/ Language: Español / Genre:love_history

Los Dulces Años

Lavyrle Spencer

Cuando Linnea llega a Alamo, no imagina que el hombre irritado que la recibe en la estación de tren se convertirá en su gran amor. Con sólo dieciocho años, la vehemente y alegre Linnea es la nueva profesora y está decidida a conquistar un lugar en la familia que la acose, así como dentro de la comunidad. Theodore es un granjero de treinta y cuatro años que vive con su madre y su hijo de dieciséis años. Al igual que los demás granjeros, Teddy se ocupa fundamentalmente de la cosecha, y cuando Linnea llega a vivir a su casa, se siente invadido e irritado porque la joven no respeta las reglas tácitas de la comunidad. Lentamente, en medio de las tareas cotidianas, surge entre ellos un amor profundo. Atemorizado por la diferencia de edad entre ambos, Teddy intenta alejarse de Linnea. Pero ella está dispuesta a aceptar el desafío porque sabe que él es su destino.

LaVyrle Spencer

Los Dulces Años

Este libro está dedicado con amor

a todos mis lectores, a los muchos que he conocido

y a los muchos más que no conozco pero, especialmente,

a aquellos cuyas fieles cartas siguen llegándome.

Mi sincero agradecimiento a Arvid Gafkjen

y a Meredifh Sogard Gafkjen,

cuyos recuerdos de Álamo, en Dakota del Norte,

inspiraron este libro.

1

1917

No estaba dormida ni despierta: Linnea Brandonberg se hallaba en un extraño estado de fantasía inducido -esta vez- por el traqueteo rítmico que se transmitía a través del suelo del tren. En posición recatada, con las rodillas juntas, se miraba a menudo los pies para admirar los zapatos más hermosos que hubiese visto, con punteras de cuero brillantes y terso empeine de cabrito negro cubriendo no sólo el pie sino también unos quince centímetros de pantorrilla. Lo asombroso era que no tenían botones ni lazos, sino que se ajustaban por medio de una ancha tira de elástico fuerte que iba desde la mitad de la espinilla hasta debajo del hueso del tobillo, a cada lado. Pero lo más importante era que se trataba de los primeros zapatos de tacón alto que tenía. Sólo sumaban dos centímetros y medio a su estatura, pero muchos más años a su madurez.

Eso esperaba.

Ahí estaría él en la estación, esperando para recibirla: un subyugante inspector de escuela, conduciendo un elegante carruaje Stanhope para dos, tirado por dos relucientes bayos…

– ¿Señorita Brandonberg?

Su voz era rica y cultivada y una sonrisa deslumbrante iluminaba el apuesto rostro. Se quitó el sombrero alto, dejando ver un cabello del color del centeno al atardecer.

– ¿Señor Dahí?

– A sus órdenes. Estamos encantados de tenerla, por fin, con nosotros. ¡Oh, por favor, permítame… yo llevaré esa maleta! -Cuando colocó el equipaje en el baúl del coche, ella advirtió lo bien que ajustaba la chaqueta negra del traje a los hombros bien formados y cuando se volvió pura ayudarla a subir, notó que llevaba un. cuello de celuloide flamante en honor de la ocasión-. Ahora, tenga cuidado.

Tenía unas manos maravillosas, de largos y pálidos dedos, que sujetaron, solícitos, los suyos cuando la ayudó a subir.

– Señorita Brandonberg, a su izquierda verá la ópera, nuestro establecimiento más nuevo, y espero que, a la primera oportunidad, podamos asistir juntos a una función.

Un látigo delgado chasqueó sobre la cabeza de los animales y arrancaron. El codo del hombre chocaba levemente con el suyo.

– ¡Una ópera!-exhaló, con femenina sorpresa, apoyando con delicadeza los dedos sobre el corazón-. ¡No imaginé que hubiese un teatro de ópera!

– Un físico como el suyo sería capaz de avergonzar a las actrices.

– La sonrisa del hombre pareció disminuir la luz del sol. mientras examinaba el traje nuevo de lana que llevaba puesto Linnea, y el primer sombrero de mujer que tenía. – Espero que no me considere atrevido si le digo que tiene un excelente gusto para vestir, señorita Brandonberg…

– ¿Señorita Brandonberg? -La voz de la fantasía se apagó, ahuyentada por la del conductor, que se asomaba por el compartimiento del asiento para tocarle el hombro-. La próxima parada es en Álamo, North Dakota.

La muchacha se irguió y le dedicó una sonrisa – ¡Oh, gracias!

El anciano se tocó la visera de la gorra azul, la saludó con la cabeza y se alejó.

Afuera la pradera ondulaba, vasta y llana. Miró por la ventana y no vio señal alguna de ciudad. El tren aminoró la velocidad, sonó el silbato, se apagó y sólo se oyó el traqueteo de las ruedas sobre los raíles de acero.

El corazón le latió con fuerza, expectante, y esa vez no fue ficción cuando apoyó los dedos. Pronto vería ese lugar que sólo había sido, hasta entonces, un nombre en el mapa; pronto conocería a las personas que se convertirían en parte de su vida cotidiana como alumnos, amigos, quizás hasta confidentes. Cada nuevo rostro con el que se topase sería el de un desconocido y, por centésima vez, deseó conocer a alguien de Álamo, aunque sólo fuese una persona.

No hay nada de qué asustarse. Es sólo el nerviosismo del último momento.

Se pasó una mano por la nuca, controlando el peinado que todavía no tenía habilidad para hacerse. Al parecer, dentro del recogido en forma de medialuna, el postizo se había soltado. Colocó varias horquillas con dedos trémulos, se acomodó el alfiler del sombrero, se alisó la falda y echó un vistazo a los zapatos para conseguir una dosis extra de confianza en el preciso momento en que el tren lanzaba un último bufido y se detenía estremeciéndose.

– Caramba, ¿dónde está el pueblo?

Arrastrando la maleta por el corredor, miró por las ventanas y no vio más que la acostumbrada estación de un pueblo perdido: un edificio de madera con ventanas estrechas a ambos lados de la puerta que daban al andén, cuyo lecho se apoyaba sobre cuatro postes.

Mientras emergía de las polvorientas profundidades del vagón de pasajeros al luminoso sol de otoño, sintiendo el canturreo de los peldaños de metal bajo sus tacones nuevos, examinó otra vez.

Miró a su alrededor, buscando con la vista a alguien que se pareciera a un inspector de escuelas y el descubrir a una única persona, un hombre de pie a la sombra de la galería de la estación, sofocó su decepción. A juzgar por su modo de vestir, no era el que buscaba, aunque podría ser padre de alguno de sus alumnos y por eso le dedicó una sonrisa- Pero el hombre permaneció como estaba, con las manos en la bata de trabajo rayada y con un sombrero de paja manchado de sudor en la cabeza.

Adoptando un aire confiado, cruzó el andén y entró, pero sólo encontró al vendedor de pasajes, que se ocupaba de telegrafiar un mensaje tras su ventanilla enrejada.

– Discúlpeme, señor.

El sujeto se volvió, se levantó el visor de celuloide verde y sonrió:

– ¿Señorita?

– Debo encontrarme aquí con Frederic Dahí. ¿Lo conoce?

– Sé quién es, pero no lo he visto por aquí. Pero siéntese: sin duda, pronto llegará.

El estómago de la muchacha se oprimió. ¿Qué haré ahora?

Como estaba demasiado nerviosa para sentarse, decidió esperar fuera. Se instaló en el lado opuesto de la galería a aquel en que estaba el granjero, dejó la maleta en el suelo y esperó.

Pasaban los minutos y no llegaba nadie. Echó un vistazo al desconocido y lo sorprendió observándola; incómoda, volvió la atención al tren. que bufaba y siseaba, echando chorros de vapor a cada exhalación. Tenía la impresión de que tardaba demasiado tiempo en ponerse en marcha otra vez.

Aventuró otro vistazo al hombre, pero, en cuanto volvió la vista, él fijó la suya en la puerta del tren.

Theodore Westgaard observaba los peldaños del tren, esperando que bajara el nuevo maestro, pero habían pasado ya tres minutos y la única persona que se apeó fue una muchacha delgada que fingía ser grande con los zapatos y el sombrero de la madre. Atrajo su vista por segunda vez, pero cuando la muchacha lo miró de nuevo se sintió incómodo y volvió la atención a la puerta del tren.

"Vamos, Brandonberg, aparezca, que tengo que ocuparme de la cosecha."

Sacó un reloj del bolsillo de la pechera, miró la hora y movió los pies, impacientó. La muchacha lo miró otra vez, pero, en cuanto las miradas se encontraron, se concentró de nuevo en el tren, con las muñecas cruzadas sobre un abrigo que llevaba plegado sobre un brazo.

La examinó con disimulo.

Supuso que tendría unos dieciséis años, que estaba atemorizada de su propia sombra y que pretendía que nadie lo notara. A pesar de ese ridículo sombrero con alas de pájaro y de que todavía tendría que estar luciendo trenzas y zapatos de tacón bajo, era una preciosidad.

Para su sorpresa, nadie más bajó del tren, pero el conductor levantó la escalera portátil, la metió dentro del coche y agitó un brazo en dirección al maquinista. Los acopies empezaron a chirriar a todo lo largo del tren, que, lentamente, gimió volviendo a la vida, dejando un silencio más intenso aún, sólo roto por el zumbar de una mosca sobre la nariz de la chica.

La espantó con la mano y no hizo caso de la presencia de Westgaard, que iba montando en cólera por haber hecho un viaje inútil al pueblo. El hombre se quitó el sombrero, se rascó la cabeza y luego se lo puso otra vez, bajando el ala sobre los ojos y maldiciendo para sus adentros.

Estos tipos de la ciudad… No tienen idea del valor que un cultivador de trigo le da a cada hora de luz diurna en esta época del año.

Irritado, entró pisando con fuerza.

– Cleavon, si ese mozalbete llega en el próximo tren, dígale… oh, diablos, no le diga nada. Tendré que esperarlo.

En Álamo no había establo, ni se disponía de caballos para alquilar. ¿Cómo se trasladaría hasta la granja el nuevo maestro cuando al fin llegara?

Cuando Theodore salió otra vez, la muchacha estaba de cara a él, con los hombros rígidos y una expresión asustada. Las manos seguían aferrando el abrigo y abrió la boca como para hablar, pero la cerró de nuevo, tragó y se dio la vuelta.

Aunque no era propio de él hablar con muchachitas desconocidas, le pareció asustada, pronta a estallar en lágrimas, y se detuvo para preguntarte.

– ¿Alguien tenía que venir a buscarla?

La muchacha se volvió hacia él con gesto casi desesperado.

– SÍ, pero al parecer se ha retrasado.

– Si, sucede lo mismo con el tipo que yo tenía que buscar aquí: se llama L. I. Brandonberg.

– Oh, gracias a Dios -suspiró, recuperando la sonrisa-. Yo soy la señorita Brandonberg.

– ¡Usted! -La sonrisa fue respondida con una expresión ceñuda-. ¡Pero no puede ser! ¡L. I. Brandonberg es un hombre!

– No es un… quiero decir; yo no soy un hombre. -Rió nerviosa y luego, recordando las leyes de la cortesía, le tendió la mano-. Me llamo Linnea Irene Brandonberg y, como puede ver, soy una mujer.

Al oírla, el hombre dio un rápido vistazo al sombrero y al cabello de la muchacha y lanzó un resoplido desdeñoso.

Linnea sintió que se le agolpaba la sangre en la cara, pero mantuvo la mano extendida y preguntó:

– ¿A quién tengo el placer de dirigirme?

Sin aceptar la mano, el hombre respondió con rudeza:

– Mi apellido es Westgaard… ¡y no pienso aceptar a ninguna mujer en mi casa! El consejo de nuestra escuela contrató a un tal L. I. Brandonberg creyendo que era un hombre.

De modo que este era Theodore Westgaard, en cuya casa se alojaría. Desalentada, bajó la mano que el hombre seguía ignorando.

– Lamento que haya tenido esa impresión, señor Westgaard, le aseguro que no era mi intención engañarles,

– ¡Jal! ¡Qué clase de mujer anda por ahí, haciéndose llamar L. I. Brandonberg!

– ¿Existe alguna ley que prohíba a las mujeres usar sus iniciales en la firma legal? -preguntó, rígida.

– ¡No, pero debería existir! Siendo usted una muchachita de ciudad, habrá adivinado que el consejo escolar hubiese preferido a un hombre y se propuso confundirlos.

– ¡Yo no hice nada por el estilo! Firmo siempre,…

Pero el hombre la interrumpió, grosero.

– Enseñar en una escuela de esta zona no es sólo garrapatear números en una pizarra, muchachuela' Hay que caminar más de un kilómetro y medio, encender el fuego y apalear nieve. ¡Y aquí los inviernos son duros! ¡Yo no tendré tiempo de enganchar a los caballos para transportar a una flor de invernadero a la escuela cuando haya treinta grados bajo cero y el viento del Noroeste llegue aullando y trayendo nieve!

– ¡No se lo pediré! -Ya estaba furiosa y su semblante expresaba un intenso desagrado. ¡Cómo se atrevían a mandar a este viejo a recibirla!-. ¡Y no soy ninguna flor de invernadero!

– Ah, ¿no?

La observó, como evaluándola, preguntándose cómo aguantaría una pequeña como esa cuando el viento Noroeste que venía desde Alaska le abofeteara el rostro y la nieve punzara tan fuerte que uno terminara por no distinguir el calor del frío en la frente.

– Diablos. -refunfuñó, fastidiado-; no cambia el hecho de que no quiero a ninguna mujer viviendo en mi casa.

Pronunciaba la palabra mujer con el mismo desdén con que un vaquero hubiese dicho serpiente de cascabel.

– Entonces, me alojaré en casa de cualquier otra persona.

– ¿Y de quién?

– Yo… no lo sé, pero hablaré con el señor Dahí al respecto.

El hombre lanzó otro resoplido desdeñoso y a Linnea le dieron ganas de atizarle unos golpes en la nariz.

– No hay ninguna otra casa disponible. Siempre hemos alojado a los maestros en nuestra casa. Es así… porque somos los que estamos más cerca de la escuela. El único que vive más cerca es mi hermano John y, como es soltero, su casa está fuera de discusión.

– Entonces, ¿qué se propone hacer conmigo, señor Westgaard? ¿Dejarme en la escalera de la estación?

La boca del hombre se frunció como una fresa seca y las cejas se unieron en severo reproche, mirándola desde abajo del ala del sombrero de paja.

– No permitiré que ninguna mujer viva bajo mi techo -afirmó de nuevo, cruzando los brazos empecinado.

– Es posible, pero si no es en su casa, será mejor que me lleve a la casa de alguien menos intolerante que usted, y yo estaré más que feliz de morar bajo el techo de esa otra persona, salvo que quiera que le lleve ajuicio.

¿Y eso a qué venía? ¡No tenía ni la más remota idea de cómo llevar a juicio a alguien, pero tenía que pensar en algo para poner en su lugar a ese patán inculto!

– ¡Un juicio! Wcstgaard descruzó los brazos. No se le había escapado la palabra intolerante, pero la pequeña insolente le lanzaba amenazas e insultos con tanta velocidad que necesitaba atajarlos de uno en uno.

Linnea irguió los hombros y trató de impresionarlo como una mujer mundana y audaz.

– Tengo un contrato, señor Westgaard. y en él se determina que el alojamiento y la pensión están incluidos como parte de mi salario anual. Lo que es más, mi padre es abogado en Fargo- de modo que, para mí, el costo legal sería ínfimo si decidiera plantear un juicio al consejo escolar de Álamo por romper el contrato y por designarlo a usted como…

– ¡Está bien, está bien! -Levantó las manos grandes, endurecidas-. Ya puede dejar de ladrar, muchachuela. La dejaré en la casa de Oscar Knutson para que él haga lo que quiera con usted. Como quiere ser presidente del consejo escolar, dejemos que se gane su dinero.

– ¡Soy la señorita Brandonberg, no una muchachuela! Para dejar escapar la exasperación, le dio una breve palmada a la falda.

– Sí, buen momento para aclararlo- Se volvió hacia la carreta y el caballo que los esperaban, dejándola rabiar en silencio. ¡Dejarme en la casa de Oscar Knutson, caramba…!

La realidad siguió burlándose de sus románticos ensueños. No había ningún coche Stanhope, ni bayos de pura sangre. En cambio, Westgaard la llevó hasta una carreta granjera a la que estaban enganchados un par de animales de grandes músculos, bastante viejos, y se subió sin ofrecerle la mano, por lo que no tuvo más alternativa que aferrarse por sí misma a la parte de atrás, alzarse las faldas y subir sola al asiento, que le quedaba a la altura del hombro.

¡Vaya con los caballeros de sombreros altos! ¡Este grosero no sabría qué hacer con un sombrero de castor de copa alta aunque saltara sobre él y le mordiese la enorme nariz! ¡La audacia del tipo de tratarla como si ella fuese…como si fuese… menos que nada! ¡Ella, que había obtenido con tanto esfuerzo el título de maestra en la Escuela Normal de Fargo! ¡Ella, con elevada educación, mientras que él debía de ser incapaz de juntar dos palabras sin parecer un asno ignorante…!

La desilusión de Linnea siguió hasta que el hombre sacudió las riendas y ordenó:

– ¡Arre!

Los pesados caballos los condujeron a través de uno de los poblados más tristes que hubiese visto en su vida. ¿Teatro de ópera? ¿En verdad había albergado la fantasía de una ópera? Al parecer, el establecimiento más cercano a la cultura que había en el pueblo era el almacén de ramos generales, que oficiaba al mismo tiempo de Correo: allí", sin duda llegaría la cultura bajo la forma del catálogo de Sears Roebuck. Los edificios más impresionantes eran los silos de cereales que se veían junio a los rieles del ferrocarril. Los demás eran pequeños cubículos con falsas fachadas, y estos, por otra parte, eran escasos. Linnea contó dos proveedores de aperos agrícolas, dos bares, un restaurante, el almacén de ramos generales, un hotel, un banco y una combinación de barbería y farmacia.

El corazón se le fue a los pies. Westgaard miraba serio hacia delante, sosteniendo las riendas con unas manos de dedos como salchichas polacas, la piel igual que la de un indio viejo… tan diferentes de los blancos dedos que había imaginado.

No la miraba, y ella tampoco a él.

Pero Linnea vio esas ásperas manos bronceadas.

Y el hombre vio los zapatos de tacón alto.

Y la muchacha notó cómo se encorvaba hacia delante y miraba con el entrecejo fruncido bajo ese espantoso sombrero.

Él, cómo ella se sentaba erguida como una lanza y contemplaba todo con aire quisquilloso, bajo esas ridículas alas de pájaro.

Linnea pensaba lo horrible que era volverse viejo e irritable.

Theodore pensaba lo tontas que se ponían tas personas cuando eran jóvenes… siempre trataban de parecer mayores.

Pero ninguno de los dos pronunció palabra.

Anduvieron varios kilómetros hacia el Oeste, luego giraron hacia el Sur y el paisaje siempre era el mismo: plano, dorado y ondulante, salvo donde habían estado las trilladoras. Ahí era plano, dorado y quieto.

Al cabo de media hora de viaje, Westgaard entró en el patio de una granja idéntica a todas las que habían pasado: una casa de madera estropeada por la intemperie, una línea de álamos que brindaban protección del viento del lado Oeste, aunque los árboles no estaban del todo crecidos y se inclinaban un poco en dirección Sur Suroeste; un cobertizo de mejor aspecto que la casa; graneros rectangulares; silos hexagonales y el único elemento de aspecto amistoso que dominaba sobre todos los demás: el molino de viento, que giraba lentamente, emitiendo un quedo suspiro.

Una mujer asomó a la puerta y se acomodó un mechón de cabello en el moño que llevaba en la nuca. Alzó una mano a guisa de saludo y esbozó una amplia sonrisa:

– ¡Theodore! -exclamó, bajando los dos peldaños de madera y cruzando el retazo de hierba, tan dorado como los campos de alrededor-. ¡Hola! ¿A quién traes? Creí que ibas al pueblo a buscar al nuevo maestro-

– Es este, Hilda. Y usa tacones altos y sombrero con alas de pájaro.

Linnea se encrespó. ¡Cómo se atrevía a burlarse de su atuendo! Hilda se detuvo junto a la carreta y miró, con el entrecejo fruncido, primero a Westgaard, luego a Linnea.

– ¿Es este? -Se protegió los ojos con la mano y miró de nuevo.

Dio una palmada, retrajo el mentón y sonrió con áspero humor-. Oh, Theodore, estás burlándote de nosotros, ¿eh? Westgaard señaló a su pasajera con el pulgar.

– No, es ella la que nos gastó una broma. Ella es L. I. Brandonberg.

Antes de que Hilda Knutson pudiese responder, Linnea se inclinó y le tendió la mano, otra vez irritada por la grosería de Westgaard, que no la presentaba como era debido.

– Mucho gusto. Soy Linnea Irene Brandonberg.

La mujer aceptó la mano, aunque sin entender por qué.

– Una mujer -dijo, perpleja-. Oscar contrató a una mujer.

A su lado, Westgaard lanzó una exclamación desdeñosa.

– Creo que lo que Oscar contrató es a una muchacha vestida con la ropa de la madre, haciéndose pasar por mujer. Y no se quedará en mi casa.

Hilda se puso seria.

– Vamos, Theodore. siempre has alojado a los maestros. ¿Quién otro la recibirá?

– No lo sé, pero yo no. Por eso quiero hablar con Oscar. ¿Dónde está? Escrutó el horizonte con la vista.

– No lo sé con exactitud- Empezó con el centeno del Oeste esta mañana, pero es difícil saber dónde estará en este momento. Si enfilas en esa dirección, podrías verlo desde el camino.

– Eso haré, pero ella se queda aquí. No vendrá a mi casa, así que bien puede quedarse aquí, contigo, hasta que encuentres otro sitio para ella.

– ¡Aquí! -Hilda se oprimió el pecho con las manos-. Pero si yo no tengo cuartos desocupados, tú lo sabes. No estaría bien meter a la maestra con los chicos. Llévatela tú, Theodore.

– Nooo, señor. Yo no tendré a ninguna mujer en mi casa. Linnea estaba indignada. ¡Cómo se atrevían a tratarla como si fuese el orinal que nadie quería limpiar!

– ¡Basta! -gritó, cerrando los ojos y levantando las manos como un policía-Lléveme de regreso al pueblo. Sí aquí no me quieren, estaré encantada de abordar el próximo tr…

– ¡No puedo hacer eso!

– Mira lo que has hecho. Theodore: has herido sus sentimientos.

– ¡Yo! ¡Oscar fue quien la contrató! ¡Oscar fue el que nos dijo que era un hombre!

– ¡Bueno, entonces habla con Oscar! -Alzó las manos, disgustada, y luego, recordando las regias de cortesía, estrechó la mano de Linnea otra vez y le palmeó los nudillos-. No le preste atención a este Theodore: encontrará un lugar para usted. Lo que sucede es que está preocupado porque está perdiendo tiempo y tendría que estar en los campos ahora que el trigo está maduro. ¡Bueno, Theodore -te ordenó, volviéndose hacia la casa-, ocúpate de esta joven, tal como le comprometiste a hacer! Tras lo cual se apresuró a entrar.

Derrotado, a Westgaard no le quedó más alternativa que emprender la búsqueda de Oscar, llevando junto con él a la muchacha, aunque no quisiera.

Como pasaba con casi todas las granjas de Dakota, la de Knutson era inmensa. Olearon el horizonte por encima de los campos de trigo, de avena y de centeno mientras avanzaban por el camino de grava, pero no había rastros de la cuadrilla ni de la segadora que recorriesen el terreno en uno y otro sentido. Muy erguido, Westgaard escudriñaba ese océano de oro con el entrecejo fruncido, tratando de divisar algún movimiento en el confín más lejano, pero lo único que se movía eran las espigas mismas y una bandada de cuervos vocingleros que volaban sobre sus cabezas trazando recorridos siempre cambiantes para luego aterrizar sobre la avena. La carreta llegó ante un campo segado, con la cosecha apilada hasta donde el ojo alcanzaba. El cereal secándose al sol llenaba el aire chispeante de una dulce fragancia. Con un sutil movimiento de las riendas, Westgaard hizo virar a los caballos y pasaron del camino de grava a un sendero herboso que atravesaba el campo segado. El sendero era irregular, pues estaba destinado principalmente a brindar acceso a los campos. Cuando la carreta se sacudió, Linnea se sujetó el sombrero, que amenazaba caérsele-

Westgaard le lanzó una mirada de soslayo y su boca esbozó una breve semisonrisa, pero la joven tenía la barbilla baja mientras intentaba volver a acomodar el alfiler de sombrero para sujetar el horrible artefacto.

Balanceándose y sacudiéndose por el sendero, llegaron a una pequeña elevación del terreno, y Westgaard canturreó:

– ¡Sooo!

Obedientes, los caballos se detuvieron y los viajeros posaron la vista en la interminable extensión de centeno cortado de Oscar Knutson, al que no se veía por ninguna parte-

Con las riendas en una mano, Westgaard se quitó el sombrero y se rascó la cabeza con la otra, farfulló algo por lo bajo y volvió a encasquetarse el sombrero con gesto irritado.

Le tocó el turno de sonreír a Linnea. "¡Me alegro, este grosero lo merece!", pensó, "Como aceptó quedarse conmigo, ahora tiene que tolerarme, le guste o no".

– Tendrá que venir a mi casa hasta que pueda aclarar esto -se lamentó Westgaard. chasqueando las riendas y haciendo girar a los caballos.

– Iré.

Theodore le lanzó una mirada suspicaz, inquisitiva, pero la muchacha estaba sentada rígida y recatada sobre el asiento de la carreta y miraba adelante. Pero su ridículo sombrero estaba un poco ladeado. Theodore sonrió para sí.

Arrancaron con rumbo al Sur, luego al Oeste- Por todos lados se oía el sonido sibilante del grano seco. Las pesadas cabezas de las espigas se alzaban un momento hacia el cielo y luego su propio peso las hacía hacer reverencias.

Linnea y Theodore sólo hablaron tres veces. Ya hacía casi una hora que viajaban cuando la muchacha preguntó:

– Señor Westgaard, ¿a qué distancia de Álamo vive usted?

– A treinta y dos kilómetros -respondió.

Después todo fue silencio y lo único que se oía era el bullicio de los pájaros, el grano y el ritmo acompasado de los cascos de los caballos- En tres ocasiones vieron máquinas segadoras que reptaban a lo lejos, tiradas por caballos que parecían minúsculos a esa distancia, las cabezas gachas, concentrados en la labor.

Linnea volvió a romper otra vez el silencio cuando, a la derecha, apareció una construcción que otrora fue blanca y que tenía campanario.

Con mirada ansiosa, trató de captar la mayor cantidad de detalles posible: largas ventanas estrechas, peldaños de cemento, un patio plano con un bosquecillo de álamos en el linde, la bomba. Pero Westgaard no aflojaba la marcha de la yunta, que seguía sin interrupciones, y ella, aferrándose del costado de la carreta, estiró el cuello, mientras la construcción se alejaba hacia atrás con demasiada velocidad para que pudiese ver todo lo que quería. Se dio la vuelta para enfrentarlo y preguntó:

– ¿Esa es la escuela?

Sin quitar la vista de las orejas de los caballos, refunfuñó:

– Sí.

¡Qué tipo intratable y terco! Apretó los puños en el regazo, furiosa.

– ¡Bueno, podría habérmelo dicho!

El hombre volvió la vista hacia ella y, con una sonrisa sardónica en los labios, dijo, arrastrando las palabras:

– No soy guía de turismo.

Aunque la rabia llegó cerca del punto de ebullición, Linnea mantuvo la boca cerrada y se guardó las réplicas.

Siguieron avanzando un poco más por el camino y, cuando pasaron ante una granja indefinida, Theodore se dispuso a exasperarla aún más:

– Esa propiedad es de mí hermano John.

– Qué maravilla -replicó sarcástica. sin mirar.

No habían pasado diez minutos desde que divisaron la escuela cuando entraron en un camino curvo que, supuestamente, entraba en la propiedad de Westgaard… aunque este no se molestó en identificarla. El costado Norte estaba protegido por una larga hilera de añejos árboles de boj y una fila paralela de densos arbustos que formaban un muro verde ininterrumpido. Al rodear la protección, apareció la granja ante su vista. La casa estaba situada a la izquierda, en un rizo formado por el camino. Todos los almacenes estaban a la derecha: entre ellos, un molino de viento y un tanque de agua, ubicados entre un enorme cobertizo castigado por la intemperie y un racimo de otras construcciones que, según dedujo Linnea. debían de ser graneros y gallineros.

La casa de tablas de madera era de dos plantas y carecía de lodo adorno, al igual que todas las casas que habían visto por el camino.

Aparentemente, una vez. había sido pintada de blanco, aunque, en el presente, tenía un color ceniciento, con alguno que otro resto de blanco que asomaba de tanto en tanto. como recuerdo de mejores tiempos. No había porche ni baranda que aligerase el aspecto de caja de la casa. ni un alero que sombreara las ventanas, protegiéndolas del sol de la pradera. La puerta, colocada en el centro, estaba flanqueada por dos ventanas angostas que le conferían la apariencia de una cara con la boca abierta hacia los extensos campos de trigo que la rodeaban.

– Bueno, aquí es -anunció Westgaard sin darse prisa, mientras se inclinaba adelante para atar las riendas a la manija del freno.

Apoyando las manos sobre el asiento y el piso, saltó fuera por el costado y, si no fuese porque en ese momento se oyó una voz imperiosa que llegaba desde la casa, habría dejado que Linnea hiciera lo mismo:

– ¡Teddy! ¿Qué modales son esos? ¡Ayuda a apearse a la joven! "¿Teddy?", pensó Linnea. divertida. ¿Teddy?

Una mujer minúscula que parecía un remolino avanzó por el sendero que salía de la puerta de la cocina, con el rizado cabello gris anudado en la nuca y unas gafas ovaladas de montura metálica encaramadas tras las orejas. Movió un dedo en gesto de reproche.

Theodore Westgaard, obediente, cambió de rumbo en mitad del camino, volvió a la canela y le tendió la mano, aunque con expresión de mártir. Linnea puso su mano en la de él y, mientras bajaba, no pudo resistir la tentación de burlarse con voz dulce:

– Oh, gracias, señor Westgaard, es usted muy amable.

Él soltó la mano de inmediato, y la mandona mujer se reunió con ellos: era tan baja que hacía sentirse gigante a Linnea, que sólo medía poco más de metro y medio. Su nariz era del tamaño de un dedal, tenía unos opacos ojos castaños a tos que no se les escapaba nada y labios rectos y estrechos como una hoja de sauce. Con la barbilla diminuta proyectada adelante, marchaba balanceando los brazos casi con violencia. Si bien tenía la espalda un tanto encorvada, daba la impresión de que se inclinaba adelante a cada paso, con gran prisa: lo que le faltaba en estatura te sobraba en energía. En cuanto abrió la boca, Linnea supo que no se andaba con rodeos.

– Así que este es el nuevo maestro. ¡No me parece un hombre!

– Tomó a la muchacha por los brazos, la sujetó y la inspeccionó del ruedo al sombrero, aprobándola con un cabeceo-. Servirá. -Giró hacia Westgaard, preguntando-; ¿Qué pasó con el tipo?

– Es ella -respondió el hombre, sin alterarse.

La mujer dejó escapar un chillido de risa y concluyó:

– Bueno, me lo han cambiado. -De pronto se puso seria, estiró una mano y estrechó con energía la de Linnea-. Es justo lo que necesita este lugar- No haga caso de este hijo mío: yo tendría que haberle ensenado mejores modales. Como no se ha tomado la molestia de presentarnos, yo soy su madre, la señora Westgaard. Llámeme Nissa. La mano era huesuda pero fuerte.

– Yo soy Linnea Brandonberg. Llámeme Linnea.

– Así que, Li-ni-a, ¿eh? -Lo pronunció a la antigua manera campesina-. Buen nombre noruego.

Se sonrieron, aunque no por mucho tiempo. A Linnea empezaba a resultarle obvio que Nissa Westgaard no hacía nada por mucho tiempo. Se movía como un gorrión, con gestos bruscos y económicos.

– Pase. -Avanzó por el sendero, vociferándole al hijo-; ¡Bueno, no te quedes ahí parado, Teddy, trae sus cosas!

– No se quedará.

Linnea puso los ojos en blanco, pensando: "¡Ya estamos, otra vez con lo mismo!". Pero la esperaba una sorpresa: Nissa Westgaard se dio la vuelta y abofeteó a su hijo en el costado del cuello con sorprendente fuerza.

– ¡Cómo que no se queda! Claro que se queda, así que te sacas esa idea de la cabeza. ¡Sé lo que estás pensando, pero esta chica es la nueva maestra y será mejor que empieces a cuidar tus modales para con ella o tendrás que cocinarte la comida y lavarte tus trapos! ¡Ya sabes que, en cualquier momento, puedo irme a vivir con John! Linnea se cubrió la boca con la mano para ocultar la sonrisa: era como ver a un gallo pigmeo desafiando a un oso. La coronilla de Nissa sólo llegaba hasta la axila del hijo, pero lo aporreaba y él no replicaba- Se puso rojo como una remolacha y tensó la mandíbula. Pero, antes de que pudiese presenciar más tiempo la vergüenza del hombre, el gallo enano se dio la vuelta, la aferró del brazo y la hizo seguir avanzando por el camino.

– ¡Cabeza dura, insoportable! -murmuró-. Ha vivido demasiado tiempo sin una mujer y eso lo incapacita para la compañía humana.

Linnea tuvo ganas de decir: "Estoy totalmente de acuerdo", pero le pareció más prudente morderse la lengua. También pensó que Nissa era una mujer, pero, al parecer, en esa región tener a una "mujer" en la casa no significaba vivir con la madre.

Nissa la hizo pasar por la puerta trasera, que estaba abierta, y entraron en una cocina que olía a vinagre.

– No es gran cosa, pero está tibia y seca y, como sólo vivimos aquí tres de los Westgaard, tendrá un cuarto para usted sola, que es más de lo que habría tenido en cualquier otro lugar.

Linnea se dio la vuelta, sorprendida:

– ¿Son tres?

– ¿Él no le ha hablado de Kristian?

Un poco desorientada por la velocidad y el tono autoritario de la mujer, se limitó a mover la cabeza.

– ¡Qué le pasa a este hombre! Kristian es su hijo, mi nieto. Está afuera, segando trigo. Vendrá a la hora de la cena.

Linnea miró alrededor, en busca del eslabón perdido: la esposa, la madre, pero no vio a nadie. Evidentemente tampoco le explicarían por qué-

– Esta es la cocina. Espero que sepa disculpar el desorden: he estado haciendo conservas de melón. -En una gran mesa redonda de roble con una pata central, alineados como soldados, había unos frascos de cristal, pero Linnea casi no tuvo tiempo de echarles un vistazo ya que la mujer siguió avanzando de un cuarto a otro-, Esta es la habitación del frente. Yo duermo allí. -Señaló la única puerta que se abría en el recinto-. Y ese es el cuarto de Teddy. El de usted y el de Kristian están en la planta alta.

La precedió hacia la cocina y, mientras pasaban como exhalación por la puerta que llevaba arriba. Linnea alcanzó a ver a Theodore, que entraba con su maleta- Le volvió la espalda y siguió a la mujer, que subía una escalera empinada y angosta hacia la planta alta. Arriba había un rellano confinado al que se abrían, a derecha e izquierda, puertas iguales. El cuarto destinado a la joven era el de la derecha.

Nissa abrió la puerta y entró antes que ella. Era el cuarto más burdo que hubiese visto jamás. No había nada arrimado a la pared, porque no había paredes sino el techo que formaba un ángulo muy agudo desde la cumbrera en el centro hasta los límites externos del cuarto. Desde abajo se veían perfectamente cabrios, vigas y bajo techo, puesto que no los cubría yeso ni revestimiento alguno. Las únicas paredes verticales eran las dos triangulares que formaban los lados del cuarto que, al igual que el techo, carecían de acabado. Enfrente de la puerta, mirando al Este, había una ventana pequeña de cuatro paneles con cortinas de encaje blanco, sujetas al tosco marco de madera. A esa hora, hacia el fin de la tarde, la luz que entraba por los cristales era escasa pero, desde el diminuto rellano, el sol entraba a torrentes por la ventana, idéntica a la del cuarto, caldeando un poco la habitación.

El suelo estaba cubierto por un linóleo de sobrio dibujo con grandes flores rosadas de calabaza sobre fondo verde oscuro. No llegaba hasta el contorno del cuarto, sino que dejaba un ancho borde de tablas desnudas. A la derecha de la puerta, bajo el ángulo del techo, había una cama de una plaza, de estructura metálica pintada de blanco cubierta con una colcha de un rosa intenso. A sus píes había una manta de retazos plegada y, al lado, sobre el linóleo, una alfombra hecha a mano, trenzada sobre una trama verde. Junto a la cama, sobre una mesa cuadrada de patas torneadas, había una lámpara de petróleo, centrada sobre un tapete de ganchillo blanco.

Contra el ángulo opuesto del techo, una cómoda alta, cubierta con un camino bordado de níveo algodón blanco, bordeado de encaje hecho a mano. En la esquina que quedaba a la izquierda de la puerta asomaba desde la cocina el tubo negro de la estufa, que se perdía luego en el lecho. Al otro lado, junto a la ventana, sobre un pedestal bajo, había una jarra y una palangana Y en la parte de abajo, una compuerta que, sin duda, ocultaba un "servicio para la noche". En la pared, junto al lavatorio, colgaba un espejo enmarcado en hojalata, con una barra adosada de la que colgaba una gran toalla blanca. Junto a la minúscula ventana, una enorme mecedora de roble con almohadones de percal verde y rosado en el asiento y el respaldo.

La mirada de Linnea se posó en las ásperas vigas del techo y procuró ahogar el desencanto. El cuarto que tenía en su casa estaba decorado con papel de llores y tenía dos grandes ventanas que daban a dos sitios diferentes. Cada primavera, su padre daba una capa de pintura marfil al revestimiento de madera y los suelos de roble se barnizaban para darles un brillo permanente. En su hogar, de una gran chimenea provenía una corriente constante de calor y el pasillo llevaba a un cuarto de baño recién instalado, con agua corriente. Contempló el ático oscuro, de techo tosco, y buscó algo que lo hiciera grato. Los tapetes blancos, impecables, sin duda estaban almidonados y planchados con gran cuidado, y Linnea recorrió con la vista la alfombra trenzada a mano, el suelo de linóleo, que, al parecer, había sido colocado en honor del nuevo maestro, y vio que Nissa, a su lado, esperaba algún gesto de aprobación.

– ¡Qué… grande!

– Sí, es grande, pero, de todos modos, se dará usted la cabeza contra esos maderos.

– Es mucho más grande que el cuarto que tengo en mi casa, que, además, tengo que compartir con mis dos hermanas. -Linnea, si alguna vez quisiste ser actriz, este es el momento. Disimulando la decepción cruzó la habitación, mirando sobre el hombro-

– ¿Le molesta si pruebo esto?

– Nissa cruzó las manos sobre el vientre, con aire complacido, viendo cómo la joven se sentaba en la silla acolchada y se mecía, levantando los pies en el aire. Para aumentar el efecto, lanzó una breve carcajada, acarició los brazos curvos de la silla y dijo con apreciable sinceridad-: En mi casa, como somos tres en una habitación, no queda espacio para mecedoras. -Apuntó con la barbilla hacia la minúscula ventana, como si estuviese dichosa- ¡No sé qué haré con tanto espacio para mí sola! -Y extendió los brazos.

Cuando bajaban las escaleras, la mujer estaba radiante de orgullo. La cocina estaba vacía, pero Theodore había dejado la maleta junto a la puerta. Al mirarla, Linnea sintió que se le renovaba la decepción: no había tenido, siquiera, la cortesía de ofrecerse a llevarla arriba como hubiese hecho cualquier caballero.

Nissa había sido lo bastante considerada para hacerlo, pero, de pronto Linnea se sintió desanimada por la dudosa bienvenida recibida en esa casa.

– Nissa, no quisiera causar fricciones entre usted y su hijo. Tal vez seria mejor si…

– ¡Ni lo digas, muchacha! ¡Deja que yo me encargue de é!! Y habría llevado ella misma la maleta arriba si Linnea no se hubiese apresurado a hacerlo,

Sola por primera vez en el altillo, bajo las vigas, dejó la maleta sobre la alfombra y se dejó caer, abatida, sobre la cama. Se le cerró la garganta y le escocieron los ojos.

"No es más que un hombre. Un hombre viejo, amargado, malhumorado. Soy una maestra graduada y el comité escolar me ha dado su aprobación. ¿Acaso eso no tiene más peso que la opinión de ese intolerante?"

Pero dolía.

No era así como soñaba que sería al llegar allí: las sonrisas francas, tos cordiales apretones de manos, el respeto… eso era lo que más ansiaba, pues con sus dieciocho años sentía que había ganado el derecho a ser respetada, no sólo como maestra sino como adulta. Y ahí estaba lloriqueando como una idiota porque el recibimiento no alcanzaba a sus expectativas.

"Bueno, eso es lo que ganas cuando te dejas llevar por tu tonta imaginación." Las lágrimas borronearon el contorno de la maleta y las rosas de la alfombra.

Tenias que arruinarlo todo, ¿no, Theodore Westgaard?

Pero ya verás,

¡Te lo demostraré!

2

La pequeña señorita aún estaba arriba cuando Theodore salió de la casa a zancadas y se dirigió de nuevo hacia los campos. "¡Mujeres!", pensó. "Sólo hay una cosa peor que tener una cerca, y es tener dos." ¡Y qué dos tenía en ese momento!

Lo enfurecía el modo en que lo había tratado su madre delante de la chica, pero ¿qué otra alternativa tenía sino quedarse ahí y soportarlo? ¿Cuánto tiempo más tendría que tolerar que le diese órdenes? Todavía le ardía la cara de vergüenza.

¡No tenía derecho a humillarlo de ese modo! Era un hombre mayor, de treinta y cuatro años. Y en cuanto a la antigua amenaza de mudarse a la casa de John… ¡Dios quisiera que lo hiciese! Pero en la casa de John no había nadie a quien regañar y ella lo sabía.

Todavía fastidiado, Theodore llegó a donde se veía a dos figuras guiando a sus respectivos animales, segando trigo. Se detuvo y esperó en el extremo de una hilera de gavillas. Le daba cierta paz observar a John y a Kristian cambiar el aspecto del campo. Las hojas de la segadora cortaban los gruesos tallos de los cereales, que parecían de oro bruñido en la punta y que se hacían opacas en el extremo cortado. Iban formando fajas paralelas:

John iba un poco más adelante; Kristian lo seguía, dejando un dibujo en escalera en el borde del plantío, a medida que avanzaban con paso firme e incesante.

Llegó el momento en que se convirtieron en dos puntos en el horizonte, que luego dieron la vuelta en dirección a donde estaba Theodore, y este los veía cada vez más nítidos a cada paso que daban los caballos.

Cuando estuvieron más cerca, pudo oír el traqueteo de las barras de madera al toparse con las hojas. Contempló la caída de los tallos y respiró: no había nada más dulce que la fragancia del trigo secándose al sol. También sería dulce el precio que obtendrían por él ese otoño. Gracias a la guerra en Europa, cada grano era como de oro puro, y no sólo por el color. Ahí, bajo el sol fundente, viendo cómo lo abatían las segadoras, a Theodore le pareció un sacrilegio que algo tan bello terminara sirviendo para algo tan feo como la guerra. Se decía que llegaría el momento en que serviría de alimento a soldados yanquis, pero, tal como iban las cosas, no se vislumbraba ese momento, pues, si bien los campos de entrenamiento norteamericanos bullían de reclutas impacientes, se comentaba que no tenían uniformes ni armas. Se entrenaban en ropas de civil, con palos de escoba. Por todo el país había personas que cantaban: "Yo no crié a mi hijo para que fuese soldado", y a Theodore le parecía que la única guerra que debía preocuparlo era la que libraba con esa maestra jovenzuela.

Todavía pensaba en eso cuando su hermano se le acercó: John tiró de las riendas y gritó;

– ¡Soo, chicas! -para luego bajarse pesadamente del asiento de hierro. Los animales sacudieron las cabezas y el aire quieto de la tarde se pobló del tintineo de los arneses.

– Has vuelto -dijo John, quitándose el sombrero de paja y enjugándose la frente, donde el pelo iba raleando, con el antebrazo.

– Sí, he vuelto.

– ¿Lo has recogido?

– Sí.

Como siempre, John asintió. Era un hombre apacible, sin demasiada inteligencia ni demasiado preocupado por nada. De treinta y ocho años, algo más ancho de hombros, más estrecho de coronilla y mucho más lento en todo, desde la realización de las tareas hasta montar en cólera. Era de constitución robusta, vigoroso, y se movía con singular falta de prisa, cosa que le daba un aire a la vez torpe y gracioso. Tenía un cuerpo al que se adaptaban bien las batas de trabajo, las botas de punteras anchas y altas y las camisas de franela gruesa. Incluso los días de más calor llevaba la camisa abotonada hasta el cuello y las muñecas, y jamás se quejaba del calor ni de ninguna otra cosa. Sus intereses no iban más allá de las lindes de los campos, y en ellos se ganaba el sustento diario a su propio ritmo apacible. Mientras pudiese hacerlo, no le pedía mucho más a la vida.

– La siega va bien -comentó-. Entre los tres, creo que podremos terminar esta sección antes de que caiga la noche.

Se acuclilló balanceándose sobre los talones, dejando vagar los ojos sobre el campo, mientras mordisqueaba un tallo de trigo.

Como siempre, la falta de curiosidad de su hermano con respecto a lo que pasaba a su alrededor dejaba perplejo a Theodore. Pero así era. Estaba tan conforme que no se le ocurría averiguar ni desafiar- Y tal vez fuese precisamente esa vaguedad lo que hacía que Theodore lo amara sin reticencias y se sintiera inclinado a protegerlo.

– John. ¿qué hay en esa mente tuya cuando te acuclillas así, sin moverte y contemplas el horizonte?

– Él resultó ser ella -le informó Theodore al hermano mayor.

John levantó la vista con expresión confundida, pero no dijo nada.

– Es una mujer -explicó Theodore.

– ¿Quién es mujer?

Era Krístian, quien, saltando del asiento de la máquina con una agilidad opuesta a la de su tío, formulaba la pregunta. Igual que los otros dos, iba vestido con una bata de trabajo a rayas, pero debajo tenía la espalda desnuda, y no llevaba sombrero para protegerse la cabeza. Tenía nervudos brazos tostados con unos bíceps que sólo habían comenzado a definirse la última mitad del año. El repentino crecimiento daba al cuello la apariencia de larguirucho, porque la manzana de Adán había crecido más rápido que la musculatura que la rodeaba. Tenía un rostro largo y anguloso, que cada día se volvía más apuesto a medida que la estructura ósea se rellenaba de carne, en su tránsito a la madurez. Tenía los ojos castaños del padre, aunque no la expresión cínica que solía aparecer en ellos y el labio inferior sensual de la madre, un poco más lleno que el superior. Cuando hablaba, la pronunciación exhibía el leve acento de un noruego que ha crecido en un medio bilingüe: noruego e inglés.

– La nueva maestra de la escueta -respondió el padre, con acento aun más pronunciado. Hizo una pausa, pensó, y luego agregó-: Bueno, no es exactamente una mujer. Más bien una muchacha que trata de pasar por mujer. No parece mucho mayor que tú.

Los ojos de Kristian se agrandaron.

– ¿En serio? -Tragó saliva, dirigió una mirada hacia la casa y preguntó-: ¿Se quedará? Aunque nunca se lo hubiese dicho con todas las letras, sabía que su padre sentía aversión por las mujeres. Muchas veces había oído hablar a los viejos de ello, cuando creían que no había "orejas de pequeños" cerca.

– Tu abuela la ha llevado al piso alto y le ha enseñado la habitación así que parece que se queda.

Una vez más, Kristian entendió con absoluta claridad: ¡si la abuela decía que se quedaba… pues se quedaba!

– ¿Cómo es?

En un gesto de desaprobación, el mentón de Theodore se aplastó:

– Todavía con la leche en los labios y atrevida como un grajo.

Kristian rió entre dientes.

– ¿Cómo es?

Theodore lo miró, serio:

– ¿Qué te importa cómo es?

El muchacho enrojeció un poco.

– Sólo preguntaba, nada más,

Theodore se puso más serio aún:

– Tiene un aspecto menudo y ratonil -respondió, avinagrado- tal como uno espera que sea una maestra. Y ahora volvamos a trabajar.

Mientras duraba la cosecha, la cena empezaba tarde, porque los hombres se quedaban en los campos hasta que desaparecía el último rayo de sol y sólo se detenían a última hora de la tarde para ordeñar y comer unos emparedados que les permitiesen aguantar hasta la cena.

Si bien Linnea había tenido la cortesía de ofrecer ayuda, Nissa no quiso saber nada y la rechazó con una contundente afirmación:

– Los maestros se alojan y comen aquí. Es parte de su paga, ¿no es cierto?

Por lo tanto, la muchacha decidió explorar la propiedad, si bien no había mucho que ver- Metido tras la L que formaban dos graneros, encontró un chiquero que no se veía desde la casa. El gallinero, el cobertizo de las herramientas y el granero no ofrecían nada que despertara en ella un remoto interés. No sucedía lo mismo con las caballerizas: no fue la inmensa y cavernosa construcción lo que la atrajo, sino la talabartería. ¡Ni en el establo de caballos para alquiler de Fargo había visto tanto cuero! Daba la impresión de poder abastecer a un regimiento de caballería completo. Sin embargo, pese a los cientos de lazos y correas colgadas de tas paredes, caballetes y bancos, estaba ordenada y era funcional.

¡Era algo glorioso!

Tenía carácter. Fragancia. Y todo estaba tan bien dispuesto que la obligó a interrogarse acerca del hombre que lo mantenía con semejante pulcritud. Ni una sola rienda estaba colgada de un clavo de metal de modo que corriese el riesgo de ondularse o resquebrajarse, con el tiempo. No colgaban meticulosamente de gruesos tacos de madera y los extremos no tocaban el suelo de cemento- Había otras correas individuales, más pequeñas y sin refuerzo, enrolladas como esos lazos que se usaban para atar al ganado y no se veía en ellas partes enredadas ni irregularidades. En una pared se veían varias colleras ovaladas y un par de monturas cabalgaban sobre un caballete, envueltas en anchas fajas de cuero de oveja para proteger la parte de abajo. En un banco sin desbastar había latas con linimento, aceite y jabón para limpiar monturas, colocadas con tanta pulcritud como la estantería de un boticario- Tenazas para cascos, tijeras y almohazas coleaban de sus respectivos ganchos con fanática pulcritud. Cerca de una ventana pequeña que daba al Oeste, había una vieja silla, tan manchada que era casi negra, con respaldo y brazos en forma de huso. En el asiento cóncavo se veían dos manchas más claras y hacía mucho que las patas habían sido reforzadas con alambre. De uno de los brazos colgaba un trapo manchado, doblado por la mitad y colgado con el mismo cuidado con que una mujer cuelga la bayeta sobre su barra.

Dedujo que el dueño era una persona puntillosa, dedicado al trabajo; nada de juegos, imaginó. Por alguna razón era irritante encontrar tanta perfección en un sujeto tan irritable. Mientras lo esperaban a él y a su hijo para cenar y su estómago refunfuñaba de hambre, imaginó de qué modo lo pondría en su lugar algún día.

Pensando en eso, fue a su cuarto a lavarse y peinarse antes de cenar. Con el cepillo en la mano, se acercó hacia el espejo ovalado con su marco de metal pintado y murmuró, como si no fuese sólo un reflejo:

– Trata a los caballos mejor que a las mujeres. Más aún: ¡trata mejor a los arneses de sus caballos que u las mujeres! La réplica imaginaria la indignó y flexionando una muñeca y tocándose el corazón con las yemas, siguió:

– Señor Westgaard, le hago saber que he sido cortejada por un actor de la escena londinense y por un aviador británico. He rechazado a siete… ¿o eran ocho?… -Por un momento frunció la frente, echó atrás el cepillo con atrevimiento y lanzó sobre el hombro una sonrisa agraciada-. Oh, bueno -terminó, airosa-. ¿Qué más da una propuesta más o menos? Rió sin hacer ruido y siguió cepillándose el cabello que le caía entre los omóplatos. – El aviador británico me llevó a bailar a palacio, por invitación especial de la reina y, después de esa noche, voló en un avión que bombardeó un hangar de zeppelines alemán en Dusseldorf. -Se alzó la falda y se balanceó, ladeando la cabeza con expresión soñadora-. Ah, qué noche esa. -Cerró los ojos, se balanceó hacia la izquierda y luego a la derecha y su reflejo pasaba como un relámpago por el pequeño espejo ovalado-. Al final de la velada, me llevó a casa en un carruaje que había traído especialmente para la ocasión. -Poniéndose seria, dejó caer la falda-. Perdió la vida por servir a su patria. Fue muy triste. Se lamentó por él un momento y luego, sintiéndose heroica, se reanimó y añadió: -Pero, por lo menos, tengo el recuerdo de haber girado entre sus brazos a los sones de un vals vienes. -Estiró el cuello como un cisne y se apartó el cabello de la cara. – Pero claro, usted no sabe de esas cosas y, además, una dama no habla de los besos que recibe. Dejó el cepillo, tomó el peine y dividió el cabello por la mitad. -Y después estuvo Lawrence. -Giró de repente, acercando la cadera al borde de la tarima y apoyándola con gesto provocativo. – ¿Alguna vez le he hablado de Lawrence?

El estrépito de porcelana rola la volvió bruscamente a la realidad. La tarima se tambaleó en el ángulo que ocupaba, y la jarra y la palangana ya no estaban a la vista. Desde abajo, Nissa vociferó:

– ¿Qué ha sido eso? ¿Están bien allá arriba?

En la escalera se oyeron pisadas. Horrorizada, Linnea se cubrió la boca con las dos manos y se inclinó sobre esa tarima que hacía las veces de cómoda. Cuando Nissa llegó a la puerta, se encontró con la muchacha que contemplaba, en el rincón, los trozos que hacía momentos eran la jarra y la palangana.

– ¿Qué ha pasado?

Linnea giró hacia el vano de la puerta, con una expresión de consternación en el rostro.

– ¡Oh, señora Westgaard, lo siento muchísimo! ¡He roto la jarra y la palangana!

Nissa irrumpió.

– ¿Cómo demonios llegó eso ahí?

– Sin… sin querer choqué con la tarima. Se lo pagaré con mi primer salario mensual.

Por un segundo, se preguntó cuánto costarían la jarra y la palangana.

– Por Dios, qué lío. ¿Usted está bien?

Linnea se alzó las faldas y se miró el borde mojado.

– Sólo un poco mojada.

Nissa empezó a correr la cómoda, pero Linnea la sustituyó de inmediato en la tarea.

– ¡Deje, yo lo limpiaré! -Cuando desplazó el mueble, se encontró con los fragmentos de loza y con el agua que se escurría por debajo del linóleo, mojando la parte blanda de abajo. – Oh, Dios mío… -gimió, tapándose otra vez la boca mientras le saltaban lágrimas de vergüenza-. ¿Cómo he podido ser tan torpe? Me parece que también he estropeado el linóleo.

Pero Nissa ya bajaba las escaleras. -Traeré un cubo y un trapo.

Cuando se fue, Linnea oyó voces afuera y, al mirar por la ventana vio que, mientras ella se perdía en sus ensueños, habían llegado los hombres, Desesperada, se puso de rodillas tratando de juntar los trozos de las piezas rotas en un montón y luego, con la mano, detener el agua en el borde del revestimiento. Pero el charco ya se había filtrado hacia abajo, y entonces trató de levantar una punta… lo cual resultó un error. El agua pasó sobre la curva del linóleo y le mojó la falda sobre las rodillas.

– ¡Déjame hacerlo! -le ordenó Nissa desde la entrada-. Tira los pedazos en el cubo.

Linnea dejó la loza rota en el fondo del cubo con gran cuidado, como si de ese modo pudiese mejorar la situación. Contuvo las lágrimas sintiéndose torpe, molesta, disgustada consigo misma por haber dejado que un capricho infantil la hiciera meterse en problemas, como solía sucederle. Después de que hubieron recogido todos los trozos y Nissa se sentó sobre los talones. Linnea le tocó el antebrazo, exhibiendo una expresión apesadumbrada.

– Yo… lo lamento -murmuró-. Fue una estupidez y…

– Claro que lo lamentas. A nadie le gusta sentirse tonto en un lugar nuevo. Pero las jarras son… ¡pero si te has cortado!

– ¡Oh, y ahora le he manchado el vestido! ¿Acaso no puedo hacer nada bien?

– No te aflijas. Lo lavaré. Me parece que esa mano va a sangrar un rato. Será mejor que busque algo para vendarla.

Se levantó de un salto y desapareció escaleras abajo. Un momento después, Linnea oyó voces desde la cocina y se sintió doblemente mortificada sabiendo que, sin duda, Nissa debía de estar contando a los hombres lo sucedido. Pero cuando la anciana regresó no pronunció una sola palabra de crítica y le vendó la mano con una tira arrancada de una sábana limpia y la ató con firmeza antes de dirigirse de nuevo a la escalera.

– Ahora arréglate el pelo y preséntate abajo en cinco minutos. A los muchachos no les gusta que los hagan esperar.

Por desgracia, la muchacha aún era inexperta para arreglarse el nuevo peinado recogido con las dos manos sanas; con una lastimada, le resultaba imposible- Hizo todo lo posible, pero cuando Nissa avisó que la cena estaba lista, ella aún estaba intentándolo. Mientras seguía acomodándose y clavando horquillas con manos torpes, se miró la falda: tenía mojada la zona de las rodillas y el borde y ya no tenía tiempo de cambiarse.

Con un vistazo al espejo comprobó que el postizo en tomo del cual había enroscado el cabello estaba desplazado del centro. ¡Maldición! Le dio un tirón hacía la izquierda que lo descolocó todavía más y lo fijó de prisa con tres horquillas.

– ¡Señorita Brandonberg! ¡La cena! A los muchachos no les gusta que los hagan esperar.

Linnea se rindió y fue hacia la escalera, esperando que sus pasos sonaran decididos en los peldaños. Cuando emergió de las sombras de la escalera a la cocina, se sorprendió al ver que había tres hombres altos y robustos que la miraban con la boca abierta.

¿Los muchachos?

Por supuesto, uno era Theodore, al que ya había tenido la desdicha de conocer. Echó un vistazo al rostro enrojecido, al cabello rebelde y a la falda mojada de la muchacha y en las comisuras de sus labios jugueteó el fantasma de una sonrisa. Linnea lo dio por perdido, ya que era un patán rústico, y prestó atención a los otros.

– Tú debes de ser Kristian. -Era media cabeza más alto que ella y muy apuesto, con una boca mucho más tierna y bella que la del padre pero los mismos ojos castaño intenso. El cabello mojado, recién peinado, era de un castaño dorado que, al secarse, seguramente sería rubio. Tenía el rostro reluciente por el reciente lavado y era el único de los tres sin camisa y sin la marca blanca atravesándole la mitad superior de la frente. Linnea le tendió la mano-: Hola, yo soy la señorita Brandonberg.

Kristian Westgaard miró a la nueva maestra con la boca abierta. ¿Menuda y ratonil? Cielos, ¿de qué hablaba el viejo? Sintió que le subía el sonrojo desde el pecho desnudo. El corazón te dio un vuelco y empezaron a sudarle las manos.

Linnea vio que se ponía del color de las frambuesas maduras y se secaba las manos en los muslos. La nuez de Adán le bailoteó como un corcho en una ola y, al fin, le tomó la mano por un instante.

– ¡Uy! -exclamó-. ¿Así que usted será nuestra nueva maestra? De camino a la mesa con una fuente de carne, Nissa lo reconvino:

– ¡Cuida tus modales, jovenzuelo! -lo que renovó el sonrojo de Kristian.

Linnea rió:

– Eso me temo.

Intervino Nissa:

– Y este es mi hijo John. Vive al otro lado del campo, pero siempre come con nosotros. Indicó con la cabeza hacia el Este y volvió junto a la cocina.

Linnea vio un rostro muy parecido al de Theodore, un poco mayor y con la línea del cabello que ya empezaba a retroceder. Tímidos ojos almendrados; nariz recta, atractiva, labios llenos… muy diferentes de los de su madre, que se reducían a una línea angosta. Al parecer, no se sentía capaz de mirarla a los ojos, ni podía dejar de mover los pies. Sobre la línea del sombrero se puso del color de las amapolas, mientras que debajo su cara era de color siena. Los ojos tímidos se posaron en cualquier lado menos en ella. Cuando fue presentado, hizo un brusco cabeceo y decidió ofrecerle la mano, pero la retiró a mitad del trayecto y la sustituyó por otros dos cabeceos- La mano de Linnea quedo colgando entre los dos hasta que, al fin, John la tomó entre sus enormes manazas y le dio una sola sacudida.

– Hola, John -dijo la muchacha con sencillez.

El hombre asintió, mirándose las botas.

– Señorita.

La voz retumbó suave, áspera y muy, muy baja, como un trueno que llegara del condado vecino.

También tenía la cara recién restregada para presentarse a cenar, y el cabello castaño con una onda en el centro. Llevaba unos desteñidos pantalones negros y tirantes rojos. El cuello de la camisa roja escocesa estaba abotonado hasta el cuello, lo que le confería un aspecto más bien triste, infantil para un hombre tan corpulento. En el mismo instante en que la mano enorme devoró la suya, Linnea sintió una oleada cálida y protectora. El único que no le había dirigido la palabra era Theodore, pero percibió que la observaba y decidió no dejarlo escapar tan fácilmente. Si creía que los modales eran innecesarios cuando una persona envejecía, le demostraría que uno nunca era demasiado viejo para ser cortés.

– Lo saludo otra vez, señor Westgaard. -Dándose la vuelta, lo miró directamente, sin darle otra alternativa que aceptar el saludo.

– Sí -fue todo lo que dijo, con tos brazos cruzados sobre la camisa azul y los tirantes negros.

Para fastidiarlo más, agregó, sonriendo con dulzura:

– Su madre me condujo a mi habitación y me hizo instalarme. Estaré muy bien ahí.

Como los demás lo miraban, Theodore no tuvo más remedio que tragarse una réplica punzante y refunfuñó:

– Bueno, ¿vamos a estar aquí parloteando toda la noche o vamos a cenar?

– La cena está lista. Sentémonos -repuso Nissa procediendo a colocar el último plato con carne sobre la mesa redonda de roble cubierta con un mantel níveo-. Esta será tu silla.

