/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Y el Cielo los Bendijo

Lavyrle Spencer

¿Puede el amor sobrevivir a una desgarradora pérdida? Browerville, Minnesota, 1950: la vida es perfecta para Eddie Olczak. Hombre de fe inquebrantable, Eddie está sumamente satisfecho con la vida que lleva. Adora a su esposa, Krystyna, a sus hijas, Anne y Lucy, y su trabajo como manitas para St. Joseph, la iglesia católica que es la piedra angular de la sociedad de Browerville. Pero cuando un trágico accidente se lleva la vida de Krystyna, Eddie está seguro de que su corazón no se repondrá jamás. El amor que ella prodigaba a su familia, el modo en que cepillaba el pelo de las niñas, en que recibía a Eddie al final de la jornada… todos esos preciosos dones se han perdido para siempre. La ciudad forma una piña para darle su apoyo, pero hay un miembro de la comunidad que es incapaz de expresar lo que la pérdida de Krystyna ha supuesto para ella. La hermana Regina, profesora de las niñas en St. Joseph, siempre ha sentido una afinidad especial con los Olczak. Pero sus votos le impiden acercarse demasiado a ellos… incluso en un momento tan trágico. La hermana Regina siempre ha intentado reafirmar su compromiso cuando las estrictas reglas de la orden la desesperan. Pero con el tiempo, en tanto que Eddie y ella se van conociendo mejor, y encuentran una conexión que va más allá del amor común por Krystyna y las niñas, se enfrenta a un difícil desafío. Y ambos deben reunir el valor para mirar dentro de su corazón y tomar sus propias decisiones.

LaVyrle Spencer

Y el Cielo los Bendijo

Título original: Then Came Heaven.

Capítulo 1

Jueves siete de septiembre de mil novecientos cincuenta

Cyril case realizaba su recorrido diario desde Saint Cloud hasta Cass Lake, sentado en lo alto de su asiento de cubo en la locomotora número doscientos ochenta y dos. Junto a él, su fogonero, Merle Ficker, viajaba con un brazo fuera de la ventana, con su gorra de algodón azul de rayas completamente hacia atrás, de modo que la visera apuntaba hacia arriba. La mañana era hermosa, soleada, con el cielo de un tono azul intenso. Los granjeros recogían en sus campos lo último de la cosecha; casi todos usaban tractores. Pasaron por una escuela rural un par de kilómetros atrás, donde los niños que habían salido para el recreo los saludaron desde el patio mientras su maestra, una joven delgada con un amplio vestido amarillo, dejó de reunir flores silvestres y movió sobre la cabeza su ramillete de margaritas amarillas de centro oscuro al verlos pasar. Eran días como aquel los que hacían que conducir un tren de carga fuera el mejor trabajo del mundo… fragantes bosques verdes, campos dorados mecidos por el viento y el fresco olor de la alfalfa recién cortada que entraba directamente en la cabina.

Cy y Merle sostenían otra de sus amistosas discusiones sobre asuntos de política.

– Claro que sí -decía Merle-, yo voté por Truman, ¡pero no me imaginé que fuera a enviar a nuestros muchachos a Corea!

– ¿Y qué más se puede hacer? -replicó Cy-. Esos comunistas llegaron y comenzaron a bombardear Seúl. No podemos permitir que se salgan con la suya, ¿verdad?

– Bueno, tal vez no, pero tú no tienes un hijo de diecinueve años ¡y yo sí! Ahora el presidente Truman va a ampliar el reclutamiento hasta el año entrante. ¡Diablos! Yo no quiero que recluten a Rodney -señaló Merle-. Ahí viene la señal del silbato.

– Ya la vi.

Adelante, a la derecha, el brazo del marcador blanco brillaba claramente contra el prístino azul del cielo. Cy levantó la mano y tiró de la cuerda. El ruido del silbato de vapor resonó en sus oídos con su largo gemido: dos largos, uno corto y otro largo… era la advertencia para un cruce público.

El poste con la señal pasó a toda prisa a su lado y el largo gemido terminó, lo que los dejó inmersos en un relativo silencio.

– Así que -continuó Cy- supongo que tu muchacho va a trabajar para el ferrocarril si no lo… -de repente se interrumpió y se tensó al mirar hacia el camino-. ¡Dios mío! ¡No va a pasar!

Un auto había dado vuelta en la carretera setenta y uno y se aproximaba a toda velocidad desde la izquierda, dejando una nube de polvo; pretendía ganarle el paso al tren en el cruce.

Por un instante los hombres vieron la escena; luego Cy gritó:

– ¡Un auto en el cruce! ¡Frena!

Merle saltó de inmediato sobre los frenos de aire. Cy sujetó la palanca Johnson y tiró de ella con todas sus fuerzas. Con la otra mano tiró del cable del silbato de vapor. La maquinaria dio marcha atrás y los frenos se accionaron. Desde la locomotora y hacia el resto del tren todo se tornó un chirrido ensordecedor. El vapor silbó como si se hubiera abierto la puerta del infierno.

– ¡Sujétate, Merle! ¡Vamos a golpearlo! -gritó Cy.

– ¡Jesús, María y José! -exclamó Merle mientras el tren patinaba y rechinaba y el auto se dirigía a toda velocidad hacia su destino

A los treinta metros estuvieron seguros.

Cuando llegaron a veinte se sujetaron.

A los diez pudieron ver al conductor.

– ¡Dios mío! Es una mujer -señaló Cy. O lo pensó. O rezó.

Luego chocaron.

Hubo un ruido ensordecedor, los cristales volaron. El metal se arrugó cuando el Ford gris modelo cuarenta y nueve quedó prensado contra el guardarrieles. Salieron disparados por las vías; el auto accidentado se plegó sobre la reja metálica mientras varios trozos del mismo se arrastraban medio arrancados, surcando la tierra y extendiendo los restos a lo largo de varios cientos de metros.

Lento… cada vez más lento. Todas aquellas toneladas de acero tardaron una eternidad en desacelerar, mientras los dos aterrorizados ferrocarrileros que iban al frente oían cómo el estruendo disminuía hasta convertirse en un chirrido.

Luego un plañido. Después el silencio.

Cy y Merle se quedaron sentados, rígidos como estacas, mientras intercambiaban una silenciosa mirada de incredulidad. La locomotora doscientos ochenta y dos había arrastrado al Ford casi ochocientos metros a lo largo de la vía del ferrocarril y ahora estaba quieta, resoplando con toda tranquilidad, como una enorme y satisfecha ballena que hubiera salido a tomar aire.

Merle pudo hablar por fin.

– Es imposible que la mujer esté viva.

– ¡Vamos! -ordenó Cy tajante.

Descendieron de la cabina deslizándose con precipitación por el pasamanos, con el vientre pegado a los peldaños. Desde el último furgón, veinte vagones atrás, el cobrador y el guardafrenos venían corriendo: parecían dos pequeños puntos que saltaban en la distancia y preguntaban a grandes voces lo que había sucedido.

Mientras corrían, Cy le gritó a Merle:

– ¡Mira! La locomotora está casi intacta -pero cuando los dos hombres rodearon el frente, se detuvieron en seco.

Era un espectáculo espantoso; el auto estaba completamente aplastado. El acoplador al frente del guardarrieles se clavó en el automóvil y sobresalía como un brillante ojo plateado. En la ventanilla del lado del conductor quedaban algunos trozos de cristal filosos como navajas.

En ese momento, Cy se acercó de prisa, pero con cautela, para mirar al interior.

La mujer tenía el cabello castaño. Era joven y bonita. Más bien, lo había sido. Usaba un vestido hecho en casa con lindas y diminutas flores azules. Se hallaba rodeada de frascos de fruta en conserva rotos. Cy trató de cerrar su mente a todo lo demás y metió la mano para ver si todavía estaba viva. Después de un minuto la retiró.

– Creo que ha muerto.

– ¿Estás seguro?

– No siento el pulso.

Merle estaba tan blanco como el papel. Movía los labios, pero sin emitir ningún sonido. Cy se dio cuenta de que tendría que hacerse cargo de la situación.

– Vamos a necesitar un gato para sacarla de ahí -indicó Merle a toda prisa-. Será mejor que corras al camino y detenga un automóvil. Pídeles que vayan a Browerville y que consigan ayuda, por favor -Merle ya había comenzado a alejarse con un trotecillo torpe-, y diles también que avisen al comisario de Long Prairie.

Llegaron entonces el cobrador y el guardafrenos hasta donde se encontraba Cy.

– ¿Está muerto? -preguntó uno de ellos.

– Es una mujer. No le siento el pulso.

Se quedaron inmóviles, tratando de asimilar la desgracia.

– Me parece que lo mejor será sacar las señales de advertencia -indicó Cy al guardafrenos.

– Sí -el guardafrenos caminó hacia el norte, por las vías, y puso una advertencia para cualquier tren que viajara con rumbo al sur. Otro guardafrenos hizo lo mismo kilómetro y medio más allá del final del tren.

– La matrícula del automóvil ya no se puede ver, pero ella trae un bolso -observó Cy con torpeza -. Lo vi debajo de su… -dejó de hablar y tragó saliva.

– ¿Quieres que lo saque yo, Cy? -preguntó el cobrador.

– No, yo… yo puedo hacerlo -aseguró mientras Merle volvía.

Cy se armó de valor y tomó el bolso que llevaba la mujer muerta. Lo limpió en la pernera de su mono de rayas azules y blancas.

Todos lo contemplaron en las enormes manos de Cy. Era un pequeño bolso de plástico blanco en forma de concha marina con los bordes endurecidos.

Cy lo abrió y miró el interior. Sacó las cosas con gran delicadeza y luego volvió a ponerlas en su sitio con el mayor cuidado: había un pañuelo blanco limpio, un rosario con cuentas de cristal azul, un paquete de pastillas para el aliento Sen-Sen y un pequeño libro de oraciones negro que Cy examinó con más atención. Entre sus páginas había una receta para preparar conservas, escrita en la parte posterior de un sobre. En el anverso había un nombre, una estampilla cancelada de tres centavos y una dirección en Browerville, Minnesota. El mismo nombre aparecía escrito en la primera hoja del devocionario y en una tarjeta del seguro social que encontraron en una pequeña cartera, que también contenía algunas fotografías de dos niñas pequeñas, tomadas en la escuela.

Se llamaba Krystyna Olczak.

Todos en browerville conocían a Eddie Olczak. Y a todos les agradaba. Era el octavo o noveno hijo de Hedwig y Casimir Olczak, inmigrantes polacos que vivían en las afueras, al este del pueblo. No sabían si era el octavo o el noveno porque Hedy y Cass tenían catorce hijos y, cuando hay tantos en una familia, el orden a veces se confunde un poco. Eddie vivía a media cuadra de Main Street, la calle principal, en la casa más vieja del pueblo. La había arreglado muy bien cuando se casó con la linda y menuda Krystyna Pribil, cuyos padres poseían una granja a un lado de la carretera Clarissa, al norte del pueblo. Richard y Mary Pribil tenían siete hijos, pero todos recordaban siempre a Krystyna porque había sido la "Princesa de los lecheros de Todd County" el verano anterior a su matrimonio con Eddie.

Los niños del pueblo conocían a Eddie porque desde hacía doce años era el conserje de la iglesia católica de San José. También se ocupaba de la escuela parroquial, así que era común ver su figura alta y delgada deambulando por los terrenos de la parroquia mientras barría el polvo con un felpudo, llevaba botellas de leche o tocaba las campanas de la iglesia a cada hora del día y la noche. Vivía a sólo cuadra y media, así que cuando había que tocar las campanas para el ángelus, él corría a la iglesia a hacerlo.

Podía decirse que las campanas de San José regulaban las actividades del pueblo, ya que casi todos en Browerville eran católicos. La gente que pasaba por ahí se sorprendía a menudo de que un lugar tan pequeño, con apenas ochocientas personas, tuviera no una ¡sino dos iglesias católicas! La de San Pedro estaba en el sur del pueblo, pero la de San José se erigió primero y era polaca. A la de San Pedro le faltaba la imponente presencia de la de San José con su grandiosa estructura neobarroca, sus minaretes en forma de cebolla, las columnas corintias y sus cinco espléndidos altares.

Todas las mañanas, de lunes a viernes, a las siete y media, Eddie tocaba lo que sencillamente se conocía como la primera campanada: seis tañidos monótonos para avisar a todos que en media hora comenzaría la misa. A las ocho en punto tocaba las tres campanas al unísono para dar inicio a la misa. Al mediodía en punto estaba ahí para llamar al ángelus: doce repiqueteos de una sola campana que detenían las actividades de todo el pueblo y que marcaban la hora de la comida. Durante las vacaciones de verano todos los niños del pueblo sabían que al oír tocar el ángelus de mediodía tenían cinco minutos para llegar a casa a comer ¡O si no estarían en un gran problema! Y al final de cada día de trabajo, aunque Eddie por lo general ya se encontraba en casa a las cinco y media, corría de vuelta a la iglesia a las seis en punto para tocar el ángelus vespertino, después del cual todo el pueblo se disponía a cenar. Las mañanas de domingo, cuando se celebraban tanto la misa mayor como la misa menor, tocaba un llamado extra y luego volvía a tañer las campanas para anunciar el rezo de la víspera de ese día. Los sábados por la tarde ahí estaba de nuevo para llamar al rosario y a la bendición, antes del servicio.

También se requería que tocara las campanas en ocasiones especiales del año. Además, la tradición católica polaca dictaba que siempre que alguien moría, las campanas redoblaran una vez por cada año que la persona hubiera vivido.

Debido a la naturaleza de este trabajo y a que en ocasiones se requería guardar un minuto de silencio entre tañido y tañido de la campana, Eddie no sólo se había vuelto un hombre ordenado, sino también paciente.

El trabajar cerca de los niños le hizo cultivar una paciencia aún más profunda. Los chicos derramaban la leche en el comedor, dejaban caer los borradores llenos de gis en el suelo, en invierno chupaban la escarcha adherida a los cristales de las ventanas, en primavera entraban con los zapatos enlodados y pegaban los chicles prohibidos debajo de los escritorios.

Sin embargo, a Eddie esto no le molestaba en absoluto. Amaba entrañablemente a los niños. Y aquel año tenía a sus dos niñas en la clase de la hermana Regina: Anne, de nueve años, en el cuarto grado y Lucy, de ocho, en tercero. Las había visto afuera hacía apenas un rato, durante el recreo matutino; jugaban a la ronda en el césped verde del patio de juegos. La hermana Regina las acompañaba; jugaba también y sus velos negros ondeaban en la brisa del otoño.

Ya habían regresado al interior del edificio y sus voces infantiles dejaron de flotar en la agradable mañana; en tanto, Eddie hacía la limpieza de otoño en los patios. Era un hombre que se sentía plenamente satisfecho mientras cargaba las herramientas en la carretilla y la empujaba para ir a limpiar el estanque de peces dorados que se encontraba en el patio del padre Kuzdek. El patio era inmenso y se hallaba situado al sur de la iglesia. El refectorio quedaba en la parte de atrás, lejos de la calle. A veces los Caballeros de Colón le ayudaban a podar y arreglar el césped. Así lo hicieron el sábado anterior: llegaron como los mismos trabajadores incansables y leales de siempre.

Eddie estaba de rodillas en el estanque cuando vio con sorpresa a Conrad Kaluza, uno de esos hombres tan trabajadores, acercarse por la acera. Eddie se sentó sobre sus talones y esperó.

– Vaya, Con, ¿qué haces por aquí a estas horas? ¿Vienes a ayudarme a limpiar este estanque enlamado?

Conrad se veía pálido y trastornado; se acuclilló al lado del estanque. Eddie vio que los músculos alrededor de la boca le temblaban. Alarmado, preguntó:

– ¿Qué pasa, Con?

– Eddie, temo que te traigo muy malas noticias. Hubo, eh… -Conrad se aclaró la garganta-. Hubo un accidente.

Eddie se puso tenso y miró hacia el sur, hacia su casa. Comenzó a incorporarse.

– Krystyna…

– Temo que sí -confirmó Conrad.

– ¿Está bien, Con?

Conrad volvió a aclararse la garganta y aspiró profundamente.

– Yo… siento decirte que no, Eddie. Un tren golpeó su auto cuando pasaba por el cruce camino de la casa de sus padres.

– ¡Yezhush, Maria! -exclamó Eddie en polaco y se santiguó. Luego se obligó a preguntar-: ¿Está muy mal?

Conrad no le respondió.

– Está viva, ¿no es cierto, Con? -gritó Eddie y sujetó al hombre por los brazos-. Sólo está herida, ¿verdad?

Por fin, Conrad acertó a hablar y cuando lo hizo su voz se oyó jadeante y poco natural.

– Es lo más difícil que he tenido que decirle a alguien.

– ¡Oh, Dios! ¡Con, no!

– Está muerta, Eddie. Que su alma descanse en paz.

El rostro de Eddie se hallaba desfigurado; el hombre comenzó a remecerse.

– No puede estar muerta. Ella está… -Eddie miró hacia el norte, a la casa de sus suegros-… está en casa de su madre, haciendo conservas. Ella y su madre van a… ¡oh, Con, no, no! ¡Krystyna no!

Eddie comenzó a llorar.

– ¡Mi Krystyna no! -gimió.

Conrad esperó un momento y luego lo apresuró.

– Ven, Eddie, vamos a decírselo al padre Kuzdek; él dirá una plegaria contigo.

Eddie le permitió que lo ayudara a ponerse de pie, pero se volvió hacia el edificio de la escuela en el punto más alejado de la iglesia y musitó:

– Las niñas…

– Ahora no, Eddie. Vamos a ver al padre primero, ¿está bien?

El padre Kuzdek abrió él mismo la puerta; era un polaco de constitución robusta, que comenzaba a quedarse calvo; iba vestido con una sotana negra. Apenas rebasaba los cuarenta años y usaba anteojos con arillo metálico como los del presidente Truman, que enmarcaban los lados de su cara rosada y redonda.

– Con, Eddie… ¿Qué sucede?

– Hubo un accidente, padre -explicó Conrad-. Se trata de Krystyna. El tren arrolló su auto.

El padre se quedó inmóvil.

– Kyrie eleison -susurró. Señor, ten piedad de nosotros-. ¿Está muerta?

Conrad sólo pudo asentir.

El padre pasó un rollizo brazo sobre los hombros de Eddie.

– ¡Ay, Eddie, Eddie! ¡Qué tragedia! Es terrible. Tan joven tu Krystyna y tan buena mujer.

El padre hizo la señal de la cruz en el aire sobre la cabeza de él y murmuró algo en latín. Colocó sus dos enormes manos sobre la cabeza de Eddie y siguió rezando; terminó de hacerlo en inglés.

– Que el Señor te bendiga en esta hora de dolor -el padre dejó caer las manos sobre los hombros de Eddie y continuó-: Te pido que recuerdes, hijo mío, que no nos toca juzgar cuándo o por qué el Señor elige llevarse a aquellos que amamos. El tiene sus razones, Eddie.

Eddie, que todavía lloraba, movió la cabeza. El padre bajó las manos y le preguntó a Conrad:

– ¿Dónde fue?

– En la intersección del camino ochenta y nueve del condado y la carretera setenta y uno, al norte del pueblo.

– Voy por mis cosas.

El padre Kuzdek regresó con su birreta negra y una pequeña maleta de cuero en la que guardaba los santos óleos. Lo siguieron a la cochera. Sacó su Buick negro dando marcha atrás; Eddie subió al asiento delantero y Conrad al de atrás.

El padre giró hacia la izquierda en la carretera. Mientras conducía hasta el lugar del accidente, les pidió que oraran juntos y así lo hicieron.

Distinguieron las nubes rojizas de las señales de advertencia mucho antes de ver siquiera el tren. Pasaron el furgón de cola… incluso éste había logrado atravesar el cruce; siguieron paralelos al tren hasta que vieron que más adelante, en el recodo de la carretera, ya se habían reunido varios vehículos: el Chevrolet del alguacil Cecil Monnie, un camión de la estación D-X de Leo Reamer, el automóvil del comisario y la carroza fúnebre de Iten & Heid. Browerville era demasiado pequeño para tener un hospital, así que cuando hacía falta, Ed Iten usaba su carroza como ambulancia.

Conforme el padre disminuía la velocidad, Eddie observaba con atención el lugar.

– ¿La arrastró todo este trecho? -se preguntó aturdido. Luego vio su auto, aplastado, deshecho y desprendiéndose de la locomotora por secciones. Al lado del tren habían colocado el cuerpo en una camilla.

Bajó del Buick y avanzó a tropezones entre el pasto silvestre que le daba a la cadera, bajó en una zanja y subió por el otro lado; Conrad y el padre lo seguían de cerca. El cobrador, que llevaba una tabla con sujetapapeles, dejó de reunir detalles del accidente para la compañía del ferrocarril y permaneció de pie, en respetuoso silencio, mientras veía llegar a los tres hombres.

Eddie Olczak nunca volvería a temer al infierno, porque aquel día, mientras se arrodillaba al lado del cuerpo de Krystyna, vivió un infierno tan inmisericorde que nada en esta vida o en la otra lograría lastimarlo más.

– ¡Oh, Krystyna! -lloró para liberarse del dolor y de la pérdida, como seguramente lo hacen las ánimas del purgatorio. Con el rostro demudado contempló a los que se erguían de pie sobre él y preguntó-: ¿Cómo se lo diré a mis pequeñas? ¿Qué van a hacer sin ella? ¿Qué haremos los tres sin ella? -ninguno supo qué contestar, pero permanecieron a su lado, sintiendo que la conmoción de la muerte también los afectaba. El padre Kuzdek besó su estola y se la colocó; en seguida hincó una rodilla para orar.

– In nomine Patris.

Eddie escuchó el murmullo de la voz del padre mientras éste le administraba a Krystyna la extremaunción. Vio cómo el enorme pulgar del padre ungía la frente de su esposa con aceite y hacía el signo de la cruz.

Cuando llegaron los padres de Krystyna y su hermana Irene se abrazaron a Eddie; formaban un grupo desolado y lloroso, se dejaron caer de rodillas, lamentándose, estremecidos por el dolor, mientras Eddie repetía sin cesar:

– Ella… iba a tu casa, Mary. Ahí es donde debía estar ahora. Ella debería estar en tu casa -y miraron a través de las lágrimas los restos de los frascos de fruta, esparcidos sobre las vías del ferrocarril que reflejaban los rayos del Sol de mediodía como las olas en un lago.

Después de dejarlos llorar un rato, el padre dio su bendición a Mary, a Richard y a Irene; luego los deudos llevaron la camilla hasta la carroza. Cuando las puertas del vehículo se cerraron, Mary preguntó a su yerno:

– ¿Ya se lo dijiste a Anne y a Lucy?

– Aún no -esa sola idea hizo que Eddie volviera a llorar, atontado, y el padre de Krystyna le puso un brazo sobre los hombros.

– Eddie, ¿quieres que estemos contigo cuando se lo digas? -le preguntó Mary.

– No… no sé.

– Si quieres, podemos acompañarte, Eddie -aseguró Irene.

– No sé -repitió él con un suspiro de agotamiento.

El padre Kuzdek intervino.

– Vamos, Eddie. Se lo diremos juntos a las niñas. Tú y yo. Y luego Mary, Richard, Irene y tú podrán llevarlas a casa.

– Sí -estuvo de acuerdo Eddie, agradecido de que alguien le indicara lo que tenía que hacer-. Sí, gracias, padre.

El pequeño grupo se dispersó hacia los distintos autos y un nuevo temor se apoderó de ellos. Todos sabían lo difícil que había sido la última hora, pero la siguiente sería peor, porque tendrían que darle la noticia a las niñas.

Capítulo 2

La hermana Regina hizo sonar la pequeña campana de cobre y esperó al lado de la puerta oeste a que los niños volvieran de su recreo. Bajaban corriendo del campo de juegos en la colina y se reunían en la estrecha acera que conectaba el edificio de la escuela con el convento. Se formaron en una doble fila; los obedientes lo hicieron de inmediato, mientras que los traviesos empujaban y molestaban a los demás. Cuando todos estuvieron formados, ella los guió al interior. Algunos niños se desviaron hacia los baños cuando la hermana colocó la pequeña campana en un extremo del pretil, donde se quedaba cuando no estaba en uso… ¡y pobre de aquel que la tocara sin permiso! Esperó al lado del bebedero afuera de su salón, con las manos ocultas en las mangas, vigilando el regreso de sus alumnos a clase.

La escuela parroquial de San José fue construida de manera simétrica, con tres habitaciones a cada lado de un gimnasio central, separadas de él por un grueso pretil, rematado con columnas cuadradas que creaban una nave en ambos lados. Cada nave tenía dos salones, en los que se daba clase a dos grados al mismo tiempo. El comedor se hallaba en el extremo noroeste; al sureste quedaba el salón floral, donde las monjas cultivaban plantas para el altar.

En el lado este, el gimnasio daba paso a una bodega. En la dirección contraria se hallaba un escenario con un viejo telón de lona decorado con un retablo de un canal de Venecia con algunas góndolas. En ese escenario se habían llevado a cabo innumerables recitales de piano, ya que el entrenamiento musical era una parte tan importante del programa de estudios de San José, que el gimnasio tenía el nombre de Salón Paderewski, en honor del famoso compositor polaco.

La hermana Regina mantuvo abierta la puerta de su salón para el último rezagado, que ponía a prueba su paciencia al continuar tomando agua del bebedero que estaba en el pasillo.

– Ya es suficiente, Michael. Entra.

El chico tomó tres tragos más y se limpió el rostro con el dorso mientras ella lo empujaba al interior con la puerta.

Dio un par de palmadas y luego cruzó los brazos.

– Bien, niños y niñas, empezaremos la tarde con una plegaria.

El ruido disminuyó y la habitación quedó en silencio.

– En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…

Treinta y cinco niños se persignaron al mismo tiempo que ella.

Cuando la plegaria terminó, se sentaron con un ruido similar al que haría una parvada de gansos al aterrizar, mientras la hermana se colocaba detrás de su escritorio, frente a ellos. Era una mujer alta y delgada, de piel clara y dulces ojos color marrón. Tenía las cejas del mismo color castaño claro del pelo de la mazorca del maíz y la curva de sus labios era tan bella como la parte superior de una manzana. Su expresión nunca se volvía severa ni los labios perdían su bondadosa curvatura, incluso cuando algo no le gustaba. Su voz estaba llena de paciencia y serenidad.

– Los de tercer grado van a trabajar en su ortografía -las dos hileras de tercer grado ocupaban el lado derecho del salón. Repartió hojas con ejercicios y los puso a trabajar. Había reunido a los alumnos de cuarto año en torno a su escritorio para practicar las tablas de multiplicar, cuando alguien llamó a la puerta. La interrupción desató algunos murmullos, por lo que la hermana hizo que todos guardaran silencio mientras se dirigía a abrir.

En el pasillo estaban el padre Kuzdek y Eddie Olczak.

– Buenas tardes, padre. Buenas tardes, señor Olczak -se dio cuenta de inmediato de que algo terrible había pasado.

– Hermana, lamento mucho interrumpir su clase -comenzó el padre Kuzdek-. ¿Puede cerrar la puerta, por favor? -el padre estaba visiblemente perturbado y Eddie había estado llorando.

Cuando cerró la puerta, el padre prosiguió-: Tenemos muy malas noticias. Ocurrió un accidente. Esta mañana el tren mató a la esposa de Eddie.

La hermana Regina contuvo la respiración con suavidad y se llevó la mano a los labios.

– ¡Oh, no! -se persignó y luego rompió una regla fundamental al tocar a un lego-. ¡Oh, señor Olczak! -susurró mientras le ponía una mano sobre la manga-. ¡Su adorable esposa! Lo lamento tanto. ¿Qué… qué sucedió? -miró al padre en busca de respuesta.

– Iba conduciendo -respondió el sacerdote-. Al parecer trataba de… eh… -tragó saliva y empujó los anteojos hacia arriba para limpiarse las lágrimas-… trató de ganarle el paso al tren cuando iba camino de casa de sus padres.

La hermana sintió que la impresión le recorría todo el cuerpo. De todas las mujeres de la parroquia, Krystyna Olczak era en quien las monjas confiaban más para pedirle ayuda. Una de las damas más agradables y alegres del pueblo.

– ¡Oh, Dios! Esto es terrible.

Eddie trató de hablar, pero no pudo hacerlo.

– Tengo que… -tuvo que aclararse la garganta y comenzar de nuevo-. Tengo que decirle a las niñas.

– Sí, por supuesto -susurró la hermana, pero no hizo ningún movimiento para volver al salón a buscarlas. Se sentía renuente a ver su felicidad destrozada. Las hijas del señor Olczak eran unas niñas maravillosas: despreocupadas, amables, estudiantes sobresalientes, con la dulce disposición de Krystyna, que nunca causan problemas en el salón ni en el patio de juegos. Eran unas niñas por las que se preocupaban en su casa, siempre con lindos vestidos que su madre les hacía y que llevaban almidonados y planchados a la perfección. Muchas veces Anne y Lucy llegaban. A la escuela tomadas de las manos, con el cabello peinado en bucles o trenzas francesas, con los zapatos bien lustrados y el dinero para el almuerzo atado en la esquina de sus pañuelos de tela. Su madre siempre estuvo orgullosa de ellas y las enviaba a la escuela como si fueran pequeñas Shirley Temple, y cuando la familia Olczak caminaba a la iglesia los domingos, todos los miraban y sonreían.

Pero ahora Krystyna Olczak estaba muerta. Le resultaba algo muy difícil de imaginar.

"Pobres pequeñas", pensó la hermana. "Pobre señor Olczak".

Eddie Olczak era un hombre sencillo, diligente y de buen carácter de quien la hermana Regina nunca oyó queja alguna. Cuando ella llegó al pueblo, cuatro años antes, él ya era conserje de de la iglesia. Decenas de veces a la semana oía que la gente decía: "pregúntale a Eddie", o si la que hablaba era una monja, "pregunte al señor Olczak". Cualquier cosa que alguien necesitara, él la conseguía sin rechistar. No hablaba mucho, pero siempre estaba ahí cuando se le necesitaba.

Era una sensación muy extraña ver llorar a aquel hombre, verlo necesitar ayuda, mas así era en esta ocasión. Se encontraba de pie en el pasillo, con el brazo del padre rodeándole los hombros. Eddie se limpió los ojos e intentó reunir fuerzas para que le llevaran a sus hijas al pasillo.

