad.

Laura sintió que el corazón se le caía hasta el fondo del estómago. Ella y Dan intercambiaron una mirada cargada de mensajes secretos, en la que la mujer le suplicaba que comprendiese.

– Te acompañaré unos metros por el sendero, Rye -le propuso.

– No… no, no hace falta. Recuerdo bien el camino.

Dan se apresuró a intervenir.

– Ve con él, Laura. Yo serviré la comida para Josh y para mí.

La tensión aumentaba mientras Rye decidía si hacerle a Laura el gesto de que pasara antes que él o insistía en que no hacía falta que lo acompañara.

Josh alzó el rostro hacia Dan, y le preguntó:

– ¿Ese hombre va a salir a caminar con mamá?

– Sí, pero mamá volverá pronto -respondió Dan.

– ¿Quién es? -preguntó, con toda inocencia.

– Se llama Rye, y es amigo mío desde hace muchos años… y también lo es de tu madre.

El niño examinó al alto y robusto desconocido, con sus ropas blanqueadas por la sal, con el cabello desteñido por el sol, que tenía las botas impregnadas de aceite de ballena y que hablaba de forma cortada, diferente de la de ellos.

– ¿Rye? -repitió el niño-. ¡Qué nombre tan raro! [1]

La precocidad del niño hizo sonreír a Rye, y observó cada peca, cada gesto, cada expresión, mientras seguía preguntándose si sería su hijo.

– Sí, es raro, ¿verdad? Lo que pasa es que el apellido de soltera de mi madre es Ryerson.

– Yo tengo un amigo que se llama Jimmy Ryerson.

«Si eres mi hijo, ese es tu primo», pensó el hombre, mientras la mirada de sus ojos azules se posaba en Laura. Una vez más tuvo que demorar la respuesta, y vio que la madre se apoyaba en una rodilla para hablarle al niño.

– Tú y… y papá podéis empezar. No tardaré más que un minuto.

Al percibir su propia vacilación al pronunciar la palabra papá, se sintió culpable, confundida e incómoda. «¡Querido Señor, qué he hecho!». Con el rabillo del ojo, vio que Rye se inclinaba para recoger su chaquetón marinero del suelo y luego se incorporaba y la aguardaba.

Viendo salir primero a Laura y a Rye tras ella, Dan se quedó mirando sus espaldas con una expresión tensa y los labios apretados. Recordó cuando eran niños, cuando los tres corrían juntos por las dunas, descalzos y despreocupados. Transportada por ese recuerdo, le llegó su propia voz, quebrándose en un agudo falsete:

– Eh, Laura, ¿quieres venir conmigo a ver si las fresas silvestres están maduras?

Y Laura, que le gritaba a Rye, que se alejaba:

– Eh, Rye, ¿quieres venir con nosotros?

Rye, mirando sobre el hombro, sin dejar de caminar:

– No, prefiero ir a Altar Rock, a ver los balleneros.

Luego, otra vez Laura, eligiendo como siempre lo hacía:

– Me voy con Rye. De todos modos, es probable que las fresas todavía no estén maduras.

Y Dan, que los seguía con las manos en los bolsillos, deseoso de que, al menos una vez, lo siguiera a él como seguía a Rye.

Fuera, Rye levantó otra vez el arcón y se lo puso sobre el hombro para avanzar por el sendero cubierto de conchillas, con Laura a su lado, los dos cuidando de mantener la vista al frente. Pero la mujer veía los puños de la camisa endurecidos por la sal, y él, las faldas bordadas con ramilletes. Tuvieron la sensación de que había pasado una eternidad hasta llegar a una distancia de la casa lejos del alcance de oídos ajenos, y que Rye preguntase:

– ¿Josh es mi hijo?

– Sí.

Laura sintió una oleada de júbilo al poder decírselo, al fin, aunque se amontonasen las incertidumbres sobre esa pasajera alegría.

Los pies de Rye se inmovilizaron. El arcón se le resbaló del hombro y cayó con un crujido sobre las conchillas. Habían llegado a la encrucijada del camino. A la izquierda, había un huerto de manzanos repletos de flores. Macizos de flores violáceas de azafrán se mecían al sol. Abajo, la bahía chispeaba, esplendorosa y azul como los ojos que buscaron y sostuvieron la mirada de la mujer.

– ¿En serio, es mío? -preguntó, incrédulo.

– Sí, de verdad es tuyo -murmuró, con sonrisa trémula que daba a su rostro una breve serenidad, al tiempo que observaba las reacciones que desfilaban por el semblante de Rye.

De repente se dejó caer hacia atrás, sentado sobre el baúl, respirando hondo como si se recuperase de un golpe que le había quitado el aliento.

– Mío -repetía mirando el suelo y luego, los ojos castaños rientes-. Mío -como si aún no pudiese creerlo.

Le tomó la mano, y Laura ya no pudo rechazarlo: ese era el lugar correcto donde debía estar su mano en ese momento. Del mismo modo, tampoco podía cambiar las mareas irreversibles del destino que los habían llevado a esa situación. La mano ancha y tostada, envolvió la suya, mucho más pequeña y ligera, y la atrajo hacia sí, contra la unión de sus muslos, apoyándole las manos en las caderas mientras la contemplaba con los ojos desbordantes de emociones. Con una leve presión en la cintura, la acercó todavía más, hasta que las rodillas de Laura tocaron la unión de sus piernas, y lanzó un gemido quedo, apretando la cara contra la cintura de la mujer.

– Oh, Laura…

Por encima pasaron unas gaviotas chillando, pero ella no las vio porque tenía los párpados cerrados para no ver el áspero cabello claro debajo de sus pechos, toda la parte superior de la cabeza que tanto ansiaba ceñir con fuerza contra sí.

– Rye, por favor…

La mirada dolorida del hombre se alzó hacia ella.

– ¿Cuánto tiempo hace que te casaste con él?

– En julio va a hacer cuatro años.

– Cuatro años. -Por su mente pasó una sucesión de imágenes no deseadas donde Laura y Dan compartían inevitables intimidades-. Cuatro años -repitió desalentado, con la vista fija en el borde de su falda-. ¿Cómo pudo pasar algo así? ¡Cómo! -Encolerizado, se puso de pie dándole la espalda, sintiéndose impotente y frustrado-. ¿Y Josh… no lo sabe?

– No.

– ¿Nunca le hablaste de mí?

Se volvió otra vez hacia ella.

– Nosotros… no se lo ocultamos deliberadamente, Rye. Es que… bueno, Dan ha estado con nosotros desde que él nació, desde antes de que naciera. Llegó a quererlo como a un… un padre.

– Quiero que lo sepa, Laura. ¡Y te quiero a ti de vuelta, y que los tres vivamos en esa casa, como debe ser!

– Ya lo sé, pero dame tiempo, por favor. -Tenía el rostro surcado de líneas, y se le quebró la voz-. Esto es… bueno, es demasiado repentino para nosotros.

– ¿Tiempo? ¿Cuánto tiempo?

Se puso serio.

La mirada de Laura se enfrentó con la suya, preguntando qué era lo que querría. Pero al ver la intensidad de esa mirada, su decisión, bajó la vista, la clavó en el pecho de él y no supo qué responder.

– He estado esperando este día durante cinco años, y me pides que te dé tiempo. ¿Hasta cuándo tengo que seguir esperando?

Se acercó a ella.

– No lo… no tendríamos que… -Parpadeando, apartó la vista de sus labios-. Yo… por favor, Rye -tartamudeó.

– ¿Por favor, Rye, dices? -Con los ojos clavados en la boca de la mujer, la tomó del codo-. Por favor, ¿qué?

– Nosotros… aquí pueden vernos.

Pero tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes, y por sus labios entreabiertos el aliento salía rápido.

– ¿Y qué? Eres mi esposa.

– No te he acompañado hasta aquí para esto.

– Yo sí. -La voz se le había enronquecido, y le tiraba del codo. Echó un vistazo a la cima de la colina para asegurarse de que no los verían desde la casa-. Han pasado cinco años, Laura. ¡Dios mío!, ¿sabes cómo he pensado en ti? ¿Cómo te eché de menos? Y lo único que obtengo es un simple beso, cuando lo que yo quiero es mucho más. -Sus ojos eran como una caricia azul; la voz, una áspera tentación-. Quisiera poseerte aquí mismo, bajo los manzanos, y que el mundo se vaya al infierno y Dan Morgan junto a él. Ven aquí.

Apretó los dedos. Cuando la acercó más y más hacia sí, borrando el espacio entre ellos, el corazón de Laura saltó enloquecido, mientras los ojos azules devoraban los rasgos de su cara y la mano grande encontraba la curva de la cintura. La apretó contra él, y aunque los codos plegados de la mujer se interponían entre los dos, en cuanto las caderas se tocaron supo que Rye había florecido tan plenamente como los manzanos. El beso fue húmedo y voraz, una invasión completa de su boca, diciéndole, sin lugar a dudas, que bastaba con su aceptación para que invadiera también el resto de su persona.

Gimió dentro de la boca abierta de Laura, y su lengua bailoteó, lujuriosa, sobre la de ella, percibiendo con los dedos el sol atrapado en el abundante cabello castaño, cuidando de no desordenarlo, aunque nada le hubiese gustado más que soltarlo y verlo caer en abanico sobre la hierba, mientras él la poseía como soñaba hacerlo desde hacía tanto tiempo.

Su mano bajó por el cuello hasta los omóplatos, la espalda, las costillas… hasta que se topó con el severo límite hecho con la misma sustancia que lo había empujado a alta mar y a perderla: ¡barbas de ballena!

– ¡Malditos sean todos los balleneros! -exclamó con vehemencia, apartando su boca de la de Laura y examinando el armazón del corsé con los dedos.

Empezaba debajo de los omóplatos y se extendía hasta la zona lumbar de la columna, y lo siguió a través de la tela azul del vestido, azotando con su aliento la oreja de la mujer.

Esta no pudo contener una sonrisa.

– En este preciso momento, doy gracias a Dios por los balleneros -afirmó temblorosa, retrocediendo.

– ¿Laura?

Era la primera admisión que hacía de su deseo por él. Pero cuando Rye le levantó la barbilla para darle otro beso, no se lo permitió:

– ¡Detente, Rye! Podría pasar alguien.

– Y vería a un hombre besando a su esposa. Vuelve aquí, que todavía no he terminado.

Pero ella volvió a eludirlo.

– No, Rye. Tienes que entender que esto debe acabar hasta que esta espantosa situación se aclare.

– La situación es clara: tú te casaste conmigo primero.

– Pero ya no.

Por difícil que fuese decirlo, tenía que aclararlo, pues no quería lastimar a Dan.

La erección abandonó el cuerpo de Rye con una velocidad que lo sorprendió.

– ¿Eso significa que tienes intenciones de quedarte con él?

– Por el momento. Hasta que tengamos ocasión de conversar, de…

– ¡Eres mi esposa! -Cerró los puños-. ¡No aceptaré que vivas con otro hombre!

– En esto, mi opinión vale tanto como la tuya, Rye, y no pienso… no pienso abandonar a Dan en un arranque emotivo. Hay que tener en cuenta a Josh, y… y… -Frustrada, se restregó las manos y empezó a pasearse agitada, hasta que al fin giró sobre los talones y lo miró-. Durante más de cinco años, creímos que estabas muerto. No es lógico que pretendas que, en una hora, nos adaptemos al hecho de que no lo estás.

La mandíbula de Rye parecía hecha de teca, y contemplaba la bahía de Nantucket con expresión seria.

– Si vas a quedarte con él -dijo en tono helado-, avísame, pues… ¡por Dios, no pienso quedarme a verlo! Me iré en el próximo barco ballenero que salga del puerto.

– Yo no he dicho eso. Te he pedido algún tiempo. ¿Me lo darás?

Volvió otra vez los ojos a ella, pero le exigía un esfuerzo tremendo estar tan cerca de Laura y no abrazarla… besarla… y más. Hizo un brusco gesto de asentimiento, típico de los nativos de la región, y después, miró de nuevo hacia la bahía.

Llegó flotando hasta ellos el sonido solitario de una boya sonora, desde los bancos de arena ocultos de los bajíos. El eterno ruido del océano rompiendo contra la costa formaba una música de fondo que ninguno de los dos escuchó, pues toda su vida había estado acompañada por ese sonido. Los gritos de las gaviotas y el golpear de los martillos desde los astilleros que había más abajo formaban parte de la orquesta de la isla, que se percibía de manera inconsciente, del mismo modo que el olor de los brezales y las marismas, y el aire húmedo y salado.

– ¿Rye?

Hostil, se negó a mirarla.

Laura le apoyó la mano en el brazo, y sintió cómo los músculos se tensaban al contacto.

– He venido contigo hasta aquí porque quería hablarte antes de que bajaras la colina.

Siguió sin mirarla.

– Me temo que tengo… malas noticias.

Le lanzó una mirada repentina, y se volvió otra vez.

– ¿Malas noticias? -repitió, irónico, para luego soltar una carcajada carente de alegría-. ¿Qué podría ser peor que las malas nuevas que ya he recibido?

«¡Rye, Rye! -clamó el corazón de Laura-, no mereces encontrarte con tanto sufrimiento a tu regreso».

– Has dicho que ibas a ver a tus padres, y yo… me pareció que, antes de llegar a su casa…

Rye empezó a girar la cabeza y, como si ya hubiese adivinado, los hombros comenzaron a ponérsele rígidos. Laura le apretó el brazo con la mano.

– Tu madre… no está en tu hogar, Rye.

– ¿Que no está en casa?

Y aunque se dio cuenta de que él ya lo sabía, las palabras no pasaban por su garganta.

– Está allá abajo, en Quaker Road.

– ¿Qua… Quaker Road?

Dirigió la vista hacia allá, y la volvió a ella.

– Sí. -Los ojos de Laura se llenaron de lágrimas, y se le estremeció el corazón por tener que someterlo a otro golpe emocional.

– Murió hace dos años. Tu padre la sepultó en el cementerio cuáquero.

Sintió que por el cuerpo del hombre pasaba un temblor. Rye giró con brusquedad, metió con fuerza las manos en los bolsillos, enderezó los hombros y procuró mantener el control. A través de un velo de lágrimas, Laura vio que, en la nuca, el clarísimo cabello de Rye sobrepasaba el cuello de la camisa; entonces él alzó la cara al cielo azul y de su garganta brotó un solo sollozo estrangulado.

– ¿Queda algo como estaba antes… de que yo me marchara?

La compasión la desgarró. Se le atravesó en la garganta, y de pronto, sintió una necesidad urgente de suavizar el dolor, de consolarlo. Se acercó a él y le apoyó la mano en el valle que se formaba entre los omóplatos. El contacto le provocó otro sollozo, y luego otro.

– ¡Maldita sea la pesca de ballenas! -gritó Rye al cielo.

Laura sintió que la espalda ancha temblaba, y los sonidos de la desesperación del hombre la angustiaron. «Sí, maldita pesca», pensó. Era un capataz riguroso, que no otorgaba demasiado valor a la vida, al amor o a la felicidad. Al ballenero se le exigía sacrificarlos para conseguir aceite, hueso y ámbar gris. Los veleros asolaban los siete mares durante años seguidos, llenando lentamente los barriles, mientras en tierra firme morían madres, nacían hijos y las amadas impacientes se casaban con otros.

Pero, por las noches, los hogares tenían luz. Y las señoras se perfumaban con las esencias destiladas del ámbar gris. Y procuraban convencerse de que los corsés de ballenas podían custodiar con eficacia la virtud, porque, al otro lado del Atlántico, una reina de espalda rígida impuso el recato que se extendía en oleadas, como una peste.

Lo inhumano de la situación la abrumó, y sin poder apartarse más de Rye, le rodeó con sus brazos y lo ciñó con fuerza, apoyando la frente contra la parte baja de la espalda.

– Rye querido, lo siento mucho.

Cuando el llanto pasó, él sólo hizo una pregunta:

– ¿Cuándo volveré a verte?

Pero ella no tenía respuesta que aliviase su desdicha.

El viento primaveral, indiferente a las penas humanas, perfumado de sal y de flores, le agitó el cabello, y luego se deslizó otra vez para secar el calafateado de otro ballenero más que estaba siendo puesto a punto para partir, y para llevarse el humo de los talleres que traían la prosperidad, y a veces el dolor, a la isla de Nantucket.

Capítulo 2

La caza de ballenas era el telar que entretejía la urdimbre del mar y la trama de la tierra, creando el tapiz llamado Nantucket. No quedaba isleño al que no afectase; más aún, la mayoría se ganaban la vida con ella, fuese de manera directa o indirecta, y así era desde finales del siglo diecisiete, cuando el patrón de una balandra llevó a Nantucket el primer esperma de ballena.

La isla en sí misma parecía destinada por la naturaleza a convertirse en sede de la caza de ballenas, nueva potencia económica de la América colonial, pues estaba ubicada cerca de las rutas originales de migración de esos mamíferos, y su forma de costilla de cerdo constituía una zona de anclaje natural, ideal para aprovechar como embarcadero, sin necesidad de modificar nada. Como consecuencia, la ciudad se extendía contorneando la costa de Great Harbor, y parecía salir del borde mismo del mar.

La búsqueda de esperma de ballenas se había convertido no sólo en la industria de Nantucket, sino en una tradición que se transmitía de generación en generación. Los hijos de capitanes se convertían en capitanes; el fabricante de velas le pasaba el oficio a su hijo; los que confeccionaban aparejos enseñaban a sus descendientes el arte de empalmar las líneas que mantenían tirantes las velas; los carpinteros tomaban a sus vastagos como aprendices en el oficio de reparación de naves; los talladores de barcos enseñaban a sus hijos a tallar mascarones de proa, que se consideraban amuletos de buena suerte para que las embarcaciones volviesen indemnes a puerto; con frecuencia, los herreros navales retirados despedían a sus herederos, que ocupaban su lugar junto al yunque y el martillo a bordo de un ballenero que zarpaba.

Los barriles se hacían en la costa, y luego se desmantelaban, se cargaban en los barcos y se armaban cuando eran necesarios, o sea cuando se capturaban las ballenas. Por lo tanto, los toneleros tenían la ventaja de ejercer su oficio tanto en tierra como a bordo de un ballenero, de poder elegir el riesgo de un viaje, con la posibilidad de altas ganancias, pues el porcentaje del tonelero -su parte-, sólo era precedido en cuantía por el del capitán, y el primer y segundo contramaestres.

En sus tiempos, Josiah Dalton habían ganado tres partes sustanciales, pero también había soportado las penurias de tres viajes, de modo que, en el presente, modelaba los barriles con los pies bien plantados en tierra firme.

Tenía la espalda encorvada por años de estar a horcajadas en el banco de carpintero, y de empuñar la pesada cuchilla de acero para desbastar. Gruesas venas azules le surcaban las manos, que estaban torcidas de tanto sujetar la herramienta de doble mango. El torso parecía forjado en hierro, y era tan musculoso que no guardaba proporción con las caderas, dándole el aspecto de un simio cuando estaba de pie.

Pero tenía un rostro gentil, atravesado por líneas que recordaban la veta de la madera que trabajaba. La mejilla izquierda estaba siempre curvada en una sonrisa, para dar cobijo a la pipa de brezo que jamás faltaba de entre sus dientes. El ojo izquierdo lucía un guiño perenne, y daba la impresión de haber quedado teñido del humo azul grisáceo que siempre se elevaba ante él, como si a lo largo de los años hubiese absorbido, de cierto modo, las fragantes volutas. El cabello crespo que coronaba su cabeza era gris, y tan rizado como los rizos de madera que caían desde la cuchilla.

Rye se detuvo en el portón de la tonelería, espiando, y dedicó un minuto a absorber lo que veía, lo que oía, lo que olía, todo aquello de lo que había sido apartado. Hileras de barriles alineados contra las paredes… barriles de cintura redonda, grandes toneles de flancos planos, y algún que otro barril ovalado, de los que no rodaban con el balanceo del barco. Barriles a medio hacer semejaban pétalos de margaritas en sus aros, mientras las duelas del próximo barril se remojaban en un tanque de agua. Cuchillas de desbastar colgaban en orden en una de las paredes, y debajo, como siempre, estaba la piedra de amolar. La ruñadera -cuchilla plana, que servía para hacer muescas en cada extremo de la duela-, azuelas de hojas curvas y los cepillos de ensambladuras estaban bien lejos del suelo húmedo, tal como Josiah le había enseñado siempre que debían estar.

Josiah: ahí estaba… con una oleada de rizos nuevos cubriéndole la bota, que apretaba el pedal del banco de trabajo, atornillando una duela en su lugar a medida que le daba forma.

«Ha envejecido mucho», pensó Rye, apesadumbrado. Cuando una sombra atravesó la entrada de la tonelería, Josiah alzó la vista. Levantó con parsimonia la mano venosa para quitarse la pipa de la boca. Con más lentitud aún, pasó la pierna sobre el asiento del banco de trabajo, y se puso de pie. Lágrimas delatoras le iluminaron los ojos al ver a su hijo, alto y esbelto, en el vano del portón.

Se olvidaron de los miles de saludos que se habían prometido a sí mismos si volvían a verse con vida, hasta que Josiah rompió el silencio con el comentario más banal:

– Estás en casa.

La voz le temblaba de manera peligrosa.

– Sí.

La del hijo era peligrosamente ronca.

– Oí decir que llegaste a bordo del Omega.

El hijo asintió. Se quedaron en silencio, el viejo, bebiéndose la imagen del más joven, y este, la escena familiar que se presentaba ante sus ojos y que a veces dudó de volver a ver. Las emociones propias de semejantes reencuentros los paralizaron a los dos un momento, como si estuviesen pegados al suelo de tierra, hasta que, al fin, Rye se movió, avanzando a grandes pasos hacia su padre, con los brazos abiertos. El abrazo fue firme, fuerte, aplastante, porque los brazos de Rye también habían tenido su entrenamiento en el manejo de la cuchilla. Palmeándose las espaldas, se separaron sonrientes, ojos azules que se miraban en otros, más azules todavía, sin poder hablar.

Una vieja perra amarilla de hocico entrecano cerró la brecha, levantándose y abalanzándose, meneando la cola en gozosa bienvenida.

– ¡Ship! -exclamó Rye, apoyando una rodilla para rascar con cariño la cara de la perra-. ¿Qué haces aquí?

«¡Ah, qué cuadro! -pensó el padre-. Ver otra vez la cabeza del muchacho inclinada sobre la perra».

– Al parecer, ella sabía que, si regresabas, vendrías aquí. Abandonó la casa de la colina, y no había quién pudiese convencerla de quedarse sin ti. Estuvo esperándote estos cinco años.

Rye bajó la cara, puso una mano a cada lado de la cabeza de la perra, y la vieja Labrador se retorció todo lo que pudo, pasando la lengua rosada por la barbilla de Rye, haciéndolo reír y retroceder, aunque luego cambió de idea y se adelantó para recibir un par de lengüetazos húmedos más.

Había tenido a la perra desde niño, cuando la Labrador amarilla fue hallada nadando hacia la costa, desde un barco hundido a cierta distancia de los bajíos. Como no tenía dueño, el pequeño Rye Dalton se la apropió de inmediato, y la bautizó Shipwreck, «Barco Hundido».

Al hallar a la vieja Ship esperándolo, lloriqueando en leal bienvenida, Rye pensó: «Por fin alguien que está como siempre».

El viejo clavó los dientes en la pipa, contemplando a Rye y a la perra, dichoso ante el regreso del hijo, pero apenado de que no estuviese Martha para compartir ese momento.

– Así que, a fin de cuentas, la vieja arpía no te atrapó -comentó Josiah, cáustico, conteniendo unas risas guturales para ocultar emociones demasiado profundas que resistirían cualquier otra forma de disimulo.

– No. -Rye alzó la vista, sin dejar de rascar las orejas de la perra-. Hizo todo lo que pudo, pero me desembarcaron justo antes del hundimiento, porque me había contagiado de viruelas.

La pipa apuntó al rostro del joven.

– Ya veo. ¿Fue muy grave?

– Lo bastante para salvarme la vida.

– Ahá -refunfuñó Josiah, examinándolo con su guiño. Rye se puso de pie y, con los brazos en jarras, contempló la tonelería.

– Ha habido ciertos cambios por aquí -afirmó, solemne.

– Sí, bastantes.

Las miradas se encontraron, entristecidas por las malas pasadas que les habían jugado a ambos esos cinco años.

– Podríamos decir que cada uno de nosotros perdió una mujer -dijo el más joven, con gravedad.

El animal le dio un empellón en la rodilla, pero él no lo advirtió, la vista clavada en los ojos del padre, notando las nuevas líneas que los rodeaban y ese brillo que amenazaba con lágrimas.

– Así que ya te has enterado.

Josiah observó la pipa, frotando el cuenco tibio con el pulgar, como si fuese el mentón de una mujer.

– Sí -fue la serena respuesta.

La perra retrocedió y se apoyó contra la cadera de Rye, empujándolo un poco para hacerlo perder el equilibrio, pero tampoco esta vez lo advirtió. Distraído, la mano buscó la cabeza dorada, y se movió sobre ella mientras miraba cómo su padre frotaba la cazoleta de la pipa de brezo.

– Sin ella aquí, no será lo mismo ir arriba.

– Bueno, tuvo una buena vida, aunque se murió triste pensando que el mar te había tragado. Creo que nunca se recuperó de la noticia y, sin embargo, sospecho que adivinó que estabas a salvo mucho antes que yo -dijo Josiah, mirando a su hijo con sonrisa triste.

– ¿Cómo murió?

– El abatimiento la derrotó… el frío y el abatimiento. Pilló una fiebre pulmonar, y se me fue en tres días, ardiendo y temblando al mismo tiempo. Eso no podía ser. Estábamos en primavera, y ya sabes lo gris que puede ser la Dama Gris en marzo -dijo.

Pero habló sin rencor, pues un nativo de la isla conoce el temperamento brumoso y lo acepta como parte de la vida… y también de la muerte.

– Sí, es capaz de comportarse como una zorra perversa -coincidió Rye.

El viejo suspiró, y dio al hijo una palmada en el hombro.

– Ah, bueno, me he habituado a vivir sin tu madre, hasta donde es posible acostumbrarse a ello. Pero tú…

Dejó el pensamiento en suspenso, mientras observaba al joven con aire interrogante.

Rye miró por la ventana.

– Entonces, ¿ya has estado en la colina? -preguntó el padre.

– Sí.

Un músculo se puso tenso y la boca generosa de Rye se endureció, pero luego, al encontrarse con la mirada inquisitiva de su padre, se volvió a relajar.

– Yo he perdido sólo a una mujer, pero tú perdiste dos.

La boca volvió a ponerse tirante, pero esta vez expresando decisión.

– Por el momento. Aunque estoy dispuesto a reducir ese tiempo a la mitad.

– Pero está casada con ese tipo.

– ¡Creyéndome muerto!

– Sí, como todos nosotros, muchacho.

– Pero no lo estoy, y pelearé por ella hasta que lo esté.

– ¿Y qué dice ella al respecto?

Rye evocó el beso de Laura, seguido por la prudente retirada.

– Creo que todavía está conmocionada por haberme visto entrar en la casa de ese modo. Tengo la impresión de que, por un momento, me creyó un fantasma. -Con un gesto obstinado de la barbilla, se volvió otra vez hacia el padre-. ¡Pero, por Dios que le demostré que no lo soy!

Josiah rió sin ruido, asintiendo y vio que, bajo el bronceado, su hijo se ruborizaba un poco.

– Sí, muchacho, apuesto cualquier cosa a que eso hiciste. Pero veo que has traído tu arcón aquí, y lo has dejado en el suelo como si esperaras compartir mi camastro.

– ¡Con Ship pienso compartir mi camastro y no contigo, viejo marinero, así que ya puedes borrar esa sonrisa burlona de tu cara, y dejar de tomarme el pelo!

Josiah estalló en carcajadas, poniendo en peligro la pipa, que apenas se sostenía entre los dientes amarillentos. Por fin se la quitó:

– Rye, no has cambiado ni una pizca, y estoy seguro de que tu mujer está pensando qué hacer con ese marido que le sobra, ¿eh? Bueno, acomoda tus pertenencias y sé bienvenido. Ship y yo estamos muy felices con tu compañía Desde hace dos años, esta casa se ha vuelto muy silenciosa, e incluso tu lengua afilada será bien recibida. -Volvió a señalar al hijo con la pipa, y agregó-: Hasta cierto punto.

Las miradas se encontraron y compartieron ese instante de frivolidad: un padre envejecido, y un hijo que se había puesto más alto y fuerte que él.

En la casa de la colina, Laura aún temblaba por el impacto de haber visto otra vez a Rye, de haberlo besado. En cuanto él desapareció por el sendero, tuvo la impresión de que nada de lo sucedido era real. Pero al ver a Dan la realidad volvió, junto con la necesidad de aceptar esa realidad insólita y de enfrentarse a ella.

En la puerta, cerró un instante los ojos, se apoyó una mano sobre el estómago trémulo y entró.

Dan estaba sentado a la mesa, pero con los codos a ambos lados del plato intacto y la boca oculta tras los dedos entrelazados. La siguió con la mirada a través del cuarto, con esos ojos almendrados que ella conocía desde que tenía memoria. Ojos almendrados que ahora le costó mirar.

Laura se detuvo junto a la mesa de caballete, sin saber qué decir, pensando si ese hombre que la observaba tan silencioso aún era su marido. Dan le miró las manos y vio que sus dedos jugueteaban, nerviosos, con la cintura del delantal, de modo que Laura las dejó caer y se sentó en el banco frente a él. Tenía la impresión de que sus nervios estaban hechos de hilos de cristal. El silencio que remaba en el ambiente era doloroso, pues lo único que se oía eran los ruidos de la isla: martillos, gaviotas, boyas sonoras y el resuello lejano de un silbato de vapor, del paquebote de Albany que atracaba en el muelle Steamboat.

De repente, Laura pareció derrumbarse, apoyando los codos a ambos lados de su plato, y hundió la cara en las manos. Pasaron varios minutos en silencio, hasta que levantó la vista para mirar otra vez a Dan. Vio que jugaba distraído con la cuchara, apretándola con fuerza contra la mesa, haciéndola girar como si quisiera atornillarla a la madera.

Cuando advirtió que la mujer lo miraba se detuvo, y la mano bien cuidada se inmovilizó. Suspiró, se aclaró la voz, y dijo:

– Bien…

«Di algo», se regañó Laura. Pero no sabía cómo empezar.

Dan carraspeó otra vez, y se enderezó.

– ¿Dónde está Josh? -preguntó Laura en voz baja.

– Terminó, y salió a jugar.

– No has comido nada -notó, mirando el plato.

– Es que… no tenía mucho hambre.

No la miraba.

– Dan…

Laura estiró la mano para cubrir la suya, pero él no se movió.

– Se le ve sano como un caballo, y muy vivo.

Laura guareció las manos en la falda, contemplando el plato que Dan había servido mientras estaba fuera.

– Sí, lo es… lo está.

– ¿Estuvo aquí mucho tiempo?

– ¿Aquí?

La mujer levantó la vista de inmediato.

– Aquí, en la casa.

– Tú sabes cuándo llegó el Omega.

– No, no exactamente. Nadie me dijo una palabra de que Rye estuviese a bordo. ¿No te parece raro?

Laura volvió a cubrir la mano de Dan con la suya.

– Oh, Dan, nada ha cambiado… nada.

El hombre retiró con brusquedad la mano y se puso de pie de golpe, dándole la espalda.

– Entonces, ¿por qué me siento como si el mundo se hubiese escapado bajo mis pies?

– Dan, por favor.

Se dio la vuelta y se acercó un paso.

– ¿Dan, por favor, dices? ¿Por favor, qué? Siéntate aquí… a su mesa, en su casa, con su…

– ¡Basta, Dan!

Dan se dio la vuelta otra vez, y la expresión su esposa resonaba en el cuarto con tanta nitidez como si la hubiese pronunciado. Casi todo lo que allí había era de Rye Dalton, o lo había sido en otra época… tanto objetos como personas. Dan Morgan se puso a buscar, trabajosamente, un modo de aceptar el hecho de que su amigo estaba bien vivo, y había vuelto a reclamar lo que era suyo.

Desde atrás, Laura vio cómo se apretaba la nuca y dejaba caer la barbilla sobre el pecho.

– Dan, vuelve a sentarte y come tu comida.

El hombre dejó caer la mano a un costado, y se dio la vuelta de cara a ella.

– Laura, tengo que volver a la oficina. ¿Estarás… vas a estar bien?

– Claro que sí.

Se levantó y lo acompañó hasta la puerta, donde le sostuvo la chaqueta para que se la pusiera. Vio cómo recogía el sombrero del perchero, pero en lugar de ponérselo, pasó los dedos distraído por el ala, de espaldas a ella. Al observar su actitud desalentada, se le contrajo la garganta y apretó los dedos.

Dan dio un paso hacia la puerta abierta, se detuvo y lanzó un profundo suspiro para luego girar y estrechar a la mujer contra el pecho, con tanta fuerza que el aire se le escapó de los pulmones.

– Te veré a la hora de cenar -susurró en tono torturado, mientras Laura asentía contra su hombro, hasta que la apartó de sí y salió rápidamente.

Mientras se alejaba por el sendero de conchillas tras los pasos de Rye Dalton, le pareció que toda su vida había marchado en esa misma dirección.

Cuando Dan se hubo ido, Laura se dio cuenta que tenía los ojos llenos de lágrimas. Entró en la casa, y comprendió que tendría que hacer frente a innumerables hechos, testigos del extraño entrelazamiento de esas tres vidas. Junto a la mesa, tocó el tenedor de Dan, que aún estaba junto al plato de comida intacto, recordando que, años atrás, Rye también había comido con ese mismo tenedor; lo más probable era que fuese suyo. Distraída, retiró los restos de la comida interrumpida, pero el recuerdo persistió. Cerró las puertas de la cama alcoba para no ver el sitio donde dormía por la noche el hijo de Rye Dalton, junto a una fila de soldados de madera que habían pertenecido a Dan Morgan cuando era niño. El humidificador que había junto a la silla de respaldo alto era un regalo de Rye a Dan. La silla misma era la que Dan había elegido después de casarse con Laura, aunque el taburete era un regalo a Rye y Laura, de parte de algún invitado a su boda.

Casi contra su voluntad, se asomó a la puerta del dormitorio, posando la mirada en la cama -qué doloroso era mirarla en ese momento-, donde ella y Rye habían concebido a Josh, sobre la cual había nacido Josh, sobre la que Dan se había sentado junto a la madre flamante, espiando entre las mantas de franela el bulto rosado que se removía, y predicho:

– Será idéntico a Rye.

Le temblaron los párpados al recordar las palabras de Dan y el modo en que las había pronunciado, porque sentía que era lo que ella necesitaba oír en aquel momento. Por encima de todo, era esa cama la que testimoniaba la complicada historia de ellos tres. Había sido usada por los tres; de la piña tallada en los postes de la cabecera habían colgado las chaquetas de ambos hombres, y las manos de Laura se habían aferrado a sus barandas, presa del éxtasis tanto como del dolor.

Se le cerró la garganta, y se volvió.

«¿Quién de los dos es aún mi esposo?» Esa era la pregunta que más urgente respuesta exigía.

Media hora después tenía la respuesta. Salió de la oficina de Ezra Merrill, el abogado de la isla, sintiendo que no podía enfrentarse otra vez a la casa, llena de tantos recuerdos. Y aunque tenía veinticuatro años, y también era madre, la impulsó el ansia de correr a los brazos de su propia madre.

Dejando a Josh en la casa de los Ryerson, Laura recorrió el camino hasta la casa plateada y castaña de la calle Brimstone, donde había crecido. Al regresar, los recuerdos se hicieron más fuertes: Rye, ella y Dan saliendo y entrando cuando se les antojaba, en aquellos tiempos, antes de haber establecido compromisos. La nostalgia le provocó un profundo deseo de hablar de aquellos tiempos con alguien que los conociera desde el principio.

Pero apenas acababa de poner un pie en la sala de su madre cuando comprendió que Dahlia Traherne no le serviría de gran ayuda.

Dahlia casi no podía hacerse cargo de las decisiones cotidianas de su propia vida, y mucho menos dar consejo a otros acerca de cómo conducir las suyas. Eterna quejosa, había aprendido a hacer su voluntad por medio de los permanentes lamentos acerca de los problemas más insignificantes; y cuando no surgían trivialidades, inventaba problemas imaginarios.

Elias, su esposo, había nacido en la isla y era fabricante de velas; había cosido lonas toda su vida, aunque nunca navegó bajo ninguna de ellas, pues ante la mera mención de embarcarse, Dahlia inventaba una nueva enfermedad, obligándolo a prometer que jamás la dejaría. Había muerto cuando Laura tenía doce años, y había quienes decían que Dahlia lo había llevado a una muerte precoz con su hábito de quejarse y su hipocondría, pero que, probablemente, él murió feliz de poder huir de ella. Algunos opinaban que Dahlia debería haber sido más severa con la hija tras la muerte de Elias Traherne, pues la muchacha vagabundeaba, salvaje, por toda la isla, detrás de los varones, adquiriendo las costumbres menos femeninas posibles, sin que la madre hiciera el más mínimo esfuerzo para controlarla. Y otros, más condescendientes, aludían al carácter débil de Dahlia, señalando:

– Bueno, a fin de cuentas, ella no es de la isla.

No, Dahlia no había nacido en la isla, si bien hacía treinta y dos años que vivía allí. Pero aunque viviese en Nantucket otros cien, seguiría sufriendo el estigma del que no podía librarse persona alguna nacida en el continente, pues si uno era de fuera de la isla, lo era por siempre. Tal vez la percepción de ese retorcido desprecio hizo que la mujer perdiese la confianza y se volviera tan débil y plañidera.

Saludó a su hija, resollando con el etéreo gemido de un órgano de feria.

– Caramba, Laury, hoy no esperaba verte.

– Madre, ¿puedo hablar contigo?

La expresión de Laura le hizo sospechar que había problemas, y pareció vacilar, como renuente a dejar pasar a su hija. Pero Laura se metió dentro, se derrumbó sobre un banco, junto a la mesa, y exhaló un enorme suspiro, diciendo con voz trémula:

– Rye está vivo.

Dahlia sintió una punzada entre los ojos.

– Oh, no.

– Oh, sí, y está de regreso en Nantucket.

– ¡Oh, válgame Dios!. ¡Oh, Dios…, por qué… qué…!

Se llevó las manos a la frente, y luego se masajeó las sienes, pero antes de que pudiese rastrear algún remedio, Laura se precipitó. La historia completa salió a tropezones, y mucho antes de que concluyese, la expresión de desasosiego de Dahlia se había convertido en alarma.

– No… no irás a… a verlo, ¿verdad, Laury?

Desalentada, Laura observó a la mujer que estaba al otro lado de la mesa.

– Oh, madre, ya lo he visto. Y aun cuando no lo hubiese hecho, ¿cómo podría evitarlo en una isla del tamaño de Nantucket?

– Pe-pero, ¿qué pensará Dan?

Laura contuvo las ganas de gritar: «¿Y qué hay de mí? ¿Qué pasa con lo que yo pienso? Ni siquiera me lo has preguntado». Lo que respondió, en tono neutro, fue:

– Dan también lo vio. Rye fue a la casa.

– ¡A la casa… oh, Dios…! -Los dedos de Dahlia pasaron de las sienes a los labios trémulos- ¿Qué dirá la gente?

El problema fundamental de Dahlia siempre había sido la inseguridad. Laura comprendió su estupidez al esperar que su madre analizara una situación en que Daniel Morgan era la personificación de la seguridad, que había sido el apoyo fuerte en la vida de Laura durante tanto tiempo, mientras que Rye se había marchado dejándola «desamparada», como solía decir Dahlia. Pero Laura no pudo evitar admitir:

– Ya he hablado con Ezra Merrill, y me he enterado de que Dan sigue siendo mi esposo legal. -Dirigió a la madre una mirada afligida, que pedía consuelo-. Pero yo… yo todavía siento algo por Rye.

Dahlia levantó las manos de inmediato.

– ¡Shh! No digas semejante cosa, pues sólo traerá problemas. ¡No deberías de haberlo visto nunca!

Laura se exasperó.

– Madre, la casa es de Rye. Josh es su hijo. Es imposible dejarlo al margen.

– ¡Pero, él podría… podría quitarte todo!

– ¡Madre, cómo puedes pensar semejante cosa de Rye!

Qué típico de Dahlia preocuparse por algo así en un momento como ese. Laura se levantó de un salto y empezó a pasearse.

– Laury, no tienes que alterarte. ¿Te sientes bien? Tendré que hablar con Dan para que te consiga unas gotas calmantes…

– ¡No me pasa nada malo!

Pero a una mujer capaz de conjurar cualquier dolor conveniente ante la sola mención de algo desagradable, le parecía imperativo descubrir un remedio. Se adelantó y apoyó la palma en la frente de su hija, y esta se apresuró a apartarse a un costado.

– Oh, madre, por favor.

Dejó caer la mano. La cara contraída, con su sempiterna expresión de sufrimiento, ganó nuevas arrugas. Irritada por la incapacidad de la madre de afrontar la situación o de simpatizar con ella, se sintió al borde de las lágrimas.

«Oh, madre, ¿acaso no entiendes lo que necesito? Necesito que me tranquilices, sentir tu mejilla sobre mi pelo. Necesito volver contigo al pasado, para poder comprender el presente».

Pero Dahlia nunca había sido una influencia bienhechora; ¿qué la indujo a creer que en el presente lo sería? Su parloteo agitado no hacía más que empeorar las cosas, y Laura no se sorprendió cuando su madre se acercó a una silla, se apoyó el dorso de la mano en la frente y dijo:

– Oh, Laury, me temo que está dándome un terrible dolor de cabeza. ¿Podrías prepararme una tisana? Allí… -Agitó una mano débil-. En el estante encontrarás raíces de valeriana y anís. Mézclalas con un poco de agua… por favor.

Ya estaba sin aliento.

En consecuencia, Laura tuvo que administrarle un remedio a su madre en lugar de recibir consuelo y, cuando se fue de la casa de la calle Brimstone, a ella también le dolía la cabeza. Volvió al hogar, y pasó una tarde plagada de tensión, reflexionando acerca del pasado y preocupándose por el futuro.

Al final de la jornada, cuando Dan volvió, examinó la sala con la mirada, como si esperase encontrar allí a Rye. Colgó la chaqueta y sorprendió la mirada de Laura desde el otro extremo de la habitación, pero ninguno de los dos pudo hablar.

La mirada de Dan la siguió, mientras llevaba la cena a la mesa, pero durante la comida perduró el clima tenso, y evitaron mencionar a Rye Dalton.

Pero, más tarde, con la agudeza intuitiva de los niños, Josh disparó una pregunta que mató dos pájaros de un tiro. Dan estaba sentado ante el pequeño escritorio de roble con la pluma en la mano, mientras Josh, inclinándose sobre el regazo, preguntó:

– ¿Por qué mamá se asustó cuando vino ese hombre?

La entrada en el libro de cuentas se torció. A continuación, la mano de Dan dejó de moverse sobre la página, y la de Laura sobre su labor de ganchillo. Las miradas de ambos se toparon, y Laura dejó caer la vista.

– ¿Por qué no se lo preguntas a mamá? -sugirió Dan, viendo cómo un fuerte sonrojo subía por las mejillas de Laura, y él volvía a preguntarse qué habría pasado entre Rye y ella cuando llegó.

Josh fue corriendo a donde estaba su madre, y se tiró sobre su regazo.

– Mamá, ¿ese hombre te asusta?

– No, querido, en absoluto.

Revolvió el pelo del niño.

– Dio la impresión de que sí. Tenías los ojos agrandados, y te apartaste de él de un salto, igual que me haces saltar a mí cuando me acerco demasiado al fuego.

– Estaba sorprendida, no asustada, y no me aparté de él. Estábamos hablando, eso es todo. -Pero la culpa encendió sus mejillas con un tono más intenso aún, y supo que Dan no le quitaba la vista de encima. Se enfrascó en el ganchillo como si tuviese que terminar la labor antes de acostarse-. Creo que ya es hora de que tus soldados marchen al estante y te pongas la camisa de dormir.

– Tú y papá tenéis que conversar de cosas de grandes, ¿eh?

Laura no pudo ocultar una sonrisa. Josh era un niño brillante y perspicaz, aunque a veces tenía ganas de amordazarlo por sus inocentes comentarios. De todos modos, entre Laura y Dan había una incomodidad que hubiese estado presente con o sin el comentario de Josh, y a medida que se acercaba la hora de dormir, se hacía más palpable. Para cuando se retiraron a su dormitorio, Laura se sentía como si estuviese caminando sobre anzuelos. Y, para empeorar las cosas, se presentaba el problema de desvestirse.

La ropa estaba hecha para señoras que tuviesen doncellas; tanto los vestidos como los corsés con ballenas iban atados a la espalda, de modo que era imposible ponérselos o quitárselos sin ayuda. Cuando Dan insistió en que se comprara tales vestidos en lugar de confeccionárselos ella misma, Laura protestó, pero como su deseo de proporcionarle una vida cómoda era feroz, no tuvo más remedio que acceder y comprarse esas prendas, aunque dos veces por día necesitara la ayuda del esposo para quitarse y ponerse esas ropas infernales.

Pero esa noche sentía muy pocas ganas de pedirle ese favor, si bien se había convertido en un ritual nocturno, tan automático como apagar la última vela.

Esa noche, en cambio, era diferente.

Dan dejó la vela sobre la cómoda, deshizo el nudo de la corbata y la colgó del poste de la cama, seguida por la camisa. Laura, envuelta como un pavo relleno, se rebeló contra ese aprieto femenino. ¿Por qué las mujeres tenían que sufrir ropa tan absurda y restrictiva de sus movimientos? Los hombres no tenían que lidiar con tales incomodidades.

Cuánto deseaba poder desvestirse con discreción, ponerse el camisón y meterse bajo las mantas. Sin embargo, no tuvo más remedio que pedir:

– Dan, ¿puedes aflojarme los lazos, por favor?

Se horrorizó al ver que el rostro del hombre se ponía rojo. Se dio la vuelta, dándole la espalda. ¡Después de haber estado desatándole los lazos durante cuatro años se ruborizaba!

Soltó los ganchos metálicos de la espalda del vestido y tiró de los lazos, que pasaban por ojales en toda la espalda del corsé. Lo sintió dudar, y murmurar por lo bajo. Cuando al fin estuvo libre, se quitó la prenda, dejó el corsé sobre el baúl de madera, y desabotonó las enaguas. Ya no le quedaba más que el calzón, que se abotonaba en la cintura, y la camisa… que se ataba en el frente, con una cinta de satén.

Había tenido las arrugas de la camisa aplastadas toda el día contra la piel, dejándole una red de marcas rojas que le escocían mucho. Dan se burlaba de ella con frecuencia, cuando se metía en la cama y empezaba a rascarse de inmediato.

Pero esa noche, después de que él se pusiera la camisa de noche y ella el camisón, todo fue silencio; espalda con espalda, yacían bajo las mantas y lo único que quedaba era el olor del humo de la vela. Desde afuera llegaba el incesante rumor del mar lavando la tierra, y de más cerca, el cloqueo del chotacabras, que siempre precede a su canto. Cloqueó de nuevo y Laura, acostada en la oscuridad, estaba tan tensa como Dan, diciéndose que muchas noches se habían dormido sin tocarse. ¿Por qué esta vez era tan consciente de ello?

Lo oyó tragar saliva. Le picaba la espalda, pero se esforzó por dejar las manos quietas. El silencio se extendió hasta que, al fin, cuando el chotacabras había gritado por centésima vez, Laura buscó la mano de Dan. Él la agarró como si fuese una soga salvavidas, y la apretó con tanta fuerza que le crujieron los nudillos y, al mismo tiempo, desde ese costado de la cama llegaba un sonido gutural, mitad de alivio, mitad de desesperación. Oyó el susurro de la almohada de plumas cuando el hombre se volvió de cara a ella, y clavó el pulgar en el dorso de la mano de ella con posesiva angustia.

Cuando al fin habló, lo hizo con voz gutural por la emoción:

– Laura, estoy asustado.

Ella sintió como si se le clavara una espina en el corazón.

– No te asustes -lo tranquilizó, aunque ella también lo estaba. Había cosas que él no podía decir, no estaba dispuesto a decir, sobreentendidos que ninguno de los dos admitió jamás pero que, de pronto, estaban implícitos entre ellos.

Durante su infancia y su adolescencia, siempre estaban los tres juntos, siempre camaradas aunque nunca fue un secreto para nadie que Laura sólo tenía ojos para Rye. Cuando llegó a Nantucket la noticia de su muerte, Dan sufrió junto con ella. Los dos caminaban por las playas arrasadas por el viento, conociendo ese sufrimiento particular que sólo padecen los que deben hacer el duelo sin el cadáver. Vagaban impotentes, anhelando la prueba definitiva de la muerte. El océano codicioso, al que poco le importaba la necesidad humana de la paz de espíritu, les negó esa prueba.

Durante esos días de inquietud y vagabundeos, el dolor de Dan fue más breve que el de ella, pues con la ausencia de Rye quedaba libre para cortejarla como siempre había soñado. Sin embargo vivió esa época bajo un manto de culpa, agradecido por la muerte de Rye que le había despejado el camino y sintiéndose asqueado, a la vez, por esa gratitud. Había conquistado a Laura haciéndosele indispensable. Una mañana la despertó el ruido del hacha en el patio trasero, y encontró ahí a Dan, cortando leña para cuando llegara el frío. Cuando el tiempo fresco anunció la llegada inminente del invierno, él volvió sin que se lo pidiese con una carga de algas para poner a modo de protección en la base de la casa, impidiendo el paso de las corrientes que soplaban en la época más dura. Cuando el embarazo la volvió pesada, Dan iba todos los días a cargar agua, llenar la leñera, llevarle naranjas frescas, le insistía en que levantase los pies y descansara para aliviar los dolores de espalda. Y para ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas, meditando ante el fuego y preguntándose si el niño se parecería a Rye. Al empezar el trabajo de parto, fue Dan el que llevó a la partera y a la madre de Laura, y el que luego se paseó, agitado, por el patio trasero, como hubiese hecho Rye de haber estado allí. Fue Dan el que se acercó a su lecho para espiar al recién nacido, y borrar las arrugas de la frente de Laura, asegurándole que siempre estaría con ella, cada vez que Josh o ella lo necesitaran.

En consecuencia, cada vez dependió más de él por todo el apoyo que le prestaba con la mejor disposición, mucho antes de pedirle que fuese su esposa. Derivaron hacia el matrimonio con la misma naturalidad con que las tablas de antiguos navios derivaban hacia las costas de Nantucket con la marea alta. Y si bien en este segundo cortejo no había pasión de parte de Laura, sí había seguridad y compañerismo.

Como en la mayoría de los matrimonios, había uno que amaba más, y en este se trataba de Dan. Sin embargo, por fin se sentía seguro, pues el rival que en otro tiempo pretendió a Laura ya no estaba. Al fin, ella era suya, y lo amaba. Jamás había analizado ese amor, ni admitido que, en buena parte, se debía a la gratitud, no sólo por el apoyo físico y económico, sino por el genuino amor que Dan sentía hacia Josh, como si fuese su propio hijo, y era tan buen padre como puede serlo uno consanguíneo.

Pero cuando ese mediodía entró en la casa y encontró a Rye Dalton allí, sintió amenazada la base misma de su matrimonio.

En ese momento, acostado junto a Laura, le dolía la garganta, agarrotada por las preguntas que no quería formular, temiendo que le diese pánico oír las respuestas. No obstante, había una que no podía eludir, aunque su corazón clamara reserva ante la idea de formulársela a Laura. Frotó el pulgar contra el dorso de la mano de la mujer. Tragó saliva y lanzó la pregunta a la oscuridad con voz rara y contenida:

– ¿Qué hacíais Rye y tú cuando yo entré?

– ¿Qué estábamos haciendo?

Pero la repregunta sonó falsa y poco natural.

– Sí… qué estabais haciendo. ¿Por qué Josh dijo que te sobresaltaste cuando él entró?

– Yo… no lo sé. Como es lógico, me puse nerviosa… ¿quién no lo estaría en el momento en que un hombre muerto acaba de entrar por tu puerta?

– Deja de evadirte, Laura. Tú sabes a qué me refiero.

– Bueno, no preguntes porque no tiene importancia.

– Eso significa que te besó, ¿no es cierto? -Como no obtuviese respuesta, prosiguió-: Lo llevabais escrito en los rostros cuando yo os interrumpí.

– Oh, Dan, de verdad lo siento. Lo que sucedió es que me pilló completamente por sorpresa, y no significó nada más que una bienvenida.

No obstante, en el fondo Laura sabía que sí importaba.

– ¿Y qué me dices de cuando lo acompañaste por el sendero… también te besó?

– Dan, por favor, tra…

– ¡Dos veces! ¡Te besó dos veces! -Le propinó un doloroso tirón a la mano-. ¿Y esa segunda vez qué fue, otra bienvenida?

Hasta entonces, jamás había presenciado la expresión de celos por parte de Dan porque nunca hubo motivos, y la vehemencia que mostró la asustó tanto que la obligó a pensar una respuesta.

– Dan, por el amor de Dios, estás lastimándome la mano. -Dan aflojó el apretón, pero no la soltó-. Cuando Rye entró, no tenía ni idea de que nosotros estábamos casados.

– ¿Acaso tenía intenciones de ocupar su antiguo lugar como tu… esposo?

– Ahora, mi esposo eres tú -dijo Laura en voz suave, esperando aplacarlo.

– Uno de los dos -replicó, con amargura-. El que hoy todavía no has besado.

– Porque no me lo has pedido -dijo, en voz más suave aún.

Dan se incorporó sobre un codo, y se inclinó sobre ella.

– Bueno, no lo pido -murmuró, feroz-. Tomo lo que es mío por derecho.

Sus labios se abatieron con violencia, moviéndose sobre los de la mujer como para castigarla por circunstancias que ella no había provocado. La besó con feroz decisión, para expulsar a Rye Dalton de la mente de ella, de su pasado, aunque ni por un instante ignoró que eso era imposible.

Hundió la lengua a fondo, castigándola con una insensibilidad que Laura nunca había experimentado de parte de él. Dolida, se apartó con brusquedad, y así le hizo comprender lo rudo que había sido.

Inmediatamente arrepentido, la ciñó con fuerza entre los brazos y la aplastó contra sí, hablándole al oído con voz entrecortada.

– Oh, Laura, Laura, lo siento mucho. No quise hacerte daño, pero tengo mucho miedo de perderte, después de tantos años que transcurrieron hasta que por fin fueses mía. Cuando entré y lo vi, sentí como si hubiese retrocedido diez años, y te viera ir tras él como una cachorra enamorada. Dime que no le devolviste el beso… dime que no permitirás que vuelva a tocarte.

Hasta entonces, jamás había admitido estar celoso de Rye desde hacía tantos años. Llevada por la compasión, Laura le acarició con las manos el cabello de la nuca. Lo acunó, cerrando los ojos, besándole la sien, comprendiendo de pronto lo tenue de su certeza, ahora que Rye estaba de regreso. Aún así, tenía miedo de formular compromisos que no estaba segura de poder cumplir.

Sin embargo, había algo que podía decir, y lo dijo de corazón:

– Te amo, Dan. Jamás debes dudarlo.

Sintió que lo recorría un estremecimiento, y que las manos del hombre empezaban a recorrer su cuerpo. El contacto la hizo desear que esa noche no le hiciera el amor, aunque instantáneamente la abatió la culpa por semejante pensamiento. Antes, jamás habían pensado en negársele. Sumisa, le acarició el cuello, la espalda, diciéndose que era el mismo Dan con el que había hecho el amor más de tres años; que Rye Dalton no podía llegar al pueblo y concederle el derecho de alejar a este hombre.

Aún así, quería hacerlo… que Dios la ayudase, porque quería.

Dan le pasó la mano por la cadera, le levantó el camisón, y Laura supo que necesitaba reafirmarse. Abrió su cuerpo a él, se movió cuando supo que eso era lo que esperaba, y lo estrechó con fuerza cuando él gimió y llegó al climax, ocultando el sentimiento de infidelidad por cumplir con un acto que, hasta la noche anterior, le parecía el más natural y grato del mundo.

En el desván, encima de la tonelería, Rye Dalton, acostado de espaldas, sufría la inquietud producida por el vacío de esa casa sin mujer. Cada mueble familiar le hacía evocar a su madre, sentada, trabajando, descansando, y sentía tanto su presencia como cuando estaba viva.

Si bien la primera comida en el hogar fue una mejora con respecto a la ración del barco, estaba lejos de los sabrosos guisados de su madre o de Laura. Aunque el camastro de la infancia era más grande que el del Omega, era un lamentable sustituto de la enorme cama de palo de rosa, con colchón de plumas, que había esperado compartir esa noche con Laura. Cuando se acostó, su cuerpo esperaba mecerse en el balanceo en que vivió durante cinco años, pero la quietud de la cama en la que yacía lo desveló. Fuera, en lugar del silbido del viento en los aparejos oía cascos sobre nuevos adoquines, voces ocasionales, el restallar de un látigo, el ruido que hacía la portezuela de una lámpara callejera al cerrarse.

No eran ruidos perturbadores… sólo diferentes. Se levantó de la cama y fue hasta la ventana que miraba al Sur. Si hubiese sido de día, y estuviese despejado, podría haber visto la cima de su casa, pues los árboles de la isla estaban atrofiados por el viento, y había pocos que superasen en altura a los edificios construidos por el hombre.

Pero estaba oscuro, y una noche casi sin luna ocultaba la visión de la colina.

Imaginó a Laura en la cama que otrora había compartido con él, pero junto a ella estaba Dan Morgan. Sintió como si le hubiesen clavado un arpón en el corazón.

En la cama cercana, Josiah se removió inquieto, y luego le llegó su voz en la oscuridad.

– Muchacho, pensar en ella esta noche no te hará mucho bien.

– Sí, como si no lo supiera… En este mismo instante está allá arriba, acostada con Dan, mientras que yo estoy aquí quieto, deseando.

– Mañana tendrás tiempo de sobra para decirle lo que sientes.

– No necesito decírselo: ella lo sabe.

– Así que te rechazó, ¿es así?

Rye apoyó un codo en el marco de la ventana, con renovada frustración.

– Sí, eso hizo. Pero ahí estaba el chico, convencido de que Dan es su padre, queriéndolo como si lo fuese, según lo que dice Laura. Eso es algo a tener en cuenta.

– ¿De modo que te habló del niño?

– Sí.

El rumor incesante del océano parecía murmurar a través de las ásperas paredes de la casa, mientras Rye seguía escudriñando por la ventana, hacia el patio en sombras. Cuando volvió a hablar lo hizo en voz baja, pero con un orgullo que casi le quebró la voz:

– Es un muchacho gallardo.

– Sí, con la boca como la de la abuela.

Rye volvió el rostro hacia la zona donde estaba la cama del padre, aunque no podía verlo bien.

– Tú has perdido un nieto, del mismo modo que yo una esposa. ¿Alguna vez lo trajo para que te conociera?

– Oh, ella no tiene nada que hacer en la tonelería, y dudo de que al chico le falte el amor de unos abuelos, ya que los padres de Dan cumplen ese papel. He oído decir que lo quieren como si fuese suyo.

Los enredos de la situación cada vez eran mayores. Recordando los días en que Rye se sentía libre para entrar en casa de los Morgan sin invitación, preguntó:

– ¿Eso significa que todavía están bien?

– Sí, los dos están de lo más saludables.

Se hizo un silencio momentáneo, hasta que Rye preguntó:

– Y Dan, ¿qué hace para poder mantenerla en tan buena situación?

– Trabaja como contable, para el viejo Starbuck.

– ¡Starbuck! -exclamó Rye-. ¿Te refieres a Joseph Starbuck?

– El mismo.