Nissa le indicó a Linnea la que estaba entre la suya propia y la de John, tal vez esperando que al haber un poco más de distancia entre Theodore y la muchacha disminuyese el antagonismo. Pero, por desgracia, los puso enfrentados y, ya antes de sentarse, la muchacha sintió que los ojos del hombre la asaeteaban con palpable desagrado.

Una vez que estuvieron todos sentados. Theodore dijo:

– Oremos.

Unió las manos, apoyando los codos a los costados del plato y apoyo la frente en los nudillos. Todos lo imitaron, incluso Linnea pero cuando la voz profunda empezó a recitar la plegaria abrió los ojos y, espiando entre los nudillos, miró sorprendida: la plegaria era pronunciada en noruego.

Con los pulgares apretados contra la frente, vio que las comisuras de los labios de Theodore se movían tras las manos unidas. ¡Para su horror, él también la espió a ella! Sus ojos se encontraron un instante, pero, por breve que fuera la mirada, la incomodó aún antes de posarse en la mano vendada. Sintiéndose culpable, cerró con fuerza los ojos.

Sumó su amén al de los demás, y antes de que pudiese, siquiera, retirar los codos del mantel se sucedieron las acciones más sorprendentes.

Como si el fin de la plegaria hubiese indicado el comienzo de una carrera, cuatro pares de manos arrebataron cuatro platos; cuatro cucharas golpearon contra los platos con estrépito. Luego, con la precisión de un ejercicio militar, los platos pasaban hacia la izquierda y cada uno de los Westgaard tomaba el que le llegaba desde la derecha. Linnea se quedó con la boca abierta y su demora en recibir la fuente con maíz que le pasaba John provocó una discontinuidad en el ejercicio, pues de pronto, todos los ojos se posaron en ella, que tenia las manos vacías, mientras que John hacía equilibrio con dos platos en sus enormes manos. Sin hablar, le tocó el hombro con la fuente de maíz y, mientras ella la aceptaba, la vista de Theodore se fijó otra vez en su mano vendada.

– ¿Qué le ha pasado? -le preguntó a su madre.

Esta se sirvió una porción de patatas en el plato.

– Rompió la jarra y la palangana que estaban en el cuarto de arriba y se cortó la mano recogiendo los trozos.

¡Como se atreven a hablar de mí como si yo no pudiese responder por mí misma! Linnea se sonrojó y cuatro pares de ojos se volvieron a ella y examinaron la mano izquierda vendada que sostenía el cuenco con maíz.

La ronda se reanudó, y cuencos y cucharas pasaban bajo sus narices, hasta que, al fin, terminó con la misma brusquedad con que había comenzado: cuatro pares de manos apoyaron los correspondientes platos; cuatro cabezas se abatieron sobre los platos; cuatro intensos noruegos empezaron a comer con una concentración tan grosera que no pudo menos que observarlos, boquiabierta.

Fue la última en recibir una fuente y se sintió observada como un payaso en una función- ¡Bueno, los modales eran los modales! Y ella estaba dispuesta a desplegar los que le habían marcado a fuego toda la vida y ver si un buen ejemplo podía desconcertar a esos cuatro.

Terminó de llenar su plato y. sentada correctamente, usó a ritmo tranquilo el tenedor y el cuchillo para comer unos deliciosos filetes de carne vacuna acompañados de una deliciosa salsa sazonada con pimienta de Jamaica. Cuando no usaba el cuchillo, lo dejaba apoyado en el borde del plato, como correspondía. Completaron la comida patatas, maíz, ensalada de col, pan, manteca y varios entremeses.

¡Toda la familia Westgaard engullía con el cuello estirado!

Y los ruidos eran horrorosos.

Nadie pronunció palabra y todos se limitaban a hundir las cucharas en los platos y apalear hasta que empezaron a vaciarse y uno por uno pidieron otra vez que les pasaran las fuentes. ¡Lo hacían con las maneras del hombre de las cavernas!

– ¡Patatas! -exigió Theodore-

Con disgusto, Linnea observó cómo John le pasaba las patatas sin levantar casi la vista de su plato, del que recogía con esmero la salsa con una rebanada de pan, que luego embutía en la boca con los dedos.

Un instante después, siguió Kristian:

– ¡Carne!

La abuela empujó la fuente de carne desde el otro lado de la mesa, y a la única que le pareció mal el modo en que lo hizo fue a Linnea. Los minutos pasaban y seguían oyéndose gruñidos y sorbetones.

– ¡Maíz!

Linnea no advirtió que se había demorado hasta que alzó la vista del plato: todos estaban mirándola.

– He dicho maíz -repitió Kristian,

– ¡Ah, maíz!

Tomó la fuente y la pasó al otro lado de la mesa, demasiado perpleja para aludir al tema de los modales esa primera noche en su nuevo hogar.

Buen Dios, ¿así comerían siempre?

Se dedicaron a segundas raciones y así le dieron tiempo para estudiarlos uno por uno.

Nissa, con sus pequeñas gafas ovaladas, la cabeza gris y la nariz respingona, también tenía la cabeza inclinada sobre el plato. Aunque como madre había fallado en inculcarles modales a sus "muchachos", era indudable que tenía control sobre ellos, Linnea estaba segura de que si esa mujer no le hubiese dado la bienvenida ella no habría estado sentada en ese momento cenando con ellos.

John. Con él al lado, se sentía como una enana. La manga rota de la camisa estaba apoyada sobre la mesa y los hombros anchos se encorvaban hacia delante como un yugo. Recordó la renuencia a estrecharle la mano. El rubor que le subió al rostro cuando la saludó con un "Señorita". Jamás tendría que temerle.

Kristian. No se le habían escapado las miradas furtivas que le lanzaba mientras comían. Lo hizo desde que se sentaron. ¡Era tan grande…! ¡Tan adulto! Qué raro sería ser maestra de un joven que le llevaba media cabeza, y que tenía hombros tan anchos como un percherón… Nissa lo había mencionado como "el hijo de Theodore", pero era tan niño como el tío o el padre y era evidente que se había enamoriscado de inmediato de ella. Tendría que cuidar de no alentarlo de ninguna manera.

Theodore. ¿Qué era lo que hacía a un hombre tan agrio y difícil de tratar? Mentiría si dijera que no le inspiraba temor. Pero nunca le permitiría saberlo aunque viviese en esa casa durante cinco años y tuviese que luchar contra él con uñas y dientes todo el tiempo. Dentro de cada persona dura había una tierna; encuéntrala y hallarás su alma. Sin duda, esa sería una tarea difícil con Theodore, pero tema intenciones de intentarlo. Inesperadamente él alzó la vista, la miró a los ojos y ella descubrió, sobresaltada, que no era un hombre viejo. Los ojos castaños eran diáfanos y sin arrugas, salvo una sola línea blanca en cada comisura. Vio en esos ojos inteligencia y hostilidad y se preguntó qué haría falta para nutrir a una y ahogar la otra. Si bien el cabello no tenía el color del centeno al atardecer, como ella había imaginado, era castaño, espeso y, a medida que iba secándose después de haber sido alisado con agua, se proyectaba hacia la frente en rizos caprichosos. Tampoco tenía una nariz demasiado grande. Era recta, atractiva y bronceada, como el resto de la cara hasta unos milímetros de la raíz del cabello, donde una banda blanca lo identificaba como granjero que trabaja al sol. A diferencia de John, usaba el cuello de la camisa abierto. Dentro, el cuello era vigoroso. Empecinado, se negaba a interrumpir el contacto visual con ella; entonces Linnea se sintió incómoda y bajó la vista a los brazos de él. A diferencia de los de John, estaban descubiertos hasta la mitad del antebrazo. Las muñecas eran estrechas, lo que hacía parecer más poderosos las manos y los brazos, que se ensanchaban hacia arriba y abajo. ¿Tendría cuarenta años? Todavía no. ¿Treinta? Era más probable. Debía ser, puesto que tenía un hijo de la edad de Kristian. Luego, con un suspiro quedo, llegó a la conclusión de que debía de estar en lo cierto: su edad estaría entre los treinta y cuarenta años, y eso era mucho.

Al alzar otra vez la vista, lo encontró con la cabeza gacha, comiendo, pero con la mirada todavía clavada en ella. Sonrojada, miró alrededor y vio que Kristian había estado observándolos a los dos. Le dedicó una rápida sonrisa y dijo lo primero que se le ocurrió:

– De modo que serás uno de mis alumnos, Kristian.

Todos los presentes dejaron de masticar y se hizo un abrupto silencio. La miraron como si le hubiesen salido colmillos. Sintió que se ruborizaba, sin saber bien por qué.

– ¿He dicho algo malo?

El silencio se estiró, hasta que al fin Kristian respondió:

– SÍ. Quiero decir que no ha dicho nada malo y que sí, será mi maestra.

Todos reanudaron la comida, bajando la vista a los platos, mientras Linnea reflexionaba en medio del silencio. Una vez más lo rompió.

– Kristian, ¿en qué grado estás?

Una vez más se detuvieron sobresaltados por la interrupción. Echando una mirada furtiva alrededor, Kristian contestó:

– En octavo.

– ¿Octavo? -Debía de tener, al menos, dieciséis años.- ¿Perdiste algún año… quiero decir, estuviste enfermo o algo así?

Con ojos dilatados, fijos, la miró y el color le subió desde la barbilla.

– No- No perdí ni un año.

– Ningún año.

– ¿Cómo dice?

– No perdí ningún año -lo corrigió.

Por un momento, el muchacho pareció perplejo, pero luego se le iluminaron los ojos y dijo:

– ¡Ah! Bueno, yo tampoco.

Linnea notó que todos la miraban, pero no pudo imaginar qué era lo que los asombraba tanto. Lo único que hacía era llevar adelante una conversación cortés, como se acostumbraba en la cena. Pero ninguno de ellos tuvo la gentileza de recoger el guante que ella arrojaba. Lo que hicieron fue guardar silencio y seguir llenándose los gaznates: lo único que se oía era el ruido de la masticación.

Theodore habló una vez, cuando se vació su plato. Se echó atrás en la silla, expandió el pecho y preguntó:

– ¿Qué hay de postre, ma?

Nissa llevó budín de pan. Linnea vio, estupefacta, cómo esperaban en silencio a que se lo sirviera y volvían a comer con renovado interés.

Miró alrededor, estudiándolos y por fin comprendió: comer era algo muy serio para ellos- ¡Nadie profanaba con parloteos el sacrosanto acto de alimentarse!

Jamás la habían tratado con tanta grosería en la mesa- Cuando terminó la comida, la rodeó un coro de eructos y a continuación todos se recostaron y se hurgaron los dientes ante las tazas de café.

¡Ni uno se disculpó! ¡Ni siquiera Nissa!

Se preguntó cómo reaccionaría la anciana si le pedía que, en adelante, le llevase una bandeja a su cuarto. Realmente le desagradaba comer con ellos y oírlos comportarse como cerdos en un abrevadero.

Pero, al parecer, en ese momento había acabado el ritual inviolable.

Theodore empujó la silla hacia atrás y le habló:

– Mañana querrá ver la escuela.

Lo que en realidad quería ver al día siguiente era el interior de un tren que la llevase de regreso a Fargo. Ocultó su desilusión y respondió con todo el entusiasmo que pudo:

– Sí, me gustaría ver con qué libros cuento para trabajar y qué elementos necesito pedir.

– Ordeñamos a las cinco y desayunamos inmediatamente después. Esté lista para irnos en cuanto hayamos terminado el desayuno- No puedo perder el tiempo que destino a ir a los campos en mitad de la mañana para llevarla allí y no pienso darle ningún paseo.

– Tendré mucho gusto en caminar. Sé dónde está el edificio de la escuela.

El hombre sorbió el café, tragó con ruido y dijo:

– Me pagan por mostrarle la escuela al nuevo maestro e informarle cuáles son sus deberes en cuanto llega aquí.

La muchacha sintió que ese maldito rubor le subía por tas mejillas, por mucho que se esforzara en impedirlo. Y, aunque sabía que era preferible ignorar la provocación, no pudo:

– ¿Maestro?

– Oh… -Los ojos de Theodore recorrieron con insolencia su peinado torcido. – Maestra, lo había olvidado.

– ¿Eso significa que me quedaré? ¿O sigue pensando en dejarme en la casa de Oscar Knutson cuando logre encontrarlo?

Con movimientos lánguidos, Theodore se reclinó, cruzó el tobillo sobre la rodilla de la otra pierna y manipuló el mondadientes de manera que le levantaba el labio superior, sin dejar de observarla y sin sonreír. Al fin, dijo:

– Oscar no tiene ningún sitio para usted.

– No tiene sitio para mí.

Se le escapó antes de que pudiese controlar las ganas de bajarle un poco la cresta.

El hombre se sacó lentamente el mondadientes de la boca y el labio volvió a su lugar, pero se afinó en un gesto de rabia, y Linnea vio con satisfacción, que el sonrojo también invadía su rostro. Y, aunque sabia que él había entendido a la perfección que le corregía la manera de hablar, no pudo resistirse a añadir el insulto a la injuria:

– No y ningún son doble negación y, por lo tanto, es incorrecto decir que Oscar no tiene ningún sitio. No tiene sitio.

La banda blanca que le atravesaba la frente se puso de un rojo intenso y se levantó de un salto, haciendo rascar las patas de la silla contra el suelo de madera al tiempo que le apuntaba a la nariz con un dedo largo y grueso:

– ¡Desde luego que no lo tiene, así que tengo que cargar con usted! ¡Pero no se me cruce en el camino señorita, me entiende!

– ¡Theodore! -exclamo la madre, aunque el hijo ya salía dando un portazo.

Cuando se fue, el silencio en la mesa fue mortal, y Linnea sintió que lágrimas de mortificación le hacían arder los ojos. Miró las caras que la rodeaban: las de Kristian y las de John estaban rojas como remolachas. La de Nissa, en cambio, blanca de ira y miraba hacia la puerta.

– Ese muchacho no conoce para nada los modales… ¡mira que hablarte así! -se indignó.

– Yo… lo siento. No debería haberlo provocado. Ha sido culpa mía.

– No, no es así -replicó Nissa, levantándose para empezar a despejar la mesa con movimientos airados-. Es que se puso mal por dentro cuando… -Se interrumpió de repente y echó una mirada a Kristian, que tenía la vista fija en el mantel.- Oh, es inútil tratar de enderezarlo ahora -concluyó, mientras se alejaba.

Para sorpresa de Linnea, John fue el único que hizo un gesto conciliatorio. Inició el movimiento como para tocarle el brazo y tranquilizarla y retiró la mano, indeciso, pero le dijo con su voz de bajo y su pronunciación lenta:

– Oh, no quiso decir nada con eso, señorita.

Ella lo miró con expresión amistosa y comprendió, en cierto modo, que la breve frase tranquilizadora de John representaba toda una oración para él. Lo tocó suavemente en el brazo.

– Trataré de recordarlo la próxima vez que cruce espadas con el. Gracias, John.

La mirada del hombre se posó en los dedos de la muchacha y se sonrojó intensamente. Linnea se apresuró a retirar la mano y se volvió hacia Kristian.

– Kristian, ¿te molestaría llevarme a la escuela mañana? Así no tendré que molestar a tu padre.

Los labios del muchacho se abrieron, pero no salió sonido alguno. Le echó una rápida mirada a su tío sin encontrar en él ninguna ayuda a lo que lo incomodaba y, al fin, tragó, dibujó una amplia sonrisa y se ruborizó todavía más.

– Sí, señora.

Aliviada, suspiró sin advertir que había estado conteniendo el aliento.

– Gracias, Kristian. Estaré lista en cuanto acabemos de desayunar.

El muchacho asintió y vio que se levantaba para recoger algunos platos.

– Bueno, será mejor que le eche una mano a Nissa con la vajilla.

Pero antes de que pudiese ponerse de pie, esta la rechazó.

– ¡Las maestras no limpian! -le informó-. Las tardes son tuyas. Las necesitarás para corregir tareas y todas esas cosas.

– Pero todavía no tengo nada que corregir.

– ¡Vete! -la espantó con la mano, como si fuese una mosca-. Quítale de en medio. Yo me ocuparé de la vajilla, como siempre he hecho.

Linnea vaciló:

– ¿Seguro?

Nissa la miró por debajo de las gafas ovaladas, mientras recogía tazas y platos vacíos.

– ¿Te doy la impresión de ser una persona que no está segura de las cosas?

Eso la hizo sonreír otra vez.

– Muy bien, le prometí a mi madre que le escribiría apenas llegase para informarle si había llegado sin dificultades.

– ¡Bien, bien! Ve a hacer eso.

Arriba, encendió la lámpara de petróleo y contempló otra vez el cuarto, pero la decepcionó igual que antes. Nissa había sustituido el conjunto de jarra y palangana por un lavabo moteado de azul. Al verlo volvió a sentir decepción, no sólo con respecto al cuarto y a la familia Westgaard, sino también con respecto a ella misma. Lo que más quería era comportarse como una persona madura: se había prometido muchas veces dejar atrás esos arranques infantiles y caprichosos que siempre la metían en problemas. Pero no llevaba allí ni media hora, cuando armó el primer lío. Contuvo las lágrimas.

De su primer salario de treinta dólares mensuales tendría que restar el coste de la jarra y la palangana, pero lo peor era que se había comportado como una tonta. Eso ya era bastante duro de afrontar para, además, tener que soportar el antagonismo de Theodore a cada paso. ¡Ese sujeto era despreciable!

"Olvídalo", se dijo. "Todos te dijeron que hacerse adulto no era fácil y estás descubriendo que tenían razón."

Para quitarse a Theodore de la cabeza, tomó papel y lápiz de una caja de madera y se sentó sobre la cama.

Queridos madre y padre. Carne y Pudge:

He llegado sana y salva a Álamo. El viaje en tren fue largo y sin incidentes. Cuando llegué, oteé el horizonte en busca de la ciudad, pero, para mi abatimiento, sólo vi tres silos y un puñado de construcciones lamentables que no podría calificar de "ciudad". Sí, papi, ya sé que me habías advertido que sería pequeña… ¡pero no esperaba esto!

En la estación me esperaba el señor Westgaard, que me acompañó hasta su granja. Parece que es inmensa, como la mayoría de las de aquí, tan grande que tratamos de encontrar a uno de los vecinos trabajando en el campo y no pudimos. El señor Westgaard -.su nombre de pila es Theodore- vive con su madre, Nissa (una pequeña tromba con piernas torcidas que me cayó bien de inmediato), su hijo, Kristían (que será mi alumno de octavo grado, aunque me lleva una cabeza de altura), y su hermano, John (que hace todas sus comidas en la casa, pero el resto del tiempo vive en su propia granja, que está al otro lado del camino, hacia el Este).

La primera cena fue una delicia, con filetes en salsa, patatas, maíz, pan y manteca y budín de pan y otras exquisiteces que no había visto en mi vida, y después Nissa no me permitió tocar un plato… ¡Carrie y Pudge, sé que os pondréis verdes de envidia porque ya no tengo que lavar la vajilla nunca más! Y ahora estoy instalada en mi dormitorio privado, donde nadie me pide que apague la luz cuando aún tengo ganas de leer un rato más. Imaginaos: un cuarto para mí sota por primera vez en mi vida.

Entonces echó un vistazo alrededor, alzó la vista hacia las vigas desnudas del techo, miró la ventana diminuta y la cómoda donde estaba el nuevo lavabo. Recordó el entusiasmo intacto que sintiera durante el viaje en tren hacia el nuevo hogar y la instantánea decepción cuando Theodore Westgaard abrió la boca y declaró:

– ¡No pienso aceptar a ninguna mujer en mi casa!

Miró la carta, de la que había censurado todo vestigio de las desilusiones y temores de.sus primeras seis horas como "la nueva maestra" y de repente la palabra pareció aplastarla.

Se acurrucó hecha una bola y lloró, desdichada. "Oh, mamá, papá, os echo mucho de menos. Ojalá estuviese en casa con vosotros, donde a la hora de cenar todo es alegría, conversación y sonrisas afectuosas. Ojalá pudiese recoger el trapo de secar y quejarme a gritos por tener que ayudar a Carrie y a Pudge antes de obtener permiso para irme de la cocina. Quisiera que estuviésemos otra vez las tres juntas, hacinadas en nuestro pequeño y bonito dormitorio floreado y que vosotros dos os unieseis contra mí cuando yo quería dejar las luces encendidas un poco más." "¿Qué estoy haciendo aquí, en esta pradera olvidada de Dios, con una familia extraña, donde reina la rabia, la reticencia y un completo desprecio por los modales?" "Ojalá te hubiese hecho caso, papi cuando me dijiste que el primer puesto me quedara más cerca del hogar hasta que supiera cómo me sentaba la independencia. Si estuviese allí, estaría compartiendo esto contigo y con mamá, en lugar de ocultar mis penas y llorar en este pequeño cuarto del altillo."

Sin embargo, amaba demasiado a su familia para contarles la verdad y cargarlos con la preocupación por ella, sabiendo que no podían hacer nada para consolarla. Por eso, mucho más tarde descubrió que sus lágrimas habían caído sobre la tinta, dejando dos manchas azules y, entonces, con gesto decidido, se secó los ojos y empezó la carta otra vez.

3

Tradicionalmente, el año escolar empezaba oficialmente el primer lunes de septiembre y Linnea había llegado el viernes anterior. Todavía no había amanecido el sábado cuando un ruido lejano la despenó y se esforzó por registrar el ambiente que la rodeaba, aún adormilada, en la esfumada luz de color lavanda que alumbraba el desván.

Por unos momentos se desorientó: sobre la cabeza veía las vigas del techo, sin terminar. Gimió y rodó sobre sí misma. Ah, sí… el nuevo hogar, en Álamo. No había dormido bien en esa cama extraña. Sintió la tentación de sumirse otra vez unos pocos minutos más, pero entonces oyó la actividad en la planta baja y recordó los sucesos del día anterior.

Bueno, señorita Brandonberg, arrastre sus huesos fuera de la cama y demuéstreles de qué madera está hecha.

El agua del lavabo estaba fría y sopesó el riesgo de toparse con Theodore o con Kristian si bajaba a entibiarla. Tal vez nadie hubiese encendido el fuego aun: echó un vistazo por la ventana y se convenció de que era muy temprano. Mirando el tubo de la estufa, se escabulló de la cama y lo tocó. Ah, hacía rato que había alguien levantado. Se puso una bata de franela azul abotonada hasta el cuello, se la aló en la cintura y tomando la palangana bajó las escaleras.

Pese a que trató de no hacer ruido, los peldaños crujieron. La cabeza de Nissa asomó por el vano de la puerta. Ya tenía el cabello recogido en ese moño pequeño y tirante y llevaba un delantal blanco almidonado que fe llegaba al tobillo, sobre un práctico vestido de un gris desteñido con flores rojas.

– ¿Ya estás levantada?

– No… No quiero que, esta vez, nadie esté esperándome.

– El desayuno no estará listo hasta dentro de una hora por lo menos. Los muchachos tienen que ordeñar diez vacas.

– ¿Acaso ellos…? -Mirando por encima de la cabeza de la mujer, apretó más la palangana contra la cadera-. ¿Ya están afuera?

– No hay moros en la costa. Puedes bajar. -Nissa fijó sus ojos en los pies desnudos de la joven-. ¿No tienes zapatillas?

Linnea enderezó los pies y se los miró.

– Me temo que no.

No quería decir que en su casa le bastaba con recorrer parte del pasillo para llegar al cuarto de baño.

– Bueno, sin duda tendré que ponerme a trabajar con las agujas de tejer a la primera oportunidad. Baja, a ver si te caes de ahí. En el tanque hay agua caliente.

Nissa le agradaba, pese a sus modales bruscos y autoritarios. Con ella dentro, la cocina se le hacía acogedora. Como era su costumbre, giraba de un lado a otro y le recordaba el vuelo errático de un jilguero… abalanzándose hacía un lado y hacia otro, con giros tan repentinos que daba la impresión de que no había terminado una tarea cuando ya emprendía otra.

En un solo movimiento levantó la tapa de hierro de la inmensa estufa que dominaba el recinto, echó una palada de carbón que sacó de un cubo junto al artefacto, cerró la tapa y dio la vuelta hacia la despensa. Observándola, la joven se mareaba.

En un instante, volvió como una exhalación, señalando un cubo de agua sobre una mesa larga arrimada a la pared.

– ¡Ahí tienes! ¡Usa el cazo y emplea lo que necesites! ¡Cuando se trata del baño de la maestra, no me fijo en gastos!

Riendo, Linnea pensó que, si bien tenía que lidiar con ciertos temperamentos irritables, Nissa la compensaba ampliamente. De nuevo en la planta alta. Ya lavada, habiéndose quitado la venda de la mano, con el cabello peinado en una trenza impecable en la parte de atrás de la cabeza, recuperó el optimismo.

Tenía cinco conjuntos de ropa; el traje de viaje de lana gris oscuro con la blusa de seda granate, una falda castaña de tela de Manchester, con el ruedo bordeado de terciopelo y una blusa blanca para hacer contraste; una falda de sarga de Oxford verde oscuro con tres tablas invertidas en la trasera y una blusa escocesa Black Watch; un vestido azul marino, con el cuello adornado con un bies blanco alrededor, y una falda gris y una blusa blanca lisa, sin más volantes que un par de frunces que caían en ángulo hacia dentro desde el hombro hasta la cintura.

El traje era para los domingos, nada más. El vestido le daba una apariencia infantil. La tela de Manchester era demasiado calurosa para esa época. Y reservaba la falda verde nueva para el primer día de clase, porque había sido un regalo de sus padres y era su atuendo más adulto. Por eso decidió ponerse la práctica falda gris con la sencilla blusa blanca. Cuando terminó de vestirse, se observó con ojo crítico.

El cabello estaba perfecto. La falda, seca. Ya no tenia la venda. La vestimenta, sensata, sobria, casi propia de una matrona. ¿Qué defecto podría encontrarle él?

De pronto comprendió lo que estaba pensando y su barbilla se proyectó en un ángulo empecinado. "¿Por qué tengo que preocuparme de lo que opine un viejo gruñón como Theodore? ¡Es el patrón de mi hospedaje, no de mi persona!"

Volvió a bajar y se encontró con que el desayuno estaba cociéndose y la mesa puesta, pero los hombres aún no habían llegado.

– ¡Bueno, caramba! ¡Qué guapa estás!

– ¿Sí? -Linnea se alisó la delantera de la blusa blanca y miró a Nissa, titubeante-. ¿Parezco lo bastante mayor?

La mujer disimuló la sonrisa e inspeccionó atentamente a la muchacha por encima de las gafas de montura metálica.

– Oh, claro que pareces mayor. Bueno, yo diría que pareces tener por lo menos…, eh… diecinueve.

– ¡No me diga!

A duras penas, Nissa contuvo la risa ante la expresión complacida de la chica, y esta habló en tono bajo, confidencial:

– Le diré una cosa, Nissa. Desde que vi a Kristian he estado bastante preocupada: no me gustaría parecer más joven que mis alumnos.

– Oh, vamos -protestó la anciana, bajando la barbilla-. Con esa falda tan planchada podría echarte hasta veinte años. A ver, vuélvete, déjame mirarte por detrás. -Linnea giró lentamente, mientras Nissa se frotaba el mentón con aire atento-. ¡Sí! ¡Veinte años, seguro! -mintió.

La muchacha se puso radiante, pero, enseguida, sustituyó la sonrisa por una expresión más sobria, apoyó las manos en la cintura y parecía como si tuviese que confesar un crimen horrible:

– A veces tengo… bien, un pequeño problema. Me refiero a comportarme como una persona mayor. Mi padre solía reprenderme por ser tan soñadora y olvidar lo que estaba haciendo, Pero desde que he pasado por la Escuela Normal he estado esforzándome mucho por parecer madura y por no olvidar que soy una dama. Creí que la falda contribuiría a eso.

La joven conmovió a Nissa: ahí estaba, ataviada con ropa de persona mayor, tratando de comportarse como si ya estuviese lista para enfrentarse al mundo, cuando en cambio era evidente que estaba muerta de miedo.

– Supongo que debes echar de menos a tu familia. Nosotros somos desconocidos y tienes que habituarte a muchas cosas.

– ¡No! Quiero decir que… bueno, sí, claro que los echaré de menos, pero…

– Recuerda esto -la interrumpió Nissa-. No hay nada más terco ni cabeza dura que una banda de noruegos. Y son mayoría por aquí. ¡Pero tú eres la maestral Tienes un certificado que asegura que eres más inteligente que todos ellos, así que, si empiezan a ponerse insolentes, mantente firme y escúpeles en los ojos. ¡Eso sí lo respetarán!

"¿Ponerse insolentes?", se lamentó Linnea para sus adentros. "¿Acaso todos serán como Theodore?"

Como si su pensamiento lo hubiese materializado, entró Theodore por la puerta, seguido de Kristian.

Al verla se detuvo un momento y luego fue hacia donde estaban el cubo y el lavabo. Kristian se detuvo en seco y la miró boquiabierto, sin disimulo.

– Buenos días, Kristian.

– Bue…buenos días, señorita Brandonberg.

– Por Dios, si que se levanta temprano.

Kristian se sintió como si hubiese tragado una bola de algodón. No le salía una palabra y parecía haber echado raíces admirando el rostro fresco y joven de la maestra, el hermoso cabello castaño, toda acicalada y emperifollada con su falda y su blusa, que hacían parecer su cintura delgada como una rama de sauce.

– El desayuno está listo -informó Nissa pasando alrededor-. Dejad de parlotear.

Ante el lavabo, Theodore se enjabonó las manos y la cara, se enjuagó y, cuando se dio la vuelta con la toalla en la mano, vio a su hijo parado como un poste, contemplando boquiabierto a la señorita, que esa mañana parecía tener trece años. Incluso su forma de permanecer de pie era infantil, con los recatados zapatos plantados uno junto a otro. Sin embargo, el peinado no estaba mal, recogido de forma que acentuaba la longitud y la gracia del cuello.

Theodore censuró con firmeza el pensamiento y dijo:

– El lavabo es tuyo, Kristian.

Le dio otra vez la espalda a la maestra.

– Buenos días, Theodore -dijo ella, logrando hacerlo sentirse como un tonto por no haber saludado el primero.

Le dio la espalda.

– Buenos días. Veo que está lista a tiempo.

– Por supuesto. La puntualidad es la cortesía de los reyes -recitó, volviéndose hacia la mesa.

"¿La pun qué?", pensó Theodore, sintiéndose un ignorante, sabiendo que lo había puesto en su lugar con toda justicia mientras la veía sentarse.

– ¿John no ayudó esta mañana? -preguntó la joven, obligándolo a hablar aunque él no quería. Con una expresión agria en el semblante, Theodore se derrumbó en |a misma silla que había ocupado la noche anterior.

– John tiene su propio ganado que atender. Kristian y yo ordeñamos nuestras vacas y él, las suyas.

– Creí que tomaba todas sus comidas aquí.

– Llegará dentro de un par de minutos.

Nissa llevó una fuente con tocino fresco, otra con tostadas y cinco cuencos con algo que parecía papilla caliente. Mientras Theodore pronunciaba la plegaria -otra vez en noruego-, Linnea observó el contenido de su cuenco, preguntándose qué sería. No tenía olor, color ni atractivo alguno. Cuando acabó la plegaria, observó a los otros para ver qué tenía que hacer con esa mezcla pegajosa. Vio que untaban los suyos con abundante crema y azúcar y lo decoraban con manteca, de modo que los imitó y probó la mezcla con cautela.

¡Era delicioso! Tenía un sabor parecido al budín de vainilla.

John llegó poco después de comenzada la comida. Todos se saludaron, pero ella fue la única que hizo una pausa para agregar una sonrisa. El hombre se sonrojó y se sentó con torpeza en su silla, sin arriesgar otra mirada en dirección a la joven.

Igual que la noche anterior, la comida fue acompañada de fuertes chasquidos de lengua, pero nada de conversación. Para probar su propia teoría, Linnea dijo en voz alta y clara:

– Esto está muy bueno.

Todos se pusieron tensos y las cucharas se detuvieron a medio camino de las bocas. Nadie pronunció palabra. Al ver que las mandíbulas reanudaban el trabajo, preguntó a la mesa en general:

– ¿Qué es?

La miraron como si fuese bobalicona y Theodore rió entre dientes y engulló otro bocado.

– ¿Cómo que qué es? -Replicó Nissa-. Es romograut.

La joven ladeó la cabeza en dirección a Nissa.

– ¿Qué?

Esta vez, fue Theodore el que contestó:

– Romograut. -Señaló su cuenco con la cuchara-. ¿No sabe lo que es el romograut?

– Si lo supiera no habría preguntado.

– Ningún noruego necesita preguntar lo que es el romograut.

– Bueno, yo lo pregunto. Sólo soy noruega a medias… mi padre lo es. Como la que cocinaba era mi madre, la mayor parte de la comida era sueca.

– ¡Sueca! -exclamaron tres personas al unísono.

Si acaso existía algún noruego que no se consideraba mejor que cualquier sueco, no estaba en esa cocina.

– Es harina de cereal -le informaron.

Como tenían prisa por reanudar la tarea del día, al terminar la comida Linnea se ahorró la ronda de eructos. En cuanto cuencos y fuentes quedaron vacíos. Theodore empujó la silla hacia atrás y anunció, cortante:

– Ahora la llevaré a la escuela. Póngase las alas de pájaro si las necesita.

Su furia subió como una cometa en primavera. ¿Qué le pasaba a ese hombre que se complacía tanto en perseguirla? Por fortuna, en esa ocasión tenía preparada una respuesta que te encanto dar.

– No se moleste; le he pedido a Kristian que me lleve.

Las cejas de Theodore se elevaron, inquisitivas, y pasó la vista de uno al otro.

– Kristian, ¿eh?

La cara del muchacho se encendió como un faro y movió incómodo los pies.

– No tardaré mucho y me daré prisa para volver al campo en cuanto la haya dejado allí.

– Hazlo. Me ahorrarás la molestia.

Sin añadir palabra, salió de la casa. Linnea lo siguió con la vista con expresión irritada y cuando se volvió comprobó que Nissa la miraba con perspicacia, aunque sólo dijo:

– Necesitarás cosas de limpieza y una escalera para llegar a las ventanas y te preparé el almuerzo. Iré a buscarlo.

Kristian la llevó a la escuela en la misma carreta en la que ya había viajado. No habían avanzado tres metros por [a ruta, cuando ya se había olvidado por completo de Theodore. Era una mañana paradisíaca. El sol había ascendido en el cielo el ancho de un dedo y asomaba detrás de una cinta púrpura que lo dividía como una faja brillante, intensificando el color anaranjado con los rayos que pasaban por encima y por debajo. En ángulo oblicuo, iluminaban las crestas de los granos, confiriéndoles un luminoso dorado y convirtiendo al trigo en una masa sólida, inmóvil en el día sin viento. En el aire dominaba su fragancia. Y todo estaba tranquilo, quieto.

El canto del triguero llegó hasta ellos con la nitidez de un clarín y los caballos irguieron las orejas, pero siguieron avanzando con ritmo parejo. En un campo a la izquierda alzaban sus cabezas doradas varios girasoles.

– ¡Oh, mira! -Los señaló-. Girasoles. ¿No son hermosos?

Kristian la miró, interrogante: para ser maestra, no sabía mucho de girasoles.

– Mi padre los detesta.

Linnea se volvió hacia él, asombrada:

– ¿Por qué? Míralos, más altos que todos alzando sus caras hacia el sol.

– En esta zona son una peste. Si invaden un sembrado de trigo, uno no se libra más de ellos.

– Ah.

Siguieron avanzando. Después de un minuto, la muchacha dijo:

– Al parecer, tengo mucho que aprender acerca de granjas y cosas así. Tendré que confiar en ti para que me enseñes,

– ¡Yo!

Asombrado, volvió hacia ella los ojos castaños.

– Bueno, espero que no te moleste.

– Pero usted es la maestra.

– En la escuela. Fuera de la escuela, creo que tengo mucho que aprender de ti. ¿Qué es eso?

– Una especie de cardo -le respondió, siguiendo la dirección del dedo que señalaba hacia un retazo de flores verde claro.

– Ah. -Digirió la información y. tras un momento, agregó-: No me digas, Theodore también las aborrece, ¿verdad?

– Es una peste peor que los girasoles -confirmó.

Linnea las siguió con la vista, demorándose en las flores mientras la carreta seguía adelante.

– Pero se puede hallar belleza en muchas cosas, aunque sean pestes. Lo único que debemos hacer es mirar otra vez. Quizás haga que los niños dibujen y pinten los cardos antes de que llegue el invierno.

Kristian no supo cómo reaccionar ante una muchacha – ¿mujer?-a la que le parecían bellas esas flores. Toda la vida había oído maldecirlas y, por extraño que pareciera, se dio la vuelta y estiró el cuello para mirarlas. Linnea lo sorprendió, le dedicó una sonrisa radiante y el muchacho adoptó un aire confuso.

– Esa es la propiedad de John -le informó cuando pasaron ante ella.

– Eso me han dicho.

– Tengo tías, tíos y primos desparramados por toda la región -le contó, sorprendido de sí mismo, pues hasta el momento le había costado entablar conversación con las chicas-. Son como veinte, sin contar a los mayores.

– ¿Los mayores?

– Tíos abuelos. También tengo algunos.

– ¡Diablos! -exclamó-. ¿Veinte?

Kristian giró bruscamente la cabeza y sonrió. Jamás hubiese imaginado a una maestra de escuela diciendo diablos de ese modo.

La muchacha advirtió lo que se le había escapado y se tapó la boca con la mano. Y cuando advirtió que se había tapado la boca con la mano, se la apartó, se miró el regazo y se alisó nerviosa la falda.

– Creo que tendré que controlarme, ¿no? A veces olvido que ya soy maestra.

Por el momento, Kristian también lo olvidó. Era sólo una muchacha a la que quería ayudar a bajar de la carreta cuando entraron en el patio de la escuela. Pero nunca lo había hecho hasta entonces y no estaba seguro de cómo procedía un hombre en estas ocasiones, ¿Le diría que se quedara donde estaba mientras él daba la vuelta hacia su lado? ¿Y si se reía? Algunas de las chicas que conocía se habían reído de él… las chicas se reían de las cosas más insólitas. La perspectiva de tomar la mano de la señorita Brandonberg lo acaloraba y le producía un cosquilleo en el estómago.

Al fin, como se demoró demasiado pensando. Linnea saltó a tierra con agilidad, prometiéndose a sí misma que haría algo con respecto a los modales de los varones Westgaard, aunque fuese lo único que lograra en ese lugar.

Kristian sacó la escalera de la parte de atrás de la carreta y siguió a la joven, que llevaba un cubo y trapos, cruzando el terreno de la escuela.

Al llegar a la puerta, giró hacia el muchacho.

– ¡Oh, hemos olvidado la llave!

Él la miró, perplejo.

– La puerta no está cerrada con llave. Aquí nadie cierra con llave.

Inclinándose, apoyó la escalera contra la pared.

– ¿No?

Linnea miró otra vez hacia la puerta: en la ciudad, las puertas se cerraban con llave.

– No. Está abierto, puede entrar.

Cuando estiró la mano hacia el picaporte, su corazón dio un vuelco, expectante. Había esperado este momento durante mucho tiempo. Desde los ocho años sabía que quería ser maestra. Y no en una escuela de la ciudad sino en una como esta, donde el edificio fuese todo para ella, donde sólo ella tuviese la responsabilidad de la educación de sus discípulos.

Abrió la puerta y entró en un guardarropa: una habitación poco profunda que recorría todo el ancho del edificio, con suelo de madera sin acabar y una sola ventana en cada extremo. Al frente, dos puertas cerradas. A izquierda y derecha de las puertas, gastados bancos de madera y, sobre ellos, perchas de metal para colgar abrigos y chaquetas. En el rincón de la izquierda, el más alejado, una mesa cuadrada, pintada de azul claro y sobre ella un frasco de barro con el dibujo de unas alas rojas esmaltado en un lado y una espita de madera, similar a las de los barriles de vino. Bajo la espita el suelo estaba grisáceo por años y años de recibir gotas.

Miró hacia la derecha. En el rincón había una escoba y de un clavo colgaba por el mango de madera un gran cepillo. Alzó la vista: sobre su cabeza colgaba desde la cúpula la cuerda de la campana con un grueso nudo en la punta, enganchado de un clavo al costado de las puertas dobles pintadas de blanco, por las que se iba a la parte principal de la escuela.

Apoyó el cubo con movimientos lentos. También muy lentamente abrió las puertas y se quedó por un momento transportada. Reinaba el más absoluto silencio y era de lo más común. Pero olía a polvo de tiza y a desafío y, si bien Linnea Brandonberg pensaba como una niña con respecto a muchas cuestiones, asumió el reto con toda la responsabilidad de una adulta hecha y derecha.

– Oh, Kristian, mira…

El muchacho había visto el aula miles de veces y lo que observó fue a la nueva maestra que, con ojos ansiosos y dilatados, recorría el salón.

El sol se derramaba por las ventanas largas y estrechas, iluminando las hileras de pupitres atornillados a unas guías de madera. Entre las ventanas pendían lámparas con reflectores de hojalata. En el centro mismo había una estufa de hierro con dos quemadores y con su chimenea llamante reluciente, que atravesaba el techo de hojalata revestido de madera. En el frente del salón había una tarima elevada en la que, para decepción de la muchacha, no había escritorio sino una gran mesa rectangular donde sólo se apoyaba una lámpara de petróleo. Había una silla de madera y, tras ella, un pequeño anaquel con libros, cuyos volúmenes tenían los lomos desteñidos, hasta llegar a tonos pastel de rosado, azul y verde. Había un globo terráqueo, un mapa para enrollar -bien enrollado- y pizarras sobre la pared del frente, con bancos para declamación a cada lado.

El corazón se te aceleró de entusiasmo. Se parecía a miles de otras aulas en miles de pueblos rurales. ¡Pero era suya!

Señorita Brandonberg.

La idea la aturdió, y atravesó el salón a lo largo, haciendo levantar una fina capa de polvo con las faldas. Sus pisadas asustaron a un ratón que iba corriendo hacia ella y que se precipitó en la dirección contraria.

Linnea se detuvo, sobresaltada, y respiró profundamente.

– ¡Oh, mira! Parece que tenemos compañía.

Kristian no había visto nunca a una muchacha que no gritara ni se asustase al ver un ratón.

– Traeré una trampa de casa y la pondré aquí.

– Gracias, Kristian. Me temo que, si no lo hacemos, se comerá los libros y los papeles… si no lo ha hecho ya.

Eligió un libro al azar, de los que había en el estante y lo abrió por cualquier página. "Petróleo", decía. Sin hacer caso de los agujeros que el ratón había dejado en los bordes de las páginas y, de cara a Kristian, leyó en voz alta:

– "La observación de Horace Greeley: aquel que hace crecer dos hojas de hierba donde antes crecía una es un benefactor de la humanidad guarda analogía con la afirmación de que aquel que aumenta, en la práctica, el término de la vida humana, acrecentando las horas en que el hombre puede trabajar o disfrutar, también es un benefactor. El curso del siglo diecinueve está marcado por gran cantidad de invenciones, descubrimientos y mejoras tendentes a promover la civilización y la felicidad humanas en mayor medida que cualquier otro período anterior y quizá no haya ningún otro aspecto más significativo o beneficioso que la mejora en los métodos para iluminar nuestras moradas, que ha permitido la divulgación de su uso a través de la practicidad de un gran generador de luz: el petróleo.

Cerró el libro de golpe y el sonido retumbó en el salón, mientras la chica, erguida como una espada, hacía una honda inhalación. Kristian la contemplaba, preguntándose cómo era posible que una persona aprendiese a leer semejantes palabras y mucho menos entender su significado. Llegó a la conclusión de que jamás había conocido a una muchacha más inteligente ni más bella en su vida y hasta le agradó la sensación de cosquilleo en el estómago que le provocaba.

– Me encantará trabajar aquí -dijo con tranquila intensidad, clavando en el muchacho una radiante mirada de ojos azules, desbordante de firmeza.

– Sí, señora -respondió Kristian, porque no se le ocurría ninguna otra cosa-. Le mostraré lo demás y después tendré que volver a los campos.

– ¿Lo demás?

– La parte de afuera. Venga- Dándose la vuelta, la precedió hacia la salida.

– Kristian.

Al oírla, se dio la vuelta.

– Nunca es tarde para empezar a enseñamos mutuamente, ¿verdad?

– No, señorita Brandonberg, creo que no.

– Bueno, entonces empecemos con la regla más antigua: las damas primero.

El rostro del muchacho se tornó del color de las rosas silvestres y metiéndose el pulgar en el bolsillo trasero del pantalón, retrocedió dejándola pasar primero. Mientras salía, Linnea le dijo con amabilidad:

– Gracias, Kristian. Puedes dejar la puerta abierta: dentro de ese salón hay olor a cerrado.

Afuera, le enseñó la bomba y el cobertizo para carbón, ahora vacío y no mayor que un alero que sobresalía de la pared Oeste de la construcción.

los sembrados de trigo ocupaban el terreno de la escuela por el Norte y el Este. Hacia el Oeste había una hilera de altos álamos, detrás de la cual estaban las letrinas de madera, con mamparas enrejadas en la entrada. En el patio de juegos había dos columpios de cuerda colgados de un grueso travesaño de madera y un balancín, también de confección doméstica, con una tabla sin desbastar- Del lado Este del edificio había un tramo llano, cubierto de hierbas que, al parecer, se usaba como campo de pelota. Después de haber explorado todo el patio de la escuela, Linnea alzó la vista hacia la cima de la cúpula y dijo, impulsiva:

– Toquemos la campana, Kristian, sólo para oír cómo suena.

– Yo que usted no lo haría, señorita Brandonberg. Si la tañe, todos los granjeros de los alrededores saltarán a sus vehículos y correrán a auxiliarla.

– Ah, ¿es una señal de auxilio?

– SÍ, señora. Igual que la campana de la iglesia, aunque esta se encuentra a unos cinco kilómetros en la otra dirección. Señaló al Oeste.

Linnea se sintió una chiquilla por haber hecho semejante sugerencia.

– En ese caso, tendré que esperar hasta el lunes. ¿Cuántos alumnos tendré?

– Oh, eso es difícil de calcular. Doce. Tal vez catorce. La mayoría son primos míos.

– Tu vida debe de haber sido muy diferente de la mía, con tanta familia cerca. Todos mis abuelos han muerto y no hay tíos ni tías en esta parte del país, así que somos mis padres, mis dos hermanas y yo, nada más.

– ¿Tiene hermanas? -le preguntó sorprendido.

Se sentía honrado de que le confiase algo tan personal.

– Dos. Una es de tu edad: Carrie. La otra, cuatro años menor. Se llama Pauline, pero está en esa edad en que las niñas a veces tienen ese aspecto rollizo. -Se puso en pose, inflando las mejillas con un gran sorbo de aire hasta que sus labios casi desaparecieron y se movió como si tuviese una gran barriga-. Por eso, la llamamos Pudge*. (* Pudge: gordezuela. (N. de la T.)).

Kristian rió y la muchacha lo imitó. No, él no sabía mucho de los cambios que sufrían las niñas, porque nunca les había prestado atención, salvo para eludirlas.

Hasta ese momento.

La señorita Brandonberg se puso seria y prosiguió:

– A mi hermana no le gusta que le gastemos bromas y creo que a veces exageramos un poco, pero tanto Carne como yo pasamos por la misma etapa y también tuvimos que soportarlas, la que no nos hizo daño.

– Oh, usted jamás era gorda.

– Fue gorda -lo corrigió automáticamente y agregó-: Oh, sí, lo fui. ¡Me alegro de que no me vieras en aquel entonces!

De repente, Kristian advirtió que hacía ya mucho tiempo que estaba allí, haraganeando, perdiendo el tiempo con ella. Echó un vistazo hacia los campos, enganchó los pulgares en los bolsillos traseros y tragó saliva.

– Bueno, si no necesita nada más, yo… tengo que volver para ayudar a papá y al tío John.

Linnea giró sobre sí y le hizo señas de que podía irse.

– Oh, claro, Kristian. Ya puedo arreglármelas perfectamente. Tengo mucho que hacer y estaré atareada. Gracias por traerme y por enseñarme el lugar.

Cuando el chico se fue, volvió adentro y se puso a trabajar, ansiosa. Pasó la mañana barriendo y fregando el suelo, quitando el polvo de los pupitres y lavando las ventanas. Al mediodía, hizo una pausa y se sentó en los escalones de entrada para ocuparse del almuerzo que Nissa la había preparado y puesto en un pequeño bote hecho con latas de melaza.

Mordisqueando un delicioso emparedado hecho con cierta carne misteriosa que hasta entonces no había probado, se relajó al sol soñando con el lunes, con lo estupendo que seria cuando estuviese al frente de su primer grupo de niños. Imaginó que algunos estarían ansiosos y receptivos, otros, tímidos, necesitados de estímulo y otros, atrevidos, a los que tendría que poner límites.

Pensando en eso, recordó a John y a Theodore, tan diferentes entre sí. No estropees el día pensando en Theodore, se regañó. Sin embargo cuando fue hasta la bomba para servirse un trago de agua fría con que bajar el emparedado, sin darse cuenta echó una mirada al Oeste. Hasta donde alcanzaba la vista, los campos pertenecían a ellos dos. Allí, en alguna parte, debían de estar cortando trigo, junto con Kristian.

La tierra era vasta y casi sin árboles. Para algunos resultaría desolada, pero ella, contemplando el claro cielo azul y la llanura inmensa, sólo veía abundancia y belleza.

Su madre solía decir que tenía el don de ver el lado bueno de todo. Quizá tuviese que ver con su imaginación. En los peores momentos, siempre contaba con una vía de escape. Pero últimamente, en total acuerdo con su padre, su madre afirmaba que ya era hora de dejar atrás ese juego infantil. Lo que pasaba era que la fantasía era mágica, la llevaba a sitios que jamás vería de otra manera. Le hacia vivir sensaciones que jamás experimentaría de ningún otro modo. Y la hacía feliz.

Se enjugó el agua fría de los labios con el dorso de la mano y dio un paso de baile a través del patio. Se sentó de un salto en el columpio, haciéndolo moverse, impulsándolo hacia atrás y adelante, deslizándose otra vez en su mundo mágico.

– Bueno, hola, Lawrence. No esperaba volver a verle tan pronto. Lawrence estaba vestido como un dandy, con un elegante sombrero de paja, una camisa a rayas rojas y blancas y bandas rojas en las mancas. Con ese modo de pararse, todo el peso sobre una pierna y una cadera ladeada, solía provocarle un pestañeo agitado.

– He venido a llevarte a merendar al campo.

– Oh, no seas tonto… no puedo ir a retozar contigo por el campo. Tengo que enseñar en la escuela y, además, la ultima vez me metiste en un embrollo que tuve que explicar. Me quedé muy disgustada contigo.

Hizo el mohín más gracioso posible.

Lawrence pasó detrás del columpio y lo detuvo, poniendo las manos en su cintura, como para hacerla bajarse del asiento de madera.

– Conozco un sitio donde nadie nos encontraría -dijo en tono bajo e insinuante.

Linnea se aferró a las cuerdas y rió, provocativa, y su risa flotó a través del prado…

El inspector de escuelas Frederic Dahí guió su coche tirado por un caballo por el sendero de entrada a la Escuela Pública 28 y al hacerlo se topó con el cuadro más subyugante. Una esbelta joven ataviada con una amplia falda gris y blusa blanca se aferraba a la cuerda de un columpio que colgaba de muy alto y lo balanceaba como a una rosquilla, a izquierda y derecha.

Le pareció oír una carcajada que llegaba flotando sobre la hierba, pero, tras un rápido vistazo, comprobó que allí no había nadie más. El columpio se desenredó y la muchacha bajó las rodillas para hacerlo columpiarse, dejando luego caer la cabeza hacia atrás.

Estaba hablando con alguien, pero… ¿con quién?

Frenó al caballo, ató las riendas y se apeó del coche. A medida que se acercaba, comprobó que la muchacha era mayor de lo que había supuesto pues, aún con los brazos levantados, pudo distinguir la forma de los pechos.

– ¡Hola! -saludó en voz alta.

Linnea se irguió de golpe y miró sobre el hombro. ¡Diablos, sorprendida otra vez!

Se bajó de un salto, se alisó las faldas y se ruborizó.

– Estoy buscando al señor Brandonberg.

– Sí, al parecer todos lo buscan, pero tendrá que conformarse conmigo. Yo soy la señorita Brandonberg.

En el semblante del hombre se reflejó la sorpresa pero no el desagrado.

– Y yo soy el inspector Dahí. Cometí el error de no aclarar ese punto en nuestra correspondencia. ¡Esta sí que es una sorpresa agradable!

¡El inspector Dahí! A Linnea le ardió más la cara y empezó a enrollarse las mangas de la blusa.

– Oh, inspector Dahí, lo siento. ¡No me di cuenta de que era usted!

– He venido a traerle provisiones y a cerciorarme de que pueda instalarse sin dificultades.

– Oh, sí, por supuesto. Entre. Yo… -Rió, nerviosa y se señaló la falda un poco manchada-. Estaba limpiando y le pido que disculpe mi aspecto.

"¿Limpiando?", pensó el hombre mirando sobre el hombro, mientras se dirigían al edificio. Sin embargo, volvió a comprobar que no había ninguna otra persona. Dentro, había una escalera apoyada contra la pared y el suelo de madera todavía estaba húmedo. La muchacha giró hacia él, estrujándose las manos y exclamando:

– ¡Me encanta! ¡Es mi primera escuela y estoy entusiasmada! Quisiera darle las gracias por recomendarme al consejo escolar.

– Usted obtuvo su diploma, no me lo agradezca a mí. ¿Está conforme con su alojamiento en la casa de los Westgaard?

– Yo… eh… -No quería darle la impresión de que había empleado a una quejosa-. Sí, está bien. Está bien.

– Muy bien. Tengo la obligación de hacer una inspección anual de la propiedad en esta época, de modo que usted puede seguir trabajando y yo me reuniré con usted en cuanto termine.

Linnea lo vio alejarse, sonriendo al verdadero señor Dahí, que no se parecía en nada al vistoso enamorado que había imaginado. A duras penas medía un metro y medio de altura, era tan redondo como un barril de agua de lluvia y tan perfectamente calvo que parecía tonsurado. El redondel de cabello que le quedaba tenía un intenso color herrumbre, y se le adhería como una guirnalda festiva sobre las orejas.

Cuando el hombre salió, se apoyó un brazo en el estómago, se tapó la boca sonriente con la mano y ahogó unas risas.

Valientes caballeros de brillante armadura, los que usted imagina, señorita Brandonherg. Primero Theodore Westgaard y después, este.

El inspector inspeccionó la parte exterior del edificio, la carbonera y hasta tos retretes y luego entró otra vez para hacer lo mismo con el interior.

Cuando terminó, preguntó:

– ¿Le habló el señor Westgaard del carbón?

– ¿Carbón? -preguntó a su vez, desorientada.

– Desde que la nevisca del 1888 sorprendió a algunas escuelas sin preparar, se dictó una ley por la cual debe haber suficiente leña o carbón a mano "antes de principios de octubre, como para que alcance hasta la primavera.

Linnea no tenía ni idea de esa cuestión.

– Lo siento, no lo sabía- ¿Es el señor Westgaard el que provee el carbón?

– Hasta ahora lo ha hecho siempre por un arreglo que ha concertado con el consejo escolar. Pueden pagarle a quien quieran para que traiga el carbón, pero yo tengo el deber de asegurarme de que quede previsto.

– El señor Westgaard está trabajando en el campo. Usted podría encontrarlo y pedírselo.

El hombre anotó algo en un libro que llevaba y respondió:

– No, no es necesario. Dentro de dos semanas daré otra vuelta y tomaré nota para acordarme de comprobarlo en esa ocasión. Entretanto le agradecería que usted se lo recordase.

En realidad no quería recordarle nada a Theodore Westgaard, pero asintió y le aseguró al señor Dahí que se ocuparía del tema. El inspector le había llevado provisiones: tizas, tinta y un libro de registros flamante. Lo recibió con gesto reverente, acariciando la dura cubierta roja con la mano. Observándola, el inspector adivinó que, tras la muchacha frívola que había sorprendido soñando en el columpio cuando llegó, había una maestra devota.

– Como.sabrá, la escuela funciona desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, señorita Brandonberg, y entre sus tareas se incluyen encender el fuego para que la casa esté caldeada cuando lleguen los niños, mantenerla siempre limpia, apalear nieve si es necesario y convenirse en parte integrante de la comunidad de la región, al punto de conocer a las familias de los niños que serán sus discípulos. Esto último será lo más fácil: son buenas personas. Honestas, trabajadoras. Creo que tendrán una disposición cooperativa y útil hacia usted. Si alguna vez necesita algo y no puede comunicarse conmigo lo bastante rápido, pídaselo a ellos. Descubrirá que, en este pueblo, a nadie se respeta más que a la maestra.

"Siempre que sea hombre", pensó, aunque, por supuesto, no lo dijo. Se dijeron adiós, y Linnea vio cómo el señor Dahí volvía a montar en el coche. Pero, antes de que llegara, se protegió los ojos con la mano y lo llamó:

– Oh, señor Dahí.

– ¿Sí?

El hombre se detuvo y se volvió.

– ¿Qué les pasó a los maestros y a los alumnos que se quedaron sin combustible durante la nevisca de 1888?

Bajo el sol benévolo de comienzos del otoño, el inspector la miró a los ojos.

– ¿Cómo, no lo sabía? Muchos de ellos se congelaron y murieron, antes de que pudiese llegar el auxilio.

La sacudió un estremecimiento y recordó la advertencia de Theodore cuando se enfrentaron en la estación del tren.

– ¡Enseñar en una escuela no es sólo garabatear números en una pizarra, señorita! ¡Hay que caminar más de un kilómetro y medio y por aquí los inviernos son duros!

De modo que no había tratado de asustarla. La advertencia tenía fundamento. Dejó vagar la vista por las espigas que se mecían, tratando de imaginarse esas planicies cubiertas de nieve, el viento del Ártico silbando desde el Noroeste y a catorce niños cuyas vidas dependían de ella hasta que les llegase ayuda.

En tal situación, no podría buscar refugio en la fantasía. Tendría que apelar a toda su lucidez y mantener la cabeza calma si eso sucedía. Pero era difícil imaginarlo, de pie sobre los escalones, con el sol calentándole el cabello mientras las ardillas listadas jugaban al escondite en sus agujeros, los pájaros trigueros cantaban, los pinzones se alimentaban con semillas de cardo y las espigas se mecían lentamente.

Con todo, decidió hablar de inmediato con Theodore acerca del carbón y pedirle a Nissa algunas raciones de emergencia para almacenar en la escuela… por si acaso.

4

En ocasiones, Linnea recordaba que había guerra, pero la irritación o la fantasía romántica solían teñir esos pensamientos. La irritación sobrevenía cuando tenía que prescindir de las cosas que más le gustaban: azúcar, pan, carne asada y la fantasía romántica cada vez que pensaba en soldados despidiéndose con besos de sus amadas mientras el tren iba saliendo de la estación… en esas novias que recibían cartas arrugadas, manchadas, que desbordaban palabras de amor perenne… en enfermeras con cruces rojas en los chales, sentadas junto a los lechos de los heridos, sosteniéndoles las manos.

Ese día, cuando volvía caminando desde la escuela, recordó el conflicto que se desarrollaba en Europa. El presidente Wilson había instado a los norteamericanos a pasar "sin trigo y sin carne" un día por semana para contribuir a que las provisiones fluyesen hacia Francia. Mirando alrededor a las infinitas hectáreas de trigo y los grandes rebaños de vacas que veía a lo lejos, pensó: "¡Qué estupidez, nunca se nos acabará!"

Como siempre, hasta una reflexión tan breve con respecto a la guerra era demasiado inquietante, de modo que la apartó de su cabeza dejando lugar para ideas más gratas.

Las ardillas y los perros de la pradera se dedicaban con entusiasmo a sus juegos y era un deleite observar sus retozos y verlos escabullirse con gran barullo. Andando a paso vivaz, examinó la lista de clase que halló dentro del registro. Kristian no exageraba cuando le decía que la mayoría eran primos suyos. ¡De los catorce que integraban la lista, ocho eran Westgaard! Estaba impaciente por interrogar a Nissa acerca de cada uno de ellos y quiso llegar pronto a la casa.

Antes de cubrir la mitad de la distancia, comprendió que los zapatos nuevos eran bastante menos prácticos que elegantes. Le parecía sentir cada guijarro del camino a través de las suelas y los tacones le hacían torcer los tobillos cuando pisaba piedras.

Cuando al fin entró en el sendero de la casa, no sólo le dolían los píes sino que le había salido una ampolla en el izquierdo, donde la costura de unión del elástico y el cuero le rozaba el hueso del tobillo. Nissa la vio cojear y se asomó a la puerta de la cocina.

– ¿La caminata fue un poco más larga de lo que pensabas?

– Son los zapatos nuevos, que todavía me aprietan un poco.

La mujer los observó mientras Linnea subía los escalones y entraba en la cocina.

– Está bien que sean elegantes, pero aquí es preferible que sean fuertes.

– Empiezo a entenderlo -reconoció ella, derrumbándose en una silla con un suspiro de alivio.

Apoyó el tobillo sobre la rodilla e hizo una mueca. Nissa puso los brazos en jarras y sacudió la cabeza.

– Se te ha hecho una ampolla, ¿eh? -La muchacha levantó la cabeza y asintió, abatida-. Bueno, quítatelos y te echaré un vistazo.

Era difícil quitárselos, pues ajustaban más en el tobillo que botas nuevas de vaquero. Cuando terminó de forcejear y retorcer tos pies para descalzarse, Nissa reía, divertida.

– No sé cómo harías si tuvieses que quitártelos deprisa. ¿Tienes otros?

En el rostro de la muchacha apareció una expresión de pesar.

– Me temo que no.

– Bueno, me parece que será conveniente conseguir un par para ti.

Se apresuró a ir a su propio dormitorio y volvió con un par de gruesas zapatillas tejidas con lana negra y un catálogo de la compañía Sears Roebuck.

– Bien, veamos esa ampolla.

Para mortificación de la chica, los hombres volvieron del ordeñe justo cuando Nissa había ido a buscar gasa y ungüento para ponerle en la ampolla. Linnea estaba sentada con el pie descalzo apoyado en el regazo, examinando con cuidado la gruesa ampolla, cuando notó que alguien la observaba.

