/ Language: Español / Genre:love_contemporary,

Tentada

Megan Hart

Tenía todo lo que una mujer podía desear. Mi marido, James. La casa junto al lago. Mi vida. Nuestra perfecta vida. Hasta que Alex vino a visitarnos. La primera vez que vi al mejor amigo de mi marido, no me gustó. No me gustaba cómo se comportaba James cuando estaba con él, no me gustaba que me siguiera a todas partes con sus penetrantes ojos grises. Pero eso tampoco me impedía desearlo. Y lo más sorprendente era que a James no parecía importarle. Se suponía que tenía que ser divertido. Un romance compartido por los tres para las cálidas semanas de verano que Alex pasaría con nosotros. Se suponía que nadie tenía que enamorarse o desenamorarse. Yo no necesitaba otro hombre, aunque aquél en concreto destilara sexo por los cuatro costados y conociera todos los secretos que yo desconocía, unos secretos que mi marido no había compartido conmigo. Al fin y al cabo, teníamos una vida perfecta.

Megan Hart

Tentada

Jugando con fuego, 4

© 2008 Megan Hart.

Título original: Tempted

Traducido por Ana Belén Fletes Valera

Capítulo 1

Estaba bañado en luces y sombras. De puntillas me deslicé hacia la cama, sigilosa como la niebla. Tire de las mantas para ver su cuerpo.

Me gustaba contemplarlo cuando dormía, a pesar de que, a veces, me dieran ganas de pellizcarme para comprobar que no estaba soñando. Que aquel era mi marido y aquella mi casa, mi vida. Nuestra perfecta vida. Que en el mundo había quien tenía muchas cosas buenas y yo era una de esas personas.

James se removió, pero no llegó a despertarse. Me acerque un poco más hasta quedar a su lado. Verlo allí tendido, con aquellas largas y musculosas extremidades suyas cubiertas por una piel tersa y tostada por el sol me hacía cerrar los dedos en un puño de ganas de tocarlo. Me contuve porque no quería despertarlo. Quería seguir contemplándolo un poco más.

Despierto, James no era de los que se están quietos. Sólo mientras dormía se relajaba, se suavizaba, se derretía. Y aunque me resultaba difícil creer que era mío cuando dormía, no me costaba nada recordar cuánto lo amaba.

Yo sabía propiciar el engaño a ojos de los demás. Llevaba el anillo y respondía al nombre de señora de James Kinney. Mi permiso de conducir y las tarjetas de crédito demostraban que tenía derecho a llevarlo. La mayor parte del tiempo nuestro matrimonio se me antojaba algo prosaico, como cuando me ocupaba de la colada y la compra, de limpiar los cuartos de baño, de prepararle la comida para que se la llevara al trabajo o de doblar sus calcetines para guardarlos. En esos momentos nuestro matrimonio era algo sólido, algo con un significado pleno. Duro como el granito. Pero a veces, como cuando contemplaba cómo dormía, la roca se volvía una piedra caliza que se disolvía fácilmente bajo el lento goteo de mis dudas.

La luz del sol se colaba entre las ramas del árbol que se alzaba hasta nuestra ventana, salpicándole en todos aquellos lugares donde me gustaría besarlo. Los oscuros círculos gemelos de sus pezones, las elevaciones de sus costillas, que parecían más escarpadas con el brazo por encima de la cabeza, la mata de fino vello que le empezaba en el estómago para ir a juntarse con el vello más abundante que se alojaba entre sus piernas… Todo en él era largo y esbelto. Pura fuerza. James parecía delgado, a veces incluso frágil, pero bajo la piel era todo músculo. Tenía unas manos grandes y encallecidas, acostumbradas al trabajo duro, pero perfectamente capaces de jugar también.

Me incliné sobre él para rozarle los labios con mi aliento, súbitamente interesada en lo de su capacidad para jugar. Rápido como un rayo me agarró las dos muñecas con una mano y tiró de mí hacia la cama, poniéndose acto seguido encima de mí, y se acomodó entre mis muslos. Lo único que nos separaba era el fino tejido de mi camisón de verano. Se estaba empalmando ya.

– ¿Qué hacías? ¿Estabas viendo cómo dormía?

James me llevó las manos por encima de mi cabeza haciendo que me estirase. Dolía un poco, aunque eso hacía que el placer fuera aún más intenso. Me levantó el camisón con la mano libre y ascendió por mi muslo.

Mientras hablaba, sus dedos rozaban mi vello púbico.

– ¿Por qué me mirabas?

– Porque me gusta -contesté yo en el momento en que sus curiosos dedos me hacían contener el aliento bruscamente.

– ¿Tú crees que me gusta que me mires mientras duermo? -sus labios se curvaron en una sonrisa de engreimiento. Sus dedos me tocaban la piel ya, pero aún no se movían. Yo me reí.

– No, probablemente no.

– Pues te equivocas.

Bajó la boca hacia la mía sin llegar a besarme. Yo estiré el cuello, buscando sus labios, pero él los mantuvo apartados lo justo para evitar el roce. Su dedo empezó a trazar el lento movimiento circular que sabía me haría enloquecer. Sentía calor y una presión dura contra la cadera pero, sin poder mover las manos, que James seguía sujetando, lo único que podía hacer para expresar mis quejas era retorcerme.

– Dime qué quieres que te haga.

– Bésame.

James tenía los ojos de un azul claro como el cielo del verano bordeados de un tono más oscuro. El contraste podía resultar chocante. Las oscuras pestañas bajaron en forma de abanico cuando los entornó. Se humedeció los labios.

– ¿Dónde?

– Por todas partes… -respondí yo, interrumpiendo la frase con un suspiro seguido de un gemido entrecortado en respuesta a sus caricias.

– ¿Aquí?

– Sí.

– Dilo.

Yo no lo hice, al principio, aunque sabía que, tarde o temprano, él conseguiría que hiciera lo que quisiera. Siempre lo hacía. Ayudaba que, normalmente, yo también quería lo mismo que él. Nos complementábamos bien en ese sentido.

James me mordió en aquel sensible punto donde el cuello y el hombro se unían.

– Dilo.

En vez de hacerlo, me retorcí bajo sus manos. Me metió el dedo, a continuación lo sacó y se puso a remolonear cuando yo deseaba que presionara con más vigor. Estaba provocándome.

– Anne -dijo James con seriedad-. Dime que quieres que te chupe el coño.

Antes me desagradaba mucho esa palabra, claro que eso fue antes de que conociera su poder. Es la palabra que utilizan algunos hombres para llamar despectivamente a aquellas mujeres que los superan en algo. «Puta» se ha convertido en algo así como una insignia de orgullo, pero «coño» sigue sonando sucio y grosero, y siempre pasará.

A menos que nos retractemos.

Dije lo que el quería que dijera. Lo hice con voz ronca, pero no débil. Miré a mi marido a los ojos, oscurecidos por la pasión.

– Quiero que pongas la cara entre mi piernas y hagas que me corra.

Por un momento. James no se movió. Yo notaba su pene caliente y cada vez más duro contra mi cadera. Vi cómo le palpitaba el pulso en la garganta. Entonces pestañeó muy despacio y de sus labios brotó esa sonrisa de engreimiento tan suya.

– Me encanta oírtelo decir.

– A mí me encanta que lo hagas -murmuré yo.

Ahí se terminó la conversación. Se deslizó hacia abajo, me levantó el camisón y puso la boca justo donde yo le había dicho que quería tenerla. Me estuvo lamiendo largo rato, hasta que me estremecí y grité. Entonces subió otra vez y me penetró. Me folló hasta que los dos nos corrimos entre gritos que sonaban como plegarias.

El sonido del teléfono interrumpió el momento de languidez postcoital al que habíamos sucumbido. La edición dominical del Sandusky Register, extendido sobre la cama, se arrugó y crujió cuando Juanes alargó el brazo por encima de mí para levantar el auricular. Yo aproveché la ocasión para lamerle la piel y darle un mordisco que le hizo dar un respingo y soltar una carcajada al tiempo que respondía.

– Será mejor que sea algo importante -dijo a quien fuera que hubiera llamado.

Pausa. Yo lo miré con curiosidad por encima de la sección de estilo. Estaba sonriendo de oreja a oreja.

– ¡Serás hijo de puta! -James se reclinó contra el cabecero y levantó las rodillas-. ¿Qué haces? ¿Dónde coño estás?

Intenté captar su mirada, pero estaba totalmente absorto en la conversación. James es una gran mariposa que va revoloteando de un foco de atención a otro y no tiene problemas para concentrarse en cada uno de forma individual. Es halagador cuando tú eres ese foco, pero no es nada agradable cuando no lo eres.

– Qué suerte tienes, cabrón -dijo James. Se le notaba casi envidioso, lo que no hizo sino aumentar mi curiosidad. Normalmente, James era objeto de admiración entre sus colegas, el que siempre tenía los juguetes más nuevos-. Creía que estabas en Singapur.

En ese momento supe quién había trastocado nuestra perezosa tarde de domingo. Tenía que ser Alex Kennedy. Volví a mi periódico, atenta a la conversación de James. No había nada particularmente interesante en el periódico. La verdad es que no me importaba gran cosa lo último en cuestión de moda para el verano o el coche que se llevaba ese año. Y me importaba aún menos el asunto de los robos y la política, de modo que me puse a leer por encima y descubrí que me había adelantado a mi tiempo pintando el dormitorio de color melón el año anterior. Al parecer era el color de moda de la temporada.

Escuchar sólo un lado de una conversación es como formar un rompecabezas sin mirar a la foto de la muestra. Escuchaba a James hablar con su mejor amigo del instituto sin contar con una información básica y un contexto que me sirvieran para colocar las piezas en su sitio. A mi marido sí lo conocía bien, y desde un punto de vista íntimo, pero no conocía de nada a Alex.

– Sí, sí. Claro que lo hiciste. Siempre lo haces.

Allí estaba nuevamente el interés, teñido de un entusiasmo que me resultaba desconocido. Miré a James. Su rostro resplandecía de júbilo y algo más. Algo casi doloroso. A pesar de que era un hombre que prestaba gran atención a sus prioridades, a James no le daba miedo mostrar su alegría por la buena suerte de los demás. Bien es cierto que no se dejaba impresionar con facilidad. Ni intimidar. Sin embargo, ahora parecía sentir un poco de ambas cosas, lo que me hizo olvidarme de la insipidez del color melón para concentrarme en oír lo que decía.

– Anda ya, tío, gobernarías el mundo si quisieras.

Pestañee sorprendida. El tono sincero, casi infantil, se me hacía tan desconocido como la expresión de su rostro. Era realmente sorprendente. Un poco inquietante. Era la manera en que un chico le habla a una mujer a la que está convencido de amar, pese a saber que ella ni lo va a mirar siquiera.

– Sí, lo mismo te digo -dijo seguido de una risa suave, secreta casi. No su habitual carcajada-. De puta madre, tío. Me alegra oírlo.

Otra pausa mientras escuchaba la respuesta. Me quede mirando cómo se frotaba la cicatriz curva de color blanquecino que tenía justo encima del corazón, una y otra vez, de manera inconsciente. No era la primera vez que lo veía hacerlo. El gesto le servía como talismán cuando estaba cansado, disgustado o excitado. A veces brevemente, tan sólo la rozaba de pasada como quien se sacude las migas de la camisa. En otras ocasiones, como en ese momento, la caricia adquiría un ritmo hipnótico. Me fascinaba ver cómo se acariciaba aquella cicatriz, que bien podía tener forma de media luna, o de mordisco o de ceño o de arco iris, dependía.

James frunció el entrecejo.

– No me digas… ¿En que estaban pensando? Que putada. Alex. Joder, lo siento mucho, tío.