– Estaré bien -logró decir con voz quebrada. Sacó un pañuelo rojo del bolsillo trasero-. Sólo tengo… -se aclaró la garganta y se sonó la nariz- sólo tengo que acabar con esto. Es todo.

– Por favor, traiga a las niñas, hermana.

"¡Oh, Señor! Dame fuerza", oró y volvió al salón para llevar a cabo la tarea más dura que le hubieran asignado.

Hizo que todos los chicos de cuarto grado volvieran a sus lugares. Todos menos Anne Olczak. Era una niña considerada. Tenía hermosos ojos azules y cabello castaño que ese día llevaba peinado de raya en medio, sujeto con un par de pasadores idénticos. Usaba un vestido a cuadros verde y marrón, con el cuello blanco.

Usaba un vestido a cuadros verde y marrón, con el cuello blanco. La hermana Regina le tocó el hombro y sintió un hueco en su interior como nunca había experimentado, formado por la empatía y el cariño hacia esa niña que esa mañana se había despedido de madre, con la confianza absoluta de que la encontraría en casa, esperándola, cuando volviera al terminar sus clases.

¿Quién esperaría de ahora en adelante a Anne y a Lucy?

A la mitad del pasillo más cercano a las ventanas, Lucy trabajaba en su ortografía; sujetaba el lápiz con tanta concentración que incluso sacaba la punta de la lengua. Ese día llevaba puesto un vestido amarillo almidonado. Se parecía a su hermana mayor, pero tenía el rostro salpicado de pecas y un hoyuelo en la mejilla izquierda. Se supone que las maestras no deben tener favoritos, pero la hermana Regina no podía evitar sentir preferencia por las niñas Olczak.

La hermana Regina se detuvo al lado de Lucy y se inclinó para susurrarle al oído:

– Lucy, tu padre está aquí y desea hablar contigo y con tu hermana. ¿Quieren salir al pasillo conmigo?

Lucy levantó la mirada.

– Sí, hermana -susurró. Dejó el lápiz amarillo en el surco de la parte superior de su banco, se levantó del asiento y junto con Anne fueron hacia la puerta. La hermana Regina abrió y siguió a las niñas al pasillo, con el corazón apesadumbrado.

Anne y Lucy sonrieron y exclamaron:

– ¡Hola, papi! -caminaron hacia él como si por alguna travesura hubiera ido a recogerlas más temprano.

Eddie puso una rodilla en el suelo y abrió los brazos.

– Hola, ángeles míos -las pequeñas se abrazaron a su cuello mientras el rostro del hombre reflejaba su dolor.

La hermana Regina contempló cómo los brazos del papá se colocaban en las cinturas de las niñas y aplastaban los moños de las cintas de sus vestidos que su madre ató por última vez aquella triste mañana, antes de enviarlas a la escuela. Las besó en la frente con fuerza y se sujetó de los pequeños cuerpos, mientras la hermana apretaba contra los labios el borde de las manos juntas y se decía que no debía llorar. Una línea de las Escrituras llegó a su mente: Dejad que los niños vengan a mí, y cometió un pecado venial al poner en tela de juicio la sabiduría de Dios al haberse llevado a la madre de aquellas pequeñas. ¿Por qué una mujer buena y joven como ella? ¿Por qué Krystyna Olczak, cuando aquí la necesitaba su familia?

Eddie se sentó sobre los talones y miró a sus hijas a la cara.

– Anne, Lucy… hay algo que papi tiene que decirles.

Ellas vieron sus lágrimas y se pusieron serias.

– Papi, ¿qué pasa? -preguntó Anne con una mano sobre el hombro de su padre.

– Bueno, corazón… -la mano abierta contra la espalda de la niña se veía inmensa. Cubría los cuadros de su vestido; Eddie se aclaró la garganta y trató de obligarse a decir las palabras que cambiarían para siempre sus vidas-… Jesús decidió llevarse… llevarse a tu mami al cielo.

Anne lo miró en silencio. Apretó un poco la boca.

Lucy simplemente dijo:

– No. Mi mami está en casa de la abuela haciendo conservas. Nos dijo que iba a ir hoy.

Eddie continuó con firmeza.

– No, mi amor. No está ahí. Quería ir y se puso en camino, pero nunca llegó.

– ¿No? -Lucy abrió los ojos desmesuradamente, pensativa, aún sin temor-. Pero, ¿cómo es posible?

– Un tren golpeó su auto en el cruce y mami murió -las últimas palabras las pronunció en un susurro entrecortado.

– ¡No es cierto! -exclamó Anne con furia-. ¡Ella está con la abuela! -se volvió y miró al padre Kuzdek, la máxima autoridad en San José-. Mi mami no está muerta, ¿verdad padre? Dígale a mi papi que no es cierto. Mi mami está haciendo conservas en casa de mi abuelita.

El padre Kuzdek colocó el considerable peso de su cuerpo sobre una rodilla y su sotana se arrugó en el piso.

– No sabemos por qué Jesús decidió llevarse a tu mami, Anne, pero desgraciadamente es cierto. Ahora ella está en el cielo, con los ángeles, y lo que tienes que recordar es que siempre estará ahí, mirándote, como tu ángel guardián especial que te amó y se preocupó por ti mientras estuvo en la Tierra. Y ahora seguirá haciéndolo, sólo que desde el cielo.

Annie se volvió, se lanzó contra su padre, que seguía arrodillado, y ocultó el rostro en su hombro.

– ¿Qué le pasa a Annie, papi? -preguntó Lucy con timidez.

La hermana Regina había comenzado a llorar; el rostro joven y terso permaneció sereno mientras las lágrimas le corrían por las mejillas y humedecían la toca blanca y almidonada que usaba debajo de la barbilla. No sabía por quién sentía más lástima, si por el padre o por las hijas. Aunque nunca había anhelado tener las libertades seculares, de pronto deseó poder abrir los brazos y estrechar a esos tres seres. Pero, por supuesto no lo hizo. La regla de San Benito, el libro por el cual se regían las monjas, prohibía el contacto físico con los legos. Así que se quedó quieta, en silenciosa plegaria en la que pedía fuerza para sí misma y para los Olczak. El padre Kuzdek se acercó a la hermana Regina y la llevó a un lado para sugerirle:

– Bajo estas circunstancias, hermana, creo que deberíamos suspender las clases por el resto del día.

– Sí, padre.

– Hablaré primero con sus estudiantes.

– Sí, padre.

Dejaron a los Olczak en el pasillo y entraron en el salón, donde se había creado cierto desorden. La presencia del padre acalló a los niños de inmediato y los envió a toda prisa a sus asientos.

– Buenas tardes, niños -saludó.

– Buenas tardes, padre -respondieron a coro.

– Niños y niñas -comenzó, pero luego fijó su atención en el piso de madera, donde un rayo de Sol tiñó los tablones de color amarillo miel-. Todos ustedes saben lo que es la muerte, ¿no es así? Les hemos enseñado lo importante que es hallarse en estado de gracia cuando mueran. Nunca sabemos cuándo vamos a morir, ¿verdad? -prosiguió y aprovechó para incorporar una lección de catecismo en lo que tenía que decirles. Cuando por fin les comunicó que la madre de Anne y Lucy había muerto aquel día, la hermana Regina advirtió un cambio en ellos. Algunos hicieron gestos, levantaron las cejas o se mordieron el labio inferior en una silenciosa señal de consternación. Otros lo miraron sin poder creerle.

El padre Kuzdek les dio tiempo para asimilar la noticia; siguió hablando varios minutos más y luego anunció que la escuela estaría cerrada el resto del día y que se irían a casa tan pronto como pudieran llamar a los autobuses escolares. Terminó, como siempre, con una plegaria.

– En el nombre del Padre…

La hermana Regina se persignó y unió las manos. El padre al pidió a los niños que guardaran silencio y fueran obedientes mientras él y la hermana no estuvieran en el salón. Le pidió a ella que fuera a los otros tres salones para informar a las monjas que las clases terminarían temprano y que les explicara la razón.

Al regresar al pasillo, la hermana no se sorprendió al encontrarse con dos de los hermanos de Eddie y sus esposas que oyeron la noticia y ya estaban ahí, junto con algunas de las sobrinas y sobrinos mayores y una de las hermanas de Krystyna, Irene Pribil, que lloraba a raudales en los brazos de Eddie. También habían llegado los padres de Krystyna; abrazaban a sus nietas, llorando. Browerville era tan pequeño que la noticia de que una de sus jóvenes había muerto en forma trágica corrió como reguero de pólvora. Krystyna Olczak era muy querida por las mujeres del pueblo. Hacía vestidos y aplicaba permanentes en su cocina para ganar algún dinero extra. Contribuía con tartas y pasteles a las ventas de repostería y llevaba a las monjas a Long Prairie cuando necesitaban que les revisaran los ojos; en verano llevaba en su auto a muchos niños al lago Horseshoe, a nadar. Para el pueblo ella era lo que Eddie para San José: la persona con la que uno podía contar para hacer más de lo que le correspondía.

– Nadie ha dado aún las campanadas fúnebres -dijo Silvestre, el hermano de Eddie-. Lleva a las niñas a casa. Yo lo haré.

Ya sin llanto en los ojos, pero todavía tembloroso, Eddie replicó:

– No, Sylvester. Quiero hacerlo yo. Ella era mi esposa y ahora se ha ido; yo he hecho doblar las campanas por todos los que han muerto en los últimos doce años y ahora lo haré por ella. Tengo que hacerlo, ¿lo entiendes? Gracias por ofrecerte, pero ése… -la voz de Eddie se quebró- ése es mi trabajo. Aunque te agradecería que llevaras a Anne y a Lucy a casa.

– De acuerdo, Eddie -respondió Sylvester y le sujetó el brazo.

– Niñas -Eddie se volvió hacia ellas y puso una rodilla en el suelo-. Vayan con el tío Sylvester y los demás; yo estaré allá en un rato más. ¿De acuerdo?

– Como tú digas, papá -respondió Anne-, pero antes tengo que ir por mi suéter.

– También yo -agregó Lucy.

La hermana Regina había vuelto al salón y guiaba a los niños en una plegaria final cuando la puerta se abrió y entraron Anne y Lucy Olczak.

La oración se detuvo y en la habitación se hizo el silencio.

– Tenemos que recoger nuestros suéteres -explicó Anne. Las dos niñas caminaron reposadamente hasta sus bancos, como les habían enseñado: nada de correr en la escuela; tomaron los suéteres del respaldo de sus asientos. Sus compañeros las miraban en muda fascinación, sin saber lo que se esperaba de ellos. Cuando ya se marchaba, Lucy se detuvo frente a su maestra, la miró y la llamó moviendo un dedo. La hermana Regina se inclinó para que la niña pudiera susurrarle al oído.

– Mi mami murió, así que tenemos que irnos a casa.

Anne le dio un codazo y susurró:

– Anda, Lucy. Vamonos.

La hermana Regina pensó que su corazón iba a explotar al oír las palabras de la niña que todavía no alcanzaba a entender la importancia de la tragedia que había ocurrido aquel día. De nuevo deseó abrazar a las dos niñas, reconfortarlas y al mismo tiempo consolarse a sí misma.

Mas la Sagrada Regla se lo prohibía. En vez de ello, sólo dijo:

– Rezaré por ustedes.

De algún modo, ese día, la promesa de una simple plegaria le pareció inadecuada.

Todos se marcharon y dejaron solo a Eddie, como él lo deseaba. Lucy y Anne se fueron con sus tíos Sylvester y Romaine, con las esposas de ellos, Marjorie y Rose, y con el resto de sus parientes. Llegaron los autobuses escolares y los alumnos partieron.

Solo por fin, Eddie permaneció de pie en la penumbra del Salón Paderewski. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero no tenía fuerzas para enjugarlas. En vez de ello metió las manos en los grandes bolsillos de su mono y caminó hacia la iglesia.

Entró por una de las puertas centrales. La cerró tras él y quedó aislado en el vestíbulo en medio de aquel pesado y silencioso aroma ele madera antigua y de velas apagadas, de las tradiciones del lejano país que sus abuelos y los abuelos de sus coetáneos, los inmigrantes polacos, habían llevado hasta ahí desde finales del siglo anterior.

Las cuerdas de las campanas colgaban a su izquierda, al lado del radiador, tres de ellas suspendidas de una torre de ornato, a cuarenta y seis metros por encima de su cabeza. Él sabía cuál de las cuerdas tocaba la nota más baja y deprimente. La cuerda era tan gruesa como la cola de una vaca, suave, deslucida y aceitada por sus propias manos durante aquellos doce años.

Se requería de una cantidad de fuerza sorprendente para tañer una campana inmóvil de ese tamaño, pero Eddie lo había hecha tan a menudo que era como una segunda naturaleza para él.

Aquel día, sin embargo, cuando sus manos sujetaron la cuerda no sucedió nada. "Puedo hacerlo", pensó. "Lo haré por Krystyna".

Apretó con mayor fuerza. Encorvó ligeramente los hombros. Los ojos le ardían.

¡Bong!

La campana sonó una vez por el primer año de su vida; nació en la cama de la habitación de sus padres, en la granja en la que ellos aún vivían.

Esperó todo un minuto, el más largo de toda su vida.

¡Bong!

La campana sonó de nuevo por el segundo año de su vida, cuando… seguramente todo aquello no era más que un error. Cuando terminara y volviera a casa, su esposa Krystyna estaría ahí, como siempre, con un delantal puesto, de pie frente a la mesa de la cocina, poniéndole rizadores en el cabello a alguna mujer del pueblo. Pero, no lo haría más. Nunca más.

¡Bong!

La campana dobló veintisiete veces. Eddie tardó veintisiete minutos en decirle al pueblo que Krystyna se había marchado y permaneció estoico y sin llorar mientras cumplía con su deber. Y luego, al final, según la costumbre, sujetó las tres cuerdas al mismo tiempo y envió un glorioso repiqueteo de regocijo: ¡vida eterna amén! Y fue entonces, mientras las campanas tocaban al unísono, que Eddie por fin se desmoronó. Rodeado por el sonido ensordecedor de las campanas, las lágrimas brotaron de pronto y, junto con ellas, la furia y la condena. Tiró de aquellas cuerdas como si pretendiera castigarlas, o castigarse a sí mismo, o maldecir a un destino demasiado cruel para poder soportarlo; por momentos tiraba de las cuerdas con tanta fuerza que el peso de las campanas levantaba sus botas varios centímetros del piso; lloraba y gritaba su pena y su rabia donde sólo Dios y Krystyna podían verlo, mientras que sobre él, las campanas derramaban una celebración por su llegada al cielo.

Capítulo 3

Tal vez Eddie pensó que todas las monjas regresaron al convento luego de que los autobuses escolares se fueron, pero la hermana Regina no lo hizo; ella volvió a su salón. Sabía que Eddie haría doblar las campanas por su esposa muerta. El sonido de la primera campanada y la imagen de aquel hombre tirando de la cuerda la hizo ponerse de rodillas con profunda compasión.

Así fue como la madre Agnes la encontró, de espaldas a la puerta, con la frente sobre el brazo y con éste apoyado contra el borde del escritorio.

– ¿Hermana Regina?

Ella levantó la cabeza, limpió sus ojos con discreción y se volvió.

– ¿Sí, reverenda madre?

La madre Agnes se hallaba muy cerca de cumplir los sesenta años, tenía una barbilla prominente, el tono de piel rubicundo y ojos azul claro que se veían enormes y acuosos detrás de unos gruesos anteojos.

– ¿Se le olvidaron los maitines y laudes?

– No, madre, no los olvidé.

– ¡Ah! -exclamó la madre Agnes y se quedó pensativa por un momento-. La estuvimos esperando.

– Lo lamento, reverenda madre. Le pido su indulgencia. Quisiera quedarme un rato en la escuela. Siento que necesito un poco de tiempo a solas -era necesario pedir permiso para todo acto no relacionado con la comunidad religiosa. Los maitines y laudes son el máximo ejemplo de comunión: plegarias universales que cada religioso del mundo envía al cielo a la misma hora del día. Uno no podía pedir quedarse a solas para orar los maitines y laudes cuando su comunidad lo hacía en conjunto. Hacerlo era romper el voto de obediencia.

Una monja en realidad obediente hubiera seguido a su superiora sin decir palabra, y eso era lo que la madre Agnes esperaba. Había sido miembro de la Orden de San Benito mucho más tiempo que la hermana Regina y comprendía el valor de olvidarse de sí misma para servir a Dios. La hermana Regina aún no aprendía a hacerlo por completo.

– Es por las niñas, ¿no es cierto? -preguntó la madre Agnes.

– Sí, madre, así es -la hermana Regina se levantó y miró a su superiora.

– ¿No se estará olvidando de lo que dice la Santa Regla? -la madre Agnes se refería a la Regla de San Benito.

– No, madre, no -la Santa Regla establecía que se debía evitar establecer lazos de familiaridad con los legos.

– En momentos así, cuando una se siente impulsada a ofrecer compasión, su preocupación por las pequeñas Olczak estaría mejor dirigida hacia las plegarias que hacía las lamentaciones, y la sublimación de su propio dolor hacia la mayor gloria de Dios.

La hermana Regina sintió un destello de resentimiento. Ella había sido la maestra de tercer grado de Anne el año anterior y había hecho grandes esfuerzos para no favorecerla, pero debajo de su hábito negro latía un corazón muy humano que no podía evitar sentir afecto por la niña. Ese año no sólo tenía a Anne otra vez en su clase, sino que también enseñaba a la pequeña Lucy, que poseía el mismo encanto. Verlas perder a su madre era lo mal traumático que la hermana Regina había experimentado. El que le dijeran que debía sublimar sus sentimientos la hizo sentir un deseo tan punzante de rebelarse que consideró que lo mejor sería guardar silencio.

Las dos monjas sabían todo eso mientras se escuchaba el tañido fúnebre de nueva cuenta. Lo que es más, las dos sabían que la hermana Regina había hecho votos de pobreza, castidad y obediencia y que de los tres, el de obediencia siempre había sido para ella el más difícil de cumplir. No podía entender cómo el contener su pena aquel día podía hacerle algún bien a su alma o a la de las niñas Olczak. Lo que quería hacer era llorar por ellas y hacerlo a solas.

Sin embargo, la madre Agnes tenía otras ideas.

– De modo que regresará al convento a meditar, ¿no es así, hermana? -la meditación seguía siempre a los maitines y laudes.

– Sí, madre.

– Me parece bien -la hermana Regina se arrodilló para recibir la bendición de la madre superiora y luego las dos salieron juntas del salón de clase. Mientras recorrían el silencioso pasillo con sus zapatos negros de copete alto, la campana tocó una vez más y la hermana Agnes sentenció:

– Recuerde, hermana Regina, no debemos poner en tela de juicio la voluntad de Dios.

– Sí, madre.

Salieron del edificio de ladrillos amarillos de la escuela y caminaron una al lado de la otra hasta entrar en la casa cuadrada y blanca de tablas de chilla a diez metros de distancia.

Recorrieron el pasillo central y subieron por los escalones de madera hasta el segundo piso, más allá de la hilera de puertas cerradas de los dormitorios, hasta la diminuta capilla en el extremo noroeste.

Dentro de la capilla seis monjas estaban arrodilladas en sendos reclinatorios. Dos reclinatorios más esperaban, vacíos. La hermana Agnes se arrodilló en uno. La hermana Regina lo hizo en el otro. No dijeron una palabra. Ni un solo velo se movía en la absoluta quietud de la capilla. Al frente de la habitación, sobre un diminuto altar, un par de velas ardían al pie de un crucifijo de alabastro. La luz de dos ventanas que daban al norte se apagaba al pasar por una banda de encaje marrón que teñía la capilla del tono rojizo y oscuro del té.

Ni los descansos para los brazos ni los apoyos para las rodillas de los reclinatorios tenían cojines. La hermana Regina se hincó sobre el firme roble y sintió un dolor que subía desde las piernas hasta las articulaciones de la cadera. Lo ofreció al cielo por los fieles fallecidos, con la esperanza de que pudiera cumplir mejor con sus votos. Uno de ellos era el voto de pobreza. La austeridad y la falta de comodidades terrenales, representada en ese momento por la falta de cojines en los reclinatorios, eran parte de esa pobreza. Ella lo aceptaba sin chistar, del mismo modo que aceptaba que el cielo fuera azul. Como parte de su vida de monja benedictina, y después de once años de haber entrado en el noviciado, ya no pensaba en la suavidad de los muebles de su hogar ni en el lujo de beber toda la leche tibia que deseara directamente de vaca. Juntó las manos, cerró los ojos e inclinó la cabeza, como sus hermanas.

Había comenzado la meditación. Ése era el momento en el cual se podía estar más cerca de Dios, pero para hacerlo, uno tenía que vaciarse cada vez más y llenarse de su amor divino.

Y fue en el instante en que la hermana Regina intentaba vaciarse a sí misma, cuando las campanas comenzaron a repicar al unísono, lo que indicaba el inicio de la vida eterna para Krystyna Olczak. Ante aquellas notas de celebración, la cabeza de la hermana Regina se levantó y abrió los ojos. Él las estaba tocando, el señor Olczak, ¡oh! ¿Cómo podía soportarlo?

Se encontró haciendo justo lo que la reverenda madre le advirtió que no hiciera: poner en tela de juicio la muerte de Krystyna. Ansiaba discutir todo aquello con su abuela Rosella, la mujer más profundamente religiosa que la joven Regina Potlocki hubiera conocido. La abuela nunca cuestionaba la voluntad de Dios. Fue Rosella quien estuvo convencida por completo de que era la voluntad de Dios que la joven Regina se convirtiera en monja.

Hubo un momento, mientras veía a las niñas Olczak marcharse con sus tías, tíos, abuelos y primos, en que la hermana Regina deseó que ella también pudiera refugiarse en el seno de su familia, sólo por aquel día, pero cuando tomó los votos renunció a todos los lazos temporales con su familia. La Santa Regla sólo permitía visitar el hogar una vez cada cinco años. Su familia eran ahora aquellas siete monjas con las que vivía, trabajaba y oraba en el convento.

Abrió los ojos y las miró tan discretamente como le fue posible.

La hermana Dora, que daba clases al primero y segundo grados, era la más animada y feliz de todas. Era una excelente maestra. Aunque la Santa Regla prohibía las amistades especiales dentro de la comunidad, la hermana Dora era la favorita de Regina.

La hermana Mary Charles, que impartía el quinto y sexto grados, era una tirana que obtenía satisfacción al azotar a los niños traviesos con una tira de hule en el salón floral. La hermana Regina pensaba seriamente que la hermana Mary Charles necesitaba que alguien le diera a ella una zurra para ver si así cambiaba su forma de ser.

La hermana Gregory, la maestra de piano, tan gorda como un cerdo de Yorkshire de los que llevan a vender al mercado, siempre rechazaba el postre por las noches, con el pretexto de ofrecer su sacrificio al cielo, pero luego, cuando lo ponían frente a ella, lo mordisqueaba hasta terminarlo.

La hermana Samuel, la organista, era patéticamente bizca y con frecuencia sufría ataques inclementes de la fiebre del heno. Estornudaba por todo.

La hermana Ignatius, la cocinera, era muy vieja, artrítica y completamente adorable. Había estado en aquel convento más tiempo que cualquiera de ellas.

La hermana Cecilia, la encargada de la administración de la casa, era la que le decía a la madre Agnes todo lo que descubría o de lo que se enteraba dentro de la comunidad, para lo cual alegaba que el bienestar espiritual de una afectaba al bienestar espiritual de todas. Era una chismosa descarada y la hermana Regina comenzaba a cansarse de tener que perdonarla por ello.

La hermana Agnes, la superiora del convento y directora de la escuela, estaba confabulada con la hermana Cecilia para supervisar las conciencias de las demás monjas, en lugar de dejar que cada una de ellas se encargara de la propia. Enseñaba el séptimo y octavo grados y se apegaba estrictamente a la Santa Regla y a la constitución de la orden.

Todas meditaban en silencio; el señor Olczak había ayudado a cada una de ellas cientos de veces; todas conocían a las dos niñas y habían dependido de la caridad de su madre en innumerables ocasiones. ¿En realidad podían no preocuparse por los efectos que aquella tragedia tendría en esa familia? Bueno, pues la hermana Regina no podía. Su mente estaba llena de imágenes de Anne, Lucy y su padre. ¿Ya se habría marchado a casa con ellas? ¿Lloraría aquella noche en su cama, sin Krystyna? ¿Lo harían las niñas? ¿Qué se sentiría amar a alguien así y luego perderlo?

Cuando la meditación terminó, la madre Agnes se levanto y guió en silencio a las hermanas fuera de la capilla; la hilera de mujeres descendió los escalones para dirigirse calladamente al refectorio, a sus lugares acostumbrados. Comenzaron dando gracias, dirigidas por la hermana Gregory, quien encabezaba las plegarias esa semana. La hermana pidió una bendición especial para el alma de Krystyna Olczak y su familia. Luego empezaron con su sencilla cena, que esa noche consistía en estofado de vaca, servido sobre fideos hervidos, con un plato de betabeles en conserva que cultivaban en su propio jardín y que la hermana Ignatius había cocinado.

Después de los rezos vespertinos las monjas se retiraron a sus celdas, regidas por el voto de silencio nocturno hasta las seis y media de la mañana. La celda de la hermana Regina era un duplicado de las otras: un cuarto estrecho con un camastro, un escritorio, una silla, una lámpara, una ventana y un crucifijo. No tenía baño ni reloj y sólo contaba con un pequeño clóset en el que colgaban dos mudas extra de ropa y un espejo diminuto, apenas del tamaño de un platito, que ella usaba para acomodarse el velo en su sitio. No usaba el espejo para otra cosa, porque había dejado atrás la vanidad hacía muchos años, junto con otras sofisticaciones mundanas, cuando hizo sus votos.

Se quitó el hábito y se puso un camisón blanco que sacó del clóset. Cuando sonó la última campanada a las diez de la noche para que las luces se apagaran, la hermana Regina yacía tendida en la oscuridad, con los brazos apretados sobre las mantas, que estiraba con fuerza contra el pecho, con la esperanza de que eso aliviara la angustia que sentía en su interior. Sin embargo, todo el dolor y tristeza que con tanta obediencia había sublimado, estallaron en una oleada de llanto. Y aunque comenzó como dolor por los Olczak, fue cambiando hasta convertirse en algo muy distinto, porque en algún momento, mientras lloraba, se dio cuenta de que también lo hacía por su creciente insatisfacción con la vida que eligió. Había creído que la vida comunal de las benedictinas sería una fuente de fuerza, apoyo y que le proporcionaría una constante sensación de paz interior. Un valle de serenidad sin conflicto donde el sacrificio, la oración y el trabajo arduo le acarrearían la felicidad interna que no deja cabida para desear nada más. Pero en vez de ello, lo que obtenía era silencio cuando necesitaba comunicarse, alejamiento cuando necesitaba proximidad.

Con la mayor de las tristezas, la hermana Regina admitió que su comunidad religiosa la había defraudado aquel día.

Cuando Eddie Olczak llegó a su casa, la encontró invadida por la familia, tanto la propia como la de Krystyna. Nueve de sus hermanos y hermanas aún vivían cerca de ahí, lo mismo que cinco de los de Krystyna. La mayor parte se hallaba en la cocina o en la sala, junto con sus respectivos cónyuges, los sobrinos y por supuesto, los padres de los dos. Había tanta gente que, de hecho, su hogar de cuatro habitaciones no tenía cabida para todos, así que muchos estaban en el porche y en el jardín.

Todos se acercaron a Eddie cuando lo vieron llegar a la altura del par de viejos y descuidados bojes, plantados en el jardín del frente. Los brazos amorosos que se extendían para consolarlo abrieron de nuevo el caudal del llanto; todos lo compartieron mientras Eddie pasaba de un hermano a una hermana y de su padre a su madre.

Lo peor de todo fue el encuentro con sus padres. Los vio en su atestada sala y se dirigió primero a su madre. Era una mujer regordeta de baja estatura, con cabello gris de rizos apretados que siempre parecía oler a la comida que cocinaba. Cuando se abrazaron, él tuvo que inclinar la cabeza para besarle el cabello.

– Mommo -le murmuró en polaco, entre sollozos, cuando estaban abrazados.

– ¡Oh, Eddie! Mi niño… mi querido niño… -lloraron juntos y se abrazaron; luego se volvió hacia su padre.

– ¡Poppo! -exclamó cuando los poderosos brazos de su padre lo rodearon y las manos fuertes de granjero, tan curtidas como un arnés de cuero, lo atrajeron hacia él-. ¡Se ha ido, Poppo! ¡Mi Krystyna se ha ido!

– Lo sé, hijo, lo sé -Cass Olczak no era un hombre que hablara mucho, pero sí amaba a sus hijos. Lo único que podía hacer era abrazar a su muchacho y sufrir a su lado, con la esperanza de que entendiera que él habría dado cualquier cosa por evitar que sufriera, si eso fuera posible. Cass había ido ahí directo desde el campo, en su mono de trabajo a rayas, con olor a tierra y sudor, con un dejo de olor a granero. Era un hombre robusto, un poco más bajo que Eddie, con la constitución heredada de los cosacos de los que descendía.

Entonces apareció la hermana de Krystyna, Irene Pribil, y le preguntó con timidez y retraimiento:

– ¿Ya comiste algo, Eddie?

– No. No tengo hambre, Irene.

– Sin embargo, deberíamos hacer café -repuso su madre.

– Sí -añadió Irene-, y también hay pastel.

Eddie no tenía idea de dónele había llegado un pastel tan pronto, pero no se sorprendió. Aquellas mujeres pensaban que la comida era el mejor antídoto para cualquier crisis. Prepararon café húngaro y, antes de que pudieran cortar el primer pastel, ya había llegado otro enviado por un conocido, seguido por más alimentos que mandaban otros vecinos: huevos endiablados, lonjas de rosbif con salsa, chuletas de cerdo sobre rebanadas de papa y pastel dulce y ligero de semillas de amapola, para acompañar con café. Las mujeres pusieron la comida sobre la mesa de la cocina que Eddie hizo para Krystyna como regalo de bodas. La había pintado de blanco y ella adornó los respaldos de las cuatro sillas que le hacían juego con calcomanías de frutas. Tenían pensado que cuando tuvieran más hijos él haría más sillas, aunque ahora ya sólo serían las dos niñas que estaban sentadas con parsimonia en el porche delantero, junto con un montón de sus primos.

