/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Hacerse Querer

Lavyrle Spencer

En el siglo pasado, los hombres emprendedores se aventuraban solos en el lejano territorio de Minnesota, en el noroeste de los Estados Unidos. Así se hizo necesaria la costumbre de mandar a pedir esposas sin conocerlas previamente. Ansiosa por escapar a la humillación de su sórdida existencia en Boston, Anna acepta convertirse en novia por correspondencia de Karl, un adinerado granjero. El esperaba una muchacha de veinticinco años, hábil cocinera, experta ama de casa, dispuesta al trabajo rural y… virgen. Generoso por naturaleza, Karl deberá perdonar a Anna todas sus mentiras. Pero hay un secreto que ella aún le oculta a fin de preservar el amor incipiente…

LaVyrle Spencer

Hacerse Querer

Título original: The Endearment

Esta novela es una obra de ficción histórica. Los nombres, personajes, lugares e incidentes que se relacionan con figuras no históricas son producto de la imaginación de la autora, o se usan en forma ficticia. Cualquier semejanza de tales figuras no históricas, lugares o incidentes con personajes reales -vivos o muertos-, acontecimientos o lugares es pura coincidencia.

A

mi querida amiga

Ellen Anderson Niznik,

cuyos padres, hace muchos años,

se tomaron de la mano y cruzaron el umbral de la iglesia

para sentarse a contemplar la puesta de sol.

Nota histórica

Durante los años precedentes a la admisión de Minnesota como estado, cuando todavía se la consideraba la frontera, pocas mujeres se aventuraban en sus confines, en particular más allá de las cataratas de Saint Anthony. La vida de frontera exigía un costo demasiado alto a cualquier mujer que fuera a vivir a ese país del Norte. Aunque los periódicos del Este describían en forma tentadora lo que el territorio de Minnesota podía ofrecerles a los hombres, y los invitaba a establecerse allí, estas invitaciones no se hacían extensivas a las mujeres. En cambio, los artículos de dichos periódicos las desalentaban a acercarse a esa tierra salvaje e indómita. Por eso, la mayoría de los hombres llegaban solos al desolado territorio de Minnesota, dispuestos a ganarse la vida con sacrificio. Así se hizo necesaria la costumbre de mandar a pedir esposas, sin conocerlas previamente. A esas mujeres se las conocía con el nombre de “novias por correspondencia”.

L. S.

Capítulo 1

Anna Reardon había hecho algo imperdonable. Había mentido desvergonzadamente para lograr que Karl Lindstrom se casara con ella. Había engañado a ese hombre con toda intención, a fin de que le enviara el dinero para viajar a Minnesota como su “novia por correspondencia”. Él esperaba una muchacha de veinticinco años, hábil cocinera, experta ama de casa, dispuesta trabajadora rural y… virgen.

Más aún, esperaba que llegara sola.

Lo único acerca de lo que cual no había mentido, era su apariencia. Se había descripto a sí misma con precisión como una irlandesa, con el pelo del color del whisky, tan alta como la cruz de una mula, más bien delgada, de ojos castaños, orejas chatas, con algunas pecas, de facciones pasables, con la dentadura completa y sin marcas de viruela.

En cuanto al resto de las cartas, eran una sarta de mentiras tan bien fraguadas como para hacer que el confiado Karl le enviara el dinero del pasaje, dándole así la oportunidad de escapar de Boston.

A pesar de estas fabulaciones, a Anna no le había resultado fácil mentir. Desde el momento en que la muchacha, desesperada y sin hogar, había dictado las cartas a su hermano menor, éstas pesaban sobre su conciencia como un castigo. En realidad, cada vez que volvía a contar sus mentiras, el castigo se manifestaba en un agudo dolor en la boca del estómago y aun ahora, a sólo minutos del encuentro con Karl Lindstrom, la invadía un sufrimiento tan intenso como nunca antes había experimentado.

El dolor se le había hecho cada vez más intolerable durante el largo y tedioso viaje hacia el Oeste, viaje que había comenzado un mes atrás después de que los témpanos se disolvieron en los Grandes Lagos. Anna y su hermano, James, habían viajado en tren desde Boston a Albany durante todo el mes de junio, luego en barco por canal a Buffalo. Después abordaron un buque de vapor por el lago, cuyo destino era un hoyo fangoso llamado Chicago, una ciudad que en 1854 consistía sólo en un camino de madera, que iba desde el barco hasta el hotel. Más allá, se extendía la región desierta que Anna y su hermano acababan de atravesar.

Un carrero los llevó a Galena, en el territorio de Illinois. Este tramo del viaje había llevado una semana entera durante la cual los mosquitos, el clima y el traqueteo de la carreta por el terreno desigual contribuyeron al malestar general. En Galena tomaron un buque de vapor hacia St. Paul, donde subieron a una carreta tirada por bueyes que los condujo a pocos kilómetros de las cataratas de St. Anthony.

¡Dios mío! Comparada con Boston la ciudad era decepcionante por completo, nada más que algunas construcciones rudimentarias, toscas, sin pintura. Le hizo pensar a Anna qué debía esperar de Long Prairie, ese pueblo de frontera donde conocería a su futuro esposo.

Durante más de un mes, no tuvo otra cosa que hacer sino observar cómo se deslizaban kilómetros y kilómetros de tierra y agua y preocuparse por lo que Karl Lindstrom haría cuando se enterara del engaño.

Con los nervios destrozados, se preguntaba cómo se le había ocurrido, alguna vez, que llevaría adelante con éxito semejante plan.

Una mentira se haría evidente de inmediato: James. Nunca le había dicho a su futuro esposo que tenía un hermano por el que se sentía responsable. No tenía idea de cuál sería la reacción de ese hombre cuando se encontrara con un cuñado adolescente junto a su futura esposa.

La segunda mentira era su edad. Karl Lindstrom había especificado en el anuncio que deseaba una mujer madura y experimentada; de modo que Anna sin lugar a dudas sabía que, de haber admitido su verdadera edad, Lindstrom la consideraría más inmadura que el trigo en primavera. Por eso le había dicho que tenía veinticinco años -igual que él-, en vez de diecisiete. Anna se imaginaba que cualquier mujer de veinticinco años tendría la experiencia práctica requerida para ser una esposa de frontera. ¡Dios la protegiera cuando se descubriera la diferencia!

Por primera vez en su vida, Anna deseó tener algunas arrugas, algunas patas de gallo, algún rollo en la cintura, ¡cualquier cosa que la hiciera parecer mayor! Apenas la viera, Lindstrom descubriría la verdad. ¿Y qué diría entonces? “Llévate a tu hermano y vuélvanse derecho a Boston.” ¿Con qué?, pensó Anna.

¿Qué harían si Lindstrom los dejara totalmente desamparados y sin recursos? Anna se había visto forzada a ganarse el dinero del pasaje para llevarse a James a Minnesota con ella, sin que Lindstrom se enterara, y el recuerdo la hacía estremecer y le hacía más doloroso el nudo que tenía en el estómago. “¡Otra vez, no!”, pensó. “¡Nunca más!”

Tanto ella como su hermano estaban a merced de Lindstrom. Pensar que él, tal vez, hubiera contado algunas mentiras, la ayudaba a calmar su estómago irritado. No había ninguna garantía de que Karl no hubiera mentido. Le había escrito acerca del lugar y de sus planes para el futuro, pero la preocupaba que le hubiera hablado muy poco de sí mismo. ¡Tal vez porque no había mucho que decir!

Había escrito hasta el cansancio sobre ¡Minnesota, Minnesota, Minnesota! Disculpándose por su falta de originalidad y su inglés imperfecto, Karl citaba artículos de periódicos donde se atraía a los inmigrantes y colonos a ese lugar indómito.

«Minnesota es mejor que la llanura. Es un lugar donde se puede vivir con sencillez pero con más de lo suficiente. Un lugar en el que hay bastantes árboles para el combustible y materiales para la construcción. Un lugar donde los frutos silvestres crecen en cantidad, mientras animales de caza de todo tipo recorren los bosques y las praderas; lagos y arroyos donde abundan los peces. Bosques generosos, praderas fértiles, colinas, lagos y arroyos en los que el cielo se refleja brindan generosamente su utilidad y su belleza.»

Estas descripciones, escribía Karl, llegaron hasta su Suecia natal, donde una repentina explosión demográfica trajo aparejada la escasez de la tierra. Minnesota, tan parecida a su amada Skane, lo había seducido con esta invitación.

Así es como atravesó el océano con la esperanza de que sus hermanos y hermanas pronto lo siguieran. Pero su soledad no se vio aliviada por ningún hermano, hermana o vecino.

¡Qué idílico sonaba todo esto cuando James le leía a Anna lo que Karl decía de Minnesota! Sin embargo, cuando se trataba de describirse a sí mismo, Lindstrom era mucho menos expresivo.

Todo lo que había dicho fue que era sueco, rubio, de ojos azules y muy “corpulento”. De su cara había dicho: “No creo que asuste a nadie”.

Anna y su hermano se rieron cuando James lo leyó, y los dos coincidieron en que Lindstrom parecía tener sentido del humor. Al ir ahora a su encuentro por primera vez, Anna deseó con fervor que así fuera, pues él lo necesitaría antes de lo que se imaginaba.

En un esfuerzo por disipar sus temores, Anna se puso a pensar en cómo sería Lindstrom. ¿Sería buen mozo? ¿Cómo sería el timbre de su voz? ¿Su modo de ser? ¿Qué clase de marido sería? ¿Considerado o severo? ¿Tierno o rudo? ¿Indulgente o intolerante? Esto, sobre todo, preocupaba a Anna, pues ¿qué hombre no se enojaría al enterarse de que su mujer no era virgen? De sólo pensarlo, le ardieron las mejillas y se le revolvió el estómago. De todas sus mentiras, aquélla era la más grave y la menos perdonable. Era la que más fácilmente podría ocultarle a Karl hasta que fuera demasiado tarde para que él pudiera reaccionar; sin embargo, no pudo evitar que un sudor frío y húmedo le recorriera el cuerpo.

James Reardon se había hecho cómplice voluntario del plan urdido por su hermana. En realidad, fue el primero en encontrar el anuncio de Lindstrom, y se lo mostró a Anna. Pero como su hermana no sabía ni leer ni escribir, le tocó a él ocuparse de las cartas. Al principio resultó fácil hacer una acertada descripción del tipo de mujer que Lindstrom deseaba. Sin embargo, a medida que el tiempo corría, James se dio cuenta de que se estaban enredando en una trama que ellos mismos habían tejido. El muchacho había insistido en que Lindstrom supiera, por lo menos, que él, James, también iría. Pero Anna pudo más. Había argumentado que si Karl conociera la verdad, sus esperanzas de escapar de Boston se verían frustradas.

James viajaba montado sobre canastos, barriles y bolsas, con el ceño fruncido por la preocupación. Pensaba, mientras se zarandeaba sobre ese maltrecho camino estatal, en cuál sería su destino si Lindstrom mantuviera la promesa de casarse con Anna pero sin incluirlo a él en el convenio. Miró al sol frunciendo el entrecejo. Llevaba una gastada gorra encasquetada hasta los ojos; un mechón castaño rojizo asomaba por encima de las orejas; líneas demasiado profundas para un rostro tan infantil surcaban su frente.

– Vamos -dijo Anna, tocando con suavidad los nudillos del muchacho, de tamaño inadecuado para el largo de sus dedos-. Todo va a salir bien.

Pero él seguía mirando hacia el oeste, mientras su cabeza, recostada contra el costado de la carreta, se sacudía, cada vez que las ruedas caían en algún bache.

– Ah, ¿sí? ¿Y qué, si nos manda de vuelta? ¿Qué hacemos entonces?

– No creo que lo haga. De cualquier modo, nos pusimos de acuerdo, ¿no?

– ¿Sí? -preguntó, echándole una rápida mirada-. Debimos haberle dicho esa parte de la verdad.

– ¡Y terminar pudriéndonos en Boston! -replicó Anna por centésima vez.

– Y así, terminaremos pudriéndonos en Minnesota. ¿Cuál es la diferencia?

Pero Anna odiaba discutir y le dio un cariñoso pellizco en el brazo.

– Vamos, te estás echando atrás.

– ¡Y tú, no! -respondió James sin aceptar el mimo.

Había visto cómo Anna se agarraba el estómago. Al notar su cara contraída, James lamentó haber comenzado otra vez la discusión.

– Estoy tan asustada como tú -admitió ella finalmente, sin pretender ya disimular-. Me duele tanto el estómago, que creo que voy a vomitar.

Karl Lindstrom creía, sin ninguna sombra de duda, que Anna Reardon era tan buena como decían sus cartas, y él tomaba sus palabras a pies juntillas. Se paseaba ida y vuelta frente al negocio de Morisette, esperando ansioso la llegada de la próxima carreta de abastecimiento. Lustró sus botas una vez más, frotándolas con la parte trasera de sus pantalones. Se quitó la gorra de lana negra con pequeña visera, y la golpeó contra la cadera, miró el camino y volvió a ponérsela sobre el pelo rubio. Trató de silbar entre dientes pero sintió que desafinaba y se interrumpió. Se aclaró la garganta, metió las manos en los bolsillos y pensó en ella otra vez.

Se había habituado a pensar en ella como su “pequeña Anna, rubia como el whisky”. No importaba que hubiera dicho que era alta, tampoco que su pelo era rebelde. Karl la imaginaba tal como recordaba a las mujeres de su tierra: mejillas rosadas, fuerte, un rostro agradable enmarcado por rubias trenzas suecas. Pecas, había dicho. Pasable, había dicho. ¿Qué significaba eso, pasable? Quería que ella fuera más que pasable, deseaba que fuera bonita.

Luego, con un sentimiento de culpa por darle demasiado valor a algo tan superficial, comenzó a pasearse una vez más, diciéndose: “¿Qué hay en una cara, Karl Lindstrom? Lo que importa es lo de adentro”. A pesar de sí mismo, Karl seguía esperando que su Anna fuera linda. Pero se dio cuenta de que esperar belleza de alguien que fuera capaz de ayudar tanto en la granja era demasiado.

Lo único que lo preocupaba era que fuera irlandesa. Había oído decir que los irlandeses se irritaban con facilidad. Donde ellos vivirían, tan lejos de los demás, teniéndose sólo el uno al otro, buen arreglo resultaría si ella mostraba tener mal genio. Él, por ser sueco, era un tipo amable, por lo menos eso creía. No consideraba que su carácter pudiera disgustar a ninguna mujer, aunque a veces, mirándose al espejo, pensaba que su cara sí lo haría. Le había dicho a Anna que su cara no era para asustar a nadie, pero cuanto más se acercaba el momento del encuentro, más le temía. A pesar de todo, tenía la certeza de que a ella le encantaría el lugar.

Pensó en sus tierras, muy extensas, mucho más que en Suecia. Pensó en su yunta de caballos, algo raro en este lugar donde todo el mundo tenía bueyes que costaban doscientos dólares menos que su hermoso par de percherones. Los había bautizado con dos de los nombres más americanos -Belle y Bill- en honor a su nueva patria adoptiva. Pensó en su casa de adobe, que había limpiado tan meticulosamente antes de salir, y en la casa de troncos, ya empezada. Pensó en sus campos de trigo, que maduraban a pleno sol y que sólo dos años atrás eran pura selva. Pensó en su manantial, su arroyo, su estanque, sus arces, sus alerces. Y a pesar de que le daba poca importancia a su persona o a su apariencia, se dijo: “Sí, tengo mucho que ofrecerle a una mujer. Soy un hombre rico”.

Pero soñaba con tener más.

Sacó las cartas de Anna del profundo bolsillo de sus pantalones y volvió a estudiar la letra con gran orgullo, pensando qué afortunado era por haber conseguido una mujer educada. ¿Cuántos hombres podían decir lo mismo? Aquí, un hombre era afortunado en tener cualquier mujer, ni hablar de que fuera educada. Pero su Anna había aprendido sus primeras letras en Boston; por lo tanto, podría algún día enseñarles a sus hijos. Al tocar el tosco papel sobre el que ella había escrito, y pensar que había pasado por sus manos -esas manos que él nunca había visto- y en los niños que alguna vez tendrían juntos, se le hizo un nudo en la garganta. Al pensar que nunca más tendría sólo a sus animales a quienes hablar, sólo su propio calor en la cama por la noche, sintió que el corazón se le salía del pecho.

“Anna”, pensó, “mi pequeña Anna, rubia como el whisky. ¡Cuánto esperé por ti!”

Anna se atrevió a espiar un poco por entre los hombros de los carreros mestizos, antes de esconderse detrás de ellos, secarse las palmas de las manos en su vestido de segunda mano y decirle a James que le avisara cuando le pareciera ver el almacén.

– ¡Lo veo! -gritó James, estirando el cuello mientras Anna trataba de desaparecer dentro de la carreta.

– ¡Oh, no! -se lamentó en un susurro.

– ¡Hay alguien afuera! -dijo James, excitado.

– ¿Es él? ¿Piensas que es él? -murmuró Anna, nerviosa.

– Todavía no lo sé, pero mira hacia aquí.

– James, ¿estoy bien?

James miró el llamativo vestido azul con falda de volantes fruncidos. No le gustaba demasiado. Dejaba ver una buena parte de sus pechos, aunque Anna había tratado en lo posible de ajustar el escote con unas pinzas para que quedara más decente. Pero el muchacho contestó:

– Estás bien, Anna.

– Me gustaría tener un sombrero -dijo Anna, pensativa. Se alisó distraídamente sus rizos rebeldes, con lo que consiguió que ese defecto se hiciera más obvio.

– Tal vez te compre uno. Él lleva uno puesto. Es una gorra pequeña y rara; parece una fuente de pasteles.

– ¿Qué… qué más? ¿Cómo… cómo es él?

– Corpulento, pero no puedo ver bien. Tengo el sol de frente.

Anna cerró los ojos. Sostuvo las manos apretadas entre las rodillas y deseó saber rezar. Se hamacó de adelante hacia atrás; luego, con decisión, volvió a abrir los ojos e inhaló profundamente sin poder evitar un temblor en el estómago.

– Dime cómo es apenas puedas distinguirlo mejor -murmuró. Uno de los mestizos escuchó el murmullo y se volvió, curioso- ¡Siga conduciendo! -dijo ella de mal humor, haciendo un gesto impaciente con la mano, y él volvió la mirada al frente, riendo entre dientes.

– ¡Ya lo veo! -exclamó James-. Es corpulento, usa camisa blanca y breeches oscuros metidos dentro de las botas y…

– No, ¡su cara! ¿Cómo es su cara?

– Bueno, no puedo ver desde acá. ¿Por qué no miras tú misma?

Entonces, también James se sentó para que no lo pescaran mirando cuando se detuvieran.

En el último minuto, Anna le advirtió:

– Recuerda, no digas quién eres hasta que yo haya tenido la oportunidad de hablar con él. Trataré de que se acostumbre un poco a mí antes de que tenga que acostumbrarse a ti.

Se sacudió la falda, miró luego su pecho y apoyó allí una mano temblorosa, esperando que él no notara la porción de piel que quedó al descubierto cuando se había cambiado de vestido.

James tragó con dificultad, haciendo resaltar la nuez de Adán en su cuello joven y flacucho.

– Buena suerte, Anna -dijo, pero su voz se quebró como le ocurría con frecuencia últimamente. Por lo general, estos falsetes inesperados los hacían reír, pero en este momento ninguno de los dos se rió.

Cuando la carreta se acercó, Lindstrom se preguntó, de pronto, qué hacer con sus manos. ¿Qué pensaría ella de esas manos grandes y torpes? Las metió en el bolsillo, palpó sus cartas y aprisionó una de ellas como si fuera una tabla de salvación. Sintió los oídos invadidos por el sonido que hizo al tragar saliva. Ya podía ver con claridad a los dos conductores. Detrás de ellos, otras dos cabezas se sacudían, y Karl fijó la mirada en una de ellas, tratando de distinguir el color del pelo.

“Un hombre”, pensó, “no puede aparecer temblando de miedo cuando viene al encuentro de su mujer. ¿Qué va a decir si ve mi temor? Espera, con seguridad, que un alce como yo demuestre que sabe lo que está haciendo. Que esté seguro de sí mismo. ¡Cálmate, Karl!” Pero el temblor en sus entrañas no era fácil de parar.

La carreta aminoró la marcha y se detuvo. Los indios aseguraron las riendas y Anna oyó una voz profunda que decía:

– Llegaron bien en hora. ¿Tuvieron un buen viaje?

La voz tenía la suave musicalidad del acento sueco.

– Bastante bueno -contestó uno de los carreros.

Unas pisadas se fueron acercando con lentitud a la parte trasera de la carreta, y apareció un gigante, rubio, enorme. En ese momento, Anna sintió que todo su cuerpo quería sonreír. Hubo un momento de infantil vacilación antes de que pudiera abrir apenas la boca. Una mano áspera se elevó lentamente para quitarse la pequeña gorra en forma de fuente, que le cubría el pelo, rubio como el trigo. Le tembló la nuez de Adán por un segundo pero siguió sin decir nada; sólo retorcía la gorra entre sus puños gigantes, los ojos siempre fijos en el rostro de la muchacha.

Anna sentía la lengua entumecida y tenía dificultad para tragar. El corazón quería salírsele del pecho.

– ¿Anna? -dijo él al fin, seduciéndola con esa pronunciación del Viejo Mundo que agregaba a su nombre un tono de ternura-. ¿Anna? -preguntó otra vez.

– Sí -logró contestar-. Soy Anna.

– Yo soy Karl -dijo simplemente, y elevó la mirada hasta su pelo. Y ella también buscó con los ojos el de él.

“Amarillo”, pensó Anna, “más amarillo imposible.” Durante todo este tiempo, sólo lo había imaginado. Ahora aquí estaba, era lo único con color en la imagen que se había forjado de él. Pero no le había hecho justicia. Era el más maravilloso tono de rubio que jamás hubiera visto en un hombre. Era sano y fuerte, con un pequeño ondulado en la nuca y alrededor del rostro, donde se le habían formado gotitas de transpiración.

Karl descubrió que el pelo de Anna era de verdad del color del buen whisky escocés, como cuando el sol lo hace resplandecer, iluminándolo hasta lo más profundo con rayos de siena. Suelto y con ondas rebeldes; sin trenzas suecas visibles.

Cuando dejó pasear la mirada sobre ella, Anna levantó la mano para acomodarse un rizo que le caía sobre la frente. ¡Qué mirada la de Karl! Anna hubiera deseado usar sombrero. De pronto, dejó caer la mano y se agarró la otra, al darse cuenta de lo que había estado haciendo: tocarse el pelo como asustada de que él la estuviera contemplando.

Una vez más sus ojos se encontraron: los de él, color del cielo de Minnesota; los de ella, como las vetas marrón oscuro de las ágatas que él, a menudo, arrancaba del suelo con su arado. Bajó la mirada hasta su boca. Se preguntó cómo sería cuando ella dejara de morderse el labio superior. Y justo entonces, el labio se liberó de los dientes y él pudo contemplar una hermosa boca curvada como una hoja, dulce pero seria.

Entonces, él sonrió un poco y ella esbozó una sonrisa temblorosa. Anna temía sonreír tanto como su apariencia lo merecía, pues él era el hombre más apuesto que jamás hubiera conocido. La nariz era recta y simétrica, con las aletas como mitades de corazón. Las mejillas eran grandes y cóncavas y le daban un aspecto juvenil y ansioso. La barbilla se hundía apenas, los labios -todavía entreabiertos, como si también él respirara con dificultad- estaban perfectamente dibujados y se arqueaban en la cresta y en las comisuras. Su piel retenía la riqueza de color que da el sol.

Con culpa, Anna bajó la mirada, pues percibió con cuánta libertad se había permitido recorrer su rostro.

Anna pensó: “No, su cara no es para asustar a nadie”. Y Karl pensó: “Sí, es mucho más que pasable”.

Por fin, Karl se aclaró la garganta y volvió a colocarse la pequeña gorra en la cabeza.

– Vamos, déjame ayudarte a bajar, Anna. Pásame tus cosas, primero.

Cuando estiró el brazo y Anna vio que llenaba todo el ancho de la manga blanca, se dio cuenta de lo fuerte que era.

La muchacha se volvió y extendió la mano por encima de James, quien todo este tiempo se había sentido como un intruso, a pesar de que ellos apenas habían hablado. Cuando Anna se incorporó, tenía los músculos rígidos y no le respondían después del largo viaje; temió que Karl la encontrara torpe y sin gracia. Sin embargo, él no pareció notar el tirón en la cadera, y extendió sus enormes manos para ayudarla a saltar sobre el borde de la carreta. Llevaba las mangas de la camisa arremangadas hasta el codo, dejando ver los grandes y fornidos antebrazos. Los hombros anchos hacían que la camisa le quedara tirante sobre la piel. Cuando Anna se apoyó sobre ellos, los encontró duros como rocas. Sin esfuerzo, él la ayudó a saltar, tomándola por la cintura con sus anchas manos.

“Tiene las manos tan grandes”, pensó Anna, y sintió un vacío en el estómago.

Karl vio que no tenía casi formas, y al acercarse, su sospecha se confirmó. ¡No tenía veinticinco años!

– Ha sido un viaje muy largo. Debes de estar cansada -dijo. Notó que, joven o no, era muy alta de verdad. La cabeza de la muchacha casi llegaba hasta la punta de su nariz.

– Sí -murmuró, sintiéndose estúpida al no ocurrírsele nada más, pero las manos de él seguían en su cintura y su calor pasaba a su cuerpo, mientras él actuaba como si se hubiera olvidado que la sostenía.

De repente, él apartó las manos.

– Bueno, esta noche no tendrás que dormir en una carreta. Estarás en una cama tibia y segura en la misión. -Después pensó: “¡Tonto! Pensará que es lo único que te preocupa, ¡la cama! Primero debes demostrar que te interesas por ella.”

– Éste es el almacén de Joe Morisette, del cual te hablé. Si necesitas algo, lo podemos conseguir aquí. Es mejor comprar ahora porque mañana saldremos temprano para mi casa.

Se volvió y caminó al lado de ella, observando cómo la punta de sus zapatos ensanchaba la falda de volantes. Usaba un vestido que no era de su agrado. Era brilloso, chillón, con escudetes en la zona del busto, como si hubiera sido hecho para una mujer mayor y de contextura más grande. Era algo raro, con demasiados frunces y un canesú pequeño, nada adecuado para un lugar como Minnesota.

Se le hizo evidente que lo usaba para parecer mayor. No podía tener más de dieciocho años, supuso, observándola con desconfianza mientras caminaba delante de él hacia el local. Parecía tener el busto camuflado dentro del llamativo corpiño, pero ¿qué sabía él de eso?

Cuando la joven entró en el negocio, él la vio de atrás por primera vez. No tenía formas. Oh, era alta, sí, pero demasiado flaca para su gusto. Pensó en las varas por las que trepaban las habas plantadas por su madre, y consideró que lo único que su Anna necesitaba era engordar un poco.

Morisette levantó la cabeza tan pronto como entraron, y exclamó, con un marcado acento francés:

– ¡Así que ya está aquí y el novio va a dejar ahora de pasearse nerviosamente y de tomar tanto whisky!

“Tienes una boca demasiado grande, Morisette”, pensó Karl. Pero cuando Anna se volvió con presteza y miró otra vez a Karl, lo vio rojo hasta las orejas. Había visto suficientes bebedores de whisky en Boston como para que el recuerdo le durara toda una vida. Lo último que deseaba era casarse con uno.

“¿Debo desmentir esto aquí, delante de Morisette?”, se preguntó Karl. “No, la chica tendrá que enterarse de que soy honorable después de haber vivido conmigo por un tiempo.”

Anna paseó la mirada por el local, preguntándose qué diría él si ella confesara que le gustaría tener un sombrero. Nunca había tenido uno propio, y Karl le había preguntado si necesitaba algo. No obstante, no se animó a pedir nada, pues James todavía esperaba afuera, sin que Karl Lindstrom se hubiera dado cuenta de nada. Sintió una mano en el codo, que la condujo hacia el tendero.

El moreno franco-canadiense mostró una sonrisa sincera y provocativa.

– Ésta es Anna, Joe. Por fin está acá.

– Por supuesto que es Anna. ¿Quién otra podría ser? -Morisette rió y agitó los brazos. Tenía una risa contagiosa-. Tremendo viaje por la carretera estatal, ¿no? No es la mejor carretera, pero tampoco es la peor. Espere a ver la que va a la casa de Karl, entonces apreciará la que acaba de recorrer. ¿Sabe, jovencita, que los periódicos aconsejan a las mujeres no venir aquí porque la vida es muy dura?

No era para nada lo que Karl hubiera deseado que Morisette dijera a Anna. No quería espantarla antes de que tuviera la oportunidad de ver su maravilloso Minnesota y dejar que hablara por sí mismo.

– Sí, por supuesto, yo… los leí -musitó Anna-. Pero Karl piensa que no hay mejor lugar para quedarse porque hay tanta tierra y es tan rica y… y hay todo lo que un hombre necesita.

Morisette rió. Karl ya le había llenado la cabeza, por lo que veía.

Satisfecho con su respuesta, Karl contestó:

– ¿Ves, Morisette? No podrás espantar a Anna con tu tonta charla. Ha venido desde tan lejos para quedarse.

Anna respiró con alivio. Hasta ahora parecía que había sido aceptada, tuviera o no diecisiete años, con arrugas o no.

– ¿Así que el buen padre los va a casar en la misión? -preguntó Morisette.

– Sí, por la mañana -dijo Karl mirando, desde atrás, los hombros de Anna, donde esos rizos desordenados se alborotaban sobre su cuello.

Justo entonces, los carreros mestizos entraron en el almacén, llevando cada uno un barril al hombro. Uno de ellos dejó la carga en el piso con un golpe, y dijo:

– Ese muchacho está ahí, en el camino, como si estuviera perdido. ¿No le dijo que éste es el fin del viaje?

Era evidente que la pregunta estaba dirigida a Anna. Pero ella permaneció muda.

– ¿Qué muchacho? -preguntó Lindstrom.

Al no ver ninguna salida, Anna lo miró fijo y le contestó:

– Mi hermano, James.

Aturdido por un momento, Karl le devolvió la mirada; comenzaba a comprender la verdad, mientras Morisette y los carreros miraban.

– Sí… claro… James.

Lindstrom caminó hacia la puerta y, por primera vez, miró de lleno al muchacho que había sido el otro pasajero de la carreta de abastecimiento. Karl había estado tan absorto en Anna, que no se había dado cuenta de que el chico estaba allí.

– ¿James? -Lindstrom habló naturalmente, como si hubiera estado enterado de todo.

– ¿Sí? -contestó James. Enseguida se corrigió: -Sí, señor. -Quería causar una buena impresión en el hombre alto.

– ¿Por qué te quedas en medio del camino? Ven a conocer a mi amigo Morisette.

Sorprendido, el chico pareció tener los pies clavados en el piso, por un momento. Luego se metió las manos en los bolsillos y entró en el almacén. Cuando pasó por delante de Karl, éste notó un parecido entre Anna y el niño. El chico era extremadamente delgado, con un tono de piel similar, pero faltaban las pecas, y los ojos, aunque grandes como los de su hermana, eran verdes en lugar de castaños.

Karl ocultó su sorpresa con habilidad y se movió por el almacén metódicamente, mientras iba cargando mercaderías en su carreta. James y Anna exploraban el local, encontrándose cada tanto con la mirada, apartándola con rapidez, preguntándose por la reacción de Karl, si es que la había. Los dos estaban asombrados de ver lo poco que parecía preocuparlo la situación. Con aparente tranquilidad, iba y venía, cargando su carreta y bromeando con Morisette.

Cuando ya habían sido atados y asegurados todos los bultos detrás del par de percherones con sus anteojeras puestas, Karl volvió a entrar y anunció que era tiempo de partir. Pero Anna observó que él no repitió su ofrecimiento de comprarle todo lo que ella quisiera. Se despidió de Morisette y la llevó afuera, tomándola con firmeza por el codo; esa presión en el brazo le advirtió a Anna que su flamante futuro esposo no era tan complaciente como ella había supuesto.

Capítulo 2

Anna pensó que Karl le dislocaría el brazo antes de soltarla. La llevaba, sin decir palabra; Anna daba dos pasos por cada uno de él, pero Karl la ignoró y, empujándola por el codo, la hizo subir al asiento de la carreta. Ella se aventuró a darle una rápida mirada, y su expresión le hizo temblar el estómago. Se frotó el hombro maltratado deseando, más que nunca, haber escrito la verdad en aquellas cartas.

La voz de Karl sonó tan controlada como siempre cuando les habló a sus caballos; les soltó un chasquido y los hizo marchar por el camino. Pero después de pasar una curva, lejos del almacén, la carreta se detuvo con una repentina sacudida. La voz de Lindstrom mordió el aire en un tono muy diferente del que había usado hasta ahora. Sus palabras sonaban lentas como siempre pero en un tono más alto.

– No ventilo mis asuntos delante de Joe Morisette en su almacén. No permito que el bromista de Morisette vea que a Karl Lindstrom le han jugado una mala pasada. ¡Pero pienso que eso es lo que pasó! Pienso que tú, Anna Reardon, trataste de engañar a un sueco estúpido, ¿no? ¡No fuiste honesta y me pusiste en ridículo delante de mi amigo Morisette!

Anna se puso tensa.

– ¿Qué… qué quiere decir? -tartamudeó, sintiéndose cada vez más arrepentida.

– ¿Qué quiero decir? -repitió, con el acento más pronunciado-. Mujer, no soy ningún tonto -explotó-. No me tomes como tal. Hicimos un convenio, tú y yo. Todos estos meses estuvimos preparando el plan para que tú vinieras aquí, ¡y ni una sola vez mencionaste a tu hermano en las cartas! En cambio le deparas una pequeña sorpresa a Karl, ¿eh? ¡Cómo se reirá la gente al enterarse de que mi novia trae un pasajero extra que yo no esperaba!

– Creo… que… que debí habérselo dicho pero…

– ¡Crees! -gritó, lleno de frustración-. Es más que eso. ¡Sabes que hace mucho que me estás preparando esta trampa y tal vez pienses que Karl Lindstrom es un sueco tan grande y tonto, que daría resultado!

– No pensé nada de eso. Quise contarle pero pensé que una vez que viera a James, se daría cuenta de que le iba a ser útil. Es un muchacho bueno y fuerte. ¡Si es casi un hombre! -se defendió.

– ¡James es un chico! Es otra boca para alimentar y más ropa de invierno para comprar.

– Tiene trece años, en un año o dos ya será todo un hombre. Podrá rendir el doble que yo.

– No puse un anuncio en el periódico de Boston pidiendo un ayudante sino una esposa.

– Y estoy aquí, ¿no?

– Claro. Seguro que estás. Pero tú y este hermano es más de lo convenido.

– Es un buen trabajador, Lindstrom.

– Esto no es Boston, Anna Reardon. Aquí una persona de más implica más provisiones. ¿Dónde va a dormir? ¿Qué va a usar? ¿Habrá suficiente comida para alimentar a tres el próximo invierno? Hay que considerar todo esto, si se quiere sobrevivir aquí.

Anna suplicaba de verdad ahora, las palabras se le escapaban a borbotones:

– Puede dormir en el suelo. Tiene suficiente ropa para el invierno. Lo ayudará a cultivar más granos el verano entrante.

– Los granos ya están en la tierra. Eras tú la que iba a ayudarme a cuidarlos. Yo sólo necesitaba una persona: tú.

– Y lo voy a ayudar. Piense sólo en cuánto más podremos cultivar tres personas. ¿Por qué no? Tendríamos tanta…

– Te lo repito, los granos ya están en la tierra. En este momento, ya no son los cultivos lo que me preocupa. Es el hecho de que me hayas mentido y qué medidas voy a tomar. Nunca elegiría a una mentirosa por esposa.

Anna estaba destruida y no podía responder. No parecía haber argumentos contra esa acusación.

James, que se había sentado en la carreta sin abrir la boca, por fin habló.

– Señor Lindstrom, no teníamos opción. Anna pensó que si usted sabía que yo formaba parte del trato, la rechazaría. -A James se le quebró la voz: pasó de tenor a soprano y a tenor otra vez.

– ¡No te equivocas! -explotó Karl-. Es exactamente lo que haría y lo que estoy pensando en hacer ahora.

Anna recobró la voz pero el miedo la hizo temblar. Los ojos se abrieron muy grandes en ese rostro tan delgado, y chispearon con lágrimas a punto de estallar.

– ¿Usted nos mandaría de vuelta? No, por favor.

– Al mentirme, rompiste el convenio. Ya no soy responsable por ti. Mi trato no era con una esposa mentirosa.

Sonaba tan falsamente justo y bueno, sentado allí, con aspecto satisfecho y saludable, tan bien nutrido, que Anna estalló.

– ¡Claro! ¿Qué necesidad tiene de hacer un pacto? ¡Ninguna! -exclamó con furia, agitando las manos y señalando la tierra con vehemencia-. No, cuando dispone de su preciosa Minnesota, que le brinda ¡su néctar, su madera, sus frutos! -Su voz casi exudaba sarcasmo- ¡No, cuando está bien abrigado, alimentado y confortable! No tiene ni idea de lo que es sufrir de frío y de hambre, ¿no es cierto? Me gustaría verlo en ese estado, Karl Lindstrom. Tal vez entonces descubra qué fácil es mentir un poco para mejorar su condición de vida. ¡Boston no tardaría en enseñarle cómo ser un artista consumado en el arte de mentir!

– ¿De modo que haces un hábito de la mentira? ¿Es lo que intentas decirme? -La miró con ira y notó sus mejillas encendidas debajo de las pecas.

– ¡Maldición! No se equivoca -exclamó con rabia, mirándolo de lleno a la cara-. Mentí para comer. Mentí para que James pudiera comer. Primero probamos sin mentir pero no íbamos a ninguna parte. Nadie quería contratar a James porque era demasiado flaco y estaba desnutrido, y nadie quería emplearme a mí porque era una muchacha. Por último, cuando tratar de vivir con honestidad no dio resultado, decidimos que era hora de probar otra cosa y ver si nos iba mejor.

– ¡Anna! -exclamó, tan desilusionado por sus maldiciones como por sus mentiras-. ¿Cómo pudiste hacer algo así? Yo también pasé hambre, alguna vez. Pero nunca llegué a mentir por eso. No hay nada que convierta a Karl Lindstrom en un mentiroso.

– Bueno, ya que usted es tan omnipotente y tan honesto, ¡cumplirá con su parte del convenio y se casará conmigo! -dijo con ímpetu.

– ¡Convenio! Te dije que el convenio quedaba sin efecto con tu engaño. Pagué bastante por tu pasaje. ¿Puedes acaso devolvérmelo? ¿Puedes, o fui tan tonto como para hacerte venir y terminar sin esposa y sin dinero?

– No se lo puedo devolver con dinero, pero si nos recibe a los dos, vamos a trabajar mucho. Es la única forma en que podremos compensarlo. -Anna apartó la mirada del genuino gesto de sorpresa reflejado en los ojos de Karl. Ese gesto provenía de una educación donde lo blanco y lo negro no se mezclaban.

– Señor Lindstrom -intervino James-, yo también le pagaré, ya verá. Soy más fuerte de lo que parezco. Puedo ayudarlo a construir la cabaña que tiene planeada, puedo ayudarlo a limpiar el terreno y… a cultivarlo y a cosecharlo.

Los ojos de Karl miraban un punto fijo entre las orejas de Belle. Tenía la mandíbula tan tensa, que parecía hinchada.

– ¿Sabes manejar una yunta, muchacho? -preguntó con brusquedad.

– No…

– ¿Sabes manejar el arado?

– Nunca probé.

– ¿Sabes levantar una cadena de troncos, usar un mayal o derribar árboles con un hacha?

– Puedo… aprender -balbuceó James.

– Aprender lleva tiempo. Aquí el tiempo es precioso. La temporada de cultivo es corta y el invierno es largo. Te presentas ante mí sin ninguna habilidad, ¿y esperas que te forme como carrero, leñador y granjero, todo en un verano?

Anna comenzó a darse cuenta de lo precario de su plan, pero no podía ceder ahora.

– James aprende fácil, Lindstrom -prometió-. No lo lamentará.

Karl la miró de soslayo, sacudió la cabeza con desaliento y se estudió las botas.

– Ya lo estoy lamentando. Lamento que se me haya ocurrido la idea de pedir una esposa por correo. Pero esperé dos años pensando que vendrían otros pobladores, otras mujeres. En Suecia se habla mucho de Minnesota y creí que otros suecos me seguirían. Pero nadie viene y no puedo esperar más. Eso lo sabes, también. Te aprovechaste de eso para sacarme ventaja -se lamentó.

– Puede ser, pero también pensé que una persona más le sería útil. -Anna se arrancó una piel de la cutícula mientras hablaba.

Había otro punto que Karl quería aclarar pero no sabía cómo mencionarlo sin que pensaran que era un hombre exigente en materia de sexo. No podía imaginarse llevando una esposa a la cama en la misma habitación que su hermano. Si él lo mencionara, Anna se horrorizaría. Todo lo que pudo hacer fue darle vuelta a la cosa y decir, los ojos fijos en el cuello de Belle:

– Vivo en una casa de un solo cuarto, Anna.

Anna dejó de escarbarse la cutícula. Sintió que se le encendía la cara al comprender plenamente lo que Karl sugería. La forma cortés en que insinuó que necesitarían mayor privacidad, la emocionó. Era diferente de cualquier otro hombre que ella hubiera conocido. Nunca había encontrado antes un ser humano que fuese bueno del todo. Esa bondad la llenó de autorreproches y lamentó no haber podido ser ella misma mejor para merecerlo.

Si en ese momento Karl se hubiera animado a mirarla, habría notado un tenue rubor asomar por debajo de sus pecas. Pero no lo hizo. Tenía la mirada ausente, preocupado por otra idea decepcionante. ¿Si acaso Anna hubiera contado con esa falta de privacidad para librarse, así, de cumplir con ese deber que algunas esposas -según le habían dicho- encontraban desagradable? De esto no podía acusarla, sobre todo delante del muchacho.

Todo lo que Karl deseaba era llevar a su nueva esposa a su pequeña casa, que los estaba esperando. Allí tendría tiempo y privacidad para hacerle la corte en la forma acostumbrada.”¡Ah! ¡Qué modo tan extraño de encontrarnos, Anna!”, pensó.

Un pesado manto de tristeza cubrió su corazón. Cómo había esperado este día, pensando en lo orgullosa que se sentiría Anna la primera vez que la llevara a su casa de adobe, su Anna, rubia como el whisky. Le mostraría, con orgullo, la chimenea que había construido con las piedras de sus propias tierras, la mesa y las sillas que había fabricado con el sólido nogal de sus propios árboles. Recordó las largas horas que había pasado trenzando la hierba para adornar el marco de la cama, hecho de troncos. Con qué cuidado había puesto a secar las cascaras del maíz de la última cosecha para obtener la tela más suave que cualquier mujer pudiera desear. Había dedicado horas preciosas a recoger aneas y arrancarles el plumón para rellenar almohadas. Las pieles de búfalo habían sido ventiladas, sacudidas y frotadas con hierbas silvestres para que olieran mejor. Por último, había recogido un manojo de trébol oloroso, de fragancia embriagadora, y lo había colocado en el hueco entre las dos almohadas, en el centro de la cama.

De todas estas maneras había buscado manifestarle a Anna su aprecio, su deseo de recibirla y su esfuerzo por complacerla. Y ahora que estaba aquí, descubría que era una mentirosa, que tal vez no mereciera tanta preocupación; una mentirosa, con un hermano que estaría durmiendo en el suelo la misma noche en que Karl Lindstrom llevara a una esposa a su cama por primera vez.

Karl se quedó un rato pensando en silencio; tampoco Anna y su hermano hablaban. Por fin, incapaz de soportar el tenso silencio, Anna dijo, mordiéndose el interior de la mejilla:

– Si me acepta, no mentiré nunca más.

Karl por fin la miró. La mancha de la culpa era visible en su piel, lo que en sí mismo no le disgustaba. Le revelaba que ella no mentía sin sentirse mezquina al ser descubierta. Tenía las mejillas del color de las rosas silvestres que adornaban la tierra de Karl en primavera. Del mismo modo que al descubrir una rosa en un recodo del camino, al descubrir ahora ese tinte rosado en las mejillas de Anna, sintió deseos de recogerla y llevársela a su casa.

Era un hombre para quien la soledad era algo terrible. Pensó otra vez en despertarse y encontrar junto a él la flor de su mejilla sobre la almohada de anea, y el rostro se le encendió. Se puso a contemplar sus pecas doradas; parecían atenuar la gravedad de su culpa. La hacían parecer totalmente inocente. En ese momento, pensó que sus mentiras eran como un cuento de niños contado por un chiquillo para obtener lo que quería.

– ¿Me lo prometes? -preguntó, mirándola directo a los ojos-. Que no me mentirás más. -Su voz era suave una vez más, sosegada.

– Lo prometo -dijo, respondiendo de igual manera a su mirada firme y a su tono apacible.

– Entonces quiero que me digas tu verdadera edad.

Anna bajó la mirada, se mordió el labio, y Karl la sintió esquiva otra vez.

– Veinte -dijo.

Pero el color de sus mejillas se había acentuado hasta adquirir el matiz del heliotropo en las praderas cubiertas de cardos; plantas que Karl jamás hubiera recogido para llevar a su casa.

– ¿Si te digo que no te creo?

Anna se encogió de hombros y evitó los ojos de Karl.

– Le pediría a tu hermano que me dijera la verdad, pero ya veo que los dos están confabulados en esta trama que urdieron para mí.

El tono amable de su voz no la engañó esta vez. Ocultaba una voluntad inquebrantable de llegar a la verdad. Anna levantó ambas manos a la vez.

– ¡Por el amor de Dios! Está bien. Tengo diecisiete. Entonces, ¿qué?

Lo miró a la cara, desafiante y furiosa; su repentino estallido casi lo hizo sonreír, pero se cuidó de hacerlo.

– Entonces, ¿qué? -repitió él, enarcando las cejas y echándose hacia atrás, relajado. Era como un gato jugando con un ratón antes de hundirle los dientes. -Entonces me pregunto si serás tan hábil cocinera y ama de casa como dijiste.

Ella frunció la hermosa boca y permaneció con la mirada fija al frente.

– No lo olvides, dijiste que habías terminado con las mentiras -le recordó.

– Dije que tengo diecisiete. ¿Qué más quiere saber?

– Quiero una mujer que sepa cocinar. ¿Sabes cocinar?

– Un poco.

– ¿Un poco?

– Bueno, no mucho -dijo-. Pero puedo aprender, ¿no?

– No sé. ¿Cómo? ¿Voy a tener que enseñarte, también?

Prefirió no contestar.

– ¿Qué sabes del trabajo de la casa?

Silencio.

Karl la tomó del brazo.

– ¿Qué sabes?

Anna desprendió el brazo de un tirón.

– Lo mismo que cocinar.

– ¿Sabes hacer jabón?

No hubo respuesta.

– ¿Sabes hacer velas de sebo?

No hubo respuesta.

– ¿Hacer pan?

No hubo respuesta.

– Supongo que no habrás hecho mucho trabajo de campo, tampoco, o de jardinería o de la casa.

– Sé coser -fue todo lo que dijo.

– Coser… -repitió Karl con demasiado sarcasmo por ser él-. Sabe coser -le dijo a la rueda de su carreta. Entonces Karl empezó a hablar consigo mismo en sueco, lo que sacó de quicio a Anna pues no podía entender una sola palabra.

Por fin se quedó en silencio, estudiando la rueda de su carreta. Anna estaba rígida como un poste, los brazos cruzados sobre el pecho.

– Mejor hubiera sido esperar a que esas muchachas suecas llegaran a Minnesota, ¿no? -preguntó con amargura, poniéndose ahora ella a mirar el cuello de los caballos.

– Sí, hubiera sido mejor -dijo Karl. Entonces murmuró, una vez más, para rematar-: Diecisiete, y lo único que sabe es coser.

Meditó un momento en silencio, luego se volvió para enfrentarla, preguntándose cómo un hombre de su edad podría llevarse a la cama a una chica de diecisiete años sin sentirse como un profanador de la inocencia. Su mirada se posó apenas sobre sus pechos, luego sobre James, enseguida otra vez sobre su cara.

– Parece que hay muchas cosas que no sabes hacer.

– Puedo hacer cualquier cosa que usted me pida, tenga o no diecisiete, ¡maldición! -Pero rogó no haberse sonrojado.

– Realmente sabes maldecir. Pero yo no necesito ninguna mujer que se lo pase maldiciendo. -Se preguntó cómo sobreviviría el resto de su vida con ese temperamento irlandés. Pero también lo preocupaba cómo sobreviviría uno o dos años más sin mujer. Todo lo que dijo fue-: Tengo que pensarlo.

– Señor… -comenzó a decir James -, Anna me dijo…

– No me molestes cuando pienso -le ordenó Karl.

James y Anna se miraron de soslayo. Pensaron que haría arrancar a los caballos, pero él siguió pensando en silencio. Era su modo, el modo en que su padre le había enseñado, el modo en que su abuelo le había enseñado a su padre. Primero pasaba un largo tiempo meditando acerca de una situación, luego reflexionaba antes de tomar una decisión; de modo que cuando abordaba el problema, lo tenía casi resuelto. Estaba sentado inmóvil como un estatua, mientras los pájaros piaban; era como un dulce canto vespertino con el que arrullaban a sus pichones en el nido.

Anna se sintió atraída por la noche de verano y pensó que en Boston no se oía casi nunca el canto de los pájaros. Allí, a esa hora, se oía la música de las tabernas, que recién se abrían para empezar la noche. Anna descubrió que prefería el canto de los pájaros. En sus cartas, Karl le contaba que, en ese lugar, había más pájaros de los que se podría nombrar. Ahora se preguntó si tendría la oportunidad de conocerlos.

– Anna -dijo, haciéndola sobresaltar-, dime ahora qué otras mentiras me has contado. Creo que tengo derecho a saber si hay alguna más.

Anna sintió un codazo de James en el costado.

– No dije otras mentiras. ¡Por Dios! ¿Qué más podría haber dicho? -¡Ah! Sonaba tan convincente. Anna pensó que debería actuar en el teatro.

– ¡Mejor que no haya más! -advirtió Karl.

Sin embargo, no dio ningún indicio de lo que estaba pensando. Tomó las riendas, puso a los caballos en movimiento y se dirigió a la misión.

Detuvo los caballos delante de dos construcciones de tronco, separadas por un trecho de tierra. La más grande tenía una cruz sobre la puerta; no así la otra. Anna supo que era la escuela.

– Tengo mucho que pensar, todavía -dijo Karl-. Dormiremos aquí esta noche, como estaba planeado, y buscaré la guía espiritual del padre Pierrot. Por la mañana, tomaré una decisión: ya sea para que se queden o para enviarlos de regreso a Boston en la próxima carreta de Red River que aparezca.

De pronto, Anna se dio cuenta del significado del término “padre”.

– ¿El padre Pierrot? -preguntó-. ¿Se trata de una misión católica?

Ya su mente se estaba adelantando, preguntándose cómo haría para salir de esto.

– Sí, claro. En mis cartas te dije que nos casaríamos aquí.

– Pero… usted nunca dijo que era una misión católica.

– Por supuesto que es católica. ¿Te preocupa que el padre Pierrot no quiera ser testigo de nuestro casamiento porque soy luterano y tú eres católica? Está todo arreglado y el padre recibió una dispensa especial del obispo Cretin para que sea testigo de los votos que nosotros mismos pronunciaremos. Pero no pienses más en ello, pues tal vez no haya ningún voto.

Anna no sabía cuál de las perspectivas la aterrorizaba más: que Karl la enviara de regreso o que descubriera sus otros engaños.

Karl saltó a tierra, ató las riendas y ayudó a Anna a descender. Pero esta vez, cuando puso las manos en su estrecha cintura, no pudo menos que recordar sus palabras acerca de que a él nunca le había faltado la comida. Ella era delgada como un hilo.

El padre Pierrot los saludó desde la puerta del edificio más pequeño.

– Ah, Karl, qué bueno es saludarte, amigo mío. Ésta debe de ser Anna.

– Hola, padre.

Anna asintió con la cabeza, y el moreno sacerdote la obsequió con una amplia sonrisa.

– ¿Sabes cómo este joven te aguardaba? Cada vez que lo veo, me habla de su Anna, su pequeña Anna, rubia como el whisky. Pensé que si tardabas en llegar, hubiera abandonado este lugar, del que siempre se jacta, para correr a buscarte.

Pecando de ser irreverente Karl pensó: “También usted, padre, tiene una boca grande a pesar de la ropa que viste”. A Karl le habían enseñado a sentir gran respeto por el clero. Era natural que buscara la amistad del único clérigo en más de cien kilómetros, sin importarle su creencia.

– ¿Que yo me jacto, padre? -preguntó Karl.

– Bueno, no te preocupes, Karl. Me gusta hacerte bromas. -Al ver a James, el sacerdote preguntó-: ¿Y quién es este muchacho?

– James, señor -replicó el niño-. James Reardon.

– Es mi hermano -declaró Ana, abiertamente.

– Tu hermano, mmm… Karl omitió decirme que tenías un hermano. Es una buena noticia. Minnesota necesita probladores jóvenes y fuertes como tú, James. No es un mal lugar para que un muchacho crezca y se haga hombre. ¿Crees que te gustará el lugar, James?

– Sí, señor -contestó James con presteza-. Pero tengo mucho que aprender.

El sacerdote levantó la cabeza y se echó a reír.

– Bueno, has elegido a un buen hombre, hijo. Si tienes alguna duda acerca de Minnesota, este sueco grandote te la sacará de la cabeza.

De repente, Karl se aclaró la garganta y dijo:

– Debo ocuparme de los caballos, padre. Usted, tal vez, quiera hablar con Anna y James de Boston y del Este.

– ¿Puedo ayudarlo? -preguntó James de inmediato.

Karl miró al muchacho tan frágil, tan flaco, tan joven, tan dispuesto. No quería que la buena disposición del chico influyera sobre su decisión con respecto a Anna.

– Ve con el padre y con Anna. Has tenido un largo viaje y todavía no ha terminado.

La mirada en los ojos de James expresaba una duda: “¿El resto del viaje me llevará de regreso a Boston o a su casa?”. Karl apartó la mirada pues todavía no tenía la respuesta.

Observando sus anchos hombros desaparecer por la puerta, Anna sintió un repentino deseo de complacerlo, por el bien de James. El muchacho nunca había conocido un padre, y este hombre sería la mejor influencia que un muchacho de su edad pudiera tener. Aun después de haberse ido, la imagen de su vigorosa espalda quedó grabada en la mente de Anna.

Una mujer india les sirvió un delicioso guiso de maíz y carne. Anna y James casi devoraron la comida. Desde el otro lado de la mesa, Karl estudiaba ahora a Anna con más atención. Su cara era bastante atrayente pero su vestido no le gustaba para nada, y su cabello parecía salvaje y muy desordenado, nada que ver con las prolijas coronas de trenzas que estaba acostumbrado a ver en las mujeres suecas.

Repentinamente, Anna levantó la mirada y lo descubrió observándola. De inmediato, comenzó a comer más lentamente.

Pero la palabra “hambre” seguía en la mente de Karl tal como ella la había dicho antes. Se le notaban los huesos de los hombros por debajo del vestido, y los nudillos eran demasiado grandes para esas manos tan delgadas; pensó, entonces, en el hambre que debió de haber sufrido en Boston. El muchacho también se veía extremadamente flaco y los ojos parecían demasiado grandes para sus órbitas. Karl trató de rechazar estas imágenes, mientras comía, pero una y otra vez se le presentaban delante de los ojos.

Después de la cena, el padre Pierrot pidió a la india que preparara unos jergones en el piso para sus tres invitados. Una vez que estuvieron dispuestos, la mujer volvió y condujo a Anna y a James a sus camas, mientras que Karl se quedó para hablar con el padre Pierrot.

Les habían improvisado unas camas con paja y pieles de búfalo, que los hermanos encontraron muy confortables; luego se dispusieron a considerar, con cierta tristeza, su situación futura.

Estaba todo muy oscuro y silencioso; la noche parecía cargada de pensamientos no expresados. Por fin, James preguntó:

– ¿Piensas que nos mandará de vuelta?

– No sé -admitió Anna.

James se dio cuenta, por su voz, de que estaba muy preocupada.

– Estoy aterrado, Anna -confesó él.

– Yo también -admitió ella.

– Pero parece un hombre justo -agregó James, necesitado de aferrarse a una esperanza-. Lo sabremos por la mañana.

Otra vez se hizo silencio, pero ninguno de los dos se había dormido.

– ¿Anna? -La débil voz de James denotaba preocupación.

– ¿Qué quieres, ahora?

– No debiste haber mentido sobre las otras cosas. Tenías que haberlo admitido cuando te lo preguntó.

– ¿Sobre qué otras cosas? -le preguntó, conteniendo el aliento por temor a que él conociera el peor y más imperdonable de sus secretos.

Sin embargo, James nombró sólo los otros:

– Que no sabes escribir, que yo era el que escribía las cartas, y dónde vivíamos.

– Tenía miedo de decir la verdad.

– Pero la descubrirá. Es forzoso que la descubra.

– Pero la descubrirá demasiado tarde, si tenemos suerte.

– Eso no es lo correcto, Anna.

Anna se quedó mirando en la oscuridad, sintiendo que el llanto se le atravesaba en la garganta.

– Lo sé. ¿Pero desde cuándo lo correcto está de nuestra parte?

No, admitió James para sí mismo, lo correcto nunca había estado de su parte. Pero tampoco creía que si seguían mintiendo, se beneficiarían. Sabía que debió de haber sido terrible para Karl verlo llegar con Anna; un chico de cuya existencia no tenía la menor noción. Luego, el pobre Karl se entera de que Anna tiene diecisiete años en lugar de veinticinco, de que no sabe hacer nada en la casa. James reconoció que Karl lo había tomado todo mejor de lo que lo hubieran hecho la mayoría de los hombres.

– ¿Qué piensas de él, Anna? -preguntó con calma.

– ¡Ah, cállate y duerme de una vez! -exclamó Anna con la voz ahogada.

Luego escondió la cara entre los brazos para ahogar un sollozo, al recordar la expresión ingenua y expectante con la que Karl la había recibido; el modo como la había ayudado a bajar de la carreta, al principio, y el ofrecimiento de que se comprara lo que quisiera en el almacén. Sí, a ella le gustaba Karl. Pero al mismo tiempo estaba muerta de miedo. Después de todo, él era un hombre.

Capítulo 3

– Padre Pierrot, debo hablarle como amigo y como sacerdote. Tengo un problema con respecto a Anna.

Los dos se habían instalado en la sala de estar, detrás de la escuela, fumando amistosamente pipas perfumadas con tabaco indio.

– Ah, Karl, me di cuenta de que estabas preocupado apenas te vi llegar. ¿Acaso te asaltan las dudas de último minuto?

– Sí, claro, pero no las que usted se imagina -suspiró Karl-. Usted sabe cuántos meses llevó traer a Anna a este lugar. También sabe que preparé un buen hogar para ella y que tengo planes para uno mejor. Hace ya tiempo que estoy más que preparado para una esposa. Todos estos meses estuve soñando con su llegada. Pero creo que fui un poco crédulo, padre. Soñé que ella era algo que no es, y ahora descubro que me ha mentido en muchas cosas.

– ¿No era un riesgo que debías correr al cortejarla por carta?

– Sí, es verdad. Sin embargo, no es un buen modo de comenzar la vida de casados. Pienso que no deseo una esposa mentirosa, aunque deseo una esposa, y ella es la única disponible.

– ¿Acerca de qué te ha mentido, amigo?

– La primera es una mentira por omisión. Este hermano suyo, James, fue una completa sorpresa para mí hoy. No me había hablado de él. Según pienso, ella sabía que yo no querría tener a un chico de esa edad con nosotros, siendo recién casados.

– ¿Los enviarías de vuelta por eso?

– Sólo los amenacé pero no creo que pueda soportar la soledad un año más mientras trato de encontrar otra esposa. Perdone, padre, tal vez no debiera decirle esto, pero ya tengo veinticinco años; hace dos años que estoy solo, desde que dejé Suecia; estoy ansioso por constituir una familia. Hay épocas, sobre todo en el invierno, cuando estoy sitiado por la nieve durante días sin ninguna compañía y…

Karl sostenía la pipa en su mano enorme, acariciando con el pulgar la madera lustrosa y contemplando la voluta de humo que subía. Recordaba amargamente el vacío de esas noches de invierno.

Cuando levantó la mirada, encontró a su amigo mirándolo fijo y sonriendo tímidamente; Karl apoyó el codo en una rodilla y se sostuvo el mentón con la mano.

– Sabe, padre, a veces hago entrar a la cabra para que no se congele en la ventisca y así tengo alguien con quien hablar. Pero pobre Nanna, creo que se cansa de oír al tonto de su amo penando por compañía humana.

– Lo comprendo, Karl. No necesitas disculparte por tus necesidades. No es un deshonor querer una esposa para las largas noches de invierno y para fundar una familia. Tampoco es un deshonor querer iniciar la vida de casado con tiempo como para conocerse en la intimidad.

– Sin embargo, me siento mezquino por rechazar al chico.

– ¿Quién no?

– ¿Usted, no, padre, si estuviera en mi lugar? -Karl no podía admitir que un sacerdote tuviera tales fallas humanas.

– Tal vez. Por otra parte, lo pondría en la balanza junto a la utilidad que me prestaría el chico aquí, en esta soledad. Podría ser más que una ayuda. Con el tiempo, podría ser un amigo, quizás hasta una especie de parachoques.

– ¿Qué significa “parachoques”, padre?

– Míralo de este modo, Karl -dijo el sacerdote, reclinándose con aire filosófico-. ¿Piensas que si te casas con Anna, todos tus males desaparecerán mágicamente y ella será todas esas cosas que te imaginaste? No lo creo. Pienso que, siendo extraños, discutirán muchas veces antes de conocerse y aceptarse como son. Es allí donde es necesaria la presencia de un tercero que actúe como mediador o conciliador o como simple amigo.

– Esto no se me había ocurrido, pero veo que usted tiene razón. Parece que nos hubiera estado escuchando hoy a Anna y a mí hablar con el ánimo totalmente alterado.

– ¿Se dijeron cosas?

– Sí. Pero el chico estaba ahí, así que nos dijimos menos cosas de las que pensábamos.

– Dejando de lado que el chico haya venido sin ser invitado, ¿qué piensas de él?

– Parece deseoso de aprender y prometió trabajar mucho.