Al levantar la vista, se encontró con Theodore en la puerta, y vio que una de las comisuras de su boca se alzaba en un atisbo de diversión. Bajó el pie tan rápido que se le enredó en la falda larga, y oyó que se rompía la costura. La sangre se le agolpó en la cara y, cubriéndose un pie con el otro, miró desafiante al hombre.

– Vengo a buscar los cubos para la leche -fue lo único que dijo para luego entrar en la cocina y dirigirse a la despensa.

Llegó Nissa desde el dormitorio con un bote de ungüento, y se apoyó en una rodilla delante de Linnea. Theodore preguntó, saliendo de la despensa:

– ¿Qué le pasa?

– Se le ha hecho…

– ¡los zapatos nuevos me han hecho una ampolla! -replicó Linnea, va sin importarle que su cara estuviese roja y dirigiendo a Theodore una mirada furibunda-. i Y tengo un diploma de maestra de la Escueta Normal de Fargo, donde se afirma que soy perfectamente capaz de interpretar preguntas y responderlas yo misma, en caso de que le interese! -Irritada, arrebató el ungüento y la gasa de las manos de Nissa-. Yo puedo hacerlo sola, Nissa, gracias.

Con movimientos exasperados, quitó la tapa del bote, levantó la planta del pie y, sin hacer caso de testigos, se aplicó el ungüento.

Theodore y Nissa intercambiaron miradas sorprendidas. Luego la mujer se puso de pie, le entregó una aguja y le aconsejó, con sequedad:

– Ya que estás, convendría que la revientes antes de taparla.

Linnea aceptó la aguja sin levantar la vista más que hasta las manos de la anciana y luego se ocupó de la desagradable tarea. Nissa miró a su hijo y vio que observaba a Linnea con un sesgo divertido en la boca. Cuando Theodore alzó la vista, se topó con la de la madre y sacudió la cabeza como diciendo: "es un caso perdido", y salió de la casa balanceando los baldes a los costados.

Cuando se fue, el talón de la joven golpeó el suelo con ruido y su mirada furiosa se clavó en la puerta.

– ¡Ese hombre me irrita mucho! -De repente, advirtió que estaba hablando con su madre y se ablandó un poco-. Lo siento, Nissa, no debí haberlo dicho, pero es… ¡a veces es tan exasperante! ¡Yo sería capaz de… de…!

– No me ofendes. Di lo que tengas que decir.

– ¡Me hace sentir como si aún fuese una colegiala! -Abrió los brazos, expresando su enfado-. Es así desde el mismo momento en que me recogió en la estación y casi se burló de mi sombrero y mis zapatos. Me di cuenta de que me veía casi como a una niña vestida con ropa de mayor. ¡Bueno, pues no lo soy!

– Claro que no. Esto es sólo un infortunio, nada más. A cualquiera podría salirle una ampolla- No hagas caso de Teddy. ¿Recuerdas lo que te dije con respecto a lo tercos que son los noruegos y cómo debes tratarlos? Bueno, hazlo, Teddy lo necesita.

– Pero ¿por qué está siempre… de tan mal humor?

– Viene de hace mucho. No tiene nada que ver contigo. Es así, sencillamente. Y ahora, ponte esa venda acolchada y deja que yo vaya a preparar unos emparedados para esos dos. Cuando vienen, no les gusta perder tiempo.

Mientras Nissa preparaba los emparedados, Linnea le contó la visita del inspector Dahí y le leyó la lista de nombres del libro de tapas rojas, y la anciana le daba información sobre cada uno.

El primer nombre de la lista era Kristian Westgaard, de dieciséis años.

– A Kristian ya lo conozco -dijo Linnea-. ¿Qué me dice del siguiente… Raymond Westgaard de dieciséis?

– Es el hijo de Ulmer, mi hijo mayor. Et y Kristian son muy amigos. Mañana, en la iglesia, conocerás a Ulmer y a su esposa Helen, así como a todos los demás. Viven cerca del ayuntamiento,

Linnea leyó los dos nombres que seguían:

– Patricia y Paúl Lommen, quince años.

– Son los mellizos Lommen. Viven al otro lado de la propiedad de Ulmer. Esos dos son muy inteligentes. Siempre están compitiendo, cosa natural siendo mellizos. El año pasado. Patricia ganó el concurso de ortografía.

La muchacha anotó el comentario junto al nombre y siguió leyendo,

– Antón Westgaard, catorce años.

– Es el pequeño Tony. También es de Ulmer y Helen. Es tímido como el tío John, pero tiene un corazón inmenso. Sufrió fiebre reumática cuando era más pequeño y quedó un poco débil, pero de todos modos tiene una buena cabeza sobre los hombros.

Linnea anotó el nombre familiar y la información sobre la salud del niño,

– Alien Severt, quince años.

– Alien es el hijo del ministro. Vigílalo, es un pendenciero,

La maestra alzó la vista, con el entrecejo fruncido.

– ¿Pendenciero?

– A veces creo que está convencido de que puede salirse con la suya porque la única persona que aquí respetan más que al maestro es el ministro. Si los maestros que hemos tenido durante años le hubiesen dado su merecido y contado al reverendo Severt algunas de las diabluras de Alien, tal vez no se hubiese convertido en semejante problema.

– ¿Qué clase de diabluras?

– Oh, empujar a los más chicos, burlarse de las niñas de manera nada divertida… nada que se pudiese considerar grave. En lo que se refiere a cosas graves, es lo bastante hábil para borrar sus huellas de modo que no se le pueda acusar de nada. Pero conviene que lo vigiles. Es respondón y atrevido. A mí nunca me ha gustado mucho, pero ya te formarás tu propia opinión cuando lo conozcas.

Linnea le aseguró que lo haría y siguió con otro nombre:

– Libby Severt, once años.

– Es la hermana de Alien. Es bastante ignorada, porque Alien se encarga de atraer toda la atención de la familia. Parece una chica bastante agradable.

– Francés Westgaard, diez años.

– También es de Ulmer y Helen. Ella tiene un lugar especial en mi corazón y creo que es porque es más lenta que los demás. Pero jamás conocerás a una niña mejor dispuesta ni más cariñosa. Espera a que llegue la época de Navidad: será la primera en hacerte un regalo y será un regalo muy pensado.

Linnea sonrió y dibujó una flor junto al nombre.

– Norma Westgaard, diez años.

– Norma es hija de mi hijo Lars y de su esposa Evie. Es la mayor de los cinco y siempre está cuidando a los más pequeños como una madre. Más adelante, hallarás en la lista a Skipp y Roseanne, que son los hermanos menores de Norma.

Se quedó pensativa un momento y luego prosiguió, como respondiendo a una pregunta tácita.

– Creo que Roseanne comenzará la escuela este año. Todos son buenos chicos. Lars y Evie los criaron bien. como todos mis hijos.

La subjetividad de la abuela la hizo sonreír y bajó la cara para que no la viese. El siguiente nombre de la lista era Skipp, cuyo nombre unió con córcheles a los de los hermanos y comprobó que, además de Skipp, había otros dos de ocho años en la lista: los de tercer grado serían sus alumnos mayores.

– Bent Linder y Jeannette Knutson.

– Bent es hijo de mi hija Clara, la menor. Está casada con un buen muchacho llamado Trígg Linder y tienen dos más pequeños. Esperan el tercero para febrero. -La mirada de Nissa se volvió remota y sus manos se aquietaron un instante-. ¡Dios, cómo se va el tiempo! Me parece que fue ayer cuando la propia Clara terminó la escuela. -Suspiró-. Ah, bueno- ¿Quién sigue?

– Jeannette Knutson.

– Es hija de Oscar e Hilda… ¿los conoces? Él es el presidente del consejo escolar.

– Oh, claro. Y tengo dos de siete años: Roseanne y Sonny Westgaard,

– Primos. Ya te dije que Roseanne es hija de Evie y Sonny, de Ulmer. Se llama igual que su padre, pero siempre le decimos Sonny.

Las notas de Linnea empezaron a volverse confusas, como ella misma, y su expresión lo demostró.

Riendo, Nissa dejó un plato con emparedados sobre la mesa y volvió junto a la cocina, limpiándose las manos en el delantal.

– Lo entenderás mejor cuando los conozcas a todos. En muy poco tiempo los llamarás por sus nombres de pila y sabrás a qué familia pertenecen. Aquí todos conocen a todos y tú también los conocerás.

– Cuántos son nietos suyos -dijo Linnea, con cierto asombro en la voz.

– Trece. Serán catorce cuando nazca el de Clara. Siempre pienso cuántos más serían si John se hubiese casado y si Melinda no hubiera…

Pero en ese instante irrumpieron los hombres y Nissa cerró la boca. Dirigió una mirada cautelosa a Theodore y se apresuró a ir a la despensa a guardar el cuchillo de carnicero.

"¿Quién será Melinda?" se preguntó Linnea. "¿La esposa de Theodore? ¿La madre de Kristian?" ¿Sí Melinda no hubiera… qué?

Linnea observó con disimulo al padre y al hijo, que entraban. Intentó imaginarse a Theodore con una esposa. ¿Cómo sería? Teniendo en cuenta el cabello de Kristian, debía de ser rubia. Y supuso que debía de ser bella, a juzgar por los armoniosos rasgos del muchacho. ¿Kristian habría heredado de ella el labio inferior lleno y la boca bien formada? Muy probable, pues la de Theodore era bien diferente: ancha, muy definida pero no tan curvada. Costaba imaginarla sonriendo, pues ella jamás lo había visto hacerlo.

Desde donde estaba sentada, junto a la mesa, lo vio cruzar la cocina hacia el cubo de agua y observó la cabeza echada hacia atrás mientras bebía. De repente, él se dio la vuelta y la sorprendió. Las miradas se encontraron y Theodore dejó el cazo en e! cubo con gestos lentos y se secó la boca con el dorso de la mano, con gestos más lentos aún. En el pecho de Linnea pasó algo extraño. Una fugaz opresión, una tensión que la hizo bajar la vista hacia la lista de nombres en el libro que tenia abierto sobre la mesa de la cocina.

– Vengo a buscar los emparedados -dijo el hombre, sin dirigirse a nadie en particular. De golpe, apareció junto a ella, recogió el montón de gruesos emparedados y le dio dos a Kristian-. Vamos.

– Nos vemos en la cena -dijo el chico, desde la puerta y ella alzó la vista para devolverle la sonrisa.

– Sí, nos vemos en la cena.

Pero Theodore no saludó y se limitó a salir tras su hijo. Linnea se preguntó qué era lo que la había impactado. Conjeturó que podía ser incomodidad, pues, en cierto modo, ese hombre tenía la capacidad de sacudirla cada vez que los dos estaban a distancia suficiente para hablar.

Volvió Nissa, apoyó la cafetera en la parte más caliente de la cocina y echó un vistazo hacia la puerta por donde acababa de salir Theodore.

Para darse ánimo, Linnea hizo una inspiración profunda y preguntó:

– ¿Quién es Melinda?

– ¿Quieres encargar los zapatos o no?

Nissa indicó con un cabeceo el catálogo que estaba sobre la mesa.

– Dentro de un minuto… -Hizo una pausa y repitió, en voz baja-: ¿Quién es Melinda?

– Era la esposa de Teddy, pero a él no le gusta hablar de ella.

– ¿Por qué?

Nissa se quitó las gafas, las sostuvo por el puente y les echó el aliento Levantó el delantal y se concentró en limpiarlas, mientras respondía:

– Porque huyó dejándolo con un niño de un año y jamás volvimos a verla por aquí.

Linnea tuvo que esforzarse por ahogar una exclamación.

– ¿Co…con un niño de un año?

– Eso he dicho, ¿no?

– ¿Se refiere a Kristian?

– No veo a ningún otro hijo de Teddy por aquí, ¿y tú?

– ¿Quiere decir que ella… los abandonó?

En su interior algo se retorció, un apretujen de piedad, la compulsión de saber más.

Nissa se sentó y hojeó las gruesas páginas con el pulgar, buscando.

El catálogo se abrió. Se mojó un dedo y con dos pasadas encontró la página correcta.

– Estos son -Estiró el cuello para observar la fila de dibujos en blanco y negro, a través de las gafas limpias-. Estas botas de lluvia para dama, con cordones, son adecuadas. Estas te servirán.

Señaló la página con el índice. La piel de ese dedo estaba muy arrugada y ya no se enderezaba del todo. Con gesto suave, Linnea cubrió la mano de la anciana y habló con mucha dulzura:

– Me gustaría que me hablara de Melinda.

Nissa levantó la vista. Las gafas ovaladas agrandaban los opacos ojos castaños, acentuados por las arrugas de los párpados. Contempló a la Muchacha en silencio, como evaluándola. Llegó desde afuera el grito de un cuervo y el mido de los cascos de caballos que se alejaban. Miró hacia el patio de la granja, donde ya no se veía ni al padre ni al hijo y retiró la mano de la de Linnea para empujar el catálogo hacia atrás con los pulgares.

– Está bien. Si quieres saber, te contaré hasta donde sé. ¿Te molesta si primero me sirvo una taza de café?

¿Era su imaginación o Nissa parecía abatida por primera vez? Apoyando las manos en las rodillas se puso de pie, encontró una taza y la llenó. Cuando volvió a la mesa, no era sólo el abatimiento lo que le pesaba sobre sus hombros: en sus ojos había una indudable expresión de tristeza.

– Fue en el verano de 1900. Mi hombre, mi Hjalmar, pensaba que Theodore Rooseveit era la persona más grandiosa que hubiese pisado la tierra. En la región, todos amaban al Viejo Cuatro Ojos, ¿sabes?, les guiaba considerarlo un hijo del lugar porque había ceñido un rancho en Medora un par de años. Añade a ello que acababa de estar en Cuba con los Rouge Riders, con los que cabalgaron hasta San Juan Hill. y era prácticamente un héroe nacional. Pero nadie lo admiraba como mi Hjalmar

– Ese verano, Rooseveit se presentó como candidato a vicepresidente con McKinley y Hjalmar supo que pasaría por Williston en el tren de campaña. Nunca olvidaré ese día en que él entró como una exhalación en la casa, vociferando: 'señorita' -así solía llamarme cuando estaba excitado-, 'señorita', gritó, 'haz tu equipaje, ¡nos vamos a Williston a ver a Rooseveit!'

– Caramba, yo no podía creerlo. Le dije: 'Hjalmar, ¿de qué estás hablando? ¿Otra vez has estado probando la nueva cerveza de centeno de Helgeson? Ese tipo, Helgeson, solía vivir en la siguiente sección y preparaba cerveza casera y los dos siempre afirmaban que hacía falta probarla…

Sus ojos se suavizaron con la luz de la evocación y el fantasma de una sonrisa jugueteó en sus labios. De repente se aclaró la voz, bebió un trago de café y volvió al punto principal del relato.

– Hjalmar decía que ningún hijo al que se le pusiera el nombre de Teddy Rooseveit debía perder la oportunidad de ver a su tocayo en persona, ya que estaba a menos de cien kilómetros de distancia, y así fue como los tres fuimos a Williston a esperar el tren.

Nissa apretó el puño y golpeó suavemente con él sobre el catálogo.

– Bueno, eso fue lo que hicimos. Fuimos hasta Williston los tres, ocupamos una habitación en el hotel Manilou y todos emperifollados con nuestra ropa de los domingos, fuimos a la estación para ver llegar ese tren. -Balanceó lentamente la cabeza-. Fue algo digno de verse, te lo aseguro. -Se apretó el puño contra el corazón-. Había una gran banda tocando marchas y escolares agitando banderas norteamericanas, y entonces llegó el tren, iodo adornado con banderas y colgaduras… y ahí estaba el mismísimo señor Rooseveit, de pie en el Ultimo vagó", con las manos levantadas y las mejillas tan rojas como las rayas de las banderas y la banda que atronaba con las canciones patrióticas. Recuerdo que, al levantar la vista, vi a mi Hjaimar con una sonrisa en el rostro -tenía un bigote igual que el de Rooseveit-; con el brazo sobre los hombros de Teddy, le señalaba al gran hombre y le gritaba algo al oído.

En la expresión de la anciana, Linnea podía ver y oír toda la escena. En ese instante, alzó la vista y, al advertir que se había dejado llevar por los recuerdos, bajó la mano y sujetó la taza. Resopló para despejarse algo más que la nariz.

– Bueno, ella estaba en alguna parte de ese tren. Su padre formaba parte del comité de campaña de McKinley y Rooseveit y, como su madre había muerto, iba a todas partes con él. Resultó que se quedaron en Williston más tiempo que una parada del tren- Al parecer, había un tipo rico allí, de apellido Hagens, que había hecho importantes donaciones para la campaña y se iba a celebrar una reunión política donde los granjeros tendrían la oportunidad de hablar con los candidatos y comprometerlos a cumplir ciertas promesas. Después hubo una cena en el Manitou y distribuyeron a las personas clave de McKinley por las nietas para responder preguntas, por lo cual Melinda y su padre se sentaron con nosotros.

– No recuerdo mucho de eso y tal vez fuese culpa de Hjalmar y mía por no prestar mucha atención a esos jóvenes; lo que sucedió fue que él estaba hablando de política y yo estaba atrapada por lo que veía en ese hotel tan lujoso. Recuerdo que la banda tocaba otra vez, y que una vez le di un codazo a Hjalmar y dije: 'Mira ahí", porque ahí estaba nuestro Teddy bailando con esa muchacha. Claro que Hjalmar estaba enzarzado en una discusión sobre los méritos y defectos del nuevo sistema de servicio civil propuesto por el señor Rooseveit y no recuerdo qué hora era cuando se acercó nuestro Teddy y nos dijo que él y la muchacha iban a dar un paseo. Claro que me sorprendí, pero, a fin de cuentas, Teddy ya tenía diecisiete años.

Linnea intentó imaginar a Teddy a los diecisiete y no pudo. Trató de imaginárselo bailando y no pudo. Intentó imaginárselo llevando a una muchacha del brazo a caminar y tampoco pudo. Como sólo había visto su lado irascible, esas imágenes parecían impropias de él.

– Pero diecisiete o lo que fuera, antes de que llegara la mañana, Teddy había provocado un buen revuelo. Esperamos, esperamos y fuimos a preguntarle al padre de Melinda, pero ella tampoco había vuelto y se hicieron las cinco de la madrugada cuando los dos regresaron y entraron en el vestíbulo tomados de la mano. -Nissa miró sobre la montura de las gafas y cruzó los brazos sobre el pecho-. ¿Viste alguna vez lo que pasa cuando una comadreja se escabulle dentro de un gallinero? Bueno, eso es lo que parecía cuando los sorprendimos en el vestíbulo. Volaban plumas en todas direcciones y algunas las lanzaba yo. Te aseguro que yo participaba del desplume y nunca escuché semejantes chillidos y gritos como los que lanzaba Melinda cuando su padre la llevó a rastras a la habitación por el pasillo. Gritaba como si la mataran, exclamando que no había hecho nada de lo cual avergonzarse y que, si viviese en una casa y pudiera quedarse quieta, como otras muchachas, no tendría que quedarse fuera toda la noche para hacer amigos nuevos. -Nissa se frotó la boca, con la vista fija en el café frío-. Jamás pregunté dónde habían estado todo ese tiempo ni qué habían hecho. A decir verdad, creo que no quería saberlo. Llevamos a Teddy a nuestra habitación y cerramos la puerta de un golpe, oyendo que la chica seguía comportándose como una gata salvaje y las cabezas asomaban por las puertas. Por Dios, fue horrible.

Nissa suspiró.

– Bueno, creímos que ahí acababa todo, y por la mañana sacamos a Teddy de allí sin posar la vista otra vez sobre Melinda. Pero no había pasado una semana cuando la chica se presentó en la puerta de mi cocina, audaz y atrevida; en aquel entonces, vivíamos en la casa de John. Ahí estaba nuestro hogar y la chica dijo que quería ver a Teddy, sí yo, por favor, podía decirle dónde encontrarlo. -Agitó la cabeza, como si no pudiese creerlo-. Todavía puedo verla, con ese rostro que daba la impresión de no tener coraje, de pie en el vano de mi puerta, pidiendo ver a mi muchacho, no tenía relación el modo en que se comportaba y lo que resultó ser. Supongo que debía de ser una de esas épocas de locura por las que, a veces, pasamos en la vida cuando nos rebelamos y creemos que ya es hora de independizarnos.

Volvió a perderse en los recuerdos y guardó silencio, pensativa.

– ¿Qué pasó? -la instó Linnea.

La anciana levantó la vista, exhaló un hondo suspiro y prosiguió.

– Lo que pasó fue que ella se encaminó al campo, donde Teddy estaba segando trigo con Hjalmar y los muchachos, y le dijo que había decidido venir y casarse con él, como habían hablado. Nunca se lo pregunté, pero me pareció que la aparición de la chica diciendo eso fue una sorpresa para Teddy, igual que para todos nosotros. Pero nunca lo dejó entrever y con ese rostro de Melinda era fácil conjeturar que estaba muerto por ella.

En efecto, se casaron y bastante rápido. Hjalmar les dio estas tierras y todos los muchachos les cedieron esta casa. Todos nos preguntábamos cómo resultaría, pero esperábamos lo mejor. Después supimos que ella había discutido con su padre con respecto a viajar en el tren con él, y deduzco que, en realidad, lo que había detrás de eso era sólo una muchacha joven a la que se le ordenaba hacer una cosa y que decidía que no aceptaría la orden.

Así que se casó con mi hijo. Pero nunca se adaptó- -Negó lentamente con la cabeza- Nunca. Era una chica de la ciudad y nunca entendí para qué quería a un muchacho granjero. Lo primero que supimos fue que esperaba familia y todavía puedo verla ante la ventana, con la vista perdida en el trigo, diciendo que la volvía loca- Señor, cómo maldecía ese trigo. Árboles; decía que no había árboles aquí. Y que no había ruidos. El sol la quemaba y las moscas la enloquecían y el olor de! corral le daba dolor de cabeza. Nunca he podido comprender que Teddy pensara que una mujer como esa pudiera ser la esposa de un granjero. No tenía aptitud para cuidar el huerto,-. no le gustaba llenarse las uñas de tierra, no sabía cuidar las verduras. -Lanzó una exclamación desdeñosa-. Bah, -Negó otra vez con la cabeza y cruzó los brazos-. Una mujer así… -concluyó, aún perpleja por la elección de su hijo.

– Veía lo que pasaba, pero no podía hacer nada. Al principio, Teddy estaba muy feliz. Y cuando supo que llegaba un hijo, estuvo en la gloria. Sin embargo, poco a poco las quejas fueron convirtiéndose en silencio y empezó a comportarse como si estuviese volviéndose un poco quisquillosa. Al principio, después del nacimiento de Kristian, yo vi que se esforzaba por ser una buena madre, pero en vano. Aunque Teddy nunca decía nada, Clara, que solía venir a jugar con el niño, nos contaba que Melinda lloraba todo el tiempo. Nunca dejaba de llorar, pero ¿qué podía hacer Theodore? No podía convertir todo el trigal en un bosque. No podía instalar una ciudad aquí, en medio de la granja, para ella, "Entonces, un día, sencillamente se levantó y se fue. Dejó una nota pidiendo que le dijésemos a Kristian que lo amaba y que lo lamentaba, pero yo nunca la vi ni pedí verla. Clara fue la que me habló al respecto.

Una vez más, la invadieron los recuerdos.

– ¿Y a partir de entonces, usted cuidó de Kristian?

En los ojos de Nissa apareció una renovada tristeza.

– Clara y yo. Ese año murió mi hombre, mi Hjalmar, ¿sabes? Una noche de primavera habíamos estado en la iglesia para ayudar a limpiar el cementerio, como hacíamos todas las primaveras. Llegamos a casa, estábamos de pie junto a la puerta de la cocina y recuerdo que Hjalmar tenía las manos en los bolsillos. Levantó la vista para ver la primera estrella que salía y me dijo: "Nissa tenemos muchas cosas que agradecer. Mañana será un día despejado", y en ese mismo instante, se dobló y cayó sobre nuestro umbral. Siempre solía decirme "Nissa, quisiera morir trabajando", y se cumplió su deseo, ¿sabes? Trabajó hasta el minuto mismo en que cayó muerto a mis pies. Sin dolor. Sin sufrimiento. Un hombre pasando lista de sus bendiciones. ¿Qué más puede pedir una mujer que ver a su hombre morir de una manera tan bella como esa, eh?

Reinó el silencio, interrumpido sólo por el siseo suave de las ascuas que se deshacían dentro de la estufa. Las manos viejas de Nissa se apoyaban, cruzadas, sobre los pechos. En los ojos que no veían brillaba la luz de la evocación y se dirigían hacia el hule de llores rojas que cubría la mesa.

A Linnea se le hizo un nudo en la garganta. La muerte era algo abstracto en la que nunca había pensado y menos para considerarla bella. Contemplando los ojos bajos de Nissa, de repente comprendió la belleza que encerraba un compromiso para toda la vida que, para las personas como esa anciana, iba más allá de la muerte.

Nissa se llevó la taza a los labios, sin advertir que el café estaba frío.

– El hogar ya no fue el mismo sin Hjalmar y por eso se lo dejé a John y me vine aquí a cuidar de Teddy y del pequeño, y desde entonces he estado aquí.

– ¿Y Melinda? ¿Dónde está ahora? -preguntó Linnea en voz suave conteniendo el aliento sin saber muy bien por qué.

En espera de la respuesta, se quedó inmóvil,

– Melinda fue atropellada por un tranvía en Philadelphia y murió cuando Kristian tenía seis años.

"Ah, ya entiendo." No pronunció las palabras, aunque zumbaron en su mente al tiempo que soltaba el aire que había retenido en pequeños soplos cuidadosos, relajando poco a poco los hombros. Lo único que se oía era el tamborileo suave y distraído de los dedos de Nissa sobre el catálogo olvidado.

El delantal colgaba entre las rodillas separadas y el sol de la larde encendía la tenue pelusa de sus mejillas. De golpe, pareció que acudían a la cocina dos personas muertas hacía mucho, y Linnea se esforzó por distinguir sus semblantes, aunque lo único que distinguió fue el bigote blanco caído de uno y los hombros caídos de otra, dejando vagar la vista por la ventana hacia los trigales donde, en ese momento, Theodore estaba segando el cereal.

Miró por la ventana. Por eso estás tan amargado. Eras muy joven y te hirieron profundamente. Sintió un espasmo de culpa por haber sido tan impaciente y haberse enfadado con él. Ojala pudiese deshacer lo hecho pero, aun cuando pudiese, ¿de qué serviría? No modificaría lo que él había sufrido en el pasado. Y Kristian, pobre, creciendo sin el amor de su madre,

– ¿Kristian lo sabe? -preguntó, con simpatía.

– ¿Que su madre huyó? Lo sabe. Pero es un buen muchacho. Nos tiene a mí, a Clara y a un montón de otras tías. Sé que no es lo mismo que si tuviese a su verdadera madre, pero ha resultado bien. Bueno… -Se rompió el encanto y Nissa echó una mirada al catálogo-. No vamos a elegir esos zapatos, ¿no?

Eligieron unas bolas para lluvia de becerro negro granulado, que se ataban en el frente hasta media pierna, y mientras Linnea llenaba el formulario para enviar por correo, Nissa agregó una posdata a la historia personal:

– Te pediría que no le digas a Teddy que te lo he contado- No habla

mucho de ella y bueno, ya sabes cómo se ponen los hombres a veces. Me pareció que, siendo la maestra de Kristian, tenías que saberlo.

Pero Linnea no sabía cómo se ponían los hombres: sólo ahora comenzaba a saberlo. De todos modos, la historia le causó un gran impacto y se prometió tratar a Theodore con más paciencia de ahí en adelante.

Otra vez, los hombres llegaron tarde y, cuando entraron arrastrando los pies se sorprendió observando a Theodore como si esperara ver algún cambio en su apariencia física. Pero estaba igual que siempre: fornido, sombrío y desdichado. A lo largo de toda la cena advirtió que él se esforzaba por no mirarla; tampoco le había hablado desde que ella le había regañado, al comienzo de la tarde. Cuando todos se colocaron en sus lugares junto a la mesa, John la saludó con su acostumbrado cabeceo cortés y tímido, acompañado por un:

– Hola, señorita.

Y Kristian le lanzaba miradas furtivas de soslayo, después de haberla saludado en medio de titubeos. Pero Theodore se concentraba en su plato, sin hacer caso de nada mas.

A mitad de la comida, Linnea ya no pudo soportar la indiferencia y se sintió dominada por la necesidad de acabar con la enemistad entre ellos.

Quizá lo que en realidad quería era compensarlo en parte por lo de Melinda. Theodore estaba a punto de engullir un bocado de puré de patatas con salsa cuando la muchacha fijó los ojos en él y dijo en medio del silencio:

– Theodore. quisiera pedirle disculpas por el modo en que le hablé esta tarde.

Las mandíbulas dejaron de moverse y la mirada del hombre se posó en ella por primera vez esa noche, al mismo tiempo que intentaba disimular una expresión de sorpresa absoluta.

Impávida y adoptando un aire de ingenuidad, prosiguió:

– Le aseguro que me alegro de que ninguno de mis alumnos estuviera presente, porque no le hubiese dado un ejemplo muy bueno. Me mostré sarcástica y mordaz, y ese no es modo de tratar a las personas, pues es muy fácil pedir las cosas bien. Por eso se lo pido de buen modo esta vez.

De aquí en adelante, Theodore, por favor, hábleme directamente a mí cuando esté en el mismo recinto, en lugar de hablar por encima de mi cabeza, como si yo no estuviese.

Theodore se quedó mirándola un momento y luego echó sendos vistazos a Nissa y a Kristian.

Kristian había dejado de comer y miraba, sorprendido, a la señorita Brandonberg, que le había bajado la cresta a su padre con la más fría cortesía, mirándolo directamente de tal modo que Theodore no podía soportarla. Más aun, ya lo había hecho de nuevo: había hablado en mitad de la cena. A nadie le gustaba conversar con el estómago vacío y el muchacho se daba cuenta de que su padre estaba impaciente por seguir comiendo en Paz. Pero Linnea no dejaba de mirarlo de hito en hito, sentada muy erguida, recta como una ardilla listada y, bajo su mirada, la cara del hombre iba sonrojándose.

La muchacha prosiguió, en tono benévolo:

– Por alguna razón, parece que usted y yo empezamos con el pie equivocado, ¿verdad? Estoy convencida de que podríamos comportamos de manera más adulta, ¿no cree?

Theodore no supo qué decir. La muchachuela se había disculpado. Según recordaba, era la primera vez en su vida que una mujer le pedía disculpas-y sin embargo daba la impresión de que estaba calificándolo de infantil. ¡Él!' ¡Pero si tenía edad suficiente para ser su padre! Tragó y se quedó pensando qué querría decir sarcástico. Nissa, John y Kristian observaban y escuchaban, inmóviles, ¡y finalmente Theodore tenía que decir algo!

Tragó saliva y tuvo la impresión de que las patatas se le habían atragantado. Observó el rostro fresco, de ojos grandes, de la señorita comprobó lo joven y bella que era.

– Sí, podríamos hacerlo. Ahora coma.

Y volvió, aliviado, la atención al plato.

Por fin, Linnea había ganado una ronda. Cuando lo comprendió sintió la mirada de John todavía fija en ella, con asombro. Le dirigió una amplia sonrisa, poniéndolo tan incómodo que se apresuró a hundir otra vez la cuchara en la comida.

Esta señorita era algo novedoso para John. Alguien capaz de hacer sonrojar a Teddy y hacerle frente, cuando nadie había podido hacerlo, salvo la madre. Pero era muy diferente el modo en que lo hacia mamá al que empleaba la pequeña señorita. Con su cerebro lento, John se preguntó cómo se las arreglaría para lograrlo. Recordó una sola mujer que había tenido la capacidad de suavizar a Teddy: Melinda. Esa Melinda sí que era especial, bella y menuda, con ojos enormes como los de un potrillo recién nacido.

Bastaba que volviese hacia Teddy esos enormes ojos para que a él le subiera un sonrojo desde el cuello, muy parecido a lo que le sucedía cuando la pequeña señorita hablaba con suavidad, seria, y lo miraba de frente. Y Melinda, también acostumbraba a hablar en la mesa. Siempre decía que no podía entender las costumbres noruegas, cómo se guardaban las cosas y jamás hablaban de lo que, en verdad, importaba.

John, que nunca hablaba demasiado, jamás la había entendido.

Al alzar la vista, se topó con la mirada de ma.

"La recuerdas, ¿verdad, John?", era lo que estaba pensando Nissa. Así solía reaccionar ante Melinda. La anciana volvió la vista a la derecha y observó a la muchacha que comía con buenos modales, por completo ajena a las emociones latentes que había despertado, y luego miró a Teddy, que estaba enfrascado en la cena pero fijaba la vista en el plato con el entrecejo fruncido.

"Mi caprichoso hijo, creo que te has encontrado con la horma de tu zapato."

Era sábado por la noche. Nissa apoyó la bañera galvanizada cerca de la estufa y empezó a llenarla con agua hirviendo.

– Nos turnaremos -anunció-. ¿Quieres ser la primera?

Linnea miró la bañera con la boca abierta, contempló la cocina abierta, la puerta que daba a la sala por la que pasaban las voces de John y de Theodore con toda claridad, y luego posó otra vez la vista en la bañera que junto a la estufa.

– Preferiría llevar un poco de agua arriba, a mi palangana.

Llenó la pequeña palangana y cuando la llevó a su cuarto se dio cuenta de que el agua era insuficiente. Aun así, el baño le resultó glorioso. Mientras estaba lavándose, oyó salir a John. La casa se tornaba cada vez más silenciosa. Se secó. Se puso el camisón y se sentó en la mecedora para releer las notas que había escrito junto a los nombres de los alumnos. Nissa se bañó la primera y su voz se oyó con toda claridad cuando llamó a Kristian anunciándole que era su turno. Linnea lo oyó bajar la escalera llevando ropa limpia y después de un rato lo oyó subir, supuso que con la ropa limpia puesta. Oyó que se desarrollaba el tercer baño y, tratando de imaginarse esas largas piernas plegadas dentro de la pequeña bañera, sonrió.

Pocos minutos después, oyó que Theodore le ordenaba a Kristian que lo ayudase a sacar la bañera afuera.

Después, sólo silencio.

“John, Nissa, Kristian… Theodore", pensó. "Desde ahora son mi familia sustituía." Cada uno tan particular, cada uno provocaba en ella una reacción distinta. Le agradaron de inmediato… todos menos Theodore. Entonces ¿por qué era la persona en la que más tiempo pensaba? ¿Por qué ese rostro serio y ese ánimo hostil permanecían en su mente aun después de haber apagado la lámpara y no podía conciliar el sueño? ¿Por qué eran las piernas de él las que imaginaba sobresaliendo de la bañera?

La casa estaba en silencio y en la cocina en penumbras perduraba la mezcla de olores de la cena con el jabón de lejía hecho en casa cuando Theodore y su hijo sacaron la bañera al patio.

Después de haber volcado el agua, Theodore se quedó un momento mirando el cielo, contemplándolo. Tras un rato, dijo en tono pensativo:

– Kristian.

– ¿Qué?

Repasó con cuidado la palabra antes de pronunciarla tal como lo había hecho ella:

– ¿Tú sabes lo que quiere decir sarcástico?

– No, pa, no lo sé. Le preguntaré a la señorita Brandonberg.

– ¡No! -Exclamó, reaccionando para disimular la ansiedad en la voz-. No, no tiene importancia. No vayas a preguntárselo por mí.

Se quedaron en la oscuridad, oyendo el concierto de los primeros grillos del otoño en medio de la noche, con la bañera ahora liviana en las manos.

La luna estaba en tres cuartos, blanca como leche fresca en el ciclo tachonado de estrellas, proyectando sombras largas y profundas.

– Es linda, ¿eh?-murmuró Kristian.

– ¿Te parece?

– Bueno, seguro que no es ratonil ni menuda, como tú dijiste. Como sea, ¿por qué dijiste eso?

– ¿Yo dije eso?

– Ya lo creo. Pero si ella es ratonil y menuda, Isabelle también y, al parecer, a ti te gusta Isabelle.

Theodore lanzó un resoplido desdeñoso.

– Me parece que deberías mirar mejor a Isabelle, cuando venga con su carreta.

– Bueno, está bien, Isabelle es mucho más, comparada con la señorita Brandonberg, pero, aun así, esta no es pequeña ni ratonil. Para mí está bien.

Theodore miró a su hijo con expresión interrogante, distinguiendo con claridad el perfil juvenil bajo la luz brillante de la luna.

– Será conveniente que no le digas eso, teniendo en cuenta que es tu maestra.

– Sí, creo que tienes razón -dijo Kristian, abatido, bajando la vista hacia la tierra oscura. Se quedó un momento pensativo hasta que, al fin levantando la cara preguntó, más animado-: ¿Quieres saber algo divertido?

– ¿Qué?

– ¡A ella le parecen bonitos los cardos! ¡Dijo que nos llevaría al campo para que los pintáramos!

Theodore refunfuñó y lanzó una carcajada, seguido por Kristian.

– Bueno, es una chica de la ciudad. Ya sabes que no son muy perspicaces con respecto a ciertas cosas.

Sin embargo, más tarde, acostado en la cama grande donde dormía solo desde hacía catorce años, Theodore trató de imaginarse unos cardos en flor y se dio cuenta de que, en realidad, no sabía qué aspecto tenían. Aunque había visto miles y miles a lo largo de sus treinta y cuatro años jamás los había mirado como no fuese con desdén. Resolvió que, la próxima vez, echaría un segundo vistazo.

5

Linnea no estaba preparada para el cambio que observó en Kristian y Theodore el domingo por la mañana. Cuando volvieron de las tareas matinales para tomar el desayuno, estaban como siempre. Pero después Nissa llamó desde los escalones:

– ¡Venid, el coche espera!

Linnea salió corriendo y encontró a padre e hijo ataviados con trajes negros con corbatas, crujientes camisas blancas, sentados uno junto a otro en el asiento delantero del carruaje para cuatro pasajeros.

Se detuvo en sus pasos viendo el sombrero negro de Theodore y el cabello recién peinado de Kristian, todavía húmedo y brillando al sol. Los dos llevaban cuellos muy apretados y daba la impresión de que les cortaban las mandíbulas.

– Pero qué elegantes -dijo, deteniéndose junto al coche.

El rostro de Kristian se iluminó y la mirada lánguida de Theodore se posó sobre el ridículo sombrero alto de la muchacha, para luego bajar hasta los pies, para comprobar que estaba calzada con los zapatos de tacón alto. Les daba seis semanas por esos caminos pedregosos.

Sin embargo, a ninguno de los dos se les ocurrió ayudar a las damas a subir. Cuando Nissa se dispuso a hacerlo sin ayuda, ella la detuvo con la máxima discreción posible.

– Kristian, ¿te molestaría darle una mano a tu abuela para subir?

Esta mañana le duelen un poco las rodillas.

– Mis rodillas están perfecta…

– Vamos, Nissa -la instó Linnea con un leve toque en el brazo ¿Recuerda que dijo que esta mañana tenía la sensación de que se le habían descoyuntado las rodillas? Además, un joven como Kristian tendrá gran placer en demostrar sus buenos modales y ayudar a las damas a subir.

En un tris, el muchacho se había apeado para ayudar, primero a Nissa luego a Linnea, a acomodarse en el asiento trasero, acompañando con una amplia sonrisa. Theodore giró la cabeza para observar, pero no pronunció palabra. Permaneció sentado observando cómo esa muchacha ejercía su astucia con el hijo, que se afanaba por complacerla. Una vez que todos estuvieron sentados, atrapó la mirada de la pequeña señorita, arqueó una ceja con expresión sardónica y luego se volvió y chasqueó la lengua, sacudió las riendas y ordenó sin alzar la voz;

– Eh, vamos, Crib, Toots.

El balancín del coche se puso horizontal y arrancaron al trote.

Si bien el viaje fue placentero, Linnea no pudo menos que asombrarse ante la reticencia que practicaban esas personas en ocasiones en que su propia familia habría estado conversando amablemente. ¡Si el día mismo le hacia burbujear el ánimo! Una brisa suave rizaba la hierba junto al camino y el sol de medía mañana era una caricia dorada. ¡Y la fragancia,.,! pura, limpia, como imaginaba que debía de oler allá arriba, entre las nubes.

Alzó fa vista. Unos copos de merengue flotaban en lo alto, hacia el Norte, pero hacia delante, al oeste, el cielo era de un azul intenso, tan fuerte que aturdía. Contra ese fondo vio recortarse el blanco campanario, mucho antes de que llegaran. Daba la impresión de apoyarse en el hombro derecho de Theodore. El tañido de la campana flotó hacia ellos, llevado por el suave viento otoñal. Sonó otra vez más fuerte y otra vez más apagado y sus reverberaciones aumentaban o disminuían al capricho de! viento. Sonó doce veces, hasta que su canto pareció conducirlos hasta el atrio.

Allí, igual que en la escuela, estaba rodeado de trigales entre los que asomaban los numerosos caballos y carruajes atados a los postes. El atrio estaba lleno de fieles, todos afuera aprovechando los últimos minutos de esa maravillosa mañana. Los hombres estaban reunidos en grupos, con los pulgares metidos en tos bolsillos de los chalecos, hablando del clima y de las cosechas. Las mujeres, con los sombreros balanceándose sobre sus cabezas, hablaban de la elaboración de conservas. Los niños, con las botas recién lustradas ya cubiertas por una capa de polvo, se perseguían alrededor de las faldas de las mujeres, que los regañaban, advirtiéndoles que se ensuciarían los zapatos.

Cuando el coche se detuvo, Linnea ya no tuvo que recordarle a Kristian los buenos modales. Con la mayor presteza ayudó a las dos mujeres, imbuido de un nuevo sentido del orgullo. Pero, cuando caminaron hacia la escalinata de la iglesia, Nissa se apropió del brazo del nieto y Línea tuvo que caminar junto a Theodore. No le tomó el brazo ni él se lo ofreció, pero pasó en medio de la muchedumbre a su lado, obsequiando fugaces sonrisas cuando su mirada se encontraba con las de extraños.

En seguida notó que la gente le abría paso a respetuosa distancia y la observaban dirigirse hacía la entrada. Allí Theodore la presentó al ministro, el reverendo Martin Severt, un individuo parsimonioso y apuesto, de unos treinta y cinco años, y a su esposa, una mujer angulosa, bien vestida, de dientes prominentes y sonrisa presta. Los Severt parecían una pareja encantadora, con sus cálidos apretones de manos y sus bienvenidas sinceras, y ella no pudo menos que dudar si sería cierto lo que Nissa le había contado con respecto a que su hijo era tan travieso.

Dentro John ya los esperaba en su banco. Entraron para sentarse de modo que Linnea terminó situada entre Kristian y su padre- Cuando comenzó el servicio, Kristian iba siguiéndolo con su libro de oraciones, pero Theodore permaneció casi todo el tiempo con los brazos cruzados sobre el pecho, hasta que dio comienzo el himno. A la muchacha la asombró escucharlo cantar con brío, con una voz clara y resonante de barítono, tan nítida como el sonido de un diapasón. Se unió a él con su voz de soprano y aventuró una cautelosa mirada hacia él.

Llegó a la conclusión de que a nadie le resultaba posible parecerlo cuando cantaba un himno. Por primera vez, vio ese rostro como podía ser. Los labios, muy abiertos para el canto, parecían menos duros que de costumbre. La mandíbula, muy baja para poder sostener una nota, había perdido el gesto obstinado. Y los ojos, iluminados por la luz matinal que entraba a raudales por la ventana en arco, chisporroteaban con suavizada expresión. Con los hombros erguidos, tamborileaba con ocho dedos en el respaldo del banco de adelante, uniendo su sólida voz a las de los que los rodeaban.

Theodore echó un vistazo y sorprendió a la joven, que también cantaba, mirándolo. Por un instante fugaz, sus ojos irradiaron la sonrisa que, al parecer, sus labios no podían dibujar. Si bien no cabía duda de que supiera de memoria los versos, era un momento demasiado perfecto para ofrecer la rama de olivo y no se podía dejar pasar la oportunidad. A Linnea le bastó con moverse apenas a la izquierda para levantar el libro de himnos y ofrecerse a compartirlo. Su codo chocó con el brazo de él y una corriente le onduló la piel. Percibió que él hacía una pausa, dubitativo, y luego inclinaba el cuerpo hacia ella. Sujetó con los dedos el otro borde del libro y terminaron el himno junios.

En esos minutos, con sus voces mezclándose y ascendiendo al cielo, la muchacha sintió una aceptación renuente y. cuando terminó el canto, había caído una barrera.

Cuando se apagó el amén, Theodore esperó a que ella iniciara el movimiento de sentarse para luego imitarla- Comenzó el sermón y Línea tuvo que esforzarse para concentrarse en él y no en la fragancia de jabón de lejía y fijador del cabello que le llegaba desde la izquierda.

El servicio concluyó con el anuncio del reverendo Severt:

– Nos complace tener hoy con nosotros a la nueva maestra, la señorita Linnea Brandonberg. Por favor, dediquen un minuto a saludarla, preséntense y hagan que se sienta bienvenida.

Docenas de cabezas giraron hacia ella, que sólo tuvo conciencia de una de ellas, la que estaba junto a ella, a la izquierda. Sabiendo que Theodore la observaba de tan cerca por primera vez, pensó si tendría el sombrero derecho, el cuello en su lugar, el cabello tirante. Pero un instante después la iglesia comenzó a vaciarse y se vio arrastrada hacia afuera, al luminoso día otoñal. Olvidó su apariencia y se concentró en las nuevas caras y los nuevos nombres.

Si bien eran personas bastante comunes, encontró nobleza en esa condición. Los hombres eran corpulentos y fuertes, de manos recias y anchas, todos vestidos con severidad, de negro y blanco. Las mujeres vestían con sencillez, con más preocupación por la comodidad que por la elegancia. A diferencia del suyo, los sombreros eran lisos y bajos y los zapatos, prácticos. Pero, en general, le demostraron un indiscutible respeto. Las mujeres sonreían con timidez, los hombres manoseaban los sombreros y los chicos se ruborizaban cuando eran presentados a "la nueva maestra".

Conoció a todos sus alumnos, pero los que más retuvo en la memoria cuando se alejaron fueron el niño Severt -apuesto como el padre pero con un aire de inquieto nerviosismo- y Francés Westgaard, porque Nissa le había dicho que padecía un leve retraso. Quizá fuese su vocación innata de maestra lo que la hiciera inclinarse por cualquier niño que la necesitara más, lo cierto fue que le bastó un solo vistazo a la niña delgada, pecosa, con una corona de trenzas, para sentirse conmovida por ella.

Caramba, eran tantos los niños de apellido Westgaard que pronto renunció a recordar a qué familia pertenecía cada uno. Con los adultos era un poco más fácil. Ulmer y Lars eran fáciles de distinguir porque se parecían mucho a Theodore, aunque Ulmer, el mayor, estaba perdiendo el cabello y Lars era el de sonrisa más pronta.

Luego venía Clara, enorme en su embarazo, riéndose de algo que le había dicho su marido al oído y con unos ojos que sonreían aun cuando los labios no lo hicieran. Tenía cabellos color café y una piel hermosa, aunque no la clásica belleza de facciones de los hermanos. La nariz era un poco larga y la boca un poco ancha, pero cuando sonreía nadie se fijaba en esas imperfecciones porque Clara poseía algo mucho más duradero: la belleza de la felicidad.

En el mismo instante en que sus miradas se encontraron, Línea supo que esa mujer iba a gustarle. Clara sostuvo con firmeza su mano y una sonrisa cómplice jugueteó en las comisuras de sus labios.

– Así que tú eres la que puso a mi hermano en su lugar. Muy bien. Creo lo que lo necesitaba.

Linnea se sorprendió tanto que no se le ocurrió ninguna respuesta.

– Soy Clara.

– Ssí-los ojos de Linnea se posaron en la redondeada barriga-. Eso supuse.

Clara rió, se acarició el vientre y atrajo hacia ella a su esposo.

– Y este es mi Trigg.

Tal vez fuese el modo en que dijo "mi Trigg" lo que aumentó la simpatía de Linnea hacia ella: en su voz vibraba el orgullo y tenía buenos motivos para ello. Trigg Linder era quizás el hombre más apuesto que ella hubiese visto. Su cabello resplandecía al sol como cobre recién pulido, sus ojos azul cielo tenían esa clase de pestañas que las mujeres suelen envidiar y sus rasgos nórdicos alardeaban de impecable simetría y belleza. Pero lo más notable para ella con respecto a Trigg Linder, lo que más retuvo en la memoria fue que mientras su esposa hablaba él mantenía una mano apoyada en su nuca y daba la impresión de no poder apartar la vista del rostro de su mujer.

– Así que Teddy le hizo pasar malos momentos -comentó Clara.

– Bueno, él, no exactamente…

Clara rió:

– No tienes por qué justificarlo ante mí. Conozco a nuestro Teddy y sé que es capaz de ser un dolor de muelas noruego. Cabeza dura, terco… -Apretó la muñeca de Linnea-. Pero tiene sus momentos. Dale tiempo para adaptarse a ti. Entretanto, si te irrita demasiado, ven a visitarme y deja escapar un poco de vapor en mi casa. Siempre tengo café y le aseguro que la compañía me viene muy bien.

– Bueno, gracias, lo haré.

– ¿Y qué me dices de mamá? ¿Te trata bien?

– Oh sí. Nissa es maravillosa.

– Amo cada uno de sus cabellos rizados, pero a veces me vuelve completamente loca, de modo que, si a veces le da demasiadas órdenes y sientes ganas de atarla y amordazarla, ven a verme. Te contaré de todas las veces en que yo estuve a punto de hacerlo. -Ya estaba yéndose, pero se dio la vuelta y agregó-: Ah, de paso: me encanta tu sombrero.

De golpe, Linnea estalló en carcajadas.

– ¿He dicho algo divertido?

– Te lo diré cuando vaya a tomar café.

Aun estando embarazada. Clara se movía con agilidad y, cuando se fue, era Linnea la que estaba sin aliento. De modo que esa era Clara, la que había estado más cerca de Theodore. La que había conocido a Melinda, Y le había ofrecido su amistad: no tenía la menor duda de que aceptaría la propuesta.

En ese momento apareció Kristian y anunció:

– Pa dice que venga a preguntarle si le falta mucho.

Mirando hacia el otro lado del atrio, Linnea vio que Nissa ya estaba en la carreta y Theodore de pie al lado del coche, con expresión de disgusto, dando pequeñas patadas de impaciencia.

– Oh, ¿estoy retrasándolos?

– Bueno… es por el trigo. Aquí, cuando el tiempo es bueno y el trigo está maduro, trabajamos todos los días de la semana.

– ¡Ah! -Así que había echado leña al fuego de su anfitrión-. Permite que me despida del reverendo Severt.

Saludó con brevedad, pero aun así, mientras se acercaba a la carreta de Theodore vio la irritación en su semblante.

– Lamento haberlo retrasado, Theodore. No sabía que hoy irían a los campos.

– ¿Nunca oyó decir que hay que hacer heno mientras brilla el sol señorita? Súbase aquí y partamos,

Le aferró el codo y la ayudó a subir con un empujón más grosero que si no la hubiese ayudado en absoluto. Dolida por ese cambio tan brusco tras la cercanía que había sentido en la iglesia, Linnea hizo el viaje de regreso en un estado de confusión.

En cuanto llegaron, hubo un rápido revuelo cuando se cambiaron de ropa. Linnea estaba en su cuarto quitándose el alfiler de sombrero cuando recordó lo del carbón. Y, si bien lo último que deseaba era traer el tema a colación e irritarlo todavía más no tenía otra alternativa.

Lo interceptó cuando salía del dormitorio al vestíbulo, con una bata de trabajo recién lavada y planchada y una camisa limpia azul desteñido. Estaba encasquetándose el gastado sombrero de paja cuando se detuvo de golpe al verla. Bajó el brazo con suma lentitud y se quedaron mirándose largo rato.

Linnea recordó cómo habían compartido el libro de himnos en la iglesia y que en esos momentos él parecía… diferente. Abordable. Agradable,

De repente, le resultó difícil hablarle, hasta que por fin recuperó la voz.

– Comprendo lo atareado que debe de estar en esta época del año, pero le prometí al señor Dahí que le hablaría del carbón para la escuela.

– Dahí está convencido de que en mitad de septiembre soplará una nevisca y que él perderá el empleo si la carbonera no está llena. Pero él no tuvo ningún trigo que segar.

– No tiene trigo que segar -lo corrigió.

– ¿Qué?

Las cejas del hombre se unieron.

– Que no tiene… -Se cubrió los labios con los dedos. Oh. Linnea, ¿acaso tu lengua siempre será más rápida que tu cerebro?- Nada. N-nada., le dije que se lo recordaría a usted y eso hice. Lamento haberlo retenido.

¿Qué tenía ese hombre que, a. veces, la ponía tan nerviosa?

– Si Dahí vuelve a fastidiarla con eso, dígale que lo llevaré cuando nieve. Mientras brilla el sol, corto trigo.

Tras lo cual, pasó junto a ella y salió de la casa.

La tarde se extendía interminable ante ella y por eso decidió ir a la escuela. Ahora que ya sabía más de sus alumnos, que podía asignar rostros a los nombres, se sentó y preparó los planes para la primera semana de lecciones, hojeando sus limitados libros de texto. Había un silabario de Worrcesler, un libro de lectura de McGuffey, una Aritmética mental de Ray, Geografía de Monteith y McNally y una Gramática de Clark. Los otros os que había en el anaquel versaban sobre temas variados y, al parecer, han sido donados a lo largo de los años por las familias. La mayoría, como el que había elegido el día que le leyó a Kristian -titulado Economía de la Nueva Era-, eran demasiado avanzados para ser de mucha utilidad para sus alumnos, sobre todo los más pequeños.

Pero había algo para lo cual los niños nunca eran demasiado jóvenes: los buenos modales en la mesa. ¡Para enseñárselos no necesitaba ningún libro! Y estaba en uno de los primeros lugares de su lista de prioridades.

Cuando terminó con los planes de las lecciones, desplegó la bandera Norteamericana y la colgó en su soporte en el frente, escribió en la pizarra El Juramento de Fidelidad, y su nombre en grandes letras de imprenta: señorita brandonberg. Retrocedió y lo contempló sonriendo, satisfecha, sacudiéndose la tiza de los dedos, casi aturdida ante la idea de hacer sonar la campana a las nueve de la mañana siguiente y de llamar al orden a su primer grupo de alumnos.

Era la mitad de la larde y no tenía ningún deseo de irse del edificio de la escuela. Impulsada por una súbita inspiración, se sentó y se dispuso a dibujar una serie de grandes tárjelas alfabéticas para aumentar el material disponible y, en cada una, una figura que representase la letra. En la A dibujó una ardilla. En la B una bandera. En la C un caballo. Como le gustaba dibujar, no escatimó tiempo a la tarea, pensando escrupulosamente en qué símbolo representaría a cada letra. En el esfuerzo por dibujar elementos que los niños pudiesen conocer, hizo un hada para la H que por falta de experiencia no le salió muy bien, aunque puso buena voluntad… en la M un matorral de los que abundaban por la región y en la S un campesino segando. Con una sonrisa, decidió cambiar el de la C por un cardo…

Cuando se disponía a hacerlo, advirtió que necesitaba ver la planta captarla con precisión. Anduvo por e] camino sintiendo el sol sobre la cabeza, dejándose llevar por ensoñaciones vagas; los chopos cimbraban en la suave brisa vespertina. Al ver un brillante guijarro de color ámbar en mitad del camino, se acuclilló, lo puso en la palma y se quedó así largo rato, con el mentón sobre las rodillas, disfrutando la tibieza de la piedra, detectando su tersura y su peso. En algunos sitios brillaba y en el centro se veía una raya traslúcida que le recordó el color de los ojos de Theodore. Cerró los suyos y recordó el contacto de su brazo en la iglesia, la desusada sensación de unidad que percibió cuando cantaban juntos. Hasta entonces, nunca había estado en un servicio religioso con un hombre.

Frotó la piedra con el pulgar, se la metió en la boca gustando su tibieza y su carácter terreno, la escupió en su mano y observó la franja marrón, ahora mojada, brillante, el color intensificado, más similar a la de los ojos de Theodore.

Sonrió, sonadora, todavía acuclillada en medio del camino.

– Lawrence -murmuró en voz, alta-, no te rías: tanto tiempo hace que te conozco y nunca había notado e! color de tus ojos.

Se levantó, oprimiendo la piedra en la mano. Miró a Lawrence a los ojos:

– Oh -notó, decepcionada-, son verdes. -Adoptó una expresión animosa-. Oh, bueno. Vamos… -lo Tomó de la mano-, te enseñaré los cardos.

Encontró uno en una zanja, no tejos del camino. Crecía en forma de bola. En invierno, rodaba por la pradera empujado por el viento y se quedaba atrapado en cercas de alambre de púas, provocando grandes amontonamientos alrededor. Al llegar la primavera, había que desengancharlos a mano. Pero, en el presente, a comienzos del otoño, era una esfera perfecta de diminutas florecillas verdes. Un par de moscas verde azuladas zumbaban alrededor y un gordo abejorro fue a libar de las flores.

Linnea se apoyó el cuaderno de dibujo en la cintura y empezó a dibujar.

Dime, Lawrence, ¿no crees que es bonita esa planta? Mira cómo bebe la abeja de ella.

Al llegar a la cima de una pequeña loma de tierra en el trigal, al Noreste de la escuela, Theodore alzó la vista hacia el pequeño edificio que se veía a lo lejos. Desde ahí no parecía más grande que una casa de muñecas, pero mientras los caballos avanzaban por la suave cuesta, distinguió el cobertizo del carbón, los columpios, la campana, a la que el sol arrancaba destellos. Percibió un movimiento y notó una figura a cierta distancia de la escuela, parada junto a una zanja que estaba cerca de la esquina mas alejaba del campo. Sin advertirlo, estiró la espalda y levantó los codos de las rodillas. Bajo el ala del sombrero los ojos castaños se suavizaron y una breve sonrisa le curvó los labios.

¿Qué estaría haciendo ahí la pequeña señorita? Con las hierbas hasta las rodillas, sostenía en las manos algo que no alcanzaba a ver. Qué chiquilla, haraganeando junto a la zanja, como si no tuviese nada mejor que hacer. Dejó escapar una risa silenciosa, indulgente.

Supo de inmediato que ella lo miraba. Se irguió, alerta, y levantó lo que tenía en la mano para hacerse sombra en los ojos. Una extraña euforia lo recorrió cuando la muchacha alzó los brazos y los agitó trazando amplios arcos y saltando varias veces.

Sacudió un poco la cabeza y sonrió, al tiempo que reanudaba la tarea, los codos en las rodillas, sin dejar de contemplarla.

"Qué chiquilla", pensó. "Qué chiquilla."

Linnea vio las tres hojas de hoz que atravesaban el campo en dirección a ella, pero estaban demasiado lejos para distinguir quién conducía. Era un cuadro asombroso y deseó tener la destreza para captarlo en una pintura, con sus intensos amarillos y azules para el trigo y el cielo. De hombres y caballos trascendía cierta magnificencia, tan pequeños contra la majestad de la tierra que se extendía ante ella como un vasto océano ondulante y amarillo. Que fuesen ellos los que lo controlaran y le sacaran provecho no hacía más que aumentar su admiración. Algo le oprimió el corazón con increíble fiereza y se le presentaron con absoluta claridad las palabras de la canción…

Oh, belleza de los cielos vastos

De las olas ambarinas de grano…

¿Cómo era posible que estuviese desarrollándose una guerra, si ante sí sólo se extendían munificencia y belleza? Y se decía que la guerra se libraba precisamente para preservar lo que estaba contemplando. Pensó en la bandera que acababa de colgar y en las palabras que había escrito en la Pizarra. Contempló a los tres hombres que guiaban a los animales a través de un espeso trigal. Hizo una profunda inspiración y saltó tres veces, de Puro entusiasmo. Y saludó con los brazos.

Uno de ellos le devolvió el saludo.

6

Linnea durmió en estado de excitación. Al despertarse, en su primera mañana de escuela, oyó cantar al gallo en un duermevela. El alba que asomaba por la pequeña ventana prometía un día claro. Abajo Nissa hacía ruidos en la cocina- Saltó ágilmente de la cama, impaciente por empezar, al fin, con lo más importante.

Se peinó con gran cuidado, trazando una raya en el medio y formando un moño que empezaba detrás de las orejas y seguía el contorno de la nuca dibujando una media luna. Se puso la nueva falda verde, la blusa escocesa que hacía juego, abotonándola hasta el cuello, estirando luego las finas cintas de la cintura para atarlas atrás formando un lazo: al terminar, se puso de puntillas para controlar los resultados en el espejo.

La falda era bien ajustada en la delantera, pero las tablas de atrás eran profundas y amplias, formando un abultamiento que daba la apariencia de tener un polisón que alzaba el faldón de la blusa. Viendo su reflejo, se encontró adulta y confiada. Todavía de puntillas, compuso una pose con los brazos elevados y las muñecas graciosamente flexionadas.

– Bueno, gracias, Lawrence. Ojala pudiese, pero, ya ves, hoy es el primer día de clase y tengo que ir a un edificio lleno de niños… -De pronto, se miró el pecho y rió-. Oh, caramba, he olvidado el reloj. Tendrás que disculparme, voy a buscarlo.

Abandonando la pose extravagante se acercó al tocador y levantó un delicado colgante de oro que pendía de un alfiler en forma de arco. El cuadrante estaba revestido de una lámina de oro delgada como un papel, que tenía grabado un dibujo de rosas. Era el regalo de graduación de sus padres y el primer reloj que poseía en su vida. Lo pinchó en la parte más sobresaliente de su Pecho izquierdo y volvió a retroceder para contemplarse, orgullosa.

Sí. Tengo ese aspecto. Señorita Brandongert, maestra.

Con una sonrisa, bajó a desayunar.

Los otros ya estaban: los hombres, sentados a la mesa, y Nissa, iba y venía de la mesa a la cocina.

– ¡Bueno, buenos días a todos. Mmmm, eso huele delicioso, Nissa!

Su tono era tan alegre como el del gallo mañanero y su paso vil cuando se dirigió a la silla de costumbre.

John giró, la inspeccionó más tiempo que lo habitual y se puso color de un jamón recién curado, sin poder pronunciar palabra.

– John -lo saludó, flexionando las rodillas en una breve reverencia-. Kristian. Giró hacia el muchacho con una sonrisa alegre y vio que estaba con la boca abierta.

– Buenos… -Pero se le quebró la voz y tuvo que empezar de nuevo-. Buenos días señorita Brandonberg.

– Theodore.

Le dedicó la sonrisa más radiante, pero él casi no la miró mientras llenaba el plato.

