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La última noche en Los Ángeles

Lauren Weisberger

A Brooke le encantaba leer revistas de cotilleos hasta que fue su matrimonio el que empezó a ocupar los titulares semanales… Casados desde hace más de cinco años, Brooke y Julian forman una pareja feliz y comprometida. Él es un gran músico que toca en pequeños bares a la espera de una oportunidad y ella, a fin de ayudar a su marido a hacerse un hueco en el competitivo mundo de la música, tiene dos empleos para sufragar la economía familiar. Brooke cree en Julian y está dispuesta a sacrificar su carrera para que él haga realidad su sueño. Todo cambia el día en el que reciben una llamada de teléfono y Julian se convierte, de la noche a la mañana, en una estrella. Al principio la fama resulta divertida, ¿quién no querría dormir en hoteles de cinco estrellas, conocer a los famosos y vivir rodeado de lujo? Pero la fama tiene un precio, Julian está cada vez más ausente, más ocupado y constantemente de viaje… Cuando aparecen en las revistas los primeros rumores sobre una posible crisis entre ellos, Brooke empezará a cuestionar la verdad de su matrimonio y deberá aprender a distinguir entre lo que cree desear y lo que de verdad necesita.

Lauren Weisberger

La última noche en Los Ángeles

Título original: Last Night at Chateau Marmont

© Lauren Weisberger, 2010

© por la traducción, Claudia Conde, 2011

Para Dana, mi hermana y mejor amiga, siempre

1 El hombre del piano

Cuando por fin el tren entró chirriando en la estación de metro de Franklin Street, Brooke tenía tanta ansiedad que estaba a punto de vomitar. Consultó el reloj por décima vez en otros tantos minutos e intentó convencerse de que no era el fin del mundo; Nola, su mejor amiga, iba a perdonarla, ¡tenía que hacerlo!, aunque su retraso fuera inexcusable. Se abrió paso hacia la salida entre la muchedumbre de viajeros de hora punta, conteniendo instintivamente la respiración entre tantos cuerpos ajenos, y se dejó empujar en dirección a la escalera. Moviéndose ya en modo automático, Brooke y sus compañeros de viaje sacaron a la vez los móviles de sus respectivos bolsos y chaquetas, se colocaron silenciosamente en línea recta y, como zombis, empezaron a subir en militar coreografía por el lado derecho de la escalera de hormigón, mientras miraban fijamente la pantalla diminuta sobre la palma de la mano.

– ¡Mierda! -oyó que exclamaba una señora con sobrepeso, más adelante en la fila, y en seguida supo por qué. La lluvia la golpeó con fuerza y sin previo aviso, nada más coronar la escalera. Lo que apenas veinte minutos antes había sido una tarde de marzo un poco fría pero decente, se había convertido en un infierno helado y borrascoso, con un viento que imprimía a la lluvia la fuerza de un látigo y volvía de todo punto imposible el propósito de no mojarse.

– ¡Maldición! -añadió ella a la cacofonía de exabruptos que lanzaban los transeúntes a su alrededor, mientras se esforzaban por sacar los paraguas de los maletines o cubrirse la cabeza con periódicos. Como después del trabajo había pasado por su casa para cambiarse, Brooke no tenía nada más que un bolsito de mano plateado (monísimo, eso sí) para protegerse del diluvio. «¡Adiós peinado! -pensó, mientras echaba a correr para cubrir las tres manzanas que la separaban del restaurante-. ¡Cuánto te voy a echar de menos, maquillaje! ¡Ha sido un placer haberos conocido, preciosas botas nuevas de ante que os comisteis la mitad de mi salario semanal!»

Estaba completamente empapada cuando llegó a Sotto, el pequeño restaurante de barrio sin mayores pretensiones donde Nola y ella se encontraban dos o tres veces al mes. La pasta no era la mejor de la ciudad (probablemente ni siquiera era la mejor de la manzana) y el local no tenía nada de particular, pero Sotto tenía otros atractivos bastante más importantes: jarras de vino a un precio razonable, un tiramisú sublime y un jefe de sala italiano de buena planta, que sólo porque Brooke y Nola eran antiguas clientas les reservaba siempre la mesa más íntima del fondo.

– Hola, Luca -saludó Brooke al dueño del restaurante, mientras se sacudía de los hombros la levita de lana, intentando no salpicar agua por todas partes-. ¿Ha llegado ya?

Luca tapó de inmediato el auricular del teléfono con la mano y señaló con un lápiz por encima del hombro.

– Como siempre. ¿Qué ocasión celebras con un vestido tan sexy, cara mia? ¿Quieres secarte antes?

Brooke se alisó con las dos manos el ajustado vestido negro de punto, de manga corta, y rezó para que Luca no se equivocara y el vestido fuera realmente sexy y le sentara bien. Había acabado por considerarlo el «uniforme de las actuaciones», porque combinado con zapatos de tacón, sandalias o botas, según el tiempo que hiciera, se lo ponía prácticamente para todas las actuaciones de Julian.

– Ya llego demasiado tarde. ¿Está enfadada y quejumbrosa? -preguntó, mientras se apretaba el pelo a puñados, para salvarlo del encrespamiento inminente.

– Va por la mitad de una jarra y todavía no ha soltado el móvil. Lo mejor es que vayas directamente.

Después de intercambiar un triple beso en las mejillas (ella se había resistido al principio a los tres besos, pero Luca había insistido), Brooke inspiró profundamente y se encaminó hacia su mesa. Nola estaba bien instalada en el asiento alargado, con la chaqueta del traje sastre abandonada sobre el respaldo. El jersey sin mangas, de cachemira azul marino, hacía resaltar la firmeza de sus brazos y contrastaba agradablemente con el precioso tono bronceado de su piel. La melena larga hasta los hombros, con un corte escalado, era a la vez elegante y sexy; los reflejos rubios resplandecían a la luz tenue del restaurante, y el maquillaje tenía el aspecto fresco del rocío. Nadie diría, mirándola, que Nola acababa de pasar doce horas en una mesa de transacciones de valores, con unos auriculares puestos y gritando a un micrófono.

Brooke y Nola no se habían conocido hasta el segundo semestre de su último curso en Cornell, aunque Brooke (lo mismo que el resto del alumnado) se había fijado más de una vez en Nola y sentía por ella terror y fascinación a partes iguales. A diferencia de las otras estudiantes con sus capuchas y botas UGG, Nola, delgada como una modelo, prefería las botas de tacón y los blazers, y nunca jamás se recogía el pelo en una coleta. Había estudiado en colegios privados de Nueva York, Londres, Hong Kong y Dubai, ciudades donde había trabajado su padre, especialista en banca de inversiones, y en todas ellas había disfrutado de la obligada libertad de ser la hija única de unos padres extremadamente ocupados.

Nadie sabía muy bien por qué había acabado en Cornell, en lugar de Cambridge, Georgetown o la Sorbona, pero no había que ser muy perspicaz para darse cuenta de que el ambiente de la universidad no le parecía nada del otro jueves. Mientras las otras chicas se apuntaban a las fraternidades, se reunían para comer en el Ivy Room o se emborrachaban en los diversos bares de Collegetown, Nola se mantenía aparte. Se sabían algunas cosas de su vida (su conocido affaire con el profesor de arqueología o las frecuentes apariciones en el campus de hombres guapos y misteriosos que en seguida desaparecían); pero, por lo demás, Nola asistía a las clases, sacaba solamente dieces y se volvía corriendo a Manhattan en cuanto podía, los viernes por la tarde. Cuando emparejaron a las dos chicas para que cada una comentara los relatos de la otra en un curso optativo de escritura creativa, Brooke se sintió tan intimidada que apenas podía hablar. Nola, como siempre, no pareció particularmente complacida ni molesta; pero cuando una semana después le devolvió a Brooke su primer escrito (un relato breve sobre una chica que se esforzaba por adaptarse a su misión con los Cuerpos de Paz en el Congo), había añadido al texto un montón de comentarios reflexivos y de sugerencias inteligentes. En la última página, después de largas y graves disquisiciones, había garabateado: «¿Has considerado una escena de cama en el Congo?» Al leerlo, Brooke se rió tanto y tan fuerte, que tuvo que salir del aula para calmarse.

Después de clase, Nola la invitó a una cafetería diminuta en el sótano de uno de los edificios de la universidad, que nunca frecuentaban las amigas de Brooke; dos semanas más tarde, ya iban juntas a Nueva York los fines de semana. Incluso después de todos esos años, Nola seguía siendo fabulosa hasta lo indecible, pero a Brooke la ayudaba saber que su amiga lagrimeaba cada vez que veía en las noticias a soldados que volvían de la guerra, o que su obsesión era poseer algún día una mansión en una zona residencial con una valla inmaculadamente blanca, aunque con la boca pequeña dijera que despreciaba ese tipo de vida, o que sentía un miedo patológico por los chuchos pequeños y ladradores (con la sola excepción de Walter, el perrito de Brooke).

– Perfecto, perfecto. No, no; en la barra estará bien -dijo Nola por teléfono, poniendo los ojos en blanco al ver a Brooke-. No, no creo que sea preciso hacer reservas para cenar. Improvisemos. Sí, me parece bien. Allí nos vemos, entonces.

Cerró el teléfono e inmediatamente cogió la jarra y se sirvió otra copa de vino tinto, antes de recordar la presencia de Brooke y servirle también a ella.

– ¿Me odias? -preguntó Brooke, mientras dejaba el abrigo sobre la silla más cercana y abandonaba el bolso empapado debajo de la mesa.

Bebió un largo y profundo sorbo de vino, saboreando la sensación del alcohol que se le deslizaba por la lengua.

– ¿Por qué? ¿Sólo porque llevo media hora sentada sola?

– Ya lo sé, ya lo sé. No sabes cuánto lo siento. Ha sido un día infernal en el trabajo. Dos de las nutricionistas a tiempo completo han llamado para decir que no se encontraban bien (lo que me parece un poco sospechoso, qué quieres que te diga) y las demás hemos tenido que cubrir sus turnos. Claro que si alguna vez quedáramos más cerca de mi casa, quizá no me retrasaría…

Nola levantó la mano.

– De acuerdo, tomo nota. No creas que no te agradezco que vengas hasta aquí. Cenar en Midtown West no apetece mucho.

– ¿Con quién estabas hablando? ¿Con Daniel?

– ¿Daniel? -Nola pareció desconcertada. Levantó la vista al techo, con cara de hacer un gran esfuerzo para pensar-. Daniel, Daniel… ¡Ah! No, eso ya está superado. Lo llevé a una cosa de trabajo al principio de la semana pasada y actuó de manera muy rara. Superextraña. No, ahora estaba quedando para mañana con un tipo de Match, com. ¡El segundo de esta semana! ¿Cómo he podido llegar a estos niveles de patetismo? -suspiró.

– Por favor, si tú no eres…

– No, de verdad. Es patético que con casi treinta años siga pensando en mi novio del instituto como mi única relación «auténtica». También es patético estar registrada en varias webs de búsqueda de pareja y quedar con hombres de todas ellas. Pero lo más patético de todo, lo que ya roza lo imperdonable, es que no me importe contárselo a cualquiera que desee oírme.

Brooke bebió otro sorbo.

– Yo no soy «cualquiera que desee oírte».

– Ya me entiendes lo que quiero decir -replicó Nola-. Si tú fueras la única en conocer mi humillación, podría soportarlo. Pero es como si me hubiera vuelto tan coriácea que…

– Bonita palabra.

– Gracias. Es la palabra del día de mi calendario y la he visto esta mañana. Como te decía, me he vuelto tan coriácea ante la indignidad que ya no pongo ningún filtro. Ayer, sin ir más lejos, pasé nada menos que quince minutos intentando explicar a uno de los vicepresidentes más importantes de Goldman la diferencia entre los hombres de Match.com y los de Nerve. Es imperdonable.

– ¿Y qué me cuentas del tipo de mañana? -preguntó Brooke, para cambiar de tema.

Era imposible no perderse con la situación sentimental de Nola de una semana para otra, no sólo porque costaba recordar con quién salía (lo que ya era todo un logro), sino porque tampoco estaba claro si de verdad ansiaba desesperadamente tener un novio formal y sentar cabeza, o si en realidad detestaba el compromiso y prefería seguir soltera y fabulosa, acostándose con unos y con otros. Cambiaba constantemente de idea, sin previo aviso, y a Brooke le resultaba muy difícil recordar si el último ligue de la semana era «increíble» o «un desastre absoluto».

Nola bajó las pestañas y frunció la boquita de labios brillantes en su mohín marca de la casa, el mismo que le servía para expresar «soy frágil», «soy dulce» y «quiero que me hagas tuya», todo a la vez. Era evidente que pensaba dar una respuesta larga a su pregunta.

– Eso guárdalo para los hombres, corazón. Conmigo no funciona -mintió Brooke.

Nola no era una belleza en el sentido tradicional de la palabra, pero eso importaba poco. Se arreglaba tan bien y desprendía tanta confianza que fascinaba por igual a hombres y a mujeres.

– Éste parece prometedor -dijo, con gesto pensativo-. Supongo que sólo es cuestión de tiempo que revele algún defecto colosal; pero hasta entonces, creo que es perfecto.

– ¿Y cómo es? -insistió Brooke.

– Hum, veamos. Formó parte del equipo de esquí alpino de la universidad (por eso lo elegí en la web) y hasta trabajó de monitor dos temporadas, primero en Park City y después en Zermatt.

– Hasta ahí, perfecto.

Nola asintió.

– Así es. Mide cerca de metro ochenta, está en forma (o al menos eso dice), tiene el pelo rubio ceniza y los ojos verdes. Se ha instalado en la ciudad hace un par de meses y no conoce a mucha gente.

– Ya le pondrás remedio tú a eso.

– Sí, supongo… -Hizo su mohín-. Pero…

– ¿Cuál es el problema?

Brooke volvió a llenar las copas de ambas y le hizo un gesto afirmativo al camarero cuando éste le preguntó si iban a tomar lo de siempre.

– Bueno, el trabajo… Como profesión, ha puesto «artista».

Pronunció la palabra como si estuviera diciendo «pornógrafo».

– ¿Y qué pasa con eso?

– ¿Lo dices en serio? ¿Qué demonios quiere decir «artista»?

– Hum, supongo que puede querer decir muchas cosas: pintor, escultor, músico, actor, escri…

Nola se llevó la mano a la frente.

– ¡Por favor! Sólo puede querer decir una cosa y las dos lo sabemos: ¡parado!

– Todo el mundo está sin empleo últimamente. ¡Si hasta queda bien estar en el paro!

– ¡Oh, vamos! Puedo tolerar que alguien esté sin trabajo por culpa de la recesión. Pero ¿por ser artista? Eso sí que es difícil de asimilar.

– ¡Nola! Es ridículo lo que dices. Hay muchísima gente, cantidad de gente, miles de personas, probablemente millones que viven del arte. Piensa en Julian, por ejemplo. Julian es músico. ¿Tendría que haberme negado a salir con él?

Nola abrió la boca para decir algo, pero cambió de idea. Se hizo un silencio incómodo.

– ¿Qué ibas a decir? -preguntó Brooke.

– Nada, nada. Tienes razón.

– No, de verdad. Estabas a punto de decir algo. Dilo.

Nola se puso a girar el pie de la copa entre los dedos, con cara de querer estar en cualquier parte menos allí.

– No digo que Julian no tenga verdadero talento, pero…

– Pero ¿qué?

Brooke se inclinó sobre la mesa y se le acercó tanto que Nola no pudo rehuir su mirada.

– No sé si yo diría que es músico. Cuando lo conociste, trabajaba de asistente de alguien, y ahora tú lo mantienes.

– Cuando lo conocí, estaba haciendo prácticas -replicó Brooke, sin tratar de disimular su irritación-. Hacía prácticas en Sony para conocer por dentro la industria discográfica y saber cómo funciona. ¿Y sabes qué? Gracias a las relaciones que hizo durante esas prácticas, le han prestado atención. Si no hubiese estado allí todos los días, intentando hacerse imprescindible, ¿crees que el jefe de nuevos talentos le habría dedicado dos horas de su tiempo para verlo actuar?

– Ya lo sé. Es sólo que…

– ¿Cómo puedes decir que no hace nada? ¿De verdad lo piensas? No sé si te das cuenta de que ha pasado los últimos ocho meses encerrado en un estudio de grabación del Midtown, produciendo un álbum. Y no es sólo un proyecto para impresionar a los amigos, no, nada de eso. Sony le ha hecho un contrato como artista (ahí tienes otra vez esa palabra) y le ha pagado un adelanto. Si eso no es un empleo para ti, no sé qué decirte.

Nola levantó las manos, aceptando la derrota, y bajó la cabeza.

– Sí, claro. Tienes razón.

– No pareces convencida.

Brooke empezó a mordisquearse la uña del pulgar. El alivio que le había proporcionado el vino se había esfumado por completo.

Nola se puso a empujar la ensalada por el plato con el tenedor.

– No sé. ¿Acaso no ofrecen una tonelada de contratos de grabación a cualquiera que demuestre un mínimo de talento, porque calculan que un solo gran éxito es suficiente para compensar un montón de pequeños fiascos?

A Brooke le sorprendió el conocimiento que tenía su amiga del sector de la música. Julian siempre le explicaba la misma teoría cuando le restaba importancia a su contrato con el sello discográfico y, según sus propias palabras, trataba de «mantener bajo control las expectativas» respecto a lo que el contrato pudiera significar realmente. Aun así, viniendo de Nola, sonaba peor.

– ¿Un «mínimo de talento»? -Brooke sólo consiguió susurrar las palabras-. ¿Es ésa la opinión que tienes de él?

– ¡Claro que no! No te lo tomes tan a la tremenda. Pero como amiga tuya que soy, no me hace gracia ver que te matas trabajando desde hace años para mantenerlo, sobre todo cuando hay tan pocas probabilidades de que saquéis algo en limpio de todo esto.

– Agradezco que te intereses tanto por mi bienestar, pero te recuerdo que fue idea mía aceptar el empleo extra de consultora en la escuela privada para ganar un poco más de dinero. No lo hago por mi buen corazón, sino porque verdaderamente creo en él y en su talento, y porque estoy convencida (aunque nadie más parezca estarlo) de que tiene una gran carrera por delante.

Brooke había entrado en éxtasis (posiblemente más incluso que Julian), cuando ocho meses antes él la había llamado para anunciarle la oferta inicial de Sony. Doscientos cincuenta mil dólares eran más de lo que habían ganado los dos en los cinco años anteriores, y Julian tendría libertad para hacer lo que quisiera. ¿Quién habría podido prever que una inyección tan enorme de dinero iba a acabar endeudándolos aún más de lo que estaban? Con el dinero del adelanto, Julian había tenido que alquilar el estudio, contratar a cotizados productores e ingenieros de sonido y cubrir el coste del equipo, los viajes y los gastos del grupo de acompañamiento. El dinero se había esfumado en pocos meses, mucho antes de poder destinar un solo dólar al pago de las facturas o del alquiler del piso, o incluso a una cena de celebración. Y una vez invertido todo ese dinero para que Julian se diera a conocer, no tenía sentido suspender el proyecto. Ya habían gastado treinta mil dólares de su propio dinero (la totalidad de sus ahorros, los que habían reservado para pagar la entrada de un piso) y cada día se endeudaban un poco más. Lo más espeluznante de todo era lo que Nola había expresado con tanta franqueza: las probabilidades de que Julian obtuviera algún día un beneficio de todo el dinero y el trabajo invertidos (incluso con el respaldo de Sony) eran prácticamente nulas.

– Sólo espero que sepa lo afortunado que es por estar casado con una mujer como tú -dijo Nola, en tono más suave-. Te aseguro que yo no lo apoyaría tanto; probablemente por eso estoy destinada a quedarme soltera…

Por suerte, llegaron los platos de pasta y la conversación se desplazó hacia otros tema menos espinosos: lo mucho que engordaba la salsa boloñesa, la conveniencia de que Nola pidiera o no un aumento de sueldo y lo mal que le caían a Brooke sus suegros. Cuando Brooke pidió la cuenta sin pedir el tiramisú y ni siquiera un café, Nola pareció preocupada.

– No te habrás enfadado conmigo, ¿no? -preguntó, mientras añadía su tarjeta de crédito a la carpeta de piel.

– No -mintió Brooke-. Es sólo que he tenido un día muy largo.

– ¿Adónde vas ahora? ¿No vamos a tomar una copa?

– En verdad, Julian tiene una… Esta noche actúa -dijo Brooke, cambiando de idea en el último momento. Habría preferido no decírselo a Nola, pero le resultaba incómodo mentirle.

– ¡Ah, qué bien! -dijo Nola con entusiasmo, mientras se acababa el vino-. ¿Necesitas compañía?

Las dos sabían que a Nola no le apetecía ir, lo que estaba muy bien, porque a Brooke tampoco le apetecía que fuera. Su amiga y su marido se entendían sólo lo justo, y eso ya era suficiente. Brooke agradecía el afán protector de Nola y sabía que todo lo hacía con buena intención; pero no le resultaba agradable pensar que su mejor amiga estaba todo el tiempo juzgando a su marido y que el juicio siempre era desfavorable.

– Es que Trent está en la ciudad -dijo Brooke-. Está en una especie de programa de intercambio y he quedado allí con él.

– ¡Ah, el bueno de Trent! ¿Cómo le va en la facultad de medicina?

– Ya ha terminado la carrera. Ahora está haciendo la especialidad. Julian dice que le encanta Los Ángeles, lo que es asombroso, porque los neoyorquinos de toda la vida normalmente lo detestan.

Nola se levantó y se puso la chaqueta.

– ¿Sale con alguien? Si no recuerdo mal, es tremendamente aburrido, pero muy mono…

– De hecho, acaba de prometerse. Con otra residente de gastroenterología, una chica llamada Fern. La residente Fern, especialista en gastroenterología. ¡Tiemblo de sólo pensar en sus conversaciones!

Nola hizo una mueca de disgusto.

– ¡Uf! ¿Por qué tenías que decirlo? ¡Y pensar que hubieses podido quedártelo para ti!

– Ajá.

– Sólo quiero asegurarme de que me atribuyes el mérito que merezco por haberte presentado a tu marido. Si no hubieras salido con Trent aquella noche, todavía serías una admiradora más de Julian.

Brooke se echó a reír y le dio un beso a su amiga en la mejilla. Sacó dos billetes de veinte de la cartera y se los dio a Nola.

– Tengo que salir pitando. Si no bajo al metro en treinta segundos, llegaré tarde. ¿Nos llamamos mañana?

Cogió el abrigo y el bolso, saludó fugazmente a Luca con la mano por el camino, y se dirigió a toda prisa hacia la puerta.

Todavía, después de tantos años, Brooke se estremecía cuando pensaba en lo poco que había faltado para que Julian y ella no se conocieran. Corría junio de 2001, sólo un mes después de terminar los estudios de grado en la universidad, y le estaba resultando casi imposible acostumbrarse a su nueva semana de sesenta horas, divididas casi por igual entre las clases teóricas del curso de posgrado en nutrición, las prácticas remuneradas y el empleo de camarera en una cafetería del barrio para sobrevivir. Aunque nunca se había hecho muchas ilusiones con la perspectiva de trabajar doce horas al día por veintidós mil dólares al año (o al menos eso creía), no había sido capaz de predecir la tensión que sufriría combinando la jornada interminable de trabajo, el salario insuficiente, la falta de sueño y los problemas logísticos de compartir un apartamento de sesenta y cinco metros cuadrados y un solo dormitorio con Nola y una de sus amigas. Por eso, cuando Nola le imploró que la acompañara a un concierto un domingo por la noche, rechazó de plano la invitación.

– Vamos, Brookie, necesitas salir de casa -había argumentado Nola, mientras se ponía una ceñida camiseta negra sin mangas-. Actuará un cuarteto de jazz que al parecer es buenísimo, y Benny y Simone han prometido guardarnos sitio. Cinco dólares la entrada y dos copas al precio de una. ¿Cómo es posible que no te guste el plan?

– Es sólo que estoy cansada -suspiró Brooke, mientras zapeaba incesantemente de un canal a otro desde el futón del cuarto de estar-. Todavía me queda un trabajo que redactar y tengo que fichar dentro de once horas.

– ¡Ay, déjate de dramas! ¡Tienes veintidós años, por el amor de Dios! Para de quejarte y arréglate un poco. Salimos dentro de diez minutos.

– Está lloviendo a cántaros y…

– Diez minutos, ni un segundo más, o ya no eres mi amiga.

Cuando las chicas llegaron al Rue B, en el East Village, y se acomodaron en torno a una mesa demasiado pequeña junto a unos amigos del instituto, Brooke empezaba a lamentar su debilidad de carácter. ¿Por qué cedía siempre ante Nola? ¿Por qué se había dejado arrastrar hasta un bar lleno de humo y atestado de gente, para beber un Vodka Tonic aguado mientras esperaba a un cuarteto de jazz del que nunca había oído hablar? Ni siquiera era particularmente aficionada al jazz, ni tampoco a ninguna clase de música en directo, a menos que fuera un concierto de Dave Matthews o de Bruce Springsteen, en los que podía cantar a voz en cuello todas las canciones. Claramente, aquélla no era una de esas noches. Por eso sintió una mezcla de irritación y alivio, cuando la chica que atendía la barra, rubia y zanquilarga, se puso a llamar la atención de todos golpeando un vaso con una cuchara.

– ¡Eh, todo el mundo! ¡Eh! ¿Podéis escucharme un minuto, por favor? -Se secó la mano libre en los vaqueros y esperó pacientemente a que la sala guardara silencio-. Ya sé que a todos os hace mucha ilusión escuchar a los Tribesmen esta noche, pero nos acaban de avisar que se han quedado atrapados en un atasco en la autopista de Long Island y no podrán llegar a tiempo.

La sala respondió con vehementes abucheos.

– Sí, ya sé que da mucha rabia. Pero ya sabéis: remolque volcado, tráfico completamente detenido, bla, bla, bla.

– ¿Y sí para disculparos nos invitáis a una ronda? -dijo un hombre de mediana edad sentado al fondo, con el vaso en alto.

La chica de la barra se echó a reír.

– Lo siento. Pero si alguien quiere salir al escenario y tocar algo… -Miró directamente al hombre que había hablado, que negó con la cabeza-. Lo digo en serio. Tenemos un piano bastante bueno. ¿Alguien se anima a tocar?

La sala quedó en silencio, mientras la gente intercambiaba miradas.

– ¡Eh, Brooke! ¿Tú no tocas? -susurró Nola lo bastante fuerte como para que la oyera toda la mesa.

Brooke puso los ojos en blanco.

– Me echaron de la banda del cole en sexto, porque no pude aprender a leer las partituras. ¿Tú sabes lo que es que te echen de la banda del cole?

La chica de la barra no estaba dispuesta a darse por vencida.

– ¡Vamos, que alguien se anime! En la calle está diluviando y a todos nos apetece oír un poco de música. Seré buena y os daré jarras de cerveza gratis si alguien se anima a tocar algo unos minutos…

– Yo tocaré un poco.

Brooke siguió la voz y vio a un tipo de aspecto desaliñado, sentado solo a la barra. Vestía vaqueros y camiseta blanca de algodón, y llevaba puesto un gorro de lana, aunque era verano. Hasta ese momento no se había fijado en él, pero pensó que podría ser razonablemente guapo (quizá) si se duchaba, se afeitaba y perdía de vista ese gorro.

– ¡Claro que sí, adelante! -La chica del bar hizo un gesto hacia el piano con ambos brazos-. ¿Cómo te llamas?

– Julian.

– Bueno, Julian, es todo tuyo.

La chica volvió a su puesto detrás de la barra, mientras Julian se sentaba en el taburete del piano. Tocó unas cuantas notas, jugando con el tiempo y el ritmo, y al poco tiempo el público perdió el interés por la actuación y reanudó sus conversaciones. Incluso cuando tocó tranquilamente un tema completo (una especie de balada que Brooke no reconoció), la música no pasó de ser un sonido de fondo. Pero diez minutos después, esbozó los compases iniciales del Aleluya de Leonard Cohen y empezó a cantar la letra con una voz asombrosamente clara y potente. La sala entera guardó silencio.

Brooke conocía la canción y le encantaba, porque había estado obsesionada con Leonard Cohen durante un breve período de tiempo, pero el estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo era completamente nuevo. Miró a su alrededor. ¿Sentirían lo mismo los demás? Las manos de Julian recorrían sin esfuerzo el teclado, mientras su voz imbuía cada palabra de un sentimiento intenso. Sólo cuando murmuró el último y prolongado «aleluya», el público reaccionó, y lo hizo con aplausos, gritos y silbidos de entusiasmo, y con toda la sala en pie. Julian pareció aturdido y avergonzado, y después de saludar con una inclinación casi imperceptible de la cabeza, volvió a su banco junto a la barra.

– ¡Ostras, es buenísimo! -comentó una chica muy joven a su amigo, en la mesa que había detrás de la de Brooke, con los ojos fijos en el pianista.

– ¡Otra! ¡Otra! -gritó una atractiva señora, apretando la mano de su marido. El hombre asintió y se hizo eco del pedido de su mujer. Al cabo de pocos segundos, el volumen de la ovación se había duplicado y la sala entera pedía un bis.

La chica que atendía la barra agarró a Julian de la mano y lo arrastró de vuelta hasta el micrófono.

– Increíble, ¿no os parece? -exclamó, visiblemente orgullosa de su descubrimiento-. ¿Intentamos convencer a Julian para que nos cante otra?

Brooke se volvió hacia Nola, con un entusiasmo que no sentía desde hacía siglos.

– ¿Crees que querrá tocar algo más? ¿Te puedes creer que un tipo cualquiera, sentado en un bar cualquiera, en una noche de domingo como cualquier otra (¡un tipo que ha venido a escuchar la actuación de otros!), sea capaz de cantar así?

Nola le sonrió y se le acercó, para hacerse oír por encima del ruido de la gente.

– Es cierto que tiene talento. ¡Qué pena que tenga esa pinta!

Brooke se sintió como si la hubieran insultado.

– ¿Qué pinta? Me encanta ese aspecto desaliñado que tiene. ¡Y con esa voz, estoy segura de que algún día será una estrella!

– ¡Imposible! Tiene talento, pero hay un millón de tipos que saben desenvolverse mejor que él y están mucho más buenos.

– Es guapo -dijo Brooke, con cierta indignación.

– No está mal para cantar en un bar del East Village. Pero no es guapo como para ser una estrella de rock internacional.

Antes de que Brooke pudiera salir en su defensa, Julian volvió al piano y se puso a tocar. Esta vez fue una versión de Let's get it on, y también consiguió, de alguna manera, sonar todavía mejor que Marvin Gaye, con una voz más profunda y sensual, una cadencia ligeramente más lenta y una expresión de intensa concentración en la cara. Brooke estaba tan inmersa en la experiencia que casi no notó que sus amigos habían reanudado la charla, mientras la prometida jarra de cerveza gratis circulaba por la mesa. Se sirvieron, bebieron y se sirvieron un poco más, pero Brooke no podía dejar de mirar al desastrado pianista. Cuando veinte minutos después Julian salió del bar, inclinando la cabeza ante su agradecido público y ofreciéndole la levísima sombra de una sonrisa, Brooke consideró seriamente la posibilidad de seguirlo. Nunca había hecho nada parecido, pero en ese momento no le pareció una mala idea.

– ¿Os parece que vaya y le diga algo? -preguntó a los que estaban en su mesa, con suficiente insistencia para interrumpir la conversación.

– ¿A quién? -preguntó Nola.

– ¡A Julian!

Era exasperante. ¿Nadie había notado que acababa de irse y que pronto se perdería para siempre?

– ¿El del piano? -preguntó Benny.

Nola puso los ojos en blanco y bebió un sorbo de cerveza.

– ¿Qué piensas hacer? ¿Perseguirlo y decirle que no te importa que sea un vagabundo sin techo, siempre que acepte hacerte el amor encima del piano?

Benny empezó a cantar:

– Ésta es la historia de un sáb… eh… de un domingo de no importa qué mes, y de un hombre sentado al piano, de no importa qué viejo café…

– Toma el vaso y le tiemblan las manos, apestando entre humo y sudor, y se agarra a su tabla de náufrago… y también a mi amiga Brooke -terminó Nola entre risas, mientras brindaba entrechocando los vasos con los demás.

– Sois muy graciosos -dijo Brooke, poniéndose en pie.

– ¡Ni lo sueñes! ¡No se te ocurra seguirlo! ¡Benny, ve con ella! ¡El del piano puede ser un asesino en serie! -exclamó Nola.

– No voy a seguirlo -replicó Brooke.

Pero se abrió paso hasta la barra y, después de clavarse las uñas en las palmas de las manos y de cambiar cinco veces de idea, reunió coraje y le preguntó a la chica de la barra si sabía algo más acerca del pianista misterioso.

La chica le respondió sin levantar la cabeza, mientras preparaba una remesa de mojitos:

– Lo he visto antes por aquí, por lo general cuando toca algún grupo de blues o rock clásico, pero nunca habla con nadie. Siempre va solo, si es eso lo que te interesa…

– No, no, yo… No, no eso… Es sólo curiosidad -tartamudeó Brooke, sintiéndose estúpida.

Ya volvía a la mesa, cuando la chica de la barra la llamó:

– Me dijo que toca todos los martes en un local del Upper East Side, un sitio llamado Trick's, o Rick's, o algo parecido. Espero que te sirva de algo.

Brooke podía contar con los dedos de una mano las veces que había ido a ver actuaciones en vivo. Nunca había rastreado ni seguido a un extraño, y exceptuando los diez o quince minutos que podían pasar mientras esperaba a alguien, nunca había estado sola en un bar. Pero nada de eso le impidió hacer media docena de llamadas telefónicas para localizar el sitio, ni meterse en el metro un bochornoso martes de julio por la noche, después de tres semanas intentando reunir coraje, para plantarse delante del bar llamado Nick's.

En cuanto se sentó en una de las últimas sillas libres que quedaban en un rincón del fondo, supo que había merecido la pena. El bar era uno más entre cientos de locales parecidos a lo largo de la Segunda Avenida, pero el público era asombrosamente variado. En lugar de la clientela habitual de recién licenciados que disfrutaban bebiendo una cerveza antes de aflojarse el nudo de las corbatas nuevas Brooks Brothers, el público de esa noche parecía una mezcla algo extraña de estudiantes de la Universidad de Nueva York, parejas de treintañeros que bebían martinis cogidos de la mano y hordas de modernos con zapatillas Converse, en concentraciones que no era corriente ver fuera del East Village o de Brooklyn. Muy pronto, el Nick's se llenó por encima de su aforo, con todas las sillas ocupadas y otras cincuenta o sesenta personas más, de pie detrás de las mesas; todos estaban allí por una sola y única razón. Fue una sorpresa para Brooke descubrir que lo que había sentido un mes antes, al oír tocar a Julian en el Rue B, no le había pasado solamente a ella. Muchísima gente lo conocía y estaba dispuesta a atravesar la ciudad sólo para verlo actuar.

En cuanto Julian se sentó al piano y empezó a hacer comprobaciones para asegurarse de que el sonido funcionaba bien, el público vibró de expectación. Cuando empezó a tocar, la sala pareció acomodarse a su ritmo, mientras parte del público se balanceaba ligeramente, algunos con los ojos cerrados y todos inclinados hacia el escenario. Brooke, que hasta ese momento no había sabido lo que significaba perderse en la música, sintió que todo su cuerpo se relajaba. Ya fuera por el vino tinto, por la sensualidad de la música o por la sensación extraña de encontrarse inmersa en una masa de desconocidos, se volvió adicta a aquellas actuaciones.

Fue al Nick's todos los martes durante el resto del verano. Nunca invitaba a nadie para que fuera con ella, y cuando sus compañeras de piso insistieron en averiguar adónde iba todas las semanas, se inventó una historia muy verosímil acerca de un club de lectura con amigos del colegio. Con sólo mirarlo y escuchar su música, empezó a sentir que lo conocía. Hasta ese momento, la música había sido algo secundario, una simple distracción mientras corría en el gimnasio, una manera de divertirse en una fiesta o una forma de matar el tiempo cuando conducía. Pero aquello… ¡aquello era increíble! Sin necesidad de intercambiar una sola palabra, la música de Julian podía afectar su estado de ánimo, hacerla cambiar de forma de pensar y despertar en ella sensaciones completamente ajenas a su rutina diaria.

Hasta que empezó a pasar esas veladas sola en el Nick's, todas sus semanas habían sido iguales: primero, trabajar, y después, muy de vez en cuando, salir a tomar una copa con el mismo grupo de amigos de la universidad y las mismas entrometidas compañeras de piso. No le parecía mal, pero a veces le resultaba agobiante. En cambio, Julian era sólo suyo, y el hecho de que no hubiera entre ellos ni un intercambio de miradas no la molestaba en absoluto. Le bastaba con verlo. Después de cada actuación, Julian daba una vuelta por las mesas (un poco a disgusto, le parecía a ella), estrechando manos y aceptando con modestia los elogios que todos le prodigaban; pero Brooke no pensó ni una vez en acercársele.

Habían pasado dos semanas desde el 11 de septiembre de 2001, cuando Nola la convenció para que aceptara una cita a ciegas con un tipo que había conocido en un acto relacionado con el trabajo. Todos sus amigos se habían marchado de Nueva York para ver a la familia o recuperar antiguas relaciones, y la ciudad seguía paralizada por un humo acre y un dolor abrumador. Nola había buscado refugio en un amigo nuevo y pasaba casi todas las noches en su piso, y Brooke estaba nerviosa y se sentía sola.

– ¿Una cita a ciegas? ¿Lo dices en serio? -preguntó, sin apenas levantar la vista de la pantalla del ordenador.

– El chico es una monada -dijo Nola después, mientras las dos veían Saturday Night Live, sentadas en el sofá-. Seguro que no es tu futuro marido, pero es superencantador, es bastante guapo y te llevará a algún sitio agradable. Y si dejas de ser una frígida estrecha, igual hasta se lía contigo.

– ¡Nola!

– Es sólo una idea. No te iría mal, ¿sabes? Y ya que ha salido el tema, tampoco te vas a morir si te duchas y te arreglas las uñas.

Brooke se miró las manos y, por primera vez, notó que tenía las uñas mordidas y las cutículas despellejadas. Era cierto que estaban horribles.

– ¿Quién es? ¿Uno de tus descartes? -preguntó.

Nola resopló.

– ¡He acertado! Tuviste un lío con él y ahora me lo quieres pasar. Eso es muy ruin, Nol, y hasta me parece asombroso. ¡Ni siquiera tú sueles ser tan mala!

– Ahórrate el discurso -replicó Nola, mientras levantaba la vista al cielo-. Lo conocí hace un par de semanas en un acto benéfico al que tuve que asistir por el trabajo. Él había ido con uno de mis colegas.

– ¡Entonces es cierto que te liaste con él!

– ¡No! Me habría liado con mi colega…

Brooke gruñó y se tapó los ojos.

– … pero ésa es otra historia. Su amigo era guapo y no tenía pareja. Creo que es estudiante de medicina. Aunque si te digo la verdad, tú no estás en condiciones de ser muy exigente al respecto. Mientras respire…

– Gracias, amiga.

– Entonces ¿irás?

Brooke volvió a coger el mando a distancia.

– Si con esto consigo que te calles ahora mismo, me lo pensaré -dijo.

Cuatro días después, Brooke se encontró sentada en la terraza de un restaurante italiano, en MacDougal Street. Tal como Nola le había prometido, Trent resultó ser una monada: bastante guapo, extremadamente educado, bien vestido y aburrido como el demonio. Su conversación era más sosa que los linguini con tomate y albahaca que había pedido para los dos, y su actitud grave le inspiraba a Brooke un deseo abrumador de hundirle el tenedor en un ojo. Sin embargo, por una razón que no pudo comprender, cuando le propuso seguir la velada en un bar cercano, ella aceptó.

– ¿De verdad? -preguntó él, aparentemente igual de sorprendido que Brooke.

– Sí, ¿por qué no?

Y era cierto. ¿Por qué no? No tenía nada más que hacer esa noche, ni siquiera ver una película con Nola. Al día siguiente tendría que empezar a escribir un trabajo que debía entregar dos semanas más tarde; aparte de eso, sus planes más emocionantes eran la visita a la lavandería, el gimnasio y un turno de cuatro horas en la cafetería. ¿Para qué iba a volver corriendo a casa?

– ¡Fantástico! Conozco un sitio estupendo.

Con mucha amabilidad, Trent insistió en pagar la cuenta y al final salieron.

No habían andado dos calles, cuanto Trent se cruzó delante de ella y abrió la puerta de un bar muy estridente, frecuentado por gente de la Universidad de Nueva York. Posiblemente era el último lugar del bajo Manhattan al que alguien habría invitado a una chica en una cita, a menos que pensara llevársela a la cama drogada, pero Brooke se alegró de ir a un sitio donde el ruido impedía cualquier intento de conversación coherente. Bebería una cerveza o quizá dos, escucharía buena música de los ochenta en la máquina de discos y a eso de las doce se metería en la cama, sola.

Sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse, pero de inmediato reconoció la voz de Julian. Cuando finalmente pudo ver el escenario, se quedó mirando sin acabar de creérselo. Ahí estaba él, con su conocida postura delante del piano, los dedos volando sobre el teclado y la boca apoyada contra el micrófono, cantando uno de sus temas propios, el que más le gustaba a Brooke: «Ella está sola en su habitación, / un silencio sepulcral en el salón. / Él cuenta las joyas de su corona; / ya no puede haber nadie que se la ponga.» No habría podido decir cuánto tiempo pasó clavada en el suelo de la entrada, absorta al instante y por completo en su actuación, pero fue suficiente para que Trent hiciera un comentario al respecto.

– Es bueno, ¿eh? Ven, veo un par de sillas libres por ahí.

La cogió del brazo y Brooke dejó que la arrastrara entre la multitud. Se acomodó en la silla que Trent le señaló, y acababa de dejar el bolso sobre la mesa cuando la canción terminó y Julian anunció que iba a hacer una pausa. Tenía la vaga sensación de que Trent le estaba diciendo algo, pero entre el ruido del local y el esfuerzo que estaba haciendo para no perder de vista a Julian, no oyó lo que decía.

Sucedió tan rápido que apenas pudo procesarlo. En un momento, Julian estaba desenganchando la armónica del soporte de la tapa del piano, y al segundo siguiente, estaba de pie justo delante de su mesa, sonriendo. Como siempre, llevaba una camiseta blanca de algodón, vaqueros y un gorro de lana, esta vez color berenjena. Tenía una ligera pátina de sudor en la cara y los antebrazos.

– ¡Hola, viejo! Me alegro de que hayas podido venir -dijo Julian, dando palmadas en el hombro de Trent.

– Sí, yo también. Parece que nos hemos perdido el primer pase. -Una de las sillas de la mesa de al lado había quedado libre, y Trent la acercó para Julian-. Anda, siéntate.

Julian dudó un momento, miró a Brooke con una sonrisita, y se sentó.

– Julian Alter -dijo, tendiéndole la mano.

Brooke estaba a punto de decir algo, cuando Trent habló antes que ella.

– ¡Dios, qué tonto soy! ¿Cuándo aprenderé un poco de educación? Julian, te presento a mi… a Brooke, Brooke…

– Brooke Greene -dijo ella, contenta de que Trent dejara ver ante Julian lo poco que se conocían.

Se estrecharon las manos, lo que resultó un poco extraño en un bar de universitarios atestado de gente, pero ella estaba emocionada. Lo estudió más de cerca, mientras Trent y él intercambiaban comentarios jocosos sobre un conocido de ambos. Debía de tener sólo un par de años más que ella, pero había algo en él que hacía que pareciera más experimentado y conocedor del mundo, aunque Brooke no hubiera podido decir exactamente qué era. Tenía la nariz demasiado grande, la barbilla un poco débil y una palidez que llamaba la atención sobre todo en aquella época, al final del verano, cuando todo el mundo llevaba varios meses acumulando vitamina D. Tenía los ojos verdes, pero poco llamativos y hasta algo turbios, rodeados de finísimas líneas que se arrugaban cuando sonreía. Si ella no lo hubiera oído cantar tantas veces, si no lo hubiera visto echar la cabeza atrás y desgranar sus letras con una voz tan profunda y llena de sentimiento (si lo hubiera conocido simplemente así, con un gorro de lana y una cerveza en la mano, en un bar anónimo y ruidoso), no se habría parado a mirarlo dos veces, ni le habría parecido nada atractivo. Pero aquella noche estaba casi sin aliento.

Los dos amigos charlaron unos minutos, mientras Brooke los observaba desde su silla. Fue Julian, y no Trent, quien se dio cuenta de que no tenía nada de beber.

– ¿Os pido una cerveza? -preguntó, buscando a su alrededor un camarero.

Trent se levantó de inmediato.

– Ya voy yo. Acabamos de llegar y todavía no ha venido nadie a preguntarnos. Brooke, ¿qué vas a beber?

Ella murmuró la primera marca de cerveza que le vino a la mente, y Julian levantó lo que parecía un vaso de agua vacío.

– ¿Puedes traerme un Sprite?

Brooke sintió un aguijonazo de pánico cuando Trent se marchó. ¿De qué demonios iba a hablar con Julian? De cualquier cosa, se dijo. De cualquier cosa, menos de que hacía meses que lo seguía por la ciudad.

Julian la miró y sonrió.

– Buen tipo, ese Trent, ¿eh?

Brooke se encogió de hombros.

– Sí, parece majo. Nos hemos conocido esta noche. Es la primera vez que salimos.

– ¡Ah, una de esas divertidas citas a ciegas! ¿Piensas volver a salir con él?

– No -respondió Brooke, sin rastro de emoción en la voz. Estaba convencida de encontrarse en estado de shock; apenas se daba cuenta de lo que decía.

Julian estalló en carcajadas y ella también se rió.

– ¿Por qué no? -preguntó él.

Brooke volvió a encogerse de hombros.

– Por ninguna razón en particular. Me parece muy agradable, pero es un poco aburrido.

Habría preferido no decirlo, pero no podía pensar con claridad.

La expresión de Julian se quebró en una sonrisa enorme, una sonrisa tan sincera y luminosa que a Brooke se le olvidó el bochorno.

– Acabas de llamar aburrido a mi primo -dijo él, riendo.

– Ay, perdona. No era mi intención. Me parece un encanto de persona, de verdad. Es sólo que…

Cuanto más tartamudeaba Brooke, más divertido le parecía a Julian.

– No, por favor -la interrumpió él, apoyándole la mano ancha y tibia sobre el antebrazo-. Estás total y absolutamente en lo cierto. Es un tipo fantástico, de verdad; de lo mejor que hay. Pero nadie ha dicho nunca que sea el alma de la fiesta.

Hubo un momento de silencio, durante el cual Brooke se estrujó los sesos, pensando en algo apropiado que decir a continuación. Daba un poco igual lo que fuera, mientras no revelara su condición de fan incondicional de Julian.

– Ya te había visto tocar -anunció, antes de taparse la boca con la mano, asombrada por lo que acababa de decir.

Él la miró.

– ¿Ah, sí? ¿Dónde?

– Todos los martes por la noche, en el Nick's.

Cualquier probabilidad de no parecer una loca acosadora se esfumó al instante.

– ¿De verdad?

Julian pareció desconcertado, pero complacido.

Ella asintió.

– ¿Por qué?

Por un momento, Brooke pensó en contarle una mentira y decirle que su mejor amiga vivía al lado, o que iba todas las semanas con un grupo de amigos a aprovechar la happy hour, pero por alguna razón que ni ella misma pudo comprender, fue completamente sincera.

– Yo estaba en el Rue B aquella noche en que el cuarteto de jazz canceló la actuación y tú improvisaste al piano. Me pareciste… Tu actuación me pareció increíble, así que le pregunté a la chica de la barra cómo te llamabas y averigüé que actuabas todas las semanas en un bar. Ahora intento ir siempre que puedo.

Se obligó a levantar la vista, convencida de que él la estaría mirando con horror e incluso con miedo; pero la expresión de Julian no le reveló nada, y su silencio la impulsó a continuar hablando más aún.

– Por eso me ha parecido tan raro cuando Trent me ha traído aquí esta noche… Una coincidencia tan extraña…

Dejó que sus palabras murieran en un incómodo silencio y de inmediato lamentó lo que acababa de revelar.

Cuando reunió valor para volver a mirar a Julian a los ojos, él estaba meneando la cabeza.

– Debes de estar asustado -dijo ella, con una risita nerviosa-. Prometo no presentarme nunca en tu casa, ni en tu lugar de trabajo. Pero no vayas a creer que sé dónde vives, ni dónde trabajas, ¿eh? Ni siquiera sé si tienes un trabajo de verdad… quiero decir… Ya sé que la música es tu verdadero trabajo, lógicamente… pero…

La mano de Julian volvió a apoyarse en su antebrazo, mientras él la miraba a los ojos.

– Te veo todas las semanas -dijo.

– ¿Eh?

Él asintió y volvió a sonreír, esta vez meneando un poco la cabeza como si le pareciera increíble admitirlo en voz alta.

– Sí. Siempre te sientas en el rincón del fondo, al lado de la mesa de billar, y siempre vas sola. La semana pasada llevabas un vestido azul, con unas florecitas blancas o algo parecido en la parte de abajo, y estabas leyendo una revista, pero la cerraste cuando salí a actuar.

Brooke recordó el vestidito sin mangas que le había regalado su madre para que llevara al almuerzo de su graduación. Apenas cuatro meses antes le había parecido el colmo del estilo; pero ahora, cuando se lo ponía en la ciudad, le parecía aniñado y poco sofisticado. Era cierto que el azul hacía destacar aún más su melena pelirroja, y eso era bueno, pero no les hacía ningún favor a sus caderas ni a sus piernas. Estaba tan absorta tratando de recordar qué aspecto tendría aquella noche, que no se dio cuenta de que Trent había vuelto a la mesa hasta que le puso delante un botellín de Bud Light.

– ¿Me he perdido algo? -preguntó él, acomodándose en la silla-. ¡Cuánta gente hay esta noche! ¡Tú sí que sabes llenar locales, Julian!

Julian chocó su vaso con la botella de Trent y dio un largo sorbo.

– Gracias, viejo. Volveré con vosotros después de la actuación.

Saludó a Brooke con una inclinación de la cabeza y con lo que ella habría jurado que era (y rezado por que fuera) una mirada de complicidad, y después se dirigió al escenario.

En ese momento, Brooke no sabía que Julian iba a pedirle permiso a Trent para llamarla, ni que su primera conversación telefónica iba a hacerla sentir como si volara, ni que su primera cita sería una noche decisiva en su vida. No habría podido predecir que acabarían juntos en la cama menos de tres semanas después, tras una sucesión de encuentros maratonianos que no hubiese querido que terminaran nunca; ni que pasarían dos años ahorrando para atravesar el país en coche de una costa a otra; ni que él le propondría matrimonio mientras escuchaban música en vivo en un bar de mala muerte del West Village, con una sencilla alianza de oro que había pagado totalmente de su bolsillo; ni que la boda sería en la fabulosa casa de la playa de los padres de Julian en los Hamptons, porque después de todo, ¿qué pretendían demostrar negándose a casarse en un sitio como ése? Lo único que sabía con seguridad en ese momento era que ansiaba desesperadamente volver a verlo, que acudiría al Nick's dos noches después aunque diluviara o hubiera una inundación, y que por mucho que lo intentara, no podía dejar de sonreír.

2 Si uno lo pasa mal, que lo pasen mal todos

Brooke salió al pasillo de la sección de obstetricia del Centro Médico Langone de la Universidad de Nueva York y corrió la cortina. Había visto a ocho pacientes y todavía le quedaban tres. Repasó las fichas restantes: una adolescente que esperaba un bebé, una embarazada con diabetes gestacional y una primeriza que se esforzaba por amamantar a sus gemelos recién nacidos. Miró la hora y calculó: si todo iba bien, como esperaba, quizá podría salir a una hora decente.

– ¿Señora Alter? -sonó la voz de su paciente, detrás de la cortina.

Brooke volvió a entrar.

– ¿Sí, Alisha?

Se ajustó la bata blanca sobre el pecho, preguntándose cómo haría esa chica para no temblar de frío, vestida únicamente con la bata fina como el papel que le habían dado en el hospital.

Alisha se retorció las manos, con la mirada fija en la sábana que le cubría las piernas.

– Eso que me ha dicho de que las vitaminas prenatales son muy importantes… ¿Le harán bien, aunque que no las haya tomado desde el principio?

Brooke asintió.

– Ya sé que no es fácil ver el lado bueno de una gripe fuerte -dijo, mientras se acercaba a la cama de la joven-, pero al menos te ha hecho venir aquí y nos ha dado la oportunidad de recetarte las vitaminas y de preparar un plan para el resto del embarazo.

– Sí, por eso mismo quería preguntarle… ¿No tendría…? ¿No habría por aquí alguna muestra gratis que pueda darme?

La paciente rehuía su mirada.

– No creo que haya ningún problema -replicó Brooke con una sonrisa, pero irritada consigo misma por haber olvidado preguntarle si podía pagarse las vitaminas-. Vamos a ver… Te quedan dieciséis semanas… Te dejaré todas las dosis que necesitas en el módulo de enfermería, ¿de acuerdo?

Alisha pareció aliviada.

– Gracias -dijo en voz baja.

Brooke le apretó cariñosamente un brazo y salió otra vez al otro lado de la cortina. Después de conseguir las vitaminas para Alisha, se dirigió casi corriendo a la deprimente sala de descanso de las dietistas: un cubículo sin ventanas en el quinto piso, con una mesa y cuatro sillas de formica, un minifrigorífico y una pared cubierta de taquillas. Si se daba prisa, podía tragar rápidamente un bocado y un café, y llegar a tiempo para la cita siguiente. Aliviada al ver que la sala estaba vacía y el café listo, sacó de su taquilla un recipiente de plástico lleno de rodajas de manzana y empezó a untarlas con mantequilla de cacahuete natural, que llevaba en sobrecitos de viaje. En el momento exacto en que tuvo la boca llena, sonó su teléfono móvil.

– ¿Va todo bien? -preguntó sin saludar. Le costaba hablar con la boca llena.

Su madre tardó en contestar.

– Claro que sí, corazón. ¿Por qué no iba a ir bien?

– Mira, mamá, aquí hay mucho trabajo, y ya sabes que no me gusta hablar por teléfono cuando estoy trabajando.

Un aviso por el altavoz de la megafonía ahogó la segunda parte de su frase.

– ¿Qué ha sido eso? No te he oído bien.

Brooke suspiró.

– Nada, olvídalo. ¿Qué pasa?

Se imaginó a su madre con sus sempiternos pantalones de explorador y sus Naturalizer sin tacones, el mismo estilo que había llevado toda la vida, yendo y viniendo por la cocina larga y estrecha de su piso de Filadelfia. Aunque llenaba sus días con una sucesión interminable de clubes de lectura, clubes de teatro y obras de voluntariado, parecía que aún le quedaba mucho tiempo libre y que dedicaba la mayor parte a llamar a sus hijos para preguntarles por qué no la llamaban. Aunque era fantástico que pudiera disfrutar de su jubilación, se había entrometido mucho menos en la vida de Brooke cuando tenía clases que impartir todos los días, de tres a siete.

– Espera un minuto… -La voz de su madre se alejó y por un momento fue sustituida por la de Oprah, hasta que también el televisor calló abruptamente-. Ya está.

– ¡Vaya! ¡Has apagado a Oprah! Debe de ser importante.

– Está entrevistando otra vez a Jennifer Aniston. No soporto sus entrevistas: ha superado lo de Brad, está encantada de tener cuarenta y muchos años, y nunca se ha sentido mejor. ¡Ya lo sabemos! ¿Por qué tenemos que seguir hablando al respecto?

Brooke se echó a reír.

– Oye, mamá, ¿te parece que te llame esta noche? Sólo me quedan quince minutos de descanso.

– Claro que sí, cielito. Cuando me llames, recuérdame que te cuente lo de tu hermano.

– ¿Qué le pasa a Randy?

– Nada malo. Por fin algo bueno. Pero ya veo que estás ocupada, así que ya hablaremos más tarde.

– Mamá…

– Ha sido una imprudencia por mi parte llamarte en medio de tu descanso. Ni siquiera había…

Brooke suspiró profundamente y sonrió para sus adentros.

– ¿Tendré que suplicarte?

– Cariño, cuando no es buen momento, no es buen momento. Ya hablaremos cuando estés menos atareada.

– Vale, mamá, te lo suplico. Cuéntame lo de Randy. Estoy de rodillas, de verdad. Por favor, dime qué le pasa. ¡Por favor!

– Muy bien, si insistes tanto… tendré que decírtelo. Randy y Michelle están embarazados. Ya lo ves, me has obligado a contártelo.

– ¿Que están qué?

– Embarazados, cielo. Van a tener un bebé. Ella está todavía muy al principio: apenas siete semanas, pero el médico dice que todo va bien. ¿No es maravilloso?

Brooke oyó que el televisor volvía a sonar de fondo, un poco más bajo esta vez, pero no lo suficiente para que la risa característica de Oprah no resultara reconocible.

– ¿Maravilloso? -preguntó Brooke, apoyando sobre la mesa el cuchillo de plástico-. No sé muy bien si llamarlo así. No hace ni seis meses que salen. No están casados. ¡Ni siquiera viven juntos!

– ¿Desde cuándo eres tan puritana, cariño? -preguntó la señora Greene, antes de chasquear la lengua con desagrado-. Si alguien me hubiese dicho que mi hija, una mujer culta de treinta años, que está viviendo en una gran ciudad, era tan tradicionalista, jamás me lo hubiese creído.

– Mamá, no me parece que sea de «tradicionalistas» esperar que la gente tenga una relación seria antes de ponerse a fabricar bebés.

– ¡Ay, Brooke, no seas tan estricta! No todos pueden (ni deben) casarse a los veinticinco. Randy tiene treinta y ocho, y Michelle, casi cuarenta. ¿De verdad crees que a esa edad alguien se preocupa por firmar un estúpido documento? A estas alturas, todos deberíamos saber que un papel no significa nada.

Una serie de pensamientos desfilaron por la mente de Brooke: el divorcio de sus padres, casi diez años antes, cuando su padre abandonó a su madre para irse con la enfermera del instituto de secundaria donde ambos enseñaban; el modo en que su madre la había hecho sentarse después de su compromiso con Julian y le había dicho que en esos tiempos una mujer podía ser perfectamente dichosa sin casarse; y el ferviente deseo de su madre de que esperara a tener la carrera profesional bien encaminada, antes de ponerse a tener hijos. Era interesante observar que en el caso de Randy, por lo visto, los criterios eran completamente distintos.

– ¿Sabes qué es lo que más me divierte? -preguntó su madre en tono despreocupado-. La idea de que quizá (sólo quizá) tu padre y Cynthia también tengan un bebé. Ya sabes, teniendo en cuenta lo joven que es ella… Entonces tendrías un hermano y un padre que estarían esperando un bebé a la vez. De verdad, Brooke, ¿cuántas chicas pueden decir lo mismo?

– Mamá…

– En serio, cielito, ¿no te parece bastante irónico (bueno, no sé si «irónico» es la palabra exacta, pero es una coincidencia bastante grande) que la mujer de tu padre sea un año menor que Michelle?

– ¡Mamá, déjalo ya! Sabes muy bien que papá y Cynthia no van a tener hijos. Él está a punto de cumplir sesenta y cinco, ¡por el amor de Dios!, y ella ni siquiera tiene pensado… -Pero Brooke se interrumpió, sonrió en silencio y meneó la cabeza-. ¿Sabes? Quizá tengas razón y puede que papá y Cynthia se suban al tren. De ese modo, papá y Randy podrán mejorar su relación, hablando del horario de los biberones, las siestas y esas cosas. ¡Qué imagen tan dulce!

Imaginaba el efecto que tendrían sus palabras y no se equivocó.

Su madre resopló.

– ¡Por favor! Lo más cerca que ha estado nunca ese hombre de un pañal, incluso cuando vosotros erais bebés, ha sido mirando anuncios. Los hombres no cambian, Brooke. Tu padre ni siquiera se acercará a ese niño hasta que tenga edad suficiente para expresar una opinión política. Pero creo que aún hay esperanza para tu hermano.

– Sí, claro, esperemos que sí. Ya lo llamaré esta noche, para felicitarlo, pero ahora tengo que…

– ¡No! -chilló la señora Greene-. Esta conversación no ha existido. Le prometí a tu hermano que no te lo contaría, así que tendrás que fingir que te asombras cuando te llame.

Brooke suspiró y sonrió.

– Ya veo cómo cumples tus promesas, mamá. ¿También se lo cuentas todo a Randy cuando te hago prometer que guardarás el secreto?

– Claro que no. Sólo se lo cuento cuando es interesante.

– Gracias, mamá.

– Te quiero, cielito. Y recuerda, ¡no se lo digas a nadie!

– Prometido. Te doy mi palabra.

Brooke colgó y miró la hora: las cinco menos cinco. Cuatro minutos para su siguiente cita. Sabía que no era buen momento para llamar, pero no pudo esperar. En cuanto marcó el número, recordó que Randy quizá se hubiera quedado después de las clases para entrenar al equipo de fútbol de la escuela, pero su hermano cogió el teléfono al primer tono de llamada.

– Hola, Brookie, ¿qué me cuentas?

– ¿Qué te cuento yo? ¡Nada! ¡Me parece que tú tienes mucho más que contarme a mí!

– ¡Por Dios! Se lo he dicho hace menos de ocho minutos y ha jurado que esperaría hasta que yo te lo contara.

– Sí, yo también he jurado que no te diría que me lo había contado, así que ya ves. ¡Enhorabuena, hermanito!

– Gracias. Los dos estamos bastante entusiasmados… y también un poco asustados, porque pasó mucho más rápido de lo que esperábamos, pero contentos.

– ¿Qué quieres decir con eso de que pasó «mucho más rápido»? ¿Lo teníais planeado?

Randy se echó a reír, y Brooke oyó que decía «Espera un minuto» a alguien que le estaba hablando, probablemente un alumno. Después le contestó:

– Así es. Michelle dejó de tomar la píldora el mes pasado. El médico dijo que su ciclo tardaría un par de meses en regularse y que sólo entonces podríamos averiguar si era posible que se quedara embarazada a su edad. Nunca imaginamos que iba a pasar en seguida.

Era surrealista oír a su hermano mayor (un soltero empedernido que tenía la casa decorada con viejos trofeos de fútbol y dedicaba más metros cuadrados a la mesa de billar que a la cocina) hablar de ciclos regulados, píldoras anticonceptivas y opiniones médicas, sobre todo cuando cualquiera habría apostado por Brooke y Julian como los principales candidatos para dar la gran noticia…

– ¡Uaaah! ¿Qué más puedo decir? ¡Uaaah!

Era cierto que no podía decir nada más. Le preocupaba que su hermano notara que se le quebraba la voz y que lo interpretara mal.

Estaba tan emocionada por Randy que tenía un nudo en la garganta. Claro que él se las arreglaba bastante bien y siempre parecía contento y satisfecho, pero a Brooke le preocupaba que estuviera solo. Vivía en las afueras, rodeado de familias, y todos sus antiguos compañeros de estudios tenían hijos desde hacía tiempo. No tenía suficiente confianza con Randy para hablar al respecto, pero siempre se había preguntado si era eso lo que quería y si era feliz con su vida de soltero. En aquel momento, al notar su entusiasmo, se dio cuenta de lo mucho que su hermano debía de haber anhelado una familia y se sintió al borde de las lágrimas.

– Sí, es bastante chulo. ¿Me imaginas enseñándole al enano a lanzar un pase? Voy a comprarle un balón auténtico de cuero de cerdo, tamaño infantil, para que se acostumbre bien desde el principio (¡nada de esa mierda de Nerf para mi muchachito!); y cuando le hayan crecido las manos, ya estará listo para el balón grande.

Brooke se echó a reír.

– Es obvio que no has considerado la muy viable posibilidad de que sea una niña, ¿no?

– Hay otras tres profesoras embarazadas en la escuela y las tres esperan niños -respondió él.

– Muy interesante. Pero ¿eres consciente de que si bien compartís el mismo entorno de trabajo no hay ninguna ley humana o biológica que exija que todos vuestros bebés tengan que ser del mismo sexo?

– Yo no estaría tan seguro…

Ella volvió a reír.

– Entonces ¿vais a averiguarlo? ¿O es demasiado pronto para hacer esa pregunta?

– Como yo ya sé que es niño, no es una pregunta relevante. Pero Michelle quiere que sea una sorpresa, así que vamos a esperar.

– ¡Ah, me parece muy bien! ¿Cuándo llegará el pequeñito?

– El veinticinco de octubre. Será un bebé de Halloween. Creo que es un buen augurio.

– Yo también lo creo -dijo Brooke-. Ahora mismo lo apunto en el calendario. Veinticinco de octubre: seré tía.

– Eh, Brookie, ¿y qué me dices de vosotros dos? Sería bonito que los primos hermanos tuvieran más o menos la misma edad, ¿no? ¿Hay alguna posibilidad?

Brooke sabía que no era fácil para Randy hacerle una pregunta tan personal como ésa, y por eso se contuvo para no saltarle a la yugular, pero el comentario le hizo daño. Cuando Julian y ella se casaron, con veintisiete y veinticinco años respectivamente, estaba convencida de que tendrían un bebé en torno a su trigésimo cumpleaños. Pero ya había cumplido los treinta y ni siquiera habían empezado a intentarlo. Le había sacado el tema a Julian un par de veces, de manera fortuita, como para no presionarlo ni presionarse a sí misma, pero él le había contestado con la misma vaguedad. Le había dicho que sí, que sería genial tener un hijo «algún día», pero que de momento lo mejor era que los dos se concentraran en sus respectivas carreras. Por eso, aunque ella deseaba tener un bebé (de hecho, era lo que más deseaba en el mundo, sobre todo en aquel momento, después de oír la noticia de Randy), adoptó la versión de Julian.