De la euforia al disgusto en un abrir y cerrar de ojos. Esto también era inusual en mi marido, quien se movía con desenvoltura entre los distintos focos que llamaban su atención, pero manteniendo siempre una estabilidad emocional. Su léxico también había variado a lo largo de la conversación, como si hubiera vuelto a ser el hombre que era antes. No soy una mojigata respecto al uso de un tipo de lenguaje soez, pero James estaba diciendo «putada» y «joder» demasiadas veces.

Al momento su rostro se iluminó. Se irguió contra el respaldo y estiró las piernas. La luz de su sonrisa apareció por detrás de los nubarrones que parecían oscurecer su rostro sólo un momento antes.

– ¿Sí? ¡Adelante! ¡De puta madre! ¡Lo has conseguido, tío! ¡Qué de puta madre!

Llegado ese momento no pude seguir conteniendo mi expresión de sorpresa, pero James pareció no darse cuenta. Estaba brincando levemente sobre la cama, que al moverse hizo que cayeran al suelo las páginas arrugadas del periódico.

– ¿Cuándo? ¡Genial! Es… sí, sí… por supuesto. No hay problema, de verdad. Será estupendo. ¡Pues claro que te lo digo en serio! -me dirigió un vistazo rápido, pero yo estaba segura de que no me veía. Estaba demasiado absorto en lo que fuera que estuviera ocurriendo con su amigo-. ¡Qué ganas tengo! Sí. Tú avísame. Adiós, tío. Nos vemos.

Con eso pulsó el botón de desconexión y se reclinó contra el cabecero con una sonrisa de oreja a oreja tan enorme y resplandeciente que parecía un poco neurótico. Esperé a que dijera algo, a que me contara eso tan genial que tanto le había excitado. Aguanté en silencio un poco más de lo que cabía esperar.

Ya iba a preguntarle cuando James se volvió hacia mí. Me besó con pasión, enredando los dedos en mi pelo. Noté que los labios me palpitaban un poco y esbocé una mueca de dolor

– No te imaginas lo que ha pasado -dijo, pero se respondió solo sin darme tiempo a decir nada-. Una compañía inmensa ha comprado la empresa de Alex. De la noche a la mañana se ha convertido en un puto millonario.

Lo que sabía de Alex Kennedy cabría sin problemas en media página de un cuaderno. Sabía que trabajaba en la otra punta del mundo, en el mercado asiático, desde que James y yo nos conocimos. No pudo asistir a nuestra boda, pero había enviado un elegante regalo con pinta de ser escandalosamente caro. Sabía que era su mejor amigo desde que estaban en octavo curso y que habían tenido una pelea cuando tenían veintiún años. Siempre tuve la sensación de que sus desavenencias no habían quedado zanjadas por completo, claro que las relaciones entre hombres son muy distintas a las que mantienen las mujeres. Que James apenas hablara con su amigo no significaba que no se hubieran perdonado.

– Menuda noticia. ¿De verdad se ha hecho millonario?

James se encogió de hombros y tensó los dedos dentro de mi pelo al tiempo que apoyaba la espalda contra el respaldo de la cama.

– Ese tío es un puto genio, Anne. Ni te imaginas hasta que punto.

No lo imaginaba, no.

– Entonces es una buena noticia. Para él.

James frunció el ceño y se pasó una mano por el pelo. Lo tenía castaño, pero las puntas habían empezado a aclarársele ya pese a que estábamos a principios de verano.

– Sí, pero los capullos que han absorbido su empresa han decidido que no quieren que siga formando parte de la compañía. Se ha quedado sin trabajo.

– ¿Acaso necesita trabajo alguien que es millonario?

James me lanzó una mirada como diciendo que no me enteraba de nada.

– Que no sea necesario que hagas algo no significa que no quieras hacerlo. Sea como sea, Alex ya no tiene nada que hacer en Asia. Se vuelve.

Sus palabras quedaron en suspenso, habría jurado que en su tono había algo muy parecido al anhelo durante la décima de segundo en que me miró con otra enorme sonrisa.

– Lo he invitado a que venga a visitarnos. Me ha dicho que se quedará unas semanas con nosotros, mientras monta su nuevo negocio.

– ¿Unas semanas? ¿Aquí?

No quería parecer poco acogedora, pero…

– Sí -James esbozó una pequeña sonrisa, secreta, para sí mismo-. Va a ser genial. Cariño, Alex te va a encantar. Lo sé.

Entonces me miró y, por un instante, vi a un hombre desconocido. Me tomó la mano y entrelazó nuestros dedos. Después se llevó el dorso a los labios, que me acariciaron la piel, y me miró por encima de los nudillos. La excitación había oscurecido sus ojos azules.

Pero no era yo la causa de aquella excitación.

Yo era la única nuera de Evelyn y Frank Kinney. Pese al frío recibimiento que me habían dispensado cuando James y yo empezamos a salir, y el trato igualmente frío durante lo que duró nuestro compromiso, una vez me convertí en una Kinney, fui tratada como tal. Evelyn y Frank me acogieron en el seno del clan, y una vez allí, como si de una poza de arenas movedizas se tratara, poco podía hacer por escapar.

En general, podría decirse que mi relación con la familia era cordial. Las hermanas de James, Margaret y Molly, eran algo mayores que nosotros, estaban casadas y tenían niños. Yo no tenía demasiadas cosas en común con ellas, aparte de que las tres éramos mujeres, y, a pesar de que se esmeraban en invitarme a las «noches de chicas» que celebraban con su madre, no puede decirse que estuviéramos muy unidas. Tampoco parecía importar.

Como era de esperar. James no se había percatado de lo superficial que era mi relación con su madre y sus hermanas, y a mí me daba lo mismo. Me daba igual tener que guardar las apariencias. La imagen resplandeciente que impide que la gente se asome a lo que hay debajo, las corrientes subterráneas y profundas de la verdad. A fin de cuentas, estaba acostumbrada.

No habría sido preocupante de no ser porque la señora Kinney albergaba ciertas… expectativas.

Adónde íbamos. Qué hacíamos. Cómo lo hacíamos y cuánto nos costaba. Quería saberlo todo y no se contentaba con saberlo, siempre tenía que saber más.

Me llevó unos meses de gélidas llamadas telefónicas comprender que si James no le daba detalles, tendría que hacerlo yo. Dado que había sido ella quien lo había educado en la creencia de que el mundo giraba en torno a él, pensé que caería en la cuenta de que era culpa de ella que su hijo no viera que giraba en torno a ella. A James no parecía importarle que su comportamiento desagradara a su madre, pero a mí sí me importaba. James eludía a su madre cuando se hacía la mártir, lo que hacía con bastante frecuencia, pero yo era incapaz de aguantar los silencios embarazosos, los comentarios apenas disimulados que hacía acerca del respeto o las comparaciones con Molly y Margaret, que no se atrevían ni a estornudar sin que su madre les revisara el pañuelo para comprobar el color de los mocos. A James le importaba un pimiento, pero a mí sí, de modo que intentar cumplir con las expectativas de la señora Kinney se convirtió en una más de las leyes que tenía que cumplir.

– Ojalá tu madre dejara de preguntarme cuándo voy a darle al grupito un primito con el que jugar -dije sin inmutarme, con una calma que podría haber partido el cristal.

James me miró un momento y volvió a centrar su atención en la carretera, un tanto resbaladiza por culpa de la lluvia de esos últimos días de primavera.

– ¿Cuándo te ha dicho eso?

No se había dado ni cuenta, claro. Hacía mucho que James había perfeccionado el arte de desconectar con respecto a su madre. Ella hablaba, él asentía. Ella se quedaba satisfecha, él permanecía ajeno a todo.

– ¿Cuándo no lo dice? -me crucé de brazos, la vista fija en las espirales de agua que formaban los limpiaparabrisas en la luna, como si fuera un cuadro de arte abstracto.

James conducía en silencio, un talento admirable. Saber cuándo guardar silencio. «Ya podía haberlo aprendido su madre», pensé yo con vehemencia. Las lágrimas me escocían en la garganta, pero me las tragué.

– No quiere decir nada -comentó finalmente James cuando enfiló el sendero de entrada de nuestra casa. El viento había arreciado conforme nos aproximábamos al lago, y los pinos del jardín agitaban sus ramas con virulencia.

– Pues yo creo que sí quiere decir algo. Ése es precisamente el problema. Sabe exactamente lo que dice, acompañándolo de esa risita afectada, como si estuviera gastando una broma, cuando habla totalmente en serio.

– Anne… -James suspiró y se volvió hacia mí mientras sacaba la llave del contacto. Quedamos a oscuras cuando los faros se apagaron y pestañeé ante el cambio. La oscuridad pareció amplificar el sonido del golpeteo de la lluvia sobre el techo del coche-. No te enfades.

Me volví hacia él.

– Siempre lo pregunta, James. Cada vez que estamos juntas. Me aburre ya oírselo decir.

Me acarició el hombro y descendió por mi trenza.

– Quiere que tengamos críos. ¿Qué hay de malo en ello?

No contesté. James retiró la mano. En ese momento pude ver su silueta débilmente contorneada, el resplandor en sus ojos a la tenue luz que entraba en el coche a través de la cortina de agua. Las atracciones del parque de Cedar Point seguían encendidas a pesar de la lluvia y de la hilera de coches que avanzaban por la carretera elevada.

– Cálmate, Anne. No hagas un drama…

Atajé sus palabras abriendo la puerta. Era agradable sentir la fría lluvia en mis acaloradas mejillas. Levanté el rostro hacia el cielo y cerré los ojos, fingiendo que era únicamente lluvia lo que las mojaba. James salió del coche. El calor que desprendía me arropó antes de que me rodeara los hombros con el brazo.

– Vamos dentro. Te estás poniendo hecha una sopa.

Dejé que me llevara al interior de la casa, pero no le dirigí la palabra. Me fui directa al cuarto de baño y abrí el grifo del agua caliente de la ducha. Me quité la ropa y la dejé hecha un montón en el suelo. Me metí en la bañera cuando la estancia se hubo llenado de vapor. El agua caliente sustituyó el agua fría de la lluvia que caía fuera.

Allí me encontró James, con la cabeza inclinada hacia delante para que el agua caliente me relajara la tensión del cuello y la espalda. Me había deshecho la trenza, y el pelo me caía sobre el pecho en mechones enredados.

Tenía los ojos cerrados, pero el breve golpe de frío que se coló cuando se abrió la puerta de cristal de la mampara me avisaron de la llegada de mi marido segundos antes de que me rodeara con sus brazos. James me estrechó contra su pecho. No necesitó más que unos segundos para que su piel se caldeara bajo el agua. Apreté el rostro contra su piel, cálida y húmeda, y me dejé abrazar.

Permanecimos un rato en silencio mientras el agua nos acariciaba a los dos. Recorrió mi espina dorsal con los dedos, arriba y abajo, de la misma forma que hacía con su cicatriz. El agua se acumuló en el espacio que quedaba entre mi mejilla y su pecho, quemándome en el ojo. Tuve que despegarme para que el agua bajara.

– Venga -James esperó a que levantara la vista-. No te disgustes. No soporto verte disgustada.

Yo quería explicarle que disgustarse de vez en cuando no era malo, pero no lo hice. Que una sonrisa podía hacer tanto daño como un grito.

– Me pone furiosa.

– Lo sé.

Me acarició el pelo. No lo sabía. No estoy segura de que un hombre pueda llegar a comprender jamás lo complicado de las relaciones femeninas. No quería comprenderlo. James también prefería quedarse en la superficie.

– A ti nunca te pregunta -ladeé la cabeza para mirarlo. El agua me salpicaba haciéndome parpadear.

– Eso es porque sabe que no voy a responder -acarició mi entrecejo con la yema de un dedo-. Sabe que eres tú la que está al mando.

– ¿Por qué soy yo la que está al mando? -quise saber, aunque ya conocía la respuesta.

Para él era fácil, hacerse el intachable.

– Porque se te da bien.

Fruncí el ceño y me aparté de él para tomar el bote de champú.

– Me gustaría que me dejara en paz.