– Buenas -farfulló.

"¿Y ahora qué he hecho?", se preguntó. Seguramente, nada. Theodore estaba como siempre: encantador y radiante.

– Parece que tendremos un día hermoso para el comienzo de clases -gorjeó.

Nadie dijo una palabra, salvo Nissa, quien, reuniéndose con ellos a la mesa, comentó:

– Ya lo creo. Ya estamos todos, así que recemos. I

Una vez más, Theodore pronunció la plegaria en noruego y, si bien Linnea intentó varias veces romper la barrera de silencio a lo largo de la comida, no tuvo demasiado éxito. Felicitó a Nissa por el desayuno y luego aludió al tema del almuerzo del día anterior. '

– Si sigo comiendo así, engordaré muy pronto. El emparedado del sábado también era delicioso. -Miró con aire interrogante-. ¿De qué era?

– Lengua,

Linnea sintió que se le revolvía el estómago.

– ¿L…Lengua?

– Lengua de vaca -aclaró Nissa.

– Lengua de v…

Pero no pudo terminar la palabra. Tragó y sintió unas leves náuseas mientras cuatro pares de ojos se alzaban hacia ella.

– ¿Nunca habías comido lengua? -fe preguntó Nissa.

– n…no, por fortuna.

– Creo que dijiste que te había gustado.

– Penseque me había gustado, pero… ¿lengua?

– ¿Acaso no estás enterada? Hay guerra. Por aquí no desperdiciamos ninguna parte del animal, ¿no es cierto, muchachos?

Bajo las miradas divertidas de todos ellos, se sintió tonta y, aun así,,no pudo menos que preguntar:

– ¿Otra vez me ha preparado el emparedado con eso?

– De hecho, sí. Era la única carne fría que tenía. Claro que podría freírte un huevo y prepararte el emparedado con él si tu…

– Oh, no… No -insistió Linnea, sin otra alternativa-. No quiero darle trabajo. La le-lengua estará bien.

Por primera vez en la mañana, los ojos de Theodore se posaron en ella más tiempo, pero tenían un brillo divertido cuando dijo:

– Espere a probar el estofado de corazón que hace ma.

Una oleada de risas ahogadas recorrió la mesa y luego los Westgaard reanudaron la comida, pero ella no pudo pasar un bocado más.

Se levantó y dijo, sin mucha convicción:

– Si me disculpan, tengo que preparar algunas cosas para la escuela.

Hizo un gesto laxo hacia la escalera y se retiró.

Sin embargo, ni aun la perspectiva de los bocadillos de lengua bastó para amargarla cuando, más tarde, miró el reloj y vio que, por fin, era hora de ponerse en camino.

Nissa la esperaba para saludarla. Kristian debía de estar en su cuarto cambiándose de ropa y los otros dos ya habían salido para el campo. En la puerta, la anciana le dijo:

– Kristian me pidió que te diera esto. He puesto una tajada de queso en tu almuerzo.

Cuando miró, Linnea vio que era una trampa para ratones y, aceptándola con vivacidad con dos dedos, la puso sobre el libro de registro.

– Oh, lo ha recordado. Cuando lo vea, le daré las gracias. -Levantó la vista, sonrió, hizo una inspiración, retuvo el aire unos segundos y dijo-: Bueno, allá voy. Deséeme suerte.

– No creo que la necesites. Bastará con que les hagas saber quién manda y le irá bien.

Emprendió la caminata de veinte minutos ansiosa y feliz, recorriendo con paso animado la gravilla crujiente. Al costado del camino, las hierbas altas estaban resbalosas de humedad, brillando bajo el sol todavía bajo; 'se arqueaban flexibles hacia ella y casi no se estremecían en el amanecer sin viento. Al otro lado de las zanjas, el grano cortado se secaba en los vastos campos como una mujer con el cabello recién lavado. Por todos lados se olía la fragancia de la cosecha: algo así como el olor de las nueces, teñido con el olor polvoriento de la paja desmenuzada que pendía en el sol como motas doradas.

Un águila de cola roja se elevó en una corriente ascendente, con las alas tan quietas como las hierbas: lo único que se torcía de vez en cuando era la cola, que la hacía girar en círculos en busca del desayuno. El mundo resplandecía silencioso, pues los sonidos de la noche habían sido arrastra dos por la mañana. El sol era una bola de llamas, caliente y cegadora, que calentaba su cuerpo por delante, dejándola fría por detrás. Por más que entrecerrase los ojos, no podía distinguir el campanario de la escuela, a ochocientos metros de distancia.

Pasó ante la propiedad de John y observó la pequeña casa destartalada, tras la línea de protección de altos cedros. Junio al cobertizo había gran número de vacas blancas y negras. Una bandada de gorriones revoloteaba alrededor de la cabria enrejada del molino de viento, cuyo tercio inferior estaba cubierto de una espesa enredadera de campanillas, que alzaban sus trompetillas azules hacia el cielo, también azul. A mitad de camino entre la casa y el molino había una antigua bañera que desbordaba de petunias rosadas y blancas. ¿Él las habría plantado? ¿Y las campanillas? Sintió una punzada de desolación hacia ese hombre tímido y callado. Vio un gato manchado sentado en el escalón trasero, que se lavaba la cara blanca con una pata gris y, por alguna razón, se sintió mejor.

"John", pensó, "qué hombre tan simple y adorable."

Theodore. Frunció el entrecejo. Cualquier cosa menos simple y nada adorable. ¿Cómo era posible que dos hermanos tuviesen personalidades tan diferentes? Si se pudiesen homogeneizar las personalidades… a John le vendría bien un poco del temple de Theodore y a Theodore, algo de la timidez del hermano. Qué raro que pese a la grosería de Theodore – ¿o sería a causa de ella?-, no podía dejar de pensar en él. En ocasiones detectaba en él cierta vena de humor, pero él siempre la sumergía. ¿Cuántos días podía pasar un hombre sin sonreír? ¿Sin reír? ¿Nunca se permitía la alegría? Seguramente habría experimentado cuando era joven, cuando tenía a Melinda. Espera. Theodore, viejo aguafiestas. Verás cómo le haré sonreír.

Con esa promesa, llegó a la escuela. Se detuvo en el sendero para disfrutar de la escena: la construcción blanca, el cielo azul, los álamos verde esmeralda, trigo dorado, pájaros que cantaban entre las espigas, la brisa que le acariciaba las orejas, ni un alma cerca… como si ella fuese la única persona levantada. "Mía", pensó, grabándose el recuerdo, prometiéndose que jamás olvidaría esos momentos preciosos.

Subió los peldaños de cemento, tocó la fría baranda de acero y abrió la puerta de madera. Mía… al fin.

Cruzó el guardarropa y se detuvo al trasponer las puertas dobles: todo estaba tal como lo había dejado. Con las manos unidas bajo la barbilla, gozó la expectativa de su primer día de clases. Una luz dorada se derramaba por las largas ventanas limpias del aula. Las sombras de los; escritorios eran nítidas y renegridas contra el suelo de roble sin desbastar, al que la limpieza del sábado había arrancado olor a madera fresca. Las cortinas se mecían, lánguidas y las argollas proyectaban móviles sombras ovaladas que ondulaban sobre una fila de pupitres. Entre las ventanas brillaban las lámparas con chimenea. La bandera pendía, inmóvil. La estufa recién pintada de negro esperaba que se encendiera el primer fuego, los tinteros que los llenasen por primera vez, y las palabras de la pizarra, que las leyesen por primera vez.

Y el ratón estaba sentado en mitad del suelo. Linnea rió y el ruido ahuyentó al animalejo hacia el frente del salón.

– Bueno, a ti también te deseo los buenos días. -Vio que se escabullía por el suelo crujiente y desaparecía tras el anaquel de libros-. Así que ese es tu escondite -dijo, apoyándose sobre una rodilla para espiar detrás de los estantes. Se puso de pie, se sacudió las manos y dijo en voz alta-: Pronto te atraparé y. entretanto, no asomes la nariz, ¿me oyes?

Se sentó ante el escritorio, levantó la tapa de su cazuela de hojalata y encontró el trozo de queso que le había puesto Nissa. Pero, después de haber instalado la trampa, echó una mirada hacia la biblioteca, de nuevo al mortífero resorte de acero y otra vez al mueble. Por último, murmuró:

– Está bien, un día más.

Desactivó la trampa y la dejó en el suelo, sin quitarle el queso. Después fue afuera y Heno el cubo de agua, lo transportó dentro y pasó el agua a la olla de barro- Por último llenó los tinteros y miró el reloj, impaciente: tenía que aguardar quince minutos. Echó un vistazo a las puertas cerradas, ladeó la cabeza, pensativa, y luego corrió a abrir tanto las de adentro como las de afuera, como para que diesen la bienvenida.

Desde la puerta, observó su propia mesa. Después miró la puerta desde el escritorio. Se sentó y unió las manos sobre la gastada mesa de roble, contemplando el espectáculo: el palio occidental, la fila de álamos que resguardaba del viento, enmarcado por muros blancos y cortados limpiamente por el negro tubo de la estufa.

Así estaba sentada cuando asomaron las tres primeras cabezas y escudriñaron desde detrás de la estufa.

– Buenos días.

Linnea se puso de pie de inmediato y se acercó a ellos: eran los hijos de Lars y Evie. Cada uno de ellos llevaba un libro de estudios y un tarro de hojalata de los de melaza, y los tres la miraron. El niño era pecoso, con el cabello dividido a un lado y aplastado severamente hacia atrás. Le sujetaban los pantalones azul oscuro unos tirantes grises, y las punteras de sus botas no tenían un solo rasguño. La más alta de las niñas llevaba de la mano a la más pequeña, que trataba de ocultarse tras el hombro de su hermana. Las dos niñas estaban vestidas de manera similar, con vestidos de algodón floreado que llegaban al borde de sus botas marrones de caña alta que, sin duda, eran tan nuevas como las del hermano. La niña más pequeña llevaba un delantal blanco almidonado sobre el vestido. Las dos iban peinadas con raya al medio y el cabello estirado hacia atrás en dos pulcras colas, atadas con finas cintas amarillas.

– Buenos días, señorita Brandonberg -canturrearon los dos mayores al unísono.

Mientras intentaba desesperadamente recordar los nombres, el corazón de Linnea martilleaba. Pero sólo recordó uno:

– Tú eres Norma, ¿verdad? Norma Westgaard.

– Ahá. Y este es Skipp y Roseanne.

– Hola, Skipp.

El niño asintió y se sonrojó, mientras que Roseanne se metió el dedo en la boca y dio la impresión de que estaba a punto de echarse a llorar.

– Hola, Roseanne.

Norma la empujó un poco con la rodilla y la pequeña recitó un saludo, obviamente ensayado:

– Buenos días, zeñorita Brandonberg.

Norma se inclino sobre ella y le sacó el dedo de la boca, ordenándole:

– Ahora, dilo bien.

– Buenos días, zeñorita Brandonberg.

Esta vez lo pronunció con más claridad, pero con el mismo ceceo cautivante de la primera vez.

El corazón de Linnea se derritió y se acercó, aunque no mucho, por temor a espantarla:

– Bueno, Roseanne, me han dicho que este es tu primer día de clase.

La niña infló la mejilla y asintió, sin apartar la vista de Linnea.

– ¿Sabías que para mí también? Vosotros sois mis primeros alumnos. Y si me prometes no contárselo a nadie, te diré un secreto. -Uniendo las manos, las apretó entre las rodillas mientras se inclinaba y le confió-: La idea de conoceros me ponía un poco nerviosa.

Rosearme se sacó el dedo de la boca y alzó la vista hacia Norma, que le sonrió, tranquilizadora.

En ese preciso momento, apareció alguien en la puerta. Era Francés Westgaard, llevando a rastras a un hermano pequeño. Linnea los reconoció: eran los hijos de Ulmer y Helen, y ella esperaba que los hermanos mayores se unieran a ellos momentáneamente. Pero, cuando los niños entraron para saludarla, no apareció ningún hermano mayor.

Tras el intercambio de saludos, todos salieron afuera, los niños al patio de juegos y Linnea a los escalones de entrada para recibir a los alumnos que llegasen. Mantuvo la vista fija en el camino, para ver acercarse a los niños que faltaban. Pero pasaban los minutos y el mayor de los que llegaron era Alien Severt, que fue hacia el patio de juegos, donde, sin perder tiempo, se puso a fastidiar a las niñas mayores y a empujar a los más pequeños en los columpios.

A las nueve en punto, todavía fallaban los cuatro alumnos varones de mas edad y por eso entró a revisar la lista para cerciorarse de que no se había equivocado con respecto a los que esperaba.

¡Pero no podía haberse equivocado con respecto a Kristian! ¿Dónde estaría? Rebuscando en su memoria, recordó un rostro que asociaba con “Raymond Westgaard", muchacho alto y anguloso, que se había apresurado a irse inmediatamente después de que se lo presentaran el domingo. Y la hija de los Lommen ya había llegado: era la hermosa niña de largo cabello caoba y asombrosas pestañas largas… pero ¿dónde estaba su hermano gemelo? ¿Quién más faltaba? Ah, sí. Linnea repasó la lista: Antón, Tony, había llamado Nissa, y ella había anotado el apodo al margen. También faltaba Tony Westgaard, de catorce años.

Respiró profundamente y advirtió la tensión en el estómago. ¿Acaso los muchachos mayores estarían poniéndola a prueba, en cierto modo? ¿Llegarían tarde el primer día para ver cuál sería la reacción de la maestra nueva?

Pensó en Kristian y le pareció imposible que se prestara a semejante maniobra. Pero ya eran las nueve y diez y todavía no había hecho sonar la campana. Por fin abarcó con la vista a todos los alumnos y eligió a quien le pareció más sensato y digno de confianza.

– Norma, ¿puedo hablar contigo un momento? -la llamó desde el borde del patio de juegos.

Norma se apartó al instante de los demás y se acercó a ella.

– Sí, señorita Brandonberg.

– Son las nueve y diez y me faltan cuatro alumnos. Todos los varones mayores. ¿Sabrías tú dónde están?

La expresión de la niña se tornó perpleja.

– Oh, ¿no lo sabía?

– ¿Saber? ¿Saber qué?

– No vendrán.

– ¿Que no vendrán? -repitió Linnea, sin poder creerlo.

– No. No vendrán hasta que el trigo esté a cubierto y la trilla terminada.

Confundida, Linnea repitió:

– ¿El trigo? ¿Hoy, quieres decir? ¿Hoy alguien está trillando?

– No, señora. No sólo hoy sino todos los días, hasta el fin de la temporada. Los muchachos tienen que ayudar con la cosecha.

En cuanto asomó a la superficie un atisbo de comprensión, Línea temió haber entendido demasiado bien.

– La cosecha. ¿Te refieres a todo, en general? -Con un ademán abarcó los extensos campos que rodeaban la escuela- ¿Todo eso?

Norma miró, nerviosa, las manos de la maestra y alzó de nuevo vista.

– Bueno, necesitan a los chicos; de lo contrario, ¿quién lo entrará todo y lo trillará antes de que caiga la nieve?

– ¿Antes de que caiga la nieve? ¿O sea que piensan mantener a los niños apartados de la escuela todo ese tiempo?

– Bueno… sí, señora -respondió la niña, con expresión preocupada.

Al advertir que estaba poniendo incómoda a Norma, Linnea disimuló su descontento y respondió, en tono blando:

– Gracias, Norma.

Pero, cuando dirigió la vista hacía el Noroeste, en la dirección en que los muchachos estaban segando el día anterior, estaba furiosa. No veía un alma. ¡Y, cuando entró en el guardarropa y tiró del grueso nudo de la cuerda, hizo sonar la campana con tal vehemencia que, al elevarse, sus pies se despegaron del suelo!

Qué comienzo tan desastroso para el día que había imaginado con tanto idealismo… ¿Sería cierto que se atenían a esa costumbre todos los años? ¿Arrebataban a los niños mayores el valioso tiempo de asistencia al colegio para que los ayudaran a guardar su precioso trigo? ¡Bueno, sería conveniente que cambiaran de actitud porque ese año estaba presente la señorita Brandonberg y las cosas serían un poco diferentes!

El incidente le estropeó toda la jornada. Aunque siguió con todas actividades planeadas y se dedicó a conocer a sus pupilos, cada vez que los niños estaban atareados y ella no, la asaltaban amargos pensamientos; estaba impaciente por volver a la casa y emprenderla contra Theodore. Asignó asientos y se fabricó una tarjeta con los nombres; luego hizo que todos los chicos que lo supieran recitasen el "Juramento de Fidelidad” al comenzar el día. Después, por turno, se paraban junto a los pupitres y decían sus nombres, edades y el lugar aproximado en el que habían dejado de estudiar al terminar el año escolar anterior, al trabajar los diversos temas. La mayoría de los libros que usaban los niños no tenían ninguna marca que indicara el grado. En un esfuerzo por familiarizarse con cada alumno, tanto desde el punto de vista personal como académico, asignó a los mayores la tarea de escribir un breve ensayo sobre cada miembro de su familia. Los que estaban en los grados intermedios tuvieron como tarea escribir una lista de diez palabras que creyesen que describían a su familia, y a los más pequeños les pidió que dibujasen a su familia. Entretanto, reunió alrededor de sí al "primer grado", que formaban Roseanne y su primo, Sonny Westgaard, y empezó a enseñarles el alfabeto con las tarjetas que había preparado.

Descubrió que era dificultoso mantener en marcha siete niveles de enseñanza al mismo tiempo y en ocasiones creía haberles dado tarea a un par de alumnos como para una hora… ¡cuando ahí estaban, habiendo terminado y listos para la siguiente lección, antes de que ella hubiese acabado con otro grupo!

El descanso de media mañana fue un alivio, así como el del mediodía para comer, si bien no logró comerse el emparedado de lengua. Al final, lo tiró discretamente y pasó el resto de la tarde sintiendo que le gruñía el estómago.

Como los niños trabajaban solos buena parte del tiempo, era fácil determinar quién se aplicaba y quién no, quién podía trabajar sin vigilancia continua y en quién no podía confiar.

Alien Severt era el peor de todos. Su trabajo escrito era sucio, su actitud bordeaba la insolencia y trataba a los demás niños con grosería y desconsideración. Durante la pausa del almuerzo, salió a ahogar ardillas. Linnea se enteró de que había muchas, de modo que cazarlas era la actividad preferida de los varones al mediodía- y no sólo trajo dos colas sino una diminuta pata peluda, que puso silenciosamente sobre el hombro de Francés Westgaard cuando se reanudaron las clases. Cuando la niña la descubrió, rompió a gritar, alterando al resto de la clase, levantándose de un salto y quitándosela a manotazos para arrojarla al suelo-

– ¡Alien! -Ordenó Linnea-, ¡inmediatamente le pedirás disculpas a Francés y te llevarás esa porquería afuera y la tirarás!

Encorvándose en el asiento con aire indiferente, el niño preguntó:

– ¿Por qué? Yo no se la puse ahí.

– ¿No fuiste tú el que atrapó las ardillas al mediodía?

En lugar de responder, sin desdibujar la mueca desdeñosa de su boca, se levantó lentamente, inclinándose desde la cintura con actitud descarada y levantó la pata de ardilla del suelo.

– Como usted diga, maestra -dijo, arrastrando las palabras.

Pronunció la palabra "maestra" como una bofetada en el rostro. Linnea tuvo que apelar a toda su fortaleza para no darle el golpe que se merecía. Las miradas se encontraron, la de él, lánguida y victoriosa, la de ella, enérgica y, metiendo el pulgar en el bolsillo trasero, el muchacho empezó a darse la vuelta.

– Primero la disculpa -le ordenó la joven.

El niño se detuvo con un hombro más bajo que el otro, como en actitud de perseguido, y casi sin apartar la vista de Linnea, dijo:

– Lo siento, desgraciada.

– ¡Fuera! -le espetó Linnea, sin escapársete la importancia psicológica de decir la última palabra.

El chico salió con paso lento, con impúdicos movimientos perezosos, arrastrando los pies de manera que resonaran en el suelo hueco.

Por suerte, el incidente ocurrió hacia el final de la jornada, pues Linnea se quedó temblando de ira. Se esforzó por disimularlo cuando Alien entró otra vez con el mismo paso y volvió a sentarse con la actitud aburrida de antes.

Faltaba media hora para hacer sonar la campana y dar por finalizadas las clases y se sentó al escritorio para revisar los papeles del día. Alien que integraba el grupo de los mayores, al que le había dado la tarea de escribir los ensayos, había decidido escribir la lista de palabras. Más encolerizada aun por su empecinamiento, leyó la lista sin reconvenirlo por haber desobedecido sus indicaciones. La lista misma revelaba la actitud desafiante del muchacho:

aburrido

estúpido

oraciones

peste (hermana)

negro

fatidio

Para sorpresa de Linnea, añadió dos palabras que no guardaban menor relación con las demás:

biscochos de choclate

Alzando la vista por encima del papel, descubrió a Alien tendido sobre el pupitre, con la barbilla apoyada en el puño cerrado, mirándola. Lo que en realidad debía estar haciendo era leer, pero tapaba con las manos el libro abierto.

Biscochos de choclate. ¿Los bizcochos de chocolate que hacía su madre? ¿A fin de cuentas, habría algo que ese niño supiera apreciar? Pero ¿qué significaría la palabra falidio7 Estaba demasiado fastidiada para deducirlo y, dando vuelta a la hoja, pasó al siguiente. Sintió que los ojos de Alien le perforaban la coronilla, hasta que ya no pudo soportarlo más y volvió a mirar el reloj.

La tapa del reloj era retráctil y el resorte estaba disimulado tras el arco de oro. Cuando tiro de él e hizo saltar la tapa, volvió a sentir el incómodo escrutinio. Al levantar la vista, se encontró con la mirada de Alien fija en su pecho, donde la tela de la blusa, tironeada por la cadena, formaba un pico. Le recorrió la espalda un estremecimiento y sintió que se ruborizaba, pero en ese momento la mirada desinteresada del niño se volvió hacia la ventana.

No seas tonta. No es más que un chico de quince años, por el amor de Dios.

Lo observó con discreción durante un minuto más. Era delgado y larguirucho, pero alto y de hombros desproporcionadamente anchos, como un edificio alto con vigas sólidas que esperasen que se rellenaran las paredes, No tenía nada de la corpulencia que se veía desarrollarse en Kristian, cosa comprensible teniendo en cuenta que no hacía el mismo trabajo esforzado que los hijos de los granjeros. Aun así, en los huesos de la cara angulosa de Alien se veía asomar la virilidad, como también en el irónico labio superior, que ya estaba recortado por una fina sombra de bigote, similar a la pelusa que adornaba los huecos de las mejillas. También daba la impresión de que estaban engrosándose las cejas, como si fuesen a unirse sobre el puente de la nariz. Pero, al pensar en lo que sería Alien como hombre, se estremeció de nuevo y,se apresuró a dejar caer la vista cuando vio que la cabeza del niño giraba otra vez en su dirección.

– Niños, es hora de ordenar los pupitres. Por favor, devolved los libros aquí y lavad las plumas en el cubo que está en el guardarropa. Iremos por grados: Jeannette, Bent y Skípp, vosotros vais primeros.

Una vez ordenado el salón, les dio las buenas tardes y fue hasta el guardarropa a tocar la campana. Pero, cuando tenía los brazos levantados sobre la cabeza y los niños iban saliendo, el único que se demoró fue Alien Severt. Fue contoneándose hacia ella, arrastrando los pies y en esta ocasión no cabía duda; le miraba abiertamente los pechos. Soltó de inmediato la cuerda de la campana, mirándolo con la mayor firmeza que pudo reunir.

– Adiós. Alien. Te propongo que tú y yo intentemos tener un día mejor mañana.

El niño soltó un bufido carente de humor y pasó junto a ella sin decir palabra. Todo ello no hizo nada para mejorar su ánimo para el encuentro con Theodore.

A Theodore le preocupaba la cantidad de tiempo que dedicaba a pensar en la señorita Brandonberg. Pensar demasiado era típico de su actividad. ¿Cuántas horas de su vida había pasado tras los caballos que tiraban del arado, pensando? ¿Que otra cosa se podía hacer mientras iba detrás, contemplando las grupas relucientes y las grandes cabezas que se balanceaban?

De niño, trabajando para su padre, a menudo dormitaba al ritmo parejo de los caballos. Cuando era un adolescente que maduraba, había soñado al compás del roce de la tierra contra la hoja del arado. Como marido desilusionado, se angustiaba oyendo el rumor de las semillas cayendo por el tubo de grano. Y, como padre novato, abandonado con un hijo de un año, rumiaba su ira desde el mismo lugar.

Durante años, la vista seguía siendo la misma: caballos, cosecha. Horizonte.

Se había comunicado casi exclusivamente con la tierra y los animales durante tanto tiempo que se volvió introspectivo y hosco y había olvidado casi cómo comunicarse con los seres humanos- Claro que estaban Nissa, John, e incluso Kristian, pero ellos, igual que él, sólo gozaban de su propia compañía, en general.

Sin embargo, esta pequeña señorita era algo especial: siempre parloteando, burbujeante. No cabía duda de que no sabía cerrar la boca. El tipo que se casara con ella debería estar preparado para una buena dosis de atrevimiento. ¿Por qué lo enfurecía tanto? ¿Por qué lo hacía aflojar la lengua? Lo hacía pensar en tonterías como las flores de los cardos y en significado de palabras raras.

Sonrió imaginando la sorpresa de la muchacha cuando Kristian no se presentara en la escuela. Sí, sin duda le arrojaría las palabras en la primera ocasión que tuviese. Bueno, que rabiara, Kristian ya estaba inquieto y echaba miradas hacia la escuela cada vez que llegaba a la cima de la colina. Theodore no estaba ciego: hasta un tonto se habría dado cuenta de que el muchacho estaba enamorado de la maestra y que, en cuanto tuviese ocasión, soltaría las riendas y correría a practicar su ortografía. Amor de cachorro. Esbozó una sonrisa torcida, que se le borró poco después al recordar que él no era mucho mayor que Kristian cuando tuvo ese fatal tropezón en la ciudad y conoció a Melinda.

Melinda.

Vestida de amarillo claro, el cabello negro formando un nudo, los ojos verdes relampagueando, aprobadores. Desde el momento en que la había visto en ese vagón, no pudo apartar la vista de ella. Se removió inquieto y pasó las riendas a la otra mano. ¿Qué diantre se había adueñado de él para ponerse a pensar en Melinda?

Melinda era cosa del pasado y, cuanto menos pensara en ella, mejor?. Hacía años que lo sabía. Se acomodó mejor en el asiento de hierro y entrecerró los ojos cuando enfiló hacia el Oeste. Hora de ordeñar. Haciendo flexiones y giros, se masajeó la nuca y pensó en lo grato que sería bajarse del vehículo a estirar las piernas. Sacó el reloj de la pechera de la bata de trabajo, miró la hora y lo guardó de nuevo. Ah, ma debía de tener preparados unos emparedados y una taza de café caliente. Hizo señas a los otros, se acercó al linde del campo y soltó a los caballos del arado. Y, mientras guiaba a la yunta hacia el molino de la familia para recibir el merecido refrigerio, se preguntó si la pequeña señorita ya habría vuelto de la escuela.

Ella estaba de pie junto a la torre, esperando para saltarle encima, con los brazos en jarras, cuando Theodore y Kristian entraron en el patio a pie, detrás de los caballos.

Theodore la observó bajo el ala del sombrero de paja, pero no dio señales de haber advertido su presencia. Gritó:

– Frenen, ustedes -cuando los caballos apresuraron el paso al ver el tanque de agua.

Adrede, condujo a Crib y a Toots muy cerca de la muchacha, haciendo caso omiso de que ella estaba en su camino.

– ¡Señor Westgaard! -lo abordó, girando para mirar con seriedad los hombros anchos cuando él pasó junto a ella sin pronunciar palabra.

Theodore se acercó lo suficiente para ver las chispas que estallaban en los ojos azules.

– ¿Señorita Brandonberg? -repuso, con deliberada frialdad, mientras ella lo seguía inclinándose adelante, con los puños apretados y pasos furibundos.

– ¡Quiero hablar con usted!

– Hable.

– ¡Hoy su hijo no estaba en la escuela!

Theodore soltó las riendas y se inclinó para soltar los tiros de la grupa.

– Por supuesto que no. Estaba en el campo, conmigo.

– ¡Le rogaría que me dijese qué estaba haciendo allí!

– Lo que cualquier persona físicamente apta hace en esta región. Ayudar con la cosecha.

– ¿Por orden de usted?

Theodore se irguió, en el preciso momento en que Kristian entraba con su pareja de animales, pero tuvo la sensatez de mantener la boca cerrada.

– No hace falta órdenes. El muchacho sabe que se le necesita y con eso basta.

– No hacen falta órdenes -explotó Linnea-. Pero escúchese un poco -Señaló el pecho de Theodore-. Tiene una gramática lamentable, ¿y quiere que su hijo crezca hablando de ese modo? ¡Eso es lo que pasará si no lo deja asistir a la escuela!

Para enfatizar, agitó un dedo bajo la nariz del hombre.

Theodore se sonrojó y su boca se convirtió en una fina raya. ¿Con quién creería que estaba hablando?

– ¿Qué importa cómo hable, siempre que sepa cómo manejar una granja? Eso es lo que hará toda la vida.

– ¿Ah, si? ¿Y él qué opina al respecto? -Con expresión colérica, se volvió a Kristian y luego hacia el padre-. Más bien, ¿tiene algo que decir al respecto? -De repente, se volvió para confrontar directamente al muchacho-: ¿Qué dices, Kristian? ¿Eso es lo que piensas hacer el resto de tu vida?

El muchacho estaba tan sorprendido que no atinó a responder.

– ¡Ya ve! -continuó la joven-. ¡Le ha lavado el cerebro de tal modo que ni siquiera puede pensar por sí mismo!

– ¡Señorita… será mejor que…!

– ¡Cuando se dirige a mí como maestra de su hijo, mi nombre es señorita Brandonberg!

Theodore la miró, ceñudo, enderezó los hombros y repitió:

– Señorita Brandonberg… -Hizo una pausa burlona y continuó- Hay un par de cosas que será mejor aclararle. Aquí vivimos de acuerdo con las estaciones, no por un calendario establecido por algún soberbio y roñoso inspector de escuelas. Tenemos que guardar el trigo y, cuando esté trillado y guardado en los graneros, será el momento de que los muchachos vayan a la escuela. -Levantando un dedo, señaló al horizonte-Aquí no estamos trabajando en el jardín de una solterona, ¿sabe? Lo que está mirando son campos divididos en secciones, no en hectáreas. ¿Cuándo diablos cree usted que podrá usar todas esas palabras elegantes cuando la tierra le pertenezca? A los caballos no les importará cómo hable. -Señaló con el pulgar sobre el hombro a los caballos que abrevaban-. Lo único que les importa es que se les dé de comer, de beber y qué se los ensille como es debido. ¡Vacas, caballos, cerdos y trigo! ¡Eso es lo que importa aquí, y será mejor que no lo olvide antes de empezar a predicar sobre educación!

Irguiéndose, Linnea levantó las manos.

– Entonces ¿para que me contrataron? ¡Si eso es lo único que importa, puede enseñárselo usted! Pensé que mi trabajo consistía en que los, niños fuesen letrados, en prepararlos para el mundo que está más allá de Álamo, North Dakota -terminó, agudizando la voz.

¡Si letrados significaba lo que él creía, la pequeña jovencita lo había puesto otra vez en su lugar y él ya había soportado todo lo que podía de una cachorra dieciséis años menor que él!

– Álamo, North Dakota es su mundo y siempre lo será, de modo que confórmese con tenerlo durante seis meses al año en lugar de ninguno.

Se dio la vuelta, pero Linnea lo azuzó:

– Así que piensa apartarlo de la escuela otra vez en la primavera, en lugar de responderle, Theodore se encaminó hacia el cobertizo.

Indignada, la muchacha corrió tras él y lo aferró del brazo.

– ¡No se atreva a darme la espalda… pedazo de atrabiliario… -Buscando la palabra adecuada, al final le escupió-: ¡Cínico!

Theodore no tenía idea de lo que significaba y eso lo enfureció todavía más

– Fíjese a quién insulta, pequeña señorita.

Liberó su brazo de un tirón.

– ¡Respóndame! -le gritó-. ¿También piensa sacarlo de la escuela para que lo ayude a sembrar?

La mandíbula de Theodore adoptó un gesto terco.

– Seis meses para mí, seis para usted. Es justo, ¿no cierto?

– ¡Para su limitada información, no existe la palabra no cierto, y no estamos hablando de lo que es justo para mí y para usted! Nos referimos a lo que es justo para su hijo. ¿Quiere que sepa escribir y leer correctamente cuando sea mayor?

– Ya sabe lo suficiente para arreglárselas.

– ¡Arreglárselas! -Irritada más allá de los límites, se apretó las sienes y giró de prisa-. ¡Señor, como puede alguien ser tan obcecado!

El enfado de Theodore estalló y se puso de color encamado.

– Si no soy lo bastante inteligente para su gusto, puede buscarse a otro que mantenga un techo sobre su cabeza. Le aseguro que el distrito escolar no me paga lo suficiente para la comida que come y mucho menos para calentar la planta alta.

Theodore se dio la vuelta otra vez y en esta ocasión ella lo dejó irse. Cuando el hombre desapareció dentro del cobertizo, Linnea cobró conciencia de la presencia de Kristian, de pie junto a los caballos, las riendas olvidadas en las manos, con aire avergonzado.

De pronto se dio cuenta de lo que había hecho.

– Kristian, lo siento. No era mi intención que presenciaras esto. Ha sido… ha sido muy incorrecto de mi parte ofender así a tu padre. Por favor, perdóname.

Kristian no sabía a dónde mirar. Fijó la vista en las riendas, luego otra vez en Linnea y después en las correas que recorrían la grupa de Nelly.

– N'importa -farfulló, pasando la mano distraído por el hombro del caballo.

– No importa -lo corrigió la señorita Brandonberg, sin advertirlo. Y añadió-; Sí, importa. No tenía derecho a perder la calma de ese modo, ni a decirle obcecado. -Dirigió una mirada furiosa hacia el cobertizo, apretó los puños y se golpeó los muslos- Lo que sucede es que no sé cómo hacerle comprender la importancia de la educación, puesto que lo único que ve es que a él le ha ido bien sin ella.

– Tiene razón, ¿sabe? -Kristian la miró a los ojos-. No iré a ningún sitio. Aquís donde viviré toda mí vida, seguramente. Amo esta granja.

Esta vez, no se molestó en corregirlo. Desesperada por la inutilidad de sus esfuerzos, lo vio alejarse hacia el cobertizo, desde cuyo costado más alejado llegaba la voz de Theodore gritando;

– Ven, jefe… -mientras juntaba a las vacas para ordeñarlas.

7

Theodore intentó recordar cuándo se había sentido tan enfadado. Mucho tiempo atrás, quizá cuando Melinda los abandonó a él y a su hijo. Entonces, como ahora, se había sentido estúpido, lo que no hizo más que aumentar su cólera. Miles de pensamientos indignados más pugnaban por liberarse, pero tenía mucha práctica en disimular la rabia. Durante la cena ignoró a la señorita Brandonberg: no podía mirarla sin sentir una sofocante sensación de inferioridad. En la mesa volvía a reinar el silencio y… ¡por Dios, así era como debía ser! Ya había soportado lodo lo posible su altiva conversación y no pensaba dirigir una sola palabra cortés a una mocosa de lengua punzante como esa, que no tenía noción del debido respeto a los mayores.

En cuanto terminó la tensa cena, buscó refugio en el lugar que más amaba. Se apartó de la mesa y, sin dirigirle la palabra a nadie, tomó el sombrero del gancho que había detrás de la puerta, encendió la lámpara y caminó hacia el cobertizo en la oscuridad. La noche palpitaba con los chirridos de los grillos, pero él no los oía. La luna estaba casi llena, pero él no la veía. Con la cabeza gacha, el andar automático, atravesó la noche viviente. La puerta del cobertizo chirrió cuando la abrió y ese fue el primer sonido que registró su mente atribulada. Cruzó el establo hacía la puerta de la talabartería y levantó en alto la lámpara. Echó un vistazo a las paredes encaladas donde colgaban los arneses en guirnaldas de grueso cuero, en un orden tan meticuloso como el que observaba una mujer en su despensa.

Ese era su dominio. Ahí tenía el control total. Ahí nadie se reía de él ni lo consideraba estúpido.

Cuando se estiró para colgar la lámpara de un gancho alto su cara pareció de oro, salvo donde daba la sombra del sombrero que oscurecía los ojos hostiles. Dio libre curso a su furia interior, mientras por fuera mantenía la calma, tocando los objetos familiares. Encontró una lata de aceite y volvió para aceitar los goznes de la puerta del cobertizo, casi sin advertir lo que hacía.

Bailoteaban en su mente palabras cuyo significado casi no conocía.

Cínico. Letrado. Sarcástico. Pensando en ellas, se sintió ignorante e impotente. ¿Cuántas veces había deseado poder leer en inglés? Creció oyendo hablar en noruego a su alrededor. Su madre le había enseñado a leer cuando era niño, pero en aquellos días no hacía falta ningún otro idioma en la región. Sin embargo las cosas habían cambiado. Las leyes habían cambiado. En el presente, los niños conocían el idioma de la nueva patria más que el de la antigua y sólo los más viejos se apegaban al de la tierra natal

¿Cómo puede alguien ponerse tan obcecado? La sangre se le agolpó de nuevo en la cara al recordar la frase de la maestra. Cerró con violencia la puerta del cobertizo, volvió a la talabartería, dejó con un golpe la lata y arrancó de un tirón una collera de la pared. La enganchó en el brazo de la silla y encontró una aguja gruesa, pero cuando la enhebraba le temblaban las manos. La frustración y la impotencia volvieron, más fuertes que nunca, y tirando la aguja y el hilo cerró los ojos, dejó caer la cabeza y apretó las manos contra el banco de trabajo. Obcecado. Obcecado. Obcecada.

Era verdad. Ella era casi una niña y ya sabía más de todo lo que él conocería en su vida. ¡Aun así, cómo se atrevía a espetárselo en la cara!

Aunque seguían temblándole las manos, se las ingenió para enhebrar la aguja. Se dejó caer en la silla gastada, tomó la collera y la puso en el suelo, entre sus pies. La costura del cuero se había roto, dejando al descubierto una línea de madera ciara en medio. Fijó en ella la vista con aire ausente durante largo ralo y luego, con paciencia, se puso a coser.

No existe una palabra como no ' cierto.

"¿E'cierto?", pensó. Tal vez tuviese razón, pero todos decían no'cierto incluso Kristian, ¡que ya había hecho hasta séptimo grado de la escuela!

– No m'ará sentir de nuevo como un asno -se prometió en voz alta-, porque no l'ablaré y no le daré ocasión.

Sus dedos se inmovilizaron y miró la collera sin verla. La luz de la lámpara caía sobre el sombrero de paja, sobre los hombros caídos y proyectaba sombra sobre las manos y las botas. Afuera los grillos seguían cantando. Dentro todo era silencio. Titubeando, empezó a hablar otra vez en voz alta.

– Ella… no'mará… -Pero se interrumpió, recordó a los maestros del pasado, la manera en que hablaban-. Ella no me hará sentir otra vez como un asno, porque no sabia… porque no pienso darle ocasión.

Se quedó pensando un rato más, levantó la collera, la apoyó sobre las rodillas cruzadas y siguió arreglándola.

– Todavía no s'le secó la leche en los labios -le dijo a la collera y luego se corrigió-: Todavía no… se… le secó… la leche en los labios.

Se le apareció con claridad el rostro de la muchacha, sus cejas arqueadas, sus ojos azules intensos, brillantes, cuando avanzaba hacia él con ardiente indignación, y pronunciaba Álamo, North Dakota, como si fuese la hez de la tierra. La maestra era demasiado buena para Álamo, ¿eh? Igual que Melinda, aunque había que reconocer que nunca se había puesto fastidiosa con eso. ¿Y ahora qué importaba? Ella ya no estaba.

Lo que más lo exasperaba era que la llegada de la maestra le había hecho revivir dolorosos recuerdos de Melinda, los mismos que había logrado mantener sumergidos durante años.

Tendría que haber hecho caso a sus primeros impulsos y haber dado una patada en el bello y pequeño trasero de Linnea Brandonberg cuando tuvo ocasión. Cortó la tralla, colgó de nuevo la collera y dejó la aguja en el lugar asignado. Bueno, si vamos al fondo de la cuestión, n 'importa. La maestra sólo estará aquí un año, como todos los demás.

No volverá.

No podía ignorarla durante un año… ¿no es cierto?

Sin embargo, después de haberse quedado en la talabartería hasta que la melancolía se adueñó de él, descubrió que le resultaba imposible ignorar, incluso, el hecho de que ella estaba en su casa. Caminando por el patio, echó una mirada a la pequeña ventana. Aunque estaba oscuro, aun había luz en la cocina. Se detuvo, enervado ante la idea de toparse con ella en la planta baja. N'irás… no irás a permitir que esa insignificante marisabidilla te haga vacilar cuando se traía de moverte por tu propia casa, ¿no, Teddy? Decidido siguió andando y pasó ante el molino hacia el rectángulo dorado que proyectaba una franja oblicua de color sobre el patio. Pero, cuando vio que todos se habían ido a dormir, exhaló un suspiro de alivio. Habría sido su madre la que dejó la lámpara de petróleo sobre la mesa de la cocina para él.

La llevó al dormitorio, pero se detuvo un momento en la entrada. El cuarto era simple, doméstico, de muebles sólidos, viejos pero bien conservados. Había un locador con espejo, con cajones de frente abombado. Del mismo estilo era el pesado cabecero de la cama y ambos muebles estaban patinados en el tono oscuro del nogal. La cama estaba cubierta con uno de los cobertores hechos a mano por Nissa, con retazos rojos y azules. Las alfombras de ganchillo alegraban las anchas tablas de pino del suelo, que eran del color del café negro. Sobre la única ventana colgaban cortinas fruncidas de encaje del color del café con leche.

Fue hasta el tocador, cuya tapa estaba protegida por un tapete bordado con una orla de ganchillo azul. Fijó la vista en él largo rato antes de apoyar la lámpara y tocar una mariposa azul bordada, recordando las manos finas de una mujer que sujetaban la aguja y el bastidor, cosiendo, cosiendo, intentando olvidar la soledad por medio del bordado.

Paso los dedos por el borde matizado hasta que un hilo se enganchó en un callo y frunció el camino. Traspasado de tristeza, lo arregló y luego, con movimientos lentos, abrió el cajón superior del tocador, buscando entre la ropa la fotografía que no había mirado durante años. Estaba en un marco ovalado de madera, con un cristal convexo y, en contraste con su mano ancha y callosa, parecía ridículamente femenino. El delicado retrato de una bella mujer le sonreía desde una figura en tonos sepia, tan descolorida como había estado ella los dos preciosos años que la tuvo.

Una banda de dolor le oprimió el pecho. Melinda. Ay, Melinda. Creí que te había conquistado.

Dejó el retrato sobre las mariposas y las flores que ella había bordado y la contempló mientras se pasaba los tirantes por los hombros y se desvestía metódicamente. Apartó el cobertor, la áspera sábana blanca, apagó la luz, apiló las almohadas de plumón de ganso una sobre otra y se estiró, con las manos bajo la cabeza. En la oscuridad podía ver el rostro sonriente, que lo atraía como el de ninguna otra mujer antes ni después.

Cerró los ojos, tragó con dificultad, esforzándose por permanecer como estaba, ahuecando las manos bajo la cabeza en lugar de pasarlas por la, parte vacía de la cama. La soledad era algo que solía aceptar con el estoicismo propio de su pueblo y su modo de vida. Pero esa noche se instaló furtiva, haciéndole latir el corazón con un dolor pesado que no podía controlar. Sólo tenía treinta y cuatro años. ¿Había vivido tres cuartos de vida? ¿La mitad? ¿Tendría que vivir otros treinta y cuatro solo en esa gran cama? ¿Regresar del campo al finalizar la jornada para compartir la mesa sin otras personas que su madre, su hijo y su hermano? ¿Y cuando su madre y Kristian ya no estuviesen allí para compartirla, qué? Nadie, salvo John -al que amaba, claro-, que no podía llenar el vacío dejado por Melinda. Eran, raras las ocasiones en que deseaba que hubiese una mujer para reemplazar la. El sentido común le decía que, aunque quisiera, no había ninguna por los alrededores, pues la mitad de las mujeres del condado estaban emparentadas con él y la otra mitad ya estaban casadas o eran lo bastante viejas para ser su madre.

No entendía por qué se había puesto a pensar en mujeres. No entendía por qué lo había aplastado esta tristeza en medio de la temporada de cosecha, que solía colmarlo de plenitud y contento. No entendía muchas cosas, y eso era algo que hacía sentirse estúpido a Teddy Westgaard. Deseó que hubiese alguien con quien pudiera hablar de Melinda, del dolor que ella le había causado hacía tantos años, de lo intenso que podía seguir siendo ese dolor, aunque él lo creyese superado pero ¿con quién podía hablar? ¿Qué hombre aireaba sus sentimientos de esa manera? nadie que él conociera. Ni uno solo de los que conocía.

En su cuarto, en la planta alta, Linnea escuchaba los ruidos que hacía Theodore al entrar y prepararse para la noche. Recordó la helada actitud que había mantenido hacia ella durante la cena y el aislamiento que había sentido al verse tratada así. Le dieron ganas de llorar, sin que comprendiera bien por qué. Theodore estaba equivocado y ella tenía razón. No era motivo suficiente haber tenido un altercado con un mulo cabeza dura como él para ponerse a llorar hasta dormirse.

Decidida, se dio la vuelta hundiendo la cara en la almohada para detener el escozor en los ojos. Todo parecía en vano. Recordó la conversación que había tenido con Nissa inmediatamente después de su encontronazo con Theodore. Estaba convencida de que Nissa iba a ponerse de su lado, pero la anciana no le había dado demasiado ánimo.

– No te dijimos que los muchachos no irían a la escuela porque sabíamos que te indignarías -dijo Nissa-. Y, de todos modos, no harás cambiar a Teddy de opinión. Ha tenido la misma discusión con cada uno de los maestros que vinieron. De hecho, por eso ninguno de ellos vino por segundo año consecutivo. Sería conveniente que te hagas a la idea. Los muchachos no irán a la escuela hasta que haya venido y se haya ido el grupo de la trilla.

– ¿Y cuándo será eso?

– Oh, más o menos a mediados de octubre. En cuanto llegan los peones contratados, las cosas van rápido.

– ¿Peones contratados?

¿De dónde sacarían peones, si ya estaban ocupados todos los hombres y muchachos disponibles. Y, si Theodore podía permitirse contratar gente, ¿por qué no lo hacía ya mismo, cuando beneficiaría a Kristian?

– En cuanto termina la cosecha en Minnesota, esos muchachos vienen aquí y se emplean. Todos los años vienen casi los mismos.

Y así Linnea se quedó sola en la lucha por lograr que los muchachos mayores recibieran los nueve meses de educación que merecían. Kristian ya tenía dieciséis años y sólo había llegado a! octavo grado. ¿Acaso no entendían que no podía completar la tarea de todo un curso en sólo seis breves meses?

Las lágrimas se agolpaban. Las atribuyó a la frustración y a la destrucción de sus expectativas y del día difícil que había tenido, con la clase mermada y los enfrentamientos con Alien Severt y con Theodore. Pero, cuando las lágrimas se convirtieron en sollozos, ya no podía atribuirlas a problemas académicos, a ausencias en la escuela o a Alien Severt, sino a Theodore Westgaard, que entraba en la cocina, se sentaba a la mesa, comía toda su comida y se iba de la casa sin echarle una sola mirada, sin reparar siquiera en su existencia.

Obtuvo el mismo tratamiento durante varios días cada vez que se cruzaban sus caminos. La única vez que le habló fue cuando ella lo obligó, saludándolo primero. Pero jamás levantaba la vista. Y, si ella estaba en una, habitación, él salía lo más rápido posible. El domingo se quedaron uno junto al otro en la iglesia y Linnea advirtió el cuidado que ponía en que su manga no rozara la de ella. A esas alturas, la hostilidad de ese hombre se había convertido en un peso sobre su corazón. Cada vez que la trataba con frialdad, tenía ganas de aferrarle el brazo y rogarle que comprendiese que, en su posición de maestra, no podía adoptar ninguna otra actitud que la adoptada. Quería desnudar el alma y admitir que se sentía profundamente desdichada viviendo con ese helado despego. Quería verlo otra vez amistoso, para que se desvaneciera la tensión en la casa.

Hasta entonces, jamás le había sucedido algo así en la vida. Nunca un amigo se había convertido en enemigo… aunque, en verdad, Theodore nunca fue su amigo. Pero ese rechazo a quemarropa estaba muy lejos de la neutralidad que habían logrado hasta que ella lo calificó de obcecado. Sentarse junto a él y sentir su desprecio marchitaba su corazón.

El reverendo Severt anunció el himno numero 203. Brotó el bramido del órgano, la música inundó el recinto y la congregación se puso de pie. Parecía providencial que sólo hubiese un libro de himnos para cada dos personas. Linnea tomó uno y dio un codazo en el brazo de Theodore. El hombre se endureció. Ella lo espió por debajo de las alas de pájaro de su sombrero y le ofreció una sonrisa insegura. Theodore comprendió que le ofrecía mucho más que compartir un libro de himnos. También cobró conciencia de que estaban en la Casa del Señor… no era lugar para hipocresías. Cuando él tomó un borde del libro, no le manifestó a sabiendas su propósito de engañarla, haciéndole creer que podía leer los versos.

Aunque la antipatía pareció disminuir en la iglesia, durante la cena del domingo no le dijo nada. Comió en silencio y salió de la cocina para ponerse ropa de trabajo. Cuando se disponía a salir vio que Linnea lo miraba fijamente desde el otro lado del cuarto y se detuvo en sus pasos. La muchacha retorció los dedos y abrió los labios, como si se esforzara por hablar.

Él esperó, sintiendo una extraña ingravidez en el estómago, una expectativa que pareció clavársele en el costado del corazón. Los ojos azules eran grandes y temerosos. Dos manchas brillantes de color encendían las mejillas. Pareció que el instante se dilataba hacia la eternidad, pero entonces Linnea bajó las pestañas. Tragó y cerró los labios. Decepcionado, Theodore cruzó la habitación sin pronunciar palabra.

Linnea pasó la tarde en su cuarto, corrigiendo papeles y planificando la semana de clases. Abajo, Nissa fue a su habitación a dormir la siesta.

La casa quedó en silencio y el dormitorio del desván se tomó sofocante. Afuera el sol se había ocultado y el cielo tenía un tono gris verdoso, mientras hacia el Norte retumbaban sordamente los truenos.

Inmersa en la desdicha y sintiéndose cada vez más equivocada, su concentración se desvió de la tarea escolar. Al mirar por la ventana, notó el cambio de clima. Por enésima vez sus pensamientos derivaron hacia la discusión con Theodore y el antagonismo que había resultado de ella y que ninguno de los dos parecía capaz de terminar. No tenía con quién hablar y decidió contárselo a Lawrence.

– ¿Te acuerdas de Theodore? Bueno, me temo que él y yo todavía estemos enemistados. ¡Hemos tenido una terrible pelea, y ahora no me habla ni me mira! -Cubierta sólo con la camisa y las enaguas, Linnea se miró en el espejo, apretando una mano contra el pecho, tocando la zona del pulso en la garganta y adoptando una expresión de profunda consternación-. ¿Qué voy a hacer, Lawrence?~-Se interrumpió, agitó los dedos y replicó-: Bueno, supongo que los dos tenemos la culpa. El es un cabeza dura y yo… yo fui muy mala con él. -De repente, arqueó la espalda y alzó la barbilla en gesto defensivo-. Bueno, se lo merecía. Lawrence. ¡Es un mulo empecinado! -Se apartó de un salto, cuidando de no tropezar con la cómoda, esta vez-. Está convencido de que el resto del mundo está equivocado por desear una educación mejor que la suya, mientras que él…

– Se interrumpió de golpe y se volvió otra vez hacia el espejo-. Bueno, sí, yo… yo… -Alzó las manos, disgustada con la terquedad de Lawrence al negarse a echarle la culpa a quien correspondía-. ¿Por eso le dije obcecado? ¿Y qué? -Se acercó a la pila de papeles que había estado corrigiendo y jugueteó con la esquina de uno de ellos, para luego girar con los ojos muy abiertos-. ¿Disculparme? ¡No hablarás en serio! ¡Pero si es él el que tendría que pedirme disculpas!

Al primer retumbo del trueno, Theodore se volvió hacia el borde del campo. Tenía el trasero apoyado sobre metal sólido y en medio de un trigal era un blanco perfecto en una tormenta eléctrica. Una pálida franja amarilla encendió otra vez el horizonte gris y contó los segundos hasta que el trueno llegó a sus oídos.

Miró el reloj. Cuatro en punto y sería el primer día en más de tres semanas que paraban tan temprano. El receso les vendría bien a todos, aunque si caía la lluvia retrasaría el secado del trigo que ya estaba cortado.

Ya en la casa, Theodore dejó que Kristian abrevase a los caballos. Entró en la cocina vacía y fue de inmediato hasta la estufa a ver si había agua caliente. Se detuvo con la tetera en la mano, aguzando el oído. ¿Y ahora, quién demonios podía estar visitándola en su cuarto? Esperó oír otra voz, pero no hubo ninguna. Había pausas y luego los tonos ahogados de la voz de la muchacha. Desde el dormitorio de abajo llegó el suave resoplido de los ronquidos de Nissa y, con expresión intrigada, Theodore fue de puntillas hasta el hueco de la escalera, con la tetera olvidada en la mano.

– No sé qué haría sin ti, Lawrence. Eres… eres el mejor amigo que he tenido jamás. Sé bueno y alcánzame la blusa. De pronto hace frío.

Theodore esperó, pero, tras eso, todo quedó en silencio. Oyó el ruido de los pasos de Linnea y los siguió con la mirada por el techo. ¿Lawrence? ¿Quién diablos sería Lawrence? ¿ Y qué estará haciendo en el cuarto de ella? Inclinó otra vez la cabeza, esperando una voz masculina que respondiese, pero pasaron los minutos y no se oía nada. ¿Qué estarían haciendo con tanto silencio? Vertió agua en la palangana y se frotó más silenciosamente que nunca en su vida, todavía ganado por la curiosidad, escuchando.

Pero poco después llegó Kristian desde el cobertizo, haciendo golpear la puerta mosquitero y despertando a Nissa, que salió un poco tambaleante acomodándose las gafas detrás de tas orejas y comentando lo triste del tiempo.

Theodore se volvió secándose la cara y murmuró:

– ¿Quién está arriba con ella?

Nissa se detuvo.

– ¿Arriba? Nadie.

– ¿Y entonces con quién está hablando?

Nissa prestó atención un momento.

– No'stá hablando con nadie.

– Oh, me pareció oír voces.

Sólo cuando iba camino de la talabartería Theodore se percató de que la madre había dicho no'stá. Metió las manos dentro de la pechera de la bata del trabajo, adquiriendo el aire de un viejo monje sabio y, mientras caminaba, corrigió:

– No está hablando con nadie.

El portazo y la conversación que llegaba desde abajo volvió a Linnea a la realidad. De pronto advirtió lo oscuro que estaba en la calle. Apoyando las manos en el marco de la ventana, espió fuera y vio un parpadeo de luz hacia el Norte. Eso significaba que los hombres habían vuelto temprano y que no saldrían otra vez después del ordeñe.

Se dejó caer en el borde de la cama y unió los dedos, balanceándolos entre las rodillas. Haciendo girar los pulgares, los observó largo rato.

– Será mejor que tengas razón. Lawrence-dijo, levantándose para arreglarse.

No necesitaba preguntar dónde estaría Theodore; de algún modo, lo sabía. Cuando se escabulló hacia el cobertizo, los relámpagos estallaban mas cerca y caían los primeros cuchillos de la lluvia. La puerta exterior se abrió sin ruido. Cuando la cerró tras ella se detuvo, dejando que sus ojos se habituaran a la penumbra. La larga hilera de ventanas, a su izquierda, sólo dejaban pasar una vaga luz, pero bastaba para comprobar que Theodore mantenía el cobertizo tan escrupulosamente ordenado como su pequeño dominio privado en el extremo. La puerta estaba abierta y por ella se vertía la luz anaranjada de la lámpara, que caía sobre el ruedo de su falda.

Vio sólo la mitad de la espalda de Theodore. Al volver de la iglesia se había puesto la bata de trabajo, pero se había dejado puesta la camisa blanca. Se tensaba sobre los hombros, atravesada por los tirantes de rayas, pues estaba inclinado hacia delante en la vieja silla, con los codos apoyados en las rodillas separadas. Tenía algo en la mano y, al parecer, estaba lustrándolo, pues los hombros se sacudían rítmicamente. Se agachó y metió la mano en una lata que tenía entre los pies, mientras Linnea avanzaba de puntillas hasta tenerlo por completo a la vista. Cuando el hombre reanudó la tarea, ella observó el juego de los músculos del brazo, debajo de la manga enrollada. De sus dedos pendía una tira de cuero negro y. mientras trabajaba, la herramienta producía un ruido repetido: ching. El recinto era cerrado, tibio y olía a jabón de monturas, aceite y caballos.

Se le veía a gusto allí, con todo tan ordenado como cuando ella lo había inspeccionado la primera vez. Pero también parecía solitario. Las manos dejaron de moverse, aunque permaneció sentado como antes, como si examinara, distraído, el trapo que tenía en las manos. Linnea contuvo el aliento y se mantuvo inmóvil. Podía oírlo respirar y se preguntó en qué pensaría ahí sentado solo, con la cabeza gacha.

– ¿Theodore?

Saltó en la silla y giró bruscamente para mirarla, empujando la lata y dejando a la silla en equilibrio sobre dos patas. Antes de que se apoyara otra vez en el suelo, Theodore ya se había ruborizado.

– ¿Molesto?

Claro que le molestaba haber estado sentado, pensando en ella, y que de pronto apareciera silenciosamente tras él. Linnea tenía las manos aferradas a la espalda, lo que hacía sobresalir los pechos y, aunque Theodore mantenía la vista en los ojos de ella, captó un parpadeo del reloj de oro que colgaba de la parte más prominente del izquierdo.

– No.

– No quería sobresaltarlo.

– No sabía que está usted ahí.

– Estaba.

Se le escapó antes de que pensara en retenerlo y se mordió el labio por dentro.

– ¿Qué?

– Nada.

Ahora fue ella la que se sonrojó.

Se hizo otra vez un silencio denso, como cuando se habían cruzado en la cocina,

– ¿Puedo pasar?

– Oh, bueno. -Sacudió el trapo con gesto nervioso-. Si, claro. Pero nu'ai… -Removió los pies-. No hay mucho espacio aquí.

La corrección puso tan incómoda a Linnea como a Theodore.

– ¿Basta para uno más? -preguntó la muchacha. Como él no le respondió, entró en el recinto con aire despreocupado, los brazos sobre la cintura, observando la pared engalanada con cuero-. así que este es el sitio donde pasa el tiempo libre.

– Nu'ai… -Intentó pensar en el modo correcto, pero la presencia de ella parecía obnubilarle la mente-. No hay tal cosa en una granja.

– Ah… -Esta vez, Linnea observó los arneses pulcramente colgados, sin hacer caso de su gramática-. ¿Y qué estaba haciendo?

– Lustrando una collera.

– Ah, ¿por qué?

Theodore se quedó mirando la cabeza de Linnea, que estaba ladeada para observar objetos colgados en lo alto. Qué pregunta. ¿Y ella lo consideraba obcecado a él

– Porque si uno no la lustra, el sudor de los caballos la pudriría y si no es eso, los vapores de… los vapores de afuera la pudrirían.

Hizo un gesto con la cabeza hacia la parte principal del establo.

– ¿En serio? -Giró la cara hacía él, con los ojos agrandados-. Jamás lo habría imaginado. Eso es interesante. -Hasta el momento, a Theodore jamás le había parecido interesante sino sólo verdadero-. Claro, usted debe de saber todo lo que hay que saber para llevar adelante una granja.

Avanzó dentro de la habitación, bajo la mirada fascinada de Theodore que no imaginaba para qué habría ido ahí. Se acercó al caballete, rozó el forro de piel de oveja y de pronto cambió de idea.

– i0h, casi lo olvidaba! -Se volvió, sacando una trampa para ratones de atrás de la espalda-. Tengo una visita no deseada en la escuela. Kristian me consiguió la trampa, pero me parece que no fui muy afortunada instalándola. ¿Podría mostrarme cómo se hace?

Theodore miró la trampa, luego a la mujer y, por una fracción de segundo, Linnea creyó que iba a sonreír. Pero no lo hizo. Lo que sí hizo fue pensar, por segunda vez en tres minutos, que para ser una mujer educada también tenía sus momentos de obcecación.

– ¿No sabe cómo colocar una trampa?

La muchacha se encogió de hombros.

– En la tienda siempre lo hacía mi padre, así que nunca tuve que hacerlo hasta ahora. Nissa me puso un poco de queso en la cazuela del almuerzo, pero cada vez que lo intentaba saltaba el resorte y me dio miedo de pillarme un dedo.

– ¿Qué tienda?

– Mi padre tiene un almacén de ramos generales en Fargo. A los ratones les encanta hacer agujeros en los sacos de harina.

El hombre entrecerró un poco los ojos.

– Creí que su padre era abogado.

La muchacha lo miró, muda, atrapada en su propia mentira. Bajó la vista hacia la trampa y, cuando al fin habló, lo hizo en tono contrito:

– Fue un invento. Usted… usted me desconcertó de tal modo que me fue necesario pensar rápidamente en algo, porque tenía… -Alzó la vista con expresión suplicante y la dejó caer otra vez-. Porque tenía miedo de que no me llevara con usted y no sabía qué otra cosa decir para hacerlo cambiar de idea.

De modo que la pequeña correcta no lo era tanto, a fin de cuentas.

Las mejillas de Linnea exhibían manchas brillantes como peonías rojas y concentraba en la trampa como si tuviese miedo de volver a alzar la vista. Observó que tenía las uñas pulcramente cortadas y lustradas y con ellas rascaba el dibujo de tinta en el borde de la madera.

Theodore extendió la ancha palma.

– Démela. Esto de que yo le enseñe algo a usted es una novedad.

Linnea levantó la cabeza y los ojos se encontraron. Para alivio de la muchacha, en los de Theodore halló un atisbo de diversión. Le puso la trampa en la mano y él se estiró para descolgar la lámpara del gancho del techo y llevarla a la mesa de trabajo, dándole la espalda. Sin embargo, habiendo llegado hasta ese punto, Linnea dudaba de acercarse demasiado. ]

Theodore miró sobre el hombro:

– ¿Y, viene?

