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Un Puente Al Amor

Lavyrle Spencer

Bess y Michael, divorciados desde hace años, han intentado rehacer sus vidas con nuevas parejas. No obstante, su hija Lisa se empeña en reunirlos de nuevo. Con motivo de su propia boda, Lisa hace un último intento, también en vano. Sin embargo, cuando el otro hijo de la pareja, Randy, casi muere a causa de una sobredosis, los sentimientos de Bess y Michael dan un vuelco inesperado que les abre los ojos a una verdad que siempre había estado allí pero que ellos se obstinaban en no ver…

LaVyrle Spencer

Un Puente Al Amor

© 1992, LaVyrle Spencer

Título original: Bygones

Traducción de Lucía de Stoia

Dedico este libro con amor

a algunos de mis más viejos amigos

y algunos de los más nuevos…

Barb y Don Fread

y

Barb y Don Brandt

Por la ayuda que me prestaron durante la investigación de este libro, vaya mi más sincero agradecimiento a las siguientes personas:

Brenda Taylor Katie Holdorph Jennifer Severson Gar Johnson Dr. Don Brandt LaVonne Engesether Cheryl, de la Cámara de Comercio de Stillwater.

Y un agradecimiento especial por permitirme usar sus hermosos hogares como escenarios de este libro a las siguientes personas:

Ted y Lorraine Glasrud Tom y Edna Murphy.

Capítulo 1

El edificio de apartamentos se parecía a muchos otros de las afueras de St. Paul y Minneapolis; un bloque de ladrillo de tres pisos, con escaleras a cada extremo e hileras de destartaladas puertas alineadas en pasillos mal ventilados, sin ventanas. Los inquilinos eran gente joven que decoraba sus casas con muebles de segunda mano y cortinas de ocasión. Los niños jugaban en los corredores con sus triciclos y se los oía en todas las viviendas cuando lloraban. A las seis en punto de un atardecer frío de enero, el olor a comida se colaba por debajo de las puertas, junto con el murmullo de los televisores que sintonizaban las noticias.

Una mujer alta caminaba por el pasillo. Parecía fuera de lugar debido a su elegante atuendo; un clásico abrigo blanco de invierno que tenía el corte inconfundible de un buen modisto y complementos -guantes de piel, bolso, zapatos y pañuelo- de un rojo intenso. Toda su ropa era cara, desde el echarpe de seda de cincuenta dólares que llevaba sobre sus cabellos hasta los zapatos de piel y tacones de cinco centímetros. Su andar rápido tenía un aire sofisticado.

Bess Curran se quitó el chal de la cabeza y llamó a la puerta señalada con el número 206.

Lisa la abrió.

– ¡Hola, mamá! -exclamó-. Ven, entra. ¡Sabía que llegarías a tiempo! Está todo listo, pero me falta la crema de leche para el lomo Strogonoff, de modo que tengo que ir al colmado. ¿No te importa echar un vistazo a la carne?

Sacó de un armario una cazadora tejana y se la puso.

– ¿Para nosotras dos? ¿Qué celebramos?

Mientras extraía las llaves del bolso, Lisa se dirigió hacia la puerta. La entornó y se detuvo para dar una última indicación.

– Remuévela de vez en cuando, ¿de acuerdo? ¡Ah! Enciende las velas y pon una casete, por favor. Ahí está la de los Eagles, esa que tanto te gusta.

Cuando Lisa se hubo marchado, Bess quedó perpleja. ¿Lomo Strogonoff? ¿Velas? ¿Música? ¿Lisa con vestido y zapatos elegantes? Se desabrochó el abrigo y se dirigió al comedor, donde vio la mesa preparada para cuatro. La examinó con curiosidad: manteles individuales y servilletas azules en servilleteros blancos; los platos de la primera vajilla de Michael y ella, que había dado a Lisa cuando se fue de casa; cuatro de las copas que también le había regalado, y dos velas azules en candeleros que nunca había visto, al parecer comprados para la ocasión con el limitado presupuesto de Lisa.

Fue a la cocina y abrió el horno para revolver el lomo, que olía tan bien que no pudo evitar probarlo. ¡Delicioso! Bess estaba hambrienta, pues ese día había tenido que realizar tres visitas a domicilio y pasar dos horas en el negocio, de modo que sólo le había quedado tiempo para comer a toda prisa una hamburguesa. Se prometió, como hacía siempre en enero, que limitaría las visitas a sus clientes a dos por día.

Se acercó al armario de la entrada para colgar su abrigo y ordenó una pila de zapatos para poder cerrar la puerta de dos hojas. Encontró fósforos y encendió las velas de la mesa de comedor y otras dos que había sobre la auxiliar en unos candeleros esféricos de cristal. Al lado, una fuente de su vieja vajilla contenía una bola de queso.

La cerilla le quemaba los dedos.

Titubeó y la apagó mientras miraba la bola de queso. ¿Qué diablos significaba todo eso? Echó una mirada en derredor y observó que, para variar, el lugar estaba limpio. Las viejas mesas de bronce y vidrio no tenían ni una mota de polvo, y los almohadones del sofá familiar que Lisa había heredado estaban bien sacudidos. Las casetes estaban apiladas en orden, y los libros, bien ordenados en los estantes. El piano negro azabache que el padre de Lisa le había regalado cuando terminó los estudios secundarios, aparecía bien lustrado. Encima había una foto del novio actual de Lisa junto con una planta y cinco novelas de Stephen King entre un par de sujetalibros de bronce, que la abuela Stella había regalado a Lisa en Navidad.

El piano era el único objeto valioso en la habitación. Cuando Michael se lo compró a Lisa, Bess lo acusó de indulgencia. Carecía de sentido que una chica sin una carrera universitaria, un automóvil decente o muebles poseyera un piano de cinco mil dólares. Además, ¿cuántas veces sería preciso trasladarlo hasta que ella se estableciera de manera permanente?

– Siempre lo conservaré, mamá -había afirmado Lisa-, y creo que me lo merezco por haber aprobado todos los exámenes.

– ¿Quién pagará a los transportistas cada vez que te mudes? -inquirió Bess.

– Yo.

– ¿Con un sueldo de mecanógrafa?

– También trabajo de camarera.

– Deberías ir a la universidad, Lisa.

– Papá dice que siempre hay tiempo para eso.

– Tal vez tu padre esté equivocado. Si no continúas tus estudios ahora, lo más probable es que no lo hagas nunca.

– Tú lo hiciste.

– Sí, lo hice, pero fue muy duro y me costó muchísimo. Tu padre debería ser más sensato.

– Mamá, me gustaría que dejarais de pelearos y aparentarais llevaros bien, por el bien de vuestros hijos.

– Bueno, es un regalo estúpido -había replicado Bess-. Cinco mil dólares por un piano, que podrían financiar todo un año de universidad.

Cada vez que Bess se presentaba en el apartamento de Lisa sin avisar, el piano tenía una capa de polvo y parecía que su hija lo usaba como simple depósito de libros, bufandas y cintas para el pelo. Esta noche, sin embargo, estaba muy limpio, y sobre el atril descansaba la partitura de la canción favorita de Michael, The homecoming. Años atrás, cada vez que Lisa se sentaba para tocar, Michael decía: «Interpreta esa que me gusta», y ella lo complacía con el hermoso tema de la vieja película de televisión.

Bess apartó el recuerdo de esos tiempos felices y puso la casete de Eagles Greatest Hits. Mientras sonaba la música, fue al baño y notó que también estaba muy pulcro. Al lavarse las manos observó que todo relucía.

Tras colgar la toalla se miró en el espejo. Se atusó la melena rubia, que se veía desgreñada. Observó que ofrecía un aspecto desaliñado, pues en todo el día no había tenido tiempo de retocarse el maquillaje. Tenía la frente brillante, el lápiz de labios había desaparecido, al igual que la sombra y el rímel, por lo que sus ojos castaños aparecían apagados. Había arrugas en la falda de lana blanca y una pequeña mancha de grasa resaltaba en la blusa color frambuesa. Frunció el entrecejo, mojó la punta de la toalla, frotó la mancha y sólo consiguió extenderla. Maldijo entre dientes. Sacó un peine del cajón del tocador y, cuando se disponía a pasárselo por el cabello, alguien llamó a la puerta del apartamento.

Asomó la cabeza al pasillo y exclamó:

– Lisa, ¿eres tú?

Volvieron a golpear con los nudillos, esta vez más fuerte. Sin apagar la luz, salió del baño.

– Lisa, ¿has olvidado las…?

Al abrir la puerta enmudeció de pronto. En el pasillo aguardaba un hombre alto, acicalado, de cabellos negros y ojos castaños. Llevaba un abrigo de lana gris y una bolsa de papel marrón con dos botellas de vino.

– Michael… eres tú. -Bess apretó los labios y se puso rígida.

Él la miró de hito en hito y arqueó las cejas con de sagrado.

– Bess, ¿qué haces aquí?

– Me han invitado a cenar. ¿Qué haces tú aquí?

– También me han invitado.

Siguieron frente a frente mientras ella reprimía el deseo de cerrarle la puerta en las narices.

– Lisa me llamó anoche para decirme: «Papá, mañana ven a cenar a las seis y media.»

A Bess también le había telefoneado la noche anterior. «Te invito a cenar, mamá. Ven a las seis.» Bess soltó el picaporte y dio media vuelta.

– Muy lista, Lisa -masculló con irritación.

Michael entró y cerró la puerta. Dejó las botellas en la alacena de la cocina y se quitó el abrigo mientras Bess se dirigía de nuevo al baño para alejarse de él. Bajo la luz del tocador, se peinó para echar hacia atrás cuatro mechones rebeldes y utilizó un pintalabios de un llamativo rojo escarlata, el único que encontró, ya que había dejado el suyo en el otro extremo del apartamento. Miró con disgusto los resultados y la mancha oscura en la blusa. ¡Qué mala pata que Michael la sorprendiera cuando tenía ese aspecto! Observó en el espejo que sus ojos destilaban furia y se maldijo por preocuparse de lo que él pensara. Después de lo que ese imbécil me hizo, no tengo por qué complacerle.

Cerró de un golpe el cajón del tocador y con los dedos se desordenó el flequillo para que se viera natural.

– ¿Qué haces ahí? ¿Escondiéndote? -preguntó él con irritación.

¡Llevaban seis años divorciados y Bess todavía tenía ganas de abofetearlo!

– Pongamos las cosas claras -exclamó ella desde el pasillo-. ¡Yo no sabía nada de esto!

– ¡Ni yo! ¿Dónde está Lisa? -preguntó Michael. Bess apagó la luz del baño y caminó hacia el comedor con la cabeza erguida.

– Ha ido al colmado para comprar crema de leche. ¡Me encantará echársela por la cabeza en cuanto vuelva!

Michael observaba la mesa, con las manos en los bolsillos del pantalón. Vestía un traje gris, camisa blanca y corbata azul.

– ¿Qué significa todo esto? -inquirió.

– Sé lo mismo que tú.

– ¿Viene Randy?

Randy era el hijo de ambos, de diecinueve años.

– Creo que no.

– ¿No sabes para quién es el cuarto cubierto?

– No.

– ¿Por qué nos ha invitado?

– Es evidente que quería que mamá y papá se encontraran. Nuestra hija tiene un sentido del humor un tanto extraño.

Bess abrió la nevera en busca de vino y vio que dentro había cuatro ensaladas diferentes, dispuestas con buen gusto en las fuentes, una botella de agua de Perrier y un envase de cartón rojo y blanco ¡con medio litro de crema de leche!

Lo levantó y lo sostuvo en la mano.

– ¡Bueno, bueno, si esto no es crema de leche…! Y cuatro ensaladas muy apetitosas.

Él se acercó para echar un vistazo.

– ¿Qué buscas? ¿Algo para beber?

La fragancia de su loción de afeitar, antaño tan familiar, le revolvió el estómago. Cerró de un golpe la puerta del frigorífico.

– Necesito tomar algo.

– He traído un par de botellas de vino.

– Bien, ábrelas, Michael. Al parecer nos aguarda una larga velada.

Cogió dos copas de la mesa mientras él descorchaba una botella.

– ¿Dónde está Darla?

Bess sostuvo las copas en alto mientras Michael escanciaba el vino rosado.

– Darla y yo ya no estamos juntos. Ha presentado la demanda de divorcio.

Bess quedó aturdida. La cabeza le daba vueltas mientras él servía la segunda copa.

Después de dieciséis años de convivencia con ese hombre, no pudo evitar sentir un insensato chispazo de júbilo ante la noticia de que estaba libre otra vez. O de que había vuelto a fracasar.

Michael dejó la botella en la mesa, cogió una copa y miró a Bess a los ojos. Fue un momento extraño, en el que los dos evocaron el pasado que habían compartido, lo espléndido y lo sórdido, los buenos momentos y los disgustos que los habían llevado hasta el punto en que se encontraban ahora.

– Bueno, dilo de una vez -añadió Michael.

– Bien, os está bien empleado.

Michael esbozó una sonrisa amarga y meneó la cabeza.

– Sabía que estabas pensando eso. Eres una mujer implacable, Bess.

– Y tú eres un ser despreciable. ¿Qué has hecho esta vez? ¿También la has engañado con otra?

– No pienso entrar en este juego, Bess, porque no estoy dispuesto a repetir las recriminaciones de siempre.

– A mí tampoco me apetece -repuso ella-, de modo que hasta que regrese nuestra hija fingiremos ser dos desconocidos bien educados que se han encontrado aquí por casualidad.

Se dirigieron al comedor y cada uno se sentó en un extremo del sofá cama. Los Eagles cantaban Take it easy, que habían escuchado mil veces juntos. Las velas ardían sobre la mesa, la que habían elegido para su propio comedor. El sofá era el mismo sobre el que en ocasiones habían hecho el amor e intercambiado caricias cuando los dos eran jóvenes y lo bastante estúpidos para creer que el matrimonio dura para siempre. Ahora estaban sentados en él como un par de ancianos en la iglesia, cada uno en un rincón, resentidos el uno con el otro y por la intrusión de los recuerdos.

– Al parecer diste todo el mobiliario del comedor a Lisa después de que me marchara -comentó Michael.

– Así es. Hasta los cuadros y las lámparas. No quise conservar ningún mal recuerdo.

– ¡Por supuesto! Tenías tu nuevo negocio, de modo que no hubo ningún problema para comprar piezas nuevas.

– En efecto -convino ella con presunción-. Por supuesto consigo todo a precio de fábrica.

– ¿Cómo va la tienda?

– ¡No tengo descanso! Ya sabes qué ocurre después de Navidad. Al quitar los adornos navideños todo el mundo quiere cambiar el papel pintado y la decoración para ahuyentar la melancolía del invierno. Si pudiera multiplicarme por tres, lograría hacer una media docena de consultas a domicilio por día.

Él la miró de reojo. Era evidente que Bess se sentía feliz por la manera en que había encarrilado su vida. Era una diseñadora de interiores acreditada, tenía su propio negocio y una casa redecorada.

Los Eagles empezaron a cantar Witchy woman.

– ¿Cómo te va a ti? -inquirió Bess.

– Me estoy haciendo rico.

– No esperes que te felicite. Siempre dije que lo serías.

– De ti, Bess, ya no espero nada.

Ella se llevó una mano al pecho con afectación.

– ¡Oh, esto sí es gracioso! ¡Tú no esperas nada de mí! -A continuación adoptó un tono acusador para preguntar-: ¿Cuándo fue la última vez que viste a Randy?

– A Randy le da igual verme.

– No te he preguntado eso. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste un esfuerzo por verlo? Es tu hijo, Michael.

– Si Randy quiere verme, me llamará.

– Randy no te llamaría ni aunque regalaras entradas para un concierto de los Rolling Stones, lo sabes muy bien, pero eso no es excusa para que no le hagas caso. Te necesita, aunque no sea consciente de ello, de modo que deberías intentar hablar con él.

– ¿Todavía trabaja en el almacén?

– Cuando tiene ganas.

– ¿Sigue fumando marihuana?

– Creo que sí, pero se cuida de no hacerlo en casa. Le he advertido que si alguna vez vuelvo a olerla, lo echo a la calle.

– Tal vez deberías hacerlo. Así quizá se enderezaría.

– O tal vez no. Es mi hijo, lo quiero e intento hacerle entrar en razón; si lo abandono, ¿qué esperanzas tendrá? Lo cierto es que nunca ha tenido a su padre a su lado.

Michael extendió los brazos sin soltar la copa.

– ¿Qué quieres que haga, Bess? Le he ofrecido dinero para que se matricule en la universidad o, si lo prefiere, en la escuela de comercio, pero no quiere estudiar. ¿Qué esperas que haga? ¿Qué le pida que venga a vivir conmigo? ¿Un cabeza hueca que va a trabajar cuando le viene en gana?

– Espero que lo llames, lo invites a cenar, lo lleves de caza, tengas una buena relación con él, le hagas ver que todavía tiene un padre que lo ama y se preocupa por él. Sin embargo te es más cómodo desentenderte y dejar que me ocupe yo de él, ¿verdad, Michael? Como cuando eran chicos y tú te escapabas con las escopetas, las cañas de pescar y tu…, ¡tu amante! Bien, ya no sé cómo ayudarle. Nuestro hijo es un desastre, Michael, y temo por su futuro, pero no puedo encarrilarlo sola.

Se miraron fijamente a los ojos, conscientes de que su divorcio había sido un golpe del que Randy aún no se había recuperado. Hasta los trece años había sido un chico feliz, un buen estudiante, siempre dispuesto a ayudar en la casa, un adolescente alegre que invitaba a sus amigos a comer y a ver partidos de fútbol. Cuando le anunciaron que iban a divorciarse, cambió de pronto; se volvió huraño, poco comunicativo y cada vez más irresponsable, tanto en la escuela como en el hogar. Dejó de llevar a sus compañeros a casa y con el tiempo hizo nuevos amigos que llevaban peinados extraños, cazadoras del ejército y un pendiente. Se quedaba en la cama escuchando música rap con los auriculares y regresaba a casa a las dos de la madrugada con las pupilas dilatadas. Le ofendían los consejos que le daban los profesores, se fugaba cuando Bess le reprendía y finalizó los estudios en la escuela secundaria con la media más baja permitida.

No, sin duda el matrimonio no había sido el único fracaso de sus vidas.

– Para tu información, te diré que le he telefoneado -explicó Michael-. Me llamó hijo de puta y colgó. -Se inclinó y, con los codos apoyados sobre las rodillas, trazó círculos en el aire con la copa que sostenía en la mano-. Ya sé que se ha echado a perder, Bess, y que nosotros somos los culpables.

Miró a Bess por encima del hombro. En el estéreo sonaba Lyin’ eyes.

– Nosotros no, Michael; tú. Randy no ha superado que abandonaras a tu familia por una mujer.

– ¡Eso es! Echame a mí la culpa de todo, como solías hacer. ¿Qué hay de ti, que descuidaste a tu familia para estudiar en la universidad?

– Todavía me envidias por eso, ¿verdad, Michael? Te cuesta asimilar que me he convertido en una diseñadora de interiores y he triunfado en mi profesión.

Michael dejó la copa de pronto, se puso en pie y la señaló con el índice desde el otro extremo de la mesa auxiliar.

– Obtuviste la custodia de los chicos porque así lo deseabas, pero ¿qué pasó después? Estabas tan ocupada que nunca te quedabas en casa para atenderlos.

– ¿Cómo lo sabes? ¡Nunca te has acercado a ellos!

– ¡Porque no me habrías permitido entrar en esa maldita casa! -exclamó Michael-. ¡Mi casa! ¡La casa que pagué, amueblé, pinté y quise tanto como tú! No me reproches que no los visitara, cuando eras tú la que se negaba a hablar conmigo y con ello diste a nuestro hijo un ejemplo que se apresuró a imitar. Yo estaba dispuesto a llegar a un entendimiento por el bien de los chicos, pero no; tú querías darme una lección. Deseabas hacerte cargo de los niños, lavarles el cerebro y convencerles de que yo era el único responsable del fracaso de nuestro matrimonio. No se te ocurra negarlo, porque hablé con Lisa y me contó algunas de las barbaridades que le dijiste.

– ¿Cómo cuáles?

– Por ejemplo, que nos divorciamos porque yo tenía una aventura con Darla.

– ¿No fue así?

Michael levantó las manos y alzó la vista al techo.

– ¡Dios, Bess, quítate la venda de los ojos! Nuestra relación no funcionaba antes de que yo conociera a Darla, y tú lo sabes.

– Si nuestro matrimonio comenzó a ir mal fue porque…

Se abrió la puerta del apartamento. Bess se interrumpió y lanzó a Michael una mirada fugaz. Ella tenía las mejillas encendidas de cólera; él, los labios apretados en una mueca severa. Bess se levantó y adoptó una actitud cordial mientras su ex esposo se abrochaba el botón de la americana y volvía a tomar la copa de la mesa. Segundos después Lisa entró en el salón seguida del joven que aparecía en la foto que había sobre el piano.

Si Picasso hubiera pintado la escena, podría haberla titulado Naturaleza muerta con cuatro adultos y cólera. Las palabras de la disputa aún resonaban en el aire.

– Hola, mamá; hola, papá -saludó Lisa.

Abrazó primero a su padre, quien la besó en la mejilla. Era casi tan alta como él, tenía el cabello oscuro, un rostro bonito y unos hermosos ojos castaños. Después estrechó a Bess.

– No te abracé cuando llegaste, mamá. Me alegro de que hayas podido venir. -Se separó de su madre y agregó-: ¿Os acordáis de Mark Padgett?

– Señor y señora Curran -los saludó Mark antes de estrecharles la mano.

Tenía el rostro lustroso, y los cabellos castaños y ondulados. Poseía la fuerza de un culturista, y ambos lo notaron cuando les apretó la mano.

– Mark cenará con nosotros. Espero que hayas dado la vuelta al lomo, mamá.

Lisa se encaminó deprisa hacia la cocina, se acercó al fregadero, abrió el grifo del agua caliente y empezó a llenar una cacerola. Bess entró tras de ella y la obligó a dar media vuelta.

– ¿Qué crees que estás haciendo? -masculló. El sonido del agua corriente y de la canción Desperado casi tapó su voz.

– Voy a hervir fideos para acompañar la carne.

Lisa colocó la olla en el fogón y lo encendió.

– No te hagas la tonta conmigo, Lisa. Estoy tan furiosa que sería capaz de arrojar el lomo al cubo de la basura y a ti detrás de él. ¡En la nevera… -añadió mientras señalaba el electrodoméstico con el dedo- hay un bote entero de crema de leche! ¡Has organizado todo esto para reunirnos!

Lisa empujó el brazo de su madre como si pasara por un torniquete y abrió la puerta del frigorífico. Sacó el envase de crema y dobló la pestaña para abrirlo.

– Así es. ¿Cómo ha ido? -preguntó con buen humor.

– ¡Lisa Curran, me entran ganas de echarte el bote entero sobre la cabeza!

– No me importa, mamá. Alguien tiene que hacerte entrar en razón.

– Tu padre y yo no tenemos veinte años, de modo que no necesitamos que nos conciertes una cita.

Lisa dejó el cartón de crema y se volvió hacia su madre.

– ¡No es verdad! -murmuró furiosa-. Tú tienes cuarenta años, pero actúas como una criatura. Durante seis años te has negado a estar en la misma habitación que papá, a tratarlo de manera civilizada, aunque fuera por el bien de tus hijos. He decidido poner fin a eso, aunque tenga que humillarte. Esta es una noche importante para mí, y sólo te pido que te comportes como una adulta.

Bess se ruborizó y miró fijamente a Lisa, que sacó de la alacena un paquete de fideos y se lo tendió.

– ¿Te importaría agregarlos al agua mientras yo acabo de preparar el lomo? Después regresaremos al comedor para reunirnos con los hombres y nos comportaremos como personas educadas.

Cuando entraron en el comedor, advirtieron que los dos hombres, sentados en el sofá, habían hecho lo posible para aligerar la tensión. Lisa cogió de la mesita auxiliar la fuente con el queso.

– Papá, Mark, ¿os apetece un poco?

Bess colocó una silla al fondo de la habitación, donde la alfombra se juntaba con el suelo de vinilo de la cocina, y se sentó. Estaba indignada y avergonzada por la reprimenda que le había echado su hija. Mark y Michael untaron de queso una galletita y la comieron. Lisa acercó la fuente a su madre.

– ¿Mamá? -ofreció con voz dulce.

– No, gracias -contestó Bess con acritud.

– Veo que vosotros ya os habéis preparado una copa -comentó Lisa a sus padres con tono afable-. ¿Quieres tomar algo, Mark?

– No, esperaré.

– Mamá, ¿te sirvo otra copa?

Bess se limitó a negar con la cabeza.

Lisa se sentó en el único lugar libre, entre los dos hombres. Cruzó las piernas, se dio una palmada en las rodillas y balanceó los pies mientras desplazaba la mirada de Michael a Bess.

– Bueno, no os veía desde Navidad. ¿Hay alguna novedad? -preguntó con desenfado.

De alguna manera se las ingeniaron para capear los siguientes quince minutos. Bess, que trataba de perder los cinco kilos que le sobraban, rechazó el aperitivo, pero se condujo con corrección, como le había pedido su hija, mientras intentaba esquivar la mirada de Michael. Una vez él la obligó a sostenérsela mientras hundía los dientes, parejos y blancos, en una galletita. «Al menos deberías tratar de hacer un esfuerzo por Lisa», parecía exhortarla. Ella desvió la vista al tiempo que pensaba que ojalá mordiera una roca y se rompiera sus perfectos incisivos.

Se sentaron para cenar a las siete y cuarto, tal como Lisa indicó; su madre y su padre el uno frente al otro, de manera que no podían evitar mirarse por encima de la mesa iluminada por las velas y su antigua vajilla de porcelana azul y blanca.

Al retirar los cuatro platos de ensalada, Lisa se dirigió a Mark.

– Por favor, abre la botella de Perrier mientras yo traigo la comida caliente. Mamá, papá, ¿preferís Perrier o vino?

– Vino -contestaron los dos al mismo tiempo.

La pareja mayor permaneció sentada, mientras la más joven disponía las botellas de agua y vino, rodajas de limón, la panera, los fideos, el lomo y las verduras cocidas. Cuando todo estuvo en su lugar, Lisa tomó asiento y Mark sirvió las bebidas.

Cuando éste se hubo sentado, Lisa exclamó:

– ¡Feliz Año Nuevo a todos! Brindemos porque la próxima década sea más feliz.

Las copas entrechocaron en todas las combinaciones, con excepción de una. Después de una llamativa pausa, Michael y Bess hicieron sonar un último chin con el borde de sus antiguas copas de cristal, regalo de boda de algún amigo o familiar. Él inclinó la cabeza en silencio mientras ella se maldecía por haberse alborotado el pelo en un arranque de ira una hora antes y haberse manchado la blusa al mediodía, así como por no haberse detenido unos minutos en su casa para retocarse el maquillaje. Bess todavía lo odiaba, pero ese odio nacía del orgullo, que estaba herido en ese momento.

Michael la había abandonado por una mujer diez años más joven y con cinco kilos menos de peso, que sin duda nunca se presentaría en sociedad con el cabello revuelto y rastros de comida en su atuendo.

Lisa empezó a pasar las fuentes para que se sirvieran, y el salón se llenó con el sonido de las cucharas al golpear el cristal.

– Hum… Lomo Strogonoff… -comentó Michael complacido mientras se llenaba el plato.

– Receta de mamá… -recordó Lisa-. También he preparado tu budín favorito de maíz. Mamá me enseñó a cocinarlo. Ten cuidado, está muy caliente.

Michael puso la fuente al lado de su plato y se sirvió una ración generosa.

– Supuse que, como vives solo otra vez, apreciarías una buena comida casera. Mamá, pásame la pimienta, por favor.

Mientras lo hacía, Bess se encontró con la mirada de Michael. Ambos se sentían muy incómodos con las maquinaciones tan evidentes de Lisa. Era la primera vez que estaban de acuerdo en algo desde que había empezado esa desafortunada reunión.

Michael probó la comida.

– Te has convertido en una cocinera excelente, Lisa -comentó.

– Desde luego que sí -intervino Mark-. Les sorprendería saber cuántas chicas no saben ni siquiera freír un huevo. Cuando descubrí lo bien que se le da cocinar, le dije a mi madre: «Creo que he encontrado a la mujer de mis sueños.»

Todos rieron, excepto Bess, que quedó desconcertada y tomó un trago de vino rosado. Recordó que, cuando volvió a la universidad, Michael le había criticado que descuidara las tareas domésticas, entre ellas la cocina. Bess había argumentado: «¿Y tú? ¿Por qué no puedes colaborar en las labores de la casa?» Sin embargo Michael se había obstinado en no querer aprender. Fue una de las numerosas pequeñas cuñas que, de manera insidiosa, abrieron un abismo entre ellos.

– ¿Y tú, Mark? -preguntó Bess-. ¿Sabes cocinar?

– Por supuesto -contestó Lisa-. Su especialidad es la sopa de carne. Toma un trozo de lomo, lo corta en cuadraditos, los dora en aceite y les agrega rodajas de patatas, zanahoria y… ¿qué más añades, cariño?

Bess lanzó una mirada a su hija. ¿Cariño?

– Ajo y cebada perlada para espesarlo.

Bess se volvió hacia Mark.

– ¿Sopa de carne? -repitió.

– Sí -respondió Mark-. Es la favorita de mi familia.

Bess observó al joven. Tenía el cuello tan grueso que seguro que no le cerraba el botón de la camisa. Vaya, de modo que espesaba la sopa de carne con cebada perlada.

Lisa sonrió con orgullo mientras miraba a Mark.

– También sabe planchar.

– ¿Planchar? -repitió Bess.

– Mi madre me enseñó cuando terminé la escuela secundaria. Ella trabaja y me dijo que no tenía ninguna intención de ocuparse de mi ropa hasta que tuviera veintiún años. Me gustan las rayas en las mangas y los tejanos, de manera que… -Mark levantó las manos, con el tenedor en una y un panecillo en la otra, y las dejó caer-. En fin, voy a convertir a cierta mujer en un ama de casa bastante buena.

Él y Lisa intercambiaron una sonrisa de felicidad. Bess advirtió que Michael también sonreía antes de mirarla con expresión interrogante.

– Más vale que lo digamos de una vez, Mark -propuso Lisa.

Ambos se dedicaron otra sonrisa antes de que Lisa se secara la boca, dejara la servilleta sobre su regazo y levantara su copa de Perrier.

Entonces clavó la vista en el hombre sentado frente a ella.

– Mamá, papá, os hemos invitado esta noche para anunciaros que Mark y yo vamos a casarnos.

Con un movimiento simultáneo casi cómico, Bess y Michael dejaron el tenedor sobre la mesa. Observaron boquiabiertos a su hija y luego se miraron el uno al otro.

Mark había dejado de comer.

La música había dejado de sonar.

A través de la pared se oía el murmullo del televisor del apartamento vecino.

– Bueno, decid algo… -los instó Lisa.

Michael y Bess habían perdido el habla. Michael se aclaró la garganta y se secó la boca con la servilleta.

– Bueno… vaya… -consiguió articular.

– Papá, ¿eso es todo? -preguntó Lisa con enojo.

Michael forzó una sonrisa.

– Me ha pillado por sorpresa, Lisa.

– ¿Ni siquiera vas a felicitarnos?

– Bien… claro… Por supuesto, enhorabuena a los dos.

– ¿Mamá? -Lisa miró a Bess de hito en hito.

Bess salió de su estupor.

– ¿Casarte? -repitió con incredulidad-. Pero Lisa…

Apenas conocemos a este muchacho, pensó. Tú no hace ni un año que lo conoces. No sospechábamos que te lo hubieras tornado tan en serio.

– Sonríe, mamá, y repite conmigo: ¡Felicidades, Lisa y Mark!

– Oh, querida…

La mirada atónita de Bess se desplazaba de su ex esposo a su hija.

– Bess, por favor… -susurró Michael.

– Oh, lo siento… Por supuesto, felicidades, Lisa… y Mark… ¿Cuándo lo habéis decidido?

– Este fin de semana. Lo cierto es que nos llevamos muy bien y estamos cansados de vivir separados, de modo que optamos por asumir el compromiso.

– ¿Cuándo será el gran acontecimiento? -inquirió Michael.

– Pronto -respondió Lisa-. Muy pronto. Dentro de seis semanas.

– ¡Seis semanas! -exclamó Bess.

– Sé que es muy precipitado, pero ya lo hemos planeado todo.

– ¿Qué clase de boda puedes planear en seis semanas? Ni siquiera conseguirás encontrar una iglesia.

– Sí, si nos casamos un viernes por la noche.

– Un viernes por la noche… ¡Oh, Lisa!

– Escuchadme, por favor. Mark y yo nos amamos y deseamos casarnos, pero queremos hacerlo de la manera correcta. Estamos de acuerdo en contraer matrimonio por la iglesia. Podemos casarnos en St. Mary el 2 de marzo y celebrar el convite en el club Riverwood, que está disponible en esa fecha. La tía de Mark tiene una empresa de servicio de comida, de modo que se encargará del banquete. Un compañero de trabajo toca en una banda que nos hará un precio especial. Randy ha aceptado ser el padrino y ha prometido incluso cortarse el pelo. Las flores no son ningún problema. Compraremos la tarta de bodas en Wuollet’s, de Grand Avenue, y estoy casi segura de que no nos costará mucho contratar un fotógrafo… Nos hemos dado cuenta de que todo resulta más fácil si la boda se celebra un viernes por la noche. ¿Y bien?

Bess notaba que tenía la boca abierta, pero era incapaz de cerrarla.

– ¿Qué hay de tu vestido?

Lisa y Mark cruzaron una mirada, esta vez sin sonreír.

– Ahí es donde necesitaré tu cooperación. Quiero usar el tuyo, mamá.

Bess la miró pasmada.

– El mío… pero…

– Estoy casi segura de que me quedará bien.

– ¡Oh, Lisa!

La cara de Bess reflejaba consternación.

– Oh, Lisa… ¿qué? -exclamó la joven.

– Lo que tu madre trata de decir -intervino Michael- es que no está segura de que sea apropiado dadas las circunstancias. ¿No es así, Bess?

– ¿Porque estáis divorciados? -Lisa miró a sus padres-. Yo no lo considero impropio -añadió Lisa-. En otro tiempo estuvisteis casados, os amasteis y me tuvisteis a mí. Además, seguís siendo mis padres. ¿Por qué no debería ponerme su vestido?

– Dejo la decisión a tu madre.

Michael miró a Bess, que continuaba conmocionada por la noticia; tenía la mano izquierda -sin alianza- sobre los labios y una expresión afligida en el rostro.

– Mamá, por favor. Podemos salir adelante sin tu ayuda, pero preferiríamos contar con ella; con la de los dos. -Lisa desvió la vista hacia Michael-. Ahora que he empezado a detallar nuestros planes, será mejor que prosiga. Quiero entrar en la iglesia acompañada por vosotros dos. Deseo tener a mi lado a mis padres, sin esa animosidad que se han profesado en los seis últimos años. Me encantaría que me ayudaras a vestirme ese día, mamá, y después, en la recepción, quiero que bailes conmigo, papá. Anhelo que estemos todos juntos, sin tensiones, sin…, bueno, ya sabéis a qué me refiero. Es el único regalo de bodas que os pido.

Se produjo un incómodo silencio. Bess y Michael se sintieron incapaces de mirarse a los ojos.

– ¿Dónde vais a vivir? -preguntó Bess.

– El apartamento de Mark es más bonito que el mío, de manera que será nuestro hogar.

Habrá que trasladar el piano otra vez, pensó Bess, que reprimió las ganas de decirlo.

– Yo ni siquiera sé dónde vive -repuso.

– En Maplewood, cerca del hospital -explicó Mark.

Bess observó al muchacho. Parecía bastante agradable, pero era demasiado joven.

– Debo disculparme, Mark, me habéis pillado desprevenida. Lo cierto es que apenas te conozco. Creo que trabajas en una fábrica.

– Sí, llevo tres años en la misma compañía y gano bastante, de modo que Lisa y yo no tendremos problemas económicos.

– ¿Dónde conociste a Lisa?

– En una sala de billar. Nos presentaron unos amigos comunes.

En una sala de billar… un mecánico… un culturista con un cuello que parece el contrafuerte de un puente…

– ¿No es demasiado apresurado? -preguntó Bess-. Tú y Lisa os conocéis desde hace… ¿cuánto? Menos de un año. ¿No podríais esperar unos seis meses más y daros tiempo para conoceros mejor y planear la boda como es debido? Además, así tendrías la oportunidad de presentarnos a tu familia.

Mark miró a Lisa con las mejillas encendidas.

– Me temo que no, señora Curran -dijo con calma, sin ninguna muestra de irritación-. Verá, Lisa y yo vamos a tener un hijo.

Una nube invisible en forma de hongo pareció cernerse sobre la mesa.

Michael se tapó la boca con una mano y frunció el entrecejo. Bess tomó aliento, mantuvo la boca abierta y la cerró despacio mientras miraba primero a Mark, después a Lisa. Esta se mostraba serena.

– Lo cierto es que nos sentimos bastante felices por ello -agregó Mark-, y esperamos que ustedes también.

Bess hundió la frente en una mano y se llevó la otra al estómago. Su única hija estaba embarazada y planeaba un matrimonio precipitado, ¿y ella debía sentirse dichosa?

– ¿Estás segura? -preguntó Michael.

– Ya me ha examinado el médico. Estoy de seis semanas. La verdad, pensaba que lo notaríais, ya que estoy bebiendo Perrier en lugar de vino.

Bess levantó la cabeza y observó que Michael estaba muy serio y había dejado de comer. Él advirtió su expresión de congoja, enderezó los hombros y se aclaró la garganta.

– Bueno…

Fue lo único que dijo. Era evidente que se sentía tan desconcertado como ella.

Mark se levantó, se situó detrás de la silla de Lisa y le puso las manos en los hombros.

– Deseo que sepan, señor y señora Curran, que quiero mucho a su hija, y ella me ama a mí. Hemos decidido casarnos. Los dos tenemos trabajo y un lugar decente donde vivir. Esta criatura podía haber tenido un comienzo mucho peor que éste.

Bess salió de su estupor.

– En estos tiempos, Lisa…

– ¡Basta Bess, ahora no! -interrumpió Michael.

– ¿Qué quiere decir ahora no? Vivimos en una época en que hay mucha información…

– ¡Basta, Bess! Los chicos actúan como es debido. Nos han contado sus planes, nos han pedido ayuda. Creo que deberíamos brindársela.

Bess reprimió la ira y las ganas de soltar un discurso sobre el control de la natalidad mientras Michael, con notable serenidad, preguntaba:

– ¿Estás segura, Lisa, de que así lo deseas?

– Sí. Mark y yo nos habíamos planteado casarnos antes de que yo quedara embarazada y estuvimos de acuerdo en que nos gustaría tener familia mientras seamos jóvenes, no hacer lo que otras parejas, que trabajan de firme para disfrutar de cierto bienestar económico y valoran más poseer cosas materiales que tener hijos. Así pues, la noticia no nos conmocionó tanto como a vosotros. Somos felices, papá, quiero mucho a Mark.

Lisa parecía muy convincente.

Michael miró a Mark, que permanecía detrás de Lisa, con las manos sobre sus hombros.

– ¿Se lo has comunicado ya a tus padres?

– Sí, anoche.

Michael sintió cierta frustración por ser el último en enterarse. Sin embargo, ¿qué podía esperar; si la familia de Mark, al parecer, seguía siendo una unidad intacta y feliz?

– ¿Qué opinan ellos?

– Al principio quedaron sorprendidos, por supuesto, pero conocen a Lisa bastante mejor que ustedes a mí, de modo que se recuperaron pronto y lo celebramos.

Lisa se inclinó para apretar la mano de su madre.

– Los padres de Mark son maravillosos, mamá. Están ansiosos por conoceros a ti y a papá, y les he prometido que os presentaría pronto. La madre de Mark sugirió ofrecer una cena en su casa. Si estáis de acuerdo, podríamos fijar la fecha.

Esto no debería ser así, pensó Bess, que se esforzaba por contener las lágrimas. Michael y yo somos casi unos desconocidos para nuestro futuro hijo político y no hemos visto siquiera a su familia. ¿Qué había sido de las chicas que se casaban con el vecino? ¿O con el mocoso travieso que les tiraba de la cola de caballo en el colegio? ¿O con el compañero de instituto? Esos tiempos felices y simples se habían esfumado con la era de los ejecutivos y la ambición por ascender, la creciente tasa de divorcios y hogares con un solo progenitor. Todos esperaban que Bess reaccionara, pero no acababa de asimilar la noticia. Temía desmoronarse y romper a llorar a moco tendido. Tuvo que tragar saliva antes de decir:

– Tu padre y yo tenemos que hablar de ciertos asuntos. ¿Nos concedéis un par de días?

– Claro.

Lisa retiró la mano y se reclinó en su asiento.

– ¿No te importa, Michael? -preguntó Bess.

– Por supuesto que no.

Bess dejó la servilleta sobre la mesa y empujó su silla hacia atrás.

– Entonces ya te llamaré. O lo hará papá.

– Perfecto, pero todavía no te vas, ¿verdad? Falta el postre…

– Es tarde. Mañana tengo que madrugar.

– Ni siquiera son las ocho…

– Lo sé, pero…

Bess se levantó y se sacudió unas migas de la falda. Ansiaba escapar de allí, analizar sus sentimientos, dar rienda suelta a su ira.

– Papá, probarás el postre, ¿verdad? He comprado una deliciosa tarta francesa en Baker’s Square.

– Me temo que también debo marcharme, querida. Tal vez me pase por aquí mañana por la noche para que me sirvas una ración.

Michael se puso en pie, seguido por Lisa, y todos permanecieron parados un instante, incómodos, simulando con buenos modales que no se trataba de una escena en la que los padres escapaban aturdidos por el anuncio de que su hija estaba embarazada y planeaba una boda precipitada, fingiendo que era una simple y cortés despedida.

– Bien, os traeré los abrigos -dijo Lisa con una sonrisa trémula.

– Ya lo hago yo, cariño -se ofreció Mark.

En la puerta de entrada, Mark puso el abrigo a Bess y después entregó el suyo a Michael. Los dos hombres se miraron sin saber qué decir o hacer. Por fin Michael tendió la mano y Mark se la estrechó.

– Hablaremos pronto -dijo Michael.

– Gracias, señor.

Más incómodo aún, Mark se volvió hacia Bess.

– Buenas noches, señora Curran.

– Buenas noches, Mark.

El joven vaciló, y Bess acercó su mejilla a la suya. En el reducido recibidor, Michael abrazó a Lisa y dejó solas a madre e hija para que se desearan las buenas noches. Bess no se sintió capaz, y fue Lisa quien tomó la iniciativa. Sin embargo, tan pronto como Bess sintió los brazos de su hija alrededor de su cuello, la estrechó emocionada al tiempo que contenía las lágrimas. Su adorada primogénita, su Lisa, la que había aprendido a beber de una pajita antes de cumplir un año, la que había arrastrado su muñeca Gertrude por todo el vecindario hasta los cinco años, la que, enfundada en su pijama, había trepado a la cama de sus padres para tenderse entre ellos las mañanas de los sábados cuando tuvo la edad suficiente para bajar de su cuna sin ayuda.

Lisa, a quien ella y Michael habían deseado tanto.

Lisa, el fruto de unos tiempos rebosantes de optimismo.

Lisa, que ahora llevaba en su vientre a su nieto.

Bess le susurró con voz trémula el apodo que Michael le había puesto mucho tiempo atrás, en una época dorada en que todos ellos creían que vivirían por siempre felices.

– Lee-lee, te quiero.

– Yo también a ti, mamá.

– Sólo necesito un poco de tiempo. Por favor, querida.

– Lo sé.

A Michael, que esperaba con la puerta abierta, le conmovió que Bess hubiera usado el diminutivo cariñoso con que él llamaba a su hija.

Bess se apartó y apretó el brazo de Lisa.

– Descansa mucho. Te llamaré.

Pasó delante de Michael y se encaminó hacia el pasillo con el bolso bajo el brazo mientras se ponía los guantes y los tacones de sus zapatos color frambuesa resonaban sobre las baldosas del suelo. Michael cerró la puerta y la siguió. Se abotonó el abrigo y se levantó el cuello al tiempo que la miraba andar deprisa, como si llegara tarde a una cita de negocios.

Al final del pasillo, Bess consiguió bajar dos escalones antes de desmoronarse. Se detuvo de pronto, se agarró a la baranda y se inclinó sobre ella mientras con la otra mano se tapaba la boca.

Michael quedó inmóvil un peldaño más arriba, con las manos en los bolsillos del abrigo, y la observó llorar. La escena no hizo más que ahondar su tristeza. Aunque ella trataba de controlarlos, los sollozos brotaban de su garganta. Aun a su pesar, Michael le puso una mano en la espalda.

– Oh, Bess…

– Lo siento, Michael. Sé que debería tomármelo mejor… pero es una desilusión tan grande…

– Por supuesto que lo es. Para mí también.

Bess rebuscó en el bolsillo del abrigo, sorbió por la nariz, abrió el bolso, sacó un pañuelo de papel y se enjugó las lágrimas de espaldas a él.

– Lamento perder el control delante de ti.

– ¡Vamos, Bess! Te he visto llorar otras veces.

– Cuando estábamos casados, pero esto es diferente.

Se sonó la nariz, guardó el pañuelo y, con el bolso otra vez bajo el brazo, se volvió hacia él mientras se frotaba los ojos con sus elegantes guantes de piel.

– ¡Oh, Dios! -exclamó.

Apoyó las caderas contra la baranda de metal negro y clavó la vista en el pasamanos de la pared de enfrente.

Por unos minutos ninguno habló. Permanecían quietos en la oscuridad, impotentes para modificar el futuro que aguardaba a su hija.

– No puedo fingir que no es terrible. Nuestra única hija, y se casa de penalti… -dijo Bess por fin.

– Lo sé.

– ¿Opinas que hemos vuelto a fracasar? -Bess lo observó con los ojos enrojecidos y húmedos. Michael respiró hondo y con gesto cansado miró en derredor.

– No considero conveniente hablar del tema aquí. ¿Quieres que vayamos a un restaurante para tomar un café o alguna otra cosa?

– ¿Ahora?

– Sí. A menos que de verdad debas llegar pronto a casa.

– No, fue sólo una excusa para escapar. Mañana tengo mi primera cita a las diez.

– Bien. Entonces ¿qué te parece el Ground Round, en la avenida White Bear?

– Perfecto.

Descendieron por las escaleras con paso lento y cansino. Él se adelantó para abrirle la puerta y experimentó una pasajera sensación de déjà vu. ¿Cuántas veces, en el curso del noviazgo y del matrimonio, había repetido ese gesto? También había habido veces, durante la crisis, en las que él salía furioso delante de ella y le cerraba la puerta en la cara. Esa noche, después de la conmoción que habían sufrido, parecía más adecuado mostrarse cortés.

Fuera, su aliento flotaba en el aire frío, y la nieve crujía bajo sus pies. Bess se detuvo al inicio de la vereda que conducía al aparcamiento.

– Nos veremos allí -dijo.

– Yo te sigo.

Tomaron direcciones opuestas para llegar a sus automóviles y enfilaron el largo y pedregoso camino de la reconciliación.

Capítulo 2

Se encontraron en el vestíbulo del restaurante y siguieron a un joven amanerado de cabellos brillantes.

– Por aquí -les indicó.

Michael experimentó de nuevo una sensación de déjà vu al seguir a Bess como lo había hecho infinitas veces en el pasado, al mirar el ondular de su abrigo, el movimiento de sus brazos mientras se quitaba los guantes, al inhalar la débil estela de su perfume de rosas, el mismo que había usado durante años.

La fragancia era lo único que le resultaba familiar en ella. Todo lo demás era nuevo: la melena rubia con reflejos, que le llegaba casi a los hombros, la ropa cara, la seguridad en sí misma, la fragilidad. Todo esto lo había adquirido después del divorcio.

Se sentaron a una mesa junto a una ventana. Una lámpara de techo en forma de tazón y un foco color naranja daban un tinte especial a sus rostros, y en el exterior el brillo rosado del rótulo luminoso se reflejaba en la nieve. Ya se había retirado el gentío habitual de la hora de la cena, y un televisor colocado en algún rincón del bar transmitía un partido de hockey. La voz del comentarista se oía sobre la música de fondo.

Michael se quitó el abrigo y lo dobló sobre una silla vacía; Bess se dejó el suyo sobre los hombros.

Una camarera adolescente con la cabellera rizada se acercó y les preguntó si querían ver la carta.

– No, gracias. Sólo café -respondió Michael.

– ¿Dos?

Michael la remitió a Bess con una mirada.

– Sí, dos -contestó ella tras echar un rápido vistazo a la muchacha.

Cuando se quedaron solos, Bess fijó la mirada en las manos de Michael, enlazadas sobre el mantel individual de papel. Las tenía perfectas, bien formadas, con uñas cuidadas y limadas, y dedos largos. A Bess siempre le habían gustado. El vello oscuro que asomaba por los puños de la camisa las hacía parecer más blancas. Había una atracción innegable en el espectáculo de unas manos de hombre aseadas. Después del divorcio, en las circunstancias más extrañas e inesperadas -en un restaurante o en unos grandes almacenes-, Bess se había sorprendido alguna vez observando las manos de un desconocido y recordando las de Michael. Entonces despertaba a la realidad y se maldecía por haberse vuelto tan vulnerable a los recuerdos y a la soledad.

Desvió la mirada para posarla en el rostro de Michael, y hubo de admitir con pesar que todavía lo encontraba apuesto: cejas perfectas, atractivos ojos color avellana, labios carnosos y una espléndida cabellera negra. Reparó en unas pocas hebras plateadas sobre las orejas, sólo perceptibles bajo la luz directa.

– Bueno, la noche ha estado llena de sorpresas -comentó.

Michael rió entre dientes.

– Este es el último lugar donde esperaba terminar -agregó Bess- cuando acepté la invitación de Lisa.

– Yo también.

– No parece que la noticia te haya impresionado tanto como a mí.

– Quedé impresionado cuando me abriste la puerta.

– De haber sabido lo que Lisa se proponía, no habría acudido a la cena -afirmó Bess.

– Tampoco yo.

Se produjo un silencio.

– Escúchame, Michael, lo lamento mucho… Me refiero al intento de Lisa por revivir algo entre nosotros. Nuestra vajilla, el lomo, el budín de maíz, las velas… Tendría que haber sospechado que no nos gustaría.

– Fue una situación muy embarazosa.

– Sí, lo fue, y todavía lo es.

– Lo sé.

En ese momento les sirvieron el café; algo en que concentrarse en lugar del uno en el otro.

– ¿Oiste lo que me dijo Lisa cuando estábamos solas en la cocina? -preguntó Bess en cuanto se retiró la camarera.

– No. ¿Qué?

– En resumen su mensaje fue «crece, madre, durante seis años te has comportado como una criatura». Yo no tenía la menor idea de que le afectara tanto nuestro antagonismo. ¿Y tú?

– Lo he notado las veces en que me ha hablado de la familia de Mark, de lo unida que está y lo cariñosa que es.

– ¿Te ha hablado de eso?

Michael tomó un sorbo de café.

– ¿Cuándo? -inquirió Bess.

– No lo sé… En un par de ocasiones.

– Nunca me ha comentado que conversara contigo tan a menudo.

– Has levantado muchas barreras, Bess; por eso no te lo ha mencionado. Ahora mismo estás alzando otra. Deberías ver la expresión de tu cara.

– Bueno, me duele saber que charla contigo de esos temas y que los padres de Mark la conocen mejor que nosotros a él.

– Claro que duele, pero es lógico que cuenten más con la familia que se mantiene unida.

– ¿Qué opinas de Mark?

– No lo conozco muy bien -respondió Michael-. Creo que sólo he hablado con él en un par de ocasiones.

– No me lo explico -observó Bess-. ¿Cómo ha podido ocurrir esto, cuando llevan tan poco tiempo de noviazgo que apenas conocemos al muchacho?

– En primer lugar, no es un muchacho. Tienes que admitir, Bess, que ha afrontado la situación como un hombre. Esta noche me ha impresionado.

– ¿De veras?

– Ha estado al lado de Lisa, en lugar de dejar que ella sola anunciara la noticia. ¿No te parece digno de admiración?

– Supongo que sí.

