/ / Language: Español / Genre:thriller,

Más cerca

Martina Cole

A los amigos hay que tenerlos cerca; a los enemigos, muy cerca; y a la familia, aún más cerca. Lily Diamond, una joven que ha crecido en un medio difícil, se une a Patrick Brodie, un cabecilla del hampa local que lleva sus «negocios» con mano de hierro. Juntos formarán uno de los clanes más poderosos de los ambientes turbios del East End londinense. Tienen cinco hijos, a los que pretenden darles todo lo que ellos no tuvieron, sin importarles la forma de conseguirlo. La vida parece sonreírles cuando Patrick es asesinado por una banda rival. Con todo perdido, desamparada en un mundo peligroso en el que no se puede confiar en nadie, Lily tendrá que sacar adelante a su clan. Más cerca es una novela sobre los ambientes arrabaleros del Londres cada vez más mestizo de los años setenta. Un periodo de mutaciones en el que los viejos negocios del hampa (juego, prostitución…) van dejando paso al más rentable mundo de las drogas que se abre paso a borbotones de sangre.

Martina Cole

Más cerca

Para mi Peter, Mister Peter Bates

PRÓLOGO

Finalmente, el dolor desapareció y la mujer suspiró aliviada.

Una vez más miró al reloj. El tictac de la maquinaria resonaba en la quietud de la habitación. Aferró con sus largos dedos la colcha de felpa. Al arroparse, la tibieza de las sábanas le hizo sentirse de nuevo relajada, como si fuese una anticipación del largo sueño.

Su anciana abuela se había jactado de ese largo sueño. Le dijo que era el único momento en que una mujer puede estar tendida sin tener que afrontar las consecuencias. Lo que quería decir es que la tumba era el único lugar que podía proporcionarle cierto descanso. Era una verdad que no supo entender hasta mucho después. No quiso creer que llega un momento en que todos nos sentimos tan cansados de la vida que la muerte resulta incluso placentera, y no nos importaría demasiado abandonar a las personas que amamos, esas que cuidamos toda la vida y por las que tanto nos hemos preocupado. Entonces le pareció casi irreal imaginarse llena de arrugas, con la piel amarillenta y acartonada por el arrepentimiento, luego de una vida vivida sin nunca pensar en el futuro, cuando ese futuro resulta tan importante. El futuro, al fin y al cabo, se convertía posteriormente en lo que «verdaderamente» hemos conseguido, no en lo que hubiéramos «deseado» hacer. Luego, como broche final, se había dado cuenta de que el sexo no era otra cosa que una necesidad primitiva, un impulso, una función corporal como la de cagar o tirarse un pedo, no amor.

Suspiró de nuevo, pesadamente. El crujido de sus huesos le recordó lo efímera que es la vida.

Demasiadas cosas le habían sucedido en su vida, tantas que finalmente se sentía exhausta, hastiada de tanta lucha, deseosa de un poco de descanso. Quería ver de nuevo a su hija, a su bebé, a su Colleen, y poder cuidar de ella.

Aunque sabía de sobra que había llegado la hora de su largo sueño, esperaría hasta que fuese el momento oportuno, hasta que hubiese visto a todos sus hijos y les hiciese entender su determinación.

– Te retorceré el pescuezo si no dejas de largarme rollos.

Esas palabras fueron dichas con tranquilidad, sin enojo, pero estaban tan llenas de saña que sólo un loco se atrevería a considerarlas. Cuando Pat Brodie amenazaba, siempre lo hacía de forma amistosa. Eran sus ojos los que decían a quien le escuchaba que iba en serio, que acabaría con ellos sin pensárselo dos veces y, además, con una sonrisa en la boca.

Mikey Donovan trató de controlar su temperamento, pero con cierta dificultad; le estaba haciendo un favor de los grandes a ese hombre y ambos lo sabían. Sin embargo, la coCaina era un delito que se castigaba con el despido entre los empleados del Ministerio del Interior, especialmente los funcionarios, y él había estado suministrándola durante un buen tiempo. Ahora escaseaba y Brodie no se lo creía. ¿Qué esperaba que hiciera? ¿Hacer magia para que apareciese?

Pat Brodie estaba hecho un manojo de nervios. Mikey sabía que tenía muchas cosas en la cabeza, ya que la agonía de su madre le estaba afectando seriamente, y empezaba a cansarse de mostrarse amigable, incluso cordial. Brodie era un hombre poderoso, con una constitución tan sólida como un armario y una inteligencia muy por encima de los atracadores con los que Mikey acostumbraba a tratar. Si a eso se le añade una astucia innata y una personalidad psicótica, el resultado es un cabrón muy peligroso con el que más vale la pena no enfrentarse. Estaba detenido por el supuesto asesinato de su hermano y aquello había dado mucho que hablar.

Sus artimañas no le habían servido de nada, en lo que respecta a Mikey, que además conocía desde hace años su sentido de la equidad. No, los Brodies eran justo esa inesperada combinación; lunáticos muy inteligentes, tan peligrosos como raros.

– Deberías haber solicitado un permiso por razones familiares, Donovan. Ya sabes que necesito salir y, si no me conceden la libertad bajo fianza, voy a considerarte personalmente responsable.

Mikey suspiró, pues no esperaba menos.

Brodie sabía que estaba exagerando, al igual que sabía que, por mucho que Donovan sintiera la necesidad de vengarse, jamás lo haría. Era un empleado a sueldo y, como la mayoría de ellos, sabía hasta donde podía llegar.

El tenue olor a té frío y pan con mantequilla le recordó los días de verano tiempo atrás. Cerró los ojos y dejó que los recuerdos la invadieran.

Una vez más pudo sentir el opresivo calor del verano de hace muchos años, un calor tan intenso que hacía que el humo de los tubos de escape permaneciera flotando en el aire. Podía oler los distintos aromas de los almuerzos domingueros que se preparaban en las casas a lo largo de la calle. Los hombres esperaban el asado y no les importaba que en las cocinas hiciese un calor insoportable, ni que tuviesen que bajar a por agua a las fuentes de la calle debido a las restricciones del seco verano. Lo único que ellos deseaban era que las mujeres les preparasen un gran almuerzo a las tres en punto, ya que, después de esa hora, los bares cerraban y los hombres regresaban a casa en un estado de completa embriaguez y con un hambre voraz producida por el alcohol que habían ingerido desde las diez y media de la mañana.

Sabía que la ternera asada era el plato preferido del domingo, pero el olor del pollo y del cerdo era igualmente popular cuando se andaba corto de dinero y alguien había afanado algo en el matadero, poniendo a su disposición la carne cuando, de no ser por eso, no hubieran tenido ni con qué preparar un jodido sándwich. Todo se trataba de tener un pase, como solía decir su esposo. Con pases todo se veía distinto; los pases eran otra excusa para estafar, ya fuese carne, ropa o lo que fuese. Gracias a aquellos trozos pequeños de papel nadie se iba sin nada, salvo las personas que poseían los artículos que se intercambiaban, pero ellos no contaban. Después de todo, ¿acaso no tenían más que suficiente?

Sonrió, recordando aquellos días lánguidos. Luego le vino a la memoria que su marido no le había dejado nada y eso le había causado muchos problemas después de que muriera asesinado. De hecho, le había dejado sin blanca y aquello fue el principio de una serie de problemas. Terminó con dos niños más, sólo para poder alimentar a los que ya había tenido. De niña, su madre no hizo otra cosa que reprocharle haber nacido. Luego, su actitud cambió y la consideró la hija perfecta, pero sólo porque temía a su marido. Aquella mujer había amado a Lance con tanto fervor desde que nació que casi se había convertido en una obsesión. Sin embargo, nunca le llegó a gustar, por mucho que fuese su propio hijo, pues siempre percibió algo siniestro en él, incluso siendo un bebé. Y no se había equivocado.

Aún podía oír a sus hijos reír mientras jugaban a la pelota en la rala hierba del patio trasero, y aún podía ver a las gemelas sentadas en la puerta, vestidas con sus trajes de los domingos y sirviendo el té en imaginarias tazas para sus muñecas y dándoles de comer pasteles imaginarios hechos de ranúnculos y dientes de león. Tenían el pelo espeso, rubio, cogido con una coleta y peinado hacia atrás; las infantiles rodillas sonrosadas, salpicadas de costras que, al arrancárselas, habían manchado los largos calcetines blancos de pequeñas gotas de sangre. Oía las estruendosas risas de sus hijas hasta que la pelota con la que jugaban los niños irremediablemente derribaba la merienda campestre que tan cuidadosamente habían preparado. Aún podía recordar las gruesas lágrimas en los ojos de las gemelas, la perplejidad de sus pobres hijitas ante la constante presencia masculina que siempre interrumpía sus juegos, así como el alivio que sentían cuando sus hermanos, con toda la amabilidad del mundo, les recogían el juego de té de plástico, el surtido de muñecas y vestidos y se las colocaban de nuevo en su lugar.

Pat Junior, el mayor, era siempre el líder, de voz tosca, pero siempre amable, con una forma de ser que servía de modelo para otros muchos muchachos, pues era un Brodie de pies a cabeza. Pat quería mucho a aquellas niñas y cuidaba de ellas, al igual que sus hermanos, aunque cada uno a su forma. La muerte de Colleen le había afectado mucho y sabía cómo se sentía; a ella casi la destruye, pero había aprendido una gran lección. Todos lo habían hecho.

La pobre Colleen había sido demasiado buena para este mundo; ese viejo dicho estaba en lo cierto.

Kathleen y Eileen, las gemelas, adoraban a su hermano Pat, lo mismo que Colleen. El las abrazaba y las hacía reír una vez más antes de volver a jugar a la pelota, llevándose consigo, como siempre, la mirada enternecedora de sus hermanas. Era un buen muchacho y un buen hombre, a pesar de lo que dijeran de él. Era la viva imagen de su padre y, por ese motivo, siempre le quiso.

Su otro hijo, Shawn, también era un buen muchacho, al igual que Shamus, y deseaba verlos de nuevo antes de emprender su largo sueño.

El largo sueño. ¡Qué pensamiento más hermoso! Estaba cansada, cansada hasta la médula. Sus pensamientos regresaron una vez más al presente y percibió el tenue olor de su propio cuerpo. El sudor tenía un olor dulzón, como el de las almendras. Sabía que se debía al olor de los medicamentos, un olor que emanaba de sus poros y que le recordaba constantemente lo vieja y enferma que estaba.

De aquella mujer de voluptuosas curvas ya no quedaba nada, salvo huesos y pellejos colgando. Sonrió. Tenía el mismo aspecto que su abuela, y es que la historia siempre se repite.

Miró la fotografía enmarcada en plata que había encima de la mesita de noche. En la foto aparecía ella de joven, con su hijo mayor en su regazo y su vientre rebosante de piernas y brazos. Entonces se dio cuenta de algo que jamás antes había notado.

Había sido una mujer hermosa, realmente hermosa, y había desperdiciado esa cualidad, la única en realidad que estaba a su favor, ya que, en aquellos tiempos, el aspecto de una mujer era lo único importante.

Su padrastro, con esa voz ronca por el tabaco y la bebida, se lo dijo riendo:

– Estás sentada sobre una mina de oro, hija, recuérdalo.

Su madre se puso furiosa con él y a gritos le dijo que no le metiera esos pensamientos en la cabeza. Ahora se daba cuenta de que ella le odiaba. Su madre se había atado a un hombre que, como decía la abuela cuando se había tomado una copa de más, no valía ni para hacerse una paja.

Apartó los ojos de esa foto, que le estaba haciendo daño, incapaz de mirar a la mujer que había sido, incapaz de comparar aquel cuerpo con el de ahora, carcomido por el cáncer.

Sin embargo, su vida había sido bastante azarosa, aunque sólo eso.

Cerró los ojos y se sumergió de nuevo en el pasado, que, a medida que transcurrían las horas, iba haciéndose cada vez más real.

Patrick Brodie aún esperaba pacientemente que le concedieran el permiso para visitar a su agonizante madre. No tenía muchas esperanzas, pues, aunque su abogado le había dicho que estaba sólo en prisión preventiva, se comportaban con él como si fuese un condenado a muerte. Soñaba con poder abrazarla y sentir ese calor tan familiar por última vez.

Había sido una mujer de armas tomar, pero también una buena madre, a pesar de lo mucho que había pasado en la vida.

La recordaba igual que siempre, como en sus buenos tiempos, gritándole a todo aquel que se le pusiera por delante, poniendo a su padre en su lugar o preparando aquellas copiosas comidas. Eso sí; siempre con un cigarrillo en la boca.

Era una mujer de carácter, a la que había amado más que a nadie, a pesar de los muchos problemas que le había causado con los hombres que se había buscado después de la muerte de su padre.

El asesinato de su padre les había afectado a todos, pero a su madre más que a nadie. Había perdido algo más que un marido: había perdido a la única persona que la había valorado, aparte de sus hijos.

La muerte de su padre había sido el catalizador de sus problemas e infortunios, ahora se daba cuenta de ello. Aquella desgracia había hecho que Pat se convirtiera en el hombre que era: un hombre que esperaba ser juzgado por el asesinato de su hermano, sangre de su sangre. Un asesinato por el que no sentía ni pizca de remordimiento, sólo la pena de no haberlo cometido antes. Lo tenía bien merecido y acabó con él como se acaba con cualquier clase de alimaña. Pero ellos no podrían probarlo y nadie le delataría, de eso estaba tan seguro como de su propio nombre. Todos sabían que había sido él quien había hecho el trabajo sucio, pero nadie podría demostrarlo. En este país se necesitaban pruebas, no circunstancias, y confiaba en que el veredicto sería de «no culpable».

Había visto morir a su padre, lo había visto con todo detalle, y había aprendido desde muy niño que en este mundo sólo sobreviven los más fuertes. Su padre había bajado la guardia, no había pensado en los detalles, un error que él jamás había cometido. Ver los sesos de tu viejo desparramados sobre el jersey de tu madre es algo que no se olvida, además de una buena razón para no cometer el mismo error.

Aquello se le metió en el coco y lo convirtió en una persona fría y cautelosa, pero también le hizo crecer antes de tiempo. Eso le había enseñado a trapichear con una destreza que hasta su padre se hubiera sentido orgulloso de él.

De niño, lo único que pretendía era ayudar a su madre a cuidar de sus hermanos, aunque entonces no sabía que eso se convertiría en su forma de buscarse la vida. A veces robaba en las tiendas, otras entraba en las casas y, a medida que transcurrían los años, se introdujo en otra serie de actividades delictivas para poder proporcionarles a todos algo de comida, el cobrador lejos de su puerta, ropa y un techo sobre sus cabezas, además de unos cuantos chelines para que su madre saliera y se lo pasase bien. Había sido un fin justificado, nada más.

Que a él le gustase el mundo al cual se había visto catapultado, que hubiera crecido en él y se hubiese labrado un nombre era algo que no había entrado dentro de sus planes. Que posteriormente le hubiera dado algún significado a la muerte de su padre, después de todo lo que había sucedido, era sencillamente una coincidencia. ¿Cómo iba a imaginar todo lo que sucedería?

Su madre había intentado mantenerlo a raya, usando incluso la correa en ocasiones. Le había amenazado y había hecho lo posible por mantenerlo al margen de los problemas, a pesar de que, inadvertidamente, ella había provocado muchos al elegir aquellos hombres y aquel estilo de vida. No obstante, era comprensible que estuviera harta, pues se había pasado la vida recorriendo prisiones, visitando a unos y a otros.

Suspiró. Estaba en prisión preventiva en Belmarsh, pero lo tenían encerrado como si fuera un condenado a perpetua, incomunicado, como un jodido terrorista. ¿Cómo tenían el valor de condenar a otros países por sus leyes penales cuando ellos te consideraban culpable incluso antes de ser sentenciado? ¿Culpable hasta que se demuestre lo contrario? ¿Qué era eso? ¿Una jodida broma?

No había razón para que no le permitiesen salir a ver a su madre, pero sabía que, si pudiesen, encontrarían cualquier excusa para dejarle allí encerrado. Ellos le odiaban, y con sobradas razones. Patrick odiaba el sistema y cada vez que lo encarcelaban se enfrentaba a ellos con uñas y dientes.

Respiró profundamente, sintiendo esa rabia tan familiar crecer en su interior, esa rabia que siempre había estado allí, que le había inducido a hacer cosas terribles, pero que estaba dispuesto a controlar hasta que viera a la mujer que le entregó toda su vida y todo su amor.

Luego la dejaría explotar. Entonces, como siempre, recuperaría la paz y el sosiego. Hasta la próxima vez, claro.

Eileen encendió un cigarrillo, dio una profunda calada y trató de contener las lágrimas que estaba a punto de derramar.

Unos minutos antes había lavado con una esponja el cuerpo de su madre y su estremecedora devastación la dejó sumamente conmovida.

Era puro esqueleto, tenía los brazos y las piernas tan delgados como estacas, el pecho hundido y cubierto de moratones; la cicatriz que le había dejado la mastectomía daba escalofríos bajo la tenue luz.

Tenía aspecto de estar muerta y Eileen se dio cuenta de que ya no le quedaba mucho tiempo de vida. Sin embargo, a pesar de que sabía que sería un alivio para su madre, la idea de que no volvería a estar allí nunca más le aterrorizaba.

Dependía de ella, la necesitaba con tanta desesperación que, aunque sabía que era muy egoísta de su parte, le pidió que se esforzara por recuperarse, como había hecho en otras ocasiones. Paulie, su marido, se daba cuenta de lo duro que esto le resultaba. Era el único que sabía que había dejado la bebida para atender a la mujer que había cuidado de ellos durante tantos años.

Miró a través de la ventana de la cocina mientras su hermana gemela Kathleen preparaba unos sándwiches y hablaba con todo aquel que la escuchase. Pobre Kath, así la llamaban todos; ella también recibiría un fuerte golpe con la muerte de su madre.

El cabrón de Lance estaba muerto, pero ninguno de ellos lo había podido olvidar, por mucho que tratasen de borrarlo de sus recuerdos.

Su muerte había sido el final para su madre, aunque Eileen sabía que se mantuvo viva hasta tener la certeza de que realmente se había ido.

Lo habían enterrado en un cementerio para indigentes, sin servicio, sin ceremonia ninguna, a pesar de que su madre sabía que todos los de su mundo se preguntarían por qué. Esperaban que hubiese algo de pompa que les ayudase a asumir que se había ido, igual que muchos otros. Esperaban un gran homenaje, a pesar de haber muerto, al menos presuntamente, a manos de su hermano mayor. De momento no se había podido demostrar nada, y esperaba que nunca lo hiciesen.

Lance se había pasado de la raya y su aborrecible ofensa dejó consternada a toda la familia. También sabía que la razón de su muerte no la sabría nadie. Era otro secreto y ellos estaban más que acostumbrados a guardarse los suyos. Ser reservado formaba parte de la naturaleza de los Brodies.

Dejad que especulen, dejad que lo adivinen, todo eso ya no le preocupaba en absoluto.

Se había acabado, había sucedido y ahora había que acostumbrarse a ello.

Christy, a diferencia de su hermano Pat, iba en un coche patrulla en dirección a Londres. Le habían interrogado acerca de la muerte de Lance, al igual que al resto de sus hermanos y hermanas. Había muchos trapos sucios en esa familia y, aunque su madre esperaba que no sucediese, a él no le cabía la menor duda de que pronto empezarían los ajustes de cuentas. Pensara lo que pensara, y, por mucho que ella insistiera que no se vengasen y pasaran por alto ciertas diferencias, una vez que muriese se levantaría la veda, de eso estaban todos seguros.

Esperaba que comenzasen las riñas, aunque probablemente Patrick les pondría fin de inmediato.

Shawn sorbió el té y observó a su hermana Kathleen preparando sándwiches a una velocidad que denotaba años de práctica. Había vivido con su abuela y Lance y la habían utilizado de criada casi todo el tiempo. Las mujeres se comportaban en ese sentido de forma extraña; leales, pero extrañas.

Le sonrió con tristeza y ella dejó lo que estaba haciendo para cogerle la mano y devolverle tímidamente la sonrisa. Ellos dos eran muy íntimos, íntimos en una familia en que todos lo eran.

Su piel era muy oscura en comparación con la de ella, aunque ella jamás se lo había hecho notar, como tampoco ninguno de sus hermanos. Era el más pequeño y todos le adoraban. Al menos, la mayoría.

Su padre siempre estuvo presente en su vida, pero de forma esporádica, yendo y viniendo y, aunque nunca fue un verdadero miembro de la familia, se le aceptaba como tal. El sonriente rostro de su madre era el primer recuerdo que tenía, ése y el de su hermano Patrick cogiéndole en brazos cuando ella se disponía a salir para ir a trabajar. Eso sucedió cuando sólo tenía tres años, pero aún podía percibir aquel olor tan peculiar a cigarrillos y a Estée Lauder, un aroma que jamás pudo olvidar y que siempre le había provocado un sentimiento de seguridad.

No era tonto y sabía que su madre lo había pasado mal cuando le tuvo, aunque también sabía que a ella jamás le preocupó lo que otros pensaran. Sus hermanos le habían querido más aún, si es posible. No obstante, él había sido consciente de su color desde muy tierna edad, aunque sólo cuando dejaba la comodidad del hogar. Ya nada importaba, los tiempos habían cambiado y las cosas se veían de distinta manera. Ahora estaba asustado ante la idea de la muerte de su madre, la mujer a la que había amado como a ninguna otra.

Lance era el único de la familia por el que sentía una total indiferencia. Había sido un chulo, un chulo y un vicioso, y Shawn sabía que su muerte la tenía bien merecida. No obstante, se alegró de no haber sido el causante. Al igual que su hermana, él había sufrido sus castigos en más de una ocasión.

Lo había visto en el depósito de cadáveres, identificó su vapuleado cuerpo que no había sufrido lo suficiente, se dio cuenta de que por fin aquel cabrón yacía en paz y, finalmente, se relajó, sabiendo que su torturador se había ido para siempre.

Sonrió al recordar la expresión tan escandalosa que pusieron los que le rodeaban cuando lo cogió por la garganta y escupió sobre el cadáver de su hermano mayor exclamando:

– Es él. Ese chulo.

Dijo aquellas palabras con el mayor odio que pudo mostrar y disfrutó incluso de la consternación que causaban. Eran una familia tan unida y formaban tal frente único que nadie podía imaginar los odios y rencores que escondían. Ahora, sin embargo, sus pensamientos estaban con la mujer que yacía en la cama de la planta de arriba. Sintió la humedad de las lágrimas que corrían por su rostro y se sorprendió al darse cuenta de que llevaba llorando ya un buen rato.

Kathleen agarraba la mano que le había sostenido de niña, que le había lavado, peinado, abrazado. Sentir sus temblores y la tibieza de su delgada piel le resultaba casi imposible de soportar.

Aquella mujer les había dado la vida, los había cuidado, los fue a visitar en todas las prisiones del país, ya hiciera calor o lloviera. Aconsejó a sus hijas en todos los aspectos de la vida e incluso, cuando llegaron los malos tiempos y no había nada que echarse a la boca, les había proporcionado alimento vendiendo el único artículo de valor que poseía. Esa fuerza se la había transmitido a cada uno de ellos en algún momento de la vida, pues resolvía los problemas de sus hijos con una silenciosa dignidad, o gritando de rabia, todo dependía de las circunstancias y de su humor. Había sido en muchas ocasiones la que había impedido que estallase la guerra y siempre recibió con cordialidad a las ovejas descarriadas una y otra vez. Los había mantenido unidos con la increíble fuerza de su voluntad y de su poderoso amor. ¿Qué sería ahora de ellos? ¿Quién los mantendría unidos y quién lucharía para que no se separasen, para que no se sacasen los trapos sucios del pasado y comenzasen a matarse?

Ella había sido siempre la voz de la razón, la persona que suavizaba las disputas y que les recordaba que, ante todo, eran una familia. Y no sólo detenía las peleas antes de comenzar, sino que les recordaba que, al fin y al cabo, la familia era lo único que verdaderamente importaba. A pesar de lo unidos que estaban, habían reñido en multitud de ocasiones a lo largo de los años.

Sí, había sido la voz de la razón. En más de una ocasión había impedido que Patrick cometiera algún asesinato. Solía pasar por alto los problemas con una sonrisa y les obligó incluso a mentir con tal de mantener a la familia unida.

Ahora se estaba muriendo y a ninguno de ellos le resultaría fácil vivir sin ella.

LIBRO PRIMERO

Tú has visto, oh Señor, mi agravio

Defiende Tú mi causa.

Lamentaciones 3:59

Capítulo 1

– Es un gandul, como su viejo, pero ¿qué se le va a hacer?

Barry Caldwell levantaba los brazos en tono suplicante y los hombres que estaban en la taberna sonrieron con él, aunque de forma forzada. Barry los observó detenidamente y se dio cuenta de una cosa: se la había jugado a la persona equivocada.

Patrick Brodie, sin embargo, estalló en carcajadas.

Se lo habían dicho en tono de broma en muchas ocasiones, pero él sabía que era cierto. Barry había sido sincero y no andaba equivocado, pero, al igual que le había sucedido a otros muchos hombres, empezaba a darse cuenta de que Patrick Brodie no era una persona con la que uno debía enfrentarse.

Pat sabía, mejor que ninguno de ellos, quién era su padre en realidad. Al contrario que los hombres que le rodeaban, sabía de lo que era capaz de hacer con tal de conseguir lo que quería. Durante toda su vida había abusado de él, lo había despreciado y lo había tratado como a una mierda. Se debía, en parte, a que su padre era un borracho irlandés con la boca muy grande y un vicio por el juego que no podía costearse. En consecuencia, su hijo, Pat Junior, era introvertido, casi abstemio y se ganaba la vida, entre otras cosas, apostando.

Su padre también lo despreciaba porque había sido abandonado por su madre, porque no había ido a la escuela y porque esquivó ingresar en el ejército con esa sonrisa y esa natural ambivalencia que le caracterizó desde muy pequeño.

No tenía intención de combatir por un país que oprimía a sus hombres y que no les ofrecía otra cosa que trabajos humillantes. Se lo dijo claramente al comandante en jefe, además de haber robado armas del arsenal; el mercado negro, en aquellos tiempos, aún estaba en su auge y lo había utilizado para sus propios fines.

Lo habían encerrado en la cárcel militar durante un año y, durante ese tiempo, aprendió mucho de la vida, de las condiciones humanas, pero, sobre todo, había aprendido que no tenía a nadie, salvo a sí mismo.

Había heredado de su padre el espíritu luchador y de su madre esa indiferencia por los demás, así como su habilidad para reescribir la historia cuando a ella le convenía; una combinación que le había proporcionado muy buenos resultados en más de una ocasión.

El ejército lo expulsó con un suspiro de alivio y una nota de deshonor porque se peleaba con cualquiera que le llevara la contraria. Invariablemente, siempre vencía. Cuando le echaron, él se sintió tan aliviado como ellos.

La última fase de esa educación era hacer el negocio del siglo y asegurarse el porvenir. Barry había intentado acabar con él, cosa que no pensaba perdonar, ni olvidar. Patrick era un tipo a tener en cuenta, especialmente porque era un solitario. Él planeaba sus estafas, las recogía él mismo y se había ganado la reputación de ser un tipo con el que sólo un loco se atrevería a enfrentarse.

Los peces gordos ya estaban viejos y, en consecuencia, cada día les resultaba más difícil desempeñar su trabajo. Eran como viejas indecisas, preocupadas por las sentencias que podían caerles encima, ya que los jueces estaban dando castigos ejemplares. Ahora, sin embargo, se encontraba en un mundo que tendría que conocer. Era consciente de ello, por lo que estaba dispuesto a cambiar de postura cuando y siempre que la ocasión lo mereciese.

Su padre se había juntado con parásitos, había comprado falsas amistades a base de invitar a pintas de cerveza, les había contado sus historias, se los había ganado con su peculiar encanto irlandés. Su hijo, sin embargo, no confiaba en nadie, no necesitaba de nadie y sus instintos le habían demostrado estar en lo cierto en numerosas ocasiones. Él no tenía tiempo para la familia, ninguno de ellos había sido otra cosa que meros parásitos y ya estaba más que harto de mantener a aquellas sanguijuelas. Era un hombre al que le gustaba trabajar solo, que sólo confiaba en él y, de alguna manera, así lo aceptaba y así lo entendía.

Tenía a unos cuantos hombres jóvenes trabajando para él, pero se dio cuenta repentinamente de que, después de aquel fracaso, necesitaba prestar más cuidado a la hora de reclutar. El negocio se estaba haciendo demasiado grande para él solo. Tenía suerte de que Barry no tuviera un respaldo serio; de ser así, las cosas serían muy distintas.

Sabía que había llegado la hora de compartir su buena suerte, pero, en aquel momento, andaba a la espera de cobrar una deuda que hace tiempo debería haber saldado. Una deuda que Barry había intentado ignorar creyendo que no tenía los cojones suficientes como para ir a reclamársela.

El nombre de Brodie era sinónimo de trapicheos y sabía que lo único que se interpuso entre él y el arma de fuego aquella noche eran los rumores que siempre se levantaban sobre su persona y sobre su carácter, unidos al elemento sorpresa.

Sin embargo, había otros Barry con los que negociar, personas que, además, tenían sus credenciales. Barry se le echaría encima como un buitre en cuanto se le pasara el efecto sorpresa y se dio cuenta de que él y sus asociados eran más que capaces de desafiar a un hombre solo con un montón de pasta.

Sonrió. Luego pensó que, fuese quien fuese con quien trabara amistad, siempre sería una cara nueva, una persona joven y prometedora como él, con el valor suficiente para desafiar al más establecido de sus homólogos. El mundo estaba cambiando, los jóvenes necesitaban dinero y los viejos ajustarse al nuevo mundo. El país aún se estaba reconstruyendo, y no sólo sus edificios, sino también la economía. Los frutos eran tan jugosos que Brodie se estaba convirtiendo no sólo en un hombre con muchos medios, sino alguien al que escuchar, y sobre todo, alguien a quien respetar.

Todo había cambiado con la guerra. Patrick se dio cuenta de que empezaba una nueva era y que ese nuevo mundo donde se iba a encontrar estaba abierto a todos los esquemas posibles para ganar dinero. Eso implicaba una nueva fraternidad criminal y Brodie estaba decidido a desempeñar un papel importante en ese cambio. Era precisamente por eso por lo que había trabajado, por lo que se había convertido en el hombre que era y por lo que Barry sería derrocado.

Eran los años sesenta y la vida se mostraba agradecida con cualquiera que tuviese un poco de picardía y unas cuantas libras con las que endulzar su paso por la vida.

Patrick fue uno de los primeros en desafiar a los tipos que se parecían a Barry Caldwell y a los de su calaña. Estaba a favor de los jóvenes y en contra de los viejos.

Todos se dieron cuenta de que les había llegado la hora y, sin embargo, no fueron capaces de tomar ninguna medida preventiva. Por eso se les echaron encima.

¡Que les den por el culo! Su reputación daría tanto que hablar aquella noche que se convertiría en el hombre más conocido del East London.

Era una deuda de las grandes y venía ya de largo. Sin embargo, estaba decidido a que, cuando fuese tras Barry y sus secuaces, y se apoderara de sus negocios, todos se diesen cuenta de que él no era uno más, sino uno de los mejores. Su reputación sería tan grande que se convertiría en el pivote de un nuevo y excitante mundo que no sólo crearía, sino controlaría.

La guerra había separado a los hombres de los muchachos. Los viejos habían gobernado porque los jóvenes fueron dispersados por todos los rincones de la tierra, pero ahora se iban a dar cuenta de lo que significaba la supervivencia del más fuerte.

Sus días de mandamás se habían acabado, de una vez por tollas. Puede que ese grupillo hubiese sido el instigador de que volvieran a vivir una nueva época de esplendor, pero no iban a controlarla por más tiempo. Eran como destartaladas antigüedades, viejos decrépitos y asustados de esta nueva generación que habían tenido acceso a las armas sin tener miedo de pringarse de mierda. I labia llegado el momento de mover las piezas y estaba dispuesto a aceptar las consecuencias de sus actos.

Se decidió. Cogió la cerveza, vació su contenido y luego la aplastó con toda su fuerza contra la cara pálida, regordeta y cómicamente sorprendida de Barry Caldwell.

Patrick había tomado la ventaja psicológica, había dado el primer golpe. No tardó en darse cuenta de que los hombres que le rodeaban no pensaban intervenir. Supo entonces, sin ninguna sombra de duda, que su instinto, como de costumbre, había acertado.

Todos tenían aspecto de derrotados, todos miraron consternados y todos tenían miedo de que el siguiente en la lista pudiera ser uno de ellos. Estaban viejos, viejos para su edad, viejos de tantas borracheras, de tanto fumar y de tanto joder con rameras. Ninguno de ellos había sido seriamente desafiado desde que estuvieron en filas. Eran despojos, reliquias del pasado, de un pasado triste y gris, cuyo anticuado código de moral resultaba sofocante para una persona joven como él. Eran carroña, unos viejos capullos. Todos estaban más que acabados y lo sabían.

Él, sin embargo, aún era lo suficientemente joven para dejar huella y lo suficientemente mayor como para ganarse el respeto. Pat Brodie se estaba abriendo camino y, a la edad de veintinueve años, estaba dispuesto a poner su dinero donde más le conviniera.

Los jueces estaban dando castigos ejemplares y poniendo sentencias muy largas. Eso, en lugar de ser un impedimento, había hecho que él y sus homólogos fuesen más arriesgados y más violentos, ya que, si iban a ser arrestados, más valía que fuese por una buena razón.

Miró con desprecio a Barry. Tenía aspecto de oveja más que de cordero.

Lily Diamond estaba exhausta. El turno de trabajo había sido muy largo y tenía las piernas hinchadas después de haber pasado catorce horas en una fábrica de congelados sobre un suelo helado, más la hora de espera del autobús que la dejaba a diez minutos de casa.

Entró bostezando, su madre le ayudó a quitarse el abrigo, lo colgó en el perchero que estaba detrás de la puerta y le sirvió una taza de té. Luego, con la diligencia de siempre, le puso delante un plato con huevos fritos y jamón.

Todo aquello se hizo en el más completo silencio para no despertar al borracho que estaba plácidamente roncando en el sofá del salón.

Lily sonrió a su madre, pero ambas sabían que aquella sonrisa no significaba nada, pues hacía ya mucho tiempo que no existía ni la más mínima conexión entre ellas.

Lily sabía que se parecía a su madre. Ambas tenían el mismo pelo espeso y el mismo color gris de los ojos; su constitución era tan similar que las personas solían confundirlas por detrás y ambas estaba bendecidas con una silueta que, en el caso de su madre, desmentía la edad. Eso alegraba de alguna manera a Lily, ya que esperaba que su aspecto durara más tiempo que el de la mayoría de sus amigas. Sin embargo, al margen de esas coincidencias, eran tan distintas como un perro y un gato.

Lo único que tenían en común era su odio por el hombre que dominaba sus vidas y que las aterrorizaba a cada momento.

Mick Diamond no era su padre y ella se lo agradecía al cielo cada día de su vida, pero se había casado con su madre estando preñada de otro hombre. La convirtió en una mujer respetable y esperaba que le diese unos hijos propios que nunca llegaron. En consecuencia, no sólo se sentía resentido, sino culpable por no ver niños sentados alrededor de la mesa, ningún hijo con el que poder contar cuando fuese viejo y que pudiera ahogar sus desgracias comprándole el alcohol que tan desesperadamente necesitaba.

Su nombre lo llevaría una bastarda, la hija de otro. El hecho de que ella existiera era prueba contundente de que él era el culpable de que su mujer no tuviera hijos.

Lily se había criado en una casa carente de amor, de cualquier tipo de normalidad. Aprendió desde muy temprano que estarse callada, mantenerse en segundo plano y ser lo más invisible posible era la única esperanza de poder sobrevivir.

Para su madre ella se había convertido en un constante recuerdo de su desgracia, y para su padrastro en un constante recuerdo de su incapacidad para engendrar hijos. A los cinco años ya se había convertido en una diplomática que había aprendido la necesidad de mantener contentas a esas dos personas inestables a base de no hacer ningún ruido, no exigir atención ni tiempo y, lo más importante, alejando de su casa a todo aquel que quisiera inmiscuirse en su vida o en la de ellos.

Luego, cuando empezó a traer un jornal, se ganó algo de respeto, pero tardó mucho tiempo en lograrlo. A los quince años sabía más de la vida que las mujeres que le triplicaban su edad. Aun así, necesitaba mantener la serenidad hasta que tuviera dinero suficiente como para establecerse por su cuenta o casarse.

Mientras comía notó el ambiente opresivo que siempre reinaba en la casa, así que masticó en silencio y con la diligencia acostumbrada.

La comida no era un momento de ocio en esa casa, sino algo esencial para sobrevivir. Jamás había conocido esa parte social que conlleva el comer hasta que no lo hizo en casa de algunas amigas. Ver a la gente comer tranquilamente, conversando acerca de lo que habían hecho durante el día o sobre lo que habían leído en los periódicos, le pareció una experiencia tan reveladora como la que experimentó san Juan Bautista.

Hasta que no empezó a trabajar, jamás había salido a jugar, ni se había relacionado con nadie, ni tan siquiera en la escuela, por lo que nunca se había dado cuenta de lo diferente que era la vida en las casas de los demás.

En la escuela se comportó como una niña tímida, con dificultades para entablar amistades, ya que no había aprendido tal cosa de sus padres. Era una destreza que aprendió más tarde y por su propio esfuerzo, cuando el trabajo le abrió los ojos a un mundo que antes desconocía.

En la escuela la habían ridiculizado por su timidez, su forma tic vestir y su miedo a juntarse con otras niñas. Su miedo había permitido que las demás la dominasen y su mayor temor era que se entrometieran en su vida o quisieran conocer su casa. El miedo a que alguien llamara a la puerta preguntando por ella le había causado tal desasosiego que, en ocasiones, estuvo a punto de desmayarse. Su soledad era tan intensa que provocaba un dolor interno y le hacía padecer como si sufriera alguna enfermedad física. Hasta las monjas más estrictas habían significado un contacto distinto al de sus padres, y había llegado a saborear sus más duras reprimendas pensando que, al menos, alguien se daba cuenta de que existía.

Ahora comprendía lo que significaba ser parte de los demás. De hecho, le resultaba necesario, más que cualquier otra cosa, pues sabía que eso la mantenía sana. La época del «jamás volverá a ser lo mismo» había venido y se había marchado sin que nadie de la familia lo mencionara. Sin embargo, su madre y su abuela se habían refugiado bajo la mesa o en un refugio antibombas prefabricado y montado en el patio trasero y jamás hicieron el mínimo comentario sobre la guerra, ni sobre los alemanes, ni siquiera se mencionó el nombre de Hitler, algo que llevaban con mucho orgullo.

Nada relevante había acontecido jamás en aquella casa; era como si el mundo exterior no existiese. Su abuela había muerto repentinamente una noche y su madre apenas lo mencionó. La sacaron por la puerta delantera en una caja de madera y ese mismo día todo volvió a la normalidad. Lily, al menos, se libró de una carga, ya que su abuela no dejó un instante de reprocharle que no tuviera padre. Se sintió aliviada al extinguirse el origen de esos reproches.

Lily estaba asustada, se pasaba la vida en un estado de pánico completo, aunque en realidad no sabía por qué. Lo tenía metido dentro del cuerpo y, como nadie se dirigía a ella salvo que fuese estrictamente necesario, había arraigado allí.

Su miedo había sido tan ignorado por los demás como disimulado por ella misma. Nadie intentó jamás detener el angustiado latido de su corazón, ni explicarle que pronto se acabaría todo aquello. Fue sólo en la escuela, escuchando a escondidas las conversaciones de otros niños, cuando empezó a tener una ligera idea de cómo era la vida de los demás.

Luego, la necesidad de escapar de su familia se hizo tan urgente, tan necesaria, que se preguntaba cómo era que no oían sus pensamientos, pues eran tan altos y claros, tan febriles, que llegaba a asustarse imaginando lo que era capaz de hacerles mientras durmieran.

Su madre le retiró el plato y le volvió a llenar la taza de té sin dirigirle la palabra. Lily, como siempre, se llevó la taza a su diminuta habitación, se desnudó en la oscuridad y se echó sobre la fría cama para dormir. Temblaba de frío y de miedo de sólo pensar que esa vida tan solitaria y cutre pudiera durar el resto de sus días. Sus emociones eran tan apagadas que, incluso ahora, en los momentos más bajos, se sentía incapaz de llorar.

Llorar jamás le había reportado nada, ni tan siquiera le había servido para acaparar la atención de su madre cuando era niña. Por eso no entendía que la mayoría de las chicas de su edad lo utilizaran como un arma muy poderosa, una herramienta que había que controlar para luego ponerla en funcionamiento con los hombres, viejos o jóvenes, con el fin de obtener lo que deseaban.

Su vida había sido un completo error, lo había sabido desde siempre, pero su incursión en el mundo real le había enseñado cómo se debía vivir, por lo que se sentía más impaciente que nunca por dejar atrás a esas dos personas y empezar a vivir su propia vida y a su manera, sin ellos.

Lo primero que pensaba hacer cuando tuviera suficiente dinero y decisión para independizarse era comprar una radio. Quería rodearse de ruido, de gente, pensaba darle un significado a la vida, si no por alguien más, al menos por sí misma. Quería ver colores, escuchar ruidos y risas, quería sentirse una mujer sencilla, experimentar el amor de otra persona y, sobre todo, deseaba un poco de paz mental. Necesitaba sentirse parte de algo más grande que ella, más grande que el mundo en el que se había visto obligada a vivir sin su conocimiento ni permiso, sentirse parte de lo que estaba sucediendo en él. Lily Diamond, finalmente, había saboreado la realidad, se sentía embriagada por un sentimiento de libertad que nacía de sus florecientes pechos y había comenzado a comprender en qué consistía la vida.

Lily Diamond había descubierto a los chicos, o mejor dicho, ellos la habían descubierto a ella y la excitación que provocaban en su cuerpo le sorprendió. Había descubierto, por fin, la libertad, el goce de poder hablar con las personas y saber que te escuchan. Lily estaba planeando escaparse y, cuanto antes, mejor.

Se tendió en la húmeda oscuridad y esperó pacientemente a que llegase el sueño, pues se sentía sumamente cansada. Lo recibió de buen agrado. El sueño siempre había sido su amigo, la única vía de escape de una vida tan triste como la lluvia que caía en las calles, tan melancólica como la mujer que la había engendrado. Dormir había sido siempre su salvación, pues hasta Dios la había abandonado, ya que sus padres se habían encargado de impedir cualquier contacto que pudiera mantener con él.

Al cerrar los ojos se sintió segura de que, aunque al principio no tuviera ni idea de lo que iba a hacer cuando se marchase, una vez que se encontrase lejos de esa monotonía y de esa lenta desesperación que la rodeaba, descubriría milagrosamente qué hacer con su vida.

Se preguntó si el hombre del coche negro y la cicatriz en la mejilla la estaría esperando en el mismo sitio al día siguiente, cuando cogiera el autobús. Esperaba que sí. Le excitaba más que los mocosos con los que trabajaba o los empleados que la miraban desde las mugrientas oficinas de la fábrica cuando iba a recoger su paga.

No obstante, este hombre emanaba un peligro glamuroso que, hasta entonces, sólo había experimentado en ciertas ocasiones en la solitaria oscuridad de las salas de cine. Era, como solían decir las mujeres con las que trabajaba, un accidente por suceder.

Pat Brodie había estado observando a la chica durante un rato. Era muy joven y eso le molestaba, pues siempre había estado con rubias con más años que un camión del ejército y más conocimientos carnales de los que a uno le gusta. Mujeres de talento, así las calificaba.

Aquel tipo de mujeres sabían exactamente lo que podían esperar de él y no cosechaban ninguna ilusión estúpida acerca del matrimonio, hijos, amor o cosas por el estilo. Ellas cogían lo que él deseaba darles: un polvo, un billete de cinco libras y algo de diversión garantizada. Hasta entonces era todo lo que había querido y necesitado.

Ahora, sin embargo, aquella chica que trabajaba en la fábrica El Gato Negro, donde él compraba cigarrillos para venderlos en los bares y clubes y ganarse una comisión, lo tenía encandilado.

El era muchísimo mayor que ella y ella demasiado joven para él. No obstante, no lograba sacársela de la cabeza y era su obvia inocencia lo que más le seducía. Sus desgarbados trajes y ese aspecto de derrotada sólo servían para acrecentar su encanto. Sus sentimientos, sin embargo, eran algo más que mera atracción y eso le preocupaba. Esa jovencita lo tenía enajenado, a pesar de que nunca le había hablado, ni le había dicho su nombre, ni tenía el más mínimo motivo para sentirse de esa manera.

Mientras la vio dirigirse hacia la parada de autobús, observó de nuevo la delgada silueta de su cuerpo bajo el abrigo y apreció la belleza de un rostro ausente de maquillaje. En ese momento supo que había sucedido lo que más había temido: la deseaba de una forma que iba más allá del sentido bíblico.

Salió del coche y la siguió hasta la parada del autobús con el corazón compungido y el presentimiento de que, cuando abriera la boca, desaparecería toda la ilusión que se había creado, que su encanto se desvanecería debido a su acento barriobajero o a la pobreza de su vocabulario.

Sin embargo, bajo la tenue luz de las farolas de la calle, se encontró sin palabras. Se dio la vuelta al notar que se le acercaba, le miró de frente a los ojos y él vio reflejado en ellos las mismas emociones y sentimientos que los suyos. Su miedo, sin embargo, era real. Él la asustaba y eso le entristeció, pues deseaba hacerla sonreír, hacerla feliz. Ése era su mayor temor: si deseaba hacerla feliz, era porque la necesitaba.

Se miraron entre sí por un largo rato y observó que se relajaba, como si él le hubiera dicho que no había razón para asustarse, como si ambos hubiesen acordado ser amigos.

El temor de ella desapareció, pero el de él parecía crecer, al igual que su inquietud.

– ¿Sí? -dijo ella en voz baja, muy baja, casi como un suspiro mientras oía el temblor de excitación que le había causado su miedo.

Se dio cuenta que le había estado esperando, que recibía de buen agrado su interés, que sabía que no pretendía hacerle el más mínimo daño. Ella arqueó una de las cejas de forma inquisitiva. Él, entonces, se dio cuenta de que no descansaría hasta que no la hiciese suya.

Repentinamente se hizo con el poder, ambos lo sabían, pero a él no le preocupaba, pues se sentía feliz con tal de estar a su lado.

Mick Diamond miró a su hijastra sin ocultar su incredulidad. Su esposa Annie le miraba a él de la misma manera.

– ¿Qué has dicho? -preguntó Lily, que siempre hablaba en voz baja y en tono respetuoso a esa montaña de grasa con mal carácter.

– Te he dicho que te guardes el dinero, niña.

Lily había intentado ahorrar algún dinero desde hace años, pero no importaba donde lo escondiese, aquel hombre siempre lo encontraba y se lo gastaba sin pensárselo dos veces. Su madre no sabía que le habían aumentado el sueldo y ella se había guardado los chelines de más. Por esa razón, jamás podía confesar que ese hombre le robaba mientras dormía o trabajaba. Si su madre lo hubiera sabido, también se lo habría quitado de inmediato.

Lo extraño es que ahora él estaba allí, delante de ella, diciéndole, de forma muy educada, que no tenía por qué darle el sueldo, que se lo guardara y lo invirtiera en ella misma. Pensó que aquello último debía ser alguna nueva clase de artimaña, por eso se puso en guardia, a la espera de recibir el golpe, el comentario sarcástico o la risa burlona que siempre le había hecho sentirse de lo más humillada.

Miró a su madre y se dio cuenta de que ella esperaba esa misma reacción. Los segundos pasaron como años en la quietud de la cocina. Y sin embargo no dijo nada más.

Debía de ser un nuevo juego. Había sobrevivido a situaciones como ésa, por eso decidió quedarse quieta y esperar hasta que supiera exactamente qué debía hacer. Tenía la mirada puesta en el dinero que yacía inocentemente encima del mantel y le acuciaba ese dolor en los hombros que le causaba la constante tensión que acumulaba nada más cruzar el umbral de aquella casa.

Mick Diamond miró a la chica y comprendió que se sintiera atraída por un hombre como Brodie. También vio en ello su justo castigo. Aquel muchacho era capaz de matarle sin musitar la más mínima palabra y ahora el nombre de ella empezaba a ser conocido, respetuosamente además, por estar emparejado con el de Patrick Brodie. El sudor le corría por el rostro y le caía encima del chaleco, le temblaban las manos y su esposa estaba muda de asombro al ver la delicadeza con la que le hablaba.

Mick se dio cuenta de que Lily no confiaba en él y eso le preocupó. Estaba claro que no sabía el poder que ahora tenía, por eso quería ponerla de su lado antes de que lo supiera. Lo único que esperaba es que no fuese demasiado tarde.

– Prepara un poco de té para la niña y otro poco para mí. Ha estado trabajando todo el día.

Le sonrió a Lily. Ella miró a su madre, buscando una respuesta.

Annie parecía tan consternada como ella misma.

Su madre se movió con el acostumbrado nerviosismo, las tazas le temblaban en las manos. Ambas se preguntaban si era una nueva artimaña de las suyas, una artimaña contra las dos. Era un chulo y conocían su fuerza.

Sonrió mientras encendía un Senior Service, dio una profunda calada y extendió el brazo amigablemente. Le ofreció una silla a Lily.

Se sentó, obedeciendo sus peticiones como siempre, aunque se podía palpar el odio que emanaba de ella.

– ¿Dónde conociste al señor Brodie?

Entonces lo comprendió. Por primera vez en la vida descubrió que el miedo podía proporcionar paz mental, que el miedo podía cambiar la vida para mejor; siempre y cuando no fuese tu miedo, por supuesto.

Al haber vivido sometida al terror, ese sentimiento le resultó maravilloso, fue como verse libre de la esclavitud. Se dio cuenta de que, pasara lo que pasara, este hombre ya no le asustaría más. De hecho, ya parecía más pequeño, más patético y viejo. Su cuerpo estaba ahora encorvado, mientras que el suyo permanecía bien erguido. Patrick había hecho que ella se ganara el respeto en aquella casa y, por esa única razón, le amaría hasta el fin de sus días.

Se dio cuenta de que ahora era la que tenía el poder y todo se lo debía a Patrick, a Patrick Brodie, el hombre con quien pensaba casarse.

Cogió el dinero que había encima de la mesa de la cocina y se lo metió en el bolsillo. Luego sacó un paquete de cigarrillos y se atrevió a encender uno delante de sus padres. Después de dar una profunda calada replicó:

– Un té me vendrá bien. Gracias.

Su padrastro apremió a su esposa y ésta sirvió el té preguntándose constantemente qué había hecho su hija y si eso le iba a beneficiar a ella.

Patrick Brodie era muy conocido en aquella época y la esposa se dio cuenta de que, si su hija había apresado un buen partido, no le quedaría más remedio que quitarse el sombrero. No obstante, aunque los celos la corroían, al igual que su esposo, buscaba la forma de aprovecharse de esa relación en su propio beneficio.

Aquella vez sirvieron el té con azúcar y leche. Lily Diamond encendió otro cigarrillo, pensando y rezando para que Patrick nunca se cansara de ella, ya que, si eso sucedía, aquellos dos no dudarían en degollarla.

– ¿Me estás tomando el pelo?

Billy Spot se reía, pero con la persona que hablaba, no de la persona en sí, ni de su notoriamente escaso orgullo.

Desde que quitaron de en medio a Barry Caldwell, este joven se había convertido en una sensación en cuestión de días y Billy, siendo como era, esperaba saber si este nuevo estatus iba a ser para siempre. Él los había visto ir y venir a lo largo de los años y sabía cómo funcionaban las cosas. Todo se trataba de sobrevivir. En aquel momento Pat era el que mandaba y él bendeciría su altar si con ello conservaba su puesto. Él era un seguidor, no un líder, y lo sabía mejor que nadie. Pero también sabía que la muerte de Barry había provocado resquemores en su mundo y también sabía que ya se había empezado a planear la forma de desquitarse. Él mismo la había financiado, junto con otros de su calaña. Se podía permitir el lujo de ser amistoso, pero no tenía intención de dejar que le pisaran su terreno sin luchar.

– Parece una chica simpática.

La risa había desaparecido y ahora sus palabras estaban llenas de respeto y fingido interés.

Pat sonrió.

– Lo es.

A Pat le gustaba Billy e imaginó que Lil se comportaría igual que la esposa de éste. Ella había sido una mujer bien educada, a la que nunca se le había visto en ninguno de los clubes de su esposo, con la reputación de no hablar demasiado. Engendraba hijos sin armar el más mínimo escándalo y engañaba a la pasma siempre y cuando la ocasión lo requería. En pocas palabras, que era una buena mujer y Billy bendecía el suelo que pisaba.

Al igual que Billy, él también quería una buena mujer, una buena esposa, alguien en quien poder confiar aunque a uno le cayese una condena de veinte años. Su instinto le había dicho que todos esos atributos los poseía la chica que le tenía encandilado. Y así estaba: encandilado. Durante semanas no había deseado estar con ninguna otra mujer y aquello le resultaba tan extraño como no querer una copa o desperdiciar un buen negocio.

En pocas palabras: estaba desconocido.

Tenía otras cosas en la cabeza y, una vez que las resolviera, pensaba relajarse y dedicarse a cortejar a su chica. Estaba ganando un buen dinero y, cuando se casara, viviría como un rey.

Desgraciadamente, eso significaba pisotear a algunos, pero estaba preparado para la contienda y deseoso de apoderarse de cualquier cosa que se le pusiera por delante.

Era un oportunista, como su padre, pero, al contrario que él, le gustaba asegurarse de que cualquier cosa que acumulara quedara bien protegida. Sabía que Billy, al igual que Barry, no se destacaba por su tino en este nuevo mundo de trapicheos. El respeto a los mayores era todo un lujo en aquella época y, cuanto antes se dieran cuenta aquellos gilipollas, mejor sería para todos.

– ¿Tienes problemas con que venda drogas, Bill?

Billy se encogió de hombros y Patrick se quedó impresionado al ver que el hombre actuaba tan indiferentemente, cuando ambos conocían la respuesta. Se estaba apoderando de los negocios de Billy gradual e irrevocablemente. Sus hombres, de alguna manera, ya estaban trabajando para él.

Era una situación sin salida y Patrick esperaba que Billy lo entendiese y no se lamentara por los viejos tiempos.

Billy había oído rumores acerca de las represalias y se cuidaba las espaldas, pero aceptaba esa idea como un gaje más del oficio que había decidido escoger.

Los buenos tiempos de Billy habían pasado ya hace mucho, pues había cometido el error que cometen todos los hombres poderosos: no había estado en las calles desde hace años. Tan sólo escuchaba lo que le gustaba oír y ni tan siquiera se atrevía a matar a nadie, sino que confiaba en matones para que le hiciesen el trabajo sucio. Era una vergüenza para todos y cada uno de ellos.

Pat sabía que el hombre estaba esperando para ver si podía conservar aquella apariencia tan peligrosa, ya que, si lo conseguía, tendría un socio, si no como criminal, al menos para que le ayudase a establecer los locales de bebidas. Estaba dispuesto a utilizar a Billy incluso sabiendo que tanto él como sus hombres estaban poniendo dinero para verle muerto. A ninguno de ellos le había gustado que Barry ocupara tal puesto, pero ninguno de ellos quería ponerse en su pellejo.

El sabía todo aquello, pero lo que no sabía es que si hubiera estado en el lugar de Billy, ya estaría muerto.

– ¡Mira la tonta! ¡Qué callado se lo tenía!

Constance White miró a la joven que empaquetaba cigarrillos con manos expertas en unas cajetillas que estaban a su lado; su sonrisa fue cordial y amistosa.

– No puedo creerlo -dijo-. Has pescado a Pat Brodie. La mayoría de sus amoríos le han apodado Glenn Miller porque siempre terminan en la lista de desaparecidos.

Todos se rieron y Lily se sonrojó de vergüenza.

Constance, a los veinte años, ya se había casado y tenía dos hijos. Su marido era un tipo sin cuello, con la cara llena de cicatrices por el acné y la conversación de un elefante africano. Por ese motivo, y a pesar de la admiración que sentía por sí misma, envidiaba a esa chica. Muchas mujeres habían tratado de atrapar a Brodie, ella incluida, pero siempre escurría el bulto. Había que reconocer que Lily era una chica guapa, con ese aire inocente que tanto gusta a los hombres como Brodie; como esposa, claro. Al igual que los demás, quería estar seguro de que todos los niños que llevasen su nombre, fuesen realmente suyos. A él no le gustaban los intrusos. Él tenía treinta años y ella quince. Brodie debió de pensar que todas las Navidades y cumpleaños se habían presentado de golpe.

Sin embargo, lo que más sorprendía a Constance era el cambio que había experimentado Lily. En veinticuatro horas, la chica se había engrandecido, andaba erguida, era la primera en hablar y tenía las mejillas encendidas, como se le ponen a las chicas cuando ya tienen edad de contraer matrimonio.

Connie, así era como la llamaban, sabía que esa chica -pues era una niña a pesar de su aspecto maduro no iba a ser uno de los típicos ligues de Brodie, sino la madre de sus hijos, y tuvo la sensación de que Lily los dejaría a todos más que sorprendidos.

Lily sonrió de felicidad. Gracias a Pat estaba empezando a vivir y aquella fábrica y todo lo que había en su interior serían pronto cosa del pasado. En cuanto cumpliera los dieciséis se marcharía.

En la radio se oía a Thunderclap Newman y cantó junto con sus compañeras; definitivamente, algo flotaba en el ambiente.

Patrick le había afectado de muchas maneras. Mientras empaquetaba los cigarrillos soñaba que sus cuerpos se tocaban. Añoraba sus besos, aunque estaba segura de que él le daría muchos cuando hubiese oscurecido y los dos estuvieran solos en el coche.

Billy Spot estaba de pie, a las puertas de su club de alterne en el Soho, cogido del brazo de su novia. Era una chica pelirroja llamada Velma que reunía todos los requisitos: buenas tetas, bonitos dientes y unas piernas largas y delgadas. Bill llevaba puesto su indumentaria de costumbre: abrigo negro, traje a rayas y un puro de los caros.

A pesar de ver cómo Patrick Brodie sacaba un arma de su abrigo, se sorprendió más de ver a su novia alejarse y desprenderse de sus brazos carnosos. Al instante supo que era hombre muerto.

Cayó al suelo sin armar mucho ruido y Patrick desapareció antes de que nadie llamase a la policía. Tiró la pistola al Támesis. Los socios de Billy no tardaron en enterarse de su fallecimiento. No les cogió de sorpresa. Era un tipo agradable, pero, como todos comentaron en privado, los negocios son los negocios.

Estaban acabando con los viejos e introduciendo a los nuevos. Pat había decidido, en tan sólo un instante, borrar del mapa al viejo y abrir las calles debidamente. Spot lo había considerado como un estrecho colaborador y eso era algo que no estaba dispuesto a permitir. Él no pensaba andar de recadero nunca más; ahora tenía a Lily y lo ambicionaba todo.

Pat se hizo con el resto del consorcio de Londres sin demasiadas dificultades. Era demasiado joven y demasiado peligroso para ellos, por lo que muchos optaron por retirarse de la partida. Tenía a todo el mundo detrás de él y, por eso, andaba con los nervios de punta. Esta nueva generación no era nada más que un puñado de pirados que lo ambicionaban todo, y cuanto antes, mejor. Las drogas habían cambiado las reglas del juego y los viejos no querían tener nada que ver con ese asunto.

Billy debería haberlo previsto.

Capítulo 2

A Pat le encantaban los muelles por la noche. Hasta el hedor del río merecía deleitarse. Cuando era un chiquillo, después de que su madre les abandonara, jugaba por aquellos lugares mientras esperaba que su padre terminara el combate. Era un luchador callejero, que había obtenido grandes ganancias esporádicamente. Sin embargo, cuando la bebida empezó a hacer estragos, perdía con más frecuencia que ganaba. Entonces el dinero escaseaba, lo que le impulsaba a beber aún más.

Pat estaba seguro de que una de las razones por las que había desaparecido fue por su pérdida gradual de reputación y credibilidad. Ahora comprendía lo duro que debía de haber sido para él, pero aun así, no se lo perdonaba. Se había hundido a sí mismo, sin prestar el más mínimo cuidado, y eso lo había endurecido. Le había hecho estar dispuesto a obtener lo que quería, sin importar cómo. Salir a las calles era fácil, pero para mantenerse a flote y desprenderse de su propia mierda se requería de agallas, se necesitaba ser un hombre.

Pat cerró los ojos y ahuyentó todos los pensamientos relacionados con sus padres. Aquello se había acabado, y se había acabado para siempre. Ambos habían sido como la mierda de sus zapatos, por eso no les guardaba ni el más mínimo cariño. Por eso no tenía la más mínima intención de dejar que se inmiscuyeran en su vida como lo habían hecho. Era una persona sumamente fría, lo había sido siempre, en parte por el temor de depender de alguien, de ser blando, de ser considerado una mancha. Ahora, sin embargo, tenía a Lil y sentía que poseía el control porque ella le necesitaba, no al contrario.

Le dolía recordar cómo había sido criado. Al igual que otro niño educado en la pobreza, su vida había sido una lotería. Ahora sus padres deseaban ganarse su aprecio, pero era sólo porque estaban sorprendidos de que su hijo hubiera conseguido algo que ellos ni tan siquiera se hubieran atrevido a soñar. Estaban seguros de que sería tan tonto como para dejarles subirse al tren. Era lo único en que habían estado de acuerdo, pero ya era demasiado tarde. Pat no pensaba mover un dedo por ellos, aunque los viera muñéndose de hambre. Jamás había necesitado a nadie hasta que conoció a su esposa, que era lo único que necesitaba, la única que le inspiraba respeto. Tan sencillo como eso. Al contrario que su madre, jamás había ejercido la prostitución. Sus padres jamás le habían prestado cuidado y lo habían tratado como un tonto. Sin embargo, ahora se estaba abriendo camino, se estaba dando a conocer como alguien que merece respeto. Y estaba disfrutando con ello. Aunque eso no lo admitía, ni tan siquiera en su interior.

Miró fijamente a la luna nueva y sonrió para sus adentros mientras disfrutaba de aquella solitaria vigilia, del poder que tenía ahora sobre su pasado.

Custom House, al igual que todas las demás zonas portuarias, tenía tanta vida de noche como de día. La única diferencia es que por la noche merodeaban hombres de traje oscuro, con la voz apagada y dudosa reputación. Las putas que paseaban por los muelles de madrugada eran mujeres viejas cuyos mejores días habían quedado tiempo atrás, y cuya única amistad era el tenue resplandor de las lámparas. Eran mujeres gastadas, carcomidas por el tiempo, mujeres derrotadas. Esperaban pacientemente a los clientes que las visitaban ahora: chinos, árabes y africanos. Para esos hombres, su cabello rubio y sus ojos azules eran como almenaras que los introducían en su mundo con una suave sonrisa. Los despachaban rápidamente y con destreza, ya fuese con las manos o las nalgas.

El sexo era rápido, furtivo e insatisfactorio, no sólo para los hombres, sino también para sus conquistas. Aquellas mujeres endurecidas, que sólo sabían cómo contentar a los hombres y cuyas vidas se vivían en blanco y negro, habían perdido el concepto de la realidad y eran demasiado desgraciadas como para percibir el valor de lo que para ellas era simplemente dinero. La oscuridad les daba una razón para ejercer el oficio que las había destruido; reducidas al escalafón más bajo de la escoria humana, esperaban la noche porque ella le pagaba la renta. Para esas mujeres no existían ni las pensiones, ni los ahorros. El dinero fácil les había garantizado que jamás saldrían de las calles, pero el dinero que ganaban ahora era una mierda en comparación con lo que ganaron en sus mejores tiempos.

Aquello era otro mundo, un mundo que Pat Brodie odiaba y amaba con igual pasión. En cierta ocasión, paseando por los puertos, se había topado con su madre y sus ruegos no le habían conmovido ni un ápice, ya que, de alguna manera, disfrutaba de su vergüenza y de su derrumbe. Cuando ella lo abandonó, él tocó fondo y ahora no sentía ninguna lealtad hacia ella. Ni tan siquiera le importaba si alguien se enteraba de eso: no significaba nada para él y no tenía intención de hacerle pensar lo contrario.

Desde que había contraído matrimonio sentía un nuevo anhelo por hacer dinero. Lil lo significaba todo para él y se dio cuenta de que sus sentimientos crecían por días. Estaba tan sorprendida como él de descubrir que tenía muy mal carácter, cosa que molestaba a ambos. Era graciosa y apasionada.

Muchas cosas que antes habían estado ocultas o adormecidas en su interior durante años, cuando trataba por todos los medios de ser lo más invisible posible para su madre, empezaban a relucir. El rostro de Pat se endureció pensando en la forma en que la habían tratado y se preguntó por millonésima vez por qué continuaba dejando que su madre les visitase.

Aquella puñetera sanguijuela siempre estaba en la puerta y parecía mostrar un cariño sincero por su nieto, cosa que no hacía con su hija; actuaba como una madre interesada y lo hacía con tanto entusiasmo que resultaba increíble. El dinero movía a aquella gente, lo sabía mejor que nadie. También sabía que Lil la necesitaba, necesitaba creer que la mujer que le había parido se preocupaba por ella. Lil pensaba que había sido precisamente su nacimiento el catalizador de todas las desgracias matrimoniales de su madre y la razón de su maltratada existencia. Lil trataba de ser lo más agradable posible por su propio bien y él estaba dispuesto a asumirlo; si eso la hacía feliz, entonces se daba por satisfecho. Sin embargo, su madre era como la suya, fruto de la pobreza y la traición, el producto de un hombre que primero la había preñado y luego la había dejado tirada, para que ella cargara con todas las consecuencias. Lil le perdonó que se hubiera casado con un hombre que las torturaba a las dos y él, de alguna manera, comprendió que así fuese, ya que de esa manera le daba algún significado a su vida. En lo que, se refiere a él, no pensaba tolerar que aquella vieja bruja le manchara su reputación, cosa que seguro haría, pues los de su calaña siempre lo hacen. No obstante, si se atrevía a ello, sentiría un enorme placer poniéndola de patitas en la calle. Hasta entonces, aguantaría lo que pudiese y sonreiría siempre que fuese necesario.

Al menos, ayudaba, y eso ya era algo. El joven Pat Junior era un verdadero diablo y ella le adoraba. Era la viva imagen de su padre. Pat esperaba que no hubiera heredado nada de su abuelo, pero de eso ya se encargaría el tiempo. Pat deseaba tener muchos hijos, pero le estremecía pensar que alguno de ellos heredara la pereza, la chulería y la habilidad de mentir de su padre, o la indiferencia de su madre. Ella se reflejaría en alguno de ellos, de eso estaba seguro, al igual que su mismísimo padre.

Aquel hombre había sido capaz de engañarse incluso a sí mismo, y fue capaz de quitarle el pan de la boca a su hijo por una cerveza o una apuesta. Era ley de vida que en todas las grandes familias hubiese un bala perdida, pero Pat rezaba para que pudiera darse pronto cuenta de ello y así poder evitarlo. Lo único que hacía falta era sacárselo a palos si llegaba el momento. Él no sería como su padre, que le había pegado por puro capricho.

Y qué decir de su madre. Lo había dejado tirado en muchas ocasiones, lo había dejado con un hombre que no tenía ni idea de lo que significaba educar a un niño y cuyo único interés era beber. Él había vivido con distintos parientes en diversas épocas de su vida, por eso el hogar que había construido con Lil significaba mucho para él, al igual que para ella.

Aunque Lil trataba de excusar a sus padres, o al menos a su madre, él no tenía esas ilusiones acerca de sus comienzos. Lo único que sabía es que quería proporcionarle a su familia una buena vida y deseaba que su esposa se sintiera amada, necesitada y respetada por lo que era.

De vez en cuando echaba una canita al aire, por supuesto, pero le era tan leal corno pensaba serle siempre. Había sido un viaje de descubrimientos para ambos, pero lo principal era que se entendían entre ellos y se necesitaban mutuamente.

Sacó uno de sus cigarrillos y luego miró alrededor del almacén, preguntándose qué tenía el cannabis para que todo el mundo se volviera loco por él. A él le gustaba el whisky escocés, pero si la hierba era lo que le iba a proporcionar una fortuna, no tendría reparo en suministrarla. Los tiempos estaban cambiando y, si uno tenía una pizca de inteligencia, cambiaba con ellos.

Oyó el zumbido de un coche caro tratando de salir y sonrió una vez más. De eso se trataba la vida, no sólo de trapicheos, sino de controlar los trapicheos que a uno le beneficiaban. El dinero lo era todo, y cualquiera que dijera lo contrario o bien era rico de nacimiento, estaba mal de la cabeza, o bien era demasiado estúpido para darse cuenta de lo que se cocía a su alrededor.

Dicky Williams entró en el almacén, como siempre rodeado de sus hermanos. Parecían clones unos de otros, todos bajos, rechonchos, pero fuertes y con cortes y cicatrices por las peleas entre pandillas. Todos vestían trajes, camisas y corbatas impecables. Ésa era una de las razones por las que a Pat le gustaba hacer negocios con ellos: eran elegantes, tanto en su forma de pensar como en su apariencia. También eran divertidos y eso les había abierto muchas puertas. Un poco de sentido de humor puede ser un factor muy decisivo en muchos aspectos cuando se trata de negocios. Especialmente cuando se trataba de deudas. Una primera advertencia con una sonrisa en el rostro y unas cuantas bromas producía más efecto que todos los bates de béisbol y las pistolas del barrio. Lo importante, al principio, era advertir. Si alguien no hacía caso, entonces lo que sucediera después debía considerarse como algo irremediable. Después de todo, una advertencia era una advertencia.

¿Por qué pedir dinero prestado si no se tiene la intención de devolverlo? Las personas que acudían a ellos sabían de sobra que no eran como los jodidos banqueros. Si éstos los hubiesen recibido de buen agrado al principio, no habrían acudido a ellos. Por tanto, debían saber que, al contrario que a los bancos, a ellos no sólo se les devolvía el dinero rápido y con creces, sino que, además, debía hacerse con una sonrisa y los mejores deseos para ellos y sus socios.

Eran el último recurso al que podían acudir las personas necesitadas, los únicos que les proporcionaban dinero cuando ya nadie estaba dispuesto a arriesgarse. Una lástima que eso estuviera tan mal considerado dentro de la sociedad.

Dicky entró frotándose las manos como Uriah Heep en Dexedrina.

– Estoy tieso de frío, Pat. ¿Cómo coño puedes estar ahí de pie?

Pat se rió.

Al parecer Dicky había sido quien se había apoderado de algunos trajes y prendas de vestir que habían desaparecido misteriosamente de un gran almacén en Whitechapel. El hombre salió de una enorme casa antigua donde jamás se encendía la calefacción aunque hubiese un metro de nieve. Para colmo, jamás llevaba abrigo, por eso todos le conocían con el nombre de Freddie Dwyer o el «hombre de hielo».

– Está pirado. Lo deberías haber visto, Pat. Se comía las pastillas como si se las fuesen a quitar.

Los hermanos Williams asintieron al unísono. A Pat le entró la risa al verlos, pero era lo suficientemente listo como para contenerse.

– Son los tripis, ya no puede vivir sin ellos.

Pat asintió mientras encendía los cigarrillos y luego sirvió las copas. Aquello se había convertido en una especie de ritual.

El olor a whisky y a tabaco aún no mitigaba el olor a basura y sangre que impregnaba el lugar. Aquellos almacenes habían sido testigos de muchas muertes a lo largo de los años, y los cuerpos que habían arrojado al Támesis habían ido a parar a Tilbury o al mar abierto, dependiendo de la marea. En cualquiera de los casos, habían desaparecido y eso era lo único que les importaba a aquellos hombres y a los que antes habían ocupado su puesto.

Mientras bebían y charlaban, el dinero cambió de manos y las bolsas de hierba de olor dulzón se metieron en los maleteros de los coches. Dicky y Pat se conocían desde hace años y habían entablado una confortable camaradería. Ambos eran fruto del entorno en que habían vivido y conocían las calles como la palma de la mano, pues, al fin y al cabo, había sido su hogar y allí era donde se sentían cómodos.

Posteriormente habían entablado una especie de sociedad que, además de placentera, había sido bastante lucrativa. Entre ellos habían urdido la mayoría de las estafas y, aunque nadie los señalaba como los nuevos dueños del barrio, las personas empezaban a acercárseles para pedirles permiso antes de llevar a cabo alguna fechoría en las calles.

Aquello les resultaba divertido, además de satisfactorio, pues era un indicativo de que la gente empezaba a considerarlos como los dueños del barrio. Si el hombre normal de la calle le concedía ese derecho, significaba que la bofia no tardaría en ir tras ellos. Reconocían eso como parte del precio que debían pagar por ese estilo de vida y ambos deseaban asegurarse de que estarían a este lado del río. Les encantaba la notoriedad, pero no querían que esa notoriedad fuese efímera. Eso de «hoy arriba y mañana abajo» no entraba en sus planes. Querían estar metidos en el ajo durante años y deseaban maximizar su potencial. En pocas palabras, como muchos hombres antes que ellos, estaban seguros de ser demasiado listos para que los cogiesen.

– Déjame decirte algo acerca de ese puñetero hombre de hielo. Le encantan los chismorreos y se entera de todo. Me ha hablado de un tipo pequeño y viejo que anda por ahí poniendo nuestro nombre en boca de todos.

Pat asintió. Al parecer, no le estaba diciendo nada nuevo. No dijo nada y el silencio se hizo demasiado denso para los hermanos.

– ¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó Dicky. Parecía inquieto, inseguro de sí mismo.

Pat se encogió de hombros.

Era una afirmación, no una pregunta y Dicky conocía de sobra la subyacente amenaza en la voz de Pat cuando replicó:

– Haremos lo que siempre hacemos: estarnos calladitos. Por eso es por lo que a muchos les echan el lazo: le pegan demasiado a la lengua. Recuerda el viejo dicho del que «habla mucho…».

Tenía la mirada fría, muerta. En su voz no se percibió ni la más mínima inflexión.

Dicky sonrió. Su sonrisa, al igual que la de muchos de sus contemporáneos, estaba echada a perder por la mala dieta y la escasez de dientes. En el caso de Dicky, sin embargo, le daba una apariencia amistosa, incluso estúpida. Un error que muchos hombres habían cometido durante mucho tiempo. Su conducta escondía una personalidad viciosa y vengativa que salía a relucir en cuanto no le dieran lo que él consideraba que le correspondía. Eso era otra cosa en común que tenía con Pat Brodie: ninguno de los dos aparentaba la violencia que escondían sus amistosas y sonrientes caras.

Dicky, al haberse criado en una familia de trece hermanos, era un luchador de jauría. Al igual que los perros, si alguno de los hermanos Williams se enfrascaba en una pelea, los otros iban detrás. Pat, sin embargo, era un solitario, un tipo sucio que utilizaría cualquier cosa que tuviera al alcance, ya fuera una botella, la cadena de una bicicleta o una pistola. Él no tenía preferencias, siempre y cuando causara un dolor espantoso.

– Es hora de que le demos a alguien un susto, Pat. Ya sabes, hablar con unos cuantos viejos de ésos y recordarles qué pasa cuando alguien habla más de la cuenta.

Pat había escuchado esas mismas palabras en muchas ocasiones durante el último año y sabía que no podría retenerle indefinidamente. Además, estaba en lo cierto, por lo que suspiró amablemente y asintió.

El hecho de que Dicky le consultara antes de hacer algo decía mucho, no sólo para Pat Brodie, sino también para los hermanos y los parásitos que le rodeaban. A Pat no le gustaban los parásitos. El tenía a personas que trabajaban para él, pero sabía mantenerlos a cierta distancia. Muy pocos habían sido invitados a su santuario particular, y ni tan siquiera ésos sabían con certeza con qué hombre trataban.

Pat no tenía amigos, no en el verdadero sentido de la palabra. Dicky era probablemente la única persona que se había ganado ese título. Pat conocía a muchos, además de que tenía ese don de hacer creer a la gente que les prestaba suma atención aunque rara vez los escuchaba, salvo cuando hablaban de algo que le beneficiase a él y a su familia.

Sabía que esa frialdad era la clave de su éxito. Por eso, con el tiempo aprendió a cultivarla y a utilizarla en su propio interés.

– De acuerdo -respondió-. Dame unos días para pensarlo.

Dicky sabía que lo haría. Esperó pacientemente a que captara el meollo de su conversación.

– Ven, quiero que conozcas a esta mierda con la que me he topado. Es un bocazas, siempre charlando y pendiente de todo. Ahora somos sus dueños, bueno, en realidad, tú, pues es tu club el que ha jodido. Aunque todavía no lo sabe, pensaba que Jenny Donnelly era el dueño. Es un mierdecilla, uno de esos policías con la boca más grande que un buzón y una personalidad como un par de medias de nailon. Sin embargo, anda tras algo que asegura que es grande. En pocas palabras Pat, que es un jodido cabrón con la oreja puesta en el lugar adecuado y un sueldo que aumenta de forma regular. ¿Comprendes lo que te digo?

Pat asintió. El pobre Dicky no le estaba diciendo nada que no supiese. Durante toda su vida había ido un paso por delante de los demás, pero, como siempre, se había reservado su opinión. Las personas sólo saben lo que les cuentas. Eso era cierto. La gente contaba su vida entera a cualquiera que le escuchase, sin dudarlo. Ya estuviera uno en una parada de un autobús, o sentado en algún pub extraño, siempre había alguien dispuesto a contar su vida. Era como si tuvieran que demostrarse que existían.

Dicky sonrió nerviosamente. El silencio siempre le hacía sentirse incómodo y Pat llenó los vasos sin musitar una palabra.

