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Apuesta Segura

Maureen Child

La inapropiada novia de King… ¿y un niño?.Todo el mundo hacía lo que Jefferson King ordenaba. Salvo la gente de cierto pueblo irlandés que había “comprado” para su última producción. Y, cuando el magnate cinematográfico llegó al pueblo, descubrió por qué todos se habían vuelto contra él: había dejado embarazada a una de los suyos. Parecía como si hubiese estado evitando las llamadas de Maura Donohue, aunque no era así. De hecho, no podía olvidar la noche de pasión que habían compartido. Estaba dispuesto a organizar una boda digna de una reina para la futura mamá. Pero Maura no quería un matrimonio sin amor… y Jefferson no pensaba ceder en ese punto.

Maureen Child

Apuesta Segura

Uno

– Te parezco encantador -dijo Jefferson King, con una sonrisa de satisfacción-. Estoy seguro.

– Encantador, ¿eh? -Maura Donohue se estiró todo lo que pudo, aunque no era demasiado-, ¿De verdad crees que es tan fácil convencerme?

– ¿Fácil? -repitió él, riendo-. Nos conocemos desde hace una semana y puedo decir con toda seguridad que contigo nada es fácil.

– Ah, mira, al menos eres agradable.

Le había gustado que dijera eso, Jefferson se dio cuenta. Ninguna otra mujer hubiera visto como un elogio que un hombre la encontrase difícil, pero Maura Donohue era una entre un millón.

Lo había sabido en cuanto la conoció. En Irlanda, mientras buscaba localizaciones para una película de los estudios King, Jefferson se había encontrado con la granja de Maura en County Mayo y había decidido de inmediato que era justo lo que buscaba. Por supuesto, convencer a Maura para que se la alquilase era algo completamente diferente.

– ¿Sabes una cosa? -empezó a decir, apoyando un hombro en la pared blanca del establo-. La mayoría de la gente se pondría a dar saltos de alegría ante la oportunidad de ganar un dinero fácil.

Ella echó su larga melena oscura hacia atrás, mirándolo con sus ojazos azules.

– Otra vez usando la palabra «fácil» cuando ya has admitido que yo no le pongo las cosas fáciles a nadie.

Jefferson suspiró, sacudiendo la cabeza. Aquella mujer tenía una respuesta para todo, pero la verdad era que lo intrigaba y lo estaba pasando bien con ella. Como jefe de los estudios cinematográficos King, Jefferson estaba acostumbrado a que todo el mundo lo obedeciera sin rechistar y cuando llegó a pueblo de Craic, dispuesto a pagar un dineral por usar las granjas y las tiendas en su película, todos estuvieron dispuestos a firmar lo que hiciera falta. Al contrario que Maura.

Llevaba días yendo a la granja Donohue para tratar de convencer a su obstinada propietaria. La había elogiado, alabado, tentado con promesas de montañas de dinero que él sabía no debería rechazar y, en general, había intentado mostrarse irresistible, como era su costumbre.

Pero Maura había conseguido resistirse.

– Estás en mi camino -le dijo.

– Lo siento -Jefferson dio un paso atrás para que pudiera pasar a su lado con una bala de paja. El instinto le decía que le quitase la carga de los brazos, pero estaba seguro de que Maura no aceptaría su ayuda.

Era una chica muy independiente, de ingenio rápido, lengua afilada… y un cuerpo en el que él había pasado demasiado tiempo pensando. Su largo pelo oscuro caía en suaves ondas hasta la mitad de su espalda y Jefferson estaba deseando tocarlo para ver si era tan suave como parecía. Tenía una barbilla orgullosa que tendía a levantar cuando quería dejar algo bien claro y un par de ojos azul oscuro rodeados de largas pestañas negras.

Llevaba unos vaqueros viejos y un grueso jersey de lana que ocultaba sus curvas, pero el invierno en Irlanda era frío y húmedo, de modo que era lógico. Aun así, Jefferson esperaba que lo invitase a entrar en su casa para tomar un té porque seguro que entonces se quitaría el grueso jersey y podría ver qué había debajo.

Pero, por el momento, la pelea siguió fuera del establo. El fuerte viento golpeó su cara, hiriendo sus ojos, como retándolo a atreverse con el campo irlandés. Le dolían los oídos y el chaquetón que llevaba no era abrigo suficiente en aquel sitio. Debería ir al pueblo a comprar algo más grueso, pensó. Además, no le vendría mal hacerse amigo de los comerciantes locales. Quería tener de su lado a todo el mundo en el diminuto pueblo de Craic para ver si así podía convencer a Maura de que le alquilase su granja.

– ¿Adonde vamos? -le preguntó, intentando hacerse oír sobre el ruido del viento.

– No vamos a ningún sitio -contestó ella-. Yo voy a los pastos de arriba para echarle pienso a mis ovejas.

– Podría ayudarte.

Maura se volvió para mirar sus caros zapatos italianos.

– ¿Con esos zapatos? Se estropearán en un prado lleno de barro.

– ¿Por qué no dejas que yo me preocupe de mis zapatos?

Levantando esa obstinada barbilla suya, Maura replicó:

– Eso lo dice un hombre que no necesita preocuparse por el precio de unos zapatos.

– Ah, ya veo, te cae mal la gente rica -dijo Jefferson, divertido-, ¿O sólo soy yo?

Maura sonrió también.

– Es una pregunta interesante.

Jefferson tuvo que reír. Las mujeres a las que él estaba acostumbrado eran menos directas. Y más dispuestas a estar de acuerdo con él en todo. Y no eran sólo las mujeres, pensó. Era todo el mundo en Hollywood.

No sólo porque perteneciera a una familia prominente sino por ser el jefe de un estudio cinematográfico donde los sueños podían hacerse realidad o ser rotos por el capricho de un ejecutivo. Demasiada gente intentaba caerle bien y era refrescante encontrar a alguien a quien eso le importaba un bledo.

Maura cerró la puerta de su vieja camioneta y se apoyó en ella, cruzándose de brazos.

– ¿Por qué sigues insistiendo, Jefferson King? ¿Es el reto de convencerme lo que te trae por aquí? ¿No estás acostumbrado a que te digan que no?

– No lo oigo a menudo, la verdad.

– Ya me lo imagino. Un hombre como tú, con esos zapatos caros y la billetera llena… probablemente te dan la bienvenida en todas partes, ¿no es así?

– ¿Tienes algo contra las billeteras llenas?

– Sólo cuando me las pasan por las narices.

– Yo no te la estoy pasando por las narices, sencillamente te la ofrezco -la corrigió Jefferson-, Te estoy ofreciendo una pequeña fortuna por el alquiler de tu granja durante unas semanas. ¿Por qué te parece un insulto?

– No es un insulto -sonrió Maura-, Pero tu determinación de convencerme resulta muy curiosa.

– Como has dicho antes, me encantan los retos.

A todos los King les gustaban los retos y Maura Donohue era el más interesante que se había encontrado en mucho tiempo.

– Entonces, tenemos algo en común.

– ¿Por qué no dejas que vaya contigo a los pastos? Así podrás enseñarme el resto de la granja.

Ella lo estudió durante unos segundos, en silencio, mientras el viento los golpeaba a los dos.

– ¿Por qué quieres venir conmigo?

– La verdad es que no tengo nada mejor que hacer ahora mismo. ¿Por qué no quieres que vaya contigo?

– Porque no necesito ayuda.

– Pareces muy segura de ti misma.

– Lo estoy -le aseguró ella.

– ¿Entonces por qué te importa si voy contigo? A menos que te preocupe ser seducida por mi carisma letal…

Maura soltó una carcajada. Una carcajada tan divertida, tan femenina que tocó algo dentro de Jefferson.

– Eres un hombre divertido, Jefferson King.

– No estaba intentando serlo.

– Y eso te hace aún más divertido, ¿no te das cuenta?

Mientras se envolvía en el chaquetón, Jefferson pensó que Maura estaba intentando convencerse a sí misma de que no la afectaba… porque la afectaba, estaba seguro. No era tan distante como lo había sido el primer día que llegó a la granja Donohue. Ese día casi había esperado que sacase una escopeta para echarlo de allí a perdigonazos. No era exactamente la viva imagen de la hospitalidad irlandesa.

Afortunadamente, él siempre había sido el más paciente de la familia.

– Míralo desde mi punto de vista: mientras me enseñas la granja puedes explicarme por qué no quieres alquilármela por una exorbitante cantidad de dinero.

Ella inclinó a un lado la cabeza para estudiarlo, el viento moviendo locamente su pelo oscuro.

– Muy bien. Si quieres venir, ven.

– Ah, qué invitación tan fina -bromeó Jefferson-. Como siempre.

– Si quieres algo fino deberías ir a Kerry, al castillo Dromyland. Allí tienen bueno camareros, una comida estupenda y unos jardines bien atendidos para que los zapatos de sus clientes no se estropeen.

– No estoy interesado en cosas finas -le aseguró él-. Por eso estoy aquí.

Maura rió de nuevo.

– Sabes replicar, lo reconozco.

– Gracias.

– Pero si no te importa… -dijo Maura entonces- yo conduciré mi propia camioneta.

– ¿Qué? -Jefferson se dio cuenta entonces de que estaba a punto de subir por la puerta del conductor en lugar de por la del pasajero-. Imagino que sabrás que los irlandeses tenéis el volante en el lado equivocado.

– Es una cuestión de perspectiva, imagino. El lado derecho o el izquierdo, da igual. Los dos son míos.

Jefferson apoyó un brazo en la puerta de la camioneta.

– Lo creas o no, yo estoy de tu lado.

– De eso nada. Yo creo que tú siempre estás de tu propio lado.

Maura subió de un salto y arrancó la camioneta mientras Jefferson tenía que correr para ir al otro lado. De no hacerlo, estaba seguro de que Maura Donohue era capaz de dejarlo allí plantado. Era una mujer que no hablaba en broma. Y preciosa, además. Y tan cabezota como verdes eran allí las colinas.

Ver al alto americano hundir los zapatos en un prado lleno de cacas de oveja era una escena divertida, pensó Maura. Pero incluso allí, donde estaba claramente fuera de su elemento, Jefferson King caminaba como si fuera el propietario de la finca, los faldones de su chaquetón gris sacudiéndose como el sudario de un fantasma, su pelo negro movido por el viento como si los espíritus estuvieran pasando por él sus fríos dedos. Y, sin embargo, allí estaba, llevando sacos de pienso para sus ovejas.

Al verlos, las ovejas negras y blancas corrieron hacia ellos, como si llevaran semanas hambrientas. Bestias avariciosas, pensó Maura, sonriendo cuando los animales empujaron a Jefferson en su prisa por comer.

Pero debía ser justa: él no tenía la actitud de la gente de la ciudad, que solían mirar a las ovejas como si fueran tigres hambrientos, preguntándose si las pobres bestias iban a atacarlos con sus afilados dientes. Para ser un americano rico parecía estar en su casa aunque, por alguna razón, se negaba a usar botas en lugar de aquellos zapatos de tafilete sin duda horriblemente caros.

Él rió cuando el empujón de una oveja estuvo a punto de tirarlo sobre el barro y Maura rió también, diciéndose a sí misma que debía dejar de mirarlo. Una orden imposible de obedecer cuando una sonrisa iluminó sus atractivas facciones.

Jefferson King era un hombre al que las mujeres debían mirar mucho, pensó. Hombros anchos, caderas delgadas y unas manos enormes con más callos de los que hubiera podido imaginar en un tipo de Hollywood. Además de eso tenía unos preciosos ojos azules, un par de buenas piernas, unos muslos poderosos y un trasero de cine, si alguien le pedía su opinión.

Pero sólo era un visitante ocasional en la hermosa isla que ella llamaba su casa. Y tenía que recordar eso. Jefferson sólo había ido a Irlanda buscando un sitio para rodar una película. No estaba allí, en la granja Donohue, porque la encontrase fascinante. Estaba allí para alquilar la finca, nada más. Una vez que hubiera firmado el contrato, ser marcharía de vuelta a su mundo, tan lejos de allí.

Y eso no le gustaba nada, de modo que seguía alargando las negociaciones.

– Parece que hace semanas que no comen -dijo Jefferson.

– Sí, bueno, ahora hace mucho frío y eso les abre el apetito.

– Hablando de apetito…

Desde que Jefferson apareció por Craic se pasaba el día en la granja, siguiéndola a todas partes, insistiendo en que firmase el contrato. Y al final del día tomaban un cuenco de sopa, algo de carne y un té en la cocina. Y lo extraño era que había empezado a esperar ese momento con ganas.

– Puedes pedirle a las ovejas que compartan su comida contigo si tienes hambre -le dijo, sin embargo.

– Ah, una oferta muy tentadora. Pero yo prefiero ese pan negro que me diste ayer.

– ¿Te gusta el pan de centeno?

Jefferson la miró desde su enorme altura y Maura casi podría jurar que veía chispas en sus ojos azules.

– Me gustan muchas cosas por aquí.

– Eres un zalamero, Jefferson King -murmuró Maura.

– ¿De verdad?

– Y lo sabes perfectamente, pero estás perdiendo el tiempo conmigo. No vas a convencerme para que firme ese contrato, ya te lo he dicho. Lo firmaré o no, según me parezca. Y nada de lo que puedas decir me empujará a un lado o a otro.

– Pero tengo que intentarlo al menos, ¿no?

– Puedes hacer lo que quieras -dijo Maura, alegrándose de que no se hubiera rendido.

En realidad estaba considerando seriamente su oferta desde el momento que la hizo porque con ese dinero podría hacer muchas cosas en la vieja granja que pertenecía a su familia desde siempre. Por no hablar de lo que podría hacer con el corral y los pastos.

Tenía un empleado que iba un par de días a la semana para echarle una mano, pero con el dinero de Jefferson King podría pagarle para que fuese todos los días. Y, además, podría guardar una buena cantidad en el banco.

Pero aún no estaba decidida. Jefferson había aumentado la oferta una vez y no tenía la menor duda de que volvería a hacerlo porque estaba segura de que no podría encontrar otra granja más bonita para su película. Además, él ya le había dicho que la suya le parecía perfecta.

Eso significaba que no iba a retirar la oferta y Maura quería conseguir el mejor trato posible. Pero no la motivaba la avaricia. Sólo pensar lo que un equipo de cine podría hacerle a su bien ordenada vida… por no hablar de las tierras. Necesitaría dinero para arreglar los desperfectos que causara esa gente, pensó.

Pero ella había crecido en aquella granja, de modo que la conocía tan bien como Tarzán conocía la jungla y no tenía que esforzarse para ver lo que veía Jefferson: campos de un verde brillante hasta el horizonte, cercas de piedra que se levantaban del suelo como antiguos centinelas, la sombra de las montañas Partry y el lago Mask de esa conversación. En realidad, hacía mucho tiempo que no le gustaba tanto un hombre. Una pena que sólo estuviera allí por un tiempo. Y sería mejor recordar eso, se dijo.

– A mí no puedes engañarme, Maura. Te estoy convenciendo.

– ¿No me digas?

– No has amenazado con echarme de tu propiedad en… -Jefferson miró su reloj- casi seis horas.

– Eso podría remediarse.

– Pero tú no quieres hacerlo.

– ¿No? -esa sonrisa suya debería considerarse un alma letal, pensó.

– No, no quieres -dijo Jefferson-. Porque lo admitas o no, te gusta tenerme por aquí.

Bueno, en eso tenía razón, debía admitirlo. ¿Pero qué mujer no disfrutaría teniendo a Jefferson King en su casa? No todos los días aparecía un hombre rico y guapo en tu puerta ofreciéndote dinero, además. ¿Podía evitarlo si estaba disfrutando tanto de las negociaciones que intentaba alargar un poco el proceso?

– Admítelo -dijo él-. Te reto a que lo hagas.

– Pronto descubrirás, Jefferson King, que si yo te quisiera por aquí -le dijo Maura, mirándolo a los ojos-, no tendría el menor problema en admitirlo.

Dos

En el pueblo de Craic, Jefferson King era una gran noticia y la mitad de los vecinos insistían en que firmase el contrato de una vez para que todos «se hicieran famosos».

No pasaba un día en que Maura no oyera la opinión de alguien al respecto. Pero no iba a apresurarse antes de tomar una decisión. No iba dejar que ni sus amigos ni los vecinos de Craic ni Jefferson la presionasen. Le daría su respuesta cuando estuviera firmemente decidida y ni un minuto antes.

Pero debería haberlo pensado dos veces antes de sugerir que fuesen a cenar al pub. Porque debería haber imaginado que sus vecinos aprovecharían la oportunidad para hablar con Jefferson, mientras le daban a ella un par de codazos en las costillas. Aunque estaba demasiado… inquieta para comer a solas con él en la granja. Al fin y al cabo, Jefferson era un hombre muy guapo y sus hormonas habían empezado a despertar en cuanto apareció en su puerta.

Pero Maura se preguntaba si ir al pub La Guarida del León para cenar había sido buena idea después de todo.

Por supuesto, estaban rodeados de vecinos, de modo que no había posibilidad de que sus hormonas le jugasen una mala pasada, pero lo malo de estar rodeados de vecinos era que todos intentaban llamar la atención del millonario americano.

A principios de diciembre, el interior del pub estaba suavemente iluminado por los apliques de las paredes, manchadas con siglos del humo del tabaco y de la chimenea. El suelo era de madera, rozado por los zapatos de miles de clientes, y había varias mesas redondas al fondo. La barra del bar era de nogal pulido, que Michael O'Shay, el propietario del pub, mantenía tan brillante como el banco de una iglesia. Y al lado del espejo donde se miraban los clientes había una televisión en la que estaban dando, como siempre, un partido de fútbol.

Michael apareció con una jarra de cerveza Guinness para Jefferson y un vaso de cerveza normal para ella, limpiando antes la mesa con un inmaculado paño blanco. Y luego les sonrió como si fuera Santa Claus.

– La cena estará enseguida. Hoy tenemos sopa de patatas y puerros que ha hecho mi Margaret, espero que le guste. Cuando llegue la gente de su equipo, Margaret la hará por toneladas.

Maura suspiró. No había tardado mucho en ponerse a hacer publicidad.

– Suena bien -dijo Jefferson, tomando un sorbo de su espesa cerveza negra.

– ¿Rose ha tenido ya el niño, Michael? -le preguntó Maura-. Michael y Margaret están a punto de convertirse en abuelos -le explicó a Jefferson.

– No, aún no, pero está a punto -contestó el propietario del pub-. Así que el dinero que ganemos cuando llegue la gente de la película será más que bienvenido.

Maura cerró los ojos. Evidentemente, de lo único que quería hablar la gente de pueblo era de esa maldita película.

Michael acababa de volver a la barra cuando tres o cuatro vecinos encontraron una razón para detenerse frente a su mesa y hablar con Jefferson.

Y Maura lo vio charlar amablemente con aquella gente a la que conocía de toda la vida y le gustó más por ello. Un hombre como él no podía disfrutar siendo el centro de atención en un pueblo tan pequeño, pero en lugar de ser abrupto se mostraba amable con todos.

Maura escuchó, medio distraída, mientras Francés Boyle le hablaba de su hostal y los buenos servicios que prometía para los estudios King. Luego Bill Howard, propietario del mercado, le juró que estaría encantado de ofrecerle los suministros que hiciera falta. Nora Bailey le dio su tarjeta, recordándole que tenía una panadería y sería un honor trabajar para él y, por fin, Colleen Ryan ofreció sus servicios como costurera porque, estando tan lejos de Hollywood, la gente de vestuario necesitaría alguien mañoso con la aguja. Cuando por fin se alejaron, todos mirando a Maura como diciendo: «venga, chica, firma de una vez», Jefferson estaba sonriendo y a ella le dolía la cabeza.

– Parece que tú eres la única en este pueblo que no quiere saber nada de la película.

– Sí, eso parece, ¿verdad?

– ¿Por qué no, Maura? Dejas que insista e insista, esperando que aumente la oferta cada día, pero no me das una respuesta.

Sí, la verdad era que estaba esperando que aumentase la oferta antes de firmar el contrato. Si sus amigos y vecinos podían controlar su entusiasmo un poco.

– Todo el pueblo quiere que rodemos aquí.

– Sí, pero todo el pueblo no tendrá un montón de gente en sus tierras cuando las ovejas están a punto de parir, ¿no?

– Tú misma has dicho que la mayoría de las ovejas paren en el campo y nosotros estaremos filmando delante de la casa. El rodaje de la residencia…

– Es una granja.

– Pues a mí me parece una residencia -sonrió Jefferson-. Puede que filmemos algunas escenas del establo, pero no vamos a molestarte demasiado.

– ¿Me lo prometes? -rió Maura.

– Te lo prometeré si eso es lo que hace falta para que firmes.

– Ah, estás desesperado, ¿eh? -sonrió ella, tomando un sorbo de cerveza-. Podría pensar que estás dispuesto a endulzar la oferta un poco más.

– Veo que sabes negociar -rió Jefferson-, Pero sí, estaría dispuesto a aumentarla un poco si tú me dijeras que estás dispuesta a firmar.

Maura intentó disimular para que no viera un brillo de victoria en sus ojos.

– Podría hacerlo, dependiendo de cuánto estuvieras tú dispuesto a aumentar la oferta.

– Una pena que no sea tu hermana la que tiene que firmar el contrato -suspiró él-. Tengo la impresión de que sería más fácil convencerla a ella.

– Ah, pero Cara tiene otras prioridades -Maura sonrió al pensar en su hermana menor. En realidad, habría aceptado la oferta de Jefferson aunque no le hubiese ofrecido un céntimo más porque le había dado a su hermana un pequeño papel en la película. Y como Cara soñaba con llegar a ser una gran actriz, estaba flotando desde que lo supo.

– Claro que si ella tuviera que firmar el contrato seguramente me habría exigido a cambio un papel de más envergadura.

– Le irá bien con lo que le has dado, pero es muy buena -dijo Maura, echándose un poco hacia delante-. El año pasado actuó en una de esas telenovelas y lo hizo muy bien, de verdad… hasta que la mataron. Hizo una escena de muerte preciosa, yo hasta lloré viéndola.

Jefferson sonrió, mostrando un hoyito en la mejilla.

– Lo sé. He visto la cinta.

– Es buena, ¿verdad? No lo digo sólo porque sea mi hermana…

– No, yo creo que tiene futuro en el cine.

– Mi hermana tiene muchos sueños.

– ¿Y tú también tienes sueños, Maura?

– Pues claro que sí, pero los míos son menos grandiosos. Sueño con poner un tejado nuevo al establo y comprar una camioneta nueva porque la mía me va a dejar tirada cualquier día. Y hay una raza de ovejas que me gustaría mezclar con las mías, si pudiera.

– Eres demasiado guapa para tener sueños tan humildes.

Ella parpadeó, sorprendida por el halago y, al mismo tiempo, sintiéndose insultada porque sus sueños le pareciesen «humildes». ¿Qué estaba diciendo, que no tenía imaginación? Una vez había tenido grandes sueños, como todas las chicas. Pero había crecido y ahora sus sueños eran más prácticos. Aunque eso no los hacía menos importantes.

– A mí no me parecen poca cosa.

– No, sólo quería decir…

Ella sabía lo que había querido decir. Sin duda estaba acostumbrado a mujeres que soñaban con diamantes, abrigos de piel o lujosos deportivos. Y seguramente la vería como una pueblerina. Ese pensamiento fue como un jarro de agua fría.

Antes de que él pudiese volver a hablar, Maura miró hacia un lado y anunció:

– Vaya, mira, los hermanos Flanagan van a tocar.

– ¿Qué?

Maura señaló una esquina del pub, donde tres jóvenes de pelo rojo se habían sentado con sus instrumentos. Mientras Michael por fin les llevaba la sopa de patata y puerros y un pan de centeno recién sacado del horno, los hermanos Flanagan empezaron a tocar.

En unos segundos, el pub vibraba con la clase de música por la que tanta gente pagaba dinero por escuchar en una sala de conciertos; el violín, la flauta y el tamboril irlandés se mezclaban sacudiendo los cristales de las ventanas. La gente empezó a mover los pies al ritmo, dando palmas y algunos cantando antiguas canciones folklóricas irlandesas.