– Oh… sí.

Estaban lado a lado y a la joven se le ocurrió que jamás había visto manos tan grandes mientras las veía manipular la trampa. Theodore sacó un trozo de cuero para usar en lugar del queso.

– Primero, coloca el cebo, aquí.

– Ya lo sé. No soy tan estúpida.

Theodore miró hacia abajo, ella hacia arriba. Los dos estuvieron a punto de sonreír. Linnea advirtió que se había quitado el cuello de celulosa de la camisa, que estaba abierta en el cuello y que, para ser varón, tenía unas pestañas muy largas. Él notó que en las profundidades de los ojos azules había diminutas motas de color herrumbre, casi tan brillantes como el resplandor de la linterna reflejándose en el reloj de oro que llevaba en el pecho. Tuvieron que esforzarse para concentrarse en la demostración.

– Manténgalo aplastado y tire el arco hacia atrás, al otro lado.

– Tirar el arco hacia atrás -repitió Linnea, levantando la vista- ¿A eso se le llama arco?

– ¿Por qué?

Theodore cometió el error de mirarla otra vez a los ojos y la trampa se soltó y saltó a! suelo, cayéndose de la mesa.

Linnea ahogó unas risas, y a Theodore le ardió la cara.

– Eso también puedo hacerlo yo -bromeó la muchacha.

Se agachó a recoger la trampa y se la entregó, con expresión de burlona tolerancia.

Irritado, Theodore la recibió y empezó de nuevo, buscó el cuadrado de cuero, lo puso en su sitio y empujó el arco hacia atrás.

– Ponga la barra de seguridad en su lugar, debajo del pequeño labio…-Retiró con cuidado las manos-. Así. -Con alivio comprobó que esta vez, lo había hecho bien. Tomó un destornillador de una lata con herramientas y tocó la trampa con él-. Ahora, inténtelo usted.

Metió de nuevo el destornillador en la lata y empujó la trampa hacia ella.

– De acuerdo.

Theodore observó las manos de la muchacha que desarrollaban la lección, pensando que, si por accidente la trampa saltaba, podría lastimarla y hasta romper un dedo tan pequeño. Pero se las arregló muy bien, y pronto la trampa estaba colocada sobre el banco de trabajo.

Afuera, la tormenta arreciaba. En el pequeño cuadro de la ventana se reflejaban las caras de los dos contra el fondo del cielo azul oscuro y, de repente, en la talabartería reinó el silencio. La fragancia de cuero, caballos y madera vieja parecía darles cobijo.

– ¿Theodore? -Lo dijo en voz tan queda que podía ser un eco. La lluvia azotaba la ventana, pero dentro estaba iluminado y seco. No tanto como la garganta de Theodore que, de pronto, dejó de funcionar mientras los dos seguían mirando las manos del otro-. En realidad, no he venido a que me enseñe a preparar una trampa para ratones. En el segundo intento va sabía cómo hacerlo. Ha sido sólo una excusa.

El se volvió a miraría, pero sólo se encontró con la raya que dividía el peinado. Con la cabeza baja, Linnea continuó:

– He venido a disculparme.

Theodore siguió sin saber qué decir.

– Creo que lo lastimé mucho el otro día, cuando me burlé de su incorrecta manera de hablar y cuando lo califiqué de obcecado. Lamento mucho haber dicho eso, Theodore.

Al ver que alzaba la barbilla, él se apresuró a apartar la vista para que las miradas no se encontrasen.

– Oh, no importa.

– ¿No? Entonces ¿por qué no me habló ni me miró desde ese momento?

No supo qué responder y clavó la vista en el trozo de cuero colocado en la trampa y, en ese instante, retumbó un terrible trueno que hizo sacudirse al sólido cobertizo. Ninguno de los dos se dio por enterado.

– Para mí ha sido muy duro compartir la mesa con usted, pasar a su lado en la cocina y recibir ese trato helado. Mi familia es muy diferente de la suya. Conversamos, reímos juntos y compartimos cosas. Desde que llegué aquí, echo mucho de menos eso. Durante toda la semana, cada vez que usted se mostraba frío y rígido y me daba la espalda, tenía ganas de llorar porque jamás hasta ahora había tenido un enemigo. Y hoy, en la iglesia, creí… bueno, tenía la esperanza de que usted se suavizara un poco, pero cuando lo pensé un poco más comprendí que, seguramente, estaría hondamente herido y que, si yo quería recuperar su amistad, debía pedirle disculpas, ¿Podría… podría mirarme, por favor? -Los ojos se miraron, los de él, incómodos, los de ella, contritos-. Lo siento. Usted no es obcecado y yo no debí haberlo dicho jamás. Tendría que haber sido más paciente con su gramática. Pero 'soy maestra, Theodore.

Sin aviso previo, le puso una mano en el brazo y adoptó una expresión tierna. Algo extraño pasó en el corazón de Theodore y sintió que ese leve contacto le quemaba la piel. Quiso apartar la mirada y no pudo.

– ¿Sabe lo que significa eso? -Le chispearon los ojos y Theodore pensó, desesperado, si no se echaría a llorar-. Significa que no sólo soy maestra cuando estoy en el aula. No puedo dividirme en dos personas diferentes: una que enseña cuando está a un kilómetro y medio de distancia otra que se olvida por completo de ello cuando vuelve aquí.

Hizo un amplio gesto y, por fortuna, Theodore se vio libre del contacto y de la amenaza de las lágrimas.

– Oh, ya sé que a veces soy impetuosa. Pero es algo automático cuando oigo que la gente habla mal, la corrijo. Cuando entré aquí, lo hice de nuevo sin pensarlo siquiera y vi lo incómodo que lo ponía. -Theodore inició el movimiento de darse la vuelta para recoger el trapo y fingirse atareado, pero Linnea le aferró la manga de la camisa y lo forzó a quedarse donde estaba- Y lo haré otra vez…, y otra vez… antes de haber agotado su paciencia. ¿Lo entiende?

La miró fijamente, sin hablar.

– ¿Qué mal puede haber en ello, si usted sabe que no lo hago para disminuirlo? No existe ninguna regla que diga que sólo debo enseñar a los niños, ¿verdad? -Como no hizo ningún comentario, le retorció la manga impaciente, e insistió-: ¿Verdad?

Esa muchacha era un enigma. Theodore no estaba habituado a lidiar con una persona tan directa, e hizo una pausa muy prolongada, mientras trataba de decidir qué decirle. Entonces Linnea le apartó el brazo, irritada.

– Theodore, se muestra empecinado otra vez. Y ya que tocamos el tema, por cierto que no es un buen ejemplo para su hijo cuando ande enfurruñado por ahí y me retira la palabra. ¿Qué cree que piensa Kristian de un padre que trata así a su maestra? ¡Debería respetarme!

– Lo hago -logró decir, al fin.

– Oh, claro que lo hace. -Puso los brazos en jarras, y movió un hombro-. Hasta ahora, ha tratado de dejarme en manos de los Dahí y congelarme. Pero yo no puedo vivir así. Theodore- No estoy acostumbrada a este tipo de enemistad.

De repente, Theodore admitió algo que jamás hubiese imaginado oírse admitir:

– No sé lo que significa enemistad.

– ¡Ah! -La admisión le llegó directamente al corazón. Se le suavizaron los ojos y dejó de lado la pose beligerante-. Significa hostilidad… que somos enemigos, ¿sabe? No seremos enemigos los próximos nueve meses, ¿verdad? :

Theodore no pudo volver a hablar. Lo único que podía pensar era en lo subyugante que estaba a la luz de la lámpara y cómo se le iluminaban los ojos azules con esas chispas doradas y cuánto le gustaba la curva de la nariz. Linnea sonrió y añadió:

– Porque, si así fuera, mucho antes de eso yo estaría completamente chinada.

¿Qué podía decirle un hombre a un pequeño cohete como esa mujer?

– Usted habla demasiado, ¿sabe?

Linnea rió y, de repente, cruzó la talabartería y se montó en una de las monturas que estaban sobre el caballete. A horcajadas, cruzó las manos sobre el pomo y encorvó los hombros.

– Y usted habla demasiado poco.

– Qué buena pareja hacemos.

– Oh, no sé. Al principio, cuando llegué, nos llevábamos bien. Si prácticamente usted… -esbozó una sonrisa provocativa- estaba extasiado.

Apoyándose en la mesa de trabajo, se cruzó de brazos sobre la pechera de la bala de trabajo.

– ¿Y eso qué significa?

Señalándose la nariz, le ordenó:

– Búsquelo.

En algún lugar de la casa debía de haber un diccionario inglés-noruego. Quizá pudiese deducir el significado, o tropezar con la palabra.

– Sí, tal vez lo haga.

Y tal vez viera si podía encontrar algo acerca de las otras palabras con las que ella lo fastidiaba.

Linnea hizo una profunda inspiración, infló las mejillas y se sopló la frente:

– Uh, me siento mucho mejor.

Dibujó una sonrisa contagiosa, y Theodore se sintió en peligro de devolver la sonrisa.

Con esos modos volubles, la joven dio una palmada a la montura.

– Eh, esto es divertido. Arre. -Espoleó dos veces con los talones-. No he montado muchas veces a caballo en mi vida. Como vivo en la ciudad, no tengo uno propio, y cada vez que viajamos mi padre alquila un coche.

La boca de Theodore se suavizó con un cuarto de sonrisa y se echó atrás, contemplándola, escuchando. ¡Pero esa muchacha era capaz de parlotear sin descanso! Y, a fin de cuentas, en realidad era una niña. Ninguna mujer pasaría la pierna sobre una montura de ese modo mientras visitaba a un hombre en una talabartería y se pondría a hablar de cualquier cosa que le viniese a la mente.

– ¿Sabe, pequeña señorita?, para la montura no's bueno… no es bueno sentar así, cuando no está puesta sobre el caballo.

– Sentarse -lo corrigió.

– Sentarse -repitió él obediente.

Linnea hizo una mueca, se miró las faldas, luego alzó la vista hacia él y su expresión se convirtió en una sonrisa picara.

– Ah, ¿no's bueno? -Sin advertencia, su pie se alzó en el aire y ella aterrizó con un salto-. En ese caso, la próxima vez será mejor que haya un caballo debajo, ¿no le parece? -Tras eso, fue de prisa hacia la puerta, giró y agitando dos dedos, le dijo-: Adiós, Theodore. Ha sido una conversación entretenida.

Lo dejó con la vista clavada en el vano de la puerta, mientras ella corría bajo la lluvia; en su ausencia Theodore se preguntó quién sería Lawrence.

8

A la mañana siguiente, la lluvia se había convenido en una niebla baja que se pegaba a la piel y a la ropa y hacía imposible cortar trigo. Kristian tembló y estornudó dos veces cuando posó los pies al lado de la cama. Hasta el linóleo estaba húmedo. Sobre los calzones largos se puso los abrigados pantalones de lana, una camiseta de manga larga y una camisa de franela gruesa. Cuando abrió la puerta del dormitorio para bajar, Linnea Brandonberg abrió la suya al mismo tiempo.

De repente, la sangre de Kristian perdió el frío. Linnea aún no se había peinado y el cabello le colgaba suelto por la espalda. Tenía ojos de sueño y se sujetaba el cuello de la bata con una mano y la palangana azul con la otra.

– Buenos días -lo saludó.

– Buenos días.

En un instante, la voz del muchacho pasó de tenor a soprano- Avergonzado, advirtió que tenía la camisa abotonada a medias y se dio prisa por terminar de cerrarla.

– Hace frío, ¿eh?

– Y está húmedo, además.

Jamás había visto a ninguna mujer que no fuese la abuela, en bata y descalza. Ver a la maestra con ropa de dormir le produjo una extraña sensación en la garganta y no sabía bien dónde posar la vista.

– Supongo que hoy no podrán salir al campo.

– Ahh, no, ehh, supongo que no.

– Entonces, podrás ir a la escuela.

Kristian se encogió de hombros, ignorando cómo reaccionaría su Padre a eso.

– Un día no servirá de mucho y es probable que mañana salga el sol

– Un día es un día. Piénsalo.

Se volvió y bajó de prisa las escaleras, permitiéndole ver mejor la cascada de cabello que saltaba a cada paso. ¿Qué estaría pasándole últimamente a Kristian? No solía notar cosas tales como los ojos de las chicas, que llevaban puesto o si estaban peinadas o no. Las chicas no eran más que muchachitas fastidiosas, que siempre querían estar con ellos cazando ardillas o nadar en Little Muddy Creek. Si uno se lo permitía, siempre arruinaban los buenos momentos.

Bajó las escaleras tras ella y fingió no ver cuando ella saludaba a Nissa, llenaba la palangana y volvía a la planta alta para darse el baño matinal. Se la imaginó… y sintió como si se le hundiera el pecho.

¡Es la maestra, pedazo de asno! ¡No puedes pensar así de la maestra!

Pero cuando iba al cobertizo a ayudar con el ordeñe de la manada seguía pensando en lo hermosa que estaba en el rellano. Todavía no había amanecido, pero pronto saldría el sol sin hacer ruido. La granja, envuelta en la niebla, olía a los olores que se desprendía de los animales y las plantas. Ganado, cerdos, gallinas, barro y heno… ahí estaba todo eso, entre las húmedas sombras. El aire espeso amortiguaba todos los sonidos, salvo los cloqueos de las gallinas que preludiaban su despertar. Sobre el vertedero del molino se condensaban las gotas, temblaban y luego caían en un charco, con goteo irregular. Tras la alta torre, una fila de ventanas doradas resplandecían acogedoras.

Al abrir la puerta del cobertizo, Kristian estornudó.

Cuando entró, se estremeció entero, feliz de estar a resguardo de la humedad. A esa hora del día, el ambiente del establo era tan grato que podía atenuar el filo del malhumor matinal de un hombre, sobre todo cuando el tiempo era malo. Hasta cuando la nieve o el frío intenso se apretaban contra las ventanas, dentro, bajo las gruesas vigas cubiertas de telarañas con las puertas bien cerradas, nunca hacía frío. Las vacas emanaban un calor que disipaba hasta la humedad más odiosa, hasta la penumbra más opresiva.

Theodore las había hecho entrar. Dóciles, esperaban su turno rumiando rítmicamente su bolo alimenticio y el ruido de la masticación se unía al siseo de las lámparas que colgaban de las toscas vigas. Los gatos del cobertizo -salvajes, indomables- habían optado por no cazar ratones bajo la lluvia y observaban desde una distancia segura, esperando la leche tibia.

Kristian tomó el taburete de ordeñar y se instaló entre dos grandes vientres blancos y negros. Cuando se sentó y apoyó la frente contra la vieja Katy se sintió más caldeado aún. Llenó las latas de sardinas, las puso a un lado y jugó el eterno juego de esperar a ver si lograba tentar a los cautelosos gatos para que se acercasen. No lo hicieron. Se mantuvieron en sus lugares con la característica paciencia felina,

– ¿Estás dormido o qué? -le llegó la voz de Theodore desde algún punto de la hilera, acompañada por las pulsaciones líquidas de la leche cayendo en un cubo casi lleno.

Kristian se encogió y advirtió que había estado soñando con la señorita Brandonberg, cuyo cabello tenía el mismo color de caramelo que uno de los gatos.

– Oh… sí, creo que sí.

– No has sacado de Katy más que dos latas de sardina llenas.

– Oh, sí… bueno…

Sintiéndose culpable, se dispuso a trabajar, uniendo su propio ruido de la leche cayendo en el balde. Durante largos minutos sólo se oyó el ritmo… la cadencia continua del choque de la leche contra el metal, de la leche cayendo sobre la leche, de los potentes dientes de las vacas moliendo el forraje, de los alientos de las bestias que calentaban el cobertizo a cada exhalación de sus enormes panzas.

Kristian y Theodore trabajaron en cordial silencio un tiempo, hasta que irrumpió la voz del padre.

– Se me ocurre que podríamos ir a casa de Zahí a buscar carbón.

– ¿Hoy? ¿Con esta llovizna?

– He estado esperando un día lluvioso. No quiero desperdiciar un día de sol.

– Entonces supongo que querrás que enganche el carro.

– En cuanto terminemos el desayuno.

Kristian siguió ordeñando unos minutos, sintiendo los músculos de los antebrazos calientes y tensos- Después de pensar un rato, dijo:

– Pa.

– ¿Qué?

El muchacho apartó la frente del flanco tibio de Katy y sus manos se aquietaron.

– Si tengo la carreta enganchada, ¿no podría llevar a la señorita Brandonberg a la escuela?

En ese momento, las manos de Theodore también dejaron de ordeñar. Recordó que le había advertido a la señorita Brandonberg que él no tendría tiempo para llevarla a la escuela. Evocó la imagen de la muchacha en la montura, como la viera la noche pasada y sintió que le subía cierto calor al cuello. Estaba dispuesto a admitir que, en ese momento, no parecía una flor de invernadero. Parecía… ahhh, parecía…

Al evocar la imagen de Linnea, algo pasó en su corazón. Un hombre de su edad no tenía por qué sentir semejantes cosas por una jovenzuela como ella.

Decidido, Theodore siguió ordeñando.

– Le dije que, cuando viniese aquí, yo no tendría tiempo de transportarla a la escuela cuando el tiempo fuese malo. Tengo tareas para ti.

– ¡Pero cuando llegue allá estará empapada!

– Dile a la abuela que le busque un impermeable.

Kristian apretó los labios y reanudó con vehemencia el ordeño.

"Maldito sea el viejo. No me necesita y él lo sabe. Puedo emplear diez minutos para llevarla a la escuela." Pero sabía que no tenía sentido insistir.

Linnea ya estaba vestida para ir a desayunar cuando oyó los pasos de Kristian que subía los peldaños de dos en dos. En la puerta sonaron dos golpes fuertes y cuando abrió lo encontró en el rellano, sin aliento.

Por segunda vez esa mañana tenía esa expresión que le advirtió a Linnea la conveniencia de mantener la relación muy impersonal.

– Ah, hola. ¿Llego tarde al desayuno?

– No. La abuela está sirviéndolo en este momento- Yo… ehhh. -Se aclaró la voz-. Sólo quería que supiera que yo la hubiese llevado a la escuela si pudiera, pero papá dice que me necesita enseguida después del desayuno. Pero la abuela ha conseguido un impermeable para que se lo ponga. Y también un paraguas.

– Bueno, gracias, Kristian, te lo agradezco.

Le sonrió otra vez, tratando de demostrarte su aprecio sin darle alas.

– Bueno, yo… eh… tengo que lavarme. La veré abajo.

Cuando Linnea cerró la puerta, apoyó la espalda en ella y soltó un enorme suspiro. Dios, este era un problema que no había previsto. Por el amor de Dios, Kristian era su alumno. Si la atracción del muchacho hacia ella seguía aumentando, ¿cómo lo manejaría? Si bien era un muchachito dulce y atractivo, a fin de cuentas no era más que un niño, y todo lo que podía ofrecerle era la misma simpatía que a los demás alumnos.

Aun así no pudo evitar conmoverse ante la galantería flamante del muchacho, su evidente nerviosismo y el hecho de que hubiese pedido permiso para llevarla a la escuela. Tampoco podía evitar resentirse por la negación de ese permiso.

Unos minutos después, en el desayuno, observó con disimulo a Theodore- Tenía la esperanza de que la rudeza de la noche pasada hubiese sido la última, pero al parecer no era así. Bueno, si uno podía ser grosero, dos también.

– Hoy hay mucha humedad para trabajar en el campo. No hay motivo para que Kristian no pueda ir a la escuela.

Theodore dejó de masticar y le clavó una mirada severa, mientras ella seguía untando dulce de frambuesas sobre la tostada con un aire de lo más inocente.

– Kristian n'irá… no irá hoy a la escuela. Tenemos otras cosas que hacer, además de segar trigo.

La muchacha lo miró, severa, y apretó los labios como las cuerdas del cierre de un bolso. Las miradas se encontraron y chocaron durante largos segundos, hasta que ella, sin decir palabra, tiró la tostada sobre los huevos fritos, la servilleta sobre la tostada y se levantó de la silla. Mientras subía furiosa la escalera, hizo todo el ruido que pudo.

Tras ella fueron las miradas atónitas de John, Kristian y Nissa, pero Theodore siguió comiendo los huevos con tocino, imperturbable.

Menos de quince minutos después, Kristian la vio marchar con dificultad por el camino, bajo la llovizna, y volvió a desear poder ir con ella.

Todavía anhelante, colocó los arneses a Cub y a Toots y subió al asiento de la carreta para esperar a su padre en airado silencio. Estornudó dos veces, se encorvó hacia delante y clavó la vista al frente cuando Theodore salió de la casa cubierto con un impermeable de goma negra y el estropeado sombrero de paja. El asiento de la carreta se inclinó cuando subió a él y Kristian volvió a estornudar.

– ¿Has pillado un resfriado, muchacho?

Kristian no quiso contestar. ¡Qué diablos le importaba sí había pillado un resfriado! No le importaba nadie más que él mismo.

Antes de que su padre se sentara, el muchacho lanzó un agudo silbido y restalló las riendas con más fuerza de la necesaria. Los animales salieron disparados, haciendo caer bruscamente a Theodore sentado. Lanzó una mirada a su hijo, pero Kristian, furioso, se bajó más el sombrero sobre los ojos, encorvó los hombros y fijó la vista en las varas.

El día, húmedo y triste, armonizaba con su ánimo. Los caballos caminaban trabajosamente en medio del campo empapado, descolorido, despojado de vida en movimiento. Esos campos ya segados tenían un aspecto melancólico y los tallos recortados parecían mechones de pelo de un perro amarillo viejo. Las espigas que aún no estaban cortadas se inclinaban bajo el peso de la lluvia como las espaldas de ancianos cansados que tuviesen que enfrentarse a otro duro invierno. Cuando Kristian no pudo seguir más en ese silencio pétreo, por fin le espetó sin preámbulos:

– ¡Tendrías que haberme dejado llevarla a la escuela!

Theodore observó a su hijo con cautela y vio el gesto de rebeldía que se manifestaba hasta en el perfil, con los labios apretados de disgusto. ¿Cuándo había aprendido el muchacho a ser tan insistente en su actitud caballeresca hacia la maestra?

– Desde el primer día le dije que aquí no cultivaba flores de invernadero.

Kristian le dirigió al padre una mirada seria.

– ¿Qué tienes contra ella?

– No tengo nada contra ella.

– Bueno, por el demonio, es evidente que no te agrada.

– Será mejor que cuides la lengua, ¿eh, muchacho?

En el semblante del chico apareció una expresión de intolerancia y disgusto.

– Oh, vamos, pa, tengo diecisiete años y si…

– ¡No, tuavíano!

Llevado por la ira, Theodore comprendió que había cometido un error y eso lo irritó más aún.

– Dentro de dos meses los tendré.

– Entonces supones que estará bien soltar una ristra de maldiciones, ¿eh?

– Decir demonio no es, precisamente, soltar una ristra de maldiciones. Además, un hombre tiene derecho de maldecir si está furioso.

– Ah, conque un hombre, ¿eh?

– No me preguntas eso cuando me mandas a hacer un trabajo de hombre.

La verdad de la afirmación irritó más todavía al padre.

– ¿Qué es lo que te tiene tan picado? Y dame las riendas. No’stás… no estás haciéndole ningún bien a las bocas de los caballos.

Le arrebató las riendas de las manos y el muchacho se quedó con la vista fija entre las orejas de los animales. La humedad se condensaba en el ala curvada del sombrero y le goteaba sobre la nariz.

– Nunca me lo preguntaste, pa. Nunca me diste la posibilidad de decidir si iba o no a la escuela. Quizás es ahí donde querría estar en este momento.

Theodore lo había visto venir y decidió afrontarlo.

– ¿Para estudiar?

– Claro que para estudiar. ¿Para qué otra cosa, si no?

– Dímelo tú. -Kristian echó un agudo vistazo a su padre, luego fijó la vista en el brumoso horizonte y tragó con esfuerzo. Theodore lo observó y evocó claramente los dolores del crecimiento. Obligándose a mantener la voz serena, preguntó sin rencor-: Sientes algo por la maestra ¿no es así, muchacho?

Sorprendido, Kristian le lanzó otra mirada, se encogió de hombros y volvió otra vez la vista adelante.

– No lo sé. Puede ser. ¿Qué dirías si fuese así?

– ¿Decir? No puedo decir gran cosa. Sentimientos son sentimientos.

Como esperaba una explosión, la calma de su padre lo sorprendió. Suponiendo que encontraría reticencia en él, el toparse con su aparente buena disposición para hablar lo pilló desprevenido. Pero ellos nunca hablaban… al menos no de cosas como esa. Era difícil encontrar las palabras, en los últimos tiempos Kristian se sentía confundido por muchas cosas.

Su ira disminuyó bastante y gran parte de su confusión juvenil se reflejó en la voz- ¿Cómo puede uno saberlo?

– No sé si puedo contestar eso. Supongo que es diferente para cada persona.

– No puedo dejar de pensar en ella, ¿sabes? Por ejemplo, cuando estoy acostado en la cama, de noche, pienso en algo que ella dijo, en el aspecto que tenía durante la cena y se me ocurren cosas que quisiera hacer por ella.

Theodore comprendió que, si bien estaba enamorado, el sentimiento era bueno y sería mejor pisar el terreno con delicadeza.

– Es dos años mayor que tú.

– Lo sé.

– Y, además, tú maestra.

– ¡Lo sé, lo sé!

Kristian se miró las botas. El agua caía desde el ala del sombrero y la lluvia le mojaba la nuca.

– Ha sido bastante rápido, ¿no? Hace sólo un par de semanas que está aquí.

– ¿Cuánto tiempo llevó en el caso de mí madre y tú?

¿Qué podía contestar? No cabía duda de que si el muchacho hacía esas preguntas era porque estaba creciendo. La verdad era la verdad y él tenía derecho a saberlo.

– No mucho… eso te lo aseguro. La vi allí de pie, en ese tren, junto a su padre, con ese sombrero del color de la manteca y prácticamente ya no volví a mirar a Teddy Rooseveit.

– Entonces ¿por qué no crees que a mí me haya pasado tan rápido?

– Pero no tienes más que dieciséis años, hijo.

– ¿Y tú cuántos años tenías?

Los dos sabían la respuesta: diecisiete. Dos meses después, Kristian tendría, precisamente diecisiete. Llegaría antes de que ninguno de los dos estuviese preparado.

– Pa, ¿cómo era cuando supiste lo que sentías por mi madre?

"Como anoche, cuando miré a la pequeña señorita subida a la montura." Para consternación de Theodore, la respuesta llegó de inmediato y no lo encontró mejor preparado que para la inminente hombría del hijo.

– ¿Cómo era? -La sensación vivía en él, nueva y fresca-. Como un fuerte puñetazo en el estómago.

– ¿Y crees que ella sintió lo mismo?

– No lo sé. Ella decía que si.

– ¿Decía que te amaba?

Un poco avergonzado, Theodore asintió.

– Y entonces ¿por qué no se quedó?

– Lo intentó, hijo, en serio. Sin embargo, desde el principio odió este lugar. Daba la impresión de que estaba todo el tiempo triste, y después de tu nacimiento empeoró. No era que no te amara, te quería. En mitad de la tarde, la encontraba acostada a tu lado, en la cama. Había estado jugueteando con tus pies, hablándote, arrullándote. Pero, por debajo, era pura tristeza, como suele pasarles a las mujeres después del parto. Al parecer nunca se recuperó. Cuando tenías un año, seguía mirando los trigales y decía que ver el trigo ondulando, ondulando, la volvía loca. Decía que no había ningún ruido. -Agitó la cabeza, desconsolado- Ella nunca se esforzó por escuchar. Para ella, ruidos eran los que hacían los tranvías y los coches a motor que traqueteaban sobre las calles adoquinadas, los gritos de los vendedores ambulantes, el martillear de los herreros y el silbato del tren que atravesaba la ciudad. Nunca oía el viento en los álamos, ni las abejas zumbando en los arbustos. -Theodore miró la vasta pradera con los ojos enlomados-. Nunca los oía, en absoluto.

"Odiaba el modo en que se movía el trigo; decía que después de un rato lo odiaba más que viajar en aquel tren, con su padre. Vi cómo se extinguía la chispa en ella, cómo desaparecía la risa y lo supe… -Contempló los riachuelos de lluvia que se deslizaban por el impermeable mojado. -Bueno, supe que yo no era la clase de hombre capaz de devolvérsela. Aquella noche que bailamos y charlamos, en Dickinson, ella me creyó alguien que yo no era. Para ella fue como una especie de cuento de hadas, pero esto era real y nunca logró acostumbrarse.

Kristian estornudó. Sin hablar, Theodore levantó una cadera, sacó un pañuelo y se lo dio. Después que se hubo sonado la nariz, prosiguió:

– No hacía más que contemplar los trigales e iba poniéndose cada vez más triste, más callada y pronto tenía los ojos turbios y… bueno, muy diferentes de como eran el día que la vi por primera vez, en aquel tren. Luego, un día se fue. Sencillamente se fue.

Apoyó los codos en las rodillas y sacudió la cabeza, triste.

– Ah, ese día… Nunca olvidaré ese día- Creo que fue el peor de mi vida. -Apartó el recuerdo y siguió, en tono neutro-. Se fue… pero nunca me convencí de que nos dejaba a nosotros sino a este lugar. Le dolió dejarte. Lo decía en una nota. Dile a Kristian que lo amo, decía. Díselo cuando sea lo bastante mayor.

Aunque Kristian ya lo había oído, el corazón se le ensanchó. Siempre comprendió que su familia sin madre era diferente de las de sus primos y compañeros de clase y. aunque no había conocido el amor maternal, siempre estuvo Nissa. Sin embargo, de golpe echó de menos a la madre que no había conocido. En ese momento, al borde de la virilidad, deseó tenerla para hablar con ella.

– Tú… tú la quisiste, ¿no es cierto, pa?

Theodore suspiró y siguió con la vista fija en las grupas de los animales.

– Oh, claro que la quería -respondió-. Hay ocasiones en que un hombre no puede evitar amar a una mujer, aunque no sea la apropiada.

Siguieron andando en silencio en medio del día lloroso y las últimas palabras de Theodore reverberaron en la mente de los dos. Y, si esas palabras evocaron a Linnea y no a Melinda, ninguno de los dos podía controlarlo.

Por fin llegaron al yacimiento de carbón de Zahí. Theodore detuvo la carreta junto a la balanza y frenó a los caballos con la vieja palabra noruega que, en esa ocasión, por algún motivo era reconfortante.

– Pr-r-r- -ordenó y la onomatopeya se fundió con la lluvia que caía, expresando el ánimo provocado por la historia.

No había nadie. Los rodeaba el olor del carbón húmedo y el gotear del agua. Theodore se volvió hacia el hijo, le apoyó una mano en el hombro y dijo:

– Bueno, estoy de acuerdo en que ella es bonita, lo admito. -De golpe, cambió de talante-. Hemos llegado. ¿Estás dispuesto a cargar ocho toneladas de carbón, muchacho?

Kristian no lo estaba: a cada momento se sentía peor. Los estornudos se sucedían uno tras otro; eso parecía una carrera a ver quién goteaba más rápido, si el sombrero o la nariz.

– Nu'ay mucha alternativa, ¿cierto?

Theodore le reconvino con suavidad:

– La expresión nu'ay no existe, muchacho.

Saltó fuera de la carreta y fue a buscar al viejo Tveit para que la pesara y pudiesen empezar a cargarla.

El extenso terreno que había provocado semejante depresión a Melinda Westgaard, hasta el punto de obligarla a abandonar a su marido, estaba tan lúgubre como ella lo veía en el más melancólico de sus días. La lluvia caía sobre los planos yacimientos de carbón de Zahí y ni un árbol rompía la monotonía del horizonte vacío. En un sentido estético, la naturaleza no había sido muy generosa con Dakota del Norte. Pero, si bien la había despojado de árboles que pudiesen usarse como valioso combustible, en cambio le había dejado algo: carbón. Un yacimiento de más de setenta y dos kilómetros cuadrados de blando lignito, tan accesible que al hombre le bastaba con apartar la fina cubierta de suelo superficial y recoger el combustible con azadones y palas.

Así lo recogieron Theodore y Kristian ese húmedo día de septiembre.

El tiempo era tan inhóspito que el viejo Tveit no había enganchado siquiera su yunta a la excavadora y ahí estaba, inmóvil, acumulando agua de lluvia en el hueco.

Trabajando lado a lado con su padre, Kristian se detenía a menudo para sonarse la nariz y estornudar. El frío húmedo le trepaba por las piernas y se le colaba dentro del impermeable. Tenía el cuello empapado y un temblor lo sacudía hasta los huesos.

Para cuando terminaron de cargar la carreta, se sentía muy mal, y todavía lo esperaba un trayecto de media hora hasta la casa. Mucho antes de llegar, ya se sentía agotado de tanto estornudar. El pañuelo húmedo le había dejado la nariz en carne viva y los escalofríos le sacudían el cuerpo.

A mitad de camino, un sol tímido comenzó a separar las nubes asomando como un ojo amarillento, pero no bastaba para darle calor.

– Deduzco que debes de sentirte tan mal como pareces -comentó Theodore.

El chico tenía la boca abierta y tos ojos cerrados y le temblaban las aletas de la nariz ante la expectativa de otro estornudo. Miró hacia el sol para provocarlo. Cuando salió, lo dobló en dos y lo hizo lagrimear.

– Te dejaré en casa antes de ir a la escuela a descargar.

– Puedo ayudar -se sintió obligado a insistir el chico, aunque sin demasiado fervor.

– El mejor lugar para ti es la cama. Yo puedo arreglármelas solo con la carga de carbón.

A Kristian no se le ocurrió objetar nada, y Theodore lo dejó bien arropado en la cama, mientras Nissa se afanaba alrededor, como una gata madre.

Llegó a la escuela ya cerca del fin de la tarde. El sol había ahuyentado las nubes que quedaban, y se extendía sobre el trigo como una bendición. Preocupado, Theodore repasó la conversación con su hijo.

"Será conveniente que también le andes con mesura en lo que se refiere a la pequeña señorita", se recomendó, "Kristian no tiene ni idea de que también encendió la chispa en mí."

Cuando frenó los caballos ante los escalones, el patio de la escuela estaba vacío.

– Pr-r-r -ordenó con suavidad, observando la puerta mientras ataba las riendas y bajaba de un salto. Al pasar ante la yunta, acarició distraído la nariz de Cub y se dirigió hacia la entrada.

La puerta se abrió sin ruido. En el guardarropa no había nadie y la puerta interior estaba entreabierta. Las cazuelas del almuerzo no estaban bajo los bancos largos- Una gota de agua caía del grifo en un balde, con un perezoso blip. El grueso nudo de la cuerda de la campana se balanceaba ante sus ojos y lo apartó con el dorso de la mano. De repente, llegó desde adentro la voz femenina, enfadada, de la señorita Brandonberg. Theodore se detuvo con la mano en la puerta.

– … la próxima vez que te pesque en alguna de tus triquiñuelas, tengo la intención de decírselo a tus padres. De todos modos, visitaré los hogares de todos. Seguramente querrás que les cuente algo bueno a tus padres con respecto a ti, ¿no es cierto, Alien?

Así que ahí dentro estaba el chico de los Severt con ella.

– Me has hecho pasar otro día espantoso. Tú y Theodore.

Las cejas del aludido se elevaron y bajó el mentón. Frunció el entrecejo. ¿Qué tenía que ver lo que pasaba entre el chico Severt y la maestra?

– No entiendo a ese hombre. No le habría hecho el menor daño dejar que Kristian viniera hoy a la escuela. -En voz más serena, añadió-. Pero supongo que ese no es asunto tuyo. Puedes irte, pero mañana, cuando vengas a la escuela, será mejor que lo hagas con mejor disposición.

Theodore retrocedió, alejándose de la puerta, disponiéndose a dar la impresión de que acababa de entrar en el guardarropa cuando pasara Alien.

Pero no se oyó ningún paso. Alien no apareció. Lo único que oyó Theodore fue el raspar y golpetear de la tiza contra la pizarra.

– ¡Muy bien, Theodore ya se ha ido y podemos discutir en paz!

Theodore se puso rígido: lo inquietaba la perspectiva de que lo sorprendieran escuchando a hurtadillas. Estaba a punto de entrar en el aula, cuando oyó otra vez la voz de ella:

– ¡Oh, está bien, ya sabe lo que quiero decir!

De repente, comprendió que ella no tenía ni idea de que él estaba ahí y sonrió. Así que ¿eso hacía?: ¿practicaba para discutir con él? Eso parecía, porque el tono fue vehemente al decir:

– No se hubiese muerto si dejaba venir hoy a Kristian a la escuela, pero no, es demasiado terco para dejar que me salga una vez con la mía, ¿eh? ¿Y en qué lo ocupa? -El tono se volvió sarcástico-: ¿Lustrando arneses en la talabartería?

La tiza chirrió contra la pizarra, y la muchacha empezó a pronunciar palabras sueltas.

– Reloj. Cometa. Relleno. Tirada. Rueda. Garganta.

El hombre sonrió y se acercó despacio a las puertas dobles. Sin hacer ruido, las abrió más y se asomó. Linnea estaba escribiendo una lista de palabras en la pizarra y colocaba los puntos en algunas con un golpe irritado de la tiza. Divertido, pensó que astillaría la pizarra con ese ímpetu.

Contempló la esbelta espalda, el movimiento de la mano y el de las faldas cuando colocó una barra horizontal sobre una letra. Luego empezó largas filas de palabras.

El reloj cuelga de la pared, escribió, murmurando con cada palabra seguida por la mirada de Theodore. Luego, la camela tenía cola azul. Se enderezó y pareció estudiar, pensativa, la pizarra. Luego, con movimientos vivaces y decididos, escribió, pronunciando con claridad:

– Quisiera rellenar a Theodore.

La sonrisa del aludido se ensanchó y tuvo que esforzarse por no lanzar una carcajada. Linnea retrocedió y observó la oración, subrayando con fuerza rellenar, se puso las manos en las caderas y rió entre dientes.

– Ah, si pudiera hacerlo -repitió, gozando por anticipado.

Sin embargo, al escribir la siguiente oración, decidió no repetirla en voz alta y la sonrisa del hombre que observaba se esfumó, al tiempo que se preguntaba, intrigado, por lo que no sabía leer. Linnea volvió a retroceder y ahogó unas risas, sin duda disfrutando a sus expensas. Luego se inclinó otra vez hacia la pizarra.

Cuando terminó la siguiente oración, se tapó la boca con las manos y rió con tanta fuerza que se balanceó hacia delante.

– Hola, maestra -dijo Theodore, arrastrando las palabras.

Linnea giró en redondo, mortificada. Ahí estaba él, apoyado contra la pared, con un pulgar metido tras la hebilla del tirante. El rostro de la muchacha adquirió el aspecto de una tajada de sandia y, volviéndose de prisa hacia la pizarra, se puso a borrar, desesperada, lo escrito.

– Theodore, ¿qué es eso de escabullirse por detrás de ese modo?

Dejó el borrador con tanta fuerza que Theodore creyó que derrumbaría la pared delantera de la escuela.

– ¿Cómo escabullirme? He venido conduciendo un par de caballos con estrépito suficiente para despertar a los muertos, pero aquí dentro había tanto ruido que usted no habría oído pasar a una tropa de mulas.

Linnea giró para mirarlo, con las manos apoyadas sobre la bandeja de tizas a su espalda.

– ¿Qué quiere, Theodore? Estoy ocupada -concluyó, altanera.

El hombre demoró la vista en la pizarra y luego la posó en la mujer mientras se azotaba el muslo con los guantes de cuero sucios.

– Sí, ya veo. ¿Prepara la lección de mañana?

– Si, eso hacía hasta que usted me ha interrumpido con tanta grosería.

– ¿Grosería? -Llevó los guantes al corazón, como quien es acusado injustamente-. ¿Yo soy grosero, yo que vengo a ofrecerme a llevarla a casa?

Eso la puso en un brete y frunció el entrecejo como una vieja lechuza.

– ¡A buena hora se ofrece a llevarme a la casa! ¡Ahora que ha parado la lluvia! ¿Dónde estaba su generosidad esta mañana, cuando impidió que Kristian me trajese a la escuela?

– ¿Eso le dijo él?

– No hubo necesidad de que me lo dijese. Bastó que me dijera que él quiso hacerlo. Usted no me engaña ni por un segundo. No ha venido aquí a llevar a esta… a esta flor de invernadero a casa; ¿qué está haciendo aquí?

Theodore se apartó de la pared y recorrió lentamente el pasillo de la izquierda, colocándose los guantes sin dejar de mirarla.

– Estoy esperando a que me rellenen. ¿No fue eso lo que usted dijo que quería hacer? -Al llegar al borde de la tarima, abrió las manos-. Aquí me tiene.

La vergüenza de la muchacha se duplicó pero su sentido teatral vino en su ayuda. Señalando hacia la puerta con gesto imperioso, dijo:

– ¡Bien, puede darse la vuelta y salir de inmediato! No quiero verlo ni hablarle hasta que cambie de actitud con respecto a la asistencia de Kristian a la escuela.

– ¡Mi hijo viene a la escuela cuando yo lo digo y ni un minuto antes!

Linnea olvidó la actuación y la dominó la ira.

– ¡Oh, es usted… insoportable!

Golpeó con el pie en el suelo, haciendo arremolinarse el polvo de tiza alrededor del borde de la falda.

Apoyando una bota en la tarima y cruzando las manos sobre una rodilla, Theodore dijo:

– Sí. Y no olvide de decir cabeza dura.

– Lo es, Theodore Westgaard.

– Sí, ya me han dicho eso, pero ¿quién tiró la servilleta y salió de la cocina como una criatura malcriada esta mañana? No le dio un ejemplo muy bueno a su alumno.

La recriminación era correcta, y Linnea se volvió hacia la pizarra y empezó a borrar mejor antes de volver a escribir la lista de palabras.

– Si ha venido a criticarme, puede irse. Y cuanto antes, mejor.

– No he venido sólo para eso. He traído la carga de carbón.

– Me hubiese hecho falta esta mañana -rezongó-, pues cuando llegué aquí mis pies chorreaban y el salón parecía una cámara frigorífica.

El rasgue de la tiza fue lo único que se oyó hasta que Theodore dijo:

– Lo siento.

La mano se detuvo sobre la pizarra. Mirando sobre el hombro. Línea quiso comprobar si lo decía en serio. Así era… y le miraba los pies. Giró hacia él otra vez, sacudiéndose la tiza de las manos. Cuando las miradas se encontraron, en la de él sólo vio arrepentimiento. Posó la vista sobre los guantes manchados y hasta el aspecto viejo y gastado del cuero le resultó fascinante por la única razón de que envolvía las manos de él. ¿Cómo podía resultarle tan irritante en un momento y tan atractivo en el siguiente?

– Más vale. Me hizo enfadar tanto que me dieron ganas de rellenarlo, Theodore- Fue entonces cuando logró su objetivo: Theodore se echó atrás y estalló en sonoras carcajadas. Como hasta entonces nunca lo había visto sonreír, no estaba preparada para el impacto. Fue un cuadro increíble: lo cambiaba por completo. Contempló el rostro resplandeciente con la sensación de haber presenciado un gran descubrimiento. No sabia que los dientes de ese hombre eran tan hermosos, la boca tan bella, la mandíbula tan perfecta, el cuello tan bronceado, los ojos tan chispeantes. Las carcajadas llenaron el soleado salón de clases y la imagen del hombre el corazón de la muchacha. De repente, se sintió profundamente feliz. Escapó de su garganta el primer gorjeo de diversión, el segundo, y pronto se había unido a las carcajadas de él.

Cuando se hizo el silencio siguieron sonriéndose, mutuamente asombrados. Sobre el pecho de Linnea, el reloj subía y bajaba muy rápido Theodore imaginó que, si se acercaba y ponía la mano encima, el aparato estaría entibiado por la carne de ella.

Trató de tragar y no pudo.

Linnea trató de pensar en algo que decir y no pudo.

Theodore intentó pensar en ella como una niña y no lo logró.

Linnea quiso verlo como a un viejo y fracasó.

El se dijo que era la muchacha de la que estaba enamorándose su hijo, pero fue inútil.

Ella se dijo que él era el padre de un alumno, que vivía en la misma casa, pero no sirvió de nada. Nada importaba. Nada.

Hizo su aparición el sentido común y Theodore retiró el pie de la tarima. Con gestos vivaces, se ajustó los guantes.

– Será mejor que descargue el carbón.

A Linnea le quedaron palabras atragantadas viéndolo recorrer el salón, notando por primera vez que las caderas de un hombre eran mucho más estrechas que las de una mujer, que los brazos asomando de las mangas enrolladas eran subyugantes y lo poderosas que parecían las manos metidas en blandos guantes viejos que lo acompañaban durante horas y horas de faena.

Después de que saliera, trató de reanudar las oraciones que había estado escribiendo, pero una y otra vez la distraía la imagen de Theodore paleando carbón que veía por la ventana. Se acercó más. Desde ese lugar privilegiado veía los hombros y la parte superior de la cabeza y contemplaba cautivada a ese hombre entregado a la tarea. Qué anchos los hombros, qué diestros los movimientos, qué fuertes los músculos.

Theodore hizo una pausa, apoyando las muñecas cruzadas sobre el manso de la pala, y Linnea dio un paso atrás, ocultándose en la sombra. El sol radiante caía a pleno sobre el cabello de color caoba y entonces advirtió que rara vez lo veía sin el sombrero de paja con el que trabajaba en el campo. Dedujo que se habría humedecido esa mañana y que lo había dejado en la casa, secándose sobre una percha, en la cocina. Theodore echó un vistazo en redondo, guiñando los ojos. Su rostro ya estaba cubierto por una película de polvo de carbón. Estaba sudando, y Linnea vio cómo se deslizaba una gota por el borde del cabello, juntando el polvo negro a su paso. Se sacó un guante, buscó en el bolsillo trasero y, como no encontró pañuelo, volvió a ponerse el guante y se enjugó la frente con la manga- Reanudó la tarea, creando un ruido rítmico al chocar la pala con el carbón.

Era muy hombre, más maduro que cualquiera de los muchachos que la habían atraído. Y él se sentía atraído por ella; no lo hubiese imaginado.

Por un fugaz momento, lo había visto en sus ojos con la misma claridad con que ahora veía el polvo de carbón que cubría el apuesto rostro. Mientras se contemplaban, una chispa había saltado entre ellos. ¿Deseo? ¿Así se sentía? El impacto le provocó un vuelco en el corazón y todavía lo sentía. La agudización de la conciencia. La atracción. La insistencia. Pero cuando Theodore corrió la cortina sobre sus ojos Linnea comprendió que todavía la veía como a una niña.

Casi siempre.

9

Una vez llena la carbonera, arrojó la pala sobre la caja vacía de la carreta y estiró la espalda fatigada. Se secó la frente con el brazo, miro la mancha gris que quedó en la manga, se deshizo de los guantes y atravesó el patio de la escuela rumbo a la bomba de agua. Se sacó los tirantes, que quedaron colgando, se quitó la camisa y la tiró a un lado y empezó a bombear. Con los píes bien separados, se inclinó sobre el chorro de agua pura y helada que salpicaba sobre la tierra. Alternativamente bombeaba y se lavaba la cara, se salpicaba el pecho, los brazos y el cuello y luego bebió de las manos ahuecadas.

Cuando se irguió y se dio la vuelta, sorprendió a Linnea de pie sobre los escalones observándolo. Estaba inmóvil como una cigüeña, los dedos de una mano apoyados levemente sobre la baranda de hierro, la otra mano sujetando el codo. Las miradas se encontraron y se sostuvieron y él se secó lentamente la boca con el dorso de la mano hasta que cobró conciencia de su pecho desnudo y mojado y de los tirantes colgándole sobre los muslos.

Inclinándose desde la cadera, recogió la camisa de franela del suelo, se secó, se la puso y empezó a abotonarla, sin dejar de desear que ella se moviese o que, al menos, dejara de observarlo.

Pero ese hombre la intrigaba. En algunas ocasiones había visto el pecho desnudo de su padre, pero tenía mucho menos vello que Theodore. Y, si bien su padre también usaba tirantes, nunca le colgaban a la altura de las rodillas, como riendas sueltas. Además, ver a su padre lavarse no era igual que ver a Theodore tirarse agua encima con tanta despreocupación que la hacía volar por el aire, le corría por el pecho y le goteaba de las sienes y de los codos.

Sin embargo, la despreocupación cesó en cuanto la vio.

La presteza con que se puso la camisa y la abotonó la dejó pensativa. Dejó colgar la cabeza y la volvió de lado mientras metía los faldones dentro de los pantalones, se colocaba los tirantes y se peinaba el pelo con los dedos. Por fin, se dio la vuelta.

– ¿Está lista para irse? -le preguntó.

Linnea le dedicó una sonrisa atrevida.

– ¿Y usted?

Hubiese jurado que Theodore empezaba a ruborizarse, aunque se las ingenió para cubrirse con la muñeca al pasarse otra vez la mano por el cabello y echar a andar con paso decidido.

– Traeré la carreta aquí.

Cuando ya estaban sentados uno junto al otro, camino a la casa, reinó el silencio. Theodore guiaba con la espalda encorvada y los codos en las rodillas, pensando en la extraña incomodidad que lo había asaltado cuando giró y la sorprendió mirando cómo se lavaba. Linnea equilibraba su cuaderno sobre las rodillas y miraba pasar el paisaje del campo, pensando en lo oscuro y rizado que era el cabello de su nuca cuando estaba mojado. Ninguno miró al otro ni dijo una palabra hasta después de haber pasado por la propiedad de John. Entonces, de repente, Theodore comentó:

– Kristian se ha resfriado. Por eso no ha venido a ayudarme a descargar el carbón.

Linnea giró la cabeza, pero él miraba hacia delante y no dijo nada más. Qué raro que se hubiese creído obligado a explicar por qué había ido solo. Trató de pensar en algo para llenar la brecha, pero sus procesos de pensamiento estaban embarullados por el recuerdo del agua deslizándose por el vello del pecho.

– Oh, pobre Kristian. Es una época del año demasiado bella para pillar un resfriado, ¿no es cierto?

Con un imperceptible giro de la cabeza, Theodore vio cómo la muchacha contemplaba el paisaje, aspirando con avidez el aire lavado, como si cada inhalación fuese una bendición. Se le ocurrió que contemplaba el trigo de una manera muy diferente a la de Melinda.

De regreso en la casa, detuvo el vehículo cerca del molino. Una brisa suave hacía girar las aspas y una tabla suelta golpeaba rítmicamente sobre sus cabezas. Linnea echó atrás la suya para mirar.

– El molino tiene algo tranquilizador, ¿no cree?

– ¿Tranquilizador?

La mirada de Theodore siguió la misma trayectoria.

– Ahá. ¿No le parece?

Theodore siempre lo había pensado, pero nunca se atrevió a decirlo por temor a parecer tonto,

– Supongo que sí -admitió, incómodo por la cercanía de la muchacha.

– He visto que John plantó campanillas alrededor de su molino -recordó mientras ambos seguían mirando las aspas que giraban y, detrás, el cielo teñido del mismo azul vivido que las flores de John.

– Recuerdo que John y yo ayudamos a papá a construir este.

La mirada de Linnea bajó por la torre y lo descubrió todavía mirando hacia arriba. Se entretuvo en pensar qué aspecto tendría en aquel entonces, que seguramente sería la época anterior a la plena madurez, antes de tener patillas y músculos y el susceptible despego del que hacia gala casi siempre. Ahora, con la barbilla alzada, la mandíbula tenía el ángulo de un bumerán. Los labios estaban un poco entreabiertos, miraba hacia el cielo con los ojos enlomados y las finas líneas blancas de las comisuras quedaban ocultas. Las pestañas eran largas como la hierba de la pradera, renegridas, y proyectaban rígidas sombras en la mejilla.

– Ahh… hermoso-

– Melinda siempre decía… -Cerró la boca de golpe, bajó bruscamente la cabeza y le dirigió una cautelosa mirada de soslayo. El placer había desaparecido de su semblante-. Tengo que fijar esa tabla suelta -farfulló.

Ató las riendas y bajó de un salto por el costado de la carreta.

Linnea se bajó tras él y se quedó parada, con el cuaderno apretado contra el pecho.

– ¿Quién es Melinda?

Sin mirarla, se atareó aflojando los arneses para que los animales pudiesen beber.

– Nadie.

La muchacha pasó la uña del pulgar sobre la cubierta roja del libro y meció suavemente los hombros.

– Ah… Melinda siempre decía. Pero ¿Melinda no es nadie?

Theodore se arrodilló para hacer algo bajo la barriga de uno de los caballos. En su coronilla el cabello estaba aplastado, desordenado, opaco por el polvo del carbón y todavía húmedo en la sien y la nuca. Linnea quiso tocarlo para animarlo a confiarse, pero él dedicó mucho tiempo a rumiar la decisión. Por fin, se puso de pie.

– Melinda era mi esposa -admitió, aún sin mirarla a los ojos, mientras forcejeaba con una correa bajo la mandíbula del caballo,

Los hombros de la muchacha se quedaron quietos.

– Y Melinda siempre decía…

Su mano se aquietó, con los dedos bien separados sobre el cuello tibio de Cub. Esa mano, casi tan oscura como la piel del alazán, atrajo la mirada de Linnea y le pareció más ancha de lo que la recordaba y más fuerte.

– Melinda siempre decía que los molinos eran melancólicos -dijo en voz queda.

En la mente de Linnea brotaron innumerables preguntas, mientras oía el ruido que hacia la tabla suelta allá arriba. Con su hombro pegado al de Theodore veía los dedos romos peinar, distraídos, la crin de Cub. Se preguntó qué haría si ella cubría la mano de él con la suya, pasaba un dedo por la curva interna del pulgar, donde la piel estaba áspera por años de trabajo duro. Claro que no podía hacerlo. ¿Qué pensaría él? ¿Qué era lo que la hacía pensar cosas tan alocadas con respecto a un hombre de esa edad?

– Gracias por decírmelo, Theodore -le dijo en voz suave y luego, avergonzada, se volvió hacia la casa.

Mirándola, él se preguntó si existiría otra mujer que pudiese darle la espalda a un tema sin hacer más preguntas. Y supo que ella lo veía como un hombre, del mismo modo que él la veía como una mujer. ¿Mujer? Una chica de dieciocho años casi no era una mujer. Ese precisamente, era el problema.

Esa noche, durante la cena, Kristian estuvo ausente, pero Línea anunció:

– He decidido visitar las casas de todos mis alumnos. El inspector Dahí me dijo que debía tratar de conocerlos a todos personalmente.

Theodore la miró a la cara por primera vez desde que habían estado en el aula.

– ¿Cuándo?

– En cuanto me inviten. Mandaré cartas con los niños, diciéndoles que me gustaría conocer a las familias y luego esperaré a ver qué pasa.

– Es época de cosecha. No verá a los hombres, salvo que vaya al anochecer.

La muchacha se encogió de hombros, miró a Nissa y a John y luego otra vez a Theodore.

– En ese caso, conoceré a las mujeres. -Se metió en la boca una cucharada de caldo, tragó y añadió-: O iré después de que oscurezca.

Theodore concentró la atención en el cuenco de sopa y ella lo imitó. Durante unos minutos, todo fue silencio y luego, para sorpresa de la joven, él habló de nuevo:

– ¿Espera quedarse en las casas a cenar?

– Bueno, no lo sé. Creo que, si me invitan, me quedaré.

Sin apartar la atención de la sopa, Theodore declaró:

– En esta época oscurece temprano. Necesitará un caballo.

Lo miró, sorprendida.

– ¿Un… un caballo?

– Para montar.

La miró a los ojos, pero apartó la vista de inmediato.

– Si los niños pueden caminar, yo también.

– Clippa estaría bien -prosiguió, como si ella no hubiese hablado-

– ¿Clippa?

John y Nissa observaban la conversación con interés mal disimulado.

– Es el mejor caballo que tenemos para montar. Cálmese.

– Ah.

De pronto, Linnea cobró conciencia de que tenía las manos apretadas entre las rodillas y que no había vuelto a tomar la cuchara. Con un ademán brusco, la levantó y la hundió otra vez en la sopa de verduras, al tiempo que resonaba en su mente la expresión flor de invernadero.

– ¿Alguna vez ha montado a caballo? -Preguntó Theodore- Se aventuraron a un rápido intercambio de miradas.

– No.

Él estiró la mano, pinchó una rebanada de pan con el tenedor, lo unió con manteca y no volvió a mirarla.

– Después de la cena, vaya a la talabartería y le enseñaré.

Mientras iba hacia el cobertizo, aún quedaba un poco de luz desvaneciéndose en el cielo. A través de la pradera distinguió la silueta del molino de John y desde lejos, llegó el mugido de una vaca. Las gallinas ya se habían instalado para pernoctar y empezaba a sentirse el fresco de la noche.

La puerta exterior del establo estaba abierta y, al entrar, se topó con olores mezclados, agradables y fecundos, que ya le eran familiares.

– Hola, aquí estoy -dijo en voz alta, asomándose por la entrada de la talabartería pero sin entrar.

Theodore estaba de pie junto a la pared, estirándose para tomar un elemento de los arneses. Estaba vestido como antes, con pantalones negros, una camisa de franela roja, tirantes y sin sombrero. Miró sobre el hombro, bajó un cabestro y se lo dio.

– Tenga. Usted llevará esto.

Sacó las dos monturas más pequeñas del caballete, hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta y dijo:

– Vamos.

– ¿A dónde?

Linnea lo precedió hacía la parte principal del cobertizo, mirándolo interrogante sobre el hombro.

Theodore esbozó el atisbo de una sonrisa.

– Primero tenemos que ir a buscar al caballo.

Dejó la montura en el suelo, hizo un lazo con una traílla que tenia en la mano y le ordenó:

– Tome ese cubo.

Linnea tomó un cubo galvanizado con avena y lo siguió fuera al crepúsculo penumbroso y cruzaron el corral del cobertizo, con su fuerte olor a estiércol y tierra húmeda. El hombre abrió una larga puerta de madera, la dejó pasar y luego la cerró tras ellos. Ya estaban sobre suelo más firme, donde crecía una corta hierba amarilla. A poca distancia de una cerca de alambre de púas se agrupaba una docena de caballos que pastaban. Theodore lanzó un agudo silbido entre dientes y las cabezas de los animales se alzaron a una. Ninguno de ellos dio un paso.

– ¡Clippa, ven! -gritó, parado detrás de Linnea con la brida colgando a la espalda.

Sin prestarle atención, los caballos estiraron los cuellos y siguieron mordisqueando la hierba.

– Creo que ha perdido práctica -bromeó la muchacha.

– Inténtelo usted, pues.

– Está bien. ¡Clippa! -Inclinándose adelante, chasqueó los dedos-. ¡Ven aquí, muchacho!

– Clippa es una chica -le informó, con gesto agrio.

Linnea se enderezó y abrazó el cubo con ambas manos.

– Y bueno, ¿cómo iba a saberlo?

Theodore sonrió, burlón:

– Basta con mirar.

– Nací y me crié en la ciudad.

Tras ella, oyó el fantasma de una risa y sobre su hombro asomó un largo brazo.

– Cub -le observó, señalando al gran alazán de tiro que Línea nunca había mirado con detenimiento-. Él es muchacho.

Esta vez lo observó con atención, y sintió que las mejillas se le arrebolaban como las estrías de color que quedaban en el cielo, antes aún de que Theodore retirase el brazo.

– Clippa, ven aquí, muchacha -intentó de nuevo-. Discúlpame si te he ofendido. Estoy segura de que, si te acercas, Theodore no te hará daño con esa cuerda que tiene oculta a la espalda. Lo único que quiere es llevarte al cobertizo.

El animal seguía declinando la invitación.

"Novata", pensó Theodore divertido, viéndola inclinada hacia delante, hablándole a la yegua como si fuese uno de sus alumnos y seguramente temerosa de que, al fin, el animal decidiera acercarse.

Recorrió con la vista la espalda esbelta y las caderas. "Sin duda, podría enseñarle muchas cosas", reflexionó "y no sólo cómo atrapar caballos."

La muchacha se enderezó y afirmó, petulante:

– No quiere venir.

– Golpee el asa del cubo -le murmuró el hombre, casi en el oído.

– ¿En serio? -Giró la cabeza sorprendiéndolo y estaban tan próximos que la sien de Linnea casi chocó con el mentón de él. La cercanía le hizo dar un brinco al corazón-. ¿Eso resultará?

– Inténtelo.

– Ten, Clippa, ven, muchacha.

Al primer ruido de choque metálico, el caballo se acercó trotando con la nariz al aire, balanceando la cabeza. Cuando hundió la boca en el balde, pilló desprevenida a la novata y la empujó hacia atrás, contra Theodore. En ademán instintivo, este alzó las manos para sujetarla y rieron juntos, viendo al caballo hundir la nariz aterciopelada en el cereal. Pero, cuando las risas cesaron y Linnea miró sobre el hombro, Theodore percibió la tibieza que se filtraba a través de las mangas. Bajó las manos con puntillosa presteza y la rodeó para aferrar la brida de Clippa y pasarle la correa de guía.

Uno a cada lado de la yegua, la llevaron al cobertizo. Dentro, las sombras se habían intensificado. Theodore encendió la lámpara y la colgó del techo para concentrarse en la lección, en lugar de pensar en esa muchacha que era capaz de distraerlo con demasiada facilidad. De pie cerca de él, observaba con atención, frunciendo el entrecejo y asintiendo a medida que él le explicaba.

– Antes de empezar, amarre siempre al animal porque con los caballos nunca se sabe. A veces no les gusta la cincha o el bocado y se ponen tercos. En cambio, si están amarrados, no se'an… no se van a ni un lado.

– A ningún lado. Siga.

Le lanzó una mirada suspicaz: al parecer, no era consciente de haberlo corregido. Estaba concentrada en la lección que estaba recibiendo.

– A ningún lado -repitió, obediente, para luego continuar-. Acuérdese de colocar bien la manta, pasando la cruz, de modo que abarque toda la montura, y no se resbale. -Después de haberla acomodado, se apoyó en una rodilla, pasó una faja sobre el asiento de la montura y levantó la vista-. Cuando arroje la montura encima, cerciórese de que la cincha no esté retorcida por debajo, pues, en ese caso, tendría que quitarla y volver a colocarla. Supongo que no querrá hacerlo dos veces, puesto que será la parte más difícil para usted. -Indicó con la cabeza a Clippa-. No es tan alta como otros caballos, de modo que podrá manejarla.

