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Seducir a un Ángel

Mary Balogh

Desterrada, en la indigencia, y tildada de asesina, Cassandra Belmont, lady Paget, llega a Londres en plena regencia, decidida a superar la reptación que la había precedido a fin de encontrar un rico caballero que pueda devolverla a la extravagante vida a la que estaba acostumbrada. Pone los ojos en Stephen Huxtable, conde de Merton, un hombre con posibilidades y de aspecto angelical, que no podría resistirse a ella. Intrigado por el encanto de Cassandra, Stephen acepta convertirla en su amante. Pero a pesar de su aspecto y su encanto, Stephen no es ningún ángel, y Cassandra no tarda en darse cuenta de que hay que pagar un precio por intentar tentar a uno.

Mary Balogh

Seducir a un Ángel

4° de la Serie El Quinteto de los Huxtable

Seducing an Angel (2009)

CAPÍTULO 01

– Lo que voy a hacer es buscar un hombre.

Quien hablaba era Cassandra Belmont, lady Paget, una dama viuda. De pie, junto a la ventana de la salita de la casa que había alquilado en Portman Street, en Londres. La casa estaba totalmente amueblada, aunque tanto los muebles como las cortinas y las alfombras habían visto mejores días. Posiblemente ya los hubieran visto hacía diez años. Era un lugar elegante pero deslucido, muy apropiado para las circunstancias que rodeaban la vida de lady Paget.

– ¿Para casarte? -precisó, asombrada, Alice Haytor, su dama de compañía.

Cassandra observó con desánimo y con una sonrisa burlona en los labios a una mujer que pasaba por la calle llevando a un niño de la mano que ni quería que lo llevaran de la mano ni quería ir a semejante trote. Los movimientos de la mujer ponían de manifiesto su irritación e impaciencia. ¿Sería la madre del niño o la niñera? Fuera lo que fuese, daba igual. La rebeldía de la criatura y su tristeza no eran de su incumbencia. Bastantes preocupaciones tenía ella.

– Desde luego que no -contestó-. Además, para eso tendría que encontrar a un tonto.

– ¿A un tonto?

Cassandra sonrió, aunque no fue una expresión alegre, y tampoco se volvió para mirar a Alice. La mujer y el niño habían desaparecido de su vista. Un caballero caminaba en dirección opuesta con la mirada clavada en el suelo y expresión ceñuda. Supuso que llegaba tarde a alguna cita y que, en opinión del caballero, su vida dependía de llegar a tiempo a dicho encuentro. Tal vez estuviera en lo cierto. O no.

– Solo un tonto se casaría conmigo -adujo-. No. La verdad es que no necesito un hombre para casarme, Alice.

– ¡Ay, Cassie! -exclamó la dama de compañía, muy preocupada-. Seguro que no te refieres a… -Dejó la frase en el aire porque no hacía falta que la completara.

Cassandra solo podía referirse a una cosa.

– Por supuesto que sí -afirmó, volviéndose para mirar a su dama de compañía con expresión jocosa, burlona y penetrante.

Alice se aferraba con fuerza a los brazos del sillón que ocupaba y se inclinaba hacia delante como si tuviera intención de ponerse en pie, aunque no lo hizo.

– ¿Te he escandalizado?

– Si hemos venido a Londres ha sido con el propósito de buscar empleo, Cassie. Las dos. Y Mary también -le recordó Alice.

– Sin embargo, no es un plan muy realista, ¿no te parece? -Replicó ella con una carcajada carente de buen humor-. Nadie querrá darle empleo a una criada convertida en cocinera que tiene una hija pequeña… sin estar casada y sin ser viuda. Y una carta de recomendación firmada por mí le hará un flaco favor a Mary, ¿verdad? Además y perdona que te lo diga, Alice, poca gente querrá contratar a una institutriz que pasa de los cuarenta cuando hay tantas jóvenes dispuestas a ocupar dicho puesto. Siento mucho tener que señalar esa cruda realidad, pero la juventud es un valor en alza hoy en día. Fuiste una maravillosa institutriz para mí, y desde que te convertiste en mi dama de compañía has sido una maravillosa amiga. Pero la edad juega en tu contra, reconócelo. En cuanto a mí, en fin… a menos que haga algo para ocultar mi identidad, cosa que será imposible porque necesitaré cartas de recomendación, tengo un futuro muy negro en el mercado laboral. Y en cualquier otro, ya puestos. Nadie querrá contratar a la asesina del hacha bajo ningún concepto. Digo yo.

– ¡Cassie! -Exclamó su antigua institutriz, que se llevó las manos a las mejillas-. No debes describirte de esa manera. Ni siquiera en broma.

Cassandra no era consciente de que estuvieran hablando en broma. De todas formas, soltó una carcajada.

– La gente suele exagerar, ¿no es cierto? -preguntó-. Incluso para inventarse cosas. Así es como me ve medio mundo, Alice. Precisamente porque le divierte creer semejante barbaridad. Supongo que muchos saldrán corriendo en cuanto ponga un pie en la calle. Así que tendré que buscarme un hombre intrépido.

– ¡Ay, Cassie! -Exclamó de nuevo Alice con los ojos llenos de lágrimas-. Ojalá no tuvieras que…

– He intentado ganar dinero en las mesas de juego -le recordó ella, alzando un dedo para llevar la cuenta como si hubiera más-. Habría acabado peor de lo que estoy, de no ser por el modesto golpe de suerte que tuve en la última mano. Cogí mis ganancias y huí tras descubrir que carezco del temple para apostar, por no hablar de la habilidad. Además, me estaba asando con el velo de luto, y me percaté de que varias personas estaban intentando adivinar mi identidad. -Alzó un segundo dedo, pero descubrió que no había nada más que añadir. No había intentado hacer nada más por la sencilla razón de que no había nada más que intentar. Salvo una cosa-. Si no puedo pagar el alquiler de la próxima semana, nos quedaremos en la calle, Alice. Cosa que me desagrada profundamente. -Rió de nuevo.

– Tal vez debieras volver a pedirle ayuda a tu hermano, Cassie. Seguro que…

– Ya le he pedido ayuda a Wesley, Alice -la interrumpió con sequedad-. Le pedí que me acogiera una temporada hasta que pudiera encontrar un modo de ganarme la vida. ¿Y cuál fue su respuesta? Que lo sentía mucho. Que le encantaría ayudarme, pero que estaba a punto de embarcarse en un extenso recorrido a pie por Escocia con un grupo de amigos… que se sentirían la mar de decepcionados si los abandona en el último momento. ¿A qué lugar de Escocia dirijo mi petición de ayuda exactamente? ¿Debería suplicarle de rodillas esta vez? ¿E incluirte a ti y a Mary y a Belinda en la petición? Ah, y también debería suplicar por ti, Roger. ¿Creías que te había olvidado?

Un perro grande y desgreñado de raza indeterminada que estaba tumbado frente al fuego acababa de acercarse a ella cojeando para que le rascara la oreja. Solo tenía una, de la otra quedaba apenas un trozo. El animal cojeaba porque también le faltaba una pata. Y solo veía por un ojo, con el cual la observaba mientras jadeaba de felicidad. Por mucho que lo bañaran y lo cepillaran todos los días, siempre parecía desgreñado. Cassandra lo acarició con las dos manos.

– No le pediría ayuda a Wesley ni aunque estuviera en Londres -añadió una vez que el perro se tumbó a sus pies y dejó la cabeza entre las patas con un suspiro de contento-. No, voy a encontrar un hombre -dijo después de volverse de nuevo hacia la ventana y mientras tamborileaba con los dedos sobre el alféizar-. Un hombre rico. Muy rico. Que nos mantendrá rodeadas de lujos. No será caridad, Alice. Será un empleo y sabré ganarme bien el dinero. -Su voz destilaba un claro desdén, que podría estar dirigido hacia el desconocido que iba a convertirse en su protector o hacia ella misma. Había sido una esposa durante nueve años, pero jamás había sido la amante de nadie.

Dentro de poco lo sería.

– ¡Por Dios! -exclamó Alice muy alterada-. ¿De verdad hemos llegado a esto? No pienso permitirlo. Debe de haber otra alternativa. No voy a permitirlo. Mucho menos cuando una de tus razones para hacerlo es porque te sientes obligada a mantenerme.

Cassandra siguió con la mirada el avance de un antiguo carruaje que se movía despacio por la calle, conducido por un cochero que parecía tener tantos años como el vehículo.

– ¿Que no vas a permitirlo? -replicó-. No puedes detenerme, Alice. Los días en los que yo era Cassandra y tú la señorita Haytor han quedado muy atrás. Tal vez quede muy poco de aquella Cassandra. No tengo dinero y mi reputación es pésima. No tengo amigos más allá de estas puertas y no tengo parientes dispuestos a sufrir las consecuencias de ayudarme. Pero tengo una cosa, una cualidad que me asegurará un empleo bien remunerado gracias al cual recuperaremos un nivel de vida acomodado y estable. Soy guapa. Y deseable.

En otras circunstancias, semejante afirmación podría parecer pretenciosa. Sin embargo, lo había dicho con un hiriente tono burlón. Porque, aunque la afirmación era muy cierta, Cassandra no se enorgullecía de ello. Más bien le parecía una maldición. Su belleza le sirvió para obtener un marido muy rico a los dieciocho años. Y también le había servido en el plazo de diez años para conocer la tristeza más absoluta que podía existir. Ya era hora de que la usara para su propio beneficio. Para conseguir dinero con el que pagar el alquiler de ese deslucido alojamiento, la comida que se llevaban a la boca, la ropa que necesitaban. Y también para guardar unos ahorrillos por si acaso llegaban tiempos peores.

No. Nada de ahorrillos. Unos ahorros como Dios manda. Nada de tiempos peores y de limitarse a subsistir a duras penas cuando le iba a costar tanto ganarse el dinero. Sus amigos y ella vivirían rodeados de lujos. Desde luego que sí. El hombre que la mantuviera pagaría sus servicios a precio de oro. O se iría con otro que le pagara más.

Lo mismo daba que tuviera veintiocho años. Estaba mucho mejor que cuando tenía dieciocho. Había cogido peso… en los lugares apropiados. Su cara, que a los dieciocho era bonita, había adquirido una belleza clásica con el paso de los años. Su pelo, de un brillante tono cobrizo, no se había oscurecido ni había perdido lustre. Y ya no era tan inocente. Todo lo contrario. Sabía muy bien cómo complacer a un hombre. En ese mismo momento había un caballero en algún lugar de Londres que pronto estaría dispuesto a gastarse una fortuna con tal de poseerla y asegurarse la exclusividad de sus servicios. En realidad, había más de un caballero, pero solo se decantaría por uno. Seguro que había uno en concreto ansioso por experimentar el placer de poseerla, aunque a esas alturas todavía lo ignorara.

Dicho caballero iba a desearla más de lo que había deseado nada en toda su vida.

¡Cómo aborrecía a los hombres!

– Cassie -dijo Alice para que la mirara, cosa que ella hizo con gesto interrogante-, no tenemos amistades en Londres. ¿Cómo esperas conocer a algún caballero?

Su dama de compañía había formulado la pregunta con tono triunfal, como si deseara el fracaso de su empresa… algo que sin duda deseaba de corazón.

– Sigo siendo lady Paget, ¿o no? -Replicó con una sonrisa-. Soy la viuda de un barón. Y todavía tengo la ropa elegante y los complementos que Nigel insistía en comprarme, aunque reconozco que están algo pasados de moda. Alice, estamos en plena temporada social. Todas las personas de relevancia están en Londres y todos los días se celebran fiestas, bailes, conciertos, veladas, almuerzos al aire libre y un sinfín de entretenimientos más. No será difícil enterarse de algunos de ellos. Y no será difícil descubrir el modo de asistir a los más importantes.

– ¿Sin invitación? -le preguntó Alice, que frunció el ceño.

– Se te olvida que todas las anfitrionas desean que sus fiestas sean lo más concurridas posible. No creo que vayan a negarme la entrada allí adonde decida ir. Me limitaré a traspasar las puertas con gran desparpajo. Con una vez será suficiente. Me bastará para lograr mi propósito. Alice, esta tarde tú y yo iremos a pasear a Hyde Park. A la hora apropiada, por supuesto. Hace buen tiempo y la alta sociedad estará deseando ver y dejarse ver. Me pondré el vestido negro y el bonete con el velo tupido. Estoy segura de que se me conoce más por mi reputación que por mi físico. Hace una eternidad que no pisaba Londres. Pero no quiero arriesgarme a que alguien me reconozca tan pronto.

Alice suspiró y se acomodó en el sillón mientras meneaba la cabeza.

– Déjame escribirle una carta sensata y conciliadora a lord Paget en tu nombre -sugirió-. Cassie, no tenía derecho a echarte de Carmel House cuando decidió mudarse a la propiedad un año después de la muerte de su padre. Los términos de tu contrato matrimonial no dejan lugar a dudas. En caso de que tu marido falleciera antes que tú, la residencia de la viuda se convertiría en tu hogar. Y te corresponde una suma importante de dinero. Además de una generosa pensión de viudedad procedente de las rentas de la propiedad. No has recibido ni la una ni la otra a pesar de haberle escrito unas cuantas veces reclamando aquello que te pertenece legalmente. Tal vez no lo haya entendido.

– Escribirle no servirá de nada -replicó Cassandra-. Bruce me dejó muy claro que consideraba mi libertad como un generoso estipendio a cambio de todo lo demás. Que no interpondría cargos en mi contra por la muerte de su padre porque no había pruebas concluyentes de que lo hubiera matado. Pero un juez o un jurado bien podrían considerarme culpable de todas formas pese a la falta de evidencias. Alice, si eso sucediera, podrían ahorcarme. Bruce me aseguró que no interpondría ninguna denuncia si me marchaba de Carmel House para no volver nunca… y dejaba todas mis joyas, además de renunciar a cualquier compensación económica.

Alice no rechistó. Porque estaba al tanto de todo eso. Sabía los riesgos que corría Cassandra si luchaba por sus derechos. Y ella había elegido no luchar. Bastante violencia había sufrido durante los pasados nueve años. Diez, a esas alturas. Había elegido marcharse sin más, con sus amigas y con su libertad.

– No voy a morirme de hambre, Alice -sentenció-. Ni tú, ni Mary, ni Belinda. Yo me encargaré de cuidaros a todas. Y a ti también, Roger -añadió mientras le acariciaba la barriga con la punta del zapato, gesto que hizo que el perro golpeara el suelo con el rabo al tiempo que agitaba las tres patas en el aire. La sonrisa de Cassandra se tiñó de amargura… y de algo mucho más tierno-. ¡Ay, Alice! -Exclamó mientras atravesaba la estancia para arrodillarse a los pies de su antigua institutriz-. No llores. Por favor. No puedo soportarlo.

– Jamás pensé que te vería… -dijo Alice entre sollozos-, que te vería convertida en… ¡cortesana! Porque eso es lo que serás. Una prost… una prost… de lujo -concluyó, aunque fue incapaz de decir la palabra completa.

Cassandra le dio unas palmaditas en una rodilla.

– Será mil veces mejor que el matrimonio -le aseguró-. ¿No te das cuenta? Esta vez seré yo quien tenga el poder. Entregaré mis favores o los negaré según me apetezca. Podré deshacerme del caballero en cuestión si no me gusta o si me desilusiona de alguna forma. Seré libre para salir y entrar cuando quiera, y para hacer lo que quiera, salvo cuando esté… en fin, trabajando. ¡Será diez mil veces mejor que el matrimonio!

– Lo único que siempre he deseado en la vida es verte feliz -dijo Alice mientras sorbía por la nariz y se limpiaba las lágrimas-. Eso es lo que quieren las institutrices y las damas de compañía. La vida pasa a nuestro lado, pero aprendemos a disfrutar con la vida de nuestras pupilas. Siempre he anhelado que conocieras lo que es el amor. Y que amaras.

– Conozco las dos cosas, tonta -replicó ella al tiempo que se sentaba sobre los talones-. Alice, tengo tu amor. Y el de Belinda. Y el de Mary, creo. Por no hablar del de Roger. -El perro se había acercado a ella y estaba golpeándole una de las manos con el hocico a fin de que siguiera acariciándolo-. Y yo os quiero a todas. De verdad.

Las lágrimas aún resbalaban por las mejillas de su antigua institutriz.

– Lo sé, Cassie -afirmó-. Pero tú sabes a lo que me refiero. No te hagas la tonta. Quiero verte enamorada de un hombre bueno que te corresponda. No pongas esa cara. Últimamente siempre te enfrentas con ella al mundo, así que cualquiera podría confundirla con tu verdadera personalidad. Conozco muy bien ese mohín despectivo y esa mirada cínica, que tienen muy poco de agradable. Existen hombres buenos. Mi padre fue uno de ellos, y estoy segura de que no es el único que ha creado el Señor.

– Bueno -replicó Cassandra mientras le daba unas cuantas palmaditas más en la rodilla-, tal vez elija sin saberlo a un hombre bueno como protector que acabe enamorándose locamente de mí. No, retiro eso, bastante locura ha habido ya en mi vida. Que acabe enamorándose profundamente de mí y de quien yo me enamore profundamente, tras lo cual nos casaremos y viviremos felices para siempre con nuestra docena de niños. Tú podrás encargarte de todos ellos y les enseñarás todo lo que quieras. No voy a negarte el puesto solo porque hayas pasado de los cuarenta y estés ya en la vejez. ¿Eso te haría feliz, Alice?

La aludida estaba riendo y llorando a la vez.

– La parte de los doce niños no mucho, la verdad -contestó-. Pobre Cassie, acabarías consumida.

Ambas estallaron en carcajadas mientras Cassandra se ponía en pie.

– Además, Alice -añadió-, no hay ningún motivo por el que tu felicidad y tu vida dependan de las mías. Vivir a través de los demás es una noción espantosa. Tal vez vaya siendo hora de que empieces a vivir por tu cuenta. Y a amar. Tal vez seas tú quien conozca a un caballero que se percate de que eres una joya y que se enamore de ti y tú de él. Tal vez seas tú quien acabe viviendo ese «felices para siempre».

– Pero ahorrándome la parte de los doce niños, espero -apostilló Alice con una fingida mueca de espanto, que hizo que ambas se echaran a reír de nuevo.

¡Ay, qué pocos motivos para reírse había últimamente!, pensó Cassandra. Podía contar con los dedos de una mano las veces que se había reído de verdad durante los últimos diez años.

– Será mejor que vaya a desempolvar mi bonete negro -dijo.

Stephen Huxtable, conde de Merton, cabalgaba por Hyde Park acompañado de Constantine Huxtable, su primo segundo. Era la hora del paseo de la tarde, y la avenida principal del parque estaba atestada de vehículos de todo tipo, casi todos descubiertos para que los ocupantes pudieran tomar el aire, contemplar la actividad que se desarrollaba a su alrededor y charlar con los ocupantes de los otros vehículos con los que se cruzaban, así como con los paseantes. Estos últimos se contaban a cientos. Además, había una gran cantidad de jinetes con sus respectivas monturas. Stephen y Constantine entre ellos. Todos se esforzaban por avanzar entre la marea de carruajes.

Era un precioso día casi estival, con solo unas cuantas nubes algodonosas en el cielo cuya sombra se agradecía, ya que evitaba que el sol fuera en exceso abrasador.

A Stephen no le molestaba semejante multitud. No se iba a Hyde Park a pasear con prisas. Se iba para relacionarse con los demás, y a él siempre le había gustado mucho hacerlo. Era un joven de naturaleza gregaria y agradable.

– ¿Irás mañana por la noche al baile de Meg? -le preguntó a Constantine.

Meg era su hermana mayor. Margaret Pennethorne, condesa de Sheringford. Sherry y ella estaban en Londres esa primavera después de haberse perdido las dos anteriores. Habían llegado acompañados de Alexander, su hijo recién nacido; de Sarah, que ya tenía dos años, y de Toby, que ya había cumplido los siete. Por fin habían decidido plantarle cara al viejo escándalo que rodeaba a Sherry, quien se había fugado años antes con una mujer casada con la que había convivido hasta el día de su muerte. Había algunos que aún pensaban que Toby era su hijo, fruto de esa relación con la señora Turner. Ni Sherry ni Meg se molestaban en corregir dicha opinión.

Meg tenía temple, un rasgo de su carácter que siempre había admirado en su hermana. Jamás se contentaría con esconderse de forma indefinida en la relativa seguridad del campo con tal de no enfrentarse a sus demonios. Por su parte, Sherry también era muy capaz de mirar a cualquier demonio a los ojos y de retarlo a duelo. Al día siguiente por la noche y dado que la flor y nata de la alta sociedad había asistido a su boda hacía ya tres años, la aristocracia estaba obligada a acudir a su baile. De cualquier forma, nadie se lo habría perdido, porque la curiosidad siempre era más fuerte que cualquier prejuicio. La alta sociedad se moría de curiosidad por ver cómo marchaba el matrimonio después de tres años… o, más concretamente, por ver «si» marchaba.

– Por supuesto. No me lo perdería por nada del mundo -contestó Constantine, que se llevó la fusta al ala del sombrero para saludar a las cuatro damas que ocupaban los asientos del cabriolé con el que acababan de cruzarse.

Stephen hizo lo propio. Las cuatro damas les sonrieron y los saludaron en respuesta.

– Nada de por supuesto -le dijo a su primo-. Hace dos semanas no fuiste al baile de Nessie.

Nessie, Vanessa Wallace, duquesa de Moreland, era otra de sus tres hermanas. Daba la casualidad de que el duque de Moreland era primo hermano de Constantine. Sus madres eran hermanas y les habían transmitido su herencia griega a los dos. Ambos eran morenos de pelo y de piel, y parecían hermanos más que primos. De hecho, parecían gemelos.

Constantine no había asistido al baile de Vanessa y Elliott, a pesar de encontrarse en la ciudad.

– No me invitaron -adujo su primo al tiempo que lo miraba con expresión indolente y un tanto socarrona-. Y no habría ido aunque me hubieran invitado.

Stephen adoptó un gesto contrito al escucharlo. Constantine era consciente de que había intentado sonsacarle información con ese comentario. Elliott y Constantine no se hablaban, y eso que habían crecido juntos y habían sido grandes amigos durante la juventud. Y puesto que Elliott no se hablaba con su primo, Vanessa tampoco lo hacía. Siempre había sentido curiosidad por el motivo, pero nunca había preguntado. Quizá ya era hora de hacerlo. Las rencillas familiares solían producirse por cosas absurdas y se dilataban en el tiempo, cuando lo normal era que todo quedara olvidado con un abrazo.

– ¿Por qué…? -comenzó a preguntarle.

Sin embargo, Cecil Avery acababa de detener su tílburi a su lado y lady Christobel Foley, su acompañante, estaba poniendo su vida en peligro al inclinarse sobre el borde del precario asiento para sonreírles de oreja a oreja mientras hacía girar la sombrilla de encaje con la que se protegía la cabeza.

– Señor Huxtable, lord Merton -los saludó, mirando primero a Con antes de que sus ojos se detuvieran en Stephen-, ¿verdad que hace un día precioso?

Pasaron unos minutos constatando el hecho y ambos le solicitaron que les reservara un baile para la fiesta de Meg, después de que la jovencita dejara bien claro que su madre había cancelado la cena con los Dexter a última hora y como le había dicho a todo el mundo que no iban a asistir, la pobre Christobel estaba aterrada por la idea de encontrarse sin parejas de baile salvo el bueno de Cecil, por supuesto, a quien conocía desde siempre porque habían crecido juntos en el campo y el pobre, por tanto, no tenía más remedio que invitarla a bailar para que no acabara convertida en un absoluto florero.

Lady Christobel rara vez dividía sus intervenciones orales en frases. De modo que para poder entenderla había que prestar mucha atención. Normalmente bastaba con captar un par de palabras para seguir el hilo de la conversación. Aunque de todas formas era una muchacha preciosa y encantadora, y a Stephen le caía bien. Claro que debía tener mucho cuidado a la hora de demostrarle su simpatía. Lady Christobel era la hija mayor de los influyentes y acaudalados marqueses de Blythesdale, y acababa de cumplir dieciocho años, motivo por el que ese año celebraba su presentación en sociedad. Un matrimonio con ella sería muy ventajoso, y la joven estaba más que dispuesta a conseguir marido durante su primera temporada social, a ser posible antes que las demás. Tenía muchas posibilidades de lograrlo. Para localizarla en cualquier acto social, solo había que buscarla en el centro del grupo más numeroso de caballeros.

Sin embargo, tanto ella como su madre le habían echado el ojo a él en concreto. Y Stephen era muy consciente de ese hecho. Como también era muy consciente de ser uno de los solteros más cotizados de toda Inglaterra y de que el sector femenino de la alta sociedad había decidido, ese año con más ahínco que los anteriores, que había llegado la hora de que sentara cabeza, eligiera una esposa, engendrara un heredero y afrontara de esa forma su responsabilidad como par del reino. Ya había cumplido los veinticinco años y, al parecer, había cruzado la línea invisible que separaba la atolondrada e irresponsable juventud de la seria madurez.

Lady Christobel no era la única jovencita empeñada en cortejarlo y su madre no era la única decidida a echarle el lazo.

Por su parte, le caían bien todas las jovencitas a las que conocía. Le gustaba hablar con ellas, bailar con ellas, acompañarlas al teatro, a cabalgar y a pasear por el parque. No las evitaba, como solían hacer sus congéneres, por temor a caer en alguna trampa y acabar casado a la fuerza. Sin embargo, no estaba listo para casarse.

Ni hablar.

Creía en el amor. Tanto en el amor romántico como en el amor de cualquier otra índole. Dudaba mucho que pudiera contraer matrimonio a menos que sintiera un gran afecto por su futura esposa y estuviera seguro de que ella le correspondía. Sin embargo, su título y su fortuna se interponían en el camino para alcanzar ese a priori modesto sueño. De la misma forma que se interponía su físico, aunque pecara de presumido al pensarlo. Era muy consciente de que las damas lo encontraban guapo y atractivo. ¿Cómo iba una mujer a soslayar esa barrera para llegar a conocerlo y a entenderlo… y para amarlo?

Pero el amor era posible, incluso para un acaudalado conde. Sus hermanas, las tres, lo habían encontrado, aunque en los tres casos los comienzos habían sido muy tambaleantes.

Tal vez el amor lo estuviera esperando a la vuelta de una esquina en cualquier momento de su futuro.

Entretanto, estaba dispuesto a disfrutar de la vida, y a evitar las numerosas trampas matrimoniales con las que a esas alturas estaba tan familiarizado.

– Creo que la dama habría estado encantada de dejarse caer del asiento a tu regazo, Stephen -comentó Con-, de haber estado segura de que estabas lo bastante cerca como para cogerla.

Stephen chasqueó la lengua.

– Estaba a punto de preguntarte por los motivos del enfado que existe entre Elliott, Nessie y tú. Ha sido así desde que te conozco. ¿Qué lo ocasionó?

Hacía ocho años que conocía a Constantine. Elliott, en su papel de albacea del testamento del fallecido conde de Merton, fue quien le notificó que había heredado el título y todo lo que este conllevaba. Stephen vivía por aquel entonces con sus hermanas en una casita del pueblo de Throckbridge en Shropshire. Elliott, que poseía el título de vizconde de Lyngate, aunque a esas alturas era duque de Moreland, se convirtió de esa forma en su tutor legal durante cuatro años, hasta que alcanzó la mayoría de edad. Elliott se trasladó un tiempo con ellos a Warren Hall, la casa solariega del conde de Merton emplazada en Hampshire. Con también estuvo allí una breve temporada. Hasta que ellos aparecieron, Warren Hall era su hogar. Era el hermano mayor del conde que acababa de fallecer a la temprana edad de dieciséis años. Era el primogénito del conde que precedió a su hermano, aunque él no pudo heredar el título ya que había nacido dos días antes de que sus padres contrajeran matrimonio, lo que lo convirtió en un hijo ilegítimo a efectos legales.

Desde el principio estuvo claro que Elliott y Con no se soportaban. Más concretamente, quedó claro que eran enemigos acérrimos. Entre ellos había pasado algo grave.

– Tendrás que preguntárselo a Moreland -contestó su primo-. Creo que tiene algo que ver con su condición de imbécil arrogante.

Elliott no era arrogante. Ni imbécil. Sin embargo, su actitud se tornaba muy tensa en presencia de Constantine.

Decidió dejar correr el tema. Era evidente que Con no iba a contarle lo que había pasado, y tenía todo el derecho a salvaguardar sus secretos. Porque Constantine era un hombre muy misterioso, la verdad. Aunque siempre se había mostrado agradable con sus hermanas y con él, su carácter tenía un halo insondable y taciturno pese a su simpatía y a su presta sonrisa. Después de la muerte de su hermano había comprado una propiedad en algún lugar de Gloucestershire, pero nunca los había invitado a visitarlo. Ni a ellos ni a nadie que Stephen conociera. Y nadie sabía cómo podía haberse permitido semejante gasto. Su padre le había dejado dinero en herencia, por supuesto, pero ¿tanto como para poder comprar una propiedad campestre con una mansión?

Claro que eso no era asunto suyo.

Sin embargo, muchas veces se preguntaba por qué Constantine se había mostrado siempre amable con ellos. Tanto sus hermanas como él eran unos completos desconocidos cuando invadieron su hogar y lo reclamaron. El heredó el título de conde de Merton, el mismo título que tenía su hermano, que murió meses antes, y que también había tenido su padre. Un título que podía haber sido de Con si hubiera nacido tres días después o si sus padres hubieran contraído matrimonio tres días antes.

¿No debería haberles demostrado cierto resentimiento o incluso odio? ¿No debería guardarles rencor todavía?

En muchas ocasiones se preguntaba qué guardaba Con en su cabeza, algo que no se permitía expresar ni con palabras ni con actos.

– Debe de estar pasando un calor infernal -comentó Constantine justo después de haber retomado el paseo tras saludar a un grupo de amigos. Acompañó el comentario con un gesto de la cabeza en dirección a la izquierda del camino.

Stephen vio un nutrido grupo de personas paseando por la zona, pero no le costó trabajo entender a quién se refería.

Delante de un grupo de damas ataviadas con vestidos a la moda de colores apropiados para la época estival caminaban otras dos mujeres, una de ellas vestida de un tono marrón rojizo, un color tal vez más propio del otoño, y la otra, de riguroso luto. Vestida de negro de la cabeza a los pies. El velo con el que se ocultaba el rostro era tan tupido que resultaba imposible verle la cara, aunque estaba apenas a unos metros de distancia.

– Pobre mujer -se lamentó Stephen-. Debe de haber enviudado hace poco.

– Y a una edad muy temprana, por lo que se ve -añadió Constantine-. Me pregunto si su cara le hará justicia a su figura.

Stephen se sentía muy atraído por las jovencitas, cuyas figuras tendían a ser delgadas y esbeltas. El día que por fin se decidiera a pensar en el matrimonio, elegiría a su novia entre el grupo más reciente de jovencitas llegado al mercado matrimonial, y entre ellas se decantaría con frío mercantilismo por una belleza que lo atrajera tanto por su físico como por su carácter y a la que pudiera llegar a amar. Una dama que estuviera dispuesta a mirar más allá de su título y de su fortuna para llegar a conocerlo y a quererlo por ser quien era.

La mujer vestida de luto distaba mucho de su ideal femenino. No parecía estar en la flor de la juventud. Así lo atestiguaban las curvas de su figura. Una figura que evidentemente era magnífica, si bien su atuendo no estuviera diseñado para resaltarla ni mucho menos.

Sintió una repentina punzada de deseo y se avergonzó al instante. Se habría avergonzado aunque la mujer no llevara luto. No tenía por costumbre comerse con los ojos a las desconocidas, como solían hacer muchos de sus amigos.

– Espero que no se ase con este calor -comentó-. Ah, mira, por ahí vienen Kate y Monty.

Katherine Finley, la baronesa Montford, era su tercera hermana. Había perfeccionado sus habilidades de amazona durante los cinco años transcurridos desde su matrimonio, y en ese momento se acercaba a caballo. Les sonrió a ambos. Al igual que Monty.

– He venido para que mi montura pudiera galopar a placer -dijo lord Montford a modo de saludo-, pero no lo creo posible, ¿verdad?

– ¡Jasper, no mientas! -Exclamó Katherine-. Has venido a presumir del sombrero nuevo que me has regalado esta mañana. Stephen, ¿a que es precioso? ¿No te parece que eclipso al resto de las damas presentes en el parque, Constantine? -Estalló en carcajadas.

– Yo diría que esa pluma sería un arma letal -contestó Con-, si no se curvara bajo tu barbilla. Ese ángulo, sin embargo, la hace muy favorecedora. Y eclipsarías a todas las damas presentes aunque llevaras un cubo en la cabeza.

– ¡Vaya! -Exclamó Monty-. Un cubo me habría salido mucho más barato que el sombrero. Ya es demasiado tarde.

– Kate, es precioso, de verdad -comentó Stephen con una sonrisa.

– Pero no he venido para presumir del sombrero nuevo de mi esposa -protestó Monty-. He venido para presumir de esposa.

– Bueno, no diréis que no me he salido con la mía -dijo Katherine entre carcajadas-. He logrado un piropo de cada uno de vosotros. Constantine, ¿irás mañana al baile de Meg? Si vas, insisto en bailar una pieza contigo.

Stephen se olvidó por completo de la voluptuosa viuda de negro.

CAPÍTULO 02

A Cassandra le costó muy poco enterarse de que lady Sheringford iba á celebrar un baile. Echó una ojeada a la zona más concurrida de Hyde Park hasta localizar a un nutrido grupo de damas, cinco en total, que paseaban juntas por el sendero y mantenían una animada conversación entre ellas, e instó a Alice a acercarse a ellas y adelantarlas para escuchar lo que estaban diciendo.

Se enteró de más cosas de las que quería saber sobre la última moda en bonetes, como por ejemplo la identidad de aquellas que lucían de maravilla los nuevos modelos y la de aquellas que necesitaban que alguien reuniera el valor necesario para hacerles el favor de señalarles lo mal que les sentaban. Se enteró de las travesuras de sus hijos, que intentaban superarse entre sí. Las travesuras eran entrañables, o eso suponía ella, pero solo porque las víctimas eran las niñeras y las institutrices, no sus propias madres. Todos y cada uno de los niños descritos parecían unos consentidos sin remedio.

Sin embargo y a la postre, la tediosa conversación dio sus frutos. Tres de las damas planeaban asistir al baile de lady Sheringford que se celebraría la noche siguiente en la residencia del marqués de Claverbrook, en Grosvenor Square. Un hecho insólito, ya que según comentó una de las damas el anciano marqués había estado recluido en casa durante años y no salió hasta el día de la boda de su nieto, celebrada hacía ya tres años. No lo habían visto desde entonces. Pero parecía que iba a celebrarse un baile en su residencia.

No obstante, se rumoreaba que pasaba largas temporadas en el campo con su nieto y sus bisnietos, se enteró Cassandra a pesar de no tener ningún interés en las noticias. Y también se decía que su nieta política, la condesa, había encontrado la forma de acabar con su eterno mal humor.

El baile de lady Sheringford en Claverbrook House, en Grosvenor Square, se repitió Cassandra en silencio, memorizando los detalles más importantes de la conversación al tiempo que intentaba desentenderse de la irrelevante miríada de anécdotas.

Tres de las damas iban a asistir, aunque con gran renuencia, por supuesto. Era totalmente incomprensible que una dama tan respetable como lady Sheringford hubiera accedido a casarse con el conde después del gran escándalo que protagonizó unos años antes y que fue de tal magnitud que ninguna persona decente debería recibirlo. ¡Por Dios! Si hasta había tenido un hijo con esa espantosa mujer, que había abandonado a su legítimo esposo para huir con él, cosa que hicieron el día fijado para la boda del conde de Sheringford con su cuñada, la señorita Turner. Había sido un escándalo de los que hacían época.

Sin embargo, las tres irían al baile porque todo el mundo iba a asistir. Y además todo el mundo estaba intrigadísimo por saber cómo iba el matrimonio. No sería de extrañar que después de tres años estuviera haciendo aguas. Aunque no dudaban de que tanto el conde como su esposa se esforzarían por mostrar su mejor cara durante el baile.

Dos de las damas que conformaban el grupo no asistirían. Una porque tenía un compromiso previo, adujo con gran alivio a sus acompañantes. La otra porque se negaba a poner un pie en una casa donde estuviera el conde de Sheringford, aunque el resto del mundo se mostrara dispuesto a perdonar y a olvidar todo el asunto. No iría ni aunque le pagaran una fortuna. Acto seguido, señaló lo irritante que resultaba que su marido se negara en redondo a asistir a los bailes, sabiendo lo mucho que a ella le gustaba bailar.

La cosa cada vez pintaba mejor, pensó Cassandra. La reputación de la condesa estaba ensombrecida por la reputación de libertino y sinvergüenza de su esposo. Sería muy raro que le negaran la entrada a alguien, aun cuando no tuviera invitación. Era evidente que la reputación del conde atraería a un gran número de asistentes, pocos rechazarían la invitación, ya que la curiosidad era el pecado capital de la alta sociedad… y tal vez de la humanidad en su conjunto.

El baile de los Sheringford, pues. Sería la noche siguiente. El tiempo era oro. Le quedaba el dinero justo para pagar el alquiler de una semana y para comprar comida durante dos semanas más. Más allá de esa fecha se extendía un aterrador vacío en el que necesitaría dinero pero no tendría modo alguno de obtenerlo.

Y no estaba sola; de ella dependían otras personas que requerían un techo bajo el que cobijarse y pan que llevarse a la boca. Unas personas que no podían ganarse la vida por sí solas, por diversos motivos.

Alice paseaba en silencio y con gesto desabrido a su lado. Cassandra la había mandado callar en cuanto adelantaron a las cinco damas. Su silencio era ensordecedor y crítico. A Alice no le gustaba la idea en absoluto y su postura era comprensible. Si se volvieran las tornas, a ella tampoco le haría gracia quedarse de brazos cruzados mientras Alice o Mary planeaban prostituirse para que ella pudiera comer.

Por desgracia, no tenía alternativa. O en caso de tenerla, no la veía por ninguna parte, y eso que había pasado incontables noches en vela buscándola.

Echó un vistazo a su alrededor mientras caminaban, con la extraña sensación de encontrarse en una mascarada, oculta su identidad tras una máscara y un dominó. El velo negro era su máscara y el recatado vestido de viuda, su dominó. Podía ver el mundo exterior, aunque poco, pero nadie podía verla a ella.

Eso sí, se estaba asando por culpa de la ropa negra y del velo. Ojalá se nublara un poco, deseó en vano, ya que las nubes eran muy pocas y estaban dispersas.

Daba la impresión de que la alta sociedad en pleno se había congregado en ese reducidísimo tramo de Hyde Park. Se le había olvidado lo concurrido que estaba el parque durante la hora del paseo. Nunca había participado de la costumbre, sin embargo. Se había casado muy joven y no fue presentada en sociedad ni disfrutó de una temporada social. Su mirada pasó sobre las damas, reparando en sus coloridos atuendos, tan costosos y tan a la moda. Sin embargo, no les prestó la menor atención. Ellas no le importaban en absoluto.

Estaba estudiando a los caballeros con ojo crítico. Había muchos, de todas las edades y condiciones. Algunos le devolvieron la mirada pese a su disfraz, que debía de ser especialmente desagradable. No vio a ninguno en concreto que le gustara. Claro que tampoco era obligatorio que le gustara el caballero que se encargaría de llenar sus bolsillos vacíos.

De repente, se fijó en dos caballeros en particular, y no solo porque eran jóvenes y apuestos, que lo eran, sino porque había tal contraste entre ellos que creyó estar contemplando a un demonio y a un ángel.

El demonio era el mayor de los dos. Calculó que rondaría los treinta y cinco años. Era moreno de piel y de pelo, de rostro apuesto, aunque su gesto era adusto, y de ojos negros. Parecía un hombre peligroso, y se estremeció ligeramente pese al intenso calor que sentía.

El ángel era más joven, seguramente incluso más joven que ella. Tenía el pelo rubio y una belleza clásica, con facciones simétricas y gesto sincero y simpático. Tanto su boca como sus ojos, que estaba convencida de que eran azules, daban muestras de que sonreía a menudo.

Su mirada se demoró en el ángel. Era alto y estaba muy elegante sobre su montura, haciendo alarde de unas musculosas piernas, gracias a los ajustados pantalones de montar de color crema y las botas negras, que se abrazaban a los flancos del caballo. Era delgado, pero la chaqueta verde oscuro dejaba claro que tenía un cuerpo proporcionado. Se amoldaba a su cuerpo como una segunda piel, y estaba segura de que a su ayuda de cámara le había costado la misma vida ponérsela.

Tanto el ángel como el demonio se habían fijado en ella y la estaban mirando. El demonio dejaba ver su admiración sin disimulos, mientras que el ángel parecía mirarla con cierta compasión por su viudez.

Sin embargo, en ese momento vieron a un conocido que los distrajo. En realidad eran dos personas, ambas a caballo, una dama muy elegante y un caballero que parecía imposible que fuera tan guapo.

El ángel sonrió.

Y tal vez selló su destino.

Tenía un aire de inocencia que armonizaba con su aspecto angelical. Sin duda alguna era un hombre muy rico… En ese momento se percató de que las damas que caminaban tras ella estaban hablando de él.

– ¡Ay! -suspiró una de ellas-. Ahí está el conde de Merton con el señor Huxtable. ¿Habéis visto a un hombre más apuesto? Además de guapo, es rico y tiene propiedades. Y un título. Y el pelo rubio, los ojos azules, los dientes perfectos y una sonrisa encantadora. No me parece justo que un solo hombre lo tenga todo. Si tuviera diez años menos… y siguiera soltera…

Las cinco damas se echaron a reír.

– Pues yo creo que me quedaría con el señor Huxtable -dijo otra-. De hecho, estoy convencida de que lo haría. Ese pelo tan oscuro, ese aire taciturno y esas facciones griegas… No me importaría que me hiciera una visita a la cama algún día que Rufus no estuviera en casa. -Se produjo un coro de exclamaciones escandalizadas y de risillas.

En ese momento Cassandra miró a Alice y se percató de que había apretado tanto los labios que casi no se le veían y de que tenía las mejillas coloradas.

Un ángel con inocencia, fortuna y título nobiliario, pensó. ¿Había una mezcla más potente?

– Estoy segura de que o bien acabo derretida en el suelo o bien estallo en un millón de pedacitos -comentó-. Y ninguna de las dos cosas me haría gracia. ¿Te parece que nos volvamos a casa, Alice?

– A algunas personas deberían lavarles la boca con jabón -dijo su antigua institutriz mientras atravesaban el prado, donde apenas había gente-. Con razón los niños son tan maleducados, Cassie. Y luego esperan que las institutrices disciplinen a sus criaturitas sin reñirles y sin levantarles la mano.

– Tiene que ser indignante para ti -comentó ella.

Caminaron en silencio un rato.

– Vas a ir a ese baile, ¿verdad? -Preguntó Alice cuando salieron a la calle-. Al de lady Sheringford.

– Sí -contestó-. No tendré problemas para entrar, no te preocupes.

– No me preocupa que no puedas entrar -replicó Alice con sequedad.

Cassandra volvió a sumirse en el silencio. No tenía sentido seguir discutiendo el asunto. Alice debió de llegar a la misma conclusión, porque tampoco dijo nada más.

El conde de Merton.

El señor Huxtable.

Un ángel y un demonio.

¿Asistirían al baile?

Claro que aunque no lo hicieran, muchos otros caballeros sí lo harían.

Cassandra se vio obligada a gastar parte de su menguante y escaso dinero en el alquiler de un carruaje que la llevara a Grosvenor Square a la noche siguiente. No sería sensato recorrer a pie esa distancia de noche, ataviada con sus mejores galas, y sin la compañía de un sirviente. Aun así, no realizó todo el trayecto en carruaje. Le indicó al cochero que la dejara antes de entrar en la plaza y la atravesó a pie.

Había planeado llegar un poco tarde. Pese a ese detalle, había una hilera de elegantes carruajes a la espera de llegar a las puertas de una de las mansiones, resplandeciente por la luz de las velas del interior. Una alfombra roja cubría los escalones y parte de la acera para que los invitados no se mancharan los zapatos.

Cassandra atravesó la plaza, llegó a la alfombra, subió los escalones de entrada y se coló en la casa aprovechando la llegada de un nutrido y ruidoso grupo de invitados. Le dio su capa a un criado, que le hizo una reverencia respetuosa mientras ella murmuraba su nombre, pero que no hizo ademán alguno de ponerla de patitas en la calle. Caminó hasta la escalinata y la subió despacio, junto con otras personas. A esa hora seguro que los anfitriones todavía estaban en la puerta del salón de baile recibiendo a sus invitados, razón del retraso. Justo lo que había esperado evitar llegando más tarde.

Se le había olvidado, si acaso alguna vez lo había aprendido, que para llegar tarde a un acto de la alta sociedad había que llegar tardísimo.

Las personas se saludaban las unas a las otras a su alrededor. Todo el mundo parecía muy contento. Nadie le dirigió la palabra a esa mujer solitaria que aguardaba en medio del grupo. Claro que tampoco gritaron escandalizados ni la señalaron con un dedo mientras exigían que sacaran a rastras a esa impostora. Que supiera, nadie la estaba mirando, claro que como ella tampoco miraba a los demás, no estaba segura de ese punto.

Tal vez nadie la recordara después de todo. Había visitado Londres en dos o tres ocasiones con Nigel, y habían asistido a muy pocos acontecimientos juntos. De todas maneras, era muy improbable que alguien la reconociera esa noche.

Esa esperanza no tardó en hacerse añicos. Con voz distante y lánguida, le dijo su nombre a un criado elegantemente ataviado con librea que esperaba junto a la puerta del salón de baile y aunque consultó la lista que tenía en la mano y fue evidente que no encontró su nombre, ella apenas titubeó. Enarcó una ceja y cuando el criado la miró, compuso la expresión más altanera de la que fue capaz, de modo que el hombre acabó diciéndole el nombre al mayordomo que esperaba al otro lado de la puerta y que a su vez lo anunció en voz alta y clara. Todos los invitados presentes en el salón de baile debieron de escucharlo, pensó ella, y lo habrían hecho aun cuando hubieran estado tarareando con los oídos tapados.

– Lady Paget -anunció el mayordomo.

Y con esas dos palabras se desvaneció su esperanza de mantener el anonimato.

Cassandra procedió a estrecharles la mano a la dama de pelo oscuro que supuso que era la condesa de Sheringford y al apuesto caballero que tenía al lado, que debía de ser el infame conde. Sin embargo, no tuvo tiempo de observar a la pareja a placer. Le hizo una reverencia al anciano que estaba sentado junto a ellos. Supuso que se trataba del ermitaño marqués de Claverbrook.

– Lady Paget -la saludó la condesa con una sonrisa-, estamos encantados de que haya podido venir.

– Disfrute del baile, señora -dijo el conde, también con una sonrisa.

– Lady Paget -dijo el marqués con voz gruñona al tiempo que inclinaba la cabeza.

Estaba dentro.

En un abrir y cerrar de ojos.

Aunque su nombre la había precedido.

Tenía el corazón a punto de salírsele del pecho, de modo que abrió el abanico y comenzó a abanicarse con gesto lánguido mientras se adentraba en el salón de baile caminando despacio. No fue fácil. La estancia estaba abarrotada. Las cinco damas del día anterior habían estado en lo cierto al afirmar que irían muchas personas, aunque solo fuera por la malsana esperanza de ver cómo el matrimonio que habían visto celebrarse tres años atrás hacía aguas.

Su primera impresión de los condes había sido buena. Tal vez porque podía identificarse con su notoriedad y conocía perfectamente el dolor que debió de causarles… y que seguramente todavía les causaba.

Estar sola no era una sensación agradable. Todas las damas parecían contar con un acompañante, una pareja o una carabina. Todos los caballeros parecían formar parte de un grupo.

Sin embargo, no solo era su aislamiento lo que la inquietaba. Era la atmósfera del salón de baile. Sintió un escalofrío en la espalda al comprender que otras muchas personas habían escuchado su nombre, además de los condes de Sheringford y del marqués de Claverbrook. Y aquellos que no lo habían hecho en su momento lo estaban haciendo en ese preciso instante, ya que los susurros corrían rápidamente por el salón. Tan rápidos como la pólvora.

Se detuvo, abrió el abanico de nuevo y empezó a abanicarse muy despacio mientras miraba a su alrededor con la barbilla en alto y una leve sonrisa en los labios.

Nadie la miraba directamente. Y sin embargo todo el mundo la veía. Era una contradicción curiosa, pero muy cierta. Nadie se había apartado de ella mientras paseaba y nadie la evitaba de forma exagerada una vez quieta, pero se sentía aislada en un mar de vacío, como si la rodeara un aura invisible de medio metro de grosor.

Aunque al mismo tiempo se sentía desnuda.

Evidentemente, ya había previsto algo así. Había decidido no utilizar un nombre falso ni su apellido de soltera. Y había ido con la cara descubierta. No tenía un velo negro tras el que ocultarse. Era inevitable que alguien la reconociera.

Sin embargo, no creía que la echaran aunque eso sucediera.

De hecho, toda esa atención bien podría jugar a su favor. Si la alta sociedad había asistido esa noche al baile para ver a un hombre que en el pasado se fugó con una mujer casada, ¿no encontraría muchísimo más fascinante a la asesina del hacha? Era consciente de que los rumores y los cotilleos preferían esa descripción de su persona a cualquier aproximación a la verdad.

Miró a su alrededor de forma deliberada, convencidísima de que nadie iba a devolverle la mirada y a pillarla. No reconoció a nadie. Se concentró en los caballeros, y se dio cuenta de la difícil tarea que se había impuesto. Había jóvenes y viejos, y de cualquier edad intermedia, y todos iban de punta en blanco. Sin embargo, no había modo de saber quiénes estaban casados y quiénes solteros, quiénes eran ricos y quiénes pobres, quiénes tenían firmes valores morales y quiénes eran unos libertinos… y quiénes se encontraban en algún estadio intermedio en dicha escala. No disponía de tiempo para averiguar lo que necesitaba saber antes de tomar una decisión y pasar a la acción.

Y en ese momento su mirada se posó en una cara familiar. En realidad, en tres caras. Allí estaba el demonio del día anterior, con el mismo aspecto satánico vestido con el traje de gala negro. A su lado estaba la amazona del paseo, con la mano sobre su brazo, riendo y hablando. El caballero que le pareció tan exageradamente guapo observaba la escena con una sonrisa alegre en los labios.

El demonio la miró desde el otro lado de la estancia, directamente a los ojos. Cassandra movió despacio el abanico y le devolvió la mirada. El hombre enarcó una ceja antes de inclinar la cabeza para decirle algo a la dama, que se echó a reír de nuevo. Supuso que no estaban hablando de ella.

El demonio era el señor Huxtable. Siguió mirándolo un poco más. Le había proporcionado una excusa, que ella podría utilizar más adelante si no se le presentaba nada mejor.

«Antes le vi mirándome, señor -podría decirle-. Y desde entonces no dejo de pensar si nos hemos visto antes. Por favor, sáqueme de dudas.»

Ambos sabrían que no se habían visto antes, y él sabría que lo había hecho de forma intencionada. Sin embargo, ya tendría la puerta abierta y se aseguraría de que el señor Huxtable la atravesara.

Salvo por el hecho de que estaba convencida de que era un hombre peligroso. Y al fin y al cabo, ella no era una cortesana experimentada. Solo era una mujer desesperada que se sabía atractiva a ojos de los hombres. Esa característica le había parecido una desventaja durante años. Esa noche la convertiría en una ventaja.

Dejó de mirarlo y siguió con su escrutinio. Y en ese momento, justo al otro lado del salón, vio a su ángel.

Parecía incluso más guapo que el día anterior en el parque. Iba ataviado con un frac negro, unas calzas plateadas, un chaleco bordado, una prístina camisa blanca, y corbata y medias de ese mismo color. Era alto y de constitución perfecta, delgado pero musculoso en los lugares precisos. Su pelo rubio, aunque corto y bien peinado, tenía tendencia a rizarse y daba la impresión de que estaría alborotado sin una mano experta. También parecía un resplandeciente halo alrededor de su cabeza.

Estaba con una dama y un caballero tan parecido al señor Huxtable que tuvo que mirar de nuevo al susodicho a fin de comprobar que no había atravesado a toda velocidad el salón para colocarse delante de ella. Sin embargo, ese hombre no iba vestido de negro y su rostro era mucho más agradable. Aunque podían ser hermanos. Incluso gemelos.

Miró una vez más al ángel, al conde de Merton. Era el único caballero del salón del que sabía algo. Si se fiaba de los comentarios de las cinco damas del parque, y ya habían acertado al predecir el éxito del baile, era un hombre muy rico. Y estaba soltero.

Y tenía un aura de inocencia. ¿Eso era algo bueno o malo?

En ese preciso instante, tal como le había sucedido con el señor Huxtable, sus ojos se encontraron a través de la distancia.

El ángel no le sonrió. Ni tampoco enarcó una ceja con gesto burlón. Se limitó a mirarla de frente mientras ella se abanicaba y le regalaba una ligera sonrisa antes de arquear las cejas. El conde inclinó ligeramente la cabeza a modo de saludo… y alguien se interpuso entre ellos, bloqueándole la visión.

Le latía el corazón con fuerza. El juego había comenzado. Ya había hecho su elección.

Por fin llegó la hora de comenzar el baile, aunque calculó que no llevaba más de cinco o diez minutos en el salón. Los condes de Sheringford salieron a la pista y los demás los imitaron. El conde de Merton, según comprobó, estaba en la línea de los caballeros y le sonreía a su pareja de baile, una jovencita muy guapa. La orquesta, tras recibir la señal, tocó un acorde y las damas hicieron una reverencia que fue correspondida por los caballeros. Comenzó una alegre contradanza.

Por su parte, Cassandra retomó el atento escrutinio de los caballeros presentes mientras ese mar de vacío que la rodeaba parecía expandirse.

Stephen había cenado en Claverbrook House con sus hermanas y sus cuñados, y también con el marqués de Claverbrook y con sir Graham y lady Carling, el padrastro y la madre de Sherry.

Meg estaba nerviosísima por el baile. Estaba convencida de que nadie asistiría, a pesar de que todo el mundo le había dado la razón a Monty cuando afirmó que habría que echar abajo las paredes del salón de baile antes de que acabara la noche para dejar espacio a todos los que querían entrar.

Y a pesar de que casi todo aquel que había recibido una invitación había confirmado su presencia.

El baile había sido idea de Meg. En palabras de su hermana, no tenía sentido regresar a la ciudad ese año si iban a entrar a hurtadillas en Londres con la esperanza de que nadie se diera cuenta. Lo mejor era coger el toro por los cuernos y organizar un gran baile en plena temporada social. El abuelo de Sherry, que llevaba años sin salir de casa antes de que Meg se casara con su nieto y que desde entonces tampoco se prodigaba mucho salvo por sus frecuentes y largas visitas al campo, los sorprendió a todos al ofrecer Claverbrook House para celebrar el acto antes de que Elliott o Stephen mismo pudieran ofrecer sus residencias londinenses.

Después de la cena, Meg se convirtió en un manojo de nervios. Al menos, hasta que los invitados comenzaron a llegar… y siguieron llegando y llegando hasta que los primeros en llegar empezaron a preguntarse cuándo daría comienzo el baile propiamente dicho.

Por supuesto, hubo una gran distracción que hizo que todo el mundo se olvidara de la larga espera. Alguien se había colado. Una mujer que había aparecido escandalosamente sola. Una dama que poseía el título de baronesa, lady Paget. También era muy famosa, aunque la palabra se quedaba corta. Había matado a su marido un año atrás. O ese era el rumor que le llegó a él.

Con un hacha.

– Pues yo lo dudo mucho -afirmó Vanessa, la duquesa de Moreland, a Elliott y a él mismo. Se encontraba entre ambos a la espera de que Meg y Sherry abandonaran la recepción para abrir el baile-. ¿Cómo pudo coger un hacha sin que los jardineros se lo impidieran o le preguntaran qué quería hacer para evitarle el trabajo? Sería imposible que les dijera que iba a descuartizar a lord Paget, ¿verdad? Ni tampoco pudo preguntarles si eran tan amables de ahorrarle el esfuerzo. Además, a menos que sea una mujer muy fuerte, no habría sido capaz de levantar el hacha lo suficiente para herirlo por encima de los tobillos.

– En eso tienes razón -comentó Elliott con voz risueña.

– Y si de verdad lo mató -prosiguió Vanessa- y si hay pruebas de que lo hizo… Vamos, si hay alguien que la vio blandir el hacha… ¿por qué no la han detenido?

– Lo habrían hecho sin pérdida de tiempo -contestó Elliott-. Y posiblemente no habría tardado en acompañar a su difunto marido en su último viaje… llevando un bonito collar en torno al cuello. Desde luego que no estaría en el salón de baile de Claverbrook House en busca de alguien con quien bailar.

Vanessa le echó una mirada suspicaz a su marido.

– Te estás riendo de mí -lo acusó.

– En absoluto, amor mío. -Elliott le cogió una mano y se la llevó a los labios, guiñándole un ojo a Stephen mientras lo hacía.

– Pues yo estoy contigo, Nessie -dijo Stephen-. Creo que podemos descartar el detalle del hacha. Y tal vez todo lo demás. Solo espero que su inesperada aparición no arruine el baile de Meg.

– Será la comidilla durante semanas -vaticinó Elliott-. ¿Qué anfitriona podría pedir un entretenimiento mejor? Apostaría lo que fuera a que ya ni recuerdan de lo que acusan al pobre Sherry. Sus supuestos crímenes quedarán eclipsados por la asesina del hacha. Ciertamente, creo que deberíamos darle las gracias a la dama en persona.

Vanessa le lanzó otra mirada suspicaz a su esposo y Stephen miró hacia donde se encontraba lady Paget de pie, rodeada por un espacio vacío como si las personas que se encontraban más cerca de ella esperasen que sacara un hacha de debajo del vestido y comenzara a asestar golpes.

La había mirado una vez, cuando el rumor le llegó y alguien le indicó de quién se trataba. No quería que la pobre mujer se creyera el centro de todas las miradas.

¿Por qué había cometido la tontería de asistir al baile? Y además sola. Y sin invitación. Claro que si esperaba a recibir alguna, podría esperar sentada en casa el resto de su vida.

Era una mujer alta y voluptuosa. Y el vestido que llevaba no ocultaba sus curvas. Era de un verde esmeralda y caía plisado desde debajo del pecho. Si su figura fuera menos exuberante, las faldas la envolverían sin amoldarse a su cuerpo. Sin embargo, le marcaban la cintura, las caderas y las largas y torneadas piernas. El vestido era de manga corta y su escote dejaba muy poco a la imaginación. Salvo por los largos guantes blancos, el abanico y los escarpines, no llevaba más adornos. No lucía joyas ni plumas en el pelo. Era una idea muy inteligente. Porque su pelo era su rasgo más esplendoroso. Era de un brillante rojo y lo llevaba recogido en la coronilla, salvo por algunos mechones que le caían por el cuello e invitaban a contemplar la cremosa blancura de su piel y el elegante arco de su cuello. Su rostro era la belleza en estado puro, pese a la expresión hastiada, altiva y ligeramente desdeñosa que lucía… Una de las mejores máscaras que había visto. Dudaba mucho que se sintiera tan segura como aparentaba. Era imposible distinguir el color de sus ojos, pero tenían un levísimo sesgo almendrado que los hacía muy intrigantes.

Se había percatado de todos esos detalles cuando la miró por primera vez. Sin embargo, en esa segunda ocasión se dio cuenta de que ella lo miraba con descaro. Resistió el primer impulso, que fue el de apartar la mirada a toda prisa. Seguramente eso fuera lo que estaban haciendo los demás. De modo que le devolvió la mirada. Y ella no la apartó, como había esperado que hiciera. La vio cerrar el abanico muy despacio, enarcar las cejas con gesto arrogante y esbozar una media sonrisa que no alcanzaba a serlo.

La saludó con una inclinación de cabeza justo cuando Carling y su esposa se acercaban a ellos para decirles que el baile estaba a punto de comenzar.

De modo que se marchó en busca de lady Christobel Foley, que había pasado por su lado acompañada de su madre en cuanto entraron en el salón de baile y se detuvo para saludarlo. Antes de que se alejaran, acordaron que la pieza reservada el día anterior en el parque fuera la primera y que bailarían otra pieza más.

Volvió a mirar hacia lady Paget cuando estaba con su pareja de baile a la espera de que la orquesta empezara a tocar. La encontró en el mismo lugar, aunque ya no lo miraba.

Y de repente la reconoció. Aunque aún tenía sus dudas. De todas formas, estaba casi convencido de que lady Paget era la viuda vestida de negro que Con y él habían visto en el parque mientras daban un paseo a caballo.

Sí, sin duda era ella, aunque tenía un aspecto radicalmente distinto.

El día anterior se ocultaba tras un impenetrable disfraz.

Esa noche se exponía abiertamente al asombro y a la crítica de la alta sociedad.

Esa noche solo llevaba el disfraz de su gélida indiferencia, o más bien de su desprecio por la opinión de los demás.

CAPÍTULO 03

La segunda pieza sería la decisiva, se dijo Cassandra. No podía seguir plantada allí toda la noche sin hacer el ridículo… porque de esa forma la dolorosa experiencia habría sido en vano.

Sin embargo, cuando terminó la primera pieza, los condes de Sheringford fueron a hablar con ella. Los vio acercarse y abrió el abanico una vez más. Esbozó una leve sonrisa y enarcó una ceja. Si iban a pedirle que se marchara, no le daría a nadie la satisfacción de verla humillada.

– Lady Paget, pese a todos nuestros esfuerzos por mantener una temperatura agradable en el salón abriendo todas las ventanas, hace demasiado calor aquí dentro -dijo el conde-. ¿Le apetece que le traiga algo de beber? ¿Tal vez un poco de vino, de jerez o ratafía? ¿O limonada?

– Una copa de vino me vendría de maravilla -contestó-. Gracias.

– ¿Maggie? -le preguntó el conde a su esposa.

– Otra para mí, Duncan -respondió la condesa, que lo siguió con la mirada.

– Su baile es todo un éxito -comentó Cassandra-. Debe de sentirse orgullosa.

– Ha sido un enorme alivio -admitió la anfitriona-. Antes de casarme organicé un sinfín de actos para mi hermano y no me puse nerviosa en ninguna de las ocasiones. Nunca pensaba que pudiera suceder una catástrofe que estropeara el acontecimiento. Este es el primer baile que organizo en Londres desde que me casé hace tres años, y todo parece distinto, sobre todo mi confianza. Tal vez deberíamos haber vuelto antes, pero hemos sido muy felices en el campo con nuestros hijos.

Eso quería decir que ella era la catástrofe que podría arruinar esa noche en particular. Apretó los labios pero no dijo nada.

– Me aterraba la idea de que nadie viniera al baile -prosiguió lady Sheringford-, salvo mis hermanos y mi suegra, aunque era un consuelo saber que todos vendrían con sus cónyuges… salvo mi hermano, claro. Ya que todavía no se ha casado.

– No tendría que haberse preocupado -le aseguró Cassandra-. Las personas con cierta reputación siempre llaman la atención. La gente es curiosa por naturaleza.

La condesa enarcó las cejas y habría hecho algún comentario, pero su esposo regresó en ese momento con las bebidas.

– Tal vez, lady Paget -le dijo el recién llegado mientras ella bebía un sorbo de vino-, pueda concederme el honor de bailar la próxima pieza.

Respondió a la invitación con una sonrisa, que trasladó a la condesa antes de devolverla a lord Sheringford.

– ¿Está seguro de que prefiere bailar conmigo en vez de pedirme que me vaya de Claverbrook House? -le preguntó.

– Totalmente seguro, señora -contestó él con una sonrisa al tiempo que miraba a su esposa.

– Tenemos bastante experiencia con… ciertas reputaciones, lady Paget -comentó la condesa-. La suficiente para no reparar en la de los demás. Sobre todo cuando la persona en cuestión es nuestra invitada.

– Sin invitación -puntualizó ella, que bebió otro sorbo de vino.

– Aunque no tenga invitación -le aseguró la condesa, que se echó a reír de repente-. Conocí a mi esposo durante un baile al que no había sido invitado. Siempre he agradecido que nos encontráramos allí. Quizá no lo habría conocido de no ser así. Por favor, disfrute de la velada. -Alguien acababa de tocarle el hombro y lady Sheringford se giró para ver de quién se trataba.

Era el demonio, comprobó Cassandra… el señor Huxtable.

– ¡Ah, Constantine! -Exclamó la condesa con una cálida sonrisa-. ¡Por fin llegas! Ya me veía como un florero viendo bailar a los demás porque se te había olvidado que tenías que bailar la siguiente pieza conmigo.

– ¿Cómo se me iba a olvidar? -Replicó el señor Huxtable, que se golpeó el pecho con una mano-. Llevo todo el día deseando que llegue este preciso momento, Margaret.

– ¡Hay que ver qué tonto eres! -Lady Sheringford se echó a reír-. ¿Conoces a lady Paget? Señora, le presento a Constantine Huxtable, mi primo segundo.

El señor Huxtable la miró con esos ojos tan oscuros e hizo una reverencia.

– Lady Paget, es un placer -le dijo.

– Señor Huxtable -replicó ella después de saludarlo con una inclinación de cabeza y empezar a abanicarse.

Captó el interés en su mirada, aunque fue muy respetuoso. Sin embargo, decidió que quedaba totalmente descartado. Porque también captó algo desagradable y peligroso en esos ojos, como si estuviera advirtiéndole sin necesidad de palabras que tendría que vérselas con él en caso de que tuviera la intención de arruinar de alguna manera el baile de su prima segunda. Sería un desafío demasiado arriesgado. Si solo fuera un juego, habría resultado interesante. Pero era algo muchísimo más importante.