Eso lastimó a Rye, porque Starbuck era dueño de la flota de balleneros entre los cuales estaba el Omega. Era irónico pensar que él mismo había ido en procura de riquezas y perdiese a Laura a manos de un sujeto que se había quedado para contar esas riquezas.

– ¿Viste esas tres casas nuevas en la calle Main? -continuó Josh-. Starbuck las hizo construir para los hijos. Contrató a un arquitecto de Europa para que las diseñara. Las llama Los Tres Ladrillos. Starbuck ha gozado de una buena época. El Hero y el President volvieron repletos, y espera que lo mismo suceda con el Three Brothers.

Pero Rye casi no lo escuchaba. Lamentaba el día en que había salido en busca de riquezas… y las había conquistado, pues su parte, un sexto del total, sumaba cerca del millar de dólares, cantidad nada despreciable para ninguna clase de hombre. Pero el dinero no podía devolverle a Laura. Era obvio que Dan le daba una buena vida, que los mantenía a ella y al niño. Tragó saliva, y escrutó la oscuridad, en la dirección en que debía de estar lacima de la casa, recordando la cama de él y de Laura, ahora situada en el nuevo dormitorio.

«¡Maldición! La posee en mi propia cama, mientras que yo duermo en mi cama de niño, y como comida de soltero. Pero no por mucho tiempo -se prometió Rye Dalton-. ¡No por mucho tiempo!»

Capítulo3

Al día siguiente, la niebla se había extendido otra vez sobre Nantucket. Sus zarcillos húmedos parecieron olfatear las punteras de las botas de Rye Dalton como sabuesos de narices sensibles, y luego se retiraban en silencio para dejarlo pasar, sin tocarlo. Mientras se dirigía a grandes pasos a la oficina de Joseph Starbuek, la espesa niebla se movía y se rizaba por encima de su cabeza, y bajo las botas, los opacos adoquines grises parecían renegridos, brillantes de humedad. En el tazón de hierro de la fuente donde abrevaban los caballos se juntaban gotas que corrían en riachuelos, para luego caer con sonidos cantarines, aumentados por una extraña nota musical resonante, por esa niebla que todo lo envolvía. Casi formando un contrapunto, a continuación se oía el clic de las garras de Ship, que seguía a su amo.

Pero pese al día gris y húmedo, Rye Dalton gozó del lujo desacostumbrado de estar seco y limpio después de cinco años de ser salpicado por olas incesantes y de usar ropas endurecidas de sal.

Llevaba puesto un grueso suéter que le había tejido Laura hacía años, con un cuello que le llegaba hasta el mentón, casi rozándole las patillas que bajaban a su encuentro. Esas patillas tenían un color y una textura bastante parecidos al de la lana, y por las mangas bajaba una greca tejida que parecía delinear la fuerte curvatura de los músculos que cubría. Los pantalones acampanados, sin cintura, hechos de lana negra, sujetos por lazos por dentro de cada cadera, formaban una solapa sobre el estómago, donde metía las manos para abrigarlas mientras cruzaba los adoquines con zancadas largas, masculinas, que separaban la niebla y la impulsaban, rodando, tras él.

Los ladrillos de color salmón de la oficina de contabilidad tenían una apariencia espectral, se esfumaban ante la blancura deslumbrante de la puerta, los marcos de las ventanas y el cartel que resaltaba, incluso bajo ese cielo plomizo. En cuanto la mano de Rye tocó el cerrojo, Ship se sentó sobre la grupa, y se apostó ahí con la lengua colgando y la vista pegada a la puerta.

Dentro, un fuego encendido mantenía alejado el fresco de la primavera y el local bullía de actividad, como pasaba cada vez que llegaba a puerto un barco ballenero. Rye intercambió saludos con muchos conocidos de camino a la oficina de Joseph Starbuck, un individuo jovial, de patillas, que se apresuró a adelantarse con la mano extendida en cuanto él llegó a la puerta.

El apretón de Starbuck fue tan firme como el del tonelero.

– ¡Dalton! -exclamó-. Estoy orgulloso de este viaje que ha hecho. ¡Repleto, y a un valor de un dólar con quince el galón! ¡No podría estar más satisfecho!

– Sí, la verdad, la suerte fue halagüeña -replicó Rye, como se decía entonces.

Starbuck alzó una ceja.

– ¿Y se convertirá en un marino de agua dulce, o saldrá con el Omega en el próximo viaje?

Rye levantó las manos.

– No, basta de caza de ballenas para este tonto. Un viaje ha sido suficiente para mí. Me conformaré con fabricar barriles el resto de mi vida, junto con mi padre, pero aquí, en tierra firme.

– Aunque su parte es bastante jugosa, lo comprendo, Dalton. ¿Está seguro de que no se dejará tentar para salir otra vez… digamos, por un porcentaje de un quinto?

Sin dejar de clavar una mirada perspicaz en el rostro de Rye, Starbuck se dirigió al enorme escritorio de tapa móvil que dominaba la habitación.

– No, ni siquiera por un quinto. Este viaje ya me ha costado bastante.

Starbuck se puso serio, y metió los pulgares en los bolsillos del chaleco, mientras observaba al joven.

– Sí, y lo siento, Dalton. Qué conflicto para un hombre: llegar al hogar y… qué conflicto -clavó la vista en el suelo, pensativo, y finalmente volvió a mirarlo-. Y, por cierto, la señora Starbuck y yo le presentamos nuestras condolencias también por la pérdida de su madre.

– Gracias, señor.

– ¿Y cómo está su padre?

– Ágil como siempre, cortando duelas tan rápido que ese inútil de aprendiz no puede seguirle el paso.

Starbuck rió con ganas.

– Como no puedo convencerlo de que se embarque como tonelero, tal vez pueda persuadirlos a usted y a su padre de que esta vez acepten mi encargo de barriles.

– Sí, será un placer aceptarlo.

– ¡Bien! Les enviaré a mi agente para acordar el precio con ustedes antes de terminar el día.

– Perfecto.

– Supongo que habrá venido a cobrar su parte.

– Sí, eso es.

– Tendrá que ver a su… eh, amigo… Morgan. -El hombre se puso un poco incómodo-. Es mi jefe de contables, ¿sabe? Su oficina está en la planta alta.

– Sí, eso me han dicho.

Starbuck observó el semblante de Dalton ante la mención de Dan Morgan, pero su expresión siguió siendo imperturbable, y se limitó a hacer un gesto afirmativo cortés, haciéndole saber que había entendido. Sacó un cigarro de diez centavos del humidificador, le ofreció uno a Rye, que lo rechazó, cortó la punta y pronto estaba lanzando una nube de humo perfumado.

– En este negocio, existen aspectos que no me agradan demasiado, ¿sabe, Dalton? Un hombre sale de su hogar con las mejores intenciones, tratando de convertirse en un buen proveedor para la esposa, para la familia pero, a menudo, la recompensa es bastante amarga. Sin embargo, no es culpa de ese hombre, ni tampoco mía. ¡Y aún así, me siento responsable, maldición! -Estrelló el puño contra el brazo gastado de su silla de capitán-. Si bien sé que no es un gran consuelo, la señora Starbuck y yo quisiéramos demostrarle nuestro aprecio invitando a mis empleados a una cena en nuestra casa, el sábado por la noche, para celebrar el regreso del Omega. Vendrá, ¿no es cierto?

– Sí, con mucho gusto -sonrió Rye-. Sobre todo si la señora Starbuck tiene pensado servir una comida que no haya preparado mi padre.

Aunque el joven sonreía y bromeaba, Starbuck comprendía el golpe que había sufrido al enterarse de que su mejor amigo le había arrebatado a su esposa. Era seguro que Dalton añoraba muchas más cosas que la comida de su mujer. Y si bien no era mucho lo que podía hacer, le dolía pensar en la situación del joven, y se prometió ofrecerle un generoso contrato para fabricar barriles.

En la planta alta, Rye se acercó al ancho escritorio con anaqueles tras el cual se sentaba Dan Morgan, sobre un taburete alto. Dentro de un quinqué con un reflector en forma de tazón, una vela iluminaba los libros abiertos sobre el escritorio, pues aunque Nantucket vivía del aceite de ballena, rara vez lo usaba para iluminación. Como decía la gente: «¿Para qué consumirlo si puedes venderlo y hacerte rico?». En cuanto sus pasos resonaron en el suelo de pino encerado, Morgan lo miró. La pluma se detuvo, y las comisuras de la boca se curvaron hacia abajo. Pero se levantó y lo recibió de pie.

Rye se detuvo junto al escritorio, con los pies bien separados en una postura a la que Dan aún no estaba habituado, y con los pulgares metidos dentro de la cinturilla del pantalón. De repente, lo intimidó con esa pose de hombre de mar, tan sólida y segura, además de recordarle que Rye le llevaba una cabeza.

También este observó a Dan: después de cinco años, aún estaba delgado y en buena forma. Llevaba una elegante chaqueta de lana peinada de color morado, un lazo impecablemente anudado y le cubría el torso un chaleco de rayas. Vestía como el que goza de seguridad económica y desea demostrarlo, incluso de ese modo discreto.

Por un momento, se preguntó si también Laura estaría orgullosa de la elegancia de Dan en el vestir.

Dejando a un lado los celos, le extendió la mano, y por un instante pensó que Dan le negaría ese gesto de cortesía pero, al fin, Dan se la estrechó brevemente. No pudieron evitar la evocación de sus años de amistad. Dentro de cada uno existía el anhelo de restablecer esa amistad en su vigor original y, al mismo tiempo, la comprensión de que no se podría recuperar jamás.

– Hola, Dan -saludó.

– Rye.

Bajaron las manos. Estaban por completo a la vista y oído de los empleados y subordinados que iban y venían atendiendo sus tareas. Hacia ellos giraban miradas curiosas, y eso los volvía cautelosos.

– Starbuck me mandó aquí a recoger mi parte.

– Desde luego. Te haré la letra de cambio para el banco. No me llevará más de un minuto.

Dan también notó que Rye había adquirido una nueva manera de hablar, propia de los marinos.

Se sentó otra vez en su taburete, sacó un gran libro contable y empezó a registrar una entrada. De pie, Rye le observaba las manos y recordaba los cientos de veces en que habían enganchado la carnada uno para el otro, que iban a arponear tortugas en Humock Pond, o a desenterrar almejas, cuando la marea estaba baja, y compartían lo que habían obtenido, cociéndolo en una fogata abierta en la playa, casi siempre con Laura sentada entre ambos. Contemplaba las manos bien formadas de Dan, mientras trazaba cifras en el libro contable y luego escribía con una elegante cursiva inglesa -manos cuadradas, competentes, con unas finas salpicaduras de cabello claro en el dorso-, y supo que ellas habían conocido tanto a Laura como las suyas. Dentro de él, la antigua lealtad y la nueva rivalidad formaron un torbellino de emociones.

«Amigo, amigo mío -pensó-, ¿ahora tendrás que ser mi enemigo?»

– Puedo decir que has mantenido bien a Laura -dijo, hablando en voz lo bastante baja para que nadie más lo oyese-. Te lo agradezco mucho.

– No es necesario que me lo agradezcas -replicó Dan, sin alzar la vista-. Es mi esposa. -Entonces sí levantó la mirada, con expresión desafiante-. ¿Qué esperabas?

Se enfrentaron sin hablar, conscientes de que a los dos les esperaban días de sufrimiento.

– Por lo que parece, espero una buena pelea por ella.

– Yo no espero semejante cosa. -Dan se levantó y le tendió el cheque, sujeto entre dos dedos en forma de tijera-. La ley me apoya. A ti te declararon perdido en el mar. En tales casos, hay lo que, en términos legales, se llama presunción de muerte, de modo que, de acuerdo con la ley, Laura es mi esposa, no tuya.

– No has perdido tiempo en averiguar los términos legales, ¿eh?

– Ni un día.

«Que haya pelea, pues», pensó Rye, decepcionado por esa declaración. Y, sin embargo, si Dan se tomaba tantas molestias, debía ser porque Laura había arrojado cierta sombra de duda acerca de sus intenciones.

– Entonces, ¿las líneas de batalla están trazadas, viejo amigo? -preguntó con tristeza.

– Dilo como quieras. No renunciaré a Laura ni a mi hijo.

Habló con claridad, y su postura fue inflexible.

De modo que así debía ser. Pero Rye no resistió la tentación de dejar caer un dardo bien dirigido, mientras guardaba el cheque en el bolsillo y saludaba, cortés:

– Envíales mi amor a ambos, por favor, Dan.

A continuación, giró sobre los talones y se marchó.

Pero en cuanto salió, su actitud despreocupada se desvaneció, y en su lugar apareció una expresión seria, mientras se detenía para mirar en dirección a Crooked Record Lane. Ship levantó la cabeza entre las patas y se levantó con dificultad, contemplándolo con mirada paciente. Rye, que parecía no notar la atención de la perra, metió las manos dentro de la solapa del pantalón, y dijo en voz baja:

– Bueno, Ship, aparentemente ella es en verdad su esposa. ¿Y qué podremos hacer al respecto, compañera?

La perra abrió la boca y levantó la vista hacia Rye esperando una señal. Al fin, el hombre se volvió de espaldas al lugar que había estado mirando y se encaminó en dirección contraria, acompañado por el repiqueteo de las uñas caninas mientras cruzaba la plaza.

Pero no habían andado diez metros cuando unos pasos que se aproximaban resonaron, fantasmales, y se detuvieron delante de ellos. Rye alzó la vista y detuvo la marcha. Los ojos rodeados de arrugas del padre de Dan estaban relajados en ese día nublado, y las líneas que irradiaban desde las comisuras eran de un blanco asombroso en contraste con el rostro de color caoba. Estaba más delgado, y tenía menos cabello que nunca. Por un momento, ninguno de los dos habló, y luego, el placer de volver a ver a ese hombre, al que quería hacía tanto tiempo, impulsó a Rye a adelantarse.

– Hola, Zach.

Le tendió la mano, y Zach avanzó para estrechársela. Las tenía duras, correosas, propias de un pescador que había cargado velas y redes toda su vida. Estaban tan tostadas por el sol y curtidas por la sal, que habían adquirido el color y la textura del jamón curado en salmuera.

– Hola, Rye. -El apretón fue breve, pero capaz de romper huesos-. Me enteré de las noticias. – Por encima del hombro del joven, Zachary Morgan echó una mirada fugaz a la oficina donde trabajaba su hijo, y luego, miró a Rye con expresión incómoda-. Me alegro de saber que, a fin de cuentas, estás vivo.

– Sí, bueno, me alegro de estar en tierra firme, se lo aseguro.

Entre los dos flotaban las cosas no dichas. Compartían una historia que los impulsaba al cariño, pero existían nuevos obstáculos entre ellos

Zach se acuclilló para rascar la cabeza de Ship.

– Ah, la muchacha está contenta de haberte recuperado, ¿no es así, Ship? Pasó mucho tiempo sin verte. -La perra representaba una distracción, pero sólo por unos momentos. Cuando Zach se incorporó, la incomodidad seguía presente-. Lamento lo de tu madre, Rye.

– Sí, bueno, las cosas cambian, ¿no es así?

Las miradas se encontraron, se dijeron cosas. «Y ahora, mi hijo es su nieto -pensó Rye-, y la madre de mi hijo, su nuera. No podré seguir entrando y saliendo de su casa como solía hacerlo».

– Pero mi padre me contó que su esposa está saludable y vigorosa.

– Sí, como siempre.

Percibieron un enorme vacío, un vacío de cinco años. Solía ser tan fácil conversar entre ellos…

– Hoy no ha salido a pescar.

– La niebla es demasiado densa.

– Sí.

– Bueno…

– Mándele mis saludos a Hilda -dijo Rye.

– Se los daré. Y tú, a Josiah.

No dijeron nada. Lo dijeron todo. Dijeron: «Comprende, esto es duro para mí… yo también los amo a los dos». Se dieron la espalda y sus pasos se separaron en la niebla, hasta que Rye se dio la vuelta y vio desaparecer a Zach en la oficina, seguramente para hablar con su hijo acerca de ese extraño giro del destino.

La niebla parecía el fondo perfecto para el lúgubre estado de ánimo de Rye. Él y Ship andaban con paso fatigoso entre sus hilachas, los dos con la cabeza gacha. Por las calles silenciosas, las casas humildes, plateadas por la intemperie marina, se fundían con la blancura que las envolvía, y las persianas pintadas eran la única nota de color de ese día triste. Cada tanto, esas persianas eran azules, color reservado sólo a los capitanes de barcos balleneros. Los patios apiñados estaban rodeados por cercas de estacas puntiagudas, que pronto daban paso a otras hechas con costillas de ballena. Cerca de las refinerías, el olor a podrido flotaba en el aire, y era imposible escapar al humo gris de la descomposición de la grasa de ballena, atrapado por el velo de niebla que cubría la isla.

¡La caza de ballenas! Estaba por todas partes y, de repente, Rye Dalton sintió deseos de escapar.

En busca de soledad, enfiló hacia las marismas de Brant Point. La tierra baja se extendía como un mar verde, brindando cobijo a miles de especies de pájaros. Sus voces sonaban, alegres, a través de la bruma que se apretaba por encima de juncias y espadañas. Las aves que acudían a alimentarse creaban una agitación constante en los matorrales de arándano, y la niebla que se arremolinaba moviéndose sin cesar daba a la escena una cualidad surrealista. ¿Cuántas veces habían ido ahí tres niños a buscar nidos y huevos? Rye evocó a los tres, como eran cuando iban a ese sitio, pero de inmediato sólo el rostro de Laura ardió en su recuerdo, no como la vio el día anterior, sorprendida y atónita, sino en la época del despertar sexual de los dos, cuando lo miró por primera vez con ojos de mujer, inquisitivos y vacilantes. A continuación, la imaginó dándose la vuelta desde el hogar, con el mango de la cuchara envuelto en el delantal; el hijo de ambos irrumpiendo, sin saber…

Y una inmensa soledad se abatió sobre él.

Avanzó a través de las tierras bajas, formulando deseos inútiles, preguntándose qué estaría haciendo Laura en ese momento.

Se detuvo junto a una ribera alta, donde ahora languidecían las algas del año anterior, inclinadas bajo el peso de las gotas de agua. La niebla se arremolinó en torno a sus rodillas, y le impidió la visión de la costa lejana. Pero desde lejos llegaba el palpitar incesante de las olas que entraban en la playa, mientras que la parte de adelante del astillero de Brant Point estaba enmarcada por la bruma. Allá abajo, el Omega estaba siendo sometido a un completo reacondicionamiento. Como una ballena varada, había sido izado sobre una rampa en forma de esqueleto, y volcado y puesto de lado para su limpieza. Sobre él, los trabajadores se movían como hormigas, refregando cada milímetro del casco, volviendo a calafatear las junturas, restregando con piedras o frotando y barnizando de nuevo las cubiertas. Ya se estaban construyendo seis nuevos botes salvavidas de cedro para colocar en sus pescantes, al tiempo que en la cordelería del pueblo se fabricaban cuerdas de cáñamo para las jarcias fijas y para las de labor, con las que el montador podría empalmar la intrincada red de sogas, escotas y tirantes en el viaje siguiente. Y en el almacén del fabricante de velas, encima del taller de la calle Water, volaban agujas y pasadores sobre las velas que estaban confeccionándose.

Pero en un malecón pasando el astillero de Brand Point, un hombre solitario con su perra contemplaba, melancólico, el ciclo implacable del imperio de la caza de ballenas, que jamás se interrumpía. ¡Caza de ballenas! Apretó los puños.

¡Maldita seas! ¡Por ti he perdido a mi esposa!

Contempló el Omega allá abajo, pensando con dolor si no sería mejor contratarse para hacer otro viaje antes que quedarse allí, a ver que Laura seguía casada con Dan.

Pero luego, con una mueca crispada de decisión, regresó por donde había ido, andando a zancadas por el camino oceánico, mientras las gaviotas chillaban y a través de los velos de la bruma aturdían los martillos a sus espaldas.

«Dan está junto a su escritorio en la oficina, y Laura sola, en la casa».

El largo paso se hizo más largo aún, y a sus talones, la perra rompió a trotar.

Laura Morgan esperaba la llamada, pero cuando oyó golpear, se sobresaltó y apretó una mano contra el corazón.

«¡Vete, Rye! ¡Me da miedo lo que me provocas!»

El golpe sonó de nuevo, y Laura se mordió el labio inferior, que temblaba. Resuelta, avanzó hacia la puerta, pero cuando la abrió, se quedó mirando transfigurada a Rye, que estaba ahí afuera, con el peso ladeado hacia una cadera y las manos metidas dentro de la cinturrilla del pantalón. En su mente bailotearon bandadas de impresiones, demasiado veloces para interpretarlas: se para de una manera diferente; lleva puesto el suéter que le tejí; necesita un corte de pelo; él también ha pasado una noche en vela,

– Hola, Laura.

Aunque no le sonrió, se le veía cómodo, esperando con paciencia en el umbral. Y sucedió lo mismo que pasaba desde que ella tenía catorce años: esa oleada de alegría cada vez que lo veía. Sólo que en ese momento, la cautela la hizo dominarse.

– Hola, Rye.

Resuelta, sujetó el quicio de la puerta.

– Tenía que venir.

En algún recóndito rincón de la mente de Laura se registró la forma de hablar cortada que Rye había adquirido en alta mar, y supo que le añadía magnetismo: era algo que tenía que explorar, pues lo hacía aparecer como un extraño, en cierto modo. Apretó los dedos que sujetaban la puerta, pero su vista permaneció clavada en él.

– Eso me temía.

Rye arrugó el entrecejo al oír su respuesta, y apretó los labios. Una vez más, Laura notó la marca de viruelas en el de arriba, y contuvo con esfuerzo las ganas de tocarlo con la yema de un dedo.

Él la estudiaba como si ella fuese un diamante raro y él un cortador de gemas.

Laura, a su vez, como si esperase oír sonar unas cadenas fantasmales. La bruma de Nantucket formaba un fondo apropiado, como si Rye Dalton levitase, acercándolo a ella, y luego se hubiese quedado en suspenso, esperando a ver qué hacía Laura.

– ¿Puedo entrar?

Qué pregunta tan absurda: ¡esa casa era suya! Fuera, estaba húmedo y frío, y tras ella ardía el fuego. Y sin embargo, aun viendo que Rye tenía las manos metidas dentro de la cinturrilla del pantalón, vacilaba, como si fuese una portera.

Echó una mirada nerviosa a lo largo del sendero de conchillas, y por fin quitó la mano de la puerta.

– Sólo un minuto.

Cuando Rye avanzó, la perra se movió instintivamente junto a él.

– Quédate.

Sólo al oírlo Laura notó la presencia de la perra Labrador, y sonriendo de inmediato, se inclinó para saludarla.

– ¡Ship… oh, Ship… hola, muchacha!

Con un gemido y un meneo de la cola, Ship devolvió el saludo. Laura se acuclilló en la entrada, sujetando la mandíbula inferior de la perra con una mano y rascándole con la otra la coronilla. La falda gris claro se extendió alrededor, tapando las botas de Rye que seguía de pie, contemplando la cabeza de la mujer. Pero fue la perra la que recibió el cariñoso recibimiento.

– Así que, al fin viniste, tonta… y ya era hora. Podrías haber venido a visitarme de vez en cuando… -A continuación, soltó una risilla al recibir un lametón breve de la lengua rosada en su mejilla. Laura se echó atrás, pero la invitó, riéndose-: No hace falta que te quedes afuera, muchacha: tu alfombra todavía está aquí.

Mirándolas, Rye contuvo a duras penas las ganas de atraer a la mujer a sus brazos y exigir la bienvenida que también él merecía.

Laura se levantó y precedió el camino adentro. Cuando la puerta estuvo cerrada, se quedó de cara a ella, mientras que Rye se detuvo dándole la espalda; los dos vieron cómo Ship olfateaba el aire un instante y daba dos vueltas antes de tenderse sobre la alfombra trenzada entre los tobillos de Rye, con un gruñido satisfecho.

Los ojos azules de Rye Dalton salieron al encuentro de los castaños de Laura. La sensación de regreso al hogar fue abrumadora. Ship apoyó el hocico entre las patas con un suspiro, mientras que el amo metió otra vez los dedos dentro de la solapa del pantalón, como si así los sintiera más seguros. Cuando habló, su voz pareció brotar de lo más hondo de su garganta.

– El animal ha recibido una bienvenida más cariñosa que el amo.

Laura dejó caer la vista pero, por desgracia, se posó en las manos del hombre, metidas dentro del pantalón. Sintió un calor que subía hacia sus mejillas.

– Ella… recuerda su antiguo hogar -alcanzó a decir, casi en un susurro.

– Sí.

Pronunció la afirmación de una forma desconocida, que casi no alcanzó a las paredes más alejadas, y Laura siguió luchando contra el apremio de estudiar las diferencias que encontraba en él. Vio que una mano tostada salía de su escondite y se estiraba hacia su codo.

– Rye, no puedes…

– Laura, he estado pensando en ti.

Los dedos de esa mano le rodearon el brazo, pero ella se alejó de su alcance y retrocedió un paso, mientras su mirada volaba hacia la de él.

– ¡No lo hagas!

La mano quedó suspendida en mitad del movimiento en un instante cargado de tensión, y luego quedó colgando a un lado. Rye lanzó un pesado suspiro y, dejando caer la barbilla, fijó la vista en el suelo.

– Temí que dijeras eso.

Laura echó una mirada nerviosa hacia la alcoba, y susurró:

– Está Josh durmiendo la siesta.

Rye alzó la cabeza con brusquedad, y él también miró al otro lado del cuarto. Laura sorprendió la expresión anhelante que apareció en su rostro. Una vez más, los ojos azules escudriñaron los suyos.

– ¿Puedo verlo?

Por un instante, la indecisión asomó a los ojos de la mujer, que se retorcía los dedos, pero al final, respondió:

– Por supuesto.

Entonces, Rye se movió para atravesar la habitación con pasos leves que parecieron llevar siglos hasta que, por fin, se detuvo ante la cama, y escudriñó entre las sombras. Laura se quedó donde estaba siguiéndolo con la vista, viendo cómo hacía una pausa, enganchaba otra vez el pulgar en el borde de los pantalones, y se inclinaba hacia un lado. Por largo rato permaneció en silencio, inmóvil. Luego se estiró hacia el fondo del gabinete para sujetar el reborde de la pequeña manta de Josh entre los dedos índice y medio. El fuego ardía, acogedor. Lo único que se oía era el ruido de un ascua al caer. Un padre contemplaba a su hijo dormido.

Rye… oh, Rye.

El grito estaba encerrado en su garganta, y en sus ojos apareció una expresión dolorosa observando al hombre que se enderezaba lentamente y, con más lentitud aún, giraba la cabeza para mirarla a ella por encima del hombro. La mirada azul se posó en el estómago de Laura, y ella supo entonces que tenía las manos ahí apretadas, como si en ese preciso momento estuviese atrapada en los dolores del parto. Sonrojada, las dejó colgando a los lados.

– ¿Cuándo nació? -preguntó Rye en voz baja.

– En diciembre.

– ¿Qué día?

– El ocho.

Rye acarició otra vez al niño con la mirada, y luego se volvió y avanzó, silencioso pero decidido, hacia la puerta del nuevo dormitorio. Ahí se detuvo otra vez y miró dentro, recorriendo con la vista el interior para luego detenerse en la cama.

Laura sintió que una mezcla extraña de sensaciones le revolvía el estómago: familiaridad, cautela, anhelos. Contempló los hombros anchos de Rye cubiertos por el suéter que ella le había tejido hacía años, y que parecían llenar el hueco de la puerta. Mientras observaba el dormitorio que ella y Dan compartían, Rye daba la impresión de estar relajado y tenso a la vez, y Laura se preguntó si se habría puesto adrede ese suéter. Era asombrosa la forma en que subrayaba su fuerza, y viéndolo con la prenda puesta se sintió atrapada por una súbita oleada de sensualidad, viéndolo girar lentamente hacia ella y caminar sin prisa por el contorno de la sala, mirando los objetos, pasando el dedo por el borde de la repisa, abarcando tanto las cosas nuevas como las conocidas. Cuando llegó de nuevo junto a Laura, se detuvo ante ella con su nueva postura de piernas abiertas, propia de los hombres de mar.

– Cambios -dijo, con voz ahogada.

– En cinco años, son inevitables.

– Pero, ¿todo esto?

Ahora, su voz había adquirido un matiz de dureza. Otra vez tendió la mano hacia ella y esta vez también lo eludió.

– Rye, fui a ver a Ezra Merrill.

Se alegró de que ese anuncio lo distrajese, y se contuviese de volver a tocarla.

– ¿Tú también? Ya son dos.

– ¿Dos?

Levantó la vista, perpleja.

– Parece que Dan fue a verlo ayer.

«Ayer -pensó Laura-. ¿Ayer?»

Ante su expresión consternada, Rye prosiguió:

– Esta mañana, cuando lo vi en la oficina, me lo dijo.

– Entonces, ¿ya lo sabes?

– Sí, lo sé. Pero también sé que la ley no puede decirme lo que debo sentir.

Laura se volvió para no enfrentarse a esa mirada decidida. Desde atrás, Rye vio que se llevaba la mano a la sien.

– Este es un asunto muy confuso, Rye.

– Al parecer, la ley tampoco puede decirte a ti lo que debes sentir.

La mujer giró sobre sí y lo miró.

– Yo no estoy hablando de sentimientos sino de legalidad. Soy su esposa, ¿no entiendes? ¡En este preciso momento, tú… no deberías estar aquí, siquiera!

Tenía la cabeza un tanto ladeada y la parte superior del cuerpo adelantada, en su fervor por hacerle comprender. Rye habló con calma mortífera:

– Pareces bastante desesperada, Laura.

Ella se enderezó de inmediato.

– Rye, tengo que pedirte que te vayas y que no te dejes ver por aquí hasta que podamos aclarar esta situación. Anoche, Dan estaba… estaba muy alterado, y si te encontrase otra vez aquí, yo… yo… -Tartamudeó hasta interrumpirse, con la vista fija en la curva fuerte del mentón de Rye, donde las nuevas patillas casi se tocaban con el grueso cuello del suéter, dándole un fuerte e inquietante atractivo-. Por favor, Rye -concluyó, contrita.

Por un momento, creyó que él alzaría el puño y clamaría a los cielos, liberando su ira a duras penas contenida. Pero, en cambio, se relajó, aunque con esfuerzo, y concedió.

– Sí, me iré… pero el niño está dormido.

Su mirada voló hacia la cama infantil, luego otra vez a la mujer, y antes de que Laura pudiese impedírselo, dio una sola zancada adelante, la sujetó por la nuca, manejándola con una sola mano poderosa, y abatió su boca sobre la de ella. Laura apoyó las palmas contra la lana del suéter, y se encontró allí con el corazón retumbando dentro del pecho. Hizo fuerza para alejarlo, pero él la sujetaba tan férreamente que las horquillas de barba de ballena se le incrustaban en el cráneo. Ya le había humedecido los labios con la lengua, antes de que ella hubiese logrado soltarse. Cuando lo hizo, los labios de Laura provocaron un desesperado sonido de succión.

– Rye, esto…

– Shh… -Pasando de la violencia a la ternura, el cambio abrupto la confundió, y la admonición le interrumpió las explicaciones-. Un minuto… me iré en un minuto. -Inflexible, sin soltarle la nuca, la obligó a adelantarse, gesto que se contradecía con el suave y repetido-: ¡Shh!

Laura se quedó donde estaba, si bien algo rígida, con la barbilla de él apretada contra su frente, mientras Rye cerraba los ojos con fuerza. Sintió bajo los dedos el golpeteo del corazón de él, y encerró en los puños la lana áspera del suéter, agarrándola y retorciéndola, como si así pudiese evitar hundirse. Aun así, tanto Rye como ella estaban temblando.

– Te amo, Laura. -Las palabras retumbaron en su garganta, y las rodillas de la mujer temblaron-. Josh… -Lo oyó tragar-. Josh se parece a mi madre -dijo, con voz ronca.

Luego, tan repentinamente como había exigido el beso, se marchó, con un brusco giro y un tirón a la puerta, sin agregar una palabra.

– ¡Vamos!

Pero Ship ya estaba de pie.

Y Laura Morgan se quedó, ansiando poder seguir la orden con la misma libertad que la perra.

Capítulo4

A la noche del sábado siguiente, la casa de Joseph Starbuck estaba radiante de iluminación con aceite de ballena, lo más apropiado para una ocasión en que se celebraba el éxito del viaje de un ballenero.

Cuando Laura Morgan cruzó la puerta principal, creyó entrar en un ámbito mágico de luminosidad artificial, que muy pocas casas de Nantucket podían jactarse de tener por las noches. Los candeleros resplandecían, reflejando los lustrosos suelos de roble y la balaustrada encerada de la escalera. Sobre una mesa de refectorio, en el vestíbulo principal, lámparas más pequeñas arrancaban destellos a un tazón de cristal para ponche, lleno de cerveza, junto a otro que contenía una deliciosa mezcla de nata dulce y vino. Alrededor de la sala, pequeñas lámparas realzaban la colorida gama de vestidos de seda, cuyas faldas se mantenían rígidas sobre aros de huesos de ballena, y que daban a las mujeres la apariencia de deslizarse sobre ruedas.

Dan había estado toda la noche taciturno y sombrío desde el momento en que ayudó a Laura a ajustarse el corsé y le abrochó el vestido. Al alzar la vista, se encontró con que las ballenas del corsé elevaban los pechos más de lo habitual, a lo que contribuía el rígido refuerzo del corpiño del vestido. Su expresión se agrió, y desde entonces estaba así.

La parte delantera del vestido era recatada, rematada por un rígido canesú de plisado estrecho, que iba desde el borde de un hombro al otro, y apenas se curvaba en el centro. Cuando compró el vestido, Laura observó, risueña, que en Nantucket no había forma de escapar a las ballenas… ¡pues hasta parecía un barco ballenero! En verdad, las sombras del plisado parecían las planchas superpuestas del fondo de un esquife. Pero nadie la confundiría con nada que no fuese lo que era: una beldad joven, de hermoso cuerpo, de contornos apenas contenidos en el corpiño.

El vestido de muselina estaba entretejido de franjas de seda color crema entre ramilletes de rosas rosadas, sobre un delicado fondo de hojas verdes. En los bordes de los hombros llevaba rosas artificiales, y desde allí las mangas, también plisadas, bajaban hasta el codo formando un enorme bullón de muselina, sujeto por una cinta rosada.

El vestido destacaba su delicada estructura ósea: la finura de mandíbula, mentón y nariz, y la boca adorable que semejaba una hoja de hiedra en forma de corazón. Los rasgos sutiles hacían parecer sus ojos aún más grandes de los que eran. Llevaba el pelo recogido en la coronilla en un intrincado moño, entrelazado de diminutas cintas rosadas, y con otra rosa sobre la oreja izquierda, de la que partía un grupo de rizos sueltos. En torno al rostro, finos mechones más cortos que el resto se rizaban como un halo castaño rojizo alrededor de las facciones delicadas.

La moda de la época subrayaba más aún la femineidad, con sus cinturas alargadas y faldas voluminosas, que hacían más gordas a las gordas, raquíticas a las delgadas, pero daban a las afortunadas como Laura Morgan la apariencia de muñecas de Dresde.

Sin embargo, en ese momento estaba lejos de sentirse afortunada. Tenía la cintura ceñida como si fuese un desgraciado reloj de arena… ¡y estaba segura de que en medio minuto se quebraría! Un ancho refuerzo de ballena en la parte delantera del vestido ya se le clavaba en el estómago cada vez que se inclinaba, y en el surco entre los pechos cada vez que respiraba. Estaba tan incómoda que se había puesto de mal humor y, peor aún, se sentía mareada.

Jamás asistía a un evento social sin maldecir para sus adentros la rigidez que se veía obligada a soportar. Pero esa noche la ocasión exigía que sonriese con cordialidad y sin quejarse, pues Dan le había advertido que era una cena de negocios, lo cual significaba que acudirían los empleados más importantes de Starbuck, junto con los invitados de honor como el capitán del Omega, Blackwell, Christopher Capen y James Childs, albañil y carpintero contratados por Starbuck para construir los Tres Ladrillos para sus hijos.

La conversación giraba en torno al éxito del Omega y del avance de las casas, que iban bien encaminadas. Laura escuchaba a medias a Annabel Pruitt, esposa del agente de compras de Starbuck, que tenía la costumbre de difundir noticias, incluso antes que el periódico del pueblo. A Laura no le interesaba demasiado que hubiesen traído los ladrillos para las casas desde Gloucester, pero se despertó su atención cuando, de repente, el tema cambió:

– Se dice que el señor Starbuck le ha ofrecido a Rye Dalton una sustanciosa participación en el botín del Omega la próxima vez que zarpe.

La señora Pruitt observó con atención los semblantes de Dan y de Laura Morgan mientras difundía la nueva. Laura sintió que los dedos de Dan se apretaban en su codo, y recorrió con la vista el salón, buscando un banco donde sentarse. Pero un instante después los dedos de Dan se le clavaron con más fuerza, y comprendió que no era la mera mención del nombre de Rye lo que había enervado a su esposo. Le tiró del codo con tanta brusquedad que el ponche se agitó en la copa.

– ¡Caramba, Dan, qué…! -empezó a decir, retrocediendo para no mancharse el vestido y clavándose la ballena en el estómago con ese movimiento.

Pero en ese instante, siguiendo la dirección de la mirada ceñuda de Dan, quedó justificada la incomodidad que padecía para poder estar bella. Ahí, en la entrada, los Starbuck saludaban al recién llegado Rye Dalton. El corazón de Laura dio un vuelco. No pudo evitar quedarse mirando, pues Rye iba ataviado como un figurín… nada de suéter ni chaquetón marinero a la vista.

Llevaba pantalones verde oscuro, un frac del mismo color de cuello alto y rígido, con el detalle de última moda: muescas en las solapas. Mangas largas, ajustadas, que pasaban de la muñeca y cubrían parte de las manos tostadas. El rostro curtido por el mar relucía sobre el albo corbatín que le ceñía el cuello y formaba un lazo pequeño, escondido a medias tras la pechera de la chaqueta cruzada.

Así como el pato silvestre encuentra a su compañera entre la bandada, así Rye encontró a Laura entre el amontonamiento de gente que llenaba el salón. Las miradas de los dos se encontraron, y Laura sintió un golpe de calor en la parte baja del cuerpo. Los dolores de estómago quedaron olvidados; en su lugar la desbordó el orgullo por lo bien que lucía con ese vestido. Cuando esos ojos azules se demoraron en los suyos, y luego la recorrieron abajo y arriba, supo que tenía la boca abierta, y la cerró de inmediato.

Hacía cuatro días que no se veían, y ella no esperaba verlo esa noche. Tampoco esperaba que sus ojos la recorriesen con tal desvergüenza, ni que le hiciera una breve reverencia antes, incluso, de que el lacayo le recibiese el sombrero de copa.

Se apresuró a ocultar sus mejillas ardientes tras la copa de ponche, no sin que antes Dan registrase ese intercambio de miradas. Con semblante ácido, tomó el codo de Laura y la hizo volverse de espaldas a la puerta, rodeándole la cintura y apoyando la mano con su cadera con gesto posesivo que rara vez se hacía en público en esa ciudad en que los fundadores puritanos habían dejado su marca indeleble.

Sabiendo que Dalton los miraba tras sus espaldas, Dan se inclinó en actitud íntima para susurrar en el oído de su esposa:

– Yo no tenía idea de que él estaría esta noche aquí, ¿y tú?

– ¿Yo? ¿Cómo podía saberlo?

– Pensé que, tal vez, te lo hubiese dicho.

Observó atentamente su expresión, para ver si tenía razón.

– Yo… eh, no lo he visto desde el lunes -mintió.

El martes lo había besado.

– Si hubiese sabido que iba a estar, no habríamos venido.

– No seas tonto, Dan. Vivimos en la ciudad, y es inevitable que nos encontremos con él de vez en cuando. No puedes aislarme, de modo que tendrás que aprender a confiar en mí.

– Oh, Laura, confío en ti. Es en él en quien no confío.

Pasó casi media hora antes de que llamaran a los invitados a cenar. Para cuando entraron en el comedor, a Laura le dolía la espalda de estar erguida con tanta rigidez, y empezaba a dolerle la cabeza por la tensión. Por mucho que intentase olvidar que Rye estaba presente, no podía. Parecía que cada vez que se daba la vuelta para conversar con otro invitado, él aparecía en su línea de visión y la observaba desde abajo de esas cejas de dibujo perfecto, sonriéndole con audacia cuando nadie miraba. Ahora tenía el cabello pulcramente recortado, pero había conservado las patillas, que enmarcaba las mandíbulas dándole un intenso atractivo. Había hecho esfuerzos para dejar de mirarlo, aunque con poco éxito y una vez -no estaba segura-, creyó ver que hacía el gesto de un beso hacia ella, pero al mismo tiempo alzaba la copa y el beso, si lo era, se convirtió en sorbo.

Esa noche, estaba de ese talante endiablado y bromista que Laura recordaba tan bien.

Durante la cena, como si los anfitriones hubiesen tenido la intención de contribuir a su desdicha, Dan y ella estuvieron sentados enfrente de Rye, y de una parlanchina rubia llamada DeLaine Hussey, cuyos antepasados habían colonizado la isla, junto con los de Joseph Starbuck.

Muy pronto, la señorita Hussey entabló conversación con Rye acerca del viaje, derramando sobre él su compasión por haber contraído viruelas, observando las pocas marcas que le habían quedado, y afirmando que no estropeaban su apariencia en lo más mínimo. A la afirmación siguió una sonrisa vibrante, ¡y Laura deseó que la joven hubiese contraído viruelas! Pero el condenado Rye aceptó el cumplido sonriéndole a la muchacha, con la sonrisa subrayada por la marca que quedaba en la mejilla y que tenía la apariencia de un hoyuelo hechicero.

Sin perder tiempo, la señorita Hussey aludió a un tema que elevó la temperatura de Laura hasta igualar la de la sopa de almejas que acababan de servirle.

– Hace cinco años que zarpó el Omega… eso es mucho tiempo.

– Sí, lo es.

Mientras se llevaba a la boca una cucharada de sopa hirviendo, Laura sintió los ojos de Rye sobre ella, pero evitó devolver la mirada.

– Entonces, no conoce el grupo de mujeres, de Nantucket que se organizaron bajo la denominación de Mujeres Francmasonas. -gorjeó la rubia desde el otro lado de la mesa.

Laura sopló demasiado fuerte la sopa, y parte de ella voló sobre el mantel. «¡DeLaine Hussey! -pensó-. ¡Eres una desvergonzada!». Desde que tenía memoria, esa chica estaba tratando de clavarle las garras a Rye, y desde luego no perdía una sola oportunidad, ahora que se sabía que a él se le había negado la entrada a la casa de la colina.

– No, señora -respondió Rye-. Jamás he oído hablar de ellas.

– Ah, pero ahora que el Omega ha regresado con los barriles llenos, las conocerá.

– ¿Barriles llenos? ¿Qué tienen que ver con un grupo de mujeres?

– Señor Dalton, las Mujeres Francmasonas han jurado rechazar el cortejo o la propuesta de matrimonio de cualquier hombre que no haya matado su primera ballena.

Laura se quemó la lengua con la sopa, y casi derramó el agua de la copa por la prisa con que se la llevó a la boca para enfriarse.

«¡Llamarle señor Dalton! -pensó Laura-. Fueron compañeros de escuela. ¿Qué cree DeLaine Hussey que está haciendo?»

Los camareros se llevaron los cuencos de sopa, y Laura comprobó que no había podido terminar su parte, porque estaba tan atenta a la conversación que no advirtió que estaba poniéndose en evidencia. Las ballenas le causaban una profunda molestia, pero en ese momento los camareros traían un humeante asado de ternera, rodeado de zanahorias glaseadas y patatas aromatizadas con hierbas.

Laura no tuvo más remedio que aceptar el plato principal. Pero la carne se le atascó en la garganta, acompañando al coqueteo que matizaba la conversación al otro lado de la mesa.

La enamorada señorita Hussey seguía explicando la doctrina de la orden de las damas isleñas, que reservaban su amor sólo a los balleneros probados, hasta que Rye no pudo menos que preguntar, cortés:

– ¿Y usted es miembro del grupo… señorita Hussey?

En ese preciso instante, Laura casi se ahogó con un trozo de ternera, pues sintió que algo blando y tibio se le metía bajo las faldas y le acariciaba la pantorrilla por debajo de la mesa.

¡El pie de Rye!

¡Qué descaro, hacer semejante cosa mientras, al mismo tiempo, sonreía a DeLaine Hussey con aire inocente! ¡Pero si esa era la antigua señal de que querían hacer el amor cuando regresaran al hogar!

Mientras el pie de Rye le provocaba oleadas de estremecimientos, la señorita Hussey, con sus ojos de cierva, seguía agitando las negras pestañas y lanzándole miradas devastadoras, preguntándole con toda intención:

– Señor Dalton, ¿usted ha matado ya su primera ballena?

Rye rió francamente y se echó atrás, alzando la barbilla, para después dedicarle otra subyugante sonrisa a su vecina de mesa.

– No, señorita Hussey, no lo he hecho, y usted bien lo sabe. Soy tonelero, no timonel de barco -repuso, usando la denominación oficial de los arponeros.

En ese momento, los dedos de los pies subieron un poco más y se enroscaron en el borde de la silla, entre las rodillas de Laura, mientras su dueño no dejaba de sonreír a DeLaine Hussey, mirándola a los ojos. Esta vez, Laura saltó de manera evidente, y un trozo de ternera se le atascó en la garganta, provocándole un espasmo de tos.

Solícito, Dan le palmeó la espalda e indicó a un camarero que le sirviera más agua en la copa.

– ¿Estás bien? -le preguntó.

– B-bien.

Tragó, esforzándose por recuperar la compostura, pero ese pie tibio le rozaba la cara interna de las rodillas, impidiéndole juntarlas.

Por desgracia, la tos atrajo la atención de la anfitriona al plato de Laura, y la señora Starbuck tuvo ocasión de observar lo poco que había comido, y de preguntarle si la comida estaba bien. En consecuencia, Laura no tuvo más remedio que tomar otro bocado y tratar de tragarlo.

En ese mismo instante, Rye le sonrió, despreocupado, y dijo:

– Por favor, pásame la sal.

No se le escapaba que estaba incómoda, pues sabía lo mucho que detestaba los corsés con ballenas.

Para su sorpresa, Laura sintió un ¡tap, tap, tap! en la parte interna de la rodilla. Mientras al otro lado de la mesa Rye y DeLaine Hussey continuaban con una conversación de apariencia inocente con respecto a la tonelería, Rye cortó dos trozos de la ternera que tenía en su plato, comió uno de ellos y, con disimulo, tiró el otro al suelo, donde los esponjosos gatos persas de los Starbuck se apresuraron a limpiar toda evidencia.

Laura se llevó la servilleta a los labios para ocultar la sonrisa, pero se sintió agradecida pues, a la siguiente oportunidad, practicó la misma artimaña que él acababa de demostrarle y que, en última instancia, la salvó de avergonzarse a sí misma, a la anfitriona… o a ambas.

La comida concluyó con una deliciosa tarta aromatizada con ron, que a ninguno de los gatos le gustaba -un encogimiento de hombros casi imperceptible por parte de Rye obligó a Laura a ocultar otra vez la sonrisa tras la servilleta-, de modo que no tuvo más remedio que comer la mitad de su porción, lo que dejó su estómago en estado calamitoso.

Cuando a Rye se le antojó apartar el pie, Laura no sólo tenía el estómago revuelto sino que estaba sonrojada. Los anfitriones se levantaban de los asientos cuando, por la expresión de Rye, supo que estaba buscando el zapato. Lo dejó sufrir, empujándolo un poco más debajo de su silla, mientras los invitados, a ambos lados de la mesa, estaban levantándose y dirigiéndose hacia el salón principal. Dan se colocó detrás de su silla y, por un momento, se le ocurrió dejar el zapato donde estaba, hasta que comprendió que, si lo encontraban ahí, sería tan culpable ella como Rye, así que un segundo después, en respuesta al ceño fruncido, el dueño del zapato lo recuperaba justo a tiempo.

En ese momento, un cuarteto de cuerda tocaba en el salón principal, y algunas parejas bailaban mientras otras conversaban. Un reducido grupo de hombres salió a fumar cigarros, entre ellos Joseph Starbuck y Dan que, a desgana, se apartó de Laura a instancias de su patrón, no sin antes observar que Rye seguía entre las garras de DeLaine Hussey, por lo cual dedujo que no tendría posibilidades de molestar a su mujer.

Entretanto, Laura no necesitaba de Rye Dalton para sentirse molesta: estaba segura de que si no podía aflojarse pronto el corsé, vomitaría o se desmayaría.

No bien le resultó posible hacerlo con elegancia, escapó por la puerta trasera, y respiró grandes bocanadas de aire. Pero el aire no bastaba para aliviarla, pues esa noche estaba cargado de niebla, y el olor penetrante que se extendía bajo los frutales de la huerta de Starbuck para controlar una plaga de gusanos casi la ahogó. Levantándose las faldas, corrió de manera bastante poco femenina entre los árboles, sintiendo que la intensa fragancia de las flores no hacía más que empeorar su revoltijo. Forcejeó inútilmente con los ganchos y ojales metálicos de la espalda, aunque sabía que no tenía modo de llegar a ellos. Un líquido que le subió a la boca fue la advertencia. Las lágrimas le escocieron los ojos. Se apretó la cintura y se inclinó, sintiendo arcadas.

En ese momento, unos dedos fríos le tocaron la nuca, y empezaron a soltarle rápidamente los ganchos, mientras ella se cubría de sudor.

– ¿Para qué diablos te enfundas en estas cosas, si no puedes tolerarlas? -preguntó airado Rye Dalton.

En ese momento no estaba en condiciones de responderle, concentrada como estaba en luchar contra las fuerzas de la naturaleza, pero, al fin, logró exhalar, con voz ahogada:

– ¡Date prisa!

– ¡Malditos y estúpidos artefactos! -musitó-. ¡Mujer, deberías tener un poco más de sensatez!

– Lo-los cordones, por favor -jadeó, cuando el vestido quedó abierto.

Rye tiró del lazo que se apoyaba en el hueco de la espalda, y luego tironeó de él para soltarlo hasta que, al fin, empezó a desatar los lazos con los dedos y Laura logró respirar con comodidad por vez primera en el curso de tres horas.

– ¡Ojalá te quemes… en el infierno, Rye D…Dalton, por haber traído huesos de ballena a la costa… y ha…hacer desdichadas a las mujeres del mundo entero! -le reprochó entre jadeos.

– Si tengo que quemarme en el infierno, bien podría pasarme por muchas razones mejores que esa -replicó, acercándose más a ella por detrás y metiendo las manos dentro del corsé ya flojo.

– ¡Detente! -Se apartó de golpe y giró hacia él, sintiendo que todas las frustraciones brotaban hacia la superficie. La increíble trampa en que habían caído porque él insistió en embarcarse, la tortura de esas ballenas malditas e insoportables, el coqueteo que se había visto obligada a presenciar… todo eso se encendió y la hizo explotar, perdiendo el control-. ¡Basta! -le espetó entre dientes-. ¡No tienes derecho a desembarcar aquí después de… después de cinco años, y comportarte como si jamás te hubieses marchado!

De inmediato, Rye también explotó.

– ¡Me marché por ti, para poder traerte…!

– ¡Te supliqué que no te fueras! ¡Yo no quería tu… tu apestoso aceite de ballena! ¡Yo quería a mi esposo!

– ¡Bueno, aquí estoy! -le replicó, sarcástico.

– Oh… -Apretó los puños, gimiendo de irritación-. Crees que es muy sencillo, ¿verdad, Rye? Juguetear debajo de la mesa con el pie, como si la decisión más importante que yo tuviese que tomar fuera si quitarme o no el zapato. Bueno, ya ves en qué estado me has dejado.

– ¿Y qué me dices del estado en que yo estoy?

Desdeñosa, le dio la espalda.

– Ya estoy bien. Gracias por su ayuda… señor Dalton -replicó, imitando a DeLaine Hussey-, pero será mejor que vuelvas antes de que te echen de menos.

– Lo hice para que vieras qué es lo que me veo obligado a soportar cada vez que os veo a ti y a Dan juntos. ¿No es cierto que te molestó… ver a tu esposo con otra mujer?

Una vez más, Laura giró de cara a él.

– ¡Está bien… sí! ¡Me molestó! Pero ahora comprendo que no tengo ningún derecho a molestarme por eso. Como te dije, será mejor que regreses antes de que te echen de menos.

– Me importa un cuerno si me echan de menos. Además, lo único que estoy haciendo es estar en el huerto, conversando con mi esposa. ¿Qué hay de malo en ello?

– Rye, a Dan no le gustaría…

En ese instante, llegó la voz de Dan desde la fila de árboles más cercana.

– Laura, ¿estás aquí?

La joven se volvió hacia la voz para responder, pero Rye la tomó del codo y se acercó, poniéndole un dedo sobre la boca y susurrándole al oído:

– Shh.

– Tengo que responderle -susurró Laura, a su vez, con el corazón martilleándole-. Sabe que estamos aquí afuera.

Sujetándole la cabeza con ambas manos, acercó los labios a la oreja de ella:

– Si lo haces, yo le diré que tu corsé está flojo porque estábamos disfrutando de un pequeño revolcón bajo los manzanos.

Furiosa, Laura se apartó de él, manoteando desesperada para volver a atarse los lazos. Pero fue imposible, y Rye nó hizo más que sonreír.

– Laura, ¿eres tú? -llegó la voz de Dan-. ¿Dónde estás?

– ¡Ayúdame! -suplicó, poniéndose de espaldas a Rye al sentir que los pasos de Dan se acercaban.

Ya estaba avanzando por entre los árboles: se oían las ramas que se rompían.

– Ni lo sueñes -murmuró Rye.

Dominada por el pánico, Laura le agarró la muñeca, se levantó las faldas, y corrió, arrastrándolo consigo. Corrían entre las hileras, agachándose para pasar debajo de las ramas cortando en silencio la noche brumosa, que ahogaba el sonido de sus pasos. ¡Qué actitud tan estúpida e infantil! Pero excepto que no podía permitir que Dan la descubriese afuera en una noche neblinosa, medio desvestida junto a Rye, no podía pensar nada más.

El huerto era ancho y largo, y se extendía en un laberinto de manzanos envueltos en la capa blanca de la niebla, luego aparecían membrillos, y por fin, ciruelos. La niebla lo cubría todo, ocultando a esos dos que se movían como espectros. La ancha falda de Laura podría tomarse como otra explosión de capullos de manzano, pues los árboles se inclinaban hacia la tierra, protegiéndose de los incesantes vientos marinos, y adoptaban la misma forma abultada que una falda armada con aros.

Por fin, Laura se detuvo alerta, escuchando, con una mano apretada contra los pechos que se alzaban, para sujetarse el vestido. Rye también escuchó, pero no oyeron ni el más débil acorde de música que proviniese de la casa. Estaban rodeados por ondas blancas, perdidos en la niebla, solos en una especie de cenador íntimo de membrillos donde no podían ser vistos ni oídos.

Todavía sujetaba la muñeca de Rye, y pudo sentir su pulso acelerado bajo el pulgar. Soltó la mano de golpe, y le espetó:

– ¡Maldito seas, Rye!

Pero este ya había recuperado el buen humor.

– ¿Ese es el modo de hablarle al hombre que acaba de aflojarte el corsé?

– Te dije que necesitaba tiempo para pensar y para resolver las cosas.

– Te he dado cinco días… ¿qué es lo que has resuelto?

– ¡Cinco días… exactamente! ¿Cómo puedo aclarar semejante embrollo en cinco días?

– ¿Así que quieres que te siga aquí, a la huerta de manzanos, donde solíamos hacerlo bajo las propias narices de Dan cuando éramos muchachos?

Se acercó más, con el aliento agitado después de la carrera.

– No vine aquí por eso -protestó, y era cierto.

– Entonces, ¿por qué? -Le puso las manos en la cintura para acercarla a él. Laura le sujetó las muñecas, pero Rye no se dejó apartar. Le acarició las caderas, y su voz suave se mezcló con la niebla, para confundirla-. ¿Recuerdas esa época, Laura? ¿Recuerdas cómo era… con el sol sobre la piel, los dos asustados de que Dan nos descubriese aquí mismo, a la luz del día, y…?

Laura le tapó la boca con la mano.

– Eres injusto -se quejó.

Pero el recuerdo ya había revivido, como pretendía Rye, y servía a sus propósitos, porque el aliento de la mujer no se hizo más fluido. Al contrario, era más agitado y rápido que cuando habían dejado de correr.

Rye le besó los dedos con los que quería impedirle hablar. Laura los retiró de inmediato, dejándole los labios libres, para asegurarle:

– Te lo diré bien claro, mujer: no tengo intenciones de jugar limpio. Jugaré todo lo sucio que haga falta para recuperarte. Y empezaré ya mismo, manchándote el vestido en este huerto si no te quitas esa maldita prenda.

Una vez más, las manos le agarraron las caderas, y luego subieron por el torso y se posaron en la espalda, encontraron la abertura de la ropa y, presionando sobre los omóplatos de Laura, la acercó hasta que los pechos de ella tocaron su chaqueta.

Laura apartó la boca.

– Si te dejo besarme una vez, ¿te darás por satisfecho y me dejarás regresar?

– ¿Qué crees? -murmuró, con tono áspero, rozándole con la nariz el costado del cuello, mordiéndolo suavemente, y provocándole estremecimientos en el vientre.

– Creo que mi marido me matará si no vuelvo pronto a casa.

Pero le acercó más los labios mientras lo decía.

– Y yo pienso que este marido te matará si lo haces -repuso, casi dentro de la boca de ella.

Rye olía a cedro, a vino y a pasado. Laura reconoció su aroma, que disparó en ella la vieja respuesta. El silencio los envolvió, tan inmenso y total que dentro de él los corazones de los dos resonaban como disparos de cañón. El primer día, cuando él la besó, ella se había quedado conmocionada. La segunda vez, la había tomado por sorpresa. Pero en ese instante… si la besaba, si se lo permitía, sería con toda deliberación.

– Una vez -susurró-. Sólo una vez, y luego tengo que volver. Prométeme que me atarás otra vez los lazos -le rogó.

– No -replicó, gruñón, echándole el aliento en los labios-. Nada de promesas.

Apelando a la sensatez, Laura se echó atrás, pero a Rye no le costó demasiado hacerla desistir. Le bastó con rozarle la comisura de la boca con los labios.

Y ahí estaba, una vez más, el viejo estremecimiento, fuerte y vital como siempre. Este hombre tenía esa virtud, Rye lograba eso que Laura había intentado olvidar desde que estaba casada con Dan. Lo llamara técnica, práctica, familiaridad… habían aprendido juntos a besar, y Rye sabía lo que a Laura le gustaba. Dejó que los alientos se mezclaran, le humedeció la comisura de la boca, hundiendo apenas la lengua para probar, antes de saborearla plenamente. Le gustaba que la excitara muy poco a poco, y Laura esperó, con el cuello tenso, y la respiración agitada, mientras Rye la sujetaba con una mano en el cuello, masajeándole con el pulgar el hueco bajo el mentón. El pulgar trazaba lánguidos círculos. Entonces, llegó la lengua, mojando el contorno de los labios con pacientes toques suaves, mientras percibía cómo se encendía el fuego en ella.

Los recuerdos llegaron a Laura en tropel… a los quince años, en un esquife, con los labios bien apretados y los ojos cerrados; a los dieciséis, en una caseta de botes, y ya conociendo bien el uso de la lengua; avanzando hacia la madurez plena, aprendiendo juntos cómo toca un hombre a una mujer, como una mujer toca a un hombre para provocar impaciencia, y luego, éxtasis.