Se enderezó con la montura en la mano y la tiró sobre la yegua como si no pesara más que la manta.

– Tome la correa de la cincha… -Se agachó y con la mejilla apoya da en el flanco del animal pasó la mano a través de la panza-… y pásela por esta argolla; luego hacia arriba por la montura, tantas veces como sea necesario, hasta que sólo quede un largo suficiente para atarla. Se ata aquí arriba… mire. -Linnea se acercó un poco más-. Primero llévela hacia atrás, después alrededor y después pásela a través. Procure que el nudo quede siempre plano, ¿ve?, y luego déle un tirón.

Bastaron unos pocos movimientos diestros y el nudo quedó hecho. Un fuerte tirón lo ajustó y después metió debajo el extremo suelto.

– Ya está. ¿Cree que puede hacerlo?

Cuando bajó la vista, la descubrió observando el nudo con expresión abatida.

– Lo intentaré.

Theodore invirtió el proceso y luego se apartó para observar. Era la primera vez que la veía tan nerviosa. Como él había pasado su vida familiarizado con los caballos, no recordaba que podían resultar intimidatorios.

Sonrió con disimulo viéndola acercarse cautelosamente a Clippa.

– Ella sabe que usted está aquí. No tiene sentido que ande a hurtadillas

– Es grande, ¿eh?

– Con respecto a los caballos en general, no. No tenga miedo. Es buena.

Pero, cuando estiró la mano bajo la barriga de Clippa, la yegua notó algo extraño y se apartó de costado, girando el ojo para ver quién era.

Linnea saltó hacia atrás.

Al instante, Theodore se adelantó, tomó la brida y frotó la frente de la yegua.

– Pr-r-r.

El sonido suave tranquilizó al animal. Linnea vio que el pellejo castaño de la yegua se estremecía y trató de dominar el miedo al ver lo fácil que había sido para Theodore calmarla. Sin soltar la brida, con expresión más suave, el hombre dijo:

– Usted es desconocida para ella. Necesitaba observarla un poco primero. Siga. Ahora se quedará quieta.

Así fue, aunque Linnea hizo el segundo intento con gran precaución, estirando la mano bajo la voluminosa barriga. Sin embargo, todo iba sin dificultades hasta que llegó el momento de hacer el nudo. Lo intentó una y dos veces, hasta que levantó la vista con expresión contrita.

– Se me ha olvidado.

Theodore le enseñó otra vez cómo se hacía. Parada junto a él, observaba los dedos fuertes y tostados que plegaban el cuero como él quería: los anchos pulgares aplastaban el nudo antes de pasar por abajo la punta de la correa y darle el tirón final.

Cuando se acercó otra vez a la montura, los brazos de ambos se rozaron. Ninguno de los dos habló mientras ella tomó la cincha y empezó a deshacer lo que había hecho Theodore, estudiándolo con atención. Él notó que metía la lengua entre los dientes, concentrada en lo que estaba haciendo. Hizo un falso comienzo y maldijo por lo bajo.

– ¿Alguna vez hizo el nudo de una corbata? -le preguntó.

Los dedos se quedaron quietos y ella lo miró:

– No.

La luz dorada de la lámpara le iluminaba el rostro. Por primera vez, Theodore notó tas pecas salpicadas sobre los pómulos y que, junto con los ojos oscuros, atentos, le daban el aire inocente de la juventud. Si la muchacha hubiese estado riéndose o enfadada, tal vez a él no le habría dado un vuelco el corazón. Pero estaba seria, como sí abordara la lección con la mayor gravedad y eso le recordó lo joven e inexperta que era… tanto que jamás había ensillado un caballo y, desde luego, demasiado inexperta para haber hecho el nudo de una corbata masculina. Se obligó a concentrar su atención en el nudo triangular.

– Habrá observado a su padre, ¿no?

– Sí.

– Manténgalo plano con los pulgares. Empiece de nuevo.

Linnea se mordió la punta de la lengua y empezó de nuevo. Cuando estaba por la mitad, el pulgar de Theodore se apoyó sobre el suyo.

– No… aplastado -le ordenó. Con la otra mano sobre el dorso de la de ella, le hizo cambiar el ángulo-. En otra dirección.

Linnea sintió que le corría un fuego por el brazo y se mordió la lengua con más fuerza de lo que quería. Pero las manos del hombre se apartaron de inmediato y se convenció de que él no tenía idea del modo en que la había afectado.

– Ahora déle un buen tirón con las dos manos.

Sujetó la correa, le dio un tirón y obtuvo un nudo perfecto.

– ¡Lo he hecho! -exclamó jubilosa, sonriéndole.

Cuando vio la sonrisa de Theodore, se sintió aturdida. Le convirtió los huesos en manteca y le hizo bailotear el corazón. Si ese hubiese sido uno de sus ensueños, la heroína se habría visto recompensada con un abrazo de aprobación. Pero no fue así, y él no hizo otra cosa que darle unos golpecitos con el dedo en la punta de la nariz y bromear:

– Sí, lo ha hecho, pequeña señorita. Pero no se envanezca demasiado hasta que lo haya hecho sin ayuda.

¡Pequeña señorita! Al sentirse tratada como una adolescente con coletas, las mejillas se le enrojecieron de indignación. Giró hacia el caballo, con un gesto altivo del mentón y la resolución impresa en cada movimiento.

– ¡Puedo hacerlo, y lo haré sin su ayuda!

Theodore dio un paso atrás y la observó, sonriendo. Vio que no sólo desataba la cincha sino que también quitaba la montura y la manta del lomo del caballo. Cuando sus brazos recibieron el peso, estuvo a punto de caerse de narices. Divertido, se cruzó de brazos y se dispuso a mirar cómo seguía el espectáculo. En voz que denotaba su irritación, fue relatando lo que hacia, sin mirarlo.

– La manta bien estirada, hasta la cruz. La montura encima… -Se quejó y resopló al levantarla del suelo… -… y cerciorarse… -La empujó con la rodilla, pero no llegó. Theodore contuvo la sonrisa y la dejó forcejear-. Fijarse que la cincha esté… esté…

Empujó otra vez la pesada montura con la rodilla y falló de nuevo, aunque casi se le salieron los brazos de las coyunturas.

– ¡Lo haré!

Ante la mirada furiosa de la muchacha se puso serio, contemplando la boca fruncida y retrocedió, haciendo un gesto de asentimiento sin hablar. Sus hombros sólo llegaban hasta el lomo de Clippa, pero, si la terca e intratable muchacha quería demostrar que podía hacerlo, no se lo impediría. En la talabartería había un taburete fuerte sobre el que podía subirse, pero decidió dejarla sufrir hasta que se cansara y pidiese ayuda. Entretanto, disfrutaba viendo la boca adorable, fruncida de irritación y los ojos oscuros relampagueando como luciérnagas en una noche despejada. Para su asombro la montura cayó sobre el lomo de Clippa al segundo intento, y en sus ojos apareció una expresión de respeto. Por un instante, Linnea se colgó del estribo descansando, jadeando y luego se inclinó para aferrar la cincha. Hizo un nudo plano perfecto, le dio dos tirones y giró el rostro hacia el hombre con los brazos en jarras.

– Ya está. ¿Y ahora?

Sus pupilas atraparon la luz de la lámpara. Tenía la respiración agitada por el esfuerzo, y Theodore se preguntó qué diría la ley acerca de los avances de padres maduros sobre las juveniles maestras de sus hijos. Con forzada lentitud, cubrió el espacio entre él y Clippa y apartó a la muchacha con el codo. Pasó dos dedos entre la cincha y la piel del animal.

– Esto podría estar más ajustado. Cuando empiece a correr, usted se quedará cabeza abajo, pequeña señorita.

– ¡Theodore, ya le he dicho que no me llame así!

Sin sacar los dedos de la cincha, el hombre le lanzó una mirada de soslayo.

– Cierto. Bueno, señorita Brandonberg.

Los ojos de la muchacha brillaron más y apretó con más fuerza los puños en las caderas.

– Tampoco me diga así. Por el amor de Dios, no soy maestra de usted. ¿No puede decirme Linnea?

Sin alterarse, Theodore deshizo el nudo de Linnea y lo ajustó.

– Quizá no. No sería correcto… ya que es usted maestra. En este lugar a las maestras no las llamamos… no las llamamos por el nombre de pila.

– Oh, eso es por completo ridículo.

El hombre se volvió de cara a ella y, al pasar la mano sobre su hombro le aceleró los latidos del corazón. Pero lo único que hizo fue tomar la brida que estaba sobre el borde del pesebre, a sus espaldas.

– ¿Qué es lo que la exaspera tanto? -le preguntó en tono frío.

– ¡No estoy exasperada!

– ¿Ah, no? -Con irritante calma fue hasta la cabeza de Clippa-. Debo de haberme equivocado. Tenga. ¿Quiere aprender lo demás?

Linnea miró el bocado metálico que tenía en la palma de la mano y lo recogió con gesto airado.

– Limítese a enseñarme lo que tengo que hacer.

Theodore sonrió por última vez ante ese encantador despliegue de temperamento fogoso y luego le mostró cómo colocar el freno en la boca de Clippa, cómo ajustar el cabestro, pasar las orejas del animal por la tira que sujetaba la frente y cerrar la hebilla del cuello.

– Muy bien, está lista para ser montada.

Para su sorpresa, Linnea dejó caer la cabeza y no dijo nada. Theodore contempló los hombros hundidos y se asomó tras ellos.

– ¿Qué pasa?

La muchacha levantó lentamente la vista.

– Theodore, ¿por qué peleamos constantemente?

El sintió que se le cerraba la garganta y la sangre se le agolpó en partes del cuerpo que no tenían derecho de volver a la vida ante una muchacha de esa edad.

– No lo sé.

Mentira, Westgaard, pensó.

– Me esfuerzo mucho por no enfadarme con usted, pero nunca lo logro. Siempre termino siseando como una gata cada vez que lo tengo cerca.

Theodore metió las manos en los bolsillos traseros e hizo lo que pudo por adoptar un aire tranquilo.

– No me molesta.

Por supuesto que no: tener frente a sí a una Linnea exasperada era mucho más seguro que cuando estaba como en ese momento. Desconsolada la muchacha fijaba la vista en la rienda que colgaba de su mano y las pestañas parecían como abanicos sobre las mejillas tersas.

– Ojala a mí me sucediera lo mismo.

Entre los dos se creó un silencio muy pesado. Theodore se apretó las nalgas dentro de los bolsillos y tensó los músculos de las piernas. Como sabia que corría peligro de tocarla, supo que debía decir algo… cualquier cosa que lo resguardase de su propia locura.

– ¿Quiere montarla?

Indicó con la cabeza a Clippa.

Abatida, respondió:

– Creo que no. Esta noche, no.

– Bueno, convendría que se suba una vez para que yo pueda ajustar los estribos a su medida.

Por unos segundos, permaneció quieta y silenciosa, hasta que al fin se dio la vuelta y puso la mano en el pomo de la montura. Era una distancia larga, a la que se añadía la dificultad de las faldas. Entonces se las alzó y, saltando sobre un pie, hizo varios intentos fallidos mientras Theodore contenía las ganas de ponerle las manos en el trasero y darle un empujón.

Linnea perseveró y, al fin, logró ponerse a horcajadas de la yegua, pero se le quedaron enganchadas las faldas, sujetándole las piernas. Cuando intentó incorporarse para soltarlas, los pies erraron en los estribos por unos cinco centímetros. Se sentó, esperó y bajó la vista hacia la cabeza de Theodore mientras este ajustaba uno de los estribos, daba la vuelta y ajustaba el otro.

Deseó tener más experiencia para saber qué hacer con los sentimientos que emergían dentro de ella, provocándole inquietud. Quería tocar el cabello brillante del hombre, alzarle el mentón y observarle los ojos de cerca, oír su risa y su voz, hablándole con suavidad de lo que más le importaba. Quería oír su nombre de labios de él. Y, sobre todo, quería que la tocase, aunque sólo fuera una vez, para comprobar si era tan embriagador como imaginaba.

Theodore acortó los estribos con la mayor lentitud que pudo, con el deseo de prolongar el tiempo que compartían, de poder hacerle otros favores. Hacía años que no sentía esa compulsión a la caballerosidad. Estaba convencido de que eso sólo lo sentía un hombre cuando era joven e impaciente. Qué turbación sentirlo a su edad. Notó que la mirada de la muchacha seguía sus movimientos alrededor del caballo y contuvo el anhelo de alzar la vista. Hacerlo hubiese sido desastroso. Cuando no supo qué más hacer por ella, se quedó contemplando el delicado pie de la muchacha. ¿Cuánto hacía que no deseaba tanto tocar a una mujer? Pero esta no era una mujer. ¿O sí? ¿Y si la tocaba…? Un simple roce, una sola vez… ¿qué habría de malo?

Se apoderó del tobillo. Lo sintió tibio y firme a través del cuero negro de las botas nuevas. Rodeó con el pulgar los tendones del talón y los frotó con delicadeza. Era imponible confundir ese roce con otra cosa que lo que era: una demorada caricia. Tampoco era posible ignorar el hecho de que ella permanecía sentada con el aliento agitado, esperando que él alzara la vista, que diese un paso más, que levantase las manos para ayudarla a bajarse. Theodore pensó en su nombre: Linnea, el que se negaba a permitirse usar, a riesgo de derribar las barreras que era mejor mantener intactas.

Si lo decía, si levantaba la mirada, ya sabía lo que seguiría. Errores.

– Theodore -murmuró Linnea.

De repente, el hombre soltó el pie y retrocedió, comprendiendo su locura, y metió las manos en los bolsillos traseros. Cuando levantó la vista, su rostro era tan impersonal como de costumbre.

– Ya está todo ajustado. No olvide guardar de nuevo la montura en la talabartería después de cabalgar. Dejaré a Clippa pastando cerca, de modo que no tenga que ir tan lejos a buscarla.

Fracasó el intento de aligerar la atmósfera: entre los dos ardían demasiadas cosas.

– Gracias.

La voz de Linnea exhibía una leve agudeza.

Theodore asintió y se volvió hacia la talabartería con la excusa de buscar algo, temeroso de que si se quedaba, alzaría las manos hacia la esbelta cintura para ayudarla a desmontar y terminaría cediendo a otros deseos.

Cuando volvió, ella ya estaba quitando la montura.

– Déme, yo la llevaré. Usted vuelva a la casa ahora. Seguramente tendrá tareas que hacer para la escuela.

Cuando se hubo ido. Theodore sacó a Clippa y después llevó la montura a su lugar. Tras colocarla sobre el caballete, se quedó contemplándola largo rato. Tocó la curva del cuero: donde ella había estado sentada estaba tibia.

Tiene sólo dieciocho años y es la maestra de tu hijo. Está más cerca de la edad de él que de la tuya, Teddy, pedazo de tonto. ¿Qué podría querer una chica como ella con un hombre casi lo bastante mayor para ser su padre?

Poco tiempo después, en su cuarto bajo las vigas, Linnea se preparaba para acostarse, invadida por una extraña sensación. ¿Acaso sólo había imaginado todo ese día con él? No, no lo imaginó. El también lo había notado. En el aula. Luego otra vez cuando ella lo miraba lavarse. Y esa noche, en el cobertizo, cuando le acarició el tobillo.

Era espantoso. Era maravilloso. Era… a cada instante estaba más segura: deseo.

Apagó la lámpara y se metió en la cama para pensar en ello. Tendida de espaldas, se arropó en las mantas, apretándolas contra los pechos hasta que le dolieron, como si quisiera retener la sensación para que no se escapase. Sentía el latido del corazón, fuerte y rápido en su confinamiento.

Evocó la espalda desnuda de Theodore cuando se inclinó para echarse agua en los hombros… el pecho, cuando se dio la vuelta y el agua chorreaba por la mata de vello negro…, el cabello espeso cuando se movía alrededor del caballo, sin querer levantar la vista para no mirarla a los ojos.

El deseo se centraba en sus regiones ignotas.

El también lo había sentido. Por eso tenía miedo de mirarla, de pronunciar su nombre, de responder cuando ella le hablaba.

Cerró los ojos y calculó treinta y cuatro menos dieciocho: dieciséis. Había vivido y experimentado el doble que ella. Eran muchas las cosas que quería saber y que la inmadurez le impedía saber o ser.

De repente, la invadió una fuerte oleada de celos por la diferencia de edad. Siendo un individuo tan terco, era poco probable que hiciera caso de sus instintos. Desasosegada, giró, se apoyó en un codo y contempló la mancha blanca de la almohada en la oscuridad.

– ¿Teddy? -inquirió, en voz suave y anhelante.

Abrazó con ternura la almohada y posé sus labios en los de él.

10

Las cartas de Linnea fueron respondidas con invitaciones inmediatas a visitar los hogares de los alumnos y, antes de que acabara la semana, comenzó las visitas. Decidió ir primero a la casa de Ulmer y Helen Westgaard, porque eran los que tenían más niños en la escuela que ninguna otra familia; además, porque Ulmer era hermano de Theodore. Su curiosidad con respecto a todo lo que se relacionase con él cada vez era mayor.

Desde el momento en que posó el pie en la cocina, sintió la presencia del amor. La casa era muy similar a la de Theodore, pero mucho más alegre y bulliciosa, con los seis niños. Cuando llegó, los tres varones mayores estaban en los campos, ayudando al padre, y los menores ayudaban a la madre en la cocina. Pero, para su sorpresa, los que estaban trabajando en el campo volvieron para cenar con la invitada.

Observó que comer era un asunto tan serio aquí como en la casa de Theodore. Charlaban y reían antes de la comida y después. Pero cuando comían… ¡comían!

Sin embargo, en el transcurso de la cena, varias veces, al levantar la vista, se encontraba con que el mayor de los niños, Bill, la observaba con atención. ¿Niño? No era ningún niño. Era un hombre bien desarrollado, fornido, que podía tener unos veintiún años y le dedicaba el más desconcertante examen. Doris, la hermana de dieciocho años, también vivía en la casa, aunque estaba comprometida y pensaba casarse en enero. Al parecer las bodas, igual que la educación, tenían que posponerse hasta después de la temporada de cosecha. Raymond y Tony, los alumnos de Linnea que faltaban, la trataron con aire distante, como si ya hubiesen sido advertidos de que a ella le disgustaba que no asistiesen a la escuela. Los dos menores, Francos y Sonny sonreían y reían disimuladamente cada vez que los miraba y sospechaba que se sentían muy honrados de que la maestra hubiese ido en primer lugar a su casa.

Esperó hasta después del postre para aludir al tema del calendario escolar y, cuando lo hizo, presentó con calma el caso, dejándolo abierto a la discusión.

No hubo discusión. Le dijeron con amabilidad, pero con firmeza, que los niños irían a la escuela una vez que el trigo estuviese guardado.

Toda la familia salió al patio para despedirla, pero Bill se apartó de los demás y se acercó a la cabeza de Clippa para detener a Linnea.

– ¿Señorita Brandonberg?

– Oh… ¿he olvidado algo?

– No. Sólo quería que supiera que no hay nada personal en contra de usted en que los chicos tengan que ayudar con la cosecha. Siempre ha sido así, ¿sabe?

– Sí, lo sé. Pero no por eso es justo. Los niños necesitan todo el año escolar, igual que las niñas,

Linnea estaba harta de sostener la misma discusión. Sin embargo cuando esperaba que continuara, Bill la dejó de lado por completo. Se quedó mirándola, con una mano sobre la brida de Clippa y los atractivos ojos verdes le enviaban un mensaje de interés no disimulado.

– ¿Baila usted? -le preguntó.

Por un momento, se quedó demasiado perpleja para responder.

– ¿Que…que si bailo?

– Sí… un pie, el otro, ya sabe.

Linnea sonrió.

– Sí… bueno, un poco.

– Bueno, entonces la veré en uno u otro cobertizo cuando vengan los trilladores. En esa época hay un montón de bailes.

Por lo que podía recordar, nadie le había demostrado jamás un interés tan abierto. La contemplación in disimulada la incomodó, sobre todo porque la familia miraba, esperando que ella se alejara. Francés y Sonny reían entre dientes con las cabezas juntas. Tartamudeó:

– S-sí, supongo que sí. Bueno, buenas noches.

Mientras volvía cabalgando a la casa y el aire de la noche le refrescaba las mejillas, evaluó a Bill Westgaard. Cabello rubio desteñido por el sol, ojos verdes como los tréboles de primavera, nariz más bien respingona y una sonrisa que exhibía dientes un poco torcidos. Era una extraña mezcla de facciones de niño y robustez varonil.

¿Qué opinas de él? ¿Te parece apuesto?

Un poco.

¿Atractivo?

Algo.

¿Audaz?

El muchacho más audaz que haya conocido.

¿Irías a bailar con él?

Quizá.

Pero, al imaginarlo, era con Theodore con quien bailaba.

Había decidido dejar el hogar de los Severt para el final, con la esperanza de dar tiempo a Alien para que adoptase una actitud más cooperadora en la escueta y que, así, sus propios sentimientos no fuesen tan negativos cuando hiciera la visita. Pero Alien seguía siendo el que más problemas provocaba en la clase. Cuando se pronunciaban las plegarias, molestaba golpeteando con el lápiz o con la bota contra el escritorio. Fastidiaba a los mas pequeños arrebatándoles las galletas y mordiéndolas, para luego llamarlos llorones y devolvérselas… si decidía hacerlo. Como si supiera que Francés y Roseanne eran dos de las preferidas por Linnea, las perseguía más que a los demás. Provocaba a Francés diciéndole tonta y, a veces, le levantaba la falda para mirarle los calzones. Cuando la niña iba al excusado, hacía girar el bloque de madera y metía una culebra por el agujero en forma de luna. El estallido de histeria que provocaba lo llenaba de dicha por el resto de la tarde cada vez que lograba exasperar a alguno de sus compañeros o a la maestra.

Aunque Linnea temía la visita al hogar de Alien, decidió pasar por ella cuanto antes. El día de las visitas salía más temprano de la escuela y por eso faltaba bastante para la hora de la cena cuando llegó al hogar de los Severt. Para su sorpresa, salió Alien y le pidió ocuparse de Clippa. El reverendo Severt estaba ocupado en su estudio, pero Linnea pasó un rato agradable con la esposa mientras esta concluía los preparativos para la cena.

Lillian Severt era una mujer meticulosamente arreglada, con el cabello negro recogido en la coronilla y sujeto con peinetas de carey sin adornos. Tenía una piel marfileña impecable y un rostro al que sólo afeaba una nariz con fosas demasiado grandes. Sin embargo, la gente solía olvidar su nariz ante los claros ojos almendrados y la boca y barbilla de líneas enérgicas. En lugar del acostumbrado vestido almidonado, llevaba una elegante prenda de color ámbar, con un cuello blanco de organdí calado. Y usaba pendientes: era la única en Álamo que los llevaba. Eran pequeñas llores de manzano de oro, con diminutas piedras en el centro. A diferencia de la mayoría de las esposas de granjeros, que olían a jabón de lejía casero y a la comida que estuviesen preparando, Lillian Severt olía a tocador, a menta y a otras hierbas aromáticas que había mezclado en el tradicional popurrí.

La casa también era diferente. En el vestíbulo de entrada, una alfombra cubría casi todo el suelo. En la cocina había una alacena con un tamiz para harina incorporado. También había un comedor formal, con armarios para porcelana con puertas de cristal y una arcada apoyada sobre columnas que lo separaba del vestíbulo. La mesa era de madera de cerezo cubierta de encaje de color crudo, la comida se servía en una sopera cubierta, las servilletas estaban bordadas de encaje belga y, cuando Lillian Severt se sentó, había dejado el delantal en la cocina.

Alien, que en la escuela era un bribón, en la casa era muy diferente. En presencia de sus padres era tan amable que casi parecía querer congraciarse y hasta apartó la silla de su madre cuando comenzaban a comer.

Cuando se dieron las gracias, inclinó la cabeza con aire reverente, sus modales fueron impecables y en su voz ya no se percibía la petulancia que mostraba en la escuela.

Para sorpresa de Linnea, cuando terminó la cena, Martín Severt ordenó:

– Alien, ayuda a Libby a recoger la mesa y después los dos podéis iros.

En voz bien modulada, la señora Severt replicó:

– Vamos, querido, ya sabes que ocuparse de la vajilla no es tarea de hombres. Libby lo hará.

Los dedos del reverendo apretaron con más fuerza el asa de su taza, se enfrentó con la mirada a su esposa y, por un instante, en el comedor la tensión se hizo palpable. Alien apretó el hombro de la madre, le dio un beso en la mejilla y dijo:

– La cena estaba deliciosa. Nadie hace como tú el pastel de calabaza, madre.

La mujer rió, le palmeó la mano y le ordenó:

– Fuera, adulador.

Antes de que pudiese escapar, el padre lo interrogó:

– ¿Llenaste la leñera cuando volviste de la escuela?

Alien ya salía de la habitación.

– No tuve que hacerlo porque ya estaba llena.

Sonaron sus pisadas en las escaleras que llevaban desde el vestíbulo de entrada, sin duda, hasta su cuarto. Entonces, Libby recogió la mesa y también desapareció.

– ¿Quiere más café? -preguntó la señora Severt, llenando otra vez las tres tazas.

En el comedor se hizo el silencio. Linnea trató de reunir coraje para abordar el tema que más la preocupaba Bebió un sorbo de café y tuvo la impresión de que había una gran distancia antes de llegar a su estómago tenso

– Señor y señora Severt -En cuanto lo dijo, se preguntó si debió haberse dirigido a él como reverendo. Pero rechazó la duda y se dispuso a cumplir su tarea, por desagradable que fuese-. Me pregunto si podríamos hablar un poco acerca de Alien.

La señora Severt se puso radiante.

El reverendo Severt frunció el entrecejo.

– ¿Qué sucede con Alien? -preguntó.

Linnea pensó bien cómo decirlo.

– Alien es muy diferente aquí, en su casa, que en el colegio. El… bueno, al parecer, no se lleva muy bien con los otros chicos, y yo pensé que quizás ustedes podrían darme algún dato que me oriente con respecto a qué podríamos hacer para ayudarlo y qué no.

– ¿Nosotros? -Se asombró la señora Severt, alzando una ceja-. Alien no tiene problema con nadie en ningún lado. Si tiene dificultades, sin duda será culpa de la escuela.

La insinuación era clara: escuela significaba señorita Brandonherg. Mientras la maestra intentaba absorber la réplica, la madre de Alien prosiguió:

– Me interesaría saber a qué le llama… llevarse bien.

La inflexión de la voz era suspicaz.

– Desde el punto de vista social, significa que no trata de fraternizar con los otros, participar de los juegos, hacerse de amigos. Desde el punto de vista académico, no siempre acepta las reglas. Suele… ignorar las indicaciones y hacer las cosas de otro modo.

– ¿Fraternizar con quién, señorita Brandonberg? No tiene con quién, hasta que los varones más grandes no asistan a la escuela. No pretenderá que a un muchacho de quince años le fascine jugar a la rayuela con niños de segundo y tercer grado.

La voz de la señora Severt era como un punzón para hielo que estuviese astillando la autoestima de Linnea. Los nervios se le erizaron en zonas en que ignoraba que los tuviese. Deseó estar en la casa, con Nissa, donde nadie hablaba en la mesa. Temblorosa por dentro, se esforzó por mantener la voz plácida.

– Tal vez fraternizar no sea el término exacto. -Linnea pensó otro pero como no se le ocurrió ninguno, barbotó-: Alien provoca mucho a los otros chicos.

– Todos los niños provocan. Yo lo hacía de niña. Estoy segura de que Martin también, ¿no es así, querido?

"Pero no a todos los chicos les da tan perverso placer", pensó Linnea, sabiendo que no podía decírselo al ministro y a la esposa.

El reverendo Severt no contestó a la pregunta de Lillian y formuló otra:

– En concreto, ¿qué es lo que ha hecho?

Si bien la muchacha no tenía intención de mencionar hechos concretos, era evidente que la señora Severt era ciega en lo que al hijo se refería. Si pretendía ayudar a Alien, tenía que ser franca. Relató el incidente de la culebra con Francés.

Lillian Severt preguntó:

– ¿Alguien vio a Alien poner la culebra por el agujero?

– No, pero…

– Ya lo ve.

Se respaldó en la silla con aire satisfecho.

Cada vez más enfadada, Linnea atacó de nuevo.

– Estaba a punto de decir que era el único que no participaba en el juego de pelota que se desarrollaba en el patio en ese momento. Y sucedió inmediatamente después de que Francés viniera a quejarse de que le había quitado un bizcocho de su almuerzo.

El señor Severt comenzó:

– ¿Nuestro Alien robar…?

– ¿Francés? -volvió a interrumpirla esposa- ¿Se refiere a Francés Westgaard, la hija retrasada de Ulmer y Helen?

Bajo la mesa, Linnea apretó los puños sobre el regazo.

– Francés no es retrasada. Sólo un poco lenta.

Lillian Severt bebió un sorbo de café con gesto remilgado.

– Ah, lenta, claro -dijo, con aire de quien sabe, y volvió a colocar la taza sobre el delicado plato-. ¿Y usted cree la palabra de una niña como esa y no la del hijo del ministro? -Alzando una ceja con expresión de reprobación, dejó unos segundos la pregunta en el aire y luego se le ilumino el rostro-. De todos modos -le dedicó una sonrisa a su esposo y otra a la maestra-, no hay ninguna razón para que Alien robe galletas a los otros. Yo misma le preparo un abundante almuerzo todos los días y, como ha oído, está más que encantado con las golosinas que preparo aquí. Admito que adora las galletas, pero siempre me ocupo de que esté bien provisto.

Martin Severt se inclinó hacia delante.

– Señorita Brandonberg, ¿no sería posible que se hubiese equivocado con respecto a que Alien haya robado?

Linnea se volvió hacia él con renovadas esperanzas.

– Esta vez, me temo que no. Se la quitó cuando estaban todos los niños juntos y la engulló antes de que la niña pudiese recuperarla. En otras ocasiones, su hijo se las ingenió para dar mordiscos y dejar las galletas en las cajas.

Una vez más, la señora Severt salió en defensa de su hijo.

– Señorita Brandonberg, tal vez usted califique a eso de robo, pero para mí es una travesura infantil.

– Por mi vocación -intervino el ministro-, podrá imaginar que tanto para la señora Severt como para mí, la enseñanza de los Diez Mandamientos ha sido de la mayor importancia en la crianza de nuestros hijos. Sé que Alien no es perfecto, pero el robo es una acusación sería contra un niño que ha sido educado oyendo leer la Biblia todas las noches.

Linnea recordó la lista de palabras de Alien: aburrido, estúpido, plegarias, bizcochos de choclate y comprendió que le habían revelado más acerca del niño que lo que advirtió en ese momento. Empezaba a percatarse cada vez más de que tenía motivos para preocuparse por su conducta.

En ese momento, ante esos padres, con la sensación de que la regañaban y de que no podía hacer nada, no pudo menos que pensar qué dirían si ella directamente les hubiese contado que su hijo dedicaba una cantidad de tiempo insólita a mirarle los pechos. Sin duda, Lillian deduciría que la señorita Brandonberg había hecho algo para provocarlo. Habiendo presenciado algunas muestras de cómo era esa mujer, no estaba segura de que no fuese capaz de causar la pérdida del trabajo de un maestro sobre bases mucho menos graves que esa.

Hasta haber reunido pruebas más sustanciales de las fechorías de Alien, le pareció prudente emplear el tacto.

– Señor y señora Severt, yo no he venido aquí a criticar el modo en que ustedes educan a sus hijos. No tendría semejante pretensión, aunque sí quería que estuvieran advertidos de que, para Alien, las cosas no van del todo bien en la escuela. Será preciso que cambie de actitud antes de que se meta en mayores dificultades y cuando le doy una orden, espero que se cumpla.

– ¿Qué órdenes en particular no ha cumplido? -preguntó la señora Severt.

Linnea relató el incidente relacionado con el párrafo y la lista con que la había sustituido el niño.

– ¿Y esa lista no le dice a usted nada… ahora que ha visto cómo es el hogar?

– Sí, pero ese no es…

– Señorita Brandonberg, la cuestión es que Alien es un niño muy brillante. Nos lo han dicho desde que comenzó la escuela. Y los niños brillantes necesitan de un desafío constante para rendir al máximo. Quizá, bajo su tutela, no esté recibiendo suficiente desafío. -Linnea sintió que la cara se le ponía roja y el enfado se le multiplicaba, mientras la señora Severt proseguía con tono indulgente-: Usted es nueva aquí, señorita Brandonberg. Hace muy poco que está usted entre nosotros y ya ha catalogado a Alien de provocador de problemas. Ya ha tenido otros cinco maestros, todos mayores y con más experiencia que usted… y debería agregar que eran hombres. ¿No le extraña que nosotros no hayamos tenido noticias de que nuestro hijo es un alborotador, si es cierto que lo es?

– Lillian, no creo que la señorita Brandonberg…

– Y yo no creo -Lillian cortó a su esposo con una mirada que hizo suponer a Linnea que un trueno atravesaría el techo- que la señorita Brandonberg se haya tomado la molestia de buscar rasgos positivos en nuestro hijo Martín. -Si su frase no hubiese bastado para hacer callar al ministro, sin duda lo habría hecho su expresión-. Quizá necesite algo más de tiempo para hacerlo. Esperemos que la próxima vez que venga a cenar el informe que nos traiga sea menos perjudicial.

Tuvo que reconocer, en favor de Martín Severt, que se removió y se ruborizó, y Linnea no supo a dónde mirar ni cuánto tiempo tardaría en salir de ahí para librarse de la furia que ya amenazaba con estallar.

– Si, esperemos-admitió Linnea en voz baja, doblando la servilleta y apartándose de la mesa, agregó-: La comida estaba deliciosa, señora Severt. Gracias por haberme invitado.

– De nada. Venga cuando quiera. La puerta de la casa de un ministro está siempre abierta.

Le ofreció la mano y, si bien Linnea hubiese preferido tocar una serpiente, la aceptó y se despidió con toda la elegancia posible.

En la planta alta, en el dormitorio que quedaba sobre el comedor. Alien estaba tendido boca abajo sobre el suelo de linóleo, con la cara pegada al regulador de la calefacción. A través de las ranuras ajustables de metal, veía y oía con claridad lo que sucedía en la habitación de abajo.

– ¡Alien, lo voy a contar! -susurró Libby desde la entrada-. Ya sabes que no puedes escuchar por el regulador. Le prometiste a papi que no lo harías.

Alien se apartó lentamente de la rejilla para no hacer crujir el suelo.

– Sí, pero ella está ahí sentada, contándole toda clase de malditas mentiras acerca de mí, tratando de convencerlos de que provoco líos en la escuela.

– Tampoco tienes que maldecir. Alien Severt. ¡Iré a contarlo!

De un solo paso, traspuso la distancia que lo separaba de la hermana y le retorció el brazo con una mano.

– Si, inténtalo, nariz de cerdo, y veras lo que te pasa.

– No puedes hacerme nada, o se lo diré a papi y te hará recitar versículos.

Alien retorció más fuerte.

– ¿Ah, sí, sabidilla? ¿Qué te parecería si mojo con petróleo la cola de tu gato? Los gatos bailan muy bien cuando tienen petróleo en el trasero. ¡Y cuando les acercas un fósforo… pum!

A Libby le tembló la barbilla y en los anchos ojos azules se formaron lágrimas al tiempo que intentaba soltarse.

– ¡Ay, Alien! Suéltame. Me haces daño.

– Sí, recuérdalo cuando quieras ir a contarle chismes al viejo. Después de que la maestra empiece a divulgar mentiras con respecto a mí, no es culpa mía lo que suceda en la escuela- -Echó una mirada furiosa al regulador y rechinó los dientes-. En todo caso, ¿quién cree que es?

Entonces, como si la hermana ya no le sirviese más, la arrojó a un lado.

– ¡Lawrence, te juro que nunca, jamás he estado tan furiosa en toda mi vida! ¡Esa… esa vieja altanera, mal orientada! ¡Por Dios, lo juro Lawrence, si ella hubiera hecho un solo comentarlo malicioso más, yo le habría aplastado esa nariz chata hasta que le saliera por detrás de la cabeza!

Sacudiéndose al ritmo del trote de Clippa, Linnea iba tan furiosa que se le saltaban las lágrimas y se le formó un nudo de rabia en la garganta.

– ¡Disminuye la velocidad, Clippa, vieja jaca sarnosa! ¡Y tú, Lawrence, vuelve aquí!

Pero Lawrence se había escabullido y ella necesitaba alguien ante quien ventilar sus emociones. Tal vez fuese casual que, unos cuarenta metros después, pasara ante el buzón de Clara y Trigg.

– ¡So!

Atravesó con la vista el jardín, vio las luces que brillaban en las ventanas, recordó la invitación de Clara y llegó a la conclusión de que hasta entonces, nunca había necesitado tanto una amiga como en ese momento.

El que le abrió la puerta fue Trigg.

– Caramba, señorita Brandonberg, qué sorpresa. -Miró tras ella y frunció el entrecejo-. ¿Le pasa algo a Teddy?

– No, todo está bien. Es que…

– ¡Pase, pase!

En ese momento, apareció Clara detrás de su marido.

– ¡Linnea! ¡Oh, qué maravilloso! -La tomó de la mano y la arrastró dentro-. Los más pequeños se sentirán muy decepcionados, pues ya están acostados.

– Oh, esta no es una visita oficial. Pasaba y recordé que dijiste que el café siempre estaba caliente y…

De repente, se interrumpió, tragó y empezó a parpadear rápidamente.

– Pasa algo malo. ¿Qué es?

– Creo que… necesito una amiga.

La cocina era cálida, amarilla y acogedora, y el recibimiento, entusiasta. Las frustraciones contenidas de Linnea subieron a la superficie y, sin darle tiempo a contenerlas, las lágrimas asomaron a sus ojos. Clara pasó un brazo alrededor de la joven y la llevó hasta una mesa redonda de roble, donde la luz de una lámpara de petróleo iluminaba los platos y tazas del desayuno del día siguiente, ya preparados, puestos boca abajo. Mientras Clara la instaba a sentarse en una silla, Trigg fue en busca de la cafetera.

– Tienes las manos frías. ¿Dónde has estado ahí, en la oscuridad?

Clara se sentó enfrente y le frotó las manos entre las suyas.

– Lamento venir de este modo y… y llorar sobre tu hombro, pero estoy muy alterada y… y…

– ¿Se trata de Teddy?

– No, de Alien Severt.

Clara se respaldó en la silla, con expresión adusta.

– Ah, ese pequeño excremento…

Inesperadamente Linnea rió. Al mirara la franca Clara, sintió que se le quitaba un peso del pecho. Las lágrimas que amenazaban caer se evaporaron de repente y las cosas ya no le parecieron tan exasperantes. Sabía que amaría a esa mujer.

– En verdad lo es. Quién sabe cuántas veces yo misma he querido llamarlo así.

– Bent me cuenta casi todo lo que sucede en la escuela, ¿Qué hizo Alien esta vez?

– En esta ocasión, no se trata tanto de él corno de sus padres. -Sacudió la cabeza, irritada-. ¡La madre! ¡Señor!

Con una sonrisa torcida, Clara invirtió tres tazas y sirvió café.

– De modo que has conocido a Lillian, la Huna. -Linnea estalló otra vez en carcajadas ante la escandalosa franqueza de la mujer. Clara ladeó la cabeza y sonrió-. Bueno, me alegra que todavía puedas reírte. ¿Te sientes mejor, ahora?

– Inmensamente.

– Entonces cuéntanos qué ha sucedido.

Linnea relató las partes principales del enfrentamiento y vio como aumentaba la ira de Clara.

– ¿Cómo calificó a nuestra Francés?

– Retrasada. ¿Te imaginas, la esposa de un ministro diciendo eso?

– Lillian opina que ser la esposa de un ministro la exime de un montón de pecados, como criticar a otros para sentirse superior. Deberías oírla en el Círculo de Damas. -Clara hizo un ademán, como apartando el recuerdo- Bueno, no quiero meterme en eso, pero por aquí no encontrarás a nadie que tenga algo bueno que decir de ella. Desde el primer domingo que se paró junto al ministro en la escalinata de la iglesia, no le cayó bien a nadie. ¡Y pensar que tuvo la audacia de decirte a ti que no estás cumpliendo tu tarea en la escuela, cuando ese diablo de hijo ha estado volviendo locos a los maestros durante años¡ Sé de más de uno que no se quedó por causa de Alien. Pero esa no es la cuestión. Escucha, Linnea, lo que los niños cuentan en sus casas de la escuela es cierto. ¡No lo olvides! Lillian ha estado toda la vida encubriendo la vena perversa de ese malcriado. Y seguirá así, hasta que un día ese chico cometa algo que no podrá disimular. -Clara se interrumpió, reflexionó un momento y preguntó-: ¿Le has contado esto a Teddy?

La pregunta sorprendió a Linnea y sus ojos se dilataron.

– No.

– Bueno, si Alien sigue así, creo que deberías decírselo.

Ella negó con la cabeza.

– No, no creo. A Theodore no le gusta que lo moleste con los asuntos de la escuela.

– Ah. Ha estado gruñón, últimamente, ¿eh? Bueno, no te dejes engañar por eso. Bajo esa apariencia, le importa más de lo que deja ver. Te doy mi palabra de que, si Alien sigue así, con quien te conviene hablar es con Teddy.

– De acuerdo. Lo pensaré. -La cafetera estaba vacía, y Trigg ahogaba un bostezo- Es tarde -dijo Linnea-. Me he sentido muy a gusto, pero, en verdad, tengo que irme.

En la puerta. Clara y ella intercambiaron las amabilidades de la despedida pero en el último momento, sin poder contenerse, se dieron un impetuoso abrazo.

– Ahora ten cuidado hasta llegar a casa.

– Lo haré.

– Ven cuando quieras.

– Lo haré. Y tú haz lo mismo.

Al llegar a la casa, cuando llegó al cobertizo, estaba oscuro y en silencio. Encendió una lámpara, acatando todas las indicaciones de Theodore en relación con guardar los arneses y llevar a Clippa al corral cercano. No había acabado de deshacer el nudo de la brida, cuando Theodore apareció sin ruido a sus espaldas.

– ¡ Llega tarde!

Se sobresaltó y giró sobre los talones, apretándose una mano sobre el corazón.

– Oh, Theodore, no sabía que estaba ahí.

Se había preocupado. Iba de un lado a otro, aguzando el oído para oír los cascos del caballo, preguntándose qué le habría sucedido. Al verla llegar sana y salva, sintió alivio y, junto con él, una cólera irracional.

– ¿Acaso no tiene cabeza para quedarse afuera hasta tan tarde? ¡Podría haberle sucedido cualquier cosa!

– Pasé a visitar a Clara y a Trigg.

Si bien él estaba tan cerca como para tocarla, su rostro era una máscara de disgusto.

– Esto no es como la ciudad, ¿sabe?

– Lo… lo siento. No sabía que se quedaría levantado esperando.

– ¡No estaba levantado esperando¡

Pero sí lo estaba, y ambos lo sabían. Bajo la mirada seria, Línea sintió otra vez esa sensación maravillosa, que le colmó el pecho hasta hacérselo explotar.

Maldita seas, muchacha, no me mires así, pensó el hombre, contemplando ese rostro que casi no ocultaba nada de lo que sentía. El corazón le martilleaba. Las manos le escocían de ganas de tocarla. Quiso decir que lamentaba haberle gritado… que no tenía nada que ver con que hubiese llegado tarde, pero en cambio, se apropió del nudo de la brida.

– Usted vaya para la casa -le ordenó en tono más suave-. Yo me ocuparé de Clippa.

– Gracias, Theodore -respondió con serenidad.

Cuando el hombre se dio la vuelta, se quedó mirándolo, pero ya había cerrado para ella. "Por qué tienes tanto miedo de lo que estaría empezando a sentir", se preguntó. "No hay nada que temer. Estabas esperando a que llegara a salvo a casa. Lo estabas, Theodore, aunque no quieras admitirlo."

Pero se guardó esos pensamientos y salió del establo sin hacer ruido dejándolo debatirse en sus emociones.

Los días siguientes, Linnea fue de visita a los hogares de los alumnos que fallaban, compartió cenas y empezó a conocer a las personas cuyas vidas estaban tan íntimamente entrelazadas. Vio que se trataba de gente simple, trabajadora, bastante introvertida -la efervescente Clara era una excepción-, pero atentos y cordiales con la nueva maestra… sin tener en cuenta los modales en la mesa.

Los gemelos Lommen tenían un encanto que les era propio, que surgía de la benigna rivalidad constante entre los dos. Era un impulso positivo en sus vidas que los acicateaba a complacer, no sólo en la escuela sino también en la casa.

En el hogar de los Knutson, Linnea descubrió con asombro que la casa estaba tan atestada de desechos que daba la impresión de que vivían entre montañas de basura. Para sus adentros, tomó nota de asignar un día a revisar los pupitres para intentar enseñarle a Jeannette la importancia del orden. Con todo, la visita fue un éxito. No sólo disfrutó de una deliciosa comida, sino que también tuvo la oportunidad de conversar de temas tales como las obras de teatro para Navidad, los concursos de ortografía del condado y un baile para reunir fondos para comprar un verdadero escritorio.

La segunda visita a la casa de Clara y Trigg cimentó la amistad entre las dos mujeres y, cuando salió, Linnea ya consideraba a Clara como a una confidente.

A medida que hacía la ronda de visitas a los Westgaard, su respeto hacia la madre de ellos iba en aumento. Nissa había criado hijos sensatos y cariñosos, con la posible excepción de Theodore, quien al parecer, era el menos agradable y el menos afectuoso de todos, sobre todo después de aquella noche en el cobertizo. Desde entonces se habían hablado bastante poco y se mantuvieron apartados, aunque el hecho de que los chicos más grandes siguieran sin asistir a la escuela era como un aguijón bajo la piel de Linnea. Cada vez que se sentaba a la mesa enfrente de Theodore, quería reconvenirlo y exigirle que liberase a su hijo y lo dejara bajo su custodia.

Pero, con octubre, llegó el tiempo frío y los muchachos mayores seguían ausentes.

En la escuela. Alien Severt seguía persiguiendo a Rosie y a Francés más que a los demás, pero siempre de manera furtiva para no ser sorprendido. Escondía la cazuela del almuerzo de Rosie, a veces comía de ella lo que se le antojaba y luego le echaba la culpa a otro. Y, cuando la niña corría a contárselo a la maestra, llorando. Alien la provocaba imitando su ceceo en voz cantarina.

Se dedicaba sistemáticamente a acortar la cola de caballo izquierda de Francés. Sólo la izquierda. Lo hacía de tal modo que nunca podía demostrarse y de algún modo se las ingeniaba para no cortar más que unos milímetros, sin dejar pelo cortado como evidencia ni bruscos cambios de la apariencia del cabello que llamaran la atención sobre lo que estaba haciendo. Sólo se descubrió cuando las coletas de Francés empezaron a verse torcidas.

Un día, durante el recreo de mediodía, Linnea encontró a la niña de diez años llorando en el guardarropa. Con el aire abatido que produce el rechazo, estaba sentada sobre uno de los bancos largos y rompía el corazón verla tan desolada, con las coletas colgando y los omóplatos huesudos que sobresalían, mientras sollozaba con el rostro escondido en las manos.

– Francés, ¿qué le ocurre, querida?

Francés giró hacia la pared y ocultó la cara en una chaqueta que colgaba de una percha. Pero los hombros se le estremecían y Linnea no pudo contenerse de sentarse y hacerla volverse para tomarla entre los brazos. Por poco aconsejable que fuese tener preferidos, no podía resistirse a Francés. Era una niña dulce, tranquila, nada turbulenta, que se esforzaba por complacer de todas las maneras posibles, por difícil que le resultaba la parte académica. Como si comprendiese sus deficiencias en ese aspecto intentaba compensarlo con pequeños gestos bondadosos: una de las galletas preferidas de Linnea dejada sobre el cuaderno; una crujiente manzana roja puesta en un rincón del escritorio; el ofrecimiento de recoger los cuadernos de composición o de atar los cordones de las botas de los más pequeños que todavía no sabían hacerlo.

– Dime qué es lo que te hace tan desdichada.

– No p…puedo -sollozó.

– ¿Por qué no puedes?

– P…porque… me creerá t-.tonta.

Linnea apretó con dulzura la espalda de Francés y contempló la cara hinchada.

– Aquí nadie piensa que seas tonta.

– Alien s…sí.

– No, no es cierto.

– Si, e…es cierto. Todo el t…tiempo me dice retrasada.

La cólera de Linnea estalló y con ella surgió el impulso protector

– No eres tonta. Francés, quítate eso de la cabeza. ¿Eso es lo que te hace llorar? ¿Lo que te dijo Alien?

Triste, Francés negó con la cabeza.

– ¿Y qué es?

Por fin, barbotó el secreto que la "maestra" no debía saber pero que en parte, ya conocía. El mayor deseo de Francés era ser un ángel en la obra de Navidad, porque los ángeles usaban largas túnicas blancas y llevaban el cabello suelto, con un chispeante halo de oropel sobre la cabeza. Pero, en vez de crecer, el cabello cada vez estaba más corto y no sólo temía perder la oportunidad de ser ángel sino también quedarse calva.

Linnea tuvo que apelar a todo su control para no reírse de la asombrosa revelación. Abrazó con fuerza a Francés, y luego la apartó para secarle las mejillas. Componiendo una expresión seria, le habló.

– Vamos, ¿acaso has oído hablar de niñas que se queden calvas?. Sólo los abuelos pierden el pelo.

– Entonces ¿p.-.por qué mi c…cabello cada vez está m…más corto?

Linnea le hizo darse la vuelta para comprobarlo.

– A mí no me parece que esté más corto.

– Lo está. Sólo una de mis colas de caballo.

– ¿Sólo una?

– Esta.

Se pasó la izquierda por el hombro.

Examinándolo mejor, resultó evidente que el cabello había sido cortado… Y no con mucha pulcritud. Linnea lo tomó de la punta y rozó con él la punta de la nariz de Francés-

– ¿No te lo habrás comido? ¿No es esta la que chupas cuando tratas de resolver los problemas de aritmética?

Francés clavó el mentón en el pecho y esbozó una sonrisa tímida que no logró contener, aunque aun tenía lágrimas en las mejillas.

– Tengo una idea -dijo Linnea adoptando un aire pensativo-. Hasta que descubras sí vas a quedarte calva o no y hasta que averigües por qué ocurre sólo de un lado de tu cabeza, ¿por qué no le pides a tu madre que le sujete las coletas en un moño como el mío? Así, ¿ves?

Linnea giró, mostrándole a la niña la parte de atrás de la cabeza y luego la miró de frente otra vez, levantando las colas castañas a modo de prueba.

– No hacen falta más que un par de horquillas para sujetarlas bien y así nadie sabrá si son cortas o largas.

Al día siguiente Francés apareció mostrando, orgullosa, una corona de trenzas que Alien Severt ya no podía cortar. El cambio atacó el síntoma pero no el problema, dos días después alguien perforó un agujero en la pared trasera del excusado de las niñas.

Linnea estaba convencida de que el villano era Alien, pero no tenía pruebas. Y, además de que las fechorías iban haciéndose más graves, tenía la inquietante sensación de que disfrutaba de ver sufrir a los otros.

Decidió hablar con Theodore al respecto.

11

Esa noche lo buscó y lo encontró en el cobertizo de las herramientas, armando un aspa nueva para el molino. Tenía sobre una rodilla una tabla de madera, apoyada sobre un barril, y estaba de cara al fondo del cobertizo cuando ella se acercó.

Se detuvo junto a la puerta de alto umbral y observó cómo se flexionaban los hombros, para luego recorrer con la mirada el interior del cobertizo.

Allí, como en la talabartería, reinaba la pulcritud. Observó la casi obsesiva pulcritud, sonriendo para sí: Hilda Knutson podía aprender de Theodore. El sitio era acogedor. El calor que daba la lámpara bastaba para caldear el diminuto espacio sin ventanas, que olía a pino recién cortado y a aceite de linaza. Un rincón estaba ocupado por una pila de latas de pintura. De la pared colgaban zapatos para nieve, trampas y varios bastidores de piel. Había dos pequeños barriles de clavos y un rollo de alambre de púas. En un rincón, cerca, había una escoba muy usada. Posó la vista en el serrín que caía sobre una de las botas de Theodore y lo imaginó barriéndolo en cuanto hubiese terminado la tarea. Su tendencia al orden ya no la irritaba como cuando había llegado, ahora le parecía admirable.

– Theodore, ¿podría hablar un minuto con usted?

El hombre giró con tal brusquedad que la tabla cayó al suelo con estrépito y las mejillas se le pusieron encarnadas.

– Parece que usted y yo estamos destinados a sobresaltamos mutua-

mente -comentó Linnea.

– ¿Qué está haciendo aquí?

No quería hablarle con tal desagrado, pero el último tiempo hacía mucho esfuerzo para evitarla. Al verla, sintió la palma resbaladiza en el mango de la sierra.

– ¿Puedo pasar?

– Aquí no hay mucho sitio -repuso, levantando la tabla caída, liando el trabajo.

– Aquí, está bien. No le estorbaré.

Entró y se encaramó sobre un barril invertido.

– Theodore, tengo un problema en la escuela y pensé que tal vez podría hablarlo con usted. Necesito un consejo.

La sierra se detuvo, y el hombre levantó la vista. Nadie le había pedido consejo jamás y menos una mujer. Su madre era una dictadora, y Melinda no se había tomado la molestia de comunicarle que iba a aparecer en el umbral, esperando casarse con él. Tampoco le había informado que, dos años después, huiría. Y ahí estaba Linnea, sacudiéndolo con su mera presencia, posada sobre el barril como una ninfa, con las manos apretadas entre las rodillas. Los ojos azules eran grandes, serios y ella quería el consejo de él.

Theodore interrumpió el trabajo y le prestó toda su atención.

– ¿Acerca de qué?

– Alien Severt.

– Alien Severt. -Frunció el entrecejo-. ¿Está causándole dificultades?

– Sí.

– ¿Por qué acude a mí?

– Porque usted es mi amigo.

– ¿Lo soy? -preguntó, asombrado.

Linnea no pudo contener la risa.

– Bueno, yo creí que lo era. Y Clara dijo que, si Alien seguía comportándose así, me convendría hablar con usted.

Hasta entonces, Theodore jamás había tenido un amigo. Sus únicos amigos eran sus hermanos y su hermana, y ellos estaban casados. La perspectiva de tener una amiga era grata, si bien no estaba muy seguro de cómo resultaría serlo de la señorita Brandonberg. Pero, si Clara pensaba que él sabría, la escucharía. Dejó a un lado la sierra, se sentó a horcajadas del barril y cruzó los brazos.

– ¿Qué estuvo haciendo Alien?

– No es mucho lo que puedo probar, pero sí muchas cosas que no puedo. Ha sido un provocador de problemas desde el primer día de clase: fastidia a los más pequeños, me desafía abiertamente, crea disturbios. Pequeñas actitudes irritantes: oculta las cazuelas de los almuerzos mordisquea las galletas. Pero ahora la ha tomado con Francés, y yo…

– ¿Francés? ¿Se refiere a nuestra pequeña Francés?

Los hombros se irguieron y descruzó un poco los brazos. Así, erizado y a la defensiva, su apariencia se volvió más masculina e imponente.

Entonces Francés era una de las cosas que le importaban. Le pareció conmovedor que se refiriese a la niña como nuestra.

– Todo el tiempo le dice retrasada. Es muy eficiente para detectar las debilidades de los niños y de provocarlos con ellas. Y eso no es lo peor. Sospecho que es el que ha estado cortando la coleta de Francés y un día la encerró en el excusado y pasó una culebra por el agujero de la puerta. Ahora las niñas han encontrado un agujero en la pared trasera de la construcción. No puedo demostrarlo, pero hay algo en Alien que…

Se alzó de hombros, se frotó los brazos y se estremeció.

La expresión disgustada de Theodore se acentuó. Haciendo un esfuerzo para permanecer sentado, apretó los talones de las manos sobre el borde del barril, entre sus muslos.

– ¿Le ha hecho algo a usted?

Linnea levantó la vista: no había tenido la intención de decir tanto, pues los equívocos personales relacionados con Alien eran demasiado vagos para ponerlos en palabras. Además, se hubiese sentido muy tonta contándole a Theodore que el chico le miraba los pechos. Todos los muchachos llegaban a una etapa en que empezaba a interesarles el desarrollo de las muchachas. Con Alien, no se trataba de que mirase sino de cómo lo hacía: le resultaba difícil describirlo con palabras.

– Oh, no, no ha hecho nada. Tampoco se trata de lo que les hace a los otros. Hasta ahora, han sido cosas sin importancia. Lo que sucede es que cada vez son más graves. Y lo que más me aflige es que estoy convencida de que disfruta de ser… bueno, de ser malicioso… de hacer que la gente se retuerza.

Theodore se levantó en un solo impulso. Dio la impresión de que quería pasearse, pero, en ese espacio exiguo, no podía hacerlo. Arrugó la frente y encaró a Linnea.

– Cuando fue a cenar a casa de sus padres, ¿les contó esto?

– Lo intenté. Pero supe de inmediato que la madre no creería una palabra de lo que yo dijese acerca de su niño consentido. Lo ha mimado tanto y ella está tan engañada que no hay modo de convencerla. Por un momento, creí que tal vez obtendría cierta colaboración por parle del reverendo Severt, pero… -Se encogió de hombros-. Al parecer, piensa que basta con que Alien lea la Biblia todos los días para ser un santo.

Con la vista en el suelo, lanzó una risa amarga.

– Martín no es mal tipo. Lo que sucede es que hace tanto tiempo que su esposa lo lleva de la nariz que ya no sabe hacerle frente.

– No sabría -lo corrigió, distraída.

– No sabría -repitió Theodore sin pensarlo.

Linnea lo miró con expresión suplicante.

– No sé cómo manejar a Alien sin ayuda de sus padres.

Theodore sintió una advertencia en su interior y apretó más las manos bajo las axilas.

– ¿Le teme?

– ¿Que si le temo? -Sostuvo por un instante su mirada y luego la apartó-. No.

No le creyó. No del todo. Había algo que no le decía, algo que no quería que él supiese. Y, aun cuando le contase todo, había que pensar en la pequeña Francés, que siempre había sido una sus preferidas, la que nunca olvidaba al tío Teddy para Navidad. Un año le había regalado un frasco de perfume… ¡nada menos que un perfume! Theodore había olido el femenino objeto y se preguntó qué pensarían sus hermanos si él se aparecía con la bata de trabajo limpia, oliendo a naranja y clavo. Lo metió en el último cajón de la cómoda, hasta que, una vez, Francés le olió la fragancia a fruta y especia y le dedicó una amplia sonrisa desdentada de aprobación. Solo entonces lo sacó del cajón.

Teniendo el recuerdo fresco en la mente, tomó una decisión.

– Quiero que le cuente a Kristian todo lo que acaba de contarme a mí y luego le asigne un pupitre, porque el lunes por la mañana estará en la escuela. A partir de entonces, a Alien le convendrá tener cuidado si se le ocurre emprenderla con Francés. Antes del lunes no puedo prescindir de él.

La sorpresa dejó a Linnea boquiabierta.

– ¿K…Kristian? -repitió.

¡Theodore, obstinado, era algo digno de verse! Se le oscurecieron los ojos hasta llegar al tono del carbón húmedo de Zahí, proyectó la mandíbula hacia delante y su pecho adquirió un aspecto tan invencible como el de un gladiador romano, con los hombros echados atrás y los labios apretados.

– Lo que necesita ese pequeño soplón de Severt es que uno más grande que él le baje la cresta de vez en cuando.

Linnea se quedó mirándolo y lentamente su rostro se iluminó con una sonrisa.

– ¡Caramba, Theodore!

– ¿Caramba, Theodore, qué? -refunfuñó.

– ¿Sería capaz de prescindir de una ayuda en el campo para proteger a alguien que quiere?

Abandonó la pose de guerrero y la miró, inquisitivo.

– No adopte ese aire de satisfacción, maestra. Un año. Francés me regaló un perfume para Navidad y…

– ¡Un perfume!

Linnea ahogó una carcajada.

– Borre esa sonrisa de su cara. Los dos sabemos que Francés no es tan inteligente como los demás niños, pero tiene un corazón de oro. Quisiera sacudir yo mismo a ese malcriado de Severt una o dos veces, por molestarla. Pero no se preocupe: desde ahora. Kristian estará allí para vigilar

El lunes, no sólo Kristian se presentó en la escuela sino también todos los demás muchachos mayores. Daba la impresión de que cierta fuerza mística los había liberado simultáneamente del trabajo rural.

Con ellos, en el aula hubo un cambio notable. Era grato verla tan llena, tan atareada, con una nueva excitación. Eso se notaba, sobre todo, en los alumnos más pequeños, para los cuales los grandes eran ídolos. Había una camaradería inesperada y maravillosa entre los niños más grandes y los más pequeños. En lugar de apartar a los pequeños, los grandes los incluían, los ayudaban, los consolaban cuando se caían y se lastimaban y, en general, toleraban las inmaduras preocupaciones de los chicos con buen talante.

En el patio de juegos había más animación. La caza de ardillas había terminado hasta la temporada siguiente, y no era raro ver a toda la escuela, incluida la maestra, enzarzada en un juego de pelota durante el recreo de mediodía.

Linnea estaba encantada. El ambiente de una escuela rural era muy diferente del de una escuela de ciudad, y ella nunca había experimentado algo semejante. Era una experiencia rica, saludable, donde se compartía de un modo muy similar al de una gran familia. Era gratificante ver cómo un chico de dieciséis años levantaba a una niña de siete que lloraba a gritos y la sacudía para quitarle el polvo que se le había pegado jugando al pirata rojo. Y ver cómo una niña mayor le enseñaba a una más pequeña las complicaciones inherentes a una trenza francesa le hacía sonreír. Un día, observando, descubrió algo asombroso.

¡Estaban aprendiendo a ser padres! Y, mientras estuviesen haciéndolo, era preferible que aprendiesen bien.

Ahora que todos los chicos estaban presentes, abordó el tema que tanto ansiaba explicar.

– Shakespeare habría dicho: "Las comidas bulliciosas provocan malas digestiones", pero me atrevo a decir que Shakespeare nunca se sentó a la mesa con una banda de noruegos hambrientos. Hoy nos ocuparemos del tema del comportamiento en la mesa, en el que se incluye el aspecto social de entablar una conversación amable durante la comida.

Los muchachos se miraron entre sí y disimularon la risa. Sin pausas, Linnea prosiguió paseándose de un lado al otro del aula con las manos apretadas a la altura de la cintura.

– Pero, antes de llegar a eso, empezaremos con la cuestión de los eructos.