– Pues díselo.

Suspiré y me di la vuelta.

– Sí, claro. Como si eso funcionara con tu madre, James. Es una mujer siempre abierta a las sugerencias.

Él se encogió de hombros y me tendió la mano para que le pusiera un poco de champú en la palma.

– Se quejará un poco, y ya está.

Lo que yo quería era que fuera él quien le dijera a su madre que nos dejara en paz, pero sabía que eso no iba a ocurrir. A él, el hijo que nunca hacía nada mal, le importaba un bledo si sus padres se enfadaban. No era su problema. Así, impotente y consciente de que yo tenía la culpa, me tragué la ira y me concentré en lavarme el pelo.

– Vamos a quedarnos sin agua caliente.

Ya empezaba a salir tibia. Nos dimos prisa en terminar de lavarnos, compartimos la esponja y el gel, jugueteando también además de lavarnos. James cerró el grifo mientras yo alcanzaba dos gruesas toallas del armario situado junto a la ducha. Le pasé una, pero antes de que me diera tiempo a empezar a secarme, James me sujetó de una muñeca y me atrajo hacia él.

– Ven aquí, cariño. No te enfades.

Me resultaba difícil aguantar mucho tiempo enfadada con él. Puede que James se quedara tan tranquilo sabiendo que nunca hacía nada mal, pero eso le hacía mostrarse aún más generoso en sus demostraciones de afecto. Me secó cuidadosamente, escurriéndome el agua del pelo y dándome suaves golpecitos con la toalla en el resto del cuerpo. Me secó la espalda, los costados, detrás de las rodillas. Entre las piernas. Se arrodilló delante de mí y procedió a levantar y secarme los pies, uno después del otro. Cuando dejó la toalla a un lado, mi pulso latía desacompasado. Tenía la sensación de que la piel, ya enrojecida a causa del agua caliente de la ducha, iba a empezar a echar humo de un momento a otro. James me puso las manos en las caderas y me atrajo suavemente hacia el.

Cuando se acercó para depositar un beso en la mata de vello rizado que se alojaba entre mis muslos, no pude contener el suspiro. Me atrajo todavía más hacia el sujetándome por las nalgas y me retuvo en la posición adecuada mientras sacaba la lengua para chuparme el clítoris. Uno, dos ligeros lametazos y tuve que morderme el labio para contener un sonoro gemido.

Baje la mirada y observé su oscura cabeza. Sus fuertes muslos cubiertos de áspero vello también oscuro, flexionados en posición arrodillada. La densa mata de vello púbico que protegía su pene ya abultado contrastaba brutalmente con la tersura de su torso y su trasero libres de vello. Tan sólo tenía un poco en el vientre. Se inclinó sobre mí para besarme con ternura. Su lengua y sus labios acariciaban, su aliento atormentaba.

Una mujer que no se sienta poderosa cuando tiene a un hombre arrodillado ante ella besándole el sexo con adoración se engaña a sí misma. Coloqué la mano en su nuca. Su boca seguía trabajándome con ansiosa delicadeza, instándome a balancear las caderas hacia delante. La tensión empezó a arremolinárseme en el vientre. Noté que deslizaba las manos por mi trasero, trazando círculos que yo imité en el movimiento de mi pelvis.

Cuando me empezaron a temblar los muslos, me ayudó a dar media vuelta, hasta que conseguí apoyarme en el borde de la bañera con patas. El frío metal debería haberse puesto a crepitar cuando entró en contacto con mi piel. El borde se me clavaba en el trasero de una manera incómoda, pero cuando James, aún de rodillas, me separó las piernas y me penetró con boca y dedos, me olvidé de todo.

Gimió en un susurro cuando me metió un dedo. Yo jadeé cuando añadió un segundo dedo. James era de esos amantes de mano lenta, como la canción. De caricias suaves.

No siempre he sabido cómo responder a él. Sus caricias lentas y sedosas al principio me descolocaban. No había esperado nada más. Me había acostado con James porque llevábamos ya un par de meses saliendo juntos y él esperaba que sucediera, y porque no quería decepcionarlo. No me fui a la cama con él porque pensara que podría hacer que me corriera.

Ahora me daba suaves lametazos al tiempo que me metía los dedos ligeramente curvados para poder masajear levemente el botón esponjoso de mi punto G. Me agarré al borde de la bañera, arqueando la espalda, las piernas abiertas ampliamente. Me dolía. No me importaba nada. Después se me quedarían rígidos los dedos y una línea roja en las nalgas de sujetarme con tanta fuerza a la bañera de metal, pero en ese momento, con James entre las piernas, el placer barrió todo lo demás.

La primera vez que nos acostamos juntos, no me preguntó si me había corrido. Ni la segunda, ni la tercera. Dos meses después de empezar a acostarnos, una noche estábamos en un hotel al que habíamos ido a pasar un fin de semana sin avisar a nadie, cuando se detuvo en mitad de un beso y bajó la mano.

– ¿Qué quieres que te haga? -me preguntó en voz muy baja, pero de forma desprovista de retórica, sin alardear.

Había estado con chicos que daban por sentado que unos minutos de jugueteo con el dedo bastaban para hacerme alcanzar el éxtasis. Acostarme con ellos no había significado nada para mí, no había surtido efecto alguno. Había fingido el orgasmo para mantener las apariencias, y yo lo prefería así. De esa forma me resultaba más fácil encontrar motivos por los que romper con ellos y hacerles creer que era cosa suya.

James me lo preguntó con sinceridad al comprender que lo que me había estado haciendo hasta el momento no había funcionado, pese a que yo no le hubiera dicho nada. Me acarició con suavidad el clítoris y los labios, haciéndome estremecer. Entonces me miró a los ojos.

– ¿Qué puedo hacer para que te corras?

Podría haberme limitado a sonreír y hacerle gorgoritos, a decirle que era perfecto en la cama, el mejor amante que había tenido en la vida. Podría haberle mentido, y al cabo de un mes habría encontrado alguna manera de hacerle creer que no quería seguir saliendo conmigo. Creo que hasta pensé en hacerlo. Nunca he sabido bien por qué no lo hice, por qué, en cambio, al levantar la vista y mirar a James a esos ojos tan característicos sólo pude decirle: «No lo sé».

No era verdad, pero era al menos más honesto que decirle que estaba haciéndolo todo lo bien que se podían hacer las cosas. Abrí la boca para recibir su beso, pero James no me besó. Se quedó mirándome, pensativo, trazando lentos círculos con la mano sobre mis muslos y mi vientre, aventurándose de vez de cuando a estimularme el clítoris.

– Te quiero, Anne -me dijo. Era la primera vez, aunque no el primer chico que me lo decía-. Quiero hacerte feliz. Deja que lo haga.

No estaba muy convencida de que pudiera yo hacer algo así, pero le sonreí. Él me sonrió. Se inclinó y me besó en los labios con exquisita suavidad. Su mano seguía moviéndose, lenta y acertadamente.

James se había pasado una hora entera chupándome, besándome y acariciándome. Yo no me había resistido ni protestado, contenta de dejarle hacer lo que le viniera en gana. Hasta que, al final, incapaz de soportarlo más, mi cuerpo me sorprendió y el placer se apoderó de todo.

Lloré la primera vez que consiguió que me corriera. No de pena. Sino de absoluta liberación. De alivio. James me había proporcionado un orgasmo, pero yo no me había abandonado por completo a él. Seguía sabiendo quién era. Podía decirle que lo quería, en serio, y decirlo no me consumía. No debía tener miedo de perderme en él.

De vuelta al presente, James cambió de postura delante de mí y apartó un momento la boca de mi cuerpo. El respiro hizo que gimiera entrecortadamente, el placer más intenso si cabe cuando empezó a chuparme de nuevo. Con sus dedos fue dando de sí mi abertura vaginal. Yo deseaba más. Entonces cerró el puño alrededor de su pene y empezó a masturbarse.

– Noto lo cerca que estás -dijo con la voz ronca y un tanto amortiguada contra mi cuerpo-. Quiero que te corras.

Podría haberlo hecho con uno o dos lametazos más, pero me sentía codiciosa.

– Te quiero dentro de mí.

– Levántate. Date la vuelta.

Obedecí. Me había costado un tiempo aprender a responder ante James, pero desde entonces, él también había aprendido más cosas sobre mí. Me sujetó por las caderas mientras yo me sujetaba a un lado de la bañera. Entonces me incliné, ofreciéndome a él.

James me penetró hasta el fondo. Un grito se derramó por mi garganta. Empezó a moverse, empujando con lenta y deliberada precisión. Notaba el sexo hinchado acogiendo su erección, admitiéndolo en el interior de mi cuerpo. De mi clítoris emanaban pequeñas corrientes de placer que me subían y bajaban por vientre y muslos, y hasta los dedos de los pies, encogidos sobre la alfombrilla del baño.

El orgasmo me rondaba, aguardando el momento justo para estallar y arrastrarme. Contuve el aliento. Empujé contra él, y el golpeteo de mi trasero mojado contra su vientre hizo que soltara un gemido. El pelo me colgaba a ambos lados de la cara. Cerré los ojos para no distraerme con la araña que se había hecho el harakiri en el fondo de la bañera.

James se aferró con más fuerza a mis caderas. Sus dedos colisionaban con la solidez del hueso. Los pulgares se hundían en la tierna carne. Su pene me llenaba. Bajé una mano para meterme un dedo en el sexo hinchado y no pude contener los gemidos.

El teléfono sonó en ese instante.

Abrí los ojos y nuestro ritmo se vio alterado momentáneamente. El pene de James chocó contra el fondo de mi vagina. El súbito dolor hizo que soltara un grito ahogado hasta que logramos recuperarnos. El teléfono volvió a sonar, desarmando mi concentración con su áspero cencerreo.

– Falta muy poco, cariño -masculló James, retomando el paso.

Nuevo tono. Yo me tensé, pero James me retuvo poniéndome una mano en el hombro. Sus dedos se cerraron y tiraron de mí, muy cerca de mi garganta, presionando el punto en el que me latía el pulso. Después bajó la otra mano para reemplazar la mía y empezó a frotarme el clítoris de manera implacable. Llevándome hasta el precipicio.

Saltó el contestador. No quería escuchar. Estaba a punto de conseguirlo. Cerré los ojos otra vez. Agaché la cabeza. Me agarré a ambos lados de la bañera y me empujé contra James, abriéndome a él.

– Jamie -dijo una voz pausada, dulce como el caramelo-. Perdona que te llame tan tarde, tío, pero he perdido el reloj. No sé qué hora es.

Solté el aire que había estado conteniendo. James gruñó y embistió con más fuerza. Yo tomé aire y me esforcé por vencer el ligero mareo. El clítoris me palpitaba bajo los dedos de James.

– El caso es que sólo quería llamarte para decirte cuándo llego -una carcajada íntima se coló por el auricular del teléfono. Su dueño sonaba como si estuviera borracho o colocado o tal vez simplemente agotado. Tenía una voz profunda, lánguida y llena de matices. Como el sexo-. Voy a salir, tío, quiero pasarme por unos cuantos clubes nocturnos más antes de irme. Llámame al móvil, hermano. Ya sabes mi número.

A mi espalda, James dejó escapar un leve gemido apenas audible. Deslizó las uñas por mi espalda y me lanzó a un clímax tan potente que vi lucecitas de colores aun con los ojos fuertemente apretados.

– Y… Jamie -añadió la voz, bajando el tono aún más, el tipo de voz que se emplea entre alguien que está confiando un secreto-. Va a ser genial verte, tío. Te quiero, hermano. Y ahora me voy.

James gritó. Yo me estremecí. Nos corrimos al mismo tiempo, sin decir nada, escuchando las palabras de Alex Kennedy desde la otra punta del mundo.

Capítulo 2

– Seguro que llega tarde -mi hermana Patricia resopló por encima de la carta del restaurante-. Será mejor que no la esperemos.