– Sí, algún día, desde luego -dijo, tratando de aparentar despreocupación, exactamente lo contrario de lo que sentía-. Pero ahora no es el mejor momento para nosotros. Tenemos que concentrarnos en el trabajo, ¿sabes?

– Claro -respondió Randy, y Brooke se preguntó si habría adivinado la verdad-. Tenéis que hacer lo que sea mejor para vosotros.

– Así es… Oye, perdona, pero voy a tener que dejarte, porque se me acaba el tiempo de descanso y voy a llegar tarde a la consulta.

– No te preocupes, Brookie. Gracias por la llamada… ¡y por el entusiasmo!

– ¿Bromeas? ¡Gracias a ti por una noticia tan estupenda! Me has alegrado el día y el mes entero. ¡Estoy muy emocionada por vosotros! Llamaré esta noche para darle la enhorabuena a Michelle, ¿de acuerdo?

Después de colgar, Brooke emprendió la marcha de regreso. Mientras caminaba, no podía dejar de menear la cabeza, incrédula. Probablemente parecía una loca, pero eso no llamaba la atención en un hospital. ¡Randy iba a ser padre!

Habría querido llamar a Julian para darle la noticia, pero antes le había parecido muy estresado y además no tenía tiempo. Otra de las nutricionistas estaba de vacaciones y aquella mañana se había producido una inexplicable proliferación de partos (casi el doble de lo habitual), por lo que su jornada parecía avanzar a la velocidad del rayo. No estaba mal, porque cuanto más se movía, menos tiempo tenía para notar el agotamiento. Además, era un reto y era emocionante tener que trabajar así, y aunque se quejaba cuando hablaba con Julian o con su madre, por dentro disfrutaba. Le encantaba atender a tantos pacientes distintos, todos de entornos diferentes y todos en el hospital por razones tremendamente variadas, pero cada uno necesitado de alguien que le adaptara la dieta a su caso específico.

La cafeína obró el efecto previsto y Brooke se ocupó de sus tres últimas citas con rapidez y eficacia. Acababa de cambiarse la bata por unos vaqueros y un suéter, cuando una de sus colegas de la sala de descanso, Rebecca, la avisó de que la jefa quería verla.

– ¿Ahora? -preguntó Brooke, temiendo que su noche empezara a desintegrarse.

Los martes y los jueves eran sagrados, porque eran los únicos días de la semana que no tenía que salir pitando del hospital para llegar a tiempo a su segundo trabajo: una consulta de nutrición en la Academia Huntley, una de las escuelas privadas para chicas más elitistas del Upper East Side. Los padres de una ex alumna de la Huntley que había muerto de anorexia con poco más de veinte años financiaban un programa experimental, que consistía en la presencia de una dietista en la escuela, veinte horas a la semana, para aconsejar a las chicas sobre alimentación sana e imagen corporal. Brooke era la segunda persona que se hacía cargo de ese programa relativamente nuevo, y aunque al principio había aceptado el empleo únicamente para complementar sus ingresos y los de Julian, con el tiempo se había ido sintiendo cada vez más apegada a las chicas. Claro que a veces se cansaba de las rencillas, las peculiaridades de la adolescencia y su interminable obsesión por la comida, pero siempre trataba de recordar que sus jóvenes pacientes no podían evitar ser como eran. Además, el trabajo tenía la ventaja añadida de permitirle ganar experiencia en el trato con adolescentes, algo de lo que carecía. Así pues, los martes y los jueves trabajaba solamente en el hospital, de nueve a seis, y los otros tres días de la semana su horario empezaba antes, para dejar tiempo a su segundo trabajo: entraba en el hospital a las siete, trabajaba hasta las tres y después cogía dos metros y un autobús para llegar a Huntley, donde atendía a las estudiantes (y a veces a sus padres) hasta las siete. Por muy temprano que se obligara a irse a la cama y por mucho café que bebiera cuando estaba despierta, se sentía permanentemente agotada. La vida con dos empleos era absolutamente extenuante, pero Brooke calculaba que sólo tendría que seguir trabajando de esa forma un año más, para reunir la formación y la experiencia necesarias para abrir su propia consulta privada de asesoramiento dietético prenatal e infantil, algo con lo que había soñado desde su primer día en los cursos de posgrado y el objetivo por el que había trabajado con diligencia desde entonces.

Rebecca asintió con expresión compasiva.

– Me ha dicho que te pregunte si puedes pasarte un momento antes de marcharte.

Brooke guardó rápidamente sus cosas y se dirigió al despacho de su jefa.

– ¿Margaret? -llamó, golpeando con los nudillos la puerta del despacho-. Rebecca me ha dicho que querías verme.

– Pasa, pasa -dijo la jefa, mientras ordenaba unos papeles sobre la mesa-. Siento hacerte quedar fuera de horario, pero he pensado que siempre tenemos tiempo para recibir buenas noticias.

Brooke se sentó en la silla delante de la mesa de Margaret y esperó.

– Verás, hemos terminado de procesar todas las evaluaciones de los pacientes, y tengo el placer de anunciarte que has recibido las mejores clasificaciones de todo el equipo de dietistas.

– ¿En serio? -preguntó Brooke, sin poderse creer que fuera la mejor de siete.

– Las demás ni siquiera se te acercan. -Con expresión ausente, Margaret se aplicó un poco de protector labial, hizo chasquear los labios para extenderlo y volvió a concentrarse en los papeles-. El noventa y uno por ciento de tus pacientes califica tus consultas de «excelentes» y el nueve por ciento restantes las considera «buenas». La segunda mejor del equipo obtuvo un ochenta y dos por ciento de «excelentes».

– Vaya -dijo Brooke, consciente de que debía mostrarse un poco modesta, pero incapaz de reprimir la sonrisa-. Es una noticia estupenda. Me alegro mucho de oírla.

– También nosotros, Brooke. Estamos muy contentos y queremos que sepas que apreciamos tu rendimiento. Te seguiremos asignando casos de la UCI, pero a partir de la semana próxima, reemplazaremos todos tus turnos en la unidad psiquiátrica por consultas neonatales. Supongo que te parecerá bien.

– ¡Sí, sí, me parece magnífico! -exclamó Brooke.

– Como sabes, eres la tercera en antigüedad del equipo, pero nadie tiene tu formación ni tu experiencia. Creo que será la posición ideal para ti.

Brooke no podía dejar de sonreír. ¡Por fin estaban dando sus frutos el curso extra sobre nutrición de recién nacidos, niños y adolescentes que había seguido en la universidad, y las dobles prácticas optativas en el área de pediatría!

– No sé cómo agradecértelo, Margaret. Es la mejor noticia que podías darme.

Su jefa se echó a reír.

– Vete y pasa una buena noche. Nos vemos mañana.

Mientras se dirigía al metro, Brooke agradeció en silencio la semipromoción que acababa de recibir y, sobre todo, la buena noticia de no tener que encargarse nunca más de los temidos turnos en la unidad psiquiátrica.

Se apeó del tren en la estación de Times Square, se abrió paso con rapidez entre la masa de gente que circulaba por los pasillos subterráneos y emergió estratégicamente por su salida habitual de la calle Cuarenta y Tres, que era la más cercana a su casa. No pasaba un día sin que echara de menos su viejo apartamento en Brooklyn, porque todo lo de Brooklyn Heights le encantaba y en cambio detestaba casi todo lo de Midtown West. Pero incluso ella tenía que admitir que sus trayectos diarios al trabajo (tanto los suyos como los de Julian) eran mucho menos infernales.

Se sorprendió al notar que Walter, su spaniel tricolor con una mancha negra en un ojo, no se ponía a ladrar cuando metió la llave en la cerradura del piso. Tampoco salió corriendo a recibirla.

– ¡Walter Alter! ¿Dónde estás?

Hizo ruido de besitos y esperó. Oyó música en algún lugar de la casa.

– Estamos en el salón -la llamó Julian. Su voz le llegó entremezclada con los ladridos frenéticos y agudos de Walter.

Brooke dejó caer el bolso al lado de la puerta, se quitó los zapatos de tacón y observó que la cocina estaba mucho más limpia de lo que la había dejado.

– ¡Eh, no sabía que volverías pronto a casa esta noche! -dijo, mientras se sentaba junto a Julian en el sofá. Se inclinó para darle un beso, pero Walter la interceptó y le dio antes un lametazo en la boca.

– Hum, gracias, Walter. ¡Me siento tan bienvenida!

Julian le quitó el sonido al televisor y se volvió hacia ella.

– A mí también me gustaría lamerte la cara, ¿sabes? Probablemente mi lengua no podría competir con la de un spaniel, pero estoy dispuesto a intentarlo.

Sonrió, y Brooke se maravilló una vez más del cosquilleo que experimentaba cada vez que él le sonreía, incluso después de tantos años.

– Debo decir que la propuesta es tentadora. -Se agachó para esquivar a Walter y consiguió besar los labios manchados de vino de Julian-. Parecías tan estresado cuando hemos hablado antes, que pensé que volverías a casa mucho más tarde. ¿Va todo bien?

Julian se levantó, fue a la cocina y volvió con una segunda copa de vino, que llenó y le tendió a Brooke.

– Todo va bien. Pero esta tarde, después de colgar, me he dado cuenta de que hace casi una semana que no pasamos una velada juntos, y estoy aquí para remediarlo.

– ¿Ah, sí? ¿En serio?

Hacía varios días que ella pensaba lo mismo, pero no había querido quejarse, porque Julian se encontraba en un momento decisivo del proceso de producción de su álbum.

Él hizo un gesto afirmativo.

– Te echo de menos, Rook.

Ella le rodeó el cuello con los brazos y volvió a besarlo.

– Yo también te echo de menos. No sabes cuánto me alegro de que hayas vuelto pronto a casa. ¿Quieres que bajemos a comer fideos chinos?

Por cuestiones de presupuesto, intentaban cocinar en casa tan a menudo como era posible, pero los dos estaban de acuerdo en que ir a comer fideos chinos al restaurante barato de la esquina no contaba realmente como «cenar fuera».

– ¿Te importa si nos quedamos? Me apetece mucho pasar una noche tranquila en casa contigo.

Julian bebió otro sorbo de vino.

– Por mí, muy bien. Pero hagamos un trato…

– ¡Oh, no! ¿Qué va a ser?

– Trabajaré como una esclava sobre los fogones para prepararte una cena deliciosa y nutritiva, si tú te comprometes a masajearme los pies y la espalda durante treinta minutos.

– ¿Qué dices de trabajar como una esclava sobre los fogones? ¡Si puedes hacer pollo salteado en algo así como dos minutos! ¡No es justo!

Brooke se encogió de hombros.

– Como quieras. Hay una caja de cereales en la despensa, pero creo que se nos ha acabado la leche. Claro que también puedes hacerte palomitas.

Julian se volvió hacia Walter y le dijo:

– No sabes qué suerte tienes, muchacho. ¡A ti no te hace trabajar a cambio de comida!

– El precio acaba de subir a treinta minutos.

– ¡Ya era de treinta minutos! -dijo Julian en tono quejumbroso.

– Era de treinta minutos en total. Ahora son treinta minutos en los pies y otros treinta en la espalda.

Julian fingió considerar la oferta.

– Cuarenta y cinco minutos, y no se hable más.

– Todo intento de negociar a la baja añadirá minutos al total.

Julian levantó las manos.

– Me temo que no habrá trato.

– ¿De verdad? -preguntó ella-. ¿Vas a cocinar tú solo esta noche? -insistió, sonriendo. Su marido se ocupaba tanto como ella de limpiar la casa, pagar las facturas y cuidar al perro, pero era completamente inútil en la cocina y lo sabía.

– Sí, en efecto. De hecho, ya he cocinado para los dos. Te he preparado la cena de esta noche.

– ¿Que has hecho qué?

– Como lo oyes. -En algún lugar de la cocina, empezó a sonar el pitido de un temporizador-. Y en este mismo instante está lista. Te ruego que ocupes tu puesto -dijo solemnemente, con falso acento británico.

– Ya lo he ocupado -contestó ella, mientras se arrellanaba en el sofá y acomodaba los pies sobre la mesita baja.

– Ah, sí -replicó Julian desde la minúscula cocina-. Ya veo que has encontrado el camino del comedor de gala. Perfecto.

– ¿Necesitas ayuda?

Julian regresó sujetando una cazuela pyrex entre dos manoplas.

– Macarrones al horno para mi amor…

Estaba a punto de depositar la fuente caliente sobre la madera, cuando Brooke lanzó un grito y se levantó de un salto para ir a buscar un salvamanteles. Julian empezó a servir a cucharadas la pasta humeante.

Brooke lo miraba estupefacta.

– ¿Ahora es cuando me dices que durante todos estos años has tenido un romance con otra mujer y que esperas que te perdone? -preguntó.

Julian sonrió.

– Calla y come.

Ella se sentó y se sirvió un poco de ensalada, mientras Julian seguía sirviéndole macarrones.

– Amorcito, esto tiene una pinta increíble. ¿Dónde aprendiste a hacerlo? ¿Y por qué no lo haces todas las noches?

Julian la miró con una sonrisa tímida.

– Es posible que haya comprado los macarrones preparados y que sólo los haya puesto a calentar en el horno. Es posible. Pero los he comprado y calentado con mucho amor.

Brooke levantó la copa de vino y esperó a que Julian brindara.

– Son perfectos -dijo, y de verdad lo creía-. Absolutamente, increíblemente perfectos.

Mientras cenaban, Brooke le contó la noticia de Randy y Michelle, y se alegró de ver lo encantado que parecía, hasta el punto de sugerir que fueran a Pennsylvania a hacer de canguros cuando naciera el sobrino o la sobrina. Por su parte, Julian la puso al corriente de los planes de Sony ahora que el álbum ya estaba casi terminado, y le habló del nuevo representante que había contratado por recomendación de su agente.

– Dicen que es el mejor entre los mejores. Tiene fama de ser un poco agresivo, pero supongo que eso es bueno en un representante.

– ¿Cómo te cayó cuando le hiciste la entrevista?

Julian reflexionó un momento.

– No creo que «entrevista» sea la palabra, sino más bien que él me presentó el plan que tenía para mí. Dice que estemos en un punto crítico y que ha llegado el momento de empezar a «orquestar la operación».

– Bueno, estoy ansiosa por conocerlo -dijo Brooke.

– Sí, claro. Tiene sin duda un poco del aire meloso de Hollywood (ya sabes, cuando parece que todos son amables sólo porque quieren conseguir algo), pero me gusta la confianza que transmite.

Julian vació la botella de vino, repartiendo a partes iguales lo que quedaba entre las dos copas, y se sentó en su sillón.

– ¿Cómo va todo en el hospital? ¿Ha sido un día de locos?

– ¡Sí, pero adivina lo que ha pasado! He recibido las mejores evaluaciones de los pacientes, de todo el equipo, y ahora van a darme más turnos en pediatría.

Bebió otro sorbo de vino; no le importaba que le doliera la cabeza a la mañana siguiente.

Julian le dedicó una sonrisa enorme.

– ¡Qué bien, Rook! ¡No es ninguna sorpresa, pero es fantástico! Estoy muy orgulloso de ti. -Se inclinó sobre la mesa y la besó.

Brooke lavó los platos y después se dio un baño, mientras Julian terminaba de hacer unos ajustes en la web que se estaba diseñando. Finalmente, volvieron a encontrarse en el sofá, los dos en camiseta y pantalones de pijama.

Julian extendió la manta de viaje sobre las piernas de ambos y cogió el mando a distancia.

– ¿Una peli? -preguntó.

Ella consultó el reloj del aparato de vídeo: las diez y cuarto.

– Es un poco tarde para empezar una película, pero ¿qué tal «Anatomía de Grey»?

Él la miró con expresión horrorizada.

– ¿En serio? ¿Serías capaz de hacerme ver eso, cuando te he cocinado la cena?

Brooke sonrió y negó con la cabeza.

– No creo que «cocinar» sea la palabra exacta, pero tienes razón. Tú eliges esta noche.

Julian consultó la lista del aparato de vídeo y seleccionó un episodio reciente de «CSI».

– Ven aquí. Te haré un masaje en los pies mientras vemos la tele.

Brooke cambió de posición para ponerle los pies sobre las rodillas. Habría podido ronronear de felicidad.

En la televisión, unos detectives examinaban el cadáver mutilado de una presunta prostituta hallado en un vertedero en las afueras de Las Vegas, y Julian miraba la pantalla con fascinada atención. A ella no le gustaban tanto como a él las series policíacas con laboratorios y un montón de dispositivos científicos (Julian habría podido pasar la noche entera viendo cómo descubrían asesinos con sus escáneres, sus láseres y sus aparatos rastreadores), pero aquella noche no le importaba verlas. Se sentía feliz de estar sentada tranquilamente junto a su marido, concentrada en la deliciosa sensación del masaje en los pies.

– Te quiero -dijo, mientras reclinaba la cabeza sobre el apoyabrazos y cerraba los ojos.

– Yo también te quiero, Brooke. Ahora calla y déjame ver la tele.

Pero ella ya se había quedado dormida.

No había terminado de vestirse, cuando Julian entró en el dormitorio. Aunque era domingo, parecía muy nervioso.

– Tenemos que salir ahora mismo, o llegaremos tarde -dijo, mientras sacaba un par de zapatillas de deporte del vestidor que compartían-. Ya sabes cómo detesta mi madre los retrasos.

– Ya lo sé. Casi estoy lista -respondió ella, tratando de pasar por alto el hecho de que aún estaba sudando por los cinco kilómetros que había corrido una hora antes. Empujó a Julian fuera del dormitorio, aceptó el abrigo de lana que le tendía y lo siguió hasta la calle.

– Todavía no he entendido muy bien por qué están hoy en la ciudad tu padre y Cynthia -dijo Julian, mientras avanzaban medio corriendo y medio andando, desde su casa hasta la estación de metro de Times Square. El tren lanzadera hizo su entrada en cuanto pisaron el andén.

– Es su aniversario -replicó Brooke, encogiéndose de hombros.

Hacía un frío poco habitual para una mañana de marzo y a ella le hubiera encantado tomar una taza de té en el bar de la esquina, pero no tenían ni un segundo que perder.

– ¿Y han decidido venir aquí? ¿Un día helado de invierno?

Brooke suspiró.

– Supongo que es más interesante que Filadelfia. Parece ser que Cynthia no ha visto nunca El rey León y mi padre pensó que sería una buena excusa para visitarnos. Yo me alegro, porque de este modo podrás darles la noticia personalmente.

Le lanzó una mirada furtiva a Julian y lo vio esbozar una pequeña sonrisa. Era normal que se sintiera orgulloso, pensó. Acababa de recibir una de las mejores noticias de su carrera y se lo merecía.

– Bueno, sí, me parece prudente asumir que mis padres no destacarán mucho en el departamento del entusiasmo, pero quizá los tuyos lo entiendan -dijo.

– Mi padre ya va diciendo a todo el que quiera oírlo que tienes el talento de Bob Dylan para componer canciones y una voz que los hará llorar -replicó ella entre risas-. No cabrá en sí de entusiasmo, te lo garantizo.

Julian le apretó la mano. Su alborozo era palpable.

Brooke no pudo reprimir una sonrisa incómoda mientras hacían el transbordo a la línea 6.

– ¿Algún problema? -preguntó Julian.

– No, ninguno. Estoy tan emocionada por lo que vas a contarles que no veo el momento de llegar. Por otro lado, me da un poco de miedo tener a las dos parejas de padres en una misma habitación.

– ¿En serio piensas que será tan malo? ¡Pero si ya se han visto antes!

Brooke suspiró.

– Ya lo sé, pero sólo han coincidido en grupos grandes: en nuestra boda, en fiestas… Nunca cara a cara, como hoy. A mi padre sólo le interesa hablar de la próxima temporada de los Eagles. Cynthia está emocionada porque va a ver El rey León, ¡por Dios santo!, y cree que ningún viaje a Nueva York estaría completo sin un almuerzo en el Russian Tea Room. Por otro lado, tenemos a tus padres, dos neoyorquinos de pura cepa, los más intimidantes que he conocido en mi vida, que no ven un musical desde los años sesenta, no comen nada a menos que lo haya preparado un cocinero famoso y probablemente piensan que la NFL es una ONG francesa. Ya me dirás tú de qué van a hablar.

Julian le puso la mano en el cuello.

– Es sólo un brunch, cariño. Un poco de café, unos bollos y fuera. Todo irá bien, ya lo verás.

– Sí, seguro, con mi padre y Cynthia parloteando sin parar, a su manera alegre y frenética, mientras tus padres los juzgan en silencio, como dos estatuas de piedra. Sí, será una deliciosa mañana de domingo.

– Cynthia y mis padres pueden hablar de asuntos profesionales -propuso Julian sin mucho convencimiento. Al ver su cara de «ni siquiera yo me lo creo», Brooke se echó a reír.

– ¡Dime que no lo has dicho en serio! -exclamó ella, mientras los ojos empezaban a llenársele de lágrimas por la risa. Salieron a la superficie en la calle Setenta y Siete con Lexington, y emprendieron el camino hacia Park Avenue.

– ¡Pero es verdad!

– Eres un cielo, ¿lo sabías? -preguntó Brooke, acercándose a él para darle un beso en la mejilla-. Cynthia es enfermera en un colegio. Mira si los niños tienen amigdalitis y les aplica linimento para los calambres. Jamás sabría decir si el bótox es mejor o no que el ácido hialurónico para suavizar las líneas de la sonrisa. No creo que sus experiencias profesionales tengan mucho en común.

Julian puso cara de fingida ofensa.

– Me parece que se te ha olvidado que mi madre ha sido elegida como una de las mejores especialistas del país en la extirpación de venas varicosas -dijo con una sonrisa-. Sabes lo importante que fue aquello.

– Sí, claro. Importantísimo.

– Vale, vale, ya te entiendo. Pero mi padre puede hablar con cualquiera; ya sabes lo adaptable que es. Cynthia se quedará encantada con él.

– Es un tipo fantástico -convino Brooke, antes de cogerlo de la mano mientras se acercaban al edificio de los Alter-, pero es un especialista de fama mundial en cirugía de aumento de mama. Es natural que las mujeres piensen que les sopesa mentalmente las tetas y que las encuentra inadecuadas.

– Eso es una estupidez, Brooke. ¿Tú crees que todos los dentistas que conoces en sociedad te miran fijamente la dentadura?

– Sí.

– ¿O que los psicólogos que encuentras en una fiesta te psicoanalizan?

– Sí, estoy completamente convencida.

– ¡Pero eso es ridículo!

– Tu padre explora, manipula y evalúa mamas ocho horas al día. No digo que sea ningún pervertido, sino que tiene el instinto de estudiarlas. Las mujeres lo percibimos; es lo único que digo.

– Bueno, eso nos deja con una pregunta evidente.

– ¿Ah, sí? -preguntó ella, consultando el reloj, cuando ya se divisaba la marquesina del portal.

– ¿Tienes la impresión de que te estudia las tetas cuando estás con él?

El pobre Julian parecía tan desolado ante la sola mención de esa posibilidad que Brooke hubiese querido darle un abrazo.

– No, cariñito, claro que no -susurró, apoyándose contra él y estrechándole el brazo-. Al menos ahora no, después de todos estos años. Conoce la situación, sabe que nunca caerán en sus manos y creo que por fin lo ha superado.

– Son perfectas, Brooke. Absolutamente perfectas -dijo Julian de manera automática.

– Ya lo sé. Por eso tu padre se ofreció para operármelas a precio de coste cuando nos prometimos.

– No se ofreció para hacerlo él, sino su colega, y no te lo propuso porque creyera que lo necesitabas…

– ¿Por qué, entonces? ¿Porque creía que tú lo pensabas?

Brooke sabía que no era así. Lo habían hablado un millón de veces y sabía muy bien que el doctor Alter le había ofrecido sus servicios del mismo modo que un sastre se habría ofrecido a cortarle un traje, pero el incidente todavía la irritaba.

– Brooke…

– Lo siento. Es sólo que tengo hambre. Tengo hambre y estoy nerviosa.

– No será ni la mitad de malo de lo que crees.

El portero saludó a Julian chocando las manos en alto y con un palmoteo en la espalda. Sólo cuando los hubo conducido al ascensor y estaban subiendo al piso dieciocho, Brooke se dio cuenta de que no habían llevado nada.

– Creo que deberíamos salir corriendo y comprar unos pastelitos, unas flores o algo así -dijo, mientras tironeaba con urgencia del brazo de Julian.

– Vamos, Rook, no te preocupes. Son mis padres. No se fijarán en eso.

– Ja, ja. Si de verdad crees que a tu madre no le importará que lleguemos con las manos vacías, es que vives en un mundo de ilusiones.

– Nos traemos a nosotros mismos. Eso es lo que cuenta.

– Perfecto. No dejes de repetírtelo.

Julian llamó a la puerta, que se abrió de inmediato. En el vestíbulo les sonreía Carmen, niñera y ama de llaves de los Alter desde hacía treinta años. En un momento particularmente íntimo, al principio de su relación, Julian le había confiado a Brooke que había llamado «mamá» a Carmen hasta su quinto cumpleaños, porque no sabía qué otro nombre darle. Ella en seguida le había dado un fuerte abrazo.

– ¿Cómo está mi niño? -le preguntó Carmen, después de sonreírle a Brooke y darle un beso en la mejilla-. ¿Te alimenta bien tu mujer?

Brooke le estrechó cariñosamente un brazo a Carmen, preguntándose por milésima vez por qué no sería ella la madre de Julian.

– ¿Le ves aspecto de estar muriéndose de hambre? Algunas noches tengo que quitarle el tenedor de las manos.

– ¡Ése es mi niño! -exclamó Carmen, mirándolo con orgullo.

Una voz estridente les llegó desde el salón, al final del pasillo.

– Carmen, querida, di a los chicos que pasen, por favor. Y no olvides recortar los tallos cuando pongas las flores en un jarrón. En el nuevo de Michael Aram, por favor.

Carmen buscó las flores con la mirada, pero Brooke le enseñó las manos vacías. Después se volvió hacia Julian y lo miró.

– No lo digas -masculló Julian.

– De acuerdo. No diré que te lo dije, porque te quiero.

Julian la acompañó al salón (Brooke hubiese querido saltarse la reunión en el salón y pasar directamente al brunch) -, allí encontraron a las dos parejas sentadas una frente a otra, en dos sobrios sofás idénticos y ultramodernos.

– Brooke, Julian. -La madre de Julian sonrió, pero no se puso en pie-. Me alegro de que hayáis conseguido venir.

De inmediato, Brooke interpretó el comentario como un ataque a su impuntualidad.

– Sentimos mucho llegar tarde, Elizabeth. El metro estaba tan…

– Bueno, pero ya estáis aquí -dijo el doctor Alter, con las dos manos unidas en una postura un tanto afeminada en torno a un redondo vaso de naranjada, exactamente tal como ella imaginaba que sopesaría los pechos en su consulta.

– ¡Brookie! ¡Julian! ¿Qué hay de nuevo?

El padre de Brooke se levantó de un salto y los abarcó a los dos en un gran abrazo de oso. Era evidente que le incomodaba un poco que el factor campo favoreciera a los Alter, pero Brooke no podía culparlo.

– Hola, papá -dijo, devolviéndole el abrazo. Se dirigió hacia Cynthia, que quedó atrapada entre todos en el sofá y le dio un curioso abrazo, medio de pie y medio sentada-. Hola, Cynthia. Me alegro de verte.

– Y yo de verte a ti, Brooke. ¡Estamos tan emocionados! Aquí tu padre y yo estábamos comentando que apenas podemos recordar la última vez que estuvimos en Nueva York.

Sólo entonces Brooke tuvo ocasión de fijarse realmente en el aspecto de Cynthia, que llevaba un conjunto de chaqueta y pantalón rojo bombero, probablemente de poliéster, blusa blanca, zapatos negros planos y triple vuelta de perlas falsas al cuello, todo ello coronado por un peinado con muchos rizos y mucha laca. Parecía como si estuviera imitando a Hillary Clinton en un debate del Estado de la Nación, dispuesta a destacar en un mar de trajes oscuros. Brooke sabía que sólo intentaba encajar en su concepto de cómo debía vestir una mujer adinerada de Manhattan, pero sus cálculos habían resultado completamente erróneos, sobre todo en medio del piso minimalista y de inspiración asiática de los Alter. La madre de Julian era veinte años mayor que Cynthia, pero parecía diez años más joven, con sus vaqueros oscuros y su ligerísimo chal de cachemira sobre una ceñida túnica sin mangas. Llevaba un par de delicadas bailarinas con discreto logo de Chanel, una única pulsera de oro y un anillo con un diamante enorme. La piel le resplandecía con un saludable bronceado y leves toques de maquillaje, y llevaba el pelo suelto sobre la espalda. Brooke se sintió inmediatamente culpable; sabía lo muy intimidada que debía de estar Cynthia (después de todo, ella solía sentir lo mismo en presencia de su suegra), pero también le carcomía la conciencia por haber promovido la reunión. Incluso el padre de Brooke parecía incómodamente consciente de que sus pantalones de explorador y su corbata estaban fuera de lugar al lado del polo de algodón del doctor Alter.

– Julian, cielo, ya sé que tú quieres un Bloody. ¿Y tú, Brooke? ¿Un Mimosa? -preguntó Elizabeth Alter.

Era una pregunta sencilla; pero como muchas de las cosas que preguntaba aquella mujer, le pareció una trampa.

– A decir verdad, a mí también me gustaría un Bloody Mary.

– Desde luego.

La madre de Julian frunció los labios en una especie de indefinible desaprobación de la bebida. Hasta ese momento, Brooke no había podido averiguar si la poca simpatía que le demostraba su suegra tenía que ver con Julian y con el hecho de que ella lo apoyaba en sus ambiciones musicales, o si se debía pura y simplemente a que ella no le gustaba.

No les quedó más opción que ocupar las dos sillas restantes (de respaldo recto y de madera las dos, y muy poco acogedoras), que estaban enfrentadas entre sí, pero metidas en cuña entre los dos sofás. Brooke se sentía vulnerable e incómoda y trató de iniciar la conversación.

– ¿Cómo ha ido todo estas últimas semanas? -preguntó a los Alter, mientras sonreía a Carmen, que acababa de traerle el Bloody Mary en un vaso alto y ancho, con una rodaja de limón y un tallo de apio. Tuvo que hacer un esfuerzo para no bebérselo de un trago-. ¿Mucho trabajo, como siempre?

– Sí, ¡no puedo imaginar cómo lo hacéis para mantener ese ritmo! -intervino Cynthia, en un volumen un poco más fuerte de lo aconsejable-. Brooke me ha dicho cuántas… ejem… intervenciones hacéis en un día. ¡Y claro, eso cansaría a cualquiera! En el colegio, cuando tenemos un brote de anginas, yo estoy al borde del colapso. ¡Pero vosotros…! ¡Cielos, Louise, lo vuestro debe de ser una locura!

El rostro de Elizabeth Alter se quebró en una ancha sonrisa condescendiente.

– Sí, bueno, nos las arreglamos para estar siempre ocupados. Pero ¿no es aburrido hablar de nosotros? Prefiero oír a los chicos. ¿Julian? ¿Brooke?

Cynthia volvió a recostarse en el sofá, desanimada y consciente de la reprimenda. La pobre mujer estaba atravesando un campo minado y no tenía referencias para orientarse. Se frotó la frente con una expresión ausente, y de pronto pareció estar inmensamente cansada.

– Sí, claro. ¿Qué tal os va a vosotros dos?

Brooke sabía que no merecía la pena contar nada de su nuevo empleo. Aunque era su suegra la que le había conseguido la entrevista de trabajo en Huntley, lo había hecho solamente después de asegurarse de que Brooke no estaba dispuesta a considerar una carrera en la prensa, ni en la moda, ni en las casas de subastas, ni en las relaciones públicas. Si su nuera tenía que usar forzosamente el título de nutricionista, no acababa de entender por qué no podía ser asesora de Vogue o abrir una consulta privada para su legión de amigas del Upper East Side, o cualquier otra cosa con un poco más de glamour que «un deprimente servicio de urgencias, con borrachos y vagabundos sin techo», según sus propias palabras.

Julian notó que había llegado el momento de salvarla.

– Bueno, a decir verdad, tengo algo que anunciar -dijo con una tosecita.

De pronto, aunque Brooke estaba tan emocionada por Julian que casi no podía contenerse, sintió que la recorría una oleada de pánico. Se sorprendió rezando para que no dijera nada de la presentación, porque estaba segura de que la reacción de sus padres lo defraudaría y no quería verlo pasar por algo así. Nadie provocaba tanto en ella ese instinto protector como los padres de Julian; la sola idea de lo que iban a decir inspiraba en Brooke el deseo de rodearlo con sus brazos y llevárselo directamente a casa, donde estaría protegido de su mezquindad y, peor aún, de su indiferencia.

Todos esperaron un momento, mientras Carmen llevaba otra jarra de zumo de pomelo recién exprimido, y entonces volvieron a prestar atención a Julian.

– Me ha dicho… eh… mi nuevo representante, Leo, que Sony quiere organizarme una presentación esta semana. El jueves, concretamente.

Hubo un momento de silencio, en el que todos esperaron a que alguien dijera algo, pero finalmente fue el padre de Brooke el primero en hablar.

– Bueno, aunque no sé muy bien qué significa eso de la presentación, parece una buena noticia. ¡Enhorabuena, hijo! -dijo, inclinándose por encima de Cynthia para palmotearle la espalda a Julian.

Aparentemente irritado por el uso de la palabra «hijo», el doctor Alter hizo una mueca en dirección a la taza de café, antes de volverse hacia Julian:

– ¿Por qué no nos explicas a los legos lo que quiere decir eso? -preguntó.

– Sí, por favor. ¿Significa que por fin alguien va a escuchar tu música? -intervino la madre de Julian, sonriendo a su hijo, con las piernas recogidas bajo el cuerpo como una chica joven.

Los demás prefirieron pasar por alto el énfasis en ese «por fin»; todos, excepto Julian, cuya expresión reflejó el golpe, y Brooke, que lo notó.

Después de todos esos años, Brooke estaba más que acostumbrada a oír a los padres de Julian diciendo toda clase de cosas horribles, pero no por eso los detestaba menos. Cuando empezó a salir con Julian, él le fue revelando poco a poco hasta qué punto desaprobaban sus padres la vida que había elegido. Brooke había sido testigo de la oposición de los padres de Julian a la sencilla alianza de oro que él insistió en regalarle para su compromiso, en lugar de la «joya del patrimonio familiar de los Alter» que su madre pretendía darle. Incluso cuando Brooke y Julian accedieron a casarse en la casa de la familia en los Hamptons, sus padres habían digerido mal la insistencia de la pareja en celebrar una fiesta con pocos invitados, discreta y fuera de temporada. Después de su boda y en los años transcurridos desde entonces, cuando los Alter empezaron a comportarse con más libertad delante de ella, Brooke había observado en incontables cenas, almuerzos y celebraciones lo insidiosos que podían llegar a ser.

– Significa básicamente que se han dado cuenta de que el álbum está casi terminado y que de momento están satisfechos. Van a organizar una presentación con gente del mundo de la música, para que me conozcan en una actuación privada, y ver cómo reaccionan.

Julian, que normalmente era tan modesto que ni siquiera le contaba a Brooke cuando había tenido un buen día en el estudio, estaba henchido de orgullo. Ella habría querido besarlo allí mismo.

– No sé mucho de la industria de la música, pero lo que cuentas me parece un enorme voto de confianza por su parte -dijo el padre de Brooke, alzando la copa.

Julian no pudo reprimir una sonrisa.

– Y lo es -replicó, orgulloso-. Probablemente es lo mejor que podía pasarme en este momento, y espero que…

Se interrumpió, porque sonó el teléfono y su madre de inmediato empezó a mirar a su alrededor, buscando el aparato.

– ¿Dónde estará ese maldito teléfono? Seguro que llaman de L'Olivier, para confirmar la hora de mañana. Espera un momento con eso que estás contando, cariño. Si no las reservo ahora, no tendré flores para la cena de mañana.

Y a continuación, desplegó las piernas para levantarse del sofá y desapareció en la cocina.

– Ya sabes cómo es tu madre con las flores -dijo el doctor Alter. Dio un sorbo al café, sin que quedara claro si había prestado atención o no al anuncio de Julian-. Mañana recibimos a los Bennett y a los Kamen, y tu madre está en un continuo frenesí con los preparativos. ¡Cielo santo! Cualquiera diría que la decisión entre el lenguado relleno y las costillas braseadas es un asunto vital para la seguridad nacional. ¡Y las flores! Estuvo media tarde hablando con esos mariposones, el fin de semana pasado, y todavía está dudando. Se lo he dicho un millón de veces: nadie se fija en las flores, a nadie le importan. Todo el mundo organiza bodas fastuosas y se gasta decenas de miles de dólares en montañas de orquídeas o de las flores que estén de moda en cada momento, ¿y quién se detiene a mirarlas? ¡Un despilfarro colosal, si queréis saber mi opinión! Es mucho mejor gastar el dinero en buena comida y buena bebida. ¡Con eso disfruta la gente! -Bebió otro sorbo, miró a su alrededor y entrecerró los ojos, como forzando la vista-. ¿Qué estábamos diciendo?

Cynthia intervino amablemente y suavizó la tensión del momento.

– ¡Es una de las mejores noticias que hemos tenido en los últimos tiempos! -exclamó con exagerado entusiasmo, mientras el padre de Brooke asentía alborozado-. ¿Dónde será la actuación? ¿A cuánta gente han invitado? ¿Has decidido ya lo que vas a tocar?

Cynthia lo acribilló a preguntas y, por una vez, Brooke no encontró exasperante el interrogatorio. Eran todas las preguntas que habrían debido hacer pero nunca harían los padres de Julian, y era evidente que él estaba encantado de ser el centro de tanto interés.

– Será en un local céntrico, pequeño y muy íntimo y mi agente ha dicho que van a invitar a unas cincuenta personas de ese entorno profesional: productores de radio y televisión, ejecutivos discográficos, gente de la MTV y ese tipo de cosas. Lo más probable es que no salga nada demasiado interesante de todo esto, pero es una buena señal que la compañía esté contenta con mi álbum.

– No suelen hacerlo con los artistas debutantes -anunció Brooke con orgullo-. En realidad, Julian es demasiado modesto. Esto es algo muy grande.

– Bueno, ¡por fin una buena noticia! -dijo la madre de Julian, mientras volvía a ocupar su lugar en el sofá.

Julian apretó los labios y se le crisparon los puños a ambos lados del cuerpo.

– Mamá, están siendo muy positivos desde hace meses con el rumbo que está tomando mi álbum. Es cierto que al principio me presionaron para que me concentrara más en la guitarra, pero desde entonces me han apoyado mucho. No sé por qué tienes que decirlo de ese modo.

Elizabeth Alter miró a su hijo y por un momento pareció desconcertada.

– ¡No, cariño, estaba hablando de L'Olivier! La buena noticia es que tienen suficientes lirios de agua y que el diseñador que más me gusta estará libre y podrá venir a instalarlos. No seas tan susceptible.

El padre de Brooke miró a su hija con una expresión que decía: «Pero ¿quién es esta mujer?» Brooke se encogió de hombros. Ella, al igual que Julian, tenía asumido que sus suegros no iban a cambiar nunca. Por eso había apoyado incondicionalmente a Julian cuando él rechazó la oferta de sus padres de comprar a los recién casados un piso cerca del suyo en el Upper East Side. Por eso había preferido tener dos empleos, antes que aceptar la «asignación mensual» que les habían propuesto, porque imaginaba las condiciones que conllevaría.

Cuando Carmen anunció que el brunch estaba listo, Julian ya se había encerrado en sí mismo (se había «entortugado», como decía Brooke), y Cynthia parecía desarreglada y exhausta en su traje de poliéster.

Hasta el padre de Brooke, que aún buscaba valerosamente temas neutrales de conversación («¿Os podéis creer este invierno tan brutal que estamos teniendo?», o «¿Te gusta el béisbol, William? Supongo que serás de los Yankees, aunque el equipo que a uno le gusta no siempre viene determinado por el lugar donde nació…»), parecía derrotado. En circunstancias normales, Brooke se habría sentido responsable del mal rato que estaban pasando todos (después de todo, si estaban ahí era por culpa de ella y de Julian, ¿no?), pero esta vez no. «Si lo pasa mal uno, que lo pasen mal todos», pensó, mientras se excusaba para ir al lavabo, aunque en realidad pasó de largo y fue directamente a la cocina.

– ¿Cómo va todo ahí fuera, corazón? -preguntó Carmen, mientras llenaba un cuenco de plata con mermelada de albaricoque.

Brooke le tendió el vaso de Bloody Mary vacío con mirada suplicante.

– ¿Tan mal? -Carmen rió y le hizo un gesto a Brooke para que sacara el vodka del frigorífico, mientras ella preparaba el zumo de tomate y el tabasco-. ¿Cómo se están portando tus suegros? Cynthia parece una señora muy agradable.

– Sí, es un encanto. Pero son mayores de edad y ellos mismos han tomado la estúpida decisión de venir de visita. Quien me preocupa es Julian.

– Esto no es nada nuevo para él. Julian sabe cómo tratarlos.

– Ya lo sé -suspiró Brooke-; pero después, la depresión le dura varios días.

Carmen metió un tronco de apio en el espeso Bloody Mary de Brooke y se lo dio.

– Para que tengas fuerza -le dijo, antes de darle un beso en la frente-. Y ahora vuelve ahí fuera y protege a tu hombre.

La parte del brunch que transcurrió en el comedor no fue ni la mitad de mala que la hora del cóctel. La madre de Julian tuvo una pequeña crisis de histeria por el relleno de las creps (aunque a todos les parecían deliciosas las creps de Carmen, Elizabeth opinaba que eran demasiado calóricas para formar parte de una comida), y el doctor Alter desapareció un buen rato en su estudio; pero como resultado, los dos estuvieron más de una hora sin insultar a su hijo. Las despedidas fueron agradablemente indoloras; sin embargo, cuando ella y Julian dejaron a su padre y a Cynthia en un taxi, Brooke notó que Julian estaba huraño y disgustado.

– ¿Estás bien, cariño? ¡Mi padre y Cynthia estaban tan entusiasmados! ¡Y yo estoy deseando…!

– No me apetece hablar de eso, ¿de acuerdo?

Anduvieron unos minutos en silencio.

– ¡Eh, tenemos todo el resto del día libre, y no tenemos absolutamente nada que hacer! ¿Quieres ir a algún museo, ya que estamos aquí? -preguntó Brooke, cogiéndolo de la mano y apoyándose suavemente contra su brazo, mientras caminaban hacia el metro.

– No, no me apetecen las aglomeraciones del domingo.

Brooke se puso a pensar.

– ¿Y aquella película del IMAX en 3D que querías ver? No me importaría ir contigo -mintió. Los momentos críticos exigían medidas desesperadas.

– Estoy bien, Brooke, en serio -replicó Julian en tono pausado, mientras se envolvía el cuello con la bufanda de lana. Ella sabía que ahora el que mentía era él.

– ¿Puedo invitar a Nola a la presentación? Parece que será fabulosa y ya sabes que a Nola le encanta todo lo fabuloso.

– Supongo que estará bien, sí, pero Leo ha dicho que será algo muy íntimo, y yo ya he invitado a Trent. Sólo se quedará un par de semanas más en Nueva York y ha estado trabajando como un loco. He pensado que le iría bien salir una noche.

Hablaron un poco más de la presentación, de lo que iban a ponerse y de los temas que Julian iba a tocar y en qué orden. Brooke se alegró de haberlo animado un poco, y, cuando llegaron a casa, Julian ya casi volvía a ser el de siempre.

– ¿Te he dicho que estoy muy orgullosa de ti? -le preguntó Brooke cuando entraron en el ascensor, los dos claramente felices de estar de vuelta.

– Sí -dijo Julian con una sonrisa.

– Entonces entra, cariño -dijo Brooke, arrastrándolo de una mano por el pasillo-, porque creo que ya va siendo hora de que te lo demuestre.

3 Hace que John Mayer parezca un aficionado

– ¿Dónde estamos? -refunfuñó Brooke, mientras salía del taxi y estudiaba a su alrededor la calle oscura y desierta de West Chelsea. Las botas negras altas que había encontrado en unas rebajas de fin de temporada le resbalaban continuamente por los muslos.

– En el corazón del distrito de las galenas de arte, Brooke. Avenue y 1 OAK están aquí al lado.

– Debería saber a qué te refieres, ¿verdad?

Nola meneó la cabeza.

– Bueno, al menos estás guapa. Julian se sentirá orgulloso de estar casado con una mujer así de atractiva.

Brooke sabía que su amiga sólo estaba siendo amable. La que estaba despampanante era Nola, como siempre. Había metido la chaqueta de la oficina y los discretos zapatos de tacón en el gigantesco bolso Louis Vuitton y los había reemplazado por un enorme collar de un millón de vueltas y unos taconazos de Loubutin a medio camino entre el botín y la sandalia, en un estilo que aproximadamente seis mujeres en todo el planeta habrían podido llevar sin arriesgarse a ser confundidas con dominatrices profesionales. Cosas que habrían parecido directamente baratas si se las hubiera puesto cualquier otra mujer (pintalabios color escarlata, medias de rejilla color carne y sujetador de encaje negro asomando bajo la camiseta sin mangas), parecían atrevidas y originales cuando se las ponía Nola. Su falda de tubo, que al ser la mitad de un traje caro resultaba perfectamente apropiada para uno de los entornos de trabajo más conservadores de Wall Street, hacía resaltar ahora su firme trasero y sus piernas perfectas. Si Nola hubiera sido cualquier otra mujer, Brooke la habría odiado profundamente.

Brooke consultó su BlackBerry.

– Entre la Décima y la Undécima. Es exactamente donde estamos, ¿no? ¿Dónde está el local?

Con el rabillo del ojo, vio una sombra que se escurría, y soltó un chillido.

– Tranquila, Brooke. Te tiene mucho más miedo ella a ti que tú a ella -comentó Nola, agitando en dirección a la rata una mano adornada con una sortija enorme.

Brooke se apresuró a cruzar la calle, al ver que las numeraciones pares estaban en la otra acera.

– Para ti es fácil decirlo, porque podrías atravesarle el corazón con un pisotón de esos tacones de aguja. Pero estas botas planas que llevo yo son un riesgo añadido.

Nola soltó una carcajada y echó a andar con gracia detrás de Brooke.

– Mira, creo que es ahí -dijo, señalando el único edificio de la manzana que no parecía en ruinas.

Las chicas bajaron por una pequeña escalera que iba desde la calle hasta la puerta de un sótano sin ventanas. Julian le había explicado a Brooke que los locales para ese tipo de presentaciones cambiaban constantemente y que la gente del mundillo de la música siempre andaba buscando nuevos sitios de moda para llamar la atención y despertar interés; aun así, ella se había imaginado un sitio parecido a una versión reducida del Joe's Pub. Pero ¿qué era aquel local donde estaban? No había ninguna cola delante de la entrada, ni un cartel que anunciara la actuación de aquella noche. Ni siquiera encontraron en la puerta a la típica joven con carpeta, que con expresión petulante ordenaba a todo el mundo que diera un paso atrás y aguardara su turno.

Brooke experimentó una pequeña oleada de angustia, hasta que abrió la pesada puerta del local, semejante a la de la cámara acorazada de un banco, y se sintió rodeada por un cálido manto de semioscuridad y risas discretas, y por el aroma sutil pero inconfundible de la marihuana. El espacio no era más grande que el salón de una casa amplia, y todo (las paredes, los sofás e incluso los paneles de la pequeña barra montada en un rincón) estaba revestido de lujoso terciopelo burdeos. La lámpara solitaria apoyada sobre el piano arrojaba una luz tenue sobre el taburete vacío. Cientos de diminutos cirios de iglesia se multiplicaban en los espejos que cubrían las mesas y el techo, en un estilo que de algún modo conseguía ser increíblemente sexy, sin una sola alusión nostálgica a los ochenta.

La gente parecía escogida y trasplantada de una fiesta junto a una piscina en Santa Bárbara, directamente a Nueva York. Cuarenta o cincuenta personas, casi todas jóvenes y atractivas, deambulaban por la sala, bebiendo en vasos de cóctel y exhalando penachos de humo de cigarrillo en largas y lánguidas bocanadas. Los hombres iban vestidos casi uniformemente de vaqueros, y los pocos que aún llevaban el traje formal, se habían aflojado la corbata y desabrochado el botón más alto de la camisa. Casi ninguna de las mujeres llevaba tacones de aguja ni uno de esos vestidos negros de cóctel, cortos y ceñidos, que eran casi un uniforme en Manhattan. En lugar de eso, iban y venían enfundadas en túnicas con estampados maravillosos, y llevaban pendientes de cuentas tintineantes y vaqueros tan perfectamente gastados que Brooke habría deseado deshacerse allí mismo de su vestido negro de punto. Algunas llevaban diademas entre hippies y chic sobre la frente y lucían preciosas melenas largas hasta la cintura. Nadie parecía preocupado por su aspecto, ni estresado (algo muy poco habitual en Manhattan), lo que lógicamente duplicó el nerviosismo de Brooke. Aquello tenía muy poco que ver con el público habitual de Julian. ¿Quiénes eran esas personas y por qué todas y cada una de ellas eran mil veces más guapas y elegantes que ella?

– Respira -le susurró Nola al oído.

– Si yo estoy así de nerviosa, no puedo ni imaginar cómo se sentirá Julian.

– Ven, vamos a buscar unas copas.

Nola se echó la melena rubia sobre un hombro y le ofreció la mano a su amiga; pero antes de que empezaran a moverse entre la gente, Brooke oyó una voz familiar.

– ¿Vino tinto, blanco o algo más fuerte? -preguntó Trent, apareciendo mágicamente junto a ellas. Era uno de los pocos hombres vestidos con traje formal y parecía incómodo. Probablemente era la primera vez que salía del hospital en varias semanas.

– ¡Hola! -exclamó Brooke, mientras le pasaba un brazo por el cuello-. Recuerdas a Nola, ¿verdad?

Trent sonrió.

– Claro que sí. -Se volvió hacia Nola y le dio un beso en la mejilla. Algo en su tono parecía decir: «Claro que recuerdo haberte conocido, porque aquella noche te fuiste a casa con mi amigo, como por casualidad, y él quedó muy impresionado con tu buena disposición y tu creatividad en el dormitorio.» Pero Trent era demasiado discreto para hacer bromas al respecto, incluso después de tantos años.

Nola no lo era tanto:

– ¿Cómo está Liam? ¡Dios, qué divertido era! -dijo, con una gran sonrisa-. ¡Y cuando digo divertido, lo digo muy en serio!

Trent y Nola intercambiaron miradas cargadas de intención y se echaron a reír.

Brooke levantó una mano.

– Muy bien, entonces. ¡Felicidades por el compromiso, Trent! ¿Cuándo conoceremos a la afortunada?

No se atrevía a referirse a Fern por su nombre, [1] porque no confiaba en ser capaz de reprimir la risa. ¿Qué clase de nombre era ése?

– Teniendo en cuenta que casi nunca estamos fuera del hospital al mismo tiempo, posiblemente no la conoceréis hasta el día de la boda.

El hombre que atendía la barra se acercó a Trent, que se volvió hacia las chicas.

– Vino tinto, por favor -dijeron ellas al unísono, y el camarero les sirvió un cabernet de California.

Trent les pasó sus copas y en seguida se bebió la suya en dos rápidos tragos. Después, miró a Brooke con expresión azorada.

– No suelo salir mucho.

Nola dijo que se iba a dar una vuelta por la sala y Brooke sonrió a Trent.

– Cuéntamelo todo. ¿Dónde será la boda?

– Bueno, Fern es de Tennessee y tiene una familia enorme, así que probablemente la celebraremos en casa de sus padres. En febrero, creo.

– ¡Vaya, qué rapidez! ¡Una noticia estupenda!

– Así es. La única manera de que nos asignen el mismo hospital para hacer la residencia es que nos casemos.

– Entonces ¿vais a seguir los dos en gastroenterología?

– Sí, ésa es la idea. Mis intereses van más por el lado del despistaje y las pruebas diagnósticas (las técnicas están avanzando una barbaridad), pero Fern es un tipo de persona más proclive a la enfermedad de Crohn o al trastorno celíaco. -Trent hizo una pausa y pareció reflexionar sobre lo que acababa de decir, antes de proseguir con una amplia sonrisa-. Es una chica estupenda. Te va a encantar, de verdad.

– ¡Hola, viejo! -exclamó Julian, dándole una palmada en la espalda-. ¡Claro que nos encantará! ¿Cómo no nos va a encantar, si va a casarse contigo? ¡Qué locura!

Julian se inclinó y le dio un beso a Brooke en los labios. Los labios de Julian tenían un sabor delicioso, como de chocolate a la menta, y con sólo verlo, ella se tranquilizó.

Trent se echó a reír.

– ¡Más locura es que el antisocial de mi primo lleve cinco años casado! Y sin embargo, así es.

Acababan de brindar (Julian sólo con agua) y estaban a punto de profundizar un poco más en el tema de Fern, cuando uno de los tipos más apuestos que Brooke había visto en su vida apareció como por arte de magia a su lado. Medía por lo menos quince centímetros más que ella, lo que de inmediato hizo que se sintiera pequeña y frágil como una niña. Por enésima vez, deseó que Julian fuera tan alto como el hombre misterioso, pero en seguida se obligó a desechar la idea. ¿Qué derecho tenía ella a pensar así? Probablemente Julian habría deseado que ella se pareciera un poco más a Nola. El tipo le pasó un brazo por los hombros; lo tenía tan cerca que podía oler su colonia: masculina, sutil y muy cara. Brooke se sonrojó.

– Tú debes de ser su mujer -dijo, inclinándose para plantarle un beso en lo alto de la cabeza, un gesto que resultó extrañamente íntimo y a la vez impersonal. Su voz no era ni mucho menos tan grave como ella habría esperado en alguien de su altura y de su evidente estado de forma.

– Leo, me gustaría presentarte a Brooke -dijo Julian-. Brooke, éste es Leo, mi nuevo representante.

Una elegante chica asiática pasó junto a ellos en ese preciso instante, y Brooke y Julian se la quedaron mirando, mientras Leo le guiñaba un ojo. ¿Dónde demonios se habría metido Nola? Brooke necesitaba advertirle cuanto antes y tan a menudo como fuera posible de que el acceso a Leo le estaba vedado. No iba a ser fácil, porque era exactamente su tipo. Llevaba la camisa rosa abierta un botón más de lo que se habría atrevido la mayoría de los hombres, lo que revelaba su maravilloso bronceado: lo bastante moreno, pero sin la menor insinuación de cabina ni de aerosol. Los pantalones eran de talle bajo y estrechos al estilo europeo. Vestía como para llevar el pelo engominado con fijador fuerte pero, con mucho ingenio, dejaba que los densos mechones oscuros le flotaran libremente justo por encima de los ojos. El único defecto que Brooke consiguió detectar fue una cicatriz que le seccionaba la ceja derecha en una desnuda línea divisoria; sin embargo, la imperfección en realidad lo favorecía, porque erradicaba toda sombra de afeminado exceso en el cuidado de la imagen. No tenía ni un gramo de grasa en todo el cuerpo.

– Es un placer conocerte -dijo Brooke-. He oído hablar mucho de ti.

Pero él no pareció oírla.

– Muy bien, escucha -dijo, volviéndose hacia Julian-. Acabo de enterarme de que tu actuación está programada en último lugar. Ya ha habido una, ahora va otra y después sales tú.

Leo miraba insistentemente por encima del hombro de Julian mientras hablaba.

– ¿Eso es bueno? -preguntó Brooke cortésmente.

Julian ya le había explicado que ninguno de los otros músicos programados para aquella noche eran verdadera competencia para él. Había un grupo de rythm and blues, del que todos decían que sonaba como unos Boyz II Men redivivos, y una cantante de country con un montón de tatuajes, el pelo recogido en dos coletas y un vestido lleno de volantes.

Brooke miró a Leo y vio que otra vez estaba mirando para otro lado. Le siguió la mirada y descubrió que el objeto de su atención era Nola, o más concretamente su trasero enfundado en la falda de tubo. Se prometió a sí misma amenazar a Nola con la deportación, o algo peor, si se le ocurría acercarse al representante de Julian.

Leo carraspeó un poco y bebió un trago de whisky.

– La chica ya ha actuado y era bastante buena; nada del otro jueves, pero cantaba decentemente. Creo que…

Lo interrumpió el sonido de unas voces que empezaban a armonizar. No había exactamente un escenario, sino una zona despejada delante del piano, donde cuatro afroamericanos de pie, todos ellos de poco más de veinte años, se inclinaban delante de un micrófono central. Por un momento, sonaron como un buen grupo universitario de cantantes a capella; pero entonces, tres de los músicos dieron un paso atrás y dejaron que el solista cantara sobre su infancia en Haití. El público hizo gestos de asentimiento y comentarios de admiración.

– Hola, nena. -Julian había rodeado al grupo para ponerse detrás de ella. Le besó la nuca y Brooke estuvo a punto de gemir en voz alta. Julian llevaba puesto su uniforme, intacto después de tantos años: camiseta blanca, Levi's y gorro de lana. No podía haber una vestimenta menos excepcional; sin embargo, para Brooke, era lo más sexy del mundo. El gorro era la firma de Julian, lo más parecido que tenía a un «estilo», pero sólo ella sabía que había algo más. El año anterior, se había quedado desolado al descubrirse en la coronilla la calva más diminuta de toda la historia de la pérdida del cabello. Brooke intentó convencerlo de que apenas se notaba, pero él se negó a escucharla. A decir verdad, era probable que la pequeña calva se hubiera extendido un poquito desde la primera vez que él se la había señalado, pero ella jamás lo habría admitido.

Nadie que viera los opulentos rizos oscuros que asomaban bajo el gorro habría imaginado lo que Julian intentaba disimular debajo, y para Brooke, eso no hacía más que aumentar su atractivo, al volverlo más vulnerable y humano. Se alegraba secretamente de ser la única que lo veía alguna vez sin el gorro, cuando él se lo quitaba en la seguridad del hogar y sacudía los rizos delante de ella. Si alguien le hubiera dicho unos años antes que la incipiente calvicie de su marido de treinta y dos años iba a ser para ella uno de sus rasgos más atractivos, se habría muerto de risa, pero así era.

– ¿Cómo te sientes? ¿Estás nervioso? -preguntó Brooke, buscando en su cara una pista para saber cómo estaba sobrellevando la noche. Había pasado toda la semana hecho una piltrafa (casi no había comido, no había dormido nada y hasta había vomitado esa misma tarde), pero cuando Brooke intentaba hablar con él, lo único que hacía era «entortugarse». Habría querido acompañarlo hasta allí aquella noche, pero él había insistido en que fuera a cenar con Nola. Le había dicho que tenía que hablar un par de cosas con Leo, llegar pronto y asegurarse de que todo estuviera en orden. Las cosas habían debido de ir bien, porque parecía un poco más relajado.

– Estoy preparado -respondió, asintiendo con determinación-. Me siento bien.

Brooke le dio un beso en la mejilla, sabiendo que se estaría muriendo de nervios, pero ella estaba orgullosa de él por mantener el tipo.

– Estás guapísimo y se ve que estás preparado. ¡Vas a estar fantástico esta noche!

– ¿Te parece?

Cuando se bebió el agua con gas, Brooke advirtió que tenía los nudillos blancos. Sabía que habría dado cualquier cosa por beber algo más fuerte, pero nunca bebía antes de las actuaciones.

– No «me parece». Estoy segura. Cuando te sientas al piano, no piensas más que en la música. Lo de esta noche no es diferente de las actuaciones en el Nick's. El público siempre te adora, cariño. Recuérdalo. Sé como eres siempre y aquí también te adorarán.

– Escucha a tu mujer -dijo Leo, volviendo de una breve charla con un grupo de gente que había detrás-. Olvida dónde estás y por qué has venido y haz lo de siempre. ¿Entendido?

Julian asintió con la cabeza, mientras movía nerviosamente un pie.

– Entendido.

Leo se dispuso a llevárselo al fondo del local.

– Vamos a prepararte.

Brooke se puso de puntillas y le dio a Julian un beso en los labios. Le apretó la mano y le dijo:

– Estaré aquí todo el tiempo, pero olvídate de nosotros. Tú sólo cierra los ojos y pon todo tu corazón en la música.

Él la miró con ojos agradecidos, pero no consiguió decirle nada. Leo se lo llevó y, antes de que Brooke pudiera acabarse el vino, uno de los tipos de prensa y publicidad anunció a Julian por el micrófono.

Brooke miró otra vez a su alrededor en busca de Nola y la divisó hablando con un grupo de gente junto a la barra. ¡Aquella chica conocía a todo el mundo! Feliz de que Trent estuviera a su lado, Brooke se dejó conducir hasta un pequeño espacio libre en un sofá, donde él le indicó que tomara asiento. Se instaló en un extremo del sofá de terciopelo y, con cierto nerviosismo, se recogió la melena en un nudo. Después se puso a buscar una goma en el bolso, pero no encontró ninguna.

– Espera -dijo la guapa chica asiática a la que Leo había guiñado el ojo un momento antes. La chica se quitó una goma marrón de la muñeca y se la dio a Brooke-. Toma ésta. Tengo muchísimas.

Brooke titubeó un minuto, pero la chica le sonrió.

– Cógela, de verdad. No hay nada peor que tener el pelo en la cara y no poder quitárselo. Aunque si yo tuviera un pelo como el tuyo, no me lo recogería nunca.

– Gracias -dijo Brooke, que aceptó la goma y la usó de inmediato para sujetarse la coleta. Iba a decir algo más, quizá algún comentario jocoso dirigido contra sí misma, acerca de lo poco que le deseaba a nadie la desgracia de ser pelirroja, pero justo en ese momento Julian se sentó al piano y ella pudo oír su voz, un poco vacilante, agradeciendo a todos su presencia.

La chica asiática bebió un trago del botellín de cerveza que tenía en la mano y preguntó:

– ¿Lo has oído cantar alguna vez?

Brooke sólo pudo asentir con la cabeza, mientras rezaba para que la chica dejara de hablar. No quería perderse ni un segundo de la actuación, y lo que más le preocupaba era saber si los demás notarían el ligero titubeo en la voz de Julian.

– Porque si todavía no lo has hecho, te vas a quedar con la boca abierta. Es el cantante más sexy que he visto en mi vida.

Ese comentario llamó la atención de Brooke.

– ¿Perdona? -preguntó, volviéndose hacia la chica.

– Julian Alter -dijo su interlocutora, señalando el piano con un gesto-. Lo he oído un par de veces en diferentes locales de la ciudad (tiene varias actuaciones fijas), y te aseguro que es increíblemente bueno. Hace que John Mayer parezca un aficionado.

Julian había empezado a tocar Por lo perdido, un tema lleno de sentimiento sobre un niño que ha perdido a su hermano mayor, y Brooke sintió que Trent la miraba. Él era probablemente la única persona en la sala, aparte de ella misma, que conocía la historia que había detrás de esa canción. Julian era hijo único, pero Brooke sabía que pensaba a menudo en un hermano fallecido a consecuencia del síndrome de muerte súbita antes de que él naciera. Los Alter nunca hablaban de James; pero Julian había pasado por una fase durante la cual se preguntaba, a veces de forma obsesiva, cómo habría sido James si hubiera vivido, y cómo habría cambiado su vida si hubiera tenido un hermano mayor.

Sus manos se movían por el teclado, desgranando las primeras notas evocadoras, que al final evolucionarían en un poderoso crescendo, pero Brooke no podía desviar la atención de la chica que tenía al lado. Hubiese querido darle un abrazo y un bofetón, todo al mismo tiempo. Le resultaba desconcertante que una chica tan atractiva proclamara lo sexy que era Julian (por mucho tiempo que llevaran juntos, no se acostumbraba a ese aspecto de su trabajo), pero era muy poco corriente oír una opinión totalmente sincera, expresada sin el filtro de la cortesía.

– ¿En serio lo crees? -preguntó Brooke, que de pronto deseó desesperadamente que la chica asiática se lo confirmara.

– ¡Claro que sí! Intenté convencer a mi jefe por lo menos una docena de veces, pero Sony lo fichó primero.

La atención que la chica le prestaba a Brooke empezó a ceder a medida que el volumen de la voz de Julian aumentaba, y cuando el cantante echó la cabeza atrás y se puso a cantar el emotivo estribillo, sólo tuvo ojos para él. Brooke se preguntó si vería bien el anillo de casado de Julian a través de la neblina de la adoración.

Se volvió para ver la actuación y tuvo que hacer un esfuerzo para no cantar en voz alta, porque se sabía de memoria cada palabra.

Dicen que Tejas es la tierra prometida;
el polvo de sus caminos se parece a la vida.
Triste y ciego, solitario intento,
cicatrices en las manos, roto por dentro.

El sueño de una madre se escurrió entre las manos,
como si fuera arena, pero era mi hermano.
Queda un vacío por lo que se ha ido,
por lo perdido, por lo perdido.

Ella está sola en su habitación,
un silencio sepulcral en el salón.
Él cuenta las joyas de su corona;
ya no puede haber nadie que se la ponga.

El sueño de un padre se escurrió entre las manos,
como si fuera arena, pero era mi hermano.
Queda un vacío por lo que se ha ido,
por lo perdido, por lo perdido.