Cuando cesaron las carcajadas, los alumnos advirtieron que la señorita Brandonberg no reía con ellos. Estaba ahí parada, con aire severo, y esperaba, paciente. Cuando habló de nuevo, ni uno solo de los alumnos presentes dudó de su sinceridad.

– Quiero que se entienda muy claramente: en esta aula se han oído los últimos eructos sin control que se oirán mientras yo sea maestra aquí.

No habían transcurrido más de cinco segundos de silencio cuando desde donde estaba Alien Severt, llegó una fuerte andanada de eructos que resonó hasta las vigas.

A esto siguieron carcajadas, más fuertes que antes. Linnea caminó por el pasillo, se detuvo junto al pupitre de Alien y con un movimiento tan rápido como el de una matraca, lo abofeteó en la cara con tanta fuerza que casi lo hizo caerse del asiento.

Las risas acabaron como si hubiese caído la hoja de la guillotina.

La maestra habló con su tono más suave.

– Señor Severt, las palabras correctas son: "Le ruego que me perdone". Dígalas para sus compañeros, por favor.

– Le ruego que me perdone -repitió como un loro, demasiado atónito para hacer ninguna otra cosa.

En efecto, fue el último eructo que Linnea oyó en la clase, pero Alien no olvidó la bofetada.

Avanzó octubre, trayendo las primeras heladas y los primeros peones contratados. Una tarde, Linnea salió de la casa y se encontró con un desconocido hablando con Nissa, junto al molino.

– ¡Linnea, acércate! ¡Te presentaré a Cope!

Resultó que Cope había ido a trabajar para los Westgaard durante doce años. Rechoncho y rubicundo granjero polaco proveniente de la zona central de Minnessota, debía su apodo a la lata de rapé de Copenhague que siempre se podía ver en el bolsillo del pecho. Quitándose una gorra de lana, estrechó la mano de Linnea, diciéndole algo así como "pequeña y bonita sitka", en medio de un chorro de jugo de tabaco marrón, y luego preguntó dónde estaban los otros vagos.

Tras Cope siguieron Jim, Stan y otros seis. Cinco de ellos eran habituales; tres eran nuevos para los Westgaard.

Uno de los que llegaban por primera vez era un joven indio que había estado recorriendo Montana con gastadas botas de vaquero, un maltratado Stetson y un cinturón con una hebilla de plata del tamaño de una fuente, en la que se veía una cabeza de esa clase de ganado de cuernos largos. Tenía el cabello oscuro y reluciente como onix y la sonrisa, provocativa como ese viento cálido al que llamaban Chenook.

Como había sucedido con Cope, la primera vez que Linnea lo vio él estaba hablando con Nissa. Fue una tarde que ella volvía de la escuela con el cuaderno y los papeles y los encontró afuera, cerca de la puerta de la cocina.

– Bueno, ¿quién viene aquí? -dijo el hombre, arrastrando las palabras, al verla acercarse.

– Esta es la señorita Brandonberg, la maestra de la escuela de la localidad. Se aloja con nosotros. -Nissa señaló al hombre con la cabeza-. Este es Rusty Bonner que acaba de ser contratado.

Par un momento, los ojos de Linnea se encontraron con los del sujeto y la muchacha se sonrojó. Jamás en su vida había conocido a un hombre con una sexualidad tan flagrante.

– Señorita Brandonberg -habló con ese acento arrastrado lento como miel fría-. Qué gusto conocerla, señora.

Cuando hablaba, casi se podía oler a artemisa y a cuero. Con un pulgar, empujó el sombrero hacia atrás exhibiendo unos arrebatadores ojos negros que se sesgaban hacía abajo en las comisuras, al tiempo que sonreía y unos indomables mechones negros le caían sobre la frente. En un movimiento lento, extendió una mano y, aún antes de tocarla, ella supo qué sensación le daría: delgada, fuerte y ruda.

– Señor Bonner-lo saludó, tratando de que el apretón fuese breve. Pero él retuvo su mano más allá del tiempo que exigía la estricta cortesía, restregando la aspereza de su mano contra la de ella, mucho más suave.

– Me dicen Rusty* -insistió, con el mismo acento lánguido.

Lo único que hacia honor a su nombre era la piel. El sol la había bronceado hasta darle un matiz intenso, casi caoba, que enmarcaba la lánguida sonrisa de un modo capaz de haber dejado un collar de corazones destrozados desde el asa de Texas que penetraba en Montana hasta la frontera canadiense. Era una cabeza más alto que Linnea, delgado como un año de sequía y parecía unido sólo por los tendones.

– Rusty -repitió Linnea, esbozando una sonrisa nerviosa que dirigió primero al sujeto y luego a Nissa.

– Bueno, le aseguro que es usted una hermosa mujer, señorita Brandonberg. Me hace lamentar lo que perdí cuando dejé la escuela para dedicarme a los rodeos.

Sonrojada, Linnea bajó la vista posándola en las botas gastadas y las Mantas de dormir que estaban en el suelo, junto a él. Adoptaba esa pose de la cadera flexionada, típica de los seductores de señoras, una rodilla doblada, sonriéndole con languidez con esos endiablados ojos que parecían estar calculando las dimensiones del cuerpo de la muchacha y su edad.

*Rusty en inglés, significa herrumbroso. (N. de la T.).

Nissa percibió la incomodidad de Linnea y ordenó:

– Puede poner las mantas de dormir en el cobertizo. Se alojará con los otros muchachos, en el henil. Habrá agua caliente para lavarse una hora antes del amanecer y el desayuno se servirá en la cocina hasta que llegue la carreta comedor.

Como era un seductor empedernido, Rusty Bonner no se fijaba sobre quién derramaba su encanto, siempre que fuese mujer. Volvió la vista a Nissa sin cambios perceptibles en la expresión, se quitó el sombrero y dijo:

– Bueno, gracias, señora. Es muy gentil de su parte.

A continuación, se dio la vuelta sin prisa para recoger el rollo de mantas y colgárselo del hombro sujetándolo con un dedo. Bajándose el ala del sombrero sobre los hombros, se dirigió hacía el establo, balanceando sus caderas como un pino agitado por el viento.

– ¡Uf! -resopló Nissa, moviendo la cabeza.

– ¡Uf otra vez! -se hizo eco Linnea, observando cómo ondulaban los bolsillos traseros de Rusty, enfundados en los ajustados pantalones Levi Strauss azules.

Echando un vistazo a la joven, Nissa afirmó:

– Creo que tal vez he cometido un gran error contratando a este. -Mirando hacia ella, le apuntó con un dedo a la nariz-. Tú mantente alejada de él, ¿me oyes?

– ¿Yo? -Los ojos de Linnea se dilataron, dándole un aire inocente.

– ¡Yo no he hecho nada!

Fastidiada, la anciana regresó a la casa.

– No es necesario que una mujer haga algo con los tipos de su clase.

Era domingo, el último domingo de calma antes de que el estrépito del vapor de las trilladoras irrumpiese en la pradera. En el fondo del valle, los álamos ya dejaban caer sus monedas de oro en el Little Muddy. Las liebres de cola blanca estaban gordas como Budas y las ratas almizcleras iban por ahí llenando sus depósitos subacuáticos, con las pieles tan espesas que se les erizaban como volantes alrededor del cuello.

Hacia frío si uno estaba expuesto al viento, pero, al abrigo del mijo sin cortar, en esa especie de tazón privado, Kristian y Ray holgazaneaban como un par de sabuesos satisfechos, con las barrigas al sol. Los dos tenían cuerpos similares, largos y angulosos, con demasiado hueso en proporción a los músculos que habían desarrollado. Con las cabezas apoyadas en los brazos y los codos hacia arriba, contemplaban las algodonosas nubes blancas que corrían por el cielo azul cobalto.

– Este año iré a cazar visones.

Algo en el tono de Kristian hizo que Ray girase la cabeza para mirar a su primo por entre los párpados entornados.

– ¿Para qué quieres cazar visones?

Kristian cerró los ojos y farfulló:

– Para nada.

Ray lo observó un poco más y volvió a la posición inicial, mirando al cielo. De lejos llegó un sonido apagado, como si arrancaran clavos viejos de madera fresca. Fue creciendo hasta llegar al inconfundible chillido áspero de los gansos canadienses, que volaban hacia el Mississippi. Los chicos los contemplaron desde que sólo veían unos puntos hasta que se convirtieron en una bandada.

– Eh, Ray, ¿alguna vez piensas en la guerra?

– Sí… a veces.

– Allí hay aeroplanos. Montones. ¿No sería estupendo volar en uno de esos aeroplanos?

La cuña de aves apareció sobre ellos con los cuellos apuntando hacia Florida, moviendo las alas con una gracia que provocó en los muchachos un silencioso respeto. Miraron y escucharon, sintiéndose sacudidos por ese sonido que les agitaba la sangre. La cacofonía se convirtió en un clamor que llenó el aire sobre el campo de mijo y luego se alejó flotando, cada vez más difuso, hasta que las elegantes criaturas desaparecieron y lo único que se oyó fue el susurro del viento entre la hierba y el palpitar de sus respectivos pulsos en las nucas.

– Algún día veré el mundo desde allá arriba -se ilusionó Kristian.

– ¿Quieres decir que piensas ir a Francia a pelear sólo para volar en un aeroplano?

– No sé. Puede ser.

– Qué estupidez. Además, no tienes suficiente edad.

– Bueno, pronto la tendré.

– Oh, sigue siendo una estupidez.

Kristian lo pensó un rato, y llegó a la conclusión de que tal vez Ray tuviese razón. Quizá fuese una estupidez, pero él estaba impaciente por crecer y ser un hombre.

– Eh, Ray.

– ¿Eh?

– ¿Alguna vez piensas en las mujeres?

Ray soltó unas carcajadas tan roncas como los graznidos de los gansos.

– ¿Acaso un oso caga en el bosque?

Rieron juntos, sintiéndose viriles, con la magnífica sensación de compartir el lenguaje prohibido que hacía tan poco tiempo habían empezado a experimentar.

– ¿Alguna vez se te ocurrió regalarle algo a una mujer que la distinga de las demás para ti? -preguntó Kristian, medio dormido.

– ¿Por ejemplo?

Guardaron silencio largo rato. Kristian dirigió a su primo una mirada cautelosa y, tras volver a la contemplación de las nubes, sugirió:

– Un abrigo de visón.

La cabeza de Ray se levantó por encima del mijo.

– ¡Un abrigo de visón! -Apretándose el estómago, estalló en carcajadas-. ¡Te imaginas que atraparas los suficientes animales para hacer un abrigo de visón!

Aulló más fuerte y giró sobre sí como una tortuga dada vuelta, hasta que al fin Kristian se incorporó y le dio un puñetazo en la barriga.

– Oh, cállale. Sabía que no debía contártelo. ¡Si le cuentas algo a alguien, te aplastaré hasta dejarte más plano que Dakota del Norte!

Ray seguía jadeando, sin aliento.

– ¡Un ab…abrigo de visón! -Exagerando, extendió las muñecas flexionadas hacia el sol-. Para cuando consigas suficientes visones, serás tan viejo como tu padre.

Kristian entrelazó los dedos sobre la barriga, cruzó los tobillos y dirigió la mirada arriba, con el entrecejo fruncido.

– Bueno, no era más que una fantasía, pedazo de asno. Sé que no vía, quiero decir, que no voy a conseguir suficiente para un abrigo, pero tal vez podría obtener bastante para un par de guantes.

De repente, Ray comprendió que su primo hablaba en serio. Se incorporó sobre un codo y prestó toda su atención a Kristian:

– ¿A quién?

Kristian tomó una brizna de mijo seco y la dividió con la uña del pulgar.

– La señorita Brandonberg.

– ¿La señorita Brandonberg? -Ray se incorporó, apoyando el peso en una cadera y levantando una rodilla-. ¿Estás loco? ¡Es nuestra maestra!

– Ya lo sé, pero tiene sólo dos años más que nosotros.

Demasiado asombrado para tomarlo a broma, Ray lo miró boquiabierto:

– ¡Estás loco!

Kristian arrojó la brizna de mijo y cruzó las manos detrás de la cabeza.

– Bueno, no hay nada de malo en pensar en ella, ¿no es cierto?

Ray se quedó mirándolo como si le hubiesen brotado cuernos. Tras un largo lapso de silencio, se acostó de espaldas y exclamó:

– ¡Mieeerda! -en una exhalación de excitación.

Permanecieron tendidos, inmóviles, pensativos, contemplando el cielo en una actitud que los hacía parecer indiferentes al tiempo que, por dentro, la sangre les corría más rápido que las aguas de Littie Muddy Creekf.

Al fin Ray rompió el silencio.

– ¿A eso te referías cuando preguntaste si pensaba en mujeres? ¿Piensas en la maestra… de ese modo?

– A veces.

– Kristian, podrías meterte en problemas -declaró Ray, severo.

– Te he dicho que lo único que hago es pensar.

Pasaron los minutos. El sol se hundió tras una nube y luego asomó, calentándoles la piel y los pensamientos.

– Eh, Kristian -habló en tono secreto.

– ¿Qué?

– ¿Alguna vez… bueno, te pasó algo mientras pensabas… en… en mujeres?

Kristian se removió un poco, como si quisiera acomodar mejor los omóplatos y, cuando al fin respondió, se esforzó por parecer indiferente:

– Bueno… sí. A veces.

– ¿Qué?

Kristian pensó largo rato, redactando respuestas y desechándolas antes de pronunciarlas. Echó una mirada de soslayo y vio que Ray había girado la cabeza en su dirección y sintió los ojos que lo escudriñaban, esperando la verdad. Salió al encuentro de la mirada.

– ¿Qué te pasa a ti?

El mijo susurraba en tomo de sus cabezas. Las nubes rodaban en silencio. En la comisura de la boca de Ray apareció una lenta sonrisa, que provocó en Kristian otra, en reacción. Las sonrisas se ensancharon.

– Es grandioso, ¿no? -comentó Kristian.

Ray cerró el puño, dio un puñetazo al aire, agitó un pie y lanzó un alarido:

– ¡luuuujuuuuu!

Cayeron los dos de espaldas y rieron, rieron, gozando de tener dieciséis años y de estar desbordantes de savia.

Después de un rato, Kristian preguntó:

– ¿Alguna vez has besado a una chica?

– Una vez.

– ¿A quién?

– A Patricia Lommen.

– ¡A Patricia Lommen! ¿Ese bicho?

– Oh, no está tan mal.

– ¿Sí? ¿Y cómo fue?

– Nada del otro mundo, y pasó hace un tiempo. No me molestaría volver a intentarlo, pero ocurre que Patricia es la única de por aquí que no es mi prima y creo que preferiría besarte a ti y no a mí.

– ¿A mí?

Sorprendido, Kristian se incorporó.

– Abre los ojos, Westgaard. Cada vez que entras en el aula, se queda mirándote con la boca abierta, como si fueras la octava maravilla del mundo

– ¿En serio?

– Ya lo creo.

Ray sonaba un tanto envidioso.

Kristian se encogió de hombros, infló el pecho como un gallo y aleteó. Ray le asestó un puñetazo que lo hizo doblarse. Intercambiaron una ronda de cariñosos puñetazos y luego la charla se reanudó otra vez con seriedad.

Kristian preguntó, curioso:

– ¿Alguna vez has imaginado a tus padres juntos…? Ya sabes.

– ¿Quieres decir, haciéndolo?

– Eeeh… no sé. Quizá no, porque creo que mi padre…

Como Kristian se interrumpió, Ray se volvió todo oídos.

– ¿Qué? Vamos, dime.

– Bueno, no lo sé con seguridad, pero he estado pensándolo todos los otoños, cuando llega Isabelle.

– ¡Isabelle! -Ray pareció horrorizado-. ¿Te refieres a esa gorda que conduce la carreta comedor?

– No es precisamente gorda.

– ¿Crees que tu papá lo hace con ella? ¡Pero si no están casados siquiera!

– Oh, no seas infantil, Westgaard. No sólo los casados lo hacen. ¿Te acuerdas de la chica que vivía allá, al otro lado de la propiedad de Sigurd, la que se quedó embarazada y nadie sabía quién la había dejado en ese estado?

– Bueno, sí, pero… esa era una muchacha y… bueno… -Se le embrollaron los pensamientos, mientras intentaba aclararlos-. ¿De verdad crees que tu padre lo hace con Isabelle?

– No lo sé, pero todos los años, durante la trilla, cuando ella está aquí con su vagón comedor, mi padre no se queda en casa muy seguido por las noches. Recuerdo que no entraba casi hasta la hora de ordeñar y, cuando lo hacía, o mucho me equivoco o entraba a hurtadillas. ¿Dónde pasaba la noche, si no era en la carreta de Isabelle?

Consideraron la posibilidad largo tiempo, hasta que se ocultó el sol y el refugio en que estaban se enfrió. Pensaron en las mujeres… esas criaturas misteriosas que, de pronto, ya no les parecían un fastidio. Pensaron en volar en aeroplano, tan alto como los gansos salvajes que habían visto pasar. Se preguntaron cuándo serían lo bastante hombres para poder hacer todo eso.

12

La carreta comedor de Isabelle Lawler, conducida por ella misma, llegó a la mañana siguiente. De aspecto destartalado, más larga que las carretas de los colonizadores, pero tan incómoda como ellas, aparecía en el camino como un vagón de tren destartalado que se hubiese salido de los rieles. Del techo sobresalía el tubo negro de la cocina y, a los lados, se balanceaban cubos y palanganas que canturreaban como órganos cada vez que la carreta pasaba por un hoyo. Todos volvían la cabeza al paso del vehículo de tablas sin barnizar, balanceándose por el camino de grava, en medio de los campos. Los peones saludaban con la mano a Isabelle, que iba encaramada en la carreta, encorvada hacia adelante con las rodillas bien separadas y un gastado sombrero encasquetado sobre el rizado cabello, que flameaba al sol con el mismo tono y la misma resistencia al control que un incendio en la pradera.

Quedaban algunos supervivientes que recordaban a la famosa Calamita Jane, que había recorrido muchas veces el circuito de la región con el espectáculo del Salvaje Oeste en la década de 1890. Había quienes aseguraban que Isabelle y Jane hubiesen sido espíritus gemelos si se hubiesen conocido.

Lo único femenino en Isabelle era el nombre. Descalza, medía más de un metro setenta. Sumando la melena rizada de casi diez centímetros, daba la impresión de sobrepasar a la mayoría de tos hombres. Tenía la fuerza de un caballo de tiro, era invencible como una muía y tenía menos gracia que cualquiera de los dos, y todo eso hacía que los hombres la tratasen como a "uno de los muchachos".

Viajaba sola y afirmaba que la pradera era su único hogar y cuando terminaba la época de la cosecha nadie sabía dónde se refugiaba durante el invierno. Cuando le preguntaban por sus orígenes, vociferaba, escandalosa:

– Me engendró el demonio cuando se enredó en amores con un búfalo hembra. -Jamás dejaba de provocar estentóreas carcajadas cuando se quitaba el sombrero, exhibía su cabello y graznaba-: ¡El diablo me dio el fuego y el búfalo, la forma!

Para rematar, golpeaba en el hombro a algún hombre con el deforme sombrero de fieltro, lo encasquetaba sobre la cabellera y adoptaba una pose desafiante, con las manos en las caderas carnosas, mientras las carcajadas retumbaban alrededor. Sólo una mujer como Isabelle podía hacer lo que ella hacía. El tiro que guiaba estaba compuesto por dos mulas bayas de mal talante; el vehículo del que tiraban no sólo era cocina y comedor móvil sino también su hogar rodante. Manejar la desmañada carreta con ese par de criaturas obstinadas habría acobardado a muchos hombres. Isabelle, sin embargo, arreaba con todo ello, igual que con la tarea monumental de proporcionar cuatro sustanciosas comidas por día a la cuadrilla de trilladores, que podían llegar a ser unos veinte. En casi todas las granjas, esa tarea la cumplía un ejército de cocineros, pero Isabelle hacía todo sola, llevando la comida a los trabajadores en lugar de que ellos tuviesen que ir a buscarla. El desayuno y la cena se servían en cualquier lugar, cerca del cobertizo o de la barraca, mientras que la comida de mediodía y los bocadillos de la tarde se servían al aire libre, en los vastos trigales, cerca de la máquina de vapor, ahorrando así valiosas horas de trabajo. Los que contrataban sus servicios la proveían de carne y verduras, que ella cocinaba y servía en la carreta misma, sobre la larga mesa que ocupaba buena parte del interior.

Hacía nueve años que acudía a la granja de Theodore. No sólo los Westgaard sonreían al ver el pelo color zanahoria y las rodillas separadas con las faldas colgando en medio como una hamaca, sino también los peones contratados, que habían compartido con ella muchas comidas y muchas risas.

Cuando la carreta apareció dando tumbos por el sendero irregular en el linde del campo, donde la máquina ya estaba resoplando, Theodore se echó el sombrero hacia atrás. Apoyó la mano en el mango de la horquilla y se quedó viéndola avanzar, con una expresión benévola en la boca.

– Belle ha vuelto -comentó John, girando para observar la carreta.

El estrépito de los herrajes era amortiguado por los resoplidos de la máquina a vapor que había tras ellos,

– Sí, ha vuelto Belle -lo secundó Theodore.

– Esa Belle sí que cocina bien -elogió John, con sencillez.

– Ya lo creo.

Belle frenó a las muías, se puso de pie con las riendas en una mano y con la otra agitó con vehemencia el sombrero.

Los peones estallaron en una cacofonía de gritos, burras y silbidos.

– ¡Eh, Belle, cariño! ¿Sigues preparando la mejor pierna de este lado de las Rocosas?

Belle se miró los muslos, hizo bocina y vociferó en una voz que parecía una guitarra atrapada en una tabla de lavar metálica:

– ¡Si quieres hablar de mis piernas, ven aquí, donde pueda darte una bofetada en la boca, pequeño gusano sarnoso!

– ¡Piernas de vacuno, Belle! -replicó el hombre, también a gritos.

– ¡Pierna de vacuno, mi trasero! ¡Te refieres al búfalo, ya lo sé!

Muy erguida en la alta carreta, recortada contra el cielo azul claro con los brazos en jarras, en ese momento no había hombre que no la amara.

– Eh Belle, ¿todavía no has encontrado a un hombre que pueda echarte sobre el hombro como a un saco de grano?

– ¡Diablos, no! Sigo soltera. ¡Desde la última vez que nos vimos, yo sí me eché algunos al hombro!

Aulló de risa ante su propia broma, a la que se unieron los hombres, hasta que uno exclamó:

– Tengo el primer baile, Belle. ¡Me lo prometiste el año pasado!

– ¡Al diablo las promesas! ¡Te pondrás en la fila, con los demás!

– Belle. ¿Has aprendido ya a hacer pastelillos de patatas?

– ¿Quién habla? ¿Eres tú, Cope, pequeña hormiga borracha?

Se protegió los ojos y se inclinó hacia delante.

– ¡Soy yo Belle!

– ¿Aún tienes ese pestilente pedazo de estiércol de vaca pegado a la mejilla? ¡Me parece que puedo olerlo desde aquí!

Cope se agachó y escupió un chorro oscuro, para luego gritar:

– Así es. ¡Y todavía puedo acertarle a un saltamontes desde más de tres metros!

Belle se echó atrás y se desgañitó de risa, alzando una rodilla y dándose una palmada lo bastante fuerte para descoyuntarla. Después gritó:

– ¡Eh, Theodore!, ¿acaso les pagas a estos inútiles para estar aquí bromeando con la cocinera?

Theodore, que estaba a un lado disfrutando del atrevido intercambio, se limitó a sacudir la cabeza mirando hacia el suelo, se acomodó el sombrero y, sonriendo, reanudó el trabajo seguido por los demás, todos alegres y dispuestos.

Todos los años cuando llegaba Belle sucedía lo mismo: tanto el trabajo como la diversión comenzaban al tope. El trabajo fatigoso resultaba aligerado por la camaradería que la mujer suscitaba en todos ellos. Se aproximaba el invierno y pronto estarían de regreso en sus hogares, aislados por la nieve. Pero, por el momento, estaba el ronquido rítmico de la máquina y la promesa de comida sustanciosa y risa abundante en torno de la mesa de Belle. También habría bailes, más bromas y, al terminar, bolsillos llenos.

Por eso trabajaban bajo el sol de otoño animados por un solo propósito por la intensa jovialidad que despertaba Belle con tanta naturalidad.

Aunque la mañana había amanecido ribeteada de escarcha, mucho antes de mediodía los hombres sudaban bajo el sol, alimentando con haces de trigo la máquina que separaba el grano de la paja y los escupía en dos direcciones distintas. Cada tanto se alejaba del campo una carreta cargada de trigo, en dirección a los graneros de la granja. A cada carga que se alejaba, crecían las parvas de heno.

Al mediodía, Belle salió de la carreta y golpeó una sartén con la cuchara de madera. Los trabajadores dejaron las horquillas, se enjugaron la frente y fueron hacia las palanganas con agua caliente que ella dejaba cerca de la carreta. Se lavaban bajo el sol, tentados por los aromas que flotaban hacia ellos a través de las puertas horizontales que estaban levantadas a ambos lados del vehículo, ofreciendo una vista del interior. En el frente, Belle se afanaba alrededor de la negra y enorme cocina, vociferando con su voz chirriante:

– ¡Cope, escupe esa mascada de tabaco antes de poner un pie en mi cocina! ¡Porque, si no lo haces, lo haré desaparecer yo con mi pasapurés y no te gustará dónde lo meteré!

Cope obedeció, recibiendo los codazos de los compañeros, que sonreían.

Otra vez se oyeron las escandalosas órdenes de Belle.

– Y no quiero oír hablar más de buñuelos de patatas, ¿me oyes, Cope? Si cuando hayas terminado lo que yo sirvo en la mesa aún puedes comer un buñuelo de patatas, yo misma te cargaré sobre mi hombro y te llevaré al salón de baile el sábado por la noche.

Cuando se agruparon dentro, los hombres todavía reían entre dientes. Llenaron los bancos que abarcaban todo el largo de la mesa y se dedicaron a la generosa comida, entre bromas amables y carcajadas. Había cerdo y vacuno asado, puré de patatas con una suculenta salsa, guisantes verdes y maíz amarillo, crujientes buñuelos y encurtido de col, pasteles de manzana y café fuerte. Y, mientras todo eso desaparecía, estaba la presencia constante de Belle moviéndose entre los bancos, instándolos a comer, lanzando réplicas atrevidas, llenando una y otra vez los platos, dando una palmada en un hombro por aquí, un tirón de cabello por allá.

Trataba a Theodore igual que a los demás. Él también recibía su porción de bromas, de palmadas en la espalda y alguno que otro retruécano de áspero humor.

Pero, esa noche, cuando los otros ya se habían acostado en el henil sobre el heno nuevo de dulce fragancia, Theodore llevó a la talabartería un cubo de agua fría y una barra de jabón, cerró la puerta, se bañó y se puso ropa limpia. Mientras se abotonaba la camisa azul, se preguntó si los otros sospecharían lo que existía entre él y Belle. Después apartó esa idea de la cabeza, se acomodó los tirantes sobre los hombros y se puso una chaqueta de lana escocesa para protegerse del fresco de la noche.

Cuando se escabulló del cobertizo, la luz de la carreta de Belle ardía suavemente entre los arbustos. Theodore ya sabía que la mujer habría bajado las puertas horizontales, asegurándolas con un gancho en la parte de abajo y dejando sólo un cuadrado de luz que pasaba a través de la ventana de la puerta trasera.

Golpeó suavemente y metió tas manos en los hondos bolsillos de la chaqueta, con la vista fija en el peldaño, que le llegaba a la altura de la rodilla.

Se abrió la puerta y él alzó la cabeza. La fuerte luz pasaba entre los cabellos de Belle dándoles el color del atardecer, para luego caer sobre el rostro de Theodore, vuelto hacia arriba. La mujer tenía puesta una bata de noche de muselina y estaba envuelta en un chal verde claro, que sujetaba en el pecho. Su cara estaba en la sombra cuando se asomó para abrirle la puerta y hacerlo pasar. Ya no quedaban rastros de la marimacho vocinglera. En su lugar, había una mujer dulcificada que había cambiado la fachada ruda por una tranquila dignidad, ni tímida ni atrevida.

– Hola, Belle -dijo Theodore, en voz queda.

– Hola, Ted -respondió-. Estaba esperándote.

El hombre lanzó una breve mirada sobre su hombro hacia la granja silenciosa.

– Es una hermosa noche y pensé que podríamos conversar un rato.

– Pasa.

Se apartó para dejarlo pasar y Theodore subió el escalón y entró, cerrando la puerta sin ruido tras él, echando una mirada en redondo con las manos todavía en los bolsillos. Los bancos habían sido colocados debajo de la mesa y esta contra una de las paredes. Sobre la mesa, la ropa de cama: dos gruesos edredones de plumón de ganso y una sola almohada mullida. Así, con las persianas cerradas, el interior de la carreta era acogedor e íntimo. Una tetera siseaba suavemente sobre la cocina, y junto a la puerta de entrada había una lámpara de petróleo apoyada sobre la única silla.

– Todo está igual -dijo, pasando la mirada a la mujer y luego siguiendo con la inspección.

– Está igual. Nada cambia. Siéntate.

Hizo el gesto de sentarse, pero, al ver la lámpara, se enderezó otra vez.

– Ven, quitaré esto -dijo Belle, rozándolo al pasar en ese espacio para levantar la lámpara y apoyarla en uno de los bancos, que sacó de debajo de la mesa y acercó a la pared opuesta.

Theodore se sentó en la silla y Belle en el borde de la cama improvisada. Por un minuto entero, ninguno de los dos pronunció palabra.

– ¿Cómo has estado? -preguntó, al fin, la mujer.

Theodore le lanzó una mirada nerviosa, con los codos apoyados sobre las rodillas separadas.

– Bien… bien. Ha sido un buen año.

Volvió a clavar la vista en el suelo, a sus pies.

– Sí. Para mí, también. He visto que tienes de nuevo a casi todos los mismos muchachos.

– Si, Cope y los otros son buenos trabajadores. Sin embargo, hay un par que son nuevos.

Siguió con la vista baja.

– Ya lo he visto. ¿Y cómo están resultando?

– Bien… -Luego, más bajo, asintiendo con la cabeza-bien.

– Ese hijo tuyo sí que ha crecido.

Theodore aventuró un breve encuentro de las miradas, sonriendo con contenido orgullo.

– Sí, un poco más y será tan alto como yo.

– Además, cada vez se te parece más.

Theodore rió sin mido, un poco pudoroso.

– He notado que no fue a trabajar en la trilla hasta la tarde.

Theodore se aclaró la voz y, por fin, la miró a los ojos:

– No, ya ha comenzado la escuela. La nueva maestra se enfureció porque yo lo mantenía apartado de la escuela, así que, al final, lo dejé ir.

– Ah, entiendo.

Theodore se apresuró a agregar:

– Claro que, en cuanto regresa de la escuela, viene a ayudar.

El tema acabó y, como a ninguno de los dos se le ocurrió uno nuevo. Theodore volvió a bajar la vista. Tras unos momentos, se frotó la nuca. Al notarlo, Isabelle explicó:

– Aquí dentro, cuando cierro, está un poco caluroso. ¿Quieres quitarte la chaqueta, Ted?

El hombre se puso de pie para hacerlo y se encontró con que Belle estaba tras él, ayudándolo. Cuando se volvió para dejar la prenda sobre el banco, contempló los hombros y el costado del pecho adornado por el enrejado del chal verde. Cuando la mujer se enderezó y se volvió, lo miró directamente a los ojos.

– He pensado en ti, Ted.

– Y yo también en ti.

– ¿Todavía no le has casado?

– No.

Theodore negó con la cabeza y bajó la vista.

– Si yo decidiese abandonar esta vida enloquecida y asentarme, ya lo habrías hecho.

– Oh. Belle…

– Baja la cortina, Ted.

Ted levantó la vista y su manzana de Adán subió y bajó. Sin más rodeos, fue hasta la puerta trasera y corrió la cortina con dibujos azules y rojos por medio del cordel. Cuando miró otra vez a Belle, la encontró sentada sobre el borde de la cama, aún con el chal puesto.

– ¿Sabes lo que siempre me gustó más de ti, Ted? -No esperaba respuesta y no la obtuvo. Sólo los oscuros ojos inciertos que atraparon la luz anaranjada de la linterna al alzarse y luego parpadearon-. Nunca me das por segura.

Theodore se acercó a ella, llevó una de sus grandes manos a la sien de la mujer y tocó el colorido cabello, que ella había recogido hacia atrás y atado en la nuca con una marchita cinta blanca. Estaba húmedo, como si acabara de lavárselo y Belle olía al único perfume que usaba: extracto de vainilla común. Sin hablar, le quitó el chal de los hombros, lo dobló por la mitad y lo dejó con cuidado sobre su chaqueta. Tomó la cinta con los dedos y deshizo el moño. Cuando dejó la cinta blanca encima del chal, lo hizo con tanto cuidado como si fuese una tiara enjoyada.

Volvió junto a la cama, tomó la cara de Belle con las manos, la alzó y apoyó su boca sobre la de ella con singular parsimonia.

Cuando el beso acabó, Theodore llevó la vista otra vez hacia el limpio rostro.

– Cuando uno da por segura a otra persona, resulta herido -fue su respuesta.

La besó otra vez y sintió que las manos de ella iban a los tirantes, los bajaban y le abrían la camisa para luego atraerlo hacia ella sobre los edredones de plumas, donde encontraron juntos el alivio.

Después, relajados y lánguidos, Theodore descansó con la cabeza de Belle en el hueco de su hombro. Su mano reposaba sobre el pecho de él y él subía y bajaba las yemas de los dedos por el brazo de la mujer.

– ¿Qué les pasa a las mujeres de aquí? ¿Por qué ninguna de ellas te ha atrapado?

– No quiero dejarme atrapar.

– Qué pena, porque eres magnífico en lo que acabamos de hacer.

Theodore sonrió en dirección al techo.

– ¿Lo soy?

– Claro que sí. ¿Acaso crees que a alguno de esos mamarrachos le importa lo que yo siento? ¿Lo solitario que es vivir en esta carreta atestada noche tras noche, año tras año?

– Entonces ¿por qué no te casas, Belle?

– ¿Y tú me lo preguntas, Ted? -La mano dejó de moverse sobre el brazo de la mujer y ella le dio un manotazo juguetón en el pecho- Oh, no te pongas tan tenso, sólo estaba bromeando. Ya sabes que una gitana como yo nunca se decidiría a asentarse. Aun así, de vez en cuando sueño con hacerlo. A veces, a una mujer le gusta sentirse como una mujer.

La mano masculina hizo una leve pasada por su pecho.

– Te aseguro que eres una mujer.

Belle rió y se quedó contemplando distraída el resplandor de la linterna y lanzó un suspiro sobre el pecho de él.

– Ted, ¿alguna vez te has detenido a pensar que tú y yo somos mucho más diferentes por fuera que por dentro?

– Lo hice un par de veces.

– Creo que no existe ningún otro hombre que vea en mí otra cosa que dos mangos de hacha, un montón de cabellos rojizos y demasiada insolencia. Hace años que tengo la idea de darte las gracias por haberte tomado la molestia de mirar un poco más a fondo.

La cubrió con los brazos, la besó en la coronilla y dijo:

– Eres una buena mujer, Belle. Y, últimamente, me dio por pensar que, tal vez, seas la única amiga que tengo, aparte de mis hermanos.

Belle levantó la barbilla y lo observó:

– ¿En serio?

Theodore le sonrió y la estrechó un poco:

– En serio.

– ¿Crees que será un indicio de que estamos volviéndonos viejos? Porque yo también estuve reflexionando sobre lo mismo. Nunca me he quedado lo suficiente en un sitio para hacer amigos. Supongo que eso será porque siempre estoy impaciente por volver aquí todos los años.

– Y yo estoy siempre aquí, esperando.

Belle acomodó otra vez la cabeza en su hombro, reflexionó en silenció un poco más y preguntó:

– Ted, ¿piensas que lo que hacemos está mal?

Ted se quedó mirando la mancha circular que dejaba el borde de tubo de la lámpara en el techo y que formaba un trémulo anillo.

– En el Buen Libro dice eso. Pero ¿a quién perjudicamos, Belle?

– A nadie, que yo sepa. A menos que tu hijo lo descubra. Tal vez no sea muy bueno para él. ¿Te parece que sospechará?

– Esta noche, antes de venir aquí, lo pensé. Está creciendo en distintos aspectos. El último tiempo, ha estado soñando con la nueva maestra y, cuando se empieza con eso, los muchachos prestan mucha atención pájaros y abejas.

– Me imagino por qué sueña con ella. Es bonita, ¿no?

Por extraño que fuera, la observación de Isabelle le sacudió el corazón con más fuerza que ninguna de las cosas que la mujer había dicho o hecho esa noche.

– Supongo que está bien. En realidad, nunca la he mirado.

– ¡Está bien! ¡Pero, Ted!, ¿dónde tienes los ojos? Una mujer como yo daría los dientes sanos que le quedan para tener la apariencia de ella aunque fuese un día.

Mientras Ted reía entre dientes, Belle se estiró sobre su pecho, hacia la mesa, y tomó un librillo de papel de cigarrillos y un saquillo de tabaco.

Acostada de espaldas, con manos diestras, lió un cigarrillo, lo enrolló, pasó la lengua, cerró el cordel del saco con los dientes y luego se estiró otra vez encima de Theodore para tomar un fósforo de madera y un cenicero. Encendió la cerilla contra el borde de la mesa, bajo los edredones que colgaban, y se recostó de nuevo con el cenicero sobre el pecho, contemplando pensativa el humo que flotaba hacia el techo.

Theodore aguardó paciente hasta que se acomodó y comentó en tono seco:

– Belle, tus dientes no tienen nada de malo, ni tampoco tu rostro.

Sonriendo, la mujer formó un perfecto anillo de humo.

– Por eso me gustas, Ted, porque nunca adviertes lo que tengo de malo.

Theodore la vio fumar medio cigarrillo, esforzándose por impedir que las imágenes de Linnea dejasen de brotar en su mente y lo obligaran a comparar. Pero no pudo y, quitando el cigarrillo de los labios de Belle, lo puso entre los suyos y dio una profunda calada. Le resultó tan desagradable como siempre y lo apagó, haciendo moverse el cenicero sobre el pecho de Belle.

– Isabelle, tengo que recuperar un poco el tiempo y estoy poniéndome impaciente.

Dejó el cenicero en el suelo, se tendió de espaldas y vio que Belle le sonreía, con los párpados entornados. Mientras lo atraía hacia sí con sus fuertes brazos y piernas, afirmó con su áspera voz de contralto:

– Sí, señor, por aquí hay algunas mujeres muy estúpidas, pero espero que nunca se espabilen, porque si lo hicieran, Ted…

– Cierra la boca, Belle -dijo, posando la suya sobre la de la mujer.

Era la noche del sábado. El primer baile de la temporada de cosecha empezaría a las ocho en el cobertizo de Osear Knutson, el que tenía el henil más vacío.

Linnea había dedicado toda la tarde a prepararse para el acontecimiento. Podría haber empleado menos tiempo si Lawrence no la hubiese interrumpido a cada instante, haciéndola girar alrededor del cuarto al son de violines y chelos que tocaban valses vieneses… ¡y ella en enaguas!

Ahora estaba sentado en la mecedora de la muchacha, observando cómo se recogía el cabello con dos peinetas, probando diversas maneras y mirándose, seria, en el espejo,

– Me imagino que serás la más bella del baile. Seguramente bailaras con Bill, con Theodore, con Rusty y…

– ¿Rusty? Oh, no seas tonto, Lawrence. No porque me haya sonreído y considerado hermosa, me… -Se inclinó más hacia el espejo, se pasó cuatro dedos de la mandíbula al mentón y examinó su reflejo con aire crítico-. ¿Te parece que soy hermosa, Lawrence? Siempre creí que mis ojos están demasiado separados y eso me hace parecer una ternera. -Se señaló un incisivo con el índice-. Y luego este diente torcido. Siempre lo odié.

Cerró los labios y sonrió, frunciendo otra vez el entrecejo ante lo que veía en el espejo.

– No estarás buscando cumplidos, ¿verdad?

Linnea giró, con los brazos en jarras.

– ¡No estoy buscando cumplidos! Y, si piensas burlarte de mí, puedes irte. -Giró otra vez hacia el espejo-. De todos modos, será mejor que te vayas, pues de lo contrario jamás terminaré de arreglarme el cabello.

Se lo había lavado y enjuagado con vinagre y ahora, ya seco, lo rizaba con las tenacillas. Calentándolas sobre la lámpara, canturreaba y probaba distintos peinados. Probó a recogerlo todo sobre la coronilla, dejando pequeños tirabuzones sueltos, pero era demasiado largo y el peso de los mechones deshacía los rizos y los dejaba con la apariencia de colas de vaca. Luego lo levantó en un nudo flojo, dejando finos mechones alrededor del rostro y la nuca. Pero era difícil hacer un moño flojo que no se deshiciera del todo: ya se imaginaba girando por la pista de baile, despidiendo horquillas en todas direcciones. Para cuando terminó de probar, tuvo que volver a formar los rizos.

Esa vez se decidió por un peinado sencillo, casi de niña, suelto en la parte de atrás y recogido a los lados, bien alto con una cinta azul oscuro.

Examinando el resultado final, sonrió y pasó a la siguiente decisión: qué ponerse.

Repasando su limitado guardarropa, descartó las prendas de lana, que serían demasiado abrigadas, y eligió la blusa blanca con canesú y la falda verde con las tres tablas atrás, que se ondularía cuando ella girase por la pista de baile.

Se puso en la cara una pizca de crema de almendras, que reservaba para ocasiones muy especiales. Sobre los labios y las mejillas extendió tres gotas de rouge líquido. Se enderezó, se miró y rió entre dientes. Parece una, prostituta, señorita Brandonberg. ¿Qué irán a pensar tos padres de sus alumnos?

Intentó quitarse el colorete, pero ya le había impregnado la piel. Lo único que logró fue irritarse las mejillas y dejarlas más encendidas. Se lamió y se chupó los labios, pero también se habían teñido.

Sonó un golpe y Linnea se miró en el espejo, perpleja. ¡Ahora no sólo tenía los labios rojos sino también hinchados! ¿Cómo hacen las mujeres para madurar y estar seguras de sí mismas? Comprendió que era demasiado tarde para arreglar su cara y fue a abrir la puerta.

– ¡Ah, Kristian! ¡Qué apuesto! ¿Tú también vas?

Allí estaba, ataviado con los pantalones de los domingos, una camisa blanca, los zapatos relucientes y el cabello peinado hacia atrás con brillantina, formando un copete como una cresta de gallo. ¡y olía fatal! Como la sala de un funeral, llena de claveles. Fuera lo que fuese lo que se había puesto, había exagerado, y Linnea contuvo las ganas de apretarse la nariz.

– Claro que sí. Empecé a ir en noviembre, cuando cumplí dieciséis.

– Por Dios, ¿aquí todos empiezan a bailar tan jóvenes?

– Sí. Mi padre empezó a los doce. Pero, cuando yo cumplí doce, me dijo que las cosas eran muy diferentes a cuando él tenía doce y que Ray y yo tendríamos que esperar hasta que tenemos dieciséis.

– Que tuviéramos.

El muchacho se sonrojó, removió tos pies y repitió, sumiso:

– Tuviéramos dieciséis.

Notando la incomodidad del chico, le dio una palmada en la mano.

– ¡Oh, maldición! ¿Siempre tengo que comportarme como una maestra de escuela? Espera un minuto que tome el abrigo.

Kristian la vio alejarse.

¡Por Dios, qué mujer! Ese cabello… todo suelto y rizado. Si uno ponía un dedo en esos rizos, se enroscaría y lo apretaría como el puño de un recién nacido. Y el rostro… ¿qué se habría hecho en la cara? Estaba todo sonrosado, suave, y tenía los labios hinchados como si estuviese esperando que alguien te plantase un beso en ellos. Trató de imaginar qué diría un hombre en una ocasión semejante, para hacerle saber a una mujer que a uno le gustaba más que una lluvia primaveral, pero tenía la mente en blanco y el corazón le martilleaba en el pecho.

Cuando regresó, Linnea captó su expresión fascinada y pensó: "¡Oh, no! ¿Y ahora, qué hago?". Seguía siendo la maestra, y no cabía duda de que Kristian necesitaba aprender cosas, una de las cuales era que ayudar a una mujer a ponerse el abrigo no constituía un gesto de intimidad, de modo que lo haría.

– Kristian, ¿me ayudas, por favor?

El muchacho se quedó mirando la prenda de lana, sin atreverse a tocarla.

– ¡Oh! -Dio un salto y se sacó las manos de los bolsillos-. Oh, claro.

Hasta entonces, nunca había ayudado a una mujer a ponerse el abrigo. Vio cómo se lo ponía y luego sacaba el cabello de adentro del cuello… no cabía duda de que las mujeres se movían de manera diferente que los hombres.

Bajó la mecha de la lámpara y descendió la escalera delante de Kristian con paso ágil.

Abajo se les unió Nissa: otra sorpresa.

– ¿Usted también viene? -preguntó Linnea,

– Te desafío a que trates de impedírmelo. ¡Todavía mis piernas no están endurecidas y bailar es más divertido que mecerse!

Estaba ataviada con un vestido azul marino con cuello de encaje blanco sujeto adelante por un broche espantoso. Y estaba impaciente por ir.

Afuera Theodore estaba sentado en el asiento de una calesa de cuatro ruedas, llena de hombres risueños y la llamativa cocinera pelirroja, que les contaba un estrepitoso cuento sobre un individuo llamado Ole, capaz de ventosear a voluntad.

Cuando los tres se aproximaron desde la casa, Rusty Bonner se bajó de un salto, sonriendo con la mitad de la boca. Se tocó el ala del sombrero y metió los pulgares detrás de la reluciente hebilla del cinturón.

– Buenas noches, señora Westgaard, señorita Brandonberg. ¿Me permiten?

En primer lugar, le ofreció la mano a Nissa.

– ¿Para hacer qué? -Graznó, y sin aceptar la mano, le informó-: Yo iré adelante, con Theodore. Estos viejos huesos todavía pueden bailar, pero acurrucarme ahí sobre el heno podría dañarme las coyunturas.

Entre las risas de los hombres, la anciana se subió a la parte delantera de la carreta dejando a Linnea frente a Rusty que aún tenía la mano extendida hacia ella.

– ¿Señora? -dijo con su acento arrastrado.

¿Qué remedio le quedaba sino aceptar?

Theodore observó los procedimientos con expresión ominosa, notando que Bonner ponía en juego su encanto y, con ademanes fluidos como manteca derretida, la tomaba de la cintura y, alzándola, la depositaba sobre la paja. A continuación, con un salto de sus largas piernas, lució su agilidad. Frunció el entrecejo, mientras Bonner se colocaba lo más cerca que podía junto a Linnea.

Theodore se volvió.

– ¡Arre!

No tenía por qué importarle que Rusty Bonner coquetease con cualquier mujer a la que no le colgaran los pechos -miró de soslayo a la madre… ¡y con algunas a las que sí les colgaban! Pero la pequeña señorita sería un fruto fácil de recoger para un tipo que se movía con tanta fluidez como Bonner.

“! No tiene a su padre cerca para cuidarla, así que es responsabilidad tuya! Bonner la voltearía sobre el heno más rápido de lo que una comadreja salta al cuello de una gallina, y ella no se daría cuenta de lo que pretende hasta que fuese demasiado tarde!"

Durante el trayecto, Linnea sintió que la cadera y el muslo de Rusty Bonner se apretaban contra ella. Al otro lado de la carreta, la ruidosa cocinera relataba un cuento que describía el modo de pelar un pez con los dientes. Los hombres rugían de risa. Pero, desde la derecha, le llegaba la ardiente furia de Kristian contra Bonner. Sentados con la espalda apoyada en los costados de la carreta, tenían las rodillas levantadas. Linnea intentó moverse un par de centímetros para alejarse de Bonner, pero se encontró con Kristian, ¡y eso no era solución! Se puso en el centro lo mejor que pudo, aunque Bonner permitía que su pierna se sacudiese, apretando la de ella. Linnea veía que era el único de los hombres que llevaba puesto un pantalón de vaquero tan ajustado que resultaba indecente. Esa prenda contribuía a darle esa apariencia fibrosa y subrayaba la sexualidad contenida que la hacía sentirse incómoda y un poco asustada. Percibió que la observaba desde abajo del sombrero de vaquero, con los hombros caídos en pose indolente, las rodillas separadas y las muñecas balanceándose, perezosas, contra la ingle.

Recordó con claridad las palabras de Nissa:

– No es necesario que una mujer haga algo con los tipos de su clase.

Para cuando llegaron al cobertizo de Osear, a Linnea le saltaba el estómago. Rusty se precipitó a ayudarla a apearse. Pero, en cuanto la depositó en el suelo, se apartó correctamente y se tocó el sombrero en gesto de saludo.

– Le ruego que no se olvide de reservarme una danza, señora.

Cuando ya no tuvo que ver esa sonrisa enervante, sintió un gran alivio.

Theodore se ocupó de los caballos y entró en el cobertizo en el mismo momento en que a Linnea le tocaba subir la escalera hacia el henil.

Observó con disimulo que Rusty Bonner se quedaba atrás, mirándole las faldas y los tobillos mientras la muchacha subía. Theodore se apretó las manos bajo las axilas y esperó hasta que Bonner también hubiese subido, subió tras él y buscó de inmediato a John.

– Tengo que hablarte. -Lo tomó del brazo y lo apartó de la multitud-. Mantén vigilado a Bonner.

– ¿Bonner? -repitió John.

– Creo que le interesa la pequeña señorita.

– ¿La pequeña señorita?

– Ella es muy joven, John. No tiene nada que ver con un hombre como ese.

El semblante de John era un libro abierto; cuando estaba disgustado, podía notarse con claridad.

– ¿Ella está bien?

– Está bien. Pero, si lo ves persiguiéndola, avísame, ¿quieres?

Tal vez John no fuese inteligente, pero cuando brindaba su lealtad era inconmovible. Le gustaba Linnea y amaba a Theodore y nada de lo que Rusty Bonner intentase escaparía a su ojo vigilante.

La banda ya estaba afinando: violín, acordeón y armónica, y poco después la música sonaba con todo brío. Para alivio de Theodore, el primero que invitó a bailar a Linnea fue su sobrino, Bill. Vio que el rostro de la muchacha se iluminaba mientras conversaban unos momentos.

– Hola de nuevo -dijo Bill.

– Hola.

– ¿Quieres bailar?

Linnea siguió con la vista a una pareja que se deslizaba fluidamente.

– No soy muy buena: tendrías que enseñarme.

Sonriendo, el muchacho la tomó de la mano.

– Ven. Este baile es fácil.

Cuando ya estaban sobre la pista, agregó:

– Dudé que vinieras.

– ¿A qué otro lugar podía ir? Todos están aquí. -Miró alrededor- ¿Cómo se enteraron de dónde sería el baile?

– Se corre la voz. ¿Cómo has estado?

– Ocupada. ¡Uy! -Tropezó con el pie de él y perdió el ritmo- Lo… lo siento -tartamudeó, sintiéndose tonta y ruborizándose al ver que Theodore estaba parado a un lado, observándola. Bajó la vista y se miró los pies-. No me enseñaron a bailar pasos difíciles como estos.

– Entonces yo le enseñaré.

Bill suavizó los giros, acortó los pasos y le dio tiempo para adaptarse a su estilo.

– Si es verdad lo que dice Kristian, tendré mucho trabajo para ponerme al día. Dice que algunos de vosotros empezáis a los trece años.

– En mi caso, catorce. Pero no te preocupes, estás haciéndolo bien.

Por un tiempo, Linnea observó los pies de ambos, y luego Bill le dio una juguetona sacudida.

– Si te relajas, disfrutarás más.

Tenía razón. Cuando la danza terminó, sus pies trazaban los pasos con más fluidez y, cuando terminó la música, sonrió y aplaudió entusiasmada.

– ¡Oh, qué divertido es esto!

– ¿Y qué tal si bailamos la próxima? -propuso Bill, sonriéndole aprobador.

Bill era un bailarín ágil y diestro. Pronto Linnea reía y disfrutaba con él.

En la mitad de la segunda danza, al girar en brazos del muchacho, se enfrentó con Theodore, quien a menos de dos metros bailaba con la cocinera pelirroja.

Supo que se había quedado con la boca abierta, pero no pudo cerrarla. ¿Quién hubiese imaginado que Theodore era capaz de bailar así? Parecía flotar sobre los talones como un navío bien equilibrado, llevando a- ¿cómo se llamaba?- Isabelle… Isabelle Lawler. Guiaba a Isabelle Lawler con una gracia que los transformaba a los dos. Al sorprender a Linnea mirándolos, la saludó con la cabeza, sonriente, y se alejó girando mientras ella fijaba la vista en los tirantes cruzados sobre los hombros increíblemente anchos, con el brazo pecoso de Isabelle Lawler extendido sobre ellos. Un instante más y se perdieron entre la gente. Los siguió con la vista hasta que sólo pudo captar un atisbo del brazo derecho extendido de Theodore, con la manga blanca enrollada hasta encima del codo. Después eso también desapareció.

Terminó la música. A continuación, bailó con un desconocido llamado Kenneth, que tenía unos cuarenta años de edad y una barriga como un caldero. Luego con Trigg, quien afirmó que su esposa sólo bailaba piezas alternadas porque se fatigaba con facilidad. Linnea vio a Clara mirando y la saludó con dos dedos. Clara respondió al saludo e intercambiaron sonrisas cariñosas. Tenía intención de hablar con ella cuando terminase la pieza, pero apareció Kristian ante ella, secándose las palmas en los muslos mientras la invitaba a bailar. Dios. ¿Seria correcto que la maestra bailara con uno de sus alumnos? Miró a Clara en busca de ayuda, y esta se encogió de hombros, alzando las manos, y le sonrió.

Al bailar con Kristian, Linnea se convenció de que estos noruegos nacían con sentido del ritmo. Hasta él, que sólo tenía un año de experiencia, la hacía sentirse como una principiante torpe.

– ¡Caramba, Kristian, eres tan buen bailarín como tu padre!

– Ah, ¿ya ha bailado con él?

– ¡No! No… Quiero decir que veo que es muy bueno.

En ese momento, Theodore estaba bailando con una mujer de dientes salientes, riéndose de algo que ella le decía, y la muchacha sintió una breve punzada de celos. Entonces pasó otra pareja, distrayéndola.

– ¡Oh, mira a Nissa!

Siguieron a Nissa, que giraba en brazos de John.

– ¡Por Dios, John también!

Kristian rompió en carcajadas ante el asombro de Linnea.

– Nu'ay… -Esta vez, él mismo se interrumpió-. No hay gran cosa que hacer aquí en todo el invierno, además de bailar y jugar a las cartas. Somos muy buenos para las dos cosas.

A medida que avanzaba la velada, Linnea formó pareja con todos los varones Westgaard, uno tras otro, con sus peones, con el violinista (que tomó un descanso), con varios vecinos que no había conocido, y hasta con el jefe del consejo escolar. Oscar Knutson. Todos bailaban bien, pero ninguno como Theodore, y ella se moría de ganas de bailar con él. Pero sacó a bailar a todas las mujeres, menos a ella.

Una vez, en un descanso entre dos piezas, casi se chocaron entre la gente.

– ¿Está pasándolo bien? -le preguntó Theodore.

– ¡Maravillosamente! -respondió, forzando una sonrisa.

Si estaba pasándolo maravillosamente, ¿por qué tenía que forzar una sonrisa? Bailó con John -que era casi tan buen bailarín como Theodore pero no tanto-, después dos veces más con Bill, e incluso con Raynxmd. Estuvo con Clara mientras la cocinera pelirroja estaba otra vez en la pista con Theodore.

Sus ojos -se encontraron con los de él a través del bullicioso henil, y le lanzó lo que suponía una inocente sonrisa de invitación, pero él se limitó a hacer girar a su compañera en sentido contrario.

¡Maldito seas, Theodore, acércate aquí e invítame!

Cuando acabó la pieza, en efecto se acercó en dirección a ella, haciendo saltar su corazón, pero, cuando llegó, fue a Clara a la que condujo a la pista de baile. Luego sacó otra vez a la mujer de los dientes, saltones.

¡Esa mujer era capaz de comer maíz a través de una cerca! ¿Acaso piensa ignorarme tocia la noche?

Mientras hervía de furia, apareció ante ella Rusty Bonner, inclinando el sombrero y dedicándole su sonrisa ladeada con las comisuras de los ojos hacia abajo.

– ¿Baila, señora?

Linnea había estado sin bailar durante dos piezas, y Theodore la ignoraba de manera evidente. ¡Mira esto, Theodore!

– Me parece divertido.

Cuando la atrajo a sus brazos, la acercó más que los demás y, en vez de atenerse al paso básico del vals, iba de un pie al otro en un lánguido movimiento de balanceo que le sacudía suavemente el brazo flexionando la cintura, y con los codos levantados de un modo que hacía que Linnea se sintiera en el aire. Ese hombre era diferente de los otros. Hasta los hombros parecían diferentes, enfundados en una moderna chaqueta de vaquero que hacía juego con los pantalones. Debajo llevaba una camisa a cuadros rojos y blancos y un pañuelo rojo atado en el cuello. Cuando la miró a los ojos, la cara estaba tan cerca de ella que Linnea podía contar los pelos de las pestañas. Tenía un modo de entornar los párpados que hacía que el estómago le diese un vuelco. Le dedicó una sonrisa trémula, y Rusty cambió la posición de los brazos, cerrando las manos en la parte baja de la espalda de Linnea. Ella sintió que la hebilla de plata se le incrustaba en la cintura y metió la barriga para adentro.

– ¿Está disfrutando, señorita Brandonberg? -le preguntó, con su tono lánguido.

Linnea tuvo la sensación de que se reía de ella.

– Si, sí.

– Baila usted muy bien.

– No, no es cierto. Las otras mujeres lo hacen mucho mejor que yo.

– A decir verdad, no las he observado mucho, así que, en realidad, no lo sé.

– Señor Bonner…

– Rusty. -Dibujó esa lánguida sonrisa y presionó tos muslos de la muchacha con los de él-. ¿Cuál es su nombre de pila?

– Linnea.

– Li-ne-ia. -Lo hizo rodar con la lengua sílaba a sílaba, como saboreándolo-. Es precioso.

Todo lo que rodeaba a ese individuo la hacía sentirse como si alguien le hubiese metido un dedo en el hueco de la garganta, y pensó:

¡Theodore, te maldigo por obligarme a hacer esto!

La sorprendió oírse hablar con fluidez.

– Rusty, ¿es usted de la zona?

– No. señora. Vine desde Montana, y antes pasé por Idaho y Oklahoma.

– Caramba… eso sí es viajar.

Rusty rió, exhibiendo un instante unos dientes rectos y blancos, echando la cabeza atrás y dejando luego resbalar su mirada indolente otra vez por el rostro de Línea.

– Lo que más hago es participar en rodeos. Es una vida vagabunda, Linnea.

– ¿Y qué hace aquí, en la cosecha de trigo?

– La temporada de rodeo terminó. Y necesito una cama seca y tres comidas al día.

De pronto comprendió por qué tenía ese cuerpo tan delgado: con la vida que hacía, era casi seguro que, en muchas ocasiones, no tenía esas tres comidas sólidas. Sospechó que debía de bailar así con mujeres desconocidas en cada uno de los estados del Oeste de la Unión.

– Dígame, ¿gana usted en esos rodeos?

– Sí, señora. -Hablaba con acento cada vez más lento, ronco y provocativo, mientras se acercaba más, de modo que los pechos de la muchacha rozaran su chaqueta-. Cuando la suelte, échele un vistazo a la hebilla de mi cinturón. La gané montando novillos en El Paso, la última temporada.

Linnea quiso apartarse pero no pudo; estaba tan cerca que tuvo que echar la cabeza atrás para verle el rostro.

– ¿Ha visto alguna vez a un hombre montar novillos?

Linnea tragó e intentó respirar normalmente.

– N…no.

– ¿Alguna vez ha visto a un hombre montar algo?

– S… sólo caballos.

– ¿Salvajes?

Negó con la cabeza con movimientos nerviosos, mientras el sujeto seguía derramando sobre ella esa sonrisa sensual, desde demasiado cerca

– N… no. Sólo caballos ya domados.

– ¿Ha visto la hebilla de mi cinturón?

A Linnea se le cerró la garganta y se le puso el rostro del color de la camisa del hombre. Los brazos eran fuertes y autoritarios, los hombros, duros como nogal. Los dedos le recorrían la espalda, disparándole temblores de advertencia por los muslos. Rusty lanzó una risa gutural, ronca, y acomodó el mentón contra la sien de ella… los pechos contra su pecho… la cabeza de cuernos largos del cinturón contra el estómago de la joven.

¡Theodore, por favor, ven a sacarme de aquí!

Sin precipitarse, Rusty echó los hombros atrás y le sonrió, mirándola a los ojos, dejando las caderas acomodadas en las de ella.

– Tiene las mejillas todas sonrosadas. ¿Tiene calor?

– Un poco -logró decir, en voz fina.

– Afuera está más fresco. ¿Quiere comprobarlo?

– No creo que…

– No crea. Usted sígame. Contaremos las estrellas.

Aunque no quería, Theodore estaba riendo de nuevo con Isabelle Lawler, y, antes de que pudiese inventar una excusa, Rusty la había arrastrado hasta la escalera. Bajó él primero y luego levantó la vista.

– ¡Eh! Venga.

Mirando hacia abajo, le vio la cara y se preguntó si Theodore la echaría de menos si desaparecía. ¿Y si le preguntaba dónde había estado?

Qué dulce sería poder decirle que había estado afuera, contemplando las estrellas con Rusty Bonner.

– Eh, ¿viene o no?

A un metro del suelo, Linnea sintió que Rusty la tomaba de la cintura y la bajaba. Lanzó un chillido de sorpresa cuando se sintió suspendida de esas manos fuertes. A continuación, la apoyó contra su cadera, le pasó un brazo por el hombro y la llevó hacia la puerta.

Afuera la luna parecía sonreír tan intensamente que hacía palidecer a las estrellas. Era agradable sentir el aire contra las mejillas acaloradas.

– Oh, tenía calor bailando -suspiró, cubriéndose la cara con las palmas y luego apartándose el cabello hacia atrás.

– Creí que había dicho que era principiante.

– Oh, lo soy. Lo que pasa es que usted… bueno, me ha resultado fácil seguirlo.

– Qué bien. Entonces sígame un poco más.