Lucy tomó sólo una rebanada de pastel. Anne no comió nada.

Los adultos se sentaron en las barandas del porche con los platos sobre las rodillas, así como también en los amplios escalones y en el interior de la diminuta sala, en el banco del piano y en el sofá rojo forrado con tela de crin de caballo y relleno en exceso.

Después, las mujeres lavaron los platos y los hombres se quedaron con Eddie, que le pidió a seis de ellos que actuaran como portadores del féretro, tres hermanos suyos y tres de Krystyna. El aire comenzó a enfriarse y salieron las estrellas. Los niños empezaron a jugar, pero sus madres se apresuraron a reprenderlos por ser tan insensibles. Los mayores se mostraron avergonzados y los más jóvenes hicieron pucheros sin comprender del todo qué habían hecho mal.

Con cierta vacilación comenzaron a marcharse.

Los últimos en partir fueron Romaine y su esposa Rose, los cuatro abuelos e Irene, que había llegado con sus padres. Irene tomó a Eddie del brazo mientras el grupo avanzaba hacia los dos autos estacionados en el bulevar. Eddie podía sentir cómo temblaba Irene, con el brazo enlazado con firmeza en torno al de él, como para no caer. Aquellos estremecimientos venían de lo más profundo de su ser y él comprendía por lo que Irene estaba pasando. Era dos años mayor que Krystyna. Las dos se querían mucho y como Irene nunca se había casado y aún vivía con sus padres, pasaba mucho tiempo en casa de su hermana. Krystyna e Irene siempre hacían todo juntas; se aplicaban permanentes la una a la otra, bailaban la polca en los bailes de los sábados, se hacían vestidos iguales y se confiaban sus secretos.

Cuando sus padres y los de Krystyna estuvieron acomodados en sus autos, Irene le dio a Eddie un último abrazo. Dejó escapar un sollozo y alcanzó a decir:

– ¡Oh, Dios, Eddie…! -lloró sobre su hombro y él la sostuvo con fuerza; sabía que de aquellas dos grandes familias nadie extrañaría a Krystyna más que ellos dos: el esposo y la hermana que era también su mejor amiga.

Irene se separó de él y se volvió hacia el auto.

– Si necesitas algo, sólo avísame -le indicó ella.

– Eso haré.

Subió al asiento trasero del Plymouth treinta y ocho de su padre y Romaine cerró la puerta.

Los autos se alejaron y dejaron atrás a Eddie, de pie con sus dos hijas, junto a Romaine y Rose.

– Las niñas necesitan un baño -observó Rose-. ¿Por qué no las llevo adentro y lleno la bañera?

Eddie dejó caer la pesada mano sobre el hombro de Rose.

– Gracias, Rose -se volvió a sus hijas y agregó-. Papá irá con ustedes en un momento. Vayan con la tía Rose y ella las traerá de vuelta cuando tengan puestos sus pijamas -las miró partir, agotadas y apáticas. Luego él y Romaine se sentaron en los escalones del porche, en la creciente oscuridad.

– ¿Qué voy a hacer, Romaine? -preguntó Eddie.

– Seguir trabajando en la iglesia, supongo. Cuidar de tus hijas lo mejor que puedas. Lo superarás día con día.

– No sé cocinar -respondió Eddie-. ¿Cómo voy a cumplir con mi trabajo y volver a casa para prepararles la cena a las niñas y lavar y planchar sus vestidos como lo hacía Krystyna? ¿Y cómo voy a peinarlas de rizos en forma de tirabuzón y todo eso? ¡Vaya! Tengo que estar en la iglesia para echarle carbón al horno de la calefacción antes de la misa en el invierno y tocar las campanas a las siete y media y a las ocho, que es precisamente cuando ellas tienen que levantarse y prepararse para ir a la escuela. ¿Cómo puedo estar en dos lugares al mismo tiempo?

– Ya lo resolveremos, Eddie. No te preocupes. Todos podemos ayudarte durante algún tiempo, hasta que sepas lo que harás.

Eddie suspiró.

– No sé, Romaine… no sé.

Luego de un rato Romaine y Rose se marcharon a casa; Eddie cerró las puertas para que no entrara el frío de la noche. Se volvió y encontró a las niñas que lo esperaban un paso atrás de él; lo miraban como si tuvieran miedo de que él también desapareciera de sus vidas.

– Niñas… -murmuró. Las tomó en sus brazos y empezó a subir las escaleras. Ya en el piso de arriba, pasó frente a la habitación de las pequeñas y les preguntó-: ¿Qué les parecería dormir esta noche en la cama de papá?

En cualquier otra ocasión habrían gritado: "¡Sí! ¡Sí!"

Esa noche Anne asintió sin decir palabra, pero Lucy preguntó:

– ¿Ahora vamos a dormir siempre contigo?

– No -le respondió-. Sólo en estos días.

Las puso de pie en la cama que los padres de Krystyna les habían dado como regalo de bodas. Encendió la lámpara de noche y tiró de las mantas que Krystyna había lavado el lunes pasado y que había tendido en la cama en cuanto se secaron, como le gustaba hacer.

– Acuéstense -ordenó-. Yo volveré en un minuto. Voy a lavarme, ¿está bien?

Las dejó sentadas en la cama; sus hijas lo siguieron con la mirada mientras se dirigía al baño y cerraba la puerta. El camisón de Krystyna estaba colgado detrás. Un poco de maquillaje en polvo que usaba su esposa en la cara había caído alrededor de las llaves del lavabo. Sobre el tanque del inodoro había una botella de su perfume de Avon. La tomó y leyó la etiqueta: ETERNA PRIMAVERA. La abrió y aspiró el aroma; se dejó caer sobre la tapa cerrada del inodoro. De pronto estalló en un torrente de lágrimas y acalló sus sollozos con una toalla para que las niñas no se preocuparan.

Después, cuando lo peor había pasado, se lavó la cara, colgó su mono de trabajo y se dirigió en calzoncillos y camiseta adonde se encontraban sus hijas.

Anne se hallaba sentada en medio de la cama, con los ojos muy abiertos y sin moverse, tal como había estado la mayor parte del tiempo desde que supo de la tragedia. Lucy estaba acurrucada en una almohada, despierta y con el pulgar en la boca. Se lo sacó al verlo entrar.

– Queremos pedirte que duermas en medio de nosotras dos, papá -le dijo Anne.

Así que se colocó entre ellas, con la cabeza en el espacio entre las dos almohadas, y las niñas se apretujaron en sus costados; tenían el cabello recién lavado tan cerca de él que podía besarlo. Se estiró para apagar la luz de la mesa de noche. La luz de la Luna se reflejó en el piso de linóleo.

– Papi, ¿es cierto que mamá ya no va a volver a casa? -le preguntó Lucy.

– No, bebé, no volverá -respondió él, mientras le alisaba el sedoso cabello-. Ya se fue al cielo.

Lucy se metió el pulgar en la boca y se quedó en silencio un largo minuto. Entonces comenzó a llorar. Mientras tanto, Anne permaneció acurrucada en un torbellino de dolor, de espaldas a su padre; con sus lágrimas humedecía la sábana del lado de su madre ausente.

El lunes, día del funeral de su querida hermana, Irene Pribil despertó en la misma habitación que habían compartido cuando eran pequeñas. El dormitorio era grande y daba al sur, con el techo alto y maderaje amplio y blanco, en una granja que fue construida en mil ochocientos ochenta. Al este de la casa había un huerto, en el que cada primavera sembraba junto con su madre para cosechar en el verano. En el gallinero, más allá del huerto, tenía varias gallinas de la raza Plymouth Rock que había criado en una incubadora y que planeaba engordar durante todo el verano para luego vendérselas a Louis Kulick, el de la tienda de productos agrícolas de Browerville, y ganar así dinero suficiente para comprar algunos regalos de Navidad para sus padres, hermanos, hermanas y sobrinos. Frente a ella, hasta donde alcanzaba su imaginación, le aguardaban años y años de hacer siempre lo mismo.

Irene asistió a la escuela del pueblo hasta el octavo grado, como todos sus hermanos y hermanas. Y después, igual que ellos, buscó un trabajo; lo encontró en Long Prairie, donde atendía los deberes domésticos de una familia de apellido Milka que tenía una tienda de mercancías generales.

También Krystyna encontró un empleo en Long Prairie como operaría de una planchadora mecánica de rodillo en una tintorería; los fines de semana las dos chicas conseguían que alguien las llevara a su casa en la granja y de ahí se iban con sus hermanos a uno de los salones de baile los sábados por la noche.

En el salón de baile Clarissa fue donde conocieron a los hermanos Olczak. Eran tantos que Irene confundía sus nombres. Sin embargo, logró recordar dos de ellos: Romaine, ya que por un tiempo la pretendió y le dio su primer beso, y Eddie, porque desde el primer momento en que lo vio se enamoró de él y deseaba más que nada en el mundo que él intentara besarla.

Sólo que eso nunca sucedió. Bastó una sola mirada de Eddie a Krystyna para que todas las demás muchachas desaparecieran. Ni una sola vez durante aquellos años le confesó Irene a Krystyna lo que sentía por Eddie. Ni a él tampoco.

En la primavera de mil novecientos cuarenta y cinco la madre de Irene cayó de una escalera mientras pintaba el granero y se rompió la clavícula. Irene volvió a la granja para ayudar mientras su madre se recuperaba y se quedó desde entonces.

Siempre tuvo la intención de marcharse, de preferencia tras haberse casado, pero con tanta carne de cerdo y de vacas criadas en casa y toda esa crema y mantequilla, había engordado mucho. Ya ningún joven la invitaba a bailar los sábados por la noche. En casa, con sus padres, Irene tenía comida, abrigo, compañía y amor y con eso se sintió satisfecha, aunque su vida era solitaria y monótona.

La vida social de Irene giraba en torno a Krystyna y Eddie: iba a jugar cartas a su casa, a menudo cenaba ahí y charlaba con ellos de jardinería y de costura, y pasaba parte del tiempo con las niñas.

En los años que vio a los dos jóvenes unidos llegó a amarlos con intensidad. Su amor por Krystyna era tan puro y gratificante que nunca se le habría ocurrido permitir que se enterara de que ella amaba a Eddie. Y su amor por él se había convertido en algo idealizado. A los ojos de Irene él era más que perfecto. Era un dios.

Irene vivía indirectamente a través de Krystyna y Eddie. La alegría de estar con ellos y sus hijas aminoraba el temor que sentía ante la perspectiva de pasar su vida como una solterona.

Sin embargo, ahora Krystyna estaba muerta y ya no intercambiarían zapatos ni se harían permanentes la una a la otra. Ya no podría ir al pueblo a charlar con ella en su cocina. ¿Con quién iba a reír? Irene se sentó en su cama de la infancia con la sensación de ser el infeliz blanco de alguna fuerza suprema que la había tomado en su contra y que pretendía demostrarle lo sencillo que era eliminar de su vida todo vestigio de felicidad.

Le costó trabajo levantarse y se llevó una mano a la cabeza; en ese preciso momento una rápida punzada le recordó lo mucho que había llorado en los últimos cuatro días. En la planta baja se hallaba su madre haciendo ruido en la cocina. Irene sabía que su padre estaba afuera, segando heno antes de vestirse para el funeral: la muerte no detenía las estaciones.

Irene bajó la escalera arrastrando los pies y observó a su madre que sacaba un pastel del horno: habría una comida después del funeral, en el Salón Paderewski, y todas las damas de la parroquia llevarían comida. Incluso en su dolor, Mary Pribil, al igual que su esposo, sentía la presión de las exigencias de la vida.

– ¿Mamá? -le dijo a su madre, que se encontraba de espaldas a ella-. Voy a tomar la camioneta vieja para llegar temprano a casa de Eddie y ayudarle a vestir a las niñas. Las voy a peinar tal y como a Krystyna le hubiera gustado. ¿De acuerdo?

Mary no se volvió. Tomó un extremo del mandil y lo usó para limpiarse los ojos.

– Haz lo que tengas que hacer. No será un día fácil de sobrellevar, eso es seguro.

Irene cruzó la cocina, le dio un beso a su madre y salió.

La ceremonia fúnebre tendría lugar a las once de la mañana. Irene Pribil llegó al porche delantero de la casa de Eddie y de su difunta hermana poco después de las nueve y media y llamó con decisión a la puerta.

Eddie le abrió con un poco de crema de afeitar en un lado de la cara, vestido con pantalones de gabardina negra y una camiseta acanalada sin mangas de cuello en U.

– Irene -la saludó, sin su acostumbrada sonrisa.

– Hola, Eddie -respondió ella mientras él le abría la malla de la puerta para que entrara-. Pensé en venir a arreglarle el cabello a Anne y a Lucy y ayudarlas a vestirse, como lo habría hecho Krystyna.

Eddie tardó un poco en comprender lo que su cuñada le estaba ofreciendo.

– Es muy amable de tu parte, Irene. Te lo agradezco.

– No pensé… quiero decir, no sabía cómo ibas a…

– Está bien, Irene. Te comprendo. Tampoco yo sé todavía lo que voy a hacer.

Eddie comenzó a subir las escaleras. A medio camino se volvió y le comentó:

– Me gustaría que se pusieran esos vestidos de color rosa y blanco, los últimos que Krystyna les hizo.

– Por supuesto, Eddie -lo siguió.

La habitación de las niñas estaba junto a la escalera. La de Krystyna y Eddie al final del pasillo. Se tenía que pasar por ésta última para llegar al baño. Las niñas salieron corriendo de la habitación de sus padres hacia el pasillo, vestidas con su ropa interior de algodón.

– ¡Papi, papi! ¡Míranos! -gritaba Lucy. Se habían embarrado el rostro con su crema de afeitar-. ¡Nos vamos a afeitar!

– La tía Irene está aquí -señaló él-. Ella las va a vestir y a peinarles muy lindo el cabello, pero primero vengan conmigo al baño y lávense ese jabón.

– ¡Hola, tía Irene! -la saludaron. Luego, él se las llevó.

Irene se quedó mirándolos, invadida por una sensación de pérdida, que empeoraba porque se daba cuenta de que Krystyna se había ido para siempre y de que Eddie ya no era un hombre casado.

Entró en la habitación de las niñas e hizo sus camas; podía oír cómo Eddie hablaba con ellas. Era el padre más amoroso, más gentil, que hubiera conocido e Irene sentía que ella tenía la capacidad de ser una madre semejante. ¡Qué maravilloso sería todo si pudiera casarse con Eddie y cuidar de él y de las niñas por el resto de su vida!

La culpa la invadió de repente e hizo pedazos aquella idea. Todavía no sepultaban a Krystyna y ahí estaba ella, deseosa de tomar su lugar. Se enjugó una lágrima, miró al cielo y susurró:

– Perdóname, Krystyna, lo siento.

Las niñas ya estaban listas y peinadas cuando Eddie bajó la escalera enfundado en su traje negro, con una camisa blanca muy bien planchada, una corbata a rayas y su alfiler de los Caballeros de Colón en la solapa. Llegó a la puerta precisamente en el instante en que uno de sus hermanos tocaba la primera campanada en la iglesia de San José, un recordatorio de que en treinta minutos comenzaría la misa funeraria de Krystyna.

– Bueno, supongo que ya es hora de irnos -comentó Eddie-. Las niñas se ven muy lindas, Irene.

Ella las tocó en la parte de atrás de la cabeza.

– Vayan con su papá -les susurró.

Atravesaron la cocina solemnemente y tomaron a su padre de la mano, él pensó que sin aquellas dos pequeñas manos en las suyas se habría echado al piso, se habría negado a salir de la casa, no habría tenido el ánimo para recorrer la acera, cruzar Main Street y contemplar aquel precioso rostro que yacía en el ataúd mientras la tapa de metal se cerraba para siempre sobre él.

Pero lo hizo, se sujetó de aquellas dos pequeñas manos y caminó mientras escuchaba el golpeteo de sus zapatos de charol en la acera; Irene los seguía a corta distancia. Al llegar a Main Street notó que mucha gente se dirigía a la capilla funeraria desde todas partes del pueblo.

La decisión de si debía dejar que Anne y Lucy vieran a Krystyna quedó resuelta cuando las niñas se mostraron reacias a acercarse y se soltaron de él. Comenzaban a llorar cuando Eddie las dejó con Irene en el fondo de la capilla funeraria para luego tomar su lugar al frente. El padre Kuzdek rezó las oraciones y cerró el ataúd, lo roció de agua bendita y lo sahumó con incienso. Los portadores del féretro lo sacaron hasta la carroza y la larga procesión de dolientes caminó la cuadra y media hasta la iglesia de San José. Eddie sujetaba de nuevo la mano de sus hijas.

Dentro de la iglesia, la hermana Regina esperaba con sus alumnos, que estaban sentados, pero no podían permanecer quietos. Aquella mañana no hubo misa de ocho. En vez de ello, todo el cuerpo estudiantil asistiría a la misa de réquiem.

Por fin, la procesión fúnebre pasó al lado de la banca de la hermana Regina; un monaguillo guiaba el camino con un crucifijo que sostenía en un largo poste de madera. Entonces, Lucy y Anne pasaron con su padre y la hermana Regina alcanzó a ver la expresión de desamparo en el rostro del señor Olczak, que las guiaba a una de las bancas del frente.

La misa comenzó.

– Concédeles el descanso eterno, ¡oh, Señor!…

Cuando el servicio terminó, la gente salió de la iglesia, acompañada por el tañido intermitente de la campana de duelo, que siguió sonando hasta que la carroza fúnebre se dirigió al cementerio.

La hermana Regina hubiera deseado ir hasta la tumba para decir algunas oraciones finales. Necesitaba estar con los demás, al igual que los otros amigos de Krystyna y su familia, pero la Santa Regla no se lo permitía.

Capítulo 4

Después de que pasó el funeral, toda la gente, sus padres, los padres de Krystyna, sus hermanos y hermanas, le decían a Eddie:

– Ven a la granja a pasar unos días. Ven con nosotros. No te quedes solo en tu casa.

Pero Eddie no tenía deseos de abandonar su casa, ni tampoco quería dejar de trabajar. Estar ocioso sólo lograría hacer que el tiempo pasara con más lentitud.

– Anne, Lucy -preguntó a sus hijas-, ¿quieren ir a pasar algunos días a la casa de la abuela Pribil o de la abuela Olczak?

– ¿Vendrás tú también? -le preguntó Anne.

– No, mi amor. Ya es tiempo de que yo vuelva al trabajo. No he ido en cuatro días y ya fue suficiente.

– Entonces quiero volver a casa contigo.

– También yo -aseguró Lucy.

Irene se acercó a Eddie.

– ¿Qué harás por la mañana, cuando tengas que estar en la iglesia antes ele que ellas salgan para la escuela?

– No sé.

– Yo podría ir, Eddie. Podría ir cualquier día… de hecho, todos los días, para darles su desayuno y vestirlas para la escuela.

– ¡Oh! No, Irene, eso sería mucho pedir.

– Me agradaría mucho hacerlo. Sé cómo las cuidaba Krystyna y puedo hacer lo mismo. Te aseguro que lo haría con gusto.

– Pero tendrías que conducir desde la granja todos los días.

– ¿Seis kilómetros? Eso no es nada. Puedo usar la camioneta vieja de papá.

Anne tiró de la manga de su padre.

– ¿Puede? ¿Sí?

– ¿Sí, papi? ¡Por favoooor! -repitió Lucy.

Eddie no hizo caso de la advertencia que pasó por su mente, y que desapareció ante las palabras de su cuñada. Se hallaba agotado física y emocionalmente y le pareció sencillo aceptar la solución que le proponía.

– Está bien, Irene. No podré pagarte mucho, pero…

– ¡Oh, por el amor de Dios! No seas tonto, Eddie. No aceptaría ni un centavo tuyo aunque me lo suplicaras. Son mis sobrinas y las amo -no añadió "y a ti también", pero lo pensó.

Él le apretó el brazo, la mitad en la manga y la mitad sobre la piel desnuda y respondió:

– Muchas gracias, Irene -palabras que lograron estremecerla.

Al día siguiente Irene llegó a las siete de la mañana. Él estaba a medio vestir y corrió a abrir la puerta con la camisa por fuera todavía. Irene llevaba puesto un poco de maquillaje y no se atrevió a mirarlo a los ojos.

Eddie la dejó en la cocina y cerró la puerta de su habitación cuando oyó que subía a despertar a las niñas.

Cuando terminó de vestirse y bajó, ella había preparado Coco-Wheats, cereal caliente para las niñas y avena, café y pan tostado para él. La mesa estaba puesta con un mantel de flores y colocó en ella la taza grande favorita de Eddie, crema y azúcar. Todo se hallaba listo y en su sitio. Las niñas ya estaban sentadas, todavía en pijama. Al lado de cada uno de sus tazones de cereal, Irene puso una de las pastillas de vitaminas que tomaban a diario.

Eddie se detuvo en seco en el umbral de la cocina y examinó la réplica perfecta de la rutina matutina de su esposa; de pronto dio cuenta de lo que estaba haciendo Irene. Quería gritarle que se marchara, que ella no era Krystyna, que no tenía que fingir que lo era… pero la necesitaba.

Cuando por fin entró en la habitación, Irene lo vio y no pudo evitar sonrojarse.

– Yo… eh… creo que te gusta la avena, ¿verdad? -tartamudeó.

– Eh, sí. ¡Sí! La avena está bien -tiró de su silla.

Eddie se sentó, pero ella permaneció de pie. El le dirigió una mirada de sorpresa.

– ¿No vas a comer nada?

– ¡Oh!, yo comí en casa.

– ¡Ah! -exclamó. No muy seguro de cómo tratarla-. Bueno.

– Si tienes una moneda para que cada una compre su almuerzo en la escuela, la ataré a sus pañuelos.

– Seguro -metió la mano al bolsillo de su pantalón para buscar las monedas. Era extraordinario. Irene conocía cada detalle de su rutina mañanera.

Eddie terminó su café y dejó la taza en la mesa.

– Tengo que ir a tocar la primera campanada -explicó al tiempo que se levantaba de la mesa.

Le dio un abrazo a cada una de sus hijas, un poco más prolongado que el de costumbre. Odiaba tener que dejarlas al cuidado de Irene; no porque ella no fuera a hacer un buen trabajo al prepararlas para la escuela, sino porque estaría iniciando una nueva rutina sin su esposa. Cada paso que daba lo hacía sentir como si la traicionara. Sin embargo, no sabía qué otra cosa podía hacer.

Cuando las niñas estuvieron listas para salir, Irene les entregó sus pañuelos con la moneda atada a un extremo, las abrazó y las besó en la mejilla.

– ¿Quieren que esté aquí a las cuatro de la tarde, cuando vuelvan de la escuela? -les preguntó.

– Bueno, supongo que sí -respondió Anne.

– ¿Te quedarás aquí todo el día? -indagó Lucy.

– No. Voy a regresar a la granja tan pronto como termine de lavar estos platos, pero puedo volver aquí cuando acabe la escuela, si ustedes quieren.

– Podemos quedarnos solas un rato -respondió Anne-. Ya no somos bebés.

– No, claro que no. Sólo pensé que… -le dio unos golpecitos a Anne en el hombro-. Bueno, de cualquier manera, no olviden llevar sus suéteres.

Un momento más tarde las dos pequeñas se marcharon a la escuela; Anne, en su papel de hermana mayor, sujetaba de la mano a Lucy mientras avanzaban por la calle.

– ¿La tía Irene va a ser nuestra nueva madre? -preguntó Lucy.

– ¿Cómo puede ser nuestra madre si es nuestra tía?

– No sé -Lucy se encogió de hombros-. Está haciendo todo lo que hacía mamá, así que sólo pensé que podría pasar.

– Es sólo nuestra niñera. Eso es todo.

– ¡Oh! Bueno, ¿ella nos va a hacer nuestros vestidos blancos para la Pascua?

– No sé. Puedes usar el mío del año pasado.

– No quiero tu vestido viejo. Mi mami me prometió que me haría uno nuevecito para la Pascua. ¿Y ahora quién me lo va a hacer?

– Pues yo qué voy a saber quién te lo va a hacer -a Anne le resultaba difícil evitar que el labio inferior le temblara.

Lucy se detuvo, se soltó de un tirón de la mano de Anne y de pronto comenzó a llorar.

– ¡No quiero que mami esté muerta! ¡Quiero que me haga mi vestido para la Pascua! ¡Voy a regresar a casa!

Anne la sujetó de la mano.

– No puedes volver a casa.

– ¡Quiero a mi mamiiiii! -gritó Lucy.

Anne, que también quería que su madre volviera, abrazó a Lucy y le acarició el cabello como su madre lo hubiera hecho.

– Ven, Lucy, vamos. Vamos a ver a la hermana Regina. Ella sabrá qué hacer.

La hermana Regina estaba escribiendo en la pizarra cuando las niñas llegaron: "Doce de septiembre, la fiesta del Más Sagrado Nombre de María". Algunos de sus estudiantes ya habían llegado y charlaban entre las mesas.

– Buenos días, hermana -saludó Anne.

Lucy trató de decir lo mismo, pero sus palabras sonaron entrecortadas por el llanto.

– Buenos días, niñas. ¡Oh, Dios! Lucy, ¿qué te ocurre? -inquirió la hermana Regina con voz comprensiva mientras dejaba el gis a un lado.

– Quiere volver a casa, pero mamá no está ahí.

Lucy no se movió, sólo se frotaba los ojos y sollozaba.

– Quiero… quiero a mi mm… mami…

Algunos de sus compañeros de clase se volvieron para mirarla con curiosidad.

– Vengan conmigo -pidió la hermana y las tomó de la mano para llevarlas por el guardarropa hasta el salón floral. Contra una de las paredes, un camastro de metal cubierto con una manta del ejército hacía las veces de enfermería. La hermana se sentó e hizo que las niñas hicieran lo mismo. Sintió cómo se acurrucaban a su lado, pequeñas, desoladas y con una gran confianza en ella. A pesar de que la Santa Regla se lo prohibía, las abrazó.

– Ahora dime, ¿qué te ha hecho llorar en este día tan bello?

– Quiere que nuestra mami regrese.

– ¡Oh!, Lucy querida, todos quisiéramos lo mismo, pero déjame decirte algo. Cuando entraste en el salón hace un momento, ¿sabes lo que estaba escribiendo en la pizarra? El nombre de la fiesta que se celebra hoy. ¿Sabes cuál es?

Lucy la miró con el rostro lloroso y negó con la cabeza.

– Pues es la fiesta del Sagrado Nombre de María. Eso significa que si hoy le pedimos a la Virgen Santísima que interceda por nosotros en cualquier cosa, tenemos buenas posibilidades de que nos escuche. Creo que deberíamos preguntarle a la Virgen María si tu madre se siente feliz en el cielo. ¿Quieres que lo hagamos?

– Supongo que sí.

La hermana siguió abrazando con fuerza a las niñas, cerró los ojos y comenzó a orar en voz alta.

– Queridísima María, madre de Jesús, que lo amó y lo cuidó de la misma forma en que Krystyna amó y cuidó a sus hijas, Anne y Lucy, deseamos elevar una plegaria para que el alma de su madre sea feliz y se encuentre con Jesús. Quieren que ella sepa que harán todo lo posible por perseverar aquí en la Tierra.

– ¿Hermana? -susurró Lucy.

Miró aquel rostro angelical que se levantaba hacia ella.

– ¿Sí, Lucy?

– ¿Qué es perseverar?

– Quiere decir que haremos nuestro mejor esfuerzo aun cuando sea difícil. Pero piensa, tendrás ayuda especial, no sólo de Jesús, sino de tu propia madre, que ahora vive en el cielo con él.

– Pero, ¿cómo me va a ayudar? ¿Mi mami puede hacerme mi vestido para la Pascua?

– No, no puede, pero encontrará la manera de que tengas uno.

– ¿Cómo?

– Bueno, tu mami es ahora un ángel, y los ángeles siempre encuentran la manera de hacer las cosas.

Ante la firme convicción de la monja, Lucy le dirigió una temblorosa sonrisa.

– Y ahora, ¿saben qué? -la voz de la hermana se animó-. Los demás niños ya llegaron y es hora de ir a la iglesia a oír misa. Su papi estará tocando la campana. ¿No quieren ir a verlo?

Anne se puso de pie y antes de que la hermana pudiera levantarse giró y se lanzó hacia ella en un espontáneo abrazo. Apretó su mejilla tibia contra la mejilla fría de la hermana. En el interior de la hermana Regina estalló una burbuja de felicidad que extendió su bondad como si Krystyna, el ángel, en realidad las estuviera cuidando a todas. ¡Fue un abrazo tan inesperado! Era el tipo de cosas que una madre recibe todo el tiempo y que da por sentado, pero la hermana Regina nunca había recibido un abrazo semejante, y eso bastó para despertar en ella todos sus instintos maternales, que buscaron la luz como lo hacen las flores silvestres que crecen en las grietas de las rocas.

La hermana caminó con las niñas al salón de clases, experimentando un sentimiento nuevo y rebosante en el corazón. Lo ocurrido en el salón floral la hizo pensar en los hijos propios a los que había renunciado para convertirse en monja. Era extraño que no lo hubiera considerado en aquel entonces. Cuando creció nunca imaginó que podría haber algo más para ella en la vida que ser monja. Su abuela le había metido la idea en la cabeza, y las monjas que la educaron la habían reforzado al asegurarle que convertirse en religiosa era un verdadero privilegio, más noble y satisfactorio que cualquier otro camino que pudiera tomar en la vida y que debía sentirse bendecida al tener el don de la vocación. Dios la había elegido.

Cualquiera puede ser esposa y madre, le habían confiado, pon sólo las elegidas pueden tener vocación religiosa.

"¡Pero miren a lo que renuncié!", se decía en aquel momento.

Pidió a los niños que formaran una hilera y los guió a la iglesia. La campana ya estaba sonando cuando subieron por los escalones y entraron en el atrio, pero el señor Olczak dejó de tocar cuando vio que sus hijas se dirigían hacia él. Se dio cuenta de que Lucy había estado llorando. La niña corrió los últimos dos escalones y él se hincó sobre una rodilla y la levantó; luego incluyó a Anne en su abrazo. La hermana Regina comparó el amor que ella, como religiosa, sentía por su Dios con el que aquel padre y sus hijas sentían el uno por las otras y se sintió fulminada con esta nueva revelación: "Estaban equivocadas", pensó. "Todas estaban equivocadas. Ellos son los elegidos. Yo fui la que dejó pasar la vida".