– Además, por lo visto procede de una buena familia.

Bess había tomado una decisión cuando se dirigía al restaurante.

– No quiero conocerlos -aseguró.

– Oh, vamos, Bess, eso es ridículo. ¿Por qué no?

– No he dicho que me niegue a conocerlos. Lo haré, si no hay más remedio, pero no me apetece.

– ¿Por qué?

– Porque es duro estar con familias felices. Al verlas nuestro fracaso resulta más difícil de sobrellevar. Han conseguido lo que nosotros deseábamos tener y pensamos que tendríamos. Después de seis años, no he logrado vencer la sensación de fracaso.

Michael meditó un instante.

– Sí, sé a qué te refieres -reconoció-. Yo ya llevo dos desengaños.

Bess bebió un sorbo de café y miró a Michael con curiosidad.

– Me cuesta creer que vaya a preguntarte esto, pero ¿qué ha pasado?

– ¿Entre Darla y yo?

Ella asintió con la cabeza. Con la vista fija en su taza, Michael jugueteó con el asa.

– Fue un error desde el principio. Los dos habíamos sido infelices en nuestro matrimonio anterior y pensamos… bueno, ya sabes… Estábamos solos y, como acabas de decir, nos sentíamos fracasados. Parecía necesario iniciar otra relación y esforzarse para que saliera bien y de ese modo endulzar la amargura. Tardamos cinco años en comprender que en realidad nunca habíamos estado enamorados.

– Me temo que lo mismo le ocurrirá a Lisa -conjeturó Bess unos segundos después.

Michael la miró a los ojos mientras ambos reflexionaban sobre el futuro de su hija con el anhelo de que fuese más feliz que el suyo. Desde el otro lado de la barra les llegaba el zumbido plañidero de una licuadora. Michael esperó a que cesara para hablar.

– Sin embargo no nos corresponde a nosotros tomar una decisión por ella.

– Por supuesto que no, pero tenemos la responsabilidad de hacerle pensar en todos los hechos antes de dar el paso.

– ¿Qué hechos?

– Son demasiado jóvenes.

– Son mayores de lo que éramos nosotros cuando nos casamos y parecen saber muy bien lo que quieren.

– Eso dicen. ¿Qué otra cosa esperas que digan en estas circunstancias?

– No lo sé, Bess -respondió él con expresión meditabunda-. Parecen bastante seguros de sí mismos. Mark hablaba con sensatez. Ya habían decidido que querían tener hijos pronto, algo que el noventa por ciento de las parejas que se casan ni siquiera se plantean. Además, no veo nada malo en su manera de pensar. Como dijo Mark, ambos tienen un buen empleo, un hogar, el bebé tendrá dos padres que lo desean… Es un comienzo bastante sólido para un niño. Los padres jóvenes tienen más paciencia, salud y entusiasmo y después, cuando los hijos se van de casa, todavía están en edad de disfrutar de su libertad.

– ¿De modo que consideras que no deberíamos tratar de disuadirlos?

– Creo que es lo mejor. ¿Cuál sería la otra opción? ¿Aborto, adopción, o que Lisa se encargue sola de la criatura? Puesto que los dos se aman y quieren casarse, no tendría mucho sentido.

Bess suspiró y cruzó los brazos.

– Supongo que reacciono como una madre que quiere una garantía de que su hija será feliz. -Al cabo de unos segundos añadió-: Cuando nosotros contrajimos matrimonio, ¿no pensaste que sería para toda la vida?

– Por supuesto, pero no puedes aconsejarle que no se case por temor a que cometa los mismos errores en que tú incurriste. No sería realista. Lo que tienes que hacer es mostrarte sincera con ella y sobre todo contigo. Si tú…, supongo que debería decir si nosotros admitimos nuestros fallos y les prevenimos para que no caigan en ellos, tal vez consigamos redimirnos nosotros mismos.

Mientras Bess reflexionaba al respecto, se acercó la camarera y volvió a llenarles las tazas. Cuando se fue, Bess tomó un sorbo de su humeante café.

– Bien, ¿qué piensas de lo demás? -preguntó-. Me refiero a que entremos con ella en la iglesia y se ponga mi vestido.

Permanecieron unos minutos en silencio, con la mirada baja, como si se imaginaran ofreciendo una escena de armonía frente a unos doscientos invitados, algunos de los cuales sin duda habían estado presentes en su boda. La idea les repugnaba.

– ¿Qué opinas tú, Bess?

La mujer respiró hondo y suspiró.

– No fue nada agradable recibir una reprimenda de mi propia hija. Algunos de sus reproches me enfurecieron. Pensé: ¿Cómo te atreves a sermonearme, criatura inmadura?

– Y ahora ¿qué piensas?

– Bueno, estamos hablando, ¿no?

Ambos recordaron los seis años de silencio y cómo su enemistad había afectado a sus hijos.

– ¿Crees que podremos complacerla? -inquirió Michael.

– No lo sé…

Bess miró los automóviles del aparcamiento a través de la ventana y se imaginó avanzando con Michael por la nave de la iglesia otra vez; viendo su traje de novia en una ceremonia otra vez, sentada a su lado en el banquete de boda otra vez.

– No lo sé… -repitió más serena.

– Creo que no tenemos otra opción.

– Así pues, ¿quieres que acepte cenar en la casa de los Padgett?

– No nos cuesta nada disimular nuestro distanciamiento por un rato…, por el bien de Lisa.

– De acuerdo, pero primero deseo hablar con ella para asegurarme de que no se casa coaccionada y explicarle que, si toma otra decisión, tú y yo la apoyaremos.

– Por supuesto. Considero que es lo más conveniente.

– En cuanto al vestido, ¿qué debo decir?

Ese punto tocaba más de cerca al hogar que todos los demás.

– ¿Qué hay de malo en que se lo ponga?

– Oh, Michael… -La invadió una repentina confusión y desvió la mirada.

– ¿Piensas que porque lo usaste tú y el matrimonio no perduró trae mala suerte? ¿O que algún invitado lo reconocerá y considerará que es un error? Sé razonable, Bess. ¿Quién, salvo tú, yo y tal vez tu madre, se acordará del traje? Opino que deberías dejárselo. Así me ahorraré quinientos dólares…

– Siempre has sido masilla en sus manos.

– Sí, y me gusta.

– ¿Necesito mencionar que habrá que trasladar el piano otra vez?

– Soy consciente de ello.

– Eso trastocará su presupuesto.

– Yo lo pagaré. Cuando lo compré, me comprometí a abonar la factura de las mudanzas del piano.

– ¿Le prometiste eso? -preguntó Bess sin disimular su sorpresa.

– Sí, y le pedí que no te lo comentara, puesto que no hacías más que dar la lata por culpa del piano.

Bess estuvo a punto de soltar una carcajada. Se miraron y reprimieron las sonrisas.

– Está bien. Volvamos atrás, muchacho, a tu comentario sobre ahorrarte quinientos dólares. De ello deduzco que te ofrecerás a costear la boda.

– Ha sido muy noble por su parte no haber pedido ninguna ayuda, pero sólo un avaro permitiría que su hija desembolsara semejante cantidad de dinero cuando él gana unos cien mil dólares al año.

Bess enarcó las cejas.

– ¿Has dejado caer ese comentario con tanta elegancia sólo para asegurarte de que yo lo supiera? El caso es que a mí también me va bastante bien. No cobro cien mil al año, pero sí lo suficiente para que insista en pagar la mitad.

– De acuerdo; trato hecho.

Michael tendió la mano por encima de las tazas de café. Ella se la estrechó y los dos sintieron una sacudida familiar. Sus expresiones se tiñeron de creciente culpabilidad y se apresuraron a romper el contacto.

Michael se tocó el estómago.

– He tomado suficiente café para permanecer despierto hasta las tres.

– Yo también.

– ¿Nos vamos? -propuso él.

Bess asintió y los dos apartaron las sillas de la mesa.

– ¿Cómo está tu madre? -inquirió Michael mientras se ponían los abrigos.

– Infatigable como siempre. Sólo oírla me deja sin aliento.

Michael sonrió.

– Salúdala de mi parte, por favor. La he echado de menos.

– Lo haré. De todos modos, si se celebra la boda, no hay duda de que podrás saludarla personalmente.

– Y tu hermana, Joan, ¿todavía vive en Colorado?

– Sí. Sigue casada con ese imbécil y se niega a divorciarse porque es católica.

– ¿Os veis de vez en cuando?

– No muy a menudo. Ya no tenemos nada en común. Por cierto, Michael… -Bess vaciló. Por primera vez sus ojos reflejaron ternura-. Lamento mucho lo de tu madre…

– Y yo lo de tu padre.

Los dos habían perdido a uno de sus progenitores después del divorcio, pero a ella todavía le quedaba uno.

– Aprecié mucho que fueras al funeral -reconoció Michael-. Ella siempre te quiso.

Bess había acudido acompañada por los chicos, de la misma manera que Michael había asistido al entierro de su suegro, pero habían guardado las distancias y se habían limitado a presentar sus condolencias al otro. El vínculo con los suegros había sido uno de los más difíciles de deshacer.

– La muerte de mamá fue un golpe durísimo para mí -admitió Michael-. Siempre deseé haber tenido hermanos, pero ¿de qué sirven los deseos? Tengo cuarenta y tres años, de modo que ya debería haberlo aceptado.

Nunca le había gustado ser hijo único y muchas veces había hablado con Bess del tema. Ella, por su parte, habría querido llevarse mejor con su hermana. Había siete años de diferencia entre ella y Joan, por lo que en la infancia no habían compartido juegos ni amigas. En sus recuerdos, Joan parecía más bien un tercer progenitor. Cuando se casó y se mudó a Denver hubo muy pocos cambios en la vida de Bess y, si bien se escribían de vez en cuando, las cartas eran de compromiso.

Experimentaron una sensación extraña mientras permanecían allí parados, compadeciéndose por la soledad del otro y la pérdida de sus seres queridos. Ambos habían sabido sobrellevar la tristeza, pero esa empatía era una imposición, por lo que sintieron la necesidad de separarse.

– Bueno, es tarde. Debo marcharme -dijo Bess.

Salió del restaurante delante de él y por un instante notó la mano de Michael en su espalda.

Recuerdos…

Ya en el aparcamiento, Michael comentó:

– Todo indica que la boda nos obligará a mantenernos en contacto. Me he mudado… -Le entregó una tarjeta-. Aquí están mi nueva dirección y mi número de teléfono. Si no estoy ahí, deja un mensaje en el contestador o llama a la oficina.

– De acuerdo.

Bess se la guardó en el bolsillo del abrigo.

Vacilaron un instante. Buscaban las palabras para separarse, mientras esa despedida se fundía con otras cien de sus años de noviazgo…, los bailes y las fiestas de las noches de fin de año, seguidos por abrazos y besos apasionados en los escalones de la puerta de la casa de Bess. La evocación duró apenas unos segundos.

– Así pues, ¿telefonearás a Lisa? -preguntó Michael.

– Sí.

– Tal vez yo también la llame, sólo para hacerle saber que estamos de acuerdo.

– Está bien… Buenas noches.

– Buenas noches, Bess.

Una vez más se produjo un vacío momentáneo cuando ninguno de los dos se movió. Por fin dieron media vuelta y se encaminaron hacia sus respectivos coches.

Bess arrancó el motor y esperó a que se calentara. Michael se lo había enseñado mucho tiempo atrás: un automóvil dura más en Minnesota si se lo deja calentar en invierno. Eso fue en los años difíciles, cuando conservaban los vehículos durante cinco o seis años. Ahora ella podía permitirse comprar uno nuevo cada dos años. En la actualidad conducía un Buick Park Avenue. Aguardó para ver de qué marca era el de su ex marido, incapaz de contener la curiosidad. Oyó el rugido sordo de su motor cuando pasó detrás de ella y captó en el espejo retrovisor el resplandor fugaz de un techo plateado. Se dio la vuelta cuando él entró en el lago de luz que formaba un farol desde lo alto e identificó un Cadillac Seville. Así que era cierto… Le iba muy bien. Seis años atrás, de buena gana habría clavado alfileres en un muñeco que representara a Michael Corran. Esa noche, sin embargo, experimentó cierto orgullo porque alguna vez, hacía mucho tiempo, había elegido a un triunfador y ahora, enfrentados a una boda repentina, no tendrían necesidad de escatimar nada a su hija. Extrajo del bolsillo la tarjeta de Michael y encendió la luz del interior del coche. «Lake Avenue 5.011, White Bear Lake», leyó.

Conque se había mudado a White Bear Lake, a unos dieciséis kilómetros del barrio donde residía ella. ¿Por qué, si en los últimos cinco años había vivido en una zona residencial del oeste de Minneapolis? Demasiado cerca para que me sienta tranquila, pensó. Volvió a guardar la tarjeta en el bolsillo del abrigo y puso el vehículo en marcha.

Veinte minutos después enfiló el sendero en forma de herradura de la casa que ella y Michael habían compartido en Stillwater, Minnesota. Era un edificio georgiano de dos pisos en la Tercera Avenida, cerca del río St. Croix, con un mirador a cada lado de la puerta central, que estaba custodiada por cuatro columnas que soportaban un techo semicircular rodeado por una barandilla. Detrás de ésta, en el segundo piso había una enorme ventana panorámica desde donde se dominaba el jardín. Cuando la vieron, Bess había comentado a Michael que daba la impresión de estabilidad y seguridad, que era la clase de vivienda que aparecía en las ilustraciones de los libros infantiles, la clase de casa donde sólo podría vivir una familia feliz.

Se enamoraron de ella al instante. Una vez dentro, habían contemplado la magnífica vista del río St. Croix y, a lo lejos, Wisconsin. El emplazamiento era estupendo, en la cresta del risco, y un majestuoso arce se alzaba en el centro del patio posterior. Después de ver el lugar, los dos quedaron boquiabiertos de deleite.

Nada de lo ocurrido desde entonces había cambiado la opinión de Bess sobre la casa. Le seguía gustando, lo suficiente para efectuar los pagos por la mitad legal de Michael desde que Randy había cumplido los dieciocho años.

Aparcó el automóvil en el garaje doble adosado a la vivienda, bajó la puerta automática y se dirigió a la cocina por la entrada de servicio. Gracias a la prosperidad de su negocio, había realizado en ella importantes reformas. Ahora tenía armarios de formica blanca, suelo de vinilo azul marino y una alfombra color crema en el comedor contiguo. El nuevo mobiliario era una combinación de tonos azules y damasco, inspirada en la vista del río y los espectaculares amaneceres que se contemplaban desde el lado este de la casa.

Bess cruzó la cocina en forma de U y arrojó su abrigo sobre el sofá situado frente a una vidriera. Encendió una lámpara de pie, que tenía la base de cerámica torneada y una pantalla en forma de címbalo, y fue hasta la ventana para subir las persianas. El estampado de las cortinas era cargado arriba, sencillo abajo; espléndidas cenefas en ondas y flores azul y damasco, a juego con el tapizado de dos sillones y el largo sofá, con sus trece almohadones.

Bess observó el paisaje invernal por la ventana: el patio cubierto de nieve, con el arce ancestral, que montaba guardia; el sendero que descendía por el risco poblado de matorrales; el ancho río y, más allá, cerca de Wisconsin, a unos ochocientos metros de distancia, puntos luminosos de las viviendas que salpicaban las lomas oscuras, altas y boscosas.

Pensó en Michael…, en Lisa…, otra vez en Michael…, y en el nieto que había de nacer. En ningún momento habían pronunciado la palabra, pero había estado allí, entre ellos, en el restaurante, tan real como sus tazas de humeante café.

¡Dios mío, vamos a tener un nieto!

La idea estalló como un trueno en su cabeza, Se llevó la mano a la boca y se le formó un nudo en la garganta. Era difícil odiar a un hombre con quien se comparte un hito semejante.

Las luces al otro lado del río comenzaron a titilar y se dio cuenta de que tenía lágrimas en los ojos. Convertirse en abuelo era algo que sucedía a los otros. En los anuncios de televisión los representaban parejas de sesenta y cinco años, cabellos grises, caras redondas y sonrosadas, que horneaban pastelitos junto con los chiquillos, telefoneaban a sus nietos, abrían sus puertas en Navidad y recibían a dos generaciones con los brazos abiertos.

El hijo de Lisa, en cambio, tendría un abuelo joven, apuesto, recién divorciado, que vivía en White Bear Lake, y como abuela a una mujer de negocios, demasiado ocupada para cocinar pastelitos, que vivía en Stillwater.

Desde su divorcio Bess lamentaba con frecuencia la pérdida de la tradición y la unidad familiar, pero nunca tanto como esta noche, en que pensaba en el advenimiento de una nueva generación. Había conocido a sus abuelos, Molly y Ed LeClair, los padres de su madre, que habían muerto cuando ella estudiaba en el instituto. Al recordarlos se entristeció, ya que durante su infancia ellos habían vivido en Stillwater; en una casa sobre North Hill, a la que Bess iba en bicicleta para hurgar en el frasco de las galletitas de la abuela Molly u observar cómo el abuelo Ed pintaba sus pajareras. El anciano conocía trucos para atraer a las aves y se los había enseñado; una casita de techo inclinado, sin percha, con el fondo separable. En verano, sobre los jardines de la abuela Molly, siempre había pájaros revoloteando.

Los tiempos habían cambiado. El hijo de Lisa tendría que visitar a su abuela en su despacho, y a su abuelo sólo cuando tuviera edad suficiente para conducir.

Por otra parte, los pájaros habían desaparecido de Stillwater.

Bess suspiró y se apartó de la ventana. Se quitó el traje y lo dejó sobre el sofá. Vestida sólo con la blusa, las braguitas y las medias de nailon, encendió el fuego de la chimenea del comedor de diario, se sentó en el suelo y clavó la vista en las llamas. Se preguntó qué pensaría Michael acerca de convertirse en abuelo; dónde estaría Randy; qué clase de marido sería Mark Padgett; si Lisa en verdad lo amaba; si lograría soportar esa charada que Lisa le pedía que representara.

Sonó el teléfono y Bess miró su reloj de pulsera. Eran más de las once. Se acercó al teléfono, que descansaba en una mesa de vidrio que había entre dos sillas bajas de respaldo redondo y descolgó el auricular.

– ¿Diga?

– Hola.

– ¡Ah, hola, Keith!

Levantó la vista hacia el techo y se colocó un mechón detrás de la oreja.

– Has regresado tarde a casa.

– Hace apenas unos minutos.

– ¿Y bien? ¿Qué tal la cena con Lisa?

Bess se dejó caer en una silla y apoyó la cabeza en el respaldo.

– Me temo que no muy bien.

– ¿Por qué?

– Lisa me invitó para algo más que una simple cena.

– ¿Para qué más?

– ¡Oh, Keith! He estado llorando…

– ¿Qué pasa?

– Lisa está embarazada.

Keith dejó escapar un silbido.

– Quiere casarse dentro de seis semanas -añadió Bess.

– ¿Con el padre de la criatura?

– Sí. Se llama Mark Padgett.

– Recuerdo que alguna vez lo has mencionado.

– Mencionarlo, eso es todo. ¡Hace menos de un año que lo conoce!

– ¿Y qué hay de él? ¿También quiere casarse?

– Dice que sí.

– Entonces no entiendo… ¿Cuál es el problema?

Ese era uno de los inconvenientes de Keith: por lo general no comprendía sus problemas. Hacía tres años que salían juntos, y en todo ese tiempo nunca se había mostrado comprensivo cuando ella lo necesitaba. En particular se mostraba intolerante con sus hijos, lo que a menudo la irritaba. Él no tenía hijos, y algunas veces ese hecho creaba un abismo entre ellos que Bess no estaba segura de poder sortear jamás.

– El problema es que yo soy su madre. Quiero que se case por amor, no porque las circunstancias lo exijan.

– ¿Ella lo ama?

– Dice que sí, pero ¿cómo…?

– ¿Él la ama?

– Sí, pero…

– Entonces ¿por qué estás tan alterada?

– ¡Eso no lo soluciona todo, Keith!

– ¿Estás alterada porque te vas a convertir en abuela? ¡Eso es una estupidez! Nunca he logrado entender a la gente que se trastorna tanto por esas zarandajas…, por cumplir treinta años, o cuarenta, o por convertirse en abuelos. Me resulta bastante ridículo. Lo que importa es mantenerse activo y sano, sentirse joven por dentro.

– ¡No estoy alterada por eso!

– Bueno, entonces ¿por qué?

Arrellanada en la silla, con la barbilla apoyada en el pecho, Bess contestó:

– Michael también estaba allí.

Se produjo un breve silencio.

– ¿Michael?

– Lisa lo organizó todo, nos invitó a los dos y después salió del apartamento con una excusa para que nos viéramos forzados a hablar.

– ¿Y?

– Fue infernal.

– Bess, quiero ir a verte -dijo Keith con resolución tras una pausa.

– Son más de las once -repuso Bess.

– Esto no me gusta.

– ¿Qué haya visto a Michael? ¡Por el amor de Dios! En seis años no he mantenido una conversación civilizada con ese hombre.

– Tal vez no, pero ha bastado una sola noche para alterarte. Deseo verte.

– Keith, por favor…, tardarás una media hora en llegar aquí, y yo debo estar mañana temprano en el despacho para atender unos asuntos de contabilidad, Créeme, no estoy alterada.

– Has dicho que has estado llorando.

– No por Michael, sino por Lisa.

Por el silencio de Keith, ella previó su reacción:

– Me estás rechazando otra vez, Bess. ¿Por qué lo haces?

– Por favor, Keith, esta noche no. Estoy cansada y supongo que Randy llegará pronto a casa.

– No pienso quedarme toda la noche.

Aunque Bess y Keith mantenían relaciones íntimas, ella había establecido desde el principio que, mientras viviera con su hijo, él no dormiría nunca en su casa. A Randy ya le había afectado bastante la canita al aire de su padre. Aunque el muchacho podía suponer que tenía una relación amorosa, nunca se lo confirmaría con hechos.

– Keith, ¿podríamos reanudar esta conversación en otro momento? Créeme, he tenido un día muy duro.

Keith dejó escapar un suspiro de exasperación.

– Está bien -concedió-, sólo te llamaba para saber si querías cenar conmigo el sábado por la noche -añadió con acritud.

– ¿Estás seguro de que todavía lo deseas?

– Bess, a veces no entiendo por qué continúo contigo.

– Lo siento, Keith -se disculpó contrita-. Sí, por supuesto, me encantaría salir a cenar el sábado. ¿A qué hora?

– A las siete.

– ¿Voy con mi coche?

Keith vivía en St. Paul, a unos cincuenta kilómetros, y sus restaurantes favoritos se hallaban en esa zona.

– Ven a mi casa. Luego conduciré yo.

– De acuerdo. Ah, Keith…

– ¿Qué?

– Lo siento mucho, de veras.

Bess oyó el suspiro que Keith exhaló.

– Lo sé.

Después de colgar el auricular, Bess permaneció largo rato inclinada en la silla, con las puntas de los pies apoyadas en el suelo, los codos en las rodillas, la vista fija en el fuego de la chimenea. ¿Qué pretendía de Keith? ¿Lo utilizaba para escapar de su soledad? Un día, tres años atrás, él había entrado en su negocio cuando ella llevaba tres años sin un hombre; tres años en los que sus intentos por mantener relaciones ocasionales habían sido fallidos; tres años en los que había opinado que todos los hombres deberían estar en el fondo del mar. Entonces apareció Keith, un vendedor de telas, que arrastró hacia el interior del local una enorme caja de muestras de un metro por cincuenta centímetros y anunció que trabajaba en Robert Allen Fabrics y que ella había decorado el hogar de sus mejores amigos, Sylvia y Reed Gohrman; necesitaba hacer un regalo a su madre para el día de la Madre y, si ella quería echar un vistazo a las muestras mientras él examinaba su mercadería, tal vez ambos encontraran algo que les gustara. Si no, se iría y no volvería a verlo nunca más.

Bess se había echado a reír; Keith también. Al final compró un florero de cuarenta dólares, decorado con rosas de cristal, y ella lo envolvió para regalo.

– Su madre estará encantada.

– Mi madre nunca está encantada con nada -repuso él-. Es muy probable que venga para cambiarlo por esas tres ranas que sostienen esa esfera de vidrio.

– ¿No le gustan a usted?

Keith observó las tres repugnantes ranas de bronce, cubiertas por una pátina verde y con las patas delanteras levantadas sobre la cabeza para aguantar una bola de vidrio claro. Arqueó una ceja e hizo una mueca.

– Bueno, ésa es una pregunta intencionada, y usted todavía no me ha dicho qué le parecen mis muestras.

Ella las había mirado y le habían gustado. Keith le había asegurado que su compañía mantenía un riguroso control de calidad, retiraba de inmediato las telas defectuosas, proveía muestras gratis en lugar del catálogo completo -lo que requería que los dueños de los negocios firmaran un contrato por un año y aceptaran abonar todas las piezas- y permitía aplazar los pagos.

Bess quedó impresionada, y Keith se marchó consciente de ello.

Una semana después la llamó para preguntarle si le apetecía salir con él y sus amigos Sylvia y Reed Gohrman. A ella le atraía su estilo. Además, necesitaba una cita, y la presencia de amigos comunes le garantizaba que no tendría que luchar a brazo partido al final de la noche.

Él se había comportado con impecable cortesía: ninguna indirecta, ninguna insinuación sexual, ni siquiera un beso de despedida hasta el segundo encuentro. Se vieron durante seis meses antes de que la relación se convirtiera en íntima y a renglón seguido le pidió que se casara con él. Por espacio de dos años y medio, ella le dijo que no. Por espacio de dos años y medio, él se mostró cada vez más frustrado por su negativa. Bess intentó explicarle que no estaba dispuesta a correr otra vez ese riesgo, que sacar adelante su negocio se había convertido en su principal fuente de realización personal, que todavía tenía problemas con Randy y no quería imponérselos a un marido. La verdad era que no lo amaba lo suficiente.

Keith era agradable (un calificativo demasiado vago pero certero para describirlo), pero cuando estaban juntos ella sólo sonreía, nunca rebosaba de júbilo. Cuando la besaba, se sentía confortada, nunca apasionada. Cuando hacían el amor, quería la luz apagada, no encendida, y cuando terminaban insistía en irse a su casa, a su cama, para dormir sola.

Por supuesto, los hijos de Bess constituían otro problema. Keith había estado casado muy poco tiempo, cuando tenía algo más de veinte años y, al no tener hijos, siempre se mostraba un poco celoso de Lisa y Randy y un tanto egoísta en su manera de encarar muchos conflictos. Si Bess rechazaba una cita a causa de un compromiso previo con Lisa, se ofendía. Consideraba ridículo que no le dejara pasar la noche en su casa, dado que Randy tenía diecinueve años y no era tonto.

Había algo más… El codiciaba su casa.

La primera vez que entró en ella, se había quedado parado ante las puertas correderas de vidrio, contemplando el río y suspirando. «¡Qué maravilla…! -había exclamado-. Me entran ganas de poner una tumbona aquí y no moverme jamás.»

En primer lugar, Bess odiaba las tumbonas. Además sintió cierta irritación ante la mera sugerencia de que él se instalara en su hogar. Por un instante estuvo incluso en un tris de argüir que aún pertenecía a Michael. Después de todo era su ex esposo quien había pagado la vivienda y la había ayudado a amueblarla y decorarla. ¿Cómo se atrevía ese advenedizo a plantearse la posibilidad de usurpar el sitio que siempre había sido el favorito de Michael?

Había muchas facetas de Keith que le disgustaban, de modo que no podía evitar preguntarse por qué seguía viéndolo.

La respuesta era simple: se había convertido en un hábito y, sin él, se sentiría mucho más sola.

Suspiró y se acercó a la chimenea, retiró la pantalla metálica, movió los leños y miró cómo se elevaban las chispas. Se sentó frente al hogar, con los brazos alrededor de las rodillas.

Oh, Lisa, no empeores el error que ya has cometido, pensó. No es grato contemplar el fuego sola, deseando que las cosas hubieran sido diferentes.

Sintió un calor intenso y las braguitas de nailon parecían atraparlo y extenderlo sobre su piel. Hundió la frente en sus brazos. La casa estaba silenciosa y fría. Nunca había sido muy acogedora después de la marcha de Michael. Era su hogar y nunca renunciaría a él, pero debía reconocer que era triste, solitario.

Fuera habían desaparecido casi todas las luces del otro lado del río. Se levantó y se dirigió al comedor principal, deslizó los dedos por el respaldo de las sillas al pasar, atravesó una arcada que conducía al salón, que se extendía por toda el ala este de la casa, con la vista del río al fondo y una panorámica de la calle al frente. En un rincón había dos grandes ventanales y, en las sombras, un piano majestuoso, negro, brillante, silencioso desde que Lisa había llegado a la mayoría de edad y se había independizado. Sobre él reposaban retratos familiares enmarcados, que todos los jueves la asistenta retiraba para limpiar el polvo. En Navidad, un arreglo de globos de vidrio rojo y ramas verdes los desalojaba. Era la única función del piano.

Bess se sentó en la banqueta de ébano pulido y encendió una lamparita, que iluminó un atril vacío y la tapa del teclado cerrada. Pisó los pedales de bronce, fríos y suaves bajo sus pies enfundados en nailon. Entrelazó las manos sobre el regazo y se preguntó por qué había dejado de tocar. Tras la marcha de Michael, había repudiado el instrumento tanto como a su ex marido. ¿Acaso porque a él le gustaba tanto la música? ¡Qué infantil! De acuerdo, llevaba una vida muy ajetreada, pero había momentos, como ése, en los que ejecutar una melodía habría sido reconfortante.

Se incorporó y hojeó las partituras hasta que encontró la que buscaba.

La tapa del teclado hizo un ruido suave, aterciopelado, cuando la abrió. Las primeras notas vibraron en la habitación en penumbras. The homecoming, la canción de Lisa y de su padre. No se planteó por qué la había elegido. Mientras tocaba, sus dedos perdieron la rigidez, la tensión abandonó sus hombros y pronto empezó a experimentar una sensación de bienestar al comprobar que aún conservaba una aptitud que había permanecido adormecida demasiado tiempo.

No reparó en la presencia de Randy hasta que no terminó la pieza y él habló desde las sombras.

– Muy bien, mamá.

Bess se sobresaltó.

– ¡Randy! ¡Menudo susto me has dado! ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

Con un hombro apoyado contra la pared, Randy sonrió.

– No mucho.

Entró despacio en el salón y se sentó en la banqueta a su lado. Vestía tejanos y una cazadora de cuero marrón muy desgastada. Tenía el pelo negro, como su padre, lo llevaba de punta en la parte superior untado de brillantina, unas ondas naturales le caían por la espalda más abajo del cuello. Randy atraía las miradas de la gente por el hoyuelo que se le formaba cuando sonreía; por su manera de inclinar la cabeza al aproximarse a una mujer. Lucía un pequeño aro de oro en la oreja izquierda, y tenía una dentadura perfecta, los ojos castaños, de pestañas negras. Había adoptado el estilo descuidado del cantante George Michael, y un aire indolente.

Sentado al lado de su madre, tocó un fa y mantuvo la tecla apretada hasta que la nota se redujo al silencio. Dejó caer la mano sobre su regazo, volvió la cabeza y esbozó una sonrisa perezosa.

– Hacía mucho que no tocabas -comentó.

– Es verdad.

– ¿Por qué lo dejaste?

– ¿Por qué dejaste tú de hablar a tu padre?

– ¿Por qué dejaste tú de hacerlo?

– Estaba enojada.

– Yo también.

Se produjo un breve silencio.

– Lo he visto esta noche -explicó Bess.

Randy desvió la mirada, pero mantuvo la sonrisa.

– ¿Cómo está el gilipollas?

– Randy, estás hablando de tu padre y no permitiré que emplees ese vocabulario.

– Te he oído llamarle cosas peores.

– ¿Cuándo?

Randy meneó la cabeza con gesto irritado.

– Vamos, mamá, reconócelo de una vez; lo odias tanto como yo y nunca lo has ocultado. ¿A qué viene todo esto? ¿De repente se te ocurre echarle flores?

– Yo no le echo flores. Sólo te he dicho que lo he visto; en el apartamento de Lisa.

Randy se rascó la cabeza.

– Ah, sí, es cierto… Supongo que Lisa ya te lo ha contado.

– Sí.

El joven miró a su madre.

– ¿Cómo reaccionaste? ¿Te dio un soponcio?

– Más o menos.

– A mí también me sorprendió la noticia, pero he tenido un día para pensar en ello y creo que todo le irá bien. Lisa está enamorada de Mark, y él es un buen muchacho. La quiere de verdad.

– ¿Por qué lo sabes?

Randy deslizó la uña del pulgar entre dos teclas.

– Voy a menudo a su casa. Lisa me prepara algo de cenar y vemos películas en vídeo juntos. Por lo general Mark está allí.

Otra sorpresa.

– Yo no sabía… que la visitabas -comentó Bess.

Randy apartó la mano del teclado y la dejó en su regazo.

– Lisa y yo nos llevamos muy bien. Me ayuda a aclararme las ideas.

– Lisa me ha explicado que has accedido a ser su padrino.

Randy se encogió de hombros.

– Y que te cortarás el pelo -añadió Bess. Randy chasqueó la lengua y sonrió.

– Eso te gusta, ¿eh, mamá?

– El pelo no me molesta tanto como la barba.

Randy y se la frotó. Era espesa y oscura, y sin duda atraía a muchas jovencitas.

– Sí, bueno, tal vez me la afeite.

– ¿Tienes alguna chica que vaya a echarla de menos? -preguntó Bess en son de broma.

Hizo ademán de pellizcarle la mejilla, y él se echó hacia atrás al tiempo que movía las manos como si hiciera kárate.

– ¡No me provoques, mujer!

Los dos fingieron prepararse para iniciar una pelea, después rieron y se abrazaron. No importaban los quebraderos de cabeza que él le causaba, pues momentos como ése eran su recompensa. Había algo maravilloso en tener un hijo adulto. Sus muestras de afecto la resarcían de su soledad, y gracias a él tenía a alguien de quien ocuparse, una razón para mantener la nevera llena. Probablemente ya era tiempo de echarlo del nido, pero detestaba la idea de perderlo, aunque no era frecuente que intercambiaran bromas como ésa. Cuando él se marchara, sólo quedaría ella en esa casa enorme, y habría que adoptar una decisión.

Randy la soltó y ella le sonrió con cariño.

– Eres un coqueto incorregible.

Él se llevó las manos al corazón.

– Me ofendes, mamá.

Bess decidió acabar con las chanzas.

– En cuanto a la boda… -dijo-, Lisa nos ha pedido a tu padre y a mí que entremos con ella en la iglesia.

– Sí, lo sé.

– Al parecer se celebrará una cena en la casa de los padres de Mark para que las dos familias nos conozcamos. -Hizo una pausa y, al ver que Randy permanecía en silencio, preguntó-. ¿Podrás soportarlo?

– Lisa y yo ya hemos hablado de eso.

Los labios de Bess formaron un «oh» silencioso. No cabía duda de que sus hijos mantenían una relación excelente.

– No te preocupes -agregó Randy-, no pondré en aprietos a la familia. -Tras mirar a su madre a los ojos inquirió-: ¿Y tú?

– No. Tu padre y yo charlamos después de salir del apartamento de Lisa. Hemos decidido respetar sus deseos. Hubo intercambio de ramos de olivo en son de paz.

Randy levantó las manos y se golpeó las caderas.

– Bueno, entonces… supongo que todo el mundo está feliz.

Cuando se disponía a ponerse en pie Bess lo cogió del brazo.

– Hay algo más.

Randy esperó con actitud indolente.

– Tu padre y Darla han iniciado el divorcio. Considero que debes saberlo.

– Sí, Lisa me lo comentó. El amor se acaba y se abandona, Curran. -Soltó una carcajada de amargura y agregó-: La verdad, mamá, me importa un bledo.

– Está bien. Ya te lo he dicho. Fin de la obligación maternal.

Randy se levantó de la banqueta y se detuvo en las sombras.

– Es mejor que tengas cuidado, mamá. Pronto llamará otra vez a tu puerta; así actúan los tipos como él… Necesitan tener una mujer y acaba de librarse de una. Ya te engañó una vez y espero que no le permitas hacerlo de nuevo.

– Randy Curran, ¿crees que soy idiota?

El muchacho dio media vuelta y se dirigió hacia la arcada que conducía al comedor. Antes de cruzarla se volvió hacia su madre.

– Bueno, cuando llegué estabas tocando su canción preferida.

– ¡Da la casualidad de que también me gusta a mí!

Sin dejar de mirarla, Randy dio unas palmadas sobre el marco de la puerta.

– Sí, mamá. Por supuesto.

Capítulo 3

Al día siguiente, cuando Bess salió de casa para dirigirse a su negocio, el valle del río St. Croix yacía bajo un manto de bruma invernal. Era una mañana gélida, sin viento. Hacia el sur se elevaba un penacho blanco, inerte, de la alta chimenea de ladrillo de la central eléctrica de Northern States y la nube inmaculada se convertía en un envoltorio inmóvil suspendido contra el cielo de color peltre. Hacia el norte, la escarcha adornaba los cables del viejo puente levadizo de acero negro que conectaba Stillwater con Houlton (Wisconsin).

A Stillwater la llamaban la ciudad del río. Estaba encerrada en una hondonada rodeada de colinas boscosas, ríos, cañadas y riscos de piedra caliza que la empujaban hacia las aguas plácidas del río, de las que había tomado su nombre. Había sido la meca para los leñadores del siglo XIX que trabajaban en los pinares del norte y gastaban sus ganancias en las cincuenta tabernas y los seis burdeles, todos ellos desaparecidos mucho tiempo atrás. También habían desaparecido los magníficos pinos blancos, que antaño habían sido la fuente de riqueza de la población. No obstante, Stillwater hacía honor a su herencia de antiguos aserraderos, casas de huéspedes para los taladores y mansiones victorianas construidas por los comerciantes de maderas adinerados, cuyos nombres todavía figuraban en la guía telefónica local.

A primera vista parecía una ciudad de tejados -campanarios, buhardillas, agujas y torrecillas de las caprichosas estructuras erigidas en otro tiempo-, los cuales descendían hacia la estrecha parte baja de la localidad que bordeaba la orilla oeste del río.

Bess contempló el panorama mientras bajaba por la calle Tres, tras haber dejado atrás el viejo palacio de justicia. Giró a la derecha en Olive para enfilar Main Street, la vía comercial de alrededor de un kilómetro, que se extendía desde las cuevas de piedra caliza de la vieja fábrica de cerveza de Joseph Wolf al sur hasta las paredes del molino Staples al norte. Sus edificios eran del siglo pasado, ornamentados, de ladrillos rojos, con ventanas en arco en el segundo piso, faroles antiguos en la fachada y senderos estrechos. De ella partían veredas de guijarros que descendían hasta el río, a una manzana de distancia. En verano, los turistas paseaban por la ribera, disfrutaban de sus jardines de rosas, se sentaban a la sombra del torreón de la ciudad en Lowell Park o al sol, sobre el césped verde, mientras lamían cucuruchos de helado y observaban cómo las embarcaciones surcaban las aguas azules del St. Croix. Algunos realizaban recorridos turísticos en el Andiamo, el viejo barco de rueda de paletas, o se sentaban en los restaurantes de la orilla, bebían refrescos, comían bocadillos y admiraban la superficie rizada del agua desde la sombra de elegantes viseras de terciopelo mientras pensaban en lo fantástico que sería vivir allí.

Eso era en verano.

Ahora estaban en invierno.

Ahora, en pleno enero, las rosas habían desaparecido. Los barcos estaban en dique seco en los cinco puertos deportivos del valle. El Andiamo dormía rodeado de hielo. El carro de los helados tenía sus ventanitas cerradas, aseguradas con tablas de madera, y estaba cubierto por una cúpula de nieve. Las esculturas de hielo frente al Grand Garage habían perdido sus bordes perfectos y degenerado en vagos recuerdos de los barcos de vela y los ángeles que habían sido durante los bulliciosos días de Navidad.

Bess tomó su habitual madalena con café en el restaurante del club St. Croix, junto a una estufa, antes de dirigirse a su negocio. Se hallaba en Chestnut Street, a dos puertas de Main Street, en un edificio antiguo con dos jardineras azules en las ventanas, una puerta del mismo color y un letrero que rezaba: lirio azul, diseño de interiores, y una flor estilizada debajo de las palabras.

El interior era sombrío, pero olía a los popurrís y las velas aromáticas que vendía. La casa tenía noventa y tres años, era apenas un poco más ancha que un pasillo de hospital, pero profunda. La puerta principal estaba orientada al norte, por lo que el local era fresco en verano. Esa mañana se filtraba una corriente de aire helado.

Las paredes eran de color crema, a juego con la pintura del maderamen, y debajo de las molduras del techo había un ribete de lirios azules, del mismo tono que la moqueta. Dicha flor aparecía también en el logotipo que colgaba de la pared de la escalera, detrás del escritorio, y en las bolsas de papel que entregaban a los clientes.

La abuela Molly había cultivado lirios azules en su jardín de North Hill. Ya de niña Bess soñaba con montar un negocio y sabía cómo se llamaría.

Por entre el laberinto de lámparas, postales artísticas, atriles, marcos de bronce, muebles pequeños y plantas secas Bess se abrió paso hasta el pequeño mostrador situado junto a una antigua escalera empinada que conducía a un minúsculo desván; era tan reducido, de tan baja altura, que Bess tocaba con el pelo la chapa de estaño en relieve que cubría el techo. En los tiempos de apogeo de la ciudad, algún contable había pasado sus días allí, ocupado con los asientos en el libro mayor y los recibos de pagos en efectivo. Bess pensaba que el hombre debía de haber sido un enano o un jorobado.

Abrió la caja registradora y encontró varios mensajes que Heather le había dejado el día anterior, los recogió junto con su termo de café y subió por los peldaños. El lugar estaba tan atestado de cosas que se vio obligada a hacer equilibrio sobre un pie e inclinarse por encima de la maraña de objetos, rollos de papel y libros para encender primero una lámpara de pie y después el fluorescente sobre el escritorio. Como oficina, el desván era de todo punto inadecuado; sin embargo, cada vez que pensaba en dejar ese local para adquirir uno mayor, era precisamente esa pieza la que la hacía desistir. Tal vez eran las mañanas como ésa, cuando su estrecho lugar de trabajo recogía el calor que ascendía desde la planta baja y conservaba el aroma del café. O quizá era, sencillamente, que tenía carácter e historia, lo que ejercía una atracción especial sobre Bess. Sentía una ligera repulsión ante una oficina moderna en un cubículo aséptico.

Bess acostumbraba llegar temprano. Las horas entre las siete y las diez, cuando los teléfonos no sonaban y no había clientes alrededor, eran las más productivas de su jornada. En cuanto se abriera la tienda al público, no podría dedicarse a sus papeles.

Abrió el termo, se sirvió un café, leyó los mensajes de Heather, ordenó y archivó algunos documentos, hizo algunas llamadas telefónicas y logró realizar algunos diseños antes de que Heather llegara a las nueve y media.

– ¡Buenos días, Bess! -la saludó desde abajo.

– ¡Buenos días, Heather! ¿Cómo estás?

– Muerta de frío.

Bess oyó que se abría y cerraba la puerta del sótano. Heather había colgado su abrigo.

– ¿Qué tal la cena en casa de Lisa?

Bess, que estaba hojeando un catálogo de muebles, se detuvo. Heather conocía lo suficiente de su historia con Michael, de modo que no pensaba mencionarlo.

– Muy bien -respondió-. Va en camino de convertirse en una excelente cocinera.

La cabeza de Heather apareció tras la baranda y sus pasos hicieron crujir los escalones. Se detuvo en el último peldaño. Era una mujer de cuarenta y cinco años, cabellos rubio rojizo, muy cortos, peinados en un estudiado y moderno desorden, elegantes gafas de carey y uñas pintadas de rojo con minúsculas piedras de adorno que destellaban cuando movía las manos. De pómulos prominentes, boca sensual y vestida con despreocupada elegancia, causaba una primera impresión positiva en los clientes.

Bess contaba con tres empleados que realizaban media jornada, pero Heather era su favorita, así como la más valiosa.

– Tienes una cita a las diez.

– Sí, lo sé -repuso Bess, que empezó a reunir los materiales para la visita a domicilio.

– Y otra a las doce y media, y una tercera a las tres.

– Lo sé, lo sé.

– ¿Instrucciones para hoy?

Bess entregó a Heather varias notas, le indicó que pidiera papel de empapelar y controlara los pedidos que habían de llegar antes de marcharse, con la seguridad de que no habría ningún problema durante su ausencia.

Era un día agitado, como casi todos. Tres visitas a domicilio le dejaban poco tiempo para almorzar, de manera que compró un bocadillo de ensalada de atún entre dos citas y lo comió en el coche. Condujo desde Stillwater hasta Hudson (Wisconsin), después se dirigió al norte de St. Paul y regresó al Lirio Azul en el instante en que Heather cerraba el establecimiento.

– Has tenido nueve llamadas -informó Heather.

– ¡Nueve!

– Cuatro de ellas eran importantes.

Bess estaba tan exhausta que se dejó caer en un canapé de mimbre.

– Cuéntame.

– Hirschfields, Sybil Archer, Empapelados Warner y Lisa.

– ¿Qué quería Sybil Archer?

– Su papel para las paredes.

Bess lanzó un gemido. Sybil Archer era la esposa de un ejecutivo de 3M, que debía de creer que ella disponía de una estampadora de papel en el cuarto trastero y podía producir el material con sólo chasquear los dedos.

– ¿Qué quería Lisa?

– No me lo dijo. Sólo pidió que la telefonearas.

– Gracias, Heather.

– Bueno, voy al banco antes de que cierre.

– ¿Cómo ha ido el día? -inquirió Bess.

– Terrible. Ocho clientes en total.

Bess hizo una mueca de disgusto. La mayor parte de sus ingresos provenían de sus trabajos de diseño; si mantenía la tienda era principalmente por consideración hacia los clientes que adquirían objetos de decoración.

– ¿Alguno compró algo?

– Un almanaque de Cobblestone Way, unas pocas postales y un par de paños de cocina.

– Gracias a Dios por los veranos en una ciudad turística, ¿eh?

– Bien, nos vemos mañana. ¿De acuerdo?

– Gracias, Heather.

Cuando Heather se marchó, Bess se obligó a ponerse en pie, dejó el abrigo sobre el sofá y se dirigió al desván. Como de costumbre, no había dedicado a los proyectos de diseño todo el tiempo que habría deseado. Por lo general tardaba unas diez horas en dibujar los planos, y ese día apenas había dispuesto de tres.

Una vez arriba, se quitó los zapatos de tacón, se recogió el pelo sobre la nuca y se sentó en la silla del escritorio. Retiró el envoltorio de un bocadillo de pavo y verdura que había comprado en un supermercado y abrió la lata de gaseosa baja en calorías.

Al relajarse por primera vez desde la mañana se percató de lo cansada que estaba. Dio un mordisco al bocadillo y miró la pila de páginas que esperaban ser intercaladas en un catálogo de muebles desde hacía más de dos semanas.

Todavía las observaba cuando sonó el teléfono.

– Lirio Azul, buenas tardes…

– ¿Señora Curran?

– ¿Sí?

– Soy Hildy Padgett, la madre de Mark. -Su voz era afable, ni afectada ni tosca.

– Oh, sí, hola, señora Padgett. Me alegro mucho de que me haya llamado.

– Tengo entendido que Mark y Lisa cenaron con usted anoche y le comunicaron la noticia.

– Sí, así es.

– Bueno, al parecer están decididos a convertirnos en consuegros.

Bess dejó el bocadillo sobre el escritorio.

– En efecto, así parece.

– Quiero que sepa que Jake y yo no podríamos sentirnos más felices. Pensamos que el sol se eleva para iluminar a su hija. Cuando Mark la trajo por primera vez a nuestra casa, consideramos que era la clase de chica que nos gustaría como hija política. Cuando nos anunciaron que planeaban casarse, nos alegramos muchísimo.

– Es usted muy amable. Me consta que Lisa también les aprecia a ustedes muchísimo.

– Claro que nos sorprendió un poco saber que esperaban un bebé. Jake y yo tuvimos una larga charla con Mark para comprobar si estaba seguro del paso que iba a dar, y comprendimos que de cualquier manera tenía la intención de contraer matrimonio con Lisa, que los dos deseaban tener un hijo y se sienten muy felices.

– Sí, ellos nos dijeron lo mismo.

– Es maravilloso. Estos chicos parecen muy sensatos.

Una vez más Bess sintió una punzada de remordimiento, quizá incluso de celos, porque ella conocía a Mark y a Lisa como pareja mucho menos que esa mujer.

– Le seré franca, señora Padgett; yo apenas he visto a Mark, pero anoche, durante la cena, advertí que es un muchacho íntegro y era sincero al decir que desea ese matrimonio.

– Nosotros les hemos dado nuestra bendición, y ahora ellos quieren que nos conozcamos. Por eso propuse celebrar una cena aquí, en mi casa. Espero que el sábado por la noche le vaya bien.

– El sábado por la noche… -Tenía una cita con Keith, pero ¿cómo podía anteponer una vulgar salida a esta invitación?-. Me parece muy bien -concluyó.

– ¿Qué tal a las siete?

– Perfecto. ¿Puedo llevar algo?

– Al hermano de Lisa, eso es todo. Nuestros cinco hijos estarán presentes, de modo que tendrán oportunidad de conocerlos a todos.

– Es muy amable de su parte tomarse tantas molestias.

Hildy Padgett rió.

– ¡Estoy tan entusiasmada que me levanto de noche para hacer la lista de invitados!

Bess sonrió. La mujer parecía muy simpática y animada.

– Por otra parte -prosiguió Hildy-, Lisa se ofreció a ayudarme. Se encargará del postre, de manera que todo lo que usted tiene que hacer es estar aquí a las siete. Luego nos ocuparemos de que esos chicos emprendan el camino juntos como corresponde.

Cuando colgó, Bess quedó inmóvil en la silla, melancólica a pesar de los planes que acababa de trazar. Fuera había caído la noche y en las ventanas de abajo estaban encendidas las lámparas de bronce. Sus luces proyectaban las sombras de un helecho que colgaba en el escaparate. En el desván sólo estaba encendido el foco de escritorio, que arrojaba un cono amarillo sobre las hojas y el bocadillo a medio terminar en su rectángulo de papel blanco. Lisa tenía veintiún años, y estaba embarazada e iba a casarse. ¿Por qué se sentía tan triste? ¿Por qué se encontraba ahora añorando los días en que sus hijos eran pequeños?

Amor de madre, supuso; esa fuerza misteriosa que se presentaba en momentos inesperados y hacía aflorar la nostalgia. De pronto anheló estar con Lisa, tocarla, estrecharla entre sus brazos.

Se desentendió del trabajo que debía atender, se inclinó y marcó el número de Lisa.

– ¿Diga?

– Hola, cariño, soy yo.

– Hola, mamá. ¿Pasa algo malo? Te noto un poco alicaída.

– Un poco nostálgica, nada más. He pensado que, si no estás muy ocupada, podría ir a visitarte para charlar un rato.

Treinta minutos después, Bess entraba en el escenario donde se había encontrado con Michael la noche anterior. Cuando Lisa abrió la puerta, Bess le dio un abrazo más fuerte y algo más prolongado de lo habitual.

– Mamá, ¿qué ocurre?

– Supongo que me comporto como una madre típica, eso es todo. Estaba trabajando y de repente se me nublaron los ojos al recordarte de niña.

Lisa esbozó una sonrisa pícara.

– Era una criatura fantástica, ¿verdad?

Lisa tenía el don de provocar risas espontáneas. Bess prorrumpió en carcajadas, pero al mismo tiempo se secó las lágrimas que habían asomado a sus ojos.

Lisa la rodeó con un brazo y la condujo al salón.

– ¡Oh, mamá! Voy a casarme, no a encerrarme en un convento.

– Lo sé. Es sólo que no estaba preparada.

– Papá tampoco.

Se sentaron en el sofá cama y Lisa puso los pies en alto.

– ¿Qué tal os fue anoche cuando salisteis de aquí? -preguntó la joven-. Supuse que queríais hablar en privado.

– Fuimos a tomar un café y actuamos como personas civilizadas durante una hora.

– ¿Qué decidiste con respecto a Mark y a mí?