Le aferró la mano y tiró de ella, llevándola a la vuelta del cobertizo, donde no les darían los rayos de luna. Se detuvo a la sombra del edificio, la sujetó por la parte superior de los brazos y la volvió hacia él, meciéndola un poco.

– Así que… no ha bailado mucho. Y nunca ha visto a un hombre montar un toro o un caballo salvaje. Dígame, señorita Linnea Brandonberg, pequeña maestra de escuela rural… ¿alguna vez la han besado?

– Cl… claro que me han besado, ¡más de una vez! -mintió, excitada ante la perspectiva de descubrir cómo besaba en realidad un hombre… por fin.

– En ese caso, supongo que debe hacerlo muy bien.

– Supongo -respondió, tratando de parecer segura.

– Demuéstremelo…

El corazón le dio un vuelco, y la recorrió un ramalazo de sensaciones prohibidas cuando el hombre ladeó lentamente la cabeza y la boca de él tocó la suya. Era tibia, firme y nada desagradable. Se posó con levedad sobre sus labios cerrados durante cierto tiempo, hasta que Rusty se echó atrás sólo unos milímetros. Linnea abrió los ojos y lo único que vio fue la sombra negra del rostro y la parte de abajo del ala del sombrero.

– ¿Más de una vez? -murmuró burlón, haciendo que se le agolpase la sangre en las mejillas.

Una vez más, cubrió la boca de Linnea con la suya y ahora la punta caliente y húmeda de la lengua la tocó ¿Qué estaba haciendo? ¡Oh, por piedad, estaba lamiéndola! La impresión la recorrió hasta los pies. Se echó atrás de manera instintiva, pero el hombre le atrapó la cabeza con tas manos, sobre las orejas, y entrelazó los dedos en su cabello haciéndola ponerse casi de puntillas. Pasó la lengua por todo el contorno de sus labios hasta dejarlos húmedos y resbaladizos. Linnea lo empujó por el pecho, pero Rusty sólo abandonó la boca el tiempo suficiente para ordenarle:

– Abre los labios… vamos, te enseñaré más…

– No… -trató de discutir, pero la lengua, imperiosa, halló la unión de los labios y se metió dentro.

Linnea forcejeó, pero él la aplastó contra la fría pared de piedra del cobertizo y le apretó un pecho para que no se moviese. Empujó la muñeca, pero era resistente como una cerca de alambre nueva, y el pánico se apoderó de ella, al mismo tiempo que Rusty Bonner le oprimía sin cesar el pecho, y ella gemía contra la lengua que la invadía, apretada contra la piedra que le hacía doler el cráneo.

– Basta… -trató de decir, y la boca del hombre ahogó una vez más la súplica. Forcejeó con denuedo y logró librar la boca-. ¡Basta! ¿Qué está haciendo?

Rusty le sujetó los codos, los apretó con fuerza contra la pared y meció sus caderas contra las de ella hasta hacerla sentirse sucia y más asustad que nunca en la vida. Se debatió como loca para soltarse, pero para Rusty Bonner, que había domado caballos salvajes y toros, una menuda maestra de escuela no era nada.

– Dijiste que ya te habían besado. Más de una vez.

Mortificada por lo que le hacían las caderas del hombre, sintió que las lágrimas le quemaban los ojos.

– Mentí… por favor, suélteme.

No pudo desplazar las muñecas duras, de tendones fuertes.

– Tranquila… tranquila. Verás, esto va a gustarte…

Ahogó un sollozo mientras las manos del hombre se ahuecaban sobre sus pechos, llenándose con ellos y casi levantándola en el aire.

En eso, oyó la voz queda de Theodore.

– Señorita Brandonberg, ¿es usted?

La presión sobre tos pechos desapareció, y los talones de Línea volvieron a posarse.

El alivio fue tan grande que le dieron ganas de llorar y de refugiarse contra el cuerpo sólido de Theodore. Al mismo tiempo, la vergüenza la hizo querer desaparecer de la faz de la tierra.

– S…si, Theodore, soy y…yo.

– ¿Qué está haciendo aquí afuera?

La voz de Rusty respondió, imperturbable, al tiempo que se daba la vuelta, indolente:

– Sólo estamos conversando acerca de montar toros en Texas. ¿Alguna objeción, señor Westgaard?

De repente. Theodore se arrojó hacia delante, agarró a Linnea por la muñeca y tiró tan fuerte que la muchacha creyó que le había sacado el hombro de lugar.

– ¡Pequeña tonta! ¿Cómo se le ocurre salir aquí afuera con un tipo como este? ¿No le importa lo que piense la gente?

– ¡Vamos, vamos, un minuto, Westgaard! -gangoseó el texano.

Theodore giró hacia Bonner, todavía sin soltar la muñeca de Linnea.

– ¡Tiene dieciocho años, Bonner! ¿Por qué no busca a alguien de su misma edad?

– Ella no se negó -replicó Bonner, con el mismo tono indolente.

– ¿Ah, no? No es así lo que me parece. Y, si ella no se negaba, yo sí.

Ha terminado aquí. Bonner. Recoja su paga por la mañana y no quiero volver a verlo. -Bonner se alzó de hombros y avanzó como para pasar junto a Theodore y volver al baile-. Y no entre otra vez allí. No quiero que nadie de los presentes sospeche que ella estuvo con usted- -Giró sobre los talones, arrastró a Linnea tras él y le ordenó-: Vamos.

– ¡Theodore, suélteme!

Trató de soltarse, pero las zancadas furiosas le reverberaron en el brazo y le sacudieron la cabeza.

– La soltaré después de que haya aprendido a tener un poco de sentido común. Por ahora, se viene conmigo. Volveremos arriba, y les haremos creer que estuvo afuera conversando conmigo- Y, si hace algo que los haga creer otra cosa, que Dios me ampare, pero la llevaré al almacén de herramientas de Osear y le sacudiré el trasero, ¡qué es lo que haría su propio padre si estuviese aquí!

– ¡Theodore Westgaard, suélteme en este mismo instante!

Indignada por ese trato digno de aplicarse a una chiquilla recalcitrante, intentó despegar el pulgar de él de su muñeca, pero fue inútil.

Theodore atravesó el cobertizo y le dio un tirón que casi la aplastó de nariz contra el tercer peldaño de la escalera.

– ¡Y ahora suba allí y compórtese como si no'stuviese a punto de estallar en lágrimas!

Furiosa, subió la escalera enredándose con las faldas y maldiciendo por lo bajo. Lo único que había logrado era cambiar a un bruto por otro.

¿Qué derecho tenía Theodore Westgaard a darle órdenes?

Al llegar arriba, la aferró del codo con tanta fuerza que le dejó la marca, la lanzó hacia la pista de baile, la puso de cara a él y arrancó con un vals sin siquiera preguntarle:

– ¿Quiere?

Linnea se movió como un bastón, y Theodore pegó en su rostro una sonrisa como de cera. Comentó entre dientes:

– Se mueve como un espantapájaros. Finja que está divirtiéndose.

Linnea se relajó, trató de seguir los pasos y compuso una sonrisa.

– No puedo, Theodore. Déjeme ir, por favor.

– Bailará, pequeña señorita. Y ahora sigamos.

Linnea había querido bailar con él, pero no de ese modo, Tenía el estómago revuelto. En los ojos, un brillo peligroso. Las ganas de llorar la ahogaban. Sentía en la espalda la mano de Theodore, rígida de furia, y la otra apretándole los dedos con contenida exasperación. Pero los pies de ambos se movían al ritmo de la música, y las faldas revoloteaban al compás de los giros que él le imprimía, fingiendo los dos que estaban pasándolo maravillosamente.

Linnea aguantó todo lo que pudo, pero, cuando el nudo en la garganta fue demasiado grande para contenerlo, cuando las lágrimas amenazaban desbordarse, le rogó con voz temblorosa:

– Por favor, Theodore, por favor, déjeme ir. Si no, romperé a llorar y los dos quedaremos muy avergonzados. Por favor…

Sin agregar otra palabra, la hizo girar por el codo y la condujo directamente a donde estaba Níssa.

– Linnea no se siente bien. La llevaré a casa, pero regresaré.

Un momento después, Linnea estaba otra vez al pie de la escalera atravesando el establo con Theodore pegado a los talones. Echándose a correr, se dirigió hacia la puerta y, cuando estuvo fuera, escondió la cara entre las manos y un sollozo brotó de su garganta. Vacilante, Theodore se detuvo detrás, todavía enfadado, pero conmovido por las lágrimas más de lo que hubiese querido. Por fin le tocó el hombro, pero ella se apartó, escondiendo la cara en un brazo y apoyándose contra la pared del establo.

– Linnea, salgamos de aquí.

Se sentía demasiado desdichada para advertir que la había llamado por su nombre por primera vez. La condujo todavía sollozando hacia un grupo de álamos donde esperaban las carretas. Con la cabeza gacha, Línea seguía llorando, y Theodore contenía el deseo de abrazarla y de consolarla.

– Por la mañana se habrá ido. Ya no tiene nada que temer.

– Oh, Th… Theodore, es…estoy tan av…avergonzada…

El hombre hundió con fuerza las manos en los bolsillos.

– Es joven. No creo que supiera lo que estaba haciendo.

Ella levantó la cara, y Theodore vio las huellas plateadas de las lágrimas en las mejillas, y percibió el tono suplicante de la voz.

– N…no. Oh, Theodore, de verdad no lo sabía.

Theodore sintió como si una cincha le estrujara el corazón. Tembló entero y sintió que su furia se disipaba.

– Le creo, pequeña. Pero debe tener cuidado con los desconocidos. ¿Sus padres no le enseñaron eso?

– S…sí. -Dejó caer la cabeza, y el cabello le cubrió el rostro-. Lo sien…siento mucho, Theodore. El dijo que s…sólo salaríamos a re… refrescamos, pero lue…luego me besó y lo… lo único que yo quería era saber cómo era eso. -Un sollozo le levantó los hombros y le sacudió la cabeza-. P…por eso lo dejé.

Al recordar lo que siguió, se cubrió la cara con las manos y apoyó la frente contra el pecho del hombre.

Theodore sacó las manos de los bolsillos y le sujetó los hombros.

– Sh… calle, pequeña. No tiene por qué llorar. Ha aprendido una lección.

Linnea barbotó contra su pecho.

– Pero to…todos lo sabrán, y yo soy la ma…maestra de la escuela. Se supone que debo dar un buen ejemplo.

– Nadie lo sabrá. Deje de llorar. Le acarició los brazos con los pulgares, erguido, con el pecho abombado tratando de mantener la distancia entre los dos. Con cada sollozo, las manos de Linnea le golpeaban el pecho. En la camisa se formó una mancha húmeda y, cuando se le pegó a la piel, la resolución se desvaneció. Ahogó una risa-. Tengo poca práctica en eso de consolar mujeres que lloran, ¿sabe?

Desde detrás de la cortina de cabello llegó una suave carcajada ahogada y, avergonzada, trató de secarse las mejillas.

– Mi cara es un desastre. ¿Tiene un pañuelo?

Theodore sacó uno del bolsillo trasero, se lo puso en la mano y dio un paso atrás. Después de que se secara la cara, se sintió más tranquilo.

Por fin, Linnea levantó su rostro. A la luz moteada de la luna, los ojos y los labios se veían hinchados y el cabello, revuelto. Theodore pensó en el canalla de Bonner, imaginó su boca y sus manos sobre ella y sintió ansias asesinas.

Sin advertencia, Linnea le echó los brazos al cuello y apretó su mejilla húmeda en él.

– Gracias, Theodore -murmuró-. Nunca en mi vida me sentí tan feliz de ver a alguien como cuando usted apareció ahí, junto al cobertizo.

El hombre cerró los ojos. Ahogó un gemido y la estrechó con fuerza contra su pecho. La muchacha se le pegó, muy apretada, encendiéndole el cuerpo. Las manos de Theodore se posaron en su espalda. Olía a almendras, y el suave cabello revuelto se le apretaba contra el mentón y los pechos contra su corazón palpitante.

Se puso rígido y la apartó con suavidad.

– Venga, la llevaré a casa.

Obediente, se apartó, pero clavó la vista largo rato en el suelo, entre los dos. Por fin levantó la cabeza para mirarlo, y la penumbra no alcanzó a ocultar la grave expresión interrogante de su mirada, antes aun de que hablara.

– ¿Por qué no me sacó a bailar?

Theodore pensó una respuesta, pero no podía decir la verdad.

– Bailó con todas menos conmigo, y por eso salí afuera con Rusty. Para ponerlo celoso.

– ¿A mí?

– ¿Por qué no me invitó?

Tragó saliva:

– Bailamos, ¿no es cierto?

– Eso no fue bailar, fueron dos personas chocándose tas cabezas. -Esperó, pero Theodore dio un paso atrás-. Está bien, entonces ¿por qué me rescató?

Avanzó un paso y el hombre extendió las manos para detenerla.

– Linnea.

– Era una advertencia.

– ¿Por qué?

– Usted sabe por qué, y no es bueno para ninguno de los dos.

– ¿Por qué, Teddy? Dime por qué.

El nombre lo recorrió como un relámpago de fuego.

– Linnea…

Lo único que pretendía era extender las manos para detenerla.

– ¿Por qué?

Un murmullo.

Estaba tan cerca que podía oler el perfume de las almendras en su piel. Se mostraba tan vehemente que podía sentir el estremecimiento de sus brazos bajo las manos. Ella era tan inocente que él sabía, incluso mientras sus manos se cerraban y la alzaban, que ese sería uno de los errores más grandes que hubiese cometido.

– Porque…

Posó los labios en la boca que esperaba, y su corazón se volvió loco dentro del pecho. Los brazos de Linnea se levantaron, y los cuerpos se fundieron, íntimos, cálidos y duros. Todavía es una niña. Todavía no sabe besar siquiera. Pero los pechos jóvenes se aplastaban contra él, los dedos se enlazaban en su cuello, los dulces labios cerrados, inexpertos, eran suyos por el momento. Se dejó invadir por las sensaciones y, cuando al fin el sentido común se fortaleció, encontró la voluntad para apartarla.

Dos respiraciones entrecortadas ascendieron en la noche otoñal.

– No f…fue así cuando me besó Rusty Bonner.

– Shh. No.

– Por favor, bésame otra vez, Teddy.

– ¡No!

– Pero…

– ¡He dicho que no! No tendría que haberlo hecho.

– ¿Porqué?

– ¿Tiene un par de horas de tiempo? Le daré toda una lista. -La sujetó por el codo y la hizo girar hacia la carreta-. Ahora suba ahí -ordenó con vivacidad.

Pero su voz se estremeció de emoción.

– Theodore…

– No. Por favor, limítese a subir a la carreta.

No advirtieron que habían dejado los abrigos hasta que emprendieron el regreso a la casa, en medio de la noche helada. Linnea tembló y se abrazó.

Theodore se bajó las mangas de la camisa y se abotonó los puños, sin hablar.

– ¿Quiere que volvamos a buscar su abrigo?

– No, lléveme a casa.

Y, aunque lo hacía sufrir verla acurrucarse, temblando, cuando podría haberla rodeado con un brazo y protegerla del frió y del mundo, no lo hizo.

¡Por todo lo que era sagrado, no lo hizo!

13

A la mañana siguiente, Nissa se quedó en cama hasta más tarde que de costumbre, y Theodore subió a la planta alta para despertar a Kristian justo cuando Linnea se disponía a bajar a buscar agua. Los dos se detuvieron al mismo tiempo. Theodore alzó la vista y se le aceleró el corazón. Ella bajó los ojos y le pasó lo mismo. En ese instante, revivieron el impacto del único beso que habían compartido la noche pasada, y ninguno de los dos supo qué decir. Se quedaron mirándose largo rato.

Linnea estaba descalza y se sostenía la bata en el cuello. Theodore notó que acababa de salir de la cama y el corazón se le aceleró más aún ante ese pensamiento.

Él llevaba puesta la gruesa chaqueta de lana, tenía la nariz sonrosada y todavía no se había afeitado. Linnea dedujo que había salido a hacer las tareas matinales y verlo así, todo desaliñado y masculino, la impulsó a apretar los dedos de los pies en el borde del peldaño.

De repente, los dos advirtieron que estaban de pie en la estrecha escalera, mirándose boquiabiertos como si se hubiesen convertido en estatuas de sal. Linnea fue la primera en recuperar el uso de la voz.

– Buenos días -susurró.

– Buenos días -susurró él, en respuesta.

– Ya ha estado afuera.

– He hecho las tareas solo para dejar dormir a Kristian.

– Ah.

Qué tontería. ¿No podían pasar uno junto a otro en las escaleras sin ponerse nerviosos?

– ¿Cómo está esta mañana? -preguntó él.

– Cansada. No dormí muy bien anoche. ¿Y cómo está usted?

– Un poco lento. -Se preguntó qué le habría impedido dormir. ¿Le habría sucedido como a él, que se había quedado acostado durante horas pensando en ese beso?-Anoche llegamos tarde. Y me parece que mamá y Kristian están igual. Pero será mejor que los despierte, pues, de lo contrario, se les hará tarde para ir a la iglesia.

Cuando él siguió subiendo y ella bajando, los corazones de ambos latieron más fuerte. Cuando al fin pasaron uno junto a otro, se aseguraron de que ni un hilo de sus ropas rozara al otro. Al llegar al último escalón Theodore dijo, en voz baja:

– ¿Linnea?

La muchacha giró y alzó la vista. Se le ocurrió que jamás se cansaría de oírlo pronunciar su nombre de pila en ese tono. Theodore tenía una mano en el pomo de la puerta de Kristian. Ella trató de imaginar qué pasaría si él llegaba alguna vez hasta su puerta así y la llamaba como había hecho hacía instantes.

– ¿Sí?

– Bonner se ha marchado.

Pero Bonner ya era un recuerdo borroso para ella, eclipsado por el hombre imponente que tenia ante sí. Se sentía capaz de estar todo el día mirándolo. Pero él se volvió, abrió la puerta de Kristian y desapareció, dentro del cuarto, Theodore se detuvo clavando la vista en sus botas. Recordó a la muchacha descalza y en bata, con aspecto tibio, desaliñado y soñoliento. Tuvo que apelar a toda su fortaleza para pasar junto a ella en la escalera sin tocarla. Exhaló un pesado suspiro. Tan joven… La noche anterior, cuando la arrebató de los brazos de Bonner, trató de convencerse de que actuaba en lugar del padre, pero eso no era del todo cierto. No toda su furia había sido provocada por un impulso de protección paternal.

"Oh, demonios, Westgaard, no eres más que un tipo de mediana edad, que siente que está bebiendo de la fuente de la juventud cada vez que ella está cerca. ¡Olvidas que eres como cinco años mayor que Rusty Bonner, y tú fuiste el que le aconsejó que eligiese a alguien de su edad!"

Suspiró y echó un vistazo a la cama. Kristian dormía apaciblemente. Tenía los brazos echados atrás y la manta le dejaba el pecho medio descubierto, donde ya se veía una buena mata de vello, ¿Cuándo había sucedido eso? Al mes siguiente cumpliría diecisiete. Ya diecisiete, y Theodore no podía menos que admitir que los diecisiete de Kristian junto a los dieciocho de Linnea causaban menos impresión que los dieciséis años que la separaban de él.

Recordó la insólita franqueza con que el hijo le confesara lo que sentía por la muchacha, y sintió el extraño impulso de sentarse en el borde de la cama y confesarle que la noche pasada la había besado y pedirle que lo perdonase. Culpa. Hacía sólo un mes que ella estaba ahí y ya lo hacía sentirse culpable. Era una estupidez. ¿O no? Kristian se había interesado en ella antes, y confió lo suficiente en su padre para confesarle lo que sentía. Sopesó las posibles consecuencias si el hijo descubría lo que había sucedido la noche anterior. Señor, ¿y si se filtraba y la gente empezaba a preguntarse qué estaría pasando ahí, que el padre y el hijo pretendían a la misma muchacha? ¿No se convertiría eso en un embrollo desproporcionado?

"Westgaard, si empiezas algo con ella, le verás con un buen lío entre manos", pensó. "Ella es demasiado joven para ti, lo sabes, de modo que déjasela a tu hijo y compórtate de acuerdo con tu edad."

A la noche siguiente, ¿quién se presentó en la puerta sino Hill Westgaard, todo acicalado y peinado con brillantina? Los hombres ya habían vuelto del campo y ya se habían retirado los platos de la cena cuando llamaron a la puerta y Kristian fue a abrir. Cuando Bill entró en la cocina, supusieron que sólo era una visita familiar. Se sentaron alrededor de la mesa, Nissa sirvió café y pastel de dátiles y preguntó por Ulmer y Helen y el resto de la familia. Bill brindó un actualizado informe y dio buena cuenta del bocado.

Hablaron acerca de la guerra, la ley de servicio militar del presidente Wilson, y de cómo discutía el pueblo norteamericano en todos lados.

Pocos creían que la nación pudiese alistar una fuerza capaz de ser llevada al campo de batalla en Francia a tiempo para impedir un desastre aliado, y Theodore estaba de acuerdo con esa postura. Bill, en cambio, argumentaba que ya que los ejércitos alemanes habían llevado a Rusia al borde del colapso, y que las fuerzas invasoras alemanas y austriacas infligían derrotas aplastantes a los italianos en Caporelto, los americanos tenían que respaldar los esfuerzos de Wilson en forma total.

Los ojos de Linnea se dilataron al comprobar hasta qué punto entendían lo que sucedía al otro lado del mar. Hasta Kristian participó de la discusión, demostrando un vivo interés en el tema de los aeroplanos y las batallas que se libraban en el aire.

Cuando se agotó el tema, pasaron a hablar de las trampas que se colocaban en invierno, de un zorro que había estado matando gallinas en la región y de las posibilidades de que nevara temprano.

Agotaron una serie de temas impersonales, hasta que Bill anunció:

– He traído el coche. Tal vez quieras venir a dar un paseo conmigo, Linnea.

Se hizo un incómodo silencio. Linnea buscó con la vista la mirada de Theodore y, por un instante, vio asombro y desaprobación, que él se apresuró a borrar. ¿Qué podía decir?

– Un paseo. Oh… bueno…

– Podríamos ir a lo largo de Holman's Bridge. Junto al arroyo es muy agradable, sobre todo cuando hay luna.

– Hace un poco de frío.

– He traído una manta para las rodillas -agregó, esperanzado.

Linnea volvió a mirar a Theodore, que cuidó de adoptar una expresión neutra, pero que tenía los nudillos blancos apoyados sobre el vientre

Nissa dijo:

– Claro, vosotros los jóvenes, iros. Salid un rato.

– ¿Qué dices, Linnea? -insistió Bill.

¿Y qué podía decir ella?

– Parece maravilloso. Iré a buscar mi abrigo.

Anduvieron en la noche clara y fresca hacia Holinan's Bridge y fueron contando las cuevas de ratas almizcleras que habían visto abajo. Hill era una compañía agradable, cortés y de conversación fácil. Le preguntó sus planes para las vacaciones de Navidad, sobre su familia, lo que pensaba hacer el verano siguiente. Ella le preguntó por sus planes para el futuro, y se asombró de saber que pensaba alistarse en el ejército. La guerra, que parecía tan remota, cada vez se acercaba más. Aunque hacía poco que conocía a Bill, era un ser de carne y hueso, formaba parte de la familia

Westgaard. ¡Y pensaba en marcharse a luchar!

– Rooseveit dijo que era nuestro deber, que teníamos que unimos a los Aliados y declararle la guerra a Alemania. Ahora que ya lo hemos hecho, quiero participar.

En esa región, la gente hacía más caso de Rooseveit que de Wilson.

– Pero estás participando. Eres granjero.

– Hay muchos hombres para cultivar trigo. Lo que necesitan son más hombres para pelear.

Linnea imaginó a Bill en una trinchera, con la bayoneta en la mano… o en el corazón… y se estremeció. En un gesto candido, pasó su brazo por el de él, y el muchacho rió, encantado.

– Bueno, todavía no me voy, Linnea. Aún no se lo he dicho a mis padres.

– No quisiera que te fueses nunca. No quiero que se vaya ninguno de los que conozco.

Menos de una hora después, estaban de nuevo en el sendero de la casa. Cuando los caballos se detuvieron, la mano enguantada de Bill cubrió la suya.

– El sábado que viene, por la noche, habrá otro baile. ¿Vendrás conmigo?

– Yo…

¿Qué debía responder? Sin advertirlo, estaba comparando la nariz respingona de Bill con la aguileña de Theodore, los claros ojos verdes con los castaños de Theodore, el cabello rubio con el castaño y lacio del hombre. La nariz de Bill le pareció muy infantil, los ojos demasiado claros, el cabello demasiado ondulado para su gusto. Desde que Theodore había aparecido en su vida, ningún otro podía comparársele. Era con él con quien quería bailar, aunque había pocas esperanzas de que lo lograse.

– ¿Qué respondes, Linnea?

Se sintió atrapada. ¿Qué excusa lógica podía darle a Bill? Además, quizás asistir con él al baile provocaría alguna reacción en Theodore, y aceptó.

Bill la acompañó hasta la casa con la actitud de quien no tiene prisa por llegar. Junto a la puerta del fondo, la tomó de los hombros y le dio un beso despojado de exigencias, si bien fue lo bastante largo como para que volaran chispas, si estaban destinadas a volar. Nada. No pasó absolutamente nada.

– Buenas noches, Linnea.

– Buenas noches, Bill.

– Nos vemos el sábado por la noche.

– Sí. Gracias por el paseo.

Cuando se fue, Linnea suspiró, comparando ese beso con el de Theodore. No era justo que el beso de un hombre gruñón la excitara más que el de un joven varón interesado en ella, como lo estaba Bill.

Adentro sólo habían dejado sobre la mesa de la cocina una lámpara con la mecha baja. Se sintió cansada y desanimada, colmada de preguntas sin fin con respecto al curso de su vida. ¿Y qué pasaba con aquellos que le importaban? ¿De verdad Bill se marcharía a la guerra? ¿Lo harían los otros jóvenes que conocía? Abstraída, caminó alrededor de la mesa y posó las manos en el respaldo de la silla de Theodore, Gracias a Dios, si se llegaba eso, él era demasiado mayor para ser convocado.

– ¿Has tenido un paseo agradable?

El sonido de su voz que llegaba desde las sombras, al otro lado de la cocina, le encendió la sangre. Al volverse lo vio apoyado contra la entrada a la sala, con los brazos cruzados flojamente. Llevaba puestos unos pantalones negros y tirantes negros sobre la parte superior de la prenda enteriza que usaba para dormir. Llenaba la prenda como una manzana Hena su pellejo, y aquella enfatizaba cada bulto y hondonada. Tenía las mangas enrolladas sobre el codo, y exhibía gruesos antebrazos musculosos, sombreados de vello oscuro. Más vello aparecía en la abertura del cuello. Era mucho más hombre que Bill.

– Sí -respondió, manteniéndose erguida y quieta.

Theodore aguardó en silencio, debatiéndose contra los celos, ordenándole a su corazón que se calmara. La luz de la lámpara daba a su piel un matiz de melocotón. Los labios de Linnea estaban entreabiertos y en sus ojos se veía un desafío. No hizo el menor esfuerzo por disimular que estaba acariciando la silla en que él solía sentarse. Esa maldita chica no sabía qué le estaba insinuando.

– Hemos ido hasta el arroyo.

Theodore sabía perfectamente lo que se proponía, y se reclinó contra el vano de la puerta con fingida indolencia, como si dentro de él no se retorciera todo, como si no estuviese preguntándose qué más habrían hecho.

– Es muy hermoso de noche.

¡Pedazo de noruego obstinado! ¿No adivinas lo que siente mi corazón?

– Me ha invitado a bailar el sábado por la noche.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué le ha respondido?

– He aceptado.

Theodore clavó la mirada en ella por largo tiempo, sin moverse. Hill era joven; tenía derecho. Y, sin embargo, eso no lo hacía más fácil de aceptar. Por último, se obligó a apartar la vista.

– Qué bien -dijo apartándose de la puerta.

Linnea sintió ganas de llorar.

– S…sí. -Soltó un hondo suspiro y le preguntó-: ¿Usted irá?

Theodore hizo como si lo pensara largo rato antes de responder:

– Supongo que sí.

– ¿Esta vez bailará conmigo?

– Es preferible que baile con los más jóvenes.

Linnea levantó una mano en ademán suplicante.

– Teddy, no quie…

– Buenas noches, Linnea.

Giró rápidamente y la dejó ahí, de pie en la cocina.

Cuando Theodore estuvo dentro del dormitorio, se sentó en el borde de la cama con la cabeza entre las manos. El rostro de Linnea ardía ante él, ese bello rostro joven que no ocultaba nada. Con esos ojos azules de largas pestañas, incapaces de esconder la verdad. Se echó hacia atrás con los ojos cerrados y los brazos abiertos. Señor, Señor. El era el que tenía más edad más sabiduría. Él era el responsable de mantenerla a distancia. Pero ¿cómo?

En la semana que siguió, el tiempo se volvió frío y los heniles comenzaron a llenarse. Un jueves. Osear Knutson pasó a informarle a Linnea que el baile del sábado se haría en la escuela.

– ¿En la escuela?

– Aquí hay estufa, y bastará con que apilemos los pupitres contra una pared. Haremos casi todos los bailes aquí hasta que los heniles se vacíen otra vez, hacia la primavera. Quería comunicárselo para que usted diga a los chicos que vacíen los tinteros. Por lo general, Theodore viene a encender la estufa y a preparar todo.

Otra vez Theodore. No le había dirigido ni dos palabras desde que ella le dijera que iría a bailar con Bill, y lo último que hubiese querido era pedirle que fuese a la escuela a encender la estufa antes del baile.

– ¿Tengo que pedírselo?

– No, ya está todo organizado.

Todos llegaron temprano: Bill y Linnea en el coche. Theodore, Nissa, Kristian y los peones en otro, y se encargaron de encender el fuego, de llenar la cazuela de agua y de apartar los pupitres.

Por la noche, la escuela tenía un aspecto acogedor, con la negrura que se veía por las ventanas y las lámparas encendidas en el interior. Línea corrió el escritorio contra la pizarra para que la orquesta pudiese instalarse sobre la tarima. Nissa instaló una mesa con tentempiés en el guardarropa, cortando un pastel de limón, al que se sumarían otros pasteles y emparedados cuando llegaran las demás mujeres. Kristian esparció harina de maíz por el suelo. Theodore encendió el fuego y luego recorrió el salón con la cabeza ladeada, observando la hilera de dibujos infantiles colgados de la pared con un cordel rojo.

Oyó a sus espaldas una voz tranquila:

– Flor de cardo.

Mirando sobre el hombro, vio que Linnea lo observaba con los brazos cruzados. Tenía puesto un vestido azul marino a media pierna y no parecía mayor que las niñas que habían hecho esos dibujos.

– Eso supuse, pero en algunos casos es difícil saberlo.

Se dio la vuelta para seguir observando las torpes obras de arte, con los pulgares enganchados en los broches de los tirantes y una sonrisa benévola en los labios. Linnea acompañó su paseo a lo largo de la fila-

– Los de Haloween son un poco mejores. -Se los señaló-. Calabazas… mazorcas de maíz… fantasmas…,

Cuanto más avanzaban, más aumentaba la calidad de los trabajos, hasta que pasaron de ser grandes dibujos a composiciones escritas con pequeñas ilustraciones en la parte de arriba.

– Kristian no es muy bueno dibujando, pero en lo que se refiere a redacción tiene grandes condiciones. Vea. Esta es suya. -Quitó un alfiler recto de una esquina del papel y se lo entregó a Theodore, con expresión de orgullo-: Léala y verá.

¿Leerla? Boquiabierto, miró primero el papel y luego a la muchacha sin saber qué hacer. Como no se le ocurrió ninguna otra cosa, aceptó la composición del hijo con gestos rígidos y se quedó mirándola, con Línea junto a él, resplandeciente de orgullo. Se quedó ahí por largos minutos, sintiéndose ignorante. Se preguntó qué diría el papel. La negra escritura sobre la página blanca le evocó filas paralelas de tocones de cereal que sobresalieran de la nieve fresca, pero más allá de eso no significaban nada para él. Tenía treinta y cuatro años, y su hijo era más inteligente que él.

Y ahora ella lo sabría.

Linnea ladeó la cabeza y señaló una parte de la página.

– ¿Ve lo que eligió para comentar? ¿No cree que eso revela una mente curiosa?

Theodore sintió que la sangre se le agolpaba en el pecho. Le subía al cuello. Llegaba a las orejas y sintió que se le ponían tan calientes que quemarían el cabello que las rodeaba. Bajó la cabeza, tragó y clavó la vista en el papel, mortificado.

Alegre, la muchacha cruzó los antebrazos a la espalda, esperando que él terminase de leer e hiciera algún comentario. Como no lo hizo, alzó la cara y le dedicó una sonrisa vivaz:

– Bueno, ¿no le parece maravilloso?

Con un solo vistazo, supo que algo malo sucedía. Theodore se había puesto encarnado y no levantaba la vista.

– Supongo que sí-tartamudeó al fin.

– Bueno, no parece… -Linnea pasó la mirada del rostro del hombre al papel, luego otra vez a la cara, y sus palabras fueron frenándose como una máquina que perdiese el vapor-… muy impre… -Su mente tropezó con algo. Sacó una mano de atrás y se tapó los labios-. Oh… -exhaló, comprendiendo la verdad al fin-. Oh, Theodore… ¿no sabe leer?

Estaban cerca, tan cerca que lo oyó tragar convulsivamente mientras que con la uña del pulgar rascaba el margen derecho del papel.

Negó con la cabeza gacha.

"Oh, mi querido, terco, Theodore. ¿Por qué no me lo dijiste?" Se sintió avergonzada por él. Se le derritió el corazón, y sintió que ella también se sonrojaba. Estaban los dos envueltos en una capa de incomodidad que los apretaba sin piedad, al tiempo que, a sus espaldas, la orquesta había empezado a afinar. Lentamente le devolvió el papel y las miradas se encontraron: Theodore aun estaba sonrojado hasta la raíz del cabello.

– Pe… pero ¿y los himnos en la iglesia? -susurró Linnea.

– Los conozco de memoria. Ya hace más de treinta años que los canto.

– ¿Y las oraciones en la pizarra?

Rememoró su propia turbación aquel día que la sorprendió burlándose de él con aquellos escandalosos insultos. En ese momento, cuando era él el sorprendido, simpatizó con él.

La mirada de Theodore, firme, se posó en la de ella.

– Lo único que entendí fue que quería rellenar a Theodore.

– Ah. -Se miró las puntas de los zapatos- Ese día, cuando lo oía a mis espaldas, creí que había estado leyendo todo el tiempo lo que yo escribía y quise morirme.

– No tanto como yo lo deseo ahora.

Linnea alzó la cara y los ojos se encontraron, ya disipada parte de la arbación. La orquesta atacó la primera pieza.

– Theodore, no tenía idea. En serio.

– Cuando yo era niño, aquí no había escuela. Mamá me enseñó un poco a leer en noruego, pero ella nunca aprendió inglés, de modo que tampoco pudo enseñarnos a ninguno de nosotros.

– ¿Y por qué no me lo dijo? No pensará que lo creo menos por eso.

– ¿Después de que discutimos por la asistencia de Kristian a la escuela? ¿Cómo podía decírselo?

– Ah -comentó, perspicaz-, es por orgullo. -Se estiró y volvió a colgar la hoja de papel-. Los hombres tienen ideas muy absurdas al respecto. Resulta que Kristian sabe un poco más que usted de idioma inglés. Pero usted sabe mucho más que él de muchas otras cosas. -Lo miró, señalándose a sí misma-: En ese sentido, usted sabe mucho más que yo sobre muchas otras cosas. La otra noche, cuando estaban hablando acerca de la guerra… Bueno, no tenía ni idea de que usted supiese tanto de lo que está sucediendo allí. Y sabe cómo arreglar molinos de viento, instalar trampas para ratones, y… me enseñó a atrapar a un caballo, a ensillarlo…

– Ensillarla -la corrigió.

Los ojos volvieron a encontrarse: algo bueno pasó entre ellos. Algo cálido, rico, radiante, que contenía promesa de gozo. En los labios de los dos se formaron sonrisas. Linnea hizo una reverencia, inclinándose desde la cintura.

– Acepto la corrección, caballero. La. Eso demuestra lo que estaba diciendo. Caramba, no tiene por qué sentirse…

– ¡Estás aquí, Teddy! -Era Isabelle Lawler, que apareció para interrumpir el instante de armonía-. Me pican los pies, y sólo hay un remedio.

Sin molestarse en pedir disculpas por la interrupción, se apoderó de Theodore y lo arrastró a la danza.

El ánimo de Linnea se agrió. Con expresión enfadada, fijó la vista en la escandalosa pelirroja que no parecía obedecer a ningún código de normas sociales. ¡Cómo se atrevía esa… ese hipopótamo de cabello anaranjado a mandar a un hombre de ese modo y, por añadidura, trompetear como un elefante! "Quisiera que asista a mi clase de etiqueta sólo un día. ¡Sólo uno!

De repente. Linnea registró algo más: Teddy. ¡Lo había llamado Teddy!

– Ven, bailemos.

Era Bill, que iba a reclamar su danza. La joven se impuso sonreír y estar alegre, pero siguió atisbando a Ted y al hipopótamo, y eso casi le arruinó la velada. Igual que la vez anterior, tuvo abundantes compañeros de baile… con la única excepción obvia. Girando y girando alrededor del tubo de la negra estufa, echaba ocasionales miradas furtivas en dirección al hombre. Sin duda, Theodore era el mejor bailarín del lugar – ¡maldito fuese su pellejo!-, ¡y bailaba con esa atrevida de cabeza colorada hasta que gastaron el suelo de la escuela! Pero no era capaz de bailar con la pequeña señorita ni siquiera para salvar su alma. Después de lo sucedido entre ellos el sábado anterior y esa misma noche más temprano, tenia la esperanza de que, al fin, empezara a considerarla una adulta. Pero al parecer, no, ¡y estaba harta de que la considerasen como si aún no se le hubiese secado la leche en los labios! Bueno, ella no tenía la corpulencia de un arado de reja múltiple. Tampoco tenía cuerdas vocales como las de un carretero. Ni el cabello del color de un gallo de Rhode Island.

Con gesto petulante, trató de hacer la vista gorda a esos dos, pero no resultó. Por último, después de haberla ignorado casi hasta el fin de la velada, componiendo su mejor postura y su expresión más altiva, cruzó la pista y golpeó a la pelirroja en el hombro.

– Discúlpeme, señorita Lawler. ¿puedo interrumpir?

Para vergüenza de Linnea, esa tonta mujer exclamó, en voz lo bastante alta para despertar a los muertos:

– ¡Bueno, yo diría que no! Cuando le pongo a un hombre las manos encima, lo aprovecho bien antes de soltarlo.

Para confirmarlo, abrazó a Theodore en un apretón fatal y giró, alejándose.

Linnea quiso morirse ahí mismo. ¿Qué otra alternativa le quedaba, salvo retroceder hasta el borde del salón y quemarse? ¿Qué veía él en esa prostituta pomposa? Era grosera, sudorosa, y arrastraba a Theodore por la pista de baile resoplando como un caballo de tiro demasiado pesado.

Que se quede con ella… es lo que merece.

Todavía estaba en esa pose petulante, al borde de la pista, cuando terminó la pieza. Vio que Theodore le decía algo a Isabelle y la acompañaba al guardarropa. Por un momento, reapareció solo, buscó entre la gente, y fue directamente hacia ella. La muchacha fijó la mirada en el violinista, y apretó los labios como si acabara de comer un encurtido en mal estado.

– Venga, pequeña señorita, le toca a usted.

¡Le tocaba a ella! Como si hubiese estado clavada toda la velada, esperando que él tuviese un sitio libre en su carnet de baile.

– No se moleste, Theodore.

Altanera, le dio vuelta la cara.

– Bueno, quería bailar conmigo, ¿no?

Lo miró enfadada, exasperada por la impotencia que sentía contra sus burlas. Le dabas a un hombre un par de cervezas y bailaba un par de danzas con una pelirroja y se volvía jocoso de una manera dañina.

– Borre de su cara esa expresión de complacencia consigo mismo, Theodore Westgaard. No, no quería bailar con usted. Tenía algo que decirle, eso es todo.

A duras penas, Theodore logró contener la risa ante la pequeña lanzallamas. Era tan especial cuando se enfurecía y alzaba la atrevida nariz de ese modo… además, no parecía tener más de catorce años. Pese a que se había convencido de guardar la distancia en lo que se refería a la pequeña señorita, no había nada de malo en hacerla dar un par de vueltas por la pista de baile, ante la presencia de toda la familia. De hecho, podía despertar más sospechas bailar con todas las mujeres excepto con ella.

– Entonces, venga. Puede decírmelo ahora.

No le dio alternativa. La guió por la pista con gracia y fluidez, sonriéndole con el aire de diversión más irritante.

– ¿Qué era lo que quería decirme?

¡Que te seques y que te lleve el viento… junto con esa sudorosa pelirroja! Linnea cerró la boca y miró, displicente, sobre el hombro de Theodore. Él inclinó la cabeza, flexionó las rodillas y sus ojos quedaron en el mismo nivel que los de ella.

– ¿Ahora que ya me tiene, le han comido la lengua los ratones?

– Oh, deje de tratarme como a una niña. ¡No me gusta que sean condescendientes conmigo!

Theodore se enderezó y ejecutó un diestro círculo, advirtiéndole con aire alegre:

– Eso tendrá que explicármelo.

Linnea le dio un puñetazo en el hombro.

– ¡Oh, Theodore, es exasperante! A veces lo detesto.

– Lo sé. Pero sé bailar, ¿eh?

¿Acaso este individuo tenía que ser bromista en el mismo momento en que ella quería seguir irritada con él? Le temblaron los labios, amenazando con una sonrisa.

– ¡Es un fastidioso engreído! Y, si estuviésemos en clase, en este mismo momento le castigaría a quedarse de pie en el rincón del guardarropa por haberme tratado con tanta grosería.

– ¿Usted y cuántos más? -le preguntó, con sonrisa endiablada.

Incapaz de seguir seria más tiempo, Linnea estalló en carcajadas. Y, junto con ella, Theodore. Olvidaron todas las riñas y bailaron. Por todos los cielos, qué bien bailaba ese hombre. ¡Hasta daba la impresión de que ella bailaba bien! La sostenía alejada de él, pero la guiaba con tanta destreza que el ritmo y los pasos salían sin esfuerzo. Qué diferente era en la pista de baile que en cualquier otro sitio. Era difícil creer que este fuese el mismo Theodore que la había recibido el día que llegó, enfundado en la bata de trabajo, con el estropeado sombrero de paja, y que la había tratado tan mal que casi la mandó de regresó.

– Bueno, ¿va a decírmelo o no?

Los dos se inclinaron hacia atrás desde la cintura, mientras los pies se deslizaban sin esfuerzo.

– ¿Decirle qué?

– Lo que quería decirme cuando golpeó a Isabelle en el hombro.

– ¡Ah, eso! -Levantó la barbilla con aire inaccesible-. Voy a enseñarle a leer.

Theodore sonrió.

– Conque eso hará, ¿eh?

– Si, eso haré, ¿eh? -lo imitó.

– Voy a parecer un gran tonto intentando meter las rodillas bajo uno de esos pupitres.

– Aquí no, tonto, en casa.

– En casa -repitió, sarcástico.

– Bueno, ¿acaso tiene algo mejor en qué ocuparse en las largas veladas de invierno?

Lanzó una risa mezclada con un resoplido y elevó un poco una ceja.

– ¿Está segura de que quiere ocuparse de mí? Los hombres de mi edad solemos ser bastante cabezaduras y olvidadizos. Es probable que no pesque las cosas tan rápido como sus alumnos de primero y segundo grado.

– En serio, Theodore, habla como si ya estuviese en la senectud.

– Casi.

Linnea le echó una mirada intrigada.

– Los hombres seniles tienen reumatismo. Usted no baila como si tuviese reumatismo.

– No, por Dios, mis huesos están muy bien, ¿no es cierto?

Giró y admiró su propio codo.

– ¡Póngase derecho y serio! -Lo regañó, tratando de no reír entre dientes- Cuando la maestra está sermoneándolo, no puede estar haciéndole retruécanos.

La mirada divertida del hombre se encontró con la suya mientras seguían bailando con fluidez, cada vez más a gusto con el otro.

– Y si lo hago, ¿qué hará la pequeña mequetrefe?

– ¡Mequetrefe! -replicó indignada, golpeando con el pie-. ¡No soy una mequetrefe!

Pero en ese mismo instante había terminado la música. Se hizo el silencio y las palabras de Linnea flotaron en el aire como una campana suiza por encima de un fiordo. Varias cabezas giraron, inquisitivas, en dirección a ellos. Linnea sintió que empezaba a ruborizarse, pero, por suerte, Theodore la sacó de la pista tomándola del codo. Sin embargo, al separarse, añadió el insulto a la ofensa diciéndole:

– Gracias por el baile, pequeña señorita. No se quede afuera hasta muy tarde.

¡Por dos centavos le habría pateado con gusto el trasero!

Todavía estaba tensa y encrespada como una cuerda nueva cuando Bill la acompañó a la casa. En cuanto se detuvo el coche, el muchacho le pasó el brazo por los hombros, le apretó la espalda contra el asiento de cuero y la besó. Todavía estaba demasiado enfadada con Theodore para capitular y rogó al cielo que el beso despertara alguna reacción en su corazón. Pero no despertó nada.

– Toda la noche estuve deseando hacerlo.

– ¿En serio?

– Ahá. ¿Te molesta si lo hago otra vez?

– Creo… creo que no.

Si Theodore sigue tratándome como a una niña… Quizás esto se vuelva más divertido.

Pero pasó exactamente lo contrario cuando la lengua de Bill entró en su boca y, apoyándose sobre una cadera, intentó meter la rodilla entre sus piernas, Linnea se echó atrás y lanzó un chillido.

– Tengo que entrar.

– ¿Tan pronto?

– Sí, ahora mismo. ¡Bill, no!

– ¿Por qué no?

– ¡He dicho que no!

– ¿Nadie te ha hecho esto antes?

¡Por Dios!, ¿cuántas manos tenía?

– ¡Basta!

Lo empujó con tanta fuerza que se golpeó la cabeza contra un tensor de la capota.

– ¡Bueno, está bien! ¡No tienes por qué empujarme!

– ¡Buenas noches, señor Westgaard!

Dando un tirón a la delantera del abrigo, bajó de un salto.

– ¡Linnea, espera!

La interceptó a mitad de camino de la casa, pero ella sacudió el brazo para librarse de su mano.

– No me gusta que me maltraten, Bill.

– Lo siento… escucha, te prometo que…

– No es necesario que hagas promesas. No volveré a salir contigo.

– Pero, Linnea…

Lo dejó barbotando, de pie en el sendero. Dentro, en la cocina, cerró la puerta y apoyó la espalda en ella, aliviada. Subió la escalera a tientas, se desvistió en la oscuridad y se acurrucó bajo las mantas temblando.

Tenía muchas ganas de llorar, pero las lágrimas no acudían con tanta facilidad como solían hacerlo. ¿Acaso esa no debía ser una etapa despreocupada y divertida de la vida? Pero por cierto no carecía de preocupaciones ni era demasiado divertida. De todos modos, ¿qué hacía besando a tipos como Rusty Bonner y Bill Westgaard, cuando al único que quería besar era a Theodore?

Los días siguientes la trató como a una niña. Nada más que una niña.

Una mañana poco después, cuando Linnea despertó, silbaba un viento que llegaba desde Saskatchewan con ese frío que prometía nieve. Entonces se enfundó en abrigada ropa interior de algodón y largas medias de lana y, aun así, la caminata a la escuela le pareció el doble de larga que cuando podía ver a los cosechadores a lo lejos.

Al llegar allí, se detuvo en la entrada del guardarropa, contemplando el familiar ámbito. Qué extraño el modo en que adoptaba diferentes personalidades según las diferentes situaciones. En las mañanas soleadas no había sitio más alegre. La noche del baile, ningún lugar más excitante. Pero, ese día, despojado por completo de voces infantiles y con las nubes grises que se veían por las largas ventanas desnudas, el pequeño recinto le dio un escalofrío.

Salió de prisa a buscar carbón. El viento formaba un embudo cerca de la puerta de la carbonera y le levantaba las puntas del echarpe. Se preguntó cuánto faltaría para la primera nevada. Volvió a entrar y, sin quitarse los mitones, cargó la estufa; en la escuela vacía, el estrépito de las tapas y la cubierta tenían un sonido fantasmal. Por último, a desgana, volvió al guardarropa y se encontró con que en la cazuela de agua se había formado un disco de hielo. Lo quitó y volvió afuera, a la bomba, notando otra vez la enorme diferencia entre desarrollar esas tareas una soleada mañana otoñal y en esa, lúgubre, de preludio del invierno.

Cuando llegó Kristian, se alborozó de contar con su compañía. Entre los dos llevaron la mesa con el recipiente de agua al rincón del fondo, en el aula principal. Él y otros niños llevaron patatas y las colocaron en la reja de la estufa, donde se asarían para el almuerzo y, hacia media mañana, la fragancia invadía el salón. A la hora del recreo, sólo la mitad de los alumnos optaron por salir al patio. La otra mitad se ocupó de dar la vuelta a las patatas y se dedicó a conversar o a dibujar en la pizarra.

Esa tarde en el camino de regreso caían unos copos de nieve secos y duros. La hierba parda de la zanja se estremecía y parecía acurrucarse, preparándose para su refugio invernal. Las nubes tenían un aspecto amenazador y cabrilleaban más rápido cruzando el cielo de pizarra, con sus pangas oscuras y pesadas.

Al entrar en el patio descubrió que la carreta comedor de Isabelle Lawler ya no estaba. Miró alrededor, pero tampoco se veía a ninguno de los peones contratados. Supo, entonces, que se habían marchado y no regresarían hasta el año siguiente.

La casa estaba en silencio.

– ¡Nissa! -llamó. Nadie respondió-. ¡Kristian!-La cocina estaba tibia y olía a cerdo asado y a calabaza nueva, pero lo único que se oía era el viento zumbando, lúgubre, afuera-. ¡Nissa! -llamó de nuevo, asomándose a la sala del frente, pero también estaba vacía.

Cautelosa, espió en el dormitorio de Nissa. Estaba a oscuras y desocupado, el cobertor metido pulcramente bajo las almohadas y todo en perfecto orden. Sobre el tocador había una galería de retratos: los hijos cuando eran bebés recién nacidos, en la época en que empezaban a caminar y de niños; en ocasión de las confirmaciones, con Biblias en la mano; el día de la boda, con sus esposas, rígidas, junto a ellos. Sin ser consciente de lo que hacía, Linnea se acercó a la cómoda y se inclinó para verlas más de cerca.

Allí estaba Theodore con su novia. Tenía el cabello muy corto y un semblante casi infantil en su delgadez. El cuello tenía la mitad del ancho actual y la oreja izquierda se doblaba un poco en la punta. Era curioso que no lo hubiese notado antes.

Los ojos de la muchacha se posaron sobre la imagen de la mujer sentada, erguida, en una silla de respaldo recto frente a él. Tenía un rostro sereno y delicado como un capullo de violeta. Los ojos eran muy bellos y los labios eran de esa clase que -supuso Linnea- a los hombres les parecían tiernos y vulnerables.

"Así que tú eres Melinda." Contempló el hermoso rostro un momento más. "Aquí no se habla mucho de ti, ¿lo sabías?"

En consonancia con el día, se estremeció y salió de la habitación retrocediendo. Se detuvo mirando la puerta del dormitorio vecino. A diferencia de la de Nissa, que estaba abierta de par en par, esa estaba apenas entreabierta. Nunca había visto qué había tras ella.

– Theodore -llamó con suavidad. La puerta estaba pintada de color crudo, como todo el resto de la madera de la casa y tenía un diseño doble de cruz y un pomo de porcelana blanca con un escudo negro- ¡Hola!

Apoyó las yemas de los dedos y empujó. La puerta se abrió sin ruido: como hacía con todo Theodore aceitaba con regularidad los goznes. Sintiendo culpa y curiosidad a la vez, miró. Era un cuarto más desolado que el anterior. Daba la impresión de que el mismo Theodore había hecho la cama esa mañana. El cobertor estaba extendido, pero no metido bajo la almohada como habría hecho una mujer. No había armario, sino una tabla con ganchos sobre una pared, de donde colgaba en una percha el traje negro de los domingos y la bata de trabajo de los tirantes. Sobre el suelo, las mejores botas, una al lado de la otra como negretas durmiendo. Contemplándolas la recorrió una oleada de culpa: había algo demasiado personal en los zapatos abandonados. Apartó la vista.

El papel de las paredes era floreado y estaba desteñido. Junto a la mesilla de noche había un diminuto taburete con una cubierta bordada en lana, que debió de haber pertenecido a Melinda. Tenía el aspecto de un objeto del agrado de una tímida violeta como ella. En el dormitorio en penumbra, trascendía un aire triste, fuera de lugar, como si aguardase el regreso de la mujer que se había ido para siempre.

Sobre el tocador de frente abombado había una fotografía de marco oval, como esas que suelen colgarse de la pared. Como estaba en un ángulo visual muy cerrado, Linnea se acercó. Era Melinda, otra vez, pero más hermosa-si eso era posible-que en la foto de la boda. El retrato atrajo las manos de Linnea. Lo levantó y tocó el cristal convexo. Esos ojos melancólicos, esa subyugante exquisitez… Melinda era muy joven cuando le fue tomada la fotografía: por lo menos, tanto como lo era ella en ese momento. Comprenderlo la entristeció y lamentó los años transcurridos desde entonces y su propia juventud, que hubiese cedido con gusto si con eso lograba que Theodore la mirase una sola vez como habría mirado a esa mujer.

Suspiró y volvió a dejar el retrato en el sitio exacto donde estaba.

Echó otra mirada a la cama ancha y luego salió furtivamente del cuarto, dejando la puerta tal como la encontrara.

La casa estaba solitaria y de repente supo que no quería estar sin los demás. Quería encontrarlos y sacudirse los efectos de ese clima lúgubre, de las fotos y de la sensación de abandono que envolvía a toda la granja. Se envolvió la bufanda de lana bajo la barbilla y fue hacia la puerta.

Confirmó que la carreta comedor se había ido. Qué raro que la echase de menos, pese a los celos que le despertaba Isabelle Lawler. Sólo quedaban los arbustos ataviados únicamente con sus vainas en forma de banana que chocaban entre sí, solitarias, empujadas por el viento. No era la carreta lo que echaba de menos sino la temporada que representaba. ¿Qué había entre Theodore e Isabelle? Si había algo, ¿cómo podía atraerlo una mujer tan diametralmente opuesta a Melinda?

Cuando se volvió y divisó tres diminutas figuras en un corral, el viento le apretaba el abrigo contra la parte de atrás de las piernas. Desde ahí distinguió a Theodore, Kristian y Nissa. ¿Qué hacían ahí, junto a los caballos? Se arrebujó mejor en el echarpe y atravesó el viento, agitado desde el Noroeste por el Saskatchewan. Al parecer, todos los caballos de Theodore estaban reunidos en un sitio, con las colas levantadas como salpicaduras de mar, y se removían inquietos. A medida que se acercaba, vio que Theodore acariciaba la ancha nariz moteada de una yegua llamada FIy.

– ¿Pasa algo malo? -preguntó, alzando la voz.

Los tres se volvieron y Kristian respondió:

– No, sólo estamos despidiéndonos.

– ¿Despidiéndose?

Perpleja, miró de hito en hito las caras.

– Este es el día en que soltamos a los caballos. La cosecha ha terminado. La cuadrilla se ha marchado -explicó Nissa.

– ¿Soltarlos?

– Sí.

– ¿Y adonde van?

– A campo abierto.

– ¿A campo abierto? ¿O sea que, sencillamente, los dejan libres?

– ¿Cómo pueden hacer eso? Cuestan mucho dinero.

Esa vez, el que respondió fue Theodore:

– Hace años que lo hacemos. Siempre vuelven en primavera, como guiados por un mecanismo de relojería, cuando llega el momento de arar los campos.

En el rostro de la muchacha se reflejó el asombro.

– ¿Y cómo saben cuándo es?

Theodore se apartó para que FIy no lo lastimara cuando movió la poderosa cabeza y sacudió la melena.

– Son sabios. Saben a dónde pertenecen y cuál es su tarea.

– Pero ¿por qué soltarlos?

– Para ahorrar alimento. Cuando llegue la primavera, volverán gordos y saludables.

– ¿Y nunca han perdido ninguno?

– Nunca.

Linnea vio cómo los tres Westgaard, cada uno a su turno, rascaban la nariz de FIy y percibió la contenida tristeza que había en esos adioses. Pensó en la confianza que requería soltar a las bestias que representaban para ellos su modo de ganarse la vida.

– ¿Tienen que irse todos?

– Todos menos los viejos Cub y Toots -respondió Theodore-. Los conservo todos los inviernos, tal como hacía mi padre. Necesito un modo de ir al pueblo y a la iglesia. Parece que siempre saben que van a quedarse y se ponen un poco tristes.

Había doce caballos en el corral. Se movían sin cesar, agitando las cabezas y relinchando en el viento, al tiempo que Cub y Toots metían las narices sobre la cerca del corral vecino donde estaban confinados. Un robusto macho llamado Chief hacía cabriolas alrededor de la manada; luego retrocedió y relinchó como reclamándole a Theodore que no demorase la liberación.

– Creo que están impacientándose. Saben lo que va a suceder. -Theodore aferró el freno de FIy-. ¿No es cierto, muchacha? -Miró a Kristian-. Bueno, supongo que será mejor hacerlo, ¿eh, hijo?

– Creo que sí.

Linnea se acercó a Nissa y observó cómo los hombres se movían entre los caballos, quitándoles las bridas. Los animales sacudieron las cabezas y se ponían cada vez más inquietos a medida que se acercaba el instante de la liberación.

– ¿Quieres dejarlos salir? -le preguntó el padre al hijo.

Sin responder, Kristian dejó las bridas sobre el brazo de Theodore y este se acercó al otro lado de Linnea.

Miraron en silencio cómo Kristian abría el portón en el extremo más alejado del corral, daba la vuelta a la manada y agitaba los brazos, lanzando un agudo silbido entre dientes. El sonido perforó la tarde acerada e hizo alzarse doce pares de orejas equinas. Por un fugaz instante, los animales quedaron inmóviles, atrapados contra el turbio cielo plomizo que parecía encarnar sus estados de ánimo. Linnea se estremeció ante el espectáculo.

Era uno de esos momentos de claridad meridiana, un hueco al margen de su vida que se grabaría para siempre en la memoria en toda su riqueza y realismo, como el momento real en que sucedían. Theodore a su izquierda, Nissa a su derecha, Kristian con la manada, los diminutos mordiscos de la nieve derritiéndosele en la piel, los caballos pateando con las narices dilatadas. La escena trascendía una áspera belleza, que la hizo tragar con dificultad.

Luego los caballos se pusieron en movimiento. Transpusieron el portón hacia la libertad y sólo eran colas, grupas, músculos flexibles. El retumbo de sus cascos le llegó a través de la suela de los zapatos. Cub y Toots trotaron hasta la parte más lejana de la cerca, con las cabezas altas, relinchando como si dijeran:

– ¡Espérennos!

Corrieron a lo largo de la cerca en una y otra dirección, trompeteando desasosegados.

Ahí, entre Nissa y Theodore, tan cerca que sus hombros casi se rozaban, Linnea se abrazó. No hacía frío. Era la simpatía que sentía en ese instante hacia los tres Westgaard, Nunca se había puesto a pensar en el vínculo de sentimientos que existía entre un granjero y sus animales que lo alimentaban, lo vestían, lo resguardaban del peligro, y en ese instante lo sintió con intensidad. Era bello… triste y punzante.

Adiós, caballos. Cuidaos.

Se inclinó hacia delante y apretó el brazo de Theodore. Él no se movió ni devolvió el gesto, sino que se quedó con las manos en los bolsillos, viendo galopar a los caballos, alejándose hacia ese mundo invernal de libertad.

– ¿A dónde irán? -preguntó la muchacha en voz queda.

– Primero hasta los confines, probablemente a lo largo del arroyo. Allí dejamos crecer heno salvaje y dejamos sin cortar una cosecha de mijo.

– ¿Y después?

Theodore se encogió de hombros.

– ¿Cuan lejos cree que llegan?

– Catorce, dieciséis kilómetros, más o menos. Hay mucha tierra del gobierno y sectores pertenecientes a la escuela, además de la tierra que dejamos sin cercar.

– ¿Está seguro de que tendrán suficiente alimento?

Theodore le miró la cabeza. El rojo echarpe estaba anudado dos veces bajo la barbilla y acentuaba más que nunca su aire infantil. Pero su preocupación brotaba del corazón y le daba un aire mucho más adulto que el de él mismo. Pensó otra vez en el maravilloso don de Linnea para encontrar belleza en cosas que los demás daban por ciertas. Qué diferente era de Melinda.

Linnea levantó la vista y se encontró con que Theodore la contemplaba y entonces los dos volvieron a mirar a los caballos que corrían.

– Tendrán suficiente. Cuando se terminen el heno y el mijo, comerán los tocones que dejamos en los campos.

– Parecería que tuviesen frío, ¿no?

– No se preocupe por ellos. Van en busca de los otros y se juntarán treinta o más en una manada. Cuando llegan las ventiscas, se acurrucan en la cañada y se aprietan entre sí para conservar el calor.

De pronto, Linnea cobró conciencia de que tenía el brazo apretado y contra el de Theodore, Él también lo advirtió y no se apartó.

– ¿Los veremos alguna vez, antes de la primavera? -preguntó la muchacha.

– Tal vez los veamos, de vez en cuando. Son un espectáculo, con sus pieles hirsutas, retozando en la nieve en una tarde gris y ventosa como esta. La única diferencia es que el suelo estará todo blanco y no podrá distinguirse más que por el remolino que dejan a su paso. No hay nada más bello.

Al oírlo, Linnea alzó la vista y Theodore la bajó hacia ella. Otra vez sintieron la atracción, fuerte, innegable, primitiva. Linnea recordó a la mujer cuyo retrato él conservaba en el tocador y se preguntó qué haría falta para que la olvidara y no la sacara nunca más. Él pensó en lo grato que le resultaba el calor de ella a través de la manga de la chaqueta, y comprendió que ahí, ese día, compartían un sentimiento que iba más allá de cualquier cosa que hubiese compartido jamás con Melinda.

Entonces los dos advirtieron la presencia de Nissa y se apartaron. Volvieron la vista al horizonte, pero los caballos ya habían desaparecido.