Irene llegó hasta la entrada del salón de clases para recoger a Anne y a Lucy a las cuatro en punto de la tarde, cuando terminó la escuela. Las pequeñas corrieron alegremente a saludar a su tía y la hermana sonrió con alivio al saber que habría alguien que estaría pendiente de ellas.

Luego la hermana Regina acompañó al resto de sus alumnos afuera; la mitad de ellos regresaba a casa caminando y la otra abordaba los autobuses escolares. La hermana volvió al salón de clases en cuanto los autobuses se marcharon.

Aquél era su momento favorito del día. Cuando ya no había chiquillos, la habitación le pertenecía por completo. Se acercó a la pizarra, se arremangó y comenzó a borrarla; en ese momento el señor Olczak la saludó desde la puerta.

– Buenas tardes, hermana.

El corazón le dio un vuelco cuando se volvió y lo encontró de pie en el umbral, con el mechudo en la mano. Junto a él, en un cubo con ruedas tenía diversos implementos de limpieza.

– Buenas tardes, señor Olczak.

– ¿Cómo se portaron mis niñas hoy? -entró en el salón y comenzó a limpiar el suelo siguiendo el perímetro de la habitación.

– Esta mañana Lucy se angustió un poco, pero Anne me la trajo y tuvimos una conversación tranquila lejos de los demás niños, antes de que lo vieran a usted en la iglesia. Después de eso las dos parecían más serenas.

Él dio vuelta en la esquina y caminó hacia el fondo del salón.

– Se lo aseguro, hermana, en verdad estoy agradecido de que la tengan a usted. Esta mañana yo también sentía que necesitaba alguien con quién hablar.

La hermana sabía que no debía alentar ninguna conversación personal, así que en lugar de responderle le sonrió y se sentó frente a su escritorio.

El recorrió el tercer pasillo del salón y volvió a detenerse en la parte de atrás.

– Irene fue a casa esta mañana -dijo-. En cierta forma ella, bueno, tomó el lugar de Krystyna,… ya sabe a qué me refiero…

La hermana sólo asintió.

– Me dio gusto que fuera a vestir a las niñas y a prepararlas para venir a la escuela, pero en cierta forma resentí que estuviera ahí, invadiendo el territorio de Krystyna.

En toda su vida, nunca un hombre adulto había confiado en ella de aquel modo. Era algo por completo inesperado y la hermana Regina se sintió un poco desconcertada por su franqueza. En ese momento la Santa Regla pegaba de brincos con locura para llamar su atención, pero ella la pasó por alto. Después de todo, las hijas de Eddie eran sus alumnas: lo que él tuviera que decir las afectaba a ellas, ¿no era cierto?

– Es perfectamente comprensible.

– Yo pienso que es muy egoísta de mi parte, ¿no lo cree?

Sus miradas se cruzaron de un extremo a otro del salón.

– Si fuera usted, no me preocuparía por ser un poco egoísta durante algún tiempo, señor Olczak.

– Irene sabe dónde está todo… ¿comprende a lo que me refiero? Sabe dónde guardaba Krystyna todas las cosas, y de pronto tuve la sensación de que ella… bueno… de que trataba de ser Krystyna. Eso no me gustó mucho -trataba con todas sus fuerzas de contener las lágrimas.

Desde afuera llegaba el ruido sordo de una fábrica de bloques de cemento que parecía el latido de un corazón, como el que se escucha al poner el oído en el pecho de una persona, y la hermana Regina imaginó por un momento que era el corazón del señor Olczak, hecho pedazos, y que ella tenía el oído pegado a su pecho para tratar de encontrar una forma de curarlo.

Intentó apagar la urgencia que sentía de acercarse a él y consolarlo. Como estaba prohibido hacer semejante cosa, le respondió con la voz más serena que pudo.

– Es natural que desee que el lugar de Krystyna permanezca inviolable. Sólo tiene que recordar que la única intención de Irene es ayudarlo. No pierda su tiempo sintiéndose culpable por su reacción ante ella. No creo que Dios lo encuentre falto de caridad, señor Olczak. Creo que Él comprende muy bien por lo que está usted pasando.

Ella vio cómo se aliviaba la tensión de los hombros de Eddie.

– ¿Sabe algo, hermana? No ha habido una sola vez en la que no me haya sentido mejor después de hablar con usted -logró incluso dirigirle una sonrisa.

– Sí, claro, eso es… -la religiosa comprendió que pisaba terrenos prohibidos y terminó sin demasiada convicción-… es bueno, señor Olczak.

La hermana acercó una pila de trabajos de ortografía de los niños de cuarto grado al centro del escritorio y comenzó a corregirlos. Él vació el cubo de basura y en seguida comenzó a lavar la pizarras.

– Bueno, hermana Regina -le dijo cuando terminó-, la veré mañana.

– Sí, adiós, señor Olczak.

Cuando él se marchó, la hermana se quedó inmóvil, al darse cuenta del remolino de sentimientos y confusión que le había provocado el hombre que acababa de salir. Era el tipo de respuesta femenina que se había negado a sí misma cuando tomó los hábitos. Y estaba prohibida.

Entrelazó los dedos en un gesto que denotaba tensión. Bajó la cabeza hasta sus nudillos y cerró los ojos. "Dios mío", oró, "ayúdame a permanecer pura de corazón e inmaculada de cuerpo como tu bendita madre. Ayúdame a mantener los votos que he hecho y a resistir estos impulsos mundanos. Permite que me sienta satisfecha con la vida que he elegido, para que siempre pueda servirte con el corazón y el espíritu puro. Amén".

Cuando Eddie entró en su casa percibió el olor a pollo cocido y café. Irene se hallaba en la cocina y sacaba unos esponjados y blancos ravioles de una olla cuando él llegó a la puerta. Ella lo miró. Y él a ella.

Irene se sonrojó. Él frunció el entrecejo. Ella se dio cuenta de que estaba molesto y sintió mariposas en el estómago.

– Lucy quería ravioles -explicó en tono de disculpa.

– Lucy siempre quiere ravioles. Irene…

Ella se dirigió a la puerta trasera y llamó a las niñas, que estaban en su casita de juegos, a través de la malla.

– ¡Niñas! ¡Ya es hora de cenar!

– Irene, te agradezco tu ayuda, pero…

– No. No digas más. Sólo iba a poner la comida en la mesa y después me iba a marchar. Te lo aseguro, Eddie.

Aunque Irene trató de ocultar sus lágrimas, Eddie notó de inmediato que le brillaban en los ojos. Verla así lo hizo sentirse muy mal y terminó por ablandarse.

– Escucha, te tomaste la molestia de preparar esta magnífica cena. Es justo que te sientes y comas con nosotros.

Las niñas irrumpieron empujándose.

– ¿Ya están los ravioles? -exclamó Lucy.

La comida estaba servida en la mesa, caliente y con un olor delicioso, y aunque Irene le dirigió una mirada anhelante, lo hizo mientras retrocedía.

– Mamá me espera -le aseguró a Eddie. Luego se dirigió a sus sobrinas-: Niñas, asegúrense de lavarse bien antes de comer. Vengan a darme un abrazo. Adiós, corazón. Adiós, querida -las abrazó a las dos y en seguida salió a toda prisa.

Las niñas corrieron al lavabo para tomar la barra de jabón, mientras Eddie seguía a Irene hasta la puerta del frente; se sentía culpable por resentir su amabilidad. Recordó las palabras de la hermana Regina. Irene sólo pretendía ayudar. Además, probablemente necesitaba estar cerca de él y de las niñas para poder vencer su propia e inmensa pena.

La alcanzó y le puso una mano en el hombro.

– Irene.

– Eddie, no quise… bueno, tú sabes.

El le apretó el hombro y luego dejó caer la mano.

– Lo sé.

Ella se volvió a mirarlo.

– ¿Qué quieres que haga?

– Necesito tu ayuda, Irene -admitió Eddie con un suspiro.

– De acuerdo entonces. ¿Quieres que venga mañana?

– Sí, si no te molesta -respondió él, resignado.

Ella abrió la puerta y afirmó:

– Aquí estaré.

Eddie la miró salir corriendo hasta la camioneta que estaba estacionada junto a la acera. Irene subió y se marchó con una prisa poco usual en ella. Él se dio cuenta de lo mucho que la había lastimado sin querer.

La comida que Irene les había preparado estaba deliciosa. Apresuró a las niñas para que terminaran de cenar, le avisó a la señora Plotnik, su vecina de al lado, que saldrían a jugar con un grupo de chicos del rumbo y después corrió a la iglesia a tocar el ángelus. Cuando regresó a casa se puso a lavar los platos y llamó a las niñas para que tomaran su baño.

Llenó de agua la bañera y las dejó con órdenes de no tocar el talco de su madre. Un minuto después cerró la puerta del baño, pero ésta se abrió de nuevo y Anne salió y le tendió una nota.

– Mira lo que me encontré en el cesto de la ropa sucia, papá.

La nota estaba escrita con lápiz y la letra era casi ilegible. Sin hacer caso de los errores de ortografía y puntuación, la nota decía:

Eddie, me llebe tu ropa a casa para lavar Y puedes venir por ella mañana y ya estará planchada tía Katy.

La tía Katy Gaffke era hermana de su madre. Vivía a dos minutos a pie, de la casa de Eddie. Polaca de nacimiento, nunca había sido muy buena para escribir en el idioma del país que la acogió, pero él entendió el mensaje y el amor ocultos en aquel acto de caridad.

Al día siguiente, cuando pasó a verla a su casa, encontró sus camisas recién planchadas y colgadas en la puerta de la cocina, y a la tía Katy sentada en una mecedora baja, sin brazos, en su porche cerrado con cristal, profundamente dormida.

Se inclinó y le tocó el hombro.

– ¿Tía Katy?

Ella despertó con un ligero sobresalto.

– Eddie, no te oí llegar -lo vio y le dijo-: Siéntate, siéntate.

Se sentó en el sofá cama, que estaba cubierto con gruesos tapetes hechos en casa, que hacían que el colchón fuera casi tan duro como un banco de la iglesia.

– Aprecio mucho que hayas lavado y planchado nuestra ropa, tía Katy -comenzó él.

Ella hizo un gesto con la mano para restarle importancia.

– Me da algo qué hacer.

– Me gustaría pagarte.

– Tal vez te gustaría, pero no lo harás. Lo que es más, pretendo seguir yendo por tu ropa todos los lunes, cuando lavo la mía.

El se levantó y la besó en la frente. Luego volvió a sentarse. Su tía olía a jabón de lejía hecho en casa y a fiambre de cerdo.

– ¿Cómo están las niñas? -preguntó.

– Irene viene por las mañanas a vestirlas para la escuela.

– ¿Y por las tardes?

– Ha estado viniendo también, pero creo que es mucho pedirle.

– Diles que vengan conmigo. Jugarán aquí después de la escuela tan bien como lo harían en su propia casa.

– ¿Estás segura?

– Me harán compañía. Los días se han vuelto muy largos para mí desde que tu tío Tony murió.

– ¿De verdad estás segura, tía Katy?

– Todavía no han aprendido a hacer tapetes caseros, ¿verdad?

– No.

– Bueno, tienen que aprender, ¿no lo crees? Yo las mantendré ocupadas. Cuenta con ello.

Y así fue como establecieron una rutina. Por las mañanas Irene llegaba antes de la hora de la escuela y por las tardes la tía Katy las cuidaba. Preparaba la cena para los cuatro y les enseñó a las niñas a secar los platos. El día de lavado Eddie corría hasta la casa de su tía a media mañana y le ayudaba a sacar y vaciar en el patio las tinas en las que lavaba. Los sábados limpiaba su propia casa. Las niñas aprendieron a sacudir y a desempolvar las alfombras. Los domingos se peinaban ellas mismas lo mejor que podían. Y los días de escuela, a las cuatro, Eddie no tenía nada de qué preocuparse.

Browerville era un pueblo pequeño y seguro donde los padres vigilaban a todos los niños por igual, no sólo a los suyos. Cada adulto del pueblo sabía no sólo cómo se llamaban todos los pequeños, sino que también conocía el nombre de sus perros. Las puertas nunca estaban cerradas, así que las niñas podían entrar en cualquier casa y pedir lo que necesitaran. Si se caían y requerían de una tirilla, alguien de seguro se las pondría. Si les diera hambre y quisieran un bocadillo, cualquiera les habría ofrecido un vaso de leche y galletas. Si se sintieran tristes y necesitaran a su madre, siempre habría un par de brazos amorosos que las consolarían.

Sí, sus amigos, vecinos y parientes se ocupaban de todo. De todo, menos de la soledad.

Capítulo 5

Terminó septiembre y las hojas comenzaron a cambiar. Como cada año, en octubre, los diferentes grupos de la parroquia unían sus esfuerzos para poner un bazar de otoño. Se llevaba a cabo un domingo, después de la segunda misa, en el Salón Paderewski. Las señoras preparaban una comida abundante con los alimentos de la cosecha de otoño: pollos, tartas, verduras y panes. La Sociedad de San José instalaba un puesto en el que vendía productos ornamentales: mantelitos para la mesa, carpetas tejidas para las cómodas y toallas bordadas para secar los platos. La Sociedad del Sagrado Corazón tenía una venta de pasteles y la Sociedad del Altar estaba a cargo del juego de lotería. Los Caballeros de Colón operaban una ruleta y en el extremo oeste de la escuela, al lado del baño de los chicos, los Caballeros de Colón tenían también un jardín de cerveza.

Eddie se hallaba ahí; iba ya en su segunda botella de Glueks cuando Romaine lo encontró.

– Y, ¿cómo va todo, Eddie? -le preguntó.

Eddie tomó otro trago de cerveza.

– Solitario, Romaine, solitario.

– Vamos a ir a un baile el próximo sábado. ¿Quieres ir?

– No… es demasiado pronto.

– De acuerdo, pero le prometí a Irene que te preguntaría.

– ¿A Irene?

– Sí. Me dijo que si tú ibas, ella nos acompañaría.

– Irene -murmuró Eddie para sí mientras movía la cabeza de un lado a otro.

– Es una buena mujer. Y siempre le has gustado, Eddie.

– Sí, lo sé -Eddie dio otro trago a su botella.

– Extraña a Krystyna casi tanto como tú, Eddie.

– Es sólo que ya no siento deseos de bailar -respondió.

Romaine lo sujetó del hombro y le dijo:

– De acuerdo, pero avísanos cuando te vuelvan las ganas.

– Sí, seguro.

Habían puesto varias mesas al centro del salón y la mirada de Eddie se paseaba de una a otra. La gente se turnaba para comer; al terminar dejaba las sillas plegables de madera fuera de su lugar. Eddie reaccionó como conserje: se dirigió al área del comedor y fue metiendo las sillas debajo de las mesas por donde pasaba. En el extremo noroeste, el más retirado, estaban todas las monjas. Ocupaban la misma mesa cada año.

Su atención se centró en la hermana Regina. Había estado actuando de modo extraño cuando se veían. Ya nunca la hallaba en el salón después de clases cuando él iba a limpiarlo; extrañaba su presencia y su charla. Siempre que se encontraban al pasar, ella se rehusaba a mirarlo a los ojos. Si no supiera que estaba equivocado, habría pensado que ella le tenía miedo.

Miró a las monjas que llevaban sus platos a la mesa. Cuando todas estuvieron sentadas, él se acercó y les preguntó:

– ¿Puedo traerles algo, hermanas?

La anciana monja Ignatius le respondió:

– Sí, señor Olczak, ¿podría traerme un café, por favor?

– De inmediato hermana. ¿Alguien más?

La hermana Gregory sonrió y dijo:

– Sí, por favor, señor Olczak.

La hermana Regina se negaba a mirarlo.

– ¿Café para usted, hermana Regina? -le preguntó, y por fin ella tuvo que verlo.

Y fue entonces cuando Eddie lo comprendió. Se dio cuenta perfectamente de que ella estaba sonrojada, de lo encendidas que tenía las mejillas contra el blanco puro y rígido de su velo, y de que no podía sostenerle la mirada.

– Sí, gracias, señor Olczak -respondió ella casi en un susurro mientras desviaba a toda prisa la mirada, con mucha timidez. Siempre había sido reservada, guardaba la distancia, su voz era suave y mantenía una actitud de retraimiento, pero ese día era distinto. Se mostró tímida, como había visto que Irene hacía algunas veces. Precisamente como una mujer que trata de sobreponerse a un enamoramiento.

"Pero eso no es posible", pensó. "¡Ella es monja!" La posibilidad lo dejó tan desconcertado que corrió a buscar el café con el corazón en la boca.

– ¡Tres cafés para las monjas! -ordenó al tiempo que se colaba en la fila sin pedir siquiera disculpas.

¿Y si las otras la veían sonrojarse y se ponían nerviosas y sospechaban lo mismo que él? No tenía ni la menor idea de lo que le hacían a una monja si descubrían que le gustaba un hombre.

Cuando llevó el café le entregó una taza a la hermana Regina antes que a nadie, con toda intención; luego rodeó la mesa, con las otras dos tazas, para poder verla.

– Bueno, si quieren algo más, sólo silben -comentó.

Todas le respondieron y le dieron las gracias, menos la hermana Regina. Ella mantenía la vista fija en el plato, como si no se atreviera a mirarlo a los ojos.

Algo dentro de Eddie estalló.

Y no fue su ego. Tampoco su virilidad. En pocas palabras, fue miedo simple y llano.

Después del bazar, Eddie comenzó a evitar el salón de la hermana Regina hasta que tenía la certeza de que ya se había ido. Pensaba a menudo en la hermana y decidió que sus sospechas eran falsas. Ella no podía estar enamorada de él. Sencillamente no estaba en su naturaleza. Era la monja más dedicada que hubiera conocido. De seguro él había hecho algo para alejarla y esa idea lo molestaba mucho; no dejaba de preguntarse qué podría haber sido.

Una noche, después de que Anne le había preguntado en la cena por qué las monjas no podían ser madres, Eddie tuvo el sueño más extraño. Soñó con Krystyna, de pie en la cripta de piedra frente a la escuela; no dijo una palabra. Le sonreía con una expresión de profunda paz, pero estaba vestida con un hábito negro de la Orden de las Benedictinas.

El primero de noviembre, el día de la fiesta de Todos los Santos, no había clases. Era el día perfecto para que Eddie encerara los pisos de las aulas. Cuando llegó al salón de tercero y cuarto con su enceradora eléctrica se sorprendió al encontrar ahí a la hermana Regina, que trabajaba en el escritorio; cortaba algo en un papel marrón. Levantó la mirada cuando él apareció, pero de inmediato volvió al trabajo.

– Buenas tardes, hermana -saludó al tiempo que empujaba la máquina al interior-. Un clima terrible, ¿verdad? -observó mientras conectaba el aparato.

– Sí -las ráfagas de nieve golpeaban contra las ventanas.

– Parece que nevará con fuerza antes de que el día termine.

Ella no le respondió. Siguió su labor con las tijeras.

– Es día de descanso obligatorio. ¿Qué hace trabajando?

– ¡Oh! Esto no es trabajo. Estoy recortando un cuerno de la abundancia para el friso. Esto es… creatividad.

Eddie se acercó y miró lo que hacía.

– ¡Ah, es cierto! Pronto será el día de Acción de Gracias. Va a ser difícil dar gracias este año sin Krystyna -cuando ella no le respondió y continuó mostrándose distante, Eddie decidió que algo había cambiado en ella y que iba a averiguar qué era-. ¿Le molesta si me siento un momento? -preguntó.

Ella lo miró finalmente y Eddie notó un leve rubor que la hermana no logró ocultar, pero habló con total compostura.

– No -respondió ella en voz baja.

Se sentó en el primer asiento de la fila, frente a ella.

– Hermana, ¿he hecho algo para ofenderla? -preguntó también en voz baja.

– No.

– Usted parece tomarse muchas molestias para evitarme.

– Yo no trato de evitarlo en lo absoluto -hablaba con la misma reserva de siempre.

– Sí, hermana Regina. Me había acostumbrado a venir a su salón después de la escuela y a que charláramos sobre Anne y Lucy, y de Krystyna y mis sentimientos después de perderla. Ahora usted se asegura de no estar aquí cuando yo vengo. Sólo me preguntaba si le dije o hice algo que no fuera correcto.

– Usted no ha hecho nada.

– Extraño nuestras charlas, ¿sabe? -continuó con suavidad-. Supongo que podría conversar con otras monjas, pero… no me siento tan cómodo hablando con ellas como con usted.

Ella no despegó los ojos de la calabaza anaranjada que estaba recortando.

– Puede hablar conmigo ahora, señor Olczak.

– Soñé con Krystyna la otra noche -le contó Eddie-. Se hallaba de píe en la cripta y usaba un hábito como el de usted. No sé por qué soñé eso -titubeó. Esperaba una respuesta que jamás llegó-. Supongo que fue porque Anne me preguntó ese día por qué las monjas no podían ser madres; yo le dije que era porque ustedes estaban casadas con Cristo.

– Sí, así es -respondió ella; con mucho cuidado puso las tijeras en el escritorio-. Y por eso mismo, conversaciones como ésta están prohibidas para mí. Sin duda sabe, señor Olczak, que en nuestra orden la conversación con los legos se limita estrictamente a lo necesario.

Eddie enderezó la espalda.

– No, no lo sabía.

Ella se levantó y se acercó a la ventana; miraba hacia afuera para no tener que verlo al rostro. Con las manos metidas en las mangas del hábito le explicó:

– La vida de una monja es de silencio y reflexión. Eso forma parte de la obediencia. Y uno de los votos que tomamos es el de obedecer. Tal vez tenga razón. Tal vez he estado evitándolo, porque me he dado cuenta de que cuando estoy con usted me olvido con facilidad de las reglas sobre el silencio ordinario y hablo demasiado.

Él miró su espalda, muy recta.

– Quiere decir, hermana, que cada vez que vengo aquí y charlo con usted, ¿la hago pecar?

Ella no le respondió.

– ¿Lo hago? -insistió Eddie.

– Sí. Nuestros votos son perpetuos y las obligaciones que nos imponen deben cumplirse so pena de pecado.

– ¿Por qué no dijo nada antes? -preguntó.

– Porque parte de las conversaciones eran una necesidad. Su necesidad. Pensé que usted necesitaba a alguien con quién hablar, así que decidí escucharlo. Y ya que a nosotras, como monjas, se nos exige que practiquemos "la más cordial caridad", y estoy citando la Santa Regla, pensé: ¿cuándo se necesita más la caridad que después de una pérdida como la que usted sufrió? Usted y sus hijas. Estos últimos dos meses, desde la muerte de Krystyna, han sido… -no pudo terminar. Tenía un nudo en la garganta.

– Hermana -susurró él, horrorizado-. La he hecho llorar.

– No, no fue usted -sacó un pañuelo de su manga e inclinó la cabeza para usarlo.

– Entonces, ¿qué pasa? -él atravesó la habitación y se colocó detrás de su hombro-. Por favor, hermana, vuélvase.

– No, no puedo -ella sorbió por la nariz una vez-. Yo misma me he hecho llorar, no ha sido usted. Estoy pasando por una crisis personal y es un momento difícil para mí. Por favor perdóneme, pero debo irme.

Se volvió y se apresuró a salir de la habitación a una velocidad que hizo flotar su velo.

– ¡Hermana, espere! ¡Lo lamento! Yo no quise… -pero Regina ya no estaba.

Solo en el salón, Eddie no sabía qué hacer, no sabía qué pensar o creer. ¿La habría hecho pecar? ¿Y llorar? "Jesús, María y José, ayúdenme a comprender lo que le he hecho, porque ella es la última mujer en el mundo a la que quisiera perturbar de este modo".

Aquella noche se quedó despierto en la cama durante horas; repasaba la escena una y otra vez en su mente. De pie detrás de ella, cuando la hermana perdió la compostura, tuvo una explosión de sentimientos que sólo había experimentado con Krystyna. Hubiera querido confortarla, abrazarla mientras lloraba, como lo haría con cualquier mujer que sufriera, pero la mera idea de hacerlo estaba fuera de lugar, dado que ella era una monja. ¿Abrazarla?

¿Tenerla entre sus brazos?

Las monjas eran representantes de Dios. Eran criaturas santas. Lo más cercano posible a ser ángeles aquí en la Tierra. Y no había en la Tierra ningún hombre que reverenciara más a las monjas que Eddie Olczak.

Entonces, ¿qué hacía él ahora, acostado en su cama con la idea de abrazar a una? Extrañaba a Krystyna, eso era todo. La extrañaba y la hermana Regina era la única mujer con la que se sentía bien. Pasaría mucho tiempo antes de que dejara de extrañar a Krystyna, mas si alguna vez se casaba de nuevo, sería con alguien como la hermana Regina, de eso estaba seguro. Anne la quería muchísimo y Lucy también.

"Hermana Regina… Hermana Regina… ¡Oh, hermana! ¿Será posible que todos la amemos de una manera que no está permitida?", pensó.

Al día siguiente se celebraba el Día de Muertos, en el que los católicos obtienen indulgencia plenaria si se confiesan y comulgan, además de rezar un cierto número de plegarias por las pobres ánimas del purgatorio y por el Papa.

La hermana Regina se prometió que cumpliría con todos esos requisitos, con la idea de que así lograría una remisión de sus castigos temporales por el grave pecado que había cometido el día anterior al hablar de nuevo con el señor Olczak en un terreno tan personal.

Aquella mañana después de los rezos detuvo al padre Kuzdek en el vestíbulo principal.

– Padre, ¿podría hablar con usted?

– Por supuesto, hermana.

– Quisiera confesarme, por favor.

– ¿Ahora?

– Sí, padre, si tiene tiempo.

– Muy bien. Abríguese. Iremos directo a la iglesia.

Afuera del convento el aire olía a ropa recién lavada y el cielo estaba aún oscuro; eran las seis y media de la mañana. La noche anterior habían caído casi doce centímetros de nieve y todavía se dejaban sentir algunas ráfagas. El señor Olczak ya estaba allí y había cavado un sendero temporal. No se podía escapar a la distracción que él representaba, porque aun en aquel momento oía su pala en alguna parte en el atrio de la iglesia, donde quitaba la nieve de los escalones altos y anchos antes de la primera misa.

¡El señor Olczak! Aquel nombre se hallaba casi siempre en su mente. ¿Cómo iba a quitárselo de la cabeza si lo tenía presente en su mundo a cada hora del día?

El padre entró en la iglesia. La guió por el presbiterio y los dos se arrodillaron camino del confesionario. En el interior siempre se percibía un vago olor a moho y a estiércol, por los zapatos de los granjeros. La hermana Regina entró en el pequeño espacio y se arrodilló, oculta por una pesada cortina de terciopelo marrón que dejaba pasar una corriente helada. Oyó al padre que se acomodaba en su asiento antes de que la división entre ellos se abriera y pudo ver la sombra de su mano hacer el signo de la cruz en el aire.

– In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amén.

Ella se persignó con él y comenzó con las palabras que le habían enseñado desde que era una niña:

– Perdóneme padre, porque he pecado. Mi última confesión fue hace dos semanas. He venido a confesar algo muy grave -emitió un suspiro entrecortado.

El la escuchó y dijo:

– Dígame, hermana.

– Sí -susurró ella-. Esto es muy difícil -aspiró hondo para darse ánimos antes de continuar-. Casi sin darme cuenta me he hecho amiga de un seglar. Sólo somos amigos, aunque en el curso de nuestra amistad me he permitido hablar con demasiada libertad y nuestras conversaciones han tratado a veces de asuntos personales. Sé que estoy infringiendo mi voto de obediencia al hablar así con esta persona, pero cuando lo hago no siento que esté mal. ¿Cómo puede ser, padre?

– Esta persona… ¿es un hombre?

– Sí, padre -sintió que su corazón se aceleraba por el temor.

– ¿Y se siente atraída por él?

Después de varios latidos interminables respondió:

– Sí.

– ¿Y esas conversaciones con él la hacen dudar de su vocación?

– No, padre. Comencé a dudar de mi vocación mucho antes de que se iniciaran.

El corazón le latía cada vez más de prisa y se dio cuenta de que tenía lágrimas en los ojos. Era la primera vez que admitía abiertamente, ante alguien, que tenía dudas sobre su vocación. Mientras no hubiera pronunciado esas palabras, todavía tenía oportunidad de retractarse, de decirse a sí misma que estaba equivocada y de que aquellas insatisfacciones eran sólo temporales.

El padre se tomó su tiempo para responder.

– ¿Ha hablado con la madre superiora sobre esto?

– Padre yo… tengo miedo de hacerlo.

– Pero la hermana Agnes es su consejera espiritual. Debe depositar su confianza en ella. Esto podría afectarla decisivamente durante el resto de su vida.

– Sí, padre. Voy a tratar. Y, padre, debe comprender que no sólo se trata de este hombre. Va mucho más allá de eso. He comenzado a encontrar defectos en gran parte de mi vida dentro de la comunidad religiosa… en la forma de ser de las hermanas: en cómo la hermana Samuel estornuda sobre nuestra comida en la mesa o cómo la hermana Mary Charles castiga a los niños con su cinta. Y luego la hermana Agnes me amonesta y me dice que guarde mi distancia con los niños, y eso me hace enfurecer, pero no se me permite discutirlo con nadie. La Santa Regla me dice que mi furia es en sí misma un pecado. Recientemente, he comenzado a dudar cada vez más de la Santa Regla y de las normas que gobiernan nuestra orden.

– La furia es un sentimiento humano. Cómo la manifestamos es lo que la convierte en un pecado o no. Hermana, tal vez, está usted siendo demasiado dura consigo misma.

– No lo creo. Una y otra vez he roto la Santa Regla y cada vez que ocurre hago penitencia, pero sigo pensando que yo tenía razón. Ha sido terrible, padre.

– ¿Cree usted, hermana, que ninguno de nosotros ha tenido dudas sobre nuestra vocación alguna vez? -ella no respondió, así que el padre continuó-. A veces, cuando luchamos con la duda y la tentación y triunfamos, salimos de la prueba más fuertes que antes y más seguros de que la vocación que seguimos era por completo adecuada para nosotros. Rece, hermana. Rece mucho para obtener respuestas; sé que las recibirá. Haga penitencia. Medite lo más que pueda. Y hable con la hermana Agnes. Tal vez se sorprenda de lo que escuche.