– No podría haberle ido mejor al tenerte como maestro, Karl. Bajo tu tutela, creo que el joven James aprenderá rápidamente. ¿No pensaste que te sentirías gratificado, si le enseñaras?

Los dos fumaban sus pipas en amistoso silencio. Karl pensó en lo que el sacerdote le dijo del muchacho. La idea de tener que enseñarle, de nutrirlo, era un desafío. Karl pensó en la casa de troncos y lo que llevaría construirla; se imaginaba trabajando junto al muchacho, con el torso desnudo al sol; se imaginaba la primera, la segunda, la tercera hilera de troncos, cada vez más alta, y ellos dos bromeando y trabajando juntos. Podría enseñarle mucho al chico sobre los bosques, así como su padre le había enseñado a él.

– ¿Karl?

Una perezosa voluta de humo quedó flotando con la palabra.

– ¿Hum…? -dijo Karl, ausente, totalmente perdido en sus pensamientos.

– Hay algo que debo saber, pero te lo pregunto para que pienses en forma realista sobre todo esto.

– Sí, bueno, pregunte.

– ¿Pensaste en mandar a la chica de vuelta porque algo te desilusionó cuando la viste? Este aspecto es tan importante como los otros, hablando de casamiento. La trajiste aquí sin conocerla, con muchas esperanzas. Si la encuentras desagradable, esto traería muchas dificultades a tu matrimonio. Debes ver esto considerando que eres un ser humano, Karl; como tal, tienes derecho a la duda y al escepticismo, a que ella te guste o no. También creo que eres un hombre que hace prevalecer los principios sobre los gustos, y la conservarías a tu lado por deber, si pensaras que estás obligado a ello.

Karl descubrió en ese momento la faceta humana del padre Pierrot, que tanto necesitaba.

– Oh, no, padre. La encuentro muy atractiva, sólo un poco delgada. Pero su cara… ella… yo…

Era difícil expresarle a este sacerdote los sentimientos que lo habían sacudido cuando la vio por primera vez, cuando le tomó la mano para ayudarla a bajar de la carreta, cuando sintió las delgadas caderas y la estrecha cintura al dar ella el salto. Le era difícil apartar esos sentimientos de la idea de lo carnal, y no deseaba ser crudo delante de su amigo, el sacerdote.

– Me gustó lo que vi, padre, pero traté de usar mi razón. No debería importarme su apariencia, debería en cambio…

– ¡Por supuesto que importa! -lo interrumpió el sacerdote, incorporándose de un salto-. Karl, no me hagas pasar por tonto, sería la primera vez desde que te conozco. Mirarás a esa mujer muchas veces, si te casas con ella. ¿Qué tonto no querría sentirse complacido con lo que ve?

Karl rió.

– Me sorprende, padre. Nunca hubiera imaginado, desde que lo conozco, que fuera tan comprensivo con los asuntos del corazón.

El sacerdote también rió.

– Fui hombre, primero; después, sacerdote.

Karl lo miró ahora directo a los ojos, sin reír.

– Entonces debo admitir que me gusta su apariencia. Tal vez demasiado. Puede que no use tanto la razón cuando juzgue sus otras mentiras.

– Cuéntame -dijo el sacerdote, simplemente, y volvió a sentarse.

– Es sólo una niña. Yo esperaba toda una mujer de veinticinco años. Pero Anna me mintió; tiene diecisiete.

– ¿Pero acaso no vino aquí a casarse contigo por propia decisión?

– No, exactamente. Creo que ella y el niño estaban desamparados y yo era su último recurso. Sí, Anna vino para casarse pero pienso que eligió el menor de los males.

– ¿Te lo dijo ella?

– No tan así. Me rogó que no los mandara de vuelta pero, mientras me lo pedía, noté lo joven que es y lo asustada que está. No creo que se dé cuenta de lo que implica ser una esposa.

– Karl, te estás agregando una preocupación innecesaria. ¿Por qué no dejas que ella juzgue si es lo suficientemente madura para casarse?

– Pero diecisiete años, padre… Admitió que sabe muy poco del manejo de la casa y de cocina. Tendría tanto para enseñarle, también.

– Sería un desafío, Karl, pero podría ser divertido con una chica entusiasta.

– También podría ser un error con una chica entusiasta.

– Karl, ¿te pusiste a pensar por qué mintió? Si ella y el muchacho recurrieron a ti como su última esperanza, ya veo por qué sintió la necesidad de mentir para llegar aquí. Aunque yo no apruebo para nada las mentiras, Karl, creo que tal vez sean perdonables de acuerdo con las circunstancias. Creo que debes preguntarte a ti mismo si Anna no es en el fondo una mujer honesta forzada a mentir por las circunstancias. Quizá, Karl, la estés juzgando demasiado severamente, pues piensas sólo en ti.

– Me hace usted ver que hay mucho para considerar, amigo -dijo Karl mientras se incorporaba y estiraba todo su cuerpo-. Desde que era chico, me enseñaron lo que está bien y lo que está mal y me advirtieron que la senda es estrecha. Nunca antes tuve que considerar las circunstancias que podrían atenuar una falta. Creo que hoy usted me ayudó a ver las cosas desde otro ángulo. Trataré de hacerlo.

Hizo una pausa y miró hacia la puerta.

– Anna y el niño ya deben de haberse preparado para descansar. Yo haré lo mismo y seguiré pensando.

– Que duermas bien, Karl -deseó el sacerdote.

Karl limpió su pipa y dijo, pensativo:

– ¿Sabe, padre? Anna me aseguró que no había más mentiras y me hizo la promesa de no volver a mentir. Esa promesa ya es algo.

El padre Pierrot sonrió, apoyó una mano en el hombro de Karl Lindstrom y comprendió por qué un hombre de su naturaleza podría sentirse atormentado por la incertidumbre en un momento como éste. La mayoría de los hombres, después de haber vivido dos años en la frontera, no se detendrían a pensar más que en su propia necesidad de una mujer, dentro o fuera de la cama. Pero Karl era un hombre de raras cualidades, de rara honestidad. Anna Reardon sería una mujer afortunada si se casara con un hombre así.

El aula estaba oscura, seca y llena de polvo. Karl encontró su jergón y se acostó de espaldas, con las manos detrás de la cabeza. Pensó en todo lo que el padre Pierrot le había dicho y, por primera vez sin culpa, intentó considerar a Anna como una mujer. Pero no pudo; se encontró pensando en ella como una niña, en cambio. Era alta pero el ser tan delgada le daba un aire inmaduro casi infantil. Por momentos, su cándido temor le hizo pensar en una joven inexperta que tal vez ni siquiera supiera cuáles eran los deberes del lecho conyugal. En cierta medida, esto lo complacía pero también lo asustaba. Una cosa era llevar a la cama a una mujer de veinticinco años que sabía qué esperar. Otra cosa, totalmente distinta, era tener en la cama a una muchacha de diecisiete cuyos ojos brillantes y oscuros quizá lo miraran aterrados al enterarse de lo que se esperaba de ella. Parecía tan frágil, que sus huesitos tal vez se rompieran cuando intentara abrazarla contra su pecho. De sólo pensarlo, sintió un cosquilleo excitante en el vello del pecho.

Se pasó la mano por la camisa deslizándola a lo ancho del pecho. Era un pecho amplio. Tenía los brazos gruesos y musculosos por haber usado el hacha toda su vida. Los muslos eran largos y macizos desde la rodilla hasta las caderas. Tenía el cuerpo grande y musculoso de su padre. Hasta ahora, siempre había dado por sentado lo que las mujeres pensaban de él cuando lo miraban.

Ahora, al pensar en Anna, se le ocurrió por primera vez que para una muchacha quizá su tamaño fuera atemorizante. Tal vez a ella no le gustara. Se dio cuenta, de pronto, de que esa noche se había preocupado con egoísmo sólo por lo que él, Karl, pensaba de ella, Anna. ¿No tendría acaso que haberle dedicado el mismo tiempo a preguntarse qué pensaba ella de él? Claro, le había rogado que no los mandara de vuelta. ¿Sería sólo por temor? Sin dinero y asustada, ¿qué otra cosa podría hacer una joven, si amenazaban con abandonarla en medio del desierto?

Volvió a pensar en su casa de adobe, en la cama que había preparado para ella con la mejor de las intenciones. Trató de imaginarse qué pensaría cuando viera el manojo de trébol oloroso. La incertidumbre hizo que el corazón le latiera con más fuerza. Tal vez había sido una estupidez preparar la cama de manera tan obvia, como si lo único en su mente todos estos meses hubiera sido acostarse con ella. Vería el colchón lleno y mullido, las almohadas recién armadas, el trébol para darle la bienvenida, y se escaparía asustada como un tonto potrillo ante un conejo, sin saber que el conejo no puede ni desea hacerle daño alguno.

“Anna, ¿qué debería hacer contigo? ¿Cómo podría mandarte de vuelta? ¿Cómo pedirte que te quedes? En este caso, ¡cuánto camino para recorrer juntos, cuánto para aprender el uno del otro!”

Despertó por la mañana cuando el sol no era más que una promesa. Era la hora en la que el día no se decide todavía a desplazar a la noche. Una luz pálida entró, furtivamente, a la habitación, sin la fuerza suficiente como para disipar las sombras que caían pesadamente sobre Anna, mientras dormía sobre un costado, frente a Karl. Anna tenía un brazo recogido detrás de la oreja y el mentón apretado sobre su pecho, como el de un niño. La expresión en su rostro era de tal inocencia, que otra vez Karl se preguntó si estaba haciendo lo correcto.

Pero su mente estaba despejada. Había pensado mucho acerca de lo adecuado para los dos; el corazón le decía que juntos, Anna y su hermano y él, podrían lograr que todo funcionara. El casamiento debería hacerles olvidar ese infortunado comienzo. Demandaría paciencia de su parte, y coraje, de parte de ella. Si él estaba dispuesto a perdonar, ella debería actuar con humildad. Cada uno de ellos, estaba seguro, tendría que tener el valor que al otro le faltara porque ésa era la base del matrimonio.

Anna había demostrado hasta ese momento la clase de fortaleza de la que muchas mujeres carecían. El hecho de llegar hasta aquí, afrontándolo todo, con el muchacho por el que era responsable, significaba que tenía determinación. Semejante cualidad era incalculable en ese lugar.

Karl se incorporó sobre el jergón, con la ropa puesta, y se arrodilló al lado de Anna. Nunca antes había despertado a una mujer dormida, salvo a su hermana y a su madre, y se preguntó si sería un gesto demasiado íntimo tocarle el brazo y sacudirlo con suavidad. El brazo, largo y delgado, estaba laxo sobre la piel de búfalo. Pudo distinguir algunas pálidas pecas en el dorso de su mano. A pesar de la tenue luz, notó más pecas danzando sobre el puente de su nariz y por las mejillas. Dormía como un niño, sin saber que la estaba observando, y Karl pensó que, de alguna manera, eso era algo injusto de su parte.

– ¿Anna? -susurró, y vio que sus párpados se movían como si estuviera soñando-. ¿Anna?

Ella abrió los ojos de golpe. En el instante en que se despertó, volvieron a adoptar la expresión de cautela que ya le era familiar a Karl. Lo miró fijo un momento tratando de recobrar sus sentidos. Karl descubrió en su expresión el instante mismo en que el recuerdo afloró y se dio cuenta de quién era ella y de quién era él.

Porque parecía tan joven, tan indefensa y tan cautelosa, le preguntó:

– ¿Sabías que tienes lagañas en los ojos?

Continuó mirándolo, sorprendida, muda. Pestañeó y sintió las lagañas raspando sus párpados; sabía que estaban allí porque había estando llorando esa noche antes de dormirse.

– Es hora de levantarse y lavarse los ojos. Después quiero hablar contigo -dijo Karl.

El muchacho se despertó al oír la voz de Karl, quien se incorporó y dijo:

– Hora de levantarse, muchacho. Deja que tu hermana se despabile.

Karl salió de la habitación.

– ¿Anna? -dijo James, con voz ronca y algo desorientado, también.

Ella se dio vuelta para mirarlo.

– Suenas como una rana esta mañana -bromeó. Pero él no sonreía.

– ¿Dijo lo que había decidido?

– No. Dijo que quiere hablarme. Eso es todo. Va a volver apenas nos dé tiempo para levantarnos.

– Apúrate, entonces, así estamos listos.

Pero aunque James salió corriendo de la habitación, Anna se demoró un momento, pues no se decidía a dejar la tibia protección de las pieles de búfalo, y se preguntaba qué planearía hacer Karl con ella y James.

Pensó en las curiosas palabras que él había usado para despertarla. Eran palabras tiernas, las que se usan con una criatura. Tal vez era un hombre de naturaleza amable, cuyo temperamento se había puesto a prueba ayer al escuchar las revelaciones que ellos le habían hecho. Quizá, si le dieran la oportunidad y el tiempo, Lindstrom sería menos temperamental y exigente; quizá volviera a ser amable como lo había sido hacía un momento. Pero cuando Anna pensó en despertarse en la misma cama que él, donde notaría algo más que las lagañas, se puso a temblar.

Se levantó, trató de alisar las arrugas de su vestido, se lavó la cara y se recogió el pelo. Un golpe a la puerta le indicó que Karl ya estaba de vuelta; Anna se arrodilló para acomodar las pieles de búfalo.

Por lo visto, él se había lavado la cara y se había peinado. Llevaba puesta su pequeña y extraña gorra. Se aproximó a ella, contemplando sus enormes ojos marrones, que tenían esa expresión de asombro cada vez que él estaba cerca.

– ¿Cómo dormiste, Anna?

– Bien… -Pero su voz se quebró, como la de James, y se aclaró la garganta antes de probar otra vez-. Bien. -Sus manos reposaban en las pieles como si se hubiera olvidado de lo que estaba haciendo.

Karl había hecho esa simple pregunta para hacerla sentir más cómoda, pero se dio cuenta de que estaba tensa y temerosa. Le destrozaba el corazón pensar que podría estar así a causa de él. Apoyó una rodilla sobre las pieles que ella estaba doblando.

– Anna, yo no dormí tan bien. Pasé mucho tiempo pensando. ¿Sabes qué descubrí mientras pensaba?

Anna meneó la cabeza, sin decir nada.

– Descubrí que sólo pensaba en mí y en lo que esperaba de una esposa. Con egoísmo, no pensé en lo que tú esperabas de mí. Todo el tiempo pienso en lo que Karl piensa de Anna; nunca en lo que Anna piensa de Karl. Pero eso no está bien, Anna. La de hoy debe ser una decisión que tomemos entre los dos, no yo solo.

Ella estudiaba el brazo dorado que sostenía la rodilla levantada, sabiendo que él estaba estudiando su cara mientras hablaba.

– Volvamos atrás, Anna, ¿sí? Después de convenir en casarnos, decidimos encontrarnos. Y cuando te conozco, todo lo que hago es enojarme contigo porque me mentiste, sin tener en cuenta la razón por la que mentiste. El padre Pierrot me hizo ver que debo comprender tu posición y darme cuenta de que debías salir de Boston, donde las cosas se estaban poniendo muy mal para ti y el muchacho.

Estudió las pecas en sus mejillas y vio asomar el tenue rubor rosado; sintió el latido de su corazón en partes insospechadas de su cuerpo. Deseó que ella levantara los ojos, pues era muy difícil leer sus sentimientos cuando ella evitaba mirarlo.

El corazón de Anna saltaba y rebotaba en su pecho ante este inesperado gesto de ternura y abnegación. Nunca había recibido consideraciones de esa índole. Deseaba encontrarse con la profundidad de sus ojos azules, pero si lo hubiera hecho, se habría puesto a llorar. Sólo podía mirar esa mano fuerte y tostada apoyada en la rodilla mientras seguía hablando.

– Anna, no es demasiado tarde para que te vuelvas atrás. No es demasiado tarde para que cualquiera de los dos cambie de idea. Pensé que, ahora que me conoces, quizá… quizá no desees casarte conmigo. Sabiendo lo joven que eres y cómo tuviste que pensar en alguna salida rápida para seguir viviendo, tú y el muchacho, comprendo que… tal vez pienses que cometiste un error, ahora que conoces a Karl Lindstrom. Creo que debo darte dos opciones, Anna. Primero, prometerte que si quieres regresar, el padre Pierrot y yo encontraremos la forma para que llegues bien a Boston. Sólo si estás muy segura de que no es eso lo que quieres, entonces debo darte la segunda opción: casarte conmigo.

Anna sintió las lágrimas quemar sus pestañas y a punto de estallar.

– Ya le dije… No tengo a nadie a quien recurrir; ningún lugar adonde ir.

Seguía sin mirarlo.

– El padre y yo pensaremos en algo, si es lo que quieres. Algún lugar aquí en Minnesota, donde puedas vivir.

– Su lugar me parece bueno -se animó a decir, algo asustada.

Sí, Anna le temía; lo supo por el temblor en su voz.

– ¿Estás segura?

Asintió, mirando las pieles.

– En ese caso, una chica tiene derecho a decir que ha recibido una verdadera proposición de matrimonio y que ha tomado parte en la decisión, después de haber conocido al novio y no antes.

Ahora sí lo miró. Dirigió los ojos a su cara, tan cerca de la suya. La intensa mirada de Karl no se había apartado de la suya; sólo había estado esperando que ella lo mirara. Esos ojos eran puro azul y miraban con sinceridad. Se preguntó cuántas muchachas lo habrían mirado y habrían sentido lo que ella sentía en ese momento. Hubiera deseado seguir con los dedos la curva de esas cejas tan bien formadas, por encima de las oscuras pestañas. Sin embargo, frenó la tonta compulsión de hacer un gesto tan inesperado, aprisionando en su puño una parte de la piel de búfalo.

– Onnuh… -empezó a decir, y durante ese largo titubeo, antes de que siguiera, Anna habría querido decirle: “Sí, sí. Soy Onnuh ahora, dímelo de nuevo así”. Y como si él hubiera estado escuchando su pensamiento, dijo-: Onnuh, si no soy lo que esperabas, lo comprenderé. Pero si crees que podríamos olvidar este pobre comienzo, te prometo que seré bueno para ti, Onnuh. Me quedaré contigo y con el muchacho.

Una mano enorme hizo deslizar la gorra por el pelo rubio en un gesto de cortesía que la conmovió hasta las fibras más íntimas del corazón. Extendió la otra mano y la tomó del codo. El calor de su piel, la mirada de necesidad que leyó en sus ojos, el suave contacto de su mano, todo eso hizo que Anna se sintiera aturdida, mareada.

– Onnuh Reardon, ¿te casarás conmigo?

Sintió como si se hubiera despertado en medio de un sueño fantástico para encontrar a este gigante rubio y hermoso arrodillado ante ella, acariciándole el brazo con su pulgar y mirándola con una intensa expresión de esperanza y promesa en su cara bronceada. Los labios de Anna se abrieron y dejaron escapar un suspiro que reveló la mezcla de sentimientos que la invadía: alivio, temor y también una nueva sensación tan excitante, que le oprimió el pecho y humedeció las palmas de sus manos.

– Sí -exhaló por fin.

Karl sonrió, aliviado. Miró el cabello de Anna y luego quiso trasmitirle confianza con una leve presión en el codo.

– Muy bien. Este será nuestro comienzo, entonces, y olvidaremos todo lo pasado. ¿Sí?

– Sí -asintió, preguntándose, con valentía, si podría confesarle el resto aquí y ahora. Sin embargo, la aterraba que él pudiera retirar su proposición de casamiento y la seguridad que le brindaba. Lo miró con una sonrisa temblorosa.

– Haremos un buen comienzo… Karl y Anna… -Enseguida, agregó, con una amplia sonrisa-: Y James.

– Karl y Anna y James -repitió ella casi como si hiciera un voto.

Karl se puso de pie delante de ella. Cuando lo miró, notó qué parejos eran sus dientes. “¿No tiene ningún defecto?”, se preguntó. Anna sintió que la iba invadiendo un sentimiento de inferioridad con respecto a Karl.

– Ven -dijo él suavemente-. Te ayudaré a enrollar las pieles. Después le diremos al padre Pierrot que hemos tomado una decisión y que estamos listos.

El padre Pierrot mostró su alegría mientras les estrechaba la mano con entusiasmo, y decía:

– Tengo plena confianza en que formarán un matrimonio feliz y duradero.

Pero interiormente estaba preocupado. Aunque le había dicho a Karl que había conseguido una dispensa especial de la diócesis para ser testigo del casamiento, eso no era del todo cierto. El obispo Cretin había comprendido la situación de la pareja pero había sido inflexible en su decisión, y había alegado que tal dispensa debía venir del Santo Padre, en Roma, y que llevaría uno o dos años. El padre Pierrot consideraba que era una actitud muy rígida. Después de todo, no podía otorgar el sacramento; sabía que eso era imposible.

Así es como el padre Pierrot se vio enfrentado a un dilema. ¿Debía seguir los dictados de la Santa Iglesia Católica o los de su propio corazón? Con toda seguridad, era un acto mucho más cristiano bendecir esa unión entre dos almas tan bien intencionadas que dejarlas vivir en el pecado. “Ésta es la frontera”, argumentó el padre Pierrot, el hombre dentro del sacerdote. “Ésta es la única iglesia en más de cien kilómetros a la redonda, y esta gente acudió a mí con la mejor de las intenciones”.

El hecho de que Karl fuera su amigo había influido en su decisión. El vínculo que los unía iba más allá de cualquier creencia religiosa. Mientras los conducía a la humilde sacristía, el sacerdote pensaba en lo correcto de su decisión. Tal vez éste fuera el mejor casamiento que hubiera celebrado.

– Ven, Anna -dijo el sacerdote al entrar en la sacristía perfumada por el incienso.

Las piernas de Anna parecían haberse convertido en barro. James, según sus instrucciones, le había escrito a Karl que ella era católica devota, pues los dos sabían que el sueco quería una mujer de origen cristiano. Karl nunca le había dicho que esa misión era católica. En ese caso, Anna le hubiera dicho que era de cualquier otra religión para no tener que demostrar que era católica. Tal como estaban las cosas, se veía atrapada ahora en otra mentira.

– Pero no puedo… quiero decir… bueno, no deseo confesarme.

– Anna -le recriminó el sacerdote-, perdóname por ser franco pero anoche Karl y yo habíamos. Me contó que admitiste haber mentido. Ésos son pecados, hija. Debes confesarlos, si quieres estar en estado de gracia antes del matrimonio. Seguro que lo sabes.

Por supuesto que lo ignoraba. Todo lo que sabía de la Iglesia Católica era que dentro de St. Mark se sentía abrigada y que a nadie le negaban la entrada.

– Pero… yo le dije a Karl que lo lamentaba y que no mentiría más, ¿no es suficiente?

– No es suficiente para un católico. Sabes que la confesión es necesaria, Anna, para purificar el alma. -El sacerdote no podía entender ese rechazo.

Anna jugueteaba con las manos y se movía de un lado a otro para no mirarlo, mientras que Karl también se preguntaba por qué tanta hesitación. Con creciente inquietud, Anna comprendió que la única confesión que debía hacer en ese momento era la verdad. Se mordió el labio, se apretó las manos detrás de la espalda y, entonces, con coraje, admitió:

– No soy católica.

Karl no podía creer lo que escuchaba. La tomó del codo (Anna pensó que estaba abusando de su codo últimamente) y la obligó a mirarlo a la cara.

– Pero Anna, me dijiste que eras católica. ¿Por qué?

– Porque usted decía en el anuncio que quería una esposa temerosa de Dios.

– ¿Otra mentira, Anna? -preguntó Karl, otra vez desilusionado.

– No es una mentira, es la verdad. Dijo que quería la verdad y esta vez se la dije. Pero, ¿qué importancia tiene, si nosotros mismos vamos a hacer los votos?

Atrapado ahora por la semiverdad que le había hecho creer a Karl, el padre Pierrot comenzó a sentir remordimientos. ¿Qué debía hacer? Si atestiguaba la unión, podría hacerse pasible de la excomunión cuando el obispo se enterara. En ese momento, el sacerdote hubiera deseado que Long Prairie contara con un juez de paz que pudiera casarlos, ya que de ese modo él se vería liberado de toda esta confusión.

Pero la perseverante irlandesa miró a su prometido a los ojos y dijo:

– Bueno, si todo está bien para usted, para mí, también.

Esto era demasiado para Karl. Había pasado toda la noche reflexionando sobre la situación para concluir que casarse con Anna era lo correcto. Ahora, otra ilusión hecha añicos. Le molestaba sobremanera que otra nueva mentira saliera a la luz delante del padre Pierrot. Sintió que no podía rebajarse aún más y ponerse a discutir. Y el día avanzaba. Se había perdido tanto tiempo ya con este viaje, era una locura perder más y no había ninguna otra iglesia cerca. “Pero una mujer atea…”, pensó el acosado Karl. “¿En qué me metí?”

– No importa -dijo Karl secamente, y todo el mundo se dio cuenta de que sí importaba-. Nos casaremos como estaba planeado.

Se volvió hacia su amigo.

Al padre Pierrot no le daba el corazón para decir: “No, Karl no puedo ser testigo de este acto ni puedo registrarlo en los libros. El valor del voto reside en el corazón, no en los testigos ni en las palabras escritas”. Si ellos estaban dispuestos a aceptarse, él no se metería en el camino.

Anna sintió un gran alivio cuando se decidió realizar la ceremonia. Tenía las rodillas débiles y la lengua pegada al paladar. Apretó los ojos y prometió, en silencio, que haría lo imposible por compensar a Karl.

Pero Karl sentía un peso en el corazón cuando se acercó al altar. Esa mañana había llegado a una amnistía con ella, a su modo. La paz debía reinar en su corazón cuando hiciera los votos, y no este resentimiento que se le había metido dentro. “Ya es difícil prometer amor a alguien a quien no se conoce, más aún cuando se tienen malos presentimientos.” El sacerdote se había puesto la sobrepelliz, el alba y la estola, y todo estaba pronto.

– James será nuestro testigo -dijo Anna.

Quería complacer a Karl de alguna manera. Era evidente que Karl estaba descontento con ella. Evitaba sus ojos y mantenía la distancia, como sumido en pensamientos profundos. Su voz había perdido la musicalidad habitual; todo revelaba a las claras que estaba descontento.

La pareja estaba tan tensa, que el padre Pierrot sintió que había ciertas cosas que debía decir. Pudo percibir la hostilidad que había surgido. Karl tenía los labios fruncidos, y Anna miraba fijo el ramo de lirios y rosas silvestres a los pies de San Francisco de Asís.

– Anna -comenzó-, te hablo a ti primero, con la esperanza de que tomes en serio todo lo que digo. Eres joven, Anna. Asumes una gran responsabilidad al casarte con Karl. Los dos tienen una larga vida por delante y puede ser una vida feliz, si te lo propones. Pero la felicidad debe basarse en el respeto mutuo, y este respeto nace de la confianza. La confianza, a su vez, surge de la verdad. Creo que has hecho lo necesario para estar aquí con Karl. Pero de ahora en adelante, te aconsejo ser leal con él en todo sentido. Vas a encontrarte con un ser bueno, comprensivo y paciente, te lo garantizo. Pero también te encontrarás con alguien que es estricto en cuanto al honor. Te aconsejo una vez más decir toda la verdad; cuando hagas el voto de amor, honor y obediencia, te pido que agregues, desde el fondo de tu corazón, Anna, el de la verdad.

Levantó hacia él su cara de niña y dijo, sin malicia-: Sí, padre.

El sacerdote no pudo evitar esbozar una sonrisa. Vio que también Karl la miraba de soslayo.

– Bueno, sea. Karl, quiero advertirte acerca de algunas cosas que no se expresan en los votos. Recae sobre tus hombros proteger y alimentar a Anna. En tu caso, aquí en esta soledad, y con la responsabilidad extra de velar por James, esta tarea es más de lo que se espera de otros hombres.

Karl miró al chico, y el sacerdote notó que la expresión en el rostro del sueco se suavizaba.

– Este lugar es algo nuevo para ellos y habrá mucho que aprender. Se requerirá paciencia, pero tienes el don del conocimiento para brindarles; serás maestro y protector, padre y esposo casi desde el principio. Si esta carga te resultara pesada, te recuerdo que en la ceremonia de tu boda has agregado, en silencio, el voto de paciencia.

– Sí, padre.

– Y aunque tampoco está escrito en los votos, hay un viejo proverbio en el que creo ciegamente; lo repetiré ahora y les pediré que lo recuerden en los momentos difíciles: “Nunca dejes que la noche te sorprenda con la ira”. Habrá desacuerdos entre ustedes, que no podrán evitarse pues son seres humanos con mucho que aprender el uno del otro. Pero las diferencias que hubo entre ustedes durante el día se agravarán si se mantienen durante la noche. Al tener esto en cuenta, quizá no se aferren tanto a sus convicciones y comprendan que ya es hora de ceder un poco o de llegar a un entendimiento. ¿Lo recordarán?

– Sí, padre -dijeron al unísono.

– Así sea, comencemos.

El padre Pierrot comenzó sus plegarias.

Las suaves inflexiones del latín le recordaron a Anna las noches en que ella y James habían buscado refugio en St. Mark. Noches en que todas las habitaciones sobre la taberna estaban ocupadas y los hacían salir, prohibiéndoles que aparecieran antes de que el último parroquiano se hubiera ido, tambaleante, a su casa. Anna trató de apartar el penoso recuerdo, pero la cadencia del rezo en latín la retrotrajo a la angustia de entonces. Esa angustia que la invadía cuando se acurrucaba en la penumbra de la iglesia perfumada por la cera, el incienso y las velas; cuando rogaba encontrar una salida a esa vida pues, desde la muerte de su madre, a nadie le importaba si los críos de Barbara estaban vivos o muertos.

A duras penas, habían sobrevivido ella y James, pero Anna se había jurado escapar de esa situación desesperada, sea como fuere. Lo estaba logrando ahora. Ella y James volverían a tener un hogar. Las “damas” y sus clientes, los “caballeros”, ya no volverían a echarlos a la calle. Pero sabiendo lo que había hecho para llegar aquí, sabiendo que estaba engañando a un hombre que no lo merecía, sintió que la culpa la invadía.

Sintió la enorme mano de Lindstrom tomar la suya; sintió las asperezas, producto del trabajo; sintió el firme apretón que revelaba su fuerza, y supo que este hombrón honorable nunca entendería lo que ella había hecho. Tenía la palma tibia y seca, y tan sólida como el roble. Por la forma en que le aprisionaba los nudillos, pensó que se le quebrarían; pero ese apretón significaba que cumpliría con lo prometido ese día. Se puso a mirar esos ojos azules, a contemplar esos labios sensibles que recitaban las palabras del libro que el padre Pierrot sostenía sobre las palmas. La voz de Karl recitaba, y Anna observó su boca, tratando de memorizar las palabras todo lo que pudo.

Y los largos meses de espera, de sueños y de planes para este día formarían parte de la trama que ahora los unía a través de las palabras que él pronunciaba en voz alta. Tampoco los pensamientos que habían vivido todo este tiempo en la mente de Karl podían permanecer ajenos a lo que estaba prometiendo.

– Yo, Karl, te tomo, Anna…

Mi pequeña Anna, rubia como el whisky…

“como mi legítima esposa…”

¡Cómo esperé este momento!

“para amarte y protegerte…”

Todavía no te tuve en mis brazos.

“desde este día en adelante…”

Esta noche, y mañana y mañana…

“en las buenas y en las malas…”

A pesar de todo, sé que podría ser peor…

“en la riqueza y en la pobreza…”

Ah, qué ricos podemos ser, Anna, ricos de vida…

“en la salud y en la enfermedad…”

Yo haré que esta mano delgada se haga fuerte…

“hasta que la muerte nos separe.”

Todo esto lo prometo con mi vida, todo esto y el voto de paciencia, como el sacerdote, mi amigo, me lo pidió.

Mientras los ojos de Anna contemplaban el rostro de Karl, un haz de luz entró por la puerta entreabierta, e iluminó sus rasgos como si la propia naturaleza estuviera otorgando la bendición que el sacerdote no podía otorgar. En esa pequeña misión de frontera de Long Prairie, nada más que flores silvestres adornaban el altar. Sólo el arrullo de las palomas prestaba su canto. Pero para los ojos y los oídos de Anna, ese lugar era tan hermoso como una catedral que albergara un coro de cien voces. Podía sentir cómo el latido de sus corazones se unía allí donde su mano pálida y liviana descansaba en la de él, ancha y bronceada. Cuando le tocó a ella hacer los votos, Anna experimentó un entusiasmo que jamás se hubiera imaginado en aquellos tristes días de invierno, cuando planeaba el encuentro con ese esposo desconocido.

– Yo, Anna, te tomo a ti, Karl…

Perdóname, Karl, por engañarte…

“como mi legítimo esposo…”

Pero James y yo no sabíamos qué otra cosa hacer…

“desde este día en adelante…”

Nunca más nos quedaremos sin hogar…

“en las buenas y en las malas…”

Prometo que nunca, nunca diré otra mentira…

“en la riqueza o en la pobreza…”

No necesitamos riquezas. Un hogar será suficiente…

“en la salud y en la enfermedad…”

Aprenderé todo lo que dije que sabía hacer…

“hasta que la muerte nos separe.”

Te compensaré por todo, Karl, te compensaré por todo, sea como fuere.

Ella vio que Karl tragaba saliva y percibió un temblor en sus párpados.

Luego, todavía apretando su mano, él miró al padre Pierrot.

– No hay anillo, padre. El oro es muy caro y no había otra cosa en el almacén de Morisette. Pero tengo un anillo simple porque no me parecía bien que no hubiera un anillo.

– Un simple anillo está muy bien, Karl.

Karl extrajo de su bolsillo un clavo de herradura arqueado en forma de círculo. Estaba a punto de decir: “Lo siento, Anna”, pero ella sonreía, mirando el anillo como si fuera de oro puro.

Anna notó que las manos de Karl temblaban; también las de ella, mientras extendía los dedos y él deslizaba el pesado círculo de hierro por sobre su nudillo. No había calculado bien la medida y ella se apresuró a cerrar los dedos para no perderlo. Entonces Karl le tomó la mano otra vez. Con ternura, le hizo extender los dedos y apoyar la mano sobre su palma abierta, mientras que con los dedos de la otra mano tocaba suavemente el anillo como para sellarlo en su carne para siempre.

– Anna Reardon, con este anillo te hago mi esposa para siempre.

La voz se le quebró sobre la última palabra, y ella volvió a encontrar sus ojos.

Luego, Anna puso su mano libre sobre la de Karl y el anillo, y dijo, mirándolo a los ojos:

– Karl, con este anillo te acepto como mi esposo… para siempre.

Karl bajó la mirada hasta la nariz, respingada y con pecas; luego, hasta los hermosos labios expectantes. El corazón le brincaba dentro del pecho. “Ahora es de verdad mi Anna”, pensó, de repente tímido y ansioso.

Los párpados de Anna temblaron fugazmente. Sintió la presión en su mano intensificarse por una fracción de segundo antes de que él se inclinara para besarla ligeramente. Olvidando cerrar los ojos, Karl rozó sus labios, vacilante, y enseguida se volvió a enderezar.

– Entonces, sea -dijo el padre Pierrot en un tono apacible, mientras que el novio y la novia buscaban, nerviosamente, algo donde posar la mirada. Anna se volvió hacia su hermano y los dos se dieron un rápido abrazo.

– Oh, Anna, Anna… -dijo James.

Ella murmuró en su oído:

– Ahora estamos a salvo, James.

El muchacho la apretujó más fuerte.

– Cumpliré con mi parte. -Pero miró a Karl cuando lo dijo, aunque seguía sosteniendo la mano de Anna.

– Lo sé -dijo Anna, mirando a Karl, ahora.

El padre Pierrot la sorprendió al felicitarla con un cálido abrazo y un beso en la mejilla.

– Te deseo salud, felicidad y la bendición de muchos hijos. -Luego, volviéndose a Karl y estrechándole ambas manos, el sacerdote dijo, emocionado-: Lo mismo a ti, amigo.

– Gracias, padre. Parece que ya tengo una de esas dos cosas. -Karl miró significativamente a James, quien le devolvió una amplia sonrisa.

– Sí -dijo el padre Pierrot, estrechando la mano de James en un gesto viril-. Ahora es asunto tuyo ver que estos dos cumplan con lo que les pedí. Habrá momentos en que esta tarea será la más difícil.

– Sí, señor -replicó James, y todo el mundo rió.

– Así sea, y ya es un hecho. Ahora falta que ustedes dos firmen el documento. Nos tienen a James y a mí de testigos. Luego pueden marcharse pues los espera un largo camino.

Karl se volvió, hizo que Anna lo tomara del brazo y tomó por el hombro a James, que estaba indeciso.

– Tenemos un largo camino por delante, ¿eh, James?

– ¡Sí, señor! -dijo el muchacho con vehemencia.

– Pero iremos juntos, tú, Anna y yo.

Mientras el padre los conducía otra vez a sus pequeñas habitaciones detrás de la escuela, Anna caminaba al lado de Karl con la mano apoyada en su sólido brazo, enferma de preocupación otra vez. El padre trajo tinta y pluma, mojó la punta y se la pasó a Anna, indicándole el pergamino sobre el escritorio.

– Puedes firmar primero, Anna.

Karl estaba allí, con una amplia sonrisa, observándola. ¡Pero ella no sabía escribir su nombre!

– Que firme Karl primero -se le ocurrió decir.

– Muy bien.

Condescendiente, Karl puso su nombre en el papel con sumo cuidado.

Anna se quedó detrás de él, mirando la nuca de Karl, mientras él formaba las letras. Observó a James, quien se encogió de hombros con disimulo. Anna tomó el lugar de Karl y dibujó una X grande en el papel, mientras él miraba por encima de su hombro.

Y así quedó al descubierto otra impostura.

Karl vio cómo Anna hacía la cruz, y se sorprendió, pues había creído que era una mujer instruida. Pero ella lo miró con una sonrisa llena de vida, tratando de apaciguarlo.

Pero Karl no se apaciguó. “Y ahora me entero de otra verdad acerca de Anna”, pensó. Pero no dejó que el padre Pierrot supiera el drama que se estaba representando. En cambio, tomó con firmeza el brazo de Anna, la llevó hasta la puerta y la condujo afuera.

– Espera aquí, voy a traer la carreta -fue todo lo que dijo.

Salió enseguida, precipitadamente, dejándola sola con James.

– Anna, no sabía lo que hacer -le dijo su hermano con amargura-. No podía firmar por ti. Te dije que deberías habérselo dicho.

– Está bien. Por lo menos, ahora lo sabe.

– ¿Pero por qué no dijo nada? Tal vez no le moleste tanto.

– Ya lo creo que le molesta. Casi me rompe el codo cuando me sacó afuera, pero prometí que no volvería a mentir y no lo voy a hacer. Pero no prometí contarle toda la verdad de una sola vez. No estoy segura de que pueda aceptarla de un solo trago.

– Descansaré tranquilo cuando lo sepa todo -dijo James.

Anna se volvió hacia él, preguntándose otra vez si sospecharía algo acerca de cómo había conseguido el dinero para su pasaje y su ropa. Pero justo en ese momento, el padre Pierrot salió con un paquete de comida para el viaje, y Karl apareció con la carreta. Había llegado el momento de la despedida, de los apretones de manos y del viaje hacia el incierto futuro de casados.

Capítulo 4

No habían recorrido todavía un kilómetro y medio cuando Karl, inevitablemente, retomó el tema. Cuando conducía sus caballos, jamás levantaba la voz, de modo que ahora habló con estudiada paciencia, mirando, ceñudo, las riendas que tenía delante de él.

– Creo que tienes algo más que decirme, Anna. ¿Me lo quieres decir ahora?

Ella miró de soslayo esa mandíbula protuberante y sólida como una roca.

– Ya lo sabes, así que, ¿para qué quieres que te cuente? -preguntó, sin levantar la cabeza.

– ¿Es verdad, entonces? ¿Tú no escribiste las cartas?

Anna sacudió la cabeza.

– ¿Y no sabes ni leer ni escribir?

Volvió a negar con la cabeza.

– ¿Quién escribió las cartas? -preguntó, recordando todas las veces que las había tocado, que había meditado sobre ellas pues sabía que antes habían pasado por las manos de Anna.

– James.

– ¿James? -Karl miró a Anna y luego al muchacho, que tenía los ojos clavados delante de él. -¿Hiciste que el chico escribiera mentiras, deliberadamente, porque tú misma no podías hacerlo?

– No hice que las escribiera.

– Bueno, ¿cómo llamarías a esto de enseñarle tales lecciones a un muchacho como él?

– Nos pusimos de acuerdo, eso es todo. Teníamos que salir de Boston y encontrar un modo de vida. James vio tu anuncio en el diario y me lo leyó. Decidimos juntos tratar de que te casaras conmigo.

– Decidieron juntos lograr que Karl Lindstrom se casara con una mujer de veinticinco años, una buena joven católica que sabía leer y escribir y enseñaría a nuestros hijos a leer y a escribir; que sabía cocinar y hacer jabón y trabajos de jardinería.

Los dos culpables guardaban silencio.

– ¿Y quién hará eso, Anna? ¿Quién enseñará a nuestros hijos a leer y a escribir? ¿Se supone que yo vuelva expresamente del campo y les enseñe?

Esa mención, como al descuido, de nuestros hijos la hizo ruborizar; sin embargo, contestó, esperanzada:

– James podría hacerlo.

– Según tú misma dijiste, James iba a ser mi ayudante en el bosque y en las tierras. ¿Cómo puede James estar en dos lugares al mismo tiempo?

Anna no tenía respuesta.

– ¿Cómo es que James aprendió a leer y a escribir y tú no? -preguntó.

– Algunas veces, cuando nuestra madre tenía un momento de lucidez, lo hacía ir a la escuela, pero no veía que una chica tuviera necesidad de saber las letras; entonces, me dejaba sola.

– ¿Qué clase de madre mandaría a un chico a la escuela de tanto en tanto, cuando tenía un momento de lucidez? ¿Lucidez para qué?

Esta vez James evitó que Anna tuviera que mentir o revelar toda la verdad. Dijo con brusquedad:

– No teníamos mucho, ni siquiera antes de que Barbara enfermara y muriera. Vivíamos con… amigos de ella la mayor parte del tiempo, y yo tenía que salir a encontrar un trabajo con el que pudiera ayudar. Ella creía que yo era muy joven para salir a trabajar y tal vez a ella le diera… bueno, lástima. Era entonces cuando tenía que ir a la escuela. Fui lo suficiente como para aprender a leer y escribir un poco.

Asombrado, Karl preguntó:

– ¿Barbara? ¿Quién es Barbara?

– Ése era el nombre de nuestra madre.

– ¿Llamaban Barbara a su madre? -Karl no podía concebir que un niño llamara a la madre por su nombre. ¿Qué clase de madre permitiría una cosa así? Pero como ninguno de ellos respondió, Karl los presionó-: Tú me dijiste que no había trabajo para ti en Boston y que por eso necesitaban salir de allí.

– Bueno, no había… quiero decir… bueno…

– ¿Bueno, qué, muchacho? -preguntó Karl-. ¿Cuál es la verdad? ¿Trabajaste o no?

James tragó aire y se atrevió a decir con voz de falsete-: Era ratero.

Karl estaba anonadado. Miró el perfil del chico, tratando de imaginarlo haciendo algo tan deshonesto. Luego contempló a Anna, sentada, con la mirada sombría clavada en el estrecho camino que tenía por delante.

– ¿Tu madre sabía esto? -pregunto él, observando el rostro de Anna, cuidadosamente, por si volvía a mentirle; sólo percibió un gesto de triste resignación que la hacía parecer mayor de lo que era.

– Ella sabía -dijo Anna-. No era realmente una madre.

Algo en el tono de su voz desarmó a Karl. El tono resignado con el que habló hizo que, de pronto, sintiera lástima por los dos, al tener una madre como ésa. Karl pensó en su propia madre, en la cálida y hermosa familia que había constituido, enseñándoles el valor de la honestidad y de todas las otras virtudes. El padre Pierrot había tenido razón cuando le advirtió que debía estar preparado para ser su maestro. Él tendría que compensar a los dos por todas las enseñanzas que esa madre negligente no se había preocupado en inculcarles. En ese momento más que nunca, Anna le pareció sólo una niña rebelde, lo mismo que su hermano.

– Aquí, en esta soledad, no encontrarás mucho que robar -dijo Karl-. En cambio, hay mucho trabajo honesto como para tener ocupadas las manos de un muchacho desde el amanecer hasta la puesta del sol. Es un buen lugar para olvidar que alguna vez aprendiste a robar.

Los dos hermanos se volvieron y miraron a Karl al mismo tiempo; luego se miraron entre sí, sonriendo, al darse cuenta de que los habían perdonado otra vez. Anna se atrevió a estudiar el perfil de Karl, la nariz recta y nórdica, la mejilla ronceada, el pelo rubio y ondulado como una ola bañada por el sol sobre la oreja en forma de caracol, esos labios que cabían rozado los suyos hacía tan poco tiempo. Oh, era magnífico en todo sentido. Y se preguntó cómo una persona podía ser tan buena. ¿Qué clase de hombre es éste, se preguntó, que enfrenta cada nuevo obstáculo y lo supera con tanta paciencia?

Él la miró fugazmente. En ese momento, Anna podría haber jurado que vio una sonrisa asomar a sus labios. Luego se puso a contemplar el bosque.

Anna sintió aligerarse el peso que caía sobre sus hombros, como si fuera una semilla de diente de león arrastrada por la cálida y perfumada brisa del verano. Se tomó las rodillas y sonrió, mirando el camino cubierto de huellas. Por primera vez, abarcó con la mirada las bellezas que la rodeaban.

Estaban atravesando un lugar de verde magnificencia. La selva estaba tapizada de muros verdes interrumpidos cada tanto por un tranquilo espacio donde los pastos de la pradera pugnaban por prevalecer.

Árboles de proporciones gigantescas formaban una bóveda por encima de otros más jóvenes, que buscaban llegar al cielo. El cielo estaba adornado con un gran diseño de hojas. Anna echó hacia atrás la cabeza para poder contemplar esa bóveda sombreada de verde esmeralda.

Karl miró su arqueada garganta, y sonrió ante esa pose infantil y encantadora.

– ¿Qué piensas ahora de mi Minnesota?

– Pienso que tenías razón. Es mucho mejor que la pradera.

– Mucho mejor -repitió Karl complacido con su respuesta. De repente, se sintió expansivo y locuaz-. Aquí hay madera para todo lo que puedas nombrar. ¡Arces! Arces hay a montones y están llenos de néctar. No encontrarás otros como éstos en ninguna parte. -Los señalaba estirando el brazo por delante de la nariz de Anna- ¿Ves?, aquél es el arce blanco… treinta metros de madera y más de cincuenta litros de savia todos los años. Y lo que se puede obtener: violines, madera con vetas, flores, hojas. -Soltó una risa ahogada-. Cuando cortas un arce, está lleno de sorpresas. Es duro… y se lo puede lustrar hasta que brille como el agua quieta.

Anna nunca antes había pensado en los árboles más que como en árboles. La divertía el vínculo que Karl tenía con ellos. Siguieron un poco más lejos antes de que Karl señalara otra vez el paisaje.

– ¿Ves aquél? Acacia amarilla. Se parte tan fácilmente como la manzana que cae de un árbol. ¿Y aquel castaño? También es fácil de partir. Se pueden conseguir tablas tan lisas como la piel de un bebé.

En ese momento, la luz del Sol les dio de pleno. Anna se resguardó los ojos y miró a Karl. Él observaba la cabeza levantada, los ojos entrecerrados, la nariz fruncida, la sonrisa atractiva. Todo en ella era encantador, y estaba satisfecho de que Anna no encontrara el tema ni demasiado profundo ni demasiado aburrido.

Anna buscó alrededor, con una repentina intuición de cómo complacerlo. Descubrió una nueva variedad, la señaló y preguntó:

– ¿Qué es aquél?

Karl siguió su dedo con la mirada.

– Ése es un haya.

– ¿Y para qué sirve? -preguntó, siguiéndolo con los ojos hasta que lo tuvo de frente.

– ¿El haya? Este árbol se talla. Se adapta al cuchillo de tallar como ninguna otra madera que conozca. Y cuando se la lustra, su madera luce mejor que ninguna.

– ¿Significa que no se puede tallar cualquier madera vieja? -preguntó James.

– Se puede probar, pero algunos te desilusionarán. ¿Sabes?, algunas personas no entienden de árboles. Piensan que la madera es madera y piden a los árboles cosas que ellos no pueden dar. Debes pedirle a un árbol que haga lo que mejor sabe, y jamás te desilusionará. Por eso, yo parto la acacia, tallo el haya y hago tablones con el pino y el castaño. Lo mismo pasa con la gente. No le pediría al herrero que me haga un pastel, ¿no es cierto? O a un pastelero que le coloque una herradura a mi caballo. -Karl les hizo una ligera mueca-. Si lo hiciera, tendría que comerme la herradura y colocarle el pastel a la pata de mi caballo.

James y Anna se rieron alegremente, lo que hizo que Karl se sintiera inteligente de verdad y más optimista que nunca con respecto a esta nueva familia suya.

– Cuéntanos más -dijo James-. Me gusta oír hablar de los arboles.

Anna levantó la mirada y estudió la mandíbula de Karl, mientras él paseaba la mirada de adelante hacia atrás y avanzaban a los saltos por el camino. Anna pensó que nunca había conocido a nadie que estuviera tan atento a todo, pareciendo no estarlo.

– Pronto llegaremos a los robles -continuó Karl-. A los robles les gusta crecer en bosquecillos. Con el roble blanco se hacen ripias que pueden mantener un techo firme durante cincuenta años. Piensa en eso, ¡cincuenta años! Es mucho tiempo, cincuenta años. Una vida más larga que la de mi morfar, que…

– ¿Tu qué? -interrumpió Anna frunciendo la cara.

– Mi morfar, el padre de mi madre. Me enseñó mucho de árboles, como mijar, mi padre, también. Mi morfar me dio las primeras lecciones.

Anna se quedó meditando sobre esto de aprender de un abuelo a amar la tierra y sus frutos.

– ¿Pero tu… tu morfar…? -A Anna le sonó ridícula su pronunciación, pero Karl recibió su intento con aprobación- ¿Está muerto, ahora?

– Sí, murió hace varios años pero no antes de enseñarme mucho de lo que sabía acerca de los bosques. Mi mormor todavía vive, está en Suecia.

Una nota de tristeza apareció en la voz de Karl. Anna hubiera querido consolarlo poniéndole una mano sobre el brazo. Parecía perdido en sus pensamientos; luego miró por un segundo sobre su hombro, como lamentando haberlos cargado con sus recuerdos o con su soledad.

“Está bien”, Anna sonrió al enviar este tácito mensaje y luego lo instó a continuar:

– Sigue… te interrumpí. Estabas hablando de los robles.

– Sí, los robles… -Otra vez se mostró contento, y Anna lo prefirió así- ¿Sabes que cuando se corta el roble, se desprenden partículas hermosas y naturales que se mezclan con la lluvia y la hacen correr por canales como si fuera el cauce de un río cayendo sobre una cascada? Es verdad. Pero cuando necesito postes para el cerco, uso el roble rojo. Una vez usé el roble blanco para el mango de un hacha y no sirvió. Demasiado duro. Es mejor el nogal para los mangos de las hachas, pero aquí no hay. El fresno es casi tan bueno para eso. Es ligero, resistente y flexible.

– ¿Flexible? -preguntó James, perplejo ante la idea de que la madera pudiera ser elástica.

– Así debe ser, para poder soportar el impacto de las manos cuando golpean el tronco.

– ¿Qué otras clases de árboles tienes?

– Cerezos silvestres, pero no muchos, sólo uno que otro. Con el cerezo silvestre hago mazos. De los sauces, obtengo mimbre. El saúco nos brinda su sombra y su belleza -dijo Karl con una sonrisa-. No debemos olvidar que ciertos árboles nos dan nada más que sombra y belleza, y se sienten felices si no les pedimos más que eso.

James sonrió de costado.

– Vamos, Karl, los árboles no pueden ser felices. -Apoyó los codos en los muslos y paseó la mirada de Anna al hombre rubio, que sonreía con satisfacción-. Hombre, se ve que sabes mucho sobre árboles -dijo James enderezándose otra vez y abarcando el paisaje con la mirada. Estaba sorprendido de que un hombre pudiese haber aprendido tanto. ¡Y Karl no tenía más que veinticinco años!

– Como te dije, aprendí de mi morfar y mi jar en Suecia, que es muy parecida a Minnesota. Por eso vine aquí en lugar de ir a Ohio. También aprendí de mis hermanos mayores. Todos trabajamos la madera desde que éramos más jóvenes que tú. Creo que empezamos tarde con tus lecciones, ¿eh, muchacho? Debes aprender dos veces más rápido que Karl.

Pero James percibió un tono de broma en la voz de Karl, lo que le provocó más curiosidad.

– Cuéntame más acerca de los árboles -pidió casi atolondradamente, pues había quedado atrapado en la magia del aprendizaje y estaba contagiándose del amor que Karl prodigaba a los bosques.

– Aquí están los pinos, los mejores amigos del leñador.

– ¿Por qué?

Porque le ahorran problemas. Antes de obtener las tablas, hay que extraer la savia y la médula de la mayoría de los arboles. Pero al pino hay que sacarle sólo la savia, y ahí está la madera lista para hacer con ella un lote de hermosas tablas. ¿Has oído hablar de la agramadera y de la cuña?

– No, señor -replicó James, y levantó los ojos hacia las aladas copas de los pinos, que parecían alcanzar, en su balanceo, el firmamento azul.

– Te lo enseñaré. Son las herramientas para fabricar las tejas de madera.

– ¿Cuándo?

La impaciencia del muchacho lo hizo reír.

– Todo a su tiempo. Primero viene el hacha, y cuando la domines, serás capaz de sobrevivir en la espesura del bosque, trabajando la madera. Un hombre de ingenio puede sobrevivir con el hacha como única herramienta en la selva más recóndita.

– Nunca la usé.

– ¿Puedes disparar un rifle? -preguntó Karl, cambiando de tema repentinamente.

– No, señor.

– ¿Crees que podrías, si tuvieras que hacerlo?

– No lo sé.

Algo hizo que Anna se volviera hacia Karl. El tono de su voz no había cambiado pero algo le dijo que la última pregunta no fue casual, como las otras. Era evidente que los ojos de Karl estaban alertas, mirando de un lugar a otro.

– ¿Qué pasa? -preguntó Anna mientras un temblor le recorría la médula.

– Muchacho, trepa a la parte trasera -dijo Karl con voz calma pero profunda-. Allí hay un rifle. Tómalo con cuidado, está cargado.

– ¿Pasa algo malo? -preguntó James.

– Tu primera lección en el bosque es que cuando yo te digo que tomes un fusil, debes actuar como sí tu vida dependiera de ello porque casi siempre es eso lo que pasa.

James se encaramó a la parte trasera de la carreta sin más, aunque las palabras no habían sido ni duras ni críticas ni recriminatorias. Karl las había pronunciado en un tono llano, mientras estudiaba los alrededores con cautela.

– Ahora vuelve, pero apunta el rifle lejos de nuestras cabezas mientras te trepas.

James hizo lo que Karl le indicó, esta vez con presteza.

– ¿Qué pasa? -insistió Anna, poniéndose más nerviosa ahora.

– Ese olor… -contestó Karl-. ¿Lo sientes? Es el olor del gato montés.

Ella olfateó repetidas veces, pero sólo sentía el aroma de los pinos.

– Sólo huelo los pinos -dijo.

– Al principio eran los pinos solamente pero ahora hay olor a gato montés, además. En estos bosques hay pumas, también. Son astutos y dejan su olor donde los pinos puedan disimularlo. De modo que debemos ser muy astutos y estar listos por si uno de ellos nos está acechando. No apartes la mirada de los árboles que tienes delante. Cuando entremos en el bosquecillo de robles, debemos ser muy cautelosos. Las ramas son altas y el puma puede estar allí al acecho para arrojarse sobre cualquier cosa que se mueva debajo.

Habló con la misma calma con la que había estado describiendo los atributos de los árboles que crecían allí. A pesar de ello, Anna sintió que se le congelaba la sangre de miedo. Se dio cuenta de golpe cuánto dependían ella y James del conocimiento que este hombre tenía del bosque.

– El rifle te hará retroceder de un golpe, si tienes que disparar, así que acuérdate de apretar la culata contra tu hombro antes de presionar el gatillo o terminarás con los huesos rotos. Es un buen rifle. Es una arma de retrocarga Sharps y es la mejor que se hace aquí en América; en Windsor, Vermont. No te fallará, pero debes aprender a usarla correctamente. Una vez levantada la palanca, se desprende el extremo del cartucho y la pólvora queda expuesta. No tiene pedernal, muchacho. No lo necesita con esa cápsula de percusión, de modo que ahora tienes en tus manos un objeto viviente. Tenerlo es respetarlo. Ahora colócalo sobre el barril a la altura de tu hombro y al alcance de tu mirada. Acostúmbrate a su tacto allí y no tengas miedo de disparar, si debes hacerlo.

James levantó el arma hasta su hombro; era lisa y sencilla y formaba una línea larga y pareja, salvo por la hendidura del percutor.

Al sentir su respiración entrecortada, Anna percibió, de inmediato, la excitación y el miedo que emanaban del chico. La muchacha hubiera deseado que fuera Karl el que sostuviera el rifle, pero apenas lo pensó, él dijo:

– Si tienes que disparar, prepárate para sujetarte fuerte porque al sentir el disparo, los caballos entrarán en pánico. Los puedo controlar, pero es mejor que no suelte las riendas. ¿Estás bien, muchacho?

– Sssí, señor.

Los caballos relincharon y Karl los tranquilizó.

– Sh… Belle. Sh… Bill. Tranquilos. -Hubo un movimiento de arneses, como si los caballos hubieran entendido y asintieran. Una vez más, Karl gritó-: ¡Tanquiii…los!

Luego le habló a James:

– Aflójate con el rifle, muchacho. Eres como un reloj que tiene cuerda para tres días. Cuando no sabes qué hay allí afuera y cuánto debes esperar para descubrirlo, te pondrás tan tenso, que te resultará imposible actuar. Relájate un poco y deja que tus ojos y el rifle estén alertas.

– Pero… pero nunca vi un puma hasta ahora -dijo James, tragando saliva.

– No sabemos si es un puma. Podría ser un lince. El puma es de color castaño dorado como una tortilla bien hecha, con una cola larga y graciosa. El lince es castaño grisáceo, con manchas, y más difícil de distinguir en medio de las hojas verde oscuro. A veces aparece un gato montés con un rabo por cola, y de color castaño rojizo. Es mucho más pequeño que el puma y más difícil de detectar.

Se oyó, de pronto, una pequeña explosión y Anna se sobresaltó.

– Son sólo las bellotas que golpean contra las ruedas -explicó Karl-. Llegamos a los robles, jovencito. Se darán cuenta de lo que les dije acerca de las ramas altas.

James observó el modo minucioso con que Karl examinaba el bosque a derecha e izquierda y luego arriba. Karl estaba sentado muy derecho, el cuerpo entero tenso y alerta.

– Hay muchos robles aquí en Minnesota y abundantes bellotas para los cerdos. Estos animales engordan y crecen bien con las bellotas. El problema es que son demasiado estúpidos para quedarse en casa y a veces vagan por los bosques y se pierden. Entonces hay que ir a buscarlos.

– ¿Por qué no los cercan? -inquirió James.

Anna pensó que los dos se habían vuelto locos, hablando de cerdos y bellotas en un momento como ése.

– En Minnesota construimos los cercos para que los animales queden afuera y no adentro. Los bosques son tan ricos en comida para el ganado, que dejamos que los animales anden por donde quieran. Lo que debemos cercar es nuestra huerta, para que los voraces cerdos no acaben con nuestra provisión de comida para el invierno. He visto a los cerdos arrancar un sembrado entero de nabos en poco tiempo y comérselo todo. ¡Oh, a los cerdos les encantan los nabos! Si una familia pierde la cosecha de nabos, eso implicaría hambre durante el invierno.

Karl relajó algo su postura. Anna y su hermano lo percibieron antes de que él dijera:

– Ya está todo en orden. Pueden quedarse tranquilos.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó James.

– Por las ardillas. ¿Las ven?

Anna miró pero no vio ninguna ardilla.

– ¿Dónde? -inquirió, entrecerrando los ojos.

– Allí. -Siguiendo el dedo oscuro de Karl, por fin pudo ver una cola peluda saltando ágilmente entre los robles-. Las ardillas se esconden en sus nidos cuando los pumas están cerca. Cuando las vean escabullirse libremente entre los robles, la amenaza ya pasó. Sin embargo, sigue sosteniendo el arma por un rato, pero ahora apóyala sobre tus piernas, muchacho. Te portaste muy bien.

A James no le cabía el orgullo en el pecho. La excitación provocada por el peligro le era totalmente ajena. Nunca había sentido nada parecido. Sostener el rifle como un hombre, que Karl confiara en él para hacerlo, sentir que si se aproximara el peligro él defendería a los tres: todo esto despertaba en el joven su sentido de madurez.

– De este modo, has aprendido tu primera lección sobre el bosque -observó Karl.

– Sí, señor -replicó James, sin aliento.

– Dime lo que has aprendido.

– Que hay que ser cauteloso entre los pinos porque los pumas se amparan allí para ocultar su olor; que los robles son un muy buen refugio para los pumas; que se debe observar a las ardillas y estar con el rifle alerta hasta que aparezcan de nuevo. -James reservó lo mejor para el final-. Y que conversar un rato en voz alta ayuda a mantener alejado al puma.

Anna estaba anonadada. James había aprendido la lección sin necesidad de palabras; sólo había observado la conducta de Karl. Nunca se había dado cuenta de que su hermano fuera tan perspicaz.

Como si hubiera estado leyendo su mente, Karl expresó su alabanza:

– Eres ingenioso, muchacho. ¿Tu hermana es tan lista como tú? -Le echó una rápida mirada a Anna.

La joven levantó la cabeza hacia él, con aire provocativo, y luego miró como buscando más ardillas mientras decía:

– Es lo suficientemente lista como para saber que tendrá la ingrata tarea de reunir a los cerdos cuando se alejen por el bosque, y que se verá obligada a comer un montón de nabos contra su voluntad.

Por primera vez, Karl se rió sin contenerse. Fue una risa sonora, de barítono, que agradó y sorprendió a Anna y provocó la risa de James. Había habido tanta tensión entre ellos, que fue un alivio oír esa risa expansiva.