Como si le leyese la mente, Rye murmuró:

– Laura, ¿recuerdas aquel verano, en el desván del almacén para guardar botes del viejo Hardesty?

Apretando su boca contra la de ella la hizo regresar a esos tiempos primeros, y su lengua invitó a la de ella a danzar. La cara interna de los labios del hombre tenía la sedosidad exacta, la tibieza justa, la humedad suficiente, la vacilación necesaria, la exigencia apropiada para borrar el día presente y llevarla de regreso, a través de los años, a aquellos primeros tiempos.

Se estremeció. Rye sintió el temor en la palma de su mano, sobre la nuca de ella, y la acercó a sí, para luego deslizar esa mano tibia, inquisidora, dentro del vestido que le colgaba suelto, desde los hombros. Pero cuando estaba a punto de bajárselo, Laura se apresuró a alzar los brazos hacia el cuello de él, y no se lo permitió. El vestido cumplía su función, porque entre las puntas de las ballenas y los puñados de tela fruncida, había poca posibilidad de acceder a las zonas íntimas de su cuerpo. El aro del miriñaque se apretaba contra sus muslos y se abría hacia atrás, como si lo inflase un viento huracanado.

Pero el huracán no soplaba en las faldas de la mujer sino en su cabeza y en su corazón, porque el beso iba adquiriendo sustancia. Era una caliente entrega de bocas, sin la menor reserva. Su lengua se unió a la de él y Laura recibió de inmediato la sacudida de la diferencia, como lo sabe cualquiera que haya besado a una sola persona durante mucho tiempo, como le sucedía a ella con Dan. El golpe debió de haberla enfriado, recordándole que no era libre para hacer tales cosas con este hombre, pero en cambio la alegró, y la hizo comprender que, desde que se casó con Dan, había estado comparando desfavorablemente el beso del esposo con este.

La admisión la hizo sentirse traidora y, en cierto modo, le devolvió la sensatez: deseó fervientemente que Rye se conformase con este beso, por el momento, porque la resistencia se le diluía a toda velocidad mientras él la abrazaba con firmeza y pasaba las manos por la piel desnuda de la espalda, única zona que podía tocar.

Rye arrancó sus labios de los de ella y dijo, con salvaje emoción:

– ¡Laura… por Dios, mujer!, ¿acaso te complace torturarme? -Alzó una mano, la deslizó por el brazo de Laura, le aferró la mano y, quitándola de su nuca, la llevó a la parte henchida de su cuerpo-. He estado cinco años en el mar, y mira lo que me has hecho. ¿Cuánto tiempo me harás esperar?

Oleadas de excitación recorrieron el cuerpo de la joven. Trató de soltarse, pero Rye le sujetaba la mano en ese lugar del que había estado ausente tanto tiempo, y el calor de su erección palpitaba, insistente, atravesando la tela del pantalón. Sujetándola por la nuca, la atrajo con vehemencia otra vez hacia él y la besó, hundiendo y sacando de manera rítmica su lengua caliente y ávida de la boca femenina: Laura recordó que fue él quien se lo enseñó, hacía años, en una caseta para guardar botes. La mano de la joven dejó de resistirse y se adaptó a la forma de él, que se impulsó hacia la caricia, sin dejar de apretarle el dorso de la muñeca, los nudillos y los dedos.

Laura lo comparó otra vez, sin quererlo, con el hombre que en ese momento la esperaba en la casa. Fue levantando la mano y luego bajándola, midiendo, recordando, mientras Rye con el movimiento de su cuerpo le suplicaba que tocara el satén de su piel, ya que ella no le permitía acceder al suyo.

La niebla enroscaba sus rizos sobre las cabezas de los dos, y llenaba la noche el perfume seductor de las flores. Tenían el aliento entrecortado por el deseo, y exhalaban como las olas del mar que se precipitaran sobre la arena, para luego retroceder.

– Por favor -gimió Rye, dentro de su boca-. Por favor, Laura amor. Hace tanto tiempo…

– No puedo, Rye -dijo, desdichada. Retirando de repente la mano, se cubrió la cara con las dos, y se quebró en un sollozo-. No puedo… Dan confía en mí.

– ¡Dan! -refunfuñó-. ¡Dan! ¿Y yo, qué? -La voz de Rye temblaba de furia. Le agarró el brazo y tiró de ella, casi hasta hacerla ponerse de puntillas-. ¡Yo confiaba en ti! ¡Confié en que me esperarías mientras yo navegaba en ese… desgraciado ballenero y aguantaba la pestilencia del aceite rancio y del pescado podrido, comía harina en la que asomaban gorgojos, y olía los cuerpos sucios de los hombres, incluyendo el mío día tras día! -Apretó con más fuerza, y Laura hizo una mueca de dolor-. ¿Tienes idea de cuánto ansiaba olerte? La sola noción estuvo por volverme loco. -En ese momento, la empujó, casi con desdén-. Tendido ahí, a la deriva cuando había calma ecuatorial, a merced de la falta de vientos, mientras los días pasaban y yo pensaba en ese tiempo que pasaba, cuando podría haber estado contigo. Pero yo quería traerte una vida mejor. ¡Por eso lo hice! -vociferó.

– ¿Y qué crees que estuve soportando yo? -exclamó Laura, proyectando hacia delante los hombros en actitud beligerante y con lágrimas corriéndole por las mejillas-. ¿Acaso crees que no sufrí cuando te vi meter ropa en ese baúl, cuando vi cómo desaparecían las velas y me preguntaba si volvería a verte con vida? ¿Cómo crees que fue cuando descubrí que estaba embarazada de tu hijo y supe que el niño jamás conocería a su padre? -Le tembló la voz-. Quería matarte, ¿sabes, Rye Dalton? ¡Quería matarte, porque habías muerto dejándome sola!

Lanzó una carcajada loca.

– ¡Sin embargo, no perdiste tiempo en encontrar a alguien que ocupara mi lugar!

Apretando los puños, Laura gritó:

– ¡Estaba embarazada!

– ¡De mi hijo, y recurriste a él!

Sus raíces casi se tocaban.

– ¿A qué otra persona podía recurrir? ¡Pero tú no lo comprenderías! ¿Cuándo fue la última vez que tu barriga se infló como un pez globo y no podías caminar sin que te doliese, o… o despejar el camino con la pala, o levantar un balde con agua? Mientras estuviste ausente, ¿quién crees que hizo todas esas cosas, Rye?

– Mi mejor amigo -respondió con amargura.

– También era mi mejor amigo. Y si no lo hubiese sido, no sé qué habría hecho yo. Se presentó sin que se lo pidiera, cada vez que lo necesité, y aunque no quieras creerlo, fue tanto por lo que te quería a ti como por lo que me quería a mí.

– Ahórrame dramatismos, Laura. Se presentó porque estaba impaciente por ponerte las manos encima, y tú lo sabes -repuso con frialdad.

– ¡Eso que dices es despreciable, y lo sabes!

– ¿Acaso niegas que tú sabías lo que sentía por ti desde que éramos jóvenes?

– No niego nada. ¡Intento hacerte entender lo que sufrieron dos personas al saber de tu muerte… lo que sufrieron juntos! Cuando supimos que el Massachusetts se había hundido, pasamos esos primeros días caminando por las dunas donde solíamos jugar los tres, diciéndonos que no podía ser verdad, que aún estarías vivo, por allí, en algún lado, y al minuto siguiente, convenciéndonos mutuamente de que teníamos que aceptarlo… que jamás volverías. Yo fui la más débil, con mucho. Yo… me dije que estaba comportándome igual que mi madre, y eso me pareció detestable, pero la desesperación fue la peor que yo hubiese conocido jamás. Descubrí que no me importaba vivir o morir y, en ocasiones, sentía lo mismo con respecto al niño que llevaba dentro de mí. Después del funeral fue lo peor… -La evocación le quebró la voz, y tembló-. ¡Oh, Dios, ese funeral sin el cuerpo… y yo, ya embarazada de tu hijo…!

– Laura…

Se le acercó, pero ella le dio la espalda y continuó:

– No podría haber pasado por ese… ese horror si no hubiese sido por Dan. Mi madre, como puedes imaginártelo, fue completamente inútil. Y tampoco me ayudó demasiado cuando nació Josh. Fue Dan el que me dio fuerzas, el que se sentó a mi lado cuando sentí los primeros dolores y luego se paseó fuera, y entró a ver al niño y a decirme que se parecía a ti, porque sabía que eso era lo que yo necesitaba escuchar para recuperar las fuerzas. Fue tu mejor amigo el que me aseguró que siempre estaría ahí, cada vez que Josh o yo lo necesitáramos, pasara lo que pasase. Estoy en deuda con él por eso. -Hizo una pausa-. Tú estás en deuda.

Rye contempló esa espalda, y luego se acercó y empezó a atarle con brusquedad el corsé.

– Pero, ¿qué es lo que le debo? -Interrumpió la tarea-. ¿A ti?

Incapaz de responder, Laura se estremeció. ¿Qué le debían a Dan? Sin duda, algo mejor que escabullirse en la noche y disfrutar de juegos sexuales. Rye reanudó la tarea de atarle los lazos.

– Tienes que entender, Rye. Ha sido el padre de Josh desde que nació. Ha sido mi esposo tres veces más tiempo que tú. No puedo… hacerlo a un lado, sencillamente, sin tener en cuenta sus sentimientos.

Sintió un tirón irritado en la espalda, más fuerte que los demás, y luego desapareció la tensión de su torso, mientras Rye continuaba torpemente la tarea.

– No soy muy bueno para estas cosas… no he tenido mucha ocasión de practicar.

En el tono de Rye apareció un matiz helado. Seguía enfadado con ella, y sin poder salir de la confusión imposible de resolver en que se habían sumido sus vidas. Cuando, al fin, logró terminar de atar corsé y vestido, dejó las manos sobre las caderas de ella.

– Entonces, ¿tienes intenciones de quedarte con él?

Laura cerró los ojos, fatigada, respiró profundamente, y comprendió que no estaba más cerca que él de la solución.

– Por ahora.

Las manos cálidas se apartaron.

– ¿Y no nos veremos?

– De este modo… no…

Tartamudeó y se interrumpió, pues dudaba de su propia capacidad para resistirlo.

La furia de Rye, que estaba bajo la superficie, volvió, emergiendo entre los dientes apretados:

– ¡Eso lo veremos… señora Morgan!

Giró sobre los talones y se perdió en la niebla silenciosa.

Capítulo5

En los días que siguieron, Laura y Dan guardaban una incómoda distancia. Desde la noche de la cena en casa de los Starbuck, Dan cada vez se mostraba más herido, exhibiendo con frecuencia una expresión dolida que punzaba la conciencia de Laura cada vez que alzaba la vista y la veía. No le había mentido cuando le preguntó si había estado con Rye esa noche, pero al verle los ojos enrojecidos, Dan supuso que no había sucedido lo peor… pues si hubo llanto… Con todo, esas mismas lágrimas le decían que ella aún sentía algo por Rye. Y la tensión aumentó.

Una tibia tarde dorada de finales de mayo, cuando el sol calentaba el borde del océano como si se tratara de un melón maduro, por la ventana que había sobre la pila de zinc, Laura veía a Dan y a Josh que jugaban en el patio trasero. Dan le había construido un par de zancos y trataba de enseñarle a usarlos, haciendo gala de toda su paciencia. Los sostenía verticales y el niño se subía una vez más a los apoyapiés mientras Dan lo sostenía, sujetando con firmeza los palos. Pero, en cuanto lo soltaba, las piernas del niño se separaban como las dos ramas del hueso de la suerte, ese que está en la pechuga de las aves. Tras un único paso vacilante, los zancos se caían al suelo en una dirección y Josh en otra, rodando y rodando de manera exagerada, y Dan junto con él, riendo los dos a más no poder. Tambaleándose, se detenían, Dan tumbado de espaldas con los brazos abiertos y Josh a horcajadas sobre su pecho, como si estuviese apresándolo. Luego, iban hacia el otro lado y, esta vez, era Dan el que apresaba a Josh, cuya risa infantil flotaba en la tarde primaveral… como la música del amor.

El sol se alzaba detrás de los dos, convirtiendo sus cuerpos en siluetas para Laura, que los observaba con un nudo en la garganta. Dan hacía ponerse de pie a Josh, le daba una juguetona palmada en el trasero, y el chico giraba sobre sí para vengarse, también en broma, pero al instante la palmada de Dan se hacía más lenta… para luego detenerse… rodeaba al niño con los brazos, y las dos siluetas se transformaban en una sola.

El corazón de Laura se dilató. Las lágrimas le hicieron arder los ojos, percibiendo la desesperación de ese repentino abrazo, el modo en que Dan apoyaba la mejilla sobre la cabeza dorada de Josh, el modo en que lo estrechaba con cierto grado de exageración, y Josh, soltándose, galopaba otra vez hacia los zancos mientras Dan se quedaba un momento arrodillado en el suelo, siguiendo con la vista al inquieto niño.

Entonces, se dio la vuelta, miró hacia la casa y Laura se apartó de la ventana de un salto, con la garganta constreñida. Cerró los ojos. Se tapó la boca con los dedos. ¿Cómo podía separarlos?

Esa noche hicieron el amor, pero ella sintió en su abrazo la misma desesperación que había visto en el modo en que esa tarde estrechó a Josh. La apretaba con demasiada fuerza. La besaba con demasiada avidez. Se disculpaba en exceso si creía haber cometido el más mínimo gesto que pudiese disgustarla.

Cuando al fin Dan cayó en un sueño inquieto, Laura se preguntó si alguna vez todo volvería a ser igual entre ellos. ¿Cómo podía ser, viviendo Rye a corta distancia? Lo viese o no, lo besara o no, hicieran o no el amor, estaba otra vez ahí, accesible, y ese hecho bastaba para obstruir la relación entre ella y Dan.

Desgarrada por su conciencia, yacía en la oscuridad con el dorso de una muñeca sobre la frente, la boca seca, las palmas húmedas, deseando que sus pensamientos emprendiesen el camino estrecho y recto.

Pero su mente tenía voluntad propia, y la acosaba con comparaciones que no tenía derecho a hacer. ¿Qué importancia tenían las proporciones de un cuerpo masculino, la curva del hombro, la textura de su mano, la forma de sus labios? Nada de eso importaba. Lo fundamental eran sus cualidades internas, los valores de un hombre, el modo en que cuidaba a una mujer, trabajaba para ella, la respetaba, la amaba.

Pero Laura no se engañaba ni un ápice. Las comparaciones físicas eran las que, en el presente, más descontenta la dejaban. La verdad indiscutible era que Rye era mejor amante, y que su cuerpo era más deseable. En lo profundo del corazón ya lo había reconocido durante los años de matrimonio con Dan, pero había logrado reprimir el pensamiento cada vez que hacían el amor. Ahora, en cambio, Rye había vuelto, y su superioridad como amante la perseguía y la llenaba de culpa cada vez que permitía a esa noción interponerse entre ella y el hombre con el que aún estaba casada.

Dan siempre la abordaba como un suplicante se acerca al altar, mientras que Rye y ella siempre se encontraban como iguales. Laura no era una diosa sino una mujer. No quería adulación sino reciprocidad. Sí, había una inmensa diferencia entre hacer el amor con Dan y hacerlo con Rye. Con Dan, era sereno; con Rye, una sacudida; con Dan, una ceremonia; con Rye, una celebración.

¿Cómo era posible, y por qué tenía que importar? Sin embargo, importaba… importaba. Laura sintió que su cuerpo -en ese momento, después de que Dan lo dejó-, se excitaba ante el recuerdo de ella y Rye en el huerto, con las guedejas de niebla enlazándolos y el perfume de la primavera llenando la noche húmeda que los envolvía.

«Oh, Rye, Rye -se desesperó-, me conoces tan bien… Tú y yo nos enseñamos mutuamente, demasiado bien como para vivir en el mismo pueblo y no tentarnos».

Tenía la mano apoyada sobre el estómago. La alzó hasta los pechos y los encontró erguidos como picos tensos, por el solo hecho de haber pensado en él. Se imaginó sus labios, recordó la primera vez que la había besado… allá en el bosquecillo de arrayanes en Saul's Hill… y la primera vez que la tocó aquí… y aquí. Primeras veces, primeras veces… cuando los dos temblaban y temían, pero bullían de sexualidad, en esa época en que transponían la delgada línea entre la adolescencia y la adultez. Había empezado con ese inocente contacto en la espalda desnuda de él.

Habían estado nadando en una playa de arena en la cabecera del puerto, cerca de Wauwinet y, como siempre, terminaron recorriendo ese sitio llamado el Haulover, franja estrecha de arena que separaba las aguas serenas del embarcadero del agitado Atlántico, donde, con frecuencia, los pescadores izaban sus esquifes, pasándolos de un lado a otro.

Rye delante, Laura detrás, atravesaron la playa de hierba verde amarillenta que cubría la costa y detenía la invasión del poderoso océano desde la tranquila bahía. A la izquierda, se extendía Great Point, curvando su dedo angosto como si llamara a las olas a que lo golpearan. Pero Rye no dirigió más que un vistazo fugaz, y luego, como era su costumbre, se acuclilló en la arena y se inclinó adelante, rodeándose las rodillas con los brazos y escudriñando el Atlántico en busca de velas.

Como tenía granos de arena adheridos a la espalda, Laura estiró la mano con la intención de sacudírselos, como había hecho cientos de veces.

Pero esta vez, el muchacho se encogió, y giró sobre sí, gritando:

– ¡No!

Le clavó la vista como si hubiese cometido un crimen horrendo, y Laura se quedó mirándolo con la boca abierta y los ojos agrandados de asombro.

– Lo único que hice fue sacudirte la arena.

Rye la miró durante unos segundos, enfadado y callado y de pronto se levantó y corrió por la playa lo más rápido que podía, hacia los cedros de Coskata, mientras Laura lo veía desaparecer apretándose el estómago, donde sentía una extraña y leve sensación.

Después, nunca fue lo mismo. Ya no fueron tres: Rye, Laura y Dan, sino dos más uno.

De niños jugaban a los balleneros, del mismo modo que los niños del continente jugaban a la casita. Laura siempre era la esposa, Rye el esposo, y Dan, el hijo. Rye depositaba un picotazo seco en los labios quemados por el sol y atravesaba a zancadas la franja de costa, en dirección a su «barco ballenero» -el esqueleto varado de un bote de remos que ya nunca surcaría las aguas-, mientras Laura y Dan, de la mano, le decían adiós, fingiendo que cinco minutos eran cinco años, hasta que Rye volvía trayendo sobre el hombro alguno de los restos que dejaba el mar: el marino que regresaba al hogar.

Pero esos besos no contaban.

La primera vez que Rye realmente la besó fue mucho después de esos besos juguetones. Entre la tarde que Laura le quitó la arena de la espalda y los besos de verdad, habían pasado años sin besos, pero desde aquella vez ninguno de los dos pensó en otra cosa.

La vez siguiente que se encontraron para ir a pescar almejas en las caletas de la marisma salada, junto al puerto, Dan estaba con ellos, como de costumbre. Repartieron la pesca, pero Laura y Rye pusieron excusas para quedarse después de que Dan se alejó por el camino, más allá de Consue Spring. Rye dijo que iba a ayudar a Laura a llevar las almejas a su casa, pero cuando Dan se hubo ido permaneció quieto, con el rastrillo en la mano, empujando con el pie una conchilla semihundida en la arena. Tras un largo silencio, Laura dijo:

– ¿Por dónde quieres ir a casa, por el camino o por el campo?

Rye alzó la vista. El viento hacía revolotear mechones de cabello color nuez moscada que se le atravesaban en la boca, y el muchacho se quedó mirándolas largo rato, para luego tragar con dificultad y responder, en falsete:

– Por el campo.

Enfilaron hacia el Oeste, por la franja de tierra entre las calles Orange y Copper, hacia el terreno ondulado al lado de First Mile Stone, a través de colinas bajas, hacia los establos de Miacomet. El pincel del otoño había pintado la isla, y caminaban entre alegres franjas de helécho, matas de cierta variedad de arándanos y madroños rastreros que cubrían los marjales como una alfombra llameante. Por senderos, cruzaron entre fragantes malezas de laurel silvestre, de un perfume que mareaba cuando se aplastaban sus hojas con los pies. Como de mutuo acuerdo, salieron del sendero y se metieron entre densos arbustos, en busca de excusas para algo que, en realidad, no las necesitaba.

Como fuese, ninguno de los dos llevaba un recipiente para guardar las bayas.

Ya fuera del camino, Laura se preguntó cuál sería el primer movimiento de Rye, pues vio que había perdido el coraje, aunque estaban cubiertos por la maleza. Por eso, volcó el cesto con almejas, y cuando el muchacho se arrodilló para ayudarla a recogerlas, se las ingenió para rozarle el brazo: fue suficiente con ese roce de las pieles entibiada por el otoño.

Las miradas se encontraron, los ojos dilatados, interrogantes, vacilantes; los dedos siguieron recogiendo las almejas hasta que, por fin, se tocaron y se entrelazaron. Contuvieron el aliento y se inclinaron hacia delante, en suspenso. Chocaron las narices, inclinaron, apenas, las cabezas… ¡y sucedió! El primer beso, infantil, seco, ausentes las lenguas. Pero, si bien faltó experiencia, sobró emoción.

Y ese beso abrió el camino a otros y, para darles lugar, ese otoño pleno de color estuvo lleno de caminatas a través de los arbustos de arándanos, donde cada sesión se hacía más audaz que la anterior, hasta que ya no les bastaron los juegos de lengua.

Llegó el invierno, desnudando los páramos de color y atavío. Perdieron el escondite, y fueron menos las ocasiones en que podían reunirse. Desdichados, esperaron que pasaran los meses helados hasta que, a comienzos de la primavera, empezó a aparecer la caballa y, por fin, encontraron un lugar y una excusa.

La primera vez que Rye tocó los pechos de Laura no usaba ballenas, pues aún no había terminado de crecer. Tampoco las manos del muchacho habían llegado a su tamaño definitivo, ni les había brotado el vello rubio en el dorso.

Estaban sentados en el esquife de fondo plano, uno frente a otro con las rodillas casi tocándose, haciendo como que disfrutaban de la pesca, pero lo único que lograba era contenerlos de hacer lo que habían estado pensando todo el invierno.

Laura se secó las manos en la falda y, al levantar la mirada, sorprendió a Rye mirándola, con la nuez de Adán bailoteándole convulsiva, como si tuviese una cascara de grano de maíz atascada en la lengua.

– No me gusta mucho pescar -admitió la chica.

– A mí tampoco.

Rye se pasó la lengua por los labios, tragó una vez más y, sin añadir palabra, Laura se desplazó para dejarle sitio en el asiento.

El bote se balanceó cuando él avanzó hacia ella y se sentó, sin apartar la vista de la cara de la muchacha, que sentía las manos heladas y las tenía apretadas entre las rodillas.Cuando al fin la besó, tenía la nariz y las mejillas frías pero los labios tibios como aquel día de otoño en que las narices de los dos se chocaron, en aquel brezal ardiente, entre perfumes y colores. Mientras sus labios se demoraban sobre los de Laura, esta apretó con más fuerza las rodillas, y pensó si él también sentía que había crecido mucho durante ese invierno que pasó. Un instante después, la lengua que buscaba la de ella con una insistencia nueva que la hizo girar en el asiento y rodearlo con los brazos, se lo confirmó y, al devolverle el beso, le dijo con la actitud lo mucho que había esperado.

Sintió que Rye se estremecía, aunque llevaba una gruesa chaqueta de lana que lo protegía de la fresca brisa de comienzos de primavera. El bote se balanceó, sacudiéndoles los cuerpos, pero los labios siguieron pegados, aunque el movimiento los empujó uno contra el otro y luego los separó.

Al principio no supo lo que Rye estaba haciendo, porque su chaqueta era tan gruesa y entorpecedora como la de él. Pero poco después supo que los dedos de él estaban desabotonándola, y se echó atrás, mirándolo a los ojos.

– Te-tengo las manos frías -dijo el muchacho con voz ahogada, presentando la primera excusa que se le ocurrió.

– Ah.

Laura tragó saliva y se dejó mecer por el balanceo del bote, acercándose a él, esperando, esperando la primera caricia adulta con la ansiedad de la juventud sin control. La mano se deslizó dentro, a ese lugar tibio, secreto y prohibido, y comprendió que estaban haciendo mal.

– Rye, no deberíamos hacerlo -protestó.

– No, no deberíamos -concedió con voz ronca.

Pero la mano no se detuvo en la primera exploración, conociendo la forma de los pechos florecientes a través del vestido, descubriendo cómo los pezones de una mujer se ponían rígidos, como si pidieran más. Como sucede siempre las primeras veces, era más exploración que caricia, búsqueda de las diferencias que los definían a ella como mujer, a él como hombre.

El aliento de Laura se volvió rápido y entrecortado y su corazón martilleaba, loco, bajo la mano de Rye.

– Pon tu mano dentro de mi chaqueta, Laura -le ordenó.

Le obedeció por primera vez, a la que luego siguieron muchas. Metió las manos entre la chaqueta y el suéter, y sintió que las costillas se alzaban como marea creciente, de tan dificultosa que era la respiración.

– ¡Ay, no tan fuerte! -exclamó la chica cuando la exploración del pezón se hizo demasiado entusiasta.

Desde ese momento admitieron juntos su sexualidad, y pudieron hablar de ello.

Cuando la tela de la camisa de lino le irritó el pecho, Laura tomó la mano exploradora y la pasó al otro, diciendo contra los labios de él:

– Ese está inflamado.

Dos días después, Laura y Rye usaron otra vez la excusa de ir a pescar caballas, pero sus redes no se humedecieron, siquiera, hasta poco antes de llegar a la costa. Se sentaron al abrigo de la amplia intimidad del mar abierto, rodeados por la bahía de Nantucket, en el bote que se balanceaba arriba y abajo, mientras el sol se abalanzaba hacia ellos a través de las ondulaciones del mar. Sólo las gaviotas curiosas los observaban la primera vez que Laura, siguiendo instrucciones de Rye, le metió las manos bajo el suéter para sentir la piel cálida y desnuda que había debajo.

A eso siguió una penosa semana durante la cual Josiah absorbió todo el tiempo de Rye, que era aprendiz desde hacía cuatro años, y ya casi conocía tan bien como su padre el oficio de tonelero.

Cuando llegó el domingo, estaba libre para encontrarse otra vez con Laura, y ya los dos estaban tensos y desesperados. Durante la semana él había planeado a dónde irían para estar solos. El viejo Hardesty tenía un almacén para guardar botes en la zona de la costa cercana a la calle Easy, donde había viejas trampas para langostas y redes de arrastre. Le había cedido el uso de cualquier pieza de ese equipo en desuso cada vez que al chico se le antojase.

– Ma quiere que le lleve un par de langostas para mañana -dijo Rye, cuando fue a buscar a Laura-. ¿Me acompañas al almacén del viejo Hardesty a buscar una trampa?

– Creo que sí.

Durante el camino, no se miraron. Él andaba con las manos en los bolsillos, silbando, y Laura se miraba los pies y trataba de adaptar el paso al del muchacho… imposible, porque las piernas de Rye ahora eran muy largas.

Subieron los peldaños de la vieja caseta plateada por la intemperie y, al llegar arriba, Rye se apartó para dejarla pasar primero. Con la mano en la baranda, Laura se detuvo y lo miró de hito en hito: ¡a lo largo de sus dieciséis años, Rye jamás le había dispensado cortesía alguna! Nervioso, levantó la vista y escudriñó la costa, luego removió los pies y Laura se apresuró a terminar de subir.

Dentro estaba seco y polvoriento, las telarañas decoraban los rincones y había basura por todos lados. Rollos de cuerda vieja en el suelo, cubos con rollos de alambre oxidado, remos deteriorados y lámparas a las que les faltaban cristales; botes de alquitrán, cubetas y aros de barriles. Mientras Laura observaba todo, un gato manchado saltó desde quién sabía dónde, haciéndola lanzar un grito de sobresalto.

Rye rió y se abrió paso por entre los trastos que cubrían el suelo, recogió al gato de un viejo barrilete con clavos y se lo llevó de vuelta a Laura. Los dos juntos, de pie, rascaron al gato que ronroneaba entre ellos, contento de tener compañía. Observaron al animalejo que estiraba el cuello y entrecerraba los ojos, extasiado por esos dedos que le recorrían la piel, aunque lo que en realidad anhelaban era acariciarse entre sí.

Recorriendo el lomo del gato, los dedos se tocaron, fundiéndose la pelambre cálida y la carne tibia, al tiempo que alzaban la mirada. Durante largo rato permanecieron quietos; lo único que se movía eran los corazones palpitantes y las motas de polvo que bailoteaban en el aire del antiguo almacén. Rye se inclinó adelante, Laura alzó los labios y el beso empezó como algo tierno hasta que se abalanzaron uno sobre otro y el gato chilló, haciéndolos separarse de un salto, riendo avergonzados.

El gato se instaló sobre un barril y empezó a lavarse, mientras Rye buscaba con la vista en el suelo. Encontró una vieja vela principal enrollada y abandonada hacía años a la merced de los ratones y del polvo y, tirando de la mano de Laura, la llevó hacia ella.

Se arrodillaron, uno a cada lado de la crujiente lona grisácea, y empezaron a alisarla entre los dos. El sol entraba al sesgo por la única ventana, proyectándose sobre la cama de vela en barras oblicuas de oro, mientras, abajo, las olas lamían los pilares de la construcción y reventaban contra ellos.

Rye bajó la vista hacia la lona que los aguardaba, y luego la levantó hacia Laura. Los dos estaban de rodillas, cara a cara, asustados y vacilantes. De fuera llegaban los chillidos de las gaviotas, que flotaban, perezosas, sobre el malecón. Siempre de rodillas, Rye avanzó hacia el centro de la lona y, tras un momento, Laura lo imitó. Contempló el juego del sol que doraba los bellos arcos de las cejas, las puntas de las pestañas, al tiempo que se acercaban y Rye se echaba adelante para besarla. Encontró los dedos de la muchacha y los apretó con fuerza, como para darse coraje. Cuando el beso acabó, se apoyó sobre los talones, escudriñándole los ojos y estrujándole los dedos hasta que la muchacha creyó que se le quebraban los huesos.

Rye tragó saliva y bajó la vista, posándola en el centro del pecho de ella, se incorporó otra vez y empezó a desabotonarle lentamente la chaqueta. Laura se estremeció y lo empujó por los hombros, haciéndolo levantar la vista, asustado.

– Laura, ¿tienes frío?

Ella encorvó los hombros y agarró puñados de tela de la falda sobre su regazo.

– No.

– Laura, yo…

Pero no pudo continuar, y la chica comprendió que le tocaba a ella hacer el siguiente movimiento.

– Bésame Rye -dijo, en una voz que a ella misma le resultó desconocida-, de ese modo que me gusta tanto.

A esas alturas, ya lo habían practicado de muchas maneras.

Rye le levantó las manos del regazo, las apretó con fuerza y se encontraron a mitad de camino; le tocó la unión de los labios con la lengua antes de que los abriese bajo los suyos, pues su ignorancia de niña chocaba con su intuición de mujer.

La mano del muchacho encontró el pecho a través de la vasta distancia que parecía separar los cuerpos, que sólo se tocaban en rodillas y labios. Y, por primera vez, la mano de Laura guió la suya hacia los botones del cuello, confirmando que había llegado el momento. Rye vaciló, pero luego, tembloroso e inexperto, desabrochó los lustrosos botones de hueso de ballena, hasta la cintura.

Como si de pronto hubiese comprendido lo que hacía, Rye se echó atrás apoyándose en los talones, mirándola con ojos asustados.

– Está bien, Rye, quiero que lo hagas.

– Laura no es lo mismo que… besarse y nada más, ¿sabes?

– ¿Cómo lo sé? -preguntó, sintiendo por primera vez el reconocimiento de la poderosa mística femenina, blandiéndola con tanta seguridad como si fuese una experimentada mujer de mundo.

– ¿Estás segura?

Rye volvió a tragar saliva, aún con miedo a lo desconocido.

– Rye, yo no vine aquí a buscar una trampa para langostas. ¿Y tú?

Los ojos del muchacho estaban abiertos, los ojos azules, dilatados, ya sin miedo, cuando tocó un hombro de Laura metiendo la mano por el vestido abierto, luego el otro, y apartó con cuidado la prenda para luego clavarle la vista en la camisa.

A través de la tela delgada se transparentaban los círculos oscuros de los pezones, y Laura siguió el recorrido de los ojos de uno a otro, y luego bajó la vista para observar la mano que se tendía hacia el lazo de satén que tenía entre los pechos. Bastó un instante para sentir el aire frío sobre la piel desnuda, mientras Rye le bajaba la camisa hasta la cintura.

Laura contuvo el aliento, esperando que la tocara pero, como no lo hizo, alzó los párpados y vio el rostro de Rye, rojo hasta las raíces del cabello que la contemplaba atónito.

– ¡Cristo…! -musitó, con voz gutural, y la muchacha supo que, tras haber llegado hasta ese punto, tenía miedo de tocarla-. Laura, eres tan… tan hermosa…

El rostro de la chica también estaba sonrojado, pero cuando, un instante después, la lana áspera del suéter se apretó contra su piel desnuda y luego dio paso a la mano temblorosa de Rye, dejó de importarle.

Los nervios habían humedecido la palma del muchacho, que estaba tibia y ya encallecida por el trabajo con la desbastadora. «¿Cómo es posible que esté mal permitir las caricias de Rye -se preguntó Laura-, si por primera vez no me importan los dolores que soporté el último año, cuando mis pechos empezaron a desarrollarse?». Primero, no hizo más que rozarle los senos con mano tímida y callosa, pero pronto exploró el pezón con las yemas de los dedos, y descubrió el pequeño cuerpo duro de crecimiento que todavía estaría allí unos meses.

A Laura le dolió, y aunque su única reacción consistió en encogerse de hombros, Rye actuó como si hubiese gritado de dolor. Retiró la mano con brusquedad, y en su rostro apareció una expresión contrita.

– Laura, ¿te… te hago daño?

– N-no…, en realidad, no… es que… no sé…

Después de eso, Rye se movió con más cautela, probando con cuidado hasta que los besos se tornaron más salvajes y tuvieron la impresión de que sus cuerpos ya no podían apretarse más, así como estaban, de rodillas.

La empujó hacia atrás poco a poco, hasta que ella cedió bajo la presión de su pecho y cayeron los dos al suelo. Laura le rodeó los hombros con los brazos, y él apoyó todo su cuerpo contra el de ella, y se besaron con el fuego ardiente que sólo se enciende de ese modo la primera vez.

Cuando por fin, se apartó, Laura supo a dónde se dirigían los labios de él pero se quedó muy quieta, alerta, con la espalda aplastada contra el suelo. El aliento de Rye le humedeció el cuello y se detuvo allí, trémulo, antes de seguir bajando milímetro a milímetro, hasta que los labios se posaron en el pecho. Entonces, sólo rozaron el pezón; el aliento apenas lo humedeció, pues tenía la boca cerrada.

A Laura le dolieron el estómago y el pecho, y sintió como si unas extrañas fajas de miedo y expectativa la oprimiesen. Sin embargo, el ansia de saber, de entender cómo era eso de crecer, la hizo probar qué pasaba, tocándole el pelo. Ante el contacto, los labios de Rye se abrieron y Laura sintió la textura de su lengua acariciando el pezón aún por florecer. De su garganta escapó un sonido, y sus hombros se alzaron de la lona como impulsados por una nueva fuerza que la llevaba a acercar los pechos a él.

Sintió que por sus venas corría fuego líquido. Echó la cabeza atrás mientras Rye saboreaba el otro pezón, y el cuerpo de Laura se volvió laxo y tenso al mismo tiempo. El peso del joven sobre sí fue como una bendición, y a cada caricia de la lengua, comprendió por qué había reaccionado con tanta brusquedad cuando ella le sacudió la arena de los hombros el verano anterior.

Abrió los párpados cuando, de repente, Rye se puso de rodillas junto a ella, agarró el borde del suéter y tiró con brutalidad para sacárselo por la cabeza, se quedó quieto un momento más y la miró, como pidiéndole permiso.

Laura nunca le había visto el vello del pecho: una suave sombra rubia que recogía la luz de la ventana, sobre los músculos cuadrados de la parte superior del torso. El descubrimiento la regocijó, y fue bajando la vista hasta llegar al punto en que el ombligo formaba una sombra redonda, secreta, sobre la cintura. Rye se arrodilló ante ella con las rodillas separadas, y por unos momentos los dos calmaron su curiosidad antes de seguir adelante,

– Rye, estás lleno de músculos -exclamó, asombrada.

– Y tú no -repuso él, serio.

Laura pudo ver -¡realmente lo vio!- cómo el pulso latía en el hueco del cuello de Rye, y se preguntó si a ella le pasaría igual, porque tenía la impresión de que todo le palpitaba: las sienes, el estómago, y esa parte oculta que en ese momento parecía el centro de las sensaciones.

Rye cayó hacia ella con una mano a cada lado de su cabeza y, así arrodillado, la besó para luego acercar su dorado pecho desnudo al de ella, los dos corazones martilleando sin control, mientras los músculos duros se aplastaban.

Hubo maravilla y perplejidad, sintiendo las diferencias de textura entre los dos, rozándose entre sí, en un contacto que, en cierto modo, les resultó suave.

Rye le acarició otra vez los pechos. Otra vez los besó, y su lengua bailoteó con más destreza sobre los tensos picos. Laura entrelazó los dedos en el cabello de él y se retorció, incitándolo sin saberlo, suplicándole que apoyara todo su cuerpo sobre ella, pues así se sentía incompleta, anhelante.

Rye flexionó una rodilla, la levantó y apretó con ella la pierna de Laura, que tomó aliento y lo contuvo. La rodilla fue subiendo por el muslo, pasó por la unión de las piernas, el vientre, y arrancó a las faldas un seductor susurro, al frotarlas contra las piernas. El peso de esa rodilla parecía clavarla a la tierra, de la que su cuerpo quería remontarse. Luego, un peso mucho mayor la aplastó contra el lecho de vela, pues Rye acomodó sus caderas sobre las de ella, tendiéndose plano encima de la muchacha sin mover un músculo, mientras ella se asombraba de la maravillosa sensación que le brindaba conocer las curvas y la tibieza del otro tan de cerca

De algún modo, las piernas de Laura se abrieron, dejando un espacio en el que se instaló la rodilla de Rye a la perfección, y se movió contra ella de una manera muy placentera que la hizo apretarse y elevarse rítmicamente.

Cuando Rye retiró la rodilla y deslizó el peso a un lado, Laura sintió que la mano de él resbalaba por la falda, levantando capas de enaguas, buscando por toda la pierna. El corazón le latió, enloquecido, y la respiración de él percutía como en olas salvajes contra su oído. Los dedos tocaron la pernera de sus calzones, y luego subieron… subieron… hasta que la palma cubrió la dulce hinchazón entre las piernas y Laura supo, con horror, que la tela estaba húmeda. Percibió la sorpresa y la vacilación del joven al contacto con esa humedad, pero cuando la presionó con más fuerza, la sensación fue maravillosa, y buena, y alivió cierto anhelo interior, mientras ella esperaba que la mano de la Providencia se estirase hasta ella y la fulminara.

Fue la mano de Rye, en cambio, la que la exploró a través de la última barrera de lino, pero cuando se aventuró al botón que cerraba la cintura, la invadió el temor. Le sujetó la muñeca y susurró, trémula:

– Detente ahí, Rye. Yo… creo que será mejor que nos vistiésemos. Tengo que irme.

Por un momento, los ojos de Rye ardieron en los suyos con una primaria intensidad que nunca había visto en ellos. No supo que él había estado conteniendo el aliento hasta que se le escapó en una poderosa ráfaga que pareció dejarlo sin fuerzas. De inmediato, se irguió sobre las rodillas y le dio la espalda, al tiempo que se pasaba el suéter por la cabeza con movimientos bruscos. Laura se levantó la camisa, se acomodó las faldas y metió los brazos en las mangas. Rye se alisó el cabello, y los ojos azules se toparon con los de ella cuando miró sobre el hombro y vio que estaba abotonándose el vestido. Avergonzado, desplazó la mirada. Laura se quedó mirándole la espalda largo rato.

– Rye.

– ¿Qué?

Como no dijo nada por largo tiempo, miró otra vez sobre el hombro.

– ¿Ahora nos iremos al infierno?

Se miraron unos segundos, con los ojos dilatados.

– Creo que sí.

– ¿Los dos, o yo sola?

– Creo que los dos.

Laura sintió que se le oprimía el estómago de temor: no quería que Rye padeciera en el infierno por culpa de ella.

– Quizá… quizá no vayamos, si no lo hacemos nunca más, y si rezamos mucho.

– Puede ser. -Pero el tono vacilante ofrecía pocas esperanzas. Rye se puso de pie-. Laura, es conveniente que nos vayamos y que no vengamos nunca más aquí. Buscaré esas trampas, y… y…

Se volvió a medias y la vio sentada en cuclillas, con expresión de pánico.

Interrumpió la frase. Debajo, la marea hacía crujir los viejos pilares de la caseta, y arriba las gaviotas rielaban y chillaban. De repente, a un tiempo, se arrojaron el uno en brazos del otro, abrazándose estrechamente, con los corazones palpitantes, con la conciencia de ese nuevo despertar que todavía no sabían cómo manipular.

– Oh, Rye, no quiero que vayas al infierno.

– Shh… tal vez… tal vez uno no se va al infierno por una sola vez.

Capítulo6

Al día siguiente, en la iglesia, Rye evitó la mirada de Laura durante todo el servicio. En su rostro se leía la culpa con claridad, cosa que llenó a la muchacha de un enorme temor hacia la venganza, pues todavía tenía la imaginación llena del recuerdo de lo que habían hecho. Más aún, cada vez que revivía esos momentos, esa sensación líquida crecía en su cuerpo y estaba convencida de que eso solo ya era pecado. Rye la evitó en el atrio y se fue hacia su casa casi sin saludarla, dejándola con una sensación de desolación y abandono.

Se mantuvo alejado durante nueve días pero el décimo, cuando Laura había ido a Market Square a comprar abadejo para su madre y volvía entre los carros y carretones, lo vio acercarse. Cuando él levantó la vista y la vio su paso titubeó, pero siguió en dirección a ella hasta que se encontraron, y tuvo que detenerse.

– Hola, Rye.

Laura le dedicó su sonrisa más radiante.

– Hola.

El corazón de Laura se le cayó a los pies, pues no la había nombrado ni mirado a los ojos.

– Hace más de una semana que no te veo -dijo la chica.

– Estuve ocupado ayudando a mi padre.

Pareció observar algo al otro lado de la plaza.

– Ah. -Se le veía impaciente, y ella buscó cualquier tema para retenerlo un minuto más-. ¿Atrapaste alguna langosta con esas trampas?

La mirada de Rye rozó la suya y se apartó.

– Pocas.

– ¿Has devuelto las trampas?

– No; las coloco todas las mañanas, y las saco al terminar el día.

– ¿Hoy vas a sacarlas?

El muchacho apretó un poco los labios y pareció remiso a contestar, pero por fin gruñó:

– Sí.

– ¿A qué hora?

– Más o menos a las cuatro.

– ¿Quieres… quieres que te ayude?

La miró por el rabillo del ojo y luego volvió la vista a la bahía de Nantucket, pero en lugar de la invitación entusiasta de siempre, se encogió de hombros.

– Tengo que irme, Laura.

Mientras lo veía alejarse, sintió que se le destrozaba el corazón.

A las cuatro en punto estaba esperándolo en el esquife. Cuando Rye la vio se detuvo de repente, pero ella, empecinada, se mantuvo en sus trece. No pronunciaron palabra mientras ella se encargaba de soltar la cuerda de proa, y él la de popa. Tampoco hablaron mientras iban a recoger las trampas y a izarlas hasta el bote. Rye había atrapado dos langostas de buen tamaño que metió en un saco de arpillera antes de enfilar otra vez hacia la costa.

Cuando la embarcación chocó contra los pilotes, Rye arrojó una de las trampas hacia el malecón.

Laura lo miró, sorprendida.

– ¿Qué vas a hacer con esa?

Le contestó al tiempo que recogía la segunda trampa y la arrojaba junto a la primera, sin mirarla.

– Ya las he tenido demasiado tiempo. Es hora de que vuelva a guardarlas en la caseta del viejo Hardesty.

El corazón de Laura osciló, con una mezcla de alegría y anticipación.

Amarraron juntos la embarcación, cada uno recogió una trampa y caminaron juntos sin hablar, pasando ante el viejo capitán Silas, que los saludó con la cabeza y chupó la pipa sin decir palabra. Cuando lo dejaron atrás se miraron con aire culpable, pero siguieron en dirección al almacén de los botes.

Dentro, la caseta estaba tal como la habían dejado, con la única diferencia de que ese día había un velo de niebla en la ventana, lo que le daba un aspecto más secreto y prohibido aún. En cuanto cruzó la puerta, Laura se detuvo de golpe, con los dedos apretados en una barra de la trampa que apoyaba sobre las rodillas. Saltó y se dio la vuelta cuando Rye dejó caer la trampa que llevaba, y que cayó con estrépito al suelo. Rye recogió la de ella y también la dejó en el suelo, pero cuando se incorporó, ninguno de los dos sabía a dónde mirar. Él metió las manos en la cintura de los pantalones, por detrás, y ella las apretó con fuerza, delante de sí.

– Tengo que irme -anunció Rye de repente-. Mi madre me pidió que llevara las langostas a casa para la comida.

Pero el saco de arpillera estaba olvidado, junto a la puerta.

– Yo también tengo que irme. A mi madre le gusta que vaya a ayudarla a preparar la comida.

El muchacho había dado tres pasos hacia la puerta cuando Laura se atrevió a pronunciar la palabra que lo hizo detenerse:

– Rye.

El muchacho giró sobre los talones y le dirigió una mirada escudriñadora, que revelaba lo que venía obsesionándolo desde hacía diez días:

– ¿Qué?

– ¿Estás… estás enfadado conmigo?

La nuez de Adán se agitó.

– No.

– Bueno, entonces, ¿qué pasa?

– Yo… no lo sé.

Laura sintió que le temblaba la barbilla y, de pronto, la imagen de Rye pareció ondular, al tiempo que ella hacía el mayor esfuerzo posible para no soltar las lágrimas. Pero él las vio brillar y, de repente, sus piernas largas cubrieron la distancia que los separaba y, un minuto después, Laura estaba aplastada contra su pecho. Sus brazos, que todavía no habían terminado de crecer, tenían la fuerza de los de un adulto cuando la acercó con ímpetu hacia él, mientras ella se le colgaba del cuello. El beso también tuvo la intensidad del de los adultos, y dentro de Laura surgió la necesidad de dejarse llevar cuando la lengua de Rye entró en su boca, le lamió el interior de las mejillas, trazó círculos alrededor de la de ella, y la obligó a arquearse tanto que sintió un dulce dolor.

Los labios se separaron, él la estrechó más, meciéndola atrás y adelante y refugiando su cara en el hueco del cuello de Laura. De puntillas, ella se aferró a él: Rye había crecido tanto desde el invierno anterior que ya no tenían la misma altura.

– Rye, cuando hoy en la calle no me has mirado, me has asustado mucho. -La voz salió medio ahogada por él grueso suéter castaño, mientras él continuaba meciéndola con intenciones de calmarla, aunque más bien la excitaba. Laura se echó atrás para mirarlo-. ¿Por qué te comportaste así?

– No lo sé.

Los ojos azules adoptaron una expresión atormentada.

– No lo hagas nunca más, Rye.

Él se limitó a tragar con dificultad, y pronunció su nombre de una manera extraña, adulta:

– Laura.

La atrajo con brusquedad hacia sí otra vez y se dieron un beso que no acababa, asustados de lo que sus cuerpos exigían pero haciéndoles caso, de todos modos, pues no pasó mucho tiempo antes que se acercaran a la lona donde se habían tendido la vez anterior, incluso sin advertirlo. Por un acuerdo tácito, se pusieron de rodillas sin dejar de besarse, y luego se tendieron sobre caderas y codos, buscando esa cercanía que habían experimentado y que no podían olvidar.

Y esta vez, cuando la mano de él se deslizó bajo las faldas, las piernas de Laura se abrieron, dispuestas, anticipando la excitación de la íntima caricia. Como antes, su cuerpo ansió la exploración y floreció al contacto. Cuando la mano se acercó al botón de su calzón, supo que debía detenerlo, pero no pudo. La mano se metió dentro, recorriendo la superficie tibia de su vientre y encontrando sin demora el nido de vello recién nacido, titubeando en el umbral de su femineidad, hasta que ella se removió, inquieta, y de su garganta escapó un gemido suave.

Laura sintió que le explotaría el corazón de ansiedad mientras aguardaba al borde de lo prohibido. Sin embargo, cuando al fin los dedos recorrieron los milímetros finales para descubrir la esencia de su sedosa feminidad, se sobresaltó.

Rye retiró los dedos de inmediato y se retrajo.

– ¿Te he hecho daño?

Los ojos azules estaban agrandados de miedo, viendo cómo luchaban dentro de Laura el deseo carnal y la moral.

– No… no. Hazlo otra vez.

– Pero, ¿y si…?

– No sé… hazlo otra vez.

Cuando los dedos inexpertos la sondearon por segunda vez no saltó, pero cerró los ojos y descubrió una gran maravilla. Rye siguió, torpe, todavía sin destreza, aunque eso no importaba porque no necesitaba dominar la técnica sino explorar.

– Rye -susurró unos instantes después-, ahora ya es seguro que nos iremos al infierno.

– No, no nos iremos. Le pregunté a alguien, y me dijo que hace falta mucho más para irse al infierno.

Laura se apartó con brusquedad y le retiró la mano.

– ¿Qué? ¿Le preguntaste a alguien? -repitió, horrorizada-. ¿A quién?

– A Charles.

Suspiró aliviada al oír mencionar a un primo mayor de Rye, casado, al que ella casi no conocía.

– ¿Qué le preguntaste?

– Si creía que un hombre podía irse al infierno por acariciar a una mujer.

– ¿Y él, qué dijo?

– Se rió.

– ¿Se rió? -repitió Laura, perpleja.

– Después me dijo que si así fuese el infierno, él podría prescindir del paraíso. Y me dijo…

Se interrumpió en mitad de la frase, y acercó otra vez la mano al sitio secreto.

Pero Laura lo interrumpió otra vez, preguntando:

– ¿Qué te dijo?

Vio que Rye enrojecía y apartaba la vista. En algún rincón del almacén, el gato emitió un ruido suave.

Por fin él la miró de nuevo y exhaló un hondo suspiro.

– Cómo hacer las cosas.

Laura se quedó mirándolo, muda, y de repente la asaltó un miedo abrumador ante esos misterios que Rye ya conocía.

Se incorporó de golpe.

– Está acercándose la hora de la comida, y madre estará esperándome.

Antes de que pudiese detenerla, ya se había puesto de pie y caminaba hacia la puerta. Rye también se incorporó, alzando una rodilla para apoyar el codo.

– Reúnete conmigo mañana, aquí, después de la comida -dijo en voz baja, contemplando la espalda de la muchacha, que vacilaba, con la mano en el pomo de la puerta.

– No puedo.

– ¿Por qué?

– Porque iremos a la casa de la tía Nora.

– Entonces, la noche siguiente.

– ¡Rye, nos meteremos en problemas!

– No, no es así.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque Charles me lo explicó.

Pero eso no tenía sentido para Laura, pues en su mente la palabra problemas tenía un significado vago. Al mencionarla, sólo se refería a que si seguían merodeando por ahí, corrían el riesgo de que los sorprendiesen, aunque intuyó que él quería decir otra cosa.

– ¿Tienes miedo, Laura?

– No… sí… no sé lo que puede pasar.

Tras esto, salió de prisa y cerró de un portazo.

Sin embargo, la curiosidad natural mandaba en el cuerpo floreciente de Laura. Esa noche, acostada en su propia cama, evocó la caricia de Rye -¡ese contacto, ah, lo que le había hecho ese contacto!-, y se pasó las manos por los pechos, intentando recuperar la exquisita sensación de los dedos ásperos de él. Pero, por alguna razón, los suyos eran incompetentes, y la dejaron con las ganas. Se metió los dedos para tantear la entrada a su virginidad, y descubrió que estaba húmeda con sólo pensar en Rye. ¿Qué le enseñaría, si se encontraban a la noche siguiente? Muchos misterios, aunque de algo estaba segura: lo único que lograba tocándose era llenarse de deseos de que la tocara Rye. Sabía que estaría esperándola en la caseta, y la idea de dar el paso siguiente con él la llenaba de extraños sentimientos, placenteros y repelentes a la vez.

El día siguiente se arrastró como si fuese una década, pero cuando al fin llegó la hora convenida, Laura llegó antes que Rye, y se sentó sobre un rollo de tela alquitranada, con el gato en el regazo. AI oír pasos en los escalones de fuera, el corazón se le agitó, temeroso. ¿Y si era otra persona… el viejo Hardesty, o… o…?

Pero era Rye, con una camisa limpia de muselina, pantalones negros rectos con botones de latón, el cabello recién peinado y las botas brillando de manera desusada.

Esta vez, los ojos de ambos se encontraron con firmeza y las miradas se sostuvieron: él desde la puerta, a unos tres metros de donde ella estaba encaramada. Las sombras del anochecer eran largas; sólo el borde del alféizar de la ventana estaba iluminado de oro. El almacén ya les daba una sensación segura y familiar.

– Hola -la saludó en voz baja.

En el rostro de Laura brotó una sonrisa:

– Hola.

Al verlo se le estremeció el corazón, y su cuerpo tembló de expectativa. Pero siguió rascando la cabeza del gato con fingida indiferencia, mientras Rye se acercaba y se sentaba sobre el duro rollo de lona, junto a ella. También él estiró la mano para acariciar al gato y, como la primera vez, sus dedos tocaron los de Laura como por casualidad, después adrede, hasta que, al fin, dejaron de dar rodeos y se tomaron las manos con fuerza, mirando los dos cómo el pulgar de él acariciaba la base del de ella.

Como por acuerdo previo, las miradas se encontraron, y Laura sintió que crecía su impaciencia por enterarse de más de lo que Charles le había explicado a Rye. Los ojos castaños estaban agrandados, los labios abiertos en femenina espera, y Rye le apretaba la mano con tanta fuerza que le ardía la piel. Él ladeó la cabeza, ella alzó el rostro, bajaron los párpados y los labios se encontraron en un primer saludo tierno, como el leve toque del ala de una mariposa sobre una hoja.

Rye echó la cabeza atrás, y las miradas se encontraron otra vez, llenas de anhelo e incertidumbre y con absoluta conciencia del pecado.

– Laura -exclamó él, ronco.

– Rye, todavía estoy asustada.

Le echó los brazos al cuello, y sintió el mentón suave contra la sien mientras se abrazaban, prendidos como dos gaviotas encaramadas a un peñol. Rye se deslizó hasta el suelo, tiró de ella, y se tendieron los dos de costado, cara a cara, aferrándose con labios y brazos ansiosos. Se besaron con feroz impaciencia, uniendo pechos y caderas con toda la fuerza que permitía la naturaleza, hasta que la mano de Rye avanzó lentamente desde el omóplato de Laura hacia el pecho, acariciándolo a través del fino algodón primaveral, haciéndolo florecer como las lilas que crecían fuera del nido acogedor de los dos. Laura se acercó a su mano y luego se echó atrás, como un cuerpo al que la rompiente arrastrara mar adentro y empujara, alternativamente, hacia la costa, hasta que al fin, la mano de él bajó a la cintura, donde se demoró como reuniendo coraje para ir luego a las enaguas y levantarlas durante largos minutos expectantes.

A cada instante del recorrido, Laura pensaba que debía detenerlo, recordarle la existencia del infierno. Y, sin embargo, con el aliento agitado, le despejaba el camino. Le tocó la pierna desnuda, y ella no dijo nada. Le tocó el borde del calzón, y siguió sin decir nada. Le desabotonó la cintura, y ella se estiró, aceptándolo.

Luego, la mano descendió y sus piernas se separaron para recibir otra vez su caricia. Sentía todo el cuerpo líquido y caliente, y el pulso acelerado. De la garganta de Rye brotaron gemidos quedos, mitad quejidos, mitad elogio, hasta que le dijo en el oído, con voz grave:

– Tú también debes tocarme, Laura.

El instinto le indicó que él se refería a que lo tocara en el mismo lugar que él a ella, pero le pareció que tenía los dedos entretejidos con la tela de la camisa, de Rye. Los labios del muchacho estaban posados sobre los suyos, y luego la lengua recorrió el labio inferior y siguió avanzando hacia la oreja.

– Laura, no tengas miedo.

Pero tenía miedo: acudió allí con una limitada idea de lo que él podía hacerle a ella, pero ignorándolo todo acerca del papel de la mujer en todo eso. Rye le besó la oreja, y Laura cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio inferior. Él le había preguntado a Charles, ¿verdad? Charles debía de saber. Entendía que muchachas y muchachos tenían diferente forma, pero hasta entonces jamás se había preguntado por qué. ¿Qué pasaría si ella metía la mano? ¿Él también estaría humedecido? ¿Y después, qué? ¿Cómo podía tocarlo?

Su mano, apoyada en el torso de él, se humedeció. Contuvo el aliento, llevó la mano a la cadera de Rye, y se detuvo, temerosa. Él la besó para animarla, murmurando su nombre y empujándole la mano hasta que comenzó a moverse poco a poco… hasta que al fin se detuvo, con el dorso de los nudillos en contacto con los botones de la bragueta. Sus caderas iniciaron un movimiento ondulante, lento, y ella lo rozó atrás y adelante, sin sentir mucho más que la textura irregular de los pantalones y la frialdad de los botones de latón.

Sin avisar, la mano de Rye atrapó la suya, la dio la vuelta y la apretó con fuerza contra los botones. En la mente de Laura explotaron locas preguntas. ¿Por qué él no tenía la forma que ella le atribuía a los hombres? ¿Qué era ese bulto que, incluso a través de la lana y los botones, sentía más grande que lo que había visto al espiar a los niños desnudos?

Rye le sujetó la mano con firmeza, haciéndola subir y bajar, para luego ahuecarla contra él, bien abajo, donde los pantalones estaban tibios y húmedos. De repente, se apartó rodando y cayó de espaldas contra la lona, con los ojos cerrados, y las piernas estiradas. Aún así, no le soltó la muñeca, y fue guiando la mano arriba y abajo, recorriendo el misterioso bulto. Los dedos de Laura se volvieron audaces y empezaron a explorar, contando los botones: uno, dos, tres, cuatro, cinco… el bulto terminaba a la altura del quinto.

Rye giró el rostro hacia ella y abrió los ojos. Se pasó la lengua por los labios resecos, y Laura contempló esos conocidos ojos azules, en los que descubrió una expresión que, hasta ese momento, nunca había visto. Ahora estaba sentada, más alta que él, respirando con fuerza entre los labios trémulos, los ojos dilatados y graves, desbordantes de asombro. La mano de Rye la soltó, sus caderas empezaron a subir y bajar rítmicamente, y sólo cerró los ojos otra vez cuando sintió que la mano de Laura se quedaba para complementar el ritmo de sus movimientos.

Laura contempló su mano, sintiendo que los botones de bronce se calentaban, rozándole la palma, viendo cómo vientre y el torso de Rye se sacudían, agitados, como si acabara de participar en una competición de natación.

– ¿Laura?

El nombre, dicho con voz ahogada, la hizo volver la vista a la de él.

– Bésame, al mismo tiempo que haces eso.

Se inclinó sobre él y, cuando las lenguas se encontraron, calientes y mojadas, los impulsos de Rye se hicieron más pronunciados. Entonces sintió que le rodeaba otra vez la muñeca con los dedos y llevaba su mano al primer botón de su propia cintura. De manera instintiva, supo lo que él quería de ella y empezó a apartarse, pero Rye la sujetó con una mano de la nuca y la obligó a quedarse donde estaba.

