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Juegos De Azar

Lavyrle Spencer

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca. Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…

LaVyrle Spencer

Juegos De Azar

© 1984, LaVyrle Spencer

Título original: The Gamble

Traducción: Ana Mazía

Con amor a

Marian Spencer,

de quien tanto aprendí

sobre el amor.

Agradecimientos

Mi sincero agradecimiento al señor Robert Snow y señora, de la plantación Waverly, en West Point, Mississippi, por prestarme su hermosa mansión del período anterior a la Guerra Civil, con sus fantasmas incluidos, para la creación de este libro.

Capítulo 1

1880

Agatha Downing miró por la ventana de su tienda de sombreros y vio cruzar la calle a una pintura al óleo de tamaño natural, que representaba a una mujer desnuda. Contuvo una exclamación y apretó los puños. ¡Otra vez ese hombre! ¿Qué se le había ocurrido ahora? No era suficiente con que hubiese instalado su negocio de venta de licores y estimulase a hombres honestos a derrochar el dinero ganado con gran esfuerzo en juegos de azar, en la puerta vecina. ¡Ahora, traía cuadros de mujeres desnudas!

Horrorizada, apretó una mano contra el corsé con ballenas y observó al alegre grupo de haraganes que iban en dirección a ella. Lanzando exclamaciones entusiastas, se abrieron paso a empujones hacia el Gilded Cage Saloon, la taberna de la Jaula Dorada, cargando sobre los hombros la tela enmarcada. La calle era ancha y lodosa, y les llevó un tiempo cruzar. Antes de que hubiesen llegado a mitad de trayecto, todos los hombres que estaban en la acera se unieron a ellos ululando, lanzando los sombreros al aire, brindando un audaz homenaje a ese desnudo digno de Rubens. Cuanto más se acercaban, Agatha apretaba más el corsé contra sí.

La desdichada figura de más de un metro ochenta, tenía los brazos extendidos al cielo, como si quisiera elevarse… de frente, voluptuosa y desnuda como un grajo recién desplumado.

Agatha apartó la vista de tan desagradable espectáculo.

¡Por todos los Cielos! Sin duda, todos ellos irían en dirección contraria al cielo. ¡Y, al parecer, querían llevarse a los niños con ellos!

Dos pequeños habían visto a los parrandistas y se acercaban corriendo al centro de la calle barrosa para ver mejor el espectáculo.

Agatha abrió la puerta de par en par y salió a la acera, cojeando.

– ¡Perry! ¡Clydel! -les gritó a los chicos de diez años-. ¡Volved a casa enseguida! ¿Me oís?

Los dos se acercaron y miraron a la señorita Downing, que señalaba con el dedo hacia el extremo de la calle.

– ¡Enseguida, dije, o se lo contaré a vuestras madres!

Perry White se volvió hacia el amigo Clydell Hottle con expresión desdichada en la cara pecosa:

– Es la vieja señorita Downing.

– ¡Oh, no!

– Mi madre le compra sombreros.

– Sí, la mía también -se lamentó Clydell.

Dirigieron una última mirada curiosa a la dama desnuda del cuadro, se volvieron a desgana y se fueron a casa arrastrando los pies.

Mooney Straub, uno de los borrachos del pueblo, alzó la voz entre el populacho y les gritó:

– ¡Esperad a ser mayores, niños!

Risas ásperas acompañaron el comentario, y la indignación de Agatha subió de punto.

Qué gentuza. No eran más que las diez de la mañana, y Mooney Straub casi no se tenía en pie. Ahí estaba también Charlie Yaeger, que tenía esposa y seis hijos viviendo en una choza sólo digna de los cerdos; y el joven hijo de Cornelia Loretto, Dan, que el vecino contrató como crupier del juego de lotería, cosa que avergonzó mucho a la pobre madre; y el cantinero de aspecto feroz, de cabello blanco, espeso, que sólo le crecía en la mitad izquierda de la cabeza; y el pianista negro de ojos vivaces que parecían no perder detalle; y George Sowers, que años atrás se enriqueció en los yacimientos de oro de Colorado, pero que bebió y perdió en el juego toda su fortuna. Y a la cabeza de todos ellos, el responsable de esparcir semejante plaga en el umbral de Agatha: el hombre al que todos llamaban Scotty.

Agatha se instaló en los escalones de entrada a la taberna y esperó que la brigada del ejército de Satán se abriese paso entre el barro primaveral. Cuando llegaron a la barra para atar los caballos, Agatha abrió los brazos:

– ¡Señor Gandy, protesto!

LeMaster Scott Gandy levantó una mano para detener a sus seguidores.

– Deteneos aquí, muchachos. Parece que tenemos compañía.

Se dio la vuelta lentamente y alzó la vista hacia la mujer que se cernía sobre él como un ángel vengador. Estaba vestida de un gris apagado. La falda de pliegues a la austríaca, enlazada atrás, estaba muy apretada de adelante atrás. El polisón sobresalía hacia arriba como la columna vertebral de un gato erizado. Llevaba el cabello peinado hacia atrás en un severo moño que tenía la apariencia de provocarle un eterno dolor de cabeza. Los únicos toques de color eran las manchas rosadas en las mejillas blancas y tensas.

Con una sonrisa en la comisura izquierda de la boca, Gandy se quitó el sombrero Stetson de copa baja con gesto perezoso.

– Buenos días, señorita Downing -dijo, arrastrando las palabras con acento sureño, que olía a magnolia.

La mujer puso los brazos en jarras:

– ¡Señor Gandy, esto es un escándalo!

El sujeto continuó con el sombrero levantado, sonriendo de costado:

– Dije «buenos días», señorita Downing.

Aunque una mosca zumbó junto a su nariz, Agatha no movió un párpado.

– No son buenos días, señor, y no fingiré que lo son.

Gandy volvió a calzarse el sombrero sobre el cabello renegrido, sacó una bota del barro, la sacudió y la apoyó en el escalón más bajo.

– Bueno… -pronunció, sacando un puro del bolsillo del chaleco, y guiñando los ojos hacia el cielo azul de Kansas. Luego, miró a Agatha con los ojos entrecerrados-. Salió el sol. Ha dejado de llover. Pronto llegará el ganado. -Mordió la punta del cigarro y la escupió al barro-. Yo llamo a eso un buen día, señora. ¿Y usted?

– ¡No pensará poner esa… -señaló, indignada, la pintura-…a esa hermana de Sodoma en la pared de su establecimiento para que todos la vean!

El hombre rió, y el sol hizo brillar sus dientes blancos y regulares:

– ¿Hermana de Sodoma? -Metió la mano en la ajustada chaqueta negra, se palpó los bolsillos del chaleco y sacó una cerilla de madera-. Si le resulta ofensiva, no tiene de qué preocuparse, cuando esté adentro, ya no tendrá que volver a verla.

– Esos niños inocentes ya la vieron. Las pobres madres estarán horrorizadas. Más aún: cualquiera puede espiar por debajo de esas ridiculas puertas de vaivén, en cualquier momento. -Agitó un dedo ante la nariz del hombre-. ¡Y usted sabe perfectamente que los chicos lo harán!

– ¿Quiere que ponga un guardia, señorita Downing? -El acento sureño fue tan pronunciado, que «guardia» sonó como «gadia»-. ¿Eso la dejaría contenta?

Encendió la cerilla en el poste, la arrimó al puro, la arrojó por encima del hombro y le sonrió en medio del humo.

Su manera de hablar, lenta y despreocupada, enfureció a la mujer tanto como su actitud caballeresca y el hedor del cigarro.

– Lo que me dejaría contenta es que devolviese usted esa pintura al lugar de donde salió. O mejor todavía, que la use para hacer fuego.

Por encima del hombro, Gandy recorrió apreciativamente la figura desnuda de la cabeza a los pies:

– Ella está aquí… -se volvió de nuevo hacia Agatha-…y se queda.

– ¡Pero no puede colgar ese cuadro!

– Oh, sí puedo -replicó con frialdad-, y lo haré.

– No puedo permitirlo.

El hombre dibujó una sonrisa gallarda, dio una calada honda al cigarro y le propuso:

– Impídamelo. -Hizo un gesto con el cigarro sobre el hombro-. Vamos, muchachos, llevemos adentro a la señorita.

Tras él se levantó ün clamor, y los hombres avanzaron. Gandy subió un escalón y se topó con la señorita Downing, que había bajado uno. La rodilla del hombre dio contra la rígida falda gris, e impulsó más hacia arriba el polisón. Sin abandonar la sonrisa, Gandy alzó una ceja:

– Si nos permite, por favor, señorita Downing.

– No haré nada de eso. -Como tenía la bota alta del hombre contra su falda, a Agatha le costó un gran esfuerzo no ceder terreno, pero lo miró fijo-: ¡Si los comerciantes respetables de este pueblo son demasiado timoratos para oponerse a estos antros de vicio y corrupción que usted y los de su clase nos impusieron, las mujeres no!

Gandy apretó las palmas contra la rodilla, se inclinó hacia adelante hasta que el ala del sombrero casi tocó la nariz de la mujer y habló con calma, con pronunciado acento, pero con un inconfundible tono de amenaza:

– No me gustaría maltratar a una mujer delante de sus vecinos pero, si no se aparta, no me dejará otra alternativa.

Agatha cerró los orificios de la nariz, y se irguió más.

– Los que se apartan para permitir indecencias de esta clase, son tan culpables como si las hubiesen cometido ellos mismos.

Los ojos de ambos se encontraron y sostuvieron las miradas: los de él, negros y penetrantes, los de ella, verdes y desafiantes. Tras Gandy, los hombres esperaban con el barro a los tobillos, y las risas burlonas se habían convertido en un silencio expectante. En la calle, Perry White y Clydell Hottle se protegían los ojos con la mano, esperando a ver quién ganaba. Al otro lado de la calle, el dueño de la taberna y el tabernero salieron por sus propias puertas de vaivén para observar el enfrentamiento con expresión divertida.

Gandy contempló los ojos decididos de Agatha Downing, y comprendió que sus clientes más firmes y sus mejores amigos querían ver si retrocedería ante una mujer: eso lo hubiese convertido en el hazmerreír de Proffitt, en Kansas. Y aunque no lo habían educado para faltar el respeto al sexo débil, la mujer no le dejaba alternativa.

– Como guste, señora -dijo Gandy. Con aire despreocupado, sujetó el cigarro entre los dientes, aferró a Agatha de los brazos, la levantó del escalón y la plantó unos veinte centímetros dentro del lodo. Los hombres lanzaron un rugido a modo de aprobación. Agatha gritó, agitó los brazos y trató de sacar los zapatos del lodazal. Pero el barro la chupó más profundamente y aterrizó sobre el polisón con una salpicadura ignominiosa.

– ¡Bienhecho, Gandy!

– ¡No permitas que ninguna falda te detenga!

Mientras Agatha miraba, furiosa, a Gandy, los secuaces cargaban a la dama desnuda por los escalones de madera, y atravesaban las puertas vaivén del Gilded Cage Saloon. Cuando desaparecieron, el sujeto levantó el sombrero y le dedicó una sonrisa hechicera:

– Buenos días, Downing. Fue un placer.

Subió la escalera de entrada, se limpió las botas en el felpudo de la entrada y siguió al ruidoso grupo adentro, y las puertas quedaron balanceándose a su espalda.

Desde la acera opuesta, toda la escena fue observada por una mujer vestida completamente de negro. Con la maleta en la mano, Drusilla Wilson se detuvo. Tenía la figura y la rigidez de un poste, la nariz como guadaña, los ojos que parecían capaces de perforar granito. La boca fina tenía un gesto amargo, y el labio inferior casi tapaba al superior. El mentón retraído, recordaba al perfil de un mero. Bajo el ala sin adornos de un sombrero cuáquero completamente negro, aparecía una fina franja de cabello. Ese cabello, también negro como si la naturaleza aprobara la decisión de darle un aspecto atemorizante, estaba alisado sobre las sienes y aplastaba las orejas contra la cabeza. Irradiaba la clase de severidad que hacía que la gente retrocediera, en lugar de adelantarse, cuando se la presentaban.

Después de presenciar el altercado al otro lado de la calle, la señorita Wilson se volvió hacia un hombre de barba rojiza con mostacho engominado que estaba junto a las puertas vaivén del Hoof and Hora Saloon. Estaba vestido con una camisa de rayas rojas y blancas, con bandas elásticas en las mangas, sobre unos brazos enormes que tenía cruzados sobre el pecho macizo, que se sacudía cada vez que reía. De la mata roja que rodeaba la boca, emergía la punta de un cigarro apagado.

– El nombre de esa mujer… ¿cuál es, por favor? -preguntó Drusilla Wilson, con formalidad.

– ¿Quién? ¿Ella?

Riendo otra vez, indicó a Agatha.

Sin participar de la diversión, Drusilla asintió.

– Ésa es Agatha Downing.

– ¿Y dónde vive?

– Ahí mismo. -Se quitó el resto del cigarro y señaló con la punta-. Encima de la sombrerería.

– ¿Es la dueña?

– Sí.

Drusilla echó un vistazo a la lamentable figura al otro lado de la calle y murmuró:

– Perfecto.

Alzó la maleta con una mano, se sujetó las faldas con la otra, y caminó por las piedras que cruzaban la calle. Pero se dio la vuelta otra vez hacia el hombre de la barba rojiza que aún sonreía contemplando a Agatha que intentaba librarse del barro.

– ¿Y su nombre, señor?

El sujeto le dedicó una sonrisa de dientes marrones, encajó otra vez el cigarro en la boca pequeña y respondió:

– Heustis Dyar.

La mujer alzó una ceja y miró el cartel que lucía en el falso frente del edificio, encima de la cabeza del hombre:

– ¿Y es usted el dueño de Hoof y Horn?

– Así es -respondió, orgulloso, deslizando los pulgares bajo los tirantes y proyectándolos hacia afuera-. ¿Quién pregunta?

Con un breve gesto de la cabeza, la mujer respondió:

– Drusilla Wilson.

– Drus… -Se sacó el cigarro de la boca y dio un paso hacia ella-. ¡Eh, espere un momento! -Con el entrecejo fruncido, se volvió hacia el cantinero que apoyaba los antebrazos en las puertas vaivén-. ¿Qué está haciendo ella aquí?

Tom Reese se encogió de hombros.

– ¿Y yo cómo sé qué está haciendo aquí? Supongo que crear problemas. ¿Acaso no es eso lo que hace en cada sitio al que va?

Eso era lo que hacía Drusilla Wilson ahí, y mientras se acercaba a su «hermana» caída en el lodo, rogaba que fuesen Heustis Dyar y el dueño de Gilded Cage los primeros en sufrir el impacto de su llegada.

Agatha tenía gran dificultad en levantarse. Otra vez, la cadera. En los mejores momentos, no podía confiar en ella; en los peores, era inútil intentarlo. Atascada en el barro frío y pegajoso, le dolía y no lograba levantar el peso de la mujer. Aunque se balanceó hacia adelante, no pudo ponerse de pie. Cayó hacia atrás, con las manos enterradas hasta las muñecas, y deseó ser de la clase de mujer que echa maldiciones.

Una mano enfundada en un guante negro se extendió hacia ella.

– ¿Puedo ayudarla, señorita Downing?

Agatha levantó la vista y vio unos fríos ojos grises que se esforzaban por ser simpáticos.

– Drusilla Wilson -anunció la mujer a modo de presentación.

– ¿Drus…?

Estupefacta, Agatha miró maravillada a la mujer.

– Vamos, levántese.

– Pero…

– Tome mi mano.

– Oh… claro… claro, gracias.

Drusilla aferró la mano de Agatha y la ayudó a levantarse. Agatha hizo una mueca y se apretó la cadera izquierda con una mano.

– ¿Está lastimada?

– No, sólo en mi orgullo.

– Pero está cojeando -advirtió Drusilla, mientras la ayudaba a subir los escalones.

– No es nada. Por favor, se manchará el vestido.

– Me he manchado con cosas peores que lodo, señorita Downing, créame. Desde cerveza hasta estiércol de caballo, me han arrojado de todo. Un poco de limpio barro de Dios será un alivio.

Pasaron juntas por la puerta de la Gilded Cage. Adentro, ya sonaba el piano y se filtraban risas, únicos sonidos que perturbaban la apacible mañana de abril. Las dos mujeres caminaron hasta la tienda vecina, en cuyo escaparate se leía en brillantes letras doradas: Agatha N. Downing, Sombrerera.

Dentro, Agatha olvidó que estaba toda sucia y dijo, emocionada:

– Señorita Wilson, me siento tan honrada de conocerla… Yo… yo… pues… no… no puedo creer que sea usted, realmente, la que está en mi humilde tienda.

– ¿Eso significa que sabe quién soy?

– Desde luego. ¿Acaso no la conocen todos?

La señorita Wilson se permitió una risita seca.

– Bueno, en el estado de Kansas, sí, y me atrevería a decir en todos los Estados Unidos y, por cierto, me conoce todo aquel que haya oído la palabra templanza.

El corazón de Agatha latió, excitado.

– Me gustaría conversar un rato con usted. ¿Puedo esperarla mientras se cambia de ropa?

– ¡Oh, sin duda! -Agatha indicó un par de sillas en la parte del frente del negocio-. Por favor, póngase cómoda mientras me ausento. Yo vivo arriba, de modo que no tardaré más que un minuto. Si me disculpa…

Agatha cruzó el taller y salió por una puerta trasera. En la pared del fondo del edificio había una escalera de madera que llevaba a los apartamentos de arriba. Subió como lo hacía siempre: los dos pies en cada escalón, aferrándose con tanta fuerza al pasamanos que los nudillos se le ponían blancos. Las escaleras eran lo peor. Estar de pie o caminar sobre una superficie plana era tolerable, pero alzar la pierna izquierda era difícil y doloroso. La falda sujeta atrás le hacía la marcha aún más difícil, trabándole los movimientos. A mitad de camino, se inclinó y, metiendo la mano bajo el ruedo, desató el último par de lazos. Cuando llegó al rellano superior, estaba un poco agitada. Se detuvo, sin soltar la baranda. El rellano era compartido por los habitantes de ambos apartamentos. Echó un vistazo a la puerta que llevaba a la vivienda de Gandy.

Tal vez otra mujer se hubiese permitido llorar, después de un momento tan duro como el que ese hombre la había hecho pasar, pero Agatha no. Agatha se limitó a exhalar con comprensible cólera y reconoció un gran anhelo de hacerlo morder el polvo. Cuando se volvía hacia la puerta, sonrió al pensar que al fin le habían llegado refuerzos.

Le llevó cierto tiempo quitarse el vestido. Tenía veintiocho botones en el frente, ocho lazos de cinta atados por dentro para formar el polisón de atrás, y la mitad que sujetaban la falda en forma de delantal alrededor de las piernas. A medida que soltaba cada cinta, el vestido perdía forma. Cuando quedó desatado el último lazo, el polisón perdió todos sus bultos y quedó tan plano como la pradera de Kansas. Con él en la mano, el corazón le dio un vuelco.

¡Ese hombre! ¡Ese sujeto maldito, enervante! No tenía idea de lo que le costaría a Agatha en cuestión de tiempo, dinero e inconvenientes. Todos esos miles de puntadas a mano, cubiertas de barro. Y sin un lugar donde lavarlo. Miró el fregadero seco y el cubo de agua que estaba junto a él. La carreta de agua fue esa mañana temprano a llenar el barril, pero éste estaba sobre un soporte de madera bajo esas larguísimas escaleras. Además, el fregadero no tenía el tamaño suficiente para lavar una prenda así. Tendría que llevarla enseguida al lavadero de Finn, pero considerando quién la esperaba abajo, eso quedaba descartado.

La ira de Agatha aumentó cuando se quitó el polisón de algodón y las enaguas. El vestido, por lo menos, era gris, pero estas prendas eran blancas… o lo habían sido. Temía que ni siquiera el jabón de lejía casero de Finn pudiese quitar manchas de lodo tan espesas.

Después. Después te preocuparás por eso. ¡La propia Drusilla Wilson está esperándote!

Abajo, la visitante veía a la señorita Downing cojear desde la parte de atrás de la tienda, y comprendió que la caída de ese día no era la causa. Al parecer, Agatha N. Downing tenía un problema de cadera desde hacía mucho tiempo.

Cuando Agatha desapareció tras la cortina, Drusilla Wilson miró alrededor. La tienda era larga y angosta. Cerca del escaparate cubierto con una cortina de encaje había un par de sillas de estilo Victoriano de respaldo ovalado, tapizadas de color orquídea pálido que hacía juego con las cortinas. Entre las sillas había una mesa de tres patas, tallada, y encima, las últimas ediciones de las revistas Graham, Godey y Peterson. Wilson descartó leerlas, y prefirió recorrer el establecimiento.

Sobre formas de papier maché, se exhibía una variedad de sombreros tanto de fieltro como de paja toscana. Algunos eran calados, otros lisos. En las paredes había filas de pulcros compartimientos en los que se veían cintas, botones, encaje y adornos. Sobre una mesa de caoba, un surtido de gasas y algodones plegados mostraban un prisma completo de colores. En una canasta de mimbre, una selección de frutas de pasta de aspecto tan real que daban ganas de comerlas. Margaritas y rosas artificiales hechas con mucho arte se veían en un cesto chato. Sobre otro mostrador había otra variedad de esclavinas de piel, y abanicos de plumas de faisán. De la pared del fondo colgaban de un cordel plumas de avestruz. En un gabinete de cristal había todo un aviario de pájaros, nidos y huevos. Mariposas, libélulas y hasta abejorros se sumaban a la colección. Adornada con un par de cabezas de zorro embalsamadas, semejaba más la vitrina de un científico que el exhibidor de una sombrerera.

A Drusilla Wilson no le llevó más de dos minutos confirmar que la señorita Downing tenía en sus manos un buen negocio… y dedujo que, también, comunicación fluida con las mujeres de Proffitt, Kansas.

Oyó que volvían los pasos irregulares de la dueña del negocio y giró en el mismo momento en que Agatha apartaba las cortinas de terciopelo color lavanda.

– Ah, es una tienda maravillosa, maravillosa.

– Gracias.

– ¿Cuánto hace que es sombrerera?

– Aprendí de mi madre. Cuando era niña, la ayudaba a coser en casa. Más adelante, cuando se hizo sombrerera y se mudó aquí, a Proffitt, yo vine con ella. Cuando murió, yo continué su labor.

La señorita Wilson observó la ropa limpia de Agatha. Para su gusto, el azul que usaba era demasiado colorido y moderno, con sus remilgados lazos a la espalda e innumerables filas de alforzas en el frente. Y tampoco comulgaba con esas faldas estilo delantal tan apretadas que marcaban la forma de las caderas femeninas con demasiada nitidez, ni con el corpiño ajustado que revelaba con excesiva crudeza la amplitud de los pechos. Pero a la señorita Downing no parecía preocuparle mostrar ambos contornos con escandalosa claridad. Sin embargo, al menos el ajustado cuello clerical era recatado, si bien el borde de encaje que se repetía en las muñecas le daba un aire pecaminoso.

– Señorita Downing, ¿se siente mejor?

– Mucho mejor.

– Una se acostumbra a esto cuando lucha por nuestra causa. Como sea, no tire el vestido manchado. Si las manchas de lodo no salen, podría usarlo cuando enfrente al enemigo en la próxima batalla. -Sin aviso previo, la señorita Wilson atravesó con agilidad el salón y tomó las manos de Agatha-. Querida mía, estoy tan orgullosa de usted, tan orgullosa… -Le oprimió los dedos con firmeza-. Yo me dije: «He aquí una mujer que no retrocede ante nada. ¡He aquí a una mujer a la que quiero luchando a mi lado!».

– Oh, no fue nada. Sólo hice lo que haría cualquier mujer en la misma situación. Pero si estaban esos dos niños…

– Pero ninguna lo hizo, ¿no es verdad? Usted fue la única que defendió la virtud.

Dio otro apretón de simpatía a las manos de Agatha, las soltó y retrocedió.

Agatha se ruborizó de placer ante semejante elogio en boca de una mujer tan famosa como Drusilla Wilson.

– Señorita Wilson -declaró con sinceridad-, cuando dije que era un honor tenerla aquí, hablaba en serio. Leí mucho sobre usted en los periódicos. ¡Dios mío!, si la consideran la más alta autoridad en la lucha por la causa de la templanza.

– No me importa mucho lo que dicen de mí. Lo que más importa es que estamos haciendo progresos.

– Eso he leído.

– Sólo en el 78 se formaron veintiséis grupos locales de la Unión de Mujeres Cristianas por la Templanza en todo el Estado. La mayoría, el año pasado. ¡Pero todavía no hemos terminado! -Levantó el puño, lo bajó y los labios finos dibujaron una sonrisa apretada-. Desde luego, por eso estoy aquí. Me llegaron noticias de su pueblo. Me dicen que se nos está yendo de las manos.

Agatha suspiró, fue cojeando hasta el escritorio de tapa corrediza apoyado contra la pared trasera de la izquierda, y se hundió en una silla, junto a él.

– Usted vio con sus propios ojos hasta qué punto. Y también puede oír por sí misma lo que pasa en el local de al lado.

Señaló con un gesto a la pared que la separaba de la taberna, a través de la cual llegaban los sones ahogados de «Ángel caído, cae en mis brazos».

La señorita Wilson apretó los labios y alrededor le aparecieron arrugas, como en un budín de dos días.

– Debe de ser penoso.

Agatha se tocó las sienes.

– Por decirlo con discreción. -Movió la cabeza con expresión apesadumbrada-. Desde que vino ese hombre, hace un mes, cada vez; es peor. Tengo que confesarle algo, señorita Wilson. Yo…

– Por favor, llámeme Drusilla.

– Drusilla… sí. Bueno, como le decía, mis motivos para enfrentarme al señor Gandy no fueron estrictamente altruistas. Me temo que sus elogios fueron un poco apresurados. Desde que se abrió la taberna al lado, mi negocio comenzó a tener dificultades, ¿entiende? A las señoras no les agrada pasar por esta acera por temor a que las moleste algún borracho antes de llegar a mi puerta. -Agatha frunció el entrecejo-. Es muy perturbador. Surgen peleas espantosas a cualquier hora del día y de la noche, y como ese Gandy no las permite en su local, el tabernero arroja a los borrachos a la calle.

– No me sorprende, pensando en lo que valen aquí los espejos y la cristalería. Pero, continúe.

– Las riñas no son lo único. El lenguaje… Oh, señorita Wilson, es escandaloso. Absolutamente escandaloso. Y con esas medias puertas, los ruidos se filtran a la calle y es indecible las cosas que tienen que oír las señoras cuando pasan. Yo… en verdad, no puedo decir que las culpo por vacilar en seguir siendo clientes mías. En su lugar, yo sentiría lo mismo. -Agatha entrelazó los dedos y bajó la vista-. Además, hay una razón más humillante para evitar la zona. -Alzó la mirada, con auténtica expresión de pesar-. Los maridos de algunas de mis clientas frecuentan la taberna más que sus propias casas. A varias de ellas las espanta de tal modo la perspectiva de toparse con los esposos en la calle… en semejante condición, que la sola idea las avergüenza.

– Desafortunado pero, aun así, la tienda parece próspera.

__Vivo decentemente, pero…

– No -La señorita Wilson alzó las manos enguantadas-. No quise entrometerme en sus asuntos financieros. Sólo me referí a que está bien establecida aquí y, sin duda, la mayor parte de las mujeres del pueblo estarán en su lista de clientes.

– Bueno, supongo que es así… al menos así era hasta hace un mes.

– Dígame, señorita Downing, ¿hay otras tiendas de sombreros en Proffitt?

– Pues, no. La mía es la única. Ahora, el señor Halorhan, en la Mercantile, y el señor McDonnell, en Longhorn Store, los venden hechos. Pero no hay comparación, por supuesto -añadió con cierto aire de superioridad.

– Si no fuera un atrevimiento de mi parte, ¿podría preguntarle si acostumbra ir a la iglesia?

A duras penas, Agatha contuvo la irritación:

– ¡No tenga la menor duda!

– Eso pensé. ¿Metodista?

– Presbiteriana.

– Ah, presbiteriana. -La señorita Wilson indicó con la cabeza hacia la taberna-. Y los presbiterianos aman su música. Nada como un coro de voces que se elevan en plegaria al cielo para llenar de lágrimas los ojos de un borracho.

Agatha dirigió al muro de separación una mirada malévola.

– Casi toda la música -replicó.

En ese momento, la canción que sonaba era «Chicas de Buffalo, ¿no quieren salir esta noche?»

– En el presente, ¿cuántas tabernas prosperan, digamos, en Proffitt?

– Once.

– ¡Once! ¡Ah! -En gesto ofendido, Drusilla echó la cabeza atrás, y giró sobre sí misma, con los brazos en jarras-. Los echaron de Abilene hace años. Pero siguieron avanzando hacia los siguientes poblados, ¿eh? Ellsworth, Wichita, Newton, y ahora, Proffitt.

– Este era un pueblo tan pequeño y pacífico hasta que vinieron…

Wilson giró con brusquedad, y apuntó con un dedo al aire.

– Y puede volver a serlo. -Fue a zancadas hasta el escritorio, con expresión resuelta-. Iré al grano, Agatha. Puedo llamarla Agatha, ¿verdad? -No esperó la respuesta-. Cuando la vi enfrentarse a ese hombre, no sólo pensé: «He aquí una mujer capaz de enfrentarse a un hombre». También pensé: «Ésta es una mujer digna de ser un general del ejército contra el Brebaje del Diablo».

Sorprendida, Agatha se tocó el pecho:

– ¿Un general? ¿Yo? -Si Drusilla Wilson no se lo hubiera impedido con su presencia, se habría levantado de la silla-. Me temo que se equivoca, señorita Wi…

– No me equivoco. ¡Es perfecta! -Se apoyó en el escritorio y se inclinó hacia adelante-. Conoce a todas las mujeres del pueblo. Es cristiana practicante. Tiene un incentivo más para luchar por la templanza, porque su negocio está amenazado. Y, lo que es más, tiene la ventaja de ser vecina de uno de los corruptos. Hágalo clausurar, y será el primero de una larga lista de locales clausurados, se lo aseguro. Sucedió en Abilene, y puede suceder aquí. ¿Qué dice?

La nariz de Drusilla estaba tan cerca de la suya que Agatha se tumbó contra el respaldo de la silla.

– ¡Caramba…!

– El domingo, pienso pedirle el pulpito a su ministro por unos momentos. ¡Créame, no hace falta más para que usted cuente con un ejército regular a su mando!

Agatha no estaba muy convencida de desear un ejército, pero Drusilla siguió:

– No sólo tendría el apoyo de la Unión Nacional de Mujeres Cristianas por la Templanza, sino el del propio gobernador St. John.

Agatha sabía que John P. St. John había sido elegido dos años antes gracias a una plataforma que ponía el acento de sus reivindicaciones en la prohibición del alcohol, pero no sabía nada más de política, y poco más sobre una organización en semejante escala.

– Por favor, yo… -Dejó escapar una bocanada de aire entrecortada y se levantó. Se dio la vuelta y se retorció las manos-. No sé nada de organizar un grupo así.

– Yo la ayudaré. La organización nacional lo hará. El Temperance Banner, nuestro periódico, ayudará. -Wilson se refería al periódico estatal creado dos años antes para apoyar las actividades pro-templanza y de apoyo a la legislación contra el alcohol-. Y sé lo que digo cuando me refiero a que las mujeres del pueblo nos ayudarán. He viajado casi cinco mil kilómetros. Crucé el Estado una y otra vez, y estuve en Washington. Asistí a cientos de reuniones públicas en escuelas e iglesias de todo Kansas. En todas ellas vi que surgían grupos de apoyo a La Causa casi de inmediato.

– ¿Legislación? -Esa palabra aterró a Agatha-. Ignoro todo respecto de la política, señorita Wilson, y no quiero verme involucrada. Para mí ya es bastante dirigir mi negocio. Sin embargo, tendré mucho gusto en presentarle a las mujeres de Cristo Presbiteriano, si quiere invitarlas a un mitin de organización.

– Muy bien. Es un comienzo. ¿Y podríamos hacerlo aquí?

– ¿Aquí? -Los ojos de Agatha se dilataron-. ¿En mi tienda?

– Sí.

Drusilla Wilson no tenía nada de tímida.

– Pero no tengo suficientes sillas y…

– Estaremos de pie, como sucede muchas veces a las puertas de los bares, en ocasiones durante horas.

Resultó evidente cómo Wilson había logrado organizar toda una red de locales de la U.M.C.T. Perforó con los ojos a Agatha tal como el alfiler de un coleccionista sujetaría a una mariposa. Agatha tenía muchas dudas, pero estaba segura de una cosa: quería devolverle a ese hombre lo que le había hecho esa mañana. Y quería librarse del ruido y la jarana que traspasaban la pared. Quería que su negocio volviese a florecer. Si ella no daba el primer paso, ¿quién lo haría?

– Mi puerta estará abierta.

– Bien. -Drusilla aferró la mano de Agatha y le dio un firme apretón-. Estoy segura de que eso es todo lo que hará falta. En cuanto las mujeres se reúnan y vean que no están solas en la lucha contra el alcohol, la sorprenderán con su solidez y su apoyo. -Retrocedió, y se acomodó los guantes-. Bien. -Levantó la maleta-. Tengo que encontrar hotel, y después recorrer el pueblo para determinar con exactitud los once objetivos de nuestra cruzada. Luego, tengo que visitar al ministro, el Reverendo…

– Clarksdale -apuntó Agatha-. Samuel Clarksdale. Lo encontrará en la pequeña casa de madera, en el ala norte de la iglesia. No puede equivocarse.

– Gracias, Agatha. Hasta el domingo, pues.

Un movimiento rápido, un gesto ceremonioso, y se fue.

Agatha quedó inmóvil. Se sentía como si acabara de atravesarla una tormenta estival. Pero cuando miró alrededor, las cosas estaban en su lugar. El piano tintineaba al otro lado de la pared. Afuera, en la calle, ladraba un perro. Pasaron un caballo con el jinete tras las cortinas de encaje. Agatha apretó una mano sobre el corazón, exhaló y se dejó caer en la silla. Miembro, sí. Pero organizadora, no. No tenía el tiempo ni la vitalidad para ponerse a la cabeza de la organización local por la templanza. Mientras seguía pensando en el tema, llegó Violet Parsons a trabajar.

– ¡Agatha, lo he escuchado todo! ¡Tt-tt! -Violet era de esas personas que ríen entre dientes. Era el único rasgo de ella que a Agatha le disgustaba. Ya era una mujer de cabello blanco como la nieve y con más arrugas que un pergamino, y tendría que haber perdido ese hábito mucho tiempo atrás. Pero lo hacía constantemente, como un mono de organillero-.Tt-tt-tt. Oí decir que te enfrentaste con el dueño en los escalones mismos de entrada a la taberna. ¿Cómo tuviste el coraje de intentar detenerlo?

– ¿Tú qué habrías hecho, Violet? Perry White y Clydell Hottle ya venían corriendo, con la esperanza de ver desde más cerca esa pintura pagana.

Violet se llevó cuatro dedos a los labios.

– ¿En serio es un cuadro de una… tt-tt-tt… -la risita se transformó en un susurro-…dama desnuda?

– ¿Una dama? Violet, si está desnuda, ¿cómo puede ser una dama?

Los ojos de Violet adquirieron un brillo malicioso:

– ¿Estaba realmente… -otra vez el susurro-…desnuda?

__Como un pájaro desplumado. Por eso, justamente,

me metí.

__Y el señor Gandy… tt-tt-tt… ¿En serio te tiró al barro?

Violet no pudo evitarlo: sus ojos, del mismo color que el vestido de Agatha, chispeaban cada vez que se mencionaba al señor Gandy. Aunque nunca se había casado, jamás dejó de desearlo. Desde la primera vez que vio a Gandy caminando por la calle con una sonrisa seductora, comenzó a comportarse como una idiota. Aún lo hacía cada vez que le echaba un vistazo, y esto siempre sacaba de quicio a Agatha.

– Las noticias vuelan.

Violet se ruborizó.

– Pasé por la tienda de Harlorhan a buscar un dedal nuevo. Sabes que ayer perdí el mío.

¿El incidente ya se comentaba en Harlorhan's Mercantile? Qué inquietante. Agatha sacó el dedal y lo apoyó con un golpe sobre el mostrador de cristal.

– Yo lo encontré debajo del sombrero de paja en que estabas trabajando. ¿Y de qué otra cosa te enteraste en Harlorhan?

– ¡Que Drusilla Wilson está en el pueblo y que pasó casi una hora en esta misma tienda! ¿Lo harás?

– ¿Qué cosa?

A Agatha la ofendía la suposición de Violet de que ella sabía todo lo que se hablaba cada mañana en el negocio de Harlorhan. A Violet, en cambio, los chismes le encantaban.

– Hacer aquí una reunión de templanza.

Agatha se irguió.

– ¡Cielos! Esa mujer salió de aquí hace menos de quince minutos, ¿y ya te enteraste de eso en Harlorhan?

– Bueno, ¿lo harás?

– No, no exactamente.

– Pero eso es lo que se dice.

– Acepté dejar que la señorita Wilson la haga aquí, eso es todo.

Violet se quedó petrificada y los ojos se le pusieron redondos y azules como bolas.

– Dios, es bastante.

Agatha se acercó al escritorio, confundida, y se sentó.

– Él no hará nada.

– Pero es nuestro nuevo patrón. ¿Y si nos echa?

Agatha levantó el mentón en gesto desafiante.

– No se atreverá.

Pero ya se le había ocurrido a LeMaster Scott Gandy.

Estaba de pie junto a la barra, una bota en el riel de bronce, escuchando los comentarios atrevidos de los hombres acerca de la pintura. Teniendo en cuenta la hora, había bastante actividad. Las noticias volaban en un pueblo tan pequeño. El local estaba abarrotado de varones curiosos, que querían echarle un vistazo al desnudo. Cuando llegaron Jubilee y las chicas, el negocio floreció todavía más.

Sin embargo, la sombrerera de boca de miel seguía fastidiándolo. Gandy se puso ceñudo. Si se lo proponía esa mujer era capaz de convertirse en un estorbo infernal. Con una sola como ella bastaba para agitar a todas las habitantes femeninas de un pueblo y que comenzaran a molestar a sus esposos en relación con las horas que pasaban en la taberna. Si la inquietaba la pintura, las chicas la indignarían.

Gandy bajó más sobre los ojos el ala del Stetson y apoyó a los codos en la barra, detrás de él. Pensativo, contempló el local de Heustis Dyar, al otro lado de la calle tranquila, y se preguntó cuándo empezaría a llegar el ganado. Sólo entonces comenzaría la verdadera diversión. Cuando esos vaqueros bullangueros, sedientos, invadiesen el pueblo, lo más probable era que la pequeña benefactora de al lado hiciera sus maletas y se fuese con viento fresco, y entonces las preocupaciones de Gandy habrían acabado.

Sonrió para sí, sacó un puro del bolsillo del chaleco y encendió la cerilla en el tacón de la bota. Pero antes de que pudiese usarla, el motivo de sus preocupaciones, la propia «Dos Zapatos», se materializó desde la puerta vecina y pasó ante la taberna. No fueron más de cinco segundos el tiempo en que la cabeza y los zapatos fueron visibles por encima y por abajo de las puertas batientes, pero bastaron para que Gandy advirtiese que no caminaba normalmente. La cerilla le quemó los dedos. Maldijo y la tiró, corrió hacia la puerta y se situó de costado, a la sombra. La observó andar por la acera. Oyó el sonido de arrastre que producían los zapatos. Empezó a sentir calor en el cuello. Cinco puertas más allá, la vio descender unos escalones, aferrándose con fuerza al pasamanos. Pero, en lugar de cruzar por las piedras como lo hacían todas las señoras, se alzó las faldas y caminó con esfuerzo por el lodo, hasta el otro lado.

– Dan -llamó Gandy.

– ¿Qué pasa?

Loretto no alzó la vista. Abrió el mazo de naipes en forma de cola de pavo real, y después lo juntó bruscamente. Era demasiado temprano para juegos de azar, pero Gandy le había enseñado a mantener los dedos ágiles en todo momento.

– Ven aquí.

Loretto acomodó el mazo y se levantó de la silla con el mismo movimiento fluido que tanto admiraba en su patrón.

Se acercó a espaldas de Gandy, junto a la puerta vaivén.

– ¿Qué, patrón?

– Esa mujer. -Agatha Downing había llegado al otro extremo de la calle y se esforzaba por subir a la acera, apretando un lío de ropa que se parecía sospechosamente al vestido gris que había usado antes. Al ver las faldas limpias que llevaba, ahora azules, Gandy se puso ceñudo. Las faldas se removían a cada paso de manera antinatural-. ¿Está cojeando?

– Sí, señor, ya lo creo.

– ¡Buen Dios! ¿Yo le hice eso?

Gandy parecía espantado.

– En absoluto. Cojea desde que la conozco.

Gandy volvió la cabeza en forma repentina.

– ¿Desde que la conoces?

Eso iba de mal en peor.

– Sí. Tiene una pierna lisiada.

Gandy sintió que se sonrojaba por primera vez en años.

– ¿Una pierna lisiada?

– Así es.

– Y yo la tiré al lodo.

Vio que Agatha desaparecía con la ropa sucia en la lavandería de Finn, en la otra manzana. Se sintió como un canalla.

– Tú no la tiraste al lodo, Scotty. Se cayó.

– ¡Se cayó después de que yo la empujé al barro!

– Lo que digas, patrón.

– ¿Por qué nadie me dijo nada? ¿Cómo demonios podía yo saberlo?

– Pensé que lo sabías. Ya hace un mes que tratas de negocios con ella. Recibes el alquiler. Va caminando a Paulie dos veces por día con tal regularidad que puedes poner en hora el reloj. El desayuno y la cena. Jamás falla.

Pero Gandy nunca le había prestado atención. Era de la clase de mujeres que se confundía con la acera gastada. Una polilla gris sobre una roca gris. Cuando fue al local vecino a presentarse como el nuevo dueño del edificio, ella estaba sentada ante el escritorio de tapa corrediza y no se levantó de la silla. En lugar de llevarle ella misma el alquiler, se lo envió por medio de una mujer tímida, de voz chillona, que tenía aspecto de haberse tragado una rana. No recordaba haberla visto las pocas veces que cenó en Paulie.

¡Dios mío! ¿Qué dirían las mujeres de Proffitt? Si era cierto que había una «organizadora» en el pueblo, las tendría a todas sobre la cabeza. Y tendrían mucho que decir en ese fastidioso periódico que editaban. Podía imaginar los titulares:

Dueño de taberna arroja al lodo

a una trabajadora por la templanza,

que es lisiada.

Capítulo 2

Esa tarde, después de las cinco y media, Scott Gandy salió por la parte trasera de la taberna, y subió los mismos escalones, hasta el mismo rellano que Agatha había subido antes. Observó las dos grandes ventanas, una a cada lado de la puerta pero, como siempre, estaban tapadas por unas cortinas de encaje denso. Tiró el puro sobre la baranda y entró por su propia puerta. La taberna y los apartamentos del piso alto ocupaban tres cuartos del edificio mientras que la sombrerería y su correspondiente apartamento, el cuarto restante. Arriba, la parte de Gandy estaba dividida por un pasillo con la puerta en el extremo oeste y una ventana en el este. A la izquierda, había cuatro habitaciones de igual tamaño. A la derecha, la vivienda de Gandy y la oficina privada. Entró en ésta, que era un cuarto pequeño y despejado, con paredes revestidas de madera, una sola ventana que daba al oeste, y los muebles indispensables: un escritorio, dos sillas, perchero, caja de seguridad y una pequeña estufa de hierro.

Era una habitación fría, con las ventanas sin cortinas, la pared que quedaba sin revestir pintada de un verde pardusco, el suelo de roble basto, desnudo. Fue hasta la caja, se arrodilló, giró el dial y sacó un fajo de billetes, y después, con un suspiro, se paró y se frotó la nuca. Abajo, Ivory había dejado de tocar el piano y Jack se había ido a comer. Gandy miró por la ventana, enganchó los pulgares en los bolsillos del chaleco y tamborileó, distraído, con los otros dedos sobre la seda. La vista de afuera no tenía nada que lo atrajese. Estructuras de edificios sin pintar, calles lodosas, y la pradera. Nada más que la pradera. Ni robles bordeados de musgo, ni aroma de magnolia flotando en la brisa primaveral, ni sinsontes [1]. Echaba de menos a los sinsontes.

A esa hora del día, en Waverley, la familia acostumbraba reunirse en la amplia galería de atrás y beber té helado con menta, y Delia les arrojaba maíz molido a los sinsontes, tratando de tentarlos para que lo comiesen de su mano. Podía verla, de cuclillas en medio de un revuelo de faldas, con el grano en el hueco de la mano. La cabeza dorada, con tirabuzones que le llegaban a los hombros. La piel blanca como la leche. Cintura de violín. Y los ojos, oscuros y hechiceros como el ébano, siempre seductores.

– ¿Por qué no das de comer a los pavos reales? -le decía el padre.

Pero Delia seguía, paciente, con la mano ahuecada extendida.

– Porque los pavos son demasiado audaces. Además -Delia apoyaba la barbilla en el hombro y miraba a su marido-: no tiene gracia lograr que un pájaro doméstico coma de la mano, ¿no crees, Scotty? -bromeaba.

Y la madre lo miraba y sonreía al ver la expresión en el rostro del hijo. Pero nunca le importó quién lo supiera. Estaba tan enamorado de Delia como la primera vez que la besó, cuando tenían catorce años.

Entonces, Leatrice se acercaba lentamente a la puerta, la vieja y buena Leatrice, de piel tan oscura como melaza y pechos grandes como melones. Se preguntó dónde estaría.

– La cena, señores -anunciaba.

Dorian Gandy tomaba a la esposa del brazo; Scott se levantaba de la silla y tendía lentamente la mano a Delia. La esposa le dedicaba una sonrisa cargada de promesas para después, y permitía que la ayudara a levantarse. Entonces, de la mano, entraban tras los padres de Scott a la casa fresca, de techos altos.

Pero esa época había pasado para siempre.

Gandy contempló la pradera y parpadeó con fuerza. El estómago le gruñó, recordándole que ya era hora de cenar. Con un profundo suspiro, se alejó de la ventana hacia el escritorio y echó un vistazo al calendario. Hacía casi cuatro semanas que estaba ahí. Jubilce y las chicas llegarían en cualquier momento. Cuanto antes, mejor. Sin Jube, la vida era aburrida.

Salió de la oficina por una segunda puerta, y entró a la sala vecina, en su apartamento privado. Con cortinas color borgoña, una alfombra de fábrica, y muebles sólidos y masculinos, era mucho más alegre. Había un sofá de cuero con sillas haciendo juego, pesadas mesas de caoba, y dos lámparas de mesa. A la izquierda, una puerta daba al pasillo; a la derecha, sobre una cómoda, estaba el humidificador para guardar los cigarros, y el soporte para el sombrero. En la pared, sobre ese mueble, colgaba una acuarela tras la cual estaba metida la rama de una planta de algodón, con tres bolas agrisadas engastadas en los cálices castaños que parecían garras. La pintura representaba una mansión con columnas y un amplio porche frontal, flanqueado por lozanas enredaderas y con prados en los que se veían dos pavos reales con las colas extendidas.

Waverley.

La mirada de Scott se demoró en la pintura mientras dejaba el sombrero sobre el molde. La nostalgia lo abrumó con la fuerza de un golpe. Sacó un cigarro de la caja, tan rico y castaño como el suelo del que había brotado la planta de algodón, las feraces tierras a orillas del Mississippi, en el gran río Tombigbee. Perdido en sus pensamientos, se olvidó de encender el cigarro y lo palpó, distraído. Pensó tanto tiempo en Waverly que, finalmente, dejó el puro otra vez en el humidificador, sin fumarlo.

Fue hasta el cuarto contiguo y tiró la chaqueta sobre la cama doble. Recordó la cama de cuatro postes, de palo rosa, de Waverley, donde llevó a la novia y se acostó con ella por primera vez. Alrededor, una red de gasa los envolvía en un paraíso íntimo y privado. La luz titilante de la lámpara proyectaba una trama de sombras sobre la piel de la mujer.

Parpadeó de nuevo. ¿Qué fue lo que desató todos esos recuerdos de Waverley? No era bueno quedar anclado en los viejos tiempos. Se quitó el chaleco y la camisa y los arrojó sobre la colcha. En el lavatorio, usó la jarra y la palangana. Eso se lo había enseñado Delia. Siempre decía que le gustaban los hombres limpios. Después de Delia, aprendió que a muchas mujeres les agradaba, y los hombres limpios eran tan poco comunes que podían lograr que una mujer hiciera casi cualquier cosa por ellos. Era sólo una de las cosas tristes qué aprendió después que perdió a Delia.

¡Basta, Gandy! No se vuelve atrás. Entonces, ¿por qué te castigas?

Mientras se secaba la cara, fue hasta la ventana del frente. Daba a la calle principal y le proporcionó una vista de algo que, al menos, apartó de su mente a Delia y a Waverley: la señorita Agatha Downing, que cojeaba hacia el restaurante de Paulie para cenar. La toalla se detuvo en su mentón. La cojera era evidente, muy acentuada. ¿Cómo pudo no advertirla antes? Frunció el ceñó al recordarla cayendo de espaldas en el barro. Otra vez, estuvo a punto de sonrojarse.

La mujer entró en Paulie y desapareció. Scott se lanzó hacia la cama y sacó el reloj del bolsillo del chaleco. Las seis en punto.

Miró hacia la calle, tiró la toalla, tomó una camisa limpia del armario, y se la puso. Aunque no tenía un motivo lógico para darse prisa, lo hizo. Sujetando el chaleco con los dientes, tomó la chaqueta y el sombrero, y bajó corriendo las escaleras, aún acomodándose los faldones de la camisa. Cuando llegó al restaurante de Paulie, tenía todo abotonado y metido en su sitio.

La vio en cuanto entró. Llevaba un vestido del color del cielo nocturno y la parte de arriba del polisón asomaba tras el respaldo de la silla mientras Cyrus Paulie le tomaba el pedido. Tenía los hombros angostos, el cuello largo, el torso pequeño, los brazos delgados, y usaba los vestidos muy ceñidos. Llevaba un sombrero monumental, decorado con mariposas y moños que dejaba ver muy poco cabello.

Gandy entró, se sentó detrás de ella y oyó que pedía pollo.

¿Por qué estaba ahí, contemplando la espalda de una mujer vieja y melindrosa? Lo atribuyó a las remembranzas del hogar. Se educaba a los caballeros de Mississippi para que fuesen mucho más educados de lo que él se había mostrado ese día. Si su madre estuviese viva, lo regañaría por su rudeza. Y si Delia estuviese viva… pero si Delia estuviese viva, para empezar, él no estaría en ese pueblo vaquero dejado de la mano de Dios.

Cy le llevó el plato de pollo a la señorita Downing, y Gandy, pidió lo mismo, observándole la espalda mientras los dos comían. Cuando Cy fue a ofrecerle a Agatha el refresco de manzana y a llevarse el plato sucio, Scott le hizo una seña.

– ¿Cómo estaba la comida, Scotty?

Cyrus Paulie era un tipo jovial y sonriente. Por desgracia, sus dientes daban la impresión de que alguien le había abierto la boca y los había arrojado dentro sin fijarse dónde o en qué dirección caían. Apiló el plato de Scott sobre el de Agatha y exhibió su lamentable colección de tocones.

– La comida estaba estupenda, Cy.

– ¿Te traigo refresco de manzana? Está hecho de esta mañana.

– No, gracias, Cy. Ya me voy. -Scott sacó un dólar de plata del bolsillo del chaleco y la depositó en la palma de Cy-. Y cobra también la cena de la señorita Downing.

– ¿De la señorita Downing? -Las cejas de Cy se alzaron tanto que casi llegaron a la raíz del cabello-. ¿Te refieres a Agatha?

– Así es.

Cy lanzó una mirada a la mujer, y luego al dueño de la taberna. No tenía sentido recordarle a Gandy que esa misma mañana había tirado en el barro a esa mujer. Un hombre no olvidaba algo así.

– De acuerdo, Scotty. ¿Café?

Gandy se palmeó el vientre chato.

– No, gracias. Estoy lleno.

– Bueno, entonces… -Cy señaló con el plato sucio-. Vuelve pronto.

Al mismo tiempo, Agatha sacó las monedas correspondientes del bolso de mano y detuvo a Cyrus Paulie cuando pasaba junto a su mesa.

– Bueno, ¿cómo estuvo todo, señorita Downing? -preguntó, de pie junto a ella, apoyando los platos contra el largo delantal blanco anudado a la cintura.

– Delicioso, como siempre. Déle mis felicitaciones a Emma.

– Seguro, señora, sin duda.

Le dio las monedas, pero el hombre no las tomó, y levantó el tazón del refresco.

– No es necesario. Ya está pagada.

Agatha dilató los ojos. Alzó la cabeza y el sombrero se balanceó.

– ¿Pagada? ¿Quién la pagó? Pero…

– El señor Gandy.

Cyrus señaló con la cabeza a la mesa detrás de Agatha.

Se dio vuelta en la silla y vio al que había sido su ruina de esa mañana sentado en la mesa contigua, observando cada uno de sus movimientos. Era evidente que lo estaba haciendo desde hacía un rato; había una servilleta usada sobre la mesa, y estaba fumando el cigarro de después de la cena. Los ojos oscuros estaban clavados en Agatha. Se miraron, y lo único que se movía era el humo que ascendía en espiral sobre la cabeza del hombre, hasta que hizo un gesto cortés con la cabeza.

El rostro de Agatha se coloreó. Apretó los labios.

– Yo puedo pagar mi propia cena, señor Paulie-afirmó, en voz lo bastante alta para que Gandy pudiese oírla-. Y aunque no pudiese, no aceptaría una invitación de parte de un miserable como él. Dígale al señor Gandy que preferiría morirme de hambre.

Arrojó dos monedas sobre la mesa. Una dio en el azucarero y rodó al suelo, donde giró unos segundos hasta que cayó. En medio del silencio, resonó como un trueno.

Agatha se levantó de la silla con toda la dignidad que pudo reunir, sintiendo las miradas curiosas de los otros comensales que la observaban mientras pasaba junto a Gandy arrastrando los pies, hasta la puerta. El hombre no le quitó la vista de encima, pero la mujer alzó el mentón y fijó la suya en el picaporte de bronce.

Al salir, los ojos le ardieron de humillación. Había personas capaces de satisfacerse de manera cruel. Imaginó que debía de estar riendo entre dientes.

Al llegar a la casa, subió trabajosamente las escaleras deseando que, por una vez, ¡al menos una!, pudiese golpear los escalones con los pies con toda la ira que sentía. Pero tuvo que renguear como una vieja. Aunque no era una vieja. ¡No lo era! Para demostrarlo, cuando llegó arriba golpeó la puerta con tanta fuerza que se cayó un cuadro de la pared del vestíbulo.

Se quitó el sombrero de un tirón, y se paseó por el apartamento, frotándose la cadera izquierda. ¡Qué humillante! Todo el salón lleno de gente que miraba, y eligió ese momento para hacerlo. Pero, ¿por qué? ¿Para ridiculizarla? Agatha tenía que vérselas con las burlas desde que se cayó de las escaleras, a los nueve años. Desde entonces, los niños se reían, la molestaban y le ponían motes ridículos a la «coja». Los adultos tampoco se resistían a echarle una segunda mirada. Pero esto… esto era bajo.

Llegó un momento en que la cólera cedió, y la dejó vacía y desolada. Guardó el sombrero en una caja, la metió en un estante del ropero, fue hasta la ventana del frente y miró a la calle. Había anochecido. Enfrente, las luces de Hoof y Horn se derramaban sobre la acera, desde atrás de las puertas de vaivén. Sin duda, abajo estaría pasando lo mismo, aunque no podía ver más allá del tejado que cubría la acera, justo a la altura de su ventana. Empezaba a sonar el piano. El tintineo de la música, acompañada de risas, la puso triste. Se dio la vuelta y contempló el apartamento, los confines de su mundo. Un cuarto largo y atestado de los muebles de una vieja solterona. La preciada cama Hepplewhite, con el baúl haciendo juego, taraceado de acebo blanco, el sofá de pelo de caballo marrón, con las fundas para protegerlo tejidas a ganchillo, de color marfil, la mesa plegable, el gabinete esquinero con bibelots [2], la estufa, el reloj en forma de banjo, la muestra de bordado que había hecho caer de la pared.

