/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Promesas

Lavyrle Spencer

Emily Walcott es una jovencita voluntariosa y temperamental, así como una hija obediente y dispuesta a acatar el futuro que sus padres han decidido para ella. Su vida en Sheridan transcurre plácidamente entre la herrería de su padre y los libros de veterinaria, carrera a la que dedica toda su pasión. Charles, amigo de la infancia y futuro esposo, no parece despertar en ella más que un sentimiento de afecto fraternal. Tom Jeffcoat, un joven emprendedor y apuesto, llega a la población con el fin de instalar una herrería, convirtiéndose así en competidor del señor Walcott. Su sola presencia provoca en Emily verdadero fastidio. Ambos librarán una feroz batalla en la que el rechazo acabará dando lugar a una pasión desenfrenada que les arrojará a un abismo insondable. Tan insondable como sus propios sentimientos. La sociedad victoriana de finales del siglo pasado, con sus debilidades y defectos, es el escenario que la autora elige para sus personajes, describiendo la vida de la época en un pueblo del pujante oeste norteamericano.

LaVyrle Spencer

Promesas

Título original: VOWS

Traducción: Ana Mazía

Este libro está dedicado a los numerosos bibliotecarios que me ayudaron a lo largo de años y, en especial, a Nita Foster y Ardis Wiley, del Hennepin County Library System, que siempre encontraron el material de investigación que yo necesitaba. Doy las gracias también a Patty Myers, de la Johnson County Library de Buffalo, Wyoming, y al equipo de la Sheridan County Fulmer Public Library de Sheridan, Wyoming, por su especial ayuda con este libro.

Nota de la autora

Los lectores que conozcan Sheridan y Buffalo descubrirán que me he tomado ciertas libertades con la historia de esas ciudades. En realidad, la calle principal de Sheridan no fue construida como la he descrito ni tenía casas victorianas tan elegantes como las que aparecen en el relato; no fueron erigidas hasta fines de siglo. En 1888, Mukers y Mathers aún no tenían la ferretería y, por supuesto, tampoco existía el Mint Saloon. Pero el relato exigía ciertos puntos de referencia y, por eso, pido disculpas por adaptar las fechas a mi historia.

L. S.

Capítulo 1

Territorio de Wyoming, 1888

Tom Jeffcoat cambió de posición en el duro asiento de la carreta, parpadeó dos veces y miró hacia el norte. Bajo el ala del polvoriento Stetson castaño, entrecerró los ojos hasta distinguir el contorno borroso de la ciudad. Sintió un espasmo en la boca del estómago: ¡por fin Sheridan, en el territorio de Wyoming! Y, con un mínimo de buena suerte, un baño, una cama verdadera y la primera cena caliente en dieciocho días.

Chasqueó la lengua azuzando a los caballos, que aceleraron el paso.

Desde unos kilómetros de distancia, el pueblo era apenas un lunar en la mandíbula del valle fértil y ancho, pero el asentamiento parecía tan bello como prometía el anuncio. Adornado de lozana hierba azul, típica de la zona, se acurrucaba en el punto en que los Big Horns se encontraban con el amplio valle de Goose Creek, donde se unían las corrientes del Big y el Little Goose. Las orillas de ambos arroyos estaban claramente delimitadas por una línea ondulante de sauces y álamos. Como el verano estaba empezando, estos últimos esparcían sus semillas en copos algodonosos que parecían una flotilla blanca sobre las aguas.

Pero eran las montañas las que aportaban grandeza: coronadas de nieve, veladas de azul, se elevaban como los nudillos de un puño apretado que contuviese a las Rocallosas en el oeste. Esas montañas se habían convertido en viejas amigas de Jeffcoat, siempre sobre su hombro izquierdo durante el largo viaje desde Rock Springs. Ya las amaba: las Big Horns, majestuosas gigantes vestidas allá en lo alto, con el telón de fondo azulado de los cedros de las Rocosas y que se resolvían en las laderas, en todos los matices concebibles de verde. Esas laderas ondulaban como una gigantesca falda fruncida y entre sus pliegues aterciopelados anidaba su nuevo hogar: Sheridan.

"Al Oeste de las preocupaciones", proclamaba el anuncio, "donde no hace calor, no hay polvo y las noches siempre son frescas."

Bueno, veremos.

A medida que se acercaba a la ciudad, iban cobrando forma los edificios, luego una calle… ¡no, por Dios, calles no! Un damero que se extendía recto y amplio, con los nombres en carteles de madera: Perkins, Whitney, Burkitt, Works, Loucks y la más ancha, Main, por la cual entró. En el corazón de la ciudad, los arroyos serpenteaban juntos cortando las calles en avenidas breves y oblicuas. En las laterales, vio casas, en su mayoría hechas de troncos pelados, con tejados en ángulo agudo para que la nieve se deslizara. Muchas parcelas estaban rodeadas de líneas demarcatorias: cercas de estacas puntiagudas, postes, dependencias en los lindes traseros de las propiedades, huertas recién plantadas y setos de flores. Al entrar en el distrito comercial, aminoró la marcha de los caballos para inspeccionar tranquilo los alrededores. Debía de haber unas cincuenta construcciones; las aceras de madera tenían la antigüedad suficiente para estar gastadas pero no combadas y vio una buena cantidad de negocios establecidos: un hotel, carnicería, barbería, botica, un bufete de abogados, varias tiendas, la oficina de un periódico y los inevitables saloons que atendían a los vaqueros que llegaban trayendo el ganado por Bozeman Trail, en el mismo trayecto que él acababa de recorrer. Estaban el Star, el Mint y uno llamado Silver Spur, junto al cual había un corral con media docena de alces salvajes. Unos cuantos vaqueros estaban practicando con lazos y las carcajadas de los hombres mezclados con los mugidos de las bestias hizo sonreír a Jeffcoat.

Más adelante, pasó ante otras señales de progreso: un edificio cuyas puertas dobles estaban abiertas de, par en par y mostraban una bomba para incendios, con resplandecientes abrazaderas de bronce; una casa en la que se veía el siguiente anuncio: L. D. Steele, Médico; una escuela (sin duda, habiendo una escuela irían colonos a establecerse); y una tienda de arneses y zapatos a la que Jeffcoat prestó especial atención.

En un momento dado, llegó a un arroyo sin puente, hinchado con los deshielos de primavera, donde un individuo delgado, de pantalones abombados y botas a la rodilla llenaba de agua la carreta con un cubo al extremo de un palo largo. A un costado del tambor de hojalata estaba pintado el siguiente anuncio: Agua fresca. Se entrega todos los días. 25 centavos el barril, 5 barriles por $1, Servicio de Agua burbujeante de Andrew Dehart.

– ¡Eh, hola! -gritó Jeffcoat, tirando de las riendas.

El hombre interrumpió la tarea y se volvió:

– ¡Hola!

Tenía barba hirsuta y nariz ganchuda que sonó sin ayuda de ningún pañuelo, arrojando el producto a la hierba, primero a la izquierda, luego a la derecha.

– ¿Qué arroyo es este, Big Goose o Little Goose?

– Big Goose. Por aquí le decimos, simplemente, Goose. ¿Es nuevo en el pueblo?

– Sí, señor. He llegado hace cinco minutos.

– Bien, ¿cómo está? Me llamo Andrew Dehart.

Hizo un gesto hacia el letrero de la carreta de agua.

– Y yo, Tom Jeffcoat.

– Si necesita agua, yo soy el hombre al que tiene que ver. ¿Se quedará?

– Sí, señor, esa es mi intención.

– ¿Tiene alojamiento?

– Todavía no.

– Bien, ha pasado usted ante el único hotel, el Windsor, por allá. Y Ed Walcott tiene el establo. Dé la vuelta en Grinnell.

– Gracias, señor Dehart.

Dehart lo saludó con la mano y, al tiempo que se daba la vuelta para continuar el trabajo, le dijo en voz alta:

– ¡Aquí siempre es bienvenida la sangre nueva!

Al parecer, ese arroyo marcaba el final de la zona comercial. Más allá, casi todo eran casas, de modo que Jeffcoat cambió de dirección y regresó por donde había llegado.

Encontró Grinnell sin ningún problema y un gran cobertizo sin pintar con el tejado en forma de tienda de campaña, las puertas abiertas de par en par y un notable cartel colgado alto, encima de la portilla del heno, donde decía: Establo Walcott. Alojamiento diurno y nocturno de caballos. Se alquilan arreos. Dobló por Grinnell para echar un vistazo.

En un corral al costado del edificio, media docena de caballos de aspecto saludable dormitaban al sol de las dos de la tarde, con los hocicos rozando la pared. En un extremo alejado había un pozo con herraduras desechadas rodeado de una fila de álamos torcidos, que proyectaban un retazo de sombra sobre la calle, por encima de la barra de atar las cabalgaduras. El cobertizo mismo era una construcción inmensa, abierto, construido con tablas verticales gastadas por el tiempo y con puertas dobles corredizas en ambos extremos, que permanecían abiertas.

Jeffcoat prefirió el riel de atar sombreado a la derecha, en lugar del soleado, a la izquierda, y pasó por la puerta abierta, distinguiendo la silueta de un hombre que trabajaba herrando a un caballo, enmarcado con claridad en la construcción abierta.

Su competidor.

Se detuvo en la sombra, enrolló las riendas en torno del asa del freno, se apeó y, con los puños sobre las orejas, flexionó la cintura. Sentía la piel tensa como el cuero de un tambor. Soltó una gran bocanada de aire y saltó de lado. Se detuvo junto a la gran puerta sur del establo y escudriñó el interior. Era como un túnel de ferrocarril, oscuro y fresco por dentro, e iluminado en los extremos. En el más alejado, el sujeto seguía trabajando, de cara a la puerta contraria, con el casco de un gran potro zaino sobre el regazo.

Mientras se acercaba, Jeffcoat observó al caballo y al hombre. El animal tenía hocico corto, pecho ancho y era alto. Al examinarlo más de cerca, vio que el hombre no era tal sino un muchacho flaco y menudo vestido con gastados pantalones azules, una camisa roja desteñida, tirantes negros, un delantal de cuero hasta los tobillos y una gorra blanda de lana marrón, con un botón en la coronilla.

Al acercarse Jeffcoat, el zaino relinchó, bajó la pata delantera y topeteó al muchacho con la barriga, torciéndole la gorra.

– ¡Maldito seas, Sergeant, saco de huesos, pedazo de mocoso! ¡Quédate quieto! -El muchacho le dio un golpe al animal en el hombro y se enderezó la gorra de un manotazo-. ¡Si vuelves a hacer eso, dejaré que te cures tú solo esta miserable grieta!

Atrapó con una mano la pata delantera, la colocó sobre su regazo y volvió a tomar el punzón para tratar el casco.

Jeffcoat sonrió, pues el animal sobrepasaba el peso del muchacho en unos cientos de kilos. Pero, pese a su juventud, el chico sabía lo que estaba haciendo. Las grietas de miembros de animales no podían tomarse a broma.

– Muchacho, ¿tú estás a cargo aquí?

Emily Walcott dejó caer el casco de Sergeant y se dio la vuelta, indignada. Paseó la mirada de expresión disgustada sobre el joven moreno, al que le hacía falta un afeitado y las mangas de la camisa: alguien se las había arrancado de los hombros. Examinó los brazos desnudos, los pantalones polvorientos, la cara con patillas con mirada socarrona y contestó, sardónica:

– Sí, señora, seguro.

Jeffcoat se quitó el sombrero:

– Oh… me he equivocado. Pensé que…

– ¡No importa lo que pensó! Puedo pasar sin oírlo otra vez. ¡Y, después de eso, no se moleste en quitarse el sombrero!

Era delgada como un látigo y más o menos de la misma forma, de unos diecisiete años, toda ojos azules, labios apretados y mejillas encendidas de indignación. Jeffcoat, que nunca había visto a una mujer en pantalones, se quedó atónito.

– Le ruego que me disculpe, señora.

– Soy señorita y no se moleste en pedirme disculpas. -Arrojó a un lado el punzón-. ¿En qué puedo servirlo?

– Ahí afuera tengo una yunta de animales hambrientos que necesitan hospedaje.

En ese preciso momento, a Sergeant se le ocurrió estirar el cuello, capturar la gorra de la señorita Walcott y comenzar a mordisquearla.

– ¡Maldito sea tu pellejo, Sergeant, dame eso! -Se la quitó de un tirón, la secó en los pantalones y la revisó, malhumorada, mientras el cabello negro le caía en mechones, sostenido a medias por peinetas-. ¡Mira lo que has hecho, maldito! ¡Lo has agujereado!

Jeffcoat se esforzó mucho por ocultar una sonrisa.

– Tendría que amarrarlo con dos cuerdas cortas, en vez de una, para que no pueda hacer eso.

Emily lo miró con malicia mientras se encasquetaba la gorra, metía el cabello dentro y la inclinaba hacia la oreja izquierda de modo que la breve visera caía en ángulo sobre las cejas negras de expresión enfadada. Con la gorra puesta, cubierta hasta el cuello por el sucio delantal de cuero, tenía más aspecto de muchacho que nunca.

– Gracias, lo recordaré -respondió, sarcástica, enfilando hacia la calle, con el delantal golpeándole los talones a cada paso que daba-. ¿Qué quiere, alojarlos solamente? Eso cuesta un dólar por noche, incluyendo el heno. El postre es aparte. Dos monedas por una ración extra de avena. Almohazarlos, otras dos. Si los guarda afuera, en el corral, se ahorrará diez centavos. -Llegó junto a la yunta y se volvió, pero Jeffcoat no la había seguido-. ¡Eh, señor, vociferó, tengo cosas que hacer! -Puso los brazos en jarras y tamborileó, impaciente, con los dedos sobre el delantal de cuero-. ¿Dónde quiere dejarlos? ¿Adentro o afuera? -Como no obtuvo respuesta, asomó la cabeza por la puerta y gritó a voz en cuello-: ¡Eh! ¿Qué diablos está haciendo? -y entró a zancadas con los puños balanceándose a los lados como badajos de campanas.

– Esta no es una grieta, es una fisura -dijo el aludido, examinando la pata de Sergeant como si fuese el dueño del lugar-. Necesitaría una herradura de tres cuartos, o quizás hasta una placa de cobre para que presione la horquilla y las paredes del casco, si no quiere que quede cojo para siempre. Tal vez serviría un remache.

– Yo atenderé a mis propios caballos, si no le importa -replicó con acritud, desatando la cuerda de Sergeant y conduciéndolo a un pesebre.

¿Quién diablos se creerá que es, que puede venir aquí a darme consejos? No es más que un sucio vaquero sin mangas siquiera, metiéndose en un establo ajeno y barbotando como un geiser, y yo sé todo lo que hay que saber sobre el cuidado de cascos. ¡Todo!

Pero Emily Walcott ardía de indignación porque sabía que el extraño tenía razón: tendría que haber utilizado dos trozos de cuerda, pero tenía demasiada prisa.

Al salir del pesebre, no dedicó al desconocido más que una mirada fugaz y lo dejó atrás.

– Aquí alojamos caballos. Los alimentamos, los almohazamos, les damos agua y los enjaezamos, y alquilamos arreos de montar. ¡Pero lo que no hacemos es permitir que un mozo de cuadra de poca monta quiera hacer su aprendizaje con nuestros animales!

Para azoramiento de Emily, cuando pasó junto al hombre este estalló en carcajadas. Se dio la vuelta con mirada asesina y las comisuras de la boca caídas como si estuviesen atadas a sus zapatos.

– Señor, no tengo tiempo para perderlo con usted. Tal vez con sus caballos, si habla rápido. Y bien, ¿los deja adentro o afuera? ¿Heno o avena?

– ¿Mozo de cuadra de poca monta? -logró decir, todavía riendo.

– Está bien, como quiera. -Obstinada, cambió de dirección dirigiéndose hacia una compuerta que daba al henil y pasó junto al hombre con expresión hostil-. Lo siento, estamos completos -le advirtió con sequedad-. Pruebe en Rock Springs. Está a unos pocos kilómetros, en esa dirección. -Hizo un ademán con el pulgar hacia el sur.

Rock Springs estaba a más de quinientos sesenta kilómetros y había tardado dieciocho días en cubrirlos. La muchacha comenzó a subir la escalera hasta que una mano aferró una de sus gastadas botas de vaquero que olían a caballo.

– ¡Eh, espere un minuto!

La bota se salió y quedó en la mano de Jeffcoat.

Tan sorprendido como ella, se quedó mirando con la boca abierta el pie descalzo, con el tobillo sucio y briznas de heno pegadas a la piel, y pensando que era la presentación más extraña que había tenido con un miembro del sexo opuesto. En el lugar del que provenía, las damas usaban vestidos de algodón con enaguas de trencillas y delantales blancos almidonados, en vez de los de cuero, y sombreros de paja en vez de gorras de muchacho, y delicados zapatos abotonados pero no botas de vaquero con estiércol pegado. Y medias largas… delicadas medias de hilo de Escocia que ningún caballero veía jamás. Sin embargo, ahí estaba, contemplando fijamente el pie descalzo.

– Oh, lo… lo siento, señorita, lo siento mucho.

La vio bajar y volverse, rígida, con un rostro tan encendido como un amanecer de verano.

– ¿Le ha dicho alguien que es usted un dolor brutal, infernal en el trasero?

Le arrebató la bota, volcó un balde esmaltado y se sentó sobre él para calzarse. Antes de que pudiese hacerlo, el hombre se la quitó de la mano y se apoyó sobre una rodilla para hacer los honores.

– Permítame, señorita. Y para responder a su pregunta sí, mi madre, mi abuela, mi novia y mis maestras. Al parecer, toda mi vida he tenido la virtud de irritar a las mujeres, aunque nunca he sabido por qué. Nunca he hecho algo como esto, ¿y usted?

Sostuvo la bota en posición.

Emily sintió que todo su cuerpo se sonrojaba, desde los pies sucios hasta la gorra del hermano. Le quitó la bota y se la calzó ella misma.

Sonriente, sin dejar de observarla, Jeffcoat respondió, a destiempo:

– Avena, por favor, y albérguelos adentro y cepíllelos, también. ¿Tengo que pagar por adelantado?

– ¡He dicho que estamos completos! -Se levantó de un salto, lo eludió con un giro cargado de rabia y subió al altillo-. ¡Vaya a resolver su asunto en cualquier otro lado!

El hombre miró hacia arriba, pero no vio otra cosa que vigas y motas de polvo.

– Lo siento, señora. En verdad lo lamento.

Un montón de heno le aterrizó en la cabeza. Se dobló hacia adelante, resoplando y estornudando.

– ¡Eh, mire lo que hace! -Oyó las pistolas que golpeaban en lo alto y el arrastrar de las botas por el suelo del desván. Apareció otra horquilla con heno y retrocedió, al tiempo que gritaba-: ¿Puedo dejar los caballos o no?

– ¡No!

– ¡Pero este es el único establo del pueblo!

– ¡He dicho que no hay más lugar!

– ¡No es cierto!

– ¡Sí, lo es!

– Si es por el pie descalzo, ya le he dicho que lo lamento. Y ahora, baje aquí, así podré pagarle.

– ¡Le repito que estamos completos! ¡Váyase!

Desde el extremo opuesto del cobertizo, Edwin escuchó la discusión con interés creciente. Vio al extraño con heno en el sombrero y en los hombros, vio que otra carga de la horquilla llovía desde la compuerta, oyó la mentira evidente de su hija y decidió que era hora de intervenir.

– ¿Qué está pasando aquí?

Se hizo silencio, sólo quebrado por el martillo de un herrero, en otro punto de la calle.

Jeffcoat se dio la vuelta y encontró a un hombre robusto enmarcado en la entrada, con los brazos en jarras, poderosos, asomando por las mangas enrolladas y el pelo del pecho por el cuello abierto de la camisa de franela roja desvaída. Los pantalones negros estaban metidos en unas botas a media pierna y unos tirantes a rayas enfatizaban su figura musculosa. Tenía el cabello negro revuelto, veteado de gris, un espeso bigote negro, ojos azules y una boca parecida a la de la muchacha.

– ¿En qué puedo ayudarlo, señor…?

Jeffcoat se sacudió el heno de los hombros y golpeó el sombrero contra el muslo. Se adelantó y extendió una mano:

– Tom Jeffcoat es mi nombre. Sí, hay algo en que puede ayudarme. Me gustaría dejar mis caballos unos días, si puedo.

– Me llamo Edwin Walcott. ¿Existe algún motivo por el que no debería dejarlos?

– No, que yo sepa, señor.

– ¿Qué es eso acerca de usted y el pie descalzo de mi hija?

– Ella estaba subiendo la escalera y yo, de manera accidental, tratando de detenerla, le quité una bota.

– ¡Emily! -Walcott torció la cabeza hacia el henil-. ¿Es eso cierto?

– Sí -exclamó, en tono obstinado.

– ¿Este sujeto intentó hacer algo que quieras contarme?

Emily dio un puntapié a un montón de heno y lo hizo revolotear, pero no respondió.

– ¿Emily?

Mortificada, fijó la vista en el heno, apretó la boca más fuerte que un nudo marinero y manoseó el pulido mango del tridente como si estuviese aplicando linimento a la pata de un caballo. Por fin, fue a zancadas hasta la compuerta del henil. Con los pies separados y rascando con los dientes del tridente en el suelo de pino, afrontó la mirada del padre vuelta hacia arriba.

– Vino aquí y se puso a parlotear sobre los caballos, y de cómo tendría que haber amarrado a Sergeant: se tomó la libertad de examinarle el casco y darme consejos sobre cómo curarlo. Me puso furiosa, eso es todo.

– ¿Y por eso has rechazado la transacción?

El orgullo la obligó a guardar silencio.

– No tuve intención de faltarle al respeto -interrumpió Jeffcoat, apaciguador-. Pero debo admitir que estuve provocándola, y cuando entré, cometí el error de creer que era un muchacho. Me parece que eso la irritó, señor.

Walcott se volvió y se mordió la parte interna del labio para no sonreír.

– Entre en la oficina. Ahí es donde hacemos negocios. ¿Cuántos días dejará a su yunta aquí?

En vez de seguirlo de inmediato, Jeffcoat se paró bajo la escalera y alzó la vista hacia la muchacha que lo miraba ceñuda, desde arriba.

– Seguro, una semana, quizá más.

Sabía, sin lugar a dudas, que la chica debía de tener ganas de lanzarle la horquilla a la cabeza. Pero permaneció quieta, aferrando el mango con ambas manos y mirándolo con odio silencioso.

– Buenas tardes, señorita Walcott -dijo con calma y, tras alzar el sombrero en señal de saludo, siguió al padre.

Walcott lo guió por una puerta hasta un cubículo adosado al costado este del cobertizo, un cuarto pequeño con suelo de hormigón irregular y ventanas con cuatro pequeños paneles de cristal, dos que daban a la calle y, las otras dos, al solar vacío. Al atardecer, la oficina debía ser luminosa pero en ese momento, a mitad de la tarde, estaba fresca y sombreada. Había un escritorio lleno de cicatrices al que le faltaba la cortina corrediza, con los compartimientos desbordantes de papeles sobre la tapa polvorienta, atestada de anillos de bridas, frenos acodados, clavos de herraduras, martillos para tachuelas, linimento de caballo y un plato blanco con unos guisantes verdes y un mendrugo de pan seco pegado en un charco de salsa coagulada. La silla estaba inclinada sobre sus ruedas, y el barniz se había saltado en el respaldo y los brazos. Contra la pared norte se desplomaba un sofá metálico con los resortes al aire, cubierto por una colchoneta de confección casera hecha de arpillera rellena, encima de la cual estaba tendida una manta de retazos de diversos colores, sobre la que dormía un gato de color miel. A la derecha de la puerta, una pequeña estufa panzona. De las paredes colgaba un sinfín de rarezas: trampas para castores, un programa de teatro, tarjetas de medicamentos, un anuncio del espectáculo del Salvaje Oeste de Buffalo Bill Cody, una colección de llaves de colleras de yugo, el programa del verano anterior del club profesional de béisbol de Philadelphia, un antiguo reloj de péndulo que marcaba lentamente las horas. La habitación olía a salsa de cebollas, linimento aromático, cereal y cáñamo. Este último provenía tal vez de una fila de bolsas de arpillera apoyadas contra la pared, a la izquierda de la puerta.

– Es comprensible que mi hija sea un poco susceptible cuando se la critica en relación con los caballos -comentó Walcott, sentándose y haciendo rodar la silla hacia el escritorio. Chocó con alguna irregularidad del suelo como una carreta sin resortes andando sobre un camino helado-. Ha estado con ellos toda su vida e intercambia correspondencia con un hombre de Cleveland llamado Barnum, que le enseña medicina veterinaria.

– ¿Una muchacha… médica veterinaria?

– Aquí hay muchos animales. Le resultará muy útil.

– ¿O sea que está estudiando por correspondencia? -preguntó, maravillado.

– Así es -confirmó Walcott, mientras tomaba una libreta de recibos y una pluma-. Ahora, llega con bastante regularidad, cinco veces por semana, casi todas las semanas, a caballo. Aquí tiene.

Giró en la silla y entregó a Jeffcoat un recibo por dos bayos con manchas blancas y una carreta de caja doble verde, bordeada de rojo. Walcott era un hombre prevenido: con los registros que llevaba, jamás lo acusarían de robar un caballo.

– ¿Le molestaría si le pregunto qué está haciendo en el pueblo, señor Jeffcoat?

Mientras guardaba el recibo en el bolsillo, respondió:

– En absoluto. Un hombre llamado J. D. Loucks puso un anuncio en el periódico de Springfield referido a este pueblo, y a lo que podía ofrecer a un hombre joven y emprendedor. Me pareció un sitio en el que me agradaría vivir, de modo que tomé el tren a Rock Springs, me aprovisioné allí e hice el resto del trayecto en carreta, y aquí estoy.

– Y aquí está, ¿para hacer qué?

– Pienso establecer un negocio y mi hogar aquí, en cuanto compre algo de tierra para hacerlo.

– Bueno -rió con suavidad el hombre mayor-. J. D. Loucks estará más que feliz de venderle cuantos terrenos quiera y en el pueblo hace falta más gente joven. ¿Cuál es su campo de trabajo?

Jeffcoat vaciló un instante antes de responder:

– Me dedico a la herrería. Me enseñó mi padre, en Springfield.

– ¿En Missouri o Illinois?

– Missouri.

– Missouri, ¿eh? Eso significa que debe de haber herrado muchos caballos que atravesaron este territorio de camino al Oregon Trail, ¿no es cierto?

– Sí, señor, así es.

– En este pueblo ya hay herrero, ¿sabe?

– Eso he visto. Anduve por las calles antes de detenerme aquí.

Edwin se levantó y abrió la marcha hacia la yunta, que aún esperaba afuera.

– Le diré algo que no es secreto para nadie en Sheridan. El viejo Pinnick podría hacer más y mejores trabajos. Pero pasa más tiempo en el Mint Saloon que en la forja, y si hubiese herrado bien a Sergeant, para empezar, no tendríamos que estar curándolo ahora.

– Con que Pinnick, ¿eh?

– Así se llama su competidor: Walter Pinnick. Es demasiado perezoso para colocar un cartel sobre la herrería y anunciarse. Se limita a dejar que el ruido del martillo atraiga a los clientes… cuando suena. -Afuera, en el sol, Walcott se interrumpió para escuchar y, por supuesto, el martilleo de antes había cesado-. El viejo Pinnick debe de haber tenido un ataque de sequedad en la garganta -concluyó en tono sarcástico, prosiguiendo luego hacia la yunta de animales.

Jeffcoat reflexionó un momento y llegó a la conclusión de que era mejor ser franco con ese hombre.

– Señor, quiero ser sincero con usted. Yo también he estado con caballos toda mi vida y pienso hacer algo más que herrar. Para decirle la verdad, tengo intenciones de abrir un establo para alojar caballos.

Walcott se detuvo con la mano en una brida y se volvió para mirar al joven. Dio la impresión de que el aire quedaba atrapado en su garganta y luego salía en un suave silbido.

– Bueno… -dijo, dejando caer la barbilla. Pensó un instante y luego alzó la vista riendo-. Me ha pillado por sorpresa, joven.

– Por lo que he visto y leído, creo que hay negocio suficiente para los dos en este pueblo. Pasan montones de vaqueros de Texas llevando rebaños o empezando con sus pequeños ranchos en la vecindad, ¿no es cierto? Y ahora que se otorga tierra para establecer colonos, están llegando inmigrantes también. Un valle como este tiene que atraerlos. Diablos, tiene más de ciento cincuenta kilómetros de ancho, por no hablar de la tierra apta para la cría de ovejas en las colinas que lo rodean. Creo que Loucks tiene razón. Pronto, este pueblo se convertirá en un centro comercial.

De nuevo, Walcott rió con amargura.

– Bueno, esperemos que así sea. Hasta ahora, el centro comercial de la zona parece ser Buffalo, pero estamos creciendo. -Se volvió hacia los caballos-. ¿Piensa dejar la carreta también?

– Si puedo…

– La pondré atrás, junto a la fosa de herraduras. Por la carga que lleva, parece que piensa construir de inmediato.

– En cuanto compre ese solar.

– Hallará la oficina de Loucks en la calle Smith. Pregunte a cualquiera y le indicarán.

– Gracias, señor Walcott.

– Llámame Edwin. Es un pueblo pequeño y solemos llamarnos por el nombre.

Jeffcoat le tendió la mano, aliviado de que hubiese reaccionado con calma ante las noticias.

– Gracias por su ayuda, Edwin, y puede llamarme Tom.

– De acuerdo, Tom. No sé si desearle buena suerte o no.

Al separarse, rieron, y Jeffcoat, sacando una bolsa de la carreta, alzó una mano en señal de saludo y le informó:

– Los caballos se llaman Liza y Rex.

Mientras veía alejarse a Tom Jeffcoat, Edwin sintió una fugaz punzada de envidia. Joven, no mayor de veinticinco años y aventurero, volando lejos, con toda la vida y las elecciones por delante en un territorio en el que la gente joven tenía garantizado el derecho de elegir por sí misma. Cuando él tenía esa edad, las cosas eran muy distintas. En aquella época, el futuro de un hombre con frecuencia estaba determinado por padres severos y autoritarios que planeaban su vida con la mejor de las intenciones, pero sin consultarlo. Lo planeaban todo, desde el modo en que se ganaría la vida hasta la mujer con quien se casaría, y Edwin había sido un hijo respetuoso y obediente. Se hizo palafrenero como su padre y se casó con la señorita Josephine Borley, con la que seguía respetuosamente casado. Pero había alguien a quien nunca había olvidado.

Aunque sucedió veintidós años atrás, todavía pensaba en ella. Fannie. Con sus ojos brillantes y su espíritu valeroso. Fannie, la prima de Josephine, tan diferente de ella como las brasas del carbón. Fannie, que en lugar de preguntar por qué, siempre preguntaba por qué no. Que a los diecisiete años luchó por el sufragio femenino, montó a horcajadas y fumó a escondidas con él y luego le exigió: "Bésame y dime si tengo sabor a humo". Fannie, de la que había huido en cuanto se casó, pues quedarse cerca de ella resultaba peligroso. Fannie, que heredó la fortuna de sus padres cuando estos murieron y la empleó para viajar y experimentar cosas que a la mayoría de las mujeres les parecían estrafalarias, hasta impropias. La última carta, escrita en su habitual estilo animado, informaba que había comprado una bicicleta Monarch y se había unido al Club del Ciclismo de Damas de North Shore, que planeaba hacer una salida de cuatro días desde Malden a Gloucester, Massachusetts, pernoctando en el Pavilion y en Essex House, paradas más breves en Marblehead Neck y Nahant, y atracciones tales como un almuerzo al aire libre sobre las rocas de Pigeon Cove y visitas a Rafe's Chasm y Norman's Woe.

Fannie, extravagante Fannie… ¿qué aspecto tendría ahora? ¿Sería feliz? ¿Estaría enamorada? Su vida estaba llena de acontecimientos poco comunes, de actitudes progresistas, liberales, pero nunca tuvo un marido. ¿Por qué? En esos veintidós años, ¿hubo alguien especial? Las cartas jamás mencionaban a ningún hombre, excepto en relación con alguna de sus actividades sociales. Pero Edwin nunca dejó de preguntarse si habría algún hombre en particular y nunca dejaría de hacerlo.

Sabía que era por el recuerdo de Fannie por lo que nunca se opuso a los extravagantes deseos de Emily. Emily era tan parecida a la Fannie que él recordaba que la amaba de modo incondicional y siempre tuvo la secreta esperanza de que fuese como ella: en parte rebelde, en parte hada, pero siempre mujer. Cuando su hija comenzó a merodear el establo y pidió permiso para ayudar con los caballos, Edwin accedió encantado. Cuando arregló un par de pantalones del padre y empezó a usarlos para estar en el cobertizo, no hizo comentarios. Cuando leyó en el periódico el anuncio del doctor Barnum sobre el curso de correspondencia en medicina veterinaria y pidió permiso para inscribirse, lo pagó con todo gusto.

Como su propia vida fue aplastada por progenitores que le impusieron su propia voluntad, al convertirse en padre se prometió que nunca les haría lo mismo a sus hijos.

Y en el presente, Emily tenía dieciocho años y era muy parecida a la antigua Fannie: decidida, usaba pantalones, se interesaba en actividades masculinas y escandalizaba a muchos.

Al volver junto a ella después de que Tom Jeffcoat se marchara, Edwin la encontró muy apaciguada. Estaba esperando en el corredor, entre los pesebres; dos de los recipientes para heno ya estaban llenos y sostenía las cuatro cuerdas de los caballos de Jeffcoat que Edwin llevó adentro, para después detenerse ante ella.

– Oh, papá, lo siento.

Se acercó a él y le abrazó el pecho con el gesto de quien está habituado a hacerlo a menudo. Con las riendas en las manos, lo único que pudo hacer Edwin fue apoyar la mejilla, con afecto, sobre la áspera gorra de lana.

– No pasa nada. De todos modos, hemos conseguido el negocio.

La muchacha retrocedió para contemplar la cara de su padre y vio en ella la sonrisa de perdón que esperaba.

– Sin embargo, sí me hizo enfadar al llamarme muchacho. ¿Acaso te parece que tengo aspecto de muchacho?

– Eeeh… -Con una semisonrisa, observó la gorra, el delantal, las botas-. Ahora que lo dices…

Emily intentó contener la sonrisa, pero al final no lo logró.

– Para serte sincera, papá, a veces no sé por qué te quiero tanto. -Le dio un cariñoso puñetazo juguetón, y se puso seria-. ¿Cómo está mamá?

– Descansando. No hace falta que te des prisa. Antes, ayúdame a atender a los caballos.

Comprendió que prefería el trabajo en el establo en lugar del cuidado de la enferma y el trabajo doméstico, y trataba de no abrumarla injustamente con las tareas de la casa que parecían no tener fin, pues Josephine, enferma, cada vez tenía menos capacidad de ocuparse de ellas. Percibió el alivio inconsciente de su hija cuando tomó las riendas con ansiedad, miró los ojos castaños de la yegua y preguntó:

– ¿Cómo se llama?

– Liza.

– ¿Y él?

– Rex.

– Ven, Liza, vamos a desensillarte y a cepillarte.

Trabajaron juntos, en amable compañía, sujetando a los caballos en el centro del corredor, quitándoles los arneses, limpiándoles la piel con suaves cepilladas, haciendo ascender el fecundo olor del sudor de los animales. Mientras frotaba el tibio pellejo húmedo de Liza, Emily preguntó:

– ¿Cuánto tiempo se quedarán estos dos?

– Una semana… quizá más.

– ¿Qué hará el dueño, entretanto?

Aunque había oído perfectamente el nombre de Jeffcoat, se negaba a pronunciarlo.

– Comprar un solar y construir.

Emily detuvo el movimiento.

– ¿Construir?

– Es herrero. Ha venido aquí a establecer su negocio.

– ¡Un herrero!

– En efecto, de modo que trata de llevarte bien con él, si puedes. Tal vez necesitemos de sus servicios más adelante, si resulta ser siquiera un cuarto más sobrio que Pinnick.

Volvió al cepillado, pero con más energía de la necesaria. Edwin echó un vistazo al semblante de su hija y lo vio ensombrecido por una expresión ceñuda mientras seguía empuñando el cepillo, que luego cambió por un peine de almohazar. Imaginando cómo reaccionaría ante el resto de las novedades, dijo con cautela:

– Eso no es todo.

Emily alzó con brusquedad la cabeza y las miradas de padre e hija se encontraron.

– ¿Qué más?

– Piensa herrar en su propio establo para alojar caballos.

Emily se quedó con la boca abierta.

– ¿Qué?

– Me has oído bien.

– Oh, papá…

El tono expresaba auténtico pesar. ¿Acaso no tenía su padre bastantes preocupaciones? Mamá enferma, todos esforzándose por reemplazarla en el hogar y trabajar doble aquí. ¡Y ahora esto! ¡Tuvo ganas de agarrar a J. D. Loucks, a su anuncio y al señor Tom Jeffcoat y tirarlos por un precipicio!

– Por lo menos ha sido honesto con eso -observó Edwin.

– ¿Qué remedio le quedaba si piensa construir algo tan grande como un establo?

– Este es un país libre y, por lo que sé, tal vez tenga razón. Es probable que haya suficiente negocio para los dos.

– ¿Dónde piensa construir? -preguntó, hostil.

– Yo sé tanto como tú.

Pero ninguno de los dos ignoraba que J. D. Loucks podría venderle el terreno que quisiera. El pueblo era suyo. Lo había comprado hacía siete años, demarcó una parcela de poco más de dieciséis hectáreas, dibujó un solar en un trozo de papel marrón de envolver y la Asamblea Territorial de Wyoming se lo adjudicó al año siguiente. Fue elegido alcalde, bautizó al pueblo en honor a su jefe en la Guerra Civil, el general Philip H. Sheridan, y se dedicó a tentar a personas jóvenes para que se instalaran allí.

Era un pueblo de hacendados. Loucks mismo lo hizo así, reconociendo el valor de las ricas tierras de pastoreo del valle y anticipándose a un próspero futuro que traerían los conductores de rebaños de ganado por el Bozeman Corridor, desde las agotadas tierras de Texas. El pueblo lo tenía todo: vastas extensiones de carbón blando a pocos kilómetros, los ondulantes Goose Creeks que surcaban el territorio de irregulares líneas oscuras, el segundo promedio de velocidad de viento más bajo de Estados Unidos y cientos de hectáreas vecinas de tierras indias que se abrieron al dominio público, pues habían concluido las guerras contra los indios.

Los tentadores anuncios que Loucks puso en los periódicos del este dieron resultados casi inmediatos. Como era de esperar, los primeros en venderse fueron los solares de la calle Main, la principal, que ya estaba llena de negocios, desde el hotel Windsor en el extremo sur, hasta el arroyo que la cortaba por el Norte. Todavía había terrenos disponibles en las calles laterales, como Grinnell.

– ¡Bueno, será mejor que se mantenga lejos de aquí! -refunfuñó Emily Walcott, mientras conducía al caballo de Jeffcoat a un pesebre-. No quisiera toparme con él más de lo imprescindible.

Pero resultó que se topó con él menos de una hora después. Se encaminaba hacia la casa para ver a su madre, mientras Jeffcoat y J. D. Loucks venían por la calle en el elegante coche Peerless de Loucks, evidentemente recorriendo el pueblo. Emily se detuvo en seco en mitad de la acera, al ver pasar a Loucks con su barba blanca, conduciendo su yunta de tordos. Con los labios apretados, echó una mirada furibunda al hombre que iba junto a él. Debió de haber ido al hotel a lavarse. Se había afeitado las patillas y llevaba una levita con mangas, el corbatín tenía un aspecto correcto sobre la pechera de la camisa blanca, limpia. ¡Pero la sonrisa del joven la hizo apretar los puños!

Jeffcoat se tocó el ala del sombrero y saludó a Emily con la cabeza, mientras esta sentía que se le coloreaban las mejillas. Dejó la vista clavada en ella hasta que el coche siguió adelante y pasó. Entonces, la muchacha reanudó sus zancadas furibundas y deseó haberle arrojado el tridente a la cabeza cuando tuvo ocasión.

Capítulo 2

El hogar de Emily Walcott era diferente de todos los que conocía. Siempre estaba desordenado; las comidas nunca estaban preparadas a tiempo; en ocasiones, se quedaban sin ropa limpia y a las lámparas de la chimenea siempre les hacía falta una limpieza. No siempre había sido así. Cuando la madre estaba sana, antes, mientras vivían en Philadelphia, la casa era alegre y estaba bien cuidada. Las cenas estaban listas a tiempo, la ropa lavada colgaba de la cuerda todos los lunes por la mañana y se planchaba los martes. Los miércoles era el turno de remendar, los jueves de las tareas sueltas, los viernes se horneaba pan y los sábados, limpieza general.

Entonces, la madre comenzó a sentirse mal y todo cambió. Al comienzo, no tuvieron muy en cuenta su fatiga. De hecho, todos se rieron y se burlaron de ella la primera vez que la encontraron descansando cuando tendría que haber estado sirviendo la cena sobre la mesa. La enfermedad avanzó de manera insidiosa, pasaron los meses y nadie atribuyó la pérdida de peso a nada fuera de lo común. Después de haber parido a sus dos hijos, siempre fue rolliza. A medida que los kilos se esfumaban y su figura se tornaba más esbelta y juvenil, su marido se sintió complacido y sus bromas la hacían ruborizarse. Pero luego comenzó la tos y las bromas se convirtieron en preocupación.

– Tienes que ver a un médico, Josephine -insistía Edwin.

– No es nada, Edwin, en serio -replicaba ella-. Sólo la vejez que se acerca.

Pero eso sucedía dos años atrás, cuando no tenía más que treinta y ocho años. Treinta y ocho, pero se marchitaba ante los ojos de su familia. La tos se hizo más áspera y frecuente, y la dejaba cada vez más débil, mientras su familia se convertía en testigo impotente.

Entonces, papá leyó el artículo acerca del éxito de un sombrerero de Philadelphia, John B. Stetson. Era joven cuando los médicos le anunciaron que tenía problemas pulmonares y le dieron pocos meses de vida. El joven Stetson decidió que existía una sola manera de demostrarles que el pronóstico estaba equivocado y comprendió que tenía que marcharse de la atestada ciudad llena de humo, estar al aire libre; marchó hacia el Lejano Oeste, que en aquel entonces significaba Missouri. Pero siguió más lejos aún, hasta Pike's Peak, cubriendo buena parte del trayecto a pie, durmiendo al aire libre, aceptando el clima como se presentara. A pesar de las situaciones duras del camino y del año que pasó como buscador de oro en lo alto de las Rocosas, su salud mejoró de manera notable. Regresó a Philadelphia con sólo cien dólares, producto de las búsquedas, pero con la salud más sólida de que había gozado jamás. Robusto y fuerte, John B. Stetson atribuyó al Oeste el mérito de haber sanado.

Con los cien dólares construyó un imperio sombrerero. Y en señal de eterna gratitud por su recuperación, enseñó a otros y los cuidó, transformándose en un partidario empecinado del aire fresco y el sol, y cuidando que en sus fábricas hubiese mucho de las dos cosas. Estaba demasiado ocupado para ir al médico y, cuando fue necesario, este se presentó en la oficina del propio Stetson. A continuación, empezó a llevar a la oficina a cualquiera de sus empleados que necesitara atención médica. Esta, como todas sus otras ideas, se agrandaban. Cuando los servicios de su propio médico resultaron insuficientes, requirió los de diferentes especialistas. Y llegó el día en que comprendió que, si quería escapar al desfile de médicos y empleados que circulaban constantemente por la oficina, tenía que organizar las cosas de otra manera.

Por lo tanto, construyó un hospital y, dando rienda suelta a su magnanimidad, extendió los beneficios no sólo a sus empleados sino a todos, para que recibieran atención médica gratuita.

Ahí fue donde Edwin Walcott llevó a su esposa después de leer el artículo, con la esperanza de encontrar una cura para su consunción. Ese día, los hados les sonrieron, pues mientras estaban en la sala de espera, vieron al gran John B. en persona. Era imposible conocerlo y conversar con él sin que se disipara el desánimo. Sano y vigoroso, resultaba un ejemplo convincente de la vida pura y atribuía su curación a ese solo año de aire fresco, agua limpia y sol.

– ¡Vaya al Oeste! -le aconsejó a Josephine Walcott-. Vaya al Oeste, donde el clima es saludable, los arroyos de montaña son puros como el cristal, y la gran altitud purifica y fortalece los pulmones al hacerlos trabajar más intensamente. Construya su casa mirando al Sur y al Este, colóquele muchas ventanas y ábralas todos los días. De noche, también.

Y entonces, fueron allí. Construyeron la casa no sólo mirando al Sur y al Este, sino también al Oeste y le pusieron todas las ventanas que recomendó John B. Stetson. Le agregaron un porche alrededor, donde Josephine podía tomar el aire y el sol en grandes dosis, y desde donde podía observar el amanecer sobre la llanura del río Powder y el ocaso tras los majestuosos Big Horn.

Pero lo que logró curar a John B. Stetson, no lo logró con Josephine Walcott. En los dieciocho meses que estuvieron allí, no hizo más que debilitarse. Su cuerpo, en otro tiempo robusto, estaba reducido a menos de cuarenta y cinco kilos. La tos era tan constante que ya no despertaba a los niños por la noche. Y en los últimos tiempos comenzaron a aparecer pañuelos ensangrentados entre la ropa sucia.

Era la ropa para lavar lo que preocupaba a Emily cuando volvía a la casa esa tarde de junio.

Mientras subía los amplios escalones del porche, miró al sol sobre el hombro izquierdo y se preguntó si habría tiempo de que la ropa se secara.

Entró en el recibidor y se detuvo, renuente, mirando alrededor. Polvo. Polvo por todos lados. Y un montón de chucherías capaz de marear a cualquiera. A pesar de la delicada condición de su madre, papá había prosperado como palafrenero de Philadelphia y ella quería que todos en Sheridan supieran de su éxito. Como era una moderna ama de casa victoriana, exhibía las pruebas de la prosperidad en el recibidor, como sus amigas de Philadelphia, según el principio de la decoración actual que rezaba: "cuanto más, mejor…".

Aunque el cuarto fue pensado por el padre para dar impresión de espacio, la madre hizo todo lo posible para llenarlo e insistió en llevar no sólo el piano sino en colocarlo como se usaba, con la parte de atrás hacia el salón, y no hacia la pared, cosa que le dio la posibilidad de "vestirlo". Festoneado por una colgadura de seda china de muchos colores, bordeada de un fleco de trencilla y borlas, su enorme tapa levantada constituía el núcleo de esa monstruosidad que la madre llamaba "recibidor". Contra el piano había un diván sin respaldo; encima, un sinfín de abanicos y fotografías enmarcadas; a un costado, un jarrón con plumas de pavo real. No fue posible disuadirla de dejar ni una pieza de su colección de objetos menudos y el cuarto estaba atestado de paraguas, bustos de yeso, mecedoras de mimbre, almohadones, percheros, gabinetes llenos de porcelana, tallas, mesas de marquetería, relojes y demás chucherías. El suelo estaba cubierto de alfombras orientales, poltronas ocultas por almohadones bordados y tapetes turcos. El encantador mirador que su padre había instalado para que entrase abundante luz, estaba casi oscurecido por helechos colgantes y cortinas con borlas.

Contemplándolo todo, Emily suspiró. Con frecuencia deseaba que su padre se hubiese puesto firme en llevarse todo y dejar sólo una mecedora de mimbre y una o dos mesas, pero comprendía que la enfermedad de su madre lo dominaba y lo obligaba a permitirle salirse con la suya.

Porque su madre se estaba muriendo.

Si bien todos lo sabían, nadie lo decía. Si quería tener el piano cubierto de flecos y todo lleno de chucherías, ¿quién en la familia podría negárselo?

Emily se dejó caer en el feo diván, apoyó los brazos cruzados y la cabeza sobre las rodillas y cedió a la depresión que se cernía sobre la casa.

Oh, madre, por favor, cúrate. Te necesitamos. Papá te necesita. Está tan solitario, tan perdido, aunque trata de ocultarlo. Quizás, en este mismo momento, esté angustiado pensando qué pasará con otro establo para alojar caballos que se instalará bajo sus propias narices. Nunca me lo confiaría a mí, pero sí a ti si estuvieses fuerte.

Y Frankie… sólo tiene doce años y aún necesita muchos cuidados maternales. Si tú te mueres, ¿quién se los brindará? ¿Yo, que todavía necesito una madre? En este mismo momento, la necesito. Quisiera correr a ti y hablarte de mis miedos con respecto a papá y mi esperanza de convertirme en veterinaria, cosa que anhelo más que ninguna otra que pueda recordar, y de Charles, y mis dudas con respecto a él. Necesito saber si lo que siento es lo bastante fuerte o si tendría que ser más intenso. Porque me lo advirtió: va a volver a proponerme matrimonio y ¿qué le diré esta vez?

Con el rostro hundido entre las manos, Emily pensó en Charles. El sencillo, bueno y trabajador Charles, que era su compañero de juegos desde la infancia, y que, abrumado al saber que ella se marchaba de Philadelphia, adoptó la trascendental decisión de venir junto con la familia al territorio de Wyoming e iniciar su vida allí.

Charles, al que estaba tan agradecida al comienzo, cuando fueron a vivir a ese lugar nuevo, donde había poca gente de su misma edad. Que insistió en que fijaran una fecha para la boda, cuando, en realidad, lo que ella quería era estudiar primero medicina veterinaria. Charles, al que se sentía comprometida antes aún de estarlo.

Suspiró, se levantó con un esfuerzo y fue a la cocina. Gracias a la necesidad, era el único lugar de la casa despojado de decoraciones extravagantes. Tenía la mejor cocina económica que era posible comprar, un fregadero de granito verdadero y una bomba instalada dentro de la casa. En el fondo había un lavadero con un calefactor de queroseno, una máquina de lavar con engranajes metálicos, una batidora fácil de manejar y verdaderos rodillos escurridores de madera con una cómoda manivela.

Emily le echó un vistazo y se volvió fastidiada, deseando poder estar en el establo limpiando pesebres.

Pero fue al piso alto a ver a su madre.

Según las pautas de Sheridan, la casa era rica, no sólo porque el padre la había dotado de comodidades en beneficio de su esposa enferma, sino porque Charles Bliss era carpintero, y viajó acompañado de su habilidad y de sus planos… cosa que significó un gran alivio para la madre, temerosa de tener que vivir en una desnuda choza de troncos, con ratones e insectos. En cambio, vivía en una elegante casa de madera de dos plantas, con grandes habitaciones ventiladas y un impresionante recibidor con una escalera abierta de barandas con barras con forma de carrete.

Emily subió esa escalera, giró en la cima y se detuvo en la entrada del dormitorio de sus padres, un cuarto espacioso con una segunda puerta que daba a una pequeña terraza con baranda, que miraba al Sur. Su padre insistió en que Charles incluyese ese balcón, para que la madre pudiese salir y disfrutar del aire fresco y del sol cada vez que lo necesitara. Pero ya no lo usaba. La puerta estaba abierta en ese momento y dejaba pasar el sol sobre el suelo barnizado del cuarto donde yacía, en la inmensa cama con forma de trineo, en la que habían nacido Emily y Frankie. Encima de esa cama, su madre parecía más frágil que nunca.

En un tiempo fue hermosa, con el cabello grueso y brillante de intenso color rubio. Lo llevaba con tanto garbo como los polisones, los mechones retorcidos en un impresionante moño en forma de ocho que sobresalía en la parte de atrás de la cabeza, casi como el busto generoso se proyectaba por delante. Ahora el cabello estaba opaco y se extendía en una trenza floja, y el busto casi no existía. Usaba una bata de seda desteñida en lugar de los crujientes satenes y gasas que llevaba en otras épocas. La piel tenía una alarmante cantidad de arrugas y se veía fláccida sobre los huesos.

Mientras la hija observaba a la madre dormida, Josephine tosió y se tapó la boca con el sempiterno pañuelo, gesto que se había vuelto tan involuntario como la tos misma.

La mirada triste de Emily pasó al catre que estaba colocado junto a la ventana lateral, donde su padre dormía hacía unos meses para no molestar a su esposa… razonamiento ante el cual la muchacha se intrigaba con frecuencia, pues era seguro que la tos tenía que molestar al padre.

Permaneció quieta un momento, pensando en cosas que una correcta joven victoriana no debería pensar, cosas referidas a padres y madres, a camas compartidas y al momento en que compartir la cama dejaría de tener importancia. Nunca había visto a su padre tocar a su madre de un modo que no fuese decoroso. Incluso cuando entraba en esta habitación, si Emily estaba presente, jamás la besaba sino que le hacía una caricia fugaz en la frente o la mano. Y sin embargo, era indudable que la quería. Emily lo sabía. Después de todo, ella y Frankie, ¿no eran prueba de ello? Y papá estaba muy triste desde que su madre enfermó. Una vez, en mitad de la noche, Emily lo descubrió sentado en el porche de adelante, con las lágrimas rodándole por la cara, reflejando la luz de la luna, y volvió a entrar sigilosamente, para que no sospechara jamás que le sorprendió esa pena secreta.

Cuando un hombre amaba a una mujer, ¿lo manifestaba de la forma respetuosa en que papá lo hacía con mamá, o acariciándola, como había empezado a hacer Charles con Emily? ¿Cómo reaccionó su madre la primera vez que su padre la tocó? ¿Lo hizo antes de que se casaran? Le costaba imaginar a su madre permitiendo semejantes libertades, incluso cuando estaba sana, pues Josephine Walcott exhalaba un aire de corrección que parecía descartar esa posibilidad.

Qué falta de respeto pensar tales cosas en la entrada del dormitorio, donde su madre yacía enferma, moribunda, y mientras su padre se enfrentaba no sólo a esa triste verdad, sino también a una crisis comercial.

– ¿Emily?

– Oh, mamá, lo siento. ¿Te he despertado?

Se acercó a la cama y tomó la mano frágil de su madre. Josephine sonrió, cerró los ojos y movió débilmente la cabeza. Todos sabían que pocas veces dormía bien, sino que permanecía en un estado de semisueño, tan fatigoso como el trabajo manual para las personas sanas. Abrió los ojos y palmeó la cama, junto a su cadera. Cada vez con mayor frecuencia empleaba gestos para transmitir mensajes, ahorrando lo más posible el aliento.

– No -replicó Emily-. Estoy sucia. He estado ayudando a papá en el establo. Además, tengo cosas que hacer abajo. ¿Quieres que te traiga algo?

Josephine contestó con un vago movimiento de la cabeza.

– En todo caso, toca la campanilla.

Una pequeña campanilla de bronce había rodado por el borde de las mantas, bajo la rodilla de Josephine, y Emily la tomó y la acercó a la mano de su madre.

– Graci…

Un espasmo de tos la interrumpió y Emily huyó de la habitación, sintiéndose culpable por haberlo provocado y por preferir hasta lavar la ropa en lugar de ver sufrir a su madre.

Tardó casi una hora en calentar el agua y en refregar con los nudillos para quitar las manchas de sangre. Todavía estaba haciéndolo cuando llegó Frankie con dos truchas moteadas de negro, ensartadas en un tridente.

– ¡Mira lo que he pescado, Emily!

Era el muchacho más hermoso que jamás había visto y con frecuencia afirmaba que era el que se había quedado con la gallardía de toda la familia, tenía ojos azules de largas pestañas, hoyuelos, una bonita boca y un pelo oscuro que, en unos pocos años, muchas mujeres anhelarían acariciar. Al perder el último diente de leche, se quedó con una notable y perfecta dentadura. Nunca dejaba de maravillar a Emily pues, aunque sólo era una parte de él que había llegado al tamaño de la madurez, llevaba consigo la promesa de una madurez total en un futuro muy próximo. Ya estaban estirándosele los miembros, y si el tamaño de los pies daba algún indicio, Frankie pronto tendría la altura de su madre, que sobrepasaba al padre en más de cinco centímetros.

Emily se sentía mal al pensar en su hermano. No tenía más que doce años pero, al estar enferma la madre, la última parte de su niñez le era arrebatada, quitándole el feliz abandono que merecía. No era justo, como no lo era la situación para ninguno de ellos y menos aún para la madre. Tenían que arremangarse y ocuparse de las tareas domésticas lo mejor que pudieran, les gustara o no. Por lo tanto, Emily se fortaleció contra el ruego que preveía, mientras admiraba el botín de pesca de su hermano.

– Hermoso pescado. ¿Quién lo limpiará?

– Earl y yo. ¿Dónde está papá?

– Todavía en el cobertizo.

– ¡Voy a enseñárselo!

– ¡Espera un minuto!

– ¡Pero Earl está esperando!

Impaciente, Frankie se detuvo e hizo una mueca al comprender el error que había cometido al pasar por la cocina.

– Prometiste volver a casa a las tres para ayudarme.

– No tenía reloj.

– Podías guiarte por el sol, ¿no?

– No pude. -Abrió mucho los ojos para exagerar su inocencia-. ¡En serio, Emily, no pude! Estábamos ahí, junto a los chopos grandes, en el terreno vacío detrás de lo de Stroth, y los árboles me tapaban el sol.

La hermana compadeció a la pobre chica que intentara sujetar a este individuo. Ataviado con un sombrero de paja y un mono, sin camisa ni zapatos, los inmensos ojos brillantes y los labios entreabiertos en fingida inocencia, Frankie resultaba un cuadro encantador, que a ella le costaba resistir. Aun así, lo intentó.

– Toma. -Soltó el agitador de la máquina de lavar-. Te toca a ti. A mi está a punto de caérseme el brazo.

– Pero quiero llevar el pescado al pueblo y enseñárselo a papá. Además, Earl está esperándome y en cuanto se lo enseñe a papá tengo que volver aquí de inmediato y limpiarlo para que puedas freírlo para la cena. Por favor, Emily… ¡pooor faaavoor!

Lo dejó ir, pues cuando ella tuvo doce años, no fue necesario que lavase la ropa a las cuatro de una cálida tarde de verano. Sin la ayuda del niño, el lavado duró más de lo que había pensado y estaba terminando cuando papá llegó a cenar. Fiel a su palabra, Frankie había limpiado la trucha, y esa noche él y el padre se harían cargo de la cena, mientras Emily ordenaba el lavadero y apilaba la ropa mojada para tenderla al día siguiente.

Los platos preparados por el padre dejaban mucho que desear. Las patatas estaban demasiado blandas, las truchas, un poco tostadas, el café, hervido y los bizcochos pegados a la sartén. Pero lo peor de todo era que la madre no se sentaba con ellos a la mesa. Edwin le llevó una bandeja arriba y, cuando volvió a bajar, sorprendió la mirada de Emily al otro lado de la cocina e hizo un triste gesto negativo con la cabeza. Como de costumbre, la silla vacía parecía arrojar un paño mortuorio sobre la cena, pero la muchacha trató de aligerarlo.

– A partir de ahora, yo cocinaré y vosotros limpiaréis el lavadero -bromeó.

– Haremos como hemos venido haciendo -repuso Edwin-. Nos arreglaremos bien.

Pero cuando su mirada se encontró con la de la hija, esta percibió un atisbo de desesperación, similar al que había presenciado aquella noche, en secreto, en el porche. Edwin lo ocultó tan rápido como apareció y se levantó para llevar los platos al fregadero.

– Será mejor que limpiemos. Charles dijo que pasaría esta noche, más tarde.

Charles iba casi todas las noches. Aunque tenía su propia casa, sin duda se sentía solo. Era natural que quisiera estar con los Walcott, a los que conocía de toda la vida y con los que había llegado a Wyoming en la misma época. Desde que se trasladaron a Sheridan, se convirtió en íntimo amigo de Edwin, pese a la diferencia de edad. Y la madre siempre le manifestaba un indudable afecto, pues lo conocía desde pequeño. A menudo repetía que Charles provenía de una crianza religiosa sólida, conocía el valor del trabajo duro y, algún día, sería un buen marido para Emily. En cuanto a Frankie… bueno, idolatraba a Charles.

Charles llegó a tiempo para ayudar a secar los platos. Cada vez que llegaba, últimamente, siempre había algo en qué ayudar y lo hacía con gusto. Emily se había hartado de oír decir al padre:

– Sin duda, este Charles sabe lo que es el trabajo.

Por supuesto que sabía lo que era el trabajo… ¿acaso no lo sabían todos?

Después de secar, Frankie lo convenció para jugar una partida de dominó. Se instalaron todos en el recibidor, y los dos colocaron las piezas mientras Emily miraba y Edwin fumaba una última pipa antes de subir a leerle a la esposa.

– Supongo que habéis conocido al forastero que llegó al pueblo -dijo Charles, para nadie en particular.

– Tenemos sus caballos en el establo -respondió Edwin.

– ¿Qué forastero? -preguntó Frankie.

– Se llama Jeffcoat. Tom Jeffcoat -contestó Charles, colocando un cinco junto a otro cinco.

– ¿Así que tú también lo has conocido? -preguntó Edwin.

– Sí. Loucks me lo mandó, le informó que yo era carpintero.

– Por supuesto, querrá contratarte -comentó Edwin.

Charles alzó la vista, sus ojos se encontraron con los de Edwin y Emily percibió la ambivalencia de su expresión.

– Sí, en efecto.

– Bueno, si su dinero es genuino, más vale que lo aceptes.

– Edwin, ¿sabes lo que está construyendo?

– Un establo para alojar caballos, él me lo dijo.

– ¿Te lo dijo?

– Como dice Emily, sería difícil ocultar un establo cuando empieza a construirse.

– ¿Emily también lo ha conocido?

Charles miró a la aludida, que se inclinaba sobre el hombro del hermano para verle el juego.

– Lamento confirmarlo -repuso con frialdad, sin levantar la vista hacia Charles ni una vez.

– Ah.

La joven levantó una de las piezas de Frankie y la jugó, mientras comentaba:

– Primero me dijo "muchacho", y después, intentó aconsejarme cómo cuidar el casco cuarteado de Sergeant. No me gustó ninguna de las dos cosas.

Con la boquilla de la pipa a un lado de la boca, Edwin rió.

– Lo puedo corroborar. Cuando entré y salvé el valor de una semana de transacciones, estaba afilando en él su lengua y acababa de mandarlo al infierno.

– ¡Papá! -exclamó Emily, irritada-. ¡No tienes por qué difundirlo!

– ¿Eso hizo Emily? -preguntó Frankie, perdiendo interés en el juego y riendo maravillado de la actitud de su hermana.

– Caramba, Emily, no tenemos secretos para Charles.

Lo que, a su juicio, era uno de los motivos por los que no podía entablar un vínculo romántico con el joven. Sentía como si ya hubiese vivido con él los últimos dos años, por lo mucho que lo frecuentaba. Abandonó las fichas de Frankie y se dejó caer en el diván.

– ¡Espero que le hayas escupido un ojo, Charles! -dijo, en tono provocador.

– Sé sensata, Emily. ¿Cómo crees que Charles puede hacer algo así? -se burló el padre.

– Yo lo hice, ¿no?

Para sorpresa de Emily, Charles dijo:

– A decir verdad, a mí me agradó.

– ¡Te agradó! -exclamó-. ¡Charles, cómo es posible!

– ¡Emily, al parecer, olvidas que Charles tiene que preocuparse por su negocio! -la reconvino el padre en tono áspero y se suavizó al dirigirse al joven-: Diga Emily lo que diga, yo no te echaría en cara que trabajases para Jeffcoat.

– También quiere ver mi colección de planos. Después del cobertizo para caballos, quiere construir una casa.

– Me lo dijo. Y eso podría representar buenos beneficios para ti, Charles.

– Es posible, pero no me gusta trabajar para tu competidor.

Edwin dio una chupada a la pipa, la encontró apagada, sacó un clavo de herradura del bolsillo de la camisa y comenzó a escarbar la cazoleta, vaciando el contenido en un cenicero.