Logró liberar la boca, sacudió la cabeza y retorció la mano para soltarla.

– ¡No, Rye!

– Yo te lo hice a ti. ¿Acaso no crees que yo también estaba asustado?

De repente, le pareció que los ojos de él ardían de cólera mientras retenía su mano, hecha un puño en su cintura.

– No puedo.

– ¿Por qué?

– Es que… no puedo, eso es todo.

Rye se incorporó; apoyándose en el rollo, rodó un poco hacia ella y su tono colérico se convirtió en otro más cálido para darle ánimos.

– Oh, Laura, vamos, no te asustes. Te aseguro que no pasará nada malo. -Hizo llover leves toques de los labios sobre la cara de la muchacha hasta que los dedos se aflojaron. Le acarició con suavidad el dorso de la mano, que estaba apoyada sobre su estómago, encima de la hebilla del pantalón-. Laura, ¿no quieres saber cómo soy?

Ah… claro que quería, claro que sí. Pero era más fácil permitir que alguien la tocara, que ser la que tocase. Sin embargo, un instante después, el propio Rye desabrochaba los botones de latón, mientras la mano temblorosa de Laura seguía posada sobre su estómago. Se inclinó sobre ella y la besó con ternura, como para asegurarle que todo estaba bien. Alzando la cadera, sacó fuera el faldón de la camisa y, de repente, la barrera entre la mano de Laura y su propia piel había desaparecido. Una vez más, le sujetó la muñeca y llevó la mano hacia algo tan caliente que la muchacha se retrajo. Sin embargo, él, inflexible, llevó la mano de Laura hacia su carne y cubrió los dedos trémulos con los suyos, formando con la mano de ella un estuche donde se deslizó su larga y sedosa sorpresa. ¡Dios!, ¿hubo alguna vez una piel tan tersa, tan caliente? Era más suave que la piel tierna del labio interior, que la lengua de Laura había recorrido tantas veces. Era más caliente que el interior de la boca de él, que conocía tan bien como el de la suya propia. Rye le sujetó los dedos muy apretados, y la obligó a acariciarlo hacia arriba y abajo, al tiempo que Laura sentía que el corazón iba a explotarle dentro del pecho. «¡Me iré al infierno, me iré al infierno!». Aún así, ya no había amenaza del infierno que pudiese arrancar su mano del cuerpo de él. Experimentó, moviendo la piel sedosa con tierna curiosidad, reconociendo cada protuberancia y cada hueco del miembro masculino hasta que él cayó hacia atrás en actitud de abandono, soltando la mano de ella. Laura miró y vio por primera vez lo que sostenía. En la penumbra creciente, parecía tener el color más intenso que algunas flores en el jardín de su madre. Avergonzada ante lo que veía, sintió que ella también se ponía del mismo color, y apartó la vista. En ese momento, Rye emitía un sonido gutural en la culminación de cada caricia, hasta que un momento después recorrió su cuerpo un estremecimiento que la asustó, y las caderas se sacudieron de una manera que la atemorizó más que ninguna otra cosa que le hubiese sucedido hasta entonces. Sin embargo, aunque ella intentó aparase, él la retuvo hasta que, poco después, algo tibio y mojado se derramó sobre el dorso de su mano y se escurrió entre sus dedos.

– ¡Rye, oh, Rye, basta! -Tenía la voz estrangulada por el temor-. Algo malo sucede. Creo que estás sangrando.

Tenía miedo de mirar y comprobarlo. Debía ser sangre. ¿Qué otra cosa podía ser, húmeda y caliente? Rompió a llorar.

– Laura, shh… -Estaban tendidos en el suelo, la cabeza de la muchacha en el hueco del codo de él, y Rye se volvió para acercar la mejilla de ella a sus labios-. ¿Estás llorando?

– Estoy asustada: creo que te he lastimado.

– No es sangre, Laura: mira.

Pero la muchacha tenía miedo de mirar, convencida de que, al hacerlo, vería su mano escarlata con la sangre de Rye. Aunque los ojos azules que miraban en lo profundo de ella parecían seguros, a Laura le tembló la voz y las lágrimas le rodaron por la sien.

– Yo… yo te dije que no quería… y ahora… ahora ha sucedido algo espantoso, lo sé.

No pudo creer que Rye sonriese. Se indignó al verlo sonreír en un momento como ese.

– He dicho que mires, Laura. Si no me crees, mira.

Al fin, le hizo caso: blanco. La sustancia era blanca, pegajosa, y había formado un círculo húmedo en la lona sobre la que estaban acostados.

Levantó la vista hacia los ojos de él.

– ¿Qué… qué es?

– Es lo que hace a los hijos.

– ¡Hijos! ¡Rye Dalton! Si lo sabías desde el principio, ¿cómo te atreviste a derramar eso sobre mí?

Impulsada por el instinto, se incorporó buscando desesperada algo con que limpiarse la mano, para no correr el riesgo de tener un hijo. Al final, usó las enaguas.

– Abotónate los pantalones, Rye Dalton, y nunca vuelvas a hacerme eso. ¡Si me hicieras un hijo, mi madre me mataría!

Desdeñosa, le volvió la espalda mientras se abotonaba su propia ropa. Una vez vestida, se arrodilló con las manos apretadas con fuerza entre las rodillas, horrorizada de pensar lo que él le había hecho.

Rye, también arrodillado, se le acercó.

– Laura, ¿nunca oíste decir cómo se queda embarazada una mujer?

Le temblaba la barbilla, y las lágrimas rodaban sin freno.

– No, nunca hasta esta noche. -Creyéndolo desconsiderado al exponerla al riesgo, giró, exasperada-. ¿Por qué no me lo dijiste antes de que nosotros… yo lo hiciera?

– Laura, te aseguro que no vas a quedarte embarazada. No puedes.

– Pero… pero…

– Para que tengas un hijo, esa sustancia tiene que entrar dentro de ti, pero yo no estuve dentro de ti, ¿verdad?

– ¿Dentro de mí?

Lo escudriñó con expresión confundida.

– Laura, ¿nunca has visto hacerlo a los animales?

– ¿A los animales?

– ¿Algún perro… o a las gallinas?

La expresión perpleja no necesitaba mayores aclaraciones: hablaba a gritos de su ignorancia.

– ¿Hacer qué cosa?

¡Ningún animal podía hacer lo que ellos acababan de hacer!

Estaban arrodillados, cara a cara, con las rodillas casi tocándose. Había terminado de anochecer, de modo que sólo se veían los pálidos contornos de los dos rostros dentro del viejo almacén. En el de Rye, se veía una expresión de honda ternura.

Le tomó la mano, y la apoyó sobre los botones de latón.

– Esta parte de mí va dentro de esta parte de ti. -Le apoyó la mano en el regazo-. Así se forman los niños.

Laura abrió la boca, y los ojos castaños se dilataron de incredulidad. ¿Sería posible que Rye tuviese razón? Le ardió la cara, y retiró su mano de la de él.

– Lo que sucedió sobre tu mano tiene que suceder dentro de tu cuerpo, Laura. Así es como un hombre le hace un hijo a una mujer. -Le tocó la barbilla, pero ella estaba demasiado avergonzada para mirarlo. Aún así, Rye prosiguió, vehemente-. Te juro que jamás te haré eso, hasta después que estemos casados.

Ahora sí, la mirada de Laura voló hacia él. El corazón le palpitó, enloquecido, y una oleada de alivio la recorrió.

– ¿Ca-casados?

– Laura, ¿no crees que debemos casarnos, después de… bueno, después de esto?

– ¿Casarnos? -Su perplejidad fue cada vez mayor-. ¿En serio, Rye, quieres casarte conmigo?

El asombro masculino también floreció, y luego se iluminó con una sonrisa.

– Bueno, yo no me imagino casado con otra que no seas tú, Laura.

– ¡Oh, Rye! -Se precipitó sobre él, rodeándole el cuello con los brazos, cerrando los ojos con fuerza para imaginar mejor. Hasta ese instante, no se le había ocurrido pensar lo espantoso que sería no casarse con Rye después de lo que habían hecho-. Yo tampoco puedo imaginarme casándome con otro que no seas tú.

Rye la estrechó, se balancearon atrás y adelante, la cara de Laura apretada en el cuello de él.

– ¿Te parece que eso lo resuelve todo… quiero decir… ya sabes? -se oyó la pregunta ahogada.

– ¿Te refieres a tocarnos y todo eso?

– Ahá.

– No creo que marido y mujer vayan al infierno por tocarse.

Laura exhaló un suspiro de alivio, se echó atrás y lo miró, ansiosa.

– Rye, digámoselo a Dan.

– ¿Decírselo a Dan?

– Que vamos a casarnos.

La expresión de Rye se hizo escéptica.

– Todavía no. Tendremos que esperar hasta que termine mi aprendizaje, Laura. Luego, cuando sea maestro tonelero, podremos vivir en nuestra propia casa. Creo que, hasta entonces, no debemos decírselo a Dan.

Un poco decepcionada, Laura se apoyó sobre los talones.

– Bueno… está bien, si te parece lo más conveniente.

Para Laura fue duro no decírselo a Dan la vez siguiente que se encontraron, pues quería compartir esa alegría flamante: a fin de cuentas, los tres siempre habían compartido todo.

Fue una semana después. Se había desatado una gran tormenta, y después, Laura y Dan salieron juntos a explorar el guijarral para recoger la madera que arrojaba el mar, elemento precioso en Nantucket, donde no se podía desperdiciar la leña, pues la mayor parte era traída desde el continente. La costa que recorría el lado Sur de la isla sufrió el peor embate de la furia del Atlántico, y también fue la que mejor botín dejó después de la tormenta. Laura y Dan iban abriéndose paso hacia el Este, cuando se toparon con Rye, que estaba de pie a poco menos de veinte metros, sobre el guijarral húmedo y compacto, sembrado de conchillas, algas y charcos dejados por la marea, en los que habían quedado atrapados pequeños peces. El grueso de la tormenta había pasado, pero el cielo todavía estaba bajo, con espesas nubes grises que rodeaban la isla, convirtiéndola en un mundo aparte.

Rye llevaba un grueso chaquetón marinero, con el cuello alzado en torno al cabello claro que le azotaba la cara a impulsos del viento. En cuanto lo vio, Laura, enfundada en un impermeable amarillo y con un pañuelo rojo en la cabeza, levantó el brazo para saludarlo.

Después, los tres avanzaron juntos por la playa, y sus respectivos sacos de arpillera iban dejando una huella triple a medida que los arrastraban. Era la primera vez que Laura veía a Rye desde la noche en la caseta de los botes, y de inmediato experimentó esa curiosa y lasciva sensación en la boca del estómago, y pensó cómo deshacerse de Dan. El modo más natural era preguntarle si su madre había hecho algo sabroso para comer y, si la respuesta era «pan de jengibre», la primera parada de regreso al pueblo era la casa de Dan.

Para cuando Laura y Rye la dejaron en la casa, la muchacha estaba a punto de estallar de impaciencia y él, por el contrario, había mantenido un aspecto tranquilo y desapegado las últimas dos horas… ¡los últimos siete días! Sin embargo, cuando andaban por la calle que llevaba a la casa de Josiah, hizo algo que no había hecho nunca hasta entonces: se apoderó del saco de Laura y se lo echó al hombro, junto con el suyo, sin hacer caso de la insistencia de la muchacha en que podía llevarlo sola. La madera empapada era un peso muerto y, para sus adentros, Laura se regocijó de la caballerosidad de Rye. Hasta se las arregló para abrir la puerta de la tonelería y dejarla pasar, pese a la carga que llevaba.

Dejando caer los sacos junto a la puerta, alzó la vista cuando la madre exclamó, desde arriba:

– ¡Rye, eres tú!

Poniéndose un dedo sobre los labios, advirtió a Laura, y la hizo tragarse el saludo que estaba a punto de pronunciar.

– Soy yo -exclamó-. He traído un poco de leña. Voy a encender fuego y la pondré alrededor, para que se seque.

Como era domingo, la planta baja de la tonelería estaba desierta. El tiempo húmedo y ventoso, cargado de nubes, daba al ámbito un aire oscuro y secreto. Laura y Rye, de pie, en silencio, se miraban mientras oían los ruidos que hacían los padres de él yendo y viniendo por la planta alta, sobre las cabezas de ellos dos. Rye arrastró los dos sacos hasta el hogar y empezó a encender el fuego. Cuando lo oyó crepitar, comenzó a sacar madera húmeda de los sacos y a disponerla en círculo sobre el suelo de tierra. Una vez vacíos los sacos, los llevó junto a una pared alejada y los colgó sobre un banco de trabajo. Volvió junto a Laura, le abrió el impermeable, y ella se lo dejó quitar de los hombros, sin pronunciar palabra. Acercó uno de los largos bancos de desbastado y lo colocó cerca del hogar, donde ya se había extendido la tibieza. El banco tenía un metro veinte de largo, se ensanchaba en un extremo para sentarse, y el otro extremo se elevaba como el arco de un cazador, formando una abrazadera para sujetar la duela con un pedal. Pasó una pierna por encima y se sentó en la parte ancha, extendiendo luego la mano a Laura para invitarla a sentarse. Cuando Rye separó las rodillas para ponerse a horcajadas del banco, los ojos de la muchacha, como por voluntad propia, clavaron la vista en la entrepierna. El color le encendió el rostro y apartó la vista de la mano que se le ofrecía; luego posó la suya en ella, y lo dejó que la hiciera sentarse delante de él, formando con su cuerpo un ángulo recto con el suyo, de modo que sus rodillas tocaban uno solo de sus muslos. Rye le tocó la cara con las yemas, recorriéndola con avidez para después besarle un párpado, luego el otro.

– Te he echado de menos -le susurró en voz tan baja que podría haber sido sólo un chisporroteo del fuego.

– No se lo contaste a Dan, ¿verdad?

Laura negó con la cabeza.

– Cuando os vi juntos… sentí…

El susurro se fue apagando, pero la expresión de los ojos que se fijaban en los de ella era tormentosa.

– Qué… cuéntame qué sentiste.

Le apoyó la mano en el pecho y sintió que el corazón golpeaba con fuerza contra sus paredes.

– Celos -admitió-, por primera vez.

– Qué tonto eres, Rye -susurró, besándole la barbilla-. Nunca tienes que sentir celos de Dan.

Se besaron, pero en la mitad del beso, los maderos de la planta alta crujieron, sobresaltándolos y haciéndolos apartarse. Volvieron la vista hacia el alto techo de vigas, y contuvieron el aliento. Cuando comprobaron que no se oía nada más, las miradas se encontraron nuevamente. El fuego ya calentaba, y Laura se preguntó por qué Rye no se había quitado la chaqueta. Cuando llegó el beso siguiente, y guió su mano hacia el sitio tibio entre las piernas abiertas, ocultó entre las sombras detrás de la gruesa prenda, entendió que servía de precaución, por sí alguien aparecía.

– Laura… -rogó, con un susurro tembloroso-, ¿puedo tocarte otra vez?

– Aquí no, Rye. Podrían sorprendernos.

– No, no lo harán. No saben que estás aquí, conmigo.

La atrajo a sus brazos y la hizo colocarse contra sus piernas abiertas, y Laura sucumbió de inmediato a la tentación.

– Pero, ¿y si vienen?

– Shh, tú date la vuelta y apoya la espalda contra mí. Si vienen los oiremos, y en ese caso te sentarías en el otro banco, como si, simplemente, estuviésemos calentándonos junto al fuego. -Se dio la vuelta de modo que la espalda de Laura se apoyó contra su pecho-. Pasa la pierna por encima -le ordenó, detrás de la oreja.

Laura pasó la pierna sobre el banco y la mano de Rye fue a parar bajo sus faldas, con una fugaz vacilación en el botón antes de acceder al calor femenino con una mano, y al pecho con la otra. Laura se acurrucó contra él, oyendo la respiración áspera junto al oído, aferrándole las rodillas a impulsos del deleite que le brindaba esa sexualidad encendida otra vez bajo sus caricias. Pero cuando Rye tocó un punto muy sensible, saltó hacia arriba inspirando y tratando de escapar.

– Laura, no te apartes.

– No puedo evitarlo.

– Shh. Charles me explicó cómo hacerte una cosa, pero tienes que quedarte quieta mientras yo lo intento.

– ¿Qué…?

– Shh… -la tranquilizó, y la muchacha se acomodó otra vez con la espalda contra él, aunque tensa. Le murmuró con voz suave al oído-: Quédate quieta, Laura, amor. Charles dice que te gustará.

– No… no, detente, Rye, es… es…

Las protestas murieron antes de nacer, y Laura apoyó la cabeza en el hombro de él, pues esas caricias parecían arrebatarle la voluntad de moverse o de hablar. Se le irguieron los pechos, y las sensaciones fueron profundas mientras el contacto de Rye surtía una especie de magia. En pocos minutos, sintió que su cuerpo se aceleraba con la misma clase de sacudidas rítmicas que había visto en él. Algo le crispó los dedos de los pies, le subió por el dorso de las piernas como un fuego trepador, y un minuto después, la convulsionaban una serie de explosiones internas que la dejaron estupefacta, sacudida, e hicieron brotar un gemido de sus labios. Rye le tapó la boca con la mano para ahogar el sonido, y ella, atrapada en las garras del éxtasis, se agarraba de las rodillas de él.

Trató de pronunciar el nombre de él contra su mano, pero Rye la mantuvo prisionera en un mundo tan exquisito que su cuerpo se estremeció de deleite. Las ondulaciones aumentaron, llegaron a su culminación y, de repente, acabaron.

Tuvo vaga conciencia de un dolor difuso, y supo que Rye le había clavado los dientes en el hombro. Cayó hacia atrás jadeando, casi desmayada, sintiendo en los miembros una fatiga que jamás hubiese imaginado.

– Rye… -Pero la mano de él seguía sobre su boca. La apartó con la suya para liberar los labios, y susurró-: Rye… oh, Rye, ¿qué has hecho?

A él le tembló la voz:

– Charles dice… -Tragó saliva-. Charles dice que eso es lo que se hace cuando uno no quiere tener hijos. ¿Te gustó?

– Al principio, no, pero después… -Depositó un beso en los dedos callosos-. Oh, después… -canturreó, incapaz de definir ese nuevo descubrimiento.

– ¿Cómo fue?

– Como… como si estuviese en el cielo y en el infierno al mismo tiempo. -Al mencionar el infierno, se puso seria, y se irguió. En voz arrasada por la culpa, afirmó-: Es un pecado, Rye. Es… es lo que llaman fornicación, ¿no es cierto? Nunca supe lo que querían decir cuando…

– Laura… -La hizo girar tomándola por los hombros, sujetándole el mentón con las manos, rozándole las mejillas con los pulgares-. Laura, tendremos que esperar tres años antes de casarnos.

La mirada de los ojos castaños se encontró con la de los azules, y había en ellos una nueva comprensión.

– Sí, lo sé.

También sabía que la moralidad no tenía mucho peso en contraste con ese cielo-infierno recién hallado, pues habían encontrado un modo… juntos. Y serían marido y mujer, como habían jugado de niños, cuando Rye se dirigía hacia el mar con un beso de despedida. Sólo que, una vez casados, no habría despedidas, sino sólo los saludos de cada mañana, cada mediodía y cada noche.

Así se decían mientras transcurría esa primavera loca, traviesa, maravillosa, y se proporcionaban mutuo placer en innumerables ocasiones sin ejecutar el acto de amor. En el almacén de los botes, en el esquife, en la ribera de Gibbs Pond, entre dulces matorrales de trepadoras de Virginia, y en bosquecillos de hayas que crecían en las hondonadas protegidas de los brezales, que se convirtieron en su lugar de juegos.

Cada vez que tenían oportunidad, volaban en busca de intimidad, dispersando en su carrera manadas de ovejas que pastaban. Corrían, riendo, por las colinas cubiertas de hierba, como criaturas despreocupadas que cada vez aprendían más acerca del amor a medida que pasaban los días, atravesando a la carrera el aire salino del verano, extrayendo cada vez más el uno del otro, pero sin obtener nunca lo suficiente.

Capítulo7

En la tonelería de la calle Water, Rye Dalton era acosado por los mismos recuerdos; eran pocos los momentos en que Laura estaba ausente de sus pensamientos. Después del encuentro en la huerta de manzanos, se precipitó sobre el trabajo con celo desmedido, arrastrando a su cuerpo hasta límites que no tenía derecho de imponerle cuando pasaron dos semanas, luego tres, y no tuvo noticias de ella.

Pero ella estaba allí, ante él, mientras desbastaba con la cuchilla o curvaba los hombros encima de la alisadora o giraba la manivela del torno para vencer la resistencia de las duelas de un barril y mantenerlas tirantes. Laura estaba ante él, atrayéndolo con su rostro, entregándosele con su cuerpo. Veía sus rasgos en la veta de la madera, imaginaba el contorno de sus pechos cuando pasábalos dedos, delicadamente, por el borde curvo de una duela. Cuando enroscaba las cuerdas del torno alrededor de ellas para cincharlas y poder pasar el aro, imaginaba la cintura de Laura, cinchada por lazos, aunque sabía que era Dan el que lo hacía todos los días.

A duras penas podía contenerse y no dejar el torno para subir la colina e ir a reclamarla. Pero le había pedido tiempo, y aunque no sabía cuánto necesitaría, accedió con la esperanza de que, llegado el momento, se decidiría en favor de él.

Sentía un modesto contento al estar otra vez en la tonelería, trabajando junto a su padre, inclinado sobre la labor en ese ámbito de dulce fragancia en el que había crecido.

En los días brumosos, un fuego perfumado ardía siempre en el hogar, pues nunca faltaban virutas de madera para alimentarlo. Cuando acababa un cubo de cedro, Josiah apartaba los desechos y los distribuía con cuidado en el fuego, con la suficiente frecuencia para mantener una constante fragancia que flotaba en el aire como incienso, mezclándose con el humo de su pipa.

Los días soleados, los portones quedaban abiertos hacia la calle y el perfume de las lilas entraba y se sumaba a los de las maderas, tanto frescas como secas. Había un permanente paso de transeúntes del pueblo, muchos de los cuales entraban unos minutos a saludar y a darle la bienvenida a Rye por su retorno. Todos estaban enterados de la extraña situación que había hallado al volver, pero nadie la mencionaba; sólo observaban y estaban a la expectativa de lo qué podría pasar.

El viejo tampoco hacía preguntas, aunque Josiah era lo bastante perspicaz para notar que la creciente inquietud ponía a Rye cada vez más nervioso y distraído. La tolerancia nunca había sido el fuerte de su hijo, y el padre se preguntaba cuánto tiempo pasaría hasta que hubiese un desenlace.

Era un día resplandeciente de principios de verano, con un cielo azul sin nubes, de cálido sol cuando el anciano se tomó el descanso de media mañana y salió arrastrando los pies por la puerta abierta, para fumar la pipa y estirar la espalda.

– El muchacho está «tardando» bastante para volver con esos aros -decía Josiah, en su rico acento de Nueva Inglaterra.

Se refería al hijo de su hermano, Chad Dalton, su último aprendiz, que había ido a la herrería a buscar un par de aros. Pero ahora que Rye estaba de vuelta, en ocasiones el muchacho aflojaba el paso, aprovechando el buen talante del tío Josiah.

Rye no alzó la vista siquiera, lo que no sorprendió a Josiah. El hijo estaba de pie ante la hoja fija de una garlopa de un metro y medio de largo, pasando por ella el borde de una duela. Para dar a ambos bordes una forma idéntica hacía falta criterio preciso, mano firme y no despegar la vista del trabajo. No le molestaba que Rye no levantara la vista; lo que le molestaba era que, al parecer, tampoco escuchase.

– ¡He dicho que ese chico está tardando demasiado para volver con esos aros!-repitió en voz más alta.

Al fin, las manos de Rye se detuvieron y levantó la vista, serio.

– Te he oído, ¿o acaso son tus oídos los que no funcionan bien?

– Mis oídos no tienen ningún problema. Lo que pasa es que no me gusta hablar solo.

– Lo más probable es que el muchacho esté haciendo rodar esos aros en la dirección contraria, desde la herrería de Gordon… ya sabes qué pasa cuando se juntan un muchacho y un aro.

Rye se dispuso otra vez a trabajar con la garlopa.

– Había pensado en mandarlo después a buscar naranjas frescas a la plaza: acaban de llegar desde Sicilia. Ya sería hora de que volviese; las naranjas deben estar pudriéndose al sol del mediodía.

Desde donde estaba, incluso Josiah podía oír los gritos de los vendedores en la plaza de la calle Main, donde el mercado de todos los días estaba en pleno ajetreo.

– Ve a buscarlas tú mismo. Te hará bien dar una caminata y salir de aquí unos minutos.

Josiah, todavía de espaldas a la tonelería, chupó la pipa y vio pasar a las señoras con las canastas al brazo.

– Hoy tengo las rodillas un poco duras… no sé por qué el reumatismo está molestándome un día despejado como este. -Escudriñó el cielo sin nubes-. Debe de estar aproximándose el mal tiempo.

Tras él, Rye midió el largo de la madera con un calibre. Sin hacer caso de la insinuación del anciano, la examinó con aire crítico, la encontró satisfactoria y tomó una duela terminada para compararlas. Las vio perfectamente iguales, y después de arrojarlas a un montón de piezas acabadas, tomó otra pieza de madera sin desbastar para empezar a trabajarla.

En la puerta, Josiah metió los dedos entre la cintura del pantalón y la camisa, se balanceó sobre los talones, y se quejó, hacia el cielo azul:

– ¡Ahá! Bien podría ir ahora a buscar naranjas frescas.

Tras él sonó un estrépito: era que Rye había dejado caer la tabla. El viejo sonrió para sí.

– Está bien, si quieres que yo vaya al maldito mercado a buscar naranjas para ti, ¿por qué no lo dices, simplemente?

Josiah apuntó al hijo con el ojo entrecerrado.

– Últimamente estás un poco irritable, ¿no?

Sin responderle, Rye atravesó la tonelería y pasó alrededor de su padre, manifestando la irritación a cada paso.

– Tengo la impresión de que tú necesitas salir un rato de aquí, no yo.

– ¡Ya voy, ya voy! -ladró el joven.

Cuando salió a la calle pisando fuerte, Josiah sonrió otra vez, chupó la pipa y murmuró:

– Sí, muchacho, lo estás… como para irte al infierno en bote, y pretendes arrastrarme contigo.

Era impresionante ver a Rye Dalton pasando como una exhalación por la calle adoquinada, con los pantalones ajustados de color tostado y una camisa de algodón blanco de hombros caídos, con mangas anchas fruncidas en la muñeca. El cuello abierto dejaba expuesta una honda V de piel tras la prenda sin botones, y el vello dorado chispeaba contra la carne bronceada. Le rodeaba el cuello un pañuelo rojo atado al modo de los marineros, hábito tomado de sus compañeros de travesía y que había conservado, pues le resultaba práctico para secarse las sienes cuando sudaba, en la tonelería.

Era una mañana cálida, que vibraba con los gritos exuberantes de las gaviotas y el rechinar de las ruedas por las calles. Rye dio la vuelta a una carreta que pasaba y saltó sobre la nueva acera adoquinada. Mientras andaba a grandes zancadas furiosas hacia Market Square, el viento agitaba el cabello descolorido por el sol y le azotaba las mangas abullonadas.

Los granjeros vendían flores frescas y manteca desde carros de madera de grandes ruedas. Los pescadores pregonaban abadejos, arenques y ostras, y, en las traseras de los carretones, los carniceros mantenían fresca la carne cubriéndola con pesadas telas mojadas. En un extremo de la plaza, un subastador gritaba su cháchara a medida que iban saliendo a la venta muebles y artefactos domésticos.

Rye buscó con la vista entre los vendedores hasta que encontró los manchones luminosos de los cítricos: limas, limones y naranjas apiladas en pirámides en las carretas, ofreciendo un tentador despliegue de colores. El perfume era delicioso y las frutas eran siempre codiciadas, porque sólo aparecían en esa época.

Dio un largo paso y recogió una naranja de piel brillante, sintiendo que se le hacía agua la boca, y admitiendo que el anciano tenía razón: la fruta era tentadora y era bueno salir al aire fresco y meterse en medio del bullicio del mercado. Había un constante estrépito de voces: el redoble agudo del subastador, los gritos indolentes de los dueños de las carretas y el canturreo musical de los vendedores que intercambiaban banalidades, y allá arriba las gaviotas que interrumpían, exigiendo trozos de pescado, migas de pan o cualquier cosa que pudiesen arrebatar.

Rye apretó la naranja, eligió otra y se la acercó a la nariz para aspirar su picante perfume frutal, diciéndose que debía ser más tierno con su padre, pues no tenía la culpa de que él estuviese en semejante situación. Había sido más que paciente con él las pasadas semanas, cuando Rye se encolerizaba o se ponía melancólico y silencioso. Sonrió, resuelto, mientras elegía frutas de la pirámide. Había elegido tres naranjas perfectas cuando oyó una voz junto a él que ronroneaba:

– Caramba, señor Dalton, ¿usted haciendo las compras?

– Señorita Hussey… buenos días -saludó, volviéndose al oír esa voz.

La joven lo miraba bajo el ala de un sombrero de color lavanda, con una sonrisa seductora.

– Sí, mi padre tenía un antojo, y cree que todavía soy un aprendiz de pantalones cortos.

Rió con aire indulgente.

Ella también rió, y empezó a elegir sus propias naranjas.

– Mi madre me mandó con el mismo propósito.

– Debo admitir que son tentadoras. Estoy impaciente por pelar una para mí. -Sonrió con picardía y la miró de soslayo-. Pero no se lo diga a mi padre pues, si lo hace, me hará correr aquí todas las mañanas, como si fuese la criada.

– Señor Dalton, si usted tuviese esposa no tendría que molestarse en venir al mercado a comprar naranjas.

– Tengo esposa, señorita Hussey, aunque al parecer no me sirve de mucho.

Se le escapó sin que pudiera contenerse y lo lamentó de inmediato pues las mejillas de DeLaine Hussey se habían cubierto de un sonrojo poco favorecedor, y comprendió que la joven no sabía qué decir. Se apresuró a concentrarse en la elección de la fruta, negándose a mirarlo a los ojos. Rye le tocó la mano un instante:

– Le pido disculpas, señorita Hussey. Cinco años en el mar me han hecho olvidar los buenos modales. La he puesto incómoda. He dicho algo muy desagradable.

– De cualquier modo, es verdad. Todo el pueblo se pregunta qué piensa hacer ella al respecto, viviendo ahí, en su casa, con el mejor amigo de usted…

Tartamudeó y se interrumpió, y se le dilataron los ojos de sorpresa al ver a la mujer y al niño que habían aparecido, en silencio, por el otro lado de la carreta.

Rye vio a Laura un segundo tarde, pero de inmediato retiró la mano de la de DeLaine Hussey. Al lado del exagerado atavío de la joven, Laura era la imagen de la simplicidad femenina, de pie en el sol, con el ala de un gracioso sombrero amarillo inclinado sobre la cara y un gran lazo de satén debajo de una oreja. Aunque el vestido tenía cintura ceñida, ese día no tenía miriñaque puesto, y Rye no pudo menos que preguntarse si llevaría el corsé: era tan delgada que, mirándola, no podía deducirlo.

Sujetaba con fuerza la mano del niño, y mirando a Laura, Rye olvidó todo lo que no fuera su imagen. De repente recordó la presencia de la otra mujer y retrocedió como reconociéndola, pero antes de que pudiese hacerlo, Laura sonrió y dijo:

– Hola, señorita Hussey. Qué agradable volver a verla.

– Hola -respondió DeLaine con expresión agria.

– Hola, Rye -dijo entonces Laura, girando hacia él el ala del sombrero.

Abrigó la esperanza de que DeLaine Hussey no advirtiese cómo se le subía el corazón a la garganta al ver a Rye, alto y apuesto, hasta el punto de que le daban ganas de comérselo junto con las tres naranjas que tenía en la mano abierta. El sol acentuaba el azul de sus ojos y ponía de relieve la franja de pecho expuesta, convirtiéndolo en un suntuoso dorado detrás de la camisa blanca.

– Hola, Laura -logró decir, olvidadas por completo las naranjas y DeLaine Hussey mientras contemplaba ese rostro que lo perseguía día y noche.

La expresión de Laura reveló lo que sentía pues, de repente, los labios rosados perdieron la sonrisa y se entreabrieron. Los ojos, negándose a obedecer la orden de cautela, muy abiertos, clavaron la vista en los de él para después bajar al pecho bronceado, y luego subió otra vez. Oprimió con tanta fuerza la mano de Josh que el chico se retorció, dio un grito de dolor y después se soltó.

Recordando la presencia del niño, Rye le sonrió:

– Hola, Josh.

– Tú eres el del nombre raro.

– Sí, ¿lo recuerdas?

– Te llamas Rye.

– Sí, así es. Entonces, la próxima vez espero un buen saludo cuando nos encontremos.

Pero volvió la vista una vez más hacia Laura, y ella no pudo resistir preguntar con dulzura:

– ¿Ustedes dos están comprando naranjas?

Rye se puso encarnado, y el sonrojo fue claramente visible en el rostro bronceado hasta llegar al color de un penique de cobre, más oscuro de lo que Laura recordaba de antes del viaje en el Omega.

– Eeeh, no… bueno, sí, yo salí a comprar naranjas para Josiah.

– Y yo estaba comprando naranjas para mi madre -intervino la señorita Hussey, frunciendo la boca.

– Y nosotros salimos a comprar naranjas para papá -canturreó Josh, inocente.

Esa palabra puso serio a Rye, que observó la expresión de Laura.

A DeLaine Hussey no se le escapó el intercambio de miradas, pero se empecinó en permanecer allí.

– Bueno, ¿qué les parece si todos comemos una… yo invito -ofreció Rye, sin poder pensar en ningún otro modo de aflojar la tensión.

– ¡Mmm… me encantan las naranjas! -exclamó Josh, ansioso y con los ojos brillantes.

– ¿Cuál prefieres?

Resultó evidente que Laura y Rye estaban tan ansiosos como Josh. El hombre contemplaba las manos regordetas que tocaban todas las naranjas, como si fuese muy importante cuál elegía. Ese primer encuentro inocente bajo el radiante sol del verano en el ajetreado mercado de la plaza parecía representativo de todas las experiencias de paternidad que Rye se había perdido, y Laura no tuvo corazón para negarle esa pequeña alegría. Los ojos le brillaban, encantados, cuando al fin Josh eligió una naranja y la depositó en la mano grande de Rye, exclamando:

– ¡Esta! -como si con eso resolviese un intrincado enigma.

Rye rió, jubiloso y apuesto, apropiándose del corazón de Laura que veía cómo los dedos oscuros y esbeltos arrancaban la piel de la naranja para su hijo.

Sintiéndose una absoluta extraña en esa pequeña escena de familia, DeLaine decidió que era hora de retirarse, y disparó una radiante despedida hacia Rye y una breve inclinación de cabeza a Laura, que resultó innegablemente grosera.

En cuanto estuvo lo bastante lejos para no oírlos, Rye captó la mirada de Laura,

– Estuve preguntándome cuándo volvería a verte -dijo, muy consciente del significado implícito y conteniendo el deseo de tocarla.

– Vengo al mercado todas las mañanas.

– ¿Todas las mañanas? -repitió, maldiciéndose a sí mismo por las oportunidades perdidas.

– ¡Eh, date prisa, Rye! -exigió Josh, viendo que el proceso de mondado se demoraba mientras Rye y Laura se regalaban mirándose las caras.

– ¡Sí, sí! -respondió Rye, con su acento marinero, apartando con desgana la atención de la mujer el tiempo suficiente para terminar.

Le entregó media naranja al niño y empezó a quitar la piel a la otra mitad, mirando otra vez a la madre.

Laura no perdía uno solo de los diestros movimientos de los dedos, de las uñas cuadradas que separaban los delicados filamentos con tanta habilidad que no cayó una sola gota de jugo. «Manos, manos -pensó-, es imposible que yo olvide esas manos».

En ese preciso instante, una de esas manos se extendió hacia ella, ofreciéndole un luminoso gajo de fruta. Le miró los ojos. «No es nada -pensó-, nada más que un trozo de naranja, y entonces, ¿por qué siento un diminuto tamborileo que tatúa un mensaje a través de mis venas, diciéndome que responda a la muda insinuación?», mientras aceptaba el ofrecimiento.

Sin apartar la vista de la de ella, Rye se llevó un trozo de naranja a los labios, que se abrieron en lentos movimientos para recibir la jugosa fruta madura, y cuando la mordió, saltó al aire tibio del verano un chorro de suculento jugo.

Como hipnotizada, ella también levantó el gajo con delicadeza, creyendo saborear antiguos recuerdos al hincar el diente en esa maravilla, con todos los sentidos despiertos por el hombre que estaba ante ella.

A su turno, él comió un segundo trozo, y esta vez un dulce riachuelo le corrió por la barbilla, y la mirada de Laura lo siguió, incapaz de contenerse.

Una súbita carcajada de Rye rompió el hechizo y ella lo imitó mientras él se desataba el pañuelo rojo para enjugarse la barbilla y luego se lo ofrecía.

Cuando se lo pasó por los labios, olía a sal, a cedro y a él. Rye peló otra naranja para Josh, que estaba demasiado entretenido para notar las miradas que intercambiaba su madre con el alto tonelero.

– Así que ¿vienes al mercado todas las mañanas? -preguntó Rye.

– Bueno, casi todas. Josh y yo venimos a buscar leche.

– Y yo también la llevo -declaró Josh, orgulloso, limpiándose los labios de naranja con el dorso de la mano y provocando la risa de los dos adultos.

Algo infinitamente dulce colmó el corazón de Rye. Se había perdido la experiencia de ser padre de este niño, y no sabía siquiera que para un chico de cuatro años eran un gran logro cargar una jarra de leche. Compartir por primera vez ese descubrimiento con el niño era una revelación fuerte.

– ¡No me digas! -exclamó Rye, inclinándose para tantear los bíceps de Josh-. Ya me lo explico. Tienes unos buenos músculos en ese brazo. Debes de haber izado trampas o tirado de redes.

Josh lanzó una risa alegre.

– Todavía no tengo suficiente edad para eso, pero cuando sea grande como mi papá, seré ballenero.

Rye lanzó una mirada fugaz a Laura y luego volvió la vista al hijo.

– Los balleneros están muy solos en esos grandes barcos, Josh, y a veces, como se van por tanto tiempo, echan mucho de menos la diversión. Tal vez convendría que fueses empleado, como… como tu papá.

– No, no me gusta la oficina. Ahí dentro está oscuro, y no se puede oír bien las olas. -Después, con la característica volubilidad infantil, casi sin hacer pausa, cambió de tema-. Quiero oír al subastador, mamá. ¿Puedo ir a escucharlo?

La miró desde abajo, entrecerrando los ojos.

Captando la mirada suplicante de Rye y el martilleo de su propio corazón, que parecía haber duplicado el ritmo, aunque sabía que sería más seguro mantener a Josh junto a ella, obedeció el dictado de su corazón. ¿Qué podía ocurrir ahí, en medio del mercado?

– Está bien, pero quédate allí hasta que yo vaya a buscarte, y no vayas a ningún otro sitio.

– ¡Sí, sí! -respondió, imitando el acento de Rye.

Salió disparando hacia el extremo más bajo de la plaza.

La mirada de Rye siguió al niño, y dijo en voz suave:

– Ah, qué guapo es.

Estaban solos, pero titubeaban en mirarse o decir una palabra más. Laura buscó recomponerse dándose la vuelta hacia las naranjas, y eligiendo algunas iba guardándolas en su bolso, que se cerraba con una cuerda. Mientras movía la mano de una a otra fruta, a su lado Rye hacía lo mismo. Apretó una, la separó, apretó otra pero, al fin, la mano se quedó inmóvil. Hubo una larga pausa de inmovilidad, hasta que Laura levantó la vista y encontró la de él sobre ella, complaciéndose en mirarla a gusto, ahora que no estaban DeLaine y Josh con ellos.

La mirada de Rye subió hacia los rizos diminutos que escapaban del sombrero, luego a los labios de Laura, apenas separados, y a los ojos castaños, atrapados en los de él.

– ¡Jesús, cómo te he echado de menos! -exhaló.

Los labios de ella se abrieron más, y tartamudeó:

– N-no digas eso, Rye.

– Es la verdad.

– Pero es mejor que no lo digas.

– ¿Y ahora también puedo sentirme desdichado pensando en el niño?

Pero la idea la hacía tan desdichada a ella como a él. Había percibido la añoranza del hombre en cada mirada que lanzaba a Josh, en cada retazo de la conversación y en el don insignificante de una naranja pelada: la primera ofrenda de un padre a su hijo.

– Rye, lo siento.

– Sueña con cometer los mismos errores que yo.

– Tiene un buen pad… un buen hombre para educarlo.

– Sí, es cierto, y saberlo me hiere en lo vivo.

– Por favor, Rye, no te sientas así: lo haces más difícil.

Él echó una mirada fugaz al edificio de ladrillos que estaba al otro lado de la plaza, donde Dan Morgan debía estar trabajando ante su escritorio.

– ¿Has hablado con él? ¿Le has dicho… le has preguntado?

Laura negó con la cabeza, apoyó el mentón en el pecho y, de repente, las naranjas quedaron difuminadas por las lágrimas.

– No puedo. Perder a Josh ahora lo mataría.

– ¿Y yo? Josh es mi hijo… ¿acaso has pensado en lo que yo estoy sintiendo?

– He pensado miles de veces en lo que estás sintiendo, Rye. -Elevó hacia él una mirada atormentada, y Rye vio lágrimas suspendidas de sus pestañas-. Pero, si pudieses verlos a los dos juntos…

– ¡Los he visto! ¡Los veo! Los veo en mis pesadillas, como estaban el día que volví a nuestro hogar. Pero eso no cambia el hecho de que yo quiero ser su padre ahora, aunque empiece con cuatro años de atraso.

– Tengo que irme, Rye. Ya hemos estado demasiado tiempo juntos. Sin duda, Dan va a descubrirlo.

– ¡Espera! -La retuvo con un movimiento rápido de la mano ancha sobre la manga amarilla. Del contacto se irradiaron estremecimientos por el brazo de la mujer. Contemplando esos ojos castaños, Rye comprendió la reacción, y retiró la mano de inmediato-. Espera -repitió, con más suavidad-. ¿Quieres encontrarte conmigo aquí, en el mercado, mañana por la mañana? Tengo algo para darte… algo que hice para ti.

– No puedo aceptarte regalos, pues Dan haría preguntas.

– De este no se enterará. Por favor.

Cuando levantó la vista, Laura vio que el semblante de Rye desbordaba de dolor y añoranzas, y se preguntó si sólo sería cuestión de tiempo que se entregase a él… por completo. Retrocedió un paso sintiéndose culpable por pensarlo, se colocó otra vez a distancia segura, y aún así, no pudo negarle lo que pedía.

– Será preferible que no nos encontremos otra vez ante el puesto de naranjas.

Rye miró alrededor, observando la plaza atestada.

– ¿Ya has plantado el jardín?

– Buena parte… no todo.

– ¿Necesitas semillas?

– Chirivías.

– Nos encontraremos junto al carro de flores. También venden semillas.

– De acuerdo.

Las miradas se encontraron por última vez.

– No me fallarás, ¿verdad, Laura, amor?

Laura tragó saliva, pues nada deseaba tanto como echarle los brazos al cuello y besarlo ahí mismo, y que toda la plaza se fuese al infierno.

– No, no te fallaré, Rye, pero ahora tengo que irme.

Se dio la vuelta con el corazón colmado de una dicha que hacía años no sentía, esa exquisita tortura del primer amor invadiéndola una vez más. La embriaguez de las citas secretas, de compartir intimidades mínimas bajo las narices de los demás. Cuántas veces habían hecho cosas por el estilo… Y aunque hacerlas de nuevo era peligroso, la idea la sedujo de un modo que la hizo sentirse más vibrante, más llena de vida de lo que se sentía desde que Rye Dalton se había embarcado.

No había dado más que tres pasos cuando oyó su voz queda desde atrás.

– Trae al niño. Casi no lo conozco.

Sin volverse, Laura asintió y se encaminó a la parte baja de la plaza.

Cuando Rye entró en la tonelería y le arrojó tres naranjas en rápida sucesión para que las atrapase, más rápido de lo que Josiah podía, este notó el cambio en su hijo, pero no dijo nada.

– ¿Lo ves, viejo lobo de mar? No tenías motivo para preocuparte de que te diese escorbuto. ¿Ha vuelto ya el chico?

– Sí, y se fue de nuevo. Tengo la impresión de que está aprovechándose de mí pues, como bien sabes, mi viejo corazón está ablandado y permito que todos mis ayudantes salgan al sol y me dejen aquí, enmoheciéndome en la sombra de este sitio, y atendiendo la tonelería sin nada de ayuda.

Lanzó una risa queda.

– Cuando Chad regrese tengo un encargo para darle, así que sujétalo de la oreja la próxima vez que se le ocurra obstruir la puerta por un minuto.

Cuando Chad regresó, Rye, sacando una moneda del bolsillo le ordenó:

– Quiero que corras a la farmacia de la calle Federal y me traigas todas las golosinas de zarzaparrilla que te den por esto. Quédate con una, pero no te comas las demás en el camino de vuelta aquí -Josiah fingió no prestar atención.

Le había asegurado a Laura que Dan no se enteraría de que él le hacía un regalo, pero no dijo nada con respecto a hacerle obsequios a Josh, si bien sabía que llegaría a oídos de Dan el comentario de que había llevado caramelos de zarzaparrilla al pequeño. Si no podía lograr que Laura diese el primer paso para separarse de su actual esposo, tal vez lograra que lo diese el propio Dan.

Esa noche, Rye abrió el arcón marino, aún evocando la imagen de Laura y el niño parados al sol, con el telón de fondo de las frutas de colores vivos y de un carro tirado por un pony cargado de margaritas, lilas y tulipanes. Después de tantos días solitarios escrutando los rostros de las personas por la calle cada vez que salía, fue completamente inesperado alzar la vista y encontrársela.

¿Cuántas veces en los pasados cinco años había pensado en ese rostro tal como lo vio ese día, con los grandes ojos brillantes, los labios delicados entreabiertos y esa expresión que le confirmaba que seguía sintiendo lo mismo?

El rostro de Laura lo había acompañado los primeros días solitarios en que aún le pesaba en el alma la culpa por haberla dejado sola. Lo había acompañado durante horas interminables, oyendo el rumor de las aguas que rodaban sobre las agitadas planchas de la proa del Massachusetts, mojando las rodillas de madera del mascarón, única mujer que viajaba en el barco. Fue su motivo de euforia en las breves horas en que se arrimaba una ballena al costado del navio y él, instalado en el alcázar, afilaba palas mientras el contramaestre cortaba la grasa. Su único sostén mientras armaba los barriles, sintiendo el repugnante olor de la grasa que empezaba a descomponerse y el ruido del caldero que siseaba y escupía sobre cubierta derritiendo grasa en diversos grados de putrefacción, era el perfume de Laura. Ese nombre fue la plegaria que acudió a sus labios en los días de terror al doblar el cabo de Hornos, cuando estaba convencido de que no la convertiría en una esposa rica sino en una viuda pobre.

Y en los días afiebrados de la viruela, con los sentidos obnubilados, Laura había acudido a él en el delirio, dándole un motivo para luchar por la vida.

Ahora, sacando del arcón un pequeño trozo de hueso de ballena tallado, evocó las imágenes del rostro y el cuerpo que guiaron sus manos cuando trataba de llenar las peores horas, las de esos días exasperantes que todos los hombres a bordo, desde los mozos de cubierta hasta el capitán, que siempre había timoneado un buque de vela, consideraban los más insoportables: los de calma chicha.

Las calmas en que los vientos caprichosos le negaban el aliento a la nave, dejándola flotar a la deriva, sobre un mar sin piedad y sin viento. Las calmas en que la añoranza de la patria se convertía en una tortura. Las calmas en que los días ociosos parecían alargar el viaje, sin provecho alguno, causando una sensación de impotencia absoluta hasta que estallaba la cólera y se producían peleas a bordo.

Había compartido las calmas con compañeros de a bordo que combatían el aburrimiento con el único pasatiempo a mano: pintar y tallar conchas marinas y maderas. Al principio, cuando Rye tomó un cuchillo para tallar un hueso de ballena, se mostró torpe e impaciente. Como las primeras piezas que salieron de sus manos eran toscas y no valía la pena conservarlas, las arrojaba por la borda. Pero insistió y, con ayuda de los otros, pronto logró un acabado pasador de cabos -cuña para separar las hebras de una cuerda-, y luego un bastón. A continuación, probó con un cofrecillo para alhajas, y cuando estuvo lustrado, con las líneas del tallado hondas y certeras, los compañeros dejaron de burlarse diciéndole que hiciera una ballena para corsé, porque sabían que había dejado a su esposa en tierra.

La ballena era una tira de barba unos treinta centímetros de largo, y del grosor de una uña, y podía meterse dentro de la pestaña de tela en la delantera de un corpiño, como esos listones que se meten en las velas. Era algo muy personal, y tenía el propósito de recordar a la mujer que lo usara que debía mantenerse fiel al navegante hasta que este regresara.

Pese a todas las bromas, ninguno de ellos talló una pieza con el cuidado con que él hizo la ballena, pues al final terminó siendo una válvula de escape de la soledad y un símbolo de su esperanza en el fin del viaje.

Cuando terminó la ballena para el corsé de Laura, fue lo más terso que había hecho hasta el momento, y pulió las imperfecciones con carburo de silicato hasta que quedó satinado como el pecho mismo de la destinataria. El diseño consistía en el entrelazamiento de las rosas silvestres de Nantucket entre las cuales él y Laura habían jugado de niños, con unas gaviotas y un delicado corazón bordeado de conchillas. Pensó mucho tiempo en el mensaje que grabaría, modificando durante semanas un breve poema, hasta que estuvo convencido de haber logrado las palabras exactas.

En ese momento, sacando la ballena del arcón, las leyó:

Hasta que mis labios amantes

Se posen con amor sobre tu pecho rosado

Usa este regalo hecho de hueso

Y sabe que sólo de ti anhelo el beso.

Mientras la tallaba jamás imaginó que tendría el significado que había llegado a cobrar. Se preguntó si Laura la guardaría en lo más profundo de algún cajón de la cómoda, o si la usaría, en secreto, contra la piel.

Evocó el rostro iluminado por el sol bajo el ala del sombrero amarillo, y recordó los alegres rayos que traspasaban el sabroso trozo de naranja haciéndolo casi transparente, hasta que los dientes blancos de Laura se hincaron en él. Recordó los ojos castaños y cómo habían captado la atención de él, y cómo le brillaba en los labios el jugo de la naranja. Pensó en el modo en que había agarrado la mano de Josh, al principio, para luego permitirle disfrutar de sus privilegios de padre.

Y el corazón se le llenó de esperanzas.

Capítulo8

Esa noche, a Rye le resultó imposible dormir. La ansiedad lo hacía revolverse constantemente hasta que, al fin, a las cuatro de la mañana, se puso un grueso suéter, encontró las botas en la oscuridad, junto a la nariz fría de Ship, que se despertó al oírlo, y se acercó a ver qué pasaba.

Juntos, se escabulleron fuera y se sentaron en el primer escalón, mientras Rye se calzaba las botas y susurraba:

– Muchacha, ¿qué te parece si trepamos a esa roca, como solíamos hacer?

La cola de Ship respondió por ella, y la lengua rosada quedó colgando, a un lado de la boca.

Rye le rascó el mentón, se puso de pie y le susurró:

– Vamos, amiga.

Juntos atravesaron el pueblo dormido, el bulto tibio del animal apretado contra la pierna de Rye. Los adoquines brillaban, húmedos, pero pronto los dejaron atrás para recorrer una calle arenosa que los llevó a los senderos de Shawkemo Hills, todavía envueltos en la bruma, y desde donde subieron hasta Altar Rock, el punto más elevado de la isla.

Treparon y se sentaron uno junto a otro, como habían hecho antes cientos de veces, el hombre alto y esbelto con las piernas flexionadas y las pantorrillas cruzadas, rodeándose las rodillas con los brazos, la perra al lado, sentada sobre los cuartos traseros. Inmóviles como monolitos, esperaron el espectáculo que tantas veces habían compartido y, al comenzar, el hombre apoyó una mano en el lomo del animal.

El verano se acercaba al solsticio, y reinaban la quietud y el silencio del amanecer. En esos últimos minutos purpúreos antes de que asomara el sol, la bahía parecía un espejo bajo las innúmeras hileras de velos de niebla de color lavanda. Entre esas capas de bruma, las ondulaciones de la isla se veían como montañas violáceas, apoyadas en la respiración del océano, nada más.

Entonces subió el sol para espiar sobre el borde del océano y echar sobre Nantucket su mirada roja, convirtiendo esos brazos de niebla en miembros lánguidos, rosados, que ora se estiraban, ora se flexionaban, se movían sin descanso bostezando, como bocas cada vez más grandes hasta que la mañana roja y dorada se derramó sobre todo.

El bosque de mástiles era la imagen de la quietud; cada navio dormía sobre la superficie satinada del agua.

Al menos por un instante, pareció que todas las criaturas de la tierra, del cielo y del mar, silenciosas y respetuosas, esperaban, como Rye y su perra, para rendir homenaje al espectáculo de luz y color que anunciaba el día.

Una por una, las negretas levantaron vuelo en pos de pequeños peces plateados, agitando los reflejos de mástiles, vergas y tirantes. Los moteados aguzanieves, en la primera carrera por la costa desierta, se detenían y se columpiaban como borrachos, como si el espectáculo de la mañana también los embriagase.

A continuación aparecieron las gaviotas, perezosas basureras que esperaban al primer barco que se moviese, y con ellas sus hermanos, los gaviotines, esperando lo mismo para seguirlas.

Abajo, en el pueblo que ceñía la bahía, tañó la campana de la torre de la iglesia Congregacionista, lanzando al aire su apacible toque de diana, y el primer falucho soltaba amarras, seguido por otros, avanzando hacia el sitio llamado «el cordón de la bahía», junto a la barra, donde a comienzos del verano se agrupaban los peces azules.

Rye se quedó holgazaneando todo lo que pudo, hasta que sintió la espalda rígida y el estómago de la perra gruñó al mismo tiempo que el suyo.

Se elevó el olor del humo desde la chimenea de la herrería del fabricante de velas, los almacenes y la panadería. Pronto resonó el martilleo metálico del herrero, y la fragancia de los bizcochos marineros cociéndose en hornos de barro le indicó a Rye que era hora de irse.

Se levantó, con desgana y, seguido por la perra emprendió el camino de regreso a través de los brezales, hacia el costado del embarcadero, donde las gastadas puertas de madera se abrían y las tiendas cobraban vida. Pasó ante la cordelería y oyó el retumbo de las ruedas de acero que rodaban hacia atrás sobre los rieles de la máquina que daba forma a las cuerdas, retorciendo hebras de Manila y con virtiéndolas en cuerdas. Desde el taller del tallador de barcos llegó el golpeteo sordo del martillo sobre el cincel, y más adelante, por la misma calle, Rye dio los buenos días con un cabeceo al empleado, que estaba clavando en la ventana un cartel: «Velas de esperma – Superiores a todas en belleza y fragancia cuando se extinguen – Doble duración que las de sebo».

Ah, Nantucket… aunque a veces se sintiese atrapado allí lo amaba. Había olvidado la belleza de los sonidos, olores y paisajes que se mezclaban, y que simbolizaban la estrecha relación entre todas las maneras que existían allí para ganarse la vida.

Se detuvo a comprar una rosquilla para el desayuno, y le ordenó a Ship que lo esperase fuera de la panadería hasta que salió, comiéndose un crujiente buñuelo. Le ofreció uno al animal, y llevó otro para Josiah, que acababa de levantarse, la pipa apagada ya metida entre los dientes, esperando el primer apisonado del día.

Se pusieron a trabajar juntos, colocando el aro a un barril mojado de unos cien litros de capacidad, cuyas duelas habían estado en remojo toda la noche. Trabajaron en buena compañía, pues el humor irritable que Rye tenía el día anterior se había evaporado, reemplazado por una ansiedad a duras penas contenida que Josiah no pudo entender hasta más avanzada la mañana, cuando el hijo subió saltando los peldaños hacia la vivienda de la planta alta y volvió, minutos después, silbando, con camisa y pantalones limpios y el cabello pulcramente peinado.

Comentó en tono indiferente:

– Veo que esas naranjas le embotaron el filo a tu lengua. Creo que iré todos los días a comprártelas.

– Sí, hazlo.

El viejo rió, sin quitarse la pipa de la boca.

Esa mañana volvió a sonreír al ver que Rye salía de la tonelería silbando otra vez, con paso ágil.

Tanto para Laura como para él era una sensación potente caminar hacia la plaza para encontrarse. El encuentro era inocente aunque ilícito, de inexpertos que sabían pues, aunque ya habían sido marido y mujer y compartido las más recónditas intimidades del matrimonio, ahí se veían empujados de vuelta al comienzo, como niños ignorantes. Se acercaban a la plaza desde direcciones opuestas, con espíritu inquieto, estirando el cuello para captar esa primera imagen del otro, con los corazones palpitantes y las manos húmedas.

Laura divisó a Rye con el agudo instinto de un pato cabezón buscando plancton. En cuanto distinguió la cabeza rubia que avanzaba hacia ella entre vendedores, mercancías y tenderos, contuvo el ansia de sonreír y agitar la mano, y el deseo mayor aún de correr hacia él.

Fue arduo contener la sonrisa que pugnaba por abrirse en su rostro al verlo avanzar, las mangas amplias ondeando en la brisa, la cabeza descubierta bajo el sol estival, el cabello que ya iba oscureciéndose en las raíces, y las cejas que también iban perdiendo la decoloración después de unas cuantas semanas en tierra firme. Y en su rostro bronceado ella leyó la ansiedad que, también él, trataba de controlar.

Ante su proximidad, el corazón de Laura se volvió ingrávido, agitado por la ansiedad, tan punzante ahora como en aquellos lejanos días en el almacén de los botes, cuando conocían juntos las primeras maravillas del amor.

– Hola -dijo Rye, como si no fuese el día más glorioso que existió jamás.

– Hola -respondió, pasando los dedos por un cajón de semillas de chirivía, como si tuviesen algún interés para ella.

– Me alegro de verte otra vez.

«¡Te amo! ¡Estás hermosa!»

– Y yo a ti.

«No puedo olvidarte. Yo siento lo mismo».

– Hola Rye.

Era Josh, mirando hacia arriba. El hombre se apoyó en una rodilla, y le presentó las golosinas.

– Hola, Joshua. ¿Viniste a oír otra vez al subastador?

Josh se puso radiante, y su mirada voló de inmediato de la cara de Rye a los dulces y luego otra vez al hombre, para responder, con acento marinero:

– Sí.

Rye rió con paternal entusiasmo.

– Sí, ¿no es cierto? Ayer lo decías de otro modo.

– Me gusta más así.

Complacido, entregó al niño las golosinas y le ordenó.

– Bueno, entonces vete. Yo cuidaré a tu madre.

Josh salió corriendo sin hacérselo repetir. Laura observó a Rye, que seguía apoyado sobre una rodilla, el codo apoyado en esta, la manga blanca y amplia cayendo sobre la pernera azul del pantalón.

En ese preciso instante, el joven levantó la vista hacia ella y se irguió cuan largo era, para poder contemplarla a su antojo y sorprender el brillo de los ojos castaños antes de que la mirada de Laura se posara otra vez sobre las semillas de chirivía.

– Te lo he traído -dijo Rye en voz baja, dando un vistazo a la plaza para cerciorarse de que nadie los escuchaba o los observaba.

– Ah, ¿sí?