Una canción se convertía en otra, pasando de la música ligera a las baladas y Jefferson, que observaba a la gente con el ojo de un cineasta, supo que tendría que incluir aquella escena en su película. Tendría que hablar con el director sobre los hermanos Flanagan, que tenían un talento asombroso. Tal vez podría hacer realidad más de un sueño en aquel pueblo, pensó.

Cuando por fin consiguiera que Maura firmase el contrato. Jefferson la miró entonces y se quedó sin aliento. Se había dado cuenta de lo guapa que era desde el primer día, pero a la luz de la vela que había sobre la mesa, en un jarroncito de cristal, parecía casi etérea. Lo cual era ridículo porque la había visto agarrar a una oveja de casi cien kilos y tirarla al suelo, de modo que frágil no era. Sin embargo, empezaba a verla de otra forma… una forma que hacía que su cuerpo se pusiera particularmente tenso en ciertas zonas. Debería estar acostumbrado, pensó. Llevaba allí casi una semana, con su cuerpo en un constante estado de alerta que lo estaba volviendo loco. Tal vez debería dejar de ser tan amable y sencillamente seducir a Maura.

Entonces, de repente, una chica entró en el pub y se sentó a su mesa, empujando un poco a Maura.

– ¡Sopa! -exclamó Cara Donohue-. Qué bien, estoy muerta de hambre.

– Pide una, pesada -protestó Maura, riendo.

– No me hace falta, tengo la tuya. ¿La has convencido ya para que firme, Jefferson?

– No, aún no -contestó él.

Cara Donohue era más alta y más delgada que Maura, con el pelo corto y unos brillantes ojos azules que parecían dispuestos a comerse el mundo. Tenía cuatro años menos que su hermana y era dos veces más abierta y, sin embargo, Jefferson no sentía ninguna atracción por ella.

Cara era una buena chica con un brillante futuro por delante, pero Maura era una mujer que haría que cualquier hombre se parase para mirarla dos veces e incluso tres.

– Lo conseguirás. Los americanos sois muy insistentes, ¿no? Además, Maura cree que eres muy guapo.

– ¡Cara!

– Pero es verdad -dijo su hermana, tomando un sorbo de su cerveza-. No es nada malo decirle que te gusta mirarlo. ¿A qué mujer no le gustaría? Y he visto cómo la miras tú también, Jefferson.

– Cara, si no te callas inmediatamente…

Maura no terminó su amenaza, pero Jefferson no podía dejar de sonreír. Sus hermanos y él eran iguales, siempre bromeando y metiéndose los unos con los otros estuviera quien estuviera delante. Además, le gustaba eso de que Maura hubiese estado hablando de él.

– No he dicho nada malo -insistió Cara-, ¿Por qué no ibais a miraros?

– No le hagas ni caso, esta chica está loca -dijo Maura, sacudiendo la cabeza.

– ¿Por qué? Está diciendo la verdad.

– Tal vez, pero no tiene por qué decirlo en voz alta, ¿no?

– Te preocupas demasiado -rió su hermana.

De repente, la música de los Flanagan se convirtió en un ritmo frenético que todos los vecinos seguían con las manos o los pies. Era un ritmo que parecía meterse en el corazón y Jefferson se encontró tamborileando sobre la mesa.

– Están tocando Whisky en la jarra -dijo Cara-. Venga, Maura, baila conmigo.

Maura negó con la cabeza, pero Cara empezó a tirar de ella.

– Llevo todo el día trabajando y no me apetece bailar. Y menos con la bocazas de mi hermana.

– Pero te gusta bailar, no lo niegues. Además, te encanta esta canción -sonrió la joven, tirando de su brazo.

Maura miró a Jefferson, avergonzada, pero luego, encogiéndose de hombros, siguió a su hermana hasta una zona que los parroquianos habían dejado libre, frente a las mesas. La gente aplaudió cuando se colocaron una frente a la otra, riendo. Y entonces las hermanas Donohue se pusieron en acción, con la espalda recta como un palo, los brazos pegados a los costados… y sus pies volando.

Jefferson, como casi todo el mundo, había visto el espectáculo de Broadway de los bailarines irlandeses y había salido impresionado. Pero allí, en aquel pub diminuto en un pueblo pequeño de la costa irlandesa, se sintió arrastrado por una especie de magia.

La música sonaba, la gente aplaudía y las dos hermanas bailaban como si tuvieran alas en los pies. Jefferson no podía apartar sus ojos de Maura. Había estado trabajando todo el día, él era testigo, y sin embargo allí estaba, bailando y riendo, tan elegante como una hoja empujada por el viento. Era tan preciosa que no podía apartar la mirada.

Pensó entonces en las historias que había oído sobre su bisabuelo, que se había enamorado locamente de una chica irlandesa en un pub como aquél, en una noche mágica. Y, por primera vez en su vida, entendió cómo había ocurrido.

Cara se marchó del pub poco después porque tenía que ir a Westport, una ciudad portuaria a diez kilómetros de allí.

– Estaré en casa de Mary Dooley si me necesitas -dijo, besando a su hermana y guiñándole un ojo a Jefferson-. Y si no, nos vemos mañana.

Cuando su hermana desapareció, Maura miró a Jefferson, riendo.

– Es una fuerza de la naturaleza, siempre lo ha sido. Lo único que la paró un poco fue la muerte de nuestra madre hace cuatro años.

– Lo siento -dijo él-. Yo también sé lo que es perder a tus padres. Nunca es fácil, tengan la edad que tengan.

– No, no lo es -admitió Maura, recordando lo difíciles que habían sido esas largas y tristes semanas tras la muerte de su madre. Entonces ni siquiera Cara era capaz de sonreír, pero se apoyaron la una en la otra como nunca.

Y, al final, la vida las empujó, como hacía siempre, insistiendo en que siguieran adelante.

– Pero mi madre llevaba muchos años añorando a mi padre y ahora que ha vuelto con él seguro que está feliz.

– Tú crees en eso.

No era una pregunta, era una afirmación.

– Sí, lo creo.

– ¿Has nacido con esa fe o uno tiene que trabajar para ganársela?

– Pues… ¿nunca has sentido la presencia de alguien a quien has perdido?

– Sí, la verdad es que sí -admitió él-. Aunque no es algo de lo que suela hablar.

– ¿Por qué ibas a hacerlo? Es una cosa privada.

Maura lo miró a los ojos, intentando leer sus pensamientos, pero los ojos azules se habían ensombrecido y tuvo que esperar hasta que habló de nuevo:

– Hace diez años mis padres murieron en un accidente de coche en el que también estuvo a punto de morir unos de mis hermanos -Jefferson tomó un trago de cerveza antes de dejar la jarra sobre la mesa-. Mucho más tarde, cuando por fin pudimos recuperarnos un poco, nos dimos cuenta de que si mis padres hubieran podido elegir habrían elegido morir a la vez. Ninguno de los dos hubiera sido feliz sin el otro.

– Te entiendo -suspiró Maura. La música seguía sonando de fondo, mezclada con las conversaciones de los vecinos. Pero allí, sentada a aquella mesa con Jefferson, le parecía como si estuvieran solos en el mundo-. Mi padre murió cuando Cara era muy pequeña y mi madre nunca fue la misma sin él. La pobre lo intentaba, por nosotras, pero le faltaba algo. Un amor así es o una bendición o una maldición.

– Sí, puede que tengas razón.

Estaba sonriendo y Maura pensó que era extraño que se entendieran tan bien hablando de recuerdos tristes. Pero por alguna razón, compartir historias de su familia la hacía sentirse más acompañada de lo que se había sentido en mucho tiempo.

– Aun sabiendo que tus padres lo hubieran querido así debió ser muy duro para tus hermanos y para ti.

– Sí, desde luego. Yo por fin me había recuperado de… -Jefferson no terminó la frase-. Da igual. La cuestión es que cuando más nos necesitábamos, mis hermanos y yo nos teníamos los unos a los otros. Y teníamos que ayudar a Justice a recuperarse.

Maura se preguntó qué habría estado a punto de decir y se preguntó también por qué, si había ocurrido tanto tiempo atrás, ese pensamiento había dejado un brillo de tristeza en sus ojos. Su secreto, fuera cual fuera, le había roto el corazón. Tanto que ni siquiera ahora podía hablar de ello.

– ¿Justice? Qué nombre tan interesante.

– Es un hombre interesante -dijo Jefferson con una sonrisa que, en opinión de Maura, era de agradecimiento por no haber insistido en que terminara la frase-. Lleva el rancho de la familia.

– ¿Es un vaquero, como los de las películas?

– Sí, así es. Ahora está casado, tiene un hijo y otro en camino.

– Qué bien. ¿Y los otros hermanos?

– El más joven, Jesse, también está casado. Su mujer tuvo un niño el mes pasado… Jesse se desmayó durante el parto -rió Jefferson-, Y a nosotros nos encanta recordárselo.

– Entonces debe querer mucho a su mujer. Y debe ser un chico encantador.

– ¿Encantador? -Jefferson se encogió de hombros-. Seguro que su mujer piensa lo mismo.

La pena que había en sus ojos empezaba a desaparecer y Maura se dio cuenta de que le gustaba más ahora, sabiendo que era un hombre tan familiar.

– ¿Y los otros hermanos?

– Jericho está en los Marines… ahora mismo está destinado en Oriente Medio.

– Imagino que eso os tendrá un poco preocupados, dada la situación.

– Sí, claro, pero está haciendo lo que le gusta.

– Entiendo -Maura pasó un dedo por la marca que había dejado en la mesa su vaso de cerveza-. Cuando Cara me dijo que quería irse a vivir a Londres para ser actriz me dieron ganas de meterla en un armario y echar la llave -rió, recordando el miedo que había sentido al imaginar a su hermana pequeña sola en una ciudad tan grande-. Bueno, no es la misma clase de preocupación que tú debes tener, pero yo pensé que se la comerían viva.

– La preocupación es la preocupación. E imagino que te volviste loca teniéndola tan lejos.

– Sí, pero Cara salió adelante en Londres y, además, consiguió ese papel en la telenovela. Ahora tiene que trabajar de camarera, pero seguro que acabará triunfando.

– ¿Y tú?

– ¿Yo?

– ¿Siempre has querido llevar una granja?

– ¿Qué niña no soñaría con limpiar caca de oveja y ayudar en los partos? -rió Maura, irónica-, Es el glamour lo que me atrae.

Jefferson rió también y a ella le pareció un sonido maravilloso. Y se alegraba de ver que la tristeza había desaparecido de sus ojos.

– ¿Entonces por qué te has quedado en la granja?

– Siempre he trabajado en ella, desde que era pequeña. Además, soy independiente, no tengo jefes ni debo darle explicaciones a nadie. No me veo obligada a fichar cada mañana, ni ir a la ciudad y soportar el tráfico…

Jefferson asintió, como si la entendiera, pero eso no podía ser porque él se ganaba la vida en una de las ciudades más vibrantes del mundo. Sin duda tendría que trabajar muchas horas, acudir a reuniones, pagar a hordas de empleados…

– Te entiendo.

– Sí, seguro -bromeó Maura-, Tú viajas por todo el mundo buscando sitios en los que poner tus cámaras y me apuesto lo que quieras a que no has pasado un solo día sin tocar un móvil o un ordenador en muchos años.

– Y ganarías la apuesta -rió él-. Pero lo de viajar lo hago porque me gusta. Irlanda, por ejemplo… en el estudio tenemos gente que se dedica a localizar, pero yo he querido venir personalmente. Siempre me ha gustado viajar, ver sitios nuevos. Es lo mejor del trabajo. La gente del estudio me busca dos o tres sitios que puedan servir y yo me desplazo hasta allí para ver cuál es el mejor.

– ¿Dos o tres? ¿Y qué sitio ocupa la granja Donohue?

– La tuya fue la segunda que vi… y enseguida supe que era la que quería.

– Lo cual nos lleva de vuelta a tu oferta.

– Ah, qué conveniente -rió Jefferson.

Tenía que admitirlo: era tan obstinado como ella. Como debía admitir que era el momento de aceptar la oferta, firmar el contrato y dejar que volviese a Hollywood, a su vida normal antes de que se acostumbrase a tenerlo cerca todos los días. Además, había visto el brillo en los ojos de su hermana y sabía que no la perdonaría nunca si por su culpa no podía interpretar un papelito en una película americana de gran presupuesto.

– ¿Qué vas a hacer, Maura? -le preguntó él un segundo después-, ¿Vas a firmar o voy a tener que visitar de nuevo esas otras granjas?

Ella miró alrededor. Aparte de Michael detrás de la barra y un puñado de clientes tomando la última cerveza, estaban solos. La gente se había ido marchando y ella no se había dado cuenta. Estaba tan concentrada en la conversación con Jefferson, viéndolo sonreír, escuchando su bonita voz, que podría haber llegado el Juicio Final y ella no se hubiese enterado. Lo cual le decía que estaba en peligro de perder el corazón por un hombre que no estaría interesado en conservarlo. Sí, lo mejor sería terminar con aquel asunto de una vez por todas para que Jefferson pudiera marcharse y ella pudiera seguir adelante con su vida.

– Trato hecho, Jefferson King-sonrió, ofreciéndole su mano-. Rodarás tu película en mi granja y así los dos conseguiremos lo que queremos.

Jefferson tomó su mano, pero en lugar de estrecharla como había esperado se quedó con ella, deslizando el pulgar por sus dedos. Y, de repente, con el estómago encogido, deseó haber pedido otra cerveza porque necesitaba algo frío y húmedo en la garganta seca.

– Tengo el contrato en el hostal. ¿Por qué no vienes a mi habitación para firmarlo?

Maura apartó la mano, riendo

– No, gracias. Si me ven entrando en tu habitación a estas horas la gente del pueblo estaría cotilleando durante días.

– ¿Cómo iban a saberlo?

– En un pueblo pequeño no hay secretos -dijo ella-. Francés Boyle lo controla todo en el hostal. Créeme cuando te digo que sabe quién y a qué hora entra por su puerta.

– Muy bien -sonrió Jefferson- ¿Entonces por qué no pides otra ronda? Yo iré al hostal a buscar el contrato y lo traeré aquí para que lo firmes.

Maura lo pensó un momento. Quería terminar con aquello lo antes posible, pero era muy tarde y tenía que levantarse al amanecer…

– ¿No habías dicho que no tenías horarios? -le recordó Jefferson.

– Sí, es verdad -asintió ella, divertida-. Muy bien, pediré otra ronda mientras tú vas a buscar los papeles.

Mientras salía del pub. Maura no pudo evitar mirarle el trasero… pero luego se regañó a sí misma: «vas a tomar una cerveza, luego firmarás el contrato y te despedirás amablemente. No habrá paseos a la luz de la luna, Maura Donohue. Jefferson no es hombre para ti, así que no tiene sentido desear que las cosas fueran diferentes. No seas tonta o lo lamentarás».

Todo muy racional, pensó. Una pena que ella no estuviera escuchando.

Tres

Jefferson no tardó mucho en volver. La verdad era que no había querido marcharse en absoluto. Había esperado convencerla para que fuese con él al hostal… donde habría intentado meterla en su cama y sellar el trato aliviando, además, el deseo que sentía por ella. Pero, como era de esperar, Maura había destrozado su plan con un simple «no». De modo que, cambiando de planes a toda prisa, decidió acompañarla a su casa para ver si podía deslizarse en su cama.

Cuando entró en el ahora silencioso pub, Michael lo saludó con la cabeza y luego siguió viendo la televisión. Sólo quedaba un cliente en la barra y Maura en la mesa, donde la había dejado, con la vela lanzando sombras sobre su cara…

El deseo que había sentido por ella desde el día que la conoció pareció explotar en ese momento y la recordó bailando… su sonrisa, su aspecto tan elegante y tan alocado al mismo tiempo, el ritmo de su cuerpo, la furia de sus pies… y la deseó con una desesperación que no había sentido antes.

– Que rápido -dijo ella cuando se detuvo frente a la mesa.

– No tiene sentido perder el tiempo, ¿no?

– No, claro -sonrió Maura, levantándose-, Pero creo que deberíamos volver a la granja para que Michael pueda cerrar el pub e irse a casa de una vez. Yo tengo una botella de vino en la nevera y podemos brindar después de firmar el contrato.

Jefferson se quedó callado un momento, sencillamente porque no podía creer que fuera ella quien lo había sugerido. Siempre parecía ir un paso por delante y eso era tan poco habitual que le gustaba. ¿Estaría siendo simplemente amable o, como él, estaba deseando que se quedaran a solas? Pronto lo descubriría.

– Buena idea -dijo por fin.

Cuando se despidieron de Michael, el hombre se limitó a decirles adiós con la mano.

Y luego salieron a la calle. El pueblo estaba en silencio, las casas oscuras, las calles vacías. Daba la sensación de que el mundo estuviera conteniendo el aliento. O tal vez, pensó Jefferson, pasar unos días en Irlanda era suficiente para que un hombre empezase a creer en la magia.

El viaje hasta la granja Donohue fue rápido, pero a él le pareció una eternidad. Con Maura a su lado en el coche, su aroma parecía envolverlo, tentándolo, excitándolo hasta tal punto que estar sentado resultaba una tortura.

Cuando llegaron a la casa aparcó en el camino, lo que ella llamaba «la calle», y caminó a su lado hasta la puerta. Ninguno de los dos dijo nada, tal vez porque había mucho que decir. ¿Por dónde debía empezar con una mujer como Maura Donohue?

«¿Firma el contrato?». «¿Quítate la ropa?».

Él sabía lo que prefería, pero tenía la sensación de que no iba a ser tan fácil.

Maura encendió la luz de la cocina y abrió la nevera, mirándolo por encima del hombro.

– ¿Te importa sacar dos vasos del armario?

– No, claro -Jefferson dejó encima de la mesa el sobre que contenía el contrato y fue a buscar los vasos. Un minuto después, ella los llenaba con un vino de color paja que casi parecía dorado a la luz de la lámpara.

Había estado allí antes, aunque siempre de día. La vieja cocina estaba limpia y ordenada, los electrodomésticos brillantes aunque ninguno de ellos era nuevo. En la encimera sólo había una tetera antigua y el suelo de madera, aunque muy usado, estaba brillante.

– Supongo que deberíamos firmar el contrato.

– Sí, lo mejor será quitarnos el negocio de en medio lo primero.

– ¿Lo primero? ¿Y qué viene después? -Maura clavó en él sus ojos azules y el cuerpo de Jefferson se rebeló como un perro hambriento tirando de una correa.

– Después brindáremos por el éxito de nuestra aventura.

– Aventura, ¿eh? -sonrió ella-. No sé si es la palabra adecuada.

Maura tomó el bolígrafo que le ofrecía y se sentó para leer el contrato. Le gustaba eso de ella. Mucha gente había firmado sin molestarse en leerlo, pero ella no, ella era más cauta. No iba a fiarse de su palabra ya que tenía que mirar por sus intereses.

¿Había algo más sexy que una mujer inteligente?

Mientras leía, Jefferson podía oír el tictac de un reloj de pared. Maura tenía la cabeza inclinada y tuvo que hacer un esfuerzo para no tocarla, para no pasar los dedos por su pelo. «Pronto», se prometió a sí mismo, intentando echar mano del autocontrol que siempre había sido parte de su personalidad.

Aunque su autocontrol se había tomado unas vacaciones desde que conoció a Maura Donohue, debía admitir. Ella despertaba algo en su interior. Algo de lo que Jefferson no se había acordado en años, algo que no había sentido desde que…

El crujido del papel interrumpió sus pensamientos a tiempo para ver que Maura dejaba el bolígrafo sobre la mesa.

– Ya está.

– Me alegro mucho de hacer negocios contigo.

– Seguro que le has dicho eso a toda la gente del pueblo.

– No -sonrió Jefferson, metiendo el contrato en el sobre-. Tú eres diferente.

– ¿Ah, sí? -ella tomó los dos vasos de vino y le ofreció uno-, ¿Y eso por qué?

– Creo que tú sabes la respuesta a esa pregunta.

– Es posible.

Maura dejó el vaso sobre la mesa para quitarse el jersey y después sacudió la melena. Y Jefferson tuvo que tragar saliva. Lo único que llevaba bajo ese grueso jersey era una camisola de seda blanca que se pegaba a su piel y bajo la cual sus pezones se marcaban con toda claridad.

– Bonita camisola -murmuró, con voz ronca.

– La verdad es que había pensado que podríamos terminar aquí esta noche y quería ver tu cara de sorpresa cuando me quitase el jersey.

– ¿Y ha merecido la pena?

– Pues sí -contestó ella, alargando una mano para tocar su pelo-. Me gustas mucho, Jefferson King.

El cuerpo de Jefferson se puso en alerta roja, su erección rozando dolorosamente la cremallera de los pantalones.

– ¿Ah, sí?

– Sí. Y creo que tú también me deseas -Maura se acercó un poco más.

– Pues sí, así es.

El roce de sus dedos era muy seductor, pero él quería ese roce por todas partes. Necesitaba sentir sus manos, tocarla a ella.

De modo que dejó el vaso de vino sobre la mesa y la envolvió en sus brazos. Y estuvo a punto de soltar un gemido cuando los pechos de Maura se aplastaron contra su torso.

– ¿Sabes una cosa? Había pensado seducirte esta noche.

– Ah, pues entonces los dos pensábamos lo mismo.

– Desde luego -murmuró él, inclinando la cabeza para darle un beso. El primero de muchos. Cubrió la boca de Maura con la suya y ella suspiró, abriendo los labios. Y cuando sus lenguas empezaron a bailar, el calor que sentía se convirtió en un infierno.

Jefferson la apretó un poco más, pero aun así no estaban suficientemente cerca, no podía sentirla toda como quería. La necesitaba desnuda, piel con piel. Necesitaba estar dentro de ella. Y lo necesitaba ahora.

De modo que la levantó en brazos para sentarla sobre la encimera de la cocina. Ella dejó escapar una exclamación de sorpresa, pero se recuperó enseguida, envolviendo las piernas en su cintura, besándolo, sus alientos combinándose para crear una sinfonía de gemidos y suspiros que llenaban la silenciosa cocina.

Jefferson la besó una y otra vez: besos largos, cortos, profundos, suaves. Le encantaba besarla… sabía más rica que el vino, más embriagadora. El mundo giraba a su alrededor y él se sentía inexorablemente atraído hacia su órbita.

Tirando de la camisola, se la quitó y la tiró al suelo sin mirar siquiera para admirar sus pechos desnudos. Unos pechos generosos, firmes, los pezones de un rosa oscuro, rígidos ahora, como esperando sus caricias.

Jefferson tomó esos globos de porcelana con la mano, inclinando la cabeza para tomar primero uno y luego el otro pezón en la boca. Chupó, lamió, mordisqueó… y los gemidos de Maura lo animaban aún más.

Ella enredó los dedos en su pelo, sujetando su cabeza como si temiera que fuese a parar, pero parar no estaba en los planes de Jefferson. De hecho, no hubiese podido parar aunque le fuera la vida en ello. Que Dios lo ayudase si Maura cambiaba de opinión y le decía que se fuera. No sería capaz de soportarlo.

– Vamos a quitarte la camisa -dijo ella entonces-. Necesito sentir tu piel bajo mis manos.

Él obedeció de inmediato, quitándose el jersey y la camisa a toda velocidad. Dejó escapar un gemido de placer cuando Maura empezó a acariciar sus hombros y su espalda, el calor de sus manos excitándolo aún más.

– Ayúdame -dijo ella, con voz ronca.

– ¿Qué?

– Los vaqueros, Jefferson -suspiró Maura, mientras bajaba la cremallera del pantalón y se quitaba los zapatos al mismo tiempo-. Ayúdame a quitármelos antes de que pierda la cabeza.

– Sí, claro.

En lo único que él podía pensar era en el próximo beso, en la próxima caricia. De modo que la ayudó, levantándola un poco de la encimera para que se quitarse los vaqueros y las braguitas de algodón blanco. Y pensó entonces que unas braguitas de algodón eran mucho más seductoras que cualquier tanga de encaje negro que hubiera visto nunca. Pero luego se olvidó de todo, perdido en la gloria de verla desnuda. Su piel de porcelana era tan suave que querría tocarla por todas partes, explorar cada curva, cada línea de su cuerpo hasta que la conociera mejor que cualquier otro hombre.