En el rostro de Bess se dibujó una expresión de ansiedad.

– Eres mi única hija y vas a casarte una sola vez; al menos eso espero.

– Por eso has venido, ¿verdad?, para asegurarte de que hago lo correcto.

– Tu padre y yo sólo queremos que sepas que, si por alguna razón prefieres no contraer matrimonio, nosotros te respaldamos.

Ahora fue Lisa quien se mostró ansiosa.

– Oh, mamá, quiero a Mark. Me siento feliz a su lado. Me hace desear ser mejor de lo que soy. Es como si… -Lisa cruzó las piernas, alzó la vista al techo mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas, después miró a su madre y añadió al tiempo que movía las manos-: Es como si, cuando estamos juntos, desapareciera todo lo negativo. Me muestro más benevolente con la gente que me rodea, no critico, no me quejo, y lo curioso es que a Mark le sucede lo mismo.

»Hemos hablado mucho al respecto…, acerca de la noche en que nos conocimos. Cuando entramos en la sala de billar y nos miramos, ambos deseamos salir de allí, ir a algún lugar puro, tal vez a un bosque, o quizá oír una orquesta. ¡Una orquesta! ¡Ostras, mamá! -Alzó las manos-. Ya sabes cuánto me gusta la música moderna. El caso es que allí estaba yo, con todos los sentidos aguzados y nuevos caminos que se abrían ante mí y parecían invitarme. Sucedió algo… No puedo explicarlo. Nosotros sólo…

Se produjo un breve silencio.

– Simplemente nos sentimos diferentes -prosiguió Lisa con tono dulce-. Estábamos en ese ambiente alocado, lleno de ruido y humo, de tipos fanfarrones y exhibicionistas, y entonces nos topamos. Él me sonrió y dijo: «Hola, soy Mark.» A partir de esta noche nunca hemos sentido la necesidad de fingir o mentir al otro. Admitimos nuestras debilidades, y eso nos hace más fuertes. ¿No es fantástico?

Sentada en el otro extremo del sofá, Bess escuchaba la más conmovedora descripción del amor que jamás había oído.

– ¿Sabes qué me dijo un día? -Lisa estaba radiante mientras explicaba-: Dijo: «Tú eres mejor que cualquier credo que haya aprendido jamás.» Dijo que era un verso de un poema que había leído. Reflexioné algún tiempo sobre esas palabras… En realidad he meditado mucho al respecto y he llegado a la conclusión de que cada uno de nosotros es el credo del otro, y no casarse con alguien que piensa de esa manera sería una ignominia.

– ¡Oh, Lisa! -susurró Bess.

Se acercó a Lisa para abrazarla. ¡Su hija había encontrado el amor que toda mujer desea experimentar algún día! Era frustrante y al mismo tiempo gratificaba saber que Lisa había crecido tanto en tan poco tiempo sin que ella, su madre, lo advirtiera. Qué humillante era comprender que Lisa había aprendido a los veintiún años algo que ella ignoraba a los cuarenta. Lisa y Mark habían descubierto cómo comunicarse, habían encontrado el equilibrio entre ensalzar las virtudes y tolerar los defectos del otro, lo que se traducía no sólo en amor sino también en respeto. Era algo que Bess y Michael jamás habían logrado.

– Lisa, cariño, ahora que sé lo que sientes por él, soy muy feliz.

– Sí, sé feliz, como yo lo soy -repuso Lisa entre sus brazos-. Hay algo más que quiero decir… -Se apartó de Bess y añadió-: Sin duda te preguntarás cómo es posible que en estos tiempos una chica pueda ser tan estúpida como para quedar embarazada, cuando hay por lo menos una docena de maneras de evitarlo. ¿Te acuerdas de cuando fuimos a esquiar a Lutsen, antes de Navidad? Pues bien, ese fin de semana olvidé las píldoras anticonceptivas. Sabíamos muy bien el riesgo que corríamos si hacíamos el amor, de modo que hablamos del asunto. ¿Qué ocurriría si nos arriesgábamos y quedaba embarazada? Mark aseguró que quería casarse conmigo y que, si quedaba encinta, le parecería bien, y yo estuve de acuerdo. Así pues ya ves, mamá, cuando decimos que nos sentimos dichosos por tener un bebé, no es pura palabrería. No tienes por qué preocuparte. Mark y yo nos llevamos muy bien.

Bess le acarició la cara con profunda ternura.

– ¿Dónde he estado yo mientras tú crecías tanto?

– No lo sé.

– Yo sí; he estado ocupada en mi negocio. Ahora comprendo que he pasado demasiado tiempo en él y no te he dedicado a ti el suficiente en el último par de años. Si lo hubiera hecho, habría visto florecer esa relación entre tú y Mark y anoche no me habrías pillado desprevenida.

– Mamá, lo afrontaste muy bien.

– No, tú lo afrontaste muy bien, al igual que Mark. Tu padre quedó muy impresionado con él.

– Lo sé. Hoy he hablado con él. La madre de Mark lo ha llamado y me ha dicho que también pensaba telefonearte a ti; ¿lo ha hecho?

– Sí. Es encantadora.

– Sabía que te caería bien. Entonces ¿cenaremos juntos el sábado por la noche? ¿No hay objeciones?

– Ahora que sé lo que sientes, ninguna.

– Menudo alivio. Papá me ha explicado que charlasteis de lo demás, del vestido y de mi deseo de que entremos juntos en la iglesia. ¿Es así?

– Lo haremos.

– ¿Me dejarás usar tu vestido?

– Si te queda bien, sí.

– ¡Oh, mamá! Sé que temes que al ponerme tu traje caiga una especie de maleficio sobre mi boda, pero ésos son cuentos chinos. No son los vestidos los que hacen que un matrimonio salga bien, sino las personas. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

– El traje me gusta, es todo. Solía ponérmelo cuando no estabas en casa. Apuesto a que nunca te enteraste, ¿no es así?

– No, nunca.

– En cierto modo es culpa tuya por guardar algo tan irresistible en una zona prohibida. Algún día te contaré algunas de las travesuras que Randy y yo solíamos hacer cuando no estabais en casa.

Bess la miró con desconfianza.

– ¿Por ejemplo?

– ¿Recuerdas aquel manual sobre sexualidad que acostumbrabas esconder entre las sábanas, en el armario de la ropa blanca de tu cuarto de baño? Tenía ilustraciones de todas las posiciones. Nunca pensaste que nosotros sabíamos que estaba allí, ¿verdad?

– ¡Menudos diablillos!

– Sí, eso éramos. ¿Te acuerdas del jarrón que desapareció un día y no lograste encontrar? ¿El blanco con una cenefa de corazones rosas? Lo rompimos una noche mientras jugábamos a los monstruos en la oscuridad. Acostumbrábamos apagar todas las luces, y uno se escondía mientras el otro caminaba como Frankenstein, con los brazos abiertos. Una noche… ¡Zas!, adiós a tu florero. Como sabíamos que te enfadarías si te lo decíamos, guardamos los pedazos en un bote de zumo de tomate que luego arrojamos al cubo de la basura. Ya entonces sabía, mamá, que algún día tendrías más jarrones que un mercadillo, y no me equivoqué. Seguro que tienes más de veinte en tu negocio.

¿Cómo podía resistirse a soltar una carcajada ante tamaña impertinencia?

– Y entretanto yo os enviaba a las clases de catecismo y os enseñaba a ser unos chicos buenos y sinceros.

– En el fondo lo éramos. Mírame ahora. Voy a casarme con el muchacho a quien he puesto en un aprieto y voy a tener un hijo suyo.

– Se hace tarde -observó Bess-. Debo marcharme. Ha sido un día muy largo.

Lisa se levantó del sofá.

– Trabajas demasiado, mamá. Deberías dedicarte más tiempo.

– Ya lo hago -repuso Bess.

– ¡Oh, sí, seguro! Sospecho que, cuando Mark y yo tengamos el bebé, te tentaremos a menudo para que bajes de tu pequeño desván. ¿Te imaginas? Mi mamá convertida en abuela. ¿Qué piensas de eso?

– Creo que mi pelo necesita un tinte.

– Ya te acostumbrarás a la idea. ¿Qué le parece a papá convertirse en abuelo?

– No hemos hablado de eso.

– Noto cierta frialdad en tu tono.

– Cambiando de tema, debo decirte que la treta que empleaste anoche fue muy desagradable.

– Sin embargo funcionó.

– Hemos establecido una tregua mientras duren los festejos de la boda. Nada más.

– ¿Ah, sí? Randy me ha contado que anoche, cuando llegó a casa, estabas tocando The homecoming.

– ¡Por el amor de Dios! ¿Es que ya no tengo vida privada?

Las dos se dirigieron a la puerta del apartamento.

– Sería fantástico que papá y tú vivierais juntos otra vez y nos visitarais, a nosotros y a vuestro nieto. Además, ya no os pelearíais por las tareas de la casa y los chicos, porque ahora somos adultos y tienes una señora de la limpieza. Por otro lado, como ya has acabado tus estudios universitarios, papá ya no te regañaría por eso, y puesto que se ha separado de Darla…

– Lisa, estás delirando. -Bess se puso el abrigo-. Estoy dispuesta a tratar a tu padre con cortesía, eso es todo. Además, te olvidas de Keith.

– No me hagas reír mamá. Hace tres años que sales con él, y Randy me ha explicado que ni siquiera pasas las noches con él. Hazme caso, Bess, ese tipo no es para ti.

– No sé qué te ocurre esta noche, Lisa, pero te muestras agresiva y creo que lo haces adrede.

– Estoy enamorada, y quiero que todo el mundo lo esté también -respuso Lisa antes de darle un beso-… Nos veremos el sábado por la noche. ¿Sabes la dirección?

– Sí. Hildy me la dio.

– No te olvides de llevar a mi hermanito.

Cuando se dirigía a su coche, Bess ya no se sentía triste. Lisa tenía en verdad el don de hacer que la gente se riera de sus propias flaquezas. Por supuesto, Bess no tenía la menor intención de reanudar su relación con Michael, pues, como había dicho, había que tener en cuenta a Keith. Al pensar en él frunció el entrecejo; sin duda no le gustaría nada que anulara la cita del sábado por la noche.

Cuando llegó a casa, y una vez que se hubo quitado el traje y las medias, lo llamó desde el teléfono de su dormitorio.

– ¿Diga? -contestó Keith después del quinto timbrazo.

– Keith, soy Bess. ¿Te he interrumpido?

– Acabo de salir de la ducha.

No había -y nunca había habido- ninguna insinuación sexual que siguiera a un comentario como ése. Era una de las cosas que Bess echaba de menos en esa relación; aun así, nunca se había atrevido a dar el primer paso y, como él no tomaba la iniciativa, faltaba la réplica pícara, íntima.

– Si lo prefieres te llamo más tarde.

– No, no, está bien. ¿Qué pasa?

– Keith, lamento mucho decirte que he de cancelar nuestra cita del sábado por la noche.

Se produjo un silencio, y Bess supuso que Keith había dejado de secarse con la toalla.

– ¿Por qué?

– Los Padgett celebran una cena en su casa para que las dos familias nos conozcamos.

– ¿Te han preguntado si tenías algún compromiso?

– A todos les iba bien esa fecha. Pensé que no estaría bien pedir que la aplazaran sólo por mí. Además, puesto que falta poco tiempo para la boda, pensé que no convenía retrasar el encuentro.

– Supongo que tu ex estará allí…

Bess se frotó la frente.

– Oh, Keith…

– ¿Estará allí?

– Sí.

– ¡Oh, magnífico!

– Por el amor de Dios, Keith, se trata de la boda de nuestra hija. No puedo eludir a Michael sin ningún motivo.

– ¡No, por supuesto que no! -le espetó Keith-. Muy bien, Bess, cuando tengas tiempo para mí, llámame.

– Keith, espera…

– No… no… No te preocupes por mí -replicó con sarcasmo-. Haz lo que consideres oportuno con Michael. Lo entiendo.

Bess detestaba el tono desabrido que adoptaba cada vez que sentía celos del tiempo que dedicaba a sus hijos.

– Keith, no te enfades, por favor.

– Tengo que colgar, Bess. Estoy mojando la alfombra.

– Está bien, pero pronto.

– Por supuesto -concedió con acritud.

Cuando colgó, Bess se frotó los ojos. A veces Keith se comportaba como una criatura malcriada. ¿Por qué siempre planteaba las cosas como si ella tuviera que elegir entre sus hijos y él? Una vez más se preguntó por qué seguía saliendo con él. Quizá sería mejor para los dos romper de una vez esa relación.

Dejó caer los brazos y pensó con fastidio en los planos que había traído a casa y la aguardaban sobre la mesa del comedor. Detestaba trabajar cuando estaba de mal humor, pues temía que su enojo se reflejara en los diseños.

Suspiró, se puso de pie y bajó para trabajar dos horas más.

Capítulo 4

La noche del sábado Bess se esmeró en su peinado. El cabello le llegaba casi hasta los hombros y tenía una amplia variedad de matices rubios. Lo rizó lo suficiente para darle más volumen y lo recogió detrás de las orejas. Su maquillaje era discreto, pero aplicado con extremo cuidado. Sus ojos parecían más grandes, y sus labios, más sensuales. Se miró al espejo, primero con expresión seria, luego sonriente, después seria otra vez.

Esa noche quería impresionar a Michael; había en ello una buena dosis de orgullo. Hacia el final de su matrimonio, cuando compaginaba los estudios con las tareas domésticas, él le había dicho durante una de sus peleas: «Mírate un poco; ya ni siquiera te arreglas. Siempre vistes tejanos y cazadoras, y llevas el pelo desgreñado. ¡No eras así cuando me casé contigo!»

¡Cómo le había herido su acusación! Había trabajado de firme para conseguir lo que deseaba, pero Michael se había negado a reconocer que era necesario sacrificar algunas cosas para que el tiempo le rindiera. Solía llevar el cabello liso, las uñas sin pintar, y nunca se maquillaba. Los tejanos y las cazadoras eran lo más fácil de lavar, de modo que se convirtieron en su uniforme habitual. Cada día, después de seis horas en la universidad, realizaba las tareas de la casa, ya que se obstinaba en encargarse de ellas. Había crecido en una familia tradicional, en la que el trabajo de las mujeres era precisamente ése, en la que los hombres no pelaban patatas, ni lavaban la ropa, ni pasaban el aspirador. Cuando Bess sugirió que Michael le ayudara, él le recomendó que se matriculara en menos asignaturas y asumiera los deberes que había acordado cumplir cuando se casaron.

Su intransigencia la había enfurecido.

Con el tiempo, su desaliño personal y su negligencia en el hogar lo alejaron de ella. Entonces encontró una mujer de hermosos cabellos ondulados, que todos los días lucía zapatos de tacón y trajes de Pierre Cardin, se pintaba las uñas, le servía café y hacía las llamadas telefónicas a sus clientes.

Bess había visto a Darla alguna vez, casi siempre en las reuniones de Navidad de la compañía. En tales ocasiones exhibía lentejuelas y zapatos de raso a juego, y el carmín de sus labios casi brillaba tanto como los pendientes que llevaba. Si Michael sólo la hubiera abandonado, Bess tal vez habría accedido a mantener con él una relación cordial, pero la había dejado por otra mujer y, para colmo, de una asombrosa belleza.

Después de obtener su título, una de las primeras cosas que hizo fue desembolsar trescientos dólares en un curso de belleza. Bajo la tutela de un profesional, aprendió qué colores le quedaban mejor qué ropa realzaba su figura, qué tonos de maquillaje debía usar y cómo aplicarlos. Le habían enseñado incluso la forma de los bolsos y zapatos que convenían a su constitución y qué estilo de pendientes le favorecían más. Se había teñido el pelo castaño de rubio, se lo había ondulado y lucía un peinado de apariencia descuidada. Se dejó crecer las uñas y se cuidaba de que el color del barniz combinara con el del lápiz de labios. En pocos años había renovado su vestuario de acuerdo con los criterios de sus asesores de imagen.

Esta noche, cuando Michael Curran la viera, no habría manchas en su blusa ni un cabello fuera de lugar.

Eligió un traje de noche rojo, de falda recta y chaqueta asimétrica, con una solapa negra de forma triangular que partía de un solo botón negro en la cintura. Se puso unos pendientes dorados muy grandes, que resaltaban su peinado y la línea bien definida de sus mandíbulas.

Una vez abotonada la chaqueta, se apretó el abdomen con las manos y se miró en el espejo de perfil. Necesitaba adelgazar unos cinco kilos. Era una lucha permanente, pero pasados los treinta años parecía mucho más rápido acumularlos que desprenderse de ellos. Había rebajado los dos kilos que había ganado durante las vacaciones, pero le bastaba con mirar un postre para recuperarlos.

De todos modos estaba satisfecha con los resultados de toda una hora de acicalamiento. Apagó la luz del dormitorio y bajó los dos tramos de escalera hasta la habitación de Randy. Cuando tenía dieciséis años, él había elegido refugiarse en una pieza en el nivel intermedio, porque era dos veces más grande que las del superior y daba al patio interior de modo que los vecinos no se quejarían cuando tocara los tambores.

Ocupaba todo un rincón su valiosa batería Pearls, doce piezas de brillante acero inoxidable, iluminadas por media docena de focos. Detrás, las dos paredes de cemento estaban pintadas de negro, y sobre una de ellas, desplegados en abanico, había pósters de sus ídolos: Bon Jovi, Montley Crüe y Cinderella. Una de las paredes restantes era blanca, y la otra estaba recubierta de corcho, que aparecía lleno de fotos de antiguas amigas, de etiquetas de cerveza y programas de actuaciones de bandas de rock. Como la habitación no tenía armarios, la ropa de Randy colgaba de una barra de acero suspendida del techo con dos cadenas. Sobre el suelo, desparramadas en absoluto desorden, se veían varias ediciones anuales de la revista Car & Driver, docenas de discos compactos, envoltorios vacíos de hamburguesas, zapatos y facturas vencidas de alquiler de vídeos.

Había además un aparato de música, un televisor, un reproductor de vídeos, un micrófono y un equipo de grabación bastante sofisticado. En medio de todo eso, la cama de agua parecía un accesorio secundario con las sábanas de rayas como la piel de un leopardo desordenadas.

Cuando Bess abrió la puerta, la voz de Paula Abdul atronaba con Opposites attract desde el reproductor de discos compactos y Randy se ajustaba delante del espejo el nudo de su corbata de cuero gris. Vestía pantalones anchos con pinzas y una americana informal cruzada de tonos púrpura, gris y blanco. Se había aplicado brillantina al pelo y, a pesar de que se lo había cortado según lo prometido, todavía le caía en bucles hasta el cuello.

Bess se estremeció al verlo, por una vez, tan elegante. Era tan apuesto y encantador cuando se lo proponía. Sin embargo la actitud rebelde que había elegido alzaba demasiados obstáculos entre ellos. Observó que cada día se parecía más a su padre y, a pesar de su animosidad contra Michael, debía reconocer que era muy atractivo. El aroma de productos de tocador masculino la envolvió cuando entró en la habitación. Echaba de menos esos olores desde la partida de Michael. Por un instante imaginó que volvía a tener un marido y un matrimonio feliz.

– Prometí a Lisa que me lo cortaría y lo he hecho, pero no estoy dispuesto a llevarlo más corto -afirmó Randy sin volverse hacia su madre.

Bess se acercó al equipo de música y miró la luz titilante del panel de control.

– ¿Cómo se baja el volumen? -exclamó.

El joven se aproximó y se inclinó con gracia para apagar el aparato. Cuando se enderezó, dibujó una media sonrisa mientras observaba a Bess.

– Estás despampanante, mamá.

– Gracias. Tú también estás muy guapo. ¿Ropa nueva? -preguntó al tiempo que le retocaba el nudo de la corbata.

– Es una ocasión importante…

– ¿De dónde has sacado el dinero?

– Tengo un trabajo, mamá.

– Sí, claro. He pensado que podríamos ir juntos.

– Muy bien.

Bess dejó que él condujera y se sintió embargada por un secreto placer maternal al tener de acompañante a su hijo adulto, algo con lo que había fantaseado cuando él era un adolescente y que rara vez sucedía desde que se había convertido en hombre. Tomaron la carretera 96 hacia White Bear Lake, que se hallaba a más de dieciséis kilómetros al oeste. Atravesaron campos cubiertos de nieve, pasaron por fincas donde se criaban caballos y por zonas que carecían de alumbrado. El lago parecía una sábana azul grisácea a la luz tenue de un octavo de luna, y el resplandor de las casas que lo bordeaban semejaba un collar de ámbar. Compartía su nombre con la ciudad que se extendía a lo largo de la curva noroeste y palidecía el cielo nocturno con la aureola de sus luces.

Cuando se acercaban a la población, a cuya izquierda el lago formaba una bahía, Randy habló por fin.

– Ahí es donde vive el viejo.

– ¿Dónde?

– En esos apartamentos.

Bess miró por encima del hombro y vislumbró unas luces, árboles altos y esqueléticos y un edificio imponente que había admirado a menudo cuando pasaba con el coche.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Bess.

– Me lo dijo Lisa.

– Tu padre también acudirá a la cena.

Randy siguió con la vista fija en la carretera.

– Trata de actuar con naturalidad con él, por favor.

– Sí, madre.

– Por el bien de Lisa.

– Sí, madre.

– Randy, si dices “sí, madre” una sola vez más, te daré un puñetazo.

– Sí, madre.

Bess le dio un puñetazo y los dos rieron.

Los Padgett vivían en la zona oeste de la ciudad, en un barrio residencial de clase media. Randy encontró la casa sin dificultad y escoltó a su madre a lo largo de un camino lleno de automóviles estacionados hasta una vereda que discurría entre montículos de nieve y conducía a la puerta principal.

Tocaron el timbre y esperaron.

Les recibieron Mark y Lisa, seguidos de una mujer baja que lucía un vestido azul con falda plisada y cuello blanco. Tenía el cabello castaño y rizado y una sonrisa que le formaba seis hoyuelos en las mejillas y hacía desaparecer sus ojos.

Mark le pasó un brazo por la espalda y la presentó.

– Esta es mi madre, Hildy.

– Esta es mi madre, Bess, y mi hermano Randy -dijo Lisa.

Hildy Padgett les estrechó la mano con fuerza, como un estibador.

– Encantada de conoceros. ¡Jake, ven aquí! -llamó. Tenía voz de contralto.

Se les unió el padre de Mark, un hombre alto, de cabello ralo, sonriente y con un audífono en la oreja izquierda. Vestía pantalones marrones y una camisa de cuadros, con el cuello desabrochado y los puños doblados. No llevaba americana.

Bess comprendió que los Padgett no se darían ínfulas, ni siquiera en la boda. Sintió una instantánea simpatía por ellos.

Se dirigieron al salón, que estaba decorado en un estilo rústico, con un empapelado de cuadros azules y blancos y una moldura que recorría todo el perímetro de la habitación, unos treinta centímetros por debajo del techo. Los muebles eran macizos y parecían cómodos. La estancia estaba llena de gente. Entre ella, cerca de la arcada que daba al comedor, estaba Michael Curran, que al oír el timbre se dio la vuelta y vio entrar a Bess, vestida muy a la moda, y a Randy, que le sorprendió por su estatura. El muchacho lucía un abrigo holgado y llevaba el cuello levantado. Al verlo Michael se enterneció. ¡Dios, cómo había crecido Randy! Lo había visto por última vez unos tres años atrás, por Pascua, en un centro comercial atestado de gente que se había decorado como una granja en miniatura, con cabritas, pollos y patos. Michael acababa de comprar una chaqueta y salía de J. Riggings cuando, en medio del gentío, reconoció a Randy, que caminaba hacia él mientras mantenía una animada conversación con un muchacho de más o menos su edad. Michael le había sonreído y se había dirigido hacia él pero, cuando Randy lo vio, se detuvo, se puso serio, tomó del brazo a su amigo y giró de pronto hacia la derecha para entrar en una tienda de ropa femenina.

Ahora estaba allí, tres años después, más alto que su madre y muy bien parecido. Guardaba un gran parecido con él, aunque Randy era mucho más apuesto. Michael advirtió con un estremecimiento que su pelo oscuro era idéntico al suyo. Observó cómo estrechaba la mano de los anfitriones y entregaba su abrigo. De repente Randy reparó en él. Entonces se acarició la corbata y su sonrisa se desvaneció.

Michael sintió una opresión en el pecho. Se hallaban a años luz de distancia, uno en cada extremo de la habitación, mientras el pasado desfilaba a toda prisa ante ellos para separarlos aún más. Qué sencillo sería, pensó Michael, cruzar el salón, pronunciar su nombre y abrazar a ese joven que de niño lo había idolatrado, lo había seguido como una sombra mientras segaba el césped, barría el sendero de entrada a la casa o cambiaba el aceite del coche. «¿Puedo ayudarte papaíto?»

Sin embargo Michael se había quedado paralizado, con un nudo en la garganta, atrapado en los errores pretéritos.

Jake Padgett se interpuso entre ellos, y en ese instante Bess se volvió hacia Michael. Forzaron una sonrisa, mientras él permanecía bajo la arcada. Podría haberse aproximado a Randy mientras Bess estaba cerca para actuar de amortiguador, pero el dolor por el último desaire se lo impidió. Además los reproches que Bess le había hecho en el apartamento de Lisa aún resonaban en sus oídos: «Randy necesita a su padre.»

El salón estaba lleno de gente: los otros cuatro hijos de los Padgett, todos más jóvenes que Mark, la abuela, el abuelo… Los dos recién llegados debían recorrer la estancia para saludar a todos los presentes, pero Randy se aseguró de mantenerse lejos de Michael. Bess, sin embargo, estrechó una mano tras otra hasta que por fin se acercó a su ex esposo.

– Hola, Michael -dijo con frialdad, como si la breve tregua nunca hubiera tenido lugar.

– Hola, Bess.

Desviaron la vista hacia los invitados con el fin de evitar mirarse. Se esforzaron por encontrar algunas palabras triviales de cortesía, pero no lo lograron. Michael observó con disimulo su atuendo, su pelo, sus joyas, sus uñas.

¡Cómo había cambiado! Tanto como Randy, sino más.

Bess, que sostenía bajo el brazo un elegante bolso de charol negro, comentó sin mirar a Michael:

– Randy ha crecido mucho, ¿verdad?

– Ya lo creo. No podía creer que fuera él.

– ¿Piensas saludarle o te quedarás aquí parado?

– ¿Crees que querrá hablarme?

– Inténtalo y así lo sabrás.

Ambos recordaron cómo Randy, de pequeño, entraba los sábados por la mañana en su dormitorio con sumo sigilo y subía a su cama. «Los dibujos, papi», susurraba, y Michael abría los ojos y se inclinaba para darle un beso. A continuación los dos salían de la habitación y encendían el televisor para ver los dibujos. Mientras lo evocaba, Michael deseó besarlo, estrecharlo en un abrazo paternal y decirle: «Lamento haberte defraudado; perdóname.»

Hildy Padgett salió de la cocina con una bandeja de canapés. Mientras, tanto, Jake servía copas de ponche de sidra y Lisa, acompañada de Mark, mostraba a los abuelos su pequeño anillo de diamantes. Randy se hallaba al otro extremo de la estancia, con las manos en los bolsillos del pantalón, decidido a mantener las distancias con su padre, a quien de vez en cuando miraba de reojo.

Uno de los dos tenía que dar el primer paso.

Aunque le costó un esfuerzo supremo, Michael cruzó la habitación.

– Hola, Randy.

– Hola -repuso el joven sin mirarle.

– No estaba seguro de que fueras tú; has crecido mucho.

– Sí.

– ¿Cómo te va todo?

Randy se encogió de hombros.

– Tu madre me ha comentado que todavía trabajas en el almacén.

– Sí.

– ¿Te gusta?

– Me levanto por la mañana y me limito a hacer lo que me mandan. Seguiré con ese empleo hasta que encuentre algún grupo con el que tocar.

– ¿Un grupo?

– Sí, toco la batería, ¿sabes?

– ¿Eres bastante bueno?

Por primera vez Randy lo miró a los ojos. Adoptó una expresión insolente y dejó escapar un resoplido sarcástico.

– Déjame en paz -espetó antes de alejarse.

Michael notó que se le encendía el rostro y le costaba respirar. Miró a Bess y advirtió que lo observaba. Tiene razón; soy un fracaso como padre, pensó.

Lisa se aproximó a él, lo tomó del brazo y lo condujo hacia el otro extremo del salón.

– Papá, el abuelo Earl me ha preguntado por tu cabaña de caza. En un tiempo fue un gran cazador, y le he explicado que este otoño capturaste un ciervo. Le encantaría charlar contigo.

Earl Padgett era un hombre corpulento, con triple papada y cara sonrosada. Tenía una voz potente e infinidad de historias de caza que contar. Gesticulaba mucho mientras las narraba y cuando apuntaba con una escopeta invisible, era fácil imaginarlo vestido con un chaleco caqui con hileras de cartuchos. Sus relatos sedujeron a Jake tanto como a todos los muchachos Padgett, que habían comenzado a participar en cacerías tan pronto como tuvieron edad suficiente para tomar clases de tiro. De los hombres que había en la habitación, sólo Randy permanecía apartado.

Michael escuchaba y de vez en cuando refería alguna anécdota personal sin apartar la vista de Randy, que charlaba con Bess.

Cuando su hijo tenía doce años, le había comprado una 22 y soñaba con enseñarle todo sobre los bosques y llevarlo consigo a las partidas de caza, pero su divorcio había echado por tierra ese sueño. Mientras escuchaba a los Padgett, cuyo entusiasmo por la caza se había transmitido de generación en generación, se entristeció al pensar en lo que él y Randy se habían perdido.

Hildy Padgett entró en el salón para anunciar que la cena estaba lista.

En el comedor indicaron a Michael y Bess que se sentaran juntos en una cabecera de la mesa, mientras Hildy y Jake se acomodaban en la opuesta. Mark y Lisa tomaron asiento en el centro de uno de los costados. En un gesto mecánico, Michael retiró la silla de Bess, quien vaciló un instante mientras le lanzaba una mirada de soslayo antes de aceptar aquella muestra de cortesía. Michael advirtió que Randy lo miraba mientras se sentaba.

– Creo que a Randy no le gusta verme a tu lado -susurró a Bess.

Ella se colocó la servilleta sobre el regazo y miró a su hijo con el rabillo del ojo.

– Me temo que no -repuso-. ¿Te ha dicho algo al respecto?

– No; sólo me ha mirado cuando te he retirado la silla.

– Lisa, en cambio, está muy contenta. Les he asegurado a los dos que procuraremos guardar las apariencias, de modo que… ¡adelante! A ver si logramos representar bien nuestro papel en honor de nuestros hijos.

Bess levantó su copa de agua, Michael hizo lo propio y brindaron. Enseguida empezó a servirse la cena. Comenzaron a circular entre los comensales fuentes de jamón, verduras y hortalizas, panecillos calientes, manteca, ensalada de tocino ahumado y lechuga y arroz blanco.

– Si hace una semana alguien hubiera pronosticado -comentó Michael a Bess- que cenaría contigo dos veces en una semana, habría dicho que era imposible.

– Hildy ha acertado tus gustos -observó Bess al ver que Michael se servía una buena ración de patatas con salsa de cereales.

– En efecto. Este plato me encanta.

Siempre le había gustado, recordó Bess con nostalgia. Su madre solía decir: «Es un placer cocinar para Michael; él sabe comer.»

A continuación se maldijo por rememorar una vez más el pasado, pero era difícil no hacerlo mientras estaba sentada al lado de un hombre con quien había compartido miles de comidas, cuyos modales en la mesa conocía tan bien. Era inevitable anticipar cada uno de sus movimientos; la manera en que sostenía el tenedor y dejaba el cuchillo, el orden en que probaba los alimentos, la forma en que se secaba la comisura de la boca con la yema del pulgar derecho después de tomar un trago, cómo apoyaba la muñeca en el borde de la mesa.

– ¿Has hablado con Lisa? -preguntó Michael.

Bess se volvió y observó que Michael la miraba mientras masticaba con la boca cerrada, como el hombre bien educado que era. Sus labios eran muy sensuales. Bess apartó la vista y respondió:

– Sí. Fui a su apartamento la noche después de la cena.

– ¿Te sientes mejor ahora?

– Sí.

– Mírala -indicó Michael mientras sostenía en la mano un vaso de té helado.

Bess observó a su hija, que reía con alegría mientras charlaba con su prometido. Saltaba a la vista que ambos se sentían muy felices.

– Míralos a los dos -corrigió Bess-. Lisa me convenció de que Mark es el hombre de su vida. Me emocionó tanto esa noche que casi me hizo llorar.

– ¿Y qué hay de tu vestido de novia?

– Se lo pondrá.

Bess advirtió que Michael la observaba y se rindió al impulso de mirarlo a los ojos. Se sintieron embargados por la tristeza y la inquietud.

– Cuesta aceptar que ya tiene edad suficiente para casarse, ¿verdad? -dijo él.

– Sí. Parece que fue ayer cuando nació.

– Lo mismo ocurre con Randy.

– Es verdad.

– Sospecho que nos está mirando y se pregunta que ocurre aquí.

– ¿Ocurre algo aquí? -inquirió ella.

– Estás espléndida esta noche, Bess.

La mujer se estremeció y notó que se sonrojaba mientras cortaba un trozo de jamón.

– ¡Por Dios, Michael, esto es absurdo!

– Bueno, pero es cierto. ¿Qué hay de malo en que te lo diga? Has cambiado mucho desde que nos divorciamos.

El comentario la enojó.

– Estás muy lisonjero, Michael. ¿Cuánto hace que te separaste de tu esposa? ¿Un mes? ¿Dos? Y ahora sales con que estoy espléndida. ¡No me insultes, Michael!

– No era ésa mi intención.

En ese momento Jake Padgett se levantó con el vaso de té helado en la mano.

– Creo que deberíamos hacer un brindis. No se me da muy bien, de modo que tendréis que ser pacientes conmigo. -Se frotó la ceja izquierda antes de agregar-: Mark es el primero de nuestros hijos que se casa y, como es natural, esperábamos que eligiera a alguien que nos gustara. Es evidente que nuestro deseo se cumplió cuando trajo a Lisa a casa. Nos sentimos muy dichosos y sabemos que hará a Mark el hombre más feliz de Minnesota cuando se case con él. Sólo quiero añadir que nos alegramos de teneros a ti, Lisa, y a tu familia con nosotros esta noche. -Dedicó una inclinación de la cabeza a Michael y a Bess y después a Randy. A continuación alzó su copa hacia la pareja de novios-. Por Lisa y Mark, para suavizar el camino que tienen por delante. Nosotros estaremos siempre a vuestro lado.

Todos se unieron al brindis. Jake tomó asiento, y Michael y Bess se comunicaron con la mirada, algo que sólo las parejas que llevan muchos años juntas saben hacer.

«Alguien tendría que hacer un brindis por nuestra parte.»

«¿Vas hacerlo tú?»

«No, tú.»

Michael se levantó, se ajustó la corbata y elevó su copa.

– Jake, Hildy, gracias por invitarnos. No hay mejor manera de que una pareja inicie su andadura que con sus familias unidas para ofrecerles su apoyo. La madre de Lisa y yo estamos orgullosos de ella y satisfechos de que haya escogido a Mark como su futuro esposo. Lisa, Mark, tenéis todo nuestro cariño. ¡Buena suerte!

Terminado el brindis, Michael se sentó. Bess estaba emocionada. No había habido una sola palabra discordante en su discurso. Sí, era la mejor manera de que una pareja comenzara su vida en común, pero qué agridulce resultaba ver reunida a su familia por primera vez sabiendo los sentimientos que latían en el interior de cada uno. Antes, al observar que Michael cruzaba el salón para saludar a Randy, se había sentido esperanzada, pero cuando su hijo dio media vuelta y se alejó quedó desolada. La había invadido la nostalgia al sentarse junto a Michael, después la amargura y ahora se sentía sencillamente desconcertada.

Era una mujer divorciada e independiente. Había demostrado que podía vivir sola, crear un negocio, mantener una casa y un coche. Sin embargo, en esa ocasión tan especial, debía reconocer que le faltaba lo principal. El brindis que Michael había pronunciado les había proporcionado a ambos una fuerte sensación de seguridad, aunque fuera falsa, y había despertado en ellos un deseo vehemente de lo que habían perdido: una familia unida, lo que habían anhelado cuando concibieron a sus hijos.

Al notar que lo observaba Michael volvió la cabeza, y Bess se apresuró a desviar la mirada.

Se sirvieron el café y el postre, un bizcocho relleno de frutas. Bess observó que Michael miraba a Randy, quien no prestó la menor atención a su padre y siguió charlando con la hija de diecisiete años de los Padgett.

– Ha sido precioso el brindis que has ofrecido -comentó Bess para romper el hielo. Mark ensartó un trozo de bizcocho con el tenedor y lo sostuvo en alto.

– Todo este asunto está resultando más penoso de lo que pensaba.

Ella resistió el impulso de ponerle la mano en el brazo.

– No te des por vencido con él, Michael. Por favor.

Rodeados de gente que acababan de conocer, los dos adoptaron una expresión serena.

– Me siento dolido -admitió Michael.

– Lo sé. A él le ocurre lo mismo. Por eso no puedes darte por vencido.

Michael dejó el tenedor sobre la mesa y levantó la taza mientras miraba a su hijo.

– En realidad me odia.

– Creo que quiere odiarte, pero le cuesta.

Michael tomó un trago de café y se volvió hacia Bess.

– ¿Por qué de repente pretendes que Randy y yo nos reconciliemos? -preguntó.

– Porque eres su padre. Comienzo a ver el daño que hemos causado al forzar a los chicos a tomar parte en la guerra fría que emprendimos.

Él depositó su taza sobre la mesa, exhaló un suspiro de cansancio y se recostó contra la silla.

– Está bien, Bess, lo intentaré.

Randy se mostró huraño durante el camino de regreso a casa.

– ¿Quieres decirme de una vez qué te pasa? -inquirió Bess.

El muchacho le lanzó una mirada fugaz.

– ¿Randy? -insistió ella.

– ¿Qué ocurre contigo y con el viejo?

– Nada, no lo llames «el viejo». Es tu padre.

Randy miró un instante por la ventanilla del coche.

– ¡Mierda! -masculló.

– Desea llevarse bien contigo -explicó Bess-. ¿No te das cuenta?

– ¡Fantástico! -exclamó Randy-. De repente ha recordado que es mi padre y espera que le bese el trasero. No olvides, mamá, que durante estos últimos seis años no has disimulado lo mucho que le odias.

– Bueno, quizá me equivoqué. Me temo que no debí haberte impuesto mis sentimientos.

– Tengo mis propios criterios, mamá. Soy lo bastante inteligente para darme cuenta de que se comportó como un sinvergüenza. ¡Se acostaba con otra mujer y destrozó nuestro hogar!

– ¡De acuerdo! -vociferó Bess-. De acuerdo -repitió más calmada-, lo hizo, pero a veces es preciso perdonar.

– ¡No puedo creer lo que oigo! Te ha reconquistado con sus artimañas. Te retira la silla, hace un brindis y te colma de atenciones después de que su mujer lo haya abandonado. ¡Me da asco!

Bess sintió remordimientos por haberle inculcado tanto odio sin pensar en los efectos que tendría sobre él. La amargura que el muchacho experimentaba podía embrutecer sus sentimientos.

– Randy, lamento mucho que pienses de esa manera.

– Tú has cambiado de opinión con bastante rapidez -reprochó él-. Hace menos de una semana estabas de acuerdo conmigo. Me duele ver cómo te engaña por segunda vez.

Se sintió irritada con su hijo por expresar lo que ella misma había pensado, al tiempo que se recriminaba los chispazos de deseo que le habían asaltado durante la cena.

Al día siguiente era domingo. Por la mañana había misa, precedida por una batalla para obligar a Randy a levantarse y acudir a la iglesia. Después comieron pechugas de pollo con patatas asadas sin apenas conversar. Randy se marchó tan pronto como hubo acabado a casa de su amigo Bernie, según explicó, para ver un partido de fútbol en la televisión.

El silencio invadió el hogar cuando se fue. Bess limpió la cocina, se puso un chándal y se dirigió a la planta baja, donde las estancias silenciosas y solitarias contagiaban una melancolía amplificada por el día brillante que se veía tras las ventanas. Intentó dibujar algún plano, pero le resultaba difícil concentrarse, de modo que se levantó de la mesa del comedor y empezó a caminar de una ventana a otra, contempló el jardín, el río helado, un nido de ardillas en el roble del vecino, las sombras azules de las ramas del arce sobre la prístina nieve. Se sentó para reanudar el trabajo, pero desistió una vez más, perturbada por los pensamientos sobre Michael y su familia dividida. Se dirigió al salón, pulsó la tecla del “do” en el piano y la mantuvo apretada hasta que la nota se apagó.

De nuevo se situó junto a la ventana, con los brazos cruzados.

Observó que en un jardín cercano un grupo de niños jugaba con un trineo.

Cuando Randy y Lisa eran pequeños, Michael y ella los habían llevado, en una tarde de domingo muy parecida a ésa -brillante, deslumbradora- al parque Theodore Wirth de Mineápolis. Habían cogido trineos de plástico rojo en forma de bote, suaves y veloces, y elegido una colina con nieve fresca, intacta. Cuando Michael se deslizó por la pendiente, el trineo dio un giro de ciento ochenta grados, y realizó el resto del trayecto de espaldas. Al llegar abajo chocó contra un ventisquero, saltó del vehículo y rodó por el suelo. Ese año se había dejado crecer la barba y el bigote, que al igual que su pelo quedaron blancos. El gorro de lana había desaparecido. Sólo por milagro tenía las gafas en su lugar, pero detrás de los cristales se agolpaba la nieve.

Cuando por fin logró incorporarse, parecía un ser desvalido. Entonces los demás echaron a correr hacia él sin dejar de reír, cayeron de culo y gritaron hasta quedar sin aliento.

Años más tarde, cuando el matrimonio empezó a perder su solidez, Michael había dicho desconsolado:

«Ya nunca nos divertimos, Bess. Jamás nos reímos.»

Se apartó de la ventana y se acercó a la chimenea, que estaba apagada. La edición dominical del Pioneer Press Dispatch yacía desparramada sobre el sofá. Con un suspiro, cogió las distintas secciones y empezó a ordenarlas. Desconsolada, abandonó la tarea y se dejó caer en una silla.

Permaneció sentada en silencio.

Con mil preguntas.

Marchita.

Consumida.

No le resultaba fácil llorar. Su soledad, empero, era tan abrumadora que notó cómo las lágrimas asomaban a sus ojos. En un impulso descolgó el auricular del teléfono y marcó el número de su madre.

Stella Dorner contestó con su jovialidad habitual:

– ¿Diga?

– Hola, mamá, soy Bess.

– ¡Qué casualidad! Ahora mismo estaba pensando en ti.

– ¿Y qué pensabas?

– Que no he hablado contigo desde el lunes pasado y debía llamarte.

– ¿Estás ocupada?

– Estaba viendo en la tele cómo vapulean a los Vikingos de Minnesota.

– ¿Puedo ir a verte? Me gustaría hablar contigo.

– Por supuesto, me encantaría. ¿Te quedarás a cenar? Prepararé costillas de cerdo a la parrilla con cebolla y limón encima.

– Delicioso.

– ¿Vendrás pronto?

– En cuanto me ponga los zapatos.

– Te espero, querida.

Stella Dorner vivía en una casa cerca del campo de golf de Oak Glen, en la zona oeste de Stillwater. La había comprado un año después de la muerte de su esposo, la había decorado con muebles nuevos y alegres y había declarado que no la habían enterrado con él, que la vida continuaba. A pesar de que contaba casi sesenta años, seguía trabajando de enfermera en el hospital Lakeview Memorial; tomaba lecciones de golf, participaba en la liga femenina de Oak Glen y era miembro de un coro religioso en St. Mary, así como de la Sociedad Violeta Africana de Estados Unidos, que se reunía cada trimestre en distintos lugares de las Ciudades Gemelas (St. Paul y Mineápolis). Visitaba con frecuencia a su hija Joan en Denver, y en cierta ocasión viajó a Europa en compañía de sus hermanas de Phoenix y Coral Gabies. A menudo se apuntaba a excursiones organizadas y por lo menos una vez a la semana dedicaba su tiempo a los ancianos del sanatorio privado de Maple Manor y les preparaba pastelitos. Los lunes jugaba al bridge, los martes veía la serie de televisión Treinta y tantos, la mayoría de los miércoles iba al cine, a la sesión de precio reducido, y todos los viernes se sometía a un tratamiento facial. Una vez se había inscrito en una agencia que concertaba citas, pero se quejó de que ninguno de los viejos que le habían dado como pareja podía mantener su ritmo.

La casa era un reflejo de su espíritu. Tenía tres niveles, amplias superficies acristaladas y estaba decorada en tonos melocotón, crema y negro satinado. Cuando entraba en ella, Bess siempre experimentaba una descarga de vitalidad. Ese día no fue diferente. Llegó diez minutos después de llamar a su madre, y el interior ya olía a costillas de cerdo asadas.

Stella la recibió vestida con un chándal con los colores de una paleta de pintor: fondo blanco con manchas rojas, amarillas, verdes y violeta. Sobre él llevaba una bata lavanda en un estado deplorable. Tenía el pelo áspero, con la raya en el medio, y le caía ondulado hasta las mandíbulas. Acostumbraba echárselo hacia atrás con la mano. Eso fue lo que hizo mientras saludaba a su hija.

– Bess, querida, es maravilloso. Estoy tan contenta de que me hayas llamado. -Era más baja que Bess, de modo que se puso de puntillas para abrazarla-. ¡Cuidado! No te manches de pintura.

– ¿Pintura?

– Me he matriculado en un curso de pintura al óleo y estaba con mi primer cuadro.

Mientras cerraba la puerta, volvió a apartarse el cabello de la cara.

– ¿De dónde sacas el tiempo? -preguntó Bess.

– Es fácil encontrar tiempo para las cosas que te gustan.

Stella la condujo a la sala, donde la luz que entraba por la ventana orientada hacia el oeste era intensa, aunque aún no le daba el sol de la tarde, que iluminaba el campo de golf cubierto de nieve. Enfrente había un sofá largo tapizado con motivos florales. El equipo de música y la televisión, que transmitía un partido de fútbol, estaban colocados sobre un mueble de ébano que ocupaba toda una pared. Las mesas tenían el armazón de la misma madera y la superficie de cristal. Frente a las puertas correderas de vidrio había un caballete con un cuadro inacabado que representaba una violeta africana.

– ¿Qué opinas? -preguntó Stella.

Bess se quitó la chaqueta y lo observó.

– Hummm… Me parece muy bueno.

– Es probable que no lo sea, pero qué importa. Me entretengo, y ése es el objeto.

Stella se acercó al televisor y bajó el volumen.

– ¿Te apetece una coca-cola? -preguntó.

– Voy a buscarla. Sigue con tu trabajo.

– De acuerdo. -Se echó el pelo hacia atrás y cogió un pincel mientras Bess se dirigía a la cocina y abría la nevera.

– ¿Te llevo una?

– No, gracias. Estoy tomando té.

Al lado de Stella, sobre una mesa plegable alta descansaban la taza y los tubos de pintura. Bebió un sorbo mientras observaba su obra de arte.

– ¿Cómo están los chicos? -exclamó.

– De ellos quería hablarte -respondió Bess mientras regresaba al salón con el refresco. Se quitó las botas negras, se tendió en el sofá y apoyó el vaso sobre las rodillas-. Mejor dicho, es uno de los temas de que deseaba hablar contigo.

– Humm.

– Lisa va a casarse… y espera un bebé.

Stella miró a su hija fijamente.

– Tal vez sea mejor que deje el cuadro de momento. -Tomó un trapo y empezó a limpiar el pincel.

– No, por favor. No te interrumpas -repuso Bess.

– No seas tonta. Ya continuaré más tarde. -Dejó el pincel en una lata con trementina, se quitó la bata, cogió la taza con una mano, se echó el pelo hacia atrás con la otra y se sentó en el sofá junto a Bess-. Vaya, vaya. Lisa embarazada. De modo que me convertiré en bisabuela.

– Y yo en abuela.

– Es espantoso, ¿verdad?

– Ajá…

– Con todo, eso es lo de menos. Supongo que estás conmocionada -conjeturó Stella.

– Quedé sorprendida cuando me enteré, pero ya se me ha pasado.

– ¿Quiere Lisa tener el bebé?

– Sí, mucho -contestó Bess.

– Es un alivio.

– Hay algo más. Adivínalo.

– ¿Qué más? -inquirió Bess.

– He visto a Michael -informó Stelia.

– ¡Dios mío! Qué semana.

– Lisa organizó el encuentro. Nos invitó a los dos a su apartamento para anunciar la noticia.

Stella levantó la barbilla y soltó una carcajada.

– ¡Bien por Lisa! Esa chica vale mucho.

– Me entraron ganas de estrangularla.

– ¿Cómo está mi nieta?

– Feliz, entusiasmada y, según nos aseguró, muy enamorada.

– ¿Y cómo está Michael?

– Se ha separado de nuevo y ha iniciado los trámites de divorcio.

– ¡Cielo santo!

– Me pidió que te saludara de su parte. Afirmó que te echa mucho de menos.

– Oh, Michael… -Stella bebió un poco de té y observó a Bess por encima de la taza-. No me extraña que necesitaras hablar. ¿Qué actitud ha adoptado Randy ante todo esto?

– La de siempre. Se muestra muy resentido y distante con su padre.

– ¿Y tú?

Bess exhaló un profundo suspiro.

– No sé cómo tomármelo, mamá. -Bajó la mirada, volvió a suspirar, echó la cabeza hacia atrás y añadió con la vista clavada en el techo-: Le he guardado un gran rencor durante seis años. Es muy difícil olvidar lo ocurrido…

Stella tomó un sorbo de té y esperó. Al cabo de un minuto Bess la miró.

– Mamá, ¿he hecho…? -Se interrumpió.

– Has hecho ¿qué?

– Cuando nos divorciamos, no dijiste nada.

– No lo juzgué oportuno.

– Cuando descubrí que Michael tenía una aventura amorosa, deseé que le mostraras tu enojo, que lo insultaras, que te pusieras de mi parte, pero no lo hiciste.

– Michael me caía bien.

– Sin embargo, yo consideraba que debías estar indignada por lo que me había hecho, pero en ningún momento te mostraste irritada. Debía de existir alguna razón.

– ¿Estás segura de que estás preparada para oírla?

– ¿Me va a enfurecer?

– No lo sé. Depende de cuánto hayas crecido en estos seis años.

– Opinas que en parte fue culpa mía, ¿verdad? -dedujo Bess.

– Cuando un hombre tiene una aventura amorosa, todo el mundo le responsabiliza de la ruptura del matrimonio.

– De acuerdo, ¿qué error cometí? -Bess se había puesto a la defensiva-. ¡Volví a la universidad para obtener un título! ¿Qué hay de malo en ello?

– Nada, pero mientras estudiabas desatendiste a tu marido.

– ¡No es cierto! Michael jamás me lo habría permitido. Durante ese tiempo seguí cocinando, lavando la ropa y manteniendo la casa en orden.

– Eso no es importante. Yo me refiero a la relación personal entre vosotros.

– ¡Mamá, no había tiempo!

– Vaya… creo que ahora has dado en el clavo…

Stella se dirigió a la cocina para servirse más té. Cuando regresó al salón, Bess estaba sentada, con un codo apoyado en el brazo del sofá, la yema del pulgar entre los dientes, y miraba por la ventana.

Stella volvió a tomar asiento.

– ¿Te acuerdas de que al poco de casaros solíais pedirnos a papá y a mí que nos quedáramos con los chicos mientras vosotros ibais de camping? ¿Y de esa Navidad en que le compraste la escopeta que Michael deseaba tanto? La escondiste en nuestro apartamento para que no la encontrara y luego la llevamos a hurtadillas a tu casa, ¿Recuerdas aquel día de los Santos Inocentes en que le enviaste a la oficina una caja llena de tuercas y tornillos?

Bess contemplaba el campo de golf nevado.

– Ésa es la clase de detalles que no conviene descuidar -afirmó su madre.

– ¿Fui la única que los olvidó?

– No lo sé. ¿Lo fuiste?

– No lo creí así entonces.