Con un suspiro, la levantó. Al colgarla del clavo, leyó las líneas tan familiares:

Aguja, hilo, lazo bordado;

Puntada de satén, nudo francés, y lazada;

Paciencia, cuidado y fortaleza;

La práctica mejora mi costura.

Al contemplar la muestra, la tristeza le tiñó el semblante. ¿Cuántos años tenía cuando su madre le había enseñado a coser? ¿Siete? ¿Ocho? Lo más probable era que hubiese sido antes del accidente, pues uno de los recuerdos más antiguos que tenía era el de estar de pie junto a la silla de la madre, en la humilde casa de Sedalia, en Colorado, donde el padre presentó el reclamo de los yacimientos de oro, seguro de que esa vez se haría rico. Recordaba esa casa con más claridad que todas las que habían habitado, pues fue en ella donde eso sucedió. La que tenía los escalones empinados y la escalera angosta. Su madre había conseguido en algún sitio una hiedra y la colgó en la ventana de la cocina. Era la única nota alegre de ese lugar lamentable. Había una vieja hamaca de madera debajo de la planta. Fue junto a esa hamaca, donde Agatha estaba de pie, observando cómo su madre bordaba un pétalo perfecto, cuando dijo con su voz infantil:

– Cuando sea mayor, voy a tener hijas y les haré bordados en todos los vestidos.

Regina Downing dejó a un lado la labor, atrajo a Agatha hacia el brazo de la mecedora y la besó en la mejilla:

– En ese caso, cerciórate de hacerlo con un hombre que no se beba todo el dinero que has ahorrado para comprar esos bonitos vestidos. ¿Me lo prometes, Gussie?

– Te lo prometo, mami.

– Bien. Entonces, siéntate en el taburete y te enseñaré el punto pétalo. Tienes que conocerlo para bordar margaritas.

A lo largo de los años, el recuerdo no perdió un ápice de nitidez. Ni el tibio sol otoñal que entraba a raudales por la ventana. Ni el ruido del vapor que siseaba en la pava, sobre la cocina. Ni el olor de la sopa de cebada y cebollas que hervía para la cena. Agatha no sabía por qué se conservaba así. Tal vez fuese por la promesa que le hizo a su madre, la única que ésta le pidió jamás. Tal vez porque fue la primera vez que expresó el deseo de tener hijas. Quizá no fuese nada más complejo que el hecho de haber aprendido ese día a hacer el punto pétalo, que estuvo usando desde entonces.

Fuera cual fuese la razón, el recuerdo perduró. En esa imagen, era una niña robusta y saludable que, apoyando la barriga en el brazo de la mecedora de la madre, se sostenía sobre dos piernas sólidas. El único otro recuerdo de esa casa fue la noche que sufrió esa caída fatal escaleras abajo, empujada por el padre borracho, que liquidó para siempre sus posibilidades de tener alguna vez hijas o un marido que se las diera. ¿Para qué querría un hombre a una lisiada?

En la penumbra del apartamiento solitario, Agatha dejó la muestra colgada y se preparó para irse a dormir. Cerró la puerta con llave, colgó la ropa, incluyendo la almohadilla de algodón que se ponía sobre la cadera izquierda para que pareciera igual que la derecha. Se puso el camisón y le dio el tirón nocturno a las pesas del reloj. Se acostó en la oscuridad, y prestó oídos.

Tic. Toc. Tic. Toc.

Señor, cómo odiaba ese sonido. Todas las noches solitarias, iba a la cama y lo escuchaba marcando el paso de los días de su vida. Había tantas cosas que quería… Una casa de verdad, con un jardín donde pudiera plantar flores y verduras, y donde pudiese colgar un columpio de un álamo alto. Una cocina donde pudiese cocinar, con una gran mesa de roble para cuatro, para seis, hasta para ocho. Una cuerda para tender a secar la ropa: calcetines blancos como la nieve, grandes y pequeños, los más largos, colgados junto a una camisa de hombre de gran tamaño. Alguien que trabajara todo el día y volviese a casa hambriento, alguien que compartiera y riera con los niños. Los niños, relucientes de limpieza, con hermosos camisones cosidos a mano por ella misma, metidos en la cama, en la habitación al otro lado del pasillo, a esa hora del día. Y alguien junto a ella a la hora de dormir. Otro ser humano que le contara cómo le había ido ese día, que,le preguntara por el de ella, y la tomara de la mano mientras se dormía. La respiración regular de otra persona en el mismo cuarto. No era necesario que fuese apuesto, rico o demasiado afectuoso. Le bastaba con que fuese sobrio, honesto y bondadoso.

Pero nada de eso pasaría. Ya tenía treinta y cinco años, y casi habían terminado sus años de concepción. Además, trabajaba en un negocio cuyos únicos clientes eran mujeres.

Tic. Toc.

Tonterías, Agatha. Nada más que las divagaciones de una vieja solterona. Incluso si, por un milagro, conociera a un hombre, un viudo quizás, alguien que necesitara que le cuidara a los hijos, le echaría un vistazo y comprendería que no duraría mucho arrodillada en el jardín, o de pie ante la tina de lavar, o persiguiendo niños de pies torpes. Además, los hombres no querían mujeres que necesitaban ponerse una almohadilla para parecer simétricas. Querían a las sanas.

Tic. Toc.

Pensó en los miles de mujeres que tenían esposos como los que ella imaginaba y que se quejaban de tener que desmalezar el jardín, de fatigarse en la cocina, fregar calcetines y escuchar las peleas de los niños. No valoraban lo que tenían.

«Sería tan buena madre», pensó. Era una convicción que albergaba desde que tenía memoria. Si tuviese las piernas lo bastante fuertes para dar a luz a un niño, lo demás sería fácil. «Y también sería una buena esposa. Pues si alguna vez tuviese la oportunidad, nunca lo daría por seguro. Protegería lo mío con todo el corazón».

Desde abajo llegó la música del piano, y en lugar de la respiración regular de un hombre a su lado, lo último qué escuchó fue el grito del tallador: «¡Cartón!».

Cuando Violet Parson fue a trabajar a las once de la mañana siguiente, irrumpió en el taller parloteando:

– ¿Es cierto? ¿De verdad el señor Gandy quiso pagar tu cena, anoche?

Agatha estaba sentada a la mesa de trabajo, cerca de la ventana, cosiendo el forro de seda de color frambuesa a un sombrero Dolly Varden. Siguió cosiendo, aunque levantó la vista, irritada.

– ¿Quién te lo dijo?

Violeta vivía en la pensión de la señora Gilí, con otras seis señoras mayores. Aunque difundían las novedades más rápido que la Western Union, era un misterio cómo lo lograban.

– ¿Lo hizo?

Los ojos de Violet se abrieron como platos.

Agatha sintió un calor en la nuca.

– Ayer, cuando saliste de aquí, fuiste directamente al restaurante de la señora Gill, a cenar. Esta mañana, caminaste cuatro manzanas para llegar aquí. En nombre del cielo, ¿cómo hiciste para enterarte tan pronto de algo así?

– ¡Lo hizo! ¡Ya veo que lo hizo! -Violet se cubrió los labios-. Tt-tt. Daría el broche de perlas de mi madre si un hombre como ese me invitara a cenar. Tt-tt.

– ¡Qué vergüenza, Violet! -Agatha hizo un nudo, cortó el hilo y empezó a enhebrar otra vez-. Tu madre, que en paz descanse, se horrorizaría si te oyese decir algo semejante.

– No, no se escandalizaría. A mi madre le gustaban los hombres apuestos. ¿Alguna vez te mostré el daguerrotipo de mi padre? Ahora que lo pienso, el señor Gandy se parece a papá, pero es mucho más apuesto. Tiene el cabello más oscuro y los ojos…

– ¡Violet, ya he escuchado suficiente! Te aseguro que la gente comenzará a burlarse si no dejas de hablar de ese hombre.

– Dicen que anoche, en el restaurante de Cyrus y Emma, te pagó un pollo asado.

– Bien, están equivocados. Después de lo que me hizo ayer por la mañana, ¿crees que aceptaría que me pagara la cena? ¡La comida se me quedaría en la garganta!

– Entonces, ¿qué fue lo que pasó?

Con un suspiro, Agatha se dio por vencida. Si no contestaba, no lograría que Violet trabajara ese día.

– Se ofreció a pagar mi comida, pero le dije, en términos muy concretos, que prefería morir de hambre. Yo pagué.

– Se ofreció… -Los ojos de Violet destellaron como zafiros-. Oh, verás cuando se lo diga a las chicas.

Se llevó la mano al pecho y cerró los párpados arrugados, que se estremecieron cuando suspiró.

«Senil -pensó Agatha-. Te quiero mucho, Violet, pero estás volviéndote senil por vivir con esas mujeres ancianas». Ninguna de las «chicas» tenía menos de sesenta.

– ¿No te parece que estás un poco mayor para ponerte tan acaramelada con un hombre de cuarenta?

– No tiene cuarenta. Sólo treinta y ocho.

A Agatha la desconcertó que Violet lo supiera con tanta exactitud.

– Y tú, sesenta y tres.

– No, todavía no.

– Bueno, los tendrás el mes que viene.

Violet ignoró la precisión.

– Pasé cinco veces delante de él por la acera, y en cada ocasión me sonrió, levantó el sombrero y me dijo «señora».

– Después, sin duda fue al otro extremo de la calle y estuvo con una de las muchachas de vida airada.

– Bueno, al menos no tiene a ninguna trabajando en su local… hay que decirlo.

– No, todavía no. Pero aún no llegaron los vaqueros.

En los ojos de Violet apareció una expresión preocupada:

– Oh, Agatha, ¿crees que lo hará?

Agatha alzó una ceja y la aguja suspendida en el aire se expresó por ella.

– Después de lo que hizo llevar ayer, yo no pondría las manos en el fuego por él.

– Las chicas dijeron que el señor Gandy es un… -Al escuchar que se abría la puerta de la tienda, Violet se interrumpió-. Espera un minuto. Iré a ver quién es.

Agatha siguió cosiendo. Violet apartó la cortina y se asomó.

– ¡Oh! -escuchó Agatha.

En tono agitado e infantil.

– Buenos días, señorita Parsons. Hermosa mañana, ¿verdad? -dijo una voz de barítono, arrastrando las palabras.

Agatha se irguió y miró con la boca abierta las cortinas que revoloteaban.

– Caramba, señor Gandy, qué sorpresa.

Violet parecía haber chocado con una cerca de postes y haberse dado un golpe que la había dejado tonta.

Scott Gandy alzó el sombrero y le dirigió su más encantadora sonrisa.

– Me atrevo a decir que lo es. Supongo que no vienen muchos clientes varones.

– Ninguno.

– Y sospecho que no soy muy bienvenido después de lo que pasó en la calle, ayer por la mañana.

«¡Dulce Salvador, tiene hoyuelos!, -pensó Violet-. ¡Y trae el vestido de Agatha!» Llevaba el vestido gris y las enaguas blancas pulcramente plegados sobre el brazo. Eso le recordó a Violet que no debía disculpar la rudeza del hombre con excesiva rapidez. Se inclinó hacia adelante y murmuró:

– Agatha estaba muy enfadada, se lo aseguro.

Gandy también se inclinó y murmuró:

– Me imagino.

– Aún lo está.

– Fue un acto muy poco digno de un caballero. Muy poco caballeroso.

Tenían las narices tan juntas que Violet podía verse reflejada en los iris negros. Captó un aroma de tabaco fino y colonia, que, al trabajar en una sombrerería y vivir con mujeres, rara vez tenía ocasión de oler. No obstante, no podía permitir que el sinvergüenza saliera impune.

– Señor Gandy, asegúrese de que no vuelva a suceder -dijo, todavía en voz baja.

– Lo prometo.

Adoptó una expresión contrita, ya sin sonrisa ni hoyuelos, y el corazón de Violet se derritió. De súbito, advirtió que estaban nariz con nariz, y se enderezó, ruborizada.

– ¿En qué puedo ayudarlo, señor Gandy? -preguntó, ya en tono normal.

– Esperaba encontrar a la señorita Downing. ¿Está, señorita Parsons?

– Está en el taller. Sígame.

«¡No te atrevas, Violet!», pensó Agatha. Pero fue demasiado tarde. Las cortinas se abrieron y Violet entró en el taller seguida del dueño de la casa.

– El señor Gandy vino a verte, Agatha,

Violet se apartó y dejó pasar a Gandy. Este se movió con el ritmo lento de las personas acostumbradas a la humedad y el calor del Sur, encaminándose pausadamente hacia la mujer sentada junto a la mesa de trabajo, al lado de la ventana oeste. Estaba sentada con la espalda rígida, la boca apretada, con la atención concentrada exclusivamente en las puntadas furiosas que daba al forro del sombrero de fieltro. Tenía el rostro tan encendido como la seda que cosía.

Gandy se detuvo junto a la silla y se quitó el sombrero.

– Buenos días, señorita Downing.

Agatha no lo miró ni le respondió.

– No puedo culparla por no querer hablarme.

– Si necesita algo del negocio, la señorita Parsons podrá atenderle.

– Vine a verla a usted, no a la señorita Parsons.

– Ya tomé el desayuno. Y pagué yo misma.

Clavó la aguja en el fieltro como si fuese el pellejo del hombre.

– Sí, señora. Esta mañana, la vi ir a casa de Paulie. -Entonces, Agatha levantó la vista y las miradas se encontraron. Por primera vez, vio que tenía el vestido gris y las enaguas blancas en el brazo, y se sonrojó todavía más-. Se me ocurrió hablarle en ese momento, pero decidí que sería preferible hacerlo en privado.

Sintió como si la aguja se le resbalara de los dedos. ¿Qué motivo podía tener para observar sus idas y venidas?

– Quería hablarle acerca de la otra noche, en el restaurante de Paulie…

Nervioso, se aclaró la voz.

La mujer dejó de fingir que cosía y lo miró, ceñuda.

– La otra noche, en casa de Paulie, usted tendría que haber tenido el buen tino de irse cuando vio que yo estaba allí. ¿Fue divertido, señor Gandy? ¿Disfrutó humillándome delante de la gente que conozco? ¿Acaso sus…? -Hizo una pausa desdeñosa-. ¿Acaso sus amigos de la taberna se rieron cuando les contó que se ofreció a pagarle la cena a la vieja sombrerera solterona de la pierna baldada? -Tiró la labor-. Y dígame, ¿qué está haciendo con mis pertenencias?

Scott Gandy tuvo la fortuna de ruborizarse intensamente.

– ¿Eso es lo que piensa? ¿Que me ofrecí a pagarle la cena para burlarme de usted?

Crispó las cejas negras y entre ellas apareció un surco.

Agatha levantó el sombrero y le clavó otra vez la aguja, demasiado perturbada para mirarlo a los ojos.

– ¿No es eso?

– En absoluto, señora, se lo aseguro. Soy del Mississippi, señorita Downing. Mi madre me enseñó muy pronto a respetar a las mujeres. Al margen de lo que parezca, no tenía intenciones de empujarla al barro ayer, ni de incomodarla anoche en el restaurante. Quise invitarla a cenar a modo de disculpa, eso es todo.

Agatha no supo si creerle o no. Estaba estropeando la labor, pero siguió pasando la aguja pues no sabía qué hacer, y estaba demasiado avergonzada para mirarlo.

– En verdad, lo lamento, señorita Downing.

La voz sonaba arrepentida. La mujer levantó la vista para comprobar si en los ojos se veía lo mismo, y así fue: tanto los ojos como la boca estaban sombríos. Pocas veces en la vida había visto un rostro tan apuesto. Le resultó evidente por qué las cabezas huecas como Violet se enamoraban de él. Pero ella no era Violet, ni era una cabeza hueca.

– ¿Cree que una disculpa basta para excusar un comportamiento tan grosero?

– Para nada. Fue inexcusable. No obstante, en aquel momento yo no sabía que usted tenía dificultades para caminar. Luego, la vi yendo a la lavandería de Finn con la ropa sucia y pensé que la había lastimado cuando la hice caer. Dan Loretto me sacó del error y, cuando lo hizo, me sentí peor todavía.

Agatha bajó el mentón, removiéndose bajo esa mirada tan directa.

– Sé que no puedo remediar la vergüenza que le causa, pero supuse que al menos podía hacerme cargo de la factura de la lavandería. -Dejó la ropa con cuidado sobre la mesa de trabajo-. Aquí está. Limpia y pagada. Si hay algo estropeado, hágamelo saber y lo repararé.

Jamás un hombre había tocado las enaguas de Agatha, y que lo hiciera un hombre como ése, resultaba perturbador. Las manos de Gandy parecían muy oscuras sobre la tela blanca. Apartó la vista, inquieta, y la posó sobre la mano que sostenía el sombrero negro contra el muslo. En el meñique brillaba una sortija con un diamante del tamaño de un guisante, engastado en oro. El sombrero era fino: si había algo que conocía, eran los sombreros. Por el aspecto, ése era un Stetson de paño de castor de copa baja y ala ancha, la última moda para hombres. Si tenía dinero suficiente para diamantes y Stetson nuevos y pinturas del tamaño de una sábana… que pagara la factura de la lavandería. Ella lo merecía.

Se animó a mirarlo directamente en los ojos, con expresión fría y acusadora.

– Señor Gandy, sospecho que se enteró usted de la batalla en este pueblo para gravar la venta de licores, y quiere proteger sus intereses aplacándome con disculpas vacías. Algunas mujeres… -tuvo que esforzarse para no mirar a Violet-…quizá se dejen convencer por su conversación galante. Pero yo sé cuándo tratan de confundirme con una cháchara inspirada en el propio interés. Y si cree que voy a retroceder en cuanto a mis críticas sobre el cuadro lujurioso, se equivoca. Violet tiene miedo de que nos eche si lo contradigo, pero yo no.

Llevada por el entusiasmo, Agatha hizo algo que rara vez hacía delante de extraños: se puso de pie. Y aunque Gandy le llevaba unos cuantos centímetros, se sintió muy alta.

– No sólo pienso contradecirlo sino encontrar a otros que hagan lo mismo.

Cerca de la cortina, Violet braceaba como un molino de viento en un ventarrón, con intenciones de hacerla callar, pero Agatha continuó, eufórica:

– También podría decirle, y pronto lo comprobará, que acepté que la primera reunión de Proffitt por la templanza se realice este domingo en la sombrerería. -Hizo una pausa, apoyó las manos sobre el estómago y retrocedió-. Y ahora, si se siente con derecho a echarnos, hágalo. Lo que está bien está bien, y lo que está mal está mal, y vender alcohol está mal, señor Gandy; también lo es colgar algo tan sucio en una pared pública.

– No tengo intenciones de echarla, señorita Downing, aunque todos los luchadores por la templanza y ese periódico caigan sobre mi cabeza. Tampoco pienso dejar de vender licores. Más aún, la pintura quedará donde la colgué.

– Ya veremos.

Gandy hizo una pausa, pensó, y en su semblante apareció la expresión del cazador que ve a la gama a punto de caer en la trampa, y buscó un cigarro en el bolsillo del chaleco.

– ¿Ah, sí?

El cigarro apenas le tocó los labios cuando Agatha explotó:

– ¡Ni se le ocurra! ¡Si quiere, puede fumar esa hierba endemoniada en su sucio burdel, pero no en mi sombrerería!

Como si se hubiese dado cuenta en ese instante de que tenía el cigarro en la mano, Gandy lo miró y lo metió otra vez en el bolsillo, aunque riendo y con un solo hoyuelo.

– Sí, señora -pronunció con lentitud. Y dirigiéndose a Violet, preguntó-: ¿Y cuál es su opinión personal, señorita Parsons?

Violet se comportó como una perfecta tonta, tocándose los labios y sonrojándose como un cerdo escaldado. Disgustada, Agatha vio cómo Gandy ejercía su seducción sobre la amiga.

– Los hombres beben, juegan y les gustan las mujeres desde que existe este país. Y nosotros pensamos que hay que dejarlos divertirse un poco. Eso no es malo, ¿verdad?

Violet respondió:

– Tt-tt.

– ¡Es indecente! -repuso Agatha, indignada.

Gandy se volvió hacia ella.

– Eso es libre empresa. Intento ganar honestamente mi dinero para vivir, señora, y para eso tengo que estar un paso adelante de los otros sujetos que poseen otras empresas en esta calle.

– ¿Honestamente? ¿Llama honesto a arrebatar a los hombres en las mesas de juego y en el bar el dinero que ganan con tanto esfuerzo?

– Yo no los obligo a ir al Gilded Cage, señorita Downing. Van por su propia voluntad.

– Pero está arruinando mi negocio, señor Gandy. Con tanta bebida y tanta jarana… las señoras ya no quieren acercarse por aquí.

– Lo lamento, realmente, pero en eso también consiste la libre empresa.

Ante una declaración tan alegre de irresponsabilidad, Agatha se enfureció, y dijo con voz aguda:

– Lo diré una vez más. Si quiere, échenos, pero pienso hacer todo lo que esté a mi alcance para que le cierren el local.

Para su total consternación, el hombre sonrió, y esta vez aparecieron hoyuelos idénticos en las mejillas atezadas y un guiño en los ojos de ónix.

– Señorita Downing, ¿es esto un desafío?

– ¡Es un hecho! -le espetó.

Agatha comprendió que detestaba ese acento sureño. Y más aún, el modo gallardo en que se caló el Stetson en la cabeza y fijó en ella los risueños ojos, sin darse la menor prisa en salir.

Gandy había entrado arrepentido a la tienda, y se iba divertido. Observó a la tensa mujer vestida de azul, con el cuello alto y apretado y la severa falda con lazos atrás. Cuando la vio por primera vez, la tomó por una anciana. Al observarla mejor, descubrió que no era nada vieja. Tal vez, más joven que el propio Gandy. Delgada, con buenas formas y un destello de convicción que admiró, a su pesar. El cabello tenía un sorprendente matiz rojizo a contraluz con la ventana detrás. La línea de la mandíbula era magnífica. La piel, muy blanca. Los ojos verdes como el rocío del mar, obstinados. Un par de labios muy hermosos. Y muchos modales de dama antigua.

Pero, por cierto, no era vieja. «Si le pusiéramos una pluma en el cabello, un poco de carmín a los labios, soltáramos unos rizos de cabello, le enseñáramos una canción obscena, tendría tan buen aspecto como Jube, Pearl o Ruby». Contuvo la risa, al pensar en lo horrorizada que estaría si supiera cómo la imaginaba.

– Lo tomaré como un desafío. Usted hará todo lo que esté a su alcance para cerrarme el local. Marchar, agitar banderas, cantar… lo que a sus luchadoras por la templanza se les ocurra hacer. Y yo haré todo lo necesario para atraer clientes a la Gilded Cage.

– Le parece un juego, ¿no es cierto? Pues no lo es. La señorita Wilson no juega. Está aquí cumpliendo una misión.

– Lo sé, lo sé. -Dijo levantando las palmas, y admitió alegremente-: Ella también intenta que lo cierren.

– Por supuesto.

– En ese caso, será mejor que vuelva a trabajar y me prepare para la guerra, ¿no creen, señoras? -Se tocó el ala del sombrero e hizo una reverencia-. Buenos días, señorita Downing. -Se volvió, se aproximó a Violet que seguía junto a la entrada, con un aspecto como si acabara de elogiarle la ropa interior-. Señorita Parsons -dijo, tomando una de las manos atravesadas por venas azules y llevándosela con lentitud a los labios-. Fue un placer.

Pareció que a Violet se le saltaban los ojos de las órbitas y vio que a Agatha le pasaba lo mismo.

– ¡Violet, acompaña al señor, por favor! -dijo con brusquedad-. Después, deja abierta la puerta de adelante. Este lugar hiede a humo de cigarro.

Gandy se volvió riendo, hizo una reverencia y salió.

Cuando Violet volvió, se dejó caer en la silla de trabajo y se abanicó con el pañuelo.

– ¿Viste eso, Agatha? ¡Me besó la mano!

– Tendrías que mirar a ver si no tienes dos orificios iguales.

La euforia de Violet no cedió:

– ¡En serio, me besó la mano! -repitió, suspirando.

– ¡Oh, Violet, compórtate de acuerdo a tu edad!

– Lo hago. Es que tengo el corazón débil, y siento unas terribles palpitaciones.

Agatha se enfureció. «¡Oh, este Gandy es un manipulador audaz! Sabe reconocer a una vieja gallina embelesada y se aprovecha».

Violet se apoyó a medias sobre la mesa de trabajo, exagerando el acento sureño:

– Usted hará todo lo que esté a su alcance para que me cierren el local… ¿Alguna vez oíste algo tan maravilloso en tu vida? Cuando el señor Gandy habla, te juro que me parece sentir el perfume de la magnolia aquí mismo, en Proffitt, Kansas.

– Yo, lo único que olí fue el tabaco.

Violet se incorporó.

– Oh, Agatha, careces de romanticismo. También olía a colonia. Recuerdo que mi padre usaba la misma.

– Tu padre no dirigía una taberna, ni lo echaron a patadas de un barco por guardarse cartas bajo la manga.

– Nadie sabe eso con seguridad acerca del señor Gandy.

– ¿Ah, no? -exclamó Agatha, con aspereza-. ¿Eso significa que hay algo que las chicas no han podido verificar?

De pronto, Violet examinó la ropa de Agatha que estaba sobre la mesa y apoyó la mano encima casi con reverencia.

– ¿Te das cuenta? Pagó para que lavaran esto.

Agatha inspiró con desdén.

– Y ofreció pagarte la cena.

Agatha inspiró con más fuerza.

– Y vino aquí, especialmente para disculparse por todo.

Si hubiese inspirado con más fuerza, podría haberse tragado algunos hilos y ahogarse. En cambio, rezongó:

– Oh, de acuerdo, es un dandi de lengua suelta. Pero con la ayuda de Drasilla Wilson y de las mujeres de Proffitt, Kansas -alzó una mano hacia el cielo- ¡le borraré esa sonrisa insoportable de su cara morena!

Al otro lado de la pared, LeMaster Scott Gandy se paseaba por la taberna, golpeando las puertas con furia.

– ¡Jack, da la señal! -vociferó.

Mordió la punta del cigarro, la escupió en la escupidera con mortal puntería, y exhaló la primera bocanada de humo con la misma puntería fatal: pareció destinada a adornar uno de los floridos pezones del desnudo en la pared, detrás de la barra. Entrecerró un ojo contemplando el pezón y el anillo, como si hiciera puntería con el cañón de un Winchester.

– Haremos un concurso para ponerle nombre a la mujer del cuadro. ¡El hombre que acierte con el nombre de nuestra querida dama de pechos rosados, tendrá el primer baile con Jubilee cuando llegue! -agregó.

Y así se trazaron las estrategias de batalla.

Capítulo 3

El domingo, el reverendo Samuel Clarksdale, de la Iglesia Cristiana Presbiteriana, cediá el pulpito a Drusilla Wilson, que emitió un mensaje conciso e inspirador: aquellos que se apartaran al ver a un ser querido encadenado a los demonios del alcohol y, pudiendo hacerlo, no lo ayudaran, eran tan culpables como si le hubiesen puesto la botella en las manos.

Cuando terminó el servicio dominical, la señorita Wilson recibió los saludos efusivos de las mujeres de la congregación. Muchas de ellas le estrecharon la mano con sinceridad, algunas con lágrimas en los ojos. Unas cuantas hicieron lo mismo con Agatha Downing, agradeciéndole de antemano haberles ofrecido un lugar de reunión.

Agatha se vistió con exagerada elegancia para la reunión con un vestido de cuello rígido, castaño oscuro, los polisones sujetos con firmeza atrás, las faldas atadas tan apretadamente que le acortaba los pasos en buena medida. Como estaba lista mucho antes de las siete, sacó el polvo a los mostradores y encendió las lámparas. Todavía no anochecía cuando abrió la puerta de la tienda para recibir a Drusilla Wilson. Como siempre, la mujer le dio un firme apretón.

– Agatha, cuánto me alegro de verla otra vez.

– Pase, señorita Wilson.

Pero antes de entrar, Drusilla echó una ojeada a la puerta de la taberna.

– Supongo que ya vio a qué nos enfrentamos.

Agatha pareció desconcertada, y salió ella misma a la acera.

Las puertas de vaivén estaban abiertas. La pintura que colgaba detrás de la barra podía verse desde un ángulo oblicuo, en la pared de la izquierda. En el frente, sobre la acera, estaba el maldito sureño, vestido de punta en blanco, un cigarro humeante en la boca y un codo apoyado en un cartel doble, que anunciaba:

Nuevas damas en el pueblo

Bautice la pintura que está detrás de la barra

y gane el primer baile con la señorita

Jubilee Bright, la gema más brillante de la pradera,

que pronto estará en la Gilded Cage, con sus joyas,

Pearl y Ruby

Dio tiempo a Agatha para leerlo, y después alzó el sombrero y esbozó una sonrisa perezosa:

– Buenas noches, señorita Downing.

¡No se podía negar que tenía agallas, ahí de pie, sonriente! ¡Le habría encantado quitarle de un golpe el cartel y hacerlo caer despatarrado!

– Espera un buen resultado, ¿no es así?

– Sin duda.

– Apuesto a que no será tan bueno como el mío.

– ¿Acaso no tiene decencia? ¡Es el día del Señor!

– Ninguna en absoluto, señora. Tengo que preparar la bienvenida para cuando el primer rebaño llegue al pueblo. Según lo que sé, puede ser en cualquier momento.

Contemplando el cartel, la mujer alzó una ceja.

– ¿Jubilee, Pearl y Ruby? Estoy segura de que serán unas gemas perfectas.

Ya las imaginaba: prostitutas enfermas, llenas de piojos, de cabello teñido y lunares falsos.

– Genuinas, las tres.

Agatha resopló con suavidad.

Gandy aspiró el cigarro.

En ese momento, un mulato alto, largirucho, de ojos hundidos y cabello negro crespo, hizo rodar el piano cerca de la puerta. Era tan delgado que parecía que una ráfaga de viento podría hacerlo volar.

– ¿Es hora de empezar con la música, Ivory?

– Sí, señor.

– Ivory, creo que no conoces a la señorita Downing, nuestra vecina de al lado. Señorita Downing, mi pianista, Ivory Culhane.

– Señorita Downing. -Se quitó el bombín, lo apoyó en el centro del pecho y se inclinó. Volvió a ponérselo en un ángulo atrevido, y preguntó-: ¿Qué le gustaría escuchar, señorita?

¡Cómo se atrevían esos dos a comportarse como si no se tratara más que de una velada social! Agatha no tenía el menor deseo de intercambiar banalidades con el dueño de la taberna, ese alcahuete, ni con el sujeto cuyo aporreo infernal le impedía dormir todas las noches. Dirigió una mirada punzante al último y respondió, cortante:

– ¿Qué le parece «Nuestro Dios es una Poderosa Fortaleza»?

Los dientes blancos relampaguearon en la cara color de té, en una amplia sonrisa:

– Me temo que no la sé. ¿Qué le parece ésta?

Con un movimiento fluido, Ivory se sentó en un taburete de patas en forma de garras, se volvió hacia el teclado y tocó los primeros acordes de «Pequeña Jarra Marrón», una canción compuesta recientemente por los «mojados» para exasperar a los «secos». Agatha se irguió y, dándose la vuelta, se alejó.

Cuando comenzaron a llegar las damas, los dos estaban aún ahí. Ivory llenando con canciones la calle, como una invitación musical, y Gandy, con su aire despreocupado y la sonrisa intacta, emanando encanto sureño del mismo modo que una rata almizclera emanaba almizcle. Saludó a cada una de las damas que llegaba.

– Buenas noches, señora -decía una y otra vez, tocándose el ala del sombrero-. Disfrutarán de la reunión. -Dedicó una sonrisa especialmente encantadora a Violet y la delegación de la pensión de la señora Gill-. Buenas noches, señorita Parsons. Me alegro de verla otra vez, y también a sus amigas. Buenas noches, señoras.

Violet rió entre dientes, se ruborizó y abrió la marcha hasta la puerta vecina. La seguían Evelyn Sowers, Susan White, Bessie Hottle y Florence Loretto, todas las cuales tenían un interés personal en los sucesos de la Gilded Cage. También estaban otras. Annie Macintosh, con un moretón en la mejilla izquierda. Minnie Butler, cuyo esposo estaba obsesionado con las mesas de juego. Jennie Yoast, cuyo marido hacía la ronda de todos los salones, todos los sábados a la mañana, y al que, a veces, lo encontraban durmiendo en la acera, los domingos a la mañana. Anna Brewster, Addie Anderson, Carolyn Hawes, y muchas otras con esposos famosos por la frecuencia con que empinaban el codo.

Asistían a la reunión treinta y seis mujeres, casi todas ansiosas por poner en fuga a los demonios de las bebidas alcohólicas; algunas, sólo con curiosidad de ver qué hacían «esas fanáticas» cuando se juntaban.

Drusilla Wilson en persona, con la anfitriona a su lado, saludó en la puerta a cada una que llegaba. La reunión se inició con una plegaria, seguida por el discurso de apertura de la señorita Wilson:

– Hay cuatro mil guaridas del alcohol esparciendo muerte y enfermedades por todas las clases de la sociedad norteamericana, antros de vicio que las gentes respetables aborrecen desde lejos. Su propia ciudad se ha visto mancillada por once de esos chancros. A muchos de vuestros maridos se los subyuga para que abandonen los hogares cada noche, arrebatándoles a sus familias, a sus protectores y proveedores. El desastre humano causado por el alcohol sólo puede terminar de manera trágica: en el hospital, donde la víctima muere de delirium tremens, en reformatorios como los de la isla Ward, o hasta en asilos como el de la isla Blackwell. Yo misma visité esas instituciones. Vi a la muerte haciendo presa de aquéllos que comenzaron con un solo trago inocente, después otro y otro, hasta que quedaron irremisiblemente perdidos. ¿Y quién queda, sufriendo los efectos de la intemperancia? ¡No otros que las mujeres y los niños! De medio millón de mujeres norteamericanas brota un gemido de angustia y se eleva sobre lo que fuera una tierra dichosa. Sobre las tumbas de cuarenta mil ebrios se alza el llanto dolorido de la viuda y el huérfano. Los demonios del alcohol han caído sobre las mujeres. ¡Por eso, es muy justo que las mujeres comiencen el trabajo para su destrucción!

Mientras Wilson hablaba, los rostros del público adquirían una expresión arrebatada. Era entusiasta, hechizaba. Hasta las que habían ido por curiosidad estaban embelesadas.

– Y las tabernas son los sitios en que se alimentan los gusanos de esta tierra: jugadores, estafadores, y nymphs du prairie. ¡No olvidemos que en Wichita, en su momento de mayor decadencia, había casas de mala reputación con no menos de trescientas de esas gatas pintarrajeadas! ¡Trescientas en una sola ciudad! ¡Pero hemos limpiado Wichita, y limpiaremos Proffitt! ¡Juntas!

Al terminar el discurso, del público se elevó una sola pregunta: ¿Cómo?

La respuesta fue concisa: educando, defendiendo y orando, con fuerza de voluntad.

– La U.M.C.T. no es militante. Lo que logramos lo obtenemos por métodos pacíficos. Pero no eludamos nuestro deber cuando se trate de hacer que ese destructor de las almas de los hombres, el tabernero, tome conciencia de su culpa. No debemos destruir el cruel brebaje que vende. Más bien tenemos que proporcionarles a sus clientes algo más poderoso en que apoyarse: la fe en Dios, en la familia, y la esperanza en el futuro.

La señorita Wilson sabía cuándo sermonear y cuándo detenerse. Ya las había entusiasmado. Para ganarlas para la causa, le bastaría con unas pocas historias conmovedoras de sus propios labios.

– Todas ustedes, en sus hogares, estaban impacientes por que llegara este día. Ahora es el momento. Desnuden el corazón ante sus hermanas, que las comprenden, pues sufrieron lo mismo que ustedes. ¿Quién quiere ser la primera en librarse de su dolor?

Las mujeres intercambiaron miradas furtivas, pero ninguna se adelantó.

Wilson las presionó:

– Recuerden que nosotras somos sus hermanas y no estamos aquí para juzgar sino para apoyar.

Desde la taberna llegó el grito de: «¡Lotería!». Y en el piano sonaba «Sobre las olas». Treinta y seis mujeres pudorosas esperaron que alguna se atreviera a empezar.

Agatha tenía los dientes y las manos apretados. Sus propios recuerdos torturantes regresaron del pasado. Pensó en contarlo todo por fin, pero lo había guardado tanto tiempo que ya no podía. Ya era objeto de la compasión ajena y no tenía ningún deseo de serlo más aún, por eso calló.

La primera en hablar fue Florence Loretto:

– Mi hijo… -comenzó, y todos los ojos se posaron en ella. Todas guardaron silencio-. Mi hijo Dan. De pequeño, siempre fue un buen muchacho. Pero cuando mi esposo vivía acostumbraba mandarlo a la taberna a buscar su whisky. Aseguraba que tenía un poco de reumatismo y que los ponches calientes le aliviaban el dolor de las coyunturas. Así fue como empezó. Pero para cuando murió, estaba más tiempo borracho que sobrio. Él era un hombre adulto, pero Dan… Dan era joven y descubrió que le gustaba el ambiente de la taberna. Ahora es el crupier aquí al lado, y yo… yo… -Florence se cubrió la cara con las manos-. Estoy tan avergonzada que no puedo mirar de frente a mis amigas.

Addie Anderson frotó el hombro de Florence y le dijo, con suavidad:

– Está bien, Florence. Nosotras lo entendemos. Cuando lo criaste, hiciste lo que creíste mejor. -Dirigiéndose a la señorita Wilson, dijo sin rodeos-: Mi esposo, Floyd, solía ser sobrio como un juez, salvo el día en que nos casamos y el cuatro de julio. Pero hace un par de años enfermó y tuvo que llamar a alguien para que se encargase de la tienda mientras él estaba en cama. Se llamaba Jenks, y era un joven de aspecto agradable, de St. Louis, con cartas de recomendación. Sin embargo, eran todas falsas. Jenks metió mano en los libros de contabilidad y los manipuló de tal manera que fue capaz de estafarnos sin que Floyd se diera cuenta en qué andaba. Cuando lo descubrió, ya era demasiado tarde. Jenks se había ido, y del mismo modo nuestros ahorros. Fue entonces que Floyd comenzó a beber. Intenté disuadirlo. «Floyd, le decía, ¿qué hay de bueno en gastar el poco dinero que nos queda embriagándote todas las noches?». Pero no me escuchaba. Perdimos el negocio y Floyd fue a trabajar como empleado con Harlorhan, y trabajar para otro después de haber sido patrón tantos años fue un gran revés para él. Lo que Harlorhan le paga se va casi todo en whisky, y ya debemos seis meses en el almacén. Aunque Harlorhan se portó bien hace tiempo que le viene advirtiendo a Floyd que si no paga algo de lo que nos estuvimos llevando, tendrá que echarlo. Después… -De súbito, Addie estalló en lágrimas-. Ohh… -gimió.

Hizo que la situación de Florence Loretto pareciera menos dramática y Florence, a su vez, consoló a Addie.

Después de eso, todas las mujeres empezaron a hablar. Sus apuros eran similares, si bien algunas historias eran más desdichadas que otras. Aunque Agatha esperaba que Annie Macintosh contara cómo se había hecho el moretón en la mejilla, igual que ella, Annie calló.

Cuando se hizo el silencio, Drusilla Wilson volvió a hacerse cargo de la reunión.

– Hermanas, tienen nuestro cariño y nuestro apoyo pero, para ser eficaces, tenemos que organizamos. Y eso significa que debemos convertirnos en la filial local de la Unión de Mujeres Cristianas para la Templanza, que es nacional. Para eso debemos elegir funcionarías. Yo trabajaré junto con ellas para hacer un borrador de la constitución. Una vez hecho eso, se formarán comités para redactar compromisos de abstinencia. -Mostró distintas variantes, que podían colocarse en la manga de un hombre reformado-. Uno de vuestros primeros objetivos debe ser reunir tantas firmas de compromisos como sea posible, y también nuevos miembros para la organización local.

En un cuarto de hora, pese a sus protestas, Agatha fue elegida primera presidente de la Unión de Mujeres Cristianas por la Templanza de Proffitt, Kansas. Florence Loretto fue elegida vicepresidenta, también bajo protesta. Para sorpresa de todas, Annie Macintosh habló por primera vez, para ofrecerse como secretaria. Agatha nombró tesorera a Violet, teniendo en cuenta que, como se veían todos los días, les resultaría más fácil trabajar juntas. Violet también puso objeciones, pero fue inútil.

Se fijó la contribución en veinticinco centavos por semana: el precio de una medida de whisky. Se formó un comité de compromiso de cuatro para escribir los ejemplares a mano hasta que pudiesen hacerlos imprimir. Uno de los tres integrantes quedó encargado de preguntar a Joseph Zeller, editor de la Proffitt Gazette, cuánto costaba imprimir panfletos, propaganda y los compromisos. Se fijó un recorrido para la noche siguiente, con el objeto de juntar firmas de promesas de abstinencia, comenzando en la taberna vecina.

La señorita Wilson cerró la reunión con la primera canción de templanza:

El agua fría es reina

El agua fría es señora

Y un millar de caras radiantes

Ahora sonríen en su seno

La cantaron varias veces todas juntas, hasta que las voces ahogaron los sones de «Camptown Races», que llegaban del otro lado.

Cuando concluyó la reunión, todas coincidieron en que había sido una velada inspiradora. Al marcharse, Drusilla Wilson le aseguró a Agatha que la organización nacional y The Temperance Banner les harían llegar ayuda e instrucciones. Y ella misma se quedaría en el pueblo hasta que hubiesen resuelto todos los inconvenientes organizativos.

Cuando salió la última mujer, Agatha cerró la puerta, se apoyó contra ella y suspiró. ¿En qué se había metido? Por cierto, en algo más grande de lo que pretendía. No sólo organizadora sino presidenta. Para empezar, ¿por qué había aceptado que la reunión se hiciera ahí?

Con otro suspiro, se apartó de la puerta y apagó las lámparas. En la oscuridad, salió del taller por la puerta de atrás. La trasera del edificio daba a un sendero que llevaba a un cobertizo y una pequeña construcción a la que llamaba, con gentileza, «el indispensable». Después de usarlo, comenzó a subir la escalera con la cabeza baja, como siempre, observándose los pies. Cuando estaba a dos escalones del final, una voz la sobresaltó y le hizo alzar la cabeza con brusquedad.

– ¿Cómo estuvo la reunión?

La mujer no veía más que el resplandor del cigarro en la oscuridad, en su mitad del rellano.

– ¿Qué está haciendo aquí?

– Preguntándole por la reunión, señorita Downing. No tiene por qué sobresaltarse así.

– ¡No me sobresalté!

Pero sí se había sobresaltado. Qué molesto advertir que él estaba ahí observándola entrar al «indispensable», salir de él y, también, subir las escaleras a su manera torpe, con dos pies en cada escalón.

– Ha sido bastante concurrida.

– Treinta y cuatro. Treinta y seis si contamos a la señorita Wilson y a mí.

– Ah, encomiable.

– Y me eligieron presidenta.

Era la primera vez que eso la alegraba.

– Presidenta. Bien, bien…

Las pupilas de Agatha se dilataron lo suficiente para ver que estaba sentado en una silla con el respaldo apoyado en la pared y las botas cruzadas sobre la baranda. Dio otra calada al cigarro y el aroma acre del humo llegó hasta ella.

– La reunión despertó tanto entusiasmo que a ninguna de nosotras le importó el sonido del piano del señor Culhaneque se filtraba por la pared. De hecho, cantamos tan alto que lo tapamos.

– Parece que fue inspirador.

Agatha percibió la burla.

– Yo diría que sí.

– ¿Y qué cantaron?

– Pronto lo sabrá. Iremos a cantarlo para sus parroquianos. ¿Qué le parece?

Scott rió, con el cigarro apretado entre los dientes.

– Para decirle la verdad, no la necesitaremos. En cualquier momento llegarán Jubilee y las chicas, y tendremos todas las canciones que necesitamos.

– Ah, sí, Jubilee y las chicas… del cartel. ¡Caramba, suena maravilloso! -dijo, irónica.

– Lo son. Tiene que venir a ver un espectáculo.

El humo del cigarro la irritaba. Tosió y subió con esfuerzo los dos últimos escalones.

– ¿Cómo puede fumar esa cosa horrible?

– Es un hábito que inicié en los barcos fluviales. Me mantenía las manos ocupadas cuando no jugaba a las cartas.

– ¡Entonces, es cierto que lo echaron de los barcos fluviales!

Cuando Gandy rió, la silla cayó sobre las cuatro patas.

– Las damas de su club estuvieron especulando acerca de mí, ¿no es cierto?

Se levantó, y los tacones de sus botas resonaron con calculada pereza sobre el rellano angosto hasta que se detuvo junto a ella, en la cima de la escalera.

– Difícil. Tenemos asuntos más importantes de qué ocuparnos.

– Pero supongamos que lo haya sido. Supongamos que yo era un fullero malo que conocía todas las trampas. Un sujeto de esa calaña sabría cómo manejar a una bandada de gallinas viejas que estuviesen decididas a clausurarle el negocio, ¿no cree?

El miedo le aceleró la circulación. El hombre estaba ahí, ominoso, haciéndola retroceder a la escalera. Tuvo una sensación de déjà vu, segura de que un instante después caería rodando por las escaleras como muchos años atrás. Se le crisparon los músculos anticipando los fuertes golpes, la piel raspada, la desorientación que le provocó rebotar de escalón en escalón. Con mano temblorosa, se aferró a la baranda, sabiendo que sería en vano si él decidía empujarla. Cuando el hombre dio otra chupada al cigarro, los ojos se le convirtieron en chispas rojas. El olor la descompuso, y empezaron a sudarle las manos.

– Por favor -dijo, en un susurro ahogado-. No.

De inmediato, Scott retrocedió y se sacó el cigarro de la boca.

– Un momento, señorita Downing, es injusta conmigo si supone que se me cruzó la idea de empujarla escaleras abajo. ¡Cómo, si…!

– Ya me empujó una vez.

– ¿En el lodo? ¡Ya le dije que eso fue un accidente!

– Estoy segura de que éste también lo sería. Cualquiera que me haya visto subir las escaleras sabe que no lo hago con mucha firmeza. Pero si cree que las amenazas me detendrán, está muy equivocado, señor Gandy. Sólo servirán para encender más mi celo. Y ahora, si tiene la gentileza de dejarme pasar, le daré las buenas noches…

Percibió que no quería dejarla irse pensando tan mal de él, aunque la hostilidad que irradiaba era casi palpable. Durante diez tensos segundos, permanecieron ella con la nariz contra el pecho de él. Luego, el hombre retrocedió. El sonido del paso firme de Agatha, seguido del que arrastraba, se alternaron sobre el rellano. Todo el trayecto hasta la puerta, esperó sentir algo que la agarraba de la nuca y la tiraba por la escalera. Al ver que no ocurría, se sorprendió. Llegó a la puerta, se deslizó dentro, y cerró con llave. De inmediato, comenzaron los temblores. Apretó las palmas de las manos y la frente contra la madera fría, y se preguntó dónde tendría la cabeza cuando permitió que la nombrasen presidenta de una organización destinada, no sólo a cerrar el negocio de Scott Gandy, sino de otros diez como él.

Jubilee y sus Gemas llegaron a la mañana siguiente, en el tren de las once y cinco. Tres mujeres con semejante apariencia no podían pasar inadvertidas.

Era evidente que la llamada Pearl recibió ese nombre por su piel. Era tan clara y luminosa como una perla de mar perfecta. En contraste con ella, los ojos castaños ocupaban buena parte del rostro. Estaban maquillados con kohl, que los agrandaba. Los labios pintados de escarlata relampagueaban como una mancha de vino sobre un mantel blanco. Pero las facciones delicadas se veían realzadas al máximo por el cuello levantado del traje de viaje color fucsia, que dejaba al descubierto buena parte de la garganta y se ceñía al cuerpo como la piel de una fruta. El cabello tenía el tono marrón del azúcar quemada, y lo llevaba recogido en un montón de rizos en lo alto de la cabeza, que empujaban para adelante el sombrero de pastora.

– ¡Hola, muchachos! -exclamó desde los escalones del tren, y el viejo Wilton Spivey sacó chispas del balasto [3], ardiendo por ser el primero en acercarse a ella. Abrió el carro para equipaje, saltó dos travesaños de la vía, chocó con Joe Jessup que venía desde la dirección opuesta, y llegó jadeando al pie de la escalerilla del tren. Wilton estaba desdentado como una rana y más calvo que un picaporte de bronce, pero a Pearl no le importó. Le sonrió, flexionó una muñeca y le extendió la mano.

– Era precisamente lo que necesitaba. Un hombrón apuesto, lleno de músculos. Mi nombre es Pearl. ¿Y el tuyo?

– Widton Spivey, a shu shervishio, shenora.

Con esas encías despojadas, Wilton no tenía muy buena pronunciación, pero los ojos le chispeaban de lasciva delicia.

– Bueno, Widton, vamos, cariño. No seas tímido.

Wilton la ayudó a bajar, y tras ella apareció Ruby.

Ruby era una joven negra bien formada, con la piel del color del café con crema. Tenía el cabello más lacio que cualquier mujer negra que Wilton Spivey hubiese visto. Estirado hacia atrás de la oreja izquierda, caía recto por el hombro derecho, resbaladizo como un salto de agua sobre una roca negra, y terminaba en un rizo como un rompeolas invertido, enlazando el borde del sombrero amarillo canario. Tenía unas magníficas cejas cepilladas hacia arriba, párpados pesados, y labios hinchados como si los hubiese picado una avispa, pintados de un intenso tono magenta. Apoyó los nudillos en las caderas proyectadas hacia adelante, lanzó una pequeña risa que estiró el ajustado vestido amarillo y proclamó en profunda voz de contralto:

– Y yo soy Ruby.

Joe Jessup tragó saliva y exclamó:

– ¡Cielos, vaya si lo eres!

La risa de Ruby resonó como un trueno rodando por la ladera de una montaña: profundo y voluptuoso.

– ¿Y cómo te llamaré a ti, cariño?

– J… Joe J… Jessup.

– Bueno, J… Joe J… Jessup. -Ruby dio un paso al costado y se inclinó hasta que sus pechos quedaron a escasos centímetros de la cara del hombre. Con una uña larga, dejó una línea clara desde la oreja de Joe hasta el centro de su barbilla-. ¿Qué te parece si te llamo J. J.?

– B… Bien. L… La llevaré a donde quiera ir, señorita Ruby.

– Se lo agradecería, J. J. Al Gilded Cage Saloon. ¿Sabe dónde está?

– Claro. Derecho p… por aquí.

Ya había otros cuatro formando fila, esperando turno al pie de la escalerilla del tren.

Sobre ellos, como un ángel que descendiera directamente de las perladas puertas del paraíso, apareció la señorita Jubilee Bright y, según lo prometido, era la gema más brillante de la pradera. Si a las otras les quedaban bien los nombres, Jubilee parecía haber nacido para el suyo. ¡Por increíble que pareciera, era toda blanca! El cabello era blanco, no del tono azulado de Violet Parson sino del blanco cegador de la lana de vidrio. Parecía espumar sobre la cabeza como un merengue tentador de diez huevos. Además, estaba vestida toda de blanco inmaculado, desde la copa del alto sombrero de terciopelo con un penacho de plumas hasta las botas de cabrito de tacón alto. El vestido, como el de Pearl y el de Ruby, no tenía polisón atrás sino que se adhería a las curvas generosas desde el hombro a la rodilla, donde se abría en pliegues hechos para poder caminar. Tenía escote en forma de diamante, que revelaba apenas el surco tentador entre los pechos, con un lunar falso que atraía la mirada masculina en esa dirección. Otro lunar adornaba la mejilla izquierda de un rostro tan encantador que no necesitaba adornos. Los asombrosos ojos almendrados, los labios turgentes, la pequeña y hermosa nariz impresionarían a cualquiera. En verdad, era la cara de un ángel.

Alzó los brazos y exclamó:

– ¡Llamadme Jube, muchachos!

Se echó hacia adelante con los brazos extendidos, permitiendo que dos caballeros la agarraran y la depositasen en el suelo. Cuando aterrizó, les dejó los brazos en los hombros y les frotó los músculos con aire de aprobación:

– Caramba, adoro a los hombres fuertes… y corteses -ronroneó, con voz gatuna-. Ya veo que vamos a llevarnos muy bien. -Les dio sendas palmadas-. ¿De quién estoy colgada aquí?

– Mort Pokenny -respondió el sujeto de la izquierda.

– Virgil Murray -respondió el de la derecha.

– Bueno, Mort, Virgil, quiero presentaros a nuestro amigo Marcus Delahunt. Marcus toca el banjo. Es el peor intérprete de este lado de New Orleans.

El último en bajar del tren llevaba el estuche de un banjo y un panamá de paja con una ancha banda negra. En el rostro juvenil una sonrisa feliz revelaba un diente torcido, que no hacía más que añadirle encanto. Los ojos azules, separados en el rostro claro enmarcado por el cabello rubio oscuro. Si bien no era un rostro especialmente masculino con el cutis rosado y las patillas rubias escasas, este detalle se olvidaba al ver la expresión de abierto hedonismo. De pie, con una mano de dedos largos en la barandilla y la otra en el estuche del banjo, sonreía y asentía en silencio.

– Marcus no puede decir una palabra, pero oye mejor que un perro dormido, y es más astuto que todos nosotros juntos, así que no quisiera sorprenderos tratándolo como a un tonto.

Los hombres lo saludaron pero, de inmediato, volvieron a interesarse en las mujeres.

– Muchachos, ¿qué hacéis aquí para divertiros? -preguntó Ruby.

– No mucho, señorita. Últimamente, esto está un poco aburrido.

La muchacha lanzó una risa gutural.

– Bueno, nosotras vamos a solucionar eso, ¿no es así, chicas?

Jubilee echó un vistazo a la estación y les preguntó a Mort y a Virgil:

– ¿Visteis al bandido de Gandy por aquí?

– Sí, señora, está…

– Basta de tanto «señora», Virgil. Llámame Jubilee.

– Sí, señora, señorita Jubilee. Scotty está en el Gilded Cage.

Jube hizo un gesto con la mano, y fingió un mohín contrariado:

– ¡Ese hombre es imposible… nunca está cuando se lo necesita! Bueno, vamos a necesitar unos brazos fuertes. Trajimos algunas cosas que tenemos que llevar a la taberna de Gandy. ¿Queréis echarnos una mano, muchachos?

Seis varones tropezaron entre sí, empujando para ser los primeros.

– ¿Dónde está su carro, señor Jessup?

– ¡Ya llega!

Jubilee hizo una seña con el hombro y condujo al grupo hacia el vagón de carga, en la cola del tren. Ya estaban abriendo las puertas corredizas. El jefe de cargas estaba a un costado, mirando hacia adentro y rascándose la cabeza.

– Es lo más raro que he visto nunca -comentó-. ¿Qué diablos harán con un montón de basura como éste?

– ¡Iuujuu! -le gritó Jubilee, agitando la mano.

El jefe de cargas alzó la vista y vio al grupo que avanzaba.

– ¿No hubo problemas?

– No -respondió-. Pero, ¿qué demonios van a hacer con esto?

Jubilee, Pearl y Ruby y sus ansiosos acompañantes llegaron hasta la puerta abierta del vagón de carga. Llegó Jessup con la carreta. Jube puso los brazos en jarras y le guiñó un ojo al anciano jefe.

– ¡Ven una noche al Gilded Cage, y lo descubrirás, cariño! -Se dirigió a los otros-: ¡Caballeros, carguemos esta cosa y vayamos a la taberna Gandy!

Un rato después, Violet estaba arreglando la parte delantera del negocio cuando miró por la ventana y chilló:

– ¡Agatha, Agatha, ven aquí!

La aludida alzó la cabeza y preguntó:

– ¿Qué pasa, Violet?

– ¡Ven aquí!

Antes de llegar a la tienda, Agatha oyó la música del banjo que llegaba de afuera. Era un tibio día de primavera y la puerta de la tienda estaba abierta, sujeta por un ladrillo.

– ¡Mira! -exclamó Violet, señalando a la calle.

Agatha se levantó con calma.

Otra entrega para la taberna de al lado. Un vistazo le hizo comprender que tendría que ordenarle a Violet cerrar la puerta, pero ella misma sintió curiosidad por la escena de afuera.

La carreta de Joe Jessup se acercaba por la calle, cargada de hombres enfervorizados, tres mujeres alegres y la jaula para pájaros más enorme que Agatha hubiese visto jamás. Se alzaba poco menos de dos metros, y estaba hecha de un resplandeciente metal dorado que atrapaba el sol del mediodía y lo reflejaba.