– Ahora tú -dijo Maura, tirando de la hebilla de su cinturón.

Estaba sonriendo mientras movía la melena. Era una mujer fuerte, segura de sí misma, y la emoción de Jefferson aumentó un grado más, si eso era posible.

– Me gustas mucho y no soy una mujer paciente… imagino que ya te habrás dado cuenta.

– Te aseguro que me alegro de oírlo -rió Jefferson, quitándose la ropa y quedando desnudo frente a ella; su cuerpo en estado de alerta, rígido, deseando seguir adelante. Pero aún le quedaba un segundo más de raciocinio, de modo que sugirió:

– Deberíamos subir a tu habitación.

– Más tarde -dijo Maura, acercándose al borde de la encimera y echándole los brazos al cuello-.Si no te tengo dentro de mí en este mismo instante no soy responsable de lo que pase.

– Mi tipo de mujer -sonrió él-. Lo supe en cuanto te vi.

Maura tomó su cara entre las manos.

– Entonces lléname, Jefferson.

Y él lo hizo. La encontró húmeda, caliente, y tan preparada que un segundo después estaba a punto de explotar. Sólo su autocontrol lo ayudó a no saltar demasiado pronto sobre una sima que deseaba como un moribundo desea unos minutos más de vida. Maura echó la cabeza hacia atrás, descubriendo su garganta, y él la besó allí, labios y lengua deslizándose por la delicada piel hasta hacerla temblar. Cuando ella aumentó la presión de las piernas en su cintura empujó con más fuerza, para apartarse y hacer lo mismo de nuevo una y otra vez, con un ritmo que ella seguía, sus cuerpos unidos, mezclándose, bailando un baile para el que parecían destinados.

Sus suaves gemidos lo excitaban como nunca, creando imágenes en su cerebro, sensaciones en su cuerpo. Nunca antes se había perdido así en una mujer. No estaba seguro de dónde empezaba él y dónde terminaba ella y le daba exactamente igual. Lo único que importaba era aquel momento único, irrepetible. Echando la cabeza un poco hacia atrás, bajó una mano hacia el punto donde sus cuerpos se encontraban para rozar su zona más sensible con un dedo y Maura tembló entre sus brazos, gritando su nombre mientras llegaba al final, estremecida. Y, un segundo después, Jefferson se dejó ir por fin, rindiéndose ante aquella mujer.

Horas después, Maura se estiraba en la cama, sintiendo una maravillosa pereza. Se sentía satisfecha, llena, pero aun así, a unos centímetros de su amante, notó que el deseo empezaba a despertar de nuevo. Volvió la cabeza para mirar a Jefferson, sonriendo para sí misma. Había merecido la pena esperar, se dijo, aunque una vocecita le advertía que no sintiera demasiado, que no esperase demasiado.

Fuera, había estallado una tormenta y podía oír el golpeteo de la lluvia sobre los cristales y el viento moviendo las contraventanas. Pero ella estaba allí, en el agradable dormitorio principal de la granja, tumbada al lado de un hombre que la tocaba como nadie lo había hecho nunca. Sin embargo, aquella vocecita irritante empezó a dar la lata de nuevo:

«Cuidado, Maura, Jefferson no es la clase de hombre que se queda para siempre. No va a quedarse, ni aquí, ni en tu cama ni en Irlanda siquiera. Se marchará pronto ahora que ha conseguido lo que quería, así que no seas tonta y no te enamores».

Muy bien, no se enamoraría, pero no podía evitar sentir algo por Jefferson. Él volvería a casa recordándola y recordando aquella noche como algo mágico.

Y era justo porque a ella le pasaría lo mismo.

– Creo que estoy muerto -murmuró Jefferson.

Maura dejó de pensar cuando sus ojos, de un azul tan pálido como las campanillas en verano, se clavaron en ella. Tenía sombra de barba y el pelo tieso… algo nada sorprendente considerando cómo habían pasado las últimas horas. Pero seguía siendo el hombre más guapo del mundo.

Pronto, muy pronto, se marcharía. Y supo entonces que tenía que tenerlo otra vez. Una última vez antes de que se convirtiera sólo en un bonito recuerdo. Poniendo una mano en su abdomen, la deslizó lentamente hacia abajo… lo oyó contener el aliento cuando lo tomó en su mano y sintió esa parte de él despertar a la vida otra vez.

– A mí no me parece que estés muerto en absoluto -bromeó.

– Tú podrías despertar a un muerto, cariño. Acabas de demostrarlo.

Maura sonrió, experimentando una deliciosa sensación de poder femenino. Saber que ejercía tal efecto en un hombre como Jefferson era halagador, desde luego. Saber que estaba mirándola, esperando que ella hiciese otro movimiento, sólo aumentaba esa sensación. Movió los dedos sobre el aterciopelado miembro, acariciándolo hasta que él levantó las caderas del colchón para acercarse más.

– No me quieres muerto, ¿verdad?

– Oh, no -sonrió Maura, colocándose sobre él a horcajadas-. Te quiero vivo, Jefferson King. Vivo y dentro de mí.

Jefferson puso las manos sobre sus muslos y ella sonrió, levantando su melena con las manos en un gesto de coqueteo. La oscura cascada cayó sobre sus hombros y su pecho y cuando Jefferson cerró los ojos supo que lo tenía. Incorporándose un poco, se inclinó sobre su cara para mirarlo como si fuera su prisionero.

Jefferson agarró sus nalgas para tirar de ella, pero Maura quería más; quería mirarlo a los ojos y saber que fuera donde fuera en su vida se llevaría con él la imagen de ellos dos en la cama. Sujetando su miembro con una mano, lo colocó justo en su entrada y acarició el extremo hasta que los dos estuvieron a punto de perder el control. Luego, por fin, lo deslizó dentro de ella, tomándolo centímetro a centímetro…

Cuando por fin estuvieron unidos, conectados tan profundamente como podían estarlo dos personas, empezó a moverse, deslizándose arriba y abajo, creando un ritmo que empezó despacio y se volvió frenético. Apretaba las caderas contra él, inclinándose para que Jefferson pudiese acariciar sus pechos y tirar suavemente de sus pezones…

Sus miradas se encontraron mientras ella seguía moviéndose, sin descanso, sin parar, haciéndolo suyo físicamente aunque no pudiera hacer lo mismo con su corazón. Y cuando sintió que Jefferson explotaba en su interior unos segundos después, gritando su nombre, supo que el eco de ese grito se quedaría con ella para siempre.

Cuando una luz grisácea empezó a colarse por las cortinas blancas, Jefferson supo que la noche había terminado. Maura estaba dormida, con una pierna sobre las suyas, un brazo sobre su torso. Su aliento lo calentaba y el aroma de su pelo estaba en cada gota de aire que respiraba. Él no había dormido aún, pero estaba más despierto de lo que lo había estado nunca. Había hecho el amor durante horas con aquella fierecilla irlandesa y cuando por fin se quedó dormida, agotada, él había permanecido despierto, viéndola dormir.

Su tiempo allí había terminado y se dijo a sí mismo que eso era bueno. Estaba empezando a sentirse demasiado cómodo en Irlanda, en aquella casa, con aquella mujer. Había empezado a pensar demasiado en ella. Le gustaba discutir con Maura, hablar con ella, verla reír. Y eso, sencillamente, no entraba en sus planes.

No quería que Maura le importase demasiado, no quería pasar por eso otra vez y mantendría el control de cualquier forma posible para no volver a sufrir lo que había sufrido una vez. Con cuidado, saltó de la cama, divertido más que otra cosa cuando Maura murmuró algo ininteligible y se tapó la cabeza con el edredón.

Cuando por fin subieron a la habitación la noche anterior habían llevado la ropa con ellos, de modo que empezó a vestirse. Y una vez vestido, sintiéndose más cómodo, pensó que marcharse era lo mejor para todos. Una noche espectacular con una mujer que lo intrigaba no iba a cambiarlo. Él era lo que era y su vida no estaba en Irlanda, por muy tentador que fuera tal pensamiento. Además, nadie había dicho nada sobre una relación. Él había evitado deliberadamente pensar en esa palabra. Lo que había ocurrido con Maura había sido divertido, emocionante, nada complicado. Mejor dejarlo así.

– ¿Te marchas? -la oyó preguntar entonces.

– Sí -respondió Jefferson- Tengo que volver a trabajar. He estado fuera más tiempo del que había planeado y ahora que el contrato está firmado no hay ninguna razón para quedarme.

– Ah, sí, el contrato.

Maura apartó el edredón para mirarlo a lo ojos y, por un momento, Jefferson temió que fuera a pedirle que se quedase. Esperaba que no lo hiciera porque no tendría que esforzarse mucho para convencerlo y eso sólo prolongaría lo inevitable. Pero Maura Donohue lo sorprendió de nuevo. Apartando el pelo de su cara se levantó de la cama y, absolutamente cómoda con su desnudez, se puso de puntillas y le dio un beso en los labios.

– Entonces tendremos que decirnos adiós, Jefferson King.

Cuando Jefferson puso las manos sobre sus caderas, los dedos le quemaban de deseo. Nada como una mujer cálida, desnuda, recién levantada de la cama para que un hombre soñase con pasar el día entero en el dormitorio. Pero él era un King y tenía un avión esperando, un negocio y una vida a la que volver.

– ¿Ya está? ¿No vas a pedirme que me quede?

Maura negó con la cabeza.

– ¿Para qué? No somos niños, Jefferson. Nos gustamos y nos hemos acostado juntos. Ha sido una noche estupenda, dejemos que el final sea igualmente estupendo.

Por lo visto, se había preocupado innecesariamente, pensó Jefferson. Ella no iba a suplicarle que se quedara, no iba a llorar, a decirle que lo echaría de menos ni a pedirle que volviese pronto. Ninguna de las cosas que él había esperado evitar.

¿Entonces por qué estaba tan molesto?

– Te acompaño a la puerta -Maura tomó un albornoz verde del armario, pero esconder lo que Jefferson había pasado horas explorando no iba a cambiar nada.

– No tienes que bajar conmigo.

– No es por ti. Voy a hacerme un té y luego tengo que ponerme a trabajar.

Jefferson levantó una ceja. Y él esperando una cariñosa despedida… Sencillamente, Maura estaba haciendo lo que hacía todos los días. Y él también. Pero entonces, volvió a preguntarse, ¿por qué seguía sintiéndose tan molesto?

Maura abrió la puerta y se apoyó en ella, con una sonrisa en los labios.

– Que tengas buen viaje.

– Gracias -Jefferson salió al porche, donde el viento irlandés lo golpeó como una bofetada-. Cuídate, Maura.

– Siempre lo hago -dijo ella-. Cuídate tú también. Y no te preocupes por tu gente, todo esto seguirá aquí cuando lleguen.

– Muy bien.

Sonriendo, Maura cerró la puerta, sin darle más opción que dirigirse hacia su coche. De espaldas a la puerta, Maura se abrazó a sí misma mientras lo oía arrancar el coche. No quería mirarlo, pero tuvo que acercarse a una ventana para verlo por última vez.

Un segundo después, Jefferson había desaparecido, como si nunca hubiera estado allí.

– Bueno… -murmuró, secándose las lágrimas con la manga del albornoz-. Es mejor así. No tenía sentido entregarle tu corazón para que lo pisoteara antes de irse del país.

No era la primera mujer que se enamoraba de quien no tenía que enamorarse. Y sin duda no sería la última.

– Da igual porque se ha ido -suspirando, se dirigió a la cocina para hacerse un té. Tenía que volver a su vida normal, a atender a los animales y sus tierras, al mundo que ella conocía-. Se te pasará -se prometió firmemente a sí misma-. Pronto lo olvidaré.

Cuatro

No lo había olvidado. Habían pasado dos meses y seguía pensando en Jefferson King cada día. Su única esperanza era que Jefferson también pensara en ella, eso sería lo más justo. El problema era que estaba demasiado tiempo sola, pensó. Pero con Cara en Dublín, no tenía a nadie con quien hablar salvo su perro, que acababa de adoptar.

Desgraciadamente, King, llamado así por razones evidentes, no era un gran conversador. Ahora, aparte de la tristeza por un hombre al que nunca debería haber dejado entrar en su corazón, el trabajo y su nuevo perro, Maura se encontraba mal físicamente. Tenía mareos y aquella mañana había tenido que sentarse en el establo cuando estaba a punto de caer al suelo.

– Es la gripe, lo sé -le dijo al médico del pueblo cuando fue a recoger las pruebas-. No he dormido bien últimamente v tengo tanto trabajo… imagino que me ha pillado baja de defensas.

El doctor Rafferty llevaba cuarenta años en el pueblo y había atendido el parto de Maura y el de Cara, de modo que la conocía perfectamente. Y, siendo así, miró a Maura a los ojos y le dijo la verdad:

– Tengo los resultados de la prueba -el doctor Rafferty miró los papeles que tenía en la mano como para asegurarse de lo que estaba diciendo-, Si es la gripe, es de la variedad de los nueve meses. Estás embarazada, Maura.

Ella lo miró, en silencio, convencida de haber oído mal.

– No, no puede ser -dijo por fin-. Es imposible.

– ¿Tú crees? -el médico se dejó caer sobre un taburete-, ¿Estás diciendo que no has hecho nada que pueda haber dado como resultado esa condición?

– Bueno, no…

Maura empezó a echar cuentas. En realidad, no le había prestado mucha atención a su período últimamente, pero ahora que lo pensaba… no lo había tenido en algún tiempo. Luego hizo un rápido cálculo matemático y cuando llegó a la única conclusión a la que podía llegar en esas circunstancias, dejó escapar un suspiro.

– Dios mío…

– Pronto empezarás a sentirte bien, no te preocupes. Los primeros meses son los peores. Mientras tanto, quiero que te cuides un poco mejor. Come a intervalos regulares, no tomes demasiada cafeína y pídele a la enfermera que te dé un frasco de vitaminas -el doctor Rafferty se levantó para poner una mano en su hombro-. Maura, cielo, tal vez deberías contárselo al padre del niño.

El padre del niño. El hombre al que había jurado olvidar.

– Sí, claro -murmuró. Tenía que decirle a Jefferson King que iba a ser padre. Ah, genial, una conversación fabulosa.

– ¿Estás bien?

– Sí, sí…

Pronto estaría bien, se dijo. Ella era una mujer fuerte. Se le había pasado el susto de repente y, casi sin darse cuenta, empezaba a sentir una emoción extraña en su interior.

Iba a tener un hijo.

– ¿Quieres que hablemos?

– ¿Qué? -Maura levantó la cabeza para mirar los amables ojos del médico-. No, doctor Rafferty, estoy bien, de verdad. Después de todo es una buena noticia, ¿no?

– Tú siempre has sido una buena chica -sonrió el hombre-, A partir de ahora me gustaría verte una vez al mes. Pídele a la enfermera que te dé una cita en treinta días. Ah, y no levantes objetos pesados.

Cuando salió de la consulta, Maura se quedó a solas con sus pensamientos. Aunque…

– No tan sola como cuando llegué -dijo en voz alta, llevándose una mano al abdomen.

Había un niño creciendo dentro de ella, una nueva vida. Una vida inocente que contaría con ella para todo. Pero ella era una persona acostumbrada a las responsabilidades, de modo que eso no la preocupaba. Que su hijo tuviera que crecer sin un padre era un problema, sí. Siempre que se había imaginado a sí misma teniendo un hijo había imaginado también un hombre a su lado. Nunca se le había ocurrido ser madre soltera. No lo había planeado. De hecho, tomaba precauciones… pero no las había tomado con Jefferson King.

¿Cómo había podido pasar?

Debería haberle pedido que usara un preservativo, pero ninguno de los dos pensaba con claridad esa noche.Y ahora, aparentemente, esa noche había tenido consecuencias.

Pero era una consecuencia feliz, pensó. Un hijo.

Ella siempre había querido ser madre.

Una vez fuera de la clínica, Maura miró el cielo cubierto de nubes. Estaba a punto de estallar una tormenta y se preguntó si sería una metáfora de lo que estaba a punto de ocurrir en su vida.

– Estaremos perfectamente tú y yo solos -murmuró, poniendo una mano sobre su abdomen. Ella se encargaría de que su hijo fuera un niño feliz y de que no le faltase nada.

En cuanto llegase a casa llamaría a Jefferson, pero sería una conversación rápida e impersonal. Se lo diría porque debía decírselo, pero también le diría que no tenía que volver a toda prisa porque ella se haría cargo de todo. Una llamada telefónica. Nada más.

Dos meses después…

– El señor King dijo que no habría ningún problema.

Maura miró al hombre que estaba en el porche de su casa. Era bajito, calvo y tan delgado que un golpe de viento podría arrastrarlo hasta el centro de Craic.

– El señor King dice muchas cosas, ¿no?

El hombre respiró profundamente, intentando encontrar paciencia. Y ella lo entendía muy bien porque llevaba semanas haciendo lo mismo y no la encontraba por ningún sitio.

– Tenemos un contrato -le recordó.

Maura miró al equipo de rodaje, que estaba colocando trailers y maquinaria por todas partes. Ella no había esperado que fueran tan… invasivos, pero había docenas de personas pisoteando la hierba de su granja.

– Sí, ya sé que tenemos un contrato y yo no tengo intención de echarme atrás. Le he dicho que pueden filmar en mi propiedad, pero no quiero que se acerquen a los corrales.

– Pero el señor King dijo…

– El señor King puede decir lo que quiera -lo interrumpió ella-, Y sugiero que lo llame por teléfono y lo moleste a él con sus quejas. Aunque le deseo buena suerte porque no suele ponerse al teléfono. Yo llevo dos meses intentándolo y aún no he conseguido hablar con él -añadió, antes de darle con la puerta en las narices.

Jefferson King estaba intentando controlar lo que parecían treinta proyectos diferentes a la vez. Aunque lo ayudaba estar ocupado. Afortunadamente, su puesto en los estudios King aseguraba que eso fuera así a diario.

Estaban rodando tres películas en ese momento y cada una de ellas era un dolor de cabeza. Tratar con los productores, los directores y, lo peor de todo, los actores, era suficiente para que se preguntase qué tenía de bueno dedicarse al cine. Además de todo eso, quería comprar un par de estudios pequeños y estaba negociando adquirir los derechos de una conocida novela para convertirla en lo que él esperaba fuese un éxito de taquilla. De modo que estaba muy ocupado, pero lo prefería así porque era la única forma de no pensar en Maura Donohue, que aparecía en su mente una docena de veces al día. Jefferson tiró el bolígrafo sobre la mesa y se quedó mirando la pared, con el ceño fruncido. Recordaba esa noche continuamente… esa noche y esa semana; la atracción que había habido entre ellos, que había ido creciendo inexorablemente hasta que por fin explotó aquella última noche.

Pero también recordaba su serena expresión por la mañana, mientras se despedía de él. Recordaba sus ojos claros, su sonrisa. No había llorado, no le había pedido que se quedase. De hecho, había actuado como si no fuera más que un irritante invitado que le impedía ponerse a trabajar. Pero las mujeres no le daban la espalda a Jefferson King, era él quien se marchaba. Siempre. Maura, sin embargo, lo había dejado de piedra cuando lo despidió tranquilamente en la puerta y se preguntaba si no habría sido ése su plan.

¿Habría estado tirándole de la correa, tomándole el pelo para que aumentase la oferta? ¿Sería una manipuladora y él sencillamente no lo había visto? No le gustaba pensarlo, pero… ¿por qué si no iba a mostrarse tan despreocupada después de una noche que para él había sido no sólo una sorpresa sino una revelación?

¿Qué clase de mujer pasaba la noche con un hombre y luego lo despedía en la puerta como si hubieran estado tomando un café? ¿Y por qué demonios no podía dejar de pensar en ella?

– Ya es hora de que me olvide de Maura Donohue… -Jefferson sacudió la cabeza, enfadado consigo mismo-. Genial, ahora estoy hablando solo y seguro que ella ni se acuerda de mí.

Y eso lo sacaba de quicio. Maldita fuera, Jefferson King no era un hombre al que se pudiera olvidar fácilmente. Normalmente las mujeres lo perseguían… y no sólo las aspirantes a actrices que iban a Hollywood por cientos sino mujeres inteligentes, empresarias, ejecutivas, mujeres que lo veían como un hombre de éxito, seguro de sí mismo y de su sitio en el mundo. Mujeres que no eran Maura.

¿Por qué? ¿Por qué no podía dejar de pensar en ella?, se preguntaba una y otra vez. Después de todo, ninguno de los dos quería una relación. Tenía que ser su ego, sencillamente. La despedida de Maura había sido como una bofetada y él no estaba acostumbrado a eso.

– Da igual -dijo en voz alta. Los recuerdos desaparecerían tarde o temprano. Claro que eso no era un gran consuelo cada vez que despertaba por la noche pensando en ella. Pero un hombre no era responsable de sus sueños.

Suspirando, Jefferson se levantó para mirar por la ventana, desde la que se veía Beverly Hills y parte de Hollywood. Las calles estaban llenas de coches, deportivos y coches de lujo sobre todo. Pero sobre la ciudad parecía haber una continua neblina, la contaminación de una ciudad donde millones de personas corrían de un lado a otro buscando el éxito a toda costa. Y, por un momento, se permitió a sí mismo recordar las colinas de Irlanda, la cálida bienvenida en el pub, la estrecha carretera que llevaba a la granja de Maura…

Irritado consigo mismo, se pasó las dos manos por la cara. No tenía tiempo para pensar en una mujer que, sin la menor duda, ya se habría olvidado de él.

Su teléfono sonó en ese momento y Jefferson se agarró a él como a un salvavidas.

– Dime, Joan.

– Harry Robinson está en la línea tres -le dijo su ayudante-. Dice que tienen problemas en una de las localizaciones.

Harry estaba dirigiendo la película que se rodaba en la granja de Maura…

– Pásamelo -un segundo después, el director estaba al otro lado-, ¿Cuál es el problema, Harry?

– El problema es que este rodaje es una pesadilla.

– ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

– En el hostal no tienen habitaciones libres, los precios en el mercado se han triplicado de repente, el tipo del pub se ha quedado sin cerveza cada vez que vamos por allí…

– ¿Que no tienen cerveza en un pub irlandés? Eso no me lo creo.

– Pues créelo, esto es un desastre. No tiene nada que ver con lo que tú me contaste… y la señorita Donohue no quiere cooperar para nada.

Jefferson se tiró de la corbata porque de repente sentía como si lo estuviera estrangulando.

– Sigue.

– Ayer, el propietario del mercado nos dijo que no nos vendería nada y que nos fuéramos a la ciudad a comprar lo que necesitáramos. Y no tengo que decirte que Westport está a una hora de aquí… ah, y tengo un mensaje para ti de su parte. Te lo repito literalmente: «aquí no habrá paz para ustedes hasta que alguien cumpla con su obligación». ¿Tú sabes qué demonios ha querido decir?

– No -contestó Jefferson.

¿Obligación? ¿Qué obligación? Él había cumplido religiosamente con los contratos. ¿Qué había pasado para que, de repente, un pueblo que parecía encantado de hacerse famoso se pusiera en su contra de esa forma? Los vecinos de Craic estaban emocionados unos meses antes…

– ¿Y Maura Donohue? -le preguntó-, ¿Ella no ha podido echaros una mano?

– ¿Echarnos una mano? -repitió Harry-, Al cuello querrás decir.

– ¿Qué?

Aquello era inaudito. Sí, bueno, Maura no estaba precisamente encantada con la idea de que un grupo de bárbaros asaltase su finca, pero había firmado un contrato y él sabía que estaba dispuesta a cumplirlo. Su propia hermana tenía un papel en la película, además. Entonces, ¿qué había pasado?

– Maura suelta a sus ovejas para que interrumpan el rodaje y su perro se ha comido los cables de…

– ¿Tiene un perro?