Mi otra hermana, Mary, levantó la vista del mensaje de texto al que estaba respondiendo desde su móvil.

– Pat, aún no es tarde. Relájate.

Patricia y yo intercambiamos una mirada. Nos llevamos pocos años. A veces tengo la impresión de que en nuestra familia hay dos grupos diferenciados de hijas separadas por una década en vez de los cuatro años que se llevan Patricia y Mary. A eso hay que sumar dos años más entre Mary y la más pequeña de las cuatro, Claire. Yo no tengo edad suficiente para poder ser su madre, pero a veces me siento como si lo fuera.

– Espera un poco más -le dije a Patricia-. Vale, llegará tarde, pero por unos minutos más que la esperemos no nos va a pasar nada, ¿no crees?

Patricia me lanzó una mirada hostil y retomó la carta. La falta de informalidad de nuestra hermana me importaba tan poco como a ella, pero me sorprendía la actitud de Patricia. Es cierto que a veces se comportaba de manera autoritaria y mandona, pero normalmente no era una persona desagradable.

Mary cerró la tapa del teléfono y alargó la mano hacia la jarra de zumo de naranja.

– Y a todo esto, ¿a quién se le ocurrió que desayunáramos juntas? Porque, vamos a ver… todas sabemos que no se levanta antes del mediodía si puede evitarlo.

– Sí, bueno -dijo Patricia cerrando abruptamente la carta-. El mundo no gira en torno a Claire, ¿o sí? Hoy tengo muchas cosas que hacer. No puedo pasarme todo el día vagueando sólo porque ella se haya acostado tarde después de una noche de juerga.

Esta vez fue con Mary con quien intercambié mirada. La relación entre hermanas es un asunto delicado. Mary enarcó una ceja, pasándome así la responsabilidad de apaciguar a Patricia.

– Seguro que llega en unos minutos -dije-. Y si no, pues pedimos y listo. ¿Te parece?

Patricia no parecía contenta. Tomó la carta otra vez y se ocultó tras ella.

– ¿Qué le pasa? -dijo Mary moviendo los labios sin articular sonido.

A lo que yo respondí encogiéndome de hombros a falta de otra cosa mejor.

Claire llegó, efectivamente, tarde, pero sólo por unos minutos, lo que, según ella, era como llegar a tiempo. Entró en el restaurante como si nada, con el cabello negro alborotado, que le salía disparado en todas direcciones como si fueran los rayos del sol. Llevaba los ojos perfilados con abundante lápiz negro, lo que hacía que resaltaran contra su piel deliberadamente pálida y sus labios rojos. Se sentó al lado de Mary y tomó el vaso de zumo que Mary se había servido. Las pulseras con que adornaba su brazo tintinearon al llevarse el vaso a la boca, haciendo caso omiso de las protestas de Mary.

– Mmm, bueno -dejó el vaso sobre la mesa y echó una mirada a las presentes con una sonrisa de oreja a oreja-. Todas pensabais que iba a llegar tarde.

– Es que has llegado tarde… -contestó Patricia echando fuego por los ojos.

Claire no se inmutó.

– Yo creo que no. No habéis pedido todavía.

El camarero apareció como por arte de magia, sonrojado aparentemente ante la sensual mirada de Claire. A pesar de ello, se las arregló para tomar nota y abandonar la mesa sin volver la vista más que una vez. Claire le guiñó el ojo. Patricia suspiró con desagrado.

– ¿Que? -dijo Claire-. Es mono.

– Da lo mismo -Patricia se sirvió zumo y bebió.

Los pollos actúan siguiendo un orden establecido dentro de su comunidad; lo mismo les ocurre a las hermanas. La experiencia había llevado a las mías a creer que se podía contar conmigo para dar consejo y actuar como mediadora en los conflictos. Confiaban en mí para mantener la tranquilidad en las aguas de nuestra relación, igual que todas sabíamos que Claire nos sacaría de nuestras casillas, Patricia nos llamaría a todas al orden y Mary diría algo que nos hiciera sentir mejor. Todas tenemos nuestro lugar, normalmente, pero ese día parecía que algo no cuadraba.

– Les dije que no tenía sentido esperar que vinieras antes del mediodía -Mary alargó la mano hacia el cestillo de los cruasanes, aún calientes-. ¿A que hora te acostaste anoche?

Claire lanzó una carcajada al tiempo que tomaba un cruasán para ella. Separó la masa hojaldrada con los dedos de uñas pintadas de negro y se llevó un trozo a la boca sin ponerle mantequilla ni nada.

– No me he acostado.

– ¿No te has acostado? -Patricia la miró arrugando la boca con gesto de disgusto.

– No he dormido -aclaró Claire, pasando el trozo de bollo con un sorbo de zumo-. Pero te puedo asegurar que sí he estado en la cama.

Mary soltó una carcajada. Patricia hizo una mueca de desagrado. Yo no hice ni una cosa ni otra. Observé a mi hermana pequeña y me fijé en la marca del chupetón que le estaba saliendo en el cuello. No tenía novio, o al menos no se había molestado en presentárselo a la familia. Claro que conociendo a nuestra familia, tampoco era de extrañar.

– ¿Podemos empezar ya? Tengo cosas que hacer -dijo Patricia.

– Por mí bien -replicó Claire con indiferencia.

La displicencia de Claire no podría haber irritado más a Patricia. Y el hecho de que a Claire le trajera sin cuidado si su actitud la enfurecía o no hacía que Patricia se pusiera aún más borde. Aunque Claire y ella habían tenido sus encontronazos en el pasado, aquello me resultó excesivo. Saqué mi cuaderno y mi bolígrafo con la intención de evitar el inevitable choque.

– De acuerdo. Lo primero que debemos decidir es dónde vamos a celebrarlo -me puse a tamborilear con el bolígrafo sobre el cuaderno. El aniversario de mis padres era en agosto. Treinta años. La idea de la fiesta se le había ocurrido a Patricia-. ¿En su casa? También podría ser en la mía o en la de Patricia. O tal vez en un restaurante.

– ¿Qué os parece en la asociación de veteranos de guerra? ¿O en la bolera?

– Muy graciosa -Patricia partió un cruasán en dos, pero no se lo comió.

– En tu casa, Anne. Podríamos hacer una barbacoa con carne de buey o algo en la playa -el móvil de Mary volvió a avisar de que tenía un mensaje, pero no hizo caso.

– Sí… es una idea -contesté yo sin ocultar la falta de entusiasmo.

– En mi casa no podemos hacerlo -impuso Patricia con firmeza-. No hay espacio suficiente.

– ¿Y en la mía sí?

Mi casa era muy bonita y estaba junto al mar, sí, pero no era, ni mucho menos, espaciosa.

Claire se mofó al tiempo que le hacía una señal al camarero, que se acercó al momento.

– ¿Cuánta gente crees que va a ir? Tráeme un cóctel Mimosa, guapo, ¿quieres?

– Por Dios, Claire. ¿Es necesario? -exclamó Patricia.

El comentario pareció desmontar la actitud despreocupada de Claire por un momento.

– Sí, Pats. Lo es.

– Podríamos celebrarla en el Ceasar's Crystal Palace -me apresuré a sugerir para evitar una discusión-. Se celebran muchas recepciones y fiestas.

– Oh, venga ya -dijo Mary-. Comer allí es carísimo y, sinceramente, yo no dispongo de tanto dinero para esta fiesta.

Me dedicó una elocuente mirada y después miró a Patricia. Claire se echó a reír. Mary la miró también a ella, enarcando repetidamente las cejas.

– Sí, Mary y yo somos pobres -Claire miró al camarero cuando llegó con su cóctel-. Gracias, tesoro.

El chico se sonrojó cuando Claire le guiñó un ojo. Sacudí la cabeza y puse los ojos en blanco ante el espectáculo. Claire no tenía vergüenza.

– Yo también creo que es una buena idea que hagamos algo no demasiado costoso -dijo Patricia con cierta rigidez, mirando al plato y el cruasán seco-. Voto por hacerlo en casa de Anne. Podemos comprar platos y vasos de papel en el almacén de venta al por mayor y preparar unos cuantos postres. Preparar el hoyo para el buey sería lo más caro, pero las mazorcas de maíz, el pan y demás está incluido en el precio al comprar la carne.

– No te olvides del alcohol -señaló Claire.

El silencio se apoderó de la mesa. El teléfono de Mary sonó y ella lo abrió con cara inexpresiva. Patricia no dijo nada. Yo tampoco. Claire nos miró a las tres.

– No estaréis pensando en no llevar bebida, ¿verdad? -dijo-. Por lo menos cerveza.

– Eso depende de Anne -dijo Patricia al cabo de un momento-. Es su casa.

Yo la miré, pero Patricia no quiso mirarme a los ojos. Miré entonces a Mary, que también me ignoró. Claire, sin embargo, me miró de frente.

– Podemos llevar lo que queramos -dije finalmente.

– Es una fiesta de aniversario para papá y mamá -dijo Claire-. Dime que vamos a darles una fiesta y que no va a haber bebida.

La llegada de la comida nos salvó del incómodo silencio. Tardamos unos minutos en distribuir los platos y empezar a comer, pero fue suficiente. Mary suspiró al tiempo que pinchaba una patata frita.

– Podríamos llevar cerveza -se encogió de hombros-. Comprar un barril.

– Un par de botellas de vino -dijo Patricia, de mala gana-. Y supongo que habría que llevar champán. Para brindar. Son treinta años. Supongo que se merecen un brindis, ¿no os parece?

Todas me miraron para ver qué decía. Mi tenedor pendía sobre la tortilla, aunque mi estómago había decidido que ya no le apetecía. Querían que les diera una respuesta, que tomara la decisión por ellas. Yo no quería hacerlo. No quería ese tipo de responsabilidad.

– Anne -dijo Claire finalmente-. Estaremos todas allí. Todo saldrá bien.

Yo asentí una vez, con firmeza, tanta que me hice daño en el cuello.

– Sí, claro. Cerveza, vino, champán. James se encargará de preparar todas las bebidas fuera y de hacer las copas. Le gusta.

De nuevo se hizo el silencio. Me pareció sentir el alivio de mis hermanas por no haber tenido que ser ellas las que tomaran la decisión, pero tal vez fuera sólo mi imaginación.

– De acuerdo entonces. ¿A quién vamos a invitar? -dije con voz firme cuando por fin me hice cargo de la situación.

Guardar las apariencias.

Yo quería que James se negara a que la fiesta se celebrara en nuestra casa, pero, por supuesto, le pareció una idea magnífica. Estaba delante de la barbacoa con una cerveza en una mano y las pinzas cuando le saqué el tema. Su delantal tenía dibujada una mujer sin cabeza vestida únicamente con un biquini. Sus pechos se expandían cada vez que James levantaba los brazos.

– Me parece estupendo. Podríamos alquilar una carpa por si hace malo. También puede servirnos para darnos sombra.

El olor de los filetes a la brasa debería haberme hecho la boca agua, pero tenía el estómago demasiado revuelto como para agradecerlo.

– Será mucho trabajo.

– Contrataremos a alguien para que nos ayude. No te preocupes -James les dio la vuelta a los filetes con habilidad y levantó la tapa del recipiente en el que estaba cocinando el maíz.

Sonreí al verlo allí, el maestro delante de su megafabulosa barbacoa. James necesitaba que le indicaran paso a paso cómo preparar los copos de avena en el microondas, pero se creía el paladín de la cocina al aire libre.

– Aun así.

James me miró entonces al darse cuenta de lo que me pasaba verdaderamente.

– Anne, si no quieres hacerlo, ¿por que no lo dices?

– Mis hermanas han ganado en la votación por mayoría. Todas quieren que preparemos carne de buey en una barbacoa de hoyo, y eso únicamente se puede hacer aquí. Además, seguirá siendo más barato que celebrarlo en una de esas salas para fiestas con catering, aunque tengamos que alquilar una carpa y traer gente para que nos ayude a servir y a limpiar -reconocí-. Y… tenemos una casa muy bonita.