– Charles, yo no soy tu padre -empezó, tras un silencio pensativo-, pero creo saber qué consejo te daría él en esta circunstancia. Diría que es una de esas ocasiones en que primero tienes que ser comerciante y, en segundo lugar, amigo. En lo que a mí se refiere, te respetaré tanto por adoptar una sabia decisión comercial como por ser leal, de modo que puedes decirle que sí a Jeffcoat. Por eso viniste aquí, ¿no es cierto? Porque creías que el pueblo prosperaría y tú con él, ¿verdad? Bueno, no podrías prosperar si rechazaras clientes.

Charles posó sus ojos grises en Frankie.

– Frankie, ¿qué opinas?

– Si a papá no le molesta, a mi tampoco.

– ¿Emily?

La miró. La muchacha no podía separar el disgusto hacia Jeffcoat de la certeza de que su padre tenía razón. ¿Sería ella la única en ese lugar en sentirse indignada por la situación? Bueno, no era tan magnánima como ellos ¡y no fingiría serlo! Con expresión enfadada, se levantó de la silla y fue hacia la puerta principal:

– ¡Oh, no me importa! -gritó-. ¡Haz lo que quieras!

Un instante después, se escuchó golpear la puerta mosquitero.

El malhumor de Emily acabó con los juegos. Charles se levantó diciendo:

– Iré a hablar con ella.

Edwin dijo:

– Frankie, cerciórate de enterrar las entrañas del pescado antes de acostarte.

Subió para pasar el resto de la velada con su esposa.

El porche rodeaba tres lados de la casa. Charles encontró a Emily en el lado oeste, sentada en un sillón de mimbre, de cara a las Big Horns y el cielo color melocotón, que iba palideciendo.

Si bien oyó los pasos de Charles que se aproximaban, siguió con la cabeza apoyada en la pared cuando él se acomodó en el borde del sillón, junto a ella, haciendo crujir el mimbre. Juntó las manos sobre las rodillas y fijó la vista en ellas.

– Estás molesta conmigo.

– Estoy molesta con la vida, Charles, no contigo.

– Me doy cuenta de que conmigo también.

Emily cedió y volvió la cabeza hacia él, observándolo. Había crecido en una época en la que la mayoría de los hombres usaban barba y, sin embargo, nunca se acostumbró a verla en Charles. El bigote y la barba rubio oscuro eran espesos y estaban pulcramente recortados, pero echaba de menos las líneas nítidas y fuertes que ocultaban. Tenía una mandíbula y un mentón demasiado atractivos para esconderlos bajo esa mata y, además, le daban aspecto de más viejo de lo que era en realidad. ¿Por qué motivo un hombre de veintiuno querría parecer de treinta? Desechó las ideas críticas y lo miró a los ojos, esos inteligentes ojos grises que la contemplaban y disimulaban con cuidado los sentimientos heridos.

– No -le aseguró en tono más suave-, contigo no. Con todo el trabajo, la preocupación por mamá y ahora, este extraño que viene al pueblo a competir con papá. Es muy inquietante. -Volvió la mirada a las Big Horns, suspiró y continuó-: Hay ocasiones en que echo tanto de menos Philadelphia que creo que voy a morir.

– Ya lo sé. A veces, a mí también me ocurre.

Contemplaron el cielo, que iba tornándose azul y, en un momento dado, Charles preguntó:

– ¿Qué es lo que más añoras?

– Oh… -Eran tantas cosas que, en ese momento, no pudo elegir una.

– Ir a patinar y las visitas el día de Año Nuevo, y las excursiones en verano. Todo lo que solíamos hacer con los amigos. Aquí, lo único que hacemos es trabajar, dormir, trabajar de nuevo y dormir de nuevo. No hay… no hay alegría, no hay vida social.

Charles guardó silencio. Por fin, dijo:

– Yo también lo echo mucho de menos.

– ¿Qué es lo que más echas de menos?

– A mi familia.

– Oh, Charles… -Se sintió torpe por preguntarlo, pues sabía cuan solitaria se sentiría ella si, de pronto, estuviese a unos tres mil doscientos kilómetros de papá y mamá, y de Frankie-. Pero nosotros estamos aquí, siempre que nos necesites -agregó, porque era cierto.

No podía imaginar la casa sin Charles casi todos los domingos por la noche. Advirtió demasiado tarde el ruego en sus ojos y supo que le tomaría la mano. Cuando lo hacía, no sentía más excitación que cuando tenía seis años, él nueve y la escoltaba por una calle de Philadelphia, con las madres de ambos detrás, empujando cochecitos de niño.

– Tengo una idea -dijo Charles de pronto, iluminándose-. Si echas de menos las excursiones de Philadelphia, ¿por qué no hacemos una?

– ¿Nosotros dos solos?

– ¿Por qué no?

– Oh, Charles… -Retiró la mano y apoyó de nuevo la cabeza en la pared-. Casi no me alcanza el tiempo para lavar, planchar, preparar la cena y atender a mamá cuando es mi turno.

– Existen los domingos.

– No porque sea domingo dejamos de cenar.

– Sin duda, podrás disponer de un par de horas. ¿Qué te parece este domingo? Yo llevaré la comida. Y tomaremos el calesín negro de tu padre, ese que es para dos, iremos por las colinas, beberemos zarzaparrilla y nos tenderemos al sol como un par de lagartos perezosos. -Llevado por el entusiasmo, la tomó de las manos-. ¿Qué dices, Emily?

Salir, aunque fuera sólo una tarde, parecía tan maravilloso que no fue capaz de resistir.

– Oh, está bien. Pero no podré salir hasta haber dado de comer a los demás.

Extasiado, Charles le besó las manos con delicadeza, sólo para conservar el ánimo alegre. Pero cuando alzó la cabeza, le apretó los dedos con más fuerza y la expresión de sus ojos se intensificó.

"Oh, no lo estropees, Charles", pensó.

– Emily -rogó en voz queda, llevándose una de las manos a los labios.

El cielo adquirió un tono azul oscuro y no había nadie cerca que pudiera presenciar lo que sucedía en la sombra de la honda galería cuando la tomó en sus brazos, la acercó y posó su boca sobre la de ella. Emily cedió, pero el contacto de los labios tibios y el bigote cosquilleante la hizo pensar: "¿Por qué tengo que conocerte de toda la vida? ¿Por qué no serás un misterioso extraño que entró galopando al pueblo y me echó una segunda mirada que me hizo tambalear sobre los pies? ¿Por qué el aroma de virutas de madera de tu piel y del tónico del cabello son demasiado familiares para resultar excitantes? ¿Por qué te quiero del mismo modo que a Frankie?"

Cuando el beso terminó, el corazón de Emily percutía con el mismo ritmo tranquilo que si acabara de despertarse, desperezándose tras una larga siesta.

– Charles, ahora tengo que entrar.

– No, todavía no -murmuró, sujetándola de los brazos.

Emily bajó la barbilla, para que no la besara otra vez.

– Sí, Charles… por favor.

– ¿Por qué siempre te apartas?

– Porque no es correcto.

El joven soltó un suspiro trémulo y la soltó.

– Está bien… pero haré los preparativos para el domingo.

La acompañó hasta la puerta y Emily sintió la renuencia de Charles a marcharse, a regresar a su propia casa vacía. Experimentó un desagradable sentimiento de culpabilidad por no poder expresar los sentimientos que él esperaba de ella, por no poder llenar el vacío dejado por la familia, por el hecho de que no le gustaran el bigote y la barba, cuando estaba segura de que a otras mujeres les resultarían atractivos.

Cuando se interrumpió y se volvió hacia ella, supo que él quería besarla otra vez, pero se escabulló dentro antes de que pudiese hacerlo.

– Buenas noches, Charles -dijo, a través de la puerta de alambre.

– Buenas noches, Emily. -Se quedó mirándola, almacenando su decepción-. Terminaré por conquistarte, ¿sabes?

Mientras lo veía cruzar el porche, tuvo la desoladora sensación de que tenía razón.

Arriba, Edwin estaba leyéndole a Josephine Cuarenta mentirosos y otras mentiras, de Edgar Wilson Nye, aunque sabía que la mente de su esposa estaba muy lejos de la humorística descripción del Oeste que hacía Nye.

– "… dejando una hilera de ponies manchados a lo largo del arroyo, donde…

– Edwin -lo interrumpió, mirando al techo.

El hombre bajó el libro y la miró con ansiedad.

– ¿Qué, querida?

– ¿Qué vamos a hacer? -murmuró.

– ¿Cómo?

Dejó el libro, se levantó del catre y fue a sentarse en el borde de la enorme cama.

– Sí. ¿Qué vamos a hacer desde ahora hasta que me muera?

– Oh, Josie, no…

Hizo un gesto para acallarlo.

– Ambos lo sabemos, Edwin, y tenemos que hacer planes.

– No lo sabemos. -Sostuvo los dedos blancos, frágiles, y los apretó-. Mira lo que le pasó a Stetson.

– Ya hace más de un año que estoy aquí y sé que no seré tan afortunada como Stet… -Un espasmo de tos la dobló y la hizo estremecerse como una caña que se sumerge. Su marido la palmeó en la espalda y se inclinó más cerca.

– No hables más, Josie. Ahorra el aliento… por favor.

La tos arrasadora siguió durante dos minutos completos hasta que cayó de espaldas, exhausta. Edwin le apartó el cabello de la frente sudorosa y contempló el rostro lívido, mientras su propio semblante manifestaba la desesperación por su impotencia en ayudarla de algún modo.

– Descansa, Josie.

– No -logró decir, aferrándole la mano para que no se alejara-. Escúchame, Edwin. -Se esforzó por controlar la respiración, inhalando grandes bocanadas de aire, como reserva para decir lo que tendría que decir-. Ya no volveré a bajar y los dos lo sabemos. Apenas tengo fuerzas para comer sola… ¿cómo podría ocuparme de las tareas de la casa otra vez? -Otro acceso de tos la interrumpió, hasta que reanudó la lucha, recuperando las fuerzas para continuar-: No es justo esperar que los niños hagan mi parte y también me cuiden a mí.

– No les molesta hacerlo y a mí tampoco. Estamos arreglándonos b…

La esposa le apretó la mano, sin fuerzas, y posó en él sus ojos hundidos, como suplicándole indulgencia.

– Emily tiene dieciocho años. Hemos depositado una carga muy pesada sobre sus hombros. Preferiría que… -Se interrumpió otra vez para respirar-. Preferiría trabajar en el establo contigo y además necesita tiempo para estudiar, para completar el curso del doctor Barnum. ¿Es justo, acaso, esperar que sea ama de casa y enfermera, además?

No tuvo respuesta. Edwin se quedó acariciándole la mano blanca de venas azules, contemplándola, con la desdicha apretándole la garganta.

Josephine prosiguió:

– Creo que Charles la pidió en matrimonio y lo rechazó por mi causa.

No podía negarlo, sabía que lo que su esposa decía era cierto, aunque Emily jamás lo admitiría ante ninguno de los dos.

– Es una buena chica, Edwin, una hija cariñosa. Te ayudará a ti en el establo y a mí en la casa, hasta que Charles se canse de esperar y se lo pida a otra.

– Eso nunca pasará.

– Quizá no. Pero imagina que Emily quisiera darle el sí de inmediato. ¿No comprendes que tendría que estar cuidando su propia casa, a sus propios hijos, en lugar de cuidarnos a Frankie, a ti y a mí?

Edwin no tuvo respuesta.

– Mírame.

Lo hizo, con el semblante alargado por la pena.

– Me moriré, Edwin -murmuró-, pero tal vez transcurra… algo de tiempo todavía. Y no será fácil… para ninguno de vosotros y menos aún para Emily. Debería tener… derecho a aceptar a Charles, ¿no te das cuenta? Y Frankie todavía necesita la mano fuerte de una mujer, hace falta cuidar la casa… preparar comida bien hecha, y tú… no tendrías que ocuparte, por turno, de lavar la ropa y freír pescado… de modo que le escribí a Fannie y le pedí que viniese.

A Edwin le pareció que un rayo de fuego le estallaba en las entrañas.

– ¿Fannie? -Parpadeó, y enderezó la espalda-. ¿Te refieres a tu prima, Fannie?

– ¿Conocemos a alguna otra?

Saltó de la cama, de cara a la puerta del balcón, para ocultar el rostro encendido.

– Pero ella tiene su propia vida.

– No tiene ninguna vida; sin duda, se puede leer entre líneas en las cartas.

– Al contrario, a Fannie le interesan tantas cosas, y… tiene amigos, caramba, ella…

Edwin tartamudeó y se calló, sintiendo que la sangre se le aceleraba en las venas ante la sola mención de ese nombre.

Tras él, Josephine dijo en voz suave:

– La necesito, Edwin. Esta familia la necesita.

El hombre giró y le replicó:

– ¡No, no aceptaré a Fannie!

Por un momento, Josephine lo miró fijamente y Edwin se sintió alternativamente tonto y transparente. Todos esos años le había ocultado la verdad y no se arriesgaría a que lo descubriese ahora, cuando estaba expuesta a tanto sufrimiento. Hizo un esfuerzo para calmarse y serenó el tono:

– No quiero obligar a Fannie a decir que sí sólo porque tú eres pariente. Y sabes que eso es lo que haría, sin vacilar.

– Me temo que es demasiado tarde, Edwin… Ya ha aceptado.

El susto lo hizo palidecer. Sintió los dedos ateridos y el pecho contraído.

– Hoy ha llegado la carta.

Josephine le entregó el sobre y Edwin lo miró como si estuviese vivo. Tras un largo silencio se acercó, remiso.

Josephine vio que recuperaba el color a medida que leía la respuesta de Fannie. Vio cómo intentaba disimular sus sentimientos, pero las orejas y las mejillas adquirían un brillante color rojo y la nuez de Adán se movía. Viéndolo, lamentó los años de matrimonio con un hombre que jamás había amado. Edwin, mi galante y noble esposo, nunca sabrás cuánto me esforcé por hacerte feliz. Quizá, por fin haya encontrado la manera de hacerlo.

Cuando terminó de leer, plegó la carta y se la devolvió, incapaz de disimular el reproche en la expresión y el tono.

– Tendrías que haberme consultado antes, Josephine.

Sólo la llamaba Josephine cuando estaba demasiado molesto. De lo contrario, le decía Josie.

– Sí, ya lo sé.

– ¿Por qué no lo hiciste?

– Por el mismo motivo que tú estás expresando.

Edwin metió las manos en los bolsillos traseros, temeroso de que ella notara cómo temblaban.

– Es una mujer de ciudad. No es justo pedirle que venga aquí, a este pueblo perdido. Los chicos y yo podemos ocuparnos. O, tal vez, pueda contratar a alguien.

– ¿A quién?

Los dos sabían que ahí, en ese pueblo de vaqueros, las mujeres escaseaban. Las que tenían la edad apropiada pasaban muy poco tiempo solteras, hasta que tenían su propio marido y su propia casa. No encontraría en Sheridan ninguna dispuesta a trabajar como enfermera y ama de casa.

– Ven, Edwin… siéntate a mi lado.

La complació a desgana, con la vista fija en el suelo. Josie le tocó la rodilla, en uno de los raros gestos de intimidad, y le tomó la mano.

– Prométeme esto, por favor… Libera a los chicos de la carga que yo les he acarreado… y también a ti. Cuando llegue Fannie, dale la bienvenida. Creo que ella nos necesita tanto a nosotros como nosotros a ella.

– Fannie nunca necesitó a nadie.

– ¿No?

Edwin se sintió confundido por las emociones: el temor más grande jamás experimentado, y en la misma medida, una euforia sin límites ante la perspectiva de ver otra vez a Fannie; rencor con Josie por ponerlo en posición tan desairada; alivio de que, al fin, ella hubiese hallado una solución para la situación doméstica; una sensación de ambigüedad encubierta que, sin duda, pondría en práctica desde el mismo instante en que Fannie Cooper pisara la casa; la decisión de que, pasara lo que pasase, jamás traicionaría sus votos matrimoniales.

– ¿Dónde piensas instalarla?

– Con Emily.

Edwin permaneció en silencio largo rato, absorbiendo el choque, tratando de imaginarse acostado en ese cuarto, en el catre, todas las noches, sabiendo que Fannie estaba al otro lado del pasillo. No podía hacer nada, ella ya estaba en camino en ese mismo momento, mientras él sentía un nudo en el estómago y los músculos de las piernas tensos. Llegaría en diligencia dentro de esa semana y él la recogería en el hotel, y fingiría que no había conservado el recuerdo resplandeciendo en su corazón durante veintidós años.

– Por supuesto que seré amable con ella, lo sabes. Es que…

Los ojos de ambos se encontraron e intercambiaron un mensaje silencioso. La llegada de Fannie representaba mucho más que la llegada de una ayuda. Representaba el primero de una serie de pasos finales. Hasta ese momento habían vivido con la ilusión de que un día Josephine se levantaría, otra vez recuperada, y se haría cargo de sus tareas. Que la vida volvería a la normalidad. A partir de la llegada de Fannie, esa idea quedaría sepultada con la misma fatalidad oscura con que sabían que esta mujer, la esposa y madre, yacería en su descanso eterno, en un futuro cercano.

Edwin sintió un nudo en la garganta y escozor en los ojos. Se inclinó hacia adelante cubriendo el frágil torso de Josephine con el suyo, robusto, y deslizó las manos entre ella y la pila de almohadas. Apoyó la mejilla sobre la sien de su mujer, sin atreverse a descansar todo su peso en ella. La sintió extraña, huesuda y devastada. Era curioso que sintiera una pena tan honda al percibir la diferencia entre ese cuerpo consumido del que había obtenido tan poco placer cuando era rollizo y saludable. Quizá fuese justamente eso lo que lamentaba.

Querida Josie, te prometo fidelidad hasta el fin… es lo menos que puedo ofrecerte.

Josie lo estrechó y cerró con fuerza los ojos, defendiéndose del dolor de perderlo a manos de Fannie, preguntándose por qué nunca pudo recibir deseosa el abrazo en los años que estuvo sana.

Mi queridísimo Edwin, ella te dará la clase de amor que yo nunca pude darte… estoy segura.

Capítulo 3

Al día siguiente, Emily estaba en la oficina del establo, cuando Tarsy Fields entró volando, como una cometa con el hilo roto.

– ¡Emily!, ¿todavía no lo has visto? ¡Es magnífico!

Tarsy tendía a gesticular en exceso, a exagerar y a mostrar un entusiasmo desbordante hacia todo lo que le gustaba.

– ¿Si he visto a quién?

– ¡Al señor Jeffcoat! Tom Jeffcoat… ¡no me digas que no has oído hablar de él!

– Ah, ese.

Emily compuso un semblante de disgusto, se volvió y siguió preparando la cataplasma de semilla de lino para la pata de Sergeant.

– ¿Trajo a su caballo aquí?

– Somos el único establo del pueblo para alojar caballos, ¿no?

– ¡De modo que lo viste! Y, seguramente, lo conociste. Oh, Emily, qué afortunada eres. Yo sólo pasé junto a él en la acera cuando salía del hotel y no tuve oportunidad de hablarle o presentarme, pero entré y le pregunté el nombre al señor Helstrom. Tom Jeffcoat… ¡qué nombre! ¿No es deslumbrante?

Tarsy unió las manos, estiró los brazos y alzó la mirada hacia las vigas, en un arranque de éxtasis.

¿Deslumbrante? ¿Tom Jeffcoat? ¿El hombre que carecía de mangas y de buenos modales? ¿El sabelotodo vulgar, que se proponía arruinar el negocio de su padre?

– No me fijé -repuso Emily, con acritud, al tiempo que esparcía la espesa pasta amarilla sobre un trapo blanco.

– ¡Que no te fijaste…! -chilló Tarsy, tirándose sobre el banco que estaba junto a Emily, inclinándose por la cintura y echándole el aliento-. ¡No te fijaste en esos brazos musculosos! ¡Y esa cara! ¡Esos ojos! Emily, mi abuela, que tiene cataratas, lo habría notado. Por Dios, esas pestañas… esos límpidos estanques… los párpados caídos… ¡pero si me miró y casi me desmayé!

Fingió un desmayo y cayó sobre el banco de trabajo como una bailarina de ballet que representara una muerte, volcando una botella de ácido fénico con la mano.

– Tarsy, ¿te molestaría desmayarte en algún otro sitio? -Enderezó la botella-. ¿Cómo pudiste fijarte en todas esas cosas, si sólo pasaste junto a él en la acera?

– Una chica tiene que fijarse si no quiere terminar su vida soltera. Francamente, Emily, no me digas que no advertiste lo apuesto que es.

Emily tomó el linimento y se digirió a la parte principal del establo, mientras Tarsy la seguía y continuaba con las alabanzas.

– Apuesto a que tiene cincuenta pestañas por cada una de las de Jerome. Y cuando sonríe, se le forma un hoyuelo en la mejilla izquierda. Y los labios… oh, Emily. -Parecía que iba a fingir otro desmayo, pero se irguió para exigir-: Dime todo lo que sepas de él. ¡Todo! ¿Cuál es su caballo? ¿Qué está haciendo aquí? ¿De dónde vino? ¿Se quedará? -Cruzó las manos sobre el pecho, cerró los ojos y alzó el rostro-. ¡Oh, por favor, Dios, que se quede!

Al entrar al pesebre de Sergeant, Emily dijo:

– Estás perdiendo el tiempo, Tarsy. Está comprometido.

– ¡Comprometido! -gimió-. ¿Estás segura?

Se puso en cuclillas para sujetar el ungüento a la pata de Sergeant y continuó:

– Habló de una novia.

– ¡Oh, maldición! -se enfurruñó, dando una breve patada-. ¡Ahora, me quedaré solterona!

Aunque Tarsy era la mejor amiga de Emily, había ocasiones en que le parecía que no tenía cerebro. Era una coqueta sin remedio y no cesaba de hablar de su miedo a quedarse soltera cuando en realidad era tan poco probable como que Sergeant se pusiera solo el ungüento. Pero le gustaba fingir que sufría ante semejante perspectiva sentada en el porche de la casa de Emily, o ahí en el establo y haciendo gestos como si estuviese al borde de la desesperación, en una representación melodramática donde expresaba lo sola que se sentiría a los cincuenta, cuando fuese una solterona sin hijos, de cabello gris, que viviera cosiendo guantes. Tarsy no tenía la culpa de haber nacido con una necesidad constante de recibir halagos para sentirse feliz, ni de tener inclinación por el melodrama. Esas características para Emily eran sucesivamente divertidas e irritantes, en particular teniendo en cuenta las dotes de Tarsy para seducir a los hombres. Pues ella también tenía cincuenta pestañas por cada una de las de Jerome Berryman y el pobre Jerome estaba prendado de cada una de ellas, igual que otros varones de la vecindad. Tenía abundante cabello rubio, un bello rostro en forma de corazón, realzado por unos ojos castaños, huesos pequeños y una cintura diminuta que atraía las miradas como un campo de trigo sarraceno en sazón atrae a las abejas.

Pero, como de costumbre, quería una abeja más.

– De todos modos, háblame de él, Emily, pooor faavoor.

– Lo único que sé es que se quedará, cosa que no me hace muy dichosa. Ya ha ido a ver a Loucks para comprar una propiedad, y tiene intenciones de construir un establo y competir con papá.

Tarsy dejó de lado su ensimismamiento lo suficiente para cubrirse los labios, espantada:

– Oh, caramba.

– Sí: oh, caramba.

– ¿Qué va a hacer tu padre?

– ¿Qué podemos hacer? Dice que este es un país libre.

– ¿O sea que no está afligido?

– ¡Soy yo la que está afligida! -Emily terminó de curar a Sergeant, se incorporó y se limpió las manos, agitada-. Papá ya tiene bastante que preocuparse con mi madre enferma. Y ahora, esto. -Le contó lo sucedido el día anterior y concluyó-: Por lo tanto, si te enteras de que piensa instalar el establo, te agradecería que me lo hagas saber.

Pero antes de que terminase el día, Emily se enteró por sí misma. Estaba en la oficina, estudiando, sentada al estilo indio sobre el diván, con los hombros contra la pared, una mano sobre el gato dormido y un libro en el regazo, cuando Jeffcoat en persona apareció en la entrada.

Emily alzó la vista y la mirada se tornó helada.

– Ah, es usted.

– Buenas tardes, señorita Walcott.

Observó la pose poco femenina, que ella se negaba a cambiar ante su aparición. Esbozó una sonrisa, levantó el sombrero en gesto de saludo mientras la muchacha maldecía a Tarsy para sus adentros por haber acertado: en efecto, tenía un hoyuelo en la mejilla izquierda y tenía unas pestañas endemoniadamente largas y espesas y una boca tan atractiva que desarmaba. Vestido con la misma camisa sin mangas, los bíceps abultados eran tan evidentes como la línea de las Big Horns. Pero percibió una jactancia en ese atuendo informal, un alarde de masculinidad que un caballero no se hubiese permitido; las botas negras altas remataban unos pantalones de cintura alta con tirantes rojos que resultaban superfluos con los pantalones tan ajustados. Pero, sobre todo, remarcaba los brazos musculosos subrayados por los jirones azules de la manga arrancada. Y, sin duda, no ignoraba qué pose emplear para que todo el conjunto se luciera: los pies separados, las manos en la cintura, como si dijera: "eche un vistazo, señora".

– ¿Qué quiere? -preguntó con brusquedad.

– Mis caballos. Los necesito unas horas.

Emily dejó el libro boca abajo, haciendo saltar al gato. Saltó del diván y fue a zancadas hacia la puerta, sin pedir permiso y obligando a Jeffcoat a saltar hacia atrás para no ser atropellado. Saltó. Silbó, socarrón, y entró en la oficina para echar una mirada divertida a la tapa del libro. La ciencia de la medicina veterinaria, de R. C. Barnum. Su actitud divertida fue remplazada por el interés cuando volvió el libro, inclinó la cabeza y leyó el encabezamiento de la página en que estaba abierto: Enfermedades de los órganos reproductores del caballo y de la yegua. Recorrió con la mirada el sofá, el modesto cubrecama que conservaba la forma del trasero de la muchacha, el manojo de papeles que había tenido junto a la rodilla. Con un solo dedo, los movió y vio lo que parecía un cuestionario ya preparado. Leyó: ¿Cuál es la causa más común de infertilidad en las yeguas y cómo se trata?

Debajo, había completado la respuesta: Una secreción ácida de los órganos genitales o una retención del puerperio. El tratamiento más común se realiza con levadura, de la siguiente manera: se mezclan 2 cucharadas de té, colmadas, de levadura, con medio litro de agua hervida que se mantiene tibia durante 5 o 6 horas. Lavar primero abundantemente la zona afectada con agua tibia, luego, inyecte la levadura. El animal debe aparearse entre 2 y 6 horas después del tratamiento.

Levantó las cejas. ¡Así que la pequeña sabihonda conocía su materia!

Desde atrás, una mano le arrebató los papeles bajo la nariz.

– ¡Esta es una oficina privada!

Tom no se acobardó ni fanfarroneó, sino que se volvió con calma y la vio sepultarlos bajo un libro más grande que estaba sobre el escritorio atestado. Otra vez estaba vestida con los pantalones y la gorra de lana, pero esta vez no tenía el delantal de cuero, cosa que le permitió comprobar que sí tenía pechos del tamaño de ciruelas, aplastados por una espantosa camisa de muchacho con el cuello abierto, del color del estiércol de caballo. Se ocupó de examinar los pechos por completo antes de que Emily se volviese con brusquedad y se enfrentara a él con los brazos en jarras.

– ¡Señor Jeffcoat, es usted un hombre entrometido y grosero!

– Y a usted, señorita Walcott, sus padres podrían haberle enseñado mejores modales.

– ¡No me agrada que las personas metan la nariz en mis asuntos privados y usted ya lo ha hecho por segunda vez! ¡Le agradecería que no vuelva a hacerlo!

Por un momento, pensó en hacer algún comentario sobre el modo de vestir de la joven, felicitarla por lo bien que le sentaba el tono de la camisa al color de la piel, sólo para fastidiarla. Pero en realidad estaba encantadora con los pies separados, los puños apretados, los ojos azules brillantes y furiosos. Encontrar a una mujer tan efervescente y franca en una época en que el ideal femenino estaba representado por una voz dulce y una conducta discreta, era poco común. Emily no poseía ninguna de esas características y eso le fascinaba. Sin embargo, como era probable que alguna vez necesitara su libro de veterinaria, resolvió apaciguarla.

– Lo siento, señorita Walcott.

– Si quiere los caballos, sígame. No veo por qué he de sacarlos yo a los dos, mientras usted haraganea aquí, leyendo correspondencia ajena. -Fue hacia la puerta y, desde ahí, le dijo-: ¿Quiere engancharlos a su carreta?

– En este pueblo, ¿todas las mujeres son tan amistosas como usted? -le preguntó, siguiéndola.

– Le pregunto dónde quiere engancharlos.

– En ninguna parte. Colóqueles los arneses y yo los sacaré.

Emily, con los brazos en jarras, repuso con aire de sufrida paciencia:

– Yo no le coloco los arneses sola, usted me ayudará.

– ¿Para qué le pago?

– Jeffcoat, ¿quiere los caballos o no?

Tomando una cuerda de las que se usan para guiar a los caballos, le arrojó la otra, apartó el travesaño que cerraba un pesebre y le hizo un gesto con la cabeza, indicando el de al lado.

– Ahí está Liza. Sáquela.

"Pequeña mandona", pensó, atrapando la cuerda en el aire. Pero antes de que pudiese decírselo, desapareció, y Tom apartó el travesaño del pesebre de Liza y entró.

– Hola, muchacha.

Le echó una mirada meticulosa, frotándole la cruz y los hombros. Había sido cepillada como él lo ordenó, pues tenía la piel tersa y suave. Si bien la señorita Pantalones tenía lengua de víbora, sabía cuidar a los caballos.

– Liza tiene buen aspecto -la halagó, conduciendo al animal por el corredor, donde Emily ya esperaba con Rex-. Veo que empleó bastante tiempo cepillándola.

El esfuerzo le valió un gesto ceñudo con el que Emily expresaba claramente que sólo un idiota era capaz de maltratar a un caballo. Una vez ajustadas las correas, se volvió con altanería y encabezó la marcha hacia la parte posterior del cobertizo, donde se guardaban los coches y las carretas. En un compartimiento separado estaba el equipaje, colgado de estacas de madera. Entre los dos, bajaron sus pertrechos, ella enfurruñada, él, divertido, y lo llevaron al pasillo principal, donde comenzaron a ensillar en silencio a Rex y a Liza. Cuando terminaron, Emily se encaminó hacia la oficina sin saludar.

– Los traeré de nuevo a la noche -gritó Tom-, pero puede cobrarme todo el día.

– ¡Puede apostar su astrosa camisa que lo haré! -replicó, sin mirar atrás, y desapareció en la madriguera.

Tom se miró los brazos desnudos y pensó: "Muy bien, estamos en paz, muchacho".

En la oficina, con las piernas cruzadas y el libro sobre el regazo, Emily no podía concentrarse. El estómago se le contraía y la lengua le dolía de apretarla tanto contra el techo del paladar. ¡Maldito sea su insoportable pellejo! Cuando intentó leer, las críticas parecían sobreimprimirse a las palabras del libro. ¡Sujeto desagradable e infernal! Lo oyó chasquearle la lengua a la yunta, los cascos de los caballos sobre la tierra dura que se alejaban hacia la calle. Cuando el sonido desapareció, apoyó la cabeza en la pared, cerró los ojos y se sintió agitada como ningún hombre la había dejado nunca. ¿A dónde llevaba los caballos sin la carreta? ¡Y cómo se atrevía a criticar al padre, que ni siquiera conocía! ¡Sus propios modales dejaban bastante que desear!

Después de veinte minutos, había logrado concentrar otra vez la atención en el estudio cuando un chirrido la distrajo. Inclinó la cabeza para escuchar: parecía raspar de metal sobre piedras. ¿Metal sobre piedras? Entró en sospechas y salió corriendo, se detuvo ante las puertas abiertas y se quedó con la boca abierta al ver a Jeffcoat nivelando un solar a menos de treinta metros por la misma calle, del lado de enfrente. Había alquilado la niveladora de Loucks, un monstruoso aparato de acero pintado de verde perejil, que emparejaba las calles en el verano y roturaba en invierno, y que le proporcionaba una suculenta ganancia con cada parcela que vendía. La máquina tenía una especie de nariz larga sobre la que se ajustaba la hoja metálica por medio de un par de ruedas verticales sujetas con cables. Jeffcoat estaba de pie entre las ruedas, sobre una plataforma de metal, y guiaba a su yunta como un gladiador romano fuera de época.

Emily arremetió contra él en el instante en que su ira exploto.

– ¿Qué diablos está haciendo, Jeffcoat? -vociferó, acercándose mientras la máquina se alejaba de ella, haciendo rodar la tierra al costado.

El hombre miró sobre el hombro y sonrió, pero no detuvo a los caballos.

– ¡Nivelando mi tierra, señorita Walcott!

– ¡Sobre mi cadáver!

– ¡No, sobre la niveladora del señor Loucker!

No supo quién chirriaba más fuerte, si las piedras del terreno o Emily.

– ¡Cómo se atreve a elegir este lugar, justo enfrente de mi padre!

– Estaba a la venta.

– ¡Igual que otros treinta solares en las afueras del pueblo, donde no tendríamos que verle!

– Esta es tierra de calidad. Está cerca de la zona comercial. Es mucho mejor que las que están en las afueras.

Llegó al extremo más alejado del terreno e hizo girar la yunta, dirigiéndose hacia Emily.

– ¿Cuánto ha pagado por esto?

– Y ahora, ¿quién mete la nariz en los asuntos ajenos, señorita Walcott?

Mientras hablaba, se concentraba en ajustar las enormes ruedas de metal. Los músculos le sobresalían al tiempo que los cables gemían y la hoja adoptaba el ángulo justo. Cuando pasó ante Emily, la hoja le arrojó un rizo de tierra a los tobillos.

La muchacha saltó para eludirla y gritó:

– ¿Cuánto?

– Tres dólares cincuenta centavos por el primero, y cincuenta centavos por cada uno de los otros tres.

– ¡Otros tres! ¿Es decir que ha comprado cuatro?

– Dos para mi negocio. Dos para mi casa. Es un buen precio.

Se le rió en la cara, mientras Emily andaba a un lado, alzando la voz por encima del fragor del acero sobre la piedra.

– Se los compraré por el doble de lo que pagó.

– Oh, tengo que obtener más del doble pues, a fin de cuentas, este ya fue mejorado.

– ¡Jeffcoat, detenga esa maldita yunta en este instante para que pueda hablarle!

– ¡Ea! -Los animales se detuvieron y, en el súbito silencio, dijo-: Sí, señorita Walcott -enrolló las riendas en un volante y saltó junto a ella-. Para servirla, señorita Walcott.

La forma de decirlo, acompañada por esa sonrisa insoportable, hizo que Emily tuviese aguda conciencia de estar vestida con la gorra agujereada de su hermano y los pantalones. Compuso un ceño amenazador:

– ¡En este pueblo sólo cabe un establo y usted lo sabe!

– Lo lamento, señorita Walcott, pero no estoy de acuerdo. Está expandiéndose con más velocidad que los rumores. -Se enjugó la frente en el antebrazo, se quitó los sucios guantes de cuero y los agitó hacia el extremo norte de la calle Main-. Fíjese en las construcciones que están levantándose. Ayer, cuando hice un recorrido, conté cuatro casas y dos tiendas en construcción y me parece que hay dos fabricantes de guarniciones en el pueblo. Si hay transacciones suficientes para ellos dos, sin duda las habrá para dos establos. Y ya está instalada una escuela y oí decir que, a continuación, se hará una iglesia. A mi juicio, es un pueblo con futuro. Lamento tener que competir un poco con su padre, pero no tengo intención de arruinarlo, se lo aseguro.

– ¿Y qué me dice de Charles? ¡Ya ha hablado con Charles!

– ¿Qué Charles?

– Charles Bliss. ¡Piensa contratarle para que le ayude a construir!

– ¿También tiene objeciones contra eso?

Tenía objeciones contra todo lo que ese hombre había precipitado en las últimas veinticuatro horas. Rechazaba su audacia. Cómo había elegido el terreno. Su sonrisa, su olor a sudor y sus pantalones ajustados, su gallarda apostura y esos estúpidos tirantes innecesarios, el modo en que hacía estremecerse a Tarsy, que arrancase las mangas de las camisas y, lo más perturbador, ¡que ella y su padre tuviesen que ver su maldito establo desde la ventana de la oficina del suyo por el resto de sus vidas!

Resolvió decírselo.

– ¡Señor Jeffcoat, tengo objeciones contra todo lo que usted hace y es! -Acercó tanto la nariz a la de él que se veía reflejada en las pupilas negras-. Y, en particular, a que ponga a Charles en situación de elegir entre dos lealtades. Ha sido amigo de mi familia desde que los dos éramos así de pequeños.

Por primera vez, vio una chispa de furia en los ojos azul oscuro de Jeffcoat. La mandíbula se puso tan tensa como los bíceps y la voz adquirió un tono duro:

– He atravesado miles de kilómetros, he dejado a mi familia y todo lo que me era querido, he llegado a este pueblo de vaqueros con intenciones honestas, dinero honesto y espalda ancha. He comprado tierra y contratado a un carpintero, y pienso llevar adelante mi negocio de manera apacible y convertirme en un ciudadano permanente y respetuoso de la ley de Sheridan. ¡Y mi comité de bienvenida es una moza de boca atrevida, que necesita lavársela con jabón y que le enseñen lo que es una enagua! Entienda esto, señorita Pantalones… -Nariz con nariz, fue haciéndola retroceder a medida que hablaba-. ¡Estoy hartándome de sus permanentes críticas a cada uno de mis movimientos! No sólo estoy cansado de su terquedad, sino que tengo prisa por construir mi negocio y no pienso aceptar más insolencias de una marimacho como usted. ¡Y ahora, señorita Walcott, le agradeceré que salga de mi propiedad!

Se puso los guantes y se alejó, dejándola sonrojada y muda. Con un salto ágil trepó a la plataforma de la niveladora, tomó las riendas y gritó:

– ¡Eh, arriba, vamos!

Y así quedó sellada la enemistad.

Al día siguiente era domingo. Los servicios religiosos se celebraban en Coffeen Hall, el único edificio de la ciudad con lugar suficiente para la cantidad de creyentes adultos de distintos cultos que se congregaban y a los que el reverendo Vasseler, recién llegado de Nueva York para organizar la congregación episcopal, encabezaba en las plegarias. Tenía voz meliflua y un mensaje inspirador y, así, había atraído a una cantidad impresionante de familias a su rebaño. El salón estaba lleno cuando el reverendo Vasseler comenzó el servicio con un himno, "Toda Alabanza, toda Gloria, ahora cantamos". De pie entre Charles y su padre, Emily cantaba con dudosa voz de soprano. En mitad de la canción, sintió una mirada escudriñadora y al volverse halló a Tom Jeffcoat en un asiento, al fondo, cantando y contemplándola. Cerró la boca de golpe y lo miró durante diez segundos completos.

"… adoramos ahora a nuestro Rey de los cielos… "

Cantaba sin ayuda del libro de himnos, con voz tan fuerte y aguda, que la sobresaltó. Estaba preparada para verlo como el Diablo encarnado, pero apareció ante ella bajo una luz por completo diferente al encontrarlo en su propia iglesia, cantando himnos. Volvió su atención al frente y se impuso no echarle ni una mirada más.

El himno terminó y se sentaron. El reverendo Vasseler dio un breve sermón acerca del Buen Samaritano y luego anunció que J. D. Loucks había donado un solar en la calle Loucks Este para construir una iglesia de verdad. Recorrieron el salón sonrisas y murmullos a medida que los miembros de la congregación divisaban al donante y le expresaban aprobación. El ministro convocó a todos los hombres a aportar algo. Bosquejó un plan de construcción según el cual la estructura estaría techada hacia mediados del verano y terminada en el otoño. Joseph Zollinski se ofreció a organizar al equipo voluntario de construcción y Charles Bliss para supervisar el trabajo, y todos los hombres presentes tendrían que presentarse ante alguno de ellos después del servicio para anotarse con un día de trabajo, por lo menos.

Cuando el servicio terminó, Charles se quedó a organizar a los voluntarios mientras Emily salía del salón del brazo de su padre. A mitad de camino hacia la puerta, se topó con Tarsy que la aferró del brazo y le murmuró, agitada:

– ¡Él está aquí!

– Ya lo sé.

– Preséntanos.

– ¡No lo haré!

– ¡Oh, Emily… pooor faaavor!

– Si quieres conocerlo, preséntate sola, pero no esperes que yo lo haga. ¡Sobre todo, después de lo de ayer!

– Pero, Emily, es la criatura más sensual que he…

– Buenos días, Tarsy -interrumpió Edwin.

– Oh, buenos días, señor Walcott. Estaba diciéndole a Emily que es propio de buenos vecinos dar la bienvenida a los recién llegados al pueblo, ¿no cree?

Edwin sonrió:

– Sí.

– ¿Le molestaría presentarme al señor Jeffcoat?

Edwin conocía la conducta frívola de Tarsy y no se preocupó demasiado. Era una persona demasiado benévola para rechazar a nadie, ni a un competidor. Afuera, bajo el sol de una hermosa mañana de verano, Edwin acompañó a Tarsy junto a Jeffcoat, con Emily detrás, fingiendo que no le importaba en absoluto y disculpándose con la excusa de que esperaría a Charles cerca de la puerta.

Pero no quitó la vista de las presentaciones.

– ¡Señor Jeffcoat, acérquese! -dijo Edwin.

Jeffcoat se volvió en mitad de un paso y sonrió, cordial.

– Ah, buenos días, Edwin.

– Parece que tiene prisa.

– Tengo que empezar la construcción. Me temo que no puedo desperdiciar un día como este, sea el día del Señor o no.

Miró el límpido cielo azul.

Edwin lo imitó.

– Lo entiendo. Es un día espléndido.

– Sí, señor, así es.

– Me gustaría presentarle a la amiga de mi hija, la señorita Tarsy Fields.

– Señor Jeffcoat. -Hizo una pequeña reverencia y le dirigió su sonrisa más cautivante-. Estoy verdaderamente encantada de conocerlo.

Jeffcoat conocía lo suficiente a las mujeres para reconocer un intenso interés cuando lo tenía desbordando frente a él. Era más curvilínea, más bonita y más cortés que Emily Walcott, que estaba de pie junto a la puerta, fingiendo indiferencia. Extendió la mano y, cuando atrapó en ella la de la señorita Fields, concedió al rostro la lánguida atención que merecía y sometió a los dedos a la presión que sugiriese un interés similar.

– Debo confesar -admitió Tarsy-, que le pedí al señor Walcott que nos presentara.

Jeffcoat rió y le retuvo la mano más tiempo del que indicaba la cortesía.

– Me alegro. Creo que ayer nos cruzamos frente al hotel, ¿no? Usted llevaba un vestido de color melocotón.

El placer de Tarsy se duplicó. Se tocó el escote y abrió los labios del modo hechicero que había practicado ante el espejo.

Jeffcoat le sonrió, contemplando los sorprendentes ojos castaños con sus propios ojos sorprendentes y se contuvo de mirar más abajo, aunque había notado el favorecedor vestido rosado y el modo en que revelaba todo su apreciable contenido.

– Y yo creo que usted llevaba una camisa sin mangas.

Rió, haciendo relampaguear sus blancos dientes sin fallos.

– Me resulta más fresca así.

En el silencio que siguió, mientras ambos se demoraban y etiquetaban al otro, Jeffcoat reconoció qué clase de mujer era: una coqueta a la pesca de marido. Y bien, estaba dispuesto al coqueteo pero, en lo que se refería al matrimonio, se confesaba remiso y con muy buenos motivos.

– Oí decir que instalará usted un alojamiento para caballos -dijo Tarsy.

– Así es.

Miró a Walcott, que seguía junto a Tarsy, y luego a Emily, que seguía observándolos pero que, cuando la sorprendió, dio vuelta el rostro.

– Y herrero -añadió Edwin.

– Caramba, también herrero. Qué emprendedor. Pero tiene que prometer no obstaculizar el negocio del señor Walcott. -Tarsy tomó el brazo de Edwin y le sonrió, haciendo un gracioso mohín con la nariz-. Después de todo, él estaba antes aquí. -Una vez más, trasladó su sonrisa al joven-. Como mi padre es el barbero del pueblo, estoy segura de que pronto lo conocerá. Hasta entonces, se me ocurrió ofrecerle la bienvenida al pueblo como vecina, en nombre de nuestra familia, e informarle que si hay algo en que podamos ayudarlo para que se instale, lo haremos, encantados.

– Es muy amable de su parte.

– Tiene que ir a la barbería y presentarse. Papá sabe todo lo referido a este pueblo. Cualquier cosa que necesite saber, pregúnteselo a él.

– Lo haré.

– Bueno, estoy segura de que pronto nos encontremos otra vez.

Le extendió la mano enguantada.

– Así lo espero -respondió, aceptándola con otro sugestivo apretón.

La muchacha le dirigió una última sonrisa lo bastante cálida para hacer florecer margaritas en mitad del invierno y Tom le respondió con una sonrisa provocativa mientras hablaba con Edwin.

– Gracias por detenerme, Edwin. Sin duda, ha convertido esta en una mañana memorable.

Cuando se separaron, Jeffcoat sorprendió de nuevo a Emily observando. Le hizo un gesto de saludo y levantó el sombrero. La joven no parpadeó, siquiera, y lo miró como si estuviese hecho de cristal. Esa mañana llevaba puesto un vestido, pero no era bello y colorido como el de Tarsy Fields; también un sombrero plano y pequeño, casi tan poco atractivo como la gorra de muchacho. Tenía el cabello tan negro como el del propio Tom, pero lo usaba recogido en un moño práctico que decía a las claras que no tenía tiempo que perder en fruslerías femeninas. Era de talle largo, delgada y, como siempre, exhibía una expresión agria.

Para sorpresa de Jeffcoat, de pronto sonrió. No a él, sino a Charles Bliss que salía del Coffeen Hall y la tomaba de la mano -no del codo sino de la mano- y conquistaba una sonrisa radiante, de la cual la creía incapaz. Hasta un extraño podía percibir que no era forzada. Ahí no había agitar de pestañas ni poses almibaradas como las de Tarsy Fields y Jeffcoat observó con interés el intercambio.

– Podemos irnos -oyó decir a Bliss, haciendo girar a Emily hacia él-. Lamento haber tardado tanto.

– No me molesta esperar y, además, papá estaba haciendo relaciones. Oh, me alegro tanto de que haya sol, Charles, ¿y tú?

– Lo encargué para ti -dijo y los dos rieron mientras se encaminaban a la calle.

– Buenos días, Tom -saludó Charles, al pasar.

– Hola, Charles, señorita Walcott.

Emily saludó en silencio con un gesto y su mirada se heló. Después que pasaron, Charles dijo levantando la voz:

– Te veré mañana por la mañana, a primera hora.

– Sí, señor, a primera hora -respondió Jeffcoat.

Oyó que Charles le preguntaba a Emily:

– ¿A qué hora paso a buscarte?

Y que ella respondía:

– Dame una hora y media, así puedo…

Las voces se esfumaron, y no oyó nada más. Observándolos alejarse con las cabezas muy juntas, pensó con amargura: "Bien, bien, bien, de modo que el marimacho tiene un pretendiente".

El marimacho tenía algo más que un pretendiente. Charles Bliss era un servidor devoto, capaz de hacer cualquier cosa por ella. Se había enamorado de ella cuando tenían diez y trece años respectivamente, pero espero a declararse hasta que Emily tuvo dieciséis y le informó que se iban a Wyoming.

– Si tú te vas, yo también me voy -había afirmado Charles, sin dejar lugar a dudas.

– Pero, Charles…

– Porque voy a casarme contigo cuando tengas edad suficiente.

– ¿Ca-casarte conmigo?

– Desde luego. ¿No lo sabías?

Quizá siempre lo supo, pues lo miró fijo y después rió y se abrazaron por primera vez y le dijo que se sentía muy, muy feliz de que él se fuera con ellos. Y siguió estando feliz hasta comienzos de ese año, cuando cumplió dieciocho y Charles le hizo la proposición en serio por primera vez. Desde entonces lo hizo dos veces y Emily comenzaba a sentirse culpable por rechazarlo tan a menudo. Sin embargo, Charles se había convertido en un hábito difícil de romper.

Cuando fue a buscarla al mediodía para ir al almuerzo campestre, Emily se sorprendió de estar más que ansiosa por irse con él. Charles lanzó un agudo silbido de aviso mientras cruzaba el patio delantero y entraba sin golpear.

– Eh, Emily, ¿estás lista? ¡Oh, hola todos!

Edwin y Frankie estaban en la cocina. Frankie le lanzó un puñetazo juguetón y fingió ahorcarlo por detrás. Charles se inclinó adelante con el niño a la espalda y dio dos vueltas antes de quitarse la carga de encima.

– ¿Dónde vais los dos? -preguntó Frankie, colgándose de los brazos de Charles.

– Te gustaría saberlo, ¿eh?

– ¿Puedo ir?

– No, esta vez no. -Charles cerró el puño y lo apoyó en el centro de la frente del chico, apartándolo con cariño-. Llevamos almuerzo para dos.

– Oh, Cristo… vamos, Charles.

– No. Esta vez iremos sólo Emily y yo.

Edwin preguntó:

– ¿Está todo en orden en el establo?

– Sí. Dejé la puerta de atrás abierta. No hay nadie. -Charles entraba y salía del establo con tanta naturalidad como de la casa y, por supuesto, cada vez que necesitaba un arreo nadie pensaba en cobrárselo-. ¿Cómo está hoy la señora Walcott?

– Un poco fatigada y abatida. Echa de menos ir a la iglesia con nosotros.

– Dígale que Emily y yo le traeremos flores silvestres, si encontramos. ¿Estás lista, Emily?

Emily se quitó el delantal y lo colgó tras la puerta de la despensa.

– ¿Estás seguro de que no hay nada que pueda llevar?

– Es tu día libre. Tú limítate a bajarte las mangas y sígueme. Tengo todo en el coche.

Era un día perfecto para una salida al aire libre. Los Big Horns parecían múltiples hileras de azul que saludaran al cielo a través de un horizonte claro y ondulante. Se dirigieron hacia el Suroeste, por las faldas de las colinas, hacia Red Grade Springs, siguiendo Little Goose Creek hasta que salieron del valle y comenzaron a subir. Adelante, la cima abrupta de la montaña Black Tooth aparecía y desaparecía, a medida que iban paralelos o rodeaban las colinas verdes. Asustaron a un rebaño de antílopes de grupas blancas y los vieron alejarse saltando sobre una elevación también verde. Molestaron a una liebre, que saltó sobre sus enormes patas y desapareció en una mata de salvia. Llegaron a los vastos bosques en que los leñadores de pinos habían despejado grandes claros y abierto caminos resbalosos. La fragancia era intensa, el camino, silencioso con su lecho de agujas. En Hurlburn Creek vadearon la corriente, tomaron una curva y salieron a un abra debajo de un arroyo de las tierras altas donde el valle casi se curvaba sobre sí mismo. En el centro de ese rizo, Charles detuvo a los caballos.

El sitio silvestre tan perfecto, tan apacible, hizo que Emily se levantara de inmediato. Se puso de pie en el coche, se protegió los ojos y miró alrededor, extasiada.

– Oh, Charles, ¿cómo lo has encontrado?

– Estuve aquí la semana pasada, comprando madera.

– Oh, es hermoso.

– Se llama Curlew Hill.

– Curlew Hill -repitió, para luego guardar silencio, disfrutando del paisaje.

El arroyo bajaba, abrupto, de las montañas, derramándose sobre piedras que relucían como monedas de plata, alisadas por años de erosión. El agua formaba una herradura que encerraba un retazo de espesa hierba azul, salpicada de mechones abundantes, más cerca de la orilla. En algunos lugares, el arroyo estaba bordeado de álamos balsámicos, con sus hojas nuevas de color oliváceo que llenaban el aire de un dulce perfume resinoso. Acurrucados debajo de ellos, matorrales de grosellas silvestres y espinos que estallaban en racimos de capullos rosados. A lo lejos, una espesa franja de flores doradas se extendía a lo largo de la hondonada como una masa amarilla que llevaba el verano hasta la línea de árboles.

– Oh, mira -señaló Emily-. Guisantes amarillos. -Llamaba a las flores silvestres por su nombre común-. Cuando terminemos de comer, tenemos que ir a recoger algunas. Son las preferidas de mi madre.

Charles se apeó de la carreta sobre una hierba que llegaba a media pierna y Emily tras él. Del guardaequipaje que había debajo del asiento sacó un cesto y una manta que, al estirarla, quedó suspendida sobre los tallos verdes. Poniéndose a gatas, la aplastaron riendo y luego se sentaron con las piernas cruzadas en su tibio regazo. Charles abrió el canasto y fue sacando cada cosa con ademanes floridos:

– ¡Salchicha ahumada! ¡Queso! ¡Pan de centeno! ¡Remolachas en conserva! ¡Melocotones en lata! ¡Y té helado! -Apoyó el envase de fruta y admitió-: No será pollo frito ni pastel de manzana, pero los solteros hacemos comidas muy simples.

– Cuando no hay que cocinar, es un banquete.

Comieron los sencillos alimentos mientras un pajarillo desgranaba sus notas oculto en alguna parte, a orillas del arroyo, y encima de sus cabezas cazaba un gavilán planeando en una corriente de aire ascendente, inclinando la cabeza hacia ellos. Cerca zumbaba una mosca de color azul eléctrico. El sol era benigno, cautivo de ese cuenco como un cálido té amarillo en una taza.

Con el estómago lleno, Emily y Charles se pusieron pensativos.

– Charles.

Emily necesitaba hablar de ciertas cosas dolorosas que, de algún modo, parecían más fáciles de abordar allí, donde el sol, la hierba, las flores y los cantos de los pájaros convertían lo terrible en más soportable.

– ¿Qué?

Por unos momentos, guardó silencio jugueteando con un par de migas de pan que quedaban entre los pliegues de su falda. Levantó la vista hacia las flores amarillas, allá a lo lejos, y le dijo en voz queda:

– Mi madre va a morir.

Charles desistió de morder un trozo de pan que estaba a punto de comer y lo dejó.

– Lo imaginaba.

– Nadie lo ha dicho con todas las letras, pero todos lo sabemos. Ya comenzó a escupir sangre.

Estirando el brazo sobre el canasto, Charles le tomó la mano.

– Lo siento, Emily.

– Ha… ha sido bueno poder decirlo, al fin.

No habría podido decírselo a ningún otro que no fuese Charles. Ante nadie, excepto él, habría podido mostrar sus lágrimas.

– Sí, lo sé.

– Pobre papá. -Giró la mano y enlazó sus dedos en los de Charles, porque él entendía la desolación como ningún otro. Alzó otra vez la mirada hacia él-. Creo que es peor para él. Lo vi llorando en el porche, de noche, cuando supone que todos dormimos.

– Oh, Emily.

Charles le estrechó la mano con más fuerza.

De repente, la muchacha forzó una expresión luminosa.

– Pero, ¿sabes una cosa?

– ¿Qué?

– Tendremos un huésped.

– ¿Quién?

Le soltó la mano y dejó su plato en el cesto.

– Fannie, la prima de mi madre, a la que no vio desde el año en que papá y ella se casaron. La esperamos hoy. Es probable que papá esté en la estación para recogerla en este mismo momento.

– ¿Fannie, la de las cartas singulares?

Emily rió.

– La misma. Siento curiosidad por conocerla. Siempre pareció tan mundana, tan… poco atada por las convenciones… Papá asegura que es así. Desde luego, él también la conoce pues los tres crecieron en Massachusetts. Tras tantos años de cartas extravagantes, no sé qué esperar. Pero viene a cuidar a mi madre.

– Qué bueno. Eso te liberará un poco a ti.

– Charles, ¿puedo decirte algo?

– Lo que quieras.

Plegó una y otra vez la tela de la falda, como renuente a expresar lo que pensaba.

– En ocasiones, me siento culpable porque me he esforzado mucho por hacerme cargo de las tareas de mi madre, pero… bueno, no me gusta mucho cocinar ni limpiar. Prefiero estar con los caballos. -Dejó de manosear la tela y se volvió bruscamente hacia Charles, disgustada consigo misma-. Oh, esta parece una actitud demasiado autoindulgente y yo no quiero ser así. En serio.

– Emily. -La tomó de los hombros y la hizo girar de cara a él-. Te gustarán más las tareas domésticas cuando las hagas en tu propia casa.

Contempló en esos ojos tan conocidos y respondió con franqueza:

– Lo dudo, Charles.

En el semblante del joven apareció la desilusión, tragó y preguntó con voz apenada:

– ¿Por qué lo rechazas? ¿Cuántas veces más tengo que pedírtelo?

– Oh, Charles…

Se sacudió del contacto y metió el plato en el cesto.

– No, no eludas otra vez el tema. -Apartó el canasto y se acercó más a ella, cara a cara, cadera contra cadera-. Quiero casarme contigo, Emily.

– ¿Quieres casarte con una mujer que acaba de admitir que odia las tareas domésticas? -Sin poder mirarlo a los ojos, se esforzó por reír-. ¿Qué clase de esposa sería?

– Tú eres la única que siempre querré. -La tomó de los brazos-. La única -repitió con suavidad.

Al oírlo, levantó la mirada:

– Ya lo sé, Charles, pero mi madre está enferma y no creo…

– Acabas de decir que Fannie viene a cuidarla; ¿por qué, pues, tenemos que esperar? Emily, te amo tanto… -Las caricias se hicieron más insistentes-. Doy vueltas en ese enorme caserón, deseando que estés conmigo. Lo construí para ti, ¿no lo sabes?

Lo sabía y no hacía otra cosa que aumentar la presión.

– Quiero verte dentro de esa casa… y a nuestros hijos -rogó, en voz baja y gutural, pasando las manos a los hombros y frotándole el escote con los pulgares.

– ¿Nuestros hijos? -repitió, con una punzada de pánico.

Se sentía capaz de manejar un establo lleno de caballos, pero por completo incapaz de ser madre. Le brotó otro pensamiento y sintió un calor en el pecho que le subió a las mejillas. Trató de imaginarse concibiendo hijos con Charles, pero no pudo, pues lo veía más bien como a un hermano.

– Quiero hijos, Emily, ¿tú no?

– Ahora lo que quiero es el diploma de veterinaria, mucho más que hijos.

– De acuerdo… en uno o dos años. ¿Cuánto tiempo te llevará obtenerlo? Esperaremos a que lo logres para casarnos. Pero, entretanto, anunciaremos nuestro compromiso. Por favor, di que sí, Emily. -Inclinó la cabeza hacia ella y repitió en un susurro-: Por favor…

Las bocas se tocaron, Charles la atrajo hacia él, elevó una rodilla y encerró a Emily en el hueco de sus piernas. Los pechos de la joven se aplastaron contra su tórax y le pasó los brazos por la espalda. Extendió las manos y comenzó a moverlas. El codo rozó el costado del pecho de Emily, provocándole una reacción que se transmitió hasta la punta. Se le puso la piel de gallina en la nuca, que Charles rodeó con los dedos. Emily le apoyó una mano en el pecho, sintió el corazón golpeando contra ella y se preguntó: "Si espero el tiempo suficiente, ¿le pasará lo mismo a mi corazón?".

Entonces, Charles hizo algo completamente inesperado: abrió la boca y la tocó con la lengua, dejando inmóvil el resto de su cuerpo, en espera de la reacción. Ese contacto tibio y húmedo le causó un ramalazo de fuego en los miembros. Charles recorrió con la lengua la unión de los labios, mojándolos como si quisiera disolver una costura invisible que los mantenía pegados. Emily olvidó que el bigote le cosquilleaba cuando la lengua le tocó los dientes y trazó círculos más amplios como dibujando en ellos un mensaje escandaloso. Pero el cuerpo virgen lo recibió. Curiosa, tímida, la lengua de la muchacha se asomó para acariciar también. De inmediato percibió en él la diferencia. Se estremeció y exhaló una gran bocanada de aire contra la mejilla de Emily y la estrechó con fuerza mientras las lenguas se saboreaban por primera vez, aumentando el ardor hasta llegar a una encendida pasión.

De modo que este era el motivo de todas las advertencias veladas, lo que se suponía que sólo los esposos podían hacer. La cabeza de Charles comenzó a moverse, abrió más la boca y acarició con las manos la cintura y la espalda de la joven. Esta lo permitió, participó porque era la primera vez y no esperaba una respuesta tan inmediata. Cruzaron por su mente frases de la Biblia: pecados de la carne, pecado, que ahora entendía. La mano del hombre se acercó al pecho y se apresuró a retroceder.

– No, Charles… basta.

Los ojos del hombre brillaban y las mejillas ardían; un mechón de pelo le caía sobre la frente.

– Te amo, Emily -exhaló, entre ráfagas de aliento entrecortado.

– Pero esto está prohibido. No tenemos que hacerlo hasta que estemos casados.

La sorpresa barrió la pasión del rostro y la reemplazó por el júbilo.

– Entonces, ¿lo harás? Oh, Emily, ¿lo dices en serio? -La abrazó con fervor, la meció y la estrechó hasta que el aire escapó silbando de los pulmones de la chica-. ¡Me has convertido en el hombre más feliz de la tierra! -Estaba extasiado-. Y yo te haré la mujer más feliz.

Así que había aceptado. ¿Había aceptado? Quizá fue un desliz intencional de la lengua, un modo de acceder sin hacerlo. Fuera cual fuese su intención, encerrada en los brazos de Charles, supo que no podía negarse. ¿Cómo podía decirle a este hombre dichoso: "No, Charles, no quería decir eso."? ¿Acaso no lo amaba si le permitió un beso así y sintió un estremecimiento prohibido? ¿No estaba predestinada, casi, a casarse con él? ¿Con quién podía hablar como lo hacía con Charles? ¿Ante quién podía mostrar las lágrimas? Si esto no era amor, ¿qué era?

Sin embargo, mecida en sus brazos, abrió los ojos hacia el cielo azul, vio al águila aún describiendo círculos y sintió un pánico renovado. ¿Qué estoy haciendo, águila? Cerró con fuerza los ojos y desechó la aprensión. Oh, no seas tonta. Si no es con Charles, ¿con quién te casarás?

La besó otra vez, dichoso, le encerró el rostro entre las manos y la miró a los ojos con una adoración tan evidente que ella se sintió abrumada por sus dudas.

– Te amo tanto, Emily, tanto, tanto…

¿Qué otra cosa podía decir?:

– Yo también te amo, Charles.

"Y es cierto", se dijo. "¡Es verdad!"

Charles le depositó un beso leve y reverente en los labios, le apoyó los dedos en el mentón y la miró a los ojos:

– Hace años que sueño con este momento. Siempre estuve completamente seguro. Incluso, cuando tuve trece años, le dije a tu padre que algún día me casaría contigo; ¿te lo dijo?

– No.

Rió, pero la risa le sonó forzada.

– Bueno, pues lo hice. -Él también rió al recordarlo y su semblante adquirió una expresión satisfecha-. Tus padres se pondrán muy contentos.

Eso lo sabía y representaba una gran tranquilidad.

– Sí, es cierto.

– Vamos a contárselo.

– De acuerdo.

Recogieron los restos de la comida e hicieron una rápida incursión al prado de flores amarillas para reunir un ramo antes de dirigirse al pueblo. Charles parloteó todo el camino, haciendo planes. Emily, que llevaba las flores, respondía a las entusiastas preguntas. Pero mucho antes de llegar, advirtió que apretaba los tallos con tanta fuerza que se quebraron y le mancharon las manos de verde.