– Estabas muy concentrada en tus estudios y, cuando te licenciaste, en abrir tu negocio. Empezaste a visitarnos sola, nunca con Michael, y siempre venías con prisas. Dejaste de invitarnos a comer a papá y a mí y algunas veces los chicos acudían a nosotros porque se sentían tristes y abandonados.

Bess se volvió hacia su madre.

– Eso fue cuando Michael me acusó de descuidar mi aspecto personal.

– Si mal no recuerdo, lo hiciste.

– Le pedí que me ayudara en las tareas domésticas y se negó. Creo que también tiene su parte de culpa.

– Tal vez. Sin embargo, en una pareja ambos han de hacer concesiones. Quizá Michael se habría mostrado dispuesto a echarte una mano si no hubiera descendido al último lugar de tu lista de prioridades. ¿Qué tal funcionaba vuestra vida sexual?

Bess esquivó la mirada de su madre.

– Penosa -respondió.

– No tenías tiempo para eso, ¿verdad?

– Pensaba que, en cuanto terminara mis estudios y montara mi negocio, todo se arreglaría. Tenía previsto contratar a una asistenta con el fin de disponer de más tiempo para él.

– El problema es que él no esperó.

Bess se puso en pie, se acercó a la ventana y se quedó detrás del caballete. Bebió un trago de refresco y se volvió hacia Stella.

– Anoche me dijo que estaba espléndida. No sabes cómo me enfureció el comentario.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué? -Bess agitó una mano-. Porque… ¡caramba!, no lo sé. Porque acaba de separarse de su mujer, es probable que se sienta solo y no quiero que intente volver a mí en esas circunstancias. ¡Para colmo Randy nos observaba desde el otro extremo de la mesa! Además, estaba irritada conmigo misma porque había dedicado más de una hora a arreglarme para esa maldita cena con el único propósito de demostrarle que todavía podía impresionarlo y… y… entonces… -Bess se tapó los ojos y meneó la cabeza-. ¡No entiendo qué me ocurre, mamá! De pronto me siento muy sola, hay que pensar en la boda de Lisa y me planteo muchas preguntas. -Perdió la mirada en el exterior y, más serena, concluyó-: No comprendo nada.

Stella dejó la taza sobre la mesita auxiliar y se acercó a su hija. Le acarició el cabello y luego comenzó a darle un masaje en los hombros.

– Atraviesas por una crisis que empezó a gestarse hace seis años -afirmó-. Durante todo este tiempo lo has odiado y culpado de tu fracaso matrimonial, y ahora comienzas a analizar hasta qué punto tú también fuiste responsable, y eso no es fácil.

– Ya no le amo, mamá.

– De acuerdo, no lo amas.

– Entonces ¿por qué sufro tanto al verlo?

– Porque él te induce a reflexionar sobre el pasado. Ten -añadió Stella mientras le tendía un pañuelo de papel.

Bess se sonó la nariz y le pareció que olía a trementina.

– Lo siento, mamá -se disculpó al tiempo que se secaba los ojos.

– No tienes por qué excusarte. Soy una mujer mayor, ¿no? Sé afrontar situaciones corno ésta.

– Te estoy estropeando el día…

– En absoluto -repuso Stella-. En realidad creo que lo has enriquecido. -Le rodeó los hombros con un brazo y la condujo al sofá-. ¿Te sientes mejor ahora?

– Sí, un poco mejor.

– Entonces, escúchame. Era lógico que estuvieras enojada al principio, inmediatamente después del divorcio. La indignación te ayudó a superarlo. Te volviste práctica y volcaste todas tus energías en demostrarle que podías arreglártelas sola y lo lograste. Sin embargo ahora te encuentras en otra etapa de tu vida, en la que te harás más preguntas, y sospecho que te sentirás triste con frecuencia, como te ha ocurrido hoy. Cuando eso suceda, ven aquí y charlaremos, largo y tendido. Ahora cuéntame los planes para la boda. Háblame del novio de Lisa, dime qué debo ponerme para el convite y si crees que conoceré a algún hombre interesante en él.

Bess soltó una carcajada.

– ¡Mamá eres incorregible! Pensaba que ya no querías cadenas.

– Por supuesto que no, pero después de soportar la cháchara de las mujeres necesito oír una voz masculina. Además, este invierno me he hartado de jugar al bridge.

Bess abrazó a su madre en un acto impulsivo.

– Mamá, te admiro mucho. Me gustaría parecerme más a ti.

Stella la estrechó.

– Lo cierto es que cada vez te pareces más a mí.

– Sin embargo tú nunca te desanimas.

– ¡Claro que no! Cuando me siento triste, salgo y me inscribo en otro club.

– O buscas un hombre.

– No tiene nada de malo, ¿verdad? A propósito, ¿cómo te va con Keith?

Bess hizo una mueca y se encogió de hombros.

– Oh, Keith… Se enfadó cuando cancelé mi cita con él para ir a cenar con los Padgett. Ya sabes cómo es.

– Ya que hablamos con total sinceridad, te diré que ese hombre no te conviene -aseguró Stella.

– ¿Acaso tú y Lisa os habéis puesto de acuerdo?

– Puede ser…

Bess se echó a reír.

– ¡Las dos sois unos diablillos! Si esperas que la boda me haga volver con Michael, siento desengañarte.

– Yo no he dicho nada al respecto.

– No, pero lo estás pensando, y es mejor que lo olvides.

Stella arqueó una ceja con escepticismo.

– ¿Qué tal está? ¿Sigue tan apuesto como siempre? -preguntó.

– ¡Mamá! -exclamó Bess exasperada.

– Es mera curiosidad.

– Nunca nos reconciliaremos, madre -prometió Bess con tono solemne.

Stella la miró con expresión satisfecha.

– ¿Cómo lo sabes? Cosas más extrañas han sucedido.

Capítulo 5

Esa misma mañana de domingo, a las diez, Michael Curran se despertó, se estiró y puso las manos bajo la cabeza. No le apetecía levantarse y, aunque le gruñía el estómago, permaneció acostado, con la mirada fija en el techo, donde se reflejaba la luz del sol. El dormitorio era muy amplio, cuadrado, con una puerta corredera de vidrio con tres hojas y vistas al lago. En la habitación sólo había una chimenea de mármol, un aparato de televisión y un par de colchones pegados contra la pared norte para evitar que se cayeran las almohadas.

La reflexión del sol sobre el lago helado proyectaba dibujos luminosos sobre el techo, interrumpidos por franjas de sombra de las ramas desnudas de los olmos. El edificio estaba en absoluto silencio, y era lógico, ya que no se permitían niños y los moradores pudientes se habían marchado para pasar el invierno en el sur, de modo que raras veces se cruzaba con alguien, ni siquiera en el ascensor.

Era solitario.

Había pensado en ello la noche anterior, así como en su encuentro con Randy. Cerró los ojos y recordó a su hijo, de diecinueve años, tan parecido físicamente a él y con tanta animosidad. Evocó la conmoción que le provocó verlo de nuevo, y se reprodujeron los sentimientos encontrados de la velada: amor, esperanza, decepción y una sensación de fracaso que le oprimía el pecho.

Abrió los ojos y observó los reflejos del techo.

Qué doloroso resultaba verse repudiado por su propio hijo. Quizá, como Bess había afirmado, él era culpable por haberse apartado de Randy, pero ¿acaso no era también responsable el muchacho al negarse a verlo? Por otra parte, si Bess hubiera percibido el sufrimiento que experimentó al verlo entrar en la casa de los Padgett, habría reconsiderado sus palabras.

Ese muchacho -ese hombre- era su hijo, cuyos últimos seis años de crecimiento Michael se había perdido contra su voluntad. Si Bess lo hubiera alentado, o si no le hubiese contagiado su animadversión hacia él a Randy, Michael lo habría visto durante ese período. Había infinidad de cosas que podían hacer juntos, en especial salir de caza y disfrutar de la vida al aire libre. En lugar de eso, Michael había sido excluido de todo, hasta de la ceremonia de graduación de Randy en la escuela secundaria. Por supuesto, se había enterado de que el chico acababa sus estudios. Al no llegarle ningún aviso oficial, había llamado a Bess para preguntarle al respecto pero… «No quiere que vayas», había respondido ella.

Entonces le envió dinero, quinientos dólares. Nunca hubo un acuse de recibo, ni escrito ni verbal, salvo por parte de Lisa, quien cuando Michael la telefoneó unas semanas después le informó: «Los ha dado como señal para un equipo de instrumentos de percusión que valen trescientos dólares.»

Instrumentos de percusión.

¿Por qué Bess no había tratado de convencerle de que fuera a la universidad? ¿O a la escuela de artes y oficios? Cualquier cosa era mejor que ese mediocre empleo en un almacén. Después del empeño de Bess por terminar su carrera universitaria, cabía esperar que adoptara una posición fuerte al respecto con sus hijos. Tal vez lo había hecho y no había dado resultado.

Bess…

¡Dios, cómo había cambiado! ¡La noche anterior, cuando la vio entrar en el hogar de los Padgett, le había sucedido la cosa más loca! Había sentido una pequeña descarga. Sí, era una locura, de acuerdo, porque Bess tenía ahora una agudeza, una severidad que él encontraba abrasiva. No obstante, era la madre de sus hijos y, a pesar de sus esfuerzos por mantener las distancias respecto a él, compartían el pasado, que pesaría por siempre sobre su prolongada separación. Habría apostado cualquier cosa a que Bess también era consciente de ello. Sentados juntos a la mesa, con Lisa y Randy frente a ellos, ¿cómo podían negar el peso de la memoria?

Desfilaron por su mente los recuerdos de sus comienzos. Bess estaba en la escuela secundaria cuando él, ya en su segundo año de la universidad, regresó a casa para disfrutar de unas breves vacaciones y descubrió que ella había crecido de golpe. La primera vez que la besó se encaminaban hacia su coche después de ver un partido de fútbol del equipo de la Universidad de Minnesota, en el otoño de 1966. La primera vez que hicieron el amor fue una tarde de domingo, hacia el final de su último curso de la carrera, cuando con un grupo de amigos fueron a Taylors Falls con comida, discos para practicar lanzamiento y gran cantidad de mantas. Se casaron un año después, él recién salido de la universidad, ella con tres cursos más por delante. Habían pasado la noche de boda en la suite nupcial del hotel Radisson, en el centro de Minneapolis.

La habitación había sido un regalo sorpresa de los padres de Bess, mientras que un grupo de amigas le habían comprado un camisón de encaje blanco y una bata transparente a juego. Recordó el momento en que ella salió del cuarto de baño con el conjunto. Él esperaba con un pijama azul, y ambos se sintieron tan turbados como si nunca hubieran hecho el amor. Entonces pensó que nunca olvidaría los detalles de aquella noche, pero con el correr del tiempo se volvieron borrosos. Lo que sí recordaba con toda claridad era el despertar a la mañana siguiente. Era un día soleado de junio y sobre el tocador había una cesta de frutas enviada por la gerencia del hotel y dos copas de la noche anterior, medio llenas de champán, ya sin burbujas. Al abrir los ojos había encontrado a Bess tendida a su lado, otra vez con el camisón puesto, y se había preguntado cuándo se habría levantado para enfundárselo y si esperaba que él también usara el pijama toda la noche. De ser así, resultaría que era una mojigata, a pesar de haber accedido a mantener relaciones sexuales prematrimoniales. Unos minutos más tarde Bess había despertado con una sonrisa en los labios y se había estirado tendida de costado de cara a él, con las manos juntas cerca de las rodillas. Él había tenido una erección de sólo mirarla.

– Hola.

– Hola -repuso él.

Permanecieron acostados largo rato, observándose, cautivados por la novedad y la maravilla que suponía despertar juntos. Michael recordó que a Bess se le habían encendido las mejillas y supuso que a él le había sucedido lo mismo.

– ¿Te das cuenta? -había dicho ella-. A partir de ahora nos despertaremos juntos durante el resto de nuestra vida.

– Excitante, ¿eh?

– Sí, bastante excitante -había susurrado ella.

– Te has puesto otra vez el camisón.

– No puedo dormir sin nada encima. ¿Y tú?

La sábana lo cubría hasta las costillas.

– Yo no tengo ese problema -había respondido-, pero tengo otro…

Ella le había puesto una mano sobre la cadera. Recordaba con gran nitidez lo que siguió, ya que nunca en su vida había experimentado nada tan increíble como lo de esa mañana. Habían mantenido relaciones sexuales con frecuencia antes del matrimonio, pero habían comportado ciertas limitaciones. Esa soleada mañana de junio, cuando ella le tendió los brazos, esas limitaciones se desvanecieron. Estaban casados, se pertenecían uno al otro, y eso suponía un cambio. Los votos pronunciados les otorgaban licencia y gozaron de ella.

Él la había visto medio desnuda, casi desnuda, la había desnudado de la cintura para abajo muchas veces. Habían hecho el amor a la luz del sol, arropados con una manta; a la claridad de la luna envueltos en las sombras y en el coche, debajo de los faroles de la calle y con las medias puestas. Incluso en su noche de bodas habían dejado encendida sólo la luz del baño para que arrojara un reflejo mortecino desde un rincón. En cambio esa mañana el sol había derramado todo su resplandor por una amplia ventana, él había apartado la sábana, ella se había quitado el camisón y los dos se habían regalado los ojos por primera vez. En ese sentido eran vírgenes, y nada de lo que él había experimentado antes había sido tan dulce.

Les sirvieron el desayuno en una mesa con ruedas, adornada con un mantel de lino y una rosa roja. Mientras comían, se observaron y comprendieron que su dicha era tan intensa que eclipsaba cualquier felicidad pasada.

Lo que recordaba con mayor claridad de ese día era la entrega de ambos. Se habían conocido en una época en la que numerosas parejas jóvenes renunciaban al matrimonio y optaban por vivir juntas sin casarse. Ellos habían discutido esa posibilidad, pero decidieron que se amaban y querían comprometerse de por vida.

Después del desayuno volvieron a hacer el amor y, después de ducharse, caminaron hasta St. Olaf para oír misa.

El 8 de junio de 1968, el día de su boda.

Ahora era enero de 1990, y él daba vueltas en su colchón, en un apartamento vacío, vestido con un pantalón gris de gimnasia, excitado una vez más por los recuerdos.

Olvídalo, Curran. Bess no te quiere y tú tampoco a ella. Además, tu hijo te trata como a un leproso.

Se dirigió al baño, encendió la luz, se miró al espejo y se quitó las legañas de los ojos. Se enjuagó la boca con un colutorio con sabor a canela durante los treinta segundos recomendados y se cepilló los dientes con abundante dentífrico rojo. Bess siempre le daba una perorata por usar demasiada pasta dental. «No necesitas tanta -le decía-; la mitad de eso es suficiente.» Ahora, ¡maldita sea!, empleaba tanta como le daba la gana y nadie lo sermoneaba. Una vez que hubo acabado, mostró los dientes al espejo y pensó: Míralos, Bess, son bastante perfectos para un hombre de cuarenta y tres años, ¿eh? Su dentadura le proporcionaba un curioso consuelo esa mañana en su amplio, vacío y silencioso apartamento.

Se secó la boca, arrojó la toalla al suelo y fue a la cocina. Las baldosas eran blancas, tenía alacenas de formica del mismo color con los bordes de roble amarillo y se comunicaba por medio de puertas correderas de vidrio con un comedor que daba a un pequeño parque con un torreón. Todas sus existencias, apiladas como una enorme isla en el centro de la cocina, parecían la manzana de una ciudad vista desde nueve mil metros de altura; café instantáneo, una caja de copos de cereal, una hogaza de pan, una terrina de manteca de cacao, otra de jalea de uvas, media barra de margarina envuelta en papel de aluminio dorado y un puñado de sobres de azúcar, además de una cuchara y un cuchillo de plástico que había cogido de un restaurante.

Se quedó un rato mirando la colección.

Dos veces he permitido que las mujeres me saquen hasta el último centavo. ¿Cuándo voy a aprender?, se dijo.

El destello fugaz de otro recuerdo acompañó a ese pensamiento: los cuatro -él, Bess, Randy y Lisa- durante esos años felices, cuando los chicos tenían edad suficiente para sentarse a la mesa y balancear las piernas sin que las puntas de los pies tocaran el suelo. Lisa, recién llegada de la iglesia, con el pelo recogido en una cola de caballo y acodada sobre la mesa, había cogido una tostada y la mordisqueaba sin dejar de mover los pies.

– Esta mañana he visto a Randy hurgándose la nariz en la iglesia y limpiándose los dedos bajo el banco. ¡Huaajjj!

– ¡Miente! ¡Ni siquiera lo he tocado!

– ¡Lo has hecho! ¡Te he visto, Randy! ¡Eres un maleducado!

– Mamá, Lisa siempre miente -había replicado Randy con un tono que evidenciaba que era culpable de lo que se le acusaba.

– ¡Nunca más me sentaré en ese banco!

Bess y Michael se habían mirado con los labios apretados para reprimir la risa.

– Randy se hurga la nariz en la iglesia -había intervenido Bess-, y su papá lo hace cuando se para ante un semáforo en rojo.

– No es verdad -había exclamado Michael.

– ¡Si lo es! -había replicado Bess.

Entonces toda la familia había prorrumpido en carcajadas, antes de que Bess pronunciara un sermón sobre la higiene y la necesidad de usar los pañuelos.

Los desayunos de los domingos eran muy alegres entonces.

Michael vertió una pequeña cantidad de cereales en un bol de plástico blanco, los cubrió con leche que sacó de la nevera, por lo general vacía, abrió un sobre de azúcar, cogió la cuchara de plástico y volvió a los colchones. Acomodó las almohadas contra la pared, encendió el televisor y se sentó para desayunar.

Sin embargo, no se había levantado para ver a los predicadores evangelistas o los dibujos animados, y pronto su mente se concentró de nuevo en la perturbadora maraña de las relaciones familiares que trataba de desenredar. Por enésima vez en su vida deseó haber tenido hermanos. Sería grato descolgar el auricular del teléfono y decir: «Hola, ¿me invitas a un café?», o charlar con alguien que había compartido el pasado, los padres, algunos recuerdos cálidos, tal vez unas pocas peleas; la varicela, la maestra de primer grado, la ropa de adolescente, una novia, los pastelitos de mamá. Alguien que supiera todo cuanto había luchado en la vida y a quien le importaran su felicidad y su estado de ánimo.

¿Cuál era su estado de ánimo? Se sentía solo y un tanto abatido mientras le asaltaban las preguntas: qué hacer para recuperar a Randy, cómo aprovechar la boda para reconciliarse con él, qué táctica adoptar con Bess, cómo alejar de sí la nostalgia. Además, pronto sería abuelo. Necesitaba hablar de todo eso.

Sin embargo no tenía con quien charlar, ningún hermano, y se sentía tan frustrado y solo como siempre.

Se levantó, se duchó, se afeitó y se vistió. A continuación trató de trabajar un rato en su escritorio, que se hallaba en una de las otras dos habitaciones, pero el silencio y el vacío eran tan deprimentes que tuvo que salir.

Decidió ir a comprar muebles. Los necesitaba con urgencia y al menos por la calle vería gente. Se dirigió a Dayton’s, en la carretera 36, con la intención de adquirir todo el mobiliario del salón y pedir que se lo enviaran de inmediato, pero para su desaliento descubrió que por lo general tardaban más de seis semanas en mandar los pedidos. Además, no había llevado ninguna muestra de la moqueta ni del papel pintado y no tenía ni idea de lo que quería.

A continuación fue a Levitz, donde recorrió los pasillos entre las habitaciones amuebladas y trató de imaginar esas piezas en su apartamento, pero enseguida se percató de que ignoraba qué colores quedarían bien. Entonces cayó en la cuenta de que las casas en que había vivido las habían decorado siempre mujeres, y que él carecía de gusto para esas cosas.

Después entró en la tienda de comestibles Byerly’s. Miró largo rato los pollos frescos mientras se preguntaba cómo preparaba Darla ese plato llamado fricassée. Al ver costillitas de cerdo recordó que Stella las servía con cebolla y rodajas de limón, pero ignoraba cómo las asaba para que quedaran crujientes. ¿Jamón? Eso sería más sencillo, si bien lo que le apetecía en realidad era un puré de patatas con salsa de jamón, según la receta de Bess.

¡Caramba! Se alejó de allí y se encaminó hacia el mostrador de las comidas preparadas, pidió una ensalada mixta y compró una sopa de arroz para la cena.

Caía la tarde cuando se dirigió a su casa, una hora melancólica. El sol del ocaso se reflejaba en el espejo retrovisor mientras conducía hacia su apartamento vacío. Dejó el coche en el aparcamiento subterráneo, en el garaje del subsuelo, subió en el ascensor y fue directamente a la cocina, donde calentó la sopa en el horno microondas y se sentó al alto mostrador.

La idea se le ocurrió entonces, cuando comía la sopa de un recipiente de cartón con una cuchara de plástico. Necesitas un decorador, Curran.

Conocía a uno, y muy bueno, además.

Por supuesto, eso podía ser sólo una excusa para llamarla, por más que de verdad necesitaba un profesional, pues ni siquiera tenía una mesa de cocina donde sentarse a comer. Sin embargo, era poco probable que Bess creyera que quería amueblar el apartamento; pensaría que buscaba otra cosa.

Podía llamar a algún otro. Sí, claro que podía, pero era domingo y a nadie se le ocurriría ponerse en contacto con un decorador de interiores en un día festivo.

Contempló el crepúsculo a través de la ventana. Si la telefoneaba, lo tomaría por un imbécil. Así pues, se quedó sentado, golpeándose la rodilla con la cuchara de plástico.

A las ocho de la noche se armó por fin de valor y marcó su antiguo número de teléfono. Lo recordaba de memoria.

Bess contestó al tercer timbrazo.

– Hola, Bess; soy Michael. Se hizo un largo silencio.

– Hola, Michael.

– ¿Sorprendida?

– Sí.

– Yo también.

Michael estaba sentado en el borde del colchón, con las mantas desordenadas. No sabía qué decir a continuación.

– Fue agradable la cena de anoche.

– Sí.

– Los Padgett son muy amables.

– Sí, a mí también me lo pareció.

– Lisa podía haber tenido peor suerte.

– Es muy feliz, y después de conocer a la familia de Mark no tengo ninguna objeción a su matrimonio.

Cada silencio que se producía resultaba más embarazoso.

– ¿Cómo está Randy? -preguntó Michael.

– Apenas lo he visto. Fuimos a misa y, cuando volvimos, se marchó enseguida para ver un partido con su amigo.

– ¿Te comentó algo anoche?

– ¿Sobre qué?

– Sobre nosotros.

– Sí. Dijo que esperaba que no me engañaras otra vez. Escucha, Michael, ¿querías algo en particular? Tengo trabajo y me gustaría acabarlo esta noche.

– Habíamos acordado ser corteses por el bien de los chicos.

– En efecto, pero…

– Mira, Bess, me ha costado un gran esfuerzo llamarte y tú empiezas por mostrarte insultante.

– ¡Me has preguntado qué dijo Randy y te he contestado!

– Está bien… -repuso, más calmado-. Está bien, olvidémoslo. Lamento haberte preguntado por él. Además, te telefoneaba por otra cosa.

– ¿Qué cosa?

– Quiero contratarte.

– ¿Para qué?

– Para que decores mi apartamento.

Bess permaneció un instante en silencio, después soltó una carcajada.

– ¡Oh, Michael, esto sí es divertido!

– ¿Qué tiene de divertido?

– ¿Quieres contratarme para que decore tu apartamento?

– Así es -respondió.

– ¿Has olvidado cómo te opusiste a que fuera a la universidad para obtener un título?

– Eso no tiene nada que ver. Necesito un decorador. ¿Aceptas el trabajo o no?

– En primer lugar, pongamos las cosas claras. No soy decoradora, sino diseñadora de interiores. Al parecer aún no has entendido la diferencia.

– ¿Qué diferencia hay?

– Cualquiera con un negocio de pinturas puede proclamarse decorador. Yo me licencié por la Universidad de Minnesota hace cuatro años y soy miembro de la Federación de Diseñadores de Interiores.

– De acuerdo, pido disculpas. No volveré a cometer ese error, señora diseñadora de interiores. ¿Te interesaría diseñar el interior de mi apartamento? -preguntó con sarcasmo.

– No soy estúpida, Michael. Soy una mujer de negocios. No me importa concertar una visita a domicilio. Hay un recargo de cuarenta dólares por gastos de desplazamiento, que aplicaré al coste del mobiliario que desees encargar.

– Muy bien.

– De acuerdo. Dejé mi agenda en el negocio, pero sé que tengo libre la mañana del viernes próximo. ¿Te va bien?

– Perfecto.

– Sólo para que sepas a qué atenerte, te diré que la visita domiciliaria consiste en una serie de preguntas que me ayudarán a conocer tus gustos, tu presupuesto, tu estilo de vida y cosas como ésas. En esta ocasión no llevaré muestras ni catálogos; todo eso vendrá después. Durante esta visita inicial, sólo hablaremos y yo tomaré notas. ¿Vive alguien más en el apartamento?

– ¡Por el amor de Dios, Bess…!

– Lo pregunto como profesional. Es importante que todas las personas que viven en una casa estén presentes en esta primera consulta y participen en los proyectos de forma activa desde el principio. Así se eliminan problemas ulteriores, cuando el que no estuvo en la reunión sale con un: «Un momento, sabes que detesto el azul!» O el amarillo, o las máscaras africanas, o las mesas con superficie de vidrio. A veces oímos comentarios como: «¿Qué ha pasado con la lámpara de la tía abuela Myrtle?» Te sorprenderían los gustos tan extraños que tiene la gente.

– No; no vive nadie conmigo.

– Bien, eso simplifica las cosas. Quedamos el viernes a las nueve, si te viene bien.

– Muy bien. Te diré cómo llegar hasta aquí.

– Ya lo sé.

– ¿Ya lo sabes?

– Randy me lo indicó.

– Oh… -Por un instante Michael se había hecho la ilusión de que Bess se había tomado la molestia de ver el lugar donde residía después de que él le hubiera entregado su tarjeta-. Hay un sistema de seguridad, de modo que llama desde el vestíbulo -añadió.

– De acuerdo.

– Bueno, entonces nos vemos el viernes.

– Sí. Adiós, Michael.

– Adiós.

Cuando colgó el auricular, Michael frunció el entrecejo mientras clavaba la vista en el teléfono.

– ¡Vaya! ¡Madame diseñadora de interiores!

Se hizo el silencio después de ese arranque. Se oyó el clic de la caldera al encenderse, seguido del zumbido de la calefacción. La noche apretaba su negrura contra las ventanas sin cortinas. La lámpara del techo arrojaba una luz desagradable sobre la habitación. Se tendió en el colchón con las manos bajo la nuca. Un revoltijo de sábanas y mantas creaba un bulto incómodo debajo de él. Se apartó hacia un lado, todavía con expresión ceñuda.

Es probable que esto sea un error, pensó.

Recordó la decoración infame que Doris Day había perpetrado en el apartamento de Rock Hudson en Confidencias a medianoche. Ah, las borlas de terciopelo rojo, las cortinas verde pálido, la cabeza de alce, la pianola anaranjada, las cortinas de abalorios, las diosas de la fertilidad, la estufa panzuda y la silla fabricada con astas de venado…

Era tentador.

Decididamente tentador.

A la noche siguiente, Lisa fue a la casa de su madre para probarse el traje de novia. Estaba guardado en el sótano, en un cubículo sin ventanas junto al lavadero, dentro de una bolsa de plástico que colgaba de las vigas del techo. Bajaron juntas. Bess tiró de una cadena para encender la luz y una bombilla de 40 vatios extendió una lúgubre mancha amarilla sobre el compartimiento atestado, un sarcófago de dos metros por cuatro que olía a moho.

Bess miró en derredor y tiritó. Después alzó la vista hacia la hilera de ropa colgada.

– No creo que ninguna de las dos pueda llegar. En el lavadero hay una escalerita. ¿Te importaría traerla, Lisa?

Cuando Lisa salió, Bess empezó a apartar cajas y muebles pequeños, una red de bádminton, una funda con una guitarra de veinticinco dólares que habían comprado a Randy cuando tenía doce años, antes de que descubriera su pasión por los instrumentos de percusión. Algunas cajas de cartón tenían etiquetas: ropa de bebé, muñecas de Lisa, juegos, cuadernos escolares. Representaban muchos años de recuerdos acumulados.

Lisa volvió y, mientras Bess colocaba la escalerita en el estrecho espacio, aquélla abrió una caja.

– Oh, mamá, mira…

De una caja de puros sacó una foto escolar en la que aparecía ella; le faltaban los dos incisivos y llevaba el pelo peinado con la raya al lado y sujeto con un pasador.

– Segundo curso, con la señorita Peal. Donny Carry decía que estaba enamorado de mí y todas las mañanas dejaba sobre mi pupitre unos caramelos en forma de corazón, con un mensaje diferente cada vez. «Quiero que seas mía, preciosa.» Era una verdadera conquistadora, ¿eh, mamá?

Bess miró la foto.

– Oh, recuerdo ese vestido. La abuela Dorner te lo regaló por Navidad y te lo ponías siempre con calcetines colorados y zapatos de charol.

– Papá solía llamarme su pequeño duende cuando lo llevaba.

– Hace mucho frío aquí -observó Bess-. Busquemos el vestido y subamos.

Bess cogió el traje de novia, y Lisa, la caja de cigarros. Mientras ascendían por la escalera, Lisa ojeaba los boletines, las viejas fotos dobladas y las notas de sus amigos de la infancia. Bess retiró del vestido la polvorienta bolsa de plástico y lo sacudió. Lo llevó arriba y encontró a Lisa en su antigua habitación, sentada sobre la cama con las piernas cruzadas.

– Mira esto…

Bess tomó asiento a su lado, con el traje doblado sobre su regazo.

– Es una nota de Patty Larson -continuó Lisa-. «Querida Lisa, te espero en el descampado después del almuerzo; trae tu muñeca Melody y todas tus Barbies y organizaremos un concierto.» ¿Te acuerdas de que Patty y yo acostumbrábamos hacer eso? Teníamos unas linternitas de bolsillo y simulábamos que eran micrófonos, colocábamos a las muñecas como si fueran nuestro público y cantábamos.

Abrió los brazos, chasqueó los dedos y entonó un par de estrofas de Don’t go breaking my heart. Cuando hubo terminado, se echó a reír y añadió:

– Recuerdo que una vez organizamos un espectáculo para ti y papá. Nos vestimos con algunos trajes de baile de su hermana, fabricamos unos pequeños boletos y les cobramos la entrada.

Bess también se acordaba. Sentada junto a Bess, desabrochó los botones de la espalda de su vestido de novia al tiempo que evocaba esos días felices, antes de que empezaran los problemas entre ella y Michael. Aunque en ocasiones le embargaba la nostalgia, era una persona realista que sabía que no eran más que relámpagos pasajeros. Ella y Michael nunca volverían a ser marido y mujer, por mucho que Lisa lo deseara.

– ¿Por qué no te pruebas el vestido? -sugirió con dulzura.

Lisa dejó a un lado la caja de cigarros y se puso en pie. Minutos después Bess pasó veinte presillas de raso alrededor de veinte botones de perla mientras Lisa se miraba en el espejo del tocador.

– Me queda bien -comentó Lisa.

– Yo usaba entonces la talla treinta y ocho, tú gastas la treinta y seis. Aunque en estas pocas semanas que faltan te aumente un poco la tripita, no habrá ningún problema.

Las dos estudiaron la imagen de Lisa en el espejo. El vestido tenía un cuello levantado recamado con mostacilla, sobre un corpiño de encaje en forma de V que terminaba con una punta sobre el estómago. Las mangas eran abombadas, largas hasta el codo, y de la amplia falda de raso partía una cola ribeteada con bordados de cuentas y lentejuelas. A pesar de llevar tanto tiempo guardado, no estaba descolorido.

– Es precioso, ¿verdad, mamá?

– Sí, lo es. Recuerdo lo contenta que me puse cuando mi madre dijo que podía comprarlo. Por supuesto, era uno de los más caros en la tienda, y pensé que diría que no, pero ya conoces a tu abuela. Le caía tan bien tu padre que habría accedido a cualquier cosa cuando se enteró de que iba a casarme con él.

Sin previo aviso, Lisa se apartó del espejo y se dirigió a la puerta.

– ¡Espera un minuto! -exclamó mientras salía.

– ¿Adónde vas?

– Enseguida vuelvo. ¡Quédate ahí!

Bajó por la escalera a toda prisa y regresó un minuto después. Entonces se dejó caer sobre la cama con un álbum de fotos sobre la falda.

– Estaba donde siempre, en la estantería del salón -explicó casi sin aliento.

– ¡Lisa, no revuelvas esas cosas del pasado!

Lisa había traído el álbum de la boda de Bess y Michael.

– ¿Por qué no? Quiero verlas.

– A mí no me apetece.

– Quiero ver cómo te quedaba el vestido.

– Tú deseas ver las cosas tal como solían ser, pero esa parte de nuestra vida terminó. Papá y yo estamos divorciados y así vamos a seguir.

– ¡Oh, mira…!

Lisa había abierto el álbum. Allí estaban Michael y Bess en un primer plano, mejilla contra mejilla; el velo de ella formaba una aureola alrededor de los dos.

– Estabas maravillosa, mamá, y papá… ¡guau, míralo!

Bess se conmovió. Se había mostrado intransigente durante años y empezaba a comprender el daño que su actitud había causado a sus hijos. En este punto decisivo de su vida, Lisa necesitaba evocar el pasado. Prohibirle explorar en él era negarle una parte de su herencia. Por otro lado, hacerle creer que existía una posibilidad de reconciliación entre sus padres era un verdadero desatino.

– Lisa, querida… -Bess le tomó la mano. Lisa la miró a los ojos-. Tu padre y yo tuvimos algunos años maravillosos.

– Lo sé. Los recuerdo.

– Me gustaría que las cosas hubieran ido mejor entre nosotros, pero no fue posible. Quiero que sepas, sin embargo, que me alegra que nos hayas obligado a relacionarnos. Aun cuando tu padre y yo no volvamos a estar juntos, es mejor que no exista animosidad entre nosotros.

– Papá dijo que estabas espléndida la noche de la cena.

– Lisa, querida, estás prendiendo los alfileres de tus esperanzas en el vacío.

– Bueno, ¿qué piensas hacer? ¿Casarte con Keith?

– ¿Quien piensa en casarse? Soy feliz así, como estoy. Tengo buena salud, el negocio marcha bien. Me mantengo ocupada, os tengo a ti y a Randy…

– ¿Y qué ocurrirá cuando Randy decida crecer? ¿Cuando se independice? -Señaló las paredes y agregó-: ¿Te vas a quedar sola en esta enorme casa vacía?

– Lo decidiré cuando llegue el momento.

– Mamá, prométeme una sola cosa… Si papá trata de acercarse a ti, te invita a salir o algo parecido, no te pongas furiosa ni lo humilles, por favor. Creo que intentará algo. Vi cómo te miraba mientras cenábamos.

– Lisa…

– Eres aún una mujer atractiva, mamá.

– ¡Lisa!

– Y en cuanto a papá, es uno de los hombres más apuestos de los alrededores.

– No quiero seguir hablando del asunto -zanjó Bess.

Después de esta conversación, Lisa se marchó pronto y se llevó el vestido para llevarlo a la tintorería. Bess subió al primer piso para apagar las luces de la antigua habitación de Lisa. Allí, sobre la cama, estaba el álbum de su boda, encuadernado en cuero blanco y con unas letras doradas que rezaban: bess y michael curran, 8 de junio de 1968.

El dormitorio parecía retener el olor añejo del vestido de novia y de la caja de cigarros, que Lisa había dejado olvidada. Un olor apropiado, pensó Bess. Se tendió sobre el colchón, tomó el álbum con una mano y con la otra pasó las páginas lentamente, pensativa, nostálgica.

Alternaba un sabor dulce con uno amargo a medida que los deseos opuestos de sus hijos la arrastraban en direcciones contrarias… Randy, el amargo; Lisa, la romántica.

Cerró el libro y permaneció tumbada sobre el lecho. Fuera, el perro de un vecino ladraba para que lo dejaran entrar en la casa. Abajo, en la cocina, se encendió el congelador automático y envió el silbido del agua en movimiento por las cañerías de la pared. En el mundo que la rodeaba, hombres y mujeres caminaban juntos por la vida, mientras ella yacía en la cama de su hija. Sola.

«Esto es ridículo, -pensó-. Tengo lágrimas en los ojos y un dolor en el corazón que no sentía antes de entrar en esta habitación. He permitido que Lisa me contagie su sentimentalismo. Sea lo que sea lo que creyó captar entre Michael y yo la otra noche, fue producto de su imaginación».

Volvió la cabeza y estiró la mano para tocar el álbum de su boda.

¿O hubo algo?, se preguntó.

Capítulo 6

El jueves fue al salón de belleza. Pidió que le aclararan las raíces, le cortaran las puntas y la peinaran. Esa noche se pintó las uñas y tardó casi quince minutos en decidir qué se pondría a la mañana siguiente. Eligió un vestido de lana dorado, con el talle ceñido, falda de vuelo y un cinturón ancho con una gran hebilla dorada. Por la mañana lo completó con un pañuelo de colores, pendientes de oro y unas gotas de perfume. Después lanzó una mirada crítica al espejo.

«Todavía eres una mujer atractiva, mamá.»

En algunos momentos de su vida Bess Curran se había considerado una mujer atractiva, pero jamás se había sentido como tal en los seis años transcurridos desde que Michael la había rebajado de esa categoría. Por mucho que se acicalase, siempre encontraba alguna imperfección en su aspecto. Por lo general era su peso.

Cinco kilos menos, pensó, y mi figura sería perfecta.

Irritada con Michael por crearle ese permanente descontento, y consigo misma por perpetuarlo, apagó la luz y salió de la habitación.

Llegó a White Bear Lake cinco minutos antes de la hora convenida y se acercó al edificio de Michael. Quedó impresionada al observarlo de cerca a plena luz del sol. El letrero rezaba: chateauguet. El sendero para los automóviles describía una curva entre dos olmos gigantescos y proseguía entre robles. Un par de abetos flanqueaban la entrada, más altos que los cuatro pisos que custodiaban. La construcción, de ladrillos blancos, con toldos de un azul brillante, formaba una V. Tenía aparcamiento subterráneo, balcones blancos, faroles de carruaje de bronce, y vidrio en profusión. Los áticos estaban coronados por tejados de dos aguas.

Con todo, lo más impresionante era el lago. Bess se sorprendió imaginando la vista que descubriría desde el apartamento de Michael.

El vestíbulo olía a limpiador de alfombras aromatizado, tenía las paredes empapeladas con muy buen gusto, un ascensor y una pequeña hilera de buzones junto con un teléfono de seguridad. Descolgó el auricular y llamó al piso de Michael.

– Buenos días, Bess. ¿Eres tú? -contestó él de inmediato.

– Buenos días. Sí, soy yo.

– Enseguida bajo.

Oyó el zumbido del ascensor antes de que las puertas se abrieran sin ruido y apareciera Michael, vestido con un pantalón de pinzas gris con finísimas rayas de un verde azulado, como la camisa, y un elegante suéter de punto blanco. Las prendas eran de primera calidad y conjuntaban perfectamente. Desde que se había convertido en diseñadora de interiores, Bess se fijaba en detalles como ése. La ropa de Michael estaba bien elegida, incluso los mocasines, de suave piel negra. Se preguntó quién la habría escogido, dado que Michael era casi daltónico y no sabía combinar con gusto los colores.

– Gracias por venir, Bess -dijo mientras mantenía abierta la puerta del ascensor-. Ven, subamos.

Bess entró en ese espacio de un metro veinte por uno ochenta y aspiró la fragancia de su colonia inglesa, tan familiar.

– ¿Cómo se pronuncia el nombre de este lugar? -preguntó para romper el hielo.

– Chatogué -respondió Michael-. El siglo pasado había aquí un gran hotel con ese nombre. También se llamaba así un caballo de carrera que ganó el derby de Kentucky años atrás.

– Chatogué -repitió ella-. Me gusta.

Salieron a un vestíbulo idéntico al de la entrada. Michael le indicó su apartamento, cuya puerta estaba abierta.

Tan pronto como hubo cruzado el umbral Bess experimentó un gran alborozo. ¡Espacio! ¡Espacio suficiente para hacer las delicias de cualquier diseñador! El recibidor, con una moqueta de un malva grisáceo, era más amplio que la mayoría de los dormitorios. Carecía de muebles y sólo contaba con una gran araña moderna. Más adelante la pieza se ensanchaba y había otra lámpara de las mismas características que la anterior.

Michael tomó su abrigo y lo colgó.

– Bueno, aquí tienes… -Extendió los brazos y señaló dos puertas a la derecha-. Estas son las habitaciones de los invitados, cada una con su propio baño.

Eran del mismo tamaño y tenían ventanas muy amplias. Una estaba vacía, y en la otra había una mesa de dibujo y una silla. Bess dejó la cartera sobre el suelo del vestíbulo y siguió a Michael con una cinta métrica y un bolígrafo en la mano.

– ¿Estas ventanas dan al norte?

– Más bien al noroeste -respondió él.

Bess decidió que tomaría notas y medidas después de haber recorrido todo el piso. Avanzaron hasta un espacio interior octogonal, en cuyo centro colgaba la segunda araña. Había cuatro puertas y parecía ser el eje central del apartamento.

– El arquitecto llama a esta pieza galería -explicó Michael.

Bess dio una vuelta en redondo y miró hacia arriba, a la lámpara.

– Es imponente… o puede serlo.

Habían entrado por la puerta del vestíbulo y Michael le señaló las otras.

– Cocina, salón comedor, trascocina, y tocador. ¿Qué prefieres ver primero?

– El salón -respondió Bess.

Al atravesar el umbral recibió un baño de luz. La habitación estaba orientada al sudeste, tenía una chimenea de mármol en la pared norte, otra araña en el extremo sur y dos juegos de puertas correderas de vidrio -una de tres hojas y la otra de dos-, que daban a la terraza, desde donde se dominaba el lago helado. Entre ambas, la pared formaba un ángulo obtuso.

– Estoy impresionada, Michael. Esta sala no es rectangular, ¿verdad?

– No. Todo el edificio tiene forma de flecha, y esta estancia está en la punta.

– ¡Oh, qué maravilla! Si supieras cuántas habitaciones rectangulares he diseñado, comprenderías lo mucho que me entusiasma ésta. Muéstrame el resto -añadió.

La cocina con alicatado blanco, muebles de formica y vigas de roble claro, se comunicaba con un comedor que tenía unas puertas correderas que daban a la terraza con vistas al lago que rodeaba todo el apartamento. El dormitorio principal, que estaba separado del salón por una pared y compartía el cañón de su chimenea, también tenía acceso a la terraza, además de un armario empotrado y un cuarto de baño tan grande que se podía jugar un partido de baloncesto en él. Este olía a las lociones que usaba Michael. Sobre el tocador había una maquinilla de afeitar eléctrica, un cepillo de dientes y un tubo de dentífrico. La puerta de la ducha estaba mojada y al lado colgaba una espantosa toalla de playa con dibujos de fuegos artificiales en colores chillones sobre fondo negro. No había ninguna manopla o esponja; él siempre se enjabonaba con las manos. Bess se enojó consigo misma por recordar ese detalle.

En el dormitorio echó una rápida ojeada a los colchones, cuya visión despertó en ella antiguos recuerdos. Al parecer Michael no se había llevado nada de la casa que había compartido con Darla. Hasta las mantas eran nuevas, como lo demostraban las marcas todavía visibles de los dobleces. ¡Qué ironía!, pensó Bess. Es probable que termine eligiendo otra vez su colcha. Ya imaginaba la habitación con la ropa de cama y las cortinas a juego.

– Esto es todo -dijo Michael.

– Debo reconocer que estoy impresionada -afirmó Bess.

– Gracias.

Regresaron al amplio comedor.

– El edificio está muy bien integrado en el paisaje -explicó Bess-, y es admirable el modo en que el arquitecto aprovechó los árboles, la orilla del lago y el pequeño parque contiguo… Es preciso tener todos estos elementos en cuenta para realizar el diseño interior. En realidad, el exterior se traslada al interior a través de estas magníficas cristaleras, al tiempo que los árboles otorgan privacidad.

Bess midió el largo de la habitación mientras admiraba la vista a través de las ventanas y Michael permanecía de pie junto a la chimenea, con las manos en los bolsillos del pantalón.

– Es curioso -meditó Bess en voz alta-. Los clientes a menudo se sorprenden al saber que los arquitectos y los diseñadores de interiores raras veces nos llevamos bien. El motivo es que ellos no toman en consideración el espacio interior y en consecuencia, nosotros debemos resolver los problemas que no se solucionaron durante la edificación. En este caso no es así. Este hombre sabía muy bien lo que hacía.

– Le comentaré que lo has dicho -repuso Michael sonriente-. Trabaja para mí.

Bess lo miró desde el extremo opuesto del salón.

– ¿Tu construiste el edificio?

– No exactamente. Urbanicé la propiedad. El municipio de White Bear Lake me contrató y me encargó la construcción.

Bess arqueó las cejas en un gesto de aprobación.

– No tenía idea de que te ofrecieran proyectos tan importantes. ¡Felicidades!

Michael inclinó la cabeza en una simpática muestra de humildad y orgullo combinados.

Bess supuso que el edificio debía de valer varios millones de dólares, y si el ayuntamiento le había propuesto el trabajo, debía de ser porque se había ganado una brillante reputación. De modo que los dos… Michael y ella… habían hecho grandes progresos desde su separación.

– ¿Te importaría enseñarme el resto de las habitaciones mientras charlamos? -preguntó Bess.

– En absoluto.

– De esa manera me familiarizo con las distintas piezas, me fijo en cómo incide la luz y qué espacio debe ser llenado.

Se miraron sonriendo y se dirigieron a la galería, donde se detuvieron debajo de la araña. Bess apoyó su carpeta contra la cadera.

– Ahora pasemos a las preguntas. Me temo que he hablado demasiado cuando tendría que ser al revés. Estoy aquí para escucharte.

– Adelante, pregunta.

– ¿Elegiste tú la moqueta?

Bess había notado que era igual en todas las salas, salvo en la cocina y los baños. Le sorprendía que Michael hubiera escogido ese color.

– No, estaba aquí cuando me instalé. Lo que sucedió fue que vendieron este piso a un matrimonio mayor llamado Sawyer. La señora Sawyer eligió la moqueta y la hizo colocar, pero antes de que se mudaran el marido murió y ella decidió quedarse donde estaba.

– ¿Te gusta?

– No está mal -respondió Michael.

– No pareces muy convencido.

Michael apretó los labios y examinó el suelo.

– Puedo vivir con ella.

– Asegúrate de que así sea antes de que diseñemos el interior, y ten presente que el color influye en tu energía, en tu productividad, en tu capacidad para relajarte, al igual que influye en la luz y el espacio. Tienes que rodearte de colores con los que te sientas cómodo.

– Puedo vivir con ella -repitió él.

– Si lo deseas es posible suavizar el tono, hacerlo más masculino resaltando el gris sobre rosa, o bien intercalando algunos tramos en negro. ¿Qué te parece?

– De acuerdo.

– ¿Tienes alguna muestra de la moqueta que pueda llevarme?

– En el armario de la entrada, sobre el estante. Te la daré antes de que te vayas.

– ¿Te gustan las paredes revestidas de espejos?

– ¿Aquí?

Michael alzó la mirada. Todavía estaban en la galería octogonal.

– Un espacio como éste ganaría mucho con espejos -explicó Bess-. El reflejo de la araña en cuatro paneles crearía un efecto espectacular.

– Sin duda. Déjame pensarlo.

A continuación entraron en la habitación con la mesa de dibujo.

– ¿Aquí es donde trabajas?

– Sí.

– ¿Cuándo?

– En especial por las noches. Durante el día estoy en la oficina.

Bess se acercó a la mesa.

– ¿Trabajas…? -De pronto se interrumpió. Pegada con cinta adhesiva a un flexo había una fotografía de sus hijos, tomada en el patio trasero de la casa cuando contaban siete y nueve años, después de una batalla con agua. Los dos tenían pecas y sonreían con los ojos entrecerrados bajo el intenso sol del vera no. A Randy le faltaba un diente incisivo y el cabello de Lisa estaba mojado.

– ¿Me preguntabas si trabajo…? -recordó Michael. Bess sabía muy bien que había notado su reacción, pero su visita era profesional y no había lugar para los comentarios personales.

– ¿Trabajas todas las noches?

– Últimamente, sí.

No agregó que lo hacía desde que Darla y él se separaron, pero no tuvo necesidad de mencionarlo. Era evidente que se sentaba en esa habitación y lamentaba algunas cosas.

– ¿Necesitarás tener un escritorio en esta habitación? -preguntó Bess.

– Sería conveniente.

– ¿Archivadores?

– No hace falta.

– ¿Estanterias?

– Quizá -contestó Michel.

– De acuerdo… Sigamos.

Entraron en la otra habitación de invitados, luego en el aseo; volvieron a la galería, pasaron a la cocina y regresaron al salón.

– ¿Te gusta el art déco, Michael?

– Lo encuentro un poco adusto, pero he visto algunas cosas que me han atraído.

– ¿Y el vidrio? Por ejemplo, mesas con superficie de vidrio en lugar de madera.

– Cualquiera de las dos está bien.

– ¿Celebrarás fiestas en la habitación?

– Tal vez.

– ¿A cuántas personas invitarías, más o menos?

– No lo sé -respondió Michael.

– ¿Tal vez doce?

– No lo creo.

– ¿Seis?

– Supongo que sí.

– ¿Serán fiestas formales o informales?

– Informales, probablemente.

– Comidas…

Bess fue hasta el extremo de la habitación, donde estaba la lámpara de araña, estudió el cambio de luz sobre la alfombra e imaginó el espacio amueblado.

– ¿Organizarás comidas para seis? -inquirió.

– ¿Por qué no? Antes solía hacerlo.

– ¿Utilizarás la chimenea?

– Sí.

– ¿Verás la televisión en esta sala?

– No.

– ¿Te gustaría tener aquí un equipo de música?

– Sería mejor en el comedor contiguo a la cocina.

– ¿Prefieres las líneas verticales o las horizontales?

– ¿Qué?

Bess lo miró y sonrió.

– Por lo general esta pregunta siempre desconcierta a mis clientes. Las líneas horizontales resultan relajantes, y las verticales, estimulantes.

– Verticales.

– Ah… estimulante. ¿Acostumbras levantarte temprano o tarde?

– Temprano.

Bess ya lo sabía, pero tenía que preguntar.

– ¿Y qué sueles hacer al acabar el día? ¿Ves la televisión?

– Pues… -Michael vaciló.

– ¿Sueles salir de noche?

Él se rascó la nuca y sonrió con picardía.

– Hubo una época en que trasnochaba con frecuencia, pero es curioso cómo te cambian los años.

Bess sonrió y a continuación observó el techo.

– ¿Qué opinas de esta araña?

Él se acercó y la miró con detenimiento.

– Me recuerda los gajos de un pomelo -respondió.

Bess se echó a reír.

– ¿Gajos de pomelo?

– Sí, esas piezas de cristal ahumado… ¿No tienen la forma de gajos de pomelo?

– Demasiado finos, tal vez. ¿Te gusta?

– Humm… -murmuró meditabundo-. Sí, me gusta bastante.

– A mí también.

Bess anotó que el vidrio de las mesas debía ser ahumado antes de pasar al comedor contiguo a la cocina. Esta habitación dominaba un alto montículo de álamos americanos -ahora sin hojas- y un pequeño parque con un torreón. Por suerte no había columpios, innecesarios para un edificio habitado por gente mayor y adinerada.

– ¿Qué actividades se realizan en el parque? -preguntó Bess.

– Picnics en verano, supongo.

– ¿No se organizan recitales de música, ni paseos en barca?

– No. Las lanchas navegan en la playa del condado o en el club de vela White Bear.

– ¿Te comprarás una?

– Puede ser. He pensado en ello.

– Hay muchos veleros en el lago, ¿verdad?

– Sí.

– Debe de ser una delicia contemplarlos desde aquí, o desde la terraza.

– Sí, lo es.

Bess hizo una anotación y se encaminó lentamente hacia el mostrador que dividía la cocina, donde una terrina de manteca de cacao, una hogaza de pan y algunas latas de conserva formaban la despensa de Michael. Apartó la mirada de la lastimosa colección porque le acometió un agudo deseo de desempeñar el papel de ama de casa, y a ninguno de los dos le convenía.