Laura ladeó la cabeza, lo miró, y luego otra vez a las semillas. Como no preguntó en qué consistía el regalo, él se sintió obligado a dilatar la entrega.

– Hoy te has puesto un sombrero encantador.

– Gracias.

– Y me gustan esos rizos que se asoman alrededor.

– Gracias.

– Y tienes la boca más bonita que he visto hoy.

Las comisuras de esa boca se elevaron, y en las mejillas florecieron rosas.

– Gracias.

– Y no me molestaría besarla otra vez lo antes posible.

– ¡Rye Dalton, basta de eso!

Ella también miró alrededor, alarmada.

Rye rió y le atrapó la mano, metida dentro del cajón de semillas.

– ¿Qué me has traído? -ya no pudo contener la pregunta.

Él sacó de la manga la ballena, que quedó a medias oculta bajo las semillas. Mientras la ocultaba en su propia manga, las mejillas de Laura se sonrojaron aún más. Supo que no podría leer lo que había escrito hasta que estuviese sola.

– ¡Oh, Rye una ballena tallada!

Levantó los párpados y se tocó la garganta con un dedo.

– ¿La usarás?

– Es… es muy…

– Personal -concluyó él.

– Sí.

Laura pareció observar las semillas con aire recatado.

– E íntimo.

– Sí.

La mano de Laura pasó al cajón de semillas de calabaza, mientras Rye continuaba:

– Como mis sentimientos por ti cuando la hice… como son ahora mis sentimientos.

Contempló la frente de la mujer, oscurecida por el sombrero, y deseó que ella lo mirase otra vez.

– Shh, Rye, alguien podría oírte.

– Sí, es muy probable, de modo que, o me aseguras que la usarás o gritaré para que me oigan en todo el mercado que la señora de Daniel Morgan tiene algo en la manga y que se trata de una ballena de corsé tallada por Rye Dalton.

Laura disfrutó del placer de estar con él y que la provocase de esa manera. Sonrió con ganas, y lo miró con unos ojos que también tenían un brillo provocativo.

– ¿Y qué fue lo que has escrito en ella?

– Lo que pensaba desde el momento en que me embarqué, alejándome de ti.

– ¿Me hará ruborizar?

– Eso espero.

Más tarde, cuando volvió a la casa, en efecto, se ruborizó. Leyó el poema, invadida por una extraña mezcla de culpa y excitación; a escondidas, cosió la ballena al corsé, donde quedaría en íntimo contacto entre sus pechos, a partir de ese momento. En verdad, el hecho de tener esas palabras apretadas contra la piel le daba conciencia del deseo de Rye de poseerla otra vez, y aunque fuese un pensamiento prohibido, se permitió ahondar en él. Era mujer, era carnal, y el contacto con la ballena era como si Rye la tocase, la tentara cada minuto del día.

– Estoy usándola -susurró cuando volvieron a encontrarse.

Los ojos de Rye se iluminaron con un brillo de placer, y demoró la mirada en el corpiño de Laura, mientras un nuevo hoyuelo se le formaba en la mejilla derecha.

– Muéstrame dónde.

Laura entrelazó los dedos, cruzó los brazos debajo de los pechos, y apoyó el mentón en los nudillos mientras, alrededor, los pescaderos vendían su mercancía.

– Aquí.

– ¿Falta mucho para que pueda quitártela? -preguntó, provocándole un sonrojo muy revelador.

– Rye Dalton, no has cambiado ni una pizca.

– ¡Gracias a Dios, no!

Rió, pero luego se puso serio e insistió:

– ¿Cuándo?

– Estás acosándome.

– Soy yo el que se siente acosado. Quiero llevarte allá, entre los arbustos de arrayán, y aplastar unos cuantos frutos mientras hago lo que escribí en esa talla… y algo más.

Su única recompensa fue comprobar la frustración de Laura, que se sonrojó y se dio la vuelta para comprar manteca.

A ese siguió una sucesión de días inundados de sol, en que los dos se encontraban del mismo modo, comunicándose con el corazón, el pensamiento y los ojos, antes aún de llegar al punto de cita en la plaza. Esos encuentros eran para ellos como un consuelo, y ninguno de los dos pensó a dónde los conducían. Jamás se tocaban: no podían. Y jamás se encontraron a solas… no se atrevían. Pero los ojos intercambiaban mensajes que no podían decir en voz alta, salvo en esos raros momentos en que recibían la bendición de unos pocos minutos a solas. Además, las breves intimidades que se decían los ponían en peligro de hacerlos ceder.

El verano llegó a su plenitud, tentándolos a vagar por el amado paisaje florecido de la isla, como lo hacían años atrás. En la aldea de Siasconset, la hiedra doméstica crecía y reverdecía sobre las pequeñas chozas plateadas de los terrenos angostos de Sconset y, al mismo tiempo, la hiedra venenosa trepaba por los troncos de los pinos silvestres. Arrayanes y brezos cubrían el pedregal y, en las marismas y tierras bajas, resplandecía las flores cerosas del mirto. Los delicados capullos de color lavanda del madroño rastrero, a los que los peregrinos bautizaron «flor de mayo», abrían paso a las perfumadas flores de las rosas silvestres. Las caléndulas del pantano se elevaban como gotas de sol que hubiesen caído a tierra, y en las lomas más altas brotaban los sellos de Santa María y los falsos nardos.

Entretanto, Laura y Rye oscilaban al borde de ceder a la invitación de las colinas que los seducían con una promesa de intimidad. Pero, antes de haber conquistado esa intimidad, Dan Morgan hizo una visita a la tonelería.

Rye, de espaldas a la puerta, colocaba las duelas de un barril en un aro, cuando oyó decir a Josiah:

– Bueno, hacía tiempo que no te veía, muchacho.

– Hola, Josiah. Supongo que has estado bien.

Pero, al decirlo, miraba a Rye, que seguía trabajando sin volverse.

– No me quejo. El negocio marcha bien, y ha habido poca niebla.

Dan volvió a mirar al viejo.

– ¿Están trabajando en el encargo para el próximo viaje del Omega?

– Así es -confirmó el anciano, y siguiendo la mirada del muchacho, decidió que convendría desaparecer con discreción.

Se hizo el silencio mientras Rye colocaba las dos últimas duelas en una banda de madera que las sujetaba en la base, mientras en la parte superior se abrían como los pétalos de una margarita.

– Rye, ¿podemos hablar un minuto? -preguntó Dan, tenso pero cortés.

El tonelero levantó la vista un instante y volvió a su trabajo. Ayudándose con un torno, enroscó la cuerda alrededor de los pétalos de duela.

– Sí, adelante.

Empezó a dar vueltas a la manivela del torno, sintiendo que Dan se acercaba a él por atrás, mientras las cuerdas iban cerrando los pétalos acompañándose con un chirrido.

– Sé que has estado viendo a Laura en la plaza, todos los días.

– Nos hemos encontrado un par de veces.

– ¿Un par de veces? No es así como me lo contaron.

– Ahora que lo pienso, deben haber sido algunas veces.

A cada vuelta de la manivela, las duelas quedaban más próximas, y la cuerda se tensaba como los músculos faciales del visitante.

– ¡Quiero que eso se termine! -ordenó Dan.

– Hemos conversado en la plaza, ante cientos de ojos atentos, y con el niño entre nosotros.

– Aún así, la gente habla… es un pueblo pequeño.

Las duelas ya estaban juntas, curvándose en el medio. Rye recogió un aro de metal, lo colocó alrededor, y lo calzó, golpeándolo con maza y broca.

– Sí, es verdad, y todos saben que ella es mi esposa.

– No, ya no lo es. Quiero que te apartes de ella.

Por fin, las manos de Rye se quedaron quietas y miró a Dan a los ojos.

– ¿Y ella qué opina al respecto?

Dan palideció y endureció la mandíbula.

– Lo que sucede entre nosotros no es asunto tuyo.

– Lo que hay entre vosotros es mi hijo, y ya lo creo que es asunto mío.

Ese era un hecho que Dan no podía negar, y que le hacía sentirse atravesado por el temor. Le tembló un poco la voz:

– ¿Lo has usado para alejarla a ella de mí?

Rye giró, furioso, y tiró las herramientas sobre un banco, donde cayeron con estrépito.

– Maldición, ¿por quién me tomas, Dan? El chico no tiene idea de que soy su padre. No tengo intenciones de volverlo en contra de ti, ni de hacerlo elegir entre nosotros dos. Lo único que pasó fue que Laura lo llevó a la plaza para que yo pudiese verlo un poco, conversar con él, conocernos.

– Me contó que le llevaste barras de caramelo y, el otro día, me mostró un diente de ballena que dice que tallaste para él.

– Sí, yo se lo di, no lo niego. Pero, si estuvieses en mi lugar, ¿podrías contenerte y no hacer lo mismo?

Las miradas de ambos se encontraron, Rye, con expresión defensiva, Dan, colérica. Y sin embargo, un ramalazo de culpa azotó a Dan, seguido por la comprensión de lo que sería si a él se le exigiese que renunciara al papel de padre. Pero siguió, en tono severo:

– Desde el día en que nació, vi crecer a Josh. Estuve ahí, junto a Laura, el día que zarpaste, cuando te suplicó que no te marcharas. Estuve cuando lo bautizaron, y cuando enfermó por primera vez y la madre necesitaba apoyo moral, a alguien a quien contarle sus miedos. Después de que nos casamos, me turné con ella para pasearlo por la noche, cuando contrajo tos ferina, cuando le salían los dientes, cuando le dolían los oídos, y… ¡y los cientos de veces que llora un recién nacido! Estuve cuando cumplió el primer año, y cada cumpleaños después de ese, mientras tú estabas ausente… ¡cazando ballenas!. -Se dio la vuelta-. Y jamás sentí que lo amara menos porque fuera tuyo. Tal vez, por eso mismo, lo amé más, quizá traté de compensarlo por el hecho de que te… hubiese perdido a ti.

Rye fijó la mirada seria en los hombros de Dan.

– ¿Y ahora, qué quieres? ¿Que te dé las gracias? Bueno, las tienes, pero eso no te da derecho a impedirme que lo vea.

Dan se dio la vuelta otra vez, furioso.

– ¿Y a ella junto con él?

Las miradas chocaron cuando se enfrentaron, uno a cada lado del barril a medio hacer hasta que, de repente, Rye se puso a trabajar otra vez, volviendo el barril para colocar el aro del otro extremo.

– Yo esperaba que tú lucharas por ella; ¿acaso tú esperabas menos de mí? Confórmate con que no haya ido a reclamar esa cama donde te acuestas con ella… sabes que también me pertenece.

El cruel comentario dio en el blanco y Dan se apresuró a tomar revancha.

– Y yo creo que es para lo único que la quieres, a juzgar por lo que recuerdo.

– ¡Maldición, hombre, vas demasiado lejos! -vociferó Rye Dalton, apretando los puños y dando un paso adelante con aire amenazador, con el mazo aún en la derecha.

– ¿Ah, sí? ¿Acaso me consideras tan ignorante para no saber lo que hacíais cada vez que huíais solos, cuando teníamos dieciséis años? ¿Crees que no sufría, deseándola mientras veía cómo corría tras de ti como si yo no estuviese vivo siquiera? Si crees que la dejaré hacerlo otra vez, estás muy equivocado, Dalton. Ahora es mía, y ya esperé bastante a tenerla para mí.

Rye sintió que bullían dentro de él la ira y la violencia pues, a semejanza de casi todos los que robaban besos, jamás sospechó que otros hubiesen adivinado.

– La amo -dijo, sin rodeos.

– La dejaste.

– Ya he regresado. ¿Y si dejamos que ella decida?

– Yo soy la alternativa legal, y estoy dispuesto a ocuparme de que esos encuentros se acaben.

Ya casi como de pasada, Rye tomó una azuela y se puso a igualar el contorno irregular de una duela.

– Tienes derecho a intentarlo -reconoció-. Te deseo buena suerte.

Dan cedió, admitiendo que no esperaba lograr más de lo que logró, irritado porque Rye no negaba nada y presentaba pelea franca, irritado aún más por el temor de que este rival pudiese ganar. Giró sobre los talones y salió con pasos coléricos, rozándose con Josiah que, con aire indolente, estaba sentado junto a la puerta, sobre un barril.

Cuando entró, se encontró con Rye blandiendo la azuela con furia, ya disipada toda apariencia de desinterés. El viejo chupó la pipa y se quedó mirándolo sin hablar, alertado por las arrugas que crispaban el ceño del hijo.

Pero eso no fue nada comparado con la rabia que más tarde provocó la visita de Ezra Merrill, quien apareció ante la puerta doble y entró con timidez.

– Buenos días, Josiah.

Parecía nervioso.

– Ezra -saludó el encanecido tonelero. Entornó los ojos y vio que Ezra buscaba a Rye, que estaba trabajando en el fondo de la tonelería-. ¿En qué puedo ayudarte?

– En realidad, vengo a ver a tu hijo.

– Bueno, ahí está.

Ezra carraspeó y avanzó hacia Rye, que dejó de golpear el fondo de un barril que estaba ajusfando, y miró sobre el hombro.

– Hola, Ezra. -Se volvió sin soltar el martillo-. ¿Necesitas que te haga algo?

El visitante volvió a carraspear.

– En realidad, n-no… He venido en misión oficial. Me ha contratado Dan… eh, quiero decir, Daniel Morgan, o sea que actúo en su nombre.

Fue evidente cómo se crispó la mano en el mango del martillo. Ezra fijó la vista en ella y luego la levantó de nuevo.

– ¿Y ahora, qué diablos se propone?

– ¿Es usted el propietario de la casa que se encuentra al final del callejón comúnmente llamado Crooked Record?

Rye echó una mirada al padre, y luego volvió otra vez la vista al abogado, con las cejas fruncidas.

– Bueno, por el amor de Dios, Ezra, sabes tan bien como yo que soy dueño de esa casa. Todos los habitantes de la isla lo saben.

El rostro de Ezra Merrill estaba rojo como una manzana de otoño.

– He sido autorizado por Daniel Morgan para hacerle una oferta de setecientos dólares por la compra de la casa, sin ninguno de los muebles o enseres que estén dentro desde hace cinco años o más, y que está en libertad de llevarse.

Dio la impresión de que el tonelero crepitaba, como en medio del silencio que precede a la tormenta.

– ¿Qué? -refunfuñó Rye, dando un paso hacia Ezra y apretando la cabeza del martillo contra la palma de la mano.

– He sido autorizado para hacerle una oferta…

– ¡La casa no está en venta! -vociferó.

– El señor Morgan me ha dado instrucciones de…

– ¡Vuelva y dígale a Dan Morgan que mi casa no está en venta, como tampoco lo está mi esposa! -estalló, avanzando hacia Ezra, que retrocedía con los labios apretados y los ojos parpadeando asustados.

– Entonces, ¿usted… yo… debo decirle a… eh, al señor Morgan que rechaza su oferta?

A medida que Rye hacía retroceder al tembloroso letrado hacia la puerta, haciendo temblar el techo, literalmente, iba subrayando cada palabra con pequeños empujones del martillo en el pecho de Merrill.

– Dígale a Dan Morgan que la maldita casa no está en venta y no lo estará jamás, mientras me quede aliento. ¿Está claro?

Rye vio cómo el abogado se escabullía por la calle, sujetando el sombrero en la cabeza calva. El joven apretaba el martillo con tanta fuerza que el mango de nogal pareció comprimirse. Josiah no hizo más que chupar la pipa. Ship retrocedió y se metió en la sombra bajo el banco de herramientas, lanzó un gemido, apoyó la cabeza en las patas, y siguió al amo con ojo vigilante.

Laura jamás había visto tan enfadado a Dan como esa noche, después del enfrentamiento con Rye. Esperó a que Josh se acostara, y entonces dijo sin preámbulos:

– Todo el pueblo sabe que has estado encontrándote con Rye en la plaza, con toda desvergüenza.

– ¿Encontrándome? No se podría calificar de encuentros a un intercambio de saludos.

– Hoy lo vi, y él no lo negó.

– ¿Lo viste… dónde?

– En la tonelería. ¡Tuve que tragarme el orgullo y presentarme allí para exigirle que dejara de cortejar a mi esposa bajo las miradas curiosas de todo el pueblo y, ya de paso, hacerme pasar por tonto!

Laura enrojeció y se dio la vuelta.

– Dan, estás exagerando.

– ¿Ah, sí? -le espetó.

– Claro que sí. Josh y yo hemos conversado con él cuando fuimos de compras, pero nada más… te lo aseguro. -Lo miró, aduladora, y en voz más suave, intentó hacerle entender-: Josh es su hijo, Dan. ¿Cómo puedo impedirle…?

– ¡No mientas más! -gritó Dan-. Y deja de ocultarte detrás del chico. No lo permitiré, ¿me oyes? ¡No quiero que se convierta en un peón mientras que vosotros dos provocáis un escándalo público!

– ¿Escándalo? ¿Quién lo llama escándalo…? ¡No hemos hecho nada malo!

Ansiaba creerle, pero las dudas lo carcomían, fortalecidas por lo que sabía desde el pasado.

– Has estado… haciendo algo malo con él desde… -Entrecerró los ojos, con aire acusador-. ¿Desde cuándo, Laura? -El tono se volviósedoso-. ¿Cuándo empezó todo entre tú y Rye? ¿Cuando tenías quince? ¿Dieciséis? ¿O antes, aún?

El rostro de Laura se quedó exangüe y no supo qué contestar ni qué hacer: permaneció ahí con expresión culpable bajo las acusaciones. Pensar que él lo supo todos esos años y nunca había dicho nada hasta entonces, la dejó atónita.

– No… -suplicó, con voz tenue.

– ¿Que no? -repitió, en tono duro-. ¿Que no te recuerde las veces que dejaste a tu… a tu sombra, creyendo que él no veía las manchas de moras que tenías en la espalda cuando bajabais de las colinas con la boca todavía fruncida, y tus mejillas estaban irritadas por sus patillas, antes de que hubiese aprendido a afeitarse?

Laura se volvió, con la barbilla sobre el pecho.

– Lamento que lo supieras. Nunca tuvimos intenciones de herirte, pero no tiene nada que ver con el presente.

– ¿Ah, no? -La aferró del brazo, obligándola a mirarlo-. Entonces, ¿por qué te vuelves y te sonrojas? ¿Qué pasó entre vosotros en el huerto, la noche de la fiesta en la casa de Joseph Starbuck? ¿Por qué os ausentasteis tanto tiempo sin dejar rastro? ¿Por qué no respondiste cuando te llamé? ¿Cómo crees que me sentí cuando entré a buscarte y supe que todavía no habías vuelto?

– ¡No pasó nada… nada! ¿Por qué no me crees?

– ¡Creerte! ¡Pero si voy por la calle y la gente se ríe entre dientes a mis espaldas!

– Lo lamento, Dan, nosotros… yo…

Se le ahogó la voz.

Dan le clavó la mirada con expresión colérica, y vio que hacía ingentes esfuerzos para no llorar.

– Sí, querida esposa… nosotros… yo… ¿qué?

– No pensé en lo que les parecería a los demás vernos juntos. Yo… te aseguro que no volveré a verlo.

Dan se arrepintió enseguida de haberla hecho darse la vuelta con tanta rudeza. Jamás la había tocado de otro modo que con ternura, ni le dio motivos para que asomara el temor a sus ojos. Con esfuerzo, apartó de su mente la imagen de Rye y estrechó a Laura con fuerza contra el pecho, sintiendo que la perdía incluso cuando le prometía serle fiel. Ocultó la cara en el cuello de la mujer, percibiendo el miedo y la pasión que lo recorrían por dentro. Con todo, Josh era hijo de Laura y de Rye, y lo abrumaba la culpa de negarle el hijo al otro.

– Oh, Dios, ¿para qué volvió? -dijo con voz grave, apretando a Laura con tanta fuerza que parecía querer estrujarla.

– Dan, ¿qué estás diciendo? -exclamó, forcejeando para librarse del abrazo-. Es… era tu amigo, y tú lo querías. ¿Cómo puedes decir semejante cosa? ¿Acaso desearías que hubiese muerto?

– No quise decir que le deseaba la muerte, Laura… no, muerto no. -Con expresión horrorizada, se sentó pesadamente y ocultó la cara entre las manos-. Oh, Dios -gimió desdichado, sacudiendo la cabeza.

Viéndolo, ella también sufrió. Comprendía el conflicto de emociones que hacía cambiar a Dan, que lo hacía sentirse disgustado consigo mismo. El mismo conflicto a veces se debatía dentro de ella porque amaba a dos hombres, a cada uno de manera distinta, pero con la suficiente intensidad para no querer herir a ninguno de los dos.

– Dan -dijo con tristeza, apoyándole las manos en los hombros caídos-, yo también estoy muy confundida.

Dan alzó hacia ella su rostro torturado y vio que lágrimas no vertidas le brillaban en los ojos. Deseó que no expresara sus sentimientos, pero, con un matiz de pesadumbre en cada palabra, y mientras se dirigía al extremo opuesto de la habitación, Laura siguió:

– Sería una mentirosa si te dijese que no siento nada por él. Lo que existe entre Rye y yo viene desde la infancia. No puedo hacerlo desaparecer ni fingir que jamás existió. Lo único que puedo hacer es reflexionar y tratar de adoptar la decisión correcta para… para cuatro personas.

Dan podría haber pronunciado las mismas palabras, con la misma sinceridad… lo que existía entre Rye y él también venía desde la infancia, pero saberlo complicaba más todavía la situación. Oyéndolo, comprendió que su lugar de esposo de Laura, en el mejor de los casos, era incierto pues setecientos dólares y la escritura de la casa no necesariamente serían una escritura sobre el corazón de la mujer.

La contempló desde el otro lado de la habitación en penumbras. Tenía las manos crispadas, y el rostro era una máscara de emociones en conflicto. De pronto, supo que no podía afrontar la verdad y fue hacia la puerta, tomando la chaqueta de un tirón y poniéndosela.

– Salgo un rato.

La puerta se cerró de un golpe, dejando una ausencia tan profunda que Laura sintió que la devoraba. Le llevó unos minutos creer que de verdad se había ido, porque nunca salía por la noche salvo para llevar a Josh a dar un paseo o a visitar a sus padres. Pero esa noche era diferente. Esa noche, Dan escapaba.

Estuvo ausente dos horas, y lo esperó levantada. Cuando entró, se detuvo de golpe.

– ¡Todavía estás levantada! -exclamó sorprendido, y una chispa de esperanza le hizo levantar las cejas.

– Necesitaba que me ayudaras con los cordones -le explicó.

La esperanza se esfumó. Se volvió, colgó la chaqueta del perchero y dejó las manos sobre el poste unos segundos, como si necesitara tiempo para serenarse.

Por fin se volvió, aún sin alejarse de la puerta.

– Yo… lamento que te hayas quedado levantada.

– Oh, Dan, ¿adónde fuiste? -le preguntó, con expresión afligida.

Él la miró distraído unos segundos hasta que respondió, en tono bajo y herido:

– ¿Acaso te importa?

El dolor oscureció los ojos de Laura.

– Claro que me importa. Hasta ahora, nunca te habías ido así. Así… enfadado.

Dan se tiró del borde del chaleco y fue hasta la mitad de la habitación.

– Pero estoy enfadado -dijo sin rastros de emoción-. ¿Tendría que haberme quedado así? ¿Hubieses preferido eso?

– Oh, Dan, dejemos…

Pero no sabía cómo terminar. ¿Dejemos qué? ¿Vayamos a la cama y olvidémoslo? ¿Finjamos que todo sigue igual? ¿Que Rye Dalton no existe?

Observándose mutuamente, los dos sabían por qué Laura dejó la frase inconclusa: era imposible fingir. Rye estaba entre ellos a cada hora, de día y de noche.

Dan suspiró, fatigado.

– Ven -dijo-. Es tarde. Te ayudaré a desvestirte; así podremos dormir.

Dejó caer los hombros y fue hasta donde estaba Laura, la tomó del codo y la condujo hacia el dormitorio.

Junto a la cama, la mujer le dio la espalda, y cuando se paró detrás de ella percibió el olor a coñac en el aliento de Dan. ¡Pero si él no era hombre de beber! La culpa la invadió mientras los dedos del esposo recorrían la hilera de ganchos en la espalda. Cuando el vestido estuvo suelto, Laura se lo quitó y esperó. Se produjo un largo silencio tenso, quieto, y supo que la vista de Dan estaba clavada en su espalda desnuda. Por fin, le desató los cordeles del corsé y los aflojó, pero cuando ella se inclinó para salir del aro de ballenas rígidas, chocó de espaldas con él y así supo que no se había movido. Se incorporó y, de repente, los brazos de él le rodearon el torso y la abrazó con gesto posesivo. La boca se abatió, dura, contra el costado de su cuello y la lengua le dejó una pincelada de coñac en la piel.

– Oh, Laura, no me dejes -le suplicó, apretándole los pechos, reteniéndola junto a su cuerpo.

A través de la tela delgada de los calzones, Laura sintió la erección. El aliento de Dan le provocaba deseos de apartarse, pero no lo hizo. Cubrió las manos de él con las suyas y echó la cabeza atrás, sobre el hombro de él.

– Dan, no te dejo. Estoy aquí.

Dan bajó la mano por el cuerpo de Laura, ahuecándola sobre el monte de su feminidad con un apretón fuerte y desesperado que casi la levantó del suelo.

– Laura, te amo… siempre te he amado… nunca supiste cuánto… te necesito… no me dejes.

La letanía siguió, desesperada, hecha de súplicas que tenían intenciones de enardecerla y, más bien, le provocaban compasión. Le desabotonó la cintura y deslizó la mano sobre el vientre desnudo, y ella obligó a su cuerpo a responder. Pero sólo sintió sequedad, y se crispó cuando la caricia se hizo más íntima. Esa brusquedad no era propia de Dan y le hizo comprender el alcance de su desesperación. Trató de convencerse de que tenía que tranquilizarlo y, aún así, cuando la hizo volverse entre sus brazos y la besó, el gusto del coñac le revolvió el estómago.

– Tócame -le suplicó, y Laura lo hizo, pero el gesto le recordó lo diferente que era el cuerpo de Rye.

El latigazo de la culpa fue inmediato, y la forzó a poner en sus caricias y sus besos más de lo que sentía. Con todo, pensar en Rye provocó la primera y débil sensación entre sus piernas y por eso siguió pensando en él, para facilitar las cosas, incluso mientras Dan se arrancaba la ropa, apagaba la vela, y la hacía acostarse. Mientras el cuerpo del hombre se movía sobre el suyo, Laura evocó el gajo de naranja -dulce, luminoso, jugoso-, resbalando entre los labios de Rye, dejando sabrosas gotas en la boca sonriente. Imaginó la lengua de Rye que recogía las gotas, aunque era la de Dan la que se deslizaba por sus labios. Pero, al fin, su cuerpo se volvió receptivo, y las caderas de Dan se movieron sobre las suyas un instante antes de embestirla con fuerza y temblar. Para él terminó cuando para Laura casi no había empezado.

Sintiendo el peso de su cuerpo sobre ella, Laura recordó el desván de la caseta de botes del viejo Hardesty, recordando aquellas veces con Rye, y sintió ganas de llorar. «Oh, Rye, Rye, si estuvieses junto a mí…»

Sin embargo, cuando Dan se durmió, Laura se sintió avergonzada de haber usado el recuerdo de otro hombre para excitarse.

Capítulo9

Al día siguiente, Josiah no dijo nada cuando Rye subió a la vivienda a la hora habitual y luego regresó con marcas recientes del peine en el cabello, y la camisa pulcramente metida en la cintura del pantalón.

– No tardaré -dijo el joven saliendo por las puertas dobles con paso confiado.

Pero tardó más que de costumbre, porque esperó, vigiló, y recorrió la plaza con la vista hasta que se dio por vencido treinta minutos después. Se oyó la advertencia que marcaban sus botas antes de que entrase, irritado, por la puerta de la tonelería, con los labios apretados y una expresión de ira contenida.

Josiah guiñó los ojos tras el humo de la pipa, siguiendo al hijo con la vista.

– Así que hoy ella no ha aparecido -comentó en tono tranquilo.

El puño de Rye se estrelló como un ariete sobre un banco de trabajo.

– ¡Maldita sea, ella es mía!

– Pero Dan no lo admite.

– Ella quiere serlo.

– Sí, pero, ¿eso qué importa, si la ley está del lado de Dan?

– Del mismo modo que la ligó a él, la ley puede liberarla.

El ceño de Josiah se hizo tan profundo que casi ocultó los ojos gris azulado tras las cejas grises.

– ¿Divorcio?

Rye perforó al padre con su mirada decidida.

– Sí, eso es lo que estoy pensando.

– ¿En Nantucket?

Esas dos palabras no necesitaban mayores aclaraciones. Las rígidas creencias puritanas de los fundadores de Nantucket perduraban; Rye no había oído hablar en su vida de que ninguna pareja de la isla se divorciara.

Con un suspiro se sentó sobre un barril, se inclinó adelante y entrelazó los dedos en la nuca, clavando la vista en el suelo.

Josiah apoyó en el suelo uno de los mangos de la cuchilla de desbastar, se quitó la pipa y cambió repentinamente de tema.

– He estado pensando. En los últimos tiempos, no me sirves de mucha ayuda, arrojando herramientas como si quisieras matar a alguien, rompiendo duelas en buen estado y olvidando en el agua las que dejas en remojo.

Rye alzó la vista: su padre jamás se quejaba; Josiah era el hombre más paciente que conocía. Siguió hablándole, con su seco acento de Nueva Inglaterra.

– Tenemos que establecer acuerdos con los de tierra firme para que nos envíen el suministro de invierno de duelas.

Como en Nantucket no había posibilidad de proveerse, Josiah compraba duelas sin desbastar a los granjeros de tierra firme, que tenían una provisión ilimitada de madera y que, a no ser por esos encargos, tendrían a los trabajadores ociosos durante el largo invierno. Todas las primaveras, cambiaban el suministro de un año entero de tablas de tamaño apropiado por barriles terminados y cubos, arreglo tan provechoso para el granjero como para el tonelero.

– Será mejor que vayas y hables con los granjeros de Connecticut. -En este punto, Josiah señaló a Rye con la pipa-. Me parece que podría convencerte de que fueras y te encargases de esa tarea.

Las palabras del padre empezaron a apaciguar la ira de Rye.

Josiah inclinó de nuevo la cabeza gris sobre el trabajo, y de la cuchilla seguían cayendo espirales de madera y la columna de humo de la pipa se elevaba para luego disiparse sobre su cabeza. Murmuró, como para sí:

– Si yo estuviese sentado sobre ese barril, pensaría en hablar con los abogados de tierra firme para averiguar cuáles son mis derechos. No me conformaría con la palabra de Ezra Merrill de que la cosa ya no tiene remedio.

Con los codos aún apoyados en las rodillas, Rye fijó la vista en la espalda del viejo, que se flexionaba con cierto ritmo cuando los vigorosos antebrazos tiraban y luego retrocedían para arrancar otro pedazo al listón de cedro. Contemplándolo y reflexionando, sintió que se le ablandaba el corazón. Sin hablar, se incorporó, se puso de pie, fue a pararse detrás del padre y apoyó una mano sobre el hombro fuerte y flexible. Sintió cómo abultaban y se endurecían los músculos bajo los dedos, cuando Josiah completó el movimiento. También sin hablar, el anciano dejó quieta la cuchilla y alzó la mirada sabia hacia el hijo, que lo miró con los ojos nublados por la ira. Josiah apretó los labios. Los abrió, dejando escapar una nubécula de humo. Rye le apretó el hombro y dijo en voz queda:

– Está bien, padre, iré. Es justo lo que necesito… gracias.

Josiah asintió, y Rye le apretó otra vez el hombro y luego dejó caer la mano.

Laura supo que Rye se había ido de la isla, y eso le ayudó a mantener la promesa hecha a Dan, aunque tenía la sensación de que él podía ver lo que habitaba en la zona oculta de su mente. Cada vez con más frecuencia, alzaba la vista y lo sorprendía contemplándola con expresión consternada, como si hubiese detectado sus pensamientos secretos. Empezó a sentir la irritación de saber que él tenía derecho a desconfiar de ella, pues aunque su cuerpo permaneciese leal a él, su mente vagaba a menudo con Rye por las colinas.

Le debía mucho a Dan. Había sido un buen esposo y, si era posible, un padre todavía mejor. Le había enseñado a Josh a volar una cometa, a caminar con zancos, a distinguir una gaviota de un gaviotín y a manejar la pluma, cosa bastante difícil. Si hasta Josh comenzaba a dominar el alfabeto y sus letras temblorosas inspiraban los constantes elogios de Dan. Ambos pasaban largas sesiones inclinados sobre la mesa de caballete, con las cabezas juntas. Y cuando se volcaba la tinta, en lugar de cólera mostraba paciencia; cuando las letras salían mal, le daba ánimos en lugar de criticarlo.

Pero casi todas las noches, cuando terminaban las lecciones, Dan se quedaba en la casa por un breve lapso para después ponerse la chaqueta y el sombrero y salir en busca del solaz que, al parecer, le proporcionaba el alcohol. Entonces ella se paseaba inquieta por la casa, tocando los innumerables objetos de lujo que Dan le había comprado: la pila de cinc, la parrilla de latón para asar, colocada delante del hogar y, encima, el torno con manivela para dar vueltas a las carnes puestas a asar. A veces, deslizaba los dedos por la repisa mientras recorría la habitación silenciosa, y contemplaba las piezas de metal blanco que Dan había insistido en comprar, para que no tuviera que estar constantemente fundiendo y rehaciendo las de peltre, que se rompían, se torcían o se agujereaban a menudo.

Después, comenzó a llevarle regalos: primero apareció con jabón perfumado, y la convenció de que dejara de tomarse la molestia de prepararlo ella. Cuando Laura protestó, Dan restó importancia al regalo insistiendo en que no era costoso, pues cualquier candelera de la isla podía hacerlo con los mismos materiales y empleando procesos similares a los que se utilizaban para fabricar velas. Cuando atracó un barco proveniente de Francia, llegó a la casa con un colorido azucarero pintado y barnizado y un bote para guardar té.

Ella sabía por qué le traía regalos cada vez más a menudo, y esas constantes ofrendas aumentaban su sentimiento de culpabilidad. Incluso cuando los aceptaba, se preguntaba cómo romper con esa buena vida que él les brindaba, tanto a ella como a su hijo, sin dañar a ninguno de ellos.

Cuando volvió del viaje al continente, Rye se encontró con que había recibido un cheque… de parte de Dan. El alquiler de la casa. Obstinado, se negó a hacerlo efectivo, ¡y le gritó a Josiah que hubiese sido como aceptar una renta de Dan por el uso de Laura!

Entretanto, la muchacha necesitaba hablar con alguien, una persona que pudiese ayudarla a ordenar los confusos sentimientos de una mujer que sopesaba el deber hacia un hombre y resistía la tentación de buscar a otro: de este último, durante el día llevaba apretada contra el corazón la ballena que le había tallado, y de noche, su imagen poblaba sus sueños.

Descartó la posibilidad de ir a hablar con su madre. Tampoco podía hacerlo con sus amigas casadas, porque también eran amigas de Dan. Sólo quedaba su hermana Jane, que vivía en Madaket Harbor, a media hora de caminata hacia el Oeste.

El marido de Jane era pescador, y seguía la costumbre de salir de pesca en Nantucket y alrededores, de acuerdo con la temporada: en marzo, el arenque que poblaba los canales de las islas; en abril, el bacalao y el abadejo, en el extremo oriental de la isla. Pero Laura sabía que, en ese momento, John Durning debía de estar pescando bacalao en Sankaty Head, y que ella y Jane podrían conversar tranquilas.

Se puso una abrigada capa con capucha y cruzó las colinas al oeste del pueblo, siguiendo una línea paralela a los altos acantilados que recorrían la curva interior de la isla, dichosa de hallarse otra vez en los salados brezales, aunque el día estuviese nublado y amenazara con llover. Mientras Josh la precedía dando saltos, Laura avanzó por Cliff Road, que se curvaba entre las zonas más estrechas de Long Pond. Al aproximarse a las colinas del lado Noroeste de la isla y mirar más allá de Madaket Harbor, apenas se distinguía la isla Tuckernuck a través de la llovizna que caía. Se puso a temblar, y se apresuró.

La casa de Jane era del mismo tipo que la suya, gastada por las inclemencias del tiempo y, a medida que crecía la familia, se le habían agregado dos cuartos en voladizo, pues Jane tenía seis hijos, y cualquier día se podía encontrar allí a otros tres, entorpeciendo el paso… ¡hasta dar la sensación de que brotaban niños de entre las tablas que formaban los muros! Jane se movía con sorprendente calma en medio del barullo y las peleas, frenando las riñas que necesitaban ser arbitradas, atendiendo las exigencias constantes de alimento, y limpiando la suciedad inevitable que seguía a las meriendas de los niños con leche y tartas de mermelada.

En cuanto entró en la casa de su hermana, Laura supo que había cometido un error al elegir un día lluvioso para una charla confidencial. El clima había confinado a sus seis sobrinos dentro de la casa y, al parecer, cada uno de ellos había llevado consigo un batallón de amigos. Josh estaba en la gloria, porque fue inmediatamente incluido en el juego de búsqueda del tesoro, en cuyo desarrollo toda la tribu se dispersó por los rincones de la sala, sin dejar de lado las faldas de Laura y de Jane: los niños no vacilaron en revisar los bolsillos de ambas mujeres, sus orejas, e incluso sus zapatos, en busca del tesoro escondido.

Risueña, Jane estimuló el alboroto sugiriéndoles posibles escondites, mientras Laura se impacientaba cada vez más. Pero cuando ya desesperaba de tener una ocasión para abordar el tema, fue Jane misma la que lo trajo a colación:

– Toda la isla habla acerca de tú y Rye… y de Dan, por supuesto.

– ¿En serio? -preguntó Laura, sorprendida.

– Se dice que te encuentras con Rye en secreto.

– ¡Oh, Jane, no es verdad!

– Pero has estado viéndolo, ¿no es así?

– Sí, claro que lo he visto.

Jane observó a su hermana un instante, y le dijo.

– También nosotros. Tiene un aspecto maravilloso, ¿verdad?

Laura sintió que se sonrojaba, y sabía que Jane la observaba con atención, mientras proseguía.

– Vino a visitarnos, trayendo unas chucherías que había tallado para los niños, aunque no sabía que teníamos tres más. Se sorprendió bastante al saber que teníamos hijos como para tripular un ballenero. -Jane rió entre dientes y luego, poniéndose seria, posó la mirada de los ojos almendrados en la hermana-. Lo han visto mucho caminando por las marismas, y dicen que recorre la costa con la perra pegada a los talones, y que él mismo tiene aspecto de perro perdido.

La imagen de Rye desolado, vagando por la isla con Ship pegada a los talones hizo que el semblante de Laura se crispara.

– Oh, Jane, ¿qué debo hacer?

Se tapó los ojos, ahora arrasados por las lágrimas.

Uno de los niños pasó chillando, pero Jane lo ignoró y acarició el cabello de su hermana en gesto de simpatía.

– ¿Qué quieres hacer?

– Quiero impedir que alguien resulte herido -sollozó, desdichada.

– No creo que eso sea posible, pequeña.

Al oír el apelativo cariñoso, Laura tomó la mano de la hermana y se la apoyó un instante en la mejilla, para luego apoyarla sobre la mesa, donde quedó entre las dos.

– Si lo que dicen es cierto, entonces los he hecho desdichados a los dos. Rye, vagando por las dunas con la perra, esperando que yo le diga que sí, y Dan, que sale todas las noches de casa para beber hasta que se le pasa el miedo de que le diga que no. Y, entre ellos, Josh, que no tiene ni idea de que Rye es su padre. Ojalá supiera qué hacer.

– Tienes que hacer lo que te dicte el corazón.

– Oh, pero… tú no has visto la expresión de Dan cuando vuelve a casa con otro regalo para mí, con la esperanza de que… oh, Jane, es espantoso. -Otra vez estalló en lágrimas-. Ha sido tan bueno conmigo… y con Josh.

– Pero, ¿tú a quién amas, Laura?

Los ojos enrojecidos elevaron la vista. Los labios temblorosos se separaron. Laura tragó saliva, y bajó la vista de nuevo.

– Tengo miedo de responder.

Jane volvió a llenar la taza.

– ¿Porque los amas a los dos?

– Sí.

Acercando la mano por encima de la mesa, Jane frotó con suavidad el dorso de la de Laura.

– Yo no puedo decirte lo que tienes que hacer. Lo que puedo decirte es esto: yo ya estaba casada cuando… bueno, cuando tú y Rye os convertisteis en adolescentes. Os vi crecer ante mis ojos. Observé lo que sucedía entre vosotros, y el modo en que Dan te seguía con la misma expresión que debe de tener ahora, cuando te lleva regalos, intentando conquistar tu amor. Querida Laura… -Con un dedo, levantó la barbilla trémula de su hermana, y la miró a los ojos castaños de expresión angustiada-. Mucho antes de que os casarais, yo sabía cómo eran las cosas entre tú y Rye. Lo supe porque John y yo estábamos tan enamorados que fui capaz de reconocer los síntomas en otros. Vosotros dos no podíais quitaros la vista de encima… y sospecho que tampoco las manos, cuando estabais solos. ¿Sería descabellado por mi parte preguntarte si tu actual desdicha tiene algo que ver con eso?

– Jane, no hemos hecho nada desde que él regresó. Él… nosotros…

Tartamudeando, terminó por quedarse callada.

– Ah, ya entiendo. Quisieras que sucediese.

– Por Dios, Jane, lo he combatido.

– Sí. -La pausa de Jane fue elocuente-. Así que Rye anda por las dunas con la perra, y tú vienes a llorar a mi cocina.

– Pero estuve casada con Rye menos de un año, y cuatro con Dan. ¡Le debo algo!

– Y a ti… ¿qué te debes a ti? Por lo menos la verdad. Que si la falsa noticia de la muerte de Rye Dalton no hubiese llegado jamás a Nantucket no estarías casada con Dan más que cuando tenías diecinueve años y elegiste a Rye.

– ¿Y qué hay de Josh?

– ¿Qué pasa con él?

– Quiere mucho a Dan.

– Es joven y flexible. Se adaptaría al enterarse de la verdad.

– Oh, Jane, si pudiera estar tan… tan segura como tú…

– Estás segura. Lo que sucede es que estás asustada.

– Estoy legalmente casada con Dan. Haría falta un divorcio.

– Fea palabra. Es suficiente para asustar a cualquiera que haya sido criado en esta región puritana, y para que los más benevolentes te miren con desprecio en la calle. ¿Es eso lo que estás pensando?

Con gesto cansado, Laura negó con la cabeza y apoyó la frente en la mano.

– Ya no sé qué es lo que pienso. No sabía que todos en la isla nos observaban a Rye y a mí con tanta atención.

Jane se quedó pensativa largo rato; después se irguió en la silla, tamborileó con la mano sobre la mesa como si fuese un juez bajando el martillo, y comentó:

– Se dice que es frecuente ver a Rye vagando por las dunas. Si te encontraras por ahí con él, ¿quién podría asegurar que no fue por casualidad? ¿Y quién os vería?

– Caramba, Jane…

Pero antes de que pudiese agregar algo más, se abrió la puerta y entró John Durning, robusto y vocinglero, lanzando un atronador saludo a los niños y depositando un franco beso en la boca de su esposa, antes incluso de quitarse el impermeable amarillo. Saludando con un alegre hola y una sonrisa a Laura, se colocó detrás de la silla de Jane y le apoyó las manos a los costados del cuello, masajeándola con los pulgares, mientras bromeaba:

– ¿Qué hay para que un hombre se caliente el cuerpo al llegar a su hogar con un tiempo como este?

Jane giró la cabeza para sonreírle:

– Hay té, entre otras cosas.

El evidente cariño entre los dos, y la manera en que disfrutaban de su mutua compañía y bromeaban, recordó a Laura cómo solían ser las cosas con Rye cuando llegaba a casa. Era como eso: la sonrisa, la caricia atrevida, las frases con doble intención. Los simples hechos cotidianos se veían magnificados hasta convertirse en algo sublime, porque eran compartidos.

Si te encontraras por ahí con él, ¿quién podría asegurar que no fue por casualidad?

Y aunque sin duda era tentador, desde ese día Laura evitó con cuidado las dunas.

A los habitantes de la isla se les había hecho habitual ver a Rye Dalton y a su perra vagando por los caminos. Podía vérselos al principio y al final del día, andando por los innumerables senderos del interior de la isla, o por alguna de las playas de arena blanca, el hombre delante, la perra pisándole los talones.

A menudo se recortaban las siluetas de los dos contra el encendido cielo, hacia el Naciente, en los amaneceres cargados de rocío, sentados en la cima de Folger Hill o de Altar Rock, los puntos más altos de la isla, y como telón de fondo, la vista panorámica de la lengua de tierra bordeada de blanco y el infatigable Atlántico más allá. Y si el amanecer era sombrío, los viejos pescadores que vivían en las minúsculas chozas en las costas de Sconset, solían verlos a los dos emerger de los velos de neblina en la orilla del mar, merodeando abatidos con la cabeza gacha, el hombre con las manos metidas en la delantera del pantalón, mientras que la perra daba la impresión de que hubiese imitado al amo si le fuera posible.

Otras veces, esos dos compañeros inseparables corrían por la superficie endurecida del pedregal; los tacones de Rye se hundían en la arena apisonada y las huellas iban desapareciendo a medida que las olas las lavaban, mientras que Ship, con la lengua colgando a un lado de la boca, galopaba sobre la resaca a la par del hombre, que corría como si lo llevaran los demonios, con el aliento entrecortado, obligando a su cuerpo a superar los límites físicos. Agotados, caían jadeando sobre las arenas planas; él boca arriba, contemplando la profundidad del cielo; la perra, escudriñando el ondulado horizonte como si buscara velas.

Al anochecer, a veces estaban de pie sobre los altos riscos que dominaban el abandonado Codfish Park, donde los pescadores subían su pesca y la dejaban secar en los bastidores de madera, en primavera y en otoño, cuando abundaba el bacalao.

Por las mañanas, después de que la marea alta depositaba las ofrendas del Atlántico en las costas del Sur de la isla, Rye y Ship solían encontrar buscadores de algas revolviendo los restos de los botes abandonados, aunque el hombre casi no notaba la presencia de otras personas en la misma franja de playa que él recorría.

Otras veces, él y Ship se abrían paso alrededor de las lomas de Saul's Hill, ahuyentando bandadas de mirlos. En otra época, estos pájaros constituían tal plaga que todo varón habitante de la isla tenía asignada una cantidad que debía matar para poder obtener autorización para casarse.

– Ah, Ship -suspiraba buscando a tientas la cabeza del animal-, si pudiese matar quinientos mirlos y, de ese modo, quedase libre para casarme con ella…

Llegó un día en que no soplaba un solo hálito de viento, y los dos contemplaban el mar casi inmóvil. Las orejas de Ship se alzaron y se le erizó el pelo del lomo. Alerta, se puso en guardia, buscando detrás de ella para identificar el origen del violento siseo que llegaba no se sabía bien de dónde. Pero no se veía nada, y sólo se oía una especie de fantasmagórico silbido, como si algo dejara escapar un gigantesco chorro de vapor. Los viejos denominaban bramido a ese inexplicable sonido que emitía el océano, aunque todos ignoraban su origen y sólo sabían que, sin duda, era seguido por vientos malhumorados, portadores de lluvia, que soplaban hacia el Este.

Fiel a la predicción, antes de que terminase el día el cielo parecía haber bajado sobre la tierra, y tenía un amenazador tono gris verdoso. Sorprendió a Rye y a Ship contemplando las agitadas aguas de Miacomet Rip, donde las corrientes ocultas empujaban y chupaban la base de la isla, al tiempo que los vientos hacían revolotear el cabello del hombre, azotando el aire alrededor de su cabeza como salpicaduras de mar.

A esto siguieron tres días de intensa lluvia que golpeaba desde el Sur, y que les obligó a quedarse dentro. La cuarta mañana la lluvia acabó, dejando un banco de niebla tan densa que nublaba hasta las curvas ondeadas de las costas de la península Coatue.

Tras los tres días de confinamiento forzado, Rye estaba nervioso e irritable. Por eso, cuando a media mañana del cuarto día salió el sol y el cielo azul fue extendiéndose lentamente de Oeste a Este, Josiah le sugirió que fuese a Mill Hill a tratar el cambio de barriles por harina, transacción habitual entre el tonelero y Asa Pond, el molinero.

Poco después de mediodía salió con la perra a cumplir el encargo, contento de librarse una vez más de la tonelería. El sol, ya alto, hacía brillar los adoquines de la calle Main, y en maceteros, en los alféizares de las casas que flanqueaban calles más angostas, se derramaban alegres manchas de geranios rojos y coralinos. Rye recordó los geranios que había junto a la puerta de Laura y se preguntó si también habrían florecido, pero hizo un esfuerzo y la apartó de su mente.

Con Ship a los talones pasó ante Sunset Hill, donde se erguía la casa de Jethro Coffin, uno de los primeros moradores de la isla, desde hacía 150 años. Pasó junto a los acantilados de Nantucket, donde las aguas verde claro señalaban la presencia de la barra, y las de color azul oscuro, la de aguas más profundas de la bahía. Encima, un par de gaviotas blancas perseguían a una negra, y sus agudos chillidos entrecortados resonaban en la tarde estival.

Siguió avanzando hacia los cuatro molinos de viento de diseño holandés, que subían las pendientes de las cuatro colinas que quedaban hacia el Sur y el Oeste del pueblo. El molino de Asa Pond había sido construido en 1746 con madera recogida de los buques hundidos, pero cuando empezaba a presentarse a la vista sobre la colina parecía atemporal, con sus cuatro brazos de rejilla recubiertos de velas de lino que, en ese momento daban al Sudoeste, gracioso y desmañado a la vez; el suave girar de los brazos, cuyas velas se rizaban como las de un velero, le daba la gracia; desgarbado por la larga pértiga que se extendía desde la parte trasera, como la gmpa de una extraña bestia agazapada sobre el suelo. El grueso mástil de madera sobresalía de la estructura y se apoyaba en una rueda, por medio de la cual se podía hacer girar toda la construcción para adaptarse a la dirección del viento. La rueda había formado un surco circular en la tierra, y Rye saltó sobre él, cruzó el círculo de hierba y subió la escalera hacia el piso del molino propiamente dicho, que quedaba en la parte alta.

Dentro flotaba el polvo de grano, siempre presente en el aire por el cereal que caía desde el tubo alimentador sobre la muela, y los aprendices cribaban la harina, dándole diversos grados de molido. Los suelos de madera elevados vibraban constantemente por el golpeteo de los engranajes de madera, cuando rodillos gigantescos encajaban en piñones de roble del torno. El olor del grano era agradable para Rye, pero, a través de las motas de polvo suspendido, vio que Asa tenía un pañuelo atado sobre la nariz y la boca para protegérselas mientras trabajaba. El molinero lo saludó con la mano y señaló la puerta: el estrépito de las muelas y el golpeteo de los engranajes hacía imposible cualquier conversación. Asa salió del molino tras él, quitándose el pañuelo de la cara, y los dos se detuvieron junto a la base del edificio, realizando la transacción bajo el agradable sol veraniego mientras las velas les proporcionaban un mudo acompañamiento.

También Josh estuvo inquieto y aburrido los tres días que duró el mal tiempo. En cuanto el cielo empezó a despejarse, le rogó a Laura que lo llevase a recoger frutos de arrayán, uno de sus entretenimientos preferidos. Como ella le explicara, paciente, que aún no estaban lo bastante maduros, Josh insistió en dar otro paseo a casa de la tía Jane. Al fracasar también esta sugerencia, pensó en otra de sus diversiones favoritas: un paseo al molino, donde a veces le permitían montar en el mástil mientras los bueyes hacían girar la construcción en el sentido del viento. Pero Laura le contestó, casi de mal modo:

– No, no tengo tiempo. Hay que quitar la maleza del jardín, y el mejor momento es ahora, inmediatamente después de la lluvia.

– Pero, mamá, el señor Pond podría…

– ¡Joshua!

Rara vez lo llamaba por el nombre completo.

Las comisuras de la boca de Josh descendieron, y merodeó por el jardín mientras la madre trabajaba, aburrido, haciéndole preguntas con respecto a bichos, polillas de las calabazas, y pepinos enanos. Se acuclilló entre las filas y señalaba con dedo inquisitivo cada maleza que la madre tocaba, preguntándole:

– ¿Esa cuál es? -Y también-: ¿Cómo sabes que no es una planta buena?

– Lo sé, eso es todo. Hace mucho tiempo que hago esto.

Josh miró cómo arrancaba unas cuantas hierbas más.

– Yo puedo hacerlo.

Laura casi no lo miró.

– Josh, ¿por qué no te vas a jugar?

– Papá me dejaría.

– ¡Bueno, yo no soy papá, y tengo mucho que hacer!

Siguió arrancando maleza mientras Josh revoloteaba alrededor, con la mejilla apoyada en una rodilla, canturreando desafinado y cavando la tierra con un dedo.

Laura avanzó por una hilera, y Josh siguió observándola. Unos momentos después, se acercó a ella de cuclillas y le mostró, orgulloso, una planta que había arrancado.

– Mira, mamá, yo puedo ayudar… ¿lo ves?

– Ohhh, Josh -gimió-, has arrancado un nabo que estaba creciendo.

– Oh. -Lo contempló desolado, y luego le dirigió una sonrisa radiante-. ¡Volveré a plantarlo!

Impaciente, la madre replicó:

– ¡No, Josh, no sirve! Una vez que lo arrancas, se seca y muere.

– ¿En serio? -preguntó, confundido y decepcionado porque sólo pretendía ayudar.

– En serio -respondió disgustada, y luego siguió arrancando malas hierbas.

Josh permaneció unos momentos junto a ella, observando el nabo inmaduro, que ya estaba marchitándose.

– ¿Qué es morir? -preguntó con toda inocencia.

Sin quererlo, la asaltó la idea: morir es lo que creímos que le pasó a tu padre, y la razón por la que me casé con otro. Perturbada e irritada con el niño, exclamó:

– ¡Josh, tíralo y búscate otra cosa para hacer! Si sigues fastidiandome con tus preguntas interminables, jamás terminaré!

La pequeña boca tembló, y el niño se pellizcó la mejilla con un dedo sucio. Al instante, Laura se odió por ser tan impaciente con su hijo, que sólo quería ayudar. En los últimos tiempos, esto ocurría con frecuencia, y cada vez se prometía que no volvería a hacerlo. Deseaba ser como Jane, con la misma paciencia cercana a la santidad hacia su pandilla de hijos. Pero Jane era muy dichosa, ¡y la felicidad era lo que marcaba la diferencia! Cuando una era feliz, podía manejar las cosas con más facilidad. En cambio, su tensión creciente buscaba una válvula de escape, y a veces la encontraba en situaciones inesperadas y, por desgracia, su hijo cargaba con las consecuencias. Para empeorar las cosas, Laura comprendió que Josh decía la verdad: Dan le hubiese explicado con toda paciencia cómo distinguir las malezas de las verduras, por más que eso retardase la tarea.

Josh hacía valientes esfuerzos por no llorar, pero las lágrimas titilaban en las pestañas doradas mientras observaba el lamentable nabo malogrado, preguntándose por qué mamá estaba tan molesta. Laura suspiró y se apoyó en los talones.

– Josh, querido, ven aquí.

La barbilla del niño se hundió más en el pecho, y las lágrimas rodaron una tras otra.

– Josh, mamá lo siente. Tú sólo querías ayudar, ¿verdad?

El chico asintió, sin levantar la cabeza.

– Ven aquí si no quieres que mamá también llore, Josh.

Josh alzó los ojos cuajados de lágrimas hacia ella, dejó caer el nabo y corrió a los brazos de su madre, abrazándola con vehemencia, hundiendo la cabeza entibiada por él sol en su cuello. Laura se arrodilló en el surco de la huerta, estrechando con fuerza al hijo de Rye contra el delantal, sintiendo que le faltaba poco para echarse a llorar.

«Estoy cambiando, -pensó-, pese a mis esfuerzos para conservar la ecuanimidad en mi matrimonio. Estoy volcando mi irritación en Josh, me siento infeliz con Dan, y no trato bien a ninguno de los dos. Oh, Josh, Josh, lo lamento. Si fueras lo bastante mayor para entender lo mucho que amo a tu padre, y que, también, amo francamente a Dan…» Cerró los ojos apoyando la cabeza sobre el cabello del niño, la mejilla de Josh apoyada en su pecho, donde en ese mismo momento tenía oculta la ballena tallada. Lo meció con suavidad, tragándose las lágrimas, para luego apartarlo y poder contemplar ese rostro adorable.

– ¿Sabes?, en realidad, no tengo ningunas ganas de arrancar malezas. ¿Qué te parece si damos una caminata hasta el molino. Necesito encargarle harina a Asa.

– ¿En serio, mamá?

La cara de Josh se iluminó, y con la misma rapidez, olvidó las lágrimas.

– En serio. -Le pellizcó la nariz-. Pero antes tendrás que lavarte las manos y la cara, y peinarte.

Josh ya corría cuatro filas adelante, saltando sobre nabos, guisantes, judias y zanahorias, hacia donde estaban el agua y el jabón.

– ¡A que te gano! -vociferó sin dejar de correr.

– ¡A que no!

Y Laura también se incorporó, se sujetó las faldas, y corrió tras él hacia el patio trasero.

Capítulo10

Era un día radiante: el cielo estaba azul como el ala de un arrendajo, y una brisa suave acariciaba la hierba. La tierra y el mar estaban en calma; unos cuantos barcos se movían en el embarcadero, allá abajo, mientras Laura y Josh dejaban el sendero de conchillas y se dirigían hacia el páramo y las colinas de suaves curvas que se extendían más allá. Pájaros trigueros veían pasar a madre e hijo, y los acompañaban con la música más dulce del verano. Las flores del campo se secaban las mejillas con las caras vueltas hacia el cálido sol. Los saltamontes holgazaneaban y, de vez en cuando, una gaviota giraba allá arriba.

Josh se detuvo a examinar el montículo de un hormiguero, y Laura se unió a él, dándose el lujo de gozar la alegría de contemplarlo a él, en lugar de observar a las hormigas. Dibujando una O de excitación con la boca, el niño exclamó:

– ¡Mira esa! ¡Mira qué grande es esa piedra que lleva!

Laura rió, miró, y se sumió por unos momentos en el mundo en miniatura de los insectos, donde un grano de arena se convertía en un peñasco.

Por fin reanudaron la marcha por el camino arenoso. Alrededor, las colinas estaban engalanadas con las cabezas marfileñas del dauco, que se mecían en la brisa.

– ¡Espera un minuto! -gritó Laura.

De un costado del sendero recogió unas varas de dauco, otras cuantas flores que parecían ojos castaños y luego contempló el ramo con unas falsas artemisas.

– ¡Lo veo, lo veo! -exclamó Josh, cuando las aspas enrejadas aparecieron en la cima de la colina-. ¿Crees que el señor Pond me dejará montar en el mástil?

– Veremos si están enganchados los bueyes.

Como iba sin sombrero, Laura estaba medio deslumbrada cuando volvió la cara hacia el sol de las dos de la tarde, que formaba una aureola detrás del molino. Las aspas giraban lentamente. Entonces tuvo la impresión de que un centro oscuro se separaba del sol y se diferenciaba de él; se protegió los ojos con el antebrazo y vio que adoptaba la forma de un hombre bajando la cuesta en dirección a ellos.

Al verlos, el hombre se detuvo. Laura no podía distinguir el rostro, pero vio un par de piernas largas y esbeltas, calzadas con botas altas, y unas mangas blancas que ondulaban en el viento. Un instante después, otra silueta oscura rodeó los tobillos del hombre y se detuvo junto a él: un perro… un gran Labrador amarillo.