– Sí, padre. Lo haré, gracias.

Le impuso una penitencia sorprendentemente leve: sin duda sabía que la situación por la que atravesaba era bastante castigo.

Decidió no hablar con la hermana Agnes de inmediato, ya que pensó que tal vez no había orado, meditado o hecho penitencia lo suficiente. Primero insistiría en hacer más de esas tres actividades.

El clima siguió tan sombrío y triste como los pensamientos de la hermana; el tiempo seguía su curso y se acercaba el día de Acción de Gracias. Ella le pedía a Cristo que le permitiera saber cuál era su voluntad. Se enfrascó en un intenso período de búsqueda espiritual durante el cual rezaba muchas horas al día. Se impuso la rutina de ayunar hasta la cena y ofrecía su hambre a Dios como una penitencia más por sus dudas. La reflexión y la meditación se fueron convirtiendo así en la parte más profunda de cada día, sin embargo, casi nada pudieron hacer para despejar la confusión. Esperaba que la respuesta descendiera sobre ella como un halo luminoso, como una gran revelación que de pronto le arrojaría luz desde dentro.

Pero nada de eso ocurrió. Si Cristo sabía lo que quería que hiciera, no se lo estaba transmitiendo.

Durante la semana del día de Acción de Gracias le escribió a su abuela sobre las tribulaciones por las que estaba atravesando, pero nunca envió la carta porque las reglas de la orden dictaban que toda la correspondencia que las hermanas enviaran debía colocarse, abierta, en el escritorio de la madre superiora. La hermana Regina guardó la carta y resintió el hecho de que nunca podría enviarla, con lo que añadió otro tanto a su cuenta de represiones.

Poco después del primer domingo de Adviento, cuando se ponía el nacimiento en la iglesia, cayó una fuerte nevada, seguida por un período de frío intenso que resultó peligroso. En la escuela los niños se vieron obligados por el mal tiempo a jugar en el gimnasio y en los pasillos durante el recreo y por las tardes; esto los volvía cada vez más traviesos. Entre los niños más pequeños se propagó la mala costumbre de correr por todas partes. Entre los mayores las peleas y las discusiones se volvieron frecuentes.

Fue el lunes de la última semana anterior a las vacaciones de Navidad cuando Anne Olczak se puso a jugar con algunos de sus primos mayores a perseguir a otros niños en uno de los pasillos. Como ya habían estado corriendo alrededor de los parapetos, la hermana Mary Charles les había advertido varias veces que no lo hicieran.

Anne tuvo la mala suerte de ser la que corría alrededor del extremo del parapeto, cerca del baño de las niñas, cuando derribó la campanilla de cobre. Al caer, golpeó en la cabeza a una niña de primer grado, pegó en el suelo y rebotó con un ruido estrepitoso a unos cuantos centímetros de los zapatos negros de la hermana Mary Charles.

– ¡Olczak, ven acá! -gritó y se prendió del hombro de Anne como si fuera un ave de rapiña que transportaba su comida-. ¡Ve lo que has hecho! -Anne miró a la monja, inmovilizada por el terror-. ¡Levanta esa campana!

Anne se apresuró a recogerla y la puso en el parapeto. La niña de primero gritaba de dolor mientras le brotaba sangre de una herida en la frente.

El dedo huesudo de la hermana Mary Charles señaló al suelo.

– Me esperarás precisamente aquí, señorita, y no te muevas ni un milímetro.

– No, hermana -susurró Anne muerta de miedo.

La hermana se inclinó para atender a la pequeña y la llevó con su maestra para que la examinara y la curara. La pobre de Anne tuvo que esperar diez minutos en medio de una creciente angustia hasta que la hermana Mary Charles regresó con cara molesta y expresión sombría.

– Muy bien, jovencita, ¡camina!

Anne no tenía que preguntar adonde. Ya lo sabía.

Lloraba cuando la puerta del salón floral se cerró tras ellas. A través de las lágrimas alcanzó a distinguir la cinta de hule que esperaba entre los helechos.

– ¡Eres una desobediente! -exclamó la hermana mientras se arremangaba el brazo derecho-. Y la desobediencia debe castigarse. ¿Lo entiendes?

Anne intentó susurrar un "Sí, hermana", pero no le fue posible articular palabra. La hermana tomó la cinta de hule.

– Extiende las manos y mientras te castigo, pide perdón a Dios por tus pecados.

– Pero si fue un acci…

– ¡Silencio! -gritó la hermana Mary Charles con tanta fuerza que su voz hizo que incluso las hojas de los helechos se estremecieran-. ¡Pon las manos ahora mismo!

Las manos sudorosas de Anne se extendieron, temblando, con un movimiento lento.

La hermana levantó su arma y lanzó un golpe… Anne no pudo evitarlo: retiró los brazos por reflejo.

La hermana Mary Charles se enfureció todavía más.

– ¡Muy bien! Iban a ser cinco. ¡Ahora serán seis!

Lucy estaba sentada con la espalda contra la pared del pasillo y con un hilo grueso jugaba a formar diseños entre los dedos con unas chiquitinas cuando su prima Mary Jean entró a todo correr y se deslizó hasta detenerse de rodillas.

– ¡La hermana Mary Charles se llevó a Anne al salón floral!

– ¿A Annie? ¿Qué hizo?

– Derribó la campana del parapeto y le cayó en la cabeza a una niña pequeña -explicó Mary Jean. Lucy sabía que no se debía tocar esa campana.

– ¿Annie? -dirigió la mirada hacia el salón floral y sintió náuseas en la boca del estómago-, ¿Está ahí con la hermana Mary Charles? -Lucy se arrancó el hilo de los dedos y se levantó.

"¡No lastime a mi hermanita! ¡Es usted una malvada!"

– ¡Oye, Lucy, espera!

Pero Lucy ya iba corriendo por el pasillo, al rescate, y no se detuvo sino hasta que llegó a la puerta del salón floral. Oyó que adentro la monja gritaba:

– ¡No me repliques!

Lucy comenzó a llorar y corrió con la persona más cercana que pensó que podría ayudarla.

– ¡Hermana Regina, venga pronto! ¡La hermana Mary Charles tiene a Annie en el salón floral y la está golpeando!

La hermana Regina estaba sentada frente a su escritorio. Se puso en pie de un salto, tan de prisa que su silla cayó mientras se dirigía al vestidor.

– Ve a jugar, Lucy, yo me ocuparé de esto.

Pasó a toda velocidad por el vestidor, como un derviche con velos negros y abrió la puerta del salón floral al tiempo que gritaba:

– ¡Deténgase en este instante!

Anne había recibido cuatro azotes y estaba de pie, sollozando. La hermana Mary Charles giró sobre sus talones.

– ¡Esta niña ha desobedecido! ¡Debe ser castigada!

– Pero no con furia ni crueldad. No lo permitiré.

– ¿Que no lo permitirá? ¿Y desde cuando tiene el derecho de darme permiso cuando reprendo a un niño?

– Esto no es reprender. Es una extralimitación, además ella no es una niña mala. Bastaría hablarle con firmeza por lo que hizo.

– Les enseñamos que la desobediencia es un pecado y éste es el castigo. No es peor que otros cientos de palizas que he propinado durante años, y eso los hace mejores.

– El que castiga el pecado es Dios Nuestro Señor y no usted. Y no puedo creer que siquiera uno de esos niños sea mejor porque lo hayan golpeado. Anne, por favor, ve al baño, suénate la nariz y espérame ahí.

Anne salió corriendo y las dejó a solas. La hermana Regina comentó con un tono de voz más tranquilo:

– Desde que llegué a este lugar he estado en contra de que golpee a los niños, pero parecía ser una especie de tradición y todos lo aceptaban. Bueno, pues yo no. No veo por qué haya que sacrificar a los niños por alguna amarga necesidad que usted lleva en su interior.

La hermana Mary Charles había dejado caer la cinta.

– Se está usted sobrepasando, hermana, y al hacerlo infringe la Santa Regla.

– Por favor, no me salga con lo de la Santa Regla. Tal vez sería bueno que volviera a leer el capítulo seis sobre la caridad, donde dice que los maestros no deben infligir castigos corporales a los alumnos. ¿Qué me dice de esa santa regla?

La hermana Mary Charles salió y dio un portazo.

Regina ocultó el rostro en sus crispadas manos y durante unos instantes trató de recuperar la compostura. Cuando la campana llamó de nuevo a las clases vespertinas, recordó que Anne todavía estaba en el baño, esperándola.

El baño de las niñas tenía ventanas de vidrio con dibujos y relieves; los muebles de madera eran tan oscuros como la melaza. Anne estaba con la cara vuelta a un rincón, llorando a mares, y Lucy, a su lado; se sentía muy mal, pero era muy joven para saber qué hacer.

Cuando su salvadora llegó, Lucy comentó con tono grave:

– Le pegó en las manos, hermana, y Annie no deja de llorar.

La hermana hizo que Anne se volviera; la niña se lanzó hacia ella y la abrazó con fuerza. El corazón de la hermana se llenó de piedad y amor e hizo caso omiso de la Santa Regla y de sus propios votos en peligro y le devolvió el abrazo mientras acariciaba con una mano el cabello de la niña. ¿Qué podía hacer? ¿Llevarla de regreso al salón y exponerla a las miradas curiosas y a los comentarios de sus compañeros? ¿O suspenderla por un tiempo? Tomó una decisión.

– Vengan conmigo, niñas. Vamos a buscar a su padre.

Lo encontraron en el comedor cuando sacaba la basura. Se detuvo, sorprendido, cuando las vio a las tres.

– ¿Qué sucede, hermana?

Ella tenía una mano en el cuello de cada una de las niñas, y las mantenía cerca de ella en actitud protectora.

– Creo que lo mejor sería que Anne y Lucy se tomaran el resto del día libre. ¿Hay alguien que pueda cuidarlas?

– Claro, la tía Katy, pero ¿por qué?

– Anne derribó por accidente la campana del parapeto. La campana golpeó a una niña y la hermana Mary Charles la castigó en el salón floral. Yo la detuve.

Él se arrodilló con el entrecejo fruncido.

– ¿Annie? Ven aquí, cariño. Cuéntame lo que sucedió.

– Jugábamos a perseguirnos y yo derribé la campana del parapeto; le cayó en la cabeza a una niña y le salió sangre, pero fue un accidente, papi. La hermana dijo que yo había cometido un pecado, pero no es cierto, y me golpeó las manos con una cinta de hule.

La hermana Regina nunca había visto el rostro de Eddie tan desencajado como en ese momento.

– Vámonos. Tú también, Lucy -se levantó y tomó a las niñas de la mano con expresión adusta y decidida-. Vamos por sus abrigos; voy a llevarlas a casa de la tía Katy. Ahí me esperarán hasta la hora de cenar. Y no te preocupes de si pecaste o no, Annie. No lo hiciste.

Mientras la hermana regresaba con sus alumnos, Eddie entró en el vestidor para tomar los abrigos de las niñas. Antes de marcharse, asomó la cabeza al salón de clases y llamó a la hermana para que se acercara a la puerta.

– Gracias, hermana. ¿Tendrá problemas por haber intervenido?

– No, señor Olczak.

– Bueno. Estoy tan… -ella notó que Eddie intentaba calmar su furia-. Nada. Hablaré con usted más tarde.

Capitulo 6

La hermana Regina se sorprendió de lo tranquila que estaba ahora que había llegado el momento. Sus dudas se habían disipado con la abrupta decisión de intervenir y detener a la hermana Mary Charles para evitar que siguiera golpeando a Anne. Fue como si ese momento hubiera impulsado su decisión, porque supo con pasmosa certeza que marcharse era lo correcto y que, además, ése era el momento indicado para poner en movimiento el mecanismo para hacerlo.

Cuando ella y la madre Agnes se reunieron aquella noche en el salón comunitario vacío del convento, la madre superiora ya sabía lo que había ocurrido en el salón floral.

– Pase, hermana Regina -la invitó en tono amable -, y por favor cierre la puerta.

La hermana Regina obedeció en silencio. Se arrodilló para recibir la bendición de la madre superiora. Un susurro, un roce en la cabeza, y la hermana se levantó y se sentó en un sillón con asiento de tapicería dura y respaldo recto. La casa estaba en silencio; sobre una mesa, en un rincón, brillaba una lámpara de luz tenue.

La hermana Regina fue la primera en romper el silencio, en voz baja expresó:

– Gracias por recibirme, madre Agnes. La mujer mayor asintió sin decir palabra. -Sin duda piensa que vine a hablarle de lo que sucedió en el salón floral esta tarde, pero he venido a verla por un problema que ha ocupado mis oraciones -la hermana Regina continuó hablando en voz baja y con lentitud-. Temo que cada vez estoy más insatisfecha con mi vida aquí, dentro de la comunidad espiritual. Estos sentimientos han ido creciendo en mi interior desde hace mucho tiempo. He comprendido que ya no pertenezco aquí y deseo obtener una dispensa de mis votos.

Para sorpresa de la hermana Regina, la madre Agnes no se alarmó. Sólo le hizo un comentario con mucha tranquilidad:

– Supongo que habrá pedido la ayuda de Dios para tomar esta decisión, hermana.

– Muchas veces.

– Bien. Entonces, hermana, déjeme decirle que no es pecado dudar de sus votos.

– En mi mente, lo sé, pero mi corazón siente de un modo distinto, porque desde que tenía once años supe que esto era lo que quería hacer. Todos decían que yo debía ser monja, en especial mi abuela. Fue ella, sobre todo, la que me hizo creer que la vida como religiosa era el epítome del servicio a Dios.

– ¿Y qué la hizo cambiar de opinión, hermana?

La hermana Regina había meditado bien la respuesta a esa pregunta desde hacía mucho.

– Aunque he tratado muchas veces de encontrar la realización en mi relación con Dios, nunca puedo disociarme lo suficiente de las preocupaciones mundanas para ser completamente una con Él. Siempre he tenido problemas para cumplir con mi voto de obediencia. A últimas fechas he comenzado a poner muchas cosas en tela de juicio… sobre todo la Santa Regla. Hoy, cuando la hermana Mary Charles llevó a Anne Olczak al salón floral, todo quedó por fin muy claro para mí. Comprendí que era el momento de hacer este cambio en mi vida.

La madre Agnes asintió.

– Creo que las niñas Olczak tienen un sitio muy especial en su corazón. Y creo que cuando su madre murió, usted sintió un gran deseo de compensarles esa pérdida.

– La muerte de Krystyna Olczak tuvo un efecto muy profundo en mí. Era la madre, la esposa, la hija y la cristiana más perfecta que he conocido. Cuando falleció comencé a pensar en lo que ella le había dado al mundo y a compararlo con lo que yo misma, como monja, le he dado -el tono de voz de la hermana Regina se hizo todavía más bajo-. Krystyna Olczak sirvió a Dios de un modo más noble del que yo lo haya hecho jamás.

– ¿Siente amargura por los años que ha pasado como religiosa?

– No, madre, en lo absoluto. Cuando entré al noviciado sentí que era la voluntad de Dios que lo hiciera, que su voz estaba en mí. Y su voz sigue todavía en mi interior. Creo que Él me ha guiado en la decisión que tomé hoy.

– Ese es un argumento contundente, hermana Regina, y yo sería la última en tratar de convencerla de que se quede. Es su vida y debe vivirla como le parezca.

Aquélla no era en absoluto la respuesta que la hermana Regina había esperado.

– ¿Lo dice en serio, madre?

– Por supuesto que sí, pero permítame decirle que hay muy pocas monjas que yo conozca que no se hayan preguntado alguna vez si tomaron la decisión correcta, y eso me incluye.

– ¿Usted llegó a pensar en dejar la orden?

– Sí, lo hice, pero al igual que usted oí la voz de Dios en mi interior. Solamente que Él me dijo que me necesitaba aquí, y desde entonces nunca lo he lamentado.

Tras meditarlo un momento, la hermana Regina dijo:

– Me gustaría mucho ir a casa y darle a mi familia la noticia de la decisión que he tomado. Las vacaciones de Navidad comienzan esta semana. El momento parece providencial.

La hermana Agnes mostró por fin cierta consternación.

– ¿Tan pronto? Tal vez si se tomara más tiempo para orar y meditar… hacer un retiro.

– Madre Agnes, en agosto pasado hice un retiro con ese propósito, y desde esa fecha he rezado muchas plegarias, he meditado y hecho penitencia. Creo que Dios y yo nos hemos reconciliado con mi decisión. Ahora necesito reconciliarla con mi familia.

La hermana Agnes asintió con solemnidad.

– Bueno… pero es tan pronto.

– Según tengo entendido, el trámite del papeleo puede tardar hasta seis meses para que lo aprueben en Roma y lo devuelvan.

– Sí, pero… ¡Oh, vaya! Supongo que me resisto por motivos egoístas, porque no quiero perderla, hermana. Es una de nuestras mejores maestras y ha aportado mucho a esta comunidad religiosa.

– Gracias, madre.

– ¿Ya tiene planes? ¿Qué hará para ganarse la vida?

– Todavía no estoy segura, pero siempre puedo dar clases.

– Debo advertirle que la iglesia católica no ve con buenos ojos que las monjas que renuncian a sus votos enseñen en sus escuelas.

– ¿Ni siquiera en otro pueblo? -el plan de la hermana Regina era trabajar como maestra laica en otra escuela parroquial.

– Sería muy difícil -la voz de la madre superiora era cada vez más comprensiva-. Es mi deber informarle que la iglesia es muy firme a ese respecto.

"¿Me negarán el trabajo? ¿Aunque sea buena maestra?", pensó. La noticia la recorrió de arriba abajo como una corriente eléctrica. Lo que la madre superiora le estaba insinuando era que una vez que colgara los hábitos, la iglesia temía que influyera en otras monjas que quisieran renunciar.

– Creo que tendré que ir paso por paso -respondió la hermana Regina-. Pensé que lo primero era hablar con usted, luego con mi familia y después con quien se encargue de dar seguimiento formal al papeleo.

– Tendría que ser la priora, la hermana Vincent de Paul, en el convento de San Benito. Deberá de ir a verla, hablarle de lo que intenta hacer y llenar una solicitud para la dispensa de sus votos. Ella la enviará a la presidenta de la congregación, que a su vez la hará llegar al Santo Padre en Roma.

– Y entonces… mientras espero, ¿qué pasará?

– Volverá aquí y todo seguirá igual hasta que el Santo Padre firme la dispensa y ésta llegue aquí.

– Ya veo -"Queda la opción de las escuelas públicas", pensó Regina. "Siempre puedo dar clases ahí". Sin embargo, la idea le repugnaba: tener que enseñar en un sitio en el que no hubiera plegarias. Quería permanecer cerca de la estructura religiosa al igual que un niño que va a nadar por primera vez quiere tener cerca un salvavidas-. Así que después de ver a la hermana Vincent de Paul tendré tiempo suficiente para pensar en el futuro.

– Sí. Supongo que sí.

Parecían haber hablado de todo, pero a Regina todavía le faltaba una respuesta muy importante.

– ¿Podré ir a ver a mi familia?

La madre Agnes puso la cara larga y su rostro transmitió tristeza. Sin embargo, logró esbozar una débil sonrisa y respondió:

– Tiene mi permiso.

La hermana Regina extendió la mano y tocó la manga de la mujer mayor.

– Por favor, no se entristezca por mi, madre Agnes.

La madre Agnes puso la mano sobre la de Regina y le dio un ligero golpecito.

– Sí… bueno… -separaron las manos y volvieron a ocultarlas en el hábito-. Por favor, arrodíllese para recibir mi bendición.

De rodillas, la hermana Regina sintió el breve toque sobre la cabeza. La voz de la madre Agnes se redujo a un leve susurro y aunque en su plegaria rogaba a Dios que guiara a la hermana Regina en la elección que iba a hacer, ésta ya había tomado la decisión de que antes de volver de las vacaciones de Navidad iría al convento de San Benito y firmaría los papeles que la liberarían de sus votos.

La escuela cerró por las vacaciones de Navidad el viernes quince de diciembre y las clases se reanudarían el martes dos de enero. Eddie tenía que trabajar durante las vacaciones, así que hizo planes para que las niñas pasaran la primera semana en casa del abuelo y la abuela Pribil y la segunda con los abuelos Olczak. Le pidió a uno de sus sobrinos que tocara el ángelus vespertino y llevó a las niñas a la casa de la abuela Pribil el viernes por la noche.

La madre de Krystyna autorizó a las niñas a ayudarla a hornear galletas para Navidad, y les contó que afuera en el granero había una gata con cuatro gatitos y que podían escoger uno para llevarlo a la casa y hacerle una cama cerca de la estufa de leña; cuando volvieran a casa, le preguntarían a su padre si podían quedárselo.

El abuelo Pribil las llevó al granero y escogieron una gatita rayada de pelo suave y sedoso y la cola levantada como si fuera un brote de espárrago. La tía Irene comentó que era del color del azúcar quemada, así que las niñas decidieron llamarla Azúcar.

Todos tomaron una deliciosa comida casera y luego pasaron la tarde entera jugando cartas. Mary se puso un viejo suéter azul encima de su vestido para estar en casa y salió con Eddie al porche cuando él se marchaba. Se detuvieron antes de bajar los escalones y observaron la camioneta de Eddie. Sobre la pintura verde comenzaba a caer un poco de nieve.

Eddie tomó a su suegra por el hombro y le dio un fuerte apretón.

– Es mejor que me vaya. El ángelus es ahora más temprano.

Se dieron un beso en la mejilla y un abrazo de buenas noches.

– Cuídese.

Desde la ventana de la cocina Irene vio a Eddie caminar hacia su camioneta, acomodarse tras el volante, encender el motor y dar vuelta en el patio de la granja. Lo observó con un anhelo que le llenaba los ojos y la garganta. Todavía seguía en la ventana cuando él se alejó lentamente por el camino de grava, dejando tras de sí en la nieve un par de huellas idénticas.

Al día siguiente Eddie trabajó en la escuela desierta; quitó los árboles de Navidad de todos los salones de clase y los quemó en el incinerador. Con la ayuda de Joey, el hijo de Romaine, sacó las sillas plegables de madera del almacén del gimnasio y lavó y enceró el piso. Revisó el horno de la calefacción y llenó el tragante para toda la noche. Eso era justo lo que estaba haciendo cuando Romaine llegó cerca de las cuatro menos cuarto aquella tarde.

– Oye, hermanito, te he estado buscando. Es sábado por la tarde y tus hijas están en la granja. Pensé que tal vez querrías darte una vuelta por la taberna y tomar un par de tragos.

– Claro, ¿por qué no? Sólo échame una mano con este carbón.

Terminaron de llenar el tragante y se dirigieron a la taberna. Era uno de esos días grises, oscuros y ventosos. En el establecimiento había mucho humo de cigarrillos y se estaba llevando a cabo un insulso juego de dados.

Romaine ordenó un whisky y un vaso de agua para acompañarlo. Eddie ordenó una botella de cerveza Grain Belt.

Les llevaron sus bebidas. Hicieron un brindis intrascendente:

– ¡Chócala! Romaine dejó su vaso en el mostrador.

– ¿Cómo has estado?

– Ha sido difícil -respondió Eddie-. ¿Quién quiere jugar a ser Santa Claus solo?

En ese momento entró uno de los parroquianos, Louie Kulick. Se acomodó en un banco al lado de Eddie y le preguntó:

– ¿Adonde va la hermana Regina?

– ¿A qué te refieres?

– Está allá afuera, esperando al autobús. Lo raro es que está sola -todos sabían que las monjas siempre viajaban acompañadas.

Eddie dejó en el mostrador su botella de cerveza y comentó:

– Ahora vuelvo.

Al lado de la taberna, bajo el letrero de Greyhound, estaba la hermana Regina, de pie en la acera con una pequeña maleta de cartón a sus pies. Sujetaba una gruesa capa negra tejida a mano con la que se tapaba la garganta. Parecía congelada en aquel lugar, temblando de frío en la oscuridad de la tarde.

– ¿Hermana Regina? -la llamó desde atrás.

Ella giró al oír la voz y exclamó:

– ¡Oh, es usted, señor Olczak!

– ¿Está esperando el autobús?

– Sí, pero parece que viene retrasado.

– Hermana, perdóneme por preguntar, pero ¿dónde está su acompañante? ¿No viaja alguien más con usted?

– Hoy estoy sola, señor Olczak.

– ¡Ah!

Era obvio que él no entendía la razón, así que ella le explicó:

– Voy a casa de mis padres para pasar la Navidad. Tienen una granja cerca de Cilman.

– ¡Ah, Gilman! -hizo un cálculo rápido y supuso que sería un viaje de hora y media o dos horas, eso si el autobús no paraba en el camino. Si no era directo o si tenía que hacer un cambio de autobús, la hermana tendría suerte si llegaba a su destino a las diez de la noche.

– ¿Y el autobús es directo? Quiero decir, ¿llega hasta Gilman?

– Bueno, no.

– ¿Hasta dónde llega?

– No tiene que preocuparse por mí, señor Olczak.

– ¿Hasta dónde, hermana? ¿A Saint Cloud? ¿A Foley? -ella volvió el rostro hacia el otro lado y su velo se infló con el viento. El se acercó e insistió-: ¿Y cómo va a llegar a la granja? Permítame llevarla, hermana.

– ¡Oh, no, señor Olczak! -él percibió un leve resquicio de pánico en su voz.

– La llevo a la granja de sus padres. Por favor, déjeme hacerlo.

– ¿Dónde están sus hijas? -preguntó ella.

– En casa de su abuela Pribil. Por favor, déjeme llevarla.

Ella estaba ansiosa por aceptar, pero no podía. Todavía sin mirarlo, admitió:

– No se me permite hacerlo. No sin una acompañante.

– Usaré el auto de Romaine. Puede sentarse en la parte de atrás. La llevaré hasta la puerta misma de la casa de sus padres. ¿La están esperando?

Ella miró a lo lejos y se negó a responder.

– ¿Tienen teléfono? -preguntó él. Ella seguía en silencio, así que Eddie continuó-: No tienen, ¿verdad?

Eran pocos los granjeros que tenían.

– Tengo un tío en Foley -respondió ella por fin-. Estoy segura de que él me llevará a la granja.

A Eddie comenzaba a agotársele la paciencia.

– Perdóneme, hermana, pero es una tontería que esté usted aquí esperando un autobús retrasado, en un clima como éste, para luego tener que recorrer Foley en mitad de la noche, sin saber cuándo llegará a casa. ¿Cree que Krystyna la dejaría hacer algo así sin tratar de ayudarla? Bueno, pues yo tampoco. Espere aquí.

Regresó adonde estaba Romaine.

– Necesito que me prestes tu auto. La hermana Regina tiene que ir a Gilman y no quiero llevarla en la camioneta. ¿Tocarías el ángelus por mí a las seis?

– Claro.

– Gracias. Si acaso necesitaras mi camioneta, tómala. Tiene las llaves puestas.

El auto de Romaine estaba al otro lado de la calle. Eddie le dio vuelta para cambiar de sentido, se aproximó a la acera y se colocó al lado de la hermana. Metió la maleta en el asiento de atrás, esperó a que ella subiera y luego cerró la puerta.

Cuando estuvo de nuevo tras el volante, comentó:

– Vi que hay una manta allá atrás. Póngasela sobre las piernas, porque la calefacción es un poco lenta.

Regina se cubrió las piernas y miró caer los copos de nieve que volaban como cabellos al viento frente a los faros del auto.

– ¿A qué distancia está Gilman de Foley? -preguntó Eddie.

– A unos cuantos kilómetros, de este lado.

– Está bien. Cuando estemos más cerca me dirá por dónde ir.

Después de aquello él condujo en silencio.

La hermana podía distinguir la silueta de su cabeza contra el parabrisas, la línea de su gorra, la oreja derecha y el hombro del mismo lado. Ya era bastante malo que con cada kilómetro que recorría sin chaperón rompiera la Santa Regla, pero no conforme con eso, se permitía tener pensamientos sobre él que le estaban vedados. La atracción física que le provocaba, combinada con la consideración y la soledad de Eddie, el hecho mismo de su disponibilidad, le hicieron sentir una punzada debajo de las costillas. No dejaba de pensar que en sólo seis meses podría disfrutar del sencillo placer de pasear en auto con un hombre cuando se presentara la oportunidad.

¿Qué pasaría si él supiera que iba a pedir una dispensa de sus votos? ¿Qué opinaría? ¿Cómo tomaría la noticia? Quería decirle la razón por la que iba a su casa, pero todavía era monja y lo sería por lo menos medio año más, y durante ese tiempo se esperaba que se comportara de acuerdo con las reglas de la orden.

En Long Prairie llegaron a llanuras con muchas granjas… kilómetros de oscuridad apenas iluminados por los faros del automóvil, los copos de nieve y la luz ocasional de algún granero.

– Aquí es -indicó ella después de cuarenta y cinco minutos de silencio interrumpidos sólo por sus señalamientos-. Deténgase al lado de los manzanos.

Comenzó a ladrar un perro y una luz se encendió en el patio.

Eddie se detuvo donde ella le señaló, apagó las luces y el motor y se volvió a mirarla por encima del asiento.

– Hermana, sólo dígame cuándo y volveré para recogerla.

– No será necesario. De regreso tengo que pasar por el convento de San Benito y estoy segura de que mi padre me llevará.

– Bueno… entonces está bien. Feliz Navidad.

– Feliz Navidad. Y gracias por traerme. Espero que llegue usted con bien.

Eddie bajó del automóvil y le abrió la puerta de atrás. Cuando sacaba la maleta, una voz de mujer gritó:

– Jean ¿eres tú?

– Sí, soy yo, mamá.

– ¡Oh, Dios mío! ¡ eres tú!

Y una voz de hombre notoriamente embargada por una repentina emoción preguntó:

– ¿Regina?

Luego salieron a toda prisa del porche trasero cubierto y corrieron hacia el camino. Eddie los vio abrazarse y no dejaba de pensar: "Se llama Jean, se llama Jean". El padre de Regina trató de quitarle la maleta de las manos a Eddie.

– Yo la llevo.

– No, señor. Ya la tengo yo. Permítame llevarla a la casa.