– Dice que es un perro, pero yo creo que es un caballo -suspiró Harry-. Es enorme y siempre está tirándolo todo. Y el otro día, por si no tuviéramos suficientes problemas, uno de los técnicos tuvo que salir corriendo perseguido por un toro…

Muy bien, allí estaba ocurriendo algo muy extraño. Él sabía que Maura era una mujer muy meticulosa con sus animales.

– ¿Cómo salió el toro del corral? Porque sé que lo tiene encerrado en un corral -suspiró Jefferson, recordando que Maura se lo había enseñado, advirtiéndole que era peligroso.

– No tengo ni idea, pero Davy Simpson estuvo a punto de ser pisoteado por esa mala bestia.

– ¿Se puede saber qué está pasando en Craic? -suspiró Jefferson, atónito. ¿Estaría buscando Maura más dinero? ¿Querría echarse atrás después de haber firmado el contrato?

Y todo el pueblo parecía haberse puesto de su lado, además. Pero no iban a salirse con la suya. Jefferson King no aceptaba presiones y, desde luego, no evitaba un enfrentamiento.

– Eso es lo que me gustaría saber a mí -dijo Harry-, Por lo que tú me contaste pensé que iba a ser un rodaje idílico, pero está siendo un infierno.

– Pero tenemos un contrato firmado que nos permite el acceso a la granja de Maura…

– Sí, ya, el ayudante de producción intentó recordárselo el otro día y le dio con la puerta en las narices.

Jefferson apretó el teléfono, furioso.

– No puede hacer eso. Ha firmado un contrato y ha cobrado el cheque. Nadie la obligó a hacerlo.

– Te lo digo en serio, Jefferson, a menos que esto se solucione de inmediato el rodaje va a costamos el doble de lo que teníamos presupuestado. Hasta el tiempo está contra nosotros porque no deja de llover ni un solo día.

Aquello no tenía sentido, era como si estuviesen hablando de dos sitios diferentes. Y, aparentemente, iba a tener que ir a Craic quisiera o no. Era hora de tener una charla con cierta jovencita irlandesa, hora de recordarle que tenía la ley de su lado y que estaba dispuesto a usarla.

– Muy bien -le dijo-. No puedo hacer nada sobre la lluvia, pero me encargaré de todo lo demás.

– ¿Cómo?

– Iré a Craic personalmente -algo se encogió dentro de él al pensar que iba a ver a Maura otra vez, aunque no quisiera admitirlo.

Aquello no tenía nada que ver con Maura Donohue sino con su negocio. Y esperaba que tuviese una buena razón para no querer cooperar después de haber firmado un contrato.

– Muy bien, pero date prisa.

Después de colgar, Jefferson llamó a gritos a su ayudante mientras sacaba la chaqueta del armario. Tenía previsto un viaje a Austria para hablar con el propietario de un castillo en el que quería rodar una película, pero iba a tener que incluir Irlanda en ese viaje.

No tardaría mucho en solucionar los problemas en Craic, estaba seguro. Se alojaría en el pueblo, hablaría con todo el mundo y luego le recordaría a Maura el maldito contrato. Además, verla le sentaría bien. Así podría mirarla sin recordar aquella noche. La vería por lo que era, una mujer con la que estaba haciendo negocios. Hablarían, se despedirían y tal vez dejaría de aparecer en sus sueños.

Su ayudante, Joan, una mujer mayor que conocía el negocio tan bien como él, entró a toda prisa en la oficina.

– ¿Qué ocurre?

– Tienes que llamar al aeropuerto, me voy hoy mismo a Europa.

– ¿Qué?

– Y dile al piloto del jet que tenemos que pasar por Irlanda antes de ir a Austria.

– Sí, claro, Irlanda, Austria… prácticamente son vecinos -replicó Joan, irónica.

– Voy a mi casa a hacer la maleta, pero dile al piloto que llegaré en unas dos horas.

Una de las ventajas de ser un King era que siempre tenía un jet a su disposición. Su primo Jackson era el propietario de una empresa que alquilaba aviones de lujo a aquéllos que estaban dispuestos a pagar sumas enormes de dinero por viajar cómodamente. Pero la familia King siempre tenía prioridad, lo cual hacía que sus numerosos viajes fuesen más tolerables.

Y podía estar en el aire antes de la cena y en Irlanda a la hora de desayunar.

– ¿Te envío por fax la documentación de McClane o espero a que vuelvas?

Jefferson lo pensó un momento y luego negó con la cabeza. J. T. McClane era el propietario de un pueblo fantasma en el desierto de Mohave y él quería rodar un western moderno allí, pero el tipo llevaba semanas regateando, de modo que no estaría mal recodarle que los estudios King iban a seguir a cargo de las negociaciones.

– Hazle esperar hasta que yo vuelva. Nos vendrá bien que sude un poco.

Joan sonrió.

– Muy bien, jefe. Buena suerte.

Jefferson se limitó a sonreír mientras salía del despacho. No tenía sentido decirle a su ayudante que la única que iba a necesitar suerte era Maura Donohue.

Cinco

Jefferson se detuvo en el pueblo para reservar una habitación en el hostal en el que se había alojado la última vez. Estaba cansado, hambriento e irritado. Y cuando la propietaria del hostal, Francés Boyle, lo fulminó con la mirada, la irritación se convirtió en enfado.

– Vaya -dijo Francés, cruzando los brazos sobre su amplio busto-, Pero si es el propio Jefferson King, volviendo a la escena del crimen.

– ¿Qué crimen? Perdone, pero no la entiendo.

– Ja! A buenas horas pides perdón… aunque no es a mí a quien deberías pedírselo.

Jefferson cerró los ojos brevemente. Francés Boyle estaba regañándolo como si fuera un crío de cinco años que hubiese roto un cristal.

– Señora Boyle, llevo horas metido en un avión y luego he venido hasta aquí desde el aeropuerto en un coche al que se le ha pinchado una rueda y ahora… -Jefferson respiró profundamente- me estoy calando. Pero si me alquila una habitación, estaré encantado de escuchar sus quejas…

– Está acostumbrado a dar órdenes, ¿eh? Pues yo no soy uno de sus lacayos y no tengo tiempo para gente como usted.

¿Qué estaba pasando allí? Era como si hubiese entrado en un universo paralelo. Aquella gente que se había mostrado tan amable con él unos meses antes ahora lo miraba como si fuera un criminal.

– ¿Se puede saber qué he hecho? Hace meses que no vengo por aquí…

– Desde luego, eso ya lo sabemos. Nos hemos llevado una buena decepción con usted, señor King.

– ¿Una decepción? -Jefferson no entendía nada-. ¿Se puede saber qué demonios está pasando?

– Un hombre decente sabría la respuesta a esa pregunta -contestó Francés-, Y no me gusta nada que se nombre al demonio en mi casa.

– No estoy en su casa -dijo él, señalando el porche-. Usted no me ha dejado pasar, así que me estoy mojando.

– Y no pienso hacerlo.

Muy bien, estaba experimentando de primera mano lo que había tenido que sufrir el equipo del rodaje. Pero era incomprensible. Fuese cual fuese el problema, lidiaría con él más tarde. Por el momento, lo que necesitaba era una habitación y un buen desayuno. Sólo entonces estaría listo para ir a la granja de Maura Donohue.

– Señora Boyle, sólo necesito una habitación para un par de días.

– Una pena que el hostal esté lleno.

– ¿Lleno? Pero si no es temporada de turistas.

– Pues está lleno -repitió Francés.

Y luego cerró la puerta en sus narices. Muy bien, buscaría otro hostal o una casa de huéspedes… o algo. Si no recordaba mal, había una cerca de la granja de Maura.

Aun así, le dolió. Desde luego, no era el recibimiento que esperaba. Jefferson se volvió para mirar el pueblo de Craic, con sus tiendas, sus casitas de puertas rojas y el humo de las chimeneas volando al capricho del viento… era una imagen de postal.

Pasando una mano por su cara, bajó del porche y se dirigió a La Guarida del León. Al menos allí podría comer algo, pensó.

Mientras subía por la calle se dijo a sí mismo que la actitud de la señora Boyle seguramente sería un caso de mujeres apoyándose unas a otras. Sabía que Maura estaba enfadada por algo y la propietaria del hostal mostraba su solidaridad con ella no alquilándole una habitación.

Jefferson entró en el pub y se detuvo un momento para calentarse las manos frente a la chimenea. Luego, después de saludar con la cabeza a dos clientes que estaban sentados a una mesa, se sentó frente a la barra. Michael, que salía de la cocina en ese momento, se detuvo de golpe al verlo.

– El pub está cerrado.

– ¿Qué?

Aquello sí que no lo esperaba. Michael y él se habían llevado bien durante el tiempo que estuvo en Craic pero ahora, en lugar de saludarlo amistosamente, parecía a punto de darle un puñetazo.

– ¿Cerrado? -repitió Jefferson, señalando a los otros clientes-, ¿Y ellos qué?

– Para ellos no está cerrado.

– Ah, entonces sólo lo está para mí.

– Yo no he dicho eso -Michael tomó un paño blanco y se puso a limpiar la barra.

– Cuando nos conocimos me pareciste una buena persona -empezó a decir Jefferson, apenado-. Lamento mucho comprobar que no es así.

El propietario del pub llevó aire a sus pulmones y su torso se hinchó hasta adquirir proporciones gigantescas.

– Y yo pensé que tú eras un hombre que cumplía con sus obligaciones.

– ¿Qué obligaciones? ¿Es que todo el mundo en este pueblo se ha vuelto loco? ¿Se puede saber de qué estás hablando?

Michael puso una mano enorme sobre la barra.

– Lo que digo es que no eres más que un rico americano que se lleva lo que quiere y no se preocupa de lo que deja atrás.

Jefferson se irguió como si alguien lo hubiera pinchado en la espalda. Intentaba ser razonable, pero empezaba a estar harto.

– ¿A qué te refieres?

– No soy yo quien tiene que decírtelo.

Genial, pensó, aquella gente hablaba en código.

– Mira, está claro que no nos conocemos tan bien como yo creía, así que dejaré pasar el insulto. Pero te aseguro que yo nunca me he echado atrás ante una responsabilidad… aunque no te debo explicación alguna.

– Desde luego que no. No es a mí a quien se la debes.

– ¿Qué significa eso?

– Habla con Maura -dijo Michael entonces-. Ella te lo contará o no, como quiera. Pero no vengas a Craic buscando amigos hasta que lo hayas hecho.

Jefferson miró alrededor, perplejo. Los hombres que estaban comiendo en la mesa asentían con la cabeza… como si fuera un secreto que todos conocían menos él.

– Muy bien, pensaba hablar con Maura de todas formas. Y después volveré por aquí para que me des una explicación.

– Estoy deseando.

Jefferson salió del pub, furioso, y bajó por la calle hasta donde había aparcado el coche de alquiler. La lluvia lo golpeaba como si el cielo le estuviera tirando piedras y sintió la mirada de una docena de personas clavada en él… pero no lo miraban con simpatía alguna.

¿Qué demonios podía haber pasado? Cuando se marchó de allí todas aquellas personas lo miraban con simpatía. ¿Y por qué Maura era la clave?

Sacudiendo la cabeza, subió al coche y tomó la carretera que llevaba a la granja de Maura Donohue. Era hora de encontrar respuestas.

El camino lleno de barro le resultaba familiar y, a pesar del enfado, sentía cierta emoción, cierto nerviosismo ante la idea de ver a Maura de nuevo. No quería que fuera así y había estado luchando contra ese recuerdo durante los últimos meses, pero estar allí otra vez avivaba las llamas que él había intentado extinguir.

Ahora no era momento para eso, pensó. No estaba allí para acostarse con una mujer que había dejado bien claro que no tenía el menor interés en él. No iba a volver a tomar un camino por el que ya había pasado antes.

Además, estaba empapado, cansado y furioso. La casa de Maura apareció de repente entre la niebla, como un faro, con sus paredes blancas, sus persianas verdes y las flores en las macetas del porche que soportaban valientemente el viento.

A la entrada había tres trailers y una tienda de campaña bajo la que habrían guardado parte del equipo, pero el director y los técnicos andaban por allí, colocando lonas y plásticos por todas partes. Los actores debían estar dentro de los trailers, esperando que dejase de llover.

Entre la lluvia y los retrasos provocados por Maura y sus amigos, Jefferson prácticamente podía oír cómo su dinero se iba por el retrete.

Frustrado por la situación, salió del coche y, después de meter el pie en un charco, cerró de un portazo. El director y todos los del equipo técnico se volvieron, pero cuando Harry se dirigía hacia él Jefferson levantó una mano para detenerlo. Quería hablar con Maura antes de nada.

– Y espero que me dé una explicación convincente -murmuró, tomando el camino de grava.

No se fijó entonces en lo encantador que era aquel sitio, ni miró siquiera a la media docena de ovejas que triscaban en el corral. Y tampoco se detuvo cuando alguien le gritó algo que no pudo entender, de modo que lo pilló por sorpresa ver a un perro negro del tamaño de un oso lanzarse hacia él a la carrera.

– ¡Madre mía! -gritó.

La puerta se abrió entonces y Maura salió al porche.

– ¡King!

El perro se detuvo de golpe, pero corría a tal velocidad que patinó hasta chocar con Jefferson, que estuvo a punto de caer al suelo. Atónito, miró la sonriente cara del animal, con una lengua del tamaño de un filete.

Su cabeza le llegaba a la cintura… y debía pesar al menos cien kilos.

– Es un oso.

– Es un sabueso irlandés -lo corrigió Maura-, No quería hacerte daño, sólo iba a saludarte… es un cachorro.

– ¿Y se llama King? ¿Le has puesto mi nombre?

– Sí -contestó ella-, porque también él es un poco sinvergüenza.

Jefferson la miró, estupefacto. En los ojos azules había tantas emociones distintas que no estaba seguro de si iba a besarlo o a tomar una escopeta para echarlo de allí.

– ¿Qué haces aquí?

Era preciosa, pensó. La mujer más fascinante que había conocido nunca. Por su culpa, había tenido que ir a Irlanda cuando no estaba en sus planes sólo para ser tratado como un leproso por sus vecinos.

– ¿Quieres decir por qué estoy bajo la lluvia frente a la casa de una mujer que no respeta un contrato firmado? Porque yo me estoy preguntando lo mismo.

– Tu gente está pisoteando mi casa en este mismo instante -lo retó ella-, así que yo estoy respetando nuestro contrato mucho mejor que tú.

– Mira, llevo en Irlanda una hora y en ese tiempo me he empapado, se me ha pinchado una rueda, me he manchado los zapatos de barro y he sido insultado por todas y cada una de las personas con las que he intentado entablar conversación. Así que no estoy de humor para soportar oscuras referencias a lo malvado que soy. Si tienes algún problema conmigo -dijo Jefferson, apartándose del perro para acercarse a la puerta-, te rogaría que me lo dijeras claramente para que pueda solucionarlo.

Maura se cruzó de brazos y levantó la barbilla, orgullosa:

– Estoy embarazada. ¿Cómo vas a solucionar eso?

Seis

Un segundo después le daba con la puerta en las narices. Con el corazón latiendo a mil por hora, Maura se apoyó en la pared, intentando llevar aire a sus pulmones. Estaba temblando, pero no sabía si era por el frío de la calle o el que había visto en los ojos azules de Jefferson. Sólo sabía que verlo otra vez la había dejado tan trémula que no podía permitir que él se diera cuenta.

Había tenido que aparecer sin llamar por teléfono antes…

– Claro que Jefferson King no parece saber cómo usar un teléfono -dijo en voz alta-, porque llevo tres meses llamándolo y no he conseguido hablar con él.

Y, sin embargo, allí estaba. En la puerta de su casa, mojado y furioso… y aun así tenía que hacer un esfuerzo para no abrir la puerta y mirarlo de nuevo. Debería haber estado preparada para aquel momento, pensó. Debería haberlo sabido.

Por supuesto que había vuelto a Irlanda, pero no para verla si no para comprobar cómo iba el rodaje.

– Es un cerdo -murmuró, esperando que llamase a la puerta.

Jefferson no era la clase de hombre que recibía una noticia así y desaparecía sin dejar rastro. Oh, no, Jefferson King pediría explicaciones. Aunque ella llevaba meses intentando hacer justamente eso, en aquel momento no estaba de humor. Sobre todo porque no sabía si darle una bofetada o abrazarlo, no estaba segura. Era horrible. Por enfadada que estuviera con él, su corazón seguía latiendo como loco sólo con verlo. Y eso la ponía de los nervios.

Un segundo después, Jefferson empezó a llamar a la puerta. Su corazón, de nuevo, se volvió loco y más abajo, en su vientre, sintió un cosquilleo que no había sentido en mucho tiempo. Como un miembro que se le hubiera dormido y que despertaba a la vida provocando un extraño hormigueo.

– ¡Maldita sea, Maura, abre la puerta!

Podría haberlo hecho si no se lo hubiera ordenado de tan malos modos. Pero la rabia que la había acompañado durante los últimos meses fue más fuerte que ella.

– ¡Vete de aquí, Jefferson! -gritó.

– ¡No pienso irme a ningún sitio! ¿Quieres que tengamos esta conversación a gritos para que la oiga todo el mundo o podemos hablar en privado?

Eso hizo que se moviera a toda velocidad. Maura no estaba interesada en que la mitad de Hollywood supiera de sus asuntos. De modo que abrió la puerta y Jefferson entró, seguido de King… que se dispuso a sacudir el agua de su pelaje, empapándolos a los dos.

– Por el amor de Dios… -murmuró Maura mientras el perro corría por el largo pasillo hasta la cocina.

Cuando miró a Jefferson estuvo a punto de dar un paso atrás al ver un brillo de furia en sus ojos azules. Pero entonces recordó cuál de los dos tenía derecho a estar furioso.

– No me mires con esa cara.

– ¿Ah, no? -Jefferson se quitó la chaqueta empapada y la colgó en el perchero. Su camisa blanca, también mojada, se pegaba a su torso de una forma que la hizo salivar, aunque no lo admitiría aunque le pusieran un cuchillo en la garganta-, ¿Qué quieres decir con eso de que estás embarazada?

– ¿Cuántas cosas crees que puedo querer decir? -le espetó ella.

Oh, había imaginado aquella escena incontables veces y sus reacciones habían sido variadas. Pero en ninguna de ellas Jefferson parecía como si lo hubieran golpeado en la cabeza con un palo. Estaba atónito, así de sencillo. Como si nadie le hubiera dicho nada sobre los incontables mensajes que había dejado para él durante los últimos meses. ¿Para qué tenía tantos empleados si ninguno de ellos era capaz de pasarle un simple mensaje?

– Es muy fácil de entender: estoy embarazada. Esperando un hijo, encinta, preñada, con un bollo en el horno -Maura inclinó a un lado la cabeza-, ¿Quieres que te haga un dibujo?

Jefferson permaneció en silencio, el único sonido el de la lluvia golpeando los cristales y el viento moviendo las ramas de los árboles. Cuando por fin habló, su voz sonaba ronca:

– Si crees que esto es una broma, estás muy equivocada. ¿Y si estás embarazada de verdad por qué no me habías dicho nada?

– ¿Si estoy embrazada de verdad? -repitió Maura-, ¿En lugar de embarazada de mentira quieres decir?

– No, no quería decir eso… -Jefferson se pasó una mano por la cara-. ¿Por que no me lo habías dicho?

– Ja! He llamado a ese maldito estudio tuyo más veces de las que puedo recordar y he dejado un montón de mensajes…

– ¿Has llamado?

– Muchas veces -dijo Maura-, Y te digo una cosa: sería más fácil hablar con el Papa.

– Yo no he recibido ningún mensaje -suspiró Jefferson, mientras se quitaba la corbata.

¿Sería cierto?, se preguntó ella. Estaba convencida de que había recibido los mensajes, pero le daba igual, que había elegido distanciarse, como si aquello no fuera asunto suyo. Pero ahora… tenía que recapacitar. Debía considerar que tal vez Jefferson no sabía nada del embarazo.

– No es culpa mía que no te dieran los mensajes, ¿no?

– Estás embarazada.

– Ya te lo he dicho.

Él parecía a punto de decir algo, pero al final no lo hizo. En lugar de eso, se pasó una mano por la cara, mirándola como si no la hubiera visto antes.

– Y en el pueblo todo el mundo lo sabe, ¿verdad?

Maura suspiró. Su secreto no había tardado mucho en hacerse público, como ocurría siempre en los pueblos.

– Me temo que sí. La enfermera del doctor Rafferty tiene una lengua muy suelta.

– Deberías demandarla. Se supone que esas cosas son confidenciales.

– Ah, claro, típicamente americano. Una demanda judicial lo soluciona todo, ¿verdad? ¿De qué me serviría denunciar a una mujer que me conoce desde antes de que naciera? Además, intentar callar a Patty Doherty sería como intentar detener la marea con un montón de arena.

Había sabido desde que salió de la consulta del médico que la noticia correría como la pólvora por Craic. Y, aunque no se avergonzaba de su situación, de haber intuido que estaba embarazada seguramente habría ido al médico en Westport para evitar cotilleos.

– ¿Te encuentras bien? ¿Y el niño?

– Los dos estamos bien -le aseguró ella.

Ah, qué civilizados, pensó Maura. Dos adultos que habían creado un niño hablándose como si fueran extraños. El frío que había sentido antes se convirtió en hielo. Y también Jefferson parecía helado. Claro que seguramente era una noticia que dejaría helado a cualquiera. ¿Pero por qué no decía nada?

– ¿Tienes que quedarte ahí, mirándome como si me hubieran salido dos cabezas?

– Esto es algo que no me esperaba -dijo él.

– Ah, claro: ¿qué hago ahora con Maura? Imagino que te estarás preguntando eso.

Jefferson sacudió la cabeza, pensativo.

– Entonces, la razón por la que mi equipo está teniendo tantos problemas, la razón por la que Francés Boyle no ha querido alquilarme una habitación y Michael se ha negado a servirme en el pub…

– Todos están enfadados contigo. Todo el mundo sabe que estoy embarazada y que tú no has querido saber nada del asunto.

– Pero eso no es verdad… -Jefferson dio un paso adelante-, ¿Cómo iba a hacer nada si no te has molestado en contármelo?

– ¡Acabo de decir que te he llamado un montón de veces!

Maura se dirigió al salón, furiosa. Pero no tuvo que volverse para saber que él la había seguido.

– ¿De verdad intentaste ponerte en contacto conmigo? -Jefferson la tomó del brazo-. Un hombre tiene derecho a saber que va a convertirse en padre.

– Y también tiene la responsabilidad de devolver las llamadas para descubrir si alguien tiene algo que decirte.

– Yo no he recibido mensaje alguno.

– Eso dices, pero te dejé docenas… cientos tal vez, no sé cuántos.

– ¿A quién le dejaste esos mensajes?

– ¡Al primero que contestaba al teléfono! -exclamó Maura, apartándose-. Llamé a tu oficina y hablé con tu secretaria, que fue muy amable, por supuesto. Me dijo que era estupendo que quisiera seguir en contacto contigo, pero que tú eras un hombre muy ocupado y que si tenía algún problema en el futuro se lo dijese a ella.

– ¿Le dijiste que estabas embarazada?

– Pues claro que sí. ¡Y ella me dio la enhorabuena y todo!

– ¿Qué?

– Me dijo que estaba segura de que el señor King se alegraría mucho por mí… ¡por mí! -Maura se cruzó de brazos-. Así que pensé, como es obvio, que tú no querías saber de mí ni de mi hijo.

– Nuestro hijo.

– Y como no volví a saber nada de ti, te aparté de mi cabeza por completo.

«Mentirosa», le dijo una vocecita. Nunca había dejado de pensar en él. O de soñar con él. Incluso furiosa y dolida, había pensado en Jefferson a todas horas.

Pero no iba a decírselo.

– Así que parece que, una vez firmado el contrato, no sientes la necesidad de ser amable con aquéllos a los que ya has conquistado.

– No puedo creer que Joan lo supiera y no me haya dicho nada…

– Imagino que recibirás muchos mensajes -dijo ella, irónica- Pero lo creas o no, me da igual.