– De acuerdo, tendremos la boca cerrada, Pat. Mantendremos el asunto entre nosotros, pero de esa manera también podríamos garantizarnos un poco de seguridad en el futuro.

Pat sonrió.

El asunto había quedado zanjado.

El inspector Harry Lomond estaba borracho, totalmente borracho y su estómago estaba a punto de echar todo lo que tenía dentro.

Estaba en un cabaret del Soho, no llevaba los pantalones puestos y estaba convencido de que las paredes respiraban. Eran los efectos del LSD. Dilys Crawford, conocida en el trabajo como Sabina, estaba sentada a su lado, aburrida como una ostra.

Tenía el pelo pintado de rojo, los pechos pequeños, unos largos muslos y una boca legendaria. Tenía tres hijos, un marido cumpliendo una condena de diez años en Dartmoor y más varices que una quiosquera. A pesar de eso, los hombres todavía la reclamaban y ella, con suma frialdad y soberbia, se libraba de ellos con rapidez y eficacia. Jamás tenía sexo completo con un cliente, tan sólo se reía con ellos o les dejaba que le cogiesen las tetas. La mayoría se contentaba tan sólo con una mamada, así que se metía debajo de la mesa y se ponía a funcionar, por lo que jamás tenían que pagar por la habitación de un hotel.

Aquella noche, sin embargo, no le molestaba ni derramar el champán por el suelo, una artimaña que muchas cabareteras utilizaban para que no les emborrachasen ni les robasen. El chulo estaba tan ido que dejaba por el suelo hasta el mismo Donald Campbell [1]. Una stripper salió al escenario y suspiró aliviada. Candy realizó un número con una serpiente y un sombrero tirolés que era tan horroroso que dejó a todas las cabareteras con tiempo para fumar un cigarrillo y pensar en cuáles serían sus siguientes pasos.

El suyo sería pasar esa inmundicia a Dicky, y en lo que a ella se refería, cuanto antes, mejor. Cuando vio a Pat entrar con los hermanos Williams dio un suspiro de alivio. Le daría una mamada a un borracho con tal de que le pagara por ello, pero se resistía si se trataba de un policía. Había aportado su granito de arena por Inglaterra y ya sólo quería que le dieran su parte y coger un taxi que la llevase a casa. Harry aún sonreía cuando lo dejó tirado en el sótano del club.

Lil tranquilizó de nuevo al niño y luego se sentó en la mesa de la cocina, bostezando ruidosamente.

A pesar de lo cansada que se sentía, estaba tan encantada con cada segundo de su existencia que hasta un niño díscolo como el suyo le resultaba soportable. Mientras miraba alrededor, suspiró de satisfacción, pues su vida había cambiado tanto que le daba las gracias a Dios cada minuto que pasaba.

A pesar de que eran las tres y media de la madrugada y no tenía ni la más remota idea de dónde podía estar su marido, ni lo que pudiera estar haciendo, no se sentía inquieta. La vida que ahora llevaba era lo que ella definía como normal, y así había sido desde el primer día. Callada por naturaleza, no le preguntaba nada al respecto a Pat, ni él esperaba que lo hiciese. Era un perfecto acuerdo establecido entre los dos.

Volvería en cualquier momento, como hacía siempre, y le prepararía la comida, charlaría con él y harían el amor. Jamás se le ocurrió pensar que la vida que llevaba no era la normal entre las mujeres jóvenes, aunque ella jamás le preguntaba acerca de sus correrías como haría cualquier otra.

Lo único que sabía es que él estaba fuera currando para ella, y que gracias a su trabajo tenía todo lo que una chica puede desear, desde una lavadora hasta un juego de rulos. Jamás en la vida la habían mimado tanto, ni se había sentido tan segura. Dependía de él para todo, desde la comida que se llevaba a la boca hasta la luz que le alumbraba cuando leía. El cuidaba de ella y de su hijo, se lo daba todo y estaba más que feliz con lo que tenía. Desde que había contraído matrimonio se le salía el dinero por las orejas y lo gastaba a manos llenas. «Lo mejor de lo mejor» era el lema de Pat, y se sentía más que feliz con eso.

En ocasiones todo parecía muy frágil, incluso precario, pero lo atribuía a la forma en que había sido educada. El temor a que su vida se derrumbara jamás se había apartado de sus pensamientos, por eso se devanó para ahuyentarlo. Durante toda su vida había esperado que algo bueno le sucediese y ahora que le había llegado lo disfrutaba, pero no completamente porque siempre le acuciaba ese temor de perderlo.

Dicky se reía. Pat había golpeado a aquella inmundicia hasta que perdió el conocimiento. Si se debía al alcohol que había ingerido o a los amoratados nudillos de Pat, no se sabía. El caso es que la lección había sido impartida debidamente. Lo que empezó tomando unas copas, terminó en una paliza. Lomond estaba ahora a su servicio y él lo tendría en cuenta cuando se le pasase la borrachera.

Tirado en el frío suelo, Harry Lomond mostraba signos de tener dificultades para respirar, aunque a ninguno de los que estaba en la habitación parecía importarle lo más mínimo. En aquel club con habitaciones habían visto a tantos de la pasma pidiendo a gritos un poco de aire, que se había convertido en una cosa cotidiana.

A los mierdecillas como Lomond se les llamaba perritos falderos, y él era un ejemplo típico de los de su calaña: un chulo, un matón y, en definitiva, un cobarde. Lo curioso es que a nadie le preocupase que se hubiese apresado a un verdadero poli. Si no era bien recibida, al menos se esperaba, pero se consideraba una detención «honesta». Todo el mundo se mostraba generoso, si tal cosa sucedía, siempre y cuando se mostrasen un mutuo respeto entre ellos. Sin embargo, la captura de una inmundicia de ese tipo era otra historia, un gesto propio de los barriobajeros. Los tipos de esa clase condenaban o pagaban a todo el mundo, todo dependía de si ellos debían o necesitaban dinero. Nadie deseaba buscarse problemas, ni tener que padecer la humillación de ser enchironado por alguien por quien no sentían el más mínimo respeto y, mucho menos, por algo que no cometieron. Los policías serios, cuando te echaban el guante, al menos te concedían el respeto que merecías. Si te cogían con las manos en la masa, entonces era un poli justo, a pesar de que eso cambiaba las tornas del caso, pues ya tenías que decirle a los tuyos, y a todos los que venían después, que habías sido acusado de un delito que no has cometido, de tal manera que cualquier fechoría en la que te vieses involucrado la asumiría a partir de entonces una nueva persona. O bien alguno de los tuyos, no necesariamente un enemigo, te había delatado. En cualquiera de los casos, tanto los policías como los criminales veían tal cosa como una condena poco segura. Especialmente para la persona que la ocasionó en primer lugar.

Para que un sistema judicial funcione, tenía que ser asumido por las personas que habían jurado respetarlo. Los criminales quebrantaban las leyes, los chicos de uniforme los apresaban, así funcionaba el mundo. A nadie le gustaba, pero se aceptaba. Por supuesto, una vez que eso se desmoronaba, era otro cantar. Un juez de plástico era mucho más fastidioso que un hombre sentenciado en prisión. Si arrestaban a una persona que sabían que era inocente, entonces era razonable que pensaran que los verdaderos criminales andaban aún por las calles. También ponía en entredicho todos los casos en los que se hubieran visto involucrados: si habían incriminado a una persona, entonces ¿cuántos más estaban en esa misma situación?

Para mantener la ley, el juez debía estar al margen de cualquier reproche, algo que, por supuesto, no podía aplicarse a los hombres que estaban, no sólo juzgando, sino también enviando a prisión. Se esperaba que mintieran y engañaran, pues eso formaba parte del juego. No había nada peor que te echara un sermón en la sala alguien cuya moralidad estaba por los suelos. El jurado era responsable de asegurarse de que los policías tenían suficientes pruebas para sentenciar a un acusado; el jurado debía disponer de suficientes hechos probados que los convenciera de su culpabilidad. Precisamente, la ley estaba hecha para salvaguardar a la gente inocente cuyo único error fue estar en el lugar equivocado a la hora equivocada. La policía tenía que establecer no sólo un móvil, sino recopilar las suficientes pruebas que demostraran que esa persona que era juzgada había estado en el lugar determinado y a la hora específica.

Sólo porque una persona tuviera aspecto de ser un convicto, no significaba que mereciese ser sentenciado. La ley estaba hecha para proporcionarles un juicio justo. Se esperaba que los criminales mintiesen, pero lo que no se esperaba es que el jurado hubiese llegado a un veredicto antes de que se mostraran las pruebas, ni que un policía que estuviese bajo juramento mintiera, puesto que, por su trabajo, se asumía que lo que decían era siempre la verdad.

La honestidad se suponía que era su punto fuerte. Desgraciadamente, la sociedad de consumo en la que vivían y la relajación de las leyes le pusieron precio. Esa era una de las principales razones por las que tanto se buscaban y se compraban a los policías y los jueces, no sólo como un sistema de alarma previa en el caso de la policía, sino también para librarse de algunos aspectos judiciales cuando ya no se podía evitar el tener que presentarse a juicio y era necesario solicitar la libertad bajo fianza.

Lomond estaba a punto de averiguarlo por sí mismo. Al igual que cualquier camello o criminal, una vez que te desvías del camino de la justicia en tu propio beneficio, ya nadie te quiere, ni nadie confía en ti, ni a nadie le preocupa lo que pueda sucederte. La dualidad de tu vida te ha llevado a quedarte solo. Lomond no era ahora ni chicha ni limonada. En un santiamén, la fortaleza de su posición se había convertido en su mayor debilidad. Ahora era como un fiel perro guardián. Si hacía su trabajo, es posible que le echasen de comer. No obstante, se daría cuenta que había muchos más perritos que llevaban el mismo collar del basurero de donde él procedía.

– ¿Crees que se va a morir? -preguntó Dicky.

Lomond respiraba con dificultad.

Pat se encogió de hombros. El hombre que estaba tirado en el suelo no le gustaba ni un pelo.

– ¿A quién le importa? -respondió.

Lily entró en la prisión y notó que el estómago se le revolvía. Odiaba el olor de aquel lugar y detestaba sentirse confinada. Las paredes estaban mugrientas, olía a pútrido y, para colmo de males, tenía que pasarle un mensaje a alguien que no le gustaba lo más mínimo. Kevin Craig era un hombre con poca imaginación, vicioso y vengativo.

En lo que respecta a Lily, un tipo así hacía juego con aquel lugar. Wormwood Scrubs era un sitio horrible, a pesar de que DuCane Road había sido un lugar agradable en su tiempo. Muy cerca de allí se encontraba el hospital Hammersmith y todavía quedaban algunas casas agradables por los alrededores. Le gustaba la zona, pero odiaba la prisión. Cada vez que entraba allí parecía que las paredes se le fuesen a echar encima y se preguntaba cómo alguien podía soportar aquella tortura.

Para ella, lo peor que le podía suceder a nadie es estar encerrado. No ser dueña de tu vida la aterrorizaba, lo había experimentado con creces cuando vivió con sus padres.

Aquel lugar apestaba a desesperación y valor. Valor era lo que representaban antes sus amigos y familiares cuando cumplían una condena larga. Valor era tener que afrontar que un juez te dijera que tenías que pasarte encerrado los mejores años de tu vida, que eras un estorbo para la sociedad y que lo único que conocerías a partir de entonces era la cárcel. Valor era simular que aceptabas lo sucedido. Valor era lo que te hacía levantarte cada mañana tras esa abominación y lo que te hacía soportarlo día tras día. Valor era, después de todo, lo único en que podías confiar.

Desgraciadamente, el valor era, con mucha frecuencia, lo que había llevado a la mayoría de los convictos hasta el sitio donde ahora se encontraban.

Kevin Craig se sentó y Lil le sonrió temblorosa.

– Gracias por haber venido -le dijo, mostrándole el respeto que automáticamente la reputación de su marido le otorgaba.

– No hay de qué.

Tenía una sonrisa amplia, pero los nervios estaban a punto de jugarle una mala pasada. Una vez más se encontraba en estado avanzado de gestación y se sentó tratando de acomodarse.

Mientras miraba la sala de visitas se sintió asustada nuevamente. Miraba a las mujeres que traían a sus hijos. Todas tenían el rostro compungido y un aspecto desaliñado, aunque trataban de parecer animadas y establecer algún tipo de conexión con los padres de aquellos niños a los cuales, quizá, no podrían volver a abrazar estrechamente en muchos años.

Ésa era su peor pesadilla: perder a Pat y que éste cayera en manos del sistema penitenciario. Verlo enchironado, vulnerable, hundido un poco más cada año le haría buscar consuelo en otro hombre, aunque éste, ni por asomo, se pudiera comparar con el hombre que había perdido sin poder evitarlo.

Kevin le sonrió, como si leyera sus pensamientos.

– Dile a Pat y a Dicky que me he echado la culpa, he mantenido la boca cerrada y los he librado de responsabilidades, pero a cambio quiero que cuiden de mi mujer. Yo sólo soy un recadero que se dedica a recopilar las rentas, nada más. Asegúrate que se paga por mi protección; me lo deben, me deben mucho.

Lil no percibió la amenaza que subyacía en sus palabras, sólo se sintió aliviada. Era algo que podía sobrellevar, algo que sabía hacer muy bien. Le estaba diciendo lo que se suponía que ella le diría. Ten la boca cerrada, la cabeza gacha y las orejas en vilo y todo irá bien.

La esposa de Kevin, Amy, era una de sus amigas. Vivían muy cerca una de la otra y solían charlar cuando se encontraban en el mercado. Conocía a sus hijos de vista, así que le habló de ellos y le aseguró que serían atendidos, que no les faltaría de nada, aunque sabía que les faltaba la persona más importante de su vida después de su madre.

Sin embargo, después de lo que había oído decir a Amy, no estaba tan segura de ello. No obstante, prefirió guardarse sus pensamientos.

En su lugar, le dijo que no tenía por qué preocuparse, que su familia estaba a salvo, al mismo tiempo que rezaba para que nunca tuviera que visitar a su marido con sus hijos en un lugar semejante.

Lil odiaba el aura deprimente de la prisión. Era como si a una la enterrasen viva. Las personas vivían dentro de la cárcel, pero también podían llevar muertos años porque lo único que hacían es existir, no vivir en el más estricto sentido de la palabra.

– Lil lo está resolviendo, así que relájate.

Patrick sonaba más seguro de lo que realmente se sentía, pero sabía que Dicky no se contentaría con eso. A Kevin lo habían apresado por casualidad y aún estaban tratando de aclarar aquel jaleo. Pat era lo suficientemente astuto como para saber que alguien se había chivado de Kevin y estaba muy interesado en saber quién era el culpable. Tenía que ser alguien cercano, puesto que él siempre mantenía sus negocios en secreto. Ni tan siquiera Dicky sabía con certeza lo grande que se había convertido su imperio. De hecho, nadie lo sabía, ya que usaba a distintas personas para cada cosa y él tenía una norma: nunca decirle a tu mano derecha lo que hace la izquierda.

Eso era, sin duda, lo mejor. Las personas sólo sabían lo que le contaban. Si no lo contabas, entonces estabas a salvo.

Por tanto, quien quiera que fuese el que había quitado de en medio a Kevin o bien conocía a fondo sus negocios o tenía un interés personal por ver fuera de las calles a Kevin Craig. De lo primero tenía sus dudas; de lo segundo, sospechas.

Kevin jamás había gozado del don de la amistad. Era como una vieja cascarrabias, siempre buscando desaires por todos lados y molestándose por cualquier insignificancia. Sin embargo, lo peor de todo es que se consideraba un cabeza de turco.

Las personas le dejaban de lo más sorprendido: si eran tan puñeteramente inteligentes, entonces ¿por qué dependían de un sueldo? ¿Por qué depender de nadie para ganarse el pan de cada día? En su momento había tenido algunas afiliaciones con Barry Caldwell, pero ¿por qué pensaba que eso le proporcionaría alguna credibilidad en las calles? Barry había sido estrangulado, ésa fue al menos la noticia que corrió ayer. Él trataría de conseguir la libertad bajo fianza para Kevin, se concentraría en tratar de reducir su sentencia y cuidaría de su familia hasta que los señores jueces considerasen oportuno que se reintegrara de nuevo en la sociedad. Era lo normal, lo que todos esperaban, nada del otro mundo. Eso significaba dos de los grandes menos a la semana, y aquello era lo prioritario. Una vez que se dijera y se hiciera lo posible, no estaba dispuesto a perder ninguna de sus ganancias. No obstante, encontraría al chivato y, como cualquier otro problema, cuanto antes resolviera ese asunto, mejor.

Lil estaba nerviosa incluso después de visitar la prisión. Aquel lugar le ponía los nervios de punta y perjudicaba su vida en todos los aspectos porque le recordaba constantemente lo que podía sucederle, lo rápido que su vida podía cambiar.

Sin embargo, también le recordaba que era mejor guardar esos pensamientos para sí misma. Sentía que toda su vida había andado sobre arenas movedizas y ese sentimiento le abrumaba cada vez que cruzaba las puertas de la prisión.

Era un revés duro, un golpe, la forma que tenía la sociedad de decirle a una persona que estaba excluida, como si se distorsionara el tiempo. Durante toda la vida había escuchado la frase: «el castigo debe ser acorde con el delito», y siempre había estado de acuerdo con ella.

El dinero y la propiedad eran dos razones para que una persona estuviese encerrada durante años. Su marido pertenecía a los de esa categoría, cosa que le perturbaba, especialmente porque sabía que la vida en la prisión acabaría con él.

No obstante, estaba en lo cierto. Los delitos contra el dinero y la propiedad eran castigados con sentencias muy largas, mientras que el asesinato y los delitos sexuales no tanto. Al principio le pareció increíble, pero terminó por creérselo porque su marido se lo había explicado. Ahora, sin embargo, los periódicos hablaban de su caso y eso le atemorizaba. Que su esposo cumpliera menos condena por asesinar a un extraño en la calle que por robar un banco le parecía un ultraje. El quebrantaba las leyes, pero ¿qué delito podía ser peor que asesinar o violar? Estos pensamientos le quitaron el sueño aquella noche.

Pensó por un momento que su esposo podría haber cometido incluso algún asesinato, pero trató de ahuyentar esas ideas. Si hubiese matado a alguien, entonces habría buenas razones para ello, de eso estaba convencida. Tal como le había dicho su madre, entonces sería como un gaje más del oficio. Sin embargo, estaba segura de que él no había hecho tal cosa, que jamás haría algo semejante.

Mientras se servía una taza de té miró alrededor, tratando de absorber todo lo que había en la cocina. Si se comparaba con el lugar donde se había educado, aquello era todo un lujo, a pesar de que ahora se daba cuenta de que no vivían al nivel de las ganancias de su marido. -Vivían bien, pero sin excesos. Pat siempre decía que lo primero que suscitaba el interés de la bofia era una casa agradable, un buen coche y la carencia de un empleo. Sus negocios legales le habían proporcionado ese estándar de vida y así era como vivían. En realidad, mucho mejor que la mayoría de las personas.

¿Qué sucedería si perdiera todo eso en un santiamén? ¿Qué recordaría? ¿Qué echaría de menos? Al igual que su marido, vivía el presente y, si todo aquello desapareciese, entonces haría las maletas y se marcharía sin mirar atrás. No obstante, algo en su interior le dijo que estaba equivocada. Tenía un hijo, otro venía de camino y, por tanto, debía sentirse establecida y no como si sólo fuese una parada más del camino. Éste debía ser un buen sitio para asentarse y esperar al hombre que dominaba su existencia. De todas formas no estaba sola. Había muchas otras mujeres en su misma situación, mujeres que vivían sus vidas de la misma forma que ella.

Por primera vez en la vida estaba realmente preocupada por lo que el futuro pudiera depararle. Pat no era un estúpido y esquivaría la ley, pero ella, preñada de nuevo, temía quedarse sola. Ver las prisiones desde tan cerca y de una forma tan personal le provocaba un terror espantoso. Mientras miraba a su hijo jugar con sus juguetes en el suelo de linóleo notó que ese malestar tan familiar volvía a afligirle. Patrick decía que era por el niño que llevaba en su vientre. Cuando lo tuviese se sentiría mejor. Ella, sin embargo, no estaba tan segura.

La prisión le producía los mismos sentimientos que había experimentado de niña. La enorme soledad que impregnaba el lugar ya era terrible de por sí, pero que le dijeran cuándo debía comer, dormir e incluso cagar debía de ser horrible. Vivir toda la vida con un horario que, además, estaba planeado y ejecutado por personas tan detestables que cruzarías la calle para no darte de cara con ellas, era lo peor que a uno le podía ocurrir en la vida.

Vivir a merced de otras personas era algo que conocía de sobra, pero lo detestaba de tal manera que hasta ella misma se sorprendía. Cogió a Pat Junior del suelo y lo estrechó entre sus brazos, a pesar de que el niño forcejeó para que lo dejara en el suelo con sus juguetes. Necesitaba del contacto corporal constantemente. Después de haber carecido de tanto afecto, ahora lo anhelaba desesperadamente. Que su marido le pasase el brazo por encima del vientre era lo que le daba la vida: una necesidad.

Desde que Pat la utilizaba para hacer visitas y transmitir mensajes se había dado cuenta de lo verdaderamente precaria que era su vida. Dejó al niño quejándose en el suelo y encendió un cigarro con manos temblorosas. Necesitar a las personas siempre le había traído problemas. En momentos como ése pensaba que mejor se hubiera quedado como estaba. Entonces se daba cuenta de que estaba desaprovechando algo, pero no sabía exactamente qué. Ahora que lo descubría se sentía aún peor.

Inspiró profundamente y luego suspiró de nuevo.

La vida, después de todo, es lo que uno hace con ella, y Pat estaba haciendo lo posible para que la suya fuese realmente maravillosa. Sin embargo, esta última palabra sonaba vacía y sin sentido hasta para sus propios oídos.

Capítulo 3

Todo el mundo, especialmente la policía, sabía que Pat se había quitado de encima a sus anteriores rivales. La suerte, sin embargo, quiso que nadie, incluyendo la misma policía, se preocupase lo más mínimo. La muerte de Billy Spot era algo que se veía venir, por tanto lo importante era quién se encargó de ello, no cuándo sucedió. Pat Brodie era uno de los aspirantes y ese dinero bien gastado había corrido de su cuenta.

Cuando eliminó a Spot abrió el West End a todo el mundo. A diferencia de Spot y sus compinches, Pat y sus cohortes no tenían el más mínimo inconveniente en dejar que la gente realizara sus operaciones con cierta tranquilidad y paz. Siempre y cuando, claro, se garantizara que un porcentaje de los beneficios que proporcionaran esas operaciones fuese a parar a sus bolsillos. Así estaban todos contentos. Pat era un tipo justo y los hermanos Williams, que estaban de su lado, personas amigables, dispuestas a entablar negociaciones. El dinero floreció para todos, desde los vendedores callejeros hasta los propietarios de los clubes. La vida resultaba más fácil que en años anteriores, ya que Pat y los suyos hacían acto de presencia en las mismas calles que supervisaban. Por ese motivo, nadie se tenía que preocupar de visitas nocturnas indeseadas, ni de que se le exigiera el dinero por protección dos veces en la misma noche. Spot no había vigilado a sus hombres cuando las cosas empezaron a ponerse feas. Ahora todos se estaban beneficiando y el ambiente se relajó tanto que descargaron las escopetas que tenían debajo de los mostradores y guardaron las pistolas que llevaban en las guanteras de los coches.

Hasta que se enteraron de lo que le había ocurrido a aquel mierdecilla por medio de un cliente descontento. Kevin Craig había sido vendido por un hombre llamado Denny Harrys y, aunque esto había sido motivo de preocupación por un tiempo, terminó siendo una bendición.

Denny está resentido y, al parecer, con razón porque Kevin había sido un chulo ambicioso que quería llevarse más de lo que le correspondía. Le estaba sacando el doble de lo que debía, lo cual estaba muy mal visto a ojos de todo el mundo. Aquello, sin embargo, era otra historia. La mayor ofensa radicaba en que Denny había hablado y, aunque Kevin no estaba implicado, no había razón que pudiera justificar los actos tan deplorables de Denny. Chivarse de alguien a la pasma era lo mismo que cometer un acto de traición, y Denny cometió ese error precisamente en un momento en que no sólo era imprescindible dar una lección, sino algo que los altos mandos agradecerían de verdad.

Pat y los hermanos Williams sabían que, para consolidar su nueva notoriedad, debían sentar ejemplo con alguien. Billy Spot y Barry Caldwell habían sido peces gordos y todos los peces gordos tenían que afrontar un reto más tarde o más temprano. Ahora necesitaban que los chulos, los estafadores, los corredores de apuestas y los propietarios de clubes, es decir, los que a partir de entonces serían el sustento de sus vidas, supieran que ellos tenían el ojo puesto en sus negocios y sabrían de inmediato si ocultaban sus ganancias. Pat sabía que todo aquel que se estuviera buscando la vida sin pagar su cuota alardearía posteriormente de ello, por lo que si no recibía ninguna clase de retribución, no los considerarían una verdadera amenaza. Al contrario, empezarían a hacer sus negocios sin consultarles y ése sería el principio de su fin. Por eso, el primer gesto de desobediencia debía ser resuelto con la mayor presteza posible, de forma violenta y armando el máximo jaleo posible. Si se pasaba por alto, los demás empezarían a rebelarse y perderían el control, ya que los pequeños negocios son los cimientos de cualquier imperio. La renta, así se la denominaba, era lo que hacía que todos estuviesen vigilantes. Si uno se pasaba de la raya por unas cuantas libras, se asumía que eras capaz de asesinar por una cantidad mayor. Eso era un dilema para todos los que controlaban cualquier negocio, legal o ilegal.

Denny, por tanto, debía haber acudido a ellos para resolver el problema. Todos habrían salido ganando. A Kevin le habrían dado un tirón de orejas y todo se habría resuelto en cuestión de cinco minutos, sin consecuencias para nadie. Denny, sin embargo, había tenido el descaro de ignorarlos, de resolver por su cuenta el problema con Kevin, que era un auténtico grano en el culo para los mandamases y una escoria entre los de su jerarquía. Además, cuando se dio cuenta del error que había cometido al pasar por encima de los jefes de Kevin, no hizo otra cosa que acudir a la bofia. Aunque pareciera increíble, eso era lo que había sucedido.

En pocas palabras, lo que había comenzado como una monstruosidad terminó por convertirse en algo beneficioso para todos. Se habían librado de Denny como lo que era: un traicionero. Y lo habían hecho mediante una paliza tremebunda. Si lograba caminar de nuevo sería un milagro y, además, lo haría como un chivato, por lo que de momento nadie tenía por qué preocuparse de él.

Los Williams permitieron que se supiera que aquella inmundicia, así lo quiso la suerte, fuese uno de ellos, y Pat entregó todos los intereses financieros de Denny a una empresa local que empezaba a ser reconocida y fructífera, pero que jamás se convertiría en adversario de nadie porque no disponía de las armas necesarias. Por tanto, aquello podía considerarse un gesto perfecto de relaciones públicas.

Cobrar las rentas era una cosa, pero mantenerlas era algo muy distinto, y ellos lo sabían. Ahora que todos los del barrio sabían que tenían el control de la situación, la vida resultaba más sencilla que nunca.

Los chivatos tenían que ser castigados con la máxima severidad porque no sólo afectaban a la vida de las personas, sino que a veces eran el motivo de que los hombres estuviesen separados de sus familias durante muchos años. Los niños perdían un padre, las mujeres un esposo y las madres un hijo. Por ese motivo se les consideraba escoria, el escalafón más bajo de la sociedad. En consecuencia había que trasmitir un mensaje: el culpable de semejante traición tenía que llevar las cicatrices de su fechoría de por vida. Se consideraba una conducta deplorable, de lo más rastrera, ya que se había confiado en ellos y se les había permitido tener acceso al mundo de las personas que luego traicionaban. En pocas palabras, tenían que ser castigados públicamente y con el mayor dolor y humillación posible, para que todo aquel que tramara algo que estuviera fuera de lo normal se lo pensara dos veces.

Denny llevaba ahora la marca de los chivatos, conocida también como la «sonrisa permanente». Era un regreso a los años cincuenta, pero veinte años después seguía funcionando. Le habían rajado la boca de lado a lado con un cúter y ahora, cada vez que se mirase al espejo, se acordaría de lo que había hecho.

La cicatriz también sería una garantía de que sería rechazado en cualquier ambiente, no importaba dónde se fuese. Era un paria, un fugitivo y, lo más importante, hasta él mismo se consideraría un gilipollas. Hasta sus hermanos le habían dado la espalda, al igual que harían sus hijos.

Pat seguía estando en la cresta de la ola. Los hermanos Williams eran sus socios y todos estaban haciéndose de oro. Tenían a mucha gente trabajando para ellos en las calles y mucho tiempo para divertirse. Puesto que eran los dueños de los salones de masaje, las casas de apuestas y los clubes, el tiempo de ocio y las reuniones de negocios solían celebrarse en esos lugares.

Pat, sin embargo, nunca dejó de volver a casa, al contrario que los Williams, que creían tener sus propios lugares de esparcimiento. Resultaba difícil para cualquiera llevar esa clase de vida y aun así querer regresar a casa para estar al lado de su mujercita. La esposa era respetada, amada incluso, pero su principal atractivo radicaba en no contrariarla. Los hombres, no obstante, no consideraban eso un impedimento para sus diversiones. Así era la naturaleza de sus vidas: extraña o echada a perder, como solía definirse, era lo único que tenían. Incluso para aquellos que no eran precisamente un primor.

Las chicas hacían cola para estar con ellos y los hombres elegían creyendo que se debía a su apuesto rostro y a su seductora personalidad. Se olvidaban de que esas mujeres estaban más que predispuestas a acostarse con cualquiera con tal de que les reportara unos beneficios económicos. Parecían ignorar que aquellas mujeres eran mejores actrices en la cama que las mejores divas de Hollywood, que tales mujeres preferían dormir con un solo hombre, fuese quien fuese, que irse del brazo con cualquiera que deambulara por su limitado entorno. Al lado de un tipo de aquéllos, aunque fuese un criminal, al menos se ganaban algún respeto, disponían de algo de dinero, tenían un cómodo alojamiento y, si abrían algún nuevo garito, a lo mejor tenían la suerte de desempeñar el papel de encargadas de las chicas. Ya había algunas ocupando ese puesto, conocían cómo funcionaban las cosas, eran leales y, sobre todo, sabían guardar un secreto. También eran mujeres que sabían resignarse si otra chica más joven, lozana y fresca le quitaba su hombre. Habían tenido todo lo que deseaban. ¿Por qué se iban a preocupar entonces?

Eran las amantes perfectas, en ningún momento trataban de pasarse de la raya y eso les garantizaba un afecto y una lealtad que podía durar muchos años. Las esposas, sin embargo, tenían algo que estas chicas no poseían: tenían el respeto de sus maridos y, por esa razón, podían sentirse seguras aunque se pusieran gordas, perdieran interés por el sexo o se convirtieran en fanáticas religiosas. La esposa siempre estaba en una posición de ventaja, y una esposa inteligente sabía utilizar eso a su favor haciendo caso omiso de las acrobacias sexuales de su marido y disfrutando el fruto de sus ganancias. No era nada personal, sino un gaje más del oficio.

Hasta Pat echaba a veces una canita al aire. Un culito nuevo era algo que ningún hombre rechazaba y él no era diferente; además de que tenía más posibilidades que la mayoría. Sin embargo, eso era lo único que se podía esperar de él. Nunca repetía con la misma chica y siempre lo hacía sin preámbulo ninguno. Ni tan siquiera la invitaba a una copa, ni a cenar, ni tampoco se molestaba en llevarla hasta su casa. Bajo ningún pretexto repetía, ni tampoco se involucraba en sus vidas. Le gustaba que se la chupasen, nada más, cosa que nunca le hubiera pedido a Lil que le hiciese, ni lo abría esperado de ella. De hecho, sólo se lo había hecho en raras ocasiones, cuando Lil estaba indispuesta por el embarazo o después de haber dado a luz. Era sólo para salir del paso. Algo que no tenía nada que ver con su familia, ni con su estilo de vida.

Ésa era otra razón por la que le respetaban sus compinches. Nadie hablaba de él, de hecho nadie sabía nada de su vida íntima. Hasta los Williams tenían que admitirlo.

Lil asistía a misa con regularidad. Era demasiado joven como para oponerse a sus intereses y la amaba como mujer y por todo lo que representaba para él. Además, ahora, a su manera, se había convertido en una pieza fundamental de su organización. Él la utilizaba y ella era lo suficientemente lista como para saberlo. Era, en definitiva, la única persona en la que podía confiar.

Lil continuó visitando las prisiones y haciendo de paloma mensajera. Jamás se le pasó por la cabeza dejar de hacerlo, pues su marido esperaba que así fuese y ella satisfacía sus deseos. Además, le hacía sentirse necesitada, parte de todo.

También pensaba que, a los diecinueve años y con dos hermosos niños y suficiente dinero como para vivir mejor de lo que muchos hubieran soñado, sería capaz de hacer caso omiso de cualquier rumor o sospecha que hubiera tenido con respecto a su marido.

Lily Brodie, Diamond de soltera, era de las que creían en eso de «ojos que no ven, corazón que no siente». Sin embargo, instintivamente, supo cuándo le había sido infiel por primera vez. Había percibido su vergüenza, había palpado su traición, a pesar de que siempre supo que ese día llegaría. No sabía cómo lo había averiguado. A pesar de ser tan inocente sexualmente y seguir siéndolo de alguna manera, algo dentro de sí le había hecho darse cuenta de que estaba en lo cierto.

También sabía que sería una estupidez armar un jaleo por eso. No tenía ni la menor duda de que para él aquello no había significado nada, por tanto, tampoco debía significar nada para ella. El no era un hombre normal y, si trataba de convertirlo en algo semejante, estaba condenada al fracaso. Había visto las consecuencias que traía intentar domeñar a tu pareja, lo que siempre terminaba en lágrimas. Los hombres acababan por abandonar hasta la más virginal de las esposas, la madre de sus hijos, porque se habían convertido en algo demasiado cotidiano. Ninguna mujer, no importaba quién fuese, podía competir con una jovencita y el misterio que suscitan unas bragas de seda y una sonrisa lasciva. Por ese motivo, desde que se casó, tomó la decisión de ignorar su otra vida; al fin y al cabo, era la única forma de poder sobrevivir.

No importaba lo mucho que su madre tratara de envenenarle la mente, ella sabía que la mujer que podía arrebatarle a Par aún no había nacido.

Cuando salían juntos se daba cuenta de la forma en que las mujeres le trataban y sabía que la tentación estaba al alcance de su mano a diario. Lily tenía el mismo apetito sexual que su marido, por eso apreciaba que se aprovechara de ello durante el quehacer de sus negocios. Los hombres como Pat Brodie necesitaban sacarle jugo a la libertad, pues nunca sabían cuándo se la podían arrebatar.

Ignorarlo era lo mejor que podía hacer. No le quedaba más remedio que aceptarlo y no tenía la menor intención de arrojar su vida por la borda por algo tan trivial para ella y tan insignificante para él dado que se olvidaría de ello a los pocos minutos de haber acabado.

Prefería vivir con él, y con todo lo que eso conllevaba, que sin él. También se había dado cuenta de que tenía que convertirse en algo más que una mera esposa y madre de sus hijos. Tenía que establecer una conexión con él que los uniera al margen de sus mutuos hijos. Estaba decidida a convertirse en una parte importante de su vida por derecho propio.

Que él le fuese infiel era algo que esperaba y aceptaba. Era inevitable. Era realista y esperaba que su honestidad no se viera recompensada rompiéndole el corazón con su deslealtad. Sus incursiones en el mundo de lo desconocido no eran habituales, al contrario que lo que sucedió con sus contemporáneos.

La primera vez que sucedió fue como si le arrancasen el corazón. Luego sintió desprecio por la mujer que había permitido que la usasen de esa forma, a pesar de provocarle cierta lástima porque la vida que la chica llevaba garantizaba que los encuentros con hombres como su marido fuesen algo de prever.

Lily poseía una amabilidad innata que le permitía ver a todo el mundo con los mejores ojos. Una vez que entró en uno de esos clubes dejó de considerar a las mujeres como putas o rivales y las consideró víctimas. Víctimas de los hombres, ya que, obligadas por las circunstancias, utilizaban lo único de valor que poseían. Si tuviera hijas, las educaría para que pudieran tener distintas opciones si su vida cambiaba de color.

En cierta ocasión fue a uno de los clubes de alterne para entregar un mensaje después de una de sus visitas a la prisión y fue testigo de un incidente con un cliente que armó la de san Quintín cuando se le entregó la factura. Observó como el portero trataba de calmar la situación y vio que la factura se pagaba en su totalidad, pero la chica de alterne se quedaba sin lo suyo. Lil dio entonces un paso hacia delante y, antes de que el cliente dejara el local, le obligó a pagarle a la chica también. Después le hizo saber al portero que, a partir de entonces, las chicas eran su principal prioridad, ya que eran quienes atraían los hombres al club.

Si no había chicas, ¿por qué iban a pagar aquellos hombres esas facturas tan desorbitadas? ¿Por qué iba a pasar la noche entera una chica con un cliente pensando en el dinero que reportaba al club si luego se le dejaba marchar sin pagarle a ella?

Para Lil esto era ridículo, pero entonces era demasiado joven para saber que chicas como aquélla había a millones. Chicas bonitas había por todos lados y mujeres dispuestas a sentarse en la mesa con los clientes a montones. Los hombres se iban de las casas huyendo de sus hijos sin preocuparse lo más mínimo. Las mujeres, por el contrario, no podían permitirse ese lujo, aunque lo desearan. No les quedaba otra opción que buscarse la vida para poder dar de comer y vestir a sus hijos, razón por la que los clubes estaban repletos de ellas.

Desde esa noche, sin embargo, el portero le siguió la corriente a Lil y las chicas quedaron encantadas con ella.

Fue una situación difícil para Patrick Brodie cuando escuchó lo que le contaba Lil. Jamás en la vida se hubiera preocupado por una prostituta, pero la prostituta en cuestión era una amiga de Lil que había trabajado con ella en la fábrica de cigarrillos. Verla reducida a tener que alternar porque su marido la había dejado tirada con tres hijos hizo que la poderosa y equitativa Lil Brodie se enfadara más de la cuenta. Y se lo hizo saber a Patrick en términos muy claros.

En cualquier caso le gustaba el ambiente de los clubes. Allí disfrutaba de la camaradería de las chicas y le recordaba sus tiempos en la fábrica, cuando se sentía parte de un algo. Descubrió que le gustaba salir de casa y estar con otras mujeres; lo que le hizo sentirse también más cerca de su marido. Al igual que muchas mujeres jóvenes, estaba ávida de excitación y, repentinamente, tuvo toda la que deseaba.

Ahora que Pat deseaba que interviniera más en los clubes se dio cuenta de lo dura que era la vida de las mujeres que trabajaban allí. Ni tan siquiera se daba cuenta de que su marido explotaba esa amabilidad innata que poseía porque se percataba de cómo reaccionaban las chicas ante ella y cómo las trataba. Lil era una anfitriona por naturaleza y no le producía la más mínima aversión ver a un cliente molido a palos por no querer pagar su abultada factura.

Pat estaba encantado de que su Lil, el amor de su vida, quisiera trabajar para él y quisiera llevar sobre sus hombros la carga que representaban las chicas. Empezó a ir de club en club, lo controlaba todo y se aseguraba de que todo funcionase debidamente. Tenía un don especial para ese trabajo, además de un olfato especial para captar a los problemáticos, ya fuesen hombres o mujeres. Se le daban bien las cuentas y las cuadraba antes que él. En realidad se había convertido en una persona de valía y Pat estaba encantado y sorprendido de que quisiera trabajar con él, a pesar de haber descubierto, por sí misma, en lo que estaba involucrado. Al contrario que muchas otras esposas, ella era un verdadero tesoro. En esa época en que las mujeres eran usadas y explotadas, ella utilizó su astucia para beneficio de todos.

Pat había creído que la prostitución iría en contra de sus principios, pues era muy remilgada para muchas cosas. Sin embargo, sabía mejor que él qué es lo que empujaba a que las mujeres vendieran su cuerpo.

De alguna manera estaba dejando huella, además de que se aseguraba de que los clubes funcionaran debidamente, lo que le daba más tiempo a Pat para dedicarse a los otros negocios. Muchas de las personas que trataban con él no se sorprendían, pues lo consideraban en ese aspecto un calzonazos. Sin embargo, cuando se atrevían a decírselo a la cara, Pat respondía que si no podía confiar en ella, ¿entonces en quién coño podía hacerlo?

Lil trataba de acostar a los niños. Ya estaba vestida e intentaba inútilmente acallar las voces de su madre.

Desde que se casó, su madre le había prestado una considerable ayuda. Al principio le pareció casi irreal y Lil tardó lo suyo antes de permitirle que participase en su nueva vida.

Sin embargo, después del nacimiento de Lance, su segundo hijo, su madre volvió a las andadas y se pasaba el día señalándole los errores y haciendo comentarios ingratos, por lo que cada vez resultaba más difícil simular que entre las dos todo iba bien.

Annie apreciaba de verdad a su primer nieto, Patrick Junior, pero de Lance estaba perdidamente enamorada. Desde que salió del vientre de su hija, un mes antes de lo previsto, pateando y gritando, se volvió loca por él. Parecía como si fuese ella quien lo hubiese parido.

Mientras Lil miraba a sus hijos dormirse, se preguntó por qué no sentía lo mismo. Quería a su segundo hijo, pero le parecía un niño muy extraño que se pasaba el día observándola, como si tratase de medirse con ella, como si esperase a que metiese la pata. Era un chico guapo, con el pelo oscuro como su padre y los ojos grises y pálidos de su abuela Annie. Llamaba la atención y las personas comentaron sobre el color de su piel desde el mismo día en que nació. Sin embargo, el sentimiento de culpabilidad que sentía Lil con su hijo nacía del simple hecho que le resultaba desagradable tocarle. Le dejó de dar el pecho en cuanto pudo y cambió al biberón con demasiada rapidez, según le dijo su madre, a pesar de que eso suponía tener que cuidar de él durante horas interminables. La piel de Lance siempre estaba pegajosa al tacto y, al contrario que Pat, era tan huesudo que resultaba desagradable tocarle. También estaba muy bien dotado, lo que provocaba que su padre siempre estuviera haciendo comentarios de mal gusto que le hacían sentirse a disgusto con él. Allí estaba, tendido, con tres años de edad, con las piernas plegadas y llevando aún pañales, mientras su madre comentaba que aquel niño hacía las cosas a su debido tiempo. Sin embargo, Lil pensaba que era la pereza lo que le mantenía pegado a los pañales, no había otro motivo. Lance dejaba que Pat Junior le hiciera todas las cosas y manipulaba a todo el que tenía a su alrededor, especialmente a Annie. Y lo hacía sin el más mínimo esfuerzo además. Hasta Patrick estaba prendado con él, cosa que le hacía sentirse mal, ya que, por muy culpable que se sintiese, no podía ver a ese niño con los mismos ojos que a los demás.

A pesar de eso le quería y, a su manera, le protegía, pues era su hijo y lo había parido. Era su responsabilidad y, al contrario que su madre, quien la dejó de la mano de Dios, estaba decidida a que ninguno de sus hijos se sintiera ni por un instante abandonado, solo y rechazado. Eran sus hijos y moriría por ellos si hacía falta. Cuando se inclinó para besar la cabeza de Lance, el olor tan peculiar de su orina y de su sudor la echó una vez más para atrás. No podía entender por qué se sentía tan incómoda y los sentimientos que le provocaba le hacían cuestionarse su papel como madre.

Pat Junior estaba acostado en la otra cama, sonriéndole, y su sonrisa le levantó el ánimo. Aquél sí era un niño al que amaba de verdad. Era un chico alegre y saludable que, al contrario que Lance, hablaba con ella y se comunicaba. Lance apenas pronunciaba palabra, y no porque no pudiese, sino porque no quería.

– Buenas noche, mamá.

Lil le sonrió a su hijo mayor y su corazón se sintió henchido de orgullo. Su pelo oscuro y sus ojos azules hacían una perfecta combinación. Parecía irlandés y tenía mucha labia, como solía señalar Pat en tono de broma.

Le encantaba que le hiciesen arrumacos y siempre se veía obligada a estrecharlo entre sus brazos.

– Ahora a dormir. Cuando regrese te traeré unos caramelos.

Estaba encantado, ya tenía garantizados sus dulces y sus ojos empezaban a cerrarse cuando ella salió de la habitación.

Annie estaba preparando una taza de té y Lil, como siempre, se sintió perturbada por su presencia. Se sentía responsable de la gente, a pesar de que en su interior sabía que no era asunto suyo. Su madre la había tratado como a un perro toda su vida. Pat le preguntaba constantemente que por qué se sentía responsable de ella, pero Lil le respondía que, después de todo, era la única madre que iba a tener. Al igual que Lance, era de su familia y jamás la dejaría tirada. Nadie en el mundo conocía sus verdaderos sentimientos por su hijo menor y no dejaría jamás que nadie lo hiciese.

Mientras Annie mezclaba deliberadamente el té con un poco de whisky Bushmills, Lil dibujó una sonrisa forzada y dijo alegremente:

– Me marcho, madre.

– Cada vez te pareces más a esas mujeres que trabajan para ti.

Se suponía que era un comentario de broma, pero el sarcasmo siempre estaba presente.

Lil miró aquellos ojos tan apagados como los suyos y sintió repentinos deseos de ponerse a gritar. Estaba angustiada, sofocada y, al igual que Patrick Brodie, se preguntaba por qué tenía que soportarlo día tras día. Su madre era como una serpiente inyectando su veneno en los oídos de sus hijos. El sentimiento de culpabilidad es algo muy extraño, algo muy destructivo.

Cuando Lil salió de su casa, el silencio era ensordecedor y el ambiente estaba cargado de pensamientos ocultos y emociones indeseables.

Al salir al frío aire de la noche pudo respirar de nuevo. Inspiró profundamente, como si su vida dependiese de ello.

Ruby Tyler le sonrió a Pat mientras éste recorría con la mirada el club. Buscaba a alguien en particular, aunque nadie lo diría por la forma en que se comportaba.

Notó que Ruby le miraba y deseó no haberse emborrachado tanto la noche anterior. Ruby era ambiciosa y ahora que le había prestado un servicio esperaba cobrar su recompensa. Lo veía como un escalafón más alto, un medio de subsistencia para su predecible futuro. Pat se dio cuenta de que no era una mujer de la que resultaría fácil librarse; de hecho, ya le estaba mirando molesta por su falta de interés. Ruby, desgraciadamente para ambos, tenía una opinión muy elevada de sí misma.

Cuando Pat cruzó la sala del club para dirigirse a su pequeña oficina se dio cuenta de que no tardaría en ir detrás de él.

Se estaba sirviendo un whisky cuando oyó que entraba en la habitación. La puerta se cerró silenciosamente y él respiró hondo antes de decirle:

– ¿En qué puedo ayudarte?

Cuando le miró a la cara, se quedó maravillado de la estupidez de las mujeres. Especialmente de las mujeres como Ruby. Era atractiva y estaba buena, ésas eran sus prerrogativas, por supuesto, pero también una buena razón para que se hubiese dado cuenta de que él no deseaba una relación larga con ella por el simple hecho de haberle echado un polvo.

Ruby, por su parte, sabía de sobra que era una chica atractiva, pero también una arpía. Creía que tenía suficiente cuerpo y picardía para domesticar al más salvaje de los hombres. Patrick Brodie era un trofeo para cualquiera, así que imaginó que podría aspirar a ganarse su afecto. Pat era un hombre casado con dos hijos, así que debía de estar muy aburrido, además de que era un hombre importante, en línea con ella. Ruby ansiaba la notoriedad que podía proporcionarle ser su querida, además de que podría proporcionarle un buen puesto en el club. También era una mujer realista y sabía de sobra que jamás se casaría ni viviría con ella. Sería tan sólo su querida, pero con eso se contentaba. El la había escogido y ahora estaba decidida a sacarle todo el jugo a esa oportunidad. Como le había comentado a su mejor amiga, no dejaría escapar ese pájaro sin pelear.

Patrick la miró fijamente y ella pudo sentir el enorme magnetismo que los hombres peligrosos parecen poseer en abundancia. Era un tipo atractivo, de eso no cabía duda, cosa que hacía juego con su reputación y con su estatus financiero, el sueño de cualquier chica de alterne. Ella lo único que deseaba era un hombre con influencias. No tenía ni el más mínimo interés en su lealtad, ni en nada que le perteneciese, ni llevar una vida matrimonial con él. Al menos no por ahora. Lo único que quería eran sus quince minutos de gloria.

– ¿Sí?

La fría mirada de sus ojos azules le hizo titubear por unos segundos. Luego sonrió, mostrando sus perfectos dientes. Ruby tenía una sonrisa encantadora y se había gastado una fortuna para garantizar que siempre fuese así. Cuidaba su cuerpo con el único fin de que no terminase como el de su madre. Vieja antes de tiempo, vestida como una mujer mucho mayor que ella y todo porque su vida terminó de forma repentina al aceptar un anillo de boda.

– ¿Acaso estás agilipollada?

Ruby le miró fijamente, sin saber qué decir, con la sonrisa dibujada en su excesivamente maquillado rostro.

Pat se acercó hasta ella. Lo hizo sin ningún apresuramiento. No parecía enfadado, por eso ella no se preocupó hasta que no le aferró por la garganta y la empujó contra la puerta.

– Escúchame y escúchame bien. Si vuelves a acercarte a mí a más de un metro de distancia te romperé el cuello. ¿Me entiendes o debo tatuártelo en tu jodido culo?

Pat hablaba en voz baja y comprendió que no se había percatado de la situación.

Ruby Tyler estaba aterrorizada del hombre que hace unos instantes había considerado una presa fácil.

Él la miró a los ojos, expectoró con todas sus ganas y le escupió en la cara. La flema le dio en las mejillas, los residuos le empaparon los ojos; luego, los cerró, esperando cualquier cosa.

– No vuelvas a acercarte a mí o lo lamentarás el resto de tu vida. Un polvo mal echado sólo me provoca náuseas. Ahora vete. Coge tu abrigo y todo lo que tengas y desaparece de mi vista, ¿me oyes?

Asintió. Su pelo perfectamente peinado hacia atrás permanecía inmóvil a pesar de lo violento que había sido el ataque. Él le soltó la garganta y ella se echó instintivamente sobre la puerta, tratando de recuperar el aliento poco a poco.

Pat regresó al escritorio y empezó a ordenar sus papeles, mientras ella desaparecía haciendo el menor ruido posible.

A Patrick le costaba un enorme esfuerzo controlar su rabia y una gilipollas como ésa podía arruinarle la vida. Por muy comprensiva que fuese Lil, si le plantaba cara una cabrona como aquélla no dudaría en hacer algo, aunque sólo fuese para hacerse valer. El no podía permitir que eso sucediese. «Ojos que no ven, corazón que no siente», ése había sido su lema siempre y no veía razón para que lo cambiase sólo porque una gilipollas con la cara bonita se creyera más de lo que es.

Al igual que la mayoría de las personas, ya tenía demasiados problemas como para meterlos en casa; mucho menos porque una gilipollas como ésa no se enterase de cómo funcionaban las cosas.

Annie Diamond se dirigió hasta la puerta principal, y lo hizo deslizándose con pasos ligeros sobre la alfombra que tanto le agradaba. Que Lil, esa insulsa mequetrefe, hubiera llegado tan lejos en la vida le corroía de envidia, a pesar de que la posición de su hija no sólo le había hecho ganarse el respeto, sino que le había proporcionado un techo decente donde cobijarse y unos beneficios bastante consistentes. Los celos que sentía por su hija no tenían límites.

Al abrir la puerta sonrió con malicia y Mick Diamond entró sin hacer el más mínimo ruido.

El terror de su vida, el hombre que la había coartado desde siempre porque darle un nombre a su hija había sido lo más importante de todo, de nuevo había hecho acto de presencia. La diferencia estribaba en que ahora él la necesitaba más a ella que ella a él.

Sin embargo, lo más importante para Anni en aquella época es que se podía sentar con él y poner verde a su hija sin temor a que se enterara o que su marido se lo reprochase.

Mick y Annie por fin habían logrado tener algo en común: ambos estaban decididos a aprovecharse en lo posible de la buena suerte de Lil, y más decididos estaban aún a esperar pacientemente hasta que llegase el día en que Patrick Brodie se cansase de ella y la cambiara por una chica más joven y guapa. Aunque eso significaría que se les cortaría el suministro de dinero, ambos estaban de acuerdo en que se le había subido demasiado a la cabeza.

Mick se sentía despreciado por Lil y su marido; de hecho, él lo había humillado e ignorado en más de una ocasión. La primera vez que se acercó, mientras charlaba con Lil en el pub, Patrick actuó como si no existiese y se quedó allí con ese aspecto amistoso mientras sus compinches se miraban entre sí con complicidad. Lil le miró y él se sintió encantado de ver un ápice de miedo en sus enormes ojos grises.

La segunda vez Mick esperó hasta que Pat estuvo a punto de salir de la casa. En ese momento lo detuvo, se presentó amablemente y se comportó como un padre interesado por el bienestar de su hija. Patrick Brodie le respondió que sabía que era un chulo de mierda que se había comportado toda su vida como un cabrón con Lil. Por eso, si creía que su matrimonio con él le iba a reportar alguna ganancia, entonces es que era más gilipollas de lo que había creído. También le advirtió que, si volvía a acercarse a él, podía estar seguro de que pasaría el resto de su vida en una silla de ruedas.

Mick no tuvo otra opción que obedecer y, cuando su esposa se marchó sin pedirle ni permiso, lo pasó aún peor. La supervivencia del más fuerte era un acto natural y él estaba ahora tan abajo en la cadena alimenticia que se podía decir que era un plancton humano. La época en que podía sembrar el terror se había acabado y las ganancias de su hija estaban fuera de su alcance.

Su esposa le dejó sin preocuparse lo más mínimo de él y se congració, marchándose con su hija y su nuevo pretendiente. Firmó los papeles concediéndole el permiso a su hija para que se casara, además de esforzarse para entrar en el lote.

Sin embargo, tenía una ventaja. Lil era su hija, sangre de su sangre, y la sangre era algo de mucha importancia en West End, algo a lo que no era fácil darle la espalda. Lil no era diferente en ese aspecto. Cerrarle la puerta a un padre, no importa cómo se hubiese portado, se consideraba un acto de arrogancia insoportable. La única excusa válida para dejar tirado a un padre o una madre era demostrar que había sido un soplón o un pederasta. Cualquier otra cosa era perdonable y debía guardarse en privado. Dentro de la casa uno tenía derecho a todo, incluso a patear a esa inmundicia si se quería. Pero de puertas para fuera uno tenía que aparentar que cumplía con su deber.

Ahora allí estaba él, dependiendo de la mujer que le había engañado para que se casase y adoptase la hija de otro, la misma que jamás le dio uno del que poder presumir de propio. Sin embargo, gracias a la personalidad naturalmente antagónica de Annie, había logrado introducirse, aunque fuese arrastrándose como un gusano cuando Lil y Pat no estaban en la casa. Entonces, no le quedaba más remedio que soportar esa letanía de quejas de su esposa para que le diese unas libras antes de marcharse y no los sorprendieran juntos.

También se enteró de muchos de los negocios en los que estaba involucrado Brodie y, cuanto más oía, más crecía el enfado que albergaba en su interior.

Annie, como siempre, abrió la puerta del dormitorio y él miró a los dos niños que dormían, sintiendo verdaderos deseos de retorcerle el pescuezo a su mujer por no haberle dado uno a él.

Los observó con admiración, como solía hacer siempre, y esperó hasta que ella le condujo hasta la cocina para servirle una copa bien grande.

Annie, por su parte, estaba encantada con el poder que tenía ahora sobre su marido. El matrimonio con Mick Diamond había sido una perpetua batalla campal que había terminado por convertirla en una persona amargada. Su hija había sido el motivo de todas sus peleas y hasta que Lance nació una tarde calurosa de verano no supo lo que otras mujeres daban por hecho: que el amor por un niño es puro y no se puede adulterar.

Miró a su nieto y fue como si echaran el cerrojo a su corazón. Desde la primera vez que lo vio respirar se había convertido en su dios y la fuerza de sus propias emociones llegó incluso a asustarla. Lo amaba con una pasión que le era totalmente desconocida. Era un amor que la devoraba como un cáncer y, cuando veía que su madre le daba de mamar, sentía una rabia infernal porque el niño no fuese suyo. Se convenció a sí misma de que, de haber sido así, Mick la habría tratado con respeto y se hubiera sentido orgulloso del hijo que le había dado. No se estaba mofando como él pensaba cuando le enseñó sus nietos, sino haciéndole ver lo que podría haber sido. Ella, después de todo, había tenido una hija mientras que él no. Sin embargo, la había tratado a patadas en la cama con la esperanza de dejarla preñada; cuanto más decepcionado estaba, peor la trató. Siempre la culpó de su esterilidad y gruñía cada vez que le tenía que dar unos cuantos chelines para que le diese de comer a una hija que, sin tener culpa de nada, le recordaba su impotencia.

Al igual que Mick, Annie era una persona resentida. Ambos se sentían resentidos con Lil porque llevaba una vida maravillosa y ellos no podían hacer nada para controlarla. Annie vivía de la generosidad de su yerno, pero era lo suficientemente inteligente corno para saber que, si hubiera dependido de él, la hubiera puesto de patitas en la calle de una patada en el culo.

Ésa era la razón que unía a estas dos personas; nadie más los apreciaba, por eso permanecían una al lado de la otra. De momento, Annie era la que tenía la sartén por el mango y lo disfrutaba porque sabía de sobra que las circunstancias cambian a veces de la noche a la mañana. Lil era una prueba patente de que esa vieja historia es cierta, y para su desgracia, así lo habían aprendido.

Mick Diamond miró a su alrededor, contemplando la casa tan acogedora que tenía su hijastra, y se quedó maravillado de lo que una sonrisa y un buen par de tetas podían conseguir. Las mujeres lo tenían fácil, al menos eso pensaba. Siempre que pasaba por allí se olvidaba del trato que le había dado a su esposa y lo único que veía eran los beneficios que Lil había conseguido por el mero hecho de tener una buena figura. También se sentía molesto por la forma en que ésta había despreciado al hombre que no sólo le había dado su apellido, sino su respetabilidad. No obstante, Dios es justo y sabía que a ella también le llegaría su hora. A Lily Brodie se le acabaría la suerte y, cuando así fuese, él estaría esperando.

Es posible que Brodie fuese un tipo importante, pero las cosas cambian cuando uno menos se lo espera. La muerte, la enfermedad o cualquier otra desgracia siempre están al acecho para caer encima de esas personas que se consideran inmunes a las tribulaciones de la vida.

A Brodie le echarían el guante o le sacarían las tripas como a Billy Spot. Así funcionaban las cosas. Era sólo cuestión de tener paciencia, y de eso él andaba más que sobrado.

Capítulo 4

James Curtis había dirigido una casa de apuestas en Ilford High Street durante más de veinte años y, aunque apostar sólo había sido legal durante un tiempo, todos seguían refiriéndose a él como Jamie el Corredor. La tienda de la que era propietario vendió en su época artículos de mercería, pero había sido una tapadera para hacer apuestas y de ahí procedían sus mayores ganancias. Se le solía ver los fines de semana recorriendo los bares de East London y Essex, pagando sus deudas con su típica sonrisa y su ausente ingenio. Jamie era un hombre divertido que solía caer bien a la gente; además, siempre pagaba sin el más mínimo comentario de insatisfacción. Con él siempre se ganaba limpiamente, por eso la gente confiaba en él. Siempre te pagaba con una sonrisa, o una broma, o comentándote lo difícil que se lo habías puesto, cosa que agraciaba a la gente porque les hacía saborear aún más las ganancias.

Jamie estaba sentado detrás del mostrador de nogal, como siempre, sobre el taburete de piel y el cigarrillo colgando de sus gruesos labios. Calculaba las probabilidades y apostaba sólo en las que realmente consideraba que valía la pena. La calva le brillaba de sudor y llevaba la camisa remangada, dejando ver sus brazos muy tatuados. La puerta se abrió y entró un joven con el pelo rubio, llevando despreocupadamente una pistola. Le apuntó y, sin mediar palabra, le disparó a Jamie el Corredor en el pecho. Los apostadores habituales se quedaron sorprendidos, mirando cómo ese hombre que tanto les agradaba y respetaban se levantaba del taburete y caía pesadamente contra la puerta de la oficina, sangrando por la boca y la nariz.

El hombre de pelo corto salió de la casa de apuestas sin musitar una palabra. Los apostadores recogieron los trozos de papel en los que tenían anotadas cuidadosamente sus apuestas y salieron por pies. Las dos chicas que trabajaban allí empezaron a gritar horrorizadas, armando tanto alboroto que no había duda de que sus gritos atraerían a la bofia, ahorrándoles de esa manera el trabajo de llamarla ellos mismos.

La policía llegó sin refuerzos y la suerte quiso que tampoco encontraran testigos. Cuando se presentaron, las dos chicas ya se habían confabulado para decir que estaban preparando el té en la trastienda cuando sucedió y no habían visto nada.

Hasta que no pasó un rato, nadie se dio cuenta de que el dinero continuaba en su sitio, por lo que técnicamente se podía descartar que había sido un robo. Era un asesinato.

Fue eso lo que hizo que todos los involucrados se pusieran un poco nerviosos.

Jamie era un hombre apreciado, un hombre honesto, justo como debían ser las personas que se dedicaban a ese oficio. A la gente no le gustaba perder su dinero, en particular por una estupidez, y mucho menos si era porque alguien les había tomado el pelo. Una apuesta era algo personal, un acto de buena fe, aunque el apostador sabía que ambas cosas podían suceder: o bien podían ganar y entonces se felicitarían por su habilidad, o bien podían perder y entonces los corredores de apuestas serían los que se llevarían el pastel. Los corredores, como todos sabían, solían llevarse la mejor parte.

La mayoría de los clientes apostaban por un sentido deportivo y buscando un poco de diversión, sólo unos cuantos eran jugadores profesionales y, por naturaleza, se les consideraba ambiciosos, desconfiados y muy mal perdedores.

Por esa razón, el mundo de las apuestas era bastante reducido. Debido a los jugadores profesionales, las personas como Jamie tenían que confiar en el respaldo que le podían ofrecer personas como los Brodies o los Williams. Eran los que más necesitaban de protección. Una pérdida sustanciosa podía hacer que el hombre más pacífico se convirtiese en una persona extremadamente violenta. La pérdida del salario semanal y saber que la familia no iba a poder probar bocado convertía al hombre más tranquilo en un auténtico lunático. El miedo a personas como Pat o los hermanos Williams era lo que garantizaba que eso se convertiría tan sólo en un capricho pasajero. Nadie de los que apostaba estaba dispuesto a enfrentarse a los peces gordos. Jamie era un buen tipo además, una persona justa que sabía hacerse cargo de la devastación que causaba en ocasiones su oficio. Todos los que apostaban le apreciaban, hasta los más serios le respetaban. Él sólo aceptaba una apuesta de envergadura si tenía la certeza de que el apostante estaba dispuesto a pagarla.

Las apuestas, por naturaleza, eran uno de los oficios más arriesgados donde la rectitud era de suma importancia, ya que era esa confianza la que hacía que los clientes volvieran de nuevo. De hecho, un buen corredor podía ofrecerle a un apostante habitual medio punto más que el precio normal, lo que motivaba que los clientes apostaran en un sitio u otro. Al ganador se le pagaba con una sonrisa y una palmadita en la espalda, ya que, después de todo, su dinero no tardaría en regresar de nuevo a sus manos.

Teniendo en cuenta que en ese momento no había ni carreras de importancia, ni apuestas desmesuradas, ni tampoco habían robado el dinero del local, todo el mundo se preguntaba por qué razón habían matado a Jamie. El hecho de que la pasma no se diera tampoco ninguna prisa en acudir añadía más misterio al asunto. Algo estaba sucediendo, pero nadie sabía el qué.

Terry Williams tenía veintitrés años y tenía el mismo aspecto que sus hermanos a esa edad: puro músculo y nada de cerebro. No obstante, era un muchacho amable y de buen corazón que se había echado su primera novia en serio.

A pesar de que Pat respetaba a los hermanos Williams como hombres de negocios y sus homólogos, era plenamente consciente de que él era la persona con la que más deseaban tratar. Los hermanos Williams también eran conscientes de ese hecho, pero no les preocupaba en absoluto. Estaban satisfechos de cómo funcionaban las cosas, ya que eso implicaba que Pat era el que tenía que tratar con las menudencias de la vida diaria mientras ellos se dedicaban a lo que sabían hacer mejor: utilizar la mano dura. A pesar de lo astutos que eran, carecían de diplomacia alguna. Pero no les importaba lo más mínimo porque temerles era recompensa más que suficiente. Eran unos tipos duros que se habían hecho un hueco en ese mundo.

Terry Williams se dedicaba a cobrar las ganancias por los alrededores de la aduana cuando le dispararon en la cara. La bala le pegó de lleno en el rostro, incrustándose los cristales de la ventanilla del coche. Le dejaron la cara tan maltrecha que nadie pudo ver su cuerpo cuando se celebró el suntuoso y caro funeral. Cuando llegó la ambulancia aún vivía, pero se ahogó en su propia sangre de camino al hospital, algo que causó muchas pesadillas a su madre, que nunca llegó a asumirlo.

El la llamó cuando agonizaba, pero eso no disminuyó ni dañó su reputación en la comunidad. Todo el mundo querría tener al lado a su madre cuando la vida se apaga. De hecho, eran las únicas personas que siempre permanecían a tu lado, sin importarles lo que habías hecho o de lo que habías sido acusado. Era la única visita que recibían regularmente los hombres que cumplían cadena perpetua. Siempre que se tuviera una madre, había un lugar donde ir y alguien a quien cuidar.

Terry había muerto llamando a su madre. Ahora correspondía a sus hermanos resolver el asunto, así que no pensara el jodido perpetrador que se iba librar de haber cometido un acto tan repulsivo. La madre estaba totalmente destrozada y eso era algo que ninguno de los hermanos podía soportar. El mayor descalabro consistía en haberse tomado semejante libertad, ya que nadie podía encontrar razón alguna para tal desfachatez. No tenía ningún contendiente, ni tampoco ningún enemigo, ni motivos para hacer una cosa así. Era una completa comedura de coco. Tampoco era una cuestión de celos porque Terry no se estaba tirando a la mujer de ningún otro tío, sino que estaba viviendo una bonita historia de amor. No había razón alguna para haberle matado y ese sinsentido sólo provocaba que los hermanos estuvieran aún más decididos a vengarse.

En una cosa sí parecían estar de acuerdo todos ellos: en que cuando encontrasen al perpetrador de ese crimen tan vil e innecesario se lo entregarían a la madre que los había parido para que ella le devolviera cada golpe que había recibido. Por cada golpe, ellos le darían diez.

Pat estaba sentado con un amigo en un club que había adquirido recientemente cuando se enteró de lo que le había ocurrido a Terry.

El asesinato del corredor Jamie Curtis no le había afectado demasiado y pensó que se trataría de algún ajuste de cuentas, algún asunto personal probablemente, o quizás alguna apuesta privada que no había resultado como esperaba. James no era el primer corredor de apuestas que hacía apuestas privadas. El problema con las apuestas privadas es que los corredores no tenían por qué resarcir la deuda si las cosas habían salido mal. Puesto que no figuraban como responsables de esas apuestas, lo que quería decir que no aparecía en los libros de cuentas como ganancias suyas, se lo quedaban todo y no devolvían sus deudas. ¿Es posible que Jamie hubiera hecho algo parecido? Una deuda considerable provocaba a veces situaciones indeseadas, eso lo sabían todos. Los jugadores, al fin y al cabo, eran como los yonkies. Una vez que se pegan el chute, ya no quieren pagar y empiezan a hacerse los remolones. Entonces se buscan otro sitio donde poder gastarse el dinero.

La mayoría de los corredores se cobraban ese tipo de deudas tomando cualquier cosa a cambio, o rindiéndosela a otro, dejando que el apostador tuviera la oportunidad de encontrarse con algún otro lunático que viniera después de ellos. Pat había comprado en alguna ocasión una deuda, siempre por hacer un favor, pero siempre las cobraba con suma rapidez y eficiencia.

Pat asumió que Jamie debería haber ocasionado algún desastre. Puesto que nadie se había llevado el dinero, lo más probable es que hubiese sido un ajuste de cuentas o que alguien hubiese decidido que más valía la pena quitárselo de en medio de una vez por todas.

En cualquier caso, Pat no estaba demasiado preocupado. No tenía nada que ver con él, además de que tenía la certeza de que tarde o temprano sabría la razón. Lo lamentaba, por supuesto, ya que Jamie era un buen tipo, y quien lo hubiera hecho ya se podía dar por muerto porque Jamie les pagaba por recibir protección, lo que constituía un doble insulto. ¿Qué clase de publicidad sería ésa para su empresa? Obviamente, alguien tenía que pagar por esto. Sin embargo, si era una deuda privada, ellos no se entrometerían. Por ese motivo, esperaría hasta saber los detalles y entonces ya vería.

Sin embargo, la muerte de Terry a las pocas horas de la de Jamie le daba una perspectiva diferente al asunto. Era un asunto personal, Pat apostaría que así era, aunque la ironía de una idea semejante casi le hizo sonreír. No obstante, seguía sin estar demasiado preocupado, ya que estaba seguro de que nadie pondría en duda su posición. Debía de haber una explicación lógica, de eso estaba seguro. Necesitaba ver a Dicky para averiguar qué sabía al respecto. El joven Terry probablemente habría muerto por haberse metido en algún trapicheo personal.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo y pidió un brandy largo para contrarrestarlo. Repentinamente, se sintió muy incómodo. La paranoia iba pareja con el asunto del territorio, ya que, desde el momento que se hizo con él, supo que tendría que estar alerta. «Cuando el río suena, agua lleva.» Él sabía que, después de todo, su forma de ganarse la vida siempre traía problemas. Sin embargo, tenía el presentimiento de que aquél no era un problema normal y ordinario, sino un verdadero problema, un problema muy serio.

Nadie que pudiera estar observando a Patrick podría imaginar lo que pensaba ni en un millón de años. Parecía relajado y sumamente despreocupado. Como un político al que hubieran sorprendido con la polla en la mano y el hijo de un amigo desnudo a su lado, debía afrontarlo. Nadie que pudiera estar observándole lo vio cuestionar o cavilar sobre lo ocurrido. Se limitaba a escuchar las atrocidades que habían sucedido aquella tarde, lo mismo que ellos. Lo estaba encarando bien, pero también observaba cuidadosamente a todos los que tenía a su alrededor por si estuvieran involucrados, por si algo le resultaba sospechoso o le daba malas vibraciones.

En el entorno en que se movía Pat uno es culpable hasta que se demuestre lo contrario, e incluso entonces había que andarse con cautela.

Dicky Williams estaba enfadado. Sabía de sobra que no tenía sentido estar furioso, ya que no se podía hacer nada al respecto. Terry estaba muerto y nada lo resucitaría, pero aun así le costaba asumir la idea de que su hermano menor había sido asesinado.

No había sido lo que se pudiera llamar un día feliz y productivo. De hecho, se había sentido vulnerable y estaba tan sumamente convencido de que debía de haber algo más escondido detrás de eso que ardía de furia y de deseos de pegarle al primero que se le pusiera por medio con tal de desahogarse. Pat le había explicado por teléfono que lo único relevante que había oído se refería a Freddie, el hombre de hielo, pero aún no tenía pruebas de que estuviese relacionado con los acontecimientos. Dicky, sin embargo, estaba convencido de que Pat sabía más de lo que le había dicho.

Al parecer, aquel jodido y puñetero Freddie Dwyer, aquel pegote de mierda, había sido arrestado con un buen paquete. Lo habían sorprendido con un buen puñado de dinero y de drogas. La casa donde vivía fue asaltada al amanecer por una cuadrilla de tipejos que pertenecían a Scotland Yard y que se hacían llamar la Brigada Móvil. Dicho escuadrón había entrado en funcionamiento en 1919, pero nadie dio un centavo por ellos hasta principios de los años setenta, cuando empezaron a aparecer por todos lados. Eran tan corruptos como la verga de un abogado y tan eficientes en asuntos de crimen como un antiséptico en una pierna amputada.

Los detectives, que era como se les conocía, no tenían el más mínimo inconveniente en incriminar a cualquiera, eso era de conocimiento público, como tampoco tenían reparo en pegar si no conseguían lo que buscaban, y jamás dejaban un cabo sin atar. En ocasiones, lograban una captura de importancia, pero no con tanta frecuencia como sus jefes y el público creían. Dicky sabía que Freddie había tenido suficientes anfetaminas como para tener a toda Londres despierta una semana y todavía le quedaba otra cantidad similar para hacer eso mismo en Glasgow. Claro que lo sabía: él era quien se las había suministrado.

¿Cómo era posible entonces que lo hubieran puesto en libertad bajo fianza? ¿Se debía a que había hablado más de la cuenta a la bofia? Colaborar con la pasma se estaba convirtiendo en algo aceptable en aquellos días, al menos así se lo pareció a Dicky Williams. Especialmente, cuando se trataba de un traficante como Dwyer. Los jueces habían empezado a imponer unas sentencias tan rigurosas que muchos de los que vivían en ese mundo no se sentían capaces de afrontar tanto tiempo encerrados. Él estaba convencido de que Dwyer era una de ésos; uno de esos piojosos cobardes.

En pocas palabras: que sospechaba que Dwyer había proporcionado cierta información a cambio de una sentencia asegurada y, si ése era el caso, ¿entonces de quién coño más había hablado? Y lo que era más importante, ¿los involucraba a ellos? Si Terry y Jamie el Corredor habían sido eliminados, entonces es que la pasma estaba utilizando viejos métodos para excluir de responsabilidades a Freddie por haberse chivado. La Brigada Móvil utilizaba a menudo los viejos métodos para eliminar a las personas a las que no tenía posibilidad de arrestar.

Freddie era un chulo de mierda y eso lo sabían todos. No obstante, era un mal necesario porque garantizaba que cualquier contacto que consiguiera fuesen ganancias aseguradas. Sin embargo, no importaba lo que nadie dijera acerca de los chivatos, había que ganárselos mucho antes de poder utilizarlos con cierto grado de seguridad, pero el hecho de que estuvieran encerrando a sus propios colegas era algo que estaba dando mucho que hablar. Con los chivatos lo mejor era ponerles un cebo y esperar hasta estar seguro de poder cogerlos por los huevos y así asegurarte su total y leal cooperación. Freddie, sin embargo, no estaba impregnado de mierda, pues confiaba en Pat y en los hermanos Williams para que resolviesen cualquier asunto que le causara problemas. Sin embargo, la cantidad de anfetaminas que tenía encima hubieran supuesto razón suficiente para encerrarle en una celda y tirar la llave al fondo del mar. Su estancia en el agujero que hubieran decidido meterle debió de ser una conclusión precedente, por lo que era demasiado pronto para ni tan siquiera ver algún resultado, mucho menos libertad condicional. Aquello era sumamente sospechoso, de eso no cabía duda.

Como Dicky Williams le había dicho a Pat una hora antes, si ese jodido de Freddie Dwyer le había acusado a él o a alguno de sus socios, entonces podía darse por muerto. La muerte de Terry constituía una afrenta tan grande que ninguno de ellos pensaba que pudiera estar relacionada con los negocios. ¿Quién iba a estar tan loco como para enfrentarse a ellos?

El coche de Pat se detuvo en la puerta de la casa de Dicky en Bow y le sirvieron una copa antes ya de que entrase. Al igual que Dicky Williams, estaba dándole vueltas de nuevo al asunto. En una cosa estaba de acuerdo con Dicky: ¿Quién iba a estar tan loco como para querer plantarles cara? Pat suspiró cuando Dicky le comentó que había oído que la esencia de la sabiduría estribaba en asumir los golpes de la vida, pero como los hermanos Williams no eran precisamente unos doctos en gramática inglesa, ni demasiado inteligentes, Pat hizo caso omiso de la idiotez que le había dicho Dicky y prefirió concentrarse en tratar de averiguar qué había sucedido. La muerte de Terry debía ser vengada, y él deseaba vengarse tanto como ellos, aunque fuese por distintas razones. Dwyer no era un tipo lo suficientemente importante como para causarles preocupación alguna. Era un camello, ni más ni menos, sin más fuerza y respeto que el que se había ganado por el mero hecho de relacionarse con ellos.

Pat pensaba que Dwyer era ahora el catalizador de sus obligaciones, pero, fuese quien fuese el mierda que los había implicado en el asunto, pensaba obviamente que ellos estaban fuera de todo reproche, por lo que prefería hacerlos desaparecer. Tenía que pensar en el asunto detenidamente, asegurarse de que no le levantarían la tapa de los sesos a nadie hasta que no supieran con certeza lo ocurrido. En aquel momento, todos eran sospechosos, pero él quería coger al verdadero, no a uno de plástico. Los hermanos Williams, sin embargo, estaban que trinaban y cualquiera podía salir mal parado con que tuvieran las más mínima sospecha.

Como cualquier soldado, Pat deseaba planear una estrategia de ataque, algo que no se puede organizar hasta que no se sabe exactamente contra quién se está combatiendo. Pensaba averiguar hasta el último detalle, aunque eso fuese lo último que hiciera en su vida. No obstante, tal como transcurrían las cosas, eso podía suceder antes de que finalizase el día.

– Escúchame, Dicky, no te quiero faltar al respeto, pero tenemos que averiguar quién mato al pobre Terry.

Dicky asintió con solemnidad.

– Son unos jodidos aficionados. Si te das cuentas, si hubieran tenido una pizca de cerebro, habrían venido a por nosotros con un grupo de matones.