– Tu baile es todo un éxito, Margaret -le dijo a su prima-. Tal como vaticiné. -Esos ojos negros no la abandonaron mientras hablaba.

Cassandra apuró su copa de vino.

– Creo que la música está a punto de comenzar -dijo lord Sheringford, quitándole la copa vacía de las manos para dejarla en una mesa situada junto a la pared-. Si me permite… -Le ofreció el brazo.

– Gracias. -Aceptó su brazo y dejó que el abanico colgara de la cinta que lo aseguraba a su otra muñeca.

Se preguntó si los condes de Sheringford solo querían reducir los daños que su presencia en el baile podría causarles o si estaban siendo amables de forma sincera. Sospechaba que se trataba de lo primero, pero fuera como fuese les estaba agradecida.

Miró al conde con curiosidad mientras se colocaban en sus posiciones. ¿Cómo fue capaz de abandonar a su pobre novia el día de su boda? Sin embargo, casi se echó a reír al pensar que él podría estar mirándola con curiosidad y preguntándose cómo había sido capaz de matar a su propio marido. Con un hacha, nada menos.

La orquesta empezó a tocar y ella aprovechó para echar un vistazo a su alrededor mientras bailaban. Se habían convertido en el centro de muchas miradas. Las dos personas más infames del salón. Pero ¿por qué mirarlos? ¿Qué creía la gente que iba a suceder? ¿Qué esperaban que sucediera? ¿Creían que el conde iba a cogerla de la mano y que correrían juntos hacia la puerta del salón, protagonizando una irreflexiva huida hacia la libertad?

Esa imagen hizo que sonriera con sinceridad, aunque la sonrisa fue algo desdeñosa. En ese preciso instante sus ojos se encontraron con los del conde de Merton. Estaba bailando con la dama con quien lo había visto hablar antes de que el baile diera comienzo.

El conde le devolvió la sonrisa.

Sí, le había sonreído a ella. Porque después volvió a mirar a su pareja de baile sin reparar en nadie más e inclinó la cabeza para escuchar lo que le estaba diciendo.

Stephen estaba bailando la segunda pieza con Vanessa. La habría bailado con lady Paget si no hubiera invitado previamente a su hermana. Se alegraba muchísimo de que Meg y Sherry hubieran ido a hablar con ella después de la primera contradanza y de que Sherry la sacara a la pista para la segunda pieza de la noche. Sentía mucha lástima por esa mujer.

Aunque tal vez no debiera tenérsela. Donde había humo, siempre solía haber fuego, aunque solo fuera un rescoldo. No creía esa historia de la asesina del hacha, aunque era más una simple descripción que una historia, ya que no había detalles que ampliaran la información. De hecho, no terminaba de creer la historia del asesinato en sí. Lady Paget estaría encarcelada si fuera cierta. Y dado que había pasado más de un año desde la muerte de su marido, a esas alturas ya estaría muerta. La habrían ahorcado.

Puesto que estaba vivita y coleando, y en el baile de Meg, o bien no había asesinado a su esposo o bien no había pruebas fehacientes de que lo hubiera hecho, porque de lo contrario la habrían detenido.

No obstante, parecía lo suficientemente osada como para ser una asesina. Y esa maravillosa melena sugería una naturaleza apasionada y un fuerte temperamento. A pesar de lo que Nessie había comentado sobre la dudosa capacidad de una mujer para blandir un hacha, lady Paget le parecía lo bastante fuerte.

Aunque todo eso no eran más que especulaciones e ideas impropias de él. No sabía nada ni sobre ella ni sobre las circunstancias en las que había muerto su esposo. Y tampoco era de su incumbencia.

De todas maneras, se compadecía de ella porque sabía que casi todos los presentes estaban pensando lo mismo que él y porque muy pocos pondrían freno a dichos pensamientos ni le otorgarían a la dama el beneficio de la duda.

Bailaría la siguiente pieza con ella, decidió, pero eso fue antes de recordar que sería un vals y que a él le gustaba bailarlo con jovencitas, ya que se acercaban más a su ideal de belleza femenina. Ese en especial quería bailarlo con alguna jovencita, porque era la pieza previa a la cena y así podría compartirla con ella. Tenía a varias candidatas en mente, aunque todas estaban muy demandadas y tal vez ya tuvieran comprometido el vals. Algunas, por supuesto, ni siquiera podrían bailarlo porque todavía no tenían el permiso del comité organizador de Almack's. El vals todavía se consideraba un baile demasiado descocado para las jovencitas inocentes.

De modo que decidió bailar con lady Paget la pieza posterior a la cena. Tal vez algún caballero tendría la bondad de bailar con ella el vals o al menos darle conversación durante el mismo. Tal vez ni siquiera se quedara hasta después de la cena. Tal vez se marchara sin que nadie se diera cuenta, consciente de que su reputación la había precedido. Sería un alivio que se fuera. No le apetecía mucho bailar con ella.

La señorita Susanna Blaylock ya le había reservado el vals a Freddie Davidson, descubrió cuando se acercó a ella después de la segunda pieza. La muchacha parecía muy decepcionada dijo que tenía libre la siguiente pieza. Que reservó para él. Por supuesto, era tras la cena.

Y después, antes de que pudiera continuar con su búsqueda de pareja para el vals, unos cuantos conocidos lo introdujeron en su conversación para preguntarle si creía más acertado que uno de ellos comprara una pareja de bayos o una pareja de tordos para su nuevo tílburi. ¿Qué quedaría más lucido? ¿Qué sería más manejable? ¿Y más a la moda? ¿Más rápido? ¿Más adecuado para los colores de su tílburi? ¿Qué preferirían las damas? Se sumó a la discusión y a las carcajadas que esta suscitó.

Si no se alejaba pronto del grupo, pensó al cabo de unos minutos, no quedaría ninguna dama libre con la que bailar… y detestaba no bailar el vals.

– ¿Por qué no uno bayo y otro tordo? -Propuso con una sonrisa-. Eso sí que llamaría la atención que tanto buscas, Curtiss. Ahora, si me perdonáis… -Se giró mientras hablaba y no terminó la frase porque estuvo a punto de darse de bruces con alguien que pasaba a su lado. El instinto hizo que cogiera a la mujer de los brazos para evitar tirarla al suelo-. Le pido disculpas -dijo, y se encontró cara a cara y con los ojos casi a la misma altura que los de lady Paget-. Debería mirar por donde voy.

La dama no hizo ademán alguno por apartarse. Estaba abanicándose muy despacio con un abanino de varillas de marfil talladas con una delicada filigrana.

¡Por Dios, sus ojos eran del mismo color que su vestido! Nunca había visto unos ojos tan verdes y efectivamente eran almendrados. Rodeados por todo ese pelo rojo, resultaban extraordinarios. Sus pestañas eran espesas y largas, un poco más oscuras que el pelo, al igual que sus cejas. Llevaba un perfume que no consiguió identificar, un aroma floral, ni demasiado fuerte ni demasiado dulzón.

– Lo perdono -replicó ella con una voz aterciopelada tan sensual que le provocó un escalofrío.

Ya se había dado cuenta del calor que reinaba en el salón a pesar de que las ventanas estaban abiertas. Sin embargo, no había reparado hasta ese momento en el detalle de que la estancia se había quedado sin aire.

La dama esbozó el asomo de una sonrisa y siguió mirándolo.

En cualquier momento seguiría su camino, fuera el que fuese. No lo hizo. Tal vez porque… ¡ah! Tal vez porque seguía sujetándola por los brazos. La soltó con otra disculpa.

– Hace un momento lo he visto mirándome -dijo ella-. Yo lo miraba a usted, por supuesto, o no me habría dado cuenta. ¿Nos hemos visto antes?

Debía de saber que no se conocían ni de vista. A menos que…

– La vi en Hyde Park ayer por la tarde -contestó Stephen-. Tal vez le resulto familiar porque me vio allí pero no se acuerda. Llevaba luto.

– ¡Pero qué listo es usted! -exclamó ella-. Creí estar irreconocible con el velo. -En su mirada apareció un brillo risueño.

Sin embargo, Stephen no supo si estaba ocasionado por el buen humor o por un inexplicable desprecio.

– Me acuerdo muy bien -añadió lady Paget-. Me he acordado nada más verlo esta noche. ¿Cómo olvidarlo? Cuando lo vi en el parque me pareció usted un ángel, y lo he vuelto a pensar esta noche.

– ¡Caray! -Stephen se echó a reír con una mezcla de vergüenza y buen humor. Parecía que esa noche no estaba muy ágil para conversar-. Mucho me temo que las apariencias engañan, señora.

– Sí, puede ser -comentó ella-. Tal vez cuando nos conozcamos mejor, cambie mi opinión sobre usted… si acaso llegamos a conocernos mejor.

Ojalá su pecho no estuviera tan expuesto ni ella estuviera tan cerca. Sin embargo, se sentiría un poco tonto si daba un paso atrás en ese momento, ya que tendría que haberlo hecho en cuanto le soltó los brazos. Sabía que era imperativo mantener los ojos clavados en su cara.

Lady Paget tenía unos labios carnosos y una boca grande. Posiblemente fuera una de las bocas más apetecibles que había visto en la vida. No, estaba seguro de que no había visto nada igual. Un rasgo que añadir a una belleza ya de por sí perfecta.

– Le pido disculpas una vez más -dijo al tiempo que retrocedía por fin para hacer una ligera reverencia-. Soy Merton. A sus pies, señora.

– Ya lo sabía -contestó ella-. Cuando una ve a un ángel, tiene que averiguar su identidad enseguida. No hace falta que le diga quién soy yo.

– Es lady Paget -dijo-. Encantado de conocerla.

– ¿En serio? -Había entornado los párpados y lo miraba con los ojos entrecerrados. Su mirada seguía siendo risueña.

Por encima del hombro de lady Paget, Stephen vio que las parejas salían a la pista de baile. Los músicos preparaban sus instrumentos.

– Lady Paget, ¿le gustaría bailar el vals?

– Me encantaría… si tuviera pareja.

Y en ese momento la vio esbozar una sonrisa tan radiante que casi retrocedió otro paso.

– Déjeme que lo diga de otra manera. Lady Paget, ¿le gustaría bailar el vals conmigo?

– Me encantaría, lord Merton -contestó ella-. ¿Por qué cree que me he dado de bruces con usted?

Por Dios.

¡Por el amor de Dios! Le ofreció el brazo.

Y ella lo tomó con una mano de dedos largos enfundados en un guante blanco. Tal vez esa mano nunca hubiera blandido un hacha, pensó. Tal vez nunca hubiera sostenido un arma con intención letal. Pero era peligrosa de todas maneras.

Lady Paget era peligrosa.

El problema era que no entendía lo que quería decirle su mente con esa frase.

Iba a bailar el vals con la infame lady Paget… y a cenar con ella después.

Habría jurado que le hormigueaba la muñeca allí donde ella había posado la mano.

Por tonto que pareciera, se sentía demasiado joven, inocentón e ingenuo… y no era ninguna de esas cosas.

El conde de Merton era más alto de lo que Cassandra había creído en un principio. De hecho, le sacaba media cabeza por lo menos. Tenía hombros anchos y el torso y los brazos musculosos. No necesitaba rellenos para aderezar su figura. Era de cintura y caderas estrechas, y piernas largas y fuertes. Sus ojos eran de un azul intenso y parecían sonreír aunque el resto de su cara estuviera serena. Tenía una boca grande y de rictus afable. Siempre había pensado que los hombres morenos eran el epítome del atractivo masculino. Pero ese hombre en concreto era rubio y físicamente perfecto.

Tenía un aroma muy viril, con una nota almizcleña muy suave. Estaba segurísima de que era más joven que ella. También era muy popular entre las damas, cosa que no le extrañaba en absoluto. Había visto que las que no bailaban lo seguían con mirada anhelante durante las dos primeras piezas. Incluso lo miraban algunas que estaban bailando. A medida que se acercaba el momento de escoger pareja para el vals, vio que muchas lo observaban con creciente nerviosismo. No le cabía duda de que algunas jovencitas habían esperado hasta el último momento para aceptar otras parejas de baile menos deseadas.

Lo rodeaba un aura de sinceridad, casi de inocencia.

Le colocó una mano en el hombro y la otra en la mano cuando la tomó por la cintura con el brazo derecho y la música empezó a sonar.

No estaba obligada a proteger su inocencia. Había sido muy sincera con él. Le había dicho que lo recordaba del día anterior.

Había reconocido haber hecho averiguaciones sobre su identidad y había confesado que el encontronazo entre ellos había sido premeditado a fin de que la invitara a bailar. Era advertencia más que suficiente. Si era lo bastante tonto después de ese vals para seguir relacionándose con la infame lady Paget, la asesina del hacha, la matamaridos, él tendría la culpa de lo que sucediera a continuación.

Cerró los ojos un instante mientras lord Merton la hacía girar con los primeros compases de la música. Y cedió a una momentánea melancolía. Habría sido maravilloso relajarse durante media hora y disfrutar. Tenía la sensación de que su vida llevaba muchísimo tiempo desprovista de toda diversión.

Sin embargo, la relajación y la diversión eran lujos que no se podía permitir.

Lo miró a los ojos. Y él le devolvió la mirada con expresión risueña.

– Baila muy bien el vals -lo oyó decir.

«¿En serio?», se preguntó. Lo había bailado en una sola ocasión en Londres hacía muchos años y alguna que otra vez en las fiestas campestres. No se consideraba una experta en los pasos.

– Por supuesto que lo bailo bien… cuando tengo una pareja que lo baila todavía mejor.

– La menor de mis hermanas estará encantada de adjudicarse todo el mérito -comentó lord Merton-. Me enseñó a bailar hace años, cuando era un niño muy patoso que creía que el baile era cosa de niñas y que solo quería estar en el exterior, trepando a los árboles y nadando en el río.

– Su hermana fue muy lista -replicó ella-. Se dio cuenta de que los niños se convierten en hombres que acababan comprendiendo que el vals es un preludio necesario al cortejo.

Lo vio enarcar las cejas.

– O… -añadió-, a la seducción.

Esos ojos azules se clavaron en ella, pero el silencio se prolongó unos instantes.

– No estoy intentando seducirla, lady Paget -dijo a la postre-. Le pido disculpas si…

– Creo que es usted un perfecto caballero, lord Merton -lo interrumpió-. Sé que no está intentando seducirme. Es justo lo contrario. Soy yo quien intenta seducirlo a usted. Y estoy decidida a salirme con la mía, por cierto.

Siguieron bailando en silencio. La orquesta tocaba una conmovedora y lenta melodía. Giraron por la pista de baile mezclándose con el resto de las parejas. Los vestidos de las damas conformaban un calidoscopio de colores y las velas de los candelabros, un torbellino de luz. Por encima de la música se escuchaban voces que reían o conversaban.

Ella percibía el calor corporal de lord Merton procedente de su hombro y de la palma de su mano, y notaba cómo se extendía hasta su pecho, su vientre y la cara interna de sus muslos desde el resto de su cuerpo.

– ¿Por qué? -preguntó él en voz baja al cabo de un rato.

Echó la cabeza hacia atrás y esbozó una sonrisa deslumbrante.

– Porque es un hombre atractivo, lord Merton -contestó-, y porque no tengo el menor interés en enredarlo en un cortejo, como la mayoría de las jovencitas aquí presentes. Ya he estado casada en una ocasión, y la experiencia me basta para toda la vida.

El conde no correspondió a su sonrisa. Su mirada se tornó muy intensa. Pero de repente, su expresión se suavizó, sonrió de nuevo y esbozó una sonrisa que aumentaba su atractivo.

– Lady Paget, creo que le encanta escandalizar a los demás.

Ella se encogió de hombros y mantuvo el gesto, a sabiendas de que la postura revelaba todavía más sus pechos. Hasta ese momento, lord Merton había sido un perfecto caballero. Sus ojos no habían bajado más allá de su barbilla. Sin embargo, en ese instante bajó la mirada y un ligero rubor le tiñó las mejillas.

– ¿Está preparado para casarse? -le preguntó-. ¿Está buscando una esposa? ¿Quiere sentar cabeza y comenzar a tener descendencia?

La música había llegado a su fin y estaban de pie, mirándose el uno al otro, a la espera de que la orquesta interpretara la segunda melodía del vals.

– No, señora -respondió él con seriedad-. La respuesta a todas sus preguntas es no. Todavía no. Lo siento, pero…

– Veo que estaba en lo cierto -dijo-. ¿Cuántos años tiene, lord Merton?

La melodía resultó más alegre que la anterior. Y la expresión del conde se tornó risueña una vez más. -Tengo veinticinco -le contestó.

– Y yo veintiocho -repuso ella-. Y por primera vez en la vida soy libre. Ser viuda conlleva una maravillosa libertad, lord Merton. Por primera vez en la vida no le debo lealtad a ningún hombre, sea padre o marido. Por fin puedo hacer lo que quiera con mi vida, sin tener que ceñirme a las reglas de esta sociedad machista en la que vivimos.

Tal vez esas palabras fueran ciertas si no se encontrara en la ruina. Si otras tres personas, por causas ajenas a ellas, no dependieran totalmente de ella. De todas maneras, su alarde sonaba muy bien. La libertad y la independencia siempre sonaban bien.

Lord Merton volvía a sonreír.

– Como ve, no supongo una amenaza para usted, milord -continuó-. No me casaría con usted aunque se me acercara de rodillas todos los días durante todo un año y me enviara dos docenas de rosas rojas un día sí y otro también.

– Pero sí me seduciría -señaló él.

– Solo en caso de necesidad -replicó, devolviéndole la sonrisa-. Si no fuera receptivo o titubeara, me refiero. Verá, es usted guapísimo, y si yo quisiera hacer uso de mi libertad pasando por alto las restricciones morales, preferiría compartir mi lecho con alguien perfecto a hacerlo con alguien que no lo sea.

– En ese caso no tiene esperanzas, señora -dijo él, con una expresión traviesa en los ojos-. Ningún hombre es perfecto.

– Y sería un soberano aburrimiento si lo fuera -señaló ella-. Pero hay hombres que son perfectos en su belleza y en su atractivo. Al menos, supongo que hay más de uno. De momento yo solo he visto uno. Y tal vez no haya nadie más que usted. Tal vez usted sea único.

Lord Merton se echó a reír a carcajadas y por primera vez.

Cassandra se percató de que estaban llamando muchísimo la atención, al igual que había sucedido mientras bailaba la segunda pieza con el conde de Sheringford.

El día anterior en el parque Cassandra había pensado que el conde de Merton y el señor Huxtable eran un ángel y un demonio. Seguramente los invitados de esa noche los veían a ellos dos de la misma manera.

– Es escandalosa, no cabe la menor duda, lady Paget -dijo él-. Creo que debe de estar pasándolo en grande. Y también creo que deberíamos concentrarnos en los pasos de baile durante un rato.

– ¡Vaya! -Exclamó ella, y añadió en voz más baja-: Me parece que tiene miedo. Tiene miedo de que yo esté hablando en serio. O de que no lo haga. O tal vez solo tiene miedo de que alguna noche le abra la cabeza con un hacha, mientras duerme a mi lado.

– Ninguna de las tres cosas, lady Paget -le aseguró él-. Pero tengo miedo de perder la cuenta, de pisarle los pies y de quedar en ridículo si seguimos con esta conversación. Mi hermana me enseñó a contar los pasos mientras bailaba, pero me resulta imposible contar mientras mantengo una conversación picante con una mujer hermosa y seductora.

– En ese caso, siga contando.

Lord Merton ignoraba si estaba hablando en serio o no, pensó mientras bailaban en silencio. Justo lo que pretendía.

Sin embargo, se sentía atraído… intrigado y atraído. Justo lo que pretendía.

Ya solo tenía que convencerlo de que la invitara a bailar el último baile de la noche, y en ese momento descubriría la verdad… En ese momento sabría si hablaba en serio o no.

No obstante, la suerte le sonreía y no tuvo que esperar. Bailaron un buen rato en silencio y cuando inspiró para hablar una vez que la música acabó, él se le adelantó.

– Este es el descanso para la cena, lo que me concede el privilegio de acompañarla al comedor y sentarme a su lado… si usted está de acuerdo, por supuesto. ¿Me concede el honor?

– Por supuesto que sí -contestó, mirándolo con los párpados entornados-. ¿Cómo si no voy a completar mi plan de seducirlo?

Lord Merton sonrió y acabó riendo entre dientes.

CAPÍTULO 04

Stephen se sentía fascinado e incómodo, embobado y confuso.

¿En qué lío se había metido… o más bien en qué lío lo habían metido?

¿Sería cierto que el día anterior lo había visto en el parque oculta por el tupido velo mientras Con y él la miraban, y esa noche lo había reconocido y había decidido darse de bruces de forma intencionada con él para que no le quedara otra opción que invitarla a bailar el vals?

«Sé que no está intentando seducirme. Es justo lo contrario. Soy yo quien intenta seducirlo a usted. Y estoy decidida a salirme con la mía, por cierto.»

«Porque es un hombre atractivo, lord Merton.»

«Preferiría compartir mi lecho con alguien perfecto a hacerlo con alguien que no lo sea.»

Rememoró sus palabras, aunque le costaba trabajo creer que no hubieran formado parte de un sueño.

Cuando la música acabó, le ofreció el brazo y ella lo aceptó, pero en vez de hacerlo como marcaba la etiqueta, limitándose a colocarle una mano apenas sin rozarlo, lady Paget lo tomó del brazo con plena confianza y se pegó a él. El salón de baile no tardó en quedarse vacío. Todos los invitados se encaminaron al comedor y a las estancias contiguas, dispuestos a comer y a recuperar las fuerzas.

Y todos los observaban. Aunque lo hacían de reojo ya que eran demasiado educados para mirarlos abiertamente. La sensación de haberse convertido en el centro de atención era fruto de su imaginación, concluyó. Era comprensible. La llegada de lady Paget al baile de Meg sin haber sido invitada había causado un enorme revuelo.

No le avergonzaba tenerla como compañera. En realidad, le alegraba, ya que su compañía le evitaría algún tipo de insulto, incluso impediría que los demás le dieran la espalda, un arte dominado por gran parte de la alta sociedad. Aunque ignoraba los detalles del caso de lady Paget, Meg y Sherry no la habían echado de Claverbrook House. Al contrario, habían hecho todo lo posible por que se sintiera bien recibida. De modo que los demás invitados estaban obligados a demostrarle un mínimo de educación, como poco.

Localizó una mesita con solo dos sillas que seguía desocupada en el lateral izquierdo de la estancia y condujo a lady Paget en esa dirección.

– ¿Nos sentamos aquí? -propuso.

Tal vez en ese lugar se sintiera más cómoda que si ocupaban dos sillas en una de las largas mesas del comedor, donde estaría expuesta al escrutinio de los demás.

– ¿Un tête à tête? -Preguntó ella a su vez-. Qué ingenioso por su parte, lord Merton.

Stephen le retiró la silla para que tomara asiento y se dirigió al comedor a fin de servir un par de platos.

¿De verdad se había ofrecido para ser su amante? ¿O su invitación se limitaba a una sola noche? ¿Habría malinterpretado sus palabras? ¿Se trataba todo de una broma? Pero no, no había malinterpretado nada. Le había dicho claramente que quería seducirlo. ¡Por Dios! Si hasta le había preguntado si le asustaba la posibilidad de que lo matara con un hacha mientras dormía a su lado…

Alguien lo tomó del brazo y le dio un buen apretón. Al volverse vio a Meg con una deslumbrante sonrisa en los labios.

– Stephen -le dijo-, estoy orgullosísima de ti. Y de mí por haberte educado para que seas todo un caballero. Gracias.

– ¿Por qué? -le preguntó, enarcando las cejas.

– Por bailar con lady Paget -contestó ella-. Sé muy bien lo que se siente al ser un paria, aunque en mi caso no he llegado a conocer el ostracismo. Todo el mundo merece ser tratado con cortesía, sobre todo si hablamos de alguien a quien se ha juzgado solo por unos cuantos rumores. ¿Vas a sentarte con nosotros para cenar?

– Lady Paget está en la estancia contigua, esperando que le lleve un plato de comida -contestó.

– Muy bien -comentó su hermana-. Nessie y Elliott han ido a buscarla. Tenían la intención de invitarla a sentarse con ellos. Estoy muy orgullosa de todos vosotros. Aunque supongo que lo estáis haciendo no solo por ella, sino también por mí.

– ¿Dónde está el marqués de Claverbrook?

– Ya se ha acostado -respondió Meg-. El muy tonto insistió en formar parte de la recepción y en sentarse para observar las dos primeras piezas de baile, pese al cansancio. ¡Con lo que detesta este tipo de actos! Luego empezó a refunfuñar porque íbamos a permitir que se bailara el vals y afirmó que en su época no se aceptaba ese tipo de indecencias. Etcétera, etcétera. -El buen humor le iluminaba los ojos-. Hasta ahí podíamos llegar. Lo desterré a su dormitorio. Duncan asegura que soy la única persona capaz de manejar a su abuelo. Pero estoy segura de que todos podrían hacerlo si no le tuvieran tanto miedo. Bajo toda esa ferocidad se esconde un corderito.

Stephen se colocó en la fila y aguardó su turno para servir dos platos con una selección de entremeses salados y dulces, con la esperanza de que a lady Paget le gustara alguno.

Cuando regresó a la mesa que ocupaban, la encontró abanicándose con una expresión altiva y una sonrisa desdeñosa. Todas las mesas a su alrededor estaban ocupadas. Nadie estaba hablando con ella, y tampoco parecían estar criticándola. Al menos no de forma evidente, pero era obvio que todos estaban muy pendientes de ella. Supuso que más de uno había elegido sentarse en esa estancia debido a su presencia, con la intención de poder describir su comportamiento durante los días venideros y de ventilar la indignación de haberse visto obligado a compartir espacio con ella.

Tal era la naturaleza humana.

Después de colocar un plato frente a ella, Stephen ocupó su asiento. Alguien les había servido el té.

– Espero haber traído algo que le guste -dijo. La vio observar ambos platos.

– Pues sí -comentó la dama con esa voz tan ronca y sensual-. Ha traído usted su propia persona.

Se preguntó si tendría por costumbre mantener esa clase de conversación tan escandalosa.

Posiblemente fuera… No, se corrigió. Sin género de duda lady Paget era la mujer con más atractivo sexual que había visto en la vida. Mientras bailaban el vals se había sentido rodeado por su calor corporal a pesar de haber mantenido una distancia decente entre ambos en todo momento.

– ¿Temía usted que no regresara? -le preguntó-. ¿Se ha sentido incómoda y observada?

– ¿Se refiere al hecho de que todos los presentes están esperando que saque un hacha de debajo de las faldas y comience a blandiría sobre la cabeza con un grito escalofriante? -preguntó ella a su vez con las cejas enarcadas-. No, ese tipo de tonterías no me afecta.

Era una mujer directa. Aunque tal vez hubiera llegado a la conclusión de que la mejor defensa era un buen ataque.

– Los rumores suelen ser absurdos -señaló él.

Sus labios aún esbozaban la sonrisa desdeñosa mientras elegía una tartaleta de langosta de su plato y se la llevaba a la boca.

– Cierto -convino, mirándolo a los ojos mientras mordía la tartaleta. No volvió a hablar hasta que hubo masticado el bocado y se lo hubo tragado-. Pero a veces no lo son, lord Merton. Usted mismo debe de estar preguntándoselo.

No le quedó más remedio que seguir el pie que ella acababa de darle.

– ¿Se refiere a si mató a su marido? -le preguntó-. No es de mi incumbencia, señora.

Lady Paget se echó a reír… logrando que varias cabezas se volvieran para mirarlos.

– En ese caso, es tonto -replicó-. Si va a permitirme seducirlo, sería muy saludable que se planteara con cierto temor lo que puedo llegar a hacerle cuando haya bajado la guardia y esté desnudo en mi cama.

La conversación se tornaba más escandalosa con cada frase. Ojalá no estuviera ruborizado, pensó Stephen.

– Pero tal vez no se lo permita, señora -repuso-. En realidad, creo que jamás me permitiría dejarme seducir. En el caso de que me decidiera a mantener a una querida o a tomar una amante ocasional, lo haría por decisión propia y teniendo en cuenta tanto mis deseos como los de la mujer en cuestión. No porque caiga en la trampa de una seductora.

De repente, se dio cuenta de que había perdido el apetito, comprendió al mirar su plato. Se preguntó por qué lo había llenado tanto.

Además, ¿por qué estaba manteniendo semejante conversación? ¿De verdad acababa de decir en presencia de una dama las palabras: «En el caso de que me decidiera a mantener a una querida o a tomar una amante ocasional»?

¿Acaso había olvidado las buenas costumbres? Por muy infame y deslenguada que fuera lady Paget, no dejaba de ser una dama. Y él seguía siendo un caballero.

– No le tengo miedo -añadió en voz alta.

Aunque tal vez debiera tenerlo. Tal vez todo lo que le había dicho eran palabras huecas. Nunca había mantenido a una amante, aunque no era virgen. En ocasiones envidiaba un poco a Con, que siempre parecía encontrar a una viuda respetable con la que mantener una relación discreta cuando se encontraba en la ciudad. Unos años antes fue con la señora Hunter; el año anterior, con la señora Johnson. Esa temporada en concreto ignoraba si ya había encontrado a alguien.

En el caso de decidirse a tomar una amante a la que mantener (y que Dios lo ayudara porque eso era precisamente lo que se estaba planteando), ¿lo haría porque había tomado la decisión de forma repentina, pero deliberada y meditada en medio de un baile, o más bien porque lo había seducido una mujer que había expuesto sin tapujos sus intenciones?

Lady Paget no era su tipo de mujer, se recordó. No era el tipo de mujer que consideraría como esposa, en todo caso, no la estaba considerando como esposa.

De repente, se la imaginó desnuda en la cama y sintió una alarmante tensión en la entrepierna.

«¡Hasta aquí hemos llegado!», pensó.

– Lady Paget -dijo con voz firme-, ya va siendo hora de que cambiemos el tema de conversación. Hábleme sobre usted. Cuénteme algo sobre su infancia, si lo desea. ¿Dónde creció?

Ella eligió un entremés dulce de su plato y alzó la cabeza para mirarlo con una sonrisa.

– Pasábamos gran parte del tiempo en Londres -contestó-. Y en los balnearios. Mi padre era un jugador empedernido, así que nos trasladábamos allí donde se realizaran las apuestas más altas. Vivíamos en aposentos alquilados y en hoteles. Pero no piense que fue una infancia triste, lord Merton, porque nada más lejos de mi intención que provocarle lástima. Le aseguro que mi padre nos adoraba a mi hermano y a mí con la misma pasión que adoraba el juego. Y según sus propias palabras tenía la suerte del diablo. Con eso se refería a que siempre ganaba algo más de lo que perdía. Ni siquiera recuerdo a mi madre, pero tuve una institutriz desde que era muy pequeña, y me trató con tanto cariño como lo habría hecho cualquier madre. Vimos mucho mundo juntas la señorita Haytor y yo… en la realidad y a través de las páginas de los libros. Usted habrá disfrutado de una infancia mucho más privilegiada, pero le aseguro que no pudo ser ni más feliz ni más entretenida que la mía.

Por primera vez a lo largo de la noche percibió que lady Paget mentía, aunque le era imposible saber a ciencia cierta qué detalles de su historia eran falsos. Su relato había sonado demasiado a la defensiva como para ser verdadero. Si las líneas generales de lo que le había contado eran reales, una vida semejante debía dejar secuelas en forma de inseguridades y temores en un niño. Porque en su opinión, los niños debían contar con un hogar estable.

– ¿Más privilegiada? -replicó-. Quizá. Pasé los primeros años de mi vida en la vicaría de un pueblo de Shropshire, dado que mi padre era el vicario. Después de su muerte nos mudamos a una casita de la misma localidad. Viví con mis hermanas. Meg, la condesa de Sheringford, es la mayor, y al igual que su señorita Haytor fue una espléndida madre suplente. Nessie, la duquesa de Moreland, es la segunda por orden de nacimiento, y Kate, la baronesa Montford, es solo unos años mayor que yo. Yo soy el benjamín. Fui un muchacho feliz hasta que heredé el título a los diecisiete años. Descubrirlo fue un gran impacto para todos, porque ignorábamos que fuera el siguiente en la línea de sucesión. Sin embargo, me alegra que fuera así. Crecer con la idea de tener que trabajar para sobrevivir y para mantener a la familia forja el carácter de un hombre. O al menos espero que ese sea mi caso. Porque así puedo interpretar tanto los privilegios como las ventajas y desventajas que conllevan, quizá mejor de lo que lo habría hecho de haber crecido con otras expectativas.

– ¿Lady Sheringford es su hermana? -le preguntó lady Paget con las cejas enarcadas.

– Sí -contestó.

– Y se casó con el infame conde de Sheringford -añadió-, que se fugó el mismo día de su boda hace unos años con la esposa de otro y tuvo un hijo con ella.

Para Stephen era irritante no poder decir la verdad de lo que había sucedido antes y después de que Sherry se llevara a la señora Turner de Londres la víspera de su boda con la hermana del señor Turner. Sin embargo, le había prometido a su cuñado que jamás desvelaría la verdad.

– Toby -dijo en cambio-. Es un miembro muy querido de nuestra familia. Meg lo quiere tanto como a sus dos hijos. Igual que Sherry, el conde de Sheringford. Toby es hijo de ambos. Mi sobrino.

– Veo que he metido el dedo en la llaga -comentó ella al tiempo que colocaba un codo en la mesa, tras lo cual apoyó la barbilla en la palma de la mano-. ¿Por qué se casó su hermana con él?

– Supongo que porque él se lo pidió -respondió-. Y porque quiso hacerlo.

Lady Paget hizo un mohín y su mirada adquirió esa expresión ligeramente desdeñosa.

– Está molesto -señaló-. ¿Le resulto impertinente y atrevida, lord Merton?

– En absoluto -contestó Stephen-. Fui yo el primero en hacer preguntas de índole personal. ¿Hace mucho que ha llegado a la ciudad?

– No -respondió ella.

– ¿Se aloja con algún pariente? Ha mencionado a un hermano.

– No soy el tipo de persona que los parientes gusten de reconocer -replicó-. Vivo sola. Sus miradas se encontraron. -Muy sola -añadió la dama.

Sin embargo, vio que sus labios también sonreían, como si se estuviera riendo de sí misma, al tiempo que la mano en la que había estado apoyada su barbilla se trasladaba hacia abajo para recorrer con gesto distraído el escote de su vestido con la yema de un dedo. En un momento dado introdujo la primera falange del dedo por debajo de la tela, pero sin apartar el codo de la mesa.

En cuanto notó el calor opresivo de la estancia, Stephen comprendió que era un gesto premeditado.

– En ese caso, ¿ha venido sola en su carruaje? -le preguntó-. ¿O ha traído algún acomp…?

– No tengo carruaje -lo interrumpió ella-. He venido sola en un carruaje alquilado, lord Merton, pero le ordené al cochero que me dejara antes de entrar en la plaza. Habría sido humillante llegar hasta la alfombra roja de recepción en un vehículo alquilado, sobre todo sin estar invitada. Y sí, gracias, lo acepto.

– ¿El qué? -le preguntó con gesto interrogante.

– Su oferta de acompañarme a casa en su carruaje -contestó lady Paget con una mirada risueña-. Estaba a punto de ofrecerse, ¿verdad? No me avergüence ahora diciéndome que no tenía la intención de hacerlo.

– Será un placer acompañarla, señora -respondió él-. Le diré a Meg que nos envíe una doncella para que nos acompañe.

Sus palabras le arrancaron una carcajada ronca y sensual.

– Eso sería un inconveniente -la oyó decir-. ¿Cómo voy a seducirlo delante de una doncella o a invitarlo a entrar en mi casa con ella caminando detrás?

Comprendió que a medida que pasaba el tiempo se sentía cada vez más enredado por sus ardides. Lady Paget estaba decidida a convertirse en su amante.

Tal vez fuera comprensible.

Llevaba poco tiempo en Londres y había descubierto que su reputación la precedía. Era una paria. La había abandonado incluso su hermano, si acaso este se encontraba en la ciudad. En caso de asistir a algún acto o de buscar compañía, se vería obligada a hacerlo sola y sin contar con una invitación, como había sucedido esa noche. Ciertamente estaba muy sola.

Y seguro que se sentía así.

Era una mujer de una extraordinaria belleza. Viuda a los veintiocho años. En circunstancias normales estaría buscando la forma de lograr un futuro más brillante, ya que el período de luto habría pasado. Sin embargo, la opinión pública la acusaba de ser la asesina de su esposo. Que no así la ley, porque estaba en libertad. No obstante, la opinión pública era una fuerza poderosa.

Sí, debía de sentirse muy sola.

Y había decidido tratar de aliviar esa soledad con la ayuda de un amante.

Era muy comprensible. Pero lo había elegido a él.

– Espero que no insista en comportarse como el perfecto caballero -dijo lady Paget-. Espero que no se limite a ayudarme a bajar del carruaje y a acompañarme hasta la puerta para darme las buenas noches con un beso en el dorso de la mano.

La miró a los ojos y comprendió que la compasión y el atractivo sensual conformaban una mezcla letal.

– No -dijo-. No voy a hacerlo, lady Paget.

La vio apartar el codo de la mesa y clavar la mirada en el plato. Sin embargo, no pareció encontrar nada apetecible. Volvió a mirarlo y se percató de que le latía el pulso de forma visible en un lado del cuello.

– Lord Merton, ya no tengo el menor interés en seguir en el baile -afirmó-. He bailado, he comido y lo he conocido. Lléveme a casa.

Él sintió una punzada de deseo en la entrepierna y se vio obligado a refrenar la lujuria.

– Me temo que no puedo marcharme todavía -replicó-. Tengo comprometidas las dos siguientes piezas de baile con dos señoritas.

– ¿Y debe cumplir con su palabra? -le preguntó ella, enarcando las cejas.

– Debo hacerlo -contestó-. Quiero hacerlo.

– Veo que es un caballero -comentó lady Paget-. Qué fastidio.

En ese momento Stephen se percató de que los invitados abandonaban la estancia con rapidez. La orquesta comenzaba a afinar sus instrumentos en el salón del baile. Se puso en pie y le tendió la mano a lady Paget.

– Permítame acompañarla al salón de baile para presentarle a… -Dejó la frase en el aire al ver que Elliott se acercaba a ellos y no le cupo duda del motivo. La familia había cerrado filas, aunque no supo si por el bien de Meg o por el suyo-, al duque de Moreland -concluyó-. Mi cuñado. Elliott, te presento a lady Paget.

– Es un placer, señora -replicó el aludido al tiempo que hacía una reverencia y adoptaba una expresión que contradecía sus palabras.

– Excelencia… -lo saludó la dama con una inclinación de cabeza, tras la cual se puso en pie y aferró el abanico. Su gesto se tornó altivo y distante.

– ¿Me concede el honor de bailar la siguiente pieza conmigo, lady Paget? -la invitó Elliott, ofreciéndole el brazo.

– Se lo concedo -contestó ella al tiempo que aceptaba su brazo, y se alejó sin mirar a Stephen ni una sola vez.

Al mirar a la mesa, él descubrió que se había formado una capa grisácea en el té que ninguno de los dos había probado siquiera. Del plato de lady Paget solo faltaban dos entremeses. En el suyo estaban todos. Unos años antes le habría parecido un derroche imperdonable.

Decidió que sería mejor ir en busca de su siguiente pareja de baile antes de que comenzara la música. No sería de recibo llegar tarde.

¿De verdad iba a acostarse esa noche con lady Paget?

¿Y tal vez a establecer una relación a largo plazo con ella?

¿No debería informarse más sobre la dama antes de llegar a ese punto? Más concretamente sobre la muerte de su esposo y sobre los hechos ocultos tras los horribles rumores que la habían precedido hasta Londres y que la habían convertido en una indeseable.

¿Lo habían seducido después de todo?

Mucho se temía que sí.

¿Sería demasiado tarde para cambiar de opinión?

Mucho se temía que sí.

¿Quería cambiar de opinión?

Mucho se temía que no.

Se alejó en dirección al salón de baile.

El duque de Moreland era el hombre que Cassandra había visto con el conde de Merton cuando llegó al baile. El hombre que se parecía tantísimo al demonio del parque… al señor Huxtable.

Sin embargo, los ojos de Su Excelencia eran azules, no parecía tan demoníaco como el señor Huxtable y su apariencia era mucho más austera. Tenía el aspecto de ser un formidable adversario en caso de que alguien le llevara la contraria.

Pero ella no había hecho nada. Había sido él quien la había invitado a bailar. Claro que se trataba del cuñado de lady Sheringford y estaba haciendo todo lo posible para mitigar el escándalo potencial que había supuesto su aparición en el baile de la hermana de su esposa. Tal vez su intención también hubiera sido la de arrancar al conde de Merton de sus garras.

Volvió a echar mano de su sonrisa desdeñosa.

La música era muy alegre y ofrecía pocas oportunidades para charlar. Las pocas que tuvieron las emplearon en intercambiar comentarios insustanciales sobre la belleza de los arreglos florales, la magnífica interpretación de la orquesta y la maestría de la cocinera del marqués de Claverbrook.

– ¿Me permite llevarla de nuevo junto a su… acompañante, señora? -se ofreció el duque cuando la pieza llegó a su fin, aunque seguramente supiera que carecía de acompañante.

– He venido sola -contestó-, pero puede dejarme aquí mismo, excelencia.

Estaban muy cerca de unas puertas francesas, abiertas en ese momento. Tal vez pudiera escabullirse al exterior para pasear un rato. Desde el lugar que ocupaba alcanzaba a ver que se trataba de un amplio balcón muy poco concurrido. Se sintió invadida por un repentino deseo de escapar.

– En ese caso, permítame presentarle a unas personas -propuso el duque.

Antes de que pudiera echar mano de alguna excusa, una señora muy sonriente entrada en años se acercó acompañada por un caballero de gesto serio. El duque de Moreland los presentó como sir Graham Carling y su esposa, lady Carling.

– Lady Paget -dijo la dama después de intercambiar los saludos de rigor-, confieso estar verde de envidia, muy apropiado el dicho por cierto, por su vestido. ¿Por qué nunca encuentro una tela tan espectacular cuando voy de compras? Aunque reconozco que ese tono en concreto me sentaría fatal. Creo que me haría pasar inadvertida por completo. Pero de todas formas… ¡Ay, por Dios! Graham tiene la mirada vidriosa y Moreland se está preguntando cuándo podrá escapar sin parecer descortés. -Soltó una carcajada y tomó a Cassandra del brazo-. Acompáñeme. Vamos a dar un paseo y a hablar sobre vestidos y bonetes todo lo que nos apetezca.

Y, fiel a su palabra, la acompañó por el perímetro del salón de baile mientras charlaban y las parejas se colocaban en la pista a la espera de que comenzara la siguiente pieza.

– Soy la madre de lord Sheringford -le dijo en un momento dado-, y lo quiero con locura, aunque si alguna vez afirma usted haberme escuchado pronunciar esas palabras, lo negaré tajantemente. Ese sinvergüenza me ha llevado por la calle de la amargura durante años, pero nunca le daré el gusto de que sepa a ciencia cierta lo mucho que he sufrido. Pese a todo, soy de la firme opinión de que acertó de pleno al casarse con Margaret. Es una joya. La adoro y adoro a mis dos nietos y a mi nieta, aunque mi primer nieto naciera fuera del matrimonio, un hecho del que el pobre no tiene la culpa, ¿verdad?

– Lady Carling -le dijo a la mujer en voz baja-, no he venido para ocasionar problemas.

– ¡Por supuesto que no! -exclamó la dama con una sonrisa afable-. Pero de todas formas ha creado usted cierto revuelo, ¿no le parece? Y además ha tenido el valor de ponerse ese vestido con ese color tan llamativo. Supongo que en cuanto al color del pelo no tuvo alternativa, pero el vestido consigue que destaque todavía más. Aplaudo el coraje que ha demostrado.

Cassandra analizó sus palabras en busca de algún atisbo de ironía, pero no encontró ninguno, como tampoco lo encontró en sus ademanes.

– Hace unos años le eché un rapapolvo a Duncan por haberse presentado en un baile sin invitación -siguió lady Carling-, después de que volviera a Londres cargando con las consecuencias del aquel terrible escándalo. La situación se parece mucho a la suya de esta noche. ¿Sabe usted lo primero que hizo Duncan al llegar a aquel baile, lady Paget?

Miró a la dama con las cejas enarcadas, aunque creía saber la respuesta.

– Se dio de bruces con Margaret en la puerta del salón de baile -contestó lady Carling-, y la invitó a bailar y después a casarse con él. Todo en la misma frase, si su testimonio es cierto. Y lo creo porque Margaret cuenta la misma historia, y mi nuera no es dada a la exageración. Sin embargo, jamás se habían visto antes de ese momento. A veces merece la pena mostrarse valiente y desafiar a la alta sociedad, lady Paget. Espero que sea usted tan afortunada como lo fue Duncan. Y le aseguro que no creo ni una palabra de todo ese asunto del hacha. Supongo que de ser cierto no estaría usted en libertad, ni siquiera creo que estuviera viva. A menos que el problema se reduzca a una simple falta de pruebas, claro. Pero tampoco lo creo y no pienso preguntarle. Me gustaría que viniera mañana a mi casa para tomar el té. Su presencia dejará anonadadas y escandalizadas a mis demás invitadas, y nadie hablará de otra cosa durante todo un mes. Seré famosa. Todo el mundo querrá asistir a mis reuniones durante el resto de la temporada social por si acaso sucede algo igual de sonado. Diga que sí. Diga que tendrá el valor de venir.

Quizá todavía quedara bondad en el mundo, pensó Cassandra mientras esbozaba su sonrisa desdeñosa y echaba un vistazo por el salón. Había gente que todavía la trataba con cortesía, aunque su verdadera motivación residiera en el afán por evitar cualquier otro escándalo en el baile. Y había gente capaz de tenderle la mano y ofrecerle su amistad, aunque tal vez lo hicieran en parte por motivos egoístas.

Era mucho más de lo que había esperado.

Si su situación económica no fuera tan desesperada…

– Lo pensaré -contestó.

– Estoy segura de que lo hará -replicó lady Carling, que procedió a darle la dirección de su casa en Curzon Street-. Me ha encantado poder disfrutar de este descanso entre baile y baile. No me gusta reconocer mi edad, pero si bailo más de dos piezas seguidas o paso más de una hora jugando con mis nietos, y me refiero a los que saben andar y no al que sigue todavía en la cuna, siento el peso de los años.

El conde de Merton estaba bailando con una jovencita muy guapa, que lo miraba con expresión arrobada y las mejillas sonrosadas. El conde le sonreía mientras le hablaba, dedicándole toda su atención.

Iba a acostarse con ella esa noche, pensó, y después hablarían de negocios. Las cosas habían salido bien, decidió. Sabía que físicamente se sentía atraído por ella. Y también había logrado granjearse su compasión con mucha sutileza. El conde se compadecía de su soledad. Lo mismo daba que eso fuera verdad en parte. Claro que jamás lo confesaría.

Sin embargo, lograría enredarlo aún más en su red, lo quisiera o no. Porque lo necesitaba.

No a él como persona.

Necesitaba su dinero.

Alice lo necesitaba. Como también lo necesitaban Mary y Belinda. Y el pobre Roger.

Debía tenerlos muy presentes. Solo así sería capaz de soportar el desprecio que sentía por sí misma y que en esos momentos notaba como una pesada losa sobre los hombros.

El conde de Merton era un caballero afable y cortés.

Y también era un hombre. Y los hombres tenían necesidades. Ella se encargaría de satisfacer las necesidades de lord Merton. No le estaría robando el dinero. Se lo ganaría con creces.

No se sentía culpable.

– Yo también he disfrutado mucho del descanso -le dijo a lady Carling.

CAPÍTULO 05

– Lady Paget -dijo la duquesa de Moreland cuando el baile acabó, mientras los invitados se arremolinaban en busca de esposos, hijos, chales y abanicos, y se deseaban buenas noches antes de encaminarse hacia la escalinata que conducía a la planta baja donde esperarían a que les llegara el turno a sus carruajes de acercarse a la puerta principal-, ¿ha venido en su carruaje?

– No -contestó Cassandra-, pero lord Merton ha tenido la gran amabilidad de ofrecerse a acompañarme a casa en el suyo.

– ¡Ah, muy bien! -Exclamó la duquesa con una sonrisa-. Elliott y yo estaríamos encantados de llevarla hasta su casa, pero con Stephen estará a salvo.

«Stephen», repitió en silencio. Se llamaba Stephen. El nombre le sentaba bien.

La duquesa la tomó del brazo.

– Vamos a buscarlo -se ofreció-. Esta aglomeración del final es la peor parte de un baile, pero me encanta comprobar que ha venido tanta gente. A Meg le aterraba la idea de que nadie viniera.

Cassandra vio que el conde de Merton se acercaba a ellas antes de que hubieran dado siquiera un par de pasos.

– Nessie -dijo con una sonrisa que dirigió a ambas-, veo que has encontrado a lady Paget.

– No creo que se hubiera perdido -replicó su hermana-. Pero te estaba esperando para que la llevaras a casa.

Le pareció que tardaban una eternidad en abandonar el salón de baile, bajar la escalinata y atravesar el vestíbulo hasta llegar a la puerta principal. Sin embargo, pronto fue evidente el motivo de la tardanza. La duquesa y lord Merton eran hermanos de la condesa de Sheringford, de modo que sus carruajes serían de los últimos en partir.

Al final solo quedaron los duques; los barones Montford, a los que la duquesa le presentó; el conde de Merton; sir Graham y lady Carling, y los condes de Sheringford, que habían acabado de despedir a sus invitados.

Y ella.

Después de haberse presentado en el baile sin invitación era imposible pasar por alto la ironía de su situación. Y la incomodidad de saberse la única persona presente ajena a la familia. ¡Mucho más dadas las circunstancias!

Tanto lady Carling como el barón Montford se habían ofrecido a llevarla a casa en sus carruajes. En ambos casos les había asegurado que lord Merton había tenido la amabilidad de ofrecérselo en primer lugar.

– Bueno, Meg -dijo lord Montford-, menos mal que no ha venido nadie a tu baile. Piensa en los empujones, en los codazos y en los pisotones que habríamos sufrido si hubieran decidido venir.

La condesa se echó a reír.

– Todo ha salido muy bien -dijo, pero de repente añadió con una repentina ansiedad-: Ha salido bien, ¿verdad?

– Margaret, de momento es el mayor éxito de la temporada -le aseguró lady Carling-. Las demás anfitrionas estarán desesperadas por igualarlo, pero fallarán miserablemente. He escuchado cómo la señora Bessmer le decía a lady Spearing que tenía que averiguar el nombre de tu cocinera para quitártela con la promesa de un salario más alto.

La condesa protestó con un fingido chillido.

– No temas, Margaret -terció el duque-. La señora Bessmer es famosa por su tacañería. Por mucho que asegure estar dispuesta a subirle el salario, la cantidad en la que piensa seguro que no es ni una quinta parte de lo que tú le pagas.

– Si quieres, retaré al señor Bessmer a un duelo al amanecer -se ofreció el conde de Sheringford.

La condesa meneó la cabeza con una sonrisa.

– En realidad, sería una quinta parte de lo que le paga el abuelo -puntualizó-, y en su lugar, yo no me atrevería a irritarlo. -En ese momento la miró con expresión de disculpa-. Lady Paget -dijo-, la estamos entreteniendo más de la cuenta. Perdónenos. Tengo entendido que Stephen va a llevarla a casa. Por favor, permítame llamar a una doncella para que la acompañe.

– No hace falta -rehusó ella-. Confío en que lord Merton se comporte como un verdadero caballero.

– Estoy encantada de que haya venido esta noche -afirmó la condesa con otra sonrisa-. ¿La veremos mañana en el té de mi suegra? Espero que asista. Me he enterado de que la ha invitado.

– Lo intentaré -contestó.

Y tal vez lo hiciera. Había ido esa noche al baile con la intención de encontrar un protector acaudalado, no para forzar su reentrada en la alta sociedad. Había supuesto que sería un imposible, que sufriría el ostracismo social toda la vida. Pero tal vez eso no fuera necesario. Si el conde de Sheringford lo había logrado, tal vez también ella pudiera hacerlo.

Hacía mucho, muchísimo tiempo que no tenía amigos. Salvo Alice, por supuesto. Y Mary.

El carruaje de lord Merton por fin llegó a la entrada principal, de modo que el conde la acompañó hasta la puerta y la ayudó a subir, tras lo cual se sentó a su lado. Una vez que el lacayo plegó los escalones del vehículo y cerró la portezuela, el conde se asomó por la ventanilla para despedirse de su familia agitando la mano.

– Un verdadero caballero -lo escuchó decir en voz baja, aunque no volvió la cabeza. El carruaje ya había dejado atrás la plaza-. He puesto todo mi empeño en llegar a serlo. Lady Paget, permítame actuar como tal esta noche. Permítame dejarla en su casa sana y salva, y continuar el trayecto hacia mi casa.

Cassandra sintió un nudo en el estómago provocado por la alarma. ¿Todos sus esfuerzos durante esa horrible noche habían caído en saco roto? ¿Todo había sido para nada? ¿Tendría que comenzar de nuevo al día siguiente? De repente, la invadió un intenso odio por «ese verdadero caballero».

– ¡Ay! -exclamó en voz baja y con una nota jocosa-. Me siento rechazada. Despreciada. Soy fea, indeseable y carezco de atractivo. Me iré a casa y lloraré amargamente sobre mi fría e insensible almohada. -Mientras hablaba, alargó un brazo y le colocó una mano en el muslo con los dedos extendidos. Sintió el calor de su cuerpo a través de las calzas de seda y la solidez de sus músculos.

Lord Merton se volvió hacia ella y, pese a la oscuridad reinante, lo vio sonreír.

– Sabe muy bien que no hay ni una pizca de verdad en lo que acaba de decir -la recriminó.

– Pero sí es cierto que lloraré amargamente. Y también es cierto que mi almohada es fría e insensible. -Deslizó la mano hacia la parte interna de su muslo y vio cómo la sonrisa de lord Merton desaparecía, aunque sus miradas siguieron entrelazadas.

– Posiblemente sea la mujer más guapa que he visto en mi vida.

– La belleza puede ser un rasgo frío e indeseable, lord Merton -replicó.

– Sin duda alguna es la más atractiva -añadió él.

– Atractiva -repitió con una leve sonrisa-. ¿Podría aclararme en qué sentido?

– Sexualmente hablando -contestó el conde-. Discúlpeme por usar un lenguaje tan franco.

– Lord Merton, cuando esté a punto de acostarse conmigo puede ser tan franco como le apetezca. ¿Está usted a punto de acostarse conmigo?

– Sí -contestó él al tiempo que deslizaba una mano bajo la suya a fin de apartarla de su muslo y llevársela a los labios-. Pero cuando estemos en su dormitorio, con la puerta cerrada. No en mi carruaje.

Su respuesta la alegró, aunque tuvo que cambiar de planes, ya que había pensado besarlo a continuación.

Lord Merton dejó sus manos unidas sobre el asiento, entre ambos, y siguió mirándola en silencio mientras el carruaje traqueteaba sobre las oscuras calles de Londres.

– ¿Vive sola? -le preguntó a la postre.

– Tengo un ama de llaves -contestó-, que también hace las veces de cocinera.

– ¿Y la dama con la que paseaba ayer por el parque?

– ¿Alice Haytor? -precisó ella-. Sí, también vive conmigo. Es mi dama de compañía.

– ¿Es su antigua institutriz?

– Sí.

– ¿No se quedará espantada al verla llegar a casa con un… amante?

– Ya le he dejado claro que no salga de su dormitorio cuando me oiga llegar y no lo hará, lord Merton -respondió.

– ¿Había planeado volver a casa con un amante? -le preguntó, mirándola a los ojos de forma penetrante pese a la oscuridad.

Era un hombre quisquilloso. Que ignoraba las reglas del juego. ¿Acaso pensaba que el amor la había fulminado cual relámpago caído del cielo nada más verlo en el salón de baile de su hermana? ¿Que todo había sido espontáneo e imprevisto? Sobre todo cuando le había asegurado que había sido planeado.

– Lord Merton, tengo veintiocho años -señaló-. Mi marido murió hace más de un año. Las mujeres tenemos necesidades, y deseos, semejantes a los de los hombres. No estoy buscando otro esposo. No lo buscaré en el futuro. Pero ya va siendo hora de disfrutar de un amante. Lo comprendí cuando llegué a Londres. Y cuando lo vi en Hyde Park con su aspecto de ángel, un ángel muy humano y muy viril, no me quedó la menor duda.

– Entonces, ha ido al baile de Meg con la intención de conocerme, ¿verdad? -le preguntó él.

– Y de seducirlo -añadió ella.

– ¿Cómo sabía que iba a asistir? -Apoyó la espalda en el asiento, pero en ese instante el carruaje se detuvo.

Habían llegado a la puerta de su deslucida aunque decente residencia. Lord Merton miró por la ventanilla. Su pregunta quedó sin respuesta.

– Lord Merton -susurró en ese momento-, dígame que no está aquí solo por mi determinación de seducirlo. Dígame que me deseó nada más verme desde el otro extremo del salón del baile.

Lo vio volver la cabeza para mirarla, y apenas fue capaz de descifrar su expresión en la penumbra reinante. La intensidad del momento quedó reflejada en esa mirada compartida.

– La deseé, lady Paget -susurró-. En aquel instante y ahora mismo, en el presente. La deseo. Le he dicho que cuando decido acostarme con una mujer lo hago porque así lo quiero, no porque sea incapaz de resistirme a la seducción.

Sin embargo, no se habría planteado siquiera la idea de acostarse con ella esa noche de no haber sido por su deliberado encontronazo. O más concretamente, su casi encontronazo, que ella propició justo antes del vals. Ni siquiera habría hablado con ella, no la habría invitado a bailar, de no ser por su afán de ayudar a su hermana.

«No, lord Merton, esta noche lo han seducido», lo contradijo para sus adentros.

El cochero de Su Señoría abrió la portezuela y desplegó los escalones. El conde de Merton se apeó, le ofreció la mano y le ordenó al cochero que se marchara.

Stephen sintió una repentina incomodidad mezclada con la agradable expectativa de la promesa del placer sexual. No entendía los motivos de dicha incomodidad, aunque tal vez se debiera al hecho de estar en casa de la dama, bajo cuyo techo dormían su ama de llaves y su dama de compañía. No le parecía un arreglo decente.

A veces aborrecía su conciencia. Aunque había llevado una vida activa desde que era niño, no había hecho ninguna locura de juventud; y eso a pesar de que todos, incluido él mismo, habían esperado un poco de desenfreno por su parte.

Para su alivio, no se toparon con nadie en el interior de la casa. Habían dejado una vela encendida en el vestíbulo de la planta baja y otra en el distribuidor de la planta alta. Gracias a la tenue luz, se percató de que era un lugar elegante, aunque algo ajado. Supuso que lady Paget lo había alquilado junto con los muebles.

La dama lo guió hasta el interior de un dormitorio de planta cuadrada situado en el primer piso, y una vez allí encendió la vela que descansaba sobre un recargado tocador. La observó colocar los espejos del mismo de forma que la luz se multiplicó como si procediera de unas cuantas velas.

Cerró la puerta y echó un vistazo por la estancia. Reparó en una cómoda bastante grande emplazada junto a la puerta que posiblemente condujera al vestidor. La cama estaba flanqueada por un par de mesillas de noche, cada una con tres cajones. Era una cama amplia, con postes tallados en espiral y coronada por un dosel desgastado de color azul, a juego con el cobertor.

No era un dormitorio ni elegante ni bonito.

Pero olía a ella, al suave perfume floral que llevaba. Y la parpadeante luz de la vela lo suavizaba todo. Era un dormitorio muy seductor.

La deseaba.

Sí, la deseaba con todas sus fuerzas. Y no encontraba ningún argumento racional en contra de lo que estaba a punto de suceder. Era un hombre soltero y sin compromiso. Ella era viuda y estaba más que dispuesta. De hecho, había sido la instigadora de todo lo que estaba sucediendo. No tenían a nadie que pudiera salir herido si se acostaban esa noche… o si prolongaban su relación durante el resto de la temporada. Podían limitarse a darse placer el uno al otro y a satisfacer sus respectivos deseos.

Porque no había nada de malo en el placer. Al contrario, era algo fantástico.

Además, ninguno de los dos albergaba ilusiones con respecto al otro. Nadie acabaría herido. Lady Paget había sido muy clara al asegurar que no buscaba marido y que no tenía intención de buscarlo nunca. Y la creía. El tampoco estaba buscando esposa. De momento no lo hacía, y posiblemente no lo haría hasta al cabo de cinco o seis años. Pero se sentía incómodo.

¿Tal vez por los rumores que circulaban sobre ella? ¿Habría matado de verdad a su esposo? ¿Estaba a punto de acostarse con una asesina? ¿Tenía miedo de ella? ¿Debería tenerlo? La verdad era que no estaba asustado. Solo incómodo.

No la conocía. Aunque ese tampoco era un motivo para sentirse así. Tampoco había conocido a muchas de las mujeres con las que se había acostado a lo largo de los años. Las había tratado con gentileza, consideración y generosidad, pero en realidad no las conocía ni había querido conocerlas.

¿Quería conocer a lady Paget?

La susodicha se encontraba junto al tocador, observándolo a la luz de la vela con esa extraña sonrisa en los labios que resultaba incitante y desdeñosa a la vez. Comprendió que llevaba demasiado rato parado junto a la puerta, y que posiblemente parecería un colegial asustado a punto de salir huyendo.

Se acercó a ella y no se detuvo hasta colocar las manos en torno a su estrechísima cintura. Inclinó la cabeza y colocó los labios sobre el lugar donde latía el pulso en su cuello.

Su piel era cálida, suave y fragante. Se pegó a él, de modo que esos pechos tan generosos quedaron aplastados contra su torso, y notó el roce de su abdomen y de sus muslos contra los suyos. El corazón le latía tan deprisa que le atronaba los oídos, y la sangre circulaba por sus venas en dirección a la entrepierna, tensando aún más su palpitante erección.

Levantó la cabeza para besarla con los labios entreabiertos y buscó con la lengua el húmedo interior de su boca. Ella la succionó con fuerza y la retuvo contra el cielo de la boca, presionándola con la suya. Se percató de que sus manos le acariciaban la espalda por debajo de la chaqueta y el chaleco, desde donde se deslizaron hasta sus nalgas y donde se detuvieron al tiempo que comenzaba a frotarse de forma provocativa contra su endurecido miembro.

Entretanto, él comenzó con el laborioso proceso de desabrochar los numerosos botoncitos que le cerraban el vestido en la espalda. Una vez completada la tarea, puso fin al beso y se apartó para pasarle las mangas por los brazos y bajarle el vestido junto con la camisola. Poco a poco quedaron al descubierto esos magníficos pechos, la estrecha cintura, las incitantes curvas de sus caderas y por último las piernas, que eran largas y torneadas.

La ropa quedó arrugada en torno a sus pies conformando una pequeña montaña verde esmeralda y blanca. Ella siguió inmóvil, ataviada tan solo con los guantes blancos, las medias de seda y los escarpines plateados.

Descubrió que no podía apartar los ojos de ella. En ese instante comprendió que había algo mucho más sugerente que la desnudez y que era justo lo que tenía delante. Inspiró lenta y profundamente para serenarse un poco.

Lady Paget seguía mirándolo con los párpados entornados y los brazos a ambos lados del cuerpo, hasta que en un momento dado extendió uno de ellos para que le quitara el guante, que acabó descansando en el suelo junto con el resto de la ropa. Acto seguido, extendió el otro y esbozó su sonrisa más seductora.

Cuando acabó con los guantes, Stephen hincó una rodilla en el suelo y procedió a quitarle las medias, aunque antes hizo lo propio con las ligas. Ella le colocó primero un pie y luego el otro sobre la rodilla de la pierna doblada mientras le bajaba las medias y se las quitaba junto con los zapatos. Todo acabó en el suelo, tras él.

Le besó el empeine, los tobillos, la cara interna de las rodillas y el cálido interior de los muslos antes de incorporarse.

Era tan voluptuosa como había imaginado. O tal vez más. No era una mujer delicada en ningún sentido, pero sus proporciones eran perfectas y sus curvas, preciosas. Era magnífica.

¿Cómo era posible que hasta ese momento hubiera encontrado deseable la delgadez juvenil?

En vez de desnudarlo como esperaba que hiciera en ese momento, la vio levantar los brazos para quitarse las horquillas y soltarse el pelo. Lo hizo muy despacio, como si no tuviera prisa para ir a la cama, como si no se hubiera dado cuenta de la tremenda erección que tenía o de lo alterado de su respiración.

Sin embargo, su sonrisa ponía de manifiesto que era muy consciente de ambas cosas.

Y sus párpados entornados eran un claro indicio de que ansiaba el plato principal de la velada tanto como él.

Observó uno a uno los mechones de pelo que fueron cayendo y cuando la melena al completo por fin se extendió sobre sus hombros, enmarcándole la cara, se vio obligado a tragar saliva. Un grueso mechón resbaló hasta quedar descansando entre sus pechos.

Era una melena abundante y lustrosa de un intenso tono rojizo. La gloria que coronaba su belleza. Volvió a tragar saliva.

– Vamos a la cama -propuso ella.

Se aferró a las solapas de la chaqueta, pero ella le impidió que se la quitara.

– No -le dijo-. Solo los zapatos, lord Merton.

Apartó las manos de las suyas y las deslizó hasta llegar a las calzas. Sus dedos las desabrocharon con eficiencia mientras se miraban a los ojos. Una vez que la bragueta se abrió, inclinó la cabeza hacia él y mientras le rozaba los labios con suavidad, le dijo:

– Ya está listo. Los dos lo estamos. Vamos a la cama.

En un primer momento creyó que lo decía porque no podía esperar a verlo desnudo. Sin embargo, sabía que esa no era la razón. Lady Paget era mucho más lista que él. El deseo que lo embargaba era tan intenso que resultaba casi doloroso. Y el hecho de estar totalmente vestido mientras que ella se había desnudado por completo tenía mucho que ver.