– ¿Utilizarás mucho la cocina? -preguntó de espaldas a Michael.

Él tardó en contestar.

– No.

Bess se volvió para dejar la carpeta sobre el mostrador.

– ¿Tienes alguna afición?

– Las mismas que hace seis años; la caza y la vida al aire libre, pero para eso tengo mi cabaña.

– ¿Sufres alguna alergia?

Michael frunció el entrecejo en un gesto de sorpresa.

– ¿Alergia?

– Algún tejido o material -explicó Bess.

– No.

– Entonces sólo queda preguntarte por tu presupuesto.

– No me lo he planteado. Lo que consideres oportuno. Lo dejo en tus manos. Te tengo confianza.

– ¿Todo el apartamento?

Michael miró en derredor con cierta indecisión.

– Supongo que sí.

– ¿La habitación de los invitados también?

Michael la miró.

– Detesto las habitaciones vacías.

– Yo también -coincidió Bess-. Además, es la primera sala que se ve al entrar en el vestíbulo.

De pronto Bess sintió el impulso insensato de acercarse a él, darle una palmada en la espalda y decirle: «No te preocupes, Michael, te llenaré el apartamento para que no estés tan solo.» Sin embargo sabía muy bien que una casa llena de objetos no podía sustituir a un hogar lleno de gente.

– Necesitaré tomar algunas medidas -añadió-. ¿Tendrías inconveniente en ayudarme?

– En absoluto.

– He tratado de hacer un bosquejo de la disposición de la planta, pero es tan extraña que me resulta difícil.

– Tengo algunos planos en mi oficina. Se dibujaron para los encargados de la venta. Te enviaré uno.

– Oh, eso me será muy útil. Entonces, empecemos con las medidas.

Pasaron los veinte minutos siguientes midiendo las salas, puertas y ventanas. Una vez que hubo tomado nota, Bess se puso la carpeta bajo el brazo y enrolló la cinta métrica.

Regresaron al vestíbulo, donde Michael tomó el abrigo de Bess y la ayudó a ponérselo.

– Y ahora ¿qué? -preguntó.

– Haré un plano de cada pieza en papel milimetrado. Después miraré catálogos para elegir el mobiliario, las cortinas, el papel pintado… Reproduciré los muebles a escala en plástico magnético para que podarnos disponerlos sobre el plano del piso. Cuando todo eso esté terminado, te llamaré para concertar una cita. Por lo general me reúno con los clientes en mi negocio después de cerrar para evitar interrupciones. Además tengo allí todos los muestrarios y si algo de lo que propongo no te gusta podemos buscar otra cosa.

– Entonces, ¿cuándo tendré noticias tuyas?

Bess ya se había abotonado el abrigo y estaba poniéndose los guantes.

– Empezaré a trabajar en ello sin pérdida de tiempo para presentarte el proyecto dentro de una semana, ya que estás viviendo en condiciones bastante espartanas. -Le dedicó una sonrisa profesional y le tendió su mano enguantada-. Gracias Michael.

Él se la estrechó.

– ¿No te olvidas de algo?

– ¿De qué?

– Los cuarenta dólares por los gastos de desplazamiento.

– ¡Ah, eso! Fijé esa suma para disuadir a la gente solitaria que sólo desea un poco de compañía para una tarde… Te asombraría saber cuántos hay de ésos. Sin embargo salta a la vista que necesitas los muebles, y no eres un desconocido.

– Los negocios son los negocios, Bess, y si hay que pagar, lo haré.

– De acuerdo. Lo incluiré en la factura.

– De ninguna manera. Espera aquí.

Michael se dirigió a la habitación que tenía la mesa de dibujo, y ella lo observó desde el vestíbulo a través de la puerta. Cogió la carpeta y la cartera, y entró en la sala, donde Michael extendía un cheque.

Bess miró la foto de sus hijos por encima de los hombros de Michael.

– Eran adorables cuando tenían esa edad, ¿no es cierto? -susurró.

Él dejó de escribir, miró un instante la fotografía y arrancó el cheque antes de volverse hacia Bess.

– Sí, eran adorables.

Se hizo el silencio mientras los dos miraban a sus hijos, captados en un día sin zozobras. Michael la miró, y Bess lo notó a pesar de que continuaba con la vista clavada en el retrato.

– Michael, yo…

Mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas, sus miradas se cruzaron.

– El sábado visité a mi madre y mantuvimos una larga charla… -Hizo una pausa-. Le conté lo difícil que me resulta verte otra vez. Según ella, eso obedece a que me haces analizar mi conducta y plantearme la responsabilidad que tuve en el divorcio.

Michael aguardó a que continuara.

– Creo que te debo una disculpa, por predisponer a los chicos contra ti.

Algo había cambiado en los ojos de Michael… Tal vez un rápido rapto de cólera reprimida. Aunque no movió un músculo, parecía más rígido mientras la miraba de hito en hito.

Bess posó la vista en sus guantes.

– Juré que nunca mezclaría los negocios con mi vida privada, pero esto me atormenta y, al ver la fotografía, me he dado cuenta de que… bueno, de que tú también los quieres y de cuánto debes de haber sufrido al estar lejos de ellos. -Se interrumpió y lo miró a los ojos-. Lo siento, Michael.

Michael reflexionó durante unos segundos antes de hablar.

– Te odié por eso, Bess. Tú lo sabes -murmuró.

Ella desvió la mirada hacia la mesa de dibujo.

– Sí, lo sé -admitió.

– ¿Por qué lo hiciste?

– Porque me sentía herida y agraviada.

– Pero lo que ocurrió entre nosotros no tenía por qué afectarles a ellos.

– Lo sé, ahora lo sé.

Tras un largo silencio Bess agregó:

– Mi madre dijo algo más. -Hizo acopio de coraje para continuar-. En su opinión, cuando volví a la universidad te coloqué en el último lugar de mi lista de prioridades y por eso buscaste otra mujer. ¿Es cierto eso, Michael?

– ¿Tú qué crees?

– Te he hecho una pregunta.

– No pienso contestarla. No vale la pena. Es demasiado tarde.

– Entonces es cierto.

Michael le entregó el cheque.

– Gracias por venir, Bess. Lo siento, tengo que ir a mi oficina.

Bess sintió que le ardían las mejillas mientras cogía el cheque.

– Lo lamento, Michael. No debería haber sacado el tema a colación. No es el momento apropiado.

Michael le abrió la puerta y de pronto la cerró.

– ¿Por qué lo has sacado a relucir Bess?

– No lo sé. Últimamente no me entiendo a mí misma. Tengo la impresión de que hay muchas cosas que no aclaramos en su momento y con frecuencia me remuerde la conciencia. Supongo que debo asumir lo que hice y olvidarlo. Para eso sirven las disculpas, ¿de acuerdo?

Michael la miró con expresión severa y ella asintió.

– De acuerdo. Disculpas aceptadas.

Bess no sonrió, no habría podido. Él tampoco.

Michael le entregó una muestra de la moqueta y la acompañó a la salida, a prudente distancia, y pulsó el botón del ascensor. La puerta se abrió al instante.

– Gracias por venir -dijo.

Bess entró en la cabina, se volvió para ofrecerle una sonrisa conciliadora y vio que él ya regresaba al apartamento. La puerta del ascensor se cerró y mientras descendía Bess se preguntó si al disculparse había contribuido a que la situación entre ellos mejorara o empeorara.

Capítulo 7

Randy Curran se dejó caer en una desvencijada mecedora tapizada y buscó en el bolsillo de su chaqueta la bolsita de marihuana. Eran casi las once de la noche y la madre de Bernie estaba fuera, como de costumbre. Trabajaba de camarera en un bar, de modo que casi todas las noches tenían el apartamento para ellos solos. La radio estaba sintonizada en Cities 97 y esperaban que empezara el programa The grateful dead hour. Bernie se hallaba sentado en el suelo, con una guitarra eléctrica sobre el regazo, y el amplificador estaba apagado cuando arrancó con una canción de Guns N’Roses. Randy conocía a Bernie Bertelli desde octavo, cuando se mudó a la ciudad después de que sus padres se divorciaran. Desde entonces habían fumado juntos muchos porros.

La casa de Bernie era una pocilga. El suelo estaba cuarteado, y de las paredes colgaban baratijas de plástico. La alfombra estaba muy sucia y su felpa más enmarañada que el pelaje de los dos perros, Skipper y Bean, a los que se permitía hacer todo cuanto quisieran en la casa. En ese momento, Skipper y Bean dormían sobre el sofá-cama, que alguna vez, en sus orígenes, había tenido un tapizado de nailon de cuadros, pero que ahora estaba cubierto con un trapo floreado con manchas de excrementos de los perros. Las mesitas de café tenían las patas torcidas y, contra una pared, una pirámide de latas de cerveza llegaba hasta el techo; la madre de Bernie había colocado la del vértice.

Randy nunca se sentaba en el sofá-cama, ni siquiera cuando estaba flipado o borracho. Siempre elegía la mecedora verde, un mueble decrépito que parecía haber recibido un fuerte golpe, porque estaba totalmente torcido hacia un costado. Un viejo retazo de manta doblado cubría el asiento para tapar los muelles, y el tapizado de los brazos estaba lleno de quemaduras de cigarrillos.

Randy sacó la bolsita y una pipa muy pequeña, del tamaño suficiente para una sola fumada. Los días de compartir el canuto con los colegas pertenecían al pasado. ¿Quién podía permitirse esos lujos?

– Esta mierda está cada vez más cara, tío -comentó.

– Sí. ¿Cuánto te ha costado?

– Sesenta dólares.

– ¿Por un cuarto?

Randy se encogió de hombros. Bernie silbó.

– Más vale que sea buena, compañero.

– La mejor. Mira esto… -dijo Randy al tiempo que abría la bolsita-. Capullos.

Bernie se inclinó y echó un vistazo.

– Capullos… ¡Guau! ¿Cómo los has conseguido?

Todo el mundo sabía que los capullos rendían el máximo por el mismo dinero…, mejor que las hojas o los tallos, o las semillas. Se podían apretar más y tener una buena carga para un par de caladas.

Mientras llenaba la cazoleta Randy echó de menos los días en que preparaba porros lo bastante grandes para pasarlos a sus compañeros. Una vez había visto a un tipo que sabía enrollar un cigarrillo con una sola mano. Él lo había intentado en alguna ocasión, pero desperdiciaba mucha cantidad, por lo que siempre empleaba las dos manos, lo que se consideraba una verdadera proeza entre los fumadores de canutos.

Randy encendió un fósforo. La pipa contenía menos que un dedal lleno. Aplicó la cerilla, aspiró una buena bocanada y la retuvo en los pulmones hasta que le ardieron. Exhaló, tosió y volvió a llenar la cachimba.

– ¿Quieres, Bernie? -preguntó.

Su amigo dio una calada y también tosió, mientras un olor similar al del orégano quemado colmaba la habitación.

Randy tomó dos bocanadas más antes de sentir la embriaguez; un dulce estremecimiento recorrió su cuerpo y lo invadió una euforia creciente. Veía distorsionado todo cuanto le rodeaba. Bernie parecía estar al otro lado de una pecera, y las luces sobre el equipo de música brillaban de forma tenue, como una lluvia de estrellas fugaces que se desplazaban con suma lentitud. La música de la radio se convirtió en una sensación especial que le dilató los poros y agudizó su capacidad de percepción.

Las palabras acudieron a él y se arremolinaron a través de su visión como si tuvieran volumen y forma…, palabras agradables, sugerentes.

– He estado con esa chica -murmuró Randy-. ¿Te lo he contado?

Tenía la impresión de que lo había explicado una hora antes y que las palabras caían ahora, aterrizaban sobre Bean muy despacio.

– ¿Qué chica?

– Maryann. Vaya nombre, ¿eh? Maryann. ¿A quién se le ocurre poner semejante nombre a una hija?

– ¿Quien es Maryann?

– Maryann Padgett. Cené en su casa. Lisa va a casarse con su hermano.

Bean roncaba sobre el sofá-cama. Randy se sintió traspasado por la visión -que recibía con la belleza de un calidoscopio- del labio del perro, negro por fuera, rosado por dentro, que vibraba al compás de su suave respiración.

– Ella ahuyenta toda la porquería que tengo dentro.

– ¿Por qué?

– Porque es una buena chica.

Llegó la sed, exagerada, como todo lo demás.

– Eh, Bern, tengo la boca seca. ¿Hay una cerveza por aquí?

El líquido le supo como un elixir mágico; cada sorbo era mil veces mejor que un orgasmo.

– Nosotros no nos enrollamos con las chicas buenas, ¿verdad, Bern?

– ¡Claro que no, tío! ¿Por qué habríamos de hacerlo?

– Tíratelas y déjalas, ¿eh, Bern?

– Así es… -Dos minutos después, Bernie repitió-: Así es. -Transcurrieron otros diez minutos antes de que volviera a hablar-. Ostras, estoy jodido.

– Yo también -afirmó Randy-. Estoy tan jodido que hasta me gusta tu nariz. Tienes la nariz como la de un oso hormiguero y estoy tan jodido que la encuentro bonita.

Bernie irrumpió en carcajadas, que a Randy le parecieron distantes.

– No hay que tomar en serio a las tías -afirmó Randy un buen rato después-. Ya sabes a qué me refiero. Acaban enredándote, te casas con ellas, tienes hijos; luego te acuestas con otra tipa, te largas de tu casa y tus hijos lloran a moco tendido.

Bernie meditó largo rato antes de hablar.

– ¿Tú lloraste a moco tendido cuando tu viejo os dejó? -preguntó.

– Algunas veces; donde nadie pudiera verme, desde luego.

– Sí, yo también.

Más tarde Randy sintió que se disipaba el letargo y llegaban las arcadas. Se inclinó en el asiento y contó siete latas de cerveza alrededor de él antes de vomitar. Bean despertó, se estiró y se sacudió, saltó del sofá-cama y extendió una capa nueva de pelo sobre la alfombra enmarañada. Skipper enseguida lo imitó. Los dos olfatearon a Bernie, que tenía los ojos muy rojos.

Randy se tomó su tiempo para recuperarse. Era pasada la medianoche y tenía que levantarse a las seis. Lo cierto es que estaba harto de su empleo en el almacén, y de la pocilga de Bernie y del precio de la marihuana. ¿Qué hacía allí, en esa mecedora desvencijada con quemaduras de cigarrillos en los brazos, mirando la narizota de Bernie y contando las latas de cerveza?

¿De quién quería vengarse?

De su padre, no cabía duda.

El problema era que al viejo no le importaba un comino.

Bess recibió el plano del piso de Michael el lunes por la mañana. Lo había enviado por correo, junto con una nota escrita con la letra que ella conocía bien, sobre una hoja de papel con el logotipo azul de su compañía en la parte superior.

Bess, tal como te prometí, aquí está el plano del apartamento; con respecto a revestir de espejos las paredes de la galería, adelante. Creo que me gustará. He reflexionado sobre lo que dijiste antes de marcharte y he comprendido que debí haber sido más tolerante en algunos aspectos. Tal vez podamos hablar un poco más del tema. Fue muy agradable volver a verte.

Michael.

Ella sintió una extraña vibración al ver su caligrafía. Resultaba curioso. Era como examinar su cepillo de dientes después de que lo hubiera usado, o su toalla húmeda, las cosas que él había tocado, tenido en sus manos. Releyó cuatro veces el mensaje e imaginó su mano mientras sostenía la pluma para escribirlo. «Tal vez podamos hablar un poco más del tema.» Bien, ésa era una sugerencia cargada de significado. ¿O no? ¿De verdad le había parecido agradable volver a verla? ¿No había sentido Michael la misma tensión que ella? ¿No había experimentado la necesidad de escapar, como ella?

Michael recibió una llamada de Lisa.

– Hola, papá, ¿cómo va todo?

– Muy bien. ¿Qué tal estás tú?

– Ocupada. No sospechaba que planear una boda fuera tan laborioso. ¿Estás libre el sábado por la tarde?

– Puedo estarlo.

– Bien. Los hombres tenéis que reuniros para ir a Gingiss Formal Wear y elegir los esmóquines.

– ¡Esmóquines!

– Parecerás todo un galán, papi.

Michael sonrió.

– ¿Tú crees? ¿A qué hora y dónde?

– A las dos en Maplewood.

– Allí estaré.

Randy no había pensado que su padre también acudiría. Entró en Gingiss Formal Wear a las dos de la tarde del sábado siguiente y allí estaba Michael, en animada conversación con Mark y Jake Padgett. Mark lo vio llegar y se adelantó con la mano tendida.

– Aquí está el último que esperábamos. Hola, Randy, gracias por venir.

– De nada. Es un placer.

Jake le estrechó la mano.

– Hola, Randy.

– Señor Padgett…

Sólo quedaba Michael, que también le ofreció la mano.

– Randy…

El muchacho miró los ojos tristes de su padre y sintió el deseo de arrojarse a sus brazos y decirle «hola, papá». Sin embargo, hacía años que no le llamaba «papá». La palabra brotaba de su interior y parecía llenarle la garganta, para ser pronunciada o reprimida. Los ojos de Michael eran tan idénticos a los suyos que parecía que se estuviera mirando en un espejo.

Por fin apretó la mano de Michael.

– Hola -se limitó a saludar.

Michael se sonrojó y estrechó la mano de Randy.

Un joven dependiente rubio se aproximó.

– ¿Están todos, caballeros? Si quieren pasar por aquí…

Mark y su padre lo siguieron de inmediato, mientras Michael y Randy intercambiaban miradas de indecisión, hasta que el primero indicó a su hijo que pasara delante. El hombre los condujo a un salón enmoquetado, donde había espejos y esmóquines de todos los colores, desde el negro hasta el rosado, y olía a ropa recién planchada.

– Algunas veces la novia viene para elegir los trajes -explicó el empleado a Mark-. Como la suya no lo ha hecho, supongo que han hablado de colores.

– El vestido de la madrina es de color albaricoque. Mi prometida me ha dicho que elija el tono que más me guste.

– Bien. Entonces permítame sugerirle un color marfil, que es siempre elegante y está de moda, con una faja en damasco. Tenemos varios modelos de esmoquin. Los más en boga son los de Christian Dior y After Six…

Mientras el dependiente hablaba, Michael y Randy se miraban con disimulo, conmocionados por el encuentro, sin apenas prestar atención a lo que se decía. Miraron americanas con solapas de raso, camisas plisadas, corbatas de lazo, fajas para la cintura y zapatos de piel.

Uno tras otro, se situaron ante un amplio espejo para que les tomaran las medidas: cuello, manga, pecho, contorno del brazo, cintura y caderas. Se probaron pantalones con franjas de raso a los costados, camisas plisadas y con chorreras, corbatas de lazo. Entretanto, Michael y Randy evocaban el pasado; la vez en que éste entró en el cuarto de baño mientras su padre se afeitaba, se aplicó espuma a la cara y fingió rasurarse con una navaja sin hoja; las ocasiones en que se colocaban el uno al lado del otro y el pequeño preguntaba: «¿Crees que alguna vez seré más alto que tú, papá?» Ahora lo era, se había convertido en un adulto capaz de guardar rencores.

Michael se enfundó una chaqueta de esmoquin y estiró las mangas y el cuello mientras el empleado daba vueltas alrededor de él y examinaba el corte. Mark hizo una broma y Randy rió.

– Nunca me había puesto uno de estos trajes de mono -comentó Jake-. ¿Y tú, Michael?

– Una sola vez.

En su propia boda.

Cuando terminaron de probarse las prendas, volvieron a ponerse sus ropas de calle y salieron al centro comercial, que estaba lleno de gente y olía a pasteles recién horneados. Mark y Jake se encaminaron hacia la salida, seguidos por Randy y Michael, que se sentía cada vez más nervioso al ver que escapaba su oportunidad. Deseaba hablar a su hijo, pero temía que lo rechazara. Por fin, justo antes de llegar a las puertas de vidrio, comentó:

– Oye, yo todavía no he comido, ¿Y tú? -Se esforzó por emplear un tono espontáneo, a pesar de su inquietud.

– Sí, comí una hamburguesa antes de venir -mintió Randy.

– ¿Estás seguro? Yo invito.

Por un instante sus miradas se encontraron. Michael se sintió esperanzado al advertir que Randy vacilaba.

– No, gracias. He quedado con unos amigos -se excusó el joven.

Michael no dejó traslucir la frustración que experimentó.

– Bueno, quizá otro día.

– Sí, claro.

Los dos permanecieron muy serios. Por muchos años que transcurran, algunos pecados nunca se perdonan. Así pues, salieron del centro comercial por puertas diferentes y cada uno tomó su camino.

Minutos después Randy subió a su coche y se dirigió al centro de Stillwater, al negocio de su madre. No tenía ninguna cita con sus amigos; en realidad, apenas tenía amigos. Lo cierto era que necesitaba ver a su madre después de haber desdeñado la titubeante oferta de reconciliación de su padre.

Cuando entró, Heather estaba en el mostrador y algunos clientes curioseaban en el local.

– Hola, Heather. ¿Está mamá?

– ¡Estoy aquí! -indicó Bess-. ¡Ven, sube!

Randy subió a toda prisa por la escalera y bajó la cabeza para evitar golpearse contra el techo cuando llegara al altillo. Bess, que se hallaba rodeada de una maraña de objetos que parecían capaces de devorarla, sentada en un sillón con las piernas cruzadas y un zapato negro de tacón alto colgado de la punta de un pie, se volvió.

– Bueno, menuda sorpresa.

Randy se rascó la cabeza.

– Sí, supongo que lo es.

Ella lo observó con atención.

– ¿Pasa algo malo?

Randy se encogió de hombros.

Bess procedió a retirar libros y catálogos de muestras de telas hasta que consiguió desenterrar una silla.

– Siéntate aquí. ¿Qué ocurre?

Randy se arrellanó en el asiento, cruzó un tobillo sobre la rodilla de la otra pierna y empezó a toquetear el ribete de cuero azul de sus Reebok.

– Acabo de ver a papá.

– ¡Ohhh! -exclamó Bess al tiempo que arqueaba las cejas. Se reclinó en su sillón y observó a Randy con los brazos apoyados sobre los gastados brazos de madera y un lápiz amarillo en una mano-. ¿Dónde?

– Nos encontramos cuando fuimos a probarnos los trajes.

– ¿Os habéis hablado?

Randy se escupió en un dedo y restregó el borde de la suela de su zapatilla de deporte para quitarle una mancha.

– No mucho -admitió sin dejar de frotar-. Me invitó a comer, pero me negué.

– ¿Por qué?

Randy alzó por fin la vista.

– ¿Por qué? ¡Ostras, mamá, lo sabes muy bien!

– No; no lo sé. Explícamelo. ¿Por qué no fuiste con él?

– Porque lo odio.

– ¿Lo odias?

Se miraron fijamente en silencio.

– ¿Por qué debería haber ido con él?

– Porque ésa habría sido una actitud adulta; porque es así como se reparan los agravios y porque sospecho que en el fondo deseabas acompañarlo. Sin embargo es necesario tragarse un poco el orgullo y, después de seis años, eso cuesta.

Randy se encendió de ira.

– ¿Por qué debería tragarme mi orgullo si yo no le hice nada? ¡Fue él quien me hizo daño a mí!

– Baja la voz, Randy -le pidió Bess con calma-. Hay clientes abajo.

– Me abandonó -susurró Randy.

– Estás equivocado, Randy. Me abandonó a mí, no a ti.

– Es lo mismo, ¿o no?

– No; no lo es. Le dolió mucho separarse de Lisa y de ti. En todos estos años ha tratado de verte, pero yo me aseguré de que eso no sucediera.

– Pero…

– Me gustaría saber si alguna vez te has preguntado por qué me abandonó.

– Por Darla.

– Darla fue el síntoma, no la enfermedad.

– ¡Oh, vamos, mamá! -exclamó Randy con enojo-. ¿Quién te ha metido esa idea en la cabeza? ¿Él?

– En los últimos días he hecho examen de conciencia y he descubierto que tu padre no fue el único responsable del divorcio. Cuando nacisteis vosotros estábamos muy enamorados. ¡Vaya, no había una familia más feliz que la nuestra! ¿Te acuerdas de aquellos tiempos?

Randy, que parecía abatido y tenía la vista clavada en el suelo, no contestó.

– ¿Recuerdas cuándo empezó a cambiar la situación?

Randy permanecía callado.

– ¿Lo recuerdas? -repitió Bess con dulzura. Randy levantó la cabeza.

– No.

– Comenzó cuando volví a la universidad, ¿y sabes por qué?

Randy esperó mientras observaba a su madre con expresión desconsolada.

– Porque yo ya no tenía tiempo para tu padre. Al llegar a casa por la tarde, debía atender a mi familia y realizar las tareas domésticas, además de estudiar. Estaba tan empecinada en hacerlo todo que descuidé lo más importante…, mi relación con tu padre. Me enojaba con él porque no se mostraba dispuesto a ayudarme, pero lo cierto es que nunca se lo pedí de buenas maneras, nunca nos sentamos a hablar del tema. En lugar de eso, me dedicaba a soltar comentarios hirientes y me pasaba el día enfadada, convencida de que era una mártir. Luego eso se convirtió en un asunto de disputa entre nosotros, en la manzana de la discordia. Él se negaba a echarme una mano, y yo me negaba a pedirle nada. Como vosotros no teníais edad suficiente para colaborar, las cosas de la casa fueron un desastre. Con este panorama, ¿qué crees que pasaba en nuestro dormitorio?

Randy la miró en silencio.

– Nada -agregó Bess-, y cuando en el dormitorio no pasa nada, la relación entre un hombre y una mujer agoniza. La culpa fue mía, no de tu padre… Por eso se arrojó a los brazos de Darla.

A Randy se le encendieron las mejillas. Bess se inclinó y apoyó los codos en el regazo.

– Tienes edad suficiente para oír esto, Randy, y aprender de ello. Algún día te casarás. Al principio todo es un lecho de rosas, después empieza la monotonía y descuidas los detalles que sedujeron a tu pareja. Dejas de dar los buenos días, de recoger sus zapatos cuando él olvida guardarlos, de comprar los alimentos que a él le gustan. Cuando él te pregunta si te apetece dar un paseo en bicicleta después de la cena, respondes que estás muy cansada, que has tenido un día muy duro. Entonces se va solo y tú no te detienes a pensar que, si lo hubieras acompañado, tal vez te sentirías un poco mejor. Cuando él se acuesta, simulas estar dormida porque, por increíble que te parezca, comienzas a considerar el sexo una especie de trabajo. Muy pronto las críticas reemplazan a los elogios, las órdenes a las peticiones amables, y en un abrir y cerrar de ojos el matrimonio se desmorona.

Se produjo un largo silencio. Bess se reclinó en el sillón y reanudó sus serenas reflexiones.

– En cierta ocasión, poco antes de que nos separáramos, tu padre me dijo: «Bess, ya nunca nos reímos», me di cuenta de que era cierto. Siempre hay que reír, por difíciles que sean las circunstancias. Eso te ayuda a sobrevivir y, si te paras a pensarlo, que una persona trate de hacer reír a otra es una muestra de amor. ¿No estás de acuerdo? Es como decir: «Tú me importas, quiero verte feliz.» Tu padre tenía razón, habíamos dejado de reír.

Bess giró el sillón. Oyeron cómo abajo Heather efectuaba el cierre de caja del día. Cuando terminó, encendió la luz del escaparate.

– Me voy, Bess -anunció-. Yo cierro la puerta.

– Gracias, Heather. ¡Que tengas un buen fin de se mana!

– Tú también, Bess. ¡Adiós Randy!

– Adiós, Heather -se despidió él.

Cuando se hubo marchado, aumentó la sensación de intimidad; reinaba un silencio absoluto y las luces del local estaban apagadas. Sólo la lámpara del escritorio derramaba un resplandor mortecino. Bess siguió hablando con el mismo tono sereno.

– Charlé con la abuela Dorner hace unos días, después de ver a tu padre en casa de Lisa. Le pedí que me explicara por qué no se puso de mi parte durante el divorcio. Ella me confirmó todo lo que acabo de decirte.

Randy la miraba fijamente a los ojos. Una vez más, ella se inclinó hacia él con semblante serio.

– Escúchame, Randy. Me he pasado seis años exponiéndote las razones por las que debías culpar a tu padre, y ahora he empleado cinco minutos para decirte por qué deberías culparme a mí, pero lo cierto es que no hay que culpar a nadie. Tanto tu padre como yo fuimos responsables del fracaso de nuestro matrimonio. Ambos cometimos errores. Ambos salimos heridos. Los dos buscamos vengarnos. Tú también resultaste herido y te has vengado… Lo entiendo, pero es hora de reconsiderar los hechos, querido.

Bess le había tomado la mano. Randy observó sus manos unidas y acarició la de su madre con el pulgar. Parecía muy triste.

– No sé si podré, mamá.

– Si yo puedo, tú también.

Le apretó la mano para alentarlo.

Al cabo de un rato Bess se volvió hacia su escritorio y empezó a ordenarlo aunque no le apetecía. Poco después dio media vuelta y miró a Randy.

– Cada día te pareces más a él. A veces, cuando te veo de pie en la misma postura que él solía adoptar, con una sonrisa tan similar a la suya, siento… -Extendió los brazos, 1e cogió las manos y observó las palmas-. Tus manos son idénticas a las suyas… -Lo miró a los ojos y sonrió-. Y tus ojos… No puedes negar que eres su hijo, eso es lo que más duele, ¿no es así?

Randy no respondió, pero la expresión de su rostro indicó a Bess que ese día había causado una profunda impresión en él.

Con fingida animación, se arrellanó en el sillón y consultó su reloj.

– Se hace tarde y tengo que terminar un trabajo.

– ¿Irás a casa después? -preguntó Randy.

– Dentro de una hora, más o menos.

– ¿Tan importante es lo que tienes entre manos para quedarte aquí un sábado por la noche?

– Es un trabajo para tu padre. Me encargó que diseñara el interior de su nuevo apartamento.

– ¿Cuándo?

– A principios de esta semana -respondió Bess.

– ¿Acaso planeáis volver a vivir juntos?

– No, en absoluto. Me ha contratado para que decore su casa; nada más.

– ¿Te gustaría volver a vivir con él?

– No, pero tratarlo de manera civilizada me hace sentir mucho mejor que cuando éramos enemigos. El rencor termina por degradar a las personas. Escucha, cielo, lo lamento, pero tengo que trabajar.

– Sí, claro…

Randy se levantó y bajó un escalón para poder ponerse derecho. Después se volvió hacia su madre.

– Entonces nos veremos en casa. ¿Prepararás la cena cuando llegues?

Bess sintió remordimientos.

– Me temo que no. Tengo una cita con Keith.

– Ah… bueno…

– Si hubiera sabido que querías cenar conmigo, habría…

– No; no importa. No soy un bebé. Puedo arreglármelas solo.

– ¿Saldrás después? -inquirió Bess.

– Es probable que vaya a Popeye’s. Hoy toca una nueva banda.

– Te veré dentro de una hora, más o menos.

Cuando Randy se fue, Bess clavó la vista en el papel milimetrado mientras sostenía el lápiz ocioso en la mano. Esa noche era una de las contadas ocasiones en que Randy deseaba estar con ella, y se sentía desolada por haberlo defraudado. Sin embargo, ¿cómo podía saberlo? Él tenía diecinueve años, ella cuarenta. Compartían la casa, pero cada uno llevaba su propia vida. Él salía la mayoría de los sábados por la noche, casi nunca se quedaba a cenar.

No obstante, ni los argumentos más sensatos podrían atemperar su culpa. Para colmo, la asaltó un pensamiento que agregó más peso a la carga que ya llevaba: si Michael y yo no nos hubiéramos divorciado, en noches como ésta, cuando Randy nos necesita, estaríamos juntos; es más, si nunca nos hubiéramos divorciado, Randy no sufriría ahora.

A poca distancia del Lirio Azul, Randy entró en su coche, puso en marcha el motor y se quedó mirando el parabrisas. Las calles de Stillwater estaban desiertas, el hielo que cubría las aceras estaba demasiado sucio para reflejar las luces rojas de freno de su vehículo. Había anochecido. Las calzadas se llenarían de automóviles más tarde, hacia las seis y media, cuando la gente saliera para disfrutar de una buena cena en un restaurante. En cambio ahora, a la hora en que cerraban los negocios, la ciudad parecía haber sufrido una explosión nuclear… Ni un alma se movía en las calles. Un camión ascendía por Main Street. Lo oyó aproximarse, cambiar de marcha, retumbar. Lo vio aparecer en la esquina y doblar a la derecha hacia el puente levadizo para tomar rumbo al este hacia Wisconsin.

No quería ir a casa.

No quería ir a casa de Bernie.

No quería estar con ninguna chica.

No quería ir a ningún local de comida rápida.

Decidió visitar a la abuela Dorner. Ella siempre estaba alegre y sin duda le daría algo de cenar. Además, le gustaba su nuevo hogar.

Stella Dorner le abrió la puerta y lo abrazó de inmediato.

– ¿Qué haces aquí un sábado por la noche?

Stella olía a perfume caro. Llevaba el pelo encrespado y un elegante vestido azul.

– He venido para ver a mi chica preferida -respondió Randy.

La mujer rió y levantó una mano para ponerse un pendiente.

– Eres un mentiroso, pero te quiero. -Dio una vuelta y los pliegues de su falda ondearon-. Bueno, ¿cómo estoy?

– Espectacular, abu…

– Espero que él opine lo mismo. Tengo una cita.

– ¡Una cita!

– Es tan apuesto como tú. ¡Todavía conserva todo su cabello y los dientes, y hasta la vesícula! Además tiene un torso precioso, si puedo decirlo.

Randy soltó una carcajada.

– Lo conocí en las clases de gimnasia -explicó Stella-. Ha prometido llevarme al salón de baile Bel Rae.

Randy la rodeó con los brazos y la alzó en el aire.

– ¡Déjalo plantado y ven conmigo!

Ella rió y lo apartó de un empujón.

– Ve a buscar a tu novia. A propósito, ¿tienes alguna?

– Hummm… tengo echado el ojo a una muchachita.

– Entonces ¿por qué no estás con ella? -Stella le dio una palmada cariñosa en el brazo antes de volverse para dirigirse con paso presuroso a su dormitorio-. ¿Cómo te va todo? -preguntó desde allí.

– ¡Muy bien! -respondió él mientras entraba en el salón.

Había luces encendidas en todo el apartamento, la música sonaba y junto a las puertas correderas de vidrio había una pintura sobre un caballete.

– Me han dicho que te han invitado a una boda -exclamó Stella.

– ¿Qué te parece?

– Y también que vas a ser tío.

– ¿Puedes creerlo?

– ¿Crees que tengo aspecto de bisabuela?

– ¿Bromeas? Eh, abuela, ¿has pintado tú estas violetas?

– Sí. ¿Te gustan?

– ¡Son preciosas! ¡No sabía que pintabas!

– ¡Yo tampoco! Es divertido.

Las luces se apagaron en el dormitorio, en el baño, en el pasillo, y Stella entró en el salón como una brisa fresca, con un collar que hacía juego con los pendientes.

– ¿Ya has encontrdo alguna banda con la que tocar?

– No -respondió Randy.

– ¿La estás buscando?

– Bueno… últimamente no mucho.

– ¿Cómo esperas encontrar una banda si no la buscas?

En ese momento sonó el timbre.

– ¡Oh, es él!

Stella dio un salto mientras se dirigía a la puerta. Randy la siguió y tuvo la impresión de ser más viejo que ella.

El hombre que entró tenía los cabellos grises y ondulados, las cejas hirsutas, un mentón firme y lucía un traje de corte perfecto.

– Gil, éste es mi nieto, Randy -presentó Stella-. Ha pasado por aquí para saludarme. Randy, éste es Gilbert Harwood.

Se estrecharon las manos. El apretón de Gil era cálido y cordial. Mantuvieron una breve charla, pero Randy advirtió que los dos estaban ansiosos por marcharse.

Minutos después se encontró otra vez en su coche. Con más hambre y más solo que antes, vio alejarse el automóvil en que iba su abuela y su amigo.

Condujo por McKusick Lane hasta Owens Street, donde se quedó mirando la cantidad de vehículos que rodeaban The Harbor que se alzaba enfrente. Estacionó y entró en el local, que estaba atestado, se sentó a la barra y pidió una cerveza. El lugar estaba lleno de humo, olía a carne asada, y los clientes tenían el vientre prominente, la voz áspera y barba muy crecida.

El tipo que estaba a su lado llevaba una gorra de los Minnesota Twins, tejanos y una camiseta debajo de un chaleco acolchado plagado de manchas. Volvió la cabeza y miró a Randy por debajo de unos párpados hinchados.

– ¿Cómo va todo? -preguntó.

– Bien…, bien -contestó Randy y tomó un trago de cerveza.

Bebieron cerveza, escucharon una canción de dos años atrás, oyeron el siseo de la carne fría al caer sobre la parrilla caliente en la cocina y alguna que otra carcajada. Alguien entró en el establecimiento y el aire frío les hizo estremecerse por un instante, antes de que la puerta se cerrara. Randy observó que ocho parroquianos se daban la vuelta para mirar a los recién llegados y luego continuaban trasegando con indiferencia. Apuró la copa, sacó del bolsillo una moneda de veinticinco centavos y utilizó el teléfono público para llamar a Lisa.

Cuando su hermana contestó, dedujo por su voz que estaba atareada.

– Hola, Lisa, soy Randy. ¿Estás ocupada?

– Sí, un poco. Mark y yo estamos preparando spanakopita, ya sabes, esa carne envuelta en hojas de parra, para llevarla a una cena griega en casa de unos amigos. ¡Estamos de manteca y relleno hasta los codos!

– Oh, bueno, no es nada importante. Sólo quería saber si te apetecía ver alguna película en vídeo. Pensaba elegir una e ir a tu apartamento.

– Caray, Randy, lo siento. Esta noche es imposible, pero si quieres puedes venir mañana.

– Sí, quizá pase mañana. Oye, diviértete y saluda a Mark de mi parte.

– Lo haré. Llámame mañana, ¿de acuerdo?

– Sí, claro. Hasta entonces.

De vuelta en su coche, Randy encendió el motor, sintonizó la radio y permaneció sentado con las manos sobre el volante. Eructó mientras contemplaba las luces a ambos lados de la colina de Owens Street. ¿Qué hacía toda esa gente en sus casas? Niños pequeños que cenaban con sus padres, parejas de recién casados que cenaban juntos. ¿Qué diría Maryann Padgett si la telefoneaba para invitarla a salir? Por desgracia no tenía suficiente dinero para llevarla a ningún lugar decente. A principios de semana se había gastado sesenta dólares en marihuana, el depósito de gasolina estaba casi vacío, había vencido la fecha de pago de su batería y no cobraría hasta el viernes próximo.

Mierda.

Apoyó la frente contra el volante y recordó la imagen de su padre reflejada esa mañana en el espejo, junto a la suya, mientras se probaban los pantalones y se anudaban las corbatas de lazo. Se preguntó dónde le habría llevado a comer, de qué habrían hablado si él hubiera aceptado la invitación.

Miró su reloj. No eran siquiera las siete. Su madre estaría en casa, preparándose para salir con Keith, y él la entretendría si llegaba antes de que se marchara; además su madre volvería a sentirse culpable por dejarlo solo, como cuando le había preguntado si prepararía la cena.

Todo el mundo tenía a alguien. Todos menos él.

Buscó en su bolsillo, encontró la bolsita de marihuana y decidió: ¡Al diablo con todo!

Capítulo 8

Bess y Keith comieron en Lido’s, en una mesa bajo un árbol plantado en una maceta que estaba adornado con pequeñísimas luces. La sopa milanesa estaba espesa y bien condimentada, y el pollo a la parmesana exquisito, y la pasta era casera. De postre tomaron helado.

– Y bien… -dijo Keith mientras miraba a Bess. Los cristales de sus gafas eran tan gruesos que le agrandaban los ojos. Tenía la cara redonda, los cabellos de color arena y tan ralos que las luces del árbol se reflejaban entre las hebras de pelo-. Esperaba que mencionaras a Michael -añadió.

– ¿Por qué?

– ¿No es evidente?

– No; no lo es. ¿Por qué debería hablar de Michael?

– Bueno, lo has visto en los últimos días, ¿no es así?

– Sí, lo he visto tres veces, pero no por los motivos que al parecer tú supones.

– ¿Tres veces?

– Con los preparativos de la boda de Lisa, es difícil eludirlo.

– Bien, una vez os encontrasteis en el apartamento de Lisa; otra, en la casa de tus futuros consuegros -enumeró Keith con los dedos-. ¿Cuándo fue la tercera vez?

– Keith, no me gusta que me interroguen.

– Es lógico que lo haga. Esta es la primera cita que me concedes desde que él reapareció en escena.

Bess se llevó una mano al pecho.

– Estoy divorciada de él; ¿lo has olvidado?

Keith tomó un trago de vino.

– La que parece haberlo olvidado eres tú -repuso-. Todavía estoy esperando oír por qué os reunisteis en esa tercera ocasión.

– Si te lo digo, ¿cambiaremos de tema?

Keith la miró con fijeza y asintió.

– Fui a ver su apartamento. Me ha encargado que lo decore. Bien, ¿podemos terminar el postre e irnos?

– ¿Vienes a mi casa esta noche? -preguntó Keith. Bess notó que la escrutaba. Comió un poco de helado y lo miró a los ojos.

– No lo creo.

– ¿Por qué?

– Porque mañana tengo mucho que hacer. Quiero levantarme temprano para ir a misa. Además, Randy me tiene preocupada. Creo que debería dormir en mi casa.

– Antepones todo y a todos a mí.

– Lo siento, Keith, pero…

– Tus hijos, tu trabajo, tu ex esposo, todos están antes que yo.

– Me exiges demasiado -repuso ella con dulzura.

Keith se aproximó y le susurró al oído:

– Me acuesto contigo, ¿no tengo ningún derecho?

Bess descubrió que no le importaba la irritación de Keith y que cada vez estaba más harta de librar esa batalla.

– No, lo siento, pero es imposible.

Keith se echó hacia atrás y apretó los labios.

– Te he pedido muchas veces que te cases conmigo.

– He estado casada, Keith, y no quiero pasar por eso nunca más.

– Entonces ¿por qué sigues saliendo conmigo?

Ella meditó antes de contestar.

– Pensaba que éramos amigos.

– ¿Y si no es suficiente para mí?

– Te corresponde a ti decidirlo.

El helado de Keith se había derretido en la copa hasta convertirse en un nauseabundo lodo verde.

– Creo que es mejor que nos vayamos -propuso él tras exhalar un suspiro.

Se levantaron y salieron del restaurante como dos personas bien educadas; él le puso el abrigo tras recogerlo en el guardarropa, luego le sostuvo la puerta para que pasara y, al llegar al coche, le abrió la portezuela y esperó a que se sentara. Después de abrocharse los cinturones de seguridad se dirigieron en silencio al edificio de Keith, pues Bess había dejado su automóvil estacionado delante de la entrada. Keith se detuvo frente a la puerta del garaje y bajó para abrirla. Cuando hubo aparcado y desconectado el motor, Bess se quitó el cinturón, pero ninguno se movió. Reinaba la más completa oscuridad.

Bess se volvió hacia él y apoyó la mano sobre el asiento, entre los dos.

– Keith, creo que deberíamos romper nuestra relación.

– ¡No! -exclamó él-. Temía que lo sugirieras, porque yo no lo deseo. Por favor, Bess… -La abrazó, pero las gruesas ropas de invierno que llevaban le impedían estrecharla-. Tú nunca me has brindado una oportunidad -continuó-. Siempre te has mantenido distante. Tal vez sea por mi culpa y, si es así, trataré de cambiar. Podríamos solucionar nuestros problemas juntos, vivir felices. Por favor, Bess…

La besó con pasión. Bess experimentó cierta repugnancia y deseó librarse de él. Él se apartó y le sostuvo la cabeza con las manos, con la frente pegada a la de ella.

– Por favor, Bess… -susurró-, llevamos juntos tres años. Ya tengo cuarenta y cuatro, y no quiero buscar otra mujer.

– Keith, basta ya.

– No, por favor, no te vayas. Por favor, ven a mi casa. Acuéstate conmigo… Bess, por favor.

– Keith, ¿es que no te das cuenta? Mantenemos esta relación por mutua conveniencia, por comodidad.

– No. Yo te amo. Quiero casarme contigo.

– Yo no puedo casarme contigo, Keith.

– ¿Por qué?

Bess no deseaba herirlo más.

– Por favor, no me obligues a decirlo.

Keith estaba tan desesperado que hablaba con tono suplicante.

– Yo sé por qué, siempre lo he sabido. Sin embargo, conseguiré que me correspondas si me das una oportunidad. Seré como tú quieras… pero no me dejes…

– ¡Keith, basta ya! Te estás humillando.

– No me importa.

– No pretendo que lo hagas. Tienes mucho que ofrecer a una mujer. Lo que ocurre es que yo no soy la mujer apropiada.

– Bess, por favor…

Trató de besarla otra vez mientras intentaba acariciarle los pechos.

– Keith, no…

El forcejeo se tornó feroz, y Bess lo empujó con fuerza.

– ¡Basta!

Keith se golpeó la cabeza contra la ventanilla. En el interior del vehículo se oía la respiración agitada de ambos.

– Bess, lo siento.

Ella cogió su bolso y abrió la portezuela.

– He dicho que lo siento.

– Tengo que irme.

Al apearse Bess notó que las piernas le temblaban. Salió del garaje y recibió con regocijo el aire frío en la cara. Se dirigió hacia su automóvil y, al oír que se abría la portezuela del coche de Keith, echó a correr.

– ¡Bess espera! ¡Nunca te he ofendido, Bess…! -exclamó.

Bess entró en su vehículo y hurgó en el bolso en busca de las llaves sin dejar de temblar. Por fin se alejó del lugar y, pocos minutos después, se percató de que sus manos se aferraban con fuerza al volante, que tenía la espalda rígida y las lágrimas rodaban por sus mejillas.

Detuvo el automóvil en el arcén, apoyó la frente contra el volante y esperó a que desaparecieran las lágrimas y los temblores.

¿Qué le había ocurrido? Sabía muy bien que Keith nunca la ofendería, y sin embargo su contacto le había producido repugnancia y temor. ¿Tendría él razón? ¿Acaso ser su amante le daba derecho a esperar más de ella? Siempre se había mantenido alejada de él; con frecuencia había antepuesto su familia a su relación con él, e incluso a veces su negocio.

Además, empezaba a sospechar que tal vez Michael desempeñaba un papel importante en su repentino deseo de cortar los lazos con Keith. Había sido él quien le había pedido disculpas, pero quizá fuera ella quien se las debía.

Durante la semana siguiente pensó demasiado en Michael. Mientras hojeaba catálogos de papel pintado y muebles, se le presentaba la imagen de sus habitaciones vacías y recordaba el eco de sus voces en ellas. Veía su toalla húmeda, su cepillo de dientes y, en especial, sus colchones sobre el suelo. Aunque estaba divorciada de él, era imposible olvidar todo cuanto sabía de él. A veces lo imaginaba en situaciones íntimas, cotidianas, que sólo una esposa o una amante pueden conocer; con únicamente una toalla alrededor de las caderas y el cutis irritado después de afeitarse, o con el pelo mojado tras una ducha. Se lo representaba vestido con un traje antes de partir hacia el trabajo, guardándose la cartera, que sólo contenía unos billetes, el carnet de conducir y un par de tarjetas de crédito, pues detestaba abultar demasiado el bolsillo. Por último lo veía abrir el corta plumas que siempre llevaba consigo y limpiarse las uñas. Lo hacía todas las mañanas, sin falta. En todos los años que lo conocía, muy raras veces lo había visto con suciedad debajo de las uñas; ésa era una de las razones por las que le gustaban tanto sus manos.

Había postergado a siete clientes para trabajar en el diseño del apartamento de Michael. Sabía qué le gustaba: los sofás largos para tumbarse, sillones de reposabrazos gruesos y divanes a juego, el diario USA Today con el desayuno, las chimeneas encendidas a la hora de la cena, los helechos, la piel legítima, la luz difusa.

Conocía las cosas que le disgustaban: las alfombras, los tapetes de adorno, las plantas colgadas del techo, el desorden, el amarillo y el naranja, los cables de teléfono de más de tres metros, ver la televisión durante las comidas.

Le resultaba difícil recordar un trabajo del que hubiese disfrutado tanto o diseñado con tanta seguridad. Qué ironía que ahora conociera mejor sus gustos que cuando había decorado la casa que habían compartido. Además, le había dado carta blanca en cuanto al presupuesto.

El jueves lo llamó por teléfono.

– Hola, Michael, soy Bess. Ya he terminado los planos. Puedes pasar por mi negocio y examinarlos conmigo.

– ¿Cuándo te va bien? -se apresuró a preguntar él.

– Como ya te expliqué, procuro concertar las citas una vez que he cerrado el local para evitar interrupciones. ¿Qué tal mañana a las cinco?

– Perfecto. Allí estaré.

Al día siguiente, viernes, Bess se fue a su casa a las tres y media. Se lavó la cara, volvió a maquillarse, se retocó el peinado, cambió la ropa que llevaba puesta por un traje recién planchado y regresó al negocio con el fin de disponer los materiales para la presentación y mandar a casa a Heather diez minutos antes.

Cuando Michael entró, estaban encendidas las luces del escaparate, el interior olía a café recién preparado y en el fondo del local, alrededor de un conjunto de muebles de mimbre, estaba el material que Bess quería enseñarle: telas colgadas, catálogos de papel pintado y fotografías.

Bess oyó el ruido del tráfico que se coló dentro al abrirse la puerta y salió al encuentro de Michael.

– Hola, Michael -saludó sonriente-. ¿Cómo estás? Espera un minuto, voy a echar la llave.

Avanzó zigzagueando para sortear las mercancías almacenadas en el reducido espacio, donde sólo quedaba libre un estrechísimo pasillo. Cerró la puerta con llave y dio la vuelta al letrero de ABIERTO. Al regresar vio que Michael examinaba las paredes, de las que colgaban grabados enmarcados y tapices, mientras se desabotonaba el abrigo. Con su presencia, el establecimiento parecía de pronto atestado, ya que sus dimensiones eran mucho más adecuadas para mujeres.

– Has sacado mucho provecho de este local -comentó Michael.

– Está demasiado lleno, y el desván es insoportable en verano, pero cuando pienso en deshacerme de él, me pongo nostálgica y cambio de idea. Hay algo que me retiene aquí.

Bess advirtió que él también acababa de acicalarse para ese encuentro; lo dedujo por el aroma sutil de la colonia inglesa.

– ¿Quieres que te guarde el abrigo? -preguntó.

Era de gruesa lana gris y Bess notó que pesaba cuando se lo entregó junto con una suave bufanda de cuadros. Al pasar junto a él para colgar el abrigo tras la puerta del sótano la envolvió una vaharada de aromas; no sólo el olor de la colonia, sino una combinación de cosméticos, de aire fresco, de su automóvil, de él mismo…, uno de esos legados fragantes que un hombre deja en la memoria de una mujer.

Respiró hondo y dio media vuelta.

– Tengo todo preparado aquí, al fondo -indicó mientras se encaminaba hacia los asientos de mimbre-. ¿Te apetece un café?

– La verdad es que sí. Hace mucho frío fuera.

Esperó de pie delante del canapé hasta que ella dejó las tazas y los platitos sobre una mesa auxiliar y se sentó en un sillón a la derecha de él.

– Gracias.

Michael se desabrochó un botón de la americana al tomar asiento. El canapé era bajo, de modo que las rodillas le quedaban levantadas. Bebió un sorbo de café mientras ella abría un sobre de papel manila y sacaba los planos de las habitaciones.

– Empezaremos con el salón. Te mostraré primero el papel pintado que he elegido para que puedas imaginarlo como fondo de los muebles mientras te los describo.

Rodeada de muestras, le presentó su propuesta para el salón; empapelado en crema, malva y gris, persianas verticales, sillones frente a la chimenea, mesas con superficie de vidrio ahumado y macetas con plantas.

– Creo recordar que te gustaba el helecho que teníamos y lo regabas cuando yo me olvidaba, de manera que he pensado en incluir plantas como elemento decorativo.

Alzó la vista y observó que él estudiaba la colección de muestras y después la miraba.

– Creo que me gusta.