En sueños los oigo detrás de la puerta,
están hablando de una verdad incierta.
No te creerías que haya tanto silencio.
Salgo a buscarte, pero no te encuentro.

Mi sueño se escurrió entre las manos,
como si fuera arena, pero era mi hermano.
Queda un vacío por lo que se ha ido,
por lo perdido, por lo perdido.

Terminó la canción entre aplausos (aplausos sinceros y entusiastas) y pasó sin esfuerzo a la segunda. Había encontrado el ritmo y no dejaba traslucir ni rastro de nerviosismo. Sólo se veía el brillo habitual de los antebrazos perlados de sudor y el entrecejo fruncido en expresión concentrada, mientras cantaba las letras que había pasado meses e incluso años perfeccionando. El segundo tema terminó en un abrir y cerrar de ojos; después del tercero, y antes de que Brooke pudiera reaccionar, todo el público estaba ovacionando a Julian, en estado de éxtasis, y pidiendo un bis. Julian parecía complacido y un poco indeciso (las instrucciones de tocar tres temas en menos de doce minutos habían sido inequívocas), pero alguien junto al escenario debió de darle luz verde, porque sonrió, hizo un gesto de asentimiento y se puso a cantar una de sus canciones más movidas. El público rugió de entusiasmo.

Cuando se levantó del taburete del piano y saludó con una modesta inclinación de la cabeza, la atmósfera de la sala había cambiado. Más que las aclamaciones, los aplausos y los silbidos de aprobación, lo que llamaba la atención era la sensación electrizante de haber sido testigos de un momento histórico. Brooke estaba de pie, rodeada de admiradores de su marido, cuando Leo se le acercó. El representante saludó ásperamente a la chica de las gomas para el pelo por su nombre (Umi), pero ella hizo un gesto de desdén y se marchó en seguida. Antes de que Brooke pudiera procesar ese intercambio, Leo la cogió de un brazo quizá con demasiada fuerza, se inclinó y le acercó tanto la cara que por un segundo Brooke creyó que iba a besarla.

– Prepárate, Brooke, prepárate para vivir una puta locura. Esta noche es sólo el principio. Será increíble.

4 Un brindis por las pelirrojas guapas

– Kaylie, cariño, no sé de qué otro modo decírtelo: no necesitas adelgazar. Mira las estadísticas, mira este gráfico. Eres absolutamente perfecta tal como eres.

– Aquí nadie es como yo -dijo Kaylie, bajando la vista, mientras hacía girar un mechón de lacio pelo castaño entre los dedos, con expresión ausente. Metódicamente lo enrollaba y lo soltaba, lo enrollaba y lo soltaba. Tenía la angustia pintada en el rostro.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Brooke, aunque sabía perfectamente lo que quería decir la niña.

– Pues que… nunca me había sentido gorda antes de venir aquí. En la escuela pública era normal, ¡y hasta un poco flaca! Pero entonces se acabó el curso y me matricularon en este otro sitio, que se supone que es fantástico y elegante, y de pronto resulta que soy obesa.

La voz de la niña se quebró en la última palabra y Brooke tuvo que reprimirse para no darle un abrazo.

– ¡No, cariño, no es cierto! Ven aquí, mira este gráfico. Cincuenta y siete kilos, para un metro y cincuenta y cuatro centímetros de altura está dentro del margen de lo sano.

Le enseñó el gráfico plastificado, donde se veía la amplia horquilla de los pesos saludables, pero Kaylie apenas le echó un vistazo.

Brooke sabía que el gráfico era un pobre consuelo, al lado de las chicas asombrosamente delgadas que iban al noveno curso con Kaylie. La niña era una estudiante becada del Bronx, hija de un técnico de sistemas de aire acondicionado, que la había criado solo tras la muerte de la madre en un accidente de tráfico. Era evidente que el hombre lo estaba haciendo bien, a la vista de las excelentes calificaciones de la niña en la escuela primaria, de su éxito en el equipo de hockey sobre hierba y, según lo que le contaban a Brooke los otros profesores, de su talento para tocar el violín, muy superior al de otras niñas de su edad. Sin embargo, ahí estaba su preciosa e inteligente pequeña, sumida en la angustia porque no era como las demás.

Kaylie se tironeó el dobladillo de la falda escocesa, que cubría unos muslos fuertes y musculosos, pero en ningún caso gordos, y dijo:

– Supongo que tengo malos genes. Mi madre también tenía sobrepeso.

– ¿La echas de menos? -preguntó Brooke, y Kaylie sólo pudo hacer un gesto afirmativo, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

– Siempre me decía que yo era perfecta tal como era, pero me pregunto qué diría si viera a las chicas de este colegio. Ellas sí que son perfectas. Su pelo es perfecto, su maquillaje es perfecto y sus cuerpos son perfectos, y aunque todas usamos exactamente el mismo uniforme, también es perfecta la manera que ellas tienen de llevarlo.

Era esa parte del trabajo, esa combinación de nutricionista y confidente, lo que Brooke menos se había esperado del empleo y lo que cada día le gustaba más. En la universidad había aprendido que cualquiera que tuviera contacto regular con adolescentes y simplemente estuviera dispuesto a escuchar podía desempeñar un papel importante para los jóvenes, pero Brooke no había comprendido verdaderamente lo que eso significaba hasta que había empezado a trabajar en Huntley.

Dedicó unos minutos más a explicarle a Kaylie que aunque no se lo pareciera, estaba dentro de los límites de un peso saludable. No era fácil demostrárselo, sobre todo porque el cuerpo atlético y musculoso de la niña era más achaparrado que el de la mayoría de sus compañeras, pero lo intentó. «¡Si pudiera hacer que pasaran en un abrir y cerrar de ojos los cuatro años de la secundaria y mandarla directamente a la universidad! -pensó Brooke-. Entonces se daría cuenta de que ninguna de estas tonterías de noveno curso tiene importancia a la larga.»

Pero sabía por experiencia que eso era imposible. Ella también se había sentido incómoda durante toda la secundaria y los años en Cornell, por estar en el límite superior de la normalidad. Después, durante el curso de posgrado, se había impuesto una dieta rigurosa, con la que había adelgazado nueve kilos, pero no había podido mantenerse y en seguida había recuperado casi siete. Al cabo de los años, pese a la comida sana y a un programa regular de ejercicio, seguía instalada en el extremo máximo de lo que podía considerarse un peso saludable para su altura, y lo mismo que Kaylie, tenía una aguda conciencia de su peso. Se sintió hipócrita al insistir a la niña en que no se preocupara, cuando ella misma pensaba en aquello todos los días.

– Es verdad que eres perfecta, Kaylie. Ya sé que no siempre lo parece, sobre todo cuando estás rodeada de chicas favorecidas en muchos sentidos, pero tienes que creerme cuando te digo que eres absolutamente preciosa. Harás amigas aquí y encontrarás chicas con las que conectarás y te sentirás a gusto. Y un buen día, antes de que te des cuenta, dejarás atrás las pruebas de admisión, el baile de graduación y el noviecillo tonto del colegio de al lado e ingresarás en una universidad fantástica donde todos serán perfectos, pero cada uno a su manera, a la manera que cada uno elija. Y te encantará. Te lo prometo.

En ese momento, sonó el teléfono de Brooke, con el tono especial de música de piano que correspondía únicamente al número de Julian. Nunca la llamaba cuando estaba trabajando, porque sabía que no iba a poder atenderlo, e incluso reducía los mensajes al mínimo imprescindible. Brooke se temió una mala noticia.

– Discúlpame un minuto, Kaylie. -Hizo girar la silla y la alejó tanto como pudo para tener algo de intimidad en el pequeño despacho-. Hola. ¿Hay algún problema? Estoy con una paciente.

– Brooke, no vas a creértelo, pero…

Se interrumpió e hizo una profunda inspiración, como para dar dramatismo a la noticia.

– Julian, de verdad, si no es urgente, te llamo luego y me lo cuentas.

– Leo acaba de llamarme. Uno de los principales ojeadores de Jay Leno estuvo en la presentación, ¡y quiere que actúe en el programa!

– ¡No!

– ¡De verdad! El trato está completamente cerrado: la semana que viene, el jueves por la noche, aunque la grabación es a las cinco de la tarde. Seré el número musical del programa, probablemente después de las entrevistas. ¿Te lo puedes creer?

– ¡Dios mío!

– Di alguna otra cosa, anda.

Brooke olvidó por un momento dónde estaba.

– No me lo creo. Bueno, sí, claro que me lo creo, ¡pero es tan increíble! -Oyó las carcajadas de Julian y pensó cuánto tiempo hacía que no lo oía reír-. ¿A qué hora vuelves a casa? Tenemos que celebrarlo. Se me ocurre una cosa…

– ¿Tiene algo que ver con aquella cosilla de encaje que me gusta tanto?

Brooke le sonrió al teléfono.

– Estaba pensando más bien en la botella de Dom Pérignon que nos regalaron y que nunca encontramos la ocasión de abrir.

– Encajes. Esta noche merece champán y encajes. ¿En casa a las ocho? Yo prepararé la cena.

– No hace falta que te ocupes de la cena. Ya compraré algo yo. ¡O podemos salir a cenar! ¿Qué te parece si salimos y lo celebramos por todo lo alto?

– Deja que yo me ocupe de todo -dijo Julian-. ¿Me dejarás? Tengo una idea.

Brooke sintió que el corazón se le salía del pecho. Quizá a partir de ese momento Julian podría pasar menos tiempo en el estudio y más en casa. Volvió a experimentar la familiar sensación de entusiasmo y alborozado nerviosismo de los primeros tiempos de su matrimonio, antes de que todo se volviera rutinario.

– ¡Claro que sí! Nos vemos a las ocho. Y otra cosa, Julian: ¡me muero de ganas de verte!

Cuando colgó, pasaron por lo menos cinco minutos antes de que recordara dónde estaba.

– ¡Vaya! Parece que eso iba en serio -dijo Kaylie con una sonrisa-. Tenemos cita importante esta noche, ¿eh?

A Brooke nunca dejaba de sorprenderla lo muy niñas que seguían siendo las chicas del colegio, pese a su confiada manera de contestar a los mayores y a su inquietante familiaridad con todo, desde las dietas radicales hasta las mejores técnicas para practicar una felación. (Brooke había encontrado una completa lista de consejos en una libreta olvidada por una de las niñas en su despacho. Era tan detallada, que había considerado la posibilidad de tomar unas cuantas notas, antes de darse cuenta de que aceptar consejos en materia de sexo de una niña de secundaria era espantoso en demasiados sentidos.)

– Una cita importante, ¡con mi marido! -le aclaró Brooke, intentando salvar al menos un poco de profesionalidad-. Siento mucho la interrupción. Ahora, volviendo a lo que…

– Parecía muy emocionante -insistió Kaylie, que por un momento dejó de juguetear con el pelo para mordisquearse la uña del dedo índice derecho-. ¿Qué ha pasado?

Brooke se alegró tanto de verla sonreír que se lo contó:

– Sí, en realidad es bastante emocionante. Mi marido es músico y acaban de llamarlo del programa de Jay Leno, para que actúe una de estas noches.

Brooke sintió que la voz se le inflamaba de orgullo, y aunque sabía que era poco profesional e incluso un poco tonto contar la noticia a una paciente adolescente, estaba demasiado contenta para que eso le importara.

De pronto, Kaylie fijó en ella toda su atención.

– ¿Va a actuar en el programa de Jay Leno?

Brooke asintió y se puso a acomodar unos papeles en la mesa, en un infructuoso intento de disimular su orgullo.

– ¡Qué de puta madre! ¡Es lo más superguay que he oído en mi vida! -exclamó la niña, agitando la coleta como para subrayar sus palabras.

– ¡Kylie!

– ¡Lo siento, pero es verdad! ¿Cómo se llama y cuándo saldrá por la tele?

– El martes por la noche. Se llama Julian Alter.

– ¡Qué de pu…! ¡Qué guay! Enhorabuena, señora Alter. Su marido debe de ser muy bueno, para que Leno lo llame. Irá con él a Los Ángeles, ¿no?

– ¿Qué? -se sorprendió Brooke.

No había tenido ni un segundo para pensar en los aspectos logísticos, pero Julian tampoco los había mencionado.

– ¿No se graba en Los Ángeles el programa de Jay Leno? Tendrá que ir con él, ¿no?

– Claro que iré con él -replicó Brooke automáticamente, aunque de pronto sintió angustia en la boca del estómago y tuvo la sensación de que si Julian había omitido invitarla, no había sido porque se le olvidara hacerlo en medio del entusiasmo.

Aún le faltaban otros diez minutos con Kaylie y después una hora entera con una chica del equipo de gimnasia de Huntley, víctima de una crisis de autoestima, por la obligación que le imponía la entrenadora de pesarse a la vista de todas; pero sabía que no iba a poder concentrarse ni un segundo más. Convencida de que ya había actuado de forma inadecuada al revelar demasiado de sí misma y hablar de su vida personal durante una sesión de trabajo, se volvió hacia Kaylie.

– Lo siento mucho, cariño, pero esta tarde voy a tener que abreviar la sesión. Volveré el viernes y le enviaré una nota a tu profesor de la sexta hora, para decirle que no hemos podido terminar hoy y que nos permita programar otra sesión completa para ese día. ¿Te parece bien?

Kaylie asintió.

– ¡Claro que sí! ¡Es una gran noticia para usted! Dele mi enhorabuena a su marido, ¿vale?

Brooke le sonrió.

– Gracias, se la daré. Y una cosa más, Kaylie. Seguiremos hablando. No puedo apoyar tu intención de adelgazar, pero me encantará aconsejarte sobre la manera de comer más sano. ¿Te parece bien?

Kaylie asintió y Brooke creyó incluso percibir una leve sonrisa en la cara de la niña cuando salió de su despacho. Aunque su paciente no parecía molesta porque le hubiera acortado la sesión, Brooke se sentía muy culpable. No era fácil conseguir que las chicas se abrieran y realmente tenía la impresión de empezar a conseguir algo positivo con Kaylie. Tras prometerse que el jueves compensaría a todo el mundo, envió un rápido correo electrónico a Rhonda, la directora del colegio, alegando una repentina indisposición, guardó todas sus cosas en una bolsa de lona y se montó directamente en el asiento trasero de un taxi que encontró desocupado. ¡Si el programa de Jay Leno no era razón suficiente para hacer un dispendio, nada lo sería!

Aunque era hora punta, el cruce del parque por la calle Ochenta y Seis no estaba imposible y el tráfico por la autovía del West Side se movía a unos vertiginosos treinta kilómetros por hora (una fluidez soñada para aquella hora del día), por lo que Brooke tuvo la alegría de llegar a su casa antes de las seis y media. Se agachó, dejó que Walter le lamiera la cara durante unos minutos y después, suavemente, reemplazó su mejilla por un nervio de toro retorcido y oloroso, su golosina preferida. Tras servirse una copa de pinot gris de una botella abierta que tenía en el frigorífico y de beber un trago largo y profundo, empezó a juguetear con la idea de contar la noticia de Julian en su muro de Facebook, pero rápidamente la desechó; no quería hacer ningún anuncio sin que él le diera antes su aprobación.

La primera actualización en su página de inicio era -para su desagrado- de Leo, que al parecer acababa de vincular su cuenta de Twitter con la de Facebook, y aunque habitualmente no tenía nada interesante que contar, estaba aprovechando la función de actualización en tiempo real.

Leo Moretti

Un supermotivado Julian Alter destrozará el escenario de Leno el martes próximo. ¡Los Ángeles, allá vamos!

Con sólo ver el nombre de su marido en la actualización, Brooke sintió mareos, lo mismo que al leer lo que decía: que, efectivamente, Julian estaba planeando un viaje a Los Ángeles, que Leo iba a viajar con él y que Brooke era la única que aún no había recibido una invitación.

Se dio una ducha, se depiló, se cepilló los dientes, se los limpió con seda dental y se secó con una toalla. ¿Sería extravagante suponer que ella también acompañaría a Julian para la grabación del programa? No sabía si Julian la quería a su lado, para apoyarlo, o si consideraba que aquél era un viaje de negocios y que debía viajar con su representante y no con su mujer.

Mientras se aplicaba en las piernas recién depiladas una crema hidratante sin perfume aprobada por Julian (su marido no podía soportar el olor de los productos perfumados), Brooke vio que Walter la estaba observando.

– ¿Se ha equivocado papi al contratar a Leo? -le preguntó con voz aguda.

Walter levantó la cabeza del esponjoso felpudo del baño que siempre le dejaba el pelo oliendo a moho, movió la cola y ladró.

– ¿Eso es un no?

Volvió a ladrar.

– ¿O un sí?

Otro ladrido.

– Gracias por expresar tu opinión, Walter. La tendré muy en cuenta.

El perro la recompensó con un lametazo en el tobillo y volvió a echarse en el felpudo.

Un rápido vistazo al reloj de pared reveló que eran las ocho menos diez, por lo que después de tomarse un minuto para prepararse mentalmente, sacó una arrugada prenda negra del fondo del cajón donde guardaba la lencería. Se la había puesto por última vez hacía un año, cuando había acusado a Julian de haber perdido interés por el sexo y él había ido directo a ese cajón, la había sacado y había dicho algo así como: «Es un crimen tener guardado algo así y no ponérselo.» De inmediato se había aliviado la tensión. Brooke recordaba que se había puesto el body de encaje y había empezado a bailar por todo el dormitorio con exagerados movimientos de stripper, mientras Julian gritaba y aullaba a su alrededor.

En algún momento, aquel body negro había pasado a simbolizar su vida sexual. Se lo había comprado durante su primer o segundo año de matrimonio, después de una conversación en la que Julian le había confesado, como si fuera un secreto vergonzoso y escandaloso, que le gustaban las mujeres con lencería negra y ceñida… y que quizá no le hacían tanta gracia los pantaloncitos masculinos de colores y las camisetas de rayas que Brooke se ponía todas las noches para meterse en la cama y que a ella quizá le parecieran sensuales por su estilo adolescente. Aunque en esa época no podía permitírselo, Brooke se había puesto de inmediato en campaña para comprar ropa interior y había adquirido un camisón negro de punto con tirantes finos, de Bloomingdale's; otro con volantes de estilo babydoll, de Victoria's Secret, y otro de algodón, con un cartel sobre el pecho que ponía «dormilona jugosa». Los tres, uno tras otro, habían recibido una tibia acogida por parte de Julian, que se había limitado a comentar algo así como «muy bonito», antes de volver a enfrascarse en la lectura de su revista. Cuando ni siquiera el babydoll despertó en él un mínimo de interés, Brooke llamó a Nola a primera hora de la mañana.

– Procura tener libre el sábado por la tarde -le había dicho su amiga-, porque nos vamos de compras.

– Ya fui de compras y gasté una fortuna -gimió Brooke, mientras pasaba de uno en uno los tickets de caja, como si fueran los naipes de una baraja tóxica.

– Vamos a ver. ¿Tu marido te pide que te pongas lencería negra sexy y tú vuelves a casa con un camisón que pone delante «dormilona jugosa»? ¿Estás de broma?

– ¿Por qué? No pidió nada concreto. Sólo dijo que prefería el negro a los colores alegres. Todo lo que he comprado es negro, corto y ceñido. Y «jugosa» está escrito con brillantitos. ¿Qué tiene de malo?

– No tiene nada de malo… si acabas de llegar a la universidad y quieres estar monísima cuando vayas a pasar la noche por primera vez en el dormitorio de la fraternidad. Te guste o no, ahora sois mayores, y lo que Julian está intentando decirte es que quiere verte vestida de mujer y no de niña. ¡Quiere verte guapa, sexy y muy mujer!

Brooke suspiró.

– De acuerdo, de acuerdo. Me pongo en tus manos. ¿A qué hora, el sábado?

– A las doce del mediodía, en la esquina de Spring & Mercer. Iremos a Kiki de Montparnasse, La Perla y Agent Provocateur. En menos de una hora, tendrás exactamente lo que necesitas. Nos vemos entonces.

Aunque Brooke había pasado la semana entera esperando ansiosa el día de las compras, la expedición resultó un completo fracaso. Desde la gloria de su sueldo y sus comisiones en la banca de negocios, Nola no le había avisado que cuanto menos material contenía una prenda de lencería, mayor era su precio. Brooke quedó atónita al descubrir que el traje de sirvienta francesa que enloquecía a Nola en Kiki costaba nada menos que seiscientos cincuenta dólares, y un simple camisón negro no muy distinto del que ella misma había comprado en Bloomingdale's, trescientos setenta y cinco. ¿Qué iba a hacer ella (¡una estudiante de posgrado!), si unas braguitas negras de encaje costaban ciento quince dólares (y veinte dólares más si las quería con una abertura en la entrepierna)? Después de ver dos o tres tiendas, le dijo a Nola con firmeza que le agradecía su ayuda, pero que no pensaba comprar nada aquella tarde. Sólo la semana siguiente, mientras estaba en la sala más reservada de Ricky's, la tienda de artículos de fiesta y de belleza, comprando tonterías para la despedida de soltera de otra amiga, encontró casualmente la solución.

Allí, en unos expositores que iban del suelo al techo, entre vibradores y platos de papel con dibujos de penes, había una pared entera de «trajes de fantasía», cada uno en su envoltorio individual. Venían en paquetes planos, parecidos a sobres, que le recordaron la presentación habitual de las medias; pero las imágenes del anverso eran de mujeres muy guapas, vestidas para encarnar todo tipo de fantasías sexuales: sirvienta francesa, escolar, oficial de bomberos, reclusa, cheerleader y vaquera, así como una gran variedad de trajes sin un tema específico, todos ellos cortos, ceñidos y negros. Lo mejor de todo era que el más caro no pasaba de cuarenta dólares y la mayoría costaba menos de veinticinco. Había empezado a estudiar las figuras, intentando adivinar cuál le gustaría más a Julian, cuando un dependiente con el pelo teñido de azul y delineador en los ojos echó a un lado la cortina de cuentas y fue directo hacia ella.

– ¿Puedo ayudarte en algo? -preguntó.

Brooke desvió rápidamente la mirada hacia un montón de cañitas para refresco con forma de pene y negó con la cabeza.

– Si quieres, puedo asesorarte -insistió el dependiente con un leve seseo-. Sobre los trajes, los juguetes, lo que quieras… ¿Quieres saber cuáles se venden más?

– No, gracias. Sólo estoy comprando un par de cosas graciosas para una despedida de soltera -se apresuró a decir, enfadada consigo misma por sonrojarse.

– Ajá. Bueno, si quieres algo, no tienes más que decirlo.

El dependiente regresó a la zona principal de la tienda, mientras Brooke pasaba de inmediato a la acción. Como sabía que perdería los nervios si volvía el dependiente (o si cualquier otra persona entraba en la zona de los juguetes sexuales), cogió el primer traje sin un tema específico que encontró y lo metió en la cesta. Corrió prácticamente hasta la caja y, por el camino, metió en la cesta un frasco de champú, un paquete de Kleenex y varios recambios para la maquinilla de afeitar, con el único propósito de distraer a la cajera. Sólo cuando estuvo en el metro de vuelta a casa, sentada al fondo del vagón y milagrosamente aislada del resto de los pasajeros, se atrevió a echar un vistazo dentro de la bolsa.

La ilustración del envoltorio presentaba a una pelirroja no muy diferente de Brooke (salvo las piernas de un kilómetro de largo), con un body de encaje de cuerpo completo, de cuello alto y manga larga. La mujer de la foto arqueaba provocativamente las caderas y miraba con descaro a la cámara; pero a pesar de la pose, lograba parecer «sexy» y «segura de sí misma», además de «fresca» y «un poco puta».

– Creo que puedo interpretar ese papel -se dijo Brooke para sus adentros, y esa misma noche, cuando salió del baño vestida con el body y unos taconazos, Julian casi se cae de la cama.

Desde entonces, había vuelto a ponerse el famoso body para varios cumpleaños de Julian, para sus aniversarios y a veces en vacaciones, cuando hacía calor; pero últimamente, como todos los recuerdos de su vida sexual antes de aquellos tiempos de actividad extenuante, lo había relegado al fondo del cajón. Mientras se subía la vaporosa prenda por las piernas y acomodaba dentro primero las caderas y después los brazos, supo que era lo adecuado para expresar el mensaje que quería transmitir: «Estoy muy orgullosa de ti por lo que has conseguido. Ahora ven aquí, para que te lo demuestre.» Le daba igual que al ser de talla única se le clavara un poco en los muslos y que le hiciera un efecto extraño en los brazos; aun así, se sentía sexy. Acababa de soltarse el pelo y de tumbarse sobre el cubrecama, cuando sonó el teléfono fijo. Convencida de que debía de ser Julian para decir que ya iba para casa, Brooke contestó al primer timbrazo.

– ¿Rook? ¿Cielo? ¿Me oyes? -sonó la voz de su madre por el auricular.

Brooke hizo una profunda inspiración; ¿cómo se las apañaría para llamar siempre en los momentos más inoportunos?

– Te oigo, sí. Hola, mamá.

– ¡Bien! Esperaba encontrarte. Oye, necesito que mires tu calendario y me digas si estarás libre para una fecha. Ya sé que no te gusta hacer planes con mucha antelación, pero estoy tratando de preparar algunas cosas para…

– ¡Mamá! Siento interrumpirte, pero no es buen momento. Estoy esperando a Julian y voy con retraso -mintió.

– ¿Vais a celebrarlo? ¡Qué noticia tan fabulosa! ¡Debéis de estar encantados!

Brooke abrió la boca para decir algo, pero luego recordó que todavía no le había contado a su madre la buena noticia de Julian.

– ¿Cómo lo has sabido? -preguntó.

– Por Randy, cielo. Vio una actualización en la página de fans de Julian (¿es así como se llama?). Preferiría decir que mi hija me llamó para contármelo por iniciativa propia, pero por suerte Randy se acordó de su madre.

– ¡Ah, sí, Facebook! Casi se me olvida. Y sí, mamá, estamos muy contentos.

– Dime, ¿cómo vais a celebrarlo esta noche? ¿Quizá vais a salir a cenar?

Brooke se miró el cuerpo enfundado en encaje, y en ese momento, como para subrayar la ridiculez de estar hablando con su madre mientras llevaba puesto un body con un agujero en la entrepierna, uno de sus pezones asomó entre el calado de la tela.

– Hum… Creo que Julian traerá la cena. Tenemos una botella de champán bueno, así que supongo que nos la beberemos.

– Buen plan. Dale un beso de mi parte. Y en cuanto tengas un segundo, me gustaría que me dijeras una fecha para…

– Perfecto, mamá, de acuerdo. Mañana te llamo.

– Será sólo un segundo.

– Mamá…

– Muy bien. Llámame mañana. Un beso, Rookie.

– Un beso, mamá.

Nada más colgar el teléfono, oyó que la puerta se abría.

Sabía que Julian se quitaría el abrigo y saludaría a Walter, lo que significaba que tenía el tiempo justo para quitar el precinto de la botella de champán y retirarle el morrión de alambre. Se había acordado de llevar al dormitorio dos copas alargadas, que había puesto junto a la cama, antes de tumbarse en postura felina sobre el cobertor. Su nerviosismo no duró más de un segundo, hasta que Julian abrió la puerta.

– ¡Adivina quién va a alojarse en el Chateau Marmont!

– ¿Quién? -preguntó ella, incorporándose en la cama, olvidando por un momento su atuendo.

– ¡Yo! -dijo él, y al instante, Brooke sintió que una oleada de angustia la recorría.

– No es posible -consiguió articular, casi sin aliento.

– ¡Sí, claro que sí! ¡En una suite! Y vendrá a recogerme una limusina, que me llevará al estudio de la NBC donde se graba el programa de Leno.

Brooke se esforzó por concentrarse en la buena noticia de Julian y recordar que no tenía nada que ver con ella.

– ¡Oh, Julian, es increíble! Ese hotel aparece constantemente en todas las revistas: Last Night, US Weekly, ¡todas! Kate Hudson dio una fiesta hace poco en los bungalows. Jennifer López y Mark Anthony se encontraron accidentalmente con Ben Affleck en la piscina y dicen que Mark perdió los papeles. ¡Si fue allí donde Belushi murió de sobredosis, por Dios santo! ¡Es un lugar absolutamente legendario!

– ¿Y a que no adivinas qué más? -preguntó Julian, al tiempo que se sentaba en la cama, a su lado, y le acariciaba uno de los muslos cubiertos de encaje.

– ¿Qué?

– El bellezón que tengo por mujer se viene conmigo, siempre que prometa llevarse en la maleta este body de encaje -dijo, inclinándose para besarla.

– ¡Para! -chilló ella.

– Sólo si ella quiere, claro está.

– ¿Es broma?

– Nada de eso. Acabo de hablar con Samara, mi nueva «encargada de relaciones públicas». -Arqueó una ceja y le sonrió-. Me dijo que no hay problema, si pagamos nosotros tu billete de avión. Leo prefería que viajara yo solo, para que no tuviera distracciones, pero le dije que no puedo hacer algo tan importante sin tenerte a ti a mi lado. ¿Qué me contestas?

Brooke decidió no prestar atención a la parte de Leo.

– ¡Que me parece increíblemente fantástico! -exclamó, mientras le rodeaba el cuello con sus brazos-. ¡Que no veo la hora de hacerte arrumacos en el bar del hotel y de pasarnos la noche de fiesta en los bungalows!

– ¿Será así de verdad? -preguntó Julian, empujándola sobre las almohadas y tendiéndose encima de ella, todavía completamente vestido.

– ¡Claro que sí! Por lo que he leído, podemos esperarnos piscinas llenas de champán, montañas de cocaína, más famosos engañando a sus parejas que en un burdel de lujo y suficiente material para llenar diez revistas de cotilleos en una hora. ¡Ah, y también orgías! Nunca he leído nada de eso, pero seguro que las montan. ¡En medio del restaurante, probablemente!

Walter dio un salto en la cama, levantó la barbilla y se puso a aullar.

– ¿A que te he impresionado, Walter? -preguntó Julian, mientras le besaba el cuello a Brooke.

Walter le respondió con un aullido y Brooke se echó a reír.

Julian metió el dedo en la copa de champán, lo apoyó en los labios de Brooke y volvió a besarla.

– ¿Qué te parece si practicamos un poco? -preguntó.

Brooke le devolvió el beso y le quitó la camisa, mientras sentía que se le inflamaba el corazón por las posibilidades que se abrían ante ellos.

– Creo que es la mejor idea que he oído en mucho, muchísimo tiempo.

– ¿Le sirvo otra Coca-Cola Light? -preguntó el camarero vestido con bermudas, junto a la tumbona de Brooke, tapándole el sol. Al sol se estaba bastante bien, y aunque veintipocos grados no eran una temperatura para ponerse el biquini, era evidente que los otros huéspedes del hotel que habían bajado a la piscina no pensaban lo mismo.

Contempló la media docena de personas que bebían cócteles de aspecto delicioso alrededor de la piscina y, recordando que pese a ser la tarde de un martes, ella estaba más o menos de vacaciones, respondió:

– Prefiero un Bloody Mary, gracias. Con mucha pimienta y dos troncos de apio.

Una chica alta y esbelta, que a juzgar por su sorprendente figura tenía que ser modelo, se metió con elegancia en el agua. Brooke la observó mientras nadaba de lado, en una especie de gracioso estilo perrito, con mucho cuidado para no mojarse el pelo. Después, la desconocida llamó en español a su acompañante. Sin levantar la vista del ordenador portátil, el hombre le contestó en francés. La chica hizo un mohín, el hombre gruñó y, antes de que pasaran treinta segundos, le llevó hasta el borde de la piscina sus enormes gafas Chanel. Brooke habría podido jurar que la chica se lo agradeció en ruso.

Sonó el móvil.

– ¿Sí? -dijo Brooke en voz baja, aunque nadie parecía prestarle atención.

– ¿Rookie? ¿Cómo va todo por ahí?

– Hola, papá. No voy a mentirte. ¡Esto es fabuloso!

– ¿Ya ha tocado Julian?

– Acaba de marcharse con Leo; supongo que pronto llegarán a Burbank. No creo que la grabación empiece antes de las cinco o las cinco y media. Por lo que he oído, la tarde será bastante larga, así que los estoy esperando en el hotel.

El camarero volvió con su Bloody Mary, en un vaso tan alto y delgado como las mujeres que había visto hasta ese momento en Los Ángeles. Lo depositó en la mesita junto a su tumbona y dejó también un plato con cosas para picar separadas en tres compartimentos: aceitunas, frutos secos variados y chips de hortalizas asadas. Brooke le habría dado un beso.

– ¿Cómo es el hotel? Bastante ostentoso, imagino.

Brooke bebió un sorbito primero y después dio un buen trago. «¡Mmm, qué bueno!»

– Sí, bastante. Deberías ver a la gente sentada alrededor de la piscina. Todos son guapísimos.

– ¿Sabes que Jim Morrison intentó saltar del techo de ese hotel? ¿Y que los miembros de Led Zeppelin atravesaron el vestíbulo montados en moto? Por lo que he leído, es el lugar perfecto para los músicos con peor comportamiento.

– ¿De dónde sacas la información, papá? -rió Brooke-. ¿De Google?

– ¡Por favor, Brooke! Me insultas si crees que…

– ¿De la Wikipedia?

Se hizo un silencio.

– Quizá.

Hablaron unos minutos más, mientras Brooke contemplaba a la preciosa criatura de la piscina, que se puso a chillar como una niña cuando su novio saltó al agua e intentó salpicarla. Su padre quería contarle todos los detalles de la nada sorpresiva fiesta sorpresa que Cynthia le estaba preparando desde hacía meses para su cumpleaños, ya que al parecer estaba empeñada en celebrar sus sesenta y cinco años, por ser además la edad de su jubilación, pero Brooke no conseguía prestarle atención. Después de todo, la niña-mujer acababa de salir del agua y evidentemente Brooke no era la única que había notado que su biquini blanco se volvía del todo transparente cuando estaba mojado. Se echó un vistazo a la sudadera de felpa y se preguntó qué tendría que hacer para estar alguna vez así de guapa en biquini, aunque sólo fuera durante una hora. Metió para dentro la barriga y siguió mirando.

El segundo Bloody Mary le entró con tanta facilidad como el primero, y pronto estuvo tan achispada y feliz que casi no reconoció a Benicio del Toro cuando salió de un bungalow junto a la piscina y se dejó caer en una tumbona justo delante de ella. Por desgracia, no se quitó los vaqueros ni la camiseta, pero Brooke se conformó con mirarlo todo lo que quiso detrás de las gafas de sol. El área de la piscina en sí misma no tenía nada de particular (Brooke las había visto mucho más espectaculares en casas normales de gente acomodada), pero tenía un encanto sobrio y tranquilo que resultaba difícil de describir. Aunque estaba a sólo cien o doscientos metros de Sunset Boulevard, el lugar parecía escondido, como si fuera un claro abierto en una enmarañada jungla de árboles gigantes, rodeado por los cuatro costados de plantas en tiestos inmensos y sombrillas de rayas blancas y negras.

Habría podido pasar toda la tarde junto a la piscina, bebiendo Bloody Marys; pero cuando el sol bajó un poco y el aire se volvió más fresco, recogió el libro y el iPod y se encaminó a su habitación. Una vuelta rápida por el vestíbulo, mientras se dirigía al ascensor, le permitió descubrir a una LeAnn Rimes en vaqueros, que tomaba una copa con una elegante mujer mayor. Brooke tuvo que hacer un gran esfuerzo para no sacar la BlackBerry y mandarle una foto a Nola.

Cuando llegó a su habitación (una suite de un dormitorio en el edificio principal, con maravillosas vistas de las colinas), se llevó la agradable sorpresa de encontrar una enorme cesta, con una tarjeta que decía: «¡Bienvenido, Julian! Tus amigos de Sony.» Dentro de la cesta había una botella de Veuve Clicquot y otra de tequila Patrón, una caja de diminutas trufas de chocolate pintadas de colores, una selección de barritas energéticas, botellas de Vitaminwater como para abastecer a una tienda y una docena de cupcakes de Sprinkles. Hizo una foto de la cesta sobre la mesa de la salita, se la envió a Julian con el mensaje «¡Se ve que te quieren!», y en seguida pasó al ataque y devoró una cupcake en menos de diez segundos.

Al cabo de un rato, la despertó el teléfono de la habitación.

– ¿Brooke? ¿Estás viva? -sonó la voz de Julian por el aparato inalámbrico.

– Estoy viva -consiguió articular ella, mientras miraba a su alrededor para situarse y se sorprendía al descubrir que estaba entre las sábanas, en ropa interior y con la habitación a oscuras. Había migas de cupcake dispersas por la almohada.

– Llevo por lo menos media hora llamándote al móvil. ¿Dónde estás? ¿Estás bien?

Brooke se sentó de golpe en la cama y miró el reloj: las siete y media. ¡Había dormido casi tres horas!

– Ha debido de ser el segundo Bloody Mary -masculló para sus adentros, pero Julian la oyó y se echó a reír.

– ¿Te dejo sola una tarde y te emborrachas?

– ¡No ha sido eso! Pero dime, ¿cómo ha ido la grabación? ¿Ha salido bien?

En la breve pausa que siguió, Brooke vio en un destello mental todas las cosas que potencialmente habían podido fallar, pero Julian volvió a reír. O quizá fue algo más que una risa. Parecía borracho de felicidad.

– ¡Rook, ha sido increíble! ¡Clavé la actuación! ¡Absolutamente! ¡Y los músicos que me acompañaron lo hicieron mucho mejor de lo que esperaba, a pesar de que habían ensayado muy poco! -Sobre el fondo de otras voces que se oían en el coche, Julian bajó la suya hasta convertirla en un susurro-. Jay vino hacia mí cuando terminó la canción, me pasó un brazo por los hombros, me señaló la cámara y dijo que había estado maravilloso y que no le importaría que volviera todas las noches.

– ¿De verdad?

– ¡En serio! El público aplaudió muchísimo y después, cuando terminó la grabación y nos encontramos detrás del plató, ¡Jay incluso me dio las gracias y me dijo que estaba ansioso por escuchar el álbum completo!

– Julian, ¡eso es fantástico! ¡Enhorabuena! ¡Esto es muy grande!

– Ya lo sé. Ahora estoy tranquilo. Escucha, llegaremos al hotel dentro de unos veinte minutos. ¿Qué te parece si nos encontramos en el patio para tomar una copa?

La sola idea de beber más alcohol hizo que le doliera aún más la cabeza (¿cuándo había sido la última vez que tuvo resaca a la hora de la cena?); aun así, consiguió sentarse con la espalda erguida.

– Tengo que cambiarme. Bajaré a encontrarme contigo en cuanto esté lista -dijo, pero Julian ya había colgado.

No le fue fácil salir de entre las sábanas suaves y tibias, pero tres ibuprofenos y unos minutos bajo la ducha de efecto lluvia la hicieron sentirse mucho mejor. Se puso rápidamente unos pantalones pitillo que eran casi unos leggings, una blusa de seda sin mangas y un blazer; pero cuando se fijó un poco mejor, notó que los pantalones le hacían un trasero horroroso. Ya le había costado ponérselos, pero quitárselos fue un infierno. Estuvo a punto de darse un rodillazo en la cara, tratando de arrancárselos dolorosamente de las piernas, centímetro a centímetro. Por mucho que ondulara la barriga y agitara las piernas, los malditos pantalones apenas se movían. ¿A que la señorita Biquini Blanco nunca tenía que sufrir semejante indignidad? Al final, arrojó los pantalones al otro extremo de la habitación, disgustada. Lo único que quedaba en la maleta era un vestido de verano. Hacía demasiado frío para ponérselo, pero tendría que apañarse con él, combinado con el blazer, un foulard de algodón y unas botas planas.

– No está del todo mal -se dijo, mientras se miraba por última vez al espejo. El pelo se le había secado prácticamente por sí solo e incluso ella misma tuvo que admitir que tenía un aspecto fantástico, sobre todo para el poco trabajo que le exigía. Se puso un poco de rímel y unos toques del colorete líquido brillante que Nola le había puesto en las manos unas semanas antes, insistiéndole educadamente en que lo usara. Agarró el móvil y el bolso, y salió corriendo. Se puso el brillo de labios en el ascensor y se remangó el blazer mientras atravesaba el vestíbulo. Le dio al pelo una sacudida final y se sintió realmente fresca y bonita cuando al fin vio a Julian rodeado de una comitiva en una de las mesas centrales del patio.

– ¡Brooke! -gritó él, mientras se ponía en pie y agitaba un brazo.

Ella distinguió su sonrisa a quince metros de distancia y, corriendo hacia él, olvidó hasta el último gramo de timidez.

– ¡Enhorabuena! -exclamó, echándole los brazos al cuello.

– Gracias, nena -le murmuró él al oído, y después, un poco más fuerte-. Ven a saludar. Creo que todavía no conoces a todos.

– ¡Hola! -canturreó ella, saludando a toda la mesa con un vago movimiento de la mano-. Yo soy Brooke.

El grupo estaba reunido en torno a una sencilla mesa de madera, instalada al abrigo casi privado de varios árboles en flor. En el patio lleno de plantas exuberantes, había pequeñas áreas para sentarse y en todas ellas había gente bronceada que charlaba y reía, pero aun así el ambiente general resultaba tranquilo y distendido. Pequeñas antorchas ardían en la oscuridad y unos cirios diminutos dulcificaban en las mesas las facciones de todos. Los vasos de cóctel tintineaban y una música suave salía de los altavoces escondidos entre los árboles. Haciendo un esfuerzo, incluso se podía distinguir, a lo lejos, el ruido blanco constante del tráfico por Sunset Boulevard. Aunque nunca había estado en la Toscana, Brooke imaginó que así debía de ser exactamente un restaurante rural en pleno Chianti.

Brooke sintió la mano de Julian en la espalda, que la empujaba suavemente hacia la silla que acababa de separar de la mesa. Perdida en la mágica visión del patio con su iluminación nocturna, había estado a punto de olvidar para qué había bajado. Tras un rápido vistazo a su alrededor, reconoció a Leo, que asombrosamente parecía irritado; a una mujer de treinta y tantos años (o quizá de cuarenta y tantos con bótox muy bien aplicado), de preciosa piel morena y melena negra como ala de cuervo, que debía de ser Samara, la nueva relaciones públicas de Julian, y a un tipo cuya cara le resultaba familiar pero que al principio no consiguió situar.

«¡Oh, Dios mío! ¡No es posible!»

– Ya conoces a Leo -estaba diciendo Julian, mientras Leo la saludaba con una sonrisita de suficiencia-. Y aquí tienes a la adorable Samara. Todos me habían dicho que era la mejor, pero ahora puedo confirmarlo sin lugar a dudas.

Samara sonrió y le tendió la mano a Brooke por encima de la mesa.

– Un placer -dijo en tono cortante, aunque su sonrisa parecía sincera.

– He oído hablar mucho de ti -dijo Brooke, mientras le estrechaba la mano e intentaba concentrarse en Samara, para no prestar excesiva atención al cuarto ocupante de la mesa-. Es cierto. Cuando Julian supo que ibas a trabajar con él, volvió a casa muy entusiasmado y me comentó: «Todos dicen que es la mejor.»

– ¡Oh, qué amable! -respondió Samara, agitando la mano como para no dar importancia a los elogios-. Pero él me facilita mucho las cosas. Hoy se ha portado como un auténtico profesional.

– ¡Basta ya, vosotras dos! -dijo Julian, pero Brooke adivinó en seguida que estaba muy contento-. Mira, Brooke. También quiero presentarte a Jon. Jon, ésta es mi mujer, Brooke.

«¡Cielo santo!»

Era él. Brooke no sabía cómo ni por qué, pero allí, sentado a la mesa de su marido, con una cerveza en la mano y aspecto relajado, estaba Jon Bon Jovi. ¿Qué debía decir ella? ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Dónde demonios estaba Nola cuando más la necesitaba? Brooke se estrujó los sesos. Mientras no dijera algo espantoso, como «Soy tu fan número uno», o «Te admiro y respeto por estar casado con la misma mujer desde hace un montón años», probablemente saldría bien parada, pero sentarse a tomar una copa con una superestrella del rock no era algo que hiciera todos los días.

– Hola -dijo Jon, saludando a Brooke con una inclinación de la cabeza-. Ese color de pelo es fantástico y tiene algo de maléfico. ¿Es auténtico?

La mano de Brooke voló hacia sus bucles y de inmediato ella supo, sin necesidad de mirarse al espejo, que en aquel momento tenía las mejillas del mismo color que el pelo. El tono de su cabellera era un rojo tan puro y tan intensamente pigmentado, que algunos lo adoraban y otros lo detestaban. Ella lo adoraba. Julian lo adoraba. Y, por lo visto, también Jon Bon Jovi. «¡Nola! -gritó para sus adentros-. ¡Tengo que contártelo ahora mismo!»

– Sí, es auténtico -dijo ella, levantando la vista al cielo en gesto de fingida contrariedad-. En el colegio me hacían muchas bromas crueles, pero ya estoy acostumbrada.

Con el rabillo del ojo, vio que Julian le sonreía; esperaba que sólo él supiera lo falsa que era su modestia en aquel momento.

– Pues a mí me parece una pasada de pelo -declaró Jon, mientras levantaba el vaso alto de cerveza-. ¡Un brindis por el cho…

Se interrumpió de golpe y una expresión de adorable timidez le recorrió la cara. Brooke habría querido decirle que podía llamarla «chocho pelirrojo» todas las veces que quisiera.

– Un brindis por las pelirrojas guapas y por las primeras actuaciones en el programa de Leno. Enhorabuena, tío. Has estado grande.

Jon levantó su cerveza y todos brindaron con él. La copa de champán de Brooke fue la última en tocar su vaso, y ella se preguntó si no podría encontrar la manera de llevarse ese vaso a casa de contrabando.

– ¡Enhorabuena! -exclamaron todos-. ¡Felicidades!

– ¿Cómo ha ido la actuación? -preguntó Brooke finalmente, feliz de dar pie a Julian para brillar delante de toda aquella gente-. Cuéntamelo todo.

– Estuvo perfecto -anunció Samara, en su seco estilo profesional-. Actuó después de unos invitados realmente buenos. -Hizo una pausa y se volvió hacia Julian-. Hugh Jackman estuvo estupendo, ¿no crees?

– Sí, estuvo muy bien. Y también esa chica de «Modern Family» -respondió Julian, asintiendo.

– Tuvimos suerte con las entrevistas: dos invitados famosos y realmente interesantes, y nada de niños, ni de magos, ni de domadores de animales -dijo Samara-. No hay nada peor que actuar después de una compañía de chimpancés, creedme.

Todos se echaron a reír. Se les acercó un camarero y Leo pidió para todo el grupo, sin consultar con nadie. Normalmente a Brooke le molestaba mucho que la gente hiciera eso, pero ni siquiera ella encontró objeciones a su elección: otra botella de champán, una ronda de gimlets de tequila y entremeses variados, desde tostadas con aceite de oliva, trufas y setas, hasta mozzarella y rúcula. Cuando llegó el primer plato de croquetas de cangrejo con puré de aguacate, Brooke volvía a estar felizmente achispada y se sentía casi eufórica por la emoción. Julian (su Julian, el mismo que dormía todas las noches a su lado con los calcetines puestos) había actuado en el programa de Jay Leno; estaban alojados en una suite fabulosa del conocidísimo Chateau Marmont, comiendo y bebiendo como miembros de la realeza del rock internacional, y uno de los músicos más famosos del siglo XX había dicho que le encantaba su pelo. El día de su boda había sido el más feliz de su vida, por supuesto (¿acaso no era obligado decirlo, pasara lo que pasase?), pero aquel día estaba reuniendo méritos rápidamente para situarse en segunda posición, a muy escasa distancia.

Su teléfono móvil se puso a aullar desde su bolso, apoyado en el suelo, con una especie de sirena de bomberos que había elegido ella después de la siesta, para no volver a dormirse.

– ¿Por qué no lo coges? -le preguntó Julian con la boca llena, mientras ella miraba fijamente el teléfono. No quería coger la llamada, pero le preocupaba que hubiera pasado algo. Ya eran más de las doce en la costa Este.

– Hola, mamá -dijo, en voz tan baja como pudo-. Estamos en medio de una cena. ¿Todo en orden?

– ¡Brooke! ¡Julian está ahora mismo en la tele y está increíble! Está adorable, los músicos tocan muy bien y, ¡Dios mío!, está para comérselo. Creo que nunca había estado tan bien.

Las palabras de su madre brotaban en torrente desordenado, y Brooke tenía que hacer un gran esfuerzo para entenderla.

Echó un vistazo al reloj: las nueve y veinte en California, lo que significaba que el programa de Leno estaría en antena en ese mismo momento en la costa Este.

– ¿De verdad? ¿Está guapo? -preguntó Brooke.

Aquello le atrajo la atención del grupo.

– ¡Claro! Ahora mismo lo están emitiendo en la costa Este -dijo Samara, mientras sacaba su BlackBerry. Como era de esperar, estaba vibrando con la intensidad de una lavadora.

– Fabuloso -estaba diciendo la madre de Brooke-, absolutamente fabuloso. ¡Y tienes que ver qué presentación tan bonita le ha hecho Jay! Espera… Ahora está terminando la canción.

– Mamá, te llamo luego, ¿de acuerdo? Estoy siendo un poco grosera al hablar por teléfono en medio de la cena.

– Muy bien, cariño. Aquí es muy tarde, así que será mejor que me llames por la mañana. Felicita a Julian de mi parte.

Brooke pulsó una tecla para desconectar la llamada, pero el teléfono en seguida volvió a sonar. Era Nola. Miró a su alrededor y vio que todos los de la mesa también estaban hablando por teléfono, con la excepción de Jon, que se había alejado para saludar a unos conocidos.

– Oye, ¿te importa que te llame más tarde? Estamos cenando.

– ¡Es increíblemente bueno! -chilló Nola.

Brooke sonrió. Su amiga nunca había sido tan entusiasta respecto a las actuaciones de Julian.

– Ya lo sé.

– ¡Joder, Brooke! Casi me caigo del asiento. Cuando se emocionó y cantó ese último párrafo, o como se llame, con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, ¡Dios santo!, sentí escalofríos.

– Te lo dije. Es muy grande.

Brooke oyó que Julian daba las gracias a alguien, con una sonrisa turbada pero orgullosa. Leo estaba gritando que Julian era «jodidamente fantástico», y Samara prometía consultar los compromisos de su representado y llamar a la mañana siguiente. El móvil de Brooke estaba a punto de estallar con un aluvión de mensajes de texto y de correo electrónico. Las notificaciones aparecían una tras otra en la pantalla, mientras hablaba con Nola.

– Mira, ahora tengo que dejarte porque esto es una locura. ¿Estarás levantada dentro de una hora? -Bajó la voz hasta convertirla en un susurro apenas discernible-. Estoy cenando en el Chateau con Jon Bon Jovi y parece ser que le encantan las pelirrojas.

– ¡Calla! ¡Calla, por favor, no digas ni una palabra más! -gritó Nola-. ¿Desde cuándo mi mejor amiga se ha vuelto tan divina y fabulosa? ¡«Cenando en el Chateau»! ¿Me estás tomando el pelo? Además… Tengo que colgar ahora mismo para reservar un vuelo a Los Ángeles y teñirme el pelo de rojo.

Brooke se echó a reír.

– En serio, Brooke -continuó Nola-, no te asombres si me presento a primera hora de la mañana, transformada en pelirroja, y te invado la habitación. ¡Date por avisada!

– Te quiero, Nol. Te llamo dentro de un ratito.

Cortó la comunicación, pero dio lo mismo. Todos los teléfonos continuaron sonando, vibrando y cantando, y todos los presentes siguieron recibiendo las llamadas, ansiosos por oír la siguiente ronda de elogios y felicitaciones. El mensaje ganador de la noche fue sin duda el de la madre de Julian, dirigido a los dos, que decía simplemente:

«Tu padre y yo te hemos visto en el programa de Jay Leno esta noche. Aunque los invitados que entrevistó nos parecieron poco interesantes, tu actuación fue bastante buena. Ya sabíamos, claro está, que con las oportunidades y el apoyo que has tenido desde niño, todo era posible. ¡Enhorabuena por este triunfo!»

Brooke y Julian lo leyeron al mismo tiempo, cada uno en su móvil, y les dio tal ataque de risa que no pudieron hablar durante varios minutos.

Sólo al cabo de una hora empezaron a calmarse las cosas y, para entonces, Jon había vuelto a su mesa, Samara había negociado la actuación de Julian en otros dos programas y Leo había pedido la tercera botella de champán. Julian simplemente estaba arrellanado en su silla, con cara de asombro y felicidad a partes iguales.

– Gracias a todos -dijo finalmente, levantando la copa e inclinando la cabeza en dirección a cada uno de ellos-. Me cuesta encontrar las palabras, pero esta noche… esta noche… es la noche más increíble de toda mi vida.

Leo se aclaró la garganta y levantó el vaso.

– Lo siento, amigo, pero en eso te equivocas -dijo, haciendo un guiño a los demás-. Esta noche no es más que el principio.

5 Se desmayarán por ti

Todavía no eran las diez y media de una mañana de finales de mayo, y el calor de Tejas ya era agobiante. Julian tenía la camiseta empapada de sudor y Brooke sudando a mares, empezaba a creer que ambos estaban al borde de la deshidratación. Había intentado salir a correr aquella mañana, pero se dio por vencida al cabo de diez minutos, cuando sintió mareos y una curiosa sensación de hambre y náuseas al mismo tiempo. Cuando Julian le propuso, quizá por primera vez en cinco años de matrimonio, que salieran de compras durante un par de horas, se metió a toda prisa en el feo coche verde de alquiler, porque ir de compras significaba aire acondicionado, y en ese momento era lo que más necesitaba.

Atravesaron primero el distrito residencial del hotel, después recorrieron un largo trecho por la autopista y finalmente, después de casi veinte minutos, acabaron en una sinuosa carretera secundaria, que en algunos tramos estaba pavimentada y en otros era poco más que un camino de tierra y grava. Durante todo el trayecto, Brooke rogó y suplicó a Julian que le dijera adónde iban, pero él se limitó a sonreír y se negó a responder.

– ¿Habrías imaginado que esto era así, apenas a diez minutos de las afueras de Austin? -preguntó Brooke, mientras pasaban entre campos de flores silvestres y por delante de un establo abandonado.

– Nunca. Parece salido de una película sobre rancheros en el corazón rural de Tejas. Nadie diría que son los alrededores de una gran ciudad cosmopolita, pero supongo que por eso vienen a rodar aquí.

– Sí, ninguno de mis compañeros de trabajo podía creer que aquí se rodara «Friday Night Lights».

Julian se volvió para mirarla.

– ¿Todo bien en el trabajo? Hace mucho que no me cuentas nada.

– En general, todo bien. Tengo una paciente en Huntley, una estudiante de primer año, que está convencida de padecer obesidad mórbida, aunque en realidad está más o menos en el peso normal. Es becaria y viene de un ambiente totalmente distinto del resto de las chicas. Quizá siente que no encaja por un millón de motivos, pero el que le resulta más difícil de sobrellevar es el peso.

– ¿Qué puedes hacer por ella?

Brooke suspiró.

– No mucho, ya sabes. Además de escucharla e intentar transmitirle confianza, tengo que vigilarla, para que las cosas no se descontrolen. Estoy completamente segura de que lo suyo no es un trastorno alimentario grave, pero es preocupante que una persona se obsesione tanto con el peso, sobre todo cuando se trata de una adolescente. Pronto vendrán las vacaciones de verano y estoy inquieta por ella.

– ¿Y el hospital?

– Bien. A Margaret no le hizo mucha gracia que me tomara estos días libres, pero ¡qué se le va a hacer!

Julian se volvió hacia ella.

– ¿Tan grave es que te tomes dos días?

– Dos días por sí solos, no. Pero ya pedí tres días para ir a Los Ángeles, al programa de Jay Leno; medio día para tu ronda de entrevistas en Nueva York, y un día más para ir a la sesión fotográfica de la portada de tu álbum. Y todo eso ha sido en las últimas seis semanas. Por otro lado, apenas nos hemos visto en los últimos tiempos y esto no me lo habría perdido por nada del mundo.

– Rook, no me parece justo que digas que casi no nos hemos visto. Todo ha sido muy rápido, muy frenético… pero de una manera positiva.

Ella no estaba de acuerdo (¿quién podía decir que coincidir un par de horas los pocos días que Julian pasaba por su casa fuera verse?), pero no había pretendido ser crítica.

– No he querido decir eso, en serio -dijo ella, en un tono más apaciguador-. Mira, ahora estamos aquí juntos, así que disfrutémoslo, ¿de acuerdo?

Continuaron en silencio unos minutos, hasta que Brooke se llevó los dedos a la frente y exclamó:

– ¡No me puedo creer que vaya a conocer a Tim Riggins!

– ¿Cuál de ellos es?

– ¡Por favor! ¿Lo dices en serio?

– ¿El entrenador o el quarterback? Siempre los confundo -dijo Julian, sonriendo. ¡Como si fuera posible confundirlos!

– ¡Ah, sí, claro! Esta noche, cuando entre en la fiesta y todas las mujeres presentes se desmayen de lujuria, sabrás que es él, te lo aseguro.

Julian dio un manotazo al volante, con fingida indignación.

– ¿No deberían desmayarse por mí? ¡Después de todo, yo seré la estrella de rock!

Brooke se inclinó sobre la división de los dos asientos y le dio un beso en la mejilla.

– Claro que se desmayarán por ti, amorcito. Si consiguen dejar de mirar a Riggins el tiempo suficiente para verte, empezarán a desmayarse todas como locas.

– Iba a decirte adónde vamos, pero ahora ya no te lo digo -replicó Julian.

Conducía con el ceño fruncido, concentrado en evitar los baches que más o menos cada tres metros se abrían en la carretera, la mayoría llenos de agua por los chubascos de la noche anterior. Sencillamente, no estaba acostumbrado a conducir. Brooke pensó por un momento que quizá iban a hacer una excursión por el campo, algún tipo de paseo en balsa o a pasar un día de pesca; pero en seguida recordó que su marido era un neoyorquino de pura cepa y que su idea de disfrutar de la naturaleza era regar una vez por semana el bonsái que tenía en la mesilla de noche. Su conocimiento de la fauna era muy limitado. Era capaz de diferenciar una rata grande de un ratoncito en las vías del metro, y parecía poseer un sexto sentido para distinguir, en las bodegas, a los gatos amables de los que bufaban y sacaban las uñas a la menor aproximación; pero aparte de eso, prefería conservar los zapatos limpios y dormir bajo techo, y no se arriesgaba a salir al aire libre (para asistir por ejemplo a un concierto en el Central Park o a la fiesta de algún amigo en el Boat Basin), a menos que fuera armado con un puñado de antialérgicos y llevara el teléfono móvil con la batería bien cargada. No le gustaba que Brooke lo llamara «animal urbano», pero nunca había podido desmentir la acusación con un mínimo de éxito.

Las vastas y feas construcciones que aparecieron de pronto a lo lejos parecían haber brotado directamente de un descampado lleno de arbustos. El rótulo de neón anunciaba: «Prendas vaqueras Estrella Solitaria.» Había dos edificios, que no llegaban a ser adyacentes, pero compartían un mismo aparcamiento sin asfaltar, donde aguardaban dos o tres coches con el motor en marcha.

– Ya llegamos -dijo Julian, mientras abandonaba un camino de tierra para meterse en otro.

– ¿Estás de broma? Dime que estás de broma.

– ¿Qué? ¿No te había dicho ya que íbamos de compras?

Brooke miró los edificios achaparrados y las camionetas estacionadas delante. Julian se bajó del coche, lo rodeó hasta ponerse ante la puerta del acompañante y le tendió la mano a Brooke, para ayudarla a saltar los charcos de barro con sus sandalias de tiras.

– Cuando dijiste «de compras», pensé en algo más parecido a Neiman Marcus.

Lo primero que le llamó la atención a Brooke, después de la bienvenida ráfaga del aire acondicionado, fue una chica bastante guapa con vaqueros ceñidos, camisa de cuadros de manga corta y botas vaqueras, que salió de inmediato a su encuentro y les dijo con acento tejano:

– ¡Buenos días! ¡Ya me dirán algo, si necesitan alguna ayuda!

Brooke sonrió e hizo un gesto afirmativo. Julian puso cara de fingido horror y ella le dio un discreto puñetazo en el brazo. Los altavoces del techo difundían una melodía de guitarra con inconfundibles aires tejanos.

– A decir verdad, necesitamos mucha ayuda -le dijo Julian a la rubia dependienta.

La chica dio una palmada y después puso una mano en el hombro de Julian y la otra en el de Brooke.

– Muy bien, entonces. ¿Qué estamos buscando? -preguntó.

– Eso digo yo -intervino Brooke-. ¿Qué estamos buscando?

– Estamos buscando un traje típico del Oeste para mi mujer, para una fiesta -respondió Julian, eludiendo todo contacto visual con Brooke.

La dependienta sonrió y dijo:

– ¡Perfecto! ¡Tengo justo lo que necesitan!

– Julian, ya tengo pensado lo que me voy a poner esta noche: el vestido negro que me probé delante de ti y aquel bolsito tan mono que Randy y Michelle me regalaron para mi cumpleaños, ¿recuerdas?

Él se retorció las manos.

– Ya lo sé… Es sólo que esta mañana me he levantado temprano, me he puesto a revisar el correo atrasado y al final he abierto el archivo adjunto que venía con la invitación a la fiesta de esta noche y he visto que el estilo de vestimenta recomendado era algo llamado «cowboy couture».

– ¡Dios!

– No te asustes. ¿Ves? Ya sabía yo que te asustarías; por eso…

– ¡Pero si he traído un vestido negro con escote palabra de honor y sandalias doradas! -exclamó Brooke, lo suficientemente alto para que un par de clientes de la tienda se volvieran para mirar.

– Ya lo sé, Rook. Por eso le he mandado en seguida un mensaje a Samara, para que me lo explicara. Y me lo ha explicado. Con todo detalle.

– ¿De verdad?

Brooke inclinó la cabeza, sorprendida pero un poco más calmada.

– Sí.

Julian sacó el iPhone y estuvo buscando unos segundos, antes de tocar la pantalla y empezar a leer.

– «Hola, cariño.» Es la manera que tiene de llamar a todo el mundo. «Hola, cariño. La gente de "Friday Night Lights" ha preparado una fiesta en traje del Oeste como homenaje a sus raíces tejanas. Si exageras en la caracterización, no te equivocarás. Esta noche verás sombreros de cowboy, botas vaqueras, zahones y pantalones ceñidos de lo más sexy. Dile a Brooke que se ponga unos shorts vaqueros muy ajustados. Taylor, el entrenador, va a elegir a la ganadora, así que hay que emplearse a fondo. No veo la hora de…» -La voz de Julian se perdió en un murmullo, al dejar de leer en voz alta-. El resto son minucias aburridas sobre horarios y programaciones. Ésa era la parte interesante. Así que… por eso estamos aquí. ¿Estás contenta?

– Bueno, me alegro de que lo hayas descubierto antes de llegar a la fiesta esta noche… -Se dio cuenta de que Julian parecía ansioso por ver en ella una señal de aprobación-. Te agradezco muchísimo que me hayas ahorrado el mal trago, y que te hayas tomado toda esta molestia.

– No ha sido ninguna molestia -respondió Julian, visiblemente aliviado.

– ¿No tenías que ensayar?

– Todavía hay tiempo; por eso hemos venido pronto. Me alegro mucho de que estés aquí conmigo.

Le dio un rápido beso en la mejilla y le hizo un gesto a la dependienta, que se acercó a ellos entre sonrisas.

– ¿Estamos listos?

– ¡Estamos listos! -respondieron Brooke y Julian al unísono.

Cuando por fin salieron de la tienda una hora más tarde, Brooke tenía las mejillas arreboladas por el entusiasmo. Las compras habían salido mil veces mejor de lo que había imaginado: una estimulante combinación entre el alborozo que le producía la aprobación de Julian al verla probarse shorts diminutos, camisetas ceñidas y botas de aspecto sexy, y la simple diversión infantil de disfrazarse. Mandy, la dependienta, la había guiado con mano experta hacia el atuendo perfecto para la fiesta: minifalda vaquera, con la que Brooke se sentía mucho más a gusto que con los shorts; camisa de cuadros idéntica a la que la chica llevaba sensualmente anudada por encima del ombligo (aunque combinada con camiseta blanca, en el caso de Brooke, para no tener que ir enseñando los michelines); cinturón con una hebilla enorme de latón en forma de estrella de sheriff; sombrero de cowboy con las alas levantadas a los lados y una divertida borla bajo la barbilla, y un par de botas vaqueras, perfectas para un disfraz de reina del Oeste. Mandy le aconsejó que se recogiera el pelo en un par de trenzas y le dio un pañuelo rojo para que se lo atara al cuello.

– Y no olvide ponerse muchísimo rímel -dijo Mandy, haciendo con los dedos el gesto de aplicarse el maquillaje-. A las tejanas nos encanta tener la mirada misteriosa.

Aunque Julian no iba a vestirse de vaquero para su actuación, Mandy le enseñó a guardar el paquete de cigarrillos en la manga enrollada de la camisa y lo equipó con la versión masculina del sombrero de Brooke.

Hicieron todo el camino de vuelta al hotel entre risas. Cuando Julian se despidió con un beso y le dijo que volvería a las seis para ducharse, Brooke habría querido suplicarle que se quedara, pero en lugar de eso recogió las bolsas de la tienda y le dio otro beso de despedida.

– ¡Suerte! -le dijo-. Ha sido un día genial.

Y no pudo reprimir la sonrisa cuando Julian le respondió que él también lo había pasado como nunca.