Lady Paget lo llevó hasta la cama. Después de apartar el cobertor y la sábana, se tumbó de espaldas y levantó los brazos para recibirlo. Mientras él se colocaba entre sus muslos, lo abrazó y se acomodó debajo de su cuerpo, acariciándolo con los pechos y las caderas. Uno de sus pies le acarició una pierna por encima de la media y de las calzas. Él se dispuso a explorar su cuerpo con las manos y con la boca, que utilizó para acariciarla y atormentarla. Hasta que notó que sus dedos lo liberaban de las calzas y comenzaban a explorarlo con delicadeza. Contuvo el aliento por la sorpresa. Ella rió entre dientes y lo atrajo hacia el húmedo calor escondido entre sus muslos.

Ni hablar. No estaba dispuesto a dejarse seducir. No era un colegial virgen en manos de una experta cortesana. Le colocó un brazo bajo el cuerpo de forma que no le quedó más remedio que soltarlo y cubrió con la mano el lugar que su miembro acababa de rozar. Comenzó a explorarla con suavidad, acariciándola y arañándola con delicadeza, penetrándola un poco con un dedo mientras presionaba con los demás. Utilizó el pulgar para describir una serie de círculos en el punto preciso, logrando que ella jadeara.

Si su papel era el de dejarse seducir por una seductora, ella también tendría que dejarse seducir.

No estaba dispuesto a permitir que el encuentro no fuera de igual a igual.

Sería placentero para ambos, los dos se entregarían y recibirían lo mismo a cambio.

La aferró con firmeza por el trasero, se colocó en la posición correcta y esperó a que ella levantara las caderas un poco a modo de invitación para penetrarla hasta el fondo.

La escuchó soltar una suave carcajada mientras sentía la presión que ejercían sus músculos en torno a su miembro y después lo rodeó con las piernas. Se incorporó un poco para mirarla a los ojos. La luz de la vela le acariciaba la cara y convertía su pelo en una brillante hoguera que se extendía sobre la almohada.

– Stephen -la oyó decir mientras lo aferraba por las solapas de la chaqueta. En vez de detenerse, sus manos ascendieron hasta colocarse sobre sus hombros.

Escucharla pronunciar su nombre con esa voz tan ronca y seductora le provocó un escalofrío.

– Lady P…

– Cassandra -lo interrumpió. -Cassandra.

En ese instante ella se relajó y comenzó a rotar las caderas en torno a su miembro.

– Stephen -repitió-, eres muy grande.

El comentario le arrancó una carcajada.

– Y muy duro -añadió ella con una mirada burlona-. Eres un hombre muy viril.

– Y usted, milady -replicó él-, es muy suave, y está muy mojada y caliente. Es toda una mujer.

La vio componer una mueca burlona, aunque su jadeante respiración delataba el deseo que sentía. Se inclinó sobre ella para besarla en los labios y comenzó a penetrarla con profundas y rítmicas embestidas, prolongando todo lo posible la dolorosa expectativa del clímax hasta que se derramó en su interior y acabó desplomándose sobre ella, a la espera de que su corazón recuperara el ritmo normal. Se preguntó si había prolongado el momento lo suficiente como para que ella también hubiera alcanzando el clímax.

El hecho de no estar seguro lo avergonzó.

– Cassandra… -murmuró mientras salía de ella y se colocaba a su lado sobre el colchón, con el brazo aún bajo su cabeza.

Sin embargo, no dijo nada más. La extenuación posterior a la satisfacción sexual se apoderó de él y lo sumió en un profundo y reparador sueño.

No supo cuánto tiempo durmió, pero cuando se despertó estaba solo. Y seguía vestido con toda la ropa, que debía de estar horriblemente arrugada. Su ayuda de cámara se lo recordaría durante un mes, y amenazaría con renunciar al puesto y buscarse otro caballero que demostrara más respeto por su trabajo.

La bragueta estaba de nuevo abrochada, tal y como comprobó con una repentina punzada de vergüenza.

La vela ya no estaba encendida, pero el dormitorio no se hallaba del todo a oscuras. La luz grisácea del amanecer se colaba por la ventana. Las cortinas estaban descorridas.

Volvió la cabeza en dirección al tocador. Lady Paget estaba sentada de lado en la banqueta, observándolo. Se había vestido, aunque no con la ropa que había llevado por la noche. Se había cepillado el pelo, que llevaba recogido en una coleta que le caía por la espalda. Tenía las piernas cruzadas y no paraba de balancear el pie que quedaba en el aire, meciendo el zapato sobre la punta de los dedos.

– Cassandra -dijo-. Lo siento. Debería…

– Tenemos que hablar, lord Merton -lo interrumpió ella.

«¿Lord Merton?», pensó. ¿Ya no era Stephen?

– ¿En serio? -le preguntó-. ¿No sería…?

– De negocios -volvió a interrumpirlo-. Tenemos que hablar de negocios.

CAPÍTULO 06

Cassandra llevaba despierta mucho tiempo. En realidad, apenas había logrado echar un par de cabezaditas.

Pasó un buen rato contemplando el horroroso dosel de la cama. Lo quitaría, decidió, o encontraría la manera de cubrirlo con una tela más clara y más alegre. Debía convertir la casa en un hogar… en caso de que se quedara en ella, por supuesto. En caso de que pudiera permitírselo.

En ese momento volvió la cabeza y observó largo y tendido al conde de Merton a la parpadeante luz de la vela. ¡Qué derroche dejar que se consumiera! Tampoco había apagado las velas de la entrada ni del descansillo. Como si tuviera dinero para despilfarrar.

Lord Merton dormía profundamente y no parecía estar soñando. Estaba tan guapo dormido como lo estaba despierto. Su pelo, aunque corto, lucía alborotado y se había rebelado contra el peine que había domado los rizos.

Parecía más joven.

Parecía inocente.

No era inocente… al menos no en lo que al sexo se refería. No había habido muchos preliminares, ni antes ni después de acabar en el lecho, y el acto en sí apenas había durado unos minutos. Pero lord Merton sabía lo que estaba haciendo. Era un amante apasionado y habilidoso aunque se hubiera apresurado un poco durante su primer encuentro.

Llegó a la conclusión de que posiblemente fuera un hombre muy decente que procedía de una familia también muy decente. Por un breve instante se arrepintió de haberlo elegido. Sin embargo, ya era demasiado tarde para cambiar de opinión y escoger a otro. No tenía tiempo para coquetear con varios amantes antes de elegir al que más le convenía.

A la postre, cuando el alba comenzaba a rayar al otro lado de las ventanas haciendo innecesaria la luz de las velas, fue incapaz de quedarse más tiempo en la cama. Se alejó de lord Merton muy despacio para no despertarlo, pero él ni siquiera se inmutó. Seguía teniendo el brazo extendido bajo la almohada y la tela del frac estaba arrugadísima allí donde ella había colocado la cabeza. Se inclinó sobre él y le abrochó con mucho tiento la bragueta de las calzas mientras le lanzaba miraditas a la cara.

Desnudo debía de estar magnífico, pensó.

La próxima vez lo comprobaría. La invadió un inesperado anhelo por ese momento.

Salió de la cama y apagó la vela, momento en el que se percató con gran pesadumbre de lo mucho que se había consumido, y después entró sin hacer ruido en el atestado y minúsculo vestidor situado junto al dormitorio. Tras lavarse las manos y la cara con el agua fría que quedaba de la noche anterior en el aguamanil, escogió a oscuras un vestido mañanero del armario y se lo puso. Tanteó el estante superior del armario en busca de una cinta para el pelo, que se cepilló y se recogió en la nuca.

Notaba un persistente escozor allí donde él había estado. Había pasado mucho tiempo…

Por raro que pareciera, era una sensación bastante placentera.

Lord Merton todavía no se había despertado cuando regresó al dormitorio. Descorrió las cortinas y estuvo varios minutos con la vista clavada en la calle, que seguía desierta a pesar de que la oscuridad de la noche estaba desapareciendo. Al cabo de un rato vio a un trabajador que caminaba con rapidez y con la cabeza gacha.

Y después se sentó en la banqueta del tocador, colocándola de forma que pudiera ver al hombre que yacía en la cama y percatarse de cuándo se despertaba.

Le sorprendió que no lo hubiera hecho ya, impaciente por repetir los placeres nocturnos. Esbozó una sonrisa sesgada porque no lo hubiera hecho. ¿Había interpretado tan mal su papel? ¿O lo había hecho maravillosamente bien?

Cruzó las piernas y se entretuvo balanceando un pie hasta que por fin lo vio moverse. Lord Merton tardó un rato en espabilarse y girar la cabeza para verla sentada en la banqueta.

– Cassandra -dijo-. Lo siento. Debería…

Lo interrumpió. No le interesaban sus disculpas. ¿Se disculpaba por haber dormido tanto? Todavía era muy temprano, tanto que ni siquiera habían salido a la calle los vendedores ambulantes, solo los trabajadores, que tal vez regresaran a casa tras el turno de noche. ¿O se disculpaba por haber dormido en vez de aprovechar al máximo la noche para disfrutar de su cuerpo?

Había pronunciado su nombre como si fuera una caricia.

En ese momento recordó que lo había pronunciado después de terminar con ella… como si no solo fuera un cuerpo femenino con el que saciar su deseo, sino también una persona con nombre propio.

Debía tener mucho cuidado para no acabar seducida por ese hombre. Ella era la seductora.

– Tenemos que hablar, lord Merton -le dijo.

– ¿En serio? -dijo él, que se incorporó sobre un codo con expresión risueña-. ¿No sería…

«… mejor volver a la cama y hablar después… en todo caso?»

– De negocios -lo interrumpió antes de que él pudiera terminar su frase-. Tenemos que hablar de negocios.

Todo su futuro dependía de ese momento. Siguió balanceando el pie, con cuidado de no hacerlo más deprisa por temor a demostrar lo nerviosa y tensa que estaba. Entornó los párpados y esbozó una leve sonrisa.

– ¿De negocios? -El conde se sentó, bajó los pies al suelo, se pasó las manos por la ropa en un vano intento por alisarla e hizo ademán de arreglarse la corbata. Seguía pareciendo un hombre que había dormido vestido.

– No lo seduje por el placer de una noche en su compañía, milord -confesó-. Más aún teniendo en cuenta que se ha pasado casi toda la noche durmiendo.

– Te pido dis… -comenzó.

Alzó una mano para volver a interrumpirlo.

– El hecho de que haya dormido profundamente me parece un tributo al placer que le proporcioné anoche -dijo-. Yo también he dormido casi toda la noche. Es usted un… amante muy satisfactorio. -Se permitió una ligera sonrisa.

Lord Merton no dijo nada.

– Deseo estar otra vez con usted esta noche y mañana por la noche y todas las noches del futuro más cercano -continuó-. Y me encargaré de que me desee en la misma medida y durante el mismo tiempo, milord. ¿O ya no hace falta que recurra a mis artes de seducción? ¿Ya me desea?

La respuesta del conde la alarmó y le produjo un escalofrío.

– No me gusta la palabra «seducción» -lo oyó decir-. Implica cierta debilidad en la persona seducida y una fría maquinación por parte de la seductora. Implica una disparidad de deseos y necesidades. Sugiere a un títere y a un titiritero. Nunca he admirado a los seductores porque explotan a las mujeres y las convierten en juguetes de alcoba. Nunca he conocido a una seductora, si bien conozco la leyenda de las sirenas.

– ¿No es cierto que conoció a una anoche, lord Merton? -le preguntó.

– Conocí a una dama -precisó él con una sonrisa- que se definía como tal. A ti, de hecho. Me gustaría pensar que al sentirte sola… perdóname, que al estar sola, buscaste a alguien que te resultara atractivo para consolarte, y me encontraste a mí. No me sedujiste, Cassandra. Fuiste descarada y sincera sobre la atracción que sentías por mí, cosa que nunca me había sucedido con otras damas, ya que suelen emplear un vasto arsenal de triquiñuelas mucho más sutiles para llamar mi atención. Me gustó tu franqueza. Yo también me sentí atraído por ti. Te habría invitado a bailar aunque no hubieras forzado el encontronazo justo antes de que comenzara el vals. Supongo que no te habría invitado a compartir cama tan pronto si no hubieras dejado tan claro que tú también lo deseabas, pero a la postre nuestra mutua atracción nos habría conducido hasta este mismo punto.

Había malinterpretado la situación por completo. Aunque daba lo mismo.

«Nuestra mutua atracción.»

– Sí, quiero volver a acostarme contigo y quiero que sigamos haciéndolo. Pero antes tengo que preguntarte algo.

Ella enarcó las cejas y lo miró con expresión altanera.

– ¿De verdad? -replicó. De alguna manera había perdido el control de la conversación. Se suponía que ella iba a hablar y que él iba a escuchar.

– Cuéntame cómo murió lord Paget -le pidió. Se había inclinado hacia delante y había apoyado los brazos en las rodillas. Esos ojos azules la miraban con expresión penetrante.

– Murió -contestó con una sonrisa desdeñosa-. ¿Qué más quiere que diga? ¿Quiere que le confiese que le abrí la cabeza con un hacha, lord Merton? Porque no lo hice. Lo mató una bala… que le atravesó el corazón.

Siguió mirándola sin flaquear.

– ¿Lo mataste? -le preguntó.

Cassandra apretó los labios y le devolvió la mirada.

– Sí -contestó.

No se había dado cuenta de que lord Merton había contenido el aliento hasta que lo escuchó expulsar el aire con fuerza.

– Me habría costado mucho blandir un hacha -continuó-, pero no tengo problemas para usar una pistola. Y la usé. Le atravesé el corazón de un disparo. Y no me arrepiento. No he llorado su muerte ni un solo minuto.

Lord Merton agachó la cabeza de modo que se quedó mirando el suelo y ella le miraba la coronilla. Tuvo la impresión de que había cerrado los ojos. Lo vio apretar los puños.

– ¿Por qué? -preguntó Stephen al cabo de unos minutos de silencio.

– Porque sí -contestó, y sonrió aunque él no la miraba-. Tal vez porque me apetecía.

Tendría que haberse negado a contestar la primera pregunta. ¿Acaso quería espantarlo y arruinar sus cuidadosos planes? Porque no podía haber elegido mejor manera de hacerlo.

Se produjo otro largo silencio. Cuando lord Merton volvió a hablar, lo hizo con un hilo de voz.

– ¿Te maltrataba? -le preguntó.

– Sí -respondió Cassandra-. Me maltrataba.

Lord Merton por fin alzó la cabeza y volvió a mirarla fijamente con expresión preocupada y el ceño fruncido.

– Lo siento -dijo.

– ¿Por qué? -le preguntó con un gesto desdeñoso-. ¿Hay algo que usted hubiera podido hacer y no hizo, milord?

– Siento que tantos hombres se comporten como brutos por el mero hecho de ser físicamente más fuertes que las mujeres. ¿Tan mala era la situación que no te quedó otro remedio que matarlo?

Sin embargo, él mismo se respondió antes de que ella pudiera hacerlo.

– Tuvo que serlo. ¿Por qué no te arrestaron?

– Le disparé en la biblioteca, casi de noche -contestó-. No hubo testigos, y cuando llegaron varias personas atraídas por el ruido, fue imposible saber quién lo había hecho. No hubo, ni hay, prueba alguna de que lo hiciera yo. Cualquiera pudo haberlo hecho. Cualquiera. La casa estaba llena de criados y de otras personas. La ventana de la biblioteca estaba abierta y cualquiera pudo entrar. Nadie puede demostrar nada salvo que murió de un disparo.

– Y salvo que me lo acabas de confesar.

– Pero solo se lo he confesado a usted -replicó-. De ahora en adelante siempre lo acompañará el temor de que lo mate alguna noche para asegurarme su silencio.

– No soy un soplón -afirmó él- ni tengo miedo. Y tú tampoco debes tenerlo.

– No tengo miedo de usted -declaró-. Un caballero no revela los secretos de una dama, y creo que usted es un caballero. Y no temo que me maltrate. Si lo hiciera, no lo mataría. ¿Para qué hacerlo cuando me basta con alejarme de usted, cosa que no pude hacer en el caso de mi esposo? Una viuda tiene poder, lord Merton. Es libre.

Salvo que ella no lo era. La falta de dinero la ponía en un aprieto. Y de alguna manera esa conversación no se estaba desarrollando como ella había planeado. En su cabeza ella controlaba las respuestas del conde y sus propias preguntas. Desconocía la forma de recuperar el control.

– Será un placer ser tu amante -dijo él-. Te trataré con cariño. Te lo prometo. Y cuando la relación termine, solo tienes que decírmelo y me iré.

– El problema, lord Merton, es que no me puedo permitir una relación puramente basada en la atracción. -No se parecía en absoluto a lo que había pensado decir. Pero ya era demasiado tarde. Había pronunciado las palabras.

Lord Merton la taladró con la mirada.

– ¿No te lo puedes «permitir»? -recalcó.

– Es normal que un hombre que hereda el título de su padre, sus propiedades y su fortuna considere a su madrastra un estorbo. Sin embargo, la mayoría de los hombres cumple con su deber. El actual lord Paget no lo ha hecho.

– ¿Tu esposo no te dejó nada en su testamento? -Le preguntó lord Merton con el ceño fruncido-. ¿Ni tampoco se acordó nada en el contrato matrimonial?

– Por supuesto que sí-contestó-. ¿De verdad cree que lo habría matado de saber que me quedaría desamparada, lord Merton? Debería hacer uso de la residencia de la viuda en Carmel House durante lo que me queda de vida, y también de la residencia londinense. Iba a recibir una compensación económica, todas mis joyas y una cómoda pensión vitalicia.

El conde seguía frunciendo el ceño.

– ¿Paget puede negarte legalmente todo eso? -quiso saber.

– No puede -respondió-. Pero yo tampoco puedo matar legalmente a un hombre. Su padre, para más señas. Como ve, estábamos en tablas, lord Merton, pero él resolvió el empate. No me denunciaría si yo accedía a marcharme con las manos vacías.

– ¿Y lo hiciste? -le preguntó-. ¿Te marchaste sin más? ¿Aunque no había pruebas en tu contra?

– Se pueden fabricar pruebas, milord, para inculpar a alguien a quien no se le tiene mucho aprecio -dijo.

El conde la miró un buen rato antes de cerrar los ojos y agachar la cabeza una vez más.

Una dama de dudosa reputación lo había seducido y, acto seguido, había recibido una propuesta de negocios por parte de una cortesana… una cortesana cara, una cortesana irresistible. Y lord Merton obedecería como un cachorrito bien entrenado porque había despertado su apetito, pero no lo había saciado del todo. Jadearía de deseo por ella.

Ese era el plan. Lo tenía muy claro y en su momento le pareció muy razonable. No esperaba que fuera difícil de ejecutar.

No obstante, el plan se había ido al traste.

Comenzó a balancear el pie muy despacio una vez más. Contempló esos alborotados rizos rubios con todo el desdén del que fue capaz. En cualquier momento lo vería ponerse en pie para marcharse. Sintió el deseo de apresurar las cosas ordenándole que lo hiciera.

No temía que lord Merton le contase a otra persona lo que le había dicho. Al fin y al cabo, estaba segura de que era un caballero. Además, no estaría dispuesto a admitir que se había dejado seducir por una infame asesina.

Lo vio ladear la cabeza y cuando sus ojos volvieron a encontrarse a la luz del día, tuvo la sensación de que estaba más pálido que antes, de que sus ojos eran más azules. Y más intensos.

– ¿No tienes nada? -le preguntó.

Enarcó las cejas antes de contestar.

– Tengo lo suficiente -mintió-. Pero si va a ser mi amante, lord Merton, también será mi protector. Me pagará por los servicios prestados. Me pagará como le pagaría a la cortesana más cotizada del momento. Es decir, me pagará muy bien. Y yo le prestaré unos servicios diez veces mejores que los de cualquier cortesana. Lo de anoche no será nada en comparación.

Parecía un alarde absurdo. Y temió que lord Merton acabara riéndose en su cara.

– No te sentías atraída por mí en lo más mínimo, ¿verdad? Te presentaste en el baile de Meg sin invitación con la idea de encontrar un protector.

Le sonrió… y en ese momento su zapato acabó en el suelo con un golpe suave.

– Lord Merton, una dama hace lo que tiene que hacer -adujo con voz ronca.

«Vete -le ordenó en silencio-. Por favor, vete. Vete para que no vuelva a verte jamás.»

Se produjo un largo silencio durante el cual siguieron mirándose a los ojos. Decidió no apartar la mirada. También decidió no hablar hasta que él lo hiciera. Y tenía muy claro que no se pondría en pie de un brinco para huir hacia el vestidor y refugiarse tras la puerta cerrada hasta que él se marchara.

– Le pagaré semanalmente, lady Paget -dijo el conde a la postre-, por adelantado. Empezando hoy mismo. Le enviaré el dinero en cuanto llegue a casa… o a una hora temprana que sea respetable, al menos.

La suma semanal que pronunció a continuación hizo que le diera un vuelco el corazón, además de dejarla boquiabierta. ¿De verdad ganaban tanto las cortesanas?

– Me parece bien -replicó con frialdad. Se había percatado de que él había abandonado el uso de su nombre de pila y el tuteo-. No se arrepentirá, lord Merton. Le serviré muy bien.

Algo relampagueó en las profundidades de esos ojos azules.

– No quiero que me sirvan, señora -sentenció al tiempo que se ponía en pie-, como si fuera un animal que responde solo a la lujuria. Dudo mucho que existan animales así, salvo los humanos, por supuesto. Seré su protector. Técnicamente será mi amante. Pero me acostaré con usted cuando el deseo sea mutuo. Cuando usted desee hacerlo, y no lo haré cuando usted no quiera. Seremos amantes o no seremos nada. Su salario semanal no dependerá del número de veces que me ofrezca su cuerpo sobre esa cama o sobre cualquier otra superficie. ¿Queda claro?

Lo miró con cierta sorpresa. Sintió algo rayano en el miedo. Pero no era un miedo físico. Estaba casi segura de que lord Merton nunca le haría daño. Pero era un hombre… Ni siquiera sabía cómo tildarlo, pero había algo en él que de repente la asustó.

¿El temor a no poder manipularlo como había esperado hacer? Era joven, agradable y caballeroso… y estaba rodeado por un aura de inocencia. Había imaginado que también tendría un carácter débil o, al menos, manejable, que pudiera controlarse fácilmente a través del sexo.

Quizá lo había subestimado.

Era una posibilidad espantosa.

Sin embargo, había accedido a ser su protector durante un tiempo indeterminado. E iba a pagarle una cuantiosa suma. La cantidad que ella había pensado apenas sobrepasaba la mitad de lo que él le había ofrecido.

– Más claro que el agua -contestó y se puso en pie tras quitarse el otro zapato. Se acercó a él, levantó los brazos y se dispuso a enderezarle la corbata en un intento por recomponer sus complicados pliegues-. Tenemos un trato, lord Merton.

– Lo tenemos -replicó él, cogiéndola de las muñecas.

Alzó la cara para mirarlo con una sonrisa.

El conde no se la devolvió. Esos ojos azules la miraron de forma penetrante.

– Conmigo no la necesita -lo escuchó decir en voz baja.

– ¿El qué? -Enarcó las cejas.

– Esa máscara de gélido desdén hacia el mundo y sus habitantes humanos -contestó Stephen-. No necesita llevarla. No voy a hacerle daño.

En ese momento el pánico la atenazó hasta tal punto que habría echado a correr de verdad si él no la estuviera sujetando por las muñecas, aunque no lo hiciera con fuerza. No obstante, sonrió.

– Qué chasco sonreírle a tu amante y protector y que te diga que es una expresión de gélido desdén. Tal vez debería mirarlo con el ceño fruncido.

El conde bajó la cabeza y le dio un beso fugaz, aunque violento, en los labios.

– ¿Irá al té de lady Carling esta tarde? -le preguntó.

– Creo que sí -contestó-. Al fin y al cabo, la dama me invitó y creo que será divertido ver la reacción de las demás invitadas.

– Mis tres hermanas asistirán -comentó lord Merton-. La tratarán con suma cortesía, al igual que lady Carling. La recogeré en mi tílburi para dar un paseo por el parque después del té.

– Ni hablar -rehusó, apartándose de él-. No tiene nada que ganar y muchísimo que perder al relacionarse conmigo en público.

– Vendré a verla por las noches con discreción, a fin de proteger su reputación al máximo -señaló-. Pero no es una cortesana, lady Paget. Es una dama que necesita restaurar su reputación entre la alta sociedad. Ignoro qué sucedió con su esposo, aunque me haya contado los detalles por encima. Creo que hay más, mucho más, y ya hablaremos del tema conforme pase el tiempo. Sin embargo, debe restaurar su reputación. Lo conseguirá en parte gracias a mi compañía. Y si cree que mi reputación se verá seriamente dañada, no entiende la doble moral por la que se rige la alta sociedad (en realidad, la sociedad al completo), el doble rasero con el que se mide a hombres y mujeres. Sherry, por ejemplo, el conde de Sheringford, está a punto de ser perdonado, mientras que a la dama con quien huyó le habría costado muchísimo más si siguiera viva y hubiera decidido regresar. Mi reputación permanecerá prácticamente inmaculada si me ven con usted por Londres. La suya se beneficiará de mi compañía.

– No tiene que ser amable conmigo, lord Merton -replicó.

– Si la palabra «protector» se limita a indicar que tengo acceso exclusivo e ilimitado a su cuerpo, no quiero el puesto -sentenció él-. Si soy su protector, ejerceré el papel en toda la extensión del término además de acostarme con usted.

El comentario le arrancó un hondo suspiro.

– Creo que anoche encontré un monstruo en vez del ángel que me esperaba… un ángel rico. Por más amables que sean conmigo esta tarde, sus hermanas se quedarán espantadas cuando se presente en casa de lady Carling para llevarme a dar un paseo por el parque.

– Mis hermanas tienen su propia vida y yo tengo la mía. No nos controlamos los unos a los otros. Solo nos queremos.

– Precisamente el amor que sienten por usted será el motivo de su espanto.

– En ese caso, que se espanten todo lo que quieran -replicó él-. Pasaré a buscarla a las cuatro y media.

– Será mejor que se vaya antes de que Alice aparezca y lo mire con el ceño fruncido. Acabará acostumbrándose, pero al principio fruncirá el ceño. Y, créame, no es agradable enfrentarse a ese gesto crítico cuando se está en desventaja. El frac y las calzas están arrugados, y su corbata no tiene remedio. Tiene el pelo alborotado y está empezando a rizársele.

Lo vio sonreír, por primera vez en bastantes minutos.

– La cruz de mi existencia -comentó.

– Pues no intente domarlo -le aconsejó-. Cualquier mujer de sangre caliente se muere por alborotarle el pelo con los dedos.

Lord Merton le hizo una reverencia y se llevó su mano derecha a los labios.

– La veré esta tarde -le dijo. La miró a los ojos-. Y le enviaré el dinero esta mañana.

Cassandra asintió con la cabeza.

Y el conde se fue, cerrando la puerta tras él sin hacer ruido.

Se acercó a la ventana y clavó la vista en la calle hasta que lo vio salir por la puerta principal. No la oyó abrirse ni cerrarse. Lo vio caminar con paso vivo y alegre por la calle, hasta que dobló una esquina, y siguió con la vista clavada en el lugar por donde había desaparecido.

Al cabo de un momento se dio cuenta de que estaba llorando. Regresó al vestidor y se inclinó sobre la palangana.

Ella no lloraba. Nunca jamás.

Alice no debía ver ni una sola lágrima en su cara.

CAPÍTULO 07

Stephen siempre había contado con la bendición de un carácter ecuánime y una visión alegre de la vida. Ni siquiera de niño fue propenso a perder los estribos con sus compañeros de juegos, a enfrentarse de forma violenta con ellos o a dejarse llevar por el rencor. Cierto que hacía ya unos años le asestó a Clarence Forester un buen puñetazo que le rompió la nariz y le dejó los ojos morados, aunque el muy cobarde no fue capaz de enfrentarse a él como un hombre. Y también era cierto que se quedó con las ganas de hacerle algo peor a Randolph Turner un año después de dicho episodio, aunque las circunstancias lo obligaron a contenerse.

Sin embargo, la violencia (o más bien los impulsos violentos) estaba justificada en ambos casos por buenas razones. En dichas ocasiones sus hermanas se vieron amenazadas, y sería capaz de matar con tal de proteger a cualquiera de las tres.

Porque había ocasiones en las que la furia e incluso la violencia estaban justificadas.

En ese momento se sentía furioso. Muy furioso. Pero consigo mismo.

La primera víctima de dicha furia fue su ayuda de cámara, un hombre que realizaba sus tareas de forma intachable, pero a quien le gustaba imponerle su criterio y mangonearlo cada vez que podía, un rasgo habitual entre sus compañeros de oficio. Cuando lo mandó llamar a las seis de la mañana, el ayuda de cámara lo miró de arriba abajo y comenzó a echarle un rapapolvo y a amenazarlo como si estuviera lidiando con un niño travieso.

Se lo permitió durante un par de minutos, tras los que se enfrentó a él con mirada fría y voz gélida.

– Philbin, disculpa si he malinterpretado la situación -dijo-. Pero ¿no eres tú quien está contratado a mi servicio? ¿Tu labor no consiste en encargarte del cuidado de mi ropa entre otras cosas, como lavarla, plancharla y tenerla preparada para cuando la necesite? Espero que estas prendas estén lavadas, planchadas y listas cuando las solicite de nuevo. Entretanto, ordena que calienten el agua para mi baño y prepárame la ropa de montar. Después me afeitarás y me ayudarás a vestirme. Si en tus más desquiciadas fantasías has llegado a imaginar que entre tus tareas se encuentra la de hablar conmigo y ofrecerme tu opinión sobre mi comportamiento o sobre el estado de mi ropa cuando vuelvo a casa, ya puedes ir abriendo los ojos. Pero en el caso de que ese sea tu sueño, ya puedes ir buscando empleo con algún tonto que te lo permita. ¿Queda claro?

Él mismo se sorprendió mientras se escuchaba hablar. Philbin llevaba a su servicio desde que cumplió los diecisiete años, y siempre habían disfrutado de una estupenda relación como señor y sirviente. Su ayuda de cámara refunfuñaba y lo regañaba cuando tenía motivos para hacerlo, y su costumbre era la de aplacarlo sin darle importancia o directamente la de no hacerle caso, dependiendo de lo que estimara conveniente en cada caso. Sin embargo, en ese momento no pensaba disculparse. Estaba demasiado enfadado y Philbin era la diana perfecta con la que ventilar su enfado. Ya haría las paces más adelante.

Philbin lo miró con la boca abierta, hasta que la cerró con tanta fuerza que chasqueó los dientes y dio media vuelta para proceder a colgar su arrugadísima chaqueta. Stephen tuvo la horrible sospecha de que su ayuda de cámara estaba luchando contra las lágrimas y se sintió muy culpable e incluso más enfadado que antes.

No obstante, era imposible que Philbin aguantara mucho tiempo con la boca cerrada.

– Sí, milord -replicó con una nota de serena indignación en la voz-. Que quede claro que no quiero trabajar para ningún otro, como bien sabe. No me merecía ese comentario, milord. ¿Quiere la chaqueta de montar negra o la marrón? ¿Los pantalones beis o los grises? ¿Las botas nuevas o…?

– Philbin -lo interrumpió con impaciencia-, prepárame la ropa de montar, ¿de acuerdo?

– Sí, milord -contestó el sirviente, apaciguada en parte su sed de venganza. Porque generalmente no se rebajaba a hacer unas preguntas tan quisquillosas.

Una vez solucionado ese asunto, Stephen procedió a llevarse su enfado a Hyde Park, donde galopó como alma que lleva el diablo por Rotten Row antes de la llegada de otros jinetes, momento en el que la velocidad habría sido peligrosa.

No tardó en verse rodeado por un grupo de amigos, cuya conversación, sumada al fresco aire matinal, lo tranquilizó un poco, hasta que Morley Etheridge tuvo la ocurrencia de mencionar el baile de la noche anterior y Clive Arnsworthy se congratuló de haber bailado una pieza con la deliciosa lady Christobel Foley.

– Aunque todo el mundo sabe que te tiene echado el ojo a ti, Merton -prosiguió su amigo-. Antes de que acabe el verano, te encontrarás de camino al altar a menos que vayas con mucho cuidado. Claro que se me ocurren otras mujeres peores con las que compartir los grilletes del matrimonio, la verdad. Más de doce. Yo diría que más de cien.

– ¿Por qué detenerse en cien? -Replicó Etheridge con sequedad-. ¿Por qué no llegar hasta mil, Arnsworthy?

– Sin embargo, lo peor en el caso de Merton no es que se arriesgue a acabar frente al altar -apostilló Colin Cathcart, ajeno por completo al mal humor de Stephen-. Lo peor es el hacha que pende sobre su cabeza. Aunque sería una forma magnífica de dejar este mundo, siempre y cuando suceda mientras se encuentre entre los muslos de la dama en cuestión. Unos muslos muy torneados, a juzgar por lo que dejaba adivinar ese vestido verde, que tampoco es que dejara mucho a la imaginación, ¡por Dios! ¿Te fijaste bien, Arnsworthy? ¿Y tú, Etheridge?

El comentario fue recibido por un coro de risotadas.

– Creo que me fijé en los muslos -respondió Arnsworthy-, pero reconozco que mis ojos la recorrieron desde la cabeza hacia abajo y casi no fueron capaces de pasar de esa melena pelirroja. Aunque logré hacer el valiente esfuerzo de llegar al busto. Me fue imposible ir más lejos. En la vida he agradecido tanto el uso del monóculo.

De nuevo estallaron en carcajadas.

– Si esa mujer esperaba que… -comenzó a decir Etheridge.

– Esa dama -lo interrumpió Stephen, enfatizando la palabra con el mismo tono de voz frío y cortante que había empleado durante la discusión con su ayuda de cámara-. Una invitada al baile de mi hermana que como tal merecía el respeto, la consideración y la caballerosidad demostrada al resto de las invitadas. No era, y no es, una ramera a la que comerse con los ojos y a la que despojar de su dignidad. No vuelvas a referirte a ella de forma irrespetuosa en mi presencia. A menos que quieras que te responda en algún páramo al amanecer.

Sus tres amigos se volvieron al unísono sobre sus monturas para mirarlo boquiabiertos, tal como había hecho Philbin un rato antes.

Stephen cerró la boca y apretó los dientes después de clavar la mirada al frente. Se sentía un poco tonto. Y muy furioso. Había estado en un tris de cruzarles la cara con un guante y retarlos a duelo. Y de enfrentarse a los tres a la vez. En un tris…

– Estás preocupado por la reputación de lady Sheringford, ¿verdad, Merton? -Le preguntó Etheridge después de un incómodo silencio-. No es necesario. Nadie en su sano juicio creería que esa mujer… que esa dama recibió una invitación. Además, tu hermana y Sherry manejaron la situación con un aplomo admirable. Tu hermana estuvo charlando con ella y Sherry la sacó a bailar, y después enviaron a Moreland a que hiciera lo propio y luego te tocó a ti… ¿o fue al revés? La madre de Sherry dio un paseo con ella después de la cena. El veredicto de hoy será que el baile ha sido un éxito rotundo. Mucho más por la emoción que supuso la aparición de lady Paget. No tienes que preocuparte de nada, amigo mío. La mayoría de los hombres a los que conozco siempre ha considerado a Sherry un tipo genial por haber tenido el valor de hacer lo que hizo hace años. Hizo lo que otros sueñan con hacer. E incluso las damas han comenzado a perdonarlo. Y todo gracias a tu hermana, que es un ejemplo de respetabilidad.

Los otros dos murmuraron su asentimiento por lo bajo, tras lo cual los cuatro se detuvieron a saludar a otro grupo de jinetes, dando por zanjado el vergonzoso momento.

Sin embargo, Stephen siguió furioso durante el resto de la mañana. Pasó media hora entrenando en el cuadrilátero del club de boxeo de Jackson antes de que el mismísimo Jackson ocupara el lugar de su contrincante después de que este se quejara de la innecesaria violencia de sus puñetazos.

Más tarde se marchó a White's, donde se sentó en la sala de lectura con uno de los periódicos matinales delante de la cara, de tal forma que el ángulo disuadía a cualquiera que hubiera querido acercarse y molestarlo.

Era un hombre sociable por naturaleza que se había ganado la simpatía de un nutrido y diverso número de caballeros. Sin embargo, esa mañana se mantuvo sentado detrás de su periódico y fulminó con la mirada al único que se atrevió a pasar a su lado y a saludarlo con una breve inclinación de cabeza.

No leyó ni una sola palabra.

Había caído en una trampa y no había forma decente de escapar.

Se había despertado sintiéndose un poco avergonzado. Le había hecho el amor a Cassandra con rapidez y totalmente vestido, y después se había quedado dormido… y así había seguido durante lo que debían de haber sido horas. Además, tuvo que ser un sueño muy profundo, porque ni siquiera se había despertado cuando ella le abrochó las calzas y salió de la cama para vestirse. ¡Por Dios! Cuando la vio, estaba sentada en la banqueta del tocador, meciendo el pie como si llevara mucho rato esperando a que abandonara los brazos de Morfeo.

Solo se habría redimido si la hubiera convencido de que volviera a la cama y le hubiera hecho el amor lenta y concienzudamente después de desnudarse y de desnudarla a ella.

Sin embargo, ella había tejido su telaraña y él había acabado atrapado. Sin poder hacer nada para evitarlo. Ni siquiera el matrimonio le parecía tan asfixiante.

Había sido una esposa maltratada. Y debió de ser algo muy grave, porque le puso fin al maltrato blandiendo una pistola y atravesando el corazón de lord Paget con una bala.

¿Fue un asesinato?

¿O lo hizo en defensa propia?

¿Era imperdonable?

¿O estaba justificado?

Ignoraba las respuestas y tampoco le interesaba conocerlas. Había despertado su compasión y su sentido de la caballerosidad. De forma totalmente intencionada, sin duda alguna.

Según ella, la habían despojado de todos los beneficios a los que tenía derecho la viuda de un hombre acaudalado y con propiedades. Su hijastro la había echado de su casa con la amenaza de mandarla a prisión si se le ocurría volver o si recurría a la ley para recuperar lo que le pertenecía.

Era pobre. Aunque ignoraba hasta qué punto carecía de medios económicos. Había logrado llegar a Londres y alquilar esa casa deprimente y deslucida. Sin embargo, estaba casi seguro de que no contaba con ningún tipo de ingreso y de que su situación era desesperada. Se había colado en el baile de Meg la noche anterior aun a riesgo de sufrir la humillación de que la echaran con la mitad de la alta sociedad como testigo. Y lo había hecho con el propósito de encontrar a un protector adinerado. Lo había hecho para subsistir y para evitar convertirse en una mendiga sin más hogar que la calle.

No creía que dichas suposiciones acerca de la situación económica de lady Paget fueran exageradas.

Y él era el salvador que había elegido.

O… la víctima.

Porque le había parecido un ángel, y tras indagar sobre su identidad la dama había descubierto que poseía una gran fortuna. De modo que lo había creído una presa fácil. ¡Cuánta razón tenía!

Volvió una página del periódico con tal brusquedad que se quedó con un trozo de papel en la mano y el resto cayó sobre su regazo. El sonido del papel al rasgarse se escuchó claramente, de forma que unas cuantas cabezas se volvieron hacia él para mirarlo con gesto reprobatorio.

– ¡Chitón! -exclamó lord Pártete con el ceño fruncido por encima de sus anteojos.

Stephen zarandeó el mutilado periódico a fin de volver a enderezarlo, pese al ruido, y volvió a esconderse tras el papel.

Lady Paget tenía razón. Su triste historia, o lo poco que había escuchado de ella, había despertado su compasión y le preocupaba la pobreza en la que obviamente vivía. Habría sido incapaz de salir de esa casa y de darle la espalda, del mismo modo que habría sido incapaz de molerla a golpes y de romperle las costillas a patadas.

Podría haberle ofrecido una asignación de forma altruista, sin ningún tipo de obligación por su parte. La idea se le había ocurrido en casa de la dama. La riqueza que él poseía era indecente. No echaría en falta el dinero de una asignación periódica que le permitiera a lady Paget vivir de forma modesta.

Pero dicho arreglo no era posible. Porque sospechaba que en algún lugar detrás de esa fachada sonriente, desdeñosa y sensual se escondía el orgullo que su marido había intentado destruir a base de golpes. Probablemente ella hubiera rechazado el regalo.

Además, no podía ir por la vida ofreciéndole dinero a todo aquel que le contara sus penas.

De modo que si no hacía algo, su indigencia pesaría sobre su conciencia.

De ahí que se hubiera visto obligado a ofrecerle una desorbitada cantidad de dinero a cambio de unos favores sexuales que Stephen no estaba muy convencido de desear. Más bien todo lo contrario.

No era la primera vez que pagaba por unos favores sexuales, y siempre pagaba más de lo que la dama pedía. Hasta ese momento no le había parecido un acuerdo sórdido. Tal vez en el pasado también debería haberlo visto de esa forma. Tal vez necesitara un buen examen de conciencia. Porque tal vez las mujeres que ofrecían ese tipo de servicios lo hacían para evitar morirse de hambre. Ninguna lo haría por placer, ¿verdad?

Frunció el ceño por el indeseado rumbo de sus pensamientos. Estaba a punto de pasar otra página cuando cambió de opinión.

El día anterior a esa misma hora su deseo de encontrar una amante era tan acuciante como el de volar hasta la luna. Sin embargo, había encontrado una. Después de ayudarlo con las botas de montar y demostrando una sumisión poco habitual en él, Philbin había ido a la casa de Portman Street con un grueso fajo de billetes.

Era el generoso pago por los favores de la noche anterior y por los derechos exclusivos sobre dichos favores al menos durante una semana.

El dinero no le importaba. Lo que le molestaba era el engaño. Porque había pensado que ella lo deseaba, que se sentía atraída por él. Había pensado que se trataba de algo mutuo. Y la verdad resultaba vergonzosa y humillante. Lo que le molestaba era sentirse tan atrapado por la situación como si lo hubiera arrastrado ante el altar.

¿Por qué puñetas tenía que sentirse responsable por la reputación de esa mujer? Habida cuenta de lo pésima que era dicha reputación, claro. Había matado a su marido. Había vendido su cuerpo a un desconocido y lo había manipulado para que se convirtiera en su protector. Había…

Había sufrido una infancia nómada e insegura y un matrimonio de pesadilla. Y en esos momentos hacía lo necesario para sobrevivir. Para poder comer y para poder contar con un techo bajo el que refugiarse. Salvo la prostitución, no había ningún otro empleo para ella.

Se estaba prostituyendo para él.

Y él lo permitía.

Estaba obligado a permitírselo impulsado por la seguridad de que ella no aceptaría su dinero a menos que fuera a cambio de los servicios prestados.

No era un hombre propenso a odiar. Ni siquiera era propenso a sentir antipatía por la gente. Le gustaba prácticamente todo el mundo. Le caían bien sus congéneres en general.

Pero esa mañana en concreto se sentía consumido por el odio y por la furia. Y el problema era que no sabía a ciencia cierta quién era el objeto de ambos sentimientos, si iban dirigidos hacia lady Paget o hacia él mismo.

Daba igual. Lo único relevante era que iba a devolverle la respetabilidad. Y que iba a acostarse con ella lo justo para que la dama pudiera conservar su orgullo y sentir que se estaba ganando el sueldo.

Clavó los ojos en uno de los titulares del periódico y lo leyó junto con el resto del artículo, con gran atención aunque sin entender ni una sola palabra. Bien podía anunciar el fin del mundo, porque él no se había enterado.

Por supuesto que le importaba la posibilidad de que hubiera matado a su marido. Ese era el quid de la cuestión. ¿Lo había hecho o no? Según ella, lo había matado. ¿Por qué afirmarlo si no era verdad? Sin embargo, sospechaba que gran parte de lo que lady Paget había dicho no era del todo cierto. Y ese escueto «sí» con el que había contestado la pregunta no le había parecido muy sincero.

¿O se lo había imaginado porque quería que fuera inocente?

No resultaba muy placentero pensar que la amante que acababa de contratar era una asesina confesa.

Había que considerar los posibles maltratos que había sufrido, desde luego. Pero pensar que había cogido una pistola que seguro que no estaba encima de la mesa lista para ser usada, que había apuntado al corazón de su marido y que había apretado el gatillo…

En fin, solo de pensarlo se le helaba la sangre en las venas. Si se había visto obligada a tomar una salida tan desesperada, el maltrato al que la sometió su marido debió de ser atroz.

O tal vez lady Paget fuera una mala persona.

O tal vez no lo hubiera hecho.

Pero ¿por qué iba a mentir sobre algo semejante?

¿Y en qué lugar lo dejaba eso como persona cuando había aceptado sus servicios, aun imponiendo sus propios términos, a sabiendas de que era una asesina? O una mujer que decía ser una asesina.

Tenía la impresión de que el cerebro le daba vueltas dentro del cráneo como si fuera una peonza. Al final acabó por doblar el periódico y soltarlo, tras lo cual se puso en pie y abandonó el club sin hablar con nadie.

Alice, en un extraño arranque de rebeldía, se negó a acompañar a Cassandra al té de lady Carling. No lo hizo porque desaprobara la presencia de Cassie en dicho acontecimiento, mucho menos habiendo sido invitada por la propia anfitriona. En realidad, consideraba que era lo único bueno que había conseguido tras el enorme riesgo que había corrido la noche anterior. Pero se negaba a conocer al amante de Cassie en público, porque en esas circunstancias se vería obligada a tratarlo con cortesía.

– Pero, Alice -protestó Cassandra mientras observaba cómo su amiga remendaba la funda de una almohada, una tarea en la que debería ayudar-, quiero que me acompañes precisamente para evitar que me invite a dar un paseo por el parque en su carruaje. Mencionó algo de un tílburi. Los tílburis tienen los asientos muy altos, estaré muy expuesta. Pero lo importante es que solo pueden llevar a dos ocupantes. Así que si me acompañas, me negaré con la excusa de que no puedo dejarte sola.

Sin embargo, Alice se mantuvo en sus trece. Apretó los labios y se decantó por la tozudez mientras blandía la aguja una y otra vez con gesto vengativo.

– Cassie, serías un hazmerreír -le advirtió al cabo de un momento-. Una viuda de tu edad no pone como excusa a una simple de dama de compañía cuando un caballero la invita a salir.

– ¡Tú no eres una simple dama de compañía! -exclamó-. Ya no. Llevo casi un año sin poder pagarte, y ahora que puedo ofrecerte dinero, vas y lo rechazas.

Alice se enrolló la hebra de hilo en un dedo y la partió de un tirón sin necesidad de usar las tijeras, que descansaban en una mesita a su lado.

– No pienso aceptar ni un penique de su dinero -sentenció-. Ni del tuyo si lo ganas de esa manera. Cassie, esto no es lo que había imaginado para ti cuando eras mi pupila. Ni por asomo. -La barbilla le tembló un instante, pero logró contener las lágrimas y volvió a apretar los labios.

– Alice, creo que es un buen hombre -replicó ella-. Creo que me está pagando más de la cuenta, y estoy segura de que lo hace a propósito. Y me dijo que nunca… en fin, que cualquier cosa que suceda en nuestra relación debe ser por mutuo consentimiento. Que nunca… que nunca me forzaría.

Alice le dio la vuelta a la funda para dejarla del derecho y la sacudió con fuerza, tras lo cual la dobló para plancharla más tarde.

– La ropa blanca de esta casa se transparenta de lo desgastada que está, lo mismo da que cosa las costuras o no -refunfuñó con voz irritada.

– Dentro de un par de semanas podré comprarlo todo nuevo y la reemplazaremos -le dijo.

Alice la miró echando chispas por los ojos.

– ¡No pienso apoyar la cabeza en una funda de almohada comprada con su dinero! -exclamó.

Cassandra suspiró y levantó la mano que Roger le acariciaba con su fría nariz. En cuanto comenzó a acariciarle la peluda cabeza, el perro se apoyó en su regazo, la miró con expresión triste y también suspiró.

– Su familia me pareció muy educada -comentó-. Se deshicieron en amabilidad conmigo. Claro que también lo hicieron para evitar una situación vergonzosa y tal vez un desastre social, pero de todas formas me parecieron buenas personas.

– Sufrirán una apoplejía si creen que te está cortejando -le advirtió Alice-, o si se enteran de que te ha tomado como amante.

– Sí -convino mientras acariciaba la aterciopelada oreja de Roger-. Es guapísimo, Alice. Parece un ángel.

– ¡Menudo ángel! -Exclamó su amiga al tiempo que clavaba la aguja con muy malos modos en el alfiletero que descansaba en la mesa-. Te acompaña a casa, te paga esta mañana y te ofrece más por lo mismo. ¡Menudo angelito!

Cassandra pasó los dedos de la otra mano por lo poco que quedaba de la otra oreja de Roger y las levantó a la vez. El pobre parecía tener una apariencia torcida y gesto soñoliento. Le sonrió y le soltó las orejas.

– Acompáñame esta tarde -dijo.

Sin embargo, Alice ya había tomado una decisión, por lo que se negó en redondo.

– No pienso ir contigo -rehusó mientras se ponía en pie con brusquedad-. Hace un año que no me pagas, como muy bien has señalado, y me parece estupendo que sea así. Pero significa que soy libre. Que no soy tu sirvienta. Y soy muy capaz de ganar un sueldo con el que podamos mantenernos las dos, y también a Mary y a Belinda, y a ese perro, sin necesidad de que tengas que… En fin. Sé que me crees demasiado vieja para que alguien me contrate, pero solo tengo cuarenta y dos años. Todavía no he llegado a la vejez. Sigo estando ágil para fregar suelos si hace falta, para coser doce horas al día en el taller de alguna modista o para lo que sea. Esta tarde estaré muy ocupada con mis propios asuntos. He pensado pasarme por varias agencias de empleo. Seguro que alguien requiere de mis servicios.

– Yo, Alice -replicó ella.

Pero no hubo forma de hacerla cambiar de opinión. Salió de la estancia con la espalda tan tiesa como un palo y la barbilla en alto, y dejó la puerta abierta.

Al cabo de un momento se asomó una carita que esbozó una enorme sonrisa mientras el cuerpo al completo entraba en la salita.

– Perrito -dijo Belinda, que echó a correr hacia Roger para que este no escapara.

Pese a la avanzada edad y a su naturaleza letárgica, Roger se mostraba en ocasiones con ganas de jugar y nunca rechazaba una sesión de caricias. De modo que salió al encuentro de la niña con la lengua fuera y moviendo el rabo y los cuartos traseros. Belinda le echó los brazos al cuello y sus carcajadas se transformaron en alegres y agudos chillidos cuando el perro comenzó a lamerle la cara.

El vestido le quedaba pequeño desde hacía unos seis meses, pero todavía se lo ponía. Estaba descolorido por los numerosos lavados, pero limpio como los chorros del oro. Y remendado con mucho cuidado allí donde la tela estaba demasiado desgastada. Las mejillas sonrojadas ponían de manifiesto que acababa de bañarse, y volvería a la tina como Mary descubriera que Roger la había estado besando. Su pelo, castaño y ondulado, estaba sujeto por una cinta deshilachada y desgastada, a fin de que no le tapara la cara. Iba descalza, ya que desde que los zapatos se le quedaron pequeños solo se los ponía para salir.

Tenía tres años. Era la hija ilegítima de Mary.

Y todas la adoraban.

– Hola, cariño -la saludó Cassandra.

Belinda le regaló una alegre sonrisa y volvió a reírse al ver que Roger se echaba en el suelo con las patas en el aire. La niña se acostó a su lado para acariciarle la barriga y aferrado con uno de sus delgados bracitos.

– Me quiere -dijo.

– Porque tú lo quieres a él -replicó ella con una sonrisa.

Por fin podría pagarle a Mary. Podría incluso pagarle todos los atrasos. Ella no lo aceptaría, claro, pero a base de insistir acabaría cogiendo el dinero. Necesitaba comprarle ropa nueva a su hija.

Por su parte, pensaba comprarle a Belinda unas cuantas cosas. Y a Mary. Sin embargo, no le compraría nada a Alice. No aceptaría ningún regalo dado su humor.

Tenía un protector, pensó, recalcando la palabra mentalmente. Ella era su… querida. Y la mantendría a cambio de sus favores sexuales. Lo que sucediera entre ella y el conde de Merton no sería por deseo mutuo, por mucho que él insistiera. Porque ella jamás lo desearía de verdad, pese a su apostura, su virilidad y su innegable atractivo físico. Y pese a su generosidad, un rasgo de su carácter que sospechaba que era genuino.

Nueve años de matrimonio habían aniquilado cualquier interés que pudiera haber albergado por el conde de Merton en ese sentido. Si Su Señoría esperaba hasta que ella lo deseara en la misma medida, nunca se acostarían y ella recibiría un dinero que no se había ganado.

Y lo principal era ganárselo. Hasta el último penique. Porque todavía le quedaba algo de orgullo. Aunque él nunca sabría que entre ellos el deseo no era mutuo.

Se ganaría con creces el dinero que le pagaba el conde.

Mientras observaba a la niña jugar con el perro, ambos igual de inocentes, felices y desvalidos, llegó a la conclusión de que valía la pena.

Dos inocentes a los que adoraba.

Haría cualquier cosa para posponer, aunque fuera un día, la pérdida de esa inocencia.

CAPÍTULO 08

El té en casa de lady Carling era solo para señoras. Mientras cogía el llamador de la puerta, Stephen se preguntó si las invitadas seguirían en el salón o si dado que eran las cuatro y media muchas ya se habrían marchado. Quizá lady Paget se hubiera ido en un intento por evitar el paseo con él.

Quizá ni siquiera hubiera asistido, aunque sería una tontería por su parte si lo que buscaba era la readmisión en la alta sociedad. Seguro que su propósito al ir a Londres incluía algo más que encontrar un protector que pagara sus facturas unos cuantos meses, hasta que terminase la temporada social.

El mayordomo de Carling aceptó su tarjeta y se marchó en dirección al salón. Escuchó el murmullo de las voces femeninas cuando la puerta de la estancia, situada en la planta alta, se abrió brevemente, tras lo cual volvió a cerrarse. Algunas de las invitadas seguían allí.

– Lady Carling estará encantada de recibirlo, milord -le informó el mayordomo cuando regresó, de modo que lo siguió escaleras arriba.

Muchos hombres se habrían quedado de piedra ante la idea de adentrarse en un salón donde solo había mujeres. Stephen no era uno de esos hombres. Según su experiencia, casi todas las mujeres se mostraban dispuestas a bromear y a reír cuando tenían a su merced a un solitario caballero, y él siempre estaba encantado de darles el gusto, de bromear y de reírse con ellas.

Cierto que todavía no había recuperado el buen humor, pero había conseguido librarse de la mayor parte de su furia y de su irritación mientras regresaba andando a casa desde White's, donde había almorzado. No era capaz de mantenerse enfadado mucho tiempo. O al menos, se negaba a hacerlo. Nadie tendría nunca semejante poder sobre él.

Se había disculpado con Philbin, y su ayuda de cámara había aceptado sus disculpas con una rígida reverencia, durante la cual vio una capa invisible de polvo en sus botas, una consecuencia de la desfachatez de regresar a casa andando a pesar de saber que solo debía usarlas para estar dentro de casa o para ir en carruaje, le recordó a Su Señoría. Después procedió a señalar el daño que el polvo podría causarle al cuero, por si Su Señoría lo ignoraba. Y luego le preguntó a Su Señoría si tendría la amabilidad de quitárselas de inmediato antes de que el daño fuera irreparable y a él le resultara imposible mirar a la cara durante el resto de su vida a otros ayudas de cámara.

De modo que se sentó sin protestar y dejó que le quitase las botas, y así la relación con su ayuda de cámara recuperó felizmente la normalidad.

El mayordomo de Carling abrió la puerta del salón con una floritura y anunció su llegada con voz de barítono, un anuncio que en un primer momento silenció a las invitadas, aunque los cuchicheos y las risillas nerviosas no tardaron en hacerse escuchar.

Lady Carling ya estaba en pie y se acercaba a él con una mano extendida.

– Merton, no sabes cómo me alegro de verte.

– Por favor, señora -le dijo al tiempo que le cogía la mano y la miraba con fingido espanto-, no me diga que su reunión solo es para damas. Y yo que había estado ensayando una humilde disculpa por llegar tan tarde…

– En fin, en ese caso -replicó la anfitriona-, estaré encantada de oírla. Todas estaremos encantadas.

Se escuchó el apoyo unánime de las invitadas.

– Pues resulta que creí entender que la invitación era para los amigos de Carling -adujo Stephen-, de modo que me fui al parque con la esperanza de alegrarme el día contemplando a algunas de mis damas preferidas. Pero al descubrirlo prácticamente desierto, conduje por Bond Street para ver si alguna estaba por allí, mirando escaparates. Después lo intenté en Oxford Street, sin éxito alguno. Y ahora descubro que todas las damas que deseaba ver han estado aquí todo el tiempo.

Sus exagerados cumplidos fueron recibidos con alguna broma y muchas risas. Observó a las presentes con una sonrisa en los labios. Sus tres hermanas estaban allí. Al igual que lady Paget, sentada junto a Nessie. Llevaba otro elegante vestido verde, aunque en esa ocasión era un verde claro, no un verde esmeralda. Posiblemente la ropa fuera una de las pocas pertenencias que le permitieron conservar cuando enviudó. Al igual que la noche anterior, no lucía joyas.

Lady Paget no se sumó a las risas y a las bromas de las otras damas. Pero sí sonrió… con esa sonrisa leve y desdeñosa que mostró durante el baile de la noche anterior y en el dormitorio esa misma mañana. Era una sonrisa que, tal como había descubierto, formaba parte del disfraz que usaba para ocultar cualquier atisbo de vulnerabilidad que pudiera sentir.

El sol que se colaba por la ventana bañaba parte de su cara y de su pelo. Estaba resplandeciente y su belleza se le antojó deslumbrante.

– Señoras -dijo lady Carling al tiempo que se cogía de su brazo-, ¿lo echamos? ¿O nos quedamos con él?

– ¡Nos lo quedamos! -exclamaron unas cuantas entre risas.

– Ethel, sería una verdadera lástima condenar al pobre Merton a vagar desolado por las calles y a recorrer el parque como alma en pena durante una hora, a la espera de que sus damas preferidas abandonen tu salón -dijo lady Sinden, una viuda que lo observó a través de sus impertinentes-. Lo mejor será que nos lo quedemos y nos aseguremos de que es feliz. ¿Has estado recorriendo medio Londres en tu tílburi, Merton? ¿O en otro carruaje más seguro?

– En mi tílburi, milady -contestó.

– En ese caso no podrás llevarme dentro de un rato a dar un paseo por el parque -replicó la dama-, aunque seguramente yo sea tu dama preferida de todas las presentes. Dejé de subirme a los tílburis al cumplir los setenta, hace ya unos años. Soy capaz de subirme, pero después no puedo apearme sin la ayuda de dos fornidos lacayos.

– Deben de ser unos debiluchos aunque parezcan fornidos, milady -repuso él con una sonrisa-. Yo podría bajarla con un solo brazo. Seguro que pesa lo mismo que una pluma.

– Mocoso descarado -dijo lady Sinden con una carcajada que puso a temblar su considerable papada.

– Por desgracia, milady, hoy no puedo demostrar mis palabras. He venido porque logré convencer a otra dama para que me acompañara a dar un paseo por el parque, y la dama en cuestión se encuentra aquí.

– ¿Y quién es la afortunada? -Preguntó lady Carling al tiempo que le instaba a sentarse junto a ella en el sofá-. ¿Te lo prometí anoche y se me ha olvidado? Pero ¿cómo iba a olvidar una mujer semejante acontecimiento? -La anfitriona se inclinó hacia la bandeja de té y le sirvió una taza.

– Señora, le recuerdo que sir Graham no se apartó de su lado, así que ni me atreví a pedírselo. Podría haberme dado una buena tunda. Lady Paget ha accedido a acompañarme.

Se produjo un breve silencio.

– Stephen tiene un tílburi muy rápido -terció su hermana Kate-, y de aspecto peligroso. Pero es un consumado conductor, lady Paget. Estará a salvo con él.

– Ni se me había pasado por la cabeza lo contrario -replicó la aludida con esa voz ronca y aterciopelada.

Lo miró a los ojos mientras él se llevaba la taza a los labios y por un instante sintió que la furia que se había apoderado de él esa mañana regresaba. Era hermosa y muy deseable, y había caído en su telaraña, como si fuera una mosca. Una imagen detestable. Pero muy adecuada.

– Y hace un día maravilloso para dar un paseo en tílburi -añadió Meg-. Esta mañana parecía que iba a llover, pero ahora no se ve ni una sola nube. Espero de todo corazón que sea un buen auspicio para el verano.

– Lady Sheringford, para no tentar a la suerte será mejor que nos quejemos por tener que sufrir esta racha de buen tiempo durante los meses de julio y agosto -replicó la señora Craven con expresión lastimera al tiempo que meneaba la cabeza.

La conversación siguió por los cauces habituales hasta que Stephen apuró el té y se puso en pie.

– Le agradezco que me haya permitido quedarme en su reunión, señora -le dijo a la anfitriona-. Pero si no le importa, lady Paget y yo tenemos que ponernos en marcha. O mis caballos se impacientarán.

Se despidió de las presentes con una reverencia y de sus hermanas en particular con una sonrisa, tras lo cual le ofreció el brazo a lady Paget, que también se había puesto en pie. Ella se cogió de su brazo y le dio las gracias a lady Carling por su hospitalidad antes de que los dos salieran del salón.

En ese momento Stephen comprendió que no serían la comidilla de la estancia debido a la presencia de sus hermanas, pero esa noche sí se convertirían en el tema de conversación de algunas cenas y la voz se correría al día siguiente en más de un salón.

No obstante y si no se equivocaba, poco a poco irían llegando invitaciones a la casa de lady Paget. Algunas anfitrionas se percatarían de las ventajas de contar con ella en sus celebraciones antes de que comenzara a desvanecerse la novedad de su reputación. Y para ese momento las invitaciones le llegarían como algo rutinario.

– Es un tílburi muy elegante -comentó ella cuando salieron a la calle y el lacayo que había estado ejercitando sus caballos por la calle detuvo el carruaje delante de los escalones-. Pero ojalá me llevara directa a casa, lord Merton.

– Iremos al parque como habíamos acordado -dijo-. Estará repleto a esta hora.

– Por eso lo digo -puntualizó ella.

La cogió de la mano, aunque no necesitó de más ayuda para subir al alto asiento del carruaje. Después rodeó el tílburi y se sentó junto a ella antes de aceptar las riendas que le tendió el mozo de cuadra.

– ¿Está ansioso por alardear de su nueva amante delante de sus conocidos, lord Merton? -le preguntó.

Volvió la cabeza para mirarla.

– Lady Paget, me está insultando a propósito -dijo-. Espero que se dé cuenta de que soy más circunspecto. En privado es mi amante. Una relación que solo nos concierne a nosotros dos. En público es lady Paget, una conocida, tal vez incluso una amiga, con quien de vez en cuando paseo por la ciudad. Y esa descripción es válida tanto para cuando está conmigo como para cuando no lo está. Incluso cuando esté acompañado por mis conocidos.

– Está enfadado -señaló ella.

– Sí -reconoció-, lo estoy. Aunque lo más acertado sería decir que lo estaba. Estoy seguro de que no pretendía insultarme. ¿Lista para que nos pongamos en marcha?

Le sonrió.

– Creo que haríamos el ridículo si nos quedáramos aquí parados hasta que anocheciera, lord Merton. Estoy lista.

Stephen les dio a sus caballos la señal de ponerse en marcha.

Mientras el tílburi enfilaba Hyde Park, Cassandra cayó en la cuenta de que solo habían pasado dos días desde el anónimo paseo por el parque con Alice, durante el cual pasó casi inadvertida gracias al tupido velo negro. Un lujo excepcional. Porque siempre había llamado la atención, incluso cuando era una niña desgarbada y pecosa cuyo pelo hacía que la gente pensara en zanahorias. Había llamado la atención de jovencita, cuando su cuerpo en desarrollo se tornó esbelto, las pecas comenzaron a desaparecer y la gente dejó de comparar su pelo con las zanahorias. Y había llamado la atención ya de adulta. Sabía que su altura, su cuerpo y el color de su pelo llamaban la atención de los hombres y los cautivaban allá donde fuera.

Su belleza, si acaso ese concepto podía aplicarse a su físico, no siempre había sido una ventaja. De hecho, rara vez lo había sido. En ocasiones, o más bien casi siempre, era algo que esconder. Su sonrisa, esa expresión desdeñosa y arrogante que asomaba a sus labios y que iba acompañada con un gesto altivo de la barbilla y una mirada lánguida, no era nada nuevo. Era una forma de evitar que el resto del mundo se acercara demasiado a la persona que se escondía detrás.

Esa mañana el conde de Merton había dicho que era una máscara.

La noche anterior su belleza había sido una ventaja. Le había proporcionado un protector rico que necesitaba con desesperación. Aunque en ese instante deseó haber escogido a otro, a alguien que se contentara con visitarla a hurtadillas por las noches con un único propósito en mente y que le pagase regularmente por los servicios prestados.

– ¿Por qué ha ido a buscarme a casa de lady Carling a sabiendas de que se vería obligado a anunciar públicamente que íbamos a dar un paseo por el parque? -le preguntó.

– Creo que esta noche todos los integrantes de la alta sociedad se habrían enterado de ese hecho, tanto si iba a la casa de lady Carling como si esperaba en su casa a que regresase.

– Y sin embargo está enfadado conmigo. También se enfadó esta mañana, y lo ha vuelto a hacer esta tarde. No le caigo bien, ¿verdad?