– En ese caso -dijo Karl-, lo mejor sería ver si están maduros los frutos del lúpulo; así, cuando James y yo comamos nabos, su hermana podrá comer pan, ¿eh, James?

– ¡Sí, señor! -James asintió con vehemencia y luego los hizo reír una vez más al agregar-: ¿Para qué?

Karl explicó que el lúpulo se usaba para hacer la levadura. Todos los veranos recogía sus frutos en cantidad suficiente como para que le durara todo el año.

– Creo que son los más grandes del mundo. También creo que no están maduros, todavía es temprano, pero podremos comprobarlo cuando pasemos por allí; así sabré cuándo volver a recogerlos.

Karl detuvo la carreta en un lugar del camino que era similar a cualquier otro.

– ¿Cómo sabes dónde detenerte? -preguntó Anna. Karl volvió a señalar.

– Por la incisión en la madera -contestó-. Debo comenzar a buscar detrás de los robles.

Un corte blanco y extenso apareció en el tronco del árbol, mostrándole a Karl el lugar, que era imperceptible desde la ruta.

Los condujo entre los arbustos, sosteniendo el arma en el hueco del brazo. Los llevó a la sombra perfumada, apartando cada tanto las ramas, volviéndose para observar cómo Anna se abría camino entre la espesura de los saúcos, con sus flores rosadas que pronto se convertirían en bayas al llegar el otoño.

La joven se agachó, hizo a un lado las ramas con el codo y, de repente, se encontró con la mirada de esos ojos azules que la estaban esperando.

– Con cuidado -dijo Karl.

De inmediato, Anna desvió la mirada, preguntándose cuándo había sido la última vez que la habían prevenido con esa simple frase, frase que iba más allá de las meras palabras.

– ¿Qué es esto? -preguntó, sumergida en sus pensamientos.

– Ramas de saúco.

– ¿Y para qué sirven?

– No para mucho -respondió, caminando al lado de ella-. En el otoño florece, pero la fruta es demasiado amarga para comer. ¿Por qué comer frutas amargas cuando se las puede obtener dulces?

– ¿Cuáles?

– Muchas -contestó-. Frutillas, frambuesas, moras, grosellas, fresas, uvas, arándanos. Los arándanos son mis preferidos. Nunca conocí una tierra con tantos frutos silvestres. Los arándanos aquí son grandes como ciruelas. Ah, y también hay ciruelas silvestres.

Llegaron donde estaba el lúpulo, enredaderas entrelazadas que trepaban sobre el saúco y caían en cascadas como hojas de parra. Aunque no había frutos visibles todavía, Karl parecía satisfecho.

– Habrá mucho lúpulo otra vez este verano. Tal vez mi Anna no tenga que comer nabos, después de todo.

Durante tanto tiempo había pensado en ella como en “mi Anna”, que las palabras se le habían escapado sin advertirlo.

Anna lo miró con un destello de sorpresa en los ojos y sintió que se le encendían las mejillas.

Karl concentró su atención en el lúpulo otra vez. Recogió una hoja larga y bien formada, y dijo:

– Aquí tienes, estúdiala bien. Si alguna vez encuentras otra igual, marca el lugar. Ahorraría tiempo, si no tuviéramos que venir aquí, tan lejos, por el lúpulo. Quizás encuentres algunas más cerca de nuestra casa.

“Nuestra casa”, pensó ella. Lo miró furtivamente y descubrió una mancha de color que subía del cuello abierto de su camisa. Miró el hueco de su garganta; de pronto, la nuez de Adán se agitó convulsivamente. Karl jugaba con la hoja, mirándola, haciendo girar el tallo entre sus dedos, como si hubiera olvidado que la había recogido. Ella extendió la palma y Karl se sacudió, como si se despertara. Con culpa, le puso la hoja en la mano. Anna demoró la mirada en la de él un momento más, y enseguida bajó los ojos y alisó la hoja.

Él estaba seducido por esa nariz pecosa. Parado allí, estudiando a su Anna mientras las sombras moteaban su frente, se imaginó su casa de adobe y el manojo de trébol en la cama, como bienvenida. Se puso tenso. “¿Por qué se me ocurrió semejante idea?”, pensó con angustia. En aquel momento le había parecido un gesto amable, pero ahora lo veía como algo tonto y equívoco.

– Creo que deberíamos irnos -dijo con suavidad, echando una breve mirada a James, que estaba explorando unos hongos grandes y amarillentos. Karl deseó, de pronto, que el muchacho no estuviera allí, para poder tocar la mejilla de Anna.

En ese momento, ella levantó los ojos. El corazón le latía con furia, y se puso a estudiar la hoja una vez más.

Karl se aclaró la garganta y le dijo a James:

– Toma tú también una hoja, muchacho. Será tu segunda lección.

Luego se volvió y los condujo fuera del bosque, mientras sus pensamientos no podían apartarse de Anna y de su pequeña nariz pecosa y respingada.

Capítulo 5

Era casi de noche cuando salieron, por fin, del camino principal y tomaron un sendero donde los árboles formaban un túnel estrecho y elevado. Allí había lugar sólo para una carreta. El matorral era tan espeso que los animales, a veces, resollaban cuando los yuyos le rozaban el hocico. Los caballos hicieron que el arnés sonara nuevamente, al agitar la cabeza en un exagerado gesto de reconocimiento.

– Sí, sé que están impacientes. Saben que estamos cerca de casa pero no puedo dejar que salgan disparando con nosotros. Cálmense.

Anna y James nunca habían escuchado a una persona hablarle a los animales como si fueran humanos. Aunque parezca mentira, Bill movió la anteojera al oír su nombre.

– El sendero es tan estrecho como ayer -dijo Karl-, así que cálmate, Bill.

En un modo muy parecido al de los caballos, James y Anna levantaron la cabeza presintiendo que estaban cerca del hogar y preguntándose cómo sería. Karl había anunciado que ésta era su tierra, y cada hoja, cada rama y cada grano de tierra iban adquiriendo mayor importancia para ella. Parecía que el olor era más penetrante; olor a cosas que crecían y maduraban mientras otras decaían, sumándose así al propio y secreto aroma del ciclo continuo de la naturaleza.

“Éste es mi camino”, pensó Anna. “Mis árboles, mis flores silvestres, el lugar donde mi vida será triste o alegre. Cuando venga el invierno, la nieve me cercará aquí con este hombre que les habla a los caballos y a los árboles”. Sus ojos abarcaron tan pronto como pudo todo el paisaje. El espacio se hizo más amplio y allí estaba, delante de ellos, el hogar de Karl y Anna Lindstrom; este lugar donde reinaba la abundancia y acerca del cual la novia había escuchado tanto.

Había un claro muy amplio, con una huerta detrás de un cerco. Anna sonrió al ver lo firme que era la tranquera, para evitar que los cerdos arrancaran, de raíz, los nabos de Karl. “¡Nabos!”, pensó.”¡Aj!”

La casa se extendía hacia la izquierda. Se trataba de una vivienda casi rectangular hecha de grandes panes de adobe, pegados con una mezcla de arcilla blanca y pasto. Tenía una chimenea de piedra que se elevaba desde un costado y un techo de troncos partidos, cubiertos con bloques de adobe. Había dos pequeñas ventanas y una puerta de madera pesada, asegurada con un largo tablón. A Anna le dio un vuelco el corazón al ver ese lugar donde Karl había vivido por dos años. ¡La cabaña era tan pequeña! ¡Y tan… tan tosca! Pero ella vio los ojos de Karl examinarlo todo para asegurarse de que estaba como lo dejó, y reconoció la mirada de orgullo de su propietario. Debía tener cuidado de no herir sus sentimientos.

Al lado de la casa, había una enorme pila de leña acomodada con tanta precisión como si la hubiera medido un agrimensor. Se maravilló de que las manos de su esposo hubieran cortado toda esa madera para formar una pila tan perfecta. Había también otras construcciones más pequeñas. Una parecía ser un ahumadero, pues tenía una chimenea de arcilla en el centro. La caballeriza estaba hecha de listones verticales de madera, y el techo, de corteza, asegurado con ramas de sauce. Anna experimentó un raro estremecimiento de orgullo porque ahora ya sabía que los juncos se obtenían del sauce. Pero, al mirar alrededor, se dio cuenta de pronto, de cuánto, pero cuánto, tendría que aprender para sobrevivir aquí y serle de alguna ayuda a Karl.

El claro se extendía hacia el este e incluía tierras sembradas donde crecían el maíz, el trigo y la cebada. En el lado opuesto a la entrada del camino, se abría una ancha avenida despojada de árboles y flanqueada por una doble hilera de troncos sin corteza; en forma semejante a las vías de un ferrocarril, subían por una suave pendiente y desaparecían entre los árboles después de una amplia curva en la distancia.

Karl Lindstrom jamás abandonaba este lugar sin dejar de sentirse maravillado y orgulloso a su regreso. Su casa de adobe le daba la bienvenida, las plantas parecían haber crecido de modo inmensurable en estos dos días, los trigales silbaban en el viento, como preguntándole dónde había estado él mientras ellos seguían creciendo, y el granero parecía impaciente por tener a Belle y a Bill entre sus paredes de corteza. La guía de troncos le señalaba el camino hasta sus sueños.

No fue fácil para Karl contener un grito de alegría al ver otra vez su casa. ¿Su casa? No, la casa de los dos, ahora. Su corazón latía de felicidad y por fin dio rienda suelta a Belle y Bill para recorrer los cincuenta metros que los separaban del granero.

Cuando frenó, los caballos patearon el suelo con impaciencia. Y de repente, a Karl le resultó más fácil hablar con los caballos que enfrentarse a Anna.

“¿Y si a ella no le gusta?”, pensó. Puso el freno y ató las riendas. “La casa no significará para ella lo mismo que para mí. Anna no sentirá el amor con el que yo he hecho todo esto. Quizá sólo vea que éste es un lugar muy solitario donde no hay nadie que pueda ser su amigo, excepto el muchacho y yo”.

A los caballos les dijo:

– Tal vez ustedes estén celosos porque los hago esperar pero primero debo llevar a Anna y al muchacho a la casa. -La joven vio que Karl se secaba las manos en el pantalón, y leyó en sus ojos una silenciosa súplica de aprobación. En voz baja, dijo:

– Estamos en casa, Anna.

Ella tragó saliva, quería decir algo para complacerlo; pero todo lo que pudo pensar fue: “Si la casa es tan miserable por fuera, ¿cómo será por dentro?”. Tal vez pasara allí el resto de su vida. Y si no tanto, por lo menos su noche de bodas, que ya se aproximaba.

Karl dirigió los ojos a la casa, se acordó del manojo de trébol y deseó no haberlo puesto nunca allí. Había sido un gesto tonto, ahora lo sabía, sólo para complacerla. Era nada más que un símbolo de bienvenida, algo que hablaba no sólo desde el corazón de él como hombre sino desde el corazón de su tierra y de su hogar, que no tenían voces propias.

¿Se daría Anna cuenta de su intención? ¿O tal vez viera en el trébol un simple elemento de decoración, la impaciencia del hombre por llevarla a la cama? Ya no había nada que hacer, estaba allí y ella lo vería tan pronto como entrara. Saltó de la carreta mientras James bajó por el otro lado y se quedó boquiabierto mirando los alrededores.

Anna se puso de pie y otra vez vio a Karl dispuesto a ayudarla. Como antes, tenía las mangas recogidas hasta el codo cuando le extendió los brazos. Evitó mirarlo a los ojos y se dejó caer en su abrazo. El contacto de sus manos en la cintura le hizo pensar en esa noche como en algo amenazante. Se hubiera apartado de Karl pero él la sostenía tiernamente, las manos apoyadas apenas en las delgadas caderas. Karl miró al muchacho pero James les prestaba poca atención.

– Anna, no temas -dijo Karl, dejando caer las manos-, todo va a estar bien, te lo prometo. Te doy la bienvenida a mi casa y a todo lo que es mío. Ahora también es tuyo.

– Tengo mucho que aprender y mucho a lo que acostumbrarme -dijo ella-. Tal vez no sirva para muchas cosas y te lamentarás de haberme traído.

Había cosas que él también tenía que aprender y pensó, con el corazón impaciente, en la noche que se acercaba. “Pero lo aprenderemos juntos”, se dijo.

– Ven, te mostraré la casa, luego debo ocuparme de Belle y Bill.

Hubiera deseado poder llevarla a la casa sola pero James venía corriendo hacia ellos. Era su casa también y estaba ansioso por conocerla por dentro.

Al cruzar el claro, Anna vio un banco al lado de la puerta, un balde y un suavizador colgado de un perchero; supuso que era donde Karl se lavaba y se afeitaba. Había una base de tronco al lado de la pila de madera, donde él seguramente hacía su trabajo.

Karl caminaba detrás de ella. Cuando llegaron a la puerta, se adelantó para mover el tronco que la trababa.

– Eso evita que los indios vengan y se roben todo -explicó, arrojando la madera cerca del tajadero-. Los indios tienen un curioso sentido del honor. Si vienen y descubren que no hay nadie, se llevarán todo lo que encuentren. Pero si pones el bloque de madera delante de la puerta para avisarles que te fuiste, no se llevarán siquiera una sola ciruela del arbusto más cercano.

– ¿Hay indios aquí?

– Muchos, pero son mis amigos y no debes temerles. Uno de ellos se encarga de cuidar mi cabra cuando no estoy. Tendré que ir a buscarla.

Pero estaba demorando todo lo que podía el momento de hacer entrar a Anna en la casa. Buscó el pasador. Anna no había visto nunca nada parecido: una cuerda colgaba del lado de afuera de la puerta, pasaba por un orificio en la madera y estaba sujeta al pasador del lado de adentro. Cuando Karl tiró de la cuerda, Anna oyó el ruido de la pesada barra de roble que se levantaba. Él se apoyó contra la puerta, la empujó con el hombro y dejó pasar primero a Anna y al muchacho.

El interior estaba oscuro y olía a tierra húmeda y madera ahumada. “¿Cómo habrá podido vivir en este agujero durante dos años?”, se preguntó Anna. Karl encontró enseguida una vela de sebo, el eslabón y el pedernal, mientras Anna intentaba ver qué había más allá del arco de luz mortecina proyectada por el atardecer desde la puerta abierta.

Sintió el ruido de la mecha al encenderse y la vela comenzó a arder. Vio una mesa y algunas sillas de madera con las patas aseguradas con tarugos; un banco, similar al de afuera; un mueble extraño que parecía ser un pedazo de tronco sobre cuatro patas; un hogar con el caldero de hierro balanceándose sobre las cenizas apagadas; recipientes de bronce colgados de ganchos, y diversos platos de arcilla en el piso de la chimenea; barriles elevados sobre tarimas de madera; alimentos secos colgados del techo. Unas marcas recientes en el piso de tierra le revelaron que Karl lo había barrido poco antes de partir.

Karl estaba alerta, observándola pasear la mirada de un objeto a otro. Se le hizo un nudo en la garganta cuando la vio volverse hacia el lugar donde estaba la cama. Quería tomarla de los delgados hombros y decirle: “Es para darte la bienvenida, nada más”. Vio cómo Anna se llevaba la mano a la garganta antes de apartar los ojos y dirigirlos a la ropa colgada detrás de la puerta y, luego, al baúl de madera que estaba cerca.

James también se volvió para mirar la cama, y Karl hubiera deseado, en ese momento, salir corriendo con el manojo de trébol en las manos. En cambio, se disculpó, diciendo:

– Belle y Bill están ansiosos por librarse del arnés.

Cuando se fue, James exploró el lugar a fondo y dijo:

– No está tan mal, Anna, ¿no?

– No está mal para un topo que esté dispuesto a vivir bajo tierra. No me explico cómo pudo haber vivido aquí todo este tiempo.

– Pero Anna, ¡lo hizo con sus propias manos!

Todo lo intrigaba: las piedras de la chimenea, la forma en que las patas de la mesa se insertaban en la madera, las ventanas cubiertas por una tela encerada y opaca que dejaba pasar muy poca luz del exterior. Mientras que Anna se preguntaba cómo alguien podía pensar que ésas eran ventanas, James estaba satisfecho con todo.

– ¿Por qué no? Apuesto a que este lugar es tan confortable como una cueva de conejos en el invierno. Tiene las paredes tan gruesas que no dejarán pasar ni la nieve ni la lluvia.

Anna colocó los bultos sobre la cama y comenzó a desatarlos, tratando de demostrar que no estaba decepcionada. James se dirigió a la puerta y le dijo que iría a ayudar con los caballos. La muchacha se sentó, con las manos apretadas entre las rodillas y detuvo la mirada en la cama, del otro lado de la habitación; luego, en las flores, que se estaban secando. Al ver esas flores, una extraña sensación, mezcla de deseo y temor, corrió por sus venas.

Pensó en Karl, en su primer enojo, en su aceptación y en su perdón, en sus titubeos, en su aparente cordialidad. Lo imaginó solo, recogiendo esas flores, preparando esta choza para ella.

Recordó cómo había dejado escapar de su boca las palabras “mi Anna”, y se le puso la piel de gallina. Se abrazó a sí misma para frenar el temblor que la sacudía, sin dejar de pensar en el trébol que, de alguna manera, hacía surgir en ella la culpa.

Karl no era hombre de llevarse una esposa a la cama sin pensar en lo que eso significaba. Recordó sus palabras de bienvenida al bajar de la carreta, cuando Karl le explicaba lo importante que era para él compartir todo esto con ella. Eran las palabras de un hombre que hacía lo mejor para complacerla, que ofrecía todo lo que tenía como una dote para su novia. Pero la única dote que ella traía era el engaño.

Anna ya sabía en qué medida sus mentiras habían desilusionado a Karl y qué difícil había sido para él aceptarla a pesar de ello. Acostarse a su lado significaría ser descubierta en la mentira que más quería ocultar; no cabía ninguna duda de que Karl Lindstrom jamás aceptaría una esposa usada.

En ese momento apareció, con un barril al hombro, obstruyendo el marco de la puerta con su corpulenta figura antes de agacharse y depositarlo en el suelo. Entonces la vio, allí, acurrucada sobre la silla.

– Anna, estás temblando. Encenderé el fuego. Siempre está fresco aquí; es por el adobe. ¿Por qué no vas afuera, donde está más cálido?

– ¿Karl? -preguntó vacilante.

Karl la miró. Se dio cuenta de que era la primera vez que lo llamaba por su nombre.

– ¿No tienes un fogón?

– Nunca lo necesité -contestó-. El hogar es bueno y puedo hacer lo que quiera con él: cocinar, mantener el ambiente tibio, secar hierbas, calentar agua, hacer jabón, disolver la cera. Nunca pensé en un fogón. Morisette los vende pero son muy caros.

A Anna le preocupaba saber cómo se las arreglaría para usar ese pozo negro de la chimenea cuando lo poco que sabía de cocina lo había hecho en un fogón de hierro como el que todo el mundo tenía allá en el Este.

Karl se quedó pensando un momento. A él le gustaba ese hogar. En las largas y tristes noches de invierno, no había nada tan reconfortante como quedarse contemplando las llamas, especialmente si alguien había encendido el fuego con leña obtenida por sus propias manos.

Cuántas veces había pensado en esta noche en que traería aquí a su Anna y prendería un hermoso fuego delante del cual la acostaría sobre una piel de búfalo. “Sí”, pensó, “una casa debe tener un hogar. Una casa con amor no puede dejar de tener un hogar.”

– Entonces, ¿quieres un fogón, Anna? -preguntó.

Ella se encogió de hombros.

– No vendría mal.

– Tal vez en la casa de madera tengamos uno -prometió. Anna sonrió, y él se sintió mejor-. Ven. Puedes juntar algunas ramas para encender el fuego mientras yo traigo los leños.

Tomó una canasta de mimbre y se la dio, y salió de la casa.

James llamó desde afuera:

– ¡Eh, Karl! ¿Qué es esto que hay en el jardín? -preguntó.

– Un poco de todo -le contestó. Le gustó oír la voz del chico llamándolo Karl.

– ¿Y esto que hay aquí?

– Son nabos.

– ¿Todos éstos?

– Todos estos. Pero no lo digas demasiado fuerte. Conseguirás que tu hermana se escape. -Karl le sonrió a Anna, y ella notó cómo se esforzaba por hacerla sentir cómoda.

– Puedo distinguir las arvejas, los porotos y lo demás -dijo James, orgulloso.

– ¿Viste las sandías? ¿Te gustan?

– ¿Sandías? ¿De verdad? -Agitando los brazos, James fue hasta el extremo de la huerta-. Eh, Anna, ¿escuchaste eso? ¡Sandías!

Karl se rió y siguió mirando a James, que exploraba el jardín.

– No se necesita mucho para que se entusiasme, ¿no?

– Parece que no. Está tan feliz de estar aquí como tú.

Pero no hizo ninguna mención a sus propios sentimientos, mientras recogía las ramas en su canasta. La fragancia de madera recién cortada parecía emanar de Karl todo el tiempo. Al recordar cómo había hablado de los árboles en el trayecto, no se podía esperar otra cosa.

Dentro de la cabaña, Karl se arrodilló de espaldas a Anna, sosteniendo una pequeña hacha con la que obtuvo viruta de uno de los leños que había traído. Anna miró su nuca y observó que la viruta de madera tenía un color muy parecido al pelo de Karl. En ese momento, él se volvió y le pidió la canasta. Una vez más, sus ojos se demoraron en los de Anna de tal manera, que la muchacha volvió a estremecerse al pensar en la hora de ir a acostarse. Con una pequeña pala, Karl limpió las cenizas de la chimenea y las puso en un balde; luego encontró un leño grande debajo de las cenizas y, con cuidado, lo apartó como algo muy preciado.

Anna miraba todo esto desde atrás, observando el juego de sus músculos cuando Karl se estiró para tomar la pala, se inclinó para usarla, rotó sobre las caderas para alcanzar el balde, giró sobre las plantas de los pies para tomar el leño, se enderezó y se agachó nuevamente con un crujido de las rodillas. Se volvió abruptamente para mirarla, y Anna se preguntó: “¿Sabrá que estuve estudiando sus músculos debajo de la camisa?”

– Alcánzame la vela -dijo Karl.

La joven se la entregó y sus dedos evitaron tocarse.

Karl se inclinó otra vez sobre el hogar para desparramar el abultado montón de viruta; bajo su mirada vigilante, el fuego ardía y se inflamaba. Agregó madera y se puso de cuclillas frente al fuego, inmóvil, perdido en sus pensamientos, los codos apoyados sobre las rodillas. El fuego le iluminó el pelo, que pareció captar el color de la llama.

Anna tenía fija la mirada en la espalda de Karl.

– Puedes guardar las cosas en el baúl -dijo, sin mirarla.

– No tengo mucho.

– Guarda lo que tengas, hay lugar, y el baúl te lo protegerá de la humedad; puedes guardar la ropa de tu hermano, también.

La sintió moverse, oyó el ruido de la tapa al abrirse. Se incorporó, pues el fuego ya estaba bien alimentado. Cuando se volvió, la encontró guardando la ropa en el baúl, en parte escondida detrás de la tapa.

– ¿Quieres que te muestre el manantial? -le preguntó-. Tengo un hermoso manantial y cerca de allí crece el berro.

“Estás diciendo tonterías”, se dijo Karl. “¿Por qué no dices lo que quieres decir acerca del manantial? Pero si menciono la palabra lavarse, Anna podría pensar que la estoy criticando, o aun peor, tal vez piense que quiero que esté limpia para la hora de acostarse y que ésta es la única razón por la que traigo el tema del manantial”.

– Nunca probé el berro. ¿Cómo es?

Anna había acomodado la ropa en el baúl. Ahora debía incorporarse y actuar como si tuviera la mente puesta en lo que estaba diciendo.

– Tiene el gusto del… del berro. -Cuando completó la frase, rió nerviosamente-. Es algo parecido a la col, a la semilla de diente de león, pero más que nada al berro. Es más dulce que otros vegetales. -Karl levantó el pedazo de leño y lo llevó afuera, mientras le decía-: Ven, tienes que ver mi manantial.

– ¡Eh, Karl! -gritó James-. ¿De dónde viene toda esta agua? -Se había puesto a examinar el burbujeante chorro que venía del otro lado de las paredes del manantial.

– Viene desde muy adentro de la tierra. Fluye todo el año, aunque haga frío. Tenemos suerte. Nunca tendremos que hacer hoyos en el hielo de la laguna para conseguir agua, ni derretir nieve o hielo, que lleva mucho tiempo.

– ¿Quiere decir que podemos venir aquí, en cualquier momento, y tomar agua fría?

– Así es, muchacho -dijo Karl con orgullo, esperando que también Anna quedara impresionada con este lugar que él había elegido para su casa-. Ésta es la casa del manantial. Abre la puerta y mira adentro.

Era de madera y tenía una puerta con pasador que giraba sobre goznes de madera trabajados a mano. Cuando James la abrió, se sorprendió de lo fresco que estaba adentro. La arena blanda que rodeaba el manantial había sido excavada y apuntalada, y formaba una extensa pileta donde aparecían, medio sumergidos, algunas jarras y ollas de barro. El agua cristalina fluía, susurrando entre los cacharros, y seguía su camino por debajo de las paredes. En un rincón colgaba una bolsa de cuero y debajo de ella había un balde; Karl puso dentro el trozo de carbón de leña.

– ¿Para qué lo guardas? -preguntó James.

– Para obtener lejía. El agua de esta bolsa va chorreando lentamente sobre el carbón y se forma la lejía. Ahora la bolsa ya está vacía, así que debo llenarla. -Se agachó para hacerlo-. Con esto preparamos el jabón, curtimos el cuero y hacemos muchas otras cosas. Podrías ayudarme, si vigilaras la bolsa cada vez que entras aquí, para mantenerla llena y goteando. Pero debo advertirte que, a veces, hay que comprobar si la lejía es bastante fuerte. Para ello hay que encontrar un huevo de guaco y hacerlo flotar en una taza con el líquido. Si se hunde, quiere decir que la lejía está lista. Pero nunca la dejes en la taza; se parece tanto al té, que no te darías cuenta de la diferencia y si alguien la bebiera, sería un desastre.

Llenó la bolsa y la volvió a colgar. El golpeteo continuo de las gotas al caer acompañaba con su ritmo la música constante del manantial y acentuaba el olor a madera húmeda.

– Dios mío, Karl, ¿lo inventaste tú solo? -preguntó James abarcando todo con la mirada.

– No, me lo enseñó mi padre; también me enseñó cómo hacer la casa del manantial cuando era un chico como tú.

– En Boston obteníamos el agua de unos barriles que estaban detrás de la casa y se llenaban de agua día por medio.

– Nunca tenía gusto a agua fresca. Ésta es la mejor agua que he tomado. Eh, Anna, ven a probar.

James le pasó el cucharón a su hermana, mientras Karl miraba, ansioso. Anna nunca había probado un agua tan fresca. Estaba tan helada, que le dolieron los dientes, y Karl se rió cuando se los frotó con los dedos para calentarlos. Pero eso no evitó que siguiera bebiendo mientras Karl la miraba con placer.

– Es buena -dijo, cuando terminó el último trago.

– Está muy cerca de la vivienda y más cerca aún del lugar donde estará la nueva casa de troncos. Tan buena, tan fresca, tan cerca de la casa, que un muchacho tiene pocas excusas para no mantenerse limpio, ¿no? Creo que tal vez es hora de llenar un par de baldes y dejar que el agua se entibie para usarla más tarde. ¿Qué me dices, James?

– ¿Quieres decir bañarse? -preguntó el chico.

El tono de su voz hizo que Karl preguntara:

– ¿Tienes algún problema en bañarte?

– Bueno, nunca me gustó -admitió James.

– Semejante contestación para un renacuajo. Anna, ¿qué le enseñaste a este muchacho? En Suecia un chico aprende bien desde el principio que en la naturaleza los animales se lavan para mantenerse sanos. Un chico debe hacer lo mismo.

Pero James dijo:

– A Anna tampoco le gusta mucho.

– ¿No? -dijo Karl, sin contenerse. Se dio cuenta de que un muchacho de trece años podía ser un verdadero estorbo para una hermana mayor-. Bueno, si tienes solamente un barril en el patio del fondo, es un problema. Aquí no existe tal problema. En este lugar tenemos el manantial, el estanque y el arroyo; hay abundante agua para todos.

Anna hubiera empujado a James al manantial. Era verdad que odiaba el baño pero, ¿tenía él derecho a descubrirla delante de Karl?

– Ven. Llena un balde, muchacho, y llévalo a la casa. Esta noche te vamos a mimar un poco y calentaremos el agua. La mayoría de las veces no la caliento. Es refrescante y te hace tener ganas de trabajar mucho para entrar en calor enseguida.

Con los baldes llenos, volvieron a la casa cansados y, gracias a Dios, el tema del baño se dejó de lado por el momento. Anna se dio cuenta de que Karl se había quedado afuera, al lado del banco que ella suponía era para apoyar el balde. Él se afeitó antes de la cena, mientras la muchacha examinaba los utensilios de la cocina y espiaba dentro de barriles, potes y ollas. Había algunos alimentos extraños que Anna no pudo identificar, y otros que eran productos básicos.

Un alarido vino de afuera y ella se dio cuenta de que James debía de estar haciendo lo mismo que Karl. Los dos entraron, la cara brillante y peinados; seguramente se esperaba de ella lo mismo. Pero no había allí privacidad y no se sentía dispuesta a que el agua helada corriera por su piel.

La cena fue simple. Karl puso todo en la mesa y fue mostrándole a Anna dónde se guardaban las cosas. Comieron carne fría, que trajo en una cacerola del manantial; pan, que dijo haber amasado él mismo, aunque Anna no podía siquiera imaginarse dónde; queso, hecho con la leche de su propia cabra. Anna nunca había probado queso de cabra y lo encontró dulce y sabroso. Por supuesto, James trajo, otra vez, un tema que Anna hubiera querido eludir.

– ¿No esperarás que Anna sepa cómo hacer queso, no, Karl?

– No -contestó, evitando sus ojos-. Pero tendré que enseñarle. No es muy difícil. Hay un rincón en la chimenea que mantiene la leche lo suficientemente tibia como para que cuaje en el tiempo debido. Por la mañana, iré a buscar la cabra a lo de mi amigo, Dos Cuernos. Luego tomaremos leche fresca para el desayuno. ¿Alguna vez ordeñaste una cabra, James?

– Nunca -contestó James-. ¿Me vas a enseñar?

– Es lo primero que haré por la mañana. Tal vez Anna también quiera aprender.

“Tal vez Anna no quiera”, pensó la aludida, mientras su hermano seguía con las preguntas.

– ¿Por qué tienes una cabra? ¿Por qué no una vaca, como todo el mundo?

– Las vacas son muy caras aquí y les gusta perderse en el bosque, como a los cerdos. Entonces hay que ir a buscarlas cada vez que es hora de ordeñarlas. Las cabras son como los animales domésticos. No van tan lejos y son muy buena compañía.

– Nunca se me ocurrió pensar en una cabra como en un animal doméstico.

– Tal vez sean los mejores. Son leales y tranquilas y no comen mucho. Durante las ventiscas de invierno, en varias ocasiones tuve mucho que agradecerle a mi Nanna por escucharme hablar y nunca quejarse cuando le digo lo impaciente que estoy por tener vecinos y cómo extraño a mi familia en Suecia y cómo pienso que la primavera nunca va a llegar. Nanna simplemente mastica su bolo alimenticio y me soporta.

Sus ojos se desviaron hacia Anna, mientras hablaba, y luego hacia el muchacho.

– ¿Ése es el nombre de la cabra? ¿Nanna?

– Sí. Te gustará cuando la conozcas.

– No puedo esperar. Cuéntame más. Cuéntame qué más vamos a hacer mañana, además de ordeñar la cabra.

Karl rió suavemente ante la ansiedad del joven, tan parecida a la suya cuando llegó a ese lugar.

– Mañana empezaremos a desbastar los árboles para hacer la casa de troncos, pero no creo que al fin del día estés tan contento como ahora.

– ¿Anna también ayudará?

– Eso depende de Anna -dijo Karl.

Anna levantó la mirada con presteza, ansiosa por no ser excluida de nada que pudiera sacarla de esta cabaña miserable y le diera la oportunidad de estar al sol.

– ¿Podría hacer algo, Karl? -preguntó, temerosa de que la dejaran vigilando la leche en el rincón de la chimenea. Pero Karl sólo leyó felicidad en el tono de su pregunta.

– Anna también ayudará -dijo Karl-. Hasta para tres, el trabajo será duro.

– Entonces, nosotros teníamos razón y estarás contento de tenerme acá -dijo James con algo de soberbia.

– Sí, creo que sí. Mañana estaré contento de tenerte aquí.

Pero esa noche no era tan así. A pesar de que Karl disfrutaba la charla con el muchacho, no podía olvidar que la hora de acostarse se aproximaba. El fuego crepitaba en la chimenea. Karl estiró las piernas, se reclinó en el sillón y sacó de su bolsillo la pipa y la bolsita del tabaco.

Anna siguió sus movimientos y aprendió algo nuevo: Karl fumaba en pipa.

La cargó con gran lentitud, mientras hablaba con James sobre la cabaña y lo que llevaría construirla. El humo de la pipa se arrastraba perezosamente, y James apoyaba la barbilla cada vez más sobre su mano. Cada tanto, los ojos de Karl se volvían hacia Anna, quien desviaba rápidamente la mirada hacia el fuego. Allí, colgaba de la chimenea el caldero negro que Karl había llenado con agua después de la cena.

James se reanimó cuando Anna se levantó a recoger los pocos platos que habían usado, pero enseguida volvió a cabecear.

El sillón de Karl chirrió cuando se levantó y dijo:

– El muchacho se caerá, si no le preparo una cama pronto. Iré al granero y traeré una horquilla de heno.

Anna volvió los ojos a Karl, tratando de no parecer una asustadiza chica de diecisiete años.

– Sí -dijo.

La dejó allí, abstraída, y a los pocos minutos regresó con una horquilla de madera cargada con heno perfumado.

– Crece en forma natural en las praderas -dijo Karl, echando una leve mirada a Anna. Enseguida se puso a acomodar el heno y lo cubrió con una piel de búfalo.

James se zambulló, de inmediato, en la cama improvisada, mientras Karl, apoyado en la horquilla, lo observaba.

– ¿Crees que tendrás tiempo de sacarte los zapatos antes de quedarte dormido, muchacho?

James, sumisamente, se quitó los zapatos.

Una vez más, los ojos de Karl se encontraron por un segundo con los de Anna.

– Voy a llevar la horquilla a su lugar.

Cuando se fue, Anna se dirigió al caldero, probó el agua y encontró que se estaba entibiando demasiado rápidamente.

– ¿Anna?

Ella se sobresaltó al oír su nombre y se volvió; no se había dado cuenta de que Karl había regresado.

– ¿Sí?

Karl era consciente de que no habían tenido ocasión de hablar a solas, de llegar a conocerse. Buscó en su mente, con desesperación, tratando de encontrar algo que les diera la oportunidad. “No es lógico que una mujer se sobresalte cuando escucha la voz de su hombre”, pensó.

– ¿Quieres una taza de té?

– ¿Té? -repitió Anna estúpidamente-, Ah, té… Sí. El alivio era evidente en su voz.

– Siéntate, te lo prepararé y te enseñaré cómo hacerlo.

Se sentó y observó cómo iba y venía por la habitación; de vez en cuando, echaba una mirada ansiosa a su hermano, que estaba muy cómodo, acurrucado en el lecho de heno. Por fin, Karl trajo las dos tazas a la mesa y le alcanzó la suya.

– Pétalos de rosa -dijo con calma.

– ¿Qué? -Levantó los ojos, sobresaltada.

– El té se hace con pétalos de rosas. Primero debes machacarlos contra el fondo de la taza, luego agregar el agua caliente.

– Ah.

– ¿Nunca tomaste antes té de rosas?

– El único té que tomé alguna vez fue… bueno, té. Té de verdad. Pero no muy seguido.

– Aquí hay un poco de té de verdad y también café. Pero el té de rosas es mucho mejor. Cuando el invierno se hace largo, los pétalos de rosas te protegen del escorbuto. -Se preguntó por qué daba vueltas con este tema de las flores. Pero su lengua obedecía a sus propias leyes-. Los pétalos de mora salvaje producen el mismo efecto, pero no abundan aquí tanto como las rosas. -Anna tomó un sorbo de té- ¿Te gusta?

Lo encontró delicioso, con lo cual Karl se sintió gratificado.

– Anna -dijo, apoyándose en un codo sobre la mesa-, hay tanto aquí en Minnesota que es imposible explicarte lo hermosa que puede ser nuestra vida. Podría salir a caminar ahora por el bosque y traerte tantas hierbas para el té, que no las recordarías mañana por la mañana. Hay frutillas salvajes, manzanilla, tilo, salsifíes… ¿Alguna vez probaste la consuelda? -Ella dijo que no con la cabeza, y Karl le prometió-: Te enseñaré a hacer té de consuelda. Es tan buena, que la cultivo en mi jardín. Te mostraré cómo se seca. Sé que te gustará mucho.

– Seguro que sí, Karl -dijo. De pronto se dio cuenta de que él estaba tan nervioso como ella.

– Tengo tanto que mostrarte, Anna… ¿Alguna vez trataste de pescar un róbalo con la caña y lo sentiste tironear de la línea hasta lastimar tu mano? Te encantará pescar, Anna, y también al chico. En Skane, donde yo me crié, mi papá y yo pescábamos mucho, y mis hermanos también. Aquí hay, tal vez, más peces que en Suecia, y aves de caza y ciervos. Anna, una vez vi un alce en mis bosques. No sabía lo que era, pero mi amigo Dos Cuernos me lo dijo. Era magnífico.

“¿Imaginaste alguna vez un lugar que te ofreciera tanto? En el otoño vienen bandadas de gansos volando desde Canadá. Son tantos, que un solo hombre puede derribar uno con cada tiro. ¡Y cómo crecen aquí las cosas, Anna! No podrás creerlo. Las papas tienen el tamaño de las calabazas, las calabazas el tamaño de los zapallos y los zapallos…

De repente, Karl se interrumpió, al darse cuenta de que estaba yéndose por las ramas al tocar su tema favorito.

– Me parece que estoy cotorreando como las ardillas -dijo tímidamente, al observar que las manos de Anna estaban tensas sobre su taza.

– Está bien. Te habías olvidado de mencionar las ardillas, de todos modos. -Su respuesta los hizo sonreír a los dos. Luego, Anna bajó la mirada hacia la taza y dijo con calma-: Esto es muy diferente de Boston. Ya me estoy dando cuenta de la diferencia. Creo que es un buen lugar para James y parece que le gusta.

El silencio quedó flotando en el aire por un instante antes de que Karl preguntara, con calma:

– ¿Y tú, Anna? ¿Qué piensas tú?

Se estudiaron a través de la mesa, mientras el fuego iluminaba sólo una parte de sus rostros, dejando la otra parte sumergida en las sombras. De ese modo, a Karl y a Anna les pareció que únicamente una mitad de lo que cada uno era se hacía visible para el otro, por el momento. ¡Había tanto que todavía quedaba en la sombra y que sólo el tiempo traería a la luz!

– Lleva… tiempo acostumbrarse a… -Anna bajó la mirada. -Pero poco a poco, creo que me acostumbraré.

Karl se preguntó qué desearía Anna que él dijera y cómo debía decirlo. Después de un momento, lo único que pudo preguntar fue:

– ¿Estás cansada, Anna?

La muchacha giró los ojos hacia James, que seguía sin moverse.

– Un poco -contestó, vacilante.

– El agua está tibia.

En realidad estaba lo suficientemente caliente como para preparar el té de rosas. Juntos contemplaron la pálida nube de vapor que salía del caldero.

– Pero lo único que tengo es jabón hecho en casa.

– ¡Oh, está… bien! -dijo con demasiada vehemencia.

Karl no hizo ningún movimiento y Anna estaba como pegada a la silla.

– El fuentón está sobre el banco, afuera. Lo llenaré para ti.

– Gracias.

Descolgó el caldero y lo llevó afuera.

Cuando Anna salió, Karl había desaparecido en la oscuridad. Se lavó más rápido que nunca; a pesar de que odiaba el baño, tenía que admitir que le resultó más que tolerable sacarse de encima la suciedad del viaje. Miró hacia el claro pero sólo vio algunas luciérnagas que revoloteaban en la oscuridad. Desde el granero se oyó un relincho apenas perceptible. Después todo se aquietó.

Se apresuró a entrar en la casa, buscó su camisón en el baúl, se lo puso y se quedó inmóvil sin saber qué hacer; dirigió la mirada primero a James, dormido en el piso, y luego a la cama. Con resolución, caminó hacia ella, levantó la piel de búfalo y apoyó una rodilla sobre el colchón.

Pero se quedó quieta, de repente, al oír un crujido: era la chala del maíz, que rellenaba el colchón. “¡Dios mío! ¿Qué es esto?” Con cuidado, movió la rodilla y volvió a escuchar el crujido. No había otro lugar adonde ir; de modo que se decidió, se deslizó en el lecho y se tapó hasta el cuello.

La puerta se abrió y se cerró, expandiendo y achicando su sombra sobre las paredes de adobe; Karl dejó caer el pasador de madera con un ruido sordo y, con cuidado, introdujo la cuerda que colgaba del lado de afuera. Se acercó al costado de la cama sin poder ignorar el manojo de trébol que estaba todavía allí, desde el día anterior. Anna lo siguió con los ojos cuando se inclinó cerca de su cabeza para sacar las hierbas.

– Es el trébol oloroso -dijo.

– Tiene un lindo perfume -agregó Anna con voz ahogada.

– Es el mejor perfume en todo Minnesota. -Sólo entonces pudo tragar- ¡Oh!, Anna, era para darte la bienvenida pero después de dejarlo pensé que, tal vez, no debí haberlo hecho. Pensé… -Miró el trébol en sus manos-. Pensé que te asustaría.

– No… no, no me asustó.

Pero su cuerpo se estremeció a tal punto, que la manta también se sacudió. Karl se volvió hacia el hogar y arrojó allí las hierbas. Anna observó cómo ardían; iluminaron la habitación momentáneamente y destacaron la silueta de Karl. Las manos en las caderas, el hombre estudiaba el fuego mientras la muchacha estudiaba su espalda. Luego, él se inclinó para amontonar el carbón, haciendo saltar las chispas por la chimenea. Vaciló, arrodillado y perdido en sus pensamientos, mientras la iluminación del cuarto iba decreciendo hasta convertirse en un tenue fulgor. Pero ya no podía hacer nada más, no tenía adonde ir, salvo a la cama. Nervioso, se pasó la mano por el pelo.

Anna tenía los ojos fijos en el pálido resplandor del fuego, cuando Karl volvió hacia la cama y, dándole la espalda, se desvistió y se acostó a su lado. La chala volvió a crujir. El colchón cedió bajo su peso y Anna sintió una fuerza amenazante que la empujaba en su dirección. Tensó los músculos de los hombros para evitar que eso sucediera.

Estaban de espaldas, mirando fijo los troncos del techo. Por fin, Karl giró la cara hacia Anna, estudió su perfil y luego murmuró:

– Mírame, Anna, mientras todavía hay luz suficiente para ver.

Anna lo miró con los ojos muy abiertos y asustada, recordando aquella otra vez. Trató de concentrarse en la cara de Karl pero sólo volvía a su mente el vivo recuerdo de Saul McGiver junto con su terror y su vergüenza.

– Es difícil creer que, por fin, estés aquí -murmuró Karl-. Nuestro triste comienzo… quiero olvidarlo. Deseo hacer las cosas bien contigo, deseo que todo esté bien.

Anna tenía miedo hasta de tragar, más aún de hablar.

Karl se preguntó si la joven notaría su turbación. Le tomó la mano, la llevó a su pecho y la apoyó sobre su corazón agitado, tomándola por sorpresa.

“Su corazón late tan locamente como el mío”, pensó Anna sin poder creerlo.

– Eres tan joven, Anna. Diecisiete años… apenas una niña, cuando yo esperaba a una mujer.

– Diecisiete años es… es bastante -murmuró con un tono tenso.

– ¿Sabes lo que estás diciendo, Anna? -Dudaba de que ella hubiera entendido realmente.

Anna se preguntó si ella realmente había entendido.

Dijo lo que se sintió obligada a decirle a un marido que tenía todos los derechos sobre ella. Sabiendo cuál era su deber, había contestado de esa manera. Pero no sabía cuál sería la respuesta de Karl. Se sentía atrapada entre los recuerdos del pasado y el miedo al futuro. Mientras hablaran, nada sucedería, de modo que continuó:

– Conozco muchas chicas que se casaron a los diecisiete.

Pero no era verdad. Sólo conocía montones de mujeres desaliñadas, dedicadas a esa profesión y que, a los treinta, treinta y cinco o cuarenta años habían perdido toda esperanza de casarse.

– Anna, en Suecia no se hacen estas cosas: dos extraños que deciden casarse, como nosotros. Si viviéramos en Suecia, y te encontrara por primera vez en el pueblo, te compraría una cinta de seda para el pelo y quizás haríamos bromas y nos reiríamos un poco. Tendrías la oportunidad de decirte a ti misma: “Sí, creo que me gusta que Karl me regale cintas de seda” o “No aceptaré más que Karl me regale cintas de seda”. Pero si aceptaras las cintas con una sonrisa y las guardaras en el pequeño bolsillo que cuelga de tu cinturón, te llevaría a conocer a mi mor y a mi far para que vieras por ti misma de dónde vengo. Siempre pensé en cortejar a una muchacha de la misma forma en que lo hacían mis hermanos en Skane.

Acarició la mano de Anna, al recordarlo, mientras su corazón latía más aceleradamente.

Toda la opinión que Anna tenía de los hombres en este elemento -la cama- estaba influenciada por el tipo de lugar en que ella se había criado, entre personas para quienes el cuerpo era un negocio y nada más. Pero, de a poco, se iba dando cuenta de que Karl estaba tan inseguro acerca de esto como ella, y comprendía que su corazón estaba latiendo no sólo de excitación sino también de incertidumbre.

– Yo también me imaginaba algo así -admitió-, cuando era más chica.

– Claro, todas las chicas lo hacen. Pensaba casarme con una muchacha rubia con las trenzas recogidas bajo un pequeño sombrero blanco y almidonado, con pliegues profundos; una muchacha que usara un delantal bordado, con los lazos cruzados sobre la faja de la cintura, en la víspera de San Juan Bautista. Nuestras familias estarían presentes y habría baile y risas, muchas, muchas risas.

Su voz se había vuelto melancólica, pensativa.

Anna también se estaba poniendo melancólica. Pero bien sabía que no deseaba tener nada que ver con el baile y las risas que ella había observado en sus tiernos años. Estaban totalmente fuera del entorno afectivo que rodeaba a Karl en su patria. Anna nunca tuvo un sombrero almidonado, ni un delantal de niña con lazos cruzados; en su pueblo, los jóvenes nunca la cortejaron ni le regalaron cintas; nunca le sonrieron ni la invitaron a su casa para que conociera a sus padres. No era una joven afecta a los ataques de autocompasión, pero en ese momento debió controlarse para no caer en uno.

Pero Karl era buen mozo y honesto y sincero, y el murmullo de su voz en la oscuridad invitaba a Anna a expresar en voz alta algunos de sus sueños de niña.

– Soñaba con casarme en St. Mark. Siempre me sentí bien en St. Mark. A veces, soñaba que me casaría con un soldado de botas altas, galones y charreteras.

– ¿Un soldado, Anna? -Karl sabía que estaba lejos de ser un soldado.

– Bueno, siempre había soldados por Boston. A veces los veía pasar.

Todo se aquietó; las sombras de la noche y la mano de Karl también se aquietaron.

– Aquí no hay soldados -dijo Karl, desilusionado.

– Tampoco hay trenzas rubias -replicó Anna, tímidamente, volviendo a sorprender a su esposo.

Karl tragó saliva.

– Pienso que me las puedo arreglar sin trenzas rubias -murmuró.

Anna sintió agitarse el pecho de Karl bajo su palma. A pesar de su aparente cordialidad, temía darle la respuesta que su esposo esperaba, aunque un soldado con charreteras era lo que más lejos estaba de su mente en ese momento.

Karl giró sobre su lado de la cama y la miró de frente.

– Creo que voy demasiado rápido, Anna, lo siento. -Tomó la mano de su esposa y la besó en la palma; sus labios tibios, su aliento suave la rozaron por un breve instante; luego apoyó esa mano sobre la almohada, en el mismo lugar que antes habían ocupado las hojas de trébol-. Pero estuve tanto tiempo solo, Anna… No tenía a nadie con quien hablar, nadie a quien tocar, nadie que me tocara. Hubo momentos en que creí morir. A veces hacía entrar a la cabra, cuando se desataban las ventiscas del invierno, y hablaba con ella, y también hablo con los caballos. Hace bien tocar su hocico aterciopelado o acariciar las orejas de la cabra, pero no es lo mismo. Siempre soñé con tener alguien más con quien hablar, con escuchar otra voz que no fuera el balido de mi cabra.

Se llevó nuevamente la mano de Anna a los labios pero de una manera diferente, como si su calor fuera para él la salvación. Hizo que los dedos acariciaran sus labios y recorrieran su cara de un modo tal, que Anna se sintió glorificada, sabiendo que no lo merecía. Karl susurró con voz ronca:

– Oh, Anna, Anna, ¿sabes qué bien me hace el contacto de tus dedos?

Luego, Karl presionó la palma contra su mejilla. Era tibia y suave, y Anna recordó su aspecto al percibir el contorno. Las yemas de sus dedos rozaron las cejas, enseguida, los párpados cerrados. Allí notó Anna un débil temblor, y deseó que hubiera luz para poder captar esa visión tan sorprendente: un hombre que guardaba en su interior una emoción tan profunda.

– Nunca supe… nunca me contaste todas estas cosas en tus cartas.

– Pensé que te ahuyentaría. Anna, no quiero atemorizarte. Eres casi una niña y yo estuve solo demasiado tiempo.

– Pero yo hice un pacto, Karl -dijo con determinación.

– Sin embargo, estás temblando, Anna.

– Tú también -murmuró ella.

“Sí”, pensó Karl, “tiemblo un poco de ansiedad, un poco de timidez, otro poco de temor a espantarla”. Era su primera vez y él quería que fuera por mutuo consentimiento; más aún: por mutuo amor. Podía esperar un tiempo para lograr esas cosas de ella, pero había estado demasiado tiempo solo para no llevarse nada esa noche. Le rodeó la nuca con una mano, le acarició el mentón con el pulgar, maravillado ante la tersura de su piel comparada con la suya.

– ¿Me permites que te bese, Anna?

– Un hombre no necesita permiso para besar a su propia mujer -susurró.

Karl se apoyó sobre un codo y le acarició los labios con el pulgar, deseando que no se mostrara tan temerosa.

Anna estaba tensa esperando que viniera la peor parte. Pero no fue así. Todo era diferente con Karl. Diferente el modo en que esperó y la tocó suavemente primero, como para asegurarle que no le haría daño. Diferente cuando se le acercó con cuidado, haciendo que la chala sonara con un tono confidencial. Diferente cuando, con el pulgar todavía sobre sus labios, le dio tiempo a decir que no. Diferente cuando tocó apenas los labios de Anna con los suyos.

No hubo ni fuerza ni lucha ni temor; sólo un ligero contacto de la carne con la carne, una unión de alientos, una introducción. Y su nombre, “Anna”, susurrado sobre su boca como nunca nadie antes lo había pronunciado. Los dedos de Karl se hundieron tiernamente en su pelo, detrás de la cabeza, mientras ella comprendía nuevas cosas acerca de este hombre.

Con paciencia, Karl esperó alguna respuesta de Anna. La muchacha adelantó apenas el mentón y acercó aún más sus labios a los de Karl. Otra vez los labios se unieron, más tibios, más cercanos, permitiendo que Anna se aflojara al confiar más en él.

Por primera vez, Anna se sintió deseosa de responder a un hombre. Pero cuando Karl deslizó la mano por sus costillas, la joven se puso rígida, incapaz de controlar esa reacción. Karl apartó su boca de la de Anna, preocupado por hacer lo correcto, pues notó que la muchacha se protegía el pecho con los brazos.

– Anna, no deseo apurarte. Ahora tenemos tiempo, si es que no lo tuvimos antes.

Aunque aliviada, Anna se sintió tonta y torpe. El corazón le saltaba en el pecho, mientras buscaba, desesperada, algo que decir. Sentía, todavía sobre ella, el aliento tibio de Karl acariciándole el rostro. Tenía olor a jabón de afeitar y a tabaco pero sus labios tenían un ligero sabor a pétalos de rosa.

“¿Cómo puedo temerle a un hombre que tiene gusto a rosas?”, pensó. Sin embargo, estaba temerosa; sabía muy bien lo que los hombres les hacían a las mujeres. Este hombre, con toda su fuerza, podría hacerlo con comodidad, si quisiera. En cambio, se apartó, y ella ya no sintió el soplo de su aliento en la nariz.

– Lo… lo lamento, Karl -dijo. Luego agregó, vacilante-: Gracias.

La desilusión lo embargó. Pero, aun así, acarició la piel aterciopelada de su mejilla con el dedo índice calloso, en un gesto breve y tranquilizador.

– Tenemos mucho tiempo. Duerme ahora, Anna.

Enseguida se acostó en su lado de la cama, sin poder relajarse porque ahora sabía cómo era el contacto de su piel.

Anna giró sobre su lado, enfrentando la pared, se acurrucó y se arropó con la manta. Pero un extraño sentimiento la invadió, como si hubiera hecho algo mal y no sabía qué. Se sintió como antes, cuando se había puesto a llorar. Finalmente, se volvió un poco, miró por arriba de su hombro y murmuró:

– Buenas noches, Karl.

– Buenas noches, Anna -dijo él con voz apagada.

Pero para Karl no fue una buena noche. Estaba más tieso que una estatua; deseaba saltar de la cama, salir a correr en el aire húmedo de la noche y refrescarse; hablar a los caballos, sumergir la cabeza en la fuente de agua helada del manantial, ¡no sabía bien qué! Se quedó, en cambio, inmóvil, desvelado, porque ahora sentía el roce de la piel de Anna, el gusto de su lengua, el peso de su cuerpo diminuto que dejaba su huella en la otra mitad del colchón de chala. “¿Cuánto tiempo?”, se preguntó, con tristeza. “¿Cuánto tiempo me llevará cortejar a mi propia esposa?”

Capítulo 6

Por la mañana, Karl se fue a buscar la cabra antes de que James y Anna se despertaran. Cuando regresó, ya estaban levantados y vestidos y se habían metido en problemas. Al oír el sonido del cencerro, se miraron con desesperación a través de la humareda. Anna se abanicaba con la mano delante de los ojos y la nariz, infructuosamente.

– ¡Oh, no!, creo que ya está de vuelta -se lamentó.

– Es mejor -observó James.

Un momento más tarde, Karl apareció en el umbral.

– ¿Qué están haciendo ustedes dos? ¿Incendiando la casa?

– El adobe no… -Anna tosió-. El adobe no se quema.

– De modo que soy afortunado y no me quedé sin casa. ¿Alguna vez oyeron hablar del regulador de tiro?

Por supuesto que sí. Todos los fogones de hierro fundido tenían un regulador de tiro en su conducto, pero no pensaron que el hogar de Karl tuviera uno. Karl se metió dentro de la humareda de la chimenea, hizo los ajustes necesarios y luego los llevó afuera mientras el aire se despejaba.

– Ya veo que tendré que vigilarlos cada dos minutos para que no se metan en problemas -dijo de buen humor.

– Pensábamos que sería conveniente mantener el fuego vivo.

– Sí, así sería si hubieran hecho un buen fuego en vez de una hoguera. Pero esto vendrá bien cuando tengan que espantar a los mosquitos.

Parecía que Karl estaba dispuesto a usar la paciencia que había prometido.

– Esta noche les enseñaré cómo se hace un buen fuego. Ahora vengan a conocer a Nanna.

James se apegó a la cabra, de inmediato, y el animal parecía responderle.

– Nanna, éste es James -dijo Karl con afecto, doblándole la oreja a la cabra-. Y si este jovencito ordeña una cabra tan bien como hace el fuego, me volvería con los indios, si estuviera en tu lugar -murmuró en el oído de Nanna.

Anna se rió y por fin Karl la miró directo a los ojos, su mano todavía jugueteando con la oreja suave y rosada de la cabra. Sonriendo, dijo:

– Buenos días, Anna.

– Buenos días -contestó Anna.

Sus ojos se deslizaron hacia los dedos de Karl mientras acariciaban al animal, que cada vez inclinaba más la cabeza. Mientras tanto, Karl seguía mirando a Anna.

– ¿Sabes hacer bizcochos? -le preguntó.

– No -contestó.

– ¿Sabes ordeñar la cabra, entonces?

– No.

– ¿Puedes freír tocino y cocinar polenta en la grasa?

– Tal vez, no estoy segura.

– Bueno, ya nos vamos entendiendo.

Así es como recayó en James la tarea de ordeñar la cabra por la mañana, una vez que Karl se lo enseñó; y en Anna, la de cocinar el maíz en la grasa, mientras Karl traía el agua del manantial para los caballos, para usar en la casa y para lavarse afuera.

Karl se lavó cerca de la puerta. Desde el principio, le intrigó a Anna saber si se sacaría la camisa y soportaría el agua helada sin temblar. Karl sacó la navaja y la afiló, mientras el chico no dejaba de mirarlo.

– ¿Duele afeitarse, Karl? -preguntó.

– Solamente si la navaja no está afilada. Una navaja bien afilada hace que el corte sea más fácil. Espera hasta que te muestre cómo se afila el hacha. Cada vez que un leñador sale, debe llevar la piedra de afilar y usarla cada hora. Tengo mucho que enseñarte.

– ¡Oh! No puedo esperar.

– Tendrás que esperar. Por lo menos hasta que terminemos con el tocino y el cereal que hizo tu hermana.

– Eh, Karl…

– ¿Sí?

James bajó la voz.

– No creo que Anna haya cocinado esto antes. Seguro que le sale mal.

– Si es así, no debemos decírselo. Y si la primera vez que afiles el hacha no lo haces bien, tampoco te lo diremos.

No le había salido bien, realmente. El tocino se había quemado y el maíz estaba pegoteado. Para sorpresa de todos, Karl no hizo ningún comentario. En cambio, habló de lo hermoso que era el día, de todo lo que esperaba hacer y de lo agradable que era comer en compañía. Pero Karl y James parecían estar disfrutando de algo muy privado que Anna no podía compartir. No obstante, estaba complacida con la manera en que Karl parecía aceptar a su hermano.

Era un día privilegiado, de colores brillantes: el azul del cielo y el verde de los árboles reverberaban con el reflejo dorado de la luz solar. El sol no había alcanzado todavía la periferia del claro cuando los tres salieron. De los ganchos de arriba de la repisa, Karl descolgó su hacha y le entregó la hachuela a Anna. James aceptó con orgullo el rifle, una vez más.

– Vengan -dijo-. Primero les mostraré el lugar donde estará nuestra cabaña.

Atravesó a grandes zancos el claro hasta la base de piedras que formaban un rectángulo de cuatro metros por cinco y medio. Cuando subió a la base, puso un pie sobre una de sus piedras y señaló un lugar con la punta del hacha.

– Aquí estará la puerta, mirando al este. Usé mi brújula, una buena casa debe estar perpendicular a la Tierra.

Volviéndose a Anna, dijo:

– No habrá pisos sucios en esta casa, Anna. Aquí tendremos verdaderos pisos de madera. Acarreé las piedras de las tierras a lo largo del arroyo; las más planas que pude encontrar, para sostener los troncos de la base.

Luego, se volvió, y con un ligero movimiento, deslizó el suave y curvado mango de fresno por su mano. Señalando otra vez, dijo:

– Yo mismo despejé este lugar y coloqué las trozas a lo largo del sendero hasta los alerces. -La doble hilera de leños seguía su camino como las vías del ferrocarril, y se perdía entre los árboles-. En mis tierras, tengo el alerce virgen más erguido del mundo. Con troncos así, tendremos una casa firme, ya verás. No usaré entramados de madera sino leños enteros, apenas aplanados para que encajen justo, así las paredes serán gruesas y tibias.

Trozas y entramados de madera no le decían nada a Anna, pero se daba cuenta, por la densidad del bosque, del trabajo que le había dado a Karl despejar ese ancho camino.

– Vengan, les pondremos el arnés a los caballos y empezaremos.

Mientras caminaban hacia el establo, Karl preguntó:

– ¿Alguna vez aparejaste una yunta, muchacho?

– No… no, señor -contestó James, todavía mirando los troncos por sobre su hombro.

– Si quieres ser un buen carrero, debes primero aprender a colocar el arnés. Te enseñaré ahora -dijo Karl con decisión-. A tu hermana también. Puede llegar el momento en que necesite saberlo.

Entraron en el establo y Karl saludó a los animales con palabras tiernas. Se acercó a ellos y los palmeó en la grupa y el cuello; finalmente, les frotó la piel entre los ojos. El establo era pequeño, y el espacio, estrecho.

– Ven -le dijo Karl a Bill. Pero el caballo se quedó muy tranquilo esperando más caricias-. Ven -repitió Karl, más serio, apretujando su cuerpo entre el animal y la pared, y dándole a Bill una fuerte palmada para que obedeciera pero sin lastimarlo. Bill se movió, mientras que Anna estaba asombrada de ver cómo Karl se animaba a meter su cuerpo entre un animal tan enorme y la sólida pared del establo.

Karl se mostraba despreocupado, confiado. Le dijo a James:

– Un caballo que no sabe qué significa “Ven” necesita un vocabulario algo más amplio. -Pero aun mientras decía esto, una sonrisa se esbozaba en sus labios y sus enormes manos alisaban la piel del caballo con afecto-. Recuérdalo, muchacho. Y recuerda que a los caballos se les habla con algo más que palabras; las palabras son tan importantes como el tono. El tono dice mucho. Las manos son las que más hablan. Un caballo aprende a confiar primero en las manos y en segundo lugar en el hombre mismo.

Durante todo este tiempo, las manos de Karl recorrieron el lomo del animal, descansaron en la cruz, se deslizaron hasta los hombros, palmearon los flancos y volvieron hasta la cabeza. Miró a Bill a los ojos y dijo:

– ¿Sabes de lo que estoy hablando, eh, Bill?

Llevó al caballo cerca de los dos gruesos percheros de madera de donde colgaban los arneses.

– Los caballos son cortos de vista, ¿sabías, muchacho? Por eso es que un movimiento a lo lejos los ahuyenta y al no poder ver claramente, desconfían. Pero si les muestras lo mismo de cerca, se quedan tranquilos.