Colgado del techo en forma de cebolla, pendía un columpio dorado y encaramada a él, una extravagante dama vestida de blanco. Otra, de rosado heliotropo, estaba sentada a la cola de la carreta entre Wilton Spivey y Virgil Murray, los tres balanceando las piernas y siguiendo el ritmo de la música. La tercera mujer, parecida a una abeja con su piel oscura y vestida de amarillo, estaba sentada en el regazo de Joe Jessup, que conducía la carreta. El que tocaba el banjo estaba de pie detrás de ellos, y se movía de un lado al otro al ritmo de la canción. La carreta estaba llena de gente arracimada alrededor de la jaula y, como la Flauta de Hamelín, había atraído a una fila de chicos y jóvenes de ojos brillantes que, abandonando los escritorios y los mostradores, querían participar de la música y echar un vistazo a esas mujeres de vestimentas sorprendentes. Mientras se acercaban por la calle, toda la troupe cantaba alegremente:

Chicas de Buffalo, por qué no salen esta noche,

Salen esta noche, salen esta noche, Chicas de Buffalo,

por qué no salen esta noche,

Y bailan bajo la luna.

Agatha hizo un gran esfuerzo para criticarlos, pero no pudo. Más bien, se sintió atrapada por la envidia. ¡Ah, ser joven, atractiva, y sin los escrúpulos del pudor…! ¡Poder ir por la calle en una carreta, a pleno día, cantando a voz en cuello hacia el cielo y riendo! ¿No tendría que tener todo el mundo cuando menos un recuerdo semejante en la vida? Pero en la de Agatha no había ninguno.

Lo máximo que pudo hacer para participar fue llevar el ritmo de la música con la mano contra el muslo. Pero cuando advirtió lo que estaba haciendo, se detuvo.

Cuando el carro pasó delante de la tienda, vio mejor a la mujer de blanco. Era lo más hermoso que había visto jamás. Rostro delicado con ojos rasgados, y la sonrisa del mismo Cupido. Y sabía elegir un buen sombrero. Llevaba uno de moda durante la guerra, de los que llamaban «tres plantas y sótano». Era exquisito: alto pero bien equilibrado, adornado con un costoso airón de plumas. Aunque la mujer se balanceaba en la hamaca, el sombrero se mantenía firme.

– Mira ese sombrero blanco -musitó.

– Míralos todos -repuso Violet.

– Buenos sombreros.

– Los mejores.

– Los vestidos, también.

– Pero mira, Agatha: no llevan polisones.

– No.

Agatha las envidió por no tener que colgarse tantos kilos de metal todas las mañanas en las caderas.

– Pero tienen mucho pecho. Tt-tt.

– Estoy segura de que son mujeres de la vida.

Eso la entristeció. Tanta promesa brillante quedaría en nada. Toda esa belleza juvenil se marchitaría antes de tiempo.

La carreta se detuvo delante de la taberna. Mort Pohenny abrió la puerta de la jaula y la mujer de blanco salió. Con los brazos en jarras, gritó hacia las puertas vaivén:

– ¡Eh, Gandy!, ¿no mandaste a buscar a tres bailarinas a Natchez?

El propio Gandy se materializó, rodeado de los empleados, todos saludando, acercándose a las mujeres, estrechando sus manos sobre el costado del carro con las del músico. Pero Agatha sólo veía a la mujer de blanco, en lo alto de la carreta, y al hombre de negro, debajo de ella. Este enganchó una bota en un rayo de la rueda y se echó atrás el sombrero. En medio del barullo, sólo tenían ojos uno para la otra.

– Ya era hora de que llegaras, Jube.

– Llegué tan pronto como pude. Pero les llevó un mes hacer la maldita jaula.

– ¿Eso fue todo?

Rió y se le formaron los hoyuelos.

– No echaste de menos a la vieja Jube, ¿no?

Gandy echó la cabeza atrás y rió.

– Nunca. Estuve muy atareado instalando el local.

Jubilee miró hacia la acera.

– ¿Dónde está ese pueblo lleno de vaqueros que me prometiste, entre los que podría elegir?

– Ya vendrán, Jube, ya vendrán.

Volvió la mirada a Gandy y los ojos le brillaron de lujuria e impaciencia.

– ¿Te quedarás ahí, parado, todo el día, o ayudarás a esta dama a bajar?

Sin aviso, se arrojó por el costado, volando con los pies y los brazos en el aire, sin dudar ni un instante de que un par de brazos fuertes estarían listos para recibirla. Lo estaban. En cuanto Gandy la atrapó, estaban besándose audazmente, sin hacer caso de los aullidos y silbidos de alrededor. La muchacha le rodeó los hombros con los brazos y devolvió el beso con total despreocupación por el espectáculo que estaban dando. El beso terminó cuando el sombrero del hombre comenzó a caerse. Jube se lo arrebató de la cabeza y los dos rompieron a reír, mirándose a la cara. La muchacha le encasquetó el sombrero sobre el grueso cabello negro y lo bajó bien hacia adelante.

– Y ahora, bájame, dandi rebelde. Ya sabes que tengo que saludar a los demás.

Contemplándolos, Agatha sintió una extraña sensación en el estómago, al ver que los ojos negros de Gandy se regodeaban en los bellos ojos pintados de la muchacha y que la sostenía un momento más. Al mirarlos, se adivinaba cuánto disfrutaban estando solos. Entre ellos circulaba una corriente de malicia y placer, que hasta se percibía en el diálogo. ¿Cómo aprendía una mujer a comportarse así con un hombre? Nunca en su vida Agatha había estado en la misma habitación con un hombre sin sentirse enferma de inquietud. Ni conversó con ninguno sin tener que esforzarse por encontrar un tema. Y, por supuesto, saltar por el costado de una carreta constituiría poco menos que un milagro.

Gandy bajó a Jubilee y saludó a las otras.

– Ruby, preciosa, eres un regalo para los ojos. -Le dio un beso en la mejilla-. Y tú, Pearl, antes de que termine la temporada, destrozarás muchos corazones en Proffitt. -También ella recibió un beso en la mejilla. A continuación, apoyó las manos sobre los hombros del joven del banjo y lo miró en los ojos-. Hola, Marcus. Me alego de verte otra vez. -El muchacho sonrió. Hizo un gesto como de pulsar las cuerdas del instrumento y arqueó las cejas-. Es cierto -respondió Gandy-, es bueno para el negocio. Ya habéis provocado agitación en todo el pueblo. Esta noche, se amontonarán en la puerta.

Gandy se volvió otra vez hacia Jubilee y se quitó la chaqueta.

– Toma. Tenla un minuto.

Le guiñó un ojo y Agatha vio que la mujer se llevaba la Chaqueta al pecho y hundía la nariz en el cuello. Pareció un gesto tan íntimo que sintió pudor. No entendía cómo una mujer podía extasiarse así con el olor a cigarro.

– Vamos a entrar esto, muchachos.

Gandy saltó sobre la carreta y, con ayuda de otros cinco, alzaron la jaula. Agatha vio que el chaleco de satén negro se tensaba sobre los hombros, y los antebrazos se endurecían al alzar el artefacto. Si bien no era demasiado musculoso, tampoco era débil. Pero tenía músculos en todos los lugares donde un hombre debía tenerlos; le bastaban para hacerse cargo de una mujer impulsiva que se arrojaba en sus brazos, o de una irritante que organizaba una unión local por la templanza. Recordó la noche anterior, en la cima de la escalera: ¿habría pensado en empujarla o no? A plena luz del día, viéndolo trabajar al sol, no parecía capaz de algo tan malévolo. Quizá sólo fue su propia imaginación.

El grupo sacó la pesada jaula de la carreta, la subió por los escalones de la acera y la entró en la taberna. Los siguieron las mujeres y los curiosos, y en la calle sólo quedaron los niños. Violet y Agatha se metieron otra vez en la tienda, aunque seguían oyendo los alegres parloteos y alguna que otra carcajada.

– Así que, ésas son Jubilee y las Gemas.

– Qué nombres tan adorables: Jubilee, Ruby, Pearl.

Aunque Agatha pensó que eran nombres inventados, se reservó la opinión.

– Así que, a fin de cuentas, trajo a las reinas de la noche…

– De eso no estamos seguras.

– Violet, llevan kohl en los ojos, carmín en los labios, y exhiben los pechos.

– Sí -admitió Violet, muy decepcionada-. Tal vez tengas razón. -De súbito, se iluminó-. ¡Pero, claro! -Suspiró, con expresión arrobada-. ¿Qué me dices del modo en que el señor Gandy besó a la llamada Jubilee?

– ¿No te pareció un poco desvergonzado hacer eso así, en medio de la calle?

– Quizás, un poco. Pero aun así estoy celosa.

Agatha rió y sintió un impulso de cariño hacia Violet: era tan directa. Y sincera, a su manera. ¿Cómo era posible que no hubiese encontrado a un sinvergüenza joven que la besara en mitad de la calle, en primavera?

– Vamos -dijo Agatha ofreciéndole el brazo a modo de invitación-. Vamos a trabajar. Eso nos lo quitará de la cabeza.

Pero cinco minutos después, ruidos de martillos y serruchos las distrajeron de tal modo que cada tanto echaban una mirada a la pared.

– ¿Qué crees que estarán haciendo, con tanto ruido?

– No lo sé. -Los ojos de Violet chispearon-. ¿Te gustaría que eche un vistazo?

– ¡Claro que no!

– Pero, ¿no sientes curiosidad?

– Tal vez, pero ya sabes a dónde llevó la curiosidad al gato.

Violet se resignó.

– De verdad, Agatha, a veces eres aburrida.

Los dedales sonaron al unísono.

Empujar, tirar, empujar, tirar.

«Es tan horrible como el reloj a la hora de dormir», pensó Agatha.

Empujar, tirar. Dos viejas solteronas, cosiendo mientras se les iba la vida. ¡No! ¡Una vieja solterona, y otra no tan vieja!

– Hola.

Era Gandy, otra vez.

Violet tiró el dedal, se llevó la mano al corazón y se sonrojó como un lechón.

– ¡Oh, mi Dios!-murmuró.

– Ve a ver qué quiere ahora.

Pero antes de que Violet pudiera moverse, Gandy pasó entre las cortinas lávanda sin sombrero ni chaqueta, y un poco agitado, con las mangas enrolladas hasta los codos. De pie ante ellas, con los pies separados, las manos en la cintura.

– Tengo un trabajo urgente para usted, señorita Downing.

Agatha alzó una ceja y recorrió con la vista desde el cabello negro revuelto hasta las puntas de las botas lustrosas.

– ¿Algo de bengalina rosada, quizá? Le quedaría bien con el cabello negro.

Scott rió y se pasó los dedos por el pelo, dejándolo erizado.

– Eso lo dejaremos para Jube. Lo que yo necesito es mucho más simple. Un gran saco sujeto por una cuerda, y no importa el color ni la tela. Que sea lo bastante grande para cubrir una jaula de un metro ochenta. Pero lo necesito para esta noche.

Agatha dejó la labor con forzada paciencia.

– Señor Gandy, soy sombrerera, no modista.

– Pero tiene todas esas piezas de tela ahí. -Señaló con el pulgar hacia la tienda-. Están a la venta, ¿verdad?

– No para hacer fundas para jaulas.

– ¿Por qué no?

– Y no para dueños de tabernas.

– Mi dinero vale. Y pago bien.

– Lo siento, señor Gandy. Pruebe con el señor Harlorhan. Él vende tela por metros.

– La tela no me servirá de nada si no tengo a alguien que la cosa.

– Aunque quisiera, no podría hacerla para la noche.

– ¿Por qué no? Es un trabajo sencillo.

– Lo sería si tuviera una máquina de coser pero, como ve, no tengo.

Echó una mirada a una propaganda de Singer que colgaba de la pared y los ojos del hombre la siguieron.

– ¿Cuántas manos necesitaría para hacerlo en… -sacó un reloj de oro del bolsillo del chaleco-…cinco horas?

– Ya le dije que no trabajo para dueños de tabernas.

Guardó el reloj y frunció el entrecejo.

– Es una moza obstinada, señorita Downing.

¿Moza? La palabra le provocó un rápido sonrojo y Agatha supuso que en ese momento ella también parecía un lechón. Jamás le habían llamado moza y era desconcertante descubrir que la hacía sentirse aturdida. Pero se apresuró a reanudar su tarea. Gandy la observó un rato, ceñudo, luego se dio la vuelta y pasó por la cortina, que quedó ondulando.

Agatha y Violet se quedaron con la boca abierta mirando a la entrada, y luego entre sí.

– Tt-tt.

– Violet, tienes que dejar de hacer eso cada vez que ves a ese hombre. Y te ruborizaste, por el amor de Dios.

– Tú también.

– ¡Yo no!

– ¡Tú también! ¡Agatha, te llamó moza! Tt-tt.

– Nunca me humillaron así. Ese hombre no tiene modales.

– A mí me parece adorable.

Agatha resopló, pero para sus adentros comenzaba a opinar como Violet.

Violet se abanicó la cara arrebolada.

– Caramba. -Contempló las cortinas que el hombre había movido con los hombros-. ¿Una funda para esa jaula?

– Los dueños de tabernas están locos. No intentes entenderlo.

– Pero, ¿para qué querrá algo así?

– Te aseguro que no tengo idea.

No tuvieron tiempo de especular, pues las sorprendió la reaparición de Gandy, esta vez irrumpiendo por la puerta trasera, llevando a Jubilee de la muñeca. La seguían Ruby y Pearl.

Las sombrereras se ruborizaron otra vez. Y Agatha se indignó de tal modo que se puso de pie. ¡Cómo se atrevía a llevar a esas mujeres pintarrajeadas!

– Chicas, quiero presentaros a la señorita Downing y a la señorita Parsons, nuestras vecinas. Señoras, estas tres criaturas deliciosas son Jubilee, Pearl y Ruby, las joyas de la pradera.

Jubilee hizo una reverencia.

– Encantada.

– Me alegro de conocerlas -dijo Pearl.

– Señorita Downing, señorita Parsons -saludó Ruby.

Agatha y Violet miraron fijamente. Gandy salió a grandes pasos del taller y volvió al instante con una pieza de satén rojo. Lo arrojó sobre la mesa y tiró al lado una pila de monedas de oro.

– Son diez. Cuéntelas. Son suyas si hace una funda fruncida por un cordel para las siete de la tarde. Jube, Pearl y Ruby la ayudarán a coser.

– Oh, Scotty, vamos…

– Jube, tesoro, eres mujer, ¿verdad? Todas las mujeres saben coser.

– ¡Esta no!

Los ojos de Agatha iban de una a otra de las dos cosas más brillantes que había en el cuarto: la señorita Jubilee y la pila de monedas de oro. Cien dólares. Se le hizo agua la boca. Su mirada voló al dibujo de la obra maestra del señor Singer con el precio impreso en números en negrita junto al volante. Cuarenta y nueve dólares. ¿Cuándo vería otra vez semejante cantidad de dinero para pagar el precio de la única cosa que ambicionaba en la vida?

Abrió los labios pero no emitió sonido alguno. ¿Qué diría la señorita Wilson? ¿Qué, las otras miembros de la unión? La presidenta de la sección local de la U.M.C.T. cosiendo para el Gilded Cage Saloon. ¡Oh, pero todo ese dinero…!

Pearl se quejaba:

– ¡Nunca en mi vida cosí nada!

– Yo sí. Mucho -terció Ruby-. No es nada del otro mundo.

– Pero, Ruby…

– Deja de protestar, Pearl. Si el patrón dice que cosamos, coseremos.

– Estoy de acuerdo con Pearl -dijo Jubilee-. No soy modista.

Por fin, Agatha recuperó la voz:

– Yo tampoco. Soy sombrerera. Y a las siete de la noche estaré en la Gilded Cage pidiendo firmas para compromisos de abstinencia a los clientes del bar. ¿Qué dirían mis compañeras si supieran que hice una cubierta roja para la jaula?

– Nadie tiene por qué enterarse -intervino Gandy, acercándose más a Agatha-. Por eso traje a las chicas por la puerta de atrás, para que nadie las viese.

Estaba tan cerca, que sintió otra vez el aroma a tabaco. Agatha bajó la vista. Pero alzó de golpe la barbilla cuando Gandy le tocó ligeramente el brazo.

– ¡Por favor, señorita Downing!

Era desconcertante que un hombre la tratara así.

– Me crearía un conflicto de intereses, ¿no lo entiende?

– En ese caso, si añadiéramos un pequeño incentivo…

Cuando se volvió, la mujer pensó que añadiría otra moneda a la pila, pero en cambio sacó una y se la guardó en el bolsillo del chaleco.

– Ya perdimos cinco minutos. En un minuto más, el precio bajará otros diez dólares. Cuanto antes acepte, mejor.

– Pero usted… yo…

Agatha se retorció las manos y miró, impotente, a Gandy, a las muchachas, y la pila de monedas.

– Agatha -le aconsejó Violet-, no seas tonta.

– ¡Violet, cállate!

No quería que la forzaran de ese modo, menos una mujer que no tenía suficiente sentido para darse cuenta de que las estaban sobornando.

– No cabe duda de que su dinero proviene de los pobres desdichados que frecuentan su estable…

– Ochenta -la interrumpió el hombre, con calma, quitando otra moneda y guardándola en el bolsillo.

– Señor Gandy, es usted despreciable.

La siguiente pregunta fue para Violet.

– Señorita Parsons, ¿cómo anda el negocio últimamente?

– No muy…

– ¡Violet, te agradecería que cerraras la boca!

– Bueno, es evidente, Agatha. Él no tiene más que mirar. ¿Y el otro día no decías que…?

– ¡Violet!

Violet ignoró a la patrona y se inclinó, confidente, hacia Gandy.

– Las cosas no van muy bien en la venta de sombreros. Al parecer, con todas estas discusiones sobre el sufragio femenino, el sombrero está convirtiéndose en un símbolo de emancipación. -Chasqueó la lengua y sacudió la cabeza con expresión apesadumbrada-. A decir verdad, hay mujeres que dejaron de usarlos. Y tiende a empeorar, ahora que comenzamos con nuestra propia unión por la templanza.

En las mejillas de Gandy aparecieron los hoyuelos. Extendió una mano y tomó otra moneda, mirando a Agatha sonriente e interrogativo:

– Setenta.

A Agatha se le secó la garganta. Miró las monedas que quedaban y sintió deseos de estrangular a Violet.

– Por empezar, no tengo la más remota idea de lo que usted quiere -dijo, con menos convicción-. Sólo entiendo de sombreros.

– Algo para cubrir la jaula. Use su imaginación. Atado arriba, suelto abajo, abierto en un lado para que pueda abrirse la puerta. Jube le mostrará.

– Claro que lo haré, señorita Downing.

Agatha contempló los maravillosos ojos rasgados de Jubilee y la recordó colgada en el columpio como una paloma nivea, mientras el carro avanzaba por la calle.

– Sesenta -dijo Gandy, en tono más suave aún. Agatha giró la cabeza. Fijó la vista en la disminuida pila de monedas, y la pasó a la figura de la máquina de coser. La ambición la dominó. La desesperación la aplastó. Si quitaba dos monedas más, la máquina quedaría fuera de su alcance. La mano de Gandy se movió de nuevo.

– ¡Basta! -exclamó.

Gandy metió un pulgar en la cintura y esperó.

Agatha dejó caer la cabeza, con aire culpable.

– Lo haré -aceptó, en voz queda.

– Bien. Jube, Pearl, Ruby, haced lo que ella diga. Sólo estad listas para recibir a los clientes a las siete en punto. -La mano se acercó otra vez a las monedas. Un tintineo, y las cuatro monedas volvieron con las otras-. Un trato es un trato -dijo, y se acercó a Agatha tendiéndole la mano-. Entonces, ¿para las siete, señorita Downing?

Agatha contempló la mano. Dedos largos y oscuros, salpicados de vello crespo. Uñas limpias. Muñeca delgada. El diamante brillando en el meñique. Se sacó el dedal y apoyó la palma sobre esa mano tibia. El hombre la estrechó con la misma firmeza con que lo haría con la de otro hombre. En cierto modo, la halagó. Contra su deseo, alzó la vista. Los hoyuelos eran muy marcados. Los ojos, demasiado atractivos. Tenía unos labios tan perfectos, que desarmaban. ¿Por qué le parecía que sólo los canallas estaban tan dotados?

– Para las siete -aceptó.

Pero se sintió como si acabara de hacer un pacto con el diablo.

Capítulo 4

Agatha mandó a Pearl a medir la altura y la circunferencia de la jaula, y las cinco mujeres se pusieron a la tarea de hacer la funda. Era un diseño bastante simple, como una cortina para la ventana, con un cordel en la parte superior para fruncirla. Encendió el fuego en la estufa y calentó las planchas para formar un ruedo de una pulgada en todo el perímetro. La misma Agatha manipuló las planchas de hierro, mientras Violet y Ruby trabajaban delante de ella marcando el ancho con tiza, y Pearl sujetaba la seda que colgaba de la tabla de planchar para que no se arrugara. Entretanto, Jubilee llevaba las planchas frías a la estufa y traía las calientes. Después, se sentaron todas en círculo y comenzaron a coser los bordes.

De inmediato, resultó evidente que Jubilee y Pearl no habían mentido: eran inútiles con la aguja. Por otra parte, Ruby tenía dedos ágiles y cuidaba de hacer puntadas uniformes e invisibles. No pasó mucho tiempo hasta que Jubilee se pinchó el dedo:

– ¡Ay! -Lo metió en la boca y lo chupó-. ¡Maldición y maldición doble! ¡Soy incapaz de coser. Estoy haciéndome un lío y ahora, además, voy a manchar la seda.

– ¿Por qué no se queda sentada? -sugirió Agatha-. En verdad, como Ruby es tan habilidosa, terminaremos con tiempo de sobra.

– ¿Puedo dejarlo yo también? -rogó Pearl-. No soy mejor que Jube para esto.

Agatha observó el lamentable trabajo de Pearl.

– Usted también. Si sostienen el satén en la falda y van guiándolo para que no se arrugue, será suficiente ayuda.

Tres dedales chocaron con tres agujas y la tela brillante fue pasando lentamente sobre los regazos.

– ¡Mirad a Ruby! -exclamó Jubilee después de un tiempo-. Ruby, ¿dónde aprendiste a coser así?

– ¿Dónde crees? En Waverley, por supuesto. Mi mamá trabajaba en la casa grande para la señorita Gandy, y ella le enseñó a mi mamá a hacer costura fina, y mi mamá me enseñó a mí.

– ¿Te refieres a la joven señora Gandy, o a la vieja?

– La vieja. La joven era demasiado frivola para coser. -La negra dirigió a la blanca una mirada significativa-. Era como tú, Jube.

Las tres rieron de buena gana.

Violet equivocó una puntada al oír mencionar a la joven señora Gandy.

– ¿Waverley? -sondeó.

– La plantación Waverley, allá en Columbus, Mississippi, donde creció el señor Gandy.

– ¿Quiere decir que nuestro patrón creció en una plantación?

La imaginación romántica de Violet se expresó con claridad en sus ojos.

La voz algo áspera de Ruby recordó:

– La más hermosa que se haya visto. Grandes columnas blancas en el frente, una enorme y ancha galería. Y campos de algodón alrededor, tan extensos que un zorro no podía recorrerlos en una mañana fría. Y el río Tombigbee que los cruzaba. Ese lugar era glorioso.

Se despertó el interés de Agatha, pero dejó que Violet hiciera las preguntas.

– ¿Quiere decir que él era el dueño?

– El padre, el viejo señor Gandy. Ahora él está muerto, y la esposa también. Pero eran unos blancos tan buenos como es posible. Mi mamá y mi papá eran esclavos del viejo señor Gandy. Antes de la guerra, yo también. Yo, Ivory y el patrón, nacimos todos en Waverley. Corríamos descalzos por ahí juntos, pelábamos nueces de pecana, nadábamos desnudos en el río. ¡Ah, qué tiempos! Claro que eso fue antes de la guerra.

Agatha trató de imaginar a Gandy de niño corriendo desnudo con un par de chiquillos negros, pero el cuadro no cuajó. Más bien, lo vio con un cigarro en la boca y un vaso de whisky en la mano.

Violet sintió tanta curiosidad que se sentó en el borde de la silla.

– ¿Qué sucedió con Waverley?

– Sigue ahí. La guerra no pasó por Columbus. Lucharon en los alrededores, pero ahí no. Todas las grandes mansiones permanecen intactas.

– Waverley -repitió Violet, soñadora-. Qué nombre tan romántico.

– Sí, señora.

Por mucho que lo intentó Agatha no pudo contener la curiosidad:

– ¿Quién es el dueño?

– Él, el patrón. Pero sólo fue una vez después de la guerra. Supongo que encontró demasiados fantasmas.

– ¿Fantasmas?

Los ojos de Violet se dilataron.

– La joven señora Gandy… y la pequeña.

La aguja de Agatha se inmovilizó y miró a Ruby por encima del satén:

– ¿Tenía esposa… y una hija?

Ruby asintió, sin levantar la vista de la costura.

– Murieron. Las dos, y después de la guerra. Pero él no llegó a tiempo a la casa para verlas una vez más.

Por la mente de Agatha cruzó raudo el pensamiento de que otros hombres se habían hecho libertinos por motivos mucho menores. Aun así, era una pena. A fin de cuentas, era joven.

Violet quedó tan atrapada con la historia que tuvieron que recordarle la costura. Pero siguió preguntando:

– ¿Cómo murieron?

Ruby alzó un instante la vista, y sus dedos siguieron moviéndose.

– Si lo supiera, volvería, pero nadie lo sabe con certeza. Las encontraron en el camino, en la mitad del trayecto hacia el pueblo yaciendo boca arriba en la carreta, y la mula ahí, entre las varas, esperando a que la hicieran andar. Cuando el joven señor Gandy volvió, ellas ya estaban enterradas dentro de la cerca de hierro negro al otro lado del camino, entre su mamá y su papá.

– Oh, pobre hombre -se condolió Violet.

Ruby asintió.

– Se marchó a luchar contra los yanquis y cuando volvió no encontró más que a unos pocos negros tratando de arañar unas coles verdes de los campos de algodón agotados. -Movió la cabeza con pesadumbre-. La segunda vez se fue para no volver jamás.

– ¿Y la llevó con él?

– ¿A mí? -Ruby levantó la mirada, sorprendida y rió con su risa de contralto-. No, a mí no. Yo soy una negra encopetada. Cuando dijeron que era libre, me fui a la ciudad, a Natchez. Pretendía vivir a mi capricho y llevar una vida fácil hasta que la carroza viniera a buscarme. -Rió otra vez, con cierta amargura-. Terminé en los barcos fluviales, complaciendo a los señores. Ya no espero ninguna carroza -concluyó, realista.

Para sorpresa de Agatha, Jubilee se inclinó y apoyó su mejilla blanca contra la negra de Ruby.

– Vamos, Ruby, eso no es cierto. Eres una buena mujer. La mejor. ¡Mira lo que hiciste por mí! Y por Pearl, también. ¿No es cierto, Pearl?

Pearl dijo:

– Escucha a Jube, Ruby.

Ruby siguió cosiendo, con las cejas como alas levantadas, como si ella supiera de qué hablaba.

– No fui yo la que lo hizo. Fue él.

– ¿Él? -Los ojos de Violet chispearon de interés-. ¿Quién?

– El joven señor Gandy, él. -Mientras continuaba la historia, Ruby cosía sin parar, la vista en la labor-. Se puso a apostar en los barcos fluviales y se enteró de que Ivory y yo trabajábamos en el Delta Star, en las afueras de Natchez. Yo estaba haciendo lo que estaba haciendo, e Ivory era estibador, «gallo», le decían. «Eh, gallo, tendremos que hacer dos viajes con esta carga», y los pobres estibadores tenían que descargar cientos de toneladas de carga para aligerar el peso cuando el río estaba bajo, y luego volver a cargarlas cuando el capitán volvía tras pasar el primer tramo corriente arriba. Tenían que cortar leña y sumergirse cuando el barco tropezaba con un tocón… ¡sin importar que hubiese víboras en el agua! Si el capitán ordenaba sumergirse, los gallos se sumergían. El pobre Ivory nunca había recibido latigazos cuando trabajó para el viejo amo Gandy. Y yo nunca supe lo bueno que era Waverley hasta que quedé librada a mis propios medios.

»Entonces, cuando la guerra terminó, el joven amo encontró a Ivory trabajando como peón en cubierta, y vio que ese canalla de Gilroy le daba latigazos cada vez que se le antojaba. Y a mí y a las chicas ahí, trabajando en esa jaula flotante, y odiando cada minuto de esa vida. También Hogg, el que despacha las bebidas para Gandy, era maquinista y trabajaba en esa sala de máquinas pestilente, con el agua a las rodillas. Y Marcus, que tocaba el banjo y se burlaban de él porque tenía mal la lengua y no podía decir ni una palabra. Estábamos todos a bordo un día que el capitán ordenó apretar la válvula para salir de un atascamiento. Jack Hogg le dijo: «No puedo hacerlo, señor. Va a explotar, señor». El capitán insistió: «Aprieta a la hija de perra con fuerza, maquinista. ¡Tengo manzanas y limones que perderán la mitad de su valor si ese desgraciado de Rasmussen llega antes a Omaha!»

»De modo que Jack Hogg se puso a ajustarla. Lo próximo que supe es que Jack Hogg y casi todos los demás volábamos por el aire como si fuésemos camino a la gloria. Marcus estaba en cubierta, tocando en el salón de juegos, donde el señor Gandy estaba jugando, y acababa de ganar un montón de dinero, así que los dos estaban bien. Las chicas y yo paseábamos por cubierta buscando nuestro próximo cliente, de modo que caímos directamente al agua. Ivory también tuvo suerte. Estaba en la leñera, cargando un poco para llevar abajo. Pero Jack estaba junto a la caldera. Le quedaron feas cicatrices.

»Pero el joven señor Gandy se ocupó de todos nosotros. «Terminaron los días de navegar por el río, dijo. Tenemos que salir de aquí mientras aún tengamos un sitio a dónde ir». Nos dijo que había conseguido amigos: nosotros, y tenía suficiente dinero en la bolsa para abrir una taberna. Trajo a Marcus para tocar el banjo. Ivory… ¡y que lo diga!, ya no sería más estibador. Ivory es pianista, y el patrón lo sabía. Y Jack Hogg no quería estar nunca más cerca de una caldera, pero dijo que, en cuanto se curara atendería el bar. Y Pearl, Jube y yo… no tendríamos que entretener más a los señores, ¿no es cierto, chicas? Somos jóvenes. Lindas. Seréis bailarinas, dijo el patrón. ¿Y qué creen que le contestamos? «Lo que diga, patrón».

»Dijo que había un solo lugar para hacer dinero rápido: en la cabecera del Chisholm Trail, donde está el ferrocarril. Si íbamos allí, allí irían los vaqueros. Y las cosas están mejor que nunca desde que terminó la guerra. No tenemos familia, pero somos lo más parecido a parientes de sangre. Por eso el señor Gandy dice «cosed», y nosotras cosemos, ¿verdad, chicas?

Las chicas asintieron.

Durante el relato de Ruby, Agatha se asombró cada vez más. ¿Gandy era el benefactor? ¿Había sacado a esas tres muchachas de una vida de iniquidad?

– ¿Es decir que no tienen que…? -Abarcó con la mirada a Ruby, Pearl y Jubilee-. ¿No son…?

Jubilee rió. A diferencia de la de Ruby, su risa era leve y alegre, en armonía con sus ojos rasgados.

– ¿Prostitutas? Ya no. Como dijo Ruby, ahora sólo somos bailarinas. Y agradecemos el cambio. Ya no tenemos que soportar lenguas con gusto a whisky que nos ahogan. Ni manos grasientas que nos manosean. Ni… ¡oh! -Jubilee vio que Agatha bajaba la vista y se sonrojaba-. Lo siento, señorita Downing. Nunca adquirí buenos modales.

– Como dice Jube -agregó Pearl-, es muchísimo mejor bailar y nada más. Además, somos buenas bailarinas, ¿verdad, chicas? Y bastante buenas cantantes, aunque en ese terreno Jube nos supera a Ruby y a mí. Espere a escucharla, señorita Downing, no lo creerá. Scott dice que tiene una voz capaz de avergonzar a un sinsonte.

– Oh, Pearl, siempre dices lo mismo. -Jubilee miró con ojos radiantes a las sombrereras-. Pero esperen a ver cómo Pearl levanta la pierna. ¡Cuando Pearl empieza a levantarla, conviene colgar la lámpara en algún otro sitio, pues es capaz de apagarla! ¿No es verdad, Ruby?

La negra lanzó su risa gutural.

– Verdad. Pearl tiene esa especialidad que ella perfeccionó. Puede quitarle a un hombre el sombrero de una patada sin despeinarle un solo pelo, ¿no es cierto, tesoro?

Le tocó a Pearl reír.

– Pero fue idea de Ruby. Ella es siempre la que tiene las mejores ideas. Cuéntales el truco de la desaparición, Ruby.

– Oh, vamos.

Ruby agitó una palma sonrosada.

– Bueno, a los hombres les encanta.

– ¡Los hombres… bah! ¿Qué saben ellos?

– Cuéntales, Ruby -insistieron las dos.

– Cuéntenos, tt-tt.

– Si les parece que es algo que a dos damas como ellas les gustaría oír, cuéntenlo ustedes.

Pearl lo contó.

– Ahora, Scott se ha vuelto honrado, lo cual no significa que no pueda guardarse una carta en la manga, si lo desea. Bueno, allá en el barco fluvial, le enseñó a Ruby un pequeño pase de manos y ella lo incorporó a nuestro espectáculo. Puede quitarle a cualquier hombre el reloj y la cadena, sin que el tipo se dé cuenta. Y cuando advierte que no lo tiene… ¿dónde creen que aparece?

Contra su voluntad, Agatha estaba cautivada.

– ¿Dónde? -preguntó.

– Sí, ¿dónde? -repitió Violet, ansiosa.

Pearl ahuecó una mano alrededor de la boca y respondió en un susurro teatral:

– ¡Entre los pechos!

Violet se tapó la boca:

– Tt-tt.

Agatha se sonrojó.

– ¡Oh… oh, caramba!

Sin embargo, estaba menos horrorizada de lo que habría estado una semana antes. Ese trío tenía algo contagioso. Tal vez fuese la gran camaradería o el orgullo despojado de egoísmo que sentían una por otra. Resultaba infrecuente que tres mujeres con ese oficio pudiesen albergar tan pocos celos entre ellas.

– Es asombroso -prosiguió Pearl-. Un hombre es capaz de hacer casi cualquier cosa contigo a solas, tras una puerta cerrada, pero en público se sonrojará como un tonto ante la menor provocación. Cuando Ruby hace oscilar la cadena del reloj de un tipo fuera de su corpiño, y el hombre tiene que sacarla del todo si quiere recuperarla, es algo digno de verse. En especial, si el reloj es de oro. El oro se calienta más rápido que la plata con sólo estar contra la piel. Y cuando sienten el oro tibio…

– Vamos, Pearl -la interrumpió Jubilee-, te olvidas de que estamos de visita en esta tienda. No puedes hablar ante ellas como lo hacemos entre nosotras.

– ¡Oh! ¡Oh, tienes razón! -Pearl se tiñó de un sonrojo tentador-. No quise incomodarla, señorita Downing, ni a usted tampoco, señorita Parsons. A veces, se me va la lengua.

– Está bien. Violet y yo teníamos la impresión equivocada de que ustedes harían mucho más que bailar en la Gilded Cage. Nos alivia saber que no es así. ¡Bien! -Agatha cortó un hilo y se concentró en el trabajo pues no sabía cómo participar del tema-. Sólo falta que pasemos el cordel por el borde superior, y habremos terminado.

– ¿Cómo haremos eso? -preguntó Jubilee, contemplando la funda.

Agatha se levantó y cojeó hacia el gabinete donde tenía los elementos.

– Es bastante sim…

– ¡Caramba, señorita Downing, usted renquea! -exclamó Jubilee.

Agatha sintió un golpe de calor, un instante de incomodidad, mientras se preguntaba cómo responder a una observación tan directa. Gracias a Dios, había llegado a la caja agujereada donde encontró un ovillo de cordel y una aguja gruesa de zurcir. Cuando se dio la vuelta otra vez hacia el grupo, había recuperado la compostura.

– No es nada.

– ¿Cómo, nada? Pero…

– Hace años que la tengo. Ya estoy acostumbrada.

Pero los bellos ojos almendrados de Jubilee expresaban preocupación.

– ¿Se refiere a que nació con eso?

«Oh, Dios, qué perspicaz es, -pensó Agatha-. ¿No tiene la agudeza suficiente para saber que carece de tacto?» Aunque se sentía perturbada, Agatha contestó con sinceridad:

– No.

– ¿Cómo sucedió?

– Me caí de las escaleras cuando era niña.

Agatha comprendió que Violet también sentía curiosidad. Por extraño que pareciera, en todos los años que se conocían, jamás se había atrevido a formularle esa pregunta.

Jubilee miró sin disimulo la falda de Agatha:

– ¡Oh, Jesús, pobre chica! ¡Qué espantoso!

Varias ideas sacudieron a Agatha al mismo tiempo: hacía años que nadie le decía «chica»; a su modo ingenuo, Jubilee no se mostraba entrometida sino compasiva; por eso, Agatha no pudo seguir enfadada.

Jubilee siguió el primer impulso.

– Déjeme ayudarla con eso. -Se acercó a Agatha, cerró la puerta del gabinete, le sacó los elementos de las manos, y los llevó hacia las sillas sin dejar de parlotear-. y henos aquí, hablando de levantar las piernas. Tendríamos que haberlo advertido, pero, ¿cómo saberlo? Sin embargo, no me parece justo.

A Agatha le resultó desconcertante que una mujer supuestamente «mala» expresara en voz alta sus propios pensamientos recurrentes y no pudo evitar sentir simpatía por la impetuosa Jubilee.

– No soy una inválida, señorita Jubilee -le advirtió con una sonrisa amarga-. Puedo llevar yo misma la aguja y el cordel.

– ¡Oh! -Jubilee miró las cosas que tenía en las manos y lanzó una carcajada vibrante-. ¡Claro que no! ¿En qué estoy pensando?

Depositó la aguja y el cordel otra vez en las manos de Agatha.

¿Cómo era posible que alguien escapara al encanto de Jubilee Bright? Nunca nadie había enfrentado la cojera de Agatha de modo tan directo. Y una vez que se adaptó a esa franqueza, le pareció un cambio refrescante en comparación con las miradas de soslayo que solía recibir. Y Jubilee lo hacía con tal falta de embarazo, que a Agatha se le soltó la lengua.

– A decir verdad, me arreglo bastante bien. Lo peor son las escaleras, y como vivo arriba…

Señaló.

– ¿Arriba? ¿O sea encima del almacén?

Jubilee dirigió la vista al techo de hojalata.

– Sí.

– ¡Entonces, seremos vecinas! -Cuando Jubilee sonreía, desbordando animación y brillo, era un espectáculo que quitaba el aliento. La inclinación de los ojos rasgados armonizaba con la de los labios abiertos y le confería un aspecto de juventud y entusiasmo. Agatha pensó que, en su anterior profesión, debieron de requerirla con ansiedad-. Nosotras también viviremos arriba así que, escuche, cualquier cosa que podamos hacer por usted, levantar cosas, bajarlas, o correr a buscar algo, no dude en llamarnos. -Jubilee se volvió hacia las amigas-. ¿No es así, chicas?

– Por supuesto -confirmó Pearl-. Por la mañana, dormimos hasta tarde, pero siempre tenemos las tardes libres.

– En cuanto a mí, soy fuerte como un caballo, y nací recibiendo órdenes -proclamó Ruby-. Cualquier cosa en que pueda ayudar, llame.

¿Cómo podría Agatha disgustarse con esas tres? Cualquiera hubiese sido el pasado de Ruby, Pearl y Jubilee, tenían una generosidad intrínseca más profunda que algunos presbiterianos que conocía.

– Gracias a todas pero, por ahora, limítense a estirar el borde superior de la cortina para que pueda pasar el cordel por la costura.

– ¿Cómo lo hará? -quiso saber Jubilee.

– Es fácil. Paso el cordel por el ojo de la aguja, y lo paso hacia atrás.

Los ojos de Jubilee se agrandaron cada vez más mientras sujetaba el borde del satén rojo y observaba el trabajo de Agatha.

– ¡Por las bolas de fuego, mirad eso!

A Agatha se le escaparon unas carcajadas.

– Muchachas, no cabe duda de que tienen un lenguaje pintoresco.

– Lo siento, señora. Es por el lugar en que trabajamos. Pero eso es asombroso.

– ¿Qué?

Agatha se concentró en fruncir la tela sobre el cordel.

– ¡Eso! ¡Lo que está haciendo! ¿Dónde aprendió eso?

– Me enseñó mi madre.

– A mí jamás se me habría ocurrido algo semejante. Gracias que puedo atarme los cordones de las botas.

Hacía tanto tiempo que Agatha sabía cómo pasar un cordel por una costura, que lo daba por hecho. Contempló los ojos fascinados de Jubilee y sintió una chispa de orgullo por su trabajo.

– Hace tanto tiempo que lo hago, que ya es una tarea mecánica.

– Es tan afortunada de conocer bien un oficio…,

– ¿Afortunada?

¿Cuándo fue la última vez que Agatha se consideró afortunada?

– Y por tener una madre que le enseñó. Yo no tuve madre. Es decir, me dijeron que murió cuando yo nací. Viví en el Orfanato de St. Luke cuando era pequeña. -De súbito, esbozó una sonrisa maliciosa-. ¿Qué dirían esas monjas si me vieran ahora? -No había el menor matiz de autocompasión en el comentario de Jubilee. Con un repentino cambio de expresión, se concentró otra vez en la tarea de Agatha-. ¿Su madre le enseñó muchos trucos de costura? Me refiero a cómo hacer vestidos, enaguas y otras cosas, además de sombreros.

– Bueno, en realidad, sí, yo coso toda mi ropa.

– ¡Usted sola! ¿Usted hizo eso? -Tomó a Agatha del codo e inspeccionó la forma complicada del corpiño, con ribetes, piezas cortadas al sesgo, pliegues y alforzas y, volviéndose hacia ella, exclamó-: ¡Mirad esto, chicas! -Las tres examinaron los detalles del drapeado austríaco de Agatha, enlazado atrás, y el polisón en cascada, más complicado aún-. ¡Ése sí que es un trabajo bien hecho!

Lanzaron exclamaciones de entusiasmo, hasta la misma Ruby, que era habilidosa con la aguja.

– ¿Enaguas también?

Antes de que pudiese objetar, le alzaron el ruedo en la parte de atrás para examinar el polisón que parecía una jaula, y caía desde la cintura hasta los talones en un conjunto de costillas horizontales unidas con tela de algodón blanco. Quedó tan sorprendida, que no pudo decir nada.

– Podría hacerlo, ¿verdad? -le preguntó Jubilee a Ruby.

– ¿Qué cosa? -preguntó Agatha.

– ¿Qué cosa? -repitió Violet.

Las muchachas la ignoraron. Jube esperaba una respuesta.

– ¿Será posible que lo haga?

Ruby inspeccionó minuciosamente la hechura de la ropa de Agatha.

– Creo que sí.

– ¿Qué cosa? -insistió Violet.

– Hacer esas faldas nuevas que queríamos para el baile francés.

– ¿Faldas nuevas?

– ¿Baile francés?

– El cancán -aclaró Pearl-. No es por ofenderla, señorita Agatha, pero he estado practicando mi patada alta especialmente para eso. Y no puedo bailar el cancán sin esas faldas fruncidas.

– Lleva muchos frunces alrededor, en capas -agregó Ruby, haciendo ademanes-. Como las antiguas crinolinas, sólo que dentro de la falda.

– ¡Usted puede hacerlas! -dijo Jubilee, con entusiasmo-. Sé que puede, y convenceré a Gandy de que pague…

– ¡Por favor, señoras, por favor! -dijo Agatha, levantando las palmas-. Lo siento. No puedo.

Hablaron todas al mismo tiempo.

– ¿Cómo que…?

– Oh, por favor, diga que sí…

– ¿Dónde podríamos conseguir…?

Agatha rió, sintiéndose acosada y halagada al mismo tiempo por el entusiasmo de las muchachas.

– No puedo. ¿Qué pensarían si la presidenta del grupo local de la U.M.C.T. cosiera los trajes para las bailarinas de la taberna? Ya fue bastante malo hacer la funda para la jaula, y si hago algo más, alguien se enterará. Y, lo que es más, no tengo máquina de coser.

Tres bailarinas rechazadas giraron y comprobaron que era cierto.

– Oh, maldición -dijo Pearl, dejándose caer en una silla-, es cierto.

– Pearl, no debe usar ese lenguaje -la regañó Agatha con gentileza, tocándole el hombro.

Con la barbilla en la mano, Pearl hizo un mohín:

– Tal vez no, pero estoy desilusionada.

– Saben… -Agatha vaciló un momento y, al fin admitió-: Yo también. Me vendría bien el trabajo, pero supongo que comprenden que no es posible ni aconsejable.

Violet empezó:

– Pero, Agatha, ¿no podríamos…?

– No, Violet, está fuera de discusión. Chicas, vieron cuánto tiempo nos llevó hacer ese ruedo a nosotras cinco. En las faldas fruncidas, son metros y metros de tela que hay que dobladillar. Y para hacerlo a mano… bueno, dudo de que el señor Gandy esté dispuesto a pagarme el tiempo que llevaría.

– Usted déjenos a nosotras tratar con el señor Gandy.

– Lo siento, Jubilee. Tengo que decir que no.

Las muchachas quedaron contrariadas. Finalmente, Jubilee suspiró:

– Entonces, creo que tenemos que irnos. ¿Nos llevamos esto?

Levantó la seda roja con dos dedos.

– Estaría bien. Me ahorraría el trabajo de llevarlo, y el señor Gandy ya me pagó.

– Bueno, gracias señorita Agatha, por el trabajo apresurado. A usted también, señorita Parsons. Si cambia de idea, háganoslo saber.

Cuando Pearl abrió la puerta trasera, Agatha sugirió:

– Quizá puedan encargar los vestidos a St. Louis o… o…

De pronto, comprendió lo absurdo de su sugerencia. Difícilmente encontrarían trajes para cancán en un catálogo de tienda de ropa hecha.

– Claro -dijo Jubilee.

Salieron en fila, tristes.

Cuando se fueron, Violet miró hacia la puerta.

– Caramba, qué impresionantes -dijo, suspirando, y tocándose las sienes.

– A mí me pasó lo mismo -acordó Agatha, derrumbándose en una silla-. Desde que abrió esta tienda, nunca hubo tanta animación.

– ¡Son maravillosas! -exclamó Violet.

«Sí, -pensó Agatha-, lo son».

– Pero no podemos hacernos amigas, Violet, ya lo sabes. Acaban de nombrarnos funcionarías de la unión por la templanza.

– ¡Oh, tonterías! Ellas no venden licores. Y ya no son mujeres de la noche. No hacen otra cosa que bailar. ¿No las oíste?

– Pero las danzas de ellas promueven la venta de alcohol. Es lo mismo.

Violet cerró la boca. Por segunda vez en pocas horas, comentó, resentida:

– ¡Agatha, en ocasiones eres muy aburrida!

Y con el mentón levantado, se fue de la tienda hasta el otro día.

Al quedarse sola, Agatha pensó en esa extraña tarde. Se había sentido más viva que en años. Se rió y, por un tiempo, olvidó que las jóvenes no eran la clientela más adecuada para la sombrerería, y disfrutó de su presencia. Pero lo más asombroso era que les había contado lo del accidente y se sintió maravillosamente bien. Y las muchachas eran divertidas. No obstante, ahora que el bullicio había acabado, se sintió deprimida. Trató de imaginarse cómo sería formar parte de una hermandad como la que compartían Jubilee, Pearl y Ruby, tener amigas tan auténticas como ellas. Violet era su amiga, pero no en el sentido en que lo eran las tres jóvenes bailarinas. Irradiaban comprensión real, aceptación mutua, orgullo en los limitados logros de las otras y una asombrosa falta de rivalidad. Además, tenían un grupo al que llamaban su «familia»… que si bien no era una familia verdadera, resultaba mejor porque no estaban vinculados por el parentesco sino por elección. Y esa «familia» estaba encabezada por un apostador del río al que seguían como si fuese el Mesías. Extraño. Envidiable.

¿Envidiable? La idea sacudió a Agatha. Ésas eran mujeres que complacían a hombres por dinero, que habían aprendido a sustraer relojes de bolsillo a caballeros desprevenidos, que bailaban en salones donde colgaban cuadros de desnudos en las paredes y sacaban sombreros de las cabezas de los hombres de un puntapié. ¿Cómo pudo creer por un instante que las envidiaba?

Pero si no las envidiaba, ¿por qué, de pronto, estaba tan triste?

Estaba haciéndose tarde. Pronto sería hora de prepararse para la reunión de las siete.

Agatha se levantó de la silla y vio las monedas de oro haciéndole guiños desde la mesa de trabajo, en el mismo lugar donde las había dejado Gandy. Se preguntó cuánto tiempo tardarían en mandarle una máquina de coser desde Boston.

¡Agatha, no seas tonta!

Pero las muchachas son tan vivaces, es tan divertido estar con ellas…

¡Agatha, estás tan senil como Violet!

Imagina cuánto ganarías haciendo los vestidos de cancán.

Sería dinero sucio.

Pero mucho. Y él paga bien.

¡Agatha, ni lo pienses!

Pero sí, paga bien. Cien dólares por menos de tres horas de trabajo. ¡Y tres personas para ayudarte!

Era un soborno, y tú lo sabías.

Con dinero de soborno se pueden comprar máquinas de coser, igual que con cualquier otro.

¡Escúchate! ¡Pronto estarás cosiendo vestidos de cancán!

Tengo ganas de intentarlo, con máquina de coser o sin ella.

¿Desde cuándo te volviste mercenaria?

¡Oh, está bien, me pagó demasiado!

¿Y qué piensas hacer al respecto?

Tomó las diez monedas de oro y las sopesó en la palma. ¡Eran pesadas! Hasta entonces, nunca había tenido la oportunidad de comprobar cuánto pesaban diez monedas de diez dólares. Y, como habían dicho las chicas, se calentaban rápido. Separó seis, las dejó aparte, y acomodó las otras cuatro como un dominó sobre la palma de la mano. Cuarenta dólares era mucho dinero. Dinero tibio, pesado.

Al final, escuchó a su conciencia, cerró con fuerza la palma de la mano y se dirigió a la puerta trasera. De todos modos, mientras lo hacía deseó ser tan desinhibida como Pearl para poder maldecirse por lo que estaba a punto de hacer.

La puerta trasera de la Gilded Cage se abría a un pequeño corredor entre dos cuartos de almacenar cosas. Al principio, en la sombra, Agatha pasó inadvertida. No se escuchaba el banjo ni el piano, sólo alegres conversaciones. Una alegre banda de clientes de la taberna y los empleados del establecimiento se apiñaban alrededor de la jaula dorada, mientras Gandy y las muchachas colocaban la funda y le arreglaban los pliegues. Por un instante, Agatha los envidió de nuevo. La camaradería. El modo en que reían y bromeaban entre ellos.

De inmediato, vio a qué se debían los martillazos. Una cuerda iba de la punta superior de la jaula a una polea montada en el techo, donde habían instalado una puerta trampa. Hacían chistes al respecto, la señalaban, miraban hacia arriba. Jubilee hizo un comentario, y todos rieron. Gandy le pasó un brazo por los hombros. Se miraron y compartieron una diversión privada. Después, la mano del hombre pasó por el hueco de la cintura, y le oprimió las nalgas sin prisa.

A Agatha se le secó la boca y sintió un calor en el cuello.

No imaginaba que las personas hicieran cosas así fuera de la alcoba.

Se rehízo, y caminó por el pasillo hacia el grupo. El barman de las cicatrices en la cara la vio y se apartó del grupo para saludarla.

– Buenas noches, señorita Downing.

Levantó el bombín.

La sorprendió que supiera su nombre. Pero como la trató con cortesía, exigió una actitud similar de parte de ella:

– Buenas noches, señor Hogg.

Advirtió enseguida que él también se sorprendió de que conociera su nombre. La mitad sana de la cara de Jack Hogg sonrió y, aunque era grotesco, se esforzó por no apartar la vista, como algunas personas hacían con ella.

– La funda luce espléndida, señora. Era justo lo que Scotty quería.

Cuando hablaba, la comisura derecha de la boca iba hacia abajo, la izquierda, en cambio, no se movía en absoluto.

Agatha comprendió la ironía de estar ahí en la taberna con el cuadro de la mujer desnuda, recibiendo elogios por la cubierta roja que había cosido. Que el cielo la ayudase si alguien acertaba a pasar por la puerta y echaba una mirada dentro.

– No vine a charlar. ¿Puedo hablar con el señor Gandy, por favor?

– Por supuesto, señora. -Levantó la voz-. ¡Eh, Scotty! Aquí hay una dama que quiere hablar contigo.

Gandy se apartó del grupo que estaba junto a la jaula. Cuando vio a Agatha, le aparecieron los hoyuelos, sacó el brazo de los hombros de Jubilee. Se bajó las mangas, tomó la chaqueta de manera automática del respaldo de una silla, y se la puso mientras caminaba hacia ella.

– Señorita Downing -la saludó con sencillez, deteniéndose junto a Agatha.

Echó la cabeza hacia adelante mientras se acomodaba las solapas en un gesto sencillo pero, a la vez, muy masculino. Agatha no estaba habituada a ver cómo los hombres se acomodaban la ropa, y algo le pasó en la boca del estómago.

– Señor Gandy -respondió, cortés, fijando la mirada en el pecho de él.

– Hizo un trabajo espléndido. Agradezco que se haya dado tanta prisa.

– Me pagó de más. -Sacó las cuatro piezas de oro-. Para ser honesta, no puedo aceptar tanto dinero.

Todavía sujetándose las solapas, miró las monedas:

– Un trato es un trato.

– Exacto. Creo que quedamos en sesenta. Aceptaré eso, aunque es más que justo.

Gandy guardó silencio tanto tiempo, que Agatha lo miró. Estaba contemplándola con la cabeza ladeada. El cabello rozaba el cuello blanco. La corbata estaba floja. Los hoyuelos ya no estaban.

– Usted es una mujer sorprendente, ¿sabe, señorita Downing?

Bajo la perturbadora observación, Agatha bajó la vista.

– Por favor, tome el dinero.

– ¿Piensa volver dentro de…?

Sacó el reloj y la mujer se concentró en el pulgar que soltaba el cierre. La tapa se abrió. Era de oro resplandeciente, y pensó si alguna vez lo habría sacado, tibio, de entre los pechos de Ruby. ¿O sólo tocaba a Jubilee de manera íntima?

Volvió del ensueño y lo oyó preguntar:

– ¿Por qué?

– Lo… lo siento. ¿Qué me decía?

Una de las cejas del hombre formó un signo de pregunta.

– En menos de una hora, usted piensa volver aquí y comenzar a estropearme el negocio. Pero viene a devolverme cuarenta dólares con el argumento de que le pagué demasiado por una labor de costura que usted no quería hacer. ¿Por qué?

Volvió a levantar la vista y la bajó más rápido que antes. Ese sujeto era demasiado apuesto.

– Ya le dije que, si lo conservara, sentiría escrúpulos.

Nunca había conocido a un hombre con tal tendencia a la ligereza. Adoptó un tono tan suave que eso bastó para hacerla ruborizar.

– Necesitará un poco de dinero para hacerme cerrar. ¿Por qué no lo suma a los fondos por la templanza?

Agatha alzó la cabeza de golpe: sonreía como un gato al que acarician, se reía de ella.

– ¡Tome! -exigió, aferrándole la muñeca y apoyando con fuerza las monedas en la palma.

Los hoyuelos se ahondaron y Agatha se dio la vuelta para irse, pero la aferró del brazo para detenerla. Clavó en la mano una mirada malévola y, de inmediato, Gandy la soltó:

– Disculpe.

– ¿Tiene algo más que decir, señor Gandy? -preguntó con aspereza.

– Las chicas me contaron que le pidieron que hiciera unos trajes y que usted se negó.

– Así es. Ya acabé de hacer negocios con usted. De aquí en adelante, pelearé.