– No he dicho que no te crea. Quería decir… -Jefferson se pasó una mano por la cara-. Cuando volví a Los Ángeles llamó mucha gente intentando que aumentase la oferta. O para sacarme algo más de lo que habíamos acordado. Joan, mi ayudante, lo sabe y ha intentado espantar a la gente que podría darnos problemas.

– Bueno, imagino que podría haber pensado eso cuando después de tres o cuatro intentos yo perdí la paciencia…

– ¿Qué le dijiste?

– No me acuerdo. ¡Pero tenía mis razones para estar enfadada!

– Joan debería habérmelo dicho -Jefferson dejó escapar un suspiro.

Aquello era increíble. Jamás se le había ocurrido la posibilidad de haber dejado a Maura embarazada. Y eso lo convertía en un completo idiota. Ni siquiera se le había ocurrido pensar en un preservativo, dejándose llevar por el momento como si fuera un adolescente. Algo que no le había ocurrido nunca.Pero todo eso ya no tenía importancia; lo fundamental ahora era que iba a ser padre.

No era la clase de noticia que uno recibía todos los días, de modo que era lógico que a su cerebro le costase procesarla. Él no sabía nada. Durante cuatro meses, Maura había creído que le importaba un bledo, que no quería saber nada de ese niño, y era lógico que estuviese enfadada con él. Pero él no sabía nada…

– Tendré que hablar con Joan cuando vuelva y dejarle claro que debe pasarme todos los mensajes, no sólo los que ella considere de interés -murmuró-. Es que me llama mucha gente, Maura.

– Mujeres, imagino.

Sí, mujeres, pensó él, aunque no había habido ninguna desde que volvió de Irlanda. No había sido capaz de mirar a otra mujer sin ver unos ojos de color azul oscuro y una melena al viento… no había dejado de pensar en ella.

– Vi una fotografía tuya en una de esas revistas del corazón hace un mes. Estabas muy guapo con un esmoquin y una rubia del brazo. Sí, ya imagino que estás muy ocupado.

El sarcasmo lo hizo sonreír.

– ¿Celosa?

– ¿Yo? De eso nada, sólo era un comentario.

Eso podría ser lo que se decía a sí misma, pero le alegraba saber que había estado buscándolo o pensando en él al menos.

– Es la protagonista de mi última película y la acompañé al estreno.

– Sí, parecía de las que necesitan acompañante.

– Es mi trabajo, Maura -rió Jefferson.

– Y lo haces muy bien, estoy segura -dijo ella, dejándose caer sobre un viejo y cómodo sillón.

De hecho, toda la casa parecía cómoda y acogedora. Llevaba siglos allí y daba la impresión de ser cálida y hogareña, familiar.

– Mucha gente deja mensajes y necesito una persona que los filtre. No es una sorpresa que los tuyos acabasen en la papelera…

– ¿Cuántos mensajes recibes diciendo que vas a ser padre? -lo interrumpió Maura-. Porque si hay cola puedes decírmelo ahora mismo, Jefferson King. Yo no quiero ser parte de tu rebaño y mi hijo no será uno entre un montón de bastardos…

– Por favor -la interrumpió él-, no sigas. No hay nadie más y no tengo más hijos. Yo no sabía nada del embarazo. De haberlo sabido habría venido de inmediato para…

– ¿Para qué, Jefferson?

– No lo sé.

Maura dejó escapar un suspiro.

– Muy bien, te creo. No sabías nada de los mensajes.

– Gracias -suspiró él-. Ahora entiendo lo que sintió Justice.

– ¿Eh?

– Mi hermano, el que lleva el rancho. Su mujer, Maggie, no le contó que tenían un hijo hasta que Joñas tenía seis meses.

– ¿Por qué?

– Porque pensó que Justice no la creería… bueno, es una historia muy larga. La cuestión es que mi hermano se puso furioso. Yo pensaba que debería olvidarse de enfados y lidiar con la realidad, pero ahora entiendo lo que sintió.

– O sea, que ahora estás enfadado. Pues muy bien, únete al club. Ahora estamos todos enfadados.

– No -rió Jefferson. ¿Había alguna otra mujer como Maura Donohue? Era la persona más difícil que había conocido nunca-. No estoy enfadado, sólo me pregunto qué vamos a hacer ahora.

– Bueno, pues cuando termines de hacerte preguntas ya sabes dónde encontrarme -Maura se levanto del sillón para acercarse a la ventana.

– No pienso irme hasta que solucionemos esto.

– Yo no te quiero aquí.

– Pues lo siento por ti porque pienso quedarme hasta que lleguemos a un acuerdo.

– ¿Qué acuerdo? -le espetó ella, mirándolo por encima del hombro-. Estoy embarazada, tú no. Vete a casa.

– No.

– Dile a tu gente que no tendrán más problemas ni conmigo ni con la gente del pueblo, yo me encargo de eso.

– Gracias, pero eso soluciona sólo uno de los problemas.

– Yo no soy un problema -replicó Maura, herida-. Y tampoco lo es mi hijo.

– Yo no he dicho eso.

Era como un campo de minas y él lo estaba atravesando con los ojos vendados.

– Pero es lo que estás pensando.

– ¿Ahora resulta que sabes leer el pensamiento?

– Los tuyos son fáciles de leer.

Jefferson vio el reflejo de su cara en el cristal y lo entristeció ver un brillo de lágrimas en sus ojos. Nunca había visto llorar a Maura y no le hacía ninguna gracia verla llorar ahora.

– Vete, Jefferson -dijo ella entonces-. Por favor.

No le sorprendió que su enorme perro entrase en el salón en ese momento y se dirigiera a Maura, como si hubiera intuido su tristeza. Y cuando ella bajó la mano para acariciar su cabezota… era como la imagen de un cuadro.

Por el momento no había sitio allí para él. Maura lo estaba echando… y seguramente era de esperar. Pero eso no significaba que fuera a rendirse. Se iría por el momento, para volver cuando hubiese aclarado sus ideas. Él sabía lo que había que hacer, lo había sabido desde que Maura le dio la noticia. Pero necesitaba tiempo para pensar en los detalles. Volvería entonces y Maura se daría cuenta de que un King nunca huía de sus responsabilidades. Pensando en ello se dio la vuelta como ella le había pedido, pero antes de salir de la habitación le prometió:

– Esto no ha terminado, Maura.

Siete

Unas horas después, Cara le preguntó:

– ¿Y entonces qué hizo Jefferson?

– Se marchó -contestó Maura, tomando un corderito recién nacido para darle el biberón. De inmediato, la criatura blanca y negra empezó a tirar de la tetina y Maura tuvo que sonreír.

Naturalmente, Cara no estaba dispuesta a dejar el asunto en paz, aunque ella le había dicho que no quería seguir hablando de Jefferson.

– ¿Se marchó? ¿No te pidió que te casaras con él?

Maura soltó una carcajada, más para ocultar su desilusión que por otra cosa. Hasta esa misma tarde había tenido sueños… sueños absurdos, naturalmente, fantasías de cría. Había imaginado a Jefferson clavando una rodilla en el suelo, allí mismo, en el establo. Lo había imaginado pidiéndole que se casara con él y, enfadada porque no le había devuelto los mensajes, se imaginaba a sí misma diciéndole que no.

Pero él se había cargado ese bonito sueño al no molestarse siquiera en pedir su mano. Maura arrugó el ceño. Era muy difícil amar a un hombre que no sabía lo que sentía por él.

– No -contestó por fin-. No me pidió que me casara con él y no creo que vaya a hacerlo.

– ¿Por qué no? Vas a tener un hijo suyo, lo mínimo que podría hacer es convertirte en su mujer.

– ¿Sabes una cosa? -rió Maura-, Para ser una chica tan moderna tienes unas ideas de abuela.

– Ser moderna es una cosa, ver a mi hermana convertirse en madre soltera, otra muy diferente. Además, tú estás enamorada de él.

Maura miró a su hermana, enfadada.

– Espero que no le hayas dicho eso a nadie. No quiero su compasión y eso es todo lo que podría darme. Así que cuidado con la lengua, Cara.

– Como si tuvieras que decírmelo -replicó su hermana, ofendida-, ¿Crees que me pondría del lado de Jefferson y en contra de mi propia sangre?

Maura siguió dándole el biberón al corderito. Tendría que olvidarse de Jefferson, pensó. Se contentaría con su vida en la granja y con su hijo y, algún día, Jefferson King sería sólo un recuerdo.

Además, tenía mucho trabajo que hacer. Había seis corderos a los que había que alimentar a mano cada día. Algunos habían sido abandonados por sus madres… ocurría todos los años, una oveja paría y sencillamente se alejaba como si no quisiera saber nada del bebé. Y los otros eran demasiado pequeños para dejarlos solos con sus madres, de modo que había que ayudarlos a mamar. Aquellos cuerpecillos calientes eran una constante fuente de admiración para Maura. Eran tan pequeños, tan indefensos, que resultaba difícil mantenerse tan distante como debiera, ya que la mayoría de los corderos serían vendidos y sacrificados…

– Deberías decírselo tú -dijo Cara entonces, tomando otro biberón para atender a un corderito blanco.

Cara podría tener sueños de convertirse en una gran actriz, pero era una chica de campo y sabía lo que había que hacer sin que nadie tuviera que decírselo.

Durante unos minutos, las dos hermanas trabajaran en silencio como habían hecho tantas veces. Fuera, la tormenta había pasado, dejando sólo el ruido del agua que caía de los tejados y el viento moviendo las ramas de los árboles.

– Se aloja en uno de los trailers -dijo su hermana.

– ¿Qué?

– Digo que Jefferson se aloja en uno de los trailers.

Maura miró hacia la puerta del establo, como si pudiera ver a través de ella.

– ¿Ahora mismo? ¿Está ahí?

– En uno de los trailers, sí -Cara sonrió, acariciando al corderito mientras le daba el biberón-. Todos los demás se han ido a los hostales de por aquí y algunos a Westport, pero Jefferson se ha quedado. Ha dicho que no quería alejarse demasiado. ¿Por qué será?

Maura no lo sabía, pero no le gustaba nada. Había esperado que se fuera a Westport y la dejase respirar un poco. ¿Cómo iba a relajarse y seguir con su rutina normal si él estaba a menos de cincuenta metros?

– No puede quedarse aquí.

– Pues claro que puede, es su trailer. Y tú le has dado permiso para aparcarlo aquí.

– ¡Pero no para vivir en él!

Cara soltó una carcajada.

– Mírate. Saber que está aquí ha devuelto el color a tus mejillas.

– Eso es de rabia.

– No, no lo es. En serio, Maura, ¿de verdad tienes que ser tan cabezota todo el tiempo? Estás loca por él.

– No estoy loca por él.

– Sí lo estás. Y vas a tener un hijo con él. ¿Por qué no quieres casarte?

– Lo hará.

Las dos mujeres se volvieron al oír la voz de Jefferson, que acababa de entrar en el establo. Llevaba unos vaqueros negros, un jersey oscuro y unas viejas botas. Su pelo estaba despeinado por el viento y la luz fría del establo lanzaba sombras sobre su rostro, dándole aspecto de pirata. Y el corazón de Maura dio un vuelco dentro de su pecho. ¿Siempre la afectaría de esa forma?, se preguntó.

– ¿Hará qué? -le preguntó Cara.

– He dicho que tu hermana se casará conmigo -dijo Jefferson, dando un paso adelante. Al hacerlo, una de las ovejas se asustó y empezó a recular, como si intuyera un desastre-. En cuanto podamos organizar la boda.

Era sorprendente lo rápido que el fuego podía convertirse en hielo, pensó Maura. Allí estaba su «proposición», con la que ella había soñado, convertida en la exigencia de un hombre que, evidentemente, esperaba que saltase cuando él lo ordenaba.

– No voy a casarme contigo -le dijo, deseando que el establo fuera más grande o estar en su casa, con la puerta cerrada. Deseando que Jefferson no hubiese vuelto a Irlanda.

Si pensaba que aquello era una proposición estaba muy equivocado. Entrar en el establo y decir que iban a casarse como si fuera un rey y ella una mendiga… Daba igual, pensó. Aunque su corazón latiera al galope dentro de su pecho, no iba a aceptar. No quería casarse con un hombre que no estaba enamorado de ella y Jefferson King no lo estaba.

– Discute si quieres, pero eso es lo que va a pasar -sus ojos se encontraron y Maura vio auténtica determinación en los de Jefferson. Aunque no iba a servirle de nada.

– Y tú toma todas las decisiones que quieras, aunque nada vaya a salir de ello.

– Todo está arreglado… o lo estará pronto. Mi ayudante se encarga de los detalles, pero con la diferencia horaria seguramente tardará unos días.

– ¿Y qué está haciendo exactamente? -le preguntó Cara.

– Solucionar el papeleo, buscar un sitio donde casarnos. Le he dicho a Joan que seguramente tú preferirías casarte en la iglesia del pueblo, pero podemos hacerlo donde quieras. ¿Westport, Dublín? Incluso podríamos casarnos en Hollywood, si lo prefieres.

– ¿Hollywood? -repitió Cara, con expresión soñadora.

– A mí me da igual -dijo Jefferson-. Mientras nos casemos, no me importa dónde lo hagamos.

– Ah, qué considerado -replicó Maura, irónica.

– No es consideración, es rapidez, que es lo más importante.

– Y qué romántico. Vamos, tengo el corazón en la garganta.

– Esto no tiene nada que ver con el romance.

– Eso lo vería hasta un ciego.

– Vamos a hacer lo que tenemos que hacer.

– Ah, claro, y supongo que eres tú quien decide qué es lo que hay que hacer, sin contar conmigo.

– Alguien tiene que hacerlo.

– Bueno -intervino Cara-, Veo que tenéis muchas cosas que hablar, así que me voy.

Maura la sujetó del brazo. No quería que la dejase a solas con Jefferson.

– No te atrevas a salir de este establo, Cara Donohue…

Haciéndole un guiño, su hermana le dio el corderito a Jefferson.

– Te deseo suerte. Ya sabes que mi hermana puede ser un poco cabezota.

– Y ella hablando de lealtad familiar… -murmuró Maura.

– Pero te lo advierto -siguió Cara-, Si la haces llorar tendrás que vértelas conmigo.

– Mensaje recibido -dijo él, apretando al corderito contra su pecho.

– Cara, no me dejes aquí con él…

– Yo me voy a Westport -la interrumpió su hermana-. Me quedaré a dormir en casa de Mary Dooley porque mañana tengo el turno de mañana en el café. Que lo paséis bien -dijo luego, miro a Jefferson-. El cordero tiene que tomarse todo el biberón.

Un segundo después había desaparecido y el único sonido que se oía en el establo era el balido de los animales.

– Nunca le he dado el biberón a un corderito -suspiró Jefferson, dejándose caer sobre una vieja caja de madera-. Pero sí se lo he dado a algún ternero en el rancho y no creo que sea muy diferente.

Maura tragó saliva. Su cordero había terminado de comer, de modo que lo dejó en el suelo, tomó al siguiente y empezó con el proceso otra vez. Sin mirar a Jefferson. Aunque le llegaba el aroma de su colonia y eso nublaba sus pensamientos… pero no tanto como para acceder a las demandas de alguien que intentaba imponerle sus decisiones.

– No hay ninguna razón para que te quedes.

– Estoy ayudando.

– No necesito tu ayuda y no necesito que me digas que voy a casarme.

– Aparentemente -dijo él-, sí lo necesitas.

– No voy a casarme contigo.

– ¿Por qué no? -Jefferson apartó la mirada del corderito, que estaba tomando el biberón como si fuera la última gota de leche que iba a ver en su vida-. Es lo que debemos hacer. Vamos a tener un hijo y, en mi familia, cuando alguien va a tener un hijo se casa. Además, quiero que ese niño lleve mi apellido.

– De modo que esto no tiene nada que ver conmigo -dijo Maura entonces-. Es sólo lo que tú crees que se debe hacer, tu responsabilidad, tus derechos, tu apellido. Pues muy bien, cásate, pero no será conmigo.

– Si dejaras de ser tan cabezota y pensaras de manera racional verías que tengo razón. Debemos casarnos por el niño. Nuestro hijo merece tener un padre y una madre.

– Y los tendrá, estemos casados o no. ¿De verdad crees que me casaría contigo porque crees que debes protegerme o algo así? Soy una mujer adulta, Jefferson, y no estamos en el siglo XIX. Incluso en Irlanda una mujer soltera es respetada. Y el apellido Donohue le irá perfectamente a mi hijo.

– A nuestro hijo -la corrigió él-. Y no hay ninguna necesidad de que lo críes sola. Yo acepto mi responsabilidad, Maura.

– Ah, qué bien, ahora me siento querida e idolatrada. «Una responsabilidad», eso es lo que una mujer quiere escuchar del hombre que le pide en matrimonio.

– Hace unas horas estabas enfadada conmigo porque creías que no quería hacer frente a mis responsabilidades.

– No quiero que lo hagas

– Pues es una pena.

Las ovejas se movían inquietas en el establo, como si notasen la tensión en el ambiente.

– Y una vez que estemos casados -siguió Jefferson-, te llevaré a Los Ángeles y te compraré una casa en Beverly Hills…

Maura estuvo a punto de soltar una carcajada. Aunque muchas veces había soñado con una proposición, jamás se le había ocurrido la idea de marcharse de Irlanda. Claro que Jefferson no querría quedarse allí porque su negocio estaba en Los Ángeles. De repente, sintió pena por un sueño que nunca había tenido una sola oportunidad de hacerse realidad.

– Mi casa está aquí.

– Puedes vender la granja, así no tendrás que trabajar tanto. Podrás quedarte en la cama hasta las doce en lugar de levantarte al amanecer. Vivir rodeada de lujos, hacer lo que quieras, viajar, ir de compras…

Parecía tan contento consigo mismo… ¿no se daba cuenta de lo vacía que era la vida que estaba describiendo? Si no tuviera su granja y su trabajo, ella no sería nada.

– Así que voy a abandonar mi hogar -empezó a decir Maura-, a vender la granja que ha sido de mi familia durante generaciones y luego me voy a ir a Hollywood a gastarme tu dinero. ¿Es eso? ¿Esa es la vida que tienes planeada para mí?

Algo en su tono le advirtió que había metido la pata. Cuando la miró, estaba dejando al corderito en el suelo para tomar a otro y sus ojos se habían oscurecido. Pero él no veía el problema. Estaba ofreciéndole una vida que muchas mujeres matarían por tener.

– Piénsalo, Maura. Podrías disfrutar en la piscina, salir a comer con tus amigas, tendrías todo el tiempo del mundo para estar con el niño. No tendrías que trabajar. Podrías descansar por primera vez en tu vida.

– Sólo tendría que atenderte a ti, ¿no? -murmuró ella, acariciando tiernamente la cabecita del animal.

– No tendrías que atenderme -suspiró Jefferson- Estás sacando conclusiones precipitadas y poniéndomelo más difícil de lo que deberías.

– ¿Así que vender mi granja sería fácil? Dejar a mis amigos, a la gente que conozco de toda la vida, mi país, sería muy sencillo, ¿no?

– Yo no…

– Siento mucho decírtelo, pero no tengo la menor intención de irme a vivir a Hollywood. Y te aseguro que no voy a cambiar de opinión, haga lo que haga tu ayudante.

Jefferson intentó contener su frustración. No serviría de nada insistir por el momento. En lugar de eso, tendría que intentar convencerla poco a poco.

– Piénsalo, ¿de acuerdo? Puedes elegir la casa que más te guste… y no tiene por qué estar en la ciudad. Podemos comprar algo en las montañas. Incluso te compraré ovejas… y podemos contratar a alguien que haga el trabajo. Yo puedo hacer que tu vida sea mucho más fácil de lo que es ahora. ¿Qué hay de malo en eso?

Jefferson se felicitó a sí mismo por explicarlo con tal claridad. Estaba seguro de que ahora Maura lo entendería.

– ¿Así es como crees que vas a convencerme? -le preguntó ella, sacudiendo la cabeza-. ¿De verdad creías que ibas a impresionarme? ¿La gente está tan dispuesta a dejarse comprar que tú lo esperas de todo el mundo?

– ¿Comprar? Yo no estoy intentando comprarte, Maura, estoy intentando…

– ¿Tu vida es mejor que la mía? -lo interrumpió ella-, ¿Qué es esto, el príncipe contándole al mendigo todo lo que se está perdiendo? ¿Debería sentirme agradecida, emocionada?

– ¿Por qué dices eso? -aquello no estaba yendo como esperaba y Jefferson no sabía qué había hecho mal.

– Me hablas como si fuera una niña a la que ofreces un caramelo. Tú, con tu dinero, tus casas en Beverly Hills y tus jets privados. ¿De verdad creías que te diría que sí? -le espetó Maura, quitándole al corderito y el biberón de las manos-. Pues no, Jefferson. Me gusta mi vida y tu dinero me da exactamente igual. Por mí puedes quemarlo si quieres.

Absolutamente atónito, Jefferson sacudió la cabeza.

– ¿Sólo te has quedado con lo del dinero?

– No soy yo la que habla de mansiones en Beverly Hills. Eres tú quien intenta convencerme para que deje mi casa -replicó ella-. Tú, con tu dinero, con tus trajes caros y tus jets privados. Como todos los hombres ricos, utilizas el poder como mejor te conviene sin dejar que nadie se interponga en tu camino. No tienes ni idea de cómo vive la gente de verdad, ¿no?

– ¿La gente de verdad? -repitió él. Aquello era absurdo y Jefferson se levantó, enfadado-. No sé de qué estás hablando, Maura. Sólo estoy intentando hacer lo que debo hacer para ti y para el niño.

– Y resulta que yo no estoy cooperando, ¿eh?

– Esto es ridículo -Jefferson la tomó por los hombros-. No vas a hacerme sentir culpable por ofrecerte a ti y a mi hijo una vida mejor.

– ¿Y quién ha dicho que sea una vida mejor? -le espetó Maura.

– No mejor, más fácil.

– Lo más fácil no siempre es lo mejor. Cuando me case, si me caso algún día, será por amor, Jefferson King… y aún no he escuchado esa palabra de tus labios.

Él la soltó como si lo hubiera quemado.

– Esto no tiene nada que ver con el amor.

– Eso es lo que estoy diciendo.

– No estábamos enamorados cuando hicimos a ese niño. ¿Por qué tenemos que estar enamorados para criarlo?

Maura respiró profundamente y después soltó el aire, despacio.

– Cuando nos acostamos juntos ninguno de los dos pensó que sería algo permanente, ya lo sé. Fue un momento de locura… criar a un hijo es mucho más que eso.

– Esa noche fue algo más que un momento de locura y tú lo sabes.

– Sí, es verdad -asintió ella-. Sentíamos afecto el uno por el otro, pero el afecto no es amor.

Jefferson no podía darle lo que ella quería. Había amado una vez y cuando todo terminó había jurado que no volvería a amar a nadie. Sentía algo por Maura, pero no era amor. Había estado enamorado una vez y lo que sentía ahora en el pecho, apretando su corazón, no se parecía nada.

– No hay nada malo en que sintamos afecto el uno por el otro. Muchos matrimonios empiezan con menos.

– El mío no -contestó ella, mirándolo a los ojos-. Tú has cumplido con tu obligación, Jefferson King. Ahora puedes volver a tu vida sabiendo que has hecho lo que debías. Pero te lo digo desde ahora: no voy a casarme contigo.

Ocho

Dos días después, Maura se sentía como un animal enjaulado. Seguía llevando la granja como siempre, pero bajo el ojo vigilante de Jefferson King, que estaba en todas partes. No había tenido un momento para sí misma desde que llegó durante la última tormenta. Si salía de la casa, allí estaba. Si iba a darle de comer a los corderos, él aparecía para echar una mano. Si iba al pueblo, Jefferson iba con ella. Había llegado a un punto en el que casi lo esperaba. Maldito fuera, seguramente eso era lo que había planeado que ocurriera.

Aunque había hablado con los vecinos de Craic y de nuevo todos lo habían recibido con los brazos abiertos, Jefferson seguía en el trailer, aparcado frente a su casa. No volvió al hostal ni buscó un cómodo hotel. Oh, no. Se quedó en el trailer para decirle cómo iba a ser su futuro, le gustase a ella o no.