“Primero, la collera -continuó Karl. Levantó el óvalo de cuero-. Ésta es de Bill. -Al oír su nombre, el animal movió la cabeza y Karl le habló-: Sí, sabes que estoy hablando de ti. Acá está tu collera, amigo curioso. -Con paciencia, le mostró al animal el cuero antes de pasárselo sobre la cabeza, mientras instruía a los dos novicios-. Deben tener cuidado en no confundir las colleras, pues si le colocan a un caballo la collera equivocada, tendrá dolor de hombros y de cuello. Un caballo se acostumbra a su propia collera, como ustedes se acostumbran a sus propios zapatos. No le darías a un soldado que debe marchar las botas de otro soldado, ¿no, James?

– No, señor, claro que no -contestó James sin dejar de observar a Karl mientras sujetaba la collera detrás del cuello de Bill y la desplazaba con firmeza hasta los hombros del macizo percherón.

Pasando su mano enorme entre el caballo y la collera, Karl continuó:

– Tiene que ajustar pero no demasiado. Debes asegurarte de ello, pues si le presiona la tráquea, el caballo puede ahogarse. Si le queda muy floja, el roce de la correa lo irritará y le producirá mataduras en los hombros.

Cuando bajó el primer arnés del perchero en la pared, sus músculos se tensaron. Acercándose a Bill desde la izquierda, Karl ubicó el horcate sobre la collera, lo sujetó con la correa, caminó hasta el flanco del caballo y ajustó el sillín. Luego, se adelantó para unir la correa del pecho al horcate. Antes de cualquier movimiento, deslizaba la mano a lo largo del cuerpo del animal y lo tranquilizaba con palabras suaves. Bill permanecía quieto; apenas un ligero movimiento de los ojos indicaba que estaba despierto.

Karl instruía a los dos aprendices usando el mismo tono de voz que empleaba para hablar con Bill. Las palabras eran a la vez instructivas y apaciguadoras y transmitían serenidad. A continuación, sujetó la barriguera, y mientras Karl hacía todo esto, Anna se sentía como hipnotizada por los suaves movimientos de sus manos sobre el cuerpo del caballo, por esa voz en el oído del animal y en el suyo. Se encontró, de pronto, pensando en esa noche y en cómo sería si Karl la trataba como a Bill.

Volvió en sí con un sobresalto, al darse cuenta de que Karl le había puesto el bocado al caballo. En tanto iba deslizando las riendas a través de los distintos anillos del freno, le preguntó si ella pensaba que podía hacer todo eso.

– No… no sé. Creo que si puedo bajar de la pared esa cosa tan pesada, podría hacer el resto.

– Tendré que alimentarte bien para agregar músculos a tus huesos -dijo Karl.

Anna descubrió que era capaz de mirarla de una manera divertida, lo que hacía que su comentario fuera más una broma que una crítica.

En cambio, James alardeaba, muy seguro de sí mismo:

– Creo que puedo hacerlo, Karl. ¿Puedo probar?

Con una risa ahogada, Karl le pasó al muchacho la tarea de ensillar a Belle. James se vio en dificultades bajo el peso del arnés, pero con algo de ayuda de su maestro, cometió muy pocos errores al ponerle los aparejos al caballo.

– Tienes muy buena memoria.

Karl felicitó a James cuando terminó con su tarea. El muchacho miró a su hermana complacido, como si hubiera inventado el arte del arreo.

Karl, con mucha paciencia, explicó el cómo y el porqué de enganchar el balancín redondo de roble a los dos travesaños más pequeños. En el centro iba la abrazadera y, por fin, todo estaba listo para la pesada cadena de troncos. Era un aparato enorme.

Una vez más, Anna pudo comprobar la fuerza que había dentro de ese hombre cuando levantó el rollo de cadenas y lo arrastró para sujetarlo a la abrazadera. Mientras se arrodillaba para asegurar el gancho de desplazamiento a un eslabón de la cadena, dijo:

– Cuando salgas sin carga, como ahora, no dejes el gancho colgando en el extremo de la cadena. Puede enredarse en las raíces y lastimar, de esa manera, a los caballos. -Se levantó y tocó otra vez el flanco tibio del animal-. Siempre hay que pensar primero en los caballos. Sin ellos, aquí un hombre se siente impotente.

– ¡Sí, s… s… señor! -respondió James.

Karl miró a Anna por un breve instante y ella le respondió con un saludo militar, repitiendo:

– ¡Sí, s… s… señor!

Karl sonrió. Parecía valerosa a pesar de sus hombros angostos y su delgadez de junco. Hoy usaba un vestido tan inadecuado como el de ayer para las tareas fuera de la casa. Pronto aprendería. Una vez que el trabajo empezara, se daría cuenta de que las ropas simples eran más apropiadas, y su elección sería diferente.

Entre tanto, el momento que Karl había soñado llegó, por fin: el momento de ir juntos, esposo y esposa, al encuentro de sus árboles; de trabajar al sol y forjar su futuro. Los tres partieron hacia la mañana de Minnesota. En medio del sol naciente, iban subiendo por el camino de arrastre detrás de la yunta. Los caballos con su marcha acompasada y sus trancos largos fijaban el ritmo. Con las mangas remangadas hasta el codo, Karl sostenía las cuatro riendas, inclinándose hacia atrás, de la cintura para arriba, para contrarrestar el tironeo de los caballos. El hombre y su yunta eran una misma cosa, cada uno bien templado y con los músculos preparados para el importante trabajo que los esperaba.

Anna, a pesar de sus piernas largas, se veía obligada a alargar sus pasos para no quedarse atrás. La falda larga rozaba el pasto de la mañana y pronto se humedeció hasta las rodillas. No hizo caso, escuchando, oliendo, paladeando el día. La mañana tenía su música propia, interpretada por el despertar de la vida silvestre, el crujir del cuero, el chirriar de las cadenas, el golpetear de los cascos. El rocío era denso todavía y la tierra estaba perfumada con el aroma del verano. Allí estaban el eterno olor a moho de las hojas muertas y el soplo vivificante de la vegetación que se renueva. Abedules, hayas, arces, nogales, olmos, álamos y sauces desbordaban de vida.

Karl iba señalando y nombrando cada árbol (“un tipo de madera para cada uso que el hombre le quiera dar”) como si nunca pudiera agotar esa riqueza que poseía, no importaba cuántas veces la había calculado.

– Es curioso… -musitó Anna-. Siempre pensé que la madera era sólo madera.

– ¡Ah! Cuánto tienes que aprender. Cada madera tiene su personalidad. Cada árbol tiene un rasgo que lo hace… humano, individual. Aquí, en Minnesota, un hombre no debe preocuparse pensando que no tendrá el árbol adecuado a su necesidad.

Llegaron al lugar de los alerces, pinos altos y afinados con los troncos escamados y las copas escalonadas, que se balanceaban en las nubes de la mañana.

– Y éstos son mis alerces -dijo Karl con orgullo, levantando la mirada-. Más de cinco metros de tronco antes de comenzar a afinarse -comentó, orgulloso-. ¿Te das cuenta de lo que digo? Es el mejor. ¿Te parece bien una cabaña de más de cinco metros?

Miró a Anna de soslayo, preguntándose si creería que él pudiera construir una casa tan grande.

– ¿Eso es grande? -preguntó, mirando ella también hacia la cima de los alerces.

– La mayoría es de cuatro metros. Algunos son de cuatro y medio. Depende de los árboles. Aquí, donde un hombre tiene alerces… aquí… un hombre tiene mucho. -Karl hizo una pausa nuevamente-. Mucho más que suficiente.

Al bajar la mirada por el tronco de los alerces, Anna notó que Karl la estaba observando, y sintió como un estremecimiento.

– Mucho. Suficiente -dijo suavemente, coincidiendo con Karl-. Cinco metros es mucho.

Karl miró a James como si de pronto hubiera recordado que estaba allí.

– Y mucho trabajo. Ven, muchacho, te enseñaré a derribar un árbol.

Tomó su hacha y se acercó al alerce; caminó alrededor, midiéndolo, estimando el curso de su caída, mirando hacia arriba y hacia abajo, calculando el peso de las ramas. Después de meditar un momento, dijo:

– Sí, éste es bueno. Tiene treinta y cinco centímetros de diámetro. Recuerda ahora, muchacho: la tarea te será más fácil si los árboles tienen el mismo tamaño. Antes de empezar, debes tener en cuenta el viento.

James miró hacia el cielo y dijo:

– Pero no hay viento.

– ¡Bien! Ahora ya lo tuviste en cuenta. Si hay viento, hay que calcularlo desde el primer golpe de hacha.

Anna observaba y escuchaba sólo a medias en tanto Karl pacientemente describía los principios básicos de la tala. Estaba más bien absorbida por el efecto que producía Karl en su hermano.

James bebía cada una de sus palabras y hasta imitaba, inconscientemente, la forma en que Karl se paraba con las piernas separadas, mientras los dos observaban el imponente tronco y planeaban cómo derribarlo. Cuando James le hizo una pregunta, Karl barrió con su bota las agujas de pino que cubrían el suelo para despejar un pequeño espacio. Quebró entonces una rama resistente y se arrodilló para hacer con ella un simple dibujo en la tierra.

Anna sonrió otra vez cuando James imitó al hombrón, arrodillándose con una sola pierna y apoyando el codo en la otra, en un gesto varonil. Pero la espalda de James se veía mucho más delgada al lado de la de Karl mientras los dos se inclinaban para estudiar el dibujo. Karl le mostró dónde estaban las muescas, que llamó “cortes”; luego le explicó que la primera muesca que marcarían en el árbol estaría del lado opuesto a la dirección de su caída. Anna prestó aún menos atención a las explicaciones cuando Karl se estiró, haciendo que la espalda de su camisa quedara tan tirante que amenazaba partirse en dos. Los ojos de la muchacha bajaron hasta la cintura de Karl, hipnotizada al ver una pequeña franja de piel expuesta al subírsele la camisa. Las caderas de Karl eran estrechas pero los muslos sobresalían al estar arrodillado de esa manera.

Cuando Karl dio una media vuelta, Anna dirigió la mirada hacia los alerces. Justo en ese momento, James sorprendió a Karl al pronunciar la palabra “cortes” y preguntar dónde deberían ir y qué profundidad deberían tener. Karl le sonrió a James y levantó los ojos hacia Anna, mientras instruía al muchacho al mismo tiempo que le hacía bromas. Entonces dijo:

– Yo aprendí derribando árboles -muchos, muchos árboles- en Suecia, con mi padre y mis hermanos, y aquí, en este lugar, antes de que tú vinieras. Se requiere mucha práctica para hacer estas cosas.

“Qué paciencia tiene”, pensó Anna, con admiración. Hasta su voz y su actitud eran pacientes, tanto como la expresión en su rostro. “Aun si yo supiera leer y escribir, cualquier chico sería mucho más feliz en tener un maestro como Karl”. Anna no era muy tolerante. El semblante de James irradiaba puro placer mientras estudiaba el simple dibujo, tratando de memorizar las lecciones.

Karl se incorporó apoyándose en el hacha. Se movió con agilidad, el hacha siempre en la mano, formando parte integral de su postura. Anna comenzó a comprender el significado de las palabras: “adonde va el hombre, va el hacha”. Karl la usaba como una extensión de sí mismo.

A pesar de que la herramienta era pesada, Karl la sostenía por el extremo del mango, perpendicular a su cuerpo, midiendo la distancia entre él y el árbol. Las venas del brazo se destacaban como ríos azules que desaparecían en la manga arrollada de la camisa. Los poderosos músculos del antebrazo parecían tener bordes cuadrados. Karl explicó que el primer corte debía ser horizontal, a la altura de la cintura, y se balanceó levemente para demostrarlo. Al girar la cadera y el hombro, Anna pudo ver cómo cada músculo se tensaba, y percibió la fortaleza que encerraba ese cuerpo tan bien adiestrado.

Karl levantó la herramienta y deslizó el mango por la palma hasta que el cotillo del hacha descansó sobre el borde de su mano. Señaló, entonces, con el borde afilado:

– Lleva a tu hermana para allá. Cuando un árbol cae, puede convertirse en asesino, si lo subestimas. El tronco puede partirse y saltar muy lejos tan rápidamente, que un chico ágil como tú no alcanzaría a escapar.

Volvió los ojos azules hacia Anna, que bajó los suyos y siguió a James con presteza.

Una vez que estuvieron a una distancia segura, Karl empezó a pronunciar palabras que estaba acostumbrado a escuchar desde que era chico.

– Un hombre que vale lo que pesa, debe saber exactamente dónde va a caer el árbol. Algunos dicen que si colocas un clavo en el suelo, un buen sueco digno de serlo es capaz de enterrarlo con el tronco del árbol que cae.

Sonriendo burlonamente, encontró una raíz nudosa y la señaló otra vez con el hacha.

– ¿Ves esa raíz, allí, cerca del roble? Pues se partirá en dos.

Se volvió nuevamente hacia el alerce. Desde su primer movimiento, Anna se sintió como transportada. Karl levantó el hacha, la balanceó primero a la izquierda, después a la derecha, mientras ella seguía observando. Con un movimiento fluido, manipuló la herramienta con un ritmo perfecto, la mano derecha deslizándose para encontrar la izquierda en el momento justo del impacto. Con la soltura propia de la larga experiencia, iba y venía de derecha a izquierda, haciendo que las astillas volaran muy alto por el aire. El ritmo era implacable y los ojos de Karl jamás se apartaban del tronco del árbol. El hacha producía un silbido al rasgar el aire, y un golpe de percusión cada vez que el acero se encontraba con la madera.

Anna y James no pudieron menos que levantar la mirada cuando los cortes cada vez más profundos comenzaron a hacer temblar el árbol. Un gran temblor empezó, también, a sacudir el estómago de Anna. El hombre, el hacha, el movimiento, el árbol: todo contribuía a crear un espectáculo embriagante que aceleró el ritmo de su corazón y la obligó a sujetarse el estómago con ambas manos. Empezó, entonces, el angustiante crujido final y, lentamente, el rugoso tronco comenzó a inclinarse. Karl apoyó otra vez el cotillo del hacha contra el árbol, dio un empujón y retrocedió. Se dio vuelta para observar a sus dos aprendices, que tenían el mentón en el aire. Anna se agarró el estómago, en tanto el muchacho tenía las manos apretadas sobre la cabeza en una especie de éxtasis. La cabeza del hacha resbaló hasta descansar sobre la mano de Karl mientras el tronco se sacudió, tembloroso, y cedió finalmente con un estampido final de corteza y médula, hasta que llegó el bramido de las ramas y el follaje en el instante en que el árbol se derrumbó, con un estrépito infernal, sobre la tierra sembrada de agujas.

Se oyó apenas el relincho de los caballos; luego se hizo el más poderoso silencio que Anna alguna vez escuchara. Miró a Karl a través de las motas de polvo suspendidas en los haces de luz y lo encontró contemplándola, con una ligera sonrisa en el rostro. Estaba muy tranquilo, siempre con su hacha, como si hubiera sido otro el que había derribado aquel árbol; relajado, una rodilla doblada, los dedos enroscados alrededor del mango del hacha, una fina película de polvo depositándose sobre sus hombros, una lluvia de ramas de alerce cayendo cerca de él.

Y dondequiera… por todas partes… la embriagadora fragancia del alerce: dulce, fresca y vital.

Antes de que pudiera controlarlo, la sensación plena que la embargaba se reflejó en sus ojos. Quizá, por primera vez en su vida, había tomado conciencia de la belleza como totalidad. En ese breve instante, Karl Lindstrom pudo leerlo en el rostro de Anna y supo que ella sintió lo mismo que él cuando el árbol se precipitó a tierra y aterrizó con su parte más lejana sobre la raíz nudosa del roble: satisfacción.

En ese momento, apareció James, lo que rompió el encanto; a los saltos y agitando los brazos, se volvió hacia Karl y exclamó:

– ¡Qué bárbaro! ¡Es algo sensacional! ¿Cuándo podré hacer yo lo mismo?

Karl se rió del modo acostumbrado y, con su hacha, le dio un golpecito a James en el estómago.

– Creo que no derribarás muchos antes de preguntar cuándo puedes parar. ¿No es cierto, Anna? -No quería romper el clima de afinidad que se había creado entre los dos.

– ¿Cuántos puedes derribar tú antes de parar? -preguntó Anna, acercándose, todavía fascinada por lo que había visto.

– Tantos como deba -contestó Karl-, mientras mis dos ayudantes se encarguen de las ramas más pequeñas y de arrastrar los leños por la corredera. Ahora debemos ocuparnos de podar el árbol y trozarlo.

– ¿Trozarlo? -se aventuró a preguntar James.

– Cortar el árbol del largo que necesitemos.

Se pusieron juntos a trabajar usando el hacha y la hachuela para podar las ramas irregulares del alerce. A Anna le asignaron la tarea de arrastrar las ramas más lejos y formar una pila.

Cuando el árbol estuvo limpio, Karl lo midió con el largo del hacha, hizo una pequeña muesca a los cinco metros, y se sentó a horcajadas. Volvió a agarrar su hacha, se ubicó de un salto sobre la corteza rugosa, con el peso perfectamente equilibrado entre los dos pies, separados a una distancia determinada, y la muesca quedó a mitad de camino entre sus botas. Esta vez habló entre movimiento y movimiento, explicando a James que los dos cortes que haría, uno a cada lado del tronco, debían formar un ángulo de cuarenta y cinco grados entre ellos.

El hacha se elevaba y arremetía una y otra vez. Con cada golpe, Karl se inclinaba más y más hasta que, doblándose a la altura de la cintura, siguió hachando cerca del suelo. Enseguida, con la agilidad de un mono, se volvió, curvando apenas los dedos de los pies para mantenerse sobre el leño, mientras afinaba el corte opuesto con golpes precisos. Saltó del árbol, dejando atrás las partes seccionadas, cada una con un extremo en forma de V.

Otros cuatro árboles fueron derribados y trozados.

– Un buen leñador no arrasa con el bosque, solamente lo aclara -explicó Karl-. De modo que sacamos un árbol de aquí, otro de allí, otro de más allá.

Una vez que los leños estuvieron podados y listos ahora para el arrastre, Karl mostró la técnica adecuada para levantar la carga, doblando más bien las rodillas que la espalda. Con gran esfuerzo, levantó el extremo de un tronco y James arrojó la pesada cadena detrás.

Cuando trajeron los caballos, Karl dio las instrucciones:

– Engancha la carga cerca del balancín, muchacho, como te muestro; de ese modo, el arrastre es más fácil para los animales.

Acompañado por el sonido de la cadena cuando el enorme gancho cayó sobre el eslabón, Karl advirtió:

– Cuando lo hagas tú mismo, debes ubicarte de costado mientras trabajas. Sólo un tonto se mete entre la yunta y la carga.

Luego, Karl dio una única orden y los caballos tiraron de la carga hasta depositarla en el extremo del camino de arrastre. En tanto se movía, Karl seguía instruyendo al jovencito, que se adaptaba al ritmo de los pasos del hombre, estirando sus jóvenes piernas de manera forzada.

– Cuando estás arrastrando carga, debes pensar antes de dar la orden de girar. Siempre hay que mantener un ángulo de tiro amplio para proteger a los caballos. Cuanto más recto sea el camino, más fácil les resultará el trabajo.

Volviendo con los caballos por el segundo leño, la voz de Karl cambió; sólo un débil chasquido hacía que los caballos se movieran. Pero cuando la carga era muy pesada, Karl les hablaba en tonos melódicos:

– Tranqui… los aho… ra.

Y los dóciles animales flexionaban sus enormes hombros, inclinándose hacia su carga con los músculos trabajados pacientemente, como les ordenaban. Y lo mismo ocurría con cada nuevo leño: consejos al muchacho y órdenes a la yunta, cada uno tratado con el respeto debido a su inteligencia y capacidad.

Nunca en la vida Anna había visto a su hermano tan feliz. Absorbía cada palabra que Karl pronunciaba, se arrodillaba y se incorporaba cuando Karl lo hacía, prestaba atención cuando Karl explicaba, caminaba a largos trancos, imitándolo. Por fin, Karl le pasó las riendas y le dijo que llevara la yunta hacia el próximo leño; entonces el muchacho preguntó con una ansiosa expresión en los ojos:

– ¿De verdad, Karl?

– Por supuesto. Quieres ser carrero, ¿no?

– S… s… sí, señor… pero…

– Los caballos deben aprender a acostumbrarse a ti. Alguna vez hay que empezar.

James se secó las palmas en los pantalones.

– Yo estaré a tu lado -le aseguró Karl-. Simplemente, debes sostener las riendas como te mostré, sin tirar de ellas. Belle y Bill saben lo que hacer. Te enseñarán tanto como yo, ya verás.

El muchacho tomó en sus manos, más pequeñas, el cuero suave y blando y dijo, en un tono cariñoso:

– Tran… qui… los, aho… ra.

Con los primeros pasos de los caballos, los ojos de James se abrieron grandes de asombro.

Pero Karl le habló, dándole confianza, como lo hacía con Belle y Bill.

– Lo estás haciendo bien, muchacho, deja que mantengan la cabeza… Sí… bien… Ahora la rienda de la izquierda, despacio… despacio… bien.

Cuando los caballos estuvieron cerca del leño siguiente, James comenzó a sonreír. El corazón le saltaba en el pecho de entusiasmo. También Karl parecía complacido.

– Te irá bien siempre que no te apoyes en los leños ni camines al costado de ellos, una vez que empecemos el arrastre por el sendero con los maderos ubicados de costado. Si el extremo de un leño golpea con un árbol, puede salir disparado y romperte las piernas como si fueran nada más que leña. Siempre camina detrás de la carga.

– Sss… sí, señor, lo recordaré.

Fueron necesarias más instrucciones cuando se sujetó la carga de maderos con una cadena en cada extremo, antes de ser remolcada por el arrastradero hasta el sitio de la futura cabaña. Todos marcharon juntos con la primera carga. Karl permitió que James llevara las riendas, y le mostró la velocidad correcta y la importancia de evitar los tocones que bordeaban el camino abierto y resultaban peligrosos tanto para los caballos como para el conductor. Explicó, también, cómo se había mantenido suave la pendiente para evitar el riesgo de que una carga golpeara los corvejones del caballo.

Cuando se descargaron los leños en el claro, Karl lavó los caballos y explicó que nunca había que darles agua helada con el cuerpo caliente. Usó, en cambio, agua que había sido extraída esa mañana. Los alimentó con heno y grano y los lavó otra vez; por último, permitió que los caballos descansaran. Ellos tres entraron en la casa para el almuerzo.

Después de la comida, James llevó la yunta, sin carga, hacia el sendero de arrastre. Karl se sintió complacido al ver que el muchacho se había acordado de enganchar el garfio en los eslabones antes de salir. Karl y Anna lo siguieron; él, empapado de sudor y cargando el hacha y el fusil; ella, con su nariz rosada, llevando la hachuela y una canasta donde recoger pequeños trozos de madera.

– Eres un buen maestro, Karl -dijo Anna, observando cómo sus botas aplastaban el pasto con cada paso, incapaz de mirarlo a los ojos.

– El muchacho es rápido y voluntarioso -replicó Karl, con modestia, mirando hacia adelante.

– Nunca lo vi tan feliz. -Anna lo miró furtivamente.

– ¿No? -Los ojos azules miraron la cara de Anna, que se movía a su lado, las dos sombras juntas bajo el sol de mediodía.

– No -dijo Anna, pensativa-. Nunca estuvo cerca de un hombre antes.

– ¿Y su padre?

Miró a Anna de soslayo pero la muchacha desvió la mirada hacia James y los caballos.

– James nunca conoció a su padre.

– ¿Y tú?

Lo miró por un instante antes de admitir:

– Yo tampoco. -Luego, se agachó, sin perder el paso, recogió una varita y empezó a desgastar la punta con la uña.

– Lo siento, Anna. Los hijos deberían conocer a sus padres. Yo mismo no hubiera podido venir aquí y empezar este tipo de vida sin las sabias enseñanzas de mi propio padre.

– Y ahora se lo enseñas todo a James -dijo Anna, otra vez pensativa.

– Sí, soy afortunado.

– ¿Afortunado? -inquirió la joven.

– ¿Qué hombre no se sentiría afortunado cuando puede mantener vivo todo lo que le han enseñado, transmitiéndoselo a otro alumno ansioso por aprender?

– ¿De modo que estoy perdonada, Karl, por haberlo traído sin avisarte antes?

– Te he perdonado mil veces, Anna -dijo Karl. Se preguntó si realmente alguna vez se había sentido incomodado por el jovencito.

– ¿De verdad disfrutas al enseñarle?

– Sí, mucho.

– James aprendió mucho esta mañana, y yo también.

– Fue una mañana memorable. Especialmente por lo que pude enseñarles. -Miró los delgados hombros del muchacho, que conducía los animales delante de ellos; luego, percibió el magnífico bosque que los rodeaba; finalmente miró a Anna de lleno en la cara y terminó diciendo-: La mañana en que comenzamos a construir nuestra cabaña de troncos.

Había en su semblante una expresión serena, la expresión de un hombre que sabe dónde ha estado, dónde está y adonde va.

Para Anna, que nunca había sido privilegiada con tal conocimiento, esa expresión hablaba a las claras de la paz interior obtenida por el simple hecho de conocerse a sí mismo.

“No, yo no sé quién era mi padre. No sé de dónde vengo, no sé dónde terminaré una vez que Karl conozca mi secreto. Pero ahora todo es bueno. Sí, extremadamente bueno”, pensó, y siguió caminando al lado de su esposo para continuar con el trabajo en ese día pleno de sol, mientras las astillas nuevamente volaban por el aire, perfumándolo, y el sonido del hacha volvía a ellos desde las paredes tapizadas de verde de ese bosque que los rodeaba.

Capítulo 7

El trío se unió en la rutina de hachar, podar, arrastrar, enganchar y conducir a medida que el día transcurría. El sol les daba de pleno sobre los hombros. Karl se quitó la camisa y trabajó con el torso desnudo.

Anna no podía evitar que los ojos se le escaparan, de tanto en tanto, hacia la cabeza dorada, el torso tostado, las caderas delgadas, los brazos curvados. Sus movimientos bien podían ser los de un bailarín. El torso de Karl, semejante a los alerces, se iba afinando desde los hombros hasta la cadera. Se le marcaban los músculos de los brazos, que se endurecían con el movimiento, y le resaltaban los nervios del cuello. Las venas de los brazos quedaban claramente definidas cada vez que mantenía el hacha suspendida sobre la cabeza en su punto más alto. Desde atrás, Anna observaba cómo los músculos de sus hombros se elevaban con cada golpe de la hoja, se relajaban cuando Karl se aflojaba y luego volvían a encogerse.

Cada tanto, Karl se agachaba para quitar del mango del hacha algún trozo de tronco o alguna rama, haciendo contrapeso con el pie de atrás. Entonces la mirada de Anna se sentía atraída hacia el lugar donde la sombra de la columna desaparecía dentro de los pantalones de Karl.

A veces, sin previo aviso, Karl se volvía y la encontraba observándolo; Anna bajaba entonces la mirada, con presteza, percibiendo el vello dorado del pecho que bajaba en línea descendente por el abdomen.

– ¿Estás cansada, Anna? -preguntaba Karl-. ¿Tienes calor, Anna? Toma algo.

La joven apartaba los ojos y miraba hacia el sendero de troncos.

Pronto otro árbol caía con estruendo y los dos disfrutaban de la excitación que esto les producía. En ese momento, sus ojos se encontraban apenas y luego se ponían a trabajar uno al lado del otro; él, con su hacha, y ella, con su hachuela; quitaban las ramas mientras James seguía arrastrando la carga con la yunta.

En un momento dado, Karl levantó los ojos de su tarea y le dijo:

– Te van a arder las mejillas. Aquí tienes mi sombrero.

Le encasquetó el manchado sombrero de paja, que seguía conservando su perfume.

– Tuve una vez un sombrero de paja -dijo Anna, concentrada en su trabajo-. Una de las mujeres en… alguien que conocí me lo dio, pero ya estaba desahuciado cuando la dueña decidió desprenderse de él. -Arrancó otra rama y agregó-: Tenía una cinta rosa alrededor de la copa.

– Sombreros con cintas rosas no abundan aquí, en Minnesota.

– No importa, me da igual -dijo, y comenzó a arrastrar una carga de ramas hacia el montón de matas.

Karl notó dos círculos oscuros debajo de los brazos de Anna y dijo:

– Hay un lugar profundo en mi arroyo, donde todos podremos refrescarnos al atardecer.

– ¿Qué profundidad tiene? -preguntó, sin saber bien qué había querido decir él con “refrescarnos”. ¿Qué ropa usarían?

– El agua te cubre la cabeza.

– No sé nadar.

– Te enseñaré.

– ¿El agua es fría?

– No tanto como el agua del manantial.

– ¡Ah, mejor que así sea!

– ¿Probarás, entonces?

Por fin dejó de tirar de las ramas y lo miró.

– Veremos.

– ¿De verdad no te gusta bañarte?

Incómoda ahora, arremetió una vez más contra una rama.

– Es que nunca tuvimos que hacerlo antes. Quiero decir que nadie nunca nos obligó. No había nadie que nos dijera qué debíamos hacer.

– ¿Y tu madre? -preguntó Karl, asombrado.

Anna dio un tirón tan violento que tuvo que afirmarse sobre los pies para recuperar el equilibrio.

– Nada podría preocuparla menos -dijo, con tono inexpresivo.

Cuando Anna y James hicieron su último viaje hasta la pendiente, las sombras ya se habían alargado y sus pasos se habían acortado. Iban tambaleándose detrás de Karl, que marchaba a pasos largos, seguros y vigorosos.

Observando a la mustia pareja de ayudantes, Karl se rió.

– Vayan a la casa, ustedes dos, pero no incendien nada. Regresaré tan pronto como termine con los caballos. -Bien sabía lo cansados que estaban después del día que tuvieron.

A Karl le tocó hacer el fuego y preparar la comida. Le enseñó a James la forma correcta de encender el fuego, y a Anna, cómo preparar un guiso. ¡Por Dios! Los dos lo miraban con desgano, casi dormidos en sus sillas. Cuando la carne de ciervo, los nabos y las cebollas ya estaban hirviendo en el hogar, Karl no pudo menos que volver a reírse de sus agotados compañeros.

– Si no hago algo para despertarlos, tendré que comerme el guiso yo solo. Y ya tuve demasiadas comidas solitarias. ¡Vengan! -Le dio a cada uno un ligero toque con el codo-. Creo que ya es hora de ir a nadar.

Los dos seguían sentados, agotados, mientras Karl recogía ropa limpia y algunas franelas para secarse.

– Vamos, traigan su ropa y síganme.

– ¡Karl, eres una mula despiadada! -se quejó Anna, en un arrebato de intimidad.

– Sí, lo admito -asintió con una sonrisa-. Y tú, Anna, eres una mula cansada.

Avergonzada, tuvo que seguirlo y le ordenó a James hacer lo mismo.

El grupo bordeó la orilla del riachuelo, un estrecho sendero usado por los indios y los animales en el pasado. El susurrante arroyo burbujeaba entre guijarros en algunos sitios y fluía más suavemente en otros. En casi toda su extensión, se lo podía cruzar de un solo salto. Karl los condujo a un lugar donde, con la ayuda de los castores, se había formado una serena laguna por encima de un dique. Los helechos y los culantrillos les rozaban las rodillas, mientras, por debajo de las frondas, asomaban los espolines.

Lo último que Anna hubiera deseado en el mundo era meterse en esa agua helada.

– ¿Haces esto todos los días? -le preguntó a Karl. Su esposo ya se estaba quitando la camisa.

– Todos los días durante el verano. En el invierno, uso mi baño propio, donde no descanso hasta quedar limpio, como en Suecia.

– ¿Tienes obsesión por la limpieza?

La miró fijo, con la camisa en la mano, mientras ella seguía sin hacer ningún movimiento para desvestirse.

– La gente se baña para mantenerse limpia.

– Claro -dijo Anna sin convicción.

– ¿Por qué no…? -De pronto, se sintió tímido. -¿Por qué no pones tus cosas en la espesura de los sauces mientras James y yo nos metemos en el agua?

Sin decir nada, Anna se encaminó hacia el refugio.

– Vamos, James -oyó después de dos chapoteos-. Nos esconderemos detrás del dique de los castores mientras tu hermana se mete en el agua.

Anna se quedó en ropa interior y salió furtivamente del escondite. Los hombres no estaban y habían dejado sus ropas apiladas. Anna titubeó. Un solo dedo en el agua le confirmó lo que sospechaba: ¡el agua estaba congelada! “Hay que mantenerse limpia”, se dijo a sí misma, haciendo muecas mientras se zambullía.

Cuando gritó, se oyeron risas; luego, James la llamó:

– Ven, Anna. No está tan mal cuando te acostumbras y te mueves un poco.

Anna se sentó y volvió a gritar:

– James Reardon y Karl Lindstrom, ¡son un par de mentirosos y los odio!

Como respuesta, se oyó una risa sonora acompañada por el piar de algunos pájaros que, posados en las ramas, observaban cómo estos tontos humanos se quitaban el plumaje antes de bañarse.

– ¡Ya estoy adentro, pueden salir! -gritó.

Cuando Karl y James aparecieron y fueron hacia ella, no tuvo otra alternativa más que sumergirse hasta el cuello. No quería que ninguno de los dos notara los pezones rugosos a través de la tela delgada que la cubría.

– ¡James, eres un traidor! -bromeó Anna-. Nunca te gustó bañarte más que a mí.

– Es diferente cuando te metes bien adentro. -La cabeza de James desapareció, de repente, con una sonrisa en los labios- ¡Te desafío a sumergirte, Anna!

– ¿Ah, sí? -Con coraje, se zambulló pero enseguida se asomó, temblorosa y barboteando. Con los ojos todavía cerrados, regañó a Karl, en un tono juguetón-: ¡Odio tu arroyo, Karl Lindstrom! ¿No lo puedes calentar para mí?

– Voy a bajar para hacer el pedido. -Sacudió los pies y se arrojó de cabeza dejando ver por un milésimo de segundo una pequeña porción de piel blanca. Apareció enseguida y exclamó-: ¡Lo siento, Anna! Los castores no están de acuerdo. Más caliente no puede estar.

Se acercó a la joven, nadando a grandes brazadas sin ningún esfuerzo.

– Ven, te llevaré hasta el borde del dique y luego volveremos a la costa a nado. No tengas miedo.

La tomó de las manos bajo el agua y le hizo despegar los pies del fondo, lentamente. Anna se deslizó, tragando agua. Karl sonrió al ver cómo las gotitas se le habían adherido a las pestañas y al pelo.

– No me lleves muy lejos -rogó.

– No te preocupes. ¿Piensas que voy a arriesgar tu vida ahora que estás aquí?

– Tal vez -barboteó-. ¿Qué vas a hacer con una mujer que no sabe cocinar un guiso?

– Puedo hacer varias cosas -dijo Karl en voz muy baja para que James no pudiera oírlo. Su boca y la de Anna estaban medio sumergidas debajo del agua. Se movieron, livianos, sostenidos de la mano, mirándose a los ojos, con las pestañas pegadas por el agua, el pelo barrido hacia atrás y la piel brillante por los ocasionales hilos de agua que la surcaban.

– ¿Y qué pasa con una mujer que no sabe amasar el pan?

– Se le puede enseñar -farfulló, con el agua cubriéndole los labios.

– ¿Ni hacer jabón?

– Se le puede enseñar -repitió.

– ¿A hacerlo o a usarlo?

– Las dos cosas. -Abrió la boca, se la llenó de agua y se la arrojó entre los ojos.

– ¡Sueco tirano! -gritó. Lo siguió, pero Karl se hundió rápidamente, cerca de James.

– Sé buena y volveré a enseñarte a nadar -dijo Karl, provocativo.

– ¿Por qué? Si no me gusta tu miserable laguna, de todos modos.

Pero una expresión seria asomó al rostro de Karl. Luego señaló justo detrás de ella y le preguntó a James-: ¿Eso no es una tortuga?

La pobre Anna casi se rompe la nuca forcejeando en el agua. Sus manos arañaban el agua con desesperación mientras luchaba por salir. En su camino hacia la orilla, los calzones le colgaban y revelaban sus nalgas blancas. Entonces se volvió y les gritó, furiosa, con las manos en las caderas:

– ¡Karl Lindstrom, no creas que voy a meterme en el agua otra vez! ¡No fue nada divertido!

Pero Karl y James daban palmadas en la superficie del agua con un placer casi ofensivo, dejándose caer para atrás, como tontos, mientras Anna se perdía en la espesura. Mortificada y temblorosa, se sentó, luego, en la orilla, y se envolvió con sus propios brazos mientras los dos hombres subían a la superficie y volvían a sumergirse para explorar el perímetro que circundaba el dique de los castores. Empacada, se quedó, allí, hasta que Karl nadó hacia ella.

– Vamos, Anna. No te haré más bromas.

Anna cruzó las manos sobre el pecho. Sus pezones parecían, ahora, puntas de lanza.

– ¿Tengo que ir a buscarte? -amenazó Karl, y dio otro paso adelante. La mirada de Anna bajó hasta el nivel donde el agua bordeaba las caderas de Karl y revelaba las depresiones, justo debajo de los huesos de la cadera.

– ¡No, ya voy!

Anna saltó, se zambulló y se atrevió a ir más lejos que antes. Karl le enseñó a volverse sobre la espalda y agitar las manos a los costados, como un pez que usa sus aletas. Pero acostada de ese modo, mientras el brazo de Karl la sostenía por la espalda, sus pechos parecían dos islas cubiertas sólo por un velo de algodón, tenue como una nube, que disimulaba los círculos más oscuros. Con un movimiento rápido, se puso boca abajo otra vez.

Anna y Karl se desplazaron hasta el borde del dique y nadaron hacia la costa varias veces. En una ocasión, al volver hacia la orilla, ella pasó por encima de las olas y entró en pánico cuando sintió que sus pies estaban en el vacío. Karl la sujetó por detrás con una rápida flexión de su brazo de acero, y otra vez los pies tocaron la arena. Pero la mano de Karl se demoró sobre Anna hasta mucho después de haber pasado el peligro; le acarició las costillas, tocó la base de sus pechos y la atrajo hacia su propia desnudez debajo del agua.

Luego, James se aproximó y Karl la soltó. Los tres fueron hacia la costa.

Cuando Karl anunció que el guiso ya debía de estar listo, Anna se sorprendió al descubrir que se había olvidado de su cansancio mientras retozaban. Cada uno fue, en forma separada, a secarse y a vestirse y luego recorrieron juntos el sendero hasta la casa. No iban solos pues los acompañaban el canto de los pájaros y el croar de las ranas que venían a orquestar esa hora del crepúsculo.

Un olor agradable los saludó desde la puerta. Karl disfrutó de la comida, en especial, al observar cómo Anna y James devoraban el guiso, en cantidad suficiente como para dos osos. Antes de que los platos se vaciaran por última vez, James comenzó a cabecear y pronto su hermana lo imitó. Karl los llevó rápidamente a la cama.

Ya era noche plena cuando Karl encendió su pipa y se dirigió al establo. Belle y Bill, resoplando lentamente, cambiaron de posición, satisfechos, y lo saludaron desde el establo. Sabían quién había entrado; reconocían al visitante como parte integral de ellos mismos. La mano suave acarició las anchas cabezas entre los ojos. Finalmente, cuando al ir extinguiéndose, el tabaco de la pipa se hizo penetrante, Karl dijo, con voz profunda:

– Es animosa, mi Anna. ¿Qué te parece, Bill? No es tan fácil de domar como tu Belle, ¿eh?

En la oscura casa de adobe, Karl dejó a un lado la pipa y se desvistió. Se acomodó sobre las envolventes chalas. Con un gesto automático, extendió el brazo para rodear a Anna, que dormía. La atrajo hacia sí, sintiendo al mismo tiempo satisfacción y necesidad. Pensó en los pechos de Anna y recordó cómo los había visto en el agua. Estaban ahora tan cerca, arriba de su brazo… Todo lo que tenía que hacer era correr el brazo lentamente, deslizar la mano hacia arriba y ya estaría tocando su pecho, al fin. ¡Cuánto deseaba acariciarla, saber cómo era ese primer contacto!

Pero Anna dormía, totalmente exhausta, mientras Karl sufría, atormentado por su sentido de justicia. Cuando se uniera a Anna por primera vez, quería que fuera algo compartido. La quería despierta, consciente, receptiva y sensible.

Podía esperar. Había esperado todo este tiempo para aliviar su soledad. Lo que habían compartido hoy, los tres, sería suficiente por ahora. Eso y el contacto de su cuerpo dormido, curvado sobre su propio estómago, y la textura de su pelo, donde él apoyó la cabeza, por encima de la espalda.

Capítulo 8

Anna se encontró, al despertar, con una miríada de sonidos: el confuso canto de los pájaros, que era más bien un parloteo sin melodía, los golpes del hacha, voces masculinas, una repentina carcajada. La cama estaba vacía a su lado. También el jergón en el piso. La puerta de la cabaña estaba abierta, dándole la bienvenida al largo rayo de sol, que se derramaba sobre el piso como un chorro de oro. Apretó los puños, se desperezó y se retorció, saboreando la esencia de todo: sonidos, sol, comodidad.

Al levantarse, se encontró con un improvisado cuarto de vestir: un rincón separado del resto de la habitación por una manta que colgaba de una cuerda.

Cuando Karl entró, pudo verla de atrás. La miró apreciativamente, mientras Anna metía la cabeza detrás de la cortina para investigar su rincón privado.

– Buen día, Anna.

Anna se volvió hacia él y lo encontró sonriéndole, con la luz del sol a sus espaldas y abrazando una carga de leña contra el pecho. En la otra mano llevaba su hacha, como siempre.

– Buen día, Karl. -Estaba de pie, los dedos de los pies curvados contra el piso de tierra, el camisón arrugado, el pelo totalmente indomable.

A Karl no podía haberle agradado más su apariencia.

De repente, Anna se dio cuenta de que los dos estaban sonriendo estúpidamente: él, con más de diez kilos de leña en un brazo; ella, con una manta atravesada delante de sus ojos. Miró la cuerda de la que colgaba, agitó la tela para ver su caída y preguntó:

– ¿Remodelaste tu casa para mí?

Karl rió y contestó:

– Creo que sí.

Luego se dirigió hasta la chimenea con la carga.

– Gracias -le dijo Anna a su poderosa espalda mientras se inclinaba, haciendo sonar la madera.

Karl se volvió y echó una rápida mirada a los pechos y luego al rostro de Anna.

– Debí haber pensado en eso ayer, con el chico aquí y todo.

Anna, perturbada, pues había seguido la dirección de los ojos de Karl, preguntó enseguida:

– ¿Le estabas enseñando a usar el hacha?

– Sí, con algo más pequeño que un alerce de pie.

– ¿Cómo lo hizo?

James entró en ese momento y contestó la pregunta.

– ¡Mira, Anna! Partí casi toda la madera que trajo Karl.

– ¿Casi toda? -repitió Karl con una inclinación de la cabeza.

– Bueno… por lo menos la mitad.

Los tres se rieron al unísono; después James preguntó:

– ¿Qué balde debo usar para la leche?

– Cualquiera de los que están en el manantial -contestó Karl señalando el lugar.

Antes de salir corriendo, excitado y ansioso, James murmuró:

– Tenías razón, Karl. Nanna volvió sola a casa para que la ordeñaran, y vino directo hacia mí y me olfateó la mano como si supiera que yo me ocuparía de esa tarea de ahora en adelante.

Anna comprendió cuánto significaban para un muchacho de trece años, ese lugar, esas responsabilidades, ese hombre; también se dio cuenta de lo bueno que sería para su hermano crecer y hacerse hombre, llevando una vida como ésa.

– ¡James es tan feliz, Karl! -exclamó, sin encontrar otra forma de expresarlo.

– Yo también -respondió Karl, volviéndose para mirarla por sobre su hombro; luego se agachó para reanudar la tarea de hacer el fuego.

Cuando la joven desapareció tras la cortina, Karl se sintió intrigado al ver los pies descalzos que asomaban por debajo, y se olvidó de lo que estaba haciendo. Observó cómo el camisón caía amontonado alrededor de los tobillos, cómo la manta se abultaba aquí y allá. Los pies de Anna giraron hacia el baúl, que había quedado detrás de la manta. Luego pareció hacer equilibrio sobre un solo pie.

– ¡Ay!

La exclamación llegó desde la chimenea.

– ¿Karl?

– ¿Qué pasa?

– Nada.

– ¿Entonces, por qué gritaste “ay”?

– Creo que habrá un poco de piel ardiendo con el fuego, eso es todo.

Anna dejó las manos quietas. “¿Karl hizo algún mal movimiento con el hacha?”, se preguntó, pensativa. “¿Karl?” Luego, al mirar sus pies descalzos y el espacio entre la cortina y el piso, esbozó una amplia sonrisa.

Cuando el fuego ya estaba ardiendo, Karl preguntó:

– ¿Sabes hacer panqueques?

– No.

– Lo sabrás después de hoy. Pensé que podría abandonar las tareas de la cocina una vez que tú llegaras y que me dedicaría a ser nada más que un leñador. Pero tendré que enseñarte a hacer panqueques primero.

Anna hizo una mueca. Ella prefería las tareas del bosque antes que las de la cocina, pero se abrochó el último botón y salió a enfrentarse con su destino doméstico.

– Entonces, enséñame cómo hacer un panqueque -ordenó en un afectado tono de autoridad.

– ¡Annuuuh! -exclamó cuando la vio, exagerando la pronunciación de su nombre-. ¿Qué es eso que te has puesto?

– Pantalones. -Los tocó con las manos.

– ¿Pantalones? Sí, ya veo que son pantalones pero… eres mujer.

– Karl, ayer mis faldas se mojaron hasta las rodillas antes de llegar a los alerces. Y se enroscaban en las ramas y me hacían trastabillar y están manchadas de resina por haberlas arrastrado entre el matorral. Y… y me hacías el trabajo más difícil, así que decidí probarme unos pantalones de James. ¡Mira! -Dio una vuelta- ¡Me quedan bien!

– Sí, ya veo, pero no sé qué pensar. En Suecia no encontrarías a ninguna dama usando pantalones, ni siquiera escondida en la alacena.

– ¡Tonterías! -replicó enseguida pero con tono apacible-. En Suecia, seguro que hay tantos hombres para construir las casas que no necesitan de las mujeres para que los ayuden, ¿no?

– Sí, es cierto -admitió con desgano-. Pero, Anna, no sé, con esos pantalones…

– Bueno, yo sí sé. Sé que no quiero tropezar con esas faldas empapadas. Además, ¿quién me va a ver, salvo tú y James?

A Karl no se lo ocurría ningún argumento lógico. Había considerado sus vestidos inapropiados. Pero, ¿pantalones? No pudo evitar decirle:

– Supongo que en Boston no había nadie que te impidiera ir por ahí en pantalones cuando se te antojara, ¿no es cierto?

Anna lo miró de soslayo y, luego, apartó los ojos. Encontró la cama todavía sin hacer y se puso a estirar las sábanas.

– Hacía casi todo lo que quería allí.

– Estoy seguro de ello. ¿Y no te gustaba aprender a preparar masa de panqueques?

– Aquí estoy -dijo Anna, y estiró los brazos, las palmas hacia arriba-, lista para aprender. Pero no puedo prometerte que me guste.

Karl explicó que tenía que adaptar la receta de su madre para hacer panqueques suizos, delgados y livianos, porque se las tenía que arreglar sin huevos.

Se veía a tal punto ridículo, ese Karl suyo tan enorme, de pie al lado de la mesa batiendo la masa de los panqueques, que Anna no pudo evitar hacerle bromas. Durante toda la lección se negó a estar seria, mientras Karl le daba las instrucciones, usando medidas curiosas.

– Dos palmas llenas de harina.

– ¿Las palmas de quién? ¿Las tuyas o las mías? -lo provocó.

– Dos pizcas de sal.

– Tendría que pedirte prestados tus palmas y tus dedos cuando me toque a mí, porque son de distinto tamaño de los míos.

– Bastante bicarbonato de soda, levadura, como para llenar la mitad de una cascara de avellana.

– ¿Y si yo nunca vi una avellana? -preguntó con picardía.

Le arrancó la promesa de mostrarle una, pronto, y la orden de enderezarse y prestar atención, aunque el mismo Karl tenía que hacer lo imposible por mantenerse serio.

– Un trozo de tocino del tamaño de dos nueces, más o menos.

– Por fin, nueces, algo que conozco. Es la primera medida útil que me has dado.

– Sin huevos -dijo, desalentado-. No hay gallinas, no hay huevos.

– ¿Sin huevos? -Anna fingió lamentarlo- ¿Qué voy a hacer? Estoy segura de que mis panqueques serán tan duros como piedras, sin huevos.

Karl hacía denodados esfuerzos para contenerse y no besar esa carita traviesa. Prometió que pronto saldrían a buscar huevos de guaco. Luego venía la leche de cabra.

– Lo suficiente como para darle consistencia.

Anna observó de cerca la mezcla, metiendo la cabeza en su camino para que él no pudiera ver, y le avisó cuando le pareció que la mezcla estaba “a punto”.

Los panqueques resultaron ser una comida de lujo, en especial cubiertos por la miel, que, según Karl explicó, había sido preparada ahí mismo en primavera, con la resina extraída de sus propios arces. Pronto le enseñaría cómo hacerla.

Anna se perdió el arreo de los caballos esa mañana porque tuvo que quedarse a limpiar los platos y raspar la leche de cabra del fondo del balde de madera, con ese jabón amarillo desagradable que le quemaba la piel. Cada vez se le hacía más evidente a Anna por qué un hombre necesitaba ayuda aquí, en este desierto. ¿Quién, en su sano juicio, no desearía que alguien se ocupara de las desagradables tareas de la casa?

Pero, una vez fuera de la cabaña, recuperó el ánimo. Afuera, era donde más disfrutaba: cuando el viento agitaba sus cabellos; cuando los caballos estornudaban y movían la cabeza con impaciencia; cuando veía a James satisfecho porque había ayudado con el arnés, otra vez, y se había acordado de todo con claridad; cuando Karl tomaba su hacha y los cinco partían al encuentro de los alerces nuevamente.

Ahuyentaron una bandada de guacos esa mañana, y Karl abatió uno de esos pájaros escurridizos y veloces de un solo tiro, riéndose cuando descubrió a Anna en cuclillas y tapándose los oídos con los codos, aterrorizada.

– Es sólo un guaco -dijo-, mi muchachito valiente en pantalones.

– ¿Sólo un guaco? Sonó como un huracán.

– La próxima vez que lo oigas sabrás que son sólo alas y no necesitarás esconderte como un ratón.

La facilidad con la que Karl derribó al pájaro convenció a Anna de que era un tirador consumado, junto con todo lo demás. Le sacó las vísceras de inmediato. Al mediodía terminó de prepararlo, mientras James observaba y aprendía, y Anna sentía náuseas.

Karl estaba radiante de orgullo cuando les mostró dónde guardaba el arroz de la India. Este cereal también se obtenía en el lugar, de un lodazal en su propia tierra, en el sector nordeste. Puso el arroz a remojar en agua hirviendo, prometiéndoles una sabrosa cena. Enseguida les enseñó cómo rellenar el guaco con el oloroso arroz, cómo envolverlo todo en hojas de plátano húmedas y meterlo en las brasas junto con las batatas envueltas de la misma manera. Les enseñó también a endulzar las batatas con miel de arce; la comida estaría realmente sabrosa cuando volvieran del baño.

Anna se sintió menos cansada esa noche y también algo más dispuesta a hundirse en esa agua fría. Mientras Karl y James, con el agua hasta el pecho, arrojaban piedras rosadas en la bajada y se concentraban para ver dónde caían y poder recuperarlas luego, Anna inhaló profundamente, se deslizó por debajo del agua por detrás de Karl y le mordió un tobillo. Karl aulló. Anna lo oyó claramente debajo del agua y afloró a la superficie, gritando y arrojando agua por la boca. Karl había formado un remolino de arena al saltar y patear ante el supuesto ataque.

– ¡Oh, Karl! ¡Qué raro eres! -dijo Anna, jadeante-. Te asustas de un pececito que no produce ni la mitad de la conmoción que un montón de guacos.

Pero una sola mirada de Karl bastó para que supiera que la guerra de juegos se había desatado. Él se agachó, entrecerró los ojos, amenazante, y comenzó a deslizarse con la cara a ras del agua como un cocodrilo; sólo se le veían los ojos mientras avanzaba silenciosamente. La muchacha retrocedía, protegiéndose con las manos.

– ¡Karl… no… Karl… sólo bromeaba! -Anna se sacudía y pataleaba con desesperación, riendo y aullando, tratando de librarse de Karl.

James vociferaba:

– ¡Agárrala! ¡Ya la tienes, Karl!

– ¡James, mierda, soy tu hermana! ¡Se supone que debes estar de mi lado! -gritó Anna, manoteando en el agua con torpeza. Miró por sobre el hombro y vio que no había logrado alejarse.

– ¡Agárrala, Karl! Me dijo “mierda”.

– Ya la oí. ¿No crees que una mujer con semejante boca debe ser castigada?

– ¡Sí! ¡Sí! -gritó el hermano desleal, con entusiasmo y disfrutando cada minuto.

– ¡Traidor! -exclamó Anna con fastidio mientras Karl avanzaba, con un brillo salvaje en la mirada. De repente, desapareció; Anna giró una vuelta entera pero sólo encontró pequeñas ondulaciones que surcaban la superficie.

– ¿Dónde se fue? ¿Karl? ¿Dónde estás…?

Emergiendo como una ballena, Karl arremetió contra Anna, atrapándola con el hombro por detrás de las rodillas y levantándola por el aire mientras el bosque retumbaba con su alarido. Fue lanzada de cabeza y aterrizó con un ignominioso ruido sordo. Salió a la superficie con el pelo arremolinado, lo que provocó una escandalosa carcajada de los hombres, en profunda camaradería.

– Me parece que he creado un nuevo monstruo marino.

Karl señaló a Anna, que venía al ataque con los dedos retorcidos y gruñendo; su rostro lucía hermoso a través de esa maraña de pelo que le chorreaba. Karl simuló no poder defenderse cuando la joven lo atrapó con ambas manos por detrás de la cintura y lo hizo trastabillar. La cosa se puso peor para Anna pues cayó para atrás y Karl quedó sentado sobre ella. Debajo del agua, sus brazos se resbalaron por el cuerpo mojado de Karl y entraron en contacto con otras partes de su cuerpo, además del estómago.

Con gran rapidez, él giró en el agua y la apretó contra su pecho; juntos surgieron repentinamente a la superficie, como un geiser, riéndose uno en la cara del otro.

– ¡Oh, Anna, pequeño monstruo mío! -exclamó-. ¿Qué hacía yo antes de que vinieras?

Todos se fueron a la cama a la misma hora esa noche, la habitación impregnada por el humo del tabaco y la camaradería. Cuando las chalas acallaron su sonido, se oyó la lánguida voz de James:

– Buenas noches, Karl. Buenas noches, Anna.

– Buenas noches -los dos le desearon juntos.

Luego Karl buscó la mano de Anna y, con su pulgar, le dibujó círculos en la palma. Por último, la atrajo más cerca, haciéndola rodar hacia su lado mientras él hacía lo mismo.

– ¿Estás cansada? -murmuró muy cerca de sus labios.

– No -respondió en un susurro, pensando: “¡No, no, no! No estoy para nada cansada”.

– Ayer me desilusioné cuando te fuiste a dormir tan pronto.

– Yo también -murmuró, estremecida por sus simples palabras y el contacto de su áspero pulgar, que la rozaba suavemente. Los latidos de su corazón se aceleraron cuando sintió su palma arder allí donde Karl la había acariciado. Yacían quietos, los ojos muy abiertos, las narices casi tocándose, las dos respiraciones juntas.

James suspiró y el dedo de Karl dejó de moverse. El aliento entibiaba la cara de Anna. Con un ligero movimiento, Karl hizo que sus narices se tocaran. En silencio, dejó que el tacto hablara por él mientras que la sensación de una necesidad más intensa recorría su cuerpo. El apretón en la mano de Anna se hizo casi doloroso. Los labios de él se acercaron con un fugaz movimiento.

“Haz eso otra vez, Karl, más fuerte”, pensó, mientras el corazón le latía salvajemente. Permanecieron inmóviles, como dos niños, rodilla con rodilla, nariz con nariz, labios con labios, aliento con aliento, envueltos en ese creciente sentimiento de bienestar producido por la simple cercanía.

– Hoy todo fue tan bueno, Anna, teniéndote a ti y al niño aquí. Siento… siento tantas cosas -murmuró.

– ¿Qué clase de cosas?

– Cosas acerca de nosotros tres -susurró con voz ronca, deseando poder expresarle mejor lo que sentía-. Trabajar juntos con los leños es bueno; comer juntos, nadar. Me siento… me siento totalmente pleno.

– ¿Es… eso lo que te hace sentir así? ¿Trabajar juntos y todo lo demás? -Empujó el pulgar de Karl para acariciar su palma con el de ella. Por un breve instante, Anna dejó de sentir su tibio aliento sobre la cara y, luego, lo oyó tragar saliva.

– ¿Tú también te sientes así?

– Creo que sí. No lo sé… Karl. Sólo sé que aquí es diferente que en Boston. Es mejor. Nunca tuvimos que trabajar antes. Trabajar aquí, ayudarte… no sé. No parece realmente un trabajo.

Quería agregar cosas que no sabía cómo decir, cosas acerca de su sonrisa, sus bromas, su paciencia, su amor por este lugar, que de alguna manera había empezado a infiltrarse en ella, hasta de la serena paz en el cansancio la noche anterior, un cansancio gratificante como nunca antes había conocido. Pero todas ésas eran cosas que Anna sólo intuía, sin poder ponerlas en palabras todavía.

– Tanto tiempo soñé con tu presencia aquí para ayudarme con la cabaña. Así es como pensé que sería. Salir juntos por la mañana, trabajar todo el día, descansar juntos por la noche. Siento… lo bueno que es volver a reír, reír juntos.

– Me haces reír tan fácilmente, Karl.

– Eso es bueno. Me gusta verte reír. A ti y al muchacho.

– ¿Karl?

– ¿Mm…?

– Nunca tuvimos motivos para reírnos. Aquí, sin embargo, es diferente.

Le complacía haber podido proporcionarle esa satisfacción, algo que Karl no se había propuesto. Sintió que las palabras de Anna no eran solamente una expresión de alegría; intuyó que eran una invitación al afecto. Sin decir nada, se movió y aprisionó parte de su labio superior entre los suyos, como diciendo: “acércate más”.

Anna cedió y sus bocas se encontraron suavemente, apenas abiertas, titubeantes, esperanzadas; sin embargo, el gesto lento, el dejar, voluntariamente, que la otra boca se moviera primero, denotaban una actitud infantil. Hubo sólo ese casto beso la primera noche. Pero ese beso se había gestado con el sol naciente, había sido prenunciado por los “buenos días” de esa mañana, cuando Karl sostenía su carga de madera y Anna sujetaba la cortina de su rincón privado. La certidumbre de ese beso fue creciendo a través del día, se había nutrido con las bromas, el buen humor y la creciente familiaridad entre ellos.

Lentamente, Karl enderezó las rodillas para acercarse más. Esta vez aprisionó totalmente los labios de Anna, sin exigir respuesta al principio pero, poco a poco, su lengua húmeda y tibia comenzó a subir por el borde de los labios de la muchacha como si quisiera saborear algún resto de azúcar allí depositado. Sintió entonces, debajo de su propia lengua, la boca de Anna abrirse por primera vez. Alentado ahora, le tomó la nuca y la atrajo hacia el beso, jugando con la lengua para arrancarla de la pasividad. Lo que Karl esperaba era algún indicio, algún movimiento, alguna señal de aliento. Su exploración obtuvo respuesta en Anna y también ella enderezó las piernas.

Cautelosamente, Anna apoyó su mano sobre la mejilla de Karl. Nunca lo había acariciado antes. El roce de la mano sobre su piel le produjo a Karl una excitación difícil de controlar. Anna sintió la tensión de los músculos de la mejilla cuando Karl abrió la boca aún más. Su lengua entró en la boca de Anna con más fuerza todavía, mientras ella percibía el movimiento a través de su palma y de la mejilla de él.

La joven nunca había experimentado el beso como algo placentero. Ahora se había despertado en ella el conocimiento de que las cosas podían ser diferentes de como ella las había pensado. Y no había nada sórdido ni desagradable en ello. No sentía el impulso de apartar a ese hombre, su piel no lo rechazaba, las lágrimas no le herían los ojos. Prevalecía la sensación de que ese hombre la estaba honrando y, en consecuencia, dignificaba el acto que se proponían realizar. Adivinaba en Karl el asombro creciente que experimentaba en llevarla paso a paso hacia la concreción final. Anna sintió que ella también crecía y se expandía como los pétalos de una flor hasta que la belleza del capullo se revela.

Relajando los músculos lentamente, Karl se apoyó sobre el pecho de Anna y descansó allí, para ver cuál sería su respuesta.

Pero Anna sólo puso la mano sobre la desnuda piel de su hombro y exploró al tacto el contorno de los músculos. Recordaba muy bien esa parte de su cuerpo, después de haberlo visto trabajando al sol esos dos últimos días.

Karl hundió la cara en la almohada que había rellenado con anea para Anna, deleitado por esa mano exploratoria que se deslizaba por su espalda. Pero necesitaba más; arqueó, entonces, el cuerpo y liberó la otra mano de la muchacha, que tenía aprisionada bajo su peso. Viendo que Anna no pareció entender lo que necesitaba, tomó él mismo la mano y la llevó hasta su hombro. Se recostó, luego, sobre el cuerpo de Anna con la cabeza otra vez escondida en la almohada.

Anna trajo a su mente el vivido recuerdo de la expresión en el semblante de Karl cuando le contó que hacía entrar a Nanna en la casa para que le hiciera compañía en el invierno. También recordó el modo en que la mano de Karl jugueteaba con la oreja de la cabra. Nunca se había imaginado que los hombres necesitaran esas simples caricias.

Los años de soledad se disipaban con cada caricia de la mano en su piel. Sus corazones unidos en el fuerte abrazo, hablaban de esa necesidad de afecto que ambos habían cobijado durante tanto tiempo. En el interior de Anna, que había sentido también la falta de afecto durante largos años, una voz desesperada le advertía que podría llegar a perder todo ese calor una vez que Karl llevara el acto a su clímax. Pero era algo hermoso poder sentirse identificado con otro ser humano, y no pudo evitar que sus manos siguieran, por un rato más, acariciando la espalda de Karl.