Capítulo 4

Fannie Cooper debía llegar en la diligencia a las 3 de la tarde, procedente de Buffalo, que estaba a unos cincuenta kilómetros hacia el Sur. Emily prometió estar de regreso alrededor de las tres, pero diez minutos antes no había llegado. Frankie se había ido a pescar y Edwin hacía todo lo posible por parecer imperturbable, mientras buscaba una bata de cama limpia para Josie y la ayudaba a trenzarse de nuevo el cabello.

– Será mejor que vayas, Edwin -dijo Josie.

Sacó el reloj del bolsillo del chaleco, lo abrió inútilmente pues ya sabía la hora con exactitud y accedió:

– Sí, tienes razón. Cuando esos chicos vuelvan, recibirán una buena reprimenda.

– Vamos, Edwin, sabes que Fannie no se fi-fija en formalidades. Sin duda preferirá saber que están afuera, pasándolo bien, que cum-cum-pliendo con la regla de esperar… a la vieja prima soltera.

Guardó el reloj, palmeó el hombro de Josie y preguntó.

– ¿Estás segura de que estarás bien?

– Sí. Bastará que me ayudes a a…acostarme, y después ten-tendrás que darte prisa.

Hacía meses que no veía a Josie tan entusiasmada por algo. Le faltaba el aliento. Edwin sonrió mientras se inclinaba sobre ella y le subía las mantas hasta las caderas.

– Si la diligencia llega puntual, estaré de vuelta con ella dentro de veinte minutos. Ahora, tú descansa y así tendrás energías suficientes para recibirla.

La enferma asintió y se acomodó sobre las almohadas, rígida, para no despeinarse. Su esposo le sonrió y le apretó la mano antes de darse la vuelta para salir.

– Edwin -dijo, en tono ansioso.

– ¿Qué, querida?

Cuando se volvió, le tendía la mano. Se la tomó y recibió un apretón:

– Estoy dichosa de que ven…ga Fannie.

Edwin se inclinó y le besó la mano.

– Yo también.

Cuando al fin salió del cuarto se detuvo en lo alto de la escalera, aspiró una honda bocanada y, con los ojos cerrados, apretó las manos contra el diafragma. Yo también. ¿Lo decía en serio? Sí. Que Dios tuviese piedad de él, sí. Bajó saltando, como si tuviese veinte años.

Abajo, fue al comedor, donde el armario tenía el único espejo de la planta baja. Estaba colocado a la altura del tórax y separaba el cristal de arriba de la cajonera, abajo. Se agachó para contemplarse en el cristal biselado. Tenía las mejillas encendidas, los ojos demasiado brillantes, el aliento acelerado y superficial. Maldición, ¿lo habría notado Josie? Era una locura tratar de engañarla. ¡Pero si Fannie aún no había llegado y le temblaban las manos como si tuviese fiebre! De golpe, apretó los puños aunque no sirvió de mucho, de modo que apretó las manos contra el borde afilado del mueble y juntó los codos, sintiendo que el corazón le martilleaba hasta hacerle temer que haría tintinear la loza.

Había tenido buenas intenciones: que los chicos lo acompañaran cuando fuese a buscar a Fannie, para evitar a toda costa quedarse solos. Pero no resultó así. ¡Emily, confiaba en ti! ¿Dónde diablos estás? ¡Prometiste estar de regreso a esta hora!

Sólo le respondió su corazón galopante.

Observó de nuevo su imagen, feliz de que fuese domingo y eso le diera una excusa para salir con el traje de lana después de la iglesia y no tuviera que preocuparse de cómo quedaría si se cambiaba de ropa en mitad de un día de trabajo. Se arregló la corbata larga, tironeó de las solapas y pasó la mano sobre el cabello gris de las sienes. "¿Ella también tendrá canas? ¿Me verá viejo? ¿Le temblarán las manos como a mí y le golpeará el corazón a medida que se acerca a mí? Cuando nuestras miradas se encuentren por primera vez, ¿veremos la agitación y el rubor del otro o tendremos la buena fortuna de no ver nada?"

¡Edwin, si tus manos ya están mojadas y tu corazón galopa como el de un caballo desbocado!

Se secó las palmas en las colas de la chaqueta y las abrió, examinándose los dorsos y las palmas. Manos grandes, anchas, callosas, que fueron las de un joven, suaves y sin marcas, la primera vez que abrazó a Fannie. Manos con tres uñas rotas, con suciedad incrustada y cicatrices dejadas por años de trabajo; dos dedos torcidos en la izquierda, que le había pisado un caballo; una cicatriz en el dorso de la derecha, de un arañazo con un alambre de púas; y la eterna orla negra bajo las uñas que le resultaba imposible limpiar, por mucho que refregase. Fue a la cocina, llenó una palangana con agua y las frotó otra vez, pero fue en vano. Lo único que logró fue que se le hiciera tarde para llegar a la parada de la diligencia.

Tomó el sombrero hongo negro del perchero del recibidor y bajó al trote los escalones del porche. A mitad del trayecto le faltaba el aire y tuvo que aminorar el paso para no llegar jadeando.

La diligencia de Rock Creek, más conocido como el Jurkey, llegó al hotel al mismo tiempo que Edwin. Se detuvo en una nube de polvo, en medio del estruendo de dieciséis cascos y los bramidos de Jake McGiver, un antiguo vaquero que de milagro, aguantó las guerras contra los indios y las neviscas sin heridas de flechas ni por congelamiento.

– ¡Eh, deténganse, hijos de perra -vociferó Jake, tirando de las riendas-, antes de que haga sacos con sus pellejos picados por las moscas! ¡Que paren, he dicho!

Antes de que el polvo se hubiese asentado, Fannie miraba a McGiver por la ventanilla abierta, riendo y sujetándose el sombrero alto.

– ¡Qué lenguaje, señor McGiver! ¡Y qué manera de conducir! ¿Está seguro de que mi bicicleta aún está en el coche?

– Seguro, señora. ¡Sana y salva!

McGiver trepó al techo para comenzar a desatar la bicicleta y el equipaje, mientras Fannie abría la portezuela.

Edwin se apresuró a acercarse y estaba esperándola mientras la mujer se inclinaba para cruzar la estrecha abertura.

– Hola, Fannie.

Fannie alzó la vista y su semblante alegre se puso serio. Edwin creyó ver que contenía el aliento pero recuperó de inmediato la sonrisa ancha y se apeó.

– Edwin. Mi querido Edwin, en verdad estás aquí.

Este tomó la mano enguantada, la ayudó a bajar y se vio abrazado en plena calle Main.

– Qué alegría verte -le dijo Fannie en el oído y se apresuró a retroceder para contemplarlo, sin dejar de estrecharle las manos-. Caramba, estás espléndido. Me preocupaba encontrarte gordo o calvo, pero estás estupendo.

Ella también. Sonriente, como siempre la recordaba, el cabello ya no tenía el rojo vibrante de la juventud, que ahora se había tornado de un suave color melocotón, pero seguía teniendo los rebeldes rizos naturales que parecían hechos con tenacillas. Sabía que formaba parte de la efervescencia natural de esa mujer. En las comisuras de los ojos almendrados ya había patas de gallo pero, también, más chispas y alegría que en una danza gitana. Conservaba la cintura diminuta de su juventud, pero el busto era más pleno, cosa que subrayaba el corte escueto de la ropa de viaje color cobre y Edwin se sintió orgulloso de que no hubiese engordado, ni perdido los dientes, ni ese ánimo inimitable.

– Yo también he estado pensando en ti, pero estás tal como te recordaba. Ah, Fannie, ¿cuánto tiempo ha pasado? ¿Veinte años?

– Veintidós. -Lo sabía tan bien como ella pero se equivocó adrede, para los que estaban mirándolos. Se hubiese soltado, pero Fannie lo retenía con las dos manos, como si no tuviese idea de lo incorrecto que era el abrazo-. ¿Te das cuenta, Edwin? Somos de mediana edad.

Rió y se soltó con el pretexto de cerrar la puerta de la diligencia.

– De edad mediana, pero andamos en bicicleta, ¿verdad?

– Bicicleta… ¡oh, caramba, es cierto! -Se dio la vuelta y levantó la vista, protegiéndose los ojos con la mano-. ¡Tenga cuidado con eso, señor McGiver! ¡Tal vez sea la única en muchos kilómetros a la redonda!

La cabeza del aludido apareció encima de las suyas.

– ¡Aquí está, de una pieza!

Fannie hizo un gesto como para agarrarla, sin pedirle ayuda a Edwin pero, de pronto, este saltó:

– ¡Permíteme!

– He vivido cuarenta años sin ayuda de un hombre. Soy perfectamente capaz.

– Estoy seguro de que es así, Fannie -tuvo que apartarla-, pero de todos modos te ayudaré.

El aparato pasó a sus manos y cayó al suelo con un ruido sordo.

– Por Dios, Fannie, no me dirás en serio que montas esta cosa. ¡Es más pesada que un cañón!

– Por supuesto que la monto. Y, en cuanto te enseñe, tú también lo harás. Te encantará, Edwin. Conserva las piernas firmes y la sangre pura, y es excelente para los pulmones. No hay nada igual. Me pregunto si Josie podrá. Podría hacer maravillas con ella. ¿Te conté el viaje a Gloucester?

– Sí, en tu última carta.

Edwin sonrió: Fannie no había cambiado en absoluto. Impredecible, anticonvencional y animosa como ninguna mujer que hubiera conocido. Se había acostumbrado tanto a la debilidad de Josie, que la vigorosa independencia de Fannie le resultaba amenazadora. Mientras observaba la bicicleta, la mujer se adelantó a tomar el equipaje que el señor McGiver le alcanzaba.

Otra vez, Edwin tuvo que intervenir:

– Yo ayudaré al señor McGiver con el equipaje. ¡Tú, sostén la bicicleta!

– Está bien, si insistes. Pero no te pongas mandón conmigo, Edwin, pues así no podremos entendernos. Sabes que no estoy acostumbrada a recibir órdenes de hombres.

Cuando fue a tomar la primera maleta polvorienta, miró sobre el hombro y la vio dibujar una sonrisa afectada, como un duende. A la primera maleta siguieron una segunda, tercera, hasta cinco. Una vez que el equipaje formó un círculo a los pies de los dos, se echó el sombrero atrás y, con los brazos en jarras, contempló la colección de maletines y baúles.

– ¡Buen Dios, Fannie!, ¿todo esto?

Alzó una de las cejas cobrizas.

– Claro que todo esto. Una mujer no puede aventurarse en tierra de nadie sin más que un par de prendas sobre la espalda. Quién sabe cuándo volveré a conseguir unos trapos decentes. Y, aunque así fuera, dudo de que aquí pudiese encontrar un par de bombachos.

– ¿Bombachos?

– Pantalones a la rodilla, para subir en bicicleta. ¿Cómo haría entre las dos ruedas con todos esos polisones y enaguas? Se enredarían en los radios y me rompería todos los huesos. Y yo aprecio mucho mis huesos, Edwin. -Estiró un brazo y lo tocó con cariño-. Todavía son muy serviciales. ¿Cómo están tus huesos, Edwin?

Riendo, respondió:

– Creo que a Emily vas a encantarle. Saquemos esto de la calle.

– Emily… estoy impaciente por conocerla. -Mientras Edwin colocaba el equipaje en la acera, Fannie parloteaba-. ¿Cómo es? ¿Es morena, como tú? ¿Heredó la seriedad de Josie? Espero que no. Josie fue siempre demasiado seria, hasta para su propio bien. Yo se lo decía desde que teníamos diez años. En la vida hay tantas cosas con las que debemos ser serios, que no puedo permitirme serlo cuando no es necesario, ¿no crees, Edwin? Háblame de Emily.

– No puedo hacerle justicia con palabras. Tendrás que esperar a conocerla. Lamento que no esté aquí. Mis dos hijos me aseguraron que vendrían, pero Frankie se fue a pescar y Emily, de excursión con Charles. Y todavía no han vuelto.

– ¿Charles Bliss?

– Sí.

– Ah, ese joven. Las cartas de Josephine hablaban tanto de ellos que me parece conocerlos. ¿Crees que se casarán, Edwin?

– No lo sé. Si es así, aún no nos lo han dicho.

– ¿El muchacho te agrada tanto como afirma Josie?

– Le agrada a toda la familia. A ti también te gustará.

– Me reservaré mi opinión hasta que lo conozca, si no te importa. No soy una mujer a la que se le puedan imponer ideas.

– Por supuesto -respondió Edwin, con una mueca.

Fue precisamente esa valentía siempre pronta una de las características que los padres de Edwin objetaron, en el pasado. Gracias a Dios, no la había perdido. Era capaz de regañar y elogiar al mismo tiempo, preguntar y rogar, simpatizar y regocijarse sin perder el ritmo. Con ella, la vida sería una cabalgata sobre una rueda excéntrica en lugar de una caminata alrededor de la noria.

– En realidad no esperaba que trajeras tanto equipaje. Si esperas aquí, iré al establo a traer una carreta para llevarlo. Sólo tardaré…

– No se me ocurriría esperarte aquí. Iré contigo. Puedes llevarme a conocer el lugar.

Edwin echó un vistazo precavido a la calle, pero como era domingo, la gente estaba descansando en casa. Los únicos que estaban fuera eran el conductor de la diligencia y un par de vaqueros, holgazaneando en la escalinata del hotel. Recordó que Fannie era una pariente. Sus propias aprensiones lo hacían creer que las personas espiarían tras las cortinas de encaje y alzarían las cejas.

– Está bien. Son sólo tres manzanas. ¿Podrás recorrerlas con eso?

Señaló los zapatos con tacones de cinco centímetros de alto, con forma de cuña.

Fannie se alzó las faldas y reveló así que los zapatos estaban forrados de seda castaña y dorada, que resplandecía al sol.

– Claro que puedo. Qué pregunta tan tonta, Edwin. ¿En qué dirección?

Dejó caer la falda y lo tomó del brazo dando un paso tan largo que la hizo flamear como la vela de un barco. Otra vez Edwin se sintió impresionado por su vitalidad y su falta de doblez. Sin duda era una mujer para la cual era más importante la naturalidad que las convenciones. Todo lo que hacía parecía natural, desde la risa fuerte, alta, hasta las zancadas casi masculinas, pasando por el modo de tomarlo del brazo, sin afectaciones. Aparentemente, no advertía que el costado de su pecho rozaba la manga del hombre mientras avanzaban por la calle Main hacia Grinnell.

– ¿Cómo fue el viaje?

– ¡Aj! ¡Horrible! -replicó, y mientras lo divertía hablándole de huesos molidos y del lenguaje grosero de Jake McGiver, casi logró olvidar la cercanía de ese pecho.

Doblaron la esquina y se acercaron al establo. El pueblo parecía casi tan soñoliento como los caballos parados sobre tres patas, al lado oeste de la construcción. Edwin abrió las puertas del frente, que colgaban de un riel de acero. Las abrió de par en par y así, cualquiera que pasara podía mirar dentro y ver que lo único que sucedía era una inocente exhibición del lugar.

Dentro, todo estaba en silencio pues, por ser domingo, no había mucho movimiento. Una tajada de sol caía sobre el suelo de tierra, pero dentro estaba fresco, sombreado y olía a caballos y a heno. Fannie entró la primera y fue directamente al corredor entre los pesebres mirando a ambos lados, mientras Edwin se quedaba en la franja de sol y la miraba. Cuando llegó al extremo, abrió por sí misma las puertas que daban al Norte y miró afuera. Edwin contempló la silueta negra en el contraluz del rectángulo brillante y la vio inclinarse y asomar la cabeza fuera, mirar hacia el umbral y volverse. Hizo bocina con las manos y cuando habló, la voz sonó lejana y resonante, en el inmenso cobertizo.

– ¡Edwiiiin! -como si estuviera en la cima de los Alpes.

Sonriendo, también hizo bocina y respondió:

– ¡Fannieeee…!

– ¡Tienes un almacén grandioooso!

– ¡Graaaciaaas!

– ¿Dónde conseguiste todos esos coocheees?

– En Rockfooord.

– ¿Dónde queda esooo?

– Al oeste de Cheyeeeene.

– ¿Eres ricooo?

Edwin bajó las manos y estalló en carcajadas. Fannie, querida Fannie, me dará un trabajo endiablado resistirme a ti. Recorrió lentamente el cobertizo y se detuvo delante de ella, observándola fijamente antes de responder con calma:

– Me va bien. Construí para Josie una casa elegante, de dos plantas y con muchas ventanas.

Fannie se puso seria.

– ¿Cómo está, Edwin? ¿Cómo está, en realidad?

Por primera vez, las miradas se encontraron sin disfraces y Edwin vio que le importaba mucho, y no sólo él sino su prima.

– Está muriéndose, Fannie.

Se movió con tanta rapidez que no pudo eludirla:

– Oh, Edwin, lo siento tanto… -Le tomó ambas manos, las encerró entre las suyas y apoyó los labios en las yemas de los dedos largos del hombre. Por unos momentos, permaneció así, quieta, absorbiendo la verdad. Después, retrocedió, lo miró a los ojos con tanta resolución que Edwin no pudo apartar la vista-. Te prometo que haré todo lo que esté a mi alcance para hacerlo más fácil para los dos. Por mucho tiempo que lleve… sea lo que sea… ¿entiendes?

No pudo responder, pues le pareció que el corazón se había expandido y le llenaba la garganta, donde clamaba por las caricias de Fannie. Estaba tan cerca que podía oler el polvo en sus ropas, el perfume de su pelo y de su piel; podía sentir el aliento de la mujer sobre las manos unidas. Una mota de sol rozaba los ojos almendrados.

– Nunca dejé de amar a ninguno de los dos -añadió y retrocedió tan bruscamente que Edwin se quedó con las manos unidas, en el aire-. Ahora, muéstrame rápidamente el establo y así podré ir a ver a mi prima.

Lo obedeció en medio de un embrollo de emociones, con las palabras titilando en sus terminaciones nerviosas. "Por mucho tiempo que lleve… ¿entiendes?" Aunque, para su congoja, había entendido, el repentino cambio de humor lo obligó a preguntarse si estaba en lo cierto. Mientras le mostraba la oficina, que había ordenado ante su llegada, los pesebres limpios y los animales, que había cepillado, se comportó con tanta vivacidad como lo había hecho en el cobertizo, como si las palabras más tranquilas no hubiesen sido pronunciadas. Al terminar la breve gira se quedó inmóvil viendo cómo Edwin enganchaba un caballo a la carreta. No intentó disimular el minucioso examen del hombre bajo la excusa de observar el interior del establo, sino que se mantuvo erguida, con las manos a los lados de la falda. No movió un músculo, salvo los que usaba para respirar. Edwin hizo los movimientos necesarios para concluir la tarea evitando la mirada de la mujer, sintiéndose como imaginaba que debía de sentirse una fruta que madura en el árbol: tibio por dentro, a punto de estallar, presionando hacia afuera sobre su propia piel, expandiéndose. Fannie podría ser el sol que lo maduraba.

Así era ella. Una observadora, una oyente, una bebedora. Cuando eran pequeños, lo llevaba de la mano a la huerta trasera de su madre y decía:

– ¡Sh! ¡Escucha, Edwin! Creo que puedo escuchar cómo crecen las manzanas. -Y, un instante después-: Crecen de noche, no bajo la luz del sol, ¿sabes?

– Fannie, no seas tonta -replicaba él.

– No soy tonta. Es verdad. Mañana lo demostraré.

Al día siguiente, había cortado una manzana al medio en sentido transversal y le mostraba la estrella que formaban las semillas en el interior.

– ¿Ves? A la luz de las estrellas -se burlaba, y así lo hizo creer.

Quizás en ese momento estuviese catalogando los cambios producidos en él. Cualesquiera fuesen sus pensamientos, se puso inquieto mientras lo miraba moverse alrededor de Gunpowder, un capón totalmente negro que estaba enganchando a la calesa de cuatro ruedas.

– ¿Tus hijos lo saben?

Como ninguno de los dos había hablado por mucho tiempo, perdió el hilo de la conversación. Por un instante, pensó que se refería a ellos dos… ¿sabían sus hijos lo sucedido entre él y Fannie hacía veintidós años?

– ¿Los chicos?

Se quedó de pie, con el animal interponiéndose entre los dos, con las manos apoyadas sobre el lomo curvo y ancho.

– ¿Saben que está muriéndose?

Exhaló con infinito cuidado, para no revelar lo que pensaba.

– Pienso que Emily lo imagina, pero Frankie es muy joven para ahondar demasiado.

– Quiero que quede clara una cosa: mientras yo esté en tu casa, no se hablará de muerte. Josie está viva y mientras lo esté tendremos que realzar esa vida de todas las maneras posibles.

Las miradas se encontraron por encima del lomo del caballo, intercambiando otra promesa de honor. Si bien nada había cambiado entre los dos, esa era la manera más clara en que podían expresarlo. Pero arrebataron a la tarde ese momento exacto para mirarse a los ojos con sinceridad, para aceptar las arrugas que los años le habían dejado en la piel, el tono más pálido del cabello de ella, los matices de plata en el de él y para rogar en silencio no permitirse jamás que los sentimientos se mostraran tan desnudos como en ese instante.

– Te doy mi palabra, Fannie.

Los interrumpió el ruido de una carreta que se acercaba: eran Emily y Charles que entraban por la puerta.

Emily habló antes de que Charles detuviese el vehículo.

– ¡Oh, está aquí! -Saltó al suelo y fue directo hacia Fannie-. Hola, Fannie, soy Emily.

– Desde luego que lo eres. Te habría reconocido entre una muchedumbre de desconocidos. -La temperamental Fannie era capaz de cambiar de humor según lo exigiera la situación y parloteó alegremente-: Edwin, es tu viva imagen con esos ojos azules y el cabello negro. Pero me parece que la boca es como la de Josie. -Sosteniendo las manos de Emily, continuó-: Por Dios, muchacha, eres encantadora. Diría que has heredado lo mejor de cada uno de tus progenitores.

Emily nunca se consideró encantadora bajo ningún concepto, pero el elogio se alojó directamente en su corazón y, por un momento, la incomodó mientras buscaba una respuesta elegante.

– Por desgracia, no tengo las habilidades domésticas de mi madre y por eso la familia está más que dichosa de tenerte aquí.

Todos rieron y Emily se volvió hacia su padre:

– Lamento haber llegado tarde, papá. Fuimos un poco más lejos de lo que yo esperaba.

– No es nada.

– Fannie, todavía no conoces a Charles. -El joven se había apeado y estaba junto a ellos-. Charles, esta es la prima de mi madre, Fannie Cooper. Este es Charles Bliss.

– Charles… eres casi como te imaginaba.

Tomó nota de la barba minuciosamente recortada y de los ojos grises.

– Cómo está, señorita Cooper.

– Es la última vez que toleraré que me llamen "señorita Cooper". Soy Fannie. Sólo Fannie. -Se estrecharon las manos-. Supongo que estás al tanto de que sé a qué edad aprendiste a caminar con zancos, qué clase de estudiante fuiste y qué excelente carpintero eres.

Charles rió, encantado.

– Por las cartas de la señora Walcott, claro.

– Claro. Y hablando de eso, yo le escribí una carta informándole de cuándo llegaría y todavía no he ido a verla, ¿no?

Intervino Edwin:

– Fannie y yo estábamos a punto de ir a buscar el equipaje y entrar en la casa. ¿Venís con nosotros?

– En cuanto desensillemos a Pinky y revise el pie de Sergeant. ¿Cómo está, papá?

Por un momento, la expresión sobresaltada se volvió culpable.

– No he mirado. Estaba… bueno estaba mostrándole el establo a Fannie.

– Yo lo haré. Vosotros adelantaos y nosotros iremos luego.

Cuando Edwin trató de ayudar a Fannie a subir a la calesa, le apartó la mano y afirmó:

– Soy flexible como una rama de sauce, Edwin. Ocúpate de ti mismo.

Emily los miró irse con un brillo de admiración en los ojos.

– ¿No te parece maravillosa, Charles?

– Lo es. No sé qué es lo que esperaba pero, pese a sus cartas, la imaginaba más parecida a tu madre.

– Es tan diferente de mamá como la nieve de la lluvia.

Era cierto. Edwin lo sentía con más intensidad aún que su hija. Cuando Fannie vio la casa desde fuera, inclinó la cabeza para ver el tejado en pico, donde un armazón de madera realzaba las tejas en forma de escamas.

– Edwin, es muy hermosa. ¿La hizo Charles?

– Charles y yo, con alguna que otra mano de Frankie y una sorprendente ayuda de parte de Emily.

– Es bellísima. No sabía que tuvieras tanto talento.

Era más de lo que Josie le había dicho jamás, pues consideraba la casa como algo que se le debía y cualquier entusiasmo que hubiese sentido quedaba eclipsado por el alivio de no tener que vivir en una espantosa guarida.

– Construí el porche todo alrededor para que Josie pudiese sentarse afuera, de cara al sol, a cualquier hora del día. Y arriba, allí… -Señaló el balcón de baranda blanca que contrastaba con las tejas oscuras-. Una pequeña galería a la salida de nuestro dormitorio, para que pudiese salir a tomar aire en cualquier momento.

Fannie, que jamás había poseído una casa, pensó que Josie era muy, muy afortunada.

Edwin condujo a Fannie al interior, por el recibidor del frente. Aunque observó el amontonamiento, no hizo comentarios.

– Josie está arriba. -Le indicó que subiera antes que él y contempló el polisón que se balanceaba y la larga cola de la falda cobriza que se deslizaba encima de sus botas mientras la seguía con dos maletines-. La primera puerta a tu izquierda -le explicó.

Dentro, Josephine esperaba, con expresión excitada y las manos tendidas:

– Fannie… querida Fannie. Por fin estás aquí.

– Joey.

Fannie corrió hacia la cama y se abrazaron.

– Ese horrible sobrenombre. Hace… veinte años… que no lo escucho.

Josephine perdió el aliento en medio de carcajadas ahogadas.

– Cómo se disgustaban tus padres cuando yo te llamaba así.

Se separaron para contemplarse. Josephine dijo:

– Estás elegante.

Fannie replicó:

– Polvorienta y maltratada por el viaje en esa Jurkey, más bien, pero disfruté mucho con el señor McGiver. Y tú estás delgada. Edwin me dijo que no estabas muy bien. -Posó una mano en la mejilla de su prima-. Bueno, voy a malcriarte sin reparos, ya verás. Vayamos a lo concreto. Aprendí a cocinar, imagínate. Pero no soy capaz de hacer un budín sin quemarlo, así que no esperéis que haga uno. Soy buena para preparar carne y verduras, y muy buena con los mariscos, aunque, ¿dónde conseguiríamos mariscos aquí, en medio de las montañas? Además, sé hacer pan… eh… -Fannie se concentró en quitarse los guantes-. Creo que mi pan es un poco pegajoso, pero comestible. Siempre tengo demasiada prisa para dejarlo subir todo lo necesario. Seguramente no hay panadería en el pueblo, ¿verdad?

– Me temo que no.

– Bueno, no importa. Sé hacer unos bizcochos ligeros como plumón de cisne. Sé que cuesta creerlo si recordamos cómo mi madre levantaba las manos, desesperada, cuando trataba de enseñarme los secretos de la cocina. -Fannie saltó de la cama y recorrió la habitación, observando los elegantes muebles oscuros, sin sorprenderse al ver el catre-. Ligeros como plumón de cisne, te lo juro. ¿Quieres que hornee unos para la cena?

– Eso sería maravilloso.

– ¡Y cuando los ponga delante de ti, será mejor que los comas! -Fannie apuntó a la nariz de la prima-. Porque he traído mi bicicleta y tengo la intención de que te pongas lo bastante fuerte para montar en ella.

– ¡Tu bicicleta! Pero, Fannie, yo no sé an… andar en bicicleta.

– ¿Por qué no?

– Porque… -Josephine abrió los brazos-. Soy… tísica.

– ¡Bueno, si esa no es la excusa más endeble que he escuchado, no sé qué puede ser! Eso sólo significa que tienes pulmones débiles. Si quieres fortalecerlos, debes montarte sobre ese par de ruedas y hacerlos trabajar duro. ¿Alguna vez viste un herrero con pulmones débiles? Yo diría que no. ¿Qué diferencia puede haber en materia de pulmones? Lo mejor para ti será salir al aire fresco de la montaña y recuperar tu fuerza.

Al mirarlas, Edwin pensó que en ese cuarto nunca hubo tanta alegría desde que fue construido. El buen humor de Fannie era contagioso; en el semblante de Josie ya se veía un tenue tinte rosado, los ojos eran dichosos, sonreía. Quizá, como él tendía a mimarla, eso la hacía sentirse peor.

Llegaron los jóvenes; habían recogido a Frankie en algún punto del camino y desde abajo llegó su voz, que abría la marcha hacia arriba:

– ¡Eh, hay una bicicleta ahí abajo!

Irrumpió en el dormitorio, seguido de Emily y Charles.

– Es mía -informó Fannie.

Edwin detuvo la arremetida del hijo:

– Frankie, quiero presentarte a la prima Fannie. Fannie, este es nuestro hijo Frank que, en estos momentos, huele un poco a pescado si la nariz no me engaña.

De todos modos, Fannie le tendió la mano.

– Me alegro de conocerte, señor Frank. ¿Cuánto crees que miden tus piernas? -Se ladeó para hacer una estimación visual-. Deben tener, digamos, unos sesenta centímetros para que puedas montar la bicicleta con un mínimo de facilidad.

– ¿Montarla yo? ¿En serio?

– En serio.

Fannie levantó la mano como haciendo un juramento y así conquistó a otro miembro más de la familia Walcott.

Emily no podía apartar la vista de ella. Era un ser fascinante, de la misma edad que su madre pero mucho más joven en la forma de actuar, en el temperamento y en los intereses. Tenía una voz animada y movimientos enérgicos. Tenía un aire rebelde, con ese revuelto cabello rojizo, con rizos alrededor de la cara, como el halo de una linterna en torno de un potrillo recién nacido, que la hacía parecer inmune a la gravedad que transformaba en aburridas y poco interesantes a la mayoría de las mujeres. Los ojos le brillaban siempre de interés y las manos jamás permanecían quietas cuando hablaba. Era mundana; montaba en bicicleta y había viajado sola desde Massachusetts y navegado a vela a un lugar llamado Nantucket, donde cavó buscando almejas; asistió a la Opera, vio a Emma Abbott y Brignoli en La Bohemia y se hizo adivinar la suerte por una adivinadora llamada Cassandra. La lista seguía con los relatos de las cartas que Emily absorbía, casi, desde que tuvo edad suficiente para leer. Era increíble pensar que una mujer así estuviese allí y se quedara, y durmiese en la misma cama que Emily donde podrían charlar en la oscuridad, después de apagar las lámparas. Ya la casa parecía transformada con su presencia. Con ella llegó la alegría, una atmósfera de fiesta que tanta falta hacía. También su madre estaba atrapada en el hechizo de Fannie. Por el momento, olvidó la enfermedad: se le veía en el semblante. Y papá estaba sentado con los brazos cruzados, sonriendo, aliviado al fin de una parte de sus preocupaciones. Emily ya quería a Fannie por haber brindado todo eso a la familia Walcott.

En ese mismo momento, papá se apartó del chiffonier y dijo:

– Hablando de bicicletas, convendrá que lleve la de Fannie al cobertizo y traiga también los baúles. Charles, tal vez puedas echarme una mano.

– Un minuto, señor…

Charles detuvo a Edwin poniéndole una mano en el brazo.

– ¿Señor? -Las cejas de Edwin se alzaron, en sorpresa, y su boca dibujó una mueca divertida-. Charles, ¿desde cuándo me llamas señor?

– Hoy me parece apropiado. Pensé que, mientras estemos todos juntos, como la señora Walcott se siente tan bien y Fannie acaba de llegar, y hay un ambiente festivo, bien podría sumarme. -Tomó la mano de Emily y la acercó a él-. Quiero anunciarles que le he pedido a Emily que sea mi esposa y ha aceptado… por fin.

La muchacha se sintió invadida por una multitud de sensaciones: una abrumadora sensación de fatalidad, ahora que el anuncio estaba hecho, opuesta a la dicha de ver la expresión complacida en el rostro de sus padres y diversión ante la reacción de Frankie.

– ¡Hurra! Ya era hora.

Todos rieron e intercambiaron abrazos. Josephine le secó una lágrima y papá palmeó a Charles en el brazo, le estrechó la mano con vigor y le dio una fuerte palmada en la espalda. Fannie besó a Charles en la mejilla y, en medio de todo, alguien golpeó la puerta, abajo.

– Emily. -Era Tarsy, que se esforzaba por hacerse oír por encima del feliz barullo-. ¿Puedo entrar?

Emily se asomó por la escalera y gritó:

– ¡Pasa, Tarsy, estamos aquí arriba!

Tarsy apareció abajo, excitada como de costumbre.

– ¿Está ella aquí?

– Sí.

– ¡Estaba impaciente por conocerla! -Comenzó a subir la escalera-. Todas esas maletas que están afuera, ¿son suyas?

– Todas. Y es tal como en las cartas.

Otra devota cayó en las redes de Fannie en cuanto se hicieron las presentaciones.

– Pero, claro -dijo Fannie-, la amiga de Emily, la hija del barbero, la muchacha con el cabello más lindo del pueblo. Ya me dijeron que vería muchas como tú por aquí. -Rozó los rizos rubios de Tarsy y le dio la atención adecuada, hasta que volvió a concentrarse en el anuncio reciente-. Pero no te has enterado de las novedades de Emily y Charles, ¿no es así?

– ¿Qué?

Tarsy se volvió hacia la amiga con expresión receptiva.

– Charles me ha pedido en matrimonio y lo he aceptado.

Tarsy reaccionó como lo hacía ante cualquier motivo de excitación: de manera frívola. Se arrojó sobre Emily con fuerza suficiente para quebrarle los huesos y estalló en exclamaciones, en "¡Oh!" y en torrentes de felicitaciones; después, arremetió contra Charles besándolo en la mejilla, exclamando que sabía que sería muuuy feliz y que ella estaba verde de envidia (cosa que no era cierta, y Emily lo sabía); y por fin, con divertida brusquedad, volvió su atención a Fannie.

– Háblame del viaje en diligencia.

Fannie le contó y Tarsy se quedó a cenar, lo cual se transformó en un picnic sobre la cama de Josephine, ante la insistencia de la propia Fannie. Declaró que no se debía dejar arriba a Joey en medio de la celebración, mientras todos los demás se quedaban abajo. Llevarían el festejo hacia ella.

Por lo tanto, papá, Fannie y Frankie se sentaron en la cama, Emily, Charles y Tarsy en el catre de papá y apoyaron los platos sobre las rodillas. Cenaron crema de guisantes sobre los ligeros bizcochos de Fannie y la pesca de Frankie frita, que tenía la consistencia de una suela. Fannie, risueña, se negó a disculparse por ello:

– Los bizcochos son la perfección misma. Lo demás, irá mejorando con el tiempo.

Después, Emily anunció que sacarían pajas para decidir quién ayudaría a lavar la vajilla. Como Frankie perdió e hizo una mueca de disgusto, Fannie le regañó:

– Te conviene acostumbrarte, muchacho, porque pienso hacerlo todas las noches y tienes que esperar sacarte la paja más corta de vez en cuando. Y ahora, salgamos; así vuestros padres tienen un poco de tiempo para estar solos.

Charles dijo que al día siguiente tenía que levantarse temprano, les dio las buenas noches y dio un beso breve a Emily en la boca cuando lo acompañó hasta el porche. Pero ella estaba demasiado impaciente para quedarse mucho tiempo con Charles: Fannie estaba en la cocina y era con ella con quien quería estar.

Las chicas salvaron a Frankie al asegurar que ellas lavarían la vajilla, pues Tarsy no estaba dispuesta a volver a la casa y apartarse de la presencia mágica de Fannie. Aunque esta tenía las mejores intenciones de compartir la tarea de limpieza, de algún modo nunca se mojaba las manos. Las tenía ocupadas haciendo gestos para ilustrar los relatos hechiceros de cuando asistió al Teatro del Vaudeville de Tony's Pastor, donde las bailarinas cantaban, haciendo girar las sombrillas: "Un día, paseando por el parque". La cantó en voz clara e hizo una demostración de la danza alrededor de la mesa de la cocina, haciende girar el atizador de la cocina como si fuese una sombrilla y llenando las mentes de las muchachas de vividas imágenes.

De pronto, recordó que estaba allí para ocuparse de los platos, secó uno y luego olvidó secar otro, pues se lanzó al relato de su última pasión: la arquería. Hizo la demostración parándose sobre una esquina de la bayeta, estirando otra en diagonal, hacia arriba, y tirando hacia atrás como si estuviese colocando una flecha y haciendo puntería. Cuando la flecha dio en su blanco, en la chimenea de la cocina, se colocó el paño de secar alrededor del cuello, como si fuese una piel, y declaró que, hasta la fecha, había participado en tres torneos y que, en el último, ganó una copa y el beso que el príncipe de Austria le dio en la mano. Y en cuanto volvió al Este, donde se instalaban cada vez más aceras, pensó en comprarse un par de objetos sorprendentes llamados patines y tratar de usarlos.

Pareció maravillada cuando vio que los platos estaban todos limpios.

– ¡Caramba, y yo no he tocado ni uno!

– No nos importa -dijo Tarsy-. Cuéntenos más.

Fueron a la planta alta, donde Fannie siguió con los relatos mientras vaciaba los baúles, provocando una serie de "casi desmayos" de Tarsy al sacar un vestido tras otro, más sugestivos que cualquiera que pudieran haber visto en Sheridan.

– La última vez que usé este, juré que nunca volvería a ponérmelo. -Sostuvo en alto un vestido con rosetas de encaje dispuestas en diagonal desde el pecho a la cadera-. Jugábamos juegos de salón y por el vestido me descubrieron.

– ¿Juegos de salón?

Los ojos de Tarsy bailotearon, interesados.

– Son la última moda en el Este.

– ¿De qué clase?

– Oh, de muchas clases. Whist, dominó, el verdugo y, por supuesto, los de hombre-mujer.

– ¿Hombre-mujer?

Fannie lanzó unas carcajadas encantadoras y se tiró sobre un lado de la cama con el vestido estrujado sobre el regazo.

– Creo que no debí haberlos mencionado. A veces, son bastante maliciosos.

Tarsy se echó hacia adelante e insistió:

– ¡Cuéntenos!

La mujer pareció pensarlo, plegó el vestido de las rosetas y cruzó las manos encima:

– Está bien, pero no convendría que vuestros padres se enterasen, en especial Joey. Nunca estuvo de acuerdo con la frivolidad ¡y, seguramente, no de esta clase!

Ansiosa, Tarsy se acercó más.

– No se lo diremos, ¿no es cierto, Emily?

– Bueno, entre los cómicos hay uno que se llama "Pobre Pussy", y otro, "Patatas Musicales"; uno de suspenso que hace erizar el pelo y se llama "Alice, dónde estás". Y después, avanzada la noche, cuando todos se sienten… bueno, más libres, digamos, está el Cartero Ciego y el Francés Ciego en cueros. A ese estaba jugando la noche que me descubrí por culpa de este vestido.

Fannie lanzó una provocativa mirada de soslayo y una sonrisa melindrosa. Tarsy se tiró hacia adelante, en una melodramática demostración de impaciencia.

– Pero, ¿qué estaba haciendo?

– Bueno, a uno de los jugadores se le cubren los ojos con un pañuelo de cabeza… pero… -Fannie hizo una pausa-. Se le atan las manos a la espalda.

Tarsy ahogó una exclamación y agitó las manos junto a las mejillas como si la hubiese salpicado algo muy caliente y Emily apenas pudo contenerse de poner los ojos en blanco.

Fannie siguió:

– Los demás se sitúan en distintos lugares de la habitación y el ciego sólo puede caminar hacia atrás. Los demás lo provocan y lo desnudan tirándole de la ropa o haciéndole cosquillas en el rostro con una pluma. Cuando al fin logra atrapar a alguien, el ciego tiene que adivinar quién es. Si lo adivina, el prisionero debe pagar un rescate.

– ¿Qué es un rescate?

– Es lo más divertido.

– Pero, ¿qué es?

– Lo que decida el ciego. A veces, el prisionero se convierte en ciego, otras, si todos están de humor para tontear, tiene que imitar a un animal y, en ocasiones… si hay alguien del sexo opuesto, tiene que pagar con un beso.

A Emily la escandalizó la sola idea. Los besos eran algo íntimo y no podía imaginarse haciéndolo en un salón lleno de gente mirando. Pero Tarsy se tendió de espaldas y gimió extasiada, fantaseando con la vista fija en el techo y un pie balanceándose por el borde de la cama.

– Daría cualquier cosa por ir a una fiesta así. Nosotros nunca damos fiestas. Este lugar es aburrido como una ostra.

– Podríamos hacer una… no de esa clase, por supuesto. No sería correcto. Sin embargo, me parece que el compromiso de Emily merece un anuncio formal. Podríamos invitar a todos vuestros amigos y, sin duda, Edwin y Joey querrán comunicar la buena nueva a sus amigos y relaciones comerciales. ¿Por qué no planeamos una?

Tarsy se levantó de un salto y cayó sobre Emily con tanta fuerza que casi la tiró de la cama.

– ¡Claro, Emily, es una idea perfecta! Yo ayudaré. Vendré y… y… bueno, haré cualquier cosa. ¡Di que sí, Em… pooor faaavor!

– Podríamos hacerla el sábado que viene, por la noche -sugirió Fannie-. Así tendríais una semana de tiempo para avisar.

– Bueno… es… yo…

De repente, la idea entusiasmó a Emily. Se imaginó cuánto disfrutaría su padre de recibir otra vez gente en la casa y cuan adecuado sería que tanto él como Charles invitaran a sus respectivos clientes. Por otra parte, Tarsy tenía razón, ese pueblo era aburrido como una ostra, ¿acaso no se lo había dicho ella misma a Charles? De repente, adquirió una expresión de advertencia y, señalando a Tarsy, dijo:

– ¡Pero nada de juegos con besos!, ¿entendido?

– Oh, perfecto -se precipitó a acceder Tarsy-. ¿Está bien, Fannie?

– Oh, ninguno -la secundó la mujer.

Aunque acababan de conocerse ese día y Emily no perdió una sola de las palabras que intercambiaron, tenía la inquietante sensación de que estaban conspirando sin hablar.

Capítulo 5

El lunes por la mañana, Tom Jeffcoat se despertó en su cuarto del hotel Windsor y se quedó mirando el techo, pensando en Julia. Julia March, con su rostro en forma de corazón y los ojos almendrados, el cabello de un rubio caramelo y sus manos de hada. Julia March, que llevó el broche que le dio como regalo de compromiso más de medio año. Julia March, que lo dejó por otro.

Cerró los ojos con fuerza.

¿Cuándo dejaría de doler el recuerdo?

Ese día, no. Seguramente, no ese día, cuando no eran más que las cinco y media de la mañana y ya la tenía en mente.

Se terminó. ¡Métetelo en la cabeza!

Apartó las sábanas, saltó de la cama y se calzó los pantalones, dejando los tirantes colgando a los costados. Tomó la jarra de porcelana blanca del lavabo, salió descalzo al vestíbulo y se sirvió una generosa cantidad de agua caliente de un recipiente de metal que estaba puesto en un trípode.

Diablos, el Windsor no estaba nada mal. Era limpio, la comida decente y había agua caliente según lo prometido. Además, no estaría mucho tiempo ahí. Tenía toda la intención de tener su propia casa antes de que nevara.

¿Y entonces, qué? ¿Se sentiría menos solo? ¿No echaría tanto de menos a la familia? ¿A Julia?

Julia ya está casi camino del altar. Quítatela de la cabeza.

Pero era imposible. Como estaba mucho tiempo solo, podía pensar, y Julia llenaba su mente día y noche. Incluso en ese momento, mientras se lavaba de la cintura hacia arriba, se miraba en el espejo preguntándose qué le había gustado más de Hanson. ¿El cabello rubio? ¿Los ojos marrones? ¿La barba? ¿El dinero? Bueno, Tom no era rubio y sí tenía ojos azules, no le agradaba la barba y no era rico, para nada. Estaba tan lejos de ser rico que tuvo que pedirle dinero prestado a la abuela para venir a este pueblo. Pero se lo devolvería y se convertiría en alguien allí. ¡Ya vería Julia! Hasta podía volverse rico como un gran señor y, cuando lo fuese, no compartiría ni un centavo con ninguna mujer sobre la tierra. ¡Mujeres! ¿Quién necesitaba a esas perras mercenarias y veleidosas?

Vertió agua caliente en la jarra de afeitarse, formó espuma y alzó la brocha hacia la cara. Pero se detuvo vacilante, pasándose los dedos por la mandíbula áspera, dudando si debía dejarse crecer la barba. ¿Sería cierto que a las mujeres les gustaba? Si hasta esa marimacho Walcott elegía a un hombre con barba. Pero ya lo había intentado y le resultó calurosa, peligrosa para usar en la herrería, y le molestaba cuando crecía formando una curva tensa y le pinchaba la parte de abajo del mentón. Decidido, se enjabonó y se afeitó la cara, para luego observar con ojo crítico su pecho desnudo. Demasiado oscuro. Demasiado velludo. Color de ojos inadecuado. Pestañas muy cortas. El hoyuelo en la mejilla izquierda, ridículo sin compañero en la derecha.

De pronto, arrojó la toalla y dejó escapar un resoplido desdeñoso.

Jeffcoat, ¿qué diablos estás haciendo? Nunca te importó lo más mínimo lo que opinaban de ti los demás.

Sin embargo, el rechazo de una mujer minaba la autoestima de un hombre.

En el comedor del hotel comió un desayuno opíparo consistente en bistec y huevos, y después se encaminó a la calle Grinnell a buscar la carreta, disgustado ante la perspectiva de toparse con Emily Walcott con ese estado de ánimo. Si esa maldita mocosa estaba ahí, le convendría coserse la boca pues, de lo contrario, le envolvería la cabeza con el delantal de cuero y le pondría una herradura en el cuello.

No estaba. Estaba Edwin. Este Walcott era un hombre agradable, cordial incluso a las siete de la mañana.

– Me he enterado de que esta mañana se encontrará con Charles e irán al aserradero a buscar madera.

– Así es.

Edwin esbozó una sonrisa satisfecha:

– Pues pasará usted el día con un hombre dichoso.

No aclaró más, pero minutos después, cuando Jeffcoat se detenía frente a la casa de Charles, Bliss salió con una sonrisa:

– ¡Buenos días! -exclamó.

– Buenas -respondió Tom.

– ¡Es una mañana espléndida!

A decir verdad, era más fea que la vestimenta de un cuáquero.

– Pareces feliz.

– ¡Lo estoy!

Charles subió a la carreta.

– ¿Por algún motivo en particular?

Mientras el vehículo empezaba a andar, Charles se palmeó las rodillas y las apretó con firmeza.

– La cuestión es que voy a casarme.

– ¡Vas a casarte!

– Oh, dentro de un año, o más, pero ella al fin aceptó.

– ¿Quién?

– Emily Walcott.

– Em… -A Tom se le saltaron los ojos de las órbitas y echó la cabeza hacia adelante-. ¡Emily Walcott!

– En efecto.

– ¿Te refieres a esa Emily Walcott de los pantalones y el delantal de cuero?

– La misma.

Jeffcoat puso los ojos en blanco y musitó:

– Jesús.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Bueno, quiero decir… es…

Hizo un gesto vago.

– ¿Qué?

– ¡Es una arpía!

– Una arpía… -Para su sorpresa, Charles rió-. Es un tanto impulsiva, pero no es ninguna arpía. Es inteligente, se interesa por las personas, es trabajadora…

– Y usa tirantes.

– ¿Lo único que te importa es lo que usa una chica?

– ¿A ti no?

– Para nada.

Tom se sintió generoso.

– ¿Sabes, Bliss?, aunque me agradas, tengo la sensación de que debo ofrecerte condolencias en lugar de felicitaciones.

Charles replicó, afable:

– Y yo no sé por qué no te tiro del asiento de un puñetazo.

– Lo lamento, pero esa chica y yo nos llevamos como un par de gatos en un saco.

Se sopesaron mutuamente y comprendieron que se habían comportado con una sinceridad que los amigos, incluso los de toda la vida, rara vez lograban. Era una buena sensación.

De repente, rompieron a reír, Tom le dedicó al nuevo amigo una sonrisa ladeada y dijo:

– Está bien, háblame de ella. Intenta hacerme cambiar de opinión.

Charles lo hizo con gusto.

– Pese a lo que piensas de ella, Emily es una muchacha maravillosa. Como nuestras familias eran amigas ya en Philadelphia, la conozco de toda la vida. Cuando yo tenía trece años, supe que quería casarme con ella. Se lo dije a Edwin como de pasada y él, prudente, me aconsejó que esperara un tiempo para pedírselo. -Los dos rieron entre dientes-. Se lo propuse por primera vez hace más o menos un año y tuve que repetirlo cuatro veces antes de que accediera.

– ¡Cuatro veces! -Jeffcoat alzó una ceja-. Tal vez tendrías que haber renunciado cuando todavía le llevabas ventaja.

– Y tal vez, después de todo, te voltee del asiento.

Jugando, Charles trató de hacerlo dándole un puñetazo en el brazo que lo hizo tambalearse de costado.

– ¡Bueno, pero cuatro veces…! Por Dios, hombre, mucho antes yo habría preferido tratar con quien me aceptase.

Charles se puso serio.

– Había cosas que Emily quería hacer antes. Está siguiendo un curso por correspondencia de veterinaria y tendría que terminarlo el verano próximo.

– Ya lo sé. Edwin me lo dijo. Además, cometí el error de espiar sus papeles la primera vez que entré en la oficina del establo. Como de costumbre, me regañó. Si no recuerdo mal, en esa ocasión me dijo grosero y entrometido.

El tono no dejaba dudas de que ese había sido un altercado entre muchos.

Charles no le demostró simpatía.

– Me parece bien. Tal vez te lo merecías.

Rieron de nuevo y después permanecieron en un cómodo silencio.

Jeffcoat pensaba: "Es extraño cómo uno puede conocer a una persona y sentir una aversión instantánea hacia ella, y con otra, sentir que dentro de uno había un lugar vacío pronto a colmarse". Eso era lo que le hacía sentir Bliss.

– Escucha -Charles interrumpió los pensamientos de Tom-, sé que Emily no fue de lo más cordial contigo cuando llegaste al pueblo, pero…

– ¿Cordial? Me echó. Fue a mi terreno y caminó junto a la niveladora insultándome.

– Lo siento, Tom, pero tiene muchas preocupaciones. Es una hija realmente devota y pasa casi tanto tiempo en el establo como el padre. Es natural que se ponga a la defensiva. Pero no se trata sólo del establo. En estos momentos, las cosas no andan nada bien en esa casa. La madre está muriendo de tuberculosis, ¿sabes?

Tom sintió una leve punzada de remordimientos. La tisis no sólo era incurable sino que no era grata de ver, en especial cerca del final. Por primera vez, se ablandó hacia esa marimacho.

– Lo lamento, no lo sabía.

– Claro que no lo sabías. Ahora ha empeorado. Tengo el presentimiento de que la señora Walcott decae rápidamente. Ese es otro motivo por el cual quería que Emily me diese el sí. Porque creo que su madre morirá más apaciguada si sabe que la hija está casada conmigo, segura.

– Entonces, ¿los Walcott se han alegrado con la noticia?

– Oh, sí, y también Fannie. No te he hablado de Fannie. -Le explicó todo lo relacionado con la prima de la señora Walcott que había llegado desde Massachusetts para ayudar a la familia-. Fannie es distinta -concluyó-. Ya verás, cuando la conozcas.

– Quizá no la conozca. Por lo menos, mientras viva en la casa de tu novia.

– Oh, sí. De algún modo, todos seremos amigos, lo sé.

Siguieron viajando en silencio un tiempo hasta que Tom preguntó:

– ¿Cuántos años tienes?

– Veintiuno.

– ¡Veintiuno! -Se irguió y observó el perfil de Bliss-. ¿Nada más? -Parecía mayor: sin duda, debía de ser la barba. Y además, se comportaba como si lo fuese-. En cierto modo, te envidio, ¿sabes? Sólo tienes veintiuno y ya sabes lo que quieres de la vida. Es decir, abandonaste a tu familia y viniste a establecerte aquí. Tienes un oficio, un hogar y has elegido una mujer. -Reflexionó unos instantes, con la vista fija en la cima de una montaña, envuelta en niebla-. Yo tengo veintiséis y lo único que sé es lo que no quiero.

– ¿Por ejemplo?

Miró de soslayo a Bliss:

– Para empezar, una mujer.

– Todo hombre quiere una mujer.

– Quizá debí decir una esposa.

– ¿No quieres casarte?

Charles parecía estupefacto.

Una expresión cínica apareció en el semblante de Tom:

– Hace un año, me comprometí con una mujer a la que conocía hacía mucho tiempo. El sábado que viene, se casará con otro hombre. Tendrás que perdonarme si, en este momento, mi opinión sobre el bello sexo no es demasiado elevada.

Charles le demostró cierta simpatía y susurró:

– Maldición, eso es duro.

En tono áspero, Jeffcoat comentó:

– Las mujeres son volubles.

– No todas.

– Es natural que digas eso, pues en este momento estás hechizado.

– Bueno, Emily no lo es.

– Yo creía lo mismo de Julia. -Lanzó una risa amarga y miró adelante-. Creí que la tenía asegurada, garantizada y que era mía, hasta que una tarde entró en la herrería y me anunció que rompía nuestro compromiso para casarse con un banquero llamado Jonas Hanson, quince años mayor que ella.

– ¿Un banquero?

– Así es. Heredó dinero… montones de dinero.

Charles digirió la información mirando a Tom con disimulo, mientras este contemplaba, pensativo, las grupas de los caballos. Por un rato, ninguno de los dos habló hasta que Tom dejó escapar un pesado suspiro y se reclinó:

– Bueno, tal vez haya sido mejor que lo descubriera de antemano.

– ¿Por eso viniste aquí? ¿Para alejarte de Julia?

Tom echó una mirada a Charles y dibujó una sonrisa lánguida.

– No estaba seguro de contenerme y no irrumpir en su dormitorio, tirar de la cama al viejo "Sacos de dinero" y ocupar su lugar.

Bliss rió, se rascó la mejilla barbuda y admitió:

– Para serte sincero, yo también pienso en dormitorios, últimamente.

Sorprendido, Jeffcoat miró interrogante a su nuevo amigo. ¿Cómo era posible que un hombre se sintiera atraído por una muchacha que se vestía como un herrero, olía a caballos y quería ser veterinaria? La curiosidad lo impulsó a preguntar:

– ¿Y ella?

Bliss lo miró con calma.

– ¿Qué?

– ¿Piensa en dormitorios?

– Por fortuna, no. ¿Y tu Julia, lo hacía?

– Creo que en ocasiones se sintió tentada, pero nunca llegué más allá de las ballenas del corsé.

– Emily no usa corsé.

– No me sorprende. Claro que con ese delantal de cuero, no lo necesita.

Rieron juntos otra vez y siguieron andando en silencio unos minutos. A la larga, Tom comentó:

– Esta es una conversación de lo más extraña. Allá, en Springfield, yo tenía amigos que conocía de muchos años y no podía conversar con tanta facilidad.

– Sé a qué te refieres. Yo nunca he hablado de este tipo de cosas con nadie. De hecho, creo que un caballero no debería hacerlo.

– Tal vez no, pero aquí estamos, y no sé qué pasará contigo, pero siempre me he considerado un caballero.

– Yo también -admitió Charles.

Charles observó las nubes y dijo:

– Bueno, digámoslo de este modo… no me gustaría que Emily descubriese lo que digo. Pero, por otra parte, es bueno saber que a otros hombres les pasa lo mismo cuando están comprometidos.

– No te preocupes. Nunca lo descubrirá por mí. Si quieres saber la verdad, tu mujer me asusta un poco. Es una fiera y no quiero enfrentarme a ella más de lo necesario. Sin embargo, de algo estoy seguro: con semejante mujer, la vida jamás será aburrida.

Cuando llegaron al aserradero, Charles lo presentó como su nuevo amigo Tom Jeffcoat y estaba diciendo la verdad. El resto del día y los que siguieron, mientras trabajaban hombro a hombro, la espontaneidad que había entre ellos fue convirtiéndose en un sólido vínculo de amistad.

Desde el principio, Charles hizo todo lo posible por suavizar la adaptación de Jeffcoat en el pueblo, entre personas que no conocía. En el aserradero, convenció bromeando al dueño, Andrew Stubbs y su hijo Mick, de que vendiese la madera a Tom por un precio mejor. En el pueblo, lo llevó personalmente a la ferretería de J. D. Loucks y lo presentó a los vecinos mientras Tom compraba clavos. Comenzaron juntos a construir el armazón del establo, y cuando el esqueleto de las paredes y los cabrios del techo estaban tendidos en el suelo, Charles fue hasta la calle Maine y regresó con nueve vecinos dispuestos a ayudar a levantarlos. Fueron con él el carnicero, Will Haberkorn y su hijo Patrick, los dos aún con los delantales blancos manchados. Con ellos fue Sherman Fields, el padre de Tarsy, un sujeto agradable y vivaz con el cabello peinado con raya al medio y un bigote fijado con cera. También estaba Pervis Berryman y su hijo Jerome, que compraba y vendía cueros, y hacía botas y baúles. El robusto polaco Joseph Zollinski, ebanista, al que Tom reconoció por haber visto en la iglesia. J. D. Loucks apareció con Helstrom, el propietario del hotel, que dijo a su huésped:

– Usted me apoya a mí, yo a usted.

Y Edwin Walcott, en una genuina manifestación de bienvenida, cruzo la calle. Charles presentó a Tom a todos los que aún no lo conocían y organizó una bienvenida pronta y sincera, que adoptó la forma de ayuda para levantar las paredes.

Loucks había llevado cuerda nueva de su tienda, y minutos después de que el grupo se reuniera, los músculos se tensaron bajo el sol estival. Al acercarse el final del día, el esqueleto de la construcción se recortaba contra el cielo del atardecer.

– No sé cómo darte las gracias -le dijo Tom a Charles cuando todos se habían ido y quedaron solos, levantando la vista hacia los ángulos agudos del tejado.

– Los amigos no necesitan agradecimientos -respondió con sencillez.

Pero, de todos modos, Tom palmeó el hombro del amigo:

– Este amigo lo agradece.

Mientras recogían las herramientas, Charles dijo:

– Fannie insiste en dar una fiesta de compromiso para Emily y para mí, el sábado por la noche. Tal vez sea justo lo que necesitas para olvidar esa otra boda que va a realizarse allá, en el Este. ¿Vendrás?

Tom pensó negarse, en beneficio de la señorita Walcott. Pero las noches eran largas y solitarias, y estaba ansioso por relacionarse con gente joven, entre los cuales estarían sus futuros clientes. Y lo más importante, Charles, su amigo, también formaba parte. Quería ir, fuese en la casa de Emily o no.

Con una mueca, preguntó:

– ¿Irá Tarsy Fields?

Charles le dirigió una sonrisa de hombre a hombre:

– Con que Tarsy, ¿eh?

Tom se concentró en cerrar bien el barrilete de clavos.

– Hay veces en que un hombre recibe un mensaje de una chica en cuanto la conoce. Creo que yo he recibido uno de Tarsy.

– Es un regalo para la vista.

– En efecto.

– Y divertida.

– Así parece.

– Y tan cabeza hueca como quedará ese barril de clavos cuando terminemos el cobertizo.

Jeffcoat rió con ganas, palmeó el hombro de Bliss y declaró, enfático:

– ¡Diablos, Bliss, me agradas!

– ¿Lo suficiente para asistir el sábado a la noche?

– Desde luego -afirmó Tom, esperando que él y Emily Walcott pudiesen comportarse civilizadamente el uno con el otro.

A la mañana siguiente, Tom y Charles comenzaron a cerrar el techo y los lados del establo, pero el día siguiente lo dedicaron a la iglesia, que se encontraba en una fase similar de construcción. Eso fue, más que ninguna otra cosa, lo que ganó a Tom la aprobación de las señoras del pueblo. Comentaban en las aceras que, teniendo su propio edificio a medio hacer, el joven donaba un día entero para ayudar a levantar la nueva iglesia. ¡Ese era un ejemplo para que lo siguieran los más jóvenes!

Uno de esos jóvenes adoptó la costumbre de estar al tanto de todo lo que sucedía en el nuevo solar de la calle Grinnell. Frankie Walcott era el primero que aparecía por la mañana, atraído por su ídolo, Charles, y al día siguiente se encontró con que tenía dos ídolos. Lo hicieron trabajar y lo hizo con buena voluntad, acarreando, midiendo y hasta martillando. Cuando fueron a la iglesia a ofrecer el día de trabajo, Frankie fue con ellos, igual que su gordo amigo, Earl Rausch. Earl sentía una voracidad incontenible con las golosinas, y pasó buena parte del tiempo hurtando rosquillas y bizcochos que las esposas mandaban a los trabajadores. Pero el ídolo de Earl era Frankie y lo imitaba en todo. Llevó de beber a los hombres en el cazo, cumplió diversas tareas que le encomendaron y enderezó clavos torcidos. Cuando las matronas del pueblo se enteraron de que Frankie y Earl habían ofrecido tiempo para ayudar en la iglesia, alistaron a sus propios hijos para que hicieran lo mismo.

Frankie Walcott se divertía como nunca. En Sheridan, nunca hubo tanta animación. Podía estar todo el día con Charles y el nuevo tipo, Tom. Le gustaba Tom. Reía mucho, bromeaba y su establo sería algo digno de verse.

Durante la cena, parloteaba constantemente acerca de la construcción en la calle Grinnell.

– Tom ha traído las ventanas desde Rock Springs: ¡son veinticuatro! ¡Y hará un suelo de ladrillos verdaderos! ¡Ya los ha encargado a Buffalo!

Emily no levantaba la vista para no sumarse al entusiasmo de su hermano.

– ¿Sabéis que me ha traído? Esa… esa cosa. Esa plataforma giratoria. La instalará en medio del establo, de modo que haga girar las carretas y las oriente hacia la puerta con tanta facilidad como yo puedo girar. La trajo desde Springfield en tren y desde Rock Springs hasta aquí en su carreta. Tom dice que allá, en el Este, todos los depósitos de locomotoras y de máquinas tienen esa clase de plataforma y que las usan para hacer girar los trenes.

– ¡Eso es lo más estúpido que oí jamás! -exclamó Emily, incapaz de contener la lengua por más tiempo-. En el Este, que está demasiado poblado, necesitan plataformas. Aquí, que tenemos tanto espacio abierto, no es más que un despilfarro.

– A mí no me lo parece. Creo que ha sido astuto por tenerlo en cuenta y Tom dice que, en cuanto esté instalada, Earl y yo podremos subirnos.

Emily se levantó de golpe.

– ¡Tom dice, Tom dice! -Tomó dos cuencos vacíos y los quitó con furia de la mesa-. En serio, Frank, estoy hartándome de oírte hablar de ese sujeto. ¡Sin duda deben de suceder otras cosas en este pueblo además de esa maldita construcción!

La mirada pensativa de Fannie se posó sobre la muchacha, que se volvía hacia el fregadero de granito, apoyaba los cuencos con estrépito y comenzaba a bombear agua, con movimientos furiosos. Apoyó con calma la cuchara en el plato y comentó:

– Parece emprendedor.

– ¡Es grosero y habla demasiado! -exclamó Emily, bombeando con más bríos.

– ¡No lo es! -replicó Frankie-. Es tan bueno como Charles y a él también le agrada. ¡Pregúntaselo!

– ¡No preguntaré nada acerca de él! -estalló su hermana, mirándolo sobre el hombro-. ¡Ese sujeto compite con papá!