Miré a mi alrededor. Nuestra casa y los alrededores eran más que bonitos. Vivíamos delante de un lago y teníamos nuestra playa privada, un lugar íntimo y apartado, rodeado de pinos. La casa había pertenecido a los abuelos de James, y era una de las primeras que se construyeron a lo largo de la carretera de la playa. Había otras en la misma carretera que se estaban vendiendo por muchos de miles de dólares, pero nosotros no habíamos pagado nada por ella. Se la habían dejado a él en su testamento. Era pequeña y usada, pero estaba limpia y era muy luminosa, y lo más importante, era nuestra. Puede que mi marido se dedicara a construir mansiones de lujo para otros, pero yo prefería nuestra pequeña casita llena de toques personales.

James sirvió los filetes en una fuente y los llevó a la mesa.

– Depende de ti, cariño. A mí no me importa. Lo que decidas estará bien.

Habría sido mucho más fácil que sí le hubiera importado. Que hubiera expresado su opinión con firmeza y me hubiera exigido que celebráramos la fiesta de aniversario de mis padres en otra parte. Que hubiera tomado la decisión por mí. Podría haberle echado la culpa por hacer lo que en realidad yo quería.

– Sí -dije con un suspiro mientras me dejaba la enorme porción de carne en el plato-. Celebraremos la fiesta aquí.

El filete estaba muy rico, y el maíz, fresco y dulce. Yo había preparado una ensalada con fresas de temporada, aliñada con una vinagreta, y panecillos crujientes. Comimos como reyes mientras James me hablaba de la nueva obra en que estaba trabajando, de los problemas que estaba teniendo con algunos de los hombres de la cuadrilla, de los planes de sus padres de ir de vacaciones todos juntos en plan familiar.

– ¿Cuándo crees que serán esas vacaciones?

Estaba cortando el filete, pero me detuve en mitad del movimiento.

James se encogió de hombros y se sirvió otra copa de vino tinto. No me había preguntado si me apetecía. Hacía mucho que había dejado de preguntármelo.

– No lo sé. En algún momento de este verano, supongo.

– ¿Supones? ¿Y se les ha ocurrido preguntarnos cuándo podría apetecernos ir? ¿O si nos apetecía ir?

James se encogió nuevamente de hombros. No se le habría ocurrido.

– No lo sé, Anne. Mi madre mencionó algo, nada más. Tal vez para el Cuatro de Julio.

– Bueno -dije yo, untando mantequilla en un panecillo para evitar apretar los puños-, pues no vamos a poder irnos con ellos este verano. Lo sabes. Me gustaría que se lo hubieras dicho desde el principio.

James suspiró.

– Anne…

Yo levanté la vista.

– No le habrás dicho que iremos, ¿verdad?

– No le he dicho que iremos.

– Pero tampoco le dijiste que no.

Fruncí el ceño. Era típico de él, poco sorprendente, pero en aquel momento se me antojó tremendamente irritante.

James masticaba en silencio, pasando la comida con el vino. Cortó otro trozo de filete y se sirvió más salsa.

Yo tampoco decía nada. Para mí no era tan fácil, pero después de tanta práctica había aprendido a dominar la situación. Era un juego en el que tenía que esperar.

– ¿Qué quieres que le diga? -preguntó por fin.

– La verdad, James. Lo mismo que me dijiste a mí. Que no podemos irnos de vacaciones este verano porque estás ocupado con esa nueva obra y no puedes dejar a los hombres solos. Que tenemos la intención de utilizar tus días de vacaciones para irnos a esquiar en invierno. Que no podemos ir. ¡Que no queremos ir!

– No voy a decirle eso.

Se limpió la boca e hizo una bola con la servilleta. Después la tiró encima de su plato, empapándose de la salsa de la carne como si fuera sangre.

– Pues será mejor que le digas algo -dijo con tono amargo-. Antes de que haga las reservas para el viaje.

James suspiró de nuevo y se reclinó en su asiento. A continuación se pasó una mano por la cabeza.

– Ya lo sé.

Yo no quería pelearme con él por aquello. Sobre todo porque el motivo de mi tensión nerviosa no era tanto la madre de James como el hecho de tener que dar la fiesta de aniversario de mis padres en nuestra casa. Pero lo uno y lo otro estaba presente, girando a nuestro alrededor, la pescadilla que se muerde la cola. Abrumada por la presión de tener que hacer algo que no quería hacer por gente a la que no quería agradar.

James tendió el brazo a través de la mesa y me tomó la mano, acariciándome el dorso con el pulgar.

– Se lo diré.

Tres palabras para expresar un sentimiento muy simple en realidad, pero lo cierto es que sentí que se me quitaba un peso de los hombros. Le apreté la mano, agradecida. Nos sonreímos. Él tiró suavemente de mi para que me acercara a él, y nos besamos.

– Mmm. Sabes a salsa de carne -se lamió los labios-. Me pregunto en qué otras partes de ti sabrá tan bien.

– Ni se te ocurra -le advertí yo.

James se rió y volvió a besarme, esta vez más detenidamente pese a lo incómodo de la postura.

– Te la quitaría a lametazos…

– A mí me parece que es una manera estupenda de pillar una infección -dije con cierta brusquedad, y me soltó.

Tiramos los platos de papel a la basura y guardamos la comida que había sobrado. James aprovechó todo tipo de excusas para frotarse o chocarse conmigo, disculpándose con gesto inocente, a lo que yo respondía riéndome y dándole golpes juguetones en el brazo. Al final, me acorraló contra el fregadero y me apretó con su cuerpo para impedir que huyera. Sus manos se cerraron alrededor de mis muñecas y me bajó las manos hasta apoyarlas sobre la encimera, clavándome en el sitio con su pelvis.

– Hola -dijo.

– Hola.

– Me alegro de verte -lo que acentuó clavándome su pene erecto.

– Tenemos que dejar de vernos así. Resulta escandaloso.

James se apretó aún más contra mí, consciente de que yo no podía zafarme. Su aliento olía a ajo y a cebolla, pero de una forma deliciosa, no repugnante. Ladeó la cabeza para conseguir que nuestras bocas quedaran a la misma altura, pero no me besó.

– ¿Estás escandalizada?

Negué con la cabeza, un gesto casi imperceptible.

– Todavía no.

– Me alegro.

A veces, era así. Un polvo rápido, fogoso, duro, sin pensar en nada más que retirar mis bragas y bajar su bragueta. Me penetró en un santiamén y me encontró húmeda para él. Resbaladiza. Mi cuerpo no ofreció resistencia alguna, y los dos soltamos un gemido de placer.

Le rodeé el cuello con los brazos. Él tenía una mano debajo de un muslo para cambiar el ángulo. Los armarios de la cocina vibraron con nuestras embestidas. No sabía con seguridad si me había corrido, pero la forma en que su cuerpo me golpeaba la pelvis repetidamente hizo que alcanzara un violento clímax. James lo alcanzó justo después, cuando mi cuerpo se tensó a su alrededor. Apoyó el rostro en mi hombro, los dos teníamos la respiración entrecortada. Aquella postura enseguida se volvió dolorosa e incómoda, y nos separamos con movimientos rígidos. Me rodeó con los brazos y permanecimos así mientras recuperábamos el aliento y la brisa que se colaba por la ventana nos secaba el sudor.

– ¿Cuándo tienes cita con el médico?

La pregunta de James me dejó atónita.

– No he pedido cita.

Me aparté de él para colocarme la ropa y terminar de fregar los utensilios de la barbacoa. Los dedos se me resbalaron en el agua jabonosa y las pinzas se me cayeron dentro del fregadero con un estrépito que sonaba como una acusación. Pero James no me acusó de nada.

– ¿Vas a hacerlo?

Lo miré.

– He tenido muchas cosas que hacer.

Podría haberme dicho que desde que cerrara por falta de fondos el centro de acogida en el que había estado trabajando no podía decirse que tuviera mucho que hacer. Pero no lo hizo. Se encogió de hombros y aceptó mi respuesta como si tuviera todo el sentido del mundo, aunque no lo tenía.

– ¿Por qué? -pregunté-. ¿Tienes prisa?

James sonrió.

– Pensé que querías que nos pusiéramos a ello. Quién sabe. A lo mejor acabamos de hacer un hijo. Ahora mismo.

Muy poco probable.

– ¿Y te parecía una suerte?

– Bastante -contestó él estrechándome de nuevo.

Me mofé delicadamente.

– ¿Haber concebido a nuestro hijo en la cocina, de pie?

– A lo mejor resulta ser una buena cocinera.

– O cocinero. Los chicos también pueden ser buenos en la cocina.

Le lancé un puñado de espuma de jabón. James se sacó brillo a las uñas contra la camisa.

– Sí, igual que su padre.

Puse los ojos en blanco.

– Ya lo creo.

Antes de que pudiéramos explayarnos en las inexistentes habilidades culinarias de James, sonó el teléfono. Automáticamente alargué el brazo para responder. James aprovechó mi distracción para hacerme cosquillas en los costados.

Me faltaba la respiración de tanto reír cuando respondí por fin.

– ¿Diga?

Crepitar de interferencias en la línea y silencio al otro lado.

– ¿Anne? -preguntaron al fin.

Me protegí de las manos juguetonas de mi marido mientras respondía:

– ¿Sí?

– Hola, Anne -dijo una voz honda, grave, ronca. No sabía quién era, pero al mismo tiempo había algo en ella que me resultaba familiar.

– Sí -repetí, insegura, mirando la hora. Me parecía algo tarde para tratarse de un vendedor.

– Soy Alex. ¿Cómo estás?

– Oh, Alex. Hola -dije riendo con cierto azoramiento. James enarcó una ceja. Yo no había hablando nunca con Alex-. Quieres hablar con James, ¿no?

– No -contestó Alex-. Me gustaría hablar contigo.

Ya me estaba preparando para pasarle el teléfono a James cuando me detuve.

– ¿Conmigo?

James, que ya estaba alargando el brazo hacia el teléfono, apartó la mano. Enarcó la otra ceja de forma que las dos dibujaron un arco en su rostro como si fueran las alas de un pájaro. Yo me encogí de hombros y enarqué también una ceja, sutiles señales que formaban nuestro particular sistema de comunicación no verbal.

– Sí -la risa de Alex era como el sirope-. ¿Cómo estás?

– Estoy… bien.

James retrocedió un paso con las palmas levantadas y una enorme sonrisa. Sujeté el auricular entre la oreja y el hombro, y me volví hacia el fregadero para aclarar los platos, pero James me relevó apartándome suavemente y haciéndome un gesto con la mano.

– Me alegro. ¿Cómo está ese cabrón de marido tuyo?

– Él también está bien.

Me fui al salón. No soy de esas personas que se enrollan interminablemente en el teléfono. Siempre estoy haciendo alguna otra cosa mientras hablo, pero en ese momento no tenía ropa que doblar, ni suelos que fregar. O platos. A falta de otra tarea, me puse a recorrer la sala de un lado a otro.

– No te estará dando problemas ¿verdad?

No sabía cómo contestar, de modo que opté por suponer que Alex estaba de broma.

– Nada que no se solucione con unos latigazos y unas cadenas.

Su suave risa me acarició los oídos.

– Eso está bien. Haces bien al mantenerlo en cintura.

– Me ha dicho que vas a venir a vernos.

Al oír las interferencias de la línea pensé que se había cortado la conexión, pero entonces Alex contestó.

– Sí, ése es el plan, a menos que tengas alguna objeción.

– Por supuesto que no. Estamos deseando que vengas.

Era una mentirijilla de nada. Estaba segura de que James estaba deseando ver a su amigo. Por mi parte, no sabía muy bien qué pensar de su visita puesto que no lo conocía. Se trataba de una proposición bastante íntima y no se me daba bien moverme en la intimidad con tan poca antelación.