– ¡Oh, Anna! ¿Qué me estás haciendo? -dijo con voz ronca, incorporándose de repente y sujetándola por los brazos con sus dos manos-. ¿Sabes lo que me estás haciendo? -susurró con tal vehemencia, que Anna se preguntó si no había ido demasiado lejos. Pero, con el movimiento de Karl, el colchón crujió y oyeron a James darse vuelta en la cama. La cabeza de Karl dio un respingo de alerta.

Esperaron un momento y luego Anna murmuró:

– Creo que ya lo sé, Karl, pero… -Había recibido de James el respiro que necesitaba. Ella misma estaba confundida, deseando y temiendo, al mismo tiempo, ir más allá-. Karl, desearía… -Nunca había temido tanto herir los sentimientos de alguien. Era algo nuevo para Anna, esta preocupación por Karl. Sabía que tenía que obrar con mucho cuidado-. Sólo pasaron tres días. Siento que cada día hemos podido conocernos un poco más y mejor pero creo que necesitamos más tiempo.

Se había producido aquello que más temía: la había presionado demasiado. Ahora ya sabía que los dos se gustaban. No obstante, trató de mirar todo desde el punto de vista de Anna. Tal vez tuviera miedo de ser lastimada. No podía culparla por ello.

– No debí haberte presionado tanto -admitió-. Sólo pensé en tocarte pero me resulta difícil controlarme.

– Karl, no seas tan duro contigo mismo. Me gustó y está bien que me hayas tocado y besado. Te voy conociendo mejor a medida que puedo responder a tus caricias, como cualquier mujer a su esposo. Por favor, compréndeme…

No sabía realmente cómo decir lo que quería. Lo deseaba, sí; sin embargo, necesitaba posponer el momento de la consumación porque temía que después Karl la encontrara despreciable y eso significaría el fin de este interludio de adaptación que tanto estaba disfrutando.

También deseaba ser cortejada durante un tiempo más. No tenía nada que ver con el hecho de que fuera o no virgen. Anna era mujer y como tal había soñado con un novio de uniforme con charreteras. ¿Cómo explicarle a Karl que no era el uniforme lo que importaba, que ella necesitaba disfrutar un poco más de ese período previo? Anna deseaba que la cortejaran estando ya casada. Aun a ella le sonaba absurdo. Tenía que tratar de explicarle.

– ¿Sabes lo que quiero?

– No, Anna, ¿qué? -Karl pensó que le daría cualquier cosa con tal de que no lo postergara por tiempo indeterminado.

– Quiero más días como el de hoy… antes. Quiero reír y hacer bromas y que nos miremos y… ¡oh, no sé! Las cosas que hubiéramos hecho, si el encuentro hubiera sido en Suecia y me hubieras regalado esas cintas. Supongo que todas las chicas esperan eso, como lo hablamos la otra noche. ¿Me entiendes, Karl?

– Comprendo, pero, ¿por cuánto tiempo?

La voz de Karl había perdido intensidad y Anna pensó que, tal vez, ya lo había convencido.

– Oh, muy poco, Karl. Lo suficiente para que seas mi cortejante en lugar de mi esposo. Lo necesario para conocernos mejor y poder disfrutar de este preludio.

– De modo que lo que quieres es risas y… -A Karl no se le ocurría la palabra exacta.

– ¿Flirteo? -terminó diciendo Anna.

– Flirteo, una verdadera palabra norteamericana.

– Sí, tal vez sea bueno para los dos.

– Eres una chica rara, Anna. Me escribes cartas aceptando ser mi novia por correspondencia, sin conocerme, y ahora me pides que flirtee contigo. ¿Qué voy a hacer con esta muchacha rubia como el whisky?

– Debes hacer lo que te pida -dijo Anna con coquetería, algo nuevo en ella.

– Será como tú digas, Anna. Pero antes déjame que te bese como antes, sólo una vez.

Capítulo 9

Anna obtuvo lo que deseaba pero de una manera muy sutil, durante los días que siguieron. Karl actuaba de la manera más espontánea, haciéndola sonrojar, apartarse o espiar para ver si James estaba mirando. Karl sacaba su enorme pañuelo colorado del bolsillo de la cadera para secarse el cuello y el torso al sol, sin mirar una sola vez a Anna pero sabiendo muy bien que ella observaba el movimiento de sus músculos.

Anna se agachaba para recoger un montón de ramas y señalarle a Karl los bolsillos traseros de los pantalones de James, de la manera más inocente. Él se quitaba el sombrero de paja (Anna se había hecho un sombrero para ella al darse cuenta de que Karl necesitaba el suyo), se secaba la frente con el brazo, miraba con dificultad a causa del sol y decía:

– Hace calor, hoy. -¿Sin malicia? Anna no lo creía.

Recogiéndose el pelo detrás de la nuca, Anna asentía:

– Ya lo creo.

En la laguna sus juegos se habían vuelto más comprometidos; con la excusa de que Karl le estaba enseñando a Anna a zambullirse y a nadar, sus cuerpos se rozaban con más asiduidad.

Esos días de sol y alegría entre los alerces presagiaban otros muchos que vendrían. Pero un día los despertó la lluvia y los alerces fueron olvidados momentáneamente. Karl observó la llovizna gris después del desayuno, encendió su pipa, pensativo, y se dirigió al granero para buscar una horquilla y conseguir gusanos. Enseguida partió con James llevando las cañas de pescar.

Anna estaba sola en la casa del manantial lavando vegetales, furiosa porque no la habían llevado. Refunfuñando, sacaba las arvejas del balde y las arrojaba a la cacerola. “¡Arvejas!”, protestó, en silencio. “Tengo que quedarme aquí, limpiando los vegetales mientras que esos dos salen a pescar róbalos”.

Repentinamente la luz exterior se ensombreció. Anna levantó la mirada y pegó un grito. Había un grupo de indios en la puerta del manantial, con las caras oscuras e impenetrables y Anna dio un salto y desparramó las arvejas por todas partes. Tenían el pelo aceitoso y lo llevaban recogido en colas trenzadas; los cubría una piel de ante desflecada.

El que estaba más cerca de la puerta sonrió mostrando los dientes al verla tan asustada. Todos parecían estar esperando que ella saliera. ¿Qué otra cosa podía hacer? Venciendo sus temores, salió en medio de la bruma.

– Pelo de Zorro -gruñó Sonrisa Dientes Grandes.

Anna permaneció en la llovizna sin saber qué hacer mientras los indios miraban fijamente su pelo. ¿Tenía que actuar como si fuera la cosa más natural del mundo mantener ahí una conversación con un indio, o encaminarse rápidamente a la cabaña adonde seguro la seguirían?

– Anna -los corrigió-, Anna Lindstrom. -Ella misma se sorprendió con el nombre.

Sonrisa Dientes Grandes le echó una curiosa mirada a uno de sus amigos que tenía la cara de un viejo búfalo y el cuerpo de un joven ciervo.

– Pelo de Zorro -repitió Sonrisa Dientes Grandes, con un movimiento de cabeza.

Cara de Búfalo sonrió. Tenía dientes magníficos para una cara tan fea.

– Pelo de Zorro casar con Pelo Blanco, juntos hacer bebé rayado como cachorro de zorrino.

Todos se rieron muy divertidos al escucharlo.

– ¿Qué quieren? -dijo Anna, enojada-. ¡Si todo lo que vinieron a hacer aquí es burlarse de mi pelo, pueden irse! Si quieren ver a mi marido, no está aquí. Tendrán que venir en otro momento. -Temblaba en sus pantalones pero sería una imbécil si les permitiera meterse aquí en su propio terreno y ponerla en ridículo.

– Tonka Squaw! -dijo uno de ellos. Anna hubiera jurado que el tono era de aprobación aunque no podría decir bien por qué.

– ¿Qué quieren? -preguntó otra vez, en un tono nada amable.

– Tonka Squaw? -le preguntó un indio a Cara de Búfalo-. ¿Cómo saber ella ser mujer?

Parecía que los divertían los pantalones de la muchacha, y señalaban y hablaban en su jerga incomprensible observando la prenda. El enojo de Anna fue en aumento cuando vio que seguían hablando como si ella no estuviera allí.

– ¡Hablen en inglés! -les espetó-. ¡Maldición! ¡Si van a entrar es mejor que hablen en inglés! ¡Sé que pueden, porque Karl me lo dijo!

– Tonka Squaw! -dijo otro, con una amplia sonrisa.

– ¡Escupe fuego! -dijo otro.

Luego se volvieron a reír de sus pantalones.

– Bueno, si no fueran tan groseros, los invitaría a esperar a Karl adentro pero, ¡maldito sea!, si los voy a dejar entrar cuando todo lo que hacen es burlarse de mí.

Se volvió rápidamente y se dirigió a la cabaña; todos la siguieron en silencio. En la puerta, los desafió:

– ¡El que entre aquí mejor que se olvide de mis pantalones y se guarde los comentarios hirientes para sí mismo!

Todos entraron, siguiendo a Anna bien de cerca. Sin decir nada, se agacharon y se sentaron con las piernas cruzadas delante del fuego. Anna se preguntó qué debía hacer para entretenerlos.

Decidió que el mejor curso de acción era la acción misma.

Simuló estar muy atareada preparando la cena, y así, quizá se cansarían de observarla y se irían. Ya había tenido problemas, en otra oportunidad, cuando hizo una especie de torta con ingredientes picados, que cocinó en el trébede en lugar de hacerlo en el horno. Se exprimió el cerebro, tratando de recordar la receta que Karl le había enseñado, y pensó que lo arruinaría todo. Pero no le importaba. Cualquier cosa con tal de mostrarse ocupada y distraer al grupo. Pero los indios seguían hablando entre ellos, soltando cada tanto una carcajada, como si lo que Anna estaba haciendo fuera la cosa más divertida del mundo.

Preparó una mezcla con zapallitos y vinagre dentro de una olla de barro que depositó sobre la mesa mientras fue a buscar una cuchara limpia. Al darse vuelta, vio que uno de los indios, con la nariz como la de un castor, estaba metiendo la mano en la olla. Sin pensarlo, le dio un golpe en los nudillos con el cucharón de madera.

– ¡Deje eso! -le espetó-. ¿Qué modales son ésos? ¿Cómo se atreve a meterse en mi casa y poner su mano grande y sucia en mi comida y comer a mis espaldas? ¡Siéntese y no se meta en mi camino y, tal vez, sólo tal vez, le dé algo de mi torta cuando esté hecha! ¡Mientras tanto ponga las manos donde corresponde!

Los compañeros de Nariz de Castor se rieron con ganas. Mientras él se apretaba los nudillos, los demás se apretaban las costillas desternillándose de risa y repitiendo una y otra vez:

– Tonka Squaw. Tonka Squaw.

– ¡Quietos! Ustedes no son mejores que él -les advirtió, blandiendo la cuchara-. Vinieron sin ser invitados.

Se ocupó de la mezcla de su torta, turbada por la presencia de los cinco indios sentados que la observaban. Hasta ahora, parecían respetar su coraje. Mientras diera resultado, seguiría manteniéndolo. De cualquier modo, no contaba con ninguna otra defensa contra su temor.

Supo, antes de terminar la mezcla, que había vuelto a arruinarla. Pero fue poniéndola a freír en la sartén como si fuera un manjar epicúreo. Los indios la observaban y murmuraban entre ellos, intrigados por este método de cocción complicado. Las tortitas salieron más chatas que la nariz de Nariz de Castor, pero ya era demasiado tarde. Siguió friendo hasta que se acabó la masa. Así como estaban, las puso en la fuente de madera más grande que tenía, y dijo:

– Ahora, si tienen paciencia, les haré un poco de té.

Puso la fuente en la mesa, vigilando a los indios para que no se abalanzaran sobre la comida antes de que ella se lo ordenara. Ellos miraban las tortas con ojos hambrientos pero ninguno se aventuró a tocarlas, al recordar la furia con la que la muchacha había descargado la cuchara de madera sobre los nudillos de Nariz de Castor.

En tanto machacaba y luego cubría con agua los pétalos de rosa, recordó que prevenían el escorbuto, según le había dicho Karl; Anna se preguntó por qué diablos tendría ella que salvar a esos indios groseros de la enfermedad. Cuando la infusión ya estaba lista, surgió el problema de dónde encontrar suficientes tazas para servirles el té a los cinco juntos, pero ya se las arreglaría.

Fue hasta la puerta, se detuvo y, volviéndose hacia los hombres sentados, los amonestó con el dedo:

– ¡No se atrevan a tocar las tortas hasta que yo vuelva!

Luego corrió hasta el manantial para traer un cacillo y un par de jarritos vacíos.

Al volver, oyó sus murmullos guturales y se puso a servir el té en el cacillo, los dos jarros y las tres tazas, haciendo de ello toda una ceremonia. Se moriría antes de beber de ese cazo. Se lo pasó a Cara de Búfalo, el que se había burlado de sus pantalones. ¡Dejaría que él bebiera del cazo! Ella era una dama y usaría la taza, con pantalones o sin ellos.

Éste era pues el espectáculo que esperaba a Karl y a James a su regreso del arroyo; chorreaban agua, pero traían una sorprendente pesca de bocudos róbalos. Anna reinaba, suprema, la única en el grupo sentada en una silla. A sus pies estaban los cinco indios, con el pelo aceitoso y cubiertos con una piel de ante, tomando té de rosas -¡nada menos!- y comiendo las tortas más horribles que Karl jamás hubiera visto; comiéndolas y haciendo gestos de aprobación como si fueran alimento de ángeles.

Anna miró a Karl, y él percibió que la joven estaba asustada y que aflojó los hombros con alivio al verlo. ¿Cuánto haría que los indios estaban allí?

– ¡Pelo Blanco! ¡Ah! -lo saludó uno de ellos.

– ¡Hola, Dos Cuernos! -contestó Karl-. Veo que han conocido a mi esposa.

Dos Cuernos era el mejor amigo de Karl; era a él a quien Anna había insultado haciéndole tomar el té del cacillo. Pero a él no parecía importarle.

– Tonka Squaw! -repitió Dos Cuernos.

– Tonka Squaw! -dijeron a coro, si a eso se le podía llamar coro.

– Así es -asintió Karl con una mueca, levantando una ceja y también la temperatura de Anna.

– Tonka Squaw vestir como Pelo Blanco. ¿Cómo saber si ella ser squaw?

Karl se rió.

– Lo sé por lo que hay adentro.

“De modo”, pensó Anna, “que Tonka Squaw significa mujer que usa pantalones. ¡Espera a que te encuentre solo, Karl Lindstrom!”

Todos se rieron del comentario de Karl, aunque la mirada sombría de Anna le indicó que se había apresurado a hacer bromas con respecto a sus pantalones delante de sus amigos.

– Tengo pescado. Se quedarán todos para la cena -dijo Karl.

“Lo único que faltaba”, pensó Anna. “Estuve entreteniendo a sus groseros amigos toda la tarde, ¡y no se le ocurre mejor idea que obligarme a aguantarlos durante toda la cena también!”

– Anna puede tirar al fuego unas pocas papas más -agregó Karl.

Eso es justo lo que Anna hizo. Había llegado al colmo del malhumor. Salió a buscar más papas, golpeando el piso con los pies. Anna sabía que a los indios les gustaban las papas y el pan blanco, tan diferente del que ellos hacían con el maíz. Regresó y arrojó las papas en las brasas sin preocuparse de envolverlas en hojas de plátano. ¡No estaba dispuesta a empaparse para ir a juntar hojas de plátano a fin de obsequiar a esa banda de indios insolentes!

Karl había empezado a limpiar el pescado sobre la mesa. Los indios expresaron su desaprobación, lo que avivó aún más el furor de Anna.

– ¿Por qué Tonka Squaw no limpiar el pescado? Pelo Blanco sentarse y fumar pipa con amigos.

– Anna no es muy buena para limpiar cosas -explicó Karl, con lo cual la enojó todavía más-. Nunca aprendió a limpiar el pescado, de todos modos. Ésta es la primera vez que traemos pescado desde que ella vino aquí.

– Mal comienzo para un matrimonio -fue el consenso general del grupo.

Anna dedujo que jamás verían a un indio que se respetara a sí mismo, limpiando pescado si tenía una esposa que lo hiciera por él. Empezó a sentir menos resentimiento hacia Karl por eximirla de esa aborrecible tarea. Fue al manantial a buscar agua y accedió a lavar cada filete después de que Karl lo raspaba con el cuchillo.

Los indios habían admitido a James en su círculo; lo apodaron Ojos de Gato porque tenía ojos verdes, algo nuevo para ellos. Cuando sacaron sus pipas, incluyeron a James en su invitación a fumar.

– ¡Oh, no, no lo hagan! -objetó Anna-. No le van a enseñar ninguno de esos malos hábitos a su edad. Es un chico todavía.

Vieron cómo el muchacho retiraba la mano de la pipa y, una vez más, expresaron su aprobación, diciendo: “Tonka Squaw. Pero cuando llegó la hora de freír el pescado, se divirtieron a expensas del gran sueco blanco cuya mujer no sabía hacer una cosa tan simple como ésa. No obstante comieron su porción y se deleitaron sobre todo con las papas. Las únicas papas que ellos comían eran las silvestres; no tan deliciosas como estas que el hombre blanco cultivaba.

Cuando terminó la comida, Anna se quedó lavando los platos, mientras los hombres se sentaron en círculo fumando sus pipas otra vez. Anna se preguntaba si los indios tardarían mucho en irse porque ya estaba harta de que la llamaran Tonka Squaw después de cada movimiento, harta de que escudriñaran sus pantalones y la criticaran porque no cumplía con los deberes que estos tiranos hacían cumplir a sus mujeres.

Pero se fueron, por fin, mucho después del anochecer, y Anna se preguntó cómo encontrarían su camino en la oscuridad. Karl los acompañó hasta la puerta y todos los saludaron levantando las palmas. Hicieron lo mismo con James pero a Anna ni siquiera le dirigieron la mirada, lo que le provocó un nuevo arrebato de ira, después de haber sido ella quien los había invitado en primer lugar.

Cuando Karl entró, se dio cuenta de que Anna estaba furiosa, así que la dejó sola. Él y James hablaron sobre los indios. Karl estaba seguro de que, tarde o temprano, vendrían a darle una mirada a su nueva squaw.

Anna se metió resueltamente en la cama enfrentando la pared, enojada con Karl porque la había llamado squaw. Ya estaba harta de ese apodo que habían usado los indios todo el tiempo.

Después de acomodar el fuego y de dejar la cabaña a oscuras, Karl se acostó a su lado. En lugar de aceptar su indirecta y dejarla sola, se inclinó sobre su hombro para susurrarle al oído:

– ¿Mi Tonka Squaw está enojada con su marido?

Hirviendo de indignación, Anna susurró:

– ¡No te atrevas a llamarme squaw otra vez! ¡Ya tuve bastante para un día! ¡Contigo y con esos indios tiranos amigos tuyos!

– Sí, tienes razón. Somos unos tiranos al llamarte Tonka Squaw. Tal vez no lo merezcas, después de todo.

Karl la dejó pensando. Anna giró la cabeza un poco hacia él, y le preguntó, por sobre el hombro:

– ¿Que no lo merezco?

– Sí. ¿Crees que lo mereces?

– Bueno, ¿cómo podría saberlo? ¿Qué significa?

– Significa “Gran Mujer” y es el mejor cumplido que un indio puede hacerte. Debes de haber hecho algo para que piensen que eres realmente fuerte.

– ¿Fuerte? -Por fin, todas las emociones reprimidas esa tarde y esa noche comenzaron a aflorar-. Karl, ¡estaba tan aterrorizada cuando los vi aparecer en la puerta de la casa del manantial, que desparramé las arvejas en veinte hectáreas a la redonda!

– ¿Por eso las arvejas están cubriendo el escalón de la entrada?

– Estaba aterrorizada -repitió, buscando su compasión.

– Te dije que eran mis amigos.

– Pero nunca los había visto antes. No sabía quiénes eran. El de la sonrisa llena de dientes se burló de mi pelo; luego, Dos Cuernos ridiculizó mis pantalones. Todo lo que pude hacer fue ponerlos en su lugar por ser tan groseros conmigo… y en mi propia casa, además.

– Ya me lo imaginaba. No estás habituada a sus costumbres. Los indios respetan la autoridad. Cuando los pones en su lugar, tú también te ubicas en el tuyo; es entonces cuando te admiran.

– ¿En serio? -preguntó, sorprendida.

– Por eso te llamaron Tonka Squaw, Gran Mujer, porque hiciste que se portaran bien, a pesar de que están acostumbrados a dominar a sus mujeres.

– ¿De verdad?

– De verdad.

Anna no pudo contener la risa.

– Oh, Karl, ¿sabes lo que hice? Le di un golpe tan fuerte a Nariz de Castor con la cuchara de madera que, antes de oscurecer, tenía los nudillos cubiertos de manchas negras y azules.

– ¿Hiciste eso? -preguntó, azorado ante esa mujer que tenía por esposa.

– Bueno, ¡metió la mano sucia dentro de la olla donde tenía la comida!

– ¿De modo que le diste un golpe con la cuchara de madera?

– Lo hice, Karl, lo hice -dijo Anna, riendo ahora-. Fue una cosa horrible lo que hice, ¿No? -Su risa fue creciendo al pensar en su propia temeridad.

– Parece que eres la clase de squaw que a estos indios les gustaría tener, ¡ten cuidado! Alguien que los mantenga a raya.

– ¡Oh, vamos! -exclamó Anna-. Olvídate de llamarme Tonka Squaw, ya mismo. Me gusta Anna, no importa qué clase de squaw sea.

– Tonka -reiteró Karl.

– Bueno, a ti te habrá parecido que yo me estaba divirtiendo, pero te repito que estaba totalmente aterrada. Además estaba furiosa con ellos porque se reían de mis pantalones y de mi pelo.

– ¿También se rieron de tu cabello? -preguntó Karl.

– Del tuyo y del mío, creo.

Demasiado tarde se dio cuenta de que había entrado en un tema que era mejor evitar.

– ¿Qué dijeron?

Karl estaba ansioso por escuchar el resto.

– Nada.

– ¿Nada?

– Nada, dije.

Pero en la oscuridad, Karl se inclinó y le dijo, cerca del lóbulo:

– Cuando dices que no es nada, yo sé que es algo. Pero tal vez sea algo que no quieres que tu esposo sepa.

Anna ahogó una risita cuando él le pellizcó el cachete.

– Algo por el estilo -admitió.

– ¿Qué tal si limpias el pescado la próxima vez que lo traiga a casa? -bromeó-. Apuesto a que te encantaría.

Karl sintió, a través de sus labios burlones, que las mejillas de Anna se redondeaban en una sonrisa.

– ¿Qué tal un golpe en tus nudillos con el cazo de madera? Después de todo, es a Tonka Squaw a quien estás amenazando.

– No estoy aterrorizado, como podrás darte cuenta -susurró contra sus mejillas-. Estoy temblando por otra cosa.

– ¿Por qué estás temblando, ahora, Pelo Blanco? -Anna le devolvió el susurro.

La mano de Karl se acercó, buscando.

– Estoy temblando de risa al pensar en esos indios tontos que creen que tengo una Gran Mujer. -La mano exploratoria encontró el pecho; casi cabía en una cuchara.

Anna le agarró la mano y se la llevó a su boca.

– Supongo que tengo que probar que esos indios tienen razón -dijo, y mordió la mano de Karl.

Cuando Karl gritó fuerte, James preguntó qué estaba pasando allí.

– Tonka Squaw está demostrando que es más tonka de lo que realmente es.

– Una de las razones que al principio me enfurecieron, acerca de tus amigos indios, fue que se pusieron muy cómodos sin pedir permiso -le informó Anna alegremente.

Karl la abrazó tan fuerte esta vez, que la dominó. Las chalas comenzaron a sonar con estruendo mientras los dos se abrazaban y rodaban, riendo y bromeando. Terminaron en un beso, con Karl diciéndole al oído:

– ¡Ah!, Anna. Eres algo grande.

– ¿Pero no tonka? -murmuró, sabiendo que el pecho que Karl aprisionaba distaba de ser grande.

– No importa -se oyó la voz en la oscuridad. Y Anna sonrió, feliz.

Por la mañana, cuando se levantaron, encontraron dos faisanes colgados en la puerta. Cómo los indios los habían cazado antes de la salida del Sol, resultó un misterio. Pero Karl explicó que los indios habían elegido este modo de agradecer a Anna por su hospitalidad. También era su tributo hacia ella, su aprobación por ser Tonka Squaw, su bienvenida y su predecible sentido del honor. Los indios nunca se llevaban nada sin dar algo a cambio.

Capítulo 10

Hacía dos semanas que Anna y Karl se habían casado. Encontraron que eran compatibles en innumerables aspectos e incompatibles en otros. Como todos los recién casados, iban revelando poco a poco partes de sí mismos. Quizá la coincidencia más alentadora fuera que ambos disfrutaban de la fresca y saludable costumbre de hacer bromas, lo que se mantuvo a diario.

El principal defecto que Karl encontró en Anna era que aborrecía las tareas domésticas. Si fuera por ella, estaría afuera desde la salida hasta la puesta del Sol, dejando que el trabajo de la casa se fuera al diablo. Cuando la dejaban sola porque tenía que ocuparse de la casa, se enfurruñaba y sacaba a relucir su afilada lengua irlandesa sólo para hacerle saber que a ella no le agradaba esta faceta del matrimonio.

Si había algo que Anna no podía tolerar en Karl, era su perfección. Por más tonto que sonara, aun a sus oídos, eso le recordaba que al lado de él, ella debía parecer casi una ignorante. Anna debía descubrir algo que Karl no supiera o no se imaginara cómo hacer, algo que no pudiera enseñarle cómo hacer, ya sea a James o a ella. Tenía todas las virtudes que un hombre podía tener: era cariñoso, paciente, amable… Oh, la lista seguía y seguía en su mente, hasta que, a veces, Anna se sentía totalmente inadecuada comparándose con él.

Pero Karl nunca se quejaba. Cuando Anna se enfurecía, su esposo la tranquilizaba con su acostumbrado buen humor. Cuando la muchacha se irritaba por su propia impericia, Karl, con paciencia, le explicaba que en una casa había mucho para aprender y que llevaría tiempo. Le quitaba horas preciosas al trabajo de la cabaña de troncos, para enseñarle las lecciones interminables que el padre Pierrot le había aconsejado dar, a pesar de que Anna sabía con qué fervor Karl deseaba dedicar todo su tiempo a la construcción de la nueva casa.

Pero, sobre todo a la hora de ir a la cama, Karl demostraba tener más paciencia de la que cualquier mujer recién casada tenía derecho a pedirle a su marido, y Anna lo sabía. El flirteo y la insinuación no podían seguir eternamente. Y esto se puso de manifiesto una noche después de haber tenido una sesión más despreocupada en la laguna, donde Anna había estado más juguetona que de costumbre. Una vez en la cama, Anna se sentía todavía expansiva y coqueta.

– ¿Sabes una cosa? -susurró.

– ¿Qué?

– Nunca te besé.

– Pero si nos besamos todas las noches.

– Tú me besaste todas las noches. Ahora ya es hora de que yo te bese.

Había estado pensando en esto, en cómo sería ser la instigadora. Pero sabía que debía tener cuidado. Cualquier acción de su parte despertaba cada vez una mayor respuesta en Karl, a medida que el tiempo pasaba.

Karl estaba completamente sorprendido, pues no sabía con qué nueva travesura se vendría ahora.

– Ven entonces, bésame y me portaré bien.

Se acostó con las manos cruzadas detrás de la nuca. Anna lo dejó anonadado, al arrodillarse a su lado. Aunque estaba oscuro, se la imaginó allí como una niña en camisón, arrodillada a su lado, con la nariz llena de pecas. Si pensaba en ella de esa manera, como en una niña, tal vez pudiera soportar el tormento de pasar otra noche más.

Por suerte, Anna le dio sólo un beso ligero. Pero apoyó las dos manos sobre el pecho de él. Después del beso, se quedaron quietos.

“Estoy jugando con fuego”, pensó Anna, “pero es tan divertido”. La piel de Karl estaba desnuda, tibia, cubierta por una fina maraña de vello. El latido del corazón era perceptible bajo las palmas de Anna, y por un momento, no supo qué hacer. ¿Quería que le hiciera el amor o no? Había momentos durante el día, al observarlo con el hacha o cuando acariciaba a los caballos o se salpicaba agua sobre la nuca, en que tenía que reprimir el deseo de acariciar esa piel tan hermosa.

En la oscuridad él era solamente una sombra, una voz pero una sombra tibia, una voz ronca. A esta altura, ya conocía el color de la piel velado por la oscuridad, el brillo del pelo descansando en la almohada tan cerca de ella. No necesitaba siquiera tocarlos para recordarlos, pero el recuerdo la tentaba y las manos se le iban y acariciaban las ondulaciones del torso mientras hablaba.

– ¿Karl?

– ¿Mmm?

“¿Cómo una sola sílaba puede sonar tan tensa?”, se preguntó Anna.

– ¿Qué pensaste la primera vez que me viste?

– Que eras muy joven y muy flaca.

Anna tironeó del vello, Karl saltó pero siguió con las manos detrás de la cabeza.

– ¿Quieres una esposa gorda y vieja? -bromeó.

– En Suecia las chicas son un poco más rollizas.

– Un poco más rollizas, ¿eh? -Sintió que él se encogía de hombros como pidiendo disculpas, y Anna prometió, fingiendo sinceridad-: Trataré de engordar para ti, Karl. Creo que no me llevará demasiado tiempo, a juzgar por cómo estoy comiendo. Pero me llevará mucho más tiempo envejecer.

Karl sonrió en la oscuridad.

– ¿Me casé con una chica que me tomará el pelo hasta la muerte?

Masajeó el pecho de Karl una vez más, como si estuviera amasando una pasta.

– Sí, soy una bromista joven y delgaducha. Te tomaré el pelo sin piedad.

Se sentó sobre los talones, sin sacarle las manos de las costillas porque podía descubrir más por lo que percibía debajo de las palmas que a la luz del día.

Karl se rió suavemente, complacido, como siempre, por su veta de humor. Otra vez se hizo el silencio y Karl tuvo que controlarse para no preguntar lo que siempre pensó que no tendría importancia. Últimamente, sin embargo, desde que Anna había empezado ese juego de mantenerlo en suspenso, la pregunta había crecido en significación, hasta que ahora no pudo contenerse:

– ¿Qué pensaste cuando me viste? -La voz sonó ligeramente ronca.

Recordó ese primer día. La cara que asomó dentro de la carreta, la enorme mano deslizando la gorra por la cabeza con un lento movimiento, la expresión de infantil asombro en sus hermosos rasgos cuando Karl paseó la mirada sobre ella la primera vez. Recordó que el corazón le latía con furia, como ahora.

– Que me mentiste -contestó con voz suave.

– ¡Yo!

– Sí, por no haber hecho mérito a tu apariencia en tus cartas.

Los dedos de Anna rozaron un pezón de Karl. Estaba más duro que un guijarro y, con un sobresalto, pensó: “¿Los de los hombres se ponen así de duros?”. Con rapidez, apartó los dedos y se preguntó si estaban duros porque Karl se había excitado o si estaban así todo el tiempo. Sus propios pechos estaban tan contraídos, que le dolían.

Una ola de vanidad inundó a Karl al escuchar las últimas palabras de Anna. ¡Ah, cómo le acariciaba el pecho…! “Entonces, me encuentra agradable”, pensó. Enseguida, sintiéndose culpable por el pensamiento, dijo con voz áspera:

– Es lo de adentro lo que importa.

– Es lo de adentro lo que importa pero hay otras cosas que importan también. -Esas cosas empezaban a adquirir cada vez mayor importancia a medida que las manos de Anna jugueteaban sobre Karl.

– ¿Qué otras cosas? -no pudo resistir preguntarle.

– Tamaño, forma, colores, rasgos, caras…

– Creo… que tienes razón -admitió Karl, al recordar el discurso del padre Pierrot sobre este tema la noche anterior al casamiento.

– Pensé tanto en cómo serías, mientras James y yo viajábamos hacia Minnesota. Cuando llegué y te vi por primera vez, estaba satisfecha. Me gustó lo que vi pero recuerdo haber estado… bueno, sorprendida de tu tamaño. Bueno… me asustó bastante.

La mano de Anna seguía deslizándose por el pecho de Karl, y le hacía poner la piel de gallina en ambos brazos.

– Eres un hombre grande, Karl -murmuró en la oscuridad.

– Como mi padre -replicó.

Luego Anna le midió el ancho del pecho con las manos extendidas.

– Siete manos de ancho -contó.

– Es por usar el hacha.

Donde la mano de Anna se detenía, el corazón de Karl latía peligrosamente. Sin embargo, él no se movió; entonces Anna subió las manos para rodearle uno de los bíceps.

– Y eres fuerte.

Con la voz áspera, Karl susurró:

– Despoblé mucho bosque.

– ¿Como tu padre? -Había bajado la voz.

– Sí, como mi padre. -Temblaba.

– ¿Y es éste el cuello de tu padre? -preguntó, rodeándolo con ambas manos pero sin poder unirlas. A Karl se le erizó la piel.

– Creo.

– No puedo encerrarlo con mis manos. Quise hacerlo para ver qué se sentía.

Karl pensó que si seguía más tiempo así, Anna aprendería a sentir algo más que su cuello. Pero, a continuación, le tocó el pelo.

– Tienes el pelo tan rubio… Nunca vi un pelo tan rubio.

– Soy sueco -le recordó sin ninguna necesidad.

– ¿Y todos los suecos piensan tan mal de sí mismos? -preguntó, pensando: “Ahora, Karl, por favor, ahora”.

Permaneció inmóvil, atontado por las sensaciones despertadas por sus caricias.

– Puedo hablar sólo por mí mismo -dijo con voz quebrada.

– ¿Y decir que tu cara no es para asustar a nadie?

– Sí.

Le tocó una sien, apoyó luego la mano sobre la larga mejilla y siguió la línea de la ceja con la punta de un dedo.

– ¿Qué es eso de decir semejante cosa de un rostro como éste? ¡Que tu cara no es para asustar a nadie!

Siguió un largo e intenso silencio y pareció como si un trueno, producido por la expansión de esos dos corazones, atravesara las paredes de la cabaña y repercutiera en la noche agitada.

– ¿Te asustó?

– No, Karl, seguro que no -susurró, y le tocó ligeramente los labios con la punta de los dedos.

Karl sentía el pecho tan tenso, que apenas podía respirar.

– Me parezco a mi madre.

– Tu madre es una mujer hermosa.

El pecho de Karl se expandió más que nunca.

Anna sabía con exactitud qué estaba haciendo, qué le estaba pasando a Karl. Y sabía también que era injusto. Pero había descubierto el eterno poder de la femineidad, y no podía resistir ejercerlo. “Soy despiadada”, pensó. “Sé lo que le está sucediendo a su cuerpo y sé que hoy no conducirá a nada. Sin embargo, no puedo resistir asediarlo, sabiendo que lo he doblegado a mi voluntad”.

Lo había forzado demasiado, su voluntad podía quebrarse en cualquier momento. Karl había estado todo esto tiempo acostado con ambas brazos doblados detrás de la cabeza, pero ahora llevó una mano al hombro de Anna, en la oscuridad, y lo comprimió con fuerza. La sujetó con ese apretón de hierro hasta que, suavemente, se puso encima de ella y la forzó a acostarse de espaldas con un beso que demostraba que, para él, el juego se había acabado.

“¡Oh, Dios!, Karl, pensé que esto duraría hasta la mañana”, se dijo Anna.

La boca de Karl era tibia, grande, y su beso, hambriento. La lengua tocó la suya y luego se movió en círculo sobre sus labios. Anna sintió bajo su lengua la delicada y suave piel de los labios internos de Karl y, desde muy adentro de su cuerpo, un estremecimiento hizo que sus partes bajas estuvieran a punto de estallar de deseo. Karl le pasó la lengua por los dientes, exploró la hendedura entre ellos y el labio superior. Movió la mano por la curva de su cintura, la deslizó hacia arriba como buscando satisfacer un vacío y llenó la palma con el pecho de la joven mientras con la otra mano la tomaba por atrás de la cabeza.

Descansando la cabeza contra el costado de la nariz de Anna, le rogó con voz ronca:

– Anna, no juegues conmigo de esta manera. He esperado demasiado.

“Díselo ahora”, se ordenó a sí misma. Pero era como tocar el cielo ser acariciada, por fin, de esa manera tan íntima y total. La mano que derribaba árboles, que les ponía el arnés a los caballos y sostenía el hacha como si fuera el juguete de un niño era, ahora, tierna en su insistencia; al masajearle los pechos, provocaba en Anna el deseo vivo de entregarse totalmente a las caricias de esa mano callosa.

– Oh, Anna, ¿eres niña o mujer? Eres tan tibia…

Con ternura, siguió acariciándole los pechos, embriagado por ese contacto tan deseado y sintiendo los pezones duros y erguidos.

– ¡Oh, Karl, me temo que soy las dos cosas! ¡Espera, Karl!

– Basta de esperas, Anna. No tengas miedo. -Su mano recorrió las costillas y acarició la cadera de la muchacha mientras le cubría la boca con la suya.

Anna se dio cuenta de que Karl no era el único engañado; se había engañado también a sí misma. Lo deseaba con tanto fervor que al estimularlo se había estimulado a sí misma y todo ese juego era ya una tortura imposible de seguir soportando. Anna apretó fuerte la mano de Karl.

– Karl, lo siento… ¡espera! No debí haber empezado esto esta noche. Tengo… el período.

La mano de Karl interrumpió las caricias, y él se apartó, tenso. Anna oyó el profundo suspiro que exhaló antes de dejarse caer con un audible quejido y golpearse la frente con el dorso de la muñeca. Ella creyó oír el rechinar de sus dientes.

– ¿Por qué no me lo dijiste, Anna? -preguntó, nervioso-. ¿Por qué justo esta noche? -Su disgusto era evidente.

Anna advirtió la furia apenas controlada cuando se apartó de ella y se recostó, una vez más, con los brazos debajo de la cabeza.

– Lo siento, Karl. No me di cuenta. Sólo un profundo silencio acogió su respuesta-. No te enojes. A mí… a mí tampoco me gusta esto. -En una actitud defensiva, se volvió hacia su lado de la cama, se acurrucó debajo de la manta y la sujetó con los brazos.

– Lo sabías y no obstante empezaste el juego.

– Dije que lo lamentaba, Karl.

– Hace ya dos semanas que sigo tu juego. Ya he tenido suficiente. Pienso que lo que hiciste no tiene nada de divertido.

– No te enojes.

– No estoy enojado.

– Sí, lo estás. No volveré a hacerlo otra vez.

Se quedó mirando la oscuridad por un largo rato; era obvio que estaba furioso con ella. Después preguntó:

– ¿Cuánto dura esto de las mujeres?

– Un par de días más -murmuró.

– ¿Un par? ¿Dos más, Anna? -preguntó deliberadamente. Estaba arrinconada, pero sólo pudo responder:

– Sí, dos más.

Se dio cuenta de que con esas palabras se comprometía a una fecha determinada. De aquí a dos noches, se decidiría su suerte. Todo dependía de lo que Karl pudiera o no descubrir acerca de su pasado, una vez que hicieran el amor.

– Muy bien -dijo Karl con determinación-, dos días más.

Anna no podía precisar muy bien cuáles eran sus temores. No pensaba en realidad: “Si Karl se da cuenta de la verdad, me enviará de vuelta”. Sabía que no lo haría. Sin embargo, la culpa y la incertidumbre la instaban a armarse en contra de su probable enojo. Su único resguardo era demostrar que era valiosa en ese lugar, que Karl pensara que era indispensable. Anna admitió que había mucho que demostrar en esos dos días.

Comenzó la mañana siguiente intentando hacer panqueques. Cuando Karl y James volvieron de las tareas matinales, encontraron a la intrépida Anna a punto de volcar una porción de la mezcla en la sartén.

– ¿Entonces puedo dedicarme a mi tarea de leñador por fin? -preguntó Karl con una sonrisa, mientras Anna se secaba nerviosamente las manos en el pantalón.

– Tal vez -dijo, dubitativa, y hubiera volcado la mezcla sin engrasar antes la sartén, de no ser por la advertencia de Karl.

A medida que iba cocinando los panqueques y dándolos vuelta, notaba que no se parecían en nada a los de Karl. Los suyos eran chatos y sin color. Pero, de todos modos, Anna le sirvió a Karl los primeros y se apresuró a preparar la segunda tanda para James.

Karl dio una ojeada a esos especímenes chatos y con bordes ondulantes. “Demasiada leche”, pensó, “y poco bicarbonato.” Pero comió esa porción y luego otra, sin hacer ninguna crítica.

Cuando Anna dio el primer mordisco, sus mandíbulas quedaron inmóviles. Karl y James se miraron por el rabillo del ojo, tratando de no reírse. Enseguida ella escupió el bocado en su plato, con asco.

– ¡Aj! -exclamó-. Esto es como una rodaja de pezuña de vaca.

Los otros dos por fin soltaron la carcajada, mientras Anna se acusaba a sí misma, disgustada.

– Pensé que los sorprendería pero soy demasiado tonta para poder recordar una simple receta. ¡Es horrible! ¡No sé cómo pudieron comer tantos!

– Estaban duros, ¿no, James? -preguntó Karl entre accesos de risa.

James sacó la lengua y giró los ojos hacia arriba.

– ¡No te atrevas a tomarme el pelo porque tuve un fracaso, Karl Lindstrom! ¡Por lo menos, lo intenté! ¡Y ya puedes guardar tu lengua, mocosito! -le gritó a James.

Karl silenció la risa pero su pecho siguió sacudiéndose.

– Tú fuiste la primera en decir que parecía una pezuña de vaca -le recordó James.

– ¡Yo puedo decirlo! -le espetó-. ¡Tú no! -Sacó bruscamente el plato de la mesa y les dio la espalda a los dos.

– Dile a tu hermana que no tire las sobras -dijo Karl en voz alta, detrás de Anna-. Podemos usarlas para herrar los caballos.

Pero cuando Anna giró hacia Karl, él ya se había dirigido a la puerta. El panqueque le pasó de largo cerca de la cabeza y fue a dar en el patio, donde Nanna se aproximó, lo olfateó con curiosidad y ¡créase o no! siguió su camino sin mostrar ningún interés. Anna se quedó en la puerta, con las manos en las caderas, diciéndole a gritos a la espalda de Karl, que se alejaba del claro:

– ¡Muy bien! Tú, el talentoso, ¿qué hice mal?

– Quizá te olvidaste del bicarbonato -le gritó, divertido, sin volverse siquiera.

Anna pateó con fuerza el panqueque que yacía en el suelo, sucio de tierra, y se volvió a la puerta mascullando:

– ¡Bicarbonato! ¡Una tonta que se olvida del bicarbonato!

Para completarla, Karl se volvió y agregó:

– ¡Y le pusiste demasiada leche!

Karl observó cómo el ágil trasero de Anna giraba y entraba en la casa otra vez. La noche anterior sospechó que Anna le había mentido para postergarlo un poco más. Pero ahora sabía que era verdad. Karl tenía varias hermanas y recordaba los inexplicables arrebatos de furia que las sacudían en forma cíclica.

Anna estaba tan enojada consigo misma, que tenía ganas de llorar. Después de todas las promesas que se había hecho para complacer a Karl, ¡miren lo que había logrado! Blandir el recipiente y arrojarle el panqueque, como si fuera culpa de él. ¡Esos panqueques estaban horribles!

La comida del mediodía salió aun peor porque tendría que haber sido más fácil. Todo lo que tenía que hacer era cortar el pan en rebanadas y freír bistecs de ciervo. Se ofreció a volver más temprano del bosque para preparar el fuego y empezar a cocinar la carne, de modo que estuviera lista para la hora del regreso de los hombres con la carga de madera.

Las rebanadas de pan le salieron en forma de cuña. Los bistecs de ciervo, que crudos se veían tan sabrosos, se habían quemado por fuera y chorreaban sangre fría por dentro. Nadie mencionó la mala calidad de la comida. Pero los bistecs apenas si se tocaron.

La ineptitud de Anna en la cocina sirvió para algo, después de todo. Estaba tan furiosa, que trabajaba todo el día como una máquina para quitarse de encima la frustración. Esa tarde, gracias a su excesiva energía, ella y James pudieron mantener el ritmo de trabajo de Karl, árbol por árbol. En los treinta minutos que le llevaba a Karl derribar un árbol, Anna limpiaba las ramas de otro alerce, y James deslizaba una carga pendiente abajo. Período del mes o no, Anna demostraría que servía para algo.

Al fin del día, el estómago de Anna comenzó a gruñir como un erizo encolerizado. Karl estaba muy cerca y, al oírla, no pudo evitar esbozar una sonrisa. Sin embargo, siguió trabajando, con el torso desnudo y muy divertido.

Anna no pudo aguantar más. Cuando el próximo árbol cayó con estruendo en medio del silencio, miró a Karl y, aunque era más temprano que lo acostumbrado, le preguntó:

– Karl, ¿podríamos volver temprano, hoy?

– ¿Por qué? -preguntó, ya con su hacha en la mano y dirigiéndose al próximo árbol.

– Porque estoy tan hambrienta, que no tengo la fuerza necesaria para cortar una rama más.

– Yo también -dijo James desde el otro extremo del alerce. Pero le echó una cauta mirada a su hermana, mientras lo admitía.

– Yo también -dijo Karl, tratando de no hacer ningún gesto.

De repente, la situación le resultó cómica a Anna. Todos allí trabajando, mientras ella gruñía, protestaba y se ponía hecha una furia. Sabía que debía ser la primera en reírse. Comenzó emitiendo una risita débil y afectada pero, antes de comprender bien qué pasaba, James soltó una risa ahogada y luego Karl se acopló. Enseguida Anna produjo con la nariz un ruido nada elegante y los tres estallaron en carcajadas.

La muchacha se dejó caer en medio del aserrín en un arrebato incontenible de alegría. Karl estaba con un pie sobre el tocón y una mano apoyada en el hacha, riendo con la cara vuelta al cielo azul; por su parte, James se acercó a Anna corriendo por entre las ramas del árbol derribado y se arrodilló, él también, en medio del aserrín. Las cornejas debían de haberlos oído, pues se sumaron con su canto cacofónico desde el bosque. Los tres rieron hasta que el estómago comenzó a sonarles cada vez más. Anna finalmente se incorporó, débil y agotada pero contenta. Karl la miró con aprobación; tenía el pelo salpicado de aserrín, dos círculos oscuros de transpiración debajo de los brazos, tizne de corteza en el mentón. Nunca había visto nada más hermoso.

– Creo que no me equivoqué la primera vez que te confundí con un cachorro de oso todavía húmedo detrás de las orejas, Anna. ¡Mira cómo estás! Mi esposa no debiera estar así, sentada en el suelo con sus pantalones y cubierta de aserrín por todas partes.

Pero por el modo de sonreírle, Anna se dio cuenta de que había sido perdonada por lo de la noche anterior. Haciéndole mohín, le preguntó:

– ¿Podemos irnos ahora mismo, Karl?

– ¿Ahora mismo?

– ¡Ahora, ahora mismo!

– Pero tenemos que podar y trozar este árbol primero, y…

– ¡Y para entonces tendrás que enterrarme! ¡Por favor, vayamos ahora, me estoy muriendo de hambre, Karl, muriendo!

– Muy bien. -Karl se rió. Sacó el hacha del tronco y la extendió hacia Anna-. Vayamos.

Anna miró a ese esposo suyo, y apreció el rostro bronceado y risueño, enmarcado por los rizos húmedos cerca de las sienes. Se preguntó cómo había logrado ser tan afortunada. El corazón le brincaba de alegría al contemplarlo, sosteniendo el hacha con firmeza y sonriéndole con esa mirada de ojos azules. Con una tímida sonrisa, se agarró del cotillo del hacha con las dos manos y Karl tiró para ayudarla a ponerse de pie, en medio de una lluvia de astillas. Anna prácticamente voló por el aire antes de aterrizar contra Karl, quien la tomó con el brazo libre y la atrajo hacia su cadera, sonriéndole a los ojos mientras ella lo miraba.

James los observó complacido y en tanto se alejaba, dijo-: Voy a traer a Belle y a Bill.

Karl dejó caer el brazo pero elevó los ojos hacia el pelo de Anna y alargó la mano.

– Estás hecha un desastre -le dijo, sonriendo, mientras le quitaba, con un golpecito, una ramita de pino.

Ella apoyó el dedo índice en la sien de Karl y siguió el hilo de una gota de transpiración que le caía hasta el borde del pelo.

– Tú también -le devolvió. Luego se puso el dedo en la punta de la lengua sin dejar de mirarlo con sus ojos castaños, antes de volverse con coquetería. Karl abrió los ojos de asombro ante ese gesto.

Los cinco comenzaron el descenso por la pendiente. Anna decía que la yunta nunca se había movido con tanta lentitud; si no se apuraban, se caería muerta sobre los troncos a mitad de camino. Pero Karl le recordó que no debían apurar a los caballos, por precaución. Anna caminaba a paso vivo, delante de Karl, balanceando apenas las caderas en forma provocativa.

– ¿Qué cocinaste para la cena? -le preguntó su esposo, detrás de ella.

Anna arrojó fuego por la mirada, y continuó su marcha mientras lo regañaba:

– No te hagas el gracioso, Karl.

– Creo que es otra persona la que se hace la graciosa aquí. Y si no tiene más cuidado con sus bromas, terminará por ocuparse hoy de la cocina.

Anna se volvió y dio unos saltitos hacia Karl, mientras rogaba con voz suplicante:

– Haría cualquier cosa por una comida decente preparada por otra persona, para variar.

– ¿Cualquier cosa? -preguntó, sugestivamente. Alargó sus pasos para alcanzar a Anna, quien, ignorando su insinuación, siguió marchando a paso vivo hacia la cena-. Ven aquí, Anna -le ordenó en un tono apacible.

– ¿Qué?

– Te dije que vinieras, tienes aserrín en los pantalones.

Anna se volvió para inspeccionarse el trasero como mejor podía mientras continuaba pendiente abajo. Pero Karl se le puso a la par y Anna sintió la mano rozar sus asentaderas, lo que le provocó ligeros escalofríos de anticipación a través del estómago y los pechos. Después de haberla tocado, Karl dejó la mano en la cintura de la muchacha y la atrajo suavemente hacia su cadera. Balanceando él su hacha sobre un hombro, caminaron juntos hacia el claro.

Esa noche se permitieron el lujo de disfrutar de unas sabrosas lonjas de jamón porque fue lo más rápido que a Karl se lo ocurrió. Lo bajó de una de las vigas de la casa del manantial, de donde colgaba como un murciélago. Le mostró a su mujer cómo hacer salsa con el jugo del jamón, leche y harina, con la que acompañaron unas papas hervidas que Anna se las arregló muy bien para pelar; este primer y pequeño éxito doméstico la llenó de orgullo.

Durante la preparación de la cena, Karl le advirtió:

– Se nos está por acabar el pan. Creo que mañana te enseñaré a amasar más.

Desconsolada, se lamentó:

– ¡Oh, no! Si no pude preparar panqueques, seguro que estropearé el pan.

– Tomará tiempo, pero lo aprenderás.

Levantó las manos en un gesto de impotencia.

– Pero hay tanto para recordar, Karl. Todo lo que me enseñas tiene diferentes ingredientes. No me lo puedo aprender todo.

– Date tiempo y podrás.

– Pero te hartarás de que arruine tus valiosos alimentos, cuando tienes que trabajar tanto para conseguirlos.

– Eres muy impaciente contigo misma, Anna. ¿Acaso yo me quejo? -le preguntó, y levantó hacia ella los ojos azules.

– No, Karl, pero sólo deseo poder aprender más rápido para que no tengas que hacerlo todo. Si me salieran las cosas bien desde el principio, me dejarías sola sin pensar que te quemaría la casa junto con la cena. ¡Ay! Todavía no limpié la sartén del desayuno.

– Con un poco de arena es más fácil -le aconsejó Karl.

La arena dio resultado y Anna exhibió con orgullo el recipiente remozado. Pero más tarde, cuando el jamón se veía y se olía tremendamente delicioso, Anna se detuvo en la puerta, sosteniendo contra el estómago el bol de papas peladas.

– ¿Karl?

Karl levantó la mirada y vio que ella jugueteaba distraídamente con un trozo de cascara enrulada, enroscándola alrededor del dedo índice.

– ¿Qué pasa, Anna?

Ella estudió la cascara con atención.

– Si supiera leer, me podrías anotar cosas para que yo pudiera cocinar como corresponde. Quiero decir… -Lo miró, expectante-. Quiero decir que entonces no importaría si la memoria me falla. -Y otra vez bajó los ojos hasta el bol.

– No pasa nada malo con tu memoria, Anna. Con el tiempo, todo te resultará más fácil.

– ¿Pero me enseñarías a leer, Karl? -Los ojos de la muchacha se volvieron hacia él. -Sólo lo necesario para saber los nombres de las cosas, como harina y tocino… y bicarbonato.

Una sonrisa tierna y comprensiva iluminó el rostro de Karl.

– Anna, no te voy a mandar a hacer las maletas porque te hayas olvidado del bicarbonato en los panqueques. Ya tendrías que saberlo, mi pequeña.

– Ya sé. Es sólo que haces todo tan bien y yo no puedo hacer nada sin que me vigiles paso a paso. Quiero hacer las cosas bien para ti.

Lo que más hubiera deseado hacer en ese momento era ir hacia la puerta, arrebatarle el bol con las papas, tomarla en sus brazos y besarla hasta que el jamón se quemara.

– ¿No sabes que para mí es suficiente con que desees hacerlo?

– ¿Sí? -Los grandes y aniñados ojos se abrieron de asombro.

– Claro que sí. -Se sintió gratificado por la sonrisa de Anna.

– ¿Pero me enseñarías a leer de todos modos, Karl?

– Tal vez en el invierno, cuando el tiempo rinde más.

– Para ese entonces, tal vez haya quemado toda tu valiosa harina -dijo con un aire travieso.

– Pero entonces tendremos una nueva cosecha. Se dirigió con el bol hacia la puerta, feliz ahora.

– Anna…

– ¿Qué?

– Guarda las cáscaras. Plantaremos las que tengan brotes y veremos si la temporada es bastante larga como para que nos brinde una segunda cosecha. La necesitaremos.

Se volvió para estudiarlo con atención.

– ¿Hay algo que no sepas, Karl?

– Sí -contestó-. No sé cómo me las arreglaré hasta mañana a la noche.

Esa noche le enseñó a preparar levadura con el agua de las papas y un puñado de frutos de lúpulo desecado. A esto le agregó un jarabe extraño que, según Karl, se extraía de la pulpa de las sandías, una abundante fuente de azúcar. El azúcar que Karl sacaba del arce tenía un sabor demasiado fuerte para el pan. Por eso hervía pulpa de sandía todos los veranos y la conservaba en tarros, cubierta con cera de abejas disuelta.

Dejaron los ingredientes de la levadura sobre el calor de la chimenea, y allí quedarían durante la noche. Los tres saborearon restos del néctar de sandía, un manjar que Anna y James no habían paladeado jamás.

– ¿Puedo servirme más, Karl? -preguntó James.

Karl vació la jarra en la taza del muchacho.

– Está delicioso -confirmó Anna.

– Tengo muchas otras cosas deliciosas para mostrarles. Minnesota tiene placeres interminables para ofrecernos.

– Tenías razón, Karl. Es realmente una tierra de abundancia.

– Pronto las frambuesas silvestres estarán maduras. ¡Eso sí que es un manjar!

– ¿Qué más? -preguntó James.

– Moras silvestres, también. ¿Sabes que cuando la mora está verde es de color rojo?

James quedó confundido por un momento, luego se rió.

– Es una adivinanza al revés: ¿qué es rojo cuando está verde?

– Pero cuando está madura, se vuelve negra como la pupila del ojo de una serpiente de cascabel -dijo Karl.

– ¿Hay serpientes de cascabel aquí? -preguntó Anna, asombrada.

– Hay unas pequeñas. Pero no he visto muchas. Tuve que matar sólo a dos desde que vine aquí. Pero como las serpientes se comen a los fastidiosos roedores en los sembrados, no me gusta matarlas. Pero la de cascabel es una peste, por eso debo hacerlo.

A Anna le dio un escalofrío. No habían ido a bañarse antes de la cena porque estaban muy apurados por comer. Karl sugirió un remojón ahora, pero la mención de las serpientes hizo que Anna se decidiera por la palangana. James también estuvo de acuerdo en que por esa noche saltearía el baño.

Cuando estuvieron arropados en la cama, Anna fue la primera en susurrar, como de costumbre:

– ¿Karl?

– ¿Mmmm?

– ¿Has vuelto a pensar en un fogón para la nueva casa?

– No, Anna. Estuve muy ocupado y se me fue de la mente.

– No de la mía.

– ¿Crees que un fogón te hará ser mejor cocinera? -preguntó, divertido.

– Bueno, podría ser -se atrevió a responder.

Pero Karl se rió.

– ¡Bueno, podría ser! -repitió-. Y también podría ser que no, y Karl Lindstrom habría gastado su buen dinero para nada.

Un pequeño puño le asestó un golpe en el tórax.

– Tal vez podamos hacer un convenio, tú y yo. Primero Anna aprende a cocinar decentemente, después Karl le compra un fogón.

– ¿De verdad, Karl?

Hasta en el susurro la voz de Anna sonó con entusiasmo.

– Karl no es ningún mentiroso. Por supuesto que es verdad.

– Oh, Karl…

Se sentía entusiasmada sólo al pensar en ello.

– Pero yo seré el que juzgue si cocinas bien.

Anna permaneció en la oscuridad con una sonrisa dibujada en los labios.

– Voy a hacer un buen pan mañana. ¡Ya verás!

– Yo soy el que va a hacer un buen pan, mañana. Tú observarás cómo lo hago.

– Está bien. Observaré. Pero esta vez me voy a acordar de todo, como James -prometió-. Irás a comprar ese fogón antes de que termine el mes, vas a ver.

Ya se imaginaba dueña de un fogón de hierro: sería maravilloso descubrir que la cocina no era algo tan odioso, y así todo resultaría bien.

– ¿Karl?

– ¿Mmm…?

– ¿Cómo horneas el pan sin un horno?

– En el horno de barro que está afuera. ¿Nunca lo viste?

– No. ¿Dónde está?

– Atrás, al lado de la pila de leños.

– ¿Es ese montón de barro seco?

– Sí.

– ¡Pero no tiene puerta!

– Voy a hacer una puerta sellando todo con arcilla húmeda después de meter adentro las piezas de pan.

– ¿Pretendes que me pegotee toda con la arcilla cada vez que haga el pan, durante el resto de mi vida?

– Lo que pretendo es que vengas aquí y cierres tu boquita. Dije que pensaría acerca del fogón y lo haré. Me estoy cansando de hablar de pan, arcilla y fogones.

Entonces encontró un lugar donde acurrucarse en los brazos de Karl e hizo lo que se le ordenaba: cerrar la boca. Cuando Karl intentó besarla, Anna no quiso abrir la boca. Él volvió a intentarlo de la manera más persuasiva, pero sólo se encontró con una boca que sonreía con los labios sellados.

– ¿Qué es esto? -preguntó Karl.

– Estoy haciendo lo que prometí hacer. Juré obedecer a mi esposo, ¿no? Por eso cuando me dicen que cierre la boca, la cierro.

– Bueno, tu esposo te ordena que la abras otra vez. Y Anna obedeció de buen gusto.

Capítulo 11

La elaboración del pan resultó ser un proceso más complicado de lo que Anna se imaginaba, sobre todo por el hecho de que debían hacer catorce piezas de una sola vez, lo suficiente para dos semanas.

Por la mañana, la preparación de lúpulo se había convertido en un montón de burbujas efervescentes que hubo que filtrar a través de un colador de crin; el líquido caía dentro de lo que Karl denominó “caja de la masa”, un leño de nogal negro ahuecado y con patas. Hubo que agregar agua, grasa y mucha, mucha harina. Anna se puso en actividad en ese momento, amasando codo a codo con Karl. Antes de mezclar toda la harina, los brazos le dolían como si hubiera estado trabajando con el hacha de Karl, en lugar de hacerlo con la masa del pan. La caja tenía una tapa cóncava hecha también de madera ahuecada; cuando la masa estuvo lista, fue guardada allí y dejada cerca del calor del hogar para que levara.

– Y ahora sabes cómo se amasa el pan -dijo Karl.

– ¿Siempre haces tanto?

– Es más fácil, a la larga, que tener que amasar más seguido. ¿Tienes los brazos cansados?

– No -mintió.

Se trataba de una pequeña mentira inocente, pues no quería que Karl la considerara demasiado débil para esa tarea.

– Bueno, vayamos a ver el alerce que dejamos recostado en la tierra ayer.

Ese día fue diferente de los otros. Entre Anna y Karl no hubo intercambio de bromas ligeras. Como por acuerdo, esquivaron las miradas, evitaron el contacto y hasta la palabra.

¡Porque ése era el día!

Subieron por el camino de arrastre detrás de Belle y Bill. Hoy Karl tomó las riendas en vez de entregárselas a James. Era reconfortante tener en las manos esas riendas, que le eran tan familiares; era bueno fijar la mirada en las grupas de los caballos, también familiares, cuando los ojos intentaban desviarse hacia Anna. Le resultaba fácil darles órdenes tiernas pero severas a los animales; sin embargo, no encontraba de qué hablar con Anna.

No obstante, estaba al tanto de cada uno de los movimientos de Anna. No tenía necesidad de mirar en su dirección para presentir cada gesto, cada ruido que hacía. El susurro de los pantalones al rozar el pasto de la mañana, la rápida inclinación de la cabeza cuando un faisán llamaba su atención, el rítmico balanceo de la canasta que llevaba en las manos, el natural contoneo de las caderas, el gesto de alerta cuando encontraba una ardilla, el modo en que observaba al animalito al pasar, la determinación en su postura cuando se ponía a trabajar con las ramas, el modo en que se llevaba la jarra a la boca cuando se interrumpía para beber, la manera en que se secaba los labios con el dorso de la mano, la curva de la espalda cuando se inclinaba para llenar la canasta, la forma en que acercaba una vara a la nariz antes de dejarla caer, la pausa para echarse el pelo hacia atrás cuando sentía calor en la nuca, el modo en que sonreía, tranquilizando a James, cuando éste parecía preguntarle en silencio: “¿Por qué este repentino cambio entre tú y Karl?”