– Ah, es encomiable. -Alzó un largo índice-. No olvide la libre empresa. Usted sabe que es verdad que pago bien

– Les expliqué a las muchachas que no tengo máquina de coser. Llevaría demasiado tiempo y las damas de la unión por la templanza no lo verían bien. Además, soy sombrerera no modista.

– Eso no es lo que me dijeron cuando la vieron hacer esa funda.

– La respuesta es no, señor Gandy.

– Está bien -aceptó, con una semirreverencia-. Gracias por devolverme el dinero. Podría comprar otro desnudo para la otra pared.

Mientras lo desafiaba, supo que su corazón estaba latiendo con demasiada prisa. No obstante, su rostro se mantuvo severo.

– Hasta las siete, entonces -dijo, repitiendo las palabras de antes y haciendo una levísima reverencia.

Gandy alzó el mentón y rió:

– Estaremos esperándola. Y las puertas estarán abiertas.

Cuando salió, mientras sacaba un cigarro del bolsillo, observó la trasera de las faldas de Agatha… infladas y haciendo frufrú. ¡Y tenía suficiente tela para hacer una tienda de campaña! Se preguntó por qué demonios una mujer se pondría semejante aparato. «¡Esa cosita de dedos ágiles!, -pensó-. Y, si no me equivoco, vive con muy escasos recursos. Estoy dispuesto a apostar que las monedas de oro de diez dólares no son lo único más convincente que las palabras… en este caso, lo será una máquina de coser».

Era un apostador. Pondría dinero en eso.

Capítulo 5

Las damas de la Unión de Mujeres Cristianas por la Templanza de Proffitt se reunieron en la acera, poco antes de las siete en punto, llevando los papeles con los compromisos de abstinencia. Éstos tenían el nombre de la organización y el lema, acuñado por Frances Willard, la fundadora y presidenta de la Unión Nacional: «Por Dios, el Hogar, y la Tierra Natal» en la parte de arriba. En el compromiso decía que el firmante prometía «con ayuda de Dios, no tocar, degustar o manipular jamás con propósitos de embriaguez ningún licor intoxicante, incluyendo vino, cerveza y sidra», y que «emplearía todos los recursos honrados para animar a otros a abstenerse». Debajo, había espacios en blanco para el nombre y la fecha.

Cuando llegaron las damas, Gandy, exhibiendo una sonrisa jovial, salió a la acera a saludarlas. Agatha lo observó desde la sombra. Las lámparas de la taberna proyectaban un cono de luz a través de las puertas que mantenía abiertas. El resplandor anaranjado sólo iluminaba parte de su rostro. Parecía recién afeitado. Desde la copa baja del sombrero negro hasta las puntas resplandecientes de las botas, exhalaba un indecente atractivo. El traje negro recién cepillado, el chaleco azul hielo, el cuello blanco inmaculado, la corbata negra de cordón. Hasta faltaba en sus dedos el cigarro pestilente.

Sin prisa, paseó la vista del rostro de una mujer al de otra, hasta enfrentar los ojos de cada una de ellas. Sólo entonces saludó con el Stetson negro.

– Buenas noches, señoras.

Algunas, se enfurecieron, inquietas bajo la indolente observación. Varias, saludaron en silencio con un gesto de la cabeza. Otras, miraron vacilantes a Drusilla Wilson. Agatha permaneció rígida, mirando. Qué confianza tenía en sus encantos, en el efecto que ejercía sobre el sexo opuesto. Hasta la pose parecía calculada para subrayar su impactante apariencia: el peso sobre una cadera, la chaqueta entreabierta, las manos indolentes en las puertas vaivén, el diamante chispeando incluso a la media luz del crepúsculo…

Los ojos oscuros y divertidos de Gandy divisaron a Agatha.

– Señorita Downing -saludó, arrastrando las palabras-, esta noche está muy bella.

Agatha deseó que la tierra se la tragase. Por un momento, temió que mencionara lo del trabajo de esa tarde: no se fiaba de él. Para su alivio, la atención de Gandy se desvió a otra persona.

– Señorita Parsons. Caramba.

Los hoyuelos resultaron ser más eficaces que las palabras floridas. Violet rió entre dientes.

Gandy dio un paso hacia la acera y se dirigió a Drusilla.

– Señorita Wilson, creo que no tuve el gusto.

La mujer echó una mirada a la mano extendida, y apretó las suyas.

– El señor Gandy, supongo.

El hombre asintió.

– Le daré la mano cuando haya firmado aquí.

Le tendió el papel del compromiso y una pluma. Gandy lo ojeó con frialdad, echó la cabeza atrás y rió.

– Hoy no, señorita Wilson. Con tres muchachas bailarinas y esa beldad de blancas piernas ahí, en la pared, creo que tengo la mano ganadora. -Empujó las puertas hacia la pared-. Espero que tengan más suerte en otro sitio.

Con una pequeña inclinación, se volvió y las dejó.

Con la llegada de los primeros parroquianos a la taberna, se hizo evidente que sus atracciones superaban a las del compromiso de abstinencia. Las puertas de la taberna permanecieron abiertas. Desde adentro llegaba la música del piano y el banjo. El óleo atraía a los hombres colgado en la pared. El paño verde de las mesas de juego tentaba como un oasis en el desierto. Gandy recibía en persona a los clientes. Y todos esperaban la aparición de Jubilee y las Gemas.

Afuera, las damas emprendieron a coro: «El agua fría es reina», cantando a todo pulmón, lo que dio a Gandy una buena idea: mandar a Marcus Delahunt a la acera a tocar el banjo, arruinándoles la canción. Cuando llegaron Mooney Straub, Wilton Spivey y Joe Jessup, la música de las dos facciones subió de volumen.

Drusilla Wilson en persona se acercó al trío, gritando para hacerse oír sobre el barullo:

– Amigos, antes de posar el pie dentro, para apoyar a este aliado de Satán, piensen cómo pueden colaborar para su salvación final. Al otro lado de estas puertas está la ruta zigzagueante de la perdición, mientras que en este papel está…

Las carcajadas taparon el resto de la prédica.

– Señora, usted debe de tener un tornillo flojo si cree que yo firmaré eso. ¡Ahí adentro hay bailarinas!

– Y esa figura de la señora desnuda -agregó Mooney.

– ¡Y tenemos que ponerle nombre!

Entre risotadas, se abrieron paso hacia las puertas. El local comenzó a llenarse rápidamente. Pasó algo bastante parecido con los siguientes tres intentos de Drusilla de desviar a los parroquianos de Gandy. Se le rieron en la cara y se apresuraron a entrar, al tiempo que sacaban sus monedas.

Luego, llegó un vagabundo llamado Alvis Collinson, que perdió a la esposa de pulmonía dos años antes. Era un individuo agrio con la nariz como una seta. A Collinson se lo conocía en el pueblo por su carácter explosivo. Cuando trabajaba, lo hacía en los corrales de ganado. Cuando no trabajaba, pasaba la mayor parte del tiempo bebiendo, jugando y peleando. Innumerables nudillos le habían deformado la cara. Tenía el párpado izquierdo caído y la nariz abultada de forma desagradable. Las mejillas, con los capilares rotos, tenían la apariencia de una col roja. La ropa mugrienta desbordaba de secreciones corporales. Cuando pasó junto a Agatha, envileció el aire con el olor.

Evelyn Sowers sorprendió a todos adelantándose para detenerlo:

– Señor Collinson, ¿dónde está su hijo?

Collinson se detuvo con la cabeza hacia adelante y los puños apretados.

– ¿Qué le importa, Evelyn Sowers?

– ¿Lo deja en casa, solo, mientras usted viene aquí todas las noches a curtirse las entrañas?

– En primer lugar, ¿qué están haciendo todas ustedes aquí, viejas chismosas?

Alvis abarcó a todo el grupo con expresión de odio.

– Tratamos de salvar su alma, Alvis Collinson, y de devolverle el padre a su hijo.

Se dio la vuelta hacia Evelyn.

– ¡No meta a mi hijo en esto!

Evelyn se puso delante:

– ¿Quién lo cuidó desde que murió su esposa, Alvis? ¿Cenó? ¿Quién lo meterá en la cama esta noche? ¡Un niño de cinco años…!

– ¡Salga de mi camino, arpía!

Le dio un empujón que la hizo tambalearse y golpearse la cabeza contra un poste. Varias de las mujeres lanzaron exclamaciones de horror. La canción se perdió en el silencio. Pero Evelyn se rehízo y aferró a Collinson por el brazo.

– Ese chico necesita un padre, Alvis Collinson. ¡Pregúntele al Señor de dónde lo sacará! -gritó. Alvin se la sacó de encima.

– ¡Vuelvan con sus polisones a la cocina, si saben lo que les conviene! -rugió, precipitándose dentro de la taberna.

Los dedos de Marcus Delahunt habían dejado de pulsar las cuerdas. En el repentino silencio, el corazón de Agatha martilleó de miedo. Lanzó una mirada dentro y vio a Gandy, ceñudo, observando el altercado. Con un gesto de la cabeza, hizo entrar a Delahunt, diciendo:

– Cierra las puertas.

El músico entró y dejó las puertas balanceándose.

– Señoras, cantemos -intervino Drusilla-. Una nueva canción.

Mientras cantaban: «Los labios que toquen el whisky nunca tocarán los míos», la capacidad de la taberna se colmó, y ni un solo individuo había firmado el compromiso. Mientras afuera comenzaba la última estrofa, dentro se alzó un clamor. Por encima de las puertas, Agatha vio que Elias Pott recibía palmadas en la espalda y felicitaciones, por haber ganado el concurso de ponerle nombre al cuadro. El robusto boticario fue levantado sobre una mesa, y sentado en una silla de respaldo alto. A continuación, todos alzaron las copas en un brindis por el desnudo, gritando:

– ¡Por Dierdre, y el jardín de las delicias!

Arriba, se abrió la puerta trampa y la jaula encapuchada de rojo descendió por medio de una cuerda de satén rojo. Los hombres rugieron, aplaudieron y silbaron. El fondo musical del banjo y el piano casi no se oía por el clamor de la gente. Potts, rojo hasta la cabeza casi calva, rió y se secó las comisuras de la boca mientras la jaula se cernía sobre él.

El piano tocó un fortissimo.

Una pierna larga asomó entre los pliegues rojos.

El banjo y el piano tocaron y sostuvieron el mismo acorde.

La bota blanca de tacón alto giró en el tobillo bien formado.

Rodó un glissando.

La pierna se proyectó hacia fuera y la punta de la bota se apoyó en la rodilla izquierda de Elias Pott.

La música cesó.

– ¡Caballeros, les presento a la joya de la pradera, la señorita Jubilee Bright!

¡La música creció y los pliegues rojos subieron de golpe hacia el techo! Los hombres enloquecieron: ahí estaba Jubilee, deslumbrante, toda de blanco.

Mientras la contemplaba, las palabras acerca del whisky se desvanecieron en los labios de Agatha. Jubilee emergió de la jaula con un vestido que tenía un tajo desde el ruedo hasta la cadera, la parte de arriba, sin breteles, resplandeciente de lentejuelas blancas. Con ese increíble cabello blanco recogido y una pluma, más blanca aún, cuyo extremo también brillaba de lentejuelas, apoyó la punta del pie en la rodilla de Pott y se inclinó hacia delante para acariciarle el mentón con una esponjosa boa blanca. La voz era lasciva, las palabras, lentas y cargadas de intención:

No es porque no quiera…

Agatha nunca había visto una pierna más hermosa que la que se apoyaba en la rodilla de Pott, nunca una cara más envidiable que la que estaba cerca de la del hombre. No podía apartar la vista.

Y no es porque no deba…

Jubilee se deslizó en un círculo alrededor de la silla de Pott, rozándolo con los hombros.

El Señor sabe que no es porque no puedo…

Enroscó la boa en el cuello de Pott y se le sentó en el regazo con el tacón de una de las botas blancas cruzado sobre la otra rodilla. Deslizó la boa hacia uno y otro lado, al ritmo de la música.

Es sólo porque soy la chica más perezosa del pueblo.

Los hombres aullaron y ulularon, y Pott se puso a punto, como un melón en verano. Ivory Culhane levantó la voz:

– ¡Caballeros, las gemas de la pradera, la señorita Pearl De Vine y la señorita Ruby Waters!

Desde arriba, dos cuerpos de vampiresas se deslizaron abajo por la cuerda de satén rojo. La tenían enroscada en torno y entremedio de las piernas cubiertas de medias de red negras, calzadas con botas negras, y de los escasos atuendos de satén negro con lentejuelas, que casi no les cubrían el torso. Ayudándose con las manos, Pearl y Ruby bajaron de la cuerda entre silbidos y aullidos de lobo que tapaban la canción. Las manos más cercanas las arrebataron del techo de la jaula y las depositaron en el borde de la mesa de tapete verde donde se sentaron, respaldadas contra las piernas de Pott, y mirándolo, provocativas. Detrás del sujeto, Jubilee le acunaba la cabeza entre los pechos y le hacía cosquillas en la nariz con la boa.

No es porque no queremos,

No es porque no debemos.

El Señor sabe que no es porque no podemos.

Es sólo que somos las chicas más perezosas del pueblo.

Mirando y escuchando, Agatha se sintió fascinada y repelida a un tiempo. ¡Tanta piel a la vista! ¡Pero tan saludable y hermosa…!

– Esta noche no lograremos nada más -afirmó Drusilla Wilson, haciendo volver a Agatha a la realidad-. Iremos a la siguiente taberna.

Agatha fue con las demás, resistiendo las ganas de mirar sobre el hombro. En el Branding Iron Saloon, entraron directamente y consiguieron la primera firma, la de Jed Hull, asustado por la descripción del Asilo para Ebrios de la Isla Blackwell, aparecida en el periódico que hizo circular Drusilla Wilson.

Angus Reed, el escocés dueño del Branding Iron, no podía creer a sus ojos al ver que conducían a Hull hacia la puerta. Se subió a la barra y gritó:

– Hull, ¿a dónde diablos vas? ¿Acaso no tienes suficiente coraje para enfrentarte a una banda de benefactoras que tendrían que estar en sus casas, cuidando a los niños?

Pero era tarde. Con una violenta maldición, golpeó el trapo mojado contra el mostrador del bar.

Inspiradas por el primer éxito, los reformadores siguieron hacia Cattlemen's Crossing, donde habían bajado el precio de las bebidas a veinte centavos, con lo que atrajeron a grandes bebedores, apartándolos del espectáculo en el Gilded Cage. El dueño, un antiguo vaquero de carácter irascible al que llamaban Dingo, sufría de reumatismo inflamatorio causado por el abuso de la bebida. Si bien las coyunturas inflamadas le impedían saltar sobre la barra, como había hecho Reed, le daban una constante irritabilidad. Salió detrás de un barril, y pateó a Bessie Hottle en el polisón.

– ¡Saque su trasero de mi taberna y no vuelva más!

Enrojecida hasta las orejas, Bessie encabezó la veloz retirada.

A continuación, invadieron el Álamo, donde Jennie Yast y Addie Anderson encontraron a sus respectivos maridos y recibieron más ira de parte del dueño, un medio mexicano llamado Jesús García, que les lanzó una retahila de maldiciones en español cuando vio que dos de sus mejores clientes eran avergonzados en público y llevados a casa por las esposas.

Los dueños de los siguientes tres salones, al ver a la banda de mujeres abatirse sobre ellos cantando: «Los labios que toquen el whisky no tocarán los míos», se divirtieron tanto que no pusieron objeciones. Slim Tucker se rió a mandíbula batiente. Jim Starr les ofreció a cada una un trago por cuenta de la casa. Y Jeff Diddier bebió un trago doble de bourbon, se secó la boca con el dorso de la mano, y se unió al estribillo de la canción.

En el Sugar Loaf Saloon, el dueño, Mustard Smith, sacó un revólver de detrás de la barra y les dio treinta segundos para que se fueran. Se rumoreaba que Smith usaba la barba negra para esconder una cicatriz de oreja a oreja.

Las señoras no se entretuvieron en averiguar si era cierto. Se sabía que había formado parte de la banda de B. B. Harlin, y que a tres de ellos los habían colgado de un puente del ferrocarril. Cuando Mustard les ordenó que se fueran, se fueron.

En el Hoof and Horn tuvieron poca fortuna. El local estaba vacío pues había perdido los pocos parroquianos que tenía a causa del espectáculo de enfrente. Las mujeres pronunciaron una sencilla plegaria por la salvación del alma de Heustis Dyar, y se marcharon apaciblemente. Tras ellas, Dyar, con los brazos en jarras, los ojos echando chispas, mordisqueaba el cigarro como si fuese un trozo de carne cruda.

En la taberna de Ernst Bostmeier, obtuvieron la firma del segundo reformado de la noche, uno de los clientes que frecuentaba el local de Ernst porque servía gratis huevos encurtidos con cada vaso de cerveza. Cuando las damas salían del local llevando a rastras al alma que habían salvado, el gruñón alemán arrojó un huevo al hombro de Josephine Gill que erró por escasos milímetros.

– ¡Hay más de estos! -vociferó, con cerrado acento alemán, sacudiendo el puño-. ¡Y yo sólo fallo cuando quiero!

Las demás visitas a tabernas pasaron sin novedad. En todas, los propietarios, cantineros y parroquianos se limitaban a divertirse con lo que consideraban un hatajo de solteronas malhumoradas, y amas de casa descarriadas, que no tenían suficientes calcetines sucios para mantenerlas atareadas junto a la tabla de lavar.

Eran pasadas las once cuando Agatha subió los escalones hasta su apartamento. Abajo, las risas y la música todavía colmaban la noche. El rellano estaba a oscuras. Antes de que pudiese abrir la puerta, rozó con los dedos un papel pegado a ella.

El corazón le dio un vuelco y se dio la vuelta, con la espalda apoyada contra la puerta.

Ahí no había nadie.

Sintió escalofríos en el dorso de los brazos. Contuvo el aliento y escuchó. Lo único que se oía era la jarana continua de Gilded Cage.

Arrancó la nota rápidamente y una tachuela cayó al piso del rellano y rodó. No perdió tiempo en levantarla sino que abrió la puerta y se metió dentro.

Por alguna razón, antes aún de encender la lámpara, sabía con qué se encontraría:

¡Si sabe lo que es bueno para usted,

manténgase lejos de las tabernas!

Estaba escrito en letras mayúsculas, en una hoja de papel blanco. Se precipitó hacia la puerta, la cerró con llave, probó el picaporte y se recostó contra ella con un suspiro de alivio. Examinó el pequeño apartamento: la cama y el guardarropa eran los únicos lugares con espacio suficiente para ocultar a un hombre. Permaneció inmóvil, esforzándose por oír una respiración, un roce, algo. Los acordes lejanos del piano y el banjo cubrían cualquier sonido leve que pudiese haber en el cuarto. Con dificultad, se arrodilló y miró debajo de la cama, desde el otro extremo de la habitación.

Sombras densas.

No seas tonta, Gussie, la puerta estaba cerrada con llave.

Sin embargo, el corazón le palpitaba con fuerza. Se acercó más, hasta que la luz de la lámpara le demostró que no había otra cosa que bolas de polvo debajo de la cama. Se levantó, caminó de puntillas hasta el armario, y se detuvo, con la mano en el pomo de la puerta. Abrió bruscamente y se sintió, aliviada.

Sólo ropa.

¿Qué esperabas, pedazo de tonta?

Bajó las persianas del frente y de atrás, pero la sensación inquietante persistió mientras se desvestía y se acostaba.

Podría ser cualquiera de ellos. Angus Reed, que saltó a la barra y les gritó, furioso, cuando se llevaron a uno de sus clientes. Ese antiguo vaquero reumático, Dingo… la gente afirmaba que el reumatismo lo volvía un canalla rabioso cuando se activaba. ¿Y García? Fue evidente que ver que las esposas se llevaban a dos de sus clientes regulares lo enfureció. ¿Y Bostmeier, el alemán? Por cierta razón, lo dudaba: sonrió en la oscuridad al recordar el huevo encurtido volando por el aire. Si Bostmeier quisiera amenazar a alguien, lo haría personalmente. ¿Y qué pasaría con Mustard Smith? Agatha se estremeció y se subió las mantas hasta la barbilla. Volvió a ver el bigote caído, la barba en toda la cara, los ojos encapotados y la boca torcida. La pistola. Y si era verdad, si Smith había participado en la banda de B. B. Harlin, si habían colgado a todos, si era el único superviviente, ¿qué clase de maldad albergaría ese sujeto?

Pensó en los otros: Dyar, Tucker, Starr, Didier y los demás. Le pareció que ninguno de ellos había tomado en serio a la U.M.C. T.

¿Y Gandy?

Tendida de espaldas, cruzó los brazos sobre el pecho.

¿Gandy?

Sí, Gandy.

¿Gandy, con sus hoyuelos y su «buenas noches, señoras»?

El mismo.

Pero Gandy no tiene motivos.

Es propietario de una taberna.

La que más se llena en el pueblo.

Por el momento.

Es demasiado seguro de sí mismo para recurrir a amenazas.

¿Y lo que pasó la otra noche, en el rellano de la escalera?

No pensarás que, en realidad… iba a…

Lo pensaste, ¿no es así?

Pero esta noche se mostró encantador con todas nosotras, y vi que se molestaba cuando Alvis Collinson empujó a Evelyn.

Es un hombre inteligente.

¿Qué estás diciendo? ¿Qué estás diciendo?

No. Me niego a creer semejante cosa de Gandy.

¿Lo ves, Agatha? ¿Ves lo que pueden unas monedas de oro?

La Gilded Cage cerró a medianoche. Dan Loretto se fue a la casa. Marcus Delahunt lustró el cuello del banjo y lo guardó en el estuche forrado de terciopelo. Ivory Culhane bajó la tapa del piano y Jack Hogg lavó los vasos. Pearl se estiró, Ruby bostezó, y Jubilee observó cómo Gandy cerraba las puertas de calle. Cuando se dio la vuelta, le sonrió.

También sonriendo, pasó entre las mesas y se acercó a ella:

– ¿A qué se debe esa sonrisa?

La muchacha se encogió de hombros y caminó con él hacia la barra.

– Estoy contenta de haber vuelto, eso es todo. Eh, muchachos, ¿no es bueno estar todos juntos otra vez? -Se estiró hacia Ivory y le dio un cariñoso abrazo-. Jesús, nunca pensé que os echaría tanto de menos.

– Eh, ¿y a mí, qué? -reclamó Jack Hogg.

Jubilee se estiró sobre la barra, lo abrazó y le dio un beso en la mejilla.

– A ti también, Jack. -Se apoyó con los codos sobre la lustrada superficie de caoba y alzó la barbilla-. ¿Y cómo anduvieron las cosas por aquí?

Gandy la observó a ella y a los otros que se habían juntado. Jack, Marcus, Ivory, Pearl, Ruby y Jubilee: la única familia que tenía. Una banda de solitarios que habían sufrido alguna clase de golpe en la vida. No todas las cicatrices se veían, como las de Jack, pero de todos modos existían. Cuando los reunió a todos, dos años atrás, después de la explosión del barco, sucedió algo mágico: sintió una unidad espiritual, un lazo de amistad que colmaba los vacíos en las vidas de todos ellos. Lo superficial no importaba para nada: el color de la piel, la belleza del rostro, o la falta de ella. Lo que importaba era lo que cada uno aportaba al grupo como unidad. Estuvieron separados durante un mes, mientras instalaba el Gilded Cage y lo ponía en marcha, y le pareció el doble de largo.

– Fui a New Orleans, a visitar a las chicas en una guarida en la que solía trabajar -contaba Pearl.

– Mientras no te sintieras tentada de quedarte -comentó Ivory.

– ¡Ah, no! Nunca más. -Todos rieron-. Jack, ¿viste al médico en Louisville?

– Claro que sí. -Jack se quitó el delantal blanco y lo dejó sobre la barra-. Dijo que no pasará mucho tiempo hasta que esté tan lindo como Scotty.

Rieron otra vez. Ruby enlazó un brazo con el de Scotty:

– ¿Para qué quieres una cara así? A mí me parece un poco descolorida.

Cuando Jack rió junto con los demás, la cicatriz se puso más brillante.

– Y tú, Ruby, ¿dónde fuiste?

– A Waverley, a visitar la tumba de mamá.

Todos se volvieron a Scotty, que no reveló nada de lo que sentía.

– ¿Cómo está?

– Se ve descuidado, lleno de malezas. Algunos de los viejos todavía están ahí, arreglándoselas solos, cultivando verduras y viviendo en las cabañas. Leatrice aún está ahí, esperando Dios sabe qué.

Las novedades provocaron a Gandy una punzada de nostalgia, pero se limitó a preguntar:

– ¿Le diste un beso de mi parte?

– No. Si quieres darle un beso a Leatrice, irás y se lo darás tú mismo.

Pensó un momento, y respondió:

– Quizás, algún día.

Jubilee, cerca de Marcus, semiapoyada en él, dijo:

– Marcus y yo nos ocupamos de hacer fabricar la jaula e hicimos unos trabajos aquí y allá, tocando y cantando antes de encontrarnos con las chicas, en Natchez. Actuamos en un sitio llamado La Sandalia Plateada. -Puso un codo sobre el hombro de Marcus y adoptó una expresión complacida-: Insistieron mucho en que nos quedáramos, ¿no es cierto, Marcus? Atrajimos multitudes que llenaban el sombrero todas las noches.

Marcus sonrió, asintió e hizo ademanes como de contar billetes. Todos rieron.

– Eh, ¿vosotros dos estáis presionándome? -preguntó Scotty-. Ya os pago más de lo que valéis.

– ¿Qué te parece, Marcus? -Jubilee se colgó del hombro de Marcus mientras miraba, provocadora, a Scott-. ¿Tendremos que ir enfrente y ofrecer nuestros talentos a uno de las tabernas de ahí?

– Haced la prueba -replicó Scott, amenazando con el dedo índice la linda nariz rosada de Jubilee como si fuese una pistola.

– ¿Y qué dices de ti, Ivory? -preguntó Pearl.

– Yo me quedé con el patrón. Había que traer el piano hasta aquí, afinarlo, y muchas cosas para arreglar este lugar. Tuve que ayudarlo a elegir el cuadro para la pared. -Ivory alzó una ceja y se volvió a medias hacia el desnudo-. ¿Qué opináis de ella?

Los hombres sonrieron, complacidos. Las mujeres apartaron la vista y arquearon las cejas con aire de superioridad.

Pearl dijo:

– Con esos muslos, no creo que sea capaz de voltear un sombrero de una silla con una patada, mucho menos de la cabeza de un hombre, ¿no, Ruby?

– Tampoco creo que sea capaz de entonar una nota.

– No, no -agregó Jubilee-. Y la pobre está muy gorda.

Cuando subieron las escaleras, todos estaban de muy buen humor. Ivory y Jack fueron al primer dormitorio a la izquierda. Marcus, al de al lado. Pearl y Ruby compartieron el que estaba encima de la jaula dorada, que ahora estaba en el centro del salón, debajo de la puerta trampa. Quedaban Jubilee y Scotty.

La muchacha entró en su cuarto y encendió la lámpara, mientras el hombre se apoyaba contra el marco de la puerta.

– Es un hermoso cuarto, Scotty. Gracias.

Se limitó a encogerse de hombros.

Jubilee tiró la boa blanca sobre un sofá rosado de respaldo oval.

– Una ventana. Vistas a la calle.

Se acercó al frente de la ventana, apoyó las palmas en el alféizar y miró abajo, contemplando la fila de lámparas de aceite. Luego, miró sobre el hombro al hombre que estaba en la puerta:

– Me gusta.

Scott asintió. Era agradable mirarla. Era una mujer de asombrosa belleza y la había echado de menos.

– ¡Uff! -Jubilee giró, estirando los brazos hacia el techo, y encogiendo los hombros-. Qué día tan largo. -Se sacó la pluma del cabello, la dejó y tomó un desabotonador. Se derrumbó en el sofá y se lo tendió-. ¿Me ayudas con los zapatos, Scotty?

La voz era serena.

Por unos segundos, no se movió. Los ojos de ambos intercambiaron mensajes. Sin prisa, apartó el hombro del marco de la puerta y cruzó la habitación para arrodillarse ante la mujer. Acomodó la bota blanca en la ingle y comenzó a soltar, sin prisa, los botones. Sin levantar la vista, preguntó:

– ¿Cómo fueron las cosas en Natchez? ¿Conociste a alguien que te impresionara?

Jubilee contempló el cabello grueso y negro.

– No. ¿Y tú?

– Tampoco.

– ¿Ninguna dulce niña de Kansas, recién salida de los brazos de la madre?

Le sacó una bota, la dejó caer, y alzó la mirada, riendo.

– No.

Tomó la otra bota y comenzó a desabotonarla. Jubilee contempló las conocidas manos morenas atareadas en algo tan personal. A la luz de la lámpara, el anillo chispeó contra la piel oscura.

– ¿Ninguna viuda de Kansas que estuvo sola durante la guerra?

Se le formaron los hoyuelos mientras contemplaba los conocidos ojos almendrados y hablaba en tono perezoso:

– Las viudas de Kansas no simpatizan con los soldados confederados apostadores, que instalan tabernas en sus pueblos.

Jubilee entrelazó los dedos en el cabello, sobre la oreja derecha:

– Jesús misericordioso, somos de la misma clase. Las madres de Natchez tampoco dejan a sus hijos a merced de las mujeres casquivanas transformadas en bailarinas.

Scott dejó la segunda bota, le besó los dedos de los pies y los frotó con el pulgar.

– Te eché de menos, Jube.

– Yo también, apostador.

– ¿Quieres venir a mi cuarto?

– Intenta mantenerme fuera.

Se levantó y le tendió la mano. Pasó con ella junto a un biombo tapizado, tomó del borde la bata turquesa y se la echó sobre el hombro.

– Trae la lámpara. Esta noche no la necesitarás aquí.

En la oscuridad al otro extremo del corredor, una puerta quedó entreabierta. Desde la oscuridad de su propio cuarto, Marcus vio la luz de la lámpara inundando el corredor. Entre las barras de la jaula dorada, vio a Scott llevar a Jube de la mano hasta la puerta de su alcoba. El cabello de la muchacha brillaba con tal intensidad que parecía capaz de iluminar por sí solo el camino. El vestido blanco y los brazos desnudos tenían un aspecto etéreo, mientras pasaba silenciosa, tras Scotty. ¿Cómo sería llevarla de la mano? Caminar con ella, descalza, hasta la cama. Quitarle las hebillas de ese cabello de nieve y sentirlas caer en sus manos…

Desde la primera vez que la vio, Marcus trataba de imaginarlo. Durante el mes pasado, mientras viajaban los dos solos, hubo veces en que Jubilee lo tocó. Pero tocaba a todos sin pudor. Una caricia no significaba para Jube lo mismo que para Marcus. Esa noche, en el bar, le había pasado el brazo por los hombros. Y no sospechaba, siquiera, lo que ocurría dentro de él cuando la mano de ella le tomaba el codo, le acomodaba la solapa o, sobre todo, le daba un beso en la mejilla.

Lo besaba en la mejilla cada vez que sentía deseos de hacerlo. Sólo media hora atrás había besado a Jack. Todos conocían las costumbres de Jube.

Pero nadie sabía el tormento oculto de Marcus Delahunt.

Con frecuencia, tenía que tocarla para llamarle la atención, y por eso sabía cómo era su piel. En ocasiones, cuando se daba la vuelta para verlo comunicar un mensaje silencioso, Marcus debía recordar de hacer los gestos. Al contemplar los ojos de Jube, esas asombrosas ventanas castañas claras, que asomaban al alma de la muchacha, perdía su propia alma. Cuántas veces anheló decirle lo bella que era, pero encerrado en la mudez, sólo podía pensarlo. Muchas veces, tocaba el banjo para ella, pero lo único que Jube oía eran las notas.

Allá en el pasillo, la puerta de Scotty se cerró. Marcus lo imaginó sacando el vestido blanco del cuerpo de Jube, acostándola en la cama, murmurándole palabras de amor, diciéndole los miles de cosas que Marcus quería decirle. Se preguntó si se sentiría el sonido cuando salía de la garganta. Cómo se sentiría la risa cuando era algo más que sacudidas del pecho, y cómo serían los susurros.

Para amar a una mujer, había que ser capaz de hacer todas esas cosas. Se imaginó a Scotty haciéndolas. Ningún otro que Marcus conociera merecía a Jube. Su belleza pálida armonizaba con la apostura morena de Scotty. La risa brillante, la sonrisa irónica del patrón. El cuerpo perfecto de ella, merecía el de un hombre también perfecto.

¿Qué era lo primero que decía un hombre?

Eres hermosa.

¿Qué hacía primero?

Acariciar: la mejilla, los cabellos de ángel.

¿Qué sensación darían?

Como si tuviese toda la gloria del mundo en las manos.

Jube… Jube…

– Jube, déjame hacerlo -decía Scott, en el cuarto al otro extremo del pasillo.

Hizo todas las cosas que Marcus Delahunt sólo podía soñar. Quitó una por una todas las hebillas del cabello blanco y esponjoso de Jube. Lo sintió caer en las manos y lo alisó sobre los hombros lechosos. Desabotonó el vestido, soltó los ganchos del corsé y contempló el cuerpo de piernas largas emerger de entre las enaguas y la ropa interior, de las que se libró a puntapiés. Cuando se dio la vuelta y le rodeó el cuello con los brazos, Scott puso las manos en los costados de los pechos, besó el lunar entre ellos que, para todo el mundo, Jube pegaba con engrudo cada mañana. Besó la boca que se ofrecía, la acarició de la manera que mantenía a raya la soledad por un tiempo. La acostó en la cama murmurando palabras amorosas, le dijo cuánto la había echado de menos y cuan contento estaba de tenerla otra vez entre sus brazos. Unió los cuerpos con la caricia más íntima, y encontró en ella la suspensión del vacío. Al terminar, la limpió a ella y se limpió él mismo. Y la abrazó estrechamente en la cama grande y blanda, y durmieron desnudos, con el pecho de ella en su mano.

Pero entre ellos jamás se pronunció la palabra amor.

Capítulo 6

El primer rebaño de cuernos largos de Texas llegó al día siguiente. Llegaron mugiendo, tercos, conducidos por hombres que habían estado tres meses sobre la montura, por un camino polvoriento y seco. Tanto el ganado como los hombres estaban sucios, sedientos, hambrientos y cansados. Proffitt estaba preparado para atender todas esas necesidades.

Las calles desusadamente anchas estaban hechas, en primer lugar, para que pasaran las desagradables bestias con cuernos que tenían dos veces el largo de sus cuerpos; en segundo, para aliviar las frustraciones de los fatigados vaqueros de Texas que las traían.

Agatha miró por la ventana de la sombrerería y vio que dos niños cruzaban corriendo la calle: era la última oportunidad que tendrían en bastante tiempo. Desde el extremo distante del pueblo ya se sentía el retumbar de los cuernos. Resignada, dijo:

– Aquí vienen.

La manada pasó por Proffitt de oeste a este, una masa movediza, cambiante, a veces inmanejable de carne que formaba una corriente roja, castaña, blanca y gris de cuero hasta donde alcanzaba la vista. Junto a ella cabalgaban los vaqueros, tan ásperos como los cientos de kilómetros de meseta que habían cruzado. Cansados de la montura, solitarios, ansiaban tres cosas: un trago, un baño y una mujer, por lo general en ese orden.

Las prostitutas ya habían regresado a los prostíbulos del extremo oeste del pueblo, después de invernar en los burdeles de Memphis, St. Louis y New Orleans.

– ¡Hola, vaquero! ¡No te olvides de preguntar por Crystal!

– ¿Estás cansado de cabalgar, vaquero? La pequeña Delilah tiene algo más blando para que cabalgues.

– ¡Aquí arriba, grandote! ¡Mira esa barba, Betsy! -Ahuecando las manos alrededor de la boca, gritó-: No te afeites esa barba, cariño. ¡Me encaaantan las barbas!

Los hombres, fatigados del camino, desde las monturas, agitaban los sombreros, los dientes blancos iluminando las caras sucias.

– ¿Cómo te llamas, tesoro?

– ¡Lucy! ¡Pregunta por Lucy!

– ¡Manténlo al fuego, Lucy! ¡El Gran Luke está de vuelta!

El ganado se desbordaba por la calle de poste a poste, y a veces hasta subía a las aceras. Rebeldes y estúpidos, en ocasiones volvían a su naturaleza salvaje e indómita, e irrumpían por las puertas abiertas de las tabernas, rompiendo ventanas con los cuernos, haciendo girar los ojos y cargando contra cualquier cosa que se interpusiera en su camino.

– Se acabó la paz del verano -se lamentó Agatha cuando el toro líder pasó ante su puerta.

– A mí me parece excitante.

– ¿Excitante? ¿Con todo ese polvo, ese barullo, y el olor?

– No hay polvo.

– Ya lo habrá. En cuanto se seque el barro.

– Para serte sincera, Agatha, a veces no sé qué es lo que te entusiasma.

En ese momento, Scott Gandy y Jack Hogg salieron a la acera a mirar la masa de carne en movimiento. Hogg llevaba un delantal blanco almidonado, atado alrededor de la cadera; Gandy, sus acostumbrados pantalones negros, pero había dejado dentro la chaqueta. Ese día, el chaleco era color coral. Tenía las mangas enrolladas hasta el codo. Apoyó una bota en el travesano y se inclinó sobre la rodilla.

Violet asomó la cabeza afuera y gritó sobre el estrépito del ganado:

– ¡Hola, señor Gandy!

Scott giró y bajó el pie.

– Señorita Parsons, ¿cómo está usted?

– Tenga cuidado. A veces, a estos animales se les ocurre visitar las tabernas.

El hombre rió:

– Lo tendré. Muy agradecido.

El sol de la mañana le doraba las botas y los pantalones, pero la sombra del alero le caía sobre la cabeza y los hombros. Pasó la mirada a Agatha, que asomaba tras Violet y dijo en tono frío:

– Señorita Downing.

Saludó con el sombrero.

Las miradas se toparon un instante. ¿Sería él? Sin duda, era el que vivía más cerca, y la noche pasada no le habría sido difícil salir de la taberna, correr escaleras arriba para clavar la nota en la puerta en cualquier momento, mientras ella estaba ausente. ¿Sería capaz de semejante cosa? Ahí, bajo el sol matinal, con los hoyuelos adornándole el rostro iluminado por el reflejo coralino del chaleco, no parecía amenazador en absoluto. Sin embargo, el corazón se le contrajo de incertidumbre y lo saludó con sequedad.

– Cierra la puerta, Violet.

– Pero, Agatha…

– Ciérrala. Ese barullo me da dolor de cabeza. Y el olor es insoportable.

Cuando la puerta se cerró, Jack Hogg comentó:

– Creo que a la señorita Downing no le gustamos.

– Por decirlo con delicadeza.

– ¿Crees que ella y esa unión de abstencionistas podrían perjudicarnos?

Gandy puso otra vez el pie en el travesaño, y buscó un cigarro en el bolsillo del chaleco.

– Con Jube y las chicas aquí, no. -Siguió con la vista a un vaquero que sobresalía del rebaño y revoleaba el sombrero,maldiciendo a las bestias-. Esos vaqueros estarán peleándose por un lugar de pie, en la Gilded Cage.

Los ojos de Hogg se iluminaron, divertidos, y se alzó la comisura sana de su boca.

– Parece que Jube y las muchachas abrieron los ojos de unos cuantos, anoche, ¿eh? ¿Viste a esa mujer Downing abriendo la boca cuando Jube salió de la jaula?

Gandy encendió el cigarro y rió.

– No puedo decir que la haya visto.

– ¡Cómo no! Lo disfrutaste tanto como yo.

– Me parece que recuerdo haber visto su cara encima de las puertas, con expresión un tanto interesada.

– Quieres decir, impresionada.

Gandy rió.

– Nunca en su vida debe de haber visto tanta piel.

Gandy dio una pitada profunda y exhaló una nube de humo.

– Puede ser.

– Una mujer como ésa, a la cabeza de un grupo empecinado en la reforma, levanta mucho vapor y puede causar bastantes problemas.

La bota de Gandy golpeó sobre el suelo gastado de la acera. Se tironeó del chaleco, enganchó el cigarro en un dedo y se volvió hacia Jack Hogg.

– Deja que yo me ocupe de la señorita Downing.

El ganado estuvo pasando y mugiendo todo el día, y luego otro y otro más, cortando a Proffitt en una masa movediza de cascos, cuero y cuernos. Encajados al costado de las vías del ferrocarril en el límite este del pueblo, los corrales se extendían por la pradera como una interminable manta de diseño caprichoso. Los trenes llegaban vacíos y se iban llenos, camino de los frigoríficos de la ciudad de Kansas. Se oía el tamborileo de los cascos sobre las rampas de carga desde el amanecer hasta la caída del sol. Los vaqueros, con largas varas, caminaban o saltaban sobre los travesaños de las vías y, haciendo honor a su nombre, pinchaban y empujaban al ganado para mantenerlo en movimiento. Sólo cuando contaban la última marca y las libretas de apuntes estaban cerradas y guardadas en los bolsillos de los chalecos, recibían el pago de los capataces.

Con cien dólares en el bolsillo, producto del trabajo en el camino, ansiando gastar hasta el último centavo, tomaban Proffitt por asalto. Primero, invadían las tabernas, luego los almacenes de ropa. Pero el lugar más ocupado del pueblo era el Cowboy's Rest, donde por unos centavos podían meterse en una bañera repleta de agua caliente… algunos, completamente vestidos. Se desnudaban, se deshacían de los mugrientos pantalones con refuerzos de cuero crudo, y emergían del baño con pantalones vaqueros azules de Levi Strauss, rígidos de tan nuevos, y crujientes camisas con canesú y botones de perlas en el pecho. En el Stuben's Tonsorial Parlor, se ponían cómodos y se dejaban hacer el primer corte de pelo y afeitada caliente en tres meses. Se anudaban pañuelos nuevos al cuello y salían a la caza de mujeres y whisky. Oliendo a tintura azul y pomada para el pelo, algunos con Stetson nuevos que les habían costado un tercio de las ganancias, o botas nuevas que se habían llevado la mitad, visitaban a las Delilah, Crystal y Lucy, en cuyos patios se advertía en un cartel: No se admiten hombres sin bañar.

Cuando la población aumentaba de los modestos doscientos a quince mil, las cajas registradoras de los comerciantes sonaban de manera tan incesante como los martillazos en la herrería de Gottheim. Los tres establos para caballos de Proffitt estaban agitados como hormigueros. En la Kansas Outfitters se vendían arneses como para cubrir todo el Estado. En el Drover's Cottage, que ofrecía colchones y almohadas verdaderos, los cien cuartos estaban ocupados. En Harlorhan y en el almacén Longhorn, se vendía tabaco Bull Durham en cantidad suficiente para llenar un granero. La ropa interior enteriza casi caminaba por sí misma. Pero de todos los negocios del pueblo, había once que prosperaban más que los demás. Los once propietarios de las once tabernas observaban cómo se hacían ricos de la noche a la mañana vendiendo whisky Newton a veinticinco centavos el vaso, cartones de lotería a veinticinco centavos el juego, y cigarros Lazo Victoria a cinco centavos.

Las señoras de la U.M.C.T. descubrieron que era difícil luchar contra la prosperidad. La noche siguiente a la llegada del primer rebaño, se dividieron en pequeños grupos y se dispersaron por las once tabernas, solicitando firmas para el compromiso. El grupo de Agatha se dedicó a la Gilded Cage pero les resultó imposible lograr la atención de los vaqueros Estaban demasiado interesados en echarse whisky por la tráquea. Cuando la barra estuvo tan repleta que no cabían todos los bebedores al mismo tiempo, formaron una doble fila. Alguien gritó:

– ¡Disparen y caigan hacia atrás!

Y los vasos quedaban con el fondo para arriba. Luego, el segundo contingente ocupó su turno apoyado contra la barra. Cuando aparecieron Jubilee y las chicas, el estruendo fue tan espantoso y los clientes tan alborotados, que Agatha afirmó que era inútil, y mandó a las mujeres a sus casas.

En su apartamento, se puso a leer el libro que le dio Drusilla Wilson, «Diez noches en un bar», de T. S. Arthur. Contaba la historia de Joe Morgan, un sujeto agradable pero de voluntad débil, que frecuentaba una taberna regenteada por un tal Simon Slade, hombre de corazón duro y codicioso. Joe se hizo adicto al alcohol y perdió todo lo que alguna vez poseyó. Despojado de ambición, se hizo cada vez más irresponsable y pasaba todo el tiempo en el bar donde Mary, la hija, iba a rogarle que volviera al hogar. Un día, la pobre Mary recibió un golpe en la cabeza con una jarra de cerveza que Slade le arrojó al padre. La pobre Mary murió. Pocos días después, Joe también murió, víctima de delirium tremens. La viuda quedó pobre y sin hija.

La historia deprimió a Agatha. Escuchando la música y la jarana que llegaban de abajo, trató de imaginar a Gandy como una especie de Simon Slade, pero no pudo. Mientras leía, imaginaba a Slade como un tipo de patillas, mal hablado y codicioso. Gandy no era nada de eso. Tenía buenos modales, era pulcro hasta la exageración y aparentemente generoso. Aunque fuese difícil luchar contra un hombre tan encantador, tenía que hacerlo.

Pero no sin las armas adecuadas. Los próximos días se suspendieron las actividades abstencionistas hasta que Joseph Zeller pudiera imprimir los panfletos. Cuando estuvieron listos, Agatha mandó a Violet, como tesorera oficial de la U.M.C.T, a buscarlos a la oficina de la Gazette. También telegrafió pidiendo al editor más volúmenes de «Diez noches en un bar». Leyó la última edición de The Temperance Banner, y tomó notas en busca de ideas para la organización local. Escribió dos cartas: una al gobernador John P. St. John, apoyando la introducción del proyecto de prohibición ante la Legislatura del Estado de Kansas; la otra, a la Primera Dama de Estados Unidos, de América, Lucy Hayes, agradeciéndole el sólido apoyo al movimiento por la templanza y la prohibición de que se sirvieran bebidas alcohólicas en la Casa Blanca mientras su esposo, Rutherford, estuviese en el cargo.

Después de eso, Agatha se sintió mucho mejor. Se sentía impotente ante las nuevas atracciones que había llevado el dueño del Gilded Cage Saloon. Pero los panfletos ayudarían. Y cualquiera que leyese un ejemplar de «Diez noches…» no podría menos que conmoverse. También las cartas le dieron una fuerte sensación de poder: era la voz del pueblo norteamericano.

Pasaron tres días sin que viese a Gandy. También los negocios en la sombrerería se habían incrementado un poco. Un par de vaqueros encargaron sombreros de paja de ala ancha adornados para sus «madres»… se burló Agatha, recordando lo serios que parecían al explicarle para quiénes eran los sombreros. ¿Acaso creerían que era tan ingenua? Ninguna «madre» usaría un sombrero de paja adornado con cintas de gro que cayeran desde el centro del ala por la espalda. Estaba segura de que pronto vería sus creaciones por las calles, bamboleándose en las cabezas de un par de mujeres de principios dudosos.

Unos golpes en la puerta de atrás la sacaron de sus pensamientos.

Antes de que pudiese abrir, Calvin Looby, el mozo de la estación, asomó la cabeza. Llevaba una gorra de ferroviario a rayas azul marino y blanco, y gafas redondas de marco metálico. Parecía que hubiese puesto la barbilla en un yunque y la hubiese hecho retroceder unos centímetros. Los dientes eran como agujas, y los labios, casi no existían. Siempre le dio pena la fealdad del pobre Calvin.

– Una entrega para usted, señorita Downing.

– ¿Una entrega?

– Sí. -Controló la boleta de carga-. Desde Filadelfía.

– Pero yo no encargué nada a Filadelfía.

Calvin se sacó la gorra y se rascó la nuca.

– Qué raro. Aquí dice, tan claro como un molino de viento en la pradera: Agatha Downing. ¿Ve?

Examinó el papel que le tendía Calvin.

– En efecto. Pero debe de haber un error.

– Bueno, ¿qué quiere que haga con esto? El ferrocarril lo entrega en destino. Hasta aquí llega nuestra responsabilidad. Si quiere que lo lleve otra vez a la estación, tendré que cobrárselo a usted.

– ¿A mí? Pero…

– Me temo que sí. Ésas son las normas, ¿sabe?

– Pero yo no lo pedí.

– ¿Y la señorita Violet? ¿Puede ser que lo haya pedido ella?

– Casi seguro que no. Violet no encarga las cosas en mi nombre.

– Bueno, es un misterio. -Calvin miró sobre el hombro hacia el patio-. Entonces, ¿qué quiere que haga con esto?

– ¿Sabe qué es?

Agatha fue hasta la puerta trasera.

– La tarjeta dice: «Máquina de Coser patentada por Isaac Singer».

– Máquina…

El corazón de Agatha comenzó a golpear con fuerza. Ansiosa, salió afuera. Ahí estaba la vieja yegua soñolienta enganchada al carro verde del ferrocarril. Sobre el carro, un embalaje de tablas de gran tamaño se erguía contra el fondo del cobertizo y el «imprescindible».

– Pero, ¿cómo… quién…?

De pronto, lo supo. Dirigió una mirada a la parte de atrás del edificio. En el rellano no había nadie, pero tuvo la sensación de que estaba en algún lado, riéndose de su confusión. Miró hacia la ventana de la oficina que daba al patio de atrás, pero estaba vacía. Se volvió hacia Calvin.

– Si se lo lleva de vuelta, ¿qué pasará?

Atraída contra su voluntad, se acercó más a la caja.

– Lo pondremos en el próximo tren que salga para Filadelfia. No se puede dejar un bulto tan grande ocupando lugar en la estación.

La mujer fue hasta el carro y se estiró para apoyar la mano sobre el costado de la caja. El sol del mediodía la había entibiado. Sintió una punzada de ambición. Deseaba esa máquina con una intensidad que no habría creído posible el día anterior. Gracias a Gandy, tenía el dinero, pero gastarlo era demasiado definitivo. Acordar con el enemigo. El cielo sabía en qué medida reviviría su alicaído negocio con una máquina.

Se volvió hacia Calvin, retorciéndose las manos.

– ¿Cuál es el costo exacto de los gastos de envío?

Calvin examinó otra vez el papel.

– Aquí no dice. Sólo dice dónde entregarlo.

Agatha tenía el catálogo en la pared desde hacía mucho tiempo… ¿y si el precio había aumentado mucho?

Tomó una rápida decisión.

– ¿Puede entrarla a la tienda, señor Looby? Quizá, si abro el embalaje, los papeles estén dentro.

– Seguro, señorita Downing.

Calvin subió al carro, empujó y empujó hasta descargar el voluminoso cajón en una carretilla plana con ruedas, con la que lo transportó hasta la puerta trasera de la sombrerería. En el taller, sacó la tapa de madera con un martillo tenaza. Encima del envoltorio, estaba la factura. Un nítido sello blanco decía: Completamente pagado.

Confundida, Agatha miró la factura, y después a Calvin.

– No entiendo.

– En mi opinión, alguien le hizo un regalo, señorita Downing. ¡Cómo saberlo!

Agatha miró fijamente el papel.

¿Gandy? ¿Por qué? ¿Por tres vestidos de cancán? Quizá. Pero en esa mente retorcida podía haber otros motivos. Soborno. Encubrimiento. Subversión.

Si era soborno, no quería tomar parte en él. Ya se sentía incómoda por haber aceptado la generosa suma que le pagó por la funda roja de la jaula.

Y si tenía la intención de encubrir sus juegos nocturnos secretos, le resultaba extraño que gastara tanto dinero para lograrlo.

¿Subversión? ¿Sería tan cruel como para minar los esfuerzos de Agatha en la U.M.C.T. insinuándoles a las funcionarias que ella hacía negocios con el enemigo? Era extraño, pero no quería creerlo de él.

Tal vez aún se sintiera culpable por haberla empujado al barro. No seas tonta, Agatha. Claro, ese día se mostró arrepentido, pero era un apostador, tenía práctica en adoptar cualquier expresión que le conviniera.

Desde luego, había otra posibilidad: la libre empresa. No cabía duda de que Jubilee y las muchachas mantendrían el bar lustroso por el roce de los pantalones, en especial con las faldas rojas de cancán. Quizás, a Gandy se le había despertado el espíritu de competencia ante la perspectiva de hacer todo lo que estuviera en sus manos para llenar la taberna con tantos hombres que estuviesen incómodos. Que quisiera sobrepasar a los otros diez propietarios de bares por puro espíritu de contradicción.

La idea la hizo sonreír, pero se puso seria enseguida. Fuesen cuales fueran los motivos, Agatha no quería formar parte de ellos.

– Señor Looby, vuelva a poner la tapa. Llévela otra vez a la estación.

– Como quiera.

– Creo que sé quién la pidió, y esa persona pagará el gasto de vuelta.

– Sí, señora.

Puso los clavos y levantó el martillo.

– ¡Espere un minuto!

Looby, impaciente, frunció el entrecejo.

– Bueno, ¿qué hago?

– Sólo quiero verla un minuto. Un vistazo. Después, puede llevársela.

Ese vistazo fue fatal. Nadie que hubiese cosido tanto tiempo como Agatha podía echar un vistazo a una maravilla del ingenio americano sin codiciarla de manera especial. La pintura negra brilló. El logo dorado resplandeció. El volante plateado la tentó.

– Pensándolo mejor, déjela.

– ¿La dejo?

– Sí.

– Pero, ¿no dijo que…?

– Le agradezco mucho la entrega, señor Looby. -Lo acompañó hasta la puerta-. Caramba, tenemos un tiempo ideal. Si se mantiene, pronto las calles estarán secas.

Looby la miró, luego a la caja, y otra vez a ella. Se sacó la gorra y se rascó la cabeza. Sin embargo, penetrar en los misterios de la mente femenina estaba más allá de su capacidad.

Cuando Looby se fue, Agatha miró la hora: eran casi las once. Violet llegaría en cualquier momento. ¡Que se diera prisa!

Cuando entró en la tienda la menuda mujer de cabello blanco, encontró a Agatha al otro lado de la cortina, con las manos bajo la barbilla.

– ¡Oh, Violet, creí que nunca llegarías!

– ¿Pasa algo malo?

– ¿Malo? ¡No! -Agatha abrió los brazos y lanzó una sonrisa radiante a los cielos-. ¡Nada podría ser mejor! -Se volvió hacia el taller-. Te lo mostraré. -Llevó a Violet directamente a la caja de madera-. ¡Mira!

Los ojos de Violet se agrandaron.

– ¡Por todos los santos, una máquina de coser! ¿De dónde ha salido?

– De Filadelfia.

– ¿Es tuya?

– Sí.

Violet no recordaba haber visto nunca a Agatha tan feliz. ¡Hasta estaba hermosa! Cosa curiosa, Violet nunca lo comprendió hasta el momento. Los claros ojos verdes estaban iluminados de excitación. Y la sonrisa… ¡cómo le transformaba el rostro esa sonrisa! Le sacaba cinco años de encima y le daba la apariencia de la edad real que tenía.

– ¿Por qué no me lo dijiste?

– Era una sorpresa.

Violet caminó alrededor del embalaje de madera. El entusiasmo de Agatha era contagioso.

– Pero… pero, ¿de dónde sacaste el din…? -Se interrumpió y la miró-. Las diez monedas de oro del señor Gandy.

– Seis. Le devolví cuatro.

En los ojos de Violet aparecieron chispas de especulación.

– Vamos a hacer los vestidos de cancán, ¿no es así, Agatha?

– ¡Por Dios, Violet! No he tenido tiempo de pensarlo. Ven, ayúdame a sacarla del embalaje. -Perdió por completo su reserva habitual y se ajetreó como una chica despreocupada, buscando un martillo y un destornillador. Estaba tan radiante que Violet no pudo dejar de observarla y sonreír. Encontró las herramientas y se dispuso a trabajar-. Voltearemos el frente de la caja y sacaremos directamente la máquina. Entre las dos, podremos hacerlo.

A Violet le costaba creer el súbito cambió en esa mujer que había visto sombría durante años.

– ¿Sabes lo que estás haciendo, Agatha?

Levantó la vista.

– ¿Lo que estoy haciendo?

– Estás arrodillada.

Agatha miró abajo. ¡Qué día tan glorioso! Pero estaba demasiado excitada para dejar de hacer palanca con el destornillador entre dos tablas de madera.

– Es cierto. Me duele un poco, pero no importa. Vamos, Violet, mete los dedos aquí y tira.

Pero Violet tocó con ternura el hombro de Agatha, y ésta levantó el rostro.