Julian regresó tarde a la habitación y tuvo que ducharse y vestirse a toda prisa. Brooke notó su nerviosismo cuando se montaron en el coche de lujo que los estaba esperando.

– ¿Nervioso? -le preguntó.

– Creo que sí, un poco.

– Recuerda que de todas las canciones del universo, han elegido la tuya. Cada vez que una persona encienda la tele para ver un episodio de esa serie, lo que escuchará será tu canción. ¡Es increíble, amor! ¡De verdad que es increíble!

Julian le apoyó una mano sobre una de las suyas.

– Creo que vamos a pasarlo muy bien. Y tú pareces una modelo. ¡Volverás locas a las cámaras!

Brooke no había terminado de formular la pregunta («¿qué cámaras?»), cuando el coche paró delante de la puerta del Hula Hut, un local famoso por servir el mejor chile con queso al norte de la frontera, y una docena de paparazzi salieron a su encuentro.

– ¡Cielo santo! ¿Van a hacernos fotos? -preguntó Brooke, aterrorizada de pronto por una posibilidad que no se había parado a considerar. Levantó la vista y vio una larga alfombra con dibujo de piel de vaca, que debía de ser la versión tejana de la alfombra roja de otras celebraciones. Unos metros más allá, entre la calle y la puerta del restaurante, vio a un par de actores de la serie, posando para las cámaras.

– Espera aquí y te abriré la puerta -dijo Julian, antes de salir por su puerta y dirigirse a la de ella. La abrió y se inclinó, ofreciéndole a Brooke la mano-. No te preocupes. Ya verás que a nosotros no nos hacen mucho caso.

Para Brooke fue un alivio descubrir que lo que decía su marido era cierto. Los fotógrafos los rodearon al principio, ansiosos por ver si eran famosos, pero no tardaron en retirarse y confundirse con el decorado. Sólo uno de ellos les pidió que posaran delante de un gran fondo negro con los logos del «Friday Night Lights» y la NBC, cerca de la entrada. Después de tomarles con desgana tres o cuatro fotos, el fotógrafo les rogó que deletrearan sus nombres delante de una grabadora y se marchó. Entonces se dirigieron a la puerta, cogidos de la mano, y fue en ese momento cuando Brooke divisó a Samara al otro lado de la sala. Nada más ver su vestido de seda, tan sencillo como elegante, sus sandalias de gladiador y sus largos pendientes tintineantes, Brooke se sintió ridícula. ¿Por qué iba ella vestida como para ir a un rodeo, mientras que Samara parecía recién bajada de una pasarela de moda? ¿Y si todo había sido una confusión espantosa? ¿Y si Brooke era la única vestida de vaquera? Sintió que se le ralentizaba la respiración y que una oleada de pánico le subía desde el estómago.

Sólo al cabo de unos segundos se atrevió a echar un vistazo al resto del salón: minishorts vaqueros y sombreros de cowboy hasta donde alcanzaba la vista.

Cogió un cóctel de aspecto afrutado de una bandeja que pasó por su lado y navegó felizmente, bebiendo y riendo, a través de la siguiente hora de presentaciones y relaciones sociales. Era una de esas raras fiestas donde todos parecían estar sinceramente contentos de haber asistido, y no sólo los actores y el equipo de la serie, que obviamente se conocían bien y formaban un grupo bien avenido, sino sus parejas y amigos, y los diversos famosos y famosas con los que estaban saliendo algunos protagonistas de la serie y que los responsables de relaciones públicas habían invitado con especial insistencia para dar mayor difusión al acontecimiento. Brooke vio a Derek Jeter planeando sobre una bandeja rebosante de nachos e intentó recordar cuál de las chicas de «Friday Night Lights» era su prometida, y Julian anunció que había visto a Taylor Swift en la terraza, medio desnuda y rodeada de admiradores. Pero en general, la mayor parte de los asistentes a la fiesta eran gente alegre y bastante ruidosa, con zahones, camisas de cuadros y vaqueros recortados, que bebía cerveza, comía chile con queso y se balanceaba al ritmo de la música de los ochenta que salía de los altavoces. Brooke nunca se había sentido tan cómoda y distendida en ninguna de las actuaciones de Julian, y estaba encantada, disfrutando de la poco frecuente sensación de estar un poco achispada y saberse guapa y triunfadora. Cuando Julian y su banda ocuparon el improvisado escenario, Brooke ya se había integrado en el grupo y hasta había aceptado la prueba de degustación de cócteles margarita propuesta por un grupo de guionistas de la serie. Sólo entonces se dio cuenta de que aún no había visto actuar a Julian con su nuevo grupo acompañante, salvo en la grabación del programa de Jay Leno.

Brooke estudió a los músicos mientras subían al escenario para montar y probar los instrumentos, y le sorprendió observar que no parecían una banda de rock, sino más bien un grupo de veinteañeros que se hubieran conocido en algún internado selecto de Nueva Inglaterra. El batería, Wes, tenía el pelo pulcramente largo, pero no le colgaba en mechones grasientos delante de la cara. Tenía una melena color caoba, densa, ondulada y brillante, que sólo una chica se habría merecido de veras. Llevaba un polo verde de aspecto deportivo, vaqueros limpios y planchados, y unas clásicas zapatillas grises de la marca New Balance. Su aspecto era el de un chico que ha trabajado en verano durante el bachillerato, pero no por necesidad, sino para «templar el carácter», y que ya no ha vuelto a tener ningún empleo hasta entrar en el bufete de abogados de su padre. El primer guitarrista era el mayor en edad (tendría quizá poco más de treinta años), y aunque no parecía tan estirado como Wes, sus pantalones gastados de algodón, sus zapatillas Converse negras y su just do it! no eran precisamente la indumentaria de un rebelde. A diferencia de su colega en la batería, Nate no encajaba en ninguno de los estereotipos del primer guitarrista. Era más bien chaparro y tenía la sonrisa tímida y la mirada huidiza. Brooke recordó lo mucho que se había sorprendido Julian al escuchar a Nate durante las audiciones, después de echarle un primer vistazo cuando subió al escenario.

– Cuando sube al escenario -le había comentado-, te das cuenta de que el tipo ha recibido palos por todas partes durante toda su vida. Parece asustado de su propia sombra; pero en cuanto se pone a tocar, ¡destroza la guitarra! Lo suyo no es de este mundo.

Completaba el trío Zack, el bajista, que tenía más aspecto de músico que sus colegas, aunque con la cresta, la cadena colgando del pantalón y el toque sutil de delineador alrededor de los ojos parecía un poco más preocupado por cumplir con la imagen. Era el único miembro de la banda que a Julian no le entusiasmaba, pero los de Sony habían dictaminado que su primera elección como bajista (una chica) le habría hecho sombra en el escenario, y Julian había preferido no discutir. Era un grupo extraño, una banda de gente que no parecía acabar de encajar del todo, pero nadie podía decir que el conjunto no fuera interesante. Brooke miró a su alrededor y observó que el bullicio se había calmado.

Julian no se presentó ni habló de la canción que iba a interpretar, como solía hacer cuando actuaba, sino que se limitó a hacer un gesto a sus compañeros y a atacar una versión propia de No rompas más (mi pobre corazón). La decisión era arriesgada, pero fue un cálculo brillante. Había elegido un tema archiconocido y un poco cursi, lo había transformado para que sonara serio e incluso profundo, y había conseguido una versión completamente nueva, que resultaba rompedora e irónica. Su mensaje era: «Esperabais que viniéramos a interpretar formalmente el tema que habéis elegido como cabecera de vuestro programa, o tal vez algo del próximo álbum, pero preferimos no tomarnos demasiado en serio.» El público rió, aplaudió y cantó con ellos, y cuando la canción terminó, les dedicó una impresionante ovación.

Brooke aplaudió con los demás y disfrutó oyendo los comentarios a su alrededor, sobre el talento de Julian y las ganas que tenían todos de seguir escuchándolo toda la noche. El entusiasmo del público no la sorprendía en absoluto. ¿Cómo no iban a entusiasmarse? Pero nunca se cansaba de oír los comentarios elogiosos. Cuando Julian se acercó al micrófono y miró al público con una sonrisa enorme y adorable, Brooke sintió que toda la sala le devolvía la sonrisa.

– Hola, gente -dijo, haciendo una exagerada reverencia con el sombrero de vaquero-. Gracias por recibir con tanto afecto a este chico del norte en vuestra ciudad.

Hubo aplausos y gritos de entusiasmo entre el público. Brooke vio que Tim Riggins levantaba el botellín de cerveza para brindar por Julian y tuvo que hacer un esfuerzo para no soltar un gritito de emoción. Derek Jeter puso las dos manos en pantalla alrededor de la boca y gritó:

– ¡Yuju!

Las dos o tres mujeres que había en el grupo de guionistas, con las que Brooke había estado probando margaritas unos minutos antes, se acercaron al escenario para animar a la banda con aullidos de admiración. Julian las recompensó con otra de sus sonrisas ganadoras.

– Creo que hablo por todos nosotros cuando digo lo orgulloso y honrado que me siento de que hayáis elegido mi canción para que sea vuestra canción. -Sus palabras fueron recibidas con más aullidos y exclamaciones de entusiasmo-. Estoy ansioso por cantarla esta noche para todos vosotros. Pero espero que me perdonéis, si antes de cantar Por lo perdido, le dedico un tema a mi mujer, a mi querida Brooke. Ha sido un gran apoyo para mí en los últimos tiempos, un apoyo enorme, creedme, y hace mucho tiempo que no le doy las gracias. Rookie, ésta va por ti.

Al oír su apodo, Brooke se sonrojó y por una fracción de segundo incluso se molestó de que Julian la hubiera llamado así en público. Pero antes de que pudiera pararse a pensarlo, oyó los primeros compases de Crazy love, de Van Morrison, el primer tema que habían bailado juntos el día de su boda, y en un instante la embargó la emoción. Julian la miraba directamente a los ojos, mientras la canción avanzaba y crecía en intensidad, y sólo al llegar al estribillo, cuando echó atrás la cabeza para cantar con toda su alma, Brooke salió de su ensoñación privada y se dio cuenta de que toda la sala la estaba mirando. Bueno, no toda. Los hombres bebían tranquilamente sus cervezas y miraban sobre todo a los músicos de la banda, cada uno con su instrumento. Pero las mujeres no le quitaban los ojos de encima a Brooke y sus miradas eran de envidia y admiración. Era una sensación inédita. En otras actuaciones de Julian ya había sido testigo de la adoración que inspiraba su marido, pero nunca hasta ese momento había sentido los focos de la atención del público concentrados sobre ella misma. Sonrió, se movió un poco al son de la música y siguió mirando a Julian mientras él le dedicaba su canción, y de alguna manera, pese a tener cientos de testigos, le pareció que aquel momento era uno de los más íntimos que habían compartido jamás y uno de los mejores que podía recordar.

Cuando por fin Julian empezó a cantar Por lo perdido, Brooke estaba convencida de que toda la sala se había enamorado de él. La energía era palpable e intensa; pero hacia la mitad de la canción, el estremecimiento de entusiasmo fue aún mayor. La gente empezó a moverse, a girar la cabeza y a susurrar. Unos cuantos estiraron el cuello para ver mejor y uno incluso señaló con el dedo. Estaba pasando algo, pero Brooke no veía bien qué era, hasta que…

«¡Un momento! ¿Será realmente ella? ¿Será de verdad… Layla Lawson?»

¡Claro que sí era ella! Aunque Brooke no habría podido imaginar qué estaba haciendo Layla Lawson en la fiesta de presentación de la nueva temporada de «Friday Night Lights», era indudable que ahí estaba… ¡y estaba guapísima! A juzgar por el vestido corsé de diseño floral y las botas vaqueras que llevaba, Brooke no habría podido decir si iba vestida o no según el código de etiqueta recomendado para la fiesta, pero no había duda de que la chica estaba muy en forma, era muy famosa y parecía muy feliz. Toda la sala se concentró en ella y la siguió con la mirada mientras saludaba a Samara con un fuerte abrazo y pasaba a través del público, hasta situarse cerca del lugar que ocupaba Brooke, al pie del escenario.

Sucedió antes de que nadie (incluido Julian) tuviera tiempo de asimilarlo. Unos segundos antes de que terminara la canción y el público estallara en aplausos, Layla subió la escalerilla que había a un lado del escenario, se dirigió confiadamente a Julian y le dio un abrazo. Después, con una sonrisa, le dio un beso en la mejilla, lo enganchó por un brazo con las dos manos y se volvió hacia el público. Parecía como si colgara literalmente de su brazo y lo miraba con una sonrisa de un blanco centelleante y una mirada de absoluta adoración. Hasta ese momento, Julian se había quedado helado de incredulidad, pero algo en su interior debió de hacer clic, porque al cabo de unos segundos empezó a mirarla con idéntico arrobo.

Layla se acercó al micrófono, como si le perteneciera, y exclamó:

– ¿A que está para comérselo? ¡Un aplauso para Julian Alter!

El público enloqueció. Todos los fotógrafos que los habían ignorado a la entrada se volvieron locos. Dándose codazos para conseguir el mejor ángulo, empezaron a tomar una foto tras otra; por los destellos de los flashes, se hubiera dicho que era la noche de los Oscar. El frenesí acabó casi tan rápidamente como había empezado, cuando Layla se inclinó para susurrarle algo al oído a Julian y bajó del escenario. Brooke supuso que se quedaría para tomar una copa, pero la estrella se encaminó directamente a la salida.

Diez minutos después, Julian volvía a estar a su lado, todo sudor y sonrisas, con el halo habitual que solía tener después de las actuaciones, exacerbado por la emoción. Le dio un beso a Brooke, la miró como diciéndole «no veo la hora de comentar todo esto contigo» y le apretó con fuerza la mano, para recorrer con ella la sala, recibiendo felicitaciones y palmadas en la espalda con una sonrisa sincera.

No estuvieron solos ni un segundo hasta casi la una de la madrugada, cuando Samara y Leo les dieron las buenas noches y se dirigieron a sus habitaciones de hotel (en el caso de Leo, en compañía de alguien que había conocido en la fiesta, por supuesto). En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Julian miró a Brooke y le dijo:

– ¿Puedes creer que Layla Lawson subiera al escenario conmigo?

– Si no lo hubiese visto con mis propios ojos, no lo creería. Todavía no estoy muy segura de que haya pasado.

Brooke se quitó las botas y se derrumbó en la cama.

– ¡Layla Lawson! ¡Es increíble! ¿Qué demonios hacía en esa fiesta?

– Ni idea, pero te diré que esa chica sabe actuar. ¿Te has fijado cómo se movía a tu lado, cómo se balanceaba y movía las caderas? Era electrizante. Actúa desde el instante en que tiene un micrófono en las manos. No puede evitarlo.

Alguien llamó a la puerta.

Julian miró a Brooke, que se encogió de hombros. Fue a abrirla, y Leo entró en tromba, sin esperar a que lo invitaran. Brooke estuvo a punto de reírse al verlo, porque llevaba la camisa desabotonada hasta el ombligo y tenía una mancha de algo sospechosamente parecido a pintalabios por la parte interior del cuello.

– Oye -le dijo a Julian, sin pararse a saludar, ni disculparse por la interrupción-, ya sé que esto es muy de último minuto, pero Samara acaba de decirme que te tiene programadas una serie de cosas para mañana, en Los Ángeles. Esa escena de Layla ha sido una puta genialidad; la gente todavía está alucinando. Salimos para el aeropuerto a las nueve, ¿de acuerdo?

– ¿Mañana? -consiguió articular Julian, que parecía tan sorprendido como Brooke.

– A las nueve en punto, en el vestíbulo. Ya hemos reservado los billetes. Probablemente estarás de vuelta en Nueva York dentro de tres o cuatro días. ¡Has estado genial esta noche! Hasta mañana.

– Bueno -dijo Brooke, cuando la puerta se cerró de un golpe detrás de Leo.

– Bueno, supongo que mañana salgo para Los Ángeles.

– Muy bien -dijo Brooke, porque no sabía qué otra cosa decir.

Iba a tener que cancelar la cena programada para la noche siguiente con unos compañeros de universidad de Julian, que estaban de paso por la ciudad. Y Julian tampoco podría asistir a la gala de beneficencia del museo a la que Nola los había invitado y de cuyo comité de organización formaba parte su amiga, aunque las entradas les habían costado un ojo de la cara.

Llamaron otra vez a la puerta.

– ¿Ahora qué? -gruñó Brooke.

Esta vez era Samara, y estaba más animada de lo que Brooke la había visto nunca. También ella entró en la habitación sin saludar y, sin levantar la mirada de su libreta encuadernada en piel, dijo:

– Bueno, parece que la operación Lawson ha funcionado mejor de lo que esperábamos. Todo el mundo se ha fijado, absolutamente todo el mundo.

Julian y Brooke se limitaron a mirarla sin decir palabra.

– He recibido doscientas llamadas pidiendo entrevistas y fotos. Brooke, estoy pensando en ofrecer un reportaje sobre ti, algo así como «¿Quién es la señora Alter?», así que tenlo en cuenta. Julian, tienes toda la semana que viene ocupada. Todo marcha a pedir de boca, los resultados son estupendos y, lo que es más importante, todos en Sony están encantados.

– ¡Vaya! -exclamó Julian.

– Genial -añadió Brooke con voz débil.

– Hay un montón de paparazzi rondando por el vestíbulo del hotel, así que preparaos para cuando os asalten mañana por la mañana. Puedo daros los nombres de algunas personas que os asesorarán sobre temas de privacidad y seguridad, todas muy competentes.

– No creo que haga falta -dijo Brooke.

– Sí, claro, ya me lo diréis, si os parece. Mientras tanto, os sugiero que empecéis a registraros con nombre falso en los hoteles y que tengáis mucho cuidado con lo que escribís en los mensajes de correo electrónico, sea quien sea el destinatario.

– Hum, ¿de verdad es tan…?

Samara interrumpió a Julian cerrando de un golpe la libreta. La reunión quedaba oficialmente clausurada.

– Brooke, Julian -dijo, articulando lentamente los nombres de ambos, con la clase de sonrisa que a Brooke le daba escalofríos-, bienvenidos a la fiesta.

6 Habría podido ser médico

– ¿Quiere que las ponga detrás de las otras persianas, o que quite las viejas antes de ponerlas? -preguntó el instalador, señalando con un gesto el dormitorio de Brooke y de Julian.

No era una decisión particularmente importante, pero Brooke habría preferido no tener que tomarla sola. Julian estaba en algún lugar del noroeste, cerca de la costa del Pacífico (le costaba seguirle la pista), y últimamente no estaba ayudando mucho en las tareas domésticas.

– No sé. ¿Qué suele hacer la gente?

El hombre se encogió de hombros. Su expresión decía: «Me da exactamente igual una cosa o la otra, pero decídase pronto, para que pueda largarme de una vez y disfrutar del sábado.» Brooke lo entendía perfectamente.

– Hum, supongo que podría ponerlas detrás de las viejas. De todos modos, me parece que aquéllas son más bonitas.

El instalador gruñó una respuesta y se marchó, con el desleal de Walter pisándole los talones. Brooke volvió a la lectura de su libro, pero se sintió aliviada cuando sonó el teléfono.

– Hola, papá. ¿Cómo estás?

Tenía la sensación de que llevaba siglos sin hablar con su padre, y cuando lo hacía, lo único que parecía interesarle a él era Julian.

– ¿Brooke? No soy tu padre. Soy Cynthia.

– ¡Hola, Cynthia! He visto el número de papá en la pantalla del teléfono. ¿Qué tal estáis? ¿Hay alguna probabilidad de que vengáis a Nueva York?

Cynthia forzó una risita.

– No me parece muy probable que volvamos pronto. La última vez fue… agotadora. Pero ya sabes que siempre sois bienvenidos por aquí.

– Sí, claro. No hace falta que lo digas.

Su respuesta sonó un poco más seca de lo que ella pretendía, pero no dejaba de ser irritante recibir una invitación para visitar a su propio padre en la casa donde había pasado la infancia. Cynthia debió de notarlo, porque en seguida se disculpó, lo que le produjo a Brooke cierto sentimiento de culpa, por haberse mostrado innecesariamente susceptible.

– Yo también lo siento -replicó Brooke con un suspiro-. Todo se ha vuelto un poco loco últimamente.

– ¡Y que lo digas! Oye, supongo que me dirás que no es posible, pero tengo que preguntártelo. Es por una buena causa, ¿sabes?

Brooke hizo una inspiración profunda y contuvo la respiración. Ésa era la parte imprevista de compartir la vida con alguien que acababa de hacerse famoso (porque Julian ya era famoso, ¿no?), la parte para la que nadie la había preparado.

– No sé si lo sabías, pero soy copresidenta de la comisión de mujeres del templo Beth Shalom, nuestra sinagoga.

Brooke esperó a que continuara, pero Cynthia guardó silencio.

– Sí, creo que ya lo sabía -respondió, intentando parecer lo menos entusiasta posible.

– Bueno, dentro de unas semanas celebraremos nuestra comida anual de recogida de fondos, a la que invitamos a varios oradores, pero una de las invitadas ha cancelado su participación. Era esa mujer que escribe libros de cocina kósher, ya sabes quién te digo. En realidad, no creo que sus platos sean estrictamente kósher, sino sólo «al estilo kósher». Tiene un libro para la Pascua, otro para el Hanuká, otro de cocina infantil…

– Ajá.

– Bueno, supuestamente tiene que operarse de los juanetes la semana que viene y parece ser que no podrá caminar durante un tiempo, aunque yo creo que en realidad va a hacerse una liposucción…

Brooke se obligó a tener paciencia. Cynthia era una buena persona y sólo pretendía recolectar dinero para los menos favorecidos. Hizo una inspiración lenta y profunda, procurando que Cynthia no la oyera.

– Puede que sea cierto lo de los juanetes, o puede que no le apetezca viajar de Shaker Heights a Filadelfia, no lo sé. Además, ¿quién soy yo para juzgar? Probablemente yo estaría dispuesta a sacrificar a mi propia madre, si alguien se ofreciera a quitarme gratis los michelines. -Hizo una pausa-. ¡Cielos! Eso ha sonado horrible, ¿verdad?

Brooke hubiese querido tirarse de los pelos, pero en lugar de eso, forzó una risita.

– Estoy segura de que más de una haría lo mismo, pero a ti no te hace falta. Estás estupenda.

– ¡Eres un encanto!

Brooke esperó unos segundos a que Cynthia recordara para qué la había llamado.

– ¡Ah, sí! Supongo que Julian estará ocupadísimo en estos días, pero si hubiera alguna posibilidad de que hiciera una aparición en nuestra comida benéfica, sería fantástico.

– ¿Una aparición?

– Sí, bueno, una aparición o una pequeña actuación, lo que él prefiera. Quizá podría cantar esa canción con la que se ha hecho famoso. El almuerzo empezará a las once, con una subasta a sobre cerrado en el auditorio y unos aperitivos ligeros, y después pasaremos a la sala principal, donde Gladys y yo hablaremos del trabajo que la comisión de mujeres ha hecho durante todo el año y de la situación general del Beth Shalom; a continuación, señalaremos las fechas de los próximos…

– Sí, sí, ya te entiendo. Entonces ¿lo que tú quieres es que Julian… actúe? ¿En una comida benéfica de señoras? Ya sabes que la canción habla de su hermano muerto, ¿no? ¿Te parece adecuado? ¿Les gustará a las señoras?

Afortunadamente, Cynthia no pareció ofendida.

– ¿Que si les gustará? ¡Oh, Brooke! ¡Quedarán encantadas!

Si dos meses antes alguien le hubiese dicho que iba a mantener aquella conversación, Brooke no se lo habría creído; pero para entonces, después de recibir propuestas similares de la directora de Huntley, de una compañera de colegio, de un antiguo compañero de trabajo y no de uno, sino de dos primos (todos los cuales querían que Julian cantara o enviara un autógrafo o un saludo), ya no se sorprendía de nada. Aun así, la propuesta de Cynthia era la más increíble de todas. Intentó imaginar a Julian cantando una versión acústica de Por lo perdido en la bimá del templo Beth Shalom, ante un público de quinientas madres y abuelas judías, después de una presentación desbordante de elogios a cargo del rabino y de la presidenta de la comisión. Al final, todas las mujeres se volverían para hablar entre ellas y comentarían: «Bueno, no ha llegado a médico, pero al menos con eso se gana la vida», o «Me han dicho que empezó la carrera de medicina, pero la dejó. ¡Qué pena!». Después, se arremolinarían a su alrededor, y al ver el anillo de casado, querrían saberlo todo acerca de su mujer. ¿Sería también una buena chica judía? ¿Tendrían hijos? ¿Por qué no? Y más importante aún, ¿cuándo empezarían a intentarlo? Comentarían entre ellas que seguramente el muchacho haría mejor pareja con una de sus hijas o sobrinas, y aunque todas vivían en la región de Filadelfia y Julian había nacido y crecido en Manhattan, al menos una docena de las mujeres presentes descubrirían algún parentesco o relación con los padres o los abuelos de Julian. El pobre volvería a casa aquella noche aquejado de estrés postraumático, veterano de una guerra que sólo unos pocos podrían comprender, y no habría nada que Brooke pudiera hacer o decir para ayudarlo a recuperarse.

– Bueno, se lo preguntaré. Sé que te agradecerá mucho que hayas pensado en él y estoy segura de que le encantaría ir, pero me parece que tiene todos los días ocupados las próximas semanas.

– Si crees que le encantará venir, entonces quizá pueda hablar con las otras integrantes de la comisión, para cambiar la fecha. Tal vez pudiéramos…

– Oh, no, por favor, no cambies nada por él -se apresuró a interrumpirla Brooke. Era la primera vez que veía aquella faceta de Cynthia y no sabía muy bien qué hacer-. Estos días es muy impredecible. Se compromete para ir a un sitio y después tiene que suspenderlo. Detesta tener que cancelar compromisos, pero su tiempo ya no le pertenece. Lo entiendes, ¿verdad?

– Por supuesto -murmuró Cynthia, y Brooke intentó no pensar en la ironía de que ella usara con Cynthia la misma excusa que Julian usaba con ella.

Se oyó al fondo el timbre de la puerta, Cynthia se disculpó y Brooke le envió al visitante anónimo un telepático agradecimiento. Leyó otros dos capítulos de su libro (una crónica del secuestro del niño Etan Patz, que le estaba haciendo ver potenciales pedófilos en todos los tipos más o menos siniestros con los que se cruzaba por la calle), y acompañó hasta la puerta al instalador de persianas bloqueadoras de paparazzi, en cuanto el hombre terminó su trabajo.

Empezaba a acostumbrarse a estar sola. Como Julian pasaba mucho tiempo fuera, Brooke solía decir en broma que volvía a sentirse como en sus tiempos de soltera, sólo que con menos vida social. Salió a dar un paseo, bajó por la Novena Avenida, y cuando pasó delante de la pastelería italiana de la esquina, con su rótulo de pasticceria pintado a mano y sus cortinas caseras, no pudo contenerse y entró. Era un lugar adorable con una máquina de café al estilo europeo, donde la gente pedía capuchinos por la mañana y espressos el resto del día, y los bebía de pie.

Brooke contempló la enorme vitrina de bollos y pasteles, y casi pudo saborear las pastas de mantequilla, los croissants rellenos de mermelada y los pastelitos de queso con frutos del bosque. No le cabía la menor duda. Si se hubiese visto obligada a elegir una sola de aquellas delicias, se habría decidido por uno de los cannoli, con su exquisito relleno y su envoltorio pecaminosamente frito. Lo primero que haría sería lamer la crema que llevaba por encima, y después, tras un sorbo de café para limpiarse el paladar, se permitiría un mordisco en uno de los extremos, parándose un momento para saborear el…

– Dimmi! -dijo la señora italiana del mostrador, interrumpiendo así la fantasía alimentaria de Brooke.

– Un descafeinado con leche desnatada, por favor, y una de esas de ahí -respondió Brooke con un suspiro, mientras señalaba las pastas sin crema, sin relleno y sin ningún adorno que reposaban tristemente en una bandeja, junto a la caja registradora. Sabía que las pastas de almendra estaban recién hechas, eran sabrosas y tenían el punto justo entre tiernas y crujientes, pero eran un pobre sustituto de los cannoli. Sin embargo, no podía elegir. Había engordado dos kilos desde el fin de semana en Austin y, con sólo pensarlo, se habría puesto a gritar. El par de kilos de más en la cintura habrían pasado prácticamente inadvertidos en cualquier mujer, pero en ella (que no sólo era nutricionista, sino que era una nutricionista casada con un famoso) resultaban completamente inaceptables. Nada más volver de Austin, había empezado a llevar un diario de los alimentos que consumía, combinado con una dieta estricta de 1.300 calorías al día. Ninguna de las dos medidas estaba obrando grandes efectos de momento, pero ella no se daba por vencida.

Pagó el café y la pasta, y estaba de pie junto a la barra, cuando oyó que la llamaban por su nombre.

– ¡Brooke! ¡Eh, aquí!

Se volvió y vio a Heather, una de las asesoras vocacionales de Huntley. Sus despachos estaban uno frente al otro, y aunque al principio sólo se reunían muy de tanto en tanto para hablar de alguna estudiante atendida por ambas, en los últimos tiempos se habían estado viendo más a menudo, a causa de Kaylie. De hecho, Heather había sido la primera en notar la obsesión de Kaylie por el peso y había sido ella quien le había aconsejado que viera a Brooke. Desde entonces, ambas compartían la preocupación por la niña, y si bien era cierto que en los últimos meses se habían visto con bastante frecuencia, no podía decirse que fueran amigas. Por eso, a Brooke le resultó un poco extraño encontrarse con su colega en un café, en sábado.

– ¡Hola! -dijo Brooke, mientras se sentaba en un taburete de madera junto a Heather-. No te había visto. ¿Cómo estás?

Heather sonrió.

– ¡Muy bien! Encantada de que sea sábado. ¿Te puedes creer que sólo nos quedan dos semanas de trabajo y después tendremos tres meses de vacaciones?

– Sí, cierto. ¡Qué ganas de que pase el tiempo! -respondió Brooke, decidida a no mencionar que ella seguiría trabajando a tiempo completo en el hospital.

Sin embargo, Heather lo recordaba.

– Por mi parte, daré un montón de clases particulares, pero al menos puedo elegir los horarios. No sé si será por el invierno tan crudo que hemos tenido o porque el trabajo me está quemando, pero estoy deseando que lleguen las vacaciones.

– Yo igual -dijo Brooke, un poco incómoda, porque se daba cuenta de que no tenían nada más de que hablar.

Heather pareció leerle el pensamiento.

– Resulta extraño vernos fuera del colegio, ¿verdad?

– Sí, desde luego. Yo siempre tengo la paranoia de encontrarme con una de las chicas por la calle o en un restaurante. ¿Recuerdas cuando eras pequeña y te encontrabas con uno de tus profesores en el centro comercial y de pronto comprendías que ellos también tenían una vida fuera de las aulas?

Heather se echó a reír.

– ¡Es verdad! Por suerte, en general no solemos movernos en los mismos círculos.

Brooke suspiró.

– Así es, sí. -Y después añadió-: Tuve una conversación muy productiva con Kaylie a finales de la semana pasada. Todavía no me gusta la idea de permitirle que adelgace, pero acordamos que llevará un diario de todo lo que come, para ver qué clase de alimentos consume y tratar de que coma más sano. Pareció gustarle la idea.

– Me alegro. Creo que las dos sabemos muy bien que su problema no es el peso, sino la muy comprensible sensación de no encajar entre unas compañeras que pertenecen a otro universo socioeconómico. Sucede a menudo con las becarias, por desgracia, pero la mayoría acaban encontrando su lugar…

Brooke no estaba del todo de acuerdo. Ya había trabajado con unas cuantas adolescentes y, en su opinión, Kaylie estaba demasiado preocupada por su peso; sin embargo, no quería empezar una conversación. Por eso, se limitó a sonreír, y dijo:

– ¡Cómo somos! ¡Hasta en sábado tenemos que hablar de trabajo! ¡Debería darnos vergüenza!

Heather dio un sorbo a su café.

– Ya lo sé. No me lo puedo quitar de la cabeza. De hecho, estoy pensando en volver a la escuela primaria por uno o dos años. Con los niños pequeños estoy más cómoda. ¿Y tú? ¿Cuánto tiempo más piensas quedarte?

Brooke buscó en la expresión de Heather alguna señal que confirmara su impresión de que indirectamente le estaba preguntando por Julian. ¿Le estaría queriendo decir que ya podía dejar el colegio, puesto que Julian había empezado a ganar dinero con la música? ¿Le habría contado Brooke alguna vez que por eso había aceptado el empleo al principio? Se dijo que estaba siendo demasiado paranoica y que si ella no hablaba de Julian de una manera normal y distendida, ¿cómo iba a esperar que los demás lo hicieran?

– En realidad, no lo sé. Ahora mismo, todo está… hum… un poco en el aire.

Heather la miró con simpatía, pero tuvo la amabilidad de no preguntar nada. Brooke se dio cuenta entonces de que era la primera vez en tres o cuatro semanas que una persona (cualquier persona) no le preguntaba por Julian nada más verla. Se sintió agradecida hacia Heather y quiso orientar la conversación hacia un tema menos incómodo para ella. Miró a su alrededor en busca de algo que decir, y finalmente preguntó:

– ¿Qué planes tienes para hoy?

Rápidamente, le dio un bocado a la pasta de almendra, para no tener que hablar durante unos segundos.

– No muchos, a decir verdad. Mi novio se ha ido a pasar el fin de semana a casa de su familia, así que estoy sola. Supongo que daré una vuelta y nada más.

– Ah, muy bien. Me encantan esos fines de semana -mintió Brooke, que además consiguió reprimirse para no proclamar que se estaba convirtiendo en la mayor experta en pasar el fin de semana de la mejor manera posible sin su media naranja-. ¿Qué lees?

– Ah, ¿esto? -dijo Heather, señalando con un gesto la revista que tenía boca abajo junto al codo, sin levantarla-. Nada, una revista tonta de cotilleos. Nada interesante.

Brooke supo de inmediato que tenía que ser «ese» número de Last Night, y se preguntó si Heather sabría que iba con dos semanas de retraso.

– ¡Ah! -exclamó, con una risa forzada que no resultaba demasiado convincente y ella lo sabía-. ¡La famosa foto!

Heather se retorció las manos y bajó la vista, como si acabaran de sorprenderla contando una mentira espantosa. Abrió la boca para decir algo, pero se lo pensó mejor, y finalmente dijo:

– Sí, es una foto un poco rara.

– ¿Rara? ¿Qué quieres decir?

– Oh, no, yo… No he querido decir nada. ¡Julian está estupendo!

– Sé exactamente lo que has querido decir. Has dicho que se ve algo raro en la foto.

Brooke no sabía muy bien a qué venía tanta insistencia con una chica que apenas conocía, pero de pronto le pareció de crucial importancia saber lo que pensaba Heather.

– No es eso. Creo que la tomaron justo en esa rara fracción de segundo en que él la está mirando de ese modo, como hechizado.

Era eso, entonces. Otras personas habían hecho comentarios similares, usando palabras tales como «adoración» o «fascinación», todo lo cual era absolutamente ridículo.

– ¡Claro! Mi marido encuentra guapísima a Layla Lawson, lo que significa que no se diferencia del resto de hombres con sangre en las venas de este país -rió Brooke, intentando con todas sus fuerzas parecer despreocupada.

– ¡Desde luego! -asintió Heather con excesivo entusiasmo-. Además, seguro que todo esto ha sido muy bueno para su carrera y para darse a conocer.

Brooke sonrió.

– De eso puedes estar segura. En una sola noche, esa foto lo cambió todo.

La expresión de Heather se volvió más seria tras oír aquel reconocimiento. Miró a Brooke y le dijo:

– Ya sé que todo es muy emocionante, pero también debe de ser muy difícil para ti. Imagino que nadie hablará de otra cosa. Cada segundo de cada día, todo girará alrededor de Julian.

Ese último comentario sorprendió a Brooke con la guardia baja. Nadie (ni Randy, ni sus padres, ni siquiera Nola) había podido concebir que la reciente fama de Julian pudiera tener algún aspecto mínimamente negativo. Miró a Heather con agradecimiento.

– Sí, pero supongo que pasará pronto. ¡Un par de semanas más en la prensa y ya está! Dentro de nada estaremos hablando de otra cosa.

– Tienes que defender a muerte tu intimidad. ¿Sabes lo que le pasó a Amber, mi amiga de la universidad? Se casó por la iglesia con su novio del instituto, ¡una boda perfecta! Pero menos de un año después, su marido se presentó a «American Idol», ese programa para descubrir nuevos cantantes, y lo ganó. ¡Eso sí que fue una revolución!

– ¿Tu amiga está casada con Tommy, el de «American Idol»? ¿El que ganó una de las primeras ediciones?

Heather asintió.

Brooke reaccionó con un silbido.

– ¡Vaya! No sabía que estuviera casado.

– Claro que no. Cada semana sale con una chica diferente; no ha parado desde que ganó el concurso. La pobre Amber era tan joven (¡veintidós años!) y tan ingenua, que no quería dejarlo por muchas infidelidades que cometiera. Estaba convencida de que las cosas se asentarían con el tiempo y todo volvería a ser como antes.

– ¿Y qué pasó?

– ¡Puf, fue espantoso! Tommy le siguió siendo infiel y cada vez lo disimulaba menos. ¿Recuerdas aquellas fotos en las que salía bañándose desnudo con una modelo, aquellas que aparecieron publicadas con los genitales emborronados, pero con todo lo demás a la vista?

Brooke asintió. Incluso entre el torrente constante de fotos sensacionalistas, aquéllas le habían parecido particularmente escandalosas.

– Bueno, siguió más de un año así, sin ninguna señal de que fuera a cambiar. Llegó a ser tan horrible, que su padre cogió un avión para ir a hablar con él y se presentó en su hotel durante una gira. Le dijo que le daba veinticuatro horas para rellenar los papeles del divorcio o que se atuviera a las consecuencias. Sabía que Amber no iba a pedírselo (es muy buena chica y en aquel momento todavía no había acabado de digerir lo que estaba pasando), así que Tommy inició los trámites. No sé si era muy buen tipo antes de hacerse famoso, pero lo que sí sé es que ahora es un imbécil integral.

Brooke intentó mantener una expresión neutra, pero su impulso habría sido pegarle a Heather una bofetada.

– ¿Para qué me cuentas todo eso? -le preguntó, con tanta serenidad como consiguió reunir-. Julian no es así.

Heather se tapó la boca con una mano.

– No ha sido mi intención sugerir que Julian se parezca en nada a Tommy. ¡Nada de eso! Si te he contado todo esto, ha sido porque poco después del divorcio, Amber envió un mensaje a todos sus amigos y familiares, para rogarles que dejaran de mandarle fotos y enlaces por correo electrónico, y recortes de prensa por correo postal, y para que dejaran de llamarla por teléfono para contarle las últimas noticias de Tommy. Recuerdo que al principio me pareció un poco extraño. No podía creer que tanta gente le estuviera mandando las entrevistas que encontraba de su ex marido. Pero un día me enseñó su bandeja de entrada y entonces lo comprendí. No era que intentaran hacerle daño, sino que eran totalmente insensibles. Por alguna razón, creían que ella quería enterarse. En cualquier caso, desde entonces Amber ha vuelto a encarrilar su vida, y probablemente ahora entiende mejor que nadie lo muy abrumador que puede llegar a ser todo ese asunto de la fama.

– Sí, esa parte es un poco desagradable. -Brooke se acabó el café con leche y se enjugó la espuma que le dejó en los labios-. Quizá no te habría creído si me lo hubieras contado hace unas semanas, pero ahora… Esta mañana han venido a instalarme persianas para protegerme de los fotógrafos. Hace unas noches, fui desde el baño hasta el frigorífico envuelta en una toalla y, de pronto, hubo un montón de destellos de flashes. Había un fotógrafo apostado sobre el techo de un coche, bajo nuestra ventana, supongo que para captar alguna imagen de Julian. Es lo más horripilante que he visto jamás.

– ¡Qué espanto! ¿Y qué hiciste?

– Llamé al número de la comisaría, el que no es para urgencias, y dije que había un hombre frente a mi ventana, que intentaba hacerme fotos desnuda. Me dijeron algo así como «bienvenida a Nueva York» y me aconsejaron que bajara las persianas.

Deliberadamente, Brooke omitió contar que antes había llamado a Julian y que él le había respondido que no hacía falta ponerse así y que tenía que empezar a ocuparse sola de ese tipo de asuntos, sin tener que llamarlo «siempre», al borde de un ataque de pánico «por todo».

Heather se estremeció visiblemente.

– Da miedo. Supongo que tendrás algún tipo de alarma.

– Sí, es lo siguiente que vamos a instalar.

Brooke tenía la secreta esperanza de mudarse antes de que fuera necesario instalar una alarma (la noche anterior, Julian le había mencionado de pasada, por teléfono, la necesidad de cambiarse a un piso «mejor»), pero no estaba segura de que verdaderamente fueran a marcharse de donde estaban.

– Discúlpame un segundo. Voy al baño -dijo Heather, mientras descolgaba el bolso del respaldo de la silla.

Brooke siguió a Heather con la mirada y la vio desaparecer detrás de la puerta del lavabo de señoras. En cuanto oyó el ruido del cerrojo, cogió la revista. Había pasado una hora o quizá menos desde la última vez que había visto la foto, pero no pudo evitar abrir la revista directamente por la página catorce. Sus ojos buscaron por sí solos la esquina inferior izquierda de la página, donde la foto que buscaba estaba intercalada inocentemente entre una imagen de Ashton con una mano apoyada sobre la tonificada espalda de Demi, y otra de Suri, a caballito sobre los hombros de Tom, bajo la atenta mirada de Katie y Victoria.

Brooke abrió la revista sobre la mesa y se inclinó para ver mejor la foto. Seguía siendo igual de inquietante y perturbadora que sesenta minutos antes. Si la hubiera visto de pasada y no hubiese sido una imagen de su marido junto a una actriz de fama mundial, no le habría llamado la atención. En la parte baja del cuadro, se veían los brazos levantados de las primeras filas del público. Julian alzaba el brazo en el aire, en gesto victorioso, mientras aferraba con la mano el micrófono como si fuera una espada con poderes especiales. Brooke sentía escalofríos cada vez que veía a su marido en esa pose. Casi no se podía creer lo mucho que parecía una verdadera estrella de rock.

Layla llevaba puesto aquel vestido corsé de flores, de falda terriblemente corta, y un par de botas vaqueras tachonadas. Estaba bronceada, maquillada, accesorizada y extensionada hasta el límite de lo que era humanamente posible, y su expresión, mirando a Julian, era de absoluta y profunda dicha. Resultaba nauseabundo, pero mucho más inquietante era la expresión de Julian. La adoración, la idolatría, la cara de «¡Dios mío, tengo ante mí al ser más maravilloso del mundo!» era innegable y había quedado inmortalizada a todo color, gracias a la Nikon de un profesional. Era el tipo de mirada que una esposa esperaría ver un par de veces a lo largo de su vida, el día de su boda y tal vez después del parto de su primer hijo. Era exactamente el tipo de mirada que nadie querría que su marido le dedicara a otra mujer en las páginas de una revista de difusión nacional.

Brooke oyó correr el agua del lavabo detrás de la puerta cerrada. Rápidamente, cerró el ejemplar de Last Night y lo colocó boca abajo, delante de la silla de Heather. Cuando volvió a la mesa, su colega miró primero a Brooke y después le echó una mirada a la revista, como diciendo: «Quizá no debí dejarla ahí.» Brooke hubiese querido decirle que no se preocupara y que poco a poco se estaba acostumbrando, pero no le dijo nada de eso. En su lugar, soltó lo primero que le pasó por la cabeza, para aliviar la incomodidad del momento.

– Ha sido fantástico encontrarte por aquí. Es una pena que pasemos tantas horas a la semana en el colegio y que no nos veamos nunca fuera. Tendremos que hacer algo al respecto. Podríamos quedar para desayunar un fin de semana, o incluso para cenar…

– Me parece estupendo. Bueno, que te diviertas esta noche. -Heather la saludó con un gesto de la mano, mientras se disponía a marcharse-. Nos vemos la semana que viene, en Huntley.

Brooke le devolvió el saludo, pero Heather ya había salido de la pastelería. Cuando ya se levantaba para irse, intentando no preguntarse si había hablado demasiado, si no había hablado lo suficiente o si había dicho algo que pudiera espantar a su colega, le sonó el móvil. Por la identificación de la llamada, vio que era Neha, una amiga del curso de posgrado.

– ¡Hola! -dijo Brooke, mientras dejaba un par de dólares en el mostrador y se dirigía a la puerta-. ¿Cómo estás?

– ¡Brooke! Te llamo sólo para saludarte. ¡Hace siglos que no hablamos!

– Sí, es verdad. ¿Cómo va todo en Boston? ¿Te gusta la clínica donde trabajas? ¿Cuándo piensas venir a visitarnos?

Hacía quizá unos seis meses que se habían visto por última vez, cuando Neha y su marido, Rohan, habían estado en Nueva York por Navidad. Mientras estudiaban, las dos habían sido bastante amigas, sobre todo porque vivían a pocas calles una de otra, en Brooklyn, pero no les había sido fácil mantener el contacto desde que Neha y Rohan se habían ido a vivir a Boston, dos años atrás.

– Sí, la clínica está muy bien; de hecho, es mucho mejor de lo que esperaba. Pero no veo la hora de volver a Nueva York. Boston es bonito, pero no es lo mismo.

– ¿En serio piensas volver? ¿Cuándo? ¡Cuenta, cuenta!

Neha se echó a reír.

– Todavía no. Tenemos que encontrar empleo los dos, y probablemente será más fácil para mí que para Rohan. Pero iremos de visita a la ciudad para Acción de Gracias, ya que los dos tenemos unos días libres. ¿Estaréis Julian y tú?

– Normalmente vamos a casa de mi padre en Pennsylvania, pero puede que este año ellos vayan a cenar con la familia de su nueva mujer, así que es posible que nos armemos de valor y organicemos nosotros una cena en Nueva York. Si por fin la organizamos, ¿querréis venir? ¿Vendréis, por favor?

Brooke sabía que los dos tenían a sus respectivas familias en la India y que no solían celebrar el día de Acción de Gracias, pero pensaba que sus amigos serían una bienvenida distracción de toda la intensidad de la vida familiar.

– ¡Claro que iremos! Pero ¿podemos rebobinar un poco, por favor? ¿Te puedes creer lo que está pasando en tu vida? ¿No te pellizcas todas las mañanas? ¡Tiene que ser una locura! ¿Qué se siente al tener un marido famoso?

Brooke hizo una inspiración profunda. Pensó en ser sincera con Neha, en hablarle de lo mucho que habían cambiado las cosas hasta volver su mundo del revés, y de la ambivalencia que sentía respecto a lo que estaba sucediendo. Pero de pronto, todo le pareció demasiado agotador. Sin saber muy bien por qué, soltó una risita y mintió.

– Es increíble, Neha. ¡Es lo más genial del mundo!

No había nada peor que trabajar en domingo. Por ser una de las nutricionistas más veteranas del equipo, hacía años que Brooke no hacía guardias los domingos y había olvidado lo horribles que eran. Era una mañana perfecta de finales de junio; todos sus conocidos estarían almorzando fuera, o de picnic en el Central Park, o corriendo junto al río Hudson. A cien metros del hospital, un grupo de adolescentes en shorts vaqueros y chanclas parloteaban y bebían batidos de fruta en la terraza de un café, y Brooke tuvo que hacer un esfuerzo para no quitarse la bata y los espantosos zuecos, y quedarse con ellas a tomar unas creps. Estaba a punto de entrar en el hospital, cuando le sonó el móvil.

Miró la pantalla y por un instante se preguntó si debía aceptar la llamada, que procedía de un teléfono desconocido, con el poco familiar prefijo 718, propio de un distrito periférico de la ciudad. Debió de pensárselo demasiado, porque saltó el buzón de voz. Cuando la persona que llamaba no dejó ningún mensaje, sino que llamó por segunda vez, Brooke se inquietó.

– Diga. Aquí Brooke -dijo, segura de que había cometido un error y de que el interlocutor misterioso sería un periodista.

– ¿Señora Alter? -preguntó una vocecita tímida-. Soy Kaylie Douglas, de Huntley.

– ¡Kaylie! ¿Cómo estás? ¿Todo bien?

Tres o cuatro semanas antes, en su última sesión antes de las vacaciones de verano, la situación de Kaylie había dado un giro, aparentemente para peor. La niña había abandonado su diario de alimentos, que hasta aquel momento había llevado con diligencia, y había anunciado su determinación de seguir en verano un agotador programa físico, combinado con una serie de dietas de adelgazamiento rápido. Brooke había intentado hacerla cambiar de idea, pero todo había sido inútil. Sólo había conseguido que se pusiera a llorar y que se lamentara de que nadie entendiera lo que significaba ser «pobre y gorda» en un lugar donde todas eran «ricas y guapísimas». Brooke se preocupó tanto que le dio su número de móvil y le insistió para que la llamara durante el verano, tanto si todo iba bien como si no. Lo había dicho de verdad, pero aun así se sorprendió cuando oyó a su joven paciente al otro extremo de la línea.

– Sí, estoy bien…

– ¿Cómo va todo? ¿Qué has hecho en estas dos semanas de vacaciones?

La niña se echó a llorar, con sollozos agitados y entrecortados por ocasionales «lo siento».

– ¡Kaylie! ¡Háblame! Dime qué te pasa.

– ¡Señora Alter! ¡Esto es un desastre! Estoy trabajando en Taco Bell, y al final de cada turno me dan un menú, y mi padre dice que tengo que comérmelo porque es gratis. Pero después vuelvo a casa y mi abuela ha hecho un montón de comida que engorda, y cuando voy a las casas de mis amigas de la otra escuela, me invitan a comer pollo frito, burritos y galletas, y yo me lo como todo, porque tengo hambre. ¡Hace sólo tres semanas que terminaron las clases y ya he engordado cuatro kilos!

Cuatro kilos en tres semanas era para preocuparse, pero Brooke mantuvo el tono sereno y tranquilizador.

– Seguro que no será tanto, cariño. Tienes que recordar lo que hablamos: porciones de carne del tamaño de la palma de la mano; todas las verduras de hoja y las hortalizas que quieras, siempre que no te excedas con el aliño, y galletas con moderación. Ahora mismo no estoy en casa, pero miraré la carta de Taco Bell y te buscaré el menú más saludable. Lo importante es no dejarse llevar por el pánico. Eres joven y saludable: vete a dar un paseo con tus amigos, o juega a la pelota en el parque. No es el fin del mundo, Kaylie, te lo prometo.

– No puedo volver al colegio el año que viene tal como estoy ahora. ¡Ahora sí que he superado el límite! Antes estaba en el extremo superior de la normalidad, y eso ya era malo, ¡pero ahora soy oficialmente obesa!

Parecía casi histérica.

– Kaylie tú no eres obesa en absoluto -dijo Brooke- y tendrás un año muy bueno en el colegio, a partir del próximo otoño. Mira, esta noche investigaré un poco lo que te he dicho y después te llamaré. ¿Te parece bien? Por favor, cariño, no te preocupes tanto.

Kaylie se sorbió la nariz.

– Siento mucho molestarla -dijo en voz baja.

– No es ninguna molestia. Te di mi teléfono para que me llamaras y me alegro de que lo hayas hecho. Hace que me sienta importante -dijo Brooke con una sonrisa.

Se despidieron y Brooke se envió a sí misma un mensaje de correo electrónico, para recordarse que debía buscar información nutricional sobre los restaurantes de comida rápida y pasársela a Kaylie. Llegó a la sala de descanso del hospital con unos minutos de retraso y sólo encontró allí a su colega Rebecca.

– ¿Qué haces hoy por aquí? -preguntó su compañera.

– Estoy recuperando unas guardias que no hice. Por desgracia, el trato fue de tres guardias por una doble en domingo.

– ¡Uf! Un poco caro. ¿Mereció la pena?

Brooke rió, con gesto compungido.

– Sí, me ha salido un poco caro, pero ver actuar a Julian en el festival de Bonnaroo fue genial. -Dejó el bolso y el paquete con el almuerzo en su taquilla y salió con Rebecca al pasillo-; ¿Sabes si ha venido Margaret?

– ¡Aquí estoy! -canturreó tras ellas una voz alegre.

La jefa de Brooke llevaba pantalones azules de corte masculino, blusa azul claro y mocasines negros, todo ello bajo una bata de laboratorio perfectamente almidonada y planchada, con su nombre y título bordados.

– Hola, Margaret -dijeron Rebecca y Brooke a un tiempo, antes de que Rebecca se marchara a toda prisa, aduciendo que llegaba tarde a la cita con su primer paciente.

– Brooke, ¿quieres venir un minuto a mi despacho? Allí podremos hablar.

Era una pesadilla. Brooke debió recordar que Margaret casi siempre se daba una vuelta por el hospital los domingos por la mañana, para asegurarse de que todo iba bien.

– Hum… En realidad…, eh… todo está perfecto -tartamudeó-. Sólo me preguntaba si podría pasar a saludarte.

Su jefa ya se dirigía por el largo pasillo hacia su despacho.

– Ven, entonces, y me saludas -le dijo a Brooke, que no tuvo más opción que seguirla.

De algún modo, la mujer debió de intuir que Brooke pensaba pedirle más días libres.

El despacho de Margaret estaba al final de un pasillo oscuro, al lado de un depósito de suministros y en la misma planta que la maternidad, por lo que era muy probable que algún llanto o un gemido interrumpiera la conversación. Lo único positivo era ver por el camino la sala donde estaban los recién nacidos. Brooke pensó que quizá le quedara un segundo libre un poco más tarde, para entrar y coger en brazos a un par de bebés.

– Pasa -dijo Margaret, mientras abría la puerta y encendía la luz-. Me encuentras en el momento perfecto.

Brooke entró tímidamente detrás y esperó a que su jefa retirara una pila de papeles de la silla dispuesta para los invitados, antes de sentarse.

– ¿A qué debo este honor?

Margaret estaba sonriendo, pero Brooke leyó entre líneas. Siempre habían tenido una relación amable y distendida, pero en los últimos tiempos Brooke había empezado a notar cierta tensión entre ambas.

Se obligó a sonreír y rezó para que aquél no fuera un mal comienzo para una conversación que necesitaba que terminara bien.

– Para ti no es ningún honor, desde luego. Sólo quería hablar contigo de…

Margaret sonrió.

– Sí que es un honor, considerando que ya no te vemos mucho por aquí. Me alegro de que hayas venido, porque quería hablar contigo.

Brooke hizo una inspiración profunda y se dijo que tenía que conservar la calma.

– Brooke, ya conoces la excelente opinión que tengo de ti, y no hace falta que te diga lo muy satisfecha que estoy con tu trabajo en todos los años que llevas con nosotros. También tus pacientes están muy satisfechos, como demuestran esas espléndidas evaluaciones de hace unos meses.

– Gracias -dijo Brooke, sin saber muy bien qué decir, pero segura de que el discurso de su jefa no conducía a nada bueno.

– Por eso me preocupa especialmente que hayas pasado de tener el segundo mejor registro de asistencia de todo el departamento a tener el segundo peor. Sólo el de Perry es peor que el tuyo.

No hizo falta que siguiera. Finalmente habían averiguado cuál era el problema de Perry y todos se habían sentido aliviados de que no fuera algo peor. Al parecer, seis meses antes había perdido al bebé que esperaba, y por eso había tenido que faltar mucho al trabajo. Ahora volvía a estar embarazada y el médico le había prescrito reposo en cama durante el segundo trimestre. Como consecuencia, las otras cinco dietistas a tiempo completo del hospital tenían que hacer horas extras para cubrir la baja de Perry, lo que a ninguna le importaba, dadas las circunstancias. Brooke estaba haciendo lo posible por cubrir la jornada extra de trabajo y el fin de semana de guardia cada cinco semanas, y no cada seis semanas, como antes. Pero si además quería seguir un poco a Julian en sus viajes (para compartir con él los buenos momentos), todo eso se volvía prácticamente insostenible.

«No des explicaciones, ni te disculpes -se dijo Brooke-. Simplemente, dile que lo harás mejor.» Una amiga psicóloga le había comentado una vez que las mujeres se sienten obligadas a ofrecer largas explicaciones y excusas cuando tienen que dar malas noticias, y que resulta mucho más eficaz expresar simplemente lo que es preciso decir, sin disculpas ni excusas. Brooke lo intentaba a menudo, pero con poco éxito.

– ¡Lo siento mucho! -exclamó, sin poder reprimirse-. He tenido muchos… ejem… problemas familiares en los últimos tiempos y estoy haciendo lo posible para solucionarlos. Seguramente todo se arreglará muy pronto.

Margaret arqueó una ceja y miró fijamente a Brooke.

– ¿Crees que no sé lo que está pasando?

– Eh… No, claro que no lo creo. Es sólo que hay tantos…

– ¡Tendría que vivir en una cueva para no enterarme! -Margaret sonrió y Brooke se sintió un poco mejor-. Pero tengo un departamento que dirigir y empiezo a preocuparme. Has tomado siete días libres en las últimas seis semanas (y eso sin contar los tres días de baja por enfermedad del primer semestre), y supongo que has venido a pedir más días. ¿Me equivoco?

Brooke consideró rápidamente sus opciones y, al comprobar que no tenía ninguna, se limitó a asentir.

– ¿Cuándo y por cuánto tiempo?

– Dentro de tres semanas, sólo el sábado. Ya sé que está programado que trabaje todo el fin de semana, pero Rebecca me cambia su guardia de fin de semana y yo haré la suya tres semanas después, de modo que técnicamente sólo es un día.

– Sólo un día.

– Así es. Es para… ejem… un acontecimiento familiar muy importante, de lo contrario no lo pediría.

Se prometió poner más cuidado que nunca, el fin de semana siguiente, para evitar las cámaras en la fiesta de cumpleaños de Kristen Stewart en Miami, adonde Julian había sido invitado para cantar cuatro canciones. Cuando se había mostrado reacio a actuar en la fiesta de la joven estrella, Leo se lo había suplicado. Brooke estaba un poco apenada por Julian y sentía que lo menos que podía hacer era ir con él para apoyarlo.

Margaret abrió la boca para decir algo, pero en seguida cambió de idea. Se dio unos golpecitos con el bolígrafo en el agrietado labio inferior y miró a Brooke.

– ¿Te das cuenta de que te estás acercando al número total de días de vacaciones y que sólo estamos en el mes de junio?

Brooke asintió.

Margaret se puso a golpear la mesa con el bolígrafo. Su tap-tap-tap parecía marcar el mismo ritmo que el palpitante dolor de cabeza de Brooke.

– Y no necesito recordarte que no puedes llamar diciendo que estás enferma, para irte de fiesta con tu marido, ¿verdad? Lo siento, Brooke, pero no puedo darte un tratamiento especial.

¡Uf! Brooke lo había hecho solamente una vez y habría jurado que Margaret no lo sabía. Además, tenía pensado usar alguno más de sus diez días de enfermedad, antes de que se le acabaran los días de vacaciones. Ahora ya no podría emplear ese recurso. Brooke hizo lo posible por parecer serena y contestó:

– No, claro que no.

– Bueno, muy bien entonces. Tómate el sábado. ¿Alguna cosa más?

– Nada más. Gracias por entenderme.

Brooke metió los pies en los zuecos debajo del escritorio de Margaret y se puso en pie. Hizo un leve gesto de saludo con la mano y desapareció por la puerta del despacho, antes de que Margaret pudiera decir nada más.

7 Traicionada por una pandilla de niñatos

Brooke entró en Lucky's Nail Design, el salón de manicura de la Novena Avenida, y encontró a su madre sentada y leyendo un ejemplar de Last Night. Como Julian pasaba tanto tiempo fuera, su madre se había ofrecido para ir a la ciudad, llevarla a hacerse las manos y la pedicura después del trabajo, cenar sushi y pasar la noche con ella, antes de volver a Filadelfia por la mañana.

– Hola -dijo Brooke, inclinándose para darle un beso-. Perdona el retraso. Hoy el metro iba terriblemente lento.

– No te preocupes, cielo. Ya ves que entré, me senté y he estado poniéndome al día de cotilleos. -Le enseñó el ejemplar de Last Night-. No dice nada de Julian ni de ti, así que no te preocupes.

– Gracias, pero ya lo he leído -dijo, mientras hundía los pies en el agua tibia y jabonosa-. Lo recibo por correo un día antes de que llegue a los quioscos. Creo que ya soy oficialmente una autoridad en la materia.

La madre de Brooke se echó a reír.

– Si eres tan experta, quizá me puedas explicar quiénes son todos estos famosillos de los programas de telerrealidad. Me cuesta mucho recordar cuál es cuál.

La señora Greene suspiró y pasó la hoja, dejando al descubierto una doble página con los actores adolescentes de la última película de vampiros.

– Echo de menos los viejos tiempos, cuando podías confiar en que Paris Hilton enseñara las bragas y en que George Clooney volviera a escaparse con otra camarera. Me siento traicionada por una pandilla de niñatos.

Sonó el teléfono de Brooke. Por un momento pensó en dejar que saltara el buzón de voz, pero ante la remota posibilidad de que fuera Julian, lo sacó del fondo del bolso.

– ¡Hola! Esperaba que fueras tú. ¿Qué hora es por allí? -dijo, consultando su reloj-. ¿Por qué me llamas a esta hora? ¿No deberías estar preparándote para esta noche?

Aunque era la quinta o la sexta vez que Julian viajaba solo a Los Ángeles desde la fiesta de «Friday Night Lights», a Brooke todavía le costaba acostumbrarse a la diferencia horaria. Cuando Julian se levantaba en la costa Oeste, ella estaba terminando de comer y estaba a punto de volver a trabajar para el resto del día. Si ella lo llamaba en cuanto llegaba a casa por la tarde, por lo general lo encontraba en medio de una reunión, y si volvía a intentarlo antes de irse a la cama, él había salido a cenar y sólo le susurraba un «buenas noches» sobre un fondo de risas y el tintineo de copas. Eran sólo tres horas de diferencia, pero para dos personas que trabajaban con horarios tan contrapuestos, era casi lo mismo que tratar de comunicarse a través de la línea internacional del cambio de fecha. Brooke intentaba ser paciente, pero la semana anterior habían pasado tres noches sin intercambiar nada más que unos pocos mensajes de texto y un apresurado «te llamo luego».

– Brooke, esto es una locura. Aquí están pasando todo tipo de cosas.

Parecía sobreexcitado, como si llevara varios días sin dormir.

– Cosas buenas, espero…

– ¡Más que buenas! Habría querido llamarte anoche, pero cuando volví al hotel ya eran las cuatro de la mañana de tu franja horaria.

La esteticista terminó de cortarle las cutículas y se apoyó el pie derecho de Brooke sobre el regazo. Echó un chorrito de jabón verde brillante sobre una piedra pómez y se puso a restregar la parte más sensible del pie. Brooke soltó un chillido.

– ¡Ay! Bueno, no me vendría mal una buena noticia. ¿De qué se trata?

– Ya es oficial: me voy de gira.

– ¿Qué? ¡No! Creí que habías dicho que las probabilidades de que te fueras de gira antes de que saliera el álbum eran prácticamente inexistentes. ¿No habías dicho que las discográficas ya no las patrocinan?

Se produjo un momento de silencio y Julian pareció irritado cuando finalmente respondió.

– Ya sé que lo dije, pero esto es diferente. Voy a enlazar con Maroon 5 en mitad de su gira. El cantante del grupo telonero sufrió una especie de colapso nervioso, y entonces Leo se puso en contacto con gente que conoce en Live Nation, y ¡adivina a quién han contratado en su lugar! Supuestamente, hay una probabilidad de que seamos los segundos teloneros, si por fin la otra banda se va de gira por su cuenta; pero aunque eso no saliera, ¿te imaginas la repercusión?

– ¡Oh, Julian! ¡Enhorabuena!

Brooke intentó calibrar su propia voz, para asegurarse de que su tono fuera de entusiasmo y no de desolación. Por la cara con que la estaba mirando su madre, no era fácil saber si lo había conseguido.

– ¡Sí! ¡Todo esto es una locura! Vamos a pasar el resto de la semana ensayando y después nos pondremos en marcha. El álbum saldrá en las primeras semanas de la gira, ¡en el mejor momento! ¿Y sabes una cosa, Rook? Están hablando de dinero, ¡de mucho dinero!

– ¿Ah, sí? -dijo ella.

– ¡Muchísimo! Un porcentaje sobre la venta de entradas, que incluso podría ser más alto si llegamos a ser segundos teloneros. Teniendo en cuenta que Maroon 5 está llenando sitios como el Madison Square Garden… ¡es una cantidad enorme de dinero! Y me siento un poco raro. -Bajó la voz-. La gente me mira todo el tiempo, me reconoce…

La esteticista extendió crema tibia y empezó a masajearle a Brooke las pantorrillas. En ese momento, Brooke sólo habría deseado presionar la tecla que cerraba la comunicación, reclinarse en el sillón y disfrutar del masaje en las piernas. No sentía más que angustia. Sabía que habría debido preguntar por los fans y la prensa, pero lo único que consiguió decir fue:

– Entonces ¿empezáis a ensayar esta semana? ¿Eso significa que no volverás hoy, en el último vuelo de la noche? Creía que iba a verte mañana por la mañana, antes de irme a trabajar.

– Brooke…

– ¿Qué?

– Por favor, no lo hagas.

– ¿Que no haga qué? ¿Que no te pregunte cuándo vuelves a casa?

– Por favor, no me estropees este momento. Estoy loco de felicidad; esto es probablemente lo más grande que me ha pasado, después del contrato del año pasado para grabar el álbum. Puede que incluso sea más grande. ¿De verdad son tan importantes seis o siete días, en el panorama general de toda mi carrera?