Anna experimentó también una sensación de mutuo contento con Karl, como si, de pronto, hubieran hecho sonar un diapasón en su cuerpo y éste vibrara al unísono con el de Karl, ejecutando el nuevo movimiento de una sinfonía comenzada hacía ya dos semanas.

Este primer movimiento, con la frescura propia del allegro, repercutió y se perdió luego en lo alto entre los alerces. Fue reemplazado por un adagio sensual que los atrapó en su ritmo lento y medido. Hasta el hacha de Karl pareció acompañar este ritmo más moderado, marcando con su golpe seco los minutos que faltaban para la llegada de la noche. Era como si Anna estuviera al lado de Karl, codo a codo, como antes.

Anna percibía todos sus movimientos, aunque no lo había mirado en forma directa en toda la mañana. La mano de Karl sobre el anca de Belle y la manera en que rozaba, como al descuido, la cadera de Anna; la palmada en el hombro antes de dejarla para sujetar el curvado mango de fresno; la forma en que sacaba pecho y esa última mirada antes de levantar el hacha por primera vez ese día; la respiración profunda, el modo de retener el aliento en el tórax antes del flexible balanceo inicial; luego la simetría del movimiento, el pelo rubio al sol meciéndose con el impulso de cada golpe; la barbilla levantada cuando el árbol se sacudía, el parpadeo de los ojos cuando la corteza se rajaba, y el estremecimiento de satisfacción cuando el árbol se derrumbaba; el modo en que se desabotonaba la camisa con una sola mano, la rotación de los hombros hacia atrás para desembarazarse de la prenda, el mango apoyado sobre la ingle mientras se desnudaba el torso y la camisa volaba por el aire; la manos bien abiertas tomando el hacha una vez más, haciéndola sonar; el repentino silencio cuando James señaló algo, sin palabras; Karl, agazapado como un gato, tomaba su fusil y apuntaba a una ardilla que estaba encaramada en un árbol como si esperara, hipnotizada, servir de cena para esa noche; el rebote del disparo, que apenas sacudió el hombro de Karl; la mirada azorada cuando, al bajar el fusil y apoyar la culata cerca del pie, descubrió que la ardilla se había escapado indemne.

Ése fue uno de los pocos momentos en que los ojos de Karl se encontraron con los de Anna. La muchacha apartó la mirada y giró la cabeza para poder sonreír ante el tiro errado, sin que él lo notara.

Durante ese largo día, los pensamientos de ambos rondaban sobre temas paralelos.

“¿Qué pensará Anna de mí?”

“¿Qué pensará Karl de mí?”

“¿Vendrá a nadar conmigo?”

“Karl querrá que vaya a nadar.”

“Será mejor que vuelva a afeitarme.”

“Será mejor que me lave la cabeza.”

“Me gustaría poder ofrecerle un jabón mejor.”

“Me gustaría tener un camisón menos rústico.”

“La cena será interminable.”

“Apenas si tendré hambre.”

“¿Iré al granero?”

“¿Iré a la cama primero?”

“Nunca hubo días más largos.”

“Nunca hubo días tan cortos.”

“¿Anna se resistirá?”

“¿Karl me exigirá?”

“Es tan diminuta.”

“Es tan grande.”

“¿Qué necesitan las mujeres?”

“¿Será tierno?”

“¿Se dará cuenta de que es mi primera vez?”

“¿Se dará cuenta de que no es mi primera vez?”

“¿Debo esperar a que el chico se duerma?”

“¡James, vete a dormir temprano!”

“Seguro que querrá que disminuya el fuego.”

“James verá con el resplandor.”

“¡Que revienten esas chalas!”

“¡Oh, esas chalas crujientes!”

“¿Le quitaré yo el camisón?”

“¿Me quitará Karl el camisón?”

“Mis manos son tan callosas.”

“Se me pusieron ásperas las manos.”

“¿Y si le hago doler?”

“¿Dolerá como la primera vez?”

“¿Advertirá mis dudas?”

“¿Advertirá mis temores?”

“Habrá sangre.”

“No habrá sangre.”

“Espero hacerlo bien.”

“Espero que no sospeche.”

Al mediodía sobaron la masa y Karl le enseñó a darle forma a los panes. Roció la asadera de hierro forjado con harina de maíz antes de colocar la primera hogaza. Karl dijo que como tenían bastantes alerces para empezar a hachear, no volverían esa tarde al bosque. Si Anna quería, podía arrancar los pastos secos de la huerta, que había sido relegada al olvido este último tiempo. Además tenían que plantar esas cáscaras de papa antes de que se secaran, y era necesario preparar el fuego con madera dura para el horneado.

En consecuencia, Karl se ocupó de hachear la madera, y Anna, de la huerta. ¡Por Dios! Anna no podía distinguir los yuyos de las hierbas; terminó arrancando, en cambio, la consuelda de Karl, que era mucho más alta que el resto y no tenía aspecto de verdura. Sin darse cuenta de su error, siguió con su tarea hasta que Karl vino a mostrarle a qué profundidad debía plantar las cáscaras. Echó una ojeada al lugar y luego al montón de yuyos, y preguntó:

– ¿Dónde está mi consuelda?

– ¿Tu qué? -preguntó Anna.

– Mi consuelda. Hace muy poco tiempo crecía aquí, a lo largo del extremo de esta hilera.

– ¿Te refieres a esa cosa larga y finita?

– Sí.

– ¿Eso es… consuelda?

Karl miró otra vez el montón de yuyos, luego a Anna y se agachó para recoger la planta marchita.

– ¿Es esto?

– Me temo que era.

– ¡Oh, no!

Otro día cualquiera se hubieran reído con alegría por lo que Anna había hecho. Pero hoy estaban demasiado conscientes uno del otro. Anna se encogió de hombros y Karl, mirando la consuelda, le sonrió. La tocó y dijo:

– Es un vegetal resistente. Creo que podrá sobrevivir a pesar de tus cuidados. Lo pondré de nuevo en su lugar pero necesitará mucha agua para volver a crecer.

– Voy a buscarla -ofreció Anna, y salió corriendo hacia el manantial.

Fue saltando por entre las hileras de vegetales, mientras Karl contemplaba su pelo rubio como el whisky sacudirse con cada salto, olvidado por completo de la mustia consuelda que tenía en la mano.

Regresó con el balde lleno. Karl hizo un hueco, esperó mientras Anna echaba el agua, y luego se arrodilló para volver a plantar la hierba y apisonar tierra húmeda sobre las raíces con la suela de su enorme zapato. Sobre él, Anna sostenía la manija de soga del balde de madera con ambas manos, hipnotizada al ver su espalda desnuda y la columna que desaparecía debajo de los pantalones. Había estado hachando antes de acercarse y una película de transpiración brillaba sobre sus hombros. El pelo sobre la nuca estaba húmedo y se enrulaba, rebelde, con el calor. Se puso de pie, tomó el balde, lo levantó y bebió hasta saciarse; se limpió la boca con el dorso de la mano y dijo-: Debo volver a mi trabajo.

Anna hubiera deseado poder ayudarlo a hachar en vez de estar hundiendo cáscaras de papas en la tierra. Al mismo tiempo, era perturbador estar al lado de Karl hoy. Tal vez fuera bueno estar trabajando cada uno en lo suyo.

El Sol estaba bajo y las palomas comenzaron a inquietarse. El día se iba haciendo más fresco mientras las aves revoloteaban por el borde del claro y sobre el techo de la casa del manantial, emitiendo roncos sonidos y suaves arrullos. Las alegres golondrinas acudían a la fuente a beber y mojaban allí los rojos copetes. Las golondrinas del granero bajaban en picado y se lanzaban, en ráfagas color azul grisáceo, a la persecución de los insectos nocturnos, dispersando la nube gris de mosquitos. Las libélulas se alejaban de los brotes de papa y se perdían en el espacio, dispuestas a plegar sus alas de gasa durante la noche. Los gusanos abandonaban su incesante recorrido por las plantas de repollo, curvaban la espalda por última vez y desaparecían dentro de las hojas, donde los hambrientos pájaros no pudieran encontrarlos.

También Karl curvó la espalda por última vez. Dejando que el mango de fresno se deslizara por su palma, inspeccionó la primera hilera de troncos, que ya estaban acomodados. Anna se había ido hacia el manantial.

– Bueno, ¿qué piensas, muchacho?

– Creo que estoy cansado.

– ¿Demasiado cansado como para caminar hasta la mina de arcilla?

– ¿Dónde está?

– Subiendo un trecho por el arroyo. Necesitamos arcilla fresca para sellar el horno de barro.

– Seguro, voy contigo, Karl.

– Bueno. Pregúntale a tu hermana si quiere venir, también. Y dile que traiga un balde vacío del manantial.

James pensó que Karl le podía haber hecho esas preguntas a Anna él mismo, pero ambos se habían portado en forma extraña y reservada toda la tarde, como si hubieran tenido algún altercado. De manera que James gritó:

– ¡Hey, Anna! ¡Karl dice si quieres venir con nosotros a buscar arcilla!

Anna estaba cerrando la puerta y se volvió hacia su hermano. Karl estaba detrás de James, observándola.

– Dile a Karl que sí -contestó.

– Dice que traigas un balde. La muchacha se volvió a buscarlo.

Anna llevaba el balde, James la pala y Karl el rifle. El hombre marchaba adelante mientras explicaba:

– Los faisanes se están alimentando, llenándose el buche de ripio a lo largo del arroyo. Quiero que permanezcan detrás de mí, por si nos topamos con alguno.

Los hermanos recordaron cómo Karl había errado el tiro esa mañana.

Caminaron en fila a lo largo del gastado sendero hacia el arroyo. Pero a mitad de camino encontraron un ocioso puercoespín que iba en la misma dirección. Marchaba, sin preocupación alguna, sobre las patas arqueadas y macizas, olfateando el camino con su nariz aplastada hasta que notó que tenía compañía. Luego, dando un resoplido de advertencia, metió la cabeza entre las patas delanteras y sacudió la cola, protegiéndose el pequeño estómago libre de púas.

– Déjenle bastante espacio libre a esta criatura -advirtió Karl, encabezando la marcha alrededor del pinchudo roedor-. Vale la pena recordar que compartimos con él el bosque y que le gusta saborear la sal de las manos del hombre. Debido a esto siempre les recomiendo colgar el hacha al fin del día. Si se lo deja, es capaz de devorar el mango transpirado en muy poco tiempo. Y lleva tiempo modelar el mango de un hacha.

Siguieron caminando hasta un sitio donde una espesa capa de arcilla, surcada por numerosas huellas, se extendía al pie de los sauces. Intrigado, James se arrodilló para investigar de quién eran las huellas. Él y Karl se quedaron un largo rato en cuclillas inspeccionando las marcas, mientras Karl las iba identificando:

– Mapache, zorrino, rata, nutria, puercoespín de garras largas.

Pero ningún conejo ni marmota porque, según Karl, ellos necesitaban solamente la humedad que obtenían de las hojas cargadas del rocío de la mañana temprana. Una vez satisfechas todas las preguntas de James, llenaron el balde con arcilla y regresaron a través de la luminosa caricia esmeralda del bosque.

Cuando llegaron al claro, encontraron el horno encendido con los carbones de madera dura; Karl los retiró con la pala y dejó sólo el ladrillo ardiente que irradiaba calor por dentro. Después de introducir las hogazas, selló rápidamente la abertura con puñados de arcilla húmeda, alisando, moldeando, humedeciendo, volviendo a alisar; espesos hilos amarillos se filtraban entre los dedos de Karl y corrían por el dorso de sus manos.

Había algo sensual en ese espectáculo y a Anna le costaba arrancar los ojos de él. Volvió a recordar las innumerables veces en que había visto a Karl tocar los caballos, y la noche que le acarició los pechos. Era como si una lava ardiente le recorriera las entrañas al observar, por detrás de Karl, cómo llevaba a cabo esa tarea. Bajó los ojos hasta su nuca, luego hasta sus hombros, que cambiaban de posición con los amplios movimientos circulares sobre la nueva pared del horno de barro. Anna recordó la sal de Karl sobre su lengua cuando tomó con el dedo esa gotita que le brillaba en la sien.

De pronto, Karl se volvió, desde su posición agachada, para mirar a Anna. Observó la cara de la muchacha, que se había vuelto roja como una sandía madura. Anna desvió rápidamente la mirada y la dirigió a sus propias manos, que todavía retenían, debajo de las uñas, la suciedad de la huerta.

Una oleada de anticipación sacudió a Karl, quien se volvió para darle un último golpecito al horno.

– Lo abriremos por la mañana y tendremos pan fresco para el desayuno.

– Eso suena bien -dijo Anna con el rostro todavía sonrojado, la mirada fija en la pared del granero en el otro extremo.

Karl se incorporó y estiró el cuerpo.

– Con toda seguridad, se harán presentes los indios en quince kilómetros a la redonda. Pueden olfatear la horneada a veinte hectáreas de distancia.

– ¿De verdad? -intervino James, excitado-. Me gustan los indios. ¿Podemos ir a nadar ahora?

Karl le contestó al muchacho pero mirando a Anna.

– Anna teme a las serpientes desde que las mencioné.

– ¡No, es mentira! -exclamó ella-. ¡Sí! Les tengo miedo pero… quiero decir… bueno, vayamos. Estoy aburrida de la huerta de todos modos.

Karl se controló para no sonreír. Nada hacía reaccionar a Anna salvo un desafío lanzado en su propio estilo. Mientras contemplaba su rostro con atención, dijo:

– Yo también estoy aburrido del horno.

Pero su mujer giró con tal precipitación, que él no pudo ver si todavía estaba sonrojada.

– Vayamos, entonces -dijo James, encabezando la partida.

Un auténtico sentimiento de timidez embargaba ahora a Karl y a Anna, lo que acentuaba la anticipación y la aprensión ante la llegada de la noche.

¿En qué estaría pensando James? Anna estaba preocupada, pues sabía exactamente lo reservados que se habían mostrado durante buena parte del día. Pero ya no había remedio. James podía pensar cualquier cosa. Sin embargo, en cierto modo, James resultó ser la bendición que el padre Pierrot había predicho. Pues mientras le hablaban a él, se comunicaban ellos a través de él. Como siempre ocurre con los enamorados, lo importante no era las cosas que se decían sino las que se dejaban de decir.

– Nunca vi una serpiente a esta hora de la tarde. Buscan comida durante el día, y no nadan.

– Yo no soy el que está preocupado por ellas, es Anna.

– Si pensara que hay peligro, no los llevaría a la laguna.

– James, ¡más despacio! ¡Caminas muy ligero!

– No soy yo. Es Karl. ¡Despacio, Karl! Anna no puede mantener el paso.

– Oh, ¿me estaba apurando?

– ¡Hey, Anna! Ven aquí, a lo hondo, con nosotros.

– No, hoy no.

– ¿Por qué?

– Me voy a lavar la cabeza.

– ¡Lavarte la cabeza! ¡Siempre dijiste que odiabas ese jabón con grasa!

– Deja a tu hermana tranquila, muchacho.

– ¿Te afeitas de nuevo, Karl? Ya te afeitaste esta mañana.

– Déjalo tranquilo, James.

– ¡Hombre! ¡Estoy hambriento después de este baño! Pásame el guiso.

– Seguro… aquí está.

– Hey, ¿qué pasa que no comen esta noche?

– No tengo mucha hambre.

– Yo tampoco.

– Hey, Anna, estuviste muy callada todo el día.

– ¿Te parece?

– Sí. ¿A qué se debe?

– Arranqué la consuelda de Karl y parece que está enojado conmigo.

– ¿Es por eso que están enojados uno con el otro?

– Yo no estoy enojado con Anna.

– Yo no estoy enojada con Karl.

– Ayuda a tu hermana a limpiar los platos. Ha tenido un día muy duro hoy.

– Yo también.

– Sólo haz lo que te digo, James.

– Me ocuparé de los caballos.

– ¿Qué hay que hacer allí afuera, si ya los llevaste al establo a dormir?

– Deja a Karl tranquilo, James.

– Bueno, ¡diablos! Lo único que hice fue preguntar.

– Prepara la cama, ¿quieres?

Ya en el establo, Karl encendió su pipa, pero ésta quedó olvidada con su perfume a tabaco y sin tocar.

– Hola, Belle. Vine a decir buenas noches. -Karl le acarició el cuello y las crines y le frotó el tosco pelo con los dedos hasta que Belle giró su gigantesca cabeza curiosa- ¿Qué piensas, vieja? ¿Piensas que ya estará en la cama?

Belle abrió y cerró los ojos, allí en la oscuridad. Pero esta noche ni Belle ni Bill pudieron tranquilizar a Karl.

– Ah, bueno… -suspiró el hombre-. Buenas noches a los dos.

Les dio a ambos una palmada en la grupa y se dirigió lentamente hacia la casa. Tomó el cordel del pasador entre los dedos. Se detuvo, pensativo, luego se volvió hacia la palangana y se lavó las manos para quitarse el olor de los caballos.

De regreso en el interior de la casa, encontró a James todavía levantado. El tiempo se movía como los caracoles de blando caparazón en una mañana fresca. Anna se cepillaba el pelo, mientras James parecía más interesado que nunca en erigir paredes de leños. Sus preguntas eran interminables, Karl las contestó todas, pero finalmente se incorporó, levantó los codos en el aire, contorsionó el cuerpo y bostezó de la manera más convincente.

– No me lo digas -advirtió James-, mañana es otro día… ¡ya lo sé! Pero no tengo nada de sueño.

Anna sintió un temblor en el estómago.

– Bueno, Karl sí. Y él no puede pasarse la noche entreteniéndote, así que a la cama, hermanito.

Por fin, James se tiró en la cama.

– Voy a remover el carbón -dijo Karl.

Se arrodilló, oyó el ruido de la tapa del baúl al abrirse detrás de él, y se quedó donde estaba, atizando el fuego, moviendo las manos hasta que, por fin, las chalas hablaron.

Karl se puso de pie, sacó la camisa fuera del pantalón, pasó por encima de los pies de James y se sumergió en las profundas sombras que envolvían la cama, la de él y Anna. Karl se preguntó si el fuerte latido de su corazón haría que las sogas crujieran. ¡Seguro que una conmoción tan violenta como la suya sacudiría al mundo entero!

Su vida entera culminaba en esto: yacer al lado de esta mujer, esta niña, esta virgen; su padre le había enseñado muy bien cómo ser un hombre en este mundo, en todos los aspectos menos en éste. Su padre le había transmitido un profundo respeto por las mujeres, pero más allá de eso, muy poco. De sus hermanos mayores había aprendido que este aspecto del matrimonio les resultaba desagradable a algunas mujeres, principalmente porque les producía dolor, sobre todo la primera vez. Cómo hacer que a Anna le resultara placentero, ésa era su preocupación. Cómo conducirla tiernamente, cómo tranquilizarla… “¿En qué estará pensando Anna, allí tan quieta? ¿Se habrá puesto el camisón? ¡No seas necio, hombre, por supuesto que se lo puso! Esta noche no es diferente. ¡Oh, sí que lo es! ¿Cuánto hace que estoy aquí temblando como un colegial?”

– Ven aquí.

Anna lo oyó murmurar y lo sintió levantar el brazo y ponerlo alrededor de ella. Anna levantó la cabeza, el brazo de Karl la atrajo y se deslizó por debajo de su cuerpo. Muy suavemente, le frotó la espalda a través del camisón en círculos cada vez más amplios. Anna sintió que un escalofrío le recorría la columna. Por un fugaz momento, Karl hesitó en la base de la columna, luego siguió acariciándola con movimientos suaves hasta que Anna se relajó un poco. Diestramente la hizo rodar sobre sí misma hasta que la oreja de la muchacha quedó apretada contra sus bíceps.

Anna sintió estallar dentro de la cabeza el latido de su propio corazón. ¿Cuánto tiempo había estado apoyada sobre la espalda, rígida, pidiéndoles a sus músculos que se relajaran? Ahora, lentamente, la mano de él lograba lo que la voluntad de ella no había podido. “Cierra la boca”, se dijo a sí misma, “o te oirá respirar como una liebre y se dará cuenta de lo aterrada que estás.” Pero respirar por la nariz le resultó aún peor. De modo que cuando los labios de Karl tocaron los suyos, ya estaban abiertos.

La atrajo por completo hacia su beso. Encontró los labios de Anna tiernos y anhelantes. En medio del beso tuvo que tragar. “¡Tonto!”, pensó. “Seguro que el chico te sintió tragar desde allí.” La saliva se le acumuló en la boca y tuvo que tragar una vez más. Pero luego Anna también tragó. Karl dejó de preocuparse. Y no hubo más problema.

Karl la había capturado con un solo brazo y Anna tenía las manos apoyadas apenas en el pecho de él. Mientras el beso se demoraba y se alargaba, Anna comenzó a mover los dedos con timidez, como sí recién se diera cuenta de que la piel de Karl estaba a su alcance. Acarició el vello sedoso que tantas veces había visto al sol. Era como un plumón de textura muy suave que contrastaba con el fuerte músculo de donde surgía. Esos pequeños movimientos agudizaron los sentidos de Karl y despertaron nervios que él no creía poseer. De pronto, Anna le rozó un pezón como al pasar. Karl le tomó la mano y la colocó allí otra vez donde el contacto le había producido un inmenso placer. Enseguida sintió esos pequeños dedos revolotear en su pecho como mariposas, y Anna se preguntó qué era lo que Karl estaba esperando.

Karl esperaba que las manos de Anna lo rodearan, que ella liberara los pechos que protegía con recato. Finalmente, Karl susurró:

– Rodéame con tus brazos, Anna.

Los brazos encontraron el camino, las manos juguetearon con los músculos de la espalda. Karl apoyó la palma donde el pecho de Anna se abultaba. Anna dejó las manos quietas. Toda ella yacía allí expectante, esperando, esperando, exhalando su tibio aliento sobre la mejilla de Karl, hasta que la caricia se dejó sentir como la caída de una pluma.

Levemente, rozó con el dorso de los dedos el pezón erecto. Pareció como si el universo entero retuviera el aliento junto con Anna y Karl, mientras él comenzó a buscar los botones, los encontró, y los desprendió uno a uno con movimientos muy lentos. “No te mueves, Anna”, pensó. “Déjame sentir tu tibieza.” Anna no se resistía, aceptaba su contacto.

Karl deslizó la mano desde las costillas hasta el pecho por dentro de la prenda. Le acarició la mandíbula con el pulgar, luego la nuca, la abrazó fugazmente y otra vez apoyó la palma de la mano entre los pechos, saboreando el encanto de hacer que los dos esperaran, desearan.

Anna cerró los ojos y suspiró, mientras sentía la mano acariciarle el pecho desnudo, contenerlo, rodearlo, excitando sus centros nerviosos. Llevado por la maravilla del descubrimiento, la mano de Karl se paseaba por la piel de Anna, tan diferente de la suya. Los pechos eran suaves, increíblemente suaves, como los pétalos de la rosa silvestre. Sin embargo, contraídos allí con una fuerza insospechada.

– Anna -exhaló, con los labios muy cerca de los de ella-, eres tan tibia, tan suave aquí… -Tiernamente apretó la carne flexible-. Tan dura aquí… -Tomó el pezón erguido y resistente, lo acarició con dulzura, lo retuvo entre los dedos, embelesado- ¡Cómo deseaba este momento!

La joven estaba acostada con la boca muy cerca de la de Karl, sintiendo sus palabras en la piel; su única respuesta era someterse a sus caricias, mientras él aprendía el hermoso misterio que rodea al hombre y la mujer. Como si ella fuera su altar, él venía a adorar, con profunda reverencia, la bondad de esa ofrenda.

Dentro de Anna se acrecentaba la convicción del respeto innato que este hombre sentía por el acto en el que ambos se habían embarcado; de modo que cuando Karl le deslizó el camisón por los hombros, ya estaba la virtud flotando entre los dos aun antes de que los cuerpos se unieran. Karl le acarició el pelo, el hombro, le tomó la mano que estaba detrás de él y besó la palma; finalmente la empujó de espaldas sobre la almohada.

Luego se agachó para hacer aquello con lo que había soñado hacía tanto: le besó los pechos, sorprendidos él y ella por las sensaciones que los inundaban. Una lengua tierna, tibia, hambrienta, rozaba, frotaba, friccionaba. Unos labios ardientes y ansiosos envolvían, encerraban, encendían.

Anna sintió una sed increíble mientras Karl succionaba su pecho. Supo lo que era la sed física que provocaba el deseo intenso de beber agua fresca y fluida. Supo lo que era la sed emocional que evocaba visiones de carne tibia y temblorosa. Todo se fusionó en una angustia maravillosa hasta que la cabeza cayó hacia atrás por impulso natural. Las costillas se elevaron, la espalda se arqueó, las manos encontraron la cabeza del hombre. Karl emitió un leve quejido cuando los dedos de Anna se trenzaron en su pelo. Las manos de la joven tironearon con impaciencia, luego cayeron sobre las mejillas y palparon los huecos, para poder sentir mejor cómo él tomaba posesión de su carne a través de ese beso. La boca ávida y hambrienta creaba en Anna una total confusión de sensaciones en pugna. Estaba al mismo tiempo saciada pero sedienta, satisfecha pero hambrienta, agotada pero fortalecida, lánguida pero vital, relajada pero tensa.

Karl recorrió con la cara el cuerpo de Anna, mientras ella se deleitaba en el ritmo ocioso que él había establecido. La sintió estirarse como un gato al contacto de sus labios con el hueco entre las costillas. Como si ese gesto disparara algo mágico, Anna levantó los brazos sobre la cabeza, arqueándose más con una languidez tal que él no esperaba. Las caderas eran redondeadas y tibias, los huecos pequeños y suaves bajo la palma de Karl. Con lentitud, con suavidad, extendió su cuerpo al lado de Anna y los labios se encontraron otra vez, mientras ella rodeaba los hombros de Karl con el apretado círculo de sus brazos.

– Karl… -murmuró, y esperó hasta que, al fin, Karl encontró el misterio que Anna guardaba dentro de esos atesorados pliegues de tibieza.

– Oh, Anna… -La voz de Karl sonó áspera; tenía la boca hundida entre la almohada y la oreja de Anna-. No puedo creer lo que eres.

Su mente se llenó de hosannas ante el descubrimiento de esta mujer y la manera de reaccionar a sus caricias. Frotó su propia oreja contra la boca de Anna, sintiendo que su caricia era, por fin, aceptada dentro de ella.

– Es tan diferente… -murmuró Anna-. Tenía tanto miedo…

– Anna, nunca te haré daño.

Deleitándose en su aceptación, Karl la exploró hasta el límite de su propia resistencia. La cubrió con el largo de su cuerpo, pensando: “¡Anna, Anna, no puedo creer que seas como eres! No me rechazas ni me haces sentir inexperto, como temía”. Empujó las caderas hacia ella, provocando un crujido que resonó en el cuarto. Con ímpetu la tomó del cuello, hizo que la oreja de Anna se pegara a su boca, y susurró con voz ronca:

– Anna, vayamos afuera… por favor.

Inclinó la cabeza hacia los labios de la muchacha.

– Sí -murmuró ella.

Karl salió de la cama y encontró la ropa en la oscuridad; Anna volvió a ponerse el camisón, temblando, encontró los botones y sintió la mano de Karl que la tiraba fuera de la cama. A causa del ruido, se oyó la voz adormilada de James, que venía del piso:

– Karl, ¿eres tú?

– Sí, somos Anna y yo. Queremos charlar un rato, así que nos vamos a dar una vuelta. Duerme, James.

Aseguraron la puerta, detrás de ellos, y se escaparon descalzos por el pasto húmedo, con las piernas temblando a cada paso. La luz de la Luna se derramó sobre sus cabezas como la crema fresca, mientras caminaban lentamente hacia el granero, sin tocarse. Anna sintió que Karl la tiraba del brazo y levantó los ojos hacia él, con la cara y el pelo iluminados por el resplandor de la Luna, y el borde de los labios enmarcado por las sombras. Karl se detuvo, rodeó los hombros de su esposa con un brazo y la cubrió con la manta que había descolgado del rincón cuando salieron en busca de privacidad. Anna se aferró a su cuello cuando él la levantó del suelo, separando los pies y echándose hacia atrás para conservar el equilibrio. La camisa de Karl colgaba, sin abotonar, entre los dos. La muchacha acarició los músculos de los hombros por dentro de la camisa. Mientras él le besaba el cuello, que se arqueó hacia el oscuro cielo de la noche.

“Haría durar esta primera parte toda la noche, si pudiera” se lamentó. Las curvas y las llanuras del cuerpo de Anna estaban pegadas al suyo, insinuantes, mientras la sostenía.

– Sólo tu contacto, Anna…

Ella borró sus palabras con un beso, las manos jugando a sus espaldas, hasta que él la bajó. Sus pies tocaron el rocío, y luego ambos, tomados de la mano y con la manta flotando entre ellos, corrieron al granero.

Karl la llevaba de la mano en medio de la oscuridad perfumada de heno, mostrándole el camino. Anna oyó el sacudón de la manta, el leve susurro de la tela cuando la extendió sobre el heno. Encontró los botones del camisón, pero las manos de él, ansiosas, detuvieron las suyas, y le tomaron las muñecas, en un apretón imperioso. Sin compasión, le presionó los brazos contra los costados y se ocupó de los botones.

– Éste es mi trabajo -dijo-. Quiero que toda la alegría de esta noche sea mía. -Le bajó la prenda por los hombros, encontró otra vez sus muñecas y las llevó a su estómago-. Bien desde el principio, Anna, como tiene que ser.

Sin palabras, ella hizo lo que le pedía, con manos temblorosas, hasta que quedaron desnudos uno frente al otro.

La sangre se les agolpaba en los oídos. Saborearon ese momento de hesitación antes de que Karl la sujetara por los hombros con sus manos fuertes, la atrajera hacia él y la acostara sobre el heno.

Karl se mostró ágil, avasallador y enardecido al abrazarla y besarla con un ardor que ella no se hubiera imaginado, por todas partes, por todas partes. Los brazos de Anna lo aferraban; sus labios lo buscaban; su cuerpo se arqueaba. Encima de ella, él mantenía el equilibrio, se acomodaba.

– Anna, no quiero lastimarte, pequeña mía.

Jamás hubiera esperado una preocupación tan sensible y sentida.

– Está bien, Karl -dijo, sin pensar ya en dilatar por más tiempo el encuentro final de los cuerpos.

Karl se mantuvo un instante suspendido, dudando, luego se apoyó levemente sobre ella. Sintió las manos de Anna buscar sus caderas y se movió sobre ella con suavidad. Una vez más esperó su señal, con lentitud, demorándose. Anna se movió hacia arriba y fue a su encuentro. Juntos encontraron el ritmo. Ambos pronunciaron sus nombres en medio de la noche oscura, mientras respiraban agitadamente. Sus movimientos se convirtieron en un ballet lleno de gracia, fluidez y armonía sincronizado a la perfección en la coreografía creada por la mano maestra de la naturaleza. Karl oyó el sonido de sus propios quejidos de placer a medida que el clímax se acercaba. Anna dejó escapar un inaudible grito y Karl dejó de moverse, desfalleciente.

– No… no… -exclamó Anna.

Karl retrocedió, asustado. La joven lo atrajo hacia ella.

– ¿Qué sucede, Anna?

– Es bueno… por favor.

Anna le dijo, en un lenguaje viejo como los siglos, que se aflojara, hasta que el tiempo, el tono y el ritmo llegaron a lo más profundo de ella, dándole sentido a su existencia. Y junto con su ir y venir, Karl también se estremeció y se derrumbó, y bajó la cabeza hasta enterrarla, exhausto, en el cuello de Anna.

Ella lo retuvo allí, acariciando, con vehemencia, el pelo húmedo detrás de la nuca, preguntándose si estaría bien llorar, si era algo que le estaba permitido. Pues el pecho estaba a punto de estallarle. Sintió un cosquilleo en la nariz y se le llenaron las glándulas salivales. Luego, horrorizada, estalló en un único sollozo desgarrador que repercutió en el granero y alarmó a Karl.

– ¡Anna! -exclamó, temeroso de haberla dañado, sin querer. Se dejó caer de su lado arrastrando a Anna consigo. Pero ella desvió la cabeza con fuerza y se cubrió los ojos con un brazo- ¿Qué es, Anna? ¿Qué te hice? -Apenado, se apartó y acarició el brazo que ella sostenía sobre los ojos.

– Nada -dijo en un ahogo.

– ¿Por qué lloras entonces?

– No sé… no sé… -Realmente no lo sabía.

– ¿No sabes? -preguntó.

En silencio, sacudió la cabeza, incapaz de desvelar ese misterio ella misma.

– ¿Te lastimé?

– No… no.

Le acarició el pelo con esa mano enorme, sin saber qué hacer.

– Creí que… -Rogó-: Dime, Anna.

– Algo bueno sucedió, Karl. Algo que no esperaba.

– ¿Y eso te hace llorar?

– Soy una tonta.

– No… no, Anna… no digas eso.

– Pensé que no estarías contento conmigo.

– No, Anna, no. ¿Por qué piensas semejante cosa?

Pero no podía explicarle la verdadera razón. Increíblemente, no parecía haberse dado cuenta.

– Soy yo el que pensó que no había obrado bien. Todo el día pensé en eso, y me tenía preocupado. Y ahora sucedió y supimos cómo, Anna. Supimos. ¿No es increíble cómo sucedió? ¿Cómo supimos?

– Sí. Es increíble.

– Tu cuerpo, Anna, cómo estás hecha, cómo nos comunicamos. -La tocó con reverencia-. Es un milagro.

– Oh, Karl, ¿cómo llegaste a ser así? -Lo apretó contra ella casi con desesperación, como si hubiera amenazado con dejarla.

– ¿Cómo soy?

– Eres… no sé… estás tan lleno de asombro ante todo. Las cosas significan tanto para ti… Es como si siempre buscaras el lado bueno de las cosas.

– ¿Acaso no buscas tú el lado bueno, también? ¿No esperabas que esto fuera bueno?

– No como tú, no creo, Karl. Mi vida no tenía mucho de bueno hasta que te encontré. Eres la primera cosa buena y verdadera que me ha ocurrido, excepto James.

– Eso me hace feliz. Me has hecho feliz, Anna. Todo es mucho mejor desde que estás aquí. Pensar que nunca tendré que estar solo otra vez…

Luego exhaló un suspiro, un suspiro profundo de satisfacción, y escondió la cara en el cuello de la joven, una vez más. Se quedaron en silencio por un tiempo para prolongar el goce. Anna tocó el brazo que Karl había apoyado sobre ella, perezosamente, y acarició el vello a pelo y contrapelo. Karl dejó un pie sobre el tobillo de Anna para retenerla. Empezaron a hablar en forma ociosa, desde cualquier lugar donde las bocas se encontraran: el mentón, la nuca, el pecho del otro.

– Creí que moriría antes de acabar el día.

– ¿Tú también, Anna?

– Mmmm. Yo también. ¿Tú también?

– Me preocupaba por las cosas más insólitas.

– Yo no sabía si tenía que mirarte o ignorarte.

– A mí me preocupaban esas chalas, todo el día.

– ¿De verdad?

Karl asintió con la cabeza y ella se rió con dulzura.

– ¿Y a ti no?

Anna volvió a reírse.

– No sé que habría hecho si no hubieras querido salir.

– Me sentí tan aliviada cuando me lo pediste.

– Me apuraré en terminar la cabaña de troncos, entonces James tendrá un lugar para él.

Se quedaron en silencio, pensando en ello. Enseguida Anna preguntó:

– Karl, ¿sabes algo?

– ¿Qué?

– Mentiste esta noche.

– ¿Yo?

– Le dijiste a James que saldríamos a dar un paseo. Una vez dijiste: “No hay nada que convierta a Karl Lindstrom en un mentiroso”. Pero no fue así.

– Puede ocurrir otra vez -advirtió Karl.

Y realmente ocurrió.

Capítulo 12

En el instante mismo en que abrió los ojos, James se dio cuenta de que todo andaba bien entre Anna y Karl. Por empezar, hoy era el primer día en que Karl no se había levantado antes que Anna e ido afuera, para que ella dejara la cama, se lavara y se vistiera sin sentirse incómoda. Cuando James abrió los ojos y se estiró para mirar por encima del hombro, descubrió que su hermana y su cuñado estaban todavía arropados en la cama. A James le pareció oír murmullos y risitas. El chico se sintió rodeado de una agradable sensación de seguridad. Todo resultaba terrible cuando las relaciones entre Karl y Anna estaban tirantes. Pero hoy, James lo intuía, hoy sería uno de esos días buenos que a él tanto le gustaban.

Karl estaba en ese momento acostado cara a cara con su esposa y la sujetaba por los dos pechos.

– Los dos juntos ni siquiera llenan una mano -susurró Karl.

– No pareció importarte ayer a la noche -le devolvió Anna con otro susurro.

– ¿Dije acaso que me importaba?

Anna murmuró, imitando un pesado acento sueco:

– Si tú quierres una sposa que tenca peshos como svandías, tendrás que recresar a Svecia. Ésta sólo tiene dos pequeños frutillos.

Karl tuvo que esconder la cara para ahogar la risa; se sumergió, entonces, en sus dos pequeños peshos.

– Pero, Anna, te dije que las frutillas eran mis favoritas -dijo apenas pudo.

– ¡Nu mi engañas! ¡Te conuzco!

– Un hombre no puede evitar tener una favorita.

– Sí, favorita dice que esto es engañu. Este hombre debería recordar que si no tuviera las manos como platus soperus, estarían llenus ahora.

Karl se sintió sacudido por otro ataque de risa. Debajo de las manos, percibió que los pechos de Anna también se sacudían.

– Y si no estuvieras ocupada haciéndote la graciosa con tu marido, tendrías las manos llenas. -Capturó la pequeña mano y la puso sobre sus genitales.

– Sí, seguru -dijo Anna, perfeccionando su acento sueco-. Es un tunto, como dije. A plenu sol y su cuñado en el pisu, se duspierta como un pepinu maduro.

Esta vez no pudieron ocultar la risa. Lanzaron sonoras carcajadas mientras Karl encerraba a Anna en esos brazos poderosos, y ambos se revolcaban en la cama, desbordantes de alegría.

– ¿Qué están haciendo ustedes dos, ahí? -preguntó James desde el piso.

– Estamos hablando de horticultura -contestó Karl.

– ¿Tan temprano en la mañana? -A James no lo engañaban. Sabía que las cosas marcharían a las maravillas desde ahora en adelante.

– Sí, le estaba diciendo a Anna cuánto me gustan las frutillas, y ella me decía cuánto le gustaba el pe… -Anna le tapó la boca con las manos y ahogó el resto de la palabra.

James siguió escuchando más risitas y las chalas sonaron como nunca acompañadas por ruidos y protestas en esta jocosa batalla. Pero James, con sabia prudencia, se mantuvo de espalda a la cama mientras se levantaba y salía para lavarse. Tenía dibujada una sonrisa de oreja a oreja.

Karl tenía razón; los indios aparecieron en el claro antes del desayuno, y miraron el horno ansiosamente. Gracias a Dios eran nada más que tres esta vez, de modo que había que compartir sólo una hogaza de pan. Karl llevó su hacha afuera. Anna, James y los tres visitantes observaron cómo Karl abría la tapa del horno a golpes. Las catorce hogazas estaban doradas y todavía tibias.

– Tonka Squaw cocinar buen pan -le dijo Dos Cuernos cuando lo probó.

– Dos Cuernos caza buenos faisanes -le devolvió Anna.

Y con estas palabras hicieron las paces. Karl no consideró necesario aclarar quién había cocinado el pan. En cambio permitió que Anna disfrutara de la admiración que los indios le demostraban. Para ellos siempre sería Tonka Squaw, Gran Mujer, y Karl estaba orgulloso de que ella se ganara ese título honorable. Ahora que Anna entendía su importancia, se sentía más afín con ellos.

A la joven le resultaba extraño que Karl hubiera dicho que, a pesar de su amistad, los indios robarían alimentos, si no se dejaba la casa protegida. Pero, así como los indios no creían que nadie fuera dueño de los pájaros del aire, tampoco creían que nadie fuera dueño del trigo de la tierra. Si querían pan blanco, venían y lo tomaban. Si querían papas blancas, venían y las tomaban. Pero su sentido del honor los mantendría alejados del lugar, si vieran que la puerta estaba asegurada con el leño atravesado.

El desayuno con los indios hizo que esa mañana el trabajo comenzara más tarde, pero no importaba. Los tres estaban de buen humor porque ese día empezaban a hachear los leños y no había nada, en ese momento, que pudiera excitarlos más. Anna estaba radiante. Karl, lleno de bríos. James, ansioso. Con el trabajo de todos, ese día, las paredes de la cabaña comenzaron a levantarse.

Karl trajo su azuela muy bien afilada y comenzó a desbastar, en tanto les explicaba ese arte, que a Anna y a James les pareció muy peligroso. De pie sobre un tronco de alerce, Karl daba golpes cortos que rozaban la punta de sus botas. Anna estaba aterrada al ver que, con cada movimiento, el filo mordía la madera debajo de sus botas. Karl se adelantaba apenas unos siete centímetros después de cada golpe, haciéndose camino a lo largo del tronco y dejando atrás una superficie cremosa y plana.

– Karl, te vas a lastimar -lo reconvino.

– ¿Te parece? -preguntó. Dio una ojeada a la madera ya trabajada y levantó la punta de la bota-. Un verdadero leñador es capaz de partir la suela de su bota en dos capas sin tocar ni la madera debajo de ella ni los dedos adentro de la bota. ¿Te lo muestro?

– ¡No! -aulló Anna-. ¡Tú y tu orgullo de leñador…!

– Pero es así, Anna.

– No me importa. Te prefiero con diez dedos y no con un premio por partir suelas.

– A tu hermana le gustan mis dedos, así que no puedo demostrarle que no corren peligro. -Luego, dirigiéndose a Anna, dijo-: Ven, ayúdanos a James y a mí a hacer rodar este leño.

Los tres se esforzaron, usando cuerdas con las que dieron vuelta el tronco sobre la superficie plana para que Karl pudiera desbastarlo en la parte superior. Luego, con no más de seis diestros golpes, cortó media hendedura de forma rectangular a unos veinte centímetros del extremo del madero. Hizo lo mismo en el otro extremo, y los tres aunaron esfuerzos para levantarlo y colocarlo sobre la base. Todo encajaba perfectamente.

Durante esos días, a medida que las paredes crecían, Karl hacía alusiones sexuales hasta con el ajuste de las hendeduras. Eran días de trabajo abrumador, de ropa mojada por la transpiración, de músculos calientes y doloridos, pero de satisfacción.

Para Karl todo era fuente de satisfacción. Ya fuera cuando le enseñaba a James el modo correcto de hundir en la muesca la parte roma del cotillo del hacha para poder afilarla, o de medir las distancias entre las hendeduras en largos de hacha, o de encajar el nuevo tronco en el anterior, o cuando se detenían a beber agua de la fuente. Para Karl, vivir la vida era algo muy preciado. En todo lo que hacía, transmitía lo más importante de las lecciones: la vida no debe ser desperdiciada. Cada persona obtenía de la vida lo que había dado. La más ardua de las tareas, realizada con entusiasmo, ofrecería incontables gratificaciones.

Una vez levantada una nueva hilera de troncos, Karl se trepaba sobre la pared, bien alto encima de sus cabezas, daba un golpe sonoro y les decía:

– ¡Será una casa magnífica! ¿Se dan cuenta de lo derechos que están los alerces?

Transpirado, con el pelo pegoteado a los lados de la cabeza, los músculos calientes y temblando por el gran esfuerzo de ubicar el leño justo en el sitio correcto, encontraba la gloria en esta tarea honorable.

Debajo de Karl, Anna levantaba los ojos, protegiéndose del resplandor con un brazo, cansada más allá de todo límite que pudiera imaginarse, dispuesta, sin embargo, a ayudar a subir otro tronco, sabiendo que una vez más logrado el esfuerzo, tendría el pecho henchido de satisfacción, esa gloriosa satisfacción que sólo Karl le había enseñado a sentir.

Un día, desde ahí abajo, le gritó a su esposo:

– ¡Esto es algo magnífico, lo admito, pero pienso que se trata de una jaula magnífica!

En realidad, se veía como una jaula. A pesar de que las muescas en la madera eran profundas, había aberturas entre los troncos. Anna sabía muy bien que las cabañas se construían así, pero las bromas de Karl eran contagiosas y habían prendido en ella.

– ¡Yo conozco a un pajarito a quien meteré allí adentro y alimentaré hasta que engorde!

– ¿Como a una gallina para la feria?

– ¡Oh, no! Esta gallina no se vende.

– ¡De cualquier modo, si quieres engordarla dentro de la jaula, tendrás un gran problema ya que te olvidaste de la puerta!

Karl rió con ganas, la cabeza levantada hacia el cielo azul, donde el sol la atrapó con sus rayos.

– Es una gallinita muy inteligente por haber advertido una cosa así, y yo, un sueco muy tonto por haberme olvidado de construir la puerta.

– ¡O las ventanas!

– O las ventanas -reconoció Karl, siguiendo el juego-. Tendrás que mirar afuera por entre los troncos.

– ¿Cómo puedo mirar afuera, si no logro meterme adentro?

– Tendrás que encaramarte en lo alto, supongo.

– ¡Algo muy fácil en una casa sin techo!

– ¿La gallinita quiere probar?

– ¿Probar, qué?

– ¿Probar la jaula?

– ¿Quieres decir entrar?

– Eso, entrar.

– Pero, ¿cómo?

– Sube aquí, mi flacucho polluelo, y te mostraré cómo.

– ¿Subir allí? -Se veía muy alto desde donde Anna estaba.

– Tuve que verte todo el tiempo con esos horribles pantalones; será la primera vez que aprecie sus ventajas. No tendrás dificultad en treparte por las paredes. Ven.

Anna no era de las que se achicaban ante un desafío. ¡Y allí fue! Apoyando una mano arriba de la otra, un pie arriba del otro.

– ¡Ten cuidado! ¡Las gallinas no saben volar!

Subió doce troncos y Karl la agarró de la mano para ayudarla a pasar una pierna por arriba de la pared. Por supuesto, pasó la pierna por detrás en vez de pasarla por delante de su cuerpo y estuvo a punto de voltear a su esposo. Pero Karl se deslizó rápidamente hacia atrás y Anna logró subir a salvo. ¡El mundo se veía magnífico desde esa altura! Podía distinguir las perfectas hileras de vegetales en la huerta. El trigo se extendía como un mar verde y ondulante debajo de ella. ¡Qué anchas parecían las espaldas de Bill y de Belle! No se las imaginaba así. En el techo de la casa, contra la chimenea, había un nido de ardillas. ¡Y el camino que salía del claro era tan angosto y sombreado!

La voz de Karl sonó detrás de Anna:

– Todo esto es nuestro, Anna. Tenemos abundancia, ¿no?

Se inclinó hacia adelante, le rodeó la cintura y la atrajo hacia sus muslos, apretándola con fuerza y haciéndole apoyar la cabeza de costado sobre su hombro. Karl olía a madera fresca, sudor, caballos, cuero y un montón de cosas maravillosas.

Karl le frotó las costillas debajo de los pechos, mientras Anna se estiraba hacia atrás para apoyar la mano en el hombro musculoso.

– Sí, Karl. Ahora entiendo cuando hablas de abundancia. No tiene nada que ver con cantidades, ¿no es cierto?

Como respuesta la sujetó aún más fuerte y murmuró:

– Ven, bajaremos adentro.

Karl giró el cuerpo y se dispuso a bajar.

Descendieron juntos hasta que quedaron dentro de las cuatro paredes nuevas. El sol penetraba por entre las maderas y formaba, en el interior, barras de luz y sombra que se proyectaban en ángulo sobre rostros, hombros y cabelleras.

Era como una catedral verde y fresca con el cielo raso de color celeste. Un lugar acogedor, privado, inundado por la penetrante fragancia limpia y fresca de la madera. La mirada de ambos se dirigió a lo alto. Por arriba de las paredes, una franja de ramas se balanceaba levemente en la brisa del verano. Luego miraron hacia abajo. El viento suspiraba a través de las paredes irregulares, los pájaros perezosos piaban desde los olmos, el arroyo venía canturreando desde el manantial.

Las bandas de sol y sombra lo atravesaban todo: el torso desnudo de Karl, la cara pecosa de Anna, la casa humilde donde pronto habría puerta, ventana, hogar, buhardilla y cama. Anna se apretó contra Karl, quien abrió los brazos y cerró los ojos. Los brazos de la muchacha rodearon el cuerpo rayado por la luz del sol, que se reanimó al sentir ese peso liviano contra sus piernas. Con las bocas juntas, giraron en círculo, sin pensar en lo que hacían pero respondiendo a una necesidad de moverse juntos, muy apretados y armoniosamente.

– ¡Oh, Anna, qué felices seremos aquí! -dijo él por fin, con los labios apoyados contra el pelo de la joven.

– Dime dónde va a estar nuestra cama -dijo Anna.

Karl la condujo a un rincón donde los únicos adornos eran un conjunto de hojas, ramas y pasto.

– Aquí -señaló, imaginándola-. Aquí haré el hueco para la chimenea. Y aquí estará la escalera que conducirá a la buhardilla. Y aquí pondré el aparador. ¿Te gustaría tener un armario en tu cocina, Anna? Lo puedo hacer de arce; ya elegí un buen árbol. Y también pensé en un sillón hamaca; siempre quise tener uno. Con mi azuela puedo modelar un buen asiento y hacer un respaldo con varas flexibles que obtendré del sauce. ¡No te imaginas lo hermoso que será ese sillón!

Anna no pudo evitar sonreírle; compartía su alegría, aunque ella hubiera preferido un fogón de hierro en lugar de un armario y un sillón hamaca. Pero no lo dijo; no quería empañar el entusiasmo de Karl.

– ¿Cuándo empezamos a rellenar? -preguntó Anna.

– Pronto -murmuró él-. Primero hay que traer del bosque la madera para la cumbrera. Ya la tengo elegida.

– ¿Cuándo estará lista, Karl? ¿Cuándo podremos mudarnos?

– ¿Estás ansiosa, pequeña mía?

– Estoy cansada de mentirle a James acerca de todos esos paseos que estuvimos dando últimamente.

La abrazó otra vez contra su pecho, y rió sobre el cuello de la muchacha; con la boca apoyada allí, aspiró y adoró la sal de su transpiración, producto del trabajo. Dejó caer el brazo hasta las caderas de Anna, y la atrajo hacia él. Luego encerró con las manos las posaderas de la joven, aunque no hubo necesidad de presionarla contra su voluntad; las dos voluntades se habían fusionado en una sola. Ella había llegado a amar el contacto de ese cuerpo moldeado contra el suyo, lo buscaba tan ansiosamente como él.

– Si mi Tonka Sqnaw sostiene la mentira, su hermano se dará perfecta cuenta, esta vez, de que no estamos dando ningún paseo en plena luz del día y con la cabaña a medio construir.

– Ya que sabrá la verdad de cualquier modo, esta Tonka Squaw irá y le contará la verdad: que su enorme y ardiente cuñado está ocupándose de la plantación de pepinos.

Las dos carcajadas resonaron por las paredes de la cabaña.

La instalación de la cumbrera fue una ocasión auspiciosa, puesto que fue la primera oportunidad que tuvo James de demostrar su temple como carrero. Era una tarea riesgosa, y Anna pudo observar cómo su hermano echaba, cada tanto, una mirada a lo alto de las paredes; cómo tiraba de la carga, inhalando profundamente y resoplando con exageración, inflando las mejillas y llevando hacia atrás el pelo de la frente.

El alerce que Karl había elegido era un gigante imponente, más largo que cualquier otro. Estaba ahí, a la espera, al lado de la cabaña. Apoyados contra la hilera más alta de troncos, había cuatro árboles más delgados, sin las ramas y con la superficie blanca y brillante al sol.

Las pesadas cadenas fueron atadas a la abrazadera y James sintió que le transpiraban las manos. Nunca en la vida había querido complacer a un hombre más de lo que quería complacer a Karl hoy. James se secó la frente y levantó otra vez los ojos hacia lo alto de la cabaña; deseaba que hubiera otro hombre para ayudarle a Karl y tener él un pretexto. Pero, al mismo tiempo, el desafío aumentaba sus deseos de hacer mejor las cosas.

James hurgaba en su memoria para recordar las lecciones que Karl le había enseñado acerca de la importancia de tranquilizar a los caballos con palabras apacibles cuando trabajaban. Pero su voz sonó a falsete cuando trató de hablarle a Belle con calma. Los animales, acostumbrados a trabajar uno al lado del otro, se mostraban inquietos ahora que estaban separados, atados uno a cada extremo de la larga cumbrera. Muy raras veces se les pedía que respondieran por separado a alguna orden; en consecuencia, Belle inconscientemente giró hacia Bill, y James ordenó:

– ¡Aparta! ¡Aparta!

Pero el nerviosismo hacía que su voz sonara demasiado aguda.

Desde el otro lado del camino, Karl le explicó:

– Muchacho, no te olvides de que estás hablándole sólo a Belle pero que Bill también puede oír tus órdenes. Cuando le des una orden, usa su nombre.

James tragó saliva y trató de repasar todo lo que Karl le había enseñado: “Los caballos tienen el sentido del oído muy desarrollado; si le gritas a un animal, es para descargarte. Las órdenes calmas pero firmes son las mejores”.

– Sostén las riendas tirantes hasta que te dé la señal, luego los haremos arrancar juntos -instruyó Karl-. ¡Recuerda: si las dejas muy flojas, perderemos la cumbrera en un patinazo!

Inconscientemente, Anna giró hacia arriba los puños, como si fuera ella y no su hermano quien llevara las riendas. Su propio corazón estaba tan acelerado como el de James. Le dio una rápida mirada a Karl; la confianza que le tenía a James se notaba en su manera relajada de pararse y en la tranquila expresión que tenía en el rostro cuando se dirigió al muchacho para animarlo.

– ¿Cuántas veces manejaste la yunta, muchacho? -preguntó Karl ahora.

– Montones de veces. Todos los días, desde que estoy aquí.

– ¿Y alguna vez te fallaron?

– No… señor.

– ¿Y tú alguna vez les fallaste? -No… señor.

– ¿Cuántos hay en una yunta?

– ¿Qué? -El rostro de James manifestó sorpresa ante la pregunta.

– Una yunta. ¿Cuántos hay en una yunta?

– D… dos, por supuesto.

– Hasta ahora manejaste dos percherones bien crecidos. Ahora tienes que conducir sólo la mitad, ¿no es así? James dudó un instante y replicó:

– Correcto. -A pesar de que sabía que ahí estaba el problema.

– Un hombre que puede arrastrar una cumbrera y colocarla en su lugar, puede hacer cualquier cosa con su yunta. -Y con estas palabras, Karl se ubicó detrás de Bill.

Nunca antes Karl había usado el término “hombre” para referirse a James. Al escucharlo en ese momento, sabiendo que ésa era la tarea de un hombre, James trató de responder a la confianza que habían depositado en él.

Las riendas parecían engrasadas. El sudor le corría por el hueco de la nuca, y le temblaban los tobillos. Las ancas de Belle eran tan macizas, que las débiles riendas de cuero no podrían contra ella si decidiera liberarse. Sujetándolas con fuerza, James se preguntó, desesperado, si no habría olvidado enganchar algún débil eslabón de la cadena al revisarla. ¿Serían las correas que llevaban todo el peso de la carga lo suficientemente gruesas y resistentes? Pero era demasiado tarde para corregir algún error ahora que las tensas cadenas empezaron a tirar y el extremo suelto desapareció con un ruido metálico.

James miró a Karl. El hombrón le guiñó un ojo. Luego le dio la silenciosa señal, y los dos, el hombre y el muchacho, hablaron:

– ¡Levántate, Belle! ¡Levántate, Bill!

Hubo al principio un relincho de protesta, luego un sonido seco cuando la cumbrera se apoyó sobre los troncos verdes. Los pechos de los percherones estaban tensos dentro del arnés, y James dio el primer paso, echándose hacia atrás, como lo había visto hacer a Karl. Primero resonó el crujido de la madera verde a través del claro; luego, el quejido de los troncos al someterse a ese peso.

– ¡Levántate, Belle! -ordenó James, mientras el animal sentía aumentar la presión en el pecho. El caballo levantó la cabeza con el esfuerzo y sus pasos se hicieron más cortos y más altos- ¡Levántate, Belle! ¡Vamos!

La cumbrera (seis metros de peso mortal y aplastante, si se desviaba) se deslizó con firmeza, en forma horizontal, hacia el cielo.

Los caballos siguieron moviéndose. Ya no podían verse entre ellos pues la cabaña los separaba. Lo mismo pasó con los conductores. Ahora sólo podían ver un extremo de la cumbrera; imaginaban el resto subiendo, moviéndose, acercándose al amarre hasta que, cuando los pulmones de los caballos parecían a punto de estallar por dentro, llegó un sonido sordo pero suave, y la voz de Karl desde el otro lado de la cabaña.

– ¡Lo logramos, muchacho, lo logramos!

James se olvidó de sí mismo entonces, dejó escapar un “¡hurra!”, y saltó por el aire, haciendo que la asustada Belle saltara de costado dando pequeños pasos.

Anna dejó escapar el aliento que tenía retenido y corrió hacia adelante llena de gozo, tan excitada como James ante su éxito.

– ¡Lo lograste! ¡Lo lograste! -cantó, sumamente complacida con sus progresos como carrero.

– Lo logré, ¿no?

– Con una pequeña ayuda de Belle.

– Así es -admitió James, y volvió a reír.

– ¡Oh, Belle, vieja novia mía! -exclamó el muchacho, y le besó la barriga.

En ese momento, se acercó Karl.

– ¿Qué es esto? ¿Mi cuñado besando a mi caballo?

La pregunta los hizo estallar, de nuevo, en carcajadas.

– Lo logré, Karl -dijo James con orgullo.

– Seguro que sí. Le puedes enseñar una o dos cosas a algunos suecos que conozco, acerca de cómo deslizar una cumbrera.

James sabía que ésa era la mejor alabanza que podía esperar de Karl. Ambos elevaron la mirada hacia el poste, ubicado correctamente en su lugar.

– Tuve mucho miedo, Karl.

– A veces debemos hacer las cosas, tengamos o no miedo. Ser capaz de decir después: “Tuve mucho miedo”, hace a un hombre más grande, no más pequeño.

– No te puedo contar lo aterrado que estaba cuando tenía esas riendas en mis manos.

Semejante admisión no pudo menos que divertir a Karl. Sonrió y agregó:

– Yo también estaba aterrado. Siempre lo estoy cuando la cumbrera se eleva. Pero lo logramos, ¿eh?

– Seguro que sí.

Capítulo 13

La elevación de la cumbrera fue el catalizador en la enriquecedora relación entre Karl y James. Después de ese día, surgió entre ellos una afinidad tan intensa como James nunca antes había experimentado con otro hombre; por su parte, Karl sólo había compartido una relación semejante con sus hermanos mayores.

Descubrieron que podían hablar más de igual a igual después de la prueba que James había rendido como carrero. La comodidad con la que trabajaban, aprendían y enseñaban juntos creó, al mismo tiempo, fluidez en la comunicación. Pronto se encontraron hablando de sus sentimientos, recuerdos y deseos más íntimos.

Karl narraba a James innumerables historias acerca de su vida en Suecia, de su familia tan unida y cariñosa, de la profunda soledad que había experimentado durante esos dos años, antes de que él y Anna vinieran. Karl llegó a confesar lo maravilloso que era no tener que dormir solo nunca más, no tener que comer solo.

A menudo hablaban de Anna. James no tenía duda alguna de que Karl amaba a su hermana. Ese conocimiento le aportaba una seguridad de la que siempre había carecido en su vida. Así protegido, comenzó a crecer como hombre.

Muy lentamente, Karl fue logrando que le contara el tipo de vida que él y Anna habían llevado antes de llegar allí. Pero había cosas que James no decía; blancos que dejaba sin llenar, como si fueran demasiado desagradables para recordar. Uno de esos blancos era su madre. Cada vez que Karl se la mencionaba, el muchacho se escondía detrás de una barrera tan palpable como las paredes de la cabaña. Tampoco Anna hablaba mucho de su madre.

Pero Karl se enteró de fragmentos aquí y allá que le dieron la certeza de que los jóvenes no querían revelar mucho acerca de esa mujer llamada “Barbara”. No forzó el tema, pero traía a la conversación la palabra “Boston” con la esperanza de inducir a James a contar lo que quisiera de su pasado.

Durante todo este tiempo, hubo incontables tareas que Karl debía enseñar a Anna, James o a ambos. Por ejemplo, la recolección de cera de los panales; la cera, por lo que parecía, era tan importante como la lejía. La reservarían hasta el otoño con la esperanza de matar un oso gordo que los proveyera con abundante sebo para mezclarlo con la cera y hacer velas. La cera se usaba también para proteger los arneses, para conservar algunos alimentos y en preparaciones medicinales.

Karl le enseñó a Anna cómo hervir la ropa, fregarla contra la tabla de lavar y ponerla a secar sobre los arbustos. El lavado le resultaba una tarea pesada a Anna. Se quejaba de que el jabón le quemaba las manos, hasta que finalmente Karl las examinó más de cerca y descubrió que la muchacha había contraído lo que se llamaba “enfermedad de la pradera”, común a muchos recién llegados a esas regiones. Era un mal misterioso que no tenía cura y sólo había que esperar que el escozor y la inflamación pasaran, lo que hizo que Anna y también James se rascaran, muy molestos. Karl le dijo a Anna que no tenía nada que ver con el jabón sino con la tierra de los cultivos. Esto no le dio mucho ánimo a la joven, pues el lavado y la huerta eran sus dos tareas principales.

Karl pidió ayuda a los indios e hizo lo que la esposa de Dos Cuernos le indicó. Preparó un ungüento con grasa y laurel; consiguió unas de esas ramas en forma de lanza y aplastó luego las hojas secas, de las que obtuvo un polvo fino que mezcló con la grasa. Anna se lo aplicaba a la noche y también James. A veces se hacían un baño con polvo de laurel y agua.

Parecía que la tarea de saber todo acerca de los caballos era interminable. El mero cuidado de los arneses ya era una exigencia. Era necesario lavarlos con cuidado; la transpiración pudría el cuero tan rápidamente como las emanaciones de la orina, si el establo no se mantenía limpio. Karl no tenía fragua, de modo que los caballos carecían de herraduras. En consecuencia, era necesario mantener los cascos siempre en perfectas condiciones. Diversas dolencias podían afectar a los caballos, si las patas no se mantenían limpias, si no se les cortaban las pezuñas o si el establo estaba descuidado.