– Él es el señor Olczak, papá, el conserje de San José -explicó Regina-. Tuvo la amabilidad de traerme hasta aquí esta noche y con este clima.

– Señor Olczak -Frank Potlocki le estrechó la mano-. Pase usted. Berta le preparará una taza de café antes de que se vaya.

La habitación era común y corriente, pero estaba inmaculada. Tenía una cocina de hierro colado que funcionaba con leña, una mesa tan grande como una carreta para heno y un gastado piso de linóleo azul. Berta Potlocki sacó agua de un tanque para llenar una olla mientras Frank ponía maderos para avivar el fuego.

Luego todos se sentaron a la mesa y Berta le preguntó a su hija:

– ¿Cuánto tiempo te vas a quedar?

– Hasta después de Navidad.

Con una mano Berta cubrió la de su hija sobre el hule de la mesa. Las lágrimas en sus ojos hablaban de cuánto tiempo había pasado sin que pudiera hacerlo.

– ¡Espera a que tu abuela sepa que estás aquí! ¡Oh, Jean! ¡Cómo te extraña!

– ¿Cómo está?

Mientras charlaban, Eddie se dio cuenta de que Regina (Jean) Potlocki había crecido en un ambiente muy parecido al suyo, en aquella enorme casa de granja llena de corrientes de aire, rodeada por gente que amaba. Una madre con el rostro rojizo de tanto guisar en una cocina de leña y un padre que incluso en pleno invierno tenía la frente blanca por encima de la línea de su sombrero y el rostro tostado por debajo. Sacaron de la alacena panecillos hechos en casa y trajeron del helado porche un tazón con mantequilla, medio kilo de mermelada de cereza silvestre y una jarra de crema espesa, directo de la centrífuga.

Desde el otro lado de la mesa, Eddie observó cómo la hermana Regina juntó las manos y musitó una rápida plegaria antes de untar el pan con una gruesa capa de recuerdos de su hogar. Cuando ella le dio una gran mordida al pan y levantó el rostro, tenía mantequilla en las comisuras de los labios y vio que Eddie la observaba con una sonrisa.

La hermana Regina se sonrojó. Sólo entonces recordó que no le estaba permitido comer con seglares, pero el pan casero y la mermelada de cereza que su madre preparaba eran demasiado deliciosos para resistirse.

En la puerta, cuando ya se marchaba, Eddie se volvió hacia la hermana Regina sin dejarle saber lo que sentía. Sus padres estaban a metro y medio de distancia.

– Si me dice qué día quiere regresar, yo puedo venir por usted y llevarla.

– ¡Oh! No gracias, señor Olczak. Mi padre me llevará.

– Puede apostar a que lo haremos, ¿no es cierto, mamá? -Frank le estrechó la mano a Eddie-. Conduzca con cuidado.

– Eso haré. Parece que ya va a dejar de nevar.

Eddie miró a la hermana Regina y lo invadió el loco deseo de abrazarla. Tuvo la clara impresión de que si lo hacía, ella le devolvería el abrazo.

– Feliz Navidad, señor Olczak -expresó ella en voz baja.

– Le deseo lo mismo, hermana -dio un paso atrás, hizo un gesto con la cabeza, abrió la puerta y se despidió-: Frank… Berta… fue un placer conocerlos.

– El placer fue nuestro -le respondieron y lo dejaron que se marchara en la nieve. Mientras volvía a casa iba preguntándose si acaso sería un pecado mortal enamorarse de una monja.

Capítulo 7

Se corrió la voz entre toda la familia de que Jean se hallaba en casa y el domingo, después de misa, la casa se encontraba llena: ahí estaba la abuela Rosella, sus hermanas y hermanos y sus respectivas familias. Al servir la comida había dieciocho personas alrededor de la mesa y, sin haberlo planeado, comida suficiente para todos.

Regina esperó a que los niños se retiraran de la mesa para anunciar la noticia a su familia. Cuando se volvieron a llenar las tazas de café y el grupo estaba tranquilo y reposado, ella decidió hablar:

– Tengo algo que quiero decirles a todos.

Con todas las miradas fijas en ella, la hermana Regina manifestó con voz suave, pero resuelta.

– He decidido que ya no quiero ser monja. Voy a solicitar una dispensa de mis votos.

Berta se llevó las manos a los labios. Su mirada se cruzó por un instante con la de Frank. Los dos la miraron con la boca abierta. Nadie sabía qué decir. Berta fue la primera en hablar.

– No hablas en serio, Regina.

– Sí, mamá, hablo en serio.

– ¿Cómo puedes hacernos esto?

"No te estoy haciendo nada, madre", pensó Regina. Entonces todos comenzaron a hablar al mismo tiempo.

– Nadie deja el convento.

– Jesús, María y José…

Se escucharon susurros al tiempo que se santiguaban.

– Es por ese hombre que te trajo a casa, ¿no es verdad?

– ¿Un hombre la trajo a casa?

– ¡Chitón! ¡Bajen la voz! ¡Los van a oír los niños!

Los comentarios siguieron sin cesar hasta que la abuela Rosella rompió en llanto.

Frank se levantó y rodeó la mesa para llegar hasta ella.

– Madre -comenzó al tiempo que se arrodillaba-, no es el fin del mundo.

– Sí lo es… Para mí lo es -levantó su avejentado rostro-. Lo único que siempre quise fue que mi pequeña Jean fuera monja y lo que hace ahora es traicionarme.

Regina sintió que la furia estallaba en su interior, pero mantuvo la voz tranquila.

– No te estoy traicionando, abuela.

– A Dios entonces. Traicionas a Dios. Hiciste votos ante Él.

– Esos votos pueden revocarse.

Rosella levantó la voz.

– ¡Es por un hombre! ¡Es por eso! ¡Las monjas no renuncian a sus hábitos a menos que haya un hombre de por medio!

La madre de Jean intervino:

– Si se trata de un hombre, Jean, es mejor que nos lo digas ahora. De cualquier manera lo sabremos tarde o temprano.

Alguien comenzó a recitar un acto de fe y el alboroto aumentó de inmediato.

La hermana Regina Marie, de la orden de San Benito, que por lo general mantenía una apariencia de compostura que los mismísimos santos le hubieran envidiado, se puso de pie y gritó:

– ¡Silencio, todos ustedes! ¡Cállense en este mismo instante!

Todos cerraron la boca de golpe y la miraron.

La voz le temblaba cuando comenzó a hablar:

– Lamento haberles gritado, pero es algo que no se me permitió hacer durante once años… gritar. Hay un párrafo en nuestra Santa Regla al respecto -recorrió uno a uno el círculo de rostros-. ¿Pueden imaginar lo que es tener que vivir sin gritar? ¿O sin tocar a otro ser humano? ¿O sin que se les permita tener un amigo especial o hablar en la calle con las personas que conocen? ¿Saben lo que es no poder tener un reloj para ver la hora cuando lo deseen? ¿No poder comprar una botella de champú ni escribirle una carta a su abuela sin que alguien más la lea? Durante años no pude escribirles para contarles mi creciente insatisfacción. Si hubiera podido hacerlo, tal vez no habría llegado a este punto en el que siento tantos deseos de ser libre.

Todos estaban sentados con la barbilla inclinada y pensativos.

Ella continuó:

– Tomé la decisión de ser monja cuando tenía apenas once años. Piénsenlo… ¡Once! Ni siquiera había terminado de crecer, ni había ido a la feria del condado sin mamá y papá, ni sabía lo que era tener novio. ¿Cómo puede una niña de once años saber a lo que se está comprometiendo?

Miró a las personas alrededor de la mesa. Algunos rostros se habían levantado y su expresión ya no era tan dura.

– Y todos me repetían que sería una monja maravillosa. La abuela me lo decía. Mi madre me lo decía. Las monjas de la escuela me lo reiteraban. Así que me volví monja y durante mucho tiempo fui feliz. En mi comunidad religiosa existe un maravilloso sentido de pertenencia. Reina la sensación de un propósito para cada hora de cada día, de hacer el bien, y de cambiar el mundo de una manera importante. Y me encanta enseñar… Algunos de los niños han llegado a ser muy especiales para mí, al igual que sus familias. Y por supuesto -continuó-, desde un punto de vista más práctico da una seguridad tremenda vivir en un convento. Todas mis necesidades mundanas se encuentran cubiertas: alimento, ropa, abrigo, compañía, un trabajo, un lugar adonde ir si enfermo, un hogar en mi vejez. Cuando deje la orden, no me quedará nada. Tendré que empezar de nuevo… como un ser desplazado. Tal vez ahora puedan entender lo difícil que ha sido para mí tomar esta decisión.

Nadie pronunció una sola palabra, así que ella continuó, con la esperanza de que le creyeran:

– Y no es que haya extrañado las cosas mundanas, pero quiero… -su voz se volvió tierna y anhelante- lo que más anhelo es un amigo. Alguien con quién poder hablar de todo esto. Y si ese amigo fuera hombre, ¿me perdonarían? Porque sí tengo un amigo y es hombre, y sí, es la persona que me trajo a casa. Su esposa murió en septiembre pasado y en su dolor él se volvió hacia mí. ¡Oh!, no físicamente. Hablamos y rezamos juntos. Tiene dos hermosas hijas y las quiero y siento mucho pesar por ellas. Cuando su madre murió tenía deseos de abrazarlos a los tres, pero eso está prohibido para mí.

Su voz caía sobre la familia entera como pétalos de rosa sobre el césped.

– Hice un voto de castidad, así que si les digo que amo a ese hombre, y creo que así es, ustedes pensarán que él es la razón por la que me alejo de mi vocación, pero él fue la gota que derramó el vaso. Todas las otras razones se presentaron antes.

En ese preciso instante uno de los niños llegó a la puerta y le preguntó a los adultos:

– ¿No van a lavar los platos y a jugar a las cartas?

La primera en moverse fue la abuela Rosella… era el modo más fácil de escapar.

– Vamos, muchachas -dijo a sus hijas-. Los platos nos están esperando.

Esa tarde no jugaron cartas. En vez de ello, cuando terminaron de lavar los platos, los hermanos y hermanas se retiraron uno a uno, llevándose con ellos a sus familias y sus asadores vacíos. Cuando la abuela se disponía a partir, Regina la acompañó a su auto. La anciana le dio a su nieta un largo abrazo y comentó:

– No sé, Regina. No sé. Creo que deberías hacer un retiro, asegurarte de que haces lo correcto. ¿Lo harás, por mí?

Regina suspiró.

– De acuerdo, abuela, te lo prometo.

Poco después de Navidad, el padre de la hermana Regina la llevó al convento de San Benito y la dejó en el portal que ella recordaba tan bien. No había cambiado nada desde que estudió ahí su noviciado. En la capilla, que la empequeñecía con sus arcos barrocos de granito y la hacía sentir humilde por su domo con un vitral emplomado, pasó los siguientes cuatro días en oración, abierta a Dios, invitándolo a su mente y a su corazón, a que la hiciera regresar a su vocación.

Sin embargo, al final del cuarto día nada de lo que oyó, sintió o percibió le pedía que siguiera siendo una monja benedictina. En vez de ello, salió de ahí con la convicción inamovible de que su decisión de marcharse era la correcta.

Así llegó aquella última tarde a la aterradora puerta de roble de la oficina de la priora, la hermana Vincent de Paul, para pedir la dispensa de sus votos.

El corazón de la hermana Regina latía con fuerza cuando hizo la solicitud. No obstante, la priora Vincent de Paul reaccionó con serena consideración.

– Estoy segura de que ha pedido la guía del Señor para tomar esta decisión.

– Sí, madre.

– Y que ya la ha comentado con su consejera espiritual.

– Y con mi sacerdote. Mi familia también lo sabe.

– Bueno, entonces me parece que ya ha tomado su decisión.

– Sí, madre.

– Cerrará de esta manera un capítulo importante en su vida, conozco a muchas monjas que consideraron adecuado abandonar la orden, y cada una de ellas, en su nueva vida, se ha convertido en un gran aliado nuestro. Así que -buscó un formulario y se lo pasó por encima del escritorio- lo único que tiene que hacer es llenar la solicitud oficial y yo se la haré llegar a la hermana Grace, la presidenta de la congregación; ella la enviará a Roma.

Llenar el formulario fue un trámite tan rápido que le pareció una ironía, después de todos los años que había estudiado y se había preparado para convertirse en monja.

La hermana Vincent estampó su firma y colocó el documento en medio del papel secante de su escritorio; luego colocó las manos a los lados y miró a la hermana Regina.

– Sin duda sabe que la dispensa puede tardar hasta seis meses.

– Sí, madre.

– Durante ese tiempo debe recordar que todavía está obligada a obedecer sus votos perpetuos. Y por obvias razones sería mejor no hacer público el hecho de que ha solicitado una dispensa.

– Sí, madre.

– Muy bien -la hermana Vincent se levantó, metió las manos debajo del escapulario delantero de su hábito-. Que el Señor esté con usted, hermana Regina.

– Gracias. Que Dios la bendiga, madre.

– Y a usted también.

La sensación de ironía continuó cuando la hermana Regina abandonó los terrenos del convento de San Benito y caminó lentamente por la calle hacia la parada del autobús con su maleta. Había esperado que la priora la sometiera a un intenso interrogatorio, pensó que tendría que defender su decisión como hacen los criminales frente a sus acusadores. Pero, en vez de eso, la priora acató su decisión con la mayor seriedad y respeto. Parecía haber una regla no escrita que rezaba: "No obligamos a nadie a quedarse si no lo desea".

Los días del invierno pasaban tristes y fríos, con pocos cambios en la rutina, salvo por la devoción de las Cuarenta Horas, cuando todas las luces de la iglesia se mantenían encendidas durante cuarenta horas consecutivas de plegarias.

Fue después de este período que Eddie tuvo que ir al norte del pueblo, a Wroebel and John's, a comprar paño de franela para pulir bronce. Mientras estaba ahí, John Wroebel le comentó:

– Así que perderemos a la hermana Regina, ¿eh? Es una lástima, ¿no es cierto?

Eddie se puso súbitamente en alerta.

– ¿Perderla? ¿A qué te refieres?

– Dejará de ser monja. ¿No lo sabes? Parece que ya comenzó el proceso definitivo de separación de la iglesia.

John le tendió a Eddie su cambio, pero él no lo tomó.

– ¿Quién te lo dijo?

– El padre Teddy -era el hermano de John, un sacerdote de la iglesia de Santa María en Alexandria, Minnesota. Había sido uno de los sacerdotes invitados en el pueblo durante la devoción de las Cuarenta Horas-. Aquí tienes tu cambio, Eddie.

Eddie apenas sintió las monedas caer en su palma antes de alejarse. Salió y se fue directo a San José; durante todo el camino se preguntó si sería cierto.

La idea que tenía fija en la mente era ir con Regina y preguntarle sin rodeos. Cuando se asomó a su salón de clases, ella estaba de espaldas y recorría las hileras entre los bancos, mientras los niños se inclinaban en silencio sobre sus libros abiertos. Eddie dio unos golpecitos en la puerta y preguntó:

– Discúlpeme, hermana ¿puedo hablar con usted un minuto?

Ella se volvió y sus miradas se encontraron por encima del ambiente encerrado del salón. El notó un asomo de gusto que ella no alcanzó a ocultar por completo.

– ¿Sí, señor Olczak? -susurró ella mientras se acercaba.

– ¿Podría venir al salón floral un momento, por favor?

Ella enarcó las cejas, sorprendida.

– ¿Por favor? -repitió él y pasó a través del vestidor. Abrió la puerta del salón floral y se volvió para mantenerla abierta mientras esperaba que ella pasara.

La hermana dirigió una rápida mirada a sus alumnos. Todos estaban en orden y concentrados en su trabajo. Volvió la vista al suelo, pasó al lado de Eddie y entró en la privacidad del salón floral.

El primero cerró la puerta a sus espaldas y después, también la que daba al pasillo. Se detuvo frente a la religiosa, cara a cara, más cerca de lo que había estado jamás.

– ¿Es cierto? -preguntó-. ¿Va a dejar la orden?

Ella lo miró sorprendida.

– ¿Quién se lo dijo?

– John Wroebel. El padre Teddy se lo comentó.

Ella volvió la cabeza; no quería mentir, pero estaba obligada a callarse la verdad.

El tocó el manto blanco que llevaba bajo la barbilla y la obligó a levantarla. Y ahí dejó el dedo, sobre la tela almidonada e inmaculada que nunca antes había tocado.

– ¿Es cierto?

– ¿Qué hace? No debe tocarme.

Entonces ella lo tocó a él deliberadamente por primera vez: le retiró la mano para escapar, pero cuando trató de escabullirse, él se movió más rápido; la sujetó de la delgada manga negra e hizo que se quedara.

– ¿Sabe lo asustado que estoy? -se veía sonrojado y una vena le sobresalía en la frente-. ¿Cree que esto es fácil para mí?

– ¡Suélteme! -le sujetó las muñecas y trató de hacer que la soltara, pero él era tan fuerte que no pudo lograrlo.

– Hermana, por favor, si esto tiene algo que ver conmigo…

– ¡No, por favor! -exclamó suplicante, con los ojos cerrados.

– ¿Cuándo decidió marcharse? ¿Cuándo?

– Por favor, señor Olczak… me está lastimando.

Él la soltó.

– Lo lamento, hermana -susurró-, pero tengo que saberlo. ¿Cuándo se irá? ¿Y por qué? Por favor, sólo dígamelo. ¿Tiene algo que ver conmigo? Tengo la impresión de que sí.

– Sigo siendo una monja. Esto está prohibido.

– ¿Cuándo se irá? ¿Adonde? -la sujetó del brazo una vez más.

Ella cerró los ojos y comenzó a rezar con desesperación:

– Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú…

– Me parece que existen algunos sentimientos entre nosotros, ¿no es verdad?

– Por favor, señor Olczak -susurró ella débilmente.

– Entonces sólo respóndame una pregunta. ¿Cuándo será libre?

Ella abrió la boca; tenía lágrimas en los ojos.

– Tengo que saber -insistió él en voz baja-. ¿Cuándo?

– Tarda seis meses -susurró ella-. Ahora déjeme ir -él la soltó con cuidado y dejó caer las manos -. Si tiene algo de consideración no vuelva a hacer esto, por favor.

– Muy bien. Lo lamento, hermana.

– Debo regresar con los niños.

Él se hizo a un lado y le permitió llegar a la puerta. La hermana salió rápidamente y volvió a su salón de clases.

Llegó la cuaresma, triste y al parecer interminable. Acorde con el espíritu melancólico de esa época del año, Eddie y la hermana Regina soportaban el peso de sus sentimientos como la penitencia que podían ofrecer a Dios: "Practicaré la paciencia. No sucumbiré a mis tentaciones. En vez de ello voy a orar y haré buenas obras".

Así que si él tenía que limpiar su salón después de clases, cuando ella todavía estaba ahí, pasaban por ese momento de titubeo cuando Eddie aparecía en la puerta y entraba. Ella lo miraba desde su escritorio sin decir nada. El cruzaba la puerta y se detenía ahí, a su vez, sin pronunciar palabra. Por lo general, era ella la primera en recuperarse y romper el silencio.

– Hola, señor Olczak -lo saludaba para luego volver al trabajo.

– Hola hermana -respondía él. Luego, mientras barría, limpiaba, borraba y fregaba, los dos fingían una indiferencia que sólo les servía para hacerlos más conscientes al uno del otro. Y si los latidos de sus corazones se aceleraban cuando se encontraban en el corredor, y si se quedaban sin aliento, lo ocultaban bien.

El ambiente sombrío cambió a mediodía del Sábado de Gloria. ¡La cuaresma llegaba a su fin! ¡El ayuno había terminado! Los niños de la parroquia podían comer los dulces a los que habían renunciado durante la cuaresma; ¡los adultos podían comer carne! Y Eddie tocó de nuevo las campanas.

Las tocó una y otra vez, más tiempo que en cualquier otra época del año, y con ese sonido su espíritu se reanimó.

Aún así extrañó a Krystyna la noche del Sábado Santo con un dolor muy intenso. La Pascua siempre había significado ropa nueva para todos. Les compró a las niñas abrigos nuevos, iguales y de color lavanda, del catálogo de Montgomery Ward, además de sus guantes, zapatos, calcetas largas y crujientes velos, todo en color blanco para la procesión de esa noche. Pero, mientras los tres se dirigían a la iglesia de San José en aquel anochecer primaveral, las niñas caminaban con tristeza una a cada lado de Eddie, en lugar de ir entre él y Krystyna, como habían hecho siempre. El ruido de los tacones que golpeaban la acera le hizo sentir un nudo en la garganta y Eddie tuvo que alzar la mirada al cielo para obligarse a pensar en algo más y evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.

En la iglesia, las niñas le ayudaron a tocar la primera llamada y se animaron un poco cuando el peso de las campanas las elevó por los aires. También lo acompañaron a encender las luces y a iluminar al máximo el lugar.

Cuando volvieron al vestíbulo, ya estaban llegando algunas personas. Las madres alisaban el cabello de los niños y colocaban los velos en las cabezas de las niñas. Los padres recogían los abrigos y los llevaban al interior. Las monjas organizaban la procesión y trataban de acallar los susurros de los niños. El órgano comenzó a tocar y los monaguillos se apresuraron a encender las velas. Alguien le tocó el codo a Eddie.

– Hola, Eddie.

El se volvió.

– ¡Ah, hola, Irene! -se veía muy bonita esa noche, con su nuevo abrigo de color rosado claro y un sombrero con un velo muy fino que le flotaba sobre el cabello meticulosamente rizado. Se había delineado las cejas con un lápiz, usaba un color rojo encendido en los labios y se había oscurecido las pestañas tal y como Krystyna solía hacerlo. Además se veía mucho más delgada.

– Felices Pascuas -expresó ella.

– Te deseo lo mismo.

– Felices Pascuas, niñas.

Desde el otro lado del vestíbulo, mientras ponía en fila a sus alumnos para la procesión, la hermana Regina observaba el encuentro entre Irene y Eddie. Vio cómo ella le tocaba el codo y que él se volvía a mirarla para conversar. Luego Irene se arrodilló para volver a atar los lazos de las niñas. Irene estaba más delgada y, con su nueva figura, se parecía mucho más a Krystyna. Las dos niñas sonrieron, la abrazaron y le dieron un beso. Cuando Irene se puso de pie, Eddie también le sonrió y le tocó el hombro mientras conversaban. Por un instante, se notó una chispa de coquetería en la manera como Irene movió la cabeza y en la leve inclinación de su cuerpo hacia el de Eddie.

Una reacción extraña asaltó el pecho de la hermana; fue como si una mano atrapara y retorciera su corazón: eran celos.

Sorprendida por aquella reacción, la hermana se volvió, pero la verdad era innegable y evidente. Irene Pribil era lo más próximo a la madre de las niñas que existía en el mundo. Tenía el toque mundano para cuidarlas con el estilo que tenía Krystyna, algo que la hermana Regina nunca había aprendido. Irene podía coquetear, practicar sus artimañas con su cuñado, peinarse el cabello con mucho estilo y hasta bajar de peso en un esfuerzo por conquistarlo. Podía demostrar sus habilidades como madre sustituta y, ¿quien lo sabía?, tal vez hasta lograra que él le propusiera matrimonio.

Regina, en cambio, tenía prohibido expresar sus sentimientos. Estaba obligada a mostrarse distante y a fingir que no sentía nada por Eddie. Tal vez él se había sentido lastimado porque ella no le contó sus planes de dejar la orden. Tal vez lo tomó como una señal de que él no significaba nada especial para ella. Quizá, antes de que llegara su dispensa, él reconsideraría su relación con Irene y se daría cuenta de que era la madrastra perfecta para las niñas.

Cómo ansiaba ir hasta él y decirle: "Te amo, a ti y a tus hijas, pero sigo atada por mis votos hasta que llegue mi dispensa. Por favor, ten paciencia. Por favor, espérame".

Pero no podía hacerlo, por supuesto, porque sería un pecado.

Capitulo 8

Era ya ocho de mayo, un cálido y soleado martes, y acababan de terminar las clases del día cuando la madre Agnes entró en el salón de la hermana Regina y cerró la puerta a sus espaldas.

– Ya llegó su dispensa -le avisó la madre.

La hermana Regina sintió como si el corazón le hubiera dado un vuelco hasta la garganta.

– ¡Oh! ¿Tan pronto? Me dijeron que tardaría seis meses.

La madre Agnes la miró.

– De tres a seis meses. Ya han pasado cinco, creo.

– Casi cinco… sí -la hermana Regina dio un paso atrás y se dejó caer en la silla de su escritorio, sin aliento-. ¿Por qué me siento tan aturdida?

– Acaba usted de dar un paso que cambiará totalmente su vida. Y es definitivo.

La hermana Regina trató de controlar sus emociones, pero la incertidumbre de lo que sería su futuro asomaba su cabeza como un dragón. Se quedó sentada, muy nerviosa; casi no oía lo que le decía la madre superiora.

– Su padre llegará a las cinco de la tarde para recogerla. Avisó que le traerá ropa. Mientras tanto, puede cambiar su cama, tenderla con ropa limpia y empacar sus pertenencias.

– ¿Dijo a las cinco? -ésa era la hora en que todas las demás hermanas estarían cantando maitines y laudes-, ¿No se me permitirá despedirme?

– Bajo estas circunstancias, la priora y la presidenta de la congregación preferirían que no lo hiciera.

Miró su salón vacío.

– ¿Y los niños? No tuve oportunidad de decirles a mis alumnos que me marcharía.

– Creo que es lo mejor, hermana.

"Yo no", pensó desafiante. Aquellos chiquillos no eran simples desconocidos que se sentaban en los bancos cinco días a la semana. Eran jóvenes por los que ella se preocupaba en muchos sentidos, pero la iglesia veía en cada uno de ellos a un sacerdote o una monja en potencia y no sería bueno hablar con franqueza acerca de una monja que dejaba de serlo. Podría hacer surgir la tan temida pregunta. ¿Por qué?

Así que debía partir sin despedirse. La madre superiora la estaba esperando.

– Le mostraré hasta dónde hemos llegado en nuestro libro de lectura y en el de aritmética; y le puse un separador a la página en la que nos quedamos de la novela que les he estado leyendo todos los viernes por la tarde.

Conforme la hermana Regina marcaba las páginas y le daba instrucciones verbales a la madre Agnes para que las transmitiera a la nueva maestra, su corazón se llenaba más y más de tristeza. Había pensado que se quedaría hasta el final del curso y que el último día haría un día de campo con los niños en los terrenos de la escuela, los vería abordar el autobús escolar y los despediría para terminar el año escolar como cualquier otro.

Sin embargo, todo estaba listo para que su partida fuera rápida y en secreto. Que desaparezca la traidora y finjan que se ha marchado a cualquier parte, menos a su verdadero destino: la libertad.

Llegó el momento de salir del salón por última vez.

– Por favor, madre, ¿podría estar a solas un momento?

– Sí, por supuesto.

La hermana Regina no imaginó que sería tan difícil, pero cinco años era mucho tiempo. Por fin se obligó a llegar hasta la puerta, pero se detuvo y se volvió, con lágrimas en los ojos. "Adiós, niños", pensó. "Los voy a extrañar mucho".

En el pasillo vio a la madre superiora que ya la esperaba a una distancia prudente. Desde el otro lado del auditorio oyó al señor Olczak que silbaba mientras limpiaba. "Le escribiré para explicarle por qué me marcho sin una palabra", pensó. "Adiós, señor Olczak. También lo extrañaré".

En su celda del convento puso ropa limpia en su cama y guardó sus pertenencias en la maleta de cartón. Eran muy pocas: ropa interior, el chal negro que su abuela Rosella le había tejido, libros de oraciones, rosarios, el crucifijo que sus padres le habían regalado cuando tomó sus votos, una copia empastada en cuero de la Santa Regla, champú, su cepillo de dientes, polvo dental y las fotografías de sus grupos de los últimos cinco años.

Colocó las fotos encima de sus escasas pertenencias y cerró la maleta en el momento en que la hermana Agnes apareció con un envoltorio de papel blanco de carnicería atado con un cordel.

– Ya llegaron sus padres y le trajeron esto. Y aquí tiene sus papeles de dispensa, firmados por el papa Pío XII -le entregó un sobre blanco-. También encontrará un poco de dinero en efectivo. No es mucho, pero no sería justo ni correcto permitir que se marchara sin algo para vivir. Bueno, Regina, ¿cómo se siente? -ya no la llamó "hermana". Ahora era simplemente "Regina".

– Asustada.

La reverenda madre le sonrió.

– No debe estarlo. Dios la cuidará. Ahora, si se arrodilla, le daré mi última bendición…

Regina se arrodilló y sintió las manos de la monja en la cabeza.

– Bueno y amable Salvador nuestro, cuida a Regina ahora que se marcha de vuelta al mundo. Permite que siga practicando la obediencia a tus mandatos y que ofrezca al cielo, para tu mayor gloria, cualquier trabajo que elija hacer en el futuro. Que practique la caridad hacia todos y siga observando las virtudes cardinales de modo que al final de su vida temporal habite a tu lado en la vida eterna. Amén.

– Amén -repitió Regina.

Se puso de pie y miró a la madre superiora, cuyos ojos azules se veían más húmedos que de costumbre.

– Recuerde sus palabras: No temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo dondequiera que vayas. Ahora, vaya en paz.

Cuando la puerta se cerró detrás de la hermana Agnes, Regina abrió el bulto de papel y encontró una blusa blanca de algodón, de manga corta, con botones al frente y una hermosa falda azul estampada con diminutos capullos de rosas. Se dio cuenta de que la falda era hecha en casa. Los ojos se le llenaron de lágrimas al pensar en el amor con que su madre la había cortado y cosido para esa ocasión especial.

Bajo la falda encontró un par de calcetines blancos, una enagua de algodón recatada y un sostén usado, pero limpio, blanco y sin adornos. Tenía una nota, pegada con un alfiler, que escribió su madre: "No sé cuál es tu talla, así que éste es uno de los míos. Espero que te sirva hasta que podamos comprarte algunos".

Por última vez la hermana Regina se desvistió tal y como lo estipulaban las normas, en el orden inverso de como se había vestido aquella mañana. Besó cada parte de su hábito y lo colocó a un lado, con una plegaria para cada prenda. Se colocó a toda prisa el sostén, que le quedó muy grande. La blusa era comprada y de su talla. La falda estaba un poco ajustada en la cintura, pero de todos modos consiguió abotonársela. Los calcetines largos se veían ridículos con sus zapatos negros de cordones y tacón ancho, pero no tenía otros.