Seis o siete días para volver a casa, quizá no. Pero ¿y si se iba de gira? La sola idea le producía pánico a Brooke. ¿Cómo se las iban a arreglar? ¿Podrían? Pero en ese mismo instante, recordó una noche en Sheepshead Bay, varios años antes, cuando sólo se presentaron cuatro personas y Julian apenas podía contener las lágrimas. Recordó todas las horas que habían pasado sin verse por culpa de sus agitadas jornadas de trabajo, y lo mucho que se habían preocupado por la falta de dinero y de tiempo, y por las incertidumbres que volvían a aflorar cada vez que uno de los dos se sentía particularmente negativo. Todos los sacrificios habían sido para eso, para llegar a aquel momento.

El antiguo Julian habría preguntado por Kaylie. Cuando el mes anterior ella le había hablado de la llamada histérica de la niña y le había contado que había estado investigando alternativas sanas a la comida rápida para enviárselas por mail a su joven paciente, Julian la había abrazado y le había dicho que se sentía orgulloso de ella. La semana anterior, Brooke le había enviado un mensaje a Kaylie para ver cómo iba todo, y se había preocupado al no recibir respuesta. Insistió al día siguiente y, un día después, recibió un mensaje de Kaylie, donde la niña le contaba que había empezado una especie de dieta de limpieza que había encontrado en una revista y que estaba segura de haber dado por fin con la solución que andaba buscando. Brooke estuvo a punto de atravesar la pantalla del ordenador.

¡Esas malditas dietas de limpieza! Ya eran un riesgo para la salud de la población adulta, pero para las adolescentes, que aún estaban creciendo y que se dejaban convencer por los testimonios de personajes famosos y las promesas de resultados rápidos y milagrosos, eran un completo desastre. Brooke había llamado de inmediato a Kaylie para leerle la cartilla (se sabía de memoria la parrafada, porque las limpiezas, los ayunos y las dietas líquidas eran métodos muy extendidos en Huntley), y se había sentido aliviada al descubrir que, a diferencia de la mayoría de sus compañeras de colegio, Kaylie parecía dispuesta a escuchar lo que tenía que decirle. Se prometió llamarla una vez por semana durante el verano, y confiaba en poder ayudarla de verdad, si volvía a tener sesiones regulares con ella cuando empezaran otra vez las clases.

Pero Julian no le preguntó por Kaylie, ni por su trabajo en el hospital, ni por Randy y ni siquiera por Walter, y Brooke se contuvo para no decir nada. Decidió no recordarle a Julian que no había dormido más que unas pocas noches en casa en las últimas semanas, y que aun entonces había pasado casi todo el día al teléfono o en el estudio, en conversaciones aparentemente interminables con Leo o Samara. Y, lo más difícil de todo, se obligó a no preguntarle por las fechas de la gira, ni por el tiempo que pensaba pasar fuera.

Casi sofocada por el esfuerzo de no mencionar nada de aquello, dijo simplemente:

– No, Julian, lo único que importa es que todo esto salga bien. Es una noticia fantástica.

– Gracias, nena. Te llamaré más tarde, cuando sepa más detalles, ¿de acuerdo? Te quiero, Rookie -dijo, con más ternura de la que le había oído en los últimos tiempos.

Julian había empezado a llamarla Rook al principio de su relación y, con el tiempo, Rook se había convertido en Rookie. Sus amigos y su familia también habían empezado a usar el apodo después de oírselo a Julian, y aunque a menudo ella fingía enfado o irritación, en el fondo sentía una gratitud inexplicable hacia Julian por haberle dado aquel nombre cariñoso. Trató de concentrarse en eso y no en el hecho de que él se había despedido sin preguntarle siquiera qué tal estaba.

La esteticista aplicó la primera capa de esmalte y a Brooke le pareció que el color era demasiado chillón. Pensó en decir algo, pero decidió que no merecía la pena. Su madre tenía las uñas de los pies pintadas de blanco rosado, un color que resultaba a la vez elegante y natural.

– Parece que Julian tenía buenas noticias, ¿no? -dijo la señora Greene, mientras se apoyaba la revista boca abajo sobre el regazo.

– ¡Y que lo digas! -respondió Brooke, confiando en que su voz sonara más entusiasta de lo que ella se sentía-. Sony lo manda de gira, como una especie de preparación antes de que salga el álbum. Van a ensayar en Los Ángeles esta semana y después harán de teloneros de Maroon 5, por lo que tendrán oportunidad de actuar delante del público antes de iniciar su propia gira. Es un gran voto de confianza por parte de la discográfica.

– Pero entonces pasará todavía menos tiempo en casa.

– Así es. Se quedará en Los Ángeles el resto de la semana para ensayar. Tal vez regrese a casa durante unos días y después volverá a marcharse.

– Y a ti ¿qué te parece?

– Es una de las mejores noticias que podían darnos.

La madre de Brooke sonrió, mientras metía los pies recién terminados en las chanclas de papel que proporcionaba el salón de belleza.

– No has contestado a mi pregunta.

El teléfono de Brooke sonó para señalar la recepción de un mensaje.

– ¡Salvada por la campana! -dijo ella con una sonrisa.

El mensaje era de Julian y decía: «Se me ha olvidado contarte que quieren que me compre ropa nueva. Dicen que mi look no funciona. ¡Pesadilla total!»

Brooke soltó una carcajada.

– ¿Qué dice? -preguntó su madre.

– Puede que haya justicia, después de todo. Supongo que la gente de publicidad, o de marketing, o alguien, ha dicho que el «look» de Julian no funciona. Quieren que se compre otra ropa.

– ¿Y qué ropa quieren que se ponga? No imagino a Julian con las chaquetas militares de Michael Jackson, ni con los pantalones de MC Hammer.

Parecía orgullosa de su dominio de la cultura pop.

– ¿Estás de broma? Hace cinco años que estoy casada con él y puedo contar con los dedos de la mano las veces que lo he visto con algo que no fueran unos vaqueros y una camiseta blanca. Se va a oponer con todas sus fuerzas. ¡Ya verás qué batalla!

– ¡Entonces ayudémoslo! -dijo su madre, mientras le entregaba la tarjeta de crédito a la mujer que le había presentado la factura. Brooke intentó sacar la cartera, pero su madre se lo impidió.

– Es absolutamente imposible que Julian acepte un nuevo «look», créeme. Moriría antes que ir de compras, y siente más apego por sus vaqueros y su camiseta blanca que algunos hombres por sus hijos. No sé si los de Sony saben dónde se meten, pero están locos si creen que van a convencerlo de que vista como Justin Timberlake.

– Brooke, cielo, esto puede ser divertido. Como Julian no va a comprarse nada por sí mismo, ¡vayamos nosotras de compras por él! -Brooke salió a la calle detrás de su madre y la siguió directamente a la escalera del metro-. Le compraremos lo que ya tiene, sólo que mucho mejor y más bonito. ¡Tengo una idea brillante!

Dos trenes y dos paradas más tarde, las dos mujeres salieron a la calle Cincuenta y Nueve y entraron en los almacenes Bloomingdale's por la planta sótano. La madre de Brooke abrió confiadamente la marcha hacia la sección de ropa de hombre.

Al poco tiempo, encontró un par de vaqueros clásicos, con corte para botas y desgastados, que no eran demasiado oscuros, ni demasiado claros, sino que estaban en su punto justo de apariencia usada y no tenían parches extraños, ni cremalleras, ni rotos, ni agujeros, ni bolsillos raros. Brooke tocó la tela, que le pareció asombrosamente ligera y suave, quizá incluso más que la de los adorados Levi's de Julian.

– ¡Vaya! -exclamó, mientras se los quitaba a su madre-. Creo que éstos le encantarían. ¿Cómo lo haces?

Su madre sonrió.

– No os vestía nada mal a vosotros, cuando erais pequeños, ¿no crees? Supongo que aún me acuerdo.

Sólo entonces, Brooke reparó en la etiqueta con el precio.

– ¿Doscientos cincuenta dólares? Los Levi's de Julian cuestan cuarenta. No puedo comprárselos.

Su madre se los arrebató de las manos.

– ¡Oh, sí, claro que puedes! ¡Puedes y se los comprarás! Vas a comprar éstos y otros dos o tres más que vamos a encontrar. Después, iremos a la sección de camisetas y le buscaremos las camisetas blancas de mejor calidad y mejor caída de toda la tienda. Probablemente costarán unos setenta dólares cada una, pero no hay ningún problema. Te ayudaré a cubrir los gastos.

Brooke se quedó mirando a su madre, sin salir de su asombro, pero la señora Greene se limitó a asentir.

– Esto es importante. Lo es por toda clase de razones, pero sobre todo porque me parece fundamental que en este momento estés tú ahí para ayudarlo y apoyarlo.

Un vendedor aburrido acabó por acercárseles. La madre de Brooke le hizo un gesto para que se marchara.

– ¿Estás sugiriendo que no lo ayudo lo suficiente? ¿Que no lo apoyo? ¿Te parece que trabajar en dos empleos durante cuatro años no es apoyarlo total y completamente? ¿Qué pueden importar unos cuantos pantalones?

Brooke se daba cuenta de que estaba subiendo el tono de voz y de que cada vez parecía más histérica, pero no podía evitarlo.

– Ven aquí -dijo su madre, tendiéndole los brazos-. Ven, para que te dé un abrazo.

Quizá por la expresión de simpatía de su madre o por la sensación poco habitual de sentirse abrazada, Brooke empezó a sollozar en el instante en que sintió el contacto de los brazos a su alrededor. No sabía muy bien por qué lloraba. Aparte del anuncio de Julian de que iba a tardar una semana más en volver a casa, no había nada verdaderamente trágico (de hecho, todo era fantástico); pero cuando empezó, no pudo parar. Su madre la estrechó con más fuerza y se puso a acariciarle el pelo, mientras le murmuraba naderías para tranquilizarla, como solía hacer cuando era pequeña.

– Están cambiado muchas cosas -dijo.

– Pero todas son buenas.

– Eso no quiere decir que no asusten. Brooke, cielo, ya sé que no hace falta que te lo diga, pero Julian está a punto de convertirse en un cantante famoso en todo el país. Cuando salga el álbum, vuestras vidas darán un giro de ciento ochenta grados. Todo lo que ha pasado hasta ahora no ha sido más que el prólogo.

– Es por lo que hemos estado luchando durante todos estos años.

– Claro que sí. -La señora Greene le dio primero unas palmaditas a Brooke en el brazo y después le apoyó una mano en la mejilla-. Pero eso no significa que no sea abrumador. Julian ya pasa mucho tiempo fuera de casa, vuestros horarios son un caos y han entrado muchas personas nuevas en escena, que intervienen, dan sus opiniones y se meten en vuestros asuntos. Y lo más probable es que todo vaya a más, tanto lo bueno como lo malo. Te lo digo, porque quiero que estés preparada.

Brooke sonrió y miró los vaqueros.

– ¿Crees que la manera de prepararme es comprarle vaqueros más caros que los míos? ¿De verdad lo crees?

Su madre siempre había estado más interesada en la ropa que ella, pero no gastaba el dinero tontamente o en exceso.

– Así es. Es exactamente lo que creo. Vas a vivir muchas cosas durante los próximos meses, sólo por el hecho de que él estará viajando y tú estarás aquí, trabajando. Es probable que él no tenga un gran control sobre su vida, ni tú tampoco. Será muy difícil. Pero te conozco, Rook, y también conozco a Julian. Vais a superar esto, y cuando todo se asiente y vuelva a ser más rutinario, estaréis mejor que nunca. Tendrás que perdonarme por meterme en tu matrimonio (un tema sobre el que no soy ninguna experta, como todo el mundo sabe), pero hasta que pase esta época de locos, harás bien en tratar de participar en todo lo que puedas y de todas las formas posibles. Ayúdalo a encontrar ideas para venderse mejor. Procura despertarte del todo cuando te llame en medio de la noche, por muy cansada que estés; te llamará más a menudo, si sabe que estás ansiosa por escucharlo. Cómprale ropa nueva y cara, cuando te diga que necesita renovar el vestuario y no sepa por dónde empezar. ¿Qué más da lo que cueste? Si ese álbum se vende la mitad de lo que todos están pronosticando, este pequeño despilfarro ni siquiera será un «bip» en la pantalla del radar.

– ¡Tenías que haberlo oído cuando me dijo lo mucho que piensa ganar con esta gira! Nunca he sido muy buena en matemáticas, pero creo que estaba hablando de cientos de miles de dólares.

Su madre sonrió.

– Los dos os lo merecéis, ¿lo sabes? Habéis trabajado mucho y durante mucho tiempo. Pasaréis por una época de derroche absurdo, durante la cual compraréis toda clase de lujos que ni siquiera sabíais que existían, y disfrutaréis a fondo de cada minuto. Yo, por mi parte, me ofrezco voluntaria para acompañarte a todas las expediciones para reventar dinero, en calidad de porteadora de las bolsas y de la tarjeta de crédito. Desde ahora hasta entonces, tendrás que aguantar muchas cosas, sin duda. Pero yo sé que tú puedes con eso y con mucho más.

Cuando finalmente salieron de la tienda, una hora y media más tarde, necesitaron las cuatro manos para llevar a casa toda la ropa nueva. Habían elegido juntas cuatro vaqueros clásicos y unos vaqueros negros desteñidos, además de un par de pantalones ceñidos de una pana suficientemente parecida al denim, según la señora Greene, para que Julian le diera su visto bueno. Habían pasado los dedos por varias pilas de camisetas blancas de marca, comparando la suavidad del punto de algodón de una con el algodón egipcio de otra, y debatiendo si una resultaba demasiado traslúcida y otra demasiado cuadrada, antes de seleccionar una docena, de diferentes estilos y géneros. Se separaron al llegar a la planta principal, y la madre de Brooke fue a comprarle a Julian varios productos faciales de Kiehl's, tras asegurarle a su hija que no conocía ningún hombre que no idolatrara su crema de afeitar y su loción para después del afeitado. Brooke tenía sus dudas de que Julian fuera a usar alguna vez algo diferente de la tradicional espuma Gilette en aerosol, que compraba por dos dólares en Duane Reade, pero agradecía el entusiasmo de su madre. Ella se dirigió a la sección de accesorios, donde eligió con mucho cuidado cinco gorros de lana (todos en colores apagados y uno de ellos con una sutil franja negra sobre el fondo negro), después de frotárselos por la mejilla, para asegurarse de que no picaran ni dieran calor.

El importe total de la jornada de compras alcanzó la astronómica cifra de 2.260 dólares, la suma más elevada que Brooke había cargado a su tarjeta de crédito en toda su vida, incluidas las compras de muebles. La sola idea del cheque que tendría que firmar cuando le llegara la factura de la tarjeta de crédito le cortaba la respiración, pero se obligó a permanecer concentrada en lo único importante: Julian estaba a punto de dar un gran paso adelante en su carrera y ella tenía que respaldarlo al cien por cien, por el bien de ambos. Además, se sentía muy satisfecha por haber permanecido fiel al estilo personal de su marido y haber respetado su estética de vaqueros clásicos, camiseta blanca y gorro de lana, sin intentar imponerle una nueva imagen. Aquella tarde fue una de las mejores que había tenido en mucho, muchísimo tiempo. Aunque la ropa no era para ella, le había resultado igualmente divertido elegirla y comprarla.

Cuando el domingo siguiente Julian llamó para decir que estaba en un taxi de camino a casa desde el aeropuerto, Brooke no cabía en sí de entusiasmo. Al principio, sacó las compras y las distribuyó por todas partes: dispuso artísticamente los vaqueros sobre el sofá; las camisetas, sobre las sillas del comedor, y los gorros, colgados de las lámparas y las estanterías, como adornos de Navidad; pero sólo unos instantes antes de que llegara Julian, cambió de idea y volvió a recogerlo todo. Dobló rápidamente las prendas y las devolvió a sus correspondientes bolsas, que escondió en el fondo de un armario, en el vestidor que compartía con Julian, imaginando lo mucho que se divertirían cuando sacaran una a una todas las novedades. Al oír que se abría la puerta y Walter empezaba a ladrar, salió corriendo del dormitorio y saltó a los brazos de Julian.

– Nena -murmuró él, mientras hundía la cara en su cuello e inspiraba profundamente-. ¡Dios, cuánto te he echado de menos!

Parecía más delgado, todavía más enjuto que de costumbre. Aunque pesaba unos diez kilos más que Brooke, era difícil entender por qué. Los dos medían exactamente lo mismo de estatura, y ella siempre sentía que lo envolvía y lo aplastaba con su cuerpo. Se apartó para mirarlo de arriba abajo, pero en seguida volvió a abrazarlo y apretó los labios contra los suyos.

– Yo también te he echado mucho de menos. ¿Cómo ha estado el avión? ¿Y el taxi? ¿Tienes hambre? Queda un poco de pasta; puedo calentarla.

Walter ladraba con tanta fuerza que era casi imposible oírse. Como no iba a calmarse hasta ser saludado como era debido, Julian se dejó caer en el sofá y le señaló con la mano el lugar a su lado; pero Walter ya le había saltado al pecho y había empezado a bañarle la cara a lametazos.

– ¡Uf! ¡Tranquilo, muchacho! -dijo Julian con una carcajada-. ¡Puaj! ¡Qué mal te huele el aliento! ¿No hay nadie que te lave los dientes, Walter Alter?

– ¡Estaba esperando a su papi! -exclamó alegremente Brooke desde la cocina, mientras servía un par de copas de vino.

Cuando volvió al cuarto de estar, Julian se encontraba en el baño. La puerta estaba entreabierta y lo vio de pie delante del inodoro. Walter estaba a sus pies, contemplando embelesado cómo orinaba.

– Tengo una sorpresa para ti -canturreó Brooke-. ¡Algo que te va a encantar!

Julian se subió la cremallera, hizo un intento desganado de pasar las manos por el agua del grifo y se reunió con ella en el sofá.

– Yo también tengo una sorpresa para ti -dijo-, y también estoy seguro de que te va a encantar.

– ¿En serio? ¿Me has traído un regalo?

Brooke sabía que estaba hablando como una niña pequeña, pero ¿a quién no le gustaban los regalos?

Julian sonrió.

– Bueno, sí, supongo que podría considerarse un regalo. En cierto sentido, es para los dos, pero creo que a ti te gustará incluso más que a mí. Pero tú primero. ¿Cuál es tu sorpresa?

– No, primero tú.

Brooke no quería arriesgarse a que su presentación de la ropa nueva se viera ensombrecida por ninguna otra cosa. Quería que Julian le dedicara toda su atención.

Julian la miró y sonrió. Se levantó, se dirigió al vestíbulo y volvió con una maleta rodante que Brooke no reconoció. Era una Tumi negra, absolutamente gigantesca. Julian la llevó rodando, se la puso delante y se la señaló con un amplio movimiento de la mano.

– ¿Me has comprado una maleta? -preguntó ella, un poco desconcertada. No había duda de que era preciosa, pero no era exactamente lo que esperaba. Además, esa maleta en concreto parecía llena casi a reventar.

– Ábrela -dijo Julian.

Con aire dubitativo, Brooke se inclinó y le dio un tironcito a la cremallera, que no se movió. Tiró un poco más fuerte, pero tampoco consiguió nada.

– Así -dijo Julian, mientras apoyaba la colosal maleta sobre un costado y abría la cremallera. Cuando levantó uno de los lados, dejó al descubierto… pilas y pilas de ropa pulcramente doblada. Brooke estaba más desconcertada que nunca.

– Parece… hum… ropa -dijo, preguntándose por qué estaría Julian tan contento.

– En efecto, es ropa, pero no una ropa cualquiera. Lo que ves aquí, mi querida Rookie, es la nueva y mejorada imagen de tu marido, por gentileza de la flamante estilista que le ha proporcionado la compañía discográfica. ¿No te parece genial?

Julian miró a Brooke con gesto expectante, pero a ella le llevó cierto tiempo procesar lo que acababa de oír.

– ¿Me estás diciendo que una estilista te ha comprado un vestuario nuevo?

Julian asintió.

– Total y completamente nuevo: un look fresco y totalmente único, o al menos eso fue lo que dijo la chica. Y te aseguro, Rook, que la mujer sabía lo que se hacía. No nos llevó más de un par de horas y lo único que tuve que hacer fue pasar un rato en un enorme salón privado en Barneys, mientras unas chicas y unos tipos con pinta de gays traían percheros llenos de ropa. Con todo eso formaron… no sé… conjuntos… y me enseñaron qué cosas tenía que ponerme con qué otras cosas. Bebimos un par de cervezas y yo me probé un poco de todo, mientras los demás opinaban sobre lo que me sentaba bien y lo que no. Al final, salí cargado con todo esto. -Señaló la maleta-. ¡Algunas cosas son una locura! ¡Ven a ver!

Hundió las manos en las pilas de ropa, sacó un buen montón y lo arrojó sobre el sofá, entre los dos. Brooke estuvo a punto de gritarle que tuviera más cuidado y que procurara mantener los dobleces y el orden de las pilas, pero hasta ella se dio cuenta de que habría sido una ridiculez. Se inclinó sobre el montón y sacó un jersey de cachemira verde musgo, con capucha. Estaba tejido en punto de abeja y era suave como la manta de un bebé. La etiqueta del precio marcaba 495 dólares.

– ¿A que mola? -preguntó Julian, con el tipo de entusiasmo que solía reservar a los instrumentos musicales y a los aparatos electrónicos.

– Nunca te pones nada con capucha -fue todo lo que Brooke consiguió articular.

– Sí, pero ¿qué mejor momento para empezar que ahora? -replicó Julian con otra sonrisa-. Creo que seré capaz de acostumbrarme a un jersey con capucha de quinientos dólares. ¿Has visto lo suave que es? Mira, fíjate en estas otras cosas.

Arrojó hacia ella una cazadora de piel suave como la mantequilla y un par de botas John Varvato de cuero negro, que eran un cruce entre botas vaqueras y de motociclista. Brooke no estaba muy segura de cómo describirlas, pero hasta ella se daba cuenta de que molaban muchísimo.

– ¿A que te encantan?

Una vez más, ella asintió. Por miedo a ponerse a llorar si no hacía algo (cualquier cosa), se inclinó sobre la maleta y sacó otra pila de ropa, que apoyó sobre las rodillas. Eran un montón de camisetas clásicas y de diseño, de todos los colores imaginables. También vio un par de mocasines Gucci (de elegante suela de cuero, sin el logo delator) y unas zapatillas Prada blancas. Había gorros y sombreros, un montón de sombreros: gorros de lana como los que usaba siempre Julian, pero también fedoras y sombreros panamá. Serían en total unos diez o doce, en diversos estilos y colores, todos diferentes, pero cada uno bonito a su manera. Había cantidades enormes de jerseys de cachemira muy finos y montones de blazers de corte italiano de escandalosa elegancia informal. Y había vaqueros, pilas de vaqueros de todos los cortes, colores y efectos imaginables, tantos que probablemente Julian habría podido estrenar pantalones todos los días durante dos semanas, sin tener que repetir nunca. Brooke se obligó a desdoblarlos y a mirarlos todos, uno por uno, hasta encontrar (como sabía que encontraría) exactamente los mismos que había elegido su madre en Bloomingdale's aquel día, los que a Brooke le habían parecido perfectos desde el primer momento.

Intentó murmurar «¡Uah!», pero no le salió más que un gemido sofocado.

– ¿No es increíble? -preguntó Julian, con creciente excitación en la voz, mientras recorría rápidamente el montón de prendas-. ¿Estás contenta, nena? Por fin voy a tener pinta de adulto: un adulto con ropa carísima. ¿Tienes idea de lo que han pagado por toda esta ropa? ¡A ver, adivina!

Brooke no tuvo que adivinar nada; con sólo fijarse en la calidad y la cantidad de prendas, supo que Sony se había gastado por lo menos diez mil dólares. Pero no quiso arruinarle la sorpresa a Julian.

– No lo sé. ¿Dos mil dólares? ¿Tres mil? ¡Es una locura! -exclamó, con todo el entusiasmo que pudo reunir.

Julian se echó a reír.

– Ya sé. Probablemente yo habría dicho lo mismo. ¡Pero han sido dieciocho mil! ¿Te lo puedes creer? ¡Dieciocho mil malditos dólares en ropa!

Ella acarició con ambas manos uno de los suéteres de cachemira.

– Pero ¿te parece bien cambiar de imagen? ¿No te importa ponerte ropa completamente distinta de la que llevabas hasta ahora?

Brooke contuvo la respiración, mientras él parecía reflexionar un momento.

– No, no puedo negarme -respondió él-. Ha llegado la hora de avanzar, ¿sabes? El viejo uniforme funcionó durante un tiempo, pero ahora empiezo de cero. Tengo que aceptar la nueva imagen y, con ella, la nueva carrera que espero que vendrá. Yo mismo me siento sorprendido, no te lo niego, pero estoy totalmente a favor del cambio. -Sonrió con una expresión demoníaca-. Además, si voy a hacerlo, será mejor que lo haga bien, ¿no crees? Entonces ¿qué? ¿Estás contenta?

Ella hizo un esfuerzo para sonreír.

– Muy contenta. Es fantástico que estén dispuestos a invertir tanto dinero en ti.

Julian se quitó el viejo gorro de lana y se puso el sombrero fedora con cinta de batista. Se puso en pie de un salto, para ir a mirarse en el espejo del vestíbulo, y estuvo unos minutos dando vueltas, admirando su imagen desde diferentes ángulos.

– Ahora cuéntame tus noticias -le dijo a Brooke desde el vestíbulo-. Si no recuerdo mal, no soy el único que tiene una sorpresa esta noche.

Aunque él no la podía ver, ella compuso una sonrisa triste, para sí misma.

– No es nada -le contestó, confiando en que su voz sonara más alegre de lo que ella se sentía.

– ¿Cómo que nada? Había algo que querías enseñarme, ¿no?

Brooke recogió las manos sobre el regazo y fijó la vista en la maleta rebosante de ropa.

– Nada tan emocionante como lo que tú has traído, cariño. Disfrutemos ahora de todo esto y yo reservaré mi sorpresa para otra noche.

Julian fue hacia ella con el fedora puesto y le dio un beso en la mejilla.

– Me parece bien, Rookie. Voy a deshacer la maleta con todo mi botín. ¿Quieres ayudarme? -preguntó, mientras arrastraba la maleta hacia el dormitorio.

– Voy dentro de un minuto -dijo ella, rezando para que él no descubriera las bolsas de la tienda en el armario.

Al cabo de un momento, Julian volvió al cuarto de estar y se sentó junto a Brooke en el sofá.

– ¿Estás segura de que todo va bien, cariño? ¿Es que hay algún problema?

Ella volvió a sonreír y negó con la cabeza, deseando que se le deshiciera el nudo que tenía en la garganta.

– Todo va estupendamente -mintió, mientras le apretaba la mano a Julian-. No hay ningún problema en absoluto.

8 No tengo corazón para otro trío

– ¿Es normal que esté asustada? -preguntó Brooke, mientras doblaba la esquina de la calle de Randy y de Michelle.

– Bueno, hace mucho que no los vemos -masculló Julian, mientras tecleaba furiosamente en su móvil.

– No; me refiero a la fiesta. ¡Estará toda esa gente de mi infancia y todos nos preguntarán por nuestras vidas y nos contarán las vidas de sus hijos, todos los cuales fueron amigos míos, pero ahora han llegado más lejos que yo en todos los aspectos posibles!

– Te garantizo que ninguno de sus hijos se ha casado mejor que tú.

Con el rabillo del ojo, Brooke vio que Julian sonreía.

– ¡Ja! Te habría dado la razón, si no me hubiera encontrado con la madre de Sasha Phillip en la ciudad, hace seis meses. Sasha era la abeja reina de sexto curso, la única niña capaz de ponerte a toda la clase en contra con un solo golpe de su brazalete autoenrollable, la niña con los calcetines menos caídos y las zapatillas KED más blancas de todo el colegio.

– No sé adónde quieres llegar…

– Pues bien, antes de que pudiera escabullirme, vi a la madre de Sasha en Century 21, la tienda de menaje.

– Brooke…

– Y la mujer va y me acorrala entre las cortinas de ducha y las toallas, y empieza a fanfarronear, diciendo que Sasha se ha casado con un tipo al que están «preparando» para llegar a ser «muy influyente» en un «negocio familiar italiano» (guiño, guiño), y que ese tipo (ese partidazo) habría podido elegir entre todas las mujeres del mundo, pero ha preferido a su preciosa Sasha, que ya se ha convertido en la madrastra de los cuatro hijos que ya tenía el hombre. ¡Lo dijo fanfarroneando! Y me lo supo contar con tanta habilidad, que salí de allí lamentando que tú no pertenecieras a la mafia y no tuvieras un puñado de hijos de un matrimonio anterior.

Julian se echó a reír.

– Nunca me lo habías contado.

– Temía por tu vida.

– Entre los dos superaremos muy bien esta fiesta: unos aperitivos, un poco de cena, un brindis y a casa. ¿Te parece bien?

– Si tú lo dices.

Brooke aparcó el coche en el sendero de la urbanización de Randy, en el número 88, y de inmediato observó que el Nissan 350Z, el biplaza deportivo que su hermano adoraba, no se veía por ninguna parte. Estuvo a punto de decir algo al respecto, pero a Julian volvió a sonarle el móvil por milésima vez en las dos últimas horas y además ya se había bajado del coche.

– ¡Volveré por las maletas, ¿de acuerdo?! -le gritó, pero él estaba en el otro extremo del sendero, con el teléfono apretado contra la oreja, asintiendo frenéticamente-. Muy bien, genial -masculló ella, mientras se dirigía a la entrada. Se disponía a subir la escalera, cuando Randy abrió la puerta de par en par, bajó corriendo y la envolvió en un abrazo.

– ¡Hola, Rookie! ¡Cuánto me alegro de verte! Ya viene Michelle. ¿Dónde está Julian?

– Hablando por teléfono. Te aseguro que T-Mobile se arrepentirá de haberle ofrecido una tarifa plana, cuando vea su factura.

Los dos se volvieron hacia él, mientras Julian sonreía, se guardaba el móvil en el bolsillo y se dirigía hacia el maletero abierto del coche.

– ¡¿Necesitas ayuda con las maletas?! -gritó Randy.

– No, ya puedo yo -respondió Julian, echándose las dos al hombro con facilidad-. Estás muy bien. ¿Has adelgazado?

Randy se dio unas palmadas en la amplia barriga, que se había vuelto quizá un poco menos amplia.

– La parienta me ha puesto a régimen estricto -respondió con inequívoco orgullo.

Brooke no se lo habría podido creer apenas un año antes, pero Randy estaba manifiestamente encantado de tener una relación adulta, una casa bien amueblada y un bebé en camino.

– Debería ser bastante más estricto ese régimen -dijo Brooke, al tiempo que se apartaba para eludir la colleja de su hermano.

– ¡Mira quién fue a hablar! Todavía tengo unos kilos de más, lo reconozco. Pero ¿qué excusa tienes tú, que eres nutricionista? ¿No deberías estar prácticamente anoréxica?

Randy la fue a buscar al otro lado del sendero y le desarregló el pelo con una mano.

– ¡Vaya! ¡Una observación sobre mi peso y un insulto a mi profesión, todo en la misma frase! ¡Hoy estás inspirado!

– ¡No te enfades! Ya sabes que estoy de broma. ¡Estás estupenda!

– Ajá. Puede que yo tenga que perder dos o tres kilos, pero Michelle tendrá bastante más trabajo contigo -dijo ella con una sonrisa.

– Ya estoy trabajando, créeme -intervino Michelle, mientras bajaba con cuidado la escalera. Parecía como si el vientre se le extendiera unos dos metros por delante, aunque todavía le faltaban siete semanas, y tenía la cara perlada de sudor en el calor agobiante de agosto. Aun así, parecía feliz, casi eufórica. Brooke siempre había creído que la historia de la belleza de las embarazadas era un mito, pero era indudable que Michelle tenía un brillo especial.

– Yo también estoy trabajando con Brooke -dijo Julian, mientras besaba a Michelle en la mejilla.

– Brooke está estupenda tal como está -replicó de inmediato Michelle, con un repentino endurecimiento de la expresión.

Brooke se volvió hacia Julian, olvidando que Michelle y Randy estaban delante.

– ¿Qué has dicho?

Julian se encogió de hombros.

– Nada, Rook. Una broma, nada más que una broma.

– ¿Estás «trabajando» conmigo? ¿Por qué? ¿Te cuesta mucho trabajo mantener bajo control mi obesidad mórbida?

– Brooke, ¿no podríamos hablar de esto en otro momento? Ya te he dicho que era una broma.

– No, yo quiero hablar ahora. ¿Qué has querido decir exactamente?

En seguida Julian se puso a su lado, apenado y arrepentido.

– Rookie, te prometo que era sólo una broma. Ya sabes que me gustas tal como eres y que no cambiaría nada de ti. Es sólo que… hum… que no quiero que tú te sientas incómoda.

Randy le cogió la mano a Michelle y anunció:

– Ven, llevémoslo todo a la casa. Dame esas maletas. Entrad cuando queráis.

Brooke esperó hasta que hubieron cerrado la puerta de malla metálica.

– Dime exactamente por qué piensas que yo podría sentirme incómoda. No soy una supermodelo, ya lo sé. Pero ¿quién lo es?

– Ya lo sé. Es sólo que…

Dio un golpe al primer peldaño con la zapatilla Converse y después se sentó.

– ¿Qué?

– Nada. Ya sabes que para mí tú eres preciosa. Es sólo que Leo piensa que quizá puedas sentirte incómoda, ya sabes, por la imagen pública y esas cosas.

Se la quedó mirando, esperando una respuesta, pero ella estaba demasiado asombrada para hablar.

– Brooke…

Ella sacó un chicle del bolso, con la mirada fija en el suelo.

– Rookie, ven aquí. ¡Dios, no he debido decir eso! No era en absoluto lo que quería decir.

Brooke esperó un momento a qué él le explicara lo que había querido decir en realidad, pero no hubo más que silencio.

– Ven, entremos -dijo por fin, haciendo un esfuerzo para no desmoronarse. En cierto sentido, todo resultaba más sencillo si no sabía lo que Julian había querido decir en realidad.

– No, espera un momento. Ven aquí -dijo él, mientras la atraía hacia el peldaño donde estaba sentado y cogía sus dos manos entre las suyas-. Nena, siento mucho haber dicho eso. No vayas a creer que Leo y yo nos pasamos el día hablando de ti. Ya sé que toda esa mierda acerca de mi «imagen» no es nada más que eso: un montón de mierda. Pero me estoy muriendo de miedo y en este momento necesito escuchar sus consejos. Acaba de salir el álbum, y estoy tratando de que no me afecte; pero lo mire como lo mire, estoy cagado de miedo. Si todo sale bien y el álbum es un éxito, es para cagarse de miedo. Si por el contrario (lo que es más probable), todo esto no ha sido más que humo y no sacamos nada en limpio, entonces es para cagarse de miedo todavía más. Hace unos meses estaba yo en mi pequeño estudio de grabación, tocando la música que me gustaba, completamente capaz de pensar que todo se reducía al piano y yo, y nada ni nadie más, y ahora de pronto tenemos todo esto: apariciones en televisión, cenas con ejecutivos, entrevistas… No estoy suficientemente… preparado. Y si a raíz de todo eso me he comportado últimamente como un imbécil, créeme que lo siento. Lo siento de veras.

Había un millón de cosas que Brooke habría querido decir (cuánto lo echaba de menos desde que pasaba tanto tiempo fuera, lo nerviosa que la ponían las discusiones de los últimos tiempos, la montaña rusa en que se habían convertido sus sentimientos y lo mucho que se alegraba de que él le hubiera abierto por fin una pequeña puerta para dejarla entrar), pero en lugar de presionarlo todavía más, de hacerle todas sus preguntas o de expresarle sus sentimientos, se obligó a apreciar el pequeño paso que Julian acababa de dar.

Le apretó las manos y le dio un beso en la mejilla.

– Gracias -dijo en voz baja, mirándolo a los ojos por primera vez en el día.

– Gracias a ti -replicó él, mientras le devolvía el beso en la mejilla.

Cuando aún quedaba mucho por decir y la tensión todavía no se había aliviado del todo, Brooke cogió la mano de su marido y dejó que él la ayudara a ponerse en pie para conducirla al interior de la casa. Se propuso hacer un esfuerzo para olvidar su comentario acerca del peso.

Randy y Michelle los estaban esperando en la cocina, donde Michelle estaba preparando una bandeja para que ellos mismos se hicieran unos sándwiches: lonchas de pavo y de rosbif, pan de centeno, salsa rosa, tomates, lechuga y encurtidos. Había latas de refresco de cereza Dr. Brown's y un litro de agua con gas con sabor a lima. Michelle les dio un plato de cartón a cada uno y les indicó con un gesto que se sirvieran.

– ¿A qué hora empieza la celebración? -preguntó Brooke, mientras se servía unas lonchas de pavo, sin nada de pan. Esperaba que Randy y Julian lo notaran y se sintieran culpables.

– La fiesta empieza a las siete, pero Cynthia quiere que estemos allí a las seis, para ayudar a prepararlo todo.

Michelle iba y venía con una gracia sorprendente, dadas sus dimensiones.

– ¿Crees que papá se llevará una sorpresa? -preguntó Brooke.

– Lo que no puedo creer es que vaya a cumplir sesenta y cinco años -dijo Julian, mientras extendía salsa rosa sobre una rebanada de pan.

– Y yo no me puedo creer que por fin vaya a jubilarse -intervino Randy-. Resulta raro, pero este mes de septiembre será la primera vez en casi quince años que no empezamos juntos el curso escolar.

Brooke siguió a los demás al comedor y se sentó con su plato y su lata de Dr. Brown's al lado de su hermano.

– Vas a echarlo de menos, ¿eh? ¿Con quién vas a comer ahora?

En ese momento sonó el móvil de Julian, que se disculpó y salió del comedor, para contestar la llamada.

– Parece relativamente tranquilo, teniendo en cuenta que acaba de salir el álbum -comentó Randy, antes de dar un bocado enorme a un sándwich todavía más colosal.

– Puede que lo parezca, pero no está nada tranquilo. No le deja de sonar el teléfono y todo el tiempo está hablando con gente, pero todavía no hay nada seguro. Tal vez sepamos algo hoy, más tarde, o quizá mañana. Dice que todos esperan que salga en el top veinte de la lista de éxitos, pero supongo que nadie puede garantizar nada -dijo Brooke.

– Es increíble -intervino Michelle, mordisqueando un trozo de pan de centeno-. ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? ¿Alguna vez pudiste imaginar que el disco de Julian iba a salir en el top veinte? Hay gente que lucha por algo así durante toda su vida, y éste no es más que su primer…

Brooke bebió el refresco y se secó la boca.

– Todavía no ha pasado… y no quiero gafarlo. Pero sí, tienes razón. Es lo más increíble del mundo.

– No, no es lo más increíble del mundo, ni mucho menos -dijo Julian, mientras regresaba al comedor con una de sus sonrisas marca de la casa. Era tan amplia su sonrisa, que hizo que Brooke olvidase la tensión anterior.

Michelle levantó una mano.

– No seas tan modesto, Julian. Es un hecho objetivo. Colocar tu primer álbum en el top veinte es lo más increíble del mundo.

– Nada de eso. Lo más increíble del mundo es colocar tu primer álbum en el número cuatro de la lista -dijo tranquilamente, antes de regalarles otra de sus seductoras sonrisas.

– ¿Qué? -preguntó Brooke, boquiabierta.

– Era Leo. Dice que aún no es oficial, pero que va en camino de situarse en el número cuatro. ¡El número cuatro! Me cuesta asimilarlo.

Brooke saltó de la silla a los brazos de Julian.

– ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! -no dejaba de repetir.

Michelle soltó un grito y, tras dar un fuerte abrazo a Julian y a Brooke, fue a buscar una botella especial de whisky, para brindar por Julian.

Randy volvió con tres vasos de cóctel y uno de naranjada para Michelle.

– Por Julian -dijo, mientras levantaba el vaso.

Entrechocaron los vasos y bebieron. Brooke hizo una mueca y dejó el suyo en la mesa, pero Randy y Julian prácticamente vaciaron los suyos de un trago.

Randy le dio una palmada en la espalda a Julian.

– Ya sabes que me alegro por ti, por el éxito y blablablá, pero te aseguro que lo mejor de todo… ¡es tener una puta estrella de rock en la familia!

– Bueno, tampoco es para…

Brooke le dio un golpe a Julian en el hombro.

– ¡Es cierto, cariño! ¡Ya eres una estrella! ¿Cuántos pueden decir que colocaron su primer disco en el número cuatro? ¿Cinco? ¿Diez? Gente como los Beatles, Madonna, Beyoncé… ¡y Julian Alter! ¡Es la locura total!

Siguieron festejando, hablando y acribillando a preguntas a Julian durante cuarenta y cinco minutos más, hasta que Michelle anunció que ya era hora de prepararse y que saldrían para el restaurante en una hora. En el instante en que Michelle les dio un montón de toallas y se marchó, cerrando tras ella la puerta del cuarto de invitados, Brooke se abalanzó sobre Julian y lo abrazó con tanta fuerza que los dos se desplomaron sobre la cama.

– ¡Está pasando, cariño! ¡No hay ninguna duda! ¡Realmente, no se puede negar que está pasando! -exclamó, mientras le cubría de besos la frente, los párpados, las mejillas y los labios.

Julian le devolvió los besos y después se apoyó en la cama sobre los codos.

– ¿Sabes qué otra cosa significa todo esto?

– ¿Que ya eres oficialmente famoso? -replicó ella, besándolo en el cuello.

– Significa que ya puedes dejar Huntley. ¡Qué demonios! Puedes dejar los dos trabajos, si quieres.

Ella se apartó y lo miró.

– ¿Por qué iba a dejarlos?

– Para empezar, porque has estado trabajando como una loca los dos últimos años y creo que te mereces unas vacaciones. Y porque las cosas empiezan a venirnos rodadas desde el punto de vista económico. Entre el porcentaje de la gira con Maroon 5, las fiestas privadas que me contrata Leo y los beneficios de este álbum… no sé, creo que ya puedes relajarte y disfrutar un poco de la vida.

Todo lo que Julian decía era perfectamente lógico; pero por razones que no habría conseguido expresar, Brooke se sintió irritada.

– No lo hago sólo por el dinero, ¿sabes? Las chicas me necesitan.

– Es el momento perfecto Brooke. Todavía faltan dos semanas para que empiece el curso escolar, por lo que seguramente tendrán tiempo de encontrar una sustituta. E incluso si decides seguir en el hospital, supongo que aún tendrás días libres.

– ¿Cómo que si decido seguir en el hospital? ¡Julian, estamos hablando de mi carrera, la razón por la que fui a la universidad! ¡Puede que no sea tan importante como debutar en el número cuatro de la lista de éxitos, pero da la casualidad de que adoro lo que hago!

– Ya sé que lo adoras, pero pensé que quizá pudieras adorarlo de lejos durante un tiempo.

Le dio un codazo y sonrió. Ella lo miró.

– ¿Qué me estás sugiriendo?

Él intentó atraerla hacia sí y ponérsela encima, pero Brooke se escabulló. Julian suspiró.

– No te estoy sugiriendo nada espantoso, Brooke. Quizá si no estuvieras tan estresada por los horarios y la carga de trabajo, disfrutarías más del tiempo libre. Podrías viajar conmigo, venir a las fiestas…

Ella guardó silencio.

– ¿Te ha molestado algo de lo que he dicho? -preguntó él, intentando cogerla de la mano.

– No, no es eso -mintió ella-. Me parece que hago un esfuerzo enorme para encontrar un equilibrio entre mi trabajo y todo lo que está pasando contigo. Fuimos juntos al programa de Jay Leno, a la fiesta de «Friday Night Lights», al cumpleaños de Kristen Stewart en Miami y a Bonnaroo. Te visito en el estudio por la noche, cuando te quedas hasta tarde. No sé qué más puedo hacer, pero estoy bastante segura de que la respuesta no es renunciar a mi carrera para seguirte a todas partes. No creo que a ti te gustara eso, por muy divertido que fuera al principio, y sinceramente, me resultaría muy difícil respetarme a mí misma si lo hiciera.

– Sólo te pido que te lo pienses -dijo él, mientras se quitaba la camisa y se dirigía al baño-. Prométeme que te lo pensarás.

El ruido del agua de la ducha ahogó su respuesta. Brooke decidió no pensar más en ello por aquella noche. No era preciso que decidieran nada, y el hecho de que no fueran exactamente de la misma opinión no significaba que tuvieran un problema.

Brooke se quitó la ropa, apartó la cortina de la ducha y se metió dentro.

– ¿A qué debo este honor? -preguntó Julian, con los ojos entrecerrados y la cara cubierta de jabón.

– A que tenemos menos de media hora para ducharnos y vestirnos -dijo Brooke, mientras daba una vuelta completa al grifo del agua caliente.

Julian chilló.

– ¡Ten un poco de piedad!

Ella se deslizó contra él, disfrutando de la agradable sensación de su pecho enjabonado contra el de él, e inmediatamente acaparó el torrente de agua caliente.

– ¡Aaaaah! ¡Qué bien!

Julian puso cara de fingido enfado y se retiró al extremo más alejado de la bañera. Brooke se echó a reír.

– Ven aquí -dijo, aun sabiendo que él no toleraba el agua caliente y que apenas soportaba el agua tibia-. Hay espacio de sobra para los dos.

Se echó un poco de champú en la mano, ajustó la temperatura del agua para que volviera a estar templada y le dio un beso en la mejilla.

– Ven, cariñito.

Se deslizó otra vez contra su cuerpo y sonrió, mientras él, con cierta vacilación, volvía a colocarse bajo la ducha. Le enjabonó el pelo y lo observó disfrutar del agua tibia.

Era uno de los cientos o quizá miles de pequeños detalles que cada uno conocía del otro, y ese conocimiento mutuo era siempre una fuente de intensa felicidad para ella. Le encantaba pensar que tal vez era la única persona del mundo en saber que Julian detestaba sumergirse en agua caliente (la evitaba escrupulosamente en la bañera, en la ducha, en los jacuzzis y en los baños termales), pero que era capaz de soportar sin una sola queja el agua templada e incluso la fría; que se bebía las bebidas calientes de un trago y él mismo reconocía que era un «tragafuegos» (bastaba dejarle delante una taza de café hirviendo o un cuenco con sopa humeante para que él se lo echara al gaznate sin un sorbito de prueba), y que tenía una resistencia al dolor poco frecuente, como había quedado demostrado la vez que se fracturó el tobillo y reaccionó solamente con un breve «¡Mierda!», pero en cambio gritaba y se retorcía como un niño pequeño cuando Brooke intentaba arrancarle un antiestético pelo del entrecejo. Incluso en aquel momento, mientras él se enjabonaba, Brooke sabía que él se alegraba de poder usar una pastilla de jabón, en lugar de gel de baño, pero que mientras el producto no oliera a lavanda o, peor aún, a pomelo, estaba dispuesto a usar cualquier cosa que tuviera a mano.

Ella se inclinó para besarle la barbilla sin afeitar y recibió un chorro de agua en los ojos.

– Te lo mereces -dijo Julian, dándole una palmadita en el trasero-. Así aprenderás a no meterte con un cantante que está en el número cuatro.

– ¿Qué opina don Número Cuatro de un achuchón rápido?

Julian le devolvió el beso, pero salió de la ducha.

– No seré yo quien le explique a tu padre que hemos llegado tarde a su fiesta porque su hija me ha asaltado en la ducha.

Brooke se echó a reír.

– Cobardica.

Cynthia ya estaba en el restaurante cuando llegaron, recorriendo como una tromba el salón privado, en un frenético despliegue de energía e instrucciones. Habían escogido Ponzu, que en su opinión era el nuevo restaurante de moda del sureste de Pennsylvania. Según Randy, sin embargo, la supuesta «fusión asiática» del lugar era un intento excesivamente ambicioso de servir sushi y teriyaki japoneses, rollitos de primavera de inspiración vietnamita, un pad thai que pocos tailandeses habrían reconocido y un plato «de autor» de pollo y brécol, que apenas se diferenciaba de los que ofrecían en los restaurantes chinos baratos. A nadie parecía preocuparle que no hubiera ningún plato de verdadera fusión, por lo que los cuatro mantuvieron la boca cerrada y de inmediato se pusieron a trabajar.

Los dos hombres colgaron dos enormes carteles de papel de aluminio que decían ¡felices 65! y enhorabuena por la jubilación, mientras Brooke y Michelle arreglaban las flores compradas por Cynthia en los jarrones proporcionados por el restaurante, suficientes para colocar dos arreglos por mesa. No habían terminado el primer arreglo, cuando Michelle dijo:

– ¿Habéis pensado qué vais a hacer con tanto dinero?

A Brooke casi se le caen las tijeras de las manos por la sorpresa. Nunca hasta entonces había hablado con Michelle de nada personal y una conversación sobre el potencial económico de Julian le parecía totalmente inapropiada.

– Oh, ya sabes. Todavía tenemos un montón de préstamos que devolver de nuestra época de estudiantes y una tonelada de facturas que pagar. No es tan fabuloso como parece -respondió, encogiéndose de hombros.

Michelle cambió una rosa por una peonía y ladeó la cabeza, para estudiar el efecto.

– ¡Vamos, Brooke! No te engañes. ¡Vais a nadar en dinero!

Sin saber cómo responder a eso, Brooke se limitó a soltar una risita incómoda.

Todos los amigos de su padre y de Cynthia llegaron a las seis en punto y se pusieron a circular por la sala, sirviéndose bocaditos de las bandejas que pasaban y bebiendo vino. Cuando por fin llegó el padre de Brooke a lo que ya sabía desde hacía tiempo que era su fiesta «sorpresa», el ambiente era adecuadamente festivo. Así lo demostraron los invitados, cuando el encargado del restaurante acompañó al señor Greene al salón privado y todos los presentes lo recibieron con gritos de «¡Sorpresa!» y «¡Felicidades!», mientras él pasaba por el ciclo de reacciones habituales en las personas que necesitan fingir asombro ante una fiesta sorpresa que en realidad no lo es. Aceptó la copa de vino que le tendió Cynthia y se la bebió de un trago, en un esfuerzo deliberado por disfrutar de la fiesta, aunque Brooke sabía que habría preferido mil veces quedarse en casa, preparando el calendario de partidos de pretemporada.

Por fortuna, Cynthia había preparado los brindis para la hora del cóctel. Brooke era una oradora nerviosa y no quería pasar toda la velada sufriendo. Pero con una copa y media de Vodka Tonic, todo le resultó un poco más fácil y pudo pronunciar sin ningún contratiempo el discurso que se había preparado. El público pareció disfrutar sobre todo con la historia de cuando Randy y ella visitaron a su padre por primera vez después del divorcio y lo encontraron metiendo pilas de revistas viejas y de facturas pagadas en el horno, porque tenía pocos armarios y no quería que el espacio del horno «se desperdiciara». Randy y Cynthia fueron los siguientes y, pese a la incómoda mención por parte de esta última de «la instantánea conexión» que habían sentido «en el momento mismo en que se conocieron» (cuando casualmente el padre de Brooke aún estaba casado con su madre), todo marchó a pedir de boca.

– ¡Eh, atención todo el mundo! ¿Puedo pediros que me prestéis atención sólo un minuto más? -preguntó el señor Greene, mientras se ponía en pie desde el puesto que ocupaba, en el centro de una mesa alargada de banquete.

El salón guardó silencio.

– Quiero daros las gracias a todos por haber venido. Agradezco especialmente a mi adorable esposa que haya organizado esta fiesta en sábado y no en domingo (¡por fin ha entendido la diferencia entre fútbol universitario y fútbol profesional!), y a mis cuatro queridos hijos, por estar aquí esta noche. ¡Vosotros hacéis que todo merezca la pena!

Los invitados aplaudieron. Brooke se sonrojó y Randy levantó la mirada al cielo, meneando la cabeza. Cuando Brooke miró a Julian, lo encontró tecleando furiosamente en su móvil, debajo de la mesa.

– Sólo una cosa más. Quizá algunos de vosotros sepáis que tenemos una estrella en ascenso en la familia…

Eso captó la atención de Julian.

– Pues bien, ¡tengo el placer de anunciar que el disco de Julian saldrá en el número cuatro de la lista de éxitos de la revista Billboard, la semana que viene! -Todos los presentes respondieron con aclamaciones y aplausos-. Os propongo un brindis por mi hijo político, Julian Alter, por conseguir lo que parecía casi imposible. Sé muy bien que hablo por todos, Julian, cuando digo que estamos muy orgullosos de ti.

Se acercó entonces a Julian, que estaba asombrado pero claramente encantado, y lo abrazó, y Brooke sintió una corriente de gratitud hacia su padre. Era exactamente lo que Julian llevaba toda la vida esperando que hiciera su propio padre, y si no iba a recibirlo de él, Brooke se alegraba de que al menos pudiera disfrutar del aprecio de su familia. Julian dio las gracias al padre de Brooke y rápidamente volvió a sentarse, y aunque estaba un poco sonrojado por ser el centro de la atención, era evidente que estaba muy complacido. Brooke le cogió la mano y se la apretó, y él le devolvió el apretón el doble de fuerte.

Los camareros estaban empezando a servir los entremeses, cuando Julian se inclinó hacia Brooke y le pidió que lo siguiera a la sala principal del restaurante, para hablar un momento en privado.

– ¿Es la manera que has encontrado de llevarme a los lavabos? -le susurró, mientras lo seguía-. ¿Te imaginas el escándalo? Si alguien nos sorprende, sólo espero que sea la madre de Sasha…

Julian la llevó hacia el pasillo donde estaban los lavabos y Brooke le dio un tirón del brazo.

– ¡Te lo decía en broma! -exclamó.

– Rook, acabo de recibir una llamada de Leo -dijo él, mientras se apoyaba en un taburete alto.

– ¿Ah, sí?

– Está en Los Ángeles y supongo que está teniendo un montón de reuniones en mi nombre.

Parecía como si Julian tuviera algo más que decir, pero se interrumpió.

– ¿Y ha surgido algo interesante?

Al oír aquello, Julian ya no se pudo contener más. Una enorme sonrisa le iluminó la cara, y aunque Brooke sintió de inmediato en la boca del estómago que eso que parecía tan interesante no iba a ser nada agradable para ella, lo imitó y sonrió también.

– ¡Cuéntamelo! ¿Qué es? -preguntó.

– Bueno, verás… -Julian bajó la voz y abrió mucho los ojos-. Me ha dicho que Vanity Fair quiere incluirme en el grupo de artistas emergentes que aparecerá en la portada de octubre o noviembre. ¡Una portada! ¿Te lo puedes creer?

Brooke le echó los brazos al cuello.

Julian le dio un beso rápido en los labios y se apartó en seguida.

– ¿Y sabes qué más? ¡Annie Leibovitz hará la foto!

– ¿Estás de broma?

– No -sonrió él-. Seremos otros cuatro artistas y yo. De diferentes disciplinas, creo. Leo me ha dicho que probablemente seremos un músico, un pintor, un escritor, ya sabes… ¿Y sabes dónde harán la foto? ¡En el Chateau!

– ¿Dónde si no? Pronto seremos clientes habituales.

Brooke ya estaba calculando mentalmente qué hacer para perder el mínimo de horas de trabajo y aun así acompañarlo. También tendría que pensar en las maletas…

– Brooke.

La voz de Julian era normal, pero su expresión parecía dolida.

– ¿Cuál es el problema?

– Siento mucho hacerte esto, pero tengo que salir ahora mismo. Leo me ha reservado un asiento en el vuelo de las seis, que sale del aeropuerto JFK, mañana por la mañana, y todavía tengo que volver a Nueva York y recoger un par de cosas del estudio.

– ¿Te vas ahora, en este instante? -preguntó ella, horrorizada porque sabía que el billete de Julian ya estaba reservado, y que por mucho que él intentara mantener la expresión solemne, se veía claramente que apenas podía reprimir el entusiasmo.

En lugar de seguir intentándolo, Julian la abrazó y se puso a acariciarle la espalda, entre los hombros.

– Ya sé que es una putada, nena. Siento que todo sea tan repentino y siento tener que irme en medio de la fiesta de tu padre, pero…

– Antes.

– ¿Qué?

– No te vas en medio de la fiesta; te vas antes. Todavía no hemos empezado a comer.

Julian guardó silencio. Por un momento, ella se preguntó si no iría a decirle que todo había sido una broma y que no tenía que irse a ningún sitio.

– ¿Cómo vas a volver a casa? -preguntó finalmente, con la voz teñida de resignación.

Él la acercó para darle un abrazo.

– He llamado a un taxi para que me lleve a la estación, así nadie más tendrá que dejar la fiesta. Además, de ese modo, tendrás el coche para volver mañana. ¿Te parece bien?

– Sí, claro.

– ¿Brooke? Te quiero, nena. Y voy a llevarte a celebrarlo en cuanto vuelva. Todo son cosas buenas. Lo sabes, ¿verdad?

Brooke se obligó a sonreír, por él.

– Lo sé y me alegro mucho por ti.

– Creo que estaré de vuelta el martes, pero no estoy seguro -dijo, antes de besarla suavemente en los labios-. Deja que yo lo organice todo, ¿de acuerdo? Quiero que hagamos algo muy especial.

– Yo también.

– ¿Me esperas aquí un segundo? -preguntó-. Voy a volver a la sala, para despedirme rápidamente de tu padre. No quiero llamar mucho la atención…

– Será mejor que te vayas sin decir nada -replicó Brooke, que en seguida notó el alivio de Julian-. Yo les explicaré lo que ha pasado. Lo entenderán.

– Gracias.

Ella hizo un gesto afirmativo.

– Ven, te acompaño afuera.

Bajaron la escalera cogidos de la mano y consiguieron salir al aparcamiento sin toparse con ninguno de los invitados de la fiesta, ni con nadie de la familia. Una vez más, Brooke le aseguró que lo mejor era que se marchara de aquella forma, que ella se lo explicaría todo a su padre y a Cynthia y daría las gracias en su nombre a Randy y a Michelle por su hospitalidad, y que todo aquello era preferible a montar una gran escena de despedida, en la que tendría que dar un millón de explicaciones. Julian intentó conservar la expresión contrita mientras la besaba para despedirse y le susurraba cuánto la quería; pero en cuanto llegó el taxi, salió corriendo hacia él, como un alborozado perro de caza en busca de una bola de tenis. Brooke se recordó que debía sonreírle y agitar alegremente la mano para saludarlo, pero el taxi arrancó y se alejó antes de que Julian pudiera darse la vuelta para devolverle el saludo. Volvió a entrar en el restaurante, sola.

Echó un vistazo al reloj y se preguntó si aún le quedaría tiempo para salir a correr un poco, después de su última paciente y antes de ir a visitar a Nola. Se prometió hacer lo posible por salir, pero en seguida recordó que el termómetro marcaba treinta y cuatro grados en la calle y que sólo una demente habría salido a correr con ese tiempo.

Llamaron a la puerta. Era su primera sesión con Kaylie desde el comienzo del nuevo curso escolar y tenía muchas ganas de ver a la niña. Los mensajes que recibía de ella le parecían cada vez más positivos y estaba convencida de que pronto se adaptaría por completo al colegio. Sin embargo, cuando se abrió la puerta, la que entró fue Heather.

– Hola, ¿qué tal? Gracias otra vez por el café de esta mañana.

– Oh, no tiene ninguna importancia. Oye, sólo quería avisarte que Kaylie no vendrá esta mañana. Está en casa, con una especie de gastroenteritis.

Brooke miró la lista de las ausencias del día, que tenía sobre la mesa.

– ¿Ah, sí? Sin embargo, no está en la lista.

– Sí, ya lo sé. Ha estado en mi despacho hace un rato y tenía muy mala cara, así que la he mandado a ver a la enfermera y ella la ha enviado a su casa. Estoy segura de que no es nada grave, pero quería avisarte.

– Te lo agradezco.

Heather se volvió para marcharse, pero Brooke la llamó.

– ¿Cómo la has visto? Aparte de que tuviera mala cara.

Heather pareció reflexionar un momento.

– Es difícil de decir. Era nuestra primera entrevista desde el curso pasado y no se ha sincerado del todo. Hablando con otras chicas, me han llegado rumores de que ahora es amiga de Whitney Weiss, lo que me parece inquietante por razonas obvias; pero Kaylie no lo ha mencionado. Una cosa que me ha llamado la atención es que ha adelgazado muchísimo.

Brooke levantó bruscamente la cabeza.

– ¿Cuánto dirías que es «muchísimo»?

– No sé… Diez kilos, quizá doce. De hecho, estaba estupenda. Parecía realmente contenta consigo misma. -Heather observó que Brooke parecía preocupada-. ¿Por qué? ¿Es malo?

– No necesariamente, pero son muchos kilos en muy poco tiempo. Si a eso le sumamos la amistad con Whitney Weiss, digamos que hay razones para encender una lucecita roja de alarma.

Heather asintió.

– Bueno, supongo que tú la verás antes que yo. Mantenme informada, ¿de acuerdo?

Brooke se despidió de Heather y se reclinó en la silla. Doce kilos eran una cantidad enorme de peso perdido en apenas dos meses y medio, y la amistad con Whitney aún la inquietaba más. Whitney era una chica extremadamente delgada que había engordado dos o tres kilos el curso anterior, cuando había dejado de practicar hockey sobre hierba, y a su esquelética madre le había faltado tiempo para presentarse en el despacho de Brooke y pedirle que le recomendara un buen «campamento para gordas», como ella misma lo expresó. Las vehementes afirmaciones de Brooke de que el aumento de peso era completamente normal e incluso positivo en una chica de catorce años que aún estaba creciendo no sirvieron de nada, y por fin su madre la envió a un selecto campamento al norte de Nueva York, para que recuperara su peso anterior haciendo ejercicio. Como era de esperar, desde entonces la niña había empezado a ayunar, a darse atracones, a vomitar y a purgarse, un tipo de conducta con el que era preferible que Kaylie no tuviera ninguna relación. Brooke se propuso llamar al padre de Kaylie en cuanto tuviera la primera sesión con la niña, para preguntarle si había observado algo extraño en la manera de comportarse de su hija.

Tomó unas notas sobre las sesiones anteriores y después salió del colegio, para dejarse aplastar por el sofocante manto de humedad de comienzos de septiembre, que hizo saltar por los aires su determinación de coger el metro. Como si un ángel hubiera leído sus pensamientos o, más probablemente, como si un taxista bangladesí la hubiera visto agitar la mano levantada, un taxi se detuvo justo delante del colegio para que bajara un cliente y Brooke se dejó caer en el asiento trasero del vehículo con aire acondicionado.

– A la esquina de Duane y Hudson, por favor -dijo, mientras acercaba las piernas al aire frío que salía de la rejilla.

Pasó todo el trayecto con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Poco antes de que el taxi se detuviera delante del portal de Nola, recibió un mensaje de texto de Julian.

«¡¡¡Acabo de recibir un mail de John Travolta!!! Dice que "le encanta" mi nuevo álbum y me felicita.»

El entusiasmo de Julian palpitaba a través de la pantalla.

«¡¿John Travolta?! -le respondió ella-. ¿De verdad? ¡Impresionante!»

«Le escribió a su agente, y su agente le pasó el mensaje a Leo», explicó Julian.

«¡Enhorabuena! ¡Qué bien! ¡No lo borres!», escribió ella, y en seguida añadió: «En casa de Nola. Llama cuando puedas. Besos.»

El apartamento de un solo dormitorio de Nola estaba al final de un largo pasillo y tenía vistas a la terraza de un café de moda. Brooke entró por la puerta que su amiga había dejado abierta, dejó el bolso al tiempo que se quitaba los zapatos y fue directamente a la cocina.

– ¡Estoy aquí! -gritó, mientras sacaba una lata de Coca-Cola Light de la nevera. Era su placer culpable favorito y sólo se lo permitía en casa de Nola.

– Hay Coca-Cola Light en el frigorífico. ¡Tráeme una a mí también! -gritó Nola desde el dormitorio-. Casi he terminado de hacer la maleta. Voy en seguida.

Brooke abrió las dos latas y le llevó la suya a Nola, que estaba sentada entre montones de ropa, zapatos, cosméticos, aparatos electrónicos y guías de viaje.

– ¿Cómo coño esperan que meta todo esto en una mochila? -soltó, mientras arrojaba al suelo un cepillo redondo, tras fracasar en el intento de meterlo en el bolsillo delantero de la mochila-. ¿En qué estaría yo pensando, cuando contraté este viaje?

– Ni idea -respondió Brooke, observando el caos-. De hecho, hace dos semanas que me pregunto lo mismo.

– Esto es lo que pasa cuando los días de vacaciones no se pueden pasar de un año a otro y no tienes novio. Tomas decisiones como ésta. ¿Dieciséis días con once desconocidos en el sureste asiático? La culpa es tuya, Brooke, de verdad.

Brooke se echó a reír.

– Me da igual lo que digas. Desde el primer momento te dije que era la peor idea que había oído en mi vida, pero tú no me quisiste oír.

Nola se levantó, bebió un sorbo de Coca-Cola Light y se dirigió al cuarto de estar.

– Deberían ponerme como ejemplo aleccionador para todas las mujeres solas del mundo: nada de viajes contratados impulsivamente y en el último minuto. ¡Vietnam no va a moverse de su puto sitio! ¿A qué venía tanta prisa?

– ¡Oh, ya verás como te diviertes! Además, puede que haya algún tío con buena pinta en tu grupo.