Un día James estaba en el establo atendiendo a los caballos y, como de costumbre, se había agachado para observar más de cerca cada movimiento que Karl hacía para enseñarle la manera correcta de agarrar la pata y obligar al caballo a doblar la rodilla. En cuclillas, sostenía la gigantesca pata del animal y usaba una herramienta especial para quitar la suciedad y las piedritas de la ranilla, es decir, la parte hueca y esponjosa del casco.

– Estoy muy satisfecho con tu desempeño como herrador -le dijo Karl, observándolo-. Lo has aprendido casi tan rápido como a conducir la yunta. Si no te conociera, diría que ya sabías conducir caballos antes de venir aquí.

– Para nada, nunca lo hice -dijo James. Luego, al recordar algo, agregó-: Bueno, sí, una vez. Ese hombre de Boston que me dejó conducir su coche de caballos una sola vez.

– Y yo que creía que nunca habías manejado una yunta… -bromeó Karl.

– Bueno, no era una yunta. Era solamente un caballo. Pero ¡qué animal! Era uno de los bayos más hermosos que jamás haya visto. Coche y caballo se veían de los más extraños con esas correas de cuero rojo. A veces me daba una vuelta por el establo para darle un vistazo. Y por fin, tuve suerte. No me puedo imaginar cómo Saul me dejó tocar el caballo ese día. Hasta ese momento nunca me había permitido siquiera acercarme al animal aunque me ofreciera a llevarlo gratis a la caballeriza. No lo podía creer… De repente vino y me dijo que saliera a dar un paseo si quería.

Karl siguió con su lección y con la charla simultáneamente, tratando de que sus preguntas parecieran casuales.

– Debes fijarte que la ranilla esté libre de suciedad, o el caballo puede contraer la enfermedad llamada afta. Entonces… si conocías a ese hombre… Saul, ¿por qué no te habrá dejado cuidar de su caballo antes?

– Bueno, en realidad yo no lo conocía mucho. Era más bien… No sé. Era uno de los amigos de Barbara y es como que se le pegó a Anna después de que Barbara murió.

– ¿Era un hombre joven, entonces, de la edad de Anna?

– No. Tenía, por lo menos, la edad de Barbara.

– Una vez que la ranilla esté limpia, debes revisar las paredes del casco para ver si no tiene rajaduras. -Karl tomó la cuchilla, se agachó y apoyó el enorme casco sobre sus muslos-. Pero, de todos modos, cuando tu madre ya no estaba, ¿ese Saul siguió siendo amigo tuyo?

– Te dije que no era, en realidad, un amigo. Nunca quería que estuviéramos por allí cuando estaba con Barbara. Ella nos mandaba a pasear cada vez que él iba a verla.

– Una vez cortadas las pezuñas, debes limarlas. -Karl tomó la lima- ¿Pero ese día Saul te ofreció dar un paseo con ese caballo y ese carruaje tan extraños?

– ¡Sí! Lo llevé a correr por el descampado. ¡Si hubieras visto cómo trotaba y cómo me miraban los tipos! Allí iba yo, el mocoso de Barbara, detrás de ese hermoso caballito. ¡Era grandioso, Karl, te lo aseguro!

“¿El mocoso de Barbara?”, pensó Karl. Pero no quiso interrumpir esa primera aproximación a la vida de James en Boston. En lugar de discutir esa frase rara, Karl simplemente asintió:

– Sí, admito que debe de haber sido grandioso. Ahora observa esto y mira cómo le doy forma a esta pezuña para que Bill esté bien parado. ¿Y qué decía Anna acerca de ese paseo detrás del gran trotador?

– Oh, Anna no estaba conmigo.

– ¿No? ¿La pobre Anna se perdió semejante placer?

– Estaba nerviosa y dijo que no confiaba en el bayo. Era demasiado brioso para su gusto y me dejó ir solo.

– Anna debería haber mostrado más sentido común y no permitirte salir solo con ese caballo, si es que era tan brioso.

– Se imaginó que no pasaría nada, supongo. Dijo que sería una lástima perder esa buena oportunidad y que me fuera sin ella. Esa vez se quedó, a pesar de que Saul estaba allí.

La lima crujía regularmente mientras Karl daba forma a la pezuña.

– Y Ana, ¿qué pensaba ella de ese Saul?

– Nunca le gustó mucho.

– Pero él se prendó de Anna, ¿eh?

– Oh, Karl, ¿estás celoso? Es cómico. No debes tener celos de Saul. ¡No sabes! Anna corría a esconderse cuando él estaba cerca. Decía que le producía escalofríos.

James sonrió al ver la expresión ceñuda de Karl, pues sabía que no tenía motivos para estar celoso. A Anna ni siquiera le había gustado otro hombre antes que Karl; de eso estaba seguro.

Pero Karl no se sentía aliviado. Se le dibujó una sonrisa forzada y rió para no defraudar a James; pero el sonido, emitido desde la parte alta de su garganta, resultó extraño. Trató de imaginarse a Anna al lado de un hombre que le producía escalofríos, un hombre del que siempre se escondía, mientras James daba su paseo en aquel carruaje extravagante. Trajo esa imagen a su mente, pero en seguida la rechazó.

Según las apariencias, estaba absorto en la pezuña y la examinaba con mirada crítica, cuando preguntó:

– Me imagino que ese Saul era un hombre rico, ¿eh? Ese carruaje tan decorado era importante.

– Supongo que sí. También usaba ropa extravagante.

Una sensación de intenso calor y malestar recorrió el cuerpo de Karl.

– Ven, muchacho, trata de recortar esta pezuña mientras yo te observo.

Pero no fue a James a quien vio sino a Anna, de pie al lado de un dandi llamado Saul, mientras James se alejaba con el caballo.

Karl parecía reservado, esa noche. Cuando Anna le preguntó cómo le había ido a James con los caballos, se volvió hacia ella con la mirada ausente, y la joven tuvo que repetir su pregunta.

Todos fueron a la laguna como de costumbre; sin embargo, Karl no era el mismo hombre divertido de siempre. Nadó con intenso vigor, ida y vuelta, en la parte honda, y dejó que Anna y James retozaran en la orilla, si querían. Anna se acercó a Karl, pues ya podía nadar donde no hacía pie, y lo instó a jugar en un rincón del dique de los castores; pero él le dijo que lo dejara tranquilo esa noche, que no estaba con ánimo para jugar.

En la cama, más tarde, murmuró algo parecido; le dijo que había tenido un día muy difícil, suspiró, giró hacia su lado y le dio la espalda. De inmediato, Anna lo abrazó desde atrás y acomodó su cuerpo contra el de Karl. Pero por un largo rato, él no tomó su mano. Sólo lo hizo cuando la muchacha intentó acariciarlo; entonces, la apretó tanto, que Anna tuvo que retirar los dedos con una aguda exclamación de dolor. Karl tenía la mano cubierta por el ungüento para “el mal de las praderas”, de modo que se levantó para buscar un trapo con el que se frotó la piel, emitiendo un sonido de inconfundible irritación por la molestia.

Anna por fin se durmió, pero Karl sólo dormitó de a ratos. Cada vez que se adormecía, algún pasado comentario de Anna o de James irrumpía en su mente, trayendo detrás un significado oculto. Como las piezas de un rompecabezas, varias cosas iban encajando en su lugar. Pero cuando la imagen se formaba en su mente, lo que veía era a Anna al lado de un hombre, de la edad de su madre, vestido con un traje extravagante, mientras James se alejaba en el carruaje.

Karl, sintiéndose culpable, abrió los ojos en la oscuridad para rechazar esa visión que insinuaba algo acerca de Anna, algo que no podía admitir. Pero luego acudían nuevamente las palabras de James: “ese hombre le provocaba escalofríos”. Después: “esa vez Anna se quedó, a pesar de que Saul estaba allí”.

El alba ya estaba cercando el horizonte cuando Karl, finalmente, comenzó la intensa búsqueda de ese algo al que se había estado resistiendo durante toda la noche: el recuerdo de la primera noche en que él y Anna habían hecho el amor. Era terrible que estuviera sospechando semejante cosa. Sin embargo, permitió que esa noche volviera a su recuerdo. Cosas que fue incapaz de ver debido a su sobreexcitación adquirieron ahora otro significado. Muy especialmente tres cosas que faltaron en su relación con Anna: dolor, resistencia y sangre.

Karl se preguntaba si tendría razón. ¿Cómo podía saber él si Anna había sentido dolor? Tal vez se lo hubiera ocultado. Pero volvió a recordar cuando le dijo a Anna: “No quiero lastimarte”. ¿Qué había respondido ella? ¿Qué había dicho exactamente? Pensó que era algo parecido a: “Está bien, Karl”.

Recordó enseguida otra cosa que Anna había dicho: “Algo bueno ocurrió, Karl, algo que no esperaba”. Se pasó el brazo por la frente y vio que estaba transpirando. Otro recuerdo lo asaltó, nítidamente. Adentro, antes de salir para el granero, sus palabras fueron: “Es tan diferente, Karl…”. “¿Diferente de qué?”, se preguntaba ahora. “¡Oh, Dios!, ¿diferente de qué?”

Cuando ya no pudo soportar más ese tormento, se levantó y fue al establo; Belle y Bill lo miraron con ojos inquisidores, pero él no los tocó. Sólo se quedó allí, con las manos en los bolsillos, mirando delante de él, sin ver.

– ¿Cuándo vamos a hacer el hueco para la puerta? -preguntó Anna, tan alegre y despreocupada como siempre.

– Cuando el techo esté terminado -contestó Karl.

– Hay que apurarse, ¿no? -dijo con coquetería, ladeando la cabeza.

En lugar de darle el golpecito debajo del mentón o el pellizco travieso, Karl giró sobre los talones y la dejó mirando a James para que él le explicara por qué su esposo se había vuelto tan distante, de repente.

James rebuscó en su memoria para descubrir si había algo que pudiera haber disgustado a Karl. Pero no encontró nada. Había estado a punto de revelar el secreto de Barbara pero no creía que Karl fuera el tipo de hombre que los culpara si llegaba a descubrir quién era Barbara realmente. No era propio de Karl; era demasiado bueno para hacer una cosa así. Sin embargo, James tenía ciertas dudas acerca de la conversación sobre Saul. ¿Era posible que Karl estuviera celoso a pesar de todo? ¡No podía ser eso! Después de todo, él le había dicho que Anna no podía tolerar a Saul. Ésa era razón suficiente para que Karl se tranquilizara.

El taciturno distanciamiento de Karl se hacía más evidente a medida que pasaban los días. Anna trataba de arrancarlo de sus “pesares”, como ella los llamó. Pero Karl no se dejaba engatusar y ni siquiera sonreía. Encontraba excusas para no hacer el amor, hasta que una noche cambió de idea; pero trató a Anna con tanta agresividad, que ella quedó perturbada ante su falta de ternura durante todo el acto. Apabullada y herida, Anna no se atrevió a preguntarle qué era lo que le estaba molestando. Ya se lo había preguntado antes pero él se negó a responder.

Mientras tanto, Karl también sufría noches de insomnio y días tortuosos. Cada vez acumulaba más evidencias en su mente en contra de Anna. Como era típico en él, no le dijo nada y continuó con el tema dándole vueltas en la cabeza; le otorgaba el beneficio de la duda. Pero terminó por considerar que lo que había sospechado era verdad. Había muchas coincidencias, cosas que nunca había asociado antes con la vida de Anna o con su madre. Karl se dio cuenta de que no podía seguir de esa manera, pues hasta su rostro comenzaba ya a mostrar los estragos de la falta de sueño y la preocupación. Tironeado entre el temor y la necesidad, debía conocer la verdad.

Anna estaba en el patio, fregando la ropa contra la tabla; otra vez se había puesto un par de pantalones de James. Karl apenas recordaba el vestido que usaba aquel día, cuando llegó en la carreta de provisiones de Long Prairie. Esa mañana, revisando el baúl, mientras Anna estaba en el patio, volvió a recordarlo.

La estaba estudiando ahora mientras ella trabajaba. El pelo le caía alrededor mientras fregaba. Oh, ese pelo del color del whisky, con el que había soñado tanto durante todos esos meses de espera solitaria… Hizo a un lado ese pensamiento y, silenciosamente, se puso detrás de su esposa.

– Anna, ¿quién es Saul? -le preguntó simplemente.

Vio cómo sus hombros se ponían rígidos y ella levantaba la cabeza, mientras movía las manos, nerviosa.

Anna sintió como si un puño gigante le hubiera aplastado el estómago. Se dio cuenta de que estaba aferrada a la tabla de lavar y se obligó a mover las manos otra vez, dejando caer la mirada hacia el fuentón.

– ¿Saul? -preguntó en un tono que quiso ser casual.

– ¿Quién es?

– Era uno… uno de los amigos de Barbara.

– James dice que se fijaba en ti.

– ¿James dijo eso?

Anna hundió el mentón en el pecho y fingió estar absorta en el lavado.

Karl se ubicó a su lado y la aferró del codo, haciendo que se volviera para ver su rostro.

El rostro de Anna se había vuelto color escarlata y el mentón le temblaba debajo de los labios entreabiertos. Su horrorizada y vacilante mirada se dirigió al primer botón de la camisa de Karl, pero fue atraída inexorablemente hacia los ojos obsesionados de su esposo.

– ¿Se fijaba en ti? -preguntó Karl, con voz extraña y dolorida.

– Dije que era amigo de Barbara y no mío.

– ¿Qué clase de amigo? El pulgar oprimió la piel suave de la joven.

– Sólo un amigo -dijo.

Desprendió su brazo de un tirón y se volvió hacia el fuentón.

Karl trató de hacer que lo mirara, inclinándose delante de ella, pero Anna se obstinó en no levantar los ojos y se sumergió nuevamente en su lavado con frenética energía.

– ¿Un amigo que los mandaba afuera a James y a ti cuando quería estar a solas con tu madre?

La misma punzada volvió a atravesarle los músculos del estómago.

– ¿James dijo eso?

– ¡Sí, dijo eso!

“¡Maldito seas, James! ¿Cómo pudiste?” Los dientes de Anna mordieron la suave piel del labio inferior interno a fin de parar el temblor.

– También dijo que le tenías miedo a ese Saul… que te producía escalofríos.

– ¡Ya lo creo! La piel se me erizaba cada vez que lo miraba.

Se puso a fregar violentamente ahora; las palabras de Karl traían a su memoria recuerdos sórdidos que le revolvían el estómago.

– ¿Entonces tú mandaste a James a dar un paseo en ese carruaje extravagante y te quedaste sola con ese hombre que te erizaba la piel? ¿Por qué?

No encontraba qué decir. ¿Qué podría decir? “Por favor, ayúdame, James… alguien, ayúdenme a hacerle entender.”

Pero Karl entendía demasiado bien. Con voz férrea, agregó:

– Dime por qué un hombre rico con un hermoso caballo de trote altivo y calesa de cuero rojo dejaría a un muchacho de trece años irse en su carruaje, cuando nunca antes ni siquiera había dejado al chico guardar el caballo en el establo.

A Anna le temblaban los párpados.

– ¿Cómo podría saberlo?

– ¿Sabrías, entonces, por qué la hermana de este muchacho no aprovechó la oportunidad de dar un paseo con él, cuando eso hubiera significado evitar al hombre que le erizaba la piel?

– Por favor, Karl…

Anna bajó los párpados. Pero esta vez Karl hizo que lo mirara de lleno en la cara.

– Anna, hombres ricos como ése no cortejan a costureras y a hijas huérfanas sin ningún motivo.

– ¡No me cortejaba!

Los ojos de Anna se abrieron repentinamente y sostuvo la mirada en actitud defensiva. Leyó la verdad en el rostro de Karl: él se sentía tan asqueado como ella.

Karl habló con resignación:

– No creo que te estuviera cortejando, un hombre de la edad de tu madre, esa madre a la que llamas solamente Barbara. ¿Por qué no le decías “mamá”, como cualquier otro chico?

No respondió.

– ¿Acaso no era una simple costurera? ¿Acaso no quería que hombres como Saul supieran que era madre de dos hijos? ¿Acaso era malo para su negocio que lo supieran?

Anna volvió a cerrar los párpados. No podía enfrentar esa cara honesta mientras Karl adivinaba su culpa.

– ¿Era costurera, Anna, o ésa es otra mentira?

Como ella no contestaba, él siguió:

– ¿Dónde conseguiste el dinero para el pasaje de James y su ropa nueva?

Anna tenía las mejillas ardientes y le dolía tanto el estómago, que pensó que vomitaría allí mismo. Karl le hundió los enormes dedos en las mejillas.

– ¿Qué clase de vestidos guardas allí, que no quieres que yo vea?

Mientras las lágrimas rodaban por las mejillas de Anna y mojaban los dedos de Karl, la última y la más terrible de las mentiras salía a la luz. Porque ahora era ya evidente que esas preguntas estaban contestadas. Y ya que estaban contestadas, no era necesario formularlas.

No obstante, Karl intentó otro dudoso comienzo:

– La primera noche que hicimos el amor, Anna…

Pero no pudo terminar de recorrer esa distancia que lo separaba de descubrir lo que no quería descubrir. Guardó silencio. Dejó caer la mano que aferraba las mejillas, se volvió y cruzó a grandes pasos el camino hasta el establo, donde James estaba hoy trabajando con las pezuñas de Belle.

Cuando Karl entró, precipitadamente, James lo miró, esperando tal vez un elogio. En cambio, Karl le dijo con hosquedad:

– Muchacho, necesito que me digas la verdad.

James levantó los ojos de la pata tosca que tenía sobre los muslos.

– ¿Tu madre era costurera?

La lima quedó colgando, inútil, de la mano del muchacho. Tenía los ojos muy abiertos.

– No… señor -susurró.

– ¿Sabes qué hacía para ganarse la vida?

La pregunta salió disparada como la descarga de un fusil.

James tragó saliva. La pata de Belle cayó con ruido al piso.

– Sí… sí, señor -susurró otra vez y bajó la mirada hasta los pies de Karl.

Karl no podía ni necesitaba preguntar más. ¿Cómo podía forzar a este alegre muchacho de trece años a identificar a su madre con una prostituta y mucho menos a su hermana, a quien James amaba mucho más de lo que había amado a su madre?

La voz de Karl se hizo más tierna.

– Eso es todo, muchacho. Esa pezuña está muy pareja. Desde aquí puedo ver que tiene el mismo ángulo que la cuartilla. Cuando termines con Belle, puedes sacarla a buscar forraje por un rato. Será un premio por haberse quedado tan quieta contigo.

– Sí… sí, señor.

Pero las palabras fueron apenas balbuceadas. James seguía con la mirada fija en el piso.

Anna se movió el resto del día en medio de una confusión de emociones. Primero evitó los ojos de Karl, luego trató de pescar su mirada pero se dio cuenta de que él no se dignaba mirarla. En la intimidad de la cabaña, el deliberado rechazo se hizo más evidente, pues Karl evitaba hasta el más leve roce de la ropa entre los dos. Se aborrecía por haberlo desilusionado.

Cuando cayó la noche, la angustia la había invadido totalmente, y había matado la poca confianza en sí misma que había ganado paso a paso durante ese corto período como esposa de Karl.

Esa noche, cuando el peso de Karl se sumó al suyo sobre las chalas, no se oyó un solo crujido. Karl yacía de espaldas, rígido. Después de lo que pareció una eternidad, cruzó las manos debajo de la cabeza. El codo rozó el pelo de Anna y ella sintió cómo Karl se movía cuidadosamente para evitar el menor contacto.

Luego de permanecer a su lado de esa forma rígida todo lo que pudo, Anna se dio cuenta de que uno de los dos debía dar el primer paso para la reconciliación. Juntando coraje, se volvió y apoyó la palma, suplicante, sobre el lado interno de los bíceps de Karl.

Como si el contacto fuera algo sucio, Karl se apartó de un salto y giró el cuerpo hacia el otro lado, dejándola abatida, con un nudo en la garganta y los ojos inundados de lágrimas.

“Oh, Dios, Dios mío, ¿qué hice? Karl, Karl, vuélvete hacia mí. Deja que te muestre cuánto lo siento. Déjame sentir tus fuertes brazos alrededor de mi cuerpo, perdóname. Por favor, amor, seamos como antes.”

Pero este distanciamiento fue total. No lo sufrió sólo esa noche sino durante los días y las noches que siguieron. Lo sufrió con un resignado silencio, sabiendo que merecía ese dolor. Si los días eran una tortura, las noches eran aún peor; la oscuridad le recordaba su anterior intimidad, la alegría que habían depositado y encontrado en esa unión, la pasión perdida, perdida para siempre… para siempre…

James sabía que habían pasado muchas noches desde el último paseo nocturno de Anna y Karl; se sorprendió, entonces, al sentir el ruido de la puerta, después de que se hubieron acostado. Luego se dio cuenta de que era sólo Karl quien había salido. Anna estaba allí; se dio vuelta en la cama y suspiró.

Con el corazón dolido por haber causado todo esto, James pensó que, quizá, podría resolver la cuestión. Si saliera a explicarle a Karl que no era culpa de ellos lo que su madre había sido, que Anna odiaba todo eso, que le había jurado que él tendría una vida mejor; tal vez, entonces, Karl no se sentiría tan mal.

James se puso los pantalones aprisa y salió. Cruzó el claro hacia el establo, pero una vez adentro, se acordó de que los caballos estaban afuera, donde él mismo los había dejado esa tarde. Estaba seguro de que Karl estaba con los caballos.

Tenía razón. Aun desde allí, pudo distinguir el perfil de Karl, al lado de uno de los animales. Cuando se acercó sigilosamente, vio que se trataba de Bill. La luz de la Luna destacaba las marcas en la frente de Bill y la blancura del pelo de Karl en la noche. James pudo ver cómo Karl tenía la cara enterrada en el cuello del caballo y los dos puños aferrados a las ásperas crines.

Antes de que Karl notara su presencia, James oyó los sollozos ahogados contra el caballo, en medio de la noche. Nunca había visto llorar a un hombre. No sabía que los hombres lloraban. Pensó que él era el único niño en el mundo que había llorado alguna vez. Pero ahora allí estaba Karl delante de él; este hombre al que amaba tanto como a su hermana, o más, este hombre lloraba desconsolada, patéticamente, aferrado a las crines de Bill.

El sonido de su llanto destrozó la burbuja de seguridad que protegía a James cada vez más desde que vino a vivir al único hogar que había conocido. Temeroso, sin saber qué hacer, se volvió y corrió hacia la casa, hacia su jergón en el piso; se tiró allí con el corazón martillándole en el pecho, tragándose las lágrimas que también él quería derramar, esperando oír los pasos tranquilizadores de Karl, que volvía a la cama con Anna. Pero James no lloró. No lloró. Alguien, en ese lugar, no debía llorar.

Capítulo 14

Anna y James comenzaron a rellenar las paredes. Hacían un viaje tras otro hasta el depósito de arcilla para traer material que luego mezclaban con pasto seco de la pradera. Con esto tapaban los espacios entre los troncos. El “mal de la pradera” que afectaba a los hermanos había empeorado. Karl, mientras tanto, seguía trabajando en el techo, empleando ramas de sauce más pequeñas para la primera capa. Estas se unían a la cumbrera mediante agujeros practicados con un taladro y se las fijaba con trozos de árboles jóvenes.

Desde que Karl había hecho las primeras preguntas acerca de Saul, ya no había bromas a la hora de acostarse para romper la monotonía y aligerar la carga de esos días de duro trabajo. James, consciente del distanciamiento entre su hermana y su cuñado, sufría las consecuencias tanto como ellos. Yacía en el jergón, esperando oír el sonido de sus cuchicheos, su risa suave y hasta el crujido de las chalas, temblando en secreto.

Desde su lugar al lado de Karl, Anna lo sentía darse vuelta mientras simulaba estar dormida. Se quedaba esperando las lágrimas, que venían todas las noches a hacerle compañía junto con los sollozos; pero las tragaba y las sofocaba hasta que la respiración de Karl se hacía profunda y pareja. Sólo entonces las lágrimas rodaban por su rostro y se le acumulaban en las orejas antes de mojar la funda, hasta que, en medio de la desesperación, se volvía y enterraba la cara en la almohada, dejando escapar los sollozos contenidos.

Al lado de ella, Karl estaba totalmente despierto, con los brazos vacíos y deseosos de rodear a la Anna de antes. Pero el tonto orgullo sueco lo mantenía apartado y agresivo.

El día en que Karl practicó la abertura para la puerta distaba mucho de ser como él se lo había imaginado. “Ése será un momento para celebrar: el día en que Anna, James y yo entremos en la casa por primera vez”, había pensado. Pero Anna estaba demacrada y cansada, con manchas color púrpura debajo de los ojos. James, silencioso y con el andar pesado, no sabía cómo actuar en medio de los dos. Karl, por su parte, se mostraba eficiente y amable.

Se abrió la arcada mirando al este, como Karl había prometido. Pero cuando entraron por primera vez, no fue entre barras de luz y sombra como antes. Las vigas del techo estaban en su lugar ahora y gran parte de los huecos habían sido rellenados. La única luz penetraba por la arcada. A Anna la cabaña le pareció sombría. Cuidadosamente, evitó acercarse al rincón donde los dos se habían besado, o al sitio donde, según le había dicho Karl, estaría la cama.

James simuló estar interesado y se puso a caminar por ese espacio encerrado, exclamando:

– ¡Guau! ¡Es tres veces más grande que la casa de adobe!

– Más de tres veces, incluyendo el desván.

– Nunca tuve antes un lugar para mí solo -dijo James.

– Ya es hora de que nos pongamos a trabajar y dejemos de soñar con desvanes. Hay mucho por hacer antes de construir la buhardilla. ¿Estás dispuesto a entrar esas piedras, muchacho?

– Sí… señor.

– ¡Bien! Engancha a Belle y a Bill, entonces. Yo saldré contigo y te mostraré dónde está la pila.

Con una sensación de fatalismo, Anna partió con los dos hombres para ayudar a James a cargar las piedras en una especie de carreta que, según explicó Karl, era el asiento y los patines del trineo que usaba para acarrear en el invierno. Karl les mostró dónde estaba el montón de piedras, al este de las plantaciones, y regresó a la cabaña; los dos hermanos quedaron luchando con la fatigosa tarea de esa mañana. Sí, eso era lo que le parecía a Anna hoy: una fatigosa tarea. Toda la hermosa motivación había desaparecido.

Cuando James iba conduciendo el trineo de regreso al claro, con Anna a su lado, los dos estaban tristes y cansados.

Anna casi se arrastró hasta el claro, luego hasta la puerta de la cabaña. Estaba más iluminada ahora, pues Karl estaba usando su hacha para hacer el agujero de la chimenea.

Presintiendo que ella estaba atrás, se volvió y la encontró observando su trabajo.

– ¿Estás construyendo la chimenea, ahora, Karl? -preguntó.

– Sí. Una casa debe tener chimenea.

“Y una novia debe ser virgen, ¿no es así, Karl?”, pensó Anna. Estaba destinada a cocinar, calentar agua, hacer jabón y hervir ropa usando sólo la chimenea por el resto de su vida. De modo que Karl, a quien Anna consideraba incapaz de ser vengativo, se estaba tomando la revancha. Deseaba gritar: “¡No hagas esto, Karl! ¡No tuve opción, y lo siento… lo siento tanto!”

Karl, con el corazón destrozado, retornó a su trabajo. Recordaba lo contento que estaba cuando había planeado la construcción de esta chimenea. Había soñado tanto con traer a Anna a ese lugar, acostarla delante del flameante fuego, en el crudo invierno, jugar con ella, apretarla contra su cuerpo, envolverse ambos en la piel de búfalo y quedarse dormidos sin preocupaciones, allí, en el piso.

Las piedras de la chimenea iban subiendo una a una, solitariamente.

Llegó el día en que Karl anunció que debían ir a ver si el lúpulo estaba maduro. Se lo dijo a James. Le hablaba muy poco a Anna, aunque cuando lo hacía, siempre se mostraba amable. Pero no era amabilidad lo que Anna quería. Quería al Karl que bromeaba, la adulaba y parloteaba tanto acerca de los desastres que ella hacía cuando cocinaba. Ahora, a pesar de que sus comidas no habían mejorado, Karl no hacía ningún comentario; simplemente comía, imperturbable; se levantaba de la mesa y se iba con su hacha o su rifle al hombro. Continuaba enseñándole a Anna las cosas que ella necesitaba saber, pero las lecciones estaban desprovistas del goce y la alegría que las habían caracterizado.

De modo que fue a James a quien Karl anunció:

– Creo que debemos ir a ver cómo está el lúpulo. Si queremos pan el próximo invierno, sería conveniente ir ahora.

– ¿Engancho a Belle y a Bill? -preguntó James, ansioso.

Durante todos esos días, trató de hacer lo imposible para que Karl sonriera pero no lo logró.

– Sí. Nos iremos apenas termines de ordeñar a Nanna.

Cuando llegó la hora de partir, Anna se dio cuenta de que no iban simplemente a traer una carga de materiales para la construcción. Los caballos miraban en dirección al camino por primera vez desde que ella y su hermano llegaron. Se acercó a la puerta y se quedó entre las sombras, para que Karl no la viera. Se preguntó adonde irían. De repente, temió que la dejaran allí sola, pues nadie le había dicho nada. Karl trajo unas canastas de mimbre y las ubicó en la carreta. Anna lo vio volverse hacia James y luego el muchacho vino trotando hasta la casa de adobe. Anna se apartó de la puerta.

– Karl dice que es tiempo de ver cómo está el lúpulo. Me dijo que te preguntara si tú vienes también.

El corazón de Anna cantaba y lloraba al mismo tiempo. Karl no tenía intención de dejarla, entonces, pero tampoco la había invitado él mismo. Dejó caer la pala en el cubo de madera y se detuvo sólo para cerrar la puerta detrás de ella.

Cuando llegó a la carreta, Karl ya estaba subido al pescante. Él dirigió los ojos a la casa por un momento, y las esperanzas de Anna pronto se desvanecieron: no estiró la mano para ayudarla a subir. Por el contrario, mientras Anna subía por un lado, Karl bajaba por el otro; se encaminó luego hacia el montón de leños y tomó uno macizo, que atravesó delante de la puerta.

– ¿Por qué no me lo recordaste, Karl? -preguntó, preocupada porque nunca sería la clase de esposa que Karl necesitaba. No podía recordar algo tan simple como trabar la puerta con un tronco.

– No importa -respondió él.

Con tristeza, Anna pensó: “No, no importa. Ya nada importa, ¿no, Karl?”

Los frutos del lúpulo silvestre ya estaban maduros. Los pesados tallos se aferraban con sus filamentos curvados a los árboles que los sostenían, y cada enredadera se enroscaba en el sentido de las agujas del reloj, como era propio del lúpulo; Karl les había explicado que ésa era una de las maneras de identificarlo. Las ramas rizadas y pegajosas, de un verde amarillento y con la textura del papel, estaban cargadas de frutos duros de color púrpura. Entre todos los recogieron y llenaron las canastas con más de lo que necesitaban.

– Por lo que se ve, vamos a comer un montón de pan este invierno -dijo Anna.

– Venderé la mayor parte del lúpulo. Con ello se hace buen dinero -explicó Karl.

– ¿En Long Prairie? -inquirió Anna.

– Sí, en Long Prairie -respondió Karl, sin darle ninguna pista acerca de cuándo haría el viaje.

Cuando los tres estaban listos para partir con las canastas desbordantes, Anna se agachó para tocar un nuevo vástago que asomaba al pie de la planta madre; Karl les había dado el nombre de “gajos” a esos pequeños retoños.

– Karl, ya que no tienes lúpulo en tus tierras, ¿por qué no llevamos estos gajos y probamos si prenden?

– Ya lo hice. Pero murieron.

– ¿Por qué no volvemos a probar?

– Si quieres… pero no traje nada con qué desenterrarlos.

– ¿Y tu hacha? ¿No podrías usarla para arrancar la raíz? La expresión de Karl era de horror.

– ¿Con mi hacha? -Se aterrorizó ante la idea de que su preciosa hacha se mezclara con los terrones de tierra-. A ningún hombre se le ocurre apoyar el hacha en la tierra. El hacha se usa sólo para la madera.

Sintiéndose tonta, Anna miró los gajos y exclamó, con un hilo de voz:

– ¡Oh! -Pero se arrodilló, decidida a obtener la planta de alguna manera. -Veré si la puedo desenterrar con las manos, entonces.

Para sorpresa de Anna, Karl se arrodilló a su lado y juntos excavaron, tratando de llegar a la base de la raíz. Hacía días que no trabajaban tan juntos y cada uno era consciente de las manos del otro, excavando y arañando para liberar la raíz del retoño de lúpulo. Anna buscaba con desesperación complacer a Karl, en alguna medida. Sabía que si la raíz se afirmara y creciera, sería como hacerle una ofrenda a Karl.

– La regaré todos los días -prometió.

Al volverse hacia ella, Karl la encontró arrodillada y pudo leer otras promesas en sus ojos. Apartó la mirada y dijo:

– Será mejor que la envolvamos en musgo para que no se seque antes de llegar.

Se alejó en busca del musgo, dejando a Anna con las promesas muriéndose en sus ojos y en su corazón.

En ese momento, apareció James, que venía de la carreta con una canasta.

– ¿Recogiste una planta?

– Sí. Karl me ayudó.

– Me parece que no va a crecer, si Karl no lo logró… -agregó James.

El comentario despreocupado de James casi hace llorar a Anna. “Tal vez tenga razón”, pensó. Sin embargo, la angustiaba ver que James estaba tan dedicado a Karl, que apenas si tenía tiempo de preocuparse por lo que ella sentía o por tratar de levantarle el ánimo, como siempre hacía en el pasado.

Karl regresó con el musgo y cubrió la raíz; luego se levantó y dijo:

– Es mejor que consigas dos, Anna.

– ¿Dos?

– Sí. -Se lo notó tímido de repente-. El lúpulo crece en dos plantas: la planta macho y la planta hembra; si consigues el macho, obtendrás mejores frutos, siempre que decida crecer.

– ¿Cómo sabes que ésta es hembra? -preguntó Anna.

Sus ojos se encontraron por un instante y se apartaron. Luego Karl se acercó para mostrarle las pocas espigas que colgaban de la planta madre.

– Por las espigas -explicó. Extendió un dedo y tocó una panícula-. Las de las hembras son más cortas, de apenas unos cinco centímetros. -Se acercó a otra planta, trepada a un árbol cercano, y pasó la mano por la panícula. Tenía unos quince centímetros de largo-. Las de los machos son más largas.

Luego se volvió con presteza, recogió una canasta y se fue, dejando que Anna desenterrara sola el brote macho, si quería.

Con determinación, la muchacha liberó el segundo brote y lo llevó a la carreta, evitando mirar a Karl. Envolvió la planta con el musgo, junto con la otra, mientras Karl esperaba pacientemente que ella subiera a la carreta. ¡Lloviera o tronara, Anna haría que esas dos plantas crecieran!

Cuando ya habían recorrido más de la mitad del camino hacia la casa, Karl detuvo los caballos.

– Decidí construir el techo con tejas de madera de cedro -anunció-. Aunque los árboles no son míos, no creo que sean propiedad de nadie; de modo que no le sacaré la madera a ningún dueño. No emplearé más que un solo árbol para las tejas de toda la casa, y lo derribaré en muy poco tiempo.

A Anna todas las coníferas le parecían iguales. Pero una vez que Karl empezó a trabajar con el hacha, pudo percibir que el aroma era diferente. La fragancia del cedro era tan fuerte, que se preguntó si no los embriagaría. Una vez más, pudo contemplar la belleza y la gracia del cuerpo de Karl mientras manejaba su hacha. No lo había visto derribar ningún árbol desde que se distanciaron. El espectáculo la conmovía como algo mágico; era como si se gestara, en la misma boca de su estómago, el anhelo de derribar esa barrera que existía entre ellos.

Repentinamente, se dio cuenta de que Karl había disminuido el ritmo de los hachazos, y eso era algo que nunca hacía.

Dio otros dos golpes y cada uno fue respondido por un eco. Pero cuando dejó de hachar, el eco siguió. Permaneció alerta como un gallo ante el cloqueo de una gallina. Giró la cabeza hacia todos lados, pensando que estaba imaginando cosas, pero los golpes continuaron en alguna parte, en dirección al norte.

Anna y James los oyeron también y permanecieron atentos.

– ¿Oyeron eso? -preguntó Karl.

– Es sólo un hacha -dijo James.

– ¿Sólo un hacha, muchacho? ¡Sólo un hacha! ¿Sabes lo que eso significa?

– ¿Vecinos? -se aventuró a preguntar James, con una sonrisa en sus labios.

– Vecinos -confirmó Karl-, si tenemos suerte.

Fue la primera sonrisa auténtica que Anna vio en el rostro de Karl en todos estos días. Volvió a levantar el hacha, esta vez obligándose a mantener su propio ritmo, tratando de no apurarse, pues esto a la larga agotaba a un hombre y reducía sus fuerzas.

El eco se detuvo por un momento. Los tres imaginaron a un hombre desconocido, que interrumpía sus hachazos para escuchar el eco del hacha de Karl, que le llegaba a través del bosque.

El lejano golpe se unió nuevamente al del Karl, pero esta vez como un eco que sonaba entre los hachazos de Karl; los dos leñadores se hablaban en un lenguaje que sólo un hombre del bosque podía entender. Regulaban la velocidad de tal manera que se producía una ida y vuelta de pregunta y respuesta.

¡Clac!, sonaba el hacha de Karl.

¡Cloc!, venía la respuesta.

¡Clac!

¡Cloc!

¡Clac!

¡Cloc!

Esta conversación sin palabras continuaba, y Karl trabajaba ahora con una sonrisa en los labios. Cuando dio un paso atrás para observar la caída a plomo del cedro, Anna se sintió tan deslumbrada como la primera vez que había presenciado ese espectáculo.

La ansiedad de Karl le llegaba también a Anna. Cuando el atronador silencio explotó en sus oídos, los ojos del hombre se sintieron atraídos hacia la joven, como siempre. La encontró radiante en medio del fragante silencio, y no pudo evitar devolverle la sonrisa.

El hacha del otro leñador quebró ese silencio.

– ¡Oyó! -exclamó James.

– Toma la canasta y recoge los trozos del cedro -dijo Karl-, mientras yo limpio el árbol. Los trozos de cedro son buenos para ahuyentar a las chinches. Algunos en el baúl mantendrán a las polillas alejadas. ¡Apúrate!

Nunca, desde que conoció a Karl, lo había visto apurarse. Pero ahora también Anna se apuraba.

Mientras ella recogía los trozos, Karl volvió a sorprenderla al sugerirle:

– Prueba chupar una ramita.

Lo hizo, y también James.

– ¡Es dulce! -exclamó Anna, admirada.

– Sí, muy dulce -asintió Karl. Pero estaba pensando en el dulce sonido del hacha lejana.

No les dio mucho trabajo encontrar el origen del sonido. Descubrieron un nuevo sendero que el avellano había ocultado de su vista cuando pasaron por ahí esa malsana temprano. Ahora se hizo claramente visible, al aproximarse desde otra dirección. Conducidos ambos por el sonido del hacha, se fueron aproximando, atraídos como el metal a un imán.

Y así fue como dieron con un sólido hombre de edad madura, que trabajaba con los alerces a lo largo del nuevo sendero despoblado de árboles. Detuvieron la carreta, mientras el hombre dejaba deslizar el cotillo del hacha por la mano, tal como hacía Karl cuando dejaba de hachar. Llevaba puesto un gorro de lana similar al de Karl. Luego, al ver a Anna, se lo quitó y se acercó a la carreta.

Karl descendió solo y extendió la mano mientras se acercaba al hombre.

– Oí su hacha.

– ¡Sí, yo oí la suya!

Las dos enormes manos se encontraron. “¡Sueco!”, pensó Karl. “¡Sueco!”, pensó Olaf Johanson.

– Soy Karl Lindstrom.

– Y yo soy Olaf Johanson.

– Vivo a unos seis o siete kilómetros, subiendo por este camino.

– Yo vivo a unos quinientos metros de este camino.

Anna observó con asombro cómo los dos se saludaban sin poder creer que fuera posible encontrarse con otro sueco tan cerca. Se rieron los dos, sacudiendo esas enormes manos de leñadores de un modo tal, que despertó en Anna una sensación de felicidad, pues sabía cuánto extrañaba Karl a sus compatriotas.

– ¿Usted está viviendo en este lugar? -preguntó Karl.

– Sí, con toda mi familia.

– Se oyen otras hachas. -Karl miró en dirección al sonido.

– Sí. Yo y mis muchachos estamos derribando árboles para hacer la cabaña.

El acento sueco de Johanson era más marcado que el de Karl.

– Nosotros también estamos haciendo nuestra cabaña. Ésta… ésta es mi familia. -Karl se volvió hacia la carreta-. Ésta es mi esposa, Anna, y su hermano, James.

Olaf Johanson los saludó con un movimiento de la cabeza y se acercó a estrecharles la mano antes de volver a encasquetarse el gorro de lana.

– ¡Oh, mi Katrene estará feliz de verlos! Ella y nuestras niñas, Kerstin y Nedda, me decían: “¿Y si no tenemos ni vecinos ni amigos?”. Las tres piensan que se morirán de soledad. ¿Cómo puede alguien morirse de soledad en una familia tan grande como la nuestra? -terminó con una risita.

– ¿Tiene una familia grande de verdad? -preguntó Karl.

– Sí. Tengo tres muchachos grandes y dos hijas, tal vez no tan grandes, pero lindas y corpulentas. Necesitaremos una cabaña grande, de eso estoy seguro.

Karl se rió, contento con las novedades.

– Vengan. Tienen que conocer a Katrene y a los chicos. ¡No se imaginan la sorpresa que llevo a casa para la cena!

– Venga en nuestra carreta.

– ¡Seguro! -asintió Johanson, y trepó sobre la carga de cedro-. ¡Esperen a que los vean! ¡Pensarán que están soñando! Karl volvió a reír.

– Derribamos un cedro para las tejas, pero creo que lo sacamos de sus tierras. No sabía que se habían establecido aquí, o les hubiera pedido permiso.

– ¿Qué importancia tiene un cedro entre vecinos? -exclamó Olaf con voz de trueno-. ¿Qué significa un cedro entre tanta abundancia? -Señaló con la mano hacia el bosque.

– Es una buena tierra, esta Minnesota. Es muy parecida a Suecia.

– Creo que es mejor todavía. Jamás he visto alerces semejantes.

– Con ellos, las paredes salen derechas -asintió Karl.

Cuando llegaron al estrecho claro donde las hachas seguían sonando, los dos hombres estaban en la gloria.

Había allí una carreta cubierta con una lona, y clara evidencia de que la familia había estado viviendo en condiciones difíciles desde que llegó. Se veían enseres domésticos desparramados alrededor del fuego al aire libre, muebles en desuso, a la intemperie, corrales improvisados que encerraban una variedad de animales. Había baúles, y ropa de cama y prendas de vestir que se ventilaban, extendidas sobre la tierra, colgadas en las ruedas de la carreta o dispersas por los arbustos.

Una mujer estaba revolviendo algo en una olla que colgaba de un trípode sobre el fuego. Otra estaba bajando de la parte trasera de la carreta cubierta con la lona. Una chica de la edad de James estaba seleccionando arándanos. En el borde del claro, se veían tres anchas espaldas que se movían al ritmo de las hachas. Todo el mundo paró lo que estaba haciendo, de inmediato. Olaf llamó al grupo con voces y gestos, y todos acudieron desde los diferentes lugares y rodearon la carreta cuando ésta se detuvo.

– ¡Katrene, mira lo que te encontré! -vociferó Olaf, mientras saltaba por la parte posterior de la carreta-. ¡Vecinos!

– ¡Vecinos! -exclamó la mujer, secándose las manos en el delantal llenos de adornos.

– ¡Vecinos suecos! -vociferó Olaf una vez más, como si fuera responsable de la existencia de esa nacionalidad.

En realidad, el claro se llenó de suecos. Todo el mundo parecía estar parloteando al mismo tiempo. Todos menos Anna y James, a decir verdad. Por fin, Karl se desprendió de los calurosos apretones de mano para ayudar a Anna a descender.

– Ésta es mi esposa, Anna -dijo-, pero no habla sueco.

Las voces sonaron como un lamento.

– Y éste es su hermano, James.

Sin lugar a dudas, eran bienvenidos, pero Anna se sintió molesta por el modo en que todos se largaron a hablar en ese idioma extranjero que ella desconocía. A Anna y a James les hablaban en inglés.

– Se quedarán aquí y comerán con nosotros. ¡Hay suficiente para todos!

– Gracias -contestó Anna.

Olaf presentó a toda su prole, desde el mayor hasta el más pequeño. Katrene, su esposa, era una mujer robusta que acompañaba todo lo que decía con una risa alegre. Se parecía mucho a la imagen que Anna se había hecho de la madre de Karl, según sus descripciones. La alegre Katrene tenía trenzas, delantal, mejillas como manzanas y ojos danzarines que jamás se ensombrecían.

Erik, el hijo mayor, parecía tener la edad de Karl. En realidad, se parecía a Karl en muchos aspectos pero era más bajo y no tan buen mozo.

Kerstin, la hija mayor, fue la siguiente. Era una réplica en joven de su madre. Luego venían Leif y Charles, dos jóvenes de alrededor de veinte y dieciséis años.

Por último, estaba Nedda, de catorce, quien hizo que James emitiera una voz de falsete cuando le dijo “hola”.

Anna pensó que nunca en su vida había visto un grupo de familia tan saludable. Con mejillas rosadas, vigorosos y de cuerpo macizo, aun las mujeres. Todas las cabezas rubias saludaron e indicaron a los recién llegados que se sentaran en los troncos cerca del fuego, pues no había allí otros asientos. Voces excitadas intercambiaban noticias sobre Suecia con Karl, quien les daba información sobre Minnesota.

Mientras las conversaciones seguían, Anna y James escuchaban esa jerga ininteligible y sonreían al ver el entusiasmo de todo el mundo. Anna paseó la mirada por el círculo de cabezas rubias. Una en particular atrajo su atención y la hizo sentir incómoda con su pelo suelto alrededor de la cabeza.

La hija mayor, Kerstin, se acercó a la gran olla de hierro fundido y se puso a revolver la comida, que despedía un olor muy tentador. Desde atrás, Anna observaba la cabeza con esas intachables trenzas que parecían cosidas al cuero cabelludo de Kerstin. ¡Se las veía tan dolorosamente prolijas! Las trenzas partían del centro y terminaban, como la corona de una diosa romana, en una impecable guirnalda en la nuca. Kerstin usaba un pulcro vestido y un inmaculado delantal, que cuidaba de no estropear con el fuego cuando se agachaba para revolver ese desconocido manjar que olía tan bien.

Anna, con los pantalones de su hermano, se sintió de pronto un marimacho. Escondió las manos detrás de la espalda; estaban percudidas por haber trabajado en la tierra. Las manos de Kerstin estaban tan limpias como su vestido. Se movía con eficiencia alrededor del fuego, sabiendo con seguridad lo que hacía con la comida.

La comida resultó ser algo increíble. Anna se preguntó de dónde habían obtenido esos productos. A Karl se le hizo agua la boca cuando descubrió el pan crocante de centeno. ¡Limpa! ¡Hosanna! ¡Manteca! Había, en efecto, manteca porque los Johanson tenían varias vacas. El guiso resultó ser de carne de ciervo; Anna nunca había probado nada tan exquisito. Era aromático, picante y sabroso. Comieron cebada cocida en jugo de carne, y un tentador pastel de frutas coronado con arándanos y una crema deliciosa.

Karl estaba saboreando su segunda porción de pastel cuando Katrene le dijo, con una risita ahogada:

– ¿Te gusta ese pastel de fruta, Karl?

¡Ya no era el señor Lindstrom sino Karl!

– Lo hizo Kerstin. Es buena cocinera, mi Kerstin -canturreó Katrene.

Anna hizo lo que pudo para mantener la sonrisa dibujada en su rostro.

Karl inclinó la cabeza hacia Kerstin en señal de aprobación, reconoció su talento con amabilidad y luego siguió comiendo. El visitante no pudo menos que compartir su cosecha de lúpulo con los Johanson. Le dio a Katrene un balde lleno.

Cuando terminaron de comer y las mujeres se preparaban para lavar los platos, Anna se ofreció a ayudar pero ellas no quisieron saber nada al respecto pues la consideraban una visita. Ese día sólo disfrutarían de estar en su compañía. La ayuda de Karl con su hacha no sería rechazada pero la aceptarían al día siguiente. Hoy era un día de fiesta. Todos se pusieron de acuerdo en que cuando se empezara con la cabaña, la construcción se haría en tiempo récord. “Como en Suecia”, dijeron todos con alegría y, ahí no más, decidieron que una vez que la casa estuviera habitable, se pondrían todos juntos a completar la buhardilla, el techo y el piso de la casa de Karl y Anna.

Terminaron por quedarse para la cena y partieron con la promesa de volver temprano al día siguiente para apresurarse con la cabaña. Katrene los despidió con sus mejillas como manzanas, redondeadas en su habitual sonrisa, y le gritó a Karl algo en sueco.

– ¿Qué dijo? -preguntó Anna.

– Dijo que no tomáramos el desayuno antes de salir porque hará panqueques suecos con ¡bayas que trajeron de Suecia!

Anna no pudo contener los celos que le produjo la alegría en la voz de Karl. Se puso aún peor cuando James agregó:

– ¡Vaya! Espero que estén tan buenos como el pastel de frutas. ¡Eso fue grandioso! ¿No, Karl?

– Como los que hacía mi mamá -dijo Karl.

– ¿Dónde consiguieron las frutillas? -preguntó James.

– Aquí crecen por todas partes. ¿Sabes? Hay un terreno tupido en el sector noroeste de mis tierras pero, como estuvimos tan ocupados con la cabaña, no fui a ver si estaban maduras. Creo que ya deben de estar listas.

– ¡Fantástico, Karl! ¿Anna podría hacer pastel de frutas con nuestras frutillas?

– No creo que sería lo mismo sin esa rica crema de las vacas de Olaf. -Luego agregó-: Había olvidado cuánto más dulce es la leche de vaca que la de cabra.

– Si Nanna te oyera, dejaría de darte leche, sólo para vengarse -bromeó James.

Karl se rió.

– Nanna es una cabra inteligente pero no creo que lo sea tanto.

– Mañana volvemos seguro, ¿no? -preguntó James, ansioso.

– Sí. Seguro que sí. Así como en Suecia, será uno para todos y todos para uno. Con nuestra ayuda, los Johanson tendrán su casa lista en dos o tres días.

– ¡Dos o tres días! -exclamó James, incrédulo.

– Con seis hombres y dos yuntas, se levantará como la levadura -predijo Karl.

– Yo desearía que no fuera tan rápido. Me gusta comer allí -afirmó James con entusiasmo-. Casi no puedo esperar a probar esas bayas.

– Ya lo creo que te gustarán. Saben a Suecia.

Al oír esas palabras, Anna se juró que ¡no importaba cuan sabrosos fueran esos panqueques de bayas, a ella no le gustarían para nada!

Cuando se fueron a acostar, Karl le habló a Anna, algo que no hacía en la cama desde que se habían distanciado.

– Es maravilloso tener vecinos otra vez, y maravilloso escuchar el sueco.

– Sí, son amables -dijo Anna, sintiendo que tenía que agregar algo.

– Voy a salir temprano para ayudarlos con la cabaña. ¿Vas a venir, Anna?

No dijo: “Debes estar lista temprano, por la mañana, Anna”, ni: “Debemos partir mañana temprano, Anna”. Sólo: “¿Vas a venir, Anna?”

La mitad de ella quería gritarle que se fuera solo a ver a sus amigos suecos que podían hacerlo reír y sonreír mientras que su esposa no podía. Pero estaba demasiado sola para enfrentar un día sin la compañía de nadie, demasiado celosa de toda la familia Johanson para confiarles a Karl por todo un día, sin ella.

– Por supuesto que iré. ¡No me perdería por nada los panqueques suecos y las bayas!

Karl detectó un tono sarcástico en su voz, pero lo atribuyó nada más que a su timidez cuando se tocaban temas de cocina.

Una vez más, Anna se prometió que aunque esos panqueques fueran tan livianos que flotaran solos desde la sartén hasta su plato, y las bayas fueran tan sabrosas que se le hiciera agua la boca, ¡no admitiría para nada que le gustaban!

A pesar de todo, le gustaron el mismo día que los probó.

La comida de la mañana en lo de los Johanson fue un éxito. Los panqueques eran de huevo, livianos y deliciosos; las frutillas, el complemento perfecto de la excelente cocina de Katrene. Anna no pudo menos que felicitar a Katrene. A pesar de lo celosa que estaba de su condición de suecos, le resultaba imposible no apreciarlos. Eran de verdad una alegre familia para visitar. Hasta la habilidosa Kerstin tenía un ingenuo encanto.

La risa, por lo que Anna pudo observar, era para los Johanson algo tan común como su afición a los panqueques. Los suecos acompañaban con risas todo lo que hacían. Las bromas también eran algo natural entre los dos hermanos mayores. Entre los hermanos y hermanas, por supuesto, iban en aumento. A Nedda le tocaba más de la cuenta cuando James estaba cerca, pero las aceptaba con rosados sonrojos que hacían que todos estuvieran más alegres.

Del mismo modo, a estos gigantes rubios el trabajo les resultaba tan natural como la respiración. Si Anna había quedado hipnotizada al ver a Karl trabajar con su hacha, más lo estaba ahora, al ver a estos hombres -Olaf, Erik, Leif, Charles y Karl- balancear sus hachas y azuelas como si estuvieran espantando insectos. Durante los dos días siguientes, Anna vio a un grupo de hombres que trabajaban juntos como compañeros, en la construcción de una cabaña, en la mejor tradición sueca.

Armonizaban como las ruedas de un engranaje mientras trabajaban: arrastraban, hacheaban, hacían muescas, levantaban leños; a veces dos troncos subían al mismo tiempo en paredes opuestas. Anna comprobó que Karl era un maestro en el arte de hacer tejas de madera. Estaba orgulloso de la rapidez con que trabajaba la médula del cedro con el mazo y la cuña a fin de obtener las tejas, que inmediatamente eran subidas y colocadas en el techo.

Leif, de veinte años, secundaba a Karl, y entre los dos lograron que las tejas pronto llegaran a las vigas del techo.

Erik parecía tener un don para trabajar la médula de la madera. Partía cada pedazo con precisión y dejaba la superficie tan lisa como si una corriente de agua la hubiera erosionado durante cincuenta años.

Olaf se ocupaba de hacer los huecos para la chimenea y la puerta.

En James recayó la tarea de cargar las piedras. Pero Nedda trabajaba con él, y el muchacho parecía disfrutarlo.

Anna y Kerstin juntaban barro para enlucir las paredes (ahora le permitían a Anna ayudar). Katrene cocinaba y, cada tanto, les traía a los trabajadores un balde con agua y un jarro, para observar, de paso, el progreso que hacían; además contribuía con sus comentarios, en un sueco melodioso, al sentimiento general de cordialidad.

Al cabo del primer día, Charles tomó su violín y todos bailaron en el claro mientras el dorado y el púrpura se fundían al oeste, detrás de los árboles. Olaf y Katrene hacían unos magníficos pasos de baile, Kerstin bailaba con sus hermanos y Nedda también. Tomó un tiempo convencer a James de que probara. Olaf y Leif, los dos, trataron de persuadir a Anna, pero la muchacha confesó que nunca le habían enseñado a bailar y no tenía tanto coraje como su hermano, aunque deseaba con toda el alma aprender. Pero era con Karl y no con Olaf ni con Leif con quien quería aprender.

Karl bailó con todas las mujeres de la familia Johanson. Cuando hizo pareja con Kerstin, Anna siguió batiendo palmas, acompañando el violín, obligándose a contener la tormenta de emociones que se desataba cada vez que los dos hablaban entre sí. Al observar cómo giraban alegremente alrededor del claro iluminado por el fuego, riéndose, con las faldas de Kerstin revoloteando con todo su vuelo, mientras ella las levantaba, Anna volvió a sentirse desanimada ante este nuevo talento desplegado por la joven sueca y del que ella carecía.

Después de haber rechazado a Karl, Erik logró sacarla a bailar y arrastrarla al jolgorio general. No le fue, en realidad, tan mal, a pesar de lo poco femenina que se sentía, danzando alrededor del círculo enfundada en sus pantalones. Hubiera deseado tener un vestido como el de Kerstin, aunque se había hecho el propósito de no usar los suyos por considerarlos inadecuados.

El trabajo en la cabaña siguió al día siguiente y lograron terminar el piso. Volvieron a tocar el violín para bautizar la nueva casa con música y baile. Esta vez Anna participó todas las veces que la invitaron. Karl la invitó a bailar varias danzas, pero ella se sentía torpe comparada con las otras mujeres, en especial con Kerstin, que levantaba sus faldas y reía sin reservas mientras giraba y hacía figuras con sus pasos ligeros.

A pesar de que Karl no bailó con Kerstin más que con las otras mujeres, a Anna le pareció que cada vez que levantaba la cabeza se encontraba con Kerstin moviéndose alrededor en los brazos de Karl. Al finalizar un baile muy alegre y de ritmo vertiginoso, todos reían sin aliento, mientras seguían dando vueltas; Anna miró por encima del hombro de Olaf y vio a Karl, que giraba con Kerstin encerrada en sus brazos, hasta que los pies de la muchacha se levantaron del piso y sus faldas se alzaron. Kerstin se reía en forma desenfadada cuando Karl la soltó. Luego se llevó una mano a la frente y se acomodó un mechón de pelo que ni siquiera estaba fuera de lugar.

– ¡Oh, Anna! ¡Qué buen bailarín es Karl! ¡Me deja agotada! -dijo, y la tomó del brazo.

Anna se mordió la lengua para reprimir una frase que ya asomaba a sus labios: “¡Sí! ¡A mí también me agotaba!”

Esa noche, Anna permaneció despierta largo tiempo después de que Karl se quedó profundamente dormido. Volvió a revivir los acontecimientos de los dos últimos días con los Johanson. Cada palabra entre Karl y Kerstin iba adquiriendo una nota personal. Cada cumplido que Karl le hacía a Kerstin por sus comidas, aumentaba su resentimiento sin piedad. Cada paso ligero durante el baile, le parecía provocativo. Cada vez que recordaba aquel último abrazo vertiginoso, se le hacía más íntimo. No cabía la menor duda. Al lado de Kerstin, Anna se sentía tan poca cosa como una hierba en una rosaleda.

“Bueno”, pensó con enfado, “¡si quiere estar con su preciosa y regordeta Kerstin, que se quede con ella! ¡Maldito sea! No me voy a quedar mirando mientras él festeja servilmente cada uno de sus movimientos. Dijeron que mañana tendrían un día corto de trabajo y, de cualquier modo, ya no me necesitan. ¿Por qué voy a meterme en su camino? Aun cuando esté allí, daría lo mismo si fuera un tronco, por la atención que me prestan. Hablan sueco a mi alrededor, ¡como si fuera de verdad un tronco! ¡No soy más que el tocón que dejan cuando acaban de derribar sus preciosos alerces! ¡Bueno, seré una inútil pero no tengo por qué estar por allí y permitir que me pasen por la cara sus enormes botas suecas y sus preciadas hachas suecas!”

Capítulo 15

Al día siguiente, Anna se despertó bastante temprano, como para poder preparar el desayuno para Karl y James. Lo hizo antes de que pudieran protestar. “¡Que coman lo que yo les preparo, les guste o no! ¡Bien se las pueden arreglar sin sus arándanos por una mañana!” Anna le echó a James una sombría mirada: el chico estaba ansioso por partir. “Parece que también él está enganchado con una de esas bellezas suecas”, pensó Anna con amargura, y eso la hizo sentir aún más infeliz.

– Apúrate, Anna, debemos partir -dijo Karl.

Pero a ella no le resultó tan gratificante como se había imaginado contestar:

– Hoy no voy a ir.

– ¿No vas a ir? -Karl sonó desilusionado, lo que anotó un punto a su favor- ¿Por qué, Anna?

– Creo que es mejor que me ocupe de la huerta. Los vegetales se están arruinando allí afuera. De cualquier modo, no queda ya mucho por hacer en la cabaña, así que no me van a extrañar.

– ¡Vamos, Karl! -gritó James desde la carreta-. ¡Apúrate!

– ¿Estás segura, Anna? -preguntó Karl-. No me gusta dejarte aquí sola.

Tenía que demostrarle que era tan capaz como la habilidosa Kerstin Johanson… sobre todo cuando se quedaba todo el día sola sin depender de un hombre que la protegiera.

– No seas tonto, Karl. Tengo un rifle para protegerme, ¿no?

Fue el día más largo en la vida de Anna. Lloró y se desecó, Se desecó y lloró, hasta que pensó que mataría a los vegetales con la sal de las lágrimas. Trabajó intensamente, pero todo el día se atormentó con imágenes de Karl y Kerstin. Se imaginó a Karl felicitando a Kerstin, con movimientos de la cabeza, por el pastel de frutas. Se lo imaginó diciéndole cómo le gustaban esas trenzas doradas, tan prolijamente peinadas sobre su hermosa cabeza sueca. Hasta se imaginó a los dos hablando en sueco y sintió una angustia todavía mayor por no poder compartir con Karl esa lengua que él tanto amaba. Cada tanto, se acordaba de Karl llamándola “mi gallinita flacucha”, y se culpaba por su delgadez. No era mucho lo que podía hacer acerca de su flacura o de su incapacidad para la cocina pero, por lo menos, ¡podía darse un baño! ¡Si a Karl le gustaba que sus mujeres olieran a jabón de lejía, que así fuera!

Se bañó y luego esperó, pero el Sol estaba muy alto todavía en el horizonte. Fue en ese momento, con la luz del Sol empezando a filtrarse a través de la hilera de árboles en el oeste, cuando a Anna se le ocurrió la brillante idea de cómo complacer a Karl.

Encontraría su preciada plantación de frutillas y recogería, para él, un montón. Alentada por la idea de ocupar el tiempo hasta su regreso y, al mismo tiempo, hacer algo bien, tomó un balde de madera y partió. Siguió el familiar sendero hasta la laguna de los castores y bordeó el arroyo hacia el norte hasta llegar a una zona poco profunda, que cruzó para dirigirse hacia el noroeste en busca de las frutas.

Vigilaba al Sol de cerca, calculando su descenso, sabiendo que cuando bordeara el horizonte, debería estar de vuelta en la casa para el regreso de Karl y James.