Pat observó el rostro abierto de Dicky y sintió el dolor que le invadía, además de la incertidumbre.

– Creo que lo de Jamie el Corredor ha sido sólo una pantalla. Quienquiera que le haya matado, quiere que nos comamos el coco pensando qué pasa. Lo que tenemos que hacer ahora es poner patas arriba esta ciudad y conseguir las respuestas que necesitamos. Conozco a unos tipos nuevos con los que puedo hablar. Tú, mientras tanto, reúne a la gente y espera hasta que regrese. Entonces pensaremos en un plan de acción.

Dicky volvió a asentir, aliviado de que Pat fuese el que se encargara del asunto. Una de las razones por la que los hermanos Williams estaban contentos de trabajar con Pat era porque sabía usar la cabeza, cosa imposible para ellos, que no sabían ver más allá de donde les alcanzaba la vista. Eran astutos cuando se trataba de ganarse el pan, eso nadie lo discutía, pero el verdadero cerebro de la organización era Pat y él sabía que debería resolver aquel asunto a su manera, antes de que los Williams empezaran a matar antes de preguntar. Mucho antes.

Lil estaba feliz. Una vez más estaba embarazada y se sentía más dichosa que nunca. La vida le había dado lo que esperaba, incluso más. Pat la mimaba tanto como de costumbre, y ella y sus hijos constituían el centro de su existencia. Tanto ella como él habían padecido tanta miseria y falta de cariño en su infancia que estaban decididos a que sus hijos se sintieran felices y protegidos. Les unía ese deseo mutuo de convertir a sus hijos en el principal bastión de su existencia. Pat, gracias a su poco usual horario de trabajo, podía pasar muchas horas en compañía de los niños. Pat Junior era como su doble. Imitaba todo lo que hacía su padre y, cuando sólo tenía ocho años de edad, ya se había ganado el respeto en el barrio. Su Primera Comunión le garantizó ese puesto entre sus amigos, pues fue un acontecimiento muy sonado.

Nadie había visto nada igual, ni antes ni después, y Pat Junior se comportó como un angelito durante toda la ceremonia. La fiesta que se celebró después duró hasta bien entrada la noche y la gente habló de ella durante varias semanas. Pat era un niño feliz y muy popular, que ya mostraba signos de llevar dentro el espíritu luchador de su padre y la determinación de su madre. Sin embargo, su fuerza se veía amainada por una amabilidad innata que ella sabía que su padre consideraba un defecto, a pesar de que en su interior estaba satisfecho de que un muchacho tan generoso y de buen corazón hubiera salido de sus entrañas. En el mundo en que vivían, los hombres no podían ser blandos, se consideraba una debilidad, y Pat deseaba que sus hijos fuesen duros y un reflejo de él mismo.

Lance, por el contrario, era otra historia. A los seis años ya era un chico robusto y no era precisamente lo que se puede definir como un niño normal. Era callado y tosco, además de bastante caprichoso, por lo que armaba tremendos jaleos cuando algo se le antojaba. A veces se empeñaba en llevar la contraria sin motivo y su abuela, como siempre, le respaldaba incondicionalmente.

Lily había lamentado en muchas ocasiones haber acogido a su madre, casi siempre por culpa de Lance. Annie había sido como un grano en el culo siempre que se trataba de algún asunto relativo a Lance. Lil había estado en muchas ocasiones a punto de estallar contra ella, aunque su madre siempre terminaba por recapacitar cuando se daba cuenta de que se había sobrepasado y trataba de que su hija no tuviera motivos por los que quejarse. Annie sabía también que su ayuda era agradecida por su hija, ya que le confiaba a sus hijos para que los cuidase.

Pat, sin embargo, era otra historia muy distinta. En una ocasión puso a su madre en su lugar cuando vio a su hijo metido en la cama con ella y dormido en sus brazos. Lance estaba desnudo y, por alguna razón, aquello provocó tal enfado en Pat que armó un escándalo tremendo y ya no dejó nunca más que su madre se quedase a pasar la noche. Ahora que se encontraba en estado avanzado, la necesidad de tener a su madre en casa era muy limitada, ya que Lil había dejado de trabajar en los clubes por las noches. Sus hijos se estaban beneficiando de tenerla más tiempo en casa y su comportamiento estaba siendo supervisado más de lo normal. A Lance no le agradaba lo más mínimo, ya que no podía salirse siempre con la suya, ni tampoco se podía quedar levantado con su abuela mientras que a su hermano mayor le dejaban que se quedase hasta más tarde. Lil se sorprendía del dominio que ejercía su madre sobre Lance. Ver que conseguía de inmediato lo que ella sólo lograba a base de insistencia le irritaba y lamentaba haber permitido que su madre tuviese semejante autonomía sobre Lance; no era normal, ni sano. Tenían una forma de mirarse entre sí que excluía a todos los demás, pero lo que más le molestaba es que siempre que le pedía algo a Lance, éste primero miraba a Annie esperando su confirmación. Parecía algo trivial e increíble cuando se decía en voz alta, pero cuando veía esa complicidad entre los dos le parecía siniestro. Ahora se consolaba pensando que estaba en casa, sola, y que pronto todo volvería a su cauce.

A Pat Junior, por el contrario, le encantaba que ella se quedase en casa. Podía notar lo sosegado que se sentía al oscurecer porque se daba cuenta de la predilección que mostraba su madre por su hijo pequeño. Casi le agradó saber que en la escuela eran de su misma opinión en lo que respecta a Lance. Le habían dicho que era un niño muy poco sociable y ella sonrió e interpretó aquellas palabras tal y como debía hacerlo. Querían decir que era un chulo y, si su padre hubiese sido otra persona, ya lo habrían metido en vereda. Pat Junior, Dios le bendiga, había sido desplazado por Lance, el niño mimado, el niño que ella sabía que su madre consideraba como suyo. Ese niño que su madre consideraba lo más importante de su vida.

De todos modos, pasara lo que pasara, Lil no pudo encontrar la forma de apartar a su madre de su vida. De alguna manera, se daba cuenta de que su madre estaba experimentando el amor por primera vez, además de que tenía dificultades para querer a ese niño, por lo que se consideraba culpable de haber dejado que su madre ocupara su lugar. Lance, Dios le bendiga, le producía escalofríos, además de considerarlo culpable por tener que retener a su madre a su lado. Pronto tendría un nuevo hijo y eso pondría de nuevo las cosas en su sitio. De momento, estaba cansada y carente de recursos, por lo que Lance y sus problemas tendrían que esperar.

Annie le puso un vaso de leche a su lado y Lil le respondió con una sonrisa agradeciéndoselo. Observó que su madre estaba mucho más sociable desde que Pat la puso en su sitio.

El chillido que se oyó desde la habitación alertó a las dos mujeres; fue un chillido aterrador. Cuando irrumpieron en la habitación vieron a Lance encogido en el suelo y a Patrick encima de él. Fue una escena que ni la madre ni la hija habían presenciado con anterioridad, pues Pat era un chico tranquilo y pacífico, un niño bueno. Annie cruzó la habitación a toda prisa y abofeteó con todas sus ganas a Patrick. Lil, por primera vez en muchas semanas, sintió que recuperaba las fuerzas y, a pesar de lo pesada que estaba por el embarazo, se aproximó hasta donde se encontraba su madre, ahora de rodillas en el suelo y abrazando a un maltratado Lance, y, echando para atrás el brazo, le propinó un puñetazo a su madre con todas sus fuerzas en la cabeza.

Lance gritó, más fuerte incluso. Por eso, sin pensárselo si quiera, Lil le abofeteó también a él en la cara.

– ¡Quítate de mi vista ahora mismo! -le gritó.

La voz de Lil sonó profunda y resonante, el ímpetu de sus palabras penetró en el cerebro del muchacho, que salió corriendo de la habitación, aún consternado por el bofetón que había recibido.

Lil cogió a Patrick entre sus brazos y lo estrechó contra ella. Aún no lloraba, a pesar de que el golpe de su abuela debía de haber sido doloroso.

– Sal de la habitación, madre -gritó Lil.

Annie miró a ese rostro tan parecido al suyo y se dio cuenta de que sus días en esa casa estaban contados. En tan sólo unos pocos segundos, todo lo que había imaginado que obtendría bajo la protección de su hija se esfumó en el aire. Dinero, prestigio, calor y compañía. Prefería tener que arrastrarse por los suelos que no ver nunca más a ese niño que tanto adoraba.

– Cálmate, Lil -le dijo-. Piensa en el bebé. -Su voz sonaba recatada, su rostro dibujaba una mueca de dolor y pena.

– ¡Lárgate de una puñetera vez! -respondió Lil rechinando los dientes y jadeando.

Annie se dio cuenta de que andaba por un terreno sumamente resbaladizo.

– Lo siento de verdad, Lil. ¿Puedes tranquilizarte?

Annie trataba de levantarse, apoyándose en la cama de Pat. Lil se dio cuenta de que estaba demasiado vieja para su edad. Lo vio en el color de su pelo, peinado hacia atrás, y en los surcos que rodeaban los ojos y la comisura de su boca. Era una persona ruin y miserable, sus ojos delataban la verdad de sus sentimientos y, una vez más, Lil ardió en deseos de asesinarla allí mismo.

– Vete a tu casa, madre, antes de que haga algo que lamente.

Annie salió de la habitación y Lil no espiró el aire que estaba reteniendo hasta que oyó que la puerta de la calle se cerraba detrás de ella.

Patrick la miraba fijamente y con tristeza.

– No ha sido culpa mía, mamá.

Lo estrechó entre sus brazos una vez más y se dio cuenta de lo mucho que había crecido y lo robusto que se había puesto.

– ¿Qué te ha hecho, Pat?

– Me ha pegado. Me ha agarrado y me ha pegado.

Le señaló las ingles mientras hablaba y Lil no cuestionó lo que decía; supo de inmediato que Pat Junior decía la verdad.

– Anda, coge un caramelo y dile a tu hermano que venga.

Se sentó en la cama y esperó hasta que su hijo pequeño entrara en la habitación.

– ¿Por qué has agarrado a tu hermano de ese sitio? ¿Quién te ha enseñado a hacer una cosa así?

Lance la miró fijamente a los ojos y, por primera vez en la vida, Lil notó cierto temor y recelo.

– Yo no lo he hecho… -dijo lloriqueando, con ese lloriqueo tan típico de Annie.

Acercó su cara contra la de él y gozó viéndolo estremecerse.

– No me mientas, mocoso, y trae la correa.

– Te lo ruego, mamá, por favor -respondió Lance sacudiendo la cabeza y con la cara blanca por el miedo.

Lil le propinó otro bofetón en la cara, con tal fuerza que la cabeza crujió al golpearse con la pared.

– Ve a por la correa y tráela ahora mismo.

Lance salió renqueante de la habitación, con el rostro empañado de lágrimas.

Lil lo observó marcharse. Era más grueso que Pat, muy parecido a él, pero con cierta tendencia a la obesidad. En parte se debía a que su madre le consentía todos los caprichos. Bueno, de momento le iba a dar lo que estaba pidiendo y estaba decidida a hacerlo.

Pat se encontraba en Brixton. Aparcó el coche a las afueras de una casa adosada y, antes de apagar el motor, se echó para atrás en el mullido asiento de cuero y escuchó la radió durante unos minutos. Necesitaba calmarse antes de entrar.

La casa era muy pequeña, apenas tres habitaciones, nada de lo que merezca hablar, y hacía juego con las ruinosas propiedades que se veían en la carretera. No obstante, Pat sabía que en aquella casa encontraría la información que necesitaba.

Mientras paseaba por el pequeño sendero que conducía hasta la casa vio que la puerta se abría discretamente y aparecía un hombre con el pelo rizado y los ojos inyectados de sangre. Spider Block era un colega y ambos se saludaron con cierta cautela.

– Te está esperando.

Pat sonrió.

– Más vale que así sea, Spider.

Cuando entró en el pequeño vestíbulo saludó a otro negro enorme y luego pasó al salón. El lugar tenía un aspecto tan descuidado por dentro como por fuera. Había algunos muebles, pero el suelo carecía de moqueta y no tenía ni tan siquiera solería, tan sólo unas losetas de color marrón desteñidas por la suciedad de años y gotas de pintura. Olía al sudor de Dwyer y a cagadas de ratones. Aquel olor le resultó familiar a Patrick Brodie, pues se había criado con él y, por eso, lo despreciaba tanto. Le recordaba de dónde procedía, el hambre y la miseria que había tenido que tragar para hacerse un lugar. Respiró profundamente, con el fin de asegurarse de que jamás lo olvidaría, ya que si lo hacía sería hombre acabado. Esas personas olían a debilidad, como otros olían a su propia mierda; no era agradable, pero era parte necesaria de la vida.

Dwyer procedía del mismo barrio que Pat, por eso no sentía el más mínimo respeto por él, ya que seguía viviendo como un animal. Pat estaba seguro de que sus hijos jamás olerían ese olor, ni conocerían la vergüenza de vivir en un sitio como ése.

En una mesa de madera bastante resquebrajada había tres hombres sentados. Patrick sólo conocía a uno de ellos y, deteniéndose por un momento en la puerta de la habitación, dijo:

– ¿Me estabais esperando a mí?

Freddie asintió y suspiró nerviosa y exageradamente.

Pat se dio cuenta de que tenía cara de rata. Tenía la nariz larga, heredada de su madre judía y los ojos marrones típicos de los galeses, como su padre. Freddie era un tipo feo y cabrón que hasta entonces no le había importado ni un pijo, pero que de repente su fealdad emanaba traición, odio y un temor subyacente. Era un temor que no sólo procedía de Freddie, sino que se palpaba en el aire, pues Pat también tenía miedo de lo que Freddie pudiera saber acerca de él y de cómo podía utilizarlo si se le arrinconaba.

A Patrick le daba vueltas la cabeza con toda la información que había recopilado en las últimas cuatro horas. Gran parte de ella era verdad, pero también se habían levantado los bulos, unos bulos que habían ido cobrando fuerza a medida que se habían comentado los hechos. Siempre hay algo de verdad en lo que la gente dice, y Pat había intentado sonsacarla. También sabía a ciencia cierta que uno de aquellos hombres que estaba sentado en la mesa era un poli corrupto, por lo que decidió esperar y ver qué tenía que decir Freddie antes de comprometerse a sí mismo.

Nadie podía haberse quedado más sorprendida que Lil cuando vio que la policía llamaba a la puerta. Carecían de orden judicial, pero aun así, se mostraron agresivos y convirtieron la casa en un auténtico revoltijo en cuestión de minutos.

Se sentó en el sofá de PVC color naranja y negro con los niños a su lado mientras contemplaba cómo su bonita casa quedaba desmantelada ante sus propios ojos. Mientras sacaban los cajones y vaciaban su contenido en la moqueta gris, ella encendió un cigarrillo con manos temblorosas y trató de actuar con la mayor tranquilidad posible. Hablaba con sus anonadados hijos y escuchaba la conversación de la policía al mismo tiempo.

– ¿Hay alguna pistola en la casa?

El inspector de policía Kent era un hombre alto, con halitosis y los hombros encogidos. Llevaba su acostumbrado peinado y sostenía constantemente un cigarrillo en la boca. Los hombros de su mugrienta chaqueta estaban impregnados de caspa, lo que le causó a Lil una enorme repulsión.

– ¿Qué narices está diciendo? ¿Para qué íbamos a tener una pistola? -respondió Lil.

Parecía escandalizada y molesta por la pregunta; sabía disimular. Luego añadió:

– Mirad mi casa, jodidos cabrones. Mirad cómo la habéis dejado.

– Esto no es nada, Lil, sólo el comienzo.

Lil no le respondió y estrechó con más fuerza a sus hijos, como si les estuviese protegiendo de una fuerza invisible.

Kent encendió un cigarrillo con la colilla de otro y echó una bocanada de humo encima de los niños. Lil parecía nerviosa y preocupada, y él observó el brillo de los ojos de los niños, que miraban consternados a su alrededor. Ya eran carne de cañón y darse cuenta de ello lo deprimió por una razón: sabía que estaba mirando a la próxima generación de pirados y psicópatas. Esa escena ya la había visto en muchas ocasiones y llegaría un día en que le sucedería lo mismo con sus hijos. Lo había visto demasiadas veces a lo largo de los años. Y cuanto más envejecía, más sutil le parecía. Pat Junior era tan apuesto como su padre, además de que tenía un buen cuerpo. A pesar de ser un niño, ya tenía aspecto de boxeador. Sin duda, no tardaría en convertirse en un matón.

El más alto de los niños, sin embargo, engordaría, de hecho ya le sobraba algo. También tenía esa mirada furtiva que le acompañaría el resto de la vida, la mirada propia de los cabrones que se pasan la vida causando y buscando problemas.

A pesar de eso, tenía que admitir que Pat Brodie era un tipo generoso con su familia. Sin embargo, como su padre solía decir, la sangre impera.

Kent sonrió a Lil y le dijo amablemente: -Más vale que metas en cintura a tu marido, se está buscando muchos enemigos recientemente.

– ¡Lárguese de mi casa y deje a mis hijos en paz! Kent le miró a los ojos y ella pudo ver la tristeza en los suyos mientras sacudía la cabeza:

– Eres una infeliz, Lil -le dijo-. Tu marido tiene los días contados. Si no lo detengo yo, lo harán esos que dicen ser sus amigos. Si cae en mis manos, al menos tendrá la oportunidad de ver crecer a sus hijos.

Señaló con la cabeza hacia su vientre y supo que estaba en lo cierto. Lo que le estaba diciendo no era la típica perorata que te sueltan los de la bofia. Su marido pagaba mucho dinero para que no lo arrestasen sin ser previamente avisado, pero aquella amenaza era real.

Ella, sin embargo, se reservó la opinión.

Capítulo 5

Lil estaba exhausta, pero se puso a ordenar la casa de todos modos. Su casa lo significaba todo para ella; le hacía sentir segura, el lugar donde podía relajarse. Era importante que dispusiera de un oasis de tranquilidad, especialmente ahora que estaba embarazada. Más aún, ahora que su marido estaba en busca y captura.

Intentó ponerse en contacto telefónico con la mayoría de sus conocidos, pero no oyó nada más que el continuo sonido de llamada que nadie contestaba o el prolongado tono de comunicando que indicaba que el teléfono estaba descolgado. Pensó en algo mejor que llamar a los pubs y los lugares de blanqueo, ya que eso podría alertar a personas acerca de lo que podía ser una situación muy seria. Hasta que se enterase del meollo del asunto, más valía mostrarse circunspecta.

Su silencio, y el hecho de que nadie supiera dónde andaba, le hicieron sentirse sumamente preocupada, tanto que se obligó a calmarse. Le pesaba la barriga, el miedo y el cansancio la hacían moverse con lentitud, le dolía la espalda y tenía los ojos enrojecidos por el cansancio. Primero ordenó la habitación de los niños, convirtiendo esa tarea en un juego, animándoles a que la ayudasen y luego recostándolos en la cama mientras percibía cómo el pánico y la sorpresa que los había invadido desaparecía a borbotones. A pesar de lo jóvenes que eran, habían sabido mantener la boca cerrada delante de la poli. De alguna manera, se sintió orgullosa de ellos. Pat Junior sabía de sobra dónde estaba la pistola de su padre y la habría encontrado en un santiamén si se lo hubiera propuesto. Solían bromear con frecuencia acerca de las muchas veces que la había escondido y que Pat Junior siempre la había encontrado. La pasma no había encontrado nada esa noche y eso suponía una pequeña victoria. Ese sentimiento la animó un poco y pensó que aún dominaba la situación. Lo más terrorífico era pensar que, hasta que no ves a la bofia llamando a tu puerta por lo que parece ser un buen motivo, no te das cuenta de lo precaria que es la vida. Quedarte sin la persona que trae el sustento, el padre y el cabeza de familia jamás se le pasa a uno por la imaginación. Cuando la pasma aparece, la precariedad de tu vida te pega en la cara con la fuerza de un coche de carreras.

Ahora que llevaba un niño en sus entrañas, además de los dos que ya tenía y que dependían de ella, junto con el esposo al que tanto amaba, pensar en semejante cosa la dejó desconsolada. La vida, de alguna manera, le estaba advirtiendo, le estaba haciendo que se cuestionara todo lo que había dado por hecho. Al igual que todas las mujeres de los principales gángsteres, había recibido la primera llamada de advertencia. Lo que había pasado esa noche no era el típico asalto que efectuaba la pasma para salir en los periódicos, era algo más serio. Su marido, el padre de sus hijos, estaba en el lado equivocado. Si las cosas se ponían feas, podían quitarlo de en medio hasta que volviese a casa como abuelo. Los jueces estaban imponiendo unas sentencias muy severas en aquella época, los pequeños contratiempos eran cosa del pasado y ahora el nuevo Gobierno quería encerrarlos a todos y tirar la llave al río.

Lil se acordó de nuevo de que no tenía apenas dinero, ni nada que pudiera decir que era suyo. Pat lo controlaba todo, como debía ser. Pero ahora tenían hijos y había que pensar en ellos tarde o temprano. Cuando regresara a casa, se aseguraría que no la dejase nunca más en una situación semejante.

Besó a los niños y observó cómo se acomodaban en la habitación ahora ordenada. Estaban más sosegados, tomaban un vaso de leche y hablaban entre sí, como de costumbre. La primera impresión se les había pasado, todo volvía a su cauce de forma gradual. Algo en su interior le decía que debía estar más preocupada por los acontecimientos ocurridos durante la noche, pero ahuyentó esos pensamientos. Los niños se habían recuperado.

Si Pat había sido arrestado, nada se podía hacer, aunque pensarlo le aterrorizó. El corazón empezó a latirle con fuerza al pensar semejante cosa y respiró profundamente, pues sabía que podía ponerse histérica de un momento a otro.

Se obligó a concentrarse en lo que hacía. El salón estaba completamente destrozado. Incluso habían rajado los cojines del sofá y habían sacado todo lo que tenían dentro. El relleno estaba esparcido por todos lados y las lágrimas le brotaron de los ojos cuando empezó a limpiarlo.

Aún no sabía nada de Pat y empezaba a ponerse más nerviosa a cada momento. Miró en su monedero y vio que tenía menos de ocho libras. Si Pat había sido arrestado, o algo peor, no tenía acceso a su dinero. La voz de su madre le vino a la cabeza y, por mucho que la odiase, la muy perra estaba en lo cierto. Necesitaba tener acceso a su dinero, no sólo para el abogado, sino también para poder vivir ella y sus hijos. Eran tiempos difíciles y los tiempos difíciles requieren medidas drásticas.

Una vocecilla le decía que estaba en su derecho de tener acceso a su dinero, pues no tenía nada más que ocho libras en el bolsillo y una familia que alimentar. ¿Por qué coño no tenía algo guardado? ¿Por qué dependía tanto de él cuando tenían una familia numerosa? Y lo más importante: ¿por qué no lo había previsto Pat? Siempre que hablaba de negocios, hablaba de un plan B en caso de que fallara el plan A. Sin embargo, ella y su familia no tenían ni plan A, ni plan B, ni un puñetero penique puesto a su nombre. Temblaba de miedo pensando en él, en su familia y en ella misma. Aún estaba limpiando cuando se presentó la madre, toda acicalada, oliendo a colonia y simulando una preocupación que era incapaz de sentir.

Dejó que Annie les preparase el desayuno a los niños porque estaba tan cansada que se sentía sin fuerzas para hacer nada que no fuese sentarse y notar cómo le pateaba el bebé. Otra boca que alimentar con ocho escasas libras. Durante todo el día, Pat Junior se le pegó como una lapa, pero Lance se comportó como si nada hubiese sucedido.

Annie tuvo el tacto de permanecer callada y no hacer las preguntas que a ambas les rondaban por la cabeza. Los vecinos le habían hablado de la redada. Habían corrido los rumores, pero la mujer que ella llamaba su hija no pronunciaba ni la más mínima palabra. Se dio cuenta de que su Lil no estaba de humor para tener una conversación franca y sincera de ninguna clase. La pena de su hija no le afectaba lo más mínimo, pero trataba de ganársela para poder estar cerca de Lance. La vida sin ese niño carecía de sentido. Sus sentimientos por él eran tan fuertes que se asemejaban a una fuerza física imposible de resistir. Soportaría cualquier cosa con tal de poder estar a su lado, y haría lo imposible por mantener a otros a distancia.

El amor era una emoción muy extraña. Era algo que nunca antes había sentido y que ahora necesitaba expresar de alguna forma. Se veía a sí misma en aquel niño, y eso le hacía sentir que, por fin, la vida valía la pena vivirse.

Dwyer temblaba tanto que no pudo encender el cigarrillo que sostenía en la boca. Pat se inclinó y rascó una cerilla para darle fuego mientras contemplaba como inhalaba. Sus tres intentos fallidos hicieron que todos se sintieran en una situación engorrosa, tanto que se podía palpar en el ambiente de la habitación. Dwyer respiraba pesadamente, incluso para sus propios oídos, y se comportaba de forma dramática y artificial. Tenía el aspecto de lo que era.

Patrick le sonrió amistosamente.

– ¿Va todo bien, colega? ¿Funcionando como siempre?

Dwyer sonrió. Su rostro arrugado se tornó familiar. Parecía abatido y tenía el aspecto de un buen tío. Pat sintió una pizca de lástima por él, pues, al fin y al cabo, como todos los presentes, era un producto de las circunstancias. El tipo que Pat creía que pertenecía a la pasma observaba nervioso, pero lo suficientemente calmado como para saber lo que hacía. Patrick, en cambio, estaba sumamente relajado. Se echó en el respaldo de la silla y esperó hasta que Dwyer echara el humo del cigarrillo.

– ¿Quiénes son esta gente? -preguntó Patrick-. Creo que lo correcto es presentar a las personas.

El que parecía de la pasma le miró fijamente a la cara y Patrick le respondió con una cordial sonrisa una vez más.

– Somos amigos de Freddie.

Pat levantó un dedo y señaló al poli mientras miraba fijamente a los ojos de Freddie e ignoraba al otro hombre.

– ¿Quién te ha dado permiso para dirigirte a mí, capullo de mierda?

Freddie se sintió aterrorizado de nuevo. Eso no era lo que se suponía que debía suceder. Pat nunca se comportaba de forma tan chulesca. Se suponía que era Pat el que debía sentirse pillado. Freddie no estaba preparado para ese tipo de comportamiento.

– Tú cállate la boca hasta que yo te hable, ¿de acuerdo? No eres nada más que un enano, un capullo y un puñetero mierda.

Se podía palpar la violencia en su mirada. Todo el mundo recordó en ese momento lo muy escurridizo que podía ser, especialmente cuando creía que le habían tomado por un gilipollas.

Pat tenía una reputación que las personas que estaban en la habitación habían olvidado al pensar que unidos serían superiores. Pat acababa de recordarles lo arriesgado que era hacer presunciones por adelantado.

El poli no estaba seguro de cómo debía reaccionar ante las palabras de Brodie. No obstante, supo que lo habían derrotado. Pat giró la cabeza bruscamente para quedarse mirando fijamente al hombre. Tenía la mirada muerta, y cualquiera que le conociese sabía que también dispuesto a cualquier cosa. Pat era capaz de cualquier cosa si se sentía amenazado y había utilizado la violencia extrema en muchas ocasiones para llegar hasta donde había llegado. Esa noche no tenía la más mínima intención de achantarse ante ese tío y lo había dejado bien claro. Él planeaba por adelantado y tenía la cabeza muy bien puesta. Estaba preparado para cualquier eventualidad que aquellos jodidos mierdas intentaran contra él. Cuando volvió a sonreír lo hizo con la escalofriante certidumbre de que saldría victorioso, pasara lo que pasara.

– Dos tíos han muerto y tú andas aquí sentado con un puñado de extraños, Freddie. Unos extraños muy sospechosos.

Miró de nuevo a Freddie. Su voz estaba llena de desprecio, no sólo por ellos, sino por la situación en la que estaban involucrados.

– ¿Tengo monigotes pintados en la cara o qué? -preguntó Pat levantando la mano y haciendo un gesto de súplica. Se mostró excesivamente dramático. De alguna manera les estaba advirtiendo que estaba jugando con ellos y disfrutando con ello. Dwyer le dio una calada profunda al cigarrillo, sin intentar tan siquiera justificarse, y no hizo ademán de presentar a sus nuevos amigos. Sabía que el asunto había quedado zanjado, que todos ellos estaban acabados. Su miedo se transmitía al resto de los hombres que estaban presentes en la habitación.

Patrick se echó a reír. Podía palpar el poder que emanaba y se dio cuenta de que los había pillado desprevenidos. Todos ellos conocían su reputación, aunque ninguno la había experimentado de primera mano. Pat podía ser muy malo cuando se enfadaba, y aquella noche estaba enfadado de verdad. Podía sentir la cólera en su interior, deseosa de estallar. Se estaba divirtiendo con ello incluso. Estaba dispuesto a vengarse de semejante atrocidad aunque tuviera que esconderse y desaparecer por mucho tiempo. Se habían tomado una libertad mayúscula, se habían pasado de la raya y no estaba dispuesto a consentirlo. Deseaba que corriera la sangre, deseaba vengarse y estaba dispuesto a llevarlo a cabo costara lo que costase.

– He venido aquí para tratar de encontrar algún puñetero sentido a esa falta de cumplimiento por parte tuya de tus deberes. Te echamos una soga y nos has pagado tirándonos al río, pedazo de hijo de puta. Por tu culpa han muerto dos hombres, pero el error más grande que has cometido es que hayas pensado que no me iba a dar cuenta, que era tan estúpido como para no haber averiguado que eras tú.

Se rió de nuevo y señaló a Dwyer.

– ¿Éste? ¿Vosotros confiáis en éste? ¿El cabrón de Freddie, el hombre de hielo? ¿Y vosotros os hacéis llamar la Brigada Móvil? ¿El azote de los criminales? ¡Pues vaya mierda!

No había rabia en sus palabras, sino indignación, sarcasmo e incredulidad.

– ¿Estaréis de broma, verdad?

El poli era un tipo grande, de anchas espaldas, pero con el cuerpo fofo y lacio de un hombre perezoso. Como la mayoría de los polis corruptos, no había estado en las calles desde que fue ascendido y dejaba ese trabajo para los hombres que estaban a su servicio. Era el típico poli que dependía de chivatos como Dwyer o de cualquier cosa que fuera del conocimiento público. En pocas palabras, que siempre andaba detrás de algún chisme, comentario o de cualquier palique que oyese. Era tan idiota que había llegado a pensar que podía ganarse a un tipo como Pat Brodie, que podía amedrentarle por el mero hecho de que sabía algunas cosas que podían ponerle entre rejas por un buen tiempo. No tenía la experiencia ni la inteligencia necesaria para saber que un hombre como Brodie era capaz de comerse una condena de veinte años antes de soltar algo que pudiera incriminarle a él o a alguno de los suyos.

– Escucha, Pat. Creo que te has equivocado. Nosotros queremos tenerte de nuestro lado.

El que tenía aspecto de poli terminó de hablar. Había intentado ponerlo de su lado, había pensado que podía venderse y delatar a sus compañeros. El hombre tenía una voz grave, con un tono agradable y un ligero acento, probablemente galés. Trataba de hablar con acento londinense, muchos miembros de la policía y de la Brigada Móvil lo hacían porque eso les hacía sentirse más duros, más metidos en el rollo. Estos muchachos de la clase alta trabajadora se consideraban los nuevos coches Z. Patrick miró a su alrededor y suspiró decepcionado. ¿Ésos eran los miembros de la legendaria brigada? Se había topado con tipos más duros antes de hacer la Primera Comunión. Habían hecho hasta un programa de televisión acerca de ellos, pero hasta esa noche no se había dado cuenta de que eran pura comedia.

Demasiado tarde. El poli se dio cuenta de que había metido la pata. Estaba tan seguro del puesto que ocupaba que pensó que, aunque no lograsen poner a Pat de su lado, sería incapaz de hacerles ningún daño. Después de todo, ellos eran representantes de la ley y tenían la última palabra. Sin embargo, en aquel momento, se preguntaba si Brodie se cargaría a uno de ellos sólo para demostrar que no les tenía miedo.

– ¿A quién llamas tú Pat? ¿Quién coño te ha dado permiso para que muestres esas familiaridades conmigo?

La habitación rebosó de odiosa indignación. El odio innato de Patrick por cualquier tipo de autoridad estaba en evidencia y se sentía ofendido, muy ofendido. Se metió la mano en la chaqueta y sacó un machete. Lo blandió con suma destreza, observando el rostro de los hombres cuando vieron lo que se les avecinaba. Spider y su primo jamaicano estaban de pie en la entrada, portando sus propias armas, una guadaña y una espada samurái, ambas claramente visibles.

Los tres hombres que estaban sentados en la mesa terminaron por comprender que se encontraban en peligro y que pertenecer a la policía no les garantizaba la más mínima seguridad ante ese puñado de psicópatas que los miraban con ojos enardecidos.

Levantándose de la silla, Patrick hundió el machete en la cabeza de Freddie Dwyer con todas sus fuerzas. Spider y Pat empezaron a reírse a carcajadas mientras lo cortaban a pedazos y la sangre salpicaba en el rostro de los polis, que esperaban su turno.

Le dieron una lección. Fue una lección impartida con la mayor diligencia y brutalidad. Fue una lección para todos los que quisieran tratar con Patrick Brodie de ahora en adelante.

En un santiamén había pasado de ser un tipo duro a un completo chiflado. Había sido un acto muy bien planeado y muy bien ejecutado para que todo aquel que pensara que podía implicarle o acusarle, supiera a lo que debía atenerse, así que más valía que se acordasen del capullo de Freddie y del poli corrupto que había sido lo suficientemente gilipollas para creer que podían incriminarle sin sufrir las consecuencias.

Lil se tendió en el sofá para tratar de tranquilizarse. El embarazo le estaba ocasionando molestias una vez más y aún quedaban pruebas de la devastación que había sufrido su casa. Ordenó las cosas lo mejor que pudo, pero la policía había hecho un buen trabajo y la mayor parte del mobiliario tendría que ser sustituido.

Respiró profundamente varias veces tratando de mitigar los latidos de su corazón, que estaba a punto de darle un vuelco. Seguía sin saber nada de Pat y el tiempo no dejaba de correr. Cada vez que miraba el reloj de la repisa le parecía que habían transcurrido horas, pero sólo habían sido unos breves minutos. Su madre aún estaba al cuidado de los niños y su presencia le bloqueaba los pensamientos que le rondaban por la cabeza. El embarazo empezaba a darle molestias y se dio cuenta de que se iba a poner de parto.

No obstante, el dolor era algo que podía controlar, además de que su mente no dejaba de darle vueltas a lo acontecido en las últimas horas. Encendió un cigarro y le dio una profunda calada; la nicotina le golpeó en el cerebro y la hizo sentirse mareada. La segunda le sentó mejor y la tercera terminó por calmarle los nervios. Se miró la barriga y vio que se movía, anunciando la llegada de una nueva persona al mundo. Aún era temprano y estaba demasiado cansada para armar un alboroto.

Si Patrick había sido arrestado en alguna ocasión, debió de ser ocho o diez años antes de que tuviera un hogar y unos hijos. Nada más pensarlo le entraban escalofríos. Se sentía sola y vulnerable y seguía pensando por qué tenía sólo ocho libras a su nombre.

Ocho pordioseras libras y un nuevo niño abriéndose paso por venir a este mundo. ¿Qué coño iba a ser de ella?

Spider y Pat estaban en una casa a las afueras de Railton Road. Estaban empapados de sangre y muy exaltados por el acto de extrema violencia que acababan de llevar a cabo.

Dicky y los hermanos Williams estaban pletóricos de alegría por la sentencia que Pat había ejecutado en su nombre. Dicky lamentaba haberse perdido la sanguinaria escena, pero también estaba contento de saber que nadie podría incriminarlos ni a él ni a sus hermanos en el escenario del crimen. La muerte de un pasma solía traer problemas, aunque fuese la muerte de un poli corrupto.

La muerte del hermano más pequeño había afectado seriamente a todos los Williams, y Dicky sabía que, dentro de la lógica de Pat, lo que había hecho era un gesto de buena amistad. Ellos serían los primeros en caer, pero como habían procurado que los viesen en otros lugares, disponían de una coartada perfecta.

Ahora estaban tomando una copa y asegurándose entre sí de que, si la pasma hubiera tenido la intención de apresarles, ya lo habrían hecho. Pat, al igual que Spider, sabía que lo que estaba haciendo la pasma ahora era lamerse las heridas, tomarse su debido tiempo, pero más tarde o más temprano volverían a reagruparse porque es innato en la raza humana. De momento, estaban seguros de que la pasma prefería retirarse, sonreír y asentir, pero cuando llegase el momento oportuno, cuando vieran que ellos estaban en un momento de debilidad, se les volverían a echar encima como lobos. Hasta entonces, ¡qué los jodan! La muerte del pequeño Terry no fue un acto muy inteligente y el joven al que habían contratado para que hiciese el trabajo era ahora la cara más buscada en el Smoke, alguien a quien nadie estaba dispuesto a ofrecer protección. La muerte de Jamie el Corredor apenas fue registrada en la escala policial de Richter de Londres, por lo que aún no había dado una razón a la Brigada Móvil para que actuase en contra de los hermanos Williams o Pat Brodie. Se podía organizar un alboroto impresionante, pero la lección había sido aprendida.

En realidad, todo lo sucedido aquella noche corría a favor de Brodie. Ahora era el nuevo rey de los desinhibidos y los polis corruptos a los que había pagado le ofrecían completa protección, ya que había sido lo suficientemente astuto como para contratar sólo a los mejores. Tal como decía su madre, se tiene lo que se paga; en muchas ocasiones había demostrado estar en lo cierto.

Spider había sido un buen colega de Pat desde hace años, pero aquella noche tomó una decisión de por vida: había preferido a Pat que la protección garantizada de la pasma. Si se hubiese puesto del lado de Dwyer, le hubieran dado un reino donde poder vivir tranquilo, pero, al igual que Brodie, prefería jugar sus cartas en su mundo que vivir bajo la protección de la hedionda pasma.

Patrick estaba pletórico de entusiasmo. Mientras se quitaba las manchas de sangre del cuerpo, notó como revivía de nuevo los sentimientos experimentados aquella noche. Disfrutar de un acto de violencia semejante le hizo cuestionarse él mismo. Había observado agonizar lentamente a Dwyer y se había quedado fascinado con ello. Mientras los otros esperaban su turno, había observado el miedo que les invadía, que emanaba de sus poros. Tal como le había señalado a Spider, aquello era poder absoluto. Poder elegir quién vive y quién muere es el mayor goce de todos. Verlos aterrados y totalmente dominados fue lo que le hizo sentirse tan bien y por lo que prolongó la agonía de Dwyer. Quería verlos allí, aterrados, subyugados.

Ahora que empezaba a tranquilizarse, esperaba que desapareciera ese sentimiento, pero no fue así. Se dio cuenta de que había despertado algo en su interior que había retenido durante años. Era hijo de su padre, hijo de su madre y eso lo convertía en una persona inmune al sufrimiento de los demás; al menos de las personas que lo coartaban.

Estaba decidido a aprovecharse de eso. Después de ese pequeño incidente iba a asegurarse de que jamás se viese en una situación de debilidad. Si el miedo extremo lo ponía a buen recaudo, entonces bien llegado sea.

Había levantado la perdiz en busca de información acerca del matón. Una vez que lo apresara y acabara con él, el asunto quedaría zanjado definitivamente. Estaba enviando mensajes de todos los colores y cualquiera con dos dedos de frente prestaría atención. Patrick Brodie era una persona con la que nadie debía enfrentarse. Hasta la pasma había tenido que aprender esa lección aquel día, y de la peor manera posible.

Lil abrió los ojos y volvió a cerrarlos de nuevo. Aún no se había hecho de noche y la luz del sol entraba en la habitación del hospital. Seguía sin poderse relajar, continuaba preocupada por Patrick. No había recibido ni la más mínima noticia, nadie sabía dónde se encontraba. Durante todo el parto no había hecho otra cosa que esperar un mensaje que le dijese que estaba fuera, que se encontraba bien, que aún era libre. Sin embargo, nadie sabía nada acerca de él, ni tampoco parecían preocupados por su desaparición.

Un débil lloriqueo la hizo erguirse. Sonrió a la cuna que habían colocado al lado de su cama. Dos niñas perfectamente formadas yacían una al lado de la otra, idénticas en todos los aspectos. A pesar de ser prematuras, estaban sanas y saludables, los muslos bien redondos y el pelo rizado y espeso.

Gemelas. La enormidad del embarazo la abrumaba. Nadie había detectado un segundo niño, nadie se había preparado para una cosa así, nadie podía querer a aquellas dos niñas más que ella. Eran, en definitiva, una señal de que había estado dispuesta a protegerlas a pesar del terror que había vivido en las últimas horas.

Pat se volvería loco de alegría cuando las viese. Había sido la noche más movida de su vida. Simular que todo iba bien y que su marido no se había presentado porque estaba trabajando fuera y no podía contactar con él le había sacado de sus casillas.

Ahora debía pasar diez días en esa asquerosa cama. Sin embargo, hasta que no supiera lo que le había sucedido a Patrick, lo mejor que podía hacer era dormir, pero sabía que eso no ocurriría hasta que Pat no se presentase. En cuanto lo viese pensaba cantarle las cuarenta. Con sólo pensarlo se sintió más aliviada.

Laina Dawson tenía setenta y dos años de edad y se había trasladado a Southend quince años antes, cuando se demolieron las viviendas insalubres. Sus dos hijas y su hijo menor se encontraban aún en el Smoke y solía verlos con frecuencia, pero tener a su nieto Leonard, nombre que recibió de su fallecido abuelo, viviendo con ella era lo máximo que podía esperar.

Al parecer los nervios le estaban traicionando, pero, como pensaba ella, y también su madre, el aire del mar le sentaría bien y pronto recuperaría la cordura. Buena comida casera, unas cuantas semanas en casa, tranquilo y viendo la tele con su abuela, le harían recuperar el color de las mejillas.

– ¿Te apetece venir al bingo, corazón?

Lenny forzó una sonrisa y negó con la cabeza. Desde que se había afeitado, se parecía enormemente a su errante padre.

Era lo único que a ella no le agradaba de ese muchacho, lo mucho que se parecía físicamente a su padre. Era como ver de nuevo a ese cabrón hipócrita, pero, afortunadamente, era eso lo único que tenían en común. Al contrario que su marido, él era un hombre decente, de buenos modales y con un aire amistoso.

Los rumores que corrían acerca de que estaba involucrado en asuntos turbios le parecían absurdos y carentes de sentido. No era un chorizo violento y cualquiera que dijera lo contrario era un mentiroso; como solía decir, la gente tenía envidia. De lo que tenía envidia jamás lo mencionaba, pero había sido la excusa que había utilizado siempre que incriminaban a sus hijos. Jamás se le ocurrió pensar que ellos pudieran tener la culpa, siempre era que alguien se sentía celoso de los hijos tan perfectos que tenía.

Ahora su nieto vivía con ella, y estaba allí porque seguro que andaba involucrado en algún tipo de problema. Ella, sin embargo, seguía excusándole. Era joven, bastante ingenuo y le quedaba mucho por aprender. El tabaco tan pestilente que fumaba le hacía sentirse catatónico y, si hubiera sido el nieto de otra, habría pensado que fumaba el cannabis ese del que tanto hablaban los periódicos. Sin embargo, su nieto no podía hacer semejante cosa, pues estaba muy por encima de todo eso.

Mientras se preparaba para ir al bingo trató de charlar con él, aunque él apenas se daba cuenta de su presencia. Se había quedado sola desde que su marido murió y, aunque prefería estar muerta antes de admitirlo, estaba haciendo todo lo posible por encontrar a alguien con quien poder charlar. El muchacho la miró de mala gana. Estaba pálido y tenía unas ojeras tan grandes que se podía haber metido la bolsa de la compra en ellas. Estaba segura de que andaba involucrado en algún tipo de jaleo, pero más valía no preguntarle.

Exceso de trabajo, era la explicación que daba su madre a su aspecto. Laina, sin embargo, no replicó aludiendo que, por lo que sabía, Lenny jamás había trabajado. Debían pensar que ya estaba chocha, ya que siempre comentaba lo buenos que eran con ella cuando Laina sabía que sólo veía a sus hijos cuando necesitaban dinero o estaban metidos en algún lío.

Lenny era un muchacho inteligente. Había ganado unas cuantas libras y le había dado un buen puñado por la estancia que iba a pasar en su casa. Como siempre decía su marido, no todo va a ser gratis.

Mientras bajaba la calle Progress Road de camino al bingo, oyó cómo patinaban las ruedas de un coche, algo que se estaba convirtiendo en una rutina últimamente en Southend. El barrio estaba cambiando, para peor, claro.

Cuando cruzó la calle no vio a los tres hombres que se escurrían por el sendero de su casa y entraron en ella sin tener ni tan siquiera la decencia de llamar a la puerta. Ni tampoco la cara de su nieto cuando oyó que una voz muy familiar le decía:

– Hola, Lenny.

A pesar de que sabía que aquel momento era inevitable, la sorpresa lo dejó sin habla.

– No hay nada como un poco de aire del mar y unas bonitas vacaciones.

Lenny miró fijamente a Pat Brodie y supo sin ninguna duda que lo único que le quedaba era morir con un poco de dignidad, con un poco de autoestima.

Cuando hablasen de su muerte, pues estaba seguro de que lo harían, todos juntos y con una copa en la mano, quería que dijesen que había muerto como un hombre. Que dijeran que había levantado la mano, cerrado la boca y aceptado lo inevitable sin rechistar siquiera. Quería que los demás lo viesen como un valiente, que hablasen de él con respeto. Sabía que morir dignamente le haría ganar muchos elogios, aunque él no estuviera para oírlos. Quería que sus amigos supieran que no había implorado por su vida, que no había intentado eludirla. Quería morir con el orgullo intacto, sin importar lo cruelmente que Pat Brodie hubiera decidido asesinarle. Eso era lo único que pedía: que Brodie dijera que había muerto como un hombre. Si Brodie decía tal cosa, ¿quién lo iba a poner en duda? Pensar en lo que dirían de él después de su muerte a los veinticinco años era algo que le costaba asimilar. Había apostado y había perdido. Si hubiera ganado, tampoco él se habría mostrado nada amistoso. Por tanto, no esperaba menos. Sonrió de corazón, mirando aquella cara desquiciada. Trató de reprimir el miedo que le invadía. En parte se sintió aliviado, pues ya no tendría que esperar nunca más a que llamasen a la puerta. La puerta, por fin, se había abierto y la paz se estaba acercando.

– Aquí no, colega, mi abue…

El muchacho puso mirada de niño. Su cara regordeta lo denotaba todo: era plenamente consciente de su destino.

Pat sonrió y dijo en tono de broma:

– ¿Qué te has creído que somos? ¿Animales?

– ¡Dios santo, Lil! Un par de hermosas gemelas.

La voz de su padrastro la sacó del sueño que el cansancio y un par de valium que una enfermera le había dado le habían proporcionado.

Lil lo miró con ojos cansados y despintados por el rímel. Mick se dio cuenta de que lo detestaba tanto que deseaba tenerlo lo más lejos posible, físicamente hablando. El sintió enormes deseos de abofetearle la cara, pero no lo hizo, pues prefería seguir haciendo su juego. Simulaba ser un buen padre mostrando adoración por sus nietos. Las dos gemelas eran dos niñas muy hermosas. Mick se sintió conmovido por la simetría de sus rasgos y por su buen aspecto. Eran como dos flores en un jardín. Eso le hizo sentir más envidia que nunca por Brodie y su familia.

Por las calles corría la voz de que Brodie había acabado con los pretenciosos que ambicionaron su trono y que pensaba acudir al hospital para ver a sus recién nacidas gemelas. Sin embargo, aún no había hecho acto de presencia, por eso pensó que las charlatanerías quizá fuesen un tanto prematuras.

– ¿Necesitas algo, cariño? -preguntó Mick.

Lil apenas movió la cabeza para negar. Él trató de no perderle el respeto y sonrió.

– Apuesto a que Pat está como loco.

Lo dijo a sabiendas de que su marido aún no había llegado. Lil pudo sentir la animosidad de su padrastro brotando a borbotones. El sarcasmo de su voz fue lo que le alertó de que él sabía algo acerca de su paradero. Se había enterado de la redada que había organizado la policía en su casa, ya que su madre se lo había comentado, por eso Lil permaneció inmutable, sin el más mínimo deseo de responderle.

El silencio que reinaba entre los dos se rompió porque Mick comenzó a toser. Dejó de mirarla y hundió la cabeza en el pecho como si estuviese avergonzado. Lil se dio cuenta de que lo había incomodado. A pesar de su rencor y de su odio seguía siendo un cobarde y, como todos los cobardes, un traicionero. Sabía que era un hombre dispuesto a vender a cualquiera si con ello se ganaba algo.

– Vete a la mierda y déjame en paz.

Tenía la voz grave por la falta de sueño y de emociones. Se alegró de que se marchara sin pronunciar palabra. Una vez más, estaba temblando. Habían transcurrido cuarenta y ocho horas y seguía sin saber nada de Pat. Aquello no es que fuese inusual, pues a veces desaparecía. Sin embargo, estaba segura de que Pat sabía que su casa había sido registrada y que tuvo que afrontarlo todo a pesar de tener la barriga como un globo. Pat debía haber pensado en ella y en los niños. El hecho de que no se hubiese puesto en contacto la hacía sentirse sola, abandonada y asustada.

Al parecer nadie respondía al teléfono. Eso ya indicaba de por sí que algo malo estaba sucediendo. Hasta el teléfono de los clubes estaba descolgado, por lo que no pudo hablar con nadie y confesar sus temores. Una vez más sintió el enorme peso de la responsabilidad sobre sus hombros y se preguntó dónde coño estaría su marido y por qué no se había puesto en contacto con ella. El dolor que notaba en el pecho no era nada en comparación con la enorme presión que sentía y que le aprisionaba la cabeza hasta tal punto que parecía que iba a estallarle. Esperaba, de alguna forma, que estuviese encarcelado porque, si estaba libre, entonces significaba que no se había preocupado lo más mínimo de ellos.

Dicky Williams salía de su coche con su típico garbo cuando le dispararon en la cabeza y en el cuerpo en repetidas ocasiones. Lenny obviamente no era el culpable y nadie tenía la menor idea de quién podía haber sido el listo que lo hizo. Era una comedura de coco.

Lo más triste de todo es que su muerte no sirvió de nada, ya que, cuando le mataron, el asunto ya había quedado zanjado y resuelto. Aun así, nadie sabía nada acerca del asunto.

Fue una tragedia, principalmente porque los restantes hermanos Williams no eran capaces de permanecer unidos sin la fuerza de su carácter. Muy pronto se hizo patente que la muerte de Dick, y no la de Terry, sería el catalizador que terminaría con todos ellos.

Capítulo 6

Kathleen y Eileen daban sus primeros pasos por la habitación y Patrick se reía de sus gracias. Eran sus preferidas y todo el mundo, incluidos los niños, lo aceptaban. Las niñas, como se les solía llamar, eran verdaderas preciosidades: dos niñas de pelo rubio y ojos azules que no habían recibido otra cosa en la vida que cariño y caprichos. A los tres años eran completamente idénticas. También eran inteligentes y vivaces, pues aprendieron a hablar y a andar antes de lo debido. Ambas estaban sumamente mimadas por sus padres y hermanos.

Patrick observaba a su esposa limpiándoles la nariz, ordenar la casa y preparar la cena. Lil era una mujer fuerte y seguía siendo la única en su vida. Cuando sus hijas le tendieron los brazos y ella se agachó para cogerlas, sonrió al ver esa imagen tan enternecedora y un nudo se le hizo en la garganta.

Lil era una mujer bella y parir cuatro hijos no le había robado el brillo de sus ojos, si acaso todo lo contrario, había ganado en atractivo. Sin embargo, con el nacimiento de las gemelas tuvo que dejar de trabajar con él y, aunque le encantaba ser madre, echaba de menos la excitación que le proporcionaba el trabajo.

Le miró fijamente y sonrió con tristeza. Le bastaba con mirarle para saber lo que pensaba. Ambos lo sabían.

La culpabilidad le carcomía. Había estado sin dar noticias durante dos días mientras las niñas nacían y que Lil ni tan siquiera se lo mencionase daba mucho en que pensar. Hace mucho tiempo que había dejado de hacerle preguntas sobre sus correrías, no quería saber dónde había estado, ni le interesaba. Al parecer, lo único que le interesaba es el dinero y estaba obsesionada con él. Se lo pedía de forma muy exigente, como si fuese un derecho que le perteneciera. ¿Cómo iba a negárselo? Cuatro hijos cuestan dinero, mucho dinero, pero a veces pensaba que eso era lo único que le interesaba de él, que sólo le hablaba para pedirle dinero: dinero para la comida, dinero para la ropa, dinero para esto y dinero para aquello. No obstante, se sintió injusto.

Se estaba convirtiendo en una persona como su padre y se odiaba por ello. Sin embargo, los clubes le reclamaban y, cuando terminaba de trabajar, se tomaba unas cuantas copas y se entretenía con un chochito nuevo. Antes de que se diera cuenta, la noche se había acabado y estaba amaneciendo. La chica con la que había pasado el día y la noche no servía ni para limpiar las suelas de los zapatos de Lil, pero eso no le preocupaba en absoluto. Era jovencita y estaba disponible. También era de las que están dispuestas a hacer de todo. Se la había tirado en el asiento trasero del coche y ni tan siquiera podía recordar su nombre. Tenía un buen par de tetas, una sonrisa agradable y le había complacido en cada momento. Él la había utilizado, igual que utilizaba a todas las chicas que le rodeaban y que le complacían más de lo que hacía Lil en casa. En cuanto terminaba de echarles un polvo y se le pasaba el efecto de la bebida, se las quitaba de encima y se sentía a disgusto consigo mismo, jurándose que sería la última vez. Sin embargo, se estaba convirtiendo en una diversión muy frecuente, a pesar de que aquellas chicas no significasen nada para él. Salía incluso cuando no tenía ningún trabajo concreto, nada que hacer, ninguna razón para no irse de casa y estar con su familia. Se comportaba como un chulo y Lil se estaba empezando a hartar. Él lo sabía y ella también. Si hubiera sido Lil la que hubiese pasado toda la noche de parranda, él hubiera provocado la de san Quintín. Si alguien se atrevía a mirarla dos veces seguidas, se sentía tan celoso que era capaz de asesinarle. Como Lil decía siempre, «el ladrón cree que todos son de su condición». Puesto que él era capaz de echar una canita al aire, asumía que ella también lo era, a pesar de que sabía que era mejor que él. Lo peor de todo es que ella disponía de un detector natural incorporado que le permitía saber cuándo él se la estaba pegando.

Patrick era ahora el rey de la montaña, se había hecho de una reputación tan sólida que nadie en su sano juicio se atrevería a desafiarle. De alguna manera, eso le decepcionaba. Patrick sabía que, para mantenerse en la cima, era necesario hacer una muestra de fuerza regularmente. No sólo para advertir a los pretenciosos, sino también para mantener a raya a tu ejército. Tenía a muchas personas trabajando para él y sabía que algunos de ellos podían convertirse en oponentes si era lo suficientemente estúpido como para dejarles el camino libre. Hasta Dave y los otros hermanos Williams estaban jugando su suerte últimamente, por lo que se acercaba el momento de poner las cartas sobre la mesa.

Spider y sus compinches estaban aún a su servicio, pero, como los Williams y los negros nunca se llevaron bien, empezaban a surgir ciertos problemas. Los Williams se quejaban del poco dinero que recibían y no se daban cuenta de que Spider era un buen tipo que había ganado una fortuna con la pornografía, las armas y la venta de hierba. Los tiempos estaban cambiando y los jamaicanos eran el futuro. Dave debía aceptar esa idea, sería lo mejor para todos. Se les había ofrecido una oportunidad, pero la rechazaron hace tiempo. Ahora el dinero llovía a espuertas y empezaban a florecer los resentimientos.

Spider era el que trabajaba en primera línea y el que se ocupaba de todo el tinglado, desde los blues hasta los birds. Los blues eran fiestas que duraban días enteros. Se alquilaba una propiedad abandonada, se rehabilitaba y se quitaban los escombros. Luego se instalaba un equipo de música y se ponía un bar. La fiesta podía durar días enteros y la cantidad de dinero que se recolectaba en la puerta y en la barra era descomunal. Las ganancias obtenidas por la venta de hierba siempre eran colosales y la policía no se enteraba de nada. Por regla general, era un buen negocio y Spider sabía cómo llevarlo. Nadie podía celebrar un blues, ni vender un porro ni chulear a una mujer sin que Spider diera su consentimiento. Eso, por supuesto, quería decir sin el consentimiento de Patrick. Al principio, a Spider no le molestó eso, ya que él y Patrick habían formado un buen equipo, pero al parecer no agradaba demasiado a Dave y sus hermanos. No tenían ningún punto de apoyo en el sur de Londres y ahora lamentaban no estar llevándose parte del dinero que Patrick ganaba. Se lo ofrecieron al principio, pero lo rechazaron, pues no se dieron cuenta del potencial que ofrecía Brixton. Ahora no les quedaba más remedio que reconocer que habían sido unos capullos y debían saber que ni Spider ni Patrick estaban dispuestos a dividir las ganancias entre tres por el mero hecho de mantener la paz.

Spider estaba vendiendo Dexedrina a cincuenta libras el millar y los chavales se volvían locos por ella. La anfetamina era la droga de moda, ya fuese en pastillas o en polvo, y se estaba sacando una pasta con ella. Spider controlaba los negocios con una precisión militar y daba por sentado que el sur de Londres era suyo y que Patrick estaría de acuerdo con él.

Pat contempló la casa que había adquirido recientemente y le invadió un sentimiento de orgullo. Nadie antes en su familia se había podido permitir el lujo de tener una casa en propiedad. Poseer algo tan significativo le producía un sentimiento muy extraño. Era como un compromiso, era el techo que protegía a su familia. También era una forma de inversión, de eso estaba seguro. La había pagado al contado, ésa fue otra de las exigencias de Lil. Hasta entonces no había pensado nunca en poner su dinero en algo tangible, sino que más bien lo había ocultado para que no lo descubriesen los tipos de los impuestos o la policía. Lily, sin embargo, le había dicho que las ganancias de sus negocios legales eran más que suficientes como para respaldar una compra de esa clase. Como siempre, estaba en lo cierto.

La casa estaba a su nombre y ella era la que tenía las escrituras. Era lo menos que podía hacer. Él era propietario de otras casas, pero las utilizaba para sus negocios y estaban a su nombre; en cualquier momento se las podía quitar de encima si quería. Aquel lugar, sin embargo, emanaba seguridad: era su casa, la casa de su familia. Le gustaba sentir que pertenecía a un lugar, que disponía de una base. También estaba encantado de ver a Lil satisfecha y segura sabiendo que la casa era suya, pasara lo que pasara.

Los niños empezaron a pelearse. Estaban viendo Tom y Jerry en la tele y discutían sobre quién debía ser el gato y quién el ratón. Las dos niñas se les acercaron y, como siempre, Kathy se sentó con Pat Junior y Eileen con Lance. La presencia de las niñas hizo que la discusión se detuviera al instante y Pat se sintió orgulloso de los buenos modales que mostraban los niños con sus hermanas.

Estaba abatido y se echó en el sofá para relajarse. Lil le trajo una taza de té fuerte y dulce. Él la atrajo hacia sí y la beso con fuerza, metiéndole la lengua en la boca. Ella le respondió. Nunca podía estar enfadada con él por mucho tiempo. Por muy enfadada que estuviese, lo necesitaba tanto como el aire. Sin él no era nada. Sin él, la vida estaba vacía, a pesar de tener cuatro hijos que ocupaban su tiempo. Se odiaba a sí misma por ello, pero lo aceptaba resignada como parte de la vida.

El sentimiento de incomodidad que antes reinaba entre ellos desapareció hasta la próxima vez. No obstante, aún se podía percibir la mirada acusatoria en sus ojos y lo harta que estaba por tener que aceptar su estilo de vida por ella y por sus hijos.

Él era un hombre y, en su mundo, eso significaba que podía hacer lo que se le antojase. A ella no le gustaba, pero no tenía más remedio que aceptarlo. Era precisamente eso lo que más le abrumaba: merecía algo mejor y ambos lo sabían.

Spider bebía una copa de ron blanco mientras se fumaba un canuto; el olor a cannabis impregnaba la atmósfera. Su novia, una joven jamaicana con el pelo hecho trenzas y los ojos almendrados, estaba amamantando su bebé mientras escuchaba a Peter Tosh en el equipo de música.

Spider observó perezosamente a Rochelle a través de las gruesas trenzas que le caían por encima del rostro, los ojos semicerrados por el cansancio. Al igual que Patrick, había estado escondido durante unos días. Al contrario que él, su novia lo había recibido hecha una furia cuando regresó a casa. Finalmente, tras mucha persuasión, se había calmado lo suficiente como para atender al niño. Se dio cuenta de que iba a tener que hacer muchos méritos para poder ganársela en los próximos días. Era una buena chica y él la quería mucho. Tenía su carácter y era muy joven para él, pero tenía buen corazón y él la respetaba por ello.

En ese momento llamaron a la puerta y Spider se sacudió para despertarse. Estaba totalmente colgado y le costó trabajo abrir la puerta. Su casa era como una fortaleza y le llevó su tiempo correr todos los cerrojos. Sabía quién estaba al otro lado y sonrió cuando por fin logró abrir el último cerrojo.

– ¡Joder, tío! Este sitio es como Fort Knox -dijo el hermano pequeño de Spider, Cain, que permanecía en la puerta sonriendo.

Cain era la antítesis de Spider. Tenía el pelo muy corto y vestía con pantalones hechos a medida y camisas sencillas. Spider tenía un carácter más hecho y eso se reflejaba en su rostro. Llevaba puesto pantalones anchos y una camisa con brocados de algodón muy ceñida. Con sus trenzas y sus mocasines tenía el mismo aspecto que un camello rasta. Cain era un chico prometedor. A los veintiuno ya tenía las agallas y la astucia para haberse ganado un lugar en la comunidad. Tenía una forma muy peculiar de disimular la fuerza y la determinación que sólo resultaba evidente para la gente que le conocía bien. Spider era doce años mayor que él y estaba tan orgulloso de su hermano que se lamentaba diciendo que algún día le quitaría el lugar.

– ¿Tienes mi dinero?

Cain se rió. Sus dientes blancos brillaron bajo la luz del sol.

– Cierra la puñetera puerta. Siempre me has dicho que no hablemos de negocios en la calle.

Mientras cerraba, Spider oyó a su hermano hablar del buen aspecto que tenían sus sobrinos y trataba de flirtear con Rochelle. El muchacho era un donjuán nato. Verle hablar y bromear con Rochelle le hizo sentir un amor que muchos hombres reservan sólo para sus hijos. A él le encantaba su vida. Momentos como aquellos eran los que le hacían darse cuenta de lo afortunado que era.

– Se están quedando con todo y están pasando por encima de nosotros, Dave. ¿Acaso no te das cuenta?

Dave suspiró al oír de nuevo la perorata de su hermano Dennis, que solía interpretar las cosas siempre por el lado equivocado. Desde que Dicky murió asesinado, él había tomado el bastón de mando y no resultaba fácil. Dicky había sido el cabecilla y siempre supo lo que debía hacer y cómo. Dave lo intentaba y Patrick le permitió que asumiera ese papel, aunque siempre estaba preocupado de que no lo hiciera bien. La muerte de Dicky había dejado un espacio que Dave sabía que nadie podía ocupar, y tenía la impresión de que sus hermanos pensaban igual que él. Ahora eran personas maduras que se daban patadas por ganar unas cuantas libras. Él era el mayor y ellos lo respetaban, pero ya habían dejado de ser niños. Eran astutos y él lo sabía mejor que nadie.

– ¡Por lo que más quieras, relájate! Eres como una vieja cascarrabias.

– ¿Que me relaje? ¿Tienes la puñetera osadía de pedirme que me relaje?

Dennis tenía el mismo aspecto pedante de siempre. Tenía su carácter y a veces no resultaba fácil controlárselo. Se molestaba por cualquier menudencia y creía oír cosas que jamás se decían.

Era un jodido cabrón que cada vez resultaba más difícil de controlar.

– Nadie puede meter un pie dentro y eso es lo que me revienta. Spider y su hermano lo tienen todo bien amarrado.

Dave sorbió el café y esperó a que continuara con la perorata. Esa había sido la cantinela de todos los días desde que Dennis introdujo las anfetas en el sur de Londres. Había vendido para obtener un pequeño beneficio, pero ahora quería más. También había sido amonestado. De forma educada y con respeto, pero había sido amonestado, lo cual no era un privilegio que se concediera todos los días. Antes, ellos eran los que hacían las advertencias, por eso no estaban dispuestos a quedarse con los brazos cruzados contemplando cómo otros se llevaban la pasta sin que ellos cogieran lo suyo. Eso había provocado muchos resentimientos contra Patrick Brodie, al que cada día consideraban más un traidor.

Dennis deambulaba por la habitación. Tenía su amplia espalda erecta por la rabia que sentía y el rostro retorcido por el odio y la humillación.

– Para mayor insulto, Dave, ese negro de mierda y su hermano se lo están quedando todo. Se les ve por todos lados, cada rincón apesta a ellos. No han dejado nada para nosotros. El cabrón de Patrick Brodie estará contento. Está asociado con ellos, los tiene muy bien pillados. Se están poniendo las botas y nosotros mientras tanto ¿qué? Ayer por la noche me dijeron que me pirase, como si yo fuese un don nadie, un mierda. Me dijeron que no podía estar en Ilford ni en Barking porque ellos ya estaban vendiendo en la puerta del club Celebridades. -Dennis sacudió la cabeza, incrédulo y sorprendido.

– No hay ningún sitio donde podamos pasar nada de droga. Tienen cogido el Lacy Lady, el Room at the Top y el jodido Tavern. Lautrec ya es parte de sus dominios y Southend está más cogido que el coño de una monja. Lo tienen pillado todo. El Raquel en Basildon, el Roxy, el Vortex, el Dingwall de Camden. No hay ningún pub, ni club que podamos decir que es nuestro, incluido el Green Man, mi bar favorito. Se han apoderado de Callie Road, de los principales bares, de los muelles y de todos los bares locales. Son como jodidas sanguijuelas bebiéndose la leche de mis niños.

Escupió en el suelo para darle más fuerza a sus palabras.

– No nos han dejado nada. Sus muchachos están vendiendo anfetas en el jodido Beehive en Brixton Road cuando desde siempre han trapicheado con hierba. El West End y el Islington están repletos de camellos persuasivos que te roban hasta el último cliente. O hacemos algo o pronto nos veremos sin nada.

– ¿Quieres tranquilizarte de una jodida vez?

– ¿Tranquilizarme? ¿Quieres que me tranquilice? ¿Quién coño eres tú, un gurú de yoga? Despierta de una puñetera vez. Quiero que resuelvas esto y quiero que lo resuelvas pronto. Spider y su hermano se están paseando por ahí en lujosos coches y llevan toda clase de armas. Se están adueñando de todo como si fueran los reyes del espectáculo. ¿Qué esperan? ¿Qué metamos el rabo entre las patas y no digamos nada? No podemos ni vender en Manchester, ni en Liverpool ni en Escocia y a ti lo único que se te ocurre es decirme que me calme. Nos han dado de lado, nos han tratado como niñatos de escuela y tú quieres que me calme. ¿Qué pasa? ¿Eres el chupaculos de Brodie o qué?

Dave no respondió, no tenía ningún sentido, pero empezó a digerir la información. Sabía que tendría que resolver ese asunto más temprano mejor que más tarde, puesto que su hermano estaba ahora de por medio. Las drogas, especialmente las anfetas, eran un buen negocio y ellos habían invertido mucho dinero en ello.

El problema no estribaba sólo en que Pat Brodie era un buen tío, sino que además era su peor rival. Ponerse en contra suya podía costarles caro.

No obstante, estaba equivocado si creía que no querían un pellizco de lo que, sin duda, estaba siendo un negocio muy lucrativo. Que no les hubiera interesado al principio no significaba que ahora iban a rechazar las ganancias de un producto que se estaba demandando tanto. Si Spider se hubiera quedado en su territorio, nada de eso habría sucedido. Todos se habrían llevado lo suyo y nadie se sentiría a disgusto.

Dave prefirió ignorar que Pat Brodie era quien llevaba la voz cantante y que todo lo que sucediera en el sur de Londres era de su dominio. Se olvidó de que Pat se lo había ofrecido en diversas ocasiones y que ellos lo habían rechazado porque andaban buscando pasta en otras áreas. También pasó por alto las advertencias que Pat Brodie le había dado de forma caballerosa, aunque tajante: tenían libertad para hacer cualquier negocio que se les antojara, siempre y cuando no interfirieran en los negocios que Pat había montado. Básicamente, llegó a insinuar que habían perdido el tren y que ya era demasiado tarde para ir por ahí quejándose.

Sin embargo, si era cierto, como había señalado Dennis, que estaban traficando en todos los clubes nocturnos y se habían hecho con el monopolio, entonces se imponía una charla. Era plenamente consciente de que la mayoría de los pequeños camellos podían traficar porque tenían el permiso de Pat y estaban bajo la responsabilidad de Spider, que era conocido universalmente como el brazo derecho de Pat. Ahí era donde radicaba el problema, al menos en lo que se refiere a los hermanos Williams.

Se sentían marginados, poca cosa, incluso insultados. Los muchachos ya eran hombres hechos y derechos y, como cualquier otro joven prometedor, les bastaba una excusa para enseñar los dientes y dejar su huella. Eran unos cabrones ambiciosos, muy peligrosos precisamente por eso. La única razón por la que no se habían entrometido en los dos años anteriores era por Patrick Brodie, pero no eran lo suficientemente inteligentes como para darse cuenta de ello y él no mencionaría el asunto todavía. Dennis era su portavoz, además del único con agallas para ir a su casa y presentarle sus quejas. Los otros le seguirían, por supuesto, pero sólo cuando estuvieran seguros de que recibirían una calurosa bienvenida.

Se olvidaban de que todos los chanchullos y trapicheos que llevaban a cabo se lo debían a Pat, del dinero que ganaban a su costa procedente de otros negocios. Las anfetas los estaban convirtiendo en personas ambiciosas, ya que el dinero que se ganaba con ellas era descomunal y, obviamente, querían llevarse su pellizco. El trabajo preliminar ya estaba hecho, como solía suceder cuando se trataba de los Williams, aunque jamás lo tenían en cuenta. Eran bastante torpes, de eso no había duda, y tenían un ego más grande que la polla de King Kong. No obstante, pensaban mostrarse inflexibles y no aceptarían un «no» por respuesta.

Dave empezaba a ser de la misma opinión que su hermano. Creía que los estaban tratando como ciudadanos de segunda clase y que les iría mejor sin Brodie.

En ocasiones, sin embargo, era lo suficientemente honesto como para admitir que Pat le había tomado la delantera. Sabía que él vio la oportunidad y trató de aprovecharla, arrastrando consigo a él y sus hermanos. Eso irritaba por momentos a Dave porque no sólo quería ganarse el respeto que Brodie poseía, sino que quería que lo viesen como un eslabón vital en la cadena delictiva que gobernaba Londres.

El hecho de que las personas se sintieran tan confiadas como para responderles a él y a sus hermanos que no pensaban tratar con ellos porque ya les había suministrado Spider, les recordaba constantemente que eran, y que siempre serían, soldaditos de a pie para Pat Brodie. Aquello era ya de por sí un insulto y necesitaba pensarlo con detenimiento antes de hacer algo de importancia. Una vez que eso se tradujera en palabras y, por tanto, formara parte del dominio público, no habría posibilidad de retroceder. Necesitaba considerar cuáles eran sus opciones y cómo podría enfocar el problema de la mejor forma posible.

– Déjame pensarlo, ¿de acuerdo?

Dennis asintió imperceptiblemente. Ya había recorrido la mitad del camino y lo sabía. Le había proporcionado a su hermano las balas, ahora era cosa suya meterlas en la pistola.

Annie acostaba a los niños y, como de costumbre, Lance estaba haciendo de las suyas. Lo levantó, lo sentó en su regazo y le susurró al oído:

– Cuando los demás se hayan dormido, ven con la abuela.

Le dijo eso al niño, a pesar de que Pat había ordenado que los niños se fueran a la cama todos a la misma hora. Si se enteraba de que estaba favoreciendo a Lance, se podía dar por acabada. Ella y Pat mantenían una alianza un tanto incómoda: ella no le llevaría la contraria y él trataría de que estuviese en casa con los niños lo menos posible.

– No me quiero sentar contigo, abuela.

El rostro pedante de Lance empezaba a irritarle y tuvo que respirar profundamente antes de responderle con suavidad:

– Tengo algunos caramelos para ti y te dejaré ver la tele.

Hablaba con voz suave y los niños observaban la escena con interés.

– Venga, vamos. La abuela te ha echado mucho de menos. ¿Me das un abrazo?

Se palpaba en la voz el anhelo que sentía por ello y el niño supo sacarle el mejor provecho.

– No, abuela. Estoy cansado -dijo Lance apartándose de ella con tal brusquedad que casi la derriba de la silla.

Odiaba el tacto de sus manos, la manera que tenía de estrecharle entre sus brazos y de besarle, pues lo hacía con tal ímpetu que llegaba sofocarle. Sin embargo, le encantaba el poder que tenía sobre ella y, en consecuencia, sobre sus hermanos. La abuela lo adoraba, mientras que a los demás los toleraba. Todo el mundo se daba cuenta de eso y, puesto que siempre había sido así, nadie lo cuestionaba. Además, estaban más que contentos de que no sintiera lo mismo por ellos.

Era la primera vez en años que Annie estaba a cargo de los niños. Pat procuraba en lo posible que no estuviera cerca de ellos y ella se dio cuenta de que ahora estaba de prestado. Lil tampoco estaba a su favor, por lo que no le quedaba otra opción que sentarse y esperar hasta que le permitieran lo único que le agradaba en la vida.

– Dale un beso a tu pobre y vieja abuela y jugaremos a lo que tú quieras.

Lance negó con la cabeza y con voz sonora y tajante replicó:

– No me apetece, abuela. Ya no quiero estar contigo nunca más.

El dolor que vio en sus pálidos ojos le causó tristeza por un momento, pero luego se sintió incómodo. A pesar de lo joven que era, se daba cuenta de que sus sentimientos hacia el no eran sanos. Su madre no tenía tiempo para él y sabía de sobra que no le quería a él tanto como a los demás. Su abuela, que le adoraba, sólo le provocaba deseos de herirla. Olía horrorosamente y le hacía sentirse agobiado.

La bofetada sonó en toda la habitación y los cuatro niños se sobresaltaron del susto. Lance tenía la cara roja y miraba a Annie con odio mientras ella le devolvía la mirada en señal de amonestación.

Pat Junior sacó a sus hermanas del ordenado salón y se acercó hasta donde se encontraba su hermano. Le cogió del brazo y se lo llevó hasta la otra habitación mientras Annie les maldecía y les gritaba:

– Será cabrón, el muy puñetero. Después de todo lo que he hecho por ti…

Era la cantinela de siempre y los dos niños se taparon los oídos para no escucharla.

Lance observó impotente cómo arrastraba de los pelos a Pat Junior hasta el centro de la habitación. El poder que tenía sobre ella se había desvanecido. La abuela había perdido los estribos y nadie podía calmarla. Salió corriendo de la habitación y subió a la planta de arriba para reunirse con sus hermanas. Las acostó en la cama y se pusieron a escuchar lo que sucedía en la planta de abajo.

Pat Junior sintió cómo se clavaban las uñas de su abuela en su cuero cabelludo y, dándose la vuelta, le propinó una patada en la espinilla que la obligó a soltarle y lanzar las peores maldiciones. Tenía ocho años, pero le bastaron para apartar a su abuela de un empujón y decir:

– Mi padre se enterará de esto.

Annie se dio cuenta de que había ido demasiado lejos y trató de calmarse. Miró al niño que tenía delante y, sonriendo, hizo lo que siempre hacía. Con lágrimas en los ojos y la voz rota dijo:

– Lo siento mucho, hijo. Os he echado tanto de menos y vosotros sois tan malos conmigo…

Pat Junior permaneció de pie, inalterable. Tras unos segundos, con mucha dignidad, respondió:

– Nosotros no somos maleducados con nadie. Mis hermanas quieren un vaso de leche caliente y que les cuenten un cuento. Ya hablaré con mi madre para decirle que no queremos que te quedes más a cuidarnos.

Annie se sintió amenazada por aquellas palabras. Si los niños les contaban a sus padres lo que había sucedido, se vería nuevamente relegada a la más completa soledad, a sabiendas de que necesitaba a Lance tanto como comer y beber.

Mientras ordenaba la habitación notó que la envidia le corroía de nuevo como un cáncer. Vivían en una casa grande y bonita, donde reinaba un ambiente de amor y cordialidad. Patrick y Lance lo habían dejado bien claro aquella noche. Su hija, y la vida que llevaba, eran como una espina clavada en el corazón. Engendraba hijos con suma facilidad y sabía conservar un marido en su cama sin intentarlo siquiera. En definitiva, era todo lo que a ella le hubiera gustado ser y mucho más. A la gente le agradaba Lil. Aún conservaba a sus amigas de la fábrica y sabía cómo ganarse nuevas amistades. Era una persona feliz y, salvo algunos quebraderos de cabeza que le daba Pat de vez en cuando, estaba satisfecha de su vida. Eso era lo que provocaba tanto resentimiento en Annie: que su única hija había logrado lo que deseaba sin tan siquiera intentarlo. Que dependiera de su hija para poder llevarse un poco de pan a la boca era algo que jamás le perdonaría, a pesar de que había vivido a costa de ella desde el día que empezó a trabajar. Suspiró profundamente y se puso a preparar la leche caliente que Pat Junior le había pedido para sus hermanas. Junto con unas galletas y un bizcocho, colocó todo en una bandeja y subió a la habitación de sus nietos con intención de reparar el daño que había ocasionado.