– Ah, sí, claro que sí. Apuesto a que no serán parejas alemanas de mediana edad, ni hippies con ganas de volverse budistas, ni un montón de lesbianas. ¡No! Serán todos hombres adorables y sin compromiso, de entre treinta y treinta y cinco años.

– ¡Me gusta tu actitud positiva! -replicó Brooke con una sonrisa.

Algo llamó la atención de Nola, que en seguida se acercó a la ventana del cuarto de estar. Brooke miró y no vio nada fuera de lo corriente.

– ¿No es Natalie Portman la de la primera mesa a la izquierda? ¿No es ella, con gorra de visera y gafas de sol para pasar inadvertida, como si su esencia «natalie-portmaniana» no fuera a traslucirse de todos modos? -dijo Nola.

Brooke volvió a mirar y esa vez se fijó en la chica de la gorra, que bebía una copa de vino y reía por algo que había dicho su compañero de mesa.

– Hum, sí, creo que podría ser ella.

– ¡Claro que es ella! ¡Y está fantásticamente guapa! No entiendo por qué no la odio. Debería, pero no la odio.

Nola inclinó la cabeza, pero sin quitar la vista de la ventana.

– ¿Por qué ibas a odiarla? -preguntó Brooke-. A mí me parece una de las más normales.

– Razón de más para odiarla. No sólo es increíblemente atractiva (incluso con la cabeza completamente rapada), sino que encima ha estudiado en Harvard, habla algo así como quince idiomas, ha viajado por todo el mundo para promover los microcréditos y le importa tanto la naturaleza que nunca usa zapatos de piel. Y por si todo eso fuera poco, quienes han trabajado con ella e incluso aquellos que se han sentado alguna vez junto a ella en un avión aseguran que es la persona más simpática, sensata y amable que han conocido en su vida. Ahora dime, por favor, ¿cómo es posible no odiar a alguien así?

Nola abandonó finalmente su mirador y Brooke la siguió. Las dos se tumbaron sobre sendos sofás enfrentados y se pusieron de lado para verse.

Brooke bebió un sorbo y se encogió de hombros, pensando en el fotógrafo que había delante de su casa.

– Supongo que me alegro por Natalie Portman.

Nola meneó lentamente la cabeza.

– ¡Dios, qué rara eres!

– ¿Qué he dicho? No lo entiendo. ¿Debería obsesionarme con ella? ¿Sentir celos? ¡Si ni siquiera existe!

– ¡Claro que existe! Está sentada ahí abajo, justo enfrente, ¡y está estupenda!

Brooke se apoyó un brazo sobre la frente y gimió.

– Y nosotras la estamos espiando, lo que no me hace ninguna gracia. Déjala en paz.

– ¿Te preocupa la privacidad de Natalie? -preguntó Nola, en tono más suave.

– Sí, supongo que sí. Es muy raro. La parte de mí que ha leído todas esas revistas durante años, que ha visto todas sus películas y se sabe de memoria los vestidos que ha llevado a todas las galas querría quedarse delante de la ventana y pasar toda la noche mirándola. Pero la otra parte de mí…

Nola apuntó el mando a distancia al televisor y fue pasando de un canal de radio a otro, hasta encontrar el de rock alternativo.

– Ya te entiendo -dijo, apoyándose sobre un codo-. ¿Qué más ha pasado? ¿Por qué tienes ese humor de mierda?

Brooke suspiró.

– Tuve que pedir otro día libre para ir el fin de semana que viene a Miami, y digamos que a Margaret no le entusiasmó la idea.

– No puede pedir a sus empleados que no tengan vida privada.

Brooke resopló.

– Pero no podemos culparla si nos pide que vayamos a trabajar de vez en cuando.

– Estás siendo demasiado severa contigo misma. ¿Podemos hablar de algo más divertido? No te ofendas.

– ¿De qué? ¿De la fiesta de este fin de semana?

– ¿Estoy invitada? -sonrió Nola-. Podría ser tu acompañante.

– ¿Estás de broma? Me encantaría, pero pensé que no sería posible.

– ¿Creías que preferiría quedarme en Nueva York, para salir con algún perdedor, cuando puedo comer caviar con la mujer de una estrella de rock emergente?

– Hecho. Seguro que Julian estará encantado de no tener que ocuparse de mí toda la noche. -El móvil de Brooke vibró sobre la mesa baja-. Mira, hablando del rey de Roma…

– ¡Hola! -contestó Brooke-. Estaba hablando con Nola de la fiesta de este fin de semana.

– ¿Brooke? ¡Adivina! Me acaba de llamar Leo, que ha hablado con el vicepresidente de Sony. Dice que las cifras iniciales del álbum están muy por encima de sus expectativas.

Brooke oía música y ruido de fondo, pero no recordaba dónde estaba Julian aquella tarde. ¿En Atlanta? ¿O tocaba en Charleston aquella noche? Sí, eso debía de ser. En Atlanta había estado la noche anterior. Recordaba haber hablado con Julian, cuando la llamó a la una de la madrugada, con voz de haber bebido bastante, pero de buen humor. Llamaba desde el Ritz de Buckhead, en Atlanta.

– Nadie quiere asegurar nada todavía, porque aún faltan tres días para que termine la semana del control de radiodifusión, pero la semana del control de ventas ha terminado hoy y al parecer todo va perfectamente encaminado…

Brooke había pasado dos horas la noche anterior leyendo acerca de todos los cantantes y grupos que habían editado álbumes en las últimas dos semanas, pero todavía no podía entender cómo funcionaban los controles de ventas y radiodifusión. ¿Debía preguntárselo a Julian? ¿O se molestaría por su ignorancia?

– … para saltar por lo menos del número cuatro al número tres, ¡y posiblemente todavía más arriba!

– ¡Qué orgullosa estoy de ti! ¿Os estáis divirtiendo en Charleston? -preguntó en tono animado.

Hubo un silencio y por un instante sintió miedo. ¿Sería que no estaban en Charleston? Pero en seguida, Julian dijo:

– Lo creas o no, aquí estamos trabajando: ensayando, actuando, desmontando y volviendo a montar, y pasando cada noche en un hotel diferente… Aquí todos estamos currando como locos.

Brooke guardó silencio un momento.

– No pretendía decir que os pasarais el día de fiesta.

Con gran esfuerzo, consiguió contenerse para no mencionar que la noche anterior la había llamado borracho, de madrugada.

Nola captó la mirada de Brooke y le indicó con un gesto que se iba a la otra habitación, pero Brooke le hizo un ademán negativo y la miró con una expresión que significaba: «No seas ridícula.»

– ¿Todo esto es por haberme marchado en medio de la fiesta de tu padre? ¿Cuántas veces tendré que disculparme por eso? ¡No puedo creer que todavía me sigas castigando!

– No, no es por nada de eso, pero te recuerdo que me avisaste con unos seis segundos de antelación antes de marcharte y que desde entonces no te he vuelto a ver, y ya han pasado dos semanas. -Suavizó el tono-. Supongo que esperaba tenerte en casa uno o dos días después de la sesión de fotografía, antes de que volvieras a irte de gira.

– ¿A qué viene esa actitud?

Para Brooke, fue como una bofetada.

– ¿Actitud? ¿Es tan espantoso preguntarte si te estás divirtiendo? ¿O querer saber cuándo vamos a vernos? ¡Sí! ¡Soy malísima!

– Brooke, ahora mismo no tengo tiempo para una escena.

El modo en que la llamó por su nombre completo le hizo sentir escalofríos.

– ¿Una «escena», Julian? ¿De verdad?

Ella casi nunca le contaba cómo se sentía. Julian siempre estaba demasiado estresado, o demasiado ocupado, o demasiado distraído, o demasiado lejos, por lo que ella procuraba no quejarse y mostrarse animada y comprensiva, como le había aconsejado su madre. Pero no era fácil.

– Entonces ¿por qué te pones así? Siento mucho no poder volver a casa esta semana. ¿Cuántas veces quieres que me disculpe? Todo esto lo hago por los dos, ¿lo sabes? No estaría de más que lo recordaras de vez en cuando.

Brooke volvió a experimentar una sensación de angustia que ya había sentido otras veces.

– Creo que no lo entiendes -dijo en voz baja.

Julian suspiró.

– Intentaré coger una noche libre y volver a casa antes de este fin de semana en Miami, ¿de acuerdo? ¿Te sentirías mejor? No creas que es tan fácil, cuando sólo han pasado dos semanas desde que salió el álbum.

Brooke habría querido mandarlo a hacer gárgaras, pero en lugar de eso, hizo una inspiración profunda, contó hasta tres y dijo:

– Si puedes, sería estupendo. Me encantaría verte.

– Lo intentaré, Rook. Ahora te tengo que dejar, porque tengo prisa, pero recuerda que te quiero. Y que te echo de menos. Te llamo mañana, ¿de acuerdo?

Antes de que ella pudiera decir ni una palabra más, Julian cortó la comunicación.

– ¡Me ha colgado el teléfono! -gritó, antes de estrellar el móvil contra el sofá, donde el aparato botó sobre un cojín y aterrizó en el suelo.

– ¿Estás bien?

El tono de Nola era suave y apaciguador. Estaba en la puerta del cuarto de estar, con una pila de cartas de restaurantes que enviaban la comida a casa y una botella de vino. En el canal de radio del televisor, empezó a sonar Por lo perdido, y las dos se volvieron hacia el altavoz.

Mi sueño se escurrió entre las manos,

como si fuera arena, pero era mi hermano.

– ¿Podrías quitar eso, por favor? -dijo Brooke, cayendo en el sofá con las manos sobre los ojos, aunque no estaba llorando-. ¿Qué voy a hacer? -gimió.

Nola cambió rápidamente de estación.

– Primero, vas a decidir si quieres pollo al limón o gambones al curry del restaurante vietnamita, y después, vas a contarme qué os pasa a Julian y a ti. -Nola pareció recordar la botella que tenía en la mano-. Rectifico. Primero vas a tomar una copa.

Se apresuró a cortar el envoltorio de papel metálico con la punta del sacacorchos y se disponía a descorchar la botella, cuando dijo:

– Creí que habíais superado aquella tontería de la foto con Layla.

Brooke resopló y aceptó la copa de vino tinto, que en ambientes más exquisitos habría parecido demasiado llena, pero en aquel momento le pareció perfecta.

– ¿Qué foto? ¿Aquella donde mi marido aparece agarrando a Layla por la cinturita de sesenta centímetros, con una sonrisa tan enorme y tan decididamente beatífica que parece sorprendido en medio de un orgasmo?

Nola bebió un poco de vino y puso los pies sobre la mesa.

– No era más que una estrellita tonta, tratando de aprovechar el tirón en la prensa de un cantante en ascenso. A ella Julian le da igual.

– Ya lo sé. No es tanto la foto como… ¿Te das cuenta de que Julian salió del Nick's y de unas prácticas de media jornada en un estudio de grabación, para meterse directamente en esto? Todo ha cambiado de la noche a la mañana, Nola. Yo no estaba preparada.

No tenía sentido que lo siguiera negando. Julian Alter, su marido, era oficial e indiscutiblemente famoso. Racionalmente, Brooke sabía que el camino había sido muy largo y tremendamente difícil: un montón de años de ensayos diarios, pequeñas actuaciones y muchas horas dedicadas a la composición (por no mencionar las incontables actuaciones y lo mucho que había trabajado Julian antes de conocerla). Había habido demos, maquetas de promoción y singles que siempre estaban a punto de tener éxito, pero nunca lo tenían. Incluso después de firmar el contrato para el álbum que supuestamente no iba a conducir a nada, había habido semanas y meses enteros de discutir minucias jurídicas, de consultar y trabajar con abogados especialistas en la industria del espectáculo y de hablar con artistas más experimentados para pedirles consejo y posiblemente guía. Después vinieron muchos meses en un estudio de grabación del Midtown, exprimiendo los teclados y la voz cientos o incluso miles de veces, hasta conseguir el sonido justo. Hubo reuniones interminables con los productores y con el departamento de nuevos talentos de Sony, y con ejecutivos temibles que tenían las llaves del futuro de Julian en sus manos (y se comportaban en consecuencia). Hubo un casting para elegir a los miembros de la banda y después vinieron las entrevistas y las audiciones; las idas y venidas entre Los Ángeles y Nueva York, para asegurarse de que todo funcionara bien; las consultas con la gente de relaciones públicas, para valorar las percepciones del público, y las instrucciones de los asesores del departamento de prensa sobre la forma de comportarse ante las cámaras, por no mencionar la intervención de la estilista, encargada de la imagen de Julian.

Durante años, Brooke había trabajado con gusto en dos empleos para que Julian pudiera dedicarse a su música, pese a los confusos accesos de resentimiento que experimentaba a veces, cuando estaba extenuada y se sentía sola en casa, mientras él estaba en el estudio. Tenía sus propios sueños (aparcados por decisión propia): el deseo de hacerse un lugar en su profesión, de viajar más, de tener un bebé… Había sufrido la tensión económica de tener que invertir y volver a invertir hasta el último dólar en diferentes áreas de la carrera de Julian, las largas y tediosas horas en el estudio de grabación, las noches que había pasado con Julian lejos de casa, para que él pudiera actuar en bares atestados de gente y de humo, en lugar de pasar la velada acurrucados en el sofá o de salir el fin de semana fuera con otras parejas de amigos. Y después de todo aquello, ¡los viajes! Los viajes constantes, implacables e interminables de Julian, de una ciudad a otra, de una costa a otra. Los dos se esforzaban, los dos hacían lo que podían, pero parecía como si todo fuera cada vez más difícil. Una conversación telefónica sin interrupciones ya empezaba a ser un lujo para ellos.

Nola volvió a llenar las dos copas y cogió su teléfono.

– ¿Qué quieres que pida?

– No tengo mucha hambre -replicó Brooke, y se sorprendió de que fuera cierto.

– Pediré gambas y pollo para compartir, y unos rollitos de primavera. ¿Te parece bien?

Brooke hizo un gesto con la copa y casi se echa el vino encima. La primera se le había acabado en seguida.

– Sí, está bien.

Pensó un momento y se dio cuenta de que le estaba haciendo a Nola lo mismo que Julian le hacía a ella.

– Y dime… ¿cómo te van a ti las cosas? ¿Alguna novedad con…?

– ¿Drew? Se ha acabado. Tuve una pequeña… distracción el fin de semana pasado, que me hizo recordar que el mundo está lleno de hombres mucho más interesantes que Drew McNeil.

Una vez más, Brooke se tapó los ojos con las manos.

– ¡Oh, no! ¡Ya estamos otra vez!

– ¿Por qué? Sólo fue una pequeña diversión.

– ¿De dónde sacas el tiempo?

Nola fingió ofenderse.

– ¿Recuerdas el sábado, después de cenar, cuando tú querías volver a casa y en cambio Drew y yo queríamos seguir de fiesta?

– ¡Dios! ¡No me digas que montasteis otro trío! ¡No tengo corazón para otro trío!

– ¡Brooke! Drew se fue poco después que tú, pero yo me quedé un poco más. Bebí otra copa y después salí completamente sola a la calle a buscar un taxi.

– ¿No estamos ya un poco mayorcitas para rollos imprevistos a última hora de la noche?

Nola levantó la vista al cielo.

– ¡Dios santo! ¡Qué mojigata eres! Bueno, verás. Yo iba a meterme en el primer taxi libre que vi aparecer en veinte minutos, cuando ese tipo intentó robármelo. Con todo el descaro, abrió la puerta y se metió por el otro lado.

– ¿Ah, sí?

– Sí, bueno, verás. Como era muy mono, le dije que podíamos compartir el taxi, siempre que me llevara a mí primero, y antes de que me diera cuenta, pasó todo.

– ¿Y entonces? -preguntó Brooke, aunque ya se sabía la respuesta.

– Fue increíble.

– ¿Sabes por lo menos cómo se llama?

– Ahórrate el sermón -dijo Nola, poniendo los ojos en blanco.

Brooke miró a su amiga, intentando recordar sus tiempos de soltera. Ella también había salido con mucha gente y se había ido a la cama con algunos, pero nunca había sido tan, tan… libre como Nola en su predisposición para montárselo con cualquiera. A veces, cuando no se espantaba por la forma de actuar de Nola, le envidiaba su confianza en sí misma y la seguridad con que vivía su sexualidad. La única vez que Brooke había tenido un rollo de una noche había tenido que obligarse a hacerlo, repitiéndose una y mil veces que iba a ser divertido, emocionante y muy bueno para adquirir mayor control sobre su vida. Después del condón roto, las veinticuatro horas de náuseas por la píldora del día siguiente y las seis semanas de espera hasta que fuera fiable el resultado negativo de la prueba del sida, y tras recibir exactamente cero llamadas de su supuesto amante, supo que no estaba hecha para ese tipo de vida.

Hizo una inspiración profunda y sintió alivio al oír el timbre, señal de que había llegado la cena.

– Nola, ¿te das cuenta de que podrías haberte…?

– Sí, ya lo sé. Podía haber sido un asesino en serie. ¿Hace falta que me lo digas?

Brooke levantó las manos, dándose por vencida.

– Muy bien, de acuerdo. Me alegro de que lo hayas pasado bien. Quizá es la envidia que habla por mí.

Nola soltó un chillido, se puso de rodillas en el sofá y alargó el brazo para darle un golpe en la mano a Brooke.

– ¿Qué haces? -preguntó Brooke con expresión azorada.

– ¡No vuelvas a decir nunca que me tienes envidia! -exclamó Nola, con una intensidad que Brooke rara vez le había visto-. Eres guapa, inteligente y no te imaginas lo maravilloso que es para mí, como amiga tuya, ver la cara que pone Julian cuando te mira. Ya sé que no siempre he sido su fan número uno, pero él te quiere, de eso no hay duda. No sé si lo notarás, pero sois una inspiración para mí. Sé que os ha costado mucho trabajo, pero ahora estáis cosechando los beneficios.

Llamaron a la puerta. Brooke se inclinó hacia Nola y le dio un abrazo.

– Eres un cielo. Gracias por decirlo; lo necesitaba.

Nola sonrió, cogió la cartera y se dirigió al vestíbulo.

Cenaron rápidamente y Brooke, cansada por el día de trabajo y la media botella de vino, se escabulló en cuanto terminaron. Por costumbre, fue andando hasta la línea 1 del metro y ocupó su asiento favorito de la punta, sin recordar hasta que estuvo a medio camino que podía pagarse un taxi. Mientras recorría andando el trayecto de tres manzanas hasta su casa, recibió una llamada de su madre que no atendió y empezó a imaginar su ritual nocturno de chica sola: infusión de hierbas, baño caliente, dormitorio helado, pastilla para dormir y sopor sin sueños bajo su enorme y abrigado edredón. Quizá incluso apagara el teléfono, para que Julian no la despertara con sus llamadas esporádicas, impredecibles en todos los aspectos, excepto en que oiría música, voces femeninas o ambas cosas entre el ruido de fondo.

Perdida en sus pensamientos y ansiosa por entrar de una vez y quitarse la ropa, no vio las flores depositadas en el felpudo de la entrada hasta que tropezó con ellas. El jarrón cilíndrico de cristal era alto como un niño pequeño y estaba forrado con hojas de banano de un verde brillante. Rebosaba de lirios de agua, de color violeta intenso y blanco cremoso, con una solitaria caña de bambú como única nota discordante.

Le habían regalado flores otras veces, como le regalan a toda mujer en un momento u otro (los girasoles que le enviaron sus padres cuando le extirparon las muelas del juicio en el primer año de universidad, la obligada docena de rosas para San Valentín por parte de varios novios poco originales y los ramilletes comprados apresuradamente por amigos que había invitado a cenar), pero nunca en toda su vida había recibido algo así: una escultura, una obra de arte. Brooke llevó las flores adentro y desprendió el pequeño sobre del discreto rincón donde estaba pegado a la base. Walter saltó para olfatear la nueva y fragante adquisición.

Querida Brooke:

¡Cuánto te echo de menos! No veo la hora de que llegue el fin de semana para verte. Con amor, J.

Brooke sonrió y se inclinó para oler los preciosos lirios, pero la alegría le duró exactamente diez segundos, el tiempo necesario para que la invadiera la duda. ¿Por qué había escrito «Brooke», cuando siempre la llamaba Rookie, sobre todo cuando intentaba ponerse romántico o íntimo? ¿Eran las flores su manera de disculparse por haberse portado como un imbécil desconsiderado en las últimas semanas? Y de ser así, ¿por qué no le pedía perdón? ¿Cómo era posible que alguien que se enorgullecía de su arte con las palabras (¡un compositor de canciones, por el amor de Dios!) hubiera escrito algo tan genérico? Y por encima de todo, ¿por qué iba a elegir Julian precisamente aquel momento para enviarle flores por primera vez, cuando Brooke sabía muy bien que él detestaba las flores cortadas? Según Julian, eran una muletilla estereotipada, sobrevalorada y comercializada, para gente incapaz de expresar adecuadamente sus emociones de manera creativa o verbal, y para colmo, se morían en seguida, por lo que como símbolo dejaban mucho que desear. Brooke nunca había sido ni muy entusiasta ni muy enemiga de las flores, pero comprendía perfectamente lo que quería decir Julian, y siempre guardaba como un tesoro las cartas, los poemas y las canciones que él se tomaba el trabajo de escribirle. ¿A qué venía entonces eso de que «no veía la hora»?

Walter le empujó la rodilla con el hocico y dejó escapar un aullido luctuoso.

– ¿Por qué no te saca a pasear tu papi? -le preguntó Brooke, mientras le ponía la correa y se disponía a volver a salir-. ¡Ah, ya sé! ¡Porque nunca está en casa!

Pese al enorme sentimiento de culpa que tenía por dejar solo a Walter tanto tiempo, lo arrastró de vuelta a casa en cuanto hubo hecho sus necesidades y lo sobornó con un poco más de pienso para la cena y una zanahoria más grande de lo normal para postre. Volvió a coger la tarjeta, la releyó dos veces más y después, suavemente, la depositó sobre el contenido del cubo de basura, pero en seguida volvió y la recuperó. Quizá no fuera lo más romántico que había escrito Julian en su vida, pero no dejaba de ser un gesto.

Marcó el número del móvil de Julian, pensando en lo que iba a decir, pero de inmediato saltó el buzón de voz.

– Hola, soy yo. Me encontré las flores al llegar a casa. ¡Dios, son increíbles! No sé qué decir…

«Al menos estás siendo sincera», se dijo.

Pensó en pedirle que la llamara para hablar, pero de repente se sintió demasiado cansada.

– Bueno, todo bien. Buenas noches, amor. Te quiero.

Llenó la bañera con el agua más caliente que podía soportar, cogió el último ejemplar de Last Night, que acababa de recibir, y poco a poco se fue metiendo en el baño. Tardó casi cinco minutos en aguantar la temperatura con todo el cuerpo sumergido. En cuanto el agua le llegó por encima de los hombros, exhaló un prolongado suspiro de alivio.

«¡Gracias a Dios que está a punto de acabar este día!»

En los tiempos anteriores a La Foto, nada la relajaba más que meterse en un baño caliente con un ejemplar de Last Night recién salido de la imprenta. Ahora se sentía vagamente aterrorizada por lo que pudiera encontrar, pero no era fácil abandonar las viejas costumbres. Miró por encima las primeras páginas, parando un momento para reflexionar sobre la cantidad de famosos casados que estaban dispuestos a parlotear sobre su vida sexual, con joyas como éstas: «¿Nuestro secreto para mantener encendida la llama? Me trae el desayuno a la cama los domingos y después le doy las gracias… calurosamente», o «¿Qué puedo decir? Soy un tipo con suerte. Mi mujer es una máquina en la cama». La página donde la revista mostraba a los famosos haciendo cosas «normales» estaba más aburrida que de costumbre:

Dakota Fanning de compras en un centro comercial de Sherman Oaks, Kate Hudson paseando con su acompañante del día, Cameron Díaz eligiendo un biquini en una tienda y Tori Spelling con un niño rubio en brazos y saliendo de un salón de belleza. Había una doble página medianamente interesante que explicaba qué había sido de los niños famosos de los ochenta (¿quién hubiera dicho que Winnie Cooper era un genio de las matemáticas?), pero sólo cuando llegó a la sección de reportajes más largos, a Brooke se le cortó el aliento. Allí encontró un artículo de varias páginas, titulado «Cantantes que ponen la banda sonora a nuestro mundo», que reunía textos y fotografías de media docena de artistas. Los ojos de Brooke volaron por la página, buscando intensamente. John Mayer, Gavin DeGraw, Colbie Caillat, Jack Johnson. Nada. Pasó la página. Bon Iver, Ben Harper, Wilco. Nada tampoco. ¡Un momento! «¡Dios mío!» Allí, al pie de la cuarta página, había un recuadro amarillo, con encabezamiento violeta, que parecía gritar: ¿quién es julian alter? Aquella foto espantosa de Julian con Layla Lawson ocupaba la mitad superior del recuadro y el resto era todo texto. «¡Cielo santo!», pensó Brooke, mientras notaba, en una experiencia casi extracorpórea, que le palpitaba el corazón y estaba conteniendo la respiración. Deseaba con igual desesperación leer el artículo y verlo evaporarse, desvanecerse, desaparecer por completo de su conciencia para siempre. ¿Lo habría leído alguien ya? ¿Lo habría leído Julian? Ella sabía que, por ser suscriptora, recibía la revista un día antes de que llegara a los quioscos, pero ¿era posible que nadie la hubiera avisado? Cogió una toalla para enjugarse el sudor que le perlaba la frente y secarse las manos, hizo una inspiración profunda y empezó a leer.

Julian Alter no sólo saltó a los titulares al principio del verano con una aplaudida actuación en el show de Jay Leno y una foto supercaliente, sino que ha demostrado que puede mantenerse arriba: su primer álbum se colocó directamente en el número cuatro de Billboard la semana pasada. Ahora todos nos preguntamos: ¿quién será ese chico?

Brooke empujó con los pies para situarse en una postura más erguida. Empezó a notar una creciente sensación de mareo, que en seguida atribuyó a la combinación de un exceso de vino con el baño demasiado caliente. «Ni tú te lo crees», se dijo. Hizo una inspiración profunda. Era natural que se sintiera un poco rara al toparse por sorpresa con un artículo sobre su marido en una revista de difusión nacional. Hizo un esfuerzo de voluntad para seguir leyendo.

Primeros años: Nacido en el Upper East Side de Manhattan en 1979, fue alumno de la prestigiosa Dalton School y veraneaba en el sur de Francia. Destinado a ser el perfecto chico formal de buena sociedad, su interés por la música chocó con los planes que sus padres tenían para él.

Carrera musical: Acabados los estudios en Amherst, en 1999, renunció a la carrera de medicina para probar suerte con la música. Firmó con Sony en 2008, tras dos años de prácticas en el departamento de nuevos talentos. Su primer álbum será seguramente uno de los estrenos de mayor éxito del año.

Aficiones: Cuando no está grabando, le gusta pasar el tiempo con su chucho, Walter Alter, y salir con los amigos. Sus antiguos compañeros dicen que era el mejor tenista de Dalton, pero ya no juega porque el tenis no casa con su imagen.

Vida sentimental: Si esperabais un idilio con Layla Lawson en un futuro cercano, os vais a llevar una decepción. Alter lleva cinco años casado con Brooke, su novia de siempre, aunque se rumorea que hay nubarrones en el paraíso debido a las exigencias de su nuevo calendario. «Brooke fue un apoyo increíble para él cuando era un don nadie, pero ahora que él es el centro de atención, lo está pasando muy mal», dijo una fuente cercana a Julian y a Brooke. La pareja vive en un modesto apartamento de un dormitorio cerca de Times Square, pero sus amigos dicen que ya están buscando algo mejor.

Al pie del recuadro había una foto de Brooke y de Julian tomada por uno de los fotógrafos profesionales presentes en la fiesta de «Friday Night Lights», una foto que ella todavía no había visto. La devoró ansiosamente con los ojos y dejó escapar un enorme suspiro de alivio. Milagrosamente, los dos habían salido favorecidos. Julian estaba inclinado, besándole a ella el hombro, y se le adivinaba en la cara la sombra de una sonrisa. Brooke le había pasado un brazo por detrás del cuello y en la otra mano tenía un colorido cóctel margarita; tenía la cabeza un poco echada hacia atrás y se estaba riendo. Pese al vaso de cóctel, los sombreros de cowboy y el paquete de cigarrillos que Julian llevaba metido en la manga como parte del disfraz, no parecían borrachos ni desastrados, sino despreocupados y alegres. Si la hubieran obligado a encontrarle algún defecto a la foto, probablemente habría señalado el raro efecto que hacía su cintura, donde el ángulo inusual con que flexionaba el talle, las sombras proyectadas por un ambiente oscuro adyacente y la brisa que entraba desde el patio se combinaban para abombarle ligeramente la falda tejana y hacerle un poco de barriga. No era nada exagerado, sino sólo la insinuación de un pequeño michelín que en realidad no existía. Sin embargo, un mal ángulo de la cámara no le preocupaba en exceso. Teniendo en cuenta todas las posibles maneras de que la foto hubiera salido mal (y había miles), Brooke estaba bastante contenta.

Pero después venía el artículo. No sabía ni por dónde empezar. Seguramente a Julian no le haría mucha gracia lo del «chico formal de buena sociedad». Por mucho que Brooke le repitiera que nadie se fijaba en los colegios en que había estudiado, Julian no podía soportar ni la más mínima insinuación de que sus logros tuvieran algo que ver con su educación privilegiada. El apartado sobre sus aficiones, donde el artículo decía que le gustaba pasar el tiempo con su perro, era un poco humillante para todos los implicados, porque ni siquiera mencionaba los ratos que pasaba con su familia o la de Brooke, ni señalaba ninguna auténtica afición. La sugerencia de que las lectoras de todo el país se sentirían decepcionadas al saber que Julian y Layla no tenían ningún romance era a la vez halagüeña y desconcertante. ¿Y el comentario entrecomillado sobre el apoyo que ella le había brindado a Julian y lo mal que se sentía ahora? Era cierto, pero ¿por qué parecía una insidiosa acusación? ¿Sería cierto que uno de sus amigos había hecho esa declaración, o las revistas se inventaban las cosas cada vez que les convenía y se las atribuían a fuentes anónimas? Pero de todo el artículo, la única línea que le aceleró el pulso fue la que decía que Julian y ella supuestamente estaban buscando «algo mejor» para mudarse. «¿Qué?» Julian sabía muy bien que Brooke estaba desesperada por volver a Brooklyn, pero no habían empezado a buscar, ni mucho menos.

Lanzó la revista al suelo, se puso en pie lentamente, para evitar el mareo del baño caliente, y salió de la bañera. No se había lavado el pelo ni se había enjabonado el cuerpo, pero eso ya le daba lo mismo. Lo único importante era hablar con Nola antes de que desconectara el teléfono y se fuera a dormir. Con una toalla anudada sobre el pecho y Walter lamiéndole el agua que se le escurría por las pantorrillas, Brooke cogió el teléfono y marcó de memoria el número de Nola.

Su amiga contestó después de cuatro tonos de llamada, justo antes de que saltara el buzón de voz.

– ¿Qué? ¿No hemos hablado lo suficiente esta noche?

– ¿Te he despertado?

– No, pero estoy en la cama. ¿Qué pasa? ¿Estás llena de remordimiento por insinuar hace un momento que soy una prostituta?

Brooke resopló.

– Para nada. ¿Has leído Last Night?

– ¡Oh, no! ¿Qué dice?

– Eres suscriptora, ¿no?

– Dime lo que has leído.

– Ve y mira por ti misma.

– Brooke, no seas ridícula. Estoy literalmente entre las sábanas, con la crema reparadora aplicada y me acabo de tomar un Lunesta. No hay nada en el mundo capaz de convencerme para que baje al buzón a ver una revista.

– Hay un recuadro enorme titulado «¿Quién es Julian Alter?» y una foto de nosotros dos en la página doce.

– De acuerdo, te llamo dentro de dos minutos.

Pese a su ansiedad, Brooke sonrió para sus adentros. Sólo tuvo tiempo de colgar la toalla y meterse desnuda en la cama, antes de que sonara el teléfono.

– ¿Lo tienes?

– ¿Tú qué crees?

– Me estás asustando. ¿De verdad es tan horrible?

Silencio.

– ¡Nola! ¡Di algo! Me está dando un ataque de pánico. Es todavía peor de lo que me ha parecido a mí, ¿verdad? ¿Me van a despedir del trabajo por ser una vergüenza para el hospital? A Margaret no le gustará nada que…

– Esto debe de ser lo más fabuloso y genial que he visto en toda mi vida.

– ¿Estamos mirando la misma página?

– ¿Quién es este cantante tan sexy? ¡Sí, claro que estamos mirando la misma página! ¡Y es impresionante!

– ¿Impresionante? -Brooke estuvo a punto de gritar-. ¿Qué tiene de impresionante eso de que mi matrimonio peligra porque no soporto que él sea el centro de atención? ¿O eso de que estamos buscando piso para mudarnos, cuando en realidad ni siquiera hemos empezado?

– Chis -dijo Nola-. Respira profundamente y cálmate. No voy a permitir que conviertas esto en algo negativo, como haces siempre. Párate un segundo a pensar y date cuenta de que tu marido (¡tu marido!) es lo suficientemente famoso para merecer un recuadro grande en Last Night, con un artículo que, en mi opinión, es enormemente halagador. Lo que dice, básicamente, es que todo el país se muere por él, pero es tuyo. ¡Piénsalo un segundo!

Brooke guardó silencio, mientras lo pensaba. Hasta ese momento, no lo había visto de aquel modo.

– Mira la foto grande. Ahora Julian es superfamoso, y tú no eres mala ni rara si toda la situación te coge un poco por sorpresa y te hace sentir un poco mal.

– Supongo que…

– ¡Ya lo sé! Si ha llegado donde ha llegado, en gran parte es gracias a ti. Es lo que hablamos antes. Se lo debe en gran medida a tu apoyo, tu esfuerzo y tu amor. ¡Ahora disfruta y siéntete orgullosa de él! ¿Te das cuenta de que tu marido es famoso y de que las mujeres de todo el país te tienen envidia? ¿Qué más quieres? ¡Disfrútalo!

Brooke estaba callada, mientras intentaba asimilar lo que le decía su amiga.

– Todo lo demás es pura tontería -prosiguió Nola-. No importa que escriban esto o lo otro, sino el hecho de que escriban acerca de Julian. Si te espantas ahora, ¿qué vas a pensar cuando el mes que viene sea portada de Vanity Fair, eh? Dime, ¿qué piensa Julian de todo esto? Imagino que estará eufórico.

Sólo entonces Brooke cayó en la cuenta.

– Todavía no lo he hablado con él.

– En ese caso, permíteme que te dé un consejo. Llámalo y felicítalo. ¡Esto es grande! ¡Es un gran momento para su carrera! Es la señal más clara de que lo ha conseguido. No te enredes en los pequeños detalles, ¿de acuerdo?

– Lo intentaré.

– Coge la revista, métete en la cama y piensa que a muchísimas mujeres de todo el país les gustaría estar ahora en tu lugar.

Brooke se echó a reír.

– Yo no estaría tan segura.

– Es verdad. Bueno, ahora tengo que dormir. Deja de estresarte y disfruta, ¿de acuerdo?

– Gracias, Nola. Lo intentaré. Besos.

– Besos para ti también.

Brooke cogió la revista y se puso a estudiar otra vez la foto, sólo que esta vez se concentró en Julian. Era cierto. No había duda de que en aquel momento, en el instante que captaba la foto, parecía lleno de amor por ella, afectuoso, dulce y feliz. ¿Qué más podía pedir? Y aunque jamás lo habría reconocido ante nadie, era bastante increíble y fantástico verse en una revista como Last Night y saber que tu marido estaba entre los famosos. Nola tenía razón. Tenía que relajarse y disfrutarlo un poco. No había nada malo en eso.

Agarró el teléfono móvil y tecleó un mensaje de texto para Julian:

Acabo de ver Last Night. ¡Impresionante! Estoy muy orgulloso de ti. Gracias por las flores ridículas. Me encantan. Te quiero. Besos y abrazos.

Ya estaba. Eso era justo lo que Julian necesitaba en aquel momento: amor y apoyo, en lugar de críticas y reconvenciones. Orgullosa de sí misma por haber logrado superar el pánico inicial, apartó el teléfono y cogió el libro que estaba leyendo. Mientras lo abría, se dijo que en todo matrimonio hay momentos buenos y malos. Los suyos eran un poco exagerados, porque las circunstancias eran extraordinarias, pero con un poco de dedicación y esfuerzo por parte de ambos, no había nada que no pudieran superar.

9 En la dulce espera, con una copa en la mano

Walter Alter apoyó la barbilla en el tobillo de Brooke y dejó escapar un suspiro de satisfacción.

– Estás a gusto, ¿eh? -le preguntó ella y él parpadeó.

Cuando le ofreció una palomita de maíz, Walter la olfateó y después, suavemente, se la quitó de entre los dedos con los dientes.

Era muy agradable estar arrellanada en el sofá, esperando la llegada de Julian y la oportunidad de pasar juntos algo de tiempo, pero no dejaba de pensar en Kaylie. Aunque habían mantenido el contacto todo el verano, Brooke se había quedado anonadada cuando había visto por primera vez a la niña desde el comienzo del curso escolar. Era cierto lo que le había dicho Heather: había perdido demasiado peso, tanto que Brooke casi se quedó sin aliento al verla entrar en su despacho. De inmediato tuvieron una larga conversación sobre la diferencia entre una alimentación sana y las peligrosas dietas para adelgazar en poco tiempo. A lo largo de las siguientes semanas habían seguido hablando y Brooke empezaba a creer que estaban haciendo progresos.

El zumbido del teléfono móvil la devolvió a la realidad. Era un mensaje de texto de Julian, diciéndole que estaba a veinte minutos de casa. Brooke corrió al cuarto de baño, deshaciéndose de la ropa mientras corría, decidida a quitarse los restos de olor a detergente del pelo y las manos, después del arrebato obsesivo-compulsivo de limpieza doméstica que la había asaltado poco antes. Acababa de meterse en la ducha, cuando Walter empezó a ladrar con un frenesí que sólo podía significar una cosa.

– ¿Julian? ¡Salgo en dos minutos! -gritó en vano, ya que sabía por experiencia que él no podía oírla desde el cuarto de estar.

Un instante después, sintió la ráfaga de aire frío, antes incluso de ver que la puerta se abría. Julian se materializó casi de inmediato entre el vapor, y aunque la había visto desnuda millones de veces, Brooke sintió una necesidad casi desesperada de cubrirse. La cortina de plástico transparente hacía que se sintiera tan expuesta como si se hubiese estado duchando en medio de Union Square.

– Hola, Rook -dijo él, levantando la voz para hacerse oír por encima del ruido del agua y de los ladridos frenéticos de Walter.

Brooke primero le volvió la espalda y después se reprendió a sí misma por comportarse de manera tan ridícula.

– Hola -dijo-. Ya casi he terminado. ¿Por qué no me esperas fuera? Eh… coge una Coca-Cola. Ahora mismo voy.

Se hizo un silencio, antes de que él dijera que estaba de acuerdo, y Brooke supo que probablemente lo había herido. Una vez más, intentó recordarse que tenía derecho a sus sentimientos y que no necesitaba pedir perdón, ni dar explicaciones.

– Perdona -dijo, todavía de espaldas a la puerta, aunque se daba cuenta de que él ya se había ido.

«¡No pidas perdón!», volvió a regañarse.

Se aclaró el jabón lo más aprisa que pudo y se secó con más rapidez aún. Por suerte, Julian no estaba en el dormitorio, y ella, furtivamente (como si hubiera en la casa un desconocido que pudiera entrar en cualquier momento), se puso unos vaqueros y una camiseta de manga larga. No tuvo más opción que peinarse a toda velocidad el pelo mojado y recogérselo en una coleta. Se miró fugazmente al espejo, con la esperanza de que Julian viera en el aspecto rubicundo de su cara sin maquillaje algún tipo de fulgor de salud y felicidad, aunque le pareció poco probable. Sólo cuando entró en el cuarto de estar y vio a su marido sentado en el sofá, leyendo la sección inmobiliaria de los anuncios por palabras del New York Times, con Walter a su lado, se sintió embargada por la emoción.

– Bienvenido a casa -dijo, confiando en que sus palabras no sonaran irónicas. Se sentó al lado de Julian en el sofá, y él la miró, sonrió y le dio un abrazo que no pareció muy entusiasta.

– Hola, nena. No sabes cuánto me alegro de estar en casa; no te lo imaginas. Ojalá no tuviera que volver a pisar un hotel…

Tras marcharse en medio de la fiesta del padre de Brooke, Julian sólo había estado dos noches en casa a finales de septiembre y una de ellas la había pasado en el estudio. Después se había ido a promocionar el nuevo álbum y había estado fuera otras tres semanas, y aunque ninguno de los dos había escatimado en mensajes de correo electrónico, ni en Skype, ni en llamadas telefónicas, la distancia empezaba a parecer insuperable.

– ¿Encuentras algo bueno? -le preguntó, mientras se instalaba a su lado en el sofá. Habría querido besarlo, pero no podía desembarazarse de la persistente sensación de incomodidad.

Julian le señaló el anuncio de un «loft de lujo en Tribeca». Tenía tres dormitorios, dos baños, estudio, terraza compartida, hogar de gas, servicio permanente de conserje y posibilidad de desgravación fiscal, para «el mejor precio de Manhattan»: dos millones seiscientos mil dólares.

– ¡Mira esto! Los precios están cayendo en picado.

Brooke intentó adivinar si estaba bromeando. Como todas las parejas de neoyorquinos, solían entregarse a sesiones de «porno» inmobiliario los domingos por la mañana, mirando anuncios de pisos que estaban astronómicamente por encima de sus posibilidades y preguntándose cómo se sentirían sus propietarios. Pero algo en el tono de Julian le pareció diferente.

– ¡Sí, una auténtica ganga! Deberíamos comprar dos y unirlos, o tal vez tres -rió ella.

– En serio, Brooke. Dos millones con seis es un precio muy razonable para tres habitaciones con todos los servicios en Tribeca.

Brooke miró a la persona que estaba sentada a su lado y se preguntó adónde demonios se habría ido su marido. ¿Era aquél el mismo hombre que diez meses antes había luchado a brazo partido para prorrogar el contrato de alquiler del apartamento de Times Square que ambos detestaban, sólo para no gastar los miles de dólares que les habría cobrado una empresa de mudanzas?

– Ya lo sabes, Rook -dijo él, volviendo a hablar aunque ella no había dicho nada-. Supongo que parece increíble si te paras a pensarlo, pero podemos permitirnos algo así. Con el dinero que está empezando a entrar, podríamos pagar fácilmente una entrada del veinte por ciento, y con las actuaciones que ya tengo programadas y pagadas, más los derechos de autor de las canciones, no tendremos problemas para pagar las mensualidades.

Tampoco entonces ella supo qué decir.

– ¿No te encantaría vivir en un sitio así? -preguntó Julian, señalando la foto de un loft ultramoderno, con tuberías vistas en el techo y un aire general de chic industrial-. Es impresionante.

Brooke habría querido gritar que no con cada una de sus fibras. No; no quería vivir en una nave industrial reconvertida. No; no quería vivir en la modernísima y alejada Tribeca, con sus galerías de arte de fama mundial y sus restaurantes de moda, y sin ningún sitio normal y corriente donde tomar un café o comer una vulgar hamburguesa. No; si tuviera dos millones de dólares para gastarlos en un piso, estaba absolutamente segura de que aquello sería lo último que elegiría. Se sentía casi como si estuviera manteniendo aquella conversación con un completo desconocido, teniendo en cuenta las veces que habían soñado juntos con tener una casa antigua en Brooklyn, o si eso estaba fuera de su alcance (como siempre lo había estado), entonces quizá sólo un piso en uno de esos viejos edificios, en una calle tranquila y arbolada, quizá con un jardincito al fondo y un montón de preciosas molduras. Habían soñado juntos con algo cálido y acogedor, preferiblemente de antes de la guerra, con techos altos y mucho encanto y carácter; un hogar para una familia, en un barrio de verdad, con librerías pequeñas, cafés con encanto y un par de restaurante buenos pero baratos donde pudieran cenar con frecuencia; exactamente lo contrario de aquel frío y acerado loft de Tribeca que se veía en la fotografía. Brooke no pudo evitar preguntarse en qué momento habrían cambiado tanto los gustos de Julian y, más importante aún, por qué.

– Leo acaba de mudarse a un edificio nuevo en Duane Street, con jacuzzi en la terraza -prosiguió él-. Dice que nunca había visto tanta gente atractiva junta y que cena en Nobu Next Door algo así como tres veces por semana. ¿Te lo imaginas?

– ¿Quieres un café? -lo interrumpió ella, desesperada por cambiar de tema. Cada palabra que oía le preocupaba más que la anterior.

Julian levantó la mirada y pareció estudiarle la cara.

– ¿Te sientes bien?

Ella le dio la espalda y se dirigió a la cocina, donde empezó a echar café en el filtro.

– Estoy bien -respondió.

El iPhone de Julian zumbaba mientras él enviaba mensajes de texto o de mensajería instantánea desde la habitación contigua. Abrumada por una tristeza inexplicable, Brooke se apoyó en la encimera y se puso a mirar cómo caía el café en la cafetera, poco a poco, gota a gota. Preparó las tazas como siempre y Julian aceptó el café, pero sin levantar la vista del teléfono.

– ¿Hola? -dijo ella, tratando sin éxito de disimular la irritación.

– Perdona. Un mensaje de Leo. Me pide que lo llame en seguida.

– ¡Sí, claro! ¡Llámalo ahora mismo!

Ella sabía muy bien que su tono de voz expresaba exactamente lo contrario.

Julian la miró y, por primera vez desde que había llegado, se guardó el teléfono en el bolsillo.

– No, ahora estoy aquí. Leo puede esperar. Quiero que hablemos.

Hizo una pausa por un momento, como si estuviera esperando a que ella dijera algo. Fue como volver de manera extraña a los primeros tiempos de su relación, aunque ella no recordaba haber sentido nunca ese tipo de incomodidad o distancia entre ambos, ni siquiera al principio, cuando prácticamente no se conocían.

– Soy toda oídos -dijo ella, deseando únicamente que él la envolviera en un fuerte abrazo, le declarara amor eterno y le jurara que todo volvería inmediatamente a la normalidad, a la vida aburrida y previsible de los pobres, a la felicidad.

Pero como aquello era extremadamente improbable (y tampoco lo quería, porque habría significado el fin de la carrera de Julian), habría deseado que él iniciara una conversación seria sobre los problemas que estaban teniendo y la manera de superarlos.

– Ven aquí, Rook -dijo él, con tanta ternura que ella sintió que se le inflamaba el corazón.

«¡Gracias a Dios!», pensó. Por fin lo había entendido. Él también sufría por no verla nunca y quería encontrar una solución. Brooke vio un rayo de esperanza.

– Dime lo que piensas -dijo ella con suavidad, esperando que su actitud resultara receptiva y abierta-. Han sido unas semanas muy duras, ¿verdad?

– Así es -convino Julian, con una expresión familiar en la mirada-. Por eso he pensado que nos merecemos unas vacaciones.

– ¿Unas vacaciones?

– ¡Vámonos a Italia! Hace siglos que hablamos de ir, y octubre es una época perfecta. Creo que podría organizarme para tener seis o siete días libres, a partir de finales de la semana que viene. Tendría que estar de regreso antes de la entrevista en Today. Iremos a Roma, Florencia, Venecia… Pasearemos en góndola y nos hartaremos de pasta y vino. Tú y yo solos. ¿Qué te parece?

– Me parece fantástico -respondió, antes de recordar que el bebé de Randy iba a nacer el mes siguiente.

– ¡Ya sé lo mucho que te gustan los embutidos y el queso! -le dijo para tomarle el pelo, mientras le daba un codazo-. ¡Carnes saladas y ahumadas, y toneladas de parmesano!

– Julian…

– ¡Si vamos a hacerlo, hagámoslo a lo grande! Estoy pensando que deberíamos viajar en primera clase: manteles blancos, champán a discreción y asientos convertibles en camas. ¡Tenemos que cuidarnos!

– Me parece fabuloso.

– Entonces ¿por qué me miras así?

Se quitó el gorro de lana y se pasó los dedos por el pelo.

– Porque no me queda ningún día de vacaciones y octubre cae justo en medio del trimestre de Huntley. ¿No podríamos ir en Navidad? Si salimos el veintitrés, tendríamos casi…

Julian le soltó la mano y se dejó caer contra el respaldo del sofá, mientras exhalaba un sonoro suspiro de frustración.

– No tengo ni idea de lo que pasará en diciembre, Brooke. Sólo sé que puedo ir ahora. ¿Vas a permitir que todo eso nos estropee una oportunidad como ésta? No me lo puedo creer.

Esta vez fue ella quien se quedó mirándolo.

– Casualmente, Julian, «todo eso» es mi trabajo. Este año ya he pedido más días libres que nadie. No puedo ir allí y pedir una semana entera. ¡Me despedirían automáticamente!

La mirada de Julian era fría y acerada cuando se cruzó con la suya.

– ¿Y eso sería tan malo?

– Voy a fingir que no has dicho eso.

– En serio, Brooke. ¿Sería lo peor del mundo? Te has estado matando entre Huntley y el hospital. ¿Es tan horrible sugerir que te tomes un descanso?

Todo se estaba descontrolando. Nadie sabía mejor que Julian que Brooke necesitaba trabajar un año más para poder abrir consulta propia, por no hablar del cariño que les había tomado a algunas de las niñas, en particular a Kaylie.

Hizo una inspiración profunda.

– No es horrible, Julian, pero no va a pasar. Ya sabes que sólo me falta un año y entonces…

– ¿Por qué no lo dejas solamente por una temporada? -la interrumpió, agitando las manos-. Mi madre cree que incluso es probable que te guarden el empleo, si eso es lo que quieres; pero yo ni siquiera creo que sea necesario. ¡Como si no fueras a encontrar otro trabajo!

– ¿Tu madre? ¿Desde cuándo hablas con tu madre de algo?

Él la miró.

– No lo sé. Les conté a mis padres lo difícil que nos resulta estar tanto tiempo sin vernos y ella me dio algunas ideas que me parecieron buenas.

– ¿Como la de que yo deje de trabajar?

– No necesariamente, Brooke, aunque si decidieras dejarlo, yo te apoyaría. Pero quizá podrías tomarte un respiro.

Brooke ni siquiera podía imaginarlo. Por supuesto, la idea de no tener que pensar en los horarios, las guardias y la necesidad de hacer tantas horas extra como fuera posible le parecía fabulosa. ¿Quién no lo habría deseado? Pero realmente le gustaba su trabajo y le entusiasmaba la idea de establecerse algún día por su cuenta. Ya había pensado en un nombre para su consulta («Bebé y Mamá Sanos») y sabía perfectamente cómo quería que fuera la web. ¡Hasta tenía pensado el logo! Serían dos pares de pies, uno junto a otro: los de la madre y los de un niño pequeñito, con la mano de la mujer tendida hacia la mano del niño.

– No puedo, Julian -dijo, alargando la mano para coger la suya, pese al enfado que sentía hacia él por su falta de comprensión-. Estoy haciendo lo posible para participar en todo lo que pasa con tu carrera y compartir contigo la emoción, el entusiasmo y la locura, pero yo también tengo una carrera en que pensar.

Julian pareció reflexionar un momento, pero en seguida se inclinó hacia ella y la besó.

– Tómate un minuto y piénsalo, Rook. ¡Italia! ¡Durante una semana!

– Julian, de verdad…

– Bueno, no hablemos más -dijo él, apoyando un dedo sobre los labios de ella-. No iremos, si tú no quieres… o mejor dicho, si no puedes -se corrigió, al ver la expresión de Brooke-. Esperaré hasta que podamos ver Italia juntos, lo juro. Pero prométeme que al menos lo pensarás.

Sin confiar en su propia voz, Brooke hizo un gesto afirmativo.

– Muy bien, entonces. ¿Qué te parece si salimos esta noche? Podemos ir a algún sitio agradable y discreto. Sin periodistas, ni amigos… Tú y yo solos. ¿Qué te parece?

Ella se había hecho a la idea de pasar en casa su primera noche juntos; pero cuanto más lo pensaba, más le costaba recordar la última vez que habían salido solos. Todavía tenían mucho de que hablar, pero podían hacerlo mientras bebían una botella de buen vino. Pensó que tal vez estaba siendo demasiado dura con él y que sería bueno para los dos si conseguía relajarse un poco.

– De acuerdo, salgamos. Pero antes tengo que secarme el pelo, para que no se me encrespe.

Con expresión de alegría, Julian la besó.

– Excelente. Walter y yo saldremos a dar una vuelta, para encontrar el sitio perfecto. -Se volvió hacia Walter y le dio también un beso-. Walty, muchacho, ¿adónde me aconsejas que lleve a mi mujer?

Rápidamente, Brooke se pasó el secador por el pelo húmedo y sacó su mejor par de bailarinas. Se aplicó un poco de brillo en los labios, se puso al cuello una cadena de oro de doble vuelta y, después de un largo debate interno, se decidió por un cardigan largo y suave, en lugar de un blazer de líneas más cuadradas. No iba a ganar ningún concurso de moda, pero fue lo mejor que pudo hacer, sin tener que desvestirse completamente y empezar de cero.

Julian estaba hablando por teléfono cuando ella volvió al cuarto de estar, pero colgó de inmediato y salió a su encuentro.

– Ven aquí, preciosa -murmuró, mientras la besaba-. Mmm, sabes bien. Y estás guapísima. ¿Qué te parece si vamos a cenar, bebemos un poco de vino y volvemos aquí directamente, para empezar por donde lo dejamos?

– Yo voto que sí -respondió Brooke, devolviéndole el beso.

La sensación de incomodidad que había tenido desde que había entrado Julian (la sensación de que estaban pasando demasiadas cosas con excesiva rapidez y de que aún no habían resuelto nada) la seguía atormentando, pero hizo lo posible para no prestarle atención.

Julian había elegido un pequeño restaurante español muy agradable en la Novena Avenida, y todavía hacía buen tiempo para sentarse en la terraza. Cuando terminaron la primera media botella de vino, los dos se relajaron y la conversación volvió a ser fluida y más cómoda para los dos. Michelle salía de cuentas la semana siguiente; los padres de Julian pensaban viajar para fin de año y les habían ofrecido su casa en los Hamptons; y la madre de Brooke acababa de ver una obra fantástica en el off-Broadway e insistía en que ellos también la vieran.

Sólo cuando volvieron a casa y se desvistieron volvieron a sentirse incómodos. Brooke esperaba que Julian cumpliera su promesa de sexo inmediato nada más entrar en el apartamento (después de todo, ¡habían pasado tres semanas!), pero primero se distrajo con el teléfono y después con el ordenador portátil. Cuando finalmente se reunió con ella en el cuarto de baño para lavarse los dientes, ya eran más de las doce.

– ¿A qué hora te levantas mañana? -le preguntó Julian, mientras se quitaba las lentillas y les echaba solución limpiadora.

– Tengo que estar en el hospital a las siete y media para una reunión del equipo. ¿Y tú?

– Tengo que encontrarme con Samara en un hotel del Soho, para una sesión de fotos.

– Ya veo. ¿Me pongo ahora la crema hidratante o la dejo para más tarde? -preguntó, mientras Julian se aplicaba la seda dental.

Como Julian detestaba el olor de su crema nocturna de cuidado intensivo y se negaba a acercársele cuando la llevaba puesta, era lo mismo que preguntarle si iba a haber sexo aquella noche.

– Estoy agotado, nena. Tenemos un calendario muy apretado, ahora que se acerca el lanzamiento del nuevo single.

Dejó sobre el lavabo la cajita de plástico de la seda dental y le dio a Brooke un beso en la mejilla.

Ella no pudo evitar sentirse ofendida. Sí, comprendía perfectamente que él estuviera extenuado después del tiempo que había pasado fuera. Ella también estaba bastante cansada, después de levantarse todos los días a las seis para sacar a pasear a Walter, ¡pero él era un hombre y habían pasado tres semanas!

– Te entiendo -dijo, y de inmediato se untó la cara con una gruesa capa de crema amarilla, la misma que según todas las opiniones expresadas en Beauty.com era completamente inodora, pero que según su marido se podía oler desde la otra punta del cuarto de estar.

También tenía que admitir que sintió cierto alivio, lo que no significaba que no le encantara el sexo con su marido, porque le parecía fabuloso. Desde la primera vez, había sido una de las mejores cosas de su relación y, sin ninguna duda, una de las más constantes. Practicar el sexo a diario (o incluso dos veces al día) no es raro a los veinticuatro años, cuando todavía parece vagamente escandaloso quedarse a dormir en un apartamento prestado; pero el ritmo no decayó después de cierto tiempo de salir juntos, ni tampoco cuando se casaron. Durante años, Brooke había oído a sus amigas bromear sobre sus diferentes métodos para eludir los avances de sus maridos o novios cada noche, y Brooke se había reído con ellas, pero no acababa de entenderlas. ¿Por qué querían eludirlos? Meterse en la cama y hacer el amor con su marido antes de dormir había sido su parte favorita del día. ¡Pero si era la parte buena de ser una persona adulta con una relación seria!

Ahora las entendía. Entre ellos no había cambiado nada. El sexo seguía siendo tan fantástico como siempre, pero los dos estaban completamente agotados todo el tiempo. (La noche antes de irse, él se le había quedado dormido encima, a mitad de la fiesta, y ella sólo había conseguido sentirse ofendida durante unos noventa segundos, antes de caer rendida.) Los dos estaban siempre ocupados, a menudo separados, y abrumados por el trabajo. Brooke esperaba que todo fuera pasajero, y que cuando Julian pudiera pasar más tiempo en casa y ella tuviera más facilidad para elegir sus horarios, pudieran redescubrirse mutuamente.

Apagó la luz del baño y lo siguió a la cama, donde Julian se había instalado con un ejemplar de Guitar Player en la mano y con Walter acurrucado bajo un brazo.

– Mira, aquí mencionan mi nueva canción -dijo, mientras le enseñaba la revista.

Ella asintió, pero ya estaba pensando en irse a dormir. Su rutina era de una eficiencia militar, destinada a promover el sueño en el plazo más breve posible. Encendió el aire acondicionado, a pesar de que en la calle hacía una temperatura agradablemente fresca en torno a los dieciséis grados; se desnudó y se metió bajo el enorme y mullido edredón. Después de tragar la píldora anticonceptiva con un sorbo de agua, colocó junto al despertador un par de tapones de oídos de espuma y su máscara preferida para dormir, de satén, y satisfecha, empezó a leer.

Cuando empezó a tiritar, Julian se le acercó y le apoyó la cabeza sobre el hombro.

– La loca de mi nena -murmuró con fingida exasperación- no se da cuenta de que no es necesario pasar frío. Sólo tendría que encender un poco la calefacción o (¡Dios no lo quiera!) apagar el aire acondicionado, o tal vez ponerse una camiseta antes de meterse en la cama.

– Ni hablar.

Todo el mundo sabía que un ambiente fresco, oscuro y silencioso era bueno para el sueño; por lo tanto, era razonable deducir que el mejor ambiente posible sería frío como los carámbanos, negro como la pez y silencioso como una tumba. Brooke se había acostumbrado a dormir desnuda desde que tuvo edad para quitarse el pijama, y nunca había podido dormir realmente a gusto cuando las circunstancias (campamentos veraniegos, dormitorios compartidos en la universidad o noches pasadas en casa de amigos con los que aún no se había acostado) imponían el uso de alguna prenda.

Intentó leer un rato, pero no dejaban de llegarle a la cabeza pensamientos que le producían ansiedad. Sabía que lo mejor habría sido apretarse contra Julian y pedirle que le masajeara la espalda o le rascara la cabeza; pero antes de que pudiera darse cuenta, estaba diciendo algo completamente distinto:

– ¿Te parece que tenemos suficiente sexo? -preguntó, mientras ajustaba el elástico de la máscara para dormir.

– ¿Suficiente? -preguntó Julian-. ¿Según qué criterios?

– Julian, lo digo en serio.

– Yo también. ¿Con quién nos estamos comparando?

– Con nadie en particular -replicó ella, con un matiz de exasperación cada vez más evidente-. Sólo con… no sé… lo normal.

– ¿Lo normal? No sé, Brooke, yo creo que somos bastante normales. ¿Y tú?

– Hum.

– ¿Lo dices por lo de esta noche? ¿Porque los dos estamos horriblemente cansados? No seas tan dura con nosotros.

– ¡Hace tres semanas desde la última vez, Julian! Lo más que habíamos llegado a estar sin hacerlo fueron quizá cinco días, ¡y eso fue cuando yo tuve la neumonía!

Julian suspiró y siguió leyendo.

– Rook, ¿podrías dejar de preocuparte por nosotros? Estamos bien, de verdad.

Brooke guardó silencio unos minutos, mientras pensaba en ello. En realidad, ella no quería más sexo (era cierto que estaba agotada), pero le habría gustado que él sí quisiera.

– ¿Has cerrado con llave la puerta de entrada cuando has llegado? -preguntó.

– Creo que sí -murmuró él, sin levantar la cabeza.

Estaba leyendo un artículo sobre los mejores técnicos de guitarra de Estados Unidos y ella sabía que no recordaría si la había cerrado o no.

– Pero ¿la has cerrado o no?

– Sí, seguro que la he cerrado.

– Porque si no estás seguro, me levanto y voy a ver. Prefiero treinta segundos de incomodidad a que me maten -dijo ella, con un suspiro profundo y dramático.

– ¿De verdad? -dijo él, tapándose todavía más con las mantas-. Yo pienso justo lo contrario.

– En serio, Julian. La semana pasada murió aquel tipo en esta misma planta. ¿No crees que deberíamos tener un poco más de cuidado?

– Brooke, cariño, aquel hombre era un borracho que se mató de tanto beber. No estoy seguro de que cerrar la puerta con llave hubiese cambiado mucho las cosas.

Ella ya lo sabía, por supuesto (sabía absolutamente todo lo que pasaba en la finca, porque el portero era un chismoso y no paraba de hablar), pero ¿iba a morirse Julian por prestarle un poco de atención?

– Es posible que esté embarazada -anunció.

– No estás embarazada -replicó él automáticamente, sin dejar de leer.

– No, pero ¿y si lo estuviera?

– Pero no lo estás.

– ¿Cómo lo sabes? Siempre puede haber fallos. Podría estar embarazada. ¿Qué haríamos entonces? -preguntó ella, con la voz quebrada por un falso sollozo.

Julian sonrió y finalmente (¡por fin!) dejó la revista.

– Cariño, ven aquí. Lo siento, debí darme cuenta antes. Quieres mimos.

Ella asintió. Su comportamiento había sido tremendamente inmaduro, pero estaba desesperada.

Él se deslizó hasta su lado de la cama y la envolvió en un abrazo.

– ¿Y no se te ha ocurrido decir: «Julian, marido adorado, hazme mimos, préstame atención», en lugar de ponerte a discutir conmigo?

Ella negó con la cabeza.

– Claro que no se te ha ocurrido -dijo él con un suspiro-. ¿De verdad te preocupa nuestra vida sexual o lo decías también para tratar de hacerme reaccionar?

– Sólo para que reaccionaras -mintió ella.

– ¿Y no estás embarazada?

– ¡No! -respondió ella, con un poco más de énfasis de lo que pretendía-. Ni por asomo.

Se resistió a preguntarle si sería lo peor del mundo que realmente estuviera embarazada. Después de todo, llevaban cinco años casados…

Se dieron un beso de buenas noches (él aguantó la crema hidratante, pero arrugando la nariz y exagerando unas arcadas), y ella esperó los diez minutos de rigor hasta que la respiración de Julian se volvió más pausada, para ponerse la bata y dirigirse de puntillas a la cocina. Después de comprobar que la puerta de entrada estuviera cerrada con llave (lo estaba), se sentó delante del ordenador para echar un rápido vistazo a Internet.

En los primeros tiempos de Facebook, había dedicado casi todo su tiempo de conexión al absorbente mundo del Espionaje al Ex Novio. Primero había localizado a los tres o cuatro noviecillos del instituto y la universidad, y después, a aquel venezolano con el que había salido un par de meses cuando estaba cursando el posgrado (y que habría podido ser algo más que una aventura si su inglés hubiera sido sólo un poquito mejor), y se había puesto al corriente de sus vidas. Había comprobado con agrado que todos estaban más feos que cuando ella los había conocido y se había preguntado en repetidas ocasiones lo mismo que se preguntaban otras muchas mujeres de veintitantos años: ¿por qué casi todas las chicas que conocía se habían vuelto mucho más guapas que en la universidad, pero todos los chicos estaban más gordos, más calvos y parecían muchísimo mayores?

Había pasado así un par de meses, hasta que empezó a interesarse por algo más que las fotos de los gemelos del chico con el que había asistido a la fiesta de graduación, y en poco tiempo empezó a acumular amigos de todas las épocas de su vida: del jardín de infancia en Boston (de cuando sus padres todavía estaban estudiando); del campamento de verano en Poconos; del instituto de secundaria en los alrededores de Filadelfia; docenas y docenas de amigos y conocidos de la Universidad de Cornell y de su programa de posgrado en el hospital, y últimamente, colegas de los dos empleos, el hospital y el colegio Huntley. Y aunque ni siquiera recordaba la existencia de muchos de los amigos cuyos nombres reaparecían en la carpeta de notificaciones, siempre se alegraba de recuperar el contacto y averiguar qué había sido de ellos en los últimos diez o incluso veinte años.