Era una pregunta muy tonta. ¿Acaso quería que su relación terminase casi antes de empezar? ¿Era necesario que le cayera bien? ¿O que fingiera que era así? ¿No bastaba con que la deseara? ¿Con que pagase para satisfacer ese deseo?

– Lady Paget, ¿le caigo yo bien? -contraatacó él.

Al resto del mundo le caía bien. Era, o eso creía ella, el preferido de la alta sociedad. Y no solo por ser tan guapo y tener ese aspecto angelical. También era cosa de su encanto, de sus modales, de su buen humor, de su… En fin, de esa cualidad indescriptible que poseía. ¿Carisma? ¿Vitalidad? ¿Amabilidad? ¿Franqueza? Su apostura y su popularidad no parecían habérsele subido a la cabeza.

Había usado su atractivo para hacer amigos, para hacerlos sonreír y lograr que se sintieran a gusto. Ella, en cambio, había usado su belleza para conseguir primero un marido y después un amante. El era una persona generosa, mientras que ella era una aprovechada.

¿Era así lord Merton?

¿Y ella?

– Ni siquiera lo conozco -señaló-, salvo en el sentido bíblico. ¿Cómo puedo saber si me cae bien o no?

Lord Merton giró la cabeza para mirarla a la cara… y en ese momento se percató de lo cerca que estaban, de lo reducido que era el asiento de su tílburi. Estaban tan cerca que olía su colonia.

– A eso me refería -replicó él-. Yo tampoco sé si me caes bien o no, Cassandra. Pero me parece muy raro que anoche te propusieras seducirme con tanta deliberación y hoy parezcas decidida a librarte de mí. ¿Es lo que quieres?

Ojalá sus ojos no fueran tan azules y su mirada no fuera tan intensa. Era imposible escapar a unos ojos azules. Los ojos azules la incomodaban. La arrastraban a sus profundidades y la despojaban de todo aquello que ansiaba conservar… y no se refería a su ropa, sino a… En fin, eran pensamientos absurdos que nunca se había permitido. Hasta el momento no se había dado cuenta de que no le gustaban los ojos azules. Seguramente ni siquiera fuera cierto. Solo lo era con esos ojos en concreto.

La había llamado Cassandra.

– Quiero… -comenzó y le sonrió antes de continuar en voz baja-: Lo quiero a usted, lord Merton. En mi casa, en mi dormitorio, en mi cama. Todo esto es innecesario.

Hizo un gesto con el brazo que abarcó el parque, los carruajes, los jinetes y los transeúntes que se acercaban a ellos a toda velocidad.

– Siempre he creído que una relación entre un hombre y una mujer, aunque sea entre un hombre y su amante, debería ir más allá de lo que sucede entre las sábanas -comentó él-. De lo contrario, no sería una relación.

Sus palabras la hicieron reír, pero sintió algo en el corazón que se apresuró a desterrar.

– Si cree que el sexo no basta, es porque no ha pasado suficiente tiempo en mi cama -replicó-. Ya cambiará de opinión. ¿Irá esta noche a verme?

Ni siquiera estaba segura de haber pronunciado en voz alta la palabra «sexo» alguna vez. Era muy difícil hacerlo.

– ¿Quieres que vaya? -le preguntó él.

– Claro que sí -contestó-. ¿Cómo si no voy a ganarme la vida?

Lord Merton giró la cabeza para mirarla una vez más y lo que Cassandra vio en sus ojos no era el deseo de un hombre que ansiaba acostarse de nuevo con su amante, sino algo parecido al dolor. O tal vez solo fuera reproche.

Era imposible que creyese que alguna vez podían ser amantes en el sentido más amplio de la palabra. No podía ser tan ingenuo ni tan idealista.

Llegados a ese punto, no tuvieron opción de continuar con una conversación tan íntima. En parte fue un alivio. Deseaba más que nunca haber escogido a otra persona la noche anterior, a un hombre menos inocente, menos decente, a un hombre más terrenal, a un hombre capaz de aceptar su relación como lo que era: un intercambio de sexo por dinero, unos ingresos fijos por sexo fijo. A un hombre que no la hubiera acusado de llevar una máscara.

Incluso pensar esa palabra, «sexo», le resultaba difícil.

Por otra parte, era incomodísimo encontrarse en medio de una multitud, estar expuesta como la noche anterior, aunque en ese momento era mucho peor. Estaba sentada por encima de la mayoría. Era prácticamente imposible que no la vieran.

Se preguntó si esa había sido la intención de lord Merton, y llegó a la conclusión de que sí. Seguro que tenía otros carruajes que podría haber usado ese día. Sin embargo, no la había llevado al parque para presumir de ella delante de sus conocidos. Se había enfadado cuando insinuó esa posibilidad.

Lord Merton sonreía a todo el mundo, se llevaba la mano al sombrero ante las damas, saludaba a la gente con la que se cruzaban y se detenía a charlar con todo aquel que se mostraba interesado en hablar con él. Supuso que eran menos personas que las de costumbre. Pero cada vez que alguien lo detenía, realizaba las presentaciones y ella inclinaba la cabeza a modo de saludo e incluso hablaba de vez en cuando.

Al igual que había sucedido en el salón de lady Carling, algunas personas estaban dispuestas a hablar con ella, aunque solo fuera para preguntarle cómo estaba. Claro que en el salón de lady Carling contaba con el apoyo de su anfitriona y en el parque contaba con el apoyo del conde de Merton. La noche anterior fueron los condes de Sheringford quienes la apoyaron.

Tal vez quedara gente amable. Tal vez su cinismo hubiera llegado a extremos insoportables. Tal vez no acabaría siendo la paria que había imaginado. O tal vez se había convertido en una curiosidad irresistible para muchos. En cuanto pasara la novedad, dejarían de recibirla.

Costaba abandonar el cinismo.

Daba igual. En muchos sentidos siempre había sido una paría.

Como era de esperar, aquellos que se detenían a hablar con lord Merton y que le fueron presentados eran hombres en su gran mayoría. Mientras los miraba, se preguntó si no podría haber escogido mejor la noche anterior. Pero ¿cómo escoger bien sin saber nada en absoluto del hombre en cuestión salvo su nombre y el hecho de que era rico? Aunque, ¿cómo estar segura de ese detalle cuando muchos caballeros vivían por encima de sus posibilidades y estaban entrampados hasta las cejas?

En su momento creyó haber escogido un buen marido. Por aquel entonces tenía dieciocho años. Ya tenía veintiocho. Quizá la única perla de sabiduría que había adquirido en el transcurso de los años fuera la certeza de que a la hora de escoger a un hombre que proporcionara seguridad y estabilidad, era mejor un protector que un marido.

La libertad era lo más valioso que podía ofrecer la vida. Sin embargo, para una mujer era muy difícil de obtener.

El barón Montford se acercó a ellos para saludarla y para charlar con su cuñado unos minutos. Lo acompañaban otros tres caballeros, entre quienes se encontraba el señor Huxtable, que seguía teniendo un aire demoníaco a su parecer. La miró a los ojos mientras los demás hablaban y reían. En algún momento de su vida, el señor Huxtable se había roto la nariz y no se la habían enderezado. Se alegró muchísimo de no haberlo escogido la noche anterior. Tenía la sensación de que sus ojos podían leerle el pensamiento y atravesarla de parte a parte.

Y en ese instante, justo cuando los caballeros se alejaban en dirección contraria y ella echó un vistazo a su alrededor, vio una cara conocida. La de un apuesto joven pelirrojo que iba sentado en un cabriolé junto a una muchacha muy guapa vestida de rosa. El joven sonreía por algo que su acompañante acababa de decirle a un par de oficiales de uniforme que iban a caballo.

El tílburi del conde de Merton estaba casi a su altura. Los oficiales siguieron su camino, la muchacha sonrió al joven risueño y ambos se giraron para mirar a la multitud que los rodeaba.

Sus ojos repararon en ella casi al mismo tiempo. Los dos carruajes estaban casi a la misma altura. Sin pensar siquiera en lo que hacía, Cassandra esbozó una cálida sonrisa y se inclinó hacia el otro carruaje.

– ¡Wesley! -exclamó.

La muchacha se llevó las manos a la boca y giró la cabeza con brusquedad… al igual que otras damas habían hecho durante el cuarto de hora que llevaban en el parque. La sonrisa del joven desapareció y sus ojos la miraron con expresión horrorizada antes de titubear un momento y acabar desviando la vista.

– Sigue adelante -le dijo el joven con impaciencia al cochero, que no podía ir a ningún sitio hasta que los carruajes que lo precedían se pusieran en marcha.

El conde de Merton tenía un poco más de margen de maniobra. Aun así, tuvo la impresión de que pasaba una eternidad hasta que los dos carruajes se alejaron el uno del otro.

– ¿Un conocido? -preguntó lord Merton en voz baja.

– Lléveme a casa -dijo ella-. Por favor. Ya he tenido bastante.

Tardaron un buen rato en poder abrirse camino entre la multitud, pero a la postre consiguieron enfilar un sendero que, gracias a Dios, estaba mucho más despejado.

– Era Young, ¿no? -Le preguntó lord Merton-. Sir Wesley Young. Lo conozco de vista.

– No sabría decirle -contestó sin pararse a pensar, con las manos abiertas sobre el regazo-. No lo había visto nunca.

– Entonces, ¿solo era alguien que se parecía al tal Wesley? -La miró con una sonrisa-. No te preocupes por él. A algunos miembros de la alta sociedad les encanta darle la espalda a la gente. Otros muchos no lo han hecho. Creo que conforme pasen los días habrá más personas que te acepten y te traten con cortesía.

– Sí -dijo Cassandra.

Se percató de que le temblaban las manos. Cerró un puño con fuerza y aferró con la otra mano la barandilla que tenía al lado. Apretó los dientes para evitar que le castañetearan.

– Vaya -comentó el conde mientras se acercaban a la entrada del parque en Marble Arch, y por un instante le cubrió el puño que tenía sobre el regazo con una mano-, veo que lo conoces.

– Es mi hermano -confesó, y volvió a cerrar la boca.

Wesley fue a verla en algunas ocasiones durante su matrimonio. Y asistió al funeral de su marido el año anterior. La abrazó con fuerza y le aseguró que no creía ni por asomo que estuviera implicada en la muerte de lord Paget. Le aseguró que la quería y que siempre lo haría. La invitó a acompañarlo a Londres, a irse a vivir con él hasta que pasara el período de luto y se hubiera recuperado del golpe lo bastante como para regresar a casa y vivir en la residencia de la viuda.

Y luego, después de que ella rechazara la oferta y él se marchara, su hermano le escribió… dos veces. Y se hizo el silencio, aunque ella siguió escribiéndole. Un silencio que perduró hasta hacía un mes, cuando le escribió contándole que su vida se había vuelto tan intolerable que se veía obligada a marcharse de Carmel House, que tendría que depender de su hospitalidad hasta que hubiera rehecho su vida y encontrara un modo de seguir adelante. Su hermano le había contestado diciéndole que no debía presentarse en Londres bajo ningún concepto, ya que su fama la precedía. Añadió que no podría ayudarla en un futuro inmediato, porque había prometido acompañar a unos amigos a Escocia para explorar las Highlands. Esperaban estar fuera un año. No pensaba renovar el alquiler de su residencia de soltero. La quería, le había asegurado en esa última carta. Pero le era del todo imposible posponer sus planes, ya que sería un inconveniente para muchos. Además, repitió, subrayando esa parte dos veces y con tanta fuerza que la tinta había traspasado el papel, no debía ir a Londres. Porque no quería que le hicieran daño.

– Tu hermano -dijo lord Merton-. ¿Tu apellido de soltera era Young?

– Sí -contestó.

Salieron del parque y el conde tuvo que aminorar el paso para no arrollar a un barrendero, que se apartó de un salto y después extendió la mano para coger la moneda que el conde le arrojó.

– Lo siento -lo oyó decir.

¿Sentía que fuera una Young? ¿O que su propio hermano acabara de darle la espalda? ¿O ambas cosas?

Las cosas empeoraron de verdad para ella después del funeral, momento en el que comenzaron a volar las acusaciones y se empezó a hablar de asesinato en vez de accidente.

Ansiaba llegar a casa. Quería estar en su propia habitación, con la puerta cerrada a cal y canto y arropada hasta la cabeza. Quería dormir… dormir sin soñar.

– No tiene por qué disculparse por algo que no es culpa suya -replicó Cassandra al tiempo que alzaba la barbilla y hablaba con la voz más altiva de la que fue capaz-. Me ha sorprendido verlo, eso es todo. Creía que estaba en Escocia. Estoy segura de que ha sucedido algo que lo ha hecho cambiar de planes.

Los caballeros no se iban de viaje a Escocia durante la temporada social, cuando la alta sociedad en pleno llenaba Londres. Y los caballeros que no eran verdaderamente ricos no hacían un viaje de un año. Los caballeros que viajaban en grupo no tenían problemas en disculpar a algún integrante si este tenía que cambiar de planes para ocuparse de un asunto familiar urgente.

En su fuero interno reconocía que no había creído sus palabras al leer la carta. Una carta mucho más breve y seca que las anteriores. Decidió creerlo porque la alternativa era demasiado dolorosa.

Pero ya no podía seguir haciéndolo.

– Háblame de él -le pidió lord Merton.

Cassandra se echó a reír.

– Milord, estoy segura de que lo conoce muchísimo mejor que yo. Tal vez debería ser usted quien me hablara de él a mí.

Las calles parecían más transitadas que de costumbre. Avanzaban muy despacio. O tal vez se lo parecía porque estaba desesperada por llegar a casa y estar sola.

El conde no dijo nada.

– Mi madre murió mientras daba a luz a Wesley -comenzó ella al cabo-. Yo tenía cinco años y desde aquel momento me convertí en su madre. Le di algo de lo que jamás habría disfrutado de no ser por mí, atención total y cariño absoluto. Abrazos, besos y monólogos interminables. Y él me dio algo, a alguien, a quien querer en lugar de mi madre. Nos adorábamos mutuamente, algo no muy habitual entre hermano y hermana, o eso creo. Pero aunque tuve una institutriz desde muy pequeña y Wesley acabó yendo al colegio, nos tuvimos el uno al otro durante la infancia… Bueno, hasta que me casé. Yo tenía dieciocho años y él, trece. Nuestro padre solía ausentarse largas temporadas.

Su padre había sido un jugador empedernido de fama reconocida. Su fortuna variaba de un día para otro. Nunca gozaron de un hogar fijo y estable, ni siquiera cuando le sonreía la suerte. Siempre habían tenido muy claro que la pobreza acechaba a la vuelta de una carta, una realidad que comprendían hasta los niños más pequeños.

– Lo siento -repitió lord Merton, y ella se dio cuenta de que estaba deteniendo el carruaje delante de su casa.

Ni siquiera se había percatado de haber enfilado Portman Street.

El conde ató las riendas, saltó del asiento y rodeó el tílburi para ayudarla a apearse.

– No tiene que disculparse por nada -le aseguró Cassandra una vez más-. Ningún amor es incondicional. Y ningún amor es eterno. Si no aprende otra cosa de mí, quédese aunque sea con eso. Quizá le ahorre mucho dolor en el futuro.

Lord Merton se llevó su mano a los labios.

– ¿Vendrá esta noche? -le preguntó.

– Sí -contestó él-. Tengo compromisos a primera hora, pero vendré después si me lo permites.

– ¿Si se lo permito? -Lo miró con una sonrisa un tanto desdeñosa-. Soy suya cuando le apetezca, milord. Me está pagando muy bien.

Lo vio apretar los labios y se dio cuenta de lo que se estaba haciendo a sí misma. Le estaba enseñando su oscuridad. Sin embargo, él era todo luz. Y si la luz era más fuerte que la oscuridad, aunque no estaba segura de que así fuera, él no tardaría mucho en apartarse del aura sombría que sin duda estaba proyectando sobre su persona.

Esbozó otro tipo de sonrisa, y notó los músculos un tanto anquilosados por la falta de uso.

– Y si me permite usar sus propias palabras en su contra -dijo-, usted es mío cuando me apetezca. Y me apetece esta noche. Aguardaré encantadísima que llegue el momento. Espero poder darle placer. Y lo haré. Se lo prometo. No soporto recibir placer sin darlo en la misma medida.

Él se acercó a la puerta y llamó.

– Hasta luego -dijo-. Piensa en las personas que han sido amables contigo hoy. Olvida a las que no lo han sido.

Siguió sonriendo. Y añadió cierto brillo juguetón a sus ojos.

– Estaré demasiado ocupada pensando en una sola persona -replicó-. Solo pensaré en usted.

La puerta se abrió y Mary se asomó. Belinda estaba pegada a sus faldas, mirando desde detrás de las piernas de su madre. Roger pasó junto a ellas y bajó los escalones a saltitos con sus tres patas para frotarse contra su vestido, con la lengua fuera.

Cuando miró al conde de Merton soltó un ladrido de advertencia que no habría asustado ni a un ratón que se encontrara a un palmo de su hocico.

Lord Merton las miró a todas, acarició la cabeza de Roger un instante, se llevó la mano al ala del sombrero y rodeó el tílburi para ocupar de nuevo su asiento.

Cassandra lo observó hasta que lo perdió de vista.

– ¿Es él, milady? -le preguntó Mary con sequedad.

La miró con sorpresa. Era imposible ocultarle nada a la servidumbre, aunque fuera muy reducida.

– ¿El conde de Merton? -precisó-. Sí.

Mary no dijo nada más y ella entró en la casa, dejándola atrás. Fue un alivio comprobar que Alice no la estaba esperando. Subió corriendo a su dormitorio, con Roger pegado a sus talones.

CAPÍTULO 09

Alice llegó a casa poco después que Cassandra. Había pasado cuatro horas caminando por las calles de Londres de una agencia de empleo a otra bajo el calor del mediodía, pero todo había sido en vano. Su edad era un impedimento para todos los trabajos disponibles. El detalle de que solo hubiera trabajado para una persona y de que solo hubiera desempeñado dos funciones, como institutriz y como dama de compañía, a lo largo de toda su vida laboral durante los últimos veintidós años también era un impedimento, pese a todos sus esfuerzos por explicar que el hecho de que hubiera estado tantos años al lado de dicha persona ponía de manifiesto que era una trabajadora responsable y digna de confianza. Nadie la contrataría como ama de llaves, un puesto para el que tenía la edad adecuada, ya que carecía de experiencia en las tareas que debía llevar a cabo, y tampoco la contratarían como cocinera porque lo más complicado que sabía hacer era un huevo cocido.

Lo único que había hecho era dejar su nombre y sus cartas de presentación y recomendación en las dos agencias que habían estado dispuestas a aceptarla, con la esperanza de que surgiera algo. Sin embargo, sabía muy bien que era una esperanza vana. Solo le había pasado una cosa buena esa tarde, y era su encuentro con un antiguo amigo, al que vio mientras descansaba sentada en un banco a la sombra de un árbol cerca de un cementerio. Haberlo reconocido después de tantos años le resultó sorprendente. Aunque aún lo fue más que él la reconociera a ella. Fue algo mutuo, en todo caso, de modo que él se detuvo a charlar con ella e incluso se sentó unos minutos.

¿Recordaría Cassie al señor Golding?

– ¿Te refieres al tutor de Wesley? -le preguntó después de hacer memoria.

– Veo que te acuerdas -comentó Alice con una sonrisa deslumbrante.

Claro que lo recordaba. Era un joven al que su padre le sacaba una cabeza, delgado, moreno, serio y con unos anteojos de montura metálica. Fue contratado cuando Wesley cumplió ocho años, después de que su padre tuviera uno de sus inusuales golpes de buena suerte. No había pasado ni un mes cuando la suerte cambió y el señor Golding se vio obligado a marcharse al ver que no podían pagarle. Sin embargo, Alice se mantuvo a su lado, como siempre.

Lo recordaba porque por aquel entonces ella tenía trece años, la edad en que las jovencitas comenzaban a fijarse en los hombres. Se había enamorado secreta y desesperadamente del señor Golding después de que un día le sonriera y la llamara «señorita Young» al tiempo que la saludaba con una respetuosa inclinación de cabeza como si fuera una adulta. Cuando se fue, se pasó una semana llorando, convencida de que jamás podría olvidarlo ni amar a otro.

– ¿Cómo está? -quiso saber.

– Muy bien -contestó Alice-. Es secretario de un ministro, Cassie. Y la verdad es que por su aspecto tan elegante parece que le van bien las cosas. Tiene canas en las sienes. Le dan un aire muy distinguido.

En ese momento cayó en la cuenta de que tal vez no había sido la única en enamorarse de él hacía quince años. Alice y el señor Golding debían de tener la misma edad y se podía decir que habían trabajado codo con codo durante todo un mes.

– Me ha preguntado por ti -añadió Alice-, y se ha sorprendido mucho al enterarse de que sigo contigo. Te ha llamado «señorita Young». Tal vez no se enteró de tu matrimonio.

¿Alice no le había dicho nada?, se preguntó. No podía culparla, claro.

– Le he dicho que a estas alturas eres lady Paget y que has enviudado -prosiguió Alice-. Te manda saludos.

«¡Vaya por Dios!», exclamó para sus adentros. No volverían a ver al señor Alian Golding, pensó mientras le dirigía una sonrisa a una sonrojada Alice. Se compadeció de ella. No recordaba que hubiera mantenido una amistad con alguien a lo largo de su vida.

Cenaron juntas y después se sentaron en la salita de estar. Cassandra le lanzó unas cuantas miraditas a la chimenea, donde habían apilado carbón y leña para prender el fuego. Sin embargo, quedaba tan poco carbón en el cubo de la puerta de la cocina que no estaba dispuesta a permitirse extravagancias, aunque contaba con un poco de dinero. Tenía que ahorrar todo lo posible. El verano estaba a la vuelta de la esquina y la alta sociedad abandonaría Londres, como también lo haría el conde de Merton, sin duda alguna. No se atrevía a pensar a más largo plazo para decidir qué haría después. Por ese motivo debía ahorrar todo lo posible hasta que llegara el momento de considerarlo.

No era una noche fría, pero hacía un poco de fresco.

– Supongo que vendrá esta noche -dijo Alice de repente, sin levantar la cabeza de la costura. Ni siquiera le había preguntado cómo había pasado la tarde.

– Sí -confirmó Cassandra-. Va a venir.

Alice siguió cosiendo como si no la hubiera oído.

– Lo que debería hacer -dijo la dama de compañía al cabo de unos cinco minutos de silencio- es asaltar un carruaje, con un antifaz y un par de humeantes pistolas en las manos. -Al ver que Cassandra guardaba silencio, levantó la cabeza y ambas se miraron hasta que fueron incapaces de aguantar la risa, de modo que acabaron estallando en carcajadas.

Después de secarse las lágrimas, volvieron a mirarse y empezaron otra vez. Una reacción exagerada para la broma en cuestión.

Cuando recuperaron la serenidad y volvieron a acomodarse en sus respectivos asientos, Cassandra le dijo a su amiga:

– Es un buen hombre, Allie. No lo elegí por ese motivo, ni siquiera lo hice por su físico. Lo elegí porque sabía que debía de ser más rico que Creso y que podía atraerlo. Pero seguro que había un hada buena, o tal vez mi ángel de la guarda, vigilándome. Es un hombre bueno y decente.

Un hombre a cuyo lado se sentía incómoda. Un hombre en cuyos ojos azules podía acabar ahogándose.

– No es tan decente -apostilló Alice, olvidadas por completo las risas que acababan de compartir- si está dispuesto a pagarte por… Ningún hombre que haga eso es decente, Cassie.

– Pero es un hombre -señaló ella-. Y yo puedo ser muy seductora cuando me lo propongo. Anoche me lo propuse. No tuvo la menor oportunidad, Allie. No lo culpes a él. En todo caso, cúlpame a mí. -No logró ablandarla ni siquiera con una sonrisa-. Además -siguió, ya sin sonreír y con la mirada clavada en el carbón de la chimenea-, creo que me ha contratado por una mezcla de lujuria y compasión. No es tonto, Allie, y a mí no se me da bien mentir. Sabe por qué lo he elegido. Se lo dejé muy claro esta mañana. Habría sido una tontería negarlo. Sabe que el interés que siento por él es de índole económica, y creo que ha aceptado mis términos porque le doy lástima.

Admitirlo era humillante. Si hubiera sido la cortesana irresistible que había creído ser, el conde de Merton habría aceptado sus términos solo porque le garantizaban un acceso ilimitado a su lecho y a su cuerpo. Eso habría sido muchísimo mejor.

Alice la observaba en silencio, con la aguja suspendida sobre la costura.

– Es demasiado tarde para que sigas cosiendo -dijo Cassandra-. No se ve nada y no quiero encender una vela a menos que sea absolutamente necesario. -La noche anterior había malgastado un par de velas. No podía permitírselo una segunda vez-. Estás cansada -añadió-. Has tenido un día muy largo y ajetreado. ¿Por qué no vas a la cocina, te preparas un té y te lo llevas a la cama?

– No me quieres por aquí cuando venga -replicó Alice, que soltó la costura después de trabar la aguja en la tela y se puso en pie-. Y yo tampoco quiero. No podría saludarlo con educación. Buenas noches, Cassie. Ojalá no tuvieras que hacer esto por mí, por lo menos.

– Llevas casi un año sin cobrar -le recordó-. Y te debo mucho, no solo en ese aspecto. Rara vez recibiste tu sueldo cuando yo era pequeña, ¿verdad? Sin embargo, te quedaste a mi lado cuando podrías haber encontrado otro empleo sin ningún problema.

– Te quería -dijo Alice.

– Lo sé.

Cassandra la acompañó a la cocina. Mary estaba limpiando los viejos fogones. Roger estaba tumbado delante del fuego y al verlas llegar, las saludó moviendo el rabo sin levantar siquiera la cabeza.

– Mary -dijo Cassandra-, ¿nunca dejas de trabajar? Seguro que esos fogones no han estado nunca tan limpios. Vete a la cama.

– Nunca dejo de trabajar para usted, milady -contestó Mary con vehemencia-. No después de todo lo que ha hecho por mí, primero obligando a su marido a mantenerme a su servicio después de que Billy se fuera dejándome embarazada. Y luego intentando protegerme cuando su marido…

– En ese caso, obedéceme y vete a la cama -la interrumpió-. Y si escuchas llamar a la puerta, no te levantes. Yo abriré.

– Y luego me trajo aquí con usted después de que Billy se fuera de nuevo y su hijastro me echara de la propiedad antes de que volviera -añadió Mary, poco dispuesta a amilanarse-. Lo que debe hacer, milady, es dejar que sea yo quien abra la puerta y quien atienda a ese caballero. Es lo justo y lo adecuado. Que yo gane el dinero y se lo entregue a usted.

– ¡Mary, por Dios! -Exclamó Cassandra mientras se acercaba a ella para abrazarla, pasando por alto la grasa del delantal y de sus manos-. Es la oferta más generosa que me ha hecho nadie desde hace muchísimo tiempo. Pero no tienes que preocuparte por nada. El conde de Merton es un hombre bueno y decente, y me gusta. Además, hacía mucho que… En fin, da igual. A veces ciertos trabajos también pueden resultar placenteros, ¿sabes? -Sintió que se sonrojaba y deseó no tener que dar ningún tipo de explicación.

Alice, que acababa de preparar el té, soltó la tetera con fuerza sobre la repisa del hogar.

– Es un tipo guapo -reconoció Mary-. Parece un ángel, ¿verdad, milady?

– A lo mejor lo es -contestó ella-. Un ángel enviado para salvarnos. Las dos a la cama ahora mismo para que yo pueda prepararme. Alice, no me mires como si tuviera que prepararme para la horca. Es guapísimo. Ea, ya lo he dicho. Es guapísimo, es mi amante y estoy muy contenta. El dinero no lo es todo. Me gusta y voy a ser feliz a su lado. Ya lo veréis. Después de llevar luto durante un año y de verlo todo cada vez con más tristeza, voy a ser feliz. Con un ángel. Alegraos por mí.

Lord Merton le había dicho la noche anterior que era una mujer escandalosa y tenía toda la razón. Sí, señor.

Las dos se fueron a la cama llorando.

Y no precisamente de felicidad, supuso.

Sin embargo, no había mentido del todo, reconoció con cierta sorpresa e incluso consternación. Había una parte de sí misma que casi estaba deseando que llegara la noche. Llevaba sola muchísimo tiempo. Y se sentía muy sola. Al menos no lo estaría esa noche. No se acostaría sola. Esa noche, al menos. Y si tenía suerte, no volvería a acostarse sola la mayor parte de las noches que estaban por llegar.

Algo bueno tenía que haber entre toda esa oscuridad que había reinado en su vida durante tanto tiempo. Desde luego que sí.

Tal vez la soledad remitiera aunque fuera un poco al acostarse con el conde de Merton.

A lo mejor él era lo único bueno de toda la situación.

Estaba tan cansada de la oscuridad…

«Por favor, por favor, solo pido un poco de luz.»

Stephen cenó en Cavendish Square con Vanessa y Elliott, y con otros invitados más. Entre estos últimos se encontraba una jovencita soltera, acompañada por su padre.

Sus hermanas no eran unas casamenteras sin remedio. Todo lo contrario. Le repetían con asiduidad que no se casara demasiado pronto y que, cuando lo hiciera, se casara por amor. Sin embargo, no se resistían a ponerle en bandeja a aquellas jovencitas en edad de merecer que pudieran llamarle la atención. Y para colmo conocían sus gustos al dedillo.

La señorita Soames era muy de su gusto. Joven, guapa y delgada. De naturaleza dulce, alegre y con una risa contagiosa. De modales exquisitos y animada conversación. Era recatada, pero no excesivamente tímida.

Durante la cena estuvo sentado a su lado. Lo mismo sucedió en el carruaje que los trasladó al teatro más tarde, y después en el palco de Elliott. Su compañía le agradaba y tenía motivos para pensar que el sentimiento era mutuo.

Fue una noche típica, como muchas otras. Pero también muy distinta de las demás.

Porque apenas pasó un instante en el que su mente no estuviera ocupada pensando en Cassandra.

Y muy en contra de su voluntad, estaba deseando que llegara el momento de volver a verla.

No debería ser así. Debería aferrarse al mundo que habitaban la señorita Soames, lady Christobel Foley y las demás jovencitas. Al mundo que frecuentaban sus amigos, con sus numerosas actividades, su familia, sus deberes parlamentarios y el resto de las responsabilidades inherentes a su título y a sus propiedades.

El mundo en el que había aprendido a vivir durante los últimos ocho años. Un mundo que le gustaba.

Cassandra, lady Paget, habitaba otro mundo. Un mundo en el que había mucha oscuridad. Y también algo innegablemente seductor.

Y no se trataba solo de la promesa de disfrutar con frecuencia del sexo.

Su atracción no se basaba solo en eso.

Sin embargo, fuera lo que fuese, la atracción era renuente e incómoda.

Sir Wesley Young también había asistido al teatro. Estaba sentado en un palco con otras siete personas, entre ellas la dama con la que paseaba por el parque esa misma tarde. Su palco estuvo muy animado durante toda la representación.

Su presencia lo distrajo de tal modo que no pudo prestarle la debida atención a la señorita Soames y al resto de los invitados de su cuñado. Intentó imaginar a una de sus hermanas en la situación de lady Paget. A Nessie, por ejemplo. ¿Habría sido capaz de darle la espalda en el parque esa tarde motivado por el afán de que la alta sociedad no descubriera su parentesco? ¿Sería capaz de disfrutar esa noche en el teatro sin que los remordimientos por lo que había hecho lo corroyeran?

¡Era inconcebible! Siempre respaldaría a sus hermanas, sin importar las consecuencias que ese respaldo le acarreara. Ciertos tipos de amor eran incondicionales y eternos, a pesar de que Cassandra afirmara lo contrario.

En vez de disfrutar de la obra de teatro, una de sus actividades preferidas, estuvo distraído imaginándosela mientras cuidaba de su hermanito recién nacido con solo cinco años, mientras lo abrazaba y lo besaba, canturreándole y hablándole, rodeándolo de amor porque no había nadie que la quisiera salvo ese padre casi siempre ausente, y porque tampoco había nadie que quisiera a su hermano a menos que ella lo hiciera.

Además, su mente no dejaba de rememorar la escena que había acontecido esa tarde en la puerta de su casa. Esa escena tan hogareña.

La criada, tan joven y delgada, con esa expresión asombrada que la asemejaba más a una vagabunda sin hogar que a la sirvienta feroz que se habría imaginado si se hubiera detenido a pensar en ello. La niña tímida y despeinada de mejillas sonrosadas. Y un perro muy viejo que parecía haber luchado en un par de guerras a lo largo de su juventud, durante las cuales solo había salido intacto el cariño por su dueña.

Tal vez, pensó, Cassandra no solo estuviera preocupada por su supervivencia y su bienestar cuando se coló en el baile de Meg en busca de un protector.

Tal vez hubiera luz en ella después de todo, aunque hubiera perdido el brillo por culpa de las circunstancias.

Esa tarde su casa le había parecido un…

En fin, le había parecido un hogar.

Después de la representación teatral y mientras salía de Merton House, reconoció que albergaba sentimientos encontrados. Quería ver de nuevo a Cassandra. Quería entrar de nuevo en su dormitorio. Quería hacerle el amor otra vez, quizá con un poco más de delicadeza y prestándole un poco más de atención a fin de que ella también disfrutara.

Pero al mismo tiempo le resultaba incómodo hacerlo en esa casa. Tal vez debiera haber alquilado una casa donde verse con ella. Tal vez debiera hacerlo.

Lo pensaría al día siguiente.

CAPÍTULO 10

Cassandra esperó a oscuras, sentada en la salita de estar. Se había puesto un camisón de seda y encaje que rara vez usaba. Sobre la prenda llevaba una vaporosa bata. Todo de color blanco. Se había cepillado el pelo y se lo había recogido en la nuca con una cinta blanca.

Como una novia a la espera del novio, pensó.

Menuda ironía.

Para colmo, era incómodo estar tan desabrigada con el frío que hacía en la salita.

El conde llegó tarde. Aunque no esperaba que llegara temprano, claro. Se mantuvo atenta al sonido de los cascos de algún caballo sobre los adoquines, al tintineo de los arneses o al traqueteo de las ruedas de un carruaje, de ahí que se sorprendiera al escuchar que alguien llamaba suavemente a la puerta.

Había ido andando.

Al abrir, vio que llevaba una capa larga de color negro y un sombrero de copa de seda, que se quitó nada más verla. Lo vio esbozar una sonrisa gracias a la luz de una de las farolas, y se percató del movimiento de la capa cuando se acercó a la puerta.

Era una mezcla de oscuridad, luz y virilidad.

Se le aceleró la respiración por una mezcla de temor y de…

En fin.

– Cassandra -lo oyó decir-, confío no haber llegado demasiado tarde.

Entró en el vestíbulo y cerró la puerta con el pestillo mientras la llama de la vela del candelabro oscilaba por la corriente de aire.

– Solo son las once y media -replicó ella-. ¿Ha pasado una noche agradable? -le preguntó mientras echaba a andar hacia la escalera, apagando la vela de camino.

Supuso que en un par de semanas esa escena se habría convertido en algo rutinario. Tal vez incluso tedioso. Y el tedio podía ser agradable. Porque esa noche sentía el corazón tan desbocado que casi le faltaba el aliento. Estaba tan nerviosa como una novia, aunque ya hubieran hecho eso mismo la noche anterior y a esas alturas debiera ser más fácil.

Aunque la noche anterior había sido diferente, por supuesto. Entonces no era su amante, no estaba empleada para ofrecerle ese servicio. No le había pagado de antemano.

– Sí, gracias -contestó él-. He cenado con Moreland y mi hermana, que también tenían otros invitados, y después hemos ido al teatro.

Y después del teatro acudía a casa de su amante. La típica noche de un caballero.

Le alegró que el dormitorio de Alice se encontrara en el último piso, al lado del que ocupaban Mary y Belinda, y no en el primero. Aunque cuando se mudaron intentó convencerla de que ocupara el dormitorio contiguo al suyo, Alice adujo que en la calle había mucho ruido y que después de haber vivido diez años en el campo sería muy molesto. De modo que prefirió la tranquilidad del último piso.

Al llegar al pasillo de su dormitorio, Cassandra apagó la vela y entró en su habitación. Lord Merton la siguió, cerrando la puerta al entrar. Había luz suficiente. Había girado un poco los espejos del tocador como la noche anterior, de forma que la luz de la solitaria vela se reflejara por toda la estancia.

– ¿Le apetece una copa de vino? -Atravesó el dormitorio en dirección a la bandeja que había dejado en una de las mesillas de noche. El vino había sido un exceso, pero pudo permitírselo.

– Gracias -lo oyó decir.

Sirvió una copa para cada uno y le ofreció una a él, que seguía de pie cerca de la puerta. Había dejado la capa sobre el respaldo de una silla y el sombrero sobre el asiento de la misma. Bajo la capa llevaba un traje negro, un chaleco con bordados en color marfil, una camisa blanca con el cuello perfectamente almidonado y una corbata anudada por un experto, aunque no tenía nada de ostentosa.

El conde de Merton no necesitaba la menor ostentación. Poseía suficiente apostura y carisma por sí mismo, de tal forma que podía prescindir de cualquier adorno.

Acercó su copa para brindar con él.

– Por el placer -dijo mientras lo miraba a los ojos con una sonrisa.

– Por el placer mutuo -añadió él, sosteniendo su mirada mientras bebían un sorbo.

A la parpadeante y tenue luz de la vela, el color de sus ojos siguió pareciéndole muy azul.

Lord Merton le quitó la copa de la mano y la colocó, junto con la suya, en la bandeja. Después se volvió para mirarla y extendió los brazos con las palmas de las manos hacia arriba.

– Ven -le dijo.

Puesto que estaba junto a la cama, Cassandra medio esperaba que la arrojara sobre el lecho sin más preámbulo y entrara en materia. En cambio, se limitó a abrazarla con delicadeza por la cintura.

– ¿Qué tal ha sido tu noche? -oyó que le preguntaba.

– He estado sentada en la salita de estar observando cómo Alice remendaba algunas cosas -contestó-. Pero yo no he hecho nada. Por vergonzoso que suene, debo admitir que me sentía perezosa.

En realidad, se había sentido muy inquieta, aunque había intentado disimular por todos los medios. Incluso le había costado admitirlo ante sí misma.

Hasta la noche anterior solo se había acostado con Nigel. Y su unión había estado bendecida por la santidad del matrimonio. No le había parecido pecaminoso entregarse a él.

¿Se lo parecía la situación actual? Tanto lord Merton como ella eran adultos y estaban de acuerdo en lo que hacían. Su relación no perjudicaba a nadie.

– En ocasiones la pereza es un lujo muy gratificante -comentó él.

– Sí que lo es -reconoció ella mientras colocaba las manos en ambos lados de su cintura. Sintió su calor corporal al instante.

Lord Merton la estrechó entre sus brazos, la pegó a su cuerpo desde las rodillas hasta el pecho y la besó.

En cierto modo fue inesperado. Y un tanto alarmante. Porque había decidido llevar las riendas de esa noche como lo había hecho la noche anterior. Había planeado desnudarlo muy despacio y explorar su cuerpo con los labios y las manos a fin de volverlo loco de deseo. De hecho, su intención era esa, pero…

Pero la estaba besando.

Y lo inesperado y alarmante era que no lo hacía de forma apasionada o lasciva. Era un beso delicado, suave y… ¿tierno?

Era un beso que resquebrajaba sus defensas.

Lord Merton la besó con los labios separados, explorando su boca con suavidad antes de acariciarla con la punta de la lengua. Después sus besos se trasladaron a los párpados, que ella había cerrado; a las sienes; a la sensible piel de detrás de la oreja y al cuello.

De repente, Cassandra notó un nudo en la garganta, como si estuviera a punto de echarse a llorar.

¿Por qué?

Porque esperaba pasión en el encuentro de esa noche. Deseaba dicha pasión. La pasión era una emoción que se limitaba al plano físico. Y ella pretendía que su relación se mantuviera en ese terreno. Que solo fuera sexual. Una palabra que cada vez le costaba menos pronunciar en su mente.

Lo único que quería de lord Merton era sexo.

Algo instintivo y carnal.

Quería sentir que se ganaba con creces cada penique de su salario.

Se percató de que lo estaba abrazando sin mover siquiera las manos, que seguían inmóviles, en su espalda. La estaba besando. Ella no hacía nada. Estaba recibiendo, no estaba dando nada.

No se estaba ganando el dinero que le pagaba.

Lord Merton levantó la cabeza. Aunque no sonreía, tenía un brillo alegre en los ojos. Se dio cuenta de que estaba apoyada por completo en él, entregada, relajada y casi rendida.

– Cass -lo oyó susurrar.

Nadie la había llamado así antes.

– Sí -dijo con un hilo de voz.

Y comprendió en ese momento que lo que sentía no era relajación, sino… deseo.

¿Cómo podía ser deseo? Todavía no habían hecho nada para que se sintiera así.

¿O sí?

– Te deseo -le dijo lord Merton-. No solo tu cuerpo, sino también a la persona que existe en su interior. Dime que tú también me deseas.

«… sino también a la persona que existe en su interior».

En ese momento casi lo odió. ¿Cómo iba a luchar contra algo así?

Hizo un gran esfuerzo para lograrlo. Entrecerró los ojos y le contestó con su voz más grave:

– Por supuesto que lo deseo. ¿Qué mujer podría resistirse a este esplendor tan erótico, mezcla de hombre y de ángel? -Esbozó una sonrisa estudiada.

Sin embargo y en vez de seguir besándola, ya fuera con pasión o sin ella, lord Merton la miró a los ojos y después a la cara con expresión indagadora.

Debería haber apagado la vela, pensó ella.

– No voy a hacerte daño -dijo él en voz baja-. Voy a…

– ¿A amarme? -lo interrumpió, enarcando una ceja.

¿Qué reglas seguía ese hombre en el arte de la seducción y el flirteo?

– Sí -contestó lord Merton-. En cierto modo. Cass, existen muchos tipos de amor y ninguno de ellos se limita solo a la lujuria. En mi caso, la lujuria sin más es imposible. Sobre todo contigo, con quien tengo cierta relación. Sí, he venido para amarte.

Ese hombre no sabía nada en absoluto sobre el amor. ¿Y ella?

«… con quien tengo cierta relación…»

Entrecerró de nuevo los ojos y sonrió.

– Quítatela -lo oyó decir-. Por favor.

Sus palabras lograron que enarcara las cejas.

– La máscara -puntualizó lord Merton-. Conmigo no la necesitas. Te lo prometo.

Tuvo el súbito presentimiento, el súbito temor, de que con él la necesitaba más que con nadie. Porque lord Merton desgarraba de forma implacable las máscaras y las defensas, por muy cuidadosamente que se hubieran tejido.

Volvió a besarla, en esa ocasión de forma apasionada. Siguió el contorno de sus labios con la lengua y después la introdujo entre ellos mientras le quitaba la cinta del pelo, que arrojó al suelo. La estrechó con fuerza entre sus brazos y al cabo de unos minutos le desató el lazo que le cerraba la bata en el cuello. La prenda se deslizó por su cuerpo hasta caer al suelo. En ese momento la instó a tenderse sobre el lecho.

Sin embargo, no la siguió. Se desnudó de pie junto a la cama, quitándose primero la chaqueta, después el chaleco y por último la camisa. Todo acabó en el suelo, junto con su cinta del pelo y su bata. Acto seguido se desabrochó el pantalón, y se lo quitó, tras lo cual se despojó de las medias y de los calzones. Lo hizo sin prisa y en ningún momento intentó esconderse de su curiosa mirada.

¡Por Dios, qué cuerpo más hermoso tenía!, pensó. Para la mayoría de la gente, la ropa era una bendición con la que ocultaban una multitud de imperfecciones. En el caso de lord Merton, solo ocultaba perfección. Unos brazos y unos hombros bien formados, un pecho ligeramente salpicado de vello rubio. Una cintura y unas caderas estrechas. Unas piernas largas y fuertes.

Los escultores griegos idealizaron a sus modelos cuando esculpían a los dioses. Si hubieran tenido a lord Merton por modelo, no habrían necesitado de ninguna idealización.

Porque era un dios y un ángel.

Azul y clorado, como un día de verano. Ojos azules, pelo rubio. Todo luz. Luz cegadora.

– Apaga la vela -le dijo ella.

No podía soportar seguir mirándolo a sabiendas de que entre ellos existía «cierta relación». Amante y protector. Eso era todo, así lo había planeado y así lo quería. Y todo seguía igual. Se aferraría mucho mejor a esa certeza con la luz apagada, sin el sentido de la vista. Porque así pensaría en Mary, en Belinda y en Alice, e incluso en Roger. El pobre Roger que intentó ayudarla en una ocasión y…

Solo era la amante de lord Merton, nada más.

Él se acostó a su lado después de apagar la vela, y lo recibió con los brazos abiertos, dispuesta a hacerse con el control de la situación tal como había planeado. Sin embargo, notó que le aferraba el borde del camisón y levantó los brazos para que se lo quitara, tras lo cual lo arrojó al suelo. Y en ese momento, antes de que pudiera bajar los brazos, lord Merton le aferró las muñecas con una mano, se las sostuvo por encima de la cabeza y se inclinó hacia ella, instándola a tumbarse de nuevo. La besó en los labios, en la barbilla, en el cuello y por último en los pechos. Le acarició un pezón con la boca, y después, ya humedecido, sopló para que el aire frío lo endureciera antes de atraparlo entre los labios y succionarlo. El frío fue reemplazado por el calor, y ese ramalazo de dolor que no era exactamente dolor le atravesó el abdomen y se extendió hasta su entrepierna, que de repente notaba palpitante de deseo.

La boca de lord Merton se trasladó hasta su vientre. Notó que le lamía el ombligo y contrajo los músculos de forma involuntaria. Entretanto, le acariciaba con la mano libre la cara interna de un muslo, trazando perezosos círculos. Hasta que llegó a esa parte húmeda y secreta de su cuerpo, que procedió a acariciar con suavidad antes de penetrarla con un dedo, hasta el nudillo. Dicho dedo comenzó a moverse en círculos en su interior.

En ese momento se percató de que podría haber liberado sus manos. Lord Merton no la aferraba con fuerza. Pero no lo hizo. Siguió tumbada, sometiéndose a su asalto, aunque en realidad dicha palabra no se ajustaba a lo que le estaba haciendo. Lo había creído un inocente en esas lides. Pero no lo era. En realidad era muy habilidoso. Sabía cómo utilizar la ternura y la lentitud para avivar la pasión hasta un punto abrasador.

No era así como había imaginado que un hombre usaba a su amante. Había esperado una demostración de fuerza bruta, alentada siempre por sus propias artes seductoras. Sin embargo, supo desde el primer momento que con él no sería así. De él esperaba una inocencia que lo dejaría a su merced.

Como si fuera una experimentada cortesana.

¡Qué expectativas más absurdas las suyas!

Sintió la caricia de los dedos de lord Merton en un pecho, y después un pellizco en el pezón. El dolor estuvo a punto de arrancarle un grito. Pero era un dolor que no dolía.

En ese instante se colocó sobre ella y sintió todo el peso de su cuerpo. Le soltó las manos para poder aferraría por las nalgas. Cuando lo vio levantar la cabeza, supo que la estaba mirando a la cara, aunque apenas lo veía en la oscuridad.

– Hay un tipo de amor que un hombre siente por su amante, Cass -lo oyó decir en voz baja-. Y es más que simple lujuria.

Y la penetró justo cuando sus palabras la desarmaban, haciéndole imposible que se preparara para la invasión.

Lord Merton estaba muy bien dotado. Su miembro era duro y grande, tal cual lo recordaba de la noche anterior. Lo presionó con sus músculos, como hizo entonces, y deslizó los pies sobre la sábana, a fin de rodear esas piernas musculosas y fuertes con las suyas.

Olía a limpio, se percató en un momento dado. La colonia discreta y cara que llevaba no enmascaraba otros olores más desagradables. Todo lo contrario, resaltaba su olor a limpio. Su pelo era suave y olía muy bien. Le enterró una mano en él cuando notó que apoyaba la cabeza en la almohada a su lado, con la cara hacia ella, y le colocó la otra en la cintura.

Entonces comenzó la rítmica cadencia del sexo, ese vaivén tan íntimo que siempre había requerido de sus mayores esfuerzos para soportarlo durante gran parte de su matrimonio.

Esa noche lord Merton ejercía un mayor control sobre sí mismo. Cosa que fue evidente desde el principio. Esa noche no acabaría en cuestión de minutos. Sus movimientos eran rítmicos y poderosos. Con una cadencia que variaba a su antojo.

Lo sentía deslizarse en su interior, notaba la fricción de su duro miembro contra la suave humedad de su cuerpo, aumentando el calor de sus cuerpos. Escuchaba los sonidos que dichos movimientos producían.

Y le resultó muy erótico.

En ese instante notó allí donde sus cuerpos se unían una especie de anhelo que se extendió por sus entrañas y fue ascendiendo hasta llegar a sus pechos y a su garganta. Un anhelo tan intenso que dolía. Un dolor que no resultaba doloroso. Sintió deseos de echarse a llorar. Sintió deseos de rodearlo fuertemente con las piernas, de rodearle la cintura con ellas al tiempo que lo abrazaba, que lo aferraba por los hombros y hundía la cara en su cuello y gritaba, presa de ese anhelo que no comprendía.

Sintió deseos de dejarse llevar por dicho anhelo. De entregarse por completo. Por un sublime instante de su vida quiso dejarse arrastrar y darse por vencida.

Y precisamente era lo que debía hacer, comprendió haciendo un esfuerzo por razonar con cierta lógica. Era su amante. Lord Merton le estaba pagando una cuantiosa suma para que lo complaciera, para que lo halagara aceptando el placer que él le proporcionaba.

Sin embargo, si fingía dicho placer, caería en su propia trampa. De repente, se sintió indefensa y asustada.

Y presa de ese extraño anhelo.

Las manos de lord Merton volvieron a aferraría por las nalgas. Su cara volvía a estar sobre la suya.

– Cass -lo oyó susurrar-. Cass.

Y justo cuando sus movimientos se detenían y se hundía hasta el fondo en ella, derramándose en su interior, supo que era lo peor que podía haber dicho.

Porque quería ser la mujer y la amante para él. Pero sin dejar de ser ella misma. Quería mantener estrictamente separadas las dos facetas de su vida: su vida privada y su vida laboral. Sin embargo, lord Merton la había mirado a los ojos en la oscuridad, la había llamado por ese nombre que nadie había usado antes y solo con esa palabra le había asegurado que sabía quién era y que de algún modo se había convertido en algo muy valioso para él.

Salvo que nada de eso era cierto.

Solo era sexo.

De repente, notó con gran alarma que le caían dos lagrimones por las sienes, que le humedecieron el pelo y acabaron haciendo lo mismo con la almohada. Deseó con todas sus fuerzas que esos ojos azules no se hubieran acostumbrado a la oscuridad hasta el punto de verla llorando.

El dolor y el anhelo desaparecieron y fueron sustituidos por los remordimientos. Aunque tampoco entendía el motivo de tales remordimientos.

Lord Merton salió de su cuerpo y se acostó a su lado. La instó a colocarse de lado, de espaldas a él, para acurrucarse tras ella. La pegó a su cuerpo, le pasó un brazo bajo la cabeza para que la apoyara en su hombro y le aferró la muñeca que descansaba sobre su torso.

Notaba los fuertes latidos de su corazón en la espalda.

Con la mano libre, lord Merton le acarició el pelo y la besó en la sien. Un lugar donde solo se depositaban besos de cariño.

En ese momento recordó de nuevo sus palabras.

«Hay un tipo de amor que un hombre siente por su amante.»

No quería su amor, ningún tipo de amor. Quería su dinero a cambio de lo que ella le daba en la cama.

Se repitió esa frase una y otra vez con la intención de no olvidar el verdadero sentido de la situación.

– Háblame de la niña -le dijo él al oído.

– ¿De qué niña? -preguntó, sobresaltada.

– De la que salió esta tarde a la puerta -contestó él-. Estaba escondida detrás de las faldas de tu criada. ¿Es tu hija?

– ¡Ah! -Exclamó Cassandra-. No. Te refieres a Belinda. Es hija de Mary.

– ¿Mary es la criada?

– Sí -contestó-. Las traje a Londres conmigo. No podía abandonarlas. No tenían ningún otro sitio adonde ir. Mary perdió su empleo cuando Bruce, el nuevo lord Paget, tomó posesión de Carmel House. Además, es mi amiga. Y quiero a Belinda. Todos necesitamos un toque de inocencia en nuestra vida, lord… Stephen -se corrigió.

– ¿Mary no está casada? -le preguntó él.

– No -respondió-. Pero eso no la convierte en una paria.

– ¿No tienes hijos?

– No. -Cerró los ojos-. Sí. Tuve una hija que murió nada más nacer. Era perfecta, pero nació con dos meses de antelación y no respiraba.

– ¡Ay, Cass!

– ¡Ni se le ocurra decir que lo siente! -exclamó-. Usted no fue el culpable, ¿verdad? Además, ya había sufrido dos abortos antes.

Y posiblemente uno después, aunque la tercera ocasión solo sufrió una copiosa hemorragia tras un mes de retraso en su menstruación, de modo que no pudo afirmar con rotundidad que se hubiera tratado de un embarazo. Sin embargo, estaba segura de que lo fue. Su cuerpo así se lo había dicho. Al igual que lo hizo su corazón.

– No me niegues el uso de las palabras -replicó lord Merton-. Lo siento de verdad. Debe de ser lo más horrible que una mujer tenga que soportar. La pérdida de un hijo. Incluso de un hijo nonato. Lo siento, Cass.

– Siempre me he alegrado de que sucediera -repuso ella con brusquedad.

Siempre se había repetido que se alegraba. Pero al decirlo en voz alta para que lo escuchara otra persona, supo que en realidad nunca se había alegrado de haber perdido esas preciosas almas que podrían haberse convertido en una parte indivisible de la suya.

¡Qué error había cometido al hablar en voz alta!

– Veo que la máscara va a juego con cierto tono de voz -lo oyó decir-. Es un alivio que lo hayas usado ahora mismo porque de otro modo te habría creído. No habría soportado creerte.

Frunció el ceño y se mordió el labio al escucharlo.

– Lord Merton -dijo, volviendo al uso de su título-, cuando estemos juntos en este dormitorio y en esta cama, somos señor y empleada, o si prefiere endulzar la realidad, somos amantes. En el sentido estrictamente físico del término, ya que compartimos nuestros cuerpos para obtener un placer mutuo -puntualizó, recalcando la última palabra-. Un placer físico. Un hombre y una mujer. No somos personas. Somos cuerpos. Puede usar mi cuerpo como le plazca, bien sabe Dios que está pagando una fortuna a cambio. Pero no podrá comprarme ni con todo el dinero del mundo. Yo estoy fuera de su alcance. Me pertenezco a mí misma. Soy una empleada a sueldo. No soy su esclava ni lo seré nunca. No vuelva a hacerme preguntas de índole personal. No vuelva a inmiscuirse en mi vida. Si no puede aceptar estos términos, el hecho de que seamos un hombre y su amante, le devolveré la astronómica suma de dinero que me ha enviado esta mañana y lo acompañaré a la puerta.

Se escuchó a sí misma y se horrorizó por esas palabras. ¿Qué estaba diciendo? ¡No tenía la cantidad completa para devolvérsela! Y sabía, con la misma certeza con la que se sabía acostada entre los brazos de un hombre, que jamás tendría el valor necesario para empezar de nuevo con otro. Si le cogía la palabra, estaría desamparada. Y con ella, Mary, Belinda y Alice. Y Roger.

Lord Merton retiró el brazo en el que ella se apoyaba y se apartó, de tal forma que de repente se encontró tendida de espaldas sobre el colchón. Lo vio levantarse de la cama, que rodeó hasta detenerse a su lado. Una vez allí, se inclinó para recoger su ropa, arrojó las prendas al pie de la cama y procedió a vestirse.

Supo que estaba enfadado pese a la oscuridad.

Debería decir algo antes de que fuese demasiado tarde. Pero ya era demasiado tarde. Lord Merton estaba a punto de marcharse para no volver nunca. Lo había perdido solo porque le complacía que no se alegrara por la muerte de sus hijos.

No diría nada. No podía hacerlo. Ya estaba cansada de intentar seducirlo, de hacerse pasar por una sirena seductora. Había sido una idea desesperada desde el principio. Una idea absurda.

Salvo que en aquel momento le pareció que no había alternativa. De hecho, todavía se lo parecía.

Esperó en silencio a que él se marchara. Una vez que lo escuchara cerrar la puerta principal, se pondría el camisón y la bata, y bajaría a echar el pestillo. Y ese sería el fin.

Después se prepararía una taza de té en la cocina y pensaría en otro plan. Tenía que haber algo, lo que fuera. Tal vez lady Carling estuviera dispuesta a escribir una carta de recomendación. Tal vez pudiera encontrar a alguien que jamás hubiera oído su nombre y estuviera dispuesto a contratarla.

Lord Merton ya había acabado de vestirse, salvo por la capa y el sombrero, que tendría que recoger de la silla camino de la puerta. Sin embargo, en vez de acercarse a por ellos, se inclinó sobre el tocador y usó la yesca para encender la vela, cuya luz inundó por sorpresa el dormitorio.

Parpadeó, deslumbrada por la repentina luz, y deseó haberse arropado al abrigo de la oscuridad. Se negó a hacerlo en esos momentos. Lo miró con todo el desdén y la hostilidad que fue capaz de demostrar mientras él apartaba la banqueta del tocador para sentarse.

Comprendió que habían cambiado las tornas esa misma mañana. O más bien del día anterior por la mañana. En ese instante era él quien la observaba sentado en la banqueta y ella era quien yacía en la cama.

En fin, que mirara todo lo que quisiera. No iba a poder hacer otra cosa a partir de ese momento.

– Vístete, Cassandra -lo oyó decir-. Y no con lo que está en el suelo. Con ropa de verdad. Vístete. Vamos a hablar.

Algo muy parecido a lo que ella le había dicho el día anterior.

No había ni rastro de furia ni en sus palabras ni en su expresión, aunque su mirada resultaba muy intensa.

De todas formas, no se le ocurrió desafiarlo ni desobedecerlo.

Lord Merton ostentaba el poder de los ángeles, comprendió mientras atravesaba desnuda el dormitorio de camino al vestidor, donde se puso la ropa que llevaba esa noche. Y dicho poder infundía temor. No temor a un posible daño físico, sino a…

Ignoraba realmente a qué. Porque ciertas cosas carecían de explicación.

Pero le tenía miedo. Ese hombre ocupaba un lugar en su vida, un lugar donde no lo quería y donde no quería a nadie. Ni siquiera a Alice.

Aunque allí estaba.

«… con quien tengo cierta relación».

CAPÍTULO 11

Tendría marcharse en cuanto terminara de vestirse, pensó Stephen.

Pero no lo hizo. Fue incapaz.

Ignoraba qué relación solía existir entre un hombre y su amante. Además, era incapaz de pensar en ella como su amante a pesar de que sus circunstancias hacían necesario el intercambio de dinero.

«…cuando estemos juntos en este dormitorio y en esta cama, somos señor y empleada… Un hombre y una mujer. No somos personas. Somos cuerpos. Puede usar mi cuerpo como le plazca… Pero no podrá comprarme ni con todo el dinero del mundo».

No quería comprarla. Quería… conocer a la mujer en cuya cama se metía previo pago. ¿Qué tenía eso de malo? Ella no quería que la conociera.

«Yo estoy fuera de su alcance. Me pertenezco a mí misma. Soy una empleada a sueldo. No soy su esclava ni lo seré nunca. No vuelva a hacerme preguntas de índole personal. No vuelva a inmiscuirse en mi vida.»

Por supuesto, Cassandra ignoraba en la misma medida que él el tipo de relación que existía entre un hombre y su amante. Le extrañaría mucho que se hubiera acostado con otro hombre que no fuera su marido antes de hacerlo con él la noche anterior. Pese a la actitud de sirena que se esforzaba por mantener, no era una cortesana. Solo era una mujer desesperada que intentaba ganarse la vida, que intentaba reunir un dinero con el que mantenerse ella y varias sanguijuelas que tenía pegadas. Aunque tal vez fuera una descripción demasiado cruel de las personas que vivían con ella. La antigua institutriz que vio paseando con ella por el parque dos días antes posiblemente hubiera superado la edad para encontrar un empleo. La criada era madre soltera y no encontraría nada mientras quisiera tener a su hija con ella.

Se puso en pie y se acercó a la ventana mientras esperaba que Cassandra terminara de vestirse. Descorrió las cortinas y contempló la calle desierta. Al cabo de un momento cayó en la cuenta de que no sería muy sensato permanecer junto a la ventana con una vela encendida a su espalda. Los vecinos de la acera de enfrente sabrían que solo vivían mujeres en esa casa.

Corrió de nuevo las cortinas, se giró y se apoyó en el alféizar con los brazos cruzados por delante del pecho.

Cassandra salió del vestidor en ese preciso momento. Lo miró, se sentó en un sillón y se tomó su tiempo para colocarse las faldas del vestido azul que se había puesto. Sus labios esbozaban una leve sonrisa burlona. Se había vuelto a recoger el pelo, pero no con un moño. Al ver que él no decía nada, alzó la mirada y enarcó las cejas.

– Siento mucho haberme inmiscuido en tu vida y haberte hecho daño -se disculpó él.

Ella mantuvo las cejas enarcadas.

– No me ha hecho daño -replicó-. Que yo recuerde, he sentido un gran placer. Espero que haya sido recíproco.

– ¿Dónde duermen tus criadas? -le preguntó-. Y la niña.

– En el último piso -contestó ella-. No se preocupe por la posibilidad de que nuestros jadeos y gemidos hayan traspasado las paredes y hayan tenido en vela a toda la casa. Y no son mis criadas. Son mis amigas.

No era una mujer agradable cuando llevaba puesta su máscara, lo que sucedía con frecuencia. Lo mejor sería marcharse. El dinero que le envió la mañana anterior las mantendría a todas un tiempo. Después… Bueno, no era responsabilidad suya. El problema era que la mujer con la máscara no existía y él no conocía a la mujer que se ocultaba tras ella. No sabía si le gustaría o no.

Cassandra no quería que la conociera.

Había matado a su marido.

¡Por el amor de Dios! ¿Qué estaba haciendo en esa casa?

Sin embargo, había llegado a Londres con una institutriz ya entrada en años, con una criada muy joven que. Había perdido el trabajo, con la hija de esta y con un perro cojo. Lo había seleccionado para el papel de su protector a fin de que ninguno pasara hambre… ella incluida.

– Este es su hogar -dijo-. Cada vez que vengo a ejercer mis derechos como tu señor lo estoy mancillando. Estoy mancillando la inocencia de esa niña.

Ese hecho lo había inquietado desde que la vio la tarde anterior, con las mejillas sonrosadas, el pelo alborotado y los ojos como platos. ¡Qué valiosa era su inocencia! En un primer momento pensó que tal vez fuera hija de Cassandra. Lo mismo daba que no lo fuera. Esa situación era… desagradable.

Se percató de que Cassandra había cruzado las piernas y de que balanceaba un pie en el aire. Lo estaba observando en silencio, con la sonrisa aún en los labios.

– Un caballero con conciencia -dijo a la postre-. Parece una contradicción. Debe de ser un gran inconveniente para usted, lord Merton.

– A menudo sí -convino-. Para eso está la conciencia, siempre y cuando uno no se haya convertido en un cínico. Intento guiar mi vida y las decisiones sobre el curso que debe tomar siguiendo sus dictados.

– ¿Es su conciencia lo que lo ha retenido aquí aunque ya está vestido? -le preguntó ella-. ¿O más bien el deseo por aquello que va a perder si se marcha? Si se trata de lo segundo, no tiene por qué preocuparse. Jamás le faltarán compañeras de cama cuando le apetezca una, y no precisamente por su título y su fortuna. Si se trata de lo primero, significa que nos tiene lástima, a mí y a mi desdichado séquito. No es necesario que nos compadezca. Sobreviviremos sin usted, lord Merton. No somos de su incumbencia, ¿verdad?

– No -contestó, respondiendo a su pregunta aunque fuese retórica. Siguió sin moverse de su sitio.

– ¿Qué pretende? -preguntó ella-. ¿Quiere instalarme en un nidito de amor? Es lo que hacen otros hombres, sobre todo los casados. Sería muy acogedor y podría visitarme cada vez que lo deseara sin temor a mancillar la inocencia de nadie. Sería como cualquier otra mujer con un trabajo. Tendría un hogar aquí y mi lugar de trabajo estaría en la otra casa. -Su pie se balanceaba más deprisa. Su voz era ronca y desdeñosa.

– No funcionará, Cassandra -dijo.

La oyó suspirar.

– Es el fin, ¿verdad? -replicó ella-. Espero que no le importe que no le devuelva todo el dinero, lord Merton. Es que he gastado parte de lo que me dio. Soy una manirrota. Pero le he prestado servicio dos noches seguidas y eso merece cierta compensación. -En ese momento pareció percatarse del rápido movimiento de su pie y lo detuvo en seco.

Sería muy sencillo decir que sí, que ese era el fin, pensó él. Era lo que deseaba hacer en el fondo. Podría regresar a Merton House, dormir lo que quedaba de noche y olvidarse de todo ese patético episodio cuando se despertase. Se vería libre de una relación que le había sido impuesta desde el primer momento.

Podría retomar la vida sencilla de la que disfrutaba.

No podía decir que sí.

– Cassandra -dijo y se inclinó ligeramente hacia ella-, tenemos que empezar de nuevo. ¿Podemos empezar de nuevo?

Su pregunta le arrancó una carcajada.

– Claro que sí, lord Merton -contestó-. ¿Me desvisto? ¿O prefiere hacer los honores? ¿O… prefiere que me acueste como estoy?

No había malinterpretado sus palabras en absoluto. Sin embargo y por motivos que solo ella conocía, había decidido provocarlo. De repente, tuvo la dolorosa revelación de que tal vez se odiaba a sí misma por lo que había elegido hacer con él.