Cuando estuvo vestida, se quitó el austero anillo de oro que llevaba en el dedo anular de la mano izquierda y que le habían puesto cuando se convirtió en una esposa de Cristo. Con el corazón apesadumbrado colocó el anillo sobre las prendas que había doblado y puesto en la silla.

– Lo lamento -susurró-. Es sólo que no era la vida para mí.

Del escritorio tomó un pequeño espejo y un diminuto peine negro de bolsillo y los utilizó para arreglarse el cabello. Era de un rubio acaramelado y ella misma se lo recortaba sin prestar mucha atención al proceso. Mientras se peinaba sintió de pronto temor de salir a la calle como estaba, desaliñada y mal vestida.

Tenía tanto que aprender… pero lo haría. Sí, lo haría.

Abajo, en el salón de música, la esperaban sus padres.

– Hola mamá, papá. Muchas gracias por venir a recogerme.

Se pusieron en pie de un salto, como si los hubiera sorprendido haciendo algo indebido.

– Herm… -su madre se interrumpió, se miró avergonzada los pies y en seguida comenzó de nuevo-: Jean, querida, ¿cómo te quedó la ropa?

– Muy bien, madre. Gracias por hacerme la falda.

– No fui yo. La hizo tu hermana Elizabeth. También te mandó una chaqueta. No estaba segura de si tendrías algo para cubrirte al salir.

– Qué considerada.

Su padre aún no decía nada. Le sostuvo la chaqueta para que se la pusiera y por un instante ella sintió en los hombros la presión afectuosa de las manos de su padre a través de la cálida lana y las hombreras.

– Me llevo tu maleta -fueron sus primeras palabras.

Sus padres salieron primero y Regina los siguió. Ni siquiera la madre superiora estaba en el pasillo para decirle adiós.

"No lo lamento", pensó Jean y salió a la tarde de primavera.

¡Ah, el viento! ¡El viento en su cabello! ¡Y en sus piernas! ¡Y en sus orejas descubiertas! Soplaba aquel atardecer mientras el Sol poniente le acariciaba con sus cálidos rayos la cabeza. Los tordos cantaban más fuerte de lo que recordaba y podía oírlos a la perfección sin la capa de tela blanca almidonada que le cubría antes los oídos.

Se acomodó en el asiento trasero del automóvil de su padre y, cuando comenzaron a avanzar, se preguntó si el señor Olczak estaría en el edificio de la escuela, limpiando su salón, o si ya se habría ido a casa y quién le diría que la hermana Regina se había marchado para siempre.

Tres días después de que Jean volvió a la granja de sus padres, el cartero le llevó una carta de Anne Olczak. El corazón le dio un vuelco cuando leyó la dirección del remitente.

Querida hermana Regina:

Papá dice que está bien que le escriba porque me sentí muy triste cuando usted se fue. Nunca pensé que también usted se marcharía y ahora odio la escuela. La hermana Clement no es muy buena maestra y se queda dormida todo el tiempo; el recreo ya no es divertido porque los niños son malos con nosotras y la hermana no los obliga a portarse bien.

Papá dice que la razón por la que no se despidió de nosotros es que cuando a las monjas les dicen que se marchen a cualquier parte, ustedes tienen que hacerlo de inmediato. No creo que eso esté bien, así que he decidido no ser monja cuando crezca. Iba a ser monja, pero ahora ya no.

Papá dice que está bien si le cuento que a veces jugaba a que usted era mi mamá después de que ella murió. Fingía que así era. Por eso me sentí mal cuando me dijeron que se había ido.

Lucy sacó diez en su examen de ortografía.

Espero que se encuentre bien. Papá dice que usted sí está bien y que no murió como mamá. Bueno, ya tengo que irme a limpiar la caja de arena de Azúcar.

Con amor,

Anne Olczak.

Jean esperó para responder hasta el último fin de semana de mayo, cuando Anne haría su primera comunión. Entonces le envió como regalo una estampa bendita y les escribió una carta a los tres.

Queridos señor Olczak, Anne y Lucy:

Escribo esta carta dirigida a los tres porque siempre los tengo presentes en mis pensamientos. Antes que nada tengo que disculparme por no avisarles que me marchaba. Si hubiera podido, les aseguro que lo habría hecho. Por desgracia, tuve que irme de prisa y no pude decirles adiós.

Niñas, probablemente ustedes se preguntarán la razón de mi partida, debo contarles que he hecho un gran cambio en mi vida y que ya no soy monja. Pedí una dispensa de mis votos al Santo Padre en Roma y llegó el día en que tuve que irme de Browerville. Ahora vivo con mis padres en su granja.

Es bueno estar de regreso con la familia, pero extraño mucho a mis alumnos. Anne, me dio mucho gusto recibir tu carta, aunque me entristeció saber que ya no te gusta la escuela. El año entrante será mejor. Espera y lo verás.

Anne, este domingo harás tu primera comunión y estoy muy orgullosa de ti. Voy a imaginarte con tu vestido blanco y tu velo y rezaré una plegaria por ti ese día. Desearía poder estar ahí, en la misa, contigo, porque como sabes, será un día glorioso en tu vida.

Lucy, el año entrante llegará tu turno de recibir por primera vez los sacramentos, así que debes estudiar mucho el catecismo durante el año escolar para prepararte. Anne me escribió que sacaste diez en uno de tus exámenes de ortografía. ¡Te felicito!

Señor Olczak, usted es un hombre bueno y amable y siempre admiré mucho la paciencia que tenía con los niños cuando llegaban un instante después de que había limpiado y volvían a ensuciarlo todo. Oraré por usted y por el reposo del alma de Krystyna. Espero que para estos momentos Dios ya le haya brindado algún consuelo en su vida.

Me gustaría mucho seguir en contacto con ustedes y saber cómo están.

¡Que Dios los bendiga a todos!

Jean Potlocki (Regina)

Tres semanas después de que la hermana Regina se marchó, Eddie encontró la carta en su apartado postal. Fueron las tres semanas más largas y tristes de su vida. Había sufrido mucho, pero le bastó leer el nombre en el sobre para sentir que su ánimo empezaba a mejorar. Se quedó de pie en Main Street y leyó la carta dos veces.

Esa noche, durante la cena, se la leyó en voz alta a las niñas.

Cuando terminó, lo miraron con la boca abierta.

– ¿Ya no es monja? -preguntó Anne.

– No, ya no.

– Pero, ¿cómo es posible?

– Bueno, tuvo que pedirle permiso al mismísimo Papa para que firmara una dispensa y la dejara ser una persona común y corriente otra vez.

– Pero, ¿por qué renunció? ¿por qué? ¿Ya no quería ser nuestra maestra? -inquirió Lucy y en su rostro se reflejó la desilusión.

– Corazón, ser monja es mucho más que sólo ser maestra. Estoy seguro de que tuvo otras razones para marcharse.

– ¿Como cuáles?

– Querida, no te lo puedo decir, porque no lo sé.

– ¿Te refieres a que es una especie de secreto?

– Bueno, digamos que en cierta forma lo es. Es su secreto. Sus motivos son privados.

Lucy preguntó con cierta timidez:

– ¿Y ya no va a usar su hábito negro ni su velo?

– No. Supongo que ahora se viste como cualquier otra mujer.

– Pero… las monjas no tienen pelo.

Él contuvo su impulso de reír y le preguntó:

– ¿Cómo lo sabes?

Lucy se encogió de hombros lentamente.

Anne volvió a tomar la palabra e intervino con más seriedad que su hermana.

– ¿Volveremos a verla alguna vez, papá?

Eddie pensó; "Si me salgo con la mía, sí", pero decidió que era mejor responder:

– No lo sé.

Contó una a una las semanas desde que ella se había marchado y se convenció de que no debía apresurarse. Tres semanas y ya había recibido una carta. Una semana más y las niñas estarían de vacaciones de verano. Siete semanas y los espacios yermos del patio de juegos comenzarían a cubrirse de pasto. ¿Cuánto tiempo debe esperar un hombre para acercarse a una monja que acaba de abandonar la orden para que nadie hable mal de ella?

Esperó dos largos meses y el ocho de julio, un domingo, se le agotó por fin la paciencia. Sin embargo, decidió que se vería mejor si llevaba a las niñas. Después de la iglesia les preguntó, tratando de parecer indiferente:

– ¿Qué les parece si damos un paseo esta tarde? Pensé que tal vez podríamos ir a visitar a la hermana Regina.

– ¿De veras, papá?

– Bueno, no sabemos si la encontraremos en casa, pero podemos arriesgarnos e ir.

No estaba seguro de quién estaba más impaciente por verla, si él o las niñas. A medio camino Anne le pidió que detuviera la camioneta para que pudieran recoger unas rosas silvestres para la hermana. Luego se corrigió a sí misma:

– Quiero decir, para Jean.

A todos les sonaba extraño.

A unos cien metros de la granja de los padres de Jean, Eddie vio que disfrutaban de un día de campo familiar. Había autos y camionetas estacionados por todo el lugar; tenían mesas en el césped y varios grupos de personas se hallaban de pie, conversando, mientras unos niños con pantalones cortos entraban y salían de una tina llena de agua.

No podía seguirse de largo. Cada par de ojos en la reunión se volvería para identificar a quienes pasaban por aquel tranquilo camino rural. Además, las niñas se decepcionarían.

¿Qué otra cosa podía hacer sino detenerse justo en la entrada? Al principio no consiguió identificar a Jean entre tantas personas desconocidas para él. Algunas de ellas dejaron de hacer lo que estaban haciendo y se acercaron para ver de quién se trataba tan pronto como las puertas de la camioneta se cerraron. En ese instante, una mujer que estaba a punto de lanzar una herradura se volvió, miró la conocida camioneta y dejó caer la herradura a sus pies. Saludó a los visitantes moviendo los brazos con energía por encima de su cabeza y corrió hacia ellos.

– ¡Hola! -los saludó con una sonrisa mientras se acercaba-. Anne, Lucy… -llegó hasta donde se encontraban y apretó con entusiasmo las dos manos de Anne, con todo y las rosas silvestres, y luego las de Lucy-. ¡Qué sorpresa! ¡Dios mío, es maravilloso! -su sonrisa era radiante al sostener las manos de Lucy-. Las dos están aquí. ¡Soy tan feliz!

Las niñas se quedaron mirándola como hipnotizadas, tratando de unir la imagen de esa mujer con la de la monja que conocían. Tenía el cabello del color de la miel, de un tono rubio ni muy claro ni muy oscuro y lo llevaba muy corto, con un leve rizado natural. Usaba un arrugado vestido de algodón de color rosa, con un adorno de encaje blanco y, sobre éste, un mandil también blanco.

Se hallaba descalza.

Jean soltó finalmente las manos de Lucy.

– Y el señor Olczak, qué gusto verlo de nuevo -a Eddie le habló en forma menos efusiva que a las niñas y le tendió la mano con timidez. Sólo se la estrechó un instante, mientras le sonreía, y el trató de recobrar el aliento. Jean giró rápidamente y gritó:- ¡Mamá, papá, miren! ¡Es el señor Olczak! ¡Y trajo a las niñas!

Frank se acercó desde donde estaban jugando a lanzar herraduras y Berta se levantó de una silla en el césped donde estaba conversando con otras señoras.

Frank llegó hasta donde se encontraba Eddie y lo saludó dándole un fuerte apretón de mano.

– Vaya, hola de nuevo, señor Olczak. Me da gusto saludarlo.

Berta se quedó un paso atrás, con una sonrisa reservada y menos entusiasmo.

– Hola -para ella era más fácil ser amable con las niñas que con Eddie-. Así que éstas son las niñas de las que tanto he oído hablar. ¿Quién de ustedes le escribió esa carta a Jean?

Anne levantó la mano.

– Fui yo.

– Bueno, pues déjame decirte que fue una carta muy bonita. La hizo sentirse muy feliz.

Jean la interrumpió.

– Vengan a conocer a los demás. Éste es mi hermano George, mi cuñado Curt y mi tía Bernice -Eddie Olczak perdió la cuenta de los miembros de la familia-. Y ésta es mi hermana especial, Liz. Somos las más cercanas en edad.

– Hola, Eddie -respondió Liz en voz baja-. He oído hablar mucho de ti.

"¿De verdad?", pensó Eddie, pero no tuvo tiempo de ahondar en el asunto.

Sus hijas se apretujaban a él y Jean les prestaba más atención a ellas. Les preguntó si querían una rebanada de pastel.

Se volvieron hacia Eddie para pedirle permiso y él asintió.

– Vengan conmigo -invitó Jean y las llevó hasta una mesa en la que unos paños de cocina blancos mantenían a las moscas lejos de lo que quedaba de la comida.

Los hombres se llevaron a Eddie cerca de un enorme tanque de agua galvanizado, de donde sacaron una cerveza fría y se la pusieron en la mano. Hablaron sobre las cosechas y de cómo Truman había reducido la edad de reclutamiento, de que el granero de Frank y Berta necesitaba un techo nuevo y que todos se reunirían para colocarlo en el otoño, después de recoger la cosecha.

Eddie hizo su mejor esfuerzo por mostrarse interesado, pero no podía dejar de mirar a Jean. Ahora tenía cintura y curvas arriba y abajo; y tenía en las piernas un leve bronceado. ¡Y esos pies descalzos! También su rostro parecía distinto, sin aquel velo almidonado blanco a su alrededor.

Jean estaba tratando de organizar a toda la tribu de niños en algún juego de correr, y sólo hasta que vio que Lucy y Anne estaban participando alegremente, atravesó el patio con paso lento para dirigirse hacia donde estaba él.

– ¿Le gustaría sentarse unos minutos a charlar? -le preguntó a Eddie-. Me encantaría saber cómo les va a las niñas. Anne ya hizo su primera comunión y Lucy me contó que está tomando lecciones de natación.

– Claro -respondió él y se fue siguiéndola mientras contemplaba desde atrás su hermoso cabello color caramelo e intentaba acostumbrarse al hecho de que ahora ya podía acercarse a ella como a cualquier otra mujer.

Se sentaron en el césped, a la sombra de algunos abedules, cerca de donde los niños jugaban. Ella se sentó en flor de loto, con los pies ocultos debajo de la falda con encaje. Charlaron de las niñas; de Browerville, y ella le preguntó por todos sus parientes.

Él estaba sentado a su izquierda; miraba en la misma dirección que ella. Jean ni siquiera lo veía cuando comentó:

– Me está mirando fijamente.

– ¡Oh! -sintió que se sonrojaba-. Lo lamento. Es que se ve diferente.

– Sí, lo sé. Tarda uno un poco en acostumbrarse, ¿verdad?

– Mi hija Lucy insistía en saber lo que íbamos a hacer si usted no tenía cabello.

Ella rió y arrancó algunas briznas de pasto.

– Y no sólo tiene cabello, sino que está descalza. ¿Puede culparme por no poder dejar de mirarla?

– No, pero mi madre nos observa.

Él volvió la vista hacia donde se encontraban las demás mujeres. Jean tenía razón.

– Mamá no lo está aceptando muy bien.

– ¿Y usted?

– Yo… me está costando trabajo. Viví en un convento más de once años y a veces siento que en realidad ya no hay sitio para mí.

– ¿Lamenta haber renunciado?

– No -respondió sin pensarlo-, pero verá, en realidad ya no tengo una rutina ni un hogar. Tengo a mi familia, pero siento como si tuvieran que cargar conmigo.

– Estoy seguro de que ellos no lo ven así.

– No, supongo que no. Sólo es idea mía, pero es extraño ser una mujer adulta que vuelve a vivir a la casa de sus padres.

Él lo pensó un poco y después agregó:

– Pensé que daría clases.

– No me lo permiten. Al menos no en una escuela católica. Verá usted, creen que soy una mala influencia.

– ¿Usted? ¿Una mala influencia? -repuso él, indignado.

– No para los estudiantes, sino para las otras monjas.

– ¡Ah! Ya entiendo, ya entiendo, algunas podrían decidirse a dejar los hábitos también.

– Se le llama la preservación de la orden.

– Discúlpeme, pero es algo estúpido.

– Por eso cuando me marché tuve que hacerlo en secreto. Ni siquiera me avisaron cuándo me iría. La madre Agnes sólo llegó a mi salón ese día y me dijo que tenía que ir a empacar -se volvió para mirarlo a los ojos-. Hubiera querido buscarlo y…

– ¡Hola! ¿Les molesta si me siento con ustedes? -estaban tan concentrados en la conversación que no vieron que Liz se aproximaba. Eddie sintió como si hubiera saltado desde lo más alto de un árbol y se le hubieran atorado los tirantes en una rama. Y sintió que se había quedado ahí, colgado en el aire, con las emociones de Jean reveladas a medias.

Ella no pudo hacer más que sonreírle a su hermana e invitarla a unirse a la charla.

– No, por favor… siéntate.

Charlaron y charlaron y poco a poco otros miembros de la familia se les unieron, y antes de que Eddie se diera cuenta notó que ya era hora de regresar a casa.

Para su gran desencanto, no tuvo oportunidad de terminar su conversación privada con Jean. Reunió a las niñas y se dirigieron a la camioneta. Una vez en ella y con el motor encendido, las manos de Jean fueron las últimas que colgaron del borde de la ventana.

– Adiós, niñas. Salúdenme a todos por allá.

– Adiós, hermana -respondieron las dos. Se habían olvidado que ya no era una monja y la llamaron como lo hacían antes. Ella sólo sonrió ante la equivocación.

– Adiós, señor Olczak. Por favor, vuelvan a visitarme.

– Eso haré. Adiós -era difícil para Eddie llamarla Jean.

Sin embargo, cuando condujo la camioneta marcha atrás sobre el camino de grava, se prometió que lo haría. Y sería pronto. Tan pronto como pudiera regresaría a verla. Sin las niñas.

Capítulo 9

Pasó otra semana de julio… una semana cálida, larga y llena de impaciencia, con un Sol tan intenso que parecía haber borrado el azul del cielo. En el huerto, los ejotes crecían tan de prisa que había que recogerlos por la mañana y por la tarde. Jean los cosechaba y ayudaba a su madre a enlatarlos. Y todo el tiempo pensaba en Eddie.

En Browerville, Eddie se pasó la semana lijando y barnizando los escritorios de la escuela y pensando en Jean. Ya había decidido que iría de nuevo a visitarla a la granja. Volvería allá el siguiente sábado por la tarde.

El jueves le pidió a su cuñada Rose:

– Necesito que me hagas un favor el sábado. Quiero que lleves a mis hijas al cine con los tuyos y que después se queden a dormir en tu casa.

– ¡Oh! ¿Y a dónde vas?

– Voy a visitar a alguien. Es… bueno, a la hermana Regina.

– ¿A la hermana Regina? -repitió Rose con la boca y los ojos muy abiertos-. ¿Te refieres a nuestra hermana Regina? ¿La que ya no es monja?

– Así es. Sólo que ahora ya no es la hermana Regina. Se llama Jean. Jean Potlocki.

– ¿Cuánto tiempo llevan así? -soltó Rose a quemarropa.

– ¡Oye! -exclamó Eddie, que comenzaba a perder la paciencia-. Si tengo que pasar por un interrogatorio para dejarte a las niñas, encontraré otro lugar para dejarlas.

– Cálmate, Eddie. No te haré más preguntas. Por supuesto que puedes dejar aquí a las niñas. ¿Romaine lo sabe?

– No.

– Bueno, pues yo se lo diré.

– De eso estoy absolutamente seguro. Y también a todos los demás del pueblo, supongo.

Eddie salió de la cocina moviendo la cabeza de un lado a otro.

Se compró ropa nueva para estrenarla ese sábado por la tarde: unos pantalones de vestir azules con pliegue y una bonita camisa de algodón, ligera y de manga corta, con rayas blancas y azules. En cuanto Jean reconoció la camioneta de Eddie Olczak que se aproximaba por el camino, dejando tras de sí una densa nube de polvo, pensó: "¡Oh, no! ¿Por qué no hice caso de mi corazonada, me di un baño, me puse algo decente y dejé los ejotes sólo por esta tarde?"

Había tenido miedo de pensar que él volvería pronto, de modo que se puso las botas viejas que su padre usaba en el granero, se ató una toalla de cocina en la cabeza para evitar que los mosquitos se metieran en su cabello y salió al jardín a recoger los ejotes en la tarde fresca.

Se quedó ahí, en la parcela de ejotes, inmóvil como un espantapájaros, mientras veía que la camioneta se acercaba por el otro lado de una hilera de arbustos de frambuesa que la separaban del sendero. Él no la vio, así que condujo hacia el patio, se detuvo y caminó hasta la casa.

Ella estaba a unos cincuenta metros de la puerta trasera cuando vio que su madre le abría la puerta y señalaba el camino que llevaba a la parcela de ejotes. Él se volvió, la miró y avanzó hacia ella. Jean quería moverse, pero no pudo. Se quedó ahí, con una expresión de temor, mientras el hombre del que estaba enamorada caminaba directo hacia ella entre las hileras de hortalizas.

Quedó inmóvil a sólo un cubo de ejotes de distancia; la punta de su pie casi tocaba el recipiente de metal medio lleno que se encontraba entre las dos hileras.

– Hola, Jean -la saludó; por primera vez se dirigía a ella por su nombre de pila.

– Hola Eddie -respondió ella haciendo lo mismo.

– Espero no te parezca mal que haya vuelto tan pronto. Pensé en llamar por teléfono, pero… -no se molestó en terminar la frase.

– Y yo me habría dado un baño y me habría arreglado, pero…

Los dos rieron.

– Me alegra que no lo hicieras -le aseguró él-. Me agrada encontrarte aquí afuera, como una mujer común y corriente.

– Demasiado común -replicó ella-. Me veo terrible.

– Para mí no.

Ella bajó la vista y comentó con cierto pesar:

– Ningún hombre me había visitado antes. Nunca imaginé que cuando sucediera traería puesta una toalla de cocina en la cabeza y las botas viejas de mi padre.

– Tampoco yo lo esperaba. Desde el domingo pasado he estado imaginando tu cabello tal como lucía cuando estuvimos bajo los abedules.

Ella levantó la cara.

– Mi cabello también es común y corriente.

– Me gusta su color. ¿Te importa si…? -acercó la mano para quitarle la toalla de la cabeza.

Al ver que ella no se movía, él le quitó la toalla y se quedaron quietos donde estaban, mientras Eddie se empapaba de su imagen. Jean sintió que se sonrojaba, pero no objetó a que él la observara de manera abierta.

Por fin él le dijo:

– Hay muchas preguntas que quiero hacerte -miró por encima del hombro hacia la casa-. ¿Podemos caminar?

– Kilómetros y kilómetros -respondió ella, se volvió para alejarse de él y dejó el cubo de ejotes en su lugar. Caminaron uno al lado del otro en dos surcos paralelos, en dirección opuesta de la casa. El Sol se ocultaba tras ellos y cuando llegaron al final del jardín, ella dio vuelta a la izquierda hacia el camino.

– ¿Qué querías preguntarme? -inquirió.

– El domingo pasado, ¿recuerdas? Cuando estábamos hablando y Liz nos interrumpió… Te encontrabas a punto de decir que el día que te marchaste de Browerville querías ir a buscarme y… ¿y qué más?

– Quería buscarte y avisarte que me iba. Quería despedirme. Quería que supieras dónde encontrarme.

– De todas maneras te encontré, pero pasé por un infierno antes de recibir tu carta y darme cuenta de que no te habían permitido despedirte.

– Creo que los dos hemos pasado por muchas cosas desde que murió Krystyna, ¿verdad?

– Sí.

– ¿Cómo te sientes en ese aspecto? -le preguntó ella.

– ¿Sin Krystyna? He tenido algunos sentimientos de culpa desde que comencé a sentir algo por ti. Y tú, ¿cómo te sientes?

– Más o menos igual. Yo quería a Krystyna.

– Todos querían a Krystyna.

– Pienso que tanto tú como yo siempre quisimos a Krystyna y creo que eso es un buen fundamento afectivo para comenzar nuestra amistad.

– ¿Amistad? -repitió él y dejó de caminar-. Ya te pregunté esto antes, pero te negaste a responder, así que dejémoslo claro ahora mismo. Tú… ¿sientes algo por mí?

– Sí, señor Eddie Olczak, sí siento algo por usted -ella sonrió e inclinó la cabeza-, pero si te hubiera respondido entonces hubiera roto una docena de Santas Reglas, por no mencionar mi voto de castidad.

Él la tomó de las manos.

– Entonces hay algo más que debo saber. ¿Fui la razón por la que renunciaste?

– No. Fuiste parte de ello, pero no lo que lo inició.

– Entonces, ¿por qué?

Ella le explicó; se remontó hasta el año antes de que Krystyna muriera. Le habló de todas sus dudas sobre la vida en la comunidad religiosa y la angustia por la que había pasado al tomar aquella decisión, y el papel que sus hijas habían desempeñado para que se diera cuenta de que quería tener hijos y su temor ante los sentimientos que abrigaba por él. Le habló de lo que sucedió durante la cena de Navidad, cuando la abuela Rosella rompió en llanto y de cómo fue al convento de San Benito. -Tenía tanto miedo, Eddie.

A la mitad del relato de Jean, el brillo del Sol poniente había veteado el cielo del oeste como fruta madura, y ya comenzaba a oscurecer cuando ella bajó la cabeza.

– También yo estaba asustado. Todavía lo estoy.

Ella lo miró con sorpresa.

– ¿Por qué?

– Son muchas cosas. Me preocupaba que hablaran mal de ti al venir a verte demasiado pronto, lo que mis hijas pudieran decir, besar a una monja por primera vez.

Asaltada por la timidez, ella bajó la mirada de inmediato. La voz de Eddie se hizo más suave.

– Dime, ¿cómo me quito de la cabeza la idea de que si te beso estaré besando a la hermana Regina?

– La última vez que me besaron creo que tenía diez años, así que no eres el único que está asustado, Eddie.

El posó las manos en el rostro e hizo que lo levantara y luego lo sostuvo como si fuera un cáliz.

– Terminemos con esto de una vez -susurró; bajó la cabeza y tocó la boca de Jean con una presión tan leve que no exigía nada. Los labios de ella permanecieron cerrados, su cuerpo tenso, inclinado hacia él, con demasiado espacio entre ellos y Eddie se dio cuenta de que ella no sabía cómo besarlo.

Él se retiró sólo lo suficiente para susurrar:

– ¿Quieres que te enseñe un modo más divertido?

– Sí -murmuró ella aterrorizada, llena de curiosidad y ansiosa al mismo tiempo.

Colocó sus cálidos labios abiertos sobre los de ella y la animó para que lo disfrutara. Él sonrió contra la boca de Jean y esperó con paciencia que perdiera sus inhibiciones. Después extendió los brazos y la tomó de las manos.

– Está bien si me abrazas. Ahora ya no existe la Santa Regla.

Eddie hizo que le pusiera los brazos en el cuello y los mantuvo ahí mientras comenzaba un nuevo beso y ella, una estudiante dispuesta, se curvó contra él como la luna nueva contra el cielo del este. Y por fin, el beso floreció.

Se quedaron de pie bajo la Luna que se elevaba y despidieron al cansado día con una ceremonia tan antigua como el tiempo. El primer beso, entre surcos donde las prímulas nocturnas abrían sus pétalos amarillos y perfumaban el aire con un aroma muy similar a la vainilla. El segundo beso, los fuertes brazos que la levantaron en vilo y las enormes botas negras que cayeron a sus pies, sobre la grava. El tercer beso, que terminó cuando él la bajó para que se apoyara en sus brillantes zapatos negros, y algunas ranas comenzaron a croar en un estanque que ellos ni siquiera habían notado. De pie sobre los zapatos de Eddie, Jean ocultó el rostro contra su almidonada camisa a rayas, que olía a nuevo.

– ¡Oh, Dios! -susurró ella mientras tomaba aliento-. Es muy distinto cuando se tienen treinta años.

– ¿Esa es tu edad? Yo cumplí treinta y cinco en marzo.

Estaban comparando edades como personas que tenían intenciones serias. Para restarle importancia a la situación embarazosa, ella comentó:

– Bueno, ya sabes lo que dicen, nunca se es demasiado viejo para aprender.

El sonrió y preguntó:

– Bueno, ¿y qué te pareció?

– Me gustó mucho. Eres muy buen maestro.

– Y tú muy buena alumna.

Se bajó de sus zapatos y volvió a ponerse las botas.

– Te burlas de mí porque soy muy ignorante en estos asuntos.

– No -hizo que se acercara y le levantó la barbilla-. Nunca me burlaría de ti por eso.

– Bueno, entonces te perdono. Por todo, menos por haberme encontrado con estas botas y con mi toalla en la cabeza.

– ¿Qué puedo hacer para compensarte?

– Déjame pensar -respondió ella; se volvió hacia el oeste y empezó a caminar muy despacio en dirección a la casa. Cuando al fin llegaron al patio del frente ya había oscurecido y Jean le in formó-: Ya pensé en algo.

– ¿Qué?

Jean suspiró.

– Nunca he tenido una cita.

– ¡Es cierto! -él sonrió en la oscuridad-. Y es curioso que lo menciones, porque trataba de reunir valor para pedirte una para el próximo sábado por la noche, pero no sabía lo que pensarías de mí si venía tres fines de semana seguidos. No quiero dar pie a que comiencen las murmuraciones. Apenas te otorgaron la dispensa hace dos meses.

– Tú estás en un caso parecido. Todavía no ha pasado un año desde la muerte de Krystyna. ¿Qué dirá la gente en Browerville?

– Muy pronto lo sabremos. El próximo sábado tendré que decírselo a la persona que se quede a cuidar a las niñas. Vendré a verte a Gilman tres semanas consecutivas y como es lógico todos van a preguntarse la razón.

Ella le respondió algo muy profundo.

– Nuestra fuerza, Eddie, reside en nuestra verdad, y nuestra verdad volverá impotente a la calumnia.

No le dio un beso de buenas noches porque estaban muy cerca de la casa. Al aproximarse más, él observó que sólo las luces de la habitación del frente se hallaban encendidas. La cocina, directamente al lado del porche trasero, se encontraba a oscuras.

Se detuvieron en los escalones y se miraron.