Aquella noche, hizo lo de siempre: aceptó la solicitud de amistad de una vecina de la infancia cuya familia se había mudado cuando aún estaban en el colegio; después, curioseó en su perfil, prestando atención a todos los detalles («soltera; estudió en la Universidad de Colorado en Boulder; residente en Denver; le gustan la bicicleta de montaña y los tíos con el pelo largo»), y finalmente le envió un mensaje breve y amable, pero poco entusiasta, sabiendo que probablemente ahí empezaría y acabaría todo su «reencuentro».

Pulsó el botón de inicio y fue transportada otra vez a la adictiva lista de noticias, donde hizo un repaso rápido de las actualizaciones de estado de sus amigos sobre el partido de los Cowboys, las monerías que hacían sus hijos, sus ideas de disfraces para Halloween, su alegría de que ya fuera viernes y las fotos que habían publicado de los variados sitios del mundo donde habían pasado las vacaciones. Sólo cuando llegó al final de la segunda página, vio la actualización de Leo, escrita toda en mayúsculas, por supuesto, como si le estuviera gritando directamente a ella.

Leo Walsh

preparándome para la sesión de fotos de julian alter, mañana en el soho. ¡modelos supercalientes! si queréis ir, mandadme un mensaje.

¡Puaj! Por fortuna, el programa de correo electrónico señaló con un sonido que tenía un mensaje entrante, antes de que pudiera pararse a pensar en el tono grosero de la actualización de Leo.

El mensaje era de Nola. Era la primera noticia que tenía de ella desde su partida (en realidad, era la segunda, ya que su primer mensaje había sido de una sola línea: «¡rescátame de este infierno!»), y Brooke se alegró de recibirla. ¿Habría alguna posibilidad de que lo estuviera pasando bien? No, era imposible. Las vacaciones de Nola eran más del tipo «esquiar en los Alpes», «tomar el sol en Saint-Tropez» o «ir de fiesta en Baja California», y por lo general eran frecuentes, caras y solían incluir a un hombre extremadamente interesado en el sexo que acababa de conocer y que posiblemente no volvería a ver cuando regresara a casa. Brooke no se lo había creído cuando Nola le había anunciado que había contratado un viaje organizado a Vietnam, Camboya, Tailandia y Laos… sin compañía. El plan era alojarse en albergues y hoteles de dos estrellas, con una sola mochila para tres semanas y viajando en autocar. No habría restaurantes con estrellas Michelin, ni servicio de limusinas, ni sesiones de pedicura de cien dólares, ni la menor oportunidad de conocer a gente que la invitara a fiestas en un yate, ni de ponerse sus zapatos de Louboutin. Brooke había intentado convencerla para que se echara atrás, enseñándole las fotos de su viaje de bodas al sureste asiático, repletas de primeros planos de insectos exóticos y de mascotas domésticas asadas para la cena, y le había hecho un collage con todos los retretes sin taza que se habían encontrado; pero Nola había insistido hasta el final en que todo iría bien. Brooke no pensaba decirle «te lo dije», pero a juzgar por su mensaje, las cosas estaban yendo como cabía esperar.

Saludos desde Hanoi, una ciudad tan superpoblada que, a su lado, el metro de Nueva York en hora punta parece unas vacaciones en un club de golf. Estoy apenas en el quinto día de viaje y no si llegaré con vida al final. Las excursiones en mismas son fantásticas, pero el grupo está acabando conmigo. Se levantan cada día como si hubieran recibido una infusión de vida nueva: para ellos no hay trayecto en autobús demasiado largo, ni mercado demasiado atestado de gente, ni calor demasiado sofocante. Ayer me vine abajo y le dije al guía que estaba dispuesta a pagar el suplemento de habitación individual, después de cinco mañanas seguidas de ver cómo mi compañera de habitación se levantaba una hora y media antes de lo estipulado, para correr diez kilómetros antes del desayuno. Era una de esas que dicen: «¡No me siento yo misma si no hago ejercicio!», ya sabes. Me ponía enferma. Me comía la moral. Tenerla en mi habitación era tóxico para mi autoestima, como te podrás imaginar. Pero ya ha sido eliminada y creo que han sido los quinientos dólares mejor invertidos de mi vida. Por lo demás, no hay mucho que contar. El país es precioso, claro, e interesante a más no poder, pero te diré que el único hombre soltero y menor de cuarenta años del grupo ha venido con su madre, que por otra parte no está nada mal (¿debería reconsiderar mi posición?). Te preguntaría cómo va todo por ahí, pero como no te has tomado la molestia de escribirme ni una sola vez desde que me fui, supongo que esta vez tampoco me dirás nada. Aun así, te echo de menos y espero que al menos, en alguna medida pequeña e insignificante, lo estés pasando todavía peor que yo. Besos y abrazos,

Yo

Brooke no tardó más de unos segundos en responder.

Mi queridísima Nola:

No voy a decir que te lo dije. O pensándolo mejor, te lo voy a decir, ¡te lo dije! ¿Qué demonios estabas pensando? ¿Para qué crees que te enseñé la foto a todo color del escorpión? Tendrás que perdonarme por no ser la mejor corresponsal del mundo. Ni siquiera tengo una buena excusa. No hay mucho que contar. El trabajo me tiene loca; estoy haciendo un montón de guardias de gente que está de vacaciones, con la esperanza de resarcirme más adelante, cuando podamos irnos nosotros. Julian ha estado fuera toda la semana, aunque supongo que es para bien, porque el álbum está teniendo un éxito increíble. Las cosas están un poco raras. Julian parece distante. Yo lo atribuyo a… ni idea. Mierda. ¿Dónde está mi mejor amiga cuando necesito una buena explicación? ¡Necesito ayuda!

Bueno, voy a dejarlo, para que no tengamos que seguir sufriendo ninguna de las dos. No veo la hora de que vuelvas para ir juntas a cenar a un vietnamita. Llevaré una botella de agua turbia de aspecto misterioso, para que te sientas como si todavía estuvieras de vacaciones. Ya verás qué divertido. Cuídate y come mucho arroz por mí. Besos,

Yo

P.D.: ¿Ya le has encontrado uso a los sarongs de segunda mano que insistí en que te llevaras sólo para quitármelos de encima?

P.P.D.: Para que conste, te recomiendo vivamente que intentes ligarte al tipo (a cualquier tipo) que viaja con su madre.

Pulsó el botón de enviar y oyó los pasos de Julian tras ella.

– Nena, ¿qué estás haciendo despierta? -dijo con voz de dormido, mientras se servía un vaso de agua-. Facebook seguirá ahí mañana por la mañana.

– No estoy en Facebook -dijo ella, indignada-. Como no podía dormir, he venido a escribirle a Nola. Parece que no está a gusto con los compañeros de viaje.

– Ven, vuelve a la cama.

Empezó a beber el agua mientras iba de camino a la habitación.

– Sí, ya voy -respondió ella, pero él ya se había marchado.

La despertó un ruido en el apartamento. Se sentó de golpe en la cama, completamente despierta y aterrorizada, hasta que recordó que Julian estaba en casa aquella noche. No habían ido a Italia. En lugar de eso, Julian había hecho una gira promocional de ciudad en ciudad, en la que había visitado radios para ser entrevistado, hacer breves actuaciones en los estudios y responder a las preguntas del público. Había vuelto a estar dos semanas fuera.

Brooke se echó a un lado para ver el reloj de la mesilla, lo que no le resultó nada fácil, por su incapacidad de encontrar las gafas y por tener contra la cara la lengua caliente de Walter. Eran las tres y diecinueve. ¿Qué diablos hacía despierto Julian, cuando tenían que levantarse tan pronto?

– Muy bien, ven conmigo -le dijo a Walter, que ya estaba saltando y agitando el rabo, entusiasmado ante la inesperada actividad nocturna.

Se envolvió en una bata y se fue al cuarto de estar, donde Julian estaba sentado en la oscuridad, tocando sus teclados, sin nada encima excepto los calzoncillos y los auriculares. Más que estar ensayando algo, parecía perdido en la música. Tenía la mirada fija en la pared frente al sofá y sus manos se movían por el teclado como si tuvieran voluntad propia. Si no lo hubiera conocido bien, Brooke habría pensado que estaba sonámbulo o drogado. Se sentó a su lado, antes de que él notara su presencia.

– Hola -la saludó él, mientras se quitaba los cascos y se los dejaba colgando alrededor del cuello, como una bufanda-. ¿Te he despertado?

Brooke hizo un gesto afirmativo.

– Sin embargo, lo tienes sin sonido -dijo ella, señalando el teclado, al que estaban conectados los auriculares-. No sé qué habré oído.

– Éstos -respondió Julian, refiriéndose a un montón de cedés-. Se me han caído al suelo hace un momento. Lo siento.

– No es nada. -Brooke se le acercó un poco más-. ¿Te encuentras bien? ¿Qué pasa?

Julian la rodeó con sus brazos, pero seguía pareciendo ausente. La tensión se le reflejaba en el entrecejo fruncido.

– No sé; supongo que estoy nervioso. Me han hecho muchas entrevistas, pero ninguna tan importante como la de Today.

Brooke le cogió la mano, se la estrechó y dijo:

– Vas a estar genial, ya lo verás. En serio, se te dan muy bien las entrevistas.

Quizá no fuera del todo cierto. Las pocas entrevistas por televisión que le habían hecho a Julian hasta ese momento habían salido un poco raras, pero había llegado el momento de mentir.

– ¿Qué vas a decir tú? Eres mi mujer.

– Tienes razón; no puedo decir otra cosa. Pero además es verdad. Vas a estar increíble.

– Es en directo y se emite en todo el país. Millones de personas ven el programa todas las mañanas. ¿No te parece que es para morirse de miedo?

Brooke apoyó la cara contra su pecho, para que no le viera la expresión.

– Irás a ese programa y harás lo que sabes hacer. Tendrán ese escenario montado al aire libre, con todos los turistas gritando, y te sentirás como en cualquier actuación de una gira. La sensación será incluso mucho más buena.

– Mejor.

– ¿Qué?

– Mejor. Se dice «mucho mejor» y no «mucho más buena» -dijo Julian, sonriendo débilmente.

Brooke le dio un puñetazo de broma.

– ¿Eso es lo que gano por tratar de ayudarte? ¿Que corrijas mi gramática? Ven, volvamos a la cama.

– ¿Para qué? ¿No tenemos que levantarnos dentro de poco?

Brooke echó un vistazo al reloj en el aparato de vídeo: las tres y treinta y cinco.

– Podemos dormir unos… cincuenta minutos, antes de empezar a arreglarnos. Enviarán el coche a buscarnos a las cinco y cuarto.

– Dios, esto es inhumano.

– Rectifico. Tenemos unos cuarenta y cinco minutos. No creas que por ser famoso ya no tienes que sacar a pasear al perro.

Julian soltó un gruñido y Walter ladró.

– Ven, te sentirás mejor si te echas un rato, aunque no puedas dormir -dijo Brooke, poniéndose en pie y tirando del brazo de Julian.

Él se levantó y le dio un beso en la mejilla.

– Ve tú primero. Yo ya voy.

– Julian…

Él volvió a sonreír, esta vez de verdad.

– No seas tan dictadora, mujer. ¿Necesito tu permiso para ir al baño? Ahora mismo voy.

Brooke fingió indignación.

– ¿Dictadora? Ven, Walter, vámonos a la cama y dejemos a papi tranquilo, para que pueda bajarse apps para el iPhone sentado en el baño.

Le dio un beso rápido en los labios a Julian y chasqueó la lengua para que Walter la siguiera.

Lo siguiente que supo fue que el despertador estaba aullando el tema All the Single Ladies. Se sentó en la cama como impulsada por un resorte, convencida de que se habían quedado dormidos, pero comprobó con alivio que eran las cuatro y cuarto. Se inclinó a un lado para despertar a Julian, pero en su lugar sólo encontró una maraña de sábanas y un spaniel repanchigado. Walter estaba acostado boca arriba, con las cuatro patas en el aire y la cabeza en la almohada de Julian, como si fuera una persona. La miró con un solo ojo, con una expresión que parecía decir: «Podría acostumbrarme fácilmente a esto», antes de volver a cerrarlo y dejar escapar un suspiro de satisfacción. Brooke le dio un beso en el cuello y después salió de puntillas al cuarto de estar, segura de encontrar a Julian donde lo había dejado. En lugar de eso, vio una línea de luz bajo la puerta del aseo de invitados, y cuando se acercó para preguntarle si se encontraba bien, oyó el sonido inconfundible de una vomitona. «El pobre está hecho una pena», se dijo, con una combinación de conmiseración por Julian y alivio por no ser ella quien tenía que conceder aquella entrevista. Si la situación hubiera sido la inversa, estaba convencida de que en ese mismo instante ella estaría en el aseo, vomitando y rezando por algún tipo de intervención divina.

Oyó correr el agua durante un momento y después la puerta se abrió, revelando una versión pálida y sudorosa de su marido. Julian se pasó el dorso de la mano por la boca y la miró con una expresión situada en la frontera entre las náuseas y una ligera diversión.

– ¿Cómo estás, cariño? ¿Te traigo algo? ¿Un poco de ginger ale, quizá?

Julian se dejó caer en una de las butacas de la mesa para dos de su diminuta cocina y se recorrió la cabellera con los dedos. Brooke observó que últimamente parecía tener el pelo más denso y que los claros en la coronilla ya no eran tan evidentes como el año anterior. Probablemente se debía a los fantásticos cuidados que estaba recibiendo de la gente de peluquería y maquillaje, que debían de haber descubierto alguna manera de disimular la calvicie incipiente. Fuera lo que fuese lo que estaba haciendo, lo cierto era que funcionaba. Sin la distracción de la pequeña calva, la mirada se sentía directamente atraída por los hoyuelos de las mejillas.

– Estoy hecho una mierda -anunció Julian-. No creo que sea capaz de hacer la entrevista.

Brooke se arrodilló a su lado, lo besó en la mejilla y cogió sus dos manos entre las suyas.

– Vas a estar fabuloso, cielo. Esa entrevista será una ayuda enorme para ti y para tu álbum.

Durante un segundo, Brooke pensó que su marido iba a echarse a llorar. Por fortuna, se limitó a coger un plátano del frutero que hacía las veces de centro de mesa y empezó a darle bocados y a masticar lentamente.

– De verdad pienso que la parte de la entrevista será lo más fácil. Todo el mundo sabe que vas al programa para actuar. Cantarás Por lo perdido, el público se volverá loco y te olvidarás de las cámaras; después, saldrán los presentadores al escenario y te preguntarán cómo te sientes por haber alcanzado tan repentinamente la fama, o algo parecido. Tú responderás con tu discurso sobre lo mucho que aprecias y adoras a todos tus fans, y después pasarán directamente al pronóstico del tiempo. Será un paseo, ¡te lo prometo!

– ¿Tú crees?

Su mirada implorante le recordó a Brooke cuánto tiempo hacía que no le daba ánimos de aquel modo y lo mucho que echaba de menos hacerlo. Su marido, la estrella de rock, aún podía ser su marido, el tipo nervioso.

– ¡Estoy segura! Ven, métete en la ducha, mientras te preparo unos huevos y unas tostadas. El coche vendrá dentro de media hora y no podemos llegar tarde. ¿De acuerdo?

Julian asintió. Se desarregló el pelo mientras se ponía en pie y se dirigió al baño sin decir una palabra más. Siempre se ponía nervioso antes de las actuaciones, ya fuera un bolo rutinario en la cafetería de una universidad, una presentación para pocos invitados en un local íntimo o un concierto multitudinario en un estadio del Medio Oeste, pero Brooke no recordaba haberlo visto nunca así.

Se metió en la ducha cuando él ya estaba saliendo y pensó en decirle algunas palabras de aliento más, pero al final decidió que era mejor guardar silencio. Cuando terminó, Julian había salido a pasear a Walter y ella se apresuró a ponerse la ropa más fácil de llevar, que le garantizara comodidad sin ser espantosa: un suéter amplio sobre leggings negros y botas hasta los tobillos de tacón bajo. Había tardado en adoptar los leggings, pero en cuanto se decidió y compró el primer par gloriosamente elástico, ya nunca volvió a prescindir de ellos. Después de tantos años de luchar a brazo partido para ponerse los vaqueros pitillo de talle bajo, las faldas tubo y los pantalones de vestir que le constreñían la cintura como unas tenazas, sentía que los leggings eran la disculpa de Dios a las mujeres del mundo. Por primera vez, algo que estaba de moda le sentaba bien, porque disimulaba sus secciones media y trasera, que distaban de ser perfectas, y le resaltaba las piernas, razonablemente bonitas. Cada vez que se ponía unos leggings, agradecía en silencio a su inventor y rezaba para que siguieran de moda sólo un poco más.

El trayecto desde su casa hasta el Rockefeller Center, desde donde se emitía el programa, fue rápido. No había tráfico a aquella hora de la mañana y el único ruido lo hacían los dedos de Julian, repiqueteando sobre la madera del apoyabrazos. Llamó Leo para decir que los estaba esperando en el estudio, pero aparte de eso, nadie dijo nada. Sólo cuando el coche se detuvo delante de la entrada de artistas, Julian le cogió la mano a Brooke con tanta fuerza que ella tuvo que apretar los labios para no gritar.

– Vas a estar fenomenal -le susurró, mientras un joven con el uniforme de los asistentes de la cadena de televisión y unos cascos en la cabeza los llevaba a la sala de espera.

– Es en directo y se transmite a todo el país -replicó Julian, mirando fijamente hacia adelante.

Parecía todavía más pálido que unas horas antes y Brooke rezó para que no volviera a vomitar.

Sacó del bolso un paquete de Peptobismol masticable, separó discretamente dos grajeas del envase y se las puso a Julian en la palma de la mano.

– Mastícalas -le dijo.

Pasaron por un par de estudios, todos con el característico aire helado que mantiene a los presentadores frescos bajo los focos abrasadores del plató, y Julian le apretó todavía más la mano. Doblaron una esquina, atravesaron un espacio que parecía un salón de belleza improvisado, donde tres mujeres preparaban una serie de cosméticos y productos de peluquería, y fueron depositados en una habitación con unos cuantos sillones, un par de sofás de dos plazas y una pequeña mesa de bufet con todo lo necesario para el desayuno. Brooke no había estado nunca en ninguna sala de espera de unos estudios de televisión. Aunque la llamaban «sala verde», estaba decorada en tonos beige y malva. Lo único verde era el tono de la piel de Julian.

– ¡Ahí está! -exclamó Leo, con una voz al menos treinta decibelios más estentórea de lo necesario.

– Volveré para llevarlo a la… ejem… sala de peluquería y maquillaje en cuanto haya llegado el resto de la banda -dijo el asistente, que parecía incómodo-. Mientras tanto, puede tomar un… ejem… un café o algo.

Rápidamente, se marchó.

– ¡Julian! ¿Qué tal estamos esta mañana? ¿Estás listo? No parece que estés listo. ¿Te sientes bien?

Julian asintió, con aspecto de sentirse tan espantado como Brooke de ver a Leo.

– Estoy bien -murmuró.

Leo le dio una palmada en la espalda y se lo llevó al pasillo, para darle algún tipo de discurso preparatorio. Mientras tanto, Brooke se sirvió un café y se sentó en un rincón, lo más lejos posible de todos. Se puso a estudiar la sala y en particular al resto de los invitados de aquella mañana: una niña, que a juzgar por el violín que llevaba en la mano y la actitud altiva debía de ser un prodigio musical; el jefe de redacción de una revista para hombres, que estaba ensayando con su encargada de relaciones públicas los diez consejos para adelgazar que pensaba presentar, y una conocida autora de novelas femeninas, con su libro más reciente en una mano y el teléfono móvil en la otra, repasando con expresión de supremo aburrimiento la lista de llamadas perdidas.

Los otros miembros de la banda fueron entrando en el transcurso de los quince minutos siguientes, todos ellos con aspecto de cansancio y nerviosismo. Bebieron un café y se turnaron para pasar a la sala de peluquería y maquillaje, y antes de que Brooke tuviera otra oportunidad de ver cómo se encontraba Julian, los sacaron a todos a la plaza del Rockefeller Center para saludar a los admiradores y hacer una última prueba de sonido. Era una mañana fresca de otoño y se había congregado una multitud. Cuando empezaron a actuar, en torno a las ocho, había más de un millar de personas, casi todas mujeres de entre doce y cincuenta años, y parecía como si todas estuvieran gritando a la vez el nombre de Julian. Brooke estaba mirando el monitor de la sala de espera, intentando recordar que en ese mismo instante Julian aparecía en los televisores de todo el país, cuando entró el asistente y le preguntó si quería ver la parte de la entrevista desde el interior del estudio.

Brooke se levantó de un salto y siguió al chico escalera abajo, hasta un estudio que conocía bien después de muchos años de ver el programa. De inmediato sintió el golpe del aire helado.

– ¡Oh, qué plató tan bonito! No sé por qué, pero había entendido que le harían la entrevista fuera, delante del público.

El asistente se llevó un par de dedos a los auriculares, prestó atención y asintió. Se volvió hacia Brooke, como si en realidad no la estuviera viendo.

– Normalmente lo habrían entrevistado fuera, pero hay demasiado viento y los micrófonos no van bien.

– Entiendo -dijo Brooke.

– Siéntese ahí, si quiere -dijo el joven, señalándole una silla plegable entre dos cámaras gigantescas-. Entrarán en directo en cualquier momento. -Consultó el cronómetro que llevaba colgado del cuello-. En menos de dos minutos. Tiene apagado el móvil, ¿verdad?

– Sí, lo he dejado arriba. ¡Qué increíble es todo esto! -dijo Brooke.

Nunca había estado en un plató de televisión, y mucho menos en el de un programa famoso en todo el país. Era sencillamente emocionante estar ahí y ver a los cámaras, los técnicos de sonido y los realizadores que iban y venían con los cascos puestos. Estaba viendo cómo un asistente cambiaba los cojines grandes y mullidos de los sofás por otros más pequeños y de relleno más apretado, cuando entró una ráfaga de aire del exterior y se produjo una gran conmoción. Una docena de personas entraron por la puerta del estudio y entre ellas Brooke vio a Julian, flanqueado por Matt Lauer y Meredith Vieira, los dos presentadores del programa. Parecía un poco aturdido y tenía una gota de sudor suspendida en el labio superior, pero se estaba riendo de algo que le habían dicho y meneaba un poco la cabeza mientras caminaba.

– ¡Un minuto y treinta segundos! -atronó una voz femenina por los altavoces.

El grupo se situó prácticamente delante de ella y, durante unos instantes, Brooke sólo pudo mirar las caras familiares de los presentadores. Pero entonces Julian cruzó una mirada con ella y le sonrió con expresión nerviosa; movió la boca para decirle algo, pero ella no le entendió. Brooke se sentó en la silla que le había indicado el asistente. De inmediato, otras dos personas se abalanzaron sobre Julian y, mientras una de ellas le enseñaba a pasarse el cable del micrófono por la espalda y a enganchárselo al cuello de la camisa, la otra le aplicaba polvos para quitarle el brillo de la cara. Matt Lauer se inclinó para susurrarle algo a Julian, que se echó a reír, y después se marchó del escenario. Meredith se sentó frente a Julian, y aunque Brooke no oía lo que decían, aparentemente su marido parecía estar a gusto con ella. Brooke intentó imaginar los nervios que estaría pasando Julian y lo espeluznante e irreal que le parecería todo, y con sólo pensarlo sintió que se mareaba. Se clavó las uñas en las palmas de las manos y rezó para que todo fuera bien.

– ¡Cuarenta y cinco segundos y estamos en el aire!

Cuando parecía que sólo habían pasado diez segundos, se hizo un profundo silencio sobre el plató y Brooke vio un anuncio de Tylenol en los monitores que tenía delante. Al cabo de unos treinta segundos, empezaron los acordes iniciales de la cabecera del programa y una voz por los altavoces inició la cuenta atrás. Inmediatamente, toda la sala se quedó quieta y en silencio, excepto Meredith, que dio un último repaso a las notas y se pasó la lengua por los incisivos, para comprobar que no los tenía manchados de pintalabios.

– Cinco, cuatro, tres, dos, ¡en el aire!

En el momento exacto en que la voz dijo la palabra «en», se encendieron los colosales focos del plató y todo el estudio quedó inmerso en una luz intensa y caliente. En el mismo instante, Meredith compuso una amplia sonrisa, se volvió hacia la cámara donde parpadeaba una luz verde y empezó a leer del teleprompter.

– ¡Bienvenidos otra vez! Para los que os acabáis de incorporar al programa, hoy tenemos la suerte de tener entre nosotros a una de las principales estrellas emergentes del panorama musical actual: el cantante y compositor Julian Alter. Participó en una gira con Maroon 5, antes de hacer la suya propia, y colocó su primer álbum en el número cuatro de la lista de Billboard en la primera semana. -Se volvió hacia Julian con una sonrisa todavía más amplia-. Y acaba de regalarnos una magnífica interpretación de su tema Por lo perdido. ¡Has estado estupendo, Julian! Gracias por estar hoy aquí con nosotros.

Él sonrió, pero Brooke reconoció las líneas de tensión alrededor de los labios y la fuerza con que la mano izquierda se aferraba al apoyabrazos del sillón.

– Gracias por haberme invitado. Estoy muy contento de haber venido.

– Tengo que decirte que me ha encantado tu canción -dijo Meredith con entusiasmo.

Brooke estaba fascinada por el modo en que el maquillaje de la presentadora resultaba artificial como una máscara en persona, pero parecía fresco y natural en la imagen del monitor.

– ¿Puedes hablarnos un poco de lo que te inspiró a componerla?

Al instante, la expresión de Julian cobró vida y todo su cuerpo pareció relajarse, mientras describía las circunstancias que lo habían llevado a componer Por lo perdido.

Los cuatro minutos siguientes transcurrieron en un abrir y cerrar de ojos. Julian respondió sin esfuerzo a las preguntas sobre su descubrimiento, el tiempo que le había llevado grabar el álbum y cómo se había tomado la repentina fama y la increíble atención que había suscitado su disco. Las clases que había recibido de los expertos de la casa discográfica definitivamente habían merecido la pena. Respondió con gracia y con modestia, y en ningún caso pareció que sus respuestas hubieran sido redactadas por un equipo de profesionales (aunque la verdad era otra). Todo el tiempo le sostuvo la mirada a la presentadora, mantuvo una actitud informal pero respetuosa y, en un momento, sonrió con una expresión tan encantadora que la propia Meredith Vieira soltó una risita y dijo:

– Ahora entiendo por qué tienes tanto éxito con las chicas.

Sólo cuando Meredith levantó un ejemplar de una revista del corazón sin identificar que tenía sobre la mesa, con la portada hacia abajo, y la abrió por una página marcada, Julian dejó de sonreír.

Brooke recordó la noche en que Julian había vuelto de sus clases sobre las relaciones con la prensa y le había contado que en aquella ocasión había aprendido lo más importante de todo:

– No estás obligado a responder lo que te preguntan. Si no te gusta la pregunta que te han hecho, sigues como si nada y respondes a la pregunta que te gustaría que te hicieran, aunque no tenga la menor relación con lo que te han preguntado. Lo único importante es que transmitas la información que tú quieres transmitir. Tienes que hacerte con el control de la entrevista. No debes dejar que te obliguen a confesar cosas desagradables o incómodas. Simplemente tienes que sonreír y cambiar de tema. La responsabilidad de que la entrevista resulte amena y fluida es del presentador, y él no va a regañarte porque te niegues a responder una pregunta. ¡Una entrevista en un programa matinal no es un debate presidencial! Mientras sonrías y parezcas relajado, todo irá bien. Nadie te acorralará ni te hará pasar vergüenza, si sólo respondes a las preguntas que tú quieres.

Parecía como si hubiera pasado al menos un año desde aquella noche, y Brooke rezaba para que Julian sintiera aquella mañana la misma confianza. «Cíñete al guión -le dijo mentalmente- y no dejes que la presentadora note que estás sudando.»

Meredith dobló la revista, que para entonces Brooke reconoció como US Weekly, y le enseñó una página a Julian. Le señaló entonces una foto en la esquina superior derecha, lo que para Brooke fue el primer indicio de que no se trataba de la infame fotografía con Layla. Julian sonrió, pero parecía desconcertado.

– Ah, sí -dijo, sin responder a nada, ya que Meredith todavía no le había hecho ninguna pregunta-. Mi preciosa esposa.

«¡Oh, no!», pensó Brooke. Meredith le estaba enseñando una foto de Brooke y Julian con los brazos entrelazados, sonriendo felizmente a las cámaras. La imagen apareció en el monitor y Brooke pudo ver los detalles: ella, con su sempiterno vestido negro de punto, y Julian, con aspecto de sentirse incómodo con una camisa y unos pantalones de vestir, ambos con sendas copas de vino en la mano. ¿Dónde estaban? Brooke se inclinó hacia adelante en la silla para ver mejor el monitor más cercano y de pronto lo comprendió. ¡Era la fiesta de los sesenta y cinco años de su padre! Habían debido de tomar la fotografía poco después de que Brooke pronunciara su pequeño discurso para el brindis, porque Julian y ella estaban de pie, mientras que el resto de los comensales permanecían sentados. ¿Quién diablos habría hecho aquella foto y, más importante aún, para qué la querría US Weekly?

Entonces la cámara se movió ligeramente hacia abajo y Brooke pudo ver que la foto tenía un pie de ilustración, que decía: «¿En la dulce espera, con una copa en la mano?» Sintió de inmediato una horrible sacudida de angustia en el estómago, al darse cuenta de que probablemente el último número de US Weekly había salido ese mismo día y que nadie del equipo de Julian lo habría visto aún.

– Sí, he leído que Brooke y tú lleváis… ¿cuánto? ¿cinco años casados? -preguntó Meredith, mirando a Julian.

Él asintió con un gesto, claramente preocupado por el rumbo que podía tomar aquella línea del interrogatorio.

Meredith se inclinó un poco más hacia Julian y, con una gran sonrisa, le dijo:

– Entonces, ¿puedes confirmarlo aquí, como primicia?

Julian la siguió mirando a los ojos, pero parecía tan desconcertado como Brooke. ¿Qué era lo que tenía que confirmar? Brooke sabía que Julian no había procesado lo de la «dulce espera» y que probablemente estaría pensando que Meredith le preguntaba por el estado de su matrimonio.

– Perdón, ¿qué has dicho?

Se suponía que no debía titubear en las respuestas, pero Brooke no lo culpaba. ¿Cuál era exactamente la pregunta?

– Bueno, no pudimos dejar de preguntarnos si esa barriguita de tu mujer no será la señal de que estáis a punto de darnos una buena noticia.

Meredith sonrió todavía más, como si la respuesta afirmativa fuera una mera formalidad y ni siquiera hiciera falta formular la pregunta.

Brooke inhaló bruscamente una bocanada de aire. Decididamente, no era lo que esperaba, y el pobre Julian estaba tan poco preparado para hablar de enigmáticas «buenas noticias» como para responder a la pregunta en ruso. Además, era posible que Brooke no estuviera en el mejor momento de forma de su vida, pero tampoco podía decirse que pareciera embarazada. Todo se debía una vez más al ángulo de la foto, que había sido tomada desde abajo y resaltaba el abullonado de la tela del vestido en torno a la cintura. ¿Y qué?

Julian se removió en su asiento y su inquietud pareció confirmar que la sospecha era fundada.

– ¡Vamos, aquí puedes decirlo! ¡Será un gran año para ti: tu primer álbum y tu primer bebé! Estoy segura de que a tus fans les encantará saber con seguridad…

Brooke tardó un segundo en notar que había dejado de respirar. ¿Era cierto lo que les estaba pasando? ¿Quiénes demonios pensaban que eran Julian y ella? ¿La superpareja de Angelina y Brad? ¿De verdad podía interesarle al público que ella estuviera embarazada? ¿Acaso le importaba a alguien? ¿Realmente parecía tan barrigona en la foto que la «dulce espera» había sido la única explicación verosímil? Peor aún. Si el mundo entero iba a dar por supuesto que estaba embarazada, entonces aquella foto la presentaba como una embarazada que tenía problemas con el alcohol. Le costaba creer que todo aquello estuviera pasando en realidad.

Julian abrió la boca para decir algo, pero pareció recordar las instrucciones de sonreír y responder siempre lo que él quisiera, y dijo:

– Adoro a mi mujer y le estoy muy agradecido. Nada de esto hubiera sido posible sin su apoyo.

«¿Nada de qué? -habría querido gritarle Brooke-. ¿Te refieres al embarazo inexistente y terriblemente inoportuno? ¿Al hecho de que tu mujer beba en medio de su falso embarazo?»

Se hizo un silencio extraño, que probablemente duró un par de segundos, pero pareció interminable, y entonces Meredith dio las gracias a Julian, miró directamente a la cámara y dio paso a la publicidad, después de ordenar a todo el mundo que comprara su álbum. Brooke se dio cuenta vagamente de que los focos habían reducido su intensidad y de que Meredith se había desenganchado el micrófono y se había puesto en pie. La presentadora le tendió la mano a Julian, que parecía conmocionado, le dijo unas palabras que Brooke no pudo oír y salió rápidamente del plató. Una docena de personas empezaron a circular por el estudio, comprobando cables, empujando cámaras e intercambiando tablillas con sujetapapeles. Julian se quedó sentado, con aspecto de haber recibido un garrotazo en la cabeza.

Brooke se puso en pie, y estaba a punto de ir hacia donde estaba Julian, cuando Leo se materializó delante de ella.

– No ha estado mal nuestro muchacho, ¿eh, Brooke? Un poco rara su reacción en la última pregunta, pero nada grave.

– Hum.

Brooke habría querido reunirse con Julian, pero con el rabillo del ojo vio que Samara, junto con el experto de relaciones con la prensa y otros dos asistentes, salía con él del estudio, para preparar las siguientes actuaciones. Todavía tenía que cantar dos temas más, uno a las nueve menos cuarto y otro a las nueve y media, antes de que terminara aquella mañana infernal.

– ¿Quieres venir fuera o prefieres verlo desde la sala verde? Tal vez te convenga tomártelo con calma, ya sabes, poner los pies en alto…

La sonrisa de Leo le pareció a Brooke todavía más chabacana que de costumbre.

– ¿Crees que estoy embarazada? -preguntó ella, incrédula.

Leo levantó los brazos.

– Yo no pregunto nada. Es cosa vuestra, ya sabes. Claro que no sería el mejor momento para la carrera de Julian, pero supongo que los bebés vienen cuando les apetece…

– Leo, te agradecería que…

En ese momento sonó el teléfono de Leo, que lo sacó del bolsillo y lo estudió como si fuera la Biblia.

– Lo siento, tengo que responder -dijo, mientras se volvía para salir.

Brooke se quedó clavada donde estaba. Ni siquiera podía empezar a digerir lo que había sucedido. Julian prácticamente había confirmado un embarazo imaginario, en un programa televisado en directo a todo el país. El asistente que los había recibido antes apareció junto a ella.

– ¿Me permite que la acompañe otra vez a la sala de espera? Aquí hay un poco de revuelo, porque están preparando el plató para la siguiente entrevista.

– Sí, claro. Gracias -respondió Brooke, realmente agradecida.

Subió en silencio la escalera tras el asistente y lo siguió por un largo pasillo. El chico le abrió la puerta de la sala y Brooke creyó haber oído que le daba la enhorabuena antes de marcharse, pero no hubiese podido asegurarlo. Su sitio había sido ocupado por un hombre vestido de cocinero, por lo que se sentó en la única silla que quedaba libre.

La niña prodigio del violín levantó la vista y la miró a los ojos.

– ¿Ya sabes lo que es? -preguntó, con una vocecita tan aguda que parecía como si acabara de inhalar el helio de un globo.

– ¿Qué has dicho? -preguntó a su vez Brooke, que no la había entendido bien.

– Te he preguntado si ya sabes lo que vas a tener -respondió la niña con entusiasmo-. ¿Niño o niña?

A Brooke se le transfiguró la cara por la impresión.

La madre de la violinista se inclinó y le susurró algo al oído, probablemente acerca de lo inapropiado de su pregunta, porque la niña en seguida protestó:

– ¡Sólo le he preguntado qué espera!

Brooke intentó relajarse. Ya que estaba, podía divertirse un poco, aunque estaba completamente segura de que su familia y sus amigos no iban a encontrarlo tan divertido. Recorrió con la vista la sala, para asegurarse de que nadie la estaba escuchando, y se inclinó hacia la pequeña violinista.

– Es niña -le susurró, sintiéndose un poco malvada por mentirle a una chiquilla-, y espero que sea tan bonita como tú.

Las llamadas telefónicas de amigos y parientes empezaron a llover durante el trayecto de vuelta a casa y no pararon en varios días. Su madre declaró que le dolía haberse enterado por la televisión, pero que aun así se sentía enormemente feliz de que su única hija por fin fuera a ser madre. Su padre estaba encantado de que la foto de su cumpleaños hubiera salido en un programa de difusión nacional, pero no se explicaba que Cynthia y él no hubieran adivinado antes lo del embarazo. La madre de Julian intervino para decir, como era previsible, que su marido y ella aún no se sentían con edad suficiente para ser abuelos. Randy propuso amablemente fichar al futuro hijo de Brooke para el pequeño equipo de fútbol americano de la familia Greene que mentalmente estaba preparando, y Michelle se ofreció para ayudar a decorar la habitación del pequeño. Nola estaba indignada de que Brooke no se lo hubiera dicho a ella primero, pero se declaraba dispuesta a perdonarla si le ponía su nombre a la niña. Y todos ellos (algunos más amablemente que otros) tuvieron algo que decir acerca del vino.

El hecho de haber tenido que convencer a toda su familia, a toda la familia de Julian, a todos sus compañeros de trabajo y a todos sus amigos, en primer lugar, de que no estaba embarazada, y en segundo lugar, de que jamás habría bebido alcohol durante un hipotético embarazo, fue para ella una humillación. Un insulto. Y aun así, siguió percibiendo escepticismo en todos ellos. Lo único que funcionó, lo que realmente acabó por convencerlos a todos, fue el siguiente número de US Weekly, donde apareció una fotografía tomada furtivamente a Brooke, mientras compraba en el supermercado Gristedes de su barrio. No cabía duda de que el vientre parecía más plano, pero eso no era lo importante. En la foto aparecía con una cesta, en cuyo interior había plátanos, un pack de cuatro yogures, una botella de agua mineral, un envase de detergente y una caja de Tampax. Por si el mundo estaba interesado en saberlo, eran Tampax Pearl, superabsorbentes, y la caja estaba rodeada por un grueso círculo de rotulador negro, sobre un pie de ilustración que gritaba: «¡No hay bebé para los Alter!», como si la revista hubiera llegado al fondo de la cuestión, tras un ingenioso trabajo detectivesco.

Gracias a aquella gran labor de investigación periodística, el mundo entero pudo saber que Brooke no estaba embarazada, pero tenía reglas más abundantes de lo normal. Nola encontró todo el asunto tremendamente divertido, pero Brooke no podía parar de pensar que todos, desde su novio del instituto hasta su abuelo de noventa años (por no hablar de todos y cada uno de los adolescentes, las amas de casa, los pasajeros de las aerolíneas, los clientes de los supermercados, las clientas de las peluquerías y todos los suscriptores de la revista, de una punta a otra de Estados Unidos), estaban al corriente de los detalles de su ciclo menstrual. ¡Pero si ni siquiera había visto al fotógrafo! Desde aquel día, empezó a comprar por Internet todos los artículos que guardaban relación con el sexo, la regla o la digestión.

Afortunadamente, la hija de Randy y de Michelle, Ella, resultó ser la distracción que tanta falta le hacía. Llegó como una bendición del cielo, dos semanas después del drama de Today, y tuvo la amabilidad de presentarse justo por Halloween, por lo que Julian y ella tuvieron la excusa perfecta para no asistir a la fiesta de disfraces de Leo. Brooke no pudo más que sentir una enorme gratitud hacia su sobrina. Entre la historia del parto repetida hasta la saciedad (la rotura de aguas en un restaurante italiano, la carrera hasta el hospital sólo para esperar otras doce horas más y la promesa de Campanelli, el dueño del restaurante, de que invitaría a comer a Ella siempre que quisiera, por el resto de su vida), las lecciones sobre ropita y pañales, y el recuento de deditos para ver que no faltara ni sobrara ninguno, la atención se desplazó hacia la pequeña, y Brooke y Julian dejaron de ser el centro, al menos dentro de la familia.

Julian y ella se portaron como unos tíos ejemplares: llegaron al hospital antes incluso de que naciera el bebé, llevando consigo dos docenas de bagels neoyorquinos y suficiente salmón ahumado para alimentar a toda la maternidad. Hasta Julian parecía encantado con el acontecimiento, tanto que llegó a susurrarle a Ella al oído que sus manitas diminutas parecían hechas para tocar el piano. Brooke siempre recordaría el nacimiento de la pequeña Ella como el último paréntesis de dichosa calma, antes de la tempestad infernal que estaba a punto de desencadenarse.

10 Hoyuelos de chico corriente

El teléfono móvil de Brooke empezó a sonar justo cuando acababa de subir el pavo de diez kilos al apartamento y había conseguido depositarlo sobre la encimera de la cocina.

– ¿Diga? -contestó, mientras se disponía a despejar el frigorífico de todo lo que no fuera esencial, para dejar espacio al ave gigantesca.

– ¿Brooke? Soy yo, Samara.

La llamada la sorprendió con la guardia baja. Samara nunca jamás la había llamado antes. ¿Querría preguntar qué les había parecido la portada de Vanity Fair? La revista acababa de llegar a los quioscos y Brooke no podía dejar de mirarla. En la foto aparecía el Julian de toda la vida: con vaqueros, camiseta blanca ceñida y uno de sus gorros de lana favoritos, sonriendo de esa manera que realzaba los hoyuelos tan bonitos que tenía en las mejillas. Era, con diferencia, el más mono de todo el grupo.

– ¡Ah, hola! ¿No te parece que ha salido genial en la portada de Vanity Fair? No es que me sorprenda, claro, pero está tan…

– Brooke, ¿tienes un minuto?

Obviamente, no era una llamada de cortesía para hablar de la portada de una revista, y si aquella mujer intentaba decirle que Julian no iba a poder asistir a la primera fiesta de Acción de Gracias que celebraban en su casa como anfitriones, entonces, sencillamente, Brooke la mataría.

– Eh, sí… Espera un segundo. -Cerró el frigorífico y se sentó junto a la mesa diminuta, lo que le recordó que aún debía llamar para preguntar si la mesa y las sillas alquiladas estaban efectivamente en camino-. Bueno, ya está. ¿Qué querías decirme?

– Brooke, han escrito un artículo, y lo que dicen no es agradable -le anunció Samara, con su habitual estilo seco y cortante, aunque para noticias como aquélla, casi resultaba reconfortante.

Brooke intentó quitarle importancia a la noticia con una broma.

– Se diría que últimamente siempre hay alguien escribiendo un artículo Después de todo, soy la embarazada que empina el codo, ¿no te acuerdas? ¿Qué dice Julian?

Samara se aclaró la garganta.

– Todavía no se lo he contado. Sospecho que se molestará mucho y por eso quería hablar contigo primero.

– ¡Dios mío! ¿Qué dicen de él? ¿Se burlan de su pelo? ¿Se meten con su familia? ¿O ha aparecido alguna zorra de su pasado, que pretende…?

– No dicen nada de Julian, Brooke. Es sobre ti.

Se hizo un silencio. Brooke sintió que las uñas se le clavaban en las palmas de las manos, pero no podía evitarlo.

– ¿Qué dicen de mí? -preguntó finalmente, con la voz convertida casi en un susurro.

– Un montón de mentiras insultantes -respondió Samara con frialdad-. Quería que lo supieras por mí, y decirte también que tenemos a todo nuestro gabinete jurídico trabajando en ello, para desmentirlo todo. Nos lo estamos tomando muy en serio.

Brooke no conseguía articular ni una sola palabra. Tenía que ser algo realmente espantoso, para que Samara les diera tantas vueltas a unas mentiras publicadas en un periódico sensacionalista. Finalmente, dijo:

– ¿Dónde está? Tengo que verlo.

– Saldrá en el número de mañana de Last Night, pero ya está disponible en Internet. Brooke, recuerda por favor que todos te apoyamos, y te prometo que…

Por primera vez posiblemente desde la adolescencia (y sin duda alguna por primera vez en una conversación con cualquiera que no fuera su madre), Brooke le colgó el teléfono a mitad de la frase y se fue directamente al ordenador. Encontró la web en cuestión de segundos y sufrió un sobresalto cuando vio en la página de inicio una fotografía enorme de Julian y de ella, cenando en la terraza de un restaurante. Se devanó los sesos, intentando adivinar dónde podían estar, hasta que vio el cartel de la calle, al fondo. ¡Claro! Era el restaurante español donde habían cenado la noche en que Julian volvió por primera vez a casa, después de haberse marchado en medio de la fiesta de cumpleaños de su padre. Empezó a leer.

La pareja que comparte una paella en una mesa al aire libre del Hell's Kitchen de Manhattan tiene un aspecto de lo más normal, pero los entendidos reconocieron en seguida al nuevo compositor y cantante favorito de América, Julian Alter, y a quien es su mujer desde hace varios años, Brooke. El primer álbum de Alter ha dinamitado las listas de éxitos y sus hoyuelos de chico corriente le han hecho ganar legiones de admiradoras en todo el país. Pero ¿quién es esa mujer que tiene a su lado? ¿Y cómo se está tomando la reciente fama de Julian?

No muy bien, según una fuente cercana a la pareja. «Se casaron muy jóvenes, y sí, han resistido cinco años juntos, pero están al borde del colapso -asegura la citada fuente-. Julian tiene una agenda muy exigente y Brooke no ha sabido adaptarse.»

Se conocieron poco después de los ataques terroristas del 11 de septiembre y cimentaron su relación en el clima de desazón que vivía la ciudad. «Brooke lo persiguió durante meses por todo Manhattan. Iba sola a todas sus actuaciones, hasta que al final él no tuvo más remedio que fijarse en ella. Los dos se sentían solos», explica nuestra fuente. Un amigo de la familia Alter lo corrobora: «Los padres de Julian se desesperaron cuando Julian anunció que se iba a casar con Brooke, después de menos de dos años de salir juntos. Sólo tenían veinticuatro años. ¿Qué prisa tenían?» Aun así, la pareja se unió en una sencilla ceremonia en la casa familiar de los Alter en los Hamptons, aunque los padres de Julian, ambos médicos, «sospechaban que Brooke, una chica salida de un pueblo perdido de Pennsylvania, estaba intentando engancharse al vagón del éxito de Julian».

Durante los últimos años, Brooke compaginó dos empleos para ayudar a su marido a abrirse camino en el mundo de la música, pero alguien que la conoce comenta: «Brooke habría hecho cualquier cosa para que Julian alcanzara la fama que ella tanto anhelaba. Dos empleos, diez… Todo le daba igual, siempre que le sirviera para su propósito: estar casada con un famoso.» La madre de una alumna del selecto colegio privado del Upper East Side donde Brooke trabaja de asesora nutricional afirma: «Parece muy amable, pero mi hija me ha dicho que a menudo se va antes de hora o cancela citas.» Los problemas laborales no se acaban ahí. Una colega suya del Centro Médico de la Universidad de Nueva York explica: «Brooke era la mejor de todo el departamento, pero últimamente se ha descuidado. Será porque la carrera de su marido la distrae o porque la suya la aburre, pero en cualquier caso, es triste ver cómo ha empeorado.»

¿Y qué hay de los rumores sobre su embarazo iniciados en una reciente emisión de Today y desmentidos a la semana siguiente por US Weekly, con pruebas fotográficas de que los Alter no esperan a la cigüeña? Es poco probable que vayan a hacerse realidad en un futuro próximo. Un viejo amigo de Julian asegura: «Brooke lo ha estado presionando para tener un hijo desde que se conocieron, pero Julian no piensa ceder, porque todavía no está seguro de que ella sea la mujer de su vida.»

Con tantos problemas, es difícil no darle la razón.

«Tengo la certeza de que Julian hará lo correcto -afirma una fuente próxima al cantante-. Es un muchacho increíble, con la cabeza muy bien puesta. Encontrará el camino adecuado.»

Brooke no hubiese podido decir cuándo empezaron las lágrimas, pero cuando terminó de leer, habían formado una laguna junto al teclado y le habían humedecido las mejillas, la barbilla y los labios. No había palabras para describir lo que se sentía al leer algo así sobre una misma, sabiendo que todo era manifiestamente falso, pero preguntándose al mismo tiempo (¿quién no lo hubiera hecho?) si no encerraría pequeñas semillas de verdad. Todas las tonterías sobre la forma en que Julian y ella se habían conocido eran ridículas, pero ¿sería cierto que los padres de él la odiaban? ¿Estaría en peligro su reputación en los dos trabajos por lo mucho que faltaba? ¿Habría algo de cierto en el supuesto motivo de Julian para no tener todavía un bebé? Todo el artículo era espantoso hasta lo indescriptible.

Brooke lo leyó una vez más y después una tercera. Se habría pasado el día entero leyéndolo y volviéndolo a leer, pero sonó el teléfono. Esta vez era Julian.

– ¡Rook, no te imaginas lo indignado que estoy! Una cosa es que escriban un montón de basura sobre mí, pero cuando se meten contigo…

– No quiero hablar de eso -mintió.

Era lo que más deseaba. Quería preguntarle a Julian, punto por punto, si estaba de acuerdo con alguna de las retorcidas afirmaciones del artículo, pero no tenía fuerzas para hacerlo.

– He hablado con Samara y me ha asegurado que el gabinete jurídico de Sony está preparando un…

– Julian, no quiero hablar de eso, en serio -repitió ella-. Todo lo que han publicado es horrible, odioso y falso (o al menos eso espero), y no puedo hacer nada al respecto. Mañana vamos a dar una cena de Acción de Gracias. Habrá nueve personas en casa, contándonos a nosotros, y necesito empezar a prepararlo todo.

– Brooke, no quiero que pienses ni por un segundo que…

– Sí, ya lo sé. Sigue en pie lo de mañana, ¿no?

Contuvo el aliento.

– ¡Claro que sí! Salgo en el primer vuelo, de modo que llegaré en torno a las ocho e iré directamente a casa desde La Guardia. ¿Quieres que compre algo por el camino?

Brooke cerró el horrible artículo y abrió la lista de la compra para el día de Acción de Gracias.

– Creo que ya lo tengo todo, aunque tal vez… un par de botellas de vino más, una de tinto y otra de blanco.

– Desde luego, nena. Dentro de poco estaré en casa y podremos hablar de todo eso, ¿de acuerdo? Te llamaré más tarde.

– Hum. De acuerdo.

La voz de Brooke sonó fría y distante, y aunque Julian no había tenido la culpa, no podía evitar cierto resentimiento.

Cuando colgaron, Brooke pensó en llamar primero a Nola y después a su madre; pero en seguida decidió que la mejor manera de tratar el problema era no tratarlo en absoluto. Llamó a la empresa que le alquilaba la mesa, saló el pavo, lavó las patatas para el puré del día siguiente, preparó la salsa de arándanos y partió los espárragos. Después, llegó el momento de la limpieza general y la reorganización del apartamento, que emprendió a los sones de un viejo cedé de hip-hop de cuando iba al instituto. Tenía pensado ir a hacerse la manicura en tomo a las cinco; pero cuando miró por la ventana, vio que al menos dos y quizá hasta cuatro hombres con cámaras, a bordo de Escalades, estaban acechando en la calle. Se miró las cutículas, volvió a echar un vistazo a los fotógrafos y llegó a la conclusión de que no merecía la pena.

Cuando se metió en la cama aquella noche, con Walter a su lado, había conseguido convencerse de que todo el alboroto no tardaría en caer en el olvido. A la mañana siguiente, el artículo fue lo primero que le vino a la cabeza, pero logró reprimir el pensamiento. ¡Había tanto que hacer el día de Acción de Gracias! Faltaban apenas cinco horas para que empezaran a llegar los invitados. Cuando Julian llegó a casa, poco después de las nueve, Brooke insistió en cambiar de tema.

– Pero, Rook, no me parece sano que evitemos hablar de esto -dijo él, mientras ayudaba a colocar contra la pared todo el mobiliario del cuarto de estar, para dejar espacio a la mesa alquilada.

– Sencillamente, no sé qué podemos decir. No es más que un montón de mentiras, y sí, desde luego, me preocupa (y me duele mucho) leer ese tipo de cosas sobre mí y mi matrimonio, pero a menos que haya algo de cierto en lo que dice el artículo, no veo la necesidad de darle más vueltas…

Lo miró con expresión inquisitiva.

– No hay ni una sola palabra que sea cierta: ni la basura acerca de mis padres, ni eso de que yo no creo que tú seas la mujer de mi vida. Todo es mentira.

– Entonces, centrémonos en el día de hoy, ¿de acuerdo? ¿A qué hora han dicho tus padres que se irán? No quiero que Neha y Rohan lleguen antes de que ellos se hayan marchado. No creo que quepamos todos al mismo tiempo.

– Vendrán a la una a tomar una copa, y les dije que tienen que irse antes de las dos. ¿He hecho bien?

Brooke recogió una pila de revistas y las escondió en el armario del pasillo.

– Perfecto. Los demás llegarán a las dos. Dime una vez más que no debo sentirme culpable por echarlos.

Julian resopló.

– No los echamos. Están invitados en casa de los Kamen. No querrán quedarse ni un minuto más allá de las dos, créeme.

Brooke no tenía por qué preocuparse. Los Alter llegaron exactamente a su hora, accedieron a beber únicamente del vino que habían llevado («No, por favor. Guardad las otras botellas para vuestros invitados. ¿No os parece mejor beber el bueno ahora?»), hicieron un solo comentario despectivo sobre el apartamento («Tiene su encanto, ¿verdad? Lo que me sorprende es que hayáis conseguido vivir aquí tanto tiempo») y se marcharon quince minutos antes de lo previsto. Treinta segundos después de haberse ido, volvió a sonar el timbre.

– Subid -dijo Brooke a través del intercomunicador.

Julian le apretó la mano.

– Será fantástico.

Brooke abrió la puerta del pasillo y su madre entró apresuradamente, sin apenas saludar.

– La nena se ha quedado dormida -declaró, como si estuviera anunciando la llegada del presidente y la primera dama-. ¿Dónde podemos acostarla?

– Bueno, veamos. Como vamos a comer en el cuarto de estar y supongo que no querrás dejarla en el baño, sólo queda un lugar posible. ¿No puedes ponerla en nuestra cama? -preguntó Brooke.

Randy y Michelle se materializaron detrás, con la pequeña Ella en un asiento portátil.

– Todavía es pequeña para darse la vuelta, así que probablemente estará bien -dijo Michelle, mientras se inclinaba para saludar a Julian con un beso.

– ¡Ni hablar! -exclamó Randy, que venía arrastrando algo semejante a una tienda de campaña plegada-. Para eso he traído la cuna de viaje. De ningún modo vais a ponerla en la cama.

Michelle miró a Brooke, como diciendo: «¿Quién puede contrariar a un papá sobreprotector?», y las dos se echaron a reír. Randy y la madre de Brooke llevaron a Ella al dormitorio y Julian empezó a servir el vino.

– Entonces… ¿estás bien? -preguntó Michelle.

Brooke cerró el horno, dejó sobre la encimera la perilla que usaba para bañar el pavo con la salsa y se volvió hacia Michelle.

– Sí, estoy muy bien. ¿Por qué lo dices?

Su cuñada de repente pareció contrita.

– Perdona, no debería haber sacado el tema, pero ese artículo era tan… malévolo.

Brooke hizo una inspiración profunda.

– Ah, sí, claro. Pensaba que nadie lo habría leído todavía. ¡Como la revista ni siquiera ha salido!

– ¡Oh, estoy segura de que nadie más lo ha leído! -exclamó Michelle-. Me lo pasó una amiga que es una fanática de las webs de cotilleos. Nadie lee tanto como ella.

– Entiendo. ¿Te importaría llevar esto al cuarto de estar? -preguntó Brooke, mientras le daba a Michelle una bandeja de quesos, con cuenquitos de mermelada de higo y una variedad de galletas saladas.

– Desde luego -respondió Michelle.

Brooke supuso que habría captado el mensaje, pero su cuñada dio dos pasos fuera de la cocina, se volvió y dijo:

– ¿Sabes? Hay un tipo que nos llama a menudo para hacernos preguntas sobre vosotros dos, pero nosotros nunca le decimos nada.

– ¿Qué? -preguntó Brooke, con la voz temblando por el pánico que hasta aquel momento había logrado controlar-. ¿Recuerdas que os pedimos que no hablarais de nosotros con ningún periodista? Ni por teléfono, ni en persona, ni de ninguna otra manera.

– Claro que lo recuerdo. Nosotros nunca hablaríamos de vosotros, pero te lo digo para que sepas que hay gente que busca información.

– Sí, ya lo sé. Y a juzgar por la exactitud de lo que han publicado, se ve que no se han molestado mucho en encontrar fuentes fidedignas -dijo Brooke, mientras se servía otra copa de vino blanco.

La voz de su madre interrumpió el silencio incómodo y Michelle salió apresuradamente con el queso.

– ¿Qué está pasando aquí? -preguntó, al tiempo que le daba a Brooke un beso en el pelo-. ¡Me ha alegrado tanto que organizaras tú la cena! Me sentía un poco sola, todos los años, cuando tu hermano y tú os ibais a casa de tu padre.

Brooke no le dijo que sólo se había ofrecido para organizar la cena de Acción de Gracias porque su padre y Cynthia estaban invitados a casa de la familia de Cynthia en Arizona. Por otro lado, daba gusto sentirse como una auténtica persona mayor, aunque sólo fuera por un día.

– ¿Ah, sí? ¡Veremos si todavía te alegras cuando pruebes el pavo! -dijo Brooke.

Sonó el timbre y la pequeña Ella empezó a llorar en el dormitorio.

Todos se dispersaron. Randy y Michelle corrieron a atender a Ella; Julian fue a abrir otra botella de vino, y la señora Greene siguió a Brooke hasta la puerta.

– Recuérdame por favor quiénes son esos amigos tuyos -le pidió-. Ya sé que me lo has dicho antes, pero se me ha olvidado.

– Neha y yo hicimos juntas el curso de posgrado, y ahora trabaja de asesora prenatal en nutrición, en la consulta de un ginecólogo de Brookline. Su marido, Rohan, es economista, y llevan unos tres años viviendo en Boston. Los dos tienen a sus familias en la India, por lo que no suelen celebrar el día de Acción de Gracias; pero pensé que sería agradable invitarlos -le susurró Brooke, mientras esperaban en el vestíbulo.

Su madre asintió. Brooke sabía que no recordaría ni la mitad de lo que acababa de decirle y que al final les pediría a Neha y a Rohan que le contaran toda la historia de nuevo.

Abrió la puerta y recibió a Neha con un fuerte abrazo.

– ¡No puedo creer que haya pasado tanto tiempo! ¿Por qué no nos vemos más a menudo?

Brooke se apartó y se puso de puntillas para darle a Rohan un beso en la mejilla.

– Pasad, chicos. Neha, Rohan, os presento a mi madre. Mamá, te presento a unos amigos de hace mucho tiempo.

Neha sonrió.

– ¡De cuando teníamos veintipocos años y todavía éramos guapas!

– ¡Sí, estábamos matadoras con las batas de laboratorio y los zuecos! Dadme los abrigos -dijo Brooke, mientras los hacía pasar.

Julian salió de la diminuta cocina alargada.

– ¡Hola! ¿Qué tal estás? -dijo, estrechándole la mano a Rohan y dándole una palmada en el hombro-. Me alegro de verte.

Estaba particularmente adorable, con vaqueros negros, jersey de punto de abeja en cachemira gris y un par de zapatillas clásicas de deporte. Tenía en la piel el fulgor sutil del bronceado adquirido en Los Ángeles y, pese a estar extenuado, tenía los ojos brillantes y se movía con una confianza relajada que Brooke sólo había empezado a notarle en los últimos tiempos.

Rohan se echó un vistazo a los pantalones azul marino, la camisa y la corbata, y se sonrojó visiblemente. Julian y él nunca habían sido muy amigos (Julian lo encontraba demasiado callado y conservador), pero siempre habían conseguido charlar de intrascendencias en presencia de sus respectivas mujeres. Esa vez, sin embargo, Rohan casi no se atrevía a mirar a Julian a los ojos, y solamente masculló:

– Yo también me alegro. Nosotros no tenemos tantas novedades como vosotros. De hecho, el otro día vimos tu cara en una valla publicitaria.

Hubo una pausa incómoda, hasta que Ella, que ya no lloraba y llevaba puesto el body de vaquita más bonito que Brooke hubiera visto en su vida, hizo su aparición, y todos pudieron rendirle su tributo de «¡ooohs!» y «¡aaahs!» admirados.

– Entonces, ¿os gusta Boston? -preguntó la madre de Brooke, que untó una galleta con queso azul y se la llevó a la boca.

Neha sonrió.

– Bueno, nos encanta nuestro barrio y hemos conocido gente muy simpática. Me gusta mucho el piso donde vivimos, y la calidad de vida en la ciudad es muy alta.

– Con eso quiere decir que se mueren de aburrimiento -intervino Brooke, pinchando una aceituna con un palillo.

Neha asintió.

– Es cierto. No podemos más.

La señora Greene se echó a reír y Brooke notó que su amiga le había caído bien a su madre.

– Entonces, ¿por qué no volvéis a Nueva York? Estoy segura de que a Brooke le encantaría.

– Rohan terminará el máster el año que viene, y si fuera por mí, yo vendería el coche (detesto conducir), renunciaría a nuestro piso perfecto, me despediría de nuestros educados vecinos y volvería cuanto antes a Nueva York, donde sólo podemos permitirnos un estudio sin ascensor en un barrio conflictivo, rodeados de vecinos groseros y agresivos, pero donde disfrutaría de cada minuto.

– Neha… -Rohan oyó la última parte y la miró con expresión severa.

– ¿Qué? No puedes esperar que me quede a vivir ahí para siempre. -Se volvió hacia Brooke y la señora Greene, y bajó la voz-. Él también lo detesta, pero se siente culpable por detestarlo. Ya sabéis: ¿cómo es posible que no nos guste una ciudad como Boston?

Cuando finalmente se reunieron en torno a la mesa para cenar, a Brooke ya casi se le había olvidado el artículo. Había vino en abundancia y el pavo estaba jugoso y cocido en su punto, y aunque el puré de patatas le había quedado un poco soso, sus invitados proclamaron que era el mejor puré que habían probado en su vida. Charlaron animadamente sobre la última película de Hugh Grant y el viaje a Mumbai y a Goa que estaban planeando Neha y Rohan, para visitar a sus familias durante las vacaciones. El ambiente era tan distendido, que cuando su madre se inclinó hacia ella y le preguntó en voz baja cómo lo estaba sobrellevando, Brooke estuvo a punto de dejar caer el tenedor.

– ¿Lo has leído? -exclamó, mirando a su madre con los ojos como platos.

– Claro que lo he leído, cielito. Cuatro amigas diferentes me lo enviaron esta mañana. Las cuatro se pasan la vida leyendo cotilleos. Imagino lo terrible que debió de haber sido para ti leer…

– Mamá, no quiero hablar de eso.

– … algo así, pero cualquiera que te conozca sabrá perfectamente que son (si me perdonas la expresión) mentiras podridas.

Neha debió de captar el final de la frase de su madre, porque también se inclinó hacia ella y le dijo:

– En serio, Brooke. Es muy evidente que son invenciones. No hay ni un gramo de verdad en todo el artículo. No deberías pensar en eso ni medio segundo.

Brooke se sintió otra vez como si la hubieran abofeteado. ¿Por qué había pensado que nadie lo habría leído? ¿Cómo había conseguido convencerse de que todo el asunto simplemente se desvanecería en el aire?

– Precisamente, estoy intentando no pensar.

Neha asintió, y Brooke pensó que había captado el mensaje. Ojalá hubiese podido decir lo mismo de su madre.

– ¿Habéis visto a los fotógrafos, cuando habéis llegado? -les preguntó la señora Greene a Neha y a Rohan-. Son como buitres.

Julian debió de ver que la expresión de Brooke se volvía tensa, porque se aclaró la garganta como para decir algo. Pero ella quería explicarlo todo de una vez, para poder pasar a otro tema.

– No es tan malo -dijo, mientras le pasaba a Randy la fuente de los espárragos a la parrilla-. No siempre están ahí abajo y, además, hemos puesto persianas para que no puedan hacer fotos. Quitar nuestro número de la guía telefónica ha sido una buena medida. Estoy segura de que es el alboroto inicial por el álbum. Para Año Nuevo, se habrán aburrido de nosotros.

– Espero que no -dijo Julian, con su sonrisa con hoyuelos-. Leo acaba de avisarme que está intentando hacerme un lugar en la gala de los Grammy. Dice que es bastante probable que me llamen para actuar.

– ¡Enhorabuena! -exclamó Michelle, con más entusiasmo del que había mostrado en todo el día-. ¿Es un secreto?

Julian miró a Brooke, que le devolvió la mirada.

– Bueno -dijo Julian, tras toser un poco-, no sé si es un secreto, pero no anunciarán a los músicos participantes hasta después de Año Nuevo, así que no tiene mucho sentido decir nada.

– ¡Genial! -dijo Randy, con una sonrisa-. Si vas tú, vamos todos. Ya lo sabes, ¿verdad? En esta familia somos todos para uno y uno para todos.

Julian le había mencionado la posibilidad a Brooke antes, por teléfono, pero oír que se lo contaba a todos hizo que a ella le pareciera mucho más real. Le costaba imaginarlo: ¡su marido actuando en la gala de los Grammy, en emisión para todo el mundo!