Sonrió al ver a las gemelas durmiendo en los brazos de sus hermanos, a pesar de que ardió en deseos de abofetear a Lance una vez más. Tuvo que respirar profundamente para contenerse. Pero instintivamente se dio cuenta de que el más peligroso de los dos era Pat Junior y era a él a quien debía tener de su lado.

Al igual que su padre, nadie podía saber lo que se urdía detrás de aquellos profundos ojos azules. Y, al igual que su padre, estaba segura de que se convertiría en un tipo muy peligroso en el futuro, pues tenía la misma arrogancia, la misma mirada fría y, sorprendentemente, el mismo aspecto que hacía de su padre un hombre a tener en cuenta. Aún era un chiquillo, pero la frialdad de su mirada era capaz de incomodar a cualquiera.

Cain sonrió cuando Dennis Williams le dijo que le invitaba a otra copa.

Se hallaban en Burford Arms, al este de Londres. Era un bar predominantemente de negros y Dennis era un cliente, si no bienvenido, al menos asiduo. Tenía a unos cuantos muchachos a sueldo en Stratford y solía citarse allí para pagarles. Cain solía estar por allí resolviendo algunos negocios y, hasta hace muy poco, entre los dos siempre había habido un buen rollo. Cain no sabía exactamente cuándo había cambiado la dinámica de la relación, pero sabía que había llegado demasiado lejos como para que pudiera darse cualquier tipo de reconciliación. Sabía que ya no era simplemente un asunto de drogas, y no pensaba ceder ni un ápice por ese capullo. Ahora era un asunto personal, una cuestión de territorios y no pensaba permitir que nadie se entrometiera en lo que, por derecho, era sólo suyo.

Estaba a salvo mientras Dennis estuviera solo, ya que los hermanos le habían concedido su tiempo para pensárselo. Sin embargo, estaba tranquilo porque sabía que Brodie le respaldaba. Pensó que los hermanos Williams tenían bastantes trapicheos como para no tener que arrebatarle sus negocios a él o a Brodie. Cain tenía unos cuantos hombres a su lado que siempre estaban pendientes de que no le sucediera nada. Los Williams no eran personas a las que podía pasar por alto. Eran sumamente peligrosos y necesitaba cuidarse las espaldas. Lo lamentaba, pues siempre había tenido muy buena opinión de Dave y su familia. Era una lástima que las cosas se hubiesen estropeado, pero así era la vida.

Cain sabía que Dennis y sus hermanos menores, Bernie y Tommy, habían intentado inmiscuirse en sus operaciones, pero era lo suficientemente astuto como para saber guardarse esa baza. En cuanto asomaran la mano, él sacaría la suya. Siempre disponía de un plan de contingencia, pues Brodie lo había instruido bien en ese sentido.

Capítulo 7

– No le importas un comino y tú eres demasiado estúpida para darte cuenta.

Lil estaba embarazada de nuevo y en esta ocasión no lo llevaba nada bien. Se pasaba el día enferma y notaba que su cuerpo había dejado de pertenecerle. Estaba sumamente cansada, no podía retener nada y, lo peor de todo, no podía ni tan siquiera fumarse un cigarro o tomar una taza de té, su principal dieta durante los embarazos. Se daba cuenta de que su madre se estaba aprovechando de la situación, pero estaba tan enferma con el bebé que carecía de fuerzas para discutir con ella. Observó cómo Annie se arreglaba, con la espalda erguida por la indignación, y se sorprendió, como casi siempre, de que una persona pudiera contener tal odio en su interior sin llegar a explotar. Estaba decidida a que nada en la vida le amargase tanto como para convertirse en una persona tan infeliz y retorcida como Annie Diamond. No podía recordar ni una sola vez en que, al enterarse de que estaba embarazada, no pusiera mala cara. Luego, cuando la veía sonreír con sus nietos, especialmente con las gemelas, sentía un dolor inmenso. Seguía haciéndola sentir incómoda, poco querida, además de que debilitaba la estructura de la vida que su hija, ésa que tanto despreciaba, le proporcionaba. Una vida mucho mejor de la que hubiera podido soñar, pues Lil era bastante generosa con su madre y se aseguraba de que tuviera siempre unas cuantas libras en el bolsillo y que se le abonaran las facturas.

– Aún no ha llegado. Estará de putas, seguro. Puedo hasta imaginármelo. Me pregunto cómo es que aún no te ha pegado nada, especialmente en tu estado.

– Basta ya, madre. Llegará en pocos minutos y ya sabes que no soporta que andes por aquí, así que deja de dar la brasa.

El hecho de que Lil le hablara de esa manera a su madre demostraba hasta qué punto habían llegado las cosas con el paso de los años. Annie se tenía que andar con mucho tacto si quería tener algún acceso a la vida de su hija y su familia. Hasta Pat admitía que las gemelas le habían ablandado el corazón. Eran encantadoras y Annie, en contra de su voluntad, no pudo impedir quedarse prendada de ellas. Eran como dos muñecas y, cuando las veía correr para darle un abrazo, se derretía con el amor que emanaban y del que andaban más que sobradas. Lance sería siempre su niño mimado, pero también estaba prendada de las gemelas. Lil observaba cómo se ganaban el cariño de la mujer que ella amaba y despreciaba en igual medida.

Que a ella le gustaba provocar más peleas que a John Wayne porque Pat pasaba las noches fuera, lo sabía de sobra Lil. Como también sabía que a su madre le gustaba remover la basura, que deseaba que su matrimonio se rompiera, ya que si Pat no estuviera de por medio, tendría más poder sobre su hija y los niños. Pat odiaba a Annie y no lo ocultaba. Le insultaba en la cara y, para su sorpresa, no se lo tomaba a mal. Para ser justo con Patrick, hay que decir que, en ocasiones, resultaba muy gracioso y ocurrente.

Se mofaba de su suegra con tanta malicia que la gente que lo escuchaba no podía evitar romperse de risa.

Que su madre continuara viniendo le sorprendía enormemente, cualquier otra persona hace tiempo que se hubiera dado por vencida. Sin embargo, de alguna manera le agradaba, pues confiaba en su madre y ella siempre estaba agotada. Annie le hacía la vida más fácil y, en ocasiones, llegaba incluso a ser encantadora, siempre y cuando no estuvieran discutiendo acerca de su marido. Lil sabía que su padre andaba por detrás de alguna manera, pero lo aceptaba. Mientras se mantuviera a distancia, no le importaba un comino.

– Lo único que digo es que ya va siendo hora de que dejes de menospreciarte. Cuatro hijos y sigue pensando que es un adolescente.

Lil suspiró.

– Cierra el pico, ¿quieres? Pat está perfectamente y no haría nada que pudiera hacerme daño a mí o a los niños, así que déjalo en paz.

Esta vez su voz tenía un tono de advertencia y Annie se dio cuenta de que había llegado hasta donde podía llegar. Lil era muy protectora con su marido y, aunque estuviera en el club y ella se sintiera una mierda, no estaba dispuesta a escuchar más quejas.

– ¿Dime entonces dónde está?

Annie siempre deseaba saber cuáles eran los movimientos de Pat, pero Lil rara vez se sentía en la necesidad de explicarle tal cosa. Había algo en Annie que provocaba que su hija no le dijera nada, por muy nimia que fuese la información. Hasta su padrastro mostraba un interés mórbido por lo que sucedía. Una vez más se preguntó por qué necesitaba tanto a su madre, si ella jamás le había mostrado ni el más mínimo signo de lealtad ni de cariño.

Annie Diamond la había tratado toda la vida con el mayor desdén, incluso siendo una niña, y aun así, sentía la necesidad de estar cerca de ella. Mientras observaba a su madre limpiar la encimera de la cocina y enjuagar los trapos, volvió a preguntarse los motivos que le impulsaban a retenerla a su lado después de haber soportado su desprecio toda la vida.

Los niños jugaban en el salón y sus voces llegaban hasta la cocina. Oía cómo Pat Junior les decía a sus hermanas que no armaran jaleo para no molestar a mamá. Estaba muy orgullosa de lo amable y generoso que era su hijo. Luego oyó a Lance responderle que se fuera al carajo y su voz le produjo tanta dentera como oír arañar una pizarra. Su voz le hizo estremecer y se dio cuenta de que su madre no era ajena a ello y que lo utilizaba en su contra. Tenía el mismo tono quejumbroso que su madre, el mismo deje nasal sin entonación ninguna, el mismo y constante zumbido que la sacaba de quicio en ocasiones, especialmente ahora que estaba embarazada de cinco meses y se sentía verdaderamente mal.

Deseaba sentir el mismo aprecio por su hijo menor, pero jamás lo consiguió y ahora ya era demasiado tarde. Fingía un amor que no sentía, y eso la hacía sentirse avergonzada. Sabía que, en parte, ésa era una de las razones por las que mantenía a su madre a su lado, aunque no se atrevía a admitirlo; especialmente delante de su marido, que adoraba a las gemelas y amaba a sus dos hijos apasionadamente.

– Empezarán a venir ambulancias, Pat, tú lo sabes.

Spider dijo aquellas palabras sin pasión alguna y Patrick supo que estaba en lo cierto. La situación se estaba haciendo insostenible para todos y el ambiente se estaba enrareciendo. De alguna manera, deseaba que saltara por los aires, así se acabaría de una vez por todas. Sería un asunto sangriento y vengativo, pero se le pondría fin de una vez por todas. Patrick notó el deseo en la voz de Spider y se dio cuenta de que estaba dispuesto a ponerle fin más tarde o más temprano.

Spider emanaba odio y cólera. Pertenecía, como Patrick, a la vieja escuela y estaba a punto de la aniquilación total. Patrick Brodie también se estaba dejando llevar por la excitación.

– No creo que tengamos que seguir aguantando más. Si compartimos con esta gente más cosas, ¿qué vendrá luego? ¿Los clubes, los bares, las paradas de taxis? ¿Qué más?

Patrick se encogió de hombros.

– Yo hablaré con Dave. El no es un gilipollas. Seguro que entiende lo seria que es la situación y le pondrá remedio.

Spider se pasó las largas manos por las trenzas, agitado.

– No creo que lo haga, Pat. Ahora es tan cabrón como los otros. Hace tan sólo una hora me ha preguntado que cuánto le iba a pagar, como si estuviera en su derecho, como si yo trabajara a su servicio. Ahora mismo están en el bar, comportándose como si fuera suyo y haciendo comentarios insidiosos. Es nuestro bar, nosotros lo compramos con todas las de la ley. Voy a joderlos, voy a jodérmelos a todos. Nadie me va dejar en ridículo delante de los demás.

Spider quería resolverlo de una vez y Pat sabía que estaba en su derecho, pero confiaba en poder solucionarlo de una forma amistosa. No quería ponerse del lado de nadie, pero si lo hacía, tenía que ser del lado de Spider, y tenía el presentimiento de que los hermanos Williams lo sabían. Estaban en deuda con él. Había vengado la muerte de su hermano y les había proporcionado una vida mejor de la que hubieran imaginado. Estaban haciendo un alarde de fuerza, eso era todo, por eso era preciso darles una lección. Y si así tenía que ser, disfrutaría siendo él quien la impartiera, pues estaban empezando a cabrearle y eso no era nada bueno.

Había que ponerlos en su lugar, eso era todo. Nadie en sus cabales robaría el negocio de otro, máxime si ése era el que lo había levantado desde el principio. Los hermanos Williams estaban tentando a la suerte y él lo sabía con tanta certeza que no quería ni admitirlo. Spider tenía motivos sobrados y honestos para quejarse de ellos. Pat también sabía que el motivo de disputa era el monopolio que poseía Spider del comercio de drogas en Londres; un monopolio que en su momento ellos despreciaron porque, en realidad, no habían querido trabajar con negros.

Los Williams jamás se pronunciaron a ese respecto, pero a él le resultó obvio desde el principio, por lo que también debía de haberse dado cuenta Spider, pues era una de las personas más astutas con las que se había topado en la vida.

Dave y sus hermanos eran tan sólo unos chulillos, sólo músculo y nada de cerebro. Si no hubiera sido por Pat, se tendrían que haber dedicado a cobrar deudas o a cometer asesinatos a sueldo. Cualquier idea ocurrente hubiera muerto desvalida en su cerebro y ahora tenían la osadía de causarle problemas cuando disfrutaban de una buena vida gracias a él. Spider y Pat habían hecho las conexiones necesarias, habían pagado y se habían quitado de en medio a todo aquel que se opuso a que ellos se instalaran allí y controlaran la mercancía. Pat no estaba dispuesto a compartir nada sólo para conservar a su lado a unos cuantos chulillos. Era ridículo pensarlo y los hermanos Williams habían tirado su estima por los suelos si imaginaron que podía ser así.

Sin él y sin Spider no eran nada. El había intentado que se metieran en el negocio, pero fue una pérdida de tiempo. Si ahora era necesario recordárselo, sabía que le correspondía a él hacerlo, ya que Spider y los hermanos Williams no congeniaban demasiado bien. Por ese motivo estaba dispuesto a resolver ese asunto él solo.

Lisa Callard se sentía cansada y, mientras se ponía su ropa interior, intentó dibujar un bostezo. Era una mujer delgada, con un cuerpo un tanto masculino y un corte de pelo que le daba el aspecto de un elfo muy bello. Tenía los pechos pequeños y un culo apretado que hacía que los hombres la mirasen dos veces. Estaba lo suficientemente buena como para estar sólo con hombres que pudieran darle un buen puñado de libras o que le dieran una buena reputación. Puesto que Dennis Williams podían darle ambas cosas, estaba más que contenta de darle carta blanca sobre su adolescente cuerpo. Desde muy jovencita se había percatado del poder que la juventud tiene sobre los hombres y, desde entonces, la había explotado al máximo. Su madre había malgastado su juventud prestándole demasiadas atenciones al chulo de putas de su padre, por lo que Lisa se propuso que la píldora y el abrirse de piernas le proporcionarían lo que su madre nunca había tenido: unas cuantas libras en la hucha, un bonito coche y tranquilidad de espíritu. Que estuviera viendo también a Cain no estaba dentro de sus planes, aunque sabía que era parte de su encanto, al menos en lo que respecta a Dennis.

Dave y Dennis Williams miraron vagamente a Lisa. En realidad era sólo una niña, pero era una chavala apreciada por todos. Anteriormente, Dave había entrado en su dormitorio y se sentó tranquilamente en la mecedora que su madre le había comprado en Portobello Road, viendo cómo su hermano terminaba de follársela. Después de ponerse la falda, Lisa preguntó:

– ¿Quieres que me quede?

Dennis negó con la cabeza, se agachó para coger los pantalones que estaban al pie de la cama, sacó un fajo de dinero del bolsillo y se lo dio. Después de besarle cariñosamente, Lisa cogió el resto de su ropa y salió de la habitación. En la puerta casi tropieza con Doris Williams, que llevaba en la mano una bandeja con té y galletas.

– Te marchas, corazón.

Era una afirmación, no una pregunta. Doris dejó ruidosamente la bandeja encima de una pequeña cómoda y sus hijos la miraron con aire desconfiado. Luego miró a Dave, con los ojos fríos como el hielo y le preguntó:

– ¿Tienes mi dinero?

Dave suspiró.

– Déjalo ya, madre. Ya sabes que no me preocupa lo más mínimo ese gilipollas. Dile que pague sus deudas con su propio dinero.

Esas palabras tenían un sentido que cualquiera habría comprendido, salvo su madre, que no estaba dispuesta a darse por vencida.

– ¿No me podéis dar un par de los grandes entre los dos?

Se sentó encima de la desecha cama, cogió el paquete de cigarrillos de Dennis y encendió uno tan deliberadamente lento que les dio a entender a sus hijos que estaba dispuesta a pasarse allí la noche insistiendo. Doris Williams era una luchadora, lo había sido y lo seguiría siendo siempre. Desde que su marido murió dos años antes, había estado con diversos hombres, hombres que sus hijos consideraban chulos o auténticos chulos, según. Nadie ocuparía el lugar de su padre y ella respetaba esa decisión, pero ahora había conocido lo que significaba tener un poco de libertad y eso le agradaba tanto que no estaba dispuesta a perderla, ni tan siquiera por sus hijos.

Su último ligue era un jugador diez años más joven que ella, con el pelo largo y moreno, los ojos azules y tristes y una polla enorme. Le había dedicado todo su tiempo a su marido y ahora se estaba divirtiendo un poco. A pesar de que sus hijos conocían de sobra la vida que había llevado junto a su padre, aún creían que era demasiado vieja y demasiado estúpida como para saber lo que quería.

– Y no empecéis a echarme los sermones de siempre, no estoy de humor para nada -dijo-. Me gusta ese tío y, tanto él como yo, estamos probando suerte en las apuestas. Aceptadlo de una vez. Tanto uno como otro me debéis mucho.

Era cierta aquella afirmación. Además, era de las que siempre hablaba haciendo afirmaciones. Era una mujer muy dramática, con tendencia a ponerse trajes muy llamativos y faldas muy ajustadas. Ellos sabían que estaba en lo cierto, pero aún así era su madre y se estaba poniendo en evidencia.

– Sólo quiero lo que es mío, eso es todo.

Dennis estaba tapado con la manta. Deseaba levantarse porque necesitaba ir al cuarto de baño, pero la presencia de su madre sentada en la cama se lo impedía.

– Os conozco muy bien, muchachos, y más vale que lo recordéis. Siempre me puse entre vuestro padre y vosotros cuando os pegaba y fui yo quien se llevó los palos. En muchas ocasiones me he confabulado con vosotros para protegeros, y estoy segura de que tarde o temprano os proveeré de alguna coartada. Sólo estoy pidiendo que me dejéis vivir un poco.

Bajo la luz de la desnuda bombilla, Dave pudo ver las cicatrices que tenía alrededor de la boca causadas por los puños de su padre, los surcos alrededor de los ojos que todos habían contribuido a que fuesen cada día más profundos, así como la pesada capa de maquillaje que se había puesto encima de los párpados y que su padre se la quitaría con un cepillo de alambres si estuviese vivo. Estaba viviendo una segunda juventud y, si había que ser justos, muy bien merecida. Se había pasado la vida encadenada a esa casa durante todo su matrimonio. Su marido siempre tuvo las manos muy largas, y más aún, la correa. Sin embargo, estaba gastando más dinero de la cuenta y, en ese momento, no estaban tan boyantes como la gente pensaba. Vivían bien, gastaban mucho, ganaban una pasta considerable, pero el dinero volaba con tanta prisa como venía.

Dave también había tomado algunas decisiones erróneas en asuntos de negocios durante el último año y había perdido una considerable cantidad con el hachís. El problema con la hierba y el chocolate estribaba en que el dinero había que pagarlo por adelantado, y si la mercancía no llegaba a su destino, entonces se perdía toda la inversión inicial. La policía les había estado esperando cuando llegaban los tres últimos alijos, dos por avión y uno por el estuario del Támesis. No había sido culpa de nadie, a pesar de que el cabrón de Spider seguía teniendo cannabis a mansalva y los hermanos Williams empezaban a cuestionarse por qué a él nunca se la apresaban. Dave, en su interior, sabía que aquellas acusaciones no sólo eran injustas, sino una completa mentira.

Spider lo tenía bien montado desde hacía ya tiempo, mucho antes de que ellos decidieran meterse en ese negocio. La hierba que traía Spider llegaba directamente a los muelles, y era de muy buena calidad. La que conseguían ellos, en cambio, era de muy baja calidad y tenía más cañamones que el buche de un canario. La verdad es que las cosas no le habían salido nada bien y, si no buscaba a Patrick Brodie y le preguntaba si podía participar, las perspectivas no eran nada halagüeñas.

Darse cuenta que sólo formaban parte de su mano de obra les molestaba más de lo que se atrevían a admitir. Al parecer la verdad hiere y que Spider se hubiera convertido en el ojo derecho de Patrick no sólo había sido observado, sino reconocido por todos.

En realidad, se habían puesto en evidencia por la mezcla tan variopinta que en realidad eran y, si no conseguían pronto una fuente de ingresos, se arruinarían.

Dave había perdido más de doscientos de los grandes en los últimos diez meses, y sus hermanos habían perdido más o menos la misma cantidad entre todos ellos. Aquello suponía un montón de dinero. Dinero que ya no verían nunca más, dinero que no estaba en situación de poder recuperarlo en un futuro cercano. Estaban todos sin un centavo en el bolsillo y empezaban a sentir pánico, pues debían dinero por todo el Smoke y sabían que sólo era cuestión de tiempo que los acreedores empezaran a chivarse a Patrick.

Empezaron a barajar la posibilidad de asaltar un banco. El problema era que para ello necesitaban a Patrick, quien se encargaría de dirigirlo, y luego le tendrían que dar un pellizco de lo que pillaran.

– Te daré tu dinero, madre, pero no lo gastes tan puñeteramente pronto esta vez, ¿de acuerdo?

Doris asintió; la conversación se había acabado.

– ¿Alguien quiere un sándwich de beicon? -preguntó.

– Annie, tengo un trabajo a media jornada para ti: merodear alrededor de unas casas de mierda.

Pat Junior y Lance se echaron a reír. Siempre les hacía mucha gracia escuchar a su padre hablarle de esa manera a la abuela. Las niñas, arrellanadas en los brazos de su padre, también se echaron a reír al ver a los demás.

Annie dibujó la sonrisa de mártir que siempre le sacaba su amado yerno.

– ¡Bájate de la cruz, mujer, que necesitamos leña!

Lil sonrió también y Pat la miró fijamente durante unos segundos antes de decir:

– ¿Te encuentras bien o quieres que llame al matasanos?

Lil negó con la cabeza y Pat le miró a los ojos. Él sentía adoración por ella y últimamente estaba muy preocupado por su último embarazo. No parecía llevarlo bien esta vez y tenía muy mal aspecto; hasta su bonito y espeso pelo se había debilitado.

– Estoy bien, pero me apetece un té.

Pat miró a los niños y gritó con fuerza:

– ¡Atila, el rey de los Hunos, lo preparará!

Pat se sentó al lado de Lil y la estrechó entre sus brazos.

– Pareces muy cansada, mi niña.

– Un poco. Mira que dos niñas tan bonitas tienes.

Lil siempre cambiaba de tema cuando se hablaba de su aspecto o de lo cansada que se sentía. Seguía recopilando las rentas de su marido y trasmitía los mensajes a los que estaban en prisión cuando la necesidad lo requería. No quería que Pat creyera que se sentía abatida, a pesar de lo débil que se encontraba recientemente. Deseaba que siguiera contando y confiando en ella. Lil sabía tanto de los negocios como él y no le agradaba sentirse apartada, aunque sólo fuera un intento de obligarla a descansar.

– Mi par de hermosuras -dijo Pat sonriendo una vez más.

Estaba envejeciendo rápidamente, pero aún podía sentir deseo cuando él la miraba fijamente. Sonrió también, sus dientes perfectos y blancos haciendo juego con su pálido rostro.

– Las niñas te miran con un amor tan grande, Pat.

Él abrió las manos haciendo un gesto de comprensión.

– Todas las mujeres me miran de ese modo -respondió con arrogancia.

Luego, aunque ya un poco tarde, se dio cuenta de que ella le miraba con un poco de recelo. Vio el temor y la soledad que emanaba de ella, la tristeza que su estúpido comentario había provocado y maldijo a las mujeres por su retorcida forma de ser.

– Sólo era una broma, amor mío.

Escenas como ésa se habían repetido muy frecuentemente en los últimos tiempos y empezaba a cansarle. Tenía demasiadas cosas en la cabeza como para que ella se cabrease por gilipolleces.

– ¿Por qué te pones así, Lil? Ha sido sólo una broma. Mira la cara de los niños.

Lil vio la exasperación en sus ojos y la preocupante mirada de sus hijos. Ya eran suficientemente mayores como para darse cuenta de todo y eso no era nada bueno. Sabía que era culpa suya, culpa de ese sentimiento de preocupación que la embargaba cuando pensaba que Pat podía ser encarcelado o desapareciera con una chica más joven. Esa era su mayor preocupación, ya que según decía un proverbio muy antiguo, si un hombre está en chirona, al menos sabes dónde está. Ahora se daba cuenta de lo muy cierto que era eso.

– ¿Por qué no vais a jugar arriba? Mamá está muy cansada -le dijo a los niños.

Pat y Lance cogieron en brazos a sus hermanas y salieron del cálido salón sin rechistar. Annie tenía la oreja puesta, de eso estaba segura Lil, tratando de escuchar lo que hablaban entre ellos.

– Lo siento, Pat. Soy tan brusca a veces.

El la estrechó una vez más entre sus brazos y ella percibió su olor a cigarrillos y perfume barato.

– Esto se tiene que acabar de una vez, Lil. Tú eres mi chica y siempre lo serás. Eres la madre de mis hijos, por lo que más quieras.

Su voz sonaba seria y deseó con todas sus ganas poder creerle, pero le conocía mejor que él a sí mismo. Dibujó una sonrisa y dijo:

– Estoy hecha una vaca, así que no me hagas caso. Son mis hormonas las que están hablando.

– Pues hablan como tu puñetera madre -respondió Pat acercando su rostro para besarla en la boca.

– Tú eres mi esposa y lo eres todo para mí. Si estoy fuera es porque tengo que alimentaros a todos vosotros.

Lil asintió de nuevo y él pudo percibir de nuevo el amor que profesaba por ella. ¿Por qué no podía creer que, aunque la barriga le llegase hasta las rodillas, para él, cuando estaba más hermosa, era cuando la veía embarazada? Ahora eso se había acabado. Ya había tenido suficientes hijos con ella. Ahora se enfrentaba a la inevitable tarea de tener que decirle que aquella noche también tenía que salir.

Y la preciosidad con la que había quedado se iba a derretir del polvo que pensaba echarle en el asiento trasero del mini.

Cain y Spider estaban bastante colocados y, cuando se hizo más de noche, encendieron la tele y se pusieron a verla hasta que llegasen los encargados de recoger la mercancía. Ellos vendían cualquier cantidad superior a los setenta gramos. No importaba que fuese hierba o anfetas; el caso es que querían saber quién había entrado nuevo en el juego y encontrar sus conexiones. Se habían ganado un punto frente a los hermanos Williams ahora que ya no interferían en sus negocios. Tenían una buena relación con la gente que trataban y cualquier cara nueva tenía que traer al menos las referencias de dos de sus traficantes de confianza. Especialmente si se trataba de blancos.

Los skin heads fumaban caballo a mansalva, al igual que los jóvenes blancos de la clase media. Se estaba convirtiendo en la droga de moda. Al abrirse tantos pubs en la zona de Smoke y Home Counties con el nacimiento de la música de los setenta, las anfetas empezaron a cobrar fuerza. Las anfetas se vendían bien, pero sin duda la droga preferida era el polvo blanco.

1976 fue el año en que los punkis, desesperados por pasar despiertos la noche entera, empezaron a esnifar. Eran unos tipos groseros a los que les encantaban los blues que duraban días enteros y llevaban siempre ese corte de pelo tan asimétrico. Vender anfetas era como imprimir dinero, por eso cambiaban de piso cada pocos meses. Si no se llamaba la atención, no habría problemas. A eso de las cinco de la mañana tendrían ochenta de los grandes en la habitación y eso era una tentación para cualquiera, incluyendo la gente con la que trataban a diario.

Ese casa era nueva y habían tratado de hacerla habitable. Por ese motivo, habían puesto la tele y el confortable sofá. Era una propiedad bastante grande, situada en Clapham y se alquilaba por habitaciones. Aquel lugar apestaba a comida de cabra y a sudor, y había gente entrando y saliendo a todas horas del día y de la noche, lo cual era una ventaja a su parecer. La habían alquilado a través de una inmobiliaria que celebraba su reunión anual en Jamaica. Cuando Hacienda averiguase quién había alquilado verdaderamente la propiedad, ellos ya estarían retirados y viviendo en la Bahía de Montego.

En general, era una buena casa y valía la pena pagar unas libras de más por ella. Estaba llena de hombres negros y chicas blancas, la música sonaba a todas horas y no era distinta a las demás.

Se sentían seguros y a salvo, por eso sólo tenían un par de pistolas, ambas del ejército. Una de ellas era una pistola del treinta y ocho y la otra del cuarenta y cinco, capaces ambas de hacer mucho daño y lo suficientemente pequeñas como para poder llevarlas escondidas en la cintura. Sin embargo, no estaban preocupados por su seguridad; más bien todo lo contrario, se sentían excesivamente seguros de sí mismos. En la puerta, en un Ford Zodiac, había tres rastas que aún no habían comprendido el hermoso mensaje de su religión y que estaban dispuestos a matar a su propia madre si intentaban dar un paso en falso.

Habían cronometrado también a Dennis Williams y a su pequeña banda cuando llegaron en coche diez minutos antes. Dennis los había mirado con desprecio, como si estuvieran impregnados de mierda y los rastas se habían percatado de ello. Había que darle al contrincante un sentimiento falso de seguridad, ése era su lema. Cualquiera que escuchase música como la que escribía ese de Ballroom Blitz se merecía lo que le pasase. Los rastas tenían pistolas y machetes, y estaban dispuestos a cualquier cosa que le propusiesen los blancos. De hecho, ardían en deseos de un enfrentamiento: dividiría a los hombres de los chicos blancos de una vez por todas.

Dennis estaba dormido. Había estado bebiendo más de la cuenta durante todo el día y estaba loco por pelearse con cualquiera. Los rastas que antes había visto metidos en el coche le habían provocado ganas de tener una confrontación y fue su hermano pequeño, Ricky, quien impidió que algo ocurriera mientras los llevaba en el coche hasta el bar.

– Tranquilízate, por lo que más quieras.

Ricky era un poco tozudo, no tan alto como sus hermanos, pero muy astuto y con un carácter muy brusco. Sin embargo, era lo suficientemente sensato como para saber que Dave se comería sus huevos de desayuno si se enteraba de que algo había pasado sin que él diera su visto bueno. Dave seguía lamiéndole el culo a Brodie y, por mucho que le molestase, seguía siendo la voz cantante de la familia. Por eso Ricky le respetaba.

Sabía que Dave estaba tratando de contener la situación para que no explotara, pero también empezaba a observar por qué los otros salían tan mal parados. Los negros se estaban quedando con todo y, por mucho que se dijera que los hermanos Williams habían perdido la oportunidad, el caso es que se habían convertido en unas meras marionetas.

Ricky acababa de ver a uno de sus últimos contactos en el club y necesitaba algo de dinero para poder pagar el nuevo envío. Por tanto, resultaba muy serio para él encontrarse sin un centavo. Cuando aparcó el coche a las puertas de Beckton Ricky ya estaba protestando por la pelea que había evitado.

Les llevó cinco minutos a Bernie y Dave lograr que Dennis entrara en el bar, en parte porque había tres chicas en la puerta que estaban haciendo los deberes de la escuela. Llevaban unas faldas más cortas que las mangas de un chaleco.

– Vamos, niñas, enseñadnos la tetitas.

Las chicas se escandalizaron, aunque también se sintieron emocionadas. Se sintieron más aliviadas cuando los otros hombres lograron que Dennis entrase en el bar.

Los hermanos se dirigieron a la trastienda, saludando por el camino a todos los que reconocían. Dave miró a su alrededor y empujaba a Dennis como si estuviera protegiéndolo y llevándolo a un lugar seguro. El bar estaba atestado, como de costumbre, y la mayoría de la clientela estaba constituida por socios. Observó que no harían una gran caja en el bar, pues habían metido la pata el día de la inauguración, cuando ofrecieron una bebida gratuita a la gente. Ahora los clientes lo daban por hecho, por lo que estaba resultando difícil obtener beneficios. Incluso robar al por mayor estaba fuera de toda cuestión, pues se suponía que ellos estaban muy por encima de esas minucias de mierda.

Ya sólo esperaba que la cita que tenía con Patrick esa tarde trajera alguna solución al problema. Habían buscado dinero en todos los escondites donde lo guardaban pero apenas quedaba nada. Trabajaban para Patrick Brodie y, por mucho que sus hermanos intentaran ponerle en contra suya, Dave tenía que recordarles que Patrick Brodie era un tipo al que no era fácil joder. Quizás era mejor presentarse limpiamente, hablarle honestamente acerca de la situación. No era una vergüenza perder dinero cuando se trataba de hierba. La pasma siempre aparecía de por medio y era un riesgo que corrían todos. Siempre que se invertía cabía la posibilidad de ganar unos buenos beneficios con la inversión o perderlo todo. Al fin y al cabo, no era un negocio legal, aunque ellos habían perdido más que la mayoría y ahora resultaba un tanto engorroso presentarte ante el hombre del que dependías para decirle que estaban hundidos por completo. Al igual que Spider y sus compinches, Pat se estaba forrando. Ellos eran sólo unos mequetrefes y eso era lo que les hacía sentirse muy mal.

Eran aficionados y todo el prestigio que tenían se lo debían a que Patrick Brodie era su jefe. Había sido una lección difícil de aprender para ellos y, como de costumbre, se veía en la obligación de resolverlo todo sin la ayuda de sus hermanos.

Dennis se dejó caer en el sillón que estaba al lado de la entrada a la trastienda. Bernie se sentó a su lado y el pequeño Ricky se dirigió hasta el bar para traer unas copas. Charlaron y bebieron hasta que Dennis se tranquilizó lo suficiente como para recuperar la sensatez. Aún estaba pálido, pero las pastillas que le había dado Ricky empezaban a hacer su efecto. Se le estaba yendo el coco recientemente y las pastillas azules que se había tomado le hacían sentir la boca seca y le ponían muy paranoico, nada bueno en el caso de Dennis. Era un hombre violento por naturaleza y, cuando combinaba el alcohol con los narcóticos, se convertía en una persona muy difícil de controlar.

Mientras esperaban a que llegasen los demás, Dennis oyó la voz estridente de su primo, Vincent Williams. Vincent y Dennis habían sido rivales desde que eran muy jóvenes. Tenían la misma estructura y un parecido tremendo, pero eran antagonistas por naturaleza.

Ahora que Vincent se había metido en el negocio con Brodie y Spider la relación se había enfriado incluso más. Dennis lo consideraba un traidor. No comprendía que eso le convenía a Vincent, que se ganaba unas buenas libras limpiamente y con protección. Tan sólo veía cómo se ganaba el dinero y, lo que es peor, cómo lo empleaba debidamente. En la familia bromeaban diciendo que la cartera de Vincent estaba tan bien cerrada que hasta la reina tuvo que asistir a su apertura. Sin embargo, no era cierto. Vincent no era tacaño, sino astuto hasta la médula. No soportaba a los parásitos y siempre decía que no había razón para gastar dinero si no era para ganar más. Dave y los demás hermanos le adoraban, pero Dennis siempre tuvo problemas con él y, desgraciadamente, el sentimiento era mutuo.

Si se trataba de comparar a uno con otro, obviamente Vincent había sido mucho más sabio con el dinero. Vincent bebía con moderación y jamás tomaba drogas. Tenía dos hijos encantadores, una mujer con un culo por el que merecía morir y una casa estilo Tudor en Essex. Vincent se había hecho rico con las carreras de caballos. Era un jugador profesional que tenía apuestas en todos lados y solía ofrecer un punto o dos más que las casas de apuestas legales. Disponía de una amplia gama de clientes, todos personas deseosas de gastar dinero sin que le hicieran demasiadas preguntas acerca de su procedencia.

Vincent siempre pagaba su copa. Jamás esperaba nada de nadie, ni de su familia. Saludaba a todos los presentes con su habitual camaradería cuando Dennis salió como una bala de la trastienda y lo atacó con un trozo de tubería que siempre llevaba con él.

Cuando Vincent cayó al suelo, Dave y Ricky agarraron a Dennis y lo sacaron fuera. Reinaba el silencio en el establecimiento y Dave miró a ese cúmulo de rostros conocidos: chulos de putas y parásitos que bebían gratuitamente y esperaban con el aliento contenido a que comenzase el cabaret. No había ni un verdadero colega en todo el recinto, ni tan siquiera su hermano conocía a nadie con el que proponer uno de sus brindis por el éxito y la buena suerte.

Dave no había aprendido nada de Patrick Brodie en todos esos años, pero fue como si alguien prendiese una luz en su cerebro. Se estaba viendo con suma claridad a sí mismo y lo que había logrado le resultaba tan enriquecedor como terrorífico. Una sala llena de gilipollas sin un duro en el bolsillo no auguraba ninguna paz de espíritu, ni la seguridad de sus hermanos. Ese mobiliario tan estropeado, ese montón de camareras viejas y esa atmósfera tan viciada por el tabaco le mostró la realidad de lo que había sucedido con lo que, en una época, fue un joven prometedor.

Vincent estaba de rodillas, sangraba profusamente por la cabeza y trataba de apoyarse en la barra para levantarse. Estaba conmocionado, pero aun así Dave se dio cuenta de que la cólera le estaba dominando. Cogió la barra de metal del suelo, del mismo lugar donde la había dejado tirada Dennis, y arremetió a golpes contra su hermano. Nadie intentó detenerlo, ni tan siquiera Ricky, y eso dio mucho que hablar.

Capítulo 8

– Casi matas a tu hermano.

Dave estaba todavía cubierto de la sangre de su hermano cuando oyó la voz consternada de Patrick. Olía su sudor y su propio vómito y eso le hacía tener arcadas. Patrick se apartó de él lo más rápido que pudo, ya que iba a echar la papa de nuevo.

Patrick miró al hombre que tenía ante sus ojos y sintió lástima de ver a lo que había quedado reducido. Durante los muchos años que llevaba conociéndole lo había considerado como una joven promesa, pero luego todo quedó reducido a mera arrogancia juvenil. No pintaba nada en el mundo, y aunque jamás se lo había dicho en la cara, ambos lo sabían desde hacía mucho tiempo.

Le había dedicado mucho tiempo a Dave, se había preocupado de él, pero éste rara vez había prestado oídos a sus consejos y fracasaba porque no tenía fe en sí mismo. Patrick intentó ayudarle, le dio consejo, pero era como hablar con una pared. Con Dave todo parecía ir bien, pero no por mucho tiempo. Carecía del aguante necesario para mantener a flote los negocios. Era un oportunista por naturaleza, como casi todos ellos. A Dave le iría mejor si se dedicaba al soborno, a los atracos o pillaba un buen pellizco.

– ¿Te encuentras bien, tío? -dijo Patrick con la voz triste porque las cosas habían resultado de esa manera.

Por otro lado, se sentía aliviado porque la confrontación que reinaba entre los hermanos Williams y los hombres de Spider ya no la tendría que resolver él. A él le caía bien ese muchacho, al igual que sus hermanos, además de que le eran muy útiles, si no indispensables. Llevaban muchos años trabajando juntos y eso significaba mucho para él. Sabía que Dennis era el principal causante de la mayoría de las broncas en que se veía involucrada la familia. También sabía que Vincent Williams era un tipo decente y no pediría ninguna clase de retribución a cambio. Al menos no lo haría después de que Pat hablara con él. Había sido un desafortunado cambio de acontecimientos y la mejor forma de resolverlo era solucionándolo de una vez y cuanto antes. Esa reunión que se suponía que debería haber tenido con Dave no salió exactamente como él esperaba, pero si lograba mantenerlos a todos a raya sería positivo.

Cain y Spider empezaron a reírse cuando James McMullen, un jamaicano alto con una sonrisa permanente y un sentido muy errático para su forma de vestir, les contó lo que le había sucedido a Dennis Williams.

James estaba sintiendo el subidón de la hierba y ya se estaba haciendo otro porro de dimensiones mayúsculas. Los hombres se callaron recapacitando sobre lo ocurrido.

Cain sacudió la cabeza con tristeza, preguntándose qué habría ocurrido para que la familia Williams se peleara de forma tan desmesurada y violenta.

– Pobre Vincent. Es un buen tío. Un tío legal y de confianza. ¿En qué coño estaría pensando Dennis para hacer una cosa así?

Spider se encogió de hombros.

– Son todos unos capullos, del primero al último. Se creen mejor que nadie. Dennis vendería a su madre si supiera que le va a sacar algún dinero. Son asesinos de tres al cuarto, que no saben en qué mundo viven. Son todos unos miserables que no saben ni lo que significa lealtad ni el respeto, ni por ellos ni por nadie.

Cain asintió, confirmando la certeza de las afirmaciones de su hermano.

– ¿Te imaginas? Pegarle a uno de tu propia familia, sangre de tu sangre.

James lamió el papel del porro que había enrollado con tanta destreza y respondió:

– Envidia, tío. Pura y simple envidia. Vincent sigue al pie del cañón y en lo suyo es uno de los mejores. Ha hecho un poco de dinero y sabe cómo manejarlo. Los otros, en cambio, deben dinero a todo dios y saben que si no fuese por la protección que les brinda Patrick, ya hace tiempo que se hubieran visto obligados a pagarlo. Las deudas se les están amontonando y, según tengo entendido, ya no les dan créditos ni los vendedores al por mayor.

Cain recapacitó y trató de encontrar la lógica del asunto.

– Dave debería haberle matado. Dennis no dejará que las cosas queden así, tiene menos cerebro que un mosquito. Dave haría bien en cuidarse las espaldas.

– ¿En qué lugar nos deja eso a nosotros? -preguntó Spider-. Ellos ambicionan lo que nosotros tenemos y estoy seguro de que seguirán queriéndolo. Puede que les lleve un tiempo reagruparse, volver a coger las riendas, pero tarde o temprano volverán a necesitar dinero. Pienso que lo mejor que podemos hacer es ir y acabar con ellos de una vez por todas.

James asintió, pero Cain no estaba tan seguro de ello. Creía sinceramente que aquello se había convertido en una contienda familiar y que los hermanos Williams se pasarían la vida peleándose entre sí en el futuro. Expresó lo que pensaba:

– No lo sé. Se estarán dividiendo. Vincent querrá retribuirse de alguna manera, pues no es un gilipollas y sabe que si no lo hace perderá el respeto. Dave tratará de mantener el liderato de la familia, pero ¿quién le va a respetar ahora? Yo creo que están acabados, y acabados para siempre.

James y Spider se rieron al ver lo ingenua que era la juventud.

– Escucha, muchacho. Cuando te encuentras en una situación como ésa, lo único que puedes hacer es recuperarte y devolver el golpe con más fuerza. Es igual que cuando sorprenden a los polis cogiendo pasta. Los otros se sienten tan mal como sus colegas. Por eso se hacen una piña y entonces salen, hacen una redada y cogen a todo el mundo, tanto si son culpables como si no, con el fin de recuperar el respeto público. Nosotros somos iguales. Necesitamos superar los batacazos haciendo un alarde de fuerza. Esos puñeteros cabrones aún no han dicho la última palabra, especialmente Dennis. Es un cabeza hueca que ambiciona lo que no tiene. Es tan corto de mollera que no se da cuenta ni de lo que tiene delante de su nariz.

Spider se rió al escuchar las palabras de James.

– Esas cosas se aprenden con la edad, Cain. No es algo que se compre, como tampoco los hermanos Williams pueden comprar el sentido empresarial o la amistad. James está en lo cierto. No es una cuestión de cuándo volverán, sino de cómo. Imagino que pensarán en algo sumamente espectacular que atraiga la atención de todo el mundo, pues necesitan de algo sólido que les haga recuperar el respeto y, lo que es peor para nosotros, seguro que conlleva el apoderarse del pan de otro. Así que lo mejor que puedes hacer es cuidarte las espaldas. Siguen queriendo lo que tenemos y no nos queda más remedio que cuidar de lo nuestro.

James asintió, su enorme y fuerte cuerpo se movía con agilidad a causa de la hierba que se había fumado. Estaba más sosegado, pero aún era capaz de mantener la compostura por mucha hierba que hubiese Rimado. Era un hombre robusto, más fuerte de lo normal, tanto física como mentalmente. Era un estratega por naturaleza, un mujeriego y podía ser tan peligroso como cualquiera.

Señaló a Cain con un dedo largo y calloso, pues aprovechaba cada oportunidad que le ofrecía la vida para instruir al chaval.

– Corremos más peligro que antes. Ahora están obligados a demostrarse algo, tanto a sí mismos como a los demás. Vigila tus movimientos y alerta a tus guardaespaldas, estoy seguro de que vendrán a por nosotros, Brodie incluido. Y no tardarán en hacerlo, recuérdalo.

Dennis estaba agonizando. Mientras yacía tendido en la cama del hospital, se preguntó cómo un hermano podía haber cometido un acto tan salvaje contra uno de los suyos. El hecho de que hubiese atacado a su primo, una persona que siempre había estado a su lado y que en numerosas ocasiones les había dejado dinero, no significaba nada para él. Dennis siempre se las había apañado para adecuar su moral a su gusto.

Mientras permanecía allí tendido pensaba en cómo reaccionaría la gente, qué pensarían los demás, en el daño que eso le habría hecho a su reputación. Estaba seguro que daría mucho de qué hablar, que se convertiría en motivo de mofa, y eso le corroía por dentro. Sería el hazmerreír de todos. En muchas ocasiones había presenciado situaciones parecidas y sabía que se estaría comentando en todos los bares y clubes que frecuentaba. Todos se reirían de él, harían estúpidas bromas a su costa y no importaba lo rápido y fuerte que se levantara, eso siempre estaría presente, sería del dominio público. Ya habría sido terrible si un extraño o alguien con los huevos muy gordos lo hubiese derrocado, pero verse humillado delante de los demás por su propio hermano era lo peor que le podía suceder a nadie. No podía creerlo. ¿Su hermano? Una persona en la que habría confiado por encima de cualquiera.

Eso, en su opinión, equivalía a amotinarse, por lo que Dave pagaría por ello. Pagaría por la humillación pública y por lo que le había hecho en la cara. No pensaba descansar hasta que Dave pagara por cada comentario que hicieran, ya fuese real o imaginario, sobre ese asunto.

Dennis pidió un espejo y vio lo amoratada y llena de puntos que tenía la cara y la cabeza. La cólera le invadió de nuevo. Dave, su hermano mayor, esa persona a la que tanto admiraba, lo había molido a palos y puesto al límite de la muerte y no pensaba olvidarlo.

El hecho de que nadie hubiese intervenido ni nadie viniese a visitarle también era algo a tener en cuenta en el futuro. Su madre, esa jodida gilipollas, decidió obviamente ponerse del lado del victorioso. Sus hermanos también podían irse a tomar por el culo, deberían haber estado de su lado y evitar lo sucedido. No importaba. Él tenía buena memoria, pero muy mal carácter, así que pensaba devolverles el golpe. Con tal violencia que pensarían que Hitler se había reencarnado y, una vez más, bombardearía el East End. Sólo que esta vez el sur de Londres daría un giro completo.

Dennis era de los que saben actuar a largo plazo, y eso es lo que pensaba hacer. Pensaba esperar y luego regresaría. Y lo haría de tal forma que dejaría tirado por los suelos al mismísimo Henry Cooper. Pensaba tomarse su tiempo y, cuando todos creyesen que ya todo había pasado, atacaría por sorpresa y con toda la fuerza que pudiera disponer.

Podía escuchar su propia respiración. Respiraba forzada y trabajosamente. Estaba muy enfermo y, por primera vez en la vida, se sintió vulnerable y emotivo, incluso un poco asustado. Era un momento muy delicado que ya se esforzaría por que no se repitiese jamás, ni tampoco olvidar.

Patrick se sentó en la cama y observó cómo dormía Lil. Parecía tan joven y tan cansada, aun en su profundo sueño, que sintió la necesidad de despertarla y garantizarle que todo iba a ir bien.

Miró la habitación; estaba impecable. Hasta la cama estaba relativamente ordenada, ya que Lil se movía muy poco una vez que se quedaba dormida. Salió de puntillas de la habitación y bajó las escaleras que conducían hasta la cocina. Mientras esperaba que el agua hirviese, pensó en lo sucedido.

Los hermanos Williams habían causado un cambio de posiciones dentro del mundo en que vivían. Ya nadie los tomaría en serio; de hecho, ya sólo eran un lastre. Las deudas que acumulaban ya de por sí los ponía en el escalafón más bajo según los apostadores con los que negociaban, por lo que él debía considerar el papel que desempeñaban en su organización. Era una situación difícil que no le hacía ninguna gracia, pero por otro lado se sentía aliviado porque pensaba librarse de ellos de una vez por todas. Ya no eran rentables y sus escasos conocimientos de los negocios los estaban convirtiendo en un hazmerreír.

En lo más profundo de su corazón se dio cuenta de que quizá debía haberles concedido unas cuantas migajas sobrantes del comercio de drogas. Quizá Spider lo hubiera aceptado. Sin embargo, y hablando con sinceridad, ya entonces le estaban sacando de sus casillas. No Dave. El precisamente parecía un buen tío, sino Dennis y los más jóvenes. Siempre creían tener muchos cojones cuando no valían ni un pimiento. Sólo eran chorizos, chorizos de los que se ven en cualquier bar de Smoke.

Sólo eran unos mequetrefes, unos héroes de barrio a los que se les recordaría porque sabían pelear. Probablemente terminarían con cicatrices que añadirían un poco de salsa a su reputación, y luego se pasarían el resto de la vida hablando de las personas con que trataron cuando tenían dinero. Conocía a ese tipo de gente, y los conocía demasiado bien.

Patrick sorbió el té, deliberadamente combinado con algo de brandy. Suspirando encendió uno de sus cigarrillos Dunhill. Tenía la radio puesta en voz baja y se podía oír los acordes de «Hotel California» de los Eagles.

Echó una mirada a su alrededor y vio su recién amueblada cocina. Sintió una vez más el usual orgullo que le invadía al pensar que había creado un hogar tan acogedor con Lil. Tenía todo lo que una mujer puede desear, toda clase de electrodomésticos y la nevera y el congelador siempre llenos de comida. Al igual que Lil, Patrick necesitaba estar rodeado de lujos. Para ellos demasiada comida era preferible a no tener suficiente; eso lo habían aprendido ambos desde muy pequeños. Sus hijos comían fruta y verdura fresca, bebían zumos y tomaban dulces; no les faltaba de nada. Era buenos chicos y le llenaban de orgullo.

Cuando Patrick se sirvió otra taza de té, se abrió la puerta de la cocina y vio a su hijo mayor, de pie y en pijama. Tenía el pelo despeinado y sus ojos cansados brillaron de alegría al ver a su padre.

Patrick le sonrió. Se levantó y fue en busca de otra taza mientras Pat Junior acercaba las galletas. Ambos se preguntaron cuántas veces habían realizado el mismo acto. Pat Junior dormía con un ojo abierto, siempre al acecho para ver si oía los ruidos que hacía su padre al llegar. A los pocos segundos de hacerlo, siempre estaba levantado.

Se sentaron juntos, en un ambiente de congenialidad. Los dos se parecían mucho y ambos disfrutaban de la compañía del otro. Patrick, como siempre, esperó a que su hijo se tomara el té con algunas galletas y luego iniciara la conversación.

Aquella escena se había convertido en un ritual, en un momento memorable que ambos sabían que permanecería siempre en sus recuerdos.

– ¿Cómo van las cosas, hijo?

Pat Junior se encogió de hombros.

– Como siempre, papá.

Mientras decía eso, sacó una bolsa de papel de la camisa del pijama.

– Ahí está todo, papá. Si quieres puedo volver la semana que viene.

Era sumamente servicial y su cara, apuesta y joven, brillaba con expectación. Una parte de Patrick estaba orgullosa de su hijo. Los trabajillos que le daba eran menudencias en muchos aspectos, pero sabía que al muchacho le gustaba ganarse su propio dinerillo. Otra parte de él lo lamentaba, pues observaba que se le daba tan bien. Se encargó de realizar algunas apuestas para unos apostadores amigos suyos. Eran apuestas sin importancia, pero Patrick se encargó de ellas personalmente porque los hombres con los que negoció eran socios antiguos y de mucha confianza. Esperaban que él les diera un toque personal, a pesar de ser un hombre muy ocupado, pero, como la mayoría de ellos le habían ayudado a llegar donde estaba, les devolvió el favor que consideraban que les debía. Había sido una ventaja que la casa de apuestas que poseía Patrick estuviera de camino a la escuela y le encantaba ver la forma en que su hijo había sido capaz de guardar un secreto. No había duda: llevaba los genes de Brodie.

Patrick sonrió, con una sonrisa que le arrugó la cara y que rara vez mostraba fuera de su casa.

– ¿Todo está aquí? ¿No le has pegado un pellizco?

Pat Junior miró escandalizado y replicó con toda honestidad:

– Papá, yo no haría una cosa así, jamás…

Patrick sonrió.

– Estaba bromeando, eso es todo.

Despeinó el pelo del niño y le acercó las galletas para que cogiera alguna más. Pat Junior sacó una galleta integral de chocolate y la mojó en el té.

– ¿Cómo van las cosas por casa?

– Como siempre, papá. Mamá está muy cansada recientemente y las niñas le dan mucho trabajo. Tanto Lance como yo hacemos lo que podemos. La abuela Annie sigue siendo un dolor en ese sitio que tú ya sabes, pero mamá sabe apañárselas. Yo me encargo de sacar la basura y de hacer los recados.

Dijo todo aquello con una seriedad que hizo que Patrick sintiera ganas de echarse a reír, pero no lo hizo porque sabía que su hijo tenía mucha dignidad.

– ¿Y qué tal la escuela?

Pat Junior no se mostró tan entusiasmado respecto a ese tema, como podía imaginar su padre.

– ¿Ya no más peleas?

– Ya sabes que yo nunca me peleo por cosas mías. Fue por Lance. Siempre tengo que andar defendiéndole. Primero busca pelea y luego no quiere camorra.

Sus palabras mostraban indignación una vez más. Patrick vio que su hijo hablaba con total sinceridad.

Lance era un oportunista. Era un buen chico, pero tenía la debilidad de los abuelos de Brodie corriendo por sus venas.

– ¿Has hablado con tu hermano de eso?

– Por supuesto que sí. Pero no escucha. Lo hace sin darse cuenta, papá. No sabe cuándo debe cerrar la boca. De todas maneras, ya los he puesto en su sitio y no lo molestarán durante un tiempo.

Patrick miró a su hijo y sintió enormes deseos de abrazarle, pero no lo hizo. Sabía que el muchacho intentaba comportarse como un hombre y pensó que debía tratarle como tal. Hacerse hombre era un camino muy largo y él quería que sus hijos estuvieran capacitados para eso cuando llegase el momento. Lance iba a necesitar de su hermano porque carecía de la astucia que tenía su hijo mayor. Pat Junior era la viva imagen de su padre y él se dio cuenta de que estaba delante de un merecido sucesor de sus negocios.

– ¿Has ido a misa esta semana?

– Estoy de monaguillo, padre. No he tenido otro remedio.

Mientras reían oyeron un grito aterrador que les hizo levantarse de los asientos y salir corriendo escaleras arriba. Kathleen estaba histérica y su madre trataba de calmarla. Eileen estaba sentada en la cama, con los ojos abiertos y la cara pálida. Lance estaba apoyado en la puerta, contemplando la escena con su típica falta de interés.

– ¿Qué cono le pasa, Lil?

Lil sostenía en brazos a la llorosa niña y negó con la cabeza.

– ¿Qué has visto, Lance? Tú has sido el primero en llegar.

Lance se encogió de hombros indiferente.

– Creo que estaba soñando.

Lance se aproximó hasta donde estaba Kathleen, pero ella hizo ademán de esconderse de él.

– Vete -dijo.

Kathleen se apartó de los brazos de su madre y se subió a la cama de su hermana. Eileen le dejó espacio automáticamente, mientras los hermanos se miraban entre sí y se encogían de hombros. Ésa era la forma normal de actuar de las niñas. Normalmente se dormían abrazadas una a la otra, aunque iban separadas, cada una a su cama. Todos pensaban que se debía a que eran gemelas, ya que entre ellas hablaban hasta su propia lengua.

Ya más tranquilas, las niñas se arroparon para dormirse, aunque Kathleen continuaba con la mirada temerosa de un animal asustado. Ahora el pelo se les había puesto rizado y de un color bronce que resaltaba el color gris de sus ojos. Tenían los ojos de la madre de Patrick, pero al contrario que los suyos, sólo emanaban dulzura e inocencia. Su madre tenía la mirada de las mujeres que han conocido demasiados hombres y perdido muchos sueños.

Cuando todo parecía haber pasado, Patrick besó a sus hijas y condujo a los niños hasta sus habitaciones. Oía a Lil hablando con las niñas, tratando de calmarlas y sonrió de nuevo. Su casa era más divertida que el teatro; siempre había algún tipo de drama. Tener cuatro hijos era una garantía de que así fuese. Sin embargo, sus hijos eran todos unos niños buenos y él estaba muy orgulloso de ellos.

Le guiñó un ojo a Pat Junior cuando lo arropó en la cama. Su habitación era un completo desorden, con tebeos y juegos por todas partes. Era, sin duda, la habitación de un niño. Todo estaba hecho un amasijo y apestaba a zapatillas de fútbol y patatas fritas. Estaba empapelada y cubierta con fotografías de tanques y aviones. A Patrick le encantaba esa habitación. Estaba repleta de cosas de las que él había carecido de niño y podía oler el éxito en su vida con tan sólo aspirar el perfume de aquella habitación.

Entró en la habitación de Lance. Su astucia le hizo sonreír. Al contrario que Pat, él tenía la ropa bien doblada y los comics de horror muy bien ordenados. A Lance le gustaba lo oculto y cualquier cosa que estuviese relacionada con vampiros. Tenía las paredes cubiertas con fotografías de películas de miedo: vampiros y hombres lobo atacando a mujeres de busto pronunciado. Vincent Price se reía entre dientes al lado de Peter Cushing y Lon Chaney Junior. La habitación olía a gominolas y a chicle Bazzoka Joe. Lance también tenía una amplia biblioteca de revistas porno, pero su madre se las había confiscado. Era extraño, pero si hubiese sido Pat Junior con revistas de Penthouse, él no se hubiera preocupado tanto. Sin embargo, había algo de siniestro en Lance, aunque no sabía a ciencia cierta el qué. Besó el pelo despeinado de Lance, cerró la puerta y se dirigió a la habitación que compartía con su mujer.

Lil se había acostado de nuevo. Su pelo largo caía sobre la almohada y sus pechos blancos estaban aplastados contra el camisón. Todavía tenía un aspecto deseable y Patrick sintió la necesidad de poseerla allí y en ese preciso momento. Él sabía que no estaba en plena forma y lo lamentaba en muchos aspectos.

Se echó en la cama y se acurrucó a su lado. Se río al notar su pene erecto contra su muslo.

– Eres como esas pilas que anuncian en la tele. ¡Siempre dispuesto!

– Ya me conoces. Siempre dispuesto a echar un polvo.

Patrick se sonrió y la apresó como si estuviera jugando con ella. Lil lo apartó de su lado, de buena manera, pero tajante.

– Lo siento, Patrick, pero estoy hecha papilla.

El bostezó y la besó cariñosamente. Sabía que la tenía tan dura que podría parar un autobús, pero que no insistiera le hizo quererle aún más. Estaba sumamente cansada y no había dormido porque había estado muy preocupada preguntándose dónde estaba. Ahora estaba a su lado, por lo que podía relajarse y dormir en paz. Ojala los hombres comprendieran lo vulnerables que se sienten las mujeres cuando están muy avanzadas, especialmente cuando ya no es tan excitante como suele ser la primera vez. Esta era la última vez que pensaba quedarse embarazada. No estaba dispuesta a pasar por ello nunca más.

– Buenas noches, cariño. Que duermas bien.

Lil sonrió en la oscuridad al oír sus palabras. Ahora que él estaba a su lado, eso es lo que pensaba hacer. Pat pensaba en la pequeña pelirroja con la que se estaba divirtiendo últimamente. Necesitaba urgentemente satisfacer su deseo y ella era la chica adecuada.

– Cariño, es posible que vuelva a llegar tarde mañana por la noche.

– ¿Qué pasa con la fiesta? Pienso que debemos empezar a organizaría.

Patrick chasqueó la lengua en señal de desaprobación y Lil se dio cuenta de que le había molestado con ese asunto doméstico. Sin embargo, era el décimo cumpleaños de su hijo y deseaba celebrarlo debidamente.

– ¿A quién coño le chasqueas?

Ahora estaba despierta del todo y Patrick se dio cuenta de que había metido la pata de lleno. Se sentía culpable, en parte porque ya estaba pensando en lo que iba a hacer con la pelirroja.

– Yo no he chasqueado la lengua. Estoy cansado, eso es todo.

Trató de sonar lo suficientemente drástico como para que cesara cualquier tipo de discusión. Estaba cansado y Lil era de las que pelean por nada cuando se le antojaba.

– Sólo quiero que me ayudes a que tu hijo tenga un día especial, pero si eso es mucho pedirte, dímelo y, como siempre, lo resolveré yo solita.

Estaba indignada. Sabía que lo había pillado desprevenido y pensaba aprovecharlo.

– Lil, por amor de dios, déjalo.

Ella le dio un empujón no muy cordial en el hombro.

– No, déjame que te diga una cosa. Me paso los días enteros aquí metida mientras tú haces lo que te sale de los cojones. Lo único que quiero es que el décimo cumpleaños de tu hijo mayor sea algo que recuerde toda su vida. A mí jamás me dieron una fiesta, ni una puñetera fiesta, y tú también estabas de acuerdo hasta ayer noche. Pues bien, vete a tomar por el culo. Si tienes cosas más importantes que hacer, hazlas.

Se echó de espaldas. Respiraba pesadamente, pero más le pesaba la conciencia. Él ya estaba despierto del todo y ella lo sabía.

– Por favor, Lil. Estaba cansado, eso es todo. Ya sabes que puedes hacer lo que quieras, pero yo soy un completo inútil con eso de las fiestas.

Lil se apoyó en el codo y él pudo ver su rostro bajo la mortecina luz que entraba por la ventana. Estaba roja de ira. Cuando se trataba de defender a sus hijos se convertía en una amazona con él. Sin embargo, desde hace un tiempo para atrás, se estaba convirtiendo en un dolor de huevos. Pat forzó una sonrisa y, con mucho aplomo, le respondió:

– Tú sabes con cuánta mierda he tenido que bregar esta semana…

Se apartó de él y suspiró pesadamente. Era un suspiro muy estudiado que le haría sentirse aún más culpable. Sabía que andaba en juergas cuando no venía a casa, pero aquella noche precisamente no le preocupaba lo más mínimo. Si alguien más le estaba contentando, pues allá ella. En ese momento de la vida lo único que ansiaba era una noche de plácido sueño y una fiesta para su hijo que fuera de lo más sonada. Cualquier otra cosa no entraba dentro de su campo de acción. Él era indigno de ella, pero no pensaba dejarle escapar sin pelear.

– ¿Y tú? ¿Sabes acaso cómo es mi vida? Dolor de espalda, incontinencia de orina y cuatro niños que no se acuestan ninguna noche sin armar un drama. Además de eso, tengo un marido que se pasa las noches fuera esperando que me crea que lo hace por asuntos de trabajo aunque yo haya trabajado con él en los clubes y me conozco el meollo mejor que él. Sólo te he hecho una pregunta muy sencilla respecto al cumpleaños de nuestro hijo porque se me había olvidado que ya no te importamos un comino, ¿no es verdad? Oh, no. A ti sólo te interesa lo que tienes entre manos, noche tras noche, mientras yo me pudro como una puñetera perra en este sitio.

Patrick no quiso interrumpirla, ni discutir con ella hasta que no sacó el tema de los clubes. Ahora estaba tan enfadado como ella. La culpabilidad le estaba carcomiendo y estaba dispuesto a ponerla en su sitio. El ataque era la mejor forma de defensa y su padre le había demostrado que estaba en lo cierto.

– ¿Qué insinúas, Lil? ¿Qué estoy mojando en otro sitio?

Era lo peor que podía decir y lo supo incluso cuando lo estaba diciendo.

Salió disparada de la cama.

– Eres tú el que ha dicho eso, no yo. ¿Qué te pasa? ¿Te está jugando una mala pasada tu conciencia? Me paso el día con tus cuatro hijos y otro coñito está ocupando mi lugar. Sales y entras de la vida de tus hijos como si fueras un jodido fantasma. Lo único que te pido es que estés aquí una noche para el cumpleaños de tu hijo y reaccionas como si te hubiera mandado una cita para el juzgado. Pues bien, qué te den morcilla. Lo haré yo solita, como yo solita lo hago todo últimamente.

Bajo la luz de la lámpara tenía un aspecto demoníaco y Patrick lamentó que la noche se hubiese estropeado y tomara ese rumbo. También se preguntaba si eso no le serviría de excusa para marcharse e irse en busca de la pelirroja. Lil arremetía de nuevo contra él. Su cólera la hacía aún más deseable. Pat sabía que tenía razón para estar molesta con él. Recientemente, no es que hubiese pasado demasiado tiempo en casa, en parte porque se había estado divirtiendo, pero en parte también porque había estado resolviendo multitud de problemas. Su estado le hacía ponerse borde e insolente por cualquier menudencia y, no por primera vez, pensaba sacarle beneficio. Mirándola como si fuese una demente, vio que esa era su oportunidad. Se levantó de la cama y empezó a vestirse. Fingió contener la rabia y la indignación y exageró cada gesto y movimiento.

Era una escena ya muy bien conocida por ambos. Patrick estaba completamente despierto. Tenía otro sitio donde curarse las heridas y reposar sus huesos y su mujer le había dado la perfecta excusa para marcharse. Ahora pensaba curarse las heridas al lado de una pequeña pelirroja con la boca bonita.

– ¿Qué haces?

Era una pregunta que no tenía el más mínimo propósito de responder con sinceridad.

La miró con expresión de sorna y respondió:

– ¿Y tú qué crees, Lil? Dímelo tú, que lo sabes todo.

Se puso los calcetines, metió los pies en los zapatos y continuó empleando el mismo tono.

– Voy a salir de nuevo. Puesto que resulta obvio que no me vas a dejar descansar, regreso de nuevo a la ciudad. Y puede que a lo mejor te dé verdaderos motivos para quejarte.

Lil estaba a punto de ponerse a llorar, no porque estuviese contrariada, sino porque la furia la estaba dominando.

– ¿Te vas porque simplemente te haya preguntado por el cumpleaños de tu hijo? ¿Te parece razón suficiente para que te vayas con tu querida?

La rabia de Patrick se aplacó con esas palabras.

– ¿De qué querida hablas? Yo no tengo ninguna querida y tú lo sabes bien, Lil. De vez en cuando echo una canita al aire, pero nada más.

Caminó alrededor de la cama medio vestido, pasándose las manos por el pelo en señal de consternación. Luego la estrechó entre sus brazos y le dijo con delicadeza:

– Eres una jodida cabrona, Lil, y te gusta mucho joder la marrana. Sabes de sobra lo que ha estado sucediendo últimamente con los hermanos Williams.

La miró a los ojos. La sensatez le decía que se quedase en casa y la hiciese feliz, pero su polla y la nueva fuente de energía que había encontrado recientemente le impulsaban a marcharse y echar un buen polvo. Liberarse de todas sus tensiones echando un polvo sin complicaciones.

Las mujeres no comprendían a los hombres: no era nada personal, tan sólo cuestión de echar un casquete. Sólo estaban allí para ser tomadas y eso es lo que ellos hacían. Tan sencillo como eso. No había nada de complicado en ello. La diferencia es que con una extraña te limitabas a hacerlo. No había que preocuparse porque disfrutasen, ni era necesario ser agradable antes o después, aunque a él le gustase serlo. Bastaba con invitarlas a unas cuantas copas y pasar un buen rato. Si volvías a encontrártelas, intercambiabas una sonrisa y eso era todo. Si tenían delirios de grandeza, entonces había que ponerlas en su sitio con unas cuantas palabras amables y una palmada en el culo mientras se les enseñaba la puerta. Ahora Patrick tenía el olor a extraño impregnado en sus fosas nasales y su esposa le estaba haciendo sentir como un jodido intruso en su propia casa: una razón más que le justificaba para marcharse y no sentir remordimientos por sus devaneos.

– Escúchame, Lil. Por supuesto que deseo que el chico disfrute de un día especial, pero diga lo que diga, al final siempre eres tú la que lo decide todo. Lo único que quieres es bronca y no pienso satisfacer tu deseo.

Lil sabía lo que intentaba hacer y eso la deprimía. Peleaba por cualquier nimiedad, en eso tenía razón. Pero ella también tenía razón en lo que había dicho sobre él y su otra vida. Él las llamaba ligues; para ella, sin embargo, era la razón de que no durmiese.

– Vuelve a la cama.

Permitió que la arropara, devanándose para no echarse a llorar. Le dolía todo el cuerpo, estaba cansada e irritable. Las gemelas se tenían que levantar a las seis y ella tenía que despertarse con ellas, por muy mal que se sintiera. Ésa era la ventaja que él tenía siempre sobre ella. Se preguntó qué pasaría si una noche ella se fuese de juerga y lo dejase allí, solo, preguntándose dónde estaba, con quién y cuándo regresaría. Sin embargo, eso jamás sucedería y ambos lo sabían.

– Duerme un poco, Lil, lo necesitas. Con mi presencia aquí te estoy perturbando y ninguno de los dos desea una cosa así, ¿no es verdad?

Mientras se echaba en la almohada, se sorprendió de ver a su marido terminar de vestirse. Lo observó comprobar que llevaba las llaves y la cartera en el bolsillo y luego, después de besarla débilmente, salió de la habitación, cerrando con cuidado la puerta. Lil se estiró en la cama y, por fin, el sueño que había eludido la invadió; aquello era un hito en su matrimonio, y lo sabía. Sin embargo, por primera vez en su vida se alegró de que se hubiese marchado de su lado. Sabía que había regresado a casa en busca de reposo y que ella lo había fastidiado todo. Darse cuenta de ello la entristeció.

Capítulo 9

– ¿Qué haces, muchacho?

Pat Junior se sonrió mientras servía el té, pues le deleitaba ver a su madre fingir su enfado. Le encantaba cuando actuaba como si él fuese aún un niño y no supiese hacer sus cosas o ayudar a los demás.

– Preparando el desayuno, así que siéntate y descansa, mamá.

Lil se rió feliz.

– ¿Qué descanse, dices? Si acabo de levantarme.

Desde que enviaron las invitaciones y pidieron el pastel de su cumpleaños, Patrick Junior se había sentido como un niño con zapatos nuevos. Era un buen chico y haría lo que fuese necesario por sus hermanos, pero, desde que organizaron la fiesta y la certificaron mediante invitaciones escritas, se le había subido a la cabeza y se comportaba como una estrella de Hollywood. No podía ayudarla tanto como deseaba. Sus contratiempos con su padre, como siempre, habían caído en saco roto. Se culpó a sí misma por ello porque debía haber tenido el suficiente sentido común para cerrar el pico y guardarse las opiniones. Sabía que su marido estaba más cerca de las tentaciones que cualquier otro hombre normal y que, más tarde o más temprano, sucumbiría a ellas. Lo que no podía hacer era darle luz verde dándole motivos para que cogiera la puerta y se marchase.

Estaba sorbiendo el té y mordisqueando la tostada que su hijo le había preparado cuando vio la cara de Lance. La tenía arañada y toda llena de moratones.

– ¿Qué te ha pasado en la cara, hijo?

Lance se encogió de hombros. Sus profundos ojos azules, como siempre, eran incapaces de manifestar ninguna emoción; al menos así era cuando la miraban a ella. Se odió por pensar eso.

Pat estaba detrás de su silla y Lil se dio cuenta de que tenía los mismos ojos que su hermano, pero ella sólo disfrutaba mirando los de su hijo mayor.

– Se ha peleado en la escuela.

Lil suspiró. Estaba empezando a cansarse del comportamiento de su hijo.

– ¿Por qué respondes tú, Pat? ¿Acaso eres su papagayo? No es sordo, así que deja que responda él.

Lamentó inmediatamente haberse enfadado y haber dicho esas palabras. Pat Junior se quedó muy afligido por lo que su madre le acababa de decir y por cómo lo había hecho. Él siempre había sido el parachoques entre ella y Lance, y a ella le encantaba ese papel. Sintió el acostumbrado sentimiento de culpabilidad que le dominaba siempre que percibía sus reacciones con su hijo menor y rezó para que pudiera encontrar la forma de poder quererle igual que al resto de sus hijos. Desempeñaba el papel de una madre atenta con tanto esmero que a veces llegaba incluso a creérselo hasta ella misma. Sin embargo, ver a Lance con la cara amoratada y arañada le hizo sentirse más culpable que de costumbre porque no lo había notado la noche anterior.

Pat Junior permaneció detrás de su hermano con una mano apoyada en su hombro y la otra tapándose los ojos para contener las lágrimas. Tenía la cabeza gacha y Lil se dio cuenta de que trataba de no llorar delante de su hermano. Lo estrechó entre sus brazos.

– Lo siento, cariño. Ya sabes que estoy muy irritable últimamente. Eres un niño muy bueno y dependo de ti, cosa que no está bien.

Él la abrazó con fuerza y ella se dio cuenta de la solidez de su cuerpo. Se estaba haciendo un hombrecito y, aunque Lance era más alto y robusto, no tenía los músculos tan prietos como los de Pat Junior. Lance parecía el hermano mayor, pero no tenía ni la sensatez, ni la inteligencia de Pat.

– Acércate un momento, Lance.

Lil extendió el brazo que le quedaba libre y notó lo dubitativo que se mostraba cuando se acercó hasta ella. Los abrazó a los dos con la mayor ternura y Lance le apretó la espalda, como si su vida dependiese de ello.

– ¿Quién te ha pegado, Lance? Dímelo.

Se alejó de ella y se encogió de hombros de la misma forma que hacía cuando le preguntaba algo de lo que era culpable.

– No fue su culpa, madre -respondió Pat-. Fueron los niños mayores. Lo escogieron a él por su tamaño.

Lil levantó la mano para hacer callar a Pat Junior. Él siempre se esforzaba porque reinara la paz, pero ella sabía que Lance era el que provocaba la mayoría de las peleas. Formaba parte de su naturaleza y los profesores empezaban a hartarse. A Lance ya le habían dado el último aviso y él lo sabía.

– ¿Con quién te has peleado, Lance? Dímelo y lo pasaré por alto, pero si me mientes, me enfadaré mucho. Así que respóndeme sinceramente: ¿te has vuelto a pelear?

Lance asintió y ella suspiró. No tenía sentido hablar más del asunto, pues jamás le escuchaba.

– ¿Tengo que ir de nuevo a la escuela?

Patrick Junior negó con la cabeza.

– Ha sido fuera de la escuela, mamá. De verdad, ya está todo solucionado.

Lil asintió y encendió otro cigarrillo. Mientras que no tuviese que presentarse en la escuela no le importaba demasiado.

Pat Junior estaba muy conmovido y apagado, así que dejó el tema. Pat siempre había cuidado de su hermano y eso no cambiaría. Lo que le preocupa es que la bocaza de su hermano y su facilidad para pelearse lo metiesen algún día en un problema que no supiese manejar. Hasta la fecha siempre había logrado sacarle las castañas del fuego y sin armar demasiado alboroto, pero estaba segura de que cuando creciesen no le resultaría tan fácil. Patrick podía contar con muchos amigos si los necesitaba, pero Lance no tenía a nadie, salvo a Patrick. El instinto le dijo que, en el futuro, Pat Junior seguiría resolviéndole los problemas a su hermano. Lance dependía excesivamente de él y ella se culpaba por ello.

Les sonrió para indicarles que estaba dispuesta a dejarlo pasar. Ellos le devolvieron la sonrisa. Pat se dio cuenta de que su madre no intentó ni tan siquiera curar las heridas de su hijo como hubiera hecho cualquier otra madre. Como siempre, le había dejado esa responsabilidad a él.

Dave estaba sentado en casa de su madre, esperando a que Bernie trajera a su hermano Dennis del hospital. Aún se encontraba mal, pero se había recuperado más rápido de lo que nadie esperaba. Dave había dejado que permaneciera allí durante tres semanas, sin visitarle ni una sola vez. Primero lo hizo porque se sentía muy abatido. Luego lo dejó pasar sin necesidad de dar explicaciones a nadie. Ahora, sin embargo, no le quedaba más remedio que enfrentarse a él y solucionarlo de una vez por todas. Bernie lo traería dentro de un minuto y él se había asegurado de que los dejasen solos.

Estaba nervioso, pero ya no lamentaba lo que había hecho. Era de esperar porque la presión los había dominado a todos y él había sido el primero en explotar. Eso era todo. Dennis era tan difícil que resultaba casi imposible no enfrentarse a él. Fue inevitable que se vieran las caras en algún momento.

Dave miró el salón de la casa de su madre. La chimenea de Yorkstone y la alfombra de pelo largo estaban manchadas y en muy mal estado, lo que le recordó una vez más la cantidad de dinero que habían malgastado. Como Pat había comentado en cierta ocasión, él le había ayudado a conseguirlo, pero no a gastarlo, a pesar de que, en algún momento, también se lo advirtió. Le había dicho a Dave que guardase el dinero a buen recaudo en su bolsillo hasta que no estuviera seguro de tenerlo bien lleno. Y nunca dejes que nadie sepa cuánto tienes, ése era otro de sus lemas. Si las personas saben demasiado de ti, ya no se sienten cómodas a tu lado.

Cuánta verdad había en aquellas palabras y cómo deseaba poder hacer retroceder el tiempo. La retrospectiva es algo maravilloso. Aquello era otro de los dichos de Pat al que él hubiera deseado prestarle la debida atención.

Pat le había comentado más o menos que seguía estando en la empresa, pero no con el cargo que había ocupado antes. Ahora era un empleado a sueldo, uno más, y sabía que no le quedaba más remedio que aceptarlo. El hecho de que lo hubieran pillado contemplando la idea de desbancar la sociedad Patrick-Spider ya era más que suficiente como para que lo hubiesen puesto a dos metros bajo tierra.