– Entonces, ¿a las siete y media el sábado? -preguntó Eddie.

– Estaré lista. Y no tendré puestas las botas de mi padre.

Eddie llegó diez minutos antes y Jean ya lo estaba esperando en el porche trasero.

En la camioneta, Eddie preguntó:

– Bueno, ¿a dónde quieres ir?

– No sé. Nunca había hecho esto antes.

– Bueno… ¿quieres ir a bailar?

– ¡Oh, no! -exclamó ella y frunció momentáneamente el entrecejo-. No tengo idea de cómo se baila.

– Bueno, entonces, ¿qué te parece ir al cine?

– ¡Sí! ¡Una película! ¡Oh, me encantaría ver una película!

– Hay un cine en Little Falls. Podríamos ir allá y ver lo que están exhibiendo.

– ¡Llévame adonde quieras! La estoy pasando de maravilla sólo con pasear con mi vestido nuevo.

Eddie no pudo evitar reír entre dientes y mirarla de reojo. El vestido tenía cuello en V, mangas anchas y la hacía verse tan delgada como una vara.

– Supuse que era nuevo.

– Yo lo hice -le confió-, especialmente para esta noche. Es azul porque es tu color favorito.

– ¿Cómo lo supiste?

– Porque usas muchos trajes y corbatas azules. El sábado pasado traías una camisa a rayas blanca con azul. Me gustó.

Eddie estaba enamorándose de una manera tan intensa que sentía como si algo se retorciera en el interior de su estómago.

– Ven acá -la tomó de la mano y la atrajo hacia él-. Apuesto a que nunca has ido a dar un paseo en camioneta abrazada de un hombre.

– No, nunca -Eddie se dio cuenta de que su broma hizo que Jean se sonrojara.

– Bueno, pues ahora lo harás -le colocó el brazo por encima de los hombros y lo dejó ahí, gentilmente, al tiempo que le frotaba el desnudo brazo derecho.

Jean se quedó muy quieta. Él notó que ella estaba absorbiendo la novedad de que le acariciaran el hombro. Se dio cuenta también de que se le ponía la carne de gallina.

Cuando iban a medio camino hacia Little Falls, a Eddie se le ocurrió una idea, pero decidió que lo mejor sería dejar de acariciarla mientras la sugería. Retiró el brazo y le comentó:

– En Little Falls también hay un autocinema.

¡Ella no era tan inocente! Sabía lo que pasaba en los autocine-mas y por qué la iglesia católica estaba en contra de ellos.

– ¿Un autocinema? -repitió y se sentó más derecha.

– Mira -le explicó él-, tú me conoces. Si crees que te llevaría a un autocinema sólo para ponerte en una situación comprometedora, estás equivocada. Sólo pensé que tal vez nunca habías ido a uno antes y que te gustaría probar.

La miró luchar contra las dudas que aún le quedaban. Finalmente le respondió:

– Está bien. Vamos.

Fueron al autocinema de Little Falls y vieron cómo Doris Day y Gordon MacRae se enamoraban y cantaban su noviazgo musical en On Moonlight Bay. A Jean le brillaron los ojos de placer a lo largo de toda la película, en especial cuando los protagonistas cantaron juntos. En el momento en que interpretaron Cuddle Up a Little Closer y se besaron en la pantalla. Eddie miró a Jean y deseó poder besarla también.

Pero le había dado su palabra y se mantuvo firme tras el volante y nada más la miraba cuando ella reía o le susurraba algún comentario sobre los lindos trajes que usaba Doris Day. Cuando la película terminó y las luces de los faros de un centenar de autos iluminaron la enorme pantalla, se quedaron a charlar sobre la historia; a ella le había gustado mucho, en especial por las canciones y los hermosos vestidos. Pronto se inició la segunda función, pero él le bajó al volumen y siguieron conversando. Los temas de los que podían hablar parecían no tener fin.

Luego, en cierto momento, Eddie sujetó la mano de Jean y se miraron a los ojos en lugar de ver la pantalla.

– ¿Jean? -susurró él y bastó esa única palabra para desatar sus sentimientos. Se encontraron justo en mitad del asiento y se besaron con ansia suficiente para olvidarse de las buenas intenciones.

– ¡Oh, Dios! ¡Cómo te extrañé! -susurró él cuando el beso terminó en un fuerte abrazo-. Llegué a pensar que esta semana no terminaría nunca.

– ¡Oh, también yo! -ella lo apretó con fuerza-. También yo.

Se besaron de nuevo mientras pasaban las manos por la espalda del otro y sentían el enorme poder de la tentación. Fue algo conocido para él y un descubrimiento para ella. Cuando el beso terminó, ella le susurró sin aliento al oído.

– ¡Oh, Eddie! ¿A esto renuncié cuando entré en el convento? Nunca me sentí así. Nunca.

– Te deseo.

– Calla, Eddie, no lo digas.

– Pero es cierto. Quiero más que esto, más que sólo abrazarte y besarte. Ya te deseaba cuando eras monja. Fui a confesarme y se lo dije al padre, pero no pude alejarte de mis pensamientos. Y no es porque haya estado sin mujer durante mucho tiempo ni tampoco se debe a que extrañe a Krystyna. Eres tú. Te amo, Jean, y temo que sea demasiado pronto para decirlo, pero, ¿qué puedo hacer?

– Yo también te amo, Eddie -lo tranquilizó ella.

– ¿De veras?

– Te he amado desde poco después de que Krystyna murió.

– Te amo, me amas, mis hijas te adoran, y si no me equivoco, tú las quieres mucho. ¿Te casarías conmigo?

Ella dejó languidecer el abrazo.

– ¿Y dónde viviríamos? -ella esperó un instante y luego pro siguió-: ¿En Browerville?

Eddie sabía lo absurdo que se oiría, pero ¿qué otra cosa podía ofrecerle a Jean?

– Ahí vivo. Ahí está mi casa. Mi trabajo.

– Ahí fui monja. ¿De verdad crees que la gente llegue a aceptarme como tu esposa?

El contestó con una furia apenas contenida.

– ¡Se supone que son cristianos! ¡Buenos católicos! ¿Y qué fue lo que me dijiste antes? Nuestra fuerza reside en nuestra verdad, y nuestra verdad volverá impotente a la calumnia… tal vez hará lo mismo con cualquiera de sus… de ¡sus malditas opiniones!

– Vamos a pensarlo un poco -respondió ella-. Sólo nos hemos visto tres semanas…

– Pero te conozco desde hace cuatro años… cinco el próximo septiembre. No voy a cambiar de opinión.

– De todas maneras, pensémoslo otra semana, Eddie. Por favor… sólo regresa el próximo sábado. A la misma hora. Estaré lista. Creo que ya es hora de que me lleves a casa.

Fue difícil despedirse cuando llegaron. El la atrajo hacia sí, la abrazó y la besó; la garganta se le cerraba ante la idea de que se marcharía y no volvería a verla en siete días.

Caminó hacia atrás, alejándose de ella, y extendió el brazo hasta que sus dedos ya no se tocaron. Sólo entonces se volvió para irse.

Capítulo 10

El sábado siguiente era apenas el cuarto día que Eddie y Jean pasaban juntos. En vez de ir al autocinema se quedaron en la granja de los padres de ella. Cuando llegó, Eddie le solicitó:

– ¿Podríamos sólo sentarnos en el patio y conversar?

Ella ocultó su desencanto y respondió:

– Claro, si es lo que quieres.

– Es que abrigo la esperanza de que antes de marcharme el día de hoy necesitemos llamar a tus padres para que podamos hablar con ellos también.

Se sentaron en el patio, en un par de sillas de madera para exteriores, debajo de los manzanos. Y Eddie volvió a preguntarle:

– ¿Te quieres casar conmigo, Jean?

Ella tenía lágrimas en los ojos, apretó ocho dedos contra los labios y asintió una y otra vez hasta que recuperó el control.

– ¿De veras? -él se sorprendió de no tener que insistir más.

Ella volvió a asentir, porque todavía no podía hablar.

– ¡Gracias, Dios! -susurró Eddie y cerró los ojos.

Se inclinó hacia el frente y le tomó las manos.

Ella trató de decir:

– ¡Oh! ¡Eddie, soy muy feliz! -pero apenas podía pronunciar palabra, así que él se acercó a ella y la besó con suavidad. Cuando se separaron, ella sonreía y lloraba a la vez.

– ¡Imagínate! ¡Voy a ser la mamá de Anne y de Lucy!

– ¿O sea que por fin puedo decirles?

– ¡Oh, sí!

– Y tal vez tengamos otros dos algún día. ¿Qué te parecería?

– Con sólo pensar en tener a tus bebés me siento feliz.

– Bueno, en ese caso… -buscó tanteando con la mano en su bolsillo- tengo algo para ti.

Sacó un modesto anillo de diamantes y se lo puso en el dedo donde alguna vez había llevado una argolla de oro.

– ¡Oh, Eddie! -exclamó ella mientras admiraba el anillo con el brazo extendido-. Eddie -se inclinó hacia él y lo abrazó-. Te amo tanto…

– Yo también te amo, Jean.

Se quedaron así un rato, mientras la tarde refrescaba en el patio y las ranas comenzaron un vibrante concierto en los estanques.

– ¿Vamos ya a buscar a tus padres? -preguntó Eddie.

Ella asintió contra su hombro.

– ¿Cuándo les diremos que queremos casarnos?

– Pronto, por favor -respondió ella con voz apagada.

El sonrió y le pasó una mano por el cabello, le apretó con cariño el cuello y susurró:

– Vamos, pues.

Cuando les dieron la noticia, Berta lo aceptó con estoicismo mientras Frank declaraba:

– La fiesta de la boda pueden hacerla aquí. Ninguna hija mía se casará sin una despedida adecuada. Tu madre matará los pollos y tus hermanas vendrán a ayudar con la comida. No es menos de lo que hicimos por cada una de ellas -así quedó todo arreglado.

Cuando Eddie le dio a Jean un beso de despedida al lado de su camioneta, ella le dijo:

– Quiero saber lo que piensan Anne y Lucy. Y diles que no puedo esperar a ser su mamá. ¿O debería decir "madrastra"?

– Mamá está bien. No le quita nada a Krystyna.

Cuando le contó a sus hijas que iba a casarse con su ex maestra, Lucy hizo una mueca de sorpresa y felicidad.

– ¿De verdad? ¿Y ese día puedo usar mi vestido blanco y arrojar los pétalos?

– Bueno -rió él-. No lo había pensado. Tal vez sí.

– Annie también podría hacerlo, ¿verdad?

– Pues sí. Si ella quiere.

– ¿Eso quiere decir que la hermana Regina va a venir a vivir aquí con nosotros?

– Ahora se llama Jean, y sí, vendrá a vivir con nosotros.

– ¿Y nos cuidará como lo hacía mamá?

– Sí, como lo hacía mamá.

– ¡Qué bien! -exclamó Lucy y aplaudió.

Eddie le puso la mano en la espalda a Anne con suavidad.

– Y tú, ¿estás de acuerdo en que me case con ella y que venga a vivir con nosotros?

Anne se acercó y se acurrucó a su lado.

– Si ya no puedo tener a mi verdadera mamá, ella es lo que más se le parece.

Con un nudo en la garganta, Eddie besó a Anne en la frente y después a Lucy.

Se anunciaron las amonestaciones durante tres semanas y una radiante tarde de fines de agosto se casaron en San Pedro y San Pablo en Gilman, una semana antes del aniversario de la muerte de Krystyna. La mitad de Browerville estuvo ahí, incluyendo al padre Kuzdek y a tantos parientes de los Olczak que aquello parecía una reunión familiar. Toda la familia de Jean asistió también, incluyendo a la abuela Rosella. Richard y Mary Pribil estuvieron presentes, aunque no Irene. Explicaron que no se había sentido bien ese día y en el último momento decidió quedarse en casa.

Anne y Lucy sí llevaron los pétalos de flores. Usaron unos vestidos largos del color de los pétalos de rosa, con enaguas esponjadas, que con todo cariño les hizo su tía Irene. Les envió una nota con sus padres en la que les decía cuánto lamentaba no verlas caminar por el pasillo, pero les aseguró que pensaría en ellas todo el día.

La novia llevaba un vestido y un velo blancos por segunda ocasión, pero esta vez su novio la esperaba frente a la iglesia, un hombre real, de carne y hueso, a quien amaba y que había consentido, ante su insistencia, en no mirarla sino hasta el momento en que ella apareció al pie del pasillo y caminó hacia él.

Avanzó mientras el órgano hacía vibrar la iglesia con música de Mendelssohn y las niñas arrojaban pétalos de flores cultivadas en el jardín de los abuelos. Frente a Jean, Liz iba avanzando, primero un paso, luego otro, con un vestido largo de un tono rosado un poco más oscuro que el de las chiquillas. Al lado de Eddie, su hermano Romaine esperaba con dos argollas de matrimonio en el bolsillo.

Con su traje nuevo de lana peinada azul, Eddie esperaba con las manos unidas, rígido y quieto, salvo por una rodilla que no podía evitar mover de un lado a otro por el nerviosismo. Un sonrojo delator que se notaba bajo su bronceado veraniego apareció en su cara mientras veía a la novia acercarse con el rostro cubierto por un velo corto y arrastrando una inmensa cola.

El padre de Jean le apretó la mano y se la entregó a Eddie. Cuando ella le tocó la manga, él la tomó de la mano y la sintió temblar; la miró y le sonrió. No la soltó sino hasta que se vio forzado a hacerlo en la ceremonia.

– In nomine Patris…. -comenzó el sacerdote de la parroquia, el padre Donnelly, y Eddie tuvo que persignarse, pero en cuanto terminó volvió a estrechar la mano de Jean.

Inclinaron la cabeza y el sacerdote oró. Liz retiró el velo de la cara de Jean y luego el padre dijo a los novios:

– Tómense de la mano derecha, por favor.

Los corazones les latían al unísono cuando oyeron las palabras:

– Repitan después de mí…

– Yo, Edward Olczak, te tomo a ti, Jean Potlocki, como mi legítima esposa, para amarte y respetarte desde este día, para bien o para mal, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.

Luego Jean dijo con voz dulce.

– Yo, Jean Potlocki, te tomo a ti, Edward Olczak… -sintió que las lágrimas le humedecían los ojos mientras repetía las palabras que la atarían a Eddie por el resto de su vida-… hasta que la muerte nos separe.

El padre hizo el signo de la cruz en el aire y santificó su unión.

Pidió los anillos, los bendijo, y Eddie repitió:

– Con este anillo te desposo -sostuvo la delgada mano de su esposa y le colocó la alianza donde apenas cuatro meses antes había llevado otra.

Ella también susurró:

– Con este anillo te desposo -y le puso un nuevo anillo donde antes llevaba el de Krystyna.

Los otros, con los que habían estado casados, se hallaban con ellos en ese momento, del mismo modo que los invitados que llenaban los bancos de la iglesia a sus espaldas. Bendecían su unión y les auguraban paz.

El órgano resonó y salieron de San Pedro y San Pablo hacia la luz del Sol, en lo alto de los escalones de la iglesia, donde él la besó con ternura infinita; se reservaba su pasión para después. Sin embargo, sonreía jubiloso cuando sus bocas se separaron y sus miradas alegres se encontraron.

– Señora Olczak -la llamó.

– ¡Oh!, ¡Qué bien se oye! -comentó ella.

Luego se volvieron hacia la gente y se sometieron a seis horas de obligaciones sociales: recibir a sus invitados, la comida en la granja, los abrazos de los que les deseaban lo mejor, mirar sus regalos, pasar algún tiempo con Anne y Lucy, y dedicarle atención especial a la abuela Rosella.

Tal vez el momento más conmovedor fue cuando Richard y Mary Pribil los felicitaron antes de que se marcharan. Mary tomó la mano de Eddie, le echó los brazos al cuello y comenzó a llorar.

Lucy, que se marchaba con sus abuelos, tiró de la mano de Jean y le preguntó:

– ¿Por qué llora la abuela, Jean?

– Porque está feliz, pero también está triste -le respondió.

– Pero, ¿por qué está triste?

Jean puso las manos en las bronceadas mejillas de Lucy y le dijo:

– Porque extraña a tu madre, igual que yo -Anne estaba de pie a su lado. Jean la atrajo hacia sí y las tomó a las dos de la mano-. Estuve muy orgullosa de ustedes hoy y quiero que sepan que las amo a las dos y que voy a tratar de ser la mejor madre que pueda. No tengo mucha experiencia, así que a veces van a tener que ayudarme con lo que haga mal, pero tuvieron a la mejor maestra, su propia madre, así que estoy segura de que saldremos adelante. Ahora pórtense bien en casa del abuelo y la abuela Pribil y recen sus oraciones por la noche, ¿de acuerdo?

– Eso haremos.

– Y si quieren regresar a casa antes del miércoles, díganles que las lleven -el plan consistía en que las niñas volvieran a la casa hasta el miércoles por la tarde, para dar a los recién casados una luna de miel de cuatro días, que pasarían en la casa de Browerville, donde Eddie podría ayudarle a Jean a instalarse antes de que diera comienzo el nuevo año escolar la siguiente semana.

Después de despedir a las niñas, hubo algunos adioses más y luego, mientras Jean se cambiaba de ropa, los hermanos de Eddie pusieron los regalos en la parte posterior de la camioneta.

Cuando salió de la casa, llevaba puesto el lindo vestido azul que se había hecho para su primera cita. Él la ayudó a subir a la camioneta y luego por fin… por fin… Eddie encendió el motor y se despidieron con la mano mientras se alejaban por el camino dejando tras de sí una nube de polvo.

Eran casi las seis de la tarde; el Sol brillaba todavía en el cielo y los mirlos negros se movían en los pantanos y su canto llegaba como flotando hasta la ventana de la camioneta. Eddie y Jean tenían el resto de la noche para ellos solos. Él la vio y ella le devolvió la mirada; se rieron por la libertad que ahora tenían.

– Vamos a casa -le dijo él.

Se detuvo frente a su casa de ladrillos amarillos, bajo los bojes y la guió a la puerta trasera sosteniéndola del codo. Había decidido que entrarían por la parte de atrás, que quedaba oculta desde la calle, para tener más privacidad. Abrió la puerta, la tomó en brazos y la llevó al interior.

Jean nunca había entrado en esa casa. Desde los brazos de su esposo, miró el cuarto: la cocina de leña, los gabinetes blancos, agua corriente y la mesa y las sillas que él había hecho para Krystyna.

– Bájame, Eddie -le pidió en voz baja. Lo miró y agregó-. Es una hermosa cocina. ¿Tú hiciste todo esto?

– Los gabinetes y la mesa, sí.

– Eso pensé. Enséñame el resto de la casa.

El Sol poniente se colaba por la ventana de la sala que daba al oeste; Jean observó el sofá marrón de piel curtida de caballo y el piano vertical, demasiado grande para el rincón en el que estaba.

– Ahí hay una máquina de coser -Eddie señaló el pequeño espacio de la entrada-. Puedes usarla cuando quieras.

Ella pasó a su lado, se acercó a la máquina y la tocó ligeramente con las yemas de los dedos, y a Eddie le dio la impresión de que mientras lo hacía le susurraba algo a Krystyna.

– Tiene otro piso.

– Sí -al subir la escalera, una arandela metálica que colgaba de un cordel golpeó contra la pared-. ¿Qué es esto? -preguntó.

– Es una cuerda para que las niñas puedan encender la luz antes de subir a dormir. Krystyna la puso.

Eddie se reprendió a sí mismo por haber mencionado a Krystyna. En eso, Jean tiró de la cuerda y miró hacia lo alto cuando la luz se encendió en el techo del pasillo. Comenzó a subir la escalera y él la siguió en silencio.

– Aquí duermen las niñas -le mostró cuando llegaron arriba. Jean entró en el dormitorio iluminado por el Sol y sonrió al contemplar el papel tapiz y los rosetones hechos de listón en los marcos de las ventanas. Azúcar, que dormía en la cama, despertó y estiró las patas al frente, tensa y con los ojos bizcos.

– Ésa es Azúcar -dijo Eddie-. Ya habrás oído hablar de ella.

– Hola, Azúcar -saludó Jean y le hizo una caricia leve a la gata antes de que Eddie la guiara hacia el otro extremo del pasillo.

– Y éste es nuestro cuarto.

Cruzaron la puerta y se detuvieron ahí.

– ¡Oh, Dios! Tiene un balcón que da a la calle. ¡Es adorable!

– En verano muchas veces dormimos con la puerta del balcón abierta -tarde se dio cuenta de que había hablado en plural.

– ¿Puedo? -preguntó, imperturbable al tiempo que lo miraba.

– Claro.

Cruzó el piso de linóleo y abrió la puerta del balcón, que daba al este, con lo que dejó entrar el ruido de los niños del vecindario que jugaban a corretearse afuera y el verde susurro de los bojes.

– Y también hay un baño -explicó-. Yo mismo lo instalé.

– Creo que tengo suerte de estar casada con un hombre con tantas habilidades -se acercó a él y miró el cuarto de baño-. No creo que haya algo que no puedas hacer, Eddie.

– Ahí está el tocador. Lo vacié para que puedas usarlo. El clóset es terriblemente pequeño, pero haremos espacio para tu ropa.

– Gracias, Eddie.

Él se quitó la chaqueta y la colgó en el clóset.

– Será mejor que meta en la casa los regalos de bodas -señaló y se dirigió hacia la escalera.

Cuando Eddie regresó con su maleta, Jean estaba de pie al lado del tocador, sin saber qué hacer.

– Te traje esto -indicó él y colocó la maleta al pie de la cama.

– Gracias -la abrió y sacó un camisón blanco plisado, aunque aún era de día. El Sol estaba por encima del horizonte y sus rayos iluminaban el pequeño tapete azul situado al lado de la cama.

– Eddie, hay algo que quiero decirte -se volvió y sintió que él estaba detrás de ella, muy cerca-. Comprendo que ésta fue la casa de Krystyna y que ella compartió su vida aquí contigo. Y está bien que menciones su nombre y que me digas que esto o aquello era suyo y que ella hacía tal o cual cosa para Anne y Lucy. Su recuerdo seguirá aquí muchos años; sin embargo, como te amo y sé que me amas, eso no le quita nada a nuestro matrimonio. Así que, por favor, no pongas esa cara de culpa cada vez que la mencionas.

Ella alcanzó a ver el alivio que se extendía por su rostro.

– ¡Oh! ¡Cuánto te amo! -dijo él al tomarla en brazos.

– Yo también te amo -le aseguró ella con suavidad.

– Creo, Jean Olczak, que eres una santa.

– ¡Oh, no! No lo soy. Soy tan mortal que me estoy muriendo de miedo en este instante.

– No tengas miedo -aflojó su abrazo y le repitió en un tono muy dulce al tiempo que la miraba a los ojos-. No tengas miedo.

– ¿Qué debo hacer?

– Ve al baño y ponte tu camisón.

Cuando Jean regresó al dormitorio, vio su maleta en el piso; la cama no tenía la colcha, las sábanas estaban abiertas y Eddie, con nada más que sus calzoncillos puestos, se hallaba apoyado con el hombro contra el marco de la puerta, mirando hacia la penumbra. Las voces de los niños ya no se oían. Las sombras púrpuras comenzaban a cubrir el pueblo.

Al sentir que había vuelto al dormitorio, Eddie la miró por encima del hombro y extendió el brazo que le quedaba libre. Lo cerró en torno de ella cuando Jean se acercó; luego él la hizo volverse y la acercó suavemente contra su pecho. Era difícil creer que lo que ella quería hacer con él ya no iba a ser pecaminoso.

Jean se arqueó y le puso las manos en las perneras de los calzoncillos; Eddie comenzó a besarle el cuello. Ella se acurrucó en sus brazos y lo besó, luego subió las manos para colocarlas en la espalda desnuda de su esposo, siguiendo el dictado de su instinto. Tocarlo, saborearlo, era lo mejor que le había pasado. Y se volvió más y más fácil conforme pasaban los minutos.

De pronto él levantó la cabeza, la tomó de la mano y susurró:

– Ven conmigo -la llevó a la cama y se acomodaron de lado para poder mirarse. Él le besó los ojos, las mejillas, la nariz, los labios y le cubrió el pecho con lentas caricias.

Ella se quedó muy quieta, asombrada al descubrir sensaciones absolutamente nuevas.

Susurró su nombre una vez, o al menos eso le pareció a él… "¡Oh, Eddie!"… antes de que las sensaciones que experimentaba la impulsaran a callar de nuevo.

Él le musitó algo, unas palabras para tranquilizar cualquier temor que pudiera tener…

– Jean, querida Jean -murmuró.

Le enseñó cosas que había aprendido con Krystyna y ahí, en las lecciones, Krystyna les dio otro regalo. Porque era un regalo maravilloso y merecido. Habían esperado, habían hecho lo correcto, lo que estaba bien: pospusieron todo placer para ganarse el derecho de hacerlo a través del matrimonio y cuando éste se consumó ahí, en la oscuridad de la cálida noche de agosto, emergieron resplandecientes… se amaban.

Más tarde, todavía entrelazada con él, Jean comentó con sorpresa en la voz:

– ¿No te parece que Dios es absolutamente maravilloso al haber pensado en algo así?

Eddie le besó la frente y descansó sobre ella la mejilla.

– Creo que Dios es maravilloso porque me permitió tenerte.

– Sí, yo también -le aseguró ella y colocó un pie, la mano y una rodilla doblada en los sitios más cómodos que encontró en él para cada parte de su cuerpo-. Espero que te guste dormir abrazado, porque sé que yo querré estar así muchas veces. He dormido sola demasiado tiempo.

El se arrellanó y extendió más la mano sobre el costado de Jean.

– Eddie, ¿puedo hacerte una pregunta?

– Claro.

Tardó un poco en reunir el valor para hablar.

– ¿Con cuánta frecuencia… cuántas veces hacen esto los hombres y las mujeres?

El rió de buena gana.

– ¡Ah! Mi adorable novia virgen.

– Me prometiste que no te reirías de mi ignorancia.

– No, no me estoy riendo de ti, querida. Es sólo que me hiciste cosquillas.

– Bueno, entonces… ¿con cuánta frecuencia?

Decidió gastarle una broma.

– Bueno, déjame ver… mañana es domingo y después de la misa tendremos todo el día para nosotros, así que podríamos hacerlo, digamos, treinta o cuarenta veces. Pero en los otros días…

– ¡Treinta o cuarenta!

– Pero entre semana tendremos que moderarnos un poco.

– ¡Eddie! Estás bromeando -le lanzó un golpe a través de las suaves mantas.

Se besaron y después él le explicó, con el tono de voz que usaría un maestro muy paciente:

– Podemos hacerlo a diario si quieres. Por lo general, al principio, cuando la gente acaba de enamorarse, desea hacerlo más de una vez al día; después, una vez que uno permanece casado un tiempo, se hace con menos frecuencia. Un par de veces a la semana, tal vez más, tal vez menos. Cuando las mujeres se embarazan no sienten muchos deseos de tener relaciones sexuales; después, ya cerca del final, no pueden hacerlo.

Luego de unos momentos en que permanecieron en silencio, ella continuó:

– Sólo imagina. Ya podría estar embarazada.

– ¿Y qué te parecería?

– Recé una novena para pedir que suceda pronto.

Él se hizo hacia atrás y la miró con sorpresa.

– ¿De verdad?

– Sí. Y quiero tener tantos hijos tuyos como pueda.

– ¡Oh, Jean…! -la levantó de su hombro y la besó con ternura-. ¡Soy tan afortunado!

Pensaron en los niños que tendrían, en las que ya tenían y en un futuro lleno de amor entre todos, con trabajo duro para beneficio de sus hijos y de sí mismos. Sintieron que Azúcar se subía al pie de la cama y avanzaba con cuidado sobre las sábanas.

Eddie bajó la mano y tocó a la gata.

– Hola, Azúcar.

Jean le rascó el suave pelambre.

– Me gustan los gatos -comentó.

El animal comenzó a ronronear. Ellos comenzaban a sentirse gratamente adormilados.

En eso, Jean se sentó de pronto sobre la cama y arrojó las mantas a un lado.

– ¡Oh, Dios! ¡Olvidé rezar mis oraciones!

Se bajó de la cama de inmediato, se puso de rodillas y juntó las manos, desnuda como un bebé al nacer, mientras él sonreía para sí en la oscuridad. No la interrumpió, pero tampoco se unió a ella. Ya había tenido suficientes rezos para un solo día con aquella larga ceremonia nupcial. Además, lo que habían hecho juntos le parecía a él casi como una plegaria.

Pronto terminó y volvió a la cama. Él levantó las mantas para ella y Jean encontró de nuevo el cómodo sitio en su hombro.

– ¿Y debes arrodillarte para poder rezar tus oraciones cada noche? -preguntó él.

– Es una vieja costumbre, difícil de romper.

– ¡Ah! -él comprendió.

– ¿Eddie?

– ¿Hum?

– Necesito conseguir un permiso para conducir, aunque antes tengo que aprender. ¿Me puedes enseñar?

– Claro. ¿Para qué?

– Para poder llevar a las monjas a Saint Cloud o a Long Prairie a que les examinen los ojos y les arreglen los dientes. Como lo hacía Krystyna.

– ¡Ah! Como ella.

– Sí.

Eddie sonrió. Siempre habría un pequeño vestigio de la hermana Regina en su esposa Jean, pero eso le parecía bien. Después de todo, él se había enamorado de la monja.

Cuando estaba a punto de quedarse dormido, Eddie le murmuró a Jean al oído:

– Buenas noches, hermana.

Pero ella ya estaba dormida y soñaba con tener sus bebés.

LAVYRLE SPENCER

LaVyrle Spencer volvió a su pueblo natal, Browerville, Minnesota, para ambientar la que sería su última novela, Y el cielo los bendijo.

"Voy a jubilarme, pero les dejaré a mis lectores fieles un vistazo de lo que fue mi juventud", comenta la autora. Aunque la historia que se cuenta es de ficción, LaVyrle Spencer usó los nombres de algunas personas reales a quienes recuerda con nostalgia de la época de su niñez, entre ellos su padre, Louie Kulick. "Viví rodeada de una familia amorosa, en un pueblo pequeño y seguro; estudié en una escuela parroquial e iba a la iglesia", explica, "lo que me hizo comenzar en la vida con el pie derecho".

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