– ¿Qué clase de mundo es éste en el que una mujer tiene que salir a escondidas de su casa? -murmuró para sí misma mientras cerraba la puerta de atrás sin hacer ruido. Lo único que quería era estar sola para poder pensar, para compadecerse de sí misma, para llorar en privado. ¿Eso era tanto pedir?

Estar con Jefferson la dejaba agotada. El esfuerzo que tenía que hacer para disimular lo que sentía por él parecía estrangularla. ¿Pero cómo podía profesarle amor a un hombre que pensaba que «el afecto» era base suficiente para un matrimonio?

Haciéndole una seña a King, se dirigió a los pastos y el perro la siguió, persiguiendo su imaginación y a los conejos que siempre esperaba encontrar por el camino.

Maura tuvo que sonreír. Lo había logrado, había conseguido salir de la casa sin que Jefferson la siguiera. Hacía un buen día, aunque sabía que el buen tiempo no podía durar. Pero mientras durase quería estar fuera, disfrutando del sol y de la brisa que movía su pelo. Y mientras paseaba se preguntó a sí misma si podría irse de allí, dejar de ver aquellas colinas y los campos, las cercas de piedra y los árboles retorcidos por el viento. ¿Podría marcharse?

Si Jefferson hablase en serio, si hubiera amor en esa proposición en lugar de simple sentido del deber, ¿podría vender la granja y mudarse a miles de kilómetros de allí, dejar atrás la belleza de esos prados por una ciudad abarrotada de gente a la que no conocía?

La respuesta era, por supuesto, sí. Por amor lo habría intentado al menos. Podría no vender la granja sino alquilarla a algún vecino y así podría ir a visitarla… aunque la idea de marcharse le rompía el corazón. Pero sí. Por amor hubiera hecho ese esfuerzo.Por afecto, no.

– ¿Te encuentras bien? -oyó una voz demasiado familiar detrás de ella.

Maura suspiró. Al final, no había logrado escapar. No se volvió, no aminoró el paso, se limitó a gritarle:

– ¡Estoy bien, como cuando me hiciste esa misma pregunta hace una hora!

Jefferson llegó a su lado un segundo después y, caminando a su paso, metió las manos en los bolsillos del pantalón y levantó la cabeza para sentir el sol en la cara.

– Es estupendo ver el sol por una vez.

– La primavera es una época muy tormentosa -dijo ella, intentando controlar los latidos de su corazón. No era sólo su constante presencia lo que la hacía sentir atrapada, sino su propio cuerpo, la reacción de su corazón lo que la tenía tan alterada.

Estar cerca de Jefferson encendía su sangre. El olor de su piel, su voz, su proximidad, todo eso combinado hacía que lo deseara como no sabía que podía desear a alguien.

– ¿Dónde vas?

– A dar un paseo hasta las ruinas.

– Eso son por lo menos dos kilómetros.

– Por lo menos -asintió ella-. Estoy acostumbrada al ejercicio, Jefferson. Y no necesito un guardaespaldas.

Él sonrió entonces.

– Pero a mí me gusta estar contigo.

Maura se puso colorada sin poder evitarlo. Y su corazón, naturalmente, empezó a hacer ese ridículo baile… seguramente serían las hormonas, se dijo. Había oído que las mujeres embarazadas estaban más emotivas que nunca, así que no era enteramente culpa suya desear que la tomara entre sus brazos, que la tumbase sobre la fragante hierba y…

Maura sacudió la cabeza. No, no era culpa suya en absoluto.

– ¿No deberías estar trabajando con tu gente?

– El director sabe lo que hace y a mí no me gusta meterme en los asuntos de los demás.

– Pero te encuentras muy cómodo metiéndote en mis asuntos -le recordó ella.

– Tú no estás trabajando, estás dando un paseo.

– Eres un hombre imposible, Jefferson King.

– Eso me han dicho -Jefferson se inclinó para cortar un narciso que crecía al borde del camino y se lo ofreció con una sonrisa.

Encantada a pesar de sí misma, Maura lo aceptó y empezó a jugar con él entre los dedos.

– ¿Cuánto tiempo vas a quedarte en Irlanda?

– ¿Ya quieres que me vaya?

No, pero no se lo dijo.

– No tienes por qué quedarte.

– Yo diría que sí -Jefferson se detuvo para tomarla del brazo y mirar su abdomen.

No se notaba el embarazo porque llevaba un jersey grueso, pero Maura notó esa mirada posesiva y… le gustó. A una parte elemental de su alma le encantaba que la mirase así.

Pero aun admitiéndolo, también debía admitir que no significaba nada. Estaba preocupado por ella y por el niño, pero no los quería. El deseo sin amor era una cosa vacía de la que ella no quería saber nada. Especialmente ahora que tenía que pensar en otra persona.

– ¿No tienes mundos que comprar, películas que rodar, gente a la que gobernar?

Él sonrió y ese gesto fue otro golpe para una mujer cuyas emociones estaban ya ligeramente descontroladas.

– He estado trabajando.

– ¿En el trailer?

– Con la tecnología que hay ahora podría trabajar desde una tienda de campaña en el desierto. Lo único que necesito es un ordenador, una conexión a Internet y un fax… que voy a comprar hoy en Westport. No te importará que me conecte desde tu casa, ¿verdad?

– No sé si es buena idea…

– Gracias -dijo Jefferson, como si no la hubiese oído.

Ella murmuró algo entre dientes. Se daba cuenta de lo que estaba haciendo y, aunque no tenía intención de ser nada más que un problema que Jefferson King debía resolver, en el fondo se alegraba de que tuviera que esforzarse tanto para persuadirla.

– ¿Cómo se escapó el toro?

– Ah, te has enterado.

– Davy Simpson sigue contando la historia. Y cada vez que la cuenta, él corría un poco más rápido y el toro era un poco más grande.

Maura soltó una carcajada.

– Porque es irlandés. Nos encanta que la gente cuente historias.

– Ya, bueno. El toro, Maura. ¿Lo soltaste tú?

– ¡Claro que no! -exclamo ella. Podría haberlo pensado, pero nunca lo hubiera hecho. En realidad, se había quedado horrorizada cuando el toro escapó-. No, en serio, fue un accidente. Tim Daley vino a ayudarme ese día… Tim tiene dieciséis años y no deja de pensar en Noreen Muldoon.

– Ah, yo sé lo que es eso.

– ¿Qué?

– Nada, nada -sonrió Jefferson-, Sigue.

– No hay mucho que contar. Después de darle de comer, a Tim, que se pasa el día soñando con Noreen, se le olvidó cerrar la cerca y… -Maura se encogió de hombros-. Fue un accidente y, afortunadamente, no pasó nada. Pero tardé más de una hora en devolver el toro al corral.

– ¿Tú devolviste el toro al corral?

– ¿Quién si no? Es mi toro.

– Tu toro -repitió Jefferson, dejando caer la cabeza sobre el pecho.

– Y que escapase fue un error, aunque admito que las ovejas correteando por el decorado… no lo fue.

– No me sorprende.

– Estaba enfadada porque tú no me devolvías las llamadas.

– Y tenías razones para estar enfadada -admito él-. Pero ahora estás siendo cabezota sólo para fastidiarme.

Maura se detuvo de golpe, con los narcisos creciendo a su alrededor, el cielo azul con unas cuantas nubes navegando por él como barcos en un plácido océano. La brisa soplaba, moviendo la hierba y, en la distancia, King ladraba, encantado de la vida.

– ¿Eso es lo que crees? ¿De verdad crees te castigaría a ti, a mí y a nuestro hijo sólo por fastidiarte?

– ¿No lo harías?

– Si piensas eso es que no me conoces tan bien como crees, Jefferson. Estoy haciendo lo que me parece mejor para todos. No voy a ser una esposa por compasión.

– ¿Qué? ¿De dónde has sacado eso?

Maura sacudió la cabeza.

– Los dos sabemos que tú no estás interesado en casarte. Es el niño lo que te preocupa y eso dice mucho de ti, pero sólo quieres casarte conmigo porque crees que estoy en una «posición difícil».

– No es compasión, Maura, es preocupación. Por ti y por nuestro hijo.

– Da igual, no pienso irme de mi casa. No pienso convertirme en la clase de persona que tendría un sitio en tu mundo. ¿No te das cuenta de que no podría salir bien? -le preguntó Maura, poniendo una mano en su brazo-. Yo no tengo sitio en tu mundo como tú no lo tienes en el mío. En un año nos tiraríamos los trastos a la cabeza y eso sería horrible para nuestro hijo.

– Un gran discurso -dijo él, tomando su mano-. Pero es mentira y tú lo sabes. Esto no tiene nada que ver con Hollywood y tú sabes perfectamente que podrías ser feliz en cualquier sitio.

– Yo no…

Jefferson levantó una mano, para que lo dejase terminar.

– No quiero que mi hijo crezca sin mí, Maura. No quiero verlo una vez al mes o durante las vacaciones, así que no pienso irme de aquí. No voy a marcharme y será mejor que te acostumbres a la idea de verme por aquí.

– No valdrá de nada, no voy a cambiar de opinión.

– No estés tan segura -dijo él entonces-, y no digas nada de lo que tengas que arrepentirte después.

Maura lo miró, atónita.

– Tienes un ego del tamaño de la luna.

– Se llama seguridad en uno mismo, cariño -sonrió Jefferson-. Y la seguridad viene de conseguir siempre lo que quiero. Te aseguro que serás mía, Maura, te guste o no.

Irritada con él y furiosa consigo misma por la reacción de su cuerpo, que parecía haberse electrificado con sus palabras, Maura contestó:

– Serás engreído, petulante…

Jefferson cortó su diatriba con un beso que la dejó sin aliento e hizo que su corazón se volviera loco. Había pasado demasiado tiempo, demasiadas noches solitarias, demasiados sueños. De modo que se rindió a lo que tanto había echado de menos. Eso no significaba que hubiera cambiado de opinión, sólo que a veces, un poco de lo que uno quería era mejor que nada. Sin pensar, le echó los brazos al cuello y se entregó al beso, al calor de su cuerpo. Había añorado aquello, lo había soñado. Y ahora que estaba allí, le daba igual que empeorase la situación. Durante aquel breve instante quería estar en sus brazos.

Pero unos segundos después se apartaron, los dos mirando la curva de su abdomen.

– ¿Has sentido eso?

– He sentido… algo -Jefferson puso una mano en su abdomen y Maura la cubrió con la suya. Creía que era demasiado pronto para que el niño se moviera, pero el médico le había dicho que ocurriría cualquier día. Y había ocurrido.

Un aleteo y luego una especie de patadita, como si su niño quisiera hacer notar su presencia mientras su padre y su madre estaban a mano. Maura se había emocionado y, al mirar a Jefferson, vio que a él le pasaba lo mismo. Era magia, pura y simplemente. La vida que ellos habían creado. Qué regalo poder compartir aquel momento con Jefferson y qué triste que no pudieran compartir nada más.

– Ya no se mueve -dijo él-. ¿Por qué ha parado? ¿Ocurre algo? Deberíamos ir al médico…

– No pasa nada. Espera un momento… -Maura hablaba en voz baja, como si temiera que el niño la oyera y dejara de moverse.

– A lo mejor… ¡ahí está! -exclamó Jefferson.

Ella lo miró con los ojos empañados y vio que Jefferson sonreía como un bobo.

– Se ha movido.

– Sí, es verdad.

Aún encantada, tardó un segundo en darse cuenta de que la expresión de Jefferson había pasado de sorprendida a excitada y ahora… ahora la miraba con lo que parecía absoluta determinación.

– No voy a perder esto, Maura. Hazte a la idea -le dijo-. Ese niño es un King y crecerá como tal. Le guste a su madre o no.

– El problema -estaba diciendo Cara- es que estás llevando el asunto de una forma equivocada.

Jefferson asintió, mirando alrededor. El pub de Craic, lleno de gente, olía a cerveza, a leña de la chimenea y a lana mojada. Estaba lloviendo otra vez y la gente del pueblo se reunía allí para tomar una pinta con los amigos, escuchar música y salir de casa un rato. De modo que se veía rodeado por un grupo de gente que ahora, por lo visto, estaba de su lado. Saber que le había pedido a Maura que se casara con él y ella lo había rechazado los había hecho cambiar de actitud.

Pero recordar su rechazo hacía que se le encogiera el estómago. Ni una sola vez había imaginado que le diría que no. Aunque debería haber imaginado que, con Maura Donohue, siempre debía esperar lo inesperado.

– Maura siempre ha sido una chica muy cabezota -dijo Michael, pensativo.

– Tonterías -opinó Francés Boyle-, Es una chica fuerte y sabe lo que quiere.

– Claro que lo sabe -asintió Cara-, pero también es de las que toman una decisión y no hay quien la mueva, sea bueno para ella o no.

– Cierto -Michael sacudió tristemente la cabeza-. Pero es una mujer estupenda, digamos lo que digamos nosotros.

– Lo sé -suspiró Jefferson.

Aparentemente, todo el pueblo tenía una teoría sobre cómo debía manejar la situación. Aunque él no los estaba escuchando. ¿Desde cuándo necesitaba un King ayuda para conseguir a una mujer? ¿Desde ahora?, le preguntó una vocecita irónica.

Nunca había tenido que esforzarse tanto para salirse con la suya. Cuando se proponía conseguir algo lo conseguía, así de sencillo. Nunca se había encontrado con una pared sin encontrar una manera de tirarla abajo.

Un anciano sentado en un taburete frente a la barra se volvió entonces para mirarlo.

– Cómprale un carnero. Como propietaria de una granja, Maura agradecerá que mejores su rebaño.

Jefferson hizo una mueca. ¿De verdad tenía que comprar un carnero para que se casara con él? No, no podía ser. Sin embargo, mientras lo pensaba, sintió algo parecido a la ansiedad. Él no estaba intentando conseguir el corazón de Maura Donohue… ¿o sí? No, aquello no tenía nada que ver con el amor sino con el hijo que iban a tener, sencillamente.

– No creo que comprarle un carnero me hiciese ganar puntos.

– Ganarías puntos con las ovejas, eso desde luego -dijo alguien.

Eso despertó una carcajada general. Era evidente que el pueblo de Craic lo estaba pasando en grande con su problema.

– Genial -suspiró Jefferson.

¿Qué demonios estaba haciendo allí? A miles de kilómetros de su casa, lejos de su familia, en un pueblo irlandés donde todo el mundo se metía en los asuntos de los demás, intentando hacer que Maura Donohue entrase en razón.

¿Qué mujer rechazaría una oferta como la que él le había hecho? Le había ofrecido una vida de lujos y ella se la había tirado a la cara como si fuera un insulto.

Dinero y poder, eso era lo que había dicho.

Como si tener independencia financiera fuese algo malo. Que él no entendía a «la gente de verdad». Pero él era gente de verdad, sus hermanos eran gente de verdad. ¿Pensaba Maura que porque alguien tuviese dinero valía menos que los demás?

– Es ella la presumida, no yo -murmuró, mientras la gente a su alrededor seguía discutiendo el caso.

Él nunca había juzgado a nadie por su cuenta corriente. Tenía amigos que eran mecánicos y amigos que eran estrellas de cine. Y, aunque su familia tenía dinero, él no había crecido entre algodones. Había tenido que trabajar, como sus hermanos. De niños ayudaban en el rancho y cuando empezaron a hacerse mayores sus padres habían dejado bien claro que si querían algo tenían que ganárselo. De modo que todos habían trabajado a tiempo parcial, mientras estudiaban, para poder comprarse coches de segunda mano y pagar el seguro y la gasolina.

Cuanto más pensaba en las acusaciones de Maura, más se enfadaba. Él no necesitaba excusas ni tenía que disculparse por ser quien era.

– Podrías comprarle una casa nueva -sugirió alguien.

– O ponerle un tejado nuevo al establo, eso sí que le hace falta. En invierno tiene unas goteras que dan miedo -opinó Francés.

– No les hagas caso -suspiró Cara, apoyando los brazos en la mesa-. Yo sé cómo puedes ganarte a mi hermana.

Jefferson la miró, más que interesado. Cara era la más razonable de las dos. Ella sabía lo que quería: ser rica y famosa haciendo lo que más le gustaba hacer. Cara no se metía con nadie sólo porque tuviera dinero. ¿Por qué iba a hacerlo? Era lo que quería conseguir en la vida. Si quien le gustaba fuese Cara la Donohue, la vida sería mucho más fácil.

En lugar de eso, tenía una relación con una mujer con la cabeza más dura que una piedra. ¿Maura pensaba que era un rico y arrogante americano? Pues muy bien, le demostraría que tenía razón. Si iba a condenarlo por su dinero, lo mejor sería que lo condenase de verdad. Era hora de lanzar el guante, pensó. Él nunca había perdido una batalla y aquélla no iba a ser la primera.

– Jefferson, ¿me estás escuchando? He dicho que yo sé cómo puedes ganarte a mi hermana.

– Ah, sí, gracias -murmuró él, levantándose y dejando unos billetes sobre la mesa con los que pagar su cerveza y las de todos los demás-. Te lo agradezco, pero esto es entre Maura y yo. Y yo tengo un par de buenas ideas.

Jefferson salió del pub sin mirar atrás, de modo que no vio a Cara sacudir la cabeza y murmurar:

– Pues buena suerte. Tengo la impresión de que vas a necesitarla.

Nueve

A la mañana siguiente, Maura salió de la casa preparada para un nuevo enfrentamiento con Jefferson. El amanecer pintaba el cielo con su primera paleta de colores y olía a tormenta…

– A lo mejor la tormenta lo retiene en el trailer -murmuró, aunque no lo creía ni por un segundo. Y si tenía que ser sincera, tampoco lo deseaba. Por irritante que fuese, le gustaba tenerlo cerca. Y eso sólo demostraba que estaba loca.

¿Qué mujer cuerda se torturaría a sí misma estando con un hombre al que no podía tener? ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Pedirle que se fuera no la había llevado a ningún sitio. Jefferson se quedaría hasta que decidiera marcharse, punto. Y nada de lo que ella dijera aceleraría su marcha. Él lo había dejado bastante claro No habría forma de escapar y debía admitir que estaba guardando esos recuerdos en su memoria como un tesoro para cuando se hubiera ido.

De modo que estaba preparada para llevarlo a los pastos en su vieja camioneta. Iba a ser razonable, paciente, firme; ésa era la única manera de manejar a un hombre como Jefferson King. El mal genio no serviría de nada porque era inmune a sus gritos, de modo que sería práctica. Podría explicarle sencillamente que estaba perdiendo el tiempo en la granja porque no tenía intención de ser convencida o manipulada para hacer algo que no quería hacer. Maura sonrió para sí misma y, después de llamar a King, se apartó un poco para no ser atropellada por el gigantesco cachorro.

El equipo de rodaje ya estaba en marcha aunque era muy temprano. Maura se había acostumbrado de tal modo a los ruidos que tenía la impresión de que echaría de menos el caos que creaban cada día. Y pronto también echaría de menos a Jefferson.

Le dolía el corazón al pensarlo, ¿pero qué podía hacer? No iba a casarse con un hombre que no la quería. Ella no quería ser la obligación de Jefferson, su condena. ¿Qué clase de vida sería ésa?

King estaba ladrando desde el establo, frente al cual aparcaba su camioneta desde que llegaron los de Hollywood y Maura apresuró el paso para ver qué lo tenía tan agitado. Pero se detuvo en seco al ver que su camioneta había desaparecido. En su lugar había una reluciente y nueva de color rojo, con un enorme lazo del mismo color atado al techo.

– ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo…?

– Todas preguntas muy interesantes -oyó una voz tras ella.

Maura se volvió para mirar a Jefferson, apoyado en la pared del establo, con la expresión de un hombre encantado consigo mismo.

– ¿Se puede saber qué has hecho?

– A mí me parece evidente.

– ¿Dónde está mi camioneta?

– ¿Te refieres a ese viejo cacharro con ruedas? Se lo llevaron hace una hora. Me sorprende que no oyeras la grúa.

Había oído más ruido del habitual, pero estaba tan acostumbrada que no le había prestado atención.

– Pero… -Maura miró su nueva camioneta y se sintió seducida por el precioso color rojo y los enormes neumáticos-. No tenías derecho a hacerlo.

– Tengo todo el derecho -replicó él-. No sólo estabas arriesgando tu vida con ese cacharro, estabas arriesgando la de mi hijo. No pienso dejarte conducir un vehículo…

– ¿No vas a dejarme? -lo interrumpió Maura, preparándose para la batalla-. Tú no tienes que dejarme hacer nada, Jefferson King. Y no quiero tu bonito juguete…

– Sí lo quieres -sonrió él.

Oh, era horrible saber que Jefferson podía leer sus pensamientos con tal facilidad.

– Menuda cara tienes -suspiró, mirando los preciosos asientos de cuero. ¿No era preciosa?

Aunque daba igual, pensó, fulminándolo con la mirada.

– ¿Por qué crees que este regalo me haría feliz?

– No, no, nunca he pensado que iba a hacerte feliz -dijo él-. De hecho, sabía que te subirías por las paredes. Pero te darás cuenta de que eso no me ha detenido -sonrió Jefferson, moviendo las llaves delante de su cara-, Pero eres lo bastante lista como para admitir que necesitas esta camioneta, Maura.

– Te crees muy listo, ¿verdad? Me halagas para que no pueda decirte que no.

– La cuestión es que voy a cuidar de ti y del niño quieras tú o no. Y deberías empezar a acostumbrarte.

¿Estaba mal dejar que Jefferson cuidase un poco de ella?, se preguntó. ¿Era malo desear algo más? Ella había querido que reconociera a su hijo, pero ahora quería algo que no podía tener: amor, fantasía, felicidad.

– ¿Y si no la acepto?

– Lo harás -dijo él, poniendo una mano en su mejilla.

Maura sintió un escalofrío que la recorrió de la cabeza a los pies. ¿Por qué con una simple caricia podía hacerla temblar?

– Puede que seas cabezota, pero eres una persona inteligente y sabes que tengo razón.

Ella suspiró.

– O sea, que soy inteligente si estoy de acuerdo contigo y tonta si no comparto tu opinión.

– Más o menos.

Su sonrisa era un arma y la usaba como un experto. Y ella era una víctima propiciatoria. Pero en fin, el hombre le había comprado una camioneta y le había puesto un lazo rojo. ¿Cómo iba a decirle que no cuando la sorprendía no con diamantes o abrigos de pieles sino con algo que necesitaba de manera urgente?

– Me lo estás poniendo muy difícil.

– Me alegra saberlo. Y ahora, ¿quieres que vayamos a dar una vuelta?

Maura tomó las llaves.

– Si vienes, abróchate el cinturón.

Jefferson lo hizo y ella tuvo que sonreír cuando la camioneta arrancó con el rugido de una pantera.

– Es preciosa.

– Sí -dijo Jefferson. Y cuando Maura lo miró vio que estaba mirándola a ella-. Es una belleza.

Jefferson tenía el certificado de matrimonio, de modo que sólo faltaba la novia. Pero Maura no mostraba signos de debilidad. Incluso se había ido a un hotel de Westport para dejarla en paz un rato y demostrar que podía ser tan sensato como cualquiera. ¿Pero lo agradecía Maura? No. Lo único que había conseguido siendo sensato era estar tres días sin verla. Incluso echaba de menos al perro.

Algo tenía que pasar y tenía que pasar pronto, pensó. No podía quedarse en Irlanda indefinidamente. Él tenía una vida, un trabajo esperándolo.

– Y ésa es la única razón por la que estoy dispuesto a probar el plan de Cara -le dijo a su hermano, por teléfono.

– ¿Cara? -repitió Justice- ¿Quién es Cara?

– La hermana de Maura, ya te lo he dicho.

– No puedo acordarme del nombre de todos los vecinos de ese pueblo. Cara es la hermana de Maura y Maura es la que no quiere saber nada de ti.

Jefferson hizo una mueca.

– Sí, gracias por recordármelo.

Justice soltó una carcajada. Estaba en su rancho de California, pero su voz sonaba tan cercana como si estuviera allí mismo.