Era plenamente consciente de que le habían otorgado una segunda oportunidad y no pensaba echarla a perder. Al menos esa lección tan valiosa la había aprendido, y bien. Ahora tenía que decírselo a su hermano y estaba seguro de que no le haría ninguna gracia.

Dave encendió un cigarro y le dio varias caladas llevando el humo hasta lo más hondo de sus pulmones. El temblor de sus manos era más que evidente, incluso para él. Deseaba relajarse, pero no tenía ni idea de cómo iba a reaccionar su hermano cuando entrase por la puerta. Con Dennis lo inesperado era la norma.

Oyó detenerse un coche y evitó levantarse de la silla e ir a la ventana para ver quién era. Deseaba que Dennis lo viera tranquilo y sosegado. Era importante que fuese él quien iniciase la conversación e intentara recuperar el amor y la amistad de su hermano, además de su lugar como cabeza de la familia. Dennis era lo suficientemente astuto como para arrebatárselo si era necesario, y él lo sabía mejor que nadie.

Vincent había perdonado, pero no olvidado. Dave se había disculpado en diversas ocasiones y también le había prometido a Patrick y Spider que mantendría controlado a Dennis, además de que restringiría sus movimientos en el futuro. El primer encuentro era de suma importancia, ya que tenía que hacerle entender a Dennis que tenía los días contados a menos que prometiera y demostrara que no se iba a inmiscuir en los negocios de nadie.

Era consciente de que Dennis no había hablado con la policía cuando le interrogó superficialmente. Al igual que él, pensaban que por fin había recibido lo merecido y probablemente sabrían qué es lo que había sucedido exactamente. Lo visitaron porque se habían visto obligados a ello, no porque quisieran resolver ningún delito. A Dennis lo odiaba todo el mundo en su entorno, por una razón o por otra.

Dennis había sido el cerebro en todos los negocios frustrados en los que habían invertido, había sido el instigador, el hombre que daba la cara, pero también había sido el que se había dedicado a señalar culpables cuando las cosas se iban al garete. A todos, menos a él mismo. Así había sido desde siempre: la culpa era de alguien, nunca de él.

lodos sus grandes sueños los había echado a perder. Estaban tiesos, humillados y en el mismo lugar de donde empezaron: bajo sueldo y con la obligación de demostrar que servían para algo más. Sus hermanos pequeños se habían quedado sin dinero y supo que tenía que ponerle fin a esa situación antes de que llegase demasiado lejos. Dave sabía que habían depositado su confianza en él y era consciente de que sabían que Dennis era el que había tenido la última palabra, el que había llevado las riendas de los negocios y las finanzas de la familia. Y él había permitido que eso ocurriera. Había escuchado las charlatanerías y los alardes de grandeza de su hermano y le había creído cuando éste le convenció de que eran lo suficientemente astutos y fuertes para pasar por alto a Brodie y Spider en el negocio de las drogas.

Sólo podía justificarse a sí mismo por lo que había hecho aludiendo a la locura. No tenía excusa para su comportamiento, salvo la ambición. Si hubiera sido otro el que hubiera estado en su lugar, se mofaría de él. La diferencia es que ahora se trataba de él y eso no le hacía ni la más mínima gracia. Especialmente porque ya podía oír a Dennis maldecir y gritar mientras salía del coche y recorría cojeando el sendero de grava.

Era, sin duda, la misión más difícil a la que se había enfrentado, y eso que había llevado a cabo muchas a lo largo de su vida.

Dennis entró en la habitación y, aunque había perdido algo de peso en el hospital, seguía siendo el más robusto de la familia. Su cara estaba más rígida que nunca y su cabeza afeitada dejaba ver los puntos que habían tenido que darle en la cabeza. Dennis tenía aspecto de haber sufrido un accidente aéreo y Dave estaba obligado a recordarle que él había sido el causante de semejante daño; es decir, de las profundas heridas que tenía en la cabeza y de los moratones que tenía en la cara y en los ojos.

Lo peor de todo es que, si era honesto consigo mismo, no podía decir que no había disfrutado a tope. De alguna manera, deseaba haber podido terminar el trabajo. Su vida, sin duda, sería mucho más sencilla. El nerviosismo se le había pasado repentinamente. Miró a su hermano con una sonrisa compungida y le dijo tranquilamente:

– ¿Te encuentras bien, bravucón?

Patrick se encontraba en el club. Aún no había oscurecido y las chicas se estaban preparando para el espectáculo de la noche. Parecían como una bandada de pájaros piando y su excesivo maquillaje y sus atrevidos trajes contrastaban con el tiempo tormentoso que hacía fuera.

A Patrick Brodie le encantaba el West End cuando los días comenzaban a acortarse. Los turistas ya se habían marchado y, aunque las ventas habían descendido, le encantaba poder disfrutar del verdadero ambiente del Soho. Las noches como ésta le encantaba visitar los clubes, especialmente si las chicas se llevaban bien y no discutían por ridiculeces. Este club era el mayor de todos y lo había adquirido por una menudencia, ya que lo había tomado como pago de una enorme deuda de juego contraída por un hombre llamado Pierre Lamboutin. El nombre francés era un alias. Por qué había escogido uno tan largo era algo que Patrick desconocía. Se supone que los alias deben ser simples y sin demasiada gracia, con el fin de que la persona que los utiliza pase inadvertida. Ahora Pierre estaba más tieso que la mojama y el club ya era de su propiedad, y aunque no oficialmente, era el que más caja hacía en el Soho. Estar el primero de la lista no era nada sencillo, teniendo en consideración toda la competencia que se estaba abriendo por los alrededores. Sin embargo, había seguido los consejos de Lil y, como había tratado bien a las chicas, éstas le eran leales y llegaron al acuerdo de no subir a nadie a los reservados.

El club estaba situado en la calle Frith, una calle concurrida y comercial, pero no tanto como para atraer a los haraganes, conocidos también como los guerreros de fin de semana o mirones. Patrick sólo deseaba tener clientes que se gastaran unas cuantas libras y que no se pasaran la noche entera con una bebida mientras miraban a las strippers y magreaban a las anfitrionas entre actos. Él obligaba a que se pagara una costosa cuota de socio en la puerta, que garantizaba la separación entre hombres y muchachos. También garantizaba a los clientes cierto grado de respetabilidad. Era un club de verdad, con unos socios cuyas tarjetas de crédito decían sólo eso, lo que no levantaría sospechas si caían en manos de sus mujeres. El club de Lords Gentlemen's era conocido por todos en el West End y Patrick estaba orgulloso de su reputación y de su exquisita decoración. Mientras tomaba una copa en la barra vio que una de las chicas entraba en el vestíbulo. Era una mujer despampanante: alta, delgada y con piernas largas y bien moldeadas. Sin embargo, era su pelo lo que la hacía resaltar por encima de las otras chicas. Era de color caoba natural, le llegaba hasta la espalda y era sedoso y brillante como los que aparecen en los anuncios de champú. Le sonrió y él frunció el ceño. Su único defecto eran los dientes. Estaban ligeramente torcidos hacia delante y, aunque los tenía muy blancos, estropeaba la imagen de la perfección. Tenía los ojos color azul pálido y unas cejas muy bien arqueadas que le daban el aspecto de una estrella de cine. Patrick también descubrió que bebía como un cosaco y follaba más que una perra.

Por primera vez en años, Patrick estaba viendo a alguien con cierta frecuencia y sabía que se estaba jugando la cabeza si Lil lo descubría. Ella le podía perdonar que echara una canita al aire, pero si se enteraba que tenía una amante armaría la gorda. Jamás le permitiría que tuviese algo serio, que alguien le arrebatase el trono. Al igual que la mayoría de las mujeres, lo que más temía era que pudiera tener un hijo con otra que tuviera que relacionarse con su prole. Era impensable y él comprendía su punto de vista.

Cada vez que veía a Laura Dole se decía a sí mismo que sería la última vez, pero luego se veía de nuevo haciendo los debidos arreglos para poderla ver. Lo curioso es que ella no tenía un verdadero interés por él y él lo sabía. Para ella era como un cliente más. Por qué la encontraba tan fascinante era algo que no sabía, pero así era. Incluso la había alojado en uno de sus mejores pisos para poseerla siempre que quisiese y asegurarse de ese modo que allí no se vería con otros hombres.

Laura tenía diecinueve años y trabajaba como chica de alterne selecta. Le gustaba la vida nocturna, el dinero y no tenía el más mínimo reparo en irse a la cama con el tío más feo del mundo si le pagaba como es debido. La vida la había arrastrado a lo más bajo y consideraba a Patrick como una forma de ascender, aunque sólo fuese por un tiempo. Estaba segura de que él terminaría cansándose de ella, pero hasta entonces pensaba exprimirle todo lo que pudiera. Había adquirido algo de caché frente a las otras chicas a causa de su relación con Patrick y lo utilizaba hasta su más último extremo. Por ejemplo, se aseguraba de que la encargada del club sólo le mandase clientes con dinero y también que le dieran lo suyo. De hecho, algunas chicas pensaban que se le estaba subiendo un poco a la cabeza, pero a ella no parecía importarle lo que pensasen.

Patrick Brodie podía ser su pasaporte a la riqueza si sabía utilizar sus bazas, y ella no tenía el más mínimo reparo en usarlas para sus propios fines. Si lograba mantenerlo interesado, podría seguir manteniendo ese nivel y eso era importante para ella.

Por alguna razón, ella suscitaba su interés y tenía el presentimiento de que se debía a su escaso interés por él, salvo el de echar un polvo. Su frialdad le intrigaba y a ella eso le satisfacía. Disfrutaba practicando el sexo con él, pues era, sin duda, un experto, como ella era una experta haciendo creer a los hombres que eran los reyes del sexo.

Le pasó a ella un paquete pequeño y ella volvió a sonreír. Él siempre le daba un puñado de anfetas, ya que sabía que era algo esencial para las chicas del club. Eran siempre de muy buena calidad, mejor que la que se vendía en las calles.

Mientras charlaban vio que Spider y Cain subían a su oficina. Le dijo a Laura que se verían más tarde y subió tras ellos. Era su forma de decirle que no se enrollara con ninguno de los clientes. A él no le importaba que se acostara con otros hombres, pues, al fin y al cabo, era su trabajo. Sin embargo, no le gustaba mojarla después de otro. Le gustaba que tuviese el coñito limpio y aseado como el culito de un niño. Esto último era lo más importante.

La vio irse pavoneando hasta los asientos acolchados y él subió las escaleras para reunirse con sus socios, tenía la expresión adusta y la compostura de un hombre que espera tener que afrontar serios problemas muy pronto.

Trevor Renton era un jugador, y uno de una casta muy extraña, pues ganaba un buen dinero con ello. Ya fuera en las cartas, los caballos o los galgos, sabía cómo llevarse un buen pellizco. De vez en cuando perdía, por supuesto, ya que los caballos son impredecibles, y las cartas se reparten al azar y sólo puedes jugar con las que te dan. Sin embargo, sabía tirarse un farol. En una ocasión hizo una fortuna con una simple pareja de doses, obligando impasiblemente a que su oponente apostara más y más dinero y manteniéndose firme y seguro a pesar de llevar una mano de mierda. Les había dado a todos una lección y se hizo de una reputación en cuestión de días. Cuando se sentaba en una mesa para jugar lo trataban como si fuese un miembro de la realeza y, si perdía, perdía con gracia y pagaba sus deudas sin rechistar.

Aquella noche pensaba disputar una gran partida y se sentía muy excitado, aunque su rostro no denotaba tal inquietud. Había ganado un par de apuestas aquella tarde en los caballos y se sentía con ánimo para pasar una larga noche jugando al póquer. Le encantaba jugar, le encantaba derrotar a los favoritos y le encantaba la compañía de hombres con gustos afines a los suyos. También le entusiasmaba oír historias de otras partidas, a pesar de haberlas oído cientos de veces, siendo a menudo uno de los protagonistas de las mismas. En cuanto se sentó en su silla, sacó los puros, las llaves del coche y su cartera. Tenía un depósito con cincuenta de los grandes que le adeudaban los anfitriones. Los colocó al lado de su copa, se quitó la chaqueta, la colocó cuidadosamente encima del sofá, se aflojó la corbata y se remangó las mangas de la camisa. Sabía que, como buen jugador que era, debía asegurarse de que nunca le acusasen de hacer trampas, ya fuese en su cara o a sus espaldas, lo cual resultaba aún más vergonzante.

Algunos eran muy malos perdedores, especialmente cuando apostaban un dinero del que no disponían. Él, sin embargo, tenía crédito allá donde fuese, pues todo el mundo sabía que pagaba sus deudas a las pocas horas de contraerlas. Otros hombres no eran tan sensatos y trataban de recuperar un dinero que habían perdido para siempre. Intentaban recuperar sus pérdidas con dinero prestado, con dinero que luego deberían pagar a cualquier precio. Él los observaba sudar de miedo, beber para calmarse, y el alcohol que bebían gratuitamente les hacía perder el sentido y firmar pagarés por donde quiera que fuesen, tratando de volver a recuperar su vida normal y la de sus familias. Luego, cuando la noche se terminaba, observaba sus rostros al darse cuenta de que habían perdido todo cuanto poseían. Todo por lo que habían luchado se había desvanecido en cuestión de horas.

En otro lugar, una mujer y unos hijos desconocían que la vida que hasta entonces habían conocido se había terminado, que pronto se verían apresados en un mundo de acreedores y visitas nocturnas. Una pesadilla de tal magnitud que sus consecuencias se padecerían durante años. Las personas sabían que la ley no les obligaba a pagar las deudas contraídas en el juego, pues eran simples acuerdos entre caballeros, algo que se firma con un simple estrechón de manos. Por eso, su recuperación normalmente se llevaba a cabo por medio de la violencia y la intimidación. Los hombres que se habían jugado la vida se veían involucrados en una situación de la que resultaba muy difícil escapar. Las deudas hay que pagarlas; tan sencillo como eso. El dinero se prestaba con una sonrisa, pero se recuperaba con un bate tic béisbol. Trevor había visto situaciones como ésas en multitud de ocasiones y le deprimía ver que esos hombres carecían de autocontrol y respeto por sí mismos. Él tenía cuarenta años, llevaba jugando más de treinta y aún se mantenía indemne. No tenía cicatriz alguna y jamás había tenido un enfrentamiento por las cartas o por las apuestas. Trevor era un caballero y sabía que tenía una reputación que le permitía entrar en cualquier partida. También sabía que los más jóvenes deseaban enfrentarse a él con la esperanza de vencerle y ganarse un nombre dentro de ese mundo. Si eso sucedía, cosa muy extraña, les estrechaba la mano, les daba sugerencias y consejos y se hacían amigos de por vida. Él no tenía problemas con los ganadores, pues, al fin y al cabo, era un juego de oportunidades. Cualquiera podía ganar, y eso es precisamente lo que cada noche le provocaba tanta excitación. Se sentó tranquilamente a tomarse su Ginger Ale y esperó hasta que llegasen el resto de los jugadores. Estaba más que preparado para pasarse la noche jugando.

– Ya ha empezado a provocar desavenencias y hace tan sólo unos días que ha salido del hospital.

La voz de Cain estaba cargada de malicia y Patrick escuchó atentamente, como solía hacer siempre. Había aprendido hace mucho tiempo que si uno permanece callado, los demás llenan esos vacíos de silencio con más información de lo que al principio pensaban dar. Ahora se había convertido en una costumbre que le alegraba haber cultivado.

– ¿Qué ha hecho ahora?

Mientras estaba en el hospital, Dennis atacó a un médico que estaba de turno, además de a un celador por no traerle el whisky que había pedido. Se había comportado como una persona detestable; es decir, como lo que era en realidad. Ahora estaba fuera y de nuevo funcionando, dispuesto además a causar toda clase trifulcas. Dennis pretendía que la gente no se olvidara de lo que era capaz de hacer. Aunque se había convertido en un tema de mofa dentro de algunos círculos, Brodie sabía que aún tenía suficientes agallas como para reírse en su cara.

– Ha empezado a ir de un lado para otro recogiendo algunas rentas que nos pertenecen. Al parecer, Dave no le ha explicado aún cómo está la situación y sigue pensando que tiene algún poder sobre nosotros. Le he dicho a mis muchachos que vayan a pedirle el dinero de buenas maneras, pero si les toca los cojones, lo van a cortar a pedacitos.

La voz de Spider sonaba fría y no admitía contradicciones. El, ciertamente, no sería quien se las pusiera. Dennis había estado largando por ahí y lo que había dicho de él no se podía calificar de agradable. Era cuestión de tiempo que alguien le cerrase la boca de una vez por todas, así que Patrick decidió sentarse tranquilamente y dejar que fuesen otros los que hiciesen el trabajo sucio. Sabía que Spider y Cain habían acudido a él para solicitar su permiso para quitarlo de en medio, por lo que se sentía agradecido.

– ¿Qué puedo decir? Es más que justo. Es un auténtico capullo.

Spider y Cain se relajaron al escuchar la respuesta de Brodie. De hecho, es lo que esperaban oír. Sabían que Dave continuaba siendo uno de los empleados de Patrick, por eso consideraban justo solicitar su permiso, así no habría diferencias entre ellos.

– Acordaos de la fiesta de mi hijo. Traed a vuestro hijo y a quien queráis. Serán bien recibidos.

– Cojones, Pat. ¿Diez años tiene ya el chaval? ¡Qué rápido pasa el tiempo!

Patrick asintió.

– Ojala yo tuviera diez años y supiera todo lo que sé ahora.

Spider rió. Echó su enorme cabeza hacia atrás, recordándole a Patrick lo fuerte que era en todos los sentidos.

– Cuando yo tenía diez años, ya robaba coches con mi primo Delroy. ¿Te acuerdas de él, Pat? Lo mataron hace tres años en Kingston. Regresó a Jamaica y la palmó encima de una chavala.

Spider sacudió la cabeza, como si le resultase increíble.

– ¿Encima de una chavala? Sólo a él se le ocurriría endiñarla encima de un chochete.

Miró a Cain y, con cierto orgullo y diversión en la voz, le dijo:

– Podía oler un coño a kilómetros y siempre estaba dispuesto a comérselo, al menos eso decía.

– A él no le dispararon. Murió con la picha fuera, Spider, murió de cansancio. Estuvo toda la noche follándose a Fanny Cradock. Era un tipo que se podía follar cualquier cosa. Nosotros escondíamos a nuestras abuelitas si lo veíamos cerca.

Cain y Spider se partían de risa. La tensión del ambiente había desaparecido y una vez más todos eran amigos.

Cain dio un buen sorbo a la bebida, se limpió la boca con la mano y dijo con picardía:

– Tú tampoco te quedas corto, Pat. Me parece haber oído algo acerca de una pelirroja más plana que una tabla que te trae loco. ¿Estás enamorado?

Patrick Brodie palideció ante la mirada de los dos hombres y su sorpresa fue tan grande que puso un gesto casi cómico. Cain se dio cuenta de inmediato que había dicho algo inapropiado. Spider lo miró, sin disimular su enfado y Patrick, por primera vez en mucho tiempo, no supo qué decir. Cain acababa de hacerle sentir como una vieja cotorra le había alertado de que se estaba hablando de él y que su nombre se estaba vinculando a una chica, no importaba quien fuese. Brodie era un hombre de familia, muy protector de su esposa y de sus hijos, y eso todo el mundo lo sabía.

Spider llenó los vasos mientras Patrick encendía un cigarrillo y ordenaba sus pensamientos.

Cain alargó los brazos suplicando:

– Era tan sólo una broma, Pat. No he querido en ningún momento ofenderte.

Cain recordó las historias que había oído acerca de Patrick. Muchos le habían comentado las torturas que habían padecido los que trataron de engañarle, la máquina de torturas que guardaba en un almacén de Silvertown. Spider le había comentado que había visto a Patrick electrocutar hombres desnudos, tipos muy duros, sin pestañear siquiera. Los había oído implorar por su vida mientras olían su piel quemada y él observaba cómo la corriente les pasaba por el cuerpo provocándoles espasmos en las piernas. Además, no podían gritar porque Patrick les metía cemento rápido en la boca para acallar sus gritos. Nadie le había plantado cara dos veces seguidas. Ésa era la razón por la que Dave estaba tan aterrorizado con la actitud de Dennis y por la que no deseaba perder su presente estatus. Y ésa era la razón por la que, en aquel momento, Cain lamentó no haber mantenido la boca cerrada.

Patrick era un ser anómalo. Era callado, retorcido, nadie sabía nunca qué estaba pensando o cuál sería su siguiente paso. Iba a misa con sus hijos, comulgaba todas las semanas y jamás había tenido la reputación de mujeriego. Los mujeriegos terminaban casi siempre cagando en la puerta de su casa, ésa era una frase que Patrick había repetido en multitud de ocasiones. Tenía razón después de todo y Spider y Cain lo sabían. Los mujeriegos terminan por destrozar a la familia. Se ven obligados a marcharse de casa, a tragarse el resentimiento que sienten sus hijos y los demás miembros de la familia para finalmente terminar en el mismo lugar donde empezaron. Terminaban con otra mujer y con otros hijos, de la misma edad que sus nietos y, cuando se les pasaba el entusiasmo, iban en busca de otra nueva. Patrick Brodie no deseaba tener el más mínimo contacto con tipos así, pues no sabían lo que era la lealtad a la familia, no sentían respeto por sus esposas, las madres de sus hijos, ni por los hijos que habían engendrado con esas esposas.

Lo que se decía de él eran sólo rumores, insinuaciones. Nadie hasta ahora lo había situado en la escena de un crimen y nadie lo haría jamás. Así de sencillo.

Cain había abierto la boca y le había dado algo en qué pensar. La chica era un inconveniente y Cain se lo había señalado.

– Tranquilo, muchacho, me has hecho un favor. ¿Se habla en serio de ello o son sólo rumores? O mejor todavía. ¿Quién te lo ha dicho?

Spider percibió el tono subyacente y amenazador en la voz de Patrick y deseó mandar al carajo a su hermano por su imprudencia al hablar.

Patrick dio por terminado el asunto. Por dentro, se sentía molesto, pues era muy gazmoño en lo que a su vida sexual se refiere. Sin embargo, Spider sabía que le preocupaba que alguno de sus empleados se lo mencionara a su esposa y que ella terminara por enterarse. Lil significaba todo en su vida y prefería morir antes de hacerle daño de cualquier manera.

El hecho de que hablasen de Laura le preocupaba, porque sabía que la madre de Dennis era amiga de Annie, la cual habría dado diez años de su vida por enterarse de una cosa así.

– Perdona, Brodie, pero fui yo quien abrió la boca. Te vi con la chica unas cuantas veces y me sorprendió. Nunca se te puede reprochar nada y Cain se ha pasado un poco. Sólo fue una broma, conversaciones entre hombres, tú ya sabes. No se volverá a hablar más del tema fuera de esta habitación, te lo prometo.

Patrick sonrió y Cain pudo ver la frialdad de sus ojos, esa frialdad de la que hasta entonces sólo había oído hablar. Vio de cerca al Patrick Brodie del que tantas cosas se habían dicho y se juró que jamás volvería a provocar la cólera del hombre que tenía sentado ante sí, relajado y en silencio.

– No te preocupes, Spider. Soy un gilipollas. Lo único que quiero saber es si lo sabe todo el mundo, si alguien se dedica a hablar de mí y de mi vida privada.

La frase finalizó en un grito y Patrick se levantó de un salto de la silla y cruzó la habitación en cuestión de segundos. Instintivamente, Cain se cubrió la cara para protegerse, ya que esperaba que lo atacase.

Patrick, sin embargo, se dirigió al mueble bar y cambió de actitud en unos instantes. Se rió en tono jovial y dijo:

– No me jodas, tío. Relájate, que no va a pasar nada. Resolveremos este asunto en unos segundos.

Spider miraba a su hermano, Patrick también. Cain no estaba seguro de a cuál de los dos debía vigilar más de cerca.

Laura entró en el piso de Bloomsbury a las dos y cuarto. La había llevado en coche un hombre llamado Clinton que, en ocasiones, hacía el papel de chofer de Patrick. Como de costumbre, se comportaba con su arrogancia habitual y obligó a Clinton a que se parase para comprar cigarrillos, cosa que tuvo que pagar de su bolsillo. Además, no dejó de decirle que condujese despacio porque estaba derramando la copa que se había traído servida del club.

Clinton la siguió hasta que entraron en el bloque de pisos. Laura podía oír su sosegada respiración a sus espaldas cuando giró la cabeza para mirar. Estaba colocada, pero lo suficientemente sobria para saber que algo no iba bien.

El piso estaba vacío, no tenía ni un mueble y ni tan siquiera cortinas. Lo habían vaciado por completo, salvo dos maletas y un neceser que estaban colocados en el centro del salón.

Laura se quedó pasmada, tratando de darse cuenta de lo que pasaba. Clinton, mientras tanto, cogía las maletas y empezaba a bajar las escaleras con ellas.

– ¿Qué coño está pasando? -le gritó a Clinton cuando vio que se marchaba con ellas.

Habló como alma en pena, pues se dio cuenta de que su vida en Londres podía darse por concluida. Si Patrick Brodie quería que se marchase, no había otra opción posible.

Laura se rascaba los sesos pensando qué podía haber hecho mal para que Brodie reaccionara de esa forma, pero, por más que pensó en ello, no pudo acertar. Es posible que hubiera estado pavoneándose más de la cuenta, pero estaba segura de que eso no le importaba lo más mínimo a Brodie. Las lágrimas que le corrían por la mejilla tenían un sabor salado y estaban tibias. Oyó los pasos de alguien que subía por las escaleras y asumió que era Clinton, que venía para asegurarse de que se marchaba del piso.

El lugar estaba despojado de cualquier cosa que pudiera haberle pertenecido y se preguntó si ése sería el final de su vida. ¿La haría desaparecer? ¿Vendría alguien a matarla? Le invadió una oleada de terror al pensar cómo podía concluir su vida.

Clinton apagó las luces y dijo:

– Venga, vamos. No tenemos toda la noche.

Laura le miró. Ni las lágrimas, ni su aterrorizado rostro le causaron la más mínima impresión.

– Por favor, no me hagas daño…

Se echó sobre sus rodillas, le temblaban las piernas y el corazón le latía con tanta fuerza que retumbaba en sus oídos como un tambor.

Clinton era un hombre de baja estatura, con cara de ángel, como solía decir su madre, y de ligera complexión. Era sólo un recadero y un chofer, pero con eso se conformaba. Ahora empezaba a comprender lo que el miedo podía hacer. Estaba disfrutando, disfrutando de ver como Patrick la había puesto en su sitio. Era una puta con muchas expectativas, pero Patrick le había dado una orden y él estaba dispuesto a cumplirla al pie de la letra.

Miró a la chica durante un largo rato mientras sollozaba e imploraba por su vida.

– Por favor, Clinton, no me hagas daño.

Laura le imploraba con todas sus fuerzas. Los mocos le caían y pudo ver cómo le colgaban como dos velas mientras se arrastraba por el suelo, implorándole con sus hermosos ojos azules que no le hiciera daño.

– Levántate, jodida puta. Te espera un viaje muy largo esta noche. A partir de ahora serás la nueva chupapollas de un amigo de Patrick que vive en Manchester.

Luego se desabrochó la cremallera del pantalón y, con acento del norte, le dijo:

– Dame una chupada con esa boquita, cariño.

Cuando Laura le miró, vio con todo detalle lo que sería el resto de su vida. La ilusión de independencia que había ambicionado recientemente se había quedado reducida justo a eso: una mera ilusión. Dependería de hombres como ése durante el resto de su vida y terminaría tirada en la calle cuando se hiciese más vieja.

Clinton le había metido la polla en la boca y ella se estaba atragantando. Se daba cuenta de que estaba disfrutando de verla arrastrarse, que le estaba haciendo pagar por todos los comentarios sarcásticos y groseros que había aguantado de ella sólo porque era la querida de Patrick Brodie. Le estaba clavando las uñas en el cuero cabelludo y le movía la cabeza para darse placer, agarrándola por ese pelo tan bonito del que ella se vanagloriaba tanto. Cuando eyaculó en su boca, el sabor salado y tibio de su semen le dio arcadas.

Clinton la dejó tirada en el suelo, llorando en silencio mientras él se adecentaba un poco. Tenía el pene y la barriga manchados de su pintura de labios. Había disfrutado tanto que pensó que podría repetir, y eso pensaba hacer. De camino a Manchester aparcaría en algún café de camioneros y se la pondría de nuevo en sus rodillas. Iba a aprovechar esa oportunidad que la vida le había brindado. Sabía que no estaba a su altura y que ella no estaría con él aunque dispusiera de dinero para ello, por eso no estaba dispuesto a perder tan buena oportunidad.

– Dime por qué. ¿Qué le hecho a Pat para que me haga esto?

Laura hablaba en voz baja. Estaba acabada y él lo sabía. Lo peor de todo es que ella también.

– Ya no le sirves, querida, así que no te queda más remedio que largarte.

Se rió. Luego la cogió por el pelo y la levantó del suelo para empujarla contra la puerta, haciéndola casi caer por la fuerza que empleó. Cerró la puerta con el manojo de llaves que llevaba y se las metió en el bolsillo. Luego la condujo hasta el coche, dándole empujones en la espalda. Le dio con la puerta en las narices, con el propósito de que se diera cuenta de que ya estaba fuera de órbita, que era agua pasada.

Capítulo 10

Trevor Renton estaba tan cansado que deseaba abandonar la partida, pero no podía. Había vapuleado a los dos jugadores con más dinero sin el más mínimo problema. Los otros cuatro hombres sentados a la mesa, ninguno de los cuales le resultaba conocido, habían jugado, al parecer, con una cantidad ilimitada de dinero y, sin embargo, eran pan comido, por lo que debería haberlos sacado de la partida en las dos primeras manos. No eran nada más que tres jugadores mediocres y un vulgar chulo de puta.

No se había preocupado de ellos antes porque se había concentrado en los verdaderos jugadores. Sin embargo, ahora estaba convencido de que le estaban gorroneando y que andaban detrás de él. Había comenzado con cincuenta sobre la mesa, pero esos cincuenta se convirtieron al instante en algo más de cien. Se preguntó si no se estaba convirtiendo en una persona demasiado confiada con la edad, pero, según tenía entendido, todos eran jugadores limpios y honestos. Ninguno de los presentes parecía sospechoso, además de que le habían garantizado que podían pagar cualquier deuda que contrajeran. Ahora, sin embargo, no estaba tan seguro. Trevor disponía de un detector de tramposos que le decía que iba a terminar sin un duro y no sabía qué podía hacer al respecto. Se sentía impotente; irónicamente, aquellos cuatro cabrones se la habían jugado.

Por supuesto, no pensaba decirlo en voz alta. Era demasiado inteligente como para acusar a alguien de tramposo sin el respaldo de un comando de veteranos de Vietnam y un puñado de asesinos en serie. Era consciente de que estaba sentado en una mesa que no le correspondía. Para empezar, no se encontraba en su territorio y los que quedaban ni le resultaban conocidos, ni dignos de confianza. Se encontraba en un dilema de enormes proporciones. Sabía que lo iban a dejar desplumado y lo peor de todo es que lo iba a hacer un puñado de gilipollas a los que había tenido en tan poca consideración que ni se había molestado en escuchar sus nombres. Él era «demasiado» conocido y «demasiado» respetado para preocuparse de semejantes cosas.

Estaba respaldado por algunos de los hombres más importantes del mundo delictivo. Había participado en infinidad de partidas con el dinero de ellos, de lo bueno que era. Había asumido que aquellos tíos con los que se había quedado eran los típicos circunstantes que solía encontrarse en las grandes partidas. Esas personas que esperaban tener un golpe de suerte y que, cuando perdían su dinero, se sentaban en la parte de atrás, se bebían la bebida gratuita y observaban cómo jugaban los verdaderos jugadores; es decir, a él y a los de su clase. Esa partida debía haberse convertido en una anécdota que esos tíos quisieran contar a sus amigos, algo con lo que alardear. Por una vez en la vida se habían sentado con el mejor, y con eso ya les debía ser más que suficiente. En el fondo le debían un gran favor, ya que no sólo había acabado con los soñadores, sino con los verdaderos jugadores. Sin embargo, ahora, al parecer, nadie se sentía animado para quedarse y observar el clímax. Los otros jugadores fueron escoltados hasta la puerta. El acababa de regresar del aseo y los vio marcharse bajo coacción. La alarma había empezado a sonar y se preguntó qué sería de él aquella noche. Los jugadores, por norma, solían quedarse, ya que deseaban saber dónde y a quién iba a parar su dinero. Era la mejor forma de volver a poner los pies en la tierra una vez que abandonabas la partida. Como cualquier adicción, incrementaba los niveles de dopamina y eso era lo que te hacía quedarte y jugar, así como lo que te hacía permanecer después de perder. Sólo porque alguien tuviera que abandonar la partida no significaba que no se pudiera disfrutar. Para los jugadores de verdad, presenciar una buena partida era lo más cerca que se podía estar de jugarla. Para los jugadores adictivos, no los verdaderos jugadores como él y sus colegas, era la dopamina lo que les hacía quedarse cuando ya lo habían perdido todo. La dopamina era lo que les hacía permanecer despiertos toda la noche, apostar el coche o incluso la casa; a eso se le llamaba ser adicto.

Para los jugadores profesionales como él no era ese estímulo el que los movía, sino el hecho de derrotar a los favoritos y hacerse con una buena pasta. Lo importante era mantener la cabeza fría cuando los demás ya no podían. Lo importante era ganar, tranquilamente y con dignidad.

Había observado cómo acompañaban hasta la puerta a los demás jugadores, pero él adoptó la misma cara que cuando estaba jugando y nadie se percató de que estaba preocupado o sospechaba lo que tramaban. Dibujó una débil sonrisa, una sonrisa que había perfeccionado ya hace muchos años y se sentó sobre el respaldo maldiciendo su exceso de confianza y su honestidad.

El hombre de enorme barriga y sonrisa retorcida que, al parecer, era el que habían elegido para que se quedara con todo su dinero se reía con tanto descaro que hasta Helen Keller [2] habría sospechado que iba a ser desvalijada.

El hombre le señaló su asiento con una sonrisa que cabreó a Trevor más de lo que había estado jamás y dijo con fastidio:

– Espero que no andes pensando en marcharte tú también, Trev. Nosotros queremos una oportunidad de recuperar el dinero, ¿verdad, muchachos?

Los otros tres se rieron como si hubiese contado el mejor chiste de la historia. Por norma, a Trevor no le gustaba causar problemas. Sabía perder con aplomo, con cierto caché, de eso estaba seguro. Era parte de su reputación, uno de los motivos por los que la gente no tenía inconveniente en sentarse con él y por lo que pasaba de ese tipo de artimañas.

Trevor jamás había cuestionado las tácticas de ningún otro jugador desde que se codeaba con los mejores. Jamás había provocado una escena, ni había sido el catalizador de ningún problema. Sin embargo, pensaba causar muchos problemas después de esa partida. Pensaba cometer algunos asesinatos cuando lograse salir de allí. Sonrió, bostezó y decidió que se dejaría ganar para darles lo que querían. Llevaba demasiados años en el tajo como para no saber cuándo la había cagado, y esta vez la había cagado delante de aquellos cabrones de mierda.

No podía dejar la partida, lo sabía, porque aquellos mal llamados jugadores que, por casualidad, parecían una parodia de Dean Martin y una manada de ratas, le habían dicho más o menos que si se iba a casa no les haría ninguna gracia. No lo habían amenazado en toda regla, pero entonces ¿a qué venía eso?

Perdería lo que tenía si eso es lo que deseaban. El dinero no significaba nada para él, lo único que le había gustado siempre era el juego. El juego era lo único importante y, durante unos segundos, tuvo la ocurrencia de desplumarlos. Echarle valor y joderlos a iodos. Pero se dio cuenta de que se jugaba la vida. El jodido barrigudo se iba a llevar su pasta de una manera o de otra y sólo manteniendo la calma y perdiéndolo saldría de allí de una pieza.

– ¿Qué te apetece, Trevor? Cualquier cosa que quieras, dímelo.

El joven que servía las copas era un chico apuesto que, el muy cabrón, había empezado a ponerse nervioso repentinamente. Trevor dedujo que él también acababa de percatarse de la situación y no le agradaba la idea de que lo involucraran en actos de violencia. Tenía dieciocho años, un buen sueldo y era tan ingenuo que probablemente pensaba que Debbie Harry [3] era rubia natural. Collares y pulseras.

Trevor sonrió y negó con la cabeza como si estuviese más contento que unas pascuas. Los tres matones y el chulo de puta pidieron bebidas dobles, lo que le demostró una vez más que estaba tratando con aficionados. Deseo gritar con todas sus ganas: «robadme si es lo que queréis, pero no me lo restreguéis por la cara para que me resulte tan obvio. Tened un poco de respeto al menos».

Lo que más le molestaba es que pensasen que era tan gilipollas que podrían ganarse su respeto por el mero hecho de haberle robado. Sin embargo, un atraco en toda norma habría sido preferible a toda esa hilera de insultos y estupideces que le estaban haciendo sentir como un imbécil. Cualquier jugador de verdad que valiera su peso en oro deja de beber cuando hay tanto dinero encima de la mesa por la sencilla razón que nunca se sabe qué le pueden echar dentro. Algunas personas se cabreaban mucho cuando se quedaban sin dinero. Los mandamases eran los peores, pues pensaban que les querías desvalijar la cartera de una manera o de otra.

Trevor era de los que habían hecho la promesa de no jugar nunca con tipos de ésos, a menos que le dieran cierta garantía. Insistía siempre en que fuesen «verdaderos» jugadores, lo que significaba, por supuesto, que no les importase perder su dinero. La mayoría de los delincuentes, especialmente los atracadores de bancos, no eran perdedores por naturaleza, más bien todo lo contrario. Esas bestias tendían a quedarse con el dinero, no a dejarlo marchar con una bonita sonrisa. Se sabía de muchos que habían regresado más tarde con una pistola y mucho resentimiento, exigiendo que le devolvieran el dinero y convencidos de que les habían timado. Entonces no había nada que hacer al respecto. No se le podía recordar que había estado en una partida de «verdad», con jugadores «serios», no jugando póquer en la prisión por un puñado de cacahuetes y con una gente que no tenía la más mínima intención de pagar si perdían. De alguna manera, esa conversación jamás tenía lugar.

En las partidas de verdad nadie aceptaba la copa. Un verdadero jugador se levantaba durante un descanso y observaba cuando le servían la copa. En el mundo de Trevor, un verdadero barman habría tenido el suficiente sentido común para abrir una nueva botella delante de sus narices; eso era algo que se aceptaba, se esperaba y detenía las peleas. Ahora, sin embargo, estaba rodeado de una horda de jodidos imbéciles, imbéciles de verdad, pero también locos. El verdadero insulto era que esos puñeteros cabrones pensaran que él estaba participando en esa puñetera locura. Que creyeran realmente que no se había dado cuenta.

Jamás habían tratado a Trevor de ese modo, y eso que había conocido oportunistas y observado a matones. De hecho, cuando empezó a entrar en escena, le ofrecieron una fortuna por ser uno de ellos y lo rechazó. Quería ganar su dinero de forma limpia y honesta. Los matones eran jugadores que estaban de adorno hasta que se daba el puntillazo final. Jamás había uno solo, en singular, porque un buen jugador de cartas lo habría desplumado en un santiamén. Los pistoleros trabajaban en grupo, como en esa ocasión, de tal manera que, cuando ya habías acabado con los jugadores de verdad, se sentaban en la mesa y se confabulaban contra ti. Esperaban que creyeras que eran mejores jugadores que tú, que mi suerte se había ido más rápido que una ex esposa con un ganador de lotería y un ex paracaidista por compañía. Se sentía tan insultado que estaba decidido a ponérselo muy difícil si querían llevarse el bote. Luego los felicitaría, se marcharía con dignidad y los mandaría a tomar por el culo. El chico del bar le guiñó el ojo y él se preguntó si, para colmo, pensaban que era maricón.

– Ya no queda mucho para mi fiesta -dijo Pat Junior con una voz llena de orgullo y anhelo porque ese día llegase.

Billy Boot, uno de los más antiguos amigos de Pat y uno de los peores enemigos de Lance, estaba tan excitado por la fiesta como él. Iba a ser la fiesta de las fiestas por lo que a él respecta y estaba entusiasmado con que Pat fuese el afortunado protagonista de tal acontecimiento. Todos los niños de alrededor trataban de agudizar el oído para poder oír la conversación y todos los invitados se habían jactado de ello durante mucho tiempo, con las chicas hablando de lo que pensaban ponerse ese día. Lance le dio una patada a un balón de fútbol que vino rodando hasta sus pies para devolvérselo a unos niños que jugaban con él. Se le daban bien los deportes y le propinó una patada con bastante fuerza, a sabiendas de que golpearía a uno de ellos.

Acertó y el balón le dio a un niño de siete años en uno de los lados de la cabeza. A pesar de que le dolió, se frotó la oreja furiosamente, contuvo las lágrimas que estaba a punto de derramar y siguió jugando aunque la cara le dolía y se le puso fría.

– Me juego lo que sea a que le ha dolido -le dijo Lance riéndose.

– Por supuesto que le has hecho daño. Lo hiciste a propósito. Hace mucho frío hoy, así que probablemente le haya dolido.

Lance se encogió de hombros, como si no supiera de lo que estaba hablando Billy. Luego dijo en voz alta:

– Tienes razón. Hoy hace frío, pero espero que mi viejo abrigo sea lo suficientemente calentito para ti, Bootsie.

Los chicos se hallaban en el patio de la escuela, en su lugar de costumbre, al lado de la cancela de entrada. Hacía un frío tremendo y llevaban los abrigos abotonados hasta arriba. Patrick sabía que ellos iban mejor vestidos que la mayoría de los niños, lo aceptaba y sabía apreciarlo. También comprendía que su madre entregara la ropa vieja a otros niños de la escuela. Era su forma de ayudar a la gente y así se aceptaba en su mundo.

Al contrario que Lance, él jamás había sentido la necesidad de señalárselo a nadie. Ahora, sin embargo, podía sentir la humillación de Billy en sus propias carnes.

Lance desdeñaba a Billy, se mofaba de él y Billy Boot no iba a poder soportarlo por mucho más tiempo. Lance jamás había comprendido el significado de la palabra suficiente. Siempre tenía que llevar a las personas hasta el extremo. Se pasaba la vida molestando a sus compañeros y metiéndose con ellos, sin pensar en sus sentimientos ni en las circunstancias. Ambos habían estado en casa de Billy y, tanto Pat como Lance, se habían dado cuenta de lo cortos de dinero que andaban. Billy tenía seis hermanos menores, tres hermanas mayores y un padre que siempre estaba en el bar. Pegaba a Billy y a sus hermanos con regularidad. También a sus hermanas, pero solamente los viernes o los sábados por la noche, cuando regresaba del bar buscando a su esposa. Al ver que no estaba y sabiendo exactamente a qué se dedicaba se ponía a pegarles a sus hijas.

Todo el mundo sabía, incluyendo su esposo, que la madre de Hilly tenía un pluriempleo los fines de semana en King Cross. No le quedaba otro remedio, pues alguien tenía que pagar las facturas. El padre de Billy la esperaba borracho, armaba un jaleo y le robaba el dinero que llevaba en el bolso. Ella ponía unas cuantas monedas en él y una vez que se las llevaba se tomaba un baño y le decía a sus hijas que, como siempre, la mayor parte de sus ganancias se las guardaba Lil Diamond. Patrick llevaba un año casado con Lil cuando oyó a una de las vecinas, una vieja que había enterrado a su marido y a tres de sus hijos durante el bombardeo de Blitz, decirle a una de sus compinches:

– ¿Sabes quién es ése? El marido de Lil Diamond.

Siempre le había divertido el hecho de que las mujeres de la comunidad irlandesa se conocieran por el nombre de solteras.

Era precisamente la reputación de Lil como esposa de Brodie y respetable mujer la que impedía que el padre de Billy se quedase con todo el dinero que ella ganaba.

Aunque de la madre de Billy y de sus actividades extracurriculares no se hablara abiertamente, todos las conocían: los profesores, la policía, que acudía cuando alguien le pegaba, e incluso los niños de los alrededores. Sin embargo, nadie decía nada porque ella era una buena amiga de la madre de Pat y Lance. Era un acuerdo un tanto extraño. Una mujer podía prostituirse en la calle, enfrente de su casa, mientras fuese por sus hijos, aunque había que demostrar que ésa era la verdadera razón. Si tus hijos seguían deambulando con los pantalones gastados y a ti se te veía cada día más emperifollada, entonces, y sólo entonces, se te trataba como una marginada. Por lo tanto, si tenías una pizca de cerebro, procurabas que tus hijos fuesen arreglados. Alimentar y vestir a los hijos era de primordial importancia para esas mujeres, ya que lo que eran y lo que hacían era sencillamente por sus hijos. Eso era lo más importante que una mujer podía hacer.

Las que tenían un marido que las proveía eran reverenciadas. Por el contrario, si tu marido se había ido de juerga o era un completo inútil, entonces se hacía lo que se podía: robarle por la noche mientras durmiese la borrachera o buscar un pluriempleo por la noche si te había abandonado. Algunas de las mujeres que se quedaban solas buscaban «inquilinos». Dichos inquilinos eran tratados con respeto y podían desempeñar ese papel durante años. Todo se trataba de «aparentar» delante de los vecinos, no mostrar nunca la verdad de lo que se era.

Si te quitaban los niños, entonces estabas acabada, pues terminabas de prostituta en un lado o en otro. Nadie pensaba mal de ti por ello. Puesto que nadie te contrataba, prostituirse se consideraba casi respetable, mientras que acudir a la Seguridad Social se consideraba deleznable. Una vez que acudías a la Seguridad Social, no te quedaba más remedio que dejar que el Gobierno se inmiscuyera en tu vida.

Si, por casualidad, y que Dios te perdone por ello, dejabas que tus hijos cayeran en manos de las autoridades locales, que desde los años sesenta se habían convertido en el mayor temor de todas las madres, entonces te expulsaban. Te sacaban de tu casa por los pelos, te pegaban y te escupían hasta que no te quedaba otra opción que poner pies en polvorosa. Ahora, sin embargo, una nueva generación estaba ocupando las casas y los pisos. Eran mujeres jóvenes, con hijos y ningún marido con el que contar. Chicas que vivían de lo que les daba la Seguridad Social y que no se sentían avergonzadas por ello, pues estaban en su derecho. Se suponía que el subsidio era una medida provisional hasta que se encontrase un trabajo, pero en los años setenta se convirtió en una forma de vida. Eso sorprendía y molestaba a las mujeres que jamás habían pedido nada, ni cuando estaban en las últimas. Ahora, sin embargo, las jovencitas procuraban quedarse embarazadas sólo para que el Estado les proporcionase una casa y unas cuantas libras. Esos chochetes no se avergonzaban de ello, pero las mujeres mayores empezaban a inquietarse porque muchas de esas llamadas madres solteras eran hijas y sobrinas de gente conocida.

Los años sesenta se habían terminado, los setenta estaban a más de la mitad y aquellas mujeres que se escandalizaban aún eran jóvenes, aunque la mayoría representaba más años que sus maridos. Había comenzado una nueva era y, cuando lograban echar a una de esas jovencitas, venía otra con un niño y sin anillo de boda. Veían que esas jóvenes tenían un hijo sin importarle con quién y admiraban su independencia y sus agallas para seguir adelante, a pesar de que las maldecían por vivir del dinero de los contribuyentes. Sin embargo, mientras cuidasen de sus hijos, se les toleraba. Si no lo hacían, se les leía la cartilla, como a las otras.

Billy y sus hermanos sabían de sobra qué es lo que hacía su madre los fines de semana. Billy no podía recordar cómo ni cuándo lo había averiguado, pero le parecía saberlo desde siempre. Odiaba a su padre y amaba a su madre, aunque odiaba lo que tenía que hacer para mantenerlos.

Billy sabía que su madre era respetada por el modo en que cuidaba de su familia y porque Lil era una de sus mejores amigas.

Por esa razón, Billy tenía el abrigo de Lance, además de otras prendas de vestir que le habían pertenecido a él.

Billy estaba harto de llevar puesta la ropa de otros chicos, harto de vivir con un padre borracho y una madre que se dedicaba a la prostitución. Una de sus hermanas estaba embarazada, probablemente se convertiría en una de esas madres solteras y sabía que, cuando se enterase todo el mundo, Lance sería el primero en mofarse de él.

– Puedes meterte el abrigo en el culo…

La voz de Billy estaba cargada de vergüenza y resentimiento. Las palabras le brotaron por entre los dientes, con un odio tan grande por sí mismo y por todo lo que le rodeaba que Lance pudo sentirlo como una oleada. Por primera vez en su vida Lance tuvo miedo de Billy. Sabía que esta vez se atrevería a pegarle.

Billy se apretó los puños, preparándose para la pelea. Tenía ganas de pelear, quería abrirle la cabeza a Lance por cada humillación que había tenido que soportar de él y por cada hombre con el que su madre se había tenido que acostar. Quería devolver cada golpe que su padre le había propinado a él y a sus hermanos por el mero hecho de que se había gastado el dinero.

– Vamos, Lance. Vamos a vernos las caras de una vez por todas.

Billy sintió que un odio terrible le inundaba y salía a relucir. Podía matar a un hombre en ese momento, mucho más a un muchacho.

Pat Junior, como siempre, interfirió y trató de calmar la situación.

– ¡Vete a tomar por culo, Lance. Eso no venía a cuento! -dijo empujando a su hermano para evitar que le hiciesen daño.

Lance sonrió.

– Sólo era una broma, Pat. Además, es cierto. ¿Acaso no lleva mi abrigo? Me importa un pito lo que diga. Si quiere algo, que venga.

Billy estaba pálido y rabioso. Sabía que Lance lo había dicho para que lo oyesen otros chicos que estaban cerca y se dio cuenta de que había logrado su objetivo. La mayoría de los compañeros de clase les estaban mirando. Billy sabía que muchos de ellos estaban de su parte, pues sus familias también andaban cortas de dinero. Ahora, sin embargo, era una cuestión de principios. Lance había intentado ponerlo en evidencia y lo había conseguido. Billy sabía que podía hacer pedazos a Lance, pero no quería pelearse con Patrick porque eran muy buenos amigos. Lance, como siempre, se aprovechó de eso y dibujó una sonrisa simulando estar arrepentido. El odio implacable desapareció.

– No tienes ningún sentido del humor, Billy -dijo.

Lance volvió a dibujar esa sonrisa amigable que le hacía parecer de lo más inocente. Billy no le respondió, ni tan siquiera a su sonrisa. Le dio la espalda y le dijo algo a Pat. Todos sabían que era por el bien de Lance.

– Tu fiesta va a ser el mayor acontecimiento del año, todo el mundo habla de ella y tú te lo mereces. De verdad, todo es sorprendente. ¿Es cierto que habéis alquilado una discoteca de verdad?

Él sabía que sí era cierto. Sabía más de los preparativos que el mismo Lance. Pat Junior había hablado con él y se lo había explicado con todo detalle. Pat comprendió las ganas que tenía Billy de darle su merecido a Lance, él mismo lo había deseado en bastantes ocasiones, pero resultaba difícil porque Lance, aunque era un verdadero pelmazo, seguía siendo su hermano.

En los últimos meses, Patrick Junior había dado un estirón y ahora era más alto y robusto que su hermano. Sabía que eso le molestaba a Lance, que siempre había utilizado su estatura en su provecho. Ambos estaban muy altos para su edad y Pat estaba creciendo, según comentaba su madre en broma, en proporciones desmesuradas. La mayoría de sus compañeros de clase le llegaban por el hombro y ya estaba más alto incluso que Lance. Eso había hecho maravillas en su autoestima, ya que veía que su padre se sentía muy orgulloso de él al verlo tan crecido. Siempre había sido capaz de vencer a Lance cuando se peleaban, pero recientemente la diferencia se había hecho más notable. Lance siempre había aparentado ser el más fuerte, pero ahora ya no resultaba tan evidente. Su padre incluso se lo había hecho notar. Le dijo que Lance tenía los huesos más grandes, como el abuelo, mientras que Pat tenía una constitución más parecida a la suya.

Pat Junior era la viva imagen de su padre, hasta él mismo podía notarlo. Estaba orgulloso de parecerse tanto al hombre que más quería y estaba decidido a parecerse a él en todo lo posible cuando se hiciera mayor.

– Es una fiesta, una simple fiesta infantil y vosotros os comportáis como si fuese algo del otro mundo -dijo Lance con resentimiento.

Los celos que sentía estaban a punto de salir a relucir. Pat Junior sabía que Lance no aceptaba con facilidad que él estuviera celebrando una gran fiesta por su décimo cumpleaños. Lance era celoso por naturaleza y Patrick, que no conocía lo que era la envidia ni la ambición, no sabía a menudo cómo reaccionar ante eso. Suponía que Lance también tendría su fiesta cuando cumpliese los diez años, pero, como en todo, a Lance le gustaba ser el primero. Lance sólo veía la fiesta de Patrick como algo más que algún día debería superar. De hecho, ya había empezado a planear su fiesta y a buscar la forma de hacerla más ostentosa. Lo que no parecía entender es que la fiesta de Pat sería mucho más divertida porque su hermano era del agrado de mucha gente.

Lance no era de los que hacían amigos fácilmente y Patrick Junior siempre tenía que salir en su defensa, a pesar de que aquel era normalmente el que provocaba las disputas. Pat Junior comprendía hasta cierto punto sus sentimientos; casi todos sus amigos con hermanos más pequeños tenían el mismo problema. Ser el más pequeño ya era bastante duro, pero Lance, además, tenía que soportar que su madre prefiriese a su hermano, aunque se esforzase por no establecer diferencias. Sin embargo, también sabía que era el preferido de la abuela Annie y que ella lo quería con toda su alma.

Lance casi nunca estaba contento y Pat Junior lamentaba que fuese así. Deseaba poder ayudarle y hacerle las cosas más fáciles. Es posible que la abuela Annie estuviese muy pendiente de él, pero a quien Lance necesitaba era a su madre. Su madre, sin embargo, le quería a él. Las gemelas eran las favoritas de todos, incluso de Lance, pues estaba como loco con ellas. Sin embargo, su madre sólo simulaba que quería a Lance y resultaba horrible presenciarlo porque no lograba engañar a nadie. Y mucho menos a Lance, que sabía que sólo lo hacía pensando en ella.

Billy continuaba elogiando la fiesta cuando el padre O'Donnell hizo sonar la campana que anunciaba el comienzo de las clases.

Pat Junior y Billy se dirigieron juntos hasta la entrada de la escuela. Lance, como siempre, caminaba cabizbajo, como si ir tras ellos fuese admitir algún tipo de derrota.

Mick Diamond empezaba a sentirse mal. Siempre le estaba diciendo a la gente que iba a coger un resfriado, pero no era así. La razón por la que tenía la nariz tan roja y se sentía tan febril era porque bebía demasiado. Miró a su alrededor, contemplando el piso donde vivía ahora Annie gracias a la generosidad de su hija, y se preguntó por qué la vida le castigaba a uno cuando menos lo esperaba.

Que Lil acabara como lo había hecho aún seguía sorprendiéndole y deseó haber sido mejor padre con ella cuando tuvo esa oportunidad. Ahora estaba a merced de Annie y ella le estaba haciendo pagar por cada moratón que él le había causado durante su matrimonio.

No obstante, seguía siendo su esposa y le dejaba entrar en su casa, y en su cuerpo cuando a ella se le antojaba. Eso no le molestaba. Aún podía echar un polvo si se tomaba unas copas y, conociéndole, probablemente lo haría. Sabía que, en ocasiones, había follado con algunos esperpentos cuando estaba completamente borracho. Protectoras de los borrachos, así es como las definían en televisión. Él las llamaba folladoras de bar, pero no se acordaba de ellas hasta que alguien menos borracho se las recordaba. Aunque le resultaba ofensivo, algo de verdad debía de haber en ello. Algunas, sin embargo, no estaban mal, aunque era una lástima que no pudiese recordarlas de lo borracho que estaba. Él volvía a verlas por el mero hecho de que le pagaban la bebida, por ninguna otra razón. Se habría acostado con Larry Graison [4] por una copa.

Pensar tal cosa le hizo sonreír. Annie, como siempre, no tardó en preguntarle al respecto:

– ¿De qué te ríes?

Mick le sonrió.

– Sólo pensaba en los niños, Annie. Lance es un caso, ¿verdad?

Sabía cuáles eran sus puntos flacos y estaba dispuesto a aprovecharse de ello.

– No está contento con la fiesta que van a organizar por el cumpleaños de Pat. Es ridículo gastar todo ese dinero en una fiesta de un niño.

La voz de Annie sonaba molesta y llena de admiración al mismo tiempo.

A ella le encantaba comentar con sus amigas los detalles de los preparativos, pues sabía que era el tema de conversación de todo el mundo. No obstante, se sorprendía de que se pudiera gastar tanto dinero en una fiesta infantil.

Mick entendía las razones, aunque por supuesto no le dijo nada a Annie. El sabía de sobra que Lil jamás había celebrado un cumpleaños en su vida hasta que se casó con Brodie. Ni tan siquiera una carta o un detalle. No se culpó por ello, de todas formas, pues no era asunto suyo. Sin embargo, no comprendía por qué Annie jamás intentó que su única hija tuviera un día señalado. Él no lo habría permitido de haberlo intentado, pero eso no estaba dispuesto a admitirlo ni para sí, ni delante de los demás.

Ahora se daba cuenta de que Brodie, que se había abierto camino por sí solo, y Lil quisieran que sus hijos gozasen de lo que ellos no tuvieron. El décimo cumpleaños de Pat Junior era considerado como uno de los acontecimientos más importantes en la vida del muchacho. No obstante, él estaba decidido a ir a la fiesta. Delante de la gente simulaba que su relación con la familia Brodie iba a pedir de boca y sabía que debía hacer acto de presencia para mantener la imagen de la familia.

Annie le había asegurado que estaba invitado a la fiesta, igual que ella. No obstante, lo había aclarado con Lil para que no hubiera el más mínimo error. Mick sentía curiosidad por ver cómo transcurría. Los niños eran un encanto, eso tenía que admitirlo, especialmente las gemelas, esos dos primores que, aunque no se atrevía a admitirlo, siempre le recibían con una sonrisa adorable en las raras ocasiones que le veían.

Lil lo había sabido hacer, eso tenía que reconocerlo. Él la admiraba por la forma en que se había abierto camino en el mundo y por la forma en que había domesticado a un hombre tan salvaje como Brodie. Recordó que cuando Lil había empezado a desarrollarse, trató en varias ocasiones de verla desnuda y llegó incluso a manosearla. Mick dejó de pensar en ello, pues no conducía a nada.

Lil se había desarrollado lo bastante como para atraer a cualquier hombre de sangre caliente, pero entonces no se dio cuenta de que aprendería a utilizar su cuerpo de tal forma que mantendría a un hombre interesado por ella mientras así fuese. Tenía cuatro niños y uno más de camino, y Brodie seguía comportándose con ella como si fuese su primera novia.

– ¿Me escuchas?

Mick Diamond volvió a la tierra porque le hizo regresar la voz estridente de su esposa.

– Por supuesto que sí.

– ¿Qué andas pensando entonces? Me he enterado de que Dennis Williams anda buscando camorra de nuevo. Está como una cabra.

Mick asintió.

– Sí, así es, Annie.

La observó prepararle unos huevos con beicon. Era una cabrona miserable, un adefesio, pero sabía que él había contribuido a ello.

– ¿Cómo está Lil?

Mick le preguntó por ella porque no tenía ningún otro tema de conversación y sabía que a Annie le encantaba charlar.

Annie sonrió. Una sonrisa extraña que le quitó algunos años de encima, suavizó sus facciones y la hizo parecer casi hermosa.

– No es mala chica. Las hay que son peores.

Mick se quedó tan estupefacto al oír esas palabras que casi se atraganta. Empezó a toser como un enfermo de tuberculosis y Annie le dio algunos golpes en la espalda para que se le pasara, liso, además, impidió que dijera algo inoportuno que hubiera puesto de manifiesto la sorpresa que le habían causado sus palabras.

Annie, no obstante, se había percatado de la impresión que había causado lo que acababa de decir y terminó de preparar el desayuno en silencio.

No pensaba contentar a Mick diciéndole por qué había cambiado de opinión con respecto a su hija porque sabía que lo utilizaría en su contra de alguna forma o de otra. Pero el hecho de que Lil se ocupara de que a su madre no le faltase nada cuando se hiciese vieja, a pesar de lo que había padecido en su niñez, le llegó al corazón.

Saber que alguien se preocupaba de ti era un sentimiento nuevo y maravilloso para Annie.

Puesto que Mick la había vapuleado, además de quebrantar su voluntad, durante los años que duró su matrimonio, ella le había hecho lo mismo a Lil, ya que la consideraba culpable de que su vida hubiese tomado ese sendero.

Lance también había contribuido mucho a ello. Haber visto nacer a ese muchacho y saber, por primera vez en la vida, lo que es el verdadero amor, le hicieron cambiar mucho. Conoció lo que es el amor incondicional y desinteresado que una madre siente por sus hijos, algo que jamás había sentido por su propia hija.

Cuando Lil la condujo hasta la cocina el día antes y le entregó los documentos de su pequeño piso, se quedó sin habla. Más aún cuando sabía que Lil tenía que poner mucho empeño con Patrick Brodie para que le soltara unos peniques para ella. Ahora ya tenía un lugar donde caerse muerta.

Lil le explicó que estaba a su nombre, pero el notario había escrito una cláusula para que después de su muerte el piso pasara i propiedad de su hija. Sabía que lo había hecho pensando en que Mick Diamond no pudiera pillar nada, cosa que comprendía a la perfección. Era capaz de venderla por unas cuantas libras si se le diera la oportunidad.

Cuando Annie llegó a su casa miró a su alrededor. Por primera vez en su vida se sentía segura, verdaderamente segura, y se dio cuenta de la suerte que tenía al tener una hija que la cuidaba a pesar de todo. Se preparó una buena copa y luego se vio abrumada por los recuerdos de muchas cosas que había hecho, o mejor dicho, «no» había hecho por su hija.

Ahora comprendía lo que otras muchas mujeres daban por hecho. Después de todo, lo único que se tienen son los hijos. Ricos, pobres, reyes o mendigos, eso no importaba, los hijos eran los únicos que cuidaban de ti cuando llegabas al final de tu vida.

Saber que disponía de un lugar suyo para el resto de su vida le proporcionó también un sentimiento de seguridad que jamás había poseído.

Por mucho que pensara otras muchas cosas acerca de su hija, siempre apreciaría lo que había hecho por ella. Más aún, porque lo había hecho sin esperar ni recompensa, ni halagos. Mick Diamond observó cómo había cambiado la expresión del rostro de su esposa y, por experiencia, dedujo que algo había ocurrido. No tenía ni la más remota idea de lo que podía ser. Para averiguarlo necesitaba tomarse su tiempo y sacárselo a ella poco a poco. No importaba. El era un hombre paciente. Pero fuese lo que fuese, estaba relacionado con el dinero. Eso era lo único capaz de dibujar una sonrisa en el rostro de su mujer. Eso y Lance, por supuesto; pero él ahora no contaba.

Capítulo 11

– ¡No me digas! ¡Espero que no te hayan dejado en pelotas!

Trevor no se rió. En parte porque no se esperaba eso de él. La voz de Pat Brodie sonó convencida e incrédula.

– ¿Cuánto te desplumaron? -preguntó Patrick tratando de no dejarse llevar por la furia y perder el aliento. Cuando se encontraba en ese estado, era capaz de cualquier cosa y necesitaba enterarse hasta del detalle más nimio para no hacer nada a la ligera.

– Más de cien de los grandes. ¿Y sabes una cosa? Lo peor de lodo es que tuve que ir a por el dinero para dárselo. Sabían que yo soy de los que pagan rápido y contaban con eso. Les he tenido que dar más de lo que llevaba ganado a esas puñeteras sanguijuelas sin poder decir ni mu. Si me hubiese negado, me habrían enterrado sin pensárselo dos veces.

El miedo aún se podía percibir en la voz de Trevor y Patrick se dio cuenta de que aún estaba bajo los efectos que produce ese tipo de amenazas. Las amenazas de muerte ya eran malas de por sí, pero cuando se convertían en algo más que una simple posibilidad te jodían el día entero. Especialmente cuando tenías además que abrir la i artera o la amenaza se materializaría en cuestión de segundos.

Patrick ardía en deseos de tomar represalias. Trevor no sólo era un buen colega, sino alguien que estaba bajo su protección, y eso lo sabían todos. Trevor le daba un buen trozo del pastel con tal de que le garantizara que podía jugar con cualquiera y sentirse protegido y a salvo.

Las cartas eran un juego difícil para las personas como Trevor. Él era un caso aparte, un verdadero profesional del juego; la excepción que confirma la regla. De alguna manera, se las apañaba para ganar más de lo que perdía. Además era un buen tío, una persona decente como pocas. A Patrick siempre le había caído bien y, lo que es más, respetaba su talento porque sabía que muy pocas personas tenían ese don. Patrick lo había observado durante muchos años y no sabía expresar en palabras lo mucho que siempre le había sorprendido ver lo diestro que era con una baraja de cartas y una considerable cantidad de dinero. El problema es que no era un camorrista. No era un hombre duro, ni quería serlo. Por eso tenía que soltar algún dinero. Con dinero todo se conseguía. Se compraba la seguridad que necesitabas y ahí se había acabado el problema. Tener a Trevor allí sentado, en un estado terrible y diciéndole que le habían desplumado tres macarras y un mariquita le ponía tan cabreado que deseaba arrancarle la cabeza al primero que viese.

– ¿Los conoces? ¿Sabes por dónde se mueven? Cualquier cosa que nos pueda decir quién anda detrás de esto.

Trevor asintió.

– Reconocí al más grande. Me llevó un rato hacerlo, pero lo he visto con Dave Williams. Ha estado en el casino algunas veces. Creo que se puso nervioso porque no dejaba de mirarle. Se cabreó mucho.

– ¿Dave Williams?

Patrick evitó decir «mi Dave».

Trevor asintió.

– Estoy seguro, Pat.

Pat se levantó y miró a Trevor durante unos segundos. Sus ojos se oscurecieron de rabia. Luego, repentinamente, dijo:

– Ese jodido hipócrita.

La respuesta de Patrick, y la forma en que pronunció esa frase fue lo más sorprendente que Trevor había visto en su vida. Patrick Hrodie era bien conocido por ser un tipo duro, pero nadie en realidad sabía de lo que era capaz de hacer.

Pat era lo suficientemente sensato para que sus verdaderas villanías no cayeran en oídos de nadie. Sabía que las habladurías eran la principal causa de que la gente terminase entre rejas. Los chismorreos siempre tienen algo de cierto, por eso se sorprendía de que los hombres hablaran de su trapicheos en público; era como bañarse en su propia mierda. Ser conocido ya era razón para mantener el pico cerrado, puesto que todo lo que hacías era comentado, exagerado y creído por los que te rodeaban. Era algo intrínseco en la naturaleza humana. Por ese motivo, guardar silencio era la mejor forma de mantenerse a salvo.

Patrick había hecho cosas terribles a lo largo de los años, pero muy pocas personas las conocían. Si en algún momento se hablaba de ellas y le llegaban a sus oídos, podía señalar al culpable en cuestión de segundos. La única manera de mantenerse en primera línea de la partida era estándose calladito.

Dave probablemente era el chivo expiatorio, pues resultaba obvio quién era el cerebro: Dennis. Le había advertido a Dave de lo que sucedería si éste trataba de nuevo de inmiscuirse en sus asuntos, por lo que había llegado el momento de tomar algunas represalias. Antes lo había pasado por alto, en parte por Dave. Incluso después del último incidente, había intentado que no se le subiera a la cabeza.

Bueno, se había acabado eso de ser una persona agradable y considerada con los amigos que ya en muchas ocasiones se habían pasado de la raya. Estaba dispuesto a hacer daño y el primero que padecería su ira iba a ser Dennis Williams. De hecho, lo estaba pidiendo a gritos.

Jimmy Brick era un hombre grande y, como la mayoría de los hombres grandes, estaba acostumbrado a que la gente reaccionara o bien queriéndose enfrentar con él o evitándole para que no les hiciera daño. Aunque Jimmy estaba dispuesto a pelear si hacía falta, prefería casi siempre evitarlo.

Jimmy tenía una enorme cabeza que también era excesivamente larga, el mentón fuerte y anguloso, haciendo juego con unos ojos muy espaciados y unas cejas gruesas y prominentes. Le apodaban Frankenstein. Hasta su madre llegó a mencionar el parecido entre ambos en más de una ocasión. La familia bromeaba diciendo que, cuando su madre lo parió, el tamaño de su cabeza era tal que le causó enormes tormentos y provocó una enorme sorpresa entre las mujeres que asistían al parto. Su abuela, al ver a la criatura que había tardado casi cuarenta y ocho horas en venir al mundo, exclamó:

– ¡Por los clavos de Cristo! Vuelve a meter dentro a ese cabrón tan feo.

La risa que siempre provocaba ese comentario ya no hería tanto como se esperaba. Jimmy era comprensivo; su aspecto físico jamás sería su punto fuerte. Él había visto fotografías suyas de cuando era un niño y tenía que admitir que su abuela estaba en lo cierto.

Había sido un niño muy feo y la adolescencia tampoco fue benévola con él. Tenía un acné exagerado que, junto con sus espesas cejas y su boca descolgada, le proporcionaron un aire de cierta tranquilidad. Finalmente, se había convertido en el favorito de su abuela, que fue quien le ayudó a aceptar su apariencia diciéndole que tenía dos opciones: esconderse o aceptar las miradas de la gente y recordar que no podía hacer nada al respecto. Era un tío muy feo y nada iba a cambiar eso. Por muy duro que fuese, estaba orgulloso de su abuela y de su sentido común. Había aprendido a vivir consigo mismo y sabía que muchas de las personas consideradas como bellezas nunca lo habían logrado. La belleza, al menos eso es lo que siempre le había dicho su abuela, era una maldición. Él, al menos, tendría la oportunidad de saber que lo amarían por ser él mismo. Nadie le había querido de momento, pero estaba seguro de que si lo encontraba y tenía unas cuantas libras, todo llegaría. Las mujeres ansiaban una bonita casa y una vida fácil. Sólo esperaba que sus hijos no salieran con la cabeza tan grande y causaran a la mujer con la que se casase tanto dolor como él le había provocado a su madre. La pobre seguía quejándose todavía de eso después de tantos años. Jimmy se sonrió al pensarlo. Tenía un carácter agradable que le hacía estar en buenos términos con las personas que se molestaban en conocerle, ya que sus rasgos echaban para atrás a la mayoría de la gente.

Jimmy Brick era un buen tío y él lo sabía mejor que nadie. Se sentía satisfecho de eso y disfrutaba de la vida y de su trabajo. A menudo se preguntaba: ¿cuántas personas podían decir lo mismo?

Cuando Jimmy entró en la oficina de Patrick Brodie sonreía. Pat devolvió la sonrisa al hombre que apreciaba verdaderamente y por el que sentía verdadera lástima. Era un tío muy feo y decir eso no era un insulto, sino constatar un hecho.

– ¿Qué pasa, amigo?

Patrick asintió y dijo sin rodeos:

– Siéntate, colega. Tengo una proposición que hacerte, Jimmy, y quiero una respuesta lo antes posible, ¿de acuerdo?

Jimmy asintió también y se sentó. Patrick observó la forma en que se remangaba los pantalones para no arrugarlos demasiado. Era tan quisquilloso con la ropa que resultaba triste mirarle. Como había comentado Lil en cierta ocasión, Jimmy tenía el aspecto de ser el eslabón perdido. En ese momento, Pat se rió, pero luego, con el paso del tiempo y cuanto más miraba al muchacho, más comprendía lo que había querido decir. Jimmy Brick era como un enorme orangután vestido con un traje caro. Era un tío encantador, decente, pero con un aspecto que resultaba perturbador por mucho que se le conociese.

– ¿Qué puedo hacer por usted, señor Brodie? -preguntó con una voz sonora y profunda, lo único seductor que Jimmy poseía.

A Patrick le encantaba la forma en que se dirigía a él cuando se trataba de asuntos de trabajo. Era otra de las muchas cualidades que le gustaban de Jimmy. Jimmy separaba el trabajo de su vida privada, cosa que también hacía él. Era algo imprescindible y necesario en su mundo.

– Jimmy, quiero ofrecerte algo importante, verdaderamente importante. Buen dinero y mucho trabajo. ¿Qué te parece?

A Patrick le agradó ver al muchacho ponerse rojo de orgullo y eso le reafirmó en que había escogido a la persona adecuada para ese trabajo.

Jimmy se quedó con las manos abiertas, pero no acertaba a encontrar las palabras necesarias para decir que aceptaba su proposición. Su cara, no obstante, lo decía todo.

Patrick sirvió un par de whiskys y, poniendo uno de los vasos en la mano de Jimmy, dijo:

– ¡Por muchos años, colega!

Jimmy brindó con todo el placer del mundo y casi rompe los vasos del golpe, recordándole a los dos la enorme fuerza que tenía. Luego dijo tímidamente:

– No sé qué decir, señor Brodie. Para mí es todo un honor trabajar con una persona como usted.

Era un halago, un tanto empalagoso, pero le salía del corazón. Patrick Brodie negó con la cabeza y dijo en voz baja:

– ¡Basta ya de pamplinas! Cualquiera que nos oyera diría que somos un par de mariconas.

Jimmy Brick estalló en carcajadas. La cabeza se le fue hacia atrás de lo expresiva y sonora que era su risa. A Patrick le gustó su sonido. Jimmy iba a convertirse en alguien esencial, de eso estaba seguro.

– Tenemos nuestra primera misión esta misma noche. Le vamos a dar a Dennis Williams el susto de su vida.

– ¿Cojo mi caja de herramientas? Patrick sonrió y dijo alegremente:

– ¿Tú qué crees?

Dennis Williams se creía tan importante que no esperaba que Patrick Brodie fuese a buscarlo personalmente. Era algo que no había imaginado bajo ninguna perspectiva, ni tan siquiera lo había considerado remotamente posible. Por esa razón, cuando Patrick Brodie se echó encima de él y sus hermanos en su propio territorio y en su propio local, se quedó más que anonadado.

Patrick cruzó las pesadas puertas de madera del Mill House en Dagenham como un ángel vengador. Era sábado por la noche y se encontraba atestado de familias. Los niños corrían de un lado para otro llevando sus mejores trajes y jugando a las prendas, mientras esperaban que la banda tocase Pennies from Heaven. Ése era el momento álgido de la noche, cuando los adultos arrojaban el dinero suelto que tenían a la sala de baile y los niños se arremolinaban entre sí, tratando de coger todo el dinero posible. Entonces comenzaba la discoteca, las luces se apagaban y los padres sentían que, por fin, la noche había comenzado mientras los niños salían y charlaban con otros niños.

El Mill House era un verdadero club social. Tenía un ambiente que garantizaba una noche agradable a las familias y a las parejas indistintamente. Tenía un aspecto destartalado a la luz del día, pero al llegar la noche adquiría un toque mágico muy suyo y peculiar. Olía a aperitivos, cerveza pasada y a multitud de diferentes perfumes. Las mesas brillaban con los ceniceros de estaño que tenían inscritos los nombres de personajes legendarios como los Marlboro Reds, o los Senior Service. El suelo era de madera, sin rayones ni marcas, y tan bien pulimentado que los niños empezaban la noche patinando de un lado para otro hasta que los adultos terminaban por llamarles la atención. Los muchachos caminaban erguidos, como si fuesen tipos duros, y salían al aire fresco donde podían seguir haciéndose los duros para impresionar a las chavalas. Era el comienzo del ritual de apareamiento, la primera lección, ya que se trataba de hacerte notar ante una chica, hacerte respetar por ella. Era una danza atemporal, ya que la habían empleado sus padres y abuelos mucho antes que ellos. Aprendían a cortejar mientras bebían Tizer [5] y jugaban a las prendas. Los dedos exploraban, las manos gozaban de ciertas libertades y todos terminaban excitados con los nuevos conocimientos adquiridos.

Era un verdadero club familiar, no la clase de club que frecuentaban los hermanos Williams, ni la clase de club donde los clientes gustaban de ver a tipos como ellos merodeando por allí. Ahora, sin embargo, Dave Williams y sus hermanos lo utilizaban como base, principalmente porque no sabían si serían bien recibidos en los bares que habían frecuentado durante años.

Los Williams se acostumbraron a utilizar el Mill House y se alegraron de saber que eran los únicos con poder que utilizaban aquel lugar. Al principio se convirtieron en una anomalía y, para la mayor parte de los clientes, en algo excitante, pero luego la novedad se pasó. Ver a los hermanos Williams por allí de vez en cuando no tenía importancia, pero que utilizasen ese lugar como oficina irritó a muchos de los clientes habituales. Todos se comportaban bien, pero eran peligrosos. Los miembros del comité, hombres mayores con familias y un trabajo respetable, no pudieron impedir que los Williams vendieran y negociaran siempre que les diera la gana, pero estaban deseosos de poder poner fin a un negocio que atraía a una serie de personajes bastante desagradables. Lo que más temían, sin duda, era que la policía hiciera una redada y cerrara el local. Ninguno tenía el valor de transmitir las preocupaciones de los padres de familia, del temor que tenían por sus hijos, pues los hermanos Williams no eran muy conocidos por su amabilidad si el asunto del que se trataba era acerca de sus negocios o de su forma de llevarlos a cabo. De hecho, eran bastante fríos e inaccesibles. Dennis, en particular, con su cara y su cabeza llena de cicatrices, con esa risa que le salía entre los dientes rotos, amedrentaba al más pintado. Dennis era un tipo duro y no trataba en lo más mínimo de ocultarlo. Se deleitaba haciéndose notar, y era eso precisamente lo que más preocupaba a la gente. Era violento incluso cuando la violencia no era necesaria.