– Rye… -susurró, sin saberlo.

El nombre acudía a sus labios como la respuesta a un ruego muchas veces repetido.

Por un momento, tanto el hombre como la mujer permanecieron inmóviles; las briznas de hierba acariciaban las rodillas del hombre, que estaba más arriba que ella; Laura sujetaba las faldas con una mano, y la sombra del ramillete de flores silvestres se dibujaba en su rostro. El niño corrió colina arriba y la perra bajó, pero ni Rye ni Laura lo advirtieron. El viento atrapó la falda de percal rosado, haciéndola ondular hacia atrás, mientras dos corazones se remontaban y se zambullían.

Luego, Rye se inclinó hacia delante y bajó la colina a trote lento, casi saltando, elevando un poco los codos, descendiendo la cuesta con una ansiedad que impulsó a Laura hacia arriba, ya sujetándose la falda con las dos manos. Se encontraron con Josh y Ship entre los dos: el niño entusiasmado, y la perra excitada, completamente ensimismados uno en el otro, igual que ese hombre y esa mujer. Josh cayó de rodillas, y Ship no sólo meneaba la cola sino todo el cuerpo.

– Jesús, Rye, ¿es tuyo? -preguntó Josh, sin importarle otra cosa que la perra y la lengua rosada que trataba de eludir, risueño.

– Es ella -corrigió Rye, sin quitar la vista de Laura.

– Ella -repitió Josh-. ¿Es tuya?

– Sí, es mía -respondió con los ojos azules clavados en el rostro de la mujer que tenía delante.

– Apuesto a que en verdad la quieres, ¿no es cierto?

– Sí, hijo, la quiero -fue la ronca respuesta.

– ¿Hace mucho que la tienes?

– Desde que era niño.

– ¿Cuántos años tiene?

– Los suficientes para saber a quién pertenece.

– Jesús, ojalá fuese mía.

La única respuesta a eso, dicha en voz baja, fue:

– Sí.

Hubo una pausa larga, trémula, sólo interrumpida por el susurro del viento en las faldas de la mujer y el siseo de la hierba. Laura tuvo la sensación de que en su pecho acababa de florecer un prado de flores silvestres. Tenía los labios entreabiertos, y bajo el corpiño de percal rosado el corazón le palpitaba furioso. Los rodeaban las colinas de Nantucket y, por un momento, todo lo demás desapareció.

Súbitamente supo que tenía que tocarlo… sólo tocarlo.

– Hola, señor Dalton. No me imaginé… que lo encontraría aquí.

Las palmas del hombre encerraron las de ella, las retuvieron como un tesoro, y contempló los ojos de la mujer sobre la cabeza dorada del hijo de ambos, que jugaba a sus pies.

– Hola, Laura. Me alegro de que me encontrase.

La palma de Rye era callosa, dura, familiar.

– Íbamos al molino a comprar harina.

Rye metió el dedo índice y el medio entre el puño de la manga y la piel delicada de la parte interna de la muñeca, y cubrió el dorso de la mano femenina con la otra de él. Sintió bajo las yemas el pulso acelerado de Laura.

– Y yo fui al molino a recibir un encargo de barriles.

– Bueno -dijo Laura, riendo nerviosa-, al parecer, todos hemos salido a disfrutar del buen tiempo.

– Sí, todos.

En ese mismo momento, Josh se levantó de un salto, y sólo entonces se percataron de lo prolongado y acariciador que había sido el apretón de manos. Rye la soltó de inmediato. Pero Josh y Ship no hacían otra cosa que saltar y retozar en círculos, dejándolos en paz para que pudieran seguir devorándose con los ojos.

– ¿Viene… viene a menudo por aquí? -preguntó Laura.

– Sí, Ship y yo caminamos mucho.

– Eso me han dicho.

– ¿Y usted?

– ¿Yo?

– ¿Viene a menudo por aquí?

– No, sólo a veces, camino de casa de Jane.

– Y cuando viene a comprar harina. -Le sonrió, sin dejar de mirarla a los ojos. Laura le devolvió la sonrisa-. Y para buscar flores silvestres.

Laura asintió, bajando la vista hacia el ramo que apretaba entre las manos nerviosas.

– Hace unos días yo también fui a visitar a Jane -dijo Rye.

– Sí, me lo dijo. Fue amable de su parte llevarles regalos a los niños. Gracias.

Ahí estaban, sintiendo que se ahogaban mientras hablaban de trivialidades, aunque habían miles de cosas que querían decirse, preguntarse. Lo más abrumador era el impulso de tocarse. Laura paseó la mirada por su cabello y su rostro. Quería extender un dedo y tocar la nueva línea de las patillas que continuaban la de la mandíbula. Quería entrelazar sus dedos en el grueso cabello del color del centeno, y decir lo que pensaba: Desde que volviste, se ha oscurecido, pero así me gusta más, es como yo lo recordaba. Quería besar cada una de las marcas de viruela de su cara, y decirle, Cuéntame el viaje, cuéntame lo todo.

Josh interrumpió el ensueño visual, preguntando:

– ¿Cómo se llama?

Rye apartó los ojos de Laura y se apoyó en una rodilla… así era más seguro; un momento más, y hubiese tendido las manos hacia ella, pero esta vez no le habría bastado con un apretón de manos.

– Ship.

– Qué nombre tan raro para un perro, ¿no? Los dos tienen nombres raros.

– Sí, los dos tenemos nombres raros. En realidad, ella se llama Shipwreck, porque vino de un barco hundido. La encontré nadando hacia la costa, cuando oí unos ladridos cada vez más fuertes que venían de los bajíos.

La perra lamía el rostro de Josh, y el chico le rodeaba el cuello con el brazo, riendo encantado. Y así siguieron, Josh debajo, con los ojos bien cerrados, riendo entre dientes, y el animal que hociqueaba y lo lamía. Laura y Rye también se unieron a las risas, viendo que Josh se agazapaba como un armadillo y la gran Labrador lo importunaba.

Rye se inclinó adelante, apoyando el codo en la rodilla, y le sonrió a Laura.

– Si no tiene inconveniente, Josh podría quedarse aquí, jugando con Ship, mientras usted va a hablar con Asa. Cuando baje de vuelta, estaremos esperándola.

Negarse habría sido tan imposible como detener el flujo de las mareas. Rye mismo, ahí arrodillado bajo la intensa luz solar, apuesto, añorado, con los hombros hacia delante, las mangas sueltas, sujetando el dorso de una muñeca con la otra mano, era toda una invitación. Los ojos risueños elevaban la mirada hacia ella, esperando respuesta,

Josh se desenroscó para rogar:

– ¡Sí, por favor, mamá! Sólo mientras tú vas al molino.

Laura le dijo, en tono de broma:

– ¿Y qué me dices de montar el mástil?

– De todos modos, los bueyes no están enganchados, y yo quiero quedarme aquí, a jugar con Ship.

Niño y animal rodaron juntos por la hierba.

– Está bien. Enseguida vuelvo.

Cruzó su mirada con la de Rye y la sostuvo, hasta que él asintió en silencio. Entonces, la mano de Laura hizo algo sorprendente, por su propia voluntad. Se posó en la nuca del hombre, mitad sobre el cabello, mitad dentro del cuello de la camisa, al pasar por detrás de él.

Rye giró bruscamente la cabeza, el codo se le resbaló de la rodilla y los ojos azules ardieron, sorprendidos. Pero Laura ya se había vuelto y subía por la colina. Contempló la figura que se alejaba de espaldas, notó cómo la falda rosada abultaba en la cadera, al compás de los largos pasos que daba para subir. Cuando desapareció tras la cima, volvió a concentrarse en Josh y en Ship. Retozaron juntos hasta que la perra, fatigada, se echó al suelo jadeando.

Pronto, Josh también se dejó caer junto a Rye, e inició la conversación.

– ¿Cómo es que tú conoces a mi tía Jane?

– He pasado toda mi vida en la isla. Conocí a Jane cuando yo era un niño, poco mayor que tú.

– ¿Y a mamá también?

– Sí, también a tu mamá. Fuimos juntos a la escuela.

– Yo iré a la escuela, pero el año que viene.

– ¿En serio?

– Ahá. Papá ya me ha comprado la cartilla, y dice que aportará su cuota de leña para que yo no tenga que sentarme lejos del fuego.

Rye rió, si bien sabía que era verdad: los alumnos cuyos padres donaban leña conseguían los mejores asientos, cerca del hogar.

– ¿Crees que te gustará la escuela?

– Será fácil. Papá ya me ha enseñado casi todas las letras.

Rye arrancó una hoja de hierba y se la puso en la boca.

– Al parecer, te llevas muy bien con tu papá.

– Oh, papá es mejor que cualquier otro que yo conozca… salvo mamá, por supuesto.

– Por supuesto. -Por un instante, Rye dejó vagar la vista por la cima de la colina, y luego la volvió al hijo-. Bueno, eres un niño afortunado.

– Eso es lo que dice Jimmy. Jimmy… -Josh se interrumpió, y frunció la cara, con aire inquisitivo-. ¿Conoces a Jimmy?

Rye negó con la cabeza, encantado con el diablillo: le pareció mejor no admitir que Jimmy Ryerson era su primo segundo.

– Ah. Bueno, Jimmy es mi mejor amigo. Un día te lo presentaré -y agregó, práctico-: si tú llevas a Ship, para que Jimmy también pueda conocerla.

– Trato hecho.

Rye se estiró sobre la hierba, y Josh continuó:

– Bueno, como sea, Jimmy dice que soy afortunado porque papá me hizo unos zancos, y dice que soy el uniquísimo que los tiene. A veces le dejo usarlos, pero Jimmy no puede sostenerse… yo sí, porque mi papá me enseñó a sujetar los palos bajo las… -Estiró el codo sobre la cabeza, se frotó la axila, y se esforzó por recordar-. ¿Cómo se llama esto?

Rye contuvo la risa, y contestó, muy serio:

– Axilas.

– Sí… axilas. Papá dice que hay que poner los palos ahí y sacar el trasero para afuera, pero Jimmy se cae porque sujeta los palos delante de él todo el tiempo: así.

Josh se levantó de un salto, hizo una demostración y, con mercurial agilidad, volvió a arrodillarse.

Rye Dalton sintió que el deleite lo desbordaba. El chico era tan adorable como la madre, espontáneo y de inteligencia rápida.

– Tengo la impresión de que tu padre es un hombre inteligente.

– ¡Oh, es el más inteligente de todos! Trabaja en la oficina.

– Sí, yo lo vi ahí. -Rye arrancó otra brizna-. Tu padre y yo también fuimos juntos a la escuela.

– ¿De veras?

Con la expresión de sorpresa, los ojos de Josh se parecían a los de Laura.

– Sí.

El semblante del chico se tornó pensativo, y preguntó:

– Entonces, ¿cómo es que mi papá y tú habláis diferente?

– Porque yo he estado en un barco ballenero, y oía tanto a los marineros hablar así, que ni recuerdo cuándo empecé yo también a hablar de ese modo.

– Es graciosa tu manera de hablar -Josh rió entre dientes.

– ¿Te refieres a mi manera cortada de hablar? Eso es porque en el barco no siempre hay tiempo de dar discursos. Tienes que decir las cosas rápido pues, de lo contrario, hay dificultades.

– Ah. -Después de un momento-: ¿Te gustó el barco ballenero? ¿Era divertido?

Rye volvió a pasear la mirada por la cima de la colina, y luego la volvió otra vez hacia el hijo y vio en su rostro la misma expresión que veía en el espejo, cuando estaba pensativo.

– Era solitario.

– ¿No llevaste contigo a Ship?

Negó con la cabeza.

– ¿A dónde fue ella?

Rye acercó la cabezota de la Labrador, y le apoyó la mano encima. La perra abrió los ojos lánguidos y los cerró otra vez. Era difícil no responderle como pensaba: Al principio, Ship vivió con tu madre, quizá también mientras fuiste un recién nacido. Quizá por eso ahora os habéis encariñado tanto los dos: porque ella te recuerda.

En cambio, lo que dijo fue:

– Se fue a vivir con mi padre en la tonelería.

– Con razón te sentías solo -se compadeció Josh.

– Bueno, pero ya he regresado -dijo Rye, animado, dedicándole una sonrisa.

Josh también sonrió, y comentó:

– Eres simpático. Me gustas.

Las palabras del niño, impetuosas y sinceras, hicieron brotar fuertes emociones dentro del padre. ¡Ojalá él pudiese gozar de la misma libertad, abrazar a este niño y decirle la verdad! Josh era un pequeño adorable, libre de caprichos y nada consentido. Laura y… y Dan lo habían educado bien.

Cuando Josh y Rye aparecieron ante su vista, allá abajo, Laura se detuvo. Estaban lejos, y la risa infantil llegaba débil en la brisa, y la de Rye, por un momento, llegó más clara. Estaban estirados sobre la hierba, junto con la perra. Rye, tendido de lado con los tobillos cruzados y el mentón apoyado en la mano, masticando una hoja de hierba. Al lado, su hijo apoyaba la cabeza sobre la perra, que estaba dormida junto al amo con el hocico entre las patas, tomándose un descanso. Era una escena de honda serenidad, con la que Laura había soñado en infinitas ocasiones. El hijo que amaba junto a su padre, al que también amaba, y sólo faltaba ella para completar el círculo familiar.

La pregunta de Jane resonó otra vez en su mente: ¿Quién podrá decir que no fue casualidad que te encontrases con él en el páramo?

Observó al hombre tendido allá abajo, en un campo de dauco florecido. ¿Quién lo sabría? ¿Quién lo sabría? Con el viento en la cara, el sol sobre el cabello y el corazón bailoteándole con ritmo acelerado, bajó la colina.

Laura supo en qué momento Rye la vio llegar, aunque siguió tendido y relajado, y lo único que se movía eran los ojos azules, siguiendo su avance. Cuando llegó lo bastante cerca para oírlo, pasó la brizna a la comisura de la boca, y dijo:

– Ahí viene tu madre.

Con gestos lentos, descruzó los tobillos y se sentó, apoyándose en una nalga, levantando la rodilla y apoyando en ella el brazo.

– ¿Ya tenemos que irnos? ¿Tenemos que irnos? -suplicó Josh, subiendo a la carrera para salir al encuentro de la madre y abalanzándose sobre ella con un abrazo gigantesco que aplastó las faldas contra los muslos de Laura.

Ella le sonrió y le revolvió el pelo, pero sus ojos se posaron en Rye cuando respondió con dulzura:

– No, todavía no.

El niño la soltó, y Laura se acercó hasta quedar junto a los pies de Rye. El dobladillo de su falda rozó la pernera del pantalón, al tiempo que la mirada de él bajaba desde los hombros al pecho y a la cintura, y luego subía de nuevo hacia los ojos castaños.

– ¿Le gustaría dar un paseo alrededor de Hummoek Pond? -le preguntó.

En lugar de contestarle directamente, Laura le preguntó a Josh:

– ¿Te gustaría dar un paseo alrededor de Hummoek Pond?

El niño giró hacia el hombre:

– ¿Ship también viene?

– Sí.

La brizna se balanceó en la boca de Rye.

– Bueno, sí… ¡entonces, yo también! -le contestó a la madre.

Laura vio a Josh y a Ship correr, mientras Rye se quedaba donde estaba, siguiendo con la vista al niño hasta que la distancia fue lo bastante grande para que no pudiesen oírlos. Entonces la miró y su mirada atrajo la de ella como la costa atrae a la rompiente.

– Me preguntaba si querías ir a caminar por Hummoek Pond.

– Más que nada en el mundo -respondió ella, con sencillez.

Rye levantó una mano. La mirada de Laura pasó del niño que subía trabajosamente la colina a la mano callosa. Sin más vacilaciones, apoyó su mano en la del hombre, y los dedos fuertes encerraron los suyos, y se aferraron para ayudarla a incorporarse.

Hummoek Pond era una de las lagunas de una cadena que se extendía de Norte a Sur por el centro Oeste de la isla. Tenía la forma de una J, cuya curva inferior se estiraba hacia la costa Sur de Nantucket, donde el agua dulce de la laguna casi se tocaba con el salado Atlántico. De niños habían pescado ahí percas blancas y amarillas, y él le había enseñado a colocar lombrices de tierra en el anzuelo. Años atrás, habían ido de excursión a Ram Pasture, y caminaron como ahora, desde North Head hacia el océano, que se podía oír a lo lejos pero no se veía.

– He soñado con hacer esto contigo y con Josh -dijo Rye detrás del hombro de Laura.

– Yo también. Pero en mis sueños, tú le enseñabas a Josh a pescar, como me enseñaste a mí.

– ¿O sea que aún no sabe?

– Todavía no.

– Entonces no lo han educado correctamente -dijo, aunque en tono risueño.

– Es muy hábil con cometas y zancos.

– Sí, me contó lo de los zancos. -Se puso serio-. Tú y Dan lo habéis educado bien. Este Josh es un chico estupendo.

Pasaron por una franja de violetas blancas, el sol en las mejillas, sólo atentos a la proximidad mutua, al anhelo de estar más cerca aún. Tenían tanto para decirse, tanto para sentir… y tan poco tiempo.

– Quiero que Josh te conozca, Rye, y que sepa que eres su padre.

– Yo también. Pero empiezo a comprender que no será tan fácil decírselo. Ama tanto al padre que ya tiene como yo al mío.

A un lado había crecido un montecillo de hierbas, y Rye la sujetó por el codo para ayudarla a conservar el equilibrio. Mirlos de alas rojas se balanceaban sobre las cañas fibrosas de la espadaña y la juncia, que crecían en la orilla pantanosa de la laguna, y los observaban severos, bien agarrados, mientras Rye también agarraba con fuerza el codo de Laura, que andaba a saltos a su lado buscando suelo más firme.

– Pero quiero que seamos una familia -deseó en voz alta.

– Yo también.

Abrazaron esa idea y avanzaron, sin prisa por esa tarde que era un don, ese lujoso tiempo compartido, aunque ya limitado por la duración de la caminata. Fueron recorriendo la costa irregular de la laguna, pasando por zonas donde espesas matas rastreras de moras rojas los tentaban con su mullido follaje. Sin embargo, sólo podían caminar y, por el momento, se contentaban con un roce ocasional de los dedos o un encuentro de las miradas, mientras el niño y la perra iban explorando más adelante.

El rumor del océano se hizo más fuerte, y la rompiente era ahora como un plumón blanco a lo lejos. Pronto el ruido los rodeó, y se detuvieron donde el agua se había retirado, y la marea menguante había esparcido medusas, que descubrieron el niño y la perra.

– ¡No las toques! -advirtió Rye en voz alta-. ¡Pican!

El animal ya lo sabía, y se mantuvo alejado. El niño retiró la mano para luego seguir adelante con los descubrimientos. Rye escondió la mitad de las manos dentro de la cintura del pantalón, y adoptó la postura de piernas separadas que adquirió en contacto con la tripulación de cubierta. Siguió con la vista a Josh, con expresión amorosa.

– He perdido tanto… El sólo hecho de hacerle una mínima advertencia se convierte en una alegría para mí.

Las miradas se encontraron, en una mezcla de dulzura y amargura.

– Cuando supe que te habías ido al continente, creí que no pensabas volver.

– Fui a encargar duelas crudas. -Volvió la mirada al océano-. Pero, cuando estuve allí, consulté a un abogado con respecto a… a esta situación en la que estamos atrapados. Tenía la esperanza de que me dijese otra cosa pero, al parecer, eres esposa legítima de Dan.

Laura contempló la ondulación del contorno del mundo, allá en el horizonte.

– He pensado en divorciarme de él -dijo en voz queda, sorprendiéndose incluso a sí misma, pues no pensaba admitirlo.

Percibió el gesto de Rye, que se volvía hacia ella, sorprendido:

– No es frecuente.

– No, y tampoco lo es que un marino muerto regrese desde las entrañas del océano. Tendrán que comprenderlo. -Volvió el rostro hacia él, con expresión suplicante-. ¿Cómo podía saberlo yo? -preguntó en tono quejumbroso.

– No podías saberlo.

Estaban en un arenal abierto, y allí no había nada más que la resaca, un niño y un perro, visibles desde un kilómetro y medio de distancia. Aún así, Rye se mantuvo firme y se contuvo de abrazarla.

– Rye, ¿no te molesta lo que estamos haciéndole a Dan?

– Trato de no pensar en él.

– Se ha puesto a beber todas las noches.

– Sí, me he enterado.

Giró con brusquedad la cabeza hacia Miacomet Rip, y su semblante se puso sombrío.

– Tengo la sensación de que lo he empujado a empezar -dijo Laura.

Rye se volvió hacia ella con renovada intensidad.

– No es nuestra culpa, como tampoco lo es de él. Es… la providencia.

– La providencia -repitió la mujer, triste.

Rye percibió que se alejaba, y la miró, con seriedad.

– Laura, no puedo… -empezó a decir, pero se llevó la mano a la boca y luego preguntó, bruscamente-: ¿Acaso tendré que esperar… hasta que te concedan el divorcio?

– No.

Repentinamente, volvió la vista hacia ella, pero Laura miraba hacia el horizonte.

– Entonces, ¿hasta cuándo?

– Hasta mañana -respondió serena, sin dejar de contemplar el rryar.

Rye le rodeó el codo con los dedos y la hizo volverse hacia él, con delicadeza.

– Quiero besarte.

– Yo quiero recibir tu beso -confesó. Ni la primera vez con él recordaba haber sentido una impaciencia sexual como esta-. Pero aquí no… ahora no.

Rye exhaló un suspiro sibilante y la soltó. Se volvieron, observaron a un aguzanieves que saltaba sobre las olas, devorando insectos marinos, y el hombre comprendió los escrúpulos de la mujer y la importancia de la decisión que había adoptado.

– Me he esforzado mucho por hacer lo correcto. Me mantuve alejada de ti -siguió diciendo Laura-. Pero hoy, cuando te he visto bajando esa cuesta… -Se miró los pies-. Yo… ya no sé qué está bien y qué está mal.

– Lo sé. A mí me pasa lo mismo. Yo sigo caminando todo el tiempo que tengo libre, pero no puedo huir de mí mismo. Estás presente en todos los sitios que solíamos recorrer.

– Se me ocurrió una manera -le dijo Laura, al aguzanieves.

– ¿Una manera? -La miró con expresión interrogante.

– Josh quiere pasar un día en casa de Jane.

– ¿Ella sospechará?

– Sí, creo que sí. No; sé que sí.

– ¿Y entonces…?

– Ya sabe lo que siento. Nunca logré ocultarle casi nada. Me dijo que sabía lo que sucedía con nosotros, y lo que hacíamos incluso antes de casarnos. Ahora nos ayudará.

– ¿Y qué me dices de… él?

– Se lo diré esta noche.

– Sí, y mañana por la mañana vendrá a la tonelería y tendré que matarlo para que no me mate a mí.

Los labios de la mujer se curvaron en una sonrisa.

– No, no le diré eso. Lo que le diré es que quiero divorciarme.

Rye se puso serio.

– ¿Quieres que esté presente cuando se lo digas?

Laura contempló ese rostro, con el cabello como algas agitadas por el viento.

– Quiero que… estés en cualquier lugar donde yo me halle. Pero no. Esa parte tendré que hacerla por mi cuenta.

Rye escudriñó la playa en ambas direcciones: sólo estaban ellos. Josh jugueteaba con los bordes de las olas que iban y venían. Cediendo un impulso, inclinó la cabeza y dio un rápido beso a Laura.

– Lo siento, no puedo contenerme. Pensé que la travesía en el ballenero había sido un infierno, pero nunca en mi vida he sufrido un infierno semejante al de estas últimas diez semanas. Mujer, cuando te recupere, no te perderé de vista nunca más.

– Rye, busquemos un lugar.

Se sonrieron mirándose a los ojos, casi sin poder resistir el anhelo.

– No será difícil. Los conocemos todos, ¿verdad?

Le acarició los brazos un estremecimiento de impaciencia.

– Sí -respondió en voz baja y sensual, imitando el acento de él-. Sí, los conocemos todos, Rye Dalton.

El dejó escapar un agudo silbido entre los dientes. El niño y la perra se asomaron.

– ¡Vengan! ¡Vamos andando! -gritó.

Hallaron un sitio a sotavento de la laguna Hummock, donde terminaba el extremo del lazo que casi se cerraba sobre sí mismo. Ahí, al abrigo de un grupo de pinos y robles, encontraron un claro secreto que las zarzas y los brezos blancos habían aislado del resto del mundo. Sobre ese enrejado natural colgaban enredaderas de uvas silvestres, formando una glorieta engalanada de cintas verdes. Hierbas que llegaban a la altura de la cadera alfombraban el claro, y diminutas flores asomaban, tímidas. En algunos sitios, donde, seguramente, habría dormido algún ciervo, la hierba estaba aplastada. Las ardillas se perseguían y chillaban en los árboles. No había viento, y el sol se abatía sobre todos ellos, incluidos Ship y Josh, que jugaban en el prado.

– ¿Aquí? -preguntó Rye, mirando a Laura.

– Aquí -confirmó.

Ambos sintieron que se les aceleraba el corazón.

Capítulo11

Sus ruegos fueron escuchados, pues el día siguiente amaneció sin nubes, despejado como un diamante perfecto. Laura llevó a Josh a la casa de Jane y llegó al claro la primera. Separando las enredaderas, se metió dentro y se quedó un momento inmóvil, escuchando. La tarde estaba tan silenciosa que creyó oír el martilleo que llegaba desde los astilleros, a más de seis kilómetros de distancia. Pero quizá sólo fuese el martilleo de su propio corazón, que golpeaba mientras contemplaba ese óvalo rodeado de árboles… protegido, íntimo, perfecto.

Olía a hierbas y a pino, y a tiempo a solas y, levantándose las faldas hasta los tobillos, dio la cara al sol, con los párpados cerrados, y sintió sobre la piel sólo la tibieza y una sensación de que todo estaba bien. Abrió los ojos y describió un amplio círculo: sólo la rodeaban sombras de vegetación, que la abrazaban en un mundo estival propio. Giró más y más rápido, con los brazos extendidos a todo lo ancho en feliz abandono y las faldas revoloteando en torno de los tobillos, como un molinete.

¡Él se acerca! ¡Está viniendo!

Imaginarlo estrechándola contra su pecho hacía correr por sus miembros oleadas de expectativa.

Con el rabillo del ojo, sorprendió un movimiento y dejó de girar, llevando los dedos al costado del pecho, como si quisiera retener el corazón dentro del cuerpo.

En el límite del claro apareció Rye y la perra que, como de costumbre, se detuvo junto a las rodillas del amo. Los ojos azules sorprendieron una etérea visión de piqué blanco que giraba y giraba, y la sombra del sombrero de paja de ala ancha dibujaba un encaje sobre el rostro levantado. Desde la coronilla flotaba una cinta verde menta, que revoloteaba sobre el hombro para luego posarse sobre la piel desnuda que dejaba ver el escote cuadrado del corpiño.

Las miradas se encontraron. Los sentidos se estremecieron. Laura no sintió el menor embarazo por haber sido sorprendida en semejante demostración de abandono, porque quería demasiado bien a Rye para ocultarle sus impulsos.

Él estaba embutido en unos ajustados pantalones de color tostado y una camisa de muselina blanca, en asombroso contraste contra las hojas verdes de la vid silvestre que le hacían de fondo. Tenía un pulgar enganchado en la cintura y otro en un saco cerrado con un cordel, que le colgaba del hombro.

Contempló a la mujer que lo esperaba, sin sonreír ni moverse, pero con el corazón palpitándole salvaje.

¡Laura, has venido! ¡Has venido!

La cintura esbelta estaba ceñida por una cinta de satén verde, como la del sombrero. Amplia falda blanca, semejante a una nube, que los tallos de hierba levantaban, mientras que el corpiño apretaba las costillas, levantando los pechos que -hasta desde la distancia que los veía Rye-, subían y bajaban con más rapidez desde que lo había visto.

Dejó deslizar lentamente el saco al suelo, con los ojos fijos en Laura, y le ordenó en voz suave:

– Quédate.

Lo oyó pronunciar la palabra en medio del silencio y, al tiempo que la perra se echaba al suelo a esperar, Laura se quedó inmóvil, sin respirar, como si la orden fuese para ella.

Rye dio un primer paso lento y luego otro, también parsimonioso, sin apartar jamás la mirada de ella. Las botas altas arrancaban susurros al rozar la hierba. El corazón de Laura clamaba bajo los dedos finos, aún apretados contra el pecho. Cuando él se detuvo cerca, se bebieron con la mirada, en silencio, largo rato, hasta que al fin Rye alzó una mano lánguida acercándola a la oreja de Laura, atrapó la cinta verde enganchándola en la curva de un dedo, y tiró lentamente hacia abajo hasta rozar la piel desnuda sobre el ajustado corpiño.

– Satén -dijo en voz muy suave, pasando el dorso del dedo índice arriba y abajo, entre el pecho y la cinta.

La carne de Laura subía y bajaba más rápido bajo el nudillo del hombre. Vio que la mirada de Rye seguía la trayectoria de la cinta verde hacia la parte más plena del pecho, y volvía lentamente a sus labios. Del fondo de su garganta brotó una sola palabra medio ahogada:

– Sí.

La respuesta instantánea fue una sonrisa.

– Se interpone en mi camino.

Sin embargo, jugueteó con la cinta, rozándola de arriba abajo, de arriba abajo, y el aleteo del satén contra el hueco del cuello le puso la piel de gallina. Él estaba muy cerca, con las botas lustrosas sepultadas bajo la montaña de frunces de su falda.

Los ojos azules como el cielo que le servía de fondo detuvieron su mirada en cada rasgo de la mujer, y los de ella recorrieron el rostro de él, con su piel del color de una nuez, iluminada por el sol de la tarde, el cabello y las nuevas patillas que le daban un aspecto algo extraño. Lo raro era que los dedos de Laura todavía estaban ahuecados sobre su propio pecho: sentía sus latidos acelerados, y se preguntó si él también los detectaba, cuando se inclinó con gestos lentos, y sacó el nudillo para dar paso a los labios cálidos, abiertos. Con delicadeza, tocó la piel satinada que cubría la clavícula y apartó la cinta.

Un torrente de emociones inundó a Laura, que cerró los párpados y tocó la cara de Rye por primera vez.

– Oh, Rye -suspiró, ahuecando la mano en el mentón, apoyando los labios en el cabello.

Su fragancia era tal como la recordaba, una mezcla de cedro, el tabaco de la pipa del padre y ese matiz que, para ella, era la brisa marina, pues no se le ocurría otro nombre.

Rye alzó la cabeza con aparente parsimonia si bien, por dentro, él también estaba impaciente. Pero esto era demasiado bueno para apresurarlo, demasiado bello como para abalanzarse a gozar el lujo que podían permitirse en esa tarde dorada.

– Date la vuelta -le ordenó con suavidad.

Aún no había tocado más que el tentador trozo de piel que cubría la clavícula.

– Pero…

Los labios de Rye eran demasiado incitantes, su caricia, demasiado tentadora.

– Date la vuelta -repitió con más suavidad aun, poniéndole las anchas manos tostadas en la cintura diminuta.

Ella las cubrió con las suyas y se dio la vuelta con mucha lentitud, casi sin poder respirar. Rye sacó las manos y Laura sintió el tirón al alfiler de bronce que sujetaba el sombrero, al mismo tiempo que él preguntaba:

– ¿Qué llevo puesto?

– Una camisa de muselina blanca, los pantalones veraniegos de color tostado que te pusiste aquel día que comimos naranjas en el mercado, botas negras nuevas que yo no conocía y un diente de ballena colgando de una cadena de plata, que se ve por el cuello abierto de la camisa.

– Ahhh… muy bien. Has ganado una recompensa.

Le quitó el sombrero, que cayó en la hierba junto a ella. Las manos anchas con los dedos abiertos se extendieron sobre las costillas, como si Laura fuese una bailarina a la que estuviese sosteniendo en un giro. Tocó con los labios el costado del cuello, sobre la línea del escote, y la mujer ladeó la cabeza para gozar de la gloriosa sensación de esa boca sobre su piel.

– Sus recompensas son muy míseras, señor Dalton -murmuró, sintiendo que su cuerpo se rebelaría si no podía ver más de él de lo que Rye decidía darle, con ese talante de provocación.

– Creo recordar que te gustaba muy lento… ¿o acaso has cambiado? ¿Quieres que sea todo de golpe?

Laura lanzó una risa gutural, pues tenía la cabeza echada atrás, sintiendo la calidez del sol en la mandíbula, y él le mordisqueaba el costado del cuello y lo humedecía con la lengua.

– Mmm, sabes bien.

– ¿A qué?

– A lilas.

– Sí, agua de lilas. -Se movió con sensualidad-. Tú también has ganado una recompensa.

Supo que estaba sonriendo, aunque tenía el rostro hundido en el cuello de ella, y el de Laura estaba alzado hacia el cielo de Nantucket. Le cubrió las manos con las de ella. Por un momento, ninguno de los dos se movió, y lo único que se agitaba era el aliento de él contra el hombro de ella, y el de ella, que elevaba las manos de los dos, apoyadas en el torso. Las manos de Rye eran más anchas que las suyas, los dedos más largos, la piel más áspera. Las guió con suma lentitud hacia arriba, y la sonrisa se desvaneció de sus labios, que se entreabrieron cuando sostuvo las palmas de Rye ahuecadas, apretadas sobre sus pechos. Por un momento, el aliento cesó junto a su oído y se lo imaginó con los ojos cerrados, como estaba ella, e imaginó también las manchas de sol que bailaban una danza loca y eufórica sobre sus párpados.

– Laura, amor-dijo con voz ronca, al tiempo que las manos empezaron a moverse acariciando, reconociendo, y las de ella quedaron sobre las de él, absorbiendo la sensación del contacto-. ¿Estoy soñando o estás aquí de verdad?

– Estoy aquí, Rye, estoy aquí.

Mientras compartían las primeras caricias, las notas lejanas de la campana de la iglesia flotaron a través del prado, entonando el preludio musical de la hora, y luego la hora misma… ¡la una! ¡las dos! Habían crecido escuchando esa campana, ajustando su tiempo a ella, y conocían bien su lenguaje.

– Dos en punto. ¿Cuánto tiempo tenemos?

– Hasta las cuatro.

Una mano abandonó el pecho y le levantó la barbilla. Volviéndose a medias, por fin los labios se encontraron sobre el hombro de Laura, y mientras se besaban, desearon que la campana no hubiese sonado. Rye le puso las manos en la cintura y la hizo girar, casi con crueldad, ella le enlazó un brazo en el cuello, el otro en el torso, mientras él la estrechaba con tanta fuerza que las ballenas del corsé le lastimaron la piel. La boca de Rye se unió a la suya y las lenguas se poseyeron, embistiendo y saboreando, voraces, anhelando más intimidad. Él la sujetó por los costados de la cabeza y la devoró con su boca en una dirección y luego en otra, emitiendo sonidos guturales, como si sintiese dolor. Con el tañido de la campana desapareció toda ficción de desinterés, pero las vibraciones quedaron dentro de los cuerpos de los dos, que se movían rítmicamente uno contra el otro cuando Rye pegó el suyo contra el de ella.

Se dejó caer al suelo llevándola consigo, y cayó sobre ella en un revuelo de piqué blanco. Alzando un brazo, lo pasó por la nuca de Laura y la inclinó hacia él mientras ella le depositaba besos en los párpados cerrados, las sienes, el espacio debajo de la nariz y el cuello.

– Oh, Rye, te reconocería por el olor aunque tuviese los ojos tapados. Podría reconocerte entre todos los hombres del mundo sólo por el olfato.

Sin abrir los ojos, Rye rió entre dientes, y dejó que ella siguiera olfateándolo y besándole toda la cara y el cabello.

– Mmm -canturreó Laura en su deleite, con la nariz metida en las ondas suaves que tenía Rye sobre la oreja.

– ¿A qué huelo? -preguntó él.

– A cedro, a humo y a sal.

Rió de nuevo y posó otra vez su boca en la de ella, lanzándose a un largo y ardiente juego con las lenguas. Laura recorrió con las manos los músculos firmes del pecho, y la palma de él se apoyaba en el costado del pecho de ella, permitiendo que el largo pulgar lo explorase hasta que el pezón le envió un dulce ramalazo de dolor, como pidiendo que lo liberase de su estrecho confinamiento.

Laura metió la mano dentro de la camisa. Los dedos que revoloteaban sintieron que la cadena estaba tibia, el vello era sedoso, el pezón masculino, pequeño y duro. Bajo su mano, los músculos se tensaron hasta que, con un gemido, volvió la cara hacia los pechos de ella, abrió la boca voraz sobre la delantera del vestido y su aliento cálido pasó a través de la tela. Luego, atrapó la tela entre los dientes y tiró de ella, lanzando sonidos inarticulados que provenían del fondo de su garganta.

– ¿La tienes puesta?

Se echó atrás, soltando la tela blanca.

Las miradas se encontraron, mientras Laura recorría con un solo dedo el contorno de una patilla, desde la sien donde latía el pulso hasta la curva debajo del pómulo.

– Sí, la tengo puesta.

– Eso supuse. Puedo palparla.

– Desde que me la diste, la he usado todos los días.

– Déjame verla.

Pero se demoró así, echado sobre el regazo de ella, contemplando el delicado rubor de las mejillas, los ojos castaños, los párpados ya pesados por la excitación. Se incorporó apoyando una palma junto a la cadera de ella, con los ojos al mismo nivel.

– Date la vuelta -le ordenó con dulzura.

Se apartó de las faldas, se arrodilló detrás y la tela susurró y se hinchó, cubriendo por completo los muslos del hombre. El cabello de Laura estaba recogido en una cascada de tirabuzones que ella apartó a un lado, presentándole la nuca. La tocó con las yemas de los dedos, provocándole estremecimientos que iban precediendo su contacto a lo largo de toda la línea de ganchos por la espalda. Laura se imaginó las manos de Rye, rudas y hábiles, que sabían controlar tanto el roble como la carne de una mujer. El contraste entre las imágenes la inundó con una oleada de sensualidad en el momento en que él abría el vestido hasta la cintura, y después, más abajo.

El vestido cayó hacia delante; Laura se lo sacó de las muñecas y luego, todavía sentada, buscó el botón de la cintura de su enagua. Observándola, Rye apoyó una mano en el omóplato, encima del corsé, y acarició el hueco del centro de la espalda con el pulgar. Ya el vestido y las enaguas se extendían como una lila recién abierta, de la que Laura era el pistilo. Como una abeja recogiendo el néctar, Rye inclinó la cabeza, besó el hombro terso y luego se incorporó para soltar los cordones de la espalda del corsé. Centímetro a centímetro, iban aflojándose y dejando al descubierto la arrugada camisa. La tocó, indicándole que se pusiera de pie, y ella se levantó con las rodillas temblorosas, apoyándole la mano en el hombro para sostenerse y sacar los pies fuera del cilindro dé ballenas.

Rye elevó la mirada, pero Laura estaba un poco apartada de él, sólo ataviada con los calzones y la camisa. Las manos fuertes y bronceadas le oprimieron las caderas, haciéndola girar lentamente de cara a él sin dejar de contemplarla, y a continuación extendió la mano hacia la cinta que había entre los pechos. Pero las manos se detuvieron y atraparon las de ella, mientras hablaba sin quitarle la vista de encima.

– Quítatelo tú. Yo quiero observar. Allá, en alta mar, lo que más recordaba era tu imagen desvistiéndote.

Hizo girar una mano con la palma hacia arriba, luego la otra, y depositó un beso lánguido en cada una para luego apoyarlas sobre las cintas. Se acomodó sobre los talones, observando, recordando las primeras veces en que la vio desvestirse.

Laura soltó las cintas sin prisa y, a medida que lo hacía, un torrente de sensaciones la tornaron audaz y tímida, pecadora y glorificada, mientras la mirada de él se clavaba en la suya. Tomó el borde de la prenda que le llegaba a la cintura, se la sacó por la cabeza y luego dejó caer los brazos a los lados, dejando que la camisa pendiera, olvidada, de sus dedos.

La mirada de Rye acarició los pechos desnudos, los pezones morenos expuestos al sol, la red de líneas rojas entrecruzadas sobre la piel. Laura, inmóvil, vio cómo subía y bajaba la nuez de Adán, y cómo luego se ponía de rodillas, y apoyaba con suavidad las palmas tibias sobre sus costillas, acercándola, y besando la marca de la ballena tallada en el centro del vientre y del pecho. Las ballenas comunes del corsé habían dejado otras marcas a los lados, y él les aplicó el mismo tratamiento, recorriéndolas con la punta de la lengua, empezando por el hueco tibio debajo del pecho y resbalando hacia la cintura. Las manos acariciaron la espalda cálida, acercándola a él, al tiempo que los labios, por fin, cubrieron uno de los dulces y oscuros pezones.

Laura cerró los ojos, flotando en una líquida marea de deseo, con una mano tanteando el cabello del hombre y la otra en el hombro de él, empuñando un trozo de camisa y retorciéndola mientras él pasaba al otro pecho, tironeando, chupando, provocándole espasmos de deseo que le recorrían los miembros como cuchilladas.

Encerrándole las caderas con un brazo fuerte, la atrajo hacia su pecho y estrechó a la mujer que había deseado durante cinco dolorosos años. Después de largos minutos de deleite, se echó atrás para contemplarla. Laura, a su vez, bajó la vista para mirarlo, enmarcado por sus pechos descubiertos, y sonrió viendo los dedos oscuros que acariciaban su carne suave y blanca, modelándola a su antojo, con expresión maravillada en el semblante. Libre de pudor, miró, se regocijó y dejó crecer la marea de emociones.

– Creí que te recordaba perfectamente, pero en mis recuerdos nunca fuiste tan maravillosa. Oh, mi amor, qué suave es tu piel.

Rodeó con la lengua la circunferencia externa de una esfera y luego su cima, dejando un ancho círculo mojado en la piel. Luego se apartó y observó cómo el aire evaporaba y enfriaba, y el pezón se erguía, excitado, como una fruta madura que otra vez estimuló con la lengua y los dientes.

Laura se inclinó sobre el hombro de Rye y tiró para soltar la camisade los pantalones: necesitaba tocar algo más que la ropa. Obediente, él se sentó y levantó los brazos permitiendo que la camisa pasara por su torso y sus muñecas. Sujetando la prenda, Laura hundió la cara en la tela suave y aspiró hondamente el perfume que retenía.

Una mano impaciente le arrebató la camisa y la arrojó a un lado.

– Siéntate -le ordenó con tono áspero.

Laura le obedeció de inmediato, y se sentó sobre los calzones con volantes, apoyando las palmas en la hierba detrás de ella. Fascinada, vio cómo Rye le levantaba un pie y empezaba a quitarle un zapato. Lo arrojó sobre el hombro antes de quitarle la media y levantar el otro pie.

Logró sacarle el segundo zapato sin apartar los ojos de su cara, mientras Laura no perdía un sólo movimiento del excitante proceso, cada ondular de los músculos de esas manos que la desvestían. El segundo zapato y la media se unieron a los otros, y Rye sostuvo los pies con ambas manos, pasando el pulgar por la sensible cara interna. Mientras acariciaba el pie, los ojos recorrían el cabello revuelto, los pechos desnudos, los calzones.

– Eres bella.

– Tengo arrugas en el vientre.

– Aun con las arrugas, eres bella. Amo cada una de ellas.

En cuclillas, con las rodillas bien separadas, levantó un pie, besó el arco y luego el pequeño hueco bajo el hueso del talón, contemplando la boca hechicera que se abría y la lengua atrapada entre los dientes. Apretó la planta del pie en el centro de su pecho duro, moviéndolo en pequeños círculos bajo la mirada de ella… haciéndola sentir el vello sedoso, los músculos duros, la cadena y el diente de ballena, pendiendo sobre los dedos desnudos del pie.

Los sentidos, que habían estado dormidos cinco años, saltaron a la vida dentro de Laura mientras Rye iba bajando el pie por el centro de su pecho, descendiendo por el vientre duro, la cintura, para apoyarlo, al fin, sobre las duras colinas calientes de su erección. Cerró los ojos, y exhaló un hondo suspiro trémulo. Laura lo apretó con el talón, y Rye se balanceó hacia delante sobre las rodillas, y las manos de la mujer aferraban puñados de hierba. Cuando abrió otra vez los ojos, estaban preñados de pasión.

– En este preciso instante, te deseo más que en el almacén de Hardesty, cuando teníamos dieciséis.

El calor del cuerpo de Rye quemaba a través de los pantalones, y tenía una mano posada sobre el tobillo de Laura.

Sostenida sobre los codos, echó la cabeza atrás y, cerrando los ojos, dijo con voz ahogada:

– Pensé que jamás volvería a sentir tus manos sobre mí. He deseado esto desde… desde el día en que te marchaste. Lo que está sucediendo dentro de mí ahora jamás pasó desde aquel día… sólo contigo.

– Cuéntame lo que está sucediendo.

Se acercó a ella de costado, apoyándose sobre una mano en la hierba y ahuecando al fin la otra en la entrepierna de la mujer, madura y dispuesta, al tiempo que se inclinaba, besándole el cuello que se ofrecía.

La única respuesta fue una exclamación apasionada, más expresiva que cualquier palabra que hubiese pronunciado, con la cabeza echada atrás, las palmas firmemente apoyadas en la tierra y las caderas proyectándose hacia arriba, tentadoras. Rye la exploró a través del algodón de la prenda íntima como había hecho la primera vez, años antes, bajando más la cabeza para besar la punta de la barbilla, mientras ella se movía rítmicamente contra su mano.

– Déjame ver el resto de tu persona.

Laura alzó la cabeza.

– En un minuto. -Lo empujó por el pecho hasta hacerlo retroceder sobre la hierba, y quedó apoyado sobre los codos, ahora invertidas las posiciones-. Tus botas.

Sin ceremonias, levantó el pie izquierdo y, trabajando con persistencia, intentó sacarle la bota, pero sus esfuerzos resultaron vanos, Rye no pudo contener una sonrisa, al ver que su rostro se contraía en una mueca.

– ¿Por qué usas… las… botas… tan apretadas? -refunfuñó-. No las llevabas así antes.

– Son nuevas.

Rye disfrutó cada instante de la lucha de Laura, que luego cambió de posición provocando una sonrisa más ancha aún al ver las plantas sonrosadas de los pies, a cada lado de su larga pierna.

– Laura, tendrías que verte sentada ahí, sin otra cosa que esos calzones con volantes, tirando de mi bota como una moza ordinaria.

– No… se… sale.

Pero en ese preciso instante, la bota salió, y Laura estuvo a punto de caerse de espaldas. Estalló en carcajadas, mirándolo a los ojos, y arrojó la bota sobre el hombro para luego hacer trepar sus manos por la parte interior de la pernera y quitarle las medias de lana.

– ¿Yo te hice estas? -preguntó, sujetándola en el aire.

– No, las hizo otra mujer.

– ¿Otra mujer?

Frunció las cejas.

Los ojos azules guiñaron, pícaros.

– Sí: mi madre. Es un par viejo que encontré en mi casa, en un baúl.

– Ah.

Reapareció la sonrisa de Laura mientras el calcetín volaba por elaire, y ella se encargaba sin demora de la otra bota y el otro calcetín, que pronto se unieron al anterior.

Con un movimiento veloz, Rye se levantó del suelo y la hizo caer enganchándola de la cintura con un brazo, y rodando con ella por la hierba hasta que el cabello quedó revuelto y los pechos, agitados. Tumbado sobre el cuerpo de ella, se miró en los ansiosos ojos marrones, la boca atravesada por un mechón de cabello que había caído durante el juego. Su boca se abatió sobre ella sin hacer caso del mechón, abierta y salvaje, en un voluptuoso intercambio de lenguas, al mismo tiempo que con la mano izquierda le sujetaba la cabeza por atrás, y la derecha apretaba un pecho con intensidad casi dolorosa. Levantó con fuerza la rodilla entre las piernas de ella y los cuerpos se retorcieron juntos en inquietas embestidas, mientras rodaban hacia los costados, besándose con ardor desenfrenado que, por el momento, no dejaba lugar para la ternura.

Laura entrelazó los dedos en el cabello de Rye, y cerró con fuerza los ojos al cielo azul del fondo, al tiempo que él apartaba la boca de la de ella y la abría sobre el pecho, que empujaba con fuerza hacia arriba, provocándole un dulce dolor que la hacía regocijarse:

– Oh, Rye, Rye, ¿en verdad eres tú, por fin?

– Sí, soy yo, y llevo cinco años de retraso.

La respiración de Rye resollaba como un viento alto y su pecho se hinchaba, torturado, mientras la mirada de los ojos azules quemaba, clavada en los suyos. Entonces, de repente, la soltó, se sentó bruscamente a horcajadas en sus caderas, y comenzó a abrir con impaciencia los botones del pantalón, mientras en sus ojos ardía ese fuego inconfundible. Los de Laura se quemaban con el mismo fuego, mientras se desabrochaba el único botón que tenía en la cintura. Sin quitarse la vista de encima, él sentado sobre ella erguido y alto, como un jinete sobre su montura, un momento después se apartó, pasando una rodilla atrás y haciéndola ponerse de pie, todo en un sólo movimiento.

Calzones y pantalones cayeron al suelo, y un instante más tarde estuvieron cara a cara, separados por la distancia de una mirada, como criaturas de la naturaleza, sin otra prenda que un diente de ballena y una red de líneas rojas que ya estaban borrándose de la piel. Los ojos de ambos se regalaron unos instantes contemplándose así, desnudos bajo el tazón azul del sol, rodeados por la hierba que olía a sal y un entoldado de enredaderas.

Cuando se abrazaron, la fuerza del abrazo casi les quitó el aliento del cuerpo. Laura sintió que sus pies abandonaban el suelo pues él la sostenía alzada, besándole la boca, girando en un círculo de éxtasis. Se debatió y se retorció:

– Rye, bájame, así no puedo tocarte.

– Si me tocas, estoy perdido -afirmó, áspero-. Cristo, han pasado cinco años.

– Sí, amor, lo sé. A mí me pasa lo mismo. -Los ojos de Rye perforaron los suyos con una pregunta y, de inmediato, comprendió que no debió haberlo admitido-. Rye… -Le temblaba la voz-…bájame… ámame… ámame.

Los árboles se ladearon cuando el duro brazo bronceado se deslizó bajo las rodillas para levantarla y, un instante después, los hombros de Laura estaban apretados contra la hierba. Miró el rostro de Rye enmarcado por el cielo azul, luego, su virilidad que se balanceaba y, de inmediato se estiró para asirla y guiarla a su lugar… Él era como terciopelo sólido, ella, líquida, y la primera embestida fue para Laura una explosión de deseo que no había experimentado desde la última vez que celebró el acto con Rye. Y entonces comenzó, rítmico y fluido. Y dejaron de ser él y ella para ser, sencillamente, ellos… uno.

Se arquearon juntos bajo el sol estival que se derramaba sobre la espalda de él, mientras se movía proyectando una sombra cambiante sobre el rostro y los hombros de Laura. El diente de ballena se balanceaba desde la clavícula al hueco del cuello de la mujer y siguió, luego, golpeando como un péndulo contra el mentón.

Laura se elevaba, saliendo al encuentro de cada embestida, contemplando el placer en el rostro de Rye, que desnudaba los dientes y aspiraba el aire a grandes sorbos trémulos. Él bajó la cabeza para ver cómo se unían los cuerpos, y Laura también. Cuando aceleró el ritmo, las briznas pincharon los hombros de la mujer, y su cabeza se apretó con más fuerza contra la tierra. Cerró los ojos y cabalgó con él las olas a medida que el cuerpo de Rye provocaba la respuesta del suyo. Fue creciendo y quemando, hasta que empezaron los abrazos internos y un grito ronco brotó de su garganta. Cuando se aproximaba su propio climax, Rye gimió y la embistió con tal fuerza que Laura resbaló debajo de él sobre la tierra, y, sin darse cuenta, se aferró de puñados de hierba en busca de algo a lo cual sujetarse.

Recibió cada gramo de fuerza hasta que su cuerpo se estremeció y alcanzó la plenitud. El grito de Rye flotó sobre el prado mientras se derramaba en ella, y el estremecimiento final le hizo brotar una lluvia chispeante de sudor, que le brilló sobre los hombros.

Cayó sobre los pechos de ella, exhausto, y se quedó así, jadeando hasta que percibió la risa silenciosa que elevaba el pecho de Laura. Levantó la cabeza para mirarla a los ojos.

– Mira lo que hemos hecho.

Laura giró la cabeza para espiar sobre el hombro de él, junto a su cadera.

Rye miró alrededor, y vio que ella tenía en la mano un puñado de césped arrancado de raíz. Sonrió y le miró la otra mano: tenía otro puñado de hierbas. De repente, Laura levantó las manos y dejó caer los terrones de los dedos como en una especie de celebración, y luego la rodeó los hombros con los brazos. Rye giró junto con ella, hasta quedar los dos de costado, estirando una mano para sacudirle la palma.

– ¿He sido muy rudo contigo?

Mirándolo a los ojos, Laura le respondió con ternura:

– No, oh, no amor. Necesitaba que fuera exactamente así.

– Laura… -La acunó con dulzura, cerrando los párpados apoyados en su cabello-. Te amo, mujer, te amo.

– Yo te amo a ti, Rye Dalton, como te he amado desde que supe lo que significaba esa palabra.

Yacieron juntos, uniendo los latidos de sus corazones, dejando que el sol les secara la piel. Tras unos minutos, Rye giró el hombro hacia atrás y estiró el brazo, con la palma hacia arriba. Laura hizo lo mismo y, con los ojos cerrados, gozaron y descansaron. La mujer, apoyada a su izquierda, con la derecha jugueteaba, lánguida, con el vello de su pecho. Sin mirar, él la tomó y se llevó los dedos a los labios, para ponerla luego otra vez sobre su pecho.

– Laura.

– ¿Eh?

– ¿Qué quisiste decir antes cuando dijiste que habían sido cinco años para ti?

Por un momento no respondió, pero al fin dijo:

– Nada. No debí decirlo.

Rye contempló el cielo, por el que flotaba una sola nube.

– Dan no te lleva hasta el climax, ¿verdad?

Al instante rodó hacia él, y le cubrió los labios con los dedos.

– No quiero hablar de él.

Rye apoyó el mentón en una mano y se puso de costado, de cara a ella.

– Eso fue lo que quisiste decir, ¿no es cierto?

Pasó la yema de un dedo entre los pechos bajando hacia el vientre, hasta el nido de vello que retenía la tibieza del sol en sus rizos, la tibieza de él en su refugio. Vio cómo se le formaba carne de gallina en la piel, aunque tenía los ojos cerrados. Apretó el triángulo de vello castaño:

– Esto es mío. Siempre ha sido mío, y la idea de que él lo tiene me ha hecho desgraciado cada una de las noches en que dormí solo desde que regresé al hogar. Por lo menos, no lo posee por entero. -Le dio un beso en la barbilla-. Me alegro.

Laura abrió los ojos y lo miró.

– Rye, no tenía derecho a decir lo que dije. Debí…

Los labios de él la interrumpieron. Luego, Rye alzó la cabeza y le acarició la barbilla con un nudillo.

– Laura, yo te enseñé a ti y tú a mí. Aprender juntos concede derechos.

Pero ella no quería estropear el día con conversaciones que pudiesen arrebatarles ni una pizca de felicidad. Le dirigió una sonrisa radiante y, contemplándole el rostro desde el nacimiento del cabello hasta el mentón, dijo:

– ¿Sabes lo que he estado deseando hacer desde que volviste?

– Creí que acabábamos de hacerlo.

Apareció el hoyuelo en la mejilla.

– No, eso no.

– ¿Entonces, qué?

– Explorar cada una de esas marcas de viruela con la punta de la lengua, y tocar esto… -apretó las dos manos contra las patillas-…así.

Sonriendo, él se tendió de espaldas, colocando a Laura encima de él.

– Explora todo lo que quieras.

Lamió cada una de las marcas, y terminó con la séptima, sobre el labio superior. Levantando la cabeza, apoyó las manos sobre las patillas y observó con deleite ese rostro.

– Me gustan, ¿sabes? Son… muy masculinas. La primera vez que te vi con ellas, me pareciste… bueno, casi como un extraño, alguien tentador pero prohibido.

Lánguido, le acarició las caderas y luego pasó a las nalgas desnudas.

– ¿Todavía te parezco un extraño? -le preguntó risueño.

– En cierto sentido, eres diferente.

Bajó el labio inferior con el dedo índice, y después lo soltó para que se cerrara otra vez.

– ¿Cómo?

– La manera en que te paras, como si el barco fuese a inclinarse en cualquier momento. Y tu modo de hablar. Antes hablabas igual que yo, pero ahora cortas los finales de las palabras. -Hizo un mohín y pensó-. Di, «Querida Laura».

– Queria Laura -repitió, obediente.

– ¿Lo ves? Queriiia Laura…

Rió entre dientes y él la imitó.

– Bueno, eres mi queria Laura -dijo Rye.

Ella rió de nuevo.

– Me temo que se te ha pegado, pero es encantador, así que no me importa.

Rye le dio una afectuosa palmada en el trasero.

– ¿Tienes hambre?

– Ya estás otra vez, mi salobre muchacho -le respondió, en su mejor imitación del acento de Nueva Inglaterra-. ¡Sí, estoy famélica!

Rye lanzó una carcajada y los dientes blancos relampaguearon al sol, dándole otra palmada, y ordenando:

– Entonces, quítate de encima de mí. He traído comida.

Un minuto después, se vio arrojada y sentada al estilo indio, mientras que Rye se alejaba a grandes pasos a donde Ship montaba guardia, custodiando el saco. Laura observó cómo se flexionaban los músculos fuertes de las nalgas y los muslos, viéndolo cruzar el claro en busca de las provisiones. De inmediato, la perra se puso alerta y se incorporó. Rye se apoyó en una rodilla, rascó un poco a Ship y le hizo unas caricias que le demostraran el afecto del amo. A continuación, los dos volvieron juntos, con el saco de comida.

Laura los observó y, cuando se acercaron, se incorporó sobre las rodillas para recibir a Rye, como si se hubiese ido por mucho tiempo.

– Ven aquí. -Le tendió los brazos abiertos y él se abalanzó contra ella. Laura apoyó la cara contra la parte baja del vientre, después contra la virilidad ahora flaccida y luego se apartó y levantó la vista hacia su cara, que estaba inclinada hacia ella, sonriente-: Eres un hombre hermoso. Podría mirarte eternamente caminar desnudo sobre la hierba, sin apartar jamás la vista. -Rye le tocó el rostro-. Te amo, Rye Dalton.

Apretó los brazos que rodeaban las caderas del hombre. Los ojos azules la miraron, risueños, con una expresión de plenitud que no habían tenido desde su regreso.

– Yo te amo a ti, Laura Dalton.

La nariz fría y húmeda de Ship los dividió cuando la perra la apoyó en el costado desnudo del cuerpo de Laura. La mujer se apartó de un salto, ceñuda pero riendo.

Él también rió y se dejó caer sobre la hierba, pasando la mano en gesto rudo y afectuoso sobre la cabeza de la perra.

– Está celosa.

Laura miró cómo abría el saco.

– ¿Qué has traído? -preguntó.

Rye metió la mano dentro:

– ¡Naranjas! -Una naranja voló muy alto sobre la cabeza de Laura, que la atrapó, estremecida de risa-. Para la dama a la que le gusta compartir naranjas con los señores de la manera más provocativa.

Esbozó una sonrisa burlona, que provocó una mueca a Laura.

– Ah, naranjas. Tal vez, hoy tendrías que haber invitado a DeLaine Hussey. Tengo la impresión de que hace años que la señorita Hussey quiere echar mano a tus naranjas.

– Yo sólo comparto mis naranjas contigo.

Cuando levantó la vista, el hoyuelo pareció realmente atractivo. Y luego se hizo más hondo cuando la vio sentada sobre los talones, con los pechos proyectados adelante escondidos impúdicamente tras un par de naranjas.