Fannie eligió ese momento para informar a su sobrina:

– Charles lo ha invitado a la fiesta de mañana por la noche.

Emily giró con tal brusquedad que salpicó.

– ¡Qué!

– Ha invitado al señor Jeffcoat a tu fiesta de compromiso de mañana. Y él ha aceptado.

– ¿Por qué no me lo has dicho?

Fannie tomó con calma una cucharada de puré de manzana y respondió, como de pasada:

– Creí que te lo había dicho.

– ¡No estaré presente!

– Vamos, Emily… -intervino Edwin.

– ¡No estaré, papá! ¡En este mismo instante, está construyendo un… un establo!

– Pero lo invitó Charles y él también tiene derecho. Parece que se han hecho muy amigos.

Emily acudió a su prima:

– Haz algo, Fannie.

– Muy bien. -Fannie se levantó sin prisa, llevando sus platos sucios al fregadero-. Mañana subiré a la bicicleta, iré a verlo y le diré que, en realidad, no está invitado a la fiesta. Le explicaré que en la sala no hay espacio para la cantidad de personas que aceptaron la invitación y tendremos que reducirla. Estoy segura de que lo comprenderá. Charles también. ¿Sacamos pajas para ver quién lava la loza?

– Fannie, espera.

Fannie se detuvo en mitad del movimiento y miró a su sobrina con expresión inocente.

– ¿Tienes algo más que decirle?

Emily se derrumbó en la silla y adoptó un aire enfurruñado, con las manos balanceándose entre las rodillas.

– Que venga -refunfuñó, de malhumor.

Fannie se detuvo ante la muchacha y le arregló unos mechones de cabello negro, quitándoselos de la frente como si estuviese devanando una madeja de hilo de bordar. A continuación, habló en un tono cargado de sensatez:

– Piensa vivir aquí mucho tiempo. Seréis, digamos, contemporáneos. En los años venideros, os tropezaréis muchas veces, tanto en situaciones sociales como comerciales. Eres muy joven, querida. Joven y obstinada. Todavía no has aprendido que la vida está llena de compromisos. Pero créeme, te sentirás mejor si decides recibirlo con amabilidad y haces que se sienta bienvenido. Si tu padre y Charles pueden, tú también podrás. ¿Qué dices?

Emily alzó la vista, con expresión indignada:

– ¡Me dijo marimacho!

Fannie sostuvo el mentón de la muchacha en el hueco de la mano.

– Ah, de modo que ese es el motivo de tu enfado. Bueno, tendremos que demostrarle que no lo eres, ¿no es cierto?

Emily la miró, todavía con expresión empecinada.

– No quiero demostrarle nada.

– ¿Ni siquiera que un marimacho puede transformarse, por arte de magia, en una dama?

La mujer vio que había despertado el interés de la chica y, antes de perderlo, se volvió hacia Frankie:

– Y tú, jovencito… -Mirándolo desde el mismo nivel, le advirtió-: Ni una palabra a nadie de esta conversación, ¿me oyes?

Todos los presentes sabían que Frankie quería correr al otro lado de la calle Grinnell a escupir lo que había oído, pero nadie contradijo a Fannie.

– Sí, señora -farfulló Frankie, decepcionado.

Era comprensible que a Fannie le hubiese picado la curiosidad. ¿Cómo sería el hombre capaz de encolerizar a Emily hasta ese punto? Había observado a la muchacha toda la semana, y cada vez que se mencionaba el nombre de Tom Jeffcoat, se ponía furiosa. Pero, al mismo tiempo, se ruborizaba y no miraba a nadie a los ojos. ¿Esa era la reacción ante un hombre al que odiaba?

El sábado por la mañana, después de poner a hervir la avena para el desayuno, Fannie sacó la bicicleta del patio trasero del cobertizo y salió a pasear. Era temprano, las seis y media. Dejó atrás la casa dormida pero, desde algún punto del pueblo llegó el ruido de un martillo. Sheridan era pequeño y Edwin vivía a sólo cinco manzanas de la calle Main, y a seis del establo, en Grinnell. Cuando tomó por esta calle, el sol doraba el contorno de la pradera este como una naranja en llamas. Contra ese fondo se recortaba el esqueleto del nuevo establo en construcción, con el tejado ya cerrado. Pasó el de Edwin a su izquierda. Uno de los caballos lanzó un suave relincho de saludo. Las ruedas de la bicicleta crujían sobre la calle arenosa, y la brisa soltaba mechones del cabello recogido flojamente y le rizaba los pliegues del bombacho de lana áspera contra las piernas. A lo lejos, cantó un gallo y el martillo de Jeffcoat resonó como un látigo, reverberando contra las paredes del valle.

Se sintió feliz como nunca en la vida. Estaba viviendo en la casa de Edwin, compartiendo su vida, trabando relación con sus hijos, familiarizándose con sus caballos. Cocinaba su comida y le servía el café de la mañana; enrollaba la servilleta con que se había limpiado los labios, lavaba y planchaba la ropa que había rozado su piel. Si existía la menor posibilidad de que Emily pensara hacer eso para un hombre de apellido Bliss, cuando tendría que hacerlo para Jeffcoat, Fannie se ocuparía de descubrirlo antes de que fuese demasiado tarde.

Frenó ante el establo, se quedó a horcajadas en la bicicleta, se hizo sombra sobre los ojos y escudriñó a la figura que, allá en la altura, clavaba clavos.

– ¿Señor Jeffcoat?

El martilleo cesó y el hombre miró sobre su hombro.

– ¡Bueno… buenos días!

Le gustó cómo lo dijo, dándose media vuelta y dando un papirotazo a la gorra que la echó para atrás. El tejado era empinado; tenía una cuerda amarrada a la cintura, anudada a una polea del lado contrario. Se equilibró, acuclillado, con la bota enganchada en un travesaño provisorio que había clavado en la pronunciada pendiente que tenía debajo.

– ¡Soy Fannie Cooper!

– Lo imaginaba. Espere un minuto.

Bajó del techo como un escalador de montañas, pataleando en el aire, cayendo con enviones que quitaban el aliento, deslizándose por la cuerda hasta que llegó a la escalera apoyada contra la construcción. Bajó la escalera con agilidad, bajo la observación de la mujer que admiraba la gracia y las formas del hombre y su manera extravagante de vestir: pantalones demasiado ajustados, tirantes rojos y la camisa despojada de las mangas. Antes de que hubiese llegado hasta ella, se quitó un guante y le ofreció la mano.

– Hola, Fannie. Soy Tom Jeffcoat.

– Lo sé.

– Usted es la prima de Emily Walcott.

– En cierto modo. Prima segunda, para ser exactos. Y usted es el competidor de Edwin.

El joven sonrió:

– No era mi intención.

Le gustó la respuesta. Le gustó el hoyuelo. La persona. Fannie no era la típica mujer victoriana, que fingía indiferencia hacia los hombres. Cuando conocía a uno que merecía su aprobación, se sentía justificada en expresar esa aprobación de cualquier manera que le sugiriese la fantasía. A veces, coqueteando, otras elogiando, a menudo eludiendo con habilidad una respuesta directa.

– Sin embargo, parece usted un pájaro madrugador… ¿buscando la lombriz, quizá?

Rió otra vez con actitud muy masculina, echándose atrás desde la cintura y liberando su risa hacia el cielo matinal.

– ¿No debería estar usted preparando dulces y exprimiendo jugos de fruta para esta noche?

– No ofreceré dulces, sino pequeños emparedados. Para una fiesta de compromiso no es apropiado servir ponche de frutas, de modo que no se ponga descarado conmigo, señor Jeffcoat.

– No fue mi intención ponerme descarado. -Colocándose otra vez el guante, hizo una reverencia juguetona-. Discúlpeme.

Fannie lo examinó. Observó el gran tejado a medio cubrir.

– El edificio está progresando bien. Ha encargado ladrillos para el suelo.

– Sí.

– Y veinticuatro ventanas.

– Dios mío, cómo vuelan las noticias.

– Frankie se encarga de eso.

– Ah, Frankie, me gusta ese chico.

– Su establo será algo grandioso. Emily está celosa.

El semblante no reveló los sentimientos del dueño. Poseía una sonrisa fácil, que no se alteró en lo más mínimo al comentar:

– A Emily le gustaría que yo estuviese en un velero, con el mástil principal roto, doblando el Cabo de Hornos. Trato de no irritarla.

– He oído decir que también ha traído una plataforma giratoria para los carros.

– Sí.

– ¿Por qué?

– Una curiosidad, nada más. Un capricho. De niño, me gustaban los trenes y, en especial, las plataformas giratorias. Una vez, un maquinista me dejó dar una vuelta en una de ellas y, desde entonces, quise tener una.

– ¿Eso quiere decir que es impetuoso, señor Jeffcoat?

– No sé. Nunca he pensado en ello. Usted, ¿es impetuosa, señorita Cooper?

– Con toda seguridad.

– Lo imaginé al ver la bicicleta y los… -Se echó atrás para observarle las piernas-. ¿Cómo se llaman?

– Bombachos. ¿Le gustan? ¡No responda! De cualquier modo, son cómodos y hay mujeres que usan lo que les resulta cómodo, les agrade o no a los hombres.

– Me he dado cuenta de eso desde que estoy en Sheridan.

Fannie le dirigió una sonrisa fugaz, y luego, con su característica volubilidad, cambió de tema:

– ¿Baila usted, señor Jeffcoat?

– Lo menos posible.

Fannie rió y le aconsejó:

– Bueno, prepárese. Esta noche habrá baile, entre otras diversiones. Estamos contentos de que asista. Bueno, debo volver a preparar el desayuno. Observe mi técnica para poner en marcha este artefacto y no lo tome a la ligera. Arrancar y frenar son las partes más difíciles. Me llevó tres semanas aprender a arrancar sin caerme de boca y estoy bastante orgullosa. -Dio empuje a la bicicleta y se montó con perfecto equilibrio-. Me alegro de conocerlo, señor Jeffcoat.

– Y yo a usted, señorita Cooper.

– ¡Entonces, llámeme Fannie!

– ¡Y usted a mí, Tom!

Sonrió mientras la veía pedalear por la calle.

Aunque era un día turbulento, Fannie tenía todo bajo control. Le comentó a Josephine lo atestado de la sala y le sugirió que corriesen el piano hacia la pared, para despejar parte del amontonamiento de modo que los jóvenes tuviesen espacio para bailar. Josephine aceptó. Hubiese aceptado cualquier cosa, pues estaba más feliz de lo que había estado durante meses: a ella también la pusieron a trabajar y sentirse útil otra vez la vivificaba. Sentada al sol, en la galería de arriba, lustraba la platería.

Abajo, volaba el polvo. Tarsy había ido a ayudar, según lo prometido. Preparaba el relleno de los emparedados, mientras Frankie fregaba los peldaños de la escalera, llevaba los helechos al patio y azotaba las alfombras. Emily envolvía y guardaba los adornos, y Fannie encontró sitios para ocultar las pesadas fundas de los muebles, las tallas, chucherías turcas, plumas de pavo real y bustos de yeso. Lavaron las ventanas y las lámparas de las chimeneas, y corrieron el piano hacia la pared, que era donde debía estar. Limpiaron los suelos, los dejaron desnudos y relegaron los incómodos muebles al porche, dejando sólo en la sala suficientes sillas y mesas para darle gracia y equilibrio. Según Fannie, un exceso de sillas impulsaba a los invitados a quedarse sobre sus traseros en lugar de bailar y divertirse. ¡Cuántas menos sillas, mejor!

Frankie limpió las teclas del piano, Tarsy sacó el cuenco del ponche, Emily colgó las cortinas de encaje limpias (y dejó guardadas las pesadas colgaduras de borlas) y Fannie eligió unos pocos objetos para adornar la habitación.

Cuando terminaron, los cuatro contemplaron cómo había quedado, limpio y brillante, y Fannie dio una palmada y declaró:

– Esto merece una celebración. ¡Una celebración musical!

De repente, se sentó en el taburete del piano, giró de cara a las teclas e interpretó una versión animada de "La mosca de cola azul".

Las notas subieron a la planta alta, atravesaron el dormitorio principal y llegaron hasta la galería donde Josie sonrió, interrumpiendo la tarea. Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y cerró los ojos, tamborileando sin darse cuenta una cuchara contra la rodilla, al ritmo de la música.

Cuando abrió los ojos, Edwin volvía a la casa por la calle, allá abajo. Estaban entre el almuerzo y la cena, y sintió una oleada de alegría al verlo llegar a esa hora insólita. Lo saludó con la mano, él le devolvió el saludo y le sonrió. Lo vio cruzar el patio, desaparecer en el porche de abajo mientras la música continuaba y, con ella, la voz de Fannie:

"… el diablo atrapó a la mosca de cola azul. Jimmy muele maíz y a mí no me importa…"

Abajo, Edwin entró en la sala y la encontró transformada. El sol entraba a raudales por las blancas cortinas de encaje, haciendo brillar el suelo lustrado que tenía el color del té fuerte. Había menos muebles y los que quedaban estaban sin sus cubiertas, y sólo los adornaban unas pocas figurillas y adornos, y un solo helecho junto a la ventana arqueada. El piano, con la parte trasera contra la pared y la tapa despojada de todo, salvo una lámpara de aceite y los retratos de la familia, estaba sonando mientras Tarsy palmoteaba y los chicos bailaban, risueños, una desordenada polka.

Fannie estaba al piano, aporreando las teclas de marfil y cantando a gritos. Tenía la cabeza cubierta con una toalla blanca anudada en la coronilla y de ella escapaban mechones finos de rizos rojizo claros. Tenía la falda y el delantal subidos hasta las rodillas y mostraba los zapatos negros de tacones que golpeaban los pedales con fuerza suficiente para que se sacudiera la lámpara. Vio entrar a Edwin por el reflejo en la madera pulida del frente del piano y le echó una mirada sobre el hombro, sin dejar de cantar y tocar con bríos.

"Ese caballo corrió, saltó, lanzó, arrojó a mi amo a la zanja…"

Al llegar al estribillo, los, chicos se sumaron y Edwin rió.

– ¡Canta, Edwin! -ordenó Fannie, deteniéndose sólo un segundo para luego lanzarse de nuevo a la canción.

Sumó su inexperta voz de tenor y los cinco hicieron el alboroto suficiente para hacer caer el hollín de la chimenea de la cocina. Mientras bailaban, Emily pisó a Frankie. Rieron, recuperaron el equilibrio y continuaron bailoteando por el cuarto con tanta gracia como un par de leñadores.

Al llegar al estribillo final, Fannie alzó la cara hacia el techo y vociferó:

– ¿Estás cantando, Joey?

En ese instante, Edwin sintió una renovada ola de amor hacia Fannie.

Subió los escalones de en dos, antes de que terminase el estribillo y, en efecto, encontró a Josie cantando quedamente para sí en la galería, al sol, con una sonrisa en la cara.

Al sentirlo detrás, se interrumpió y le sonrió, mirando sobre el hombro.

– Edwin, llegas temprano.

– Dejé una nota en la puerta del establo. Pensé que necesitarían mi ayuda aquí, pero me parece que no. -Salió a la galería y se apoyó en una rodilla, junto a la silla, apretándole la mano que seguía sujetando el paño de lustrar y la cuchara-. Oh, Josie, es maravilloso oírte cantar.

– Me siento mucho mejor, Edwin. -La sonrisa confirmaba sus palabras-. Creo que esta noche podré ir abajo… al menos por un rato, y recibir a los invitados de Emily.

– Eso es magnífico, Josie… -Le apretó la mano ostra vez-. Magnífico.

Mirándola a los ojos, recordó la fiesta de compromiso de ellos dos. Lo desesperado que estaba y cómo lo había ocultado. Pero, a fin de cuentas, la vida juntos no había sido tan mala. Pasaron veinte años de buena salud hasta que su esposa enfermó y de esos años tenían dos hermosos hijos, una casa preciosa y un profundo respeto mutuo. Y si la relación no fue todo lo íntima o demostrativa que hubiese querido, tal vez en parte era culpa del propio Edwin. Tendría que haberla admirado más, elogiado más, cortejado, acariciado más. Como nunca lo había hecho, lo hacía ahora.

– Aquí, sentada al sol, estás adorable. -Le quitó la cuchara de la mano y unió su palma a la de ella, enlazando los dedos-. Me alegro de haber llegado temprano a casa.

Josie se ruborizó y bajó la vista. Pero la alzó sorprendida cuando el esposo giró la cabeza y le besó la palma. Con la mano libre, le acarició tiernamente la mejilla barbuda.

– Edwin querido -dijo, cariñosamente.

Abajo, la música cesó y las voces risueñas se trasladaron a la cocina. Por un rato, Edwin y Josephine fueron más felices de lo que lo habían sido durante años.

Capítulo 6

Faltaban dos horas para que empezaran a llegar los invitados y la casa estaba en perfecto orden. Los canapés estaban cortados, los pasteles con su cubierta azucarada y el ponche de coñac preparado. Tarsy había ido a la casa a cambiarse; Josephine, con el pelo recién lavado, descansaba; en la cocina, Edwin peinaba a Frankie y le daba instrucciones estrictas de que no permitiera a Earl comer más de dos emparedados y que después se fueran a la casa de Earl, donde pasarían la noche.

Arriba, en el dormitorio oeste, Fannie se divertía como nunca desordenando, sacando vestidos de los baúles y formando como un arcoíris sobre la cama y la mecedora de Emily.

– ¿El verde? -Apoyó la prenda de seda contra el cuerpo de la muchacha. Era claro como espuma de mar y adornado con pequeñas cuentas. Emily no alcanzó más que a echarle un vistazo cuando ya había desaparecido-. No, no, este color no te favorece.

Lo arrojó sobre un montón y la mirada de la chica lo siguió con nostalgia.

A continuación, sacó uno que era una explosión de amarillo:

– Ah…, azafrán. El azafrán destacará tu cabello.

Acercó el vestido al cuerpo de Emily, lo sostuvo a la altura de los hombros y la hizo girar de cara al espejo.

A Emily le resultó más tentador que el verde.

– Oh, es hermoso.

– Sí, está bien… pero… -Apoyó un dedo al lado de la boca y la observó, pensativa-. No, creo que no. Esta noche, al menos. Lo dejaremos para otra ocasión. -Allá fue volando el favorecedor vestido amarillo y Emily lo vio caer sobre la cama y deslizarse al suelo como un charco de tela-. Esta noche tiene que ser el atuendo perfecto… -Fannie se golpeteó los labios, contempló el lío que había sobre la cama y, de repente, giró hacia el armario-. ¡Ya sé!

Se puso de rodillas, sacó otro baúl y rebuscó dentro como un perro que desentierra un hueso.

– ¡El rosado! -Levantó en alto una prenda de un color tan genuino como el de las rosas salvajes-. Es el color perfecto para ti. -Se puso de pie, lo apoyó contra las rodillas y luego puso ante Emily la susurrante creación-. ¡Cómo le queda el rosa a esta muchacha! No sé por qué me compré este vestido, que me da el aspecto de una peca gigante. Pero tú, con el cabello negro y el cutis moreno…

Incluso así, arrugado, el vestido era impresionante, con escote bordado de rosas té, maravillosas mangas abullonadas hasta el codo y un adorno similar en la espalda. Al agitarlo, lanzaba un susurro sibilante que parecía hablar de veladas allá, en el Este, donde era costumbre que las damas usaran semejantes vestidos. Era más bello que cualquiera que Emily hubiese tenido jamás, pero al mirarse en el espejo tuvo que admitir:

– Me sentiría demasiado vistosa con algo tan llamativo.

– ¡No seas tonta! -le replicó su prima.

– Nunca tuve uno tan hermoso. Además, mi madre dice que una dama debe vestirse con colores apagados.

– Y yo siempre le dije: "Joey, te haces vieja antes de tiempo". Deja que tu madre use todos los colores apagados que quiera, pero esta es tu fiesta. Puedes ponerte lo que desees. ¿Y ahora, qué me dices?

Emily contempló la creación del color de las fresas, trató de imaginarse llevándola abajo, en la sala, cuando llegaran los invitados. No le costaba imaginar a Tarsy usando un vestido así, con sus rizos rubios, un mohín en la boca, el rostro bonito y la figura indiscutiblemente voluptuosa. ¿Pero ella? Claro que tenía cabello negro, pero no se lo rizaba desde que tuvo edad suficiente para negarse a dormir con rizadores. ¿Y el rostro? Era demasiado largo, moreno, las cejas muy rectas y tan poco atractivas como la marca de un tacón en el suelo. Suponía que los ojos y la nariz eran aceptables, pero la boca era común y los dientes se le superponían en la parte de arriba, cosa que siempre la avergonzó al sonreír. No, la cara y el cuerpo de Emily iban mejor con pantalones y tirantes que con vestidos rosados de mangas abullonadas.

– Creo que es demasiado femenino para mí.

Fannie miró a Emily por el espejo.

– Querías hacer que el señor Jeffcoat se tragase sus palabras, ¿no es así?

– ¡Ese! Me importa un comino lo que piense el señor Jeffcoat.

Fannie agitó el vestido en el aire y le alisó las arrugas con la mano.

– No te creo. Pienso que te encantará aparecer abajo con este modelo y hacerle saltar los ojos de las órbitas. ¿Qué te parece?

Emily lo pensó. Si resultaba, sería mucho mejor que escupirle en un ojo y ella era de esas personas incapaces de resistir un desafío.

– Está bien. Me lo pondré… si estás segura de que no te molesta.

– ¡Cielos, no seas tonta! No volveré a usarlo nunca más.

– Pero está todo arrugado. ¿Cómo…?

– Déjamelo a mí. -Se echó el vestido sobre el hombro y fue hasta la baranda para gritar-: ¡Edwin, necesitaré un poco de combustible… preferentemente queroseno! Si no, el que tengas. -Un momento después asomó otra vez la cabeza por el dormitorio de Emily-. Cepíllate el cabello, enciende la lámpara y calienta las tenacillas de rizar. Enseguida vuelvo. -Desapareció de nuevo, gritando-: ¡Edwiiin!

En minutos, volvió con Edwin a los talones. Sacó de las profundidades del baúl una plancha de acero que les presentó como vaporizador. La sostuvo mientras Edwin la llenaba con kerosene y agua y, una vez encendida, siseando, lo hizo ponerse a la tarea de planchar a vapor el vestido para la hija, mientras ella se ocupaba de las tenacillas de rizar y del peinado.

Emily se sometió a su prima y observó su propia transformación mientras el padre canturreaba contento y se vanagloriaba a medida que las arrugas desaparecían del satén rosado; la madre vino del otro lado del pasillo, ataviada con un elegante vestido de sarga azul medianoche, el cabello pulcramente enrollado, y se sentó en la mecedora a observar. Atrapando un mechón en las tenacillas calientes, Fannie describió los flamantes peinados que se usaban en el Este, rizos y ondas, y le preguntó a Emily qué prefería.

Se decidió por los rizos y, cuando el peinado estuvo terminado, sujeto en la coronilla como un oscuro nido, se miró, incrédula, con el corazón palpitante de excitación. Parada detrás de ella, inspeccionando el resultado de sus esfuerzos, Fannie vociferó:

– Frankie, ¿dónde estás?

Frankie apareció en la puerta:

– ¿Qué?

– Ve abajo, recoge una varilla de impatiens y tráelas aquí… y no me preguntes qué son. ¡Esas florecillas rosadas diminutas que están junto a la puerta de adelante!

Cuando volvió y los delicados capullos quedaron colocados en medio de los rizos esponjosos y tenues sobre la oreja izquierda de Emily, Frankie retrocedió, con los ojos y la boca muy abiertos, y exclamó, atónito:

– ¡Uau, Emily, estás preciosa!

A las ocho en punto, estaba ante el espejo del comedor sintiéndose bonita, pero llamativa. Se inclinó para verse y vio que tenía las mejillas sonrosadas. ¡Por Dios! Era muy impresionante verse a sí misma de rosado y con rizos por primera vez. Se tocó el pecho, en gran parte desnudo, y se contempló con fijeza.

Nunca había perdido tiempo en cuidados femeninos, pues no tenía motivo. La mayoría de las chicas se arreglaban y acicalaban para atraer la atención de los hombres, pero ella contaba con la atención de Charles para siempre. Mirándose, sintió una oleada de culpa, pues no sólo era a Charles a quien quería impresionar sino a Tom Jeffcoat… ese mercenario que la había llamado marimacho. Cuánto placer le daría hacerle tragar sus palabras. Mientras Fannie la arreglaba, Emily se regocijaba imaginándolo.

Pero en ese momento, mirándose en el espejo del comedor, con el estómago trémulo, sintió el temor de ser ella la que se sintiera incómoda en lugar de él. Fannie le había espolvoreado la cara y el pecho con un poco de harina, y le coloreó las mejillas humedeciendo un papel crepé rojo y frotándoselo por la piel.

– Pásate la lengua por los labios -le ordenó-. Ahora, apriétalos con fuerza sobre el papel.

¡Y otra vez… magia! Aunque era una magia muy endeble, pues bastaba un roce de la lengua para quitarla. Emily se miró los labios rosados y se regañó: "¡Si te pasas la lengua antes de que llegue Jeffcoat, te mereces cualquier calificativo que te endilgue!".

– Emily.

Emily se sobresaltó y dio la vuelta.

– Oh, Charles, no te he oído entrar.

La miraba como si nunca la hubiese visto. Se le habían coloreado las mejillas y estaba con la boca abierta, pero sin decir palabra.

Emily rió, nerviosa.

– Caramba, Charles, te comportas como si no me reconocieras.

– ¿Emily? -Tan estupefacto como complacido, exhaló la palabra al tiempo que se acercaba lentamente, como si necesitara permiso-. ¿Qué te has hecho?

Emily se miró, tironeó de la falda voluminosa, haciéndola susurrar como si estuviese hecha de hojas secas:

– Fannie lo hizo.

Le tomó las manos con los brazos estirados y dio vuelta en semicírculo:

– ¿No soy afortunado? Eres la chica más hermosa del pueblo.

– Oh, Charles, no lo soy, deja de mentirme.

– Este vestido… y tu pelo… nunca te vi con un peinado tan bello.

La muchacha se ruborizó intensamente.

Sin soltarle las manos, Charles recorrió con la mirada el pecho enharinado y la cintura encerrada en el corsé, y bajo esa mirada deleitada, Emily se puso más molesta aún.

– Oh, Emily, estás hermosa -dijo en voz suave, bajando la cabeza como para besarla.

Lo eludió.

– Fannie me aplicó color en los labios con papel crepé, pero se quita con facilidad. No quiero dejarte manchado.

Cortés, Charles se apartó pero siguió sujetándole las manos y contemplándola con mirada ardiente, del mismo modo que los hombres solían contemplar a Tarsy. Otra vez, se sintió culpable. Después de todo, faltaban quince minutos para la fiesta de compromiso y el novio no quería más que robarle un casto beso. Y sin embargo, ella lo rechazaba, más preocupada por conservar el color en los labios intacto, para impresionar a Tom Jeffcoat. Apaciguó la culpa diciéndose que, cuando se casara con Charles, lo dejaría besarla todas las veces que quisiera y lo compensaría por todas las que lo había rechazado.

Empezaron a llegar los invitados, y Charles y Emily se reunieron en la sala con la familia, donde mamá insistió en formar una fila de recibimiento. Edwin la transportó, la sentó ante la ventana mirador, y se quedó de pie entre Josephine y Fannie, presentando a esta última a cada recién llegado y anunciando con vivacidad el compromiso de Charles y Emily. Pronto, la casa se llenó de comerciantes y sus esposas, vecinos, feligreses, dueños de las granjas de los alrededores, el reverendo Vasseler, Earl Rausch y sus padres, el señor y la señora Loucks. También había personas jóvenes, todos conocidos de Charles y Emily: Jerome Berryman, Patrick Haberkorn, Mick Stubbs y las chicas que asistieron con los padres: Ardis Corbeil, Mary Ess, Lybee Ryker, Tilda Awk.

Cuando llegó Tarsy, dejó a sus padres junto a la puerta y corrió hacia Emily.

– Oh, Emily, estás sensacional. ¿Ha llegado?

– Gracias. No.

– ¿Mi peinado está bien? ¿No crees que tendría que haberme puesto el vestido lavanda? ¡Creí que mis padres nunca acabarían de arreglarse! Casi hago un agujero en la alfombra esperándolos. Pellízcame si lo ves venir cuando no estoy mirando. Fannie dice que más tarde habrá baile. ¡Oh, ojalá me saque!

A Emily la irritó escuchar a Tarsy entonar alabanzas sobre el maravilloso Jeffcoat y más aún al comprender que ella tampoco podía apartar los ojos de la puerta principal. A las ocho y media, todavía no había llegado. Sentía los labios cansados de tanto sonreír tratando de no rozárselos. Aunque tenía sed y estaba tensa, no bebió la taza de ponche que le llevo Charles. Le picaban las costillas por el corsé que Fannie la obligó a usar, pero tenía miedo de rascarse y que él entrara y la sorprendiese haciéndolo.

¡Ese canalla llevaba treinta minutos de retraso!

¡Jeffcoat, que Dios me ayude, si después de todo esto no vienes, te haré sufrir como yo estoy sufriendo!

Llegó a las nueve menos cuarto.

Emily pretendía tener a Charles junto a ella y a una fila de invitados pasando ante los dos. Pensaba conceder a Tom Jeffcoat los dos segundos de atención que merecía, para luego dirigir su cortesía a los otros que seguían en la fila. Tenía intenciones de demostrarle cuan poco le importaba, tan poco que ni necesitaba seguir siendo cáustica con él.

Pero resultó de otro modo: a las nueve menos cuarto la fila de invitados se había deshecho, Charles estaba en el comedor, de espaldas, los invitados se mezclaban entre sí y Emily estaba en medio de la sala, sola. Tom Jeffcoat la localizó de inmediato.

Durante un incómodo lapso, se midieron mutuamente y luego Tom comenzó a avanzar hacia ella. Sintió un pánico inesperado y el absurdo batir de su corazón… tan fuerte que le pareció que se le saldría del pecho.

¡Por favor, Dios, que no se me caiga!

Lo vio acercarse, sintiéndose atrapada, frenética, traicionada por una suerte cruel que lo hacía parecer más atractivo de lo que deseaba, que lo hacía elegir usar la cara afeitada, que lo dotó con hermoso cabello negro, asombrosos ojos azules, una boca plena y atractiva y un andar flexible. Maldijo a Tarsy por señalárselo, a Charles por abandonarla cuando lo necesitaba, a su propio corazón estúpido que no dejaba de alborotarle en el pecho. Como desde fuera de sí misma, advirtió que el traje de Tom estaba un poco arrugado, en contraste con las botas, nuevas y brillantes, y que Tarsy había aparecido en la arcada del comedor y lo miraba babeando como un perro. Pero los ojos del hombre estaban fijos en Emily mientras cruzaba la sala.

Cuando llegó a ella, sintió que se ahogaba. Se detuvo junto a ella, tan alto que tuvo que echar la cabeza atrás para mirarlo a los ojos.

– Buenas noches, señorita Walcott -dijo, dolorosamente cortés.

– Buenas noches, señor Jeffcoat.

La recorrió de arriba a abajo con la mirada, sin posarla en ninguna parte, pero cuando se encontró con la de ella lucía una débil sonrisa, que Emily deseó borrarle de un bofetón.

– Gracias por invitarme. -Los dos sabían que no lo había invitado ella sino Charles-. Entiendo que le debo una felicitación. Charles me habló de su compromiso.

– Sí -respondió, apartando la mirada de esos ojos que, bajo una superficie amable, parecían reírse de ella-. Nos conocemos de toda la vida. Fijar una fecha sólo era cuestión de tiempo.

– Eso me dijo Charles. Dentro de un año, ¿cierto?

– Mes más o menos.

Emily no era diestra para fingir, y las respuestas le salían bruscas y frías.

– Es una época agradable para casarse -comentó, en tono de conversación, demostrando ser mucho mejor que la muchacha para las frivolidades. Emily sentía la lengua pegada al paladar y no podía fijar la vista en otra cosa que no fuese Tom Jeffcoat. Tras un lapso de silencio, añadió-: Charles está… extasiado.

La pausa dio al comentario una sugerencia dudosa y Emily se ruborizó.

– Cuando quiera, sírvase ponche y canapés, señor Jeffcoat. Será mejor que yo vaya a conversar con otros invitados.

Pero cuando se apartó la tomó del brazo sin apretar.

– ¿Acaso olvida que aún no conozco a su madre?

No había dicho una sola palabra acerca de la apariencia de Emily. ¡Ni una palabra! Lo maldecía por hacerle perder la compostura. Posó la mirada en la mano, que parecía transmitirle una corriente por el brazo y lo perforó con una mirada altanera.

– Está arrugándome la manga, señor Jeffcoat.

– Mis disculpas. -La soltó de inmediato y exigió-: Presénteme a su madre, señorita Walcott.

– Desde luego. -Se dio la vuelta, descubrió que su madre estaba observándolos desde el principio, y por un instante, se congeló. Cuando Jeffcoat le tocó la espalda, se lanzó hacia adelante-. Madre, este es Tom Jeffcoat, el amigo de Charles. ¿Te acuerdas de que papá lo mencionó durante la cena, la otra noche?

– Señor Jeffcoat… -Con aires de reina, Josephine le ofreció una mano frágil-. El competidor de Edwin.

Tom hizo una graciosa reverencia.

– Colega, diría. Si no creyese que en Sheridan hay suficientes clientes para los dos, me habría instalado en otro lugar.

– Esperemos que tenga razón. Por supuesto, cualquier amigo de Charles y Emily es bienvenido en nuestro hogar.

– Gracias, señora Walcott. Es una casa hermosa. -Miró alrededor-. Estoy impaciente por tener la mía propia.

– Desde luego, la construyeron Charles y Edwin.

– Charles también hará la mía, en cuanto esté hecho el cobertizo.

– ¿Qué es eso que oí acerca de una plataforma giratoria?

Tom rió:

– Oh, ¿Charles ha estado hablando?

– Frankie, en realidad.

– Ah, Frankie, nuestro joven aprendiz… -Sonrió con cariño-. Señora Walcott, la plataforma no es otra cosa que un capricho.

Fannie llegó para el final del comentario.

– ¿Qué cosa es un capricho? Hola, Tom.

Cuando el aludido se dio la vuelta, la mujer le tomó las manos.

– Hola, Fannie.

– ¿Ustedes ya se conocían? -preguntó Emily, sorprendida.

– Sí, esta mañana.

Fannie enlazó el brazo en el de Tom, como si fuesen viejos amigos, y este le sonrió.

– Salió a pasear en bicicleta y pasó por mi casa a presentarse.

– Estoy muy contenta de que haya venido. ¿Ha hablado ya con Charles?

– No, ahora iba a acercarme a él.

– Ah, y aquí está Tarsy. Tarsy, ya conoces a Tom, ¿verdad?

La muchacha lanzó la mano con tal velocidad que formó una corriente de aire. El joven se inclinó, galante.

– Señorita Fields, qué agradable volver a verla. Esta noche está hermosa.

– ¿Por qué no te encargas de él y te ocupas de que reciba una taza de ponche? -le sugirió Fannie a la rubia.

Tarsy se apoderó del brazo de Tom y le dirigió una brillante sonrisa mientras se alejaba con él, bromeando:

– Es una vergüenza que haya llegado tarde. Estaba a punto de perder las esperanzas.

Viéndolos dirigirse hacia Charles, Emily se puso furiosa. ¡Señorita Fields, esta noche está hermosa! ¡Pero si ese sujeto exudaba encanto!

Toda la noche observó que tanto hombres como mujeres sucumbían a ese encanto. Se conducía en la casa llena de invitados con sorprendente fluidez, trababa relación con desconocidos sin incomodarse, era rápido para encontrar un tema de conversación, para conquistar palmadas en la espalda de parte de los hombres y sonrisas encantadoras de las mujeres.

El reverendo Vasseler le estrechó las manos con sinceridad y le agradeció por hacer que los más pequeños fuesen a ayudar a la iglesia. Los más chicos, por su parte, lo seguían con ojos ávidos y le preguntaban cuándo estaría lista la plataforma giratoria. Las madres de hijas casaderas lo invitaban a cenar. Los granjeros propietarios de ganado lo invitaban a ver los caballos que tenían en venta. Fannie hacía planes para enseñarle a montar en bicicleta. Charles pasó más tiempo con él que con su futura esposa. Y Tarsy se le colgaba del brazo como un paraguas.

Emily, entretanto, pasó una de las noches más desdichadas de su vida.

Una vez que el tazón de ponche estuvo medio vacío y pasó la primera oleada de intercambio social, Fannie instó a Edwin para que hiciera el brindis de compromiso. Este llenó la copa de Josephine y la suya propia, les alcanzó sus bebidas a Emily y a Charles y permaneció de pie junto al mirador, rodeando a su hija con el brazo.

– Antes de que se acabe la velada -dijo a los invitados-, la madre de Emily y yo queremos comunicarles lo felices que estamos de anunciar el compromiso de Emily. Conocemos a Charles desde… -Dirigió a su futuro yerno una mirada cariñosa-. ¿Cuánto hace, Charles? -Se dirigió otra vez a los invitados-. Bueno, desde que se limpiaba la nariz con la manga.

Todos rieron.

– Les diré a los que no lo saben que sus padres son nuestros queridos amigos de Philadelphia, amigos a los que aún echamos de menos y que desearíamos que esta noche estuviesen con nosotros. -Se aclaró la voz y prosiguió-: Bueno, durante años, Charles y Emily entraron y salieron de nuestro hogar, juntos. Creo que le dimos de comer tantas veces como a nuestros propios hijos. Me parece recordar la época en que me llegaban a la cintura, más o menos, y ella le robó la rana mascota y la dejó en una caja de grillos hasta que quedó chata y dura como un dólar de plata. Si la memoria no me falla, Charles le dejó un ojo negro de un golpe.

Después de otra oleada de risas, prosiguió:

– Pero lo resolvieron y, aunque cueste creerlo, Charles vino a verme cuando me llegaba al mentón y me anunció, muy serio… -Hizo una pausa, como si examinara el contenido de la copa-. "Señor Walcott. -Levantó el rostro como un orador-. Quiero casarme con Emily cuando tengamos edad suficiente." Recuerdo que hice un gran esfuerzo para no reír. -Se volvió hacia Charles con un tinte sonrosado en las mejillas-. Por Dios, Charles, ¿te das cuenta de que tu voz no se había definido, aún, entre bajo y soprano?

Tras otra serie de carcajadas, Edwin se puso serio.

– Bueno, en aquel entonces me pareció una buena noticia y ahora también. A veces, me resulta difícil creer que nuestra pequeña haya crecido. Pero, mi adorada Emily… -Le oprimió los hombros y contempló el rostro de su hija con expresión de adoración-. Dentro de un año, cuando hagamos un brindis por los novios, sabes que tendrás las bendiciones de tu madre y las mías. Ya consideramos a Charles como a nuestro hijo. -Alzó la copa, instando a los invitados a hacer lo mismo-: Por Charles y Emily y la futura felicidad de los dos.

– ¡Bravo, bravo!

– ¡Por Charles y Emily!

Las exclamaciones resonaron en la habitación. Edwin besó a Emily en la sien derecha y Charles en la izquierda. Josephine se estiró desde la silla y le tomó la mano. Cuando se inclinó para besar a su madre en la mejilla, Emily se sintió mísera por haber estado toda la noche tan enfurruñada y se prometió que compartiría el espíritu de la fiesta en lo que quedaba de la velada. Cuando se enderezó, vio a Tom Jeffcoat observándola. Vio que alzaba la copa en saludo silencioso y la vaciaba, mirándola sobre el borde.

Sintió como si le acercaran un fósforo al coñac que tenía en el estómago. Confusa, volvió su atención a Charles.

– Tengo calor, Charles. ¿Podemos salir unos minutos?

Pero, cuando salieron al porche, descubrió que su novio había bebido tanto coñac como para ponerse amoroso. La arrinconó, la aplastó contra la pared y quitó todo resto del esfuerzo de Fannie de los labios de Emily, y después trató de hacer lo mismo con la harina del pecho, pero le sujetó la mano y le ordenó:

– No, Charles, podría salir alguien.

El novio le tomó las manos, las besó con insistencia, con pasión, hasta hacerle comprender que había cometido un error al proponerle salir, así vestida, y después de que Charles estuviera bebiendo. Por último, tuvo que decirle con severidad:

– ¡Charles, he dicho que no!

Por un momento, la miró irritado, frustrado, como si quisiera sacudirla o arrastrarla fuera del porche, de las luces de la ventana, y oficializar el compromiso con algo más que un beso recatado. Vio que intentaba recuperar la compostura hasta que, al fin, retrocedió y exhaló una bocanada temblorosa de aire:

– Tienes razón. Entra, que yo te seguiré en un minuto.

Cuando volvió a entrar en la sala, tenía las mejillas encendidas y había perdido las flores del peinado. Su padre llevaba arriba a su madre, Fannie tocaba el piano y Tom Jeffcoat miraba fijamente la puerta, absorto.

Las miradas de ambos se encontraron y sintió un nuevo ramalazo de atracción hacia él, tuvo la sensación de que podía adivinar todo lo que había pasado en el porche. ¿Tendría los labios hinchados? ¿Se notarían las marcas de las manos de Charles? ¿Tendría un aspecto similar a cómo se sentía, los labios despintados y desenharinada?

Bueno, a Tom Jeffcoat no le importaba lo que hacía con su novio. Levantó la barbilla y se volvió.

Aunque lo evitó el resto de la velada, supo dónde estaba en cada momento, con quién hablaba, cuántas veces reía con Tarsy y cuántas veces con Charles. También, sabía con exactitud cuántas veces observó a la novia de Charles, con su vestido rosa prestado, cuando suponía que la muchacha no lo advertía.

Poco después de medianoche, Fannie se sentó al piano y tocó los melifluos acordes de "Danubio Azul", de Strauss, convocando a todos a bailar. Los casados lo hicieron, pero los jóvenes se abstuvieron, los varones aduciendo que no sabían y las mujeres deseando que aprendiesen. Fannie se levantó de un salto y les regañó:

– Tonterías. Cualquiera puede bailar. ¡Daremos una lección!

Les hizo formar un círculo, mezclando los bailarines experimentados con los novatos y les enseñó los pasos del vals, mientras canturreaba: ¡Da da da da dum… Dum-dum! ¡Dum-dum! Guió los pies de ese anillo de gente primero adelante, luego atrás, izquierda, derecha, hizo que todos canturrearan la conocida melodía del vals vienés. ¡Da da da da dum… Dum-dum! ¡Dum-dum! Y mientras cantaban y bailaban, eligió a un compañero y lo llevó al centro: Patrick Haberkorn, que se ruborizó y se movió con torpeza, pero accedió con buena voluntad.

– Siga cantando -le dijo a Patrick al oído-, y olvídese de sus pies, salvo para fingir que guían a los míos en lugar de seguirlos.

Cuando Patrick empezó a moverse con razonable fluidez, lo puso a bailar con Tilda Awk y realizó el cambio de compañeros. Tomó a los jóvenes, uno tras otro, y les demostró lo divertida que podía ser la danza. Una vez que hubo enseñado a Tom Jeffcoat, lo entregó a Tarsy Fields. Hizo lo mismo con Charles y lo puso ante Emily. Y cuando estaban todos en pareja y sólo quedaba Edwin, le abrió los brazos convirtiéndolo en su compañero, disimulando que el corazón se le expandía al estar, por fin, en sus brazos, y que su risa sólo era una máscara del intenso amor que sentía. Edwin la contentó, haciéndola girar por la sala mientras cantaban a dúo: ¡Da da da da dum… dum-dum!

Bailaron menos de un minuto, hasta que Fannie, aunque a desgana, lo dejó, se sentó al piano y exclamó:

– ¡Cambiar de pareja!

A esto siguió un arrastrar de pies y una confusión y, cuando se aclaró, Emily se encontró en brazos de su padre. Sonriente y con paso elegante, la guiaba.

– ¿Estás divirtiéndote, preciosa?

– Sí, papá. ¿Y tú?

– Como nunca.

– Ignoraba que supieras bailar.

– No bailaba hace muchos años. A tu madre nunca le interesó.

– ¿No crees que estaremos impidiéndole dormir?

– Por supuesto. Pero me dijo que le agradaría escuchar.

– Creo que lo ha pasado bien esta noche.

– Sé que es así.

– Se la veía más fuerte y hasta tenía las mejillas sonrosadas.

– Es por Fannie. Hace milagros.

– Lo sé. Me siento feliz de que esté aquí.

– Yo también.

– ¡Cambio de pareja!

– ¡Uh! -exclamó papá-. Aquí vas.

Emily giró y se encontró con Pervis Berryman, bajo y ancho como una bañera, pero ágil bailarín. La felicitó por el compromiso y afirmó que la fiesta era lo que el pueblo estaba necesitando. Dijo que era grato ver a la gente joven bailando así.

– ¡Cambio de parejas!

Pervis la entregó al padre de Tarsy, que tenía el cabello partido al medio y aplastado con pomada. Olía como su tienda de barbero: algo a jabón, a perfume, y el bigote encerado se agitaba cuando hablaba. Él también la felicitó por el compromiso, le dijo que se llevaba un hombre excelente y que Tarsy estaba tan entusiasmada con la fiesta de esa noche que le había pedido permiso para hacer una al sábado siguiente.

– ¡Cambio de parejas!

Emily se dio la vuelta y se halló en los brazos de Tom Jeffcoat.

– Hola, marimacho -le dijo, riendo.

– Usted es un fastidioso insoportable -repuso la joven, en tono amable.

– ¡Ja, ja, ja! -rió, cara al techo.

– Todavía voy a desquitarme.

– ¿Por qué? Esta noche, ha sido un modelo de buen comportamiento, ¿no es así?

– No creo que sepa lo que es el buen comportamiento.

– Vamos, Emily, no empiece a pelear. Le prometí a Charles que haría todo lo posible por llevarme bien con usted.

– Sabe perfectamente que usted y yo nunca nos llevaremos bien. También sabe que, si no fuese por Charles, ahora no estaría en esta casa.

– ¿Practica para ser tan antipática o le surge con naturalidad?

– ¿Usted practica para ofender a las mujeres o le surge con naturalidad?

– Se supone que las anfitrionas deben ser corteses con los invitados.

– Yo lo soy con mis invitados.

– Charles y yo nos llevamos muy bien, ¿sabe? Tengo la sensación de que estamos destinados a ser amigos. Si va a casarse con él, ¿no le parece que tendríamos que tratar de sonreír y soportarnos mutuamente… por el bien de él?

– Usted ya sonríe más de lo que yo puedo soportar.

– Pero nos encontraremos en ocasiones como esta durante… bueno, quién sabe cuánto tiempo.

En esencia, era lo que Fannie había dicho, pero Tom no tenía por qué saberlo. Jeffcoat siguió diciendo:

– Pongamos por caso la noche del sábado que viene. Tarsy piensa dar otra fiesta y es probable que terminemos bailando juntos otra vez.

– Espero que no. Es usted un pésimo bailarín.

– Tarsy no opina igual.

– No me pise, señor Jeffcoat. Tarsy Fields no ha bailado nunca en su vida, hasta hoy. ¿Cómo puede saberlo?

– Usted tampoco ha bailado hasta ahora. ¿Cómo lo sabe, pues?

– Mire… -Retrocedió y aplastó la falda con la mano-. Ha estropeado la punta del zapato de Fannie.

Tom echó un vistazo y siguió bailando.

– ¿Fannie? Así que de ahí sacó la ropa.

– Pensé que no lo había notado.

– ¿Quería que lo notase?

– ¡Usted es el que me llamó a marimacho!

– Primero, usted me dijo harapiento. Yo me visto así porque es lo más conveniente cuando trabajo.

– Lo mismo hago yo.

Las miradas se encontraron y, aunque a desgana, se concedieron un punto uno a otro.

– ¿Qué opina de una tregua? ¿Por Charles?

Emily se encogió de hombros y apartó la vista con indiferencia.

– Me dijo que usted será veterinaria.

– Así es.

– ¿Esos eran los papeles que vi aquel día, en el establo?

– Estaba estudiando.

– ¿Le parece que tiene suficiente fuerza?

– ¿Si tengo suficiente fuerza?

Lo miró, perpleja.

– Para atender animales de granja. A veces se requiere mucha fuerza.

– En ocasiones, una mano más pequeña y un brazo más delgado pueden representar una ventaja. ¿Alguna vez ayudó a nacer a un ternero?

– No, sólo potrillos.

– Entonces, lo sabe.

Lo sabía y entendió el razonamiento.

– De modo que sabe mucho de animales.

– Supongo que sí.

Tom miró alrededor.

– De todos los granjeros que están aquí, ¿cuál diría usted que cría los mejores caballos?

Le sorprendió que le pidiese opinión, pero estaba serio al observar a los invitados y también ella los observó.

– Es difícil decirlo. El clima de Wyoming produce los mejores caballos de Norteamérica. Tenemos ciento cincuenta pastos diferentes en el estado, a cual mejor para los animales. Los inviernos fríos, el agua limpia y el aire puro dan a nuestros caballos vigor y buenos pulmones. El ejército compra la mayoría de los caballos aquí.

– Eso lo sé. Pero, ¿a quién le compraría?

Antes de que pudiese responder, Fannie exclamó:

– ¡Cambio de parejas!

Cesaron de bailar de golpe, se apartaron y se quedaron vacilantes, comprendiendo que habían sostenido su primera conversación civilizada y que no les había pesado.

– Lo pensaré -prometió la muchacha.

– Estupendo. Y piense también a quién me conviene comprarle el heno. Si quiero instalarme aquí, necesitaré consejo.

Otra vez se asombró de que se lo pidiera a ella. Pero estaba ofreciéndole la rama de olivo por Charles y lo menos que podía hacer era aceptarla.

– Con el heno no es tan importante. Puede comprárselo a cualquiera.

Tom asintió, aceptando su palabra.

La esperaba un nuevo compañero, pero cuando Emily se volvió hacia él, Jeffcoat la tomó del brazo y la hizo girar otra vez hacia él. Sonriente, la miró a los ojos y dijo, en voz queda:

– Gracias por el baile, marimacho.

Estaba muy cerca, con la sonrisa ladeada a escasos centímetros de su frente y le llegaba el aroma de su piel, tibia de la danza; veía con toda claridad los poros de la piel en la barbilla afeitada, el hoyuelo en la mejilla izquierda, los bordes de los dientes, la expresión divertida de los ojos. Sintió que algo se agitaba entre los dos y, como en un relámpago, se preguntó cómo sería que la arrinconase en el porche y que quien le quitara el color de los labios con un beso fuese Tom en vez de Charles.

La locura duró un segundo, hasta que se soltó e ironizó:

– Para la próxima semana, será mejor que practique. Tengo los pies deshechos.

El resto de la noche se eludieron amablemente, mientras Fannie enseñaba a todos la varsoviana, un cruce entre polka y mazurka. Emily se pegó a Charles y Tom, a Tarsy. Antes de que acabase la velada, Tarsy comunicó que su propia fiesta sería a la misma hora, la semana siguiente en su casa y que estaba invitada toda la gente joven. Cuando fue hora de despedir a los invitados, Emily y Charles se quedaron junto a la puerta, recibiendo los buenos deseos de despedida. Charles intercambió un apretón de manos con Tom y Tarsy abrazó a Emily, mientras le murmuraba al oído:

– ¡Me acompañará caminando a casa! ¡Mañana te contaré!

Cuando su prometido se fue, Emily ayudó a Fannie y su padre a limpiar la casa, y se preguntó si Tom estaría arrinconando a Tarsy contra la pared del porche y si su amiga lo disfrutaría.

¡Qué pregunta tan estúpida! ¡Lo más probable era que fuese Tarsy la que lo arrinconara a Tom!

Pensó en los besos y en el motivo de que a algunas chicas les gustaran y a otras no. Recordó lo sucedido consigo misma y con Charles esa noche y cómo se sintió casi ofendida por sus tanteos. Ya estaba comprometida con él y, si podía creer a Tarsy, debería disfrutarlo, hasta desearlo.

Quizá tuviese algún problema.

Subió a la planta alta cinco minutos antes que Fannie y se sentó a la luz de la lámpara, reflexionando preocupada. ¿Acaso una muchacha debía preferir trabajar en un establo a besar a su novio? Seguramente no. Y sin embargo, así era… a veces, cuando Charles la besaba, cuando cedía por puro sentido del deber, pensaba en otras cosas: en los caballos, en emparvar heno, en cabalgar por un campo abierto con el cabello flotando al viento como la crin del animal que montaba.

Desanimada, se quitó el vestido rosado y lo colgó, se soltó el cabello y lo cepilló, contemplándose pensativa en el espejo. Se tocó los labios, cerró los ojos y pasó las yemas de los dedos por el pecho, imaginando que eran los de Charles. Cuando fuese su marido, la tocaría y no sólo ahí sino en otros sitios, de otras maneras. Abrió los ojos y vio su imagen reflejada, sintiéndose pesarosa. Había visto a los caballos acoplándose y era algo sin gracia, vergonzoso. ¿Cómo podría hacerlo con Charles?

Afligida, se puso el camisón y se metió en la cama, oyendo el murmullo de papá y Fannie que subían la escalera y se decían las buenas noches en el pasillo. Entró Fannie, cerró la puerta, se desabotonó el vestido, se desató el corsé y se cepilló el pelo, canturreando.

¡Ah, ser como Fannie…! Lanzarse a la vida sin preocuparse por nada, soltera y feliz de serlo, yendo tras el primer capricho que la atrajera… Emily estaba segura de que ella tendría las respuestas.

Una vez que hubo bajado la lámpara y los resortes de la cama se acallaron, Emily fijó la vista en el techo sintiendo un nudo en la garganta.

– ¿Fannie? -murmuró al fin.

– ¿Qué? -murmuró Fannie por encima del hombro.

– Gracias por la fiesta.

– Ha sido un placer, querida. ¿La has pasado bien?

– Sí… y no.

– ¿No? -Se volvió y tocó el hombro de la muchacha-. ¿Qué pasa, Emily?

Le llevó un minuto entero reunir valor para preguntar:

– Fannie, ¿puedo preguntarte algo?

– Seguro.

– Es algo personal.

– Suele ser así, cuando las chicas susurran en la oscuridad.

– Se trata de los besos.

– Ah, los besos.

– Le preguntaría a mi madre, pero… bueno, ya la conoces.

– Sí. En tu lugar, yo tampoco le preguntaría.

– ¿Alguna vez besaste a un hombre?

Fannie rió con suavidad, se puso de espaldas y se acomodó mejor en la almohada.

– Me encanta besar a los hombres. He besado a unos cuantos.

– ¿Todos besan igual?

– Para nada. Querida, los besos son como los copos de nieve: no existen dos iguales. Hay cortos, largos, tímidos, audaces, provocativos, serios, secos y húmedos…

– Sí, los húmedos. Esos son. Son… yo… Charles… lo que digo es que…

– Son deliciosos, ¿no?

– ¿Sí? -dijo Emily, dudosa.

– ¿O sea que para ti no lo son?

– Bueno, a veces. Pero otras, siento que… bueno, como si no estuviesen permitidos. Como si estuviese haciendo algo malo.

– ¿No te pones como embriagada, impaciente?

– En una ocasión… casi. Fue el día que Charles se me declaró. Pero hace tanto tiempo que lo conozco que me parece más bien un hermano y, ¿a quién le interesa que la bese su hermano?

Se hizo silencio, mientras las dos se sumían en sus propios pensamientos.

Finalmente, Emily habló:

– Fannie.

– ¿Sí?

– ¿Alguna vez estuviste enamorada?

– Profundamente.

– ¿Cómo es?

– Duele. -Se oyó el crujido de la almohada cuando la muchacha volvió con brusquedad la cabeza para observar a la mujer. Pero antes de que pudiese hacer más preguntas, Fannie le ordenó con dulzura-: Duérmete ahora, querida, es tarde.

Capítulo 7

Al día siguiente, domingo, Tarsy estaba esperando para saltar sobre Emily a la salida de Coffeen Hall, antes todavía de que comenzara el servicio religioso. Aferró el brazo de su amiga y la apartó, casi sin saludarla.

– ¡Emily, espera que te cuente! ¡No lo creerás! Pero ahora no es el momento. ¡Dile a Charles que me acompañarás a casa y entonces te contaré todo!

Resultó que quien acompañó a Tarsy a casa fue Tom Jeffcoat, pero encontró a Emily esa tarde, en el establo.

– Em, ¿estás aquí?

– ¡Aquí arriba! -contestó Emily desde el henil.

Tarsy fue hasta el pie de la escalera y miró hacia arriba.

– ¿Qué estás haciendo ahí?

La amiga asomó la cabeza.

– Estudiando. Sube.

– Con el vestido, no puedo subir la escalera.

– Claro que puedes. Yo tengo puesto el mío. Puedes levantarlo hasta la cintura.

– Pero, Emily…

– Aquí arriba está agradable. Es uno de mis lugares preferidos, en especial los domingos, cuando no hay nadie por aquí. Ven.

Tarsy se alzó la falda y subió. La inmensa puerta en forma de flecha del granero estaba abierta y dejaba pasar un chorro de sol que iluminaba el heno. Las golondrinas entraban y salían volando, anidaban en las vigas y, más allá de la puerta abierta, se extendía una vista panorámica del pueblo, la salida sur al valle y las azules Big Horns al Suroeste. Tarsy no vio nada de eso. Se dejó caer de espaldas, se estiró y cerró los ojos.

– Oh, qué cansada estoy.

Sentada cerca, Emily vio un batallón de motas de polvo que se elevaban y sintió la fragancia del heno revuelto.

– Terminó tarde, anoche -dijo.

– Pero me divertí mucho. Gracias, Emily. -Abrió los ojos a las golondrinas y las vigas, estiró un mechón de pelo y murmuró, soñadora-: Creo que estoy enamorada.

Emily le dirigió una mirada envidiosa.

– ¿De Tom Jeffcoat?

– ¿Qué otro?

– Qué rápido.

– Él es maravilloso. -Tarsy sonrió, satisfecha, y enroscó un rizo en un dedo, hasta el cuero cabelludo-. Anoche me acompañó caminando a casa y nos sentamos a conversar en los escalones del porche, casi hasta las tres de la madrugada. ¡Me contó toda su vida… toda! -La fatiga de Tarsy se desvaneció en un parpadeo y se incorporó con los ojos brillantes-. Tiene veintiséis años y vivió en Springfield, Missouri, toda la vida, con su madre, su padre, un hermano y tres hermanas, que todavía viven allí. Su abuela le prestó el dinero para venir aquí e iniciar su negocio. Pero dice que piensa devolvérselo dentro de cinco años, y sabe que puede hacerlo pues está seguro de que este pueblo crecerá y no le teme al trabajo duro. ¡Pero escucha esto! -Se sentó con las piernas cruzadas y se inclinó adelante con expresión ávida-. Hace un año, se comprometió con una mujer llamada Julia March, pero a los nueve meses lo abandonó por un banquero rico llamado James, Jones, o algo así. ¡Imagínate! Todo ese tiempo, mientras bailaba y ponía expresión alegre en tu fiesta, estaba ocultando un corazón destrozado porque era el día de la boda de su antigua novia. Lo vi muy triste cuando me lo contaba y luego me abrazó, apoyó el mentón en mi cabeza y poco después me besó.

¿Cómo fue? La pregunta saltó en la mente de Emily antes de que pudiese impedirlo y Tarsy respondió, sin saberlo:

– Oh, Emily… -Suspiró y se tendió de espaldas en el heno, como embriagada-. Fue delicioso. Fue como deslizarse por el arco iris. Como si sobre mis labios danzaran ángeles. Fue…

– No hace más que una semana que lo conoces.

Tarsy abrió los ojos.

– ¿Y qué? Estoy enamorada. Y es mucho más maduro que Jerome. Cuando Jerome me besa, no pasa nada. Tiene los labios duros. Los de Tom son blandos. Y los abrió, y yo creí que moriría de éxtasis.

Emily se sintió irritada. Nunca había sido así con Charles. ¿Deslizarse por el arco iris? Qué absurdo. Y qué indiscreto por parte de Tarsy revelar detalles tan íntimos. Lo que hizo con Jeffcoat tendría que haber quedado en la más estricta confidencia. Escucharlo incomodó a Emily como si se hubiese ocultado a observarlos.

Desde ese día, cada vez que Emily veía a Tom Jeffcoat recordaba el embelesado relato de Tarsy, se lo imaginaba y especulaba sobre cuál habría sido la reacción de él. Si fuese por su voluntad, lo habría eludido, pero Tom pasaba varias veces al día cuando iba y venía de su propio establo. A menudo Charles estaba con él pues los dos comían casi siempre juntos en el hotel y trabajaban todos los días codo con codo en la construcción. En ocasiones, Charles pasaba por el establo de Walcott para saludar o decirle a Emily si iría a la casa por la noche y Jeffcoat se quedaba en el fondo sin interferir, aunque la muchacha siempre tenía una aguda conciencia de su presencia. Mientras ella y Charles hablaban, Tom se apoyaba contra un tablón masticando una brizna de heno, con el sombrero echado atrás y el pulgar en la cintura de los indecentes pantalones ajustados. Cuando se iban, saludaba con el sombrero y hablaba por primera vez:

– Buenos días, señorita Walcott.

A lo que Emily respondió con sequedad, sin mirarlo. No podía entender por qué la irritaba tanto, pero así era. ¡Su sola presencia en el establo de su padre le provocaba deseos de darle una patada en el trasero y hacerlo salir volando!

Evitaba ir a la construcción de Tom con sumo cuidado, aun cuando Charles trabajaba allí. A veces, de pie en la puerta del grano de su propio establo, escuchaba los martillos, veía crecer la construcción y deseaba que cayese un rayo del cielo y dejara el terreno liso.

Y a veces se preguntaba si los labios de ese hombre serían suaves.

La mañana del viernes, después de la fiesta, estaba sola en la oficina memorizando recetas de ungüentos, con los pies apoyados sobre el escritorio, de espaldas a la puerta, cuando una voz dijo, detrás de ella:

– Hola, marimacho.

Salió disparada de la silla como impulsada por pólvora negra. Cuando se dio la vuelta, el libro cayó al suelo. Ahí, apoyado en el marco de la puerta con su sonrisa ladeada, estaba ese canalla de Jeffcoat.

– Un poco asustadiza, ¿no?

– ¿Qué está haciendo usted aquí? -le dijo, fastidiada.

– ¿Así se saluda a un amigo? -Se apartó del marco, levantó el libro y se lo entregó-. Tome, se le ha caído algo.

Los labios del hombre, ¡malditos! tenían una apariencia como para que los ángeles danzaran sobre ellos. Le arrebató el libro con brusquedad y lo dejó de un golpe sobre el escritorio:

– ¿Qué quiere?

– ¿Podemos hablar?

– ¿De qué?

Sin responderle, se dirigió al diván donde el gato color caramelo dormía, en su lugar de costumbre, lo levantó y, de espaldas a Emily, nariz con nariz con el animal lo sostuvo en el aire:

– Tú sí que te das la gran vida. Cada vez que vengo estás enroscado durmiendo. ¿Cómo te llamas, eh?

– Taffy -respondió Emily, indignada-. ¿A eso he venido, a averiguar el nombre de mi gato?

Jeffcoat le dirigió una semisonrisa sobre el hombro y volvió la atención al gato.

– Taffy -repitió, rascándole bajo la barbilla. Sin darse la menor prisa, se sentó en el diván sin dejar al gato, haciéndolo ronronear-. Necesito comprar ganado para mi establo -le anunció, con la vista clavada en el gato-. ¿Me ayudará?

– ¡Yo! -La sorpresa hizo que Emily se sentara otra vez-. ¿Por qué yo?

Por fin, Jeffcoat la miró:

– Porque Charles dice que usted sabe de caballos más que la mayoría de los hombres.