Ser un mandamás era lo único que Dave deseaba en la vida. Un mandamás es un mandamás, como decía su padre cuando eran niños. Siempre le habían gustado los tipos importantes, se había regodeado en su gloria y vivía buscando el glamour que emanaba de ellos. Ahora ellos se habían convertido en tipos importantes por derecho propio, lo suficientemente conocidos como para negociar allí y compartir ese glamour con algunos chulos que, como su padre, hablarían de ellos en voz baja y con respeto.

Hacía ya mucho tiempo que habían dejado de ser la mano derecha de Brodie y Dave terminó por aceptarlo; al menos eso les hacía pensar a sus hermanos. Sabía que Dennis tenía los días contados, pero había tenido la esperanza de poder mantenerlo a distancia de Patrick y Spider hasta que las cosas se calmaran. Quizá de esa forma le concediesen una segunda oportunidad. Dave suspiró. Estaba colocado y sabía que eran las anfetas lo que le hacía pensar que Dennis se libraría de la mierda que él mismo había generado. El iba a tener que responder por sus estupideces, pero la inquietante cuestión era ¿cuándo? No podían pasarse la vida entera escondiéndose. Estaba tan colocado que empezaba a excitarse. De pronto todo se convirtió en algo tan real y palpable que sintió enormes deseos de ponerse a bailar.

Dave fue a los aseos y se preparó otra línea. Si vendieran esa mercancía a los clientes, se pondrían como locos con él. Pero no era así porque antes de venderla la cortaban. Aun así era una buena mercancía, y cuando esnifó la anfetamina notó el ardor en la nariz que le indicaba que había sido cortada con estricnina. Dave sonrió y se dijo: «Regresa glucosa, todo está perdonado».

Se rió como una hiena de su propia broma. Luego envolvió la papelina con sumo cuidado y salió. Al regresar a la sala, el sonido le golpeó y le hizo retorcerse incluso de dolor. Vio a un par de clientes suyos y suspiró.

Ahora se habían convertido en los responsables de cualquier droga que se distribuyera por los Anglers, el bar de hombres viejos que estaba enfrente del Mill House, así como de otros bares de los alrededores en los que no estaban interesados ni Spider, ni Patrick. El pub Volunteer en el Barking y en la rotonda de Dagenham era también otro de los lugares donde les gustaría negociar porque estaba siempre a rebosar. El club que había allí se llamaba Flanagan's Speakeasy y estaba hasta los topes la mayoría de las noches. Pero Spider se había hecho con él y más valía olvidarse.

Dave empezó a charlar con una chica de pelo negro y una permanente muy mal hecha. Llevaba puesto colorete en las mejillas y una chaqueta de satén brillante que no le tapaba sus enormes tetas. Sabía, sin preguntárselo siquiera, que iba vestida a lo Marc Bolan [6]. Bueno, ella podía vestir como le diese la gana, a él lo único que le interesaba era echar un polvo. Si se le pondría dura, no estaba seguro, pero valía la pena intentarlo.

Dave estaba colocado, muy colocado. Sabía que era una niña de escuela que se había vestido para salir de noche, y que su padre probablemente estaría observándolos con el corazón en vilo y sin saber cómo proteger a su hija. Dave pasaba de todo en aquellos días. Era un completo manojo de nervios y parecía que lo único que esperaba es que estallara el globo. Se sentía culpable por haber estado a punto de matar a su hermano y sentirse capaz incluso de matar a uno de su misma sangre fue toda una revelación. El hecho de que no hubiera llegado a terminar el trabajo es lo que le hacía sentir incómodo. Dennis era su hermano y él lo apreciaba de verdad. Desgraciadamente, también era un lunático violento y temperamental que siempre estaba causando problemas. Dennis no podía evitarlo, era de esos tipos que atraen los problemas. Para ser sinceros, la mayoría de las veces era él quien los provocaba, pues le encantaba que la adrenalina le recorriera por el cuerpo y acaparar la atención. Le gustaba ser el centro del universo y siempre por los motivos equivocados. Dave quería a su hermano, pero también lo odiaba por todos los problemas que le había ocasionado. Y porque él era siempre el chivo expiatorio que tenía que solucionarlos. Ahora ya no ganaban dinero de verdad, no tenían seguridad ninguna y todo porque Patrick Brodie los había echado, y con razón. Patrick le había concedido la oportunidad de que volviera, pero ¿cómo iba a hacerlo? Dennis no duraría ni cinco minutos si lo dejaba solo. En cuanto al resto de sus hermanos, entre todos tenían menos inteligencia que un mosquito. Dennis era un jodido lastre y eso nunca cambiaría.

Cuando Patrick y sus muchachos cruzaron la puerta y entraron en el club casi sintió un alivio al pensar que por fin sucedería lo irremediable.

Dennis se quedó tan sorprendido que permaneció de pie, con la boca abierta, mirando como un pasmado.

Patrick miró a Dennis con el ceño fruncido. Luego, con desprecio y en un tono amenazante que resultó evidente para los que le rodeaban, le dijo:

– ¿Por qué pones esa jodida cara? ¿Acaso no me esperabas? ¿Qué pensabas? ¿Que me había olvidado de ti?

Patrick Brodie le estaba hablando, mejor dicho, tratando, como si fuera un don nadie, una mierda pegada a sus zapatos, y Dennis se dio cuenta de que sólo un gilipollas intentaría recuperar lo que había quedado de su reputación replicándole. Se esperaba que se tragara los insultos y sabía que cualquiera con una pizca de sesos mantendría la boca cerrada, pero nadie estaba seguro de que él tuviera tal cosa.

La gente de alrededor estaba encantada de ver a Patrick Brodie en su pequeño club. También tenían la esperanza de que le pegara una patada en el culo a Dennis Williams. La opinión generalizada es que era un bocazas, aunque nadie se atrevía a decírselo en la cara. El, sin embargo, tenía la errónea impresión de que era muy popular. Los verdaderos hombres de negocios, los mandamases, solían ser en la mayoría de las ocasiones gente agradable, amistosa y cercana que no necesitaban comportarse como tipos duros las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. Los tipos como Dennis Williams, aunque se les hablara con la misma cortesía que a los otros hombres importantes, no agradaban tanto como para esperar lealtad o respeto de los que les rodeaban. Al menos no cuando había un verdadero hombre haciéndole parecer un capullo. Un gángster de plástico era el término que recientemente se utilizaba para designarlos, y ésa era la mejor forma de describir a Dennis Williams.

Dave se acercó hasta donde se encontraba Patrick e intentó recuperar al menos una pizca de la amistad que habían mantenido durante años.

– Aquí no, Pat, ¿de acuerdo?

Patrick miró con desprecio al que fue en su momento su amigo. Su pelo grueso tenía un color azul por las luces de la discoteca y sus ojos eran como dos tajos que miraban a Dave con sumo desdén.

– Quiero mi jodido dinero y lo quiero ya.

Dave dibujó un gesto de sorpresa con su bonito y apuesto rostro. Miró a Pat. Había visto en muchas ocasiones esa expresión cuando le hacía una pregunta a alguien y no obtenía la respuesta esperada.

– ¿De qué está hablando, Den?

Patrick no se sorprendió que su hermano hablase por él. Si a Dennis le preguntaban qué había desayunado, diría que una salchicha. Las mentiras brotaban con tanta facilidad de su boca que ya no distinguía entre la verdad y su fantasía.

– Dennis, por favor.

La música se había detenido y todos los presentes les miraban atentamente. Patrick giró la cabeza para mirar a Dennis mientras Jimmy Brick se fue hacia él caminando con aire de fingida amistad, lo sacó del club y lo metió en un coche que estaba esperando. Dennis se comportaba como un corderito. Sabía que estaba derrotado y no pensaba provocarse más dolor del necesario.

Patrick salió del club seguido de sus dos otros guardaespaldas y Dave. Se dio la vuelta en la entrada y le dijo:

– Vuelve a tu sitio, Dave. Esto va a ser muy doloroso y antes de que te pongas nostálgico por tu hermano recuerda una cosa: él le ha quitado cien de los grandes a uno de mis socios esta mañana, así que este gilipollas ha quemado ya su última baza, ¿de acuerdo?

No estaba seguro de por qué se justificaba por quitar de en medio a Dennis Williams, pero se dio cuenta de que lo estaba haciendo. Respetaba y apreciaba a Dave, por eso no quería ni contarle mentiras, ni darle falsas esperanzas.

– No lo mates, Pat, por favor. Mi madre perderá la cabeza.

Patrick se rió.

– Tu madre hace ya mucho tiempo que perdió la cabeza. Hasta el más capullo tiene más sentido común que ella. Ahora déjame resolver este asunto de una vez por todas.

Cuando Patrick entró en el coche con Dennis y Jimmy, Dave le oyó decir con tranquilidad, pero autoritariamente:

– Escucha, Den. Mi abuelita decía que había dos tragedias en la vida. Una es conseguir lo que quieres y la otra no. Ahora tú vas a conseguir lo que estabas buscando, y también lo que no. Así que acéptalo y deja de mirarme con esa fea cara de mierda.

Dennis temblaba de miedo. Jimmy Brick era un torturador al que se le conocía por no mostrar la menor empatía por sus víctimas, capaz de infringir los más terribles castigos sin el más mínimo remordimiento. En una ocasión había desollado la pierna de un hombre para averiguar si había dormido con la esposa de uno de sus socios. Su amigo estaba encarcelado y había oído rumores. Había apelado a Jimmy para averiguar la verdad y poder quedarse tranquilo. Jimmy le había arrancado la piel a grandes tiras y, cuando averiguó lo que deseaba, lo metió en un cubo de basura y lo tiró a un estercolero, todo menos la piel, las orejas y el escroto. Lo peor de todo es que lo había hecho por un favor. No por una remuneración, ni para ganarse una reputación, tan sólo por un mero favor, eso es todo.

Dennis observó que Jimmy le miraba las cicatrices y se dio cuenta de inmediato que estaba pensando en la mejor forma de realizar su trabajo esa noche. Le abriría las cicatrices y luego añadiría algo de su cosecha.

Dennis sintió el frío que produce el miedo a la gente violenta. Por norma, así reaccionan los más cobardes cuando les llega su hora. De hecho, Dennis Williams ya había empezado a llorar en silencio antes de salir del parking y coger la Al3. Dave permaneció en la puerta hasta que las luces traseras del coche desaparecieron en la distancia.

Spider estaba en el Beehive, en Brixton, esperando que Cain viniera a recogerle. Mientras tanto, miraba a una chica africana con los ojos negros y unas plataformas de diez centímetros.

Ella le estaba sonriendo e invitando, con esa prepotencia que tanto le atraía de las mujeres. Sin embargo, ya tenía suficiente entre manos con el último ligue que se había echado y los berrinches que le daba a todas horas del día. La miró para quedarse con su cara y tenerla como referencia en el futuro, aunque no desdeñó la oportunidad de dibujarle una sonrisa. Nunca se sabe lo que depara el futuro.

Spider se estaba tomando su quinta pinta de Guinness cuando Cain entró y lo puso en movimiento para salir. Por primera vez en muchos años veía a su hermano preocupado, así que lo siguió sin demora. Muchas cosas iban a suceder esa noche y se preguntaba qué papel iban a desempeñar ellos.

Dennis estaba tirado en el suelo de hormigón y podía sentir el frío y la humedad introducirse en sus huesos. Llevaba tendido lo que le pareció una eternidad, aunque en realidad sólo fueron cuarenta y cinco minutos. Lo tenían atado como a un pollo. Las manos las tenía atadas a la espalda y las piernas a la altura de las rodillas, lo que le impedía ponerse cómodo. Olía a aceite y gasoil, lo que no le hacía presagiar nada bueno. No sabía dónde se encontraba exactamente. Estaba demasiado oscuro y durante el trayecto estuvo demasiado asustado para darse cuenta de dónde lo llevaban. Le habían dicho que mirase al suelo, cosa que hizo porque ya no podía confiar en que la amistad que un día mantuvo con Brodie le sacara del apuro.

Sus ojos se estaban acostumbrando a la oscuridad y miró alrededor con interés. Había muchos neumáticos apilados y olía a caucho y a mugre. Había también muchas cajas de embalar que supuso guardaban ropa de imitación o drogas y, cuando se serenó un poco, se preguntó en qué garaje se encontraba encarcelado y a quién pertenecería. Esperaba que no fuese de alguien que él conociese, pues la vergüenza sería insoportable.

Iba a ser la humillación de su vida y supo que no le quedaría más remedio que sufrirla si salía de allí ileso. Dennis comprendió que se había extralimitado en todos los sentidos y que no era lo suficiente duro como para enfrentarse a tipos de verdad. Su carrera se había acabado y no se había ganado el aprecio de nadie que pudiera ofrecerle algún tipo de respaldo. Dave se lo había advertido en repetidas ocasiones, había tratado de inculcarle algo de sentido común, pero él jamás creyó que esta noche llegaría.

La puerta se abrió y se encendieron las luces. Notó el escozor de las lágrimas que derramaba, más por miedo que por otra cosa. Observó con cautela a Jimmy dirigirse hasta un banco de trabajo con un torno en una mano y una caja llena de sprays en la otra. Dennis se dio cuenta de que se encontraba en un garaje de coches, por lo que sólo quedaban unas cuantas horas para que aquel lugar estuviera en plena actividad.

Se preguntó cuánto tiempo más estaría allí tirado y cuánta sangre derramaría sobre el serrín que Jimmy estaba esparciendo a su alrededor. Podía oír el ruido de los coches a la distancia y pensó que lo más probable es que se encontrase en el Smoke.

Mientras observaba a Jimmy prepararse para la noche de trabajo que le esperaba, se dio cuenta de cómo se habían sentido otras personas por su culpa. Comprendió además que para Jimmy Brick aquello no significaba ser un tipo duro, sino algo que hacía cuando se lo pedían y que él sabía hacer muy bien.

Dennis oyó el agua hervir en una olla. Esperaba que no formase parte del castigo y rezó para que cualquier cosa que le hiciera pudiera soportarla sin implorar por su vida. Incluso en ese momento, lo más importante para él era su imagen y creía que gozaba de la suficiente credibilidad como para que le dieran una muerte rápida.

Luego, cuando vio a Jimmy Brick con sus martillos y su cincel perdió todas las esperanzas. Patrick y Jimmy tardaron menos de diez minutos en amordazarlo y poner fin a sus gritos. Se rieron sin parar mientras lo hicieron, lo que no disipó para nada los temores de Dennis Williams.

Capítulo 12

Patrick estaba satisfecho con el giro que habían dado los acontecimientos. Spider y Cain se habían involucrado, lo mismo que otras personas de su confianza. Había transcurrido una semana desde que le dieron a Dennis Williams lo que se merecía, pero la opinión general es que se lo había buscado.

Nadie sabía en realidad lo que le había sucedido, pero las especulaciones corrieron como la pólvora y eso era precisamente lo que había pretendido Patrick Brodie. La gente se lo pasaba bien haciendo especulaciones y, posteriormente, algunas de ellas serían del dominio público. Llegaría un momento en que alguien se hartaría y diría que había estado presente y que conocía todos los detalles. Eso pondría fin a las habladurías.

Sin embargo, si alguien conocía los detalles y los contaba, muchos de esos tipos que se creen tan duros terminarían echando la papa en el váter o en el suelo a los pocos minutos de ser revelados.

De momento, las especulaciones corrían de un lado para otro y eso era exactamente lo que había deseado Brodie.

Mientras estaba sentado en la oficina esperando a que Dave Williams se presentara, tal y como se le había dicho, esperaba que por fin pudiera poner punto final a ese lamentable asunto. Patrick había aprendido algo de todo aquello: había concedido demasiado margen de libertad a Dave a lo largo de los años y eso era un error que no pensaba cometer dos veces.

Jimmy Brick se estaba convirtiendo en una de las piezas fundamentales de su mundo, cosa que empezaba a palparse, ya que Jimmy empezaba a sentir la suave fragancia de su nuevo estatus. Las chavalas empezaban a hacer cola para irse con él a la cama y él aún seguía sin decidir a quién le concedería el honor de probar su polla.

Patrick tenía la costumbre de conocer a fondo a las personas que trabajaban para él, por eso ahora conocía muchos detalles de la vida de Jimmy.

Había dos chavalas que se disputaban el título de ser su novia. Una de ellas era una rubia bajita con grandes tetas y un carácter muy alegre. Le encantaba vivir, le encantaba ser el centro de atención y le encantaba la atención que recibía de Jimmy. La otra chica era callada, con el pelo castaño desvaído, pero con un cuerpazo que muchas habrían pagado por tenerlo. Era una mujer agradable, generosa, simpática y sabía hablar, pero lamentablemente se sentía intimidada entre maleantes como ellos. Tampoco era una competidora nata, a pesar de que le gustaba Jimmy. La primera sería probablemente la que ganase la competición. Tenía desparpajo y se había asegurado que la desease, a ella y a ese cuerpo que tanto tenía que ofrecerle. Lo lamentaría hasta el día de su muerte.

La chica no sabía que, una vez que Jimmy se decidiera, la relación iba a ser como una suscripción de por vida, tanto si le gustaba como si no. Era como suscribirse a Renders Digest: Jimmy era como una condena de por vida, pero ella ignoraba ese hecho por completo.

Jimmy no era de las personas que se tomaban a sí mismo o a los demás a la ligera, por lo que los pocos meses que su novia disfrutase de ser la amante devota de un hombre importante se convertirían luego en años de pena y celos.

El hecho de que la chica lo quisiera repentinamente, justo en el momento en que él había adquirido ese nuevo estatus, le resultaba ofensivo, aunque no le habría importado utilizar esa baza para conseguir lo que deseaba. Era el camino al desastre; no para Jimmy Brick, sino para la chica en cuestión. La confianza sería uno de los temas más espinosos, como cualquier tipo de honestidad, ya que ella aprendería a decirle sólo aquello que quisiese escuchar. Su antagonismo natural les garantizaba que no importaba lo que sucediese, ella siempre sería sospechosa porque él sabría que había sido su reputación y su dinero lo que la mantenía a su lado. Luego terminaría fantaseando acerca de que lo arrestaban y por fin lograba librarse de él.

Jimmy, sin embargo, era hombre de una sola mujer, como todos sus antecesores, y eso era tan extraño en su mundo como encontrar un juez o un atracador honesto. Una vez que eligiese no habría vuelta atrás ni para él, ni para ella. Él sería su dueño, sin importar lo que ella pensase al respecto. Jimmy Brick la obligaría a estar a su lado, a serle fiel. Si ella en algún momento se alejaba de su lado, todos lo verían como a un pelele, un perdedor. Y eso no sucedería jamás. Lo único que tenía era su dignidad, algo que no pensaba perder aunque para ello tuviera que utilizar hasta el último gramo de su considerable fuerza. Si llegaban a tener un hijo, eso cimentaría la relación porque nadie en su sano juicio se atrevería a irse con ella después de haber estado con él. Ni aunque tuviera que cumplir una condena de treinta años. Sin embargo, pasaría un tiempo hasta que la chica que se convirtiese en su novia se diera cuenta de que había firmado una sentencia por cadena perpetua.

Pat Brodie sabía todo eso. Había empleado a tipos como Jimmy Brick toda la vida y sabía cómo tratarlos. Era un cabrón muy peligroso que necesitaba ser supervisado a todas horas. Aquello era algo normal cuando se trataba de chiflados como él. Solían tener la costumbre de matar a las personas por las razones más absurdas del mundo, especialmente sus esposas o novias, aunque de vez en cuando también a algún extraño que era tan estúpido como para enfrentarse a ellos en una tarde soleada.

Ese sería siempre el tendón de Aquiles de Jimmy: la destrucción de un cliente borracho en el bar o de un bocazas que no se daba cuenta de con quién se estaba enfrentando. Si no tenía cuidado, terminaría encarcelado por ello. Parecía increíble la cantidad de gente que estaba encerrada por un ataque de cólera.

Cuando tenía que hacer daño o quitar a alguien de en medio por dinero las cosas eran distintas. No había emociones, no había espacio para el odio o el resentimiento. Era tan sólo su trabajo, sólo eso. Brodie conocía la forma de pensar y actuar de ese hombre y sabía cómo utilizarla en su conveniencia. Como siempre decía, era la naturaleza de la bestia y eso era lo que eran todos ellos, del primero al último. Ni siquiera sabían cómo clasificarse a sí mismos.

Jimmy era un hombre joven que necesitaba ser guiado, que alguien lo controlase. Brodie sería esa persona, sería quien cuidase de él, y no sólo como alguien esencial para sus negocios, sino también como alguien a quien podía moldear y convertirlo en el segundo al mando. Pat Brodie tenía que dirigir un negocio y necesitaba de algún chiflado, pero esta vez contaba con la ventaja de tener a alguien que le agradaba y respetaba. El muchacho disponía de potencial y de cojones para ello, los dos ingredientes principales para esa clase de vida.

Jimmy quitó de en medio a Dennis con una violencia innecesaria y deliberada que, aunque estuvo sumamente controlada, le hizo disfrutar enormemente. Pat se había sentido impresionado e incluso molesto, pero resultaba imprescindible. Desde ese momento, Jimmy Brick era sinónimo de odio, desdén y terror. Su reputación evitaría los problemas antes incluso de que comenzasen, ya que a nadie le apetecería meterse con un tarado como Jimmy. Los que lo hicieran no tardarían en darse cuenta del error que habían cometido. Era como un cáncer; más tarde o más temprano acabaría contigo. Era como una garantía de tranquilidad, ya que ahora que había comenzado su reinado sólo un loco se atrevería a ponerse de por medio.

Patrick estaba interesado en tipos como Jimmy Brick porque podrían reportarles beneficios, llegando incluso a cumplir una condena por él. Mientras que no pudieran demostrar que había sido él quien había ordenado que dieran una paliza o asesinaran a alguien, nadie vendría a llamar a su puerta. Así de simple. Jimmy era un buen tío, pero también su chivo expiatorio si todo salía mal. Jimmy Brick se había convertido en el nuevo Dave Williams. Por supuesto, no le mencionó nada de eso, pues era demasiado astuto para cometer semejante estupidez.

Sonriendo se sirvió un brandy bien largo, le dio un sorbo y miró a través de la sucia ventana a las personas que se encaminaban a sus menesteres diarios en el Soho.

Estaba satisfecho de sí mismo, contento con la vida y alegre con lo que ésta pudiera depararle en el futuro. Sabía que contratar a Jimmy había sido una argucia muy astuta por su parte, por eso estaba contento de poderse relajar y esperar que él le trajera el dinero y la tranquilidad de espíritu. Había sido el cabecilla durante demasiado tiempo, era hora de sentarse en el asiento trasero y dejar que otro ocupase ese lugar. Podía relajarse y hacer acto de presencia cuando fuese imprescindible. La gente no tenía ni idea de la batalla diaria que había que librar, ni de lo que costaba mantenerse en la cima. El Soho era un lugar donde se hacían y se perdían fortunas con tan sólo darle una vuelta a una carta, o con las habladurías de un empleado agresivo. Era un lugar donde podía prescindirse perfectamente de las personas y donde la vida carecía de consecuencias reales.

«Eres lo que matas», le dijo el hombre al que le disparó hace muchos años en aquel lugar. Brodie sabía que fue una lección bien aprendida por parte de los dos.

Miró de nuevo por la ventana, disfrutando de las vistas y de los sonidos que siempre le rodearon. Aquel era su segundo hogar y, cuando no estaba Lil, el único lugar donde se sentía verdaderamente cómodo.

En el Soho no había nada que fuese realmente legítimo, ni nadie admitía nada de por vida. Hasta los nombres de las personas eran de mentira, como todo aquel lugar, que no dejaba de ser una completa farsa, más incluso que las representadas en los teatros de los alrededores. Las historias que representaban para sus audiencias noche tras noche no tenían ni punto de comparación con las historias reales que tenían lugar en las calles.

Brodie suspiró y se asombró de cómo se veía a sí mismo, alguien que sólo podía ver ese lugar como algo distinto de un pozo negro. El Soho destruía a las personas constantemente, especialmente a las mujeres. Su renovación era inaudita si se comparaba con otros lugares donde se negociaba con la carne y la pornografía, como por ejemplo Shepherds Market. Allí es donde las chicas del Soho solían terminar sus días, o en Notting Hill, y, en el peor de los casos, es decir, para las enfermas, las apaleadas y las que tenían cicatrices, en los muelles. Como hombre que era, eso no le afectaba lo más mínimo, por lo que podía mirar para otro lado. Ignoró el precio que pagaban las mujeres para que él pudiese fumarse los puros más caros y recibir palmaditas en la espalda por el éxito que había logrado. Ese era el secreto del Soho y de sus clientes. Mientras mantuvieras a tus subalternos a cierta distancia y no hicieras demasiado hincapié en el precio que pagarían los clientes, podías relajarte, relajarte y disfrutar de los trofeos de una guerra que jamás se había declarado contra las desprevenidas chicas que consideraban el Soho como una especie de refugio. Al principio, las chicas podían escabullirse, nadie las descubriría si mantenían en secreto su identidad, Sin embargo, era como un círculo vicioso y, como tal, no tenía ni principio, ni fin. El buen trabajo que habían conseguido, la independencia que consideraban tan importante, se transformaban y se convertían en lo peor que podía haberles sucedido. Era una vida muy seductora para las jóvenes liberadas. Parecía glamorosa y excitante, dinero abundante para comprar cosas, dinero que se ganaba y se gastaba fácilmente porque siempre iba a estar allí al día siguiente, y al otro, y así sucesivamente, hasta que los años pasaban y se veían metidas en un círculo vicioso que se llamaba prostitución. Cada año los clientes tenían menos pasta y ellas menos expectativas. Al final terminaban en la calle, pidiendo dinero para pasarse el día colgadas y así poder olvidar en qué habían convertido sus vidas.

Era un juego peligroso que proporcionaba muchas ganancias, pero no para las mujeres, por supuesto.

Los únicos ganadores eran los hombres como él, los hombres que utilizaban a las mujeres que se encontraban a diario y que se las quitaban de encima cuando dejaban de necesitarlas. Con el paso de los años, la mayor parte de las chicas se habían transformado para él en animales. No tenía sentimientos reales para ellas. ¿Cómo podría tenerlos si ni siquiera ellas los tenían para sí mismas?

No pensaba demasiado en su trabajo, especialmente porque en los últimos días se sentía un tanto apático y muy seguro de sí mismo. Sólo se preocupaba de su familia; todo lo demás le parecían daños colaterales, tan sólo eso.

Miró a través de la ventana. La caída de la tarde era su hora predilecta en el Soho, pues las calles estaban repletas de gente esperando pasar un buen rato, gente que no sabían, o no les preocupaba, cómo iba a terminar aquella noche. Al llegar la noche se abrían todos los locales, la esencia de las noches del Soho, la razón por la que las personas se congregaban allí noche tras noche. Era una combinación de jóvenes, estúpidos, usados y usuarios. Luego, por supuesto, estaba la gente como él, sin los cuales ninguno de ellos podía comerciar con su mercancía. Pensaran lo que pensaran de él y de sus homólogos, constituían el ingrediente básico del Soho, ya que eran los encargados de mantener el lugar en funcionamiento, los que mantenían la mística que tanto atraía a los clientes y juerguistas.

A todo el mundo le encantaban los mandamases, los delincuentes, y todos querían asociarse con ese glamour que proporcionaba la delincuencia. Los ricos y famosos eran atraídos por personas como él, como la llama de una vela atrae a las polillas. Así era cómo funcionaban las cosas y él estaba dispuesto a exprimirlas al máximo. ¿Qué más podía hacer?

Ésa era una de las razones por las que necesitaba a Jimmy Brick. Los clubes solían ser frecuentados por personas importantes con nombres conocidos. Se habían convertido en el sitio de reunión de los ricos y guapos que pagaban más que suficiente por su protección, además de que eran dueños de tanta inmundicia que podían garantizar a los clientes más exóticos un pase libre y absoluta tranquilidad. Ahora tenía que resolver la última pieza del rompecabezas; una vez que lo hubiera hecho podía relajarse con los mejores.

Vio cómo las strippers pasaban una al lado de la otra cuando cambiaban de club, saludándose entre sí, contentas de ver a sus homologas, ya que eso les hacía sentirse menos solas y menos asustadas por lo que la noche pudiera deparar. Las scouts ya se habían puesto manos a la obra y trataban de captar clientes para que entraran en el bar o en los clubes, prometiéndoles el oro y el moro, pero sin proporcionarles nada, salvo la promesa de un buen rato de diversión. El aire estaba suficientemente frío para que su respiración se convirtiese en vaho, y la escasez de sus ropas les hacía acelerar el paso hacia el calor del siguiente club.

A Patrick Brodie le encantaba el West End y se sentía como en casa en ese lugar.

No le preocupaba perder su corona porque la había ganado limpia y honestamente, era respetado y, lo más importante, temido. I labia procurado que así fuese y también de eso se sentía orgulloso. El Soho era un cagadero para la mayor parte de la gente, pero para él representaba un medio para lograr un fin.

Lil, el amor de su vida, estaba de nuevo embarazada y una vez que diera a luz recuperaría su forma de ser. Sus hijos eran inteligentes, guapos y estaban bien educados. Tenía más dinero del que precisaba, una casa bonita, todo lo que un hombre criado como él jamás hubiera considerado posible. Era feliz en su interior, muy feliz, aunque no lo pareciese. Sólo Lil, su Lil, sabía lo feliz que era y lo mucho que significaba su vida con ella. Todo lo demás resultaba una menudencia cuando se comparaba con su familia.

Dios había sido bueno con él, lo sabía y por eso se lo agradecía cada domingo presentándoles sus respetos y disfrutando de la tranquilidad que le proporcionaba estar en la iglesia.

La vida, al menos eso pensaba, merecía la pena.

– Mi fiesta va a ser la mejor fiesta del mundo, Lance. Si quieres, puedes invitar a cualquiera de tus amigos.

Pat Junior se sentía magnánimo, a pesar de que su hermano le había estado fastidiando todo el día. Sabía que estaba siendo excesivamente agradable con Lance y su mordaz lengua, y, aunque sabía que resultaba tan fastidioso como cualquier otro hermano pequeño, entendía su infelicidad, incluso mejor que él.

– ¿Por qué iban a querer mis amigos ir a tu mierda de fiesta?

Pat Junior se encogió de hombros al escuchar las palabras de su hermano.

– Bueno, yo te lo he ofrecido, por si quieres preguntárselo a alguno.

Evitó decir «si es que tienes algún amigo a quien pedírselo», pero sabía que no tenía ningún sentido, ya que no le excitaba lo más mínimo herir los sentimientos de su hermano. Sabía que Lance ya tenía bastante con saber que tenía una madre que no le prestaba demasiada atención, aunque simulara hacerlo, y que su abuela Annie se la prestaba excesivamente, razón por la cual su madre siempre estaba tan resentida con él.

Su abuela se apoderaba de Lance en cuanto entraba en el edificio y eso le venía bien a Pat porque la odiaba enardecidamente, aunque jamás lo había confesado delante de nadie, por supuesto. Sabía que su madre la soportaba y que a las gemelas les agradaba la compañía de su abuela porque estaba enamorada de ellas, como todos los demás. Las gemelas conseguían eso: atraer la atención de cualquiera. Pat adoraba a sus hermanas pequeñas y comprendía que causaran esa impresión en todos. Sin embargo, Lance era cosa aparte y lo lamentaba por él, a pesar de que a momentos se enfadara con él.

Suspiró pesadamente y dijo:

– Lo dicho. Puedes invitar a quien quieras.

Lance asintió, sintiéndose mal ahora. Sabía que Pat Junior estaba al borde de su considerable paciencia, así que sonrió y cambió de cara. Tenía un rostro apuesto y cara de inocente, el rostro que tendría si no estuviera siempre buscando camorra o mal interpretando las palabras.

– Gracias, Pat. Pensaré en ello, ¿de acuerdo?

Pat Junior asintió.

Luego ambos se sentaron y vieron en la tele Jackanory [7], en lo que, por una vez, pareció un amistoso silencio.

Lil entró, vio a sus dos hijos juntos y sonrió. Los dos eran tan parecidos y Lance parecía deseoso de cambiar. Luego se sentó y, mientras tomaba una taza de té, deseó sentir con más frecuencia esa alegría. Sin embargo, sabía que resultaría difícil porque ella no podía.

Lance la observaba con cautela por el rabillo del ojo y, una vez más, se vio abrumado por ese sentimiento de culpabilidad. Se sintió tan mal que estuvo a punto de gritar. Lo había intentado con todas sus ganas, pero el deseo de pegarle una bofetada a ese hijo suyo se hacía cada vez más abrumador.

Observó cómo Patrick Junior miraba a su hermano y luego le tendía la mano, como si no pasara nada, como si no existiera esa tensión en el ambiente. Lo peor era ver a Lance aferrando la mano de su hermano, como si de esa forma evitara ahogarse. Se dio cuenta de que Patrick estaba actuando, como siempre, como muralla entre los dos, una muralla que la separaba a ella de su segundo hijo, incluso físicamente. No hizo nada por retenerlo.

Lil apreciaba la ayuda que le prestaba su hijo mayor porque sabía que hacía todo aquello por ella, pues él tampoco apreciaba demasiado a su hermano.

Su hijo tenía la misma actitud con su hermano que su marido con Dennis Williams, que posteriormente agotó su paciencia. Al contrario que Dennis Williams, Lance sabía sacar el lado bueno de Pat.

Lil estaba preocupada, sin embargo. Dennis estuvo a punto de causar problemas en su propia casa y, aunque Pat los había resuelto, ella seguía un tanto resentida. No importaba lo que Pat dijera, o mejor dicho, no dijera, ella contaba con su madre para enterarse de las habladurías.

No obstante, estaba convencida de que los hermanos Williams siempre serían una fuente de problemas para ellos.

Dave estaba nervioso y no sabía qué clase de recepción le iban a dar cuando entrase en la oficina de Patrick. Esperaba, aunque era sólo una esperanza, que estuviera solo, que no tuviera que hablar con él delante de nadie. Creía que Pat le debía mucho, pero no podía exigirle; sus días de exigencias se habían acabado.

El hecho de que lo invitasen al club era un detalle porque sabía que si pretendía hacerle algo no sería allí, donde le viese o le oyese la gente. Necesitaba enterarse de lo que pensaba, no sólo por él, sino también por sus hermanos, que le estaban esperando para saber si podían estar seguros o no. La familia se había dividido y lo único que podía hacer por ahora es tratar de olvidar las diferencias. Si eso significaba tener que tragarse sus cojones, estaba dispuesto a hacerlo. Dave sabía que ahora le darían las sobras, pero tenía que aceptarlo y empezar de nuevo a ganarse la confianza de Patrick. Intentaría recuperar algo de las relaciones de trabajo que habían mantenido, así, al menos, sus hermanos y él tendrían algo que rascar.

Estaba también preocupado por lo que le había sucedido a Dennis. Sabía que Jimmy había estado de por medio, por lo que prefería no escuchar los detalles, aunque lo haría si fuese necesario y lo aceptaría como algo irremediable.

En pocas palabras, que no cesaba de recordarse que tenía que hacer lo que fuese mejor para la familia, él incluido. No le quedaba otra opción que aceptar que los buenos tiempos se habían acabado y que, por tanto, tenía que coger lo que le ofrecieran con la mayor dignidad y orgullo, hasta que todo se pasara.

Al menos eso es lo que no cesaba de decirse a sí mismo.

Aparcó su coche y caminó lentamente por entre el tumulto vespertino que reinaba en el Soho. Caminar por allí empezó a ponerle enfermo. En su momento ése había sido su territorio, el epítome de todo lo que había deseado e incluso conseguido, y ahora esas calles le parecían frías e inhóspitas, como si él ya no formase parte de ellas.

Las luces de neón y los pósteres chabacanos que mostraban mujeres desnudas y sus estrellas estratégicamente colocadas le resultaban extraños. El sexo se vendía por todos lados, pero subyacente a todo eso estaba el hedor de los proxenetas y de los Brodies, todos dispuestos a coger lo que se les antojase.

El olor de la comida china mezclada con la pasta era repugnante y las mujeres de piel grisácea que parecían salir sólo de noche tenían un aspecto siniestro. El maquillaje que llevaban, así como los atuendos baratos que vestían, le mostraron repentinamente lo falso que era el mundo en el que había vivido.

El Soho era todo espectáculo, pero si se raspaba la superficie te dabas cuenta de que estaba construido de mentiras y pretensiones. Él había sido parte de esa pretensión y ahora se veía obligado a mantenerse al margen. Era una lección cruel, una lección que no olvidaría jamás en la vida.

Ya nadie se percataba de su existencia. Ya nadie le saludaba, ni le recibían con los gritos joviales a los que tanto estaba acostumbrado. Vio incluso que algunos se escabullían deliberadamente de él, como si padeciese alguna enfermedad, aunque, de alguna manera, así era. Ahora era un intruso, y ése era el peor sentimiento que había experimentado en la vida.

Cuando entró en el ambiente cálido del club, ya no le quedaban ilusiones acerca del estatus que ocuparía dentro de esa comunidad de la que un día fue el líder.

La encargada del club, Lynda Marks, le miró de arriba abajo con obvio desdén antes de decirle:

– Le avisaré de que has llegado, si no te importa.

Su comportamiento le mostró lo bajo que había caído y eso le dolió donde más daño le hacía.

Si una cabaretera creía que podía hablarte de cualquier manera, entonces es que habías caído todo lo bajo que se puede caer.

Sabía, sin embargo, que tenía que aceptar cualquier cosa que le dijesen, pues había sido él quien lo había echado rodo a perder.

Pasarían años antes de que fuese aceptado de nuevo en los niveles más bajos de ese mundo que había considerado suyo y muchos más para que confiaran en él. Tenía que hacerle comprender a Patrick Brodie que se presentaba ante él con el sombrero en la mano y con toda la humillación del mundo, con la esperanza de poder sacar algo de todo aquel descalabro. Al menos una forma de vivir para él y sus hermanos. Necesitaba también averiguar si Dennis estaba muerto o vivo, y si quedaba algo de él que pudiera enterrarse o si le tendría que decir a su madre que no había restos sobre los que llorar. Mientras esperaba a que le concedieran audiencia, sudaba por los nervios y la boca se le quedó seca por el miedo.

– Mira ese par de luciérnagas.

La voz de Annie sonó dulce, como solía suceder en esos últimos días, y todo se debía a sus dos nietas gemelas, ellas eran la causa de todo.

– Son encantadoras, ¿verdad, mamá? Espero que ésta sea niña y con eso se acabó. -Lil puso la mano por debajo de su barriga y se la levantó cuidadosamente; era la más grande que había tenido nunca, por eso asumió que bien llevaba un niño o bien otro par de gemelas.

Ella, sin embargo, deseaba otra niña. Le gustaban las gemelas y, desde el nacimiento de Lance, le aterraba tener otro hijo, otro muchacho al que no pudiera querer.

Las gemelas estaban echadas una al lado de la otra, hablando en su propia lengua. Resultaba fascinante mirarlas. Eran como dos gotas de agua y, a menos que las conocieras muy bien, no había forma de distinguirlas. El amor obvio de su madre por ellas había terminado por ablandar hasta su duro corazón y su relación se había vuelto más fácil por esa razón, más de lo que había sido en mucho tiempo. Annie estaba siempre tratando de facilitar las cosas y la ayudaba, cosa que Lil apreciaba. Mientras miraba su atestado salón, notó el cansancio y la excitación que le provocaba el nuevo bebé.

Sólo esperaba que Patrick estuviera cuando llegase el momento de nacer. Siempre le estaba preguntando cómo se encontraba y aseguraba que podía averiguar el sexo del bebé haciéndole a ella preguntas y tocándole la barriga. Era como la mayoría de los hombres a ese respecto. No tenía ni la más mínima idea de lo que significaba llevar un bebé en tu cuerpo durante nueve meses, pero sin embargo se consideraba un experto. Ella era la que paría y él quien se llevaba la gloria. Como su madre decía, los hombres eran tan útiles como una chocolatera cuando una mujer estaba embarazada. Estaba de acuerdo con eso; por una vez en la vida le daba la razón.

Annie había sido últimamente como un ángel caído del cielo, ya que le había ayudado con la fiesta, las gemelas y con Patrick, que se pasaba el día perdido. Su cuerpo se estaba rebelando contra este bebé por alguna razón, así que estaba deseando parirlo de una vez y luego echarle un vistazo. Sólo una niña podía ser la causa de esas terribles e incómodas noches, además de la razón de su constante dolor de espalda y deseos de ponerse a llorar. Jamás antes se había sentido ni tan animada, ni tan desanimada mientras estaba embarazada.

Lance cogió en brazos a Eileen y la llevó hasta su cama. Lil sonrió ligeramente. Era muy bueno con sus hermanas, especialmente con Eiléen. Ese sentimiento tan extraño que experimentaba cuando él estaba cerca debía de proceder de ella, debía de ser su culpa. Lance trataba por todos los medios ganarse su amor, pero sabía que, independientemente de todo lo que hiciera para demostrárselo, él sabría en el fondo de su corazón que sólo disimulaba.

Eran las ocho y el club estaba casi vacío, excepto por algunos chicos de ciudad que les apetecía una copa, echar un vistazo a las strippers y un poco de juerga antes de irse a casa con sus mujeres. Cuando por fin condujeron a Dave hasta la oficina de Patrick, éste estaba a punto de llorar de lo nervioso que se encontraba.

Patrick estaba sentado en su mesa tomando un brandy; eso era una buena señal. También fumaba uno de sus puros, lo cual era otra buena señal. A Patrick le encantaban los habanos, todo el mundo lo sabía, pero siempre los fumaba en el club, jamás en casa.

Dave sonrió tembloroso y vio la pena en los ojos de Pat. En pocos meses se había distanciado enormemente de él y pudo percibirlo, especialmente ahora que había conseguido tener una cita con el hombre que no sólo le había arrebatado la vida a su hermano, sino el que le había proporcionado todas las cosas buenas, tanto a él como a sus hermanos, durante muchos años.

Pat le sonrió con tristeza.

– ¿Qué bebes, Dave?

Aceptó su oferta con excesivo entusiasmo y excesivo alivio. Resultaba engorroso mirarlo y Dave supo que eso haría más insoportable su humillación. Si ése era el tono que iban a adquirir las cosas, no estaba seguro de poder soportarlo.

Patrick lamentaba el apuro en que se encontraba su amigo. A él siempre le había caído bien el muchacho. No tenía ni la mitad tic cerebro, ni la mitad de agallas que su hermano mayor, pero poseía el suficiente coraje como para que Pat pensara que quizá valía la pena concederle una segunda oportunidad por respeto a su hermano muerto, Dicky. Lo había dejado participar sólo por su hermano y había cometido un error. Ahora estaba pagando por ello; todos lo estaban haciendo.

Le pasó la copa al muchacho y, en ese momento, Jimmy Brick entró en la pequeña oficina. El joven Dave se puso blanco al verle. Hasta los labios se le pusieron pálidos.

Eso molestó a Patrick. Dave debería haber esperado algo parecido, ya que él no iba a evitar el encuentro entre esos dos durante meses o años, ¿no es así? El mismo hecho de no haberlo esperado era otra razón para considerarlo un capullo, una pérdida de tiempo. Dave debería haber preparado su discurso, sus sinceras disculpas, debería haber comprendido lo importante que es la economía del lenguaje. Y, sin embargo, allí estaba, de pie, como un pasmarote.

Patrick miró a Dave e intentó transmitirle el mensaje con un discreto movimiento de cabeza, esperando que el muchacho reaccionara como se esperaba de él. O estaba dispuesto a luchar como un cabrón y mantenía su postura con respecto a la muerte de su hermano, o bien se lo guardaba y quedaba para siempre como un capullo, como un don nadie.

Dave no hizo nada y Patrick se quedó muy desilusionado, aunque no había esperado gran cosa. El ambiente de la habitación estaba tenso y enrarecido, pero ver encogerse de hombros a Jimmy con tanta indiferencia puso fin a ese episodio.

Dave vio cómo Patrick Brodie abrazaba a Jimmy como si fuese un hermano al que no había visto en años. Entonces se dio cuenta de que él debía de haber dado el primer paso y abrazar a Jimmy Brick como si todo lo ocurrido no fuese nada más que un estúpido error. Debería haberse dado cuenta de que Jimmy era ahora la persona que controlaba lo que él ganaría y las responsabilidades que tendría. La había jodido una vez más y nadie lo lamentaba tanto como Patrick Brodie. Había tratado de establecer un lazo entre los dos, pero Dave había sido demasiado estúpido como para darse cuenta. Dave observó la solidaridad que esos dos hombres se mostraban con el rostro triste y la cabeza gacha. Estaba acabado y no había necesidad de restregárselo por las narices, pues resultaba más que obvio.

Los ojos inexpresivos de Jimmy recobraron la vida y Patrick se dio cuenta de que estaban llenos de malicia. Estaba disfrutando de ese encuentro porque Dave estaba aprendiendo una lección muy importante que correspondía a Jimmy hacérsela entender, rápido y ligero, así no la olvidaría tan fácilmente.

Una vez más los hermanos Williams habían desperdiciado una irrepetible oportunidad.

Capítulo 13

– No me toméis el pelo. No pienso daros ni un penique.

Dave y Tommy Williams estaban llegando a un punto en que empezaban a considerar el asesinato como una opción. El hombre con el que discutían lo sabía, pero no le preocupaba, al menos no tanto como debiera. Ambos hermanos se dieron cuenta de que ni tan siquiera les prestaba atención. Colin Parker era un capullo, pero hasta entonces un capullo nervioso.

– ¿Dónde coño está el dinero, Col? Dánoslo o…

La voz de Dave sonaba insegura y Parker se dio cuenta de ello. Resopló con desprecio, su cara roja y sin afeitar le daban un aspecto aún más horrible. Era un tipo feo ya de por sí y sus resoplidos sólo lo hacían más feo aún.

– ¿Os puedo hacer una pregunta? -dijo con voz sosegada, como si la respuesta fuese muy interesante.

Dave asintió, llevado por la curiosidad.

– Por supuesto.

Colin sonrió, como si ése fuese un gesto sarcástico y valiente. Luego levantó las manos y dijo lentamente:

– ¿Tengo aspecto de estar asustado? Vosotros dos no me asustáis. Sólo sois un par de lelos.

Encendió un porro con las manos firmes y, cuando lo tuvo bien prendido, dijo con mucho sarcasmo:

– Sin vuestro hermano Dennis no sois nadie. Afrontadlo de una puñetera vez. Él era el único que tenía un par de cojones.

Colin Parker dibujó una sonrisa, ese tipo de sonrisa tan segura que resulta molesta. Era un jugador de poca monta, seriamente enviciado y con deudas aún más serias. No podía devolver lo que no tenía.

Colin era un tipo bajo, fornido y con la cabeza afeitada. Era uno de los miembros fundadores de la ICF [8], un chulo que creía estar por encima de los demás, alguien capaz de cuidar de sí mismo si llegaba el momento. Se peleaba en las terrazas casi todos los sábados, pero siempre cuando iba en grupo. Solo también se las podía apañar, pero siempre le gustaba llevar un grupo respaldándole. La seguridad numérica era su lema. Sin embargo, esos dos que tenía delante no parecían gran cosa. Y menos después de lo que había oído por las calles: que estaban en las últimas. En su momento, los hermanos Williams fueron personas a las que se les reconocía y respetaba, pero eso ya era agua pasada. Esos dos eran como Mutt y Jeff [9]. Daban tanto miedo como una monja con una pistola de agua.

Colin sabía que los hermanos Williams ya no eran los mandamases que fueron en su momento, por lo que no veía razón para darles un dinero que él estaba utilizando en su propio provecho. Una apuesta era una apuesta, y si podía retrasar el pago, mejor que mejor. No era de las personas que sintiera aversión a retrasarse en sus pagos para concederse algo de tiempo y resarcirse de su dinero o recuperar lo que debía.

Sonrió una vez más y dijo con convicción:

– Es cosa vuestra, capullos.

No había ni respeto, ni miedo en su voz. Su actitud se estaba repitiendo con mucha frecuencia en los últimos tiempos y eso fastidiaba. Dave se dio cuenta de que no le iban a sacar nada a ese tío si no empleaban unas amenazas más serias o la violencia. Pero Colin era un jugador de fútbol que se pasaba los sábados buscando camorra por las terrazas. Como ciudadano de Beleyn, nacido y criado allí, consideraba el North Bank como su territorio. Upton Park [10] era su excusa para hacer daño a la gente y el juego su excusa para relajarse.

Los hermanos Williams no suponían ya una verdadera amenaza en su opinión. Eran agua pasada. Incluso cuando estuvieron en lo más alto no le causaron nunca verdadero miedo. Les pagaba por Brodie, por nadie más, y siempre antes de que nadie se lo tuviera que recordar seriamente. Esta vez, sin embargo, le debía el dinero a Cain y Spider. Personas a las que prestaba menos cuidado incluso que a Dave y sus hermanos.

Cuando apostaba con Patrick siempre fue un buen pagador, lamas se retrasaba en liquidar sus deudas, no más de unos cuantos días, y siempre pagaba antes de la fecha límite, y con una sonrisa. Va nunca más. Ahora, al parecer, le debía uno de los grandes a alguien a quien sólo consideraba un cabrón negro y ambicioso, como si él fuese tan poca cosa que tuviera que rebajarse ante un capullo que no tenía ni media hostia. A Brodie le debería dar vergüenza por haber puesto a los negros como encargados de cobrar las apuestas.

Si no tuviera un trabajo tan importante en las terrazas separando a los hombres de los muchachos, habría ingresado en el ejército. Y ahora, además, tenía que soportar el insulto de ser acosado por un par de recaudadores de mierda que venían a reclamarle el dinero que tanto le había costado ganar para dárselo a los negros. ¡Qué asco!

Era un ultraje y se sintió ofendido.

– Dile a esos negros que no pienso darles nada.

Dave vio lo fútil que resultaba su nuevo papel y su hermano Tommy le estaba mirando con una expresión en el rostro que mostraba el poco aguante que le quedaba, que estaba esperando alguna clase de consejo. Dave deseó haber traído a Ricky también. Aunque era el más pequeño, no estaba a cada momento esperando que le indicara cuáles debían ser sus movimientos.

A él también se le había acabado la paciencia. Sabía que Colin Parker era un tipo duro, pero también sabía que si no regresaba con el dinero y se lo daba a Cain entonces se oirían las sirenas de las ambulancias, pero no por él, sino por ellos. No se sentía seguro de sí mismo, estaba hecho un manojo de nervios y su vida se había convertido recientemente en un culebrón. Armar broncas y beber alcohol era lo único que podía hacer aquellos días para salir del pozo de cieno en el que se veía inmerso. Se dio cuenta de que Colin Parker les estaba plantando cara, sólo eso, pero también se daba cuenta de que su táctica había funcionado. Salió del piso en Leytonstone con el corazón en la boca y el estómago completamente revuelto.

Respiró profundamente, tratando de calmarse mientras esperaba a que su hermano le siguiese.

– ¿Te estás cagando o qué te pasa, Dave?

Tommy le habló en voz baja, consciente de que podían oírle.

Dave negó con la cabeza y dijo murmurando:

– Esto es una mierda. Una puñetera y jodida mierda. Y nosotros somos los chivos expiatorios, gracias a ése que llamábamos nuestro hermano…

Tommy estaba harto de Dave y de sus gimoteos. Estaba muy enfadado y estaba de un humor de perros. Ya no era un tipo al que se le pudiera joder más. Algo había que decir y él sería la persona encargada de ello. Su enfado era patente, incluso consigo mismo, pero también con el hermano que tanto había admirado desde siempre. Los tiempos eran difíciles y las cosas estaban cambiando muy rápidamente, como vería Dave muy pronto.

– ¿Quién coño eres? ¿Y tú eres un hombre? ¿Uno de los Williams? ¿Le vas a dar a este tío una buena o qué? Tenemos que llevar ese dinero o estamos jodidos. Estoy más que harto de ti, ¿lo entiendes? ¿Te importaría por una vez concentrarte en lo que tienes entre manos? No pienso pasarme la vida lamentándome por lo ocurrido, ni pienso lamentarme por el gilipollas de nuestro hermano y sus errores. Lo único que quiero es el dinero, eso es todo. Y lo quiero ahora, Dave.

Dave asintió con total comprensión, pero sin ninguna clase de energía, ni de credibilidad. Estaba acabado, lo sabía, pero lo peor de todo es que Tommy también.

– Lo sé. Por supuesto que lo sé. Pero ya has visto a Colin, es un jodido cabrón. ¿Qué se supone que debemos hacer? Yo no quiero enfrentarme a él. No quiero seguir haciendo esto nunca más.

Y no lo hizo. Dave ya no tenía el valor necesario para enfrentarse a sus enemigos. Había perdido la excitación y la energía que traen consigo una buena pelea. Dave era un puñetero don nadie, igual que las personas a los que acosaban. Dave había cometido el último error; se había convertido en la persona de la que ellos dependían para su subsistencia.

Tommy cerró los ojos y suspiró, tratando de calmarse para poder hablar racionalmente.

– ¿Qué vamos a hacer, tío? ¿Cómo vamos a resolver este asunto? Por favor, Dave, cálmate y vamos a darle a este tío una paliza que se acuerde de nosotros.

Tommy estaba irritado y Dave se daba cuenta de ello.

– No sé lo que hacer, Tom. Necesitamos ese dinero, pero Colin es un puñetero loco.

Tommy suspiró. Podía oír y sentir el miedo en la voz de su hermano, su indecisión y su nerviosismo. Por un lado, comprendía su excesiva consideración por la familia, pero, por otro, le estaba tocando los cojones. Ya había escuchado bastante. Miró a su alrededor durante unos momentos, respirando el aire de la tarde, tratando de calmarse para no perder el control completamente.

Se encontraban en la terraza que había delante de los pisos, el aire olía a aceite grasiento y tabaco rancio. Podían oír el ajetreo y el bullicio típico de las viviendas de protección oficial a primeras horas de la tarde. Las jovencitas estaban vestidas con sus mejores galas y paseaban sin hacer nada, a la espera de algún joven que fuese su perdición. Los trapicheros ya habían salido a las calles en busca de su primera víctima y las viejecitas iban de camino al bingo, con sus guantes tejidos y sus sombreros de última moda. Todavía había algunos niños de unos tres años que jugaban en los portales, con la ropa sucia y con el rostro endurecido por el esfuerzo que suponía tener que criarse por sí solos.

Le recordaba su infancia y Tommy estuvo a punto de derramar lágrimas, lágrimas de furia y humillación por lo que estaba pasando. Tommy era un zoquete, según decían los del barrio. Era grande y podía pelear, además de que estaba en la edad en que podía dejar huella. Por eso no comprendía que sus hermanos mayores se contentasen con ser tan poca cosa. No podía creer que hubiesen echado a perder el trabajo de su vida, sólo porque le tenían miedo y eran muy cautelosos con Brodie. Pues bien, que le den por culo a Brodie, que se vayan a follarla todos ellos. El estaba dispuesto a dejar su huella, no importaba cómo, y pensaba luchar por ganarse el puesto más alto dentro de esa profesión que había escogido.

– ¿Qué coño vamos a hacer entonces?

Era una afirmación. Dave notó en la voz de su hermano un tono de rabia y desafío. Se percató de que era un don nadie para su hermano. Lo único que deseaba es encontrar las palabras apropiadas para explicar en qué situación se encontraban ahora.

– ¿Vas a responderme, Dave? Por lo que más quieras, sabes que tenemos que cobrar ese dinero y pienso hacerlo con o sin ti.

Dave sacudió la cabeza, sorprendido.

– No importa lo que hagamos, Tom. No conseguiremos nada con ello. Lo único que lograremos es el odio de Colin Parker y sus compinches.

Tommy le miró a la cara y se controló para no estamparle un puñetazo.

– Es uno de los grandes, eso es todo. Eso no significa nada para ese capullo. No creo que le estemos pidiendo nada del otro mundo, pero si no lo cobramos, podemos darnos por acabados. ¿Quién coño nos va a contratar en el futuro? ¿Para qué coño iban a hacerlo? O nos ponemos las botas ahora y le damos una lección a ese cabrón o vamos a estar comiendo mierda el resto de nuestra vida.

Dave sabía que estaba en lo cierto, pero él ya no quería en- (rentarse más a Jimmy Brick o Patrick Brodie.

– Le daremos una semana para que piense en ello, ¿de acuerdo?

Tommy negó con la cabeza, hizo un ruido con la garganta y escupió en el suelo. Luego volvió a entrar en el piso, cogió una silla de la cocina y la partió en la cabeza de Colin Parker.

Colin se quedó tan sorprendido como Dave. Trató de andar a gatas por la habitación, con la cabeza sangrando y tratando de abrir la boca para lanzar algún tipo de advertencia, pero apenas pudo musitar un gruñido. Tommy William le golpeó una y otra vez. La rabia y el desengaño lo habían convertido en una persona decidida y viciosa. Parker trató de meterse debajo de la mesa, pero Tommy le siguió pateando una y otra vez hasta que se hartó y vio que Colin yacía muerto. Tommy le quitó las joyas, el dinero y salió una vez más.

Miró a su hermano mayor y le dijo con cara de odio:

– Qué te den morcilla, Dave. A ti y a Brodie.

Se metió en el bolsillo lo que había cogido y se alejó de su hermano, sin mirar ni tan siquiera para atrás.

Dave lo observó marcharse, con el corazón compungido porque sabía que había sido derrotado y humillado, pero con toda la razón del mundo. Sabía lo que podía pasar si uno pretendía más de lo que podía y lamentaba no habérselo podido explicar a sus hermanos más pequeños.

Spider y Cain estaban en el club que solían frecuentar en Paddington. Los clientes habituales les hicieron el gesto de saludo que esperaban y, después de cruzar la barra principal que conducía hasta la pequeña oficina que había en la parte trasera, saludaron a todos los presentes con una sonrisa y los gestos habituales.

El club era de su propiedad, aunque eso nadie lo podría probar, pues no pagaban ni los impuestos más legítimos. De todas formas, no eran muy amigos de permanecer en el mismo sitio por mucho tiempo, en parte por la bofia. Este sólo era otra guarida, eso era todo. Nada de lo que mereciese hablar, ni tampoco un lugar donde pudieran encasillarlos a ellos.

En la habitación trasera, a la que llamaban oficina por la simple razón de que no encontraba una palabra más adecuada, estaban Jimmy Brick y Patrick Brodie. Resultaba evidente que ambos se sorprendieron de verlos, pero que se recuperasen de la sorpresa ion tanta facilidad le resultó sospechoso a Patrick Brodie.

– ¿Qué pasa, tío? ¿Cómo te va? -dijo Spider, siempre feliz de ver a su amigo.

Patrick sonrió.

– Bien -dijo-. Como siempre.

Se levantó y estrechó la mano de su amigo con firmeza, para demostrarle que estaba en forma pasara lo que pasara.

Patrick se sentó y miró a Cain fríamente.

– ¿Qué pasa? ¿Cómo te va, colega?

La pregunta estaba cargada de malicia y Patrick se alegró de ver ese fogonazo de miedo que pasó brevemente por los apuestos usgos de Cain. Había dado en el blanco y esperaba que eso fuese suficiente para meterlo en vereda.

Sin embargo, Cain recuperó el equilibrio muy rápidamente y se encogió de hombros despreocupadamente. Luego, llevado por la arrogancia e inexperiencia de la juventud dijo:

– Mejor que nunca.

Spider observó la mirada que se intercambiaron Jimmy y Patrick y su instinto natural lo puso en alerta.

Me alegra oír eso.

Patrick arrojó un fajo de billetes encima de la mesa.

– ¿Por qué le estáis concediendo crédito a personas como Colin Parker?

Los ojos de Spider se abrieron de par en par al oír esas palabras. Nadie hubiera observado que se ponía nervioso por lo que había dicho Patrick. Sin embargo, Patrick sí lo sabía, razón por la cual las pronunció de sopetón.

– ¿Sabías algo acerca de eso?

Spider esperaba la pregunta tanto como Patrick esperaba que lo supiera. No lo habría preguntado de no ser así. Brodie no deseaba cogerle desprevenido, deseaba paz a toda costa.

Estaban sencillamente interpretando, por lo que Spider apreció la decencia de su amigo y la sinceridad con la que le habló. Spider estaba tan molesto que podría haber empezado a aporrear a su hermano con lo primero que pillase a mano. Sin embargo, respondió con honestidad:

– Por favor, Pat. Ya sabes que yo jamás toleraría semejante cosa.

Cain percibió el tono enojoso en la voz de su hermano, pero era demasiado novato en ese juego como para darse cuenta de que estaba siendo criticado por los tres jugadores principales que había en la habitación, su hermano incluido.

Cain no era consciente de lo enfadado que estaba Patrick Brodie con él, ni que se había metido en el territorio de otro. No comprendía aún que era por su hermano por lo que habían sido tan tolerantes con él.

Cain era lo suficientemente astuto como para darse cuenta de que se había ganado una seria reprimenda, pero sólo estaba interesado en liberarse de responsabilidades.

– ¿He hecho algo malo? -dijo.

Cain se comportó groseramente y estaba muy colocado. No tenía ni pizca de cerebro si pensaba que se iba a librar de ésa. Estaba de pie, al lado de Patrick, y tenía las manos abiertas y con gesto suplicante. Su conducta denotaba que había metido la pata, pero que estaba dispuesto a aprender de los errores. Sin embargo, también era un gesto que indicaba que estaba tomándose su tiempo, que todos ellos eran dinosaurios, su hermano incluido. Tenían la impresión equivocada de que era demasiado inteligente como para que nadie lo cogiera, que nadie sabía en realidad qué asuntos se traía entre manos.

Spider se rió a carcajadas y le propinó un puñetazo a su hermano con más fuerza de la acostumbrada.

– ¿Le has concedido crédito a un chorizo racista como ése?

Cain se encogió de hombros con arrogancia.

– ¿Y qué importa lo que piense? Quería seguir jugando y ahora nos debe más dinero.

Patrick señaló el dinero que había encima de la mesa.

– No te debe nada. Ahí tienes doscientos por tus problemas.

– Pero todavía me debe uno de los grandes -respondió de inmediato, sin darse cuenta a quién se estaba dirigiendo, sin respeto.

Patrick le miró con un desprecio frío y calculado.

– Tú coge lo que te he dado.

El ambiente estaba cargado de malicia y Cain se sorprendió al ver que su hermano estaba del otro lado. Por primera vez en su vida, estaba solo y no le gustaba.

Spider estaba muy enfadado. Sus gruesas trenzas parecían cobrar vida cuando perdía la calma.

Cain fue muy rápido en notar que Patrick ni se había inmutado, pero su hermano estaba que echaba chispas. Jamás había experimentado una cosa semejante y no estaba impresionado. Él estaba produciendo «ganancias», que es para lo que ellos se suponía que estaban. Entonces, ¿por qué se lo reprochaban? ¿Se le estaba ultrajando por sacarle unas cuantas libras a esos cabezas rapadas que él tanto detestaba? La cuestión era sacarle la pasta a la gente, para eso es para lo que estaban allí.

– No sucederá nunca más, Pat. Te lo garantizo.

Spider habló con respetuosa autoridad y eso molestó a su hermano aún más. Se suponía que Spider era alguien importante. Se suponía que Spider y Patrick eran socios. ¿Por qué entonces su hermano actuaba como un jodido recadero?

Patrick sabía lo que Cain andaba pensando; de hecho, lo esperaba. El muchacho era joven, impetuoso y, si lo que había averiguado era cierto, entonces también estaba pidiendo a gritos una buena patada en el culo.

– Tómate el día libre, anda -dijo.

La risa que sonó en la habitación hizo más daño que nada.

Patrick sacudió la cabeza completamente incrédulo. El muchacho era un jodido borrachín. Estaba loco de remate si pensaba que eran tan gilipollas que lo iban a considerar un hombre de negocios. ¿Quién en su sano juicio le dejaría dinero a gente como Colin Parker? Parker era un jugador del que uno sólo se podía fiar si pagaba al contado. Era tan mentiroso que si le preguntaban qué ha desayunado, mentiría, diría que comió salchichas y luego se inventaría que alguien se la había robado. Era también miembro del ICF, una organización con la que más valía no mezclarse. Ellos salían solamente a buscar bronca, no tenían otro propósito. Patrick no tenía ganas de tener problemas con ellos por una simple deuda. Lo habría hecho si no quedaba más remedio; eso por descontado. Pero no quería que la atención recayera sobre él o sobre su organización por un asunto tan trivial. Si Cain pensaba que iba a ascender prestando dinero a tipos como Parker, entonces es que era un retrasado mental o necesitaba que le pusiesen las cosas claras.

En cualquier caso, eso correspondía a Spider y Patrick se alegró de poder dejar ese asunto en sus manos. Si Spider fracasaba, entonces él intervendría sin pensárselo dos veces. Vio que Cain aún se encontraba alterado, así que decidió pararle los pies de una vez por todas.

– No crees que esto sea lo correcto, ¿verdad?

Patrick y Spider vieron que Cain continuaba molesto y que ninguno se había percatado dónde radicaba el problema. Como la mayoría de los jóvenes, había puesto en función una serie de mecanismos que podían traerles muchos problemas. Era tan estúpido que hasta llegó a preguntarse por qué lo marginaban de esa manera. Era tan jodidamente arrogante que no tuvo ni la argucia de preguntarle a los mejores y así aprender una lección para el futuro.

Cain no le respondió. Tenía el orgullo herido, pero la sensatez le dijo que más le valía que tuviera el pico cerrado. La forma en que Jimmy Brick lo miraba le resultaba desconcertante, por no decir otra cosa, así que decidió dejar el asunto por el momento.

– Le prestas dinero a gente que devolverlo lo consideran un anatema, especialmente a personajillos como tú. Tommy Williams ha terminado matando a Colin Parker por uno de los grandes. «Por sólo uno.» Una puñetera inmundicia, y tú has sido la causa de esa muerte. La muerte de Parker podía haber puesto a la policía tras nosotros y vernos enchironados. ¿Y todo por qué? ¿Por uno de los grandes? Eres un pobre lelo. Nosotros no necesitamos que nadie nos cause ese tipo de problemas, y cuanto antes te enteres, mejor.

Patrick miró al apuesto joven que tenía delante y deseó poder tratar con él de otra manera, pero no podía. Cain tenía que aprender en qué consistía la vida por la vía rápida y Spider lo había protegido excesivamente. Ahora estaban todos en la cuerda floja por un pelele como Parker. Después de todo, Parker era un ciudadano y, cuando la gente muere, los demás empiezan a hacerse preguntas.

Spider sacudió la cabeza desesperado. Cain iba a recibir la paliza de su vida y él pensaba disfrutar dándosela. El muchacho necesitaba aprender cuáles eran los límites y las pautas a seguir en su mundo. Y ahora era un buen momento para impartir esa lección; como cualquier otro, si se trataba de aprender la realidad.

Jimmy Brick lamentó que no se hubiesen necesitado de sus servicios. A él no le gustó Cain nunca, pero Spider había sido uno de sus héroes cuando era un chaval. Un tipo a imitar, una leyenda en su mundo. Además de que fue el primero que le proporcionó el primer trabajo de verdad.

Ahora, sin embargo, veía a Spider como un hombre normal, alguien que estaba asustado de su propio hermano. La familia era un auténtico estorbo en los negocios, pues solía ser utilizada como arma. Si un hombre estaba solo, estaba seguro y podía ser valiente y honorable. Sin duda era una ventaja no tener nadie a quien cuidar, salvo a ti mismo. Las familias eran un peligro, las familias y los niños habían provocado el derrumbe de hombres muy importantes. En cuanto tienes alguien de quien cuidar, es como si tuvieras un agujero en tu armadura. Se te abre un agujero enorme en tus defensas que la gente utilizará en contra tuya sin dudarlo. Jimmy sabía eso porque él haría lo mismo si no obtenía lo que deseaba.

Spider era un tipo duro a los ojos de Jimmy, pero ya no sería lo mismo después de haberle visto tener que tragarse la mierda de su hermano. Especialmente porque su hermano menor no se merecía esa lealtad, ni tampoco que por él pusiera en peligro la amistad que él y Brodie habían mantenido durante años. Cain no iba a dejar pasar las cosas, estaba demasiado preocupado por lo que la gente pensara de él dentro de su mundo.

Eso ya de por sí constituía un motivo de preocupación, pero Jimmy pensaba que lo mejor era mantenerse al margen, observar cómo se jugaban las piezas y luego decidiría de qué lado estaba.

Hasta entonces, seguiría tal y como estaba.

Sin embargo, sabía una cosa: eso no se había acabado, ni por asomo.

– ¿ Pero todavía estás aquí? -preguntó Patrick en voz alta.

Lil, a pesar de lo mucho que le molestaba la forma que tenía Patrick de saludar a su madre, casi se echa a reír. Su madre había decidido tomárselo de buena manera, aunque era bien sabido por lodos que lo hacía por simple malicia.

Annie suspiró teatralmente, puso los ojos en blanco y levantó el busto, pero dibujó una sonrisa que resultaba evidente para todo aquel que la estuviese mirando.

Los chicos estaban sorprendidos, al igual que su padre.

– ¿Te encuentras bien, mujer?

Annie se rió como una chiquilla de escuela y Patrick no sabía si debía reírse de la vieja o preocuparse. Había cambiado tanto en los últimos meses que se preguntaba si los cuentos que le contaba su abuela tenían algo de verdad.

Empujó a Lil dentro de la cocina y murmuró:

– ¿Está tomando drogas o algo parecido? Ya me había acostumbrado a que estuviera siempre jodiendo la marrana y ahora parece que se ha reencarnado en Doris Day.

Lil se reía a carcajadas y Patrick estaba contento de verla así. Llevaba mucho tiempo sin verla así de feliz y, a veces, se sentía culpable porque sabía que pasaba el día preocupada por él.

– ¿Cómo te encuentras, cariño?

Se encogió de hombros.

– Hecha una mierda. Me sentiré bien en cuanto tenga el bebé. Es el peor embarazo que he tenido, pero ya sabes que no soy una persona a la que le guste ir lamentándose.

Patrick la estrechó entre sus brazos, reconociendo la certeza de sus palabras.

Tenía aspecto de estar enferma. Estaba tan pálida y débil que le preocupaba su estado. Prefería conservar a su esposa antes de tener otro hijo, aunque no expresó en voz alta sus pensamientos. La verdad es que no tenía un aspecto saludable, así que le dijo:

– Siéntate y trata de quitarte ese peso de encima. Voy a prepararte algo de comer.

Annie no había salido de la cocina y él se sintió agradecido por ello. Normalmente, habría estado comportándose como una vaca loca y habría tratado de hacerle sentir como un auténtico inútil en su propia casa. Aunque él era capaz de hacerla callar, a ella le gustaba ponerle las cosas difíciles.

La Annie de ahora, la nueva Annie, era como una espina en el costado. Él la prefería cuando se comportaba como una puñetera hija de puta, pero sabía que no era el mejor momento para mencionar una cosa así.

En lugar de eso, se puso a ayudar a su esposa a preparar unos sándwiches y un poco de té. Que fuese ya más de medianoche carecía de importancia. Patrick era de esos hombres que esperan que su mujer cumpla con sus obligaciones a todas horas y siempre que ellos deseen. A él le resultaba normal que ella le preparase algo de comer cuando regresaba a casa y que hablaran de los acontecimientos del día cuando ya todo el mundo está metido en la cama. A ella, además, le agradaba. Por muy cansada y pesada que se sintiera, Patrick seguía siendo su prioridad; él, ese hombre egoísta, y los hijos que había engendrado con ella. Lil le agradecía cada día de su vida que la hiciera sentir necesitada, valorada y deseada. Él le había proporcionado una vida que ella no se habría ni atrevido a soñar y pensaba agradecérselo de todas las maneras posibles.

A Lil le gustaban esos momentos, cuando estaban juntos y el resto del mundo dormía. Entonces sentía que podía disfrutar de su marido para ella sola. Podía palpar el amor que le mostraba y sabía que, pasara lo que pasara, ella era lo más importante de su vida, ella y sus hijos.

Mientras ponía mantequilla en el pan y enjuagaba la ensalada, Lil notó una patada del bebé. Había sido una patada muy fuerte que la hizo doblarse. Patrick la agarró y se rió con fuerza.

Mientras la sostuvo en sus brazos, ella le miró su apuesto rostro. Él le dijo alegremente:

– ¡Vaya tela, Lil! Me ha dolido hasta a mí. Se nota que es otra Brodie, otra que está esperando para salir al mundo y comérselo. Hacemos buenos niños, Lil, los mejores. Todos nuestros hilos llegarán a ser algo importante, de eso estoy seguro. Debemos estar agradecidos por ello.

Patrick le miró a los ojos y vio las enormes ojeras que tenía y lo hundidas que tenía las mejillas. Se dio cuenta de que esta vez se encontraba verdaderamente enferma, que el bebé le estaba quitando la salud y que él no se había dado cuenta hasta ese preciso momento. Le esperaba a que llegase todas las noches y él aceptaba que se levantase, le preparase la comida y estuviese escuchando mientras él hablaba de sus asuntos. Repentinamente se sintió culpable por no haberse dado cuenta de la presión que ejercía en las personas que le rodeaban. Cuando la sostuvo, se sintió avergonzado de no haberse dado cuenta de lo delgada que estaba; lo único que le quedaba era la barriga del niño. Su otra vida fuera del hogar le parecía, en ocasiones, más real que los pequeños dramas con los que tenía que bregar su esposa a diario. Sin embargo, ahora apreció verdaderamente lo que su esposa hacía por él, ya que procuraba en todo momento que las preocupaciones que tuviese no estuvieran relacionadas con su hogar y su familia. Oyó que la puerta principal se cerraba y se dio cuenta de que su suegra había salido de la casa en silencio. Entonces se dio cuenta de que ni eso había sabido apreciar. Sabía lo mucho que le molestaba su suegra por el mero hecho de respirar el mismo aire que él, y se dio cuenta de que esa mujer que él tanto humillaba y odiaba hacía la vida de su esposa más fácil con su sola presencia y sus pequeños favores, aunque tuviera que pagar su precio.

Mientras abrazaba a su esposa, sintió la enorme fuerza de su sexo y de su bondad; una combinación que le provocaba mucho miedo. Como la mayoría de los hombres de su generación, se dio cuenta de que no le había prestado la debida atención ni como esposa, ni como madre de sus hijos. En cierto momento incluso había llegado a dirigir sus clubes y se había ganado el respeto por su sagacidad y astucia. Ahora, gracias a él, estaba de nuevo convertida en una simple ama de casa al cuidado de sus hijos, y ella lo había aceptado de la misma manera que aceptaba todas las cosas en la vida; es decir, con dignidad y sin provocar ningún tipo de discusiones. Patrick se sintió como un cabrón, pues prácticamente se había olvidado de ella y de todo lo verdaderamente importante en su vida mientras resolvía otros asuntos. Se sentía enormemente culpable. Lo peor de todo es que estaba delante de una mujer que estaba en las últimas y, sin embargo, trataba de ocultárselo para que él no se diera cuenta de que necesitaba su apoyo.

Le besó dulcemente en los labios, en los ojos, en el rostro mientras ella permanecía de pie, pacientemente, y le permitía que accediera a ella como lo había hecho siempre.

Su Lil era una mujer de una sola pieza, una luchadora a la que tenía que mirar desde muy cerca, como estaba haciendo ahora, para que le dijese algo de ella, pues siempre se había procurado librarle de las preocupaciones y que se sintiera feliz y contento cuando regresara a casa. Sin embargo, tenía muy mal aspecto y eso empezaba a inquietarle porque no sabía cómo decírselo sin herirla. Siempre que había estado embarazada, se había sentido feliz y en buen estado de salud, y jamás le había pedido nada que él no estuviera dispuesto a concederle. Y, además, le había hecho que se sintiera bien mientras lo hacía.

Lo peor de todo era que él la había necesitado esa noche, más que nunca, y fue ese deseo carnal el que le hizo darse cuenta de que la vida que había elegido le había afectado a ella y a los que le rodeaban.

Por primera vez estaba viendo la vida de su esposa desde su perspectiva, y eso era algo de lo que no podía sentirse orgulloso, ni algo en lo que quisiera pensar más de la cuenta. En su lugar, la hizo sentarse en la silla más cercana, procuró que se relajara y se quedó a cuidar de ella, para variar. Sin embargo, aquello era una espada de doble filo. Ella sabía que era un gesto de su parte y simuló que él lo hacía todo exclusivamente por ella.

Ver a Patrick mirándole con esa tristeza y preocupación era más que suficiente para que Lil deseara darle un bofetón en la cara. Odiaba que por el hecho de estar embarazada Patrick la viese como una persona débil y necesitada, pues la hacía sentirse inútil, ya que él no era de los hombres que valoraban a las mujeres. Siempre que había estado embarazada, se había dado cuenta de la enorme importancia que tenía lo que hacían las mujeres, de lo muy capacitadas que estaban.

Sin embargo, ese milagro de la vida aún era considerado una banalidad entre los hombres, a pesar de que ellos no podían hacerlo y tenían que confiar en las mujeres para poder llevarlo a cabo. Además, tenían que confiar en ellas, pues sólo ellas sabían con certeza si el hijo que llevaban en las entrañas les pertenecía. Los hombres tienen que dar por ciertas sus palabras, ya que si el hombre en cuestión elegía a una mujer en la que no confiaba plenamente, entonces no sabía lo que le esperaba. Los hombres que habían elegido a la ligera se pasaban la vida dándole vueltas al asunto y tratando de convencerse de que los niños que llevaban sus apellidos y a los que les costeaban todas sus cosas eran en realidad suyos. Patrick Brodie sabía que él no tenía por qué preocuparse en ese sentido, ni ahora, ni nunca. Por eso, a pesar de que su marido sintiera pena por ella, Lil sabía que era la que mandaba porque siempre lo había tenido en primer lugar, había respetado su trabajo y había criado a sus hijos.