Bess sonrió y reanudó la exposición de sus sugerencias: para el comedor formal, una mesa con superficie de vidrio ahumado y armazón de bronce, rodeada de sillas con el asiento y el respaldo tapizados; para el vestíbulo, una escultura de cristal tallado sobre una consola de diseño audaz, flanqueada por un par de elegantes sillas tapizadas; para la galería, paredes revestidas de espejos y un pedestal debajo de la araña donde se expondría la escultura que él eligiera; para el despacho, un escritorio, una silla, un aparador, un flexo y librerías; para la habitación de los huéspedes, una cama art déco, un tocador lacado de color crema, y cortinas en tonos lavanda, para el dormitorio principal, un juego de tres piezas en laca negra de estilo art déco, junto con candelabros y una silla tapizada. Sugirió, además, que la colcha, el papel de las paredes y las cortinas tuvieran el mismo estampado.

Se reservó para el final la sala de estar, donde propuso colocar un suntuoso sofá de piel italiana a lo largo de toda la pared y curvado en las dos esquinas.

– La piel italiana es la más fina que hay en el mercado -explicó Bess-. Es cara, pero vale la pena y, como me diste carta blanca con el presupuesto, pensé que podrías disfrutar de algo muy lujoso.

– Hummm… podría.

Michael examinó la fotografía del sofá curvado. Ella reconoció la expresión de codicia en su rostro.

– Dices que es caro… ¿Cuánto cuesta?

– Te lo diré después; por ahora sumérgete en la fantasía. El golpe de gracia vendrá al final de la presentación, de modo que, si no te importa esperar…

– De acuerdo, como tú digas.

– El sofá está disponible en crema o negro. Cualquiera de los dos colores iría bien, pero opino que el crema es mejor para la sala de estar. Además, en los tonos oscuros se ve el polvo. Ven aquí, te enseñaré el mueble para el equipo de música y la televisión.

Era amplio, con puertas que al cerrarse dejaban a la vista una superficie sólida, pulida, de roble blanqueado.

– Está de moda la madera blanqueada. Es suntuosa y sin embargo informal; por eso creo que podríamos emplearla también para la mesa y las sillas del comedor de la cocina.

Había más aspectos que considerar: papel pintado, muestras de telas y madera, la disposición de los muebles. A las siete y media Bess advirtió que Michael estaba cansado.

– Sé que te he abrumado con tantas propuestas pero, lo creas o no, aún hay más. Todavía no hemos escogido los elementos decorativos, como jarrones, cuadros, lámparas y estatuillas, pero pienso que hemos hecho bastante. Con la mayoría de la gente sólo hablo de una habitación en cada visita.

Michael dejó caer los hombros y suspiró.

Bess puso sobre la mesa, delante de él, un fajo de papeles sujetos con un clip.

– Aquí están las malas noticias que estabas esperando; un desglose minucioso, habitación por habitación, artículo por artículo, con una asignación para otros complementos que seleccionaré sobre la marcha…, siempre con tu aprobación, por supuesto. El importe total asciende a 76.300 dólares.

Michael torció el gesto.

– ¡Caramba!

Bess prorrumpió en carcajadas.

– ¿Lo encuentras divertido? -preguntó él.

– No; me ha hecho gracia la cara que has puesto.

Michael se mesó el pelo y resopló.

– Setenta y seis mil… Bess, dije que confiaba en ti…

– Ten en cuenta que sólo el sofá ya cuesta ocho mil. Si lo prefieres, renunciaremos a él, y los espejos de las paredes de la galería, que valen quince mil. Además, los artículos que he elegido son de diseñadores de primera clase, los que fijan las pautas en la industria.

– ¿Cuánto debo pagarte a ti?

Bess señaló el fajo de papeles.

– Está todo ahí. Un diez por ciento directo. La mayoría de mis colegas te cobraría el precio de mayorista más el diez por ciento de flete, además de setenta y cinco dólares la hora por el tiempo que les lleven el diseño y las consultas. Te aseguro que esas horas pueden elevar mucho la cuenta. Por otro lado, el término «precio de mayorista» es arbitrario, pues dicen la suma que quieren. Mi precio incluye flete y entrega, y te recuerdo que por gastos de desplazamiento sólo te cobraré cuarenta dólares. Así pues, puedes hablar con otros profesionales y comparar las tarifas si así lo deseas.

Bess se sentó mientras Michael estudiaba con atención la lista. Al cabo de unos minutos ella se levantó, volvió a llenarle la taza de café y regresó a su silla, cruzó las piernas y esperó en silencio hasta que Michael terminó de leer.

– Ha subido mucho el precio de los muebles, ¿verdad? -observó él.

– Sí, pero también ha mejorado nuestra posición social. Ahora diriges tu propia empresa y tienes mucho éxito. Es lógico que tu hogar lo refleje y supongo que, con el tiempo, recibirás más y más clientes en tu casa. Si la decoras como te he sugerido, recibirán una buena impresión de ti.

Michael la miró sin pestañear, y Bess reprimió el impulso de desviar la vista. La luz de la lámpara de pie confería un brillo plateado a su pelo y le teñía de dorado las mejillas. Era muy apuesto, y ella había asociado ese atractivo con la infidelidad y por eso, con toda premeditación, había elegido a un hombre más bien feo, como Keith. Ahora se daba cuenta de ello.

– ¿Cuánto dices que vale el sofá de piel? -preguntó él.

– Ocho mil.

– ¿Cuánto tiempo tardarán en enviarlo?

– Los pedidos suelen recibirse al cabo de doce semanas. En este caso no llegará antes de dieciséis, porque lo mandan desde Italia en barco y el trayecto dura unas cuatro semanas. No te negaré que en los últimos tiempos ha habido algunos problemas debidos a huelgas en los puertos, por lo que podría demorarse un poco más. Por otro lado, tal vez tengamos suerte y el fabricante tenga una pieza lista en el color que queremos; entonces la recibiríamos en unas seis semanas.

– ¿Tiene alguna clase de garantía?

– ¿Contra defectos de fabricación? Por favor, tratamos con nombres de gran categoría, no con mercachifles. Garantizan la calidad de sus productos.

– ¿Y qué hay del papel pintado y las cortinas? ¿Cuánto tiempo tendré que esperar por ellos?

– Los pediré sin demora, y los cortinajes deberían estar instalados en seis semanas. El empapelado es mucho más rápido, tal vez dos semanas.

– ¿Te encargas de todo eso?

– Por supuesto. Varios empapeladores trabajan para mí, de modo que no tienes que ocuparte de nada de eso. Lo único que tienes que hacer es dejarles una llave.

El presupuesto descansaba todavía en el regazo de Michael, que echó un vistazo a la primera página.

– Debo advertirte -añadió ella- que tendré que ir con frecuencia a tu apartamento para supervisar el empapelado y la colocación de las cortinas. Si hay algo mal, quiero solucionarlo antes de que lo descubras tú. También iré a ver los muebles en cuanto los lleven para asegurarme de que la gama de colores es correcta. ¿Tienes algún inconveniente?

– No.

Bess juntó todos los planos del piso y los guardó en un sobre de papel manila.

– Es mucho dinero, Michael, lo sé, pero cualquier diseñador de interiores te cobrará mucho más. Además, estoy en ventaja respecto a ellos, pues te conozco bien.

Sus miradas se encontraron mientras ella se sentaba en el borde de la silla, con una pila de papeles sobre las rodillas.

– Es probable que tengas razón -concedió Michael.

– Siempre te ha gustado la piel, por lo que te volverás loco con ese sofá italiano. Te encantarán la alfombra delante de la chimenea, los espejos en la galería y lo demás.

A ti también, pensó él. Michael también la conocía bien y sabía que ésos eran los colores, estilos y diseños que a ella le gustaban. Por un instante se entregó a la fantasía de que Bess había diseñado el lugar para los dos, como ya lo había hecho una vez.

– ¿Puedo tomarme un tiempo para pensarlo?

– Por supuesto.

Se levantaron y, mientras Bess recogía la taza y el platito del café, Michael miró su reloj.

– Son casi las ocho y me muero de hambre. ¿Y tú?

– ¿No has oído los gruñidos de mi estómago?

– ¿Te apetecería…? -Se interrumpió y meditó unos segundos antes de añadir-: ¿Te apetecería cenar conmigo?

Ella podía haber declinado la invitación con la excusa de que tenía que guardar los catálogos y muestras, aunque en realidad los necesitaría para los pedidos si él decidía contratar sus servicios. Podía haber dicho que prefería ir a casa para estar con Randy, aunque era poco probable que su hijo estuviera allí un viernes a las ocho de la noche. Podía, sencillamente, haber dicho que no sin dar ninguna explicación, pero lo cierto era que disfrutaba en su compañía y no le importaba pasar otra hora con él.

– Podríamos ir a Freight House -sugirió.

Michael sonrió.

– ¿Todavia sirven esa deliciosa cazuela de pescado y marisco?

– Como siempre -respondió ella con una sonrisa.

– Entonces vamos.

Salieron del Lirio Azul, cuyo escaparate seguía iluminado. El viento era tan fuerte que hacía oscilar las farolas de la calle y los cables.

– ¿Vamos en coche? -preguntó Michael.

– Es difícil encontrar aparcamiento cerca de allí en un fin de semana. Será mejor que caminemos, si no te importa.

El restaurante se hallaba a sólo dos manzanas. Durante el trayecto, las intensas ráfagas los empujaban, les levantaban los bajos del abrigo y Bess hacía equilibrio sobre sus tacones altos para evitar caer de bruces. Michael la tomó del codo y la sostuvo con firmeza mientras avanzaban deprisa con el cuerpo inclinado. Cruzaron Main Street y, cuando doblaron hacia Water Street, el viento cambió de dirección, se coló entre los edificios y formó remolinos. Bess se sentía confortada por el contacto de la mano de Michael.

El Freight House era un edificio de ladrillos rojos, una verdadera reliquia del pasado frente al río y las vías del ferrocarril, de espaldas a Water Street, con seis puertas en forma de arco muy altas, a través de las cuales se introducían y sacaban las mercaderías en los tiempos en que tanto el comercio ferroviario como el fluvial eran florecientes. Dentro, las amplias ventanas daban al río y a una inmensa plataforma de madera, donde en verano se colocaban mesas con sombrillas de colores para que los clientes cenaran al aire libre. Ahora, en el riguroso febrero, en el alféizar de las ventanas había hielo y los parasoles estaban plegados y atados, como una flotilla de veleros al costado de un muelle. En el interior olía de maravilla y reinaba un ambiente cálido.

Mientras se desabrochaba el abrigo, Michael pidió una mesa a la recepcionista, quien consultó un libro abierto sobre un atril.

– Habrá una libre dentro de unos quince minutos. Pueden sentarse en el bar si lo desean. Yo les avisaré.

Sin quitarse los abrigos se sentaron en dos taburetes ante una pequeñísima mesa cuadrada.

– Hacía mucho tiempo que no venía aquí -comentó Michael.

– Yo tampoco vengo a menudo; sólo de vez en cuando para comer.

– Si mal no recuerdo, fue aquí donde celebramos nuestro décimo aniversario.

– No, fuimos a Colonias Amana.

– Ah, sí, es cierto.

– Mamá se quedó al cuidado de los chicos y pasamos allí un largo fin de semana.

– Entonces ¿qué aniversario festejamos aquí?

– El undécimo, tal vez. No estoy segura. Mezclo unos con otros.

– Sin embargo, cada año hacíamos algo especial ¿no lo recuerdas?

Bess sonrió por toda respuesta.

Se acercó una camarera y puso dos posavasos sobre la mesa.

– ¿Qué quieren tomar? -preguntó.

– Yo una cerveza -respondió Michael.

– Para mí lo mismo.

– Todavía te gusta la cerveza, ¿eh? -preguntó Michael cuando se retiró la camarera.

– ¿Por qué debería haber cambiado?

– Oh, no lo sé. Oficio nuevo, imagen nueva. Tienes el aspecto de una persona acostumbrada a beber champán.

– Lamento decepcionarte.

– No es una decepción, en absoluto. Hemos tomado muchas cervezas juntos.

– Humm… sí, en las noches tórridas de verano, cuando nos sentábamos en la terraza y mirábamos los barcos en el río.

La camarera les sirvió lo que habían pedido y, después de una breve discusión sobre quién invitaba, cada uno pagó la suya y rechazaron los vasos para beber directamente de la botella.

Una vez que los dos hubieron tomado un buen trago, Michael miró a Bess con fijeza.

– ¿Qué haces ahora en las noches tórridas de verano? -preguntó.

– Por lo general estoy en casa, atareada con los diseños. ¿Qué haces tú?

Michael pensó un momento.

– Con Darla, nada memorable. Los dos trabajábamos muchas horas…, de hecho daba la impresión de que sólo compartíamos el mismo techo. Ella salía a comprar o iba a la peluquería. A veces, cuando mamá vivía, yo iba a su casa para cortar el césped. Es curioso, porque yo tenía un jardinero que se ocupaba del mío. Después de sufrir el infarto, mamá no podía realizar grandes esfuerzos, de modo que la visitaba una vez por se mana y pasaba la segadora.

– ¿Darla no te acompañaba?

Michael frotó con la uña del pulgar el borde de la etiqueta de su botella y rasgó un trocito.

– Es extraño lo que ocurre con las segundas esposas, nunca llegan a integrarse en la familia de uno.

Bebió otro trago y la miró a los ojos. Bess bajó la vista mientras él observaba la marca que había dejado la cerveza en el carmín de sus labios, sus piernas cruzadas… Caramba, era preciosa.

– Como buena católica -añadió Michael-, mi madre no creía en el divorcio, de manera que en realidad nunca reconoció mi segundo matrimonio. Trataba a Darla con cortesía, pero le suponía un esfuerzo tremendo.

Bess alzó la mirada y vio que Michael todavía la observaba.

– Supongo que sería muy duro para Darla -conjeturó ella.

– Sí, en efecto. -De pronto chasqueó los dedos y abandonó su actitud meditabunda, como si alguien le hubiera propinado un codazo en la espalda-. Sí, es cierto, fue muy duro para ella.

En ese momento regresó la camarera.

– Su mesa está lista, señor Curran.

Les condujo a un reservado iluminado por una única lámpara. Mientras Bess leía con atención la amplia carta, Michael la abrió, la ojeó durante cinco segundos y volvió a cerrarla. Ella notó que la observaba.

– ¿Qué ocurre? -preguntó.

– Estás estupenda -respondió él.

– Oh, Michael, basta.

– De acuerdo, estás fatal.

Bess rió con timidez.

– No has dejado de mirarme desde que entramos.

– Lo siento -se disculpó él sin apartar la vista-. Por lo menos esta vez no te has enojado cuando te he dicho que estás estupenda.

– Me enfadaré si continúas así.

Se acercó una camarera para tomar nota.

– Yo quiero pollo asado y una cazuela de mariscos -pidió Michael.

Bess abrió los ojos como platos. Ella había elegido los mismos platos. Eso solía suceder con frecuencia cuando estaban casados, y ellos se reían de cómo sus gustos se habían vuelto tan parecidos. Entonces hacían cábalas sobre cuándo empezarían a parecerse físicamente, como les ocurre, según se dice, a las parejas que llevan muchos años de matrimonio. Por un instante Bess consideró la posibilidad de cambiar su elección, pero al final se negó a dejarse intimidar.

– Yo comeré lo mismo.

Michael la miró con desconfianza.

– Sé que no lo creerás, pero ya lo había decidido antes de que tú pidieras.

– ¡Oh! -exclamó él.

Les sirvieron las cazuelas de mariscos y ambos empezaron a comer.

– Vi a Randy el sábado pasado -explicó Michael-. Le invité a almorzar, pero no aceptó.

– Sí, ya me lo comentó.

– Sólo quería que supieras que estoy intentando reconciliarme con él.

Bess apartó la cazuela en cuanto hubo terminado el marisco y, cuando Michael también acabó, la camarera se acercó para retirar los dos platos. Michael esperó a que se fuera para hablar.

– He reflexionado desde la última vez que charlamos.

Bess tuvo miedo de preguntar. La conversación adquiría un cariz personal.

– Acerca de culpas…, compartidas por los dos. Supongo que tenias razón al pedirme que te ayudara en la casa. Mientras estudiabas en la universidad, debí haberte echado una mano. Ahora comprendo que no era justo esperar que lo hicieras todo sola.

Bess esperaba que agregara «pero» y esgrimiera excusas. Al ver que no lo hacía, se sintió gratamente sor prendida.

– ¿Puedo preguntarte algo, Michael?

– Por supuesto.

– Perdona la indiscreción; ¿alguna vez ayudaste a Darla en las tareas domésticas?

– No.

– Las estadísticas demuestran… -afirmó Bess tras mirarlo unos instantes con aire burlón- que los segundos matrimonios no duran tanto como los primeros, entre otras razones porque la gente comete los mismos errores.

Michael se sonrojó y no hizo ningún comentario. Terminaron la cena en silencio.

En el momento de abonar la cuenta, cada uno pagó su parte.

Cuando se disponían a salir del restaurante, Michael abrió la puerta y la sostuvo para que Bess pasara.

– He decidido encomendarte la decoración de mi apartamento -anunció a sus espaldas.

Bess esbozó una sonrisa fugaz y se volvió hacia él.

– ¿Por qué? -preguntó.

– Porque eres la persona indicada. ¿Qué hay que hacer? ¿Firmar un contrato o algo parecido?

– Sí, algo parecido.

– Entonces, hagámoslo.

– ¿Esta noche?

– Dado que te conduces como una mujer de negocios, apuesto a que ya tienes un contrato listo para firmar en tu establecimiento. ¿Es así?

– En efecto, lo tengo.

– Entonces, vamos.

La tomó del brazo con firmeza y echaron a andar. Cuando doblaron la esquina, los embistió un viento tan violento que los hizo tambalear.

– ¿Por qué haces esto? -preguntó Bess.

– Tal vez me guste verte curiosear en mi casa -respondió él.

Bess se detuvo al instante.

– Michael, si ésa es la única razón…

Él la obligó a seguir caminando.

– Era sólo una broma, Bess.

Mientras abría la puerta del Lirio Azul, Bess esperó que lo fuera.

Capítulo 9

Febrero pasó deprisa. La boda se acercaba, y Lisa telefoneaba a Bess cada día.

«Mamá, ¿no tendrás una pluma de escribir de las antiguas en tu tienda? Ya sabes…, de las que se usan para el libro de los invitados.»

«Mamá, ¿dónde puedo comprar unas ligas?»

«Mamá, ¿crees que la tarta tiene que ser de nata, o puedo pedir una de mazapán?»

«Mamá, hay que pagar un anticipo para los arreglos florales.»

«¡Mama, he engordado otro kilo ¿Qué pasa si el vestido me queda demasiado estrecho?»

«Mamá, Mark cree que deberíamos tener copas especiales de champán, grabadas con nuestros nombres y la fecha, ¡pero yo lo considero una tontería, ya que estoy embarazada y ni siquiera puedo beber alcohol!»

«Mamá, ¿todavía no has comprado tu vestido?»

Como no lo había hecho, Bess reservó una tarde en su agenda y llamó por teléfono a Stella.

– Faltan sólo dos semanas para la boda y Lisa ha puesto el grito en el cielo cuando se ha enterado de que todavía no tengo vestido. ¿Y tú? ¿Ya te lo has comprado?

– Aún no.

– ¿Quieres que vayamos de compras?

– Creo que sería lo mejor.

Fueron en coche al centro de Minneapolis. Curiosearon todo el camino desde el conservatorio hasta Dayton’s y Gavidae Commons, donde la suerte les sonrió en Lillie Rubin. Stella, con absoluto desprecio por la imagen de abuela, escogió un atrevido modelo de tela plateada con una falda con tres volantes. Bess, en cambio, eligió un vestido recto mucho más serio, de seda cruda color melocotón, con una falda en forma de tulipán. Cuando salieron de los probadores, Bess echó una ojeada a su madre.

– ¡Espera un momento! -exclamó-. ¿Quién es la abuela?

– Tú. Yo soy la bisabuela -respondió Stella mientras se miraba al espejo-. Me gustaría saber por qué las madres de las novias llevan trajes insípidos que las hacen parecer mayores y semejan cortinas. ¡Bien, éste responde a mi estado de ánimo!

– Es muy llamativo.

– Tienes razón, lo es. Gil Harwood vendrá conmigo a la boda.

– ¿Gil Harwood?

– ¿Parezco una bailarina?

– ¿Quien es Gil Harwood? -preguntó Bess.

– Un hombre que hace que se me endurezcan los pezones.

– ¡Mamá! -exclamó Bess.

– Me estoy planteando tener una aventura con él. ¿Qué opinas?

– ¡Mamá!

– No he mantenido ninguna relación con un hombre desde que murió tu padre y considero que debería hacerlo antes de que se me sequen todas las aberturas. Hice un pequeño experimento la última vez que salí con Gil y te aseguro que no eran sus arterias las que se endurecían.

Bess se echó a reír.

– Mamá, eres una descarada.

– Mejor descarada que senil. ¿Crees que debería preocuparme por el sida?

– Tú eres la descarada. Pregúntale a él.

– Buena idea. ¿Cómo andan las cosas entre tú y Michael?

– ¿Han decidido las señoras?

La pregunta de la dependienta salvó a Bess de contestar, aunque sintió cierto nerviosismo ante la mención del nombre de su ex esposo y captó la mirada socarrona de Stella, quien advirtió que algo la perturbaba.

Compraron los vestidos y, después de adquirir unos zapatos que combinaran con ellos, subieron al coche. Mientras Bess conducía, Stella reanudó la conversación interrumpida.

– ¿Cómo andan las cosas entre tú y Michael?

– Mantenemos una relación muy cordial.

– ¡Oh, qué desilusión!

– Como ya te expliqué, mamá, no deseo volver con él, pero hemos aclarado algunas cosas.

– Por ejemplo…

– Los dos admitimos que podíamos habernos esforzado un poco más por salvar nuestro matrimonio.

– Michael es un buen hombre, Bess.

– Sí, lo sé.

Bess tuvo pocas oportunidades de encontrarse con el «buen hombre» después de ese día. Fue a su apartamento cuando los empapeladores estaban a punto de terminar su labor pero Michael no estaba allí. Al día siguiente lo telefoneó para preguntarle si estaba satisfecho con el trabajo.

– Más que satisfecho. Es perfecto.

– Me alegro de que te guste.

– Sin embargo, huele a pis.

Bess prorrumpió en carcajadas. Había olvidado lo divertido que era Michael cuando se lo proponía y cómo, sin el menor esfuerzo, siempre había conseguido hacerla reír.

– Entonces ¿no te gusta? -preguntó.

– La verdad es que me encanta.

– Bien. Escucha, han empezado a llegar las facturas de los muebles. Calculo que te las entregarán a mediados de mayo. Todavía no sé nada sobre el sofá, pero estoy segura de que tardará más tiempo. En cuanto sepa algo te informaré.

– De acuerdo.

A continuación Bess cambió de tema.

– Michael, necesito hablar contigo sobre los gastos de la boda de Lisa. Ya se han pagado algunas facturas, pero no todas. ¿Cómo quieres que lo arreglemos? Yo ya he abonado ochocientos dólares, de modo que ¿por qué no pagas lo mismo y agregas dos mil más? Yo daré otro tanto para que Lisa lo ingrese en su cuenta corriente y saque el dinero a medida que lo necesite. Después, lo que sobre, si es que sobra algo, nos lo repartiremos.

– Perfecto.

– Tengo los recibos, de manera que te los enviaré para que…

– ¡Por el amor de Dios, Bess! Confío en ti.

– Ah…, bueno…, gracias, Michael. Entonces, no tienes más que mandarle el cheque a Lisa.

– ¿De verdad crees que sobrará algo de dinero?

Bess rió entre dientes.

– Es probable que no.

– Ahora eres más realista.

– En cualquier caso no me importa gastarlo, ¿y a ti?

– En absoluto. Es nuestra única hija.

Tras este comentario guardaron silencio. Ambos desearon poder anular la parte negativa de su pasado y recuperar lo que alguna vez habían tenido. Bess experimentó cierta excitación y reprimió el impulso de preguntarle qué había hecho, dónde estaba, qué llevaba puesto; la clase de preguntas que delatan a un enamorado.

– Entonces, supongo que nos veremos en el ensayo de la boda -dijo.

Michael se aclaró la garganta y habló con voz apagada.

– Sí… seguro.

Cuando Bess colgó el auricular, echó la silla del escritorio hacia atrás, se mesó el pelo y exhaló un largo suspiro.

El automóvil de Randy estaba tan sucio como una jaula de pájaros; todo lo que caía al suelo, ahí se quedaba. El día de la cena de los novios y del ensayo, llevó el baqueteado Chevy Nova ‘84 al lavacoches y arrojó a la basura recipientes de hamburguesas, calcetines sucios, correspondencia sin abrir, cartas sin enviar, recibos de estacionamiento, una rosquilla seca, latas de cerveza vacías y una vieja zapatilla de deporte Adidas.

Pasó el aspirador, introdujo las alfombrillas en la máquina de lavar, vació los ceniceros, limpió las ventanillas y la carrocería y compró un ambientador azul en forma de árbol de Navidad para colgarlo en el interior.

Después condujo hasta Maplewood Mall, donde se compró un par de pantalones en Hal’s y un jersey en The Gap, volvió a casa para ponerse sus auriculares y escuchar I want to know what love is, de Foreigner, mientras tocaba la batería y soñaba con Maryann Padgett.

El ensayo estaba programado para las seis. Cuando faltaban quince minutos, su madre le preguntó si quería que lo llevara a la iglesia en su coche.

– Lo siento, mamá, pero tengo planes para después.

Sus planes consistían en preguntar a Maryann Padgett si podía acompañarla a casa.

Cuando entró en St. Mary y vio a Maryann, tuvo la impresión de que le faltaba el aire. Se sintió igual que cuando tenía nueve años y solía colgarse cabeza abajo de los columpios durante cinco minutos y luego trataba de caminar derecho. La muchacha lucía un abrigo azul marino, sencillo y recatado, zapatos azul marino de tacón bajo, y Randy supuso que debajo llevaría un discreto vestido de domingo. Hablaba con Lisa con palabras decorosas y apropiadas. Probablemente en verano iba a los campamentos para leer la Biblia y en invierno editaba el diario de la escuela.

Randy nunca había deseado tanto impresionar a alguien.

Lisa lo vio y lo saludó.

– Hola, Randy.

– Hola, Lisa.

El joven dedicó una inclinación de la cabeza a Maryann, con la esperanza de que no se notara su nerviosismo.

– ¿Dónde está mamá? -preguntó Lisa.

– Debe de estar al llegar. Cada uno ha venido en su coche.

– Tú y Maryann seréis los primeros en entrar en el templo.

– Oh, estupendo.

– Estaba explicándole a Lisa que nunca he asistido a una boda -comentó Maryann.

– Yo tampoco.

– Es emocionante, ¿verdad?

– Sí, lo es.

Bajo su nuevo jersey de tejido acrílico, Randy se sentía acalorado y tembloroso. Maryann tenía una carita de duende travieso, ojos azules muy grandes, boca sensual y un lunar diminuto sobre el labio superior. No llevaba ni una pizca de maquillaje.

El vestíbulo estaba lleno de gente, y Lisa se alejó de ellos para charlar con alguien.

– ¿Siempre has vivido en White Bear Lake? -preguntó Randy para romper el silencio.

– Sí.

– Yo solía ir a los bailes que se organizaban en la calle en el verano, durante los días de Manitou. Contrataban a algunas bandas muy buenas.

– ¿Te gusta la música?

– Me apasiona. Quiero integrarme en un grupo.

– ¿Qué instrumento tocas?

– La batería.

– ¡Oh! -La joven meditó un momento y agregó-: Los músicos llevan una vida muy dura, ¿no?

– No lo sé. Nunca he tenido oportunidad de comprobarlo.

En este momento llegó el padre Moore y empezó a organizar el ensayo. Todos entraron en la iglesia, dejaron los abrigos en los bancos del fondo y, en efecto, Maryann lucía un vestido de bibliotecaria recatada de color oscuro con cuello blanco de encaje. Sin rizos artificiales en el pelo, ofrecía una imagen de antaño que cautivó a Randy. Seguía turbado por la visión de la joven, cuando alguien le puso una mano en el hombro.

– Hola, Randy, ¿cómo va todo?

Dio vuelta y, al ver a su padre, su expresión se endureció.

– Bien.

Michael apartó la mano y saludó a la muchacha.

– Hola, Maryann.

– Hola -repuso ella sonriente-. Estábamos comentando que ésta es la primera boda a la que asistiremos Randy y yo.

– Supongo que también lo es para mí, aparte de la mía, claro está.

Michael esperó, y miró a Randy y, como éste permanecía en silencio, decidió alejarse.

– Bueno… nos veremos más tarde.

Randy lo siguió con la mirada.

– Aparte de su boda… -repitió con sarcasmo-. Querrá decir de las dos…

– ¡Randy! -murmuró Maryann-. ¡Es tu padre!

– No me lo recuerdes.

– ¿Cómo puedes tratarlo de esa manera?

– Yo no hablo al viejo.

– ¿No le hablas? ¡Es terrible! ¿Cómo es posible?

– No le hablo desde que tenía trece años.

Maryann lo miró como si el joven acabara de poner la zancadilla a una anciana.

El padre Moore pidió silencio y empezó el ensayo. Randy estaba irritado con Michael por haber interrumpido su conversación. Después de pensar todo el día en Maryann Padgett, de haber limpiado el coche por ella, de vestirse con ropa nueva por ella, de desear impresionarla, todo se había venido abajo con la aparición del viejo.

¿Por qué no me deja en paz? ¿Por qué tiene que tocarme, hablarme, hacerme aparecer como un imbécil delante de esta chica, cuando el imbécil es él? Yo he venido aquí con la intención de demostrar a Maryann que puedo ser un caballero, charlar amigablemente con ella para conocerla un poco e invitarla a salir. Entonces llega el viejo y jode todo el plan.

Durante el ensayo, Randy observó a su madre y a su padre mientras avanzaban por la nave uno a cada lado de Lisa y se sentaban en la primera fila. Poco después le tocó subir al altar y colocarse de cara a los invitados, con lo que no tuvo más remedio que verlos, juntos, como una pareja feliz. ¡Menuda farsa! ¿Cómo podía su madre estar sentada a su lado como si nunca se hubieran separado, como si la familia no se hubiera roto por culpa de él? Ella podía decir que también era responsable del divorcio, pero no tanto como Michael, y nadie convencería a Randy de lo contrario.

Cuando terminó el ensayo en la iglesia, todos se trasladaron a un restaurante llamado Finnegan’s, donde los Padgett habían reservado un salón privado para la cena de los novios. Randy fue solo en su coche, llegó antes que Maryann y la esperó en el vestíbulo. La puerta se abrió y entró la joven, que hablaba con sus padres con una sonrisa en el rostro.

Cuando lo vio, su sonrisa se hizo más tenue.

– Hola otra vez -saludó Randy.

Se sintió cohibido al advertir que ella había adivinado que estaba aguardándola.

– Hola.

– ¿Te molesta si me siento a tu lado?

Ella lo miró a los ojos.

– Sería mejor que te sentaras junto a tu padre, pero no me molesta.

Randy se ruborizó. Al ver que Maryann hacía ademán de quitarse el abrigo, dijo:

– Permíteme que te ayude.

Lo colgó junto con el suyo y los dos siguieron a los padres de ella hasta el salón reservado, donde había una mesa larga. Mientras caminaba detrás de ella, Randy le miraba el cuello blanco redondo, el oscuro cabello, que le caía lacio hasta los hombros, con las puntas levantadas. Pensó en escribir una canción sobre su melena, una composición lenta y sugerente.

Le retiró la silla y se sentó a su lado en un extremo de la mesa, lejos de sus padres.

Mientras comían, Maryann hablaba con su padre, acomodado a su derecha, y reía. A veces charlaba con Lisa y Mark, o se inclinaba para comentar algo a su madre o a una de sus hermanas. En ningún momento dirigió la palabra a Randy.

– ¿Me pasas la sal, por favor? -pidió él. Ella obedeció con una sonrisa tan forzada que él deseó que no se la hubiera dedicado.

– Excelente comida -observó él.

– Sí. -Maryann tenía la boca llena y los labios brillantes. Se los secó con una servilleta antes de añadir-: Mis padres querían una cena más sofisticada, pero no podían permitírselo, y Mark dijo que estaba bien.

– Se nota que tu familia se lleva muy bien.

– Sí, es cierto.

Randy deseaba prolongar la conversación. Hizo una mueca y miró el plato de Maryann.

– Te gusta el pollo, ¿eh? -observó.

La muchacha había comido toda la carne y dejado la guarnición. Se echó a reír y sus miradas se encontraron.

– Oye -agregó él con un nudo en el estómago-, estaba pensando que tal vez podría llevarte a tu casa.

– Tendré que pedir permiso a papá.

Hacía años que Randy no oía nada semejante.

– Entonces ¿te gustaría? -preguntó con asombro.

– En cierto modo sospechaba que me lo pedirías.

Se volvió hacia su padre y se recostó en la silla para que Randy oyera el intercambio de palabras.

– Papá, Randy se ha ofrecido a llevarme a casa en su coche. ¿Te parece bien?

Jake palpó su audífono.

– ¿Qué? -preguntó.

– Que Randy quiere acompañarme a casa.

Jake se inclinó para mirar a Randy.

– Muy bien, pero recuerda que mañana tienes que madrugar.

– Ya lo sé, papá. Llegaré temprano -aseguró antes de volverse hacia Randy-. ¿Conforme?

– ¡Directamente a casa! -prometió Randy levantando la mano derecha.

Cuando terminó la comida, los invitados se despidieron. Randy entregó el abrigo a Maryann, abrió la pesada puerta de vidrio y cruzaron juntos el aparcamiento cubierto de nieve.

– Este es el mío -indicó cuando llegaron a su Chevy Nova.

Dio la vuelta para abrirle la portezuela y esperó hasta que se hubo sentado para cerrarla. Se sentía ansioso por mostrarse galante y cortés.

Minutos después, mientras ponía en marcha el motor comentó:

– Los muchachos ya no suelen hacer estas cosas… Me refiero a abrir las puertas del coche. -Lo sabía muy bien, puesto que él nunca lo hacía-. De hecho a algunas chicas no les gusta, porque creen que deben defender su independencia.

– Es lo más estúpido que he oído en la vida. A mí me encanta -afirmó Maryann.

Randy arrancó. Se sentía eufórico y decidió que, si ella se mostraba tan sincera, él también podía ser franco.

– Debo reconocer que nunca tengo ese detalle, pero lo haré a partir de ahora.

Ella se ciñó el cinturón de seguridad, otra cosa que él rara vez hacía. Sin embargo esta vez tanteó alrededor, encontró la hebilla sepultada bajo el asiento y la abrochó. Graduó la calefacción, y el ambientador con forma de árbol de Navidad comenzó a girar.

– Huele muy bien aquí dentro -comentó ella-. ¿Qué es?

– Esa cosa -respondió señalando el árbol.

Se dirigió hacia White Bear Avenue. Aunque habría sido más directo tomar la I-95 hasta la 61 y rodear el lago por el oeste, avanzó hacia el este y condujo a treinta kilómetros por hora por la zona residencial, donde estaba permitido ir a cincuenta.

– ¿Puedo preguntarte algo? -inquirió cuando estaban a medio camino de la casa de Maryann.

– ¿Qué?

– ¿Qué edad tienes?

– Diecisiete. Soy mayor de edad.

– ¿Sales con alguien?

– No tengo tiempo. Formo parte del equipo femenino de baloncesto, trabajo en el diario de la escuela y estudio mucho en los ratos libres. Quiero iniciar una carrera, tal vez medicina o derecho, y he presentado una solicitud en la Universidad Hamline. Mis padres no pueden pagarme la matrícula, de modo que tendré que solicitar una beca, lo que significa que debo mantener altas mis calificaciones.

Si él le hubiera hablado de sus resultados en la escuela secundaria, Maryann le habría pedido que detuviera el automóvil y la dejase allí mismo.

– ¿Y tú? -preguntó ella.

– ¿Yo? No; no salgo con nadie.

– ¿Vas a la universidad?

– No. Sólo terminé la escuela secundaria.

– Me has dicho que quieres tocar la batería.

– Sí.

– ¿En una banda de rock?

– Sí.

– ¿Y mientras tanto?

– Mientras tanto, trabajo en un almacén mayorista. Empaqueto nueces recién tostadas, cacahuetes, pistachos y castañas. Es una gran empresa, que recibe pedidos de los lugares más distantes de Estados Unidos. La época de Navidad es la más ajetreada; es para volverse loco.

Maryann se echó a reír mientras él pensaba en cuán distintas eran sus ambiciones. Permanecieron un rato en silencio hasta que Randy exclamó:

– Hostia, parezco un fracasado.

– Randy, ¿puedo ser franca contigo?

– Claro.

– Me gustaría que no emplearas ese vocabulario delante de mí. Me ofende.

Era lo último que él hubiera esperado. Ni siquiera se había dado cuenta de que lo había dicho.

– De acuerdo, perdóname.

– Y en cuanto a que eres un fracasado…, bueno, no es más que un estado de ánimo. Siempre he considerado que si una persona se siente fracasada, debería hacer algo al respecto; estudiar, buscar un trabajo diferente, hacer algo para elevar su autoestima. Ese sería el primer paso.

Cuando llegaron a la casa de Maryann, Randy estacionó en la calle y dejó el motor en marcha. Había muchos automóviles en la entrada; de los padres de ella, de Lisa, de Mark. Todas las luces de la vivienda estaban encendidas. Las cortinas del salón estaban descorridas y vieron a la gente que se movía en el interior.

Randy apoyó el pecho contra el volante, juntó las manos entre las rodillas y clavó la vista en un farol, a unos seis metros de distancia.

– Escucha, sé qué opinas que soy un imbécil por no llevarme bien con mi padre, pero tal vez te gustaría conocer el motivo.

– Por supuesto.

– Cuando yo tenía trece años, él tuvo una aventura amorosa y se divorció de mi madre para casarse con otra. Todo se desmoronó después de eso; el hogar, la escuela…, en especial la escuela, y en cierto modo quedé a la deriva.

– Todavía sientes lástima de ti mismo.

Randy volvió la cabeza para mirarla.

– Él destrozó nuestra familia.

– ¿De verdad lo crees?

Randy esperó a que continuara mientras la observaba con recelo.

– Aunque no te guste, debo decirte que cada uno es responsable de sí mismo. No puedes culparle de tu fracaso en los estudios, aunque resulte más fácil responsabilizarle.

– Hostia, conque él no tiene la culpa de nada.

– Has vuelto a usar esa expresión. Si la repites, me voy.

– ¡De acuerdo, lo siento!

– Sabía que te molestaría oírlo. Tu hermana lo ha superado, y también tu madre; ¿por qué tú no?

Randy se recostó en el asiento.

– ¡Joder, no lo sé!

Antes de que él se diera cuenta de lo que había dicho, Maryann se apeó, cerró la portezuela de un golpe, bordeó un montículo de nieve y se dirigió hacia la casa con paso firme. Randy salió del vehículo y exclamó:

– ¡Maryann lo siento! ¡Se me ha escapado!

Cuando la puerta de la casa se cerró, aporreó el techo del coche con los puños y maldijo a voz en grito.

– ¡Joder, Curran! ¿Cómo se te ocurre intentar ligar con esa mojigata neurótica?

Subió de nuevo al automóvil, aceleró el motor y arrancó a gran velocidad. Bajó la ventanilla, arrancó el árbol de Navidad, se cortó un dedo al romper el hilo, y arrojó el ambientador a la calle mascullando una palabrota.

Dobló una esquina a cuarenta kilómetros por hora, estuvo a punto de derribar una boca de incendios, pasó dos semáforos en rojo y exclamó a voz en cuello:

– ¡A la mierda, Maryann Padgett!

A los pocos minutos estacionó el coche, sacó del bolsillo la marihuana, fumó unas caladas y esperó a que lo invadiera la euforia.

Poco después sonreía al tiempo que murmuraba:

– A la mierda, Maryann Padgett…

Mientras Randy acompañaba a Maryann, Lisa se despedía de sus padres.

Primero dio un beso a Michael.

– Te veré mañana, papá.

– Claro que sí. -Él se emocionó de pronto y la estrechó en un abrazo muy prolongado-. Supongo que pasarás la noche en casa con mamá.

– Sí. Hemos llevado todas mis cosas al apartamento de Mark.

– Me alegro. Me gusta pensar que esta noche estarás allí, con ella.

– Eh, papá -le susurró Lisa al oído-, debes perseverar. Creo que estás ganando puntos con mamá. -Se apartó de él y sonrió.

– Buenas noches a todos. Te veré en casa, mamá.

Michael ocultó su sorpresa mientras Lisa salía por la puerta con Mark.

– Lisa parece muy feliz -comentó Michael mientras ayudaba a Bess a ponerse el abrigo.

– Creo que lo es.

El resto de los Padgett se despidieron y partieron. Michael y Bess eran los últimos que quedaban en el lugar. Se hallaban cerca de la puerta de vidrio poniéndose los guantes y abotonándose el abrigo.

– Además, creo que hay algo entre Randy y Maryann -observó Michael.

– Han estado juntos toda la noche.

– Ya me he fijado.

– Es una chica muy guapa, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Por qué siempre son las madres quienes hacen primero esa observación? -inquirió Bess.

– Supongo que porque quieren chicas guapas para sus hijos. En realidad a los padres nos ocurre lo mismo.

Bess miró a Michael a los ojos. Tenían que irse, seguir a los demás y decir buenas noches.

– Maryann es muy joven; todavía está en la escuela secundaria -explicó Bess.

– He visto que ha pedido permiso a su padre para irse con Randy.

– ¿No es bonito ver un detalle de los de antes?

– Sí, lo es.

En los ojos de Bess apareció una expresión dulce.

– Es una familia maravillosa, ¿no te parece?

– Pensaba que te molestaba estar con familias maravillosas.

– No tanto como antes.

– ¿Por qué ese cambio?

Ella no respondió. El restaurante cerraba sus puertas. Alguien pasaba un aspirador, y las camareras ya se marchaban. Lo razonable era que ellos también se fueran y dejaran de jugar con sus sentimientos. Sin embargo, se quedaron.

– ¿Sabes qué? -dijo Michael.

– ¿Qué? -susurró Bess.

La intención de él había sido decir: «Me gustaría ir yo también a casa contigo», pero lo pensó mejor.

– Tengo una sorpresa para Lisa y Mark -anunció-. He alquilado una limusina que pasará a buscarlos mañana.

– ¿No lo habrás hecho de verdad? -exclamó Bess con los ojos desorbitados.

– ¿Por qué? ¿Qué…?

– ¡Yo he hecho lo mismo!

– ¿Hablas en serio?

– No sólo eso. ¡Tuve que pagar cinco horas por adelantado! ¡Y no hay posibilidad de que me reembolsen el dinero!

– A mí me sucede lo mismo.

Se echaron a reír y se miraron con buen humor. En ese momento se acercó el gerente del restaurante.

– Disculpen, pero estamos cerrando.

Michael retrocedió un paso con expresión culpable.

– ¡Oh, lo siento!

Por fin salieron al aire helado de la noche y oyeron cómo detrás de ellos echaban la llave.

– Bien -murmuró Michael, y su aliento se convirtió en una bola blanca en el aire gélido-, ¿qué vamos a hacer con esa limusina adicional?

Bess se encogió de hombros.

– No lo sé.

– ¿Qué te parece si vamos a la iglesia en una limusina blanca? -propuso él.

– ¡Michael! ¿Qué dirá la gente?

– ¿La gente? ¿Qué gente? ¿Quieres que trate de adivinar lo que diría Lisa? ¿O tu madre? De hecho, podríamos dar una sorpresa a StelIa y pasar por su casa para que nos acompañe.

– Ella ya tiene acompañante. Irá a recogerla.

– ¿Tiene un acompañante? ¡Me alegro por ella! ¿Lo conozco?

– No. Se llama Gil Harwood. Mamá afirma que tendrá una aventura con él.

Michael se detuvo de pronto y se echó a reír.

– ¡Oh, Stella, tú sí sabes sacarle jugo a la vida! -A continuación dedicó a Bess una sonrisa galante-. Bueno…, ¿y tú?

– ¿Si quiero tener una aventura? -respondió sonriente.

– No, si te apetece dar un paseo en limusina -aclaró Michael.

– Ohhhh… ¿Si quiero viajar en limusina? ¡Claro que sí! Sólo una estúpida declinaría una invitación como ésa, sobre todo si ha pagado por el alquiler.

Michael sonrió con satisfacción.

– Bien, entonces la tuya llevará a Lisa, y la mía, a nosotros. Pasaré a buscarte a las cinco menos cuarto. Llegaremos a tiempo para las fotografías.

– Perfecto. Estaré lista a esa hora.

Se encaminaron hacia el aparcamiento.

– Mi coche está por este lado -indicó Michael.

– El mío por aquél.

– Nos vemos mañana, entonces.

– Sí.

Se despidieron y cada uno se dirigió hacia su automóvil. La noche era tan fría que les castañeteaban los dientes. Cuando llegaron a sus vehículos, abrieron la portezuela y se miraron a través del aparcamiento casi vacío.

– ¡Ah, Bess!

– ¿Qué?

Fue un momento brillante y claro, de esos que los amantes recuerdan años después. No había ninguna razón en particular para ello, excepto que Cupido parecía haber disparado su flecha y aguardaba expectante para ver qué diablura podía surgir.

– ¿Considerarías una cita lo de mañana? -exclamó Michael.

La flecha se clavó en el corazón de Bess, que sonrió y contestó a voz en grito:

– No, pero Lisa sí lo hará. ¡Buenas noches, Michael!

Capítulo 10

A Lisa le resultó agradable pasar la víspera de su boda en el hogar de su infancia. Poco después de las once, cuando dejó caer sobre su cama la maleta, pensó que todo era más o menos como durante su adolescencia. Randy estaba abajo, en su habitación, oyendo la radio con el volumen bajo. Mamá se desmaquillaba en el cuarto de baño. Por un momento pensó que su padre apagaría las luces del vestíbulo, se acercaría a la puerta de su dormitorio y diría: «Buenas noches, mi amor.»

Se sentó sobre el colchón y observó la estancia. El mismo papel floreado en tonos azul pálido en las paredes, la misma colcha de rayas, las mismas cortinas, los mismos…

Se aproximó al tocador y vio que en el marco del espejo su madre había prendido sus fotos de la escuela; no sólo la de segundo grado, de la que se habían reído el día en que se probó el vestido de novia, sino de todos los trece, desde la guardería hasta el último curso. Con una sonrisa en el rostro, las examinó una por una antes de darse la vuelta y ver sobre la mecedora del rincón su muñeca Melody y, apoyada contra su manita, la nota de Patty Larson.

Cogió a Melody, se sentó con ella en el regazo y miró hacia la entrada del vestidor, donde estaba su traje de novia.

Estaba totalmente preparada para el matrimonio. La nostalgia era divertida, pero no conseguía llevarla al pasado. Se sentía feliz por subir al altar, por estar embarazada, por no haber aceptado vivir con Mark sin casarse.

Bess apareció en la puerta con un bonito camisón y una bata color melocotón.

– Sentada ahí pareces muy adulta -comentó mientras se aplicaba una loción en la cara.

– Me siento muy adulta. Precisamente ahora mismo pensaba que estoy preparada para el matrimonio. Es una sensación maravillosa. ¿Recuerdas cuando, años atrás, te pregunté qué pensabas de las chicas que conviven con un hombre sin casarse? Tú respondiste:

«Si lo haces, te arrepentirás siempre.» Gracias por eso, mamá.

Bess entró en la habitación con su fragancia de rosas, se inclinó sobre Lisa y la besó en la frente.

– De nada, cariño.

Lisa apoyó la cabeza contra el pecho de Bess y la abrazó.

– Estoy contenta de estar aquí esta noche. Así es como debía ser.

Cuando se separaron, Bess se sentó en la cama.

– Sin embargo -agregó Lisa-, ¿sabes qué es lo que me hace más feliz?

– ¿Qué?

– Tú y papá. Es tan hermoso veros juntos otra vez.

– Es increíble lo bien que nos llevamos…

– Algún, eh… -Lisa hizo un gesto de prestidigitador con la mano.

– Ningún «eh» de nada. Sencillamente hemos recuperado nuestra amistad.

– Es un buen comienzo, ¿no?

– ¿Necesitas ayuda mañana? Me tomaré todo el día libre, de modo que tendré tiempo.

– No lo creo. Por la mañana iré a la peluquería y a las cinco deberé estar en la iglesia para las fotografías.

– Por cierto, tu padre me ha preguntado si puede llevarte en su coche a la iglesia. Dijo que pasaría a buscarte a las cinco menos cuarto.

– ¿Tú también vendrás? ¿Y Randy?

– No veo por qué no.

– Después de seis años, juntos otra vez.

Bess se puso en pie.

– Vaya, es temprano. Tendré toda una noche para descansar y mañana me despertaré lúcida. -Besó a Lisa en la mejilla y la miró a los ojos, radiantes de felicidad-. Buenas noches, querida. Felices sueños, mi pequeña novia. Te quiero mucho.

– Yo también te quiero, mamá.

La luz de la cocina estaba encendida. Bess bajó para apagarla. Era una de las raras ocasiones en que Randy se encontraba en casa a esa hora, de modo que decidió ir a su habitación para desearle las buenas noches. Llamó con suavidad a su puerta. La música sonaba a bajo volumen, pero no obtuvo respuesta. La abrió y asomó la cabeza. Randy estaba en la cama, tendido de costado, de cara a la pared, vestido todavía. En el lado opuesto del dormitorio una luz mortecina iluminaba la parte superior de la cómoda, y los focos alumbraban su equipo de música.

Randy siempre dormía con la radio encendida. Ella nunca había logrado entender por qué, y sus sermones no le habían hecho cambiar el hábito.

Se acercó a la cama y se inclinó para besarlo en la mejilla. Al igual que su padre, parecía joven e inocente cuando dormía. Le acarició el pelo, oscuro y ondulado, como el de Michael.

Su hijo…, tan orgulloso, tan herido, tan reacio a doblegarse. Esa noche lo había visto desairar a su padre y había sufrido por ello. Su corazón estaba de parte de Michael, y en ese momento sintió un destello de rencor hacia Randy. ¡Era tan complejo ser madre! No sabía cómo tratar a ese jovencito, que hacía equilibrio sobre una cornisa en la que una influencia en cualquier dirección podía decidir su destino. Ella veía con toda claridad que Randy podía fracasar en muchos sentidos; en las relaciones humanas, en los negocios y, más importante aún, en la consecución de la felicidad.

Si él fracasa, será en parte por mi culpa, pensó.

Se enderezó, lo contempló un momento más, apagó la luz y salió con sigilo de la habitación mientras la radio seguía sonando a bajo volumen.

Cuando la puerta se cerró, Randy abrió los ojos y volvió la cabeza. Uff, por poco me pilla, pensó mientras se tendía de espaldas. Pensó que había entrado para hacerle alguna pregunta y, mientras le acariciaba el pelo, temió que lo zarandeara y obligara a darse la vuelta. Con una mirada a sus ojos ella habría comprendido. Entonces lo habría puesto de patitas en la calle. Estaba seguro de que había hablado en serio la última vez que lo amonestó.

Todavía estaba bajo el efecto de la marihuana. Las luces sobre el equipo de música parecían amenazarlo, y empezaba a sentir la boca seca y retortijones en el estómago.

Los retortijones… Siempre lo atacaban fuerte. Además, la comida nunca le sabía tan bien como cuando estaba eufórico. Necesitaba comer algo. Se levantó de la cama y caminó lo que le parecieron kilómetros hasta la puerta. Las luces del piso superior estaban apagadas. Caminó a tientas hasta la cocina, encendió la luz y encontró una bolsa de patatas fritas. Abrió la nevera en busca de cerveza, pero sólo encontró zumo de naranja y una jarra de té helado, que bebió directamente del recipiente; sabía a ambrosía.

Alguien susurró desde arriba:

– ¿Randy eres tú?

Se alejó con disimulo del frigorífico y salió descalzo al pasillo. Lisa se inclinó sobre la barandilla.

– Hola, hermanita.

– ¿Qué has encontrado?

– Patatas fritas… -Unos segundos después agregó-: Y té helado.