– ¿Sabes, querida?: tendrías que hacerlo más a menudo.

– ¿Qué cosa?

– Sonreír. Comportarte como una joven atolondrada. No tienes idea de lo bonita que te pones así.

Las manos de Agatha se inmovilizaron.

– ¿Bonita?

– Sin la menor duda. Si pudieras ver tus ojos ahora: están brillantes como un trébol primaveral bajo el rocío de la mañana. Y tienes rosas en las mejillas que nunca te vi antes.

Estaba estupefacta.

– ¿Bonita? ¿Yo?

Desde la muerte de la madre, nadie le había llamado bonita. Las rosas de las mejillas se intensificaron al pensar en sí misma bajo esa luz. Como no estaba acostumbrada a recibir elogios, incómoda, reanudó el trabajo.

– Violet, creo que estuviste demasiado tiempo bajo el sol del mediodía, ¿sabes? Ayúdame con esto.

Trabajaron juntas para desembalar la máquina de coser y la arrastraron hasta el taller. Agatha la tocó con ademán reverente, los ojos resplandecientes.

– ¿Te imaginas lo distinto que será para el negocio? Si bien no quería admitirlo, últimamente estaba preocupada. Casi no había ganancias. Pero ahora… -Probó el bruñido volante de acero, rozó casi con afecto el terso gabinete de roble-. Dejemos de lado los sombreros. Podemos hacer vestidos, ¿no te parece, Violet?

Violet sonrió con cariño a la amiga tan cambiada que tenía delante:

– Sí, podemos. Tan extravagantes como quieran.

De súbito, Agatha se puso seria, y su rostro expresó preocupación:

– Estoy haciendo lo correcto, ¿no?

– ¿Lo correcto?

Realista, Violet apretó los labios y afirmó:

– Ganaste ese dinero, ¿no?

– No sé. ¿Lo gané?

– Sin la menor duda, jovencita. Hiciste un trabajo urgente que ninguna otra persona en el pueblo podría haber hecho. Y lo hiciste con el mejor satén que se puede conseguir. El precio de esa tela tendría que elevarse, ¿no?

– ¿En serio lo crees, Violet?

– Lo sé. Y ahora, ¿piensas pasarte toda la tarde ahí parada, o vas a enhebrar ese aparato y a ponerlo en marcha?

Con ayuda del manual de instrucciones, cargaron la bobina, la metieron en el compartimiento en forma de bala según el diagrama, y colocaron el hilo en la parte de arriba. Cuando enhebraron la aguja y colocaron un trozo de tela bajo el pie, se miraron, expectantes.

– Bueno, aquí va. -Agatha puso los pies en el pedal, dio un impulso y saltó hacia atrás-. ¡Ay! ¡Retrocedió!

Levantó la vista hacia Violet en busca de ayuda, pero ésta se encogió de hombros:

– Yo no sé. Prueba otra vez.

Probó otra vez, pero de nuevo la tela fue hacia atrás. Se levantó de la silla.

– Prueba tú.

Violet la reemplazó y probó con vivacidad el pedal: otra vez la tela retrocedió. Se miraron y rieron.

– Cuarenta y nueve dólares por una máquina de coser que sólo funciona hacia atrás.

Cuanto más reían, más divertido se volvía todo. Al siguiente intento, la máquina dio una puntada para adelante, una atrás, otra adelante. Las dos rieron hasta quedar sin aliento.

Por fin, Agatha exclamó:

– ¡El manual! Leamos el manual.

En un momento dado, comprendieron que para que la máquina marchara en la dirección correcta tenían que darle un impulso al volante. Agatha se sentó, una larga tira de algodón que estaba bajo el pie de la aguja comenzó a avanzar con fluidez. La correa zumbaba suavemente arrastrando el mecanismo. El brazo de la aguja seguía una cadencia rítmica. Casi como si fuese magia, hermosas puntadas regulares y apretadas aparecieron a una velocidad que aturdía. Al pedalear, a Agatha le dolía la cadera pero estaba demasiado entusiasmada para notarlo. Tuvo que esforzarse para cederle el lugar a Violet y dejarle probar la máquina por segunda vez.

– ¿No es milagroso?

Se inclinó sobre el hombro de Violet, mirando cómo la tela azul se movía sin tropiezos, escuchando el maravilloso sonido de la maquinaria bien aceitada que funcionaba a una velocidad increíble.

«¡Oh, Gandy!, -pensó-. ¿Cómo podré agradecértelo?»

A las cinco en punto, Agatha le dio una última caricia a la máquina, le puso encima con cuidado la tapa de madera y cerró la tienda. Al pasar, echó un vistazo a la puerta trasera de la taberna y vio que estaba cerrada, pero oía ruidos dentro. Sin duda, esa noche habría mucho más. Ése sería un mejor momento para hablar con él. Quizá pudiera entrar sin ser vista y hacerle una seña de que fuese al pasillo del fondo un momento.

Abrió la puerta y entró. No había música, pero las voces de los vaqueros creaban un rumor constante. Resonaban risas y tintinear de vasos. Justo enfrente, vio a Dan Loretto en una mesa repleta, dando cartas. El olor rancio de humo y alcohol viejo la detuvo por un momento. Pero apretó las manos y siguió caminando por el corto pasillo buscando a Gandy en el salón principal. En cuanto apareció a la vista, Jack Hogg advirtió su presencia. La mujer le hizo señas con un dedo, y el hombre se secó las manos y acudió de inmediato.

– Caramba, señorita Downing, qué sorpresa.

– Señor Hogg -lo saludó con la cabeza-. Quisiera hablar con el señor Gandy.

– Está en la oficina. Subiendo la escalera, la primera puerta a la derecha.

– Gracias.

Afuera, el aire no era mucho más fresco. El olor de los corrales de ganado ya había llegado al pueblo. El ruido incesante del ganado y el traquetear de los trenes llegaban por el aire de las últimas horas de la tarde mientras subía las escaleras. Al llegar al rellano, dirigió una mirada a la ventana de Gandy, pero el cristal rizado no permitía ver otra cosa que el reflejo del cielo azul claro. La puerta chirrió cuando la abrió y escudriñó el pasillo a oscuras.

¡De modo que ahí era donde se guardaba la jaula dorada durante el día! Sonrió ante el ingenio de Gandy.

Nunca había estado en esa parte del edificio. Había cuatro puertas a la izquierda. Dos a la derecha. Una ventana en el otro extremo del corredor, que daba a la calle. Todo en silencio. Se sintió como una de esas personas que espían por las ventanas… pero no estaba segura. Quizás estuviesen durmiendo tras las puertas en ese momento.

La puerta de la oficina de Gandy estaba cerrada. Golpeó con suavidad.

– ¿Sí?

Hizo girar el picaporte y asomó con timidez. Gandy estaba sentado ante un sencillo escritorio de roble, en una oficina austera. Escribía, inclinado hacia adelante y un cigarro humeaba junto a su codo.

– Hola.

Alzó la vista. Su rostro reflejó sorpresa. Dejó la pluma en el soporte y se respaldó en la silla giratoria.

– Bueno, estoy sorprendido.

– ¿Puedo entrar?

Sólo la cabeza de Agatha asomaba por la puerta. Esa manera de entrar tan infantil era tan poco propia de ella, que Gandy no pudo evitar una sonrisa:

– Por favor.

Se levantó a medias, mientras la mujer entraba y miraba en torno, con curiosidad.

– Así que, aquí es donde hace sus negocios.

Gandy se sentó otra vez, se apartó del escritorio, cruzó un tobillo sobre la rodilla de la otra pierna, y entrelazó los dedos sobre el estómago.

– No será muy elegante, pero cumple sus propósitos.

Agatha recorrió con la mirada los severos paneles de madera, el verde apagado de las paredes, la estufa diminuta, la ventana desnuda que daba a una vista poco interesante del patio trasero y de la pradera, más allá.

– En cierto modo, esperaba encontrarlo en un ambiente más lujoso.

– ¿Por qué?

– Oh, no sé. Quizá por el modo en que se viste. Esos chalecos de colores brillantes.

Ese día, era verde intenso. La corbata de cordón estaba floja, el botón del cuello desabrochado y las mangas de la camisa enrolladas. La chaqueta negra colgaba del respaldo de la silla. Eran las cinco de la tarde y necesitaba una afeitada. Se tomó un momento para apreciar ese semidescuido. ¡Por todos los cielos, era un hombre apuesto!

– Es curioso, creí que no lo había notado.

Lo miró de frente.

– Trabajo con vestimenta, señor Gandy. Noto todo lo relacionado con ella.

Siguió observando la habitación: la caja de seguridad, el perchero… ¿una puerta abierta? Fijó la vista en ella, curiosa. Ahí, en la sala, estaba el ambiente lujoso que esperaba. Y sobre un sofá había una bata de mujer de color verde turquesa.

Gandy la observó, divertido por el interés que mostraba, de pronto, hacia su sala de estar y el dormitorio que había más allá. Desde atrás, la examinó con mirada más crítica que antes. El elegante drapeado trasero del vestido de tafeta granate. La agradable «curva griega» que le daba el corsé invisible a la zona lumbar. La redondez atractiva del busto, los hombros estrechos, el cabello pulcro, los brazos graciosos acentuados por las mangas muy apretadas y el alto cuello clerical. Vestía con gusto magnífico ropa de suave elegancia. Siempre correcta.

Pero ese día había algo diferente que él no podía precisar.

Agatha comprendió su error después de haber observado demasiado tiempo el apartamento privado de Gandy. Se dio la vuelta y lo sorprendió contemplándola.

– Lo… lo siento.

– No hay problema. Creo que es un poco más espacioso que el de usted.

– Sí, bastante.

– Siéntese, señorita Downing.

– Gracias.

– ¿Qué puedo hacer por usted?

– Creo que ya lo hizo.

Gandy alzó una ceja y se le formó un hoyuelo en la mejilla.

– ¿Sí?

– Usted vio la propaganda de la máquina de coser en mi taller, ¿no es así?

– ¿Sí?

– No me eluda, señor Gandy. Usted la vio y me leyó la mente.

El hombre rió entre dientes.

– Sin rodeos, señorita Downing.

– Abajo hay una máquina de coser flamante, con patente de Isaac Singer, y en el sobre del embalaje dice que ya está pagada.

La sonrisa se hizo descarada.

– Felicidades.

– No se haga el tonto. Vine a agradecerle que se haya ocupado de encargarla y a pagarle lo que le debo.

– ¿Acaso dije que me debiera algo?

Agatha sacó cinco monedas de oro y las apiló en una esquina del escritorio.

– Creo que la cantidad correcta es de cincuenta dólares, ¿no?

– Lo olvidé.

Por más que intentó ser severa, los ojos le chispeaban demasiado y los labios se negaron a obedecerle.

– Si cree que voy a aceptar una máquina tan costosa del dueño de una taberna, está… ¿Cómo dijo Joe Jessup?…Tiene un tornillo flojo, señor Gandy.

El hombre rió y echando la silla atrás, entrelazó los dedos tras la cabeza.

– Pero es un soborno.

La carcajada de Agatha los sorprendió a los dos y rieron juntos. Gandy advirtió el cambio en el rostro de la mujer: ¡eso era lo diferente en este día! No era el peinado ni la vestimenta: era el estado de ánimo. Por una vez, era feliz y eso la transformaba. La chata polilla gris se había convertido en una brillante mariposa.

– ¿Lo admite?

Sonriendo con amabilidad, se encogió de hombros, con los codos en el aire.

– ¿Por qué no? Ambos sabemos que es verdad.

Ese sujeto era un enigma. Deshonesto y sincero al mismo tiempo. Cada vez le resultaba más difícil contemplarlo con racionalidad.

– ¿Y qué espera ganar con eso?

– Para empezar, tres brillantes vestidos rojos de cancán.

La inquietante conciencia de la pose masculina la golpeó como un puñetazo en el estómago. El color más pálido de las muñecas y los antebrazos, los tendones tensos de las manos entrelazadas bajo la cabeza, las arrugas en las sisas de la camisa blanca, la bota negra apoyada al descuido sobre la rodilla, el humo que ascendía desde el cenicero que estaba entre los dos.

– Ah -canturreó Agatha, perspicaz-, tres vestidos de cancán. -Levantó una ceja-. ¿Y después?

– ¿Quién sabe?

Abandonó el juego y se puso seria:

– Estoy comprometida con mi trabajo por la templanza. Lo sabe, ¿verdad?

Bajó los brazos y la contempló en silencio varios segundos.

– Sí, lo sé.

– No hay soborno que pueda hacerme cambiar de opinión.

– No pensé que pudiera.

– Mañana por la noche, cuando lleguen sus parroquianos, estaremos abajo repartiendo panfletos que hemos hecho imprimir, y haciendo circular relatos sobre los azares del destino con que usted comercia.

– En ese caso, tendré que pensar en una nueva forma de atraer clientes, ¿no?

– Sí, supongo que sí.

– No la vi por unos días.

– Estuve atareada. Le escribí una carta a la Primera Dama, agradeciéndole que se haya establecido la Ley Seca en la Casa Blanca.

– ¿La vieja Lucy Limonada?

Agatha estalló en carcajadas, y trató de contenerse con un dedo.

– Qué irrespetuoso, señor Gandy.

Medio país llamaba así a la Primera dama, pero nunca le había parecido tan gracioso.

– Yo y muchos más. La mantiene más seca que el gran Sahara.

– Como sea, le escribí, pues The Temperance Bannemos insta a los miembros a hacerlo. También le escribí al gobernador St. John.

– ¡A St. John! -No se mostró tan despreocupado ante esa novedad. Los rumores acerca del proyecto de enmienda a la Constitución estatal ponían muy nerviosos a los propietarios de bares de Kansas-. Caramba, caramba. Qué activas, ¿no?

Observándola, tomó el cigarro y dio una honda calada. El humo se elevó entre los dos antes de que se diera cuenta de lo que hacía.

– Oh, perdóneme. Olvidé que usted odia estas cosas, ¿no es cierto?

– Después de la máquina de coser, ¿cree que puedo negarle el placer, más todavía teniendo en cuenta que estamos en su territorio?

Gandy se levantó, fue a la ventana con el cigarro entre los dientes y subió el bastidor de la ventana. Agatha observó cómo el chaleco de satén se tensaba en la espalda y se preguntó quién de los dos ganaría a la larga. Scott permaneció mirando afuera, fumando y preguntándose lo mismo. Después de unos momentos, apoyo una bota en el alféizar, un codo sobre la rodilla y se dio la vuelta para mirarla sobre el hombro.

– Usted es distinta de lo que me imaginé al principio.

– Usted también.

– Está… esta guerra en la que estamos enzarzados, le parece divertida, ¿no?

– Quizás, en cierto modo. Nada resulta como lo imaginé. Es decir, ¿qué general le revela sus planes de batalla al enemigo?

Agatha sonrió y su rostro se convirtió en el semblante joven y hermoso que Violet había comentado antes. Los ojos claros se suavizaron. La austeridad se esfumó.

– Cuénteme, ¿qué nombre le puso el señor Potts a su «Dama del Óleo»?

– Me extraña que no lo haya oído la otra noche, cuando entró con sus huestes invasoras.

Otra vez, la hizo reír.

– Sólo éramos cuatro.

– ¿Nada más?

– Además, ¿cómo podíamos oír nada con ese barullo?

– El nombre completo es Dierdre en el Jardín de las Delicias, pero los hombres le pusieron de sobrenombre Delicia.

– Delicia. Ah… Estoy segura de que la señora Potts está encantada de que su esposo haya ganado el concurso. La próxima vez que la vea debo recordar felicitarla.

Gandy respondió con una carcajada franca.

– Ah, señorita Downing, usted es una digna rival. Debo confesarle que he llegado a admirarla. Por otra parte, la otra noche no duró mucho en la taberna.

– Nos superaron.

– Qué contrariedad -dijo, chasqueando la lengua y moviendo la cabeza lentamente.

La mujer resolvió que era hora de dejar de jugar al gato y al ratón.

– Usted es mi enemigo -afirmó con calma-. Y cualquiera sea mi opinión personal sobre usted, y cómo está cambiando lentamente, nunca debo perder de vista ese hecho.

– ¿Por qué vendo alcohol?

– Entre otras cosas.

Era difícil creer esas otras cosas al verlo reclinado en el alféizar de ese modo, desbordando encanto, buen humor y atractivo masculino. Pero entendía con toda claridad con cuánta desvergüenza aprovechaba ese encanto, ese humor y ese atractivo para desviarla de sus buenas intenciones.

– ¿Qué más?

El corazón le latió con excesiva fuerza y no se detuvo a medir la prudencia ni las consecuencias de lo que iba a decir:

– Dígame, señor Gandy, ¿fue usted el que clavó una nota amenazadora en mi puerta, la otra noche?

El buen humor desapareció del semblante de Gandy. Se le crispó la frente y el pie golpeó el piso.

– ¿Qué?

El corazón de Agatha latió con más fuerza aún.

– ¿Fue usted?

– ¿Cómo diablos puede preguntar una cosa así? -preguntó, enfadado.

Los latidos se intensificaron más. Pero se puso de pie, sacó la pluma del soporte y se la extendió:

– Por favor, ¿puede hacer una cosa? ¿Puede escribir las palabras bueno, quedarse y qué en un papel, en letras mayúsculas, ante mi vista?

Ceñudo, el hombre miró la pluma y luego a la mujer. Metió el cigarro entre los dientes y le arrebató la pluma. Flexionando la cintura, trazó las letras en un trozo de papel. Cuando se irguió, miró en los ojos de Agatha sin hablar. No le tendió el papel ni retrocedió, y se quedó tan cerca del escritorio que Agatha tuvo que apartarlo para mirar.

– Permiso.

Casi chocó con él, que se mantuvo firme en su sitio.

– No abuse de su suerte -le advirtió entre dientes, encima de la oreja.

Agatha levantó el papel y retrocedió. El humo del cigarro le quemaba las fosas nasales mientras observaba la escritura.

– ¿Satisfecha?

El alivio le hizo cerrar los párpados y exhalar levemente por la nariz. Gandy permaneció ante ella, bullendo de cólera. ¿Qué diablos quería esa mujer de él?

Agatha abrió los ojos y lo enfrentó.

– Lo lamento. Tenía que estar segura.

– ¿Y lo está? -le espetó.

Aunque se ruborizó, se mantuvo firme:

– Sí.

El hombre giró hacia el escritorio, apagó el cigarro con dos movimientos coléricos de la muñeca y se abstuvo de mirarla otra vez.

– Si me disculpa, tengo mucho que hacer. Estaba encargando un lote de ron cuando me interrumpió.

Se sentó y comenzó a escribir de nuevo.

El corazón traidor le desbordó de remordimientos:

– Ya le dije que lo lamentaba, señor Gandy.

– Buenos días, señorita Downing.

Con el rostro ardiendo, se dio la vuelta y arrastró los pies hacia la puerta, la abrió y se detuvo, de espaldas a él.

– Gracias por la máquina de coser -dijo en voz queda.

Gandy alzó la cabeza con brusquedad y miró fijo la espalda. ¡Maldita arpía! ¿Qué tenía, que se le había metido bajo la piel? Agatha dio otro paso hacia la puerta hasta que un ladrido del hombre la detuvo.

– ¡Agatha!

No creyó que recordara el nombre. ¿Qué importaba si lo recordaba?

– Quisiera ver la nota, si aún la tiene.

– ¿Por qué?

El semblante se crispó todavía más.

– No sé por qué diablos me siento responsable por usted, pero así es, ¡maldición!

Si no toleraba los juramentos, ¿por qué no lo regañaba por eso?

– Yo puedo cuidarme sola, señor Gandy -afirmó, y cerró la puerta al salir.

El hombre se quedó mirándola fijo, mientras oía abrirse y cerrarse la puerta de afuera. Con una violenta maldición, arrojó la pluma, que dejó una mancha de tinta en la orden que estaba escribiendo. Lanzó otra maldición, desgarró el papel en dos y lo tiró. Encerró un puño en el otro, los apretó contra el mentón y miró ceñudo la pared de la oficina hasta que los pasos que se arrastraban al fin dejaron de entrar por la ventana abierta.

Capítulo 7

Las damas de la U.M.C.T. aprendieron una canción nueva. La noche siguiente, la cantaban con creciente entusiasmo en cuatro tabernas.

¿Quién tiene pena? ¿Quién tiene dolores?

Los que no se atreven a decir no.

Los que se dejan llevar al pecado.

Y se regodean en el vino.

Entregaban panfletos a los hombres y seguían solicitando firmas para los compromisos. Para sorpresa de todos, Evelyn Sowers se adelantó varias veces y se interpuso con audacia ante los concurrentes a las tabernas. Con sus ojos intensos y su gesticulación un tanto dramática, desplegaba un asombroso talento oratorio que nadie conocía.

– Hermano, ocúpate ahora de tu futuro. -Se acercaba a un vaquero desprevenido que casi no tenía edad para afeitarse-. ¿No sabes que Satán adopta la forma de una botella de licor? Ten cuidado de que no te engañe y te haga creer otra cosa. ¿Pensaste en mañana… y en todos los otros mañana, cuando empiecen a temblarte las manos y tu esposa y tus hijos sufran sin…?

– Señora, no tengo esposa ni hijos -la interrumpió el joven.

Con ojos inquietos, rodeó a Evelyn como si fuese una cascabel enroscada. Cuando se encaminaba a la puerta, Evelyn cayó de rodillas y alzó las manos, suplicante.

– ¡Se lo ruego, joven, no entre en ese refugio de machos! ¡El tabernero es el destructor de las almas de los hombres!

El muchacho de rostro brillante miró sobre el hombro y se escabulló dentro con una expresión que demostraba más temor por Evelyn que por los peligros que podrían aguardarlo tras las puertas de la taberna.

Otros cuatro vaqueros se acercaban por la acera vestidos a la última moda, las espuelas brillantes, las monedas tintineando. Evelyn intentó detenerlos apelando a sus emociones.

– ¿Reconocen ustedes el mal en el vil brebaje que vienen a consumir aquí? Arrebata a los hombres las facultades, el honor y la salud. Antes de que entren por esa puerta…

Pero ya habían entrado, y miraban a Evelyn con el mismo temor que el joven vaquero de antes.

Al parecer, Evelyn había hallado su verdadera vocación. El resto de la noche, mientras las señoras iban pasando por las cuatro tabernas, ella se abrazaba al recién descubierto ministerio con creciente fervor.

– ¡Abstinencia es virtud; indulgencia es pecado! -gritaba, sobreponiéndose al ruido del Lucky Horseshoe Saloon. Y como no pudo, condujo sus tropas al interior, fue directamente hasta Jeff Didier, y afirmó-: Hemos venido en misión moralizadora, a despertar su conciencia.

Cuando sacó un compromiso de abstinencia y le exigió a Didier que lo firmase, el tabernero de rostro colorado respondió sirviéndose un trago doble de centeno y tragándolo ante los ojos de Evelyn.

Agatha no comulgaba con la exageración histriónica de Evelyn, pero la mujer había tenido éxito con dos clientes de Jim Starr, que se avergonzaron y le firmaron el papel. Este éxito impulsó a cuatro «hermanas» a arrodillarse junto con ella y a cantar a voz en cuello. Agatha lo intentó, pero se sintió como una tonta, arrodillada en la taberna. Por suerte, tras unos minutos de sufrir dolor, de rodillas en el piso duro de la taberna, tuvo que levantarse otra vez.

En el The Alamo Saloon, Jack Butler y Floyd Anderson se avergonzaron tanto al ver a sus respectivas esposas con la fanática Evelyn que se escabulleron por la puerta y desaparecieron. Animada por otra victoria, Evelyn se volvió más audaz en el hablar y en los gestos.

Cuando el contingente de la U.M.C.T. llegó a la Gilded Cage, el local estaba muy concurrido, y Evelyn, muy enfervorizada. Se abrió paso a codazos entre los hombres amontonados, alzó las manos y vociferó:

– ¡Este ejército de ebrios caerá girando en el infierno!

Las danzas y cantos se interrumpieron, Ivory se dio la vuelta desde su puesto en el piano, las partidas de naipes se detuvieron. Evelyn estaba enloquecida. Los ojos llameaban de fervor desusado; aporreó con los puños varias mesas.

– ¡Vete a casa, Miles Wendt! ¡Vete a casa, Wilton Spivey! ¡Vete a casa, Tom Ruggles! ¡Vayanse todos a sus hogares, con sus familias, infelices pecadores!

Evelyn arrebató una jarra de cerveza y la sostuvo sobre los pies de Ruggles.

– ¡Eh, mírenla!

El hombre se levantó de la silla.

– ¡Bazofia! ¡Nuez vómica! ¡Esto no lo bebería ni un cerdo!

A Agatha le ardió la cara. Los miembros de la U.M.C.T. se enorgullecían de la no violencia y la gracia. Alzó la vista, se topó con la mirada de Gandy y se apresuró a desviarla, para encontrarse con otros tres pares de ojos atribulados: los de Jubilee, Pearl y Ruby.

En medio del súbito silencio, Gandy habló con su habitual savoir vivre:

– Bienvenidas, señoras.

Estaba de pie detrás de la barra, sin sombrero, vestido totalmente de negro y blanco.

Evelyn se volvió con brusquedad hacia él.

– ¡Ah, el aliado de Lucifer, empapado de ron! ¡El traficante de licores ardientes! Ruego al Señor que lo perdone por causar negligencia y bestialidad en los hogares de familias inocentes, señor Gandy.

Dos vaqueros que se habían hartado, se levantaron y se encaminaron hacia la puerta.

Gandy ignoró la perorata de Evelyn.

– Todavía están a tiempo. -Alzando la voz, gritó-: ¡La casa invita a beber!

Los vaqueros giraron sobre sus talones. Se alzó un clamor que casi ensordeció a Agatha. Con los gritos resonándole en los oídos, miró otra vez a Gandy. Quizá los otros no supieran qué había tras esa superficie encantadora, lo vio sonreír muchas veces para no reconocer la ausencia de alegría en la expresión de ese momento. Los ojos la punzaron como trozos de hielo. Ya no estaba el brillo divertido que se había acostumbrado a esperar. Lo que pasaba por una sonrisa era, en realidad, un desnudar de los dientes.

Mientras las miradas se encontraban, Gandy encontró el cuello de una botella, llenó un vaso con el líquido ambarino, y lo levantó.

«¡No, Gandy, no!»

Le hizo un gesto de saludo tan leve que nadie más lo advirtió. Después, echó atrás la cabeza y convirtió el saludo en un insulto.

Nunca hasta entonces lo había visto beber. Le dolió.

Se volvió para alejarse, sintiéndose vacía sin saber por qué. Alrededor, los hombres empujaban para llegar a la barra y levantaban las copas, reclamando los tragos gratis. Tras ella, el piano y el banjo reanudaron la música. Jubilee y las Gemas arrancaron a coro con «Champagne, Charlie», que terminaba con el verso: «Ven conmigo a la parranda». En mitad del jolgorio, Evelyn, de rodillas, oraba por los depravados. Con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos en blanco, parecía una persona mordida por un perro rabioso. En la mesa de lotería, los hombres se burlaban. Desde la pared, Delicia sonreía con benevolencia al caos.

Tenía que haber una forma mejor.

Agatha les hizo señas a las otras de que la siguieran a la puerta, pero sólo Addie Anderson y Minnie Butler le hicieron caso. Cuando llegaron a la salida, se volvió para echar una última mirada, y los ojos de obsidiana de Gandy la flecharon. Giró con brusquedad y salió empujando las puertas vaivén.

Fue entonces cuando conoció a Willy Collinson.

Había estado en cuclillas, espiando debajo de la puerta persiana hacia la taberna cuando la puerta lo golpeó en la frente y lo hizo rodar como una pelota de bolos.

– ¡Aaaay! -chilló, sosteniéndose la cabeza y gimiendo-. ¡Aaaay!

Agatha se acuclilló para ayudarlo, y Addie y Minnie se inclinaron, lanzando exclamaciones de preocupación.

– Yo me ocuparé de él. Ustedes vuelvan a casa con sus esposos.

Cuando se fueron, Agatha hizo levantar al niño. De pie, tenía la misma altura que ella arrodillada.

– Dios mío, chico, ¿qué estabas haciendo tan cerca de la puerta? ¿Estás bien?

– Mi c… cabeza -lloriqueó-. Me g… golpeaste la c… cabeza. ¡Aaay! ¡Me duele!

– Perdóname. -Trató de ver cuan grave era el daño, pero el niño se agarró la cabeza y la apartó-. Déjame ver.

– Nooo. Qui… quiero a mi p… papá.

– Bueno, como tu papá no está aquí, ¿por qué no me dejas a mí, a ver si puedo curarte?

– Déjame tranquilo.

A pesar de la obstinación del niño, le apartó las manos y lo hizo girar hacia la luz tenue que provenía de la taberna. El cabello rubio podría haber estado un poco más limpio. El mono estaba manchado y era demasiado corto. Le corría un chorro de sangre por la frente.

– ¡Cielos, chico, estás sangrando! Ven, que te lavaré.

Se incorporó, pero el niño se soltó de un tirón.

– ¡No!

– Pero vivo ahí al lado, ¿ves? Ésa es mi tienda de sombreros, y mi apartamento está encima. Podría curarte la cabeza enseguida.

– Mi papá dice que no tengo que irme con desconocidos.

Agatha dejó las manos a los lados. El pequeño estaba un poco más tranquilo.

– ¿Qué te dice con respecto a las emergencias?

– No sé lo que son.

– Que te golpee una puerta en la cabeza… eso es una emergencia. En serio. Hay que lavarte la frente y ponerte un poco de iodo.

Willy retrocedió y los ojos se le pusieron redondos como castañas.

– Ten cuidado. Alguien podría salir y golpearte otra vez. Ven. -Le ofreció la mano en gesto práctico-. Por lo menos, apártate de la puerta mientras hablamos.

En lugar de obedecerle, se arrodilló y espió por abajo.

– ¡Eres muy pequeño para espiar por ahí!

– Tengo que encontrar a papi.

– Así no lo encontrarás. -Lo puso de pie sin demasiada gentileza y el niño empezó a moquear otra vez-. Ahí hay cosas que un chico de tu edad no tiene que ver. ¿Cuántos años tienes?

– ¡Qué te importa! -le contestó, desafiante.

– Bueno, pues me importa, jovencito. Te llevaré derecho a casa, con tu madre, y le diré qué te encontré haciendo.

– No tengo madre. Se murió.

Por segunda vez en la noche, el corazón de Agatha se estrujó.

– Oh -dijo con suavidad-, lo… lo lamento. No sabía. En ese caso, tenemos que encontrar a tu padre, ¿no es cierto?

Willy apoyó la barbilla en el pecho.

– No volvió a casa del trabajo. -Empezó a temblarle el mentón y se frotó un ojo con los nudillos sucios-. Dijo que esta noche iría a casa… p… pero… n… no fue.

Le tembló la voz y Agatha se sintió arrasada por la pena. Acarició con torpeza el cabello rubio. Había tenido tan pocas oportunidades de estar con niños, que no sabía cómo hablarle a uno de… ¿cinco años? ¿Seis? Fuera cual fuese la edad, no era lo bastante mayor para estar vagabundeando por la calle de noche. Tendría que estar metido en la cama tibia, después de una cena caliente.

– Si me dices tu apellido -lo instó con suavidad-, trataré de encontrarlo.

Sin dejar de frotarse los ojos, alzó la vista inseguro, mostrando sus enormes ojos brillantes, la nariz arrugada y la boca trémula. Lo vio luchar contra la indecisión.

– En verdad, soy una señora muy buena. -Le dirigió una sonrisa bondadosa-. No tengo hijos propios, pero si los tuviese nunca los golpearía con puertas vaivén. -Ladeó la cabeza-. Por fortuna, rodaste como un erizo.

El pequeño trató de contener la risa, pero no pudo, y le salió como un resoplido.

– Eso está mejor. ¿Me obligarás a adivinar tu nombre?

– Willy.

– ¿Willy, qué?

– Collinson.

De golpe, entendió. «Tómalo con calma Gussie. Ahora, no pierdas su confianza».

– Bueno, Willy Collinson, si te sientas en ese escalón, yo entraré y veré si encuentro a tu padre y le digo que estás esperándolo para volver a casa. ¿Qué te parece?

– ¿Eso haría? Se pone furioso cuando lo persigo.

– Claro que sí. Tú siéntate aquí y yo volveré enseguida.

Se detuvo ante las puertas y miró por encima el jolgorio de ahí dentro. Evelyn se había ido. Tras la barra, Gandy y Jack Hogg servían bebidas. Jubilee y las chicas circulaban conversando con los clientes. En el rincón cercano, Dan Loretto repartía suerte en el blackjack. Agatha entró y se abrió paso entre el gentío buscando a Collinson, sin encontrarlo. Trató de recordar si lo había visto antes, pero no pudo. Al pasar junto a una mesa redonda llena de hombres, sintió una mano que le rozaba el muslo. Otra, le apretó el brazo. Se soltó de un tirón, asustada, y avanzó hacia la barra. Gandy reía de algo que había dicho un cliente, y miraba el whisky ambarino que estaba sirviendo en un vaso medidor.

– Señor Gandy.

Alzó la cabeza con brusquedad, y la risa se esfumó.

– Pensé que se había ido.

– Estoy buscando al señor Collinson. ¿Está aquí?

– ¿Alvis Collinson?

– Sí.

– ¿Para qué lo quiere?

– ¿Está aquí?

– Usted vive en Proffitt hace más tiempo que yo. Búsquelo.

Tenía la mandíbula tensa y la mirada dura y desafiante.

Alguien la empujó de atrás. Perdió el equilibrio y se aferró de un hombro cubierto de cuero para no caer.

– Eh, ¿qué es esto? -El vaquero se dio la vuelta con lasitud, le rodeó las caderas con un brazo y la apretó contra el costado. Cuando se inclinó, el aliento hedía-. ¿Dónde estabas escondida, pequeña dama?

Lo empujó, haciendo fuerza para apartarse.

– Suéltala, compañero -ordenó Gandy.

El desconocido pasó una mano por el torso de Agatha, apretándola.

– No quiero soltarla, me gusta.

Gandy pasó encima de la barra con tal velocidad que tiró dos vasos al suelo.

– Dije que la sueltes. -Apartó la mano del hombre del cuerpo de Agatha y la echó atrás-. No es una de las chicas.

– Está bien, está bien. -El hombre alzó las palmas como si Gandy hubiera sacado una pistola-. Si era de tu propiedad, tendrías que haberlo dicho, amigo.

En la mejilla de Gandy se contrajo un músculo. A Agatha le tembló el estómago y parpadeó, con la vista baja.

Gandy tomó un Stetson color hueso de encima de la barra y lo empujó contra el vientre del vaquero.

– La calle está repleta de prostíbulos, si eso es lo que estás buscando. ¡Ahora, vete!

– ¡Jesús, hombre, qué susceptible!

– En efecto. Dirijo una taberna decente.

El vaquero se encasquetó el sombrero, se embolsó el cambio y lanzó a Agatha una mirada rabiosa. Ella sintió que otros ojos la escudriñaban desde todas direcciones y se dio la vuelta para que Gandy no pudiese ver las lágrimas de mortificación.

– Agatha.

Irguió los hombros.

– ¿Para qué quiere a Collinson?

Lo miró.

– Afuera está su hijo esperándolo para volver a la casa.

Por un instante, la resolución de Gandy vaciló. En la frente le sobresalía una vena y tenía los ojos clavados en Agatha. Indicó con la cabeza una mesa en un rincón, al fondo.

– Collinson está ahí.

Se volvió.

Gandy la retuvo por el codo. Agatha lo miró en los ojos de expresión disgustada:

– No lo irrite. Tiene el temperamento de un jabalí salvaje.

– Ya lo sé.

La soltó. Pero no la perdió de vista mientras se abría paso entre la muchedumbre, pasaba junto a una sorprendida Ruby, que la detenía para decirle algo. Asintió, tocó la mano de Ruby y siguió. Collinson alzó la vista, sorprendido, cuando se detuvo junto a él. La escuchó, dirigió una mirada hacia la puerta, frunció el entrecejo y tiró las cartas, colérico. La apartó con brutalidad cuando se levantó de la silla. Al ver que se tambaleaba, Gandy dio un paso hacia ella, pero vio que recuperaba el equilibrio contra el costado de la mesa, y se relajó. Collinson se abrió paso a codazos entre la gente, y dejó que Agatha lo siguiera.

Cuando Agatha se encaminó a la puerta, Gandy hizo lo mismo: no confiaba en Collinson.

Afuera, el hijo de perra apaleaba al niño.

– ¿Cómo se te ocurre venir aquí, si te dije que no te acercaras a la taberna?

Levantó al niño de un tirón en el brazo. Agatha, las manos sobre los bordes de las puertas, estiró el cuerpo hacia el niño, tensa y vacilante. Silencioso, Gandy se paró detrás y le aferró el hombro. La mujer giró la cabeza. Sin una palabra, el hombre se puso delante y abrió camino hacia la acera, al mismo tiempo que sacaba un cigarro.

– ¿Ganaste esta noche, Collinson? -preguntó, en tono burlón.

Encendió el cigarro con calma engañosa.

– Iba ganando, hasta que1 esta arpía vino a fastidiarme para que volviera a mi casa.

– ¿Quién es éste? Hola, hijo. Es un poco tarde para que estés en la calle, ¿no?

– Vine a buscar a papi.

– Muchacho, te dije que iría a casa cuando estuviese listo. Dejé una mano estupenda en la mesa. ¿Cómo es que no estás en casa de la tía Hattie?

– No es mi tía, y no me gusta su casa.

– Entonces, vete a casa, a la cama.

– Tampoco me gusta estar ahí. Me da miedo estar solo.

– Ya te dije, muchacho, que esas son estupideces. Es de gallinas tener miedo de la oscuridad.

Gandy se adelantó y le habló al pequeño.

– Oh, no sé. Recuerdo que, cuando era niño, solía creer que oía voces a mi espalda, en la oscuridad.

– ¡No te metas, Gandy!

Los dos se enfrentaron, nariz con nariz, en las sombras densas. El pequeño los miraba. Agatha se puso junto a él y le apoyó la mano en el hombro.

– Lleva al chico a casa, Collinson -le aconsejó Gandy, en voz baja.

– No, mientras esté ganando.

– Yo cubriré tu apuesta. Llévalo.

Gandy tomó a Collinson del brazo.

El otro, más corpulento, se soltó y lo empujó hacia atrás.

– Yo cubro mis propias apuestas, Gandy. ¡Y el mocoso no me fastidia cuando estoy divirtiéndome! -Dio un paso, amenazante, hacia Willy-. ¿Escuchaste eso, chico?

Willy se acurrucó contra la falda de Agatha.

Gandy respondió por él.

– Lo escuchó, Collinson. Entra de nuevo. Disfruta de la partida.

– Maldito si lo haré. -Apartó a Willy de Agatha y lo impulsó hacia la calle-. Ya, deja de moquear y vete a casa, que ese es tu lugar.

Le dio un empellón que lo hizo tambalearse escalones abajo.

Willy corrió un trecho y se volvió hacia el padre. Agatha lo oyó sollozar quedamente.

Collinson giró con brusquedad y se precipitó dentro, murmurando:

– Maldito chico, que me va a dar un ataque al hígado…

Willy se dio la vuelta y corrió.

– ¡Willy, espera! -Agatha bajó con esfuerzo los tres escalones, pero no podía correr. Renqueó tras él pero no alcanzó a llegar más que hasta el travesaño para amarrar a los caballos, y desistió-. ¡Willy!

El grito angustiado se mezcló con el estrépito que salía de la taberna, mientras se agarraba la cadera dolorida.

Gandy la vio esforzarse, y oyó al niño correr llorando en la oscuridad.

Agatha se dio la vuelta y rogó:

– ¡Haga algo, Gandy!

En ese instante, empezó a entender con claridad qué quería de él esa mujer, y no quiso saber nada. Pero respondió a su propio corazón oprimido.

– ¡Willy!

Tiró el cigarro, salió a la calle y se puso a correr con el corazón agitado. Un pequeño de cinco años no era rival para las piernas largas de Gandy. Alcanzó a Willy en menos de doce zancadas y, sacándolo del medio de la calle, lo atrapó en los brazos.

El chico se abrazó a Gandy y metió la cara en el hueco del cuello.

– Willy. No llores… eh, eh… está bien.

Gandy no tenía experiencia en consolar niños y se sentía torpe y asustado. El chico no pesaba casi nada, pero los brazos flacos se le aferraban al cuello como si él fuese el padre. Tragó saliva un par de veces, pero el nudo en la garganta no se deshacía. Llevó a Willy con Agatha y se detuvo ante ella, sintiéndose fuera de lugar.

La mujer acarició la espalda estremecida de Willy, la frotó para tranquilizarlo.

– ¡Shh! ¡Shh! -El tono era suave y tranquilizador-. No estás solo, pequeño.

Le acarició el remolino de la coronilla. La mano de Gandy se extendió sobre la camisa arrugada del pequeño, el torso flaco que se sacudía al ritmo de los sollozos. La de Agatha, bajó. Los dedos de ambos se rozaron un instante. Entonces, pasó una corriente de buenas intenciones y entre los dos tuvieron que contener las ganas de enlazar los dedos y unir esfuerzos para ayudar al niño. Se dieron la vuelta y se sentaron juntos uno al lado del otro, con Willy en el regazo de Gandy.

– Willy, no llores más.

Sin embargo, no podía detenerse. Se acurrucó sobre Gandy, que miró a Agatha, impotente, sobre la cabeza rubia. Vio el brillo de las lágrimas en los ojos de la mujer y frotó el brazo delgado de Willy.

– Lo llevaría yo misma si pudiera, pero… -En la breve pausa, él recordó los lastimosos esfuerzos de ella por correr tras el niño-. ¿Podría cargarlo hasta mi casa?

Asintió.

Pasaron por la sombrerería oscurecida, salieron por la puerta trasera y subieron la escalera. A Gandy nunca le había llevado tanto tiempo subir. Con Willy en brazos, acomodándose al paso de Agatha, la vio subir con dificultad, aferrándose con fuerza a la baranda. Entretanto, se sorprendió recordando su juventud en Waverley: sano, fuerte y rodeado de todo el amor y la seguridad que un niño necesitaba para crecer feliz. En el rellano, Agatha abrió la puerta y entró primera, en una oscuridad total.

– Espere aquí. Encenderé una lámpara.

Gandy se quedó quieto, escuchando los pasos de Agatha arrastrándose y a Willy que lloraba contra su cuello.

Una lámpara se encendió en mitad de un cuarto de las proporciones de una caja de fósforos. Gandy casi no tuvo tiempo de formarse una idea cuando volvió a hablar.

– Tráigalo aquí.

Apoyó al niño en la mesa plegadiza más diminuta que hubiese visto.

– Si le pido otro favor, será el último. -Le alcanzó un balde esmaltado de blanco-. ¿Podría llenar esto, por favor?

Corrió escaleras abajo y llenó el balde con agua del barril que estaba bajo los escalones. Cuando subía otra vez con el cubo pesado, pensó en Agatha en lugar de pensar en el chico. Si le resultaba difícil subir con las manos vacías, ¿cómo se las arreglaría con un cubo de agua?

Cuando volvió, Willy estaba más tranquilo. Los dos conversaban en voz baja. Apoyó el balde en un banco bajo, junto al fregadero seco y cuando se volvió vio que Agatha enjugaba los párpados inferiores del pequeño con los pulgares. Gandy se acercó y contempló la cabeza rubia y los hombros angostos. La suciedad de Willy era innegable. El pelo, la ropa, las uñas, el cuello, a todo le hacía falta más que un balde de agua fría. Los ojos de Gandy se toparon con los de Agatha y comprendió que estaba pensando lo mismo.

– Ahora, nos ocuparemos de ese golpe en tu cabeza.

Se dio la vuelta y agarró un trapo de un toallero que estaba en la pared, lo echó sobre el hombro y volcó un poco de agua en la palangana. El agua chapoteó casi hasta el borde cuando la llevó hasta la mesa. Gandy se quedó ahí, de pie, sintiéndose demasiado grande e inútil, al verla sumergir el paño, estrujarlo y aplicarlo a la frente de Willy.

El niño se echó atrás, gimiendo.

– Ya sé que duele. Tendré cuidado.

Gandy se apoyó colocando una palma sobre la mesa, junto a Willy, y le habló:

– Me acuerdo de una vez, cuando yo tenía más o menos tu edad, tal vez un poco más. Donde yo vivía había un río. El Tombigbee, se llamaba. Mi amigo y yo solíamos nadar ahí en el verano. Era en la zona del Mississippi, y ahí hace mucho calor en mitad del verano. -Acentuó «mi», en «mitad», cosa que hizo alzar la vista y sonreír a Agatha-. De hecho, hace tanto calor que a veces ni nos deteníamos a quitarnos los pantalones. Nos tirábamos con ropa y todo. En la época de la que hablo, Cleavon y yo… -Dirigiéndose a Agatha, le aclaró-: Cleavón es el verdadero nombre de Ivory. -Volvió la atención al niño-. Bueno, el caso es que Cleavon y yo corríamos hacia el río a toda velocidad. Nos tiramos de cabeza al agua y yo me golpeé contra una roca y me hice un huevo de ganso en la frente del tamaño de tu puño. Tienes puño, ¿no es cierto?

Orgulloso, Willy mostró un puño diminuto. Ya no se resistía a la cura y estaba quieto, fascinado. Con el rabillo del ojo, Gandy la vio tomar el frasco de iodo y reanudó el relato.

– Además, me quedé desmayado como una almeja. Mi amigo Cleavon me sacó del agua y fue gritando a pedir ayuda. Mi padre fue hasta el río y me cargó hasta la casa. Teníamos a esa vieja dictadora llamada Leatrice… -Agatha sonrió al oír el nombre: Li-a-tris-. Era negra como la bola ocho del billar, y más o menos de la misma forma, pero mucho, mucho más grande. Leatrice me regañó. Me dijo que no tenía un ápice de sentido común.

»Te digo, Willy, que yó me creía más astuto que ella. -Agatha le aplicó el iodo, y Willy apenas se encogió-. A fin de cuentas, yo era el que iba a nadar al río en verano, cuando hacía casi treinta y ocho grados. Leatrice, en cambio, se quedaba en la cocina caldeada.

– ¿Cómo? -preguntó Willy.

– ¿Cómo es que Leatrice se quedaba en la cocina, dices?

Willy asintió con bríos. Por un instante, los ojos de Gandy se toparon con los de Agatha y se preguntó si sería del Norte o del Sur. Quince años después de la guerra, ¿todavía le importaría, como pasaba con algunos?

– Porque trabajaba para nosotros. Era la cocinera.

– Ah. -Willy gozaba de la bendita ignorancia infantil con respecto a los matices. Con indisimulado interés, insistió-: ¿Qué pasó con tu huevo de ganso?

Gandy rió.

– Leatrice me puso un emplasto maloliente de caléndula y me hizo beber té de tilo para el dolor de cabeza.

– ¿Se te pasó?

Gandy rió de nuevo.

– Casi por completo. -Se inclinó y se tocó con un dedo el nacimiento del cabello-. Todavía tengo una pequeña cicatriz aquí, para recordarme que nunca tengo que zambullirme en el río sin saber qué hay bajo el agua. Después de eso mi padre hizo cavar una piscina y, desde entonces, nadaba ahí.

Cuando se irguió, Agatha le observó la raíz del cabello buscando la cicatriz.

Gandy miró en su dirección y ella bajó la vista.

En el silencio, Willy preguntó:

– ¿Todavía te duele?

– No. No me acuerdo casi nunca. A ti también se te pasará.

Willy se palpó con vivacidad la herida de la frente y declaró:

– Tengo hambre.

Si fuese por Agatha, tendría una despensa llena de cosas para deleitar a un chico, y hacerlo olvidar los golpes en la frente y los raspones. Si fuese por ella, atiborraría a Willy hasta que le estallara el estómago. Pero lo único que pudo ofrecerle, fue:

– ¿Te gustarían unas tostadas?

Asintió con entusiasmo.

Encontró las tostadas con canela y dejó a Willy sentado en el borde de la mesa, con la lata entera.

– Me gustaría tener una cocina -le dijo a Gandy-. Siempre lo deseé.

Por primera vez, el hombre examinó la vivienda. El apartamento tenía la mitad de tamaño que el propio… y el suyo parecía atestado. Había una estufa, el fregadero seco, pero ninguno de los elementos necesarios para cocinar. Los muebles eran viejos y macizos. De la pared colgaba una muestra, en las ventanas, cortinas de encaje. La pulcritud era casi dolorosa.

– ¿Cuánto hace que vive aquí?

– Trece años. Desde que murió mi padre. Cuando él estaba, vivíamos en Colorado. Cuando murió, mi madre quiso empezar de nuevo, alejarse de los malos recuerdos. Vinimos aquí y abrió la sombrerería. Desde entonces, vivo aquí.

– Pero, ¿le gusta?

Lo miró en los ojos.

– ¿Acaso a alguien le gusta lo que la vida le depara? Aquí es donde trabajo. Me quedo, igual que muchos otros.

Gandy siempre se había sentido libre de ir y venir según se le antojara, de arrancar sus raíces y plantarlas en un sitio nuevo, y no se imaginaba permaneciendo tanto tiempo en un lugar que no le gustara. Si bien no consideraba Proffitt como el Jardín del Edén, pensaba quedarse ahí lo suficiente para hacer su agosto, y después marcharse.

Mientras recorría con la vista la morada, la de Agatha estaba fija en él.

– Se le manchó el cuello.

Gandy salió de sus meditaciones y advirtió que le hablaba.

– ¿Qué?

– Dije que se le manchó el cuello. -Bajó la barbilla pero no pudo ver-. Un poco de sangre de Willy -le aclaró.

Gandy se miró en un pequeño espejo ovalado que había sobre el fregadero, y tuvo que flexionar las rodillas para hacerlo. Se frotó el cuello.

– Puedo quitársela con un poco de agua fría.

Gandy se dio la vuelta.

– ¿Lo haría?

«No», quiso responder Agatha, arrepentida de haberse ofrecido. ¿Qué trataba de demostrar, preocupándose por la ropa de Gandy? Lo provocó el hecho de tener ahí al niño y al hombre… casi como si los tres constituyesen una familia. Sería preferible que no llevara el argumento demasiado lejos.

Pero la oferta estaba hecha, y Gandy esperaba:

– Espere que traiga un poco de agua limpia. -Llevó la palangana al fregadero y se detuvo frente a él, que estaba delante de las puertas-. Permítame.

Miró hacia abajo.

– Oh… disculpe.

Se apartó de un salto.

Volcó el agua sucia en un cubo de residuos, cerró las puertas y llenó de nuevo la palangana. Cuando se volvió hacia él con un paño húmedo, los ojos chocaron un instante y después se apartaron.

– Sería mejor que se afloje la corbata.

– Ah… claro.

Le dio un tirón y la soltó con un dedo, se la quitó y se quedó esperando.

– Y el botón del cuello.

Lo soltó.

Agatha levantó las manos, y Gandy la barbilla. Por extraño que pareciera, sintió que él estaba tan incómodo como ella. Metió la punta de una toalla limpia detrás del cuello y lo mojó por delante con la mojada. Era la primera vez en su vida que tocaba el cuello de un hombre. Era tibio y suave. Las patillas le cosquillearon el dorso de la mano, en un contacto áspero aunque agradable… también por primera vez. La barba era muy densa y negra. Casi siempre parecía necesitar una afeitada. Tenía el aroma de tabaco pegado a la ropa. En dosis pequeñas, resultaba muy agradable.

Gandy observó el techo de hojalata acanalada. ¿Qué diablos estás haciendo aquí, muchacho? Esta mujer te traerá dificultades. ¡Hace una hora, ella y sus infernales «secos» molestaban a tus clientes y trataban de hacerlos volver a las casas! Y ahora estás aquí, con el mentón al aire, dejándote malcriar.

– Es extraño, ¿sabe? -comentó, sin sacar la vista del techo.

– ¿Qué cosa?

– Lo que estamos haciendo ahora, y lo que hacíamos una hora atrás.

– Lo sé.

– Tengo sentimientos contradictorios al respecto.

Bajaron las manos y también el mentón. Los ojos se encontraron. Los de ella se apartaron.

– Yo también -admitió con suavidad. Levantó otra vez el rostro y enfrentó su mirada-. Esto no lo decidimos nosotros, ¿verdad?

Gandy miró a Willy y luego a ella.

– No exactamente.

– Y no porque le haya limpiado el cuello sucio me pasé de su lado.

– Ya volverá, con más municiones.

Al responderle, Agatha sintió un fugaz pinchazo de arrepentimiento.

– Sí.

– Y yo seguiré vendiendo whisky.

– Lo sé.

Willy seguía sentado en la mesa, comiendo tostadas; Agatha y Gandy se miraban. Eran enemigos. ¿Lo eran? ¡Sin duda, no eran aliados! Tampoco se podía negar que, por misteriosos caminos, se habían hecho amigos.

Agatha tenía algo en mente que necesitaba decir. Dejó los paños mojados en el borde del fregadero y se puso de costado a él.

– Quiero que sepa que me avergonzó lo que hizo Evelyn Sowers en la taberna, esta noche. Está convirtiéndose en una fanática, y no sé si puedo detenerla. -Se volvió, mostrándole la expresión preocupada-. Ni estoy segura de que sea mi responsabilidad frenarla. Yo no pedí ser presidenta de la U.M.C.T, ya sabe. Drusilla Wilson me obligó, con engaños.

En la estrecha, tranquila y solitaria habitación, de pronto Gandy advirtió con cuánta claridad llegaban desde abajo los sonidos de la música y las voces. Agatha abría la tienda a la mañana, temprano. Supuso que muchas mañanas lo haría cansada y malhumorada, mientras él y su banda dormían profundamente al otro lado de la pared.

– Escuche, lamento lo del ruido.

No esperaba que dijera algo así, ni tampoco oírse a sí misma responder:

– Y yo lamento lo de Evelyn Sowers.

Los dos tomaron conciencia al mismo tiempo y sonrieron.

Gandy fue el primero en recobrarse:

– Será mejor que vuelva. Ahí abajo está lleno y me necesitan.

Agatha observó las sombras que proyectaba la lámpara en el cuello abierto de la camisa.

– No pude quitarle toda la mancha de sangre.

Se tocó y miró.

– Está bien. Pasaré por mi apartamento y me pondré una limpia.

Miró hacia la mesa. Willy masticaba, se rascaba la cabeza y balanceaba los pies cruzados. Le habló a Agatha en voz baja:

– ¿Qué piensa hacer con él? No puede tenerlo aquí.

– Lo acompañaré a la casa. Me gustaría no tener que hacerlo, pero… -Miró al chico, a Gandy, y se le entristeció el semblante-. Oh, Gandy, es tan pequeño para quedarse solo…

Estiró la mano y le oprimió el antebrazo.

– Ya lo sé, pero no es nuestro problema.

– ¿No?

Los ojos se comunicaron por un lapso prolongado e intenso. Gandy bajó la mano.

– Pienso pedirle al reverendo Clarksdale que hable con Alvis Collinson.

– ¿Cree que servirá de algo?

– No lo sé. ¿Se le ocurre una idea mejor?

No se le ocurría. Más aún, no quería meterse en los problemas de Willy. No era ningún cruzado. Ése era el fuerte de Agatha. Pero se acercó al niño.

– ¿Ya estás más o menos lleno?

Resplandeciente, Willy negó con la cabeza.

– Llevaremos una para el camino. Agatha te acompañará a tu casa.

Willy dejó de masticar, y el rostro se le ensombreció. Habló con la boca llena de tostadas:

– Pero no quiero irme a casa. Me gusta estar aquí.

Gandy se endureció, le dio a Willy otra tostada, tapó la lata y lo levantó de la mesa.

– Tal vez tu papá ya esté en casa. En ese caso, debe de estar preocupado por ti.

«Difícil», pensó, mirando a Agatha, cuyos ojos reflejaban el mismo pensamiento.

Dejaron la lámpara encendida y salieron al rellano, de la mano, Willy en el medio, uniéndolos. Agatha esperaba que Gandy los dejara ahí y fuera a su apartamento, pero lo que hizo fue agarrar al niño de las axilas:

– ¡Arriba! -Lo cargó escaleras abajo, manteniendo pacientemente el paso de Agatha. Al llegar abajo, dejó a Willy en el suelo y se puso de cuclillas ante él-. Te diré una cosa. Ven a visitarme una tarde de estas. -Giró sobre los talones y lo señaló con el largo dedo índice-. ¿Ves esa ventana, ahí arriba? Es mi oficina.