– Mentirosa.

– ¿Cómo dices?

Alex soltó una carcajada.

– Eres una mentirosa, Anne.

Al principio no supe qué decir.

– Yo…

Alex se rió otra vez.

– Yo también lo sería. ¿Un canalla que llama de repente pidiendo que lo aguanten a uno durante unas semanas? A mí me preocuparía un poco. Sobre todo si es cierto la mitad de lo que Jamie te ha contado sobre mí. Porque te habrá contado algo, ¿no?

– Algo.

– ¿Y aun así vas a dejarme entrar en tu casa? Eres una mujer muy valiente.

Había oído cosas sobre Alex Kennedy, pero había dado por hecho que eran exageraciones en su mayor parte. La mitología de la amistad entre chicos, el pasado visto a través del filtro del tiempo y esas cosas.

– Entonces, si sólo la mitad de lo que me ha contado sobre ti es cierto, ¿qué hay de lo demás?

– Puede que haya algo de cierto en esa parte también -contestó Alex-. Dime una cosa, Anne. ¿De verdad quieres que me hospede en tu casa?

– ¿Eres un canalla de verdad?

– Un canalla harapiento que no deja de dar vueltas y más vueltas alrededor de la escarpada roca del poema.

Su respuesta me pilló por sorpresa y lancé una carcajada. Era perfectamente consciente del trasfondo de sensualidad, de su sutil forma de flirtear y de mi respuesta a ella. Miré hacia la cocina donde James terminaba de fregar los cacharros. Ni siquiera nos estaba prestando atención, era como si no le importara lo que pudiera estar hablando con su amigo. Yo habría estado escuchando a escondidas.

– Los amigos de James… -dije yo.

– ¿Conque es eso? Pero estoy seguro de que Jamie no tiene más amigos como yo.

– ¿Canallas, quieres decir? No. Probablemente no. Algún sinvergüenza y uno o dos idiotas. Pero ningún otro canalla.

Me gustaba cómo se reía. Su risa era cálida, viscosa y nada pretenciosa. Más interferencias. Se oía una suave música y un murmullo de conversación, pero no podría decir con seguridad si se trataba de ruido de fondo o sonidos que se filtraban en la línea.

– ¿Dónde estás, Alex?

– En Alemania. He venido a visitar a unos amigos uno o dos días. De ahí viajare a Amsterdam y después a Londres, y de allí a Estados Unidos.

– Qué cosmopolita -comenté, con cierta envidia. Yo no había salido de Norteamérica.

La carcajada de Alex era rasposa.

– Vivo sin deshacer el equipaje y no sé ni dónde estoy, a causa del jet-lag. Mataría por un sándwich de mortadela, lechuga y mayonesa con pan blanco.

– ¿Intentas darme lástima?

– De una manera vergonzosa, sí.

– Me aseguraré de llenar la despensa de mortadela y pan blanco -contesté, sintiendo de pronto que la perspectiva de tener a Alex en casa ya no me molestaba como antes.

– Anne -dijo Alex tras una pausa-, eres una diosa entre todas las mujeres.

– Eso me dicen.

– En serio. Dime qué quieres que te lleve de Europa.

El cambio en el tono de la conversación me pilló por sorpresa.

– No quiero nada.

– ¿Chocolate? ¿Salchichas? ¿Melaza? ¿Qué? Te aviso de que pasar heroína, marihuana o prostitutas en Amsterdam tal vez me dé algún que otro problema. Será mejor que me pidas algo legal.

– De verdad, Alex, no hace falta que me traigas nada.

– Claro que voy a llevarte algo. Si no me das ninguna pista de lo que puede ser, se lo preguntaré a Jamie.

– Yo diría que melaza -le dije-. Aunque no sé muy bien qué es… ¿lo sacan de un pozo?

Alex se rió.

– No. Se vende en tarros como los de la mermelada.

– Tráeme uno de ésos.

– Ya veo. Eres una mujer a la que le gusta vivir peligrosamente. No me extraña que Jamie se casara contigo.

– Creo que tuvo más de una razón.

Me di cuenta de que no me estaba moviendo, que llevaba unos minutos charlando tranquilamente. Estaba tan absorta en las palabras de Alex que no me había hecho falta enfrascarme en otra tarea a la vez. Eché otro vistazo a la cocina, pero James había desaparecido. Oí el murmullo de la televisión en el cuarto de estar.

– Sentí mucho no poder asistir a vuestra boda. Me dijeron que la celebración fue todo un éxito.

– ¿Quién te lo dijo? ¿James?

Una pregunta estúpida. ¿Quién si no? El problema era que James no me había comentado que estuvieran en contacto. Me había hablado con frecuencia del que fuera su mejor amigo en el instituto; no se había extendido tanto con el asunto por el que se habían separado. Tenía otros amigos… pero íbamos a casarnos, y tengo la costumbre de intentar arreglar las cosas. Fui yo la que puso el nombre de Alex en la lista, sin saber siquiera si la dirección que había encontrado en la antigua libreta de direcciones de James era la correcta. Pensé que lo que hubiera ocurrido entre ellos podría arreglarse con un poco de ayuda. No me sorprendió que Alex se excusara por no poder asistir, pero, al menos, yo lo había intentado. Parecía que mis intentos habían tenido un resultado más positivo del que imaginaba.

– Sí.

– Fue una boda muy bonita -dije-. Una pena que no pudieras venir, pero ahora podremos disfrutar de una larga visita.

– James me mandó algunas fotos. Se os veía muy felices.

– ¿Te envió fotos? ¿De nuestra boda? -miré hacia la repisa de la chimenea, a la foto enmarcada de nuestra boda seis años atrás. Siempre he tenido la duda de cuánto tiempo es aceptable mostrar fotos de boda. Supongo que hasta que empiecen a llegar las fotos de los niños.

– Sí.

Eso también me sorprendió. Yo había enviado fotos a algunos de mis amigos que no habían podido asistir, pero… bueno, eran mujeres. Las chicas hacían esas cosas, se reían con las fotos y enviaban largos e-mails.

– Bueno… -me detuve en un silencio incómodo-. ¿Cuándo llegas entonces?

– Me falta cerrar algunas cosas con la compañía aérea. Ya se lo diré a Jamie.

– Claro. ¿Quieres hablar con él?

– Le enviaré un e-mail.

– Como quieras. Se lo diré.

– Bueno, Anne, son más de las dos de la mañana aquí. Me voy a la cama. Hablaremos pronto.

– Adiós, Alex… -y colgó sin dejarme terminar, mirando sorprendida el auricular.

Que estuviera en contacto con James no tenía nada de raro. La amistad entre los hombres no era como la de las mujeres. Mi marido no me había dicho que hubiera hablado con Alex, pero eso no significaba que quisiera guardarlo en secreto. Significaba, sencillamente, que no le había parecido lo suficientemente importante como para compartirlo conmigo. De hecho, debería alegrarme que hubieran resuelto sus diferencias. Sería divertido conocer al amigo de James, Alex, el canalla harapiento que no dejaba de dar vueltas y más vueltas alrededor de la escarpada roca del poema. El que me había prometido dulces del País de las Maravillas. El que llamaba Jamie a mi marido en vez de James.

El hombre del que James siempre había hablado en pasado.

El teléfono de Mary sonó por cuarta vez en media hora, pero esta vez ella se limitó a mirarlo antes de guardarlo en el bolso.

– ¿Cuánto tiempo va a quedarse?

– No lo sé -tomé un marco de cristal de una estantería llena-. ¿Qué te parece éste?

Mi hermana hizo una mueca.

– No.

Dejé el marco en su sitio y eché un vistazo general a la tienda.

– Todos los que hay en este sitio son del mismo estilo. Aquí no vamos a encontrar nada.

– ¿De quién fue la maravillosa idea de buscar un marco bonito y elegante? Ah, sí, de Patricia -dijo Mary con sarcasmo-. ¿Entonces por qué demonios tenemos que buscarlo nosotras?

– Porque Patricia no puede venir a esta clase de sitios con los niños -eché un vistazo a los marcos, pero todos eran muy parecidos. Excesivamente caros y horrorosos.

– Ya. Y supongo que Sean no puede quedarse con los críos una tarde.

Me encogí de hombros, pero algo en el tono de Mary me hizo levantar la vista.

– No lo sé. ¿Por qué? ¿Te dijo Patricia algo?

Las hermanas también comparten un tipo de comunicación no verbal. La postura y la expresión de Mary lo decían todo, pero mi hermana utilizó el lenguaje verbal por si acaso no me hubiera dado cuenta.

– Es un gilipollas.

– Venga, Mary.

– ¿No te has fijado que Patricia ya no habla de él? Antes siempre estaba con «Sean esto. Sean lo otro. Sean lo de más allá». Dime que no te has dado cuenta de que últimamente no tenemos que aguantar el Evangelio según Sean. Y que está más quisquillosa de lo habitual. Algo ocurre.

– ¿Algo como qué?

Salimos de aquella tienda tan cursi y salimos al brillante sol del mes de junio.

– Yo qué sé -Mary puso los ojos en blanco.

– A lo mejor deberías preguntarle.

Mi hermana me miró.

– Podrías hacerlo tú.

Las dos nos quedamos calladas al ver una conocida mata de pelo negro acompañada de un vestuario poco apropiado.

– Ay, Dios -dijo Mary entre dientes-. Que pintas de gótica.

Me eche a reír.

– ¿Así es como se llama ahora?

– Creo que antes lo llamábamos estilo punk. Joder. Es que no se cansa. Creía que estaba saliendo con ese chico de la tienda de discos -Mary parecía horrorizada-. ¿Pero quién es ese tipo?

Claire sonreía de oreja mientras flirteaba con un joven alto y desgarbado con tanto metal en el rostro que no pasaría los arcos de seguridad de un aeropuerto. Ella llevaba unas medias de rayas blancas y negras, una falda negra con encaje y el dobladillo irregular, y una camiseta con el nombre de un grupo de música punk que se había ido por el desagüe de las sobredosis de drogas mucho antes de que ella naciera.

– Está claro que danza al son de su propio tambor -dije yo.

– Sí, eso y una guitarra eléctrica, dos trompas y un sintetizador.

Claire levantó la vista y nos saludó desde el aparcamiento, se despidió de su nuevo pretendiente y se dirigió hacia nosotras.

– Señoras. Buenos días.

– Serán buenas tardes -señaló Mary.

– Eso depende de la hora a la que te levantes -respondió Claire con una sonrisa desvergonzada-. ¿Qué pasa?

– Anne no se decide por un marco.

– ¡Oye! -protesté yo. Sin Patricia allí para ponerse de mi lado y equilibrar la cosa, mis dos hermanas pequeñas me arrasarían en breve-. No depende de mí. Deberíamos ponernos de acuerdo las cuatro.

Claire sacudió la mano cubierta con unos guantes sin dedos.

– Da lo mismo. Elige el que quieras. No creo que les importe demasiado.

– Oye, Madonna ha llamado. Quiere que le devuelvas su armario -contesté yo, enfadada.

Mary se burló. Claire puso una mueca. Disfruté de mi breve e inútil momento de triunfo.

– Me muero de hambre -declaró Claire-. ¿No podemos ir a comer algo?

– No todas tenemos hambre a todas horas -señaló Mary.

– No todas tenemos que vigilar nuestro peso -respondió Claire con dulzura.

– Chicas, chicas -interrumpí-. Se acabaron las peleas de colegialas. ¿Os importa comportaros como adultas?

Claire le pasó un brazo por los hombros a Mary y me miró con un gesto lleno de inocencia.

– ¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan tensa, hermanita?

Las quería, a todas, y no podría imaginar mi vida sin ellas. Mary sonrió de oreja a oreja y se quitó el brazo de Claire. Esta se encogió de hombros y me miró con desdén.