– Y yo sólo comparto mis naranjas contigo.

Las anchas manos morenas se extendieron para apretar la fruta.

– Mmmm… tienes unas naranjas hermosas, maduras, firmes. Me encanta compartirlas.

Inclinó la cabeza como para probarlas con los dientes, pero ella le apartó la mejilla con una naranja.

– ¡Qué modales, Rye Dalton! Tienes que pedirlas de buena manera.

Entonces, Rye se lanzó hacia ella haciéndola caerse de espaldas en la hierba, y las carcajadas de los dos se elevaron sobre el prado, bajo la mirada perezosa de la perra.

– ¡Yo te enseñaré la manera correcta de compartir una naranja, muchacha!

En el forcejeo, una de las naranjas se fue rodando, pero Rye atrapó la otra y dominó a Laura, la puso de espaldas y se arrodilló, apoyando una rodilla bien colocada en el torso de ella.

Laura la empujó, riendo con dificultad.

– Rye, no puedo respirar.

– Me alegro. -Arrancó un trozo de piel de naranja que cayó sobre la mejilla de la mujer, quien movió la cabeza a un lado, riendo más fuerte-. Primero tienes que pelarla así.

Otro pedazo de cascara cayó sobre el ojo cerrado.

– ¡Rye Dalton, grandote pendenciero!

– Pero sólo a medias, para que tengas de dónde agarrarte.

¡Plop! El trozo de cascara cayó sobre la nariz, que frunció, mientras le empujaba la rodilla.

– Salde…

Rye la ignoró, dejando que se retorciera, mientras él seguía con la tarea sin inmutarse.

– Y cuando la parte más jugosa queda descubierta… -El conquistador dejó caer otro trozó de cascara, que cayó sobre el labio superior de la conquistada-…ya estás lista para compartir la naranja.

Aunque seguía empujándole la rodilla, tuvo que morderse el labio para contener la sonrisa. Señorial y esbelto, la retenía acostada, con la mirada de los ojos azules fija en la boca de ella mientras levantaba la naranja y le clavaba los dientes. Mientras la masticaba con los labios mojados y dulces, Laura cada vez prestaba más atención a lo audaz de la pose, que dejaba las partes principales colgando desnudas, encima de ella. Rye dio un segundo mordisco, lo saboreó sin prisa, y tragó.

– ¿Quieres un poco? -preguntó, arqueando una ceja.

– Sí.

– ¿Un poco de qué?

– De tu naranja.

– ¡Qué modales, Laura Dalton! Tienes que pedirla de buena manera.

– Por favor, ¿podría comer un poco de tu naranja?

Los ojos del hombre registraron el cuerpo, yendo de un pecho medio aplastado por la rodilla, a la carne blanca del estómago, el triángulo de vello, la ondulación de las caderas, y subiendo otra vez hacia el rostro.

– Creo que sí.

La naranja descendió lentamente hacia la boca de Laura, que abrió los labios poco a poco hasta que, al fin, la pulpa suculenta quedó atrapada entre sus dientes y arrancó un trozo haciendo girar la cabeza, sin apartar nunca la mirada ardiente de los ojos azules, engañosamente feroces. Se aflojó la presión de la rodilla, y empezó a rozarla contra el pecho hasta que el pezón se irguió, topándose con la aspereza del vello de la pierna.

Laura tragó, y se lamió los labios, pero los dejó entreabiertos y brillantes.

– Mmm… es dulce-murmuró.

– Sí, dulce -respondió, en voz ronca, mientras sus ojos provocaban extrañas reacciones en el estómago de la mujer.

– Te toca a ti -dijo Laura en voz suave.

– Sí, así es.

Apartó la rodilla del pecho de ella. La mano morena se movió sobre ella sujetando la naranja. La fuerza se evidenciaba en la muñeca ancha, las venas azules del dorso, los músculos sobresalientes de años de trabajar con los toneles. La mirada de Laura estaba atrapada por los dedos que se cerraban sobre la naranja. Se sobresaltó un poco cuando la primera gota fría cayó sobre su pecho. Con expectativa creciente, vio cómo los dedos apretaban, exprimían, haciendo caer el jugo en un chorro frío por el valle entre los pechos, su ombligo, su estómago y bajando por un muslo.

La cabeza de Rye descendió lentamente hacia ella, y fue recorriendo con la lengua el rastro dulce de jugo, lamiéndolo de Laura, que tenía los ojos cerrados mientras su corazón se deslizaba como en un trineo.

Había estado cinco años en el mar a bordo de un ballenero lleno de hombres lascivos, que no tenían otra cosa que las conversaciones y los recuerdos para hacer más soportable el transcurso del viaje. Y Rye Dalton había aprendido escuchando.

Y, como había hecho en el desván de una caseta de botes, y en la tonelería, ante el fuego, enseñó a Laura cosas nuevas acerca de su cuerpo. Cuando bajó la cabeza para chupar la dulzura de la naranja, la bañó con un placer con el que jamás había soñado. Y después, peló otra naranja y se la dio, viendo cómo se le dilataban los ojos mirando lo que le ofrecía, para luego tomarla sin prisa, mientras él se tendía sobre la hierba, recibiendo ahora él el baño de placer.

Capítulo12

La tarde declinaba y no tuvieron más remedio que prestar atención a la campana de la torre de la iglesia, que tañía cada cuarto de hora. Acostados de espaldas, con los tobillos cruzados y una rodilla levantada, las plantas de los pies se tocaban. Rye tenía a Laura de la mano, y frotaba distraído el pulgar en la palma de ella.

– ¿Sabes lo que hice la noche antes de que zarparas? -preguntó Laura, sonriendo al recordar.

– ¿Qué hiciste?

– Puse un gato negro bajo una tina.

Rye estalló en carcajadas y apoyó la cabeza en la muñeca libre.

– ¡No me digas que crees en ese cuento de viejas!

– Ya no, ya no lo creo. Pero estaba tan desesperada que hubiese intentado cualquier cosa con tal de impedir que zarparas. Pero ni el gato bajo la tina provocó algo parecido, siquiera, a un fuerte viento de proa que retuviese al barco en el puerto al día siguiente, como se suponía que debía pasar.

El hombre giró para mirarla.

– ¿Me echaste tanto de menos como yo a ti?

– Fue… espantoso. Terrible.

Pasó un instante de grave evocación.

Cambiando el peso, Rye se puso de costado y le apoyó una mano en el vientre.

– Tu vientre está más redondo… y las caderas más anchas.

– Después de que te fuiste, di a luz a tu hijo.

– ¿Por qué no tuviste un hijo con Dan?

Se había roto el hechizo mágico. Laura se incorporó, curvando la espalda y abrazándose las rodillas.

– Te he dicho que no quiero hablar de él.

Rye se apoyó en un codo y contempló la espalda de la mujer.

– La otra noche no se lo dijiste, ¿verdad?

Dejando caer la frente sobre las rodillas, respondió:

– Yo… no pude. Lo intenté, pero no pude.

– ¿Eso significa que lo amas más que a mí, pues?

– ¡No… no! -Giró mostrando fuego en los ojos, y luego otra vez le dio la espalda-. Comparado contigo, es… oh, Rye, no me hagas decir cosas que nos harán sentir más culpables de lo que ya nos sentimos.

– Igual que a ti, no me gusta jugar sucio. Pero no soporto que duermas con él por las noches y conmigo de día, y que no le digas que todo ha terminado entre vosotros.

– Rye, ya sé que te lo prometí, pero… pero también hay que tener en cuenta los sentimientos de Josh.

Rye se incorporó, y arrancó distraído un puñado de hierbas.

– ¿Y qué me dices de lo que sientes por mí? ¿No tiene ningún valor? ¿Acaso quieres que yo, nosotros, nos conformemos con esto, con escabullimos a las colinas para hacer el amor una vez al mes, y que Dan siga recordándote que tienes una obligación hacia él y hacia el niño?

Arrojó la hierba lejos, con gesto colérico.

– No -respondió Laura con voz débil.

– Entonces, ¿qué?

No tenía la respuesta. Con la vista fija en el suelo, Rye comprendió que podía decirle la verdad a Dan y terminar con todo, y se enfadó consigo mismo por haberlo pensado, siquiera, porque Laura confiaba en que él no haría semejante cosa. Su mirada descendió por la espalda desnuda y luego por el brazo, que se estiraba para recoger la ropa.

– Laura, si seguimos así las cosas no harán más que empeorar. Yo te dejo ir a ti a tu casa, con él, y tú me mandas con mi padre, y todos somos desgraciados.

– Lo sé.

Mientras se ponía la primera prenda, las campanas tañeron otra vez. Rye también recogió sus pantalones. Al ponérselos, vio que Laura tomaba la camisa, se la ponía y empezaba a anudar las cintas. De pie tras ella, no pudo resistir la tentación de preguntarle:

– Laura, ¿te hace el amor con frecuencia?

No se volvió para mirarlo.

– No.

– ¿Y desde que yo regresé?

– Pocas veces.

Rye exhaló un suspiro tembloroso y se pasó una mano por el cabello.

– Perdón, no debería haberte preguntado -reconoció a regañadientes.

Con voz trémula, pero con la espalda aún hacia él, dijo:

– Rye, con él jamás ha sido como contigo… -Entonces sí giró para mirarlo-. ¡Jamás! -Tragó con dificultad-. Supongo que será porque… lo amo por gratitud, no por pasión, y existe un mundo de diferencia entre los dos.

– ¿Lo que quieres decir es que te quedarás con él por gratitud?

Ya las lágrimas pendían de las pestañas de Laura.

– Yo… yo…

Entonces, Rye Dalton pronunció las palabras más duras que había dicho jamás:

– No pienso soportar esto eternamente: tendrás que elegir. Y pronto, porque de lo contrario, me iré de la isla para siempre.

Laura había imaginado que algo así sucedería, pero, ¿cómo podía decírselo a Josh? ¿Cómo podía decírselo a Dan?

– ¡Promételo! -le ordenó Rye adoptando una postura firme frente a ella, con la intensidad impresa en cada músculo del cuerpo-. Prométeme que se lo dirás esta noche. Luego, iremos al continente y comenzaremos de inmediato el proceso de divorcio. -Al ver que vacilaba, sus palabras se hicieron más duras aún-. Mujer, me tientas en los sueños por la noche y durante cada hora del día. Para mí, sigues siendo mi esposa, y yo hice lo que me pediste: te di tiempo para que rompas con él. ¿Cuánto tiempo más crees que puedo tolerar que vivas con él?

Laura se abalanzó sobre él y se abrazaron.

– Se lo diré esta noche. Lo prometo por mi amor hacia ti. Siempre fuiste tú, siempre, desde que tuvimos edad suficiente para reconocer la diferencia entre muchachos y chicas. En el fondo de mi corazón, jamás quebré los votos entre los dos, Rye. Te amo. -Se echó atrás, le tomó las mejillas entre las manos y dijo, mirando esos ojos azul mar-: Te prometo que se lo diré esta noche, y mañana nos encontraremos en el embarcadero y haremos lo que dices. Iremos al continente e iniciaremos el divorcio.

Rye le atrapó la mano por el dorso y, con los ojos cerrados, besó con fiereza la palma.

– Te amo, Laura. Dios, cuánto te amo…

– Y yo te amo a ti, Rye.

– Nos encontraremos en el embarcadero.

Laura le dio un beso leve.

– En el embarcadero.

Con la promesa aún fresca en los labios, una hora después, Laura recorrió el camino de conchillas junto a Josh. En cuanto la casa apareció ante sus ojos notó que algo malo sucedía, porque en el umbral estaba sentado Jimmy Ryerson, el mejor amigo de Josh. Sin embargo, en vez de levantarse de un salto al ver a Laura y a Josh, Jimmy se quedó acurrucado, esperando que se acercaran.

– ¡Hola, Jimmy!

Josh rompió a correr, excitado.

– Hola. -Pero Jimmy, de seis años, con aire muy formal, declaró-: No podemos jugar, tengo que decirle algo a tu mamá y después tienes que venir a casa conmigo.

– ¿Qué hay, Jimmy? -preguntó Laura ya alarmada, agarrando el hombro del chico.

– No podían encontrarte, y dijeron que yo tenía que quedarme aquí sentado, y esperar que volvieras y decirte que vayas directamente a Straight Wharf.

Los ojos de Laura se volvieron hacia la bahía.

– ¿Quién?

Jimmy se alzó de hombros.

– Todos. Están allá abajo, también tu papá, Josh. Dijeron que el barco de tu abuelo volcó al acercarse a la barra y no pueden encontrarlo.

El corazón de Laura saltó dando golpes.

– ¿Que n-no pueden encontrarlo?

Jimmy negó con la cabeza.

– Oh, no -gimió en un susurro.

Se cubrió los labios con los dedos y volvió a mirar hacia la bahía. En rápida sucesión, surgieron las reacciones: debe de haber algún error… no es posible que Zachary Morgan haya volcado, conoce demasiado bien estas aguas… todos han estado buscándome… sabrán que Rye tampoco estaba… ¿dónde estará Dan?

– ¿Cuánto hace que están buscando?

– No lo sé. -Jimmy volvió a encogerse de hombros-. Hace mucho tiempo que estoy esperando aquí. Me dijeron que no debía…

Pero Laura lo interrumpió, oprimiéndole el hombro con más fuerza. Hizo volverse a los dos niños por el sendero y le ordenó a su hijo:

– Ve a la casa de Jimmy y quédate ahí, como dijeron. Y espera hasta que papá o yo vayamos a buscarte. Tengo que ir deprisa al muelle a encontrarlo.

Los ojos de Josh se agrandaron.

– ¿Qué-qué pasa, mamá? ¿Está bien el abuelo?

– No lo sé, querido. Eso espero.

Percibiendo la tragedia, Josh hizo un puchero.

– No quiero ir a la casa de Jimmy. Quiero ir contigo a buscar al abuelo y a papá.

Aunque cada segundo que pasaba le parecía una hora, Laura se apoyó en una rodilla y echó atrás el cabello del hijo, en gesto de consuelo:

– Sé que eso es lo que deseas, querido, pero… es mejor que vayas con Jimmy. Trataré de volver pronto a buscarte.

Le dio un abrazo, esforzándose por parecer tranquila en bien del niño, aunque sentía que cada músculo de su cuerpo estaba listo para correr.

Al fin, Jimmy acudió en ayuda de Laura.

– Vamos, Josh. Mi mamá ha hecho bizcochuelo, y dijo que cuando llegáramos a casa, podíamos comer un poco.

La mención de la torta puso en fuga la vacilación de Josh, y al fin se dio la vuelta por el camino en dirección a la casa de Jimmy. Por un momento, Laura se quedó mirándolos sin ver en realidad, sintiendo que de pronto se resistía a bajar la colina. Apretó una mano contra los labios, cerró los ojos y pensó: «¡No, no! ¡Este es un… el error de un niño!»

Sin embargo, tras un instante se alzó las faldas y voló como un velero impulsado por un ventarrón… bajando por el camino de conchillas, los callejones arenosos, los adoquines en los que resonaban sus pies como una señal de alarma cuando cruzó la calle Main, y siguió corriendo hacia el agua azul de la bahía, donde se albergaban los barcos por la noche. Cuanto más se acercaba a los muelles, mayor era su terror, pues veía a la muchedumbre reunida allí, todos los rostros vueltos hacia la barra, donde se extendían las redes, entre botes que se balanceaban. También advirtió que el viento había virado al Norte, empujando al océano. La barra, siempre traicionera, era más peligrosa cuando los vientos soplaban en esa dirección. Aún así, parecía imposible que hubiese provocado un desastre pues, desde ahí, las rompientes no daban la impresión de ser lo bastante altas para representar una amenaza.

Se abrió paso a través de la multitud. Tras ella oyó murmullos y sorprendió miradas que seguían su avance.

– Aquí está ella.

– La han encontrado.

Semblantes severos se volvían hacia ella que, sujetándose las faldas, iba bordeando hacia el final del embarcadero. Lanzaba miradas suplicantes a las personas ante las que pasaba, rígida, abriéndose paso, buscando un solo rostro que no augurase desastre. Después de la precipitada carrera, el aliento salía como en resuellos roncos y tenía los ojos agrandados, brillantes de temor.

– ¿D-dónde está Dan? ¿Qué pasó?

Una mano compasiva le tocó el brazo, pero, al parecer, todos se habían quedado mudos. ¡Laura sintió ganas de gritar, sacudir a alguien, obligar a que uno, al menos, hablara!

– Está buscando junto a los demás.

Fue el viejo capitán Silas el que respondió. Echó un vistazo al grupo apretado de personas que estaban en el extremo del muelle -la familia-, y Laura sintió que las rodillas se le licuaban y se resistía a acercarse a ellos.

Apretó el brazo nervudo del capitán Silas.

– ¿Cu-cuánto hace que están buscando?

– Hace como dos horas. No debes preocuparte, muchacha. Lo único que puedes hacer es esperar, como todos nosotros.

– ¿Qué pa-pasó?

Silas clavó con fuerza los dientes en la boquilla de su pipa de cerezo, volvió los ojos turbios hacia las aguas de la barra, y respondió, sin rodeos:

– El mástil cayó hacia delante.

– ¿Cayó hacia delante? -repitió Laura, incrédula-. Pero, ¿cómo? ¿Iba solo?

– Como de costumbre, con Tom, el hermano. Pero Tom fue arrojado por la borda, y ahora, él también está buscando.

Los que buscaban atrajeron otra vez la mirada de Laura. ¿Tom también estaba buscando? ¿A su propio hermano, con el que habían pescado en esas aguas toda la vida?

– Pero, ¿cómo? -repitió Laura, mirando al capitán Silas con ojos suplicantes-. ¿Cómo es posible que haya sucedido algo así, si los dos conocen cada capricho de estas aguas?

– Llevaban sobrecarga en la proa -respondió el capitán, conciso.

Había sido ballenero durante cuarenta años, y luego trabajó como guardián de los muelles. Había visto todo lo que podría suceder a su vera. Con la sombría aceptación de una persona más vieja y sabia, comprendía que la vida y la muerte significaban poco para el mar. Si un hombre se ganaba la vida junto al mar, sabía que podía perderla. Perro caprichoso, el mar.

– Hoy hubo buena pesca -siguió, escudriñando el horizonte. Su voz era como el crujido de una lona vieja, incrustada de sal-. Se quedaron para obtener un par de barriles más, dijo Tom. Como sabían que la embarcación estaba guiñando, cambiaron parte del peso a la popa, antes de chocar con la barrera. Pero no bastó. La atrapó una ola y la sacudió de un lado a otro, como un payaso haciendo malabarisrnos. -Dio una chupada a la pipa-. Después, Tom fue el único que emergió.

Por sereno que fuese el día, había rompientes en la barra de Nantucket. Cuando el viento llegaba desde atrás, como en ese momento, las olas seconvertían en despeñaderos. Laura imaginó a Zach y a Tom enfilando hacia allí, contentos con la pesca del día, calculando mal la velocidad con que trepaban la ola; la proa, cayendo a plomo de cara a la ola, cuya cresta triunfal rascó el vientre de la embarcación y la volcó.

Y ahora, Tom Morgan estaba buscando a su hermano, y Dan, a su padre.

Al fin, Laura no pudo retrasarlo más: miró hacia el extremo del muelle. Allí estaba Hilda, la madre de Dan, con la vista fija en el mar y un chal negro que apretaba alrededor de los hombros como para no desintegrarse. Junto a Hilda estaba Dorothy, la esposa de Tom Morgan, en una actitud muy similar. Los hombros de las dos mujeres que miraban el mar casi se tocaban. ¿Qué les pasaría por la cabeza mientras contemplaban las aguas hambrientas donde un hermano buscaba al otro y un hijo al padre?

Laura dirigió la vista al punto que miraban las dos mujeres. Parecía que en la barra no sucedía nada más trascendente que unos pocos pescadores colocando redes para atrapar peces pequeños. Desde ahí, las siluetas de los que buscaban eran muy pequeñas, y no pudo distinguir la de Dan entre ellas. ¿En qué estaría pensando allá, en los botes, al ver que las redes salían vacías una y otra vez? ¡Por Dios, cuánto tiempo hace que están echándolas! ¿Dos horas, mientras Rye y yo yacíamos desnudos, en el prado, engañándolo? La primera oleada de culpa la inundó, y le dejó el estómago revuelto.

Contempló los hombros erguidos de las dos mujeres que estaban al final del muelle, pensó en su tarde con Rye y gritó para sus adentros: «¡Dios querido, qué he hecho!»

Advirtió de pronto que había demorado todo lo posible el momento de acercarse a Hilda, y se acercó a ella. Durante generaciones, las mujeres de Nantucket habían aprendido a esperar a sus hombres marineros con la espalda erguida y, al apoyar la mano en el hombro de Hilda, Laura sintió que era la encarnación de ese aprendizaje: la espalda de la mujer estaba rígida como una barba de ballena.

– Hilda, acabo de enterarme.

Hilda se volvió, manifestando el mismo estoicismo que el capitán Silas,

– Allá fuera está Dan, y también Tom, con los otros. Lo único que podemos hacer es esperar.

La dura espalda se volvió.

Laura imitó la postura de Hilda y de Dorothy, abrazándose a sí misma, y se estremeció mientras escudriñaba el agua esperando ver a Dan, atormentada por el recuerdo del momento en que recibió la noticia de la muerte de Rye. Oh, esa muerte sin cadáver. No, Dan no. Otra vez, no.

Tras ella sintió unos pies que se arrastraban, y al darse la vuelta se encontró con Ruth, la hermana mayor de Dan, con dos tazas de café humeante en las manos. Observando el vestido blanco y el sombrero de ala ancha de Laura, en cada músculo del rostro de Ruth estaba impresa la severidad. Tenía los ojos enrojecidos y la boca fruncida con una expresión que iba más allá de la angustia. Mirando a su cuñada con semblante ominoso, apretó más los labios y arqueó las cejas, como si supiera…

Pasó junto a Laura, entregó las tazas a su madre y a su tía, abriéndose paso con la actitud de alguien que quiere dejar bien claro que sería ella la que ofreciera el consuelo allí.

Laura retrocedió, pero Ruth se volvió y la miró, con ojos entrecerrados.

– Tratamos de encontrarte. Dan estaba fuera de sí.

Laura tragó saliva, más asqueada aún por la necesidad de mentir.

– Pasé la tarde en la casa de Jane.

Ruth no intentó disimular lo que opinaba de su vestido, completamente inapropiado para cruzar los páramos a pie. La mirada crítica la inspeccionó del cuello a los pies, y volvió hacia arriba.

– Bueno, podrías haberle dicho a Dan a dónde ibas.

– Yo… creí que él lo sabía. Josh tenía ganas de salir y de pasar la tarde con los primos.

Pero la expresión de Ruth le indicó que no creía una palabra. ¿Habrán mandado a alguien a la casa de Jane, a buscarme? ¿Jane habrá intentado cubrirme?

Sin añadir palabra, la mujer se apartó, acercándose a su madre con gesto protector y, al mismo tiempo, manteniendo a distancia a su cuñada.

¡Lo sabe! ¡Lo sabe! Y si ella lo sabe, poco faltará para que lo sepa toda la isla. Ruth se encargará de eso.

Por primera vez, observó las caras de las personas que había en el muelle: ahí estaba DeLaine Hussey, Ezra Merrill, y… ¡hasta Charles, el primo de Rye! ¡Todo el pueblo era testigo de que había tardado en llegar! Sintió por dentro un temblor incontrolable. Se sentía sacudida, no sólo por el acto de esa tarde, sino también porque en ese momento estaba más preocupada por ser descubierta que con la tragedia que estaban viviendo.

«No, no es verdad -se dijo-. Te importan estas personas. Sus penas son tuyas».

Aún así, Ruth Morgan había dado en el blanco, Laura se sentía manchada, apartada, sumida en el remordimiento. Se mantuvo lejos de las tres mujeres, contemplando el lamentable espectáculo que se desarrollaba en el agua. Allá, cerca de la barra, los que buscaban habían echado las redes, izaron el ancla, y enfilaban las proas hacia la costa.

De la garganta de Hilda Morgan brotó un sonido ahogado. Se tapó la boca y miró hacia los botes que entraban y lloró, apoyada en el hombro de Dorothy Morgan.

Detrás de ellas, Laura se sintió impotente. Quiso extender la mano para consolar a Hilda, pero estaba flanqueada por Ruth y Dorothy. Hilda, Hilda, lo siento. ¿Fui yo la causa de todo esto? No fue mi intención. Se mordió los labios para no llorar, viendo que los botes se acercaban cada vez más. «Que esté vivo», rogó, aunque por la expresión de los hombres que se acercaban supo que no habían encontrado al padre de Dan ni vivo ni muerto. Tenía los ojos secos cuando distinguió la cara de Dan entre los otros. ¿Qué responderé cuando me pregunte dónde estaba? ¿Más mentiras?

Como si tuviese un sexto sentido, Ruth se dio la vuelta y la atravesó con una mirada que condenaba y sentenciaba. Un instante después, esos ojos con expresión de reproche trasladaron su mirada a un punto detrás de su hombro, donde se clavó, hasta que la propia Laura se dio la vuelta y vio qué era lo que miraba la cuñada.

Ahí, a un par de metros tras ella estaba Rye, todavía vestido con la ropa que había usado esa tarde. Con expresión sombría, miró a Laura, y luego al bote que se acercaba.

Descubrió a Dan entre los que se acercaban, y volvió a mirar a Laura. Ya sabía en qué dirección marchaban los pensamientos de la mujer, y tuvo que contenerse para no correr a su encuentro y decirle: «Laura, Laura, habría sucedido de todos modos. Nosotros no tenemos la culpa».

Advirtiendo que Ruth observaba el diálogo mudo, apartó la vista de Rye. Pero, cuando se volvía hacia los botes de búsqueda, la mirada de reproche de Ruth siguió fija, fría y condenatoria, haciéndola sentirse transparente.

Los botes de fondo plano llegaron a la costa, y Laura volvió a ver el rostro atribulado de Dan, los ojos hundidos y vacíos, la piel mortalmente pálida. Todavía llevaba el traje de lana que se había puesto esa mañana para ir al trabajo, y al verlo entre los hombres vestidos con ropas toscas, el sentimiento de culpa de Laura creció. Vio que tenía las mangas mojadas en el codo, los pantalones arrugados y estropeados, y lo imaginó sentado en el banco alto, ante el escritorio. Imaginó que levantaba la vista cuando alguien se le acercaba con la espantosa noticia, que corría a la casa de ambos para contárselo a ella, y no la encontraba. ¿Habría paseado desesperado por la habitación, preguntándose dónde estaría? ¿Se habría sumado a la partida de búsqueda, doblemente preocupado por la ausencia de su esposa cuando la necesitaba? ¿Habría estado echando esas redes toda la noche, sumándose a su pena las sospechas acerca de Laura y Rye?

Los hombres, abatidos, se agruparon en el muelle para enfrentarse a la siguiente tarea angustiosa: consolar a las mujeres acongojadas por el duelo. Dan se precipitó sobre su madre, estrechándola en los brazos, apoyando la mejilla en su pelo, mientras la mujer lloraba abrazada a su hijo. Laura vio cómo la madre buscaba fuerzas en él, el hijo concebido con el hombre que el mar le había arrebatado: un padre, un esposo, perdido para ellos en el ciclo inexorable de la vida.

Vaciló, apesadumbrada e insegura, esperando que Dan la viera. Cuando la vio, pasó a su madre a los brazos del tío, la tía y la hermana, y se acercó a su esposa. Laura se dio cuenta de que echaba una rápida mirada a Rye, que estaba detrás de ella, y luego la apretó contra su pecho. Ella lo abrazó con fuerza, abrumada por las emociones: pena, vergüenza, culpa y amor. Se aferró a él, oyendo flotar el horrible sonido del llanto de Hilda y de Tom Dalton, y advirtió que Dan no emitía sonido, no hacía otra cosa que tragar con movimientos convulsivos junto a su sien. Se aferró a ella, atrapándola en un abrazo aplastante, bajo la mirada de todo el pueblo y de Rye Dalton.

Por fin, dijo con voz ahogada:

– Ha n-navegado… junto a esa b-barra toda su vida… -como si no pudiese aceptar que una cosa semejante pudiese suceder.

– Lo sé, lo sé -fue lo único que se le ocurrió a Laura. La meció atrás y adelante, y los ojos de la mujer se desbordaron de lágrimas.

– ¿Dónde estabas? Te busqué por todas partes.

La pregunta fue como una espina que le atravesaba el corazón, y no tuvo otra alternativa que responder con una verdad a medias:

– Llevé a Josh a la casa de Jane.

– Yo estaba tan… -Se interrumpió tragando saliva, y Laura lo sintió temblar-. Te necesitaba.

Tenía los ojos bien cerrados y la mejilla apoyada en su cabeza.

– Aquí estoy, aquí estoy -lo tranquilizó, aunque la mitad de su corazón iba hacia el hombre que estaba a unos pasos de ella.

Al abrir los ojos, Dan vio que Rye los miraba. Pero la amistad no muere con tanta facilidad como los pescadores de Nantucket… y las miradas de los dos se encontraron, enlazadas por las alegrías de miles de días felices, que llegaban desde el pasado en esa jornada de tristeza. Los dos sintieron la necesidad de consolar y de ser consolados por los seres más conocidos, que querían desde hacía más tiempo. Fueron impulsados por fuerzas que escapaban a su control.

Dan soltó a Laura. El corazón le palpitaba con fuerza, pesado en el pecho, contemplando los ojos de Rye Dalton cargados de una honda tristeza. Cara a cara, tensos y expectantes, fue Rye el que dio el primer paso.

Se toparon pecho a pecho, corazón a corazón, desgarrados por la misma silenciosa agonía, olvidada por unos momentos la competencia por la mujer que los contemplaba, barrida por la gravedad inmensamente mayor de la muerte. Estrechando con fuerza a Dan, Rye se vio invadido por una confusión de sentimientos que no había experimentado jamás: amor y pena por ese hombre, la necesidad de consolarlo y la culpa por lo que habían hecho él y Laura.

– Dan -dijo con voz ronca.

– Rye, me alegra que estés aquí.

Se separaron, y Rye apoyó la mano ancha sobre el hombro del amigo, sintiendo la humedad de la chaqueta de lana.

– Esperaré contigo, si quieres. Él… fue bueno conmigo… un buen hombre.

Dan apretó el antebrazo de Rye con una mano, apretando un instante con más fuerza la mano consoladora contra su hombro.

– Sí, por favor. Pienso que a mi madre le hará bien que te quedes… y… y Laura también.

Los mirones removieron los pies e intercambiaron miradas, algo incómodos. Pasaban la vista de Rye a Dan, y de este a la mujer que estaba entre los dos. El semblante de Laura Dalton era un desfile de angustias, y tenía las manos apretadas contra los pechos. Presenciando el intercambio de emociones, en sus párpados titilaban las lágrimas, que luego rodaban por sus mejillas.

Al fin se separaron, Dan para acercarse a Laura, Rye a Hilda. Cuando la abrazó, la madre de Dan lloró, apoyada en él:

– R-rye…

– Hilda -fue lo único que pudo pronunciar.

Apoyó una mano extendida en el nudo de cabellos grises que llevaba Hilda en la nuca y la abrazó con firmeza, dejándola llorar en silencio.

Regresaron los días en que Rye era un niño, que salía y entraba corriendo en la casa de Hilda, pegado a los talones de Dan. Iba a pescar con Zachary, ofrecía a Hilda los pescados frescos y se quedaba a cenar cuando ella los preparaba. Luego, la mujer les ordenaba a Dan y a él que fuesen a buscar agua para lavar la vajilla, y recibían las reprimendas por igual si la derramaban sobre el suelo limpio. En aquella época, Rye no llegaba más que al hombro de Hilda; ahora, ella casi no alcanzaba al de él. Rye tragó saliva y la abrazó con fuerza.

Contemplándolos, Laura sintió que se le formaba un tremendo nudo en la garganta. Por lo que sabía, era la primera vez que Rye hablaba con Hilda desde su regreso. Recordó que su suegra le había ofrecido consuelo cuando recibió la noticia de que Rye se había ahogado sin dejar rastro. Qué ironía que ahora fuese él mismo el que la consolara cuando su esposo había corrido la misma suerte.

Lanzó una mirada a Dan y lo sorprendió mirando a Rye y a su madre con ojos húmedos, y notó los movimientos convulsos de su garganta.

Al fin, Hilda se soltó de Rye, y la voz del capitán Silas fue la única que logró un efecto calmante, tal vez porque ya había vivido escenas semejantes y había aprendido a aceptarlas.

– Más o menos en un par de horas subirá la marea. Hasta entonces, pueden irse a sus casas. No tiene sentido que se queden aquí. Vayan a sus casas a cenar.

El grupo se separó, dejando paso a Tom y a Dorothy Morgan, que se dispusieron a hacer caso a la sugerencia de Silas. Los siguieron Ruth e Hilda. Detrás iba Dan, flanqueado por Rye y por Laura. El resto de la gente se dispersó, pero cuando los tres llegaron a los gastados bancos que había a cada lado de la puerta de la cabaña de las carnadas, Dan le preguntó al capitán Silas:

– ¿Le molesta si esperamos aquí? Preferiría hacerlo así.

Sentándose en uno de los bancos, el capitán Silas señaló el otro con la boquilla de la pipa.

– Siéntense.

Los tres, Rye, Dan y Laura se sentaron en el banco, en ese orden. A Laura le pareció que había cierta forma de justicia en el hecho de que, ese mismo día, cuando habían traicionado a Dan, quedaran al final uno a cada lado de él, ofreciéndole apoyo y consuelo, juntos. Laura sostenía la mano de Dan y apoyaba la cabeza contra las tablas plateadas de la cabaña, aturdida y asqueada por la culpa. Si Zachary estaba muerto, sin duda se debería al largo brazo de la justicia, que se extendía para castigar y darle a ella una lección. Oprimió con más fuerza la mano de su esposo, y esperó a que volviese la marea.

El crepúsculo se derramó sobre la isla y la bahía. Llegaron los aguzanieves a anidar, acompañados por los fúnebres silbidos de los frailecillos. Al fin, se acalló el incesante quejido de las gaviotas cuando se acomodaron para pernoctar sobre pilotes y vigas del muelle, bien alimentadas y satisfechas. Desapareció el viento, y los lengüetazos blandos del agua bajo el muelle parecían los únicos sonidos del mundo hasta que se oyeron las solemnes notas de las vísperas, lanzadas por las campanas de la iglesia.

Pronto volvería la marea pero, ya, trajese el cuerpo o no, sería funesta.

Los párpados de Laura se cerraron, y revivió el horror del momento en que llegó a la isla la noticia de la muerte de Rye, de los días posteriores. Sintió el roce de la manga de Dan en el brazo. Estaba completamente inmóvil, resignado. Ahora sería ella quien lo consolara, como antes él la había consolado a ella. Abrió los ojos y contempló la melancólica postura, inclinado hacia delante, con los codos sobre las rodillas y, al hacerlo, también vio a Rye. Cerró otra vez los ojos y se resignó a seguir siendo la esposa de Dan.

Cuando abrió los ojos, sintió la mirada de Rye sobre ella y, al volverse, vio que tenía la cabeza apoyada contra la pared, y el rostro vuelto hacia ella. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, los pies apoyados en el suelo, las rodillas bien separadas, y los ojos azules la observaban, fijos. En esos ojos leyó los recuerdos de esa tarde, que volvían envueltos en una belleza hechicera. Sin embargo, en esa expresión pesarosa y amorosa a la vez también había desesperanza, y durante largo rato no pudo apartar la vista. Luego, como si se hubiesen puesto de acuerdo, los dos volvieron otra vez la cara hacia la bahía.

En ese momento, Dan suspiró. Alzó los hombros, luego los dejó caer y fijó la vista en las tablas del suelo. Laura le apoyó la mano en la espalda, y los ojos de Rye captaron el gesto. Dan miró a la mujer sobre el hombro, luego de nuevo al embarcadero y, como si buscara la seguridad de que la vida seguía, preguntó:

– ¿Dónde está Josh?

Mientras respondía, Laura sintió que la mirada de Rye la seguía.

– Está en la casa de Jimmy.

– ¿Se divirtió en la casa de Jane?

Lo único que pudo responder, fue:

– Sí… sí, le encanta ir allí.

– ¿Qué hicieron hoy?

Laura se escarbó el cerebro, tratando de rescatar aunque fuese una hilacha del parloteo de Josh cuando volvían a la casa, y que casi no había retenido. Notó que Rye contenía el aliento esperando su respuesta y, de pronto, recordó algo de lo que le había dicho Josh:

– Hicieron tortitas de barro con agua salada.

Vio por el rabillo del ojo que los hombros de Rye se aflojaban, aliviados, y bajaba los párpados, y sintió una nueva tortura: comprobar que ella y Rye se comportaban con doblez. Para su horror, Dan se estiró, se frotó la nuca y comentó:

– No sé si es por la mención de comida o qué, pero sigo sintiendo olor a naranja.

Rye casi saltó del banco y a Laura le ardió la cara, pero Dan no se volvió.

– Dan, ¿tienes hambre? -preguntó Rye.

– No, creo que no podría comer aunque me esforzase.

De todos modos, Rye se alejó y volvió con café, para sentarse otra vez alejado de Dan, y manteniendo con esfuerzo la vista alejada de Laura. Llegó el crepúsculo. Terminaron el café. Alguien llevó emparedados, pero nadie comió. Dan suspiró de nuevo, se levantó del banco y caminó sin rumbo por el muelle, clavando la vista en el agua, de espaldas a Rye y a Laura, de los que sólo lo separaba el ancho de sus hombros.

Pronto volvió, se sentó otra vez entre ellos, se echó atrás, fatigado, y empezó a hablar en voz queda:

– Me acuerdo cuando llegó la noticia de que tú estabas muerto, Rye. ¿Laura te contó alguna vez lo que le pasa a la viuda de un marino?

– Sí, un poco. Dijo que tú la acompañaste en ese trance.

La garganta de Dan dejó escapar una especie de risa apesadumbrada, y sacudió la cabeza como si quisiera refrescar el recuerdo. Luego se inclinó adelante, presentando otra vez a los dos que estaban tras él la curva de los hombros que expresaba abatimiento, y continuó hablando en tono pesado que parecía brotar de las profundidades de su desesperación:

– Yo fui el que se encargó de ir a… a tu casa a decirle a Laura que el barco en que viajabas se había hundido. Me mandaron a mí porque la noticia llegó a la oficina, y yo estaba allí, trabajando. Claro, sabían que éramos… que éramos muy amigos. Nunca olvidaré el aspecto que tenía ella cuando abrió la puerta.

Hizo una pausa, dejó caer la barbilla sobre el pecho un instante y luego la levantó otra vez y miró, sin ver, hacia el embarcadero.

Laura deseaba que Dan se echara atrás y le obstruyese la visión de Rye, pero no lo hizo. Rye estaba sentado, tenso, mirando con expresión seria la nuca de su amigo.

– ¿Sabes lo que hizo Laura cuando yo le di la noticia? -Como Rye permaneció en silencio, Dan echó una mirada sobre el hombro y luego la dejó perder otra vez en la lejanía-. Se rió -dijo en tono triste-. Se rió y dijo: «No seas tonto, Dan. Rye no puede estar muerto. Me prometió que volvería». Habría sido mucho más fácil si se hubiese quebrado y llorado en ese mismo momento, pero no fue así, hasta que pasaron unos meses. Supongo que era la reacción lógica -me refiero a la negación-, sobre todo teniendo en cuenta que no había un cadáver para demostrarlo.

Laura tenía las palmas húmedas y el estómago revuelto. Quería levantarse de un salto y escapar, pero estaba obligada a quedarse y a escuchar lo que Dan decía:

– Después, cada vez que se avistaba una vela corría a los muelles a esperar, convencida de que era el barco que te traía de regreso, de que todo había sido una equivocación. Me parece verla, todavía, corriendo por la plaza con esa espantosa sonrisa exagerada pegada a la cara, mientras yo me preguntaba qué haría falta para que admitiese la verdad y, después, pudiera seguir viviendo. Recuerdo una noche en que no se veía ninguna vela y, por primera vez, la sorprendí merodeando por el embarcadero vacío, como si quisiera forzarte a aparecer. Le dije que no había ninguna vela, que se engañaba a sí misma, que tú ya no volverías nunca, que la gente empezaba a sacudir la cabeza compadeciendo a la pobre Laura Dalton, que vagaba por los muelles esperando al fantasma de su marido. Me abofeteó… fuerte. Pero después estalló en lágrimas… por primera vez.

¡Basta, Dan, basta!, rogó Laura para sus adentros. ¿Por qué haces esto? ¿Para castigarnos?

Pero Dan siguió:

– Estaba ahí, parada con expresión desafiante, las lágrimas corriéndole por la cara, y me decía: «Pero, ¿no entiendes, Dan? Tiene que volver, porque… porque estoy embarazada de su hijo». En ese momento comprendí por qué había seguido negando tu muerte tanto tiempo.

Ahora era Laura la que miraba hacia el embarcadero con los ojos secos, evocando las horas de vigilia que pasó ahí, exigiendo al mar que le devolviese a Rye. Y la había complacido… pero demasiado tarde. Ahora lo tenía allí cerca, a un cuerpo de distancia, pero separado por un abismo ancho y hondo como el infierno. Y el soliloquio continuó:

– Un día la seguí… creo que era otoño, y se acercaba una tormenta que venía del Noreste. Cuando la alcancé, estaba de pie sobre los acantilados observando el océano, como de costumbre. Esa vez, supe que ya estaba resignada. Por Dios, qué aspecto tan lamentable tenía, con la lluvia corriéndole por la cara, y ella que no se movía como si no supiera o no le importase mojarse. Ella… -Hizo ruido al tragar-. Ya empezaba a redondearse su vientre, y cuando le dije que no debía estar ahí, expuesta al viento y a la lluvia, que tenía que pensar en el niño, me contestó que le importaba un comino el niño.

Ninguno de los tres movió un músculo. Se hubiera dicho que la espalda de Dan estaba tallada en piedra, y las miradas de Rye y de Laura estaban clavadas en ella. La voz se hizo más baja aún, hasta ser apenas un murmullo.

– Esa vez, yo la abofeteé a ella. No sabéis cuánto me dolió hacerlo. Yo… me decía que ella había estado allí, pensando en… en matarse, y junto con ella, al niño. -Ocultó la cara entre las manos-. Oh, Dios -musitó, y se hizo un silencio pesado hasta que al fin levantó la cara, exhaló un profundo suspiro, y continuó-: Habían pasado semanas desde que supimos de tu muerte, pero era la primera vez que Laura lloraba, quiero decir, en serio; se había quebrado y lloraba de un modo que hasta entonces no había podido hacer. Lo que me dijo fue exactamente esto: «Mi corazón se ahogó con Rye…», pero al menos admitía que te habías ahogado.

»Entonces sí accedió a que celebrásemos un funeral. -Por fin, apoyó los hombros y la cabeza en la pared. Cerró los ojos e hizo rodar la cabeza a un lado y otro, con gesto de fatiga-. No quisiera volver a pasar por algo así nunca más. Y aquí estamos, rogando para que… para que…

Ya no pudo continuar.

Tras una larga pausa, se aclaró la voz.

– Un funeral como ese es duro para una mujer. No quiero que mi madre tenga que sufrirlo.

De repente se levantó, recorrió el muelle poblado de ecos y se puso a observar la bahía de Nantucket, mientras los otros dos se preguntaban por qué habría hecho tan dolorosa evocación.

Por momentos, pareció que estuviese preparándose para entregarle a Laura a Rye, para admitir que, con el solo hecho de estar ausente, la había ganado. En otros dio la impresión contraria: de que estaba afirmando su derecho, tanto sobre ella como sobre Josh.

Rye Dalton entrelazó los dedos y los apoyó sobre su estómago. Adentro, las vividas imágenes evocadas por Dan le habían dejado todo revuelto. Y si bien posaba la vista en la apesadumbrada figura que tenía delante, en ningún momento dejó de ser consciente de la presencia de Laura. Quería zanjar el espacio que los separaba y tomarla en sus brazos, besarle los párpados, consolarla por todo lo que había sufrido a causa de él. Tenía necesidad de tocarla como una afirmación de la vida, mientras seguían ahí, esperando la confirmación de la muerte. La amaba, y añoraba compartir con ella esos momentos trágicos. Y, sin embargo, no podía hacer otra cosa que permanecer sentado, con las manos apretadas contra el estómago, para impedir que se tendieran hacia ella.

Se formó la neblina; fantasmagóricos dedos de niebla que daban un extraño cariz a la escena, a la vez que los habitantes del pueblo volvían al muelle. Era el tiempo de la marea muerta, ese momento del mes lunar en que la diferencia entre la marea alta y la baja es mínima. ¿Significaba eso que había más probabilidades de que apareciera el cuerpo? Eso fue lo que Laura pensó. Qué extraño que no supiera la respuesta, después de haber vivido toda la vida en la isla. Después de estar cuatro o cinco horas en el agua, ¿un cuerpo se hincharía? Al ver regresar a Hilda con los demás, revivió el terror que había sufrido antes, al imaginar el cuerpo de Rye en poder del mar alimentando a los peces. Quiso acercarse a ella, consolarla, pero no había modo de aliviar esa angustia. Si no sufría la incertidumbre de una muerte sin cadáver, entonces a la esposa le tocaba la pesadilla de ver el cuerpo deformado, repugnante o, peor aún, si los peces estaban hambrientos, sólo una parte del cuerpo.

La partida de búsqueda se reunió hablando en voces quedas, respetuosas. Llevaban linternas que consumían el precioso aceite de ballena… era una ocasión que lo merecía. Los halos nebulosos de las luces que se refractaban en el espeso aire salino parecían confirmar que los habitantes de Nantucket vivían y morían por las ballenas.

El capitán Silas los distribuyó en grupos de dos y de tres para peinar toda la zona interna del embarcadero. Una vez más, Laura, Dan y Rye se movieron juntos en sentido paralelo a las olas, igual que lo habían hecho infinitas veces en el pasado. La corriente estival del golfo había entibiado las aguas hasta llegar a una agradable temperatura de veintidós grados centígrados y, sin embargo, Rye se sentía helado de temor mientras cumplía la fúnebre tarea, vadeando descalzo los bajíos, preguntándose cuándo chocarían sus pies con un bulto blando e inerte. Dan y Laura arrastraban los pies por la arena mojada de la resaca que dejaba la marea.

Rye llevaba la linterna, y los tres iban avanzando centímetro a centímetro, más lentamente que los otros buscadores por temor a ser los que tropezasen con el cuerpo. La linterna iluminó una silueta oscura delante de ellos y se detuvieron, buscándose instintivamente con la mirada. Al resplandor del aceite de ballena que ardía, rodeados por la neblina, los rostros eran meros reflejos.

– Yo iré a ver -dijo Rye, apretando la mandíbula y avanzando. Cuando la luz temblorosa dio sobre la masa oscura, lanzó un suspiro de alivio y se volvió hacia Dan y Laura-. Es sólo un tronco.

Avanzaron de nuevo en medio de la noche brumosa, los dos hombres y la mujer que, por tradición, parecía ser de los dos. Durante las horas de búsqueda, la compartieron por igual, y ella a los dos, sin pensar en posesiones ni en pertenencias. Por el momento, toda enemistad quedó suspendida, borrada, desplazada por la necesidad de permanecer unidos, de apoyarse entre sí y darse fuerzas para lo que los esperaba.

Poco después de la medianoche fue hallado el cuerpo, varado en la costa después de que se retirara la marea. La campana de la iglesia transmitió el mensaje. Tres cabezas se irguieron al oír su tañido ahogado por la distancia. Nadie se movió. Rye aún tenía los pies en el agua. Laura, todavía con el vestido blanco, con el borde sucio y arruinado, parecía un fantasma junto a Dan, con su traje oscuro empapado.

Rye rompió el silencio.

– Deben haberlo encontrado. Será mejor que vayamos.

Sin embargo, se resistían a volver. Las olas rompían blandamente contra los tobillos de Rye. El aire de la noche era denso y envolvente. El tañido fantasmal de la campana les provocó escalofríos en la espalda.

Por fin, Rye se acercó á Dan y, al apoyarle la mano, sintió que se estremecía.

– ¿Estás bien?

Dan no miraba a nada en particular.

– Esperemos que el mar haya devuelto el cuerpo completo.

Rye pasó la mano por el cuello del amigo, y le transmitió de ese modo un mensaje demasiado doloroso para decirlo en palabras. Se dio la vuelta, con la linterna balanceándose y haciendo chirriar los goznes y, como impulsados por alguna señal muda, Rye y Laura se pusieron a los lados de Dan para emprender juntos el camino de regreso, avanzando con dificultad en la niebla mientras los hombros se tocaban con frecuencia.

El mar fue generoso: devolvió entero y sin deformidades, a Zachary Morgan. Los que sí se sentían desgarrados por los sucesos del día y de la noche eran los vivos, pues en el preciso momento de separarse, Dan, con los ojos vacíos de expresión, balanceándose como si estuviese a punto de derrumbarse, tendió la mano a Rye para darle las gracias. Cuando las manos se tocaron y se apretaron, se abrazaron una vez más, y Laura, sumida en las nieblas danzarinas, los observaba.

Separándose de Dan, Rye se volvió hacia ella y le ordenó con suavidad:

– Llévalo a la cama. Necesita dormir.

Cuando habló, sintió como si él también estuviese ahogándose. Al mirar a Rye, los ojos de Laura tenían una expresión de increíble fatiga. El rastro de las lágrimas le pintaba líneas incoloras en las mejillas, donde se reflejaba la luz de la linterna. De repente, se aproximó, girando en torno de Rye como la misma niebla, aliviando por un momento con su abrazo el dolor de él, y apoyando la mejilla contra la suya.

– Gracias, Rye.

Rye vio sobre el hombro que Dan los miraba, y una sola palabra ronca salió de su garganta:

– Sí.

Tocó el dorso de la mano pequeña de Laura por un breve instante, y luego ella y Dan se fueron como tragados por la niebla que lo dejó aislado, solo.

Arrastrando las piernas cansadas por los peldaños del desván, en la planta alta de la tonelería, imaginó a Laura y a Dan yéndose juntos a la cama, reconfortándose mutuamente. Se derrumbó sobre su lecho con un suspiro de agotamiento, cerrando los ojos, y anhelando que unos brazos también lo reconfortasen a él.

Como en una bruma, los hechos del día pasaron ante él y giró sobre sí mismo, acurrucándose de cara a la pared.

Entonces, sin aviso previo, Rye Dalton lloró con angustiados sollozos de desesperanza y pena, algo que no sucedía desde que era niño. Ship lo oyó y se acercó atravesando la oscuridad del desván para detenerse vacilante junto al camastro, con un penoso gemido de compasión. Dilatando las narices, la perra giró, interrogante, hacia el sitio donde dormía el viejo pero no obtuvo respuesta. Gimió otra vez, pero los sonidos que provenían del camastro continuaron, y ninguna mano cariñosa se estiró para tranquilizarla. Entonces, apoyó la trompa en la espalda tibia y gimió, sintiendo los estremecimientos que sacudían las costillas del amo, hasta que al fin se durmió exhausto.

Capítulo13

El funeral de Zachary Morgan se realizó dos días después. Era un día claro y sin nubes, y las gaviotas refunfuñaban desde un cielo azul sobre los dolientes, que se apretaban en un amplio círculo alrededor de la tumba. Allí estaba la madre de Laura junto con Jane y John Durning, con todos sus hijos. También estaba Josiah, además de tías, tíos y primos, tanto de Dan como de Rye: en la isla había muchas personas emparentadas. También los amigos habían ido a presentar los postreros respetos, entre ellos DeLaine Hussey, los Starbuck y todos los que trabajaban en la contaduría, que esa tarde estaba cerrada.

Laura llevaba un vestido negro y un sombrero del mismo color, con un velo moteado que le cubría la cara hasta la barbilla. Estaba de pie junto a Dan y la familia, mientras que Rye estaba enfrente, al otro lado de la sepultura. Guardaba la postura tradicional de respeto por el muerto: los pies separados, la palma de una mano sobre el dorso de la otra, ambas apoyadas en el bajo vientre. A través del velo negro, Laura escudriñó el rostro grave, mientras la voz monótona del ministro flotaba sobre la silenciosa reunión. Por fin, esta también se acalló, y la tela del vestido de Laura crujió cuando Josh se removió inquieto, apretándose contra las piernas de su madre. Le tiró de la mano, obligándola a mirarlo.

– ¿Sepultarán al abuelo en la tierra? -preguntó Josh plañidero, en una voz que se oyó claramente alrededor-. No quiero que entierren al abuelo.

Laura le acarició el pelo con la mano enfundada en un guante negro, y se inclinó hacia él para murmurarle palabras de consuelo, oyendo los sollozos ahogados que había provocado la inocente pregunta.

Cuando se enderezó, Laura sorprendió la mirada de Rye sobre ella, desde el lado opuesto de la sepultura. Josh se echó a sollozar, y Rye lo miró con expresión de impotencia.

Dan, que estaba junto a Laura, levantó al niño en brazos y le susurró algo, siempre bajo la mirada de Rye, fija en la mano del pequeño, que se apoyaba en la mejilla de Dan durante la conversación, demasiado queda para oírla desde el otro lado de la tumba. Laura, inclinada hacia ellos, una mano apoyada en la parte baja de la espalda de Josh, también hablaba en susurros. Cuando volvió la atención hacia la ceremonia, vio que Rye seguía observándolos a los tres con la misma expresión herida. Pero también advirtió que Ruth seguía todo ese intercambio de miradas, y por eso bajó la vista hacia el ataúd cubierto de crespones, salpicado de gladiolos y crisantemos procedentes de algún jardín de la isla.

Se pronunciaron las últimas plegarias y se cantó el último himno. A una orden en voz baja del ministro, Rye y otros tres se agacharon a recoger las sogas cuando el ataúd fue librado de las tablas de madera que lo sostenían, atravesadas en la sepultura. Las sogas chirriaron, el ataúd se balanceó un poco y empezó a bajar hasta tocar la tierra. Rye se apoyó en una rodilla, pasando la cuerda de una mano a la otra, con la mirada de Laura, arrasada por un nuevo torrente de lágrimas, fija en esa rodilla. Cuando se incorporó, Laura parpadeó y vio que la tela negra de la pernera del pantalón estaba cubierta de una fina capa de arena, lo que le produjo otra oleada de pena. Alzó la vista tras el velo negro con expresión desolada; el silencio fue roto por los sonidos ahogados de los sollozos y tuvo ganas de correr hacia él, quitarle la arena de la rodilla y la angustia de la frente. Los ojos de Rye decían muchas cosas, pero ella entendió una, sobre todas: «¿Cuándo? Ahora que ha sucedido esto, ¿cuándo?»

Se dio la vuelta, incapaz de ofrecer una mirada de consuelo por mucho que lo deseara. Cayó la primera palada de tierra provocando el llanto de Hilda, y arrasando las lágrimas de los ojos de Dan: Josh, que era demasiado pequeño para entender, estaba obligado a quedarse por las rígidas costumbres religiosas que ella no podía cambiar.

Ya había pasado la mitad de la tarde cuando los asistentes al funeral se dirigieron a la casa de Tom y Dorothy Morgan para reponer fuerzas con los alimentos provistos por amigos y vecinos de toda la isla. Señoras vestidas de negro se ocuparon de servir carnes, pasteles y panes sobre la mesa de caballete que había en la sala, de mantener llenos los cuencos y de lavar la vajilla y utensilios de peltre que se ensuciaban constantemente. Abundaba la cerveza, pues en Nantucket era una bebida tan corriente como el agua, y solía llevarse en todos los viajes de los balleneros, como prevención del escorbuto.

La casa de Tom Morgan tenía techo a dos aguas como casi todas las de la isla, y constaba de una sala de estar con dos habitaciones en saledizo y un desván, y el espacio era insuficiente para todos los que fueron a ofrecer condolencias. Rye estaba en el patio, entre el flujo constante de hombres que bebían cerveza, fumaban pipas y comentaban las noticias del día. Un graduado de Harvard, llamado Henry Thoreau, había perfeccionado un artefacto llamado lápiz de plomo… algunos decían que las ballenas corrían peligro de extinción, y otros argüían que esa era una idea descabellada… la conversación derivó en una discusión sobre la utilidad de transformar a los barcos balleneros para que pudieran transportar hielo desde Nueva Inglaterra hacia los trópicos.

Pero cuando Rye vio a Laura que salía de la habitación del fondo cargando un cubo, su interés en la conversación decayó. Laura cruzó el patio en dirección al pozo y se inclinó sobre el brocal, sujetando con esfuerzo la manivela de la cuerda. Rye recorrió con la vista el patio buscando a Dan y, al no encontrarlo, se excusó y fue hacia el pozo. Tenía un poste largo apoyado en un soporte en forma de horquilla afirmada en la tierra. El extremo corto estaba contrapesado por una piedra, y el extremo largo se cernía sobre la boca del pozo, lo que facilitaba sacar un balde repleto pero dificultaba bajar el cubo vacío. Mientras se acercaba, Laura forcejaba con la cuerda.

– Déjame ayudarte con eso.

– ¡Oh, Rye!

Al oírlo, se incorporó de golpe soltando la cuerda, y el palo del pozo voló por el aire. Se apretó la mano sobre el corazón y se apresuró a recorrer el patio con la vista. Ya no tenía el sombrero y, por lo tanto, su rostro ya no estaba oculto tras el velo.

– Pareces fatigada, querida. ¿Ha sido muy duro?

Si bien una de las manos de Rye sujetaba la cuerda, no hizo movimiento para bajarla, y dedicó su atención a los ojos angustiados de Laura.

– Creo que no deberías seguir diciéndome querida.

– Laura…

Dio la impresión de que estaba a punto de soltar la cuerda y avanzar hacia la mujer.

– Rye, baja el cubo: la gente está mirándonos.

Confirmándolo con una rápida mirada, Rye hizo lo que le pedía, bajando el cubo con ambas manos hasta que lo oyó chapotear en el fondo.

– Laura, esto no cambia nada.

– ¿Cómo puedes decir eso?

– Aún te amo. Aún soy el padre de Josh.

– Rye, alguien podría oírte.

El cubo ya estaba arriba. La mano de Rye se apoyó en la manivela donde se enrollaba la cuerda, lo dejó colgar, goteando sobre la boca delpozo, y el eco musical de las gotas llegó hasta ellos, remoto, mientras él clavaba la vista en Laura.

– Que oigan. Ninguno de los que están en el patio ignora lo que siento por ti, ni que antes fuiste mía.

Pareció que las ojeras de Laura se oscurecían más cuando lanzó un vistazo furtivo a los curiosos que los observaban.

– Por favor, Rye -susurró-. Dame el cubo.

Rye se estiró sobre el brocal del pozo, y los ojos de Laura siguieron el movimiento de los músculos fuertes bajo la chaqueta del traje negro cuando los hombros se movieron para levantar el cubo. Cuando se dio la vuelta, no tuvo en cuenta la mano que se tendía hacia el cubo y se dirigió hacia la habitación trasera, con lo que Laura no tuvo más alternativa que caminar junto a él. Rye se detuvo para dejarla pasar primero, y entró tras ella en ese ámbito atestado de montones de leña y un montón de baldes de madera y cubos que colgaban de la pared. Dentro, por unos momentos quedaron fuera de la vista del patio y de la casa.

Laura miró, nerviosa, hacia la puerta que comunicaba ese cuarto del fondo con la sala y vio que seguía cerrada.

– Rye, no puedo…

– Shh.

Le tocó los labios con los dedos.

Las miradas se encontraron… angustiados ojos azules se sumieron en afligidos ojos castaños.

El contacto de los dedos sobre los labios fue como un bálsamo, pero se esforzó por retroceder.

– Rye, no me toques, pues eso no haría más que empeorar las cosas.