Tal vez se odiaba por el asesinato del que consiguió librarse… al menos en lo concerniente a la ley.

– Quédate donde estás -le ordenó-. No habrá más sexo esta noche, Cassandra, ni tampoco lo habrá en un futuro cercano. Tal vez nunca vuelva a haberlo entre los dos.

La vio torcer el gesto.

– De modo que al proponer que empezáramos de nuevo me estaba invitando a que lo sedujera otra vez, ¿es eso, milord? Será un placer. Nunca diga nunca jamás. No conmigo.

Se acercó a ella en dos zancadas, se arrodilló delante del sillón y la cogió de las manos. Cassandra lo miró, sorprendida, y la máscara se esfumó.

– Ya basta -dijo-. Ya basta, Cassandra. Se acabó el juego. Porque ha sido un juego desde el principio. Esta no eres tú. Este no soy yo. Siento mucho lo que te he hecho. Lo siento de verdad.

Ella abrió la boca para hablar, pero la cerró sin decir nada. Intentó adoptar una expresión desdeñosa, pero no lo logró.

Stephen le apretó las manos con más fuerza y le dijo:

– Cassandra, si vamos a continuar con esta relación, debemos hacerlo como amigos. Y no empleo la palabra como un eufemismo de otra cosa. Debemos convertirnos en amigos. Necesito seguir ayudándote y tú necesitas ayuda. Tal vez no sea la mejor base para cimentar una amistad, pero tendremos que apañarnos con lo que hay. Te ayudaré económicamente todo el tiempo que lo necesites, y a cambio tú me proporcionarás tu confianza y tu compañía. No tu cuerpo. No puedo pagar por tu cuerpo. ¡No puedo!

– ¡Por el amor de Dios, lord Merton! -exclamó ella-. Debe de estar desesperado si está dispuesto a pagar por la amistad. ¿Me está diciendo que ser un ángel es una tarea solitaria? ¿Nadie quiere ser su amigo?

– Cass, llámame Stephen -le pidió.

¿Por qué se estaba tomando tantas molestias? ¿Por qué?, se preguntó.

Cassandra volvió a sonreír, pero la sonrisa desapareció de golpe.

– Stephen -dijo con un hilo de voz.

– Deja que seamos amigos -propuso-. Déjame venir a tu casa de día, con tu antigua institutriz como carabina. Déjame venir acompañado por mis hermanas. Déjame acompañarte por Londres como hice ayer por la tarde. Deja que nos conozcamos el uno al otro.

– ¿Tan desesperado está por averiguar mis secretos, lord Merton? ¿Se muere de ganas por conocer los morbosos detalles del asesinato de mi esposo?

Le soltó las manos y se puso en pie. Le dio la espalda y se pasó los dedos por el pelo. Miró la cama revuelta, donde poco antes habían hecho el amor.

– ¿Lo mataste? -le preguntó.

¿Por qué no la había creído del todo la primera vez que se lo preguntó? ¿Por qué no se había apartado de ella, asqueado, y había mantenido las distancias?

– Sí, lo maté -contestó ella sin vacilar-. No va a conseguir que lo niegue, lord Merton… Stephen -se corrigió-. No vas a hacer que me saque de la manga a un desconocido, a un vagabundo que sin otro motivo que su inherente maldad le disparó a mi esposo en el corazón y después se marchó sin robar nada de valor. Lo hice porque lo odiaba, porque quería verlo muerto y quería librarme de él. ¿De verdad quieres ser mi amigo?

¿Por qué seguía sin creer del todo sus palabras? ¿Porque la escena le resultaba inimaginable? Sin embargo, lord Paget había muerto porque alguien le había disparado una bala directa al corazón. Intentó imaginársela con una pistola en la mano y cerró los ojos un instante, horrorizado.

¿Estaba loco? ¿Lo había hechizado esa mujer? No lo creía. Por supuesto que no. Así que debía de estar loco.

– Sí -contestó con un suspiro-. Quiero serlo.

– La alta sociedad en pleno creerá que me estás cortejando -dijo ella-. Tus alas quedarán tiznadas. Pronto te darás cuenta de que te rechazan. O de que te has convertido en un hazmerreír. Todo el mundo creerá que te he engañado. Te tomarán por un tonto. Creerán que mi belleza te cegó. Porque soy guapa. No es un alarde vanidoso. Sé cómo me miran los demás. Las mujeres lo hacen con envidia y los hombres, con admiración y deseo. Las mujeres te darán la espalda, desilusionadas y molestas. Los hombres te mirarán con envidia y rencor.

– No puedo vivir de acuerdo a lo que los demás esperan de mí -replicó-. Debo vivir mi vida acorde a mis principios. Supongo que hubo un motivo para que nos fijáramos el uno en el otro en Hyde Park hace unos días. Aparte de que estuvieras buscando un protector y de que yo sea un admirador de la belleza… Recuerda que ibas tapada con un tupido velo. Podrías haberte fijado en cualquier otro. Y yo podría haberme fijado en cualquier otra. Pero nos vimos. Y hubo un motivo por el que volvimos a encontrarnos al día siguiente en el baile de Meg. Y no fue solo para que pudiéramos darnos un revolcón y separarnos con palabras amargas poco después. Creo en los motivos. Y en las consecuencias.

– ¿Me estás diciendo que fue el destino? -le preguntó ella-. ¿Que estábamos destinados a enamorarnos y tal vez a casarnos y a vivir felices para siempre?

– El destino lo decidimos nosotros mismos -respondió-. Pero algunas cosas suceden por un motivo en concreto. Estoy segurísimo. Nos conocimos por un motivo. Podemos intentar ahondar en él… o no. El destino no marca las consecuencias.

– Solo los motivos -añadió ella.

– Sí -convino Stephen-. O eso creo. No soy un filósofo. Vamos a empezar de nuevo, Cassandra. Vamos a darnos la oportunidad de ser amigos al menos. Deja que te conozca. Conóceme a mí. Tal vez merezca la pena conocerme.

– O tal vez no -replicó ella.

– O tal vez no.

La oyó suspirar, y cuando se giró para mirarla se dio cuenta de que Cassandra había dejado de fingir. Parecía vulnerable… y eso le otorgaba un encanto irresistible.

¿Una asesina? Imposible. Claro que, ¿qué asesino lo parecía?

– Debería haber sabido que me causarías problemas en cuanto te vi. Sin embargo, a quien descarté a primera vista por encontrarlo potencialmente peligroso fue a tu amigo. No me creía capaz de controlarlo. Me refiero al que parece un demonio. Al señor Huxtable.

– ¿A Con? -preguntó-. Es mi primo. Y no es un demonio.

– Me pareció que los ángeles eran una apuesta segura -continuó ella-. Y por eso te escogí.

– No soy un ángel, Cassandra.

– Ah, pero sí que lo eres -lo contradijo-. Ahí está el problema.

De repente, él le sonrió, y por un momento vislumbró un brillo en esos ojos verdes que lo llevó a pensar que ella iba a devolverle la sonrisa. Pero no lo hizo.

– Permíteme venir a verte mañana por la tarde -le dijo-. O esta tarde, mejor dicho. Una visita formal. Vendré a veros a ti y a tu antigua institutriz. ¿Te importaría recordarme su nombre?

– Alice Haytor.

– Deja que venga a veros a ti y a la señorita Haytor -le pidió.

Cassandra comenzó a balancear el pie de nuevo.

– Ella lo sabe.

– Y sin duda alguna cree que soy el demonio personificado -señaló-. ¿No quieres ver si soy capaz de engatusarla hasta que cambie de opinión?

– También sabe que todo es culpa mía, que yo te seduje -añadió Cassandra.

– Es imposible que lo sepa, porque no es verdad -la corrigió-. Me demostraste que estabas muy interesada en mí. No me sedujiste. Yo quise que el interés fuera mutuo. Eres hermosa. Y deseable. Merezco la reprobación de la señorita Haytor. Tomé las decisiones equivocadas con respecto a ti y a la atracción que sentía por ti. Permíteme intentar ganarme su respeto.

Cassandra volvió a suspirar.

– No te irás a menos que te salgas con la tuya, ¿verdad? -le dijo.

Se miraron a los ojos.

– Lo haré… si me pides que me vaya y que no vuelva a verte, lo haré -afirmó-. Si la verdadera lady Paget me lo pide, por supuesto. ¿Quieres que me vaya, Cassandra? ¿Quieres que salga de tu vida para siempre?

Lo miró un buen rato en silencio y después cerró los ojos.

– Sí -contestó al cabo de un momento-, pero soy incapaz de decirlo con los ojos abiertos. Stephen, ¿por qué te conocí?

– No lo sé -respondió-. ¿Quieres que lo descubramos juntos?

– Te arrepentirás -le aseguró.

– Es posible -convino Stephen.

– Yo ya me arrepiento -dijo ella.

– ¿Mañana por la tarde? -le preguntó.

– ¡Muy bien! -Abrió los ojos y volvió a mirarlo-. Ven si quieres.

Enarcó las cejas al escucharla.

– Ven -repitió ella-. Y le diré a Mary que no te meta una araña en la taza del té.

El comentario le arrancó una sonrisa.

– Y ahora vete -le ordenó ella-. Necesito dormir un poco aunque a ti no te haga falta.

Atravesó el dormitorio para ponerse la capa y coger su sombrero. Al volverse vio que Cassandra estaba de pie delante del sillón.

– Buenas noches, Cassandra -le dijo.

– Buenas noches, Stephen.

Regresó a casa andando y pasó todo el trayecto preguntándose en qué se había metido. Su vida parecía estar patas arriba desde hacía dos días.

¿De verdad estaban destinados a encontrarse? ¿Por qué? No se le ocurría otro motivo salvo evitar que Cassandra y sus amigas murieran de hambre.

Tendrían que descubrirlo juntos. Había ciertos acontecimientos en la vida, ciertos momentos, que se producían debido a una mano invisible, o eso creía. No obstante, esa mano no tenía poder para dictaminar la respuesta de cada persona. Los individuos implicados tenían la capacidad de reaccionar ante los acontecimientos o momentos. O de no reaccionar.

Estuvo lloviendo durante toda la mañana, pero a media tarde escampó y el cielo quedó despejado. El sol brillaba y las calles y las aceras se secaron.

– Hace un día perfecto para dar un paseo -porfió Alice, después de acercarse a la ventana de la salita para comprobar con sus propios ojos que estaba en lo cierto-. Llevamos unos cuantos días diciendo que vamos a pasear por Green Park, Cassie. Seguro que no está tan concurrido como Hyde Park.

– Cuando llegaste a casa para almorzar -le recordó Cassandra-, dijiste que se te caerían los pies a trocitos si tenías que dar un solo paso más.

Alice había pasado toda la mañana intentando encontrar alguna agencia que no hubiera visitado el día anterior y recorriendo aquellas en las que ya había dejado su nombre con la esperanza de que hubiera surgido algo de la noche a la mañana.

Había hecho ese comentario sobre sus pies antes de que Cassandra por fin se armara de valor para mencionar de pasada la visita del conde de Merton de esa tarde. Una visita formal para tomar el té con ellas, no para tratar de sus asuntos privados.

– Es increíble lo que un buen almuerzo, una taza de té y una hora de reposo pueden hacer para recuperar la energía -replicó Alice a la ligera-. Estoy lista para salir de nuevo… y esta tarde ni siquiera me mojaré.

– Le dije que estaría aquí cuando viniera a verme, Alice -señaló-. Sería una descortesía por mi parte no estar en casa después de todo, y tú me enseñaste a no ser maleducada. Además…

– Además, ¿qué? -Alice estaba enfadada. Se volvió desde la ventana y la miró con el ceño fruncido.

Cassandra no tenía nada sobre el regazo, ya que de un tiempo a esa parte parecía no poder concentrarse en la costura. No tenía nada a lo que mirar salvo a su antigua institutriz.

– Creo que nuestra… relación se ha acabado, Allie -confesó-. De hecho, así es. El acuerdo le resulta desagradable. Me parece que el principal motivo es que Belinda vive aquí. Dijo algo sobre mancillar su inocencia. Aunque no se trata solo de eso. Pienso que es un ángel de verdad. He hecho que un ángel se desvíe del buen camino. Se siente culpable. Quiere reparar el daño. Quiere empezar de nuevo, quiere que seamos amigos. ¿Has escuchado algo más absurdo en la vida? Pero también quiere seguir pegándome, y no sé cómo voy a poder rechazarlo, aunque debería hacerlo, por supuesto. No puedo aceptar un salario generoso solo por ser la amiga de otra persona, ¿verdad?

– Vamos a dar un paseo -insistió Alice con firmeza-, antes de que sea demasiado tarde. Coge tu bonete, no te pares siquiera a cambiarte de vestido.

Rehusó meneando la cabeza y clavó la mirada en las manos, que tenía en el regazo. Se examinó las uñas. Tenía que cortárselas. Se había puesto el vestido de muselina con el estampado de florecillas para la ocasión. Solo tenía ropa bonita, nada más. Nigel siempre había insistido en que vistiera bien.

– No quiero ni verlo -dijo Alice-, mucho menos verlo sentado junto a mí mientras tomamos el té. No me gusta, Cassie, y no me hace falta conocerlo en persona para saberlo. Te ha hecho daño.

– No, no es verdad. -Miró a su antigua institutriz con expresión triste-. Si alguien ha sufrido, ha sido él. El no me ha hecho daño. Es… es adorable, Allie.

Adorable y espantosamente inquietante.

Se había pasado toda la mañana, por no hablar del resto de la noche desde que él se marchó, rememorando su forma de hacerle el amor, recordando los anhelos y las sensaciones que le había provocado. Recordando ese dolor que no era doloroso y que no era otra cosa que deseo sexual. Había acabado admitiéndolo. Jamás había experimentado deseo sexual. Ni siquiera sabía que las mujeres pudieran sentirlo.

Y también se había pasado toda la mañana rememorando la conversación que mantuvieron después.

«Supongo que hubo un motivo para que nos fijáramos el uno en el otro en Hyde Park hace unos días… Y hubo un motivo por el que volvimos a encontrarnos al día siguiente en el baile de Meg. Creo en los motivos. Y en las consecuencias.»

Si había un motivo para todo, ¿por qué había conocido a Nigel?

«… algunas cosas suceden por un motivo en concreto. Estoy segurísimo. Nos conocimos por un motivo. Podemos intentar ahondar en él… o no. El destino no marca las consecuencias».

Stephen había encontrado la solución para que el destino y el libre albedrío pudieran coexistir. ¡Qué inteligente!

«Vamos a empezar de nuevo, Cassandra. Vamos a darnos la oportunidad de ser amigos al menos. Deja que te conozca. Conóceme a mí. Tal vez merezca la pena conocerme.»

¿No tenía bastante con lo que sabía de ella? Le había dicho, en dos ocasiones, que había matado a Nigel. ¿Qué más necesitaba saber sobre una persona que admitía tal cosa?

«Tal vez merezca la pena conocerme.»

– Tal vez merezca la pena conocerlo -le dijo a Alice.

– ¿Después de lo que te ha hecho? -Alice se dirigió de nuevo a su asiento y se dejó caer en él-. Y no vuelvas a decirme que tú lo sedujiste, Cassie. Tenías motivos para hacerlo, aunque bien sabe Dios que me opuse con uñas y dientes desde el principio. El conde de Merton carece de excusas por haberse dejado seducir salvo su condición de hombre. Y si un hombre necesita una mujer tan desesperadamente, ¿por qué no se casa? ¡Para eso están las esposas!

Miró a su antigua institutriz y por primera vez en todo el día sonrió con buen humor.

– Bueno… -Alice se ruborizó-. Esa es una de las cosas para las que están. No me malinterpretes, Cassie. Las mujeres sirven para mucho más que eso, sabes muy bien que he intentado inculcártelo desde que eras pequeña. Sigo creyendo que deberíamos ir a Green Park. A lo mejor llueve mañana. Y que sepas que soy yo quien debería encontrar una fuente de ingresos. Y lo haré. He comprado un periódico esta mañana. Ha sido un derroche por mi parte, pero había varios empleos anunciados que pienso solicitar. Algunos son inadecuados, cierto, pero hay posibilidades. Es imposible que la vida útil de una mujer acabe a los cuarenta y dos años. Me niego a creerlo.

Reconoció sus palabras con una sonrisa y al mirar a su antigua institutriz a los ojos descubrió que los tenía llenos de lágrimas.

– Cassie, soy yo quien debería cuidar de todas nosotras -insistió Alice-. Lo sabes tan bien como yo.

– Tú siempre has cuidado de mí, Allie -le recordó-. Siempre.

– ¿Es importante para ti que reciba al conde de Merton? -le preguntó Alice mientras se enjugaba las lágrimas con un pañuelo.

– Sí. Y me pidió específicamente que estuvieras presente, que lo sepas. Como carabina.

Alice reaccionó con un sonido muy desagradable, casi un resoplido.

– Estoy segurísima de que en más de una ocasión te he repetido aquello de: «A buenas horas mangas verdes» -comentó.

Ya era demasiado tarde para salir a dar un paseo aunque quisieran hacerlo. Un carruaje se detuvo delante de la puerta. Cassandra lo escuchó perfectamente.

Su visita había llegado.

CAPÍTULO 12

Stephen fue a ver a Katherine, lady Montford, a última hora de la mañana, después de abandonar la Cámara de los Lores. Su intención era la de pedirle que lo acompañara a visitar a Cassandra. Al llegar, descubrió que Meg estaba con ella, ya que había llevado a Toby y a Sally para que jugaran con Hal, de modo que acabó pidiéndoselo a las dos.

– Debería haberte preguntado nada más verte qué tal fue el paseo de ayer por el parque -dijo Meg-. Te has propuesto conseguir que lady Paget sea la sensación de la temporada, ¿verdad? Es todo un detalle por tu parte. La verdad es que es una mujer difícil de tratar, ¿no te parece? Siempre tiene una expresión que sugiere cierto… no sé, cierto desprecio por la gente que la rodea, como si se creyera superior. Sé que posiblemente solo sea su forma de protegerse frente a lo que debe de ser una situación muy complicada, pero de todas maneras su actitud no invita a entablar amistad con ella.

– Le dije que iría a verla esta tarde, pero no estaría bien visto que apareciera solo, ¿verdad? -comentó.

– Lo que menos le conviene es suscitar nuevos rumores, desde luego -convino Katherine-. Meg, tienes razón en lo que dices sobre su actitud, pero supongo que si estuviera en su lugar, sola en Londres, y todo el mundo creyera que he asesinado a mi marido con un hacha, me comportaría de la misma manera. Siempre y cuando tuviera el valor de aparecer en público, claro.

En ese aspecto es admirable. Stephen, te acompañaré encantada. Hal dormirá una buena siesta después de la mañana tan ajetreada que ha tenido y Jasper va a ir a las carreras.

– Duncan también -añadió Meg-. De hecho, van juntos. Yo también os acompañaré.

Había sido más fácil de lo que imaginaba, pensó Stephen. No había tenido que enfrentarse a ninguna pregunta incómoda. Sus hermanas no se habían percatado de que actuaba porque le remordía la conciencia.

De modo que esa tarde se presentó en casa de Cassandra en Portman Street de un modo irreprochable. Llegó sin esconderse, para que cualquier vecino lo viera si así lo deseaba, y ayudó a apearse del carruaje a las dos respetables damas que lo acompañaban mientras el lacayo que viajaba en el pescante con el cochero llamaba a la puerta.

Al cabo de unos minutos todos estaban sentados en la salita de estar, conversando educadamente con Cassandra, que se había encargado de servir el té, y con la señorita Haytor, a quien Stephen reconoció de la tarde de Hyde Park. Aunque su actitud era muy tensa y su gesto, adusto, no era una mujer fea.

Era comprensible que su gesto fuera adusto. Ojalá no perdiera la apuesta que estaba haciendo. Ojalá la señorita Haytor no hiciera algún comentario que desvelara la verdadera relación que mantenía con Cassandra delante de sus hermanas. Sin embargo, dudaba mucho que la mujer se atreviera a hacer algo así. Saltaba a la vista que era toda una dama. De modo que se dispuso a engatusarla con su encanto y entabló una conversación con ella mientras que las otras tres damas presentes charlaban entre sí.

No obstante, estuvo muy pendiente de Cassandra, que realizó las labores de anfitriona con facilidad, aunque su expresión mantuvo en todo momento ese rictus desdeñoso que Meg había señalado. Le habría gustado que se relajara y se mostrara tal como era en realidad. Porque quería que se granjeara la simpatía de sus hermanas, como si estuviera cortejándola de verdad.

Había elegido un vestido de muselina estampada de color marrón rosáceo que en cualquier otra mujer parecería pasado de moda, pero que a ella le sentaba de maravilla. Porque acentuaba su figura y resaltaba el brillante tono de su pelo. Le otorgaba un aspecto muy elegante. El aspecto de una dama. El aspecto de una mujer que no había conocido la sordidez.

Y en ese momento sucedió algo que aligeró la tensión del ambiente, aunque al principio mortificó un poco a Cassandra.

La puerta de la salita de estar, que parecía cerrada, se abrió de repente y el perro lanudo de aspecto desgreñado entró cojeando y con la lengua fuera.

– ¡Ay, vaya por Dios! -Exclamó Cassandra, que se puso en pie al ver al animal-. Otra vez se ha quedado abierto el pestillo. Lo siento mucho. Me lo llevaré.

– Yo lo haré, Cassie -se ofreció la señorita Haytor, poniéndose también en pie.

– ¡Pero si es una monada! -Protestó Kate-. Por favor, deje que se quede. Si se le permite estar en la salita, claro.

– En cuanto tiene la oportunidad, Roger se convierte en la sombra de Cassandra -señaló la señorita Haytor mientras volvía a sentarse-. Se cree el dueño de toda la casa, como si fuera el señor del castillo. Cosa que es cierta, la verdad. -Y sonrió por primera vez en toda la tarde. Incluso rió entre dientes al ver que Kate le devolvía la sonrisa.

Cassandra volvió a sentarse también y esbozó una leve sonrisa. Stephen, que la estaba observando, vio la mirada de genuino afecto que aparecía en su rostro y sintió una punzada en el corazón. Un sentimiento tan fugaz que no le dio tiempo a reconocerlo ni a comprender de qué se trataba.

– Roger -dijo él cuando el perro pasó a su lado, y extendió una mano para acariciarle su única oreja-. Tiene usted un nombre muy distinguido, señor mío. -El perro se detuvo, apoyó la cabeza en su regazo y lo miró con un ojo lloroso. Era ciego del otro, a juzgar por la capa blanquecina que lo cubría-. O eres un perro muy desgraciado que no paras de meterte en líos de los que sales con una nueva herida -siguió- o eres un perro muy afortunado que sobrevivió a un terrible accidente.

– Lo segundo -comentó Cassandra.

– ¡Qué espantoso, lady Paget! -Exclamó Meg-. Hace relativamente poco tiempo que convivo con mascotas. Mi hijo mayor decidió que no podía ir a los establos cada vez que quería ver a su camada de perritos y los metió en casa. Como es normal, la madre los acompañó, aunque no estaba adiestrada para convivir con nosotros. Pero entiendo muy bien lo rápido que los animales se convierten en miembros de la familia y he comprobado que en cierto modo se los quiere tanto como a las personas.

– Creo que parte de mí habría muerto si Roger no se hubiera recuperado de las heridas, lady Sheringford -confesó Cassandra con los ojos clavados en el animal-, pero sobrevivió. Me negué a dejarlo morir. -Desvió la mirada del perro para mirarlo a él antes de apartarla de ellos por completo.

Nadie preguntó sobre el accidente, y ella no explicó los pormenores del mismo.

– Va a acabar lleno de pelos, lord Merton -le advirtió la señorita Haytor.

El sonrió.

– Mi ayuda de cámara me echará un buen rapapolvo, no me cabe duda -replicó-, pero se encargará de cepillar la ropa hasta que no quede ni uno. De vez en cuando tengo que darle motivos para que me regañe, porque de esa forma siente que su trabajo es necesario y disfruta realizándolo.

La dama estuvo a punto de sonreírle, pero todavía no lo había perdonado del todo. No tenía muy claro que algún día llegara a hacerlo. Como nadie se había levantado a cerrar otra vez la puerta, en esa ocasión con el pestillo, al cabo de un rato apareció una cabecita de pelo alborotado y mejillas sonrosadas. La niña tenía el mismo aspecto que el día anterior cuando Stephen la vio detrás de las faldas de la criada. Al ver al perro, la pequeña entró en la salita. Llevaba un vestido rosa descolorido, aunque estaba limpio y sin una sola arruga.

– Perrito -dijo con una carcajada mientras se acercaba.

Roger, que parecía encantado con su posición ya que le estaban acariciando la oreja y rascándole la cabeza, soltó una especie de gruñido en respuesta y abrió el ojo bueno cuando la niña enterró los dedos en su peludo lomo y se inclinó para darle un beso.

– ¡Ay, Dios! -exclamó Cassandra otra vez avergonzada-. Lo siento mucho. Me llevaré a…

Sin embargo, la niña pareció percatarse en ese momento de que Roger estaba acompañado por un grupo de personas, una de las cuales era una dama que llevaba un sombrero adornado con flores. Al verla, se alejó del perro y señaló con un dedo el sombrero de Meg.

– Bonito -dijo.

– ¡Vaya, gracias! -Exclamó Meg-. Tus rizos también son muy bonitos. Podrías darme uno. Resulta que llevo unas tijeras en el ridículo. Podría cortarte uno, llevármelo a casa y ponérmelo en la cabeza, ¿no? ¿Crees que estaría guapa?

La niña se echó a reír, encantada.

– ¡Noooo! -Chilló, muerta de la risa-. Estarías fea.

– Supongo que tienes razón -replicó Meg con un suspiro-. Será mejor que lo deje en tu cabeza, donde está tan bonito.

La niña levantó un pie.

– Tengo zapatos nuevos -dijo.

Meg los miró.

– Son preciosos -le aseguró.

– Los otros eran pequeños -siguió la niña-, porque ya soy una niña grande.

– Desde luego que sí -le dijo Meg-. Seguro que los viejos eran pequeñísimos. ¿Quieres que te coja un ratito?

Cassandra volvió a sentarse y mientras lo hacía intercambió una mirada con la señorita Haytor. Sin embargo, no había motivos para que se inquietaran. Aunque fuese reprochable recibir invitados de alcurnia en compañía de un perro desgreñado y de la hija de una criada, era evidente que ambos habían cautivado a dichos invitados. Stephen sabía que sus hermanas estaban encantadas. Al igual que él. Comprendió que esa casa era un hogar, donde los niños y los perros podían moverse a su antojo. Era un hogar. El día anterior lo había intuido desde la puerta. En ese momento acababa de confirmarlo.

Cassandra no vivía sumida en una perpetua oscuridad. En aquel instante estaba mirando a la niña con una expresión muy cariñosa.

– Yo tengo un niño, pero es mayor que tú -le dijo Meg a la niña, una vez que la tuvo sentada en el regazo-. Y una niña más pequeña que tú. Y otro niño que es un bebé chiquitín.

– ¿Cómo se llaman? -quiso saber la niña.

– Tobías, aunque lo llamamos Toby -contestó Meg-. Sarah, aunque la llamamos Sally. Y Alexander, que es Alex. ¿Cómo te llamas tú?

– Belinda -respondió la pequeña-. ¿Yo también tengo otro nombre?

– A ver, a ver -dijo Meg, exagerando una expresión pensativa-. ¿Belle? Tengo una sobrina que se llama Belle, de Isabelle. ¿O Lindy? ¿Linda? ¿Lin? Ninguno es tan bonito como Belinda, ¿no te parece? Creo que tu nombre es perfecto así tal cual.

Roger se había tumbado en el suelo, sobre los pies de Stephen. Kate estaba charlando con la señorita Haytor. Y él le estaba sonriendo a Cassandra, que se mordía el labio y le devolvía la mirada con un sutil brillo risueño en los ojos.

Se alegró de haber ido. Se alegró de que Meg y Kate lo hubieran acompañado. Y se alegró de que a la puerta de la salita le fallara el pestillo. Ese momento era mucho mejor que el de la noche anterior, pese al placer sensual que le había reportado dicho encuentro. Ese era un nuevo comienzo, un buen comienzo. Cassandra estaba viendo lo mejor de su familia y él estaba viendo lo mejor de la suya.

Un nuevo comienzo…

¿De verdad era eso lo que quería? ¿Un comienzo de qué?

Sin embargo, antes de que pudiera ahondar en esa cuestión o retomar la conversación con los demás, alguien llamó a la puerta, que se abrió para dar paso a la espantada cara de la criada.

– ¡Ay, milady! -exclamó-. Lo siento muchísimo. Estaba recogiendo la ropa tendida y no me he dado cuenta de que Belinda y Roger entraban en casa. Pensaba que estaban en la cocina, pero cuando me he puesto a buscarlos, no los he encontrado por ningún sitio. ¡Belinda! -Susurró con cierta urgencia-. ¡Ven aquí! Y tráete al perro. Lo siento mucho, milady.

– Creo que los dos han estado atendiendo muy bien a nuestros invitados, Mary -repuso Cassandra cuya expresión por fin era abiertamente risueña-. Y Belinda les ha enseñado sus zapatos nuevos.

– Belinda y yo nos estamos haciendo amigas, Mary -terció Meg-. Espero que no la regañes por haber venido en busca del perro. Es una ricura, y me ha encantado conocerla.

– Roger está calentándome los pies -añadió Stephen, sonriéndole a la criada.

– Debes de estar muy orgullosa de tu hija -dijo Kate.

Belinda se bajó del regazo de Meg y se agachó delante de Roger para abrazarlo. El perro se puso en pie y salió cojeando de la estancia delante de la niña. La criada le dio un buen tirón a la puerta a fin de que el pestillo encajara.

– Vaya escena más vergonzosa -señaló la señorita Haytor con una breve carcajada-. Supongo que no estarán acostumbradas a tratar con los hijos de la servidumbre ni con los perros domésticos.

Meg soltó una carcajada.

– ¡No sabe lo equivocada que está! -Exclamó, tras lo cual procedió a resumirle los años que habían vivido en Throckbridge-. Cuando se crece en un pueblo pequeño como Throckbridge, uno se acostumbra a mezclarse con todo el mundo, sea cual sea su clase social. Es una forma muy sana de crecer.

– A veces echo de menos aquella vida -confesó Kate-. Algunos días les daba clases a los niños pequeños de la escuela. Bailábamos en las fiestas del pueblo, a las que asistían todos los vecinos y no solo la nobleza. Meg tiene razón. Fue una forma muy sana de crecer. Eso sí, no nos quejamos del golpe de buena suerte que tuvimos cuando Stephen heredó el título de conde de Merton, faltaría más.

– Yo no tengo ninguna queja -replicó él-. El título conlleva muchos privilegios. Y también muchas responsabilidades y muchas oportunidades para hacer cosas buenas.

Mientras hablaba miró a la señorita Haytor, consciente de que tal vez no hubiese acertado con el comentario ya que la dama podía estar pensando, y con toda la razón, que el título también le daba muchas oportunidades para hacer cosas malas. Sin embargo, la miró con una sonrisa y tuvo la impresión de que la expresión adusta del principio se había suavizado a lo largo de la media hora que llevaban en la salita.

Además, como decía el refrán, «Roma no se hizo en un día».

Había llegado la hora de marcharse. Vio que Meg se preparaba para levantarse. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, llamaron a la puerta principal y todos volvieron la cabeza en dirección a la puerta de la salita, como si hubiera una ventana a través de la cual pudieran ver quién acababa de llegar. La puerta se abrió instantes después y la criada apareció de nuevo.

– Milady, el señor Golding -anunció-. Quiere ver a la señorita Haytor.

La aludida se puso en pie de un brinco con las mejillas encendidas.

– ¡Mary! Deberías haberme dicho simplemente que saliera y yo…

Demasiado tarde. Un caballero entró en la estancia dejando atrás a Mary, y su expresión se tornó avergonzada al ver que tenían invitados. Se detuvo abruptamente y saludó con una reverencia.

Cassandra se puso en pie para ir a recibirlo sin más demora con las manos extendidas y una sonrisa de oreja a oreja.

– Señor Golding -dijo-, ha pasado mucho tiempo, pero creo que lo habría reconocido en cualquier parte.

Era un hombre menudo, delgado y de porte rígido, de mediana edad y de aspecto bastante anodino. Tenía unas entradas considerables y estaba a punto de perder el poco pelo que le quedaba en la coronilla, aunque lo conservaba en las sienes y en el resto de la cabeza, plateado por las canas. Llevaba unos anteojos de montura metálica y dorada que se le habían escurrido por la nariz.

– ¿Eres la pequeña Cassie? -Preguntó al tiempo que la tomaba de las manos, tan contento de verla como lo estaba ella-. Yo no te habría conocido a ti, aunque a lo mejor habría reconocido el pelo. Pero nada de tuteos, ahora es lady Paget, ¿verdad? Me lo dijo ayer la señorita Haytor, cuando nos encontramos. Siento mucho la pérdida de su esposo.

– Gracias -replicó ella, que se volvió para realizar las presentaciones con esa expresión alegre y risueña que le otorgaba una increíble belleza.

Les explicó que el señor Golding fue el tutor de su hermano durante un breve período cuando eran niños, aunque en la actualidad era el secretario de un ministro.

– He venido a presentarle mis respetos a la señorita Haytor -dijo el señor Golding después de saludarlos a todos-. No quería interrumpirla a usted ni a sus invitados, lady Paget.

– Siéntese de todas formas -lo invitó Cassandra- y tómese una taza de té.

No obstante, se negó a hacerlo, a todas luces intimidado por la compañía.

– Solo he venido para invitar a la señorita Haytor a dar un paseo hasta Richmond Park mañana. Se me ha ocurrido que podíamos tomar el té al aire libre. -Y miró a la señorita Haytor con manifiesta incomodidad.

– ¿Los dos solos? -preguntó la aludida, con las mejillas aún encendidas y los ojos brillantes.

Era una mujer hermosa, pensó Stephen de repente. En su juventud debió de ser muy guapa.

– Supongo que no estaría muy bien visto -comentó el señor Golding, que comenzó a girar el sombrero en sus manos como si estuviera deseando que se lo tragara la tierra-. El caso es que no sé quién podría acompañarnos. Supongo que…

Stephen llegó a la conclusión de que todo comienzo necesitaba de una parte intermedia para llegar al final, ya fuera en el caso de un floreciente romance entre dos personas entradas en años que en el pasado coincidieron en sus puestos de institutriz y tutor en una misma familia, o en su nueva relación con Cassandra. Una relación amistosa que ninguno de los dos sabía dónde podía acabar. Pero estaba dispuesto a descubrirlo.

– Si no le parece mal -intervino, dirigiéndose al señor Golding-, y si lady Paget no tiene otros planes para mañana por la tarde, podríamos unirnos a su excursión. De esa forma las damas harían de carabinas entre sí.

– Milord, eso sería un detalle por su parte, pero no me gustaría obligarlo a nada -replicó el interesado.

– No es ninguna obligación -le aseguró él-. Ojalá se me hubiera ocurrido a mí en primer lugar. Ahora solo necesitamos que las damas accedan a acompañarnos. -Miró con expresión interrogante a la señorita Haytor y a Cassandra-. Debería haberle preguntado antes a usted si le importa que me una al grupo, señorita Haytor. ¿Le importa? -le preguntó, haciendo uso de su sonrisa más encantadora.

Era evidente que la dama ardía en deseos de aceptar.

– Tiene toda la razón, lord Merton -contestó con cierta sequedad-. Si Cassie me acompaña, podré ejercer como su carabina y asegurarme de que no sufre ningún daño. Señor Golding, estaré encantada de acompañarlo.

Y todos miraron a Cassandra con gesto interrogante.

– Parece que mañana voy a tomar el té al aire libre -dijo ella, sin mirar siquiera a Stephen.

– Espléndido -replicó el señor Golding frotándose las manos, aunque todavía parecía muy avergonzado-. Las recogeré mañana a las dos en un punto en un carruaje alquilado.

– Señor Golding, ya que usted se va a encargar de la merienda, ¿me permitiría encargarme del carruaje? -le ofreció Stephen.

– Muy amable por su parte -respondió el aludido, tras lo cual se despidió con una reverencia sin más dilación.

– Es hora de que todos nos marchemos -dijo Meg al tiempo que se ponía en pie-. Gracias por el té y por su amable hospitalidad, lady Paget. Ha sido un placer conocerla, señorita Haytor.

– Lo mismo digo -añadió Kate-. Me habría encantado compartir algunas anécdotas de nuestras experiencias en la enseñanza, pero no nos ha dado tiempo, ¿verdad? Tal vez la próxima vez.

– Será un placer pasar a recogerla mañana, señora -dijo Stephen a modo de despedida mientras le hacía una reverencia y después siguió a sus hermanas y a Cassandra hacia el vestíbulo.

Dejó que Meg y Kate salieran de la casa en dirección al carruaje y se demoró unos instantes para despedirse de ella.

– Siempre he tenido debilidad por los almuerzos al aire libre -comentó-. El aire fresco. Comida y bebida. Hierba, árboles y flores. Y una alegre compañía. Una combinación poderosa.

– Puede que la compañía no sea muy alegre -le advirtió ella.

Sus palabras le arrancaron una carcajada.

– Estoy seguro de que el señor Golding me resultará simpático -dijo.

La vio esbozar una sonrisa de desdén, consciente de que había malinterpretado su advertencia adrede.

– Me refería a mí misma -puntualizó-. Te advierto que no me apetece ir, que esta nueva… relación de la que hablaste anoche está condenada al fracaso. Stephen, no podemos ser amigos después de haber sido protector y amante.

– ¿Estás diciendo que los amantes no pueden ser amigos? -le preguntó.

Ella no contestó.

– Necesito reparar el error que he cometido, Cass -confesó-. En vez de traer alegría a tu vida, he hecho justo lo contrarío. Déjame reparar ese error.

– No quiero…

– Todos queremos un poco de alegría -la interrumpió-. La necesitamos. Y de verdad que existe. Te prometo que existe.

Cassandra se limitó a mirarlo con una expresión luminosa en esos ojos verdes.

– Dime que estarás deseando que llegue la hora de partir hacia Richmond Park -le pidió.

– ¡Muy bien! -claudicó ella-. Si así te sientes mejor, lo diré. Esta noche no pegaré ojo por culpa de la emoción. Me pasaré la noche entera rezando para que haga buen tiempo y podamos tomar el té al aire libre.

Stephen sonrió y le acarició la barbilla con un dedo antes de apresurarse hacia el exterior. Una vez en el carruaje, se sentó frente a sus hermanas, de espaldas al pescante.

– ¡Ay, Stephen! -Exclamó Kate cuando la puerta estuvo cerrada y se pusieron en marcha-. Esta mañana no lo entendía. O tal vez no quería entenderlo. ¿Es que ninguno vamos a tener un camino fácil hacia el matrimonio y la felicidad?

– Pero, Kate, ha sido un camino difícil el que nos ha llevado a las tres a la felicidad -señaló Meg en voz baja-. Tal vez no se consiga si el camino es fácil. Tal vez sea mejor que le deseemos un camino difícil a Stephen.

Sin embargo, lo dijo sin sonreír y sin parecer especialmente contenta. Stephen ni siquiera les preguntó a qué se referían. Era demasiado obvio.

Aunque se equivocaban.

Solo estaba tratando de enmendar un error.

Solo estaba tratando de llevar un poco de alegría a la vida de Cassandra para poner fin a sus remordimientos de conciencia.

Hicieron el resto del trayecto en silencio.

CAPÍTULO 13

Cassandra pasó la mañana siguiente comprando en Oxford Street. Sin embargo, las compras no eran para ella. Le había pedido permiso a Mary para llevarse a Belinda, ya que quería comprarle una cofia para el verano a fin de que sustituyera la vieja gorra que llevaba, que perteneció a un mozo de cuadra. No se ofreció a comprarle más ropa a la niña. Con Mary había que tener mucho cuidado. Era una mujer orgullosa. Y también protegía con celo a Belinda, a quien adoraba.

Cumplió su objetivo en la primera tienda. Belinda salió con una preciosa cofia de algodón azul de ala ligeramente almidonada y con un volante en la nuca que le protegería el cuello del sol. Se ataba bajo la barbilla con unas cintas de color amarillo, unidas a la cofia con sendos ramilletes de diminutos ranúnculos y acianos de tela.

El esplendor de la cofia dejó boquiabierta a la niña, que se volvió para ver su reflejo en el escaparate cuando salieron de la tienda.

Caminaron por la calle de la mano y se detuvieron frente a una juguetería. Belinda no tardó en pegar la nariz al escaparate mientras contemplaba los juguetes en silencio. No demostró la menor emoción, ni tampoco parecía esperar que alguno de los objetos exhibidos pudiera ser suyo algún día. No exigió nada. Pero estaba claro que se había olvidado del resto del mundo.

Cassandra la observó con cariño. El simple hecho de ver algo así posiblemente bastara para alegrarle el día a la niña. Era una criatura fácil de contentar.

En un momento dado se percató de que en vez de observar todos los juguetes tenía la vista clavada en uno en particular. No era el más grande ni el más ostentoso. Más bien todo lo contrario. Era una muñeca de porcelana que solo llevaba un sencillo camisón de algodón y que descansaba sobre una mantilla de lana blanca. Después de mirarla durante un buen rato, Belinda levantó una mano y se despidió de ella.

Cassandra parpadeó para no llorar. Que ella supiera, Belinda no tenía juguetes.

– Creo que ese bebé necesita una mamá -dijo.

– Un bebé -repitió Belinda mientras pegaba la mano al escaparate.

– ¿Te gustaría cogerlo en brazos? -le preguntó.

La niña volvió la cabeza y la miró con esos ojos tan grandes y tan serios. Asintió en silencio.

– Vamos pues -le dijo ella, tomándola de la mano de nuevo para entrar en la juguetería.

Era un derroche absurdo. Ya no era la amante de lord Merton, ¿verdad? Y ya le había regalado la cofia. Pero había más necesidades en la vida además de la comida, la ropa y un techo bajo el que dormir. El amor también era necesario. Y si el amor le costaba unas monedas esa mañana en concreto, que así fuera.

El gasto valió la pena cuando la dependienta se inclinó hacia el escaparate y, tras coger la muñeca, la dejó en los brazos de Belinda.

No le habría extrañado ver que se le salían los ojos de las órbitas. La niña contempló la muñeca con la boca entreabierta y la sostuvo con rigidez unos instantes, hasta que comenzó a mecerla con suavidad.

– ¿Te gustaría llevártela a casa y ser su mamá? -le preguntó Cassandra.

Belinda volvió a mirarla y a asentir con la cabeza. Detrás de ellas había otra niña muy bien vestida que en ese momento exigió la muñeca de los tirabuzones rubios y no la otra tan fea que llevaba el vestido de terciopelo y la pelliza. Después dijo que necesitaba el cochecito de bebé, porque al suyo se le habían caído las ruedas. Y el saltador, porque los mangos del que le regalaron por su cumpleaños la semana anterior eran de un verde muy feo.

La muñeca de Belinda no se vendía con la ropa, procedieron a informarle. Así que compró el camisón que llevaba puesto. Y después, al ver que Belinda le daba un beso en la frente y le susurraba que no pasaría frío, también compró la mantilla de lana.

Ignoraba que los juguetes fueran tan caros.

Sin embargo, no se arrepintió del gasto al salir de la tienda. Belinda seguía sin poder hablar. Aunque acabó recordando algo de las insistentes enseñanzas de su madre. La miró con la muñeca firmemente sujeta en los brazos y dijo:

– Gracias, milady.

Sus palabras de agradecimiento no fueron un comentario educado. Fueron sinceras.

– Bueno, no podíamos dejar a ese bebé ahí sólito sin una mamá, ¿verdad? -le dijo ella.

– Es una niña -puntualizó Belinda.

– ¡Ah! -Sonrió y al levantar la vista se encontró con las sonrientes caras de lady Carling y lady Sheringford.

– ¡Sabía que era usted, lady Paget! -Exclamó lady Carling-. Se lo he dicho a Margaret y hemos cruzado la calle para asegurarnos. Qué niña más bonita. ¿Es suya?

– No -contestó-. Es la hija de mi ama de llaves, cocinera, doncella… en fin, de mi todo.

– Se llama Belinda -añadió la condesa de Sheringford- y veo que lleva sus preciosos zapatos nuevos. ¿Cómo está, lady Paget? Parece que tienes un nuevo bebé, Belinda. ¿Puedo verla? ¿Es una niña?

Belinda asintió con la cabeza y apartó la mantilla de la cara de la muñeca.

– ¡Vaya, es preciosa! -Exclamó la condesa-. Parece muy contenta y muy calentita. ¿Tiene nombre?

– Beth -contestó la niña.

– Un nombre muy bonito -comentó lady Sheringford-. Beth es el diminutivo de Elizabeth. ¿Lo sabías? Pero Elizabeth es demasiado largo para un bebé tan pequeñito. Es mejor llamarla Beth, sí.

– Margaret y yo vamos a la confitería para tomarnos un té -terció lady Carling-. ¿Le gustaría acompañarnos, lady Paget? Estoy segura de que encontraremos un dulce al gusto de Belinda. Y seguro que sirven limonada.

Su primer impulso fue el de rechazar la invitación. Sin embargo, no le haría daño que la vieran en público con ambas damas. Si la sociedad la aceptaba de forma gradual, tal vez en algún momento encontrara alguna anciana sola o enferma que necesitara una dama de compañía y que confiara en ella lo suficiente para contratarla. No era una perspectiva agradable, y no sabía qué sería de Alice y de Mary si algo así llegaba a suceder, pero…

En fin, no le haría daño a nadie que aceptara la rama de olivo que le tendían libremente.

– Gracias -dijo-. Belinda, ¿te apetece un dulce?

Belinda volvió a abrir los ojos como platos y asintió con la cabeza antes de recordar sus modales.

– Sí, milady, por favor -contestó.

Las tres charlaron durante casi una hora sentadas a la mesa mientras Belinda se mantenía en silencio. Después de comerse el bollo blanco con cobertura rosa que eligió con gran meticulosidad, la niña se bebió la limonada, servida en una taza que sostuvo con ambas manos, usó la servilleta para limpiarse la boca y las manos, y volvió a acunar a su muñeca. Mientras las damas hablaban, ella se entretuvo dándole besos y susurrándole cosas.

– Hace un día precioso para tomar el té al aire libre en Richmond -dijo la condesa.

– ¿Un té al aire libre? -Preguntó lady Carling con interés-. Qué agradable. No hay mejor manera para pasar una tarde de verano, ¿no le parece?

– Mi antigua institutriz, que vive conmigo, solo tiene cuarenta y dos años -explicó Cassandra-. Demasiado joven para ir sola a Richmond con un caballero de la misma edad… según ella. Ayer se presentó en mi casa el señor Golding para invitarla a tomar el té en Richmond Park y aunque era evidente que quería aceptar, se mostró un tanto titubeante. Así que lord Merton ofreció sus servicios y los míos como carabinas.

Las tres se echaron a reír, justo cuando el mismísimo conde de Merton, acompañado por el señor Huxtable, el ángel y el demonio, pasaba por delante del escaparate de la confitería. Cassandra notó que el corazón, o el estómago, o lo que fuera, le daba un vuelco. Del brazo de lord Merton caminaba una jovencita, la misma con quien bailó la pieza que dio comienzo al baile de su hermana. Stephen tenía la cabeza inclinada para escuchar lo que ella le decía. Y estaba muy sonriente.

Detrás de ellos caminaba una mujer también joven que debía de ser la doncella.

Lo que Cassandra sintió no fueron celos. Fue… Fue la certeza de que en teoría seguía siendo su amante, de que había pasado dos noches con él en su cama, de que había disfrutado de la experiencia muchísimo más de lo que se atrevía a admitir, de que había visto su cuerpo desnudo y había sentido su peso sobre ella.

Pensamientos que no tenían por qué cruzarle de repente por la cabeza.

Stephen quería ser su amigo.

En realidad, su sitio estaba al lado de una jovencita como la que llevaba del brazo. Una jovencita que se reía del comentario que él acababa de hacer. Stephen también se reía.

Su sitio estaba al lado de esa joven. No a su lado. Era un hombre joven, libre y simpático, un joven que irradiaba luz.

No debería haberle permitido que intentara transformar su fallida aventura amorosa en una amistad.

¡Ay, pero era tan…!

Tan… adorable.

– ¡Vaya, ahí están Stephen y Constantine! -exclamó lady Sheringford al mismo tiempo que el señor Huxtable reparaba en ellas a través del escaparate y les decía algo a sus dos acompañantes, que también se volvieron para mirarlas con una sonrisa.

Stephen levantó la mano para saludarlas y después le dijo algo a la joven, que negó con la cabeza y al cabo de unos instantes se alejó con su doncella, que apretó el paso para alcanzarla. Los dos caballeros entraron en la confitería y se acercaron a su mesa.

– ¿Así es como las damas se mantienen tan delgadas? -preguntó el señor Huxtable con voz y gesto irónicos.

– No, ni mucho menos -contestó lady Carling-. Lo logramos caminando de tienda en tienda, señor Huxtable. Además, Belinda es la única que ha disfrutado de un dulce. Nosotras hemos sido buenas y nos hemos contenido. Lady Paget ni siquiera le ha puesto azúcar al té, y solo le ha echado una gota de leche. Cojan unas sillas y siéntense con nosotras.

Cassandra descubrió que de repente le faltaba el aliento. No pintaba nada en ese grupo familiar. Además, ya era hora de llevar a Belinda a casa. Mary estaría preocupada.

– Pueden quedarse con las nuestras -les ofreció al tiempo que se ponía en pie-. Belinda y yo tenemos que irnos.

La niña se puso en pie sin protestar al tiempo que miraba al conde de Merton.

– Tengo una muñeca nueva -le dijo.

– ¡Ah! ¿Es una muñeca? -Le preguntó él con cara de sorpresa antes de acuclillarse a su lado-. Pensaba que era un bebé de verdad. ¿Puedo verla?

– Es una niña -señaló ella mientras le apartaba la mantilla de la cara-. Se llama Beth. Bueno, es Elizabeth, pero es un nombre muy largo.

– Beth le queda mejor -convino Stephen, acariciando una de las mejillas de la muñeca con un dedo-. Seguro que está muy calentita abrigada con la mantilla y acurrucada entre tus brazos. Está dormida.

– Sí -dijo la niña al ver que Stephen le sonreía.

Cassandra tragó saliva con dificultad y tuvo la impresión de que todo el mundo se percataba. Stephen tenía una expresión muy tierna en la cara y, sin embargo, no dejaba de ser un aristócrata mirando a la hija de una criada. Una niña ilegítima. Sería muy fácil encariñarse de él, confiar en él a pesar de que la experiencia le había enseñado a no confiar en ningún hombre, sobre todo en los amables.

Nigel había sido amable…

Lord Merton se puso en pie.

– Permítame acompañarlas a casa -se ofreció, mirándola.

¿Cómo podía negarse sin causar una escena delante de la ávida mirada de lady Carling y sus familiares?

– No es necesario -replicó-, pero se lo agradezco.

– Espero que el té al aire libre sea divertido -dijo la condesa.

– ¿Un té al aire libre? -Preguntó el señor Huxtable y esos ojos tan oscuros se clavaron en los suyos-. ¿Me he perdido algo?

– La dama de compañía de lady Paget ha sido invitada por un caballero amigo suyo a tomar el té al aire libre en Richmond -le explicó la condesa-. Y Stephen y lady Paget van a acompañarlos a modo de carabinas.

– Fascinante -comentó el señor Huxtable, que todavía seguía mirándola. Había enarcado las cejas-. ¿Como carabinas?

Cassandra se inclinó para ayudar a Belinda a arropar bien a la muñeca con la mantilla. Antes de enderezarse le dio un beso en la mejilla y la tomó de la mano. Sin embargo, al salir de la confitería la niña se detuvo, le entregó la muñeca a Stephen sin pedirle permiso siquiera y lo cogió de la mano para caminar entre ellos.

Stephen se colocó la muñeca bajo el brazo y correspondió a las miradas de algunos transeúntes con un gesto sonriente y algo tímido.

En opinión de Cassandra la escena era demasiado hogareña, casi como si la muñeca fuera real y tanto ella como Belinda fueran sus hijas. De los dos.

¿Sería sincero el comportamiento de Stephen?

Nadie podría contestar esa pregunta.

¿Existían personas así, tan puras como los ángeles?

En caso de que existieran, ¿qué hacía ella relacionándose con una?

Alice estaba muy emocionada por la salida de esa tarde, aunque no lo reconocería ni bajo amenazas de tortura. Para Cassandra, Alice siempre había sido una figura maternal, mucho más que una simple institutriz o una dama de compañía. Una figura emocional sólida como una roca. Su presencia quizá fuera lo único que la había ayudado a conservar la cordura a lo largo de los últimos diez años. Sin embargo, en ese momento se sentía culpable porque acababa de comprender que nunca la había visto como a una mujer. Cuando comenzó a trabajar para ellos, Alice era muy joven. Ni siquiera había cumplido los veinte años. De modo que cuando ella se casó, tenía treinta y pocos. Y durante todos esos años, jamás había tenido un pretendiente, jamás había tenido la oportunidad de contraer matrimonio o de disfrutar de alguna alegría personal.

¿Se habría enamorado del señor Golding hacía ya tantos años? ¿Habría albergado esperanzas al respecto? ¿Habría seguido pensando en él, soñando con él, durante todos los años transcurridos? ¿Habría sido un momento crucial en su vida el encuentro fortuito sucedido hacía un par de días? ¿Habría renacido la esperanza? ¿Quizá acompañada por un doloroso anhelo?

El hecho de ignorar las respuestas a todas esas preguntas le resultaba muy vergonzoso. Sin embargo, haría todo lo posible para que fructificara una relación entre ellos si ambas partes lo deseaban. Todo salvo ejercer de casamentera, por supuesto.

Esperaba con ilusión la llegada de la tarde, pero por Alice.

¡Ah, y también por ella!, reconoció a regañadientes mientras Belinda le contaba a Stephen que tenía una cofia nueva y él afirmaba que hacía muchísimo tiempo que no veía una tan bonita. No debería ilusionarse por la excursión. No debería permitir que se forjara una amistad entre ellos, porque Stephen debería estar con jovencitas como la que lo acompañaba un rato antes. Jovencitas que carecieran del lastre emocional que ella arrastraba.

Pero puesto que se había comprometido a pasar la tarde en su compañía, se limitaría a pasarlo bien.

Tenía la sensación de que hacía siglos que no lo pasaba bien.

¿Lo había hecho alguna vez? ¿Había existido algún momento en su vida en el que lo había pasado bien?

Stephen había prometido llevar la alegría a su vida. Le había asegurado que la alegría existía.

En su opinión, la alegría era mucho más valiosa que la felicidad.

Y más difícil de alcanzar. Estaba decidida a pasarlo bien. ¡Desde luego que sí!

Cuando llegaron a casa, Belinda se detuvo en silencio en la puerta mientras ella sacaba la llave de su escondrijo, debajo de una maceta situada al lado de los escalones, en vez de llamar. En cuanto abrió, Belinda cogió con mucho cuidado su muñeca del brazo de Stephen y se fue directa a la cocina, entre chillidos y gritos, y hablando tan rápido que ni siquiera pronunciaba bien las palabras. Sin embargo, entre el emocionado parloteo logró distinguir unas cuantas palabras: cobertura rosa, Beth, ranúnculos y cofia, dos damas elegantes, una mantilla blanca de lana, un volante que le protegería el cuello del sol y un caballero que había llevado a Beth sin despertarla.

La pobre Mary acabaría sorda por los gritos, pensó Cassandra con una sonrisa mientras sacaba la llave de la cerradura y la devolvía a su escondite.

Y de repente la asaltó un dolor atroz, como le sucedía en ocasiones, de buenas a primeras.

Ella no tenía hijos vivos. Solo cuatro bebés muertos.

No tenía ningún hijo que corriera hacia ella para ensordecerla con sus gritos.

Respiró hondo por la nariz antes de soltar el aire muy despacio por la boca y girarse para tenderle la mano a Stephen.

– Gracias -le dijo-. ¿Has visto lo despilfarradora que soy? ¿Has visto qué forma de malgastar tu dinero?

– ¿Haciendo feliz a una niña? -Precisó él al tiempo que se llevaba su mano a los labios-. No se me ocurre una forma mejor de gastarlo, Cass. ¿Nos vemos esta tarde?

– Sí -contestó antes de entrar en casa.

Stephen se alejó por la calle. Un hombre encantador, afable y físicamente perfecto. Y con un atractivo arrollador.

Sí, sería muy fácil encariñarse de él. Tan fácil como desearlo en el sentido más carnal. Tal vez no estuviera interpretando un papel, sino que fuera así de verdad.

O tal vez no.

Fuera como fuese, esa tarde iba a pasarlo bien. Había despilfarrado una buena cantidad de dinero esa mañana. Y esa tarde haría lo mismo con sus sentimientos.

Porque llevaba demasiado tiempo conteniéndolos.

Ni siquiera estaba segura de que quedara alguno escondido que despilfarrar.

Esa tarde lo descubriría.

A Stephen le pareció muy gracioso ayudar a la señorita Haytor a subir a su cabriolé esa tarde y ver cómo la dama se apresuraba a ocupar el sitio libre junto a Cassandra en vez de sentarse frente a ella. La maniobra lo obligaba a sentarse al lado del señor Golding. A juzgar por sus aturdidos ademanes, la señorita Haytor estaba muy nerviosa.

Quizá lo que estaba sucediendo fuera lo más parecido a un cortejo que había experimentado en la vida, pensó. Era una idea triste. Aunque mejor tarde que nunca.

El señor Golding parecía incluso más nervioso que el día anterior mientras supervisaba la colocación de una enorme cesta de mimbre, muy nueva, por cierto, en la parte trasera del carruaje. Si la había llenado de comida, podría alimentar a todo un regimiento.

En un primer momento, el señor Golding, cuyo atuendo era muy elegante, se mantuvo callado. La señorita Haytor, que iba como un pincel con un vestido de paseo azul oscuro y una pelliza, estaba tensa y silenciosa.

Cassandra, despampanante con un vestido verde claro y un bonete de paja, parecía encontrar la situación tan graciosa como él, aunque estaba convencido de que la sonrisa que intercambiaron no tuvo nada de maliciosa, ni por su parte ni por la de Cassandra.

Llegó a la conclusión de que el peso de la conversación tendría que recaer en él de momento. Claro que el arte de la conversación nunca le había resultado complicado. A menudo se reducía a hacer las preguntas apropiadas.

– Señor Golding, ¿se dedicó usted a la enseñanza en el pasado? -Preguntó mientras el cabriolé aumentaba la velocidad-. ¿Coincidió en ese período con la señorita Haytor?

– Lo hicimos, sí-contestó el aludido-. La señorita Haytor era la institutriz de la señorita Young y yo era el tutor del joven Young. Pero mis servicios no se requirieron durante mucho tiempo, y me vi obligado a buscarme otro puesto. Lamenté mucho hacerlo. La señorita Haytor era una maestra excelente. Admiraba mucho su dedicación y su gran preparación intelectual.

– Su dedicación era semejante a la mía, señor Golding -replicó la señorita Haytor, que por fin había recuperado el habla-. En una ocasión lo encontré a medianoche en el despacho de sir Henry Young, intentando dar con un buen método para enseñarle a Wesley a realizar divisiones de varias cifras de forma sencilla. Además, mi preparación intelectual era inferior a la suya.

– Solo en lo referente a los estudios formales que se reciben al asistir a la universidad -puntualizó él-. En aquella época usted había leído muchísimo más que yo, señorita Haytor. Me recomendó varios títulos que desde entonces se han convertido en mis preferidos. Siempre la recuerdo cuando los releo.

– Le agradezco el halago -dijo la señorita Haytor-. Pero supongo que habría acabado descubriéndolos tarde o temprano.

– Lo dudo -la contradijo él-. Tengo tantos libros pendientes para leer que me resulta difícil elegir un título con el que empezar, de modo que al final no leo ninguno. Me gustaría que me dijera qué ha estado leyendo durante estos años. Tal vez así me anime a intentar algo nuevo que no esté relacionado con la política.

Stephen miró a Cassandra. No se sonrieron abiertamente. Podrían haberlos pillado y eso los habría devuelto al nerviosismo del principio. Pero se sonrieron. Sabía que ella estaba sonriendo aunque no hubiera movido los labios. Y ella sabía que él le estaba devolviendo la sonrisa.

Aun en el caso de que hubiera malinterpretado su expresión, al menos esa tarde había abandonado la máscara. Tampoco la llevaba esa mañana. De hecho, lo había pillado tan desprevenido esa mañana que había llegado a la conclusión de que corría el riesgo de enamorarse de ella si no se andaba con cuidado. Cuando Con le dijo que mirara hacia el interior de la confitería, fue a Cassandra a quien vio en primer lugar. Ni siquiera se percató de la presencia de Meg y de lady Carling. Y cuando acompañó después a Cassandra y a la niña a su casa, sintió…

En fin, lo mismo daba. Era absurdo sentir algo así.

A la excursión los acompañaba solo el cochero, y Golding no iba con ningún sirviente, ya que había llegado a Portman Street en un coche de alquiler con la cesta en la mano. Por tanto, después del largo trayecto hasta Richmond Park, los caballeros se encargaron de llevar la cesta mientras que las damas encabezaban la marcha para elegir un buen lugar donde tomar el té.

Encontraron uno después de internarse entre los vetustos robles por los que Richmond Park era tan famoso. Una ligera pendiente cubierta de hierba desde la que se admiraban los prados y un bosquecillo de rododendros a un lado, tras el cual se alzaban más robles. A lo lejos se veía Pen Ponds, dos lagunas gemelas en las que abundaba la pesca.

Había algunas personas paseando, no muchas, y nadie parecía ir provisto con comida como ellos. No había nadie cerca del lugar que habían elegido. Tal como Stephen había esperado que sucediera, iban a pasar una tarde tranquila, alejados de cualquier curioso.

Una vez que dejaron la cesta, el señor Golding la abrió y sacó una manta enorme, lo que explicaba por qué no pesaba tanto como Stephen había pensado al ver su tamaño. El señor Golding la sacudió para extenderla y la habría colocado él mismo de no ser porque la señorita Haytor se apresuró a coger dos de los extremos para ayudarlo. Entre ambos la colocaron en el suelo sin una sola arruga.

– Es demasiado temprano para tomar el té -señaló el señor Golding-. ¿Les apetece dar un paseo?

– Pero alguien podría ver la cesta y la manta si nos alejamos -protestó la señorita Haytor.

– Yo estoy muy bien aquí sentada -comentó Cassandra-, relajándome al sol, respirando el aire puro y disfrutando de la verde campiña. Alice, ¿por qué no acompañas al señor Golding mientras que lord Merton y yo nos quedamos aquí?

La señorita Haytor miró a Stephen con recelo. Y él le regaló la mejor de sus sonrisas.

– Señora, yo me encargo de cuidar a lady Paget -dijo-. El hecho de que el parque sea un lugar público y de que haya otras personas será protección más que suficiente en su caso y en el de ella.

Era evidente que sus palabras no acababan de convencerla. Pero su deseo de dar un paseo a solas con el señor Golding pugnaba con la prudencia.

– Allie -dijo Cassandra-, si hemos venido hasta aquí para pasear todos juntos alrededor de la cesta, mejor nos hubiésemos quedado en casa para disfrutar del té en el jardín trasero, debajo del tendedero de Mary.

Sus palabras lograron persuadir a la señorita Haytor, que descendió la suave pendiente al lado del señor Golding, cuyo brazo acabó aceptando en cuanto giraron en dirección a las distantes lagunas.

– Creo que he sido muy egoísta -comentó Cassandra mientras se sentaba en la manta, tras lo cual se quitó los guantes y el bonete para dejarlos a su lado.

– ¿Al mandarlos lejos mientras nosotros nos quedamos aquí? -precisó Stephen.

– Al mantener a Alice a mi lado durante todos estos años -contestó ella-. Empezó a buscar otro empleo cuando acepté la propuesta matrimonial de Nigel. Incluso fue a una entrevista y quedó muy impresionada con los niños y con sus padres. Pero le supliqué que me acompañara al campo, por lo menos durante un año. Nunca había vivido en el campo y la perspectiva me asustaba un poco. Me acompañó porque insistí muchísimo, y al final se quedó, año tras año. Solo tuve en cuenta mis necesidades, incluso le dije en multitud de ocasiones que no sabía cómo podría vivir sin ella.

– Sentirse necesario es, aunque suene redundante, una necesidad inherente al ser humano -comentó Stephen-. Es obvio que ella te quiere. Supongo que se alegró de seguir a tu lado.

Cassandra volvió la cara para mirarlo. Se había abrazado las piernas, que tenía dobladas por las rodillas.

– Stephen, eres muy amable al decir eso -concedió ella-. Pero es posible que hubiera encontrado a un hombre con quien casarse hace años. Podría haber sido feliz.

– O no -apostilló él-. No muchas institutrices gozan de una posición tan libre como para relacionarse con hombres, ¿no te parece? Además, sus nuevos señores tal vez solo quisieran que les impartiera conocimientos básicos a sus hijos. Los niños podrían haberle tomado antipatía. Y habría acabado siendo despedida al poco tiempo de comenzar a trabajar para ellos. Su siguiente empleo podría haber sido peor. En resumen, que podría haber pasado cualquier cosa.

Cassandra soltó una carcajada. Todavía seguía mirándolo.

– Tienes razón -reconoció-. Después de todo, a lo mejor he estado conservándola a mi lado para que se produjera este feliz reencuentro con el amor de su vida. Creo que el señor Golding es el amor de su vida. Además, hoy no es un día para la melancolía y los remordimientos, ¿verdad? Hoy estamos tomando el té al aire libre. Siempre me ha parecido muy alegre lo de comer al aire libre. Pero no lo hicimos nunca durante mi matrimonio. Es raro, la verdad. Acabo de darme cuenta hoy mismo. Stephen, he venido para pasarlo bien.