– ¿Eso no es un poco presuntuoso, señor Jeffcoat…?

– Tom.

– ¿… pedirme a mí, que para empezar, no quiero que esté aquí, que lo ayude a iniciar su negocio?

– Puede ser. Pero usted vive aquí desde hace más tiempo, conoce a los granjeros, sabe quién es honesto, quién no, cuál tiene los mejores caballos, dónde viven. Le agradecería que me ayudara.

Emily tomó aire, contuvo el aliento y se preparó para una perorata, pero en vez de eso el aire salió en una inesperada carcajada.

– Usted me asombra, ¿sabe?

– ¿Qué es lo asombroso?

– Su temeridad.

Tom sopló en la cara del gato y sugirió:

– Podríamos ir esta tarde. O el lunes. -El gato estornudó y sacudió la cabeza. Jeffcoat rió y la miró-. Necesito asegurarme unos doce caballos y encontrar un granjero que me venda el heno. A fines de la semana que viene tendré la plataforma giratoria instalada, pero todavía no tengo caballos ni carretas. ¿Qué dice, me ayudará?

Por un momento, se sintió tentada. Después de todo, ese sujeto abriría sus puertas y no tenía modo de impedírselo. Por otra parte, su amistad con Charles parecía sólida y sería duro para él si ella, como esposa, seguía desalentándolo.

Pero mientras pensaba, posó la vista en los labios de Jeffcoat y, de pronto, recordó la descripción de Tarsy del beso.

– Lo siento, Jeffcoat. -Se levantó de un salto y fue hacia la puerta-. Tendrá que buscar a otra persona para que lo ayude. Estoy ocupada.

Como era lógico, Charles se enteró de que se había negado a ayudar a su amigo y esa noche la regañó con gentileza:

– Puedes ser un poco más amable con él, ¿no? Para él es duro estar solo aquí.

– No me gusta. ¿Por qué tengo que ayudarle?

– Porque sería una actitud de buena vecina.

– Él asegura que se ocupa de caballos de toda la vida. Deja que los encuentre solo.

A la mañana siguiente, Emily estaba limpiando los pesebres cuando oyó una carreta que se acercaba. Unos pasos apresurados se dirigieron a la oficina de su padre y, un momento después, oyó a dos hombres hablando. Edwin salió a buscarla.

– ¡Emily!

– Estoy aquí atrás, papá.

El hombre se detuvo a la entrada del pesebre, seguido por un hombre más bajo, de semblante preocupado.

– Bueno, pequeña doctora. -Le sonrió con indulgencia a la hija-. Querías tener oportunidad de practicar y aquí está. Conoces a August, ¿verdad?

– Hola, señor Jagush.

August Jagush era un polaco fornido, recién llegado del Viejo Mundo. Tenía una cara redonda, rubicunda, bigotes y las manos anchas como platos de sopa. Llevaba una camisa roja escocesa abotonada hasta el cuello y, en la cabeza, una gorra de lana de visera plana traída de Polonia. Jagush se la quitó e hizo una reverencia servil.

– Ja, hola, señorita -dijo con fuerte acento.

Edwin actuó de intérprete.

– August tiene una cerda preñada que está de parto, pero hace dieciséis horas que empezó y no pasó nada. Tiene miedo de que los lechones mueran y, quizá, también la marrana si no sucede algo pronto. ¿Irías a echar un vistazo?

– Por supuesto. -Ya se apresuraba a cruzar el establo. Sabía que los lechones podrían sobrevivir en el canal de parto, a lo sumo, dos horas más, y tal vez le llevara todo ese tiempo llegar a la granja de Jagush-. Necesitaré un caballo ensillado y mi maleta.

– Ensillaré a Sagebrush -ofreció Edwin.

Jagush dijo:

– La señorita me manda una lista, yo puedo ir a la ferretería de Loucks antes de volver.

– En su granja, ¿tendrá un poco de cerveza? -preguntó Emily, saliendo de la oficina.

– ¿Cerveza?, ja, ¿qué polaco no tiene cerveza?

– Está bien, porque necesitaré un poco.

Si esperaba a Jagush, perdería un tiempo precioso. Sin duda, el animal debía de estar sufriendo y Emily no quería prolongar ese sufrimiento más de lo imprescindible.

– Señor Jagush, si está de acuerdo, no le esperaré. Sé dónde vive.

– Ja, dese prisa, señorita.

A Emily se le ocurrió que Jagush vivía camino del rancho Lucky L. Tom Jeffcoat quería comprar caballos. Y Charles la fastidiaba para que le ayudase. Cal Liberty tenía fama de criar los caballos de silla norteamericanos más sanos y fuertes, y de estar tan orgulloso de ellos como para no vender nada inferior. Emily tomó una decisión repentina.

– Papá -llamó.

– ¿Qué?

– Ensilla también a Gunpowder. Llevaré a Jeffcoat conmigo.

El estómago le bailoteaba de excitación. Por fin, una verdadera llamada. Pocos granjeros habían pedido su asistencia. Por instinto, dudaban de su aptitud por ser una mujer y porque aún no había obtenido el certificado de Barnum. Y aunque lo recibiera, no era lo mismo que el diploma de una universidad de medicina veterinaria. Si no fuese porque esas universidades estaban en el Este, Emily estaría asistiendo a una de ellas. Pero quería a los animales y tenía lo que su padre llamaba un instinto natural para atenderlos. Pasaría tiempo hasta que los granjeros más grandes confiasen en ella. Entretanto, podría ayudar a los más pequeños, como Jagush, cada vez que fuese posible, y esperar que se consolidara su reputación.

En la oficina, abrió el maletín de cuero negro y pasó revista al instrumental: pinzas, bocado y sonda esofágica; fórceps de dos medidas; cucharas especiales para dar comprimidos a los animales; unas tijeras curvas, tijeras de mano, un cortador de remaches; embudos, cánulas; cuchillo gancho de herrero; y una variedad de herramientas comunes: un escoplo de acero, un par de alicates y un martillo de orejas. Sí, tenía todo. Y también botellas y frascos, pulcramente adosados a los costados del maletín, sujetos por una banda de cuero.

Satisfecha lo cerró, lo envolvió en un delantal negro de goma, lo sujetó a la montura y montó.

– Deséame suerte, papá -dijo en voz alta, mientras Edwin le pasaba las riendas de Gunpowder.

– ¡Sácalos vivos, preciosa! -le gritó, cuando espoleó los flancos de Sage y salió al trote por la puerta doble.

Medio minuto después, tiraba de las riendas ante la gran puerta norte del establo de Jeffcoat, llevando a la reata al otro animal.

– ¿Jeffcoat? -gritó. Dentro, cesaron los golpes rítmicos de un par de martillos-. Jeffcoat, ¿está ahí?

Escudriñó en las profundidades del edificio, al que se acercaba por primera vez. Era más grande que el de su padre y prometía ser mucho más aprovechable, con suelo de ladrillo, escalones verdaderos para el altillo en lugar de una escalera de albañil, medias puertas en los pesebres y el cabrestante para la plataforma ya colocado. Las ventanas estaban instaladas, la puerta corrediza colgada y en ese momento abierta para dejar pasar la luz en los dos extremos del cobertizo. Los pesebres de la izquierda estaban casi terminados y desde uno emergió Jeffcoat. Hasta por el contorno Emily supo que era él y no Charles, por el contorno del sombrero de vaquero y el largo de las piernas.

– ¿Es usted, marimacho?

– Soy yo. ¿Quiere ir a ver caballos para comprar o no?

– ¡Eh, Charles! -Tom dejó caer el martillo-. ¿Podrás trabajar sin mí un par de horas? Aquí hay alguien que dice que me llevará a comprar caballos.

Apareció Charles detrás de Tom y juntos recorrieron el largo del cobertizo.

– Emily, qué sorpresa. -Se detuvo junto a Sagebrush, se quitó los guantes de trabajo y le sonrió a su novia-. ¿Por qué no entras a ver la construcción? Realmente, va tomando forma.

– Lo siento, pero no tengo tiempo. Voy a la granja de August Jagush a ver a una cerda preñada que tiene dificultades para parir.

– ¿Llevarás a Tom allá? -preguntó, sorprendido.

– No, a Lucky L cuando termine… está cerca y supongo que Cal Liberty lo tratará bien. Jeffcoat, si va a venir, dése prisa.

– ¿Estás seguro de que no te molesta, Charles? -se detuvo a preguntar Jeffcoat.

– En absoluto. Ve con ella.

Mientras Tom tomaba las riendas que le pasaba Emily y montaba, Charles le apretó la pantorrilla a su novia y dijo en voz queda:

– Gracias, Emily. Tom estaba preocupado por la compra de esos caballos.

– Nos veremos esta noche -respondió, espoleando a Sagebrush.

Habría hecho falta alargar los estribos para Tom, pero Emily salió al trote del animal y lo dejó torcido de lado en la montura.

– Eh, espere un minuto.

– ¡Puede alcanzarme! -le gritó, sin aminorar el paso.

Mientras Charles lo ayudaba a ajustar las correas de los estribos, Tom echó una mirada a la novia de su amigo y preguntó:

– ¿Siempre es así de temperamental?

– Ya se acostumbrará a ti. Dale tiempo.

– Tiene el temperamento de un búfalo herido. Diablos, no sé siquiera el nombre del caballo.

– Gunpowder, Pólvora.

– Gunpowder, ¿eh? -Y le dijo al caballo-: Bueno, será mejor que tengas un poco, pues tendremos que esforzarnos para alcanzarla. -Una vez ajustados los estribos, dijo-: Gracias, Charles. Nos veremos cuando vuelva, si queda tiempo. Si no, en casa de Tarsy.

Salió al medio galope, mirando ceñudo al jinete que lo precedía. La muchacha cabalgaba mejor de lo que la mayoría de las mujeres caminaban, con un bamboleo y un equilibrio naturales, la espalda erguida, las riendas en una mano, la otra apoyada sobre el muslo. Otra vez usaba la gorra del hermano pero estaba tan bien sentada en la montura que ni se movía. A medida que se acercaba, por el flanco, advirtió lo ajustado de los pantalones sobre el muslo, la vista fija en el horizonte, los labios apretados. Ese día estaba totalmente carente de calidez, sólo manifestaba valor y decisión. Aun así, lo fascinaba.

– ¡Eh, aminore un poco! De lo contrario, ese caballo se cubrirá de espuma.

– Puede soportarlo. ¿Y usted?

– Está bien, hermana, son esos caballos.

Cabalgaron en silencio casi una hora y media. Tom la dejó marcar el paso, disminuyendo la marcha casi al paso cuando disminuía, galopando cuando galopaba. Sólo habló una vez, cuando iban a tomar el sendero hacia su destino.

– Esta tierra no es apta para criar cerdos, pero Jagush es polaco y los polacos comen carne de cerdo. Habría hecho mejor en traer corderos cuando se estableció.

Una mujer baja y rolliza con un pañolón babushka en la cabeza salió de un cobertizo en el momento en que llegaron. Tenía el rostro redondo como una calabaza, contraído de preocupación.

– ¡Está aquí! -exclamó la señora Jagush, señalando el basto cobertizo de troncos-. Apresúrese.

Al desmontar, Emily le dijo a Jeffcoat:

– Si quiere, puede esperar aquí. El olor será mucho más agradable.

– Quizá necesite ayuda.

– Como quiera. Sólo le pido que no se me pegue.

Se volvió de lado en la montura, se deslizó al suelo, aterrizó con agilidad y dejó que Tom amarrase ambos caballos al poste de una cerca mientras ella tomaba el envoltorio de atrás de la montura. Fueron juntos hasta el cobertizo donde se encontraron con la señora Jagush, con el rostro marcado por muchas horas de ansiedad.

– Grracias por venirr. Mi Tina no está muy bien.

No, Tina no estaba muy bien. La marrana yacía de costado, sacudida por violentos temblores de fiebre. Al parecer, al percibir que se acercaba la hora, había juntado paja para formar un nido. Pero había estado ahí, tendida, removiéndose, la mayor parte del día, en algún momento rompió la bolsa de aguas, le empapó la cama y ahora estaba aplastada. Emily se puso el delantal de goma y, sin prestar atención al estado del corral, se arrodilló y tocó la barriga de la cerda que estaba de un rojo intenso en lugar del acostumbrado color rosado. También tenía las orejas escarlata, indicio seguro de dificultades.

– No te sientes muy bien, ¿eh, Tina? -Le habló en voz muy queda, y luego informó a la señora Jagush-: Necesito lavarme las manos. Y su esposo me dijo que tenía cerveza en la casa. ¿Podría traerme un cuarto?

– Ja.

– Y tocino. Me bastará con media taza.

Cuando la señora Jagush salió, Jeffcoat se extrañó:

– ¿Cerveza?

– No es para mí, sino para Tina. A los cerdos les encanta la cerveza y los calma. Alcánceme esa horquilla, para poder levantarla.

Jeffcoat le obedeció, y miró cómo deslizaba las púas debajo de la marrana y la balanceaba con suavidad hacia el suelo. Molesta pero indemne, la marrana se puso de pie.

– Los cerdos son muy flexibles. Se levantan y se echan con naturalidad, incluso durante el parto, de modo que no le hará ningún daño empujarla un poco. Buena chica -la elogió, frotando el lomo del animal cuando estuvo levantada.

Tom observó que le hablaba a la marrana con más calidez de la que brindaba a la mayoría de las personas. Sin embargo, la preocupación por el animal le aflojó la lengua y le explicó:

– Las cerdas dan a luz de los dos costados, ¿sabía eso? Primero se tienden y paren la mitad de la cría de un lado, luego se levantan y los limpian antes de echarse otra vez del otro lado y hacer lo mismo. Nadie sabe por qué.

La señora Jagush había regresado con lo pedido: una palangana blanca, tocino y la cerveza en una lata abollada. Cuando la colocó delante de Tina, esta reaccionó como una verdadera puerca, bebió a lengüetazos hasta dejarla seca y se echó de costado con un gruñido.

Emily se lavó las manos, primero con jabón común y agua, después con una solución de ácido fénico, y cuando se las secó, prosiguió desinfectando la grasa y lubricándose la mano derecha.

Jeffcoat la observaba con creciente admiración. Había pasado toda la vida cerca de los animales y oyó multitud de historias relacionadas con negligencias y sabía que morían más animales por infecciones provocadas por las manos no suficientemente desinfectadas que de las complicaciones naturales del nacimiento.

Emily se engrasó más arriba de la muñeca y sólo entonces lo miró por primera vez desde que entraron al cobertizo.

– Si quiere ayudar, puede sujetarle la cabeza.

Sin hablar, Tom ocupó el lugar junto a la cabeza de Tina.

– Muy bien, Tina. -Hablando en voz baja y serena, la muchacha se arrodilló-. Veamos si podemos ayudarte un poco.

Tom observó, cada vez con más admiración, cómo Emily sujetaba la cola del cerdo, hacía pinza con los dedos y los metía dentro del animal. No debía haber otra tarea tan repugnante en todo lo referido a la atención de los animales, pero la ejecutó con la mente puesta en un solo objetivo. Los músculos de la marrana estaban tensos y no se separaban con facilidad; si no hubiera sido así, sin duda los cerditos ya habrían nacido y estarían mamando. Emily apretó la mandíbula, endureció la muñeca y maniobró con una agilidad que no muchos hombres podrían exhibir. Su mano desapareció hasta la muñeca y luego más. Tenía la vista fija, la concentración en las entrañas del animal. Tanteando, se mordió el labio inferior y murmuró:

– Aquí estás.

Cuando sacó la primera cría, la pestilencia los golpeó como una explosión fétida y revolvió el estómago de Tom con tal brusquedad que tragó saliva contra su voluntad. Emily se enjugó el rostro, inspiró con la cara vuelta hacia el hombro y se volvió para revisar al recién nacido.

– Está muerto -declaró-. Lléveselo, pues si no tratará de comérselo.

La señora Jagush se apresuró y, con una pala, se llevó al feto afuera. Emily apoyó la cara en el hombro para evitar el hedor mientras se llenaba otra vez los pulmones.

Cuando se irguió otra vez, dijo:

– Estén atentos. Aquí vamos otra vez.

Sacó cinco crías y, con cada uno, la pestilencia aumentaba. Tom aplastaba con frecuencia la nariz contra el hombro y se preguntaba cómo podía ser que una persona, más todavía, una mujer, pudiese elegir una ocupación semejante. Cuando hubo salido el sexto cerdo muerto, dijo:

– ¿Por qué no hace una pausa y respira un poco de aire fresco?

– Cuando hayamos sacado todos -respondió estoica, sin aceptar más alivio que una rápida inspiración contra su propia manga.

Llegó un momento en que la manga también se ensució, humedecida por la transpiración de la propia Emily, y en algunos sitios, maloliente por las entrañas y las secreciones de los animales. A medida que la paja se humedecía y se pudría, el olor se hacía más malsano, pero Emily seguía arrodillada en ella sin quejarse. Al acercarse el final, tuvo arcadas, pero se esforzó para terminar.

Los últimos fetos los sacó August, que había llegado del pueblo a tiempo para ver que nacían muertos.

Finalmente, Emily le dijo a Tom:

– Ese era el último. Vamos, ahora podemos tomarnos un descanso.

Salieron de prisa afuera, al aire limpio y al sol, se derrumbaron contra la pared del cobertizo y aspiraron grandes bocanadas de aire, con los ojos cerrados, dejando caer las cabezas atrás, aliviados.

Cuando pudo hablar de nuevo, Tom murmuró:

– Jesús.

– Lo peor ha terminado. Gracias por su ayuda.

Mientras los Jagush enterraban a los nueve cerditos muertos, Tom y Emily compartieron el aire fresco. Al fin, Tom giró la cabeza para contemplar el perfil de Emily, la nariz elevada hacia el sol, la boca abierta dejando pasar la frescura.

– ¿Hace esto a menudo?

La muchacha volvió la cara hacia él y esbozó una sonrisa fatigada pero satisfecha de sí misma.

– Es la primera vez con cerdos.

El respeto de Tom hacia ella fue en aumento. Tenía que elogiarla. Las alabanzas cruzaron por su mente como cintas pero, a la larga, se limitó a sonreír y a decir con suavidad:

– Lo ha hecho bien, marimacho.

Para su sorpresa, repuso:

– Gracias, herrero, usted tampoco lo hizo tan mal. Y ahora, ¿qué le parece si nos lavamos las manos antes de terminar?

– ¿Hay más? -preguntó, abrumado.

– Así es.

Se apartó de la pared.

– Abra la marcha, doctor.

Se lavaron en el estanque del patio y cuando terminaron volvieron al cobertizo, donde Emily preparó una solución de tintura de acónito y se la dio a Tina para bajar la fiebre y después, un baño de ácido fénico para limpiar el útero de la marrana. Sacó del maletín un trozo de manguera con un embudo en una punta.

– ¿Podría sostener esto, por favor? -le pidió a Tom, dándole el embudo.

Descubrió que cada vez le agradaba más ayudarla, pues observarla no sólo era educativo sino que, además, empezaba a disfrutarlo. Emily se había despojado de toda su veta de frialdad y se transformó en una persona fuerte, decidida, tan cautivada por su trabajo como para olvidar el antagonismo contra Tom Jeffcoat. No pudo evitar admirar otra vez su tolerancia y calma cuando insertó la manguera en el cuerpo de Tina y le ordenó:

– Levante más alto el embudo -y echó en él la preparación.

Muy próximos en el cobertizo maloliente, oyeron gorgotear el líquido que la gravedad hacía descender lentamente. Lo que habían pasado los ligaba con una extraña y sensual intimidad que, si bien por momentos era repugnante, tenía la eterna fascinación de todo nacimiento. Ya tenían tiempo para pensar en lo sucedido la hora pasada y los cambios que había provocado en el respeto mutuo. Emily llenó otra vez el embudo y, mientras esperaban que se vaciara, se miraron. Tom esbozó una sonrisa vacilante, inquieta, y Emily la respondió. No era la sonrisa cansada que le dedicó cuando estaban apoyados, exhaustos, contra la pared del cobertizo. Esta era una sonrisa genuina, con ganas. Aunque bajó la vista en el instante mismo en que comprendió lo que acababa de hacer, ese intercambio derribó una barrera. Tom también lo comprendió y pensó: "Ten cuidado, Jeffcoat, o esta marimacho podría apoderarse de ti."

Una vez terminado el trabajo, los instrumentos ya limpios, salieron afuera, Tom detrás. Emily, bajo el sol de las últimas horas de la tarde, dio instrucciones a la señora Jagush.

– No la deje aparearse cada vez que esté en celo pues, si lo hace, ella se debilitará y las crías también. Dele un descanso entre uno y otro, y empiece a darle no más de treinta gramos por día de extracto de baya de espino negro, mezclado con el agua. Puede conseguirlo en la droguería y le ayudará a evitar abortos. ¿Alguna pregunta?

– Ja -respondió August-. ¿Cuánto me costará esto?

Sonrió, mientras ataba sus cosas a la montura.

– ¿Sería demasiado un lechón? Si la próxima cría vive, me llevaré uno en la época del destete y lo criaré en el corral del establo.

– Tendrá una cría de cerdo, joven señorita, y gracias por venirr a ayudar a Tina. La señorrita estaba muy afligida esta mañana, ¿no es así, señorrita?

La señora Jagush asintió y sonrió, uniendo las manos en gesto de gratitud.

– Dios la bendiga, señorrita. Es una buena muchacha.

Emily y Tom montaron y saludaron con la mano al matrimonio, que los despedía desde el camino de salida.

El camino desde la granja de los Jagush torcía al Noroeste y, cuando lo tomaron, el sol ya les daba del lado izquierdo. Tom sacó un reloj del bolsillo y lo abrió:

– Ya son las cuatro y la fiesta de Tarsy comienza a las siete. Quizá debería dejar para otra vez el presentarme a Liberty.

– De todos modos, la fiesta de Tarsy será estúpida. Prefiero ir a lo de Liberty que jugar juegos de salón.

– Ah, de modo que jugaremos juegos de salón.

– Fannie le puso esas ideas en la cabeza. El baile de la silla, charadas y quién sabe qué otra cosa.

– Opino que no le vendría mal un poco de diversión después de una tarde como la que ha soportado.

Emily le lanzó una mirada de soslayo, acompañada por un atisbo de sonrisa.

– Si me diesen a elegir entre ir a ver los caballos y los juegos de salón, siempre preferiría los caballos.

Aunque estaba de acuerdo para sus adentros, Tom sintió la obligación de recordarle:

– Charles está ansioso por ir.

– Ya lo sé. Por eso iré, pero si yo me retraso, irá solo a casa de Tarsy. Vamos, cabalguemos.

Con un roce de los talones Sagebrush se lanzó al galope y Tom la siguió con Gunpowder. Galopando junto al flanco izquierdo, observó lo que podía ver del perfil de Emily: la barbilla obstinada, el labio inferior lleno, que se proyectaba apenas hacia afuera mientras su dueña se concentraba en el camino, las pestañas negras y la gorra torcida sobre la oreja izquierda, las riendas en una sola mano, los pechos, firmes, que no se balanceaban con los movimientos de la espalda que acompañaban el subir y bajar del ancho lomo que tenía debajo. Los ojos de Tom se demoraron en los pechos más tiempo del aconsejable y de pronto advirtió, con cierta alarma, qué era lo que estaba pensando.

¡Detente ahí, Jeffcoat, por Dios, detente!

Apartó la vista y se concentró en el paisaje.

Estaban realmente en tierra de granjas y el horizonte indefinido cambiaba a cada curva del camino. Era un paisaje de barrancos, colinas ondulantes, un cuadro calcinado por el sol y refrescado por las nubes. Las laderas de las colinas estaban salpicadas de manchones verde claro de los álamos, y por hileras más oscuras de otra variedad, donde arroyos saltarines bajaban precipitados desde la zona de las cimas, sobre la línea de vegetación Allá arriba la nieve era permanente y su blancura contrastaba con el púrpura de los picos. Más abajo aparecían otras líneas blancas: las flores recortadas contra las piedras por las que se ajetreaba el agua y que daban la impresión de manchones de nieve. Por todas partes crecía la salvia aromática, en matas aterciopeladas de un verde plateado, embellecidas con flores amarillas que esparcían su aroma de trementina por el aire estival. A lo lejos, los corrales de ovejas parecían trastabillar como fósforos caídos sobre las colinas verdes. Todo estaba cubierto de vegetación lozana y fértil.

Vieron a la distancia una carreta metida bajo un árbol y un minúsculo punto oscuro: un pastor que los observaba desde la falda de una colina cercana donde estaba sentado, rodeado de la majada pardo grisácea y de otras dos manchas negras que se movían: los perros.

Para sorpresa de Tom, Emily tiró de las riendas, se irguió en los estribos, saludó con la mano y gritó:

– ¡Hooola!

Se quedaron quietos, oyendo cómo el eco rebotaba de ida y vuelta en el valle. Al oírlo, el pastor se levantó, hizo bocina con las manos y segundos después les llegaba el saludo de respuesta, el característico grito vasco:

– ¡Ie-ie-ie-ie-ie! -ondulando por el valle como el aullido de un coyote.

– ¿Quién es? -preguntó Tom.

– No sé. Un vasco. Viven todo el año en esas pequeñas carretas con sus rebaños. En la primavera, llevan las ovejas montaña arriba y en el otoño, bajan. Lo único que poseen es la carreta, un rifle y un par de perros ovejeros. Siempre pensé que debían llevar una vida muy solitaria.

Siguieron cabalgando y Tom pensaba en Emily Walcott. ¿Sería esta de ese día su verdadera personalidad, por fin? Si era así, empezaba a gustarle. Los animales y los vascos le provocaban una reacción cálida y se preguntó qué otra cosa la provocaría.

Otra vez desvió sus pensamientos por rumbos más seguros. Observando las colinas, comentó:

– No esperaba ver tanto verde.

– Disfrútelo mientras dure pues, para mediados del verano, estará todo amarillo.

– ¿Cuándo comenzará el invierno?

Inclinando la cabeza, Emily miró hacia uno de los picos distantes, coronado de nieve.

– Los viejos tienen un dicho: que en Wyoming el invierno nunca termina, que cuando el verano baja de la montaña se encuentra con el invierno que está subiendo.

– ¿Cómo? ¿Es decir que no hay otoño?

– Oh, claro que tenemos otoño. Es mi estación favorita. Espere y verá los álamos a fines de septiembre. Papá los llama "el don de Midas", porque parecen racimos de monedas de oro.

En ese momento, llegaron a una elevación debajo de la cual se extendía el Rancho Lucky L, sobre un valle de forma irregular en la montaña Horseshoe. Lo cruzaba el río Little Tongue y tenía un perímetro claramente definido por una oscura muralla de pinos y abetos, que parecían protegerlo. Antes de que recorriesen todo el sendero, Jeffcoat supo que Lucky L era más que afortunado, como lo indicaba su nombre: era próspero. Los edificios estaban pintados, las cercas en buen estado y el ganado que vieron al pasar exhibía una salud impresionante. La casa y los almacenes tenían aspecto de haber sido planificados con cuidado, dispuestos en relación geométrica entre sí. Los cobertizos, los graneros y la barraca estaban pintados de blanco con bordes negros, pero la casa estaba hecha con la piedra arenisca de la región. Era de dos plantas, con gruesas vigas en el tejado que llegaban hasta debajo de los aleros, un porche profundo a todo lo ancho y una gran chimenea de piedra. Rodeada de olmos en tres de sus lados, la flanqueaban edificaciones accesorias a ambos lados.

Ante la casa había una fila de postes de amarre, rematados en una cabeza de caballo de hierro negro que sostenía un anillo de bronce entre los dientes.

– Parece que a Liberty le va muy bien -comentó Jeffcoat, mientras desmontaba.

– Le vende caballos al ejército, que no sólo paga el mejor precio sino que representa una demanda constante. Si el Ejército considera que los caballos de Lucky L son buenos, yo también.

Emily encabezó la marcha hacia la casa. Les abrió la puerta una mujer baja y gorda, con cofia y delantal blancos.

– El señor Liberty está detrás del cobertizo C. -Señaló-. Es aquel de allá.

Lo primero que Jeffcoat advirtió en Cal Liberty no fue su estatura impresionante, ni el pecho como un barril, ni el Stetson recién cepillado con una banda de cuero adornada con una turquesa engarzada en plata, sino el modo en que trató a Emily Walcott, como si fuese un fantasma y pudiera ver a través de ella. De inmediato le estrechó la mano a Tom, pero ignoró la que Emily le tendía. Al saber que Tom había ido a comprar caballos, el ranchero los invitó al cobertizo, donde estaba trabajando el capataz, pero le sugirió a Emily que fuese a la casa a beber café con su esposa.

Emily se encrespó y abrió la boca para replicar, pero Tom la interrumpió:

– La señorita Walcott ha venido para asesorarme en la elección de los caballos.

– Ah. -Liberty le lanzó una fugaz mirada despectiva-. Bueno, entonces puede acompañarnos.

Mientras seguían a Liberty, Tom sintió que Emily ardía de indignación. Le apretó el codo y le lanzó una mirada significativa, que decía: "Cállese, marimacho. Sólo por esta vez". Para su alivio, Emily se limitó a hacer una mueca y miró, ceñuda, la nuca de Liberty. Tom hizo lo mismo y pensó: "Asno pomposo… ¡Si la hubieses visto, hace una hora, sacando cerdos muertos de dentro de la madre…!"

Encontraron al capataz de Liberty, un vaquero curtido, de piel como pellejo de vaca y manos duras como una montura de cuero. Tenía los ojos jade claro, las piernas arqueadas como una U, y cuando sonreía, la bola de tabaco que tenía en la mejilla le daba la apariencia de alguien con una muela inflamada.

– Este es Trout Wills -lo presentó Liberty-. Trout, te presento a Tom Jeffcoat.

Se estrecharon las manos.

– Jeffcoat quiere ver…

– Y esta es la señorita Walcott -lo interrumpió Tom.

Trout se tocó el sombrero.

– Encantado, señorita Walcott.

Liberty reanudó la frase, girando el hombro para dejar a Emily fuera.

– Jeffcoat quiere mirar unos caballos. Vea qué podemos mostrarle.

Trout obedeció pero, de todos modos, Liberty se quedó cerca, vigilando. Tras la conducta fría del ranchero hacia Emily, Tom sintió un perverso placer creando todas las oportunidades posibles para que ella luciera sus conocimientos sobre caballos. Por tácito acuerdo, decidieron poner a Liberty en la picota.

Cuando tuvieron los caballos ante ellos, Tom preguntó en voz alta y clara:

– ¿Qué opina, Emily?

Ignoraron a Liberty, que se apoyaba en una cerca. Tom observó cómo Emily separaba a una yegua de dos años, conquistaba su confianza y realizaba una inspección minuciosa. Tom se mantuvo aparte, impresionado, viendo cómo revisaba media docena de animales sin olvidar ningún detalle. Se fijaba si la piel era suave y flexible, el pelo aplastado y sedoso, los ojos brillantes, la postura alerta. Les revisó las membranas de la nariz para cerciorase de que fuesen de un rosado salmón claro, palpó cada protuberancia en busca de posibles inflamaciones, cada tendón descartando hinchazones, retrajo los labios para inspeccionar molares y colmillos, levantó patas para examinar las paredes de los cascos y hasta les tomó el pulso bajo las mandíbulas.

Mientras revisaba a un alazán de aspecto saludable, Tom se acercó y le preguntó en voz baja:

– ¿Cuánto tendría que ser?

– Entre treinta y seis y cuarenta. Está ahí.

Cuando uno de los animales levantó la cola y soltó unas pepitas amarillentas, en vez de saltar hacia atrás como haría la mayoría de las mujeres, Emily removió el estiércol con la bota y comentó:

– Está bien: ni muy blando ni muy duro, justo como tiene que ser.

Cuando otro orinó, observó el proceso, imperturbable, y aprobó el color y el hecho de que no tuviese olor fuerte.

– En conjunto, son sanos -le dijo a Tom y añadió-: pero yo estaba más preocupada con la salud interna. Cualquiera que haya estado en contacto con caballos tanto tiempo como usted sabe qué hace que un animal sea sano y cuáles tienen huesos ligeros. Puede mirarlos usted y juzgar la estructura.

Se hizo a un lado y le tocó el turno de observar mientras Tom revisaba la manada, fijándose en la conformación de los animales. Observó cada movimiento y reconoció qué buscaba con cada uno: espacio entre los ojos; ojos en los que se viera poco blanco; cuellos largos y arqueados; hombros bien desarrollados; rodillas anchas, que se ahusaran de adelante atrás; tibias planas y espolones a cuarenta y cinco grados. Desechó uno por los pies en forma de campana, cosa que le ganó una mirada aprobadora de Emily, separó otro porque tenía canillas gruesas. Llevándolo de la brida, observó el movimiento de pata y pie, y lo condujo ante Emily.

– Este es una belleza.

La joven dio al enorme bayo una pasada con la mano y una ojeada, y le preguntó a Liberty, en voz fuerte:

– ¿Cómo se llama?

– Buck.

Era la primera palabra que dirigía a Emily. Esta apartó a Jeffcoat y le aconsejó, por lo bajo:

– Tiene razón, es una belleza, pero deje que el capataz lo ensille y lo cabalgue, primero. No porque sea hermoso tiene que ser dócil. Y con ese nombre… bueno, podría ser por el color, pero no tiene sentido correr riesgos. Si alguien resultara aplastado contra la cerca, o lanzado, es preferible que sea el capataz y no usted.

Jeffcoat sonrió y se inclinó ante la sagacidad de la muchacha.

Buck resultó ser un verdadero caballero. Se quedó tranquilo mientras Trout lo ensillaba y se comportó a la perfección cuando lo montó. Cuando lo hizo Jeffcoat y le ordenó ejecutar los distintos pasos, Emily lo observó otra vez, impresionada. Prudente, primero lo hizo andar al paso en vez de hacerlo galopar de inmediato, como habría hecho un novato. Lo hizo dar círculos, inclinarse, detenerse, seguir, observando las reacciones del animal al freno y al jinete desconocido.

Cuando lo puso al trote, Emily vio que dominaba las torpes sacudidas con una gracia poco común. Al trote, la mayoría de las mujeres parecían maíz al estallar, y los hombres, niños ansiosos tratando de alcanzar un frasco de dulces. Pero Jeffcoat iba erguido, en perfecto equilibrio, las manos firmes, las piernas relajadas, el cuerpo apenas inclinado hacia adelante y no volcado desde las caderas. El padre, que había enseñado a Emily a cabalgar, le comentó que pocas personas podían trotar con gracia y menos todavía con el cuerpo en la diagonal correcta.

Pero Jeffcoat lo hacía todo sin esfuerzo.

Así espoleó a Buck para lanzarlo a un medio galope, cambió las riendas para estar seguro de que el potro seguía comportándose correctamente cualquiera fuese la guía y, por último, lo hizo galopar. Al virar y estirarse regresando al galope hacia Emily, resultó un cuadro impresionante: las riendas cortas, el peso fuera de la montura, apoyado en la cara interna de muslos y rodillas, alzándose sobre los talones.

Maldito seas, Jeffcoat, pareces nacido sobre la montura y al verte siento algo raro por dentro.

Cuando frenó, lo hizo con mano leve: ya había aprendido mucho de Buck. Saltó a tierra antes de que se hubiese asentado el polvo, sonrió y le dijo a Emily:

– Este será mío.

No pudo evitar de bromear:

– Señor Jeffcoat, ¿no sabe que un jinete sabio no se deja seducir jamás por el primer animal que prueba?

– A menos que sea el apropiado -le replicó, sonriente.

Emily lo aplacó palmeando la ancha frente de Buck:

– Es una buena elección.

Tom le dijo a Liberty:

– Este lo compro. Necesito otros cuatro para montar.

– Con tres bastará -intervino Emily, con calma.

– ¿Tres?

– Ya verá que, en gran medida, alquilará coches a los vendedores de tierras que llevan a las familias de inmigrantes a elegir sus treinta y dos hectáreas. Sin duda, necesitará algunos de montar, pero la mayoría de su mercadería tienen que ser caballos de tiro.

Una vez más, Jeffcoat se inclinó ante la sabiduría de la muchacha, y siguió eligiendo hasta tener los cuatro caballos de silla y cerró el trato. Los animales de tiro quedarían para otra ocasión, pues estaba haciéndose tarde y si no emprendían el regreso los sorprendería el anochecer.

– Ha sido un placer tratar con usted, señor Liberty. Volveré un día de la semana que viene.

Tom le tendió la mano. Después que se la estrechó, Liberty se encontró con otra esperándolo.

– En líneas generales, su ganado es bueno -admitió Emily, poniendo la mano de tal modo que no la pudiese eludir.

– Gracias. ¿Podría repetirme su nombre, por favor?

– Emily Walcott. Soy hija de Edwin Walcott y estoy estudiando veterinaria. Creo que ese bayo de manchas negras que usted llama Gambler tiene una leve inflamación sinovial en el casco trasero exterior que sería conveniente atender. Mi opinión es que tal vez haya sufrido una pequeña luxación de la que usted ni se enteró. Aunque no es para preocuparse, en su lugar yo lo trataría con partes iguales de tintura de alcanfor y de yodo, y si llegara a aumentar de tal modo que la presión de un lado la hiciera sobresalir del otro, habría que drenar y vendar. En ese caso, tendré el mayor gusto en venir a hacerlo. Puede encontrarme en el establo de mi padre casi todos los días. Adiós, señor Liberty.

Emily y Tom montaron e hicieron trotar a sus animales por el camino particular, divertidos y satisfechos. En cuanto quedaron fuera del alcance de los oídos, el joven soltó la carcajada.

– ¡Ha visto la expresión que tenía!

Emily también rió.

– Sé que yo estaba alardeando, pero no pude resistirlo.

– Ese asno pomposo se lo merecía.

– Tendría que estar acostumbrada. Soy mujer y, a fin de cuentas, las mujeres son mejores para limpiar cocinas y aporrear la masa del pan, ¿no?

– Dudo de que Liberty siga opinando así.

Emily le lanzó una agradecida mirada de soslayo.

– Gracias, Jeffcoat, ha sido divertido.

– Sí, toda la tarde lo ha sido.

Durante algún tiempo cabalgaron en amistoso silencio, habituándose a cierto grado de asombro que les quedaba, después del comienzo turbulento. Era esa hermosa hora del día que impulsa a la amistad. Tras ellos, una candente bola anaranjada estaba sumergida a medias tras las cumbres. Delante, las sombras suyas y de los caballos eran caricaturas que se deslizaban sobre las hierbas a los lados del camino. Perturbaron a una gran bandada de cuervos que se alejaron aleteando hacia las montañas. Al pasar ante un estrecho arroyo, asustaron a una garza, que se fue volando hasta un grupo de peñascos. Pasaron ante un sitio donde el chamico en flor extendía como una sábana de color sus flores rosadas que el sol crepuscular tornaba doradas. Y más lejos, se volvieron a mirar una ardilla con pinchos inmóvil, tan erguida como su propia sombra. Una alondra gorjeaba desde una cerca al lado del camino y por el cielo pasó un azor lanzando su canto de caza.

La paz del crepúsculo invadió a los dos jinetes.

Oían el crujido de las monturas, el ritmo semejante a un vals de los cascos, los firmes resoplidos de la respiración de los caballos. Sentían el fresco del Este por delante y la tibieza del Oeste en las espaldas, y comprendieron que disfrutaban más de lo aconsejable de la presencia del otro cabalgando… separados sólo por el ancho de un caballo… la vista fija adelante… examinando el giro que su relación había tomado en un solo día. Algo indefinible había sucedido. Bueno, quizá no se pudiese calificar de indefinible… más bien inadmisible, algo que les daba miedo, los atraía y que estaba prohibido.

Siguieron andando, todo el camino cuesta abajo, hacia una fiesta a la que asistirían ambos, a un baile que, con toda probabilidad, compartirían, y una atracción que no debió haber comenzado jamás, y que les enseñó a mostrarse indiferentes por fuera pensando en Charles Bliss… amigo de él y prometido de ella.

Capítulo 8

Los dos llegaron tarde a la fiesta de Tarsy. Cuando Tom llamó a la puerta, la anfitriona estaba al borde del pánico pensando que no iría.

– ¿Dónde has estado?

Tarsy voló a través del cuarto y lo asió del brazo con fuerza suficiente para dejarle hematomas.

– En el rancho Lucky L, comprando caballos.

– Eso ya lo sé. Me lo dijo Charles. Pero has llegado muy tarde.

– Regresamos hace sólo media hora.

Registró la habitación, pero Emily aún no había aparecido.

– Estamos esperándote para empezar a jugar.

Tarsy casi arrastró a Tom a través de la sala, donde este vio casi las mismas caras que la semana anterior, con la diferencia de que los mayores no estaban invitados. Todos los miembros del grupo, al parecer, eran jóvenes y solteros. En el comedor vecino, estaban reunidos en torno de la mesa conversando, riendo y bebiendo ponche. Ahí estaba Charles, pero cuando Tom intentó acercarse a él para hablarle, Tarsy lo arrastró:

– ¡Oh, tú y ese Charles! Os veis todos los días en el trabajo, ¿no es suficiente? -Levantando la voz, convocó a todos a la sala-. ¡Venid todos, ya podemos empezar los juegos! ¡Todos aquí!

Comenzó a disponer las sillas en círculo.

Tom se escabulló para servirse una taza de ponche y encontró a Charles en la arcada del comedor.

– ¿Cómo ha ido todo? -le preguntó Charles.

– Es un buen comienzo: cuatro caballos de montar.

– ¿Y has logrado regresar sin heridas mortales? -Riendo, fingió revisarlo de frente y de espalda, en busca de heridas-. ¿Sin fracturas de huesos?

– Ha sido un ejemplo de amabilidad. Nos hemos entendido muy bien.

– Me bastará echarle una mirada a la cara en cuanto traspase la puerta para saberlo.

– Lamento haber hecho que llegue tarde. ¿Quién preparó el ponche?

– Creo que la misma Tarsy, la gata salvaje.

Tom recorrió con la mirada las dos habitaciones.

– ¿Tampoco están sus padres?

– No. Creo que Tarsy tiene ciertas intenciones hacia ti e iría contra sus intereses que ellos estuviesen presentes. Salieron a jugar al whist. Me parece que nos han llamado por segunda vez.

Se reunieron con los demás. Mientras Tarsy empezaba a explicar el juego, llegó Emily: una Emily transformada. Tom le echó una mirada y sintió que dentro de él se formaba un campo de fuerza. Si bien había empleado menos de una hora para convertirse de marimacho en mujer, la transformación era completa. El cabello estaba recogido en la coronilla, como un huevo en un nido, con rizos sueltos enmarcando el rostro. Llevaba un esplendoroso vestido color malva, del tono intenso de los jacintos de primavera. Era tan apropiado, femenino y recatado como para que lo usara la reina Victoria en persona, con cuello alto bordeado de una banda, la parte de arriba cerrada y ajustada, mangas largas apretadas y un volante que caía en cascada sobre el trasero. Los adornos de encaje marfil estaban puestos de manera que atraían las miradas masculinas hacia las partes estratégicas. Se había puesto encima un gran chal con flecos, cruzado como al descuido entre un hombro y el codo opuesto. ¿Dónde estaba la muchacha que había sacado cerdos muertos del vientre de la madre toda la tarde? ¿Y la experta en caballos? ¿Y la que había cabalgado varias horas? Había desaparecido y en su lugar estaba una mujer que, por un momento, le cortó el aliento a Tom Jeffcoat.

Vio que su mirada buscaba a Charles, lo encontraba y le telegrafiaba un saludo privado, vio cómo su mejor amigo cruzaba la sala para tocarle los hombros y quitarle el chal, y sintió una punzada de celos. Charles apoyó la mano en el volante trasero y dijo algo que la hizo reír. Emily respondo y los dos miraron en dirección a Tom. La expresión divertida se esfumó como si hubiese chocado contra una cerca de alambre de púas. Apartó de inmediato la mirada y Tom se llevó la taza a los labios, sabiendo que Charles lo observaba.

Tarsy exclamó desde el otro extremo:

– Ah, Emily, por fin has llegado. Date prisa, toma una silla que empezaremos a jugar.

Emily y Charles se sentaron enfrente de Tom, que intentó olvidar que estaban ahí.

Se fijó en Tarsy. Estaba aturdida de excitación y anunciaba un juego llamado Chilla, Cerdo. Había colocado las sillas en círculo mirando hacia adentro, y cuando todos estuvieron sentados, se colocó en el centro y ordenó:

– Cada uno tiene que elegir un número del uno al cien para ver quién es el primero.

– ¿Para hacer qué?

– Ya veréis. Elegid.

Ganó Ardis Corbeill, una muchacha alta, pelirroja y pecosa que se ruborizó y se levantó, renuente, para ir al centro del círculo.

– ¿Qué tengo que hacer?

– Ya verás. Date la vuelta.

Tarsy tenía un pañuelo doblado.

– No vas a taparme los ojos, ¿no?

– Por supuesto que sí. Luego te haré girar varias veces, te daré un almohadón y eso será lo único con que puedas tocar a las personas. Tendrás que sentarte en el regazo de la primera persona que toques y decir: "Chilla, cerdo, chilla". Entonces, cuando esa persona chille, deberás adivinar quién es.

– ¿Eso es todo?

– Es todo.

En el salón se escucharon risas disimuladas mientras tapaba los ojos de Ardis y la hacía girar. Tarsy la hizo girar hasta que la pobre chica no podía distinguir la izquierda de la derecha.

Por toda la sala se extendieron risas ahogadas y murmullos.

– ¡Silencio! ¡ Si habláis, descubrirá quiénes sois! Ardis, ¿todavía estás mareada?

La pobre Ardis estaban más que mareada: sentía vértigo, vacilaba y, cuando la soltó, estuvo a punto de caerse, pero Tarsy la ayudó a mantener el equilibrio.

– Aquí tienes el almohadón, y recuerda, ¡sin usar las manos! Puedes pedir tres chillidos para adivinar de quién es el regazo donde estás sentada y, si lo adivinas, el otro tiene que ocupar tu lugar; de lo contrario, debes pagar una prenda. ¿Estamos?

Ardis, con los ojos vendados, hizo un vacilante gesto de asentimiento.

Se hizo silencio y lo único que se escuchaba eran las risas ahogadas. Inclinándose desde la cintura, Ardis dio tres pasos arrastrando los pies poniendo el almohadón por delante.

Las risas seguían.

– ¡Shhh! -dijo Tarsy.

Se sentó en una silla y se hizo el silencio.

Ardis avanzó con el almohadón entre las manos extendidas, deslizando los pies con precaución por el suelo. El almohadón chocó en la cara de Mick Stubs, que se echó atrás y apretó los labios para no estallar en carcajadas. Ardis lo golpeteó con el almohadón en la cabeza, bajó por los hombros, el pecho y por fin, las rodillas.

Algunas de las chicas se ruborizaron y se taparon la boca. Tom echó una mirada a Emily y la sorprendió observándolo. Los dos parecían islas de quietud en medio de la jarana que los rodeaba, mientras la atención de todos estaba fija en el juego. ¿Cuánto tiempo? ¿Un segundo? ¿Cinco? El suficiente para que Tom Jeffcoat verificase que lo que percibió esa tarde entre los dos no era producto de su propia imaginación. Ella también lo sentía y hacía lo posible para evitarlo. Tom ya había estado enamorado y reconocía las señales de advertencia. Fascinación. Vigilancia. Deseos de tocar.

Charles reía junto a Emily y esta apartó la vista con forzada indiferencia. También Tom volvió la atención al desarrollo del juego.

Ardis estaba encaramada en las rodillas de Mick, que tenía el rostro rojo de contener la risa.

– Chilla, cerdo, chilla -ordenó la muchacha. Mick lo intentó, pero le salió más un resoplido que un chillido. Todos rieron entre dientes.

– ¡Shh!

– ¡Chilla, cerdo, chilla!

Esta vez, Mick logró emitir un chillido agudo que hizo estallar en carcajadas a todos los presentes, aunque Ardis no pudo identificarlo.

– ¡Chilla, cerdo, chilla!

El tercer intento de Mick fue una obra maestra: alto, agudo, porcino. Pero, por desgracia para él, cuando terminó todos los presentes reían tan fuerte que perdió el control y reveló su identidad.

– ¡Es Mick Stubbs! -exclamó Ardis, quitándose la venda-. ¡Lo sabía! ¡Ahora tú tienes que ponerte esto!

Mick pesaba poco menos de cien kilos. Tenía una enmarañada barba castaña y brazos más gruesos que los muslos de la mayoría de los hombres. Tenía un aspecto cómico con la venda en los ojos, mientras lo hacían girar y se abría paso, tanteando, hasta el regazo de Martin Emerson, otro de los invitados con barba. Era imposible no participar de la hilaridad a medida que avanzaba el juego. A todos les encantó. Martin Emerson tocó a Tarsy, esta a Tilda Awk, Tilda a Tom, y este a Patrick Haberkorn y, en el trayecto, se descubrió que reía como todos. Registró el momento en que también Emily comenzaba a divertirse. Vio que la resistencia al juego se derretía cuando el humor se hizo contagioso. Vio su primera sonrisa, oyó la primera carcajada, admiró el semblante risueño, una faceta de ella que pocas veces había visto. Emily sonriente era un recuerdo para conservar. Pero siempre estaba Charles junto a ella, Charles, al que estaba prometida.

Después de "Chilla, cerdo, chilla", todos votaron por hacer una pausa y volver a llenar las copas de ponche.

Durante la pausa, Tarsy monopolizó a Tom y este se dejó monopolizar, aliviado de apartar la atención de Emily Walcott. Tarsy era una bella muchacha, divertida y vivaz. Resolvió que lo mejor que podía hacer por sí mismo era disfrutar de ella y olvidar lo relativo a esa tarde, el favorecedor peinado de Emily, lo hermosa que estaba con el vestido malva y las miradas que intercambiaron en la sala llena de gente.

– ¡Tom, ven aquí! ¡Tengo que hablar contigo! -Excitada, Tarsy lo apartó y le dijo en tono secreto-: ¿Harías algo por mí?

– Puede ser. -Le sonrió provocativo y sorbió la bebida-. Depende de qué cosa sea.

– ¿Serías el primero conmigo en el próximo juego?

– Depende.

– Es "Pobre Pussy".

Sonriente, Tom contempló la expresión ansiosa. Conocía el juego. Estaba cargado de insinuaciones e incluía cierto grado de toqueteo y no se le escapó el motivo subyacente de la muchacha para incluirlo.

– ¿Y quién será el "Pobre Pussy", tú o yo?

– Yo. Tú, lo único que tienes que hacer es sentarte en una silla y tratar de mantenerte serio mientras yo hago todo lo posible para hacerte reír.

Bebió otro sorbo de coñac, contempló los ávidos ojos castaños y pensó que no habría mejor modo de demostrarles a todos, incluido Charles, que Tarsy era la que despertaba su interés.

– De acuerdo.

Tarsy rió y, tomándolo del brazo, lo llevó a la sala para reanudar la diversión.

– ¡Venid todos, vamos a jugar a un nuevo juego: se llama Pobre Pussy!

Los invitados regresaron ansiosos, de un humor más festivo a causa del coñac y también del éxito del primer juego. Cuando todos se sentaron en círculo otra vez, Tarsy explicó:

– El objetivo de "Pobre Pussy" es no reír, para las dos personas que juegan. Yo seré una gata y elegiré a cualquiera con el que quiera jugar. Lo único que puedo decir es "miau", y sólo puede decir "pobre Pussy" la persona a la que se lo diga. No podemos hablar más que tres veces. Cualquiera de los dos que se ría tiene que pagar una prenda que el otro elija, ¿de acuerdo?

Los presentes lanzaron murmullos de aprobación y se acomodaron en las sillas esperando más diversión.

La dueña de casa continuó:

– Por supuesto, todos podéis decir lo que queráis: podéis aguijonear, provocar y hacer cualquier sugerencia que se os ocurra. Empezamos.

"Pobre Pussy" era tan elemental que su misma simpleza lo hizo triunfar. Tarsy se puso a gatas e hizo un mohín felino que hizo reír a todos. Arqueó la espalda, rozó las rodillas de varios espectadores hasta que, al fin, adoptó una postura suplicante a los pies de Tom. Agitó las pestañas y lanzó un lastimero: "Miau". Los observadores rieron y Tom, cruzado de brazos, la consoló:

– Pobre Pussy.

A la izquierda de Tom, Patrick lo codeó y bromeó:

– Puedes hacer algo mejor que eso, Jeffcoat. ¡Acaríciale un poco la piel!

Si hablaba, tendría que pagar una prenda y, entonces, Tom la miró otra vez con la cabeza ladeada, como si se hubiese renovado su interés.

Tarsy repitió un doloroso y felino Miau. Actuó como una gata cautivante frotándose contra la rodilla de Tom y haciendo un atractivo mohín.

– Parece que la pobre gatita ansia que le presten atención -improvisó Haberkorn.

Tom se estiró para palmear la cabeza de Tarsy, le rascó bajo la barbilla y pasó las yemas por el cuello.

– Poooobre Pussy -se condolió.

No corría riesgo de reír, pero el hoyuelo en la mejilla se ahondó y la boca formó una semisonrisa, que era una burla disimulada.

Los otros captaron el espíritu del juego y redoblaron esfuerzos para hacer reír a alguno de los dos.

– ¡Quién ha dejado entrar aquí a esa gata sarnosa!

– ¡Eh, gata!, ¿dónde está tu caja de aserrín?

Tarsy estaba maullando y frotando la oreja contra la pierna de Tom cuando Charles exclamó:

– ¿Nadie tiene un ratón para alimentarla?

La muchacha estalló en carcajadas, seguida por todos los presentes. Se quedó arrodillada en el suelo con la cabeza floja, demasiado dominada por la risa para poder levantarse y demasiado divertida para desear hacerlo. Tom la tomó del brazo, disfrutando mucho, y los dos se pusieron de pie.

– Bueno, ya habéis oído a Tarsy. Tiene que darme una prenda.

Sí, una prenda. Cualquiera de los presentes podía percibir el romance que comenzaba a florecer.

En el centro del círculo, Tom tenía del codo a Tarsy y la contemplaba con lascivia burlona.

– ¿Cuál será, gatita? -preguntó, para diversión de todos.

Le arrojaron dos sugerencias al mismo tiempo.

– Que pase la noche en el escalón del porche trasero.

– Que se bañe… ¡como los gatos!

Tom sabía bien qué era lo que Tarsy esperaba. Posó la vista en los labios de la muchacha… bellos labios llenos, rosados, un poco entreabiertos. Sin duda, un beso reafirmaría en las mentes de todos los que estaban ahí en qué sentido soplaba el viento para Tom Jeffcoat. Pero esta era la fiesta de Tarsy: si quería empezar por prendas arriesgadas, tendría que instigarlas ella misma.

– Tráiganle un plato con leche -ordenó, sin soltarla, viendo cómo se ruborizaba.

Alguien trajo el plato con leche y lo dejó en el suelo. Tarsy prometió, por lo bajo:

– Me vengaré de ti, Tom Jeffcoat. No podrás escaparte de mí para siempre.

Y con un revuelo de faldas, se puso a gatas para cumplir la prenda.

Presentaba un cuadro provocativo, arrodillada, con el polisón levantado, lamiendo leche del borde del plato, tan provocativa como cuando frotaba el pecho contra la rodilla de Tom. Observándola, rió junto con los demás, pero cuando pasó quince segundos en esa ignominiosa posición, se condolió y la hizo levantarse:

– La pobre gata queda excusada -dijo para todos. Y sólo para Tarsy-:… por ahora.

Ninguno de los presentes dudaba de que entre los dos existía cierto interés.

Emily Walcott presenció, toda la escena con una extraña tensión en el pecho y cierta pesadez en el estómago. Había sido muy sugestivo. Por momentos, trató de no reír pero no pudo. Por momentos, se sintió avergonzada pero no pudo apartar la vista.

¿Qué dirían los padres? En especial, la madre.

Tanto Emily como las demás chicas presentes fueron educadas bajo las rígidas normas victorianas. El coqueteo descarado estaba estrictamente prohibido y la proximidad con el otro sexo se limitaba a un fugaz contacto de las manos al saludarse o en tomar del codo a la compañera mientras caminaban. Esta clase de juegos, sin embargo, daban lugar a una buena dosis de contacto físico y de insinuaciones orales.

Se preguntó si las otras muchachas, como ella, se sentirían atraídas y repelidas al mismo tiempo, sonrojadas e incómodas. ¿Sería la sutil malicia de los juegos en sí o la presencia de Tom? Al ver a Tarsy frotarse contra la pernera del pantalón, Emily sintió una agitación insidiosa dentro de sí. Cuando acarició la cabeza de Tarsy y le pasó los dedos por el cuello, experimentó una inesperada ola de excitación. Y algo más. Estaba segura de que era prurito por la indecencia de esos juegos. No obstante, no pudo darles la espalda. Ni cuando Tom miró a Tarsy a los ojos y le dirigió una sonrisa provocativa. Clavó la mirada, sacudida por una intensa oleada de celos, mientras todos esperaban que el hombre pidiera un beso como prenda. Pero al fin pidió un plato con leche y Emily soltó, aliviada, el aliento, esperando que Charles no estuviese observándola.

¿Qué era lo que Tarsy había comenzado?

Su amiga sabía muy bien lo que hacía y lo hizo con plena conciencia. Al terminar la velada, le pidió a Tom que se quedara después que se fueran los demás, para ayudarla a colocar otra vez los muebles en su lugar.

Tom sabía que era una treta, pero él era un varón americano de sangre caliente y en ese momento el alcohol corría por sus venas, Tarsy era una joven tentadora y su admiración por él era bienvenida. Lo que era más, la señorita Emily Walcott estaba prohibida y él estuvo toda la noche pendiente de ella.

Cuando hubieron llevado el cuenco del ponche a la cocina, pusieron las sillas en su lugar y apagaron todas las lámparas menos una, decidió aprovechar la apenas velada invitación de la señorita Tarsy Fields. Caminaron lentamente hasta la puerta y la dueña de casa estaba tomando la chaqueta, colgada del perchero.

– Ven aquí -le ordenó Tom, tomándola de la cintura y atrayéndola hacia él-. Ahora cobraré el resto de la prenda.

Cuando inclinó la cabeza y la besó primero con decoro pero cada vez con más intimidad, Tarsy se olvidó de la chaqueta. La incitó a abrir los labios y lo obedeció. Tocó con su lengua la de ella y respondió. Le acarició la espalda y la muchacha hizo lo mismo.

Le regocijó percibir que le excitaba. Levantó con lentitud la cabeza y le permitió que leyese en sus ojos:

– Creo que has estado buscándolo toda la noche.

– ¿Tú no?

Tom rió y le acarició el mentón con el dorso de los dedos. La boca del hombre tomó un gesto especulativo y siguió acariciándole la barbilla, paseando la mirada entre los ojos y la boca y volviendo a los ojos.

– Me pregunto qué quieres de mí.

– Diversión. Inocente diversión y nada más.

– ¿Nada más?

En lugar de cualquier otra cosa que hubiese querido, se apropió de otro beso. Tenía labios lozanos y sabía por instinto cómo usarlos para lograr algo. Cuando se apartó, Tom tenía los suyos húmedos y sentía una agradable excitación.

– Estás buscando un marido, ¿verdad?

– ¿Será verdad?

– Yo creo que sí. Pero yo no soy ese marido, Tarsy. Aunque disfrute besándote siendo tu compañero en juegos de salón y dejando que te frotes contra la pernera de mi pantalón, no estoy buscando esposa. Será mejor que lo sepas desde el principio.

– Es muy honorable al advertírmelo, señor Jeffcoat.

– Y usted es muy tentadora, señorita Fields.

– En ese caso, ¿qué hay de malo en disfrutar un poco uno del otro? -replicó, encogiéndose de hombros.

La besó otra vez, lánguidamente, apoyándole una mano en el costado del pecho, penetrando más con la lengua. Las bocas se apartaron, renuentes.

– Oh… lo haces tan bien… -murmuró la joven.

– Tú también. ¿Has practicado mucho?

– Un poco. ¿Puedo tener otra demostración?

– Por favor.

La otra demostración fue más húmeda, más promiscua. Cuando la mano de Tom fue hacia el pecho, ella retrocedió discretamente: sabía cómo dejar a un hombre con algo que esperar.

– Tal vez sería mejor que ya nos diésemos las buenas noches.

Se sintió un tanto divertido, pero no con el corazón destrozado. Tarsy era una diversión agradable, nada más, y mientras los dos lo entendiesen, estaba dispuesto a sumergirse a tanta profundidad como ella lo permitiese.

– Está bien. -Sin prisa, fue a tomar la chaqueta-. Gracias por una fiesta muy divertida. Pienso que todos estarán de acuerdo en que ha sido un éxito imbatible.

– ¿Verdad que sí?

– Creo que has dado comienzo a algo con estos juegos de salón. A los hombres les encantaron.

– A las chicas también, pero creen que no deben admitirlo. Incluso a Emily, que es de lo más recatada y Ardis, que ha decidido dar la próxima fiesta. ¿Irás la semana próxima?

– Desde luego. No querría perdérmela.

– ¿Aunque seas tú el que tenga que pagar prenda?

– Las prendas pueden ser divertidas.

Rieron y la muchacha le alisó la solapa. En el porche se dieron un último y lento beso de buenas noches, pero en la mitad Tom descubrió que estaba pensando si Charles estaría haciendo lo mismo con Emily en ese mismo instante, y si era así, cuan deseosa estaría ella.

Esa semana sólo la vio fugazmente. Eligió los caballos de tiro sin su ayuda y firmó contrato para el suministro de heno con el granjero Claude McKenzie, que aseguró que cosecharía a mediados de julio. Encargó al fabricante de arneses del pueblo, Jason Ess, los que necesitaba. Ess le dijo que la ferretería Munkers y Mathers, de Buffalo, vendía carretas Bain nuevas y Tom hizo el viaje de casi cincuenta kilómetros para hacer el pedido.

Charles le contó que a Emily la habían llamado dos veces en esa semana: para diagnosticar y tratar a una vaca que tenía una burbuja de aire en la barriga, y para extraerle un diente deteriorado a un caballo. En ambos casos, le pagaron en efectivo y estaba eufórica por haber ganado su primer dinero como veterinaria.

Llegó Frankie y contó que su hermana estuvo intentando montar en la bicicleta de Fannie, se cayó y se golpeó, pero se puso tan furiosa que volvió a montarla, se cayó por segunda vez y se arrancó un trozo de piel de la mano y otro de la frente.

– ¡Tendríais que haberla oído maldecir! -exclamó-. ¡No sabía que las chicas eran capaces de maldecir así!

Tom sonrió y pensó en ella el resto de la tarde.

El sábado por la noche, Emily apareció en casa de Ardis Corbeil con un par de cicatrices rojas, una debajo del nacimiento del cabello, la otra en la nariz. Tom estaba cerca de la puerta cuando llegaron. Le ofreció a Charles un saludo amable, pero miró a Emily y cometió el error de reír entre dientes.

– ¿De qué se ríe?

– De sus cicatrices de guerra.

– ¡Bueno, por lo menos intenté montarla! ¡Si le parece tan fácil, pruebe usted!

– Le dije a Fannie que me encantaría.

Intervino Charles:

– En estos momentos, el tema de la bicicleta es un tanto espinoso.

Sonriendo, Tom hizo una pequeña reverencia de disculpa:

– Lamento haberlo mencionado, señorita Walcott.

– ¡Me lo imagino!

Se dio la vuelta y se alejó.

– ¡Por Dios, no acepta bien las bromas!

– En especial, de tu parte.