– No puedo dormir. Tráelos arriba.

– Detesto el té helado -masculló Randy mientras subía por la escalera.

Lisa se sentó en la cama con las piernas cruzadas. Llevaba puesto un chándal.

– Ven aquí y cierra la puerta -indicó.

Randy obedeció y cayó al pie de la cama.

– Ven, dame las patatas -pidió Lisa al tiempo que se inclinaba para quitárselas-. ¡Oh, Randy! -Dejó caer la bolsa y le cogió la cara para levantarla hacia ella-. ¡Qué estúpido eres! ¡Has vuelto a fumar marihuana!

– No… -gimoteó él-. Vamos, hermanita…

– Tienes los ojos desencajados. ¡Eres un idiota! ¿Y si te pesca mamá? Te echará a la calle.

– ¿Vas a chivarte? -preguntó Randy.

Lisa pareció considerar esa posibilidad.

– Debería contárselo, ya lo sabes, pero no quiero que nada estropee el día de mi boda. ¡Me prometiste que no volverías a fumar esa mierda!

– Lo sé… sólo di un par de caladas…

– ¿Por qué?

– No lo sé. -Randy se tendió de espaldas a los pies de la cama, con un brazo en alto-. No lo sé -repitió.

Lisa le quitó el té helado de las manos, tomó un buen trago y se estiró para dejar la jarra sobre la mesita de noche. Después volvió a sentarse al estilo indio y se preguntó cómo podía ayudarlo.

– Hermanito, ¿tienes idea de lo que estás haciendo con tu vida?

– Es sólo marihuana. Jamás tomo cocaína.

– Sólo marihuana… -Meneó la cabeza y se quedó mirándolo un rato mientras él seguía con la vista clavada en el techo-. ¿Cuánto gastas cada semana en esa porquería?

Randy se encogió de hombros.

– ¿Cuánto? -insistió ella.

– No es asunto tuyo.

Lisa se inclinó y lo cogió de los hombros.

– Mírate, tienes diecinueve años. ¿Qué tienes, aparte de una batería Pearls? ¿Un trabajo decente? ¿Un buen coche? ¿Un amigo que valga algo? Bernie, ese gilipollas. Te juro que no entiendo por qué sales con él.

– Bernie es un buen tío.

– Bernie es un fracasado. ¿Cuándo te darás cuenta de eso?

Randy volvió la cabeza para mirarla. Lisa comió una patata frita y se inclinó para introducirle otra en la boca.

– ¿Sabes qué te pasa? -preguntó ella-. Creo que no te quieres mucho.

– ¡Oh, ha hablado Lisa Freud! -replicó él con soma.

Ella le puso otra patata en la boca.

– No te quieres, y lo sabes. Por eso te rodeas de fracasados. Reconócelo, Randy, algunas de las chicas con las que sales son unas andrajosas. Cuando las llevas a mi apartamento, querría ponerme un preservativo en la mano antes de estrechar las suyas.

– Gracias.

Esta vez le metió dos patatas en la boca, después dejó la bolsa sobre la mesita y se frotó las manos.

– Esta noche has tratado fatal a papá.

– Lo trato como se merece -repuso Randy.

– ¡Déjate de estupideces! Papá se esfuerza por reconciliarse contigo. ¿Por qué no te comportas como un adulto y adoptas otra actitud? ¿No te das cuenta de que esta situación te está consumiendo?

– No es él quien me preocupa esta noche.

– ¿Ah, no? Entonces ¿de qué se trata?

– Maryann.

– ¿También te has peleado con ella? -preguntó Lisa.

– Mira, lo he intentado, en serio.

– ¿Qué has intentado? ¿Quitarle las bragas? Déjala en paz, Randy, es una buena chica.

– ¡Vaya! ¡Menudo concepto tienes de mí! -exclamó Randy.

– Te quiero, hermanito, a pesar de tus defectos, y te querría mucho más si te comportaras como es debido, dejaras de fumar porros y consiguieras un empleo.

– Ya tengo uno.

– ¡Oh, sí, en un almacén de frutos secos! ¿De qué tienes miedo? ¿De no ser un buen músico?

Estiró una pierna, colocó un pie sobre las costillas de Randy y le hizo cosquillas con la punta de los dedos.

Randy la miró.

– ¿Te acordarás mañana de nuestra conversación? -preguntó Lisa.

– Sí, ahora estoy bien. Ya estoy bajando.

– Bien, entonces, escúchame. Eres el mejor batería que jamás he oído. Si quieres dedicarte a la música, entrégate a ella en cuerpo y alma, pero debes dejar los canutos. De lo contrario, pronto pasarás a la cocaína, después al crack y, antes de que te des cuenta, estarás muerto. Busca un grupo serio, profesional.

Él la miró largo rato y se sentó.

– ¿De verdad crees que soy bueno?

– El mejor.

– ¿En serio? -preguntó con una sonrisa.

Lisa asintió con la cabeza.

– Bien, ahora explícame que ha ocurrido con Maryann -pidió-. No parecía muy contenta cuando entró en su casa.

Randy bajó la mirada al tiempo que se mesaba el cabello.

– No ha pasado nada. Solté unos tacos, esto fue todo.

– Ya te he dicho que es una buena chica.

– Me disculpé, pero ella ya entraba en su casa.

– La próxima vez que estés con ella, cuida tu vocabulario. De todos modos no te vendrá mal.

– Además, en el restaurante me regañó por la forma en que había tratado a papá -explicó Randy.

– Así pues, no fui la única que lo noté.

– ¡Ni siquiera sé por qué me gusta esa chica!

– ¿Por qué te gusta?

– Ya te he dicho que no lo sé.

– Pues yo sí lo sé.

– ¿De veras? Entonces, dímelo.

– Maryann no es una andrajosa; ése es el motivo.

Randy reprimió la risa. Permaneció unos minutos en silencio.

– La primera vez que la vi quedé impresionado -reconoció-. Tuve la sensación de que me faltaba el aire.

Lisa esbozó una sonrisa pícara.

– Esta noche he tratado de comportarme como un hombre educado, te lo aseguro. Incluso me compré ropa nueva -añadió mientras se tiraba del jersey-, limpié el coche, le retiré la silla para que se sentara y le abrí la portezuela del automóvil, pero ella es dura.

– A veces una mujer dura es lo mejor -afirmó Lisa-, al igual que los amigos. Si tuvieras a tu lado a alguien más duro, que te exigiera más, tal vez serías bueno para Maryann.

– ¿No crees que lo sea?

Lisa lo observó un momento antes de encogerse de hombros y tender la mano hacia la mesita de noche.

– Creo que podrías serlo, pero te costará un poco. -Le entregó la bolsa de patatas fritas y el té helado-. Ahora ve a dormir un poco. Espero que no tengas los ojos rojos mañana, cuando entres en la iglesia.

– De acuerdo. -Randy sonrió avergonzado. Se levantó de la cama y se dirigió a la puerta.

– Ven aquí -pidió Lisa al tiempo que abría los brazos. Randy regresó y se arrojó a ellos para estrecharla sin soltar la bolsa de patatas fritas y la jarra de té.

– Te quiero, hermanito.

Randy se frotó los ojos porque le escocían.

– Yo también te quiero -musitó él.

– Tienes que procurar llevarte mejor con papá.

– Lo sé -admitió.

– Mañana será un buen momento para hacer las paces.

Randy debía marcharse para evitar que su hermana lo viera llorar.

– Sí -murmuró antes de salir a toda prisa de la habitación.

El día siguiente no fue tan tranquilo como Bess había augurado. Fue a la peluquería, se hizo la manicura, Heather la telefoneó en dos ocasiones para consultarle cuestiones relativas al negocio. Había que colgar lazos de raso blanco en los bancos de St. Mary, ponerse en contacto con los proveedores del banquete de boda para avisarles que acudirían tres convidados más, que habían confirmado su asistencia a última hora; comprar una urna para que los invitados introdujeran sus tarjetas; llevar algunas cosas al salón de recepción, que además debía supervisar para asegurarse de que los arreglos de las mesas eran del color elegido, y ¿cómo lo había olvidado? Tenía que comprar una tarjeta de boda, así como las medias. ¿Por qué no había pensado en ellas a principios de la semana?

A las cuatro menos cuarto Bess tenía los nervios crispados. Lisa no había llegado a casa todavía, y ella estaba preocupada por la limusina. Randy no cesaba de pedir cosas; una lima de uñas, enguaje bucal, un pañuelo limpio, un calzador…

– ¿Un calzador? -exclamó Bess-. ¡Utiliza un cuchillo!

Lisa regresó por fin, la más serena del trío, y en ningún momento dejó de tararear mientras se maquillaba y se ponía el vestido. Guardó sus zapatos y el estuche de maquillaje en su maletín y colocó el velo sobre la puerta del salón mientras esperaba a que llegara su padre.

Michael pulsó el timbre a las cinco menos cuarto, tal como había prometido. Bess, que se paseaba con nerviosismo por su dormitorio al tiempo que se ponía un pendiente, se detuvo al oírlo. Corrió hasta una ventana y apartó la cortina. En la calle, había dos limusinas blancas y Michael entraba por primera vez en la casa desde que había recogido sus pertenencias y se había marchado para siempre.

Bess se llevó una mano al pecho y se obligó a respirar hondo. Después cogió su bolso, salió a toda prisa y se paró en lo alto de la escalera al ver cómo Michael, sonriente y muy atractivo con un esmoquin marfil y corbata de lazo en color damasco, abrazaba a Lisa en el vestíbulo. La puerta estaba abierta, el sol de la tarde iluminaba a padre e hija y, por un instante, a Bess le pareció que se veía a sí misma; su vestido, el hombre apuesto, los dos sonrientes y alborozados. De pronto Michael levantó a Lisa en el aire y los dos giraron abrazados.

– ¡Oh, papá! -exclamó ella-. ¿Hablas en serio?

Michael reía.

– Por supuesto. ¿No creerías que iba a permitir que fueras a la iglesia en una calabaza?

– ¡Pero dos!

Lisa se soltó y se asomó a la calle.

– Tu madre tuvo la misma idea; por eso hay dos limusinas.

A través de la puerta abierta, el sol poniente derramaba rayos dorados dentro de la casa y sobre Michael, que observaba a su hija y luego se dio la vuelta para mirar su antiguo hogar. Desde arriba, Bess vio cómo contemplaba el interior: la maceta con la palmera en el rincón, el espejo, el aparador, el salón a la izquierda, la sala de estar… Michael avanzó unos pasos y se detuvo debajo de Bess, que permaneció inmóvil mientras observaba su esmoquin de corte impecable, su pelo oscuro, la franja de seda en las perneras del pantalón, sus zapatos de piel color crema. Entretanto él contemplaba cuanto lo rodeaba como un hombre que lo ha extrañado mucho. ¿Qué recuerdos acudían a él? ¿Qué imágenes volvían de sus hijos? ¿De ella? ¿De él mismo? Bess percibió cuánto echaba de menos ese lugar.

Segundos después Lisa volvió a entrar y Randy apareció en el vestíbulo y se detuvo al ver a su padre.

Michael fue el primero en hablar.

– Hola, Randy.

– Hola.

Ninguno hizo ademán de acercarse al otro. Lisa los miraba desde el umbral, Bess, desde lo alto de la escalera.

– Estás muy elegante -observó Michael al cabo de unos minutos.

– Gracias. Tú también.

Bess descendió por los escalones y Lisa le sonrió.

– ¡Mamá, esto es maravilloso! ¿Lo sabe Mark?

– Todavía no -respondió Bess-. No se enterará hasta que llegue a la iglesia; se supone que los novios no deben ver a la novia antes de la ceremonia.

Michael alzó la vista hacia Bess y la siguió con la mirada mientras bajaba con su traje color melocotón pálido y los zapatos de seda a juego. Las perlas fulguraban en sus orejas y en su cuello, el pelo le caía hacia atrás hasta el cuello, y una sonrisa dulce se dibujaba en sus labios. Se detuvo en el segundo peldaño con la mano sobre la baranda. Hasta una persona poco observadora habría detectado el magnetismo que existía entre ellos. Sus miradas se encontraron mientras Michael palpaba su faja en un gesto inconsciente.

– Hola, Michael -lo saludó Bess con tono apacible.

– Bess…, estás magnífica.

– Estaba pensando lo mismo de ti.

Michael sonrió largo rato antes de caer en la cuenta de que sus hijos los observaban. Entonces retrocedió un paso y afirmó:

– Bien, diría que todos estamos espléndidos. Randy…, y Lisa, nuestra hermosa novia.

– Hermosísima -convino Bess al tiempo que se acercaba a ella.

El pelo de Lisa, estirado hacia atrás con dos peinetas, caía por detrás en tirabuzones. Su madre la tomó de un brazo para que se diera la vuelta.

– Tu peinado es precioso.

– Sí, me encanta.

– Bueno, deberíamos irnos. Los fotógrafos llegarán a las cinco en punto.

– ¿Te traigo tu abrigo, Bess? -ofreció Michael.

– Sí, está en el armario, detrás de ti, y el de Lisa también.

– No -protestó Lisa-. No voy a ponérmelo. Se me arrugaría el vestido. Además, hace un día primaveral.

Michael abrió la puerta del armario, como había hecho cientos de veces, y sacó el abrigo de Bess, mientras Lisa tomaba su velo, que colgaba de la puerta del salón, y Randy cogía el maletín de su hermana.

– ¿Cómo vamos a ir? -preguntó Randy mientras se dirigían a los dos coches, que esperaban con sus chóferes de librea.

Michael fue el último en salir de la casa y se encargó de cerrar la puerta.

– Tu madre y yo pensamos en ir juntos en una limusina, y tú, Randy, puedes acompañar a Lisa…, si te parece bien.

Los chóferes sonrieron cuando la familia se acercó y uno dio un golpecito a su visera y tendió una mano al aproximarse Lisa.

– Por aquí señorita, y enhorabuena. Es un día hermoso para la boda.

Lisa se dispuso a subir al automóvil y, cuando Bess se preparaba para entrar en el suyo, exclamó:

– Ah, mamá, papá.

Bess y Michael se volvieron hacia ella.

– Decid a Randy que no se hurgue la nariz cuando estemos en la iglesia. Esta vez lo estarán mirando todos los invitados.

Todos rieron mientras Randy amenazaba con empujar a Lisa dentro de la limusina, como hubiera hecho cuando eran pequeños.

Las puertas de los lujosos vehículos se cerraron. Lisa tendió la mano y acarició la mejilla de su hermano.

– Te has portado muy bien, hermanito, Además, tienes mejor aspecto que anoche.

– Creo que hay algo entre papá y mamá -comentó Randy.

– Oh, eso espero.

En la otra limusina, que circulaba detrás, Michael y Bess estaban sentados en el asiento de piel blanca, a prudente distancia, empeñados en no mirarse a los ojos. ¡Se sentían resplandecientes, maravillosos, radiantes! Formaban una buena pareja, pues hasta los colores de sus trajes conjuntaban.

Incapaz de vencer la tentación, Michael volvió la cabeza para mirarla.

– Es como cuando solíamos salir todos juntos para ir a la iglesia los domingos por la mañana.

Bess también se permitió mirarlo.

– Es cierto.

Seguían mirándose cuando la limusina se puso en marcha y poco después dobló una esquina.

– ¿La novia es su hija? -preguntó el chófer.

– Sí, es nuestra hija -respondió Michael.

– Deben de sentirse muy felices -observó el conductor.

– En efecto -contestó Michael, que volvió a mirar aBess.

El día estaba preñado de posibilidades. El chófer cerró la mampara de vidrio, de modo que ya no podía oírlos. Ninguno de los dos podía negar que el pasado y el presente trabajaran juntos para arrullarlos.

– Has cambiado la alfombra del vestíbulo -comentó Michael al cabo de unos minutos.

– Sí.

– Y el papel de las paredes.

– Sí.

– Me gusta.

Bess desvió la vista, en un vano intento por recobrar el sentido común. La imagen de Michael, seductor con su elegante esmoquin, permanecía en su mente.

– ¿Bess?

Michael le cubrió la mano, que reposaba sobre el asiento, con la suya. Bess necesitó apelar a su autocontrol para retirarla.

– Seamos sensatos, Michael. La nostalgia nos asaltará, durante todo el día, pero eso no cambia nuestra situación.

– ¿Qué situación?

– Michael, basta. No es inteligente, así de simple.

Él la observó con expresión cariñosa.

– De acuerdo, si así lo deseas.

Durante el resto del trayecto no intercambiaron ni una palabra. Bess notaba que la miraba fijamente. Se sentía alborozada, azorada y tan tentada.

La familia Padgett ya había llegado a la iglesia. La aparición de las limusinas provocó un gran revuelo. Mark, vestido con un esmoquin idéntico al de Michael y Randy, se acercó al vehículo de la novia sonriendo con incredulidad, abrió la portezuela trasera y asomó la cabeza al interior.

– ¿Cómo lo has conseguido?

– Mamá y papá lo han alquilado. ¿No es fantástico?

Hubo abrazos, palabras de agradecimiento e intercambio de expresiones de alegría en los escalones de la iglesia antes de que toda la comitiva se dirigiera al interior Allí, el fotógrafo preparaba su equipo y las flores aguardaban en cajas blancas en una salita, donde había además un espejo de cuerpo entero. Ante él, Bess ayudó a Lisa a ponerse el velo mientras las damas de la familia Padgett se arreglaban su atuendo. Bess aseguró las dos peinetas ocultas en el cabello de Lisa y agregó dos horquillitas.

– ¿Está derecho? -inquiriró Bess.

– Sí -aprobó Lisa-. Ahora el ramo. ¿Puedes traerlo, mamá?

Bess abrió una caja. El papel de seda verde susurró, y sus manos se paralizaron al ver un ramo de rosas de color albaricoque y fresias blancas, idéntico al que había llevado con ocasión de su boda, en 1968.

Se volvió hacia Lisa, que, de espaldas al espejo, la miraba.

– No es justo, querida -susurró Bess emocionada.

– Todo es justo en el amor y en la guerra, y creo que esto es ambas cosas.

Bess bajó la mirada hacia las flores y sintió tambalear su intención de mantener su relación con Michael en un plano de mera cordialidad.

– Te has convertido en una joven muy astuta, Lisa.

– Gracias.

Bess notó que las lágrimas asomaban a sus ojos.

– Si me haces llorar y se me estropea el maquillaje antes de que empiece la ceremonia, nunca te lo perdonaré. -Sacó el ramo de la caja y añadió-: Supongo que llevaste las fotos de nuestra boda al florista.

– En efecto.

Lisa se acercó a su madre y le levantó la barbilla mientras sonreía.

– Está surtiendo efecto.

– Eres una chica perversa, conspiradora e inconsciente -repuso Bess con una sonrisa trémula.

Lisa rió con satisfacción.

– Ahí dentro hay un ramillete para papá. Cógelo y préndeselo en la solapa, por favor. -A continuación se volvió hacia las otras mujeres-. Sacad de las cajas los ramilletes para los hombres y ponédselos en las solapas. Maryann, ¿prenderías el suyo a Randy?

Randy vio que Maryann caminaba hacia él vestida como un ser celestial. La negra cabellera le caía sobre el vestido color melocotón, de mangas cortas y abombadas, que colgaban de la parte superior de sus brazos como por arte de magia. El escote, muy recatado, le dejaba al descubierto los hombros.

Mientras se acercaba a Randy, ella pensó que jamás había conocido a un hombre tan apuesto. Su esmoquin y su corbata habían sido creados para armonizar con su tez, con sus cabellos y ojos oscuros. Nunca le habían gustado los muchachos que llevaban el pelo largo, pero debía reconocer que Randy era muy atractivo. Nunca le había gustado la piel atezada, pero la de Randy era preciosa. Nunca había salido con muchachos rebeldes, pero él representaba un elemento de riesgo que le seducía, como suele sucederles a todas las chicas buenas al menos una vez en su vida.

Se detuvo delante de él con una sonrisa.

– Hola.

– Hola.

Randy tenía los labios carnosos, bien delineados. De los pocos chicos a quienes había besado, ninguno poseía una boca tan sensual. Le gustaba la manera en que sus labios quedaban entreabiertos mientras la miraba, así como el débil rubor que teñía sus mejillas, sus largas y espesas pestañas, que enmarcaban unos ojos castaño oscuro que parecían incapaces de mirar hacia otro lado.

– Me han ordenado que te ponga el ramillete en la solapa.

– Está bien.

Sacó el alfiler con cabeza de perla rosada y deslizó los dedos por debajo de la solapa izquierda. Estaban tan cerca que Maryann aspiró la fragancia de su loción de afeitar y de la brillantina, así como el olor a tela nueva del esmoquin.

– Maryann…

Ella levantó la vista, con la punta de los dedos todavía junto al corazón de Randy.

– Lamento mucho lo que pasó anoche.

¿El corazón de Randy latía tan deprisa como el suyo?

– Yo también lo lamento. -La muchacha se concentró de nuevo en colocar el ramillete.

– Ninguna chica me había exigido jamás que cuidara mi vocabulario.

– Tal vez debí haber sido un poco más discreta.

– No. Tenías razón; trataré de refrenar mi lengua hoy.

Cuando hubo terminado, Maryann retrocedió un paso. Mientras lo miraba, lo imaginó con palillos de tambor en las manos, bandas elásticas en las muñecas y un pañuelo atado alrededor de la frente para absorber la transpiración mientras tocaba la batería con movimientos frenéticos. Aun así se le aparecía apuesto y atractivo. El amor que el joven le inspiraba la hizo estremecer.

Hoy, de manera excepcional, voy a transgredir mis propias reglas, decidió.

Bess también había cogido un ramillete de la caja y salió al vestíbulo en busca de Michael. Al acercarse a él pensó que algunas cosas nunca cambiaban. Los hombres y las mujeres estaban hechos para vivir juntos y, a pesar del movimiento feminista, había tareas que siempre serían más apropiadas para un sexo que para el otro. En el día de Acción de Gracias, los hombres trinchaban los pavos y, en las bodas, las mujeres prendían los ramilletes.

– ¿Michael?

Él se aproximó tras interrumpir su conversación con Jake Padgett, y Bess experimentó una sensación de frescura frente a su poco común elegancia. Lo mismo solía ocurrirle años atrás, cuando eran novios. Tan pronto como Michael posó la vista sobre ella, se avivaron las chispas.

– Tengo un ramillete para tu solapa.

– ¿Te molestaría prendérmelo? -pidió él.

– En absoluto.

Mientras se lo colocaba, Bess recordó las muchas veces en que le había retirado un hilo de la americana o abrochado un botón del cuello, al tiempo que percibía el olor de su colonia inglesa y el calor que emanaba de su cuerpo.

– Dime, Bess…

Ella alzó la mirada, pero enseguida volvió a fijarla en el terco alfiler que se negaba a traspasar la envoltura del ramillete.

– ¿Te sientes lo bastante vieja para tener una hija a punto de casarse?

El alfiler se clavó por fin, y el ramillete quedó asegurado. Bess corrigió el ángulo, alisó la solapa y miró a Michael a los ojos.

– No.

– Te recuerdo que tenemos cuarenta años.

– No; yo tengo cuarenta años, y tú, cuarenta y tres -corrigió ella.

– ¡Qué cruel eres! -repuso él con una sonrisa.

Bess retrocedió un paso.

– Supongo que habrás notado que Lisa ha escogido los mismos colores que nosotros usamos en nuestra boda.

– Tal vez es pura coincidencia.

– En absoluto, y eso no es todo; Lisa llevó las fotografías de nuestra boda al florista para que le preparara un ramo idéntico al mío.

– ¿En serio?

Bess asintió con la cabeza.

– Esta chica se toma muy en serio su papel de casamentera -afirmó Michael.

– Tengo que admitir que me emocioné al verlo.

– ¿Ah, sí? -Sin dejar de sonreír, Michael se agachó para mirarla a los ojos.

– Sí, y no te burles de mí. Lisa está radiante, y si consigues mirarla sin que se te empañen los ojos, te pagaré diez dólares -retó Bess.

– Acepto la apuesta, y si…

Alguien los interrumpió.

– ¿Es éste el tipo que en los últimos seis años me ha enviado postales en el día de la Madre?

Era Stella, con su brillante vestido plateado, que se aproximaba a Michael con los brazos abiertos.

– ¡Stella! -exclamó él-. ¡Mi bella dama!

Se abrazaron con verdadero afecto.

– Oh, Michael -murmuró contra su mejilla-, eres un espectáculo para la vista. -Retrocedió sin soltarle las manos y lo observó-. ¡Cielos! ¡Cada día estás más atractivo.

Michael rió y le apretó las manos entre las suyas, más grandes y oscuras. Después chasqueó la lengua y miró los delicados escarpines de seda.

– Tú también, pero ¿es éste un atuendo adecuado para una abuela?

Stella levantó un pie.

– Tacones altos ortopédicos, si esto te hace sentir mejor -declaró con una sonrisa pícara-. Venid conmigo; quiero presentaros a mi pretendiente.

Acababan de estrechar la mano de Gil Harwood cuando la novia apareció en todo su esplendor. Apenas entró en el vestíbulo, tanto Michael como Bess perdieron contacto con todo lo que no fuese ella. Cuando Lisa empezó a caminar hacia ellos, Michael buscó la mano de Bess y la apretó con fuerza.

– ¡Oh, Dios mío! -murmuró Michael.

Lisa era preciosa, una síntesis de su madre y su padre, y mientras avanzaba hacia ellos ambos tomaron conciencia de cómo la naturaleza había amalgamado en su rostro y en su figura los mejores rasgos de los dos; de lo feliz que era por iniciar una nueva vida con su prometido; de que llevaba en su vientre a su primer nieto; pero sobre todo se percataron del cuidado con que había recreado los detalles de su propia boda.

La seda del vestido crujía igual que cuando lo lució Bess.

El velo era muy semejante al de su madre, y el ramo, idéntico.

Cuando llegó a ellos, posó una mano en el hombro de cada uno.

– Mamá, papá… ¡soy tan feliz!

– Nosotros también -repuso Bess.

– Estás hermosísima, cariño -observó Michael.

– Así es -confirmó Randy, que se acercó en ese instante.

El fotógrafo los interrumpió.

– ¡Por favor! Colóquense todos a la puerta de la iglesia. ¡Vamos retrasados!

Cuando Lisa se alejó con Randy y todos se situaron ante el pórtico del templo, Michael miró a Bess.

– A pesar de que me lo has advertido, he sufrido una verdadera conmoción. Por un segundo he pensado que eras tú.

– Lo sé. Resulta desconcertante, ¿verdad?

Durante la hora siguiente, mientras el fotógrafo realizaba su trabajo, Michael y Bess permanecieron juntos, bien delante de la cámara u observando a quienes pasaban, mientras rememoraban escenas de su propia boda.

– Ahora los miembros de la familia de la novia -indicó el fotógrafo-. Sólo los parientes directos, por favor.

Michael vaciló antes de que Lisa avanzara hacia él.

– Tú también, papá. Ven aquí.

Instantes después, allí estaban… Michael, Bess, Lisa y Randy, en la escalinata de St. Mary, la iglesia donde Michael y Bess se habían casado, donde Lisa y Randy habían sido bautizados, confirmados y habían recibido la primera comunión, la misma a la que habían acudido como una familia unida durante todos aquellos años felices.

– Por favor, los padres colóquense en el peldaño superior, y los hermanos, delante -indicó el fotógrafo-. Córrete un poco más a la izquierda -ordenó a Randy antes de dirigirse a Michael-. Y usted ponga la mano sobre su hombro.

Michael obedeció y le dio un brinco el corazón al tocarlo otra vez, después de tantos años.

– Muy bien. Ahora júntense un poco más.

El fotógrafo miró a través del objetivo mientras la familia aguardaba.

Lisa pensó: ¡Por favor, que esto salga bien!

Bess pensó: ¡Date prisa o me echaré a llorar!

Randy pensó: Es agradable sentir la mano de papá.

Michael pensó: Me gustaría quedarme así para siempre.

Capítulo 11

Minutos después, mientras los invitados se arremolinaban en el vestíbulo y la novia y su madre se hacían fotografiar en la salita con el espejo, Michael distinguió a dos conocidos que se aproximaban.

– ¡Barb y Don! -exclamó con una enorme sonrisa.

Abrazó a la pareja, que habían sido padrino y dama de honor de su boda y unos amigos excelentes antes de que se divorciara de Bess. Luego, por alguna razón se había sentido fuera de lugar e indigno y se había alejado de ellos. Hacía más de cinco años que no los veía. Al abrazar a Barb se emocionó, y el apretón de manos con Don no le bastó, por lo que lo estrechó en un fuerte abrazo que fue correspondido.

– Te hemos echado de menos -le susurró Don al oído.

Apretó con tanta fuerza a Michael que casi le cortó la respiración.

– Yo también os he extrañado… a los dos.

Las palabras estaban impregnadas de pesar por los años perdidos y de placer por el reencuentro.

– ¿Qué ocurrió? ¿Cómo es que no hemos vuelto a saber de ti?

– Ya sabes lo que sucede… Caramba, no lo sé…

– Bueno, esta separación debe terminar.

No hubo tiempo para más, pues enseguida se acercaron a Michael antiguos vecinos, tías y tíos de las dos partes, algunos compañeros de Lisa de la escuela secundaria, y Joan, la hermana de Bess, y su esposo, Clark, que habían viajado en avión desde Denver.

Minutos más tarde los invitados se sentaron en los bancos, y las voces se acallaron. La novia se preparaba para hacer su entrada. Mientras Maryann estiraba la cola del vestido de Lisa, Michael murmuró a Bess:

– Don y Barb están aquí.

La sorpresa y la alegría iluminaron el rostro de Bess, quien echó un vistazo a los presentes sin lograr localizarlos. Pronto empezaría la ceremonia. Los sacristanes extendieron la alfombra blanca en el pasillo. El sacerdote y los acólitos esperaban en el altar. El órgano comenzó a sonar, y los acordes de Lohengrin llenaron la nave. Bess y Michael, que flanqueaban a Lisa, observaron cómo Randy se dirigía a la nave central con Maryann cogida de su brazo.

Cuando les llegó el turno, avanzaron despacio por la blanca alfombra, embargados por la emoción. A Bess le flaqueaban las rodillas, Michael temblaba por dentro. No reconocieron ninguno de los rostros que se volvían para mirarlos. Lisa se situó junto al novio, y ellos permanecieron a su lado a la espera de que se formulara la pregunta tradicional.

– ¿Quién entrega a esta mujer?

– Su madre y yo -respondió Michael.

Entonces se encaminó con Bess hacia la primera fila de bancos, donde tomaron asiento.

En un día cargado de emociones intensas, esa hora fue la peor. El padre Moore sonrió a los novios y comenzó a hablar.

– Conozco a Lisa desde la noche en que llegó a este mundo. La bauticé cuando tenía dos semanas de vida, le impartí la primera comunión a los siete años y la confirmé cuando tenía doce. De manera que considero muy adecuado que sea yo quien conduzca hoy esta ceremonia. -El padre Moore hizo una pausa mientras miraba a los congregados-. Conozco a muchos de los que han venido hoy para ser testigos de estos votos. -A continuación posó la vista en los novios-. Yo os doy la bienvenida en nombre de Lisa y Mark y os agradezco que estéis aquí. Con vuestra presencia, no sólo honráis a esta joven pareja que se apresta a embarcarse en una vida de amor y fidelidad, sino que también expresáis vuestra fe en la institución del matrimonio y la familia, en la tradición, enriquecida por el tiempo, de un hombre y una mujer que se prometen fidelidad y amor hasta que la muerte los separe.

Mientras el sacerdote proseguía, Michael y Bess lo escuchaban con suma atención. El párroco contó la historia de un hombre rico que, en ocasión de su boda, sintió un deseo tan intenso de demostrar el amor que profesaba a su novia que adquirió cien mil gusanos de seda y, en la víspera de la ceremonia, los soltó en una alameda de moreras. En las horas previas al amanecer, los árboles estaban entrelazados como resultado del esforzado trabajo de las hilanderas nocturnas y, antes de que el rocío se secara sobre las fibras de seda, el novio ordenó esparcir polvo de oro sobre la arboleda. Allí, en esa glorieta dorada, con la cual el hombre rico pretendía manifestar su amor, él y su prometida pronunciaron los votos mientras el sol sonreía sobre el horizonte e iluminaba el lugar en un resplandeciente despliegue de magnificencia.

El sacerdote se dirigió entonces a la pareja nupcial.

– Un regalo adecuado, sin duda, éste que el hombre rico ofreció a su flamante desposada, pero el oro más precioso que un esposo puede dar a su esposa, y una esposa a su esposo, no es el que se esparce sobre fibras de seda, ni el comprado en una joyería, ni el que se luce en la mano. Es el amor y la fidelidad que se brindan mientras envejecen juntos.

Bess vio con el rabillo del ojo, que Michael volvía la cabeza para observarla. Al cabo de unos segundos se atrevió por fin a mirarlo. La expresión de Michael era solemne. Bess bajó la vista mientras él seguía escrutándola. Notó entonces que perdía la capacidad de concentración y que no prestaba la menor atención a las palabras del sacerdote.

Trató de dejar vagar la mirada, pero siempre volvía a Michael, a la costura lateral de su pantalón, que rozaba el borde de su falda; a los puños de la camisa y las manos, que reposaban sobre su regazo; esas manos, que la habían acariciado tantas veces, que habían sostenido a sus hijos recién nacidos, que habían abrazado a Lisa e intentado en varias ocasiones tocar a Randy. ¡Cuánto le gustaban todavía!

Salió de sus cavilaciones al darse cuenta de que todos se ponían en pie. Se levantó a su vez y su codo chocó con el de Michael cuando él se incorporó e hizo un ligero movimiento con la rodilla derecha para que la raya del pantalón cayera recta. Era uno de esos pequeños detalles que la conmovían, un gesto que él había realizado numerosas veces en el pasado, cuando un acto semejante no significaba nada. De pronto adquiría un significado desmedido.

Volvieron a sentarse y Bess percibió el brazo de Michael contra el suyo. Ninguno de los dos se apartó.

El padre Moore volvió a tomar la palabra al tiempo que miraba a su auditorio.

– Durante el intercambio de votos, la novia y el novio invitan a todos aquellos que están casados a tomarse de las manos y reafirmar sus promesas conyugales.

Lisa y Mark se miraron y unieron sus manos.

Mark habló con voz clara.

– Yo, Mark, te tomo, Lisa…

Las lágrimas rodaron por las mejillas de Bess y formaron dos manchas oscuras sobre la chaqueta de su traje. Michael sacó un pañuelo y se lo tendió antes de buscar con disimulo la mano de Bess. Se la estrechó, y ella le devolvió el apretón.

– Yo, Lisa, te tomo, Mark…

Lisa, su primogénita, en quien habían depositado tantas esperanzas que se habían visto cumplidas y quien tan felices los había hecho mientras reinó como el centro de su mundo, había logrado que volvieran a cogerse de la mano.

– Por el poder que me es conferido por Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.

Mientras Lisa levantaba la cara radiante de felicidad, Michael apretó con tal fuerza la mano de Bess que ella temió que se le quebraran los huesos.

¿Para consolarla?

¿Arrepentido?

¿Con afecto?

No importaba mucho, ya que ella también le apretaba la mano, porque necesitaba ese vínculo, la firme presión de sus dedos entrelazados. Miró a Randy, de espaldas a ella, y rezó para que terminara de una vez su animosidad hacia Michael. Contempló cómo la cola del vestido de Lisa se deslizaba por tres escalones cuando junto con Mark se acercó al altar para encender la vela que simbolizaba la unión. Una voz clara de soprano cantaba Él te ha elegido para mí, y la mano de Michael todavía apretaba la de Bess, pero ahora su pulgar giraba sobre su palma.

El cántico acabó y el órgano siguió sonando en sordina mientras Lisa y Mark caminaban hacia sus madres, cada uno con una rosa roja de tallo largo en la mano. Mark se aproximó a Bess y Michael le soltó la mano. Mark la besó en la mejilla.

– Gracias por estar juntos aquí. Han hecho muy feliz a Lisa. -Luego estrechó la mano de Michael y agregó-: Procuraré que siempre sea dichosa. Lo prometo.

A continuación Lisa besó a sus padres en la mejilla.

– Te quiero, mamá. Te quiero, papá. Miradnos a Mark y a mí y os enseñaremos cómo se hace.

Cuando se fue, Bess tuvo que usar el pañuelo de Michael una vez más. Poco después, cuando estaban arrodillados, él le dio un ligero codazo y tendió la mano. Ella le entregó el pañuelo y se concentró en la ceremonia mientras Michael se secaba los ojos y se sonaba la nariz antes de guardárselo en el bolsillo trasero del pantalón.

Recibieron la comunión como lo habían hecho en el pasado y trataron de interpretar el significado de que se hubieran cogido de la mano durante los votos. Cuando en el órgano resonaron los acordes del himno final, ambos salieron sonrientes de la iglesia, detrás de sus hijos. Michael llevaba a Bess del brazo.

Lisa había insistido en que no se les felicitara dentro del templo. Así pues, cuando el cortejo nupcial cruzó las puertas dobles de St. Mary, los invitados lo siguieron, y los abrazos y felicitaciones que se sucedieron en la escalinata fueron espontáneos, acompañados por una lluvia de arroz y una rápida retirada hacia las limusinas.

Los novios subieron a toda prisa al automóvil y el fotógrafo disparó algunas instantáneas.

– ¡Randy y Maryann! -llamó Michael-. ¡Podéis venir con nosotros!

– Me gustaría -repuso Maryann con pesar-, pero he venido en mi coche.

– Entonces te acompañaré -se ofreció Randy-. Nos veremos después -añadió dirigiéndose a sus padres.

Bess tocó el brazo de Michael.

– Tengo que recoger las cosas de Lisa de la salita. Le prometí que se las llevaría a la recepción.

– Iré contigo.

Entraron de nuevo en la iglesia y se dirigieron a la salita. Todas las luces estaban encendidas, reinaba un silencio absoluto y estaban solos. Bess recogió los zapatos y los artículos de maquillaje. Mientras los introducía en la maleta, le embargó una inmensa melancolía. Se tapó los ojos y enseguida empezó a buscar un pañuelo de papel en el bolso mientras reprimía el sollozo.

– Eh… eh… ¿qué pasa? -preguntó Michael, que la obligó a volverse y la tomó en sus brazos con dulzura.

Bess sorbió por la nariz y luego se sonó con el pañuelo.

– No lo sé… Tengo ganas de llorar…

– Supongo que es lógico. Eres su madre.

– Me siento como una imbécil.

– No importa. Sigues siendo su madre.

– ¡Michael, ya se ha casado!

– Lo sé. Era nuestra niñita y ya no nos pertenece.

Bess cedió a la tremenda necesidad de dejar correr las lágrimas. Rodeó los hombros de Michael con los brazos y rompió a llorar mientras él le frotaba la espalda. Ella se sentía menos imbécil en sus brazos. Cuando por fin se hubo calmado, permaneció junto a él.

– ¿Recuerdas las actuaciones que nos ofrecía cuando era pequeña?

– Sí. Nosotros estábamos convencidos de que sería la próxima Barbra Streisand.

– Acostumbraba sentarse sobre el mostrador cuando yo preparaba pasteles y trataba de ayudarme.

– ¿Te acuerdas de aquella vez que colocó un trapo sobre la bombilla de su casa de juguete y casi incendia todo el edificio?

– ¿Y cuando se fracturó el brazo mientras patinaba sobre hielo y el doctor tuvo que escayolárselo? ¡Oh, Michael, hubiera dado cualquier cosa por habérmelo roto yo en lugar de ella!

– Lo sé. Yo también.

Se tranquilizaron al compartir sus recuerdos. Con el correr de los minutos se dieron cuenta de que se sentían bastante cómodos en ese abrazo prolongado. Entonces Bess se apartó.

– Es probable que te haya manchado el esmoquin.

Le pasó la mano por los hombros mientras él aún la ceñía por la cintura.

– La hemos educado bien, Bess. -La voz de Michael era serena y sincera-. Se ha convertido en una verdadera ganadora.

Bess lo miró a los ojos.

– Lo sé, y no dudo de que será feliz con Mark, de modo que prometo que no volveré a llorar.

Disfrutaron unos minutos más de la cercanía, hasta que ella se obligó a retroceder.

– Aseguré a Lisa que ordenaría esta salita. ¿Te importaría cerrar las cajas de flores mientras yo me retoco el maquillaje?

Michael apartó las manos de la cintura de Bess.

– No me importa en absoluto.

– ¡Dios mío! -exclamó Bess cuando se vio en el espejo-. ¡Qué horror!

Michael la miró por encima del hombro mientras guardaba los arreglos florales. Bess abrió su estuche de cosméticos y empezó a maquillarse. Michael dejó la caja sobre una silla, cerró la maleta de Lisa y se situó detrás de Bess para observarla.

– No me mires -ordenó al tiempo que levantaba la cabeza para que le diera bien la luz.

– ¿Por qué?

– Me pone nerviosa.

– ¿Por qué?

– Es algo personal.

– Te he mirado mientras hacías otras cosas mucho más personales.

Bess interrumpió su tarea para mirarlo en el espejo. Era media cabeza más alto que ella. Enseguida reanudó su labor. Se aplicó unos puntos de sombra verde en los párpados y la extendió con la yema de un dedo. Mientras tanto, él seguía detrás, con las manos en los bolsillos del pantalón, desafiando su orden y estudiando cada movimiento que hacía. Bess echó la cabeza hacia atrás para ponerse rímel en las pestañas.

– No recuerdo que antes te arreglaras tanto.

– Hice un curso.

– ¿Sobre qué?

– Sobre cosmética.

– ¿Cuándo?

– Después de divorciarnos. En cuanto empecé a ganar dinero.

Michael esbozó una sonrisa.

– Pues debo admitir que aprendiste mucho, Bess.

Sus miradas se encontraron en el espejo y ella hizo un enorme esfuerzo por mantenerse imperturbable. Cuando ya no pudo vencer por más tiempo su turbación, introdujo el rímel en el estuche y lo cerró de un golpe.

– Michael, ¿estás flirteando conmigo? -Levantó la barbilla y se colocó el pelo detrás de la oreja izquierda.

Michael la tomó del codo sin dejar de sonreír.

– Vamos, Bess, hemos de celebrar la boda de nuestra hija.

La recepción y el baile se realizaban en el club Riverwood, en Wisconsin, al otro lado del río. Viajaron hasta allí en la limusina. Ya había oscurecido y, cuando descendieron por la colina hacia el centro de Stillwater las luces de la calle se colaban por las ventanillas del automóvil. De vez en cuando se miraban con disimulo y, cuando las farolas les iluminaban la cara, se volvían con estudiada indiferencia.

Cruzaron el puente y dejaron atrás Minnesota cuando ascendieron por la pendiente empinada hacia Houlton.

– Bess.

Ella se volvió. Habían dejado atrás las luces de la calle y avanzaban por una zona rural.

– ¿Qué Michael?

Él respiró hondo y vaciló.

– Nada -respondió por fin.

Bess descargó su desilusión con un suspiro.

El club Riverwood se alzaba en la orilla del río, en medio de robles añosos. Se accedía a él por un camino en forma de herradura, y el edificio recordaba una mansión del siglo XVII. Las dos escalinatas curvas de la entrada abrazaban un jardín en forma de corazón, con arbustos de hojas perennes, y conducían a seis columnas estriadas de dos pisos de altura, sobre las que se destacaba el majestuoso mirador de la fachada.

Michael ayudó a Bess a bajar de la limusina, la tomó del brazo cuando subieron por las escalinatas de la izquierda, abrió la pesada puerta, cogió el abrigo de ella, lo entregó en el guardarropa junto con el suyo y se guardó el número en el bolsillo.

En el vestíbulo de entrada había una araña muy grande y una magnífica escalera que conducía al salón de baile en el primer piso.

– Así que esto es lo que estamos pagando -comentó Michael mientras subían-. No sé tú, pero yo tengo la intención de sacar partido a mi dinero.

A la entrada del salón de baile habían dispuesto una mesa cubierta con un mantel blanco sobre el que se elevaba una pirámide de copas. Michael tomó una de la parte superior.

– ¿Tu también quieres champán? -preguntó.

– Dado que pagamos por él, ¿por qué no?

A continuación se dirigieron hacia la multitud de invitados para mezclarse con ellos. Bess se encontró siguiendo a Michael a todas partes. Se detenía cuando él lo hacía, conversaba con quien él hablaba, como si todavía estuvieran casados. Cuando se percató de ello, se fue en otra dirección. Sin embargo, a partir de entonces se dedicó a buscarlo con la mirada por encima de las mesas redondas con manteles en color damasco, dispuestas en círculo alrededor de la pista de baile. Sobre ésta colgaba una araña idéntica a la del vestíbulo. Cada mesa tenía una vela, y sus llamas se reflejaban en una pared de vidrio con vistas al río, donde las luces de Stillwater iluminaban el cielo hacia el noroeste. A pesar de la amplitud de la estancia, a Bess no le costaba nada localizar a Michael entre el gentío; su esmoquin claro y sus cabellos oscuros le hacían señas desde cualquier lugar en que él se encontrara.

Lo observaba con atención cuando Stella se acercó a ella.

– Es con diferencia el hombre más apuesto de esta fiesta -dijo-. Gil está de acuerdo.

– Mamá, eres incorregible.

– ¿Os cogisteis de la mano durante los votos?

– No seas ridícula.

Entonces llegó Heather con su esposo.

– ¡Me ha encantado la ceremonia, y este salón es precioso! -exclamó-. Me alegro mucho de que nos hayas invitado.

Cuando Heather y Stella se marcharon, apareció Hildy Padgett.

– ¡Gracias a Dios que no tengo que pasar por esto todos los días!

– Lloró durante toda la ceremonia -explicó Jake, que estaba a su lado.

– Yo también -admitió Bess.

Llegaron Randy y Maryann y empezaron a conversar con el grupo. Se acercaron Lisa y Mark, cogidos de la mano, y recibieron abrazos y besos de todos. Bess no se había percatado de que Michael estaba detrás de ella hasta que Lisa lo abrazó.

– ¡Mmm, papá, estás apetitoso como un postre! Por cierto, creo que la cena ya está lista. Mamá y papá, estaréis a la cabecera, con nosotros.

Una vez más Michael y Bess se encontraron sentados uno al lado del otro. El padre Moore se puso en pie para bendecir la mesa, y enseguida se sirvieron platos de lomo en salsa de vino, arroz blanco y brécol. Después se acercaron los camareros para llenar las copas de champán y Randy, en calidad de padrino, se levantó para ofrecer un brindis.

– ¡Atención!

Se abotonó la chaqueta del esmoquin y esperó a que se apagaran los murmullos. Algunas personas golpearon sus copas con las cucharas, y por fin se hizo el silencio.

– Bueno, hoy he asistido a la boda de mi hermana mayor -dijo Randy. Hizo una pausa y se rascó la cabeza-. ¡Estoy contento! Ella siempre consumía la última gota de agua caliente y me dejaba con…

Las carcajadas lo interrumpieron. Cuando cesaron, reanudó el discurso.

– No, en serio, Lisa, me alegro mucho por ti, y también por ti, Mark. Ahora tendrás que compartir el baño con ella y pelearte para que te deje el espejo.

Los invitados echaron a reír.

– Lisa, Mark -prosiguió Randy-, creo que los dos sois extraordinarios. -Levantó su copa hacia ellos y agregó-: Con este brindis os deseo amor y felicidad en el día de vuestra boda y durante el resto de vuestra vida. Espero que tengáis mucho de las dos cosas.

Todos bebieron y aplaudieron, y Randy volvió a sentarse al lado de Maryann, quien le dedicó una sonrisa.

– Te ha salido muy natural.

Randy se encogió de hombros.

– Supongo que sí -repuso.

– Creo que no te costará mucho hablar sobre un escenario, cuando subas a él.

Randy bebió un poco de champán y sonrió.

– ¿Crees que nunca subiré a uno?

– No lo sé. Nunca te he oído tocar.

Comieron en silencio. Al cabo de unos minutos Randy dijo:

– Bien, háblame de lo que haces en la escuela. Ya me contaste que juegas en el equipo de baloncesto, y supongo que obtienes unas notas excelentes.

– Por supuesto.

– Y editas tu anuario.

– El diario de la escuela.

– Ah… perdón, el diario de la escuela. -La miró fijamente y preguntó-: ¿Y qué haces para divertirte?

– ¿Qué quieres decir? Todo es divertido. Me encanta el instituto.

– Me refiero aparte de las clases.

– Realizo muchas actividades con el grupo de mi parroquia. Este verano viajaré a México para ayudar a las víctimas de los huracanes. La iglesia se ocupa de todos los trámites. Pueden ir cincuenta personas, pero tenemos que juntar el dinero para pagarnos el pasaje.

– ¿Cómo lo conseguiréis?

– Hacemos colectas.

Randy estaba perplejo. ¿Grupo de la parroquia? ¿Huracanes? ¿Colectas?

– ¿Y qué harás en México?

– Trabajos muy duros -respondió Maryann-, como mezclar cemento, colocar tejados… Tendré que dormir en una hamaca y bañarme sólo una vez a la semana.

– Perdona, pero si vas por ahí sin bañarte, los mejicanos te expulsarán antes de que pase una semana.

Maryann se tapó la boca con la servilleta para reír.

– Esta noche hueles bien -observó Randy en su estilo más galante.

Maryann dejó de reír. Bajó la servilleta, con el rostro encendido, y clavó la vista en el plato.

– ¿Es así como te comportas con todas las chicas?

– ¿Qué chicas?

– Supongo que no te costará conquistarlas. Después de todo, eres bastante atractivo.

Randy decidió ser sincero.

– La última chica con quien salí en serio fue Carla Utley. Entonces estábamos en décimo curso.

– ¡Oh, vamos! No esperarás que me lo crea.

– Es la verdad.

– ¿Decimo curso?

– He salido con otras chicas después, pero con ninguna en serio.

– ¿Significa eso que tienes muchas aventuras de una sola noche?

Randy la miró a los ojos.

– Para ser tan hermosa, eres bastante malvada.

Maryann volvió a ruborizarse, lo que satisfizo a Randy.

Jamás había tenido el placer de pasar una noche con una criatura tan bella y natural como ella; Randy pensó con cierto asombro que sería la primera vez en años que besaría a una chica sin arrojarla sobre la cama.

Alguien empezó a golpear una copa de champán con una cuchara, y los demás invitados captaron el mensaje y llenaron de repiqueteos el salón de baile.

Mark y Lisa se pusieron en pie y cumplieron con el ritual con gran placer. Ofrecieron a sus convidados un apasionado beso que duró cinco segundos.

Randy miraba a Maryann, que observaba a la pareja con los labios entreabiertos y una expresión extasiada.

Cuando los novios se sentaron, todos prorrumpieron en aplausos. Todos menos Maryann, que ensimismada bajó la vista. Después, al notar el insistente escrutinio de su compañero, le lanzó una rápida mirada de desconcierto, que por un instante se posó en los labios de Randy.

Cuando la cena terminó, la banda empezó a marcar el compás. Michael empujó su silla hacia atrás.

– Ven, vamos a levantarnos -indicó a Bess.

Se mezclaron con los invitados y se encontraron con parientes del otro a quienes no habían visto después del divorcio, viejos amigos, amigos nuevos, vecinos cuyos hijos habían jugado con Lisa y Randy… Un salón lleno de gente conocida, que con toda prudencia se abstenían de preguntarles por su situación sentimental.

Por último se acercaron a Barb y Don Maholic, que se levantaron de sus sillas. Los hombres se estrecharon la mano, las mujeres se abrazaron.

– Oh, Barb, qué alegría volver a verte -exclamó Bess emocionada.

– Ha pasado demasiado tiempo.

– Unos cinco años, quizá.

– Por lo menos. Nos alegró mucho recibir la invitación. Lisa está preciosa. ¡Enhorabuena!

– ¿Verdad que está hermosa? Es difícil reprimir las lágrimas cuando tus hijos se casan -reconoció Bess-. Háblame de los tuyos.

– Ven, sentémonos y pongámonos al día.

Los hombres se alejaron en busca de bebidas y cuando regresaron tomaron asiento para charlar los cuatro. Conversaron sobre sus hijos, los negocios, los viajes, los amigos comunes y los padres. Cuando la banda empezó a tocar, alzaron la voz y se acercaron un poco más para poder oírse.