Él estaba sentado con una pierna doblada y la suela de su bota de montar firmemente plantada sobre la manta. Uno de sus brazos descansaba sobre dicha pierna, mientras que con la otra mano se apoyaba en el suelo, a su espalda. Habían colocado la manta bajo la sombra de las ramas de uno de los robles. Su sombrero descansaba a un lado.

Observó, fascinado, cómo Cassandra levantaba los brazos para quitarse las horquillas del pelo, tras lo cual sacudió la cabeza y dejó que los mechones cayeran en torno a sus hombros y por su espalda. Dejó las horquillas en el ala del bonete y se pasó los dedos por el pelo para desenredárselo.

– Si llevas un cepillo en el ridículo, estaré encantado de hacerlo por ti -se ofreció.

– ¿De verdad? -Ella volvió a mirarlo-. Pero me he quitado las horquillas para poder tumbarme en la manta y mirar el cielo. Mejor luego, antes de que vuelva a recogérmelo.

Lo más extraño era que no estaba coqueteando con él. No estaba usando sus ademanes seductores, ni tampoco la voz que los acompañaba. Sin embargo, la tensión entre ellos se tornó casi palpable, y no le cupo la menor duda de que ella era tan consciente de ese hecho como él. Nunca había visto a Cassandra con esa actitud tan relajada, sonriente y natural.

Se sentía deslumbrado.

Porque así resultaba mucho más atractiva que cuando intentaba atraerlo.

Siguió observándola mientras se tumbaba en la manta y se colocaba la ropa para asegurarse de que tenía los tobillos decentemente cubiertos por las faldas. Después entrelazó los dedos bajo la cabeza y clavó la mirada en el cielo con un suspiro de contento.

– Si pudiéramos mantener siempre el vínculo con la tierra -dijo-, nos evitaríamos muchos problemas. ¿No te parece?

– A veces nos dejamos embriagar tanto por la extraña idea de que somos los amos de todo lo que vemos que se nos olvida nuestra condición de simples criaturas de la naturaleza -contestó él.

– Como las mariposas, los ruiseñores y los gatitos -replicó ella.

– O los leones y los cuervos -añadió él.

– ¿Por qué es azul el cielo?

– No tengo la menor idea -reconoció antes de mirarla con una sonrisa y ver que ella también lo estaba mirando-. Pero me alegro de que lo sea. Si el sol brillara en un cielo negro, el mundo sería un lugar muy triste.

– Como los días de tormenta -señaló ella.

– No, peor.

– O como las noches despejadas de luna llena. Ven a ver esto -lo invitó.

Y él malinterpretó a propósito sus palabras. Agachó la cabeza sobre la suya y contempló su cara a placer hasta llegar a esos ojos verdes. Que lo miraban risueños.

– Precioso -dijo. Con total sinceridad.

– Lo mismo digo -replicó ella, cuyos ojos lo estaban observando a su vez-. Stephen, cuando seas mayor vas a tener arrugas alrededor de los ojos, y te harán muchísimo más atractivo.

– Cuando eso suceda -repuso-, recordaré que me lo advertiste.

– ¿De verdad? -Cassandra levantó las manos y le rozó el lugar donde aparecerían dichas arrugas con las yemas de dos dedos-. ¿Me recordarás?

– Siempre -le aseguró.

– Yo también te recordaré -confesó-. Recordaré que alguna vez en mi vida conocí a un hombre perfecto en todos los sentidos.

– No soy perfecto -la corrigió.

– Déjame seguir soñando -lo reprendió-. Para mí, eres perfecto. Hoy eres perfecto. No te conoceré tan a fondo ni nos relacionaremos durante tanto tiempo como para descubrir tus defectos o tus vicios, que estoy segura de que los tienes en abundancia. En mis recuerdos serás mi ángel perfecto. A lo mejor mando hacer un medallón con tu retrato que llevaré siempre al cuello.

Y la vio sonreír. Él no lo hizo.

– ¿No vamos a relacionarnos durante mucho tiempo? -le preguntó.

Cassandra hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

– Exacto -contestó-. Pero eso da igual, Stephen. Hoy es hoy, y es lo único que importa.

– Sí -convino.

Hasta donde alcanzaba su vista no había nadie paseando que pudiera verlos. Y en caso de que hubiera alguien, ya estaría bastante escandalizado. ¿Qué más daba si…?

La besó.

Y ella le devolvió el beso, primero acariciándole la cara con las manos y después echándole los brazos al cuello.

Fue un beso inocente, tierno y muy lento en el que no intervinieron sus lenguas. El beso más peligroso que Stephen había compartido jamás. Lo supo tan pronto como se separó de sus labios y la miró de nuevo a la cara.

Porque fue un beso de cariño rayano en el amor. No hubo deseo. Sino amor.

– ¿Vas a hacerme caso por fin y a mirar lo que te he pedido que miraras antes? -la oyó preguntar-. Mira hacia arriba. Al cielo -añadió en voz baja y sin sonreír pese a la nota risueña de sus palabras.

De modo que Stephen se tumbó a su lado, clavó la vista en el cielo y comprendió al instante su comentario anterior sobre el vínculo con la tierra. Lo sintió, firme y eterno contra la espalda a pesar del grosor de la manta. Sobre él vio el cielo azul sin rastro de nubes y, conectando el cielo con la tierra, las ramas del roble. El formaba parte de dicha conexión, de ese glorioso lugar que no paraba de rotar, de la misma manera que formaba parte Cassandra.

Alargó un brazo para cogerla de la mano y entrelazó los dedos con los suyos.

– Si tuvieras la opción de echar a volar y convertirte en otra persona, ¿lo harías? -preguntó ella.

Él meditó un rato la cuestión.

– ¿Y dejar de ser la persona que conozco? ¿Dejar atrás todo aquello, a las personas y a las cosas, que me ha ayudado a ser lo que soy? -puntualizó-. No. Pero un escape temporal no vendría mal de vez en cuando. Es que soy un poco ambicioso y me gusta quedarme con lo bueno de los dos mundos. ¿A ti no?

– Yo podría quedarme aquí y soñar con volar hacia el azul del cielo y hacia la luz. Pero tendría que marcharme al completo, porque de otro modo el ejercicio no tendría sentido. Así que nada cambiaría, ¿verdad? Si pudiera volar y al mismo tiempo quedarme atrás… En fin, sería como la misma muerte. Y creo que lo detestaría. Porque quiero vivir.

– Me alegro de escucharlo -aseguró él, riendo entre dientes.

– ¡No lo has entendido! -Exclamó Cassandra-. Esa conclusión me ha sorprendido mucho. Porque llevaba muchísimo tiempo pensando que si me dieran la oportunidad de hacer algo así sin tener que quitarme la vida, elegiría la muerte.

Sus palabras lo dejaron helado.

– ¿Y ya no te sientes así? -le preguntó.

– No -contestó ella con una suave carcajada-. ¡No! Quiero vivir.

Stephen le dio un fuerte apretón en la mano mientras se sumían en el silencio y reflexionaba sobre lo que Cassandra acababa de decirle. ¿Cómo habría sido su vida para que hubiera preferido la muerte a la vida? ¿Cómo habría sido su vida para que le sorprendiera descubrir que, en contra de lo que llevaba pensando tanto tiempo, prefería la vida?

A veces se le olvidaba, tal vez a propósito, que su vida había sido tan intolerable que había llegado al extremo de cometer un asesinato.

Pero no era momento de pensar en esas cosas. Volvió la cabeza para mirarla al cabo de unos minutos y ella le devolvió la mirada. Ambos sonrieron.

– ¿Eres feliz? -le preguntó.

– Mmmm -murmuró ella a modo de respuesta.

Stephen suspiró y se colocó la mano libre sobre los ojos.

Aunque no había echado a volar, sí que se encontraba en un terreno desconocido. Lo que estaba sucediendo no tenía nada que ver con la seducción. Ni con la simple amistad. Era… Ignoraba lo que era. Pero tenía el presentimiento de que su vida jamás volvería a ser la misma.

Y no sabía si alegrarse o echarse a temblar.

Al cabo de unos minutos se sumió en un agradable duermevela, en ese estado de relajación en el que, pese a todo, se seguía siendo consciente a medias de lo que sucedía a su alrededor.

CAPÍTULO 14

Stephen estaba dormido. No se podía decir que roncara, pero su forma de respirar ponía de manifiesto que estaba dormido.

Cassandra cerró los ojos y sonrió… y sintió una ternura un tanto desesperada hacia él y hacia el placer robado y libre que había experimentado esa tarde. Había decidido disfrutar y eso era lo que estaba haciendo. Todas sus defensas, todos sus miedos y toda su desconfianza hacia cualquiera que no perteneciera a su reducido círculo de amigos se quedó en casa. Ya lo recogería todo cuando terminase el té al aire libre.

Tal vez.

O tal vez no.

Se permitió reconocer con cautela que quizá hubiera un hombre bueno en el mundo después de todo, y que dicho hombre estaba a su lado y la tenía cogida de la mano. Sabía que Stephen no era perfecto. Y él insistía en recordarle que nadie lo era. Pero en su caso, era tan perfecto como se podía llegar a ser.

Y en el caso de que tuviera defectos o incluso vicios, ella nunca los descubriría. Porque, por supuesto, su relación no duraría mucho. No se prolongaría mucho más del final de la temporada social. Y si tenía mucha suerte, no llegaría a escuchar ningún rumor desagradable sobre él en el futuro.

Volvería a vivir en el campo. Acababa de decidirlo allí tumbada. Era como si ese rinconcito de la campiña, con la tierra que tenía debajo y el cielo que tenía por encima, con las ramas de los robles de por medio, hubiera disipado una espesa niebla que le había nublado el pensamiento durante muchísimo tiempo. Buscaría una casita en un pueblecito perdido en algún rincón de Inglaterra, alejado de todo y de todos, y viviría allí. Sembraría flores, bordaría coloridos manteles y pañuelos, iría a la iglesia todos los domingos, ayudaría a preparar y servir el té en los actos parroquiales, bailaría en los festejos del pueblo y… En fin.

Tragó saliva para librarse del nudo que sentía en la garganta. Tal vez se hubiera echado a volar después de todo. Pero no era un sueño irreal. Ni imposible.

Porque acababa de darse cuenta de algo de repente, como si le hubieran asestado un puñetazo.

Había sido una víctima durante diez largos años. Había sido incapaz de evitar las crueles palizas. Nigel era mucho más fuerte que ella y además era su esposo y por tanto estaba en todo su derecho de disciplinarla como creyera conveniente. Pero ella había desarrollado la mentalidad de una víctima; se había convertido en una persona patética y asustadiza cuyo único objetivo era esconderse por completo, contener el aliento por si alguien se percataba de su existencia y se acercaba a ella lanzando puñetazos. Pero tenía la opción de cambiar esa mentalidad de víctima. Si no controlaba sus propios pensamientos, no merecía la pena vivir.

Durante diez años su vida no había merecido la pena.

Ese día, de repente, sí lo hacía. Volvió la cabeza para mirar a Stephen con lágrimas en los ojos, pero él seguía durmiendo. Por suerte, seguía durmiendo.

¡Ay, qué guapísimo era! ¡Era un encanto de hombre! Ojalá pudiera…

Sin embargo, él no podía formar parte de su nuevo sueño. ¿Cómo iba a hacerlo? Lo había seducido y se sentía en deuda con ella. Era todo muy injusto. Debería estar de vuelta en su propio mundo, relacionándose con jovencitas como la que lo acompañaba esa mañana.

No obstante, ese nuevo sueño sí tenía algo que ver con él. Debía agradecérselo a Stephen. Gracias a la amabilidad que le había demostrado cuando no tenía por qué, le había recordado su propia valía. El poder que tenía sobre su propia vida.

¿Cómo era posible que pudiera afirmar algo tan exagerado sobre él cuando apenas se conocían, cuando su relación había comenzado de manera tan sórdida a través de la seducción y el engaño?

¿Era un ángel de verdad?

La idea le arrancó una sonrisa pese a las lágrimas. Pronto vería alas y un halo sobre su cabeza.

Ya no le temía a la pobreza, ya no sería esa criatura asustadiza, cobarde y dependiente, además de muchas otras cosas horribles, que había sido desde que Bruce la había echado de su casa y le había dado la espalda.

Iba a luchar con uñas y dientes.

Al día siguiente buscaría un abogado dispuesto a defender su caso a pesar de que estaba en la ruina. Le pagaría un adelanto mínimo con el dinero de Stephen, y prometería pagarle el resto de sus honorarios cuando consiguiera hacer justicia en su caso. Según su contrato matrimonial y el testamento de Nigel, tenía derecho a recibir parte de la fortuna personal de su difunto esposo y una pensión vitalicia procedente de los beneficios de la propiedad. También le pertenecían las joyas que había recibido durante su matrimonio. Eran suyas. Tenía derecho a utilizar la residencia de la viuda y la residencia londinense durante el resto de su vida, a menos que volviera a casarse. No le interesaba la residencia de la viuda en lo más mínimo, pero la residencia londinense le habría venido de perlas esa primavera.

Bruce le había dicho que podía tener su libertad, pero nada más. Sus palabras dejaron claro que si no aceptaba su ultimátum, lo perdería todo, incluida la libertad. Tal vez incluso la vida.

Y lo había creído.

¡Menuda tonta!

Si Bruce se hubiera creído capaz de poder demostrar que había matado a su padre, la habría mandado arrestar sin demora. No le habría sugerido ningún acuerdo.

No podía demostrar nada porque no había pruebas.

Si ya era consciente de todo eso, ¿por qué lo veía de repente como una revelación divina?

Iba a pelear por el dinero, por las joyas e incluso por la residencia londinense. Cualquier abogado decente podría conseguírselo todo sin muchos problemas. Un contrato matrimonial y un testamento eran documentos legalmente vinculantes. Ningún abogado vería como un riesgo importante el hecho de cobrar un pequeño anticipo a sabiendas de que podría cobrar el resto más tarde.

Cerró los ojos y sintió que el mundo empezaba a dar vueltas… con ella dentro. Se sentía viva. Y los cálidos dedos de Stephen, todavía relajados, seguían entrelazados con los suyos.

Ojalá pudieran hacer que el mundo girase más despacio. Ojalá pudiera prolongar ese momento. Era muy consciente de que si quería, o más bien si se lo permitía, podría enamorarse de él. Locamente. Sin remedio.

No se lo iba a permitir. Solo estaba disfrutando de una placentera tarde. Estaba tomando prestada un poco de su luz. La luz que ella llevaba en su interior era muy tenue. Si alguien le hubiera preguntado por ella hacía muy poco tiempo, habría dicho que se había apagado. Pero no era verdad. Stephen la había reavivado. Él era todo luz. O eso le parecía.

Puesto que no tenía nada tan poderoso ni tan valioso que ofrecerle a cambio, no lo retendría. Lo dejaría marchar en cuanto pudiera.

No obstante, había dicho la verdad hacía un momento. Lo recordaría. Siempre. Por supuesto, no encargaría un medallón que colgarse al cuello. Pero tampoco le haría falta. Estaba segura de que siempre podría cerrar los ojos y verlo… y oírlo y sentir la calidez de su mano. Siempre recordaría el olor almizcleño de su colonia.

En cuanto dispusiera de sus joyas y de su dinero, le devolvería todo el dinero que le había dado… y le daría las gracias. De esa forma se romperían todos los lazos que los unían, todas las deudas estarían saldadas, no habría más dependencia de una parte ni más obligación de la otra.

Su relación, si acaso se podía calificar lo que tenían como tal, sanaría de alguna manera. Y llegaría a su fin.

Stephen la recordaría, si acaso la recordaba, con respeto y quizá con un poco de nostalgia y afecto.

Levantó ligeramente la cabeza y echó un vistazo hacia la izquierda de la pendiente. A lo lejos vio dos figuras, y estaba casi segura de que caminaban hacia ellos. También estaba casi segura de que se trataba de Alice y del señor Golding. ¡Por Dios! Si llegaba a verlos tumbados en la manta de esa forma, cogidos de la mano y ella con el pelo suelto, Alice correría a Stephen a golpes de ridículo.

Sería muy injusto.

Aunque intentó contenerse, rió entre dientes al imaginarse la escena, y volvió la cabeza para mirar a Stephen mientras le daba un apretón en la mano.

– Creo que es hora de levantarnos y adecentarnos un poco -le dijo-. Tú no tienes un pelo fuera de su sitio, pero yo tengo que recogerme el mío. ¿Me lo cepillas, por favor?

Stephen la miró con una sonrisa adormilada.

– Creo que he estado a punto de dormirme -dijo.

Soltó una carcajada al escucharlo.

– Sí, a puntito.

Se sentó, sacó el cepillo de su ridículo y se lo dio, girándose al tiempo que recogía las horquillas.

Stephen le cepilló la parte izquierda, pasándoselo desde la raíz a las puntas. Después repitió la operación por el derecho. En menos de un minuto tenía el pelo desenredado y liso, y la cabeza le escocía un poco.

– Se te da muy bien -dijo mientras se lo recogía en la nuca y se lo retorcía, tras lo cual procedió a asegurárselo con las horquillas para que no volviera a deshacerse. Una vez que acabó, se colocó el bonete.

– Cassandra, ¿tu marido era el padre de Belinda? -le preguntó Stephen.

Sus manos, que estaban atando las cintas del bonete, se detuvieron.

– No -contestó.

– ¿El actual barón? -insistió-. ¿El hijo?

– No -repitió, haciéndose un lazo a un lado de la barbilla.

– Lo siento -dijo él-. Llevo un tiempo preguntándomelo.

– No fue fruto de una violación -le aseguró-. Creo que Mary quería de verdad a… al padre.

Esperó a que le hiciera más preguntas, pero Stephen guardó silencio.

Cassandra claudicó con un suspiro y dijo:

– Nigel tenía tres hijos. Bruce es el primogénito, y luego están Oscar y William. Oscar lleva varios años en el ejército. Lo he visto dos o tres veces, y de eso ya hace mucho tiempo. No volvió a casa para asistir al funeral de su padre. William siempre ha sido un aventurero. Estuvo en América una temporada. Pero hace unos cuatro años pasó varios meses en casa antes de partir hacia Canadá con un comerciante de pieles. Belinda nació siete meses después de que él se fuera. Mary asegura que no sabía que estaba embarazada cuando se fue. Quiero creerla. Siempre le he tenido cariño a William, aunque reconozco que no es perfecto.

– ¿Paget no la despidió? -quiso saber Stephen.

– ¿Nigel? -precisó-. No, dejaba los asuntos domésticos en mis manos. No le dije que la hija de Mary era su nieta. De hecho, dudo mucho que supiera que había una niña en las estancias de los criados.

Hasta el último momento, añadió para sus adentros.

– Pero Bruce sí la despidió cuando tomó posesión de Carmel House -continuó-. Mary no tenía adonde ir, ningún familiar estaba dispuesto a acogerla. Se encontraba en una situación desesperada. No las ayudé mucho al traerlas a la ciudad conmigo, pero al menos estábamos juntas. Y también teníamos a Alice. Y a Roger.

Alice y el señor Golding estaban ya a la vista. Cassandra levantó un brazo y les hizo señas.

– ¿William Belmont sigue en Canadá? -preguntó Stephen.

– No lo sé -le contestó-. Ni siquiera debería habértelo contado. No tenía derecho a revelarte el secreto, ¿verdad? Pero te aseguro que Mary no es una casquivana. Creo que quería a William de verdad. No, estoy segura de que lo quiere. Y de que lo está esperando.

Stephen le colocó una mano en el hombro y le dio un apretón.

– No estoy juzgando a nadie, Cass -dijo él-. No soy nadie para hacerlo. -Apartó la mano de su hombro y volvió la cabeza para recibir con una sonrisa a la pareja que se acercaba.

Alice y el señor Golding dieron un paseo hasta Pen Ponds. Una vez que rodearon las dos lagunas, emprendieron el camino de regreso a paso tranquilo. Charlaron un buen rato de libros y después rememoraron experiencias compartidas en casa de los Young, si bien el período en el que coincidieron fue muy breve. El señor Golding la sorprendió al hablarle de su difunta esposa, con la que estuvo casado ocho años y que había fallecido hacía tres.

No había pensado ni por un instante que pudiera haberse casado… que quizá estuviera casado.

Primero la entristeció, pero acabó haciéndole gracia que no hubiera estado languideciendo por ella durante todos esos años. Claro que, por supuesto, ella tampoco lo había hecho. Tuvieron una breve relación laboral, se enamoró locamente de él porque era una muchacha solitaria sin posibilidad de conocer a otros jóvenes, lloró su ausencia alrededor de un año y después fue olvidándolo poco a poco… hasta que volvió a verlo dos días atrás.

Seguía siendo un hombre apuesto, pese a su delgadez y a su aire de erudito. Su compañía seguía siendo grata. Y era maravilloso que un hombre hablara exclusivamente con ella durante una hora. Y pasear cogida de su brazo. Si no se andaba con cuidado, volvería a enamorarse de él… y eso sí que sería una estupidez.

En ese momento le preguntó por Cassie y ella comprendió que desconocía la historia.

– Debió de ser un duro golpe para lady Paget perder a su esposo tan joven. ¿Le tenía mucho cariño? -preguntó él.

Titubeó antes de contestar. No era ella quien debía responder esa pregunta. Claro que si él suponía que lo quería, podría darle la razón sin sentir que estaba revelando un secreto. Podría responder sin comprometerse, pero también era posible, muy probable de hecho, que el día menos pensado escuchara los rumores que circulaban sobre Cassie y pensara que no había confiado en él.

– Era un maltratador de la peor calaña -contestó-. Cualquier afecto que sintiera por él cuando se casó murió enseguida.

– ¡Madre de Dios! -exclamó él-. ¡Señorita Haytor, eso es espantoso! Creo que no hay nada peor que un maltratador. No hay mayor canalla.

Alice podría haberse quedado ahí, pero continuó:

– Murió de forma violenta. Algunos dicen que Cassie lo hizo. Ciertamente, sé que es famosa en la ciudad, donde la apodan «la asesina del hacha» por culpa de ciertos rumores.

– ¡Señorita Haytor! -El señor Golding se detuvo de repente, y le soltó el brazo para mirarla a la cara con expresión escandalizada y sorprendida-. ¡No puede ser verdad!

– Le dispararon con su propia pistola -siguió.

– ¿Lo hizo…? -Dejó la pregunta en el aire y enarcó las cejas-. ¿Lo hizo lady Paget?

– No -respondió Alice, y añadió al ver que él no decía nada-: Pude ser yo.

– ¿Lo fue?

– Lo odiaba lo suficiente -contestó-. Nunca creí que pudiera odiar a alguien de esa forma, pero lo odiaba con toda mi alma. Miles de veces pensé en renunciar a mi puesto y buscar otro, pero miles de veces recordé que mi querida Cassie no disfrutaba de la misma libertad para marcharse y que yo era su único consuelo. Pude hacerlo, señor Golding. Pude haberlo matado. Le propinó unas palizas terribles en incontables ocasiones, tal como sucedió aquella noche. Sí, pude hacerlo. Pude coger la pistola y… dispararle.

– Pero no lo hizo, ¿verdad? -le preguntó en voz muy baja.

– Pude haberlo hecho -repitió con terquedad-. Quizá lo hice. Pero sería una tonta si lo confesara, ya que no hay pruebas que incriminen a nadie. Sería absurdo confesar la culpabilidad. Merecía morir.

«Adiós a la posibilidad de retomar el romance», se dijo mientras él se quitaba los anteojos, se sacaba un pañuelo del bolsillo de la chaqueta y procedía a limpiar las lentes sin mirarlas. Era una lástima que estuvieran tan lejos del lugar elegido para el té. El pobre hombre debía de estar preguntándose en qué se había metido. Debía de estar desesperado por escapar. Lo miró directamente a los ojos, con una expresión desafiante, mientras él se colocaba de nuevo los anteojos y le devolvía la mirada, con el ceño fruncido.

– Si alguien no le hubiera parado los pies a lord Paget, su esposa habría tenido que soportar muchísimos años de agresiones y violencia -lo oyó decir-. No puedo perdonar un asesinato, señorita Haytor, pero tampoco puedo perdonar la violencia contra las mujeres. Mucho menos contra una esposa, que pasa a manos de su marido para que este la ame, la cuide y la proteja de todo mal. Es una de esas situaciones que no se pueden juzgar con éxito mediante las normas establecidas, ya sean legales o morales. No puedo felicitar al asesino de lord Paget, pero tampoco puedo condenarlo… o condenarla. Si usted lo hizo porque quiere a lady Paget, debo respetarla por ello, señorita Haytor. Pero no creo que lo hiciera.

Y sin mediar más palabra, le ofreció el brazo de nuevo, ella lo aceptó y echaron a andar hacia el lugar donde habían extendido la manta.

Se habían ausentado una eternidad, pensó Alice mirando hacia la pendiente, aunque al principio no localizó a las dos figuras sentadas en la manta que esperaba ver. Sin embargo, la siguiente vez que miró las vio allí, una junto a la otra, con la cesta a un lado. Por extraño que pareciera, tenía muchísima hambre. Se sentía increíblemente liberada. El señor Golding no la condenaría aunque lo hubiera hecho. Pero no la creía culpable.

Creía que a las mujeres, a las esposas, había que amarlas, cuidarlas y protegerlas.

Stephen se entretuvo pensando en lo que dirían sus amigos si supieran que estaba sentado en Richmond Park, compartiendo una merienda campestre con la infame lady Paget, su dama de compañía y el secretario de un político. No era lo que alguien esperaría del conde de Merton. De hecho, habría varias personas buscándolo en el almuerzo al aire libre que celebraba lady Castleford esa tarde.

Sin embargo, estaba disfrutando muchísimo. El té que Golding había llevado consigo, seguramente preparado en algún establecimiento especializado, estaba delicioso. Por supuesto que tenía muy claro que la comida disfrutada al aire libre sabía mucho mejor.

También cayó en la cuenta, con cierta sorna, de que si no hubiera heredado el título por sorpresa, seguramente él fuera el secretario de alguien a esas alturas y estaría muy orgulloso de su posición.

Todo el mundo parecía estar disfrutando tanto como él. La conversación fue muy animada y todos se rieron bastante. Incluso la señorita Haytor, que tenía las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes. Estaba muy atractiva y parecía rejuvenecer un año por cada hora que transcurría.

Cassandra, al igual que su carabina, también parecía haber rejuvenecido. En circunstancias normales aparentaba sus veintiocho años. Pero en ese preciso momento parecía varios años más joven.

Todavía era temprano cuando terminaron de merendar.

– Supongo que no debería haber propuesto una hora tan temprana para salir de casa de lady Paget -dijo el señor Golding-. Todavía quedan varias horas de sol. Me parece una lástima que nos vayamos tan pronto.

Era una opinión que todos parecían compartir. Nadie quería dar por finalizada la tarde.

– Tal vez a Cassie y a lord Merton les apetezca dar un paseo mientras usted y yo nos quedamos aquí vigilando que no se lleven la manta ni la cesta, señor Golding -sugirió la señorita Haytor.

– ¡Eso sería estupendo! -Exclamó Cassandra al tiempo que se ponía en pie antes de que Stephen pudiera ofrecerle su ayuda o dar su opinión al respecto-. Después de comer tanto, necesito con urgencia un poco de ejercicio.

– Hay algunos árboles a los que podemos trepar -comentó él con una sonrisa mientras se levantaba-. Pero tal vez sea mejor un paseo tranquilo. ¿Nos vamos? -Le ofreció el brazo y Cassandra lo aceptó.

La señorita Haytor lo observó con cierta rigidez mientras se alejaban. Tal vez no debería haber hecho ese comentario acerca de trepar a los árboles delante de ella.

– Creo que el té al aire libre ha sido todo un éxito -dijo cuando se alejaron lo suficiente para que no pudieran oírlos.

– Alice está radiante, ¿verdad? -preguntó ella-. Nunca la había visto así. ¡Ay, Stephen! ¿Crees que…? -dejó la frase en el aire.

– Desde luego que sí -afirmó-. Me han parecido muy felices juntos. Aunque todavía está por ver si surge algo más. Todo depende de ellos.

– La voz de la razón -replicó ella con un suspiro-. Espero que no acabe sufriendo.

– La gente no siempre acaba sufriendo -dijo él-. Algunas veces encuentran el amor, Cass. Y la paz.

– ¡No me digas! -Sonrió-. ¿En serio? ¿De verdad lo hacen? Pues eso es lo que quiero que Alice tenga, amor y paz. Y en parte me mueve el egoísmo. Porque así me sentiré menos culpable por haberme aferrado a ella todos estos años.

En vez de descender por la pendiente y caminar por el verde valle como había hecho la otra pareja, la condujo hacia la cima de la loma y se introdujeron en el vetusto robledal, donde tuvieron que agacharse en más de una ocasión para evitar las ramas más bajas. Le gustaba la panorámica que se disfrutaba desde allí arriba, la sensación de soledad, la sombra que protegía del ardiente sol. Le gustaba la proximidad de los árboles.

Caminaron sumidos en un silencio cómodo mientras él contaba los días. El primero fue el del parque, cuando Con señaló a la viuda ataviada de negro y comentó que debía de estar asándose con esa ropa y el velo negro. Después la noche del baile de Meg, un día después de haberla visto en Hyde Park, y su primera noche juntos. El paseo en tílburi y su segunda noche juntos. Luego llegó la visita formal del día anterior con Meg y Kate para tomar el té con Cassandra y la señorita Haytor. Y… ese mismo día. Daba igual cómo hiciera la cuenta, del primer día al último, o del último al primero la suma siempre era la misma.

Cuatro días.

Conocía a Cassandra desde hacía cuatro días. No llegaba a una semana. Ni siquiera se acercaba.

Tenía la sensación de conocerla desde hacía semanas, incluso meses.

Y sin embargo, no la conocía tan bien, ¿verdad? Apenas sabía nada de ella.

– Háblame de tu matrimonio -le dijo.

Cassandra volvió la cabeza con brusquedad para mirarlo.

– ¿De mi matrimonio? -repitió-. ¿Qué me queda por contarte?

– ¿Cómo lo conociste? -le preguntó-. ¿Por qué te casaste con él?

Fueron aminorando el paso hasta detenerse por completo. Cassandra se soltó de su brazo y se alejó unos pasos, hasta apoyarse en el tronco de un árbol enorme. La siguió, aunque no se acercó mucho a ella y apoyó una mano en una rama baja. El tronco habría bastado para ocultarlos a la vista de los ocupantes de la manta, pero de todas maneras Stephen echó un vistazo por encima de la rama donde tenía apoyado el brazo para asegurarse. Se habían alejado más de lo que pensaba.

– Nunca tuvimos un hogar fijo -comenzó ella-. Nunca hubo estabilidad ni seguridad en casa. No nos faltó cariño, pero mi padre no nos atendió de forma responsable. Era un hombre muy sociable y solía a invitar a muchos caballeros allí donde estuviéramos viviendo. Siempre caballeros, ninguna dama. No empezó a preocuparme hasta que cumplí los quince. De hecho, me encantaba la compañía y la atención que de vez en cuando me prestaban. Me encantaba que mi padre me sentara sobre sus rodillas mientras hablaba con ellos. Pero cuando comencé a desarrollarme, tuve que soportar miradas lascivas y comentarios picantes… y algún que otro pellizco y roce a hurtadillas. Incluso un beso. Mi padre no lo habría permitido de haberlo sabido, por supuesto. Soñaba con verme disfrutar de una temporada social durante la que conocería a la gente adecuada. Al fin y al cabo, era un baronet. Pero ignoraba lo que pasaba delante de sus narices, y yo nunca se lo dije. Nunca fue nada especialmente peligroso, aunque la situación empeoró conforme iba creciendo.

– Deberías habérselo dicho -dijo él.

– Posiblemente. -Se encogió de hombros-. Pero no tenía nada con lo que comparar mi vida. Creía que era normal. Y Alice siempre estaba conmigo para proporcionarme cierta protección. Un día, el barón Paget acompañó a mi padre a casa y a partir de ese momento sus visitas se hicieron frecuentes. Mi padre y él eran amigos. Eran más o menos de la misma edad. Lord Paget era distinto de los demás. Era amable y siempre muy educado y agradable, de modales impecables. Comenzó a hablarme de su casa solariega en el campo, donde pasaba la mayor parte del tiempo, y de los terrenos de la propiedad, del pueblo y del vecindario. Que yo supiera, no jugaba. Un día nos quedamos a solas, ya que mi padre salió de la estancia con algún pretexto, y me dijo que todo eso podía ser mío si le concedía el gran honor de casarme con él. Me dijo que estaba al tanto de que no tenía dote, pero que no le importaba. Que solo me quería a mí. Me aseguró que redactaría un contrato matrimonial muy beneficioso para mí y que él me querría y me cuidaría el resto de su vida. Al principio me quedé espantada, pero me recuperé pronto de la impresión. Es posible que no entiendas lo tentadora que era para mí esa proposición… una vida de seguridad y estabilidad en un paraíso rural. Parecía un hombre como mi padre, pero sin sus defectos. Aunque me casé con él, supongo que lo veía como a un padre más que como a un marido.

– ¿Qué sucedió? -le preguntó tras un largo silencio.

Cassandra colocó las palmas de las manos en el tronco, a ambos lados de su cuerpo.

– Durante seis meses no pasó nada -contestó-. No puedo decir que fuera muy feliz. Era un hombre mayor y yo no estaba enamorada de él. Pero parecía una buena persona, y era amable y atento conmigo, y yo adoraba el campo y el vecindario. Estaba embarazada y delirante de felicidad por mi estado. Me sentía contenta, tal vez incluso un poco feliz. Un día Nigel fue a visitar a un vecino lejano, y no tuve noticias de él durante tres días. Estaba muerta de preocupación y cometí el error de ir a buscarlo. Se alegró mucho de verme y me trató con gran amabilidad. Llamó a sus amigos, todos hombres, para que vieran lo mucho que lo quería su flamante esposa. Se rió a mandíbula batiente con ellos y regresó conmigo a casa. En el carruaje se mantuvo en completo silencio. Me sonrió varias veces, pero yo tenía miedo. Me di cuenta de que había estado bebiendo. Tenía una expresión en los ojos que me resultaba desconocida. Cuando llegamos a casa… -Tragó saliva y se detuvo un instante. Cuando continuó con el relato, lo hizo con un hilo de voz-. Cuando llegamos a casa, me llevó a la biblioteca y me dijo en voz muy baja que lo había avergonzado tanto que no sabía si iba a poder mirar a sus amigos a la cara cuando volviera a verlos. Me disculpé… más de una vez. Pero él empezó a pegarme. Primero me abofeteó y luego comenzaron los puñetazos… y las patadas. No puedo hablar sobre eso… El caso es que dos días después sufrí un aborto. Perdí a mi hijo… -Había apoyado la cabeza contra el tronco y tenía los ojos cerrados. Su cara era un mosaico de luces y sombras. Había perdido todo el color.

– Y no fue la única vez -dijo él en voz baja.

– No -convino ella-. No fue la única paliza ni el único aborto. Era dos hombres distintos, Stephen. No podía desear un hombre más amable, más atento y generoso que él cuando estaba sobrio… y en ocasiones estaba sobrio durante meses. De hecho, ese era su estado habitual. Cuando estaba borracho, no había señales externas, solo sus ojos… y su violencia. Una de las vecinas, que me vio en una ocasión cuando aún no se me había bajado la inflamación del ojo tras una paliza, me dijo que siempre había sospechado que Nigel mató a su primera esposa. La versión oficial es que murió al caerse del caballo cuando intentaba saltar una cerca alta.

Stephen no sabía qué decir, salvo que se alegraba de que hubiera matado a Paget antes de que él la matara a ella. ¡Por el amor de Dios! Ese hombre había matado a sus hijos nonatos.

– Por aquel entonces me creía culpable de que se enfadara tanto conmigo -siguió Cassandra-. Solía esforzarme por complacerlo. Hacía todo lo posible por evitar cualquier cosa que creyera que podía desagradarle. Y cuando sabía que estaba bebiendo, solía esconderme, apartarme de su camino o… En fin. Nada daba resultado, por supuesto. -Se produjo un largo silencio-. Y ya está -dijo ella a la postre, volviendo la cabeza para mirarlo con una mueca en los labios-. Tú lo has querido.

– ¿Y nadie te ayudó? -le preguntó.

– ¿Quién? -Preguntó ella a su vez-. Mi padre murió al año de casarme. De todas maneras, no habría tenido derecho a intervenir. Las visitas de Wesley no eran frecuentes, así que nunca vio la cara oculta de Nigel. Nunca le conté lo de las palizas. Solo era un niño. La única vez que Alice intentó intervenir, Nigel le pegó, la echó de la estancia y una vez que cerró la puerta con llave se ensañó todavía más conmigo porque era una mala esposa, incapaz de admitir mis defectos y el castigo que me merecía.

– ¿Y sus hijos? -insistió.

– Casi nunca estaban en casa -contestó-. Estoy segura de que lo conocían muy bien. Aunque supongo que la primera lady Paget era más resistente que yo, de lo contrario no habría tenido tres hijos. O tal vez los períodos de sobriedad de Nigel eran más largos cuando estaba casado con ella.

No iba a preguntarle por la muerte de Paget. Ya la había alterado demasiado. Suponía que no debería haberle preguntado nada. Había sido una tarde muy agradable hasta que comenzó con las preguntas.

Sin embargo, su necesidad de conocerla mejor y de conseguir que se abriera a él, o a alguna otra persona, había resultado más poderosa que su deseo de mantener el ambiente distendido de la tarde.

– Mmmm, hablando de trepar a los árboles -dijo en voz baja al cabo de un momento, como si no hubieran hablado desde que se alejaron de la manta-. ¿Lo has hecho alguna vez?

Cassandra echó la cabeza hacia atrás para contemplar las extensas ramas del roble.

– De niña lo hacía a todas horas -contestó-. Creo que nací soñando con salir volando hacia el cielo azul o dejándome caer en él. Este árbol es el sueño de cualquier trepador, ¿no te parece? -Se desató las cintas del bonete y lo dejó en el suelo antes de mirar las ramas bajas, en busca de la mejor manera de trepar.

Stephen entrelazó los dedos y colocó las manos como si quisiera ayudarla a subir a un caballo, y casi sin titubear ella le puso el pie encima para que la aupara. En cuanto lo hizo, subió tras ella.

Después de ese primer impulso fue muy fácil. Las ramas eran gruesas y fuertes, y se extendían casi en paralelo con el suelo. Treparon sin hablar hasta que, tras mirar hacia abajo, Stephen se dio cuenta de que habían subido bastante.

Cassandra se sentó en una rama, con la espalda apoyada en el tronco, y después se llevó las piernas al pecho y se las abrazó. Él se quedó de pie en una rama más baja, con un brazo apoyado en la rama superior y el otro alrededor de la cintura de Cassandra.

Ella lo miró con una sonrisa antes de echarse a reír.

– ¡Ay, ojalá pudiéramos volver a la infancia! -exclamó.

– Siempre podemos ser niños -repuso él-. Es un estado mental. Ojalá te hubiera conocido cuando eras más joven, antes de que usaras esa armadura de cinismo y desdén para esconder todo el dolor y la rabia. Ojalá no hubieras tenido que vivir todo eso, Cass. Ojalá pudiera hacerlo desaparecer o sanarlo con un beso, pero no puedo. Aunque sí puedo decirte una cosa, y es que si insistes en mantenerte alejada de la gente y de todo lo bueno que el mundo y la vida pueden ofrecerte, serás tú quien salga perdiendo.

– ¿Qué garantías hay de que la vida no vuelva a ponerme un ojo morado? -preguntó ella.

– Por desgracia, ninguna -contestó-. Pero creo que en el mundo hay muchísima más bondad que maldad. Y si esa afirmación te parece demasiado inocente, permíteme expresarlo de otra manera. Creo que la bondad y el amor son muchísimo más fuertes que la maldad y el odio.

– ¿Los ángeles son más fuertes que los demonios? -preguntó ella con una sonrisa.

– Sí -respondió él-. Siempre.

Cassandra alzó los brazos y le colocó las manos a ambos lados de la cara con mucha delicadeza.

– Gracias, Stephen -le dijo antes de darle un beso fugaz en los labios.

– Además, sabes más del amor de lo que te imaginas -continuó él-. Te convertiste en mi amante no solo por tu pobreza, esa ni siquiera fue tu primera motivación. Tienes una dama de compañía que quizá sea demasiado mayor para encontrar un empleo que la satisfaga, tienes a una criada que seguramente no pueda conseguir trabajo alguno si quiere tener a su hija consigo. Tienes a esa niña. Y el perro. También es miembro de tu familia. Lo hiciste por ellas, Cass. Te sacrificaste por amor.

– Con un hombre tan guapo, tampoco se puede decir que fuera un sacrificio, ¿no? -replicó con su voz aterciopelada.

– Desde luego que lo fue -le aseguró él.

Cassandra dejó las manos sobre la rama, a ambos lados de sus caderas, y apoyó la cabeza en su pecho.

– Es curioso, pero al hablar de lo abominable me he liberado un poco -dijo ella-. Me siento muy… feliz. ¿Por eso lo has hecho? ¿Por eso me has preguntado?

Stephen inclinó la cabeza y la besó en el pelo, templado por el calor del sol.

– ¿Eres feliz tú? -le preguntó ella.

– Sí -contestó.

– Aunque no es la palabra adecuada -señaló Cassandra-. Me prometiste alegría para hoy, Stephen, y me la has proporcionado. No son exactamente lo mismo, ¿verdad? Me refiero a la felicidad y a la alegría.

Se quedaron tal como estaban un rato, y él deseó que el tiempo se detuviera, aunque fuera un momento. Había algo en Cassandra que lo atraía de forma irresistible. No se trataba solo de su belleza. Ni mucho menos de sus artimañas seductoras. Era… No sabía expresar qué era exactamente. Nunca había estado enamorado, y no creía estarlo en ese momento. ¡Qué desconcertantes podían ser las emociones humanas en algunas ocasiones! Una idea sobre la que nunca había reflexionado antes de conocer a Cassandra.

– La felicidad es más efímera -dijo-, la alegría es más duradera.

Cassandra suspiró y levantó la cabeza.

– Pero después viene el desastre -apostilló-. Alguien se pasa tres días enteros bebiendo y… y adiós a la felicidad. ¿La alegría permanece? ¿Cómo es posible?

– Algún día aprenderás que el amor no siempre te traiciona, Cass.

Ella le sonrió.

– Eres la única persona que me llama así -comentó-. Me gusta. Lo recordaré… ese diminutivo pronunciado con tu voz. -Le dio un beso fugaz en los labios antes de bajar las piernas a la rama donde él se encontraba-. Ahora es cuando uno se da cuenta de que trepar a un árbol no es tan buena idea después de todo -dijo-. Porque hay que bajar y la bajada siempre es diez veces peor que la subida.

Sin embargo, se echó a reír cuando él hizo ademán de ayudarla y comenzó a descender como si se hubiera pasado todos los días de su vida trepando a los árboles.

Una vez que los dos estuvieron en el suelo, la vio sonreír y llegó a la conclusión de que nunca había visto a una mujer tan preciosa.

Cass invadida por la alegría.

Era una imagen que llevaría consigo el resto de su vida. Muy cerca del corazón. Peligrosamente cerca.

Porque pese a todo había matado a su esposo y era imposible obviar la carga tan inmensa y pesada que tendría que soportar durante el resto de su vida.

Y también era imposible obviar la certeza de que dicha carga sería muy pesada si decidía compartirla, si decidía enamorarse de ella.

«¿Cómo que "si"?», se recriminó.

¿Sería ya demasiado tarde?

¿Qué puñetas se sentía al enamorarse?

CAPÍTULO 15

Stephen estuvo toda la mañana siguiente en la Cámara de los Lores, participando en el debate de un tema que le interesaba en particular. Después se marchó a White's, como era su costumbre, para disfrutar de un tardío almuerzo con algunos amigos con quienes habría ido a las carreras si algo, o más bien alguien, no lo hubiera distraído justo antes de entrar en el club.

Wesley Young.

Por no hablar de la distracción que suponía su hermana, en quien no podía dejar de pensar desde el día anterior. Incluso había soñado con ella. En su sueño estaban de nuevo subidos en la rama del árbol, besándose, y desde allí echaron a volar hacia el cielo, felices y contentos hasta que él intentó descubrir el camino de vuelta entre sus desordenados rizos pelirrojos, porque ella recordó de repente que el perro tenía que comer.

Un sueño la mar de absurdo.

No recordaba haber soñado nunca con una mujer.

– ¿Sabe alguien dónde vive sir Wesley Young? -le preguntó al grupo.

Todos negaron con la cabeza, salvo Talbot, que pareció recordar que Young había alquilado una residencia de soltero en Saint James's Street, cerca del club. En concreto la casa con la llamativa puerta amarilla y el montante semicircular sobre esta.

– Recuerdo haber esperado delante de esa puerta con unas cuantas copas de más en el cuerpo, esperando a que Young lograra meter la llave en la cerradura -siguió Talbot-. Y la verdad, Merton, ese color hizo bien poco por asentarme el estómago. Me quitó las ganas de beber, así que como mucho me tomé solo seis o siete más cuando entramos.

El hecho de haber visto a Young cerca del club podría significar bien que volvía a casa después de almorzar o bien que acababa de salir para almorzar fuera, concluyó.

La decisión de no ir a las carreras fue una decepción no solo para algunos de sus amigos, sino también para sí mismo. De modo que fue en busca de la llamativa puerta amarilla, que resultó no ser tan llamativa a la luz del día y en estado sobrio.

Llamó y esperó.

Y comprendió que estaba comportándose de forma irracional. E impulsiva. Ni siquiera tenía claro por qué lo estaba haciendo, salvo que de algún modo había acabado enredado con Cassandra, en el ámbito personal y emocional, y el reprobable impulso de interferir en su vida le resultaba irresistible.

No debería hacer lo que estaba haciendo. Ella no se lo había pedido.

Ni siquiera había quedado en volver a verla después del té al aire libre del día anterior. Necesitaba un tiempo para serenarse. Habían bastado cuatro días para descubrirse inmerso en la locura. Cosa impropia en él, que solía llevar una vida tranquila y bastante predecible. Y le gustaba que fuera así.

Su sueño, en cambio, no le había ayudado nada a mantener esa decisión tan sensata.

Como tampoco le habían ayudado las ensoñaciones que pasaban por su mente mientras yacía despierto en la cama, deseándola con un ardor febril.

Decidió que no podía seguir así. Necesitaba hacer algo por ella antes de retomar el curso normal y feliz de su vida.

El ayuda de cámara de Young abrió la puerta y aceptó su tarjeta de visita. Le pidió que esperara en el salón recibidor de la planta baja, una estancia típicamente oscura y poco acogedora, mientras subía para comprobar si el señor Young estaba en casa, un claro signo de que sí estaba. Porque de lo contrario el ayuda de cámara no lo habría invitado a entrar.

Al cabo de unos minutos apareció Young en persona, sorprendido y desconcertado. Y arreglado como si estuviera a punto de salir.

– ¿Merton? -le preguntó-. No esperaba este honor.

– ¿Young? -dijo él a su vez, saludándolo con una inclinación de cabeza.

Era pelirrojo y apuesto, aunque carecía de la radiante belleza de su hermana. No obstante, el parecido familiar era innegable. Su expresión afable y simpática le resultó irritante.

Se produjo un incómodo silencio.

– ¿Le apetece subir? -lo invitó Young, poniendo fin a dicho silencio.

– No, gracias -rehusó. No tenía ganas de enzarzarse en una conversación insulsa-. Llevo unos cuantos días meditando el tema a fondo y he llegado a la conclusión de que bajo ninguna circunstancia me imagino dándole la espalda a una de mis hermanas en Hyde Park al cruzarme con ella.

Young se sentó en un ajado sillón de cuero sin invitarlo siquiera a hacer lo propio. De todas formas, Stephen se acomodó en el sillón de enfrente, cuyo asiento estaba lleno de bultos.

– Sobre todo si se encuentra sin amigos y en situación de desamparo -añadió.

Young se ruborizó y su expresión se tornó molesta, no sin razón tal vez.

– Merton -replicó-, debe entender que no soy un hombre rico. O tal vez no lo entienda, claro. Para mí es importante contraer un matrimonio ventajoso, y este año estoy… no, estaba a punto de lograrlo. Cassie ha sido muy egoísta al presentarse en Londres precisamente ahora, sobre todo después de advertirle que no lo hiciera.

– Egoísta… -repitió mientras observaba cómo Young volvía a ponerse en pie presa de los nervios y caminaba hacia la chimenea-. ¿Dónde iba a ir si no?

– Al menos podría haber llevado una vida discreta y sin llamar la atención de nadie -repuso el joven-. Pero desde la tarde que la vi en el parque, me han dicho que ya ha aparecido en el baile de lady Sheringford y en el té de lady Carling. Y no sé cómo, pero logró convencerlo a usted para que la acompañara a dar un paseo en carruaje por el parque justo cuando estaba más concurrido. Debería comprender que después de lo que hizo tiene suerte de seguir viva y en libertad. Es absurdo que espere ser recibida por la gente decente. Es absurdo que espere que yo… Pero ¿por qué le estoy contando todo esto? Ni siquiera lo conozco y no le incumbe la forma en la que decida tratar a mi hermana.

Stephen pasó por alto sus recriminaciones, aunque Young tuviera toda la razón del mundo, por supuesto.

– ¿Cree entonces todo lo que se dice sobre ella? -le preguntó, en cambio-. ¿Conocía bien a lord Paget?

Young frunció el ceño, pero siguió con la mirada clavada en la chimenea.

– Era el tipo más simpático del mundo -contestó-. Y generoso hasta decir basta. Debió de gastarse el rescate de un rey en joyas para Cassandra. Debería verlas. Fui un par de veces de visita a Carmel House. Y me decepcionó ver a mi hermana. Había cambiado. Había perdido la chispa y el buen humor que siempre tuvo mientras crecíamos. Apenas hablaba. Saltaba a la vista que se arrepentía de haberse casado con un hombre apenas unos años más joven que nuestro padre, y me pareció muy injusto hacia Paget, que la adoraba. Al fin y al cabo, se casó con él sabiendo muy bien la edad que tenía. ¿Lo mató? En fin, alguien lo hizo, Merton. Y no se me ocurre ninguna otra persona que tuviera más motivos que ella. Quería ser libre. Quería volver a Londres y comportarse tal cual lo está haciendo. Es obvio que a usted lo ha embrujado, y todo el mundo sabe que es más rico que Creso.

– ¿La hermana que usted conoció sería capaz de matar a un hombre para recuperar la libertad y disfrutar de la vida? -le preguntó Stephen.

Young regresó al sillón de cuero y se dejó caer en él.

– Mientras crecíamos fue mi madre, mi hermana y mi amiga -respondió-. Pero la gente cambia, Merton. Ella cambió. Lo vi con mis propios ojos.

– Tal vez la obligaron a cambiar -replicó Stephen-. Tal vez no todo eran miel y hojuelas en ese matrimonio. He creído entender que sus visitas fueron escasas y breves, ¿cierto?

Young clavó la vista en sus botas con el ceño fruncido y se mantuvo en silencio.

Estaba al tanto de todo, concluyó Stephen. Posiblemente siempre lo estuvo, o tal vez solo lo sospechó. A veces era más sencillo pasar por alto las cosas, a veces era más sencillo negarse a admitir la verdad.

– Yo era muy joven -adujo sir Wesley, a modo de excusa.

– Sin embargo, ahora ya es mayor de edad -señaló-. Su hermana necesita un amigo, Young. Necesita a alguien de su familia que la quiera de forma incondicional.

– La señorita Haytor… -protestó el aludido, aunque tuvo la decencia de no completar la frase.

– Sí -dijo él-. La señorita Haytor es su amiga. Pero no es de la familia. Y tampoco es un hombre.

Young se removió incómodo en el sillón, pero en ningún momento afrontó su mirada.

– La joven que lo acompañaba en el parque -siguió Stephen-. Me temo que no la conozco.

– La señorita Norwood -suplió Young.

– ¿Sigue teniendo esperanzas de casarse con ella?

– Ayer por la tarde pasé a buscarla, pero me comunicaron que se sentía indispuesta para asistir al almuerzo al aire libre -contestó su interlocutor con una sonrisa crispada-. Me dijeron que estaría indispuesta algunos días. Sin embargo, la vi anoche en los jardines de Vauxhall rebosante de salud. Estaba con sus padres y con el vizconde de Brigham.

– En ese caso, considérese afortunado por haber escapado a tiempo -comentó-. Entre la alta sociedad habrá quienes lo respeten mucho más si decide apoyar a su hermana abiertamente que si finge no conocerla siquiera. Y, por supuesto, habrá quienes no lo hagan. ¿A qué grupo prefiere impresionar? -Se puso en pie para marcharse.

– ¿Qué interés tiene en Cassie? -quiso saber Young, que siguió sentado-. ¿Es su amante?

– Lady Paget necesita un amigo con desesperación -contestó Stephen-. Yo soy su amigo. Y aunque sé de buena tinta, porque ella misma me lo ha contado, que tenía motivos de sobra para matar al malnacido que fue su marido, algo me dice que no lo hizo. Ignoro las circunstancias de su muerte salvo el hecho de que le dispararon, no que lo mataron con un hacha. Pero voy a decirle una cosa, Young: aunque en algún momento llegue a descubrir sin el menor asomo de duda que fue ella quien le disparó, seguiré siendo amigo de lady Paget. Porque el barón era un malnacido. ¿Sabía que su hermana sufrió dos abortos y un parto prematuro, y no precisamente por causas naturales?

En ese momento Young lo miró a los ojos al tiempo que su rostro perdía todo rastro de color. Sin embargo, no esperó a que dijera nada. Cogió su sombrero y su bastón, que estaban al lado de la puerta, y salió del oscuro salón recibidor en dirección a la calle.

En fin, menos mal que no debía interferir en la vida de aquellas personas que no eran de su incumbencia…

De repente, se descubrió caminando hacia Portman Street, en concreto hacia la casa de Cassandra. El motivo se le escapaba. Tal vez necesitara confesarle lo que acababa de hacer. Estaba seguro de que se enfadaría muchísimo al enterarse, y tenía todo el derecho del mundo a enfadarse, claro. ¿Se arrepentía de haber actuado así?, se preguntó. En absoluto. Volvería a hacer lo mismo si le dieran la oportunidad.

¿De verdad pensaba que Cassandra era inocente del asesinato de su marido? ¿Que era inocente incluso de haberlo matado en defensa propia? ¿Sería su deseo de que fuera inocente lo que lo había llevado a esa conclusión?

Cassandra no estaba en casa. Cosa que fue casi un alivio.

– Ha salido con la señorita Haytor, milord -dijo la criada.

– ¡Ah! -exclamó él-. ¿Hace mucho?

– No, milord. Hace un momento.

Sin embargo, no había rastro de ninguna de las dos por la calle. Por lo que dedujo que tardarían en regresar.

– Mary -dijo-, ¿puedo hablar contigo?

«¿¡Qué puñetas voy a hacer!?», se preguntó para sus adentros.

– ¿Conmigo? -preguntó Mary con los ojos como platos al tiempo que se llevaba una mano al pecho.

– Solo serán unos minutos -le aseguró-. No te quitaré mucho tiempo.

Mary se apartó para dejarlo pasar, y al ver que él hacía un gesto en dirección a la cocina, lo adelantó a toda prisa.

Al pasar, Stephen reparó en la tarjeta con el borde dorado que descansaba contra el jarrón de la mesa del recibidor. En ella estaba escrito el nombre de lady Paget con una caligrafía muy elegante. Una invitación para el baile de lady Compton-Haig que se celebraría a la noche siguiente. Sobre el escritorio de su despacho había una exactamente igual a esa.

¿Eso quería decir que su plan estaba dando resultados? ¿Que la alta sociedad comenzaba a abrirle las puertas a Cassandra?

La niña estaba sentada en el suelo debajo de la mesa de la cocina, con el perro tumbado a sus pies. Al escucharlo, el animal lo miró con su único ojo y comenzó a mover el rabo perezosamente sobre el suelo, pero no hizo ademán de levantarse. La niña le estaba cantando en voz baja a la muñeca, que tenía arropada con su mantilla blanca mientras la acunaba.

Mary se volvió para mirarlo y de repente Stephen se percató de que era una mujer muy guapa, pese a su delgadez y a su palidez. Tenía unos ojos muy bonitos y el rubor que había provocado su presencia le sentaba muy bien a sus mejillas.

– Mary… -le dijo, y comprendió que no podía preguntarle lo que más deseaba saber. Era muy posible que ni siquiera supiera la respuesta. De repente, se sintió ridículo-. ¿Qué le pasó al perro?

La muchacha bajó la vista y comenzó a retorcer el delantal.

– Alguien, un… un desconocido… -titubeó-, intentó golpear a lady Paget en los establos y Roger trató de defenderla. Lo logró porque la paliza no fue tan brutal como la que había sufrido otras… como la que podría haber sufrido de no ser por él. Pero lord… pero el desconocido cogió un látigo y le pegó con él a Roger con tanta fuerza que quedó ciego de un ojo y perdió casi toda la oreja. Además, tenía la pata tan aplastada que tuvieron que amputarle la parte inferior.

– Aplastada… ¿con un látigo? -quiso saber.

– Con una… pala, creo -contestó Mary.

– Y este desconocido… o tal vez lord Paget, ¿también salió herido? -le preguntó.

Mary le lanzó una mirada fugaz antes de clavar los ojos de nuevo en el delantal.

– Acabó con unos buenos mordiscos, milord -contestó-. En los brazos, en las piernas y en la cara. Estuvo una semana entera en cama antes de poder levantarse y llevar una vida normal. Me refiero a lord Paget. Que fue a rescatar a milady. No sé qué le pasó al desconocido. Debió de escapar.

Se preguntó qué haría Mary cuando rememorara la conversación y reparara en los agujeros que presentaba la historia.

– El encargado de los establos quería sacrificar a Roger -siguió Mary-. Decía que era lo mejor que podían hacer por él. Pero lady Paget ordenó que le amputaran la parte aplastada de la pata y después se lo llevó a su dormitorio para cuidarlo hasta que se recuperó, aunque nadie pensaba que llegara a hacerlo, solo ella. Lord Paget nunca ordenó que sacrificaran al animal, aunque eso era lo que esperábamos todos. Roger no debió de reconocerlo cuando fue a rescatar a su esposa y por eso lo atacó también.

Stephen le colocó una mano en el hombro y le dio un apretón.

– No pasa nada, Mary -dijo-. Lo sé. Lady Paget me lo ha contado todo. No me dijo lo de Roger, pero sí el resto. Tampoco me ha hablado sobre la muerte de lord Paget, pero no voy a intentar sonsacarte nada al respecto. -Sin embargo, reconoció que era justo eso lo que había ido a averiguar-. Siento haberte inquietado -añadió.

– Ella no lo hizo -susurró la criada con los ojos nuevamente como platos y la cara blanca de repente. Le dio otro apretón antes de soltarla.

– Lo sé -dijo.

– Yo la adoro -confesó la muchacha con valentía-. ¿He hecho mal al venir con ella? Cocino, limpio y hago todo lo que puedo, pero ¿la estoy avergonzando? ¿Soy una carga para ella porque tiene que darnos de comer a mí y a Belinda? Sé que se siente obligada a pagarme. Y sé que no tiene dinero o que no tenía hasta que… -Dejó de hablar de golpe y se mordió el labio.

– Has hecho lo correcto, Mary -le aseguró-. Lady Paget necesita a alguien que cuide de ella, y a mí me parece que tú lo haces muy bien. Y necesita amigos. Necesita amor.

– Yo la quiero mucho -aseveró Mary-. Pero fui la culpable de todo lo que pasó al final. Yo tengo la culpa de todo. -Se tapó la cara con el delantal y, al verla, Belinda dejó de acunar a su muñeca para mirarla.

– No, yo tengo la culpa de todo esto -la contradijo Stephen-. No debería haber venido a molestarte con mis preguntas. ¿Cómo está Beth hoy, Belinda? ¿Está dormida?

– Está siendo mala -contestó-. Quiere jugar.

– Ah, ¿sí? Pues entonces deberías jugar con ella un ratito o contarle un cuento. Los bebés se duermen cuando se les cuenta un cuento.

– Pues le contaré uno -dijo la niña-. Me sé uno. Acaba de comer y si jugamos ahora, a lo mejor vomita.

– Ya veo que eres una mamá muy buena y lista. Beth tiene mucha suerte. -Se volvió hacia Mary, que estaba alisándose el delantal sobre las faldas-. Ya te he entretenido demasiado cuando deberías estar trabajando… o descansando, no lo sé. Siento mucho haberte hecho tantas preguntas. No suelo inmiscuirme en los asuntos de los demás.

– ¿La aprecia? -le preguntó Mary.

– Sí -contestó él, enarcando las cejas-. Me temo que sí.

– Entonces, lo perdono -replicó la muchacha, que se puso muy colorada.

– ¿Te ofendería si te diera dinero para que le compres un helado a Belinda en Gunter's alguna tarde que tengas libre? Todos los niños deberían vivir esa experiencia. Y también los adultos.

– Tengo dinero -protestó Mary.

– Lo sé -afirmó con una sonrisa-. Pero me gustaría mucho poder invitar a Belinda… y también a ti.

– De acuerdo -claudicó la criada por fin-. Gracias, milord.

Stephen se marchó a toda prisa después de dejar unas cuantas monedas en la mesa, lo justo para dos helados. Se fue a su casa aunque todavía era muy temprano. No estaba de humor para hacer nada de lo que solía hacer a esa hora. Ni siquiera se le pasó por la cabeza la idea de ir a las carreras, aunque habría llegado a tiempo para verlas casi todas.

Intentó pensar en las jovencitas con las que normalmente le gustaba bailar y hablar, e incluso coquetear de una forma inocente.

No fue capaz de recordar la cara de ninguna.

Si la memoria no le fallaba, no había reservado ningún baile con nadie para la fiesta de lady Compton-Haig.

Mary acababa de decir que ella era la culpable de todo lo que pasó al final. De la muerte de lord Paget, según había entendido él. Además, había dicho con firmeza que Cassandra no lo había hecho.

Claro que después de asegurarlo había añadido que la adoraba. Era muy fácil mentir en beneficio de un ser querido.

El perro había sufrido las heridas recibiendo una paliza que en un principio estaba destinada a su dueña. Le habían aplastado la pata con una pala… ¿con la que también habían amenazado a Cassandra? ¿Estaría muerta en esos momentos si Roger no hubiera intervenido? ¿Diría la versión oficial que también se había caído de un caballo?

Al llegar a casa descubrió que tenía jaqueca.

Y él nunca sufría de jaquecas.

– Vete, Philbin -le dijo a su ayuda de cámara al ver que estaba en su vestidor, colocando unas camisas recién planchadas-. Como abras la boca, seguro que te digo algo desagradable y que me parta un rayo si tengo que pasarme el resto de la vida pidiéndote perdón cada dos por tres.

– Las botas nuevas le aprietan, ¿verdad, milord? -replicó Philbin con voz alegre-. Se lo dije cuando se las compró y…

– Philbin -lo interrumpió mientras se llevaba una mano a la cabeza para apretarse las sienes con los dedos-, vete. Ahora mismo.

Philbin se fue.

Cassandra le había echado un vistazo al periódico que Alice compró unos cuantos días antes y había anotado los nombres y las direcciones de tres abogados que esperaba que estuvieran dispuestos a ayudarla. Cuando se enteró de lo que pensaba hacer, Alice le aconsejó que hablara con el señor Golding o incluso con el conde de Merton, ya que ambos sabrían cuáles eran los mejores abogados para un caso como el suyo.

Sin embargo, estaba harta de depender de los hombres. Apenas se podía confiar en ellos, y aunque seguro que era injusto pensar algo así tanto en el caso del señor Golding como en el de Stephen, lo cierto era que ya se había cansado de no tener el control de su propia vida. Hacía menos de una semana pensaba que obtendría dicho control si conseguía un protector. En ese momento iba a hacer lo que tendría que haber hecho al principio.

Sin embargo, no fue fácil, tal como descubrió después de hablar con los tres abogados, uno tras otro, acompañada de Alice, que había insistido en ir con ella. En palabras de su amiga, nadie tomaría en serio a una dama que apareciera sola.

Con acompañante o sin él, nadie la tomó en serio.

El primer abogado le dijo que no aceptaba clientes nuevos, ya que estaba muy ocupado con los que tenía. A pesar de que anunciaba sus servicios en el periódico. El segundo fue más directo a la hora de admitir que la reconocía, y le hizo llegar el mensaje de que no era un abogado criminalista y que, en el caso de serlo, no representaría a asesinos desalmados.

Después de eso, Alice le dijo que debían volver a casa. Estaba muy molesta. Al igual que ella misma, por supuesto, pero la grosería de ese hombre (que ni siquiera tuvo la decencia de decírselo en persona) le hizo levantar la barbilla, cuadrar los hombros y seguir adelante con paso casi marcial.

El tercer abogado las invitó a pasar a su despacho, la saludó con una reverencia y con una sonrisa aduladora, escuchó su historia con atención y simpatía, y después le aseguró que su caso era legítimo y que si contrataba sus servicios, conseguiría su dinero, sus joyas, la residencia de la viuda y también la de Londres en un abrir y cerrar de ojos. Acto seguido, le comunicó sus honorarios, que a sus oídos sonaron exorbitantes, aunque el hombre le aseguró que le estaba haciendo un descuento considerable habida cuenta de que su caso sería coser y cantar, y de que era una dama por la que sentía enorme respeto y simpatía. Añadió que solo le pediría la mitad de esa cantidad por anticipado, ni un penique más.

Cassandra le ofreció lo que tenía y añadió que si su caso era tan sencillo y podía conseguirle el dinero que le pertenecía con suma facilidad, no tardaría en poder pagarle la cantidad completa; pero que mientras durara esa situación y no pudiera acceder a su dinero, le resultaba imposible pagarle más.