Willy miró y sonrió.

– ¿En serio?

– En serio. ¿Alguna vez viste algodón… quiero decir, de verdad, como crece en la planta?

– No.

– Bueno, ahí tengo un poco. Ven a visitarme y te lo mostraré.

Impulsivo, Willy echó los brazos al cuello de Gandy y le dio un enorme abrazo.

– Iré mañana.

Gandy rió e hizo girar al chico hacia Agatha.

– Ahora, vete a casa y duerme bien.

Willy volvió junto a Agatha y tomó sin vacilaciones la mano que le tendía. Al hacerlo, la mujer sintió que se le estrujaba el corazón y después, un ramalazo de felicidad.

– Dale las buenas noches al señor Gandy.

Willy se volvió, sin soltarle la mano y lo saludó sobre el hombro:

– Buenas noches, señor Gandy.

– Buenas noches, Willy.

Gandy tuvo una súbita ocurrencia:

– ¡Espere, Agatha!

Se detuvo. Gandy levantó un dedo.

– Un minuto. -Desapareció en las sombras y entró por la puerta de atrás de la taberna. Un momento después estaba de regreso, saliendo a la luz de la luna-. Está bien -dijo, en voz queda.

Así que Alvis Collinson aún estaba dentro. Por instinto, Agatha apretó los dedos en torno de la mano pequeña.

– Buenas noches, Gandy -dijo con suavidad.

– Buenas noches, Agatha.

Con el entrecejo fruncido, el hombre alto de patillas negras los vio irse en la oscuridad, tomados de la mano.

La casa de Collinson era un chiquero. El piso estaba sucio y una estufa herrumbrada. Los platos sucios con restos de comida en descomposición, viciaban el aire. Había ropa sucia tirada por todas partes. Tuvo que ignorar el estado de la cama en la que metió a Willy.

– Ahora estarás bien.

Los luminosos ojos castaños le dijeron que la valentía estaba esfumándose, ahora que iba a dejarlo solo.

– ¿Te vas, Agatha?

– Sí, Willy. Debo hacerlo.

Le tembló la barbilla. Agatha se arrodilló junto a la cama y le apartó el cabello de la sien.

– Cuando visites al señor Gandy, no te olvides de pasar por mi tienda a saludarme.

El niño no respondió, y apretó los labios. Le asomaron lágrimas a las comisuras de los ojos.

Que tu alma arda en el infierno, Alvis Collinson, por tratar a este niño hermoso como si no desearas que viviera, mientras que yo daría mi cadera sana por tener uno como él.

Tuvo que contenerse para mantener los ojos secos.

– Lo harás, ¿verdad?Willy tragó saliva y asintió. Se le resbaló una lágrima por la mejillla.

Agatha se inclinó y lo besó, sintiendo que el corazón le estallaba.

Le pareció que llevaba el hedor de las sábanas pegado a la nariz en todo el trayecto hasta la casa.

Capítulo 8

En una semana, Willy se convirtió en visitante habitual de la sombrerería. Agatha oía abrirse la puerta trasera y, un momento después, él estaba junto a su codo preguntando:

– ¿Qué es eso? ¿Por qué haces eso? ¿Para qué es?

La educación del pequeño había sido bastante descuidada. Y si bien todo le despertaba curiosidad, tenía pocos conocimientos básicos. Le respondía a todas las preguntas con paciencia, complacida por el modo en que los ojos se le iluminaban a cada cosa que aprendía.

– Esto es un dedal.

– ¿Para qué sirve?

– Para empujar la aguja, ¿ves?

– ¿Qué es esos?

– Qué son esos -le corregía, para luego responderle-: Piedras, simples piedras.

– ¿Qué vas a hacer con ellas?

– Sujetar los moldes mientras corto alrededor… ¿ves?

Desde que tenía la máquina de coser, se había suscrito al periódico de modas Ebenezer Butterick y encargó veinte moldes de papel tisú que entusiasmaron a sus clientes y ya le habían encargado varios vestidos para confeccionar. Sin embargo, ese día estaba cortando el primero de los tres vestidos de cancán rojos y negros. Eligió varias piedras de un balde de hojalata para hacer de pesas sobre el tisú. Con la barbilla en el borde de la alta mesa de trabajo, Willy observaba con atención mientras Agatha cortaba la falda. Los ojos del niño registraron con cuánto cuidado apartó cada pieza cortada, sin quitar el molde ni las piedras. Miró en el balde y luego los moldes que faltaban.

– Vas a necesitar más piedras, Agatha.

Miró en el balde.

– Así es, Willy. -Fingió un ceño preocupado-. Oh, cómo odio dejar de trabajar para salir a buscarlas.

– ¡Yo iré!

Antes de que la sonrisa se dibujara en el rostro de Agatha, el niño ya corría hacia la puerta.

– Willy.

Se dio la vuelta, anhelantes los ojos castaños, el cabello pegado de un lado.

– ¿Eh?

– Lleva el balde para juntarlas.

Sacó las que quedaban y se lo dio. Mientras continuaba trabajando, alzaba la vista a menudo y miraba por la puerta trasera, para verlo en cuclillas, el trasero curvado casi en el suelo, el mentón en las rodillas, excavando con un palo. Entró cinco minutos después, cargando orgulloso el balde lleno de piedras sucias.

– Llévalas otra vez afuera y lávalas, para que no ensucien la tela.

Salió afuera y regresó tras unos segundos.

– No alcanzo.

Agatha rió, más feliz de lo que recordaba haber estado nunca, y salió a ayudarlo. Mientras se agachaba para juntar agua del profundo barril de madera, comentó:

– Tendremos que conseguir un pequeño taburete para que puedas subirte, ¿eh? -Antes de entrar, agregó con severidad-: Y procura lavarte las manos, al mismo tiempo.

Cuando volvió, la ropa sucia exhibía manchas húmedas, donde había secado las piedras. Se quejaba y resoplaba cargando el balde pesado, pero lo depositó, orgulloso, a los pies de la mujer.

– ¡Aquí están! ¡Lo hicí!

– Lo hice -corrigió.

– Lo hice -repitió, como un loro.

Agatha examinó las piedras con grandes aspavientos.

– Y lo hiciste muy bien. Todas limpias… ¡y secas, Dios mío! Ve al frente, y pídele a Violet un penique. Dile que yo dije que lo ganaste.

Willy se puso radiante, con las mejillas arreboladas como manzanas de otoño. Giró sobre los talones y se precipitó a través de la abertura de la cortina. Agatha sonrió al oír la voz aguda, excitada.

– ¡Eh, Violet! Agatha dice que te pila un penique. Dice que te diga que lo ané.

– ¿En serio? -fue la respuesta de Violet-. ¿Y qué fue lo que hiciste para ganártelo?

– Junté unas piedras y las lavé, y las sequé.

– Tiene razón. Es un trabajo pesado: no sé cómo hacíamos antes de que tú anduvieras por aquí.

Agatha imaginó los ojos brillantes de Willy siguiendo las manos de Violet que buscaba en el cajón del escritorio. Un momento después, se oyó golpear la puerta del frente.

Estaba de regreso en menos de cinco minutos, con una barra de zarzaparrilla. Chupándola, ocupó de nuevo su lugar junto a la mesa de trabajo.

– ¿Quieres una chupada?

Apuntó la barra en dirección a Agatha. Sabiendo que raras veces recibía dulces, comprendió el valor del ofrecimiento, y no tuvo corazón para rechazarlo.

– Mmmm.

– Zarzaparrilla. -La metió otra vez en la boca y, un minuto después, preguntó-: ¿Qué es eso?

Apuntó con un dedo regordete.

– Polvo de tiza.

– ¿Para qué sirve?

– Para marcar.

– ¿Qué es marcar?

– Así se dice cuando señalo los sitios donde tengo que hacer una pinza.

– ¿Qué es una pinza?

– Una costura que une parte de la tela y le da forma al vestido.

– Ah. -Se rascó la cabeza con vigor, moviendo la barra de zarzaparrilla en la lengua como si fuese el émbolo en una mantequera. Observaba con atención las manos de Agatha-. ¿Tienes que hacer pasar la tiza por esos agujeros pequeños?

– Exacto.

Las únicas marcas en el papel fino eran agujeros de diferentes tamaños, cada uno de los cuales tenía un significado. Espolvoreó con cuidado el fino polvo de tiza sobre ellos y lo frotó antes de quitar el molde, dejando una serie de puntos blancos claramente marcados.

– ¿Ves? -le dijo al niño.

– ¡Jesús!

– ¿No es increíble?

También ella estaba aún maravillada por los moldes nuevos y la máquina de coser. El trabajo se había vuelto entretenido.

Enrolló la pieza del molde y sacudió la tiza sobrante en el frasco de vidrio. Willy se rascó la cabeza y masticó lo que le quedaba de la zarzaparrilla.

– ¿Alguna vez me dejarás probar a mí?

– Hoy no. Y seguro que no, si no te lavas esas manos pegajosas. ¡Y mira el borde de la mesa!

Observó, acusadora, las marcas sucias que dejaron los dedos del chico.

A partir de ese día, comenzó a presentarse con las manos más limpias. Pero el resto de su persona todavía era una mugre. Se rascaba la cabeza sin cesar. Usaba la misma ropa todos los días. Despedía un olor terrible. Aunque Agatha habló con el reverendo Clarksdale, no sirvió de nada. Alvis Collinson no atendía al hijo mejor que antes. Sin embargo, la atención que a Willy le faltaba en la casa la encontraba en el taller de Agatha. Las horas que pasaba ahí se convirtieron en las más luminosas del día tanto para ella como para él, suponía.

Por las noches, continuaba la tarea en la U.M.C.T. Se hizo el propósito de participar en cualquier grupo, menos en aquellos que incluyesen a Evelyn Sowers. Estableció una rutina de visitar cuatro tabernas cada noche, terminando, como las agujas del reloj, en la Gilded Cage. A medida que pasaba el tiempo, más hombres firmaban el compromiso de abstinencia, pero pocos de los clientes de Gandy.

Era lo bastante innovador para no perder ninguno.

La noche en que Agatha se instaló en la puerta y leyó en voz alta trozos de «Diez noches en una taberna», colgó un cartel que ofrecía palomitas de maíz gratis.

La noche que ella distribuyó panfletos titulados: «Ayudemos al vaquero libertino del Oeste», él ofreció un vale por un baño gratis en Cowboy's Rest, a cambio de cada panfleto que se entregara en el bar.

Cuando dirigió a las señoras en la canción: «Los labios que toquen el whisky no tocarán los míos», puso una lista de las bebidas más nuevas que se podían adquirir en la Gilded Cage: brebajes con nombres misteriosos como ponche de ginebra, mint julep, sangría, clericó de jerez, timber doodles y blazer azul.

Cuando las damas, conducidas por Agatha, cantaron el clásico cristiano, «La Fe de Nuestros Padres», le hizo una seña a Ivory que, de inmediato, entró con el acompañamiento al piano. Gandy, de pie detrás de la barra, dirigió a toda su clientela en la versión más vehemente que Proffitt escuchó jamás… ¡dentro o fuera de la iglesia! Cuando el «Amén» se perdió, le sonrió a Agatha y anunció:

– ¡Sardinas gratis en el bar! ¡Vengan todos a buscarlas!

Cuando Agatha pasó el tazón de la colecta pidiendo donaciones para el movimiento, Gandy anunció que, esa noche, la bolsa del keno se duplicaría.

Sí, no cabía duda de que era innovador. Pero Agatha había llegado a disfrutar del intento de superarlo.

Una noche, antes de que se reunieran los parroquianos de Gandy y las luchadoras de Agatha, la mujer entró en el Gilded Cage y se encaminó directamente a la barra. Gandy estaba en la parte más cercana, de espaldas a la barra, los codos apoyados en la superficie lustrosa, y la miraba acercarse. Tenía el Stetson bajo. Fumaba el cigarro sin tocarlo con los dedos. El chaleco color jengibre estaba inmaculado. Los hoyuelos, intactos.

– Bueno, ¿qué la trae tan temprano por aquí, señorita Downing?

Siempre la llamaba «señorita Downing» cuando había otros cerca.

Agatha le entregó una copia de «Ayudemos al Vaquero Libertino del Oeste».

– Quiero mi vale para un baño gratis, señor Gandy.

Scott miró el panfleto, se sacó el cigarro y amplió la sonrisa.

– Debo suponer que habla en serio.

Asintió.

– Por cierto. Creo que el aviso dice un panfleto por un vale.

El hombre tomó el panfleto y lo hojeó:

– No pretenderá que lo lea.

– Como prefiera, señor Gandy. Mi vale, por favor -repitió, con formalidad, extendiendo la palma.

Ni ella ni Gandy tenían el menor inconveniente para enfrentarse con la más absoluta amabilidad mientras intercambiaban desafíos.

Gandy adoptó la pose de antes, con los codos apoyados, y ordenó, sobre el hombro:

– Jack, dale a la dama un vale para el baño.

Sonó la registradora y Jack Hogg le entregó un redondel de madera.

– Aquí tiene, señorita Downing.

– Gracias, señor Hogg.

– Creo que la mejor hora para ir al Rest es a la mañana temprano, antes de que los vaqueros se levanten.

Se le puso el cuello rojo: en el Estado de Kansas ninguna mujer decente se dejaría sorprender en un lugar como el Cowboy's Rest. Pero contestó con gentileza:

– Lo tendré en cuenta.

Se dio la vuelta para marcharse.

– Oh, señorita Downing. -Se volvió hacia Jack-. Tengo una camisa rota bajo el brazo que necesitaría unas puntadas de su máquina.

– Llévela cuando quiera. Si no estoy yo, lo atenderá la señorita Parsons.

– Lo haré.

Levantó el sombrero y sonrió. Agatha ya no pensó en la mitad lívida de la cara sino en lo apuesto que sería antes de tener las cicatrices.

Al pasar junto a Gandy, este levantó una fuente del bar:

– ¿Quiere una sardina, señorita Downing?

Miró la fuente, luego a él: los hoyuelos proclamaban que esperaba que rechazara.

– Claro, gracias, señor Gandy. Me gustaría.

Odiaba el pescado, pero tomó una de la fuente, y se la metió en la boca sin vacilar. Masticó. Paró. Masticó otra vez y tragó, se estremeció con violencia y cerró los ojos.

– ¿Qué pasa? ¿No le gustan las sardinas?

– ¡Qué vergüenza, señor Gandy! ¿Acaso no tiene conciencia, que les da a los clientes pescados salados como los siete mares?

– Ni la más mínima.

– Y palomitas de maíz, que deben de ser iguales.

– La semana que viene traeré ostras frescas. No son tan saladas, pero sí una exquisitez. -Levantó una ceja y alzó la fuente-. ¿Quiere otra?

Agatha miró con recelo la fila de pescados resbaladizos.

– Supongo que lo llamará libre empresa. -Riendo, el hombre dejó el plato. La mujer se lamió el aceite de los dedos-. ¿Qué se le ocurrirá a continuación, señor Gandy?

– No sé. -La expresión era totalmente amistosa y triunfal-. Estoy quedándome sin ideas. ¿Y usted?

Agatha no rió. Pero requirió un gran control de sí misma para no hacerlo.

Agatha decidió que era mejor ser franca con las compañeras de la U.M.C.T y decirles que estaba haciendo un trabajo para el señor Gandy y sus empleadas.

Evelyn Sowers se crispó y resopló:

– ¡Haciendo tratos con el enemigo!

Agatha esperaba eso.

– Tal vez lo sea, pero para un buen fin. El diez por ciento de todo lo que gane con el señor Gandy será para la causa. Como saben, nuestros cofres están bastante vacíos.

La boca de Evelyn siguió torcida en gesto amargo, pero no discutió más.

Jubilee, Pearl y Ruby fueron a probarse los vestidos. Entraron por la puerta trasera con su estilo lánguido, charlando y riendo, con las batas puestas. La de Pearl era rosada, la de Ruby, púrpura. La de Jubilee, verde turquesa.

Agatha hizo un gran esfuerzo para no mirarla fijo.

Las tres rieron y entraron en la tienda.

– Hola, Agatha. Hola Violet. Cómo estás, Willy.

Willy se apartó de Agatha y corrió hacia ellas.

– ¿Os probasteis los vestidos nuevos de baile?

Ruby pellizcó la nariz de Willy:

– Seguro.

– Espiaré por debajo de la puerta y os veré bailar con ellos puestos.

Con gesto cariñoso, Jubilee lo tomó del hombro y lo hizo girar:

– Oh, no, jovencito, no lo harás.

– Sí, lo haré.

– Si te pesco, te escaldaré el trasero.

Willy no se sintió amenazado. Sonrió y movió la cabeza, confiado:

– No.

– ¿Cómo sabes que no?

– Porque iré corriendo a contárselo a Scotty y a Agatha, y ellos no te dejarán.

Con los brazos en jarras, Jube se inclinó y apoyó la frente contra la de Willy:

– Bonito bribón estás hecho tú, ¿eh, Willy Collinson?

– Eso dice Agatha.

Todos rieron. Pearl revolvió el cabello de Willy.

El chico alzó los ojos hacia ella:

– He ayudado a Agatha a hacer vuestros vestidos, Pearl.

– ¡No me digas!

– ¿No'e cierto, Agatha?

Excitado, se volvió hacia ella.

– ¿No es cierto? -lo corrigió-. Ya lo creo que me ayudó. Pone los pesos sobre los moldes que yo pongo sobre las telas.

Violet agregó:

– Y ayuda a que los frunces no se ricen mientras Agatha y yo los formamos.

Ruby apoyó un puño en la cadera en una pose de falsa suspicacia:

– ¡Bueno, imagina eso!

– Y Agatha dice que me conseguirá un taburete para que yo pueda ver sobre la mesa y para que alcance hasta el barril de agua.

Más risas.

Agatha se puso a la tarea:

– Los vestidos están listos para probar. -Los trajo y los colgó de una barra alta-. Quedarán deslumbrantes.

Lo eran. Más aún sobre esos cuerpos exquisitos. Agatha no pudo evitar envidiar a las muchachas cuando se los pusieron y exhibieron sus cinturas de avispa que realzaban los corsés con ballenas en forma de cucharas en el frente. A petición de Agatha, las tres tenían puestas botas de tacón alto, para poder ajustar bien los ruedos. Nunca pudo usar zapatos de tacón alto… y qué atractivos se veían los tobillos femeninos con ellos. Verlos era casi tan divertido como usarlos.

Jubilee y Ruby estaban de pie sobre la mesa de trabajo mientras Agatha y Violet marcaban los ruedos con tiza. Pearl haraganeaba en una silla, esperando su turno.

– ¿Conocen a ese vaquero llamado Slim McCord? -preguntó Jubilee.

– ¡Ese alto, flaco, con la nariz como una zanahoria!

– Ése.

– ¿Qué pasa con él?

– Quiso hacerme creer que, a veces, cuando están en camino, hace tanto calor que tienen que sumergir en baldes con agua los frenos de los caballos para que no les quemen la lengua.

Con el rabillo del ojo, Pearl comprobó si Willy la escuchaba.

– ¿Vosotras lo creéis?

– Mmm… -Rüby adoptó aire pensativo-. Yo, no. Pero, ¿qué opináis del viejo Cuatro Dedos Thompson, que asegura que, cuando se queda sin sal en la carreta, lame el sudor del caballo en la montura?

Fascinado, Willy no se perdía palabra.

– ¡Escuchad esto! -exclamó Pearl-. El viejo Duffield me preguntó: «¿Sabes cómo averiguar cuándo se levanta viento en Texas?». -Pearl hizo una pausa dramática, y miró de soslayo a Willy-. ¿Sabes cómo, Willy?

Negó con la cabeza, y se rascó.

– Bueno, según Duffield, clavas una cadena en la punta de un poste, y cuando sopla viento calmo, queda derecha. Cuando el último eslabón se suelta, puedes esperar mal tiempo.

Todos rieron, y Willy se abalanzó alegremente sobre el regazo de Pearl.

– ¡Ah, estabas burlándote de mi, Pearl!

La muchacha le revolvió el pelo y sonrió.

Las chicas siempre llevaban consigo un aire de festividad y, además, junto con los otros empleados de la Gilded Cage, se interesaban por Willy. A Agatha le encantaba tenerlos en la tienda. Cuando terminó la prueba y se marcharon, todo pareció muy aburrido.

Willy estaba sentado en el umbral de la puerta trasera jugando con un gusano verde y rascándose. Doblado por la cintura, observaba al insecto arrastrarse por su bota, y se rascaba el cuello. Se enderezó y lo vio arrastrarse de un dedo índice al otro, y se rascó la axila. Se puso el gusano en la rodilla y se rascó la ingle. Dejó el gusano en el suelo y se rascó la cabeza.

– ¿Te gustaría darte un baño, Willy?

Giró sobre el trasero.

– ¡Un baño! ¡No me daré ningún baño!

Agatha y Violet intercambiaron miradas severas.

– ¿Por qué no?

– Pa nunca no me hace bañarme.

– Pa no me hace -lo corrigió, y se apresuró a agregar-: Bueno, pues debería. El baño es importante.

– ¡Odio los baños! -afirmó Willy, enfático.

– Sin embargo, yo creo que lo necesitas. Tengo un vale. No tienes más que dárselo al señor Kendall, en el Cowboy's Rest, y podrás tomarlo gratis.

Willy saltó como si, de pronto, hubiese recordado algo.

– Tengo que ir a ver cómo cargan las vacas en los vagones de ganado. Adiós, Violet. Hasta luego, Agatha.

Se escapó, sin acordarse del gusano que, para entonces, trepaba por el marco de la puerta.

Esa tarde, a las cuatro y cuarto, Agatha llamó a la puerta de la oficina de Gandy.

– Pase.

– Soy yo.

Entró y lo vio de cuclillas frente a la caja de seguridad, contando un fajo de billetes. Se puso de pie de inmediato.

– Creí que estaría probándoles los vestidos a las chicas, esta tarde.

– Ya terminamos.

– ¿Cuándo estarán listos?

– En uno o dos días.

Todo parecía igual, salvo un alto frasco de vidrio con barras negras de orozuz en un rincón del escritorio, que antes no estaba.

– ¿Hay algún problema?

Con gesto despreocupado, arrojó la pila de billetes al escritorio.

– No, con los vestidos no.

– Bueno, siéntese. ¿De qué se trata?

Se sentó en el borde de una silla de roble. Gandy, en la giratoria y, sin pensarlo, metió la mano en el bolsillo del chaleco. Había sacado el cigarro por la mitad cuando se dio cuenta de lo que hacía y lo guardó otra vez.

– Se trata de Willy.

En los labios del hombre jugueteó una sonrisa torcida, y los ojos se posaron en el frasco.

– Ah, ese Willy es un personaje, ¿no es cierto?

Los ojos de Agatha siguieron el recorrido de los de Gandy.

– Es un ángel. Creo que ha estado visitándolo con regularidad.

Gandy asintió y rió. Ahuecó las manos y apoyó el mentón en ellas.

– ¿A usted también?

– Sí. Todos los días.

Vio que miraba las barras de orozuz y se apresuró a explicar:

– No sólo son para él: a mí también me gustan.

Agatha sonrió, al comprender la renuencia del hombre a que lo sorprendieran demasiado encariñado con el muchacho.

– Sí, me imagino.

Como para demostrarlo, destapó el frasco, se sirvió una barrita y le ofreció:

– Tome una.

Tenía la negativa en la punta de la lengua, pero la boca se le hacía agua. ¿Cuánto tiempo hacía que no disfrutaba de una barrita de orozuz?

– Gracias.

Gandy tapó el frasco, mordió el dulce y se sentó otra vez, masticando. Agatha mordisqueó la propia y observó, distraída, la blanda barra pegajosa en los dedos. Alzó la vista y puso el vale de madera sobre el escritorio,

– Quisiera cambiarle esto.

Gandy le lanzó una mirada fugaz al redondel de madera, y luego miró fijo a Agatha. Reaparecieron los hoyuelos y una sonrisa burlona:

– Me temo que tendrá que ir al Cowboy's Rest para eso. Aquí no damos baños.

– Para Willy -explicó.

– ¿Willy?

– Hiede. -Hizo una pausa elocuente-. Y necesita más un baño que cualquier otro ser humano que yo haya conocido.

– Mándelo allá.

– No quiere ir.

– Ordéneselo…

– No soy la madre, señor Gandy, ni su padre. Willy dice que el padre no lo hace bañarse, cosa bastante obvia. Cuando le sugerí que fuera solo, salió corriendo a ver cómo cargaban el ganado.

Gandy dio otro mordisco al dulce.

– ¿Y qué quiere que haga?

– Willy iría con usted.

– ¡Conmigo!

Gandy alzó las cejas.

– Adora el suelo que usted pisa.

– Espere un minuto. -Gandy se levantó de la silla y se alejó de Agatha lo más que pudo. En el rincón, cerca de la ventana, se dio la vuelta y la señaló con la barra de dulce ablandada-. Yo tampoco soy el padre del chico. Si necesita un baño, que se lo dé Collinson.

Agatha habló sin alterarse:

– Eso sería lo mejor, ¿no?

Dio otro recatado mordisco al orozuz. Gandy tiró el suyo sobre el escritorio.

– ¿Por qué tengo que hacerlo yo? -preguntó, exasperado.

Agatha prosiguió, serena:

– Yo lo llevaría, pero no es apropiado. Las mujeres no vamos a los baños públicos. De todos modos, usted va bastante a menudo, ¿no es cierto?

Gandy adoptó una expresión colérica.

– No me molesta que venga de vez en cuando, pero no pienso atender a ese golfo y llevarlo a todos lados como si fuese mío. Podría llegar a convertirse en una molestia espantosa. Y tampoco voy a quedarme siempre en este pueblo, usted lo sabe. No conviene que se encariñe conmigo.

Agatha se sacudió una pelusa inexistente de la falda y dijo, sin rodeos:

– Tiene piojos.

– ¡Piojos!

Apabullado, Gandy miró a Agatha.

– Se rasca sin cesar. ¿No lo ha notado?

– Yo…

¡Maldita mujer! ¿Por qué no lo dejaba en paz? Gandy comenzó a pasearse y a mesarse el cabello.

– Señor Gandy, ¿tuvo piojos alguna vez?

– Claro que no.

– ¿Lo picó una mosca, entonces?

Tenía el poder de hacerlo contestar lo que no quería.

– ¿A quién no? Teníamos perros y gatos cuando yo era niño.

– Entonces, sabe que estar infestado de picaduras no es lo más agradable del mundo. Las moscas pican y se van. Los piojos se quedan y chupan. Se mueven constantemente sobre la persona…

– ¡Está bien! ¡Está bien! -Cerró los ojos con fuerza, y alzó las manos, en gesto de rendición-. ¡Lo haré!

Abrió los ojos, se puso ceñudo y dirigió la mirada hacia un rincón del techo y maldijo en voz baja.

Agatha sonrió:

– Antes, habrá que frotarle la cabeza con queroseno.

– ¡Jesús! -farfulló, disgustado.

– Y la ropa necesita una lavada. Yo me ocuparé de eso.

– No se mate, Agatha -le aconsejó, sarcástico.

– Dejé el vale para pagar el baño. -Tenía un aspecto ridículo en el escritorio, junto a los fajos de billetes-. Bueno… -Se levantó-. Gracias por la barra de orozuz. Estaba deliciosa. Hacía años que no comía una.

– ¡Bah!

La ganó el humor, y sonrió, halagadora.

– Vamos, Gandy, no es para tanto. Imagine que el queroseno es esa porquería que usted vende allá abajo.

El hombre contrajo los puños. Los ojos negros, con esa expresión furiosa, no perdieron un ápice de atractivo.

– Agatha, usted es una condenada fastidiosa, ¿lo sabía?

Le miró la boca y rompió en carcajadas.

Los labios contraídos de Gandy estaban rodeados de un anillo negro, como un ojo de un mapache. Se crispó, y trató de parecer duro. ¡Maldita entrometida! Viene aquí, con esos perturbadores ojos verde claro, manipula mi conciencia y luego se ríe de mí!

– ¿Qué le parece tan divertido?

Sin dejar de reír, Agatha le sugirió sobre el hombro:

– Limpíese la boca, Gandy.

Cuando la cola del polisón desapareció, se precipitó a su apartamento y se miró en el espejo que había sobre el lavatorio. Enfadado, se limpió el orozuz de la boca. Pero un instante después, lo atacó un deseo caprichoso de reír. Pensó en silencio unos momentos. Esa maldita empezaba a perturbarlo.

Repasó uno por uno los atributos físicos: la boca atractiva; la piel sin defectos; la línea decidida de la barbilla; la arrebatadora opacidad de los ojos verdes; el brillo sorprendente del cabello caoba rojizo, arreglado con arte; la vestimenta, siempre formal e impecablemente cortada que, en cierto modo, era la ideal para ella; los altos polisones. Hasta entonces, nunca se había fijado mucho en polisones pero, sin duda, a Agatha le daban un aspecto elegante.

Se observó a sí mismo en el espejo.

Ten cuidado, muchacho, podrías enamorarte de esa mujer, y no es de ésas con las que se puede jugar.

El delgado muchachito, oliendo a queroseno, y el hombre alto y fornido oliendo a cigarro, estaban en un cuarto que olía a madera húmeda. En el medio del suelo de madera mojada había dos bañeras, también de madera, con agua caliente que los esperaban. En una esquina, en una silla de respaldo arqueado, dos toallones turcos, un tazón de jabón amarillo suave de lejía, y una pila de ropa limpia.

– Bueno, muchacho, desnúdate. ¿Qué esperas?

Gandy se sacó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo de la silla.

Willy proyectó hacia fuera el labio inferior.

– Me engañaste.

– No. Perdiste limpiamente una partida de póquer de cuatro naipes.

– Pero si nunca había juegado, ¿cómo iba a ganar?

– Es la suerte, Willy. Sólo que en esa mano estaba conmigo. Y creo que Agatha te explicó que no digas más «juegado».

El chaleco de Gandy fue a unirse a la chaqueta. Se sacó fuera del pantalón los faldones de la camisa sin desabotonarla, y Willy aún no había levantado un dedo para desvestirse. Gandy puso el pan de jabón en el suelo y se sentó para sacarse las botas.

– Muchacho, ya hace casi una hora que no fumo, y si no quieres salir volando como fuegos artificiales, será mejor que te metas en esa bañera y te quites el queroseno.

Haciendo pucheros, Willy se sentó en el suelo y comenzó a sacarse las botas que tenían las puntas curvadas. Gandy lo miró por el rabillo del ojo y rió para sus adentros. El labio inferior del chico tenía dos veces el largo habitual. La barbilla aplastada, en gesto de fastidio. El cabello revuelto le daba la apariencia de una vieja gallina rubia que hubiese recibido demasiados picotazos de las compañeras.

– Teno un nudo.

Refunfuñó sin levantar la vista.

– Pues, desátalo.

– No puedo. Está demasiado apretado.

Sin otra prenda puesta que el enterizo hasta la rodilla, Gandy se apoyó en una rodilla, junto al chico:

– Déjame ver…

No cabía duda de que Willy tenía un nudo. En verdad, no tenía otra cosa: los cordones de las botas eran una serie de nudos. Las botas mismas parecían listas para la basura desde un mes atrás. Cuando se las sacó, el olor estuvo a punto de voltear a Gandy.

– ¡Por el amor de Dios, muchacho, hueles como la guarida de un jabalí salvaje!

Willy rió con disimulo, escondiendo la barbilla en el pecho y tratando de cubrirse la boca con la muñeca. Después, estiró un puño a ciegas y lo golpeó en la rodilla.

– No -farfulló.

– Bueno, por lo menos como una mofeta, entonces.

Otro golpe.

– ¡Tampoco!

– ¡Uff! ¡Me quitas el aliento! Si no eres tú, ¿quién puede ser?

A Willy le dolía la cara de contener la risa, y para evitarlo, dio otro golpe a Gandy que lo hizo perder el equilibrio.

Gandy le dirigió una sonrisa afectada, llena de hoyuelos:

– ¡Jesús, me parece que vi a cuatro mofetas hembras arrastrándose hacia la puerta, en este mismo momento!

Esta vez, la carcajada de Willy escapó antes de que pudiese ahogarla. Alzó la cabeza y dio un empellón con todo el cuerpo contra el pecho de Gandy.

– No me importa. Igual, me hiciste trampa, Scotty.

Era la segunda vez que Gandy tenía a Willy en sus brazos. Aun oliendo a queroseno y a pies sucios, le derritió el corazón. Con las caras a escasos milímetros de distancia, Gandy rió y le preguntó:

– ¿Ya estás listo para meterte en el agua?

– Si no hay más remedio… -Al semblante de Willy volvió la expresión angelical-. La cabeza me arde.

Uno al lado del otro, se desnudaron. Cuando terminaron se miraron cara a cara, Gandy hacia abajo, Willy hacia arriba El pene de Willy era como una diminuta bellota rosada; el de Gandy, no. Las piernas del niño, como cerillas; las del hombre largas, duras, salpicadas de áspero vello negro. Las costillas de Willy, como una marimba; el torso de Gandy, como un saco repleto de avena.

Los ojos de los dos, de un castaño intenso y largas pestañas, se parecían mucho. Willy los levantó:

– Cuando sea mayor, ¿me pareceré a ti?

– Es probable.

– ¿Tendré un gran garrote?

Gandy rió, echándose hacia atrás con las manos en las caderas. Miró sonriente la cara que estaba a la altura de su ombligo.

– Willy, muchacho, ¿dónde escuchaste semejante palabra?

– A Ruby.

– ¿Ruby? ¿Qué dice?

– Dijo que le gustaban los hombres con grandes garrotes, y como es mi amiga, quiero gustarle.

Gandy tocó la nariz del niño.

– Si quieres agradar a las damas, toma un baño al menos una vez por semana. Ahora, vamos… -Se apoyó en una rodilla, junto a la bañera-. La cabeza primero.

Willy se arrodilló, se aferró al borde de la bañera y se inclinó sobre ella. El trasero, de nalgas tan diminutas como hogazas de pan sin leudar, se acomodó entre los tobillos mugrientos. Cada una de las vértebras sobresalía como un guijarro en una orilla de la que el agua se retiró. ¡Y el pelo… por Dios!

«¡Qué facha!, -pensó el hombre-, puro piel y huesos, piel de gallina y suciedad». Tomó un puñado de jabón, sonrió, apoyó el codo en la rodilla levantada y se dispuso a la tarea.

Hubo algo de honda satisfacción en frotar la pequeña cabeza. Las manos anchas de Gandy parecían tan oscuras en contraste con la palidez de Willy, los antebrazos tan poderosos junto al cuello flaco… Pensó en su propia hija, si la habría bañado en caso de estar viva.

Olvídalo, Gandy, ya pasó.

Dobló hacia atrás una oreja de Willy y escudriñó dentro:

– Muchacho, ¿qué es lo que te crece aquí dentro? Ya es hora de cosechar, ¿no crees?

Willy gorgoteó, con los codos hacia el techo.

– ¡Date prisa!

– Estoy haciéndolo, pero tendría que haber traído una pala.

El chico rió otra vez.

– Eres divertido, Scotty -se oyó, en sordina.

Era extraño, pero un elogio tan insignificante de parte de un pequeño lo hizo profundamente feliz. Cuando el cabello quedó limpio, hizo que se llevaran el agua sucia y trajeran otra limpia.

– Métete para calentarte.

El mismo Gandy tembló, agradecido, cuando metió sus largos miembros en una de las bañeras, mientras Willy se sentaba a lo indio en la otra. Se enjabonó y se enjuagó, alzó los brazos y curvó los hombros, para mostrarle al niño cómo se daba un buen baño.

– Escarba bien esas orejas, ¿me oíste?

– Lo haré -repuso el niño, disgustado, siguiendo las indicaciones.

– Y no sólo dentro, también detrás.

– ¿Y si me quedo surdo? N'os bueno que se te meta agua en las orejas.

– Te aseguro que no quedarás surdo.

– Eso es lo que dice Gussie, pero…

– ¿Gussie?

Las manos de Gandy, que frotaban el pecho, se detuvieron.

– Sí, me revisó las orejas y…

– ¿Quién es Gussie?

– Agatha. Dice que cuando era pequeña la mamá siempre la llamaba Gussie, y dice que yo tamién puedo llamarla así. Bueno, Gussie me revisó las orejas y dijo que…

Gandy sólo oyó trozos de lo que Agatha había dicho. ¿Gussie? Se respaldó en la bañera, echándose distraídamente agua sobre el pecho, y tratando de adaptar el sobrenombre al rostro. Dejó las manos quietas. Claro… Gussie. Sonrió, sacó un brazo largo, se secó los dedos y sacó un cigarro del bolsillo del chaleco. Lo encendió, y holgazaneó contento, con las rodillas emergiendo como montañas, los brazos en el borde de la bañera, y pensó en ella.

Una mujer poco común. Moralista hasta la exageración, pero con un respeto subyacente hacia todo aquel que se ganara primero el respeto de ella. Tenía un modo divertido de desafiarlo en lo que se refería a la templanza. Había llegado a esperar impaciente la aparición de Agatha, todas las noches, en el Gilded Cage. Sí, claro que hacía la campaña junto con las demás, pero en su caso estaba atemperada por una firme convicción de que el ser humano tenía derecho de vivir como mejor le pareciera. Cuando lo pensaba, le parecía admirable; por un lado, cantaba, repartía panfletos y pedía firmas para un compromiso de abstinencia; por otro, admitía que Gandy tenía todo el derecho de hacer su negocio, igual que los demás propietarios de tabernas del pueblo.

Se puso a pensar en otra de las dicotomías de Agatha. Estaba fascinada por Jubilee y las chicas. Aunque fingía que no lo estaba, en ocasiones la sorprendía observándolas como si le parecieran las criaturas más maravillosas de la tierra.

Y el niño. Era muy buena con él. Era una pena que no hubiese tenido hijos. Los habría criado mucho mejor que un réprobo como Collinson.

Echó una mirada a Willy y rió entre dientes. El chico estaba doblado hacia adelante, con la barbilla y los labios bajo la superficie del agua, y disfrutaba cada minuto del baño. Lanzó una nube de humo hacia el techo.

– Agatha te hizo unos trapos nuevos.

La cabeza de Willy emergió de golpe, los ojos dilatados de escepticismo.

– ¿En serio?

– Pantalones y camisa. -Gandy indicó con la cabeza al costado-. Ahí en la silla, con los míos.

– ¡Jesús…! -Willy se transfiguró al ver la pila de ropa plegada, y le chorreó el agua por el mentón-. No me dijo nada.

– Creo que quería darte una sorpresa.

Los ojos de Willy no se apartaban de la silla y se puso de pie:

– ¿Puedo salir, ya?

– ¿Estás seguro de que te frotaste hasta quedar limpio?

Willy alzó los codos y revisó fugazmente cada axila.

– Sí.

– Está bien.

Un trasero resplandeciente apuntó hacia Gandy y dos talones mojados resonaron sobre el suelo. Gandy tomó las toallas, le arrojó una a Willy y se levantó para usar la otra. El chico dio unas pasadas rápidas a su cuerpo con la toalla enrollada, la tiró en un charco y se fue en busca de la ropa.

– Eh, no tan rápido, muchacho. Todavía estás chorreando. Ven aquí.

Gandy se puso su propia toalla en el hombro y se acuclilló, con el niño entre las rodillas. Sonrió al ver cómo temblaba y se acurrucaba. Pero, al parecer, no veía otra cosa que la ropa nueva que lo aguardaba en la silla. Mientras Gandy lo zamarreaba para un lado y para otro secándole la espalda, las axilas, las orejas, el muchacho estiraba el cuello hacia la silla como si su cabeza estuviese montada sobre un resorte.

– Date prisa, Scotty.

Gandy sonrió y lo soltó, con una palmada en el trasero.

– Está bien, ve.

Los pantalones eran de muselina azul. Willy ni pensó en la ropa interior. Apoyó las nalgas en el borde de la silla y se metió, impaciente, en los pantalones nuevos. Agatha les había pasado un cordón por la cintura para ajustarlos. Willy tironeó y fue hasta Gandy mirándose el vientre.

– Átame.

– Primero, métete la camisa dentro y después lo ataremos.

La camisa cerraba por delante con botones de nácar. Estaba hecha de zaraza rayada y las mangas eran demasiado largas.

– Abotóname.

Gandy sonrió con disimulo y obedeció. Los botones impedían que los puños resbalaran por las manos pequeñas de Willy. Ató el cordón, metió lo que sobraba para adentro, y lo sujetó de las caderas.

– Luces muy elegante, muchacho.

El chico se apretó la camisa contra el cuerpo con las manos.

– ¿No son preciosos? -Se miró, maravillado pero, de pronto, se soltó de las manos de Gandy-. ¡Eh, tengo que ir a enseñárselo a Gussie!

– No tan rápido; ¿Y los zapatos?

– Ah… eso.

Willy se tiró al suelo y se puso las botas en los pies desnudos: no había llevado calcetines.

– ¿No te parece que tendríamos que peinarte?

– Yo no traje peine.

– Yo sí. Espera un minuto.

Una vez vestido, Gandy se sentó en la silla de respaldo curvo con un Willy impaciente entre los muslos. Dividió el limpio pelo rubio con cuidado y lo acomodó en un arco perfecto sobre la frente, lo peinó hacia atrás encima de las orejas y en una pequeña cola en la nuca. Cuando terminó, lo sujetó de los brazos para inspeccionarlo.

– Agatha no te reconocerá.

– Sí, me reconocerá… ¡suéltame!

– De acuerdo, pero espérame.

Afuera, el hombre tuvo que alargar los pasos para mantenerse junto al chico.

– ¡Vamos, Scotty, apresúrate!

Gandy rió para sí y se apresuró. El día era sereno. La puerta del frente de Agatha estaba abierta. Si no hubiese sido así, Willy podría haber roto la ventana y sacado la puerta de quicio.

– ¡Eh, Gussie, Gussie! ¿Dónde estás?

Corrió a través de la cortina lavanda cuando Agatha exclamó:

– ¡Aquí atrás!

Gandy lo siguió a tiempo para ver a Willy de pie junto a la silla de Agatha, el pecho hinchado mientras se inspeccionaba a sí mismo y alardeaba:

– ¡Mírame, Gussie! ¿No'stoy lindo?

Agatha dio una palmada y juntó las manos bajo el mentón.

– ¡Válgame Dios! ¿A quién tenemos aquí?

– Soy yo, Willy.

Convencido, se palmeó el pecho.

– ¿Willy? -Lo observó con expresión de duda, y negó con la cabeza-. El único Willy que conozco es Willy Collinson, pero él no está tan radiante como tú. Tampoco huele a jabón.

Casi sin aliento, las palabras del chico se atropellaron unas a otras.

– Scotty y yo, nosotros nos bañamos y nos lavamos el pelo y el me trujió mi ropa nueva que tú me hiciste y me ató el cordón y… bueno… pero yo no podía abotonarme y él me ayudó… ¡y me encantan, Gussie!

Se le arrojó encima y la abrazó con fervor.

Gandy permaneció en la entrada, mirando. Willy estampó un beso en la boca de Agatha, y la mujer rió y se sonrojó de felicidad.

– ¡Dios mío, si hubiese sabido que iba a recibir tanta atención, la habría hecho hace mucho tiempo!

– Y me limpié muy bien las orejas, como dijo Scotty, y me restregué todo y él me peinó el cabello. ¿Ves? -Corrió junto a Gandy, lo tomó de la mano y tironeó de él-. ¿No' cierto?

Agatha levantó la vista hacia Scott Gandy, de pie junto a ella. Nunca se había sentido tan parecida a una esposa y madre. Sintió el corazón colmado. El niño se apoyaba en su rodilla y la acariciaba, oliendo a jabón, la camisa… con amplitud para que creciera, se separaba del cuerpo pequeño y delgado en picos almidonados. Cerca, estaba el hombre que, junto con ella más había hecho para que esa pequeña alma abandonada se sintiera más feliz y cuidada que nunca en su vida.

Extendió una mano, incapaz de expresar en palabras lo que le desbordaba el corazón. Scott Gandy la tomó, la sostuvo sin apretarla y le sonrió.

Gracias, dijo en silencio, con los labios, encima de la cabeza de Willy.

Asintió y le apretó los dedos con tanta fuerza que le rebotó en el corazón.

De pronto, los dos adultos se sintieron embarazados. Gandy le soltó la mano y retrocedió.

– Necesita calcetines y ropa interior nueva. Pensé en ir con él a la tienda de Harlorhan y comprársela.

Agatha los vio alejarse de la mano, y le ardieron los ojos de alegría.

Junto a las cortinas, el niño se dio la vuelta y le hizo un saludo rápido con la mano.

– Ta', luego, Gussie.

Los ojos castaños de Gandy se posaron en los verde claro. Los de él tenían una expresión que oscilaba entre la broma y la caricia.

– Sí, ta 'luego, Gussie.

Agatha se ruborizó y bajó la mirada. El corazón le palpitaba como una bandada de mariposas revoloteando en el aire. Cuando alzó la vista, en la entrada sólo quedaba el ondular de las cortinas.

Capítulo 9

Alvis Collinson sufría de gota crónica. La mañana siguiente al baño de Willy, se despertó con los pulgares de los pies palpitando. Tenía tendencia a culpar a Cora de todo, incluyendo la gota.

¡Maldita seas, Cora, por irte y dejarme sin una mujer que me cuide! Los dedos de los pies me palpitan como unas perras en celo, y tengo que levantarme y hacer las cosas. No hay un desayuno caliente esperándome. Ni camisas limpias para ponerme. Ni una mujer que vaya a buscar carbón y caliente el agua. Malditas sean las mujeres, todas… no sirven cuando las tienes ni tampoco cuando no las tienes. Y, sobre todo, maldita Cora, siempre fastidiándome para que fuera algo mejor, hiciera algo más refinado que conducir vacas. Cuando decía refinado, se refería a algo elegante como el Hermano Jim, que consiguió un trabajo de afeminado, como Jefe de Registro de Eventos, justo en la época en que los agentes de tierras comenzaron a desperdiciar esta parte del país dándosela a los extraños. El hermano Jim, que viste trajes elegantes cada mañana y camina por la acera hasta su coquetona oficina, saludando con el sombrero a las mujeres, como si sus pedos no apestaran. Diablos, Cora no podía mirar a Jim sin que se le saltaran los ojos de las órbitas y se le hincharan los pezones.

Y nadie convencerá a Alvis Collinson de que ese rapaz miserable no era hijo de Jim. Más de una vez Alvis llegó inesperadamente a casa y pescó a Jim merodeando a Cora. ¡Y la nariz de ella también se le arrugaba, vaya si se le arrugaba!

Esta noche no, Alvis, estoy muy cansada. Como si una vez que había probado ai Hermano Jim, su propio marido ya no le pareciera bastante. Después, tuvo el coraje de soltar el cachorro y escaparse.

Vamos, Hermano Jim. Aparece por este pueblo una vez… ¡sólo una! Así podré darte una tunda y arrojarte a tu rapaz, porque es tuyo. Estoy hartándome de estar atado por esa espina en el costado, que ni siquiera es mía.

En la cocina, de puntillas sobre una silla, Willy se miraba en un espejo pequeño y turbio que colgaba alto, en la pared. El fino cabello rubio resplandecía de agua. Con gran esfuerzo, se pasó el peine, hizo una raya al costado y lo peinó chato sobre la coronilla, de izquierda a derecha. Intentó acomodarlo como había hecho Scotty, pero no se formaron los picos a los costados. Intentó otra vez, y fracasó. Metió el peine entre las rodillas y probó con las palmas, dando forma a una onda como una rosquilla leudada. Tras varios intentos, al fin lo logró bastante bien. ¡Muchacho, cómo va a sorprenderse papá!

Se bajó de la silla, dejó el peine sobre la mesa y fue a la puerta del dormitorio, radiante de orgullo.

– ¡Pa, mira! ¡Mira lo que logré!

Alvis miró ceñudo hacia la puerta, frotándose el pie dolorido. Era el mocoso, ya levantado y vestido.

– ¿Que mire qué? -refunfuñó.

– ¡Esto! -Willy se acarició los bolsillos del pecho-. Me lo dieron Gussie y Scotty. Gussie me hizo los pantalones y la camisa, y Scotty me compró botas nuevas como las de él y me llevó a darme un baño en el Cowboy's Rest.

Collinson lo miró con ojos entrecerrados.

– ¿Scotty? ¿Te refieres a Gandy? ¿El de la taberna?

– Sí. Primero, me puso queroseno. Después, nos dimos un baño y…

– ¿Y quién diablos es Gussie?

– Agatha, la de la sombrerería. Tiene esa máquina de coser nueva que le compró Scotty, y me hizo los pantalones nuevos, y también me hizo la camisa.

Alvis tuvo la sensación de que la gota se le extendía de los dedos de los pies al resto del cuerpo.

– ¿Ah, sí? ¿Eso hizo? ¿Y qué derecho tiene a meterse con mi hijo, eh? ¿No estaba bien vestido para su gusto? -Alvis se puso de pie con esfuerzo-. Por culpa de ella ese maldito sacerdote vino a meter las narices aquí. Es ella, ¿eh?

– No sé, pa. -La cara de Willy se ensombreció-. ¿No te gusta mi ropa nueva?

– ¡Quítatela! -siseó. Revolvió entre las prendas que había tirado junto a la cama la noche anterior, buscando los calcetines-. Igual que el Hermano Jim, ¿no? -refunfuñó, y el niño, confundido, trataba de no manifestar su decepción.

– Pero son…

– ¡Quítatela, dije! -Descalzo, Alvis se levantó. De pie ante el niño, con los puños apretados, vestido con un enterizo mugriento con las perneras cortadas por la mitad, y la tapa trasera colgando, tenía el rostro deformado de furia-. ¡Nadie va a decirme que no visto bastante bien a mi mocoso! ¿entendiste? -A Willy le tembló el labio inferior y se le formó una lágrima en cada ojo-. ¡Y deja de moquear!

– No me la quitaré. ¡Es mía!

– ¡Vamos a ver si no te la quitas! -Collinson atrapó al niño de la parte de atrás del cuello y lo arrojó contra una gastada silla de madera. Chirrió, se balanceó en dos patas y cayó con estrépito sobre las cuatro-. ¿Dónde están tus botas viejas? Póntelas, y también los pantalones y la camisa. ¡Les mostraré a esos altaneros hijos de perra a no meterse en mis asuntos! ¿Dónde están esas botas? ¡Chico, ya te dije que dejes de moquear!

– Pe… pero me g… gustan estas. Son un re… regalo de Sc… Scotty.

Collinson se apoyó en una rodilla y sacó a tirones las botas de los pies de Willy. La posición le provocó una punzada de dolor que subió por la pierna, enfureciéndolo más aún.

– ¡Yo te compraré botas nuevas! ¿Has entendido, chico?

Los ojos de Willy desbordaron y el pecho se le contrajo en el esfuerzo por no llorar.

– ¡Ahora, trae las viejas!

– No'as t… tengo.

– ¿Cómo es eso de que no'as tienes?

– Así… no'as tengo.

– ¿Dónde están?

– N… no s… sé.

– ¡Maldición del infierno! ¿Cómo puedes perder tus propias botas?

Willy lo espió, asustado, el pecho delgado palpitándole por contener los sollozos. Los puños de Collinson se contrajeron más e hizo parar a Willy de un tirón.

– Perdiste las botas, vas descalzo. Ahora, dame lo demás.

Minutos después, Collinson cojeaba, rabioso, saliendo de la casa, Willy se arrojó sobre la cama y libró el llanto contenido. Las lágrimas calientes mojaron la suave piel blanca del brazo pecoso. Un pie descalzo se enroscó en el tobillo contrario, cuando se hizo una bola. La cresta en el brillante cabello rubio que Alvis ni advirtió, se deshizo sobre las sábanas inmundas.

Al oír la voz que rugía desde el salón del frente, a Agatha le palpitó el corazón.

– ¡Dónde diablos están todos!

Violet todavía no había llegado. Agatha no tenía más alternativa que atenderlo. Arrastró los pies hasta las cortinas, las separó y, de inmediato, la voz áspera gruñó otra vez:

– ¿Usted es la que llaman Gussie?

Con esfuerzo, Agatha se recompuso.

– Sí, mi nombre es Agatha Downing.

Collinson entrecerró los ojos al reconocerla como esa «perra de la templanza» que los últimos tiempos provocaba problemas, la misma que había metido las narices en sus asuntos una vez, cuando Willy fue a buscarlo a la taberna.

– Se pasó de la raya, señora.

Tiró la camisa y los pantalones sobre el gabinete de las plumas.

– Señorita -replicó, con dignidad.

– Ah, eso lo explica: Como no tiene cachorros propios, se mete con los de otras personas. -Sosteniendo las botas de Willy en una mano, las agitó ante las narices de Agatha-. Bueno, consígase uno suyo. Mi muchacho no necesita su caridad. Tiene a su viejo que lo cuidará. ¿Entendido?

– A la perfección.

Collinson la miró con dureza y luego se dirigió a la puerta abierta. Antes de llegar, se volvió.

– Y una cosa más. La próxima vez que le murmure cosas al sacerdote, dígale que se meta en sus propios malditos asuntos. -Se puso en marcha otra vez y se detuvo a preguntar-: ¿Dónde diablos está Gandy? Tengo algo que decirle a él, también.

– Lo más probable es que esté arriba, durmiendo.

Le lanzó una última mirada ceñuda, y salió por la puerta. El corazón de Agatha todavía golpeaba con fuerza cuando oyó ruido de cristales rotos. Corrió a la puerta del frente y vio a Collinson arrojar la segunda bota por la ventana, allá arriba.

– ¡Gandy, levántate, hijo de perra! ¡Yo le compraré las botas a mi propio hijo así que, deja de meterte! ¡La próxima vez que lo lleves a bañarse al Cowboy's Rest, necesitarás tú un baño para lavarte la sangre! ¿Me oíste, Gandy?

Cabezas curiosas asomaron por las puertas en toda la manzana. Collinson iba cojeando por el medio de la calle principal, y miró ceñudo a Yancy Sales, apoyado en la puerta de su tienda Bitters.

– ¿Qué miras, papamoscas? ¿O quieres que te arroje también una bota en la ventana?

Todas las cabezas se metieron adentro.

Arriba, Gandy se despertó con el primer estrépito. Se apoyó en los codos y guiñó los ojos ante el sol de la mañana que entraba por la ventana, del lado de Jube.

– ¡Qué demonios…!

Jube alzó la cabeza como un perro de la pradera asomando por el agujero.

– Eh… mmm…

Dejó caer la cara en la almohada y Gandy, rodando encima de ella, miró la bota caída junto a la cama.

Se acostó de espaldas y exclamó:

– ¡Oh, Jesús!

– ¿Qu… qu'pasa? -farfulló la voz amortiguada de Jube.

– Las botas que le compré ayer a Willy.

Cerró los ojos y pensó cuánto hacía que no se liaba en una pelea a puñetazos. Se le ocurrió que sería bueno.

En la puerta sonó un golpe suave. Se levantó rodando de la cama, desnudo, y se puso los pantalones negros. Descalzo, fue hasta el salón y abrió la puerta.

Agatha estaba en el pasillo, nerviosa, juntando y separando las manos.

– Lamento molestarlo tan temprano.

La mirada paseó de las mejillas barbudas al pecho desnudo, bajó hasta los pies descalzos y, por fin, a la punta del pasillo. Nunca lo había visto más que impecablemente vestido. No estaba muy segura de cuáles eran las reglas de urbanidad al enfrentar el pecho velludo de un hombre descalzo. Se sonrojó.

– Aunque tal vez no lo crea, ya estaba despierto. -Se pasó los dedos por el cabello, exhibiendo por un instante el vello negro bajo los brazos-. Collinson es un amor, ¿no es cierto?

Lo miró a los ojos, con el entrecejo arrugado de preocupación.

– ¿Le parece que Willy estará bien?

– No sé.

Él también arrugó el entrecejo.

– ¿Qué podemos hacer?

– ¿Hacer? -¡Maldición, para empezar, no quería encariñarse con Willy!- ¿Qué sugiere que hagamos? ¿Ir a casa de Collinson y preguntarle si maltrató al chico?

La irritación de Agatha estalló:

– Bueno, podríamos quedarnos de brazos cruzados.

– ¿Por qué no? Vea lo que sucede cuando tratamos de hacernos las buenas samaritanas.

Mientras replicaba, Gandy recordó a Willy desnudo como el día en que nació, mirándolo con esos líquidos ojos castaños, y preguntándole: «Cuando sea mayor, ¿seré como tú?».