Lil conocía los pensamientos y sentimientos de su marido, pero no pensaba hacérselo saber ahora. Lil, como cualquier mujer que vale su peso en oro, trataría de hacerse valer. Amarle era una cosa, pero aceptar esa clase de trato era algo muy distinto. Se sentía molesta por la forma en que había decidido hacerle ver que se daba cuenta de lo que había sido su vida. Por un lado, era un insulto; por otro, algo que merecía valorar. En cualquier caso, mantendría la boca cerrada, ya que no quería provocar una pelea. No obstante, en momentos como ése, prefería que no desempeñase el papel de «hombre bueno y bondadoso».

Patrick empezó a notar que se sentía molesta, pero ella sonrió y permitió que la mimase y la quisiera. Después de todo, era tan solo un hombre y, como su madre decía a cada momento, ni siquiera sabían salir de un vientre a menos que una mujer los empujase hacia afuera. A partir de ese momento, lo único que hacían era tener una mujer o mantenerla. En algunos casos, intentaban ambas cosas. Pero cuando ya todo estaba dicho y hecho, las mujeres eran las que gobernaban el puñetero mundo.

Al ver que Patrick le sonreía con petulancia y la rodeaba de nuevo con sus fuertes brazos, ella se sintió completamente convencida de ese hecho.

Capítulo 14

Spider estaba que echaba chispas y él no era ningún tonto. Cain le estaba cabreando ya más de la cuenta, pues, al parecer, tenía la falsa impresión de que estaba más metido en el rollo que su propio hermano. Estaba en esa edad en que, si se tienen más libras de la cuenta y alguien te lo ha dado todo regalado, se creía el ganador de un Mastermind; tema elegido: los trapicheos y el tráfico de drogas. Se le había subido tanto a la cabeza que ahora se creía capaz de poder dirigirlo todo desde el taburete de un bar y que su hermano, que había tenido la gentileza de allanarle el camino hacia el mundo de los ricos y el dinero, tenía tan pocos sesos como un hincha del Millwall. Resultaba irrisorio, pero lo peor de todo es que había logrado asustarle. Y eso sí que era motivo para asustar a Spider.

La vida ya resultaba bastante dura sin que su hermano empezara a engendrar deseos de matar. Era como si de repente se hubiese creído el cerebro de todo el meollo. Parecía mentira. El chaval al que se lo había enseñado todo, el mismo al que había corrompido, ahora se creía el más listo y el que más cojones tenía.

Cain lo había tomado por un gilipollas que no se daría cuenta de lo que se estaba cociendo bajo sus propias narices, que su traición pasaría inadvertida y, más aún, que no sería castigada. Lo pensó bien. Si no fuese tan trágico, sería para echarse a reír.

Los hermanos Williams eran unos parias dentro de la comunidad y ¿qué se había propuesto Cain? ¿Convertirlos en sus compinches a costa de lo mucho que él había trabajado y poner en riesgo todo lo que había logrado? Por lo que se veía, Cain estaba dispuesto a pasar de él, dispuesto a olvidarse de todo. No había tenido en cuenta a nadie, salvo a él mismo y a esa mierda con la que al parecer se estaba juntando. Jasper el Rasta ya era un tipo malo de por sí, lo conocía bien porque había estado tratando con él desde hace un tiempo, pero si se unía a los hermanos Williams se podía originar una catástrofe de dimensiones olímpicas.

Además, se había considerado tan listo que llegó a pensar que Spider, su hermano mayor y la persona que se lo había enseñado todo, no se enteraría de dónde pasaba las noches, ni de lo que estaba haciendo cuando no aparecía por casa.

Spider tenía ahora la nada envidiable tarea de contarle toda la historia a Patrick, aunque presentía que él ya estaría enterado, pues había pocas cosas que él no supiese.

Los hermanos Williams le habían ofrecido a Cain el oro y el moro y le convencieron de que ellos eran las personas adecuadas para ayudarle a subir a lo más alto. Cain se lo había tragado todo, como buen gilipollas que era. Quizá eso fuese lo que más le molestaba a Spider: que su Cain, su hermano, hubiese sido tan estúpido como para confiar en ellos, como si se pudiese confiar en unos niñatos blancos. Niñatos que estaban en la cadena alimenticia por debajo incluso de las putas que iban a chulear, nenacos con menos fuerza que las drogas que pensaban camellear, tipejos más traicioneros que Judas Iscariote.

Cain había sido desde siempre un vanidoso y suponía que los hermanos Williams habían sabido explotar esa cualidad.

Los hermanos Williams se creían que eran los nuevos tipos duros del barrio. Pensaban que si tenían a Cain de su lado podían hacer lo que quisiesen y salir bien librados, pues estaba asociado ion Brodie. Lo que no habían tenido en cuenta es que esa asociación se debía a él, que había estado del lado de Patrick desde el primer día.

Cain estaba utilizando «su» reputación y «su» buena voluntad con Patrick para sus propios fines. Los hermanos Williams pensaban que estaban protegidos gracias a sus conexiones y que su hermano terminaría quedando como un estúpido. Los hermanos Williams lo habían tomado por un lelo, igual que su hermano. Habían deducido que él cuidaría de su hermano para que no le pasase nada, y en parte estaban en lo cierto, pero ahora, tanto uno como otros, se habían pasado de la raya y él no estaba dispuesto a aceptarlo.

Por mucho que Spider quisiese a su hermano Cain, él tenía una reputación y la reputación no se pierde ni por putas, ni por capullos. Ese era uno de los lemas de su padre, cuya certeza había comprobado en muchas ocasiones. Los hermanos Williams empezaban a hartarle más de la cuenta, aunque jamás había tenido demasiado tiempo para ellos. Cain lo había puesto en una situación demasiado engorrosa y ahora tenía que hacerle ver el error tan grave que había cometido. Spider necesitaba recuperar el control después de todo el alboroto que Cain había ocasionado y había echado sobre sus espaldas.

Spider estaba decidido a que el accidente que los hermanos Williams iban a tener sucediera temprano antes que tarde, pero eso no incluía a su hermano. Cain era un auténtico capullo. Por eso empezó a considerar una posibilidad que jamás antes había previsto. El no salvaría el culo de Cain por la simple razón de que no sabía comportarse, ni pensaba arriesgar la imagen que se había forjado, ni la opinión que tenían de él. Cain no iba a echar a perder todo su trabajo dejándolo como un lelo que no se da cuenta ni de lo que pasa debajo de sus narices.

En muy poco tiempo, Cain había pasado de ser una persona en la que se podía confiar a otra a la que uno no se atreve ni a dejarle las llaves del coche. Un cambio muy brusco para dos hermanos que siempre estuvieron orgullosos de su relación filial y que, en su momento, llegaron a creer que juntos se comerían el mundo. Spider tenía que replantear de nuevo la relación y tratar de mitigar los daños en los que pudiera incurrir Cain si era tan gilipollas como para no hacer caso ni de él, ni de sus enseñanzas.

Por encima de todo, Cain había roto la regla de oro que siempre había tratado de inculcarle: jamás consumas lo que vendes, ya sea mujeres o drogas. Y si lo que había oído era cierto, los hermanos Williams se comían a raudales la ketamina y las anfetaminas, además de que la heroína estaba siempre encima de la mesa. Eran un caso perdido y, como todos los casos perdidos, les gustaba arrastrar a alguien con ellos al pozo. Cain se estaba alejando de él día a día.

Spider estaba dispuesto a quitarse a su hermano de un plumazo si se convertía en un inconveniente, y en más de una ocasión se lo había advertido. Siempre le había dicho que, en el mundo en que vivían, no había espacio para sentimientos de ningún tipo. Una vez que tienes una mancha en tu expediente, estás fuera, aunque seas de la familia. La confianza lo era todo; eso y la cárcel. Una vez que la confianza se rompe, nadie está seguro, y en eso se incluye a niñatos que han tenido la suerte de tener una familia que mire por ellos y que le ofrece los mejores puestos de trabajo, sin importar que fueran demasiado estúpidos para comprenderlo. La sangre era algo que se podía suplantar por un bien mayor y para recuperar el equilibrio perdido. No era una cuestión personal, es que así funcionaban las cosas.

Llegar a lo más alto había sido el único propósito de Spider en la vida, y si para ello tenía que quitar de en medio a un miembro de la familia, entonces no lo dudaría.

– ¿Qué sucede?

Lil salió del salón y entró en el vestíbulo, alertada por los griteríos de su madre. Sabía, sin necesidad de preguntar, que pasara lo que pasara la causa era su segundo hijo. Resultaba extraño, pero sabía de antemano que eso tendría que ocurrir tarde o temprano: que un día alguien llamaría a su puerta con odio en el corazón y escupiendo profanidades.

Le resultaba incluso reconfortante poder demostrar de una ve/, por todas y en boca de un inocente transeúnte que sus sentimientos por su hijo estaban fundados, que no carecían de razón de ser.

Lil sabía que Lance era un camorrista y sabía que se debía a que siempre había permitido que su madre le solucionara los problemas y actuaba en connivencia para que se librara de ellos. Eludir el problema sólo había servido para que esta mujer viniese a su casa, por eso supo que debía de ser bastante serio para que ella se presentase en persona. La mayoría de las mujeres no habrían tenido el coraje necesario para hacerlo.

Aquel día, sin embargo, ella estaba preocupada por la fiesta de Pat Junior y tenía la barriga más pesada que nunca. Cuando vio que su madre defendía a su nieto con todas sus fuerzas, ya no pudo soportarlo más.

– ¿Qué sucede? -preguntó Lil con voz firme y con una vehemencia poco usual.

Janie Callahan, la mujer que estaba en la puerta, recordó con quién estaba tratando. Estaba tratando con Lil Brodie, la mujer del hombre al que todos reverenciaban y temían en igual medida. Lil era una mujer que se había ganado su sitio y a Janie le caía muy bien, pero hoy sabía que tenía que ponerse firme. Supo que era necesario que hablase con ella, no con su madre. Annie Diamond era una hipócrita que sólo era respetada porque todos temían al hombre con el que estaba casada su hija. Y bien que sabía explotarlo. Era una mujer desagradable y odiosa que siempre estaba utilizando el nombre de su hija para sus propios fines. Sin embargo, estaba decidida a ponerle fin porque Janie no estaba dispuesta a soportar más.

A las demás personas les aterrorizaba quejarse de los hijos de Brodie y, en parte, se debía a que Annie siempre los protegía, hicieran lo que hicieran. El peor de todos, sin duda, era Lance. Lance caminaba en la cuerda floja y era consciente del poder que tenía su apellido. Lance era un chulo y a los chulos hay que meterlos en rienda más tarde o más temprano.

Janie Callahan era como cualquier madre que valga su peso en oro: una mujer dispuesta a enfrentarse a cualquiera con tal de proteger a sus hijos. Si aquello significaba tener que enfrentarse a Annie, no sería ella la que dudase en hacerlo. Y si para eso tenía que enfrentarse a Lil, pues a ella también. Sin embargo, sabía que Lil era una persona razonable, una mujer con sentido común; al menos eso esperaba.

Janie estaba suficientemente enfadada como para enfrentarse a todos ellos, Patrick Brodie incluido. Sus hijos necesitaban saber que ella les protegía, necesitaban sentirse seguros y ella estaba decidida a que así fuese, costase lo que costase.

– Lil, vete dentro, no creo que estés en condiciones de tratar un asunto como éste -le dijo la madre.

Lil vio el gesto de confusión que su madre llevaba en su arrugada cara y la apartó de su camino, con poca delicadeza por cierto. Ese gesto fue suficiente para hacerla callar.

A Lil siempre le había gustado Janie y quería saber por qué venía a su casa armando ese escándalo. Debía de ser serio porque Patrick Brodie era un hombre muy temido y sabía que no le habría costado mucho trabajo tomar la decisión de presentarse en su casa. Lil suspiró profundamente, preguntándose qué habría hecho su hijo para que mereciese esa reacción.

– Apártate, madre. Entra Janie y dime qué pasa.

Lil tenía la voz sosegada y se echó a un lado para que pudiera entrar Janie. Necesitaba resolver el problema, pero antes necesitaba saber por qué la mujer estaba tan contrariada. Deseaba saber que había hecho el cabrón de Lance.

Lil también sabía que debía mostrarse firme frente a los vecinos, pues de eso también dependía cómo vivían y cómo sobrevivían. Salió fuera de la casa y miró a las mujeres que había en la calle. Todas estaban en los portales, esperando para ver cómo se resolvía ese pequeño drama, simulando no tener ningún interés en ello. Lil las miró fijamente, una tras otra, con los ojos inyectados de sangre y las mandíbulas apretadas por la furia. Sabía jugar a su juego y lo jugó con un desprecio que resultaba insultante y amenazador.

– ¿Qué cono miráis? -les gritó.

Su voz sonó más dura de lo que había pretendido, pero tuvo el efecto deseado. Las mujeres se dieron cuenta de que se habían extralimitado y de que más valía la pena no cometer ese error de nuevo.

Janie ya había entrado en la casa. Sin embargo, al oír la voz enfadada de Lil, su valentía de antes desapareció en cuestión de segundos.

Lil se dio cuenta del miedo y aversión que emanaba de Janie. Observó cómo sus ojos se abrían de par en par y cómo se mordía el labio inferior. Imaginaba que había tenido que armarse de valor para venir a llamar a su puerta. Sabía que debía de ser algo serio, no la típica pelea entre chiquillos, ni una de esas travesuras tan frecuentes en las calles. Janie había venido por algún motivo y el silencio de su madre le bastaba para saber que el culpable era Lance.

Lil estaba asustada de saber qué había hecho Lance, aunque era inevitable que le pusieran en conocimiento de su última trastada.

– Haz un té, madre -ordenó Lil.

Le sonrió a Janie, se armó de valor y luego dijo con tranquilidad y una voz amistosa que ya no sentía:

– Pasa al salón, Janie. Resolveremos esto, ¿verdad que sí?

Janie asintió aliviada, pero vio la forma en que la miraba Annie y se dio cuenta de que se había creado una enemiga de por vida.

Cain estaba loco de atar y su sonrisa resultaba tan falsa como su fastidio. Leonard Baker no tenía ni un solo momento de felicidad, pero tener que decirle a ese joven que su hermano estaba buscándole por todo el Smoke le deprimió aún más de lo normal. Cain debía de ser un auténtico capullo; él hubiera dado sus colmillos con tal de tener a alguien como Spider de su lado. Sin embargo, Cain estaba tan borracho que se limitó a encogerse de hombros.

Leonard salió de la habitación. Había cumplido con su obligación del día y ahora deseaba alejarse de este hombre lo antes posible.

Al oír las malas noticias, los hermanos Williams empezaron a desperdigarse. Repentinamente, todos tenían algo que hacer y desaparecieron, dejando a Cain solo, a sabiendas de que no estaba en condiciones ni de ir al cuarto de baño por sus propios pies. No se podía esperar otra cosa de ellos, pues disfrutaban hundiendo a ese chaval con ellos. Además, Cain no dejaba de adentrarse por un camino de oscuridad y censura, como si ése fuese su único objetivo en la vida.

Leonard Baker estaba recogiendo los vasos que estaban en la terraza del Speiler cuando vio a Patrick Brodie entrar por la puerta. Habia algunos clientes asiduos en el bar y Leonard observó cómo lodo el mundo se fijaba en Patrick sin atreverse a mirarle directamente. Saludó cortésmente, a nadie en particular, pero todos le devolvieron el saludo efusivamente. A Leonard se le vino el ánimo a los suelos y deseó que su jefe no fuese tan estúpido como para ser la persona que dominara a todo ese montón de mierda. Se quedaría la mar de contento cuando a Cain le dieran su merecido.

Patrick le saludó amistosamente. Nadie podía percibir en su cara la furia y rabia que le había hecho venir hasta allí. Abrió las manos como si estuviera en actitud suplicante y Leonard Baker le hizo un gesto casi imperceptible, indicándole la habitación trasera. Sabía que Brodie dispondría de toda la información necesaria incluso antes de haber cruzado el umbral de la puerta. Era un juego que llevaba jugando ya muchos años, lo único que cambiaba era los personajes del culebrón. En esta ocasión, sin embargo, Patrick Brodie había considerado conveniente solucionar el problema en público y Leonard se dio cuenta de que él se podía ver involucrado por esa razón. Podía convertirse en el villano de la obra o en el caballero de blanco corcel y armadura, todo dependía de cómo saliesen las cosas.

Leonard sólo quería ver su paga en el bolsillo y mandar a tomar por culo los dramas que se producían con una regularidad deprimente. Estaba sumamente consternado al ver a dos tipos enormes entrar en el bar llevando bates de béisbol cuidadosamente enrollados en cinta aislante. Una vez que el trabajo sucio se terminaba, los desenrollaban y le prendían fuego a la cinta aislante para borrar cualquier pista, pudiendo de esa forma utilizar el bate para futuras ocasiones.

Dos de los clientes habituales se terminaron la copa y salieron sin despedirse amistosamente, lo cual fue como una señal para un éxodo generalizado. Nadie hizo la más mínima pregunta. Todos sabían lo que iba a ocurrir y nadie quería verse envuelto en una situación como ésa.

Patrick sonrió y Leonard le sirvió un whisky largo antes de cerrar la puerta y marcharse del lugar. Esperaría sentado fuera a que ellos saliesen del local y entonces volvería a entrar. Brodie era el propietario del bar, aunque no lo dirigiera, y sabía que Cain estaba a punto de aprender lo que verdaderamente significaba eso.

Leonard se sentó fuera, en su pequeño Hillman Imp y se lió un cigarrillo. Las manos le temblaban y eso le molestaba. Arrancó el coche y colocó una cinta en el casete. La voz de Elvis Presley le sumergió en otro mundo y deseó con todas sus ganas saber también lo que significaba tener una noche tranquila y solitaria.

– ¿Qué ha sucedido, Janie? -preguntó Lil.

Janie suspiró profundamente. La rabia que la había traído hasta allí le había abandonado y ahora se veía sentada en el borde del sofá con el corazón latiéndole con tal fuerza que no le dejaba pensar.

Lil se dio cuenta del mal rato que estaba pasando la mujer y sonrió de nuevo, quizá un tanto hipócritamente porque una parte de ella no quería saber lo que esta pobre mujer había venido a contarle.

– Lance está acosando a mis hijos, Lil. No puedo sentarme con los brazos cruzados. Esta vez ha ido demasiado lejos.

Por fin lo había dicho. Ya lo había soltado y el mundo no se había acabado.

– ¿Qué ha hecho?

Lil hizo la pregunta adecuada, pero la verdad es que no le hacía falta que le diera más explicaciones. Sin embargo, lo que ella le respondió no tenía nada que ver con lo que esperaba y eso que, cuando se trataba de Lance, siempre esperaba lo peor.

– Ocho puntos en la cabeza y todo porque Lance la ha tirado del autobús…

Janie se detuvo al ver la cara de sorpresa que había puesto Lil, ya que imaginó que lo sabría, pues no se dejaba de comentar en la escuela. Al ver que ellos no estaban dispuestos a hacer nada, ella se había visto en la obligación de tomar cartas en el asunto. Sus hijas tenían miedo hasta de salir de casa y ese asunto debía resolverse de inmediato.

– ¿Ella? ¿Has dicho ella?

Janie asintió. Su cara larga mostró mayor preocupación cuando se dio cuenta de que Lil verdaderamente no sabía nada del asunto. Se había puesto tan pálida que parecía estar a punto de desmayarse. La enorme barriga cié Lil y sus piernas hinchadas atrajeron su atención y entonces percibió que Lil Brodie estaba enferma, además de en estado de shock por la noticia que ella acababa de darle. También se dio cuenta de que Annie era la encargada de que no le llegase nada a sus oídos que ella no hubiera distorsionado antes a su propio antojo.

– Mi Lisa sólo tiene seis años y él la tiró del autobús. Cayó en la carretera de cabeza y en el hospital nos han dicho que ha tenido mucha suerte de salir viva. Lil, yo no quiero hacerte responsable de esto, veo que estás a punto de dar a luz, pero no puedo pasar por alto una cosa así. Lance las lleva martirizando meses y me amenaza si digo algo. Se pasa el día insultándome y diciéndome palabrotas. Yo no quiero causarte ningún problema… ni quiero que Patrick se ponga en contra mía y vaya a por mí, pero si no queda otro remedio… Sólo me queda esa opción o marcharme del barrio, pero ya sabes que no puedo hacer tal cosa… Mi marido está encerrado.

La voz de Janie sonaba más aliviada ahora que lo había dicho todo. Lil tenía un aspecto horrible y parecía dolida, cosa que lamentó Janie, pues se dio cuenta de que no sabía nada al respecto. Si no hubiera visto su reacción con sus propios ojos, jamás lo habría creído.

Lil estaba asimilando lo que acababa de oír y estaba tratando de encontrarle algún sentido. Estaba rígida por la humillación y la rabia. Esa mujer había creído que ella conocía las travesuras de su hijo y había dejado que sucedieran sin tomar cartas en el asunto. ¿Eso es lo que creían todas? ¿Pensaba que no le importaba lo más mínimo? ¿Pensaban que ella les permitía esa clase de conducta?

Se sintió mortificada porque sabía que era su culpa que la gente pensase de ese modo, ya que, en realidad, no tenía el más mínimo interés en lo que hiciera o no hiciera el muchacho. No le costó ningún trabajo creer lo que la mujer le había contado y pensó que quizá debiera «justificar» su conducta, pedir disculpas en su nombre o intentar «defenderle», pero no tenía ni la más mínima intención de hacer semejante cosa. Por el contrario, se levantó del sofá y gritó el nombre de su hijo con todas sus fuerzas.

Los niños se habían encerrado en sus habitaciones cuando oyeron que le gritaba a su madre, y cuando lo oyó bajar por las escaleras, notó que la cólera y la humillación le subían hasta la cabeza. El bebé que llevaba dentro se movía sin parar y ella ya empezaba a tener dificultades para mantenerse en pie.

Pat Junior y las niñas estaban en el vestíbulo y Lance detrás de ellos, con los ojos abiertos y un aire de inocencia que jamás había tenido. Era un demonio disfrazado de niño y ella se lanzó contra él a una velocidad que sólo podía deberse a la pesadez de su cuerpo. Lo único que quería es herirle para que se diera cuenta de lo que él le hacía a otros, hacerle sentir las mismas emociones que a sus víctimas.

Lance intentó escaparse, pero ella le cogió por el tobillo cuando intentaba subir las escaleras. Lo arrastró de las piernas mientras el niño chillaba desgarradoramente, pero ella lo ignoró. Lo empujó dentro de la habitación y lo tiró al suelo. Lance yacía allí, jadeando de miedo. Percibió el terror en su mirada mientras ella le chillaba completamente histérica. Su madre intentó calmarla, pero ella le cogió por la parte delantera de su chaqueta y le empujó sacándola hasta el vestíbulo, casi cayéndose ella misma del empujón. Los niños la miraban como si se hubiese vuelto loca repentinamente, pero ella no se sentía como tal, sino como alguien que ha despertado de un mal sueño. Se sentía liberada por fin.

La voz de Annie trataba de sosegarla, pero provocaba todo lo contrario, pues su voz le carcomía por dentro como un cáncer que estuviese a punto de estallar.

– Lil, cálmate. Él no haría una cosa así. Es un puñetero, pero no creo que sea capaz de hacer una cosa así. Ellas se metieron con él…

Lil agitó la cabeza desesperada. Se llevó las manos a sus amplias caderas y dijo con decisión y sumo desprecio:

– Madre, quieres cerrar tu jodida boca de una vez. El puede matar a todos los vecinos que hay a un kilómetro a la redonda con un hacha y tú acabarías diciendo que ellos se lo merecían, que le han hecho algo al pobrecito niño éste.

– ¿Entonces le das más crédito a su palabra que a la mía?

Lil vio el rostro dolorido de su madre, las arrugas que le hacían parecer mayor de lo que era y sintió lástima por ella. Annie era un caso perdido en lo que respecta a Lance; era como si viese otro niño distinto a todo el mundo. Se dio cuenta de que era inútil hablar con ella, con esa mujer que jamás le había gustado, a pesar de que, por momentos, creía necesitarla.

– Llévate a los niños arriba y no bajes bajo ningún pretexto hasta que yo te lo diga.

Annie estaba sumamente conmovida por el muchacho al que ella consideraba perfecto.

– Abuela Annie -gritaba Lance-. No me dejes con ella solo.

A pesar de que apenas podía respirar por los sollozos, a pesar de que las lágrimas le corrían por la cara, por esa cara tan agraciada que se parecía tanto a la de su padre, Lil no pudo encontrar una razón en su interior para sentir la más mínima piedad por él.

El muchacho trató de salir de la habitación, de escapar de sus manos, pero ella le agarró por el pelo y lo arrastró otra vez dentro. Luego dio un portazo para cerrar la puerta, se desembarazó de los brazos que ahora trataban por todos los medios de aferrarse a su cintura y le abofeteó con todas sus fuerzas.

Le dio un bofetón, uno tras otro, muy bien dados y muy bien repartidos. El muchacho se enroscó en el suelo, pero ella lo cogió de nuevo por el pelo, lo enderezó y empezó a propinarle una paliza de espanto. El niño sangraba y ella pudo sentir cómo temblaba de miedo, cosa que la enfureció aún más. No había duda, había llegado el momento de darle una lección que no olvidase en su vida.

Se oyó a sí misma gritando de rabia, pero con la cólera no podía ni entender sus propias palabras:

– Maldito cabrón, jodido chulo de mierda… Lil repetía las mismas palabras una y otra vez mientras Janie contemplaba la escena sobrecogida, ya que, como diría después, Lance seguía negando los hechos incluso después de que su madre le hubiera abierto una ceja. Ella le contó a la gente en voz baja que Lil se había transformado en una maniaca capaz de haber acabado con cualquier hombre; y añadió que Lil Brodie era una mujer decente, que no dudó ni un momento en darle una lección a ese pequeño cabrón para enseñarle cómo debía comportarse. Dijo que le había hecho pagar a Lance el daño que le había hecho a su hija con creces. Sin darse cuenta y sin pretenderlo, Janie, con sus comentarios, hizo que la reputación de Lil como mujer de armas tomar quedase patente para siempre.

Lil lloraba, lloraba de desesperación y desengaño. Le corrían los mocos por la nariz mientras estaba inclinada encima del muchacho, con la rodilla puesta encima de su cráneo, dispuesta a aplastárselo y con el puño cerrado:

– Entérate de una cosa, mocoso. La próxima vez que te pases de la raya, te voy a dar una paliza que ésta te va a parecer sólo un aperitivo. ¿Te vas enterando, jodido cabrón de mierda?

Lance miró a la mujer que odiaba y quería en igual cantidad y, con lágrimas en los ojos, dijo:

– Mamá, no he sido yo, fue Patrick. Te lo juro… te lo juro por lo que más quieras…

Lance persistía en contarle mentiras, intentaba todavía eludir la culpa. No tenía ni pizca de vergüenza, ni de orgullo en su interior. Lil le cogió de la cabeza y se la acercó a su cara con tanta fuerza que sus dientes chocaron entre sí con tal fuerza que hasta Janie Callahan dio un respingo. Lance pudo sentir de nuevo su aliento en la cara mientras le gritaba:

– Eres un mentiroso, un jodido mentiroso que no sabes hacer otra cosa que decir embustes. Dime la verdad. Como no me la digas, te juro que acabo contigo.

Le miraba a los ojos y Lance se dio cuenta de que era capaz de cumplir con lo que decía. Lil vio cómo Lance cerraba sus pestañas como si fuesen dos persianas y se dio cuenta de que iba muy mal encaminado. Saberlo le deprimía tanto como le preocupaba. Era un niño muy extraño y eso ahora había quedado más que patente ante ella misma y ante Janie Callahan. Sus miedos y sus resquemores por el muchacho se desvanecieron para siempre.

– He sido yo, mamá. Lo siento de verdad, pero es que me estaba mirando… Se cree mejor que nosotros.

La voz gangosa de Lance, y sus constantes mentiras, terminaron por vencerle. ¿Qué bicho había engendrado? ¿De dónde había salido ese niño? Lil lo empujó, como si le desagradase hasta su tacto. Luego, apoyándose en el brazo del sofá, se levantó con dificultad. Janie, al verla, se levantó rápidamente y se acercó para ayudarla. Había guardado silencio mientras Lil tomaba cartas en el asunto. De haberlo sabido, habría dado dinero antes de poner en conocimiento de Lil las trastadas de su hijo. Sin embargo, se sintió aliviada de saber que sus hijos estarían a salvo de ese niño que tenía cara de ángel pero la lengua de un camionero.

Lance estaba dolorido y sangraba, pero Janie no sintió ni el más mínimo remordimiento por lo que le había sucedido. Al igual que su madre, sólo sentía desagrado y alivio de que por fin rubiera recibido su merecido. Había disfrutado viéndolo retorcerse en el suelo de dolor y ella misma se sorprendió de que un niño pudiera engendrar un sentimiento semejante en ella.

– Quítate de mi vista -le dijo Lil.

El chico se levantó por sus propios pies, lentamente. Lil se dio cuenta de que se había pasado, que le había hecho verdadero daño, pero no le preocupó en absoluto. Había algo venenoso en la naturaleza de Lance y ella estaba dispuesta a sacárselo aunque ello le costase la vida.

Cuando Lance salió de la habitación Lil suspiró, encendió un cigarrillo y le dio una profunda chupada. Echó el humo de golpe y luego dijo con tristeza:

– Lo siento mucho, Janie. No sabía nada de lo ocurrido. ¿Se encuentra bien la niña?

Janie asintió. Cogió el cigarrillo que le ofrecía, lo encendió y dijo:

– Podría haberla matado, Lil, por eso vine aquí. Yo no quiero problemas, tú lo sabes. Pero mis hijos están aterrorizados con él. No hay ni un solo día que no les haga algo…

Había comenzado a llorar. La amabilidad y simpatía con la que la trataba Lil la hicieron estallar.

– ¿Y dónde estaba mi hijo Pat mientras tanto? -preguntó.

De repente sintió miedo de que su Pat estuviera involucrado en el asunto.

Janie se encogió de hombros y se secó los ojos con un pañuelo mugriento. Los dedos amarillentos por la nicotina denotaban en qué estado de nervios se encontraba. Al mirarla y verla con el cigarrillo bailando en los labios, el rostro hinchado y churreteado por las lágrimas, Lil se vio a sí misma si no tenía cuidado. Lance era capaz de convertirla en la ruina de mujer que tenía delante de sus ojos, pero ella estaba decidida a que eso no sucediese.

– Estoy segura de que habría hecho algo para impedirlo. Él es un buen muchacho, Lil, de eso puedes estar segura.

Las palabras de Janie fueron como un bálsamo para Lil, que suspiró de nuevo, aunque más profundamente, antes de levantar de nuevo el tono de su voz y decir:

– Ni se te ocurra subir a su habitación, madre…

Janie se levantó de la silla y, cuando salió del salón, pudo oír de nuevo como empezaba a discutir de nuevo con Annie Diamond en tono poco amistoso.

Janie miró a su alrededor y vio la bonita casa en la que vivía Lance y se preguntó cómo un niño que lo tenía todo podía ir tan mal encaminado. La moqueta era nueva y llegaba hasta todas las esquinas, el mobiliario caro y cómodo, y hasta los ceniceros eran de cristales de colores y con forma de grandes peces. Tenían una televisión en color en uno de los rincones y las ventanas adornadas con cortinas de terciopelo. Era una casa parecida a las que se ven en las revistas o en los escaparates. Sin embargo, no se cambiaría por Lil por todo el dinero del mundo.

– Mamá, deja que sufra un rato -sentenció Lil.

Annie estaba nerviosa y muy decepcionada. Lil estaba sorprendida de sus sentimientos por ese niño, máxime porque ella jamás había mostrado ni el más mínimo ápice de afecto por ella cuando era una niña. No Navidades, no cumpleaños, nada de nada; como si ella no hubiera existido. Ahora, sin embargo, estaba dispuesta a discutir con ella por un mocoso que había arrojado a una niña de seis años de un autobús andando. Cuando la empujó con no demasiada suavidad para que bajara las escaleras le dijo:

– Anda, mamá, vete a casa de una jodida vez y déjame resolver a mí este asunto.

Annie estaba a su lado y respondió:

– No le vas a decir nada a Patrick, ¿verdad?

Elevó el tono a causa del miedo y Lil vio que temblaba de emoción. ¡Qué extraño! Ella siempre pensó que eso era algo que su madre no podía sentir.

– Por supuesto que sí. Ese niño necesita que le den una lección de una vez por todas y me voy a asegurar de que así sea.

Annie sacudía la cabeza como un perro mojado y luego chilló:

– Sólo es un chiquillo y todos los niños hacen cosas malas. Lil, por favor, no le digas nada a Patrick, lo mataría. Tú ya le has pegado bastante, pero Patrick no sabe controlar su fuerza.

– Vete a casa, mamá. Déjame en paz, a mí y a mi familia. Mientras hablamos de Pat, pierdes el tiempo, ya que probablemente dirá que es culpa tuya y más valdría que pusieras pies en polvorosa antes de que él te eche de una vez por todas.

Lil subió las escaleras y se asomó a la habitación de Lance. Estaba tendido en la cama, llorando y solo, lo que le recordó lo pequeño que era. Sin embargo, su mirada de súplica no logró conmoverla lo más mínimo. Le miraba con sus grandes ojos azules y Lil pudo percibir tal malicia en ellos que se estremeció. Se veía que era un cabrón vengativo y rencoroso y se preguntó de dónde habría salido un ser semejante. Tenía que ser de su madre, ¿de quién si no? Annie era una mujer fría, Lil lo sabía de sobra, así que decidió poner un límite al tiempo que pasasen juntos.

Cuando diera luz a ese nuevo bebé, pensaba coger de nuevo las riendas de su reino y pensaba vigilarlo tan de cerca como un halcón. No quería volver a escuchar una historia semejante. Estaba decidida a enseñarle a Lance que todos los actos tienen sus consecuencias.

Cerró la puerta de la habitación de Lance y lo dejó allí, lloriqueando. Luego entró en la habitación de Pat, donde vio a las gemelas sentadas en la cama, con los ojos muy abiertos y las manos unidas mientras Pat les contaba un cuento.

– ¿Se encuentra bien, mamá?

Lil afirmó con la cabeza. Se sintió incapaz de ponerse a hablar con un muchacho que estaba preocupado por su hermano a pesar de que sabía que la mayoría de sus problemas se los buscaba él mismo, a pesar incluso de que su vida sería mucho más fácil si no tuviera que estar todo el tiempo cuidando de él. La lealtad de Pat Junior era sorprendente, sobre todo pensando en quién la estaba malgastando.

Resultaba evidente que sus hijos se habían asustado al verla tan enfadada. Su miedo se podía palpar en el silencio que reinaba en la habitación y en que las dos gemelas no habían corrido a abrazarla nada más verla. Estaban allí, los tres, mirándola fijamente, como si fuese una extraña en la niebla.

Bajó las escaleras y preparó una taza de té para Janie y para ella; aquel día nació una amistad entre las dos mujeres que duraría toda la vida.

Si Lance había hecho algo bueno en su corta vida, fue eso: convertir a esas dos mujeres en amigas.

Cain miró con suma cautela mientras Patrick le rodeó sosteniendo una pata de una silla en las manos que había cogido de un rincón sucio de la oficina. Cain había recibido la paliza de su vida, pero la había soportado con dignidad. De hecho, hasta Patrick y sus compinches estaban impresionados. El lugar estaba hecho un estropicio, pero Cain lo estaba asumiendo como un hombre, lo que le colocó en una buena posición ante sus protagonistas. Todos estaban sorprendidos de que se hubiera defendido con tanta ferocidad después de haber tomado tantas drogas.

Cain estaba sentado, mirándolos a través de sus ojos hinchados y esperando el siguiente asalto, que no tardaría mucho en venir. El peso del arma que Patrick llevaba en la mano resultaba evidente por la forma en que lo sostenía. Era de madera maciza y los bordes puntiagudos podían hacer mucho daño en la cabeza y los huesos. No obstante, y aunque sabía que estaba en inferioridad de condiciones, se sintió todavía lo suficientemente fuerte como para soportar una larga noche. Tenía la adrenalina subida y no sabía con certeza qué estaba pasando; de hecho, no sabía por qué Brodie estaba allí. Cain era incapaz de funcionar correctamente, ni tan siquiera podía recordar de qué iba el asunto.

La ketamina le estaba pegando de nuevo y notó cómo el sudor le cubría todo el cuerpo. Podía olería, sentir ese olor rancio que, hasta que no se convirtió en un consumidor, siempre le resultó repulsivo. La boca le sabía a sangre y el cóctel de drogas que se había metido en el cuerpo le hacía sentir invencible. Una vez más pensó que lograría salir de la habitación. La ketamina, un poderoso tranquilizante para los caballos, le corría por las venas y, combinada con las anfetaminas que había tomado en las ochos últimas horas, le hacían sentirse confundido. El sudor le corría por la cara y la vista se le empezaba a nublar. Pudo ver que los hombres le miraban, pialo ver sus rasgos como si los viera a través de agua. Hablaban entre sí, hablaban de él, pero no pudo entender lo que decían.

Cain negó con la cabeza y se rió pensando en lo estúpidos que habían sido pensando que él no les castigaría por los insultos que le habían proferido, que estaba dispuesto a recibir esa clase de trato sin rechistar. Gritó y utilizando toda la fuerza que le quedaba saltó de la silla y se abalanzó contra Patrick Brodie. Era como una fiera enjaulada, enseñaba los dientes y trató por todos los medios de morder a Patrick en la cara, arrancarle la nariz o una oreja. El ataque fue tan rápido como inesperado, pero Patrick Brodie le dio con la pata de la silla una y otra vez en la cabeza y en el cuerpo hasta que cesó de intentar levantarse del suelo. Allí se quedó, tendido, sangrando por todos lados, con la boca abierta y tratando de recuperar el aliento mientras murmuraba obscenidades y lanzaba amenazas a sus atacantes.

Patrick le miró fijamente, sorprendido. Lo puso de espaldas y soltó la pata de la silla encima de la mesa de la oficina. Luego encendió un cigarrillo con una calma que no denotaba en absoluto sus verdaderos sentimientos.

Miró a los dos hombres que estaban a su lado y dijo:

– ¿Está loco o qué le pasa?

El más grande de los dos se encogió de hombros.

– La ketamina los pone así. Están todos para que los amarren.

Patrick asintió y salió para dirigirse a la barra, que estaba vacía.

Cogió la copa que le ofreció Leonard, que había entrado en el local unos minutos antes. Se la bebió de un trago, disfrutando del calor que le llegaba hasta la barriga. Ese calor le dio las fuerzas que necesitaba.

Leonard le llenó el vaso de nuevo y sirvió dos limonadas para los hombres que le acompañaban. Sabía que, a no ser que Patrick dijera lo contrario, lo único que se les permitía beber eran refrescos.

Se tomaron sus bebidas y charlaron como si nada pasase, pegados a ese pedazo de carne y en medio de ese desorden que era ahora el club.

– ¿Funciona todavía la máquina de discos? -preguntó Pat.

Pat sabía que Leonard hacía un balance de todo lo que necesitase sustituirse en cuestión de segundos. Lo había hecho ya muchas veces antes y, cuando asintió, dijo:

– Pon ésa de Hotel California, ¿te importaría? Me encanta esa jodida canción.

Leonard hizo lo que le mandaba y luego se fue a limpiar el lugar lo mejor que pudo, interrumpiendo de vez en cuando para explicarles a los clientes que llamaban a la puerta que el local estaría cerrado unos días para ser redecorado.

Nadie cuestionaba que aquel lugar fuese redecorado cuatro o cinco veces al año. Puesto que estaba muchas horas abierto, sucedían muchas cosas. El consumo excesivo de alcohol, las apuestas, las mujeres, el fútbol y, ocasionalmente, la religión eran motivos de disputas y razón sobrada para que dos hombres se matasen.

Todavía era temprano y Leonard esperaba que eso le diese una oportunidad para salir antes. Como siempre decía, las ganancias de un hombre son pérdidas para otro. Esperaba que su mujer se hubiese tomado su baño semanal, se hubiese arreglado el pelo y estuviese de ánimos para echar un casquete y le preparase un sandwich de beicon.

Cain fue convenientemente olvidado. Lo habían arrugado, planchado y metido en cintura.

Capítulo 15

Jasper Jessup era un hombre alto y fuerte que procedía del Caribe, aunque de dónde exactamente nadie lo sabía, y mucho menos él. Era un engatusador que manipulaba a todas las personas que estuvieran a su lado, pero lo hacía con tal aplomo y tan buen humor que resultaba difícil sentirse ofendido. La gente le rehuía, cosa que no le sorprendía lo más mínimo y que no tomaba a mal, por lo que las personas olvidaban pronto sus malos rollos y lo saludaban cuando se lo encontraban.

Sin embargo, decidieron que se quedara con lo que había pertenecido a la familia Williams porque era lo suficientemente decente como para proporcionar una hierba de calidad o una chavala dispuesta a irse con cualquiera, donde fuese y a la hora que fuese, siempre por un precio, claro. Y lo que era más importante: podía averiguar cualquier cosa que sucediese en las calles del sur de Londres.

Tenía el acento característico de los jamaicanos y su cuerpo alto y delgado, combinado con sus rizos, le daba un aire orgulloso, el que emanan los hombres dignos de confianza. Eso le había servido de mucho durante años, ya que a ello había que añadirle un salero y una gracia innata que hacía que la gente bajase la guardia. Algunos días le daba por llevar puesto los típicos colores rasta y se paseaba como una bandera ambulante por el mercado de Brixton, como si fuese el rey Saludaba a todo el que conocía cuando salía a dar una de sus largas vueltas, mientras fumaba con su larga boquilla y enseñaba aquellos dientes de oro que brillaban bajo la luz del sol. Todo el mundo le conocía, ya que formaba parte del colorido. Los jóvenes, especialmente, se sentían atraídos por sus historias sobre peleas urbanas y la lucha del hombre negro. Por supuesto, una vez que averiguaban que todo lo que contaba no eran nada más que rollos, que les pedía dinero prestado con demasiada frecuencia y que se fumaba su hierba con más rapidez de lo que ellos la conseguían, se lo quitaban de encima y se marchaban con otros personajes de la comunidad, otros con un papel más importante dentro de ese mundillo. Era un paso natural, un ritual que los adolescentes tenían que practicar, ya que muchos imaginaban que si les veían con un tipo ya mayor como Jasper era signo de que habían alcanzado la hombría. Por supuesto, hasta que descubrían cómo era en realidad y lo interesado y manipulador que podía llegar a ser.

No obstante, aprendían de él algunas lecciones de utilidad. Que chulos había de todos los tamaños y formas, por ejemplo, y que sus madres estaban en lo cierto sobre las personas con las que ellos querían repentinamente pasar el tiempo. Él había herido el orgullo de más de una madre a lo largo de los años, pero siempre se retiraba en el momento más oportuno porque era demasiado listo como para jugarse su suerte más de lo debido. Los chicos sencillamente desaparecían, pero siempre que se encontraba con ellos los saludaba; se reía con ellos y mantenía una postura de amistosa cordialidad.

Así era el carácter natural de Jasper y todo el mundo lo sabía: un tipo para pasar un rato agradable y reírse un poco en el Beehive los viernes por la noche. Era un personaje local y las personas lo toleraban a pesar de ser como un cáncer dentro de la comunidad. Tenía un don natural para distinguir a los policías, por lo que nadie cuestionaba que, con esa facilidad y naturalidad para olerlos, siempre hubiese evitado que lo cogiesen y que jamás le aplicasen la ley de Sus [11], lo cual ya era meritorio, puesto que dicha ley se diseñó para que la policía la pudiese aplicar a todo aquel que «pareciera sospechoso». Era una buena excusa para que la bofia pudiera detener a cualquiera que se le antojase. Un joven podía estar esperando tranquilamente el autobús y podía ser legalmente arrestado, registrado y cacheado, para terminar siendo acusado de cualquiera de los cargos que se le antojara a una mente hiperactiva como la de ellos.

Normalmente, se incluía en el paquete una buena tunda. Desde la Brigada Criminal de West Midlands hasta la Policía Metropolitana tenían casi completa autonomía sobre cualquier persona que se les antojara. Como todo el mundo sabía, las personas que pudieran parecer presuntas culpables de un delito, aunque no pudieran ser encarceladas por falta de pruebas, bastaba con hacerles parecer culpables para que pasasen una buena temporada detenidas.

La ley de Sus se había aprobado con pleno conocimiento de que podía ser utilizada de forma «abusiva» por parte de las fuerzas de seguridad. Las personas como Jasper necesitaban de esa ley para poder sobrevivir. Lo único que tenía que hacer es «insinuar» la participación de alguien en un delito y la ley les garantizaba que lo quitarían de en medio por un tiempo. Jasper era un hombre de una inteligencia aguda que prefería ocultar tras ese velo de estupidez y tras su charla burda y tonta. Sin embargo, había sido responsable de muchos arrestos y era una alimaña de la peor clase que no tenía el más mínimo resquemor en utilizar a jovencitas o hombres hechos y derechos con tal de llenarse la cartera. La gente se relajaba en su presencia, en parte porque en muchas ocasiones fingía estar más colocado de lo que en realidad estaba. La gente cometía el error de hablar de cosas delante de él que más valía mantener en privado. Jasper escuchaba y se enteraba de muchos asuntos que luego utilizaba en sus menesteres más cotidianos.

Spider le había señalado en una ocasión que era un rasta profesional y que, por eso, ni el sombrero de Bob Marley, ni la sonrisa ganchuda que siempre llevaba le habían engañado. Para Spider, Jasper era esa clase de negros que denigran a los de su raza. Era como un póster de un joven rasta y su autenticidad fue lo que le alertó de que era una auténtica farsa. Para Jasper, Spider era un hombre del que debía cuidarse porque era uno de los pocos que había descubierto quién era en realidad y eso le molestaba.

Jasper no tenía un sueldo regular, ni legal, ni de ninguna otra clase. Vivía de su considerable ingenio y su olfato para las oportunidades fue lo que lo puso en contacto con los hermanos Williams y su última adquisición.

Jasper se había congraciado con Cain y le había enseñado todas las formas posibles de fumar hierba, desde los porros hasta en pipa. También había servido de enlace para poner en contacto a los hermanos Williams con el hermano de Spider y se sentía orgulloso de haber embaucado a esa arrogante sanguijuela. Los hermanos Williams tenían menos cerebro que un puñado de cocos, como solía decir su madre, pero estaban resurgiendo del exilio impuesto por Brodie mejor de lo que se esperaba. Ahora que Cain estaba de su lado, se encontraban en una posición inigualable, ya que pensaban que Spider no permitiría que nada drástico le sucediese a su hermano. Al menos eso es lo que creía ese puñado de gusanos. Jasper, sin embargo, no estaba tan seguro de ello. Spider supo quién era en realidad nada más verlo, y la gente no solía ser tan astuta. Era una lástima que Spider no hubiera tenido el mismo instinto con su hermano, pero es que, cuando se trata de la familia, a uno le tienen que tocar mucho los cojones para finalmente decidir librarse de ellos.

La familia William era una familia unida, tan unida como suelen ser las de su clase, y le estaban pagando bien por su contribución. Jasper se encontraba con ellos, entreteniéndoles con su sonrisa, sus dientes de oro y su acento jamaicano, mientras pensaba cómo podría utilizarlos, tanto a ellos como a toda la información que estaba sonsacándoles. La mayoría eran unos bocazas y ya sabía muchas cosas de ellos.

Empezó a hacerse otro porro sabiendo que si Brodie estaba buscando a Cain entonces sus días estaban contados. A Spider no le quedaría más remedio que aceptarlo y tenía el presentimiento de que una vez que Brodie se enterase de toda la información que había recopilado en las últimas semanas, no se pondría nada contento.

Las últimas semanas habían sido como una revelación y, mientras los muchachos hablaban y hablaban sin cesar, él escuchaba mientras se hacía sus porros y cantaba Exodus en voz baja, pareciéndose más a Marley que a sí mismo. Los hermanos Williams solían tomarle el pelo de vez en cuando, pensando que no se daba cuenta de ello, pero se lo tomaba con buen humor y dejaba que pensasen que era un auténtico capullo. Lo único que lamentaba es que esa pandilla de mierdas no se diera cuenta de que estaba jugando con ellos. Pero llegaría ese día, aunque ya sería demasiado tarde, por supuesto.

Mientras se tomaba el ron y se fumaba el porro reía con ellos, pero por dentro se preguntaba cómo es que todo ese montón de mierdas lograba encontrarse el culo sin tener un mapa y una linterna.

– Cálmate, Lil. ¿Qué ha pasado con Lance?

Lil suspiraba angustiada mientras trataba de explicarle la situación a Patrick, aunque sabía que él tenía más problemas de lo que ella pudiera imaginar.

– Tiró a una niña de un autobús en marcha. Le han dado ocho puntos y la pobre tiene un susto de muerte.

Suspiró al ver la impresión que mostraba su rostro.

– Ha estado acosando a la familia desde hace meses, el muy cabrón. Así que mejor es que vayas y veas lo que le he hecho antes de que sigamos hablando, ¿de acuerdo?

Había algo en su voz que le dijo que era cierto lo que le contaba, aunque prefería no creerlo.

– Lil, esto no será una broma, ¿verdad?

Lo dijo, pero sabía que no lo era.

– ¿Qué andas pensando, Pat? ¿Crees que puedo bromear con algo tan serio? Ha estado a punto de matar a una niña y tú crees que yo estoy de broma, que estoy contando un chiste. Pues bien, mírame. ¿Acaso me estoy riendo?

Patrick subió las escaleras de dos en dos y entró en la habitación de su hijo. Lance estaba dormido y tenía el mismo aspecto que si lo hubiera pillado un tren. Tenía moratones y cardenales por todo el cuerpo, la ceja abierta y nadie le había limpiado la sangre. Sabía que Lil lo había dejado allí, que no había ido luego ni a verle, ni a curarle, y eso le preocupó más que la paliza que había recibido el chaval, pues decía mucho de sus sentimientos. Sintió una enorme rabia crecer en su interior. El niño parecía tan pequeño, tan frágil; con su cuerpo hecho un ovillo y las manos debajo de las mejillas parecía un ángel. Alargó el brazo para tocarlo, pero se detuvo. No quería despertarle. Lo mejor que podía hacer es dormir, ya que al pobre lo habían vapuleado sin piedad.

Lance estaba profundamente dormido, como si no tuviera de qué preocuparse en este mundo. Patrick tenía el presentimiento de que no era la primera vez que le habían dado una buena zurra, cosa que le dolió admitir, pero él siempre era una persona realista, Lance era el producto de sus dos padres, combinado para colmo con el tronco familiar de Lil; es decir, un muchacho que no tenía remedio. Era egoísta y ambicioso, justo lo que Patrick detestaba. Parecía ser un cúmulo de los malos defectos de sus ancestros, pero ninguno bueno. Lo único que se salvaba era su forma de comportarse con sus dos hermanas. Era tan protector con ellas que Patrick tenía cierta esperanza por su futuro.

Trató de reprimir el deseo de darle otra paliza. Estaba dolido, no porque Lance estuviese vapuleado y lleno de cardenales, sino porque no sentía lástima por él. Los párpados de Lance estaban temblando, señal de que estaba soñando. Patrick sabía que cualquier otro niño no habría podido dormirse de lo triste y arrepentido que se habría sentido. Miró a su hijo y se preguntó de qué pasta estaba hecho. Sabía que quizá en el futuro sería una persona valiosa dentro del mundo criminal, pero, como niño, se salía de lo normal. Descubrió que su desprecio por el niño aumentaba por segundos y le entraron ganas de sacarlo de la cama y hacerle entender la gravedad de lo que había hecho, pero sabía que si le tocaba, ya no sería responsable de sus acciones. Primero debía calmarse. El muchacho había estado en manos de su abuela desde el primer día en que nació y ella había desempeñado un papel muy importante en su educación. Tenía que buscar una culpable o si no se volvería loco. Pues bien, ya había llegado el momento de librarse de esa puta para siempre.

Él necesitaba culpar a alguien por la naturaleza tan retorcida de su hijo y ella era la más apropiada. Al ver respirar a su hijo sintió la necesidad de salir de la habitación para dejar de oírle.

Entró sigilosamente en las otras habitaciones. Las gemelas estaban, como siempre, dormidas en la misma cama. Su bonito pelo rubio estaba mojado por el sudor de sus cuerpos y sus mejillas sonrosadas le hicieron sentir un profundo amor por ellas. Eran unas niñas muy guapas. Todos sus hijos eran chicos apuestos y eso le hacía sentirse muy orgulloso, al menos hasta ahora. Las besó con suma delicadeza y se dirigió hasta la habitación de su hijo mayor. Al abrir la puerta vio que estaba despierto, como si estuviera esperando que regresase a casa. Supo que eso era precisamente lo que Patrick Junior había estado haciendo.

– ¿Todo bien, papá? -preguntó Pat Junior sonriendo.

Patrick se sentó al borde de la cama de su hijo, le devolvió la sonrisa y le preguntó:

– ¿Qué ha pasado, hijo?

Patrick sabía que su hijo le diría la verdad, pues era un chico honesto.

– Mamá se puso tan enfadada que perdió los estribos.

Pat asintió.

– Ya lo he visto, hijo, pero al parecer tenía buenas razones para ello.

El muchacho asintió, aunque no de buena gana, ya que siempre trataba de defender y cuidar de su hermano.

– Pero no lo hace intencionadamente. Hace cosas muy malas, pero no intencionadamente. Es que no piensa…

Patrick amaba esa cualidad de su hijo. Sabía que estaba defendiendo a su hermano y mostrándole una lealtad que Lance no merecía, pues él sólo respetaba y mostraba lealtad por sí mismo.

– Le hizo mucho daño a Maureen Callahan, papá. Me lo dijeron en la escuela, pero cuando le pregunté, lo negó todo.

Patrick asintió, sintiendo que la vergüenza le invadía y lo ensuciaba.

– Pero tú sabías que era verdad, ¿no es cierto?

Pat Junior asintió mientras buscaba un ápice de aprobación en su padre acerca de cómo trataba de resolver los problemas en los que se veía involucrado por culpa de su hermano. No quería mencionar que lo había creído desde el primer momento y que ya nada que hiciera su hermano le sorprendía lo más mínimo.

– Eres un buen muchacho, hijo. Ahora descansa que yo hablaré con tu madre y resolveremos el asunto. Lo que ha hecho es algo muy serio y quiero que lo comprendas.

– Lo sé, papá. Me puse enfermo cuando lo supe. Podría haberla matado.

Patrick se encogió de hombros, un gesto despreocupado que se apoderó de su voluntad puesto que iba a mentir, y sabía que era muy importante que su hijo creyese lo que iba a decirle:

– No es culpa tuya, muchacho. No podías haber hecho nada para evitarlo. Lance es dueño de sus actos y, cuando haya acabado ion él, deseará no haber puesto los ojos encima de esa niña y su familia. Ese no es tu problema, ¿de acuerdo? No tienes por qué preocuparte más de ese asunto.

Patrick miró aquella cara tan parecida a la suya y deseó que no tuviera que volver a tratar de ese asunto nunca más. Él ya tenía bastante en el trabajo como para tener a un lunático por hijo. Sus actos eran tan desproporcionados que parecían producto de la exageración o del terror. Sin embargo, ahora se daba cuenta de que Lance era capaz de cualquier cosa. Era el niño al que todos temían. Lance era un cobarde y eso era lo que más le molestaba a Patrick. Había engendrado un cobarde que se abría camino en la vida a costa de llevar el apellido Brodie.

Ahora se veía obligado a hacer algo, tanto por Lil como por el chico que tenía delante, ya que sabía que si no lo hacía éste estaría condenado de por vida a ser su salvaguarda contra el mundo hasta que llegase el día en que no lo soportase más. Acarició el pelo de Pat Junior, sintiendo lo espeso y grueso que era. El hecho de que su hijo no le hubiese respondido fue suficiente para que él cambiase de tema y tratar de traer algo de normalidad a ese mundo tan tenebroso en el que estaba envuelto. La violencia era su juego y ahora había entrado en su casa. Había intentado por todos los medios que jamás llegase hasta su familia, pero ahora venía de la mano de uno de sus propios hijos. Eso no podía considerarse la travesura de un niño, sino un acto a sangre fría, un acto de odio, el que emplea un hombre que utiliza la fuerza y la intimidación para ganarse el pan, lo cual resultaba escalofriante. La violencia controlada era una cosa, siempre y cuando no involucrara a civiles ni personas inocentes, y siempre y cuando no saliese de su mundo. Sin embargo, cuanto más pensaba en lo que había hecho su hijo, más se daba cuenta de que necesitaba estar en su casa con más frecuencia. Lance necesitaba de supervisión y de alguien que le enseñara la diferencia entre el bien y el mal. Necesitaba de una mano dura que le guiase por el buen camino.

Patrick dibujó una sonrisa forzada y le dijo al muchacho susurrando:

– ¿Qué pasa? ¿Tienes ganas de que llegue tu fiesta?

Patrick Junior asintió, pero el miedo y el dolor aún estaban impresos en sus ojos. Patrick se dio cuenta de que no era el mejor momento para hablar de ello, pues tenía demasiadas cosas en la cabeza. Ahora que ya le habían puesto en conocimiento de los actos de Lance necesitaba tiempo para digerirlos y pensar en una solución.

– Venga, duérmete, hijo, y deja que sea yo quien resuelva este asunto, ¿de acuerdo?

El niño le lanzó una mirada de alivio, como si le hubiesen quitado un enorme problema de encima. Patrick se sintió culpable por haber dejado que el muchacho soportara tanta carga con las responsabilidades de la casa. Era imprescindible que dejara un poco de lado el trabajo, empezar a delegar responsabilidades. De hecho, empezaba a sentirse harto de todos los trapicheos que constituían sus principales ganancias. La verdad sea dicha, estaba más que harto de todo eso.

Los hermanos Williams deberían haber sido suprimidos desde el principio, pero, por su amistad con Spider y su hermano, había dejado que la situación llegase demasiado lejos, con la esperanza de que éste le pusiese remedio. Sin embargo, no lo había hecho, no al menos con suficiente diligencia, sino más bien todo lo contrario. La había dejado correr y eso había hecho saltar las alarmas. Spider tenía un talón de Aquiles, como casi todos, pero Patrick no era de ésos que se andaban con remilgos familiares si la ofensa estaba más que justificada. A Cain era la última vez que se lo advertía y, si Spider no hacía lo debido, a él también, ya que le había dado oportunidades de sobra para que le parase los pies a ese capullo. Si Cain hubiera sido su hermano, ya hace tiempo que le habría advertido acerca de los hermanos Williams. Le habría hablado con tal convicción que hubiera roto cualquier tipo de relación que mantuviese con ellos.

Y ahora tenía otra guerra que librar en casa. La vida era una jodida lucha, día tras día. Ese hijo suyo, al cual quería más que a su propia vida, ya estaba llevando el peso de sus hermanos. Eso le hizo pensar que si a él le sucedía algo, lo seguiría haciendo mucho antes de lo debido.

– Duérmete, hijo. Yo lo solucionaré todo -le dijo-. Tú no te preocupes más.

Patrick Junior asintió de nuevo y Patrick vio a media luz el cansancio que denotaba el rostro de su hijo. El niño era más maduro de lo que correspondía a su edad, ahora se daba cuenta de ello. Se vio reflejado en ese muchacho y Pat Junior estaba emulando su vida al tratar de vivir en paz con todo el mundo. El había aprendido desde muy pequeño a ser diplomático y se pasó la infancia esquivando a sus padres, tratando de no irritarlos. Con frecuencia lo habían dejado solo, teniendo que buscarse la vida por sí mismo, lo cual no resultaba nada fácil. Ahora su hijo se encontraba en una situación similar, tratando de llevar por el buen camino a su hermano e intentando ser el hombre de la casa para su madre, para Lil, que estaba muy débil por el embarazo y muy insegura con respecto a lo que hacer con Lance y sus barrabasadas. Se quedó allí, sentado, hasta que Pat se quedó profundamente dormido. Luego le apartó el pelo de la frente y suspiró profundamente. Bajó las escaleras y, al entrar en su ordenada y limpia cocina, vio que su esposa, su encantadora Lil, estaba de pie, en el mismo lugar donde la había dejado.

– Lil, tienes razón. Ese niño no es normal, pero ¿qué podemos hacer?

Se encogió de hombros y respondió:

– No lo sé, Pat. ¿Qué coño podemos hacer con él? Yo he hablado con Janie Callahan y la he convencido para que no mezcle a la bofia en esto, así que va a decir que se cayó, pero la cuestión es que estuvo a punto de matarla y el muy jodido seguía negándolo.

Resultaba evidente que Lil estaba al borde de un ataque. Vio que estaba a punto de llorar, así que la atrajo hacia su pecho y la besó con delicadeza, oliendo a champú Vósene y perfume. A ella le gustaba el Blue Grass porque se le quedaba impregnado en la piel. Eso le recordó que pronto le daría otro hijo y que después volvería a ser su encantadora Lil. No más dolores de espalda, no más noches sin dormir, no más problemas porque él pensaba resolverlos por ella y proporcionarle un poco de tranquilidad en su vida.

– Lo he intentado todo con él, pero no me lo pone nada fácil, Patrick. Miente, roba y molesta a todo el mundo. Ahora, para colmo, resulta que es un chulo que se dedica a acosar a las niñas pequeñas… ¿Qué va a pensar la gente de nosotros? ¿Cree que se va a librar de un asesinato sólo porque lleva tu nombre? Esto se tiene que parar, Patrick. Tienes que tomar cartas en el asunto… Yo no puedo más.

Estaba sollozando y, por lo bien que la conocía, sabía que se encontraba más que hundida. Entendía sus sentimientos y sabía que le estaba siendo muy difícil controlar su temperamento.

– No te pongas así, piensa en el nuevo bebé -le dijo.

Le apartó de su lado con una fuerza que sorprendió a ambos.

– ¡Qué le den por el culo al bebé, Patrick! Necesitamos resolver primero qué vamos a hacer con ese jodido cabrón. Tenemos que pararle los pies a ese loco.

Patrick jamás la había oído hablar de esa manera. Comprendía cómo se sentía por lo que había hecho Lance, pero con gritarle a él no iba a cambiar las cosas. Una vez más se reprimió sus impulsos.

– Cálmate, Lil. Ponerse así no va a solucionar las cosas.

Lil apretó los puños de rabia cuando le escuchó decir esas palabras, pues sabía que estaba en lo cierto, aunque en ese momento se sintiera incapaz de poder jugar a ese juego. Ahora no estaba para escuchar sermones, quería hechos y quería dejarle claro que sus sentimientos por el muchacho estaban más que fundamentados. Quería que tomara cartas en el asunto y le librara de esa responsabilidad. Quería que cogiera de la mano a Lance y lo llevara por el buen camino, que lo convirtiese en un niño normal al que ella pudiera querer. Quería que hiciera desaparecer el odio que sentía por su hijo.

Janie Callahan le había traído a su casa la peor noticia que podían darle. Nada más verla en la entrada, se dio cuenta de que Lance se había pasado de la raya. Hasta casi se diría que había disfrutado pegándole, haciéndole pagar por la vergüenza que le hacía sentir ante los demás, por la culpabilidad que le había engendrado desde siempre.

– ¿Y tú me dices que me tranquilice? ¿Acaso crees que con unas cuantas palabras bonitas vas a solucionar el problema?

La incredulidad en la voz de Lil era más que patente y Pat cerró los ojos. Lo único que deseaba era que se calmase, eso era todo.

– Es un jodido cabrón y tú lo sabes. Está lleno de malicia, Pat, de una perversa y odiosa malicia que le corre por el cuerpo. Hay que meterlo en vereda, hay que tener mano dura con él. Tú puedes hacerlo de una vez por todas. Por una vez en la vida, ten el honor de intentarlo porque yo lo he hecho y ya no puedo más.

Patrick pudo oler el whisky y tardó unos instantes en darse cuenta de que estaba borracha. Miró a su alrededor y vio la botella de Bells medio vacía. La cogió de los brazos y la obligó a sentarse en una silla.

– No te atrevas a empujarme de esa forma… -le dijo Lil.

Su voz sonó más fuerte de lo que ella esperaba y se dio cuenta de que se le estaban yendo las cosas de las manos, que era la bebida la que hablaba, no ella. No obstante, había necesitado tomar algo que le relajara, que le hiciera olvidar los acontecimientos del día, que le ayudase a dormir.

– No te he empujado, Lil. Sólo te he ayudado a que te sientes. Y ahora, por última vez te lo pido, cálmate.

La desesperación se palpaba ahora en su voz y ella lo percibió con sumo placer. El estaba reaccionando y, por fin, mostraba algún tipo de emoción.

– Tienes que enviarlo fuera de aquí, enviarlo a un internado o algo parecido. Quiero que se vaya de esta casa, y lo quiero ahora.

Pat se sirvió una copa con tal de no responder a su esposa. Necesitaba tranquilizarse antes de poder hablar con ella. Ella no estaba de humor para charloteos y quería verla calmada y tranquila para poder tratar el problema con tranquilidad.

– Hay una escuela jesuita en Irlanda que se hace cargo de niños problemáticos, según leí en una revista en la iglesia. No es barata, pero eso es lo de menos. El cura sabrá más al respecto y podríamos preguntarle mañana. En cualquier caso, tiene que irse. Tiene que irse porque si no, no seré responsable de mis actos.

Patrick siempre había sabido que Lil no apreciaba a Lance como debiera, pero nunca se había imaginado que pudiera llegar hasta ese extremo. Annie era la única que se había encargado del chico, única razón por la que había soportado a esa vieja zorra durante años. El sabía que su madre no sentía mucho afecto por el muchacho y lo sabía porque Lance le inspiraba a él los mismos sentimientos. La diferencia es que trataba de racionalizarlos y culpaba a Annie por el hecho de que ella se había ocupado de él desde el mismo momento en que nació. Sabía que la relación entre Lance y su suegra no era sana, pero contando con la ayuda de Patrick Junior y con la llegada de las dos gemelas lo había ido dejando pasar. En varias ocasiones trató de cortar ese vínculo, pero Lil siempre había sido la protectora de su madre y de nuevo los volvía a reunir.

– ¿Una escuela jesuita? ¿Es ésa tu respuesta? ¿Quitártelo de encima?

Asintió, le miró fijamente en gesto de desafío, haciéndole saber que hablaba completamente en serio. Ahora ya estaba claro, ya sabían todos de lo que era capaz y que quería una solución definitiva. Saber de lo que era capaz su hijo ya era más que suficiente para desear tenerlo lejos.

– El no va a ir a ningún lado, Lil. Podrá ser un cabrón, pero sólo tiene ocho años. Ocho. No creo que sepa lo que hace…

– Sabía perfectamente lo que le hacía a esa niña. Unos días antes le puso un ojo morado y la tiró al suelo…

Insistió al ver el rostro de Patrick.

– Sí, así como te lo digo. Le pegó a la pobre niña sin motivo ninguno. Es un jodido cabrón de mierda al que no pienso darle la oportunidad de que algún día desahogue su ira con mis hijas.

– Basta ya, Lil. Él adora a las gemelas…

Eso era llevar las cosas demasiado lejos. Su hijo jamás haría daño a sus hermanas.

Lil se rió con tristeza.

– Veo que no lo entiendes, ¿verdad que no, Pat? Pues bien, o se va él o me voy yo…

– No seas tan dramática. Estás borracha y sacas las cosas de quicio. Y en lo que respecta a Lance, te diré que él es producto de tu jodida madre y sus constantes mimos. Ya le daré lo suyo cuando se despierte y, cuando lo haya hecho, verás como no se mete más con nadie. Ahora, deja de decir tonterías y vamos a la cama.

Había escuchado más que suficiente. Pensaba cortar por lo sano. Lil necesitaba dormir y luego vería las cosas desde otro trasluz.

– No pienso ir a ningún lado hasta que tú, Patrick Brodie, me prometas que Lance, ese hijo de puta antinatural, se va a marchar de mi casa. Lejos de mis hijos, especialmente de este nuevo bebé. No puedo mirarle sin sentir ganas de hacerle daño, ésa es la pura verdad. Quiero que se vaya de esta casa, y lo quiero lejos de mí y los míos.

Mientras hablaba vio que Lance estaba en la puerta, mirándola con esos ojos azules tan calmados y que tanto le habían inquietado desde que era un bebé y lo sostenía en brazos. Verlo le provocó arcadas y tuvo el tiempo justo de ir hasta el fregadero y poder vomitar. Mientras le daban arcadas pudo oír la respiración de su marido en el silencio de la cocina y se dio cuenta de que él no estaba dispuesto a hacer nada de lo que ella le pedía.

Su padre se encargaría de Lance, pero él lograría engañarle, como lo había hecho con todo el mundo.

Spider estaba en un dilema. Su madre miraba el cuerpo sin vida de su hijo y él no podía hacer nada para consolarla.

A Cain lo habían hallado en un contenedor que se encontraba a las puertas de una casa en Leytonstone. Las personas que habían alquilado la casa no esperaban toparse con este tipo de basura. Un negro desnudo y con un destornillador clavado en la oreja no había entrado en sus planes. Los gritos que dio la mujer al verlo alertaron a los vecinos y tuvo que ser sedada por un doctor mientras Spider y su madre identificaban los restos de su hermano en el tanatorio.

Spider sabía que Patrick estaba enfadado, pero no esperaba una cosa así.

Al ver a su hermano pequeño sintió una enorme pena, pero oír los gritos desesperados de su madre le hizo volver a la realidad.

Asintió al policía que le enseñó el cadáver y su madre salió de la sala acompañada de una enfermera. Sus sollozos se oían más por el silencio que reinaba en el lugar.

El policía lo estuvo observando con cautela, pero Spider se dio cuenta de ello y miró a su hermano impasible. Cuanto menos supiera la pasma, mejor. Pensaba que saldría mejor parado si trataba de convencerles de que había sido un ataque fortuito en lugar de un ajuste de cuentas. Conocían de sobra sus señas, razón por la que fueron en su busca de inmediato. Querían comprobar si la muerte del muchacho traería otras consecuencias.

Y obviamente, así sería. Pero cuando la policía menos lo esperase.

Cuando Spider miró a Cain y vio el agujero que le habían hecho en el oído con el destornillador sintió que le recorría un escalofrío.

Lo único que esperaba es que Cain hubiese estado inconsciente cuando le administraron el golpe fatal. Pensar en lo que le habían hecho le resultaba insoportable. La violencia era parte de su mundo y él lo sabía., pero que su hermano hubiera tenido que soportar tanto sufrimiento le ponía enfermo.

– ¿Tienes idea de quién ha sido el responsable de esto?

El policía le habló con voz sosegada y respetuosa, como correspondía a la posición de Spider dentro de la comunidad. Spider sabía que ya estarían interrogando a otras personas y él tenía que disimular que estaba interesado en saber quién era el culpable.

Spider negó con la cabeza y mantuvo esa expresión impasible que le hacía parecer tan inocente como un niño recién nacido.

– Era muy popular, muy apreciado -dijo-. Debe de haber sido un atraco, pues no puedo imaginar quién puede haber hecho una cosa así.

El policía aceptó esa explicación sin poner nada en tela de juicio, tal y como esperaba Spider.

Salió de la habitación y se reunió con su madre y sus hermanas. Todas estaban apiñadas en un abrazo, llorando, con la cara llena de lápiz de labios y un gesto de pena. Cuando las vio allí, abrazadas, tratando de consolarse entre sí, se dio cuenta de la impotencia del hombre ante la muerte de un ser querido y, lo que resultaba más estremecedor aún, ante la percepción de su propia mortalidad.

La muerte de una persona joven provocaba ese sentimiento. Era como una convulsión para las personas que se quedaban atrás. Eso demostraba lo tenue que era el vínculo entre la vida y la muerte. Spider pensó que nunca más tendría la oportunidad de oír la voz de su hermano contándole sus correrías nocturnas.

Abrazó a su madre y a sus tres hermanas una a una, tratando de arrebatarles la pena y hacerla suya. Mientras las llevaba a casa poco después, prometió que Brodie pagaría por la muerte de su hermano.

Una advertencia era una cosa, pero esto era ya algo muy distinto. Que su madre tuviera que enterrar a su hermano era un ultraje y Brodie no se iba a librar de ello.

Ahora todo iba mal, todo parecía derrumbarse a su alrededor y se dio cuenta de lo penosa que era la vida que había elegido cuando uno se encuentra en el otro extremo. Hasta ahora él había sido el que había matado, había sido el que siempre había salido ganando y el que tenía todas las de ganar, pero ahora estaba descubriendo el otro lado y, por primera vez en la vida, sintió lástima por los hermanos Williams y todos los que habían padecido el mismo destino.

Capítulo 16

Ricky Williams se sentía satisfecho. Tenía el mismo aspecto que sus hermanos, pero, ahora que sus hermanos mayores estaban muertos y los demás hechos un manojo de nervios, pasó a convertirse en el genio reconocido de la familia. Aunque eso no decía gran cosa a favor de la inteligencia de los otros, que no estaban dispuestos a discutir. Les era suficiente con que hubiera alguien dispuesto a asumir el papel de líder, al cual ellos considerarían culpable de todo lo que saliese mal. Como Brodie siempre había dicho: «si los hermanos tienen un cerebro que les mande, entonces son personas de valía; pero si dejas que ellos sean los que tengan las ideas, entonces todo se va a la mierda». Ricky, en cambio, se consideraba el Cerebro de Inglaterra. De hecho, como muchos otros antes que él, se sentía como un rey al que le había llegado su turno. Los demás hermanos le estaban mirando fijamente, esperando que solucionara el problema. Eran un montón de gilipollas, pero era lo único que tenía, por eso se sentía un tanto sometido a ellos. Dave, Tommy y los demás se habían convertido en un engorro para él en esa época, pero aun así consideraba su deber volver a restaurar la posición de la familia, colocarla en lo más alto y ganarse el respeto de los demás nuevamente. Habían utilizado a Cain para sus propios fines y no habían logrado nada con ello. Ahora corrían como conejos asustados, pero era responsabilidad suya hacer que la pelota rodase una vez más y adueñarse de ese mundo que antes era solamente de ellos.

Verlo como líder había costado la muerte de casi la mitad de la familia, pero estaba dispuesto a pasar por alto ese detalle con tal de que ahora le reconocieran su nuevo estatus.

Ricky, sin embargo, tenía un problema de capacidad de atención y no era capaz de concentrarse en sus ideas durante mucho rato, salvo que fuese un asunto de mujeres, claro. Además carecía del vocabulario más rudimentario y básico, salvo que se refiriera al cuerpo femenino, e incluso éste estaba cargado de obscenidades. También se vanagloriaba de ser un hombre que actuaba por impulsos, así que, en cuanto veía una oportunidad, acudía como moscas a la miel.

Mientras trataba de ligar con la chica de ojos oscuros y la falda abierta, lo que hacía era darse palmaditas en la espalda a sí mismo. El había visto la oportunidad y la había aprovechado. Cuando sus hermanos se enteraran de lo que había hecho, lo considerarían un héroe, estaba seguro. Cain había estado dispuesto a servir a sus hermanos, pero él se aseguró de que eso ya no volvería a suceder. Cain era sólo un mierda al que ya no necesitaban más. Ricky había sido lo suficientemente sensato como para mirar por sus hermanos y cuidar de la familia; de una familia que había sido marginada en los últimos años por tipos como Brodie o su brazo derecho, Spider. Sin embargo, como decía su padre, todo aquel que tiene más dinero que tú es tu enemigo, y estaba en lo cierto. ¿Por qué limitarse a estar en segunda fila, a ser sólo la mano de obra o cobradores de las deudas de otros? Resultaba ridículo que sus hermanos no lo hubieran pensado antes. Sin personas como ellos, muy pocos pueden realizar sus negocios. Los matones eran la espina dorsal de esos negocios tan inestables. Ricky se sentía entusiasmado consigo mismo, se sentía más fuerte que nunca y estaba dispuesto a poner el nombre de la familia Williams donde se merecía.

Ahora pensaba celebrarlo con un polvo y un plato de curry, en ese orden. La chica con los dientes curvados y mucho rímel en los ojos era justo lo que el médico le había recomendado. Por lo ajustado que llevaba el chaleco y por los zuecos se veía que iba pidiendo guerra, cosa de la que él se percataba de inmediato porque había estado perfeccionando el arte de engatusar a ese tipo de chicas desde que estaba en la escuela. Parecía un tanto empalagosa, pero eso no le echó para atrás, pues lo que quería era echar un polvo, no casarse con ella. Ricky no sentía la más mínima vergüenza, a pesar de que se había ganado la reputación de follar siempre con las chicas de más baja estima dentro de la escala femenina. No le importaba ni que fuesen viejas; siempre y cuando estuvieran pasables bajo la luz de la oscura noche, él estaba dispuesto. El no andaba buscando a Miss Mundo, se contentaba con «págame una copa y yo te dejaré mis tetas».

En lo que a él se refería, todo era relativo. La gustaba sentir la emoción que le suscitaba saber que la iba a meter en un nuevo agujero, que iba a tocar unas tetas nuevas y un cuerpo diferente. No buscaba la perfección, sólo una mujer que se prestara a las mismas cosas que él. Es decir, una mujer que no se hiciera ilusiones, que no esperase declaraciones de amor ni antes, ni durante, ni después del momento clave. Para él un polvo era un polvo, y nada más; y le gustaba disfrutar de eso al menos un par de veces al día. Por esa razón, salía a buscar extrañas, igual que otros hombres buscan oro o el cáliz sagrado. A él le gustaba el cuerpo de las mujeres, no le importaba ni la forma, ni el tamaño.