– Vamos, princesa -canturreó-. Invita a tu hermana pequeña a una hamburguesa con patatas.

– ¿Vendrás a limpiarme la casa? -pregunté yo-. Eso vale por una comida, ¿no?

– De acuerdo, antes de que llegue el amigo de James. Casi se me olvidaba -respondió ella sacándome la lengua-. No querrás que se encuentre todos vuestros juguetitos sexuales tirados por ahí.

– No nos has dicho cuándo viene -comentó Mary.

Las tres echamos a andar hacia la cafetería que había al otro lado del aparcamiento. La comida era decente y no solía atraer a los turistas que abarrotaban Sandusky en su visita a Cedar Point. Y lo mejor, estaba cerca y las tripas me sonaban ya.

– No sé cuándo viene.

– ¿Cómo se llamaba? ¿Alex? -dijo Claire, sosteniendo la puerta para que entráramos Mary y yo.

– Sí -la camarera nos acompañó a una cómoda mesa con bancos situada al fondo del local y nos dejó la carta, aunque ninguna de las tres la necesitaba. Llevábamos siglos yendo a aquel sitio-. Alex Kennedy.

– ¿Y no fue a vuestra boda? -preguntó Mary mientras echaba azúcar en su té helado y espachurraba la rodaja de limón. Me pasó unos cuantos sobrecitos sin que tuviera que pedírselos.

– No, estaba fuera. Pero una compañía grande ha comprado su empresa y por eso regresa a Estados Unidos. No se mucho más.

– ¿Que vas a hacer con el mientras James trabaja?

Sorprendentemente, fue Claire quien me hizo una pregunta tan pragmática mientras bebía agua de su vaso a través de una pajita.

– Es una persona adulta, Claire. Ya encontrará algo que hacer.

Mary resopló burlonamente.

– Sí, pero es un tío.

– En eso tiene razón Mary -dijo Claire-. Será mejor que hagas provisión de nachos y de calcetines.

Respondí poniendo los ojos en blanco.

– Es amigo de James, no mío. No pienso hacerle la colada.

Claire hizo un ruido burlón.

– Ya lo veremos.

– Escucha lo que dices -dijo Mary-. ¿Cuándo fue la última vez que le hiciste la colada a alguien, incluida la tuya propia?

– Estás loca -respondió Claire con indiferencia-. Pues claro que me hago la colada en la universidad.

Mary frunció el ceño.

– También deberías hacerlo en casa.

– ¿Por qué? A mamá le encanta hacerlo -contestó Claire, y estaba casi segura de que lo decía totalmente en serio.

– No me preocupa la colada -les dije-. Ni tener que entretenerlo mientras esté aquí. Estoy segura de que sabrá hacerlo él sólito.

– ¡Ja! Vivía en Hong Kong, ¿no? -Claire juntó las manos y estampó una sonrisa de oreja a oreja-. Esperará encontrar una geisha, ya lo verás.

– Las geishas son japonesas, idiota -Mary sacudió la cabeza.

– Lo que sea -dijo Claire, apartándose el flequillo con un resoplido.

Escuchar a mis hermanas proclamar el desastre que iba a ser tener a Alex en casa me hizo sentir mucho mejor respecto a su visita.

– Singapur. Y no a va a pasar nada.

– Se acabó lo de ir por la casa en bragas -dijo Claire con un suspiro lúgubre, como si aquello fuera lo peor de todo-. ¿Cómo vas a soportarlo?

– Como si yo hiciera tal cosa.

– Tía, eso es lo mejor de vivir en tu propia casa -declaró mi hermana pequeña.

Todas nos echamos a reír. El móvil de Mary volvió a sonar y ésta lo sacó del bolso. Leyó el mensaje, escribió algo y lo volvió a guardar.

– Oye, guapa, te comportas como si estuvieras casada con esa cosa. ¿Nos ocultas algo? -Claire estiró el cuello para echar un vistazo al móvil de Mary.

– Era Betts -contestó Mary encogiéndose de hombros al tiempo que daba un sorbo de su té.

Claire se inclinó hacia delante.

– ¿Es que Betts y tú sois pareja?

Mary se quedó con la boca abierta. Y yo. Claire no parecía preocupada.

– ¿Y bien? No deja de escribirte mensajes como si no pudiera soportar estar lejos de ti. Y todas sabemos que no te van los tíos.

– ¿Qué? -Mary, que normalmente respondía a los ataques de Claire con igual sarcasmo, pareció quedarse sin palabras.

Yo tampoco sabía muy bien qué decir.

– Claire, por todos los santos.

Claire se encogió de hombros.

– Es una pregunta perfectamente justificada.

– ¿De dónde te has sacado la idea de que no me gustan los hombres? -Mary parpadeó varias veces muy seguidas, roja como un tomate.

– A ver… ¿tal vez porque no te has acostado con ninguno?

– Eso no significa nada -dije yo.

– No -dijo Mary-, sobre todo porque, ¡sorpresa!, sí que lo he hecho.

Claire y yo tardamos en reaccionar. Una de las cosas más deliciosas de tener hermanas era el lado cómico que adquirían nuestras conversaciones.

– ¡Anda ya! ¿Cuándo? ¿Con quien? -chilló Claire.

Mary miró a su alrededor antes de responder.

– Lo he hecho, ¿vale? He perdido mi virginidad. ¿Que tiene de raro? Todas lo habéis hecho.

– Sí, pero ninguna esperó a marchitarse como una solterona -declaró Claire.

– Yo no soy una solterona, Claire -contestó Mary, todavía roja como un tomate-. Y no todas nosotras nos comportamos como putas desenfrenadas.

– ¡Eh! -exclamó Claire frunciendo el ceño.

– No me habías dicho que tenías novio -dije yo para enfriar los ánimos entre ellas.

Las dos se giraron hacia mí con idéntica expresión de desdén.

– No lo tengo -contestó Mary.

– ¿Quién ha dicho que deba tener novio? -terció Claire exactamente al mismo tiempo.

– Pensé que… da lo mismo.

Mary sacudió la cabeza cuando la camarera nos trajo la comida, pero esperó a que estuviéramos solas para hablar.

– Fue con un hombre desconocido.

– ¿Un desconocido? -Jamás se me habría ocurrido algo así viniendo de Mary, que normalmente se vestía como una monja… y no porque estuviéramos en Halloween-. ¿Perdiste la virginidad con un hombre al que no conocías de nada?

Mary se sonrojó nuevamente. Claire silbó y extendió el brazo hacia la botella del ketchup.

– Así se hace, hermana. Ese es el camino.

– Supongo que pensé que ya era hora -dijo Mary-. Así que salí y me busqué un hombre.

– ¿No se te ocurrió pensar en… las enfermedades? -dije con un ligero estremecimiento-. ¿O algo?

– Lo obligó a ponerse condón. Me apuesto diez pavos -dijo Claire gesticulando con una patata en la mano.

– Por supuesto que lo obligué a ponerse condón -masculló Mary-. No soy idiota.

– Estoy un poco sorprendida, eso es todo.

No pretendía sonar desaprobadora. No era eso, de verdad. Que mi hermana hubiera perdido la virginidad con un desconocido probablemente no habría sido peor de lo que hice yo, que perdí la mía con el chico del instituto que creía que me quería, equivocadamente. Por lo menos Mary se lo había tomado sin expectativas románticas.

– Desembucha. ¿Estuvo bien?

Mary se encogió de hombros y bajó la mirada. El móvil volvía a requerir su atención, pero ella lo ignoró.

– Ah, sí.

– No suenas muy convincente -dijo Claire dándole un codazo.

Mary soltó una carcajada.

– Sí. Estuvo bien. El tío estaba muy bueno. Y supongo que lo hizo bien.

– ¿Supones? ¿Es que no lo sabes? Si no estás segura, Mary, es que no estuvo tan bien.

– Me gustaría saber por qué habríamos de recibir consejo sexual de ti -comenté yo aplastando la hamburguesa repleta, dejando que los jugos cayeran al plato. Iba a comérmela entera, lo sabía, aunque lo lamentara la próxima vez que me subiera a la báscula.

Claire se encogió de hombros y metió el tenedor en su ensalada de col.

– Porque soy la que más lo practica. Ahí lo tienes.

Mary se rió y resopló con desdén.

– Yo en tu lugar no presumiría de eso.

– No presumo, únicamente soy sincera. Joder, me gustaría saber por qué todas vosotras tenéis ese punto de vista tan puritano respecto a lo de follar y yo no. ¿Cómo ocurrió?

– Yo no tengo un punto de vista puritano sobre lo de follar, Claire -dije yo, riéndome.

Mi hermana me miró con incredulidad.

– ¿No me digas? ¿Que es lo más perverso que has hecho?

Silencio.

– Me lo imaginaba.

Es irritante tener una hermana pequeña triunfal y engreída. Le tiré una patata frita que se comió con todo el aplomo del mundo y después se chupó los dedos.

– No se trata de perversiones -comentó Mary-. Por todos los santos, que no dejemos que nos aten o nos azoten no significa que seamos unas puritanas.

Claire echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

– Por favor, los azotes son casi una insignificancia hoy por hoy

– ¿Entonces qué es lo más pervertido que has hecho? -le pregunté yo con toda calma, volviendo las tornas.

Claire se encogió de hombros.

– Cortes.

Mary y yo retrocedimos asustadas.

– ¡Claire, eso es terrible!

Ella se rió.

– Os he pillado.

– Qué horror -repitió Mary, con gesto de espanto-. ¿La gente hace esas cosas?

– La gente hace de todo -dijo Claire como si nada.

– Yo nunca dejaría que me hicieran heridas -afirmó Mary.

Claire la señaló con una patata.

– No sabes lo que estarías dispuesta a hacer con la persona adecuada, Mary. Nunca digas nunca.

Mary resopló con desdén.

– No me imagino cómo podría ser adecuada la persona que me llevara al extremo de acceder a hacerme cortes.

– Bueno, no tiene por qué ser eso exactamente, podría ser cualquier otra cosa -dijo Claire-. El amor es algo turbio.

– Tenía entendido que no creías en el amor -señaló Mary.

– Para que veas cuánto sabes de mí -respondió Claire-. Sí creo en el amor.

– Yo también -dije yo. Levantamos nuestros vasos y los entrechocamos-. Por el amor. Todo tipo de amor.

– Oooh -comentó Claire-. Anne es una pervertida, después de todo.

Capítulo 3

– Háblame de él -le dije a James cuando nos metimos en la cama, destapados a causa de la ola de calor que sufríamos a pesar de estar a primeros de junio. El ventilador del techo producía un ligero zumbido mientras hacía girar el aire procedente del lago, pero con todo y con eso hacía calor.

– ¿De quién? -preguntó James con voz adormilada. Tenía que madrugar para ir a la obra.

– De Alex.

James emitió una especie de resoplido amortiguado a causa de la almohada.

– ¿Qué quieres saber?

Yo estaba mirando el techo en la oscuridad, imaginando las estrellas.

– ¿Cómo es?

James guardó silencio durante tanto rato que pensé que se había quedado dormido. Al final se colocó de espaldas. No podía verle el rostro, pero lo dibujé mentalmente.

– Es un buen tipo.

¿Qué quería decir con eso? Me puse de lado, de cara a él. Hacía calor entre los dos. Si hubiera extendido la mano, podría haberlo tocado. En vez de eso, la metí debajo de la almohada y noté el frescor de las sábanas.

– Es inteligente. Es…

Esperé, pero no podía soportar su vacilación.

– ¿Divertido? ¿Amable?

– Sí, supongo que sí.

Suspiré.

– Sois amigos desde cuándo, ¿octavo curso?

– Sí -contestó él, que ya no tenía voz adormilada. Tenía voz de querer adormilarse.

– Entonces deberías poder decirme de él algo más aparte de que es inteligente y un buen tipo. Venga, James. ¿Cómo es Alex?

– Es como el lago.

– Explícame eso.