– Perdona que esté disfrutando, pero si no recuerdo mal tú también te reías cuando Maggie me lo hacía pasar mal.

– Eso es diferente -suspiró Jefferson, acercándose al balcón de su suite, frente al río-. Antes eras tú el que lo pasaba mal, ahora soy yo.

– Ya, claro. Bueno, cuéntamelo otra vez: ¿cuál es el plan de Cara?

Él arrugó el ceño, mirando las calles de la ciudad. Era de noche, pero Westport estaba despierta y de fiesta. Había parejas paseando por la orilla del río Carrowberg, parándose de vez en cuando para besarse bajo las antiguas farolas. Era una vista estupenda, debía admitir, pero no era la que él deseaba. Él prefería la vista del lago frente al dormitorio de Maura… Maldita fuera.

Llevaba meses sin tocarla. Salvo ese beso interrumpido por el movimiento del niño. Y ese beso lo perseguía despierto y dormido. El deseo era como una garra que lo destrozaba por dentro y la única manera de contenerlo era estar con ella. Y la única forma de estar con ella era prometerle algo que no podría cumplir.

Era un hombre atrapado en una pegajosa tela de araña que lo enredaba más cuanto más intentaba escapar.

– ¿Sigues ahí? -lo llamó su hermano.

– Sí, aquí estoy -suspiró Jefferson-, ¿De qué estábamos hablando? Ah, sí, del plan de Cara. Ahora mismo le está diciendo a Maura que voy a despedirla de la película a menos que se case conmigo.

– ¿Estás loco?

– No… bueno, la verdad es que no lo sé.

– A ver si lo entiendo: estás pensando usar la extorsión para conseguir que la madre de tu hijo se case contigo. ¿Es eso?

– Sí, más o menos.

– ¿Y crees que así Maura te dirá que sí?

– Quiero casarme con la madre de mi hijo, pero ella no quiere saber nada. Yo quiero hacer lo que debo…

– Si estás enamorado de ella.

– ¿Quién ha dicho nada de amor?

– Creo que yo.

– Pues no digas tonterías -le espetó Jefferson, paseando por el salón-. Esto no tiene nada que ver con el amor, Justice. ¿Y desde cuándo hablas tú de esas cosas?

– Sólo digo que casarte con alguien sólo porque estés esperando un hijo no es una buena idea.

– Eso es lo que dice Maura.

– Pues es una chica lista… no, no es más lista que tú, cariño -oyó que le decía a su mujer-. Jeff, no te metas en un agujero del que no puedas salir. Puedes ser parte de la vida de tu hijo sin casarte con la madre.

Sí, claro que podía. Jefferson sabía que su hermano tenía razón, pero él no quería eso. Él no quería ser padre a tiempo parcial, uno de esos que veía por Los Ángeles. Él quería la misma relación que había tenido con su padre, quería una familia. ¿Lo convertía eso en una mala persona? ¿Por qué?

– No es así como quiero que sean las cosas -dijo firmemente. Había convencido a productores, directores y a actores, que eran los más cabezotas, y haría lo mismo con Maura.

– Haz lo que quieras -suspiró su hermano-, Pero te lo digo en serio, te vas a meter en un buen lío.

– No sería la primera vez.

Maura iba a ponerse furiosa, pero quería que fuese a Westport para hablar con ella y el plan de Cara parecía la única posibilidad.

Al oír un golpecito en la puerta Jefferson levantó la cabeza como un lobo oliendo a su presa. Tenía que ser Maura.

– Tengo que colgar. Maura está aquí.

– Espero que sepas lo que haces, Jeff -le dijo Justice.

Con las funestas palabras de su hermano repitiéndose en sus oídos, Jefferson tiró el móvil sobre la mesa y se acercó a la puerta.

Cuando abrió, Maura pasó a su lado, más furiosa de lo que la había visto nunca. Y lo único que él podía pensar era: «Dios, qué guapa es».

Llevaba unos vaqueros oscuros y un jersey rojo bajo un chaquetón que se quitó y tiró sobre el sofá para ponerse en jarras. Estaba despeinada por el viento y tenía las mejillas enrojecidas.

– ¿Cómo puedes ser tan mentiroso, tan traicionero…?

– Hola, Maura -dijo él, cerrando la puerta. Había planeado aquello con Cara y seguiría adelante con la farsa para conseguir lo que quería.

La total rendición de Maura Donohue.

– No me vengas con tonterías, Jefferson King. ¿Cómo puedes mirarme a los ojos? ¿Qué clase de hombre haría lo que tú has hecho? ¿Cómo puedes ser tan mezquino, tan…?

– ¿Cruel? -sugirió él-. ¿Malvado?

– Eso y mucho más -replicó Maura-, Está claro que no tienes un gramo de decencia en todo tu cuerpo.

Estaba más enfadada que nunca y eso lo hizo pensar que tal vez Justice iba a tener razón. Pero era demasiado tarde, se dijo. Había tomado una decisión y él no era un hombre que se echase atrás sólo porque hubiese encontrado un bache en la carretera.

– Veo que Cara te ha dado la noticia.

Maura apretó los labios, indignada. Desde que su hermana fue a la granja, llorando por aquella oportunidad perdida, en lo único que podía pensar era en ir a Westport y enfrentarse con Jefferson. El conserje del hotel, al verla tan airada, se había limitado a señalar el ascensor con la mano, sin atreverse a detenerla. Afortunadamente.

Y la actitud despreocupada de Jefferson no estaba ayudando nada. Parecía tan tranquilo, tanto que le hubiera gustado darle una patada. Estaba mostrando una cara que jamás hubiera sospechado en él. ¿Cómo era posible que no hubiera visto de lo que era capaz? ¿Por qué había confiado en aquel hombre? ¿Cómo podía haberse creído enamorada de aquel monstruo?

Por primera vez desde que lo conoció, Maura vio la fría resolución de un hombre poderoso que haría lo que tuviera que hacer para conseguir exactamente lo que quería.

– Has ido demasiado lejos -le advirtió.

– No sé qué quieres decir.

– No te hagas el tonto. Has despedido a mi hermana de la película.

Jefferson se encogió de hombros.

– El director no estaba contento con ella.

– Eso es mentira -dijo Maura-, Tú mismo me dijiste que Cara tenía posibilidades en el mundo del cine, así que el trabajo no es el problema. Soy yo. Crees que despidiendo a mi hermana conseguirás lo que quieres… y hay que ser muy rastrero para eso.

– Te equivocas -replicó él-. Hay que ser un hombre que quiere conseguir algo y está dispuesto a hacer lo que tenga que hacer. Te advertí que no iba a echarme atrás, Maura. Soy Jefferson King y un King hace lo que sea necesario para conseguir lo que quiere.

– ¿Cueste lo que cueste? -Maura buscó en sus ojos alguna señal del hombre del que se había enamorado, pero no había ninguna.

– Vamos a tener un hijo y haré lo que haga falta para asegurarme de que forme parte de mi vida.

La determinación de cuidar de su hijo debería ser algo bueno, pero Jefferson usaba su dinero y su poder como un bate de béisbol, moviéndolo de lado a lado y derribando a cualquiera que se pusiera en su camino. Y eso no podía entenderlo, ni perdonarlo.

– No tenías ningún derecho a meter a mi hermana en este asunto -le dijo-. Esto es entre nosotros, Jefferson, nadie más.

– Tú la has metido en esto al no atender a razones.

– ¿Y como no estoy de acuerdo contigo te parece bien usar las tácticas de un tirano?

– Eres tú quien se ha puesto difícil, no yo.

– Yo sólo quiero…

– ¿Qué? -Jefferson puso las manos sobre sus brazos-, ¿Qué es lo que quieres, Maura?

Algo en lo que él no tenía interés, pensó, mirándolo a los ojos y por fin, por fin, viendo al hombre al que amaba. También él estaba angustiado, se daba cuenta. Estaba tan frustrado como ella.

¿Qué quería?, le había preguntado. ¿Cómo iba a contestar a esa pregunta? Ella quería el cuento de hadas. Lo que quería era amar a Jefferson y que él la amase también. Casarse con él y formar una familia. Casarse sólo por el niño sería una tontería, pero sentía la tentación de decir que sí sólo para estar con él…

Pero sabía que si se mostraba débil algún día lo lamentaría amargamente.

– Quiero que le devuelves el trabajo a Cara.

– ¿Y qué me darás a cambio?

– No voy a casarme contigo sólo por el niño. No puedo hacer eso. Ni por mí ni por ti… sería condenarnos a los tres a vivir sin amor. ¿Qué tiene eso de bueno?

– Eres tan obstinada como yo…

– Sí, desde luego. Menuda pareja, ¿eh?

Jefferson la miró a los ojos, suspirando.

– Tu hermana puede volver al rodaje.

– Gracias -dijo ella, sorprendida y nerviosa. Seguía temblando con una mezcla de rabia, deseo y… ahora tenía que marcharse.

Pero las manos de Jefferson eran tan cálidas, tan tiernas. La calentaban, alejando el frío que había llevado con ella desde la calle. Pero estar con él sólo haría que la despedida fuese aún más difícil. Aunque despedirse de Jefferson le destrozaría el corazón de todas formas. ¿Una noche más empeoraría las cosas o lo haría todo más fácil?, se preguntó.

Como si hubiera leído sus pensamientos, Jefferson la apretó contra su pecho, enterrando la cara en la curva de su cuello. El calor de sus labios la hizo estremecer y sus manos, deslizándose arriba y abajo por su espalda, hacían que cada célula de su cuerpo gritase de alegría. Le dolía el corazón, su cuerpo ardía y Maura sabía que no había forma de parar aquello. No quería pensar, no podía pensar.

Lo que había entre ellos era tan poderoso que resultaba imparable.

– Te he echado de menos -dijo Jefferson por fin, besando su frente, sus mejillas, su nariz-. No quería -admitió luego-, pero te he echado de menos. No puedo dejar de pensar en ti, Maura.

– Yo tampoco -suspiró ella, ofreciéndole sus labios. Y Jefferson los tomó, besándola con tal ternura que le daban ganas de llorar.

La dulzura de sus caricias se llevaba la urgencia del deseo. Allí estaba su casa, pensó, allí era donde quería estar, en sus brazos. Para siempre.

Jefferson levantó una mano para acariciar su pelo, sujetando su cabeza mientras la besaba. Y ella se entregó por completo.

¿Cómo había podido pensar que podría vivir el resto de su vida sin experimentar aquello? ¿Cómo había podido aguantar meses sin las caricias de Jefferson? ¿Y cómo iba a soportar el resto de su vida sin él?

– Quédate conmigo -musitó Jefferson, llevándola hacia el dormitorio.

Se movía como si fuera bailando: una mano en la cintura, la otra sujetando su mano sobre el pecho. Y cuando la habitación empezó a dar vueltas, Maura supo que bailaría con Jefferson King en cualquier sitio.

– Quédate conmigo -Maura repitió sus palabras y, al ver el brillo de sus ojos, supo que le había tocado el corazón.

Diez

Las cortinas del balcón se movían con la brisa y desde la calle les llegaba la música de un pub cercano. Había una sola lámpara encendida, iluminando lo suficiente como para ahuyentar las sombras de la habitación.

Jefferson se detuvo al lado de la cama y la ayudó a quitarse el jersey. Debajo llevaba una sencilla camisa que desabrochó y tiró a un lado. Luego le quitó el sujetador con sorprendente habilidad y la libró de botas, pantalones y ropa interior. En unos seguros, Maura estaba desnuda delante de él y un poco insegura sobre los cambios en su cuerpo. Jefferson no la había visto desnuda desde la primera y última vez y desde entonces no era la misma.

Maura vio que sus ojos se suavizaban al mirar el abdomen abultado…

– He cambiado, lo sé.

– Sí, claro -susurró él, poniendo una mano sobre su hijo-. Y ahora eres más preciosa aún.

– Tienes el don de los irlandeses de decir justo lo que tienes que decir en cada momento -sonrió ella.

– Estás temblando, voy a cerrar el balcón.

– No, no. No es el frío lo que me hace temblar, es el deseo. El deseo que siento por ti.

Jefferson tragó saliva mientras se inclinaba para apartar el embozo. ¿Habría otra mujer tan directa como Maura Donohue?, se preguntó, como tantas otras veces.

– De todas formas, métete bajo las sábanas -le dijo, esperando a que lo hiciera.

Cuando, una vez desnudo, se reunió con ella, Maura se acercó a él por instinto. Era tan perfecto, pensó, mientras deslizaba la mano por su espalda y sus hombros.

Sus labios se encontraron y sus lenguas se enredaron, mezclando sus alientos. Se besaban como si estuvieran hechos para hacer eso y sólo eso. Maura lo abrazó mientras Jefferson cubría su cuerpo con el suyo, levantando las caderas para recibirlo. Sus corazones latían al unísono, sus cuerpos moviéndose al mismo ritmo, como si hubieran esperado una eternidad… sus suspiros llenando el aire. La primera ola de placer la envolvió y ella gritó su nombre mientras su alma se partía bajo esas manos tan tiernas. Unos segundos después, Jefferson caía sobre ella, estremecido.

En el silencio pasaron horas o minutos, no lo sabía.

Lo único que sabía era que no quería que aquella noche terminase nunca. No quería perder a Jefferson, pero no encontraba la manera de retenerlo. ¿Por qué no se daba cuenta de que la quería? Lo veía en sus caricias, en el brillo de sus ojos; esa pasión no era sólo de deseo. Había algo allí… y era más que afecto.

Sin embargo, Jefferson no había mencionado esa palabra. ¿Por qué estaba tan decidido a no entregarle su corazón?

Mientras se hacía esas preguntas, Jefferson tiró de ella para darse la vuelta, apretándola contra su pecho. ¿Cuánto tiempo podían estar así? ¿Cuánto tiempo antes de que se rompieran el corazón el uno al otro y ya no hubiera nada que salvar?

Jefferson puso una mano en su abdomen y, como para complacerlo, el niño dio una patada que hizo sonreír a Maura, aunque tenía los ojos empañados.

– Es fuerte -dijo él, orgulloso.

– Sí, lo es. Y pronto intentará salir de ahí a patadas -intentó bromear ella, aunque le salió la voz ronca.

– ¿Estás llorando? ¿Por qué lloras?

– Nada, es una tontería.

Jefferson, apoyado en un codo, la miró a los ojos.

– ¿Estás bien? No te he hecho daño, ¿verdad?

– No, no -contestó ella, pasando una mano por su pelo-. Es que últimamente estoy un poco emotiva…

– No me mientas, Maura.

– No es mentira -repicó ella, intentando empujarlo para apartarse. Pero era como empujar las paredes del establo-. Estoy más emotiva que de costumbre. La hormonas de una mujer se vuelven locas durante el embrazo, ¿es que no lo sabes?

– Muy bien, no es una mentira. Pero tampoco es la verdad.

– Ah, Jefferson… ¿qué más da? ¿Tenemos que estar siempre discutiendo?

– Pero deberíamos ser sinceros el uno con el otro, ¿no?

– Sí, claro. La sinceridad estaría bien, especialmente ahora.

– Entonces dime por qué lloras.

Maura se sentó sobre la cama y, tapándose con la sábana, miró hacia el balcón abierto, pensativa.

– Estaba pensando cuánto voy a echarte de menos cuando te vayas.

– No tienes por qué. Puedes venir conmigo.

– Ya hemos hablado de esto miles de veces -suspiró ella-. El niño no es razón para casarse.

– No es eso lo que estoy diciendo.

Maura lo miró entonces.

– ¿Entonces qué estás diciendo?

– Lo he pensado mucho -empezó a decir él, saltando de la cama para ponerse los pantalones-. Y lo que ha pasado entre nosotros ahora mismo me ha convencido. Nos llevamos bien, nos entendemos y tú lo sabes.

– Sí, claro que lo sé -asintió Maura, preguntándose dónde quería llegar. Intentando no hacerse ilusiones y fracasando miserablemente.

– Me alegro porque así lo que tengo que decir será más fácil.

– ¿Se puede saber de qué estás hablando?

– Espera un momento -le rogó él-. Has dicho que deberíamos ser sinceros… pues bien, lo seré: yo no había despedido a Cara.

– ¿Qué?

– Fue idea suya -le explicó Jefferson a toda prisa-. La idea era enfadarte tanto que aceptaras casarte conmigo.

– No me lo puedo creer. Serás…

– Sí, ya sé lo que soy -la interrumpió él, para evitar una larga lista de insultos-. Y ahora, siguiendo con la sinceridad: cásate conmigo, Maura.

– Ya te lo he dicho por activa y por pasiva, Jefferson: no voy a casarme contigo sólo por el niño.

– Esto no es sólo por el niño. Es por nosotros.

– ¿Ah, sí?

A juzgar por el brillo de sus ojos estaba prestándole atención, de modo que era el momento, decidió. Él se había enfrentado a competidores hostiles muchas veces y aquello no era diferente. La convencería de que él sabía lo que era mejor para los dos.

Tenía que convencerla porque no estaba dispuesto a perder esa batalla. No iba a perder a Maura por su testarudez o porque no quisiera atender a razones. Estar con ella otra vez había hecho que encontrase la solución perfecta.

– Lo que te propongo es un matrimonio de conveniencia. Nos llevamos bien… tú misma lo has admitido, así que no tiene sentido negarlo. Nos gustamos y…

– Nos gustamos.

– Exactamente. Casarnos sería por lo tanto una decisión inteligente. De esta manera ganamos todos, tú, el niño, yo… los dos sabremos qué clase de matrimonio es el nuestro y no habrá malentendidos.

– Un matrimonio de conveniencia -repitió Maura.

– Piénsalo un momento.

– Ah, pero ya lo estoy pensando -dijo ella-. Y mientras lo pienso, tal vez tú podrías decirme dónde está el amor en ese acuerdo tan inteligente.

Jefferson se quedó callado, inmóvil. ¿No había hecho la propuesta de tal forma que el amor no tendría por qué asomar su fea cara? No podría haberlo dejado más claro, en su opinión.

– ¿Por qué tienes que meter el amor en este asunto?

– Un matrimonio sin amor sería algo frío y triste, ¿no te parece?

– No tendría por qué.

¿Por qué se lo estaba poniendo tan difícil? Se lo había explicado con toda claridad, pero en lugar de ser razonable iba a hacerlo confesar todo. Iba a obligarlo a hacerle daño diciéndole exactamente por qué no podía darle lo que ella quería.

Jefferson dejó escapar un suspiro de impaciencia mientras se acercaba al balcón. Si se hubiera ido un par de semanas antes habría evitado ese momento, pero no había podido marcharse. Y ahora los dos tendrían que pagar por ello.

Cuando se volvió, le pareció que tenía un aspecto etéreo en aquella luz suave, con el cabello despeinado, los labios hinchados de sus besos. Le brillaban los ojos… pero Jefferson intentó controlar las emociones que amenazaban con ahogarlo.

– No puedo amarte, Maura -dijo por fin.

– ¿No puedes o no quieres?

– No puedo -Jefferson se cruzó de brazos en una clásica postura defensiva-. Estuve casado una vez.

No le gustaba hablar de ello, pero no tenía más remedio que hacerlo.

– Mi mujer se llamaba Anna y era el amor de mi vida -siguió porque tenía que hacerla entender-, Éramos demasiado jóvenes para casarnos, pero lo hicimos de todas formas -Jefferson tuvo que sonreír. Los recuerdos eran ahora algo lejano, borroso, pero la inocencia y la dulzura de ese momento de su vida aún le encogía el corazón.

– ¿Qué pasó?

– Que ella murió.

– Lo siento mucho.

– Sólo tenía veintiún años, yo tenía uno más. Murió por un estúpido accidente… Anna estaba pintando nuestro dormitorio y se golpeó en la cabeza al caer de la escalera… -Jefferson se quedó callado un momento, recordando a Anna diciendo que no era nada, que no tenía importancia. Murió esa misma noche, mientras dormía, y la autopsia descubrió una hemorragia en su cerebro.

– Es horrible, Jefferson. Lo siento mucho, de verdad.

– Cuando murió, yo juré que nunca amaría a otra mujer como la había amado a ella.

Maura respiró profundamente, pero permaneció en silencio. Y Jefferson esperaba que lo entendiera, que viese ahora que lo que le ofrecía era lo único que podía ofrecerle.

– Quiero casarme contigo. No sólo por el niño, sino porque me gusta estar contigo y porque creo que podríamos ser una buena pareja. Te estoy ofreciendo mi apellido, que vivamos juntos mientras criamos a nuestro hijo, pero no esperes amor por mi parte porque no voy a poder dártelo. Nunca.

Maura no dijo nada y, en el silencio, lo único que podían oír era la música del pub, cuyas notas llegaban por el balcón abierto.

– Sin amor no tendremos nada -dijo ella por fin. Y las esperanzas de Jefferson se hicieron pedazos.

– Maura… -empezó a decir, alargando una mano hacia ella-. Si quisieras ser razonable…

– Razonable -repitió ella, saltando de la cama para buscar su camisa-. Él quiere que sea razonable cuando no está diciendo más que tonterías.

– ¿Tonterías? -repitió Jefferson, herido-. Estoy intentando ser sincero contigo, decirte exactamente quién soy y qué puedes esperar de mí para que no haya malentendidos. No quiero hacerte daño. ¿Es que no te das cuenta?

– No estás siendo sincero, te estás escondiendo del futuro, de la vida, y eso es engañarme no sólo a mí sino a ti mismo.

– Yo no me estoy escondiendo de nada.

– ¿Y sabes qué es lo más triste de todo? Que tú te lo crees.

Maura se vistió a toda prisa y se dirigió a la puerta.

– ¿Dónde vas?

– A casa, Jefferson. Como deberías hacer tú.

– ¿Qué?

Ella se volvió para mirarlo, más triste que nunca. Había esperado hasta esa noche que Jefferson despertase y viera que estaba enamorado de ella, que viera lo que podría haber entre ellos si se permitía a sí mismo entregarle su corazón a otra persona.

Pero ahora esa esperanza se había convertido en polvo. Aquel hombre era tan obtuso como para agarrarse a una promesa hecha siglos atrás, cuando era un crío. Y si no lo podía tener todo, si no podía tener su amor, no quería nada.

– ¿Tú crees que esto es lo que Anna hubiese querido para ti?

– Eso no lo sabremos nunca, ¿no te parece? Porque mi mujer está muerta -replicó él.

– Y tú también, Jefferson. Estás muerto por dentro. La diferencia es que si a ella le dieran a elegir, elegiría la vida. Tú has elegido quedarte entre las sombras, como si también estuvieras muerto, y nadie más que tú puede remediarlo.

La expresión de Jefferson era tan fría como si hubieran esculpido sus facciones en granito.

– Tú querías que fuera sincero y lo he sido.

– Y te lo agradezco, pero no voy a casarme contigo sin amor… o al menos sin que haya la mínima esperanza.

– Maura, no digas tonterías.

– No estoy diciendo tonterías -replicó ella-. Me das pena, de verdad.

– No necesito tu compasión.

– Pues es lo que siento -dijo Maura, tomando su chaquetón del sofá-. Si no te olvidas del pasado, ¿qué posibilidad hay de que tengas un futuro? No, es mejor así.

– ¿Es mejor así?

– Puedes venir a ver a tu hijo siempre que quieras. Siempre serás bienvenido, pero a mí no me tendrás.

– Maura, piensa en lo que vas a hacer…

– Ya lo he pensado y creo que deberías volver a Los Ángeles, a esa vida vacía que tanto parece complacerte.

– Mi vida no está vacía, pero tienes razón sobre una cosa -dijo él entonces-. Es hora de que vuelva a casa.

Maura lo vio acercarse y tuvo que apretar los puños para no echarle los brazos al cuello al ver su expresión desolada. No serviría de nada abrazarlo, sólo prolongaría aquel terrible final.

Sabía que seguiría queriéndolo durante el resto de su vida, pero no pensaba dejar que viera el poder que tenía sobre su corazón. No le diría que lo amaba, no, lo enviaría de vuelta a su vida, a su mundo. Y, como antes, se consolaría con saber que Jefferson pensaba en ella, y en su hijo, a menudo.

– Pasaré por tu casa por la mañana para despedirme.