Parecía que al abogado no se le había pasado por la cabeza que una mujer con el título de «lady Paget» pudiera estar desamparada, pese a la historia que acababa de contarle. Su actitud cambió. Se tornó brusca, fría e irritada.

No podría llevar a cabo su trabajo con ese anticipo tan ridículo…

Tenía una esposa y seis hijos…

Había sido una pérdida de tiempo que lamentaba mucho… Además, debía pagarle la tarifa habitual por la consulta… Las investigaciones que tendría que llevar a cabo serían arduas…

Y lady Paget no podía esperar que él…

Cassandra ni siquiera le prestó atención. Se puso en pie y salió de su despacho y del edificio seguida de Alice, que dijo una vez que estuvieron caminando por la calle:

– A lo mejor el conde de Merton…

Se volvió hacia su antigua institutriz echando chispas por los ojos.

– Hace solo unos días el conde de Merton era el demonio personificado en tu opinión, porque me estaba pagando un generoso salario por el uso de mi cuerpo. ¿Y ahora que ya no hace uso de mi cuerpo ves perfectamente lícito pedirle una pequeña fortuna?

– ¡Cassie, cállate! -exclamó Alice al tiempo que miraba a todos lados, muerta de vergüenza. Por suerte, los pocos transeúntes que había por la calle no estaban tan cerca como para escucharlas-. Estaba pensando en un préstamo -puntualizó-. Si ese hombre dice la verdad, podrías devolvérselo en breve.

– Ni aunque me diese mañana mismo mi dinero acompañado de las joyas de la Corona le pagaría un cuarto de penique a ese abogado -sentenció. Pero dejó caer los hombros al instante-. Lo siento, Allie. No tengo derecho a hablarte de esa manera. Pero dime que tengo razón. Dime que todos los hombres tienen el alma podrida.

– No todos -la corrigió Alice mientras le daba unos golpecitos en el hombro y echaban a andar de nuevo-. Aunque ese en concreto sí que la tiene. Compadezco a su pobre mujer y a sus seis hijos. Ha pensado que podía sacarte una buena tajada de dinero solo porque eres una mujer. Y podría haberlo hecho. Le habrías dado la cantidad que te ha pedido sin rechistar, por más abusiva que sea. Por desgracia para él, la avaricia ha roto el saco.

Cassandra soltó un hondo suspiro. De qué poco le había servido su determinación de controlar su vida. De qué poco le habían servido su resolución y sus planes. Pero lo intentaría otra vez. No pensaba rendirse.

Aunque no lo haría ese día. Lo que le apetecía era arrastrarse a casa para lamerse las heridas. Y, como si el tiempo se acompasara a su estado de ánimo, el cielo se encapotó y el viento comenzó a levantar el polvo de las aceras. La temperatura bajó de repente.

– Va a llover -dijo Alice levantando la mirada.

Se apresuraron a volver a casa y llegaron justo cuando comenzaban a caer los primeros goterones. Cassandra suspiró con alivio cuando la llave que había sacado de debajo de la maceta giró en la cerradura y tanto Alice como ella entraron. La casa comenzaba a parecer un hogar. Un santuario.

Mary llegó corriendo desde la cocina mientras se limpiaba las manos en el delantal.

– Hay un caballero en la salita, milady -dijo.

– ¿El señor Golding? -preguntó Alice, ilusionada.

«¿Stephen?», pensó ella, aunque no llegó a decirlo en voz alta.

El día anterior durante el té al aire libre no hablaron sobre la posibilidad de volver a verse. Y fue un alivio, porque había llegado a la conclusión de que se veían demasiado. Sin embargo, reconocía que todo un día sin verlo resultaba un tanto deprimente. Una idea alarmante.

Abrió la puerta de la salita y descubrió a un joven paseándose de un lado para otro.

Se quedó helada cuando lo vio volverse para mirarla.

– Cassie -le dijo con expresión desolada.

– Wesley.

Entró y cerró la puerta tras ella. Alice había desaparecido.

– Cassie, yo… -comenzó su hermano, pero se detuvo y tragó saliva con fuerza. Se pasó los dedos por el pelo, un gesto que a ella le resultó muy familiar-. Iba a decir que no te reconocí el otro día, pero habría sido una tontería, ¿verdad?

– Sí -convino ella-. Habría sido una tontería.

– No sé qué decir -reconoció Wesley.

Aunque no lo había visto mucho durante los últimos diez años, siempre lo había querido con locura. Porque lo sentía como suyo. Qué tonta había sido.

– Tal vez podrías empezar contándome qué ha pasado con el recorrido por las Highlands -propuso.

– ¡Ah! -Exclamó su hermano-. Es que unos cuantos amigos… ¡A la porra con las excusas! Cassie, no había ningún recorrido.

Se quitó el bonete, que soltó junto con el ridículo en una silla cercana a la puerta, y después se acercó a su sillón habitual para sentarse junto a la chimenea.

– Debes entender que papá no dejó mucho dinero… más bien no dejó nada. Así que este año me había propuesto comenzar a buscar en serio una novia que pueda aportar una buena fortuna al matrimonio. No quería que aparecieras y lo arruinaras todo. Este año no.

En ese instante comprendió que su hermano había hecho algo parecido a lo que había hecho ella: buscar a alguien que solucionara sus problemas económicos.

– Supongo que tus posibilidades de contraer un buen matrimonio se reducirán por culpa de esa hermana que asesinó con un hacha a su marido, ¿verdad? Lo siento.

– Nadie se cree esa parte de la historia -replicó Wesley-. Me refiero a lo del hacha.

El comentario le arrancó una sonrisa mientras observaba cómo comenzaba a pasearse nervioso una vez más.

– Cassie -dijo su hermano-, aquella vez que fui a verte cuando tenía diecisiete años, ¿te acuerdas? Tenías los restos amarillentos de un moratón en un ojo.

«Ah, ¿sí?», se preguntó ella para sus adentros. No recordaba que las visitas de Wesley hubieran coincidido con alguna de las numerosas palizas que había recibido.

– Me golpearía con la puerta de mi dormitorio -adujo-. Creo recordar que me sucedió en una ocasión.

– Con la puerta de los establos -la corrigió-. Cassie, Paget… ¿Paget llegó a pegarte?

– Un hombre tiene derecho a disciplinar a su esposa cuando lo desobedece, Wesley -señaló ella.

Su hermano la miró con gesto ceñudo y preocupado.

– Ojalá me hablaras con tu verdadera voz, Cassie, no con ese tono… tan sarcástico. ¿Te pegó?

Lo miró en silencio un buen rato.

– Era un bebedor ocasional -respondió al postre-. Cuando bebía, lo hacía durante dos o tres días seguidos y sin parar. Y después… se volvía muy violento.

– ¿Por qué no me lo dijiste? -Le reprochó Wesley-. Habría… -Dejó la frase en el aire.

– Wes, era su legítima esposa -le recordó-. Y tú solo eras un muchacho. No podrías haber hecho nada.

– ¿Lo mataste? -Le preguntó su hermano-. Dejando el hacha al margen, ¿lo mataste? ¿Fue en defensa propia, mientras te pegaba?

– Eso no importa -respondió-. No hubo testigos que puedan hablar, así que no hay pruebas. Merecía morir y lo hizo. Nadie merece que lo castiguen por haberlo matado. Déjalo estar.

– ¡Sí que importa! -la contradijo-. A mí me importa. Solo quiero saberlo. Aunque la verdad no va a cambiar nada. Me siento profundamente avergonzado de mí mismo. Y espero que me creas y que me perdones. He estado todo este tiempo pensando solo en mí, pero eres mi hermana y te quiero. Fuiste una madre para mí cuando era pequeño. Nunca me sentí solo ni desamparado aunque papá se pasara días fuera apostando en las mesas de juego. Déjame… por lo menos déjame apoyarte, Cassie. Reconozco que es muy tarde, pero espero que no lo sea demasiado.

– No hay nada que perdonar, de verdad -aseguró ella-. Wes, de vez en cuando todos hacemos cosas egoístas y despreciables en la vida, pero esos momentos no llegan realmente a definirnos si contamos con una conciencia lo bastante fuerte para impedir que nos convirtamos en personas egoístas y despreciables. Yo no maté a Nigel. Pero no diré quién lo hizo. Ni a ti ni a nadie. Jamás. Así que seguiré siendo la principal sospechosa del crimen aunque se dictaminara que su muerte fue accidental. La mayoría de la gente siempre creerá que yo lo maté. Pero eso no me afecta.

Wesley asintió con la cabeza.

– La dama con la que te vi en el parque -siguió ella-, ¿sigues cortejándola?

– Tenía muy mal genio -contestó su hermano con una mueca.

– ¡Vaya! Veo que escapaste a tiempo -comentó con una sonrisa.

– Sí.

– Ven y siéntate -lo invitó-. Si sigo mirándote así, acabaré con el cuello dolorido.

Wesley se sentó en el sillón adyacente al suyo. Cassandra le tendió la mano y él la aceptó, dándole un apretón. La lluvia golpeaba los cristales de la ventana. El ambiente resultaba casi acogedor.

– Wes -dijo-, ¿conoces a algún buen abogado?

CAPÍTULO 16

Stephen había pasado otra mala noche. No debería haberse inmiscuido en asuntos que no eran de su incumbencia. No debería haber ido a ver a Wesley Young, y desde luego que no debería haber interrogado a la criada, ni siquiera para preguntarle qué le había pasado al perro.

No tenía por costumbre interferir en los asuntos de los demás.

En el fondo esperaba no volver a ver a Cassandra. Quería retomar su plácida vida de antes. ¿Había sido plácida de verdad?

¿Tan aburrido era… a la avanzadísima edad de veinticinco años?

En el fondo esperaba no volver a verla. Porque si la veía, una parte de su mente se pondría a dar saltos con algo muy parecido a la felicidad.

En ese momento caminaba con su hermana Vanessa por Oxford Street, ya que había ido a verla por la mañana y ella se había quejado de que estaba aburrida porque los niños seguían dormidos y Elliott estaba fuera de la ciudad y seguro que regresaría con el tiempo justo para arreglarse e ir al baile de esa noche, justo cuando ella necesitaba desesperadamente una cinta de encaje con la que reemplazar el bajo roto del vestido que quería ponerse.

Ya habían comprado el encaje cuando oyó que Vanessa exclamaba encantada. Siguió la mirada de su hermana y vio a Cassandra, que caminaba hacia ellos del brazo de su hermano.

En ese momento una parte de sí mismo, ¿tal vez el corazón?, saltó de felicidad. Cassandra estaba muy elegante y guapa con un vestido de paseo rosa claro y el mismo bonete que había llevado al té al aire libre. Tenía las mejillas sonrosadas y parecía muy contenta.

Se quitó el sombrero y le hizo una reverencia.

– Señora -la saludó-. Young. Una tarde preciosa, ¿verdad?

Young pareció avergonzarse de repente al verlo.

– Desde luego -contestó Cassandra-. ¿Cómo está, excelencia? ¿Y usted, milord?

– Estoy de maravilla -contestó Vanessa-. Es sir Wesley Young, ¿verdad? Creo que ya nos han presentado.

– Así es, excelencia -convino el aludido, que la saludó con una inclinación de cabeza-. Lady Paget es mi hermana.

– ¡Qué bien! -Exclamó Vanessa con una cálida sonrisa-. No sabía que tuviera familia en la ciudad, lady Paget. Me alegro mucho por usted. ¿Tiene pensado asistir al baile de lady Compton-Haig esta noche?

– Pues sí -contestó Cassandra-. He recibido una invitación.

Eso quería decir que la había aceptado. Hasta ese momento Stephen ignoraba si prefería que la aceptara o que no lo hiciera. Acababa de decidirse. Se alegraba mucho de que hubiera aceptado la invitación.

¿La expresión radiante de su rostro se debía a que su hermano la acompañaba? En ese caso, ya no se arrepentía de haberse entrometido en sus asuntos.

– Lady Paget, ¿sería tan amable de reservarme la primera pieza del baile? -le preguntó.

Cassandra abrió la boca para responder.

– Me temo que esa pieza es mía, Merton -le informó Young con sequedad.

– Pues otra, entonces -dijo él.

Reparó en la sonrisa que bailoteaba en los labios de Cassandra. Tal vez estuviera pensando en lo mucho que había avanzado en apenas una semana.

– Gracias, milord -replicó ella con su voz ronca y aterciopelada-. Será un placer.

Saltaba a la vista que sir Wesley Young no quería prolongar la conversación. Tras hacer otra reverencia forzada, se despidió de ellos y prosiguió calle abajo con Cassandra del brazo.

– Creo que lady Paget podría ponerse un saco y seguiría siendo más guapa que cualquier mujer de todo Londres -comentó Vanessa cuando reemprendieron la marcha en la dirección contraria-. Es muy irritante, Stephen.

– Nessie, eres tan bonita que la gente se vuelve a mirarte -replicó con una sonrisa.

Vanessa siempre había sido la menos atractiva de sus hermanas… y la más alegre. A él siempre le había parecido guapa.

– ¡Vaya por Dios! -exclamó ella-. Parecía que estaba buscando un cumplido, ¿verdad? Y he recibido uno. Qué amable eres. Es hora de que vuelva a casa, Stephen, espero que no te importe. ¿Y si Elliott vuelve y yo no estoy?

– ¿Le daría un telele? -preguntó.

Su hermana se echó a reír e hizo girar la sombrilla.

– Seguramente no -contestó-. Pero puede que a mí sí me dé si descubro que me he perdido más de diez minutos de su compañía.

La apartó con cuidado para sortear a un ruidoso grupo que iba en sentido contrario sin mirar.

– ¿Cuánto tiempo lleváis casados? -le preguntó.

Su hermana se limitó a reír.

– Stephen -le dijo tras una pausa-, ¿te gusta?

– ¿Lady Paget? -precisó-. Sí, me gusta.

– No, me refiero a si te gusta de verdad -insistió su hermana.

– Sí -repitió-. Me gusta de verdad, Nessie.

– ¡Ah! -exclamó ella.

No había manera de interpretar lo que quería decir con la interjección y no se lo preguntó. Tampoco reflexionó sobre la respuesta que le había dado a sus dos preguntas. Al fin y al cabo, acababa de admitir que Cassandra le gustaba. Que le gustaba de verdad. ¿Variaba el significado de la palabra si se le añadía esa coletilla?

Meneó la cabeza, exasperado.

«Ya basta -se ordenó-. ¡Ya basta!»

Sir Wesley Young estuvo a punto de echarle un severo rapapolvo a su hermana cuando se enteró de que ni luchó por sus pertenencias ni reclamó lo que le pertenecía por ley cuando el nuevo lord Paget la echó de su casa. Si hubiera hecho un pequeño esfuerzo, a esas alturas sería una mujer rica y no una mujer desamparada.

Sin embargo, se contuvo. El tenía casi veintidós años cuando lord Paget murió y fue a Carmel House para asistir al funeral. Mientras estuvo allí presenció los primeros indicios de problemas, pero se marchó antes de que empezaran a lanzarse acusaciones, tras asegurarle a Cassie que la quería y que siempre lo haría, que podría acudir a él en busca de apoyo y protección en cualquier momento.

Pero después, cuando los rumores acerca de lo desagradable que era la situación le llegaron a Londres, se echó atrás de golpe. Le dio miedo que le afectara la ruina social de su hermana y dejó de escribirle.

No podía escudarse en la excusa de que era un chiquillo, ¡por el amor de Dios! ¡Era un hombre hecho y derecho!

Y después llegó el colofón de la crueldad y la cobardía por su parte, que estaba seguro de que le impediría dormir y le provocaría pesadillas durante mucho tiempo, cuando trató de evitar que fuera a Londres. Cuando le mintió diciéndole que se iba de viaje a las Highlands. Y después, cuando ella se trasladó a Londres de todas maneras y se encontraron en el parque, le volvió la cara y le ordenó al cochero de su carruaje alquilado que siguiera adelante.

Sí, desde luego que iba a tener pesadillas por lo que había hecho, y bien merecidas.

No obstante y ya que el pasado no se podía cambiar, solo podía intentar enmendar sus errores lo mejor posible y esperar que en los próximos cincuenta años pudiera perdonarse a sí mismo. De modo que el día anterior y esa misma mañana estuvo haciendo averiguaciones para dar con el mejor abogado para un caso como el de Cassie, y había concertado una cita a la que la acompañó esa tarde.

Todo pintaba muy bien. De hecho, el abogado estaba anonadado al ver que lady Paget veía como algo difícil recuperar sus joyas, una propiedad personal que debieron entregarle de acuerdo al contrato matrimonial y al testamento de su difunto esposo. El abogado estaba encantado de aceptar un modesto anticipo, que Wesley insistió en pagar, con el firme convencimiento de que el asunto se solucionaría en cuestión de un par de semanas o un mes como mucho.

Regresaban a casa dando un paseo por Oxford Street cuando se encontraron de frente con Merton. No le hizo mucha gracia. Merton había sido su conciencia el día anterior, o al menos fue el despertar de su conciencia, de modo que no se sentía muy predispuesto hacia el conde. Su conciencia no debería haber necesitado de ningún empujoncito para despertarse.

De cualquier manera, el encuentro fue breve y él pudo devolver a su hermana a la casa de Portman Street, donde la señorita Haytor la aguardaba con impaciencia para contarle su visita a un museo con un antiguo conocido… que era ni más ni menos que el señor Golding, el único tutor que le dio clases, aunque no duró mucho en el puesto y él apenas lo recordaba.

Regresó a casa para relajarse un poco antes de cenar y prepararse para el baile de esa noche. Sin embargo, su ayuda de cámara le informó que otro caballero lo esperaba en el salón recibidor de la planta baja para hablar con él.

No lo reconoció, pensó cuando lo vio ponerse en pie al entrar. El desconocido se acercó a él con una mano extendida. Era fuerte, de complexión atlética, pelo castaño claro y con la cara tostada por el sol.

– ¿Young? -le preguntó-. William Belmont.

«¡Ah, sí!», pensó. Era hermano de lord Paget, uno de los hijastros de Cassie. Lo conoció en la boda de su hermana y volvió a verlo en una de sus estancias en Carmel House, hacía varios años. Creía recordar que poco después se marchó a América.

– Me alegro de volver a verlo -le dijo, estrechándole la mano.

– El barco en el que venía desde Canadá atracó hace un par de semanas -comentó Belmont- y me fui directamente a Carmel House, donde me enteré de que las cosas habían cambiado mucho. ¿Dónde está su hermana, Young? Está en algún lugar de Londres, ¿verdad?

Eso lo puso en guardia de inmediato.

– Sería mejor que la dejara tranquila -dijo-. No mató a su padre. Nunca se han encontrado pruebas concluyentes contra ella y nunca se le imputaron cargos porque no había nada que imputarle. Está intentando forjarse una nueva vida y yo voy a asegurarme de que tenga la oportunidad de hacerlo sin que nadie la moleste.

Debería haber sido así desde que Cassie llegó a la ciudad. Pero iba a serlo a partir de ese momento. Cualquiera que quisiese llegar hasta ella tendría que pasar por encima de su cadáver. Y aunque no le hacía demasiada gracia la anchura de hombros de Belmont, nada le impediría defenderla.

Sin embargo, Belmont se limitó a quitarle importancia a la situación con un gesto de la mano.

– Ya sé que no mató a mi padre -replicó-. ¡Por el amor de Dios, si yo estaba allí! No he venido a crearle problemas, Young. He venido a encontrar a Mary. ¿Está con Cassandra?

– ¿Mary? -Miró a su visitante sin comprender.

– Se marchó de Carmel House con Cassandra -le explicó Belmont-. Supongo que sigue con ella. Y también Belinda. Espero que estén con ella.

Seguía sin comprender. La señorita Haytor se llamaba Alice, no Mary.

– Mary -insistió Belmont con impaciencia-. Mi esposa.

Mientras se vestía para asistir al baile de esa noche, Cassandra reflexionaba sobre las diferencias con aquella primera vez, cuando lo hizo para el baile de lady Sheringford. En esa ocasión había recibido una invitación y tenía acompañante, además de haber reservado la primera pieza y otra más a lo largo de la velada.

No debería sentirse tan ansiosa por bailar con Stephen esa noche.

Se miró el pelo en el espejo para asegurarse de que el moño estaba bien sujeto y no se le desharía en cuanto empezara a bailar. ¡Menudo desastre si eso llegara a suceder! Durante los diez últimos años se había acostumbrado más de la cuenta a disfrutar de los servicios de una doncella.

Se colocó los guantes largos y se los estiró hasta que no quedó ni la menor arruga.

El abogado creía que su caso era excelente. Le había asegurado que le conseguiría todas sus pertenencias en dos semanas, aunque a ella le daría lo mismo que fuera en un mes. Podría devolverle el dinero a Stephen y olvidarse de que había hecho algo tan sórdido como ofrecerse a ser su amante.

Aunque no se arrepentía de las dos noches que había pasado con él. Ni del té al aire libre.

Estaba segura de que la tarde que pasaron en el campo siempre sería uno de sus recuerdos más preciados.

Iba a costarle mucho trabajo olvidarlo.

Sin embargo, Stephen había conseguido que recuperara un poco la fe en los hombres. No todos eran inconstantes, traicioneros y decididamente crueles.

Lo recordaría como su ángel rubio. Cogió el abanico de marfil y lo abrió para asegurarse de que estaba en perfectas condiciones.

El señor Golding había aprovechado el paseo de esa tarde para invitar a Alice a pasar unos días en Kent al final de la semana, donde celebrarían el septuagésimo cumpleaños de su padre con el resto de su familia. Sin duda era una invitación significativa.

Alice no había dicho que sí… pero tampoco había dicho que no. Había demorado su respuesta hasta saber si ella la necesitaba. Sin embargo, había sido incapaz de contener la alegría y la emoción. Diez minutos después de que ella regresara a casa, cinco después de que Wesley se marchara, ya estaba sentada al escritorio de la salita, redactando una nota en la que aceptaba la invitación del señor Golding.

En ese preciso instante Alice estaba en su dormitorio del último piso, intentando decidir qué ropa llevarse.

Cassandra se colocó los escarpines y bajó la escalera para esperar a Wesley. Terminó de arreglarse justo a tiempo. Su hermano llamó a la puerta mientras bajaba la escalera, de modo que le indicó a Mary que regresara a la cocina ya que abriría ella.

– ¡Cassie! -Exclamó su hermano mientras la miraba con admiración-. Vas a eclipsar al resto de las damas.

– Muchas gracias, amable caballero. -Se echó a reír y dio un par de vueltas para él, muy contenta de repente-. Tú también estás guapísimo. Estoy lista. No hace falta que hagamos esperar al carruaje.

Sin embargo, Wesley entró de todas maneras y cerró la puerta a su espalda.

– Sigo indignado por lo de tus joyas -dijo-. Una dama no debería asistir a un baile sin ellas. Te he traído esto para que te lo pongas.

Cassandra reconoció el estuche de cuero marrón ligeramente arañado. Cuando era pequeña, una de sus actividades preferidas era abrir el baúl de su padre con mucho cuidado y después sacar ese estuche y abrirlo para ver su contenido. Alguna vez hasta lo acarició con las yemas de los dedos. En un par de ocasiones incluso llegó a ponérselo y a mirarse en el espejo, aunque sintió que estaba haciendo algo muy malo.

Aceptó el estuche de manos de Wesley y lo abrió. Y vio la cadena de plata tal como la recordaba, aunque pulida hasta hacerla relucir, y el colgante de pequeños diamantes con forma de corazón. Su padre se lo había dado a su madre como regalo de bodas, y era el único objeto de valor que no llegó a vender en los malos tiempos. Ni siquiera llegó a empeñarlo.

No era una joya ostentosa y seguramente tampoco valía demasiado. De hecho, cabía la posibilidad de que los diamantes fueran falsos. Tal vez por eso su padre nunca lo había vendido ni empeñado. Pero su valor sentimental era incalculable.

Wesley lo sacó del estuche y se lo colocó en el cuello.

– ¡Wes, eres maravilloso! -Exclamó al tiempo que acariciaba el colgante-. Pero solo lo llevaré esta noche. Tienes que guardarlo para tu futura esposa.

– Ella no lo valoraría -replicó su hermano-. Solo nosotros podemos hacerlo, Cassie. Me gustaría que lo aceptaras como una especie de regalo. Creo que te pertenece más a ti que a mí. ¡La madre que…! No estás llorando, ¿verdad?

– Creo que sí -contestó Cassandra entre carcajadas al tiempo que se secaba las lágrimas con dos dedos. Después le echó los brazos al cuello y lo abrazó con fuerza.

Su hermano le dio unas palmaditas en la espalda con cierta incomodidad.

– ¿Tu criada se llama Mary? -le preguntó.

– Sí. -Se apartó de Wesley y volvió a acariciar el colgante mientras lo miraba-. ¿Por qué?

– Por nada en particular.

Al cabo de un minuto estaban en la calle. Wesley la ayudó a subir al carruaje que había alquilado para esa noche, tras lo cual emprendieron el camino hacia la mansión de los vizcondes de Compton-Haig.

¡Qué diferente fue su llegada en esa ocasión! Esa noche un criado ataviado con librea la ayudó a apearse del carruaje sobre la alfombra roja y entró en la casa del brazo de su hermano. Esa noche fue capaz de apreciar el esplendor que la rodeaba y de admirar el vestíbulo de mármol, la resplandeciente araña que colgaba del techo, a los criados ataviados con librea y a los invitados vestidos con sus mejores galas.

Esa noche unas cuantas personas cruzaron sus miradas con ella y la saludaron con una inclinación de cabeza. Algunas incluso le sonrieron. No le importó desentenderse por completo de los que no hicieron ni lo uno ni lo otro.

Wesley la acompañó mientras saludaban a los anfitriones y esa noche pudo mirarlos a la cara porque la habían invitado y porque su nombre ya no inspiraba la indignación de la semana anterior.

Y esa noche, nada más trasponer la puerta del salón y mientras ella echaba un vistazo a su alrededor, admirando los arreglos de flores púrpura y blancas y los frondosos helechos, sir Graham y lady Carling se acercaron a hablar con ella y solicitaron que les presentara a Wesley, a quien no conocían. Poco después los condes de Sheringford quisieron saludarlos y el señor Huxtable la invitó a bailar la segunda pieza de la noche. Un par de amigos de Wesley se acercaron a hablar con él, y uno de ellos, un tal señor Bonnard, también la invitó a bailar.

– ¡Que me parta un rayo, Wes! -Exclamó el señor Bonnard, que se llevó el monóculo a medio camino de la cara, aunque no pudo mover la cabeza por culpa de lo almidonado y alto que llevaba el cuello de la camisa-. No sabía que lady Paget era tu hermana. Está claro que fue ella quien se llevó toda la belleza de la familia. Para ti no quedó mucho, ¿verdad?

El señor Bonnard y el otro amigo de su hermano, cuyo nombre ya se le había olvidado, se echaron a reír de buena gana por el ingenioso comentario.

Y después apareció Stephen, que le hizo una reverencia, le sonrió y le preguntó con un brillo travieso en los ojos si había tenido la amabilidad de reservarle una pieza.

– Las dos primeras ya están reservadas -le dijo mientras se abanicaba-, así como la pieza posterior a la cena.

– Espero de todo corazón que ninguna de ellas sea un vals. Me llevaré una terrible decepción si ese es el caso. ¿Me concede el primer vals y el baile previo al descanso de la cena siempre y cuando no coincidan? Y en el caso de que lo hagan, ¿me concede otro baile después?

Estaba demostrando su interés públicamente. No era de mal gusto bailar dos veces con la misma dama durante la misma noche, pero sí un detalle del que todos los presentes tomaban buena cuenta. Porque solía indicar que el caballero en cuestión estaba cortejando a la dama.

Debería aceptar un solo baile. Pero sus ojos azules seguían sonriéndole y el abogado le había dicho que tardaría dos semanas, incluso había admitido que el asunto podría dilatarse todo un mes, y después ella se marcharía de Londres para siempre y viviría en una casita en un pueblecito perdido de la campiña, y no volvería a verlo. Ni volvería a enfrentarse a la alta sociedad.

– Gracias -dijo y dejó de abanicarse para sonreírle.

En ese instante recordó lo sola que se había sentido hacía apenas una semana, en un salón de baile semejante a ese mientras examinaba a todos los caballeros presentes antes de elegirlo a él como su presa.

En ese momento, Stephen era el dueño de un rinconcito de su corazón que siempre le pertenecería. ¡Qué tonta era!

– ¿Vamos? -le preguntó Wesley, y ella se dio cuenta de que las parejas ya ocupaban la pista de baile.

La noche, sin embargo, no iba a transcurrir sin algún contratiempo.

El señor Huxtable fue a reclamar la segunda pieza muy pronto y la condujo a la pista de baile mucho antes de que el resto de las parejas ocuparan su lugar. Eso le dejó claro que quería hablar con ella… sin que nadie los escuchara.

Era un hombre increíblemente apuesto, pensó cuando ya estaban en medio de la pista de baile y se giraron para quedar el uno frente al otro. Era guapo a pesar de tener la nariz ligeramente torcida, o tal vez fuera guapo justo por ese detalle. A muchas mujeres les resultaría irresistible. No era una de ellas. No le gustaban los hombres morenos y taciturnos rodeados por un aura de peligro. Se alegraba muchísimo de no haberlo escogido a él la semana anterior. ¿Lo habría conseguido? ¿Habría conseguido seducirlo… y enredarlo para que le pagara un cuantioso salario como su amante?

– No me hace falta ir con sutileza para abordar el tema del que quiero hablarle, ¿verdad? -le preguntó el señor Huxtable.

Era un hombre muy peligroso, sí.

Sus palabras la sorprendieron, pero no dio muestras de ello. Se abanicó la cara muy despacio.

– Por supuesto que no -contestó-. Prefiero hablar con franqueza. Supongo que quiere decirme que me mantenga alejada de su primo. Necesita que alguien grande y fuerte como usted lo proteja y espante a las mujeres de mala reputación como yo, ¿no es así? Y yo que siempre creí que la misión del demonio era destruir la inocencia, no protegerla…

– Ya veo que le gusta la franqueza, sí -replicó él… y la miró con una sonrisa que parecía muy real-. Merton no es un pusilánime, lady Paget, aunque mucha gente crea que sí. A diferencia de muchos hombres, no siente la necesitad de poner a prueba sus músculos a todas horas para demostrar lo duro y viril que es. ¿Lo escogió porque creía que era débil?

– ¿Que yo lo escogí? -preguntó ella con altivez.

– La vi darse de bruces con él en el salón de baile de Margaret -dijo él.

– Fue un accidente -replicó.

– Fue deliberado.

Enarcó las cejas y siguió abanicándose.

– Pero no es asunto suyo, ¿o sí? -repuso.

– Cuando nos quedamos sin argumentos -dijo él-, siempre es una buena estrategia, tal vez la única posible, recurrir a un tópico.

¿Acaso los músicos iban a estar preparando sus instrumentos toda la vida? ¿Cuándo iban a ocupar las otras parejas sus puestos y a charlar mientras comenzaba la música? ¿Cuántas personas los estaban observando? Sonrió.

– ¿Cómo encaja usted en la familia de lord Merton, señor Huxtable? -le preguntó.

– ¿No se lo ha contado él? -Preguntó a su vez el aludido-. Soy ese primo malvado y peligroso que odia a todos los demás con todas sus fuerzas y que siempre está dispuesto a hacerles daño. Mi padre era el conde de Merton y yo era su primogénito. Por desgracia para mí, mi madre huyó a Grecia cuando se enteró de que estaba embarazada y cuando su padre, mi abuelo, la obligó a regresar a Inglaterra, echando pestes todo el camino, y exigió que mi padre hiciera lo correcto o se enfrentara a las consecuencias, a mí se me había agotado la paciencia y decidí hacer acto de presencia en el mundo dos días antes de que la feliz pareja se casara. Por lo tanto nací bastardo. Por desgracia para mi padre, las muertes de mis hermanos y hermanas se sucedieron con asiduidad, ya fuera durante el parto o durante la infancia. El único superviviente fue el benjamín de la familia, que además y en palabras de mi padre, era un completo idiota. Jonathan se convirtió en conde a la muerte de mi padre, pero murió la noche de su decimosexto cumpleaños y Stephen heredó el título.

El breve y desapasionado relato estuvo teñido de un manifiesto dolor, pero no se lo había contado para despertar su compasión, de modo que reprimió el sentimiento.

– En ese caso me sorprende que no lo odie con todas sus fuerzas -comentó Cassandra-. Él disfruta de lo que debió ser suyo. Tiene su título, su casa y su fortuna.

Varias parejas comenzaban a ocupar la pista de baile.

– Sí, es sorprendente -convino él.

– ¿Por qué no lo odia? -le preguntó.

– Por una sencilla razón -contestó-. Sé de una persona que lo habría querido, y yo quiero a esa persona.

El señor Huxtable no ahondó en el tema, y ella no insistió.

– ¿Espera que Stephen se case con usted? -le preguntó él.

Soltó una discreta carcajada al escucharlo.

– Puede quedarse tranquilo al respecto -contestó-. No estoy interesada en ponerle fin a la libertad de lord Merton. Sé qué clase de servidumbre supone el matrimonio para una mujer, y con una vez me basta y me sobra.

No les quedaba mucho tiempo para seguir hablando sin que las parejas que salían a la pista de baile los oyeran. Los músicos habían dejado de afinar sus instrumentos y estaban preparados para interpretar la primera melodía de la contradanza.

– ¿Le parece que hablemos del tiempo? -propuso.

El señor Huxtable soltó una ronca carcajada.

– ¿De tormentas, terremotos y huracanes? -puntualizó él-. Me parece un tema muy seguro.

CAPÍTULO 17

Stephen no acababa de decidirse sobre el color del vestido de Cassandra. ¿Era rojo o naranja oscuro? Un tono intermedio, más bien. En todo caso, el tejido resplandecía a la luz de las velas y resultaba magnífico. El escote era bastante pronunciado para destacar su busto y las faldas, que caían plisadas desde el talle alto, resaltaban sus curvas y acentuaban el contorno de sus largas y torneadas piernas. Se había recogido la lustrosa melena en la coronilla, pero llevaba algunos mechones sueltos que se rizaban junto al cuello.

Aunque su porte siempre era orgulloso, esa noche parecía casi feliz. Qué diferente de aquella misteriosa mujer de reputación escandalosa que se coló la semana anterior en el baile de Meg y Sherry y que miraba por encima del hombro a todos los que la rodeaban, como si los despreciara.

Bailó todas las piezas que precedieron al vals, que resultó ser el baile previo a la cena. Incluso la vio bailar con Constantine, a quien le sonrió y con el que charló cada vez que los pasos se lo permitieron.

Por su parte, él también bailó todas las piezas que precedieron al vals. Sus parejas fueron jovencitas que disfrutaban de su presentación en sociedad esa temporada y que le habían dejado claro el interés que sentían por él desde el principio. Un hecho del que no se vanagloriaba en absoluto. Al fin y al cabo, era uno de los solteros de oro de Londres. Estuvo conversando amigablemente con todas ellas mientras bailaban, les sonrió y les prestó toda la atención que se merecían.

Sin embargo, también estuvo pendiente de Cassandra en todo momento.

Comenzaba a preguntarse si su vida recobraría algún día la normalidad… fuera esta la que fuese.

Se pasó toda la noche deseando que llegara el baile previo a la cena, y le pareció que el momento no llegaba nunca.

No obstante, debía ser cuidadoso. No podía hacer nada impulsivo de lo que acabara arrepintiéndose durante el resto de su vida.

Aún no se sentía preparado para el matrimonio. Solo tenía veinticinco años. Siempre había dicho que no empezaría a considerar el tema en serio hasta que cumpliera los treinta. E incluso entonces se lo tomaría con calma y elegiría a una mujer capaz de ver más allá de su título y su fortuna. Capaz de verlo a él. Incluso de amarlo. Elegiría a una mujer que le gustara de verdad, una mujer a quien admirara y quisiera.

Cuando por fin llegó la hora del baile previo a la cena, se acercó a Cassandra para reclamarlo. Se encontraba con su hermano y un grupo de personas a las que no conocía. En un momento dado, ella se volvió y lo miró mientras se acercaba.

– Lady Paget -le dijo a modo de saludo-, creo que esta pieza me corresponde.

– Desde luego, lord Merton -replicó ella con su voz aterciopelada al tiempo que le colocaba la mano en el brazo.

¡Qué formalidad! El té al aire libre le pareció un sueño lejano. Qué raro que recordara con más claridad el té que las dos noches que había pasado en su cama.

– La pieza previa a la cena va a ser el vals -le dijo mientras la acompañaba a la pista-. ¿Me reservarás la última de la noche para volver a bailar?

– Te la reservaré -contestó ella.

Se colocaron en la pista de baile mirándose el uno al otro mientras el resto de las parejas ocupaban sus puestos.

– ¿Hay alguna novedad relevante en el floreciente romance de la señorita Haytor? -le preguntó con una sonrisa.

– ¡Desde luego que sí! -contestó Cassandra, que procedió a contarle lo del paseo por la tarde y la inminente fiesta de cumpleaños en el campo.

– ¿Con la familia del señor Golding? -le preguntó-. Creo que estamos muy cerca de una proposición matrimonial.

– Creo que ocurrirá muy pronto, sí -convino ella-. A lo mejor durante su estancia en Kent. Y creo que Alice será muy feliz. Estoy convencida de que abandonó las esperanzas de casarse hace ya muchos años, ¿no te parece? La preocupación que sentía por mí la mantuvo confinada en el campo durante todos esos años.

– No te culpes -le aconsejó, y no era la primera vez que lo hacía.

– Tienes razón -reconoció Cassandra con una carcajada-. No vas a permitir que me sienta culpable por todos los males del mundo, ¿cierto?

– Puedes estar segura de ello. -En ese momento reparó en el colgante que llevaba. Era la primera vez que la veía con joyas-. Es bonito -dijo, mirándolo. El extremo inferior del corazón casi le rozaba el canalillo.

– Era de mi madre -le informó ella, al tiempo que acariciaba la joya con una mano enguantada-. Mi padre se lo regaló cuando se casaron y fue el único objeto de valor perteneciente a la familia que jamás se vendió. Wesley me lo ha dado antes de salir. -Sus ojos adquirieron un brillo sospechoso.

– Eso quiere decir que te has reconciliado con tu hermano, ¿no?

– Creo que el recuerdo del incidente del parque cuando pasó a mi lado fingiendo que ni me veía ni me conocía ha debido de pesarle mucho en la conciencia. A lo mejor incluso le ha robado el sueño. Ayer fue a verme.

– ¿Y no le guardas rencor? -quiso saber Stephen.

– ¿Por qué iba a hacerlo? Es mi hermano y lo quiero. Se mostró sinceramente arrepentido por haber sido un cobarde y por intentar obviar mi existencia. ¿Quién hubiera sufrido más si me hubiera negado a perdonarlo? La respuesta no es tan sencilla. Es posible que ambos hubiéramos sufrido por igual. ¿Y todo para qué? ¿Para satisfacer el orgullo herido o la indignación por la injusticia padecida? Lo importante es que Wesley estaba arrepentido de verdad y que fue a arreglar las cosas. Y ahora está arriesgando su reputación al aparecer en público conmigo y al presentarme a sus conocidos como su hermana.

De modo que Wesley Young no le había mencionado la visita que le hizo el día anterior, pensó él, que agradeció mucho el gesto. Aun cuando hubiera tenido un final feliz, no tenía ningún derecho a inmiscuirse en la vida de Cassandra y ella podría recriminarle que lo hubiera hecho.

Aunque no se arrepentía. Las rencillas familiares eran algo muy triste.

La orquesta tocó un acorde y al escucharlo le hizo una reverencia a Cassandra que ella correspondió. Acto seguido, le colocó una mano en la cintura con una sonrisa y le cogió la mano derecha. Cassandra le devolvió la sonrisa mientras le ponía la mano izquierda en el hombro.

– Creo que el vals es el baile más bonito de todos -dijo ella-. Llevo toda la noche deseando que llegara este momento. Eres un gran bailarín. Tienes un hombro y una mano firmes y fuertes, y hueles divinamente. -Stephen no apartó la mirada de sus ojos y Cassandra acabó soltando una carcajada-. Y aquí estoy yo, hablando de forma tan escandalosa como lo hice en el baile de tu hermana hace una semana. Debería fingir ese tedio que está tan en boga. Debería fingir que es una especie de tortura dejarme llevar por la pista de baile contigo.

Sus palabras le arrancaron una carcajada.

Sin embargo, sus miradas siguieron entrelazadas y los ojos verdes de Cassandra chispearon de alegría y felicidad. La hizo girar para comenzar a bailar y continuó girando con ella hasta que el mundo se convirtió en un remolino de luz y color con ella como magnífico eje central.

Cassandra.

Cass.

Estaba sonriente, con las mejillas sonrojadas, los labios entreabiertos y la espalda arqueada a fin de mantener la distancia adecuada entre ambos. No importaba. De todas formas percibía su calor corporal. Lo olía, y también la olía a ella. Una mezcla de perfume suave y mujer. El olor de la seducción.

Se detuvieron un instante entre melodías, pero no hablaron ni dejaron de mirarse, y después siguieron bailando, aunque la orquesta interpretó una melodía más lenta e infinitamente más emotiva.

Le gustaba de verdad, le había dicho a Vanessa. Menudo eufemismo…

El sonrojo de sus mejillas se intensificó y él comenzó a sentirse acalorado. El olor de las flores se tornó opresivo. Incluso la música pareció sonar de repente a un volumen demasiado alto.

Pasaron bailando junto a unas puertas francesas, que estaban abiertas para que el aire de la noche refrescara el ambiente. Un poco más adelante había otras y al llegar, Stephen ejecutó un giro que los llevó al exterior, a un balcón amplio que por suerte estaba desierto.

Y en el que también por suerte se estaba muy fresquito. Siguieron bailando, pero sin más giros. Sus pasos fueron ralentizándose poco a poco, y en un momento dado, se colocó la mano derecha de Cassandra sobre el corazón. La otra mano, la que descansaba en su hombro, fue ascendiendo hasta detenerse en su nuca. En ese instante la abrazó por la cintura y la acercó a él de modo que sus torsos y sus mejillas quedaron pegados.

Ni siquiera pensó en el decoro, ni en la realidad, ni en las formas que normalmente eran algo instintivo en él.

Dejaron de bailar cuando la música acabó, pero no se separaron. Se mantuvieron muy juntos en silencio unos instantes, con los ojos cerrados. Al menos él los tenía cerrados.

Después enderezó la cabeza y Cassandra hizo lo propio. Se miraron a los ojos a la parpadeante luz del farolillo colgado en una esquina del balcón.

Se besaron.

No fue un beso ardiente, pero sí un poco más apasionado que el que habían compartido durante el té al aire libre. Fue un beso la mar de elocuente, que dejó claras muchas cosas sin necesidad de palabras.

Y no se apresuró a ponerle fin. Porque una vez que acabara, tendría que usar dichas palabras, y no sabía qué iba a decir. Ni lo que iba a decir Cassandra.

Cuando por fin se apartó, la miró con una sonrisa. Que ella correspondió.

Y fueron conscientes, casi al unísono, de que tenían público. Unas cuantas personas debían de haber decidido salir en busca de aire fresco una vez finalizado el vals. Y algunas otras debían de haber mirado hacia las puertas francesas y ver la escena recortada contra la luz del farolillo. Otros posiblemente se hubieran acercado por la curiosidad de descubrir aquello que había llamado la atención de los dos primeros grupos.

En todo caso, era un público vergonzosamente numeroso, y saltaba a la vista que había presenciado el beso. Cierto que no había sido un beso impúdico, pero cualquier tipo de beso era impúdico en público, sobre todo si los que se besaban eran dos personas que no tenían excusa alguna para besarse.

No estaban casados.

No estaban comprometidos.

Stephen fue consciente de tres cosas, o más bien de cuatro si contaba el brusco jadeo de Cassandra. Fue consciente de la mirada de Elliott, que lo observaba con las cejas enarcadas y un gesto muy serio desde el interior del salón de baile. Fue consciente de Con, que lo miraba con una ceja arqueada y gesto inescrutable. Y fue consciente de Wesley Young, que se abría camino a codazos entre la multitud con gesto asesino.

Y de repente comprendió que había echado a perder todos los progresos que Cassandra había conseguido tras una semana de arduo trabajo para recuperar su respetabilidad, para conseguir que la alta sociedad la acogiera en su seno, que era donde estaba su sitio.

– ¡Ay, Dios! -Exclamó mientras la cogía de la mano y entrelazaba sus dedos, y al tiempo que se pasaba la otra por el pelo-. Esta no era precisamente la manera en la que habíamos planeado hacer el anuncio, pero parece que mi impulsividad me ha tendido una trampa. Damas y caballeros, ¿me permiten presentarle a lady Paget como mi prometida? Acaba de concederme el honor de aceptar mi proposición, y me temo que me he dejado llevar por el entusiasmo hasta el punto de olvidar los buenos modales.

Le dio un apretón a Cassandra en la mano cuando acabó de hablar.

Y esbozó su sonrisa más encantadora.

Cassandra se sentía petrificada por la mortificación.

Había estado en un tris de enarcar las cejas, componer su expresión más altiva y adentrarse entre la multitud de camino al comedor. Se había enfrentado a situaciones mucho peores que ese beso. Podía volver a hacerlo.

Salvo que siempre había una gota que colmaba el vaso y esa debía de ser la suya.

No obstante, antes de que pudiera reaccionar, Stephen tomó el control de la situación y realizó el anuncio.

«¿Y ahora qué?», pensó ella.

Stephen le soltó la mano, se la colocó en el brazo y la pegó a su costado.

Cuando todo fallaba, lo único que se podía hacer era sonreír, concluyó Cassandra.

Y sonrió.

En ese momento Wesley apareció en el balcón, después de haberse abierto paso entre todos los demás, y se plantó frente a ellos. La expresión enfurecida se había tornado en una de cómica estupefacción.

– Cassie -le dijo-, ¿es cierto?

¿Qué podía hacer sino mentir?

– Sí, Wes, es cierto -contestó y se dio cuenta mientras hablaba de que, de todas formas, no habría podido alejarse después del beso con la cabeza en alto ni evitar el desastre.

Wesley acababa de redescubrirla. Había expiado sus culpas por haberla evitado cuando más lo necesitaba y en ese momento se había erigido en su protector sin que nadie se lo pidiera. Si Stephen no hubiera hecho el anuncio, se habría producido una escena espantosa delante de todos. Wesley le habría asestado un puñetazo en la nariz o tal vez le habría cruzado la cara con un guante… o ambas cosas.

Mejor no pensarlo.

Su hermano sonrió de repente. Tal vez él también había reparado en la necesidad de actuar para salir de semejante enredo. Después de abrazarla con fuerza dijo:

– Merton, confieso que en un primer momento he malinterpretado la situación. Pero me alegro del anuncio, aunque me parece que quizá debería haber hablado antes conmigo. Sin embargo… ¡qué puñetas! Cassie ya es mayorcita. -Le ofreció la mano derecha y Stephen se la estrechó.

El público no se dispersó con rapidez a pesar de que la cena estaba servida. El murmullo de las conversaciones tenía un sonsonete alegre, casi congratulatorio. O eso le pareció a ella, aunque no le cabía la menor duda de que entre los espectadores había muchos horrorizados por la idea de que el apuesto y codiciado conde de Merton se hubiera comprometido con la asesina del hacha.

Muchas jovencitas estarían inconsolables esa noche, de eso tampoco le cabía la menor duda.

Las hermanas de Stephen lo rodearon de inmediato, procedentes de distintos lugares del salón, y lo abrazaron, tras lo cual la abrazaron a ella con aparente cariño y alegría. Sus maridos felicitaron a Stephen estrechándole la mano mientras que a ella le dedicaron una reverencia. Lo mismo hizo el señor Huxtable, aunque le pareció que esos ojos tan oscuros la taladraban hasta llegar a la parte posterior del cráneo.

Era difícil saber a ciencia cierta si el anuncio alegraba o no a su familia. Era imposible que estuvieran encantados, pero eran personas amables y educadas… obligadas a lidiar con el sorprendente anuncio ante el ávido escrutinio de una buena parte de la alta sociedad.

No les quedaba más remedio que parecer encantados.

– Amor mío -le dijo Stephen con una sonrisa mientras la instaba a tomarlo del brazo-, debemos hablar con los vizcondes de Compton-Haig.

– Por supuesto -convino ella, devolviéndole la sonrisa.

¿Debían hablar con los vizcondes?, se preguntó. ¿Por qué? En ese momento ni siquiera recordaba quiénes eran.

La mayoría de los invitados parecían haber perdido el interés en ellos o más bien habían decidido comentar el escandaloso episodio mientras cenaban. La multitud había menguado. Lady Compton-Haig estaba con su marido junto a la puerta del salón y al verlos recordó, ¡por fin!, que eran los anfitriones del baile.

– Sí, por supuesto -repitió.

Los vizcondes habían tenido el detalle de enviarle una invitación, la primera aparte de la invitación verbal de lady Carling para que asistiera a su té la semana anterior.

– Señora -dijo Stephen mientras tomaba la mano de la vizcondesa una vez que atravesaron el salón de baile; tras una reverencia, se la llevó a los labios-, le pido perdón por haber usado su fiesta para hacer mi anuncio sin consultarla previamente. No tenía intención de comunicarlo esta noche, pero la belleza de su salón de baile sumada a la de la música me ha impulsado a declararme a la dama. Y después, cuando lady Paget me dio el sí… en fin, me temo que perdí la cabeza. Así que no me ha quedado más remedio que explicarle a todo el mundo por qué la estaba besando en su balcón.

El vizconde de Compton-Haig torció el gesto. Su esposa sonrió con calidez.

– Lord Merton -dijo-, no hace falta que se disculpe por haber hecho su anuncio esta noche. Me alegra muchísimo y me honra que lo haya hecho. Como bien sabrá, no tenemos hijos en común, aunque Alastair tiene dos hijos de su primer matrimonio, claro. Así que nunca había imaginado que se pudiera hacer un anuncio semejante en mi casa. Tengo la intención de aprovecharlo al máximo. Acompáñeme, lady Paget.

Después de tomarla del brazo, la vizcondesa se alejó con ella en dirección al comedor, sonriendo y saludando a los invitados mientras caminaban. Al llegar a la mesa de los anfitriones, le indicó que se sentara a su lado. Stephen, que las seguía con el vizconde, ocupó la silla emplazada al otro lado.

Cassandra se percató con cierto alivio de que casi todos los invitados estaban pendientes de la comida y de sus propias conversaciones. No obstante, el murmullo general parecía algo más festivo que de costumbre. Y hubo algunos que los miraron para saludarlos con una sonrisa, o que los miraron sin más. En conjunto la atmósfera no era hostil, aunque era muy posible que el estado anímico de la alta sociedad cambiara por completo al día siguiente, cuando todos asimilaran la noticia y comprendieran que una viuda que seguía siendo una paria (al fin y al cabo solo había recibido una invitación) estaba a punto de conseguir al soltero más cotizado, al mejor partido de toda Inglaterra.

Lo gracioso era que desde el beso Stephen y ella apenas se habían mirado. No habían intercambiado ni una sola palabra. Aunque estuvieron sentados codo con codo durante la cena, no hablaron entre ellos, ocupados como estaban charlando con otras personas. Y sonriendo… siempre sonriendo.

Stephen iba a padecer un terrible bochorno durante un tiempo, cuando la gente comprendiera que en realidad no estaban comprometidos al ver que los periódicos no publicaban ningún anuncio oficial del compromiso.

Sin embargo, los hombres se recuperaban con rapidez de ese tipo de bochornos. Y la población femenina se alegraría de las noticias y lo perdonaría en un santiamén.

«¡Ojalá no hubiera asistido a la fiesta!», exclamó para sus adentros. Y ojalá no hubiera aceptado su invitación a bailar el vals. Y ojalá no le hubiera dejado que la sacara bailando al balcón. Y ojalá no le hubiera permitido que la besara.

Aunque eso era injusto. En realidad, el uso de la palabra «permitir» no era muy acertado. Porque había participado de forma voluntaria, en la misma medida que él.

Salvo en el anuncio que se había visto obligado a hacer.

Claro que, para ser sincera, reconocía que no le había quedado otra alternativa que hacer justo lo que había hecho.

Ojalá el abogado no hubiera exagerado con lo de las dos semanas.

Lord Compton-Haig se puso en pie, instigado por su esposa, y propuso un brindis por la pareja comprometida, de forma que el resto de los invitados se levantaron para alzar las copas y beber, tras lo cual todos volvieron al salón y el baile se reanudó. Stephen bailó con la duquesa de Moreland, su hermana, y ella con el duque. Por suerte, se trataba de una complicada contradanza que no permitía muchos momentos de conversación. El gesto serio del duque de Moreland ponía de manifiesto que tenía un sinfín de cosas que decirle en cuanto se le presentara la oportunidad. Recordó que en algún momento del pasado había sido el tutor legal de Stephen.

El duque solo dijo una cosa de índole personal, que logró de algún modo provocarle un escalofrío.

– Lady Paget, debe venir a cenar a casa algún día de estos. Le diré a la duquesa que lo organice. Así podrá contarnos al detalle qué piensa hacer para lograr la felicidad de Merton.

Cassandra le sonrió.

– Puede estar tranquilo, excelencia -replicó mientras contemplaba esos ojos tan azules, el único rasgo distinto entre él y el señor Huxtable, cuyos ojos eran muy oscuros-. Las esperanzas y los sueños que albergo hacia el conde de Merton deben de ser muy similares a los suyos.

El duque inclinó la cabeza y se alejó para bailar los siguientes pasos con otra dama.

Después de la contradanza lo único que le apetecía era suplicarle a Wesley que la llevara a casa. Sin embargo, no podía hacerlo. No podía abandonar tan pronto al hombre cuya oferta matrimonial acababa de aceptar, mucho menos en unas circunstancias tan públicas.

Sin embargo, ese pensamiento la llevó a otro y tuvo una idea mejor. El duque ya la había llevado de nuevo junto a Wesley, pero su hermano estaba ocupado charlando con un grupo de amigos y se limitó a sonreírle de forma fugaz. De modo que ella abrió el abanico y ojeó el salón. Localizar a Stephen fue fácil, caminaba hacia ella con una cariñosa sonrisa en los labios.

¡Seguro que estaba resentido con ella!

De la misma forma que ella lo estaba con él. Estaba segura de que podría haber afrontado la crisis de alguna otra manera. Aunque bien sabía Dios que no se le ocurría ninguna.

– La última pieza está a punto de empezar -dijo Stephen-. Y creo que me la has reservado.

– Stephen, llévame a casa -le pidió.

Esos ojos azules se clavaron en los suyos, pero la sonrisa no desapareció de sus labios.

– Es una buena idea -dijo él-. Evitaremos la consabida aglomeración de la salida. ¿Has venido con tu hermano?

Asintió con la cabeza.

– Le diré que vuelvo a casa contigo -dijo-. Está aquí mismo.

Wesley se apartó de su grupo de amigos justo mientras ella hablaba.

– Wes -le dijo-, ¿te importa que Stephen me lleve a casa en su carruaje?

– No -respondió su hermano al tiempo que le tendía una mano a Stephen-. Merton, espero que la trate con respeto. De otro modo, tendrá que vérselas conmigo.

«¡Hombres!», pensó ella. Eran unas criaturas ridículas y posesivas. A veces parecían pensar que las mujeres eran incapaces hasta de respirar si no contaban con su ayuda.

Sin embargo, resultaba en cierto modo reconfortante que su hermano ya fuera un hombre. «Tendrá que vérselas conmigo», había dicho. En el caso de Nigel no contó con nadie que dijera algo así, salvo su padre, que siempre fue un hombre demasiado afable y confiado para su propio bien.

Besó a su hermano en la mejilla.

– Young, estoy seguro de que nunca será necesario llegar a esos extremos -replicó Stephen-. Su hermana está en buenas manos.

Una vez que localizaron a los vizcondes de Compton-Haig, se acercaron para disculparse por no participar en la última pieza del baile. La vizcondesa pareció más encantada que ofendida, y tanto ella como su esposo los acompañaron a la planta baja y aguardaron en la puerta a que apareciera el carruaje de Stephen para despedirlos.

Ya en el interior, Cassandra apoyó la cabeza en la mullida tapicería del asiento mientras el carruaje se ponía en marcha y cerró los ojos.

La mano de Stephen encontró la suya en la oscuridad y le dio un apretón en los dedos. Estaba tan cansada que no tenía fuerzas para retirarla.

– Cassandra -lo oyó decir-, lo siento muchísimo. Debería haberte cortejado de una forma más íntima y mucho menos arriesgada. Y sobre todo debería haberte propuesto matrimonio antes de anunciar nuestro compromiso a los cuatro vientos. Pero te he puesto al borde del abismo y no se me ocurrió otra cosa que hacer.

– Lo sé -reconoció ella-. Al principio estaba muy enfadada contigo, pero se me pasó pronto. Hemos sido terriblemente indiscretos. Los dos. No te culpo y te aseguro que no era un ardid para seducirte ni mucho menos. Ha sido una… indiscreción. Por desgracia, tu reacción te va a poner en un aprieto bastante incómodo durante los próximos días, cuando no aparezca el anuncio del compromiso que la gente espera. Pero la gente recobrará pronto la normalidad. Como siempre. Fíjate que solo han tardado una semana en invitar a sus fiestas a la asesina del hacha.

– Cass, habrá un anuncio -la contradijo él al tiempo que le daba otro apretón en la mano-. Cierto que no será en el periódico de mañana, porque ya es tarde. Pero sí lo habrá en el de pasado mañana. Y tendremos que decidir cuándo y dónde se celebrará la boda. Bien aquí en Saint George con la alta sociedad en pleno, bien en algún sitio más íntimo. En Warren Hall, quizá. De todas formas, la gente querrá saberlo. Nos acribillarán a preguntas.

¡Ay, debería haberse imaginado que Stephen llevaría la caballerosidad al extremo!

– Pero, Stephen -protestó sin abrir los ojos y sin volver la cabeza-, no me has hecho ninguna propuesta de matrimonio, ¿cierto? Y yo no he aceptado casarme contigo. Y no aceptaré aunque me la hagas ahora. Ni ahora ni nunca. No me casaré ni contigo ni con nadie. Si hay algo que jamás volveré a hacer en la vida es volver a casarme.

Lo escuchó tomar aire para replicar, pero no dijo nada.

Se mantuvieron en silencio el resto del trayecto.

En cuanto llegaron a su casa, Stephen se apeó sin pérdida de tiempo, desplegó los escalones y la ayudó a bajar. Después, plegó los escalones, cerró la portezuela y levantó la vista para indicarle al cochero que volviera a casa.

– Stephen, no vas a entrar conmigo -le advirtió con voz cortante-. No estás invitado.

El carruaje se alejó traqueteando por la calle.

– Pienso entrar de todas formas -le aseguró él.

Y comprendió, tal como había comprendido la semana anterior después de elegirlo, que Stephen Huxtable, conde de Merton, poseía una vena acerada, y que en ciertas cuestiones se mostraba de lo más inflexible. Esa era una de dichas cuestiones. Ya podía quedarse toda una hora en la calle discutiendo con él, porque al final acabaría entrando. Mejor dejarlo entrar sin más. Estaba empezando a chispear, y en el cielo no se veía ni una sola estrella. Posiblemente faltara poco para que comenzara a diluviar.

– ¡Muy bien! -claudicó, irritada, y se inclinó para coger la llave de debajo de la maceta.

Stephen se la quitó, abrió la puerta y la invitó a entrar en primer lugar. Una vez dentro, cerró y echó el pestillo.

Alice, Mary y Belinda debían de llevar horas en la cama. No podía contar con su ayuda. Aunque, de estar presentes, tampoco la ayudarían. Una simple mirada a la cara de Stephen a la mortecina luz de la vela del vestíbulo fue suficiente para confirmar sus sospechas: estaba enfadado y decidido a mantenerse en sus trece, por lo que sería muy difícil lidiar con él.

Lo vio entrar en la salita, de la que salió con una vela que prendió con la del vestíbulo. Una vez que apagó esta última, regresó a la salita de estar.

Como si fuera el dueño de la casa.

Claro que era él quien pagaba el alquiler…

CAPÍTULO 18

Era una situación terriblemente delicada.

Estaba obligada a casarse con él. Y seguro que era consciente de ello. Su posición en la alta sociedad era ya bastante precaria, por decirlo suavemente. Si Cassandra rompía el compromiso en ese momento, jamás volverían a aceptarla.

– Cass -dijo mientras dejaba la vela en la palmatoria situada en la repisa de la chimenea-, te quiero.

Le temblaron las rodillas al pronunciar las palabras en voz alta. Se preguntó si las decía en serio. Esa misma tarde le había dicho a Nessie que le gustaba de verdad como contraposición a que le gustaba a secas, pero ¿eso significaba que su amor era eterno?

Quizá lo fuera, pensó. Pero todo había sucedido muy deprisa. No había tenido tiempo para enamorarse. Aunque nada de eso importaba ya.

¡Por el amor de Dios, no había besado a una mujer en público, o casi en público, en la vida! Era imperdonable que lo hubiera hecho esa noche. Sobre todo con Cassandra.

– No, no me quieres -lo contradijo ella, que se sentó en su sillón de costumbre, cruzó las piernas y comenzó a balancear un pie, haciendo que el escarpín colgara de sus dedos. La vio extender los brazos sobre el sillón con actitud relajada… y un tanto desdeñosa. La vieja máscara-. Creo que te gusto bastante, Stephen, y por razones que solo tú conoces has decidido entablar amistad conmigo y hacer que la alta sociedad me acepte… además de apoyarme económicamente hasta que yo pueda valerme por mí misma. Sin duda alguna hay un componente de deseo en la mezcla, porque ya has estado dos veces en mi cama y has disfrutado lo bastante de ambas experiencias como para llegar a la conclusión de que no te importaría repetir. Pero no me quieres.

– ¿Me estás diciendo que me conoces mejor que yo mismo? -le preguntó, irritado.

Aunque reconoció que sus palabras encerraban algo de verdad. La deseaba incluso en ese momento. El vestido rojo anaranjado relucía a la luz de la solitaria vela y su pelo brillaba con la misma intensidad; su cara seguía siendo hermosa pese a la expresión altiva. De nuevo estaba en su casa a altas horas de la madrugada, y le resultaba imposible no pensar en los placeres que podría obtener si subían a su dormitorio y volvía a hacerle el amor.

– Así es -contestó ella, y su expresión se suavizó un tanto cuando lo miró a los ojos-. Creo que tu compasión y tu caballerosidad son innatas, Stephen. Heredar el título, las propiedades y la fortuna no te ha cambiado, como habría sucedido en la práctica totalidad de los casos. Al contrario, te crees obligado a ser más compasivo y caballeroso que antes para demostrarte a ti mismo que eres merecedor de tan buena suerte. Te has ofrecido caballerosamente a casarte conmigo esta noche… En realidad, has anunciado nuestro compromiso. Y ahora intentas con mucha galantería convencerte a ti mismo de que deseas casarte conmigo. En tu cabeza eso equivale a que me quieres y por eso crees que lo haces. Pero no es así.

La irritación se tornó en rabia. Aunque al mismo tiempo se preguntó si Cassandra no tendría razón. ¿Cómo podía haberse enamorado tan de repente? Y con una mujer tan distinta de su ideal de futura esposa, además. ¿Cómo podía contemplar sin desánimo un matrimonio que se había visto forzado a proponer?

Y sin embargo…

– Te equivocas -le aseguró-, y ya te darás cuenta de tu error. Pero nada de eso importa, Cass. Tenga quien tenga razón, eso no cambia la situación. Nos han visto juntos lo suficiente como para haber despertado la curiosidad y las especulaciones, y esta noche nos han pillado a solas en el balcón, abrazados y besándonos. Solo podemos hacer una cosa. Tenemos que casarnos.

– ¿Y tenemos que sacrificar el resto de nuestra vida por una pequeña e imprudente indiscreción? -Protestó ella mientras tamborileaba despacio con los dedos sobre los reposabrazos del sillón-. Sé perfectamente que eso es lo que espera la alta sociedad ahora. Es lo que exige. Pero ¿no ves lo absurdo que es, Stephen?

Era absurdo y sería algo que merecería la pena desafiar si se detestaran con todas sus ganas.

– Una pequeña e imprudente indiscreción-repitió-. ¿Eso ha sido ese beso, Cass? ¿No significaba nada más?

La vio enarcar las cejas, pero Cassandra guardó silencio un rato.

– Hemos pasado dos noches juntos, Stephen -respondió a la postre-, pero después hemos vuelto al celibato. Eres un hombre guapísimo y creo que yo también tengo mis encantos. Estábamos bailando un vals y el deseo nos asaltó en el salón de baile. Buscamos la frescura de la noche en el balcón y descubrimos también un poco de intimidad. Lo que pasó fue algo casi inevitable… Una indiscreción, por supuesto. Imprudente.

– ¿Solo fue fruto del deseo? -preguntó él.

– Exacto, solo fue deseo. -Cassandra sonrió.

– Sabes muy bien que hubo algo más -replicó, mirándola a los ojos-. Si alguien se está engañando, eres tú, Cass, no yo.

– Eres muy dulce -repuso ella con su voz aterciopelada.

Volvía a estar enfadado. Y frustrado. Se colocó de espaldas a la chimenea, con las manos entrelazadas por detrás.

– Si rompes el compromiso -dijo-, se producirá un terrible escándalo.

La vio encogerse de hombros.

– La gente se sobrepondrá. Siempre lo hace. Además, así le proporcionaremos algo a la alta sociedad que le encanta por encima de todas las cosas: un jugoso cotilleo.

Se inclinó hacia ella.