James cambió de postura, agarrando las sábanas con los pies. El colchón cedió con sus movimientos.

– Alex es… un hombre de personalidad profunda para algunas cosas y superficial cuando menos te lo esperas. Creo que es la mejor manera de describirlo.

Consideré sus palabras un momento.

– Una descripción muy interesante.

James no dijo nada. Escuché su respiración. Noté su aliento en mi rostro. Sentí el calor de su cuerpo a escasos centímetros del mío. No nos estábamos tocando, pero lo sentí incorporarse e inclinarse sobre mí.

– Vale, ¿qué te parece esta otra? Alex parece una persona fácil de conocer.

– ¿Pero no lo es?

James tomó aire. Lo soltó. Tomó aire nuevamente. Un patrón lento y regular, aunque no parecía relajado.

– No. Yo no diría eso.

– Pero tú lo conoces, ¿no es así? Me refiero a que fuisteis muy amigos durante mucho tiempo.

James soltó una carcajada y con ella se esfumó la inquietud que sus respuestas habían despertado en mi interior.

– Sí, supongo que lo fuimos.

Estiré el brazo para acariciarle el pelo. James se acercó a mí. Su mano encontró el punto exacto sobre mi cadera, se acomodó en la curva de mi cuerpo. Me alineé contra él.

Guardamos silencio un rato. Me pegué a su cuerpo, mi pecho contra el suyo. Llevaba puestos únicamente los calzoncillos. Yo llevaba una camiseta de tirantes y las bragas. Había mucha piel en contacto. No iba a ser yo la que se quejara, aunque la noche todavía no había empezado a refrescar y el sudor hacía que nos pegáramos.

Se empalmó y yo sonreí. Esperé y al cabo de un momento su mano emprendió un lento ir y venir por mi costado. El pulso se le había acelerado, lo mismo que a mí.

Ladeé la cabeza. Su boca encontró la mía sin esfuerzo. Nos besamos dulce y lentamente, sin apremio.

– ¿No tenías que levantarte mañana temprano?

James condujo mi mano hacía su creciente erección.

– Ya estoy levantado.

– Ya lo veo -apreté un poco los dedos a su alrededor, tentativamente-. ¿Y qué puedo hacer yo con esto?

– A mí se me ocurren algunas cosas -contestó él, empujando contra mi mano al tiempo que deslizaba los dedos entre el borde de mi camiseta y la cinturilla de mis bragas-. ¿Por qué no me la chupas?

– Qué sutil -dije yo con tono seco, aunque estaba sonriendo en realidad.

– No pretendía ser sutil -masculló James, bajando la cabeza para lamer mi garganta.

Contuve el aliento. Bajé la mano. James gimió. Yo sonreí. Lo empujé hacia atrás lo justo para meterme debajo de él y sacarle la erección de los calzoncillos. No me hacía falta ver para conocer cada curva, cada ondulación de sus músculos. Cerré los dedos alrededor de su verga y me incliné para lamer el sensible glande.

James emitió un suspiro feliz y se tumbó boca arriba. Me puso una mano en la cabeza, no para empujarme ni para meterme prisa, tan sólo para acariciarme el pelo suavemente. Sus dedos tiraban y se enredaban en mi pelo, aunque la sensación de incomodidad era tan leve que no podría describirse como dolor.

Yo chupaba, notando el sabor salado y almizclado. Aun recién salido de la ducha, aquella parte de su anatomía siempre tenía un sabor y un olor particulares, distintos de cualquier otra parte, como el codo o la barbilla. La región de los genitales, el vientre y la cara interna de los muslos conservaban un halo delicioso que sólo podría describir como varonil. Y único. Con los ojos cerrados tal vez me costaría identificarlo por la elevación de su nariz o de sus músculos, no así con aquel olor y sabor.

– Si tuviera que encontrarte en una habitación oscura llena de hombres desnudos, podría hacerlo sin problemas -murmuré pasando a continuación la boca por su pene erecto.

– ¿Fantaseas alguna vez con estar en una habitación llena de hombres desnudos, Anne? -James elevó las caderas para empujar su pene dentro de mi boca. Yo se la sujeté con firmeza por la base para controlar hasta dónde podía meterla.

– No.

James soltó una carcajada breve y entrecortada.

– ¿No? ¿Nunca? ¿No es ésa tu fantasía?

– ¿Qué iba a hacer yo con tanto hombre desnudo?

Él suspiró mientras se la chupaba. Tomé en una mano sus testículos y los acaricié suavemente con el pulgar.

– Podrían… hacerte… cosas…

Utilicé la boca y la mano al mismo tiempo hasta que le arranqué un gemido en voz alta, y después se la froté un rato con la mano, arriba y abajo, para que mi mandíbula pudiera descansar un poco.

– No. Soy chica de dos entradas máximo. James. No me serviría de nada tener a tantos hombres.

Volví a meterme su pene en la boca hasta donde pude. Ésta empezó a palpitar contra mi lengua. El sedoso líquido preseminal se mezcló con mi saliva facilitándome la labor de chupar y lamer.

James me puso la mano en la cadera y tiró de mí con suavidad, hasta que me di la vuelta sin dejar de chupársela y me puse a horcajadas sobre su cara. Me llegó el turno de gemir cuando me sujetó las nalgas y me chupó el clítoris con la lengua. Empezó jugueteando con la punta de la lengua. En aquella posición yo podía controlar la distancia a la que mi cuerpo estaba del suyo, podía sostenerme por encima de sus labios y su lengua, mover la pelvis, frotarme contra su boca. Me encantaba aquella postura.

Mi orgasmo llegó en cuestión de minutos. Me resultaba difícil concentrarme en chupársela cuando él me chupaba a mí. Nos volvimos un poco torpes. Creo que no nos importaba demasiado a ninguno. Los dos nos corrimos casi al mismo tiempo, gimiendo al unísono en medio de la oscuridad. Después, cuando retomé la posición normal en la cama y posé la cabeza en la almohada, me di cuenta de que el aire se había enfriado lo justo para querer taparme.

Tiré de las sábanas para cubrirnos, aunque James ya tenía aquella respiración que indicaba que estaba a punto de empezar a roncar, y que a mí me resultaba a un tiempo entrañable e insoportable, dependiendo de lo cansada que estuviera. Resopló contra la almohada. Yo me puse de espaldas, cansada pero no lo bastante como para dormirme.

– ¿Por qué os peleasteis? -susurré en mitad de la oscuridad.

El sonido de su respiración cambió. Contuvo un poco el aliento. Silencio. James no respondió y, al cabo de unos minutos, ya no volví a preguntar, inmersa ya en mis sueños.

Las cosas cambiaron sin previo aviso, como suele suceder. Me había pasado la mañana haciendo recados, y esa noche me tocaba hacer, muy a mi pesar, de anfitriona con la familia de James al completo. Padres, hijos con sus correspondientes esposos y esposas, sobrinos. Tenía en mente algo sencillo, pollo al horno, ensalada y panecillos recién hechos. Sandía y brownies de postre.

Los brownies me iban a quitar la vida.

La receta parecía bastante simple. Se necesitaba un chocolate bueno, harina, huevos, azúcar y mantequilla. Tenía todos los utensilios para llevar a cabo el trabajo, como habría dicho James totalmente serio. Podía decirse que hasta tenía la habilidad, aunque puede que no el talento. Sin embargo, por alguna razón todo me estaba saliendo mal. El microondas se negaba a derretir el chocolate sin quemarlo. La mantequilla me salpicó y me quemó la piel cuando, puesta sobre aviso gracias al desastre del chocolate, intenté derretirla sobre los quemadores. Un huevo me salió con un puntito rojo de sangre, el otro con una yema doble, lo que habría sido una deliciosa sorpresa si estuviera haciendo una tortilla, pero en ese momento sólo sirvió para desbaratarme la receta.

Un vistazo al reloj me dijo que el tiempo que había previsto para la preparación del postre se me había terminado y alargado demasiado. Como consecuencia me puse nerviosa. No me gusta hacer las cosas tarde. No me gusta que me pillen desprevenida. No me gusta que las cosas no estén perfectas.

Había abierto todas las ventanas y encendido los ventiladores de techo, porque prefería la brisa al ruido y el frío estéril de nuestro achacoso sistema de aire acondicionado. La cocina olía bien, a marinado, grasa derretida y pan recién hecho, pero hacía calor. Tenía manchas de chocolate en mi camisa blanca y la parte delantera de mi falda vaquera. Mi pelo, alborotado en el mejor de los casos, presentaba un estado caótico y me caía en mechones ensortijados hasta debajo de los hombros. El sudor me corría por la espalda.

Se me había olvidado comprar aliño para la ensalada, pero ya no me daba tiempo. Tendría que prepararlo yo misma. Tampoco tenía tiempo para el baño que había planeado como recompensa a tener que dar de cenar a toda aquella gente. No lo sentía tanto por el hecho de que tenía que depilarme las piernas como por la media hora de descanso y silencio rodeada del aroma de la lavanda. Con un poco de suerte podría darme una ducha rápida, aunque, tal y como iban las cosas, tendría que conformarme con lavarme por encima y darme con un canto en los dientes.

Concentración. Los brownies. Sólo me quedaba un paquete de chocolate. Si volvía a liarla, tendríamos que comer galletas rancias de bolsa de postre. Deje el paquete de chocolate sobre la encimera y vertí la mantequilla del cazo doble para el baño maría al recipiente de mezclar los ingredientes. Paso a paso.

Le di vueltas con cuidado. Releí las instrucciones. Levanté para mezclar bien los huevos con la mantequilla derretida, tal como mostraba el libro.

– Hola, Anne.

La cuchara cayó al suelo con un tintineo y la mantequilla templada salió disparada en todas direcciones. El corazón se me paró, la respiración se me paró, hasta la mente se me paró durante un momento de horror. Recobré el movimiento a trompicones como cuando das a la pausa y después al movimiento acelerado hacia delante durante una película.

Había gritado. Qué vergüenza. Me di la vuelta, dejando sobre la encimera el recipiente al que me había abrazado como si me fuera la vida en ello.

La primera vez que vi a Alex Kennedy fue acompañada del martilleo de mi corazón acelerado que retumbaba en mis oídos y mi garganta. Alex estaba de pie en la puerta de la cocina, con una mano en el marco lo bastante alto como para que tuviera que estirar su esbelto cuerpo. Se inclinó ligeramente hacia delante, guardando el equilibrio de su cuerpo mientras doblaba la otra pierna como si lo hubiera pillado en el momento de subir un escalón. Caí en la cuenta de sus vaqueros desgastados y un poco caídos que se sujetaba a las caderas con un cinturón de cuero negro. Y en la camiseta blanca. Una estética muy a lo James Dean, aunque en vez de cazadora de algodón de color rojo, la suya era de cuero negro y la sujetaba en el hueco que se formaba entre la mano metida en el bolsillo delantero y su costado. Completaba el conjunto con unas gafas de sol cuyos grandes cristales oscuros le cubrían casi todo el rostro.

Era un momento de foto, parecía salido de una película, y, durante un momento, nos quedamos allí de pie, mirándonos como si estuviéramos esperando a que un director invisible gritara: «¡Acción!». Fue Alex quien dio el primer paso. Retiró la mano del marco, sacó la otra del bolsillo y pilló la chaqueta en el aire antes de que cayera al suelo. Terminó de dar el paso que había dejado a medias, entrando en la cocina como si llevara toda la vida haciéndolo.

– Hola -lo dijo mirando a su alrededor por encima de sus gafas oscuras antes de centrarse nuevamente en mí-. Anne.

No era una pregunta. James me había dicho que era inteligente. ¿Quién si no podía ser yo? Tampoco se presentó, algo que podría tomarse por un signo de arrogancia o despreocupación o la sencilla suposición de que yo también era inteligente, aunque no me conociera lo bastante como para saberlo.

– Alex -rodeé la isla