Lo había dicho como si no fueran más que dos simples conocidos. Estaba alejándose de ella, cerrando la puerta a lo que podría haber entre ellos, y Maura se preguntó cómo podía amar a un hombre tan tonto.

– Muy bien -asintió-. Nos veremos entonces.

– Buenas noches.

– Buenas noches, Jefferson -murmuró Maura, saliendo de la suite a toda prisa para que no la viese llorar.

La tristeza duró una semana. Maura había llorado hasta que no le quedaron lágrimas, hasta que incluso su hermana había perdido la paciencia con ella.

Había visto a la gente del rodaje guardar el equipo y marcharse cuando terminaron su trabajo, cortando así su última conexión con Jefferson.

Jefferson…

Cada noche soñaba con él y lo echaba de menos cada día. Pero, por fin, la rabia la sacó de aquel estado comatoso. En el fondo, no había creído que fuera a marcharse, no sabía por qué. Había salido del hotel convencida de que cuando fuera a despedirse por la mañana tendrían otra pelea, seguida de un revolcón espectacular y promesas de amor eterno.

Pero no, aquel insensato había ido a su casa para darle un papel con sus números de teléfono v luego se había marchado, tan tranquilo. Ni siquiera se había vuelto para mirarla, pensó, golpeando un charco con el pie.

La furia que había ido creciendo dentro de ella durante los últimos días pareció explotar en ese momento. ¡Maldito Jefferson King, al que veía por todas partes! Su voz la seguía hasta la casa, su sonrisa la perseguía por los pastos e ir al pueblo no era forma de escapar porque iba en la camioneta que él le había regalado.

Había invadido su vida, poniéndola patas arriba, y luego se había marchado.

– ¿Qué clase de hombre hace algo así? O sea, que se me puede olvidar tan fácilmente, ¿no? -gritó, mirando a su perro-. Es muy fácil hacer el amor conmigo para luego darse la vuelta.

King gimió en protesta por sus gritos y Maura agradeció su apoyo.

– No, tienes razón. No se olvida tan fácilmente a Maura Donohue. Ese hombre está loco por mí. ¿Cómo se atreve a darme la espalda? ¿A mí y a nuestro hijo? -Maura siguió mascullando maldiciones mientras iba de un lado a otro por la granja, con King pegado a sus talones-. ¿Qué derecho tiene a decir que esto ha terminado?

King ladró y Maura asintió con la cabeza, como si el animal estuviera de acuerdo con ella. King la quería, por supuesto. No como el otro King.

– Cree que voy a quedarme aquí con la boca cerrada, que voy a aceptar lo que ha dicho como si fuera un sermón y seguir adelante con mi vida…

Maura llenó la tetera y la puso al fuego. Mientras las llamas lamían el fondo de cobre, ella golpeaba la encimera con un dedo:

– ¿Y por qué ha pensado, eso, Maura, pedazo de tonta? ¿No lo has dejado escapar tú por no decirle ni una sola vez lo que sentías?

Resultaba humillante tener que admitir eso, pero era la verdad. Había dejado que su propio dolor, su decepción, controlasen sus respuestas la última noche. Si no se hubiera quedado tan perpleja ante el anuncio de que no pensaba amar a nadie nunca más, podría haber defendido su terreno, podría haberle dicho lo que pensaba de un hombre que le tenía miedo al amor.

– Esto no sirve para nada -suspiró-, ¿De qué sirve gritar hasta que se caigan las ventanas si él no está aquí para escucharme?

Pero tenía que escucharla. Ella tenía que hacer que la escuchase. Maura se volvió, mirando el teléfono amarillo colgado en la pared.

Antes de que pudiera pensarlo dos veces, abrió el cajón donde había guardado el papel con lo que parecían seiscientos números de teléfono. Era eficiente su Jefferson, desde luego. Y era su Jefferson, terco como una mula.

Maura miró la lista. Allí estaba el número de su móvil, el de su casa, el de los estudios, el de la casa en las montañas e incluso el de los apartamentos de Londres y París. Esa mañana le había dicho que no quería que tuviese ningún problema para localizarlo.

El hombre era una fuente de información cuando quería serlo. Pero no lo llamaría directamente, pensó. No. Lo que tenía que decirle sólo podía decirlo en persona. De modo que tenía al menos tres opciones y eligió el nombre que le resultaba más familiar.

– Hola. ¿Eres Justice King, hermano de Jefferson?

– Sí, soy yo.

– Soy Maura Donohue -se presentó ella-. Tengo algo que decirle a ese bruto de hermano que tienes, pero… me gustaría saber si estás dispuesto a ayudarme.

Al otro lado del hilo escuchó una risita.

– ¿Estás pensando venir a Los Ángeles?

– Sí, en cuanto compre un billete de avión.

– No hace falta -dijo Justice entonces-, ¿Cuándo tenías pensado venir?

– Puedo tenerlo todo preparado para mañana por la noche.

– Entonces haz las maletas, Maura. Habrá un jet King esperándote en el aeropuerto de Dublín. Lo único que necesitas es el pasaporte.

– No es necesario -empezó a decir ella, sorprendida por su generosidad-. Sólo llamaba para preguntar si podías sujetarme a Jefferson en algún sitio… para que pueda hablar con él.

Justice soltó una carcajada y Maura se alegró porque parecía tenerlo de su lado.

– Enviar el jet no es un gesto generoso, te lo aseguro. Mi hermano está de un humor de perros desde que volvió de Irlanda y mi mujer cree que tú eres la razón de ese mal humor.

Maura sonrió al saber que Jefferson lo estaba pasando tan mal como ella.

– No sabes cuánto me alegra oír eso.

Justice rió de nuevo.

– Oh, sí, mi Maggie y tú vais a ser buenas amigas, estoy seguro -luego hizo una pausa-. Bueno, y cuando llegues aquí, ¿cuál es tu plan?

Maura se apoyó en la encimera para contarle al hermano de Jefferson lo que tenía en mente y cuando colgó se sentía absolutamente segura de lo que iba a hacer.

– Jefferson King, tú no sabes lo que te espera.

Once

– ¿Qué es tan importante como para hacerme venir al rancho? -Jefferson cerró la puerta del coche y se volvió hacia su hermano con cara de pocos amigos.

– Sólo un par de cosas que tenemos que discutir -contestó Justice-, Pero antes tengo que llevar a mi caballo al establo.

Jefferson lo siguió, observando que ya no cojeaba. Meses después del accidente que lo había reunido de nuevo, y para siempre, con Maggie, la pierna de Justice estaba como nueva.

– ¡Has venido!

Jefferson se volvió para mirar a su hermano menor, Jesse. Antiguo profesional del surf, Jesse era ahora un ejecutivo que llevaba King Beach, una tienda de deportes especializada en el surf. Debería estar en Morgan Beach en ese momento… ¿qué estaba haciendo allí?, se preguntó, mirando de un hermano a otro con expresión recelosa. Pero, como no podía imaginar qué estarían tramando, lo dejó por el momento.

– ¿Qué haces aquí, Jesse?

– Bella quería visitar a Maggie. ¿Y tú? ¿Quién está haciendo películas si tú estás de vacaciones en el rancho?

– No estoy de vacaciones. Justice dijo que tenía que hablar conmigo… ¿y dónde están Maggie y Bella?

Jesse se encogió de hombros.

– ¿De compras?

Allí estaba ocurriendo algo muy raro. Las esposas se habían ido, pero sus hermanos estaban allí…

Apretando los dientes, Jefferson se dirigió al establo y, nada más entrar en su fresco interior, con Jesse pegado a sus talones, llamó a su hermano:

– ¿Vas a decirme de qué querías hablar conmigo o no?

Justice metió al caballo en su compartimento y, una vez terminada la tarea, se volvió con una sonrisa en los labios.

– Jesse y yo hemos pensado que era el momento de traerte aquí para ver si podemos averiguar qué demonios te pasa.

– Sabía que estabais tramando algo en cuanto he visto a Jesse. Me voy a la oficina -dijo Jefferson-. Vosotros dos podéis sentaros a la sombra de un roble y psicoanalizaros el uno al otro, yo tengo cosas que hacer.

– Nadie en la oficina te quiere allí -le advirtió Justice.

– ¿Qué? ¿Estás diciendo que esto es una trampa?

– Joan me ha dado las gracias casi con lágrimas en los ojos. Por lo visto, estás inaguantable desde que volviste de Irlanda.

No podía discutir eso porque era cierto. Llevaba una semana en Los Ángeles y nada era lo mismo. Había esperado volver a casa, ponerse a trabajar y olvidarse de todo. Pero le resultaba imposible. Se sentía inquieto, insatisfecho, pero no sabía cómo combatir esa sensación.

No dejaba de pensar en Irlanda, en las colinas verdes, en la granja. En Maura.

Comparado con lo que había dejado allí, lo que encontró en Los Ángeles ya no era suficiente. Y eso no lo había esperado. Siempre le había gustado su vida… entonces, ¿por qué de repente Los Ángeles y su trabajo le parecían poco más que una ilusión, un pasatiempo que ya ni siquiera lo entretenía? ¿Por qué se sentía solo rodeado de gente? ¿Por qué no podía dormir y cuando lo hacía no dejaba de soñar con Maura?

Él sabía por qué, naturalmente. El sempiterno sol de Los Ángeles y el viento de Santa Ana le resultaba algo ajeno y su corazón anhelaba lo que había perdido.

– ¿Vas a contarnos lo que te pasa o no? -le preguntó Justice.

– Sí, bueno, si os empeñáis…

– Vamos a mi despacho.

El despacho de Justice era una habitación de hombre, con sillones de cuero, estanterías llenas de libros y un enorme escritorio en una esquina.

Por supuesto, había juguetes tirados por el suelo, de modo que su hijo, Joñas, debía pasar mucho tiempo allí. Los tres hermanos se sentaron en el enorme sofá de cuero, cada uno con una lata de cerveza en la mano.

– Bueno, ¿qué te pasa? -empezó Justice.

Jefferson se levantó, inquieto, y empezó a pasear.

– No lo sé, la verdad. Me siento… perdido, como si hubiera tomado la salida equivocada en la autopista y no supiera por dónde tirar.

– Lo más fácil sería dar la vuelta -opinó Jesse.

– ¿Tú crees? Cuando dar la vuelta significa cambiar tu vida de arriba abajo, no es tan fácil.

– Depende de lo que ganes o lo que pierdas con el esfuerzo -dijo Justice-. ¿Y dónde has hecho el giro equivocado, Jeff? ¿Es por Maura?

– Estoy empezando a pensar que dejarla ha sido un error… ¿pero qué otra cosa podía hacer? Ella no estaba dispuesta a ceder ni un palmo. Es la mujer más terca que he conocido en toda mi vida…

– Ah, entonces debe ser perfecta para ti -murmuró Jesse, a quien de inmediato Jefferson fulminó con la mirada.

– Ya os he dicho que está embarazada.

– Sí, claro.

– Le pedí que se casara conmigo por el niño, pero se niega a hacerlo. Quiere un matrimonio de verdad.

– Ah, fíjate. Qué exigente -bromeó Jesse.

– Si no puedes ayudarme, cállate -lo regañó Jefferson.

– Tú no necesitas ayuda, lo que necesitas es terapia. ¿Por qué no puedes casarte con ella de verdad?

– Porque ya estuve enamorado de Anna.

Sus dos hermanos se quedaron callados. Ah, ahora no tenían tantas respuestas.

– ¿No lo entendéis? Estoy admitiendo que amo a Maura… estoy diciendo que Anna no contó para nada. Que lo que hubo entre nosotros se puede reemplazar.

Justice se estiró en el sofá, sacudiendo la cabeza.

– Eso es lo más tonto que he oído nunca. ¿Estás de acuerdo, Jesse?

– Totalmente. ¿Qué estás diciendo, Jeff, que sólo se puede amar a una mujer en la vida?

– No -murmuró él, percatándose de lo tonto que sonaba cuando lo decía en voz alta-. No he querido decir eso.

– ¿Entonces qué has querido decir? ¿Crees que Anna querría que vivieras solo toda la vida para demostrar que la querías de verdad?

– No -admitió Jefferson-, No es eso.

Por primera vez se dio cuenta de que las imágenes de Anna empezaban a hacerse borrosas. Era lógico, ya que el tiempo era un bálsamo para el dolor y la tristeza. Aunque dejaba atrás una vaga sensación de culpa por seguir vivo, por seguir respirando cuando la persona a la que amabas había desaparecido.

– Jefferson -dijo Jesse entonces-, si ya tuvieras un hijo, ¿serías capaz de querer al que espera Maura?

– Pues claro, qué pregunta más tonta.

– ¿Tú crees? Acabas de decirnos que no puedes querer a Maura porque quisiste a Anna. ¿No es lo mismo?

No era sólo querer a Maura lo que lo hacía sentir como si estuviera traicionando a Anna, pensó él entonces. Lo que sentía por Maura era mucho más profundo, más maduro. Pero no podía decirles eso a sus hermanos porque ya pensaban que estaba loco. Aunque no resultaba fácil, se dio cuenta de que el amor que había sentido por Anna había sido un amor inocente, juvenil. Y había terminado demasiado pronto, antes de que pudieran ponerlo a prueba. Pero ahora podía amar más profundamente porque había vivido más, porque sabía más, porque tenía más experiencia. La vida lo había hecho adulto y era capaz de sentir más que cuando tenía veinte años.

¿De verdad era tan sencillo?, se preguntó. ¿Se había perdido aquella revelación obstinándose en darle a Anna la lealtad que merecía?

Justice tenía razón. Anna no hubiese querido que viviera solo para siempre como una especie de extraño tributo hacia ella. Pensar eso fue como quitarse de encima una pesada carga y Jefferson respiró profundamente por primera vez en una semana.

– Yo no soy un experto -empezó a decir su hermano-, Tardé mucho en darme cuenta de que había sido un imbécil dejando escapar a Maggie, pero he aprendido la lección. ¿Tú vas a poder hacer lo mismo?

Jefferson apretó la lata de cerveza. Ahora sabía lo que quería, ¿pero sería capaz de convencerla a ella?

– Sí, lo haré -dijo en voz alta, imaginando la expresión de Maura cuando apareciese en la puerta de su granja-. He decidido volver a Irlanda.

– ¿Por cuánto tiempo?

Jefferson miró a sus hermanos.

– Permanentemente.

– ¿Y los estudios?

– Puedo llevarlos por teléfono, por Internet, por fax… y puedo volver a Los Ángeles cuando quiera si tengo que solucionar algo en persona.

– ¿Tú en una granja? -rió Jesse.

– Yo en una granja -repitió Jefferson-, ¿Por qué resulta tan difícil de creer? ¡Nosotros crecimos en un rancho! Maura no sería feliz en otro sitio y yo puedo trabajar desde allí. Además, tengo que volver -añadió, con una sonrisa-. Tengo que saber si ha nacido ya el nieto de Michael, si Cara se ha ido a Londres… y ahora empiezan a parir las ovejas, así que tendré que echarle una mano a Maura.

– ¿Las ovejas?

Jefferson rió al ver la expresión horrorizada de su hermano.

– Lo sé, a ti te va el ganado, pero vas a tener que visitar a mis ovejas de vez en cuando.

Dios, sentía como si pudiera escalar una montaña o ir corriendo hasta Irlanda sin que sus pies tocaran el suelo. Sabía lo que quería y no aceptaría nada menos. Si Maura no le decía que sí inmediatamente la secuestraría, la colocaría delante del sacerdote del pueblo y se casaría con ella quisiera o no.

– Tengo que irme -dijo entonces, dejando la cerveza sobre la mesa y mirando el reloj para calcular el tiempo que tardaría en solucionarlo todo antes de subir al avión.

Justice y Jesse intercambiaron una mirada que, en otras circunstancias, le hubiese parecido muy extraña. Pero en aquel momento estaba demasiado ocupado planeando su reunión con Maura Donohue, de modo que salió de la casa, seguido de sus hermanos, pero cuando iba a subir al coche se detuvo de golpe.

– ¿Qué ha pasado?

Tenía las cuatro ruedas pinchadas. El deportivo azul prácticamente estaba aplastado sobre la tierra del camino. Jefferson miró a sus hermanos.

– ¿Vosotros sabéis algo de esto?

– Oye, a mí no me mires -dijo Jesse, levantando las manos.

Justice se pasó una por la cara.

– Le dije que sólo una rueda.

Antes de que Jefferson pudiera decir nada más se oyó el rugido de un caro motor y, cuando levantó la mirada, vio la limusina de los King avanzando por el camino.

– ¿Se puede saber…?

Justice le puso una mano en el hombro.

– De ahí las ruedas pinchadas. Teníamos que retenerte aquí. Aunque Mike se ha pasado.

– ¿De qué estás hablando? -Jefferson seguía mirando hacia el camino cuando el chófer abrió la puerta de la limusina… y Maura salió de ella.

– No metas la pata otra vez -dijo Jesse en voz baja.

– Nosotros estaremos en el granero -murmuró Justice, empujando a su hermano-. Tomaos vuestro tiempo.

Jefferson no los vio alejarse siquiera porque no dejaba de mirar a la mujer de la que estaba enamorado. No estaba traicionando a Anna por seguir adelante con su vida, ahora lo sabía. Los vivos tenían que vivir y él no tenía intención de hacerlo sin Maura Donohue.

Desde el momento que puso el pie en el jet de los King, Maura se había sentido como en un cuento de hadas. Rodeada de lujos, había cruzado el mundo sólo para aquel momento. Había dormido en una cama a diez mil metros del suelo y cuando llegó a Los Ángeles, una limusina la había recogido en el aeropuerto para llevarla por unas autopistas congestionadas de coches. Y durante todo ese tiempo sólo tenía un pensamiento: Jefferson. Hacerlo ver lo que iba a perderse por darle la espalda a lo que había entre ellos.

Cuando la limusina llegó al rancho había empezado a ponerse nerviosa. Le preocupaba que su instinto estuviera equivocado, pero estaba comprometida con ese plan y no pensaba echarse atrás.

Sin embargo, cuando bajó del coche, lo único que podía hacer era mirar a Jefferson, tan guapo con una camisa blanca y pantalón oscuro, el viento moviendo su pelo. Incluso el niño dio una patadita, contento de volver a ver a su padre.

El viento seco y ardiente de California le quemaba los ojos. Esa debía ser la razón por la que había empezado a verlo todo borroso. El rancho de la familia King era un sitio muy bonito, pero ella sólo podía mirar a Jefferson…

– Maura -dijo él, dando un paso adelante.

– No, quédate ahí, por favor -lo detuvo ella, levantando una mano. Si se acercaba corría el riesgo de echarse en sus brazos cuando lo que necesitaba era hablar con él-. He venido hasta aquí para decirte lo que guardo en el corazón y espero que te quedes ahí parado escuchándome.

– No tienes que decir nada…

– Eso lo decidiré yo -replicó Maura, sin fijarse en que el conductor de la limusina se alejaba discretamente-. He pasado las últimas horas pensando en lo que iba a decirte y ahora quiero decirlo.

– Muy bien -asintió él, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón-. Dilo entonces.

– ¿Por dónde empiezo? -Maura llevó aire a sus pulmones-. Eres un perfecto idiota por alejarte de mí, Jefferson King.

– ¿Eso era lo que querías decirme? ¿Has venido hasta aquí para insultarme?

– Eso y más. Pero quería decírtelo a la cara porque no es algo que una mujer deba decir por teléfono -Maura se acercó, a pesar de su previa vacilación-. La razón por la que me negué a un matrimonio de conveniencia es que te quiero.

Jefferson sonrió.

– ¿Me quieres?

– Sí, te quiero. Pero no lo utilices contra mí -le advirtió ella-. Porque aunque te quiero, no pienso casarme con un hombre que no me quiere a mí. Así que he venido hasta aquí para decirte que negarte a quererme por lealtad hacia tu primera mujer es una pena y una pérdida terrible… aunque debo decir que eso habla muy bien de ti.

– Gracias -sonrió Jefferson-, Dios, cómo te quiero.

– Los vivos tienen que vivir -siguió Maura, tan ansiosa por decir lo que tenía que decir que no le prestaba atención-. Te lo digo ahora, Jefferson King: te querré hasta que me muera, pero no pienso dejar de vivir. Y estaré en Irlanda cuando recuperes el sentido común.

– Maura, te quiero.

– No he terminado -siguió ella, tan terca como siempre-. Me echarás de menos, Jefferson, y te juro que lo lamentarás cada día de tu vida. Y cuando por fin te des cuenta de que quererme es lo que tienes que hacer, recuerda que fui yo quien te lo dijo. He sido yo quien ha venido hasta aquí para mirarte a los ojos y darte una última oportunidad. Y recuerda también que ha sido el amor lo que me ha traído hasta aquí.

– He dicho que te quiero.

– ¿Qué? -Maura parpadeó, mirándolo como si hablase en otro idioma-, ¿Qué has dicho?

– He dicho que te quiero.

Lo miró a los ojos y en ellos vio que decía la verdad. Y se emocionó tanto que pensó que no tendría que subir a un avión para volver a casa, sencillamente flotaría sobre el Atlántico.

– Me quieres.

– Sí, te quiero -Jefferson la tomó por la cintura y ella lo abrazó, como había querido hacer desde que bajó del avión.

– ¿Y por qué no lo has dicho antes?

Él soltó una carcajada.

– ¿Quién puede decir una palabra cuando tú empiezas con uno de tus discursos?

– Sí, eso es verdad, tengo muy mal carácter, pero es que lo he pasado tan mal… -suspiró Maura, sobre la curva de su cuello.

– Yo también lo he pasado mal. Sin ti no hay nada, ahora lo sé.

– Oh, Jefferson, cuánto te he echado de menos.

– Yo iba a buscarte -dijo él, su voz ronca y llena de emoción-. Había decidido volver a Irlanda y convencerte para que te casaras conmigo, aunque tuviera que secuestrarte.

Ella rió, entre el alivio y la incredulidad.

– Casi lamento habérmelo perdido.

– Te compensaré -le prometió Jefferson-, Quiero vivir en Irlanda, contigo y con el niño, en la granja.

Maura echó la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos, incrédula.

– ¿Vivirías en Irlanda?

– No será tan difícil. Creo que me gusta ese sitio casi tanto como a ti.

– Eres un hombre maravilloso. ¿Te lo he dicho últimamente?

– No, últimamente no -rió Jefferson.

Había ido hasta allí, tan lejos, para buscarlo. Había soñado y había rezado para convencerlo. Y ahora que lo tenía, lo único que podía hacer era apretarse contra él como si no quisiera soltarlo nunca.

– Tendré que viajar algunas veces -empezó a decir Jefferson-, pero el niño y tú podéis ir conmigo. Tendremos muchas aventuras y nuestra vida será muy feliz, te lo prometo.

– Te creo -dijo ella, poniendo una mano en su cara.

– Maura… -Jefferson la miraba a los ojos como un hombre que hubiera despertado de un largo sueño-. Voy a pedírtelo otra vez, pero ahora de verdad. Quiero que te cases conmigo no por el niño sino porque te quiero y porque no puedo vivir sin ti.

– Ah, Jefferson, ahora voy a llorar -suspiró ella, con los ojos empañados.

– No, por favor. No llores -Jefferson intentó secar sus lágrimas con un dedo-. No te merezco, ¿verdad?

Maura apoyó la cara en su pecho para escuchar los latidos de su corazón.

– Cariño mío, si todas las mujeres esperasen al hombre que las merece no habría matrimonios.

Jefferson la apretó contra su corazón, riendo.

– Tú eres la mujer de mi vida, la única.

– Y tú para mí, cariño. Siempre te querré.

– Cuenta con ello -Jefferson la besó entonces; un beso profundo y sentido que prometía una vida entera de amor.

Y cuando el beso terminó y se apartaron… oyeron los aplausos y silbidos de sus hermanos, que habían salido para presenciar la escena.

– Ven conmigo -rió Jefferson, tomando su mano-. Quiero presentarte a mi familia.

– Nuestra familia -lo corrigió Maura, apoyando la cabeza en su hombro

Y luego, juntos, se alejaron del pasado para adentrase en el futuro.

MAUREEN CHILD

***