A menos de veinte minutos del arroyo, encontró las frutillas. Eran grandes, rojas y tan pegajosas como los mosquitos que revoloteaban alrededor. ¡Jamás la habían atacado los mosquitos de esa manera! A pesar de que daba golpes en el aire y los aplastaba, seguían atacándola antes de que tuviera tiempo de ahuyentarlos. Por un momento, tuvo que apartarse de la maleza. Pero Karl quería las frutillas y ella se las conseguiría. Se movió de un lugar a otro y recogió frutillas hasta que el balde estuvo casi lleno; nunca se hubiera imaginado que las frutillas pesaran tanto.

El Sol ya estaba bajo y era hora de regresar. Oyó el gorgoteo del arroyo y se encaminó en su dirección. Los mosquitos se habían vuelto amenazantes ahora que se acercaba la noche, pero trató de ignorarlos. Iba cargada con su balde, bordeando el curso del sinuoso arroyo, hasta que llegó a una curva desde la cual el arroyo tomaba hacia el norte.

No recordaba haber pasado por ese lugar cuando había salido en busca de las frutillas. Bueno, con el Sol a su derecha, seguro que marchaba en la dirección correcta. Pero cuando volvió sobre sus pasos, llegó a una bifurcación donde ese arroyo se encontraba con otro, y los dos parecían seguir su curso hacia el norte. ¡El arroyo que Anna conocía corría hacia el sur, por el sudoeste!

El balde parecía de plomo, el Sol ya estaba muy bajo y la hora del crepúsculo se acercaba. Anna recogió una vara de sauce y comenzó a abanicarse como pudo para espantar a los mosquitos. Las ranas comenzaron a croar y los mosquitos seguían picándola. Llegó un momento en que Anna no pudo soportar un minuto más ni el croar ni las picaduras. Para cuando admitió que estaba totalmente perdida, un débil tinte anaranjado teñía el cielo por el oeste y resaltaba las oscuras siluetas de los árboles que se cernían sobre ella como dedos negros amenazantes.

Karl y James volvieron de la casa de los Johanson esperando encontrar humo elevándose por la chimenea y una cena agradable y tibia en el hogar. Pero las cenizas estaban apenas calientes y no había señales de comida. Karl salió a la huerta y vio que la tierra estaba recién removida. Fue hasta la cabaña nueva y entró; estaba oscura pues la luz del Sol se estaba yendo. No vio nada en los rincones más apartados.

– Anna… -llamó-. ¿Estás allí? -Pero sólo le respondió el suave canto de los pájaros, que piaban a través del hueco parcialmente abierto de la chimenea-. Anna…

Encontró a James en el claro.

– No está en la casa del manantial -dijo James-. Ya me fijé.

– Puede estar en el granero.

– Tampoco está allí. No la encontré.

El corazón de Karl comenzó a latir con aceleración.

– Tal vez haya ido a la laguna.

– ¿Sola? -preguntó James, incrédulo.

– Es el único lugar que se me ocurre.

Tomaron el rifle y se dirigieron a la laguna. Karl no se explicaba por qué Anna no había llevado el arma con ella; era la hora en que los animales salvajes buscaban alimento. Karl sabía que en la laguna era muy probable encontrar toda clase de animales bebiendo: criaturas con garras, dientes y cuernos y… Pero no había ningún animal en la laguna; tampoco estaba Anna.

No se le ocurría ningún otro lugar donde pudiera estar. Apesadumbrado, emprendió el regreso. James estaba al borde de las lágrimas. Caminaba delante de Karl, escudriñando la oscuridad del bosque con la esperanza de ver a su hermana aparecer entre las sombras. Cuando llegaron a la cabaña, el Sol ya se había puesto y quedaba apenas una hora de luz muy tenue para poder distinguir algo.

– Tal vez haya ido caminando por el camino hacia lo de los Johanson -dijo James, esperanzado.

– La hubiéramos visto, si es que ella venía a nuestro encuentro.

Las rubias cejas de Karl se habían arqueado como signos de pregunta por la preocupación.

– ¿Adónde va ese otro camino de allí arriba?

– Es sólo el sendero que lleva a Fort Pembina, en Canadá. ¿Para qué iría por ese camino?

– Karl, estoy aterrado -dijo James, los ojos muy abiertos por el miedo.

– Cuando estás aterrado, es cuando debes conservar todos tus sentidos, muchacho.

– Karl, sé que Anna estuvo llorando mucho últimamente.

Karl sintió como si James le hubiera hecho una marca candente con el atizador en medio del pecho. Le rechinaron los dientes y se quedó mirando fijo.

– Quédate en silencio y déjame pensar.

James hizo lo que le pidieron pero no le calmó los nervios ver a Karl ir de un lugar a otro de la habitación, frotándose la frente y sin decir nada. Karl encendió el hogar, se arrodilló y se quedó mirando el fuego. Por último, cuando James pensó que no podía soportar el silencio un segundo más, Karl dio un salto y explotó:

– ¡Cuenta los baldes!

– ¿Qué?

– ¡Cuenta los baldes del manantial, muchacho! ¡Ahora!

– ¡Sí… señor!

James salió de inmediato mientras Karl corría hacia el granero para ver si había algún balde allí.

Se encontraron nuevamente en el claro donde reinaba ya la oscuridad.

– Cuatro -informó James.

– Tres -dijo Karl-. ¡Falta uno!

– ¿Falta uno?

– Si llevó un balde, debe de haber ido a recoger algo. ¿Qué? ¿Una carga de arcilla para tapar las aberturas? No, ya estuvimos en el depósito de arcilla. ¿Frutillas? No, no sabe dónde crecen… ¡Espera!

Los dos pensaron lo mismo de inmediato.

– Tú nos dijiste que las frutillas crecían en el sector noroeste de tus tierras.

– ¡Eso es! Vuelve a sacar la yunta, muchacho, y ve a lo de los Johanson. Si Anna está perdida en el bosque, se necesitará a todo el mundo para buscarla. Estos bosques son peligrosos de noche.

Karl preparó unas mechas con aneas, las encendió, se las entregó a James y le ordenó:

– Diles a los Johanson que vengan de inmediato. Que traigan antorchas y rifles. ¡Apúrate, muchacho!

– Sí… señor.

Sabiendo que no tenía sentido salir solo, que un solo hombre podía hacer muy poco en la espesura, Karl trató de mantener la calma mientras esperaba el regreso de James con los Johanson. Mientras tanto, continuó armando antorchas de larga duración, que el grupo llevaría en su búsqueda por el bosque. Las ató en grupos de ocho, así cada uno tendría una provisión para llevar colgada de la espalda. Por fin, James volvió con los Johanson.

No perdieron tiempo haciendo preguntas, excepto aquellas que Karl debía contestar para asegurarse de que nadie se perdiera en el bosque mientras buscaban a Anna.

– Vamos a recorrer la zona del arroyo en todas direcciones.

Karl explicó que caminarían formando un ángulo de noventa grados con respecto al lago. -Caminaremos en abanico, a sólo una antorcha de distancia entre nosotros. No pierdan de vista las antorchas que tienen al lado. Si se les apaga una, le hacen una señal al que tengan más próximo. Si encuentran a Anna, vayan pasando la noticia a lo largo de la hilera. Cuando lleguemos hasta el punto más lejano que Anna pueda haber alcanzado, haré un solo disparo. Eso significa que todo el mundo girará hacia la derecha y caminará ochocientos pasos antes de regresar al arroyo.

– No te preocupes, Karl -dijo Olaf-, la encontraremos.

– Tomen ceniza de los baldes y frótensela por el rostro y las manos -ordenó Karl-, o los mosquitos los comerán vivos. Cuando encuentren a Anna, tendrán que usar su cara y sus manos para frotarla a ella con la ceniza. Me imagino que estará a la miseria por las picaduras.

Siguieron a Karl y James por el bosque, a lo largo del susurrante arroyo, cada vez más adentro, hasta que Karl dio la orden de abrirse en abanico. Recorrieron las orillas del arroyo, en medio de la noche llena de murmullos; sólo la luz vacilante de las antorchas lejanas alentaba a los corazones temerosos.

Todos pensaban en cómo estaría Anna, sola en algún lugar, sin ceniza para protegerse de los dañinos mosquitos, sin antorcha para recordarle que había otros a quienes podría llamar, sin un rifle para protegerse de los merodeadores nocturnos que poblaban la selva. Forzaron la vista y los oídos, gritaron hasta que sus gargantas se secaron y sus voces quedaron roncas.

Karl y James llenaban su mente con desesperadas imágenes de Anna herida, Anna llorando, Anna muerta, mientras realizaban la búsqueda.

Karl se reprochaba por haberla dejado sola en la casa y no haber insistido en que fuera con ellos. Pensó en la huerta, libre de yuyos, y se le hizo un nudo en la garganta. Pensó en su alejamiento y en el motivo que lo había causado; en la última vez que habían hecho el amor. Pensó en las palabras de James: “Sé que Anna ha estado llorando mucho últimamente”. Él también sabía que Anna había estado llorando mucho últimamente.

¿Por qué no hizo lo que el padre Pierrot tan sabiamente le había aconsejado? ¿Por qué no agotó el tema con Anna cuando tuvo la oportunidad? Dejó, en cambio, no sólo que la noche lo sorprendiera con la ira; permitió que cayera también sobre Anna, perdida en algún lugar del bosque, cuando persistía el encono entre ellos. Y si nunca volviera a encontrarla o si fuera demasiado tarde cuando la encontrara, sería todo culpa suya.

“Anna, ¿dónde estás? Te prometo que voy a tratar de aceptar esto, Anna, si vuelves aquí sana y salva. Por lo menos, hablaremos y encontraremos juntos algún modo de poder olvidarlo. Anna, ¿dónde estás? Anna, contéstame.”

Pero no fue Karl quien la encontró. Fue Erik Johanson. No la descubrió corriendo por el bosque hacia su antorcha sino que buscó los ojos enrojecidos de los lobos, al oír los penetrantes aullidos delante de él, mucho antes de que los ojos de las fieras atravesaran la noche.

Los lobos cercaban el árbol al que Anna se había trepado, aterrada, temiendo que sus entumecidos miembros cedieran, temiendo quedarse dormida y caerse. Abajo, las mandíbulas dentellaban y los plañidos le decían que los animales persistían en su intento de alcanzarla, saltando hacia el tronco. Había sólo tres. Cuando Erik mostró sus dientes y agitó la antorcha sobre su cabeza, los lobos retrocedieron. Pero los tres seguían ahí, amenazantes, hasta que Erik arremetió con su antorcha contra un par de ojos enrojecidos y por fin todos se escabulleron como sombras en movimiento.

– ¡Aquí! -gritó Erik al grupo más cercano, y luego levantó los ojos y los brazos-. Anna, ¿estás bien?

Antes de que pudiera responder o deslizarse por el árbol hasta él, Anna vio a uno de los lobos avanzar, otra vez, hacia Erik, y gritó su nombre.

Erik giró abruptamente, clavó la antorcha en los ojos hambrientos y furiosos y chamuscó luego la piel de la fiera, que había creído que era sólo una amenaza vacía. Al sentir el olor, el animal se adentró en el bosque para reunirse con los otros dos antes de desaparecer en la oscuridad para siempre.

Para entonces, otra antorcha había venido a repeler a los bacantes, y luego otra. Karl se había ubicado en el centro del flanco, así que cuando le llegó el informe, ya había allí otras cuatro antorchas que ayudaron a Anna a bajar del árbol, a salvo.

Karl llegó al círculo de luz donde encontró a Anna sollozando y acurrucada en los fuertes brazos de Erik Johanson. Las lágrimas le corrían por las mejillas y le lavaban el rostro. Finos hilos de lágrimas y cenizas le surcaban la piel. Erik hizo lo que le había indicado Karl: frotó su propia cara y sus manos sobre Anna tan pronto como la encontró. Pero la muchacha se había aferrado al cuello de Erik en un abrazo cerrado, que se negaba a aflojar.

Erik miró por encima de la cabeza de Anna cuando Karl entró en el círculo de luz, encerrado en los brazos de la joven, sin saber qué decir o hacer. Karl se atormentó con imágenes de las mejillas y manos de Erik frotando la cara de su Anna. Sintió una extraña opresión en el estómago y quiso gritarle a Erik que le quitara los brazos de encima.

– Parece que está bien -le aseguró Erik a Karl. Luego su voz se hizo más dulce cuando habló cerca del oído de la joven. -Anna, Karl está aquí ahora. Ya puedes ir con él.

Pero Anna no pareció oír, y si lo hizo, no pareció registrar las palabras. Se aferraba a Erik como si su vida dependiera de él.

Karl observaba con el corazón tan aliviado, que la repentina liberación del temor le hizo temblar el estómago. James apareció de pronto y se arrojó sobre su hermana; la abrazó desde atrás con su cara enterrada en la espalda de Anna, tratando de dominar sus lágrimas. Y durante todo este tiempo, Anna seguía aferrada a Erik Johanson.

Kerstin observó, con extrañeza, cómo Karl se mantenía atrás, sin decidirse a tomar a su esposa de los brazos de su hermano. Eso confirmó su sospecha de que algo andaba mal entre los Lindstrom.

Por fin, Karl habló:

– Anna, vas a ahogar al pobre Erik.

Pero era Karl el que sonaba como si se estuviera ahogando. Se acercó, esperando que ella se volviera a él.

Al oír su voz, Anna levantó la cabeza. Karl pudo ver su cara manchada de cenizas, vacilante a la luz de la antorcha, mientras ella también miró la suya. Cuando su voz familiar se oyó detrás de la máscara gris, la muchacha dijo con un quejido:

– ¿Karl?

– Sí, Anna.

Siguieron titubeantes. Anna parecía una pobre niña sucia y desamparada, con la cara pálida e hinchada, detrás del gris de las cenizas, por las picaduras y el llanto. El pelo era una explosión de hebras color whisky y ramitas de frutilla. A la luz de la antorcha, los ojos enrojecidos se veían enormemente grandes. Las lágrimas corrían en silencio y caían de las mejillas a su camisa, sobre la que formaban sucios borrones donde la prenda colgaba suelta de su cuerpo delgado. Luchaba para aquietar su pecho pero no podía tomar aire sin temblar. Elevó el dorso de una mano y se lo pasó por la nariz, dejando caer los brazos, acongojada.

Nunca había deseado tanto que una persona la tocara… que sólo la tocara… como necesitaba ahora que Karl lo hiciera. Llena de picaduras, despreciable, arrepentida, estaba ahora delante de él; temblaba toda por dentro y sus piernas vacilaban, sabiendo que, una vez más, no había cubierto las expectativas de Karl.

– ¡Nos diste un susto tan grande, Anna! -dijo Karl, cansado pero aliviado.

Anna ahogaba sus palabras entre sollozos.

– Yo que… ría j… junt… tar alg… gunas fr… frutillas pa… ra tu cen… na…

Ante esa desgarradora súplica, Karl se sintió dominado por la pena. Abriendo los brazos, la apretó contra su amplio pecho, incluyendo a James en el abrazo, también; el duro y frío rifle de Karl, detrás de la cabeza de Anna, la apretaba aún más contra él.

– Vin… nieron los lob… bos, Karl -sollozó.

– Todo está bien, Anna. Todo está bien -la calmó.

Pero ella siguió:

– Y… los mos… mosquitos esta… ban terr… terrib… bles.

– Bueno, bueno…

– Yo só… lo que… quería con… seguir algún… nas fru… frutillas par… ra ti, Karl.

– Anna, no hables, ahora.

– El b… b… balde se de… derra… mó, Karl.

Karl tuvo que apretar los párpados.

– Lo sé, lo sé -le dijo hamacándola en sus brazos.

– Pe… ero las fru… frutillas…

– Ya habrá otras.

– El arro… yo ib… ba hacia el nor… norte y n… no pude…

– Anna, Anna, ya estás a salvo.

– Oh, Karl. Lo… s… siento. Lo s… sien… to, Karl.

– Sí, Anna, lo sé.

Las lágrimas se le estaban acumulando en el borde de los ojos.

– No… no me de… jes ir, Karl, lo s… siento.

– No te dejaré ir. Ven, Anna, debemos ir a casa ahora.

Pero Anna no podía deshacerse del abrazo. Lloró sin control contra su cuello hasta que Karl, al fin, le dio el rifle a James y levantó a Anna en sus brazos.

Rodeados por las antorchas, la llevó al hogar. Antes de llegar, Anna se quedó dormida en los brazos de Karl, aunque no disminuyó la presión alrededor de su cuello. A pesar de su tamaño y de sus condiciones físicas, Karl también estaba algo flojo, cuando llegó a la cabaña.

Todos seguían ahí, esperando, después de que Karl la acostó en la cama; le deseaban lo mejor, pero no se decidían a partir, por temor a que los necesitaran. Karl les aseguró que habían hecho más de lo necesario y, una vez afuera, les agradeció a todos con apretones de manos y abrazos.

Antes de irse, Olaf sugirió:

– Karl, tal vez no debamos venir mañana a ayudarte con la cabaña. Podemos esperar y venir pasado mañana. Anna no se siente bien y quizá necesite un día de descanso. Quédate con ella hasta que se mejore, y vendremos pasado mañana.

Katrene le aconsejó:

– Aplícale una pasta espesa de bicarbonato de soda sobre las picaduras para que Anna no se sienta tan molesta.

– Sí, Katrene. Voy a hacer lo que me indicas. Y creo que tienes razón, Olaf. Un día más o menos no es tan importante. Terminaremos el trabajo en mi cabaña pasado mañana.

– Todos estaremos aquí entonces, no te preocupes -le aseguró Erik.

Cada uno de los Johanson hizo un comentario reconfortante cuando la familia partía. Charles dijo:

– Descansa ahora y mañana no te esfuerces, tampoco.

Katrene agregó en sueco:

– No te olvides, el bicarbonato de sodio le quitará la picazón.

Karl sonrió y prometió no olvidarse. Leif dijo:

– Estoy seguro de que se pondrá bien, Karl. Todos pensaremos en ella hasta que nos veamos.

– Estaremos aquí con las hachas bien afiladas, pasado mañana, bien temprano -dijo Olaf, y le dio una palmada en la espalda, como si se la hubiera dado a uno de sus hijos.

Erik se demoró.

– Lamento que no hayas sido el primero en encontrarla, Karl.

Sus ojos decían: “Ella no pensaba a quién se estaba aferrando, no lo tomes a mal, amigo”. Los ojos de Karl gratificaron al joven con una sonrisa cansina, que le decía: “No debes preocuparte”.

Por último, se acercó Kerstin. Apoyó el brazo sobre el de Karl y lo miró directo a los preocupados ojos azules. Ella también habló en sueco.

– Karl -dijo-, mamá tiene razón en aconsejarte el bicarbonato, pero eso no arreglará todo lo que anda mal con Anna. Creo que hay algo que no marcha bien en su corazón. Sea lo que fuere, tú eres el que puede ayudarla, Karl.

– No hace mucho que estamos casados -murmuró él-. Hay cosas a las que todavía tenemos que acostumbrarnos.

– No te diré más nada, ahora. Veo que tú también estás confuso. Recuerda sólo esto: las diferencias no se pueden superar, si las guardas adentro.

Sus palabras eran en esencia las mismas que las del padre Pierrot.

– Lo recordaré. Gracias, Kerstin.

Nedda fue la única que no se despidió de Karl, pues ella y James se habían ido caminando hasta el granero, mientras los otros se demoraban en la entrada de la casa de adobe. Estaban de pie debajo de la luz de las estrellas en esa suave noche de verano. Un dormilón cantaba una monótona canción desde la oscuridad de los árboles. Los murciélagos bajaban en picada y barrían el aire, chillando como ratones, mientras los chirridos de los grillos, siempre presentes, sonaban como rasgueos de violines con una sola cuerda.

La mano de James descansaba sobre la cerca; Nedda se animó a apoyar su mano sobre la de él, y le dijo:

– Estoy contenta porque la hemos encontrado. Nunca me imaginé lo terrible que sería perder a un hermano o a una hermana.

– Yo tampoco. Con Anna estuvimos juntos toda la vida. Lo que quiero decir es que ella siempre estuvo allí, cuidándome. No dejé de pensar en ningún momento en lo terrible que sería no tenerla.

Nedda retiró la mano pero siguió observando el rostro de James.

– ¿Dónde están tu papá y tu mamá?

– Mamá murió y mi…

Tragó saliva y tomó la viril decisión de confiarle a Nedda la verdad, sin importarle lo que sintiera. Sabía demasiado bien cómo sus mentiras y las de Anna habían lastimado a Karl. Decidió, por sí mismo ahora, ser sincero desde el comienzo y evitar enredarse en los tentáculos de las mentiras.

– Nunca conocimos a nuestro padre, ni Anna ni yo. Y sería mejor que tú conocieras la verdad, Nedda. Es casi seguro que nacimos de distinto padre. ¿Sabes?, mi madre nunca nos quiso tener, a ninguno de los dos. Por eso Anna y yo tuvimos que mantenernos tan unidos; de lo contrario, hubiéramos estado totalmente solos.

A Nedda la asombró que una madre no quisiera a sus hijos.

– Anna debe de ser muy especial para ti, ¿eh?

– Claro que lo es. -James ni siquiera se dio cuenta de que su respuesta sonaba como si hubiera venido de Karl-. Lo que quiero decir es que, ¡bueno!, es mucho más especial cuando alguien no es de tu propia sangre… ellos…

James no pudo terminar. Recordaba todas las veces que Anna lo había protegido en St. Mark o le había prometido que trataría de encontrar una vida mejor para los dos. Recordó cómo se había negado a dejarlo solo cuando vino a encontrarse con Karl. También pensó en la última vez que la vio apenada, impotente para encontrar una respuesta por sí mismo.

– Te entiendo. Anna no es ni siquiera tu hermana carnal pero te quiere como si lo fuera, ¿no, James?

El muchacho raspó el suelo con la punta de su bota, mirando hacia abajo, dominado por un extraño sentimiento de inquietud. Asintió con la cabeza. Se quedó pensando un momento y luego preguntó, con tristeza, mientras miraba las estrellas:

– Nedda, ¿qué hace que la gente que se quiere no desee que el otro lo sepa?

– ¿Te refieres a tu madre?

– ¡No, no a ella! Nunca me importó un comino. Es de Karl y de Anna de quienes hablo. Hay… hay algo que anda mal entre ellos y daría cualquier cosa para ayudarlos, pero no sé cómo. ¡Diablos! Tampoco sé de qué se trata.

– ¿Se pelean?

– Ahí está lo inexplicable. ¡No! -James sonaba frustrado-. Si discutieran, tal vez se arreglarían. En cambio, se tratan de una manera… no sé cómo explicarlo. Amable, diría. Tú sabes, como tu mamá y tu papá, cuando se ríen y él la embroma y todo.

– Sí, mi papá es un gran bromista.

– ¿Ves? Así eran Anna y Karl cuando recién vinimos aquí. ¿Sabes? Se casaron apenas en el verano. Parecían llevarse tan bien y luego yo dije algo y… -Tragó saliva, pensando que daría cualquier cosa por ocultar esa verdad que había revelado cuando, irreflexivamente, le largó a Karl todo lo que sabía-. Creo que yo provoqué todo este enojo entre ellos porque le dije a Karl algo que él no puede olvidar.

– ¿Acerca de Anna?

– No. Por eso no puedo entender este lío. Era acerca de nuestra madre. Ella era… era…

– ¿Qué, James?

– Prostituta -dijo, por fin, esperando que Nedda corriera hacia su familia, horrorizada. En cambio, se quedó junto a él.

– No sé qué es eso.

– Pero Nedda, ¡eres un año mayor que yo!

– Pero no me doy cuenta de lo que es. Mi inglés no es aún demasiado bueno. Hay palabras que todavía no aprendí. James buscó algún modo de explicarle. Nedda comprendió su problema y dijo:

– No importa, James.

– Bueno, pero le importa a Karl. Y si no lo supiera, todo andaría bien entre él y Anna. Al mismo tiempo, no pienso que Karl se vuelva contra Anna, si no le gusta nuestra madre. Es un hombre justo. No lo haría.

– Quieres mucho a Karl, ¿no?

– Casi tanto como a Anna. Es… -Pero era imposible resumir todo lo que sentía por Karl-. Nos brindó el único hogar que alguna vez tuvimos. Sólo deseo que hagan las paces y sean otra vez felices.

– Se arreglarán, James. Sé que se arreglarán.

James se volvió para mirarla de frente.

– Gracias por escuchar, de todos modos, y por ayudarnos a encontrar a Anna.

– No seas tonto.

– Me imagino… me imagino que quedé como un tonto, por la manera en que me comporté cuando encontramos a Anna, pero, bueno…

Le dio vergüenza que Nedda lo hubiera visto aferrarse a las faldas de su hermana, como un bebé.

Pero Nedda le dijo algo maravilloso que le hizo olvidar cómo se había aferrado a su hermana y había llorado.

– ¿Sabes una cosa, James?

– ¿Qué?

– Estoy contenta de que esto haya ocurrido.

– ¿Contenta?

– Sí. Porque hiciste todo el camino hasta mi casa solo, en la oscuridad.

– No es tan lejos -dijo James con orgullo disimulado.

– En la oscuridad… y solo -insistió ella.

– ¿Por qué estás contenta?

– Porque ahora que lo hiciste una vez, lo puedes hacer en cualquier momento… Venir a casa, quiero decir.

– ¿Puedo?

– Seguro. No hace falta que esperes que Anna y James vengan. Te veo pasado mañana, James.

Luego se unió a su familia y James los acompañó hasta la carreta.

Cuando los Johanson se fueron, Karl le dio una gran palmada en el hombro.

– Hiciste el trabajo de un hombre, hoy -le dijo para halagarlo.

– Sí… señor -replicó James, incapaz de expresar todo lo que tenía en su corazón.

Quedaron un momento en silencio antes de que Karl le dijera:

– Nedda es una encantadora muchachita.

– Sí… señor -dijo James otra vez. Tragó saliva y agregó, juicioso-: Me gustaría ir a ver a Belle y a Bill ahora, si no te importa, Karl.

– No hay problema. Trata de no fumar la pipa allí afuera, como hago yo. A tu hermana no le gustaría.

– No te preocupes. Tengo que reflexionar.

– Dejaré la puerta sin traba.

– Buenas noches, Karl.

– Buenas noches, muchacho.

Desde la cama, Anna observó a Karl cuando entró. Él caminó hacia la chimenea y allí se detuvo. Apoyó las mejillas en ambas manos, hundió las yemas de los dedos en sus ojos y suspiró profundamente mientras arrastraba las manos por su rostro y las dejaba caer. Tenía los hombros echados hacia adelante.

– ¿Karl?

Karl volvió la cabeza.

– Anna, ¿estás despierta? -dijo, y se acercó a la cama.

– Hace rato. Mientras tú y Kerstin murmuraban en sueco afuera. ¿De qué hablaban, Karl?

– De ti.

– ¿Qué decían de mí?

– Dijo que necesitarías bicarbonato para las picaduras. Pero Anna no le creyó. Las lágrimas saltaron de sus ojos.

– Sólo te traigo problemas, Karl. También a los Johanson.

– Son buena gente. A ellos no les importa.

– Pero a mí me importa, Karl. Nunca debí haber venido aquí.

Se puso a observar las rodillas de Karl, de pie al lado de la cama.

Él no supo qué responder. Por un lado, estaba el profundo afecto que sentía por Anna; por el otro, la profunda herida que ella le había infligido. Sí, el dolor persistía. Añoraba los días anteriores al descubrimiento de la verdad.

– Es tarde para pensar en ello ahora -dijo-. Tu cara está todavía manchada con las cenizas, Anna. Es mejor que te laves antes de dormirte otra vez. Hay agua tibia.

Anna tuvo dificultad en incorporarse y Karl la tomó de un codo para ayudarla. El contacto de Karl, esa amable consideración (aunque él no la contradijo cuando ella lamentó haber venido) la llevó al borde de las lágrimas otra vez. Pero pudo controlarse y salió a lavarse la cara, el cuello y las manos en la oscuridad.

Volvió y se ocultó detrás de la cortina para ponerse el camisón. La cortina colgaba ahora como un confalón, y era un constante recuerdo de la noche que Karl la había arrancado para llevarla con ellos al granero.

Estaba esperándola cuando salió.

– Hice una pasta de bicarbonato y agua -dijo-. Te aliviará la comezón por esta noche.

Con timidez se llevó las manos al rostro, tocándolo, sintiéndolo. Aun sin espejo, pudo darse cuenta de que estaba hinchado.

– Estoy hecha un desastre.

– Toma, esto te ayudará.

– Gracias, Karl.

Se sentó en el borde de la cama y se aplicó la pasta en la cara.

– Ten cuidado de que no se te meta en los ojos -le advirtió.

– Tendré cuidado.

Karl se veía impaciente; se sentía torpe parado allí, esperando que ella terminara y se acostara, para meterse él también en la cama.

Anna se aplicó la pasta en la cara, el cuello y el dorso de las manos. Pero la pasta tenía que secarse para resultar efectiva. Sentada allí, esperando, comenzó a mover el cuerpo; intentó alcanzar el centro de la espalda pero no pudo.

– Karl, me picaron por todas partes. Ráscame atrás -dijo, retorciéndose.

Karl se sentó en el borde de la cama, detrás de ella. Mientras él le rascaba la espalda, Anna se rascó un tobillo, los brazos y el pecho.

– Sí. Te atacaron bien, pequeña -dijo. Cuando se dio cuenta de lo que le había dicho, sus dedos dejaron de moverse.

De repente, Anna también se quedó quieta y olvidó las picaduras por el momento, mientras permitía que las caricias la invadieran.

Pero la picazón comenzó otra vez; entonces, le pidió:

– Karl, ¿podrías ponerme pasta en la espalda?

Siguió una larga pausa mientras Karl le miraba los hombros, recordando cómo sus manos los habían acariciado en los momentos de pasión. Por fin, tragó y dijo:

– Pásame el pote.

Anna se lo dio, se desabotonó el camisón y se lo bajó; su espalda quedó descubierta mientras sostenía el camisón sobre los pechos. Desde su distanciamiento, no había quedado tan desnuda ante él. Se imaginó los ojos de Karl contemplando su desnudez, y recordó esas manos tiernas en medio de las caricias; cada día aumentaba su ferviente deseo de que Karl la tocara como antes. Esperó, con el corazón martilleándole en el pecho y los nervios estremecidos, ese primer contacto en su cuerpo después de tantos días solitarios. Cuando llegó, fue frío, y Anna se sobresaltó; enseguida se maldijo e hizo todo lo posible por parecer calma delante de él.

Había ronchas tan grandes como arvejas por toda la espalda, blancas en el centro con un círculo colorado alrededor. Cuando tocó la primera con la pasta fría, Anna echó los hombros hacia atrás.

– Lo siento -murmuró Karl.

Al ver su espalda desnuda, se reavivaron en él anhelantes recuerdos. Se esforzó por mantenerse calmo mientras la masajeaba, cuidando que sus ojos no se detuvieran en la sombra de la columna, donde se hundía el camisón, ni se desviaran más abajo, donde Karl sabía que una incitante sombra lo esperaba. Empastó todas las ronchas que pudo ver. En ese momento, sintió una opresión en el estómago y su corazón comenzó a latir alocadamente, pero levantó el mechón de pelo que cubría la nuca y encontró dos ronchas más.

Anna llevó un brazo hacia atrás y se levantó el pelo de la nuca para que Karl pudiera ver las ronchas ocultas. Con el corazón latiéndole a ritmo acelerado, se preguntó si él la consideraría sensual en esa postura tan seductora. Como si repudiara ese posible pensamiento, Anna apretó aún más el camisón contra sus pechos, anhelando esas caricias que le habían sido prodigadas en un tiempo pasado.

El pelo que le crecía en el hueco de la nuca era fino y ondulado. Karl nunca antes lo había visto porque Anna siempre llevaba el pelo suelto.

– Debes dejar que se seque -dijo él con voz ronca.

Allí sentada, sosteniéndose el pelo, sintiendo la cadera de Karl contra su nalga en el borde de la cama, se preguntaba si él estaría experimentando los mismos sentimientos abrumadores que ella: sexuales, impulsivos, palpitantes. Pero Karl estaba sentado rígido como una estatua, y por fin, el pelo cayó sobre la espalda. Anna se llevó una mano al hombro, y dijo:

– Hay algunas más aquí arriba. Pásame el pote.

Sin palabras, Karl se lo entregó en la mano, cuidando de no tocarle los dedos. Vio cómo el camisón caía hasta la cintura, cómo ella inclinaba la barbilla para mirarse; observó cómo los codos se movían cuando se untaba la piel con la pasta. No necesitaba verla de frente para recordar. Sintió que la sangre le recorría las entrañas y un peso enorme le oprimía el pecho. Trató de pensar en ella como lo hacía cuando le escribía las cartas, como su pequeña Anna, la del pelo color del whisky. Aun sintiendo que el deseo lo devoraba, se encontró pensando en cuántos otros la habrían visto echarse el pelo hacia adelante, de una manera tan seductora. Pero sin que le importara cuántos otros habían sido, puso su mano alrededor de la nuca de la joven, y le acarició el pelo levemente.

Anna cerró los ojos y se echó hacia atrás; levantó el mentón y se apoyó con firmeza en la mano extendida detrás de su nuca. La sintió tibia, aun a través del pelo; le transmitía desesperación y a la vez esperanza; Anna deseaba volverse hacia Karl y ser tomada en sus brazos indulgentes. Pero la invitación tenía que partir de él.

– Anna -susurró, la voz ahogada por la emoción-. Hay cosas de las que tenemos que hablar.

– No puedo seguir así por mucho tiempo más -pudo decir, a pesar de las lágrimas.

– Yo tampoco.

– Entonces, ¿por qué no hablamos?

Podía sentir su propia respiración luchando por subir a la garganta, después de pasar por el corazón, que amenazaba ahogarla con su clamor.

– No puedo olvidar, Anna -dijo él con desesperación.

– No quieres olvidar. Quieres seguir recordándolo y hacer que yo también lo recuerde, para que nunca me olvide de que alguna vez fui mala. -Sus ojos permanecían cerrados.

– ¿Es eso lo que estoy haciendo?

– Creo… creo que sí.

Siguió un largo y silencioso minuto; sólo se oía el sonido de los grillos, del fuego y de la respiración.

– ¿Me puedes culpar? -preguntó.

Anna sintió crecer el dolor de esa pregunta dentro de su propio corazón. Seguía apoyada contra él, con el pelo ahora tibio ahí donde Karl lo sostenía alrededor de la nuca.

– No -murmuró.

– ¿Pensaste que si me daba cuenta, lo dejaría pasar?

– No.

– Traté de sacármelo de la mente. Pero está ahí, Anna. Me espera cada minuto, cuando estoy despierto, y no puedo olvidarlo.

– ¿Crees que yo puedo?

– No sé. No te conozco lo suficiente como para saber esas cosas de ti.

– Bueno, no puedo, Karl. Yo tampoco puedo olvidarlo. Pero daría cualquier cosa para que nunca hubiera ocurrido.

– Pero eso es imposible.

– ¿Entonces estará siempre entre nosotros?

– ¡Eres mi esposa, Anna! ¡Mi esposa! -dijo con intensidad, apretándole la nuca-. Te tomé por esposa, creyendo que eras pura. ¿Sabes lo que significa para un hombre saber que ha habido otros antes?

Herida, avergonzada, sintió que sus palabras le atravesaban el corazón. De modo que todo este tiempo él había pensado que carecía totalmente de escrúpulos.

– No hubo otros, Karl, sólo uno.

La furia y el dolor bullían dentro de él.

– ¿Sólo uno? ¿A mí me dices sólo uno? Sería lo mismo decir que el rayo es sólo fuego después de haber caído sobre mí. ¿Sabes qué es eso lo que sentí ese día? -La mano oprimió aún más su nuca, y le provocó dolor-. Sentí que un rayo caía sobre mí, sólo que no fue tan amable como para matarme. Me dejó, en cambio, quemado y lleno de ampollas. -Karl le quitó la mano del pelo, como si sintiera esa sensación ahora.

– Karl, mi intención no era que te enteraras -dijo inoportunamente-. Creí…

– ¿No piensas que ya lo sé? No hace falta que lo digas. Sé que pensaste que era un tonto cuando no me di cuenta esa noche en el granero. ¡El tonto de Karl! Verde como el pasto en primavera. Creí que estábamos aprendiendo juntos esa noche.

La angustia dominó a Anna, intensificada por su necesidad de que él le creyera.

– Estábamos aprendiendo.

– No me mientas más. Te perdoné todas las otras mentiras que descubrí. Pero ésta me cuesta mucho perdonarla. No sé si alguna vez podré.

– Karl, no entiendes…

– No, no entiendo, Anna. -Le temblaba la voz al elevarla-. Soy de los que no creen en la venta de aquello que sólo debe ganarse con el amor. Me pregunté muchas veces: “¿Por qué Anna hizo eso? ¿Cómo pudo?” ¿Sabes que hasta llegué a pensar que si hubieras hecho esto con un hombre al que amabas, estaría mal que no te perdonara? Pero hacerlo por dinero, Anna… -Su voz se fue perdiendo. Cuando la recuperó, sonó pesada y abatida-. Te pagó, Anna, ¿no?

Sólo asintió con la cabeza, luego dejó caer el mentón sobre el pecho.

– Un hombre que tenía edad como para ser tu padre…

Sus palabras tenían el afligido tono del lamento.

– No te hagas eso, Karl -susurró ella, por fin.

– No es Karl el que se lo hace a sí mismo; eres tú la que me lo ha hecho a mí. -Su voz agonizante siguió, matándola, haciéndola sangrar de arrepentimiento- ¡Cómo pensé en ti, en mi pequeña Anna, la del pelo del color del whisky! Todos esos meses esperándote, pensando en cómo sería tenerte aquí, en construir la cabaña de troncos y tenerte a mi lado para no volver a estar solo otra vez. ¿Sabes lo solo que me siento ahora? Era mucho mejor… esa clase de soledad que tenía antes de que vinieras. Ésta de ahora… hay días en que me parece que no puedo tolerarla.

El terror la invadía pero sabía que debía hacer esa pregunta.

– ¿Quieres que me vaya, Karl?

Karl suspiró.

– Ya no sé lo que quiero. He hecho la promesa de quererte y honrarte y sellé esa promesa con un acto de amor. No creo que se pueda pasar por encima de esta promesa y mandarte de vuelta. No obstante, no puedo honrarte. Estoy desgarrado, Anna.

Como la primera vez, al oír su nombre pronunciado por sus labios con ese acento sueco tan querido, sintió que lo quería más que nunca.

– Tan pronto como te vi, el primer día, supe que así te sentirías si alguna vez te enterabas de la verdad.

– ¿No te diste cuenta, por mis cartas, de que…?

– ¿De qué eres indulgente, Karl?

Los dos comprendieron qué falso sonaba eso ahora.

– De que podía aceptar las cosas, Anna. ¿Entiendes? Si me lo hubieras dicho antes, lo habría aceptado.

– No, Karl. No lo habrías hecho. Ni siquiera tú eres tan magnánimo. ¿Crees que si te hubiera escrito que era la hija de una prostituta y tenía un hermano del que era responsable, nos habrías traído aquí voluntariamente?

Puesto de esa manera, Karl también dudó acerca de cuál habría sido su reacción.

– Karl, pienso que es hora de que te diga todo sobre Boston.

– No quiero oírlo. Ya escuché lo suficiente acerca de Boston como para durarme toda una vida. Odio esa palabra.

– Si tú la odias, imagínate qué siento yo cuando hablo sobre ello.

– ¡Entonces no lo hagas!

– Debo hacerlo. Pues si no lo hago, no entenderás nunca lo de mi madre.

– No es tu madre la que me desilusionó, Anna. Eres tú.

– Pero ella es parte de esto, Karl. Tienes que saberlo para comprenderme.

Cuando Karl se sentó, en silencio, Anna lo tomó como una aceptación. Tragando el aliento y temblando, comenzó:

– Nunca tenía tiempo para nosotros. Éramos sólo producto de sus malos cálculos, dos de sus errores. Y en su profesión, éramos las peores equivocaciones que podía haber cometido. Nunca nos dejó olvidarlo. “¿Dónde están esos dos críos míos, ahora?”, exclamaba, hasta que todo el mundo comenzó a llamarnos los “críos de Barbara”.

“Nunca lo supimos con certeza, pero no hacía falta mucha imaginación para pensar que tal vez James y yo seamos medio hermanos. Existe la posibilidad de que seamos de distinto padre. Pero de dónde veníamos, eso no nos importaba. Aprendimos pronto a depender uno del otro. Nadie más nos prestaba ayuda de ninguna índole, de modo que la obteníamos sólo de nosotros mismos.

“Tenías razón acerca de algo, Karl. Ella nunca quiso que la llamáramos “mamá”, por temor a espantar a sus clientes. Tenía que aparentar ser joven y actuar como una mujer joven para mantener a los hombres interesados. A veces nos olvidábamos y la llamábamos “ma”; ella se ponía hecha una furia. La última vez que eso ocurrió, yo tendría unos once años. Una de las otras mujeres me había dado una pluma usada para mi pelo y fui corriendo hasta donde estaba mi madre para contarle.

“Ésa fue la primera vez que vi a… a Saul. Él estaba con mi madre cuando corrí a su encuentro, llamándola. Estaba demasiado excitada y me olvidé de decirle “Barbara”. Cuando me escuchó llamarla “ma”, me regañó ahí mismo, delante de ese hombre. Aunque parezca extraño, con ese episodio quedó probado que Barbara no perdería a sus clientes tan pronto como ella pensaba, apenas ellos se enteraran de que tenía dos chicos.

“Saul estaba siempre por ahí a partir de aquel día, más de lo que me hubiera gustado. Observaba y esperaba mientras yo crecía, sólo que nunca supe que estaba esperando que yo tuviera unos quince años. A partir de allí, traté de no estar en su camino. No se crece en un lugar como ese sin conocer la mirada hambrienta en el rostro de un hombre, a una edad demasiado temprana.

“Fue para esa época cuando Barbara adquirió la enfermedad que todas las mujeres de su profesión temen. Se vino barranca abajo muy rápido y perdió su buena apariencia, sus fuerzas y sus clientes. Después de morir, sus amigos -si se los puede llamar así- nos dejaban a James y a mí quedarnos por las noches. Pero cuando los cuartos estaban ocupados, nos mandaban de paseo. Por eso conocía el interior de la iglesia St. Mark. Nos albergábamos allí cuando no había otro lugar adonde ir. Por lo menos, de allí no nos echaba nadie.

“Buscamos trabajo, Karl, de verdad lo hicimos. Les arreglaba los vestidos a las mujeres del lugar -siempre tenían que tener la ropa en condiciones-, y por eso aprendí algo de costura. Me pagaban muy poco por el trabajo, no nos alcanzaba. Por eso cuando empecé a escribirte, te dije que era costurera. Fue la única cosa que se me ocurrió.

“Y adivinaste acerca de los vestidos, también. Eran los que esas mujeres descartaban. Eran mejor que nada, así que me los llevé. Me imagino que comprenderás ahora por qué prefiero usar los pantalones de James.

“Bueno, teníamos que luchar con uñas y dientes, James y yo. Luego él empezó a robar carteras y comida del mercado, y las mujeres de la casa empezaron a alentarme para que formara parte de sus filas.

“Fue para esa época cuando James encontró tu anuncio en el periódico. Pareció ser un intervalo afortunado en nuestras vidas. Y cuando contestaste su primera carta, no podíamos creer que la suerte estuviera de nuestra parte. Sabíamos muy bien que yo estaba lejos de ser primera candidata como esposa tuya. Pero todo lo que se nos ocurrió fue mentir acerca de mis condiciones hasta que llegara a ti y fuera demasiado tarde para que me rechazaras.

“Por supuesto, tenía miedo de decirte que tenía un hermano. Estaba en una posición bastante desfavorable como para cargarte con eso también. Tenía miedo de que dijeras las cosas que en realidad dijiste aquel primer día, cuando te diste cuenta de que James estaba conmigo: es una boca extra para alimentar, un cuerpo extra para vestir pero, sobre todo, es una invasión a nuestra privacidad. Los hombres que he visto en mi vida querían tener privacidad. James y yo lo sabíamos desde que éramos chiquillos. ¡Cuando los hombres entraban, nosotros salíamos! Pero yo sólo sabía que no podía dejarlo.

“De modo que James y yo decidimos que él viniera aquí sin que supieras la verdad. Mi problema era que enviaste el dinero para un solo pasaje, y yo no tenía modo de pagar el suyo. James tiene trece años y crece como un yuyo; la ropa no le va casi de un día para otro. Yo me arreglaba con lo que me daban, pero no había nadie que pudiera pasarle ropa a James. Necesitaba botas, pantalones, camisas y dinero para el pasaje. Llegó el momento de partir y no había conseguido el dinero.

Anna tomó aire, temblando, y prosiguió:

– Él… era un hombre muy rico, Saul. Seguía viniendo por el lugar después de la muerte de Barbara y yo sabía que una de las razones era yo.

Todo este tiempo, Anna había estado sentada con el camisón abrazado contra su pecho y caído atrás. Ahora se lo subió y lo cerró, como protegiéndose.

Detrás de ella, Karl le puso la mano en el hombro y apoyó los dedos adelante, en la pequeña depresión cerca del cuello.

– No sigas, Anna.

Pero Anna tenía que terminar. Si quería que Karl la perdonara, él debía saber con exactitud qué era lo que le estaba perdonando.

– Lo mandé llamar y apareció en su extravagante carruaje de cuero rojo, creyendo que su dinero lo hacía apetecible. Pero yo lo odiaba desde que tenía uso de razón y ese día no era diferente, era sólo peor.

Desde atrás, Karl se dio cuenta de que Anna comenzó a llorar suavemente, otra vez.

– ¡No sigas! -murmuró con furia.

Cruzó un brazo por delante de Anna y le apretó el brazo. Su propio antebrazo estaba apoyado en la garganta de Anna, y él pudo sentir cuando ella tragó. La atrajo hacia él, contra su corazón convulsionado por el dolor, sujetándola con ese abrazo de acero, deseoso de que la muchacha dejara de decir cosas que él no quería escuchar.

– Pagó para usar una de las habitaciones en el que había sido nuestro único hogar durante toda la vida, el de James y el mío. Cuando me hizo entrar, yo sabía que todos los otros sabían y quise gritar que yo no era como esas mujeres, para nada. Pero no pude hacer otra cosa. Pensé que, con suerte, algún milagro de último momento me salvaría, pero no hubo milagro. Él era grande y pesado y tenía las manos sudorosas y repetía, todo el tiempo, cuánto hacía que no había poseído a una virgen y cuánto me pagaría y… y…

– ¡Anna, para, por favor, para! ¿Por qué continúas?

– Porque tienes que saber. Aunque yo consentí, fue en contra de mi voluntad. ¡Debes saber que me sentía asqueada! Debes saber que fue horrible y triste y doloroso y degradante y cuando todo terminó, quise morir. En cambio, tomé su dinero y vine hacia ti, trayendo a mi hermano conmigo.

“Cuando llegué aquí, a pesar de que parecías una persona amable, Karl, volví a revivir aquel episodio, pensando en cómo me dolería, en lo horrible que sería pasar por eso otra vez. Sólo que nada fue igual, Karl. Contigo, fue algo sano y bueno. Contigo, fue… fue… como si me sintiera más y no menos. Oh, Karl, contigo aprendí. Tienes que creerme. Me enseñaste, me sacaste el miedo e hiciste que todo pareciera hermoso. Y cuando todo terminó, me sentí aliviada de que no hubieras adivinado la verdad sobre mí.

Dejaron que el silencio cayera sobre ellos. Se sintieron embargados por pensamientos densos e indeseados, mientras seguían sentados en el borde de la cama, con el brazo de Karl aún cruzado sobre el pecho de Anna.

Anna se sentía agotada, vencida por un cansancio tal, que el trabajo de la cabaña y de la huerta parecía leve en comparación. Al volcar la cabeza hacia adelante, sus labios descansaron sobre el grueso antebrazo de Karl y pudo sentir, entonces, el vello sedoso y la firmeza del músculo. ¡Cuánto hacía que sus labios no lo tocaban!

La voz de Karl llegó al fin, lenta, cansada y abatida.

– Anna, lo entiendo mejor ahora. Pero debo pedirte que tú también comprendas lo que me pasa a mí; lo que me enseñaron a creer, en cómo eran mamá y papá. Fue una educación totalmente diferente de la tuya. Las reglas por las que yo me guiaba no permitían la existencia de un modo de vida como el de tu madre. Tenía la edad que tú tienes ahora cuando me enteré de esas cosas. Y ahora, he aprendido tanto y en tan poco tiempo, que debo pasarlo todo por un filtro y acostumbrarme a ello. Llegar a admitir verdades como la tuya, me pone en lucha conmigo mismo y debo encontrar mis respuestas. Necesito más tiempo, Anna. Te pido que me des más tiempo, Anna.

Sintió impulsos de besar su pelo, pero no pudo hacerlo. Las imágenes que Anna acababa de presentarle eran demasiado frescas y dolorosas. Habían abierto heridas que necesitaban cicatrizar.

– James me decía todo el tiempo que tú eras un hombre bueno, que debía contarte la verdad de una vez, toda la verdad quiero decir. Pero James ignora lo que acabo de contarte.

– Es un buen muchacho. Nunca lamenté que lo hubieras traído.

– Haré cualquier cosa para que llegues a sentir lo mismo sobre mí. No soy demasiado buena para lo que se hace aquí, pero haré lo imposible para aprender.

Anna no pudo dejar de pensar en Kerstin, con sus rubias trenzas, su ropa impecable, sus cualidades y su idioma sueco. Y en… por lo que parecía… su virginidad. Todas esas cosas Karl las habría encontrado en una esposa, si sólo hubiera esperado otro mes antes de hacer venir a Anna.

Karl respiró profundamente.

– Sé que lo harás, Anna. Ya lograste mucho. Has aprendido bastante y te empeñas tanto como tu hermano. Lo puedo ver con mis propios ojos.

– Pero eso no es suficiente, ¿no?

Como respuesta, Karl le dio un apretón en el brazo y retiró luego el suyo.

– Debemos tratar de dormir un poco, Anna. Ha sido una jornada muy larga.

– Muy bien, Karl -dijo obedientemente.

– Ven, métete en la cama y trata de dormir.

Karl sostuvo la manta y Anna se deslizó de su lado. Se quitó enseguida la ropa y se acostó de espaldas, con un suspiro de cansancio. Esos días, Karl usaba su ropa interior como una armadura.

No fue solamente el aguijón de los mosquitos lo que mantuvo despierta a Anna. Fue también el aguijón del arrepentimiento.

Capítulo 16

Si bien Anna y Karl no habían llegado a una reconciliación, alcanzaron, por lo menos, un status quo que mantuvieron durante el día siguiente. La escueta verdad acerca de Boston, revelada por Anna, significaba una tregua, después de la cual ella esperaba una total amnistía. Pero Karl esperaba su oportunidad, reflexionando sobre todo lo que Anna había dicho, y tratando de aceptarlo.

Al día siguiente llevó de pesca a Anna y a James. Era la actividad perfecta que Karl necesitaba para darse tiempo a pensar. Pasaron un día que, según Karl estimó, estaba lejos de ser desagradable, salvo por las picaduras de mosquitos de Anna. Atribuyó su mal humor a las molestias que le producía la intensa comezón, mientras su cuerpo reaccionaba a las toxinas a las que estaba desacostumbrado, por ser Anna natural del Este. No mejoró en nada el estado de ánimo de la muchacha, cuando Karl le dijo que a medida que pasara el tiempo, aumentaría su inmunidad a las picaduras. Cerca del mediodía el cuerpo le picaba como si tuviera sarna. Probó con la pasta de bicarbonato pero la ayudó muy poco. Ya entrada la tarde, comenzaron a aparecer en su piel heridas en carne viva, de tanto rascarse; Karl se apiadó de Anna y anunció que iría hasta lo de Dos Cuernos para preguntarle a su esposa qué podría aliviar las picaduras de Anna.

Volvió con una gavilla de maíz que descascaró, desgranó y molió en un molinillo de especias. Raspó una pala chata hasta que quedó bien limpia, esparció sobre ella los granos de maíz molido y la puso al fuego hasta que los granos comenzaron a saltar con el calor. Luego tomó una plancha fría y aplastó el maíz caliente hasta que despidió un aceite liviano de olor agradable. Cuando el aceite se enfrió, le dio instrucciones a Anna para que se lo aplicara sobre la piel.

Pero no se ofreció a curar las lastimaduras en la espalda. A Anna le disgustaba tener que pedírselo. ¡Él sabía muy bien que ella no podía sola! De pie, con la camisa levantada, sosteniéndola detrás del cuello, oyó a Karl decir, cerca de ella:

– La esposa de Dos Cuernos me encargó que le dijera a Mujer Tonka que se bañara en una solución de agua y tabaco indio la próxima vez que saliera a recoger frutillas, así los mosquitos no la picarán.

– Me imagino que le habrás dicho que no será necesario, ya que Mujer Tonka no estará tan ansiosa de recoger frutillas de ahora en adelante.

Cuando fueron a la cama, Anna lamentó su hiriente comentario. Como compensación, agradeció a Karl por haberle pedido ayuda a los indios y preparado el aceite. Pensó que él, tal vez, le daría un beso y le diría que no había sido ninguna molestia. Pero sólo comentó:

– Los indios tienen una respuesta para todo. Buenas noches, Anna.

Ella se preguntó con rabia si los indios tendrían una respuesta para un marido testarudo que jamás cedía. Anna había pedido disculpas, explicado, suplicado; sin embargo, Karl se negaba a perdonarla. ¡Esa amable consideración la estaba matando!

¡Maldito él y su aceite de maíz! ¡Ella no quería su aceite, lo que quería era su sudor! ¡Y lo quería en su propia piel!

El día siguiente, cuando los Johanson vinieron, como habían prometido, a ayudar con la cabaña de los Lindstrom, Anna estaba por estallar de furia. Después de la fría despedida de Karl, la noche anterior, hubo momentos en que Anna odió a su esposo, y otros, en que se odió a sí misma. Su preocupación era quedar como una tonta incompetente cuando tuviera que preparar la comida para ese batallón de gente. También la preocupaba parecer un marimacho al lado de Kerstin, siempre tan impecable. Pensaba, además, que se vería muy irlandesa junto a Kerstin, tan rubia y tan sueca. Otra de sus preocupaciones era sonar tan inglesa en medio de todos los Johanson.

Pero Katrene y Kerstin le dieron una sola mirada al día siguiente, y la primera de sus preocupaciones se disipó. Daba tanta lástima verla con la piel llena de ronchas y costras, con sus manos estropeadas por el mal de la pradera, que madre e hija se ofrecieron a trabajar en la cocina y preparar la comida. Al observar a las dos mujeres suecas trabajar en la cocina como si hubieran nacido para ello, Anna se sintió, una vez más, torpe, estúpida y más irritable que nunca. Les dejó el mando y ella se ocupó de las tareas menores.

Katrene le sugirió a Anna que se aplicara en las manos una mezcla de cera de abeja tibia y aceite dulce; la muchacha se sintió culpable por su irritabilidad ante esta mujer tan bien intencionada. Cuando le dijo que no sabía si Karl tenía aceite dulce, Kerstin, de inmediato, se lo ofreció.

– Si no tiene, ven hasta mi casa y yo te daré un poco.

Las defensas de Anna se derrumbaron ante este generoso ofrecimiento. Kerstin era una mujer dulce y cálida, totalmente inmerecedora de las ásperas críticas mentales que Anna había estado acumulando contra ella.

– Gracias, Kerstin. Siempre estás sacándome de algún apuro.

– Para eso están los vecinos.

Después de eso, Anna y las mujeres pasaron un día agradable, conversando acerca de incontables temas.

Mientras tanto, los hombres estaban afuera, completando el trabajo de las tejas y el piso. Al finalizar el día, se volvió a sacar el violín y el baile sirvió de bautismo para otra nueva casa. Hasta el baile irritó a Anna, sin embargo. Se sintió otra vez inferior frente a las otras mujeres. Para colmo, cuando Karl bailó con ella, se mantuvo a distancia, como si Anna fuera a quemarlo o algo parecido. Lo único que pudo hacer fue hervir de indignación, pero en silencio.

“¿Qué se cree? ¿Que se contagiará de mis pecados, si se acerca demasiado?” pensó.

Estaban tratando de retomar el aliento entre danza y danza cuando Katrene preguntó:

– ¿Cuándo piensan mudarse, Karl?

– No antes de instalar las ventanas y colocar la puerta.

– ¡Ventanas! -exclamó Katrene.

– ¿Van a tener ventanas? -preguntó Nedda-. ¿Ventanas de vidrio?

– Por supuesto que tendré ventanas, tan pronto como haga el viaje a Long Prairie para comprar los marcos y los cristales -afirmó Karl.

Esto fue una completa sorpresa para Anna. Suponía que tendrían el mismo material opaco que en la casa de adobe. Karl nunca había mencionado que tenía la intención de colocar ventanas de vidrio.

– ¡Oh, qué suerte tienes, Anna! -dijo Kerstin, obviamente impresionada.

Las ventanas de vidrio eran el mayor lujo al que se podía aspirar en la frontera. No era un secreto que los indios no podían ni siquiera creer en la existencia de un material a través del cual una persona pudiera ver. Los indios se pasaban horas, mirando asombrados cualquier ventana de vidrio que encontraran.

– Ya lo creo que tienes suerte -agregó Katrene como un eco a las palabras de su hija-. Creería estar viviendo en un castillo, si Olaf me comprara ventanas de vidrio.

– No me dijiste que querías ventanas de vidrio cuando pasamos por Long Prairie, madre -dijo Olaf.

– Creí que costarían más dinero del que podíamos gastar.

– Pero te pregunté qué querías cuando estuvimos allí. Debiste haber dicho: “Ventanas de vidrio, Olaf.” -Le guiñó un ojo a Nedda, quien le devolvió el guiño-. Si tu madre juega bien sus cartas, tal vez tenga sus ventanas de vidrio.

– ¡Olaf Johanson, te estás burlando de mí! ¿Has decidido que tendremos ventanas de vidrio?

– No, creo que iré con Karl sólo para tomar un poco de aire.

– Olaf Johanson, no sé si alguna vez conocí a algún sueco tan testarudo. Sabes que te sugerí las ventanas cuando estuvimos en Long Prairie -dijo Katrene, pero se rió, como era habitual en ella.

– Pero entonces no sabía que íbamos a tener vecinos ante los cuales tendríamos que presumir.

Katrene se acercó a su marido con un puño levantado y cuando la pelea acabó, estaban bailando otra vez, acompañados por el violín de su hijo.

Más tarde en la cama, Anna dijo en voz baja:

– ¿Karl?

– ¿Mmmm?

Anna imitó el acento sueco de Katrene Johanson cuando dijo:

– No me diji-i-i-iste que tendríamos ventanas de vi-i-i-drio.

– No me preguntaste -contestó él. Había una sonrisa en su voz, pero siguió estando ausente.

Los intentos de Anna para conquistarlo con humor se vieron frustrados, y su impaciencia fue en aumento. Una vez más, Katrene y Kerstin se habían lucido en la cocina como Anna nunca soñaría con poder hacerlo.

El viaje al pueblo no se hacía sin un plan preconcebido. No se iba allí con frecuencia, pues el trayecto era bastante largo. El verano se acercaba a su fin. Aunque estuvieran ansiosos por traer sus ventanas de vidrio, no se hacía un viaje sin tener en cuenta, al mismo tiempo, otros negocios importantes en Long Prairie. En consecuencia había que esperar la cosecha.

El trigo ya estaba maduro y había que segarlo para llevarlo al molino y obtener la provisión de harina para el invierno, mientras Karl estaba en la ciudad. El arroz de la India y las bayas de arándano eran productos rentables y fáciles de obtener en las tierras de Karl. Esta fruta, en particular, tenía mucha demanda en el Este y reportaba un dólar el bushel, mientras que las papas reportaban sólo catorce centavos el bushel. Estas últimas se reservaban para el uso familiar en invierno, junto con los nabos y las rutabagas, que se podían recoger más tarde. La cosecha rentable y los cereales comestibles debían recolectarse con prioridad.

Karl, James y Anna comenzaron por segar y rastrillar los campos de trigo; era una tarea cansadora, a pesar de que contaban con una plantación chica. Karl, que manejaba la guadaña, cruzaba una y otra vez el terreno con esos dientes gigantes y curvados moviéndose delante de él, mientras balanceaba los hombros al sol, rítmicamente. Los dientes del rastrillo eran de acero macizo, y el mango, de fresno verde y resistente, era también muy pesado.

Anna admiró, una vez más, la resistencia de su esposo. La guadaña maciza parecía una extensión del hombre. Como un enchufe con la corriente conectada, una vez que la herramienta tocaba sus manos, Karl la esgrimía sin ninguna queja, con ritmo inquebrantable durante horas y horas.

El trigo se liaba en haces que se ataban con tiras de fibra sacadas del propio cereal. “Pero no se atan solos”, pensaba Anna, dominada por el cansancio. El trabajo requería mucho inclinarse y agacharse, aunque no tanto músculo como segar y pasar el rastrillo.

Si segar y enfardar quebraban la espalda, desgranar el cereal lo dejaba a uno sin alma. Anna estaba en el claro, azotando los granos sobre la tierra, cubierta con una tela muy fina; la muchacha juró que, de ahora en adelante, comería pan sólo día por medio para ahorrar harina, al ver el trabajo que daba producirla. Nunca le habían dolido tanto los hombros como después de golpear los granos con el mayal.

Pero al fin las bolsas de arpillera estuvieron llenas y listas para ser cargadas; Karl anunció que lo que quedaba por hacer era recoger las bayas silvestres, y emprendería el viaje hacia el pueblo.

Las bayas estaban bosque adentro, donde no existían senderos. Karl había ideado una narria, que podía ser tirada por un solo caballo, a través del bosque, cargada con las canastas de fruta. Karl y sus dos ayudantes recogieron las bayas con las manos y tuvieron muchos visitantes curiosos durante los días que se ocuparon de esa tarea. Los pantanos parecían ser el lugar favorito de muchos animales salvajes que estaban, tal vez, enojados porque los saqueadores humanos venían a usurparles su comida. Karl tenía su arma a mano, mientras recogían la fruta, siempre alerta para alejar a los osos negros, que consideraban suyo ese territorio.

Un día, cuando el grupo estaba atareado recogiendo las bayas, James preguntó:

– ¿Por qué no nos mudamos a la cabaña, Karl?