Esa noche, jugaron un nuevo juego llamado "El gallito ciego adivino", y sucedió lo que Tom temía: cuando le tocó a él, con los ojos vendados, rodeado de un círculo de jugadores sentados, fue a parar al regazo de Emily. Algo le dijo de inmediato que era ella, quizá la reacción de los demás. Oyó a su izquierda unos "¡Oh!" amortiguados, luego "¡Shh!".

Todos los presentes sabían que, desde el momento en que Tom llegó al pueblo, Emily lo consideraba su peor enemigo. En cuanto lo vio, tuvo ganas de hundirlo. Claro que le había ayudado a comprar los caballos, pero lo hizo a desgana, porque Charles se lo pidió. Incluso esa misma noche, en la puerta, lo reprendió en cuanto llegó.

Y ahora estaba sentado sobre sus piernas con los ojos tapados, en medio de las risas ahogadas.

Las reglas del juego eran simples: tenía las manos libres y contaba con tres posibilidades para adivinar quién era.

Las risas cesaron. El silencio se hizo pesado y Tom imaginó a Charles mirando. Los juegos se tornaban cada vez más audaces. Esta vez, no había almohadón de por medio, y si tanteaba en el sitio equivocado, no sabía qué podía estar tocando. Emily estaba inmóvil, como de piedra, casi sin respirar. Alguien rió entre dientes. Otro susurró. Debajo, Tom sentía el contacto de las rodillas esbeltas pero las dejó cargar con todo su peso… haría cualquier cosa para que pareciese que seguía provocándola para divertirse. Tras la venda se imaginaba las mejillas ardiendo de vergüenza, el aliento contenido, los hombros rígidos.

Tanteó… y encontró la mano derecha de Emily aferrada al borde de la silla. Por un momento, se enzarzaron en un forcejeo, pero ganó él y levantó la mano de la muñeca, mucho más pequeña que el círculo formado por sus dedos.

El juego le daba licencia para hacer lo que jamás tendría ocasión de hacer y por Dios que lo haría, y satisfaría su curiosidad, aun con Charles mirando. Los presentes no verían más de lo que ya habían visto: un hombre burlón divirtiéndose con una mujer que casi no lo soportaba.

Sin soltarle la muñeca, exploró con la mano libre cada uno de los dedos largos y delgados, las uñas cortadas al ras; callosas (cosa sorprendente) en la base de la palma, luego la palma misma, como un mortero y su almirez. Y ahí estaba la cicatriz, sin duda causada por la caída de la bicicleta. Sintió una agitación furtiva.

– Ah, manos ásperas. ¿Será Charles Bliss?

Todos rieron a carcajadas mientras Tom ocultaba su propia perturbación bajo una máscara de burla. Levantó la mano derecha y encontró la mejilla. La muchacha se tensó y se echó atrás. La mano la persiguió y palpó todo y las dos cicatrices que conocía estaba ahí; una ceja sedosa; un ojo, al que obligó a cerrarse; una sien suave donde el pulso latía redoblado; un lóbulo aterciopelado.

Se inclinó y olió: limón y verbena… otra sorpresa.

– Mmm… no hueles como Charles.

Más risas, mientras seguía examinando el cabello vaporoso y los rizos que enmarcaban el rostro.

– Charles, si eres tú, le has hecho algo a tu pelo.

Las carcajadas aumentaron; tocó la mejilla de Emily… caliente… caliente, ardiendo por la vergüenza y, por fin, la boca, que se abrió y emitió un tenso jadeo. Se echó atrás con tanta vivacidad, que Tom la imaginó arqueada sobre el respaldo de la silla. Cuando la incomodó lo bastante para que todos los presentes supieran que lo hacía adrede, tocó la nariz lastimada y la frente.

– ¿Eres tú, marimacho? -preguntó, en voz fuerte y clara, y luego vociferó-: ¡Emily Walcott! -al tiempo que saltaba del regazo y se quitaba la venda de los ojos.

Estaba roja como un tomate en pleno verano y se miraba la falda como tratando de ocultar las lágrimas de mortificación.

Tom giró hacia Charles.

– No quería ofender, Charles.

– Claro que no, es un juego -repuso Charles.

La expresión de Emily se tornó furiosa y Tom comprendió que tendría que hacer algo para aliviar la tensión. Entonces, ante todos los amigos, se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

– Eres una buena perdedora, Walcott.

Emily se levantó de un salto y le clavó una mirada feroz, se puso las manos en las caderas y se acercó a él con intención amenazadora mientras, alrededor, los amigos reían de su conducta. Tom retrocedió tras la silla de Charles y extendió las palmas como para detenerla.

– ¡Ayúdame, Charles! ¡Dile a tu mujer que retroceda!

El amigo se sumó a la parodia, fingiendo que calmaba a Emily que trataba de atacar a Jeffcoat, advirtiendo:

– ¡La próxima vez te arrojaré al suelo, mozo de cuadra!

Si bien Emily fingió enfurecerse para que no se detectaran sus sentimientos nacientes hacia Tom, el incidente la enervó. Pero no tanto como lo que sucedió más tarde.

Tendría que ocurrir tarde o temprano. Tarsy insistió en jugar al cartero francés. Las reglas del juego no necesitaban explicación para que Emily supiera que, como resultado, habría besos. Ella se escapó de recibir una "carta", pero antes de que terminara, Tarsy le envió una a Tom, y cuando fue entregada, observó fascinada cómo los dos que estaban en el centro del círculo se besaban de un modo que no había visto jamás: las manos de Tom acariciando la espalda de Tarsy, las bocas abiertas… ¡del todo! ¡Durante medio minuto! A Emily se le formó un nudo en la garganta. Unos tentáculos calientes de celos y de indudables escrúpulos le provocaron manchas rojas en el cuello. Antes aún de que el juego acabara, se juró que no volvería a asistir a ninguna de esas fiestas.

Para Tom, besar a Tarsy no fue más que una exhibición falsa, una oportunidad conveniente para apartar del recuerdo lo que había hecho con Emily.

Ese fue el encuentro que lo sacudió.

Para algunos fue sólo un juego, pero para él fue el primer contacto con su piel, la primera ráfaga del perfume de su pelo y el jadeo revelador que no pudo controlar cuando le tocó los labios. Cualquiera fuese la apariencia exterior de Emily, estaba lejos de ser indiferente a él y saberlo le causó una tensión en el pecho que no se disipaba.

En los días que siguieron, trabajando junto a Charles, Tom fingía indiferencia o diversión cada vez que se mencionaba a la muchacha. Pero en la cama caía sobre la almohada mirando al techo y pensaba en su dilema: estaba enamorándose de Emily Walcott.

Inventó una excusa para no asistir a la fiesta siguiente y, en cambio, pasó una noche desgraciada en el Mint Saloon, escuchando veladas calumnias de parte de su competidor, Walter Pinnick, que estaba sentado con un grupo de secuaces borrachos y farfullaba acerca del fracaso de su negocio. Después fue al Silver Spur, donde jugó unas manos de póquer con un puñado de curtidos peones. Pero, como compañía, eran un pobre sustituto de los amigos que estaban reunidos en el otro extremo del pueblo.

La semana siguiente, Charles y él terminaron el trabajo en el establo y su amigo le sugirió:

– Tendrías que dar una fiesta en el almacén, antes de que McKenzie te entregue el heno.

– ¿Yo?

– ¿Por qué tú no? Es el lugar perfecto. Hay mucho espacio.

Tom sacudió la cabeza.

– No, creo que no.

– Podría ser un baile, invitarías a los comerciantes locales con sus esposas… una gran inauguración, si prefieres. Sabes que le vendría bien al negocio.

Más allá de otras consideraciones, la idea tenía sentido. Un baile. ¿En qué dificultades podría meterse con un baile, en especial si estaba presente la vieja generación? Diablos, ni siquiera tendría que bailar con Emily y Charles tenía razón: sería un maravilloso gesto de buena voluntad por parte del comerciante más nuevo del pueblo. Necesitaría una orquesta, vituallas, unas lámparas y no mucho más.

Encontró a un violinista que a veces tocaba en el Mint; este conocía a un tipo que tocaba la armónica, que a su vez conocía a un guitarrista, y en menos que canta un gallo, Tom tenía orquesta. Dijeron que tocarían por la cerveza, de modo que un sábado por la noche, a mediados de julio, todo el pueblo acudió al bautismo del Establo Jeffcoat.

Josephine insistió en que Edwin llevara a Fannie.

– Ha estado demasiado tiempo en la casa. Necesita salir y tú también.

– Pero…

– Edwin, no aceptaré una negativa, y sabes que a ella le encanta bailar.

– No puedo llevarla a…

– Puedes y lo harás -afirmó Josephine, con tranquila autoridad.

Fueron caminando juntos Charles y Emily, Edwin y Fannie, bajo el oro fundido del crepúsculo veraniego, en un anochecer violeta, sin viento, la pareja mayor sin tocarse, salvo que la falda de Fannie rozaba el tobillo de Edwin con un susurro íntimo. Edwin se sintió joven otra vez, liberado, paseando junto a la mujer vital y saludable a la que deseaba pese al transcurso de los años. Ese deseo más bien se había incrementado. Lo admitió para sí, mientras mantenía la mirada fija en la espalda de su hija. Si las cosas hubiesen sido diferentes, Emily podría haber sido de los dos… de él y de Fannie.

– Oh, Edwin -exclamó Fannie a mitad de camino-. Soy increíblemente feliz.

¿Quién, sino Fannie, estaría feliz en una situación imposible?

– Siempre lo estás.

Las miradas se encontraron y la de la mujer preguntaba: "¿Debo sentirme culpable porque Josephine te compartió conmigo por esta noche o tengo que aprovecharlo?"

Lo aprovecharon. Bailaron el vals y la varsoviana, la danza turca y escocesa. Las manos conocieron el contacto mutuo… la de él en la cintura de ella, la de ella en el hombro. Aceptaron esos contactos como un regalo.

Sintieron calor y bebieron cerveza para refrescarse. Rieron. Charlaron. Conversaron y bailaron con otros, tomando distancia para admirarse a escondidas, de un extremo a otro del salón. Supieron que podían ser felices nada más que con eso.

Tom no pensaba sacar a bailar a Emily. Había ido con Tarsy, que bastaba para agotar a cualquier hombre en la pista de baile. También bailó con otras integrantes del nuevo círculo de amigos: Ardis, Tilda, Mary Ess, Lybee Ryker. La lista había crecido. Y con muchas de las madres y, por supuesto, con Fannie, que era buscada como compañera por todos los hombres, cualquiera fuese su edad.

Fannie provocó lo que Tom trataba de evitar. Estaba bailando el vals con él, parloteando acerca de la capacidad de Frankie para comer bizcochos de melaza, cuando pasó Edwin bailando con su hija.

– Oh, Edwin, ¿podría hablar contigo? -dijo Fannie, soltándose de los brazos de Tom-. Pensaba si uno de nosotros no tendría que ir a casa a ver cómo está Joey.

Mientras sostenían una breve conversación, Emily y Tom estaban cerca, tratando de no mirarse. Por fin, Fannie les tocó los brazos y dijo:

– Discúlpame, Tom, ¿no te molesta terminar este baile con Emily, verdad?

Y así fue. Tom y Emily quedaron cara a cara sobre la pista de baile llena de gente. Ella no lo miró. Él no pudo evitar mirarla. Vio el revelador rosado que le trepaba por las mejillas y decidió que era mejor mantener una buena convivencia.

– Creo que estamos destinados a tropezamos. -Sonrió y le abrió los brazos-. Si tú puedes soportarlo, yo también.

Se acercaron con presteza y comenzaron a danzar, cuidando de mantener la distancia pero enlazados por los recuerdos de la última noche que compartieron.

Los dedos de Tom conocieron la textura del rostro de Emily.

Sus manos y su lengua, a Tarsy.

– No estaba seguro de que vinieras -dijo, encontrándose con la mirada de Charles que los observaba desde el borde de la pista.

– Papá, Fannie y Charles no querían perdérselo.

– Entonces, estabas obligada.

– Se podría decir que sí.

– Todavía estás enfadada por ese juego estúpido. -Se colocó de espaldas a Charles y miró los labios apretados de la muchacha que, a su vez, miraba sobre el hombro de él-. Lamento haberte incomodado.

Fue bajando la mirada al pecho, coloreado por un retazo de piel tostado por el sol, encantador aunque poco femenino, que tenía la forma del cuello abierto de la camisa de Frankie. Ahí detectó otra vez el rubor, bajo una salpicadura de pecas.

– Por favor, ¿podríamos hablar de otra cosa?

– Claro. De lo que quieras.

– Tienes un buen cobertizo -dijo, cortés.

– Elegí el resto de los caballos la semana pasada. Puedo tenerlos cuando quiera.

Con el tema de los caballos se sentía cómoda y se arriesgó a mirarlo a los ojos:

– ¿En Liberty?

– Sí. Una de las yeguas está preñada. -A medida que Tom continuaba con su tema favorito, la joven se relajó más-. Y fui a Buffalo a encargar carros y carretas en Munkers y Mathers. Iré a buscarlas en cuanto me entreguen el heno.

– ¿A Bains?

– Sí.

– Son buenos vehículos, fuertes. Buenos ejes. Te durarán. ¿Qué marca son?

– Studebaker.

– Studebaker… son buenos.

– Con esos malditos caminos ondulados de aquí, pensé que necesitaba los mejores… y eso cuando hay caminos. También encargué el heno a McKenzie. En cuanto llegue, abriré el negocio.

Tras la charla impersonal, siguieron bailando en cómodo silencio, todavía cuidando de no acercarse demasiado.

– ¿Qué has estado haciendo? -le preguntó, fingiendo poco interés cuando en realidad tenía avidez por saber todo lo que afectaba la vida de Emily desde que se conocieron.

– No mucho.

– Charles me contó que sacaste una bola de pelos y un diente podrido. Y que te pagaron por eso.

– Extraje el diente, no la bola de pelos. De eso se encargaron las sales digestivas y un poco de aceite de lino. Feo sabor, pero eficaz.

– Pero te pagaron.

Buscó en el rostro señales de satisfacción y las halló cuando la chica le respondió:

– Sí.

– Supongo que eso te convierte en una verdadera veterinaria, ¿eh?

– En realidad, no. Hasta la primavera, no.

Hicieron silencio una vez más, moviéndose con la música, aún separados por un cuerpo de ancho, pensando en una nueva distracción. Al fin, Emily comentó:

– Charles me dijo que has elegido los planos para tu nueva casa.

– En efecto.

– Dos plantas y una galería en L.

– Según parece, es la moda. Tarsy dice que hoy en día todos tienen una galería.

Las miradas chocaron y se movieron en una maraña de sentimientos confusos.

¿Estás construyéndola para ella?

La tensión entre ambos se hizo palpable.

Con la esperanza de que los dos recordaran sus obligaciones, Emily dijo:

– Charles hará un buen trabajo. Hace todo bien.

– Sí, me imagino que sí.

En algún sitio gemía una armónica y sonaba un violín, pero ninguno de los dos los oyó. Seguían arrastrando los pies, perdidos uno en los ojos del otro.

Deja de mirarme así.

Tú deja de mirarme así.

Esto era imposible, peligroso.

La tensión aumentó, hasta que Emily sintió un dolor agudo entre los omóplatos y perdió la voluntad de continuar con la conversación impersonal.

– No fuiste a la fiesta de la semana pasada -se quejó, en voz leve.

– No… trabajé en el cobertizo.

Era una mentira obvia.

– ¿Por la noche?

– Usé una lámpara.

– Ah.

En ese momento, alguien empujó a Emily contra Tom. Los pechos se aplastaron contra el tórax y los brazos del hombre la apretaron un breve instante. Pero no hizo falta más para que los corazones latiesen descontrolados. La muchacha saltó atrás y empezó a parlotear para disimular el desasosiego.

– Nunca me gustó mucho bailar. Es decir, hay chicas que nacieron para montar a caballo y otras para bailar, pero no creo que muchas hayan nacido para hacer ambas cosas, pero deja que me siente sobre una montura y…

– ¡Emily! -Le atrapó la mano y la apretó sin piedad-. ¡Basta! Charles está mirando.

La charla insustancial cesó en mitad de una palabra.

Permanecieron enfrentados, impotentes bajo el yugo de una atracción que crecía y que ninguno de los dos había buscado ni querido. Cuando Emily recuperó cierta semblanza de compostura, Tom dijo con sensatez:

– Gracias por esta pieza -luego la hizo girar del brazo y la condujo junto a Charles.

Capítulo 9

Esa misma noche, más tarde, Emily estaba acostada junto a Fannie que dormía, evocando a Tom con el pensamiento: gestos y expresiones que adquirían un insólito atractivo en lo profundo de la noche. Sus ojos azules burlones. Ese sentido del humor que desarmaba. Los labios, curvándose y aligerando el peso de algo amenazador dentro de ella. Se abrazó a sí misma y se enroscó, apartándose de Fannie.

Casi no lo conozco. Pero no importaba.

Es el rival de papá. Un rival noble.

Es el novio de Tarsy. Eso no pesaba demasiado.

Es el amigo de Charles.

En ese argumento se detenía, siempre.

¿Qué clase de mujer era la que provocaba una brecha entre amigos?

Mantente alejado de mí, Tom Jeffcoat. ¡Mantente alejado!

Así lo hizo escrupulosamente durante dos semanas, al mismo tiempo que abría su propio establo para comenzar a trabajar. Y mientras crecía el armazón de la casa. Y Emily se enteraba de que veía a Tarsy cada vez con mayor regularidad. Emily pensaba: "Bueno, es preferible que sea con Tarsy… es mejor así". Que Jerome Berryman daba una fiesta y Tom no asistía. Que Charles se tornaba cada vez más audaz y la presionaba para que adelantasen la fecha de la boda. Que el verano se apoderaba del valle y lo pintaba de un amarillo marchito y la temperatura diurna no bajaba de los veintiséis grados. El calor hacía que no se pudiese disfrutar tanto del trabajo en el establo pues abundaban las moscas, la piel escocía al menor contacto con los desechos de paja y a los caballos solían formárseles mataduras en el cuello por el roce de los arneses.

Una mañana, Edwin llevó a Sergeant a herrar al otro lado de la calle y a última hora de la tarde pidió a Emily que fuese a buscarlo.

La muchacha giró la cabeza con brusquedad y el corazón le saltó a la garganta. Barbotó la primera excusa que se le ocurrió:

– Estoy ocupada.

– ¿Ocupada haciendo qué? ¿Rascando a ese gato?

– Bueno… estaba estudiando.

La mirada impaciente del padre se posó sobre el libro, que estaba boca abajo junto a la cadera de Emily.

Hacía un calor terrible y su padre estaba de mal humor, no sólo por el calor. Otra vez, la madre había empeorado, un cliente devolvió un landó con un desgarro en el asiento y tuvo que discutir con Frankie por la limpieza de un corral. Cuando Emily remoloneó para ir a buscar a Sergeant, Edwin tuvo una de sus raras explosiones.

– ¡Está bien! -Tiró el balde con ruido metálico-. ¡Iré yo a buscar a ese maldito caballo!

Salió a zancadas de la oficina y Emily corrió tras él:

– ¡Papá, espera!

Se detuvo, exhaló un pesado suspiro y cuando se dio la vuelta era la imagen misma de la paciencia sufrida.

– Ha sido un día difícil, Emily.

– Ya sé. Lo siento. Por supuesto que iré a buscar a Sergeant.

– Gracias, preciosa.

La besó en la frente y se separaron en la puerta del Sur. Mientras recorría la media manzana que había hasta el establo Jeffcoat, Emily amontonaba dudas. Todo el tiempo que estuvo en construcción y desde que se abrió al público, nunca había estado a solas con él y ahora sabía por qué. Se detuvo afuera, vacilante, ordenándole al pulso que se calmara, concentrándose en el cartel recién pintado que había sobre la puerta: Establo-Alojamiento Jeffcoat. Se alojan y herran caballos. Se alquilan coches. En el frente se erguía un par de travesaños de amarre nuevos, con los postes de pino descortezado que brillaban, blancos, al sol. La fila de ventanas en el lado Oeste del edificio reflejaba el azul del cielo y en una resplandecía, el sol de la tarde, cegador. En un corral cercano al edificio, la nueva reata de caballos dormitaba, revoleando la cola para espantar a las moscas.

Ve a buscar a Sergeant. En dos minutos puedes entrar y salir.

Inspiró una honda bocanada, exhaló lentamente y siguió andando por la calle copiando, sin saberlo, el golpe rítmico del martillo sobre el acero.

Se detuvo ante la puerta abierta. El ruido venía de adentro: pang-pang-pang. Sergeant estaba en el extremo opuesto del edificio, amarrado cerca de la puerta de la herrería. Caminó hacia él rodeando la plataforma giratoria que estaba en el centro del ancho corredor, sin quitar la vista de la entrada.

¡Pang-pang-pang! Resonaba en todo el cobertizo, haciendo temblar las vigas del techo y repercutía en los ladrillos del suelo como si repitiera el ritmo del corazón de Emily.

¡Pang-pang-pang!

Se acercó en silencio a Sergeant y lo rascó con cariño, aunque distraída, murmurando:

– Hola, muchacho, ¿cómo estás?

El martilleo cesó. Esperó que apareciera Jeffcoat, pero como no fue así, se acercó a la puerta de la herrería y escudriñó dentro.

Estaba caliente como el mismo infierno y muy oscura, salvo por el resplandor rojizo de la fragua, instalada en la pared de enfrente: un hogar de ladrillo a la altura de la cintura, con techo en arco y muy profundo, rodeado de herramientas, martillos, tenazas, escoplos y punzones que colgaban pulcramente de la campana de ladrillo. A la derecha había una mesa de madera sin desbastar, donde había más herramientas, a la izquierda, el estanque de agua para enfriar herramientas y hierros candentes y, en el centro del ámbito, un viejo yunque de acero montado sobre una pirámide de gruesas planchas de madera. Sobre la fragua pendía un fuelle de doble cámara con el tubo que alimentaba el fuego. Accionando el fuelle, de espaldas a la puerta, estaba Jeffcoat.

El hombre al que había estado eludiendo.

Con la mano izquierda bombeaba rítmicamente provocando un siseo sostenido y un ruido sordo del cuero plegado en forma de acordeón; con la derecha, sostenía una larga barra de hierro, negra en una punta, incandescente en la otra, casi tan roja como las mismas brasas. Trabajaba con las manos desnudas, los brazos también, con la conocida camisa de mangas arrancadas y, encima, un delantal de cuero manchado de hollín.

En una postura nítida, la silueta se recortaba contra el arco resplandeciente, pintado por la radiación escarlata de las brasas, que se avivaban al recibir el soplido del fuelle. Por la chimenea ascendió un rugido. El ruido abofeteó los oídos de Emily, la luminosidad del fuego aumentó y pareció expandir los contornos de Jeffcoat. Volaron chispas que aterrizaron a los pies del hombre, sin que les prestara atención. El olor acre del humo se mezcló con el del hierro recalentado formando una fragancia amarga.

Viéndolo trabajar por primera vez, cambió de nuevo la percepción que tenía de él y se tornó permanente: ese hombre iba a quedarse allí. Decenas de veces en su vida Emily se detendría ante la puerta y lo encontraría así, trabajando. Se preguntó si siempre le cortaría el aliento verlo en esa situación.

Lo observó moverse y cada movimiento era aumentado por ese halo bermellón que flotaba alrededor. Dio la vuelta la barra de hierro, que resonó como una campana en el hogar de ladrillo, y observó cómo se calentaba. Cuando alcanzó un blanco amarillento, tomó un formón, la cortó y la levantó con un par de pesadas tenazas.

Giró hacia el yunque.

Y ahí se encontró con Emily que lo miraba desde la entrada.

Se quedaron inmóviles, como sombras, tanto tiempo que el blanco amarillento del hierro candente comenzó a tornarse ocre. Tom fue el primero en recuperar el sentido y dijo:

– Hola.

– He venido a buscar a Sergeant -le anunció, incómoda.

– No está listo. -Levantó el hierro a modo de explicación-. Falta una herradura.

– Ah.

Una vez más se hizo silencio, mientras el hierro seguía enfriándose.

– Si quieres, puedes esperar. No falta mucho.

– ¿No te molesta?

– En absoluto.

Volvió a la fragua para recalentar la barra y Emily entró, pasando sobre una capa crujiente de cenizas que cubría el suelo y se detuvo, interponiendo la mesa de herramientas entre ella y el hombre. Observó con atención el perfil, segura en la penumbra de la herrería. Tenía una banda roja sujeta en la frente. Encima, el cabello caía en mechones húmedos; y el sudor marcaba arroyuelos brillantes en las sienes. La luminosidad roja le encendía el vello de los brazos y el que asomaba por la pechera del delantal. Lo miró hasta que sintió la necesidad de inventar una distracción. Alzó los ojos hacia el oscuro techo de gruesas vigas, a las paredes en sombras, y los miró como un cazador mirando el cielo.

– ¿Te has quedado sin ventanas?

Tom le lanzó una mirada, sonrió y volvió su atención a la fragua.

– ¿Has venido a fastidiarme otra vez?

– No. Lo que sucede es que siento curiosidad.

Tom giró la barra y siguió con su música.

– Sabes tan bien como yo por qué los herreros trabajamos en la oscuridad: porque nos ayuda a distinguir mejor la temperatura del metal. -Blandió la barra, que estaba otra vez al rojo blanco-. Por el color, ¿ves?

– Ah. -Tras una pausa de silencio, agregó-: ¿No tendrías que usar guantes?

– Una vez se me quedó una brasa dentro y ahora trabajo sin ellos.

Emily bajó la vista y arrastró una bota entre las cenizas.

– Al suelo no le vendría mal un barrido.

– Sí, has venido a fastidiarme.

– No. Sólo vengo a buscar a Sergeant, en serio. Papá me ha enviado.

La miró largo rato, hasta que dirigió una vez más la vista al trabajo y le explicó:

– Las cenizas mantienen el suelo frío en verano y caliente en invierno.

– ¿Así de frío?

Extendió las manos en el aire tórrido.

– Lo más fresco posible. Si quieres, puedes esperar afuera.

Pero se quedó, viendo cómo otra gota de sudor bajaba por la mandíbula de Tom Jeffcoat, que se la secó en el hombro. En el rostro no recibía ninguna sombra y el calor de la fragua era tan intenso que los ojos parecían dos brasas rojas. Aun así, bombeaba con regularidad el fuelle y permanecía en medio de ese infierno como si fuese sólo un poco más cálido que el viento que soplaba sobre las Big Horns.

De vez en cuando, Emily apartaba la vista, pero sus ojos tenían voluntad propia. No quería hallarlo tan atractivo, pero indiscutiblemente lo era. Ni tan masculino. Ni ninguna de las miles de cosas indefinibles que la atraían hacia él, aun contra su voluntad.

– Ya está lista.

La barra tomó una vez más el tono casi blanco de la luna llena. Tom la levantó con las tenazas, eligió un martillo y se puso a trabajar sobre el yunque, golpeando el metal con ruidos resonantes y cantarinos.

A Emily le fascinó el sonido: para el granjero significaba que estaban arreglando la reja del arado; para el carretero, que estaban dando forma a las llantas de las ruedas; pero para ella, significaba la posibilidad de cuidar a los caballos. Esa música colmaba la herrería, le llenaba la cabeza… la nota repetida que había oído desde lejos toda su vida.

¡Pang-pang-pang!

Como un maestro por derecho propio, vio ejecutarla a Tom, a este hombre que aceleraba su pulso cada vez que lo veía.

Cuando esgrimía el martillo cambiando la forma del hierro, enrollándolo golpe a golpe al extremo puntiagudo del yunque, los músculos sobresalían. La música se interrumpió. Levantó la herradura con las tenazas, la evaluó con la mirada, la puso otra vez en el yunque y reanudó los golpes medidos y rítmicos. Cada uno resonaba en la boca del estómago de Emily y se extendía hacia sus extremidades.

– Estoy usando una herradura de tres cuartos -gritó Tom sobre el estrépito-. Y también una lámina de cobre en esa pata delantera. Así evitaremos que se le vuelva a resquebrajar.

Emily recordó el primer día que lo vio y cómo la hizo enfadar. ¡Ah, si pudiese recuperar ahora algo de ese enfado! En cambio, contemplaba la piel iluminada por el resplandor del fuego e imaginaba lo cálida que debía estar. Veía una gota de sudor en la comisura del ojo e imaginaba lo salada que sería. Veía flexionarse el pecho y pensaba en lo duro que debía ser.

Se distrajo iniciando una conversación:

– Nosotros se lo llevamos a Pinnick para que le cambiara la herradura, pero en lugar de un cambio hizo una reparación.

– Ese Pinnick es un sujeto extraño. Un día, vino aquí borracho y se quedó mirándome, balanceándose sobre los pies. Cuando le pregunté en qué podía ayudarlo farfulló algo que no entendí y se fue otra vez, tambaleándose.

– No le prestes atención. Está siempre ebrio, cosa que, sin duda, te beneficiará. Tendrás muchos encargos de herraduras.

Tom se encaminó hacia la puerta con la herradura caliente.

– Ven. Te mostraré lo que he hecho.

En el corredor entre una y otra puerta, se formaba una bienaventurada corriente fría. Entre los olores mezclados de madera nueva, hierro caliente y caballo, Emily se acuclilló y recibió también una ráfaga de su sudor, cuando Tom levantó la pata delantera del animal y se la puso sobre el regazo. Midiendo la herradura, señaló:

– He puesto la plancha de cobre en el lado y como la herradura es más grande le dará más protección aún. Cuando toque el próximo cambio, este casco estará como nuevo. Incluso antes… dentro de unas cuatro semanas, diría yo.

– Bueno -respondió, contemplando el brazo sucio a pocos centímetros del suyo.

La herradura era un poco grande. Tom la llevó otra vez a la herrería mientras Emily esperaba en el corredor fresco, viendo cómo daba unos golpes diestros y volvía a levantar otra vez el casco de Sergeant. Esta vez, la herradura quedaba tan perfecta como si hubiese sido vaciada en un molde de arena. La llevó otra vez adentro, tomó un punzón y perforó agujeros en ella, apoyándola sobre la parte plana del yunque.

La levantó silbando entre dientes y revisó los agujeros a la luz de las brasas.

– Listo. Ahora tiene que estar bien.

Fue hacia la izquierda y sumergió la herradura en el tanque, donde siseó y echó vapor, mientras Tom miraba sobre su hombro.

– Toma un puñado de remaches de la mesa, por favor.

Le indicó con la cabeza.

– Ah, sí, sí.

Tomó los clavos mientras él encontraba un martillo de cabeza cuadrada y volvían los dos junto a Sergeant. Emily se quedó de pie, con la vista fija en la cabeza de Tom que adoptó una pose que a ella le resultaba absolutamente familiar en cualquier hombre, pero que parecía tan diferente en él. Observó la curva de la espalda, la mancha húmeda en el centro de la camisa, los pantalones ajustados que se hinchaban, apenas, en la cintura.

Girando sobre los talones, la sorprendió mirándolo.

– Clavos -pidió, extendiendo la mano.

– ¡Oh, ten!

Le entregó cuatro, pero Tom no se movió. Las miradas se encontraron y la fascinación se multiplicó hasta que el aire que los rodeaba pareció arder como el de la fragua.

Con brusquedad, el hombre giró y se concentró de nuevo en el trabajo.

– ¿Cómo estuvo la fiesta la semana pasada?

– Bien, creo.

Había cambiado de idea e ido con la esperanza de encontrárselo.

– Charles se divirtió.

Emily había perdido y tuvo que besar a Charles cuando jugaron al Cartero Francés.

– Fue tonto. No me gustan esos juegos.

– A él sí.

Colocó un clavo y lo clavó, mientras la muchacha se ruborizaba, incapaz de pensar una respuesta.

– ¿Fueron todos? -preguntó Tom.

– Todos, menos Tarsy y tú.

Terminó de colocar el último clavo, soltó el casco y se levantó.

– Esa noche, estuvimos pintando el cartel.

Señaló hacia la puerta con el martillo.

– Ah, sí. Quedó bien.

Las miradas se encontraron y se separaron, discretas.

– Bueno… es mejor que corte estos remaches.

Buscó la herramienta adecuada y pasó varios minutos recortando las puntas de los clavos que sobresalían en los cuatro cascos. Emily miraba alrededor, la leña recién apilada, las ventanas sin telarañas; recordaba que todo lo habían hecho él y Charles y que, mientras lo hacían, se convirtieron en amigos.

Tom terminó y pidió:

– ¿Quieres traerlo hacia mí, así puedo ver cómo está la herradura nueva?

Se acuclilló cerca de la entrada a la herrería y Emily alejó a Sergeant para luego volver hacia él, sintiendo la mirada de Tom tanto en sus propios pies como en las patas del animal. Cuando se acercó, el hombre se levantó y rascó la nariz del caballo.

– Estás cómodo, ¿eh, Sergeant? -Y a Emily-: Tendría que verlo trotar y galopar para estar seguro de que quedaron bien planos.

– Pinnick jamás en su vida se tomó tiempo para controlar ese tipo de detalle.

– A mí me enseñaron así.

– ¿Tu padre?

– Sí.

– ¿Era herrador?

Miró los ojos azul claro.

– Mi padre y también mi abuelo. -Mientras hablaba, se quitó la banda roja, se enjugó la cara y el cuello y la metió en el bolsillo trasero-. El fuelle y el yunque son de él, de mi abuelo. Mi abuela insistió en que me los trajese al venir aquí. Dijo que eran para darme suerte.

Los dos levantaron la mirada hacia la herradura que colgaba sobre la puerta de la herrería.

– ¿No sabes que hay que colgarla para arriba, para que la suerte quede atrapada dentro?

– Los herreros, no. -La miró-. Somos los únicos que podemos colgarla para abajo, de modo que la suerte fluya hacia nuestro yunque.

Esta vez, las miradas se encontraron y se sostuvieron. El trabajo estaba hecho. Ya no había excusas para que se llevara a Sergeant en cualquier momento y ambos lo sabían. Por eso inventaron una conversación que la retuviese.

– Eres supersticioso -comentó.

– Igual que cualquiera. Pero las herraduras son mi especialidad. La gente espera verlas aquí.

Emily miró otra vez la que estaba colgada y Tom contempló la curva del cuello que quedaba expuesta. Bajó la mirada a la línea de los pechos, aplastada en los pezones donde se cruzaba con los tirantes rojos, los pulgares enganchados en las hebillas de bronce, en la cintura de los pantalones de Frankie. Le parecía tan atrayente con ese atuendo de muchacho como con el vestido color malva. Nunca había conocido a una mujer menos pretenciosa, ni con la que compartiese tantos intereses. De repente, deseó que ella conociera todo su reino, que comprendiese su alegría de tenerlo, pues cualquier otro dueño de establo era capaz de entender lo que significaba todo eso.

– Emily, la noche de mi fiesta no viste nada salvo este establo. Me gustaría mostrarte el resto. ¿Quieres hacer una pequeña visita?

La muchacha supo que sería más prudente salir de allí con la debida prisa, pero no pudo resistir el ruego que sonaba en la voz del hombre.

– Está bien. -Por deferencia a Charles, agregó-: Pero no puedo quedarme mucho. Fannie tendrá la cena lista muy pronto.

– No llevará más de cinco minutos. Espera.

Entró a la herrería, se inclinó sobre el tanque y se frotó la cara y los brazos con la banda mojada. Desde la puerta, Emily vio las masculinas abluciones con un nudo cada vez más grande en el estómago.

– Lo siento -dijo, y al levantarse y darse la vuelta la encontró mirando-. Hay veces que huelo peor que mis caballos. -Extendió la banda mojada sobre los ladrillos calientes, se secó las manos en el trasero de los pantalones y dijo-: Bueno, podríamos comenzar aquí. Ven. -Esperó que se acercara-. Los fuelles fueron fabricados en Alemania, en 1798. Durarán toda mi vida y más también. El yunque es el mismo en que mi padre aprendió del suyo y con el que después me enseñó. Tal vez sea el mismo en que yo enseñe a mis hijos. -Le dio una palmada cariñosa y pasó la mano por el hierro surcado de cicatrices-. Conozco cada una de sus marcas. Cuando partí de Missouri, mi madre me mandó cuatro hogazas de pan casero para el camino. No me interpretes mal: me encantó, pero llegó un momento en que me lo comí. Esto, en cambio… -Miró el yunque, con la mano apoyada sobre la herramienta en gesto de cariño-, las marcas de los martillos de mi padre y mi abuelo no desaparecerán nunca. Cuando los echo de menos, recuerdo eso y me siento mejor.

Si bien se podía decir que era un momento extraño, desapasionado para reconocer que se había enamorado de Tom, fue en ese instante, cuando Emily se encontró con sus ojos, cuando la dejó ver el alma que moraba en ese cuerpo al admitir cuánto echaba de menos a su familia y cuánto valoraba la herencia familiar. La estremeció con la fuerza de un golpe: ¡Pang-pang!… Lo amo.

Se dio la vuelta, temiendo que lo leyera en sus ojos. El calor de la herrería se le apretaba contra la piel y se unía al calor interior, un calor aterrador, que difundía la súbita admisión de ese amor.

– La artesa para enfriar el hierro la hice yo -continuó Tom-, y la base del yunque, con traviesas de ferrocarril, y el banco de herramientas, también. Los ladrillos son de Buffalo.

Le indicó con un gesto que lo precediera. Recorrieron el cobertizo separados por varios metros y Emily miró con aplicación los pesebres, las ventanas, el cuarto de aparejos y la oficina, aunque lo único que quería era mirarlo a él a la luz de ese amor que acababa de descubrir.

Se detuvieron al pie de las escaleras del henil y el monólogo continuó:

– Ahora duermo ahí arriba. No tiene sentido que pague el cuarto de hotel sin necesidad. En esta época del año hace calor y Charles dice que la casa estará terminada bastante antes de que empiece el frío.

Emily miró hacia arriba, percibió el aroma dulce del heno fresco y se imaginó subiendo esa escalera alguna noche. Pero se volvió, rechazando la idea.

– No me has enseñado la plataforma.

– Mi plataforma. Ah… -Rió levantando una ceja-. ¿Mi locura?

– ¿Lo es?

Volvieron al centro del almacén.

– Los chicos no opinan así. Vienen y me ruegan que los deje dar una vuelta.

Se detuvieron en sitios opuestos del círculo de madera y Tom lo empujó con el pie mientras Emily lo veía girar. Rodando sobre cojinetes, casi no hacía ruido.

– Qué suave.

– Locura o no, resulta muy práctico cuando quiero hacer girar una carreta. ¿Quieres probar?

Levantó la barbilla y lo miró, sintiendo el desastre inminente que le tamborileaba en las venas, pero lo ignoró y respondió:

– ¿Por qué no?

Tom detuvo la rueda y Emily se subió. La puso en movimiento con la punta de la bota, y la muchacha levantó el rostro y miró cómo las vigas del techo giraban lentamente, distraída, sabiendo que él la observaba dar vueltas. El leve temblor de los cojinetes le subió por las piernas hasta el estómago. Dio la vuelta, lo pasó de largo una, dos veces, con el rostro vuelto hacia las vigas. Pero en la tercera vuelta se rindió y bajó la vista hacia él al dar el último medio giro.

Cuando llegó frente a él, la bota de Tom frenó la plataforma.

Quedaron transfigurados, los pulsos convertidos en locos tambores, luchando contra las compulsiones que los mantenían en el límite desde el momento en que Tom la vio parada, mirándolo silenciosa, en la puerta de la herrería. Los puños que tenía a la altura de las caderas se abrieron una vez y se cerraron. Los labios de Emily se abrieron pero no emitieron sonido alguno. Permanecieron juntos en un remolino de incertidumbre: dos seres mudos, atrapados en la tentación.

– Emily -dijo Tom, en voz ahogada.

– ¡Tengo que irme!

Trató de pasar junto a él, pero la atrapó del antebrazo.

– No has visto los caballos.

Los dos sabían que no la retenía por eso.

– Tengo que irme.

– No… espera.

La mano de él le quemaba en el brazo, pobre sustituto de las caricias que anhelaban compartir.

– Déjame ir -rogó susurrando y al fin alzó los ojos hacia él.

Tom tragó con dificultad y preguntó en tono tenso:

– ¿Qué vamos a hacer?

– Nada -respondió, soltándose.

– Estás enfadada.

– ¡No estoy enfadada!

Lo estaba, pero no con él sino con lo desesperado de la situación.

– Bueno, ¿qué esperas que haga? -razonó-. Charles es mi amigo. En este mismo momento está construyendo mi casa, mientras yo estoy aquí, pensando en…

– ¡No creas que no lo sé!

Los ojos de Emily ardieron hundiéndose en los de él.

– Me alejé adrede de las fiestas -arguyó, defendiéndose a sí mismo.

– Lo sé.

– Y estuve visitando mucho a Tarsy, pero ella es…

– No lo digas. Por favor, Tom, no digas nada más. También es mi amiga.

Se miraron, impotentes, respirando agitados como si hubiesen alcanzado la línea de llegada de una carrera. Por fin, Tom retrocedió.

– Tienes razón. Es mejor que te vayas.

Pero ahora que la había soltado, no podía. No había dado más que dos pasos cuando se detuvo en mitad del corredor y se tocó la frente con las manos. No lloró ni habló, pero la postura fue más expresiva que las lágrimas y las palabras.

Tom permaneció detrás, a punto de ceder a la tentación. Cuando no pudo soportar más, se dio la vuelta y quedaron espalda con espalda, y la imaginó detrás de él.

Fue Emily la que rompió el silencio.

– Supongo que no vendrás a la fiesta de Tilda, mañana por la noche.

– No, creo que es preferible que no vaya.

– No, es… yo… -Tartamudeó, se interrumpió y admitió-: Yo tampoco quiero ir.

– Ve -le ordenó con sensatez-, con Charles.

– Sí, tengo que hacerlo.

Otra vez pensaron en Charles, espalda con espalda, mirando hacia las paredes opuestas.

– Tarsy me presiona para ir. Pero yo la invité a cenar en el hotel.

– Ah.

Tom sintió como si le aplastaran el pecho y, por fin, desesperado, se dio la vuelta para ver los hombros caídos, la gorra de lana, la nuca, los tirantes que le aplastaban la camisa color tostado contra los hombros. ¿Cómo diablos había sucedido esto? La amaba. Era la mujer de Charles y Tom la amaba.

– Esto es terrible… es deshonesto -murmuró.

– Lo sé.

Pasó otro minuto sin que surgieran soluciones y Tom repitió:

– Es mejor que te vayas.

Sin añadir palabra, Emily tomó la brida de Sergeant, se subió al lomo del animal y fustigó las riendas gritando:

– ¡Ho!

Al llegar al vano de las puertas dobles ya galopaba inclinada hacia adelante, hacia la redención, una vía de escape de Tom Jeffcoat y del torbellino interminable que había causado en su vida.

En las semanas siguientes, supo que no había escapatoria posible. El torbellino estaba dentro de ella día y noche. De día, mientras trabajaba a pocos pasos de Tom Jeffcoat. De noche, se infiltraba en sus sueños.

Sueños locos, imposibles.

En uno de ellos, Tom montaba en la bicicleta de Fannie, se caía y se desmayaba. Y ella estaba de pie junto a él, riendo. Pero como sangraba, Emily caía de rodillas en plena calle Main y empezaba a arrancar vendas del mantel de lino preferido de su madre. Se despertó agitada, tironeando de las sábanas como si quisiera desgarrarlas.

En otro sueño, el que la perturbaba con más frecuencia, estaba vestida con una extraña mezcla: la gorra de Frankie, la chaqueta de estar en casa de su madre y los bombachos de Fannie. Caminaba descalza por una calle desconocida. Al pie de una colina, el camino se transformaba en un pantano fétido de estiércol de cerdo, y mientras ella chapoteaba, Tom estaba de pie en la cima del tejado de la iglesia nueva con los brazos cruzados sobre el pecho, riéndose. Ella se enfurecía y trataba de volar hasta el campanario para decírselo, pero estaba muy sumergida y los brazos no la elevaban.

En otro, estaban jugando al Cartero Francés y Tom la besaba. Eso era absurdo pues aunque ella seguía asistiendo a las fiestas por insistencia de Charles, Tom seguía evitándolas, por lo general con Tarsy.

Pero el sueño se repetía. Una noche en que estaba acostada, inquieta y preocupada junto a Fannie, decidió confiar en ella.

– Fannie, ¿estás dormida?

– No.

Llegó la tos de la madre del otro lado del pasillo, luego la casa quedó en silencio mientras Emily formulaba preguntas y reunía coraje para decirlas.

– Fannie, ¿qué opinarías de una mujer comprometida que sueña con alguien que no es su novio?

– ¿Otro hombre, quieres decir?

– Sí.

Fannie se sentó.

– Caramba, esto es serio.

– No, no lo es. Sólo son sueños… sueños tontos. Pero los tengo muy a menudo y me molestan.

– Cuéntamelos.

Fannie se acomodó contra la cabecera, preparándose para una larga charla, y Emily le contó todo, omitiendo el nombre de Tom. Describió las dos pesadillas y preguntó:

– ¿Qué crees que significan?

– Dios mío, no tengo idea.

Emily reunió valor y admitió:

– Hay otro.

– Ahá.

– Sueño que estamos jugando al Cartero Francés y que él me besa.

Fannie no dijo más que:

– Oh, caramba.

– Y me gusta.

– Oh, caramba, caramba.

Emily se sentó y dio puñetazos a la manta, disgustada consigo misma.

– ¡Me siento tan culpable, Fannie!

– ¿Por qué culpable? A menos que haya un motivo.

– ¿Te refieres a si en realidad lo besé? ¡No, por supuesto que no! Nunca me tocó. De hecho, hay ocasiones en que no sé si le gusto. -Pensó en silencio un minuto y preguntó-: Fannie, ¿por qué crees que nunca sueño con Charles?

– Quizá porque lo ves tan a menudo que no necesitas soñar.

– Quizá.

Tras un instante de silencio reflexivo, Fannie preguntó:

– Ese hombre con el que sueñas… ¿te atrae?

– ¡Fannie, estoy prometida a Charles!

– Eso no es lo que te he preguntado.

– No puedo… él… cuando nosotros…

Tartamudeó y se calló.

– Te atrae.

El silencio fue una confirmación.

– Entonces, ¿qué pasó entre tú y el hombre soñado?

– No es el hombre soñado.

– Está bien, ese hombre al que a veces no le agradas. ¿Qué pasó?

– Nada. Nos miramos, eso fue todo.

– ¿Que os mirasteis? ¿Tanta culpa por unas miradas inocentes?

– Jugamos una vez a tu maldito juego… el Gallito Ciego Adivino, él tenía los ojos vendados; se sentó en mi falda… me tocó la cara… el cabello… fue horrible. Quise morirme ahí mismo.

– ¿Por qué?

– ¡Porque Charles estaba allí, mirando!

– ¿Qué dijo Charles?

– Nada. Él opina que esos juegos son completamente inocentes.

– Oh, Emily… -Fannie suspiró, la rodeó con sus brazos, atrajo la cabeza de la chica sobre su hombro y le acarició el cabello-. Te pareces mucho a tu madre.

– ¿Y eso no es bueno?

– Hasta cierto punto. Pero tienes que tratar de reírte más, de tomar la vida como viene. ¿Qué hay de malo en un juego con besos?

– Es embarazoso.

La respuesta de Fannie, en lugar de tranquilizarla, intensificó sus dudas.

– En ese caso, mi pobre confundida, me temo que no besaste al hombre correcto.

A fines de agosto, Tom recibió carta de Julia.

Querido Thomas:

He estado muy afligida por lo que te hice y la única forma de apaciguar mi conciencia es escribirte y pedirte perdón. La mañana de mi boda, lloré. Me desperté, miré por la ventana las calles por las que tú y yo caminamos juntos tantas veces, pensé en ti, tan lejos, y recordé la expresión de tu cara el día en que te hablé de mis planes para casarme. Lamento haberte herido, Tom. No quise hacerlo. Sé que el corte brusco que le di a nuestro compromiso fue imperdonable. Pero soy muy feliz con Jonas, Tom, y quería que lo supieras. Hice la elección adecuada para mí, para los dos. Porque soy tan feliz que deseo para ti la misma clase de dicha. Es mi más ferviente esperanza que encuentres la mujer que te valore como mereces. Cuando la encuentres, por favor, no seas pesimista pensando en lo mal que yo te traté. No me gustaría saberme responsable de ningún desencanto que pudieses albergar contra las mujeres. La vida conyugal es rica y placentera. Te la deseo a ti también, más aún desde que Jonas y yo supimos que esperamos nuestro primer hijo para marzo. Espero que al recibir esta carta estés contento y próspero en tu nuevo ambiente. Pienso en ti con frecuencia con el más hondo afecto.

Julia

La leyó en la acera, frente a la ferretería de Loucks. Cuando terminó, le sorprendió cuan pocos sentimientos albergaba hacia Julia. Hubo una época en que con sólo ver su escritura se le estrujaba el corazón. Le sacudió saber que ya no tenía poder para herirlo.

Pero la carta le causó nostalgias de su pueblo. La mención de las calles por las que habían caminado le evocó vívidas imágenes del pueblo natal y de la familia. Estaba harto de comer en el hotel, de dormir en el almacén, de trabajar catorce horas por día, primero en el establo, después en la casa. A veces, cansado de estar colocando yeso durante horas, cuando volvía al establo veía las lámparas en los hogares por los que pasaba y se sentía profundamente desanimado.

Comenzó a pasar más tiempo con Tarsy.

Si hubiera habido otra muchacha en Sheridan que le interesara, la cortejaría. Pero, además de Emily Walcott, Tarsy era la única, y era natural que se sintieran más libres el uno con el otro cuanto más a menudo se vieran. Llegó un punto en que se descubrieron trazando una peligrosa línea entre la discreción y el desastre.

Tan frustrada como Tom, llegó el momento en que Tarsy necesitaba hablar con alguien y buscó a Emily. Fue al hogar de los Walcott, después de la cena, en una noche desapacible y neblinosa de finales de septiembre. Charles y Edwin jugaban backgammon. Frankie abrió la puerta y llevó a Tarsy a la cocina, donde Emily ayudaba a Fannie con los platos.

– Emily, ¿puedo hablar contigo?

– Tarsy… -Le bastó una mirada para saber que sucedía algo malo. Dejó el paño de inmediato-. ¿Qué pasa?

– ¿Podríamos ir arriba, a tu cuarto?

Sin sospechar nada, Emily la llevó arriba.

Arriba, a la luz de la lámpara, Tarsy se quitó el abrigo de lana y curioseó por la habitación, como si no quisiera revelar lo que le pasaba ahora que contaba con la atención de Emily. Ante la cómoda, levantó el cepillo y pasó, distraída, el pulgar por las cerdas. Lo dejó, tomó un peine y lo pasó una vez por el pelo, que llevaba sujeto con un moño negro y le caía por los hombros.

Emily la observó, esperando paciente que Tarsy dijera lo que necesitaba contar. Era esbelta y bonita, vestida con una blusa blanca y una falda roja escocesa, con mucho la muchacha más linda de Sheridan. A menudo pensaba que no era extraño que Tom se sintiera atraído por Tarsy. Sabía que, últimamente, se veían con frecuencia y el efecto sobre su amiga era notable.

Durante el verano, había cambiado. La muchacha risueña y aturdida había desaparecido reemplazada por una joven juiciosa, que ya no se arrojaba sobre las camas ni sobre las pilas de heno, en medio de efusiones sentimentales.

La ironía estaba en que Emily sentía más cerca que antes a esta Tarsy transformada.

Se acercó a ella y la hizo girar tomándola de los brazos.

– Tarsy, ¿qué pasa?

Su amiga alzó los afligidos ojos castaños:

– Es Tom -admitió, en voz baja.

Pronunciaba el nombre de un modo diferente, con respeto.

– Ah.

Las manos de Emily se deslizaron por las mangas de Tarsy.

Antes de que se le escapara, Tarsy atrapó una de ellas.

– Sé que no te gusta, Emily, pero yo… No tengo nadie más a quien confiarle esto. Creo que lo amo, Em.

Ya estaba: la confidencia. Otra carga para la espalda de Emily. Si Tarsy hubiese fingido desmayarse como hacía unos meses atrás, no sería tan trágico. Pero era muy sincera.

– ¿Lo amas?

– Oh, ya sé lo que dije antes. Soñé despierta como cualquier muchacha alocada y me tiré en el desván, y me comporté como una perfecta tonta en relación con él. Pero ahora es diferente. Es de verdad. -Apretó el puño contra el pecho izquierdo y habló con alarmante sinceridad-: Está aquí, en la parte más profunda de mi ser y es tan grande que casi no puedo llevarlo dentro. Pero tengo miedo de decírselo porque si lo supiera dejaría de visitarme.

Se dejó caer en el borde de la cama de Emily y bajó la vista, desconsolada. Las manos descansaban sobre el regazo en lugar de revolotear, melodramáticas, como solían hacerlo.

– ¿Sabes? -continuó-, hace tiempo me dijo que sospechaba que yo estaba buscando marido. Pero me aclaró que él no estaba en el mercado del matrimonio. Yo ya lo sabía, incluso cuando permití que empezara a besarme. Al principio, eso fue todo, pero seguimos viéndonos y ahora… bueno, es natural que… -Se levantó de golpe, fue hasta la ventana y se quedó mirando la llovizna-. Oh, Emily, debes tener muy mala opinión de mí.

– Tarsy, ¿tú y Tom…?

No se le ocurrió una manera discreta de hacer la pregunta. Aterrada, esperó la respuesta.

Tarsy siguió una gota con el dedo y dijo con calma:

– No, todavía no. -Se dio la vuelta muy compuesta y se sentó otra vez junto a su amiga-. Pero estoy tentada, Em. Nos hemos hecho íntimos.

Las miradas de las dos se encontraron, y Emily vio en la de Tarsy una sinceridad y una culpa que nunca habría esperado. Para su desazón, los ojos de su amiga se llenaron de lágrimas y se cubrió la cara con las manos.

– Es pecado. Sé que es pecado. Y es peligroso, pero, ¿qué hace una cuando ama tanto a alguien que ya no le parece mal?

– No lo sé -respondió Emily sin rodeos, abrumada por el giro de la conversación.

– Pero tú estás comprometida, Emily; tú y Charles estáis tanto tiempo juntos como Tom y yo. ¿Qué hacéis cuando os sentís así?

¿Sería percepción o lucidez por parte de Tarsy creer que el amor envolvía a todos de la misma manera, que desataba una pasión ciega en una mujer por el simple hecho de haber aceptado casarse con un hombre? Para espanto de Emily, Charles nunca le había provocado semejantes sentimientos. A decir verdad, se acercó más a ellos con Tom que con su propio novio.

Eso hacía más irónica todavía la situación.

– No sé qué decir, Tarsy.

– Hay más. Algo peor aún -confesó-. A veces, pienso en permitir que pase para atraparlo.

– ¡No digas eso! -exclamó Emily, horrorizada-. ¡Es una locura!

– Pero es la verdad. Si me quedara embarazada, tendría que casarse conmigo y en ocasiones pienso que valdría la pena la vergüenza.

– Oh, Tarsy, no. -Emily cedió al dolor de su propio corazón y abrazó a Tarsy con un afecto que hasta ahora no había sentido. ¿Cuántas veces la consideró una boba y se burló de su frivolidad? Ahora que había desaparecido, Emily quería que volviese, que la infancia regresara porque la feminidad era dolorosa y desconcertante-. Prométeme que nunca harás eso. Promételo. Podría arruinar para siempre las vidas de los dos y sería injusto para él.

Tarsy ocultó la cara en el hombro de Emily y lloró.

– Oh, Emily, ¿qué voy a hacer? Está enamorado de otra.

El pánico la golpeó. La culpa. Se ruborizó y abrazó con fuerza a Tarsy para que no la viese.

Pero su amiga continuó:

– Es esa mujer a la que estaba prometido. Todavía la ama.

– Puede ser. Han pasado pocos meses desde que se rompió el compromiso. Lleva tiempo superar una cosa así. Llegará a darse cuenta que tú eres… bueno, que has madurado, que estás lista para el matrimonio. -Esforzándose por animarla, continuó-: Y tú eres la muchacha más bella que se ha visto en este pueblo. Sería un tonto si no lo advirtiese.

Levantó la barbilla temblorosa de Tarsy. Al principio, la muchacha se negó a dejarse consolar pero al fin cedió a un resoplido de risas.

– Oh, la tonta soy yo. -Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano-. Sé que lo soy. Sólo… una estúpida dice que hará algo que en realidad no está dispuesta a hacer. Nunca lo haría, lo sabes, ¿verdad, Emily?

– Desde luego.

Emily encontró un pañuelo en el cajón de la cómoda y se lo dio a Tarsy, esperando que se secara el rostro y se sonara la nariz. Cuando terminó, se enroscó, distraída, el pañuelo en los pulgares y se quedó mirándolo.

– Pero, Emily… -se lamentó, levantando los ojos tristes-, de verdad lo amo.

Emily se arrodilló ante la amiga y le cubrió las manos.

– Lo sé.

Esa nueva Tarsy adulta realizó un valiente esfuerzo por controlar las lágrimas que estaban a punto de brotar otra vez.

– Oh, Emily, ¿por qué tiene que doler tanto?

Ninguna de las dos conocía la respuesta ni sospechaba que el dolor se haría más intenso en las semanas siguientes.

Capítulo 10

Había ocasiones en que Fannie se preguntaba por qué había ido. No era fácil ver morir a alguien. Últimamente, el consuelo de estar cerca de Edwin no compensaba el dolor de atender a Joey. La pobre Joey, que seguía declinando. No podía estar acostada porque tosía, ni sentada, porque le requería una energía que no poseía. Entonces, pasaba los días y las noches reclinada sobre las almohadas, ahorrando las pocas fuerzas que reponía en breves siestas.

Cuidarla exigía una solidez que Fannie no había imaginado. Ya el dormitorio apestaba, pues la tos era tan violenta que le provocaba incontinencia, y por más que cambiara las sábanas con toda frecuencia, el olor de orina rancia persistía. Descubrió que la sangre también tenía un olor repugnante, no sólo cuando acababa de manar sino cuando se remojaba en una bañera con agua de lejía.

A Fannie le ardían las manos: ahora el lavado debía hacerse todos los días, y aunque Emily la ayudaba casi siempre, el grueso de la tarea recaía sobre ella. Pero no daba importancia a esa irritación mínima que parecía insignificante comparada con las úlceras producidas por la prolongada estancia en cama en los codos de Joey. Se había convertido en un esqueleto viviente, de escasos cuarenta kilos, tan macilenta que, a veces, Fannie tenía que ahogar una exclamación al entrar al cuarto. El cabello de la enferma casi no se podía trenzar de tan escaso y el cuero cabelludo rosado asomaba entre los mechones lacios. La piel sobre los pómulos parecía hecha de hollejo de maíz seco y se amorataba al menor toque. Cualquier contacto físico le provocaba dolor; hasta tuvo que sacarse la sortija de bodas del dedo nudoso pues decía que lo sentía como una esposa de hierro. En cualquier sitio donde la tocaban los que la atendían se le formaban marcas moradas.

Tosió otra vez y Fannie metió una mano bajo la almohada para sostenerla más erguida. Brotó la sangre… carmín brillante contra los limpios trapos blancos que sustituían a los pañuelos, que ya resultaban demasiado pequeños. Lo pasaron juntas, y cuando el espasmo acabó, Josephine se recostó, vacía. Fannie la soltó con delicadeza y le acarició el cabello, el único lugar donde podía acariciarla sin causarle más dolor.

– Ya está, Joey, ahora, descansa…

Inventar palabras tranquilizadoras se había convertido en una gran carga para ella cuando era testigo del dolor de Josephine. Dios Querido, llévatela o provoca un milagro:

– Tengo que colgar unas cosas en la cuerda. ¿Estarás bien? -Demasiado débil para asentir, la prima levantó un dedo-. No tardaré mucho.

Colgó la última sábana y, al volver a la cocina, oyó la tos que se reanudaba. Cerró los ojos y apoyó la frente contra el fresco umbral barnizado.

Así la encontró Emily.

– ¿Fannie?

La mujer se enderezó de golpe.

– Oh, Emily. -Ocultándose en la necesidad de levantar el cesto de ropa limpia, se secó las lágrimas-. No te oí entrar.

– ¿Mi madre está peor?

– Ha tenido una mala tarde. Mucha tos y las úlceras son espantosas. ¿Hay algo en tu maletín médico que pueda aliviarla? La pobre está sufriendo mucho.

– Veré qué puedo encontrar. ¿Y tú? Tampoco pareces muy animada.

– Oh, tonterías. ¿Yo? -Fannie compuso un aire jovial-. Bueno, ya me conoces… soy como un gato: siempre caigo de pie.

Pero Emily vio el brillo de las lágrimas y la postura de derrota. Había percibido lo fatigada y vencida que parecía. Cruzó la cocina y le quitó la cesta del lavado de las manos.

– Necesitas alejarte de aquí un par de horas. Deja esto y cualquier otra cosa que esté sin terminar. Péinate, ponte los bombachos y ve a dar un paseo en bicicleta. No vuelvas hasta que sientas el olor de la cocina: es una orden.

Fannie cerró los ojos, controló sus emociones, se apretó una mano contra el diafragma y exhaló largamente.

– Gracias, querida. Eso es lo que haré y te lo agradezco.

Tardó quince minutos en quitarse el vestido, lavarse para eliminar el olor a enfermedad que le penetraba la piel y ponerse ropa limpia. Con una camisa blanca almidonada, una chaqueta color nuez moscada y los bombachos haciendo juego, tomó la bicicleta del cobertizo.

¡Por todos los cielos, qué bueno era estar fuera! Alzó el rostro hacia el cielo y aspiró hondo. Era primavera, el cielo azul como el flanco de una trucha, el aire parecía tónico y alrededor los chopos se habían convertido en el tesoro de un rey: oro sobre azul. Alejándose, gozó de su libertad y borró las preocupaciones de la mente. A lo lejos se alzaban las colinas como las paredes de una taza de té, pero junto a las riberas de Little Goose Creek la hierba aún lucía el verde irlandés salpicado del rojo del zumaque, que era el primero en florecer. Qué bueno era ser fuerte, sana, robusta y estar al aire libre, de cara al viento. Fannie se equilibró en el sillín y pedaleó con más fuerza, sintiendo que la brisa se le enredaba en el pelo y lo agitaba como unos dedos gruesos y ásperos. En la colina al suroeste del pueblo, bajando una cuesta rocosa que la obligó a aferrarse al manubrio para no caer, pedaleó, corriendo los límites, sintiendo los músculos flexibles que se tensaban y se calentaban, disfrutando cada minuto por la sencilla razón de que era firme, sana y capaz de llegar a tales límites. Se detuvo en un arroyo cuyo nombre no conocía y lo vio rizarse, atrapar el cielo y reflejarlo con brillos de lentejuelas. Dejó la bicicleta y se tendió sobre la hierba, la espalda apoyada en la tierra, y absorbió esa sensación de permanencia, mientras el sol le caldeaba el rostro. Se abrió el corpiño para que le bañase también el pecho. Escuchó a un mirlo de alas rojas que cantaba sobre una mata de juncia, en la otra orilla, se arrodilló para responderle y lo espantó. Bebió el agua del arroyo, se abotonó otra vez la chaqueta y volvió al pueblo.

Siguió por la calle Grinnell, hasta el establo Walcott.

Entró con la bicicleta por el pasillo que dividía el edificio y se detuvo junto a una carretilla cargada de paja fresca ante un pesebre que Edwin estaba forrando. Cuando dejó caer la bicicleta en el pasillo, el hombre se volvió, asombrado.

– Edwin, no hagas preguntas, por favor. Hoy lo necesitaba.

Entró en el pesebre y se arrojó en sus brazos.

– ¿Fannie?

Lo tomó por sorpresa y se quedó quieto, con una horquilla balanceándose en el puño.