En el fondo del salón, el director de la orquesta llamó a la pareja de novios a la pista cuando el grupo arrancó con Could I have this dance. Lisa y Mark se situaron bajo la lámpara de araña y, mientras bailaban, captaron la atención de todos, incluidos Bess y Michael.

El director exclamó:

– ¡A ver, que se unan a ellos los demás miembros del cortejo nupcial!

Randy se volvió hacia Maryann.

– Supongo que se refiere a nosotros.

Jake Padgett se puso en pie y se dirigió a su esposa.

– ¿Hildy?

Por encima de los hombros de Mark, Lisa divisó a Michael y le indicó con un gesto que sacara a bailar a Bess.

Michael miró a su ex esposa, que con los brazos cruzados sobre la mesa contemplaba a Lisa con una sonrisa en los labios.

– ¿Bailas, Bess? -preguntó Michael.

– Creo que deberíamos salir -respondió ella.

Él le retiró la silla y, mientras la seguía a la pista de baile, reparó en la amplia sonrisa de Lisa, le dedicó un guiño y se dio la vuelta para abrir sus brazos a Bess, que avanzó hacia él contentísima. Habían bailado juntos durante dieciséis años, con un estilo que despertaba gran admiración. Esperaron el compás fuera de la pista y entraron en el ritmo de tres tiempos con una gracia sin igual. No dejaron de sonreír mientras dibujaban amplios giros.

– Siempre se nos ha dado bien, ¿verdad, Michael? -preguntó ella.

– Desde luego.

– ¿No es maravilloso tener por pareja a alguien que sabe bailar?

– En efecto. Ya nadie sabe cómo se baila el vals.

– Keith seguro que no.

– Tampoco Darla.

Ellos lo hacían a la perfección. Si hubiera habido serrín en el suelo, habrían trazado una guirnalda de pequeños triángulos sobre él.

– Se está bien, ¿eh?

– Hummm… Acogedor.

Llevaban un buen rato danzando cuando a Michael se le ocurrió la pregunta.

– Por cierto, ¿quién es Keith?

– El hombre con quien he estado saliendo.

– ¿Es una relación seria?

– No. En realidad ya terminó.

Siguieron bailando, separados por un considerable espacio, felices y sonrientes.

– ¿Cómo están las cosas entre tú y Darla? -inquirió Bess.

– Los divorcios de mutuo acuerdo se resuelven con bastante rapidez en los tribunales.

– ¿Os habláis?

– Claro que sí. Nunca nos quisimos lo suficiente para terminar nuestro matrimonio con una guerra.

– ¿Cómo nos sucedió a nosotros?

– Hummm…

– Nos mostramos tan intransigentes porque todavía nos amábamos, ¿acaso quieres decir eso?

– Es posible.

– Qué curioso, mi madre me dio a entender que así había sido.

– Tu madre está sensacional. Es dinamita pura.

Los dos rieron y permanecieron en silencio hasta que terminó la canción. Después se quedaron en la pista para ejecutar otra pieza, y otra, y otra. Por fin decidieron descansar un rato.

Sonaban melodías más alegres a medida que avanzaba la noche. Entre los invitados predominaba la gente joven, que pedía más ritmo. La orquesta respondió a sus deseos. Las baladas -Wind beneath my wings, Lady in Red- dieron paso a una música más animada que impulsó incluso a los dubitativos de edad madura a salir a la pista. Reinaba el buen humor.

– ¿Te importaría que baile una pieza con Stella? -preguntó Michael.

– Desde luego que no -respondió Bess-. A ella le encantará.

– Ven aquí, muñequita -dijo Michael a Stella-. Quiero bailar contigo.

Gil Harwood bailó con Bess, y al final de la pieza el cuarteto cambió de pareja.

– ¿Te diviertes? -preguntó Michael al recuperar a Bess.

– ¡Lo estoy pasando en grande! -exclamó.

A continuación evolucionaron al ritmo de una música rápida, vertiginosa, y cuando terminaron Bess jadeaba.

– Ven, necesito quitarme la chaqueta -dijo Michael.

Llevó a Bess a rastras hasta la mesa en que habían dejado sus copas y colgó la chaqueta en el respaldo de una silla. Bebían con avidez un trago de champán cuando la orquesta atacó Old time rock and roll. Michael dejó la copa en la mesa al instante.

Condujo a Bess a la pista de baile. Ella caminaba detrás y de pronto lo cogió de los tirantes y los soltó con un chasquido contra la camisa húmeda de sudor.

– ¡Eh, Curran! -exclamó.

Michael se dio la vuelta y ahuecó la mano en la oreja para captar lo que ella decía.

– ¿Qué?

– Estás muy atractivo con ese esmoquin.

– ¡Vaya! -repuso él tras soltar una carcajada-. ¡Trata de controlarte, mi amor!

Se abrieron paso a codazos entre el gentío y se sumergieron una vez más en la alegría que les brindaba la música.

Era fácil olvidar que estaban divorciados, entregarse al júbilo, levantar las manos sobre la cabeza y batir palmas, rodeados de viejos amigos y familiares que hacían lo mismo y entonaban el estribillo de la canción.

I like that old time rock and roll…

Cuando la pieza terminó, estaban acalorados y exultantes. Michael se llevó dos dedos a la boca y silbó. Bess aplaudió y alzó un puño al aire.

– ¡Más! -exclamó.

Sin embargo la orquesta se tomó un descanso, de modo que regresaron a la mesa con Barb y Don, donde los cuatro se derrumbaron en sus sillas al mismo tiempo. Agotados y alborozados, se enjugaron el sudor de la frente y bebieron champán.

– ¡Qué bien toca esta banda!

– Es fantástica.

– Hacía años que no bailaba así.

Los ojos de Barb destellaron.

– Es maravilloso veros juntos otra vez. ¿Salís… con frecuencia?

Michael y Bess se miraron.

– No; en realidad no -contestó ella.

– ¡Qué lástima! Sobre la pista de baile parecía que nunca os hubierais separado.

– Lo estamos pasando muy bien.

– También nosotros. ¿Cuántas veces fuimos los cuatro a bailar?

– ¿Quien sabe?

– Me gustaría saber qué ocurrió, por qué dejamos de vernos -declaró Barb.

Se observaron los cuatro mientras recordaban el afecto que los había unido en el pasado y aquellos meses terribles cuando el matrimonio se derrumbaba.

Bess expresó en voz alta sus pensamientos.

– Yo sé por qué dejé de llamaros. No quería que os sintierais obligados a tomar partido, a elegir entre uno de nosotros.

– Eso es ridículo.

– ¿Lo es? Vosotros erais amigos de los dos. Yo tenía miedo de que pensarais que buscaba vuestra compasión y, en cierto modo, es probable que así hubiera sido.

– Supongo que tienes razón, pero te echamos de menos y nos hubiera gustado ayudaros.

– A mí me sucedió más o menos lo mismo -intervino Michael-. Temía que creyerais que quería que os pusierais de mi parte, de modo que opté por alejarme.

Don, que había permanecido en silencio, se inclinó y dejó su copa sobre la mesa.

– ¿Puedo hablar con toda franqueza?

Todos se volvieron hacia él.

– Por supuesto -contestó Michael.

– ¿Queréis saber qué sentí yo cuando os separasteis? Pues bien, me sentí traicionado. Sabíamos que teníais vuestras diferencias, pero nunca dejasteis entrever que fueran tan graves. De pronto un día nos llamasteis y nos dijisteis: «Estamos tramitando el divorcio.» Por muy egoísta que pueda sonar ahora, debo reconocer que experimenté una furia tremenda porque de repente vosotros disolvíais una amistad que había durado muchos años. Lo cierto es que nunca culpé a ninguno de vuestra ruptura. Tanto Barb como yo sufríamos por vosotros, y es probable que en esos días estuviéramos más cerca de vosotros que ninguna otra persona. Como quiera que sea, cuando nos anunciasteis que os divorciabais fue como si os divorciarais de nosotros.

Bess puso una mano sobre la de Don.

– Oh… Don…

Después de haberse sincerado se mostraba avergonzado.

– Sé que parezco un cerdo egoísta.

– No; no lo eres.

– Es muy posible que nunca hubiera dicho esto de no haber bebido algunas copas de más.

– Creo que es bueno que hablemos con franqueza -intervino Michael-. Siempre lo hicimos; por eso éramos tan buenos amigos.

– En realidad nunca se me ocurrió considerar nuestra separación desde el punto de vista que has planteado -afirmó Bess-. Supongo que yo habría sentido lo mismo si Barb y tu os hubierais divorciado.

– Ya sé que habéis dicho que no salís juntos… Pero ¿hay alguna posibilidad de que volváis a uniros? -inquirió Barb con cautela-. Si consideráis indiscreta la pregunta decidme que me calle.

Se hizo el silencio. Al cabo Bess dijo con tono amable:

– Cállate, Barb.

Randy y Maryann habían bailado durante toda la noche. Apenas habían hablado, pero no habían dejado de intercambiar miradas. Cuando terminó la segunda tanda de bailes, ella se abanicó con la mano mientras él se aflojaba la corbata y se desabrochaba el botón del cuello.

– Hace mucho calor aquí -dijo Randy-. ¿Quieres que salgamos para tomar un poco de aire fresco?

– Buena idea.

Abandonaron el salón de baile, bajaron por la magnífica escalera y recogieron sus abrigos en el guardarropa.

Fuera brillaban las estrellas. De los campos de labranza les llegaba el olor de la tierra fértil en deshielo. Se oía el gorgoteo de los torrentes formados por la nieve derretida que bajaban hacia la campiña. El aire estaba cargado de humedad, que volvía resbaladizo el suelo del mirador.

Randy tomó a Maryann del brazo y la condujo hacia el extremo opuesto, desde donde contemplaron el camino para los coches y los arbustos, de los que emanaba una fragancia acre.

No se te ocurra decir «joder», pensó Randy.

Soltó a Maryann del brazo y apoyó la espalda contra una columna estriada.

– Eres un buen bailarín -afirmó ella.

– Tú también.

– Oh, no. Soy bastante discreta, pero una bailarina discreta luce mucho más cuando tiene como pareja a alguien muy bueno.

– Tal vez eres tú quien me hace parecer bueno.

– No; no lo creo. Debes de haber heredado esa habilidad de tus padres. Bailan muy bien.

– Sí; supongo que sí.

– Además, tú eres batería, de modo que es lógico; tanto un músico como un bailarín poseen un buen sentido del ritmo.

– En realidad no suelo bailar.

– Yo tampoco.

– ¿Quizás porque estudias demasiado para obtener las notas más altas?

– A ti eso no te gusta, ¿verdad?

Randy se encogió de hombros.

– ¿Por qué? -insistió Maryann.

– Me asusta.

– ¡Te asusta! ¿A ti?

– No te sorprendas tanto. Hay cosas que asustan a los muchachos.

– ¿Por qué tendrían que asustarte mis calificaciones?

– No es sólo eso, sino más bien la clase de chica que eres.

– ¿Qué clase de chica soy?

– Santurrona. Eres miembro del grupo de la parroquia. No suelo relacionarme con chicas como tú.

– ¿Con qué clase de chicas te relacionas?

Randy rió entre dientes y desvió la vista.

– No te gustará saberlo.

– No, supongo que no.

Permanecieron un rato en silencio, mirando el camino en forma de herradura. La luna era tan delgada y blanca como el pétalo de una margarita, y las sombras de los árboles caían como encaje negro sobre los prados. Randy se volvió hacia ella y sus miradas se encontraron.

– Un tipo como yo no intenta conquistar a una chica como tú.

– ¿Ni siquiera si ella quiere?

La señorita Maryann Padgett, con su decoroso abrigo azul marino, sus elegantes zapatos y las manos sobre la balaustrada, esperaba la respuesta. Randy apartó la espalda de la columna y se acercó a ella, sin tocarla. Maryann se volvió hacia él.

– He pensado mucho en ti desde que te conocí -admitió él.

– ¿Sí?

– Sí.

– Bueno ¿entonces…?

Las palabras de Maryann encerraban una invitación que él se aprestó a aceptar. Inclinó la cabeza y la besó como acostumbraba hacer cuando estaba en séptimo curso; sólo en los labios. Ella le puso las manos sobre los hombros pero guardó la distancia. Randy la abrazó con cautela y dejó que ella eligiera cuánto debían aproximarse sus cuerpos. Eligió cerca, pero no demasiado. Él le ofreció la lengua, y ella aceptó con timidez. Randy saboreó la fragancia que emanaba de su boca; fresca, sin rastros de alcohol ni tabaco. Randy notó que le invadía una gran dulzura y recordó las emociones inocentes de los primeros besos, mientras cobraba conciencia de que lo que deseaba de esa chica era más de lo que merecía o, tal vez, más de lo que debía atreverse a soñar.

Alzó la cabeza y se mantuvo cerca de ella.

– Menuda locura, ¿eh? Tú y yo, Lisa y Mark -comentó Randy con una sonrisa.

– Sí, desde luego.

– Me gustaría haber traído mi coche; así podría llevarte a casa.

– Yo he venido en el mío. Tal vez pueda acompañarte yo a ti.

– ¿Es una invitación?

– Sí.

– Entonces, acepto.

Maryann hizo ademán de apartarse, pero él la detuvo.

– Otra cosa más.

– ¿Qué?

– ¿Te apetece salir conmigo el sábado? Podríamos ir al cine o a cualquier otro lado.

– Déjame pensarlo.

– De acuerdo.

Ahora fue él quien intentó apartarse, pero ella le retuvo la mano.

– Ya lo he pensado -dijo sonriente-. Sí.

– ¿Sí?

– Sí. Con el permiso de mis padres, claro está.

– Por supuesto. Entonces ¿qué te parece si bailamos un poco más? -agregó.

Volvieron al salón, donde la banda empezaba a tocar Good lovin’. Los padres de Randy estaban en la pista y disfrutaban como en los viejos tiempos en compañía de los Maholic, la abuela Stella y su acompañante, que había resultado un tipo muy agradable. Era evidente que Stella y el viejo dandi se divertían. Randy y Maryann no dudaron en unirse al grupo.

Cuando terminó la pieza, Randy oyó la voz de Lisa por los amplificadores, se dio la vuelta y quedó sorprendido al verla sobre el escenario con un micrófono en la mano.

– ¡Atención! -Cuando se hizo el silencio, añadió-: Esta es una noche especial para mí, de modo que puedo pedir lo que quiera. Pues bien, quiero a mi hermanito aquí arriba… Randy, ¿dónde estás? -Con la mano sobre los ojos escrutó el salón-. Randy, sube aquí, por favor.

Randy recibió algunos codazos cordiales mientras el pánico se desataba dentro de él. ¡Ostras, no! ¡No sin haberme colocado primero!, pensó. Sin embargo todo el mundo lo miraba y no había manera de escabullirse para fumar un canuto a escondidas.

– Muchos de vosotros no sabéis que mi hermanito es uno de los mejores percusionistas de los alrededores. De hecho es el mejor. Jay, ¿te importa que Randy toque una pieza con vosotros? -preguntó al guitarrista principal antes de dirigirse de nuevo a la concurrencia-. Lo he oído golpear los tambores en su dormitorio desde que sólo tenía tres meses…, bueno, es posible que al principio lo que oyera fueran sus talones contra la pared junto a su cuna… Apenas ha actuado en público y es un poco tímido, de modo que, después de que lo encadenen y lo traigan hasta aquí, apoyadle, ¿de acuerdo?

Randy se sentía turbado mientras un grupo de muchachos de su misma edad que los habían rodeado a él y a Maryann lo alentaban a subir al escenario.

– ¡Vamos Randy, hazlo!

– ¡Sí hombre, ve a golpear esos tambores!

Maryann lo tomó de la mano.

– Adelante, Randy, por favor…

Con las manos sudorosas, se quitó la chaqueta del esmoquin y se la entregó.

– De acuerdo, pero no te escapes.

El percusionista se levantó de su asiento y permaneció de pie mientras Randy subía al escenario. Mantuvieron una breve charla sobre los palos y Randy escogió un par. Se sentó a horcajadas en el banco giratorio, dio unos golpes rápidos al bombo, hizo una escala desde las flotas altas a las bajas en los cinco tambores, comprobó la altura de los platillos y se dirigió al guitarrista principal.

– ¿Qué tal George Michael? ¿Conocéis Faith?

– ¡Sí! Estupendo. Adelante, muchachos.

Randy les dio el tono y arrancó con los golpes enérgicos y sincopados de la canción.

En la pista de baile, Michael se olvidó de seguir el compás mientras bailaba con Bess, que le propinó un ligero codazo. Él hizo un vano intento por seguir el ritmo que imponía la batería. Michael se meneaba con aire ausente mientras observaba, extasiado, cómo su hijo se zambullía en la música, concentraba su atención de un tambor a otro, del címbalo al tambor, inclinado, estirado, haciendo girar un palillo hasta dibujar un trazo borroso en el aire. En algún momento los demás músicos se interrumpieron para dejar que Randy tocara un solo.

La mayoría había parado de bailar y observaba al grupo con entusiasmo al tiempo que batía palmas. Los que seguían bailando lo hacían de cara al escenario.

– Es bueno, ¿no crees? -dijo Bess a Michael.

– ¡Dios mío! ¿Cuándo aprendió a tocar así?

– Empezó cuando tenía trece años. Es lo único que le interesa.

– ¿Qué diablos hace trabajando en el almacén?

– Tiene miedo.

– ¿De qué? ¿Del éxito?

– Es posible, pero lo más probable es que tema el fracaso.

– ¿Se ha presentado a alguna prueba?

– No, que yo sepa.

– Tiene que hacerlo, Bess. Anímale.

– Anímale tú.

El solo de batería terminó, y la banda interpretó los últimos acordes mientras, en la pista, Michael y Bess bailaban. Se produjo un aplauso atronador cuando Randy golpeó los platillos por última vez y acabó la pieza. Apoyó las manos sobre los muslos y sonrió con timidez.

El batería de la banda volvió al escenario y le estrechó la mano.

– Muy bien, Randy. ¿Con quién tocas?

– No toco.

El batería quedó perplejo, lo miró de hito en hito y se sentó a horcajadas en su asiento.

– Tienes que conseguirte un representante, tío.

– Gracias. Tal vez lo haga.

Maryann lo esperaba sonriente. Le ayudó a ponerse la chaqueta, luego le cogió del brazo y apoyó el pecho contra él.

– Hasta te pareces a George Michael -comentó con una sonrisa de orgullo-. Supongo que tus amigas ya te lo habrán dicho.

– Ojalá supiera cantar como él…

– Tú no necesitas cantar. Tocas la batería de maravilla. Eres muy bueno, Randy.

La aprobación de Maryann le satisfizo más que la ovación que había recibido.

– Gracias.

Randy se preguntó si sentiría lo mismo si llevara tocando veinticinco años… como Watts con los Stones… ¡el entusiasmo, el júbilo, la satisfacción!

De repente apareció su madre, que lo besó en la mejilla.

– Suena mucho mejor aquí que en tu habitación.

Su padre también se acercó. Le dio unas palmadas en la espalda y le estrechó la mano al tiempo que sonreía con orgullo.

– Tienes que dejar el almacén, Randy. Eres demasiado bueno y no debes malgastar tu talento.

Randy sabía que, si se movía hacia su padre, se encontraría en sus brazos y su felicidad sería absoluta. Sin embargo, ¿cómo podía hacer eso en presencia de Maryann, su madre, la mitad de los invitados y Lisa, que se aproximaba sonriente de la mano de Mark?

Cuando todos cuantos le conocían y algunos a quienes no había visto en la vida le hubieron felicitado, Randy pensó que necesitaba fumar un poco de hierba para celebrar su éxito. ¡Caramba, sería grandioso!

Miró alrededor y vio que Maryann no estaba.

– ¿Dónde está Maryann? -preguntó.

– Ha ido al tocador. Volverá enseguida.

– Escúchame, Lisa, estoy algo acalorado. Necesito salir un rato para tomar el aire.

Lisa le propinó un puñetazo cariñoso en el brazo.

– Muy bien, hermanito, y gracias por tocar.

Randy se encogió de hombros, la miró con una sonrisa y le dedicó un saludo militar.

– A tus órdenes.

Salió al mirador y se dirigió a un extremo. Aún se percibía el olor de la tierra húmeda y se oía el sonido de los arroyuelos. Sacó la pequeña pipa, la encendió, aspiró una bocanada y retuvo el humo en sus pulmones. Cuando entró de nuevo en el salón en busca de Maryann, estaba convencido de que era Charlie Watts.

La joven estaba sentada a una mesa con sus padres y algunos tíos.

– Maryann, vamos a bailar -propuso.

Ella lo miró con severidad.

– No, gracias.

Si no hubiera estado bajo los efectos de la marihuana, Randy habría actuado con sensatez y se habría retirado. En lugar de eso, la agarró del brazo.

– Eh, ¿qué quieres decir?

Ella se soltó con un movimiento brusco.

– Creo que lo sabes muy bien.

– ¿Qué he hecho?

Todos lo miraban. Maryann parecía odiarlo cuando se puso en pie. Randy dedicó una sonrisa torpe al grupo.

– Disculpen…

Siguió a Maryann hasta el vestíbulo y se detuvieron en lo alto de las elegantes escaleras.

– Yo no salgo con drogadictos, Randy.

– Eh, espera… yo no…

– No mientas. Fui a buscarte y te vi. ¡Y sé qué contenía la pipa! Por cierto, la cita del sábado por la noche queda cancelada. Ve a fumar marihuana y sigue siendo un fracasado. A mi no me importa.

Se recogió la falda, dio media vuelta y se alejó a toda prisa.

Capítulo 12

Bess y Michael se reclinaron en el asiento trasero de la limusina y apoyaron la nuca contra el respaldo. Michael reía con los ojos cerrados.

– ¿De qué te ríes? -preguntó Bess.

– Este automóvil se mueve como un trasbordador.

Ella volvió la cabeza para mirarlo.

– Michael, estás borracho.

– Sí, es cierto. Hacía meses que no bebía tanto y me siento muy bien. ¿Y tú?

– Estoy un poco achispada.

– ¿Cómo te sientes?

Bess cerró los ojos y prorrumpió en carcajadas. Gozaron del silencio, del suave ronroneo del motor, de la euforia provocada por el baile y la bebida, de la proximidad del otro. Al cabo de unos minutos Michael rompió el silencio.

– ¿Sabes qué?

– ¿Qué?

– No me siento como un abuelo.

– Desde luego no bailas como un abuelo.

– ¿Tu te sientes abuela?

– Hummm.

– No recuerdo que mis abuelos bailaran así cuando yo era joven.

– Yo tampoco. Los míos cultivaban lirios y construían jaulas.

– Bess, ven aquí.

La tomó de la cintura para atraerla hacia sí y le rodeó los hombros con un brazo.

– ¿Qué haces, Michael Curran?

– ¡Me siento tan bien! -exclamó él-. ¡Y me siento mal!

Ella rió y recostó la mejilla contra su pecho.

– Esto es ridículo. Estamos divorciados. ¿Qué hacemos aquí, abrazados en el asiento trasero de una limusina?

– ¡Portarnos mal! ¡Y es tan maravilloso que vamos a seguir haciéndolo! -Se inclinó para preguntar al chofer-: ¿Cuánto tiempo tenemos?

– Todo el que usted quiera, señor.

– Entonces continúe conduciendo hasta que le indique que se dirija a Stillwater. ¡Siga hasta Hudson! ¡Siga hasta Eau Claire! ¡Caramba, siga hasta Chicago si tiene ganas!

– Lo que usted diga, señor -repuso el conductor antes de echarse a reír.

Michael se reclinó de nuevo y volvió a estrechar a Bess.

– Bien, ¿dónde estábamos?

– Estás borracho y te comportas como un chiquillo.

– ¡Ah sí, es cierto!

Levantó los brazos y empezó a cantar el estribillo de Good lovin’ y al tiempo que movía la cadera.

…gimme that good, good lovin’…

Bess trató de apartarse, pero él se lo impidió.

– ¡Ah, no! ¡Tú te quedas donde estás! Tenemos que hablar.

– ¿De qué? -inquirió Bess con una sonrisa.

– De esto. De nuestra primogénita, casada por la iglesia, que en este momento disfruta de su noche de bodas, y de ti y de mí, que pronto nos convertiremos en abuelos y hemos bailado como locos mientras nuestro segundo hijo tocaba la batería. Creo que todo esto encierra algún significado.

– ¿De veras?

– Sí, pero todavía no lo he desentrañado.

Bess se acomodó debajo del brazo de Michael, que continuó tarareando Good lovin’. Muy pronto ella comenzó a canturrear.

Michael dio unos golpes ligeros sobre su muslo izquierdo y en el brazo derecho de Bess para imitar el ritmo del tambor, después cogió la mano de ella y entrelazaron los dedos. Permanecieron así, reclinados en el asiento, percibiendo el calor y aroma del otro.

Al cabo de unos minutos Michael se inclinó para besarla. Bess entreabrió los labios para recibir su lengua al tiempo que pensaba que no debía permitir que eso sucediese. No obstante respondió al beso y disfrutó del sabor de su boca, familiar como el del chocolate.

Se mantuvieron serenos, casi desapasionados, entregados al placer que una boca puede brindar a otra.

Cuando él se apartó, Bess mantuvo los ojos cerrados y murmuró: «Mmmm…»

Él la miró a la cara largo rato, después se reclinó en el asiento y le rodeó los hombros con el brazo. El viaje continuó en silencio mientras los dos reflexionaban sobre lo que acababa de suceder, no porque estuvieran sorprendidos, sino porque les intrigaba qué auguraba. Michael apretó un botón para bajar su ventanilla un par de centímetros, y entró una ráfaga de aire frío que transportaba la fragancia de los campos fértiles.

Bess interrumpió el momento idílico.

– El problema es que caes muy bien a todos -susurró-. Mi madre te adora, toda la familia opina que cometí una locura al separarme de ti. Lisa vendería su alma con tal de vernos juntos otra vez, y creo que hasta a Randy le gustaría. Y Barb y Don… Estar con ellos otra vez ha sido como hundirse en uno de esos cómodos sillones antiguos.

– Ha sido muy agradable.

– ¿No es extraño que los dos nos apartáramos de ellos? Pensaba que tal vez tú los siguieras viendo.

– Yo creía que los veías tú.

– Con la excepción de Heather, apenas tengo amigos. Es como si los hubiera olvidado a todos desde que nos divorciamos… No me preguntes por qué.

– Eso no es bueno.

– Lo sé.

– ¿Por qué crees que te alejaste de ellos?

– Porque cuando estás divorciado, en todas las reuniones eres el número impar. Los demás llevan a su pareja, y tú estás con ellos sola, como una hermanita menor.

– ¿No tenías novio?

– Humm… No solía presentar a Keith a mis amistades. Las pocas veces en que me ha acompañado a alguna fiesta, me miraban de manera extraña y me llevaban a un rincón para susurrarme. «¿Qué diablos estás haciendo con ése?»

– ¿Durante cuánto tiempo salisteis juntos?

– Durante tres años.

Se produjo un largo silencio antes de que Michael preguntara:

– ¿Te acostabas con él?

Bess hizo ademán de asestarle un puñetazo en el brazo y se apartó de él.

– No es asunto tuyo, Michael Curran.

– Perdona.

Bess sintió frío y volvió a acurrucarse contra él.

– Cierra la ventanilla, por favor. Estoy helada.

Michael obedeció al instante.

– Sí -dijo Bess al cabo de un rato-, me acosté con Keith, pero nunca en casa y jamás pasé toda la noche con él. No quería que los chicos se enteraran.

Michael permaneció unos minutos callado.

– ¿Quieres oír algo gracioso? Estoy celoso.

– ¡Oh, qué extraño! ¿Celoso, tú?

– Sabía que dirías eso.

– Cuando descubrí lo de Darla, me entraron ganas de arrancarle los ojos. Y a ti también.

– Tendrías que haberlo hecho. Tal vez las cosas hubieran tenido un final diferente.

Permanecieron un buen rato absortos en sus pensamientos antes de que Bess volviera a hablar.

– Mi madre me ha preguntado si nos cogimos de la mano en la iglesia, yo le mentí.

– ¿Le mentiste? Tú nunca faltas a la verdad.

– Lo sé, pero esta vez lo he hecho.

– ¿Por qué?

– No lo sé… Sí, lo sé… -Tras una pausa admitió -: No, no lo sé. ¿Por qué nos tomamos de la mano? -Levantó la cabeza para mirarlo.

– Parecía lo correcto. Era un momento muy emotivo.

– Sin embargo nosotros no pretendíamos renovar los votos matrimoniales.

– No.

Bess sintió alivio y decepción al mismo tiempo. A continuación Bess bostezó y se apretó contra el brazo de Michael.

– ¿Cansada? -preguntó él.

– Hummm… estoy rendida.

– Ya puede regresar a Stillwater -indicó Michael al chofer.

– Muy bien, señor.

A los pocos minutos Bess se quedó dormida. Michael contempló por la ventanilla los campos sin nieve, iluminados por las luces de la carretera. Las ruedas de la limusina se hundieron en un pequeño bache, y Michael se ladeó en su asiento, al igual que Bess, que dejó caer todo el peso de su cuerpo contra él.

Cuando el vehículo se detuvo ante la casa de la Tercera Avenida, Michael le dio unas palmaditas en la cara.

– Vamos, Bess, ya hemos llegado.

A ella le costaba levantar la cabeza y abrir los ojos.

– Oh… hummm… ¿Michael…?

– Ya estás en casa.

Se obligó a sentarse derecha mientras el chofer abría la portezuela del lado de Michael, quien se apeó y tendió la mano a Bess para ayudarla a bajar. El chofer abrió el maletero.

– ¿Llevo los regalos dentro, señor?

– Se lo agradecería.

Bess echó a andar, abrió la puerta, encendió la luz del vestíbulo y una lámpara de mesa de la salita de estar. Los dos hombres depositaron los obsequios en el suelo y el sofá. Michael acompañó al chofer hasta la puerta, que habían dejado abierta de par en par.

– Gracias por su ayuda. Espéreme, por favor; saldré en un minuto.

Cerró la puerta y atravesó con lentitud el vestíbulo en dirección a la sala de estar. Bess estaba de pie, rodeada de regalos.

Michael recorrió la estancia con la mirada.

– Me gusta cómo has decorado esta habitación.

– Gracias.

– Los colores son preciosos… -Posó la mirada en Bess y agregó-: Yo nunca he sabido combinarlos.

Bess retiró del sofá dos cajas que estaban en un precario equilibrio y las dejó en el suelo.

– ¿Vendrás mañana? -preguntó.

– ¿Estoy invitado?

– Por supuesto. Eres el padre de Lisa, y ella querrá que estés presente cuando abra los regalos.

– Entonces aquí estaré. ¿A qué hora?

– A las dos. Ha sobrado bastante comida, de manera que no almuerces.

– ¿Necesitas ayuda? ¿Quieres que venga más temprano?

– No, sólo tengo que preparar el café; gracias de todos modos.

– Muy bien.

Se hizo el silencio. No estaban seguros de si Randy estaba en la casa. En todo caso, estaría dormido en su habitación. El débil zumbido del motor de la limusina penetraba en la salita, cuyas persianas estaban subidas. Michael llevaba la corbata en el bolsillo, tenía desabotonado el cuello de la camisa y la faja del esmoquin parecía una mancha de color. Permanecía frente a Bess, con las manos en los bolsillos.

– Acompáñame a la puerta -pidió por fin.

Bess rodeó el sofá con una lentitud que evidenciaba sus pocas ganas de ver terminada la velada. Se encaminaron hacia el vestíbulo cogidos de la cintura.

– Lo he pasado muy bien -comentó Michael.

– Yo también.

Ella se volvió para mirarlo. Michael enlazó las manos tras la espalda de Bess y apoyó levemente las caderas contra las suyas.

– Enhorabuena, mamá -dijo con una sonrisa seductora.

Bess dejó escapar una risita.

– Enhorabuena, papá. Ya tenemos un yerno.

– Un buen muchacho, creo.

¿Debían o no debían? Por unos instantes se debatieron entre el deseo y la prudencia. El beso en la limusina había sido ya bastante peligroso. Michael desoyó la voz interior que le aconsejaba cautela, inclinó la cabeza y la besó con los labios abiertos para saborear su boca. Sus lenguas se enlazaron y recorrieron el contorno de los labios del otro, los dientes, tan familiares. Por la respiración agitada de Bess, Michael dedujo que estaba tan excitada como él.

– Michael, no deberíamos -susurró ella.

– Sí, lo sé -repuso él, y se apartó de ella, aun en contra de su instinto-. Nos veremos mañana.

Cuando él se marchó, Bess apagó las luces de la planta baja y subió a oscuras por las escaleras. A medio camino se detuvo al recordar que Michael se había ofrecido a ayudarla en la cocina. Sonreía todavía mientras se dirigía a su dormitorio.

A la una y media del día siguiente Randy bajó a la cocina vestido con unos vaqueros y una cazadora de cuero estilo aviador. Allí encontró a su madre, que lucía unos pantalones de lana verde y un jersey a juego. Bess disponía lonchas de pavo frío y hortalizas crudas sobre una fuente. Olía a café recién hecho.

– No creo que pueda quedarme, mamá.

Ella lo miró con severidad.

– ¿Por qué?

– Tengo que encontrarme con unos colegas.

– ¿Qué «colegas» pueden ser más importantes que tu hermana en su fin de semana nupcial?

– Mamá, me quedaría si pudiera, pero…

– ¡Tú te quedas, señorito! ¡Llama a tus colegas para decirles que ya os veréis otro día!

Randy descargó el puño sobre el mostrador.

– ¡Maldita sea! ¿Por qué tienes que elegir este día para actuar como un dictador?

– En primer lugar, deja de maldecir; segundo, deja de dar puñetazos al mostrador, y tercero, ¡crece de una vez! Eres el padrino de Lisa y Mark y como tal tienes una serie de obligaciones sociales que debes cumplir. Abrir los regalos es tan importante como el banquete de anoche, Lisa esperará que estés aquí.

– A ella no le importará -exclamó con tono burlón-. Ni siquiera me echará de menos.

– ¡No te echará de menos porque estarás aquí!

– ¿A qué viene todo esto, mamá? ¿Acaso te dijo el viejo que debías ser más dura conmigo?

Bess arrojó un trozo de coliflor cruda en una fuente honda de agua, que le salpicó la manga.

– Ya estoy harta de oír tus inteligentes observaciones sobre tu padre, jovencito. Se está esforzando por hacer las paces contigo y, si me aconsejara que me mostrara más dura contigo, haría bien. Ahora quiero que vayas a tu habitación, te quites esa cazadora de cuero y te pongas una camisa más o menos. Cuando lleguen los invitados, me gustaría que los atendieras, si no es mucha molestia… -concluyó con sorna antes de reanudar su tarea.

Randy se dirigió a su dormitorio y Bess se quedó delante del fregadero, con la cara encendida de furia y el pulso acelerado.

¡Quien dijera que educar a los hijos resultaba más fácil a medida que crecían era un maldito mentiroso! ¿Debía reprenderle? ¿Debía darle órdenes? Randy era un adulto, de modo que merecía ser tratado como tal. Sin embargo vivía con ella, sin compartir los gastos de la casa. Tenía diecinueve años, edad en que la mayoría de los muchachos asistía a la universidad, pagaba un alquiler o hacía ambas cosas. Por tanto, ella tenía derecho a exigirle ciertas cosas, pero ¿por qué precisamente ese día, treinta minutos antes que recibieran invitados?

Se secó las manos y se encaminó hacia la habitación de Randy, donde el estéreo sonaba a bajo volumen. Él estaba de espaldas a la puerta, ante la barra de metal que sostenía su ropa. Mientras se quitaba la camisa, Bess se acercó y le tocó el hombro. Randy se quedó quieto, con las muñecas todavía dentro de las mangas vueltas del revés.

– Perdóname por haberte gritado. Por favor, quédate en casa esta tarde. Fue maravilloso verte tocar anoche la batería. ¡Papá y yo nos sentimos muy orgullosos de ti!

Lo abrazó, le dio un beso en la espalda y se marchó. Randy permaneció inmóvil, con el mentón pegado al pecho y la camisa colgada de una muñeca.

Cuando sonó el timbre por primera vez, Randy, vestido con una camisa de algodón y unos pantalones bien planchados, abrió la puerta. Eran la tía Joan, el tío Clark y la abuela Dorner, a quien el muchacho abrazó con sincero cariño.

– Anoche tocaste muy bien la batería -comentó Stella mientras le entregaba su abrigo. Luego se dirigió a la cocina y preguntó si podía ayudar.

Lisa y Mark fueron los siguientes en llegar, seguidos de Michael. Pronto acudieron los Padgett, que descendieron en masa de los coches. A Randy le dio un vuelco el corazón cuando tomó el abrigo de Maryann; ella le trató como si fuera un portero contratado para realizar tal labor. Se desprendió de la prenda con rapidez para evitar que él intentara ayudarla a quitársela y la tocara. A continuación dio media vuelta y continuó charlando con su madre mientras se dirigían a la sala de estar, donde la chimenea estaba encendida y la comida dispuesta sobre la mesa del comedor contiguo.

Durante toda la tarde Randy permaneció ajeno a la celebración. Se sentía como un intruso en su propia casa. A cierta distancia de los demás, observaba y oía los «¡Ohhh!» de admiración de los invitados cuando se abrían los regalos, contemplaba a Maryann, que en ningún momento le dirigió siquiera un vistazo, y a sus padres, que se cuidaron de permanecer lejos uno del otro, pero cuyas miradas se encontraban de vez en cuando.

¡Malditas bodas!, pensó. Si consisten en esto, nunca me casaré. Todos se vuelven locos, hacen cosas que no harían ni por mil dólares en un día normal. ¡Mierda!

Cuando los envoltorios amontonados de los obsequios tomaron la forma de una montaña, todos empezaron a acusar el cansancio acumulado durante tres días de actividad. Michael pidió a Lisa que tocara The homecoming en el piano, y ella lo complació. La mitad de los invitados se fue, la otra mitad se retiró al salón, mientras algunas mujeres guardaban los presentes en sus cajas y las apilaban.

La música terminó y el grupo de invitados se redujo más. Randy abordó a Maryann cuando se disponía a marcharse.

– ¿Puedo hablar un minuto contigo?

La joven fijó la vista en la correa de su bolso, que comenzó a retorcer antes de echársela sobre el hombro al tiempo que negaba con la cabeza.

– No; no me apetece.

– Maryann, por favor. Ven conmigo al salón. Será sólo un minuto.

Le tiró de la manga con suavidad y ella lo siguió a regañadientes, con la vista baja. Caía la tarde. La habitación estaba a oscuras en el extremo oeste, donde no había ninguna luz encendida. Al otro lado, la lámpara sobre el piano formaba un pequeño charco de luz. Randy condujo a Maryann a un rincón, lejos de las miradas de curiosidad de los invitados que se iban, y se detuvo junto a un sillón tapizado a juego con el diván.

– Maryann, lamento mucho lo que ocurrió anoche -manifestó Randy.

Ella pasó el pulgar por el ribete del respaldo del sillón.

– Lo que pasó anoche fue un error, ¿de acuerdo? En primer lugar, nunca debí haber salido al mirador contigo.

– Pero lo hiciste.

Maryann alzó por fin la vista hacia él con expresión acusadora.

– Tienes talento, Randy, y es evidente que te has criado en un hogar lleno de amor, a pesar de que tus padres estén divorciados. ¡Mira todo esto! -extendió un brazo y señaló todo el salón-. Míralos a ellos, que han ofrecido una imagen de apoyo a lo largo de esta boda. Sé de ti mucho más de lo que imaginas… Por Lisa. ¿Contra qué te rebelas?

Esperó un instante y, como él no respondió, agregó:

– No quiero verte, Randy, de manera que, por favor, no me llames ni me busques.

Tras estas palabras se alejó para unirse a sus padres, que se dirigían a la puerta. Randy se sentó en el diván y clavó la mirada en las estanterías del rincón opuesto, donde la oscuridad era tal que no podía distinguir el lomo de los libros.

Todos ayudaban a cargar los regalos en la furgoneta de Mark, que cuando hubieron terminado se dispuso a marcharse con Lisa. Randy oyó la voz de su hermana.

– ¿Dónde está Randy? No me he despedido de él.

Permaneció oculto en el salón y aguardó unos minutos, hasta que ella desistió y se fue sin decirle adiós.

Oyó la voz de la abuela Dorner.

– Joan y yo te ayudaremos a limpiar todo esto, Bess.

Y la de su padre.

– Yo la ayudaré, Stella.

– De acuerdo, Michael -repuso Stella-. La verdad es que te lo agradezco, porque pronto empezará en la tele mi programa favorito y no me gustaría perdérmelo.

Randy oyó las frases de despedida y el aire frío entró en el salón. Unos minutos después la puerta se cerró por última vez y aguzó el oído.

– No tenías necesidad de quedarte -decía su madre.

– Me apetecía.

– ¿Debo ofrecerte un galardón por brindarme tu ayuda? -preguntó Bess en son de broma.

– Como tú misma dijiste, también es hija mía. ¿Qué quieres que haga?

– Lleva los platos a la cocina y luego quema los papeles de envolver en la chimenea.

Randy percibió el ruido de los platos al entrechocar y pasos que iban de la cocina al comedor. El agua corría, se abrió la puerta del lavavajillas, luego la de la nevera.

– ¿Qué hago con el mantel? -exclamó Michael.

– Sacúdelo y mételo en el cesto de la ropa sucia.

La puerta corredera de vidrio se deslizó al abrirse y, pocos segundos después, al cerrarse. Siguieron otros sonidos… Michael silbaba, pisadas, el grifo, el sonido de la mampara de la chimenea al abrirse, crujido de papeles y el crepitar de las llamas. De la cocina llegaba el tintineo de la cristalería.

– ¡Bess la alfombra está muy sucia! Hay trozos de papel por todas partes. ¿Paso el aspirador?

– Si quieres…

– ¿Lo guardas donde siempre?

– Sí.

Randy oyó los pasos de su padre mientras se dirigía al armario del fondo y abría la puerta. Pocos segundos después percibió el gemido del aspirador. Aprovechó que sus padres estaban ocupados y había mucho ruido en el lugar para escabullirse a su dormitorio. Se puso los auriculares y se tendió en la cama de agua con la intención de reflexionar sobre qué debía hacer con su vida.

Michael terminó de pasar el aspirador, lo guardó en el armario, entró en el salón para apagar la lámpara del piano y regresó al comedor.

– ¿Qué hacemos con la mesa? ¿Quieres que la pliegue?

Bess salió de la cocina secándose las manos con un trapo.

– Sí, por favor.

Ella se acercó para ayudarle.

– Es la misma mesa de siempre -observó Michael.

– Es demasiado buena para que me deshaga de ella.

– Me alegro de que la conserves. Siempre me ha gustado.

Michael levantó una hoja de la mesa, que casi rozó la araña del techo.

– ¡Oh, oh… qué suerte! -murmuró mientras esperaba que él apoyara la hoja contra la pared.

– La suerte no tiene nada que ver. He sido cuidadoso.

Michael sonreía satisfecho mientras juntaban las tablas de la mesa.

– ¡Ah, sí, seguro! -exclamó Bess- ¿Quién era el que rompía las bombillas de la araña por lo menos una vez al año?

– Creo recordar que tú misma rompiste un par.

Bess se dirigió otra vez hacia la cocina con una sonrisa en los labios.

Michael apagó la luz del comedor y se reunió con Bess, que estaba junto al fregadero. Observó que se había quitado los zapatos. A él siempre le había gustado la apariencia de libertad que ofrecían los pies de una mujer enfundados sólo en unas medias. Cogió un paño y empezó a secar una ensaladera.

– Es agradable estar otra vez aquí -murmuró-, como si nunca me hubiese ido.

– No te hagas ilusiones.

– Es sólo un comentario inocente, Bess. ¿No puedo hacer un comentario inocente?

– Depende…

Escurrió una bayeta y restregó con fuerza el mostrador mientras él le miraba la coleta, que se bamboleaba con cada movimiento que hacía.

– ¿De qué? -preguntó Michael.

– De lo que pasara la noche anterior.

– Ah, eso…

Bess se dio la vuelta y él clavó la mirada en la ensaladera que estaba secando.

– La gente hace cosas estúpidas en las bodas -comentó mientras se disponía a limpiar la cocina.

– Sí, lo sé.

De pronto Michael observó con atención el recipiente que tenía en la mano.

– Oye, Bess, ¿esta ensaladera no era un regalo de nuestra boda?

Bess enjuagaba la bayeta en el fregadero.

– Sí, de Jerry y Holly Shipman.

– Jerry y HolIy… -repitió él con la vista fija en la pieza-. Hace años que no los veo. ¿Todavía quedas con ellos de vez en cuando?

– Creo que ahora viven en Sacramento. La última vez que supe de ellos habían abierto una guardería.

– ¿Siguen casados?

– Creo que sí. Dame eso, yo lo guardo.

Mientras ella llevaba la ensaladera al comedor a oscuras, él abrió el aparador y colocó las copas. Bess regresó, limpió los grifos y, después de colgar el paño, se vertió un poco de crema para las manos en las palmas. Los dos se volvieron al mismo tiempo y se apoyaron contra los armarios.

– Todavía te gusta todo lo que huele a rosas -observó él.

Bess se frotó las manos en silencio hasta que desapareció todo vestigio de crema. Separados por un breve espacio, ambos se miraron mientras el lavavajillas interpretaba su música.

– Gracias por ayudarme -dijo Bess.

– Te lo mereces.

– Si hubieras hecho esto hace seis años, tal vez todo habría sido diferente.

– Las personas cambian, Bess.

– No, Michael. Me asusta demasiado pensar en ello.

– De acuerdo.

Él se retiró del armario y tendió las manos.

– Ni una palabra más -declaró-. Ha sido muy divertido y he disfrutado mucho. ¿Cuándo llegarán mis muebles?

Se dirigió hacia la puerta, y ella lo siguió.

– Pronto. Te llamaré en cuanto sepa algo.

– Bien.

Michael sacó del armario del vestíbulo su chaqueta, una prenda acolchada de cuero marrón con mangas raglán que olía a penicilina.

– ¿Es nueva? -preguntó Bess.

Mientras se cerraba la cremallera, Michael respondió:

– Sí.

– ¿Has apestado el armario con esa cosa?

Michael soltó una carcajada.

– Nada de lo que hago te parece bien. La observación fue hecha con el mejor humor, y ambos echaron a reír.

Michael tendió la mano hacia el pomo de la puerta, se detuvo y dio media vuelta.

– No creo que debamos darnos un beso de despedida, ¿verdad?

Bess se cruzó de brazos con expresión divertida y se apoyó contra la baranda de la escalera.

– No; no creo que debamos.

– Sí… supongo que tienes razón.

La miró con semblante reflexivo antes de abrir la puerta.

– Buenas noches, Bess. Si cambias de opinión, avísame. Esta vida de soltero hace que un hombre se sienta inquieto de vez en cuando.

Si ella hubiera tenido en las manos la ensaladera de cristal que les habían regalado para su boda, se la habría arrojado a la cabeza.

– ¡Gracias, Curran! -exclamó en el momento en que se cerraba la puerta.

Capítulo 13

Tras la última nevada de marzo, las ventiscas tardías azotaron Minnesota con furia, seguidas por el aguanieve de los días grises de principios de abril. En los árboles, las yemas estaban hinchadas y sólo esperaban la aparición del sol para crecer. Poco a poco los lagos recuperaban el nivel normal de agua, perdido durante los dos últimos años de sequía, y los patos regresaban. Michael Curran estaba junto a la ventana de su oficina, en el sexto piso del edificio St. Paul, y observaba el vuelo de una bandada en perfecto triángulo que preparaba sus alas para posarse sobre el Misisipi. Una ráfaga de viento apartó un poco de la formación al líder y a algunos de sus seguidores, antes de que corrigieran el curso y desaparecieran detrás de uno de los edificios más bajos.

Por supuesto, había llamado a Bess dos veces en el último mes para invitarla a salir, pero ella había dicho que no lo consideraba sensato. En sus momentos más cuerdos, aprobaba esa actitud. Sin embargo, pensaba mucho en ella.

Su secretaria, Nina, asomó la cabeza en la oficina.

– Ha telefoneado el señor Stringer para anunciar que no regresará antes de la reunión de esta noche, pero que lo verá allí.

Stringer era el arquitecto de la firma.

Michael dio media vuelta.

– Gracias, Nina.

Su secretaria pesaba setenta y cinco kilos, tenía cuarenta y ocho años, una nariz muy grande y usaba unas gafas con unos cristales tan gruesos que él le decía en broma que incendiaría el lugar si alguna vez se le ocurría dejarlos al sol encima de algunos papeles. Llevaba el cabello teñido de negro azabache y las uñas pintadas de rojo. La artritis había empezado a deformarle los dedos. Entró en la oficina, hurgó en la tierra del helecho que estaba junto al escritorio y comprobó que estaba bastante húmeda.

– Bueno, entonces me voy. Buena suerte en la reunión.

– Gracias, buenas noches.

– Buenas noches.

Cuando se fue, se hizo el silencio. Michael se sentó a la mesa de dibujo, examinó los planos de Jim Stringer y se preguntó si alguna vez se llevaría a cabo su proyecto. Cuatro años atrás había comprado una parcela en la esquina de Victoria y Grand, una zona donde residían ejecutivos acomodados y se alzaban mansiones victorianas que se habían puesto de moda durante la última década. Victoria y Grand, conocidas como Victoria Crossing, tenían, hacia finales de los setenta, tres edificios vacíos que habían pertenecido a una concesionaria de automóviles. La Compañía de la Opera de Minnesota había alquilado cerca de allí una vieja casa para su gabinete de ensayos.

Con el tiempo, Grand había sido redescubierta, remodelada, revitalizada. Había recuperado su sabor de principios de siglo con las farolas victorianas de la calle, las fachadas de ladrillo rojo, los tiestos de flores. Había además tres centros comerciales en el cruce principal, así como una amplia variedad de tiendas que se extendían a lo largo de Grand Avenue.

Y un aparcamiento desocupado, propiedad de Michael Curran.

Victoria Crossing lo tenía todo: ambiente y una bien ganada reputación como una de las principales zonas comerciales de St. Paul. Hasta allí llegaban autocares que vomitaban docenas de turistas. Las mujeres compraban en los comercios y se reunían en restaurantes para comer. Los estudiantes de la vecina Escuela de Derecho William Mitchell habían descubierto sus selectas librerías. Los hombres de negocios del centro de la ciudad y los parlamentarios celebraban almuerzos allí. Los lugareños caminaban hasta Victoria Crossing empujando cochecitos de bebé. ¡Cochecitos de bebé, nada menos! Michael había visitado el lugar el último verano y había visto a dos madres jóvenes que paseaban dos cochecitos tipo calesa antigua. En Navidad, en las tiendas se oían villancicos, se servían bebidas y había siempre un Santa Claus. En junio se organizaba un desfile, las bandas de música tocaban en las calles y se colocaban puestos de comida exótica. Con estas actividades conseguían atraer a trescientas mil personas por año.

Y toda esa gente necesitaba espacio para aparcar sus vehículos.

Michael se acodó sobre el tablero de dibujo, miró los planos de ejecución corregidos, incluida la ampliación de una rampa, y recordó las protestas que había oído el mes anterior durante la reunión de la Asociación de Ciudadanos.

«¡Las calles no nos pertenecen!», habían exclamado los propietarios de las casas aledañas, cuyas avenidas estaban siempre llenas de coches.

«¡La gente no puede comprar si no tiene dónde estacionar!», se habían quejado los comerciantes.

Y así hasta que la sesión terminó en tablas.

Entonces se aplazó la reunión del comité, y Michael había contratado a una empresa de relaciones públicas para que se encargara de difundir que pretendían integrar el edificio a los alrededores; que los resultados del análisis de mercado y demográfico indicaban con toda claridad que la zona podía soportar más negocios; que los estudios habían demostrado que el aparcamiento alojaría más automóviles que el descampado existente, y que Michael, como promotor del proyecto, quedaría como copropietario del edificio, con lo cual impondría su interés por la estética, no sólo ahora sino también en el futuro. Se habían distribuido casi doscientas cartas con esta declaración de intenciones a los propietarios de negocios y las casas particulares de las inmediaciones.

Esa noche analizarían de nuevo la situación y comprobarían si algunos habían cambiado de opinión.

La reunión se