Un chillido de la pequeña Ella desde la silla portátil, junto a la mesa, interrumpió su ensoñación. Se levantó para colocar en fuentes y bandejas todas las delicias caseras que habían llevado los invitados: un pastel de calabaza y otro de ruibarbo, de su madre; una docena de pastelitos de menta y chocolate, de Michelle, y la especialidad de Neha: burfi de coco, que parecía hecho con crispis de arroz, pero sabía a queso fresco.

– Y a ti ¿cómo te va el trabajo, Brooke? -preguntó Rohan, con la boca llena de pastelito de menta y chocolate.

Brooke dio un sorbo a su café y dijo:

– Bien. Me encanta el hospital, pero espero poder abrir una consulta propia dentro de un par de años.

– Podrías abrirla con Neha. Últimamente, no habla de otra cosa.

Brooke miró a su amiga.

– ¿De verdad? ¿Estás pensando en establecerte por tu cuenta?

Neha asintió con tanta fuerza, que la coleta se le sacudió arriba y abajo.

– ¡Claro que sí! Mis padres se han ofrecido a prestarme parte del dinero para empezar, pero necesito un socio para que las cosas funcionen. Lo empecé a pensar la última vez que vinimos a la ciudad.

– ¡No lo sabía! -exclamó Brooke, cada vez más entusiasmada.

– No puedo trabajar para siempre en la consulta de un ginecólogo. Si todo va bien, algún día tendremos niños… -Algo en la forma en que Neha miró a Rohan, que inmediatamente se sonrojó y apartó la vista, hizo que Brooke pensara que su amiga debía de estar embarazada de pocas semanas-… y necesitaré un horario más flexible. Lo ideal sería una pequeña consulta privada, especializada en asesoramiento nutricional pre y posnatal, para mamás y bebés. Quizá podríamos tener también una especialista en lactancia; no lo sé, aún no estoy segura.

– ¡Eso mismo, exactamente, he estado pensando yo! -exclamó Brooke-. Necesito entre nueve meses y un año más de experiencia clínica, y después…

Neha mordió delicadamente un trozo de burfi y sonrió. A continuación, se volvió hacia la otra punta de la mesa:

– Eh, Julian, ¿no podrías soltar un poco de dinero para darle un empujoncito a la consulta de tu mujer? -preguntó, y todos se echaron a reír.

Más tarde, cuando los invitados se habían ido a casa y ellos ya habían fregado los platos y plegado las sillas, Brooke se acurrucó junto a Julian en el sofá.

– ¿No te parece increíble que Neha esté planeando exactamente lo mismo que yo? -exclamó entusiasmada.

Aunque la conversación había derivado naturalmente hacia otros temas durante el postre, Brooke no había dejado de pensar en ello.

– Me parece absolutamente perfecto -dijo Julian, mientras le besaba la coronilla.

Su teléfono no había dejado de sonar en toda la noche, y aunque él lo había puesto en silencio y fingía no prestarle atención, era evidente que estaba distraído.

– Más que perfecto, porque en cuanto pueda establecerme por mi cuenta, tendré mucho más tiempo libre para viajar contigo y mucha más flexibilidad que ahora. ¿No crees que será fantástico?

– Hum. Sí, claro.

– Lo que quiero decir es que haría falta muchísimo tiempo y un esfuerzo enorme para hacerlo yo sola (¡por no hablar del dinero!), pero será perfecto hacerlo con Neha, porque podremos cubrirnos mutuamente las espaldas y, aun así, atender al doble de pacientes. ¡Es la solución ideal! -dijo Brooke con expresión de felicidad.

Era la buena noticia que necesitaba. Las ausencias de Julian, el acoso de los fotógrafos y el horrendo artículo todavía la preocupaban, pero una buena perspectiva de futuro era justo lo que le hacía falta para que todo lo demás la afectara menos.

El teléfono de Julian volvió a sonar.

– Responde ya, a ver si así acabamos de una vez -dijo ella, con más irritación de lo que hubiese pretendido.

Julian vio en la pantalla que era Leo y pulsó el botón para hablar.

– Hola, ¿qué hay? ¡Feliz día de Acción de Gracias! -Asintió un par de veces, rió y después dijo-: Sí, muy bien. Claro. Se lo preguntaré, pero estoy seguro de que podrá. Sí, cuenta con nosotros. Hasta pronto.

Se volvió y la miró con una gran sonrisa.

– Adivina adónde vamos…

– ¿Adónde?

– Tú y yo, cariño mío, estamos invitados a la ultraexclusiva recepción de Sony: a la comida y el cóctel. Leo dice que invitan a todo el mundo a la fiesta de la noche, en la ciudad; pero que sólo los principales artistas están invitados para reunirse con los jefazos, de día, en la recepción que organizan en una lujosa mansión de los Hamptons. Habrá actuaciones de invitados sorpresa y viajaremos ¡en helicóptero! Nunca nadie ha escrito nada sobre esa fiesta, porque es terriblemente secreta y exclusiva. ¡Y nosotros estamos invitados!

– ¡Vaya, es increíble! ¿Cuándo es? -preguntó Brooke, pensando ya en lo que iba a ponerse.

Julian se levantó de un salto y se dirigió a la cocina.

– El viernes antes de Navidad. No sé en qué fecha cae.

Brooke cogió el móvil y buscó el calendario.

– ¿El veinte de diciembre? ¡Julian, es el último día en Huntley, antes de las vacaciones de Navidad!

– ¿Y qué?

Julian sacó una cerveza del frigorífico.

– ¡Es el día de nuestra fiesta! ¡La fiesta de Huntley! Me han pedido que planifique el primer menú sano para la fiesta de las chicas. También le prometí a Kaylie que conocería a su padre y a su abuela. Los padres están invitados a la fiesta y ella está muy entusiasmada con la idea de presentarme a su familia.

Brooke estaba orgullosa de su enorme progreso con la niña en los últimos meses. Tras aumentar la frecuencia de sus sesiones y hacer un montón de hábiles preguntas sobre Whitney Weiss, había averiguado que Kaylie estaba coqueteando con la idea de provocarse el vómito y usar diuréticos y laxantes, pero también había podido establecer que la niña no cumplía ninguno de los criterios para diagnosticar un trastorno grave del comportamiento alimentario. Al poder hablar y ser escuchada, y gracias a que Brooke le había brindado atención en abundancia, había recuperado parte del peso que había perdido con tanta rapidez y parecía haber adquirido mayor confianza en sí misma. Probablemente, lo más importante de todo era que se había apuntado al club de teatro y había conseguido un papel secundario pero bastante importante en la producción de la obra West Side Story, que presentaría el colegio aquel año. Por fin tenía amigas.

Julian volvió a sentarse con Brooke en el sofá y encendió la televisión. La habitación se llenó de ruido.

– ¿Puedes bajar eso un poco? -preguntó ella, intentando disimular la irritación en la voz.

Él bajó el volumen, pero sólo después de mirarla con una expresión extraña.

– No quiero parecer insensible -dijo-, pero ¿no puedes llamar y decir que estás enferma? ¡Iremos en helicóptero a conocer a los ejecutivos de la división musical de Sony! ¿No hay nadie más que pueda elegir los pastelitos para la fiesta?

Brooke no recordaba que en ningún momento de sus cinco años de matrimonio Julian le hubiera hablado con tal tono de superioridad y condescendencia. Y lo peor de todo era que ni siquiera se daba cuenta de lo detestable y egoísta que había sido su comentario.

– ¿Sabes qué? Estoy segura de que hay mucha gente capaz de «elegir los pastelitos para la fiesta», como tú mismo has dicho. Después de todo, ¿qué puede importar mi trabajo pequeño y tonto, al lado del tuyo, que tiene categoría internacional? Pero se te olvida una cosa: me encanta lo que hago. Me gusta ayudar a esas chicas. He invertido toneladas de tiempo y energía en ayudar a Kaylie. ¿Y sabes qué? Está dando resultados. Ahora está más sana y feliz que nunca; ya no se culpa a sí misma, ni se pasa el día llorando. Ya sé que en tu mundo eso no es nada, en comparación con un número cuatro en la lista de Billboard; pero en el mío, es algo muy grande. Así que no, Julian, no voy a ir contigo a tu fiesta superselecta, porque yo ya tengo una fiesta a la que voy a asistir.

Se puso en pie y lo miró con intensidad, esperando de él una disculpa, un ataque o cualquier cosa, menos lo que hizo: mirar con expresión vacía la pantalla silenciosa del televisor, mientras meneaba la cabeza sin dar crédito a lo que acababa de oír y como diciendo: «Me he casado con una lunática.»

– Bueno, me alegro de que lo hayamos dejado claro -dijo ella en tono sereno, antes de dirigirse al dormitorio.

Esperaba que él fuera tras ella para hablar al respecto, abrazarla y recordarle que nunca se iban a la cama enfadados; pero cuando una hora más tarde volvió al cuarto de estar, lo encontró acurrucado en el sofá, bajo la manta morada, roncando suavemente. Se dio la vuelta y regresó a la cama, sola.

11 Metido hasta las rodillas en un mar de tequila y chicas de dieciocho años

Julian soltó una carcajada cuando la langosta más grande se puso en cabeza.

– ¡Setecientos gramos ya es líder! ¡Está a punto de tomar la curva! -dijo, en su mejor imitación de un comentarista deportivo-. ¡Creo que ya ha ganado!

Su rival, una langosta más pequeña de concha oscura y brillante, y unos ojos que a Brooke le parecieron enternecedores, se apresuró a reducir la distancia.

– No te precipites -dijo Brooke.

Estaban sentados en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada en la isla central, animando a sus respectivas competidoras. Brooke se sentía vagamente culpable por poner a las langostas a jugar carreras, antes de echarlas en una olla de agua hirviendo, pero a ellas no parecía importarles. Sólo cuando Walter se puso a olfatear la suya, que se negó a avanzar un centímetro más, Brooke intervino y la rescató de ulteriores torturas.

– ¡Victoria por abandono del rival! -exclamó Julian, mientras levantaba el puño y chocaba con la mano en alto una de las pinzas de la langosta, cerradas con gomas.

Walter se puso a ladrar.

– El ganador las meterá en el agua -anunció Brooke, señalando con un gesto la olla para langostas que habían encontrado en la despensa de los Alter-. No creo que yo pudiera.

Julian se puso en pie y le tendió la mano a Brooke, para ayudarla a levantarse.

– Ve a ver el fuego, mientras yo me ocupo de estas chicas.

Ella aceptó la proposición y se fue al salón, donde un par de horas antes Julian le había enseñado a encender el fuego. Era algo que siempre habían hecho su padre y Randy, y a Brooke le encantó descubrir lo gratificante que resultaba apilar estratégicamente la leña y acomodarla con el atizador. Cogió un tronco mediano de la cesta que había junto al hogar, lo colocó con cuidado en diagonal, encima de la pila, y se sentó en el sofá, para contemplar fascinada las llamas. En la otra habitación, sonó el teléfono móvil de Julian.

Al cabo de un momento, Julian salió de la cocina con dos copas de vino en la mano y se sentó a su lado en el sofá.

– Estarán listas dentro de quince minutos. No han sentido nada, te lo prometo.

– Sí, seguro que les ha gustado. ¿Quién llamaba? -preguntó ella.

– ¿Que quién llamaba? Ah, no sé. Nadie, no importa.

– Chin-chin -dijo Brooke, mientras entrechocaba las copas.

Julian hizo una inspiración profunda y dejó escapar un suspiro de satisfacción que parecía decir que todo en el mundo era perfecto.

– ¡Qué bien se está aquí! -exclamó.

El suspiro y el sentimiento encajaban a la perfección con el momento, pero algo le olió mal a Brooke. Parecía como si Julian se esforzara demasiado por complacerla.

Las relaciones entre ambos habían sido notablemente tensas en las semanas anteriores a la fiesta de Sony. Julian había confiado hasta el último momento en que Brooke renunciaría a sus obligaciones en Huntley, y cuando no lo hizo (y él tuvo que viajar a los Hamptons sin acompañante), su reacción fue de indignación. En los diez días que habían pasado desde la fiesta, lo habían hablado lo mejor que habían podido; pero Brooke no podía quitarse de encima la sensación de que Julian seguía sin entender su punto de vista, y pese a los heroicos esfuerzos de ambos por seguir adelante y actuar como si nada hubiera pasado, las cosas no acababan de encajar entre los dos.

Brooke bebió un sorbo de vino y tuvo una sensación de tibieza en el estómago que no le era desconocida.

– ¡Se está más que bien! Esto es fabuloso -dijo ella por fin, en un tono extrañamente formal.

– No entiendo por qué mis padres no vienen nunca en invierno. Se pone muy bonito cuando nieva; tienen esta chimenea tan impresionante, y todo está desierto.

Brooke sonrió.

– Completamente desierto. ¡Eso es precisamente lo que no pueden soportar! ¿Para qué van a ir a comer a Nick & Tony's, si nadie puede verlos sentados a la mejor mesa?

– Sí, supongo que en ese sentido estarán mejor en Anguila, luchando con los otros turistas. Además, ahora en la isla todo estará dos o tres veces más caro, y eso les encanta, porque hace que se sientan especiales. Seguro que están felices.

Aunque a ninguno de los dos le gustaba admitirlo, ambos se alegraban de que los padres de Julian fueran propietarios de una casa en East Hampton. No pasaban allí ningún fin de semana con los padres de Julian, ni se atrevían a visitarla en los meses de verano (incluso habían celebrado su boda a principios de marzo, cuando todavía había nieve acumulada en el suelo); pero durante seis meses al año, la casa les ofrecía una lujosa posibilidad de huir de la ciudad. Durante los dos primeros años de casados, la habían aprovechado a fondo, para ver el inicio de la primavera, visitar los viñedos locales o pasear por la playa en octubre, cuando el tiempo empezaba a empeorar; pero con el frenético ritmo de los trabajos de ambos, hacía más de un año que no la visitaban. Había sido idea de Julian pasar allí la noche de fin de año, los dos solos, y aunque Brooke sospechaba que lo hacía por restablecer la paz y no por un auténtico deseo de intimidad, había aceptado de inmediato.

– Voy a preparar la ensalada -informó ella, poniéndose en pie-. ¿Quieres algo?

– Te ayudo.

– ¿Qué le has hecho a mi marido? -bromeó Brooke.

El teléfono volvió a sonar. Julian le echó un vistazo y se lo guardó otra vez en el bolsillo.

– ¿Quién era?

– No sé, número oculto. No sé quién podrá estar llamándome ahora -dijo él, mientras la seguía a la cocina.

Sin que ella se lo pidiera, escurrió las patatas y empezó a hacer el puré.

La conversación durante la cena fue más fluida y relajada, probablemente gracias al vino. Parecía como si hubieran llegado al acuerdo tácito de no mencionar el trabajo de ninguno de los dos. En lugar de eso, hablaron de Nola y de la promoción que acababa de recibir, de lo feliz que estaba Randy con la pequeña Ella y de la posibilidad de hacer una escapada juntos a algún lugar cálido, antes de que Julian tuviera la agenda de las giras mucho más ocupada.

Los bizcochitos de chocolate que Brooke había preparado para el postre le habían quedado menos firmes de lo que hubiera querido, y con la nata montada, el helado de vainilla y las virutas de chocolate por encima, parecían más bien un revuelto de bizcochitos, pero estaban muy buenos. Julian se puso todo el equipo de nieve para darle a Walter el último paseo del día, mientras Brooke fregaba los platos y hacía el café. Se encontraron otra vez delante del fuego. El teléfono de Julian volvió a sonar, pero él lo silenció una vez más, sin siquiera mirar la pantalla.

– ¿Cómo te sientes por no cantar esta noche? Habrá parecido bastante raro que rechazaras la invitación -preguntó Brooke, con la cabeza apoyada en el regazo de Julian.

Lo habían invitado a actuar en el programa de fin de año de la MTV desde Times Square y, después, a partir de la medianoche, a una fiesta llena de famosos en el Hotel on Rivington. Julian se había entusiasmado cuando Leo se lo dijo al principio del otoño; pero después, a medida que se fue acercando la fecha, la exaltación inicial se había ido enfriando. Cuando finalmente le pidió a Leo que lo cancelara todo con una semana de antelación, nadie se asombró tanto (ni se alegró tanto) como Brooke, sobre todo cuando la miró y le pidió que fuera con él a los Hamptons, para pasar la velada juntos en la casa de sus padres.

– No es preciso que hablemos de eso esta noche -dijo Julian.

Brooke se daba cuenta de que él intentaba ser amable con ella, pero también notaba que estaba molesto por algún motivo.

– Ya lo sé -dijo-. Sólo quería estar segura de que no lo lamentas.

Julian le acarició el pelo.

– ¿Estás loca? Entre el drama de la entrevista en Today, los viajes que he hecho y las perspectivas para el año próximo, que probablemente será mucho más agitado que éste, necesitaba un descanso. Los dos lo necesitábamos.

– Es cierto -murmuró ella, que hacía meses que no se sentía tan feliz-. Imagino que a Leo no le habrá gustado, pero a mí me encanta.

– Leo cogió el primer vuelo para Punta del Este. A estas horas estará metido hasta las rodillas en un mar de tequila y chicas de dieciocho años. No te preocupes por él.

Cuando terminaron el vino, Julian colocó primero la pantalla delante del fuego y después cerró las puertas de cristal de la chimenea, y los dos subieron al dormitorio cogidos de la mano. Esa vez sonó el teléfono fijo, y antes de que Julian pudiera decir nada, Brooke atendió la llamada en una extensión del cuarto de invitados donde solían dormir.

– ¿Brooke? Soy Samara. Perdona por llamar esta noche, pero llevo horas intentando hablar con Julian. Me dijo que estaría allí, pero no contesta al móvil.

– Ah, hola, Samara. Sí, está aquí conmigo. Un segundo.

– ¡Brooke, espera! Mira, ya sé que no puedes ir a los Grammy, por el trabajo; pero te recuerdo que después de la gala habrá unas fiestas estupendas en Nueva York y haré que te inviten.

Brooke pensó que había entendido mal.

– ¿Perdona?

– La gala de los Grammy… La actuación de Julian…

– Samara, ¿podrías esperar un minuto?

Pulsó el botón que silenciaba el teléfono y se dirigió al cuarto de baño, donde Julian estaba llenando la bañera.

– ¿Cuándo pensabas contarme lo de los Grammy? -preguntó, intentando que el tono no sonara histérico.

Él levantó la vista.

– Iba a esperar hasta mañana. No quería que los Grammy fueran el tema dominante de nuestra noche juntos.

– ¡Oh, por favor, Julian! Tú no quieres que vaya. Por eso no me habías dicho nada.

Al oír aquello, Julian pareció verdaderamente alarmado.

– ¿Por qué lo dices? ¡Claro que quiero que vayas!

– Pues no parece que Samara piense lo mismo. Acaba de decirme que comprende perfectamente que no pueda ir, por el trabajo. ¿Es una broma? Mi marido va a actuar en la gala de los Grammy, ¿y ella cree que no puedo dejar un momento el trabajo para acompañarlo?

– Brooke, escucha. Quizá lo supone porque no pudiste… ejem… dejar un momento el trabajo para ir a la fiesta de Sony. Pero te juro que no te dije nada porque me apetecía pasar una noche contigo sin hablar del trabajo. No hay ningún otro motivo. Le diré que irás.

Brooke se dio la vuelta y salió del baño.

– Se lo diré yo.

Pulsó la tecla del teléfono para volver a hablar y dijo:

– ¿Samara? Tiene que haber habido algún malentendido, porque tengo intención de acompañar a Julian.

Hubo una larga pausa y finalmente Samara dijo:

– Ya sabes que se trata sólo de una actuación y no de una nominación, ¿verdad?

– Sí, claro.

Otra pausa.

– ¿Y estás segura de que esta vez tus compromisos no te impedirán asistir?

Brooke habría querido acusarla a gritos de no entender nada, pero se obligó a guardar silencio.

– Muy bien, entonces te conseguiremos una invitación -dijo finalmente Samara.

Brooke intentó no prestar atención a la nota de vacilación (¿o de decepción?) en su voz. ¿Por qué iba a preocuparse por lo que pensara Samara?

– Perfecto. ¿Qué ropa me pongo? No tengo nada para una ocasión tan formal. ¿Te parece que alquile algo?

– ¡No! Déjalo todo en nuestras manos, ¿de acuerdo? Ven seis horas antes y lo tendremos todo preparado: vestido, zapatos, ropa interior, bolso, joyas, peinado y maquillaje. No te laves el pelo en las veinticuatro horas anteriores, no te apliques ningún potingue de bronceado sin sol a menos que te lo recomiende específicamente nuestro estilista, hazte una buena manicura y no uses ninguna laca que no sea Allure de Essie o Bubble Bath de OPI, hazte una depilación completa de piernas y axilas entre cinco y siete días antes, y aplícate un tratamiento de acondicionamiento profundo para el pelo, setenta y dos horas antes. En cuanto al color, te enviaré una recomendación para la peluquería con la que solemos trabajar en Nueva York. Empezarás a hacerte los reflejos la semana que viene.

– ¡Oh, vaya! ¿Crees que podrías…?

– No te preocupes. Te lo mandaré todo por correo electrónico y repasaremos la lista más adelante. Ya sabes que las cámaras estarán totalmente encima de Julian, y creo que Leo os ha hablado ya de un asesor para los dos. (Por cierto, ¿has tenido tiempo de pensártelo?) Voy a pedirte cita con el dentista que le arregló la boca a Julian, un auténtico genio. Pone fundas, pero nadie lo diría, porque parecen naturales. ¡Ya verás la diferencia cuando te mires al espejo!

– Hum, muy bien. Solamente dime lo que…

– Lo tenemos todo cubierto. Te llamaré dentro de unos días y lo resolveremos todo, Brooke. ¿Podrías ponerme ahora con Julian? Te prometo que sólo será una pregunta rápida.

Brooke asintió en silencio, sin darse cuenta de que Samara no podía verla, y le pasó el teléfono a Julian, que había entrado en la habitación para desvestirse. Dijo «sí», «no», «me parece bien», «te llamaré mañana», y después se volvió hacia ella.

– ¿Vendrás a meterte en el baño? ¡Por favor!

Su mirada era suplicante y ella se obligó a olvidarse por un momento de los Grammy. Estaban pasando una noche tan deliciosa, que no podía permitir que ningún sentimiento extraño la arruinara. Lo siguió al baño y se desnudó.

Nunca dormían en la cama de los padres de Julian (la sensación habría sido demasiado siniestra), pero les encantaba usar el cuarto de baño principal. Era un auténtico paraíso, un lujo en todos los aspectos: losas radiantes, una bañera enorme con ducha de vapor aparte y, lo mejor de todo, una chimenea de gas. Aunque Julian era incapaz de meterse en el agua caliente, siempre le preparaba el baño a Brooke, y después de darse una ducha, encendía el fuego de la chimenea y se sentaba en la plataforma de la bañera, con una toalla encima, para hacerle compañía.

Brooke echó un poco más de sales de lavanda en el agua y se recostó sobre la almohada de rizo, mientras Julian le recordaba el primer baño que habían tomado juntos, en una excursión de fin de semana, al principio de su relación. Le estaba contando lo mucho que había sufrido por la temperatura del agua, que soportó en silencio para impresionarla, y Brooke lo miraba incapaz de hacer nada más, invadida por la intensa relajación y el profundo cansancio que produce un baño muy caliente.

Después, envuelta en una mullida toalla de baño, Brooke volvió con Julian al dormitorio, donde encendieron una vela en cada mesilla y pusieron música relajante. Hicieron el amor lenta y suavemente, como dos personas que llevan varios años juntas y se conocen a fondo, y por primera vez desde hacía siglos, se quedaron dormidos con los cuerpos entrelazados.

Durmieron casi hasta el mediodía y, cuando se despertaron, el suelo estaba cubierto de quince centímetros de nieve, señal segura de que iban a quedarse una noche más en los Hamptons. Encantada, Brooke se recogió el pelo desordenado en un rodete, se puso las botas Ugg y el voluminoso abrigo invernal, y se montó en el asiento del acompañante de un Jeep que los Alter dejaban todo el año en la casa. Julian tenía un aspecto adorablemente anticuado con la gorra de invierno que había encontrado en el vestidor de su padre, con un pompón en lo alto y orejeras de las que partían dos cuerdecitas para atarla por debajo de la barbilla. Se detuvieron delante del Starbucks de East Hampton para que Brooke entrara corriendo a comprar el New York Times, pero después fueron al café Golden Pear a tomar el desayuno.

Cómodamente arrellanada en su asiento, con ambas manos en torno a una taza de café caliente, Brooke dejó escapar un suspiro de felicidad. Si hubiese podido escribir el guión del día de fin de año perfecto, lo habría imaginado exactamente como aquellas últimas veinticuatro horas. Julian le estaba leyendo en voz alta un artículo del periódico sobre un hombre que había pasado veintiocho años en la cárcel, antes de ser absuelto por una prueba de ADN, cuando sonó el teléfono de Brooke.

Julian levantó la vista.

– Es Nola -dijo ella, mirando la pantalla.

– ¿No vas a contestar?

– ¿No te importa? Supongo que querrá contarme con todo lujo de detalles cómo pasó la noche.

Julian negó con la cabeza.

– Habla tranquila. Yo me quedaré aquí leyendo. No me importa, de verdad.

– Hola, Nol -dijo Brooke, en voz tan baja como pudo. No soportaba a la gente que hablaba a gritos por el móvil.

– ¿Brooke? ¿Dónde estás?

– ¿Cómo que dónde estoy? Estamos en los Hamptons, como ya sabes. De hecho, con la nevada que está cayendo, creo que tendremos que quedarnos hasta…

– ¿Has visto ya la edición digital de Last Night? -la interrumpió Nola.

– ¿Last Night? No, el wifi de la casa no funciona. Estoy leyendo el Times.

– Mira, te lo voy a contar, pero sólo porque no quiero que te enteres por otra persona. Last Night ha publicado un artículo horrendo esta mañana, donde especula sobre las posibles razones que llevaron a Julian a cancelar su actuación de anoche en Nueva York.

– ¡¿Qué?! -exclamó Brooke.

Julian la miró y levantó las cejas, con expresión interrogativa.

– Todas son ridículas, claro. Pero recordé que habías dicho que Leo se había ido de viaje a algún lugar de Sudamérica y pensé que quizá os gustaría estar al corriente, si es que no lo estáis ya.

Brooke hizo una inspiración profunda.

– Muy bien. Genial. ¿Puedes contarme más o menos lo que dice el artículo?

– Míralo con el teléfono de Julian, ¿de acuerdo? Siento muchísimo haberos arruinado la mañana, pero una de las cosas que dice es que probablemente estáis «escondidos» en los Hamptons, por lo que quizá recibáis alguna visita. Quería avisarte.

– Oh, no -gimió Brooke.

– Lo siento mucho. Dime si puedo ayudarte en algo, ¿de acuerdo?

Se despidieron y, sólo después de colgar, Brooke se dio cuenta de que ni siquiera le había preguntado a Nola cómo había pasado la noche.

Antes incluso de terminar de contárselo a Julian, él mismo empezó a buscar la web de Last Night en su móvil.

– Aquí está el artículo.

– Léelo en voz alta.

Los ojos de Julian recorrieron las líneas.

– ¡Vaya! -murmuró, mientras pasaba el dedo índice por la pantalla-. ¿De dónde sacan todo esto?

– ¡Julian! ¡Empieza a leer o pásamelo!

Una chica de aspecto tímido que no podía tener más de dieciséis años se acercó a su mesa, con dos platos. Miró a Julian, pero Brooke no estuvo completamente segura de que lo hubiera reconocido.

– ¿Tortilla vegetariana de clara de huevo con trigo? -preguntó, casi en un suspiro.

– Para mí, gracias -dijo Brooke, levantando la mano.

– Entonces supongo que el desayuno especial es para usted -le dijo a Julian, con una sonrisa tan grande que ya no hubo ninguna duda-. Torrijas con azúcar espolvoreado, dos huevos fritos y panceta muy hecha. ¿Quieren algo más?

– Así está bien, gracias -dijo Julian, hundiendo inmediatamente el tenedor en la esponjosa torrija.

Brooke, por su parte, había perdido el apetito por completo.

Julian se lo comió todo, se bebió el café y volvió a coger el teléfono.

– ¿Estás lista?

Brooke asintió.

– Muy bien. El titular es: «¿Dónde está Julian Alter?», y al lado hay una foto mía, tomada quién sabe dónde, donde aparezco sudoroso y con mala cara.

Se la enseñó en la pantalla. Brooke se puso a masticar su tostada seca, pensando que habría sido mejor pedir pan de centeno.

– Ya sé de dónde es la foto. La tomaron treinta segundos después de que bajaras del escenario, cuando actuaste en la fiesta de Kristen Stewart, en Miami. Hacía treinta y cinco grados y llevabas casi una hora cantando.

Julian empezó a leer.

– «Aunque nuestras fuentes nos aseguran que tras cancelar su actuación de anoche en la gala de Año Nuevo de la MTV el famoso cantante está escondido en casa de sus padres en East Hampton, nadie parece estar de acuerdo en los motivos que lo impulsaron a tomar esa decisión. Muchos sospechan que no todo es de color de rosa para el sexy cantante, catapultado a la fama por su primer álbum, Por lo perdido. Alguien que conoce a fondo el mundillo de la música afirma que está atravesando "la época de las tentaciones", cuando muchas estrellas de rock emergentes ceden al atractivo de las drogas. No nos han llegado noticias específicas de consumo abusivo de drogas. Sin embargo, nuestra fuente declara: "Cuando un nuevo artista se sale de la pantalla del radar, las clínicas de rehabilitación son el primer lugar donde miro."»

Julian levantó la vista, con la boca abierta y el teléfono colgando en una mano.

– ¿Insinúan que estoy en rehabilitación? -preguntó.

– Creo que no lo afirman tajantemente -dijo Brooke, cuidando las palabras-. De hecho, no estoy muy segura de lo que afirman. Sigue leyendo.

– ¿«Alguien que conoce a fondo el mundillo de la música»? ¿Qué es esto? ¿Una broma?

– Sigue leyendo.

Brooke se llevó a la boca un trozo de tortilla, intentando parecer despreocupada.

– «Otros dicen que Julian y su amor de toda la vida, Brooke, su esposa nutricionista, están sufriendo en carne propia las tensiones de la fama. "No creo que a ninguna pareja pueda irle bien en una situación semejante", dijo Ira Melnick, el famoso psiquiatra de Beverly Hills, que no conoce personalmente a los Alter, pero tiene amplia experiencia con parejas formadas por un famoso y un no famoso. "Espero que cuenten con asesoramiento profesional en esta etapa", prosiguió el doctor Melnick, "porque así al menos tendrán una mínima oportunidad."»

– ¡¿Una «mínima oportunidad»?! -chilló Brooke-. ¿Quién demonios es el doctor Melnick y por qué opina acerca de nuestra relación sin conocernos de nada?

Julian meneó la cabeza.

– ¿Y quién ha dicho que estamos sufriendo «las tensiones de la fama»? -preguntó.

– No lo sé. Quizá se refieran a todo el alboroto de Today y el embarazo. Sigue leyendo.

– ¡Vaya! -exclamó Julian, adelantándose en la lectura-. Ya sabía que estos periodicuchos de cotilleos no cuentan más que mentiras, pero esto ya pasa de la raya. Escucha esto: «Aunque la rehabilitación o la terapia de pareja son las causas más probables de la desaparición -(Julian pronunció esta última palabra con una clara nota de sarcasmo)-, hay una tercera posibilidad. Según una fuente próxima a la familia, el cantante está siendo objeto de la atención de varios famosos vinculados con la Iglesia de la cienciología, entre ellos John Travolta. "No sé si se trata de una relación únicamente amistosa o si pretenden reclutarlo para su Iglesia, pero lo cierto es que están en contacto", declaró nuestra fuente. Todo esto nos lleva a preguntarnos si la pareja de J y Bro seguirá el mismo camino que la de Tom y Katie, entregada a la fe. Os mantendremos informados.»

– ¿Te he oído bien? ¿Has dicho «la pareja de J y Bro»? -preguntó Brooke, convencida de que se lo habría inventado.

– ¡Cienciología! -exclamó Julian, antes de que Brooke le indicara con un gesto que bajara la voz-. ¡Se creen que somos cienciólogos!

Brooke tuvo que hacer un esfuerzo mental para asimilarlo todo a la vez. ¿Clínicas de rehabilitación? ¿Terapia de pareja? ¿«J y Bro»? Que todo fuera una sarta de mentiras no era tan preocupante como el hecho de que contenía pequeños retazos de verdad. ¿Qué «fuente cercana a la familia» había mencionado a John Travolta, con quien Julian realmente había tenido cierto contacto, aunque sin ninguna relación con la cienciología? ¿Y quién estaba dando por sentado (por segunda vez en la misma revista) que Julian y ella estaban pasando por un mal momento de su relación? Brooke estuvo a punto de preguntarlo, pero al ver la cara de desesperación de Julian, se esforzó por mantener un tono despreocupado.

– Mira, no sé qué te parecerá a ti, pero entre la Iglesia de la cienciología, el loquero de fama mundial que no nos ha visto nunca y «la pareja de J y Bro», ya se puede decir que estás totalmente en la cima. Si ésos no son indicadores de fama, no sé qué pueden ser.

Lo dijo con una gran sonrisa, pero Julian parecía descorazonado.

Con el rabillo del ojo, Brooke vio un destello de luz, y por una fracción de segundo pensó que era muy raro ver un rayo durante una nevada. Antes de que pudiera hacer ningún comentario al respecto, la joven camarera volvió a aparecer junto a la mesa.

– Eh… Ah… -murmuró, logrando parecer a la vez avergonzada y entusiasmada-. Siento mucho lo de los fotógrafos ahí fuera…

Su voz se apagó justo a tiempo para que Brooke se volviera y viera a cuatro hombres con cámaras, pegados a las ventanas del café. Julian debió de haberlos visto antes que ella, porque alargó un brazo, la cogió de la mano y dijo:

– Tenemos que irnos.

– El jefe… eh… uh… les ha dicho que no podían entrar, pero no podemos obligarlos a marcharse de la acera -dijo la camarera.

Su expresión parecía decir: «Me faltan dos segundos para pedirte un autógrafo», y Brooke supo que tenían que irse de inmediato.

Sacó dos billetes de veinte de la cartera, se los arrojó a la chica y preguntó:

– ¿Hay una puerta trasera? -Ante el gesto afirmativo de la camarera, cogió a Julian de la mano-. Vámonos -dijo.

Cogieron los abrigos, los guantes y las bufandas, y salieron directamente por la puerta trasera del café. Brooke intentó no pensar en lo desarreglada que estaba, ni en lo mucho que hubiese querido evitar que el mundo entero viera fotos suyas en pantalones de chándal y rodete, porque aún más desesperadamente deseaba proteger a Julian. Por un afortunado milagro, su Jeep estaba aparcado detrás del café, por lo que consiguieron montarse, poner en marcha el motor y dar el giro necesario para salir del aparcamiento, antes de que los vieran los paparazzi.

– ¿Qué hacemos? -preguntó Julian, con algo más que una nota de pánico en la voz-. No podemos volver a casa, porque nos seguirán. Averiguarán la dirección.

– ¿No crees que probablemente ya lo saben? ¿No es por eso por lo que han venido aquí?

– No lo sé. Estamos en el centro del pueblo de East Hampton. Si buscas a alguien que sabes que está en los Hamptons en pleno invierno, lo más lógico es empezar por aquí. Creo que sólo han tenido suerte.

Julian siguió la Ruta 27, hacia el este, en dirección opuesta a la casa de sus padres. Por lo menos dos coches los estaban siguiendo.

– Podríamos volver directamente a Nueva York…

Julian golpeó el volante con la palma de la mano.

– ¡Todas nuestras cosas están en la casa! Además, es peligroso conducir con este tiempo. Podríamos matarnos.

Se quedaron un momento en silencio y finalmente Julian dijo:

– Marca el número de la policía local, el que no es para urgencias, y pon el manos libres.

Brooke no sabía exactamente cuál era su plan, pero no quería discutir. Marcó el número y, cuando una operadora respondió a la llamada, Julian empezó a hablar.

– Hola, soy Julian Alter y en este momento voy hacia el este por la Ruta 27, saliendo de East Hampton Village. Hay unos cuantos coches con fotógrafos y me están persiguiendo a velocidad peligrosa. Si vuelvo a casa, temo que intenten entrar en la finca. ¿Sería posible que nos esperara un agente en casa, para recordarles que es propiedad privada y que no pueden pasar?

La mujer aseguró que les enviaría a alguien en veinte minutos y, después de decirle la dirección de la casa de sus padres, Julian colgó.

– Has sido muy listo -dijo Brooke-. ¿Cómo se te ha ocurrido?

– No se me ha ocurrido a mí. Es lo que me dijo Leo que hiciera, si en algún momento estábamos fuera de Manhattan y empezaban a seguirnos. Ya veremos si funciona.

Siguieron moviéndose en círculos durante los siguientes veinte minutos, hasta que Julian consultó el reloj y giró por el pequeño camino rural que conducía a los prados donde los Alter tenían su casa, en una parcela de seis mil metros cuadrados. El jardín delantero era grande, bonito y muy cuidado, pero la casa no estaba lo bastante retirada para escapar a un teleobjetivo. Los dos sintieron alivio al ver un coche de policía aparcado en la intersección del camino rural con el sendero de entrada de la casa. Julian se detuvo a su lado y bajó la ventanilla. Los dos coches que los seguían se habían convertido en cuatro, y todos se detuvieron tras ellos. Al instante oyeron el ruido de las cámaras disparando, cuando el policía salió de su vehículo y se dirigió al Jeep.

– Buenos días, agente. Soy Julian Alter y ésta es Brooke, mi mujer. Sólo intentamos volver a casa en paz. ¿Podría ayudarnos?

El policía era joven, quizá de veintisiete o veintiocho años, y no parecía particularmente molesto por haber visto interrumpida su mañana de Año Nuevo. Brooke dirigió al cielo una silenciosa plegaria de agradecimiento y cruzó los dedos para que el agente reconociera a Julian.

El hombre no la defraudó.

– Julian Alter, ¿eh? Mi novia es fan suya. Nos había llegado el rumor de que sus padres vivían por aquí, pero no estábamos seguros. ¿Es ésta la casa?

Julian forzó la vista para ver la placa de identificación del policía.

– Así es, agente O'Malley -dijo-. Me alegro de que a su novia le gusten mis canciones. ¿Qué le parece si le mando un cedé del álbum autografiado?

El ruido de las cámaras continuaba y Brooke se preguntó con qué leyendas se publicarían las fotos. ¿«Julian Alter arrestado tras participar drogado en carrera clandestina.»? O quizá: «Agente expulsa a Alter del pueblo. "No queremos gente de su calaña", declara.» O tal vez el tema favorito de todos: «Alter intenta convertir a la cienciología a un agente de policía.»

La expresión de O'Malley se iluminó con la sugerencia.

– Seguro que le encantará.

Antes de que Julian pudiera decir una palabra más, Brooke abrió la guantera y le pasó una copia de Por lo perdido. Habían dejado allí un cedé sin abrir, para ver si los padres de Julian se decidían a escucharlo antes del verano siguiente, pero Brooke se dio cuenta de que le habían encontrado un uso mucho mejor. Rebuscó en el bolso y encontró un bolígrafo.

– Se llama Kristy -dijo el agente, que en seguida deletreó el nombre dos veces.

Julian arrancó el plástico que envolvía el cedé, retiró las notas de la crítica y escribió: «Para Kristy, con cariño, Julian Alter.»

– ¡Gracias! ¡No se lo va a creer! -dijo O'Malley, guardándose con cuidado el cedé en el bolsillo lateral de la cazadora-. Y ahora, ¿en qué puedo ayudarlo?

– ¿Puede detener a esos tipos? -preguntó Julian, medio en broma.

– Me temo que no, pero lo que sí puedo hacer es decirles que se mantengan apartados y recordarles las normas de la propiedad privada. Ustedes entren, que yo me ocuparé de sus amigos aquí fuera. Si surge algún problema más, llámeme.

– ¡Gracias! -dijeron al unísono Brooke y Julian. Se despidieron de O'Malley, y sin mirar atrás, entraron en el garaje y cerraron la puerta.

– Era simpático -dijo Brooke, mientras entraban en el vestíbulo y se quitaban las botas.

– Voy a llamar a Leo ahora mismo -dijo Julian, mientras se dirigía hacia el estudio de su padre, en la parte trasera de la casa-. ¡Nosotros aquí, sitiados por los fotógrafos, y él tumbado en una playa!

Brooke lo vio marcharse y después fue de habitación en habitación, cerrando las persianas. La tarde ya se había vuelto gris oscura, por lo que distinguía los destellos de los flashes orientados directamente hacia ella, mientras iba de una ventana a otra. Se asomó por detrás de una de las cortinas del cuarto de invitados, en la segunda planta, y casi soltó un chillido cuando vio a un hombre que la apuntaba directamente con un zoom del tamaño de un campo de fútbol. En la casa sólo había una habitación sin cortinas ni persianas (un aseo en la tercera planta), pero Brooke no pensaba correr ningún riesgo. Con cinta adhesiva, pegó una bolsa de basura para residuos industriales a la ventana y bajó otra vez la escalera, para ver a Julian.

– ¿Estás bien? -dijo, empujando la puerta del estudio, al no recibir respuesta cuando golpeó con los nudillos.

Julian levantó la vista de la pantalla del portátil.

– Sí, ¿y tú? Siento mucho todo esto -dijo, aunque Brooke no pudo identificar del todo el tono de su voz-. Lo ha estropeado todo.

– No, no ha estropeado nada -mintió ella.

Tampoco hubo respuesta. Julian seguía mirando fijamente la pantalla.

– ¿Qué te parece si enciendo el fuego y vemos una película? ¿Te apetece?

– Sí, me parece muy bien. Estaré contigo dentro de unos minutos, ¿de acuerdo?

– Perfecto -respondió ella, con forzado buen humor.

Cerró suavemente la puerta al salir y maldijo en silencio a los condenados fotógrafos, a aquel miserable artículo de Last Night y (sólo en parte) a su marido, por ser famoso. Estaba dispuesta a ser fuerte por Julian, pero él tenía razón en una cosa: la maravillosa escapada tranquila que tanto necesitaban había terminado. Nadie se atrevió a entrar con el coche por el sendero de la casa, ni a caminar por el césped, pero el grupo congregado en la calle no hizo más que aumentar. Aquella noche durmieron con el ruido de fondo de hombres que hablaban y reían, y motores que se encendían y se apagaban, y aunque hicieron lo posible para no prestarle atención, ninguno de los dos lo consiguió del todo. Al día siguiente, cuando la nieve ya se había fundido lo suficiente para que pudieran marcharse, se dieron cuenta de que no habían dormido más de una o dos horas. Se sentían como si hubieran corrido dos maratones. Prácticamente no hablaron en todo el camino de regreso a la ciudad. Y durante todo el trayecto los fueron siguiendo.

12 ¿Mejores o peores que las fotos de Sienna?

– ¿Sí? -dijo Brooke al teléfono.

– Soy yo. ¿Ya estás vestida? ¿Cuál has elegido? -Nola respiraba agitadamente por la emoción.

Brooke miró de refilón a la mujer de treinta y tantos años que estaba de pie a su lado y vio que ella también la miraba a hurtadillas. Los guardias de seguridad del Beverly Wilshire estaban haciendo lo que podían para mantener alejados a los paparazzi, pero muchos periodistas y fotógrafos habían eludido las normas reservando habitaciones en el hotel. Brooke había bajado al vestíbulo para ver si la tienda de regalos vendía pastillas de menta Altoids y ya había visto antes que la mujer la miraba. Como era previsible, se había metido con ella en el ascensor, justo cuando se estaban cerrando las puertas. Por su aspecto (top de seda sobre pantalones bien cortados, zapatos caros de tacón y joyas de sobria elegancia), Brooke dedujo que no era una bloguera, ni una columnista de cotilleos, ni una fotógrafa camuflada, como el tipo que solía plantarse enfrente de su casa o el que la acechaba en el supermercado. Debía de ser algo todavía más amenazador: una reportera auténtica, viva, pensante y observadora.

– Estaré en mi habitación dentro de un minuto -le dijo a Nola-. Te llamo en cuanto llegue.

Brooke cerró el teléfono antes de que Nola tuviera ocasión de decir una palabra más.

La mujer le sonrió, revelando una magnífica dentadura de blancura perlada. Su amable sonrisa parecía decir: «Yo también sé lo que es eso. A mí también me agobian mis amigas con sus llamadas»; pero en los últimos meses, Brooke había afinado sus instintos hasta la perfección. Pese a su apariencia inofensiva y su expresión simpática, aquella mujer era una depredadora, una vampira en busca de noticias frescas, que no descansaba nunca. «Quédate a su lado y te morderá», pensó Brooke, desesperada por huir.

– ¿Has venido por los Grammy? -preguntó la mujer en tono amable, como si estuviera más que familiarizada con los rigores de preparar semejante acontecimiento.

– Hum -murmuró Brooke, que no pensaba revelar nada más.

Estaba segura de que iba a someterla a una rápida batería de preguntas (ya había sido objeto de aquella misma técnica de abordaje y ataque, cuando una bloguera agresiva se le acercó después de la actuación de Julian en Today, fingiendo ser una fan inocente), pero aun así era incapaz de ser grosera para parar en seco sus avances.

El ascensor se detuvo en el décimo piso y Brooke tuvo que soportar la típica conversación de «¿Sube? Ah, pero yo bajo», entre la mujer y una pareja evidentemente europea (ambos con pantalones capri, los de él más ceñidos que los de ella, y cada uno con una versión diferente de la misma mochila Invicta en tonos neón). Brooke contuvo la respiración, deseando que el ascensor se moviera de una vez.

– Debe de ser emocionante asistir a tu primera gala de los Grammy, sobre todo teniendo en cuenta que la actuación de tu marido ha suscitado tanta expectación.

Ya estaba. Brooke dejó ir el aire y, curiosamente, por un momento se sintió mejor. Era un alivio ver confirmadas sus sospechas; ya no era preciso que ninguna de las dos fingiera nada. Se maldijo en silencio por no haber pedido a uno de los asistentes de Leo que le hiciera el recado, pero al menos ya sabía lo que aquella mujer esperaba de ella. Fijó la vista en el panel de luces, sobre las puertas, y trató de fingir lo mejor que pudo que no había oído ni una palabra de lo que le había dicho.

– Me pregunto, Brooke -al oír su nombre, Brooke movió ligeramente la cabeza, por reflejo-, si tienes algo que decir respecto a las fotografías más recientes.

¿Qué fotografías más recientes? ¿De qué estaba hablando? Una vez más, Brooke se puso a mirar fijamente las puertas del ascensor, mientras se repetía que la gente como aquella mujer estaba dispuesta a decir cualquier cosa con tal de sacarle una sola frase a su presa, una sola frase que después retorcerían y tergiversarían para que encajara con la basura que hubieran decidido contar. Se prometió no caer en la trampa.

– Debe de ser difícil soportar todos esos rumores horribles sobre tu marido y otras mujeres. Me cuesta imaginar lo difícil que tiene que ser para ti. ¿Crees que todo eso te impedirá disfrutar de la fiesta esta noche?

Finalmente, las puertas del ascensor se abrieron en el ático, con un susurro. Brooke salió al vestíbulo que conducía a su suite de tres dormitorios, que para entonces era el epicentro de la Locura Preparatoria de los Grammy. Habría querido levantar la vista al cielo y decir que si fuera verdad que Julian se estaba acostando con todas las mujeres que le atribuían los tabloides, entonces no sólo habría superado en varios kilómetros la marca de Tiger, sino que no le quedaría ni un segundo para interpretar una sola canción. Habría querido decir que cuando una ha leído infinidad de crónicas detalladas en las que fuentes anónimas acusan a tu marido de sentir pasión fetichista por todo, desde strippers tatuadas hasta hombres obesos, entonces prácticamente no presta atención a los rumores sobre infidelidades comunes y corrientes. Por encima de todo, habría querido decirle a aquella mujer lo que sabía con toda seguridad: que su marido, aunque innegablemente famoso y con un talento increíble, todavía vomitaba antes de cada actuación, sudaba visiblemente cuando las adolescentes gritaban en su presencia y tenía una inexplicable afición a cortarse las uñas de los pies encima del inodoro. Simplemente, no era el tipo de hombre que engaña a su mujer, y eso era evidente para cualquiera que lo conociera.

Pero no podía decir nada de eso, por supuesto, de modo que no dijo nada, como siempre, y simplemente se quedó mirando, mientras las puertas del ascensor se cerraban.

«No voy a pensar en nada de eso esta noche -se instruyó Brooke, mientras abría la puerta con la tarjeta magnética-. Ésta es la gran noche de Julian, ni más, ni menos.» Aquella noche haría que merecieran la pena todas las invasiones de su intimidad, la agenda horrorosamente llena y la parte de su vida convertida en espectáculo. Pasara lo que pasase (un nuevo rumor maligno sobre una infidelidad de Julian, una foto humillante tomada por alguno de los paparazzi o un comentario desagradable de alguien del entorno de Julian, hecho únicamente con ánimo de «ayudar»), Brooke estaba decidida a disfrutar cada segundo de una velada tan increíble. Apenas un par de horas antes, su madre se había puesto poética y le había dicho que una noche como aquélla era algo que se vivía sólo una vez en la vida y que su obligación era disfrutarla tan intensamente como le fuera posible. Brooke prometió que lo haría.

Entró en la suite y sonrió a una de las asistentes (¿quién podía recordarlos a todos?), que la condujo directamente a un sillón de maquillaje, sin saludarla siquiera. La angustia que pendía sobre la habitación como una manta mojada no era un augurio de que la noche en sí misma no fuera a ser fabulosa. No iba a permitir que los preparativos la deprimieran.

– ¡Control de la hora! -gritó una de las asistentes, de desagradable voz chillona, que resultaba aún más irritante por su marcado acento neoyorquino.

– ¡La una y diez!

– ¡Más de la una!

– ¡Ya pasa de la una! -replicaron simultáneamente otras tres voces, todas con tintes de pánico.

– ¡Muy bien, tenemos que darnos prisa! Disponemos de una hora y cincuenta minutos, lo que significa, a juzgar por el aspecto de todo esto… -Hizo una pausa, giró exageradamente para ver toda la habitación, cruzó la mirada con Brooke y se la sostuvo mientras terminaba la frase-…que nos falta mucho para estar presentables.

Con mucha cautela, Brooke levantó una mano, con cuidado para no molestar a las dos personas que estaban trabajando en sus ojos, y le hizo un gesto a la asistente, para que se acercara.

– ¿Sí? -preguntó Natalya, sin hacer el menor esfuerzo para ocultar su irritación.

– ¿Cuándo esperas que Julian esté de vuelta? Hay algo que necesito decirle…

Natalya echó a un lado la cadera prácticamente inexistente y consultó una tablilla portapapeles de metacrilato.

– Veamos. Ahora ha acabado el masaje relajante y va de camino al afeitado en caliente. Tiene que estar de vuelta exactamente a las dos, pero en cuanto llegue tendrá que ver al sastre, para asegurarnos de que finalmente está bajo control el problema de la solapa.

Brooke le sonrió con dulzura a la ajetreada joven y decidió cambiar de estrategia.

– Estarás ansiosa por que termine de una vez el día. Por lo que veo, no has parado de correr ni un segundo.

– ¿Es tu manera de decir que voy hecha una mierda? -contestó Natalya, mientras se llevaba automáticamente la mano al pelo-. Porque si es eso, deberías decirlo directamente.

Brooke suspiró. ¿Por qué sería imposible acertar con aquella gente? Quince minutos antes, cuando se había armado de valor y le había preguntado a Leo si el hotel de Beverly Hills donde se alojaban era el mismo donde se había rodado Pretty Woman, él le había contestado que no tenía tiempo para hacer turismo.

– No he querido decir eso, ni mucho menos -le dijo a Natalya-. Es sólo que el día está siendo una locura y creo que estás haciendo un gran trabajo.

– Alguien tiene que hacerlo -respondió Natalya, antes de marcharse.

Brooke estuvo a punto de llamarla para decirle dos palabras sobre los buenos modales y la cortesía, pero se lo pensó mejor cuando recordó al periodista que lo observaba todo a tres metros de distancia. Por desgracia, aquel hombre tenía permiso para seguirlos a todas partes durante las horas anteriores a la gala de los Grammy, como parte de su investigación para un artículo de fondo que su revista iba a publicar sobre Julian. Leo había negociado algún tipo de trato, por el cual garantizaba acceso sin restricciones a Julian durante una semana, si la revista New York se comprometía a dedicarle una portada; por eso, transcurridos cuatro días de la semana, todo el entorno de Julian seguía esforzándose por mantener una fachada de sonrisas y amor al trabajo, que sin embargo se estaba desmoronando miserablemente. Cada vez que Brooke sorprendía una mirada del periodista (que por lo demás parecía un tipo simpático), fantaseaba con la posibilidad de asesinarlo.

Estaba impresionada por la habilidad con que un buen reportero era capaz de confundirse con el paisaje. Antes de entrar en la vorágine de la fama, siempre le había parecido ridículo que alguien discutiera con su pareja, reprendiera a un empleado o incluso contestara al móvil delante de un periodista en busca de primicias jugosas, pero ahora comprendía muy bien a las víctimas. El hombre de la revista New York los acompañaba constantemente desde hacía cuatro días; pero al comportarse como si fuera ciego, sordo y mudo, había llegado a parecer tan poco amenazador como el papel pintado. Y Brooke sabía que era entonces cuando se volvía más peligroso.

Oyó el timbre de la puerta, pero no pudo volver la cabeza, so pena de mutilación con el rizador de pelo.

– ¿Será el almuerzo? -preguntó.

Una de las artistas del maquillaje resopló.

– Poco probable. No creo que la Nazi del Reloj considere prioritaria la comida. Y ahora no hables más, porque voy a intentar disimularte las líneas de la sonrisa.

Brooke ya casi no prestaba atención a ese tipo de comentarios. Incluso se alegraba de que la maquilladora no le hubiera preguntado todavía si no había pensado en algún tratamiento de aclarado para erradicar las pecas, un tema que en los últimos tiempos estaba a la orden del día. Intentó distraerse leyendo Los Ángeles Times, pero no pudo concentrarse con la agitación que había a su alrededor. Recorrió con la vista el dúplex de doscientos metros cuadrados y contó dos maquilladores, dos peluqueros, una experta en uñas, una estilista, una publicista, un agente, un productor, un periodista de la revista New York, una probadora enviada por Valentino y suficientes asistentes para cubrir las necesidades de la Casa Blanca.

Sin duda era ridículo, pero Brooke no podía evitar sentirse emocionada. Estaba en los Grammy (¡los Grammy!), a punto de acompañar a su marido por la alfombra roja, delante del mundo entero. Decir que todo era increíble era decir poco. ¿Alguien podía creerse lo que les estaba pasando? Desde la primera vez que había oído cantar a Julian en el destartalado Rue B, casi nueve años atrás, le había dicho a todo el mundo que iba a ser una estrella. Lo que nunca había previsto era la verdadera magnitud de la palabra estrella. ¡Una estrella de rock! ¡Una superestrella! Su marido, el mismo que todavía se compraba calzoncillos boxers de la marca Hanes en paquetes de tres, el mismo que se moría por los palitos de pan del Olive Garden y se hurgaba la nariz cuando creía que ella no lo estaba mirando, era una estrella de la canción internacionalmente aclamada, con millones de fans que lo adoraban y chillaban por él. No podía imaginar un momento, ni siquiera en el futuro, en que fuera capaz de abarcar mentalmente aquella realidad.

Sonó el timbre por segunda vez, y una de las jovencísimas asistentes corrió a abrir la puerta y soltó un gritito.

– ¿Quién es? -preguntó Brooke, que no podía abrir los ojos, mientras se los delineaban.

– El guardia de seguridad de la joyería Neil Lane -oyó que le respondía Natalya-. Viene a traer tus cosas.

– ¿Mis cosas? -repitió Brooke.

Para no soltar un gritito ella también, apretó los labios e intentó no sonreír.

Cuando finalmente llegó la hora de ponerse el vestido, creyó que iba a desmayarse de emoción (y de hambre, porque incluso con un ejército de ayudantes en la suite, nadie parecía preocupado por la comida). Dos asistentes desplegaron el magnífico modelo de Valentino y otra le sostuvo la mano mientras ella se metía en el vestido. La cremallera le subió sin problemas por la espalda y el traje le enfundó las caderas recién estilizadas y el pecho levantado con trucos de experto como si estuviera hecho a medida, lo cual era cierto, por supuesto. El corte de sirena realzaba la cintura esbelta y disimulaba por completo el volumen del trasero, y el escote corazón festoneado le acentuaba el surco del pecho de la mejor manera posible. Aparte de su color (un dorado profundo, pero no metálico, sino semejante a una reluciente piel bronceada), el vestido era toda una lección de cómo una tela fabulosa y un corte perfecto siempre serán mucho más eficaces que todos los volantes, crinolinas, cuentas, perlas, cristales y lentejuelas para convertir un vestido bonito en algo absolutamente espectacular. Tanto la probadora de Valentino como su estilista asintieron para expresar su aprobación, y Brooke se alegró enormemente de haber redoblado los ejercicios en el gimnasio durante los dos meses anteriores. ¡Había merecido la pena!

Después les llegó el turno a las joyas y ya fue demasiado. El guardia de seguridad, un hombre bajo de estatura pero con hombros de jugador de fútbol americano, entregó tres estuches de terciopelo a la estilista, que los abrió inmediatamente.

– Perfecto -declaró, mientras sacaba las piezas de las cajas de terciopelo.

– Dios -murmuró Brooke, nada más ver los pendientes.

Eran de gota, con sendos diamantes en forma de pera que destacaban sobre un delicado pavé de brillantes, muy al estilo del viejo Hollywood.

– Date la vuelta -le ordenó la estilista, que con mano experta le puso los pendientes en los lóbulos de las orejas y le acomodó en la muñeca derecha un brazalete de estilo similar.

– Son preciosos -exhaló Brooke, mientras contemplaba los diamantes que le relucían en el brazo. Se volvió hacia el guardia de seguridad-. Esta noche tendrá que acompañarme al lavabo, porque tengo la costumbre de «perder» joyas todo el tiempo.

Rió para mostrar que era una broma, pero el guardia ni siquiera le devolvió la sonrisa.

– ¡La mano izquierda! -ladró la estilista.

Brooke alargó el brazo izquierdo y, antes de que pudiera decir nada, la mujer le quitó la sencilla alianza de oro de matrimonio, la que Julian había mandado grabar con la fecha de su boda, y puso en su lugar un anillo con un diamante del tamaño de una fresa.

Brooke retiró la mano en cuanto se dio cuenta.

– No, esto no. Será mejor que no, porque esa alianza…

– Julian lo entenderá -dijo la mujer, que se ratificó en su decisión cerrando bruscamente el estuche del anillo-. Voy a traer la Polaroid para hacer unas cuantas tomas de prueba y asegurarnos de que todo sale bien en las fotos. No te muevas.

Finalmente sola, Brooke dio una vuelta delante del espejo de cuerpo entero, instalado en la suite especialmente para la ocasión. No recordaba haber estado nunca tan guapa. El maquillaje la hacía sentirse una versión más bonita pero real de sí misma, y la piel le resplandecía de salud y color. Por todas partes refulgían los diamantes. El peinado, con el pelo recogido en la nuca en una gruesa trenza, resultaba elegante pero natural, y el vestido era absolutamente perfecto. Se miró encantada al espejo y cogió el teléfono de la mesilla, ansiosa por compartir aquel momento.

El teléfono sonó antes de que pudiera marcar el número de su madre, y Brooke sintió un sobresalto de angustia en la boca del estómago, cuando el número del Centro Médico de la Universidad de Nueva York apareció en la identificación de la llamada. ¿Para qué la llamarían? Otra nutricionista, Rebecca, le había cambiado dos guardias por otras dos guardias, un día festivo y un fin de semana. El trato era bastante injusto, pero ¿qué otra opción tenía? ¡Eran los Grammy! Otra idea le pasó fugazmente por la cabeza, antes de que pudiera apartarla de su pensamiento. ¿No la estaría llamando Margaret para decirle que pensaba asignarle todo el turno de pediatría?

Se permitió un instante de esperanzada emoción, antes de decirse que probablemente sólo era Rebecca, para pedirle que le aclarara algún detalle de un gráfico. Se aclaró la garganta y contestó la llamada.

– ¿Brooke? ¿Me oyes?

La voz de Margaret sonó con potente claridad a través de la línea.

– Hola, Margaret. ¿Todo en orden? -preguntó Brooke, intentando que su voz sonara tan calma y confiada como le fue posible.

– Ah, sí, hola. Ahora te oigo. Oye, Brooke, me estaba preguntando cómo estarías. Estaba empezando a preocuparme.

– ¿A preocuparte? ¿Por qué? Aquí todo va muy bien.

¿Habría leído Margaret algo de la basura a la que se había referido la periodista del ascensor? Rezó para que no fuera así.

Margaret suspiró audiblemente, casi con tristeza.

– Mira, Brooke. Ya sé que es un gran fin de semana para Julian y para ti. No hay ningún otro sitio donde debieras estar y me duele mucho tener que llamarte ahora; pero tengo un equipo que dirigir y no puedo hacerlo si voy corta de personal.

– ¿Corta de personal?

– Ya sé que probablemente eso es lo último que te ha pasado por la cabeza, teniendo en cuenta cómo se han desarrollado las cosas últimamente; pero si vas a faltar al trabajo, es imperativo que encuentres a alguien que cubra tus guardias. La tuya empezaba esta mañana a las nueve y ya son más de las diez.

– ¡Dios mío! ¡Lo siento muchísimo! ¡Margaret! Estoy segura de que puedo arreglarlo todo, si me concedes cinco minutos. Te llamo en seguida.

Brooke no esperó respuesta. Cortó la comunicación y buscó entre sus contactos el número de Rebecca. Rezó todo el tiempo mientras sonaba el teléfono y sintió una oleada de alivio cuando oyó la voz de su colega.

– ¿Rebecca? Hola. Soy Brooke Alter.

Hubo un segundo de vacilación.

– Eh… ¡Ah, hola! ¿Cómo estás?

– Yo bien, pero Margaret acaba de llamarme para preguntarme dónde estoy, y como tú y yo cambiamos las guardias…

Brooke dejó la frase inconclusa, por miedo a decir algo ofensivo si continuaba.

– Ah, sí. Habíamos quedado en eso -respondió Rebecca, en tono meloso y risueño-, pero al final te dejé un mensaje diciéndote que me era imposible.

Brooke se sintió como si le hubieran dado una bofetada. Oyó que un hombre joven prorrumpía en una exclamación de júbilo en el salón de la suite y sintió deseos de asesinarlo, quienquiera que fuese.

– ¿Me dejaste un mensaje?

– Sí, claro. Vamos a ver… Si hoy es domingo… debo de habértelo dejado… hum… el viernes por la tarde.

– ¿El viernes por la tarde?

Brooke había salido para el aeropuerto hacia las dos. Rebecca había debido de llamar al teléfono de su casa y le habría dejado un mensaje en el contestador. Sintió una fuerte oleada de náuseas que iba en aumento.

– Sí, ahora lo recuerdo con exactitud -prosiguió Rebecca-. Debían de ser las dos y cuarto o las dos y media, porque acababa de recoger a Brayden de la guardería, y Bill me llamó para preguntarme si podíamos ir a casa de mis suegros el domingo, porque había una reunión familiar. Mi cuñada y su marido volvían de Corea con la niña que acaban de adoptar, y claro…

– Entiendo -la interrumpió Brooke, utilizando hasta la última gota de su fuerza de voluntad para no levantarle la voz-. Bueno, gracias por aclarármelo. Siento tener que cortar, pero he quedado en llamar a Margaret ahora mismo.

Brooke se alejó el teléfono del oído, pero antes de colgar, oyó que su colega le decía:

– No sabes cuánto lo siento.

«Mierda», pensó. Era todavía peor de lo que creía. Se obligó a marcar el número de su jefa, aunque no quería perderse ni un segundo más de una noche tan maravillosa.

Margaret contestó la llamada al primer timbrazo.

– ¿Diga?

– Margaret, no sé cómo disculparme, pero parece ser que ha habido un malentendido enorme. Había acordado con Rebecca que ella haría mi guardia de hoy (supongo que ya sabrás que yo nunca te dejaría en la estacada de ese modo), pero le ha surgido un imprevisto y no ha podido ir a trabajar como habíamos quedado. Al parecer, me dejó un mensaje en el contestador, pero no lo…

– Brooke…

La tristeza en la voz de Margaret era inconfundible.

– Margaret, ya sé que es un contratiempo terrible para ti y créeme que estoy desolada, pero te pido por favor que me creas si te digo que…

– Brooke, lo siento. Ya sé que te lo he dicho antes, pero con los recortes del presupuesto están controlando mucho la productividad y el absentismo. Miran con lupa las tarjetas de los ficheros y los registros de todos los empleados.

Lo que estaba sucediendo no era ningún misterio para Brooke. Su jefa estaba a punto de despedirla y a ella le daba pánico la idea, pero lo único que le pasaba por la cabeza era: «¡Por favor, no lo digas! Mientras no lo digas, no ha pasado. ¡Por favor, no me hagas esto ahora! ¡Por favor! ¡Por favor!»

En lugar de eso, dijo:

– No entiendo muy bien lo que me quieres decir.

– Brooke, te estoy pidiendo la dimisión. Creo que tus frecuentes faltas y los cambios en tu vida privada han perjudicado tu compromiso con el departamento, por lo que creo que ya no encajas en el pro