Fannie le abrazó el torso y le apoyó la cara en el pecho.

– ¡Por todos los cielos, qué bien hueles!

– Fannie, ¿qué sucede?

– ¿Quieres abrazarme, Edwin, por favor? Muy fuerte y muy quieto dos o tres minutos. Con eso será suficiente.

La horquilla golpeó con ruido sordo contra la división de madera y los brazos de Edwin rodearon los hombros de la mujer.

No tuvo tiempo de hacerse fuerte. En un momento dado estaba acomodando heno y al siguiente Fannie estaba apretada contra él, fragante y flexible, oliendo a grana aplastada, a aire fresco y a las hierbas aromáticas que metía entre sus ropas en el armario. De la cabeza brotaba una suave fragancia tibia, como si hubiese pedaleado mucho. Apoyó la nariz contra ese cabello del color del amanecer y aspiró hondo, extendió las manos sobre la espalda de la mujer, reconociendo sus contornos.

– Ahhh… sí -murmuró Fannie, frotando la nariz contra la camisa, aspirando olores genuinos de hombre, sudor y caballo, suavizados por el aroma dulce del heno fresco que colmaba el pesebre-. Perdóname, Edwin. Sencillamente, lo necesitaba.

– Está bien, Fannie.

Se estrecharon frotándose mutuamente las espaldas: "… carne sana, flexible", pensó Edwin, "como hacía años no acariciaba".

– Es una buena sensación acariciarte -murmuró la mujer.

– Para mí también.

– Recio, fuerte y grato.

A Edwin le pareció que el corazón le latía en la garganta. ¡Era increíble: estaba tocándola, al fin, abrazándola, como imaginó que haría desde que ella llegó y durante años antes de que llegase! Cuan característico de Fannie sorprenderlo así, cuando menos lo esperaba, apretarse contra él y rodearlo, como si ese fuera su lugar propio.

– ¿Por qué hoy? -preguntó, incrédulo.

– Porque no sabía si podía seguir sin esto.

– ¿Tú también, Fannie?

Asintió, chocando con el mentón de Edwin.

– Hueles a vida y a vigor.

– Huelo peor que eso: he estado limpiando los pesebres.

– ¡No! ¡No te apartes! Todavía no es suficiente.

El hombre cerró los ojos y sonrió con el rostro apoyado contra el cabello de la mujer, sintiendo que se le enredaba en la barba, empapándose con la cercanía, inhalando la fragancia herbácea. Se echó atrás para mirarle los ojos mientras le acariciaba los costados, la tomó de la cintura que era como la muesca de un violín, breve y curva. Rodeó las costillas, rozó con los pulgares la depresión debajo de ellas, deseando tocar los pechos pero sin atreverse pues esa sencilla exploración era un placer en sí misma. ¿Cuánto tiempo hacía que no acariciaba a una mujer de esta manera? Había perdido la cuenta. Tal vez, las últimas caricias habían sido las que hiciera años atrás a Fannie. Josie siempre había rechazado las caricias abiertas. Todo contacto sexual entre ellos, incluso el afectuoso, ocurrió en la oscuridad de la noche, discretamente, según las rígidas costumbres de la esposa. Atrajo otra vez a Fannie hacia sí. Ah, qué bueno, qué natural era tocar a una mujer a plena luz del día, apoyar la cara en su pelo y apretar sus caderas contra las de uno… Abrió las manos y las fue subiendo hasta que los pulsares tocaron las axilas, extendiendo los dedos hacia atrás como si Fannie fuese una nuez que él podría partir y saborear. La mujer se estremeció y emitió un sonido extasiado con la boca contra el cuello de Edwin. Cuando este se echó atrás para verle la expresión, un mechón del cabello rojizo quedó enganchado en el botón de la camisa, enlazándolos. Las miradas de ambos se encontraron, desbordantes de un amor tan sólido, tan enraizado, que ya no podían negarlo.

– Perdóname, Fannie, pero tengo que hacerlo -dijo con suavidad.

Se adueñó de sus labios y pechos al mismo tiempo, atrayéndola hacia él con las manos grandes, manchadas del trabajo, ahuecadas sobre esas suaves protuberancias, inclinando la cabeza para saborear la boca expectante. Ya no eran jóvenes como la primera vez que la besó y la acarició. Lo que hacían lo hacían con pleno conocimiento de consecuencias y significado. Se besaron como dos seres que pagaron caro y por mucho tiempo el derecho de hacerlo, lengua sobre lengua, las bocas abiertas y dóciles, mientras él sostenía los pechos desde abajo y acariciaba los pezones con los pulgares. La apoyó contra el áspero tabique de madera, haciendo caer la horquilla al suelo y apretándose contra ella, con una erección total y sin intenciones de ocultarlo. Era como la recordaba, sensual, apasionada e inventiva con la boca. Exploró la lengua y los labios de Edwin, saboreándolo a fondo, con diestros giros de la lengua y con los labios ávidos. El beso no acabó sino que se apaciguó, se esparció hacia otras regiones: los cuellos, los hombros, gargantas, orejas…

– Fannie, nunca lo olvidé… nunca.

Habló en largos suspiros.

– Tampoco yo.

– Tendríamos que haber estado juntos todos estos años.

– En mi corazón lo estuvimos.

– Oh, Fannie, Fannie, mi querida, dulce Fan…

La boca de la mujer, ansiosa y abierta bajo la del hombre, le cortó la palabra. Se besaron con el apremio del tiempo perdido… besos húmedos, agitados, separados por sonidos inarticulados y la presión ardiente de los cuerpos, como si abrazándose fuerte pudiesen borrar el largo período de sufrimiento.

Cuando hicieron una pausa, jadeando, Edwin le dijo:

– Había olvidado estas sensaciones. ¿Sabes cuánto hace que no hacía nada parecido?

– Shh… nada acerca de ella, nunca. Esto ya es bastante deshonroso.

Edwin le sujetó la cabeza como un sacerdote sosteniendo un cáliz y la bebió… Fannie, la del cabello brillante y el espíritu insaciable, y la fragancia a césped aplastado. La acarició como a algo muy precioso… Fannie de los recuerdos y la calidez, de los rocíos de besos de la juventud. ¿Cómo soportó todos esos años sin ella? ¿Por qué intentó soportarlos?

Levantó la cabeza y se sumergió en sus ojos.

– Lo deshonroso fue haberte dejado. Qué tonto fui.

– Hiciste lo que creías que debías hacer.

Le acarició las mejillas con los pulgares.

– Te amo, Fannie. Siempre te amé.

– Y yo te amo a ti, Edwin. Nunca dejé de amarte.

– Lo sabías cuando yo me casé con Josie, ¿no es cierto? Sabías que yo te amaba.

– Claro que lo sabía, del mismo modo que tú sabías lo que yo sentía.

– ¿Por qué no trataste de impedírmelo?

– ¿Habría servido de algo?

– No lo sé. -Había dolor en los ojos de Edwin y arrepentimiento en su voz-. No lo sé.

– Tus padres ejercieron una presión muy fuerte. Los de mi prima, también.

– ¿No es extraño que cuando les dije que Josie y yo nos marchábamos de Massachusetts no protestaran? Casi como si reconocieran que nuestra marcha era un castigo que debían sufrir por haber manipulado nuestras vidas. Yo sabía que era el único modo en que mi matrimonio podía subsistir: no podía vivir cerca de ti y no poseerte. Estoy seguro de que habría roto mis votos conyugales. Mi preciosa Fannie… -La atrajo de nuevo a sus brazos con ternura y posesividad-. Te amo tanto… ¿Quieres venir conmigo al altillo y dejar que te haga el amor?

– No, Edwin.

No se movió de sus brazos mientras lo rechazaba, en una actitud característica de ella.

– ¿Acaso no hemos desperdiciado bastante nuestras vidas? -Sujetándole la cabeza, arrojó sobre ella una lluvia de besos que le mojó la piel-. Cuando teníamos diecisiete años, tendríamos que haber mandado al diablo las consecuencias y convertirnos en amantes, como queríamos. Esas consecuencias no pudieron ser peores que lo que sufrimos. Por favor, Fannie… no prolonguemos el error.

La mujer le tomó las manos, las alzó, las encerró entre las propias bajo su barbilla. Bajó los párpados temblorosos, mientras las emociones recorrían su cuerpo ardiente.

– Basta, Edwin. Tenemos que detenernos. Eres un hombre casado.

– Con la mujer equivocada.

– Es lo mismo. Y jamás le haría algo semejante a Josie. También la quiero a ella.

– Entonces, ¿por qué viniste aquí? -le preguntó, casi enfadado.

Entendió la frustración del hombre. Con calma, apoyó la mano de él sobre su corazón agitado.

– Siente lo que me provocas. La sangre me corre a toda velocidad. Estoy temblando por dentro y me siento mucho más viva, con un motivo para seguir adelante. Tomé esto de ti porque creo que Joey lo aprobaría. Por ahora, es suficiente. -Juntó otra vez las manos de los dos, le besó las yemas de los largos dedos y le buscó la mirada-. Estoy recuperada y tú también. Pero si traicionáramos a Joey, sufriríamos. Lo sabes tan bien como yo, Edwin. Y ahora, tengo que volver a la casa.

Edwin le buscó los ojos, sintiendo que la irritación se desvanecía:

– Fannie, ¿cuándo…?

– Silencio -le ordenó con suavidad, cubriéndole los labios con un dedo. Recorrió los labios con ese dedo, siguiendo el recorrido con la mirada-. Somos seres humanos, Edwin. No podemos mantener siempre en suspenso lo que sentimos uno por el otro. A veces, cuando estemos melancólicos y ansiosos, podríamos buscarnos, como yo he hecho hoy. Pero no hablaremos de contingencias ni nos comprometeremos a engañosos encuentros íntimos, pues lo único que lograríamos sería cimentar nuestra culpa. -Bajó la voz hasta un susurro-. Ahora debo irme. Por favor, déjame.

Retrocedió y se desasió, deslizando las manos por las muñecas, los nudillos y, por último, los dedos.

– Sin embargo, pienso en ti por la noche, cuando estoy acostada -murmuró, escabullándose.

– Fannie…

Fue hasta la bicicleta y la montó, mientras aún le quedaba una pizca de honor.

Por esos días, mientras Josephine sufría una postración final, Tom Jeffcoat trabajó duro para completar el interior de la casa. Una noche, a mediados del otoño, tras quince horas de haber trabajado sin parar, tiró la espátula de revocar, estiró la espalda apretándosela con los puños y se arqueó hacia atrás. Sobre su cabeza colgaba la linterna de queroseno, proyectando sombras arqueadas sobre la pared de la cocina a medio revocar. Quería terminar esa noche -por lo general, trabajaba hasta las diez- pero le dolía la espalda y la cama improvisada en el establo le resultaba irresistible.

Contempló el cuarto, las ventanas a medio instalar, el suelo cubierto de lonas húmedas y se preguntó qué mujer reinaría en ella algún día. Surgió una imagen desconcertante de Emily Walcott, donde estaría el hornillo. Ja. Era probable que ella no supiera por qué extremo se agarraba la cuchara de revolver. ¿Acaso no le confió Charles que no era muy hábil para cocinar? A pesar de ello, la imagen permaneció y Tom se quedó con la vista fija, vidriosa de cansancio.

Vete a casa, Jeffcoat, pues de lo contrario te caerás.

Se puso en cuclillas para limpiar el fratás, tan cansado que le costó esfuerzo levantarse. Bostezando, se puso la desteñida chaqueta de franela, levantó el balde con herramientas sucias y apagó la lámpara. La cocina se llenó de sombras violáceas, mientras se detenía un momento a especular.

Lo más probable es que compartas esta casa con Tarsy Fields. Es lo mejor que puede ofrecer este pueblo.

Afuera, una luna casi llena vertía una luz lechosa sobre las calles, aclarando los tejados y prometiendo helada para el día siguiente. Echó una mirada a los Big Horns. Los picos ya estaban cubiertos de nieve en lo alto y tenían un resplandor casi púrpura bajo la luz lunar. Se levantó el cuello de la chaqueta y se encaminó en dirección opuesta, hacia Grinnell. El pueblo ya estaba preparándose para el invierno. Al pasar, vio huertas en las que habían recogido todo, salvo alguna calabaza o una hilera de zanahorias dejadas para que se endulzaran con las primeras heladas. Se recubrían los cimientos con paja, y la fragancia se mezclaba con el del suelo recién roturado cargado de plantas viejas de tomate y restos de fuegos de los jardineros, que indicaban el final de la estación de las cosechas. Se preguntó qué tal sería Tarsy cuidando el huerto. Aquí, donde los alimentos enlatados llegaban en carros tirados por bueyes y costaban una pequeña fortuna, las amas de casa no tenían otra alternativa que separar alimento para el invierno. Por alguna razón, no podía imaginársela de rodillas, arrancando malezas. ¿Envasando conservas? Le resultaba un cuadro divertido. ¿Criando niños? ¿Tarsy, la de los rizos sedosos?

¿Y Emily Walcott?

Recordarla lo sacudió, pero persistía en sus pensamientos cotidianos, quizá porque Charles hablaba tanto de ella. Tal vez le desagradaran las tareas domésticas, pero sí podía imaginarla criando hijos. Una mujer capaz de soportar una situación como la de la granja Jagush, sin duda podía tener valor suficiente para dar a luz.

En ese sentido, Charles era afortunado. ¿Y qué?

Quítatela de encima, Jeffcoat.

¿Qué me la quite? ¡Nunca estuvo encima!

¿Ah, no?

Está prometida a Charles.

Cuéntale eso a tu corazón la próxima vez que se estremezca cuando ella entra donde estás tú.

Bueno, mi corazón se estremece un poco, ¿y qué?

Te gustaría casarte con ella.

¿Con la marimacho?

¿Por qué te la imaginaste en tu cocina y teniendo hijos? Y no te engañes a ti mismo con que te imaginabas que tenía a los hijos de Charles Bliss.

Estaba exhausto y por eso su mente divagaba por esas rutas imposibles. Fuera lo que fuese lo que creía sentir por Emily Walcott, pasaría. Tenía que pasar, no había otra solución. Siguió caminando con las articulaciones flojas de fatiga y el balde golpeándole la rodilla con ruido blando.

Dobló por la calle Grinnell, llegó ante el establo de Edwin… y se detuvo de golpe.

¿Por qué había una luz encendida a esa hora de la noche? Edwin cerraba a las seis, todos los días, igual que él mismo, y nunca volvía cuando ya estaba oscuro. ¿Y por qué esa luz era tan débil, como si se filtrara por la ventana de la oficina, desde el cuerpo principal del cobertizo?

¿Serían ladrones de caballos?

Se le erizó el pelo. Se deslizó pegado al edificio, con los hombros aplastados contra la pared y apoyó el balde sin hacer ruido. La puerta corrediza estaba abierta sólo el espacio del ancho de un hombre. Fue hacia allí, prestando atención. Silencio. No se escuchaba ni resoplar a un caballo, lo cual significaba que no había ningún intruso en los pesebres. Conteniendo el aliento, escudriñó desde la puerta en la profunda lobreguez del cobertizo. El almacén principal estaba a oscuras. La luz venía de la oficina, pero era tan tenue que apenas iluminaba el borde de la puerta. Si el que estaba dentro era Edwin, tendría la mecha baja. ¿Acaso Edwin dejaría el dinero ahí, de noche, en algún sitio entre el desorden del viejo escritorio?

Jeffcoat contuvo la respiración y se metió por la puerta. Desde la oficina llegó un ruido amortiguado de respiración nasal, seguido de crujir de papeles. Caminó de puntillas junto a la pared, guiándose por el tacto, hasta que tocó una superficie tersa de madera: el mango de una horquilla. Deslizó las manos en silencio para identificar las frías púas mortíferas. Aferró el mango como un guerrero y fue de puntillas hasta un costado de la puerta de la oficina, listo para saltar.

– Edwin, ¿es usted?

La respiración nasal y el arrastrar de papeles cesaron.

– ¿Quién está ahí? -preguntó, en tono severo.

Nadie respondió.

Se le tensó el pecho y se le erizó el pelo, pero aferró la horquilla e irrumpió en la oficina como un guerrero zambiano, aullando:

– ¡Raaaa!

La única persona que estaba en la oficina era Emily Walcott.

Aplastada contra el respaldo de la silla, con el rostro pálido y aterrado, lo vio aterrizar con el arma enarbolada y las rodillas flexionadas.

– ¡Emily! -exclamó, tirando el arma improvisada-. ¿Qué estás haciendo aquí?

Era evidente lo que estaba haciendo ahí: llorando… en la intimidad. Tenía los ojos hinchados y las lágrimas seguían rodándole por el rostro incluso en ese momento, en que tenía la boca abierta por el susto.

– ¿Qué estás haciendo tú aquí?

– Pensé que había un ladrón de caballos o alguien revolviendo el escritorio en busca de dinero. Edwin nunca vuelve después de las seis.

Apoyó la horquilla en la pared y se volvió otra vez hacia la muchacha, perturbado por las lágrimas que le bajaban por las mejillas. Qué acongojada parecía, ataviada con un vestido color calabaza, con manchas oscuras en el corpiño, evidencia de que hacía rato que estaba llorando. Emily giró hacia los huecos del escritorio y se enjugó con disimulo los ojos con los nudillos.

– Bueno, soy yo, así que puedes irte -le informó, con la nariz tapada.

– Estás llorando.

– No por mucho tiempo. Estoy bien. He dicho que puedes irte.

El llanto fue una sorpresa para Tom. No la consideraba mujer fácil de trastornar ni se consideraba hombre capaz de conmoverse por ello. Pero el corazón se le contraía.

Adrede, habló en tono ligero:

– Ahora es demasiado tarde, ya te he sorprendido. De modo que puedes hablar.

Terca, negó con la cabeza, pero inclinó la boca sobre el pañuelo y se le sacudieron los hombros. Con la vista fija en la espalda del vestido abotonado atrás, tenso a la altura de los hombros, el recatado cuello blanco y el cabello negro desordenado en la nuca, tuvo que contener el impulso de girar la silla y tomarla en sus brazos, estrecharla con fuerza y dejar que llorase sobre su hombro. Le preguntó:

– ¿Quieres que vaya a buscar a Charles?

Emily negó con vehemencia con la cabeza, pero siguió sollozando dentro del pañuelo, con los codos apoyados en el escritorio.

Tom se sintió desarmado, no supo qué hacer mientras Emily se doblaba hacia adelante, hundía la cara en el brazo y sollozaba con tal fuerza que se le levantaban las costillas. Sintió que su propio pecho se contraía y se le formaba un nudo en la garganta. ¿Qué hacer? Por piedad, ¿qué tenía que hacer? La contempló hasta que tuvo ganas de llorar él mismo, y por fin se acuclilló y giró la silla hacia él.

– Eh -la llamó con suavidad-, date la vuelta. -La falda le rozó las rodillas, pero Emily se negó a levantar la cara del pañuelo, avergonzada de que la hubiese sorprendido así-. Sabes que puedes contármelo.

La muchacha sacudió la cabeza, soltando una serie de gemidos ahogados.

– V-vete. No q-quiero que me veas así.

– Emily, ¿de qué se trata? ¿Algún problema con Charles?

Negó con la cabeza y una hebilla cayó del pelo sobre la rodilla de Tom y luego al suelo.

La levantó y la guardó apretada en la mano, contemplando la raya del cabello que tenía a escasos centímetros de la nariz.

– ¿Conmigo? ¿Otra vez te hice algo?

Otra negativa vehemente.

– ¿Tu hermano? ¿Tarsy? ¿Tu padre? ¿Qué es?

– Es mi madre. -La pronunciación distorsionada por el pañuelo y la nariz congestionada sonó como bi badre. Los ojos desolados aparecieron sobre la tela de algodón, que apretaba contra la nariz-. Oh Tom -Tob, oyó-, es muy duro verla morir.

El lamento y la involuntaria pronunciación deformada lo golpearon con una ola de emociones. Necesitó un esfuerzo sobrehumano para quedarse de cuclillas ante ella sin tender la mano, sin tocarla.

– ¿Está peor?

Emily asintió y bajó la vista mientras se sonaba la nariz. Cuando al fin apoyó las manos en la falda, tenía la nariz roja e irritada.

– Hoy la cuidé mientras Fannie s-salía un ra-rato -explicó, con frases entrecortadas, las palabras interrumpidas por sollozos-. Pobre Fannie, está con ella todo el día. Hasta ahora no c-comprendí qué tarea tan terrible le encomendamos, al tener que cuidar a nuestra madre todas estas semanas. Pero hoy me pidió si podía… podía -Emily luchó contra un nuevo ataque de sus emociones-. Si podía buscar algo para aliviarle las llagas que le provoca estar en cama, y yo… -Haciendo un enorme esfuerzo para completar el relato sin quebrarse de nuevo, alzó los ojos enrojecidos hacia la parte de arriba de la puerta-. Las… vi. -Parpadeó, cerró los ojos e inhaló una inmensa bocanada de aire, los abrió otra vez y reanudó el esfuerzo-. Fannie baña a mi madre y le cambia la ropa y la ropa de cama. Hasta hoy yo no sabía lo te-terribles que eran esas llagas. Y está ta-tan d-delgada… casi no queda… nada de ella. No puede siquiera darse la vuelta sola. P-papá tiene que ayudarla, pero donde quiera la toque le quedan marcas moradas.

Otra vez se le llenaron los ojos de lágrimas, pese a los valientes esfuerzos para contenerlas.

De rodillas ante ella, Tom vio, impotente, cómo estallaba otra vez en lágrimas cubriéndose la cara con las manos mientras todo su cuerpo se sacudía. Maldito seas, Charles, ¿dónde estás? ¡Te necesita! Viéndola así, desgarrada, desdichada, el corazón se le desbordó. ¡Oh, marimacho, no llores… no llores!

Pero Emily lloró, torturada, tratando de contener el sonido, que se le escapaba como un maullido débil y lamentable. Sintió la presión en su propia garganta y supo que si no la tocaba se haría pedazos.

– Emily, tranquilízate… vamos… vamos.

Aún de rodillas, la acercó a él y Emily se dejó llevar, floja, resbalando de la silla sin ejercer resistencia. La envolvió con ternura en sus brazos y la sostuvo, arrodillado sobre el suelo de cemento de la pequeña oficina atestada. Siguió sollozando, floja contra él, con los brazos sueltos a la espalda de Tom mientras sus sollozos le golpeaban el pecho.

– Oh, Tooom… -gimió, acongojada.

Apoyándole la mano en la cabeza, apretó la cara de Emily contra su cuello, y las lágrimas se derramaron por la pechera de la camisa y le mojaron la piel. Lloró hasta quedar casi agotada y luego quedó apoyada en él, sin fuerzas.

Tom apoyó la mejilla en su pelo, deseando ser sagaz e inteligente en la elección de las palabras y poder expresar el consuelo que tenía en el corazón. Pero lo único que pudo hacer fue ofrecerle su silencio.

En un momento dado, la respiración de la muchacha se regularizó y pudo decir, medio ahogada:

– Lo siento.

– No lo sientas -se burló con ternura-. Si no la amaras, no te sentirías tan angustiada.

Sintió que los pechos se elevaban en un suspiro tembloroso y se secó las últimas lágrimas, con la mejilla aún apoyada sobre el pecho de Tom, sin manifestar demasiado entusiasmo por apartarse. Él fijó la mirada en el calendario amarillento que colgaba sobre el escritorio y le acarició la nuca con toda suavidad.

Pasaron unos minutos en los que cada uno se sumergió en sus pensamientos. Al fin, Emily preguntó, en tono cansado:

– ¿Por qué no podrá morir, sencillamente, Tom?

Percibió tanto la culpa como la sinceridad en la pregunta y comprendió lo doloroso que debía de ser para que lo preguntase. Le frotó la espalda y le besó el cabello.

– No lo sé, Emily.

Por largo rato permanecieron así, muy apretados, unidos por la pena de ella y la angustia de él por no poder aliviarla. En tono suave y comprensivo, le brindó el único alivio que se le ocurrió:

– Pero no debes sentirte culpable por desear que muera.

Por la quietud de Emily, comprendió que le había dado lo que necesitaba: una absolución.

Aunque el llanto había terminado unos minutos atrás, escamotearon un poco más de ese tiempo precioso, hasta que, los dos a una, comprendieron que hacía demasiado que estaban abrazados. En algún punto, cuando Emily estaba apoyada en él, cruzaron la fina línea entre la desolación y el anhelo.

Tom se echó atrás y la tomó por los brazos demorando ahí las manos y luego dejándolas caer a los lados, a su pesar. En las mejillas ruborizadas y calientes vio los miles de deseos que también ella se había permitido imaginar. Pero entre ellos se materializó el espíritu de Charles, y Emily fijó la vista en el botón de la chaqueta de Tom mientras él contemplaba el rostro vuelto y se apoyaba en los talones para poner más distancia entre ellos.

– Bueno… -logró decir con voz trémula y la palabra tembló entre los dos como un pájaro herido-. ¿Te sientes mejor ahora?

Asintió y levantó la vista con cautela:

– Sí.

La contempló, estremecido e inseguro. Si llegaba a hacer el más mínimo movimiento, estaría otra vez en sus brazos y en esta ocasión le daría algo más que consuelo. Por un momento percibió la tentación que le nublaba los ojos, pero soltó una carcajada tensa y esbozó una sonrisa vacilante:

– Bueno, al menos has dejado de llorar.

Emily se tapó las mejillas y se tocó los párpados.

– Debo estar horrible.

– Sí, muy horrible -confirmó, con una risa falsa, viéndola tocarse los ojos, irritados e hinchados.

– Oh, me duelen los ojos -admitió, apartando las manos para dejarlo ver.

En verdad estaban hinchados y enrojecidos, el cabello suelto, las mejillas manchadas, los labios también hinchados; pero de todos modos deseó besarlos y también los pobres ojos enrojecidos, y el cuello y el pecho, y decir, "olvidemos a Charles, olvidemos a Tarsy, a tu madre y déjame hacerte feliz".

En cambio, se reafirmó en su postura, le tomó las manos para ayudarla a levantarse y retrocedió:

– ¿Puedo acompañarte a tu casa?

Con los ojos le dijo que sí, pero con la voz:

– No, he venido aquí a buscar un poco de lanolina para las llagas de mi madre. -Indicó con un gesto el embrollo de papeles y el libro abierto sobre el escritorio, donde ambos sabían que no había lanolina-. Yo… tengo que buscarla, así que tú sigue tu camino.

La mirada de Tom pasó del escritorio a la muchacha.

– ¿Estás segura de que estarás bien?

– Sí, gracias. Estaré bien.

El cuarto pareció arder con las emociones reprimidas y ninguno de los dos se movió.

– Bueno, entonces, buenas noches.

– Buenas noches.

Tendría que haberte besado cuando tuve la oportunidad.

Retrocedió hacia la puerta y las palabras de Emily lo detuvieron otra vez.

– Tom… gracias. Esta noche, necesitaba desesperadamente a alguien.

Asintió, tragó saliva y salió, antes de darse tiempo de deshonrarse a sí mismo, a Emily y a Charles.

Capítulo 11

Pasó octubre y Tom se instaló en la casa nueva. Era habitable, pero estaba vacía. Las paredes estaban limpias y blancas, pero pedían papel y cuadros, las cosas que una mujer era mucho más apta para elegir que un hombre. Las ventanas, salvo las del dormitorio que usaba el dueño de casa, estaban desnudas. Como pasaba la mayor parte del tiempo en otros sitios, no le importaba demasiado por el momento que la casa fuese acogedora. Tenía una cama de hierro, un calefactor para el vestíbulo, un hornillo para la cocina y una silla repleta de cosas. Además de esos pocos muebles, se las arreglaba con unos barriles de clavos vacíos, una mesa basta, dos bancos largos y una leñera. En Loucks compró sólo lo imprescindible: ropa de cama, lámparas, palangana para lavarse, un cubo para agua, cucharón, tetera, sartén y cafetera. Almacenó unos cuantos productos tales como huevos, café y tocino, en un cajón vacío que había servido para guardar municiones, sobre el suelo de la cocina.

La primera vez que fue Tarsy, miró alrededor y le asomó al rostro una clara expresión decepcionada.

– ¿Esto es todo lo que piensas poner aquí?

– Por ahora. Traeré más cuando comiencen a andar otra vez las casetas, en primavera.

– Pero esta cocina… es… así, vacía es horrible.

– Necesita el toque femenino, eso lo admito. Pero sirve a mis necesidades. De cualquier modo, estoy casi todo el tiempo en el establo.

– ¡Pero no tienes ni platos! ¿En qué comes?

– Hago casi todas mis comidas en el hotel. A veces, frío un huevo para desayunar, pero los huevos no son muy sabrosos sin pan. ¿Conoces a alguien a quien pueda comprarle pan?

Vio que a Tarsy la desazonaban sus espartanos enseres.

Un sábado por la noche, a fines de noviembre, estaba sentado en su única silla, con los pies apoyados sobre un barril de clavos, sintiéndose él mismo un tanto desazonado. El lugar era descorazonador. Como había cerrado las puertas del vestíbulo y del vano de la escalera, la cocina estaba caldeada, pero demasiado silenciosa y lúgubre, con las ventanas sin cortinas, negras como pizarra y las fantasmales paredes blancas sólo interrumpidas por la estufa, en un rincón. Si hubiese estado en el establo, estaría lustrando arneses. Si hubiese estado en su hogar, allá en Springfield, en la cocina de su madre, estaría merodeando en busca de comida. Si hubiese estado con sus amigos, se encontraría en una fiesta, pero se excusó otra vez, pues irían Emily y Charles. Tarsy le había insistido y rogado que cambiase de opinión, hasta que al fin se fue, enfadada, exclamando:

– ¡Está bien, quédate en casa! ¡Pero no esperes que yo te imite!

Por lo tanto, ahí estaba, mirando las puntas de sus calcetines grises, escuchando el silencio, preguntándose cómo pasar la velada, pensando en Emily Walcott y en cómo se eludieron durante semanas.

Charles le había preguntado por qué ya no iba a las fiestas, y le dio la excusa de que Tarsy estaba volviéndose muy posesiva y que no estaba seguro de lo que quería hacer con ella, lo cual no estaba muy lejos de la verdad. De pronto, la muchacha desplegaba un alarmante instinto de formar nido. Hasta había empezado a prepararle pan (pesado y duro como alimento para caballos, aunque le agradeció y elogió los esfuerzos domésticos) y a aparecer ante su puerta por las noches, sin ser invitada; dejando caer insinuaciones de cuánto le gustaría vivir en cualquier otro sitio que no fuese la casa de sus padres, preguntándole a Tom, como sin interés, si algún día querría tener una familia.

Dejó caer la cabeza sobre el respaldo de la silla y cerró los ojos deseando amar a Tarsy. Pero nunca sintió por ella los impulsos de protección y el anhelo que le invadieron el día que Emily lloró y le hizo confidencias. Se preguntó cómo estaría. Por Charles, sabía que la señora Walcott estaba peor que nunca, aferrándose a la vida, pese a que varias semanas atrás el doctor Steele había declarado que no podía hacer nada más por ella.

En la casa silenciosa, Tom giró la cara hacia la ventana, deseando estar con Emily y los demás. Esa noche había una fiesta de patinaje, la primera del año en Little Goose Creek, y después, el grupo iría a la casa de Mary Ess a beber ponche caliente y bizcochos… y sin duda esos malditos juegos de salón. No, a fin de cuentas, era mejor que se hubiese quedado.

Pensativo como estaba, no registró los primeros ruidos. Sólo oyó el crujir del fuego y su propio monólogo melancólico. Pero se repitió: era un repiqueteo lejano cada vez más audible, acompañado de gritos y llamadas. Prestó atención. ¿Qué diablos pasaba ahí afuera? Parecía la mula cargada de un buscador de oro bajando de la montaña, con la diferencia de que se dirigía hacia su casa. Oyó que gritaban su nombre:

– ¡Eh, Jeffcoat! -y se levantó de la silla-. ¡Se acerca la compañía, Jeffcoat! ¡Iuuju, Tomy, abre, muchacho!

Más estrépito, acompañado de risas; ahora la conmoción rodeaba la casa. Lo próximo que escuchó fueron cascos de caballos.

Pegó la cara a la ventana del frente y espió fuera la noche invernal. ¿Qué diablos…? ¡Una yunta y una carreta estaban ahí, ante su porche delantero y había gente por todos lados! Resonaron pasos en el hueco del porche y una cara lo escudriñó con los ojos torcidos: Tarsy. Y junto a ella, Patrick Haberkorn, luego Lybee Ryker y todo un coro de jaraneros que gritaban y golpeaban los cristales:

– ¡Eh, Jeffcoat, abre la puerta!

La abrió y se quedó ahí, con los brazos en jarras, sonriendo. Se suponía que estarían todos en una fiesta de patinaje.

– ¿Qué diablos os pasa, tontos?

– ¡Cencerrada!

Lybee Ryker sacudió la platería que llevaba dentro de una olla tapada, como si fuesen palomitas de maíz. Mick Stubs golpeó una sartén con una cuchara de madera y Tarsy lideró a la banda golpeando dos tapas de teteras a modo de címbalos. Estaban todos allí, todos los amigos, haciendo tal estrépito que parecía que iban a hacer caer la luna del cielo. Dejaron huellas en el patio nevado, en torno de la casa. Un perro los había seguido y unía sus ladridos al alboroto. Tom, de pie en el porche delantero, reía sintiendo que se le entibiaba el corazón viendo esos rostros aparecer a la luz de la puerta abierta tras él. Ella también estaba, Emily… que se quedó en la sombra cuando todos se reunieron, agitados y eufóricos en los escalones del porche.

Abrumado, Tom no encontraba palabras.

– Bueno, demonios, no sé qué decir.

– No digas nada. ¡Apártate y déjanos entrar estas cosas!

Pasaron en fila junto a él y depositaron ollas, sartenes y cubiertos sobre la mesa ordinaria. Tarsy frunció la nariz bajo la de él y le dirigió una sonrisa astuta y complacida, mientras entraba con un bulto blanco.

– Si no quieres que te pisemos, muévete.

– ¿Esto es idea suya, señorita Fields?

Alzó una ceja, satisfecho.

– Podría ser -dijo, corriendo la cola de la falda al pasar-. Con cierta ayuda de Charles.

Charles estaba atareado en la carreta, empujando cosas hacia la puerta trasera para descargarlas.

– ¡Tú, Bliss, pillo solapado! ¿Eres tú el que está ahí afuera?

– ¡Ahora estoy ocupado, después podrás insultarme!

– Jerome, hola, Ardis… -Tom giró la cabeza al ver piezas de vajilla y sillas que pasaban. Voces alegres, sonrisas cálidas y movimiento por todos lados. Y en medio de todo eso, alguien mucho más inadvertido-. Hola, Emily.

Y un discreto.

– Hola, Tom -que le murmuró al pasar a la cocina.

Alguien le besó el mentón: era Tarsy que volvía a salir.

Alguien le golpeó el brazo: Martin Emerson que llevaba la delantera cargando un hermoso baúl de cuero con Jerome Berryman en la otra punta.

– Oh, chicos, esto es demasiado.

Pero el desfile duró casi cinco minutos, gente que entraba y salía, Charles supervisaba la descarga hasta que, al fin, con ayuda de todos los hombres presentes, descargó un mueble del ancho de tres de ellos y más alto que sus cabezas.

– Buen Dios, Charles, ¿qué has hecho?

El mueble era tan pesado que no le permitió a Charles más que unos gruñidos dispersos:

– Tú hazte… a un… lado… Jeffcoat… o te aplastaremos…

Lo acercaron a la pared sur de la cocina, entre dos ventanas largas y estrechas: era un aparador de bella manufactura, hecho de arce moteado, pulido a mano hasta tener la tersura del mango de un hacha muy usada. Tenía dos cajones anchos con puertas debajo, un ancho mostrador para servir, a la altura de la cintura, otras dos puertas y encima, una estantería para platos. En cada puerta había espigas de trigo talladas en círculo alrededor de un asa de bronce. El mueble había llevado muchas horas de amoroso trabajo.

Tom lo tocó, abrumado.

– Por Dios, Charles… no sé qué decir.

Alguien cerró la puerta principal. Aunque la cocina estaba llena de gente joven, se hizo silencio cuando Charles quitó una partícula de cola condensada de la superficie del mueble y después retrocedió al tiempo que se quitaba los guantes.

– Pensé que le daría a este sitio más aspecto de hogar.

Dentro de Tom surgió una fuente de gratitud y amor innegables, y apretó el hombro del amigo:

– Es muy bonito, Charles… es… -Era más que bonito. Era un gesto de corazón. Abrazó con fuerza a Charles y le dio una sincera palmada en la espalda-. Gracias, Charles.

Charles rió entre dientes, un tanto avergonzado, y se apartaron, las miradas se chocaron un momento… y rieron. Cuando rieron, los demás los imitaron, buscando alivio para la emoción del momento.

Tom se concentró en los otros regalos:

– Jerome… ¿me has hecho un baúl?

– El viejo y yo.

El regalo de Jerome era casi tan asombroso como el de Charles: un hermoso baúl de cuero de vaca con armazón de madera y aldaba de candado de bronce, hecho en la talabartería del padre. Tom lo inspeccionó con toda minuciosidad y también dio a Jerome una cariñosa palmada de agradecimiento en la espalda.

– Dale las gracias también a tu padre.

– Ábrelo.

Dentro, había un abigarrado surtido: un raspador para botas, un molde para pan de maíz, un par de teteras abolladas, una colección de trapos limpios, dispuestos en un paquete.

– ¿Qué es esto?

– Trapos.

– ¿Trapos?

Tom los sostuvo colgando de la doble atadura.

– Mi madre dice que en una casa siempre hacen falta trapos.

Con un coro de carcajadas, empezó la segunda oleada de alboroto: las mujeres usaron algunos de los trapos para limpiar la nieve derretida del suelo de la cocina mientras otras comenzaban a desempaquetar una increíble variedad de enseres domésticos. Cortinas, que un contingente colgó mientras otro forraba los anaqueles de la despensa con papel encerado. Los varones abrieron jarras de cerveza casera; alguien encontró vasos entre el revoltijo; otro, abrió la puerta de la sala y encendió el fuego en la pequeña estufa; se le dio cuerda al gramófono de los Fields y pusieron un tubo, con lo que la casa se llenó de música; alguien desenterró una lámpara de pared con reflector y la instaló en la pared de la sala; dos de los hombres regresaron de llevar el carro al establo de Edwin y recibieron una reprimenda por sacudirse la nieve de los pies: Lybee Ryker sacó una estera trenzada hecha con retazos para poner delante de la puerta; Tarsy sacó emparedados de un recipiente. Y en medio de todo eso, Tom desempaquetó todo.

Lo que no habían hecho lo consiguieron requisando sus respectivos hogares. El resultado era una colección de restos, desde ganchos para cucharas hasta jarras con espiche, algunos útiles, otros inútiles. Las mujeres colocaban todo mientras él sacaba: cuatro platos esmaltados astillados, blancos con el borde azul; unos cubiertos de metal deteriorados; un rallador; un pasapuré de madera; paño para secar los platos; frascos con conservas caseras de frutas y verduras, y jaleas; tres sillas llenas de raspones, de distintos estilos; una escupidera de cobre mellada; una pequeña mesa cuadrada con una pata quebrada; un cedazo; fundas para proteger sillones; fundas de almohadas; un portapeines para colgar de la pared; un espejo cuarteado, un recipiente para pelo.

– ¿Un recipiente para pelo? -Tom se tapó la cabeza como para sujetárselo-. ¡Señor, espero no necesitarlo!

Cuando Tarsy se le acercó y le revolvió la espesa melena negra, todos rieron:

– Por ahora, no hay peligro.

El dueño de casa le apretó la cintura y le lanzó un guiño secreto:

– Qué traviesa, ¿eh? -bromeó en voz baja y se le formaron arrugas en las comisuras de los ojos.

– ¿Te diviertes?

– Más tarde, recuérdame que te dé las gracias.

Una de las últimas cosas que desenvolvió fue una bella manta hecha a mano. Las mujeres se acercaron y lanzaron exclamaciones. Todas, menos Emily.

– Es un regalo de Fannie -informó, conservando la misma distancia que mantuvo toda la noche.

Tom la miró a los ojos por primera vez desde que el grupo entró en la casa.

– ¿La hizo ella?

– Sí.

– Es muy hermosa. Dile que se lo agradezco, por favor.

Emily asintió.

Charles, que los observaba, confundió la cuidadosa distancia que mantenían con frialdad y, siempre ansioso de promover la amistad entre las dos personas que más amaba, tomó de la mano a Emily:

– ¿Quieres ver la casa? Te la mostraré.

Su novia le dirigió una sonrisa fugaz, distraída.

– Claro.

Recorrió con Charles la casa de Tom, la que habían construido juntos: subieron la escalera que hacía un giro en el rellano, visitaron los tres dormitorios de la planta alta, cada uno con su propio armario y con encantadoras ventanas en frontón que llegaban hasta los techos en ángulo, pero casi sin muebles. Charles no habría estado más orgulloso si la casa hubiese sido suya. Describía con entusiasmo cada característica, levantando la lámpara, y llevaba a Emily de la mano. Se detuvieron en el tercer dormitorio, girando en círculo para contemplar el suelo recién colocado que olía a madera, la atractiva línea del techo, las esbeltas ventanas, tan despojadas de cortinas como el día que las colocaron. La lámpara proyectó sobre ellas un aro de luz. Contra el fondo negro de la noche, los reflejos de los dos brillaron nítidos en los cristales. Los dos vieron los reflejos en el mismo instante, y Charles apretó su mano en torno de la de Emily y se inclinó como para besarla.

Pero Emily se soltó.

– ¿Pasa algo malo? -preguntó el joven, disimulando su desencanto.

La muchacha se volvió.

– No.

– Esta noche estás demasiado callada.

– No tiene importancia. Es que estoy preocupada por mi madre, eso es todo.

Eso no era todo. Se trataba de Tom Jeffcoat; y de esta casa en la que esperaba vivir con su esposa, algún día; y sus ojos, que evitaron los de ella toda la noche; y el recuerdo de la última vez que estuvo con él, llorando sobre el cuello de su camisa, rodeada por sus brazos, sintiéndose segura y reconfortada.

– Eso no es todo -insistió Charles, acercándose, oprimiéndole el brazo-. Pero, ¿cómo puedo entenderte si no me lo cuentas?

De casualidad, dio con una respuesta creíble:

– Es por esas ventanas sin cortinas, Charles. Cualquiera podría mirar dentro y vernos.

– ¿Y qué hay si miran? Estamos comprometidos para casarnos. Se supone que, de vez en cuando, los prometidos se besan.

Como no tenía más excusas para evitarlo, lo miró con expresión de disculpa:

– Lo siento, Charles.

Charles pareció herido.

– Yo también.

Había bajado el brazo y la luz de la linterna lo iluminaba desde abajo, convirtiendo los ojos en sombras densas.

– ¿Sabes lo que creo que te molesta? -Lo miró sin responder y el joven continuó-: Creo que es Tom.

Emily sintió que algo caliente le estallaba en el pecho y extendía sus tentáculos de culpa por su rostro.

– ¿Tom?

– Cada vez que estás cerca de él, cambias. O lo rechazas o atacas. Esta noche casi no le has dirigido la palabra, aunque esta fiesta es en su honor. Es mi mejor amigo, Emily, y yo me siento atrapado en un tironeo entre vosotros dos. ¿No puedes intentar ser su amiga, aunque sea por mí?

– Lo lamento, Charles -repuso sumisa, sintiendo que se sonrojaba, y bajando la vista con aire culpable.

– No has dicho nada agradable sobre la casa. Sabes que pasé casi todo el verano construyéndola y estoy bastante orgulloso.

– Lo sé.

Adoptó la expresión contrita de una niña a la que reprenden.

– Entonces, compórtate como si, al menos, pudieses tolerarlo. -Le levantó la barbilla con un dedo y le miró los ojos, en sombras como los de él-. No pido más que un poco de armonía entre los dos.

– Lo intentaré -murmuró.

La besó ahí, ante las ventanas sin cortinas, con la luz de la lámpara iluminándolos en el centro del cuarto vacío: fue un roce leve de sus labios sobre los de ella, sin soltarle la barbilla, y después otro: todo estaba perdonado.

– Y ahora, ven que te mostraré el resto -murmuró, saliendo él primero de la habitación y llevándola de la mano.

A medida que avanzaban, le explicaba cómo ensamblaron las vigas, señaló las ventanas de guillotina, el ajuste de las puertas, la tersura de la baranda de la planta alta, lo seguro de los contraescalones de poca altura y el ancho extra de los escalones. Al pie de las escaleras, giraron a la izquierda en lugar de a la derecha y Emily se encontró en el dormitorio de Tom Jeffcoat.

La cama de hierro blanco con junturas en forma de bellotas estaba en un rincón, con una ventana en cada pared. En lugar de un cubrecama, había unas mantas extendidas sobre la almohada simple, que parecía solitaria sobre la cama doble. De un gancho colgaba una lámpara de aceite y sobre su base había una sola hebilla. Al verla, el corazón de Emily dio un brinco y se llevó la mano a la nuca como si acabara de caérsele. ¿Qué estaba haciendo junto a la cama de Tom? Pero Charles sólo tenía ojos para la casa y Emily bajó la mano sin que hubiese mayores consecuencias. Su novio le señaló las molduras de doble astrágalo en las puertas, mientras Emily miraba las ventanas, cubiertas provisoriamente por sábanas de franela clavadas a los marcos. Con excepción de su propia hebilla, el dormitorio era austero como una celda monacal.

– Colocamos armarios empotrados en todas las habitaciones -decía Charles-. Ojalá se me hubiese ocurrido cuando construí mi casa.

Al darse la vuelta, Emily vio que había abierto la puerta del ropero de Tom y dejado al descubierto unas pocas prendas que colgaban dejando un gran espacio sobrante. Reconoció el traje negro que usaba los domingos y la camisa de franela desteñida que había absorbido sus propias lágrimas la última vez que se vieron. De un gancho en el fondo colgaba una de las gastadas camisas azules con las mangas arrancadas y sobre el suelo había una maleta blanda de la que asomaba la pernera de una prenda interior enteriza. En un rincón, estaba apoyado el rifle. El armario olía a él: a caballos, a ropa usada y a hombre.

No se habría sentido más incómoda si hubiese entrado en mitad del baño de Tom Jeffcoat.

– Pusimos rosetas en todos los rincones. -Señaló el tallado de la madera sobre sus cabezas-. Y frisos más anchos de lo común… sujetos con molduras. Esta casa está hecha para durar.

– Es muy bonita, Charles -comentó, como se esperaba de ella.

Y lo era, pero quería salir de ese dormitorio… pronto.

La planta baja de la casa se podía recorrer en un círculo. De la sala a la cocina, de la cocina a un corredor que servía de despensa y albergaba el arranque de la escalera, de la despensa al dormitorio de Tom, de ahí al segundo dormitorio y, por una puerta, otra vez al vestíbulo. Al entrar en la sala, Emily dejó escapar un suspiro de alivio. El gramófono emitía una canción tenue y cascada y había comenzado el baile. Tarsy y Tilda Awk habían colgado la manta para exhibirla, extendiéndola y sujetando las puntas en los bordes de las ventanas corredizas. Habían llevado los bancos de la cocina y un grupo se sentó en ellos riendo, colgándose las cucharas de las narices. Otros conversaban. Tom Jeffcoat estaba de pie en el vano de la puerta de la cocina, bebiendo un vaso de cerveza, observando a Emily y a Charles que salían de su dormitorio. Los ojos de la muchacha se clavaron en los del dueño de casa, y lo vio tragar y limpiarse con el dorso de la muñeca. Fue la primera en apartar la mirada. Giró en redondo, de cara al grupo sentado, pero Charles la tomó de la mano y la llevó al otro lado del cuarto, donde había otra puerta junto a Tom, que se abría a un último armario.

– Incluso pusimos uno aquí.

Estaba completamente vacío.

– Ah -dijo, Emily metiendo la cabeza, consciente de que Tom estaba a pocos centímetros, mirando.

– ¡Vaya que tienes armarios, Tom! -exclamó Mary Ess, corriendo a meter la cabeza dentro ella también-. ¡Qué afortunado!

Mary se metió dentro del armario, al tiempo que Charles hacía salir a Emily aferrándola del codo. Consciente de la tensión emocional subyacente entre su amigo y su novia, Charles dijo:

– Le ha gustado tu casa.

Emily lanzó a Tom una mirada inexpresiva.

– Me gusta tu casa -repitió, sumisa, y pasó junto a él hacia la cocina para servirse un trago.

La fiesta se animó. Subió el volumen del gramófono y el baile se aceleró. Emily bebió tres vasos de cerveza y empezó a divertirse de verdad, sin ignorar ni rechazar a Tom. Bailó la varsoviana y sintió un agradable calor. Cuando bailaban, dejó de apartar el brazo de Charles de su cintura. En un momento dado, miró al otro lado de la sala y vio a Tom con el brazo sobre los hombros de Tarsy, que se apretaba contra su costado. Como si hubiese percibido su mirada, el dueño de casa levantó la vista y las miradas se encontraron. Alzó el vaso y bebió, sin dejar de mirarla. El brazo de Charles rodeaba la cintura de Emily; el de Tom, los hombros de Tarsy. Emily experimentó un relámpago irracional de celos y, una vez más, fue la primera en apartar la mirada.

Alguien abrió otro barril de cerveza casera, más fuerte que la anterior. Los espíritus se reavivaron y el buen humor se hizo contagioso. Los hombres arrastraron el baúl nuevo a la sala, metieron dentro a Mick Stubbs y afirmaron que el único modo de liberarlo era que una dama lo besara. Tilda Awk se ofreció, provocando gran alharaca y un coro de aullidos lobunos cuando lo besó en medio de la sala, de pie dentro del baúl con Mick; los varones trataron, jugando, de encerrarlos a los dos cosa que, por supuesto, no pudieron hacer. Tilda y Tarsy conspiraron en un rincón, tras la manta de Fannie, entre risitas y secretos murmurados. Tras unos minutos, salieron y arrastraron a todas las chicas detrás de la manta, contándoles el nuevo juego que pensaban hacer.

– ¡Haremos una presentación social de pies!

– ¡Una presentación social de pies! -murmuró Ardis con los ojos muy abiertos-. ¿Qué es eso?

Tilda y Tarsy hicieron girar los ojos y rieron entre dientes:

– Mi madre me lo contó -dijo Tilda-. Y si ella pudo hacerlo, ¿por qué yo no?

– Pero, ¿en qué consiste?

Resultó ser otro juego ridículo y muy escabroso. Las mujeres se desnudarían de las rodillas para abajo, levantarían las faldas y, de pie detrás de la manta, mostrarían los pies descalzos y las pantorrillas, y los hombres intentarían adivinar a quién pertenecían.

– ¿Qué pasa si le adivinan?

– ¡Una prenda!

– ¿Qué prenda?

– Esto fue idea de Mary: cinco minutos en ese armario vacío… con la puerta cerrada… en parejas.

– ¡No lo haré! -declaró Emily.

Pero las chicas, eufóricas, le regañaron:

– ¡Oh, no seas aguafiestas, Emily! No es más que un juego.

– ¿Y si quedo atrapada con otro que no sea Charles?

– Canta -sugirió Mary, frívola.

Al oír las reglas del juego, los varones lanzaron aullidos de entusiasmo, metieron los dedos entre los dientes y emitieron silbidos agudos, se dieron golpes juguetones en los brazos y terminaron murmurando entre ellos y rompiendo en carcajadas conspiradoras. Emily miró a Charles y comprendió que a él no le molestaría en lo más mínimo pasar cinco minutos en el armario con ella. Sus objeciones quedaron anuladas y ella misma fue arrastrada al ponerse en marcha el juego. Hicieron salir a los varones de la sala mientras las chicas se quitaban los zapatos, las medias y se subían los calzones de lana. Durante todo ese rato, sentada en el suelo, Emily hizo esfuerzos desesperados por recordar si Charles había visto alguna vez sus pies descalzos. Cuando eran niños, mucho tiempo antes, y vadeaban juntos el arroyo durante los picnics familiares. ¿Podría recordar cómo eran? ¡Oh, por favor, Charles, recuérdalo! ¡Tienes que recordar!

Pese a la estufa que se hallaba en el rincón opuesto, el suelo estaba frío. De pie junto con las demás muchachas, descalza sobre el duro suelo de roble recién colocado de Tom Jeffcoat, se colocó en su lugar en la fila detrás de la manta como una oveja sin seso, temerosa de irse de la fiesta como hubiese querido, de que Charles no reconociera sus pies y Tom sí.

Mary Ess llamó:

– ¡Muy bien, ya podéis entrar!

Los varones regresaron en fila, sin hablar. Del otro lado de la manta, carraspearon, nerviosos. Emily estaba apretada entre Tarsy y Ardis, con la vista fija en la manta a escasos centímetros de su nariz, contemplando las pulcras puntadas de Fannie que unían retazos de sus propios vestidos viejos, de las camisas en desuso del padre y sintiendo el estómago en la garganta, preguntándose qué diablos estaba haciendo ahí, metida a la fuerza en un juego en el que no tenía ganas de participar. Los hombres dejaron de removerse y en la sala se hizo un silencio cargado de tensión.

Las chicas sostuvieron las faldas levantadas y sintieron que les ardían las caras. Una cruzó los pies, avergonzada. No se miraron entre sí. ¿Qué pasaría si sus madres se enterasen de esto?

Lo prohibido de la situación las paralizaba.

Emily rogó que Charles eligiese primero… y bien.

Para su horror, oyó que Jerome sugería:

– Tom, es tu fiesta y tu casa. Incluso es tu manta. ¿Quieres ser el primero?

– De acuerdo.

Emily apretó las manos que sujetaban la falda en las caderas. Por el suelo se coló una corriente fría que le heló los pies. De repente surgió en su mente la imagen de Tom con su propia bota en la mano, arrodillándose para volver a calzársela, el primer día que posó la vista sobre él. En aquel momento fue horrible. Ahora, era peor. No se habría sentido más expuesta si hubiese estado desnuda ante él. ¿Por qué se había dejado arrastrar a ese juego estúpido? ¿Para demostrar que no era una aguafiestas? ¿Para demostrar que no era gazmoña? ¿Y qué había de malo en serlo? ¡Había mucho que decir en favor de la gazmoñería! ¡Esta situación le parecía desagradable e impropia, y ojalá hubiese tenido el valor de decirlo!

Pero era tarde.

Tom Jeffcoat se movió a lo largo de la fila de pies desnudos lentamente, atento, y se detuvo ante Emily. La muchacha cerró con fuerza los ojos y sintió como si todo el cuerpo se le hinchara a cada latido del corazón. Tom fue hacia el extremo de la fila y ella respiró con más facilidad, pero al momento volvió, llenándole de pánico el corazón. Ahí estaban las puntas de sus botas negras, a menos de tres centímetros de sus pies descalzos.

– Emily Walcott -pronunció con claridad, tocando su característico segundo dedo, más largo, con la punta de la bota.

Emily cerró los ojos y pensó: "No, no puedo hacer esto".

– ¿Eres tú, Emily? -preguntó, y la muchacha dejó caer la falda como si fuese una guillotina.

Se quedó con la vista fija en la manta, incapaz de moverse, con el estómago contraído y las mejillas ardiendo. Tarsy le dio un codazo.

– ¡Ve y no le arranques los ojos! -Agregó, junto al oído de la amiga-: ¡Soy muy devota de sus ojos!

Emily salió de atrás de la cortina con el rostro rubicundo como una gelatina de arándano. No podía… ¡no miraría a Tom Jeffcoat!

– Pienso que debemos añadir otra regla -bromeó Patrick Haberkorn-. Los dos tienen que salir vivos de ese armario.

Emily fue la única que no rió. Dirigió un silencioso ruego a Charles, pero este dijo en voz alta:

– ¡No le hagas daño, Em, es mi mejor amigo!

Todos rieron de nuevo, y Emily deseó licuarse y escurrirse por las ranuras del suelo.

– Señorita Walcott… -Jeffcoat la invitó con una leve reverencia y un gesto hacia la puerta abierta del armario, como si estuviese esperándolos un carruaje-. Después de usted.

Como una mártir a la picota, Emily caminó, rígida, hacia el armario. La puerta se cerró tras ella y la sofocó una oscuridad tan densa que, por un momento, se sintió mareada, encerrada con Tom, tan cerca que podía olerlo. Tragó un juramento al sentirlo junto a su hombro, impertérrito, mientras ella sentía como si el aire se le escapara de los pulmones de manera entrecortada. Estiró la mano, tocó el revoque frío y plano, pasó la mano por el rincón y se acercó a él, lo más lejos posible del dueño de casa. Aplastó los hombros contra la pared de la derecha y se deslizó hacia abajo.

Tom hizo lo mismo, a la izquierda.

Silencio. Un silencio burlón.

Se abrazó las rodillas y curvó los pies sobre el suelo nuevo y pulido.

Nunca en su vida había estado tan asustada, ni siquiera cuando tenía cuatro años y creyó que había un lobo bajo la cama, pues su madre le contó una historia en la que unos lobos perseguían a su abuelo cuando era niño.

Oyó que Jeffcoat hacía una honda aspiración.

– ¿Estás furiosa conmigo por haberte metido aquí? -le preguntó, susurrando.

– Sí.

– Me lo imaginaba.

– No quiero hablar.

– De acuerdo.

Otra vez, silencio, más denso que antes; Emily se apretó las rodillas contra el pecho y pensó que iba a estallar. Era como estar varios metros bajo el agua, sin aire: el miedo, la presión y el corazón golpeaban con fuerza suficiente para hacerle estallar los tímpanos.

– ¡Es un juego estúpido! -siseó entre dientes.

– A mí también me lo parece.

– Entonces, ¿por qué me has elegido?

– No lo sé.

La inundó la furia, rica y revitalizadora, reemplazando parte del miedo. A la larga, Tom admitió, renuente:

– Sí, lo sé.

A Emily se le dilataron las fosas nasales y estuvo a punto de dejar marcado el revoque nuevo con los omóplatos.

– Jeffcoat, te lo advierto…

Extendió una mano para protegerse y tocó el espacio vacío.

Tom dejó que la insinuación vibrase hasta que el aire se estremeció. Entonces, le ordenó en voz baja, cargada de intención:

– Ven aquí, marimacho.

– ¡No!

Una mano atrapó el tobillo izquierdo de la joven.

Retrocedió y se golpeó la cabeza contra la pared.

– ¡No!

– ¿Por qué no?

– ¡Suéltame!

– Los dos sentimos curiosidad y esta podría ser nuestra única oportunidad de descubrirlo.

La furia se esfumó, reemplazada por la súplica en la voz:

– ¡No, Tom! ¡Oh, Dios, por favor, no!

Frenética, trató de soltarle la mano del tobillo, pero él siguió tironeándola hasta que sintió que se deslizaba por el suelo del armario, con la rodilla y la cadera flexionadas.

– Si forcejeas demasiado, adivinarán lo que está pasando aquí.

Dejó de forcejear… excepto con el aliento. La respiración pasaba con esfuerzo hacia arriba y quedaba atrapada en un nudo de presentimientos que le surgía del pecho.

Afuera, alguien golpeó la puerta, bromeando. Emily se sobresaltó, pero Tom se mantuvo impávido. Su mano subió por la pantorrilla y se quedó detrás de la rodilla. Inmóvil como una estatua, mientras la otra mano tanteaba en la oscuridad y encontraba la mejilla de Emily, le rodeaba la nuca, la atraía, la atraía y ella se resistía.

– Yo también estoy asustado, marimacho pero, por Dios, estoy decidido a saber. Ven aquí.

La boca falló el blanco por dos centímetros. Corrigió la puntería, dejando una estela tibia de aliento mientras Emily permanecía rígida, conteniendo el suyo, con los labios tensos como un melocotón congelado. El primer beso fue cauto, un simple roce de los labios en los suyos. Como permaneció rígida, Tom retrocedió. Por el aliento supo que todavía estaba peligrosamente cerca. Entonces, atacó de nuevo, separando apenas los labios para brindar un atisbo de humedad.

– No lo hagas -suplicó.

Pero siguió como si Emily no hubiese hablado, besándola seductor, inclinando la cabeza, barriendo levemente los labios con la lengua, deshelándola.

– Vamos, marimacho, haz la prueba -la animó.

Le tomó la cabeza con las manos, los pulgares a los lados de la boca rebelde y trazó círculos como si quisiera remodelarla, frotándole los labios con la lengua, persuasivo.

Emily tragó saliva con los labios aún cerrados, el corazón retumbando con una avalancha de pensamientos prohibidos. Tom era persistente, tranquilo, trazaba ochos húmedos sobre la boca de la muchacha con suma delicadeza, el aliento le caldeaba la mejilla… hasta que ya no pudo contener el suyo. Salió en un borbotón acompañado de un estremecimiento y la fuerza de voluntad de Emily desapareció como la escarcha de un cristal entibiado por el sol. Relajándose contra él, levantó los brazos respondiendo al abrazo. Cuando abrió los labios, la lengua la invadió de inmediato, caliente, inquisitiva, incitándola a hacer lo mismo. Como exploradores, giraron, acariciaron, se sumergieron… desconcertados por la excitación mutua e inmediata.

Se tornó demasiado intensa, demasiado veloz.

Se separaron con dificultad, con los corazones tumultuosos, la respiración agitada, los labios de Tom apoyados en el puente de su nariz.

– Emily… -susurró.

Le echó la cabeza atrás y buscó los labios con impaciencia, como si no quisiera perder un segundo de ese tiempo robado. No hubo oscuridad le bastante densa para disimular la aceptación de Emily; ninguna lo bastante total para ocultar su rendición. Se extendió sobre él como un mantel que cayera al suelo y abrió la boca, suave y dispuesta para él.

Este beso empezó de completo acuerdo y maduró de anhelos. Una oleada de ansiedad subió desde los pies de Emily y la sorprendió con su impacto. Le provocó calor, bruscos estremecimientos, la urgencia imperiosa de apretar los pechos contra él. Pero no bastaba ningún abrazo para aliviar el súbito dolor de la excitación. Tom la alimentó, besándola con toda la boca, atrayéndola sobre su regazo, moviendo la cabeza para que la unión fuese más ajustada.

Ah, sí, lo era. La boca de Emily parecía destinada a la de Tom. Se enroscó alrededor de su tronco alzando las rodillas para tenerlo más cerca, rodeándole el hombro con un brazo, el otro en el costado.

La mano grande del hombre rodeó el codo levantado, lo apretó y se deslizó hasta la axila y luego al pecho. Emily se estremeció y luego se quedó inmóvil, impregnándose de las nuevas sensaciones. El corpiño apretado realzaba la sensación de la mano del hombre ahuecada sobre el pecho, con el pulgar que buscaba el punto más caliente, más duro. En lo profundo de su ser, Emily sintió que algo desbordaba y levantó más las rodillas, mientras la mano de Tom le provocaba un dulce dolor en el pecho.

Tom apartó apenas los labios y le preguntó:

– ¿Cuánto tiempo crees que tenemos?

– No lo sé.

Volvieron a unirse con avidez: fue una revelación. Nunca la habían besado así, con este abandono, como si fuese imperativo. Nunca le habían acariciado los pechos, como si fuera impensable resistirse. Tom era más de lo que esperaba: la boca cálida, flexible, su complemento perfecto.

Irrumpió la realidad: la puerta cerrada, el tictac del reloj… Charles… Tarsy… la posibilidad de que los descubriesen.

Un poco más… sólo un poco.

Tom apartó un poco la boca de la de Emily, le mordió con suavidad los labios, la barbilla y el pecho a través del corpiño apretado, como si quisiera llevarse lo más posible antes de abandonar este cubículo oscuro. Emily no pensó en apartarlo pues sentía cada uno de los avances como algo integral, innegable, necesario. La besó otra vez en la boca, acariciándole el pecho, y en las entrañas de Emily, en el núcleo de su feminidad, se formó un nudo.