– Laura, te amo.

– Y no digas eso, ahora no. Todo ha cambiado, ¿es que no lo ves?

La mirada de Rye acarició el rostro de la mujer, contempló la profundidad de sus ojos y descubrió allí cosas que no deseaba ver.

– ¿Por qué tuvo que suceder esto ahora? -dijo, desdichado.

– Tal vez sea un mensaje para nosotros.

Con expresión severa y en un siseo, Rye le replicó.

– ¡No digas eso… no lo pienses, siquiera! ¡La muerte de Zachary no tiene nada que ver con nosotros, nada!

– ¿No?

Lo miró a los ojos.

– ¡No!

– Entonces, ¿por qué tengo la sensación de que fui yo, con mis propias manos, la que volcó ese bote?

– Laura, anoche, cuando estuvimos sentados junto a Dan en el muelle, ya sabía que se te ocurriría eso, pero no toleraré que pienses semejante cosa.

Seguía sosteniendo el balde con una mano y con la otra le apretó el antebrazo, haciendo crujir la tela de la manga.

– ¿No?

Laura no apartó la vista de él, obligándolo a admitir esa espantosa posibilidad. Rye quiso negarlo, pero no pudo. La luz del anochecer rebotaba en las conchillas blancas de la entrada, y se reflejaba desde abajo en el rostro de la mujer, dándole un resplandor etéreo, como si fuese el ángel de la justicia. Se estiró para tomar el asa del cubo pero Rye no lo soltó. La miró a la cara, deseándola como nunca después de haber vuelto a gozar de su cuerpo. Sin embargo, no era sólo el cuerpo lo que deseaba: ansiaba regresar a la situación anterior, de contento, de paz, de compartir el hogar. Y ahora, al hijo. Aún así, en el fondo de su alma no podía negar las palabras de Laura ni obligarla a volver a él antes de que estuviese dispuesta. Las manos se acercaron sobre la cuerda, y él extendió una para tocarle la barbilla.

– Teniendo en cuenta que nos amamos, ¿tan malo es que queramos estar juntos?

– Sí, Rye, lo que hicimos está mal.

En los ojos de Rye apareció un nuevo dolor.

– Laura, ¿cómo puedes decir que estuvo mal sabiendo cómo fue… cómo fue siempre entre nosotros dos? ¿Cómo puedes alejarte y que…?

De repente, se abrió la puerta de la cocina.

– Oh, discúlpenme. -La desaprobación estaba impresa en cada músculo facial de Ruth Morgan-. Empezábamos a preguntarnos si Laura se habría caído al pozo, pero ya veo qué es lo que la ha demorado tanto.

Rye disparó a la hermana de Dan una mirada de puro odio, pensando que si alguna vez hubiese conocido una locura de amor, no sentiría tanto escozor bajo el corsé al ver que otra persona vivía tal situación. «Ruth Morgan no es más que una solterona reseca, que no sabría qué hacer con un hombre en caso de tener alguno cerca», pensó, pasando irritado a la sala para depositar con fuerza el balde en el suelo.

El resto del día, a medida que la censura de Ruth Morgan se hacía más evidente, Laura fue sintiéndose cada vez más incómoda. En ocasiones, con gesto notorio, se sujetaba la falda para que no rozase el borde de la suya cuando se desplazaban por la sala llevando y trayendo fuentes y comida. Rye no se marchó, que era lo que Laura esperaba que hiciese. Al contrario, fue uno de los que se quedaron cuando la noche avanzó y los hombres siguieron bebiendo esa cerveza que parecía no acabarse. Dan ya estaba pasado de copas, y había llegado a ese estado de ebriedad que provoca depresión y ese parloteo de compasión consigo mismo. Sentado ante la mesa de caballete, codo a codo con un grupo hombres con la cabeza colgando, de vez en cuando los brazos se le deslizaba fuera del borde.

– El viejo siempre me insistía para que fuese pescador. -Se tambaleó en dirección a su vecino de la izquierda, y lo miró con ojos inyectados en sangre-. Nunca toleré el olor a pescado, ¿no es así, Laura? No corno tú y Rye.

Giró para ver a su esposa, que estaba sentada con el grupo de mujeres, mientras que Rye estaba de pie cerca del hogar, mirando silencioso desde atrás de la espalda de Dan.

Laura se levantó.

– Ven, Dan, vayamos a casa.

– ¿Qué pasa? ¿Tuvo que irse Rye? -Dan dirigió una mirada desenfocada, de ebrio, al círculo de hombres que rodeaban la mesa, y agitó una mano blanda-. Para mi esposa, en cuanto Rye Dalton no está presente, se terminó la fiesta. ¿Les conté alguna vez que…?

– Estás borracho, Dan -lo interrumpió Rye, avanzando hacia la figura encorvada-. Ya es hora de que dejes el vaso y te vayas a tu casa con Laura.

Apartó el jarro de la mano de Dan, y lo apoyó sobre la mesa con un golpe enérgico.

Dan giró por la cintura, volviendo la mirada de sus ojos irritados al hombre que se cernía tras él.

– Caramba, si es mi amigo Rye Dalton, con el que comparto a mi esposa.

Esbozó una sonrisa torcida.

Horrorizada, Laura vio que todos los presentes apartaban la vista, avergonzados. El remover de pies sonó como un trueno, y luego se produjo un espantoso silencio que quedó flotando en el aire.

– ¡Ya es suficiente, Dan! -dijo Rye severo, traspasando al borracho con una mirada de advertencia, sin dejar de notar que Laura, vacilante, esperaba detrás de él con Josh a su lado, y que Ruth, desde un rincón oscuro del cuarto, volvía la vista hacia la escena.

– Sólo quería contar la historia de los tres mosqueteros que crecieron compartiéndolo todo. Pero supongo que ya todos la conocen. -La vista de Dan fue pasando por cada uno de los hombres que rodeaban la mesa, hasta posarse en Rye-. ¡Sí! Creo que ya todos la conocen. No tiene sentido contarles lo que ya saben. ¿Dónde está tu esposa, eh, Rye?

El semblante de Laura estaba rojo como una amapola, y el de Rye presagiaba tormenta. Sombrío e inmóvil, se contenía a duras penas de levantar a Dan y estrellarle un puñetazo en la cara para hacerlo callar.

– Es tu esposa, y está esperando que recobres la sensatez y te vayas f a tu casa con ella. Deja ya esa jarra y deja de hacer el papel de idiota.

Los ojos turbios recorrieron las caras.

– ¿Estoy haciendo el papel de idiota?

Por fin, uno de los hombres sugirió:

– ¿Por qué no le haces caso a Rye? Vete ya a tu casa con Laura.

Dan sonrió con expresión estúpida en dirección a la mesa, y luego asintió.

– Sí, creo que tienes razón, porque si yo no lo hago, mi amigo, aquí presente, sí lo hará.

– ¡Dan! ¿Acaso te olvidas de que tu hijo está en este cuarto? -le espetó Rye. Y su cólera se hizo más evidente a cada palabra que pronunciaba.

– Mi hijo… ese es otro tema que me gustaría discutir.

Rye no esperó más. Con una fuerza aumentada por la ira, aferró a Dan por los hombros de la chaqueta y lo puso de pie de un tirón, empujando la mesa hacia atrás, cuando el cuerpo del amigo la desplazó. Hizo girar el cuerpo laxo, agarró a Dan de las solapas y le dijo, entre los dientes apretados:

– Tu esposa está esperando que te levantes y los lleves a ella y a Josh a la casa. ¡Ahora, eso es lo que harás, si no quieres que te dé una paliza para que recuperes el sentido!

Recuperando parte de su sobriedad, Dan se soltó de Rye, se acomodó la chaqueta y osciló un instante, tratando de recuperar una dignidad que, a esas alturas, le resultaría muy difícil lograr.

– Siempre supiste conquistarla, Rye, desde el principio, cuando vosotros dos erais…

Fue la última palabra que pronunció. El puño de Rye silbó en el aire saliendo desde alguna parte, y se estampó con ruido sordo en el estómago de Dan. De la boca de este escapó un gruñido, se dobló en dos y cayó en brazos de Rye.

Al mismo tiempo que Laura se llevaba la mano a la boca, Josh cruzó corriendo la habitación, mientras gritaba:

– ¡Has golpeado a mi papá! ¡Has golpeado a mi papá! ¡Bájalo! ¡Papá… papá! -El pobre pequeño se precipitó en defensa de Dan, pero Rye se inclinó, apoyó un hombro contra la barriga inerte y lo levantó sobre el hombro ancho como si fuese un saco de patatas. Antes de que Laura pudiese detenerlo, Josh se abalanzó contra el estómago de Rye, golpeándolo y gritando-. ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Le has pegado a mi papá!

Sucedió tan rápido que Laura se quedó atónita. Pero al fin reaccionó y apartó a Josh de Rye, lo calmó y, por fin, lo hizo volverse hacia la puerta.

Rye colocó mejor a Dan sobre el hombro y, dirigiéndose a Tom y a Dorothy Morgan, que no salían de su estupor, les dijo:

– Pido disculpas por la escena, pero para Dan ha sido un día duro. Les ofrezco mis condolencias por la muerte de su hermano. -Volviéndose hacia Laura, sin hacer caso de los curiosos que miraban, le ordenó-: Vamos, llevémoslo a la casa.

Salieron sin mirar atrás, sabiendo que, tras ellos, abundarían las especulaciones. Las largas piernas de Rye andaban sobre los adoquines, y Laura tenía que darse prisa para mantenerse a la par. Josh seguía llorando y su madre lo llevaba a rastras de la mano.

– ¿Por qué le pegó a papá? -gimió.

Rye siguió caminando sin aminorar la marcha ni mirar a Laura o a Josh.

– Papá bebió demasiada cerveza -fue la única explicación que se le ocurrió a Laura.

– ¡Pero le pegó!

– Cállate, Joshua.

Laura se guiaba por el pesado taconeo de Rye, sintiendo que se le rompía el corazón y que su hijo era demasiado pequeño para comprender lo sucedido.

– Y puso al abuelo en ese hoyo para que pudiesen sepultarlo en la tierra.

– ¡Joshua, he dicho que te calles!

Dio un tirón tan fuerte de la mano del niño que la cabeza de Josh se sacudió, pero cuando las acusaciones se convirtieron en sollozos ahogados, los ojos de Laura se llenaron de lágrimas y la culpa le desgarró las entrañas. Se inclinó para alzar al chico en brazos y así lo llevó el resto del trayecto hasta la casa, mientras Josh hundía la cara húmeda en su cuello, abrazándose a ella confundido.

Cuando llegaron a la bifurcación del camino, Rye se adelantó y Laura siguió el sonido de sus pasos sobre el sendero de conchillas para guiarse en la oscuridad. Rye se detuvo en la puerta, la dejó pasar primero y esperó de pie, con el peso muerto de Dan sobre el hombro, causándole un dolor insoportable, mientras oía cómo Laura encontraba el yesquero y encendía las velas. Con la luz, los ojos oscuros buscaron a Rye, y de inmediato Laura le ordenó a Josh:

– Ponte el camisón y en un minuto iré a arroparte.

Lo dejó en mitad de la sala, mirando cómo precedía la marcha hacia el dormitorio, llevando una vela. Al hacerse a un lado, Laura vio cómo Rye arrojaba sobre la cama el cuerpo inerte de Dan. Cuando Rye se incorporó, su mirada recorrió el cuarto, desde la cama hasta el ropero entreabierto, donde colgaba la ropa de Laura y la de Dan, hasta la pequeña cómoda donde se veía el peine de barba de ballena junto a una jarra y una palangana. Cuando al fin su mirada se posó otra vez en la mujer, que estaba de pie en la entrada, con las manos apretadas fuertemente contra el pecho, su expresión era cerrada y dura.

– Será mejor que lo desvistas.

Laura se esforzó por tragar el nudo que tenía en la garganta y dio otro paso hacia el interior del cuarto. Como el espacio era exiguo, Rye tuvo que hacerse a un lado para dejarla pasar y, mientras ella se inclinaba sobre Dan para quitarle los zapatos, él fue hacia la puerta.

Desde allí, vio cómo la mujer levantaba un pie, luego el otro, y dejaba sin ruido los zapatos de Dan sobre el suelo, junto a la cama. Le aflojó la corbata, se la quitó y la dejó sobre la cómoda. Le desabotonó el cuello, mientras Rye recordaba cómo esas manos se movían sobre su ropa, hacía tan poco tiempo, allá en el prado. Frunció el entrecejo al ver que la mujer se sentaba en el borde de la cama, y forcejeaba para quitarle a Dan la chaqueta, pero el cuerpo laxo se negaba a cooperar y, al fin, le ordenó:

– Déjamelo a mí y ve a atender al niño.

Laura se incorporó, lo miró, y él vio que tenía los ojos llenos de lágrimas y le temblaban los labios. Pasó junto a él sujetándose las faldas, cuidando de no rozarlo, mientras salía de prisa.

Rye le quitó a Dan la chaqueta, los pantalones y la camisa y, haciéndolo rodar, logró meterlo bajo las mantas, dejándolo hecho un bulto inconsciente que roncaba. Lo observó un buen rato y después, más lentamente que antes, recorrió otra vez la habitación con la vista. Se acercó a la cómoda, tomó el peine de Laura y pasó el pulgar por sus dientes. Rozó con el dorso de los dedos la toalla que colgaba de un espejo en la pared, detrás del lavabo. Girando con parsimonia, se puso de frente al ropero. Con un dedo abrió la puerta de caoba tallada. La puerta se movió sin ruido. Apartó el dedo, lo metió en el bolsillo de su chaleco y dejó vagar la mirada por el contenido del mueble: los vestidos de Laura, que colgaban junto a los trajes y las camisas de Dan. Extendió la mano y, con un dedo, tocó la manga del vestido amarillo que Laura había usado el primer día que la vio en el mercado. Palpó con delicadeza la tela y luego, con gesto abrumado, la soltó y exhaló un profundo y prolongado suspiro. Echando una mirada sobre el hombro al que dormía a sus espaldas, cerró en silencio el guardarropa, sopló la vela y volvió a la sala.

Laura estaba sentada en el borde de la cama, arropando a Josh para que se durmiese. Rye ordenó a sus pies que se quedaran donde estaban, pero la tentación era demasiado grande. Con pasos lentos, se acercó hasta la cama y miró a Josh sobre el hombro de Laura. La madre se inclinó para besar al niño en la cara, todavía hinchada y roja de tanto llorar.

– Buenas noches, querido.

Pero los labios del niño temblaron, y sólo tenía ojos para el hombre que se cernía, alto, detrás de su madre. La mirada acusadora se clavó en el corazón de Rye, que pasó por alto la ofensa y se acercó más, hasta rozar la espalda de Laura con las caderas y el vientre. Pasando una mano sobre su hombro tocó los mechones suaves y rubios de Josh con un dedo calloso aunque la mirada del niño siguió expresando desconfianza y hostilidad.

– Lamento haber golpeado a tu papá.

– Dijiste que eras su amigo -lo acusó la voz trémula.

– Sí, y lo soy.

Laura vio que el dedo largo y bronceado se apartaba del cabello rubio y se retiraba tras ella, pero siguió sintiendo el calor del cuerpo de Rye, reconfortante, contra la espalda.

– No te creo. -La barbilla pequeña tembló-. Y… y pusiste en la tierra esa caja con mi abuelo dentro.

– Él fue el que me enseñó a pescar cuando yo no era mayor que tú. Yo también lo amaba, pero ahora está muerto. Por eso tuvimos que ponerlo en la tierra.

– ¿Y nunca volveré a verlo?

Con aire triste y silencioso, negó con la cabeza, asumiendo el papel de padre sin imaginar que pudiese acarrear tanto dolor.

Josh bajó la vista hacia la manta que le cubría el pecho, y la levantó con el índice.

– Yo lo sospechaba, pero nadie me lo dijo con seguridad.

Rye sintió el temblor que recorría a Laura, y le apoyó con delicadeza las manos en los hombros.

– Es porque no querían herirte ni hacerte llorar. Como sólo tienes cuatro años, creyeron que no lo entenderías.

– Ya tengo casi cinco.

– Sí, lo sé. Eres lo bastante mayor para entender que tu… que tu padre va a sentirse muy solo durante un tiempo por haber perdido a su padre. Necesitará mucho que lo animes. -Miró la coronilla de Laura-. Y tu mamá también -agregó con inmensa ternura.

Sintiéndose incapaz de permanecer con ellos dos y seguir conteniendo las lágrimas un solo instante más, Laura se inclinó para volver a besar a Josh.

– Ahora duérmete, querido. Yo estaré aquí cerca.

Josh se puso de lado, de cara a la pared, y se acurrucó formando una bola, pero al sentir que su madre se levantaba de la cama, miró sobre el hombro:

– No me cierres la puerta, mamá.

– N…no, Josh, no la cerraré.

Dejó abiertas de par en par las puertas de la alcoba y se enjugó las lágrimas. Cuando atravesó el cuarto y quedó fuera de la visión del hijo, Rye se quedó donde estaba, contemplando al niño. Desde el dormitorio llegaba el ruido de la respiración de Dan, y el único sonido eran esos suaves ronquidos repetidos. Rye miró la espalda de Laura y se acercó a ella por detrás, contemplando el complicado peinado que llevaba en la nuca, la severidad del vestido negro de luto que ceñía sus hombros caídos. Desde atrás le cubrió los antebrazos, oprimiéndolos con suavidad, viendo el dulce hueco en la nuca cuando ella ocultó la cara entre las manos y sollozó quedamente.

– Oh, Laura, amor -dijo, en un susurro trémulo, atrayendo la espalda de ella hacia su pecho y sintiendo que se le sacudían los hombros.

La mujer ahogaba los sollozos y Rye sacó un pañuelo del bolsillo y se lo dejó en las manos. La dejó llorar, sintiendo que él mismo necesitaba hacerlo, pero se resistió, tragó con esfuerzo y, cerrando los ojos, le frotó otra vez los antebrazos.

– Oh, R…Rye, me siento tan culpable, y lo que más me avergüenza es que he llorado tanto por Zachary como por nosotros.

La hizo girar y la apretó contra sí. Los brazos de Laura se aferraron a su espalda, Rye dejó caer la cabeza en el hombro de ella, y se mecieron juntos, consolándose.

Al oír sus sollozos, Josh sacó los pies de la cama y se quedó de pie junto a ella, vacilante, con una mano aún bajo las mantas, contemplando la espalda ancha que se encorvaba para abrazar a su madre. Vio que los brazos de esta se alzaban hacia el cuello del hombre, y que ese hombre grandote la mecía, como ella a veces lo mecía a él cuando se sentía mal y lloraba. Los observó en silencio, perplejo, dudando si debía seguir enfadado con Rye por haberle pegado a su padre como lo había hecho. Suponía que su madre debería de haberse enojado con él… pero no era así. Al contrario, lo abrazaba, hundía la cara en su cuello tal como Josh lo había hecho con ella cuando esa noche lo llevó en brazos hasta la casa. Oyó de nuevo los sollozos ahogados y, mientras los dos adultos se mecían de un lado a otro, vio la mano ancha de ese hombre que sujetaba la cabeza de su madre con fuerza contra él. Miró un momento más, y recordó lo que había dicho Rye, de que ella también necesitaría que le diese ánimos. Después, sin hacer ruido, levantó una rodilla dispuesto a meterse otra vez en la cama, escuchando, pensando y llegando a la conclusión de que a las madres también les gustaba que las abrazaran.

Laura lloraba amargamente, dando rienda suelta al flujo de la pena que había estado conteniendo durante tres días.

– Laura… Laura -dijo Rye, con la boca contra su pelo.

– Abrázame, Rye, oh, abrázame. Oh, querido mío, cuánto debes haber sufrido los últimos tres días.

– Shhh… calla, amor -canturreó en voz suave.

Pero Laura siguió:

– Cuando vi que te acercabas a Dan en el muelle, se me destrozó el corazón por ti y… y cuando vi que lo abrazabas y lo consolabas. Y otra vez, en la playa, mientras buscábamos. Oh, Rye, quise correr hacia ti y abrazarte, y decirte que te amaba por lo que estabas haciendo por él. Él… él te necesitaba tanto en ese momento… A veces pienso que el destino insiste en juntarnos, sabiendo que los tres nos necesitamos.

– Maldito destino, pues. ¡Ya no lo soporto más!

Le tembló la voz, y la retuvo junto a sí, pasándole la mano por la espalda.

– Rye, siento mucho lo que hizo Josh esta noche. Lo superará y dejará de echarte la culpa.

Rye se echó atrás con gesto brusco, y la tomó de la cabeza.

– La gente no me importa. No la necesito. ¡A ti te necesito! -Le dio una sacudida a la cabeza, dando énfasis a sus palabras, y las miradas de ambos se hundieron en las profundidades del otro. Volvió a estrecharla con rudeza contra él, aspirando el perfume del cabello y de la piel, y en un murmullo desesperado le dijo al oído-: ¿Por qué tuvo que suceder esto ahora? ¿Por qué ahora?

– Quizás estemos pagando por nuestros pecados.

– ¡No hemos pecado! Somos víctimas de las circunstancias, igual que los demás. Pero somos nosotros los que tenemos que sufrir y estar separados sin tener la culpa. Laura, nos pertenecemos el uno al otro mucho más que Dan y tú.

Los ojos de la joven volvieron a llenarse de lágrimas.

– Lo sé. Pero… pero ahora no puedo dejarlo, ¿no lo entiendes? ¿Cómo puedo abandonarlo en el peor momento de su vida, si él me apoyó a mí en el peor momento de la mía? ¿Qué diría la gente?

– Me importa un comino de lo que diga la gente. Quiero recuperaros a ti y a Josh.

– Sabes que ahora eso no es posible… por un tiempo.

Rye volvió a echarse hacia atrás:

– ¿Cuánto tiempo?

En los ojos azules empezaba a aparecer la cólera.

– Hasta que haya pasado un período de duelo decente.

– ¡Maldito sea el duelo! Zachary Morgan está muerto, ¿y nosotros debemos hacer cuenta de que morimos junto con él? Estamos vivos, y ya hemos desperdiciado cinco años.

– Por favor, Rye, por favor, comprende. Quiero estar contigo. Te… amo tanto…

De repente, Rye se quedó inmóvil. A la luz tenue de la vela, le observó el rostro:

– Pero también lo amas a él, ¿no?

La mirada de Laura bajó a su pecho y, como después de un rato no la levantó ni contestó, él le puso las manos en el cuello, presionó con los pulgares en su barbilla, y la obligó a mirarlo a los ojos.

– También lo amas a él -repitió.

– Los dos lo amamos, ¿no es cierto, Rye?

– ¿De eso se trata?

Escudriñó los ojos castaños, de pestañas mojadas, oyendo el firme ronquido de Dan que llegaba desde el dormitorio.

– Sí, por eso a los dos nos duele tanto verlo así.

– ¿Es frecuente que beba tanto?

– Últimamente, cada vez más. Sabe lo que yo siento por ti, y… y bebe para olvidarlo.

– De ese modo, al recurrir al alcohol, te retiene por medio de la culpa. Si te quedas, beberá porque sabe que quieres irte. Y si lo dejaras, bebería porque no te quedaste.

– Oh, Rye, cuánta amargura la tuya. Es un hombre mucho más débil que tú. ¿No lo compadeces, acaso?

– No me pidas que lo compadezca, Laura. Es suficiente que lo quiera. Que Dios ampare mi alma, pero no lo compadeceré por esgrimir su debilidad para retenerte.

– No es sólo eso, Rye. Esta isla es muy pequeña. ¿Qué diría la gente si yo lo abandonase ahora? Ya viste cómo nos miraba hoy Ruth.

– ¡Ruth! -exclamó Rye, en un susurro irritado-. ¡Ruth haría bien en abrirse de piernas debajo de un hombre, y así sabría el infierno por el que estás pasando!

– Rye, por favor, no tienes que…

El hombre le sujetó la barbilla y la besó en la boca con un asalto arrasador, hasta que advirtió que Laura forcejeaba para librarse de la presión de sus pulgares. Entonces, arrepentido, la abrazó.

– Oh, Dios, lo siento, Laura. Es que no puedo soportar marcharme de aquí e imaginarte en esa cama, junto a él, cuando tendrías que estar compartiéndola conmigo, como solía ser.

– Seis meses -repuso-. ¿Puedes soportarlo seis meses?

– ¿Seis meses? -Las palabras le helaron los labios-. Es como si me pidieras que lo soportase seis años. Sería igual de fácil.

– Tienes que saber que para mí tampoco será fácil.

Los pulgares de Rye le acariciaron las mejillas, ya con dulzura y amor.

– Dime, ¿sería posible que estés embarazada de mi hijo, ahora? Porque si existe la más mínima posibilidad, no permitiré que te quedes con él.

– No. No es el momento apropiado del mes.

Los ojos de Rye le recorrieron el rostro.

– ¿Dejarás que te haga el amor?

Laura se apartó y le dio la espalda.

– Rye, ¿por qué te torturas…?

– ¿Por qué? -Aferrándola del brazo, la hizo girar. Sus ojos ardían-. ¡Por Dios, tú lo amas; de lo contrario, a ti también te torturaría la idea!

Laura le oprimió los antebrazos.

– Le tengo pena. Lo he traicionado y, por eso, estoy en deuda con él.

– ¿Qué pasa si, por saldar tu deuda con él, te quedas embarazada de su hijo? ¿Qué harías en ese caso? ¿Pedirme más tiempo para decidir a cuál de los dos padres favorecerás la próxima vez?

Laura le lanzó un golpe, pero él retrocedió antes de que la mano diese en el blanco.

Acongojada, le tocó el pecho.

– Oh, Rye, lo siento. ¿Te das cuenta de que estamos enfadados por lo que nos vemos obligados a hacer, y no el uno con el otro? Explotamos de este modo porque no podemos pegarle a la verdadera causa de nuestro problema.

– La verdadera causa de nuestro problema es tu obstinación, y podrías resolverlo con una sola palabra: ¡sí! Sin embargo, prefieres no decirla.

Fue a grandes pasos hacia la puerta.

– Rye, ¿a dónde vas?

El hombre se volvió y, bajando la voz al distinguir la cama del niño en la oscuridad, tras la mujer, susurró:

– Te dejo con tu marido borracho, que no es digno de ti y, sin embargo, se las ingenia para que le seas leal, mientras él ronca en ese estado lamentable. ¿Pides seis meses? De acuerdo, te daré seis meses. Pero en ese tiempo, mantente fuera de mi vista pues, de lo contrario, me encargaré de que vuelvas a traicionar a tu esposo sin preocuparme de dónde o cuándo ni de quién se entere. ¡Por lo que me importa, puede estar la isla entera observándonos, y Ruth Morgan y todas las de su clase pueden aprender!

Capítulo14

A la mañana siguiente, cuando Dan Morgan despertó, se encontró con Laura acostada junto a él, todavía con el corsé de ballenas puesto. Recordando, lanzó un gemido y rodó hacia un lado de la cama, apretándose la cabeza y hundiendo los talones de las manos en las órbitas oculares. Se enderezó con presteza, sujetándose el estómago y estirando poco a poco los músculos. Cuando se puso de pie, la fuerza del puño de Rye Dalton se hizo sentir en todo su torso.

El gemido ahogado de Dan despertó a Laura, que se incorporó sobre un codo y preguntó, soñolienta:

– Dan, ¿estás bien?

Tras las insinuaciones públicas qué había hecho el día anterior, le daba vergüenza de mirarla. Mirando sobre el hombro, se sintió peor aún, al ver que no había tenido ni la sobriedad suficiente para ayudarla a quitarse el corsé, y que ella tuvo que dormir como una momia recién envuelta.

Se dejó caer en el borde de la cama, apretándose otra vez la cabeza, y fijando la vista en el suelo, entre los pies descalzos.

– Laura, lo siento.

La mujer le tocó el hombro:

– Dan, tienes que terminar con la bebida, no solucionarás nada bebiendo.

– Lo sé -murmuró, apesadumbrado-. Lo sé.

El cabello de Dan, en la parte posterior de la cabeza, estaba aplastado y revuelto, y Laura lo tocó, en gesto tranquilizador.

– Prométeme que esta noche volverás a casa a cenar.

La cabeza de Dan cayó más y se frotó la nuca, apartándole la mano. Luego alzó los hombros y suspiró hondo:

– Te lo prometo.

Lentamente se puso de pie estirando el torso, respirando con cautela, y luego salió del cuarto con pasos torpes dispuesto a empezar a prepararse para el trabajo. Hablaron poco y, cuando estuvo listo para salir hacia la contaduría, con la banda de luto en la manga izquierda, Laura salió detrás de él, y le apoyó la mano en el hombro:

– No olvides que lo has prometido.

Todo el día, mientras trabajaba en los libros de contabilidad, las cifras se entrelazaban ante sus ojos adoptando las formas de Rye y de Laura, y cuando salió del trabajo, al final de la jornada, ya estaba convencido de que no podía regresar a la casa sin fortalecerse.

Por eso volvió a la calle Water y entró en el Blue Anchor Pub. El local estaba adornado con tablas de cubiertas con los nombres de antiguos navios, el más importante de los cuales era uno desaparecido hacía mucho que se llamaba The Blue Lady. De las paredes y de las vigas del techo colgaban elementos utilizados en la pesca de ballenas: arpones, cuchillos de desollar, redes de nudos y herramientas de tallar. Lo mejor de todo eran los barriles de cerveza apoyados en sus soportes. Detrás colgaban las jarras personales de los clientes habituales, pero como no había ninguno con el hombre de Dan, el tabernero le dio la suya, ofreciéndole sus condolencias por medio de una ronda gratuita de flip, una fuerte mezcla de sidra de manzanas y ron. Cuando, al fin, Dan se marchó, estaba oscuro y había pasado hacía rato la hora de la cena.

Cuando entró en la sala, Laura levantó la vista y no necesitó más que una mirada para saber la causa de su demora: con movimientos lentos y deliberados colgó el sombrero de castor, y al fin se volvió hacia la mesa, donde sólo había un plato puesto.

– Lo siento, Laura -dijo con lengua estropajosa, tambaleándose un poco, pero sin avanzar hacia la mesa.

Ella se puso de pie, detrás de una silla de respaldo en escalera, y aferró el peldaño superior:

– Dan, estaba muy preocupada.

– ¿En serio? -Se hizo un silencio pesado mientras la miraba con ojos inyectados en sangre-. ¿Lo estabas? -insistió en voz más baja.

– Claro que sí. Esta mañana, me prometiste…

Dan agitó una mano como si quisiera ahuyentar a una mosca, metió dos dedos en el bolsillo del reloj, alzó la vista al techo, y se balanceó en silencio.

– Dan, tienes que comer algo.

El aludido hizo un gesto vago en dirección a la mesa.

– No te molestes en servirme la cena. Iré a…

No pudo terminar la frase, y suspiró. Dejó caer la barbilla sobre el pecho, como si se hubiese quedado dormido de pie.

«¡Dios querido! ¿qué le he hecho?», se preguntó Laura.

Los días que siguieron respondieron a su pregunta con dolorosa claridad, pues Dan Morgan se convirtió en un hombre infeliz y desgarrado y, aunque había prometido atenerse a la sobriedad, pronto su jarra personal colgó de los ganchos fijos a la pared, detrás de los barriles del Blue Anchor. No pasó mucho tiempo hasta que su esposa, esperándolo en la casa iluminada por velas de Crooked Record Lane, abandonó el corsé armado con ballenas pues, como la mayor parte de las noches no había quién la ayudara a quitárselo, volvió a la libertad y soltura de la camisa.

El verano tocaba a su fin, y Laura llenaba sus días con las innumerables preparaciones para el invierno. Los frutos de las palmeras salvajes de la isla estaban maduros, y se llevó a Josh a recoger la fruta en cestos hechos con barbas de ballena; luego los acarrearon a la casa y preparó conservas y la tradicional mezcla de pasas, manzanas y especias, a la que a veces se le agregaba carne. Y cuando volvía deprisa después de haber pasado parte del día en los brezales, estaba poblada de recuerdos de Rye, y llegaba para encontrarse con la mesa vacía y la casa solitaria, porque Dan seguía trasnochando en el Blue Anchor.

Luego, Josh le pidió que fuesen a recoger uvas y, si bien Laura sabía que colgaban, purpúreas y espléndidas en el mejor embarcadero de la isla, se resistía a ir por temor a toparse con punzantes recuerdos. Pero, como las uvas eran una fuente disponible de materia prima para fabricar jalea, zumo, y las confituras preferidas de Josh que se hacían secando la fruta y azucarándola, al fin cedió y fue. Al ver el embarcadero, sintió otra oleada de añoranza por Rye, a la que siguió la culpa que siempre le dejaba, hasta el punto de que ya le resultaba familiar. Esa culpa se acentuó la noche que Dan regresó a la hora de la cena, se quedó en la casa y dedicó tiempo a Josh. El ánimo de Laura se aligeró al ver que él se mantenía puntual y sobrio durante varios días. Apartó de su mente a Rye y se dedicó a convertir otra vez al hogar en el lugar feliz que había sido.

Pero una mañana, cuando Dan abrió un cajón del ropero buscando una camisa limpia, algo cayó al suelo: el corsé de Laura. Se inclinó para recogerlo y lo sostuvo levantado con unas manos que, últimamente, siempre temblaban un poco. Contemplándolo con aire desolado, pasó el pulgar por uno de los refuerzos y, cerrando un instante los ojos, se preguntó qué había sido de su matrimonio. Cuando los abrió, vio que una parte de una ballena sobresalía de su funda de algodón. Vacilante, tocó el extremo pulido y redondeado, y sólo entonces comprendió que no era un refuerzo común sino una ballena tallada. Con creciente miedo, fue sacándola hasta dejar al descubierto la talla, palabra por palabra.

Permaneció largo rato con la cabeza gacha y los hombros caídos, leyendo y releyendo el poema grabado que asomaba bajo su pulgar. Pasaron unos minutos y, tragando con dificultad, se tambaleó sobre los pies como si otra vez le hubiese acertado el puño de Rye Dalton. Se imaginó a sí mismo ajustando los cordones que, al apretar, imprimían las palabras de amor de Rye sobre la piel de Laura, y sufrió de nuevo la verdad de la derrota: Laura nunca había dejado de amar a Rye. Él siempre había sido su preferido, y siempre lo sería.

– Dan, tienes el desayuno preparado -anunció Laura a sus espaldas.

Dejó caer el corsé, cerró la puerta del ropero y giró sobre los talones.

– Dan, ¿qué pasa?

Parecía sacudido y algo descompuesto. Bajando la vista, Laura vio lo que tenía en la mano, que sólo era una camisa limpia y, mientras se la ponía, Dan insistió en que no pasaba nada malo.

Sin embargo, después de eso, esa noche volvió más tarde que nunca.

Llegó el otoño. Como pronto se abriría una escuela privada dirigida por señoras, varias madres planearon la última excursión a la playa para un grupo de niños. Y si bien faltaba un año para que Josh comenzara las clases, fue incluido en la diversión, y se sumó entusiasta con Jimmy.

Cuando terminaron el almuerzo al aire libre y los juegos, los dos niños se alejaron solos. Arrodillados, cavaron frenéticos en busca de cangrejos que podían enterrarse en la arena a mayor velocidad de la que los chicos podían cavar. Riendo, hacían volar la arena tras ellos, sabiendo que sus esfuerzos eran inútiles, y gozando de la caza por sí misma. Por fin, Jimmy se dio por vencido, se sentó, y dijo:

– En el funeral de tu abuelo, oí algo que estoy seguro que no sabes.

– ¿Qué?

Josh siguió cavando.

– Se supone que no tengo que decírtelo, porque cuando mamá me sorprendió escuchando lo que hablaban las mujeres, me hizo prometer que no te lo diría y me hizo apartarme, así que ya no escuché nada más.

Eso captó de inmediato el interés de Josh y, volviéndose hacia su amigo, encendido de curiosidad, le preguntó:

– ¿Sí? ¿Qué dijo?

Jimmy fingió estar entretenido cerniendo arena entre los dedos para encontrar conchillas.

– No iba a decírtelo, pero… -Miró de soslayo al amigo más pequeño, dudando de la prudencia de revelarle el secreto, pero al fin continuó-: Bueno, he estado pensando que, si es verdad lo que dijeron, bueno, tú y yo seríamos primos.

– ¿Primos? -Los ojos de Josh se pusieron redondos como platos-. ¿Como somos yo y los hijos de la tía Jane?

– Ahá.

– ¿Le oíste decir eso a tu mamá?

– Bueno, no exactamente. Hablando con mi tía Elspeth, decían que tu verdadero padre no es… bueno, el que tienes sino ese otro tipo, Rye Dalton.

Por un momento, Josh guardó silencio, y luego dijo, escéptico:

– No lo dijeron.

– ¡Sí que lo dijeron! Dijeron que tu verdadero papá es Rye Dalton y, si es así, entonces eres mi primo, porque…

– ¡Él no es mi papá! -Ya estaba de pie-. No puede ser que sea mi papá y que mi mamá no lo sepa.

– ¡Lo es!

– ¡Eres un mentiroso!

– ¿Por qué te pones tan furioso? ¡Jesús… creí que te gustaría ser mi primo!

A Josh le costaba esfuerzo contener el llanto.

– No es cierto, tú… tú… -Buscaba la peor palabra que pudiese conocer-. ¡Mentiroso! ¡Estúpido! ¡Infeliz!

– No soy ningún mentiroso. El señor Dalton es primo de mi padre, y por eso se llama Rye, porque ese es nuestro apellido… ¡por si no me crees!

– ¡Mentiroso!

Recogió un puñado de arena y lo tiró a la cara de Jimmy, se dio la vuelta y salió corriendo.

– ¡Josh Morgan, le diré a tu mamá que me has dicho infeliz! ¡Y además, no quiero ser tu estúpido primo mayor!

Después de la excursión, Laura notó que Josh estaba retraído y lo atribuyó al comienzo de las clases, que lo alejaba de su mejor amigo, Jimmy. Sabía que, además, echaba de menos la compañía de Dan por las noches, y si bien trataba de compensarlo por su ausencia, no ponía en ello el corazón y no podía levantarle el ánimo a su hijo. Permanecía retraído, distante, en ocasiones hasta enfadado. Intentó despertarle el entusiasmo por ayudarla a realizar algunas de sus tareas preferidas, pero no lo logró. Cuando, al fin, lo invitó a ir a recoger bayas de enebro y también se negó, la preocupación de Laura se hizo más grande. Una noche, esperó a Dan deseando que llegara lo bastante sobrio para conversar el problema, y ver si podían resolverlo juntos.

Dan se sorprendió al encontrarla levantada cuando volvió. Laura ya llevaba puestos el camisón y la bata, y se le acercó de inmediato retorciéndose las manos, con expresión triste y angustiada. La imagen de la mujer vaciló, luego se aclaró, y a través de la niebla alcohólica, Dan pensó: «Morgan, ¿por qué no la dejas libre? ¿Por qué no la mandas con Rye y terminas con esto de una vez?». Al mirarla a los ojos, tuvo la respuesta: porque la amaba de un modo que ella jamás imaginaría, y cederla equivaldría a entregar su razón de vivir.

– Déjame ayudarte.

Laura se acercó y trató de ayudarlo a quitarse la chaqueta, pero él le apartó las manos.

– Puedo hacerlo.

– Déjame…

– ¡Quitáme tus malditas manos de encima! -gritó retrocediendo a punto de caerse.

Laura se puso rígida como si la hubiese abofeteado. Entreabrió los labios dejando escapar una exhalación de sorpresa, y en sus ojos brillaron las lágrimas. Retorciendo las manos, dio unos pasos atrás.

– Dan, por favor…

– ¡No lo digas! No digas nada, déjame en paz. Estoy borracho. Lo único que quiero es irme a la cama. Lo único…

Con las rodillas tensas, balanceándose como un álamo sacudido por el viento del verano, fijó la vista en el suelo, a sus pies.

Horrorizada, Laura pensó que se echaría a llorar pero de repente, la atrajo a sus brazos y la estrechó con fuerza, sujetándola por la parte posterior de la cabeza mientras intentaba mantener el equilibrio.

– Oh, Dios, cuánto te amo. -Con los ojos apretados y la voz quebrada por la emoción, prosiguió-: Que Dios me ayude, Laura, pero ojalá Rye hubiese estado en ese barco que se hundió.

– Dan, no sabes lo que dices.

El abrazo era inquebrantable, y ella no pudo hacer otra cosa que quedarse donde estaba.

– Sí, lo sé. Estoy borracho, pero no tanto que no sepa lo que he estado pensando durante semanas. ¿Por qué tuvo que volver? ¿Por qué?

El grito se convirtió en llanto, y Laura lo recordó en el extremo del muelle, volviéndose hacia Rye en busca de fuerza y consuelo y comprendió bien la tortura que expresaban sus palabras.

– Vete a la cama, Dan. Yo apagaré las velas y estaré contigo dentro de un momento.

La soltó y la obedeció yendo hacia el dormitorio, desbordando de vergüenza por haber expresado un deseo tan herético.

Como todas las noches, Laura fue a dar un vistazo a Josh por última vez antes de acostarse. Cuando el niño vio por las puertas entreabiertas de su alcoba, la luz titilante que se acercaba, cerró los ojos y se fingió dormido. Sin embargo, cuando su madre se fue, se quedó tendido en la oscuridad, pensando en lo que acababa de saber, recordando la primera vez que vio a Rye Dalton abrazando a mamá. Rye había dicho que se llamaba así porque el apellido de soltera de su madre era Ryerson, y Jimmy había dicho lo mismo. ¿Era posible, pues, que Jimmy estuviese en lo cierto? Recordó cómo Rye le pegó a papá… lo recordó abrazando a mamá… haciéndola sonreír, allá en la colina junto al molino del señor Pond. Volvió a evocar las palabras que había dicho su padre hacía un instante: ¡papá deseó que Rye estuviese muerto! Muerto… como el abuelo. Trató de coordinar las cosas, pero nada coincidía. Lo único que Josh sabía era que, desde la llegada de Rye, nada había sido igual. Papá ya no regresaba nunca a la casa, mamá estaba siempre triste, y… y…

Josh no entendía nada de todo eso. Lloró hasta que se durmió.

Un día tibio, de comienzos de la primavera, Laura propuso a Josh colaborar con ella en medir y mezclar los ingredientes de un popurrí, cuyos elementos recogieron y secaron con cuidado durante el verano.

Josh echó una mirada melancólica a los pétalos de rosa, las peladuras de cítricos y las especias, pero hundió las manos en los bolsillos y bajó la cabeza.

Oh, Josh, Josh, ¿qué pasa, querido?

– Pero el año pasado me ayudaste y nos divertimos mucho.

– Saldré a jugar.

– Si no me ayudas, este invierno las polillas harán agujeros en nuestra ropa.

Pero el intento de convencerlo fracasó, pues el chico se limitó a encogerse de hombros y posó la mano en el pestillo.

Después de que saliera, Laura se quedó mirando la puerta largo rato, pensando cómo sacarlo de esa indiferencia tan impropia de él. Volvió la vista al fragante montón que había sobre la mesa y le pareció que los pétalos flotaban ante sus ojos. Luchó contra las lágrimas apretándose los nudillos sobre los ojos. Como solía sucederle en momentos así, acudió Rye a su mente y deseó poder hablar con él acerca de Josh. Ver las rizadas mondaduras de naranja y de limón y oler ese perfume punzante le trajo a la memoria que, en aquella época, todos los años, tenía la costumbre de ir hasta la tonelería a buscar un saco de fragantes astillas de cedro para agregar al popurrí, pero ese año tendría que arreglárselas sin ellas.

Fuera, Josh se acuclillaba al sol, golpeteando a desgana las conchillas del sendero, deseando entrar a colaborar con la madre porque preparar esa mezcla era muy divertido… mucho más que raspar mondaduras, separar pétalos, y todas las tareas pesadas que habían hecho durante el verano. Volvió la vista en dirección a la bahía, y los labios infantiles se apretaron. Allá abajo, en algún lado estaba Rye y, de no ser por él, en ese momento Josh estaría dentro, compartiendo con su madre una de sus tareas preferidas.

Rye estaba enseñándole a su primo, el aprendiz, cómo igualar los listones que formaban un cubo, cuando una figura pequeña se detuvo en la entrada de la tonelería: ¡Josh! Rye volvió su atención a lo que estaba haciendo, seguro de que pronto aparecería Laura pero, después de un minuto, nadie llegó tras el niño. Josh se quedó en la entrada observando el interior de la tonelería y, en particular, al propio Rye. Este sentía que los ojos del niño seguían todos sus movimientos y, al alzar la vista, vio que su boca estaba apretada y que una expresión beligerante rodeaba los ojos azules.

– Hola, Josh -lo saludó al fin. Como no hubo respuesta, preguntó-: ¿Has venido solo?

Josh no respondió ni se movió, y siguió como estaba: la imagen misma de la hostilidad. Rye se acercó a la puerta, haciendo como que comparaba dos duelas que había recogido. Cuando se acercó a Josh, el muchacho retrocedió. Rye se asomó, miró en ambas direcciones, y no vio a Laura por ningún lado.

– ¿Tu madre sabe que estás aquí, solo?

– No le importa.

– Ah, no, muchacho, en eso te equivocas. Es conveniente que vuelvas a tu casa, o tu madre se preocupará.

El mentón pequeño adoptó un gesto más desafiante aún:

– No puedes decirme lo que tengo que hacer. No… no eres mi papá. -Antes de que Rye pudiese hacer el menor movimiento, Josh se precipitó hacia él, con las lágrimas corriéndole por las mejillas. Golpeándolo con los puños infantiles, gritó-: ¡No eres mi papá! ¡No! ¡Mi papá es mi papá, y no tú!

Y antes de que el hombre pudiese recuperarse de la sorpresa, Josh giró sobre los talones y salió corriendo calle arriba.

– ¡Joshua! -lo llamó Rye, pero el chico ya no estaba-. ¡Maldición! -exclamó.

Entró en la tonelería y arrojó con rabia las duelas. Le palpitaba el corazón y se le formó en las manos una capa de sudor mientras, de pie ante el banco de trabajo, pensaba qué hacer: Josh estaba tan enfadado, tan herido… Sin duda, había descubierto la verdad, pero si se lo hubiese dicho Laura, estaba seguro de que lo habría hecho de un modo tal que no dejara al niño en ese estado. ¿Y si no regresaba a la casa? En ese momento estaba perturbado y desilusionado, y Laura tenía que saberlo, aunque el último lugar de la isla al que podía acudir era a la casa. De repente, se dio la vuelta.

– Chad, quiero que hagas un encargo para mí.

– Sí, señor.

Rye buscó con la vista un papel y, como no encontró, apoderándose de lo primero que tenía a mano usó una corteza plana y limpia de cedro del cubo en el que había estado trabajando, y escribió con un trozo de carbón: «Josh lo sabe», y firmó, sencillamente, «R».

– ¿Sabes cuál es la casa de Dan Morgan, en Crooked Record Lane? -Chad asintió-. Quiero que vayas corriendo allá y le des esto a la señora Morgan. A ninguna otra persona, ¿entendido? -insistió muy serio.

– Sí señor -repuso Chad con vivacidad.

– Bien, ahora, vete.

Rye lo vio irse, y el ceño se profundizó. Recordó el día que se encontró con Laura y Josh que bajaban de la colina. Me gustas, volvió a oír en la voz infantil. Dejó vagar la vista por el espacio, oyendo las palabras y frotándose el estómago donde Josh le había pegado, debatiéndose contra la verdad. Dejó caer la cabeza y exhaló un hondo suspiro. ¿La vida volvería a ser simple, alguna vez? Era tan poco lo que pedía… La esposa que amaba, el hijo que había perdido, la casa de la colina. Sólo quería lo que le pertenecía.

Josiah observó la actitud abatida de su hijo y, acercándose por detrás le dio una palmada en la espalda.

– El chico aún no tiene cinco años. Es demasiado pequeño para razonar las cosas. Cuando pueda hacerlo, te juzgará por ti mismo y no como al hombre que le quitó a su padre. Yo diría que ha sido una impresión fuerte para él. Dale tiempo.

Rye no solía abrumar a su padre con sus problemas pero, en ese momento, se sentía sacudido y muy deprimido. Todavía de cara hacia la puerta, con la mano posada sobre el estómago, dijo:

– Hay días en que desearía no haber sido desembarcado del Massachusetts.

Josiah oprimió el sólido hombro del hijo.

– No, hijo, no digas eso.

Rye lo miró y se sacudió la apatía.

– Tienes razón. Lo lamento. Olvida que lo dije.

Volvió al trabajo, exhibiendo una alegría que no sentía.

Cuando Josh irrumpió en la casa, Laura ignoraba que se había ido del patio. El portazo la sobresaltó, y vio que el niño atravesaba corriendo la habitación y se arrojaba, boca abajo, sobre la cama. Laura se levantó de inmediato esparciendo livianos pétalos de rosa para ir a sentarse en el borde de la cama y acariciar el cabello de su hijo.

– Querido, ¿qué pasa?

Por única respuesta, él se hundió más en la almohada y lloró más fuerte. Cuando Laura intentó hacerlo girar, la apartó.

– Josh, ¿es algo que yo hice? Por favor, dile a mamá qué es lo que te ha hecho tan desdichado.

Desde la almohada llegó una respuesta ahogada, y los hombros de Josh se sacudieron.

Laura se inclinó hacia él.

– ¿Qué? Vamos, mi cielo, date la vuelta.

Josh levantó la cabeza y sollozó:

– ¡Lo o…odio a Jimmy!

– Pero si es tu mejor amigo.

– Igual lo o…odio. ¡Dijo… dijo un montón de men… mentiras!

– Dime qué dijo Ji…

En ese preciso instante, la interrumpió el golpe de Chad. Frunciendo el ceño, echó una mirada a la puerta, acarició los hombros del hijo y fue a abrir. En cuanto abrió la puerta, Chad le espetó:

– Su pequeño estaba en la tonelería, señora. El señor Dalton dice que le dé esto.

Antes de que Laura pudiese darle las gracias, Chad le había dejado el trozo de cedro en la mano y se había marchado. Leyó rápidamente el mensaje y lo apretó contra el corazón, echando una mirada a Josh, que seguía llorando sobre la cama. «Oh, Josh, de modo que es esto lo que estaba molestándote».

Releyó el mensaje y se llevó el trozo de madera a la nariz, buscando las palabras adecuadas. Cerró los ojos, intentando serenarse. La madera olía como Rye, con ese limpio aroma que siempre trascendía de él, y Laura sintió que flotaba hacia ella como un mensaje de apoyo, y que su corazón palpitaba, incierto.

«Nuestro hijo», pensó, tratando de aflojar el nudo de amor que se le había formado en la garganta. Avanzó lentamente hacia la cama del niño cuyos sollozos llenaban la alcoba.

– Joshua… -Le alisó los mechones rubios de la cabeza, tratando de imaginar lo que habría sucedido en la tonelería, deseando más que nunca que Rye estuviese presente en ese momento-. Querido, lo siento. Por favor… -Lo hizo darse la vuelta aferrándolo de los hombros pequeños, y aunque Josh hizo fuerza para quedarse boca abajo, logró hacerlo girar, y entonces el niño le echó los brazos alrededor y se aferró a ella. Laura lo estrechó con fuerza y le apoyó la barbilla sobre la cabeza-. Oh, Josh, no llores.

– Pe…pero Jimmy dice que mi papá no es m…mi verdadero papá.

– Hablaremos de eso, querido. ¿Por eso has estado tan callado e inquieto últimamente?

La única respuesta de Josh fue seguir sollozando, porque ya no sabía con quién debía de estar enfadado.

– ¡Pe…pero Jimmy dice que R…Rye es mi verdadero papá, y no es cierto!

Se echó atrás e intentó adoptar una expresión desafiante, pero le tembló el mentón y las lágrimas fluyeron como un torrente.

Laura buscó los ojos anegados en lágrimas, mientras pensaba cuál sería el modo menos doloroso de hacerle entender y creer la verdad.

– ¿Fuiste a la tonelería a preguntárselo?

– N…no.

– ¿Y para qué, pues?

Josh dejó caer el mentón y se alzó de hombros.

Buscando en el bolsillo del delantal, Laura dejó allí el trozo de cedro y sacó un pañuelo para enjugarle los ojos al lloroso niño.

– Te diré por qué Jimmy dijo eso, pero tendrás que prometerme recordar que yo te amo, y también Dan. ¿Me lo prometes?

Le rozó la barbilla trémula.

Josh hizo un titubeante gesto de asentimiento, y se dejó abrazar otra vez contra el pecho de su madre, sintiéndose reconfortado por su voz.

– ¿Recuerdas el primer día que viste a Rye? ¿Cuando entraste a cenar y lo sorprendiste besándome? Bueno, eso fue… no sé cómo explicarte lo importante que fue ese momento para mí. Durante mucho tiempo, yo creí que Rye estaba muerto y, como era mi… mi amigo desde que yo era una niña no mucho mayor que tú, me sentí muy, muy feliz de descubrir que estaba vivo, ¿sabes? Ya sabes que los tres: tu papá, Rye y yo éramos amigos desde niños. Fuimos juntos a la escuela y pronto fuimos… oh, tres niños pequeños jugando a seguir al líder. A donde fuese uno de nosotros, los otros dos lo seguían. Como pasa con Jimmy y tú.

Laura se echó atrás, dirigió al hijo una breve sonrisa tranquilizadora y luego lo acurrucó otra vez en la posición anterior.

– Bueno, yo tenía unos quince años cuando descubrí que Rye me gustaba de una manera diferente que Dan. Y cuando tuve dieciséis, comprendí que amaba a Rye y que él sentía lo mismo por mí. Nos casamos en cuanto tuvimos edad suficiente y, poco después, Rye decidió salir a la caza de ballenas. Yo… yo me puse muy triste cuando se fue, pero él tenía que ganar dinero para los dos, y habíamos resuelto que, cuando volviese a casa, no saldría más a navegar. Entonces el barco en el que viajaba se hundió; la noticia llegó a Nantucket, y todos nos convencimos de que él se había ahogado junto con los otros hombres del barco.

Josh se echó atrás y miró a la madre con ojos grandes y resplandecientes.

– ¿Ahogado? ¿Como… como el abuelo?

Laura asintió con aire grave.

– Sí, con la diferencia de que creímos que Rye había sido sepultado en el mar. Dan y yo estábamos muy tristes, porque los dos… bueno, los dos lo echábamos mucho de menos.

Josh no perdía una sílaba de lo que decía la madre, y ella prosiguió, en tono suave.

– Después de haber pensado que Rye estaba muerto, supe que iba a tener un hijo… que eras tú, claro. -Laura sujetó con ternura la mano de Josh, y le acarició el dorso de los dedos. Mientras hablaba miraba los ojos azules, tan parecidos a los del padre-. Sí, querido, Rye es tu verdadero papá. Pero él se fue sin saber que tú ibas a nacer, porque aún estabas dentro de mi vientre. Cuando creí que estaba muerto, me puse triste porque pensé que nunca te conocería y que tú nunca lo conocerías a él.

Josh la miraba fijo, sin reaccionar aún. Laura le apretó una mano entre las suyas, acariciándola con amor.

– Jimmy te dijo la verdad. Rye es tu verdadero papá, pero es sólo uno de ellos, porque Dan siempre estuvo presente cuidándonos a ti y a mí desde el momento en que naciste. Él decidió ser tu papá, Josh, no debes olvidarlo. Él sabía que necesitabas un padre… y como Rye no estaba para cuidarnos a ti y a mí, tuvimos… tuvimos muy buena suerte de tener a Dan, ¿no crees? -Laura ladeó la cabeza y le tocó la mejilla, pero Josh bajó la vista, confundido-. Nada puede cambiar el gran amor que Dan siente por ti, ¿entiendes, mi cielo? Eso es lo más importante. Fue el único padre que tuviste hasta el día en que Rye regresó y descubrimos que no estaba muerto. Pero todos pensamos que, si te lo decíamos, te sentirías confundido y dolido, y por eso preferimos esperar un tiempo… Yo… lamento haberlo demorado. Tendrías que haberlo sabido por mí, y no por Jimmy. Tampoco debes culpar a Jimmy por esto, querido.

Josh alzó la vista, con expresión culpable.

– Yo… le dije mentiroso y… infeliz.

Laura contuvo una sonrisa trémula.

– Debías de estar muy furioso con él. Pero no tienes que olvidarte de decirle a Jimmy que lo sientes. No está bien insultar a los demás.

– ¿Así que… tengo dos papas? -preguntó Josh, esforzándose por entender.

– Yo diría que sí. Y los dos te quieren.

Josh digirió la novedosa idea un momento, clavando la vista en su rodilla, y luego levantó la vista.

– ¿También te aman a ti?

A duras penas pudo evitar que le temblara la voz.

– Sí, Josh, me aman.

– ¿Y estás casada con los dos?

– No, sólo con Dan.

Desde el bolsillo del delantal le llegó hasta las narices el perfume del cedro, y tuvo que combatir las emociones que había despertado el relato en ella.

– Ah. -Josh se puso a pensar otra vez, y luego preguntó-. ¿Rye sabía que papá nos ayudó a ti y a mí mientras él no estaba?

– Sí, se enteró el día que regresó, cuando tú lo viste.

– Entonces, no tendría que haberle pegado a papá -declaró, como quien llega a una firme decisión.

Laura suspiró, sin saber cómo aclarar los pensamientos errados que albergaba la mente joven de su hijo, que prosiguió:

– Y además, después de que Rye volvió, papá empezó a no volver por las noches a casa. Ojalá… ojalá viniera a cenar a casa, como hacía antes.

Sin poder contener las lágrimas, Laura lo estrechó otra vez contra sí, para que el niño no viese su llanto.

– Lo sé. Yo también lo deseo. Pero tenemos que tener paciencia con él, y… y ser muy amables. ¿Recuerdas lo que dijo Rye? Que papá necesita mucho que le demos ánimo, porque este es un mal momento para él, y nosotros… tenemos que comprenderlo, eso es todo.

Le pareció que era algo demasiado largo para un niño de cuatro años. ¿Cómo podía esperar que entendiera si, a veces, ni ella misma entendía?

Sin embargo, ahora que Josh sabía la verdad, sintió una nueva paz en su interior. Después, mientras los dos medían y mezclaban con esmero el popurrí, sacó el trozo del cedro del bolsillo, lo cortó en pequeños trozos y lo añadió a la receta. Parecía un mensaje de esperanza enviado por Rye y permanecería en los cajones de la cómoda durante el largo invierno qué los esperaba.

Capítulo15

Se decía a menudo que, sin la humilde duela de barril, el comercio mundial se detendría por completo. Un día, a finales de septiembre, apareció en la tonelería un gallardo caballero de baja estatura, que sabía bien hasta qué punto se honraba el oficio de los toneleros y que sabía que se contaban entre los artesanos más respetados y buscados. Cuando se detuvo en la entrada, el visitante sacó un fino pañuelo de lino y se sonó la nariz, sobre la cual cabalgaba un par de gafas de montura metálica ovalada.

– Buenos días -musitó Josiah sin quitarse la pipa, observando al extraño.

– Buenos días -repuso el hombre, con voz nasal.

Josiah señaló a Rye con la boquilla de la pipa.

– Ah, señor Dalton, mi nombre es Dunley Throckmorton.

Se dirigió hacia el fondo del taller, donde Rye se volvió y aceptó el cordial apretón de manos con la misma firmeza con que lo recibía.

– Buenos días, señor. Soy Rye Dalton y este es mi padre, Josiah. ¿En qué podemos ayudarlo?

– No quisiera interrumpir su trabajo. Este mundo necesita barriles, y detesto la idea de retrasar la producción por un instante siquiera. -Trockmorton sorbió por la nariz, soltó un estornudo y se disculpó-. Este clima de la costa no me sienta bien. -Se limpió la nariz-. Por favor, señor Dalton, se lo ruego