En ese mismo momento, vino Jubilee arrastrando los pies y se asomó detrás de Gandy bostezando, el cabello blanco revuelto.

– ¿Quién es, Scotty?… ¡Ah, eres tú, Agatha! Buenos días.

Usaba la bata turquesa, que se entreabrió cuando levantó los brazos con los puños en ristre y ladeó la cabeza. Agatha captó una visión del hueco entre los pechos y el costado lo suficiente para comprender que había dormido desnuda. El tono de voz se le agudizó.

– En cuanto se levante, puede decirle al señor Gandy que lamento haberlo sacado de la cama.

Levantándose las faldas, giró e hizo una salida con toda la dignidad de que fue capaz.

Menos de cinco minutos después, llegaron al mismo tiempo a la tienda: la señora de Alphonse Anderton, para probarse el vestido nuevo; Violet, a trabajar; Willy, llorando y Gandy, aún descalzo, abotonándose la camisa, con los faldones aleteando.

– Escuche, Agatha, me molestó su… -la apuntó con un dedo, enfadado.

– Bueno… -La señora Anderton los examinó con altanería, finalizando con los pies descalzos-. Buenos días, Agatha.

– Tt-tt.

– Mi p… papá d… dice que n… no p… puedo v… venir más aquí a… v… veeerteee…

Agatha se quedó de pie, detrás de una vitrina, y Willy corrió hacia Gandy. Este se apoyó en una rodilla y alzó al pequeño lloroso, abrazándolo contra sí. Willy se aferró al cuello del hombre. Éste olvidó el enfado con Agatha, y a ella se le partió el corazón escuchando los sollozos del niño.

– Me quitó l… las b… botas n… nuevas.

– Por favor, Violet, ocúpate de la señora Anderton -ordenó Agatha, en voz baja.

Se acercó a Gandy, que se incorporó con Willy en brazos.

– Llévelo a la trastienda.

Cuando quedaron solos, el niño seguía sollozando y hablando entrecortadamente:

– Mi c… camisa n… nueva y m… mis p… pantalones… m… me dijo q… que…

– ¡Sh! -murmuró Gandy, arrodillándose otra vez. Willy hundió la cabeza rubia en el pecho sólido y oscuro del hombre con la camisa blanca a medio abotonar.

Agatha sintió que se ahogaba. Se sentó en el pequeño taburete junto a ellos y le acarició el cabello, sintiéndose impotente y desdichada. Sobre el hombro estremecido de Willy su mirada se topó con la de Gandy. Parecía impresionado. Le tocó el dorso de la mano. Él alzó dos dedos, los entrelazó con los de ella y los llevó a la nuca del niño.

¿Por qué no podría ser nuestro? ¡Seríamos tan buenos con él, tan buenos…! Fue una idea fugaz, pero dio a Agatha la amarga certeza de las injusticias de este mundo.

Por fin, Willy se calmó. Agatha separó los dedos de los de Gandy y sacó de un bolsillo oculto entre los pliegues del vestido un pañuelo perfumado.

– Ven, Willy, déjame limpiarte la cara.

Se volvió, lagrimeando, los ojos y los labios hinchados. Mientras le enjugaba las mejillas y lo hacía sonarse, se preguntó qué podrían hacer Gandy o ella para curar el corazón destrozado del pequeño.

– No debes culpar a tu padre -comenzó-. Fue un error nuestro, de Scotty y mío. -Hasta entonces, nunca lo había llamado así, y hacerlo le dio fuerza y una sensación de comunión con él y con Willy-. Ofendimos su orgullo al darte ropa nueva y llevarte a bañar, ¿entiendes? ¿Sabes lo que significa el orgullo?

Willy se encogió de hombros, esforzándose por no llorar otra vez.

Agatha no se creyó capaz de seguir hablando sin romper a llorar ella misma y miró a Gandy en busca de ayuda.

– El orgullo significa sentirse bien contigo mismo. -Los largos dedos morenos peinaron las mechas rubias sobre las orejas-. Tu padre quiere comprarte las cosas él mismo. Cuando lo hicimos nosotros, creyó que le insinuábamos que no te cuidaba bien.

– Ah -dijo el niño. Lo dijo en tono casi inaudible.

– Y en cuanto a que vengas a visitarnos… no sé qué podría impedírtelo. Seguimos siendo amigos, ¿no es así?

Willy esbozó la sonrisa esperada, pero dubitativa.

– Pero tal vez sea conveniente que te metas por la puerta de atrás, y te cerciores de no venir cuando tu papá está en la taberna, ¿de acuerdo? Y ahora, ¿qué opinas de una barra de orozuz?

Sin alzar el rostro, respondió con poco entusiasmo:

– Puede ser.

Gandy se incorporó, con el niño en un brazo. Esperó a que Agatha también se levantase, le pasó un brazo por los hombros y los tres fueron hacia la puerta de atrás. Agatha se sintió incómoda chocando contra el pecho y la cadera a cada paso que daba, pero a él no le importó. En la puerta, sacó el brazo y le dijo:

– Willy bajará después, pero lo mandaré de vuelta a la hora de la cena y haré que Ivory vaya al restaurante de Paulie y traiga comida de picnic.

Quizás ése fue el momento en que Agatha comprendió por primera vez que estaba enamorándose de Gandy. Lo miró el cabello aún revuelto, las mejillas sombreadas por las patillas del día anterior, los hombros y los brazos que le daban la apariencia de poder vérselas con todos los Alvis Collinson de este mundo, sosteniendo a Willy.

– Gracias -le dijo con suavidad-. Y lamento haberlo tratado mal, arriba.

– Entiendo. En ocasiones, yo también me siento así.

Por un momento, los ojos de Scott se demoraron en los de Agatha con expresión suave, mientras Willy miraba de uno a otro, y rodeaba el cuello del hombre con un brazo pecoso.

– ¿Tú no vienes, Gussie? -preguntó, quejumbroso.

– No, Willy. -Se enjugó una lágrima con el pulgar-. Nos vemos después.

Se puso de puntillas y le besó la mejilla brillante. Cuando se fueron, supo que se había puesto en riesgo doble: estaba enamorándose del hombre, pero también del niño.

Más tarde, ese día, las chicas fueron a hacer la prueba final de los vestidos de cancán, y Agatha aprovechó la oportunidad para disculparse con Jubilee por su brusquedad de esa mañana.

Jube le restó importancia con un ademán:

– Todavía estaba tan dormida que no sé qué dijiste.

Todo el tiempo, mientras abotonaba el corpiño ajustado del vestido de Jubilee, recordaba la manera en que había aparecido a la puerta de Gandy, tibia y desarreglada del sueño, más hermosa que muchas mujeres después de haber pasado una hora ante el tocador. Recordó el pecho desnudo de Gandy, el cabello despeinado, los pantalones con el botón de la cintura sin cerrar, los pies descalzos.

Echó una mirada a Jubilee, que giraba ante el espejo de pared. La radiante, hermosa Jubilee.

«Gandy ya está destinado, Agatha, -se dijo-. Además, ¿para qué querría a una como tú, si tiene a esta gema resplandeciente?»

– ¿Esta noche bailarás el cancán?

– Esta es la noche-respondió Jubilee-. Pero en la segunda función. Los haremos esperar, para que estén muy ansiosos.

– ¿Irás? -le preguntó Pearl.

A nadie le pareció extraña la pregunta. Las muchachas se habían acostumbrado a ver a Agatha y sus tropas aparecer en Gilded Cage en uno u otro momento de la noche.

– Iré más temprano -respondió, ocultando su desencanto.

Después de todo el trabajo que se tomó con los vestidos, quería verlos lucirse al compás de la música.

Pero esa noche, fieles a su palabra, las muchachas reservaron lo mejor para el final, y Agatha les dio las buenas noches a las damas de la U.M.C.T. en la acera sin ver ni un atisbo de rojo ni una sola pierna en alto. Era una noche tibia, bochornosa para comienzos del verano. La taberna estaba más atestada que de costumbre. El olor a estiércol junto al riel de atar los caballos parecía invadirlo todo. Tomó el atajo por la tienda, hizo el último viaje al imprescindible, y subió las escaleras.

El diminuto apartamento parecía sofocante. Llevó una silla de madera al rellano y se sentó a escuchar la música que llegaba de abajo, abanicándose con un pañuelo de encaje. De la puerta trasera abierta de la Gilded Cage llegaba una vivaz canción nueva que no conocía. Lo más probable era que fuese el cancán. Siguió el ritmo con los dedos sobre el muslo y trató de imaginarse a Pearl dando su famosa patada alta con los pliegues de tafeta roja susurrando y ondulando alrededor.

A lo lejos, aulló un coyote.

«Sí, yo siento lo mismo, -pensó-. Tengo ganas de aullar de soledad».

Pensó en Gandy y en Willy: era una locura involucrarse en las vidas de dos candidatos tan improbables, pero temió que ya fuese demasiado tarde para apartarlos de sus afectos. Estaba destinada a que se le rompiera el corazón por los dos, pues Collinson había dejado bien en claro que Willy era suyo, y Jube que Gandy era de ella.

Pensó en Jube, la hermosísima Jube, bailando el cancán abajo, en ese mismo momento, con Ruby y Pearl. Se imaginó las piernas alzándose en el aire, y se sintió pesada y rígida. Se preguntó cómo sería quitarle a un hombre el sombrero de un puntapié. Cómo se vería el cancán y la asaltó una súbita idea que la dejó nerviosa, pero decidida.

Entró la silla pero, en lugar de prepararse para la cama, encontró una de sus enaguas viejas y la extendió sobre la mesa. Puso en ella las cosas que necesitaba, y se acostó en la cama totalmente vestida, a esperar.

Le pareció que nunca terminaba el alboroto de abajo, y que el bar nunca cerraba. Y que pasaba una eternidad hasta que todos los vecinos de al lado se iban a sus cuartos a dormir. Permaneció acostada, como si cualquier movimiento fuese a traicionar sus planes.

Dejó que pasara otra hora después que todo quedó en silencio, antes de incorporarse con cautela y levantarse de la cama. En la oscuridad absoluta, encontró el lío que había preparado antes, más una vela con su candelabro y la muestra que estaba en la pared. Bajó descalza las escaleras sin hacer más ruido que una sombra.

El taller de costura estaba silencioso y oscuro. Se dirigió a tientas al taller, dejó el bulto sobre la mesa y encendió una vela. La levantó para examinar los rincones, respirando agitada.

No seas tonta, Agatha, te asustas de tu propia conciencia.

Volviendo la atención al paquete, se sintió como una ladrona. Abrió las enaguas y adentro había un martillo, clavos, berbiquí y barrena. Tomó el berbiquí, la barrena y el taburete de Willy y arrastró los pies hasta el muro medianero entre la sombrerería y la taberna. Desde el rincón, midió cuatro pasos, imaginándose las tablas de pino al otro lado, los lugares donde había ocasionales nudos en la madera. Colocó el taburete y se subió a él con dificultad. Echó una mirada atrás, con sensación de culpa pero, por supuesto, no había nadie. No era más que su conciencia la que parecía observarla desde las sombras, al otro lado del salón.

Decidida, apoyó el berbiquí contra la pared y comenzó a perforar muy lentamente. Se detenía a menudo y alzaba la vela para ver la profundidad del agujero. Por fin, la punta del berbiquí se pasó del otro lado. Cerró los ojos y se tambaleó, apoyando la palma en la pared. El corazón palpitaba como loco.

Por favor, que nadie vea el serrín en el suelo de la taberna.

Agatha, deberías tener vergüenza.

Pero sólo quiero ver bailar a las chicas.

Sigue siendo espiar.

Es un sitio público. Si fuese hombre, podría sentarme a una mesa y mirar. Miraré por este agujero, y a nadie le importará.

Pero no eres un hombre. Eres una dama, y esto es indigno.

¿A quién haré daño?

¿Qué te parecería si alguien espiara desde el otro lado del agujero?

Se estremeció ante la idea. Quizá no lo usara del todo.

Cuando sacó el berbiquí, le pareció que todo el serrín caía de su lado. Apretó la cara contra la pared y espió por el agujero. Negro total. Sintió la madera fresca contra el rostro ardiente, y experimentó otra vez la sensación de que los que vivían arriba sabían lo que estaba haciendo.

Dejó el taladro y con tres golpes secos colocó el clavo en la pared. Conteniendo el aliento, se detuvo y miró hacia el techo, procurando detectar el menor movimiento. Todo estaba silencioso. Soltó el aliento, colgó la muestra sobre el agujero y devolvió el taburete de Willy a su sitio. Luego, barrió con cuidado las virutas de madera y las ocultó bajo unos trapos en el bote de desperdicios, apagó la vela y volvió al apartamento.

Pero no pudo dormir el resto de la noche. Las actividades clandestinas a las tres de la madrugada no eran para el temperamento de Agatha. Tenía los nervios tensos y se sentía como si le hubiese dado dispepsia. Oyó un tren traquetear cruzando el pueblo. Cerca de la madrugada, el coro de aullidos de los coyotes. Vio el cielo pasar del negro al índigo, y al azul claro. Oyó pasar al que encendía las lámparas, apagándolas, cerrando las portezuelas, cada vez más cerca, hasta que pasó bajo su ventana y después, en dirección contraria. Oyó al vaquero del pueblo juntar las vacas de los cobertizos traseros y llevarlas por la calle principal a la pradera, a pasar el día. El cencerro amortiguado de la vaca líder que se iba apagando en la distancia… hasta que, por fin, se durmió.

La despertó la primera cliente de la mañana golpeando la puerta del negocio, abajo. A partir de eso, el día fue desastroso. Maltrató a la pobre Violet y se impacientó con las preguntas de Willy. En Gilded Cage estalló una riña y, cuando Jack Hogg echó a los dos rivales a la acera, el impulso los llevó en dirección a la tienda, y el codo de uno de ellos rompió uno de los paneles de la vidriera. Cuando Gandy fue a disculparse y se ofreció a pagar los daños, lo trató de una manera espantosa y se fue enfadado, ceñudo. El mudo, Marcus Delahunt, le llevó una camisa con una costura rota, pero la bobina de la máquina de coser se enredó y el hilo formó un nido al costado de la costura. Delahunt la vio golpear cosas, irritada, le tocó los hombros para calmarla y se sentó a ver de qué se trataba el problema: en la bobina habían quedado atrapadas dos hilachas azules. Le preguntó por señas si tenía aceite. Le entregó una lata con una punta larga y angosta, y Marcus colocó aceite en veinte puntos diferentes, hizo girar en las dos direcciones el volante, se levantó del taburete y le hizo un ademán florido hacia la máquina, como si se la presentara.

Funcionaba como nueva. En instantes, remendó la camisa.

Miró de frente el rostro de Marcus, sintiéndose infantil por su comportamiento, no sólo con él sino con todo el mundo.

– Gracias, Marcus.

El joven asintió y sonrió, e hizo gestos que no entendió.

– Lo siento, ¿puede repetir?

Miró alrededor buscando, divisó el calendario que colgaba en la puerta de atrás, y la tomó de la mano, llevándola a él. Le señaló la lata de aceite, y marcó siete días en el calendario.

– Todas las semanas. ¿Tengo que echarle aceite una vez por semana?

Asintió, sonrió, e imitó con el codo un volante que andaba con fluidez, ilustrando cómo funcionaría la máquina si seguía sus indicaciones.

– Lo haré, Marcus. -Le estrechó el dorso de las manos-. Y gracias.

Llevó la mano al bolsillo como para sacar el dinero, pero Agatha lo detuvo.

– No, no es nada. Gracias otra vez, por arreglarme la máquina.

Sonrió, saludó con el sombrero y salió.

Después de eso, el ánimo de Agatha se suavizó pero, a la hora de la cena, en vez de comer, durmió más de la cuenta y llegó tarde a la reunión de los miembros de la U.M.C.T. para la ronda nocturna.

Al dar las diez, estaba ansiosa a más no poder.

La conciencia no la dejaba en paz.

Fuiste áspera y desagradable con todo el mundo, todo el día, y sabes por qué. Es por ese maldito agujero que perforaste en la pared. ¡Si no lo soportas, tápalo!

Pero la atrajo como la lámpara de Aladino.

En mitad de la noche, arrastró los pies en la oscuridad de la familiar trastienda, pasó los dedos por el maderamen. Otra vez, los dedos percibieron el ritmo de la música que estremecía la pared. Le llegaba débilmente a través de los zapatos. Con cuidado, quitó la muestra. En medio de su mundo silencioso y solitario, parecía un diminuto punto de luz. Se acercó y puso un ojo en el orificio. Ahí estaban Jubilee, Ruby y Pearl bailando el cancán.

Las espléndidas faldas, de negro resplandeciente por fuera y con pliegues rojos por dentro, se agitaban a izquierda y derecha. Las largas piernas formaban pantallazos de red negra por triplicado. Con botas hasta el tobillo de color ébano, hacían cabriolas, se pavoneaban, meneaban las pantorrillas y las levantaban. Los pies apuntaban al cielo. Los torsos se inclinaban hacia adelante, luego atrás, después giraban, gritaban y sacudían las cabezas, haciendo temblar los tocados de plumas.

Era una danza pícara, pero Agatha veía más allá de su audacia, y encontraba en las piernas largas la simetría, la gracia y la agilidad que ella no poseía desde los nueve años de edad.

La música se acalló, y Jack Hogg fue obligado a actuar como presentador, gritando para ser oído por encima del barullo. Aunque Agatha no distinguió las palabras, miró todo. Las muchachas circulaban por la taberna, atrapando manos de seis hombres de rostros radiantes, ansiosos, que arrastraron hacia la barra. Ruby y Jube acomodaron a los vaqueros en una fila, a intervalos regulares, y alinearon con coquetería los sombreros en las cabezas. Jack sacó un par de címbalos e imitó una fanfarria a la que se unieron los instrumentos.

Y allá fue Pearl con las faldas levantadas hasta la cintura, las largas piernas flexibles y fuertes, girando frente a los hombres alineados.

Chocaron los címbalos. Pearl lanzó un pie al aire formando un arco, y el primer sombrero cayó al suelo. Giró, alzó la pierna, y cayó otro.

Recorrió la fila hasta que los seis Stetson quedaron a los pies de los hombres.

El corazón de Agatha palpitó con fuerza. El entusiasmo la hizo cerrar el puño y proyectarlo al aire junto con las dos últimas patadas increíbles. Por la pared, oyó el estruendo de los aplausos, los agudos silbidos y el golpear de los pies contra el suelo.

Jubilee y Ruby se unieron a Pearl para un coro final, rematando con una pose de lo más impúdica en la que las tres separaron las piernas, levantaron las faldas sobre los traseros y espiaron al público entre las rodillas. Unas últimas contorsiones impactantes, un floreo final de pliegues rojos, y las tres cayeron al suelo con las piernas separadas y los brazos levantados.

Agatha quedó tan agitada como las bailarinas. Vio cómo los pechos casi desnudos subían y bajaban bajo los breves corpiños de seda y las sienes perladas de transpiración. Se sintió como si hubiese bailado con ellas. El cuerpo se le aflojó contra la pared. Se dejó deslizar y cayó sobre el taburete de Willy.

Era una danza traviesa, sugestiva y audaz. Pero alegre y llena de fervor por la vida. Agatha cerró los ojos e intentó imaginarse sacándole el sombrero a un hombre de un puntapié. De pronto, le pareció el talento más deseable. ¡Si pudiera hacerlo, se sentiría la mujer más dichosa! Se frotó la cadera y el muslo izquierdos, preguntándose cómo sería sentirse bella, íntegra y desinhibida… reír, saltar y provocar un alboroto, con faldas rojas y negras.

Suspiró, y abrió los ojos en la oscuridad.

Agatha, estás poniéndote chocha, mirando bailar el cancán por un agujero de la pared.

Pero, por un rato, contemplándolas, se volvió joven, feliz, y llena de alegría de vivir. Por un momento, contemplándolas, hizo lo que jamás había hecho. Por un rato, ella también bailó.

Capítulo 10

El verano siguió su curso. En la pradera, la hierba del búfalo y el maicillo se tornaron secos como yesca. De noche, estallaban los relámpagos con falsas promesas. En todo el perímetro de Proffitt, los vecinos hicieron una ancha barrera contra incendios. El polvo levantado por el ganado que llegaba se infiltraba en todas partes: las casas, la ropa, hasta en la comida. Parecía que el único lugar húmedo en kilómetros a la redonda era en la base del molino de viento, en el centro de la calle principal, donde una bomba mantenía lleno el tanque para que bebiera el ganado sediento. Con tanto estiércol, aumentó la cantidad de moscas. También prosperó una colonia de perros de la pradera que decidió hacer su morada en la calle principal. De vez en cuando, una vaca se quebraba una pata en alguna de sus cuevas, y tenían que matarla allí mismo, y carnearla. Si esto sucedía entre martes y jueves, se convertía en causa de celebración, porque los viernes eran los días habituales de matanza en el Mercado de Carnes de Huffman, y con esas temperaturas, nadie se atrevía a comprar carne después del lunes.

Una banda de indios Oto acamparon en el límite sur del pueblo. Hacia el norte, la pradera estaba salpicada por las carretas de los inmigrantes, que esperaban para presentar reclamos sobre las tierras del gobierno. Todos los días, los agentes inmobiliarios alquilaban una gran cantidad de aparejos en los establos de caballos e iban a mostrar las secciones aún no reclamadas a los inmigrantes de ojos ávidos. En tren, llegaban los viajantes vendiendo de todo, desde medicinas hasta corsés para las señoras.

Gandy y Agatha veían menos a Willy. Corría descalzo con una banda de muchachos que merodeaban por la estación vendiendo bizcochos, huevos duros y leche a los pasajeros cuando los trenes paraban media hora a cargar agua. A veces, comía con Gandy, pero Agatha sospechaba que la base de su alimentación consistía en bizcochos escamoteados, leche y huevos duros y se consolaba pensando que, a fin de cuentas, no era una dieta tan desequilibrada.

El cuatro de julio, la fecha patria, los «secos» hicieron un desfile. Los «mojados», otro.

En una esquina, el editor del Wichita Tribune abogó en favor de la ratificación de la enmienda de prohibición presentada por el senador George F. Hamlin en febrero de 1879, y firmada por el gobernador en marzo de ese mismo año.

En otra esquina, un partidario del licor vociferaba: «¡La taberna es un elemento indispensable en un pueblo de frontera, y el licor mismo resulta un medio de comunicación tan poderoso como la tinta de imprenta!».

Un partidario de la templanza, con la cinta blanca, exclamaba:

– Las cadenas de la intoxicación son más pesadas que las que siempre llevaron los hijos de África.

Desde el campo de los mojados, se oía:

– Beber simboliza la igualdad. En el bar, todos los hombres son iguales.

A medida que avanzaba la plenitud del verano, el tema de la prohibición iba caldeándose junto con el clima. Desde el púlpito de la Iglesia Presbiteriana, el reverendo Clarksdale pedía bendiciones para «todos los nobles actores en el escenario humano de la templanza».

La asamblea del pueblo organizó un debate a fines de julio entre las fuerzas de la templanza y del licor. La distinguida oradora y predicadora metodista cuáquera Amanda Way fue al pueblo a hablar en nombre de los secos. La señorita Way fue tan convincente que antes de terminar la velada, las damas del capítulo Proffitt de la U.M.C.T. tuvieron un importante motivo para celebrar: George Sowers había firmado el compromiso de abstinencia.

Existía una sola manera en que podía cumplir la promesa, y era apartarse de la tentación: George se dedicó a juntar huesos de búfalos. Como en los quince años que siguieron a la Guerra Civil fueron masacradas setenta y cinco mil de esas criaturas, la pradera parecía un inmenso osario que esperaba ser cosechado. La mañana siguiente a la firma del compromiso, se vio a George conduciendo hacia el oeste, con un rocín de lomo hundido, enganchado a una carreta destartalada. Al día siguiente, se lo vio yendo hacia el este a vender lo recogido a los fabricantes de abonos y de porcelana de hueso de la ciudad de Kansas. Si bien la venta de los huesos no restauró a George en la posición de barón del oro que una vez tuvo, Evelyn estaba satisfecha. Por un tiempo, se dulcificó.

Ese verano, las filas de la U.M.C.T. se desbordaron. Crecieron demasiado para reunirse en el salón de Agatha, y comenzaron a hacerlo los lunes, en el edificio de la escuela. A comienzos de agosto, Annie Macintosh apareció en la reunión con un ojo negro, el labio cortado y dos costillas rotas. Cayó en brazos de las «hermanas», y les contó la verdad, llorando: el esposo, Jase, le pegaba cada vez que se embriagaba.

Eso dio por terminado el período de moderación de Evelyn Sowers. Esa misma noche, encabezó la marcha hacia el Sugar Loaf Saloon, arrastrando consigo a Annie, rodeada de un muro protector de mujeres frenéticas, enfurecidas. Se dirigió hasta Jase Macintosh, enarboló el puño y le asestó un golpe en el que puso sus ciento trece kilos y que dio a Jase en la mandíbula y lo hizo caer de espaldas de la silla. De pie sobre él, le plantó el zapato negro de tacón alto en medio del pecho, y siseó:

– ¡Esto fue por Annie, aliado de Satán empapado de ron! ¡Eres un excremento gangrenoso, que envenena la vida de esta comunidad! -Señaló a Annie y vociferó, para la concurrencia, en general-: ¿Ven lo que le causó esto a una buena esposa que no hizo nada para merecerlo, excepto criar los dos hijos de él, lavarle la ropa y limpiar la casa? -Echó a Jase una mirada colérica-. Bueno, se acabó. Ahora, Annie vivirá con George y conmigo, y nunca más le pondrás una mano encima. -Al pasar por la barra, apoyando todo el peso sobre Macintosh, a riesgo de quebrarle las costillas, dijo-: En cuanto a usted -le espetó a Mustard Smith, con los puños en las caderas gruesas- ¡pedazo de canalla! ¡Destructor de hogares! ¡Es la causa de la ruina humana que ve ante usted casi todos los días! ¡Me asombra que pueda mirarse todas las mañanas en el espejo!

Mustard Smith sacó una Colt 45, y apretó el cañón contra la nariz de Evelyn:.

– ¡Salga, perra! -refunfuñó, en tono gutural.

A Evelyn no se le movió una pestaña. Apretó hacia adelante, hasta que el cañón de la pistola le aplastó la nariz en forma grotesca y, cuando habló, no le salía aire de las fosas nasales.

– Vamos, dispáreme, lagartija resbaladiza. No me asusta ni usted, ni ninguno de los otros propietarios de tabernas de este pueblo. Dispáreme, y brotarán miles como yo, y se arrastrarán encima de usted como gusanos sobre una calavera.

Sin alterarse, Smith apretó el gatillo.

El arma estaba descargada.

Evelyn permaneció impávida ante el aterrador patrón de la taberna, pero sus compañeras de la unión lanzaron una exclamación ahogada.

– La próxima vez, estará cargada.

– Puede matar a un miembro de la U.M.C.T. o a una docena, pero no podrá matar a toda la legislatura, Smith. -Evelyn se volvió con una sonrisa satisfecha, en la punta de la nariz, la marca roja circular del caño-. Vamos, hermanas. ¡Al próximo vendedor de estricnina!

Cuando Agatha volvió a su apartamento, a las diez de esa noche, estaba débil de emoción y de miedo. Tal vez Evelyn no temiera a enemigos como Mustard Smith y Jase Macintosh, pero ella sí.

Mientras subía las escaleras, sintió en las piernas doloridas cada minuto de tensión de las tres horas pasadas. Había ocasiones en que se sentía hondamente cansada de la batalla por la templanza. Esa noche era una de ellas. Ansiosa, se acercó a la puerta con la llave en la mano.

Estaba abierta.

En la oscuridad, golpeó con la punta del pie algo que rodó: era el picaporte.

Se le escapó un breve alarido de miedo. Se oprimió la mano contra el corazón que martilleaba y sintió que una garra de miedo le estrujaba el pecho. Vacilante, estiró una mano y abrió más la puerta. Chocó con algo y se detuvo. ¿Un hombre? No pensó, se limitó a reaccionar: ¡impulsó la puerta con todo el peso del cuerpo! Pero en lugar de lastimar a alguien, tropezó con un escalón, se cayó y se lastimó. Quedó tendida en el suelo, con el dolor atenaceándole la cadera, y el miedo explotándole en todo el cuerpo. Esperaba que alguien la pateara, le clavase un hacha, la matara.

Nada sucedió.

De abajo llegaban los sones de «Pop Goes the Weasel». Del interior de su pecho, el palpitar de su propio corazón. Se incorporó, y se abrió paso hasta la mesa, arrastrando los pies entre objetos duros y blandos. Encendió una cerilla con mano temblorosa y lo sostuvo sobre la cabeza.

¡Dios del cielo, qué desastre!

Todo había sido revuelto. Ropa, adornos, la cama, papeles. Cristales rotos y sillas volteadas, como restos después de un tornado.

La cerilla le quemó los dedos y la tiró. Con la siguiente, encendió la lámpara. Pero se quedó inmóvil, demasiado atónita para gritar, demasiado petrificada para moverse. En treinta segundos, el impacto le sacudió el cuerpo; le entrechocaban los dientes, los espasmos le estremecían los miembros, tenía los ojos vidriosos. Cuando pudo moverse, lo hizo sin una idea consciente, atraída por la posibilidad de obtener ayuda, no porque fuese lo más prudente sino porque había perdido la capacidad de idear otra cosa.

Dan Loretto cantaba los números del keno [4] en la mesa más cercana a la puerta trasera cuando ella apareció. Alzó la vista y se levantó de un salto.

– Señorita Downing, ¿qué le pasa?

– Alguien en… entró en mi a… apartamento.

Le rodeó con un brazo los hombros trémulos.

– ¿Cuándo?

– No sé.

– ¿Está usted bien?

Temblaba tanto que parecía que se le iba a desarmar el esqueleto.

– Yo…, s… sí… Esta… ba fuera… No sabía qué hacer.

– Espere aquí. Iré a buscar a Scotty.

Gandy estaba jugando al póquer cerca de la entrada, de cara a la puerta vaivén. Dan se deslizó tras él y le murmuró en el oído:

– Está aquí la señorita Downing. Alguien irrumpió en su apartamento.

Antes de que saliera la última palabra de los labios de Dan, los naipes de Gandy azotaron la mesa.

– Cúbreme. -Hizo chirriar la silla cuando se levantó, ignorando que había dejado dinero en el cuenco, sobre el paño verde de la mesa. Echó un vistazo a Agatha, que esperaba cerca del pasillo del fondo, y viró bruscamente hacía la barra. Sin detenerse, le ordenó a Jack Hogg-: Trae la pistola y ven conmigo. -Al pasar junto al piano, ordenó en voz baja-: Sigue tocando, Ivory… Tú también, Marcus. Que las chicas sigan bailando.

Cenicienta de tan pálida, Agatha parecía un fantasma.

– Agatha -dijo, antes de llegar junto a ella-. ¿Está herida?

– No.

Con un brazo sobre los hombros, la llevó a la puerta del fondo, seguido por Jack y Dan.

– ¿Hay alguien allá arriba?

– Ya n… no…

¿Por qué no dejaban de castañetearle los dientes?

– ¿Está segura?

Sin aliento, asintió, esforzándose por andar al paso de las largas zancadas de él.

– Estoy segura. Pero está todo… revuelto.

Gandy se precipitó por la puerta trasera, arrastrándola de la mano, irritado por tener que adaptarse al paso de ella. Ya la había visto subir la escalera y no había tiempo que perder.

– Sujétese -le advirtió y, sin ceremonias, la alzó en brazos-. Arriba, muchachos.

Se colgó del cuello de Gandy con las dos manos, mientras Dan y Jack subían de a dos los escalones. Se apretaron contra la pared, a cada lado de la puerta, enarbolando el arma.

– ¡Estamos apuntando con un arma cargada! -gritó Jack-. ¡Si está ahí, le aconsejo que se tire boca abajo, con los brazos y las piernas abiertos!

En brazos de Gandy, Agatha le dijo:

– Ya estuve aden… tro. Ya se fueron.

– ¡Estuvo adentro! ¿Sola? -Ahogó una maldición y la depositó, sin mucha gentileza, sobre el rellano-. ¡Ahora, siéntese ahí y no se mueva!

Gandy se acercó a la entrada. «¡Dios misericordioso!, -pensó-. Alguien hizo un bonito trabajo en este lugar». Dan y Jack, que ya estaban dentro, giraron y lo miraron.

– Es un lío.

– ¡Jesús! -exclamó Jack.

Gandy pisó una tetera rota, se inclinó a levantar una caja de música con la tapa retorcida y un gozne roto. En medio del silencio, comenzó a sonar una suave canción.

– ¿Qué crees que buscaban? -preguntó Dan, encaminándose al dormitorio donde una almohada rasgada había provocado una nevada de plumas que estaban desparramadas por todos lados.

Agatha dijo desde la entrada:

– Supongo que la caja de la tienda.

Gandy viró bruscamente para enfrentarla:

– Le dije que esperase ahí.

Se abrazó y levantó hacia él la mirada suplicante de los ojos verdes.

– Me siento más segura aquí dentro, con ustedes.

La caja de música seguía tocando:

Bella soñadora, despierta junto a mí,

Las estrellas y el rocío te esperan a ti…

Se acercó a él con su paso quebrado, contemplando la delicada caja de metal en las manos morenas de dedos largos. Sobre la tapa, estaba pintada una dama de peluca empolvada, con la muñeca sobre el respaldo de un banco de jardín, las faldas delicadamente onduladas, y los sauces llorones a sus espaldas.

– Era de mi madre -le dijo en voz suave, tomándola, escuchándola un momento y cerrando la tapa. Apartó la mirada y, por primera vez, se le llenaron los ojos de lágrimas. Apretó la caja contra el pecho, se tapó los labios con dedos temblorosos y dijo en voz queda-: Oh, Dios.

Gandy pasó por encima de la tetera quebrada y la tomó en los brazos, con la caja de música apretada entre los dos.

– Cálmese, Agatha -la consoló. Parecía no percatarse de su presencia. Se irguió, enderezó una silla, la obligó a sentarse, y apoyándole las manos en los hombros, dijo-: ¿Dónde guarda la caja de dinero?

– Abajo… en un cajón del escritorio. A la noche, la cierro con llave. No la traigo aquí.

– ¿Dónde está la llave?

– Con las demás… -Miró alrededor, confundida, como si esperase verla aparecer por arte de magia-. Oh, Dios -repitió. Los ojos dilatados, asustados, miraron a Gandy-. No sé… oh, Jesús, ¿dónde podrá estar?

– ¿Anoche las tenía?

– Sí, yo… recuerdo que llegué hasta la cima de la escalera y, cuando me acerqué a la puerta para abrir la cerradura, el picaporte estaba a mis pies.

Gandy lanzó una mirada a Dan.

– Revisa el rellano. Jack, tú ve a buscar al comisario. -Cuando los dos se fueron, se concentró en Agatha. A la luz cruda de la lámpara, el rostro parecía blanco como la leche. Se mantenía en una postura exageradamente rígida. Le masajeó los hombros, frotándole con fuerza el cuello tenso con los pulgares-. Descubriremos quién fue… no se preocupe. -Y un minuto después-: ¿Usted está bien?

Alzó los ojos translúcidos y asintió.

Dan entró con las llaves.

– Las encontré. Scotty, ¿quieres que revise abajo?

– Sí, Dan, por favor.

Cuando se fue, Scotty revisó el apartamento, pasando sobre los objetos privados de Agatha. Sintió una aguda desolación al mirar la ropa, los papeles, la ropa de cama… todas las cosas a las que nadie sino ella tenía derecho a acceder. En cierto modo, se sintió culpable de asediar su vida privada. Se dio la vuelta y regresó junto a ella.

– No creo que buscaran dinero.

Sobresaltada, lo miró con la boca abierta.

– Pero, ¿qué otra cosa?

– No sé. ¿Encontró una nota? ¿Alguna clave?

– Sólo llegué hasta la mesa.

Los dos miraron en torno, pero no vieron otra cosa que el desorden dejado por el asaltante.

– ¿Cree que pudo haber sido Collinson? -le preguntó.

– ¿Collinson?

La idea la aterró más que la perspectiva de que el motivo fuera el robo.

Dan subió las escaleras e irrumpió por la puerta, sin aliento.

– Abajo no encontré nada. Todo está perfectamente cerrado con llave. -Le entregó las llaves a Agatha y retrocedió un paso-. ¿Qué piensas, Scotty?

– Demonios, no sé. Pero lo que sí sé es que ella no puede quedarse aquí esta noche. La llevaremos al lado.

Agatha no pudo creer lo que oía.

– ¿Al lado?

– Puede dormir con Jube.

– ¿Con Jube?

¡Pero si dormía con él…!

– Aquí, con el picaporte roto, no está segura. Y además, usted no está en condiciones emocionales para quedarse sola.

En ese momento, entró el comisario Ben Cowdry por la puerta. Un hombre muy áspero que, sin perder tiempo en amabilidades, examinó la escena con los brazos en jarras, los ojos entrecerrados, no dejó escapar casi nada.

– Hogg me contó lo que pasó aquí. -Caminó hacia dentro, alzando los tacos de las botas para no pisar los objetos tirados. Los ojos registraban con cuidado cada sitio donde iba a poner los pies. Miró a Agatha-. ¿Usted está bien, señorita Downing?

– Sí.

– El dinero sigue abajo, en un cajón del escritorio cerrado con llave -intervino Loretto.

– Ahá.

El comisario, con los pies separados, giró con lentitud y los ojos pequeños examinaban todo bajo el ala del Stetson castaño.

– ¿Alguna idea?

– Una -dijo Gandy-. La señorita Downing y yo hemos tomado a Willy Collinson bajo nuestra ala, y al viejo no le gusta mucho. Nos hizo una visita de la que, estoy seguro, usted se enteró.

– ¿La de la bota arrojada por la ventana?

– Esa misma.

– ¿Qué dijo?

Gandy contó lo sucedido aquel día, mientras el sheriff revisaba el apartamento casi sin tocar nada, pero sin dejar nada de lado. Cuando se detuvo otra vez ante Agatha, no desperdició palabras:

– Se me ocurre que hay muchos tipos furiosos con usted por el grupo de la templanza que inició. ¿Le parece que puede haber sido uno de ellos?

– N… no lo sé.

Gandy intervino:

– Antes de esto, una vez recibió una visita. -Se volvió hacia ella-. Agatha, ¿conservó la nota?

– Sí, está en la puerta de arriba del tocador. -Se levantó a buscarla y se la entregó al comisario con mano trémula-. La encontré clavada en mi puerta trasera una noche, después de una reunión de templanza.

La leyó con detenimiento, examinando el papel más tiempo del necesario para entender el contenido.

– ¿No le importa si me la llevo?

– Por supuesto que no.

El comisario la plegó, la metió en el bolsillo de la camisa y revisó una vez más el perímetro del apartamento, observando con detenimiento el friso, los muebles, las ropas de cama, y hasta detrás de la pequeña estufa. Cuando llegó a la puerta, la enganchó con un dedo y la apartó de la pared.

– Creo que lo encontré.

El pulso de Agatha se aceleró. Gandy le apretó el hombro.

– ¿Qué?

Con un gesto brusco de la cabeza, Cowdry indicó a Jack que saliera del camino. Jack salió del umbral y el comisario cerró la puerta sin decir una palabra. Sobre la pintura parda, raspadas en el revés de la puerta, se leían las palabras:

Ojo, Templanza

El comisario parecía frío, pero tanto Agatha como Gandy sabían que bajo el exterior impasible funcionaba una mente sagaz.

– ¿Se le ocurrió algo? -preguntó.

Podría ser cualquiera: Mustard Smith, Angus Reed, cualquiera de los dueños de tabernas de Proffitt. O cualquiera de sus clientes. La lista era tan larga que, de sólo pensarlo, Agatha se sintió aturdida.

Gandy permaneció junto a ella, y vio que las cejas adquirían expresión de abatimiento. Se dio cuenta de que estaba abrumada. Tenía buenos motivos para estar asustada: una mujer sola, con un enemigo tan peligroso. Lo sorprendió el impulso de protección hacia ella que lo asaltó.

– Agatha.

Levantó los claros ojos verdes, todavía asustados.

– Podría ser cualquiera -admitió, en voz chillona y temblorosa.

Gandy se dirigió a Cowdry:

– Tiene razón. Podría ser Mustard Smith, Didier, Reed, Dingo… cualquiera de ellos. Casi el único que se podría descartar es Jesús García: no creo qué sepa escribir en inglés.

– Haré que el agente pase una o dos veces por noche por el callejón. Hasta que tenga pruebas concretas, no es mucho más lo que puedo hacer. Por eso, manténgame al tanto de cualquier hecho peculiar, por favor.

Agatha le aseguró que lo haría, y le dio las buenas noches. Cuando se fue, Gandy mandó a Jack y a Dan abajo, con instrucciones de hacer subir a Jubilee. Después, se dirigió a Agatha.

– Junte lo que necesite para pasar la noche. Vendrá conmigo.

– Por favor, Scott… no me parecería bien entrometerme con Jubilee.

– No la dejaré aquí, sola. Haga lo que le dije.

– Pero a mi cama no le pasó nada. Tengo otra almohada, y…

– Muy bien. Si usted no junta las cosas, lo haré yo. -Hizo un movimiento hacia el ropero-. ¿Están aquí?

Empezó a abrir la puerta.

– Está bien, ya que insiste. Pero si me parece que Jubilee tiene la menor objeción, volveré derecho aquí.

Gandy rió y le cedió el paso para que pudiese buscar el camisón y la bata. Sus ojos la siguieron mientras iba hacia la cómoda. Pero la parte de arriba había sido arrasada, y rebuscó con tristeza el cepillo entre los objetos tirados en el suelo, y levantó un recipiente para hebillas. Estaba roto. Juntó las dos partes y las sostuvo un momento. El rostro estaba apesadumbrado.

Levantó la vista y los ojos de ambos se encontraron.

– Lo siento, Gussie. -Como le pareció que iba a llorar otra vez, dijo-: Vamos -y la tomó del codo.

Agatha se detuvo junto a la lámpara y dio una inspección a la habitación que siempre mantenía fastidiosamente pulcra.

– ¿Quién pudo hacer algo así?

– No sé. Pero no quiero que esta noche se preocupe por eso. -La tomó del brazo-. Por la mañana vendremos y la ayudaremos a limpiar. Ahora, apague la lámpara.

Lo hizo, y la oscuridad se cernió sobre ellos. Fueron hacia la puerta, que Gandy cerró lo mejor que pudo, después de dejarla pasar.

– El de Jube es el último a la izquierda.

La jaula dorada estaba baja, y la puerta trampa estaba abierta en medio del pasillo. Por la abertura, un cono de luz iluminaba el techo, donde se rizaba el humo de los cigarros. Se oían con claridad los sones del piano y del banjo. Agatha echó un vistazo al bar de abajo, mientras pasaba junto a la abertura. Al llegar a la puerta de Jube, esperó. Gandy la abrió y entró sin hacer gala del menor embarazo. Sabía bien dónde estaba la lámpara. Agatha oyó raspar la cerilla y, a continuación, el rostro de Gandy apareció sobre la llama vacilante. Colocó de nuevo el tubo y volvió junto a ella.

– Jube subirá en un minuto. ¿Estará bien?

– Sí.

– Bueno… -Por primera vez esa noche, Agatha se sintió incómoda con él. Nunca la habían acompañado hasta el dormitorio. Y él nunca había acompañado a una dama para luego marcharse-. Cerraré un poco más temprano, para que el ruido no le impida dormir.

– Oh, no, por favor. No por mí.

– Jube subirá en cuanto termine esta canción.

Se dio la vuelta y desapareció antes de que pudiera darle las gracias.

El cuarto de Jube daba a la calle. La doble ventana estaba abierta y la brisa de verano hacía ondular las cortinas blancas hacia adentro, como velas hinchadas. Aunque nada estaba ordenado, ese desorden resultaba tranquilizador. Sobre el borde de un biombo de brocado, había vestidos de baile, medias dered negras, portaligas. Las puertas del guardarropa estaban abiertas de par en par. Dentro, colgaban los numerosos vestidos blancos de Jube. Junto a él, el tocador estaba repleto de tocados de plumas, cremas, lociones y maquillajes de varias clases. Agatha no pudo contener una sonrisa al ver el cenicero y una cigarrera de metal, que parecía completamente fuera de lugar entre la parafernalia femenina. La cama de bronce, no estaba tendida.

Se abrió la puerta e irrumpió Jubilee.

– ¡Agatha, Scotty acaba de contármelo! ¡Dios mío, debes tener los nervios de punta! Imagina: ¡que alguien entre así en tu casa! Pero no te preocupes por nada. Esta noche, dormirás aquí, conmigo.

El abrazo fue rápido y tranquilizador. De repente, Agatha se sintió feliz de tener la compañía parlanchína de Jubilee. Habría sido enervante pasar la noche en medio del desorden de al lado, oyendo cada crujido del edificio, pensando si no oía pasos en la oscuridad.

– En verdad, lo aprecio, Jubilee.

– ¡Oh, bah! ¿Para qué están los amigos? -Se sentó en una silla y comenzó a soltar los botones de los zapatos con un gancho-. Además, esta noche me duelen los pies. Me alegró terminar un poco más temprano. Scotty dice que echará al último cliente más o menos a medianoche.

– Le dije que no tenía por qué hacerlo.

– Ya lo sé, pero cuando Scotty está decidido, no puedes hacerle cambiar de opinión. Podríamos prepararnos para ir a la cama.

Agatha miró alrededor, con timidez. Jubilee ya estaba quitándose las plumas del cabello, y Agatha la imitó con las hebillas. Para su horror, Jubilee se puso de pie junto a la silla y se quitó el escueto traje de baile, y al levantar la vista vio que Agatha estaba parada, vacilante, junto a la cama.

– Si prefieres, puedes usar el biombo.

Mientras se desvestía, oyó que Jube canturreaba: «Un pájaro en una jaula dorada», después encendía un cigarro y manipulaba cosas sobre la mesa del tocador. El humo del cigarro llegó hasta el biombo, y Agatha no pudo contener una sonrisa. Recordó el día en que vio por primera vez a Jubilee que llegaba en la carreta. Si alguien le hubiese dicho que terminaría pasando la noche en el cuarto de ella, lo habría tildado de loco. Pero ahí estaba.

Salió de atrás del biombo vestida con el camisón de cuello alto y una bata blanca calada.

Y ahí estaba Jubilee. De pie junto al espejo del tocador, rascándose el vientre y los pechos blancos, sin otra prenda que los calzones. Tenía el cigarro entre los dientes y hablaba sin quitárselo.

– Malditos corsés. -Se rascó más fuerte, dejándose marcas rojas en la piel pálida-. ¿No te parece fastidioso cómo pican cuando te los quitas? Vosotras, ya que estáis luchando por los derechos de las mujeres, podríais hacer una campaña que nos librara para siempre de los corsés. -Se sujetó los pechos llenos con las manos y los levantó, haciendo desaparecer el lunar que tenía en el surco entre ambos-. ¿Te imaginas? -Rió entre dientes, como si estuviese sola-. Andar por la calle con un vestido sin corsé con ballenas. ¿No sería bueno?

Giró y Agatha bajó la vista. Nunca había visto a una mujer desnuda, y mucho menos una que exhibiera sin pudor los pechos delante de otra. Jube exhaló el humo y cruzó el cuarto hasta la tumbona. Se recostó, los pechos colgando, y revolvió entre las prendas tiradas hasta encontrar la bata turquesa. Cuando se incorporó para pasarla por los brazos, los pezones rosados parecieron destellar como faros en la habitación.

Desbordada, Agatha no supo a dónde mirar.

Al parecer, Jube no se daba cuenta. Despreocupada, se ató el cinturón y exclamó con entusiasmo:

– ¡Agatha, tienes un cabello maravilloso! ¿Puedo cepillártelo?

– ¿Ce-cepillármelo?

Ninguna mujer le había cepillado el cabello desde que murió la madre.

– Me encantará. Y te relajará. Ven. -Dejó el cigarro en el cenicero, tomó un cepillo de la mesa del tocador, y dio una palmada sobre el banco bajo que había ante ella-. Siéntate.

Agatha no pudo resistirse. Se sentó ante el tocador de Jubilee y dejó que la mimasen. Se sintió maravillosamente bien. Al primer contacto de las cerdas que le masajeaban el cuero cabelludo, unos estremecimientos le recorrieron la nuca y los brazos, y cerró los ojos.

– Desde que murió mi madre, nadie me había cepillado el cabello. Y eso fue cuando era niña.

– Es tan hermoso y espeso -lo elogió-. El mío es fino y lacio. Siempre deseé tener un pelo como el tuyo. Eres muy afortunada de tener ondas. Yo tengo que ponerme rizadores.

– ¿No es curioso? -Agatha abrió los ojos-. Yo siempre deseé tener cabello más fino, más lacio y rubio.

Jube cepilló todo el largo de los mechones, desde la coronilla hasta la espalda.

– ¿Crees que hay personas satisfechas con lo que tienen?

A Agatha le pareció una pregunta extraña, por provenir de una mujer tan bella como Jubilee. Las miradas de ambas se encontraron en el espejo.

– No lo sé. Pero supongo que todos deseamos algo.

– Si pudieras pedir cualquier cosa en el mundo, ¿qué desearías?

A Agatha siempre le pareció lo más evidente del mundo, y la dejó estupefacta que para Jubilee no lo fuese. Mientras movía el cepillo, distraída, tenía la cabeza rubia ladeada.

– Piernas y caderas sanas.

La respuesta de Jubilee no fue la que esperaba: no la miró asombrada o acongojada por haber pasado por alto algo tan obvio, sino que adoptó una expresión soñadora, mientras seguía cepillando el pelo de Agatha, y comentó:

– Sí, me imagino. Pero, ¿no es curioso? Nunca pensé en ti como lisiada.

El comentario fue una sorpresa absoluta. Aunque siempre estuvo convencida de que todo el mundo la miraba con lástima, sin saber por qué, le creyó. Nunca tuvo nadie con quien compartir sus sentimientos más íntimos, alguien que los compartiese con ella, y preguntó:

– ¿Y tú, qué desearías?

Jube dejó el cepillo, acomodó el pelo tirante y alto sobre la coronilla de Agatha en forma de nido, sujetándolo con las manos. Entonces la miró otra vez en los ojos y respondió con mucha suavidad:

– Una madre que, a veces, me cepillara el cabello. Y un padre que estuviese casado con ella.

Por largo rato, se comunicaron sólo con los ojos. Entonces, Agatha se dio la vuelta.

– Oh, Jubilee. -Le tomó las manos con cariño-. ¿No crees que somos unas tontas, aquí, deseando lo que nunca tendremos?

– No lo creo. ¿Qué mal hay en desear?

– Me imagino que ninguno. -Agatha parpadeó varias veces, y emitió un sonido que no llegaba a ser risa-. Acaba de ocurrírseme que, un año atrás, uno de mis deseos hubiese sido tener una amiga… Y ahora creo que encontré varios donde menos lo esperaba. Jubilee, yo… -La emoción le quebró la voz, mientras pensaba las palabras justas para expresar cuánto había llegado a valorar la amistad de Jubilee, Scott, y los otros. Los sentimientos hacia ellos la invadieron sin que lo advirtiese. Sólo en ese momento en que los necesitaba y estaban ahí, con las manos extendidas, pudo reconocer la profundidad de esa amistad-. Cuando digo que agradezco que me hayáis recibido aquí, hablo en serio. Estoy tan contenta de que estés aquí. Estaba muy acongojada por lo que sucedió en mi apartamento, pero ahora me siento mucho mejor.

Jube se inclinó y apretó la mejilla contra la de Agatha.

– Bueno. Entonces, ¿por qué no nos metemos en la cama? Al parecer, ya terminó el alboroto, de modo que podrás dormir un poco. Scotty dice que mañana iremos y limpiaremos tu casa. -Jubilee apartó las mantas y palmeó las sábanas, junto a ella-. Vamos, ven.

Agatha accedió, gustosa. Acomodó la almohada y se sentó contra ella, alzando los brazos para cumplir el último ritual del día.

– ¿Y ahora qué haces?

– Siempre me trenzo el cabello antes de dormir.

– ¿Para qué?

Pensó en una buena razón pero no se le ocurrió ninguna.

– Mi madre me enseñó que eso hace una dama todas las noches.

– Pero así debes dormir sobre el bulto de la trenza. Para mí, no tiene ningún sentido.

Agatha rió: nunca lo había pensado, pero Jubilee tenía razón.

– Lo último que haría con mi pelo sería trenzarlo.

– Bueno, pero entonces, ¿qué haces?

– ¿Cómo qué hago? Nada. Duermo con el cabello suelto. -Se pasó el cepillo por su propia cabellera, echó la cabeza atrás y la sacudió-. Es un placer.

– Está bien… -Agatha comenzó a deshacer la trenza inconclusa con los dedos-. Lo haré.

Sin dejar de cepillarse, Jubilee fue hasta el tocador, se metió el cigarro entre los dientes y fumó mientras se cepillaba.

– ¿Te molesta el cigarro?

– Para nada.

Agatha supo que era verdad. Por estar cerca de Gandy, había llegado a aficionarse.

– Me relaja, ¿sabes? -le explicó Jube-. Cuando termino de bailar, estoy toda tensa. A veces, me cuesta dormirme enseguida.

Jube enroscó el dedo alrededor del fino cigarro negro, fue hasta el pie de la cama y se sentó, reclinándose contra el rodapié de bronce, con el cenicero en la falda, todavía cepillándose el cabello rubio.

Alguien llamó a la puerta.

– Hola, somos nosotros. -Pearl y Ruby entraron, sin esperar permiso-. Nos enteramos de las malas noticias. No te aflijas. Es probable que no vuelva a suceder.

Por turno, fueron a apoyar la mejilla contra la de Agatha y a desearle las buenas noches.

– Si Jube empieza a roncar, ven conmigo.

Cuando se fueron, se oyó otra llamada.

– ¿Sí? -dijo Jube.

– Somos Jack e Ivory.

– Bueno, entrad… ya lo hicieron todos.

Agatha casi no tuvo tiempo de cubrirse con las mantas hasta el cuello antes de que ellos dos aparecieran.

– ¿Ya está tranquila, señorita Downing? -preguntó Jack.

– Sí, gracias. Jube me cepilló el pelo y me hizo olvidar todas mis angustias.

– No cabe duda de que Jube es buena con el cepillo -comentó Ivory.

¿Jube habría cepillado el pelo de Ivory? Antes de que pudiera imaginarse, siquiera, semejante espectáculo, éste dijo:

– Bueno, buenas noches, señorita Downing. La veré mañana.

– Buenas noches, Ivory.

– Buenas noches, pues -dijo Jack.

Un instante antes de cerrar la puerta, Jack asomó la cabeza:

– Aquí viene alguien más.

Desapareció, y Marcus tomó su lugar, con una taza humeante. La sonrisa le indicó a Agatha que era para ella.

– Oh, Marcus, qué considerado. -Aceptó la taza-. Mmm… té. Gracias, Marcus, es exactamente lo que necesitaba.

Marcus se puso radiante e hizo un gesto como de revolver azúcar y alzó las cejas con gesto interrogante.

– No, gracias. Así está bien. -Bebió un sorbo y asintió, en gesto aprobador-. Perfecto.

Marcus juntó las manos bajo la oreja y cerró los ojos, indicando dormir.

– Sí, después de esto dormiré maravillosamente. Gracias, otra vez, Marcus.

Al llegar a la puerta, saludó, y Agatha le devolvió el saludo. Salió y cerró.

Agatha sintió que se le desbordaba el corazón, que se le entibiaba por algo más que el té. Pensó que, tal vez, se había apresurado a pronunciar el deseo; quizá, lo que más deseaba en la vida era conservar para siempre este sentimiento, esta maravillosa sensación de familia.

En amistoso silencio, Agatha bebió y Jubilée fumó.

Después de un rato, Agatha comentó:

– Qué considerado fue Marcus.

El semblante de Jube se suavizó. Dejó de fumar y contempló el humo que subía.

– Es un cielo, ¿no? Siempre tiene un gesto amable para todo el mundo. Marcus es el hombre más bondadoso que conocí. Cada vez que estoy enferma me trae té con miel y coñac. Y una vez me dio friegas en la espalda. Fue un placer.

– Al principio, me afligía que no pudiera hablar -le confesó Agatha-, pero pronto descubrí que puede hacerse entender mejor que muchas personas con habla.

– Seguro. A veces me gustaría… -En el rostro de Jubilee apareció una expresión melancólica. Exhaló una nube de humo y murmuró-: Oh, nada.