En cuanto la joven Natalie le devolvió la sonrisa sintió la excitación familiar que siempre le producía una nueva conquista. Era una mujer de mundo, sus ojos y la forma en que se engullía las copas se lo decían. Pertenecía a esa clase de mujeres que había descubierto a muy temprana edad que los hombres sólo están interesados en una cosa, y ella estuvo dispuesta a dársela desde entonces.

Cuando salió del bar con ella, no se dio cuenta del hombre que lo vigilaba desde un Beamer negro en el aparcamiento. Lo siguió cuando cogió la carretera principal con la radio a todo volumen y la cabeza llena de buenos presagios nocturnos.

Annie se vio sola una vez más y no le agradaba lo más mínimo. Durante su matrimonio había soñado con una vida rodeada de gente, una vida llena de acontecimientos y sucesos que la incluyesen. Desgraciadamente, jamás había sabido lo que significaba verdaderamente estar rodeada de gente. Su hija era la única persona en la que había encontrado cierta compañía, pero era más bien porque deseaba ver a sus hijos, especialmente a uno de ellos. Ese sentimiento era algo que no podía evitar, pues el muchacho se había ganado su cariño desde el primer momento en que le vio la cara. Jamás admitió que su hija tuvo una depresión posparto en aquella época, y que ella la había utilizado para introducirse en la vida de todos los miembros de su familia. Se consideraba una persona abnegada por tomar la responsabilidad de la familia de su hija y ayudarla cuando se encontraba en los momentos más bajos. Fue sólo por esa razón por la que fue tolerada. Sin embargo, hasta las bocas más mordaces, y había muchas, consideraban que tenía ese derecho, pues había estado al lado de su hija siempre que la necesitó.

Había tratado a Lance como a su propio hijo y, por primera vez en años, había conocido algo que podía considerarse como felicidad. Ahora, sin embargo, la habían echado de la familia una vez más y su Lance estaba siendo castigado por una travesura, una travesura propia de los niños.

Cuando puso la tetera en el fuego miró por la ventana de su piso, del hogar que su hija le había proporcionado. La hierba de fuera necesitaba de un buen corte y los demás pisos estaban iluminados, y sus ocupantes dedicados a sus actividades rutinarias. El sonido de los televisores y el ladrido de un perro rompían el silencio de la noche. Las familias estaban cenando juntas, viendo la televisión juntas, haciendo todo juntas.

Estaba a punto de echarse a llorar de nuevo, así que cogió el té y entró en la habitación delantera muy lentamente. La estancia estaba excesivamente amueblada y pulimentada. Había un fuerte olor a cera y a cigarrillos impregnándolo todo, incluso el papel de la pared con rosas y una línea dorada en el trasfondo. Toda la superficie estaba cubierta de fotografías, principalmente de Lance, aunque también estaban las gemelas. Lil y Pat Junior sólo aparecían en una de ellas. Era la foto de la Primera Comunión de Pat Junior y estaba sobre la repisa de la chimenea, junto a una fotografía de Lance.

Annie las miró, preguntándose si Lance se encontraría bien y preocupada por la reacción de Pat Brodie cuando se enterase de la estúpida travesura que había cometido su hijo. Tenía ganas de patear el culo de Janie Callaban por los problemas que había provocado en su familia. Echaba de menos a las gemelas, sus vocecitas y ese rostro tan encantador que ponían siempre que les llevaba una piruleta. Había comprendido lo regocijante que podía ser un niño y deseaba haber descubierto ese secreto antes. Sin embargo, Lil había sido una carga desde siempre, aunque lamentaba no haber podido ofrecerle esa amistad a su única hija. Echaba de menos la conversación y el ruido que siempre reinaba en aquella casa. Echaba de menos las travesuras, la risa de los niños, las incontables tazas de té y cigarrillos que ahora se habían convertido en su dieta. Lil se encontraba bien y eso le llevó mucho tiempo admitirlo. Ahora lamentaba los años que había desperdiciado convirtiendo su vida en una lástima, tanto para ella como para su hija.

Annie había estado sola en otras ocasiones, pero ahora sentía como un dolor físico y no sólo por Lance. De alguna forma, echaba de menos a su hija, sus charlas y su forma sencilla de ver las cosas. Llevaba una semana sin ir a su casa y le parecía toda una eternidad. Cómo podía haber vivido en aquella nube, era algo que no acertaba a comprender, pero los años de esperar sentada a que llegase un hombre que no tenía el más mínimo interés en ella le parecieron de lo más ridículos y absurdos. Haber desperdiciado su vida le molestaba. Había sido ignorada por su marido, y ella en cambio había hecho suyo su odio y su desengaño, sólo porque lo había considerado una forma de ganarse la respetabilidad al quedarse embarazada de Lil. Ahora la opinión de los vecinos le traía sin cuidado, además de que las chicas solteras tenían hijos y a nadie parecía importarle. En aquella época, sin embargo, había considerado de suma importancia darle a su hija un nombre, tanto que se había desahogado con ella, culpándola de todo. Había vivido en un vacío con un hombre que la había escogido a ella porque ninguna otra chica lo habría hecho, ya que eso significaba un hogar privado de vida, risa y tranquilidad de espíritu.

La casa de su hija, por el contrario, era un hogar cálido, feliz en la mayoría de las ocasiones. Hasta que Lance cometió esa pequeña travesura con la hija de Callahan, lo había considerado incluso ideal, aunque no lo demostrase.

Ahora estaba de nuevo en el mismo lugar donde comenzó, sola y abandonada. Hasta sus nuevas amigas se comportaban correctamente con ella por el apellido de la familia de su hija y ahora que la habían echado salían espantadas como de la peste. Cuando la situación se calmase, pensaba hacer todos los esfuerzos posibles para convertirse en una persona amistosa, cercana y, si era posible, indispensable, ya que sin ellos se encontraba perdida y no deseaba sentirse así nunca más.

Se sobresaltó cuando oyó que alguien llamaba a la puerta. No era una mujer que recibiera visitas; de hecho, muy pocas personas habían estado en su apartamento. La urgencia con la que llamaban a la puerta la hizo correr hasta ella y abrirla. Mientras la abría recordó que debería de haber mirado primero para ver quién era.

– Mira, Spider, yo jamás le hice tal cosa a Cain. Creo que estás llamando a la puerta equivocada, colega. Yo creo que todos sabemos quiénes son los culpables, ¿no es verdad? Ya sabes que estaba en la lista de fichados y no hiciste nada para evitarlo, así que no vengas ahora representando el papel de hermanito preocupado.

Spider estaba en silencio. Tenía que preguntarle y sabía que Patrick lo comprendería y no se lo tendría en cuenta.

– Le dimos una buena tunda, lo admito. Ya sabes que se la estaba buscando desde hace tiempo. Pero un destornillador por el tímpano no es darle una lección a nadie. A mí eso me parece más bien el trabajo de un oportunista, de un aficionado que se aprovecha de lo que le caiga en mano. Él era un trápala al que mucha gente le tenía ganas. Aunque tú seas su hermano, eso no impide que una persona trate de recuperar lo que por derecho le pertenece, y tú lo sabes. Eso sin contar con que se estaba viendo con los hermanos Williams. El caso es que nosotros lo dejamos cerca del lugar por donde andan ellos. Sabíamos que lograría llegar, a pesar de estar más que colocado y borracho, entre otras cosas. Creíamos que necesitaba una mano en ese aspecto, pues no era capaz ni de encontrarse los huevos. Estaba hecho una mierda, además de que le dimos lo suyo. Créeme cuando te digo que pensé en quitarlo de en medio, pero finalmente decidimos tirarlo a un contenedor con el fin de ganarnos cierta credibilidad.

Patrick sirvió un par de copas para los dos, pero su enfado y desprecio eran más que patentes.

– Habrá sido alguno de sus camellos, tú sabes que hay muchas personas que tienen sobradas razones para haberlo quitado de en medio. Él estaba enganchado al caballo y ya sabes que no se puede confiar en esa gente, pues son capaces de vender a su abuela por un par de picos. Era un buen muchacho, pero eligió joderla y tú tienes que asimilarlo, Spider. Así que deja de dramatizar. Cain está frito. Es triste, pero así es la vida, así que asimílalo o, al menos, busca a los verdaderos culpables.

Patrick era un hombre importante y Spider había olvidado cómo Brodie podía intimidar a todos los que le rodeaban sin necesidad de recurrir a la violencia. Eso es lo que lo había colocado en la cima del mundo y lo que lo había mantenido allí.

– He hecho que vigilen a los Williams porque quiero saber dónde van y qué hacen. Apostaría a que andan detrás de la muerte de Cain porque él estaba demasiado apegado a ellos. El jodido Jasper está poniéndoles al día sobre los últimos acontecimientos y puedes apostar que también está metido en ello. Con los hermanos Williams siempre sucede lo mismo, pero esta vez no voy a permitir que se salgan con la suya y voy a darles una lección que no olvidarán. Tú fuiste el que me convenció para que no los tuviera en cuenta, ¿recuerdas? Tú y Cain, así que no arrastres tu mierda hasta mi puerta a menos que no quieras quitártela de encima. Tuviste tu oportunidad y la desaprovechaste y ahora que descubres la verdad dejas que te dominen las emociones.

El enfado de Patrick estaba más que justificado. Había tratado de mantener la paz, le había dicho a Spider que resolviera el problema y ése había sido el resultado. Debía de estar ablandándose con la edad. Pues bien, pensaba declararle la guerra a esa pandilla de mierdas, pensaba sentar un ejemplo que no pasaría por alto a ninguno de los de su mundo. Él quería a Spider como a un hermano y eso le había hecho equivocarse. Que cada uno cuide de su culo; a la larga es siempre lo mejor.

Spider observó las cambiantes expresiones de su rostro y sabía que su amigo estaba en lo cierto sobre la estupidez de su hermano y su demora en tratar de resolver ese problema. También sabía que Patrick tenía sus propios problemas familiares, ya que la fechoría cometida por su hijo había llegado a conocimiento de todos y, aunque la mayoría pensaban que el muchacho debía de estar algo majara y que necesitaba que le dieran una buena tunda, también lo consideraban una potencia para el futuro. Si era capaz de cometer una cosa tan vil ahora, ¿qué sería capaz de hacer dentro de diez o quince años? No había duda de que había nacido con una malicia innata y que su reputación ya se la había ganado. La pobre chica, sin embargo, pasó a segundo plano. Todas las historias se exageran cuando se cuentan y ésta no iba a ser una excepción, por lo que Lance empezó a ser conocido entre los hombres que rodeaban a Patrick. Vieron en él una vuelta a los viejos tiempos, alguien a quien tener en cuenta en el futuro.

A Spider, sin embargo, jamás le había gustado ese chico, cosa que no le sucedía con los otros hijos de Brodie, que eran unos niños encantadores. Sabía, al igual que Patrick, que tenía un tornillo flojo. Era un bicho raro, y eso era lo mejor que se podía decir de él. Cain, al parecer, había tenido el mismo defecto, había padecido esa misma clase de egoísmo, por eso ahora le resultaba tan duro aceptarlo. Al igual que Brodie, era de los que pensaban que es necesario extirpar el cáncer antes de que a uno le devore. Sin embargo, no había querido aplicar esa regla con Cain, pues se había sentido incapaz de hacerle daño. Lo habría hecho, pero cuando ya hubiese agotado todos los cartuchos.

Sabía que su hermano encontró la muerte a manos de ese hombre que tenía delante porque él no resolvió ese asunto, pero no quería dejarse llevar por el rencor, ya que Patrick había hecho lo que él debió hacer con antelación, sin tener en cuenta que era su hermano y su mejor amigo. Había querido a ese muchacho como si fuese su propio hijo y ése había sido su error. Ahora se daba cuenta de ello y aceptaba su estupidez con resignación. Había permitido que su hermano siguiera comportándose de esa manera sin intentar siquiera pararle los pies, y sabía de sobra que en esta vida se cosecha lo que se siembra. De algo sí estaba seguro, y es que no le volvería a suceder jamás en la vida.

Ahora se encontraban en peor situación incluso y todo era por culpa suya. Cain estaba muerto, pero la vida seguía y él aún tenía una familia a la que alimentar.

Los hermanos Williams, sin embargo, ya se podían dar por muertos, de eso pensaba encargarse personalmente. Y, además, antes de que la semana acabase. Spider creía en el servicio personal y estaba deseando ser él mismo quien acabase con ellos uno a uno. Sin embargo, antes de nada, debía tranquilizar las cosas con Brodie, volver a pedirle disculpas a ese hombre que le había dado todo lo que tenía en la vida sin dudarlo por un instante.

Spider se sentía en la obligación de recuperar lo que pudiera y esperaba que, llegado el momento, eso incluyera el respeto y el orgullo que ese hombre le había otorgado con más generosidad de lo que nadie había hecho en la vida.

Alan Palmer era un hombre que sabía reconocer su valía y, como propietario de la mayoría de las discotecas que había en West End, sabía todo lo que se cocía en sus clubes de alterne. Era un hombre grande, no gordo, sino robusto, con el pelo rubio y los ojos azules, tan apuesto que tenía garantizado el interés de las mujeres tanto si tenía la cartera llena como si no. Llevaba años tratando con Brodie y sabía que no podría estar dirigiendo sus locales si no fuese por su expreso consentimiento y por el dinero que le pagaba para garantizarle su seguridad.

Alan Palmer tenía tres cuñados, todos bastante habilidosos, con unas buenas credenciales y siempre a su servicio, ya que sus sueldos dependían de él. Su hermano había sido asesinado no hacía mucho tiempo por unos parientes del hombre joven que tenía sentado delante. Ricky Williams se había presentado en su oficina en Ilford para ofrecerle protección por un precio más reducido de lo que le pagaba a Brodie. En ese momento no tenía a mano a ninguno de sus cuñados para que le enseñara a ese cabrón dónde estaba la puerta, por lo que no le quedó más remedio que resolver ese asunto a su manera. Para Alan la violencia era el último recurso, al contrario que su hermano, que siempre recurrió a ella. Además, la violencia era algo que había que utilizar con la máxima discreción, especialmente cuando se trataba de negocios. Eso era algo que había aprendido hace muchos años y había sido una lección dura, cara y nada conveniente.

Enseñando su cara dentadura, Alan sonrió perezosamente por primera vez desde que Ricky irrumpió en su club.

– ¿Estás colocado o qué? -le dijo.

Su desprecio por el hombre que tenía delante resultaba patente en cada palabra. Ricky Williams se sintió ofendido.

– Márchate. Vete a darle la coña a tu madre y no vengas más vacilándome.

Ricky se levantó y miró a Alan con sosegada intensidad.

– Deberías usar la cabeza, Alan -le dijo-. Si todos nos unimos, ¿qué coño nos puede hacer Brodie? Ya tengo a la mitad de Londres metida en el bolsillo y yo y mis hermanos nos vamos a hacer con esta parte más tarde o más temprano. Si te pones de nuestro lado, acabaremos con él y tú serás el jefe de todo. El dueño de todo, ¿comprendes?

Alan empezó a reírse, aunque las palabras del muchacho resultaban tentadoras, tal y como había imaginado Ricky. Alan Palmer era un pez gordo que había que tener en cuenta, eso lo sabían todos. A lo largo de los años había logrado rodearse de un grupo de hombres. El hecho de que la mayoría de sus trabajadores no eran legales, no le preocupaba gran cosa. Tenía en mano algunos buenos chanchullos, además de que era ambicioso por naturaleza, pero sabía que mientras Brodie viviera, no habría nadie que pudiera retarle. Si trabajabas para alguien, aunque no lo supieras, ya trabajabas indirectamente para Brodie. Así había sido desde hacía ya bastantes años. Patrick se había adueñado de las grandes fuentes de dinero, por lo que las personas como él dependían de su buena voluntad para que sus negocios funcionaran sin ningún contratiempo. Brodie garantizaba los permisos y los locales y, sin su consentimiento, nadie podía dar ni el más mínimo paso. De alguna manera resultaba un buen acuerdo, ya que con su ayuda se conseguían los permisos necesarios para vender alcohol o montar un casino.

Por otro lado, sin embargo, resultaba una pesadilla, ya que tenía que darle un buen pellizco de sus ganancias a Brodie. Spider, además, había sido uno de los participantes en la muerte de su hermano, por lo que podía optar por sentirse ofendido o por aceptarlo resignadamente. Ahora pensaba esperar y ver cuál sería el resultado de lo que pretendía este muchacho antes de tomar una decisión. Como cualquier otro hombre de negocios astuto, siempre estaba dispuesto a negociar con alguien que tuviese un buen plan y algo que ofrecerle.

Sabía que Ricky Williams era, en muchos aspectos, un simple bravucón, además de que, como el resto de su familia, tenía la inteligencia de un mosquito. Sin embargo, eso no significaba que no fuese capaz de acometer alguna proeza.

– ¿Me estás diciendo que eres capaz de quitar de en medio a Patrick Brodie? -preguntó Alan con una mezcla de jocosidad y seriedad que no se le pasó por alto a Ricky. De hecho, éste estaba un tanto impresionado por lo rápido que Alan Palmer había picado en el anzuelo.

– Tú ya sabes en la situación en la que se encuentra mi familia gracias a Brodie y a ese gilipollas de Spider. Si quito a Brodie de en medio, ¿estarás dispuesto a tratar conmigo y dar lo pasado por pasado?

Alan sabía que Patrick y Spider probablemente borrarían a ese hombre de la faz de la tierra, cosa que además lo tenía bien merecido, pues toda la familia lo llevaba pidiendo a gritos desde hace tiempo. Y estaban en su derecho, de eso no había duda. Sin embargo, si este imbécil conseguía lo inimaginable, él no sería quien le pondría pegas a quedarse con todo el reino.

El era un hombre respetado, que había amasado una considerable fortuna, dos requisitos imprescindibles si pensaba asumir la responsabilidad de una empresa tan seria. El pulso se le aceleró nada más imaginarlo y se dio cuenta de que podía adueñarse de todo con un sencillo esfuerzo. No había nadie que pudiera detenerle, ya que después de Brodie él era la mejor opción.

El viejo Jimmy Brick pronto descubriría dónde emplear su enorme experiencia y pensaba hacerle una oferta que no rechazaría. Eso implicaba reclutar a todos los hombres de Brodie, pero eso no sería una empresa tan difícil, ya que Patrick siempre se había rodeado de lo mejor y eso llevaba tiempo consumiéndole la paciencia.

– Te estás pasando, Ricky -dijo-. Si vas por ahí diciendo esas cosas a las personas equivocadas, terminarás metiéndote en problemas. Patrick no se sorprenderá y te aseguro que últimamente no anda muy contento contigo. La muerte de Cain ha sido la gota que rebosa el vaso para ti y toda tu familia. Patrick es una cosa, pero Spider un tipo muy vengativo. ¿De verdad crees que puedes acabar con los dos?

Se estaba riendo, pero Ricky sabía lo que en realidad le estaba diciendo. El estaba dispuesto a hacer lo necesario para mantener a salvo a la familia Williams y sabía que no era lo suficientemente astuto como para hacerlo solo. Necesitaba de alguien más, pero si él quitaba de en medio a Brodie y Spider entonces su reputación estaría garantizada y Alan Palmer y sus compinches empezarían a tenerle de nuevo en consideración.

– Tú vigila este jodido sitio. Tú vigila simplemente.

Ricky se reía, casi al borde de la histeria. Alan Palmer sacudió la cabeza incrédulo, mientras hacía planes por si ese loco lograba lo que se proponía.

– El no se va a marchar, Lil, y eso es definitivo.

La determinación en la voz de su marido le hizo sentirse deprimida, pero sabía que por mucho que dijera nada le haría cambiar de opinión. Lil era una mujer realista y, por lo bien que conocía a su marido, sabía que discutir carecía por completo de sentido.

– Tú sencillamente déjamelo a mí, ¿de acuerdo? A partir de ahora yo me encargaré de él.

Si hacía lo que decía, significaría mucho para ella. Lance no había salido de su habitación, salvo para ir a la escuela, desde que sucedió aquel incidente. Patrick le riñó muy severamente, además de que le propinó otra buena tunda para que le quedase claro.

Lance, sin embargo, era más astuto de lo que creían y les es taba diciendo justo lo que ellos querían oír. A pesar de aparentar estar arrepentido, Lil sabía que estaba interpretando una más de sus burdas mentiras, pues hablar con él carecía por completo de sentido. En secreto, a lo largo de los años, se había preguntado si imitaba la forma de comportarse de Patrick y sus respuestas emocionales, ya que, cuando hablaba, parecía hablar con el corazón en la mano, pero ella no se dejaba engañar y sabía de sobra que estaba actuando.

Suspiró y se fue a la cocina para preparar más perritos calientes para la fiesta de cumpleaños que ahora deseaba no haber aceptado. Todas las personas de su alrededor contribuían y le ayudaban preparando sándwiches, pasteles, tartas y quiches. Ella proporcionaba los ingredientes, pero la forma en que las personas se habían prestado a ello le resultó sumamente agradable. Desde la visita de Janie había comenzado a cambiar sus hábitos de vida. De nuevo había regresado al mundo real y se sentía dichosa con ello. A pesar de que tenía que arrastrar a cuestas su enorme barriga y la aberración que había cometido Lance, empezaba a recuperarse y a sentirse mejor. La presencia de su madre en la casa siempre había supuesto un calvario. Ahora que se limitaban a hablar por teléfono, parecía entrar un poco de aire fresco. Las personas solían visitarla con más frecuencia, se quedaban más rato y pasaban más tiempo riendo y bromeando. Lil se había olvidado de la facilidad que tenía su madre para estropearlo todo con unas simples pero escogidas palabras. Ahora se daba cuenta de lo distinta que podía haber sido su casa y, a pesar de los sentimientos de culpabilidad que a veces le venían por no dejarle quedarse a solas con sus hijos, no estaba dispuesta a doblegarse de nuevo. Lil sabía que su madre se mantendría a distancia hasta que ella no le indicase lo contrario. Se lo achacaba a Patrick y, aunque no lo decía abiertamente, estaba implícito en sus palabras. Lance pasaba las tardes encerrado en su habitación, por lo que tampoco tenía que tratar mucho con él. Como su madre, él sólo sabía poner inconvenientes a todo, así que, aunque a veces le causara cierta pena verlo encerrado en su habitación, estaba dispuesta a disfrutar de las vacaciones que le estaban ofreciendo los dos.

Janie llegó y hablaron amistosamente mientras preparaban más comida. Después de tapar los platos con papel de aluminio, los colocaban en la encimera, ya dispuestos para el cumpleaños de Patrick Junior.

El muchacho contemplaba los preparativos con una excitación que le resultaba difícil contener. Iba a cumplir diez años y consideraba su fiesta como algo primordial, ya que sus amigos, compañeros, parientes y vecinos estarían allí. Era totalmente distinto a cualquier otra fiesta de las tantas que había asistido. No sólo habría una discoteca, sino además una buena comida auténtica, y vendrían tanto niños como adultos. Era una gran responsabilidad y, por eso, se sentía nervioso. La bebida que su padre había comprado estaba colocada en el vestíbulo en enormes cajas de cartón. Había bebidas alcohólicas para los mayores y toda clase refrescos para los niños. Con sólo verlas, se le aceleraba el corazón.

Lance era la única preocupación de Patrick Junior. Sus padres estaban decididos a no dejarle asistir a la fiesta como parte de su castigo y, aunque sabía que estaban haciendo lo correcto, pensaba que su hermano se perdería algo que ellos recordarían el resto de su vida. Patrick Junior estaba seguro de que no disfrutaría completamente si su hermano no estaba presente. Lance era un dolor de cabeza, había hecho algo realmente feo y resultaba ya hasta peligroso, pero seguía siendo su hermano y deseaba que asistiera a la fiesta porque estaba seguro de que en el futuro podrían recordarla sin ningún resquemor. Para Pat Junior aquella fiesta representaba el acontecimiento más importante de su vida y deseaba compartir esa excitación y ese nerviosismo con su hermano. Sabía que la fiesta sería el principal tema de conversación en la escuela durante las próximas semanas. Lance se sentiría muy desplazado si no le dejaban asistir y eso preocupaba a Pat Junior. No quería tener que dejar de hablar del tema sólo porque Lance estuviese presente, por mucho que se lo hubiese ganado. Lance era de esas personas que lo estropeaban todo aunque no fuese ésa su intención.

Aunque Pat Junior lo lamentaba por Lance, otra pequeña parte de él se alegraba de que durante la fiesta no pudiera alardear por lo que había hecho, ni que lo denigrara delante de los demás, ya que Lance tenía el don de arruinar cualquier cosa que estuviese relacionada con su hermano mayor. No obstante, Patrick Junior tenía el corazón tan grande que se sentía dolido por la situación tan enojosa en la que se encontraba su hermano. Sabía que no podía interferir en la decisión de su padre de mantenerlo encerrado en su habitación y, aunque reconocía que el castigo lo tenía bien merecido y se lo habían impuesto por su propio bien, también sabía en su interior que eso, en el caso de Lance, sólo serviría para generar más problemas que soluciones.

Ricky Williams y sus hermanos estaban nerviosos y preocupados por lo que sucedería en los próximos días. Mientras miraba a su alrededor se preguntaba cómo los iba a mantener a raya una vez que pusiera en marcha sus planes.

Dave, Bernie y Tommy guardaron silencio mientras les contaba lo que había hecho y cuáles eran sus planes. Ricky se dio cuenta de que lo miraban con una nueva clase de respeto. Ahora le veían como el hombre que siempre había sido, y ya lo único que le quedaba era disponer de la oportunidad para demostrar a todos sus amigos su tesón y su fuerza de voluntad.

Ricky miró por encima de la barra y se fijo en una chica que llevaba una falda de volantes. Luego, haciendo un gesto con la mano pidió más cerveza para todos. Cuando ella regresó de la mesa con las manos llenas de jarras vacías se quedó mirándola fijamente. No era una gran belleza, pero tenía un bonito culo y él era de esos que saben apreciar eso en una mujer. Le sobraba algo de carne por algunos lados y era más mayor de lo que pensó al principio, pero tenía una sonrisa agradable y amplia que le daba el aspecto de una mujer amistosa. Decidió que le gustaba lo suficiente como para hacerle un favor en un futuro no muy lejano. El guiño que le hizo mientras servía las copas le indicó que hasta ella se daba cuenta de que estaba delante de un ganador.

Se encontraban en un bar de Kent, ya que decidieron que, hasta que no fuesen bien recibidos en el Smoke, lo mejor que podían hacer era quitarse de en medio, especialmente desde la desgraciada muerte de Cain. Ricky decidió que aquella zona era de su gusto; Kent, el jardín de Inglaterra. Le gustaban los alrededores, los bares e incluso la forma en que los vecinos tenían de no inmiscuirse en los asuntos de los demás. De hecho, se enamoró tanto que decidió que no tardaría en comprarse una propiedad por esa zona.

Le sentó bien poder relajarse por una vez, sentarse en un bar sin tener que estar constantemente pendiente de la puerta, observar a los que estaban allí e incluso invitar a una copa a personas que no le agradaban lo más mínimo. El ambiente que reinaba le hizo ver que estaba en un bar normal y corriente, un verdadero pub donde la gente acudía a beber y a pasar el rato. Ricky ya se había olvidado de esa sensación tan grata que proporciona estar en un sitio así, pero también sabía de sobra lo agradable que era estar en un bar en el que uno pudiera elegir la música y la clientela, y donde todos supieran quién era él.

Así había sido hasta no hace mucho y estaba dispuesto a conseguirlo de nuevo. Cuando la mujer le trajo las cervezas, le respondió con una sonrisa y una buena propina. Ricky era de los que creían que lo primero que uno debía hacer era asentar el terreno, ya que de esa forma te asegurabas de conseguir lo que deseabas. La sonrisa que ella le devolvió le indicó que ya casi la tenía metida en el bote. La vida, pensó, era buena y, a partir de mañana, sería aún mejor.

Capítulo 17

Jimmy Brick estaba enfurruñado, aunque nadie se diera cuenta de ello. Hoy tenía la cara sonriente, en parte porque era el cumpleaños del muchacho.

Sabía, sin embargo, que las fiestas de cumpleaños podían en ocasiones terminar muy mal, ya que la mezcla de alcohol y el contraste de pareceres era más que suficiente para dar comienzo a una guerra mundial.

El bautizo de su sobrina, por ejemplo, hizo que su cuñado cometiera un asesinato y se ganara una cadena perpetua, ya que no se le había invitado por su costumbre de tirarse a su hermana siempre que se le antojase. Lo habían echado de la casa que en su momento había compartido con otros, hasta que Úrsula, su hermana, besó a su nuevo novio en el jardín trasero de su casa marital; llegado el momento se dijo que su cuñado había escalado el muro, luego se oyeron los disparos, los gritos de las mujeres y pasaron el resto del domingo declarando en la comisaría.

No, a Jimmy no le gustaban ni las fiestas más inocentes, ni los invitados menos sospechosos, ya que consideraba que hasta el más tonto era capaz de arruinarlo todo si se daban las debidas circunstancias. Se sentía tan seguro que estaba decidido a que nada de eso ocurriese en la fiesta de Pat Junior.

La sala lucía maravillosamente decorada y fantástica, toda repleta de globos y pancartas. Las mesas que habían colocado estaban combadas por el peso de tanta comida y el aroma que desprendía le estaba matando. Le encantaban los huevos con berros, así que cogió unos cuantos y se los comió masticando rápidamente. El bar ya estaba abierto y el pinchadiscos, un capullo redomado, estaba preparado para ponerles un rock-and-roll. Jimmy supervisó que las mesas y las sillas estuvieran en los lugares adecuados, luego se fumó un cigarrillo fuera de la iglesia y, finalmente, se relajó. El chico tenía suerte de que organizasen una fiesta como ésa por su décimo cumpleaños, ya que él jamás había tenido nada parecido en sus veintiún años. El joven Pat Junior era un buen muchacho. Era fuerte y se parecía mucho a su padre. Eran, como decía su madre, igual que dos gotas de agua. El otro, Lance, sin embargo, era un niño muy extraño, de eso no cabía duda. Era un caso aparte y, aunque no había nada malo en ello, Patrick había tomado la decisión de que no asistiera a la fiesta para darle una lección. Si tuviera diez años más, sin embargo, las cosas habrían sido muy distintas porque seguro que no habría aceptado de tan buena gana que no le invitasen a la fiesta. Lance, en definitiva, era un maniático que aún no había florecido del todo y, cuando lo hiciera, que Dios se apiadase del que se interpusiera en su camino.

Lil escuchaba a su madre a medias, ya que estaba cepillando el pelo de Kathleen y siempre se quedaba maravillada con su suavidad. La gemelas, vestidas con su traje color crema, tenían un aspecto encantador. Cuando estaban vestidas de esa manera, su parecido se acrecentaba incluso más. Eileen tenía los ojos un poco más oscuros, pero, a menos que no se los mirase detenidamente, casi nadie era capaz de percibirlo.

– Cuando abrí la puerta y vi a tu marido casi me da un ataque al corazón.

Annie se alegró de que por fin su hija le prestara algo de atención.

– ¿Cómo dices? ¿Pat fue a tu casa? Eso sí que es raro.

Annie asintió y respondió con una mirada que esperaba fuese complaciente. Había deseado con todas sus ganas formar parte de nuevo de la familia de su hija y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para lograrlo, ya que en las últimas semanas se había sentido más sola que nunca.

– ¿Y qué te dijo? -preguntó Lil.

Annie sonrió ligeramente. Sus arrugas denotaban lo mucho que les había echado de menos. Parecía haber envejecido enormemente y, cuando la miró, se dio cuenta de lo mucho que necesitaba de ella y de su familia.

– Me dijo que Lance estaría castigado durante un tiempo y que yo debía quitarme de en medio para que vosotros resolvierais ese asunto en privado.

Lil era muy escéptica a ese respecto, pero prefirió guardarse sus pensamientos.

Annie no pensaba comentarle a su hija que Patrick Brodie le había formado un escándalo, que le había amenazado con prohibirle definitivamente verles si se mostraba indulgente con Lance o lo trataba de forma distinta a los demás. Le había dicho en la cara que ella no le gustaba en absoluto, y que la dejaría entrar de nuevo en su casa si sabía dónde estaba su lugar. Un paso en falso y podía darse por muerta; eso fue lo que le dijo.

Ella lo había aceptado, pero sabía que para ganarse de nuevo un sitio en la vida de su familia debía de caminar sobre ascuas. Ese día se había reprimido los deseos de ir a visitar a Lance a su habitación y se comportó como si no le preocupase. No podía engañar a nadie, lo sabía, pero así al menos dejaba claro que lo estaba intentando. Mientras Lil cogía a Eileen para ponerla sobre sus rodillas y peinarla como había hecho con su hermana, Kathleen se acercó hasta ella y la rodeó con los brazos. Annie se sintió desfallecer de felicidad.

– Abuelita.

Annie sonrió al oír las palabras de su nieta.

– Abuelita loca.

A Lil le habría encantado pegarle a su marido una buena tunda por enseñarle a decir esas cosas a las niñas, pero se sorprendió de ver que ella se reía y no hacía ningún comentario sarcástico al respecto. Verla reírse de esa forma le resultó tan inusual que los ojos se le llenaron de lágrimas. Debía de tener las hormonas un tanto alteradas últimamente porque estaba muy llorosa y, con cualquier cosa, se emocionaba. Desde que Lance había provocado aquel incidente con esa niña había estado viviendo sobre el filo de una navaja y, aunque sabía que su embarazo influía en su estado de ánimo, las fechorías de su hijo le habían quitado el sueño.

Eileen también se reía y Lil la estrechó entre sus brazos, dándole gracias a Dios por las hijas que le había dado. Eran dos ángeles y, aunque sabía que todas las madres pensaban eso mismo de sus hijas, las suyas lo eran realmente. Y no sólo para ella, sino para todo el mundo. La gente solía comentárselo cuando salía con ellas. Parecían unas niñas tan felices y tan contentas que dejaban enamorado a cualquiera. Además, si habían logrado ablandar el corazón de Annie Diamond, entonces es que tenían algo de especial, ya que ella no había logrado sacarle una sonrisa a su madre en su vida, cosa que había lamentado enormemente.

Pat Junior entró en la habitación vestido con su nueva ropa y Lil miró su agraciada cara mientras cogía a sus dos hermanas en brazos y les hablaba en tono cariñoso. Vestido con sus pantalones negros y su camisa blanca parecía tan mayor que se quedó sin palabras durante unos instantes. De repente se dio cuenta de que se estaba convirtiendo en un hombrecito y eso le recordó una vez más que los hijos no son para siempre, que antes de que se diera cuenta, ya serían unos adultos dispuestos a volar del nido. Por ese motivo, su mayor deseo era que se sintieran queridos, que pensaran que ella les había proporcionado una bonita infancia; en definitiva, que ellos tuvieran lo que ella jamás tuvo en su niñez.

Annie miró el rostro de su hija y deseó haberle proporcionado algo a ella también, pero jamás había hecho nada en ese sentido y no recordaba ni el décimo, ni ninguno de sus cumpleaños. Ellos jamás habían celebrado nada y ella lamentaba haber dejado que fuese su marido quien gobernara por completo sus vidas. Annie olvidaba que era precisamente ella quien se lo había permitido convirtiéndose en una persona igual que él; una mujer arrepentida de tener una hija que la había forzado a contraer matrimonio con un hombre como ése. Annie suspiró. En esta vida se aprende y, por eso, se consideraba muy afortunada de que su hija le hubiese dado una segunda oportunidad. Le estaba enormemente agradecida por ello.

Se preguntó si Lil pensaba lo mismo mientras ella miraba a su nieto mayor, casi postrado por el nerviosismo de la fiesta, dándole las gracias a su madre por el trabajo que se había tomado en organizado todo. No pudo evitar pensar si eso le recordaba a su hija lo parcos que habían sido sus cumpleaños de niña por su culpa.

Annie oyó que se abría la puerta principal y escuchó la voz de Patrick Brodie reclamando la presencia de su hijo. Annie aún se sentía inquieta en su presencia y optó por marcharse al vestíbulo para admirar la bicicleta que le habían comprado a Patrick Junior. Se recordó a sí misma que, en lo referente a Patrick Brodie, ella seguía en libertad condicional.

Patrick le guiñó un ojo y ella se sintió aliviada. Estrechó luego a su esposa entre sus brazos y, dirigiéndose a Patrick Junior, dijo: -Conque ya tenemos diez años, verdad hijo. Pronto estarás tan alto como yo. Mi viejo dejó de pegarme el día que pude mirarle a los ojos de frente. Le miré y le dije que la próxima vez que me pegase lo mataría cuando estuviese dormido. Desde entonces ni tan siquiera lo intentó.

A Pat Junior le encantaba que su padre le contase historias de su propia infancia. Mientras tocaba su nueva bicicleta de carreras le preguntó en serio:

– ¿De verdad te pegaba con la correa?

– Me pegaba con lo primero que tuviera a mano. Era un jodido cabrón y, según tengo entendido, lo sigue siendo. Lo que sí puedo asegurarte es que los correazos duelen. Pat Junior miró a su madre y le preguntó:

– ¿Te pegó alguna vez la abuela Annie? Lo dijo en broma, pero se arrepintió al instante porque se dio cuenta de que su madre borraba la sonrisa de su boca y respondía: -Dejemos el asunto y péinate para hacerte la fotografía, ¿de acuerdo?

Pat Junior asintió, pero se dio cuenta de que la cara de su abuela se había puesto de color rojo escarlata. Sintió enormes deseos de abrazar a su madre y consolarla, aunque no estaba seguro de por qué. Su padre, sin embargo, se le adelantó. Observó con tristeza cómo su padre besaba a su madre en los labios y le susurraba:

– Te quiero, Lily Brodie, no lo olvides nunca.

Patrick Junior sintió enormes deseos de echarse a llorar y su madre, al verlo tan compungido, lo estrechó entre sus brazos y lo apretó contra su enorme barriga. Luego le beso mientras reía:

– ¡Qué estúpidos somos! Mira que ponernos casi a llorar hoy que es tu cumpleaños.

Pat Junior sintió la mano de su padre sobre su hombro. Por unos instantes se sintió tan protegido que deseó quedarse así toda la vida. Se sentía tan seguro, protegido y querido que guardaría ese recuerdo el resto de su vida.

Dave, Bernie y Tommy Williams estaban completamente borrachos. Habían estado fuera desde la mañana y, a esas horas tempranas de la tarde, ya estaban ebrios. Mientras estaban en la barra se dieron cuenta de que acaparaban la atención de los clientes habituales.

No habían estado en ese bar desde hacía tiempo y sabían que su repentina aparición habría sido comunicada al campamento base.

Era el día de la gran fiesta y cualquiera que tuviese un nombre estaría yendo a la iglesia cargado de regalos y con la sonrisa puesta.

Por eso sabían que estaban a salvo. Patrick Brodie no haría nada ese día y ellos ya llevaban más tiempo de la cuenta andando a escondidas. Ahora, sin embargo, los tres estaban tan cargados que se sentían capaces de enfrentarse al joven Ricky y a su constante cabreo por verlos siempre borrachos. Tenían que verlo después, pero sería cuando a ellos les resultase más conveniente. El Blind Beggar estaba hasta los topes aquella tarde, como solía suceder los sábados a la hora del almuerzo. La clientela estaba formada por comerciales, propietarios de establecimientos, unos cuantos memos y gente de poca monta.

Hubo un tiempo en que el nombre de Williams les proporcionaba una calurosa bienvenida en ese lugar, además de bebida gratis, pero en la actualidad eran sencillamente tolerados.

La bebida, mezclada con las anfetaminas que ya corrían por sus venas, les hizo sentirse más ofendidos por el tratamiento que recibían. Eran plenamente conscientes de lo bajo que habían caído y hoy, más que nunca, se sentían despechados por las personas que en otros tiempos se hubieran roto el cuello por responder a uno de sus saludos, personas que habían bebido con ellos para ver si se les pegaba algo de su éxito. Ahora los despreciaban deliberadamente, y lo peor de todo es que no les atemorizaba comportarse como lo hacían. El joven Ricky tenía razón, su astucia no le engañaba. El sabía cuáles eran los pormenores de ponerse en contra de Brodie y Spider y era el más inteligente de los hermanos no sólo porque retenía toda clase de información, sino porque sabía cómo utilizarla. Estaba empezando a escalar puestos y toda esa gentuza que ahora los despreciaba se daría cuenta de ello y cambiaría de actitud. Ricky estaba en lo cierto. Tenían que hacer algo espectacular, una hazaña que les hiciera recuperar su lugar.

Tommy miró a través de la barra al chico apuesto que tendría unos veintitantos años. Era lo que ellos calificaban como un «tiarrángano»; es decir, que era más grande de lo normal y sabía cuidar de sí mismo. Tommy lo conocía ligeramente a través de Cain, le sonrió y el muchacho le devolvió una amistosa sonrisa. Algún día les sería de mucha, utilidad, de eso estaba seguro. El muchacho, que respondía al nombre de Digger Trent, resopló con desdén y sacudió la cabeza lenta y deliberadamente antes de darse la vuelta para mirarlos. Con ese insignificante gesto logró transmitir más desprecio que si los hubiera insultado en público.

Tommy se fijó en la anchura de sus hombros, que resaltaba más aún por la chaqueta de cuero que llevaba. Digger tenía el pelo moreno y espeso, muy bien cortado, además de que era un chico apuesto y él lo sabía. Estaba, además, justo en esa edad en que se desea progresar en su profesión. Se dedicaba a cobrar deudas, además de que estaba ganándose nuevos clientes, por lo que no tenía la más mínima intención de asociarse con una pandilla de capullos como los Williams. Se sentía suficientemente seguro en su local como para mofarse de ellos. Los Williams eran habilidosos, pero estaba seguro de que podía con ellos si era necesario. De hecho, darle una paliza a tipos conocidos era la mejor forma de hacerse de una reputación. Los hermanos Williams aún eran lo suficientemente fuertes para ser evitados, pero ya no estaban asociados con ninguna persona importante como para tenerles miedo. Digger se estaba preguntando si debía encararse con ellos o esperar a ver qué sucedía.

Uno de sus compinches, Louis Blackman, no se sentía tan seguro y confiado, por lo que no les quitó ojo de encima a los hermanos Williams mientras sorbía un trago de su cerveza Foster. Era mayor que Digger y sabía que los hermanos Williams la habían jodido en los últimos años y ahora muchos los tomaban en broma, pero también sabía que juntos constituían una fuerza digna de tener en cuenta. Cuando Tommy se acercó hasta donde se encontraban cerca de la máquina de discos y vio el destello de sus gafas retrocedió lo más rápido posible.

Tommy estrelló la jarra de cerveza en la cara de Digger con todas sus fuerzas. Este no se dio cuenta de nada hasta que no vio estrellarse el cristal contra su mejilla y su ojo. Aún estaba de pie, dándole la espalda a los hermanos Williams y Tommy llevaba las de ganar porque no le había dado tiempo a Digger ni para que se cubriera con las manos. Digger cayó de rodillas, pesadamente, y Tommy empezó a apuñalarle con los restos de la jarra que sostenía en su mano.

La sangre salpicaba por todos lados y la cara de rabia que tenía Tommy era ya más que suficiente como para que nadie quisiera interferir o tratar de detenerle. El jersey Pringle que llevaba puesto estaba empapado de sangre y, cuando dio por terminado su trabajo, el joven Digger yacía inconsciente a sus pies.

Tommy le escupió encima. El odio y el desprecio que mostraba en su rostro redondo mantenían a los demás a distancia. Bernie, además, miraba al resto de los presentes con ojos endiablados y los puños levantados y amenazantes. Dave también tenía un enorme cuchillo en la mano y lo blandía mientras se reía estrepitosamente. Ninguno de los que estaban allí estaba dispuesto a encararse con aquel loco hijo de puta que parecía un maniático blandiendo su enorme cuchillo a todo aquel que se atreviese a mirarle.

La camarera, una mujer delgada con el pecho descolgado y el pelo muy mal teñido, rompió el silencio diciendo en voz alta y de forma beligerante:

– Fantástico. Justo lo que necesitaba. Sacad vuestro jodido culo de aquí y marchaos a casa. Voy a llamar a una ambulancia y ellos se encargarán de llamar a la pasma.

Tommy sonrió y ella apretó los labios en señal de fastidio. Señalándoles la puerta volvió a gritarles:

– Idos a tomar por culo antes de que llegue la pasma. Y no volváis hasta que no tengáis dinero para pagarme la moqueta. Mirad cómo la habéis dejado. Está hecha una completa ruina…

Seguía echándole maldiciones a Tommy cuando éste salió del bar seguido de sus hermanos, riendo y bromeando. Tommy se dirigió hasta su coche, sin pensar siquiera en el aspecto que tenía, ni darse cuenta de que estaba empapado de sangre. Se le había subido la adrenalina y, con las anfetaminas que había tomado, se sentía dispuesto a cualquier cosa.

– ¿Has visto cómo le he dejado la cara a ese capullo?

David sonrió y Bernie respondió con sarcasmo:

– No, me tapé los ojos para no verlo. Por supuesto que lo he visto. Y ahora arranca el motor y vámonos de aquí. Tenemos muchas cosas que hacer hoy y Ricky se preguntará dónde estamos. Lo último que necesitamos es tener un encontronazo con la bofia.

Salieron derrapando por la avenida Whitechapel para encontrarse con Ricky y resolver los asuntos que él había planeado. Luego regresarían a tiempo para cenar.

– ¿Qué hora es, cariño?

Lil acababa de terminar de arreglarse cuando oyó la voz de su marido. Se rió a carcajadas y respondió:

– Hora de que te compres un reloj.

Eran las cinco en punto y ella ya estaba preparada para asistir a la fiesta. Los niños estaban vestidos y arreglados con sus mejores galas. Normalmente, costaba bastante trabajo hacerlo, especialmente las gemelas, por lo que casi siempre tenía muy poco tiempo para arreglarse ella. Hoy, sin embargo, estaba dispuesta a lucir sus mejores galas y, a pesar de su embarazo, el espejo le dijo que lo había conseguido.

Cuando bajó las escaleras vio la cara de Patrick y sonrió al advertir el deseo que aún emanaba de sus ojos azules. Dijeran lo que dijeran de su marido, él la hacía inmensamente feliz.

Lil se rió de nuevo cuando él le silbó al veda bajar y Annie se dio cuenta del enorme amor que se profesaban entre sí, algo que, como siempre, le hizo sentirse una intrusa. Hasta Pat Junior y las gemelas se quedaron calladas mientras veían abrazarse a sus padres.

La enorme devoción que sentía su hija por el hombre con el que se había casado, así como el profundo amor que él manifestaba por su esposa jamás dejaron de sorprenderle. Que su hija Lil pudiera suscitar tanto amor en un hombre tan apuesto y viril como Patrick Brodie le hacía sentir algo de celos y envidia. Sin embargo, aunque eso a veces le carcomía, trataba de ocultarlo en lo posible.

Su matrimonio había carecido de cualquier cosa que pudiera parecerse al amor, pues se casó con el primer hombre que se lo ofreció. Había pasado la vida entera sin saber lo que significaba abrazar a un ser amado, hacer el amor apasionadamente o hablar simplemente sobre las cosas cotidianas de la vida. Por eso, ver que su hija Lil, esa niña bastarda que fue concebida durante una noche loca en la que Annie no sólo perdió su virginidad, sino también su orgullo, tuviera la suerte de llevar una vida que muchas mujeres no se habrían atrevido ni a soñar, le resultaba prácticamente imposible e injusto como la vida misma. Sus sentimientos por su hija pasaban del orgullo al odio y deseó que no fuese así. Ella rezaba por sus anhelos y por encontrar un poco de paz de espíritu, pero saber que su vida había sido tan insulsa le carcomía por dentro. Annie aún sentía esos deseos internos que sólo un hombre es capaz de satisfacer. Seguía soñando que se enamoraba de un hombre que la correspondía, pero sabía que ese sueño jamás se haría realidad. Lo más parecido al verdadero amor que había sentido en su vida fue lo que sintió al ver nacer a Lance. Aunque también quería mucho a sus otros nietos, por él sentía un especial cariño y era por el único que sentía verdadera necesidad.

– Coge la cámara, Annie, y hazme una foto con mis mujeres y mi mejor hijo. Luego nos pondremos en marcha, que tengo que llevar a mi hijo a su fiesta.

Mientras Patrick hablaba Annie corrió a coger la cámara de la cocina. Cuando regresó al salón vio a Lance, de pie, en lo alto de las escaleras y vestido en pijama. Con voz suave le dijo a su hermano:

– Qué lo pases bien, Pat. Feliz cumpleaños.

Patrick subió las escaleras, seguido como siempre de las gemelas. Lil tuvo durante unos segundos la tentación de dejarle ir a la fiesta, pues aparentaba ser tan pequeño y vulnerable que parecía incapaz cié hacerle daño a una mosca. Sin embargo, se recordó a sí misma que era un gran actor, además de un mentiroso. Si ahora se dejaba engatusar y no se hacía la fuerte, él les pisotearía el resto de sus días.

Los dos muchachos se abrazaron y hasta Patrick se sintió conmovido por esa amistad que les unía. Pat Junior era la única persona, aparte de las gemelas, por la que Lance manifestaba algo de aprecio. Resultaba obvio que ambos hermanos se sentían unidos a pesar de lo que hubiese sucedido entre ellos en el pasado. Annie pensó que él la adoraba, pero luego no tuvo más remedio que reconocer que Lance, de alguna manera, su propio hijo, era un mutante, un capricho de la naturaleza. Había mucho de Brodie en él, lamentaba reconocerlo, pero la verdad estaba por encima de todo.

Annie estaba de pie, vestida con sus mejores galas y, al verlo, se quedó contemplándolo como si llevara meses sin verlo, aunque sólo fueron unos cuantos días. Deseó que lo dejasen ir aquella noche a la fiesta, que pudiera estar con su familia y sus amigos. Aunque no lo dijo en voz alta, pensó que era un castigo muy cruel y poco corriente para un niño, pues, al fin y al cabo, eso es lo que era. Sus padres parecían olvidarlo y lamentó no tener suficiente estatus en la familia como para defenderle y poder levantarle el castigo.

Alguien llamó a la puerta y Annie la abrió de par en par. Debía ser el chofer que había contratado Pat, así que él podría hacer la foto y ella también saldría en ella.

Jimmy Brick se estaba empezando a poner nervioso. El salón estaba repleto de personas y regalos, el pinchadiscos les había puesto a Slade a dos niñas de quince años que estaban vestidas como si tuvieran veinte, y un grupo de adolescentes degenerados con el pelo muy corto no le quitaba ojo al buffet. Casi todas las mesas estaban ocupadas y la gente bebía y tomaba aperitivos mientras esperaba que comenzase la fiesta. El sacerdote iba de un lado para otro como un yonqui y los camareros, al igual que el sacerdote, ya estaban un poco cansados.

La mayoría de los invitados ya habían llegado y estaban sentados cerca de la mesa reservada para Patrick y Lil, cada uno en su sitio correspondiente. Tenía a varios hombres trabajando y pendientes de cualquier inicio de disputa que pudiera ocasionarse, con la orden explícita de no utilizar la violencia hasta que no fuesen desalojados del local. Una vez que llegasen al aparcamiento gozaban de carta blanca, pero hasta entonces todo debía ser sonrisas y buenas caras.

Los Palmers ya se encontraban allí y sus hijos ya se disponían a patinar por el salón de madera con sus calcetines blancos y de marca. Los degenerados a los que Jimmy no les quitaba ojo ya se las habían apañado para coger un plato de sándwiches y un recipiente con golosinas de la mesa. Esperaba que no intentasen venir a por más porque no estaba de humor para conversaciones educadas.

Las fiestas, si no se controlaban debidamente, podían tener resultados inesperados y él era el responsable de que ésta transcurriese con el mínimo de altercados y el mayor divertimento posible.

Las luces se bajaron. Spider y su novia charlaban con los Brewster, una gran familia del sur de Londres que se dedicaba al negocio de la pornografía: vídeos y revistas, por supuesto. Lenny Brewster, un viejo amigo de la niñez de Patrick, estaba contando chistes verdes en voz alta y, al igual que Spider, no cesaba de mirar a la puerta. Jimmy miró el reloj y se dio cuenta de que eran casi las seis. Patrick pensaba llegar a la hora justa, lo cual era una de sus prerrogativas. Estaban a un paso de su casa y probablemente se habían entretenido con gente que los felicitaba.

El pastel de cumpleaños era una verdadera obra de arte. Era una réplica exacta del estadio de Wembley y la hierba, desde lejos, parecía completamente real. El pastelero dijo, sin ánimo de ofender por supuesto, que esperaba que no le pidiesen un pastel como ése cada santo del niño.

Jimmy Brick estaba satisfecho de cómo había quedado todo y estaba seguro de que Patrick también lo estaría. Todas las invitaciones que habían enviado habían sido aceptadas amablemente y se veían peces gordos y gente normal hablando y charlando alegremente. Además, después de haber amenazado al pinchadiscos, ya se escuchaba música más decente. Aquello era una fiesta de verdad y se alegraba de que Brodie y su familia fuesen recibidos con tanta amistad y camaradería. Él mismo notaba que empezaba a relajarse, satisfecho de haber hecho su trabajo como debía. Ahora sólo le quedaba esperar al gran hombre y luego podría tomarse un breve descanso.

También le había echado ya el ojo a una jovencita. Llevaba puesto un traje verde chiffon y sus altos tacones mostraban sus delgados tobillos. Tenía un par de tetas bastante decentes, pero él siempre era un hombre que se fijaba primeramente en las piernas. Ella le había hecho un guiño y, tras una minuciosa inspección, observó que no asustaría a nadie en una noche oscura. El caso es que tenía el presentimiento de que iba a ser una gran fiesta para todo el mundo una vez que el invitado de honor llegase.

Annie vio al hombre en la puerta principal y, por un segundo, pensó que estaba soñando. Sin embargo, cuando él la apartó de un empujón y entró seguido de los otros tres, se dio cuenta que estaba en lo cierto.

El primer hombre estaba cubierto de sangre y oyó el grito que dio Lil de la impresión. Luego vio que aquellos hombres llevaban navajas en las manos y empezaron a apuñalar a Patrick. Él trataba de defenderse, se debatía por mantenerse en pie, pero ellos eran cuatro y llevaban todas las de ganar. Se reían mientras la emprendían a golpes con él. Luego vio que había sangre por todos lados y se desmayó.

Pat Junior y Lance contemplaron todo el espectáculo mientras sostenían a sus hermanas en brazos y le tapaban la cara para que no viesen semejante carnicería. Pat Junior vio a su padre gritar y amenazar a aquellos hombres, a los que reconoció como los hermanos Williams. Podía oír cómo ellos vociferaban obscenidades mientras hundían las navajas en la cabeza y el pecho de su padre una y otra vez. Patrick cayó de rodillas y los muchachos se quedaron atónitos cuando vieron a Ricky Williams patearle a su padre en las entrañas con todas sus ganas, levantándolo incluso del suelo. Pat Junior le dijo a Lance que cogiera a las niñas y se encerrara en la habitación. Luego bajó las escaleras y se abalanzó sobre el primero que pudo, con su camisa nueva ya manchada de sangre. Seguían apuñalando a su padre y ahora se reían de sus vanos intentos por tratar de detenerlos.

Pat Junior vio a su madre en el suelo, aterrorizada, y se sintió impotente, incapaz de hacer nada para defender a sus padres. El hombre más corpulento de los tres lo cogió en brazos y lo estrelló contra la pared, provocándole un dolor tremendo. Cuando estaba tendido en el suelo vio lo que quedaba de la cara de su padre y se dio cuenta de que ya estaba muerto, a pesar de que los tres hombres seguían apuñalándole y golpeándole por pura diversión. Supo que aquella sangre y aquellas risas ya no las podría olvidar nunca porque a partir de ahora todo sería muy diferente. Abriéndose camino a empujones, Pat Junior se arrojó sobre el cuerpo de su padre para protegerle. Tommy Williams tenía el brazo levantado para apuñalarle de nuevo en la cara cuando Dave le agarró el brazo. Dave vio al aterrorizado niño echado encima del cuerpo de su padre y fue entonces cuando se dio cuenta de la enormidad de lo que acababan de hacer.

– Basta, basta. Casi apuñalas al niño, gilipollas.

La voz de David fue como un catalizador para que todos se detuvieran. Se quedaron callados, resollando en aquel silencio. Pat Junior no cesaba de llorar y pudo oírse a sí mismo gritando «papá, papá», aunque sabía que su padre ya nunca más volvería a responder a sus llamadas.

Lil, tendida en la entrada de la cocina, había visto morir a su marido mientras sentía cómo el nuevo bebé se movía en su interior, como si tratara de escapar de aquella locura. Intentó levantarse en varias ocasiones, pero no pudo porque el dolor se lo impedía. Tardó un rato en darse cuenta de que había roto aguas.

Vio a Dave sentado en las escaleras, con la cabeza apoyada en las manos y contemplando el cuerpo de su marido. Era irreconocible, lo habían cortado a pedazos literalmente. Fue entonces cuando vio a su hijo Pat empapado en sangre y echado encima del cuerpo de su padre, tratándolo de proteger con sus pequeños brazos. Era una pesadilla; una pesadilla de la que estaba convencida que se despertaría en unos instantes para ir a la fiesta tal y como tenían planeado.

Por desgracia no era así. Patrick había sido descuartizado delante de sus ojos, su hijo había sido testigo de su asesinato y lo había tratado de proteger. Era su cumpleaños, el día que tanto había esperado, y estaba empapado de la sangre de su padre. La camisa blanca, su primera camisa de la marca Ben Sherman que tanto orgullo le había producido, ahora estaba teñida de rojo y empapada de la sangre de su padre. Cuando Lil miró a su alrededor vio que hasta las paredes y las escaleras estaban manchadas de sangre. Luego pudo oír las arcadas de Dave Williams y vio como vomitaba en el suelo. Se dio cuenta de que todo era verdad, que su marido, su alma gemela, yacía muerto en el suelo y ella iba a parir un hijo al que él nunca vería, nunca sostendría en sus brazos. Fue entonces cuando empezó a gritar, a lanzar unos gritos tan feroces que fueron los que sacaron del estupor a los hermanos Williams.

Pat Junior los vio salir de la casa como si fuesen a dar un paseo; es decir, sin prisas, sin miedo a que fuesen apresados. Salieron lentamente y cerraron la puerta como si hubieran desahogado toda su rabia con su padre, cosa que por supuesto habían hecho.

Patrick Junior continuaba sollozando, sólo que ahora ya eran sollozos sin lágrimas. Se levantó y se acercó para ver a su madre. A pesar de que sus gritos aún resonaban en las paredes, logró dejar de temblar y llamó al 091.

Capítulo 18

Spider salió del hospital con Jimmy Brick, ambos aún en estado de shock. Lil, que Dios se apiade de ella, había dado luz; justo lo que menos necesitaba en ese momento. Se habían quedado con ella en el hospital, ya que no sabían qué hacer. Cuando el chofer entró en el salón y les contó lo que había sucedido, pensaron que se trataba de una broma macabra. Al llegar a la casa y ver la carnicería que habían organizado, les pareció aún más increíble.

La muerte de Patrick fue tan inesperada que nadie se la creyó al principio. Spider, a pesar de haber identificado el cuerpo, aún no estaba seguro porque lo habían dejado casi irreconocible. La muerte de Cain le había afectado emocionalmente, pero la de Patrick le afectó en muchos otros aspectos, ya que suponía una nueva fuente de problemas.

Cuando Jimmy y Spider salieron al frío aire de la noche se miraron, sin saber qué decir acerca de lo sucedido. Parecía increíble que Patrick Brodie hubiese sido asesinado precisamente a manos de los hermanos Williams, y que su asesinato hubiese sido tan bien planeado y ejecutado precisamente por ellos. Al parecer, Ricky Williams se había tomado la justicia por su cuenta y a las pocas horas de morir Patrick ya se estaba congraciando con los principales contendientes de Pat, mostrando una perspicacia y una inteligencia que, si no le hacían ganarse su amistad, al menos sí el respeto que consideraba que se merecía. La policía consideró el asunto como un simple ajuste de cuentas, por lo que no se esforzó gran cosa en detener a los asesinos. Aquello también les sirvió para saber que los hermanos Williams ya se habían puesto en marcha y, fuese quien fuese quien los liderase, al parecer quería quedarse con todo y tenía grandes ambiciones.

– Es indignante -dijo Jimmy-. Matar a Patrick Brodie de esa manera.

Jimmy habló en voz demasiado alta, tanto que dos hombres que fumaban un cigarrillo mientras esperaban que a un amigo le pusiesen unos puntos en la cabeza pudieron oír lo que decía. Sin embargo, viendo la conducta y los modales de ambos, decidieron hacer oídos sordos y darse por no enterados. Jimmy ya tenía un aspecto bastante aterrador con su cara llena de cicatrices y su muy patente agresividad, y del negro se podía decir otro tanto, pero fue oír el nombre de Brodie y el relato de lo sucedido lo que aplacó su natural beligerancia. Tener un altercado con la policía era una cosa, pero asesinar a una persona era algo muy distinto. Aquellos muchachos eran sólo una pandilla de chulillos, de esos que van buscando bronca por los bares.

– ¿Qué coño andáis mirando, pandilla de gilipollas?

Jimmy deseaba desahogar su ira y aquellos mequetrefes le parecieron lo más adecuado. Él ya de por sí era un tanto paranoico, pero ahora estaba convencido de que se estaban mofando de él y no pensaba permitírselo. La muerte de Brodie, sin duda, lo había vuelto todavía más paranoico, por eso pensó que aquellos muchachos se estaban haciendo los valientes y estaban esperando para abalanzarse contra él y ponerlo fuera de combate. Eso, claro, en sueños.

Jimmy se fue hacia ellos y Spider le cogió del brazo.

– ¿Qué coño haces? Son sólo un puñado de mierdas.

El gesto que hizo Spider con la mano que tenía libre les sirvió de aliciente y se alejaron para desaparecer en la oscuridad de la noche.

Jimmy se quitó la mano de Spider de encima; tenía los puños cerrados de furia.

– Lo han cortado a pedazos, Jimmy -dijo Spider sacudiendo la cabeza-. Dije que era él, pero lo único que he reconocido ha sido su anillo, ya sabes, ese negro con un ónix. Pero si te digo la verdad, parecía un trozo de ternera descarnado.

Jimmy asintió. Él también había visto a Patrick tendido en el vestíbulo y jamás olvidaría la escena. La pobre Lil gritaba aterrorizada mientras abrazaba a todos sus hijos en el sofá. Pat Junior estaba completamente cubierto de sangre, tenía los ojos enrojecidos de llorar, pero, a pesar de eso, seguía tratando de proteger a sus hermanos. Se dio cuenta de que el muchacho estaba aterrorizado de pensar que los hermanos Williams pudieran regresar. Él no era ningún estúpido, sabía cómo funcionaban las cosas y sabía que había sido afortunado al salir ileso. Le habían dicho lo cerca que habían estado de apuñalarle, y sabía que, a partir de ese momento, ya nunca más se sentiría a salvo. Era una desgracia, un acto diabólico y maligno.

Lo peor es que él era el culpable de todo. Patrick le había dado a Spider el encargo de ocuparse de los hermanos Williams y de su hermano Cain, y él había cometido un gravísimo error que le había costado la vida a su amigo a manos de un puñado de gilipollas; era como si una pandilla de boy scouts derrotara a una cuadrilla de paracaidistas.

Miró a Spider y, por fin, se dio cuenta de la realidad.

– No pienso ser un chupapollas de nadie, y menos un chupapollas de los Williams.

Jimmy Brick estaba fuera de sí por lo ocurrido. Pat y él habían construido un bonito nicho entre los dos y había llegado a apreciar y respetar a su amigo. Le parecía un acto propio de animales que los hermanos hubieran tenido la audacia de matar a Pat en su propia casa y delante de sus hijos y su mujer embarazada. La muerte no importaba gran cosa; en el mundo que vivían todos eran objetivos de alguien. Era la forma en que lo habían ejecutado, echándose como una jauría de lobos en presencia de sus hijos. Las gemelas eran apenas unas niñas a las cuales Pat había adorado. La muerte había convertido en mofa todo lo que ellos consideraban sagrado, pues uno no molestaba a las familias, ni a los inocentes, ni a los ancianos.

– Esperemos a ver quién está al mando antes de meternos en problemas -dijo Spider.

Lo sosegada que sonaba su voz resultaba casi insultante para Jimmy, aunque sabía que estaba en lo cierto. Esa noche se estaban llevando a cabo muchos trapicheos y, hasta que supieran quién andaba involucrado, lo mejor era mantenerse al margen.

Estaban en la puerta del hospital fumando cigarrillos y ambos se quedaron muy callados después de decir lo necesario. Ambos sabían que a partir de ahora las cosas iban a cambiar mucho, y no sólo para ellos, sino para todos los de su círculo. La muerte de Patrick Brodie iba a causar muchos contratiempos y todos los que habían estado de su lado serían considerados sospechosos o enemigos, dependiendo de lo que sabían o ignoraban.

– Apuesto que detrás de esto andan los Palmers o los Brewster. Estoy seguro de que los hermanos Williams deben de tener un patrocinador, pues ellos no son capaces ni de encontrarse los huevos con ayuda de un perro guía. Son sólo unos aficionados con la cabeza hueca, una pandilla de memos. Pat debería haberse librado de ellos cuando tuvo la oportunidad y tú lo sabes mejor que nadie.

La indirecta le llegó al corazón a Spider, cosa que esperaba Jimmy. Cain también había sido un cabeza hueca que había encontrado su sitio al lado de los hermanos Williams.

– Dime con quién vas y te diré quién eres, me decía siempre mi madre. Cain era igual que ellos y tú lo sabes, lo que pasa que siempre te tuvo a ti de su lado. Esto lo ha tenido que llevar a cabo alguien más listo, ellos no serían capaz ni de robar en una tienda sin llamar a la marina. No, colega, estoy seguro de que esto lo ha planeado alguien más listo, alguien que conocemos. Ricky Williams ahora es el cerebro de la familia y eso significa que puede apañárselas solito. Sin embargo, alguien ha debido de planearlo todo y los ha utilizado en su propio beneficio. La cuestión es saber quién.

Spider se encogió de hombros. Eso era precisamente lo que él pensaba, pero hasta que no supiera con seguridad quién era el cerebro, prefería guardarse sus opiniones. Jimmy era un hombre de ideas fijas normalmente, pero hasta que supiera con certeza quién había dirigido este asunto, prefería no comprometerse. Ahora se trataba de seguir vivos y Spider pensaba mantenerse en sus trece aunque eso le costase la vida. La charlatanería a veces provocaba muchas muertes, sobre todo cuando la gente no sabía de qué lado debía estar.

Aquello era un rompecabezas y, puesto que la muerte de su hermano estaba aún muy reciente y los hermanos Williams estaban representando su papel en la obra, se dio cuenta de que tenía que actuar con mucha delicadeza y astucia durante las próximas semanas. Pensaban aumentar el número de su plantilla. De su plantilla de negros, ya que pensaba seguir manteniendo sus negocios en el sur de Londres, e incluso extender su área de acción en cuanto tuviera la más mínima oportunidad. Spider sabía que pensaban quitarle todo lo que Par le había proporcionado, ésa era una de las razones por la que lo habían matado. Seguro que lo que planeaban era quedarse con su territorio mientras utilizaban chivos expiatorios como Ricky para conseguir sus fines. La persona que había perpetrado ese asesinato tan despreciable estaba utilizando a los hermanos Williams como escudo, así podrían luego quedarse con toda la cosecha.

Spider tenía que apañárselas solo y la muerte de Cain aún le seguía pesando como la espada de Damocles. Se encontraba en una situación un tanto precaria. Cain había estado tratando con los hermanos Williams y eso no es algo que se olvide fácilmente. Ahora necesitaba ver qué iba a suceder con los negocios que él tenía con Patrick. No había nada escrito, ni legal y sabía que muchos de los que habían trabajado para Patrick tratarían de aprovecharse sin que él pudiera hacer nada para evitarlo. Muchos de los clubes que pertenecieron a Pat tenían socios ocultos, inversores que ahora reclamarían su parte y, sin Patrick para dirigir aquel tinglado, no les resultaría nada difícil. Spider no sabía quién había puesto dinero y quién no y los libros de Patrick requerían de un experto en descodificar enigmas para poder entenderlos. Jamás se había encargado de las cuentas, puesto que siempre había confiado esa labor a Patrick. Él podía llegar a ser un hijo de puta, pero había sido un hijo de puta honesto y un buen amigo suyo. La cuestión es que ahora estaba muerto y eso le dolía, le dolía de verdad, por lo que necesitaba pensar largo y tendido antes de dar el siguiente paso.

Lenny Brewster miró a Lil Brodie y sintió remordimientos de conciencia. Estaba tan delgada como un fideo y su traje oscuro parecía acentuar esa delgadez, al igual que la palidez de su rostro. No obstante, aún estaba de buen ver y la pena que le invadía le daba un aspecto tan vulnerable que le resultó seductora. Después de que guardase luto durante un tiempo razonable, no estaría nada mal echarle un polvo. Después de unos meses a palo seco, seguro que echaba de menos una buena polla y a él le apetecía enormemente tirarse a la mujer de Brodie. Brodie la había tratado como a una diosa y sabía que ella jamás le había puesto los cuernos, por ese motivo, pensar en tirársela le seducía aún más. Su esposa estaba arrodillada para recibir la Sagrada Comunión y él estaba arrodillado a su lado, con la cabeza gacha, como si estuviese rezando. Lenny sabía que estaba ya un poco viejo, pero estaba dispuesto a hacerse con el liderato y había planeado una serie de sorpresas muy agradables para la familia Palmer. Ahora que había muerto Brodie, consideraba que tenía derecho a quedarse con cualquier cosa o con cualquier persona que se le antojara. Siempre había sido un hombre a tener en cuenta, uno de los peces gordos más respetados, y nadie se había percatado hasta ahora de lo grande que se había convertido su imperio. Era un hombre astuto e inteligente que tenía el don de hacer que la gente se sintiera cómoda en su presencia. Disponía de un gran repertorio de chistes que sabía contar con mucha gracia, además de que su compañía resultaba siempre agradable. Había permanecido sentado y a la espera, y su turno había llegado antes de lo esperado, por lo que ahora pretendía sacar el mayor provecho de ello.

Lil estaba sentada en la iglesia, contemplando el funeral de su marido y cualquiera podía darse cuenta de lo dolida que se sentía. Sostenía a su nuevo bebé en los brazos, lo cual provocaba no sólo las lágrimas de todas las mujeres que había presentes, sino además un sentimiento de pena entre los hombres.

Estaba destrozada, de eso no había duda, pero contra eso no podía hacer nada. Sin embargo, también sabía que debía de actuar con astucia y utilizar la inteligencia para poder salvar todo lo posible en favor de sus hijos. Patrick estaría maldiciendo a todos los presentes si los observaba, pero ahora ya nada podía hacer al respecto y todo dependía exclusivamente de ella.

El dinero que había en los bancos le pertenecía, por supuesto, aunque no es que ellos guardasen grandes cantidades porque si no hubieran tenido que darle muchas explicaciones a los de Hacienda. Lil también era la beneficiaria de algunas pólizas de seguro que había hecho Patrick y probablemente recibiría una paga por ellas. Luego se esperaba que agachase la cabeza y se quedara con los brazos cruzados. Lil era ahora un engorro, pues la habían tratado como a alguien de la realeza. Conocía los pormenores de los clubes porque los había dirigido casi todos, pero sus conocimientos no le servirían de nada ahora, ya que era agua pasada y ella lo sabía. Con cinco hijos y un marido muerto era una mujer desprotegida, pero a pesar de la enorme pena que le invadía sabía que debía mantenerse fuerte por sus hijos, tratar de recuperarse lo antes posible y hacer acopio de todo lo que le pertenecía. También sabía dónde Patrick había escondido algún dinero procedente de algunos robos en bancos y pensaba ir a buscarlo en cuanto oscureciese para ver cuánto quedaba. Lil se dio cuenta de que la vida que había llevado se le había acabado, además de que todo por lo que había trabajado Patrick se quedaba en nada. Se había fijado en el abrigo de piel que llevaba la mujer de Lenny, debería de haber costado un. buen puñado de billetes, así como en su forma de entrar en la iglesia, como si fuese la dueña del lugar, saludando a la gente y asintiendo. Ahora ella era la Primera Dama y estaba encantada de interpretar ese papel. Bueno, al menos esperaba que tuviera mejor suerte que ella.

Cuando Lil se sentó en la iglesia le invadió un sosiego extraño, lira consciente de lo unida que había estado su familia después de la total aniquilación de su padre a manos de Ricky Williams. Sabía que Tommy habría matado a Pat Junior sin pensárselo dos veces, así que le dio gracias a Dios por haberlo dejado vivo. Aceptaba el hecho de que todo el trabajo que había realizado su marido, es decir, los clubes y las casas de apuestas, estuviesen gestionados por alguien nuevo, ya que no tenía suficiente poder para oponerse. Aquella mañana, cuando miró a sus hijos, se dio cuenta de que tenía que aceptar su destino de la mejor forma posible y tratar de recoger las sobras en que había quedado reducida su vida, sobre todo por el bien de ellos.

Ricky Williams era ahora el nuevo jefe de la familia y todos se sentían muy entusiasmados con la idea. Una vez más, la gente se mostraba respetuosa con ellos, más dispuesta a concederles un poco de su preciado tiempo. Ricky supo desde el primer momento que tenían que hacer algo realmente espectacular si querían volver a ser los de siempre y había logrado su objetivo con sorprendentes resultados. Palmer y Brewster lo recibieron públicamente como si hubiese ganado algún premio y ahora era considerado por todos como el cabecilla indiscutible de la familia, ya que había sido él quien había recuperado su lugar dentro de su mundo. Mientras estaba de pie en los servicios del Speiler en Bermondsey, uno de los clubes que en su momento pertenecieron a Patrick, se miró al espejo y admiró su buen aspecto y lo elegante que estaba con su nuevo traje. A Ricky le gustaba ir a la moda, le encantaba la ropa y, con su nueva chaqueta de terciopelo y sus botas tejanas, se sentía como un hombre de buen gusto. Le encantaba esa expresión, especialmente cuando se la dirigían a él. Estaba pletórico de euforia cuando regresó a la barra y vio a sus hermanos, o mejor dicho, lo que quedaba de ellos, esperándoles con una sonrisa y una copa. Ricky se bebió de un sorbo un brandy doble y, al sentir el calor, levantó el vaso para que volviesen a llenárselo a sabiendas de que el camarero no se lo llenaría, sino que le daría la botella entera en señal de prestigio.

Él estaba encantado, encantado de estar en la cima, encantado de que las tías se le brindaran, encantado de ver que le hablaban en tono moderado y respetuoso y encantado de que sus hazañas se relatasen en las barras de los bares mientras se bebía cerveza.

Ricky estaba casi pavoneándose de lo encantado que estaba de que sus planes hubieran dado los frutos deseados. La chavala que se había ligado a primeras horas del día, una joven de dieciocho años de Mile End con grandes tetas y una boca aún mayor, estaba borracha por completo. La miró tratando de articular palabras y se dio cuenta de que ese tipo de mujeres eran ya cosa del pasado. Él seguiría teniendo sus escarceos, por supuesto, pero decidió que debía hacerse con una chavala guapa y decente ahora que era un hombre con clase.

Tommy y Dave no paraban de darle detalles mientras hablaban con ella y eso le preocupaba. Dave, Tommy y Bernie eran unos simples patanes. Cuando estaban bajo las órdenes de Patrick consiguieron hacer algo de dinero, pero ninguno de ellos tenía inteligencia suficiente como para dedicarse a trapicheos a largo plazo. Preferían mirar a participar y eso a él le venía muy bien. A Ricky le gustaba ser el cerebro, el creador, el instigador. En ese momento se dio cuenta de que sus invitados habían llegado, por los saludos tan entusiasmados que oyó en la puerta principal. Vio que la frente de sus hermanos se arrugaba; se les veía nerviosos, tomo si alguien les viniera a pedir cuentas por la muerte de Patrick Brodie. Se daba cuenta de que el frenesí que habían puesto en su ataque combinado, causado por la cantidad de alcohol y drogas que habían consumido aquel día, ahora les preocupaba, ya que pensaban que a lo mejor la gente no estaba tan satisfecha tomo aparentaba. Estaba más que harto de ellos. Parecían un puñado de viejas estúpidas cuya gilipollez la llevaban siempre pegada al culo. Ricky observó cómo Alan Palmer se le acercaba con sus andares típicos y levantaba las manos en gesto de amistad.

– No me digas que teníamos una cita -le dijo.

Luego se dirigió a sus hombres, que siempre estaban a medio metro de él y les dijo:

– ¿No os lo dije? Está tratando de echarme un polvo. El muy cabrón se follaría a cualquiera.

Ricky se rió como los demás, pero se dio cuenta de que no le había dirigido ningún gesto amistoso y pensaba tenérselo en cuenta en el futuro. Le molestó, además, ver que sus hermanos estallaban en carcajadas, como si fuese el chiste más gracioso que hubiesen oído en la vida. Los muy estúpidos no sabían reconocer un insulto ni aunque se lo dijeran en la cara.

Miro a la jovencita que se dirigía a los servicios tambaleándose y, mediante un guiño a uno de los clientes habituales, le indicó que se acercara. Le dio un billete y le pidió que la metiera en un taxi, ya que, además de que no pintaba nada en esa reunión, ya se había hartado de ella.

Iodos pidieron de beber y se sentaron a charlar, aunque Kicky Williams no era un tipo fácil de conv