– Sí -convino-. En circunstancias normales tal vez podríamos albergar la esperanza de que todo se solucionara con un par de semanas de intensa incomodidad. Pero, perdona que te lo diga, Cass, las circunstancias no son normales. Al menos en tu caso.

Cassandra frunció los labios y lo miró con una sonrisa divertida.

– La alta sociedad se relamerá de gusto en tu caso, Stephen -replicó-. El hijo pródigo que vuelve a su seno. Todas las damas llorarán de alegría. A la postre escogerás a una de ellas y vivirás feliz para siempre a su lado. Te lo prometo.

La miró hasta que ella enarcó de nuevo las cejas y acabó bajando la cabeza con brusquedad. Observó cómo se colocaba bien el escarpín en el pie con un simple movimiento de los dedos, tras lo cual descruzó las piernas y se alisó el vestido sobre las rodillas.

– En ocasiones tus ojos son tan intensos que resulta imposible mirarte a la cara, Stephen, y resultan más elocuentes que las palabras. Es muy injusto. No se puede discutir con unos ojos.

– Supondrá tu ruina -le dijo.

Cassandra soltó una carcajada.

– ¿No estoy arruinada ya?

– Estás recuperando tu reputación -señaló él-. La gente comienza a aceptarte. Estás empezando a recibir invitaciones. Mi familia te ha aceptado. Tu hermano se ha reconciliado contigo. Y ahora estás comprometida conmigo. ¿Qué tiene de malo? ¿Crees que voy a pegarte después de casarnos? ¿Qué te haré perder a nuestros hijos? ¿Lo crees? Mírame a los ojos y dime que me crees capaz de un comportamiento tan cobarde.

Cassandra negó con la cabeza y cerró los ojos.

– No puedo aportar nada al matrimonio, Stephen -adujo-. Ni esperanzas, ni sueños, ni luz, ni juventud. Solo las cadenas que arrastro como si fueran espectros. Además de las que arrastraré en cuanto termine la ceremonia y haya prometido entregarte mi libertad. No, no creo que me maltratases nunca.

Pero no puedo hacerlo, Stephen. No puedo. Por tu bien y por el mío. Seríamos desdichados. Los dos. Créeme que lo seríamos.

A él se le heló el corazón. No había máscara alguna en ese momento. La voz de Cassandra temblaba por la sinceridad de sus palabras.

Casarse era algo que no podía volver a hacer. Una vez había sido suficiente. Había sido demasiado.

No había argumento alguno que pudiera hacerla cambiar de opinión.

Y así lo dejaba en libertad, aunque ya no quería ser libre. Tal vez al día siguiente viera las cosas de otro modo. Tal vez al día siguiente recuperara el sentido común.

Se produjo un largo silencio, durante el cual se sentó en el sillón situado frente al que ocupaba ella. Se acomodó contra el respaldo y apoyó un codo en el reposabrazos antes de descansar el peso de la cabeza en la mano.

No podía sentirse aliviado porque estaba experimentando otros sentimientos mucho más fuertes.

Decepción.

Pena.

Desconcierto. Desesperación.

Y en ese momento se le ocurrió algo.

– Cass, ¿estarías dispuestas a aceptar un término medio? -le preguntó.

– ¿Casarme contigo a medias? -precisó ella con una sonrisa ligeramente adusta y una mirada… ¿anhelante?

– Déjame publicar el anuncio del compromiso en los periódicos -le suplicó-. No, no niegues todavía con la cabeza. Espera a oír lo que se me ha ocurrido. Déjame celebrar una fiesta de compromiso en Merton House. Sigamos comprometidos lo que queda de temporada social. Después podrás romper el compromiso de forma discreta durante el verano, cuando la alta sociedad se haya dispersado por todo el país. Decidiremos juntos de qué manera vas a mantenerte el resto de tu vida. Pero al menos…

– No voy a necesitar tu ayuda para eso, Stephen -lo interrumpió-. Incluso podré devolverte el dinero que me has dado. Hoy mismo he ido a ver a un abogado con Wesley y está convencido de que puede recuperar mis joyas y conseguirme el dinero que me pertenece según el contrato matrimonial y el testamento de Nigel. Y también podré usar la casa de Londres, e incluso la residencia de la viuda, aunque esta última no la quiero. Bruce me intimidó hasta hacerme creer que debía elegir entre mi libertad y lo que me correspondía de la herencia como viuda de su padre, pero no me habría dado esa opción si hubiera creído posible que me condenaran por asesinato, ¿verdad? Hace muy poco que he caído en ese detalle y he decidido dejar de huir y plantarle cara. Después de todo, voy a tener una vida bastante acomodada. Voy a ser independiente.

Se alegró muchísimo por ella. Ojalá se le hubiera ocurrido a él, ya que Cassandra tenía toda la razón. Paget lo había apostado todo a que podía avasallar a la mujer que su padre había aterrorizado durante nueve años.

Sin embargo, una breve reflexión le hizo cambiar de idea. Era bueno para Cassandra que se le hubiera ocurrido a ella, que hubiera sido ella quien encontrara la manera de encauzar su vida y su futuro, y lo más importante, la manera de empezar a cerrar heridas.

– ¿Y qué vas a hacer con tu independencia? -le preguntó.

– Compraré una casita en un pueblo y viviré feliz para siempre en completo anonimato -contestó ella. Y le sonrió de verdad-. ¿Me deseas lo mejor, Stephen?

– Y eso es preferible a casarte conmigo -dijo él. No era una pregunta. La respuesta era evidente, y lo alegraba y entristecía a un tiempo.

– Sí -respondió ella en voz baja-. Pero voy a aceptar ese término medio, Stephen. Tienes derecho a tu caballerosidad. No voy a humillarte delante de toda la alta sociedad cuando has sido tan amable conmigo. Publica el anuncio del compromiso. Lo celebraré contigo y con quien quieras invitar a Merton House. Interpretaré el papel de la novia enamorada lo que resta de temporada social. Y después te dejaré libre.

O no.

No lo dijo en voz alta. Se limitó a mirarla y a asentir con la cabeza. Y ella le devolvió la mirada y sonrió.

– Ahora que por fin parece que podré devolverte todo el dinero que me has dado -dijo ella-, ¿puedo considerarme libre de cualquier obligación como tu amante?

– Por supuesto -respondió, muy dolido-. Pero nunca te he exigido nada en ese aspecto, Cass. Si te he impuesto mi compañía, no ha sido porque fueras mi amante, sino porque quería ayudarte.

– Lo sé, y te lo agradezco -confesó ella-. También soy libre, o lo seré en cuanto me sean devueltos mi dinero y mis pertenencias. Dado que se puede decir que soy libre, voy a hacerte una invitación libremente. Quédate esta noche.

Stephen sintió una repentina punzada de deseo y anhelo. Sin embargo, meditó su respuesta. ¿Sería lo más sensato? ¿Sabía Cass cómo evitar la concepción? ¿La pondría en peligro una tercera vez? Aunque ya era un poco tarde para preocuparse por eso, cuando habían sucedido dos encuentros previos.

– Sería muy humillante que dijeras que no -comentó ella con una sonrisa.

Su dama de compañía estaba en la casa, durmiendo en el último piso. Al igual que Mary y la pequeña Belinda. Ojalá…

– Debería ser lo más sencillo del mundo -añadió ella-, no lo más difícil.

– ¿El qué? -preguntó al tiempo que se ponía en pie y acortaba la escasa distancia que los separaba para colocar las manos en los reposabrazos de su sillón e inclinarse sobre ella.

– Seducir a un ángel -contestó Cassandra.

La besó.

No habría más sordidez entre ellos. Iba a casarse con ella. Ignoraba cómo lograrlo, pero definitivamente lo haría.

Cassandra iba a convertirse en su esposa.

La puso en pie, todavía abrazados, y la besó con pasión y creciente deseo.

– Creo que deberíamos continuar con esto arriba, Stephen -dijo ella a la postre, tras apartarse un poco.

– ¿Porque podrían interrumpirnos aquí? -preguntó con una sonrisa.

– ¿Como nos interrumpieron en el balcón del salón de baile hace un rato? -replicó ella-. No, pero…

En ese inoportuno momento alguien llamó con suavidad a la puerta de la salita.

¿Qué diantres estaba pasando?, pensó Cassandra. Debía de ser más de medianoche.

Alguien estaba enfermo, concluyó, de modo que se apartó de Stephen y cruzó la estancia para abrir la puerta. ¿Sería Alice? ¿Belinda?

Mary estaba al otro lado de la puerta y junto a ella…

– ¡William! -exclamó al tiempo que daba un paso para abrazar a su hijastro… aunque solo era un año más joven que ella-. ¡Has vuelto! Y nos has encontrado.

– Pero no a tiempo -replicó el recién llegado cuando se separaron. Le pasó un brazo a Mary por encima de los hombros-. Huí de Carmel House sin pensar y descubrí un barco a punto de zarpar para Canadá. Subí a bordo y cuando me di cuenta de que lo había hecho todo mal, estábamos en medio del océano. Aunque la idea era alejarme un tiempo para ver si el asunto quedaba olvidado, resultó que me alejé más de la cuenta. Se tarda una puñetera eternidad en ir y volver a Canadá. Sobre todo cuando uno se va con lo puesto y se ve obligado a trabajar para pagar el pasaje de ida. Y una vez en tierra firme tuve que trabajar de nuevo para comprar el pasaje de vuelta. Tuve suerte de no tener que esperar hasta el año que viene.

– Entra, aquí hay más luz -le dijo-. Mary, tú también. Por supuesto que tienes que entrar.

Tenía que hacerlo… porque William era el padre de Belinda.

– Cassie, no puedes ni imaginarte lo que sentí cuando llegué a Carmel House y descubrí que Mary y Belinda no estaban -dijo William al entrar en la salita-. Y cuando me enteré de que te habían… -Guardó silencio de repente cuando se percató de que había alguien más en la estancia.

– Stephen, te presento a William Belmont -dijo ella-. Es el segundo hijo de Nigel. William, te presento al conde de Merton.

Los dos se saludaron con una reverencia.

– No había tenido el placer hasta ahora -dijo Stephen.

– He venido muy poco a Londres -adujo William-. Siempre he detestado la ciudad. Pasé varios años en Estados Unidos y luego dos en Canadá. Acabo de volver tras una segunda estancia en el país. Los espacios abiertos siempre me han atraído mucho, aunque debo confesar que durante este último año he sentido otro tipo de atracción mucho más poderosa. -Miró hacia atrás, ya que Mary se había quedado en el vano de la puerta, y extendió un brazo hacia ella-. ¿Conoces a mi esposa, Merton? -le preguntó-. Cassie, ¿sabías que Mary es mi esposa? Ella me ha dicho que no, pero me cuesta mucho creerlo. Fue lo que causó la puñetera pelea.

«¿La pelea? ¿¡La pelea de aquella noche!?», exclamó Cassandra para sus adentros.

Miró a la pareja con asombro.

– ¿Estás casada con William, Mary? -le preguntó a la criada.

– Lo siento, milady -contestó Mary sin moverse del lugar que ocupaba-. Cuando Billy volvió de Canadá y se enteró de la existencia de Belinda, salió en busca de una licencia especial y nos casamos a treinta kilómetros de Carmel House el día antes de… El día antes de que se marchara de nuevo. Me dijo que volvería cuando pudiera, y lo ha hecho. -Miró a William con los ojos como platos y una ternura innegable.

– Ven aquí, cariño -le dijo William, haciéndole un gesto con los dedos hasta que ella obedeció y pudo cogerla de la mano. Sin embargo, se mantuvo un tanto rezagada-. Mary se adaptaría estupendamente a la dura vida de los pioneros, ¿verdad, Cassie? Parece frágil, pero no lo es. Aunque no voy a poner su fortaleza a prueba. Voy a sentar cabeza aquí, en este país, que Dios me ayude, y a cuidarlas a Belinda y a ella. Después de enmendar tu situación, por supuesto. No sé cómo Bruce ha podido ser tan tonto como para creer que… -Se interrumpió de nuevo y miró a Stephen, que estaba delante de la chimenea con las manos entrelazadas a la espalda, como antes-. Será mejor que hable mañana contigo -dijo, cambiando de tema-. Aunque no me iré a ningún lado esta noche, si no tienes inconveniente, claro. Quiero quedarme con mi esposa y con mi hija.

Cassandra miró a Stephen con expresión pensativa. En realidad, no estaba comprometida con él. Nunca se casarían. Sin embargo, había sido muy amable con ella. Le debía algo: sinceridad. Si bien Stephen le había preguntado por su vida y por su matrimonio, y también le había preguntado si ella había matado a Nigel (a lo que había respondido que sí), no le había pedido detalles. Aunque debía de preguntarse qué había sucedido. Y, por supuesto, le había mentido.

– Di lo que tengas que decir, William -dijo-. El conde de Merton es mi prometido. Lo hemos anunciado esta misma noche.

Mary se llevó una mano al pecho y después, cuando William cruzó la estancia para estrecharle la mano a Stephen, hizo lo mismo con la otra.

– Me alegro de escucharlo -replicó William-, si es un hombre decente, Merton. Cassie se merece un poco de felicidad. Porque no creerá todas esas tonterías que cuentan de ella, ¿verdad? ¡La asesina del hacha, por Dios! Ni siquiera en la frontera hay muchas mujeres capaces de blandir un hacha… para hacerle mucho daño a alguien, al menos.

– No creo nada de lo que se dice -le aseguró Stephen en voz baja y miró a Cassandra con expresión seria-. Y aunque fuera verdad, estoy seguro de que habría sido en defensa propia y no un asesinato a sangre fría.

– Mi padre podía ser un animal -reconoció William-. Pero era el alcohol lo que lo endemoniaba. Claro que para endemoniarse hasta ese punto tenía que empinar el codo, ¿verdad? En fin, que el culpable era él. Cuando bebía, cosa que hacía poco pero que tendría que haber hecho menos, se convertía en otra persona. Me parece que Cassie le ha proporcionado algunos detalles.

– Sí -contestó Stephen.

– No le habrá dicho que le disparó en una de esas ocasiones, ¿verdad? -Preguntó William, que entrecerró los ojos-. No le habrás dicho eso, ¿verdad, Cassie?

– Creo que deberíamos sentarnos -terció ella después de encogerse de hombros, dirigiéndose al viejo y destartalado diván en vez de sentarse en su sillón habitual. Stephen se sentó a su lado y notó el roce de la manga de su chaqueta en el brazo desnudo.

William le indicó a Mary el sillón que solía ocupar Alice, y esta se sentó en el borde con muchísima incomodidad. William se sentó en un reposabrazos y cogió una de las manos de su esposa.

– El problema de mi padre era que nunca parecía estar borracho, ¿verdad, Cassie? -Le preguntó William, aunque sus ojos estaban clavados en Stephen-. A menos que uno se fijara en su mirada, claro. Además, pocas veces bebía en casa y rara vez lo hacía estando solo. Sin embargo, creo que estaba sobrio cuando le conté lo de mi matrimonio aquella mañana. Debió de empezar a beber después de que yo me marché. No le gustó ni un pelo lo que le dije. Y en cuanto empezaba a beber, era incapaz de parar. Por la noche… En fin, lo escuché gritar y fui a ver lo que pasaba.

– Me enviaron con otra botella -explicó Mary con un hilo de voz mientras miraba a William con tristeza-. Y eso no formaba parte de mi trabajo, nunca hacía esas cosas. Pero el señor Quigley se había quemado la mano con la tetera y la señora Rice se la estaba curando, y era tarde y no quedaban muchos criados en la cocina. Alguien me dijo que la llevara yo. No debería haber ido. Sabía que se lo habías contado, Billy, y me dijiste que vendrías a buscarme antes de que anocheciera, y… y la señora Rice me dijo que tuviera cuidado porque Su Señoría ya estaba bebido.

– No fue culpa tuya, cariño -replicó William-. Tú no tuviste la culpa de nada. No debería haber ido a reservar una habitación en la posada para pasar la noche después de que me dijera que no podíamos dormir juntos bajo su techo. Fue Cassie quien te escuchó gritar y quien fue en tu ayuda. Pero lo único que consiguió fue una paliza por tratar de ayudar. La señorita Haytor también lo intentó. Cuando llegué lo escuché gritar a él, no oí nada más. Abrí la puerta de la biblioteca y lo vi con una pistola en la mano. Así que tampoco habría sido buena idea que gritarais.

– Creo que no hay necesidad de añadir nada más, William -terció Cassandra en ese momento, y de repente se dio cuenta de que aferraba la mano de Stephen con fuerza-. Oficialmente se dictaminó que fue una muerte accidental. Tu padre estaba limpiando la pistola y se le disparó. Nadie podrá demostrar lo contrario. No quiero que…

– Sabrá Dios qué habría hecho con la pistola si yo no hubiera entrado -la interrumpió William-. Tal vez os habría disparado a alguna. El caso es que cuando intenté quitársela de las manos, apenas forcejeó. Y después se apuntó con toda deliberación y se disparó. En el corazón.

Durante unos minutos se hizo un silencio absoluto. Cassandra vio a Alice de pie en el vano de la puerta.

– Es lo mismo que te dije en su momento, Cassie -dijo Alice-. Yo lo vi. Desde donde tú estabas, no pudiste verlo. El señor Belmont se interponía entre vosotros. Y Mary tenía la cara tapada con las manos. Pero yo sí lo vi. Lord Paget se disparó.

– Supongo que debía de odiarse mucho por haber llegado a la situación en la que se encontraba -aventuró William-. Tal vez se dio cuenta de repente de que tenía una pistola en las manos. Tal vez se dio cuenta de repente de que estaba a punto de cometer un asesinato. Tal vez la borrachera se le pasó de golpe y tuvo un instante de lucidez. Fuera como fuese, Cassie, no fue ni asesinato ni un accidente. Fue un suicidio.

Stephen le dio un beso en el dorso de la mano. Al mirarlo, Cassandra vio que tenía los ojos cerrados.

– Huí porque cuando se descubriera que me había casado con Mary, la gente supondría que hubo una discusión y acabé disparando a mi padre -siguió William-. Podrían haberme acusado de asesinato. Podrían haber acusado a Mary de complicidad. Huí porque estaba hecho un lío y creía que lo mejor sería dejar que las cosas se calmaran un poco. Creía que sin mi presencia y sin nadie que supiera de mi matrimonio, la muerte se declararía accidental… tal y como sucedió, al menos oficialmente. Le dije a Mary que no le contara a nadie lo de nuestro matrimonio. Le dije que volvería a buscarla en un año. He tardado un poco más en cumplir mi promesa, lo siento, cariño. Pero, Cassie, pensé que tú estabas al tanto de mi matrimonio. Pensé que mi padre te lo había dicho o que te lo diría Mary. No podía imaginar que te culparan de su muerte, que te creyeran culpable. De haberlo matado con un hacha, nada más y nada menos. ¿Es que el mundo se ha vuelto loco o qué?

– Cassie, no me creíste porque pensabas que solo quería consolarte -dijo Alice desde la puerta-. Tampoco querías creer que el señor Belmont había matado a su padre, aunque lo hubiera hecho para protegeros a Mary y a ti. Supusiste que yo te mentía para que te sintieras mejor.

– Es verdad -admitió ella.

Pero si todo era cierto, la explicación de Alice la cual William acababa de confirmar con su propio relato, Nigel se había suicidado. Si la verdad hubiera salido a la luz, le habrían negado un entierro decente.

¿Le habría importado en aquel entonces?

¿Le importaba en ese momento?

Nigel podría haber matado a alguien aquella noche. Sin embargo, se había suicidado.

Estaba demasiado aturdida como para analizar lo que pensaba o lo que sentía.

– Fue una puñetera estupidez que saliera por patas -dijo William-. Perdón por el lenguaje.

– Desde luego -convino Stephen-. Pero todos cometemos estupideces, Belmont. Aunque le recomiendo que no agrave el error soltando la verdad a los cuatro vientos. Es muy desagradable y tal vez nadie la crea de todas formas. Lo mejor será que nos retiremos todos. Yo me voy a casa. Es preferible dejar las decisiones para mañana o pasado mañana.

– Un consejo muy sensato -replicó Alice, que miró a Stephen con aprobación.

– Alice, tú no estabas presente cuando le he contado a William que lord Merton es mi prometido.

Alice los miró a los dos.

– Sí -fue lo único que dijo su antigua institutriz. Asintió con la cabeza-. Sí. -Y se marchó, posiblemente en dirección a su dormitorio.

William se puso en pie, ayudó a Mary a hacer lo mismo, le echó un brazo por los hombros y salieron juntos de la salita.

Eran marido y mujer, pensó ella. Llevaban casados más de un año. Desde el mismo día que Nigel murió.

Por su propia mano.

Alice no había mentido.

– ¿Por qué me dijiste que habías matado a tu marido? -le preguntó Stephen, que estaba de pie, esperando a que ella se levantara.

Sin embargo, estaba demasiado cansada como para abandonar el diván.

– Todo el mundo lo creía -contestó Cassandra-. Una parte de mí deseaba haberlo hecho.

– ¿Y querías proteger a esa miserable birria de hombre? -replicó él.

– No juzgues a William tan duramente -repuso-. No es un mal hombre. Mary lo quiere y además es el padre de Belinda. Se casó con ella, una criada al servicio de su padre, porque había dado a luz a su hija. Y ha venido a buscarla aunque debía de creer que aún podían responsabilizarlo de la muerte de Nigel. Creo que en el fondo la quiere. Stephen, me negaba a que lo acusaran de asesinato. ¡Por Dios, es el padre de Belinda!

Stephen le tomó la cara entre las manos y le sonrió. Menudo momento para darse cuenta de que estaba locamente enamorada de él, pensó Cassandra.

– Si hay un ángel en esta habitación -dijo él-, te aseguro que no soy yo. -Inclinó la cabeza y la besó en los labios.

– ¿Vas a quedarte esta noche? -le preguntó.

– No -respondió Stephen-. Voy a hacerte el amor de nuevo, Cass. Pero será en nuestra noche de bodas, en nuestro lecho nupcial. Y será una experiencia que no olvidarás en la vida.

– Fanfarrón -replicó.

En fin, pensó un tanto decepcionada, no volvería a suceder. Nunca volvería a acostarse con él.

– Ya me dirás al día siguiente de nuestra noche de bodas si estaba fanfarroneando o no. -Esos ojos azules adquirieron un brillo juguetón mientras le pasaba un brazo por la cintura y la llevaba hasta la puerta de entrada-. Buenas noches, Cass -le dijo, y la besó una vez más antes de abrir la puerta-. Que sepas que vas a tener que casarte conmigo. Te quedarás terriblemente sola si no lo haces. Toda tu familia te abandonará en aras del matrimonio.

– Salvo Wesley -le recordó.

Lo vio asentir con la cabeza.

– Y salvo Roger -añadió.

– Y salvo Roger -convino él, que siguió sonriendo mientras salía de la casa y cerraba la puerta.

Cassandra apoyó la frente en la puerta y cerró los ojos. Intentó recordar por qué no podía casarse con él.

CAPÍTULO 19

– Voy a dar un paseo -dijo Cassandra, aunque no hizo ademán de poner en práctica sus palabras. Estaba de pie junto a la ventana de la salita, contemplando un día que no terminaba de decidirse entre el sol y la lluvia, aunque parecía más inclinado hacia lo segundo.

No había dormido bien… nada sorprendente dadas las circunstancias.

Y esa mañana todo el mundo se había rebelado.

Mary se negaba a dejar de trabajar en la cocina, así como a no llamarla «milady».

– Eres de la familia, Mary, estás casada con mi hijastro -intentó explicarle, pero sin éxito alguno.

– Alguien tiene que preparar el desayuno, hacer el té, lavar los platos y todo lo demás, milady -replicó la aludida-, y será mejor que lo haga yo porque ni la señorita Haytor, ni Billy ni usted saben poner una sartén del derecho. Además, sigo siendo la misma de ayer y la misma del mes pasado, ¿verdad?

William estaba arreglando la puerta de la salita cuando ella bajó, de modo que ya cerraba bien sin tener que darle un empujoncito extra. En cuanto terminó con la puerta, siguió con el tendedero, asegurándolo de forma que no corriera peligro de caer al suelo cuando la colada estuviera tendida. En ese momento estaba limpiando todas y cada una de las ventanas de la casa, por dentro y por fuera. Su hijastro siempre había sido un hombre enérgico e inquieto, y era mucho más feliz realizando algún trabajo físico que matando el tiempo con actividades propias de un caballero. Nigel quiso que hiciera carrera en la Iglesia, pero William se rebeló tras acabar sus estudios en Cambridge.

Alice fue la peor de todos ellos esa mañana. Estaba atacando las sábanas con la aguja, y de un humor de perros. Lucía una irritante expresión de «ya te lo dije», aunque estaba en su derecho porque ciertamente le había dicho que William no había disparado a su padre, sino que Nigel se había suicidado.

Y para colmo le había dado un ultimátum, o algo que a fin de cuentas sonaba como tal.

O aceptaba seguir con el compromiso que habían anunciado la noche anterior en el baile de lady Compton-Haig y que saldría publicado en los periódicos del día siguiente o ella cortaría cualquier relación con el señor Golding.

Era una ridiculez sin pies ni cabeza. Pero Alice no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer.

– Estoy segura de que el señor Golding me ha invitado a asistir al cumpleaños de su padre movido por la amistad que nos une -acababa de decirle hacía escasos minutos-. Estoy segura de que cuando volvamos, no volveré a verlo, salvo que nos encontremos por casualidad. Pero como sigas con este absurdo plan de comprarte una casita en algún rincón perdido de Inglaterra, te advierto que no volveré a verlo jamás, Cassie.

– ¡Pero es que para mí sería el paraíso! -protestó ella.

– Tonterías -replicó Alice-. Te aburrirás como una ostra en menos de dos semanas y empezarás a tirarte de los pelos. Sería muchísimo mejor que te casaras con el conde de Merton, porque pese a todo parece que os tenéis cariño y creo que en el fondo es un joven agradable, incluso decente. Además, si rompes el compromiso a estas alturas, se producirá otro escándalo, y eso es lo último que te hace falta. Deberías haber pensado las cosas antes de permitirle que te besara en medio del baile. Si insistes en irte a vivir al campo, yo me voy contigo. Y ya puedes mirarme como te dé la gana. Las miradas no matan. Al fin y al cabo, Mary no se irá contigo, ¿verdad? Y aunque podrás contratar a media docena de criados para reemplazarla, todos serán completos desconocidos. Igual que tus vecinos. ¿Qué van a pensar de una viuda forastera que se va a vivir a su pueblo sin contar siquiera con una dama de compañía para hacer que su casa sea respetable? No, Cassie, si te vas al campo, yo me voy también. -Por si eso fuera poco, Alice parecía tener un as en la manga para ganar la discusión-: Y no volveré a ver al señor Golding en la vida -añadió para reforzar su postura mientras cortaba la hebra con los dedos.

De modo que Cassandra amenazó con salir a dar un paseo.

– Me llevaré a Roger -dijo en ese momento, mientras tamborileaba con los dedos sobre el alféizar.

Sin embargo, el muy traidor de Roger llevaba toda la mañana pegado a William. Al igual que Belinda, que seguía a su padre con la muñeca contra el pecho y los ojos como platos.

– Me parece bien, Cassie -dijo Alice sin levantar la vista de la costura-. Y llévate un paraguas.

No obstante, ya era demasiado tarde. Un carruaje demasiado lujoso para circular por Portman Street enfiló la calle, y eso que desde la distancia era imposible distinguir el blasón ducal que lucía en la portezuela.

Cuando el vehículo se detuvo delante de la casa, sintió una extraña resignación. El cochero se bajó del pescante, desplegó los escalones y ayudó a bajar a la duquesa de Moreland. Ni siquiera se sorprendió al ver que hacía lo mismo con la condesa de Sheringford y lady Montford.

¡Cómo no! El triunvirato al completo.

Su hermano había anunciado su compromiso la noche anterior.

– Tenemos visita, Alice -dijo. La aludida dejó a un lado la costura.

– Te dejaré a solas con ellas -dijo-. Todavía tengo que ocuparme de mi equipaje.

Se marchó antes de que Mary llamara a la puerta para anunciar a las tres damas.

Así comenzaba todo, pensó ella. La gran charada.

– Lady Paget -la saludó la duquesa de Moreland mientras cruzaba la estancia y la abrazaba-. Bueno, como vas a ser nuestra hermana, voy a comportarme como tal y voy a llamarte Cassandra. ¿Te importa? Y tú tienes que llamarme Vanessa. Nos negábamos a esperar a una hora más respetable para hacerte una visita, así que tendrás que perdonarnos. O no, todo depende de ti. El caso es que aquí estamos -concluyó la duquesa con una sonrisa radiante.

La condesa de Sheringford también la abrazó.

– Anoche nos cohibió la gran cantidad de espectadores, por eso no pudimos darte la bienvenida a la familia como nos habría gustado. Stephen se portó muy mal al besarte de esa manera en el balcón, sobre todo porque lo eduqué para que supiera que esas cosas no se hacen, pero fue maravilloso descubrir que está tan enamorado que es capaz de cometer una imprudencia. Es muy raro que Stephen se muestre imprudente. Y estamos encantadísimas de que le haya sucedido contigo. Siempre hemos deseado que encuentre el amor y la felicidad, Cassandra. Y por favor, llámame Margaret.

– Y a mí Katherine -terció la baronesa Montford, que fue la tercera en abrazarla-. ¡Stephen está comprometido y hay que organizar una boda! Todavía no acabo de asimilarlo. Pero tenemos tanto por hacer que ni siquiera sabemos por dónde empezar. Sabemos que no tienes ni madre ni hermanas, aunque ha sido una grata sorpresa enterarnos de que sir Wesley Young es tu hermano y de que no estás sola en este mundo. Meg, Nessie y yo seremos tus hermanas cuando te cases con Stephen, pero no vamos a esperar tanto para ejercer como tales. Te ayudaremos a celebrar tu compromiso y a organizar tu boda.

– La verdad es que somos un poco malas al alegrarnos de que no tengas parientes del género femenino -confesó Vanessa-. Pero nos alegramos igualmente. Vamos a divertirnos de lo lindo durante lo que queda de temporada social… a menos que queráis casaros antes de que acabe, claro. ¿Dónde…?

– ¡Nessie! -La interrumpió Margaret que después se echó a reír y tomó a Cassandra del brazo-. Si no refrenamos un poco nuestro entusiasmo y nuestra cháchara, a Cassandra le va a dar algo. Hemos venido para llevarte a tomar un café y unos dulces… siempre y cuando no tengas otros planes para esta mañana, por supuesto. Y cuando nos hayamos sentado y relajado un poco, hablaremos del baile de compromiso que se celebrará en Merton House. Será el baile más memorable de esta temporada.

Cassandra miró a las tres hermanas, tan guapas y elegantes, tan bien casadas, y se preguntó cómo era posible que se mostraran tan entusiasmadas con el compromiso de su hermano. Hasta un ciego se daría cuenta de que lo adoraban.

Sabía muy bien que en el fondo el entusiasmo no era genuino. Tenían que estar horrorizadas, alarmadas, preocupadas… Supuso que estaban poniéndole buena cara al mal tiempo, ya que consideraban que la situación era irremediable.

Tomó una decisión impulsiva. Representar un papel ante la alta sociedad durante lo que quedaba de temporada social era una cosa. Engañar a las hermanas de Stephen, otra muy distinta.

– Gracias -dijo-. Será un placer tomar un café con vosotras. Y estaré encantada de ayudar en la organización del baile. Pero no habrá boda que planear.

Las tres hermanas la miraron sin comprender.

– No habrá boda -repitió.

Ninguna de las tres habló. La duquesa se llevó las manos al pecho.

– Me gusta vuestro hermano -les aseguró-. Seguramente sea el hombre más amable y decente que he conocido en mi vida. Desde luego que es el más guapo. También es muy… muy atractivo. Creo que la atracción es mutua. De hecho, sé que es así. Ese beso fue el resultado de una atracción mutua, nada más. Fue algo increíblemente imprudente… por ambas partes. El conde de Merton se comportó con gran aplomo y caballerosidad al darse cuenta de que teníamos espectadores. Por eso anunció el compromiso. Pero es una solución que ninguno de los dos desea y tampoco podemos permitir que el resto de nuestra vida quede marcado por culpa de un beso irreflexivo y tonto. Es evidente que él se siente obligado a proteger mi reputación. No puedo humillarlo obligándolo a no publicar el anuncio del compromiso en los periódicos y a eludir la celebración del mismo, de modo que he accedido a seguir comprometida con él hasta el final de la temporada social. Después romperé el compromiso en privado. La reputación de vuestro hermano no sufrirá en absoluto, os lo aseguro. De hecho, todo el mundo se sentirá aliviado por él. Vosotras incluidas.

Las tres hermanas se miraron entre sí.

– ¡Bravo, Cassandra! -exclamó Vanessa.

– Eres muy amable al sincerarte con nosotras -comentó Katherine.

– Y ahora tenemos que decidir si le decimos a Stephen que lo sabemos todo -dijo Margaret con firmeza-. ¿Se enfadará contigo por decírnoslo, Cassandra?

– Seguramente -contestó-. Estoy convencida de que cree que nuestro compromiso es real y de que espera poder hacerme cambiar de opinión. Por supuesto, no quiere casarse conmigo de verdad. Pero su caballerosidad no tiene límites.

– Además de que está locamente enamorado -añadió Vanessa con sorna-. Hace un tiempo que lo sabemos a ciencia cierta. Y hace un par de días me confesó que le gustabas de verdad, Cassandra. Y esa admisión, que le gustas «de verdad», es un paso tremendo para un hombre. Creo que la boca masculina está diseñada para que les resulte casi imposible pronunciar cualquier palabra relacionada con el amor, sobre todo cuando tienen que conjugar un verbo y formar una frase como «te quiero».

– Y por eso no podemos darte la razón -apostilló Margaret-. Nos parece lo más lógico que Stephen quiera casarse contigo de verdad.

Cassandra guardó silencio, incapaz de rebatir sus argumentos.

– No le contaremos a Stephen nada de lo que nos has dicho -dijo Katherine, que miró a sus hermanas en busca de confirmación-. Y tal vez nunca haga falta. Pero te aseguro que valoramos muchísimo su felicidad y si solo puede lograrla casándote contigo, haremos todo lo que esté en nuestra mano para asegurarnos de que haya una boda que planear.

– Pero es imposible que me queráis como su esposa -protestó al tiempo que se llevaba una mano al pecho-. Tengo veintiocho años, estuve casada durante nueve años, mi esposo murió en circunstancias tan misteriosas que la opinión pública me tiene por su asesina y lord Merton y yo nos conocimos hace poco más de una semana. -A medida que enumeraba las razones, iba extendiendo los dedos de la otra mano.

– Cassandra, deberías saber algo sobre nosotras -dijo Margaret con un suspiro-. Aunque nos comportamos a la perfección casi todo el tiempo, no crecimos ni nos educamos como la mayoría de los aristócratas y por tanto somos incapaces de pensar como ellos, de ahí que hayamos conseguido hacer funcionar nuestros respectivos matrimonios, si bien en sus comienzos todos fueran potencialmente desastrosos. Es más, hemos logrado convertirlos en matrimonios por amor. ¿Por qué iba Stephen a ser distinto? ¿Por qué vamos a señalarle todos los desastres que podrían sucederle si existe la posibilidad de que encuentre la felicidad?

– Hemos aprendido a confiar en el amor -añadió Katherine con una sonrisa-. Somos unas optimistas natas. Ya te contaré mi historia un día de estos. ¡Se te pondrán los pelos de punta!

– Si no nos vamos pronto -comentó Vanessa-, vamos a tomar ese café y esos dulces como almuerzo en vez de como tentempié.

– Voy en busca de mi sombrero -les dijo.

Mientras subía la escalera, se preguntó si su decisión de explicarles la verdad a las hermanas de Stephen la había librado de complicaciones o le había creado más.

Stephen le había dicho a Vanessa que le gustaba de verdad y lo hizo antes de los acontecimientos de la noche anterior.

Sonrió… y sintió el escozor de las lágrimas en la garganta.

William estaba de rodillas en el pasillo del primer piso, arreglando un tablón suelto del suelo que llevaba crujiendo desde que se habían mudado a la casa.

Tras salir de la Cámara de los Lores, Stephen se marchó a casa en vez de poner rumbo a White's, como era su costumbre. Tenía demasiadas cosas en la cabeza.

De todas maneras, el club sería un lugar muy incómodo después de la noche anterior. Sería la víctima de incontables chistes si lo veían. La Cámara de los Lores ya había sido bastante mala y aunque nadie le había dicho nada abiertamente, había visto algunas sonrisas socarronas muy elocuentes.

La pesadilla de todo caballero era que lo sorprendieran en alguna pequeña e imprudente indiscreción durante un acto público, de modo que se viera abocado a un matrimonio indeseado.

Su indiscreción no había sido pequeña, pero sí muy imprudente.

¡Por el amor de Dios!

Pero ¿sería un matrimonio indeseado?

Estaba enamorado de Cassandra. Se había pasado toda la noche en vela, intentando que la verdad surgiera de entre las capas de culpabilidad, caballerosidad y deseos fantasiosos que lo abrumaban, de modo que pudiera conocer sus verdaderos sentimientos. Aunque la verdad era irrelevante por completo. Tenía que convencer a Cassandra para que se casara con él.

Sin embargo, la verdad era la que era por muchas capas que tuviera encima.

Estaba enamorado de ella.

¿Lo normal era que después de reconocerlo quisiera casarse con ella? ¿De verdad quería casarse, fuera con quien fuese, a una edad tan temprana?

Evidentemente no tenía por qué devanarse los sesos intentando responder esas preguntas. Lo habían pescado besándola y debía casarse con ella. Sobre todo habida cuenta de la reputación de Cassandra.

De camino a casa, decidió que tomaría un almuerzo ligero y que después volvería a salir. Tenía que hablar con William Belmont. Había sido maravilloso escuchar la verdad sobre la debacle de la noche de marras, pero no tenía tan claro que proclamar dicha verdad a los cuatro vientos fuera lo más adecuado.

Lord Paget se había suicidado enfurecido por el alcohol.

Si la verdad salía a la luz, seguramente quisieran exhumar sus restos y sacarlos del camposanto para volver a enterrarlo en un lugar no consagrado.

Y Cassandra era su viuda.

Sin duda alguna se vería envuelta de nuevo en otro escándalo muy desagradable.

Siempre y cuando alguien creyera la historia de Belmont. Cabía la posibilidad de que la mayoría de la gente siguiera creyendo la historia del hacha. Era mucho más sórdida. La verdad solo lograría avivar un escándalo que se estaba convirtiendo en agua pasada. La mayoría de la gente ni siquiera lo creía y ya se estaba aburriendo de los cotilleos.

Tal vez pudiera convencer a Belmont para que se limitara a apoyar la tesis oficial sobre la muerte, que dictaminaba que había sido accidental. No mentiría si declaraba que había estado presente y que había visto lo sucedido. Su palabra tendría bastante peso en la opinión de los demás, salvo en la de aquellas personas dispuestas a creer lo peor. Al fin y al cabo, era hijo del difunto.

Además, tenía que ir a ver a Cassandra después del almuerzo. La llevaría a dar un paseo si el sol se decidía a salir de una vez. Podría comenzar con su campaña de persuasión. Utilizaría todo su encanto para convencerla de que se enamorara de él.

De hecho, se moría de ganas de volver a verla.

Subió los escalones de entrada con rapidez y llamó a la puerta en vez de abrir con su llave. Le lanzó el sombrero al criado que le abrió y le sonrió a su mayordomo, que acababa de salir de la parte trasera de la casa.

– Que no cunda el pánico, Paulson -le dijo-. Almorzaré fiambre, pan y mantequilla. ¿Puedes tenerlo preparado para dentro de media hora?

Sin embargo, Paulson tenía cierta información que comunicarle.

– Milord, lady Sheringford, la duquesa de Moreland y la baronesa Montford están aquí. Creo que en el salón de baile. Dijeron que no se quedarían para el almuerzo, pero ya llevan más de una hora y es posible que hayan perdido la noción del tiempo. He ordenado que preparen un almuerzo frío para las damas. Añadiré un cubierto más para usted, milord. Estará listo en diez minutos.

¿Sus hermanas? ¿En el salón de baile?

No había que ser un genio para adivinar el motivo. Estaban tomando las riendas aun antes de que él se lo pidiera. Estaban organizando su baile de compromiso.

– Gracias, Paulson -le dijo al mayordomo al tiempo que se dirigía a la escalinata.

Subió los escalones de dos en dos.

¿Debería decírselo?, se preguntó. Lo de que su compromiso no era real, al menos en lo concerniente a Cass, por supuesto. No lo haría, decidió antes de llegar al descansillo. Era algo irrelevante. Al final de la temporada social el compromiso sería real para los dos. Iban a casarse en verano. Esperaba que la boda se celebrara en Warren Hall, aunque no le importaba hacerlo en Saint George si eso era lo que ella quería llegado el momento.

Descubrió a sus hermanas de pie en medio del salón de baile, con la cabeza echada hacia atrás mientras inspeccionaban las arañas que colgaban del techo. Había tres, ya que era una estancia muy espaciosa, y nunca la había usado desde que heredó el título. Un caballero soltero no tenía muchas oportunidades para celebrar suntuosas fiestas en su casa.

Su baile de compromiso sería una excepción. Estaba ansioso y entusiasmado por la idea.

Se quedó en la puerta con las manos entrelazadas a la espalda.

– He contado setenta velas en esa araña. Y supongo que habrá otras tantas en la del fondo. La del centro es la más grande. Debe de tener espacio para al menos cien velas. Eso hace un mínimo de doscientas cincuenta velas, sin contar los candelabros de pared. Sería un despilfarro inusitado. Solo las velas costarán una verdadera fortuna.

La voz procedía del estrado de la orquesta, situado en el extremo más alejado de la estancia. No se había percatado de su presencia hasta que la oyó hablar.

Cassandra.

Ella también tenía la cabeza echada hacia atrás.

Como si Paulson y el ama de llaves no supieran cuántas velas hacían falta para iluminar el salón de baile… sin tener que contar los candelabros y acabar con dolor de cuello en el proceso.

– Estaba a punto de mandar llamar a la guardia al enterarme de que habían invadido mi casa -dijo, alzando la voz-. Pero ya veo que sería inútil. ¿Debo suponer que os habéis apoderado de ella hasta el baile de compromiso?

– A menos que tú quieras organizarlo solo, Stephen -señaló Margaret mientras él se adentraba en la estancia.

Sonrió y le dio un beso a su hermana mayor en la mejilla antes de hacer lo mismo con sus otras dos hermanas.

– Tal vez debería llamar a la guardia de todas maneras para que no podáis escapar antes de que llegue ese día -replicó.

Cassandra estaba atravesando la pista de baile, con un ligero rubor en las mejillas.

Se encontró con ella a medio camino, le pasó un brazo por la cintura y le dio un beso fugaz en los labios. Verla en su propia casa le producía una sensación increíble.

– Amor mío -le dijo.

– Stephen -lo saludó ella mientras la hacía girar para quedar de frente a sus hermanas.

Las tres los observaban con idénticas expresiones ufanas.

– Hemos tomado café y dulces juntas -le informó Cassandra-. Me han felicitado por lo menos veinte personas, y eso que ni siquiera se ha publicado el anuncio del compromiso. Ha sido vertiginoso. Y maravilloso -añadió, como si se le hubiera ocurrido después esa idea.

– Menos mal que fuimos sinceros al anunciar nuestro compromiso en el baile de anoche -replicó él.

Cassandra le sonrió con los ojos. Sus hermanas también sonreían. Hasta ese momento se había estado preguntando qué pensarían de su compromiso.

– Menos mal, desde luego -convino Cassandra-. Aunque fuiste tú quien hizo el anuncio.

– Tal y como Dios manda -intervino Meg-. No quiero ni pensar qué habría pasado si llegas a anunciarlo tú, Cassandra.

El comentario hizo que todas se echaran a reír de buena gana.

– ¡Mira que la idea de hacer un anuncio así sin que sea cierto! Stephen, qué cosas tienes. No quiero ni imaginarme qué habría pasado si Cassandra te hubiera llevado la contraria. Solo de pensarlo se me ponen los pelos como escarpias.

– No tendríamos ningún baile fastuoso que organizar -añadió Kate-. Ni una boda todavía más fastuosa este verano.

Se echaron a reír de nuevo, como si fueran cómplices de una conspiración en su contra.

Abrazó a Cassandra con más fuerza y le sonrió.

– Ya veo que mis hermanas y tú os lleváis a las mil maravillas -comentó-. Tendría que haberte advertido que no esperarían a la boda para tomarte bajo el ala.

– Estábamos debatiendo sobre el color de los arreglos florales antes de que nos concentráramos en las arañas -dijo ella-. Hemos decidido que queremos crear un ambiente luminoso y soleado, como un jardín, aunque todavía no hemos decidido qué colores vamos a usar ni cuántos tonos distintos.

– Amarillo y blanco -propuso Stephen-, con muchas plantas verdes.

– Perfecto. -Cassandra lo miró con una sonrisa.

– Magnífico -dijo Nessie-. Cassandra va a llevar un vestido amarillo, Stephen. Resaltará su color de pelo y de piel, claro que estaría guapísima aunque se pusiera un saco. Me muero de envidia por ese pelo.

– Paulson me estará regañando durante un mes si no os llevo a todas al comedor en menos de cinco minutos -les dijo-. Ha preparado un almuerzo frío para los cinco.

– ¡Oh! -Exclamó Cassandra-. No debería…

– … rechazar el almuerzo -se apresuró a decir él-. Estoy de acuerdo contigo. No deberías rechazarlo bajo ningún concepto. Cass, te aseguro que es mejor congraciarse con Paulson y no empezar con mal pie.

– La verdad es que tengo hambre -dijo Kate, que parecía sorprendida-. Claro que no he comido ningún dulce con el café. Paulson es un encanto y pienso decírselo.

Sus hermanas salieron del salón sin decir nada más, pero él mantuvo a Cassandra a su lado un momento, hasta que se quedaron a solas en la estancia.

– Iba a ir a verte más tarde -le dijo-. No podía esperar. Me he pasado toda la mañana pensando en ti en vez de concentrarme en los asuntos de la Cámara de los Lores. Estás muy guapa con ese tono de rosa. Con tu pelo debería sentarte fatal. Qué perspicaz por tu parte saber que te sentaría bien.

– ¡Ay, Stephen! -Exclamó ella con un suspiro-. Ojalá no hubiera pasado nada anoche. Tus hermanas y tú sois increíblemente… ¡decentes!

La miró con una sonrisa.

– Si sigues empecinada en que sea un compromiso temporal, vas a descubrir lo increíblemente indecente que puedo llegar a ser. Pelearé por ti con uñas y dientes, y con todas las tretas que se me ocurran.

Cassandra soltó una carcajada y le colocó una mano en la cara.

La besó, y se demoró haciéndolo lo justo para robarle un poco el aliento.

– Un ángel con las alas tiznadas -dijo ella-. Menuda contradicción.

La cogió de la mano, entrelazó sus dedos y la condujo hacia el comedor. Benditas fueran sus hermanas por haberla llevado allí.

A su propio hogar.

CAPÍTULO 20

Fue casi una suerte que el compromiso temporal y los preparativos para el baile la mantuvieran tan ocupada, pensó Cassandra a lo largo de la siguiente semana. Porque era muy difícil ser paciente. Su abogado le había advertido que aunque esperaba una rápida resolución a su favor, el asunto podría llegar a dilatarse un par de semanas, incluso más. Mientras tanto, no debía preocuparse.

Por supuesto, no recibieron ninguna noticia. Y por supuesto, ella se preocupaba.

Sin embargo, la vida se había vuelto muy ajetreada. Una noche tuvo que asistir a una cena en casa de Wesley. No se había sincerado con él como había hecho con las hermanas de Stephen. Su hermano no lo aprobaría. Y sin duda alguna culparía a Stephen, cosa que sería muy injusta. Wesley estaba encantado con el compromiso. Lo veía como la solución a todos sus problemas.

– Porque aunque recuperes tu dinero y tus joyas, seguirás estando sola -le dijo su hermano-, y seguirá habiendo gente que piense lo peor de ti. Merton podrá protegerte de todo eso.

Lo que sí le había contado a su hermano era lo que William les dijo sobre la muerte de Nigel. También le había dicho que habían convencido a su hijastro para que no se lo contara a nadie más, al menos hasta que su reclamación fuera atendida. Wesley reconoció a regañadientes que seguramente fuera una buena idea no revivir el viejo escándalo justo cuando la gente empezaba a perder el interés.

También asistió a otra cena y a una velada en casa de sir Graham Carling, y a un concierto privado para el que recibió una invitación el mismo diasque se publicó el anuncio de su compromiso. El día posterior al concierto se celebró un almuerzo al aire libre para el que también recibió una invitación personal.

Salía a pasear todos los días con Stephen, ya fuera en carruaje o andando.

El día del almuerzo al aire libre la llevó a dar un paseo a caballo por Rotten Row, para lo que alquiló un caballo especialmente para ella. Tuvo la sensación de que habían pasado años desde la última vez que montó a caballo, y sin duda había sido así. Casi se le había olvidado lo maravilloso que era estar a lomos de un caballo, sentir su fuerza y su energía bajo ella, y controlarla con la habilidad de sus manos.

Sin embargo, los preparativos del baile de compromiso consumían tanto tiempo que incluso llegó a sugerir que tal vez debería renunciar a dormir por las noches hasta que tuviera tiempo para disfrutar de nuevo de una cabezadita.

Había listas, listas interminables, que acordar y que redactar. Había invitaciones que enviar, flores que comprar, una orquesta que contratar, un menú que planear, un programa de baile que perfilar y… En fin, parecía que las tareas no se acababan nunca. Las hermanas de Stephen podrían haberse encargado de todo sin su ayuda, estaba segurísima. Ciertamente, cualquiera de ellas por separado habría podido hacerlo. Aunque se hubieran criado en una vicaría de un pueblecito perdido, se habían convertido en perfectas damas de la alta sociedad. Sin embargo, todas insistieron en que tenían que trabajar juntas y en que ella era una más.

– Va a ser divertidísimo tener otra hermana -le aseguró Vanessa, que decidió hacer oídos sordos a su intención de no casarse con Stephen-. Tengo dos cuñadas de mi primer matrimonio y tres por parte de Elliott, pero siempre hay sitio para más. No hay nada más maravilloso que la familia, ¿verdad?

Empezó a pensar con cierta melancolía que no lo había. Las hermanas de Stephen no se atosigaban entre sí. Cada una tenía su propia vida y residían en diferentes partes del país, salvo en primavera, cuando se encontraban en Londres durante las sesiones parlamentarias y la temporada social. Sin embargo, tenían una relación tan estrecha que se le encogía el corazón de envidia y anhelo.

Durante esa semana conoció a la vizcondesa de Burden y a la condesa de Lanting, cuñadas de Vanessa y de Katherine respectivamente, y ellas también declararon estar ansiosas por darle la bienvenida a su extensa familia.

Sí, la familia y la fraternidad eran bienes muy valiosos.

Y la vida era muy ajetreada.

Ni siquiera en casa tenía tranquilidad.

William era un hombre rico. Además de lo que había recibido como herencia por parte de su padre, a lo largo de los años pasados en Canadá y Estados Unidos había amasado una considerable fortuna gracias al comercio de pieles. Y estaba preparado para sentar cabeza. Quería comprar una propiedad, convertirse en un caballero con tierras, acompañado por Mary y por la familia que ya habían creado.

Sin embargo, Mary se negó en redondo a marcharse. Según ella, habría estado vagando por los caminos de Inglaterra sin un techo bajo el que cobijarse o habría acabado en prisión por vagabunda de no ser por la amabilidad de lady Paget, que aunque bien sabía Dios que apenas tenía para cubrir sus necesidades cuando se marchó de Carmel House, se las había llevado a Belinda y a ella (por no hablar de Roger). Añadió que no iba a abandonar a su señora de un día para otro solo porque Billy hubiera regresado; o al menos que no lo haría hasta que estuviera casada con lord Merton, que era un caballero de los pies a la cabeza a pesar de lo que había hecho cuando la conoció… aunque apostilló que todo fue porque se enamoró de ella, porque ¿quién no se enamoraría de lady Paget con lo guapa que era? En su opinión, el conde había expiado sus pecados de sobra. Y si lady Paget decidía no casarse con el conde, aunque sería absurdo que no lo hiciera y ella no era nadie para juzgar a sus superiores, mucho menos para llamarlos tontos, se quedaría con ella hasta que recibiera su dinero y se hubiera mudado a otra casa con buenos criados. Eso sí, dejó bien claro que quería ver a esos criados con sus propios ojos antes de nada, porque a saber qué clase de gentuza había en Londres que se creía capaz de cocinar y de limpiar para una dama. De modo que decidió quedarse donde estaba y le dijo a Billy que si no le gustaba y quería irse en busca de tierras antes de que ella estuviera lista para marcharse con él, que lo hiciera.

Cada vez que Mary soltaba esa parrafada o alguna variante, acababa con la cara tapada con el delantal, hecha un mar de lágrimas, y William le ofrecía un hombro sobre el que llorar mientras le daba palmaditas en la espalda, sonreía y le aseguraba que no pensaba irse a ningún sitio antes de que Cassie tuviera el futuro resuelto. Después le decía que era tonta si pensaba que iba a marcharse sin ella.

El caso de Alice era muy parecido. Regresó de Kent con diez años menos encima. Le brillaban los ojos. Al igual que las mejillas. Toda ella brillaba.

– Cassie -dijo su antigua institutriz a los diez minutos de entrar en la casa-, Alian tiene una familia maravillosa. Son un grupo muy unido, pero me han abierto los brazos y me han ofrecido su amistad. De hecho, mucho más que amistad. Me han tratado como a una más de la familia.

Así que Alian… pensó ella.

– Me alegro muchísimo -le dijo-. ¿Eso quiere decir que vas a seguir viendo al señor Golding?

– El muy tonto quiere que me case con él -contestó Alice.

– Desde luego que es tonto -convino-. ¿Has aceptado?

– No -respondió Alice, que dejó la taza en el platillo con un golpecito antes de habérsela llevado siquiera a los labios.

– ¿No?

– No -repitió Alice con firmeza-. Le he pedido un poco de tiempo para meditar mi respuesta.

– Supongo que por mi culpa -aventuró ella tras soltar la taza y el platillo en la mesita auxiliar que tenía al lado.

Alice apretó los labios, pero no negó sus palabras.

– Alice, si Mary y tú me obligáis a casarme con Stephen -le dijo con una severidad que no tuvo que fingir-, no os lo perdonaré en la vida.

La expresión de su antigua institutriz se tornó aún más obstinada.

– Por supuesto, cualquiera de las dos negará haber hecho algo así -continuó-. Solo estáis posponiendo vuestro futuro, incluso rechazándolo de plano, por si yo no me caso con él. No pienso permitir semejante tiranía. Os lo aviso, y lo hago muy en serio. Si ese es el caso, os despido a las dos.

– ¿Que vas a despedirnos? -Replicó Alice-. ¿Cómo? No he recibido un sueldo desde hace casi un año. Creo que eso quiere decir que ya no trabajo para ti, Cassie. Solo soy tu amiga. No puedes despedir a tus amigas. Y si intentas librarte de Mary, se limitará a echarte un buen sermón antes de ponerse a llorar como una Magdalena, y acabarás sintiéndote fatal. Después, se empecinará en quedarse y no aceptará que le pagues, y tú te sentirás todavía peor. Y el señor Belmont se quedará con ella porque, y eso lo honra, está enamorado de la muchacha… y quiere mucho a Belinda. Y te pasarás el día tropezándote con él mientras arregla todos los desperfectos de esta casa. Una tarea interminable, que lo sepas. Al final, te sentirás tan mal que no podrás dormir por los remordimientos, que lo sepas.

Meneó la cabeza al escuchar a Alice y cogió de nuevo la taza y el platillo.

– Voy a mudarme a una casita con un solo dormitorio donde solo habrá sitio para mí -le dijo.

Y después de decir la última palabra, apuró el té con cierta satisfacción.

¿Por qué Alice y Mary se habían puesto de repente de parte de Stephen cuando apenas dos semanas antes lo veían como al mismísimo demonio? Claro que eso había sido antes de conocerlo. ¿Cómo iba a resistirse una mujer a ese aire angelical una vez que lo veía de cerca? ¿Cómo iba a resistirse una mujer cuando utilizaba su encanto con ella? Stephen jugaba sucio. Porque cada vez que iba a la casa a verla, y lo hacía a diario, charlaba con Mary y le sonreía, y después hacía lo mismo con Alice.

Stephen jugaba muy sucio. Porque ella también tenía que ver su apostura todos los días y todos los días estaba expuesta a su encanto. Y además contaba con recuerdos de algo más que su apostura y su encanto.

En el fondo de su mente se repetía constantemente la misma pregunta: ¿por qué no casarse si estaba loca e irremediablemente enamorada de él?

No había matado a Nigel y Stephen lo sabía. No era tan tonta como para seguir creyendo que todos los hombres tenían el alma podrida. Había tenido la desgracia de casarse con uno aquejado de una triste enfermedad, tan destructiva para sí mismo como para los que lo rodeaban. No había sido culpa suya que Nigel no se recuperara de su enfermedad. Como tampoco habían sido culpa suya las palizas recibidas, si bien a lo largo de su matrimonio se había culpado.

No había un motivo concreto por el que no debiera casarse con Stephen y buscar un poco de felicidad tras años de aflicción. Salvo que se sentía utilizada, sucia y cansada del mundo, y Stephen parecía todo lo contrario. Era incapaz de convencerse de que al casarse con él no le estaría haciendo daño de alguna manera. De que no le estaría robando un poco de su luz.

Además, ¿la quería de verdad? Si no se hubieran dado el beso que lo obligó a proponerle matrimonio y a declarar con tanta caballerosidad que estaba enamorado de ella, ¿habría hecho alguna de esas dos cosas por propia voluntad?

Tal vez pasado un tiempo, pensó, recuperaría la autoestima y la confianza en sí misma, de modo que pensaría en volver a casarse. Pero no en ese momento. Todavía no. Y menos con Stephen.

Sin embargo, ¿cómo iba a casarse con otro que no fuera Stephen?

Porque había algo que tenía muy claro en el fondo de su corazón. Lo quería con toda su alma.

Stephen no había estado tan ocupado como Cassandra, o al menos no había estado más ocupado de lo habitual. Se había ofrecido para colaborar en los preparativos del baile, que se celebraría en su casa para festejar su compromiso, pero sus hermanas lo habían mirado con la misma expresión entre tierna e impaciente con que lo miraban cuando de pequeño regresaba a casa con los pantalones rotos o las botas manchadas justo cuando se preparaban para asistir a la rifa benéfica de la iglesia.

Parecía que los hombres sobraban en las fiestas de la alta sociedad salvo para ser parejas de baile y asegurarse de que ninguna dama se quedara sin bailar.

Concentró casi todas sus energías en convencer a Cassandra para que se casara con él en verano, sin llegar a decir una sola palabra al respecto. Se concentró en conseguir que se enamorara de él.

Ya no era un asunto de caballerosidad. Estaba en juego su felicidad.

Aunque eso no se lo confesó, claro. Lo último que quería era conseguir que se casara con él por simple lástima. Ya le había dicho en una ocasión que la quería, de modo que había llegado el momento de demostrarle la verdad con sus actos.

El salón de baile era una maravilla. Parecía un jardín en pleno verano, incluida la luz del sol. Por supuesto, no había luz del sol, pero las flores blancas y amarillas, así como el intenso verde de los frondosos helechos conseguían recrear la atmósfera estival, y las arañas del techo brillaban tanto después de que las hubieran pulido que las trescientas velas casi parecían innecesarias.

Además de parecer un jardín, el salón olía como tal. Parecía lleno de aire fresco. Por supuesto, la sensación no duraría demasiado. En cuestión de una hora los invitados comenzarían a llegar y ni siquiera las ventanas abiertas podrían mantener una temperatura agradable. Meg había predicho que el baile sería el mayor éxito de toda la temporada social, y tenía que darle la razón. No solo porque los bailes en Merton House eran una rareza, sino porque con ese baile celebrarían su compromiso con la asesina del hacha. Sabía que el apodo seguía utilizándose en algunos clubes de caballeros y en algunos de los salones más refinados, pero dudaba mucho que la gente lo creyera literalmente. Ojalá pudieran contar la verdad, pero en el fondo estaba convencido de que lo mejor era enterrar el asunto.

Acababa de ofrecer una cena familiar justo antes del baile, una idea de su propia cosecha. Habían asistido sus hermanas, sus cuñados, Con y Wesley Young. En ese momento todos paseaban por el salón de baile, relajándose antes de que la estancia se llenase de invitados.

Los instrumentos de la orquesta estaban en el estrado, pero los músicos habían bajado a las dependencias de los criados para cenar.

– ¿Es tan bonito como te lo imaginabas? -le preguntó a Cassandra tras acercarse a ella por la espalda y rodearle la cintura con un brazo.

– Mucho más -contestó ella con una sonrisa.

Cassandra llevaba un vestido amarillo, como le habían prometido. El tejido relucía con cada movimiento. Era más claro que el dorado y más intenso que el amarillo limón. Las mangas de farol y el escote estaban adornados por un festón y por un sinfín de florecillas blancas. Al igual que los volantes del bajo. Al cuello llevaba el colgante con forma de corazón que su hermano le había regalado y en el brazo tenía el brazalete de pequeños diamantes con forma de corazón que le había dado él como regalo de compromiso y que parecía hacer juego con el colgante.

Se lo había dado esa misma tarde, y Cassandra no tardó en asegurarle que se lo devolvería al romper el compromiso… y esa había sido la única referencia que habían hecho durante toda la semana sobre ese posible suceso.

– Va a ser una noche perfecta -le dijo-. Voy a ser la envidia de todos los caballeros presentes.

– Pues yo creo que todas las damas solteras van a llevar luto riguroso por ti -replicó ella-. Todas llorarán tu pérdida, menos la dama con quien te cases llegado el día, Stephen.

– ¿Este verano? -preguntó, y le sonrió, pero volvió la cabeza hacia la entrada.

La voz de Paulson se escuchaba más fuerte y crispada de lo habitual.

– Todavía no se ha formado la recepción, señor -estaba diciendo el mayordomo-. No esperamos a los invitados hasta dentro de una hora. Permítame llevarlo al salón recibidor y ofrecerle un refrigerio.

Enarcó las cejas al escuchar esas palabras. Si el recién llegado había insistido hasta el punto de llegar al salón de baile pese a la vigilancia de Paulson, seguramente fuera imposible conseguir que se marchara al salón recibidor. Echó a andar hacia la puerta seguido por Cassandra.

– ¡Al cuerno con la recepción, con el baile, con la hora de llegada y con el salón recibidor, imbécil! -Exclamó una voz impaciente y brusca, que posiblemente se dirigiera a Paulson-. ¿Dónde está esa mujer? Voy a verla aunque tenga que echar la casa abajo. ¡Ah, el salón de baile! ¿Está ahí dentro?

Stephen se dio cuenta de que toda su familia se giraba con cierta sorpresa hacia la puerta justo al tiempo que aparecía un caballero ataviado con un gabán negro, un sombrero de copa y una expresión feroz.

– Bruce -dijo Cassandra.

Los ojos del recién llegado se posaron en ella en ese preciso instante, de modo que Stephen le indicó a Paulson que se fuera con un gesto de la cabeza.

– ¿Paget? -dijo al tiempo que daba un paso hacia delante con la mano derecha extendida.

Lord Paget se desentendió de su mano… y de él.

– ¡Tú! -Exclamó en cambio dirigiéndose a Cassandra con brusquedad y señalándola con un dedo acusador-. ¿Qué puñetas crees que estás haciendo?

– Bruce, será mejor que hablemos en privado -dijo Cassandra en voz baja y distante, aunque Stephen se percató de que le temblaba un poco-. Estoy segura de que el conde de Merton nos permitirá el uso del salón recibidor o de la biblioteca.

– ¡No pienso hablar contigo en privado ni muerto! -Replicó lord Paget, adentrándose en la estancia-. Todo el mundo tiene que enterarse de lo que eres y todo el mundo se va a enterar por mí, empezando por estas personas. ¿Qué puñetas…?

Stephen dio otro paso hacia delante. Paget no era un hombre bajo. De hecho, era algo más alto que la media y tampoco podía decirse que fuera delgado. Sin embargo, lo cogió del cuello del gabán y de la pechera de la camisa y lo obligó a ponerse de puntillas con una sola mano. Después se inclinó hacia delante hasta que apenas quedaron un par de dedos entre la nariz de Paget y la suya.

– Paget, no vas a hablar en mi casa a menos que yo te dé permiso -le dijo sin alzar la voz-. Y no vas a usar un vocabulario tan vulgar delante de las damas aunque te lo dé. -La ligera presión que aplicaba con los nudillos sobre su nuez hizo que lord Paget comenzara a ponerse morado.

– ¿Qué damas? -Replicó Paget-. La única mujer que tengo delante no es una dama, Merton.

Esa fue la gota que colmó el vaso de su paciencia. Stephen estampó a Paget contra la pared que tenía por detrás sin soltarle el cuello. La mano libre, con el puño apretado, estaba ya a la altura de su hombro. El sombrero de Paget había quedado en un ángulo imposible, de modo que acabó en el suelo.

– Creo que me falla el oído -dijo-. Pero en el caso de que no sea así, vas a disculparte.

– ¡Al cuerno con las disculpas! -Exclamó Wesley Young, que hervía de furia, por detrás de él-. Déjamelo a mí, Merton. Nadie le habla así a mi hermana y se va de rositas.

– Será mejor que te disculpes, Paget -aconsejó Elliott con voz altiva desde el otro lado-, y que aceptes la propuesta de lady Paget. Pronto llegarán los invitados y nadie quiere que te vean con la nariz rota. Supongo que tú el primero. Será mejor que mantengáis esta discusión en privado. El hermano de lady Paget y su prometido estarán encantados de acompañarte, no me cabe la menor duda.