– Dime, ¿qué te gustaría?

– Oh… -Se encogió de hombros y murmuró, tímida-: Que no fuese tan tímido.

– ¡Caramba, Jubilee! -Agatha levantó las cejas-. ¿Sientes… algo por Marcus? Quiero decir, ¿algo especial?

– Creo que sí. Pero, ¿cómo lo sabe una chica, si el hombre nunca le da un indicio?

– ¿Me lo preguntas a mí?

Con la mano extendida sobre el pecho, Agatha rió.

– Bueno, tú también eres una chica, ¿no?

– No creo. Ya tengo treinta y cinco años. No soy más una chica.

– Pero sabes a qué me refiero. En ocasiones, Marcus me mira… bueno, ya sabes, de un modo diferente. Y en el mismo momento en que creo que va a…

Golpearon la puerta.

– ¿Estáis vestidos? -se oyó la voz de Gandy.

Jube le murmuró a Agatha:

– Después seguiremos conversando. -Y levantando la voz-: Más que vestidos. Pasa.

La puerta se abrió lentamente, y Gandy se recostó contra el marco con la corbata floja y la chaqueta colgando del dedo, sobre el hombro. Le habló a Jube, pero mirando a Agatha.

– Veo que ya la instalaste.

– Por supuesto. Ahora se siente mucho mejor.

– Tiene mejor aspecto. -Apartó el hombro del marco y entró, arrojando la chaqueta a los pies de Agatha-. Cuando fue abajo, a buscarme, parecía un fantasma, ¿sabe? -Tomó la taza vacía-. Déme eso. -La dejó a un lado y se sentó junto a la cadera de la mujer, con un brazo del otro lado del cuerpo de Agatha-. Pero recuperó el color.

Agatha intentó subir más las mantas, pero el peso del hombre se lo impedía. Sobre el niveo camisón de cuello alto, las mejillas se le pusieron de un rosado intenso. Y el cabello era una gloria, flotando en ricas y espesas ondas que captaban la luz y la reflejaban casi con los matices del vino borgoña. La mirada admirativa del hombre se demoró unos momentos en él, y luego pasó a los transparentes ojos verdes. Eran cautivantes como ningunos que hubiese visto antes, claros como el agua del mar. Habían comenzado a perseguirlo por las noches, en la cama, y lo mantenían desvelado como si ella estuviese en el cuarto, observándolo. Dentro del pecho le brotó un calor inesperado, mientras las miradas de los dos permanecían unidas y el peso de Gandy hacía bajar las mantas con que Agatha se cubría los pechos.

– Ma-marcus me trajo té -tartamudeó, acalorada por la cercanía, por no estar vestida más que con el camisón, y sentir el calor del cuerpo de él contra la cadera-. Y Jubilee me cepilló el pelo. -Se lo tocó, insegura, como disculpándose-. Y todos los demás vinieron a darme las buenas noches.

– ¿De modo que ahora podrá dormir?

– Oh, sin duda. -Trató de sonreír, pero no pudo hacer otra cosa que abrir los labios, y revelar que su aliento era agitado. Manoseó con las yemas de los dedos los botones del cuello. De inmediato, él le atrapó la mano y la bajó. Se quedaron quietos, con los dedos entrelazados. El corazón de Agatha latía como un pájaro cautivo, pero quería decir muchas cosas-. No sé qué habría hecho sin todos ustedes esta noche -murmuró-. Gracias, Scott.

– No hay por qué darlas. -Cediendo a un impulso, la rodeó con los brazos y la estrechó con delicadeza contra el pecho. La retuvo así, sin moverse, por largo, largo rato-. Somos sus amigos. Para eso están los amigos.

El corazón le palpitó con fuerza contra él. No tenía otro lugar donde poner las manos que en los omóplatos de Scott. Era consciente de la presencia de Jubilee observándolos desde los pies de la cama, del intenso olor a cigarro en la ropa y la piel de Scott, y del hecho de que sus propios pechos sueltos estaban aplastados contra el pecho masculino: era la primera vez en su vida.

– Buenas noches, Gussie -susurró, y le besó el borde de la oreja-. Hasta mañana.

– Buenas noches, Scott -pudo decir, en un susurro.

Mientras el corazón de Agatha aún le palpitaba con fuerza dentro del pecho, Scott se levantó, tomó la chaqueta y bordeó la cama. Parado detrás de Jubilee, se inclinó sobre el rodapié de bronce. Jubilee alzó el rostro y le sonrió.

– Buenas noches, Jube.

Se besaron.

– Buenas noches, Scotty. La cuidaré bien para ti.

Le hizo un guiño a Jube y una sonrisa a Agatha.

– Todos lo hacen.

Luego, él también se marchó.

Cuando apagaron la lámpara y el edificio quedó en silencio, Agatha, tendida junto a la muchacha dormida, se quedó despierta por mucho tiempo, por más tiempo que nunca en su vida. Se sentía confusa, y más consciente de su cuerpo de lo que recordaba haber estado jamás. No sólo de las partes que le dolían, sino de las que no. Se sentía erizada de pies a cabeza. Dentro del pecho, el corazón golpeaba como si una fuerza mística lo hubiese despertado después de dormir todos esos años.

¿Cómo era posible que Scott le hubiese provocado algo semejante… sentado ahí, despreocupado, y tomándola en brazos sin el menor recato? ¡Y ella en camisón! ¡Y Jubilee ahí, al lado!

Pero en aquel momento, cuando le apoyó las manos en los omóplatos y su corazón se apoyó contra el de él, las preocupaciones de Agatha misma por el recato se esfumaron. Qué bueno fue sentirse apretada contra el cuerpo sólido, abrazada por un minuto. Qué ardiente sintió el rostro y qué insistente el pulso. Cuan plenos y pesados los pechos, cuando los aplastó. Recordó la sensación de tersura de la espalda de la camisa, estirada mientras la abrazaba. Y la barbilla de él contra su sien. Y el hueco del cuello contra su boca. Y el olor… ah, el aroma, tan diferente del propio, mezcla de agua de violetas y almidón…

Con la evocación, llegó el pudor.

Pero pertenece a Jubilee, ¿no es cierto?

Confundida, Agatha se dio vuelta y se acostó sobre la otra cadera. El mismo refrán le daba vueltas en la mente una y otra vez.

¿Cómo puede ser que Jubilee pertenezca a Scott, si quiere a Marcus?

Cuando al fin se durmió, lo hizo profundamente, pero sin respuestas.

Capítulo 11

Por la mañana, fueron a trabajar, tal como habían prometido. Marcus instaló un picaporte nuevo, y cuando apareció Willy lo pusieron a la tarea de recolectar las plumas y meterlas en la funda de la almohada. Agatha advirtió que se rascaba otra vez y tomó nota mental de hablar con Scott al respecto.

Al despertarse, no sabía bien como comportarse con Scott esa mañana, pero él la trató de un modo tan platónico como siempre.

Hacia las diez y media, Willy se cansó de juntar plumas, y Agatha lo mandó a la tienda de Harlorhan, a ver si le había llegado correo.

Regresó con la última edición de The Temperance Banner y un sobre con sello de correo de Topeka, y como remitente, la dirección oficial del gobernador John P. St. John.

– ¡Eh, es del gobernador! -exclamó.

– ¡Oooohhh, el gobernador! -repitió Ruby-. ¡Caramba, que nos codeamos con lo mejor!

Hizo girar los ojos y agitó los dedos como si se le quemaran.

Agatha abrió con cuidado el sobre y sacó una carta con el sello del Estado en bajo relieve, mientras todos se amontonaban alrededor: Marcus, con el destornillador en la mano; Scott, con el codo apoyado en el mango de la escoba; las chicas, asomadas sobre el borde del minúsculo equipo de cocina de Agatha; Ivory y Jack, espiando sobre los hombros; Dan, con Willy trepado sobre las botas para ver mejor.

Los ojos de Agatha recorrieron velozmente el papel.

– Bueno, ¿qué dice? -quiso saber Ruby.

– Es una invitación.

– ¡Bueno, léela en voz alta, antes que nos dé un ataque de tanto afligirnos!

La mirada de Agatha se posó fugazmente en Scott, y la apartó, nerviosa. De pronto, se le secó la boca. Se aclaró la voz y se humedeció los labios.

Estimada Señorita Downing:

Como miembro activo del movimiento para prohibir la venta de sustancias tóxicas en el Estado de Kansas, el representante estatal Alexander Kish me mencionó su nombre, el de la señorita Amanda Way, y el de la señorita Drusilla Wilson. Como sabe, cuando resulté electo gobernador de Kansas, prometí a mis votantes hacer todo lo que estuviese en mi poder para desterrar, no sólo el consumo de alcohol, sino también su venta dentro de las fronteras del Estado.

Con ese fin, apoyo de todo corazón la legislación reciente enviada a ambas cámaras de la legislatura, proponiendo ratificar la enmienda de prohibición de nuestra Constitución estatal.

Si aquéllos que, hasta ahora, trabajaron con celo por esta noble causa, se diesen otra vez la mano para hacer ahora un esfuerzo más agresivo que nunca, la enmienda podría y debería ser ratificada por los votantes de Kansas.

Como medio de expresar mi agradecimiento por la tarea de ustedes y para alentar el futuro apoyo al movimiento de prohibición, le extiendo esta invitación a tomar el té en el jardín de rosas de la mansión del gobernador, el quince de septiembre, a las dos en punto de la tarde.

Estaba firmada por el gobernador John P. St. John en persona.

Cuando Agatha terminó de leer, nadie dijo una palabra. Sintió un incómodo calor en el rostro y el cuello. Miró fijamente la carta, temerosa de encontrarse con los ojos de todos en medio de ese silencio incómodo. El rígido papel crujió cuando lo dobló con lentitud y lo metió otra vez en el sobre.

– ¿Qué pasa? -preguntó Willy, mirando las caras de los mayores, y su voz resonó como un trueno.

Finalmente, Agatha alzó la vista. Quiso pensar en una respuesta, pero lo único que se le ocurrió fue:

– Nada.

Pero no era cierto. Scott, aún apoyado en la escoba, la miraba ceñudo. Marcus rascaba con la uña del pulgar una burbuja de pintura seca en el mango del destornillador. Jack se rascaba la nuca evitando mirarla, y los dedos largos y negros de Ivory tamborileaban un ritmo en el muslo. Las muchachas permanecieron sentadas, desalentadas, contemplando el suelo que acababan de ayudar a limpiar.

Se podía oír volar una mosca en la habitación.

– ¿Qué pasa, eh? -insistió Willy, confundido.

Dan fue al rescate.

– ¿Qué te parece, chico? -Le puso una mano en la cabeza-. ¿Vienes abajo y me ayudas a barrer el local?

Obediente, Willy se dispuso a salir pero estiró el cuello para observar al cariacontecido grupo mientras se alejaba con Dan.

– Está bien, pero, ¿qué les pasa a todos?

– Cosas que no entenderías, cachorro.

Arriba, tras la salida de los dos, el silencio se hizo largo y pesado. Finalmente, Ruby le preguntó a Agatha:

– ¿Irás?

Agatha levantó la vista con dificultad hacia los ojos de Ruby, negros e inescrutables. De repente, se dio cuenta de que Ruby era descendiente de varias generaciones de esclavos que, como tales, habían aprendido a ocultar sus emociones. En el rostro de Ruby, en ese momento, no se traslucía nada.

– No sé -respondió, pesadamente.

Ruby apartó la vista, y se agachó a recoger un trapo de limpiar.

– Bueno, será mejor que nos vayamos. Aquí está todo hecho.

Fueron saliendo de a uno, hasta que sólo quedó Scott.

Por la ventana abierta entraban los mugidos lejanos de las vacas, el ruido de las ruedas de las carretas y de cascos que pasaban por la calle, el resonar de las herraduras que llegaban al hotel de al lado. Pero en el apartamento de Agatha, todo era silencio.

– Bueno…

Hizo una inhalación profunda, y luego exhaló.

En el corazón de la mujer se hizo una pequeña fisura.

– Scott -rogó-, ¿qué debo hacer?

– ¿Me lo preguntas a mí? -Lanzó una carcajada dura y áspera.

– ¿A quién otro podría preguntarle?

En tono colérico, exasperado, señaló a la calle y dijo:

– ¡Prueba con esas locas cuyas marchas encabezas!

– ¡No están locas! Tienen una buena causa.

– ¡Son una banda de esposas insatisfechas que buscan un modo de hacer volver a los esposos a los hogares, sin darse cuenta de que lo único que necesitarían para hacerlos regresar es un poco de cariño!

No podía creer la ceguera empecinada del hombre.

– Oh, Scott, ¿en serio crees eso?

– Mi padre jamás holgazaneó en la taberna. Y eso fue porque mi madre sabía cómo retenerlo en casa.

– Tu padre vivía en una plantación. Seguramente no había una taberna en kilómetros a la redonda.

La crispación de Scott fue evidente. Los ojos se endurecieron como si fueran de mármol negro.

– ¿Y cómo sabes todo eso?

– Me lo contaron las chicas, hace mucho. La cuestión es que no había tabernas y, por lo tanto, tu padre se comportaba como el proveedor y se quedaba en la casa, que es donde tendrían que quedarse más hombres.

Scott resopló, disgustado.

– Estuviste demasiado tiempo con esas fanáticas, Agatha. Empiezas a hablar como ellas.

– La verdad duele, ¿no es así, Scott? Pero sabes tan bien como yo que el alcohol es adictivo y debilitante. Empobrece a toda la familia al inhabilitar al hombre para trabajar, y convierte en brutos a sujetos gentiles.

El ceño de Scott se profundizó.

– Lo malo es que comienzas a creer en esas generalizaciones. -Le apuntó la nariz con el dedo-. ¡Y eso es lo que sois vosotros! La mitad de las mujeres como tú se arrodillan ante todas las puertas vaivén del pueblo y cantan esas malditas canciones tan dignas, sin tener, siquiera, una causa.

– ¿Qué me dices de Annie Macintosh, con dos costillas rotas y un ojo negro? ¿Tiene ella un motivo?

– Annie es otra historia. No todo hombre con un vaso de whisky es como Macintosh.

– ¿Y Alvis Collinson, que se juega el dinero de los zapatos, del almacén, y deja que su hijo duerma en una cama hirviendo de piojos?

Scott rechinó los dientes, y su mentón adoptó un contorno obstinado.

– Eres limpia para discutir, ¿eh?

– ¿Qué es lo que te parece limpio? ¿Llevar a Willy al Cowboy's Rest una vez por mes, para aliviar tu culpa?

– ¡Mi culpa! -El rostro de Scott se ensombreció, apretó las manos en el mango de la escoba y echó la cabeza adelante-. ¡Yo no tengo ninguna culpa! ¡Yo aquí manejo un negocio y trato de mantener vivas a ocho personas!

– Lo sé. Y valoro lo que haces por todos ellos. Pero, ¿nunca te surgen dudas respecto de los hombres a los que vendes todo ese alcohol? ¿De las familias que necesitan desesperadamente el dinero que se derrocha en las mesas de juego?

Adoptó una expresión de complacencia consigo mismo:

– No, no me impide dormir por la noche. Si yo no les vendiera whisky, lo conseguirían en otro sitio. Si se ratifica la enmienda, las tabernas tendrán que cerrar, claro, pero Yancy Sales venderá lo mismo que yo, aunque, lo llamará bitter, y todos los que hacen la ley en el país lo comprarán afirmando que es para propósitos medicinales.

– Puede ser. Pero si la prohibición logra regenerar al menos a un tipo como Alvis Collinson, habrá valido la pena la lucha.

– ¡Entonces, ve, Agatha! -Agitó una mano hacia la estación-. ¡Ve a la jarana del gobernador! ¡Bebe el té en el jardín de rosas! -Cruzó a zancadas la habitación y le puso en las manos la escoba-. ¡Pero no esperes que venga corriendo a salvarte la próxima vez que un propietario de taberna ya harto venga a arrasar tu casa!

Salió precipitadamente por la puerta y la cerró con tal fuerza que Agatha se encogió. El nuevo picaporte actuó a la perfección; la puerta se cerró y permaneció cerrada, pero sólo pudo verla tras una cortina de lágrimas. Se dejó caer en una silla y apoyó la frente en las manos.

El corazón le dolía y el pecho también. Por su propia voluntad, la familiaridad de la noche pasada se había hecho pedazos. Sin embargo, no era su decisión. Se sentía desgarrada, confundida y acongojada de haberse enamorado del hombre equivocado… ¡que el cielo la amparase, de toda una «familia» equivocada! Pero estaba aprendiendo que uno no siempre elige de quiénes se encariña. A veces, la vida hacía la elección. Lo que provocaba dicha o pena, era lo que uno hacía después con esa elección.

El día no había sido bueno para Collinson. A la mañana, una vaca enloquecida le había aplastado la pierna contra una cerca antes de que pudiese sacarla del paso. A la tarde, el chico apareció con plumas pegadas a la camisa y admitió que había estado merodeando otra vez por la casa de la entrometida sombrerera, nada menos que ayudándole a limpiar la casa.

Y a la noche, la suerte empeoró.

Perdió ocho manos seguidas, y el vaquero que estaba al lado se llevó la banca de los últimos tres cuencos. Hasta Doc, con su cerebro obnubilado, logró ganar dos de las últimas seis.

Loretto las tenía contra él, como todos los demás en esa taberna, y Collinson tenía la impresión de que, en cierto modo, sacaba naipes de la manga. «¡Sabelotodo inútil!, -pensó-. Hace seis meses, todavía se hacía pis en la cama y ahora está ahí sentado, con su chaqueta negra de fantasía y la corbata de cordón, haciendo trampas a los que solía llamar amigos».

Contó el dinero: tenía para dos manos más y, si no ganaba, quedaría en bancarrota. Trasegó otra medida de whisky y se pasó el dorso de la mano por la boca, para luego dar un codazo a Doc.

– Eh, Doc, ¿no te sobra un cigarro?

«Doc» Adkins no era doctor en absoluto, sino un autodenominado veterinario que viajaba por el país «haciendo nacer» terneros y «desagusanando» cerdos, mezclando cenizas y trementina en el alimento. El negocio no iba muy bien desde que suministró tintura de opio a una de las marranas de Sam Brewster provocándole un sueño eterno en lugar de curarle la enteritis.

Se decía que Doc Adkins tenía la costumbre de probar él mismo la tintura de opio, a lo cual atribuían la expresión distante de los ojos amarillentos y sus torpes reacciones ante la vida en general.

Pese a todo, era agradable, y un amigo fiel para el desdichado Collinson. Doc encontró un cigarro y se lo entregó al compañero de bebidas. Mientras lo encendía, el rostro enrojecido de Collinson observó al tallador.

Loretto daba con tal agilidad que los naipes casi no se curvaban. Los arqueaba en dirección contraria, y caían en línea como por arte de magia.

– Así que a tu madre no le entusiasma que seas croupier aquí -comentó Collinson.

– Tengo veintiuno -respondió Loretto con sencillez.

– Tiene veintiuno. -Collinson codeó a Doc en el brazo con la mano que sostenía el cigarro-. ¿Oíste eso, Doc? Ya le salió bigote y todo. -Collinson rió con desdén y contempló la muestra rubia que Dan lucía bajo la hermosa nariz-. Parece un retazo de ese trigo duro que les gusta a los saltamontes, ¿no?

Toda la noche, Dan estuvo percibiendo que se formaba una tensión subyacente. Collinson estaba buscando pelea, y Dan tenía órdenes. Acomodó el mazo y alzó dos dedos haciéndole una señal a Jack, que estaba en la barra, y que sirvió al instante dos medidas de whisky dobles. Jack le hizo una seña a Scotty, que la captó e, interrumpiendo una conversación con dos vaqueros, fue a servir las bebidas.

– Caballeros, ¿no les molesta si me siento a jugar un par de manos? -dijo con estudiada indiferencia.

– Claro que no.

El joven tejano vecino de Collinson vio, aliviado, que Gandy tomaba una silla que estaba cerca con la bota y la arrimaba a la mesa.

– Tu bebida, Dan.

Se estiró para colocar uno de los tragos ante el croupier y puso el otro ante sí mismo.

– ¿Cuál es el juego? -preguntó sacando unos billetes del bolsillo.

– Blackjack -respondió Loretto-. ¿Quién juega?

Collinson empujó su penúltimo dólar al centro de la mesa.

Loretto pasó el mazo a la izquierda y Collinson observó, para estar seguro de que todas las manos estaban sobre la mesa cuando se cortara. El novato era bueno pero, tarde o temprano, se le escaparía un error y, cuando eso ocurriese, Collinson estaría viéndolo. Entretanto, se mostraría frío como una rana en un macizo de lirios.

Mientras se daban las dos primeras rondas de naipes, inició una conversación aparentemente casual con el vaquero.

– ¿Cómo te llaman, muchacho?

– ¿A quién, a mí?

Collinson asintió, y guiñó a través del humo del cigarro.

– Slip, el Resbalizo. -El muchacho tragó saliva-. Slip McQuaid.

Collinson miró sus naipes: un par de ases. Eso era mejor. Los abrió y advirtió que el croupier también exhibía un as junto con el naipe bajado. El maldito novato tenía que haberlo sacado de la manga, pues nadie podía ser tan afortunado con tanta frecuencia, pero lo que más enfureció a Collinson fue no haber podido sorprenderlo. Se enjugó la boca con el borde de un dedo áspero y empujó su último dólar para cubrir la doble apuesta. Loretto le ganó dos veces: un nueve y un cuatro.

Los ojos de Collinson se achicaron más aún. Pasó el cigarro al otro extremo de la boca y clavó los ojos en el croupier mientras hablaba con McQuaid:

– Espero que eso no tenga nada que ver con cómo juegas a los naipes. No me gustaría jugar con alguien que tuviese reputación de dejar resbalar algún naipe.

Lanzó una risa tensa, y observó cómo Loretto revisaba la carta que había bajado sin despejar el paño verde.

– N… no, señor. Me resbalé de una montura húmeda cuando empezaba a cabalgar, y me quebré la clavícula. Mi papá me puso ese apodo.

– ¿Cartas? -le preguntó Loretto a McQuaid, ignorando la insinuación de Collinson.

Gandy advirtió el leve movimiento de las caderas de Dan bajo la mesa al cruzar el tobillo izquierdo sobre la rodilla derecha, para tener a mano la pistola escondida.

McQuaid tomó una carta y pensó, mientras Collinson seguía interrogándolo:

– ¿Qué aperos usas para cabalgar?

Gandy se abstuvo de intervenir, pese a que estaba quebrando una regla fundamental del juego: distraer a McQuaid durante el juego.

– En Rocking J., allá en Galveston.

– ¿Ahí aprendiste a jugar a los naipes?

McQuaid se puso tenso, pero trató de disimularlo.

– Jugué un poco en la barraca, con los muchachos… Uno más -le dijo a Loretto, y maldijo cuando contó veintidós.

Gandy movió una mano sobre los naipes que le quedaban, indicando que se plantaba en los trece. Enfrentó la mirada beligerante de Collinson y se obligó a relajar cada músculo. Aflójate, Gandy. Prepárate.

– ¿Y dónde aprendiste tú, Loretto? Trataré de adivinar: aquí. -Golpeó con los nudillos el cuatro dado vuelta. Loretto descubrió un siete. Los dientes manchados de Collinson mordieron la punta del cigarro mientras pensaba, y el sudor le brotaba de las axilas-. Otra vez. -El rey lo derrotó y su temperatura subió un grado. ¡Ese maldito novato no podía ser tan afortunado! Todavía tenía veinte en el otro juego, pero esperaba acertar doble en esta mano-. Sí, señor, me acuerdo cuando Danny, aquí presente, no era más alto que una lombriz. En aquel entonces, usaba mangas cortas. -Miró con los ojos entrecerrados las mangas negras que le llegaban a Dan hasta los nudillos-. ¿Te acuerdas, Doc?

– Lo recuerdo -respondió Doc con vaguedad, aunque le llevó cierto tiempo-. Dame, Danny.

Loretto lanzó ágilmente un naipe en su dirección. Doc se tomó su tiempo para pensar.

– ¡Date prisa! -le espetó Collinson-. No sé qué demonios te lleva tanto tiempo.

Gandy se contuvo una vez más. Cuando Collinson explotara, sería duro. Entretanto, Doc por fin se decidió.

– Otro -farfulló.

Con un giro de la muñeca, le mandó otro naipe. Doc lo miró con ojos miopes, suspiró, y se fue al mazo:

– Estoy fuera.

El rostro de Collinson se puso purpúreo.

– Quedo yo solo contra la banca, ¿no? ¿Cuánta suerte tiene que tener un tipo para ganar aquí?

– Si tiene algo que decir, dígalo, Alvis.

Dan mantuvo una mano sobre la mesa, pero metió la otra sobre el muslo.

– Veamos tus cartas, muchacho -lo desafió Collinson, mordiendo el cigarro.

Dan hizo otro movimiento con la mano que nunca quedó fuera de la vista, y mostró tres cartas que sumaban un veintiuno redondo.

– ¡Desgraciado hijo de perra! -El rostro del hombre se contorsionó y sacó un cuchillo-. ¡No me digas que no ocultas naipes en las mangas!

Gandy se levantó lentamente, todos los músculos tensos, preparado pero dijo en voz suave como la miel espesa:

– No permito peleas aquí adentro, Collinson, ya lo sabe. Deje ese cuchillo.

Collinson se agazapó con la hoja centelleando en la mano. Doc y McQuaid retrocedieron.

– Déjelo, antes de que alguien resulte lastimado -advirtió Gandy.

El sujeto se volvió hacia él.

– ¡Usted también! ¡Le haré un favor a este pueblo librándolo de ustedes dos! ¿Quién quiere ser el primero?

– Sea sensato, y tírelo -dijo Dan, exhibiendo el arma-. No quiero tener que dispararle, Alvis. ¡Maldición! Lo conozco de toda la vida.

– ¡No tiro nada, más que a ustedes dos!

– No creo que valga la pena hacerse matar por cuatro dólares -le aconsejó Gandy-. Déjelo, y la casa pagará una ronda.

Comenzó a hacerle señas a Jack.

– Esto no es por los cuatro dólares, y usted lo sabe, Gandy. Canallas, no les basta con sacarme el dinero con los naipes que se guardan en la manga, también tienen que poner contra mí a la carne de mi carne.

El local se sumió en el silencio. Todos los presentes miraban, angustiados.

– Vayase a su casa, Alvis. Está ebrio -trató de razonar Dan, levantándose-. Ya le dije que no quisiera tener que dispararle.

– No estoy ebrio. Estoy quebrado, eso es lo que estoy, malditos…

– Démelo. -Gandy se le acercó, con la palma hacia arriba-. Hablaremos afuera.

– ¡Al diablo con usted, petimetre inútil, hijo de perra, que me roba todo lo que tengo…!

Alvis impulsó el brazo atrás y todo el infierno se desató al mismo tiempo. El cuchillo se hundió en el antebrazo de Gandy. Explotó la pistola y Collinson cayó boca abajo sobre la mesa verde, redonda. Las chicas chillaron. En medio del súbito silencio, Gandy hizo una mueca y se aferró el brazo derecho.

– ¡Maldición! De todos modos, te dio.

Dan se abalanzó a auxiliarlo y Jube se acercó corriendo, con expresión desesperada. Pero Gandy los apartó a los dos y se dejó caer en una silla.

– Revisen a Collinson -se apresuró a decir.

Dan lo hizo rodar y le buscó el pulso. Con aire de duda, miró a Gandy que estaba sentado jadeando, todavía agarrándose el brazo inerte.

Dan levantó la voz.

– ¡Alguien que vaya corriendo a buscar al doctor Johnson!

Se volvió hacia Adkins, que había salido de su estupor por primera vez en años. Tenía el rostro blanco y los ojos redondos de terror.

– Doc, acerqúese -le gritó Dan-. Le vendría bien su ayuda.

– ¿A mí me hablas?

– Es veterinario, ¿verdad? Fíjese si puede hacer algo para mantenerlo vivo hasta que llegue el doctor Johnson.

– P… pero yo…

– ¡Es su amigo, Adkins! -vociferó Dan, impaciente-. ¡Por el amor de Dios, déjese de lloriquear y actúe como un, hombre! -Se dio la vuelta hacia Scotty y fue a arrodillarse junto a él. Miró, dudoso, a Jubilee, tragó con dificultad y fijó la vista en el cuchillo que sobresalía del brazo de Gandy-. ¿Qué quieres que haga?

Gandy estaba a punto de desmayarse de dolor. Levantó la cabeza y miró, aturdido, la cara de Dan. Le brotaban gotas de sudor.

– Saca… lo -murmuró, apretándose el bíceps derecho, donde la sangre comenzaba a abrillantar la manga.

En ese momento, Agatha llegaba a la puerta trasera, después de haber oído el disparo. Entró, resoplando, y se detuvo junto a la mesa de keno para contemplar la escena. Vio a alguien tendido sobre una mesa de juego, con la sangre empapándole la camisa, a Scott tirado sobre una silla con el cuchillo saliéndole del brazo.

– ¡Dios mío! -susurró, corriendo hacia él.

Marcus trató de detenerla, poniéndole las manos fuertes en los brazos y suplicándole con los ojos que hiciera lo que le pedía.

Lo miró de frente y entendió enseguida que estaba tan preocupado por la seguridad de ella como por Scott.

– Déjeme pasar -le ordenó con gentileza-. Él me ayudó; ahora me toca a mí.

Marcus la soltó a desgana, y Agatha se apresuró a acercarse, dando órdenes a Jack, a Ivory y a las chicas, que daban vueltas, indecisas, alrededor del cuerpo inerte de Gandy.

– Acostadlo, antes de que se caiga de la silla.

Dan y Jack reaccionaron sin demora. Gandy gimió y la frente se le perló mientras lo tendían en el suelo de pino sin pulir. Agatha se arrodilló junto a él con dificultad. Le aflojó la corbata y el botón del cuello y le tocó la garganta con ternura.

– Oh, Scott -murmuró, el rostro crispado de angustia-, oh, querido.

Scott esbozó una sonrisa débil.

– Gussie -susurró, sin fuerzas, moviendo los dedos de la mano ensangrentada.

Agatha los aferró con fuerza y apretó el dorso de la mano contra el pecho, sin prestar atención al hecho de que su propia mano se manchaba de sangre.

En ese preciso momento, el doctor Johnson irrumpió empujando las puertas vaivén, con el camisón metido dentro de los pantalones, los tirantes colgando sobre las rodillas, y el cabello rojo erizado.

– ¡Apártense! -En menos de treinta segundos, pronunció-: Collinson está muerto.

El nombre penetró en la mente de Agatha. Arrodillada junto a Scott, le disparó una mirada a Dan:

– ¿Collinson? -repitió, impresionada-. ¿Él mató a Collinson?

– No, fui yo -la corrigió Dan.

Miró el rostro pálido de Scott, el cuchillo que sobresalía de la carne.

– Entonces, ¿cómo…?

– Trató de convencer a Collinson de que le diera el cuchillo… Y él se lo clavó.

– ¡Apártense! -ordenó el doctor Johnson, impaciente. Se arrodilló, echó un vistazo al cuchillo y aconsejó-: Sería conveniente que emborracharan a este hombre. Cuanto más ebrio esté, mejor.

Jack fue a buscar una botella llena de whisky Newton. Tendido en el suelo, Scott dirigió una sonrisa fatigada al cantinero.

– Cerciórate de que sea el bueno, Jack.

Trató de sonreír de costado, pero en el rostro pálido parecía la sonrisa de un fantasma.

Llegó el comisario Cowdry, inspeccionó en silencio el cuerpo de Collinson, mientras Jack daba a Scott más whisky del que Agatha imaginó que podría consumir un hombre que se mantuviese consciente. Jubilee estaba sentada en el suelo, con la cabeza del herido en el regazo, mientras la sangre se secaba en la mano de Agatha.

Cowdry interrogó a los parroquianos, y después los hizo evacuar. Llegó el camillero a llevarse el cadáver de Collinson y se juntaron dos mesas para formar una sala de operaciones de emergencia. Marcus, Dan, Ivory y Jack levantaron a Scott con delicadeza y lo acostaron sobre las mesas. Reía flojamente, con los labios húmedos, el rostro sonrojado. Llamó a Marcus con un dedo.

– Escucha -tartajeó-. Esa cosa es muy buena, pero no le cuentes a Agatha que te lo dije. -Lanzó una risita de borracho y levantó la cabeza para ver a Ivory, detrás-. Y si esdiro la pata, que ninguno de dus bautistas, organice mi funeral, muchacho. Quiero el cancán, ¿endiendes?

Jack le puso otra vez la botella en la boca al patrón.

– Uno más, Scotty. Con eso bastará.

El licor resbaló por la mejilla de Scott y dejó una mancha oscura sobre el tapete verde. Parpadeó un par de veces, pero todavía no cerraba los ojos.

– ¿Gussie? -susurró, buscándola con los ojos-. ¿Dónde estás…?

– Aquí estoy, Scott.

Se acercó silenciosa a la mesa, y le tomó la mano sana. Él se la aferró con desesperación.

– Willy. Tienes que decírselo a Willy. -Tenía el borde de los ojos enrojecido. En contraste con el pelo y las cejas oscuras, la piel parecía de cera, salvo por el rubor antinatural que le daba el alcohol a las mejillas-. Lo lamento. Dile que lo siento.

Le acarició el cabello que se pegaba a la frente sudorosa, y lo apartó hacia atrás.

– Te lo prometo.

El doctor abrió el maletín negro y comenzó a enhebrar una aguja con un trozo de pelo de caballo.

– Traigan otra botella de whisky -ordenó-. Y todo el que tenga estómago débil, que se vaya.

Agatha se quedó el tiempo suficiente para ver cómo el médico sacaba el cuchillo del brazo de Scott, cómo el cuerpo se convulsionaba y para oírlo gritar de dolor. También para escuchar cómo el doctor ordenaba:

– ¡Denle otro trago!

Para que el estómago se le retorciera, los ojos se le desbordaran y se le oprimiese la garganta. Pero cuando el doctor sumergió la aguja en el whisky, se escabulló por las puertas vaivén para tragar el aire fresco de la noche y llorar a solas.

Capítulo 12

Agatha no había vuelto a la casa de Collinson desde aquella primera vez, pero el olor era el mismo: una mezcla de moho, aceite de petróleo, sábanas sucias y cuerpos sin lavar. Incluso antes de encender la lámpara supo que no se había producido ninguna mejora.

Buscó a tientas la mesa, encontró cerillas y una lámpara. Cuando la encendió, trató de no mirar alrededor y fue directamente a donde estaba Willy.

Parecía muy pequeño, acurrucado formando una pelota, con la barbilla contra el pecho. No se despertó, ni cuando la mujer acercó la lámpara y la dejó en el suelo. Era probable que estuviese acostumbrado a que alguien diese vueltas por la cocina encendiendo lámparas en mitad de la noche. Se quedó largo rato contemplándolo, tragando el nudo de emociones que tenía en la garganta, preguntándose qué sería de él, tan pequeño, tan carente de amor, tan solo. Las lágrimas le hicieron arder los ojos. Unió las manos bajo el mentón y rezó en silencio por él. Y por sí misma, por la tarea que debía emprender.

Se encaramó con vivacidad en el borde de la cama, intentando no pensar en las otras criaturas vivas que compartían la cama con el niño.

– ¿Willy? -Le tocó la sien, detrás de la oreja-. Willy, querido.

El pequeño se acomodó mejor en la almohada sin funda, y Agatha lo llamó de nuevo. Abrió los ojos y Agatha vio que los tenía rojos e hinchados de llorar. Cuando despertó del todo, se incorporó de un salto, con los ojos muy abiertos.

– ¡Gussie! ¿Qué estás haciendo aquí? ¡Si papá te ve, los dos estaremos en problemas!

Tenía cicatrices a los costados del cuello y una marca roja sobre la oreja. En la almohada sucia, había sangre seca.

– Willy, ¿qué te ha pasado?

– ¡Gussie, tienes que irte! -La mirada se tornó frenética-. ¡Papá te…!

– Está bien. Aún está en el pueblo. ¿Él te hizo esto?

Cuando trató de tocarle la oreja, la apartó con un movimiento y bajó la vista.

– No, me resbalé cuando estaba trepando a los corrales de ganado, y me golpeé contra el travesaño.

Comprendió que estaba mintiendo, pues evitaba mirarla a los ojos y rascaba la ropa de cama con un índice sucio. Agatha le cubrió la mano y le alzó la barbilla para mirarlo a los ojos. Pensó: «Los ojos de un niño no deberían estar hinchados».

– Lo hizo él, ¿verdad? -insistió, con calma.

Los ojos de Willy comenzaron a llenarse de lágrimas. Apretó los labios, y el mentón tembló en la mano de la mujer. Al ver que se le contraía el cuello en el esfuerzo por contener las lágrimas, se sintió desgarrada entre dos emociones: el amor por este huérfano abandonado, y una ardiente gratitud de que el padre estuviese muerto y nunca más pudiese volver a lastimarlo.

– Encontró plumas en mi camisa y me preguntó de dónde las había sacado y cuando se lo dije me dio unas buenas con la correa de afilar la navaja y dijo que no podía ir más a tu casa ni a la de Scotty. Por eso, Gussie, si no quieres que me dé otra vez con la correa, será mejor que salgas de aquí.

Willy logró decirlo sin derrumbarse, aunque estuvo a punto. Agatha también.

Inspiró una honda bocanada, irguió los hombros y apretó con fuerza la mano de Willy:

– Willy querido, tengo que darte una mala noticia.

El niño la miró, aturdido, un instante, y afirmó:

– No tomaré más baños.

– No… no se trata de eso. Querido, esta noche murió tu padre.

Los ojos de Willy se agrandaron de perplejidad.

– ¿Papi?

– Sí. Lo balearon hace una hora, en la taberna de Scotty.

– ¿Lo balearon?

Agatha asintió, y le dio tiempo a que asimilara la noticia.

– ¿Eso quiere decir que no vendrá a casa?

– Me temo que no.

Los ojos castaños de Willy miraron de frente a Agatha.

– ¿En serio, está muerto?

Agatha le acarició el dorso de las manos delgadas con los pulgares.

– Sabes lo que eso significa, ¿no es así?

La mirada del niño se fijó en las sombras, al otro lado del hombro de la mujer.

– Una vez tuve un gato que se murió. Papá lo pateó, voló contra una pared, hizo un ruido raro y luego, mi amigo Joey y yo lo enterramos afuera, cerca del retrete.

Agatha ya no pudo contener las lágrimas. Willy alzó los ojos marrones, secos, y vio los de ella desbordando lágrimas.

– ¿Eso es lo que harán con mi papá?

– Claro, lo sepultarán, pero en el cementerio, donde está tu madre.

– Ah.

– E… esta noche, tú vendrás conmigo a casa. ¿Quieres?

– Sí.

Lo dijo en tono neutro, sin inflexiones.

– Willy, es probable que, en el fondo, tu padre fuese un buen hombre. Pero, como tu madre murió tan joven, tuvo muchas penas en la vida.

La boca de Willy se apretó y miró los pliegues del corpiño de Agatha. Los músculos se fueron tensando uno a uno, hasta que el rostro pequeño se transformó en una máscara desafiante:

– No me importa que esté muerto -dijo, obstinado, pero le tembló la barbilla-. ¡No me importa! -Comenzó a alzar la voz y a golpear el colchón-. ¡No me importa, aunque lo entierren ahí afuera, junto al retrete! No me importa… no me importa… n… no m… me…

Hasta que se arrojó sollozando en brazos de Agatha. Los puños aferraron el vestido, y la cabeza enmarañada se hundió en el seno de la mujer. Ésta extendió una mano sobre la espalda pequeña y la sintió agitarse.

– Oh, Willy. -Lloró junto con él meciéndolo, acunándole la cabeza y estrechándolo contra su propio corazón dolorido-. Willy, querido…

Lo entendió profundamente. Simpatizó con él por completo. Apoyó la mejilla sobre la cabeza del niño, dejó que el tiempo girara hacia atrás y se vio a sí misma, también convertida en una huérfana desafiante, que afirmaba lo mismo que Willy acababa de hacer, cuando lo que quería expresar era precisamente lo contrario.

– Willy, todo estará bien -dijo, tranquilizadora.

«Pero, ¿cómo?, -pensó-, ¿cómo?»

Lo acostó en una cama improvisada sobre el suelo, en su apartamento, pero al despertar, por la mañana, lo encontró acurrucado junto a ella en la cama, con las pequeñas nalgas tibias contra su cadera enferma. Lo primero que pensó al despertar fue que era el primer varón con el que había dormido; el siguiente, que tenerlo ahí aunque fuese por tan poco tiempo, valdría la pena el trabajo que le daría sacar los piojos.

Lo llevó a casa de Paulie a desayunar y lo observó engullir suficientes tortillas como para techar una escuela. Después, lo dejó en el Cowboy's Rest, y dio instrucciones a Kendall de que lo refregase bien por todos lados sin piedad, y se deshiciera discretamente de la ropa sucia. Media hora después, iría a buscarlo con ropa limpia. Encontró los pantalones y la camisa que le había hecho, pulcramente doblada en el cajón de la cómoda. Fue al apartamento de Gandy y golpeó la puerta con suavidad. Esperaba que le abriese Jubilee, y la sorprendió ver que, en cambio, aparecía Ruby.

– ¿Cómo está? -preguntó, en un susurro.

– Más o menos. Pero ése es fuerte como una mula. Se pondrá bien.

– Vine a buscar las botas de Willy.

– Voy a ver dónde están.

Mientras esperaba afuera, Agatha contempló el cuadro que representaba la casa blanca de la plantación, en la pared del apartamento, frente a la puerta. Debajo, sobre una consola, estaba el humidificador de cigarros y el molde para sombreros de Scott, con el Stetson negro encima. Era extraño, pero ver los objetos personales de un hombre para una mujer era como compartir algo íntimo con él.

Apareció Ruby con las botas de Willy.

– ¿Cómo lo está tomando el pequeño?

– Hasta ahora, no muy bien. Está en el Cowboy's Rest, tomando un baño, y ya sabes cuánto los odia.

– ¿Sabe lo de su padre?

– Sí. Yo se lo dije.

– ¿Cómo reaccionó?

– Afirmó que no le importaba. -Agatha se topó con los ojos negros de Ruby y suavizó el tono-. Pero lloró de un modo que partía el corazón.

– Me imagino que habrá sido duro decírselo.

– No fue una noche fácil para ninguno de nosotros, ¿verdad? -La última vez que Agatha y Ruby hablaron, la mujer negra se apartó con estoico desapego después de que ella leyó la invitación del gobernador a tomar el té. Cómo le había dolido. Pero ahora, Agatha estiró la mano-: Ruby, lamento que yo…

– Señor, lo sé, mujer. Pero, ¿no te parece que éste es un mundo muy loco y confuso?

Ruby no le aceptó la mano, pero no fue necesario. Agatha sintió como si se hubiese sacado un enorme peso de encima. Enderezó los hombros y cambió de tema.

– Willy quiere ver a Scott. ¿Crees que estará bien si lo traigo, más tarde?

– No veo el inconveniente. Tal vez distraiga al patrón de ese brazo herido.

Esa tarde, a las cuatro, cuando Agatha llamó a la puerta de Gandy, llevaba de la mano a un niño con el cabello cuidadosamente partido al costado, con una onda dorada resplandeciente sobre la frente. Además de un corte de pelo reciente, estrenaba calzoncillos y medias flamantes, de Harlorhan's Mercantile, botas de cuero marrón, lustrosas con cordones sin nudos, pantalones azules hechos en casa, y una camisa de rayas, también azules.

Esa vez, abrió Ivory. Al ver a Willy, echó las manos atrás, fingiendo sorpresa.

– Bueno, ¿qué es esto?

– Me di otro baño -rezongó, con expresión fastidiada.

– ¿Otro? -Ivory no dejó de poner cara de asombro y de lanzar sonidos de contrariedad.

– Venimo a ver a Scotty.

Agatha le tironeó de la mano:

– Vinimos a ver a Scotty.

– ¿Y yo qué dije?

Ivory rió entre dientes y le sonrió a Agatha:

– ¿Cómo está usted, señorita Agatha?

– ¿Cómo está el señor Gandy?

– Fastidiado. No le gusta mucho estar acostado.

Con un susurro conspirativo, le respondió:

– En ese caso, tendremos cuidado.

Cuando entraron, el herido tenía los ojos cerrados, acostado en una cama de arce rizado, de proporciones masculinas, apoyado en un montón de almohadas, el brazo envuelto en gasa. Tenía el pecho desnudo, y la piel y el vello parecían muy oscuros en contraste con las sábanas blancas.

Con un solo vistazo, Agatha supo cuánto había sufrido desde la noche pasada.

Serio, Willy estaba de pie a su lado.

– Hola, Scotty -dijo.

Scott abrió los ojos y sonrió:

– Muchacho -dijo con cariño, alzando la palma.

– Gussie dice que no puedo abrazarte ni saltar sobre tu cama, ni nada.

– Eso dice, ¿eh?

Los ojos castaños de Gandy se alzaron hacia la mujer que tenía al niño de la mano: se los veía bien juntos. Tenía la sensación de que estaba bien que estuviesen ahí, con él. Sintió el deseo loco de apartar las sábanas e invitar a los dos a tenderse junto a él, a hablar tonterías y a reírse juntos.

– Hola, Agatha -dijo en voz queda.

– Hola, Scott. ¿Cómo te sientes?

«Confuso», pensó.

– He vivido días mejores, pero Ruby dice que si me palpita es porque no estoy muerto.

Willy miraba con expresión suplicante, aunque no se soltaba de la mano.

– ¿Puedo sentarme junto a él? Prometo que no lo voy a tocar para nada.

– Claro que puedes.

Le soltó la mano y sonrió al verlo cruzar la habitación con desusada solemnidad y acercarse a la cama cuanto podía, sin tocarla. Scott le enlazó el brazo sano en la cintura y lo atrajo junto al colchón.

– Jovencito, tienes un aspecto radiante. También hueles bien.

– Gussie me hizo tomar otro baño. -El tono se volvió más disgustado aún-. ¡Después, me hizo ir a la barbería!

– Es molesta, ¿no es cierto? -bromeó Scott, flechando a Agatha con su sonrisa llena de hoyuelos.

Willy adelantó el vientre y se lo frotó:

– Me dio otra vez los pantalones nuevos y la camisa, y también las botas. ¡Y me dio calzoncillos nuevos!

– Con que, ¿eso hizo?

Scott dejó vagar la mirada hacia Agatha mientras la mano grande acariciaba la espalda de Willy, y una sonrisa lánguida le jugueteaba en las comisuras de la boca.

Agatha habló con vivacidad:

– Sí, eso hizo. -Acercó una silla y la colocó junto a la cama-. Pero Willy ya está pagándolo, pues barrió el suelo del taller y fue a buscar la correspondencia. Tuvimos un día muy atareado.

Se sentó y plegó las manos sobre el regazo.

– ¿Te has enterado de que mi papá ha muerto? -preguntó Willy, sin preámbulos.

La caricia de Scott se detuvo.

– Sí, Willy, lo sé.

Willy prosiguió:

– ¿Estabas presente cuando lo balearon?

– Sí.

– ¿F… fuiste tú el que le disparó?

– No, hijo, no fui yo.

– ¿Quién lo hizo?

Otra vez, Scott lanzó una mirada a Agatha, pues Dan también era amigo de Willy. Renuente a desilusionar al niño, Gandy respondió, evasivo:

– Un hombre con el que estaba jugando a los naipes.

– Ah. -Willy reflexionó un momento, miró el vendaje de Scott, y preguntó-: ¿A ti también te dispararon?

– No, yo tuve un pequeño accidente con un cuchillo, nada más.

– ¿El cuchillo de papá?

Scott se aclaró la voz y se incorporó un poco sobre el codo.

– Escucha, Willy, en verdad siento lo de tu papá, pero no quiero que te aflijas. -Palmeó el sitio en la cama, a su lado-. Ven aquí, y te lo contaré.

Willy se encaramó y se sentó junto a Scott, los ojos atentos sobre el rostro oscuro que yacía sobre las almohadas blancas.

– Hice que Marcus limpiara la habitación del fondo, abajo. Ésa donde guardamos las botellas extra, las escobas y todo eso sabes? Instaló ahí una cama pequeña para ti y ahí dormirás desde ahora. ¿Qué te parece?

El semblante de Willy se iluminó:

– ¡¿En serio?!

Agatha sintió una punzada de pena y, al mismo tiempo, le desbordó el corazón de gratitud hacia Scott. La sensatez le dijo que no podía alojar a Willy en forma permanente, pero esperaba que la situación se mantuviese incierta por unas noches más. Sin embargo, si había un lugar en el que al niño le gustaría estar, era con Scott. Se sentiría profundamente dichoso hasta en una cama improvisada sobre el suelo, en el cuarto del fondo.

– Pero, a la mañana, tendrás que levantarte y ayudar a Dan a amontonar las sillas sobre las mesas mientras barre. Y tendrás que ayudar a Jack con los vasos. Y también será tu tarea ver si las escupideras necesitan una limpieza. ¿De acuerdo?

– ¡Jesús, Scotty! ¿En serio?

– Sí, señor.

Entusiasmado, Willy se descontroló y se precipitó sobre Scott a darle un abrazo fervoroso. Éste hizo una mueca y soltó el aliento.

– ¡Willy!

Agatha se apresuró a apartarlo. De inmediato, el rostro del muchacho expresó remordimiento.

– Oh… lo… lo olvidé.

– Será mejor que bajes -dijo la mujer, con suavidad-. Otro día, cuando Scott se sienta mejor, podrás sentarte a su lado.

Se bajó, y la culpa crispó su rostro infantil:

– No quise lastimarte, Scotty.

Scotty desechó con esfuerzo las puntadas de dolor que le recorrían el brazo:

– No es nada, muchacho. Sólo me diste una punzada, pero ya casi pasó.

Al saberse perdonado, Willy se iluminó al instante.

– ¿Puedo decirle a Charlie y a los otros chicos dónde voy a vivir? -preguntó, excitado, refiriéndose a los niños que vendían comida en la estación.

– No hay problema.

– ¿Y puedo contarles lo del trabajo que me daste?

– Diste -lo corrigió Agatha.

– Diste.

Aunque el brazo le dolía mucho, Gandy forzó una risa.

– Ve, cuéntaselo.

– Pero, Scotty…

Con vertiginosa rapidez, el semblante del niño se ensombreció otra vez.

– ¿Y ahora, qué pasa?

– Mañana no puedo ayudar a Dan a barrer, porque enterrarán a mi padre y tengo que estar en el funeral.

Scott sintió un nudo en la garganta, y la ingenuidad del pequeño se le clavó en el corazón como la flecha de un cazador.

– Ven aquí -le indicó con suavidad, pero esta vez, con cuidado.

Sin hacer caso del dolor en el brazo, se estiró hacia el borde de la cama y extendió el brazo sano para recibirlo.

Tal como le indicó, Willy se acercó con cuidado y cuando la mano fuerte y morena acercó el cuerpo pequeño contra el pecho amplio del hombre, cuando la mejilla áspera, sin afeitar, se apoyó sobre el cabello rubio, la voz sonó incierta y trémula.

– Si empiezas pasado mañana, estará bien, muchacho. Y le preguntaré al médico si mañana puedo levantarme, para poder acompañarte en el funeral. ¿Qué te parece?

– Pero me llevará Gussie.

Scott miró a Agatha, todavía sentada junto a la cama, mirando a Willy con una lágrima delatora en un ojo, y una sonrisa compasiva. En ese instante, sus ojos claros se posaron en los muy oscuros del hombre.

Gandy habló con suavidad, con mechones rubios que se le enredaban en la barba:

– Gussie es una señora muy querida. Pero creo que yo también estaré.

En torno de la tumba de Alvis Collinson, se reunieron más personas de las que, probablemente, mereciera. Ahí estaba el amigo, Doc Adkins, una mujer corpulenta y huesuda llamada Hattie Twitchum, que lloró ruidosamente durante toda la ceremonia. Desde la muerte de la esposa, Alvis pasó mucho tiempo con Hattie y se rumoreaba que los últimos dos de los siete hijos se parecían mucho a Collinson. Al lado, estaba Mooney Straub, sobrio por primera vez en la historia conocida. Estaban presentes todos los empleados de la Gilded Cage: Jack, Ivory, Mareus, Dan, Ruby, Pearl y Jubilee. En un pequeño y apretado grupo, Scott y Agatha tenían de la mano a Willy. Tenían toda la apariencia de madre, padre e hijo. Willy llevaba un traje flamante, comprado en la tienda, que era una copia en miniatura del atuendo de Gandy: camisa blanca, y todo lo demás, negro. Agatha llevaba un vestido negro de bengalina, con cuello alto, generosas mangas en forma de pata de cordero que se estrechaban en los codos, y un sombrero negro de pastora echado hacia adelante, coronado por un crujiente velo negro, que formaba un moño amplio en la parte de atrás del ala. Gandy tenía un brazo en la manga de la chaqueta, y el otro le colgaba sobre el torso, de una cinta blanca.

Willy no derramó una lágrima durante la ceremonia. Cuando el reverendo Clarksdale tiró un puñado de tierra sobre el ataúd y recitó: «…Ceniza a las cenizas, polvo al polvo», Agatha le echó un vistazo, temerosa de que se desmoronara. Pero aunque se aferraba, tenaz, a la mano enguantada de Agatha y a la de Scott, mucho más grande, los ojos permanecían secos.

A medida que avanzaba la ceremonia, Agatha miraba cada vez más a menudo la palidez insólita de Scott, evidente incluso bajo la piel tostada. Al comenzar el servicio, tenía el sombrero en la mano derecha, y reservaba la izquierda para Willy. Pero después de un rato, se lo puso en la cabeza como sí, hasta el esfuerzo de sostenerlo en la mano del brazo herido, lo fatigase.

Cuando concluyó la última plegaria, y se esfumó el llanto estrepitoso de Hattie Twitchum, Agatha dio las gracias al reverendo Clarksdale, que preguntó por el bienestar de Willy.

– Por ahora, cuidaremos de él -repuso.

– ¿En plural?

– El señor Gandy y yo.

Los verdes ojos saltones del reverendo Clarksdale parecieron sobresalir más aún, pero Agatha resolvió que no le debía ninguna explicación. Más aún, estaba convencida de que Scott se había excedido en sus esfuerzos.

– Gracias, otra vez, reverendo Clarksdale. Ahora, si me disculpa, el señor Gandy necesita sentarse.

Cuando subieron a uno de los coches negros que los aguardaban, el rostro de Scott ya parecía de cera. Se recostó en un rincón del asiento. Ivory lo vio, y se acercó a tomar las riendas. Marcus también lo vio, y dio un codazo a Jube, haciendo gestos entre sí mismo, la muchacha, el niño, y su propia carreta, señalando hacia la pradera y haciendo ademanes de ir a pasear.

Jube se tocó el pecho:

– ¿Yo también?

Marcus asintió, y Jube sonrió.

Fue a decírselo a Willy.

– Marcus pagó el coche por todo el día. Es una pena devolverlo al establo sin aprovechar lo que costó. ¿Que dices si vamos los tres a dar un paseo?

Willy se encogió de hombros y miró, primero, a Scott, luego a Agatha.

– Apuesto a que encontraremos alguna liebre o un perro de la pradera -lo tentó Jube.

Agatha confirmó que constituían un grupo notable. Scott necesitaba descansar. Willy, divertirse. Entonces, aparecieron Marcus y Jube para ofrecer ambas cosas.

Pero Willy no se mostró tan entusiasta como esperaban. Era obvio que estaba ansioso de instalarse en su nuevo alojamiento.

Agatha le rodeó los hombros con el brazo.

– Scott necesita ir a la casa y acostarse -explicó-. Está doliéndole el brazo. ¿No te gustaría ir con Marcus y Jube, un rato?

– Creo que sí -respondió, sin entusiasmo. Haciéndose sombra en los ojos, Jube alzó la vista hacia Willy.

– Todavía no comiste. Podríamos llevarnos comida y hacer un almuerzo campestre.

La sugerencia provocó la primera chispa de interés en los ojos castaños.

– ¿Un picnic?

– ¿Por qué no?

– ¿Con limonada?

– Sí, si es que Emma Paulie preparó. Y si Marcus está de acuerdo.

Le dirigió una sonrisa hechicera.

– Eh, Marcus -exclamó Willy-, ¿podemos ir de picnic?

Marcus estuvo de acuerdo, y en diez minutos estaban los tres ante el restaurante de Paulie en un