Estaba besándolo sin pensar en nada cuando él la sujetó de los brazos y la apartó con rudeza.

– Emily, será mejor que nos detengamos.

Se sintió toda ardorosa e hinchada. La prudencia se impuso. No veía más que una negrura absoluta, pero oyó la respiración estridente del hombre.

– Él lo sabrá -susurró, trémula.

– Entonces, vuelve a sentarte donde estabas.

La empujó contra la pared y volvió a su propio lugar. Emily levantó las rodillas contra su corazón retumbante y Tom estiró una pierna en la esperanza de parecer natural cuando abriesen la puerta. Pero la muchacha comprendió que los descubrirían.

– Estaré sonrojada.

– Dile que yo te besé y yo me disculparé explicándole que fue por la cerveza.

– ¡No puedo decirle eso!

– Dame una bofetada. -Con un movimiento veloz, se puso a gatas delante de ella, tanteó buscándole la mano, la besó rápidamente y la apoyó en su propia mejilla áspera-. ¡Rápido! Álzala y dame una buena, que me deje marca.

– ¡Oh, Tom… no puedo…!

– ¡Rápido, ahora!

– Pero…

– ¡Ya!

Lo abofeteó con tanta fuerza que lo tiró hacia atrás y lo hizo gritar:

– ¡Ay! -en el mismo instante en que la puerta se abría. Miró las caras curiosas de Tarsy, Charles y los demás. Emily tenía el rostro metido entre los brazos, pero Tom tuvo la presencia de ánimo de saltar enseguida fuera del armario, a la luz, donde la marca palpitante de la mano de Emily se destacaba en la mejilla. Se la acarició y dijo-: ¡Eso es lo que se logra cuando uno trata de hacerse amigo de los competidores! -Alejándose sin ofrecer la mano a Emily, se quejó a Charles-: ¡Puedes quedarte con ella, Bliss!

Emily no era hábil para fingir y si no se iba de inmediato de la casa de Tom, se descubriría. Se excusó con una visita veterinaria a la mañana siguiente, temprano, y Charles y ella se marcharon poco después del episodio del armario.

Ya afuera, en el aire frío de la noche, pudo respirar otra vez, pero hasta para ella misma su voz sonó estrangulada.

– Charles, no quiero ir más a ninguna de estas fiestas.

– Pero no son más que una diversión inocente.

– ¡Las detesto!

– A mí me parece que es a Tom Jeffcoat a quien detestas.

– Charles, me besó en ese armario. ¡Me besó!

– Ya lo sé. Me pidió disculpas por eso y me dijo que había bebido demasiada cerveza.

– ¿No te importa? -preguntó, exasperada.

– ¿Si me importa? -Sujetándola del brazo, la detuvo en plena calle-. Emily, era sólo un juego. Un juego estúpido. Pensé que si vosotros dos pasabais cinco minutos en ese armario oscuro, quizá salierais riéndoos de vosotros mismos y del modo en que os habéis comportado desde que él llegó al pueblo, haciendo saltar chispas el uno al otro.

Oh, claro que se hacían saltar chispas, pero Charles era demasiado confiado para advertirlo. Para él no era más que un juego, pero para Emily era mucho más. Fue una amenaza, un riesgo y una multitud de sentimientos prohibidos, tan nuevos que la aturdieron.

Cuando llegaron a la casa de los Walcott, no sólo estaba sacudida sino también furiosa.

– ¿Qué clase de hombre permite que su mejor amigo bese a su novia y se ríe de ello?

– Esta clase. -Charles la tomó del brazo, la hizo girar hacia él y la besó con tanta fuerza como Tom. La soltó y dijo en voz ronca-: Aunque no puedas tratar con amabilidad a mi mejor amigo, te amo, Emily.

Unos minutos después, Emily se deslizaba en la cama junto a Fannie, como una tabla recién cortada, la vista fija en el techo, la manta apretada bajo la barbilla, sujeta con ambos puños. Cerró los ojos y vio lo mismo que en el armario: nada. Sólo negrura, que aguzaba los demás sentidos. Lo había palpado, saboreado, olido. ¡Oh, el olor de Tom!

Soltó la manta y, apretando las dos manos sobre la nariz, inhaló cualquier posible resto de fragancia que pudiera quedarle en la piel. Incluso en ese momento, lo reconoció. No era ningún aroma y, a la vez, eran todos: ropa, cabello, heno, cuero y hombre, en una mezcla. Por extraño que pareciera, no podía recordar el olor de Charles. Pero Tom…

Se puso boca abajo, apretándose los pechos para tratar de aliviar la tensión.

Te tocó aquí y surgiste a la vida.

Sólo porque estaba oscuro y era prohibido.

Era lo que querías desde aquella vez, en la plataforma giratoria.

No.

Sí.

Nunca pensé en besarlo. Ni siquiera cuando entré en ese armario. Sólo quería demostrar que no soy gazmoña.

Y lo demostraste, ¿no es así?

No quise engañar a Charles.

No engañaste a Charles. Sólo descubriste qué era lo que faltaba entre los dos.

Esa revelación aterradora la mantuvo despierta toda la noche.

Capítulo 12

A la mañana siguiente, Emily se despertó tal como se había dormido: afligida. Y en ese estado había un solo sitio en que quería estar: con los animales. Se puso unos pantalones de lana, una chaqueta, la gorra con visera y se escabulló de la casa antes de que los demás se levantaran. Había empezado a caer otra vez la nieve, punzante y congelada. Como con pies planos, se deslizó sobre ella, con la cabeza colgando y las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.

Dentro del establo estaba tibio y agradable. El ambiente familiar la tranquilizó: el olor fecundo, la rutina matinal, los saludos de los caballos que giraban las enormes cabezas cuando les decía tonterías y pasaba por debajo de sus vientres mientras les daba comida y agua.

Edwin llegó a la hora de costumbre.

– Te has levantado temprano -comentó.

– Sí -respondió, desanimada, evitando la mirada del padre.

– Ya has hecho todo.

– Sí.

– ¿Te pasa algo malo?

– Oh, papá… -Se arrojó en sus brazos, cerró los ojos y tragó saliva, intentando disolver el nudo de aprensión que tenía en la garganta-. Te quiero.

Edwin se echó atrás y la sujetó por los brazos.

– ¿Quieres contárselo a tu padre?

Lo miró a los ojos cariñosos y sintió la tentación de hacerlo. Pero quizás había exagerado lo de la noche pasada. Tal vez no era más que un beso en un armario, un juego estúpido que Tom ya había olvidado. Y aunque la propuesta de su padre era sincera, al final negó con la cabeza.

Discreto, Edwin no hizo preguntas. Dejó sola a Emily y se mantuvo fuera de la oficina, donde ella se refugió con los libros. Pero aunque tenía la Biblioteca Popular Hogareña apoyada entre los codos, miraba sin ver los compartimientos desbordados del viejo escritorio y pensaba… pensaba… hecha un lío de emociones.

Un amanecer sombrío pintaba de gris las ventanas cuando la puerta interior se abrió e irrumpió Tom Jeffcoat a grandes zancadas, como un hombre con un propósito. Hizo girar la silla de Emily y la arrancó de allí a sus brazos.

– Tom, he…

Interrumpió la protesta con un beso. Sin disculparse. Con audacia. Sin ocultarse en ningún armario.

Estupefacta, se olvidó de resistir y permaneció en sus brazos dejando que la besara hasta que los sentimientos de la noche anterior se irguieron, renovados, dentro de ella. A su debido tiempo, se impuso el sentido común y se arqueó hacia atrás, empujando las gruesas mangas de la chaqueta de piel de oveja.

– Tom, mi padr…

– Ya lo sé.

La interrumpió otra vez, doblándola hacia atrás como la cuerda de un arco, hasta que la sintió ceder, y atrayéndola hacia arriba con las bocas unidas. La besó como la noche pasada, con la lengua, los labios, un beso mojado que arrasó con toda lógica. La sorprendió con la guardia baja, esparció su propio sabor en la boca de Emily, empleando una atracción directa a la que no pudo resistirse.

Cuando se separaron para mirarse a los ojos, la resistencia de Emily se había evaporado.

Más allá del amanecer de lúgubres complicaciones por venir, los salpicó un instante dorado de olvido, en el que se sumergieron el uno en el otro, jóvenes, despreocupados y ávidos. La lengua del hombre arremetió con fuerza la de la muchacha y ella se abrió a él, gustosa, como el que aprende a conocer un sabor nuevo. Era intrínsecamente "Tom Jeffcoat", tan particular como las vetas de color en los ojos azules. Estaba afeitado, olía a jabón, a aire fresco y a vieja piel de cordero… todos olores conocidos pero en una combinación que le era peculiar.

El beso cambió de tono, se convirtió en una exploración de las distintas blanduras, cabezas que se buscaban y al pasar de los minutos renovó la carga de los latidos en los corazones de ambos. Se separaron, se miraron otra vez en lo hondo de los ojos, con una interrogación tardía sobre las ganas antes de unirse otra vez con más fervor aún. Los brazos de Emily lo enlazaron con fuerza cruzándose sobre el grueso cuello levantado de la chaqueta, los de Tom rodeándole la espalda, los dedos extendidos como estrellas de mar sobre las costillas.

Se embebieron mutuamente en las texturas del otro, lenguas húmedas, la sedosa cara interior de los labios, los dientes tersos, continuando lo que la noche anterior no pudieron, bajo la amenaza de que los descubriesen a pocos centímetros de la puerta del armario.

La muchacha pensó el nombre: Tom… Thomas… y sintió la asombrosa irrupción del deseo que borraba los contornos de la discreción.

El hombre pensó en ella como siempre: marimacho… la que menos hubiese sospechado que pudiese encender ese fuego en él.

Con las palmas extendidas por toda la espalda, sobre los tirantes cruzados y la vasta camisa del hermano, la cintura de los pantalones de lana, exploró hacia arriba por los omóplatos, buscando un sitio seguro para habitar. Le sujetó los hombros desde atrás, mientras luchaba por recuperar el control.

Cuando el beso acabó, se miraron de cerca. Atónitos. No estaban preparados para la inmediata reacción que cada uno disparaba en el otro.

– No pude dormir mucho -le informó, en voz ronca.

– Yo tampoco.

– Esto será complicado.

Emily lanzó un suspiro trémulo y se esforzó por ser sensata:

– Das demasiadas cosas por sentadas, Tom Jeffcoat.

– No -respondió, admitiendo lo que ella no podía-. He esperado mucho tiempo a que esta atracción se pasara, pero no ha sido así, ¿Qué podía hacer?

– No lo sé. Todavía estoy un poco asombrada.

Rió, incrédula.

– ¿Crees que yo no?

Iba a besarla de nuevo, pero Emily retrocedió.

– Mi padre…

Miró hacia la puerta y puso distancia entre los dos, pero Tom la traspuso tomándola del codo, insistiendo como si lo impulsara una fuerza incontrolable.

– Anoche, cuando no podías dormir, ¿en qué pensabas? -quiso saber.

Emily movió la cabeza en ruego sincero y retrocedió.

– No me hagas decirlo.

– Antes de que terminemos te haré decirlo. Te haré confesar todo lo que piensas y sientes por mí.

La muchacha llegó hasta algo sólido y él se acercó, inclinándose hacia ella, aun con el cuerpo pegado al suyo. Emily se alzó de puntillas y lo abrazó. Se besaron con fuerza, con toda la boca, impulsados por la increíble atracción que todavía los aturdía.

En mitad del beso, Edwin entró en la oficina.

– Emily, ¿sabes dónde está…?

Se interrumpió.

Tom se dio la vuelta con brusquedad, con los labios todavía mojados y una mano en la cintura de Emily.

– Bueno… -Se aclaró la voz, y los miró alternativamente-. No se me ocurrió golpear la puerta de mi propia oficina.

– Edwin -saludó Tom, serio.

El tono no expresaba excusas ni disculpas sino reconocimiento llano. Se quedó donde estaba, con el brazo alrededor de la muchacha, mientras los ojos del padre iban del uno al otro.

– Así que eso era lo que te molestaba esta mañana, Emily.

– Papá, nosotros…

No había modo de explicar la escena y desistió.

Calma, la voz de Tom llenó el vacío:

– Emily y yo tenemos algunas cosas de qué hablar. Le pediría que no le dijera esto a nadie y menos a Charles, hasta que tengamos tiempo de resolver ciertas cuestiones. ¿Nos disculpa, Edwin, por favor?

Edwin se mostró incrédulo y fastidiado, alternativamente; primero, por ser excluido de su propia oficina, aun con toda cortesía; segundo, por dejar a su hija en manos de alguien que no era Charles. Tras diez segundos de cólera silenciosa, se dio la vuelta y salió. Al mirar a Emily, Tom la vio roja hasta la raíz del cabello, muy compungida.

– No tendrías que haber venido. Ahora papá lo sabe.

– Lo lamento, Emily.

– No, no es así. Te has enfrentado a él sin la menor vergüenza.

– ¡Vergüenza! ¡No me siento avergonzado! ¿Qué esperabas que hiciera, fingir que no sucedía nada? Ya no tengo quince años y tú tampoco. Sea lo que fuere, tendremos que afrontarlo.

– Repito que das muchas cosas por seguro. ¿Y yo? ¿Y si yo no quiero que se sepa?

Le apretó los hombros con firmeza:

– Emily, tenemos que hablar, pero no aquí pues podría entrar cualquiera. ¿Podemos encontrarnos esta noche?

– No. Esta noche viene Charles a cenar.

– ¿Y después?

– Nunca se va antes de las diez.

– Entonces, encontrémonos después de las diez. En mi establo, en la casa o donde tú digas. ¿Qué te parece el arroyo, al aire libre? ¿Te haría sentir más segura? No haremos nada más que hablar.

Emily se soltó: esto no se parecía a nada que hubiese experimentado.

– No puedo, por favor, no me lo pidas.

– ¡No me digas que piensas fingir que esto nunca ha sucedido! Cristo, Emily, sé honesta contigo misma. No nos dimos un par de besos en el armario y salimos imperturbables. Entre nosotros pasa algo, ¿no es cierto?

– ¡No lo sé! Es tan repentino… tan… tan…

Pareció suplicar con la mirada algo que le permitiese comprender.

– ¿Tan qué?

– No sé. Deshonesto. Peligroso. ¿A ti no te molesta pensar en Charles?

– ¿Cómo puedes dudar de semejante cosa? Desde luego que me molesta. ¡Si ahora siento un nudo en el estómago! Pero eso no significa que le dé la espalda. Necesito conocer tus sentimientos y entender los míos propios, pero también necesitamos un poco de tiempo. Emily, encontrémonos esta noche, después de las diez.

– Creo que no.

– Te esperaré junto al arroyo, donde los chicos van a pescar en verano, cerca de los grandes chopos detrás del almacén de Stroth. Estaré ahí hasta las once. -Se acercó más, le tomó la cabeza con las manos cubriéndole las orejas y los costados de la gorra roja, y apoyó los pulgares a los lados de la boca-. Y deja de sentir que acabas de romper cada uno de los Diez Mandamientos. En verdad, no has hecho nada malo, tú lo sabes.

Depositó un beso leve sobre sus labios y se fue.

Se sentía como si hubiese hecho algo muy malo… todo el día y la noche, inventando la visita a un paciente veterinario que jamás existió, cuando Charles le preguntó a dónde había ido. Mientras comían carne asada con verduras y salsa y jugaba a los naipes con Fannie y Frankie; cuando evitaba los ojos de su padre y dejó escapar un suspiro de alivio cuando subió a hacerle compañía a la madre en lugar de quedarse a jugar; mientras Charles le daba el beso de buenas noches y se iba, a las diez menos cuarto. Y después, cuando le dijo a Fannie que ella ordenaría los naipes y las tazas de café, y le sugería que se fuese a acostar.

La casa quedó en silencio. Ante la ventana que daba al arroyo y a la propiedad de Stroth, imaginó a Tom allí dando patadas sobre la nieve, escudriñando las sombras, esperándola. Podría llegar hasta los chopos en menos de diez minutos, ¿y luego, qué? ¿Más besos ilícitos? ¿Más caricias prohibidas? ¿Más culpa?

Era indigno, Charles no lo merecía. Era la clase de conducta propia de las mujeres de reputación dudosa.

Argumentaba para sí mientras se cambiaba los zapatos abotonados por botas de vaquero, se ponía una chaqueta larga sobre el vestido de mangas largas y se encasquetaba la gorra roja con el pelo metido dentro.

Esto está mal.

No puedo detenerme.

Puedes, pero no quieres.

Es cierto. Puedo, pero no quiero.

Papá siempre dijo que eras caprichosa.

Papá ya lo sabe y no dijo nada.

¡Eso es racionalizar, Emily, lo sabes! Él está esperándote para que le expliques qué sientes.

¿Cómo puedo explicar lo que yo misma no entiendo?

Cruzó de puntillas el vestíbulo y se escabulló fuera sin hacer ruido. La llovizna del día se había transformado en nieve, esponjosa como plumón. Todavía caía en línea recta como plomada en la noche sin viento, depositándose en cada superficie que tocaba. Debajo, la capa helada crujía a cada paso de Emily. Encima, sus faldas la barrían con un suspiro sin fin. La luna se ocultó. El cielo se cerró, iluminado por dentro por las espesas motas blancas que vertía. Aquí y allá, una ventana lo adornaba como un lingote de oro, pero en su mayor parte era un mundo silencioso y desierto.

Llegó a la propiedad de Stroth, caminó alrededor de la casa, junto a la leñera con su cobertura helada, pasó ante una piedra de molino gastada abandonada a la intemperie, pasó los almacenes hacia un prado abierto donde unas huellas delataban que alguien había pasado poco tiempo antes. Las siguió, haciendo coincidir las suyas con las zancadas de él, más largas, y experimentó un deleite poco común por el solo hecho de caminar sobre sus huellas. Delante, los chopos proyectaban sombras uniformes recortadas contra la noche blanca. Parecían cálidas y abrigadas. De entre ellas se destacó una silueta alta, tocada de negro, quieta como un pedestal, esperando.

Emily se detuvo, percibiendo la euforia que le provocaba la presencia de ese hombre. Era una novedad por su intensidad y magnitud. No recordaba haberla sentido jamás con Charles, ni entusiasmarse con algo tan prosaico como las pisadas marcadas en la nieve. Se consideraba una muchacha sensata y opinaba que lo más prudente era casarse con Charles. Pero la sensatez la abandonó a medida que se aproximaba a Tom Jeffcoat.

Tras él corría el arroyo, aún no congelado, tocando una música nocturna que se unió al susurro de la falda de Emily, que seguía andando hacia él. Y se detuvo a la distancia de un brazo.

– Hola -dijo Tom en voz queda, tendiéndole las manos enguantadas.

– Hola -respondió, entregándole las suyas, metidas en mitones.

– Me alegra que hayas venido. Pensé que no lo harías.

El Stetson negro impidió que se le metiese la nieve en el cuello, pero los hombros de la chaqueta de piel de oveja estaban cubiertos de blanco.

– ¿Hace mucho que estás?

– Una hora, más o menos.

No eran más que las 10:30 de la noche y Emily no pudo menos que alborozarse.

– Debes estar congelándote.

– Un poco… los pies. No importa. ¿Puedo besarte?

Sorprendida, la muchacha rió.

– ¿Esta vez me preguntas?

– Prometí que sólo hablaríamos, pero quiero besarte.

– Si no fuese así, me decepcionaría.

Se acercaron sin tropiezos, sin prisas, sin aferrarse: bastó que Tom echara un poco atrás el ala del sombrero, que Emily alzara la barbilla y las manos de ambos apenas aplastaron los copos de nieve sobre la ropa del otro. Para Emily fue más devastador que los abrazos frenéticos de la mañana. Desde que tomaron conciencia de la atracción física mutua, la había besado tres veces y cada una fue diferente. La primera, en el armario, el miedo le cerró la garganta. Esa mañana, en la oficina, la sorpresa de verlo la insensibilizó. Pero esta era diferente, de pleno acuerdo, sin apresurarse. Cuando las bocas se separaron, permaneció al abrigo del ala del sombrero, donde los alientos se mezclaron como cintas blancas en el aire helado.

– Pensé en ti todo el día -le dijo sin rodeos.

– Yo también pensé en ti… y en Charles, en Tarsy y en mi padre. He pasado un día muy malo.

– Yo también. ¿Tu padre te dijo algo después de que me fuera?

– No. Pero me observó como un águila todo el día. Estoy segura de que está tratando de adivinar qué es lo que pasa entre nosotros.

– ¿Y qué es?

Emily retrocedió un paso apoyando los mitones en el cuello despellejado de la chaqueta y miró la cara en sombras:

– No lo sé -admitió-. ¿Y tú?

– No… no estoy seguro.

Todo había sido tan súbito, tan inesperado, que se contemplaron en silencio evaluándose, dudando y aceptándose alternativamente.

– Quiero saber muchas cosas acerca de ti -dijo Tom-. Tengo la sensación de que acabo de conocerte, quiero decir, cuando dejamos de pelearnos. Diablos, lo que digo no tiene sentido.

– Sí, lo tiene. Te entiendo. Al comienzo, no hacíamos más que hostigarnos.

– ¿Verdad que sí?

Gozaron de un momento de silencio, tocándose apenas a través de la ropa abrigada, hasta que Tom preguntó en voz queda:

– ¿Cuánto hace que conoces a Charles?

– De toda mi vida. Desde que tengo memoria.

– ¿Lo amas?

– Sí.

– Lo dices sin remordimientos.

– Porque es verdad. Siempre lo amé… ¿quién podría no amar a Charles? Hasta tú lo quieres, ¿no es así?

– Lamentablemente, sí. Nunca tuve un amigo como él. -Atormentado, apoyó las manos en los hombros de la muchacha y miró a lo lejos. Después de unos momentos, sacudió la cabeza-. ¿Puede alguien superarlo? ¿A un sujeto que construyó ese bello mueble para mi casa? Fue el que más hizo en este pueblo para hacerme sentir bienvenido.

– Sin duda, más de lo que yo hice jamás.

– Eso es lo más increíble. Tú, Emily Walcott, la marimacho… caramba, demonios, ni habías terminado de superar tu resentimiento hacia mí cuando esto… esta cosa me derrumbó como una avalancha. Todavía tenía ganas de estrangularte incluso cuando empecé a pensar en besarte. Es absurdo. ¡Ni había superado lo de Julia, aún! -Le tocó la mejilla con un dedo enguantado-. ¿Recuerdas aquel día en la plataforma, cuando casi nos besamos?

– ¿Casi nos besamos ese día?

– Sabes perfectamente que así fue. Estábamos resoplando como fuelles a toda presión. Lo único que nos frenó fue el recuerdo de Charles.

– Charles y Tarsy. No podemos dejar de lado a Tarsy.

– No, por desgracia Tarsy no permitirá que se la deje de lado.

Emily soltó una risa breve y luego se puso seria.

– Sabes que te ama. Y a menos que me equivoque, es probable que… -Desconcertada, bajó la vista-,… haya más entre tú y Tarsy que entre Charles y yo.

– Emily, no voy a ocultarte que Tarsy y yo nos acercamos mucho, en cierto modo. Cuando llegué aquí, estaba solo. Pasaba mucho tiempo solo y en Charles y Tarsy encontré dos amigos que me sostuvieron. Pero Tarsy es… circunstancial. Lo fue desde el principio y así lo entendió. El problema permanente entre nosotros es Charles, y odio con toda mi alma que nos encontremos a sus espaldas.

– Yo también.

– ¿Y entonces?

– ¿Y?

– Podríamos terminar esto aquí y Charles jamás se enterará.

– No sería honesto.

Sin embargo, ni aun mientras lo discutían podían dejar de tocarse.

– ¿Eso es lo que quieres hacer?

– Yo…

Tragó saliva, sintiéndose desdichada.

– No es eso, ¿verdad?

Desvió el rostro, eludiendo la mirada de Tom.

Aferrándola de los brazos, la apretó contra su pecho.

– Emily, ven a la casa.

– Tengo miedo.

– Te prometo que nada ocurrirá. Sólo hablaremos. Una hora, ¿sí?

– No.

– Ten un poco de compasión de mí. A fin de cuentas, se me están congelando los pies.

Los dos sabían que era una excusa conveniente, pero no querían separarse y no habían aclarado nada. La frustración no había hecho más que aumentar.

– Está bien. Pero nada más que media hora. Fannie duerme conmigo y sabe que me fui. Le diré que salí a caminar en la nieve nueva, pero no puedo quedarme más de media hora.

Emprendieron el regreso sin tocarse, Emily sobre la huella que habían dejado, Tom a su lado, dejando una nueva en el patio de Stroth, por las calles desiertas y hasta la puerta por la que Charles Bliss había entrado el regalo capaz de dar calor de hogar a la casa, menos de veinticuatro horas antes.

En la cocina estaba tan oscuro como dentro de un barril de whisky. Emily entró, se detuvo y oyó que Tom cerraba la puerta.

– En la sala no hay fuego encendido, sólo aquí. Por aquí.

La empujó con suavidad y Emily lo siguió, tocándole la manga para orientarse en ese espacio desconocido, rodeando la mesa, hasta la silla mullida que estaba arrimada a la cocina encendida, de donde salía un agradable calor.

– Siéntate -le indicó-. Pondré un poco más de leña.

Levantó la tapa de la cocina, encontró el atizador, removió los rescoldos y el techo se iluminó de rojo. Agregó un leño y las chispas ascendieron con suaves estallidos, después ardieron llamas nuevas y Tom volvió a tapar la cocina, con lo cual quedaron otra vez en la oscuridad.

– Puedes ver a través de las cortinas de la cocina, pues todavía no tengo persianas -le explicó, ajustando mejor el cierre de la ventana-. Es preferible no encender una lámpara.

Se quitó los guantes y la chaqueta que arrojó por cualquier lado, en la oscuridad, cayó sobre un banco y se resbaló al suelo. Se sentó sobre un barril de clavos y empezó a quitarse las botas. Sonaron dos golpes sordos cuando las puso junto a la estufa y luego, silencio, sólo interrumpido por los agujeros de ventilación de la leñera.

Se quedaron sentados lado a lado, Tom inclinado hacia adelante con los codos en las rodillas, Emily, en el borde de la silla. El leño terminó de encender y Tom abrió la puerta de la estufa que les brindó una luz parpadeante a la cual podían verse los rostros.

Al fin, dijo:

– Estuve intentando convencerme de no empezar esto.

– Lo sé. Yo también.

– Me dije que, en verdad, no te conozco, pero lo difícil de todo esto es cómo puedo lograrlo si no puedo verte sin ocultarme.

– ¿Qué quieres saber?

– Todo. Cómo eras de niña. ¿Tuviste tos ferina? ¿Te gustan las remolachas? ¿La lana te irrita la piel? -Como el clásico enamorado, estaba impaciente por recuperar la parte anterior de la vida de Emily-. No sé… todo.

La muchacha sonrió y respondió.

– Era curiosa y voluntariosa, tuve tos ferina, soporto las remolachas y lo único que me irritó la piel, alguna vez, fue la hiedra venenosa. Mi madre tuvo que ponerme guantes en pleno verano para que no me rascase. Fue… cuando tenía nueve años, creo. Ya está… ya sabes todo.

Rieron y se sintieron mejor.

– ¿Hay algo que tú quieras saber de mí? -preguntó Tom, admirando el pálido resplandor del rostro de Emily.

– Sí. ¿Qué hacía mi hebilla junto a tu cama, la otra noche?

Las miradas se encontraron y se sostuvieron y se hizo un silencio puntuado por los latidos de los dos corazones, hasta que respondió:

– Creo que puedes imaginártelo.

– En realidad, no tendrías que dejar ese tipo de cosas por ahí tiradas, donde tu mejor amigo podría verlas.

– ¿Dijo algo?

– No. Creo que no la vio, pues estaba muy atareado comentándome los méritos de la casa. De paso, me gusta mucho tu casa.

– Gracias.

Habían intercambiado tantas observaciones con doble sentido, que les costaba esfuerzo acostumbrarse a las sinceras. El ambiente se tornó denso y Emily pensó otra pregunta para aliviar la presión que crecía dentro de su pecho.

– ¿Tu nombre verdadero es Tom o Thomas?

– Thomas. Pero la única que me llama así es mi abuela materna.

– Thomas. Tiene… estatura. Tu abuela, ¿aún vive?

– Ya lo creo. Tengo a mis cuatro abuelos vivos.

– ¿Los echas de menos?

– Sí.

– Y a tu… a la mujer con la que ibas a casarte, ¿también la echas de menos?

– ¿A Julia? A veces. La conocía desde hacía mucho, igual que tú a Charles. Es natural que añores a alguien en esas circunstancias.

– Es natural.

Trató de imaginarse cuánto echaría de menos a Charles si se fuera de pronto y, para su congoja, descubrió que mucho.

– Pero recibí una carta de Julia y es muy dichosa. Se casó y está esperando un hijo.

– Charles quiere hijos enseguida.

– Sí, me lo contó.

– Yo no.

– También me lo dijo.

– ¿En serio? -preguntó, sorprendida.

Echándole una mirada de soslayo, Tom guardó silencio.

– Así que sabes más de mí de lo que dejaste entrever.

Tom hinchó los pulmones y se encogió de hombros, relajándolos.

– Emily, ¿te molestaría que no siguiéramos hablando de Charles? ¿Tienes los pies fríos? ¿Quieres quitarte las botas?

– No. Estoy bien.

– ¿Los mitones?

– No. Estoy… los…

Levantó y dejó caer las manos, apretándolas sobre la falda como si las envolturas pudiesen acorazarla contra esos sentimientos nacientes.

Tom siguió mirándola sin hablar: se sintió incómoda y apartó la vista, fijándola en el círculo dorado de luz de la estufa. Encorvado hacia adelante, con la barbilla apoyada en los pulgares y los índices, la contemplaba en silencio. Después de un rato, se levantó del barril y fue hacia las sombras, detrás de ella.

De pie ante la ventana, mirando afuera, forcejeó con su conciencia. ¿Qué le debía un amigo a otro? ¿Qué se debía un hombre a sí mismo? Giró la cabeza para mirar el bulto oscuro del aparador, a su izquierda. Había rozado la tersa superficie muchas veces en las pocas horas que hacía que estaba ahí, lo tocaba y se torturaba. En ese momento, mantuvo las manos en los bolsillos.

Se dio la vuelta para contemplar la silueta difusa de Emily, la gorra rodeada de un halo como una luna naranja que asomara, el cabello escapando por debajo a los lados, formando como un ramillete de luz, los hombros caídos hacia adelante como si estuviese encaramada a la silla igual que una golondrina a punto de volar.

"Charles", pensó, con el corazón martilleándole, salvaje, perdóname.

Rodeó la silla y se detuvo delante de ella, contemplando la cabeza, las manos metidas en los mitones, atrapadas entre las rodillas. Emily no levantó la vista. Tom se apoyó sobre una rodilla, le tomó con delicadeza las manos, le quitó los mitones y los hizo a un lado; después, las botas, primero una, luego la otra, girando sobre los talones para dejarlas junto a las suyas, bajo el depósito. Girando sobre una rodilla, fue desabotonando uno por uno los botones de la chaqueta y la quitó de los hombros. Por último, le quitó la gorra dejándole el cabello erizado por la electricidad estática. Entonces, Emily alzó hacia él los ojos de expresión acosada.

– Detenme si hago mal -murmuró, y apretándola contra su pecho, la besó.

En esta ocasión, no hubo una recepción tibia sino una exigencia inmediata, bocas abiertas, lenguas exploradoras. Y las manos que conservaban cierto trémulo decoro, aferrándose a las partes más seguras: hombros, espaldas. En un momento dado, Tom le acarició el cabello con toda la mano, ahuecándola sobre el cráneo tibio. Le besó el cuello, el mentón, otra vez la boca, hasta que el aliento se volvió apremiante y el deseo les pesó en el cuerpo. Tom puso las manos al costado de los pechos, los masajeó con las palmas y luego hizo lo mismo con las caderas, acunándolas con firme presión.

"Oh", podría haber dicho Emily, pero él le apresó la exclamación en la garganta, convirtiéndola en un murmullo apasionado. Emily le tocó la cabeza: sienes, coronilla, cuello, mandíbulas, garganta, reconociendo la textura como para grabársela en la memoria.

El hombre deslizó los brazos detrás de las rodillas por la espalda… la alzó… la cargó por la cocina tenuemente iluminada… el ruido de un banco arrastrándose por el suelo, pasó alrededor, ladeó los pies de Emily para pasar por la puerta de la despensa y la del dormitorio.

Los elásticos de la cama rechinaron cuando la depositó allí y luego él mismo, estirándose cuan largo era junto a la muchacha. Apoyado en los codos, jugueteó con su pelo, exhaló el aliento en su boca, le dio tiempo de adaptarse a su propio peso inmóvil y al surgimiento de la imprudencia. Bajó la cabeza, la incitó a dar un paso más, depositando besos húmedos en los labios y el mentón, a lo largo de la nariz, hasta que Emily se convirtió en un pichón que pedía su alimento, obligándolo a detener el recorrido. Los besos se tornaron agitados y húmedos. Las reacciones, explosivas, y la continencia se evaporó. Se acercaron más, alzando rodillas, rodando, enroscándose en faldas y enaguas. Le acarició un pecho… los dos… exploró el contorno con los dedos y las palmas de las manos, y con la boca, a través del algodón tenso. Hundió la cara entre ellos, respiró sobre Emily, calentándole la piel y la sangre mientras ella acunaba su cabeza y se entregaba a la sensualidad. Tom se incorporó, encontró de nuevo la boca abierta y movió las caderas de manera rítmica… al principio, apenas una insinuación, un contrapunto de las caricias de la lengua. Tendido sobre ella, recorrió con las manos su tórax, sus caderas, empujó contra las mantas, la sujetó desde atrás, metiendo los dedos entre los pliegues de la falda y la carne de Emily. El cuerpo de Tom se abatió sobre el de la muchacha con ardiente deseo en cada latido del corazón. Ella cerró los ojos y cabalgó junto con él hasta el borde del infierno.

– Tom… basta.

Se quedó quieto, hundió la cabeza en el hueco del hombro de Emily y permaneció ahí, jadeando.

– Esto es un pecado -murmuró Emily.

Tom dejó escapar un aliento desgarrado, se tendió de espaldas, se cubrió los ojos con un brazo y cruzó el otro sobre la ingle.

Emily se apartó y se sentó, pero él la sujetó de la muñeca.

– Quédate. Un minuto… por favor. -Se acurrucó contra él, apoyando las rodillas y la frente contra el costado del hombre. Permanecieron unos minutos unidos por esos puntos de contacto y descendieron como semillas de diente de león, en el aire inmóvil-. No haces estas cosas con Charles, ¿no?

– No.

– ¿Por qué las haces conmigo?

– No lo sé. Si estás echándome la culpa…

– No. -Otra vez la retuvo-. Trato de ser honesto. Me parece que estamos enamorándonos. ¿Tú qué piensas?

Aunque Emily supo que existía esa posibilidad desde el día en que fue a su establo, pronunciar las palabras la asustaba: eran demasiado terminantes y podían causar tumultos en varias vidas.

– No creo que esta sea la prueba definitiva. No es más que lujuria. Hace tanto tiempo que amo a Charles… sé que lo amo, pero se debe a tantos años de conocernos. Todas las personas que conozco se casaron con alguien que conocían desde hacía mucho: mis padres, los padres de ellos, todos los de mis amigos. Nunca imaginé que el amor aparecía de repente.

– Yo tampoco. Yo era como toda la gente que tú conoces, enamorado y comprometido con la chica que conocía desde siempre. Pero ella tuvo la honestidad de romper el compromiso cuando supo que amaba a otro. Al principio, yo estaba resentido, pero ahora comienzo a entender cuánta fuerza necesitó para admitir que sus sentimientos habían cambiado.

Cuanto más hablaba Tom, más deseaba Emily que callara, pues si lo que había surgido entre ellos era lo que él creía, preveía mucho dolor para muchas personas.

– ¿Emily? -Encontró su mano y la sostuvo con suavidad, acariciándola con el pulgar mientras se perdía largo rato en sus pensamientos. Por fin, continuó-: No es sólo lujuria. Para mí no. Admiro muchas cosas en ti: tu dedicación al trabajo, a tu familia e incluso a Charles. Te respeto por no querer pisotear sus sentimientos y por no querer que yo pisotee los de Tarsy… por tu cariño a los animales, tu compasión hacia tu madre y el modo en que peleas para que yo no me deshonre. Esas cosas pesan tanto como cualquier otra. Y eres… diferente. Todas las demás mujeres que conozco se visten con enaguas y delantales. -Rodó hacia ella y le apoyó una mano en la cintura-. Me gusta tu independencia… tus pantalones, tu medicina veterinaria, todo. Eso te hace única. Y me gusta el color de tu pelo… -Lo tocó-. Y tus ojos. -Besó uno-. Y cómo besas, y cómo hueles, la manera de mirar que tienes… y me gusta esto. -Llevó una mano de Emily a su propia garganta, donde el pulso tamborileaba con fuerza-: Lo que me provocas por dentro. Si eso es lujuria, está bien, es una parte. Pero yo te quiero… tenía que decirlo, al menos una vez.

– Calla. -Le tapó los labios-. Estoy muy asustada y tú no me ayudas.

– Dime -murmuró, cerrando los ojos, besándole las puntas de los dedos.

– No puedo.

– ¿Por qué no?

– Porque todavía estoy comprometida. Porque un compromiso es una especie de voto, de promesa, y yo le hice a él la promesa cuando acepté la propuesta de matrimonio. Además… ¿qué sucede si esto es pasajero?

– ¿A ti te parece pasajero?

– Me pides respuestas que no tengo.

– ¿Por qué te has encontrado conmigo esta noche?

– No pude evitarlo.

– ¿Qué tengo que hacer yo mañana y al día siguiente, y después?

– ¿Hacer?

– Soy hombre. Los hombres perseguimos.

– ¿Para qué?

Ah, esa era la cuestión: ¿para qué? Ninguno de los dos sabía la respuesta. Sería precipitado hablar de matrimonio tras sólo veinticuatro horas. Y, como dijo Emily, cualquier cosa menor sería inicua. Ningún hombre honrado esperaría que una mujer aceptara eso. No obstante, seguir engañando a Charles era impensable.

Agotada por las emociones, Emily se arrastró hasta el borde de la cama y se quedó sentada con las faldas en desorden, la cabeza gacha en una postura de desdicha y los codos apretados contra el estómago.

Tom se sentó, también con el corazón pesado, contemplando la parte de atrás de la cabeza de Emily y se preguntó por qué tendría que ser de ella de quien se enamorara. En un momento dado, levantó una mano y comenzó a alisar, distraído, los mechones revueltos, pues no se le ocurrió ningún otro consuelo que ofrecer.

– Emily, estos sentimientos no se irán.

Emily sacudió la cabeza con vehemencia, sin descubrirse el rostro.

– No se irán -insistió.

De pronto, la muchacha se levantó.

– Debo irme.

Tom se quedó atrás con la vista fija en el suelo oscuro, escuchándola sollozar mientras se vestía en la cocina. Se sentía muy mal. Se sentía un traidor. Se levantó con un suspiro, fue hacia ella y se quedó parado a la luz tenue, viendo cómo se abotonaba el abrigo. La siguió en silencio hasta la puerta y se quedó detrás mientras Emily permanecía de cara a la puerta, sin tocar el picaporte. La tocó en el hombro, ella giró, le echó los brazos al cuello y se aferró a él con muda desesperación.

– Lo siento -murmuró Tom contra la gorra, sosteniéndole la nuca como si fuese una niña que él llevara en medio de una tormenta-. Lo siento, marimacho.

Emily contuvo los sollozos hasta que bajó los escalones del porche y llegó a la mitad del patio, corriendo a toda velocidad.

Capítulo 13

A la mañana siguiente, Edwin se levantó a las seis. Afuera, el cielo aún estaba oscuro sobre una manto liso de nieve nueva. Salió por la puerta trasera, respiró hondo incorporando la fragancia del aire libre después del opresivo olor del cuarto de enferma de Josie. Había ocasiones en que entraba y la náusea le subía a la garganta, veces en que, acostado en el catre, creía sofocarse, en que se quedaba en la entrada viéndola sufrir y pensaba en las panaceas que su hija guardaba en el maletín: opio, acónito, ácido tánico, plomo… cualquiera de las cuales, si se administraban en dosis lo bastante altas, brindaría un fin piadoso al sufrimiento de su esposa.

Bajó del escalón, dejó caer la barbilla y vio que sus botas levantaban nieve mientras iba al excusado.

¿Le harías eso a tu propia esposa? ¿Podrías?

No sé.

Si lo hicieras, nunca estarías seguro de haberlo hecho para librarla del dolor o para acabar con la espera para tener a Fannie.

Preocupaciones. Aflicciones. Frankie también se había convertido en una preocupación. No quería entrar al cuarto de la enferma ni hablar con su madre. El estado de esta era tan lamentable que el chico era incapaz de aceptar el cambio. Al parecer, negaba que su madre estuviese muriéndose.

Y ahora se sumaba lo de Emily y Tom Jeffcoat… algo más de qué preocuparse.

Al volver a la cocina, Edwin encontró a Fannie llenando la cafetera, con una bata de casa escocesa, azul, y un largo delantal blanco con pechera. Casi todas las mañanas, Emily se levantaba a la misma hora y estaba en la cocina sirviéndoles de freno durante el desayuno. Pero ese día no era así y estaban solos, oyendo los crujidos en la chimenea y la luz de la lámpara todavía encerrada entre las largas sombras que quedaban de la noche anterior.

– Buenos días -lo saludó Fannie.

– Buenos días.

Edwin cerró la puerta y se quitó la chaqueta, dejando ver los tirantes negros sobre la ropa interior de lana.

– ¿Dónde está Emily?

– Todavía duerme.

Vertió agua en la palangana y procedió a lavarse las manos mientras oía a Fannie poner la cafetera al fuego y apartar la sartén. Cuando se irguió y apartó la toalla de la cara, la vio de pie ante la cocina, mirándolo, con una tajada de tocino en una mano y un cuchillo olvidado en la otra. Por unos instantes, ninguno de los dos se movió. Cuando al fin lo hicieron, con tanta naturalidad como recibir en el rostro copos de nieve que cae, se acercaron y se besaron… un liso y llano beso de buenos días, como si fuesen marido y mujer.

Se separaron sonriendo y mirándose a los ojos, al mismo tiempo que Edwin seguía secándose las manos.

– ¿Te he dicho alguna vez cuánto me gusta encontrarte aquí, cuando entro en la cocina?

– ¿Te he dicho alguna vez lo mucho que me gusta mirarte cuando te lavas?

Edwin colgó la toalla de un gancho y Fannie empezó a cortar el tocino sobre una tabla.

Él se peinó y ella puso el tocino en la sartén, haciéndolo chirriar.

– ¿Cuántos huevos quieres?

– Tres.

– ¿Cuántas tostadas?

– Cuatro.

Como marido y mujer.

Buscó los tres huevos, la rejilla de tostar y la hogaza de pan, mientras Edwin iba a buscar una camisa limpia y regresaba a la cocina a ponérsela. De pie en el vano de la puerta, la observó dar la vuelta el tocino, mientras se bajaba los tirantes, se ponía la camisa almidonada y la abotonaba con lentitud.

– Lo digo en serio, Fannie -dijo en voz baja.

– ¿Qué?

– Que me encanta tenerte aquí horneando pan para mí, cuidando mí casa, lavando mi ropa. -Metió los faldones de la camisa en los pantalones y subió los tirantes-. Nunca hubo nada que me pareciera tan justo.

La mujer se le acercó y le arregló uno de los tirantes, que estaba retorcido.

– A mí también.

Las miradas se encontraron, cariñosas y felices, por el momento. Se besaron otra vez en ese ámbito fragante de pan tostado y café caliente. Cuando el beso acabó se abrazaron, la nariz de Fannie apretada contra la camisa almidonada, que ella misma había lavado con placer, y la nariz de Edwin sobre el pelo de la mujer, que olía vagamente a tocino, que él había tenido la felicidad de suministrar.

– Dios, te amo, Fannie -murmuró, teniéndola de los brazos, mirándola a los ojos-. Gracias por estar aquí. Sin ti, no podría haber soportado esta situación.

– Yo también te amo, Edwin. Me parece lógico que pasemos esto juntos, ¿no?

– No, yo quería ahorrártelo, pero no puedo soportar la idea de alejarte, Fannie. Quiero confesarte algo pues, sé que si te lo digo nunca lo haré.

– ¿Qué cosa, querido?

– Pensé en tomar algo del maletín de Emily, tal vez láudano, y acabar con la vida de Josie.

Los ojos de Fannie se llenaron de lágrimas.

– Y yo la vi marchitarse, esforzarse para respirar… y pensé en ponerle una almohada sobre la cara y terminar con esa lucha tan dolorosa.

– ¿En serio?

– Por supuesto. Ningún ser humano con un atisbo de compasión podría dejar de pensarlo.

– Oh, Fannie…

Le pasó un brazo por el cuello, apoyó el mentón en su cabeza y al saber que a ella también se le ocurrió, se sintió mejor, menos depravado.

– Es terrible pensar cosas así, ¿no es cierto?

– Me sentí muy culpable, pero, pobre Josie… Nadie tendría que sufrir así.

Por unos momentos, Fannie absorbió su fuerza y le palmeó la espalda, como subrayando una afirmación.

– Lo sé, Edwin. Siéntate y no hablemos más de eso.

Mientras comían, amaneció; las sombras de las ventanas palidecieron hasta llegar al tono del té claro y se oyeron los ladridos lejanos de los perros. Edwin y Fannie se miraron. La falsa intimidad conyugal que les brindó el hecho de compartir la rutina perduró el resto del desayuno. En una ocasión, el hombre se estiró sobre la mesa y le tocó la mano. Dos veces la mujer se levantó para servirle más café. La segunda, cuando volvió, le dio un beso en la coronilla.

Edwin le apretó la mano contra su pecho, rozó la palma con la barba.

– Fannie, tengo que hablarte de otra cosa. Necesito tu consejo.

Fannie se sentó a la derecha y las manos permanecieron unidas en una esquina de la mesa.

Sosteniéndole la mirada, le dijo:

– Ayer, entré en la oficina del establo y encontré a Emily y a Tom Jeffcoat besándose.

Fannie, con el dedo en torno de la taza de café, no se sorprendió.

– Así que, ya lo sabes.

– ¿Eso significa que tú lo sabías?

– Lo sospechaba.

– ¿Cuánto hace?

– Desde la primera vez que los vi juntos. Sólo esperaba que Emily pudiese admitirlo para sí misma.

– Pero, ¿por qué no me lo dijiste?

– No me correspondía expresar sospechas.

– Ni siquiera se sobresaltaron cuando entré. ¡Con toda calma, Jeffcoat me pidió que saliera!

– ¿Y qué hiciste?

– Me fui. ¿Qué otra cosa podía hacer?

– Y ahora quieres saber si tienes que sermonearla acerca de los votos sagrados del compromiso, ¿verdad?

– Yo…

Edwin se quedó con la boca abierta, evocando a sus bienintencionados padres, que lo disuadieron de casarse con la mujer que amaba.

Fannie se levantó y paseó por la cocina, sorbiendo el café.

– Anoche, cuando todos estábamos acostados, Emily salió y volvió bastante tarde.

– Oh, Dios…

– Edwin, ¿Por qué dices "Oh, Dios" como si fuese una calamidad?

– Porque lo es.

– Hablas como tus padres.

– Ya lo sé, que el Cielo me ampare.

Se cubrió la cara con las manos y apoyó los codos sobre la mesa. Fannie le dio tiempo para pensar y, al fin, Edwin levantó la vista, con expresión afligida.

– Pero Charles ya es como un hijo para mí. Lo fue toda la vida.

– Sin duda, ellos dijeron lo mismo respecto de Josie y tú. -Mientras Edwin la miraba cubriéndose la boca, prosiguió-: No puedo hablar por Joey ni adivinar lo que tú debes haber sentido, pero sí puedo decirte lo que fue para mí. El día de tu boda, ese día doloroso, de duelo, no sabía cómo contener mi desolación. Quería llorar, pero no podía. Quería escapar, pero no me estaba permitido. La corrección exigía que estuviese allí… contemplando la destrucción de mi felicidad. No recuerdo haber sentido nunca una pena tan honda. Me sentí… -Contempló la taza, recorrió el borde con el dedo y alzó la mirada triste hacia Edwin-…despojada de toda posibilidad de dicha. No podía funcionar, no quería, no era capaz de imaginar un futuro sin un incentivo para vivir. Y mi incentivo eras tú. Entonces, fui al establo de mi padre con la intención de ahorcarme. -Soltó una carcajada suave y amarga y bajó de nuevo la vista a la taza-. Qué cuadro tan ridículo, Edwin… -Alzó la vista con expresión abatida-. No sabía cómo hacer el nudo.

– Fannie…

– No, Edwin. -Levantó una mano-. Quédate ahí. Déjame terminar. -Se acercó a la cocina, llenó otra vez la taza y se quedó ahí, a buena distancia-. Pensé en ahogarme, pero era invierno: ¿dónde podía tirarme, si todo estaba helado? ¿Veneno? No podía ir a la farmacia y pedir un poco, ¿no es cierto? Y salvo eso, no sabía cómo conseguirlo. Por lo tanto, viví. -Exhaló un profundo suspiro y dejó la taza, como si le resultara demasiado pesada-. No, eso no es exacto: existí. Día a día, hora a hora, pensando qué hacer con mi lamentable vida. -Miró por la ventana-. Tú te marchaste… no supe por qué.

– Porque te quería a ti más que a mi esposa.

Fannie prosiguió, como si él no hubiese hablado.

– Luego, comenzaron a llegar las cartas de Joey. Estaban llenas de las banalidades cotidianas de la vida conyugal… las que yo añoraba. Se quedó embarazada y nació Emily. Quise que Emily fuese mía, mía y tuya, y comprendí que habías acertado en irte, pues en caso contrario yo habría tenido un hijo tuyo, casada o no.

"Más o menos cuatro años después de que te fueras, conocí a un hombre casado, la clase más segura, pensé. La de los que no hacen promesas ni provocan expectativas. Yo os hablé a Joey y a ti de él, por carta. Se llamaba Nathaniel Ingrahm. Era conservador del museo cuya causa yo apoyaba en aquel entonces: la preservación del arte en decadencia de tallar conchas marinas o algo igualmente vital. En aquella época fue cuando empecé a dedicarme a una larga lista de preocupaciones vitales, porque no tenía ninguna propia. -Los pensamientos de Fannie vagaron unos momentos hasta que enderezó los hombros y se volvió hacia Edwin-. De cualquier modo, tuve una relación sexual con Nathaniel Ingrahm, más que nada porque quería descubrir lo que había perdido contigo y comenzaba a comprender que las posibilidades de encontrar un marido adecuado eran remotas. Rechazaba a cualquier candidato que no pudiese compararse contigo, ¿entiendes? Tú eras mi referente, Edwin… aún lo eres.

Dejó escapar un suspiro, unió las manos y se paseó otra vez, concentrándose en las paredes, las ventanas, cualquier cosa que no fuese el hombre.

– Un año después, me quedé embarazada. Recordarás cuando os escribí que estaba recuperándome de una enfermedad que mi madre denominó enfermedad estival, un malestar estomacal que circulaba en aquel momento. Eso fue lo que yo le dije que tenía, pero mi… mi enfermedad estival fue el aborto de un niño que yo no quería de ningún otro hombre que no fueses tú. Bebí añil… y… y resultó.

Edwin se quedó atónito, dolido, y deseó en vano poder cambiar el pasado, quiso acercarse a ella, abrazarla, pero su postura severa y su mirada evasiva lo contuvieron.

– Nathaniel Ingrahm jamás lo supo. -Se miró los dedos entrelazados-. Abandoné la causa de las tallas sobre conchas marinas y me enrolé en otra… y luego otra. Desde luego, hubo otros hombres, varios: todos los seres humanos necesitamos amor o un sustituto de él, pero tuve cuidado. Aprendí una treta con una moneda de cobre para evitar la concepción. Estás escandalizado, Edwin. No necesito mirarte para percibir tu horror.

– Fannie… -dijo en voz queda, levantándose-. Dios mío, no lo sabía.

– En nombre del amor hice cosas perversas, Edwin, imperdonables.

Edwin la tomó en sus brazos. Las miradas tristes de los dos se encontraron. La atrajo hacia su pecho y la abrazó, protector, sosteniéndole la cabeza.

– Lo lamento mucho.

Cerró los ojos y tragó saliva, el cuello contra el pelo de ella.

– No te lo he dicho para que no me compadezcas. Te lo cuento ahora para que entiendas que no debes reprender a Emily. Tienes que dejarla elegir con libertad, Edwin… por favor. -Se echó atrás y le suplicó con la mirada-: Edwin, quiero a tus hijos por la sencilla razón de que son tuyos. Quiero su felicidad porque eso te la dará a ti también. Edwin, queridísimo… -Le encerró la cara entre las manos y apoyó los pulgares en el límite entre la barba y la mejilla-. Por favor, no repitas el error de tus padres.

Cuando la besó, sintió el alma destrozada. Se le acumularon lágrimas en la garganta. Se aferró a ella, dolido por los errores de ambos, por los años perdidos que sólo les brindaron la dicha a medias, en el mejor de los casos, y pura desolación, en el peor. Las lenguas se unieron para dar testimonio: eso fue reunión y ajuste, así tendría que haber sido si ellos hubieran sido más sabios, más desafiantes, más auténticos consigo mismos.

Abrazados, no oyeron los pasos de Emily, que bajaba las escaleras en medias.

Entró y se detuvo, espantada.

– ¡Papá!

Edwin y Fannie se separaron bruscamente.

– Emily…

Se produjo un tenso silencio en el que los tres quedaron paralizados. La mirada perturbada de Emily fue de uno a otro, hasta que al fin habló en tono acusador:

– ¡Papá, cómo puedes hacer algo así! -Miró ceñuda a Fannie-. ¡Y tú! ¡Nuestra amiga!

– Emily, baja la voz -ordenó el padre.

– ¡Y con mamá arriba!

Se le saltaron las lágrimas, mientras susurraba con ferocidad.

– Emily, lamento que nos hayas descubierto, pero te ruego que no juzgues lo que no entiendes.

Dio un paso hacia ella, pero su hija retrocedió y le clavó una mirada helada.

– Entiendo lo suficiente. Mi madre me enseñó a distinguir el bien del mal y no soy una niña. ¡No soy estúpida, papá!

– No hemos hecho nada malo y no tengo por qué darte explicaciones, niña. -La apuntó con el dedo-. ¡Soy tu padre!

– ¡Entonces, compórtate como tal! Demuestra un poco de respeto por la moribunda y por el resto de tu familia. -Tenía el rostro arrebatado de furia-. ¿Y si hubiera sido Frankie el que bajara la escalera en este momento? ¿Qué pensaría? ¡Casi no puede aceptar la enfermedad de mi madre sin añadirle esto!

– Nos daría la oportunidad de explicarle.

– No hay explicación posible. ¡Eres despreciable… los dos lo sois!

Enfadada y perturbada, salió corriendo.

– ¡Emily!

Quiso ir tras ella, pero Fannie lo retuvo tocándole el brazo.

– Ahora no, Edwin. Está demasiado espantada. Déjala ir.

Se oyó la puerta principal que se cerraba de golpe.

– Pero cree que tú y yo mantenemos una relación aquí, en la casa.

– ¿Y no es así? -preguntó Fannie, con tristeza.

– ¡No! -exclamó, airado-. No hemos hecho nada de lo que tengamos que avergonzarnos.

– Pero no nos dio tiempo de explicárselo.

– Y si nos lo hubiese dado, ¿qué le dirías? ¿Que tú y yo tenemos la excusa de que nos amamos desde antes de que te casaras con su madre? ¿Que, como ella puntualizó, está muriéndose allí arriba? ¿Le dirías eso, Edwin, y abrirías la caja de Pandora de las preguntas? ¿O acaso crees que aceptaría con toda tranquilidad las explicaciones y diría: "Bueno, papá, puedes casarte con la prima Fannie"? Sé realista, Edwin. -Con manos tiernas, le rodeó la cara barbuda, mientras la expresión de Edwin siguió obstinadamente defensiva-. Te culparía más por no haber amado a su madre como fingías. Y tendría razón. Toda la vida os vio a Joey y a ti como paradigmas de virtud, como matrimonio sin tacha. Esta mañana ha sufrido una impresión tremenda y tenemos que darle tiempo para aceptarla. Debemos pensar con mucha claridad si se justifica que le contemos el pasado. Tal vez lo más justo sea dejarla pensar lo peor de nosotros dos.

– Pero Fannie, maldición, yo cumplí mis promesas; hasta hoy, no te toqué, siquiera.

– No, Edwin… hasta hoy, no. -Dejó caer las manos y se alejó-. ¿Te acuerdas ese día de junio pasado, cuando yo llegué y estábamos en el establo? Aquel día, yo hice mi propia promesa y falté a ella… y no importa que haya sido con la carne o la imaginación. Desde que vivo bajo este techo, me hubiese acostado contigo miles de veces si me dejara llevar por mis deseos.

– Pero Fannie, no sabe que quiero casarme contigo, que lo haré en cuanto sea posible.

– Y tal vez hayamos creado un obstáculo a esa posibilidad, ¿no se te ha ocurrido?

– Emily tiene dieciocho años, es una mujer. Y ayer mismo la encontré a ella en una situación similar. ¿Acaso la señalé con el dedo?

– No está casada, Edwin. Tú sí.

La miró con rabia, aunque en realidad estaba dirigida hacia sí mismo. Fannie esperó, paciente, a que lo advirtiese y supo el momento exacto en que sucedió. Exhaló el aliento, se pasó la mano por el cabello y preguntó, contrito:

– ¿Y qué tenemos que hacer?

– Por ahora, nada. Emily misma nos hará saber cuándo estará preparada para recibir disculpas o explicaciones.

En la mañana fría, la indignación de Emily fue convirtiéndose en amargura. Lo que su padre le hizo a su madre también se lo había hecho a Frankie y a ella. Su padre… el ídolo resplandeciente, el que amaba de modo incondicional porque era bueno y honesto. Nunca en la vida supo que hiriese deliberadamente a nadie. Los había traicionado a todos.

Y dolía más aún porque él fue el comprensivo, el tierno, la persona a la que Emily acudía como contención contra la dureza que solía encontrar en su madre. ¡Bueno, al menos ella no era hipócrita y vivía tal como le había enseñado!

¡Mamá… pobre madre, que no se lo merecía… que estaba muriendo arriba, con valentía, mientras abajo papá traicionaba las promesas matrimoniales con esa ramera que vivía en la misma casa!

Y esa ramera… su amiga, la mujer a la que hizo confidencias, la que admiró, con la que compartió sus mayores secretos… ¡Bonita amiga! Resultó ser una traidora.

La traición dolía. No, atormentaba. Le dejaba una sensación de impotencia. Llegó al establo aún empecinada en contener las lágrimas detrás de las compuertas que se negaba a abrir.

Ensilló a Sagebrush y galopó a toda velocidad, hasta que le dolieron las piernas y la piel del animal se cubrió de sudor. Hacia el Oeste. Hacia el pie de las colinas, cruzando arroyos congelados, a través de matas de salvia helada, sobre nieve sin hollar, asustando conejos y ardillas, pasando ante pinos cargados de blanco puro, bajando quebradas, subiendo cuestas, y en la mañana serena era la única contradicción: un ser humano desasosegado, haciendo correr a un animal que no podía hacer otra cosa que obedecer.

Cabalgó hasta que sintió los párpados tan helados que no los podía cerrar y que le ardían las zonas de piel que tenía expuestas. Hasta que se le resquebrajaron los labios y sintió las piernas calientes y acalambradas. Sólo cuando el caballo retrocedió y relinchó, rehusándose a trasponer la cresta de una loma, Emily comprendió que estaba maltratando al animal. Sagebrush sacudió la cabeza haciendo volar la espuma y, por fin, la muchacha tiró de las riendas, se relajó, cerró los ojos y dejó que la desesperación la desbordase. Permaneció así unos minutos, escuchando el jadeo del animal, y luego se apeó y se quedó de pie junto a la cabeza del caballo, luchando contra sus emociones. La piel de Sagebrush estaba caliente, húmeda y exhalaba el olor picante característico, pero en ese momento necesitaba algo familiar. Apoyó la frente sobre el gran cuello vigoroso y apretó los dientes, conteniendo los sollozos.

Necesito a alguien. Dios… a alguien.

Acalorado por la carrera, Sagebrush movió la cabeza, obligándola a retroceder: "ni al caballo le importo", pensó, desatinada.

Se puso en cuclillas, con los brazos extendidos sobre las rodillas, como un pastor armando un cigarrillo, empeñada en no llorar. Le ardía la cara. Los ojos. Los pulmones. Todo ardía: la traición del padre, la de Fannie, el sufrimiento incesante de su madre, su propia traición a Charles. La vida era un infierno candente.

Escondió el rostro entre las rodillas, dobló los brazos sobre la cabeza y lloró.

Dios, no soy mejor que mi padre.

Como no tenía otra alternativa, volvió al establo. Sagebrush estaba lustroso, manchado de sudor, como la superficie de un estanque agitada por un viento intermitente. Estaba sediento, cansado, hambriento y ansioso de llegar al establo que le era familiar. ¿A qué otro sitio podía ir que al establo de su padre?

Estaba Edwin solo y aplicaba otra capa de pintura verde a una carreta de caja doble. Cuando Emily llevó a Sagebrush adentro y siguió avanzando hacia los pesebres sin echar una mirada en dirección a él, el pincel se detuvo en el aire.

Dio agua al caballo, le quitó la montura y la limpió, cepilló la tibia piel castaña hasta que se enfrió, lo enjaezó y lo metió en un pesebre. Fue a mezclar alimento y, al pasar otra vez ante el padre, sintió la mirada de este que la seguía, pero sin decir palabra. Con la vista fija en el otro extremo del pasillo, como si Edwin no existiera, siguió avanzando a zancadas viriles, con un nudo en la garganta.

Dios, cuánto lo amaba.

Cuando volvió con un cubo lleno a medias de cereal, echó la culpa a los espesos vapores de la pintura en el edificio cerrado por el escozor de los ojos. La mirada de su padre la siguió otra vez. Y otra vez miró al frente, percibiendo el remordimiento, el dolor, y negándose a aceptarlo.

Terminó de alimentar a Sage y se encaminó a la oficina, pasando una vez más ante el padre, en el mismo silencio desafiante.

– ¡Emily!

Aunque se detuvo, siguió con la vista clavada en la puerta corrediza, a más de seis metros de distancia.

– Perdón -dijo Edwin, en voz baja.

La muchacha apretó los labios para que no temblasen.

– Vete al infierno -dijo, con el rostro pétreo y siguió caminando, metida en un capullo de dolor.

Pasó ese día con la misma vitalidad que una puerta movida por el capricho del viento. Se cruzó con su padre, como era inevitable, pero sólo le dirigió la palabra cuando era necesario, con voz glacial y sin mirarlo. Cuando le preguntó si ella quería ir la primera a almorzar, le respondió:

– No voy a comer.

Cuando el padre volvió de almorzar y dejó ante ella un plato con salchicha y patatas fritas, le echó una mirada despectiva y continuó con la aguja y el látigo trenzado sin darle siquiera las gracias. Al ver que se iba poco después de las dos de la tarde, Edwin le preguntó:

– Emily, ¿vas a casa?

La voz sonó solitaria en la extensión del gran cobertizo. Con amarga satisfacción, le respondió sólo cerrando la puerta de golpe.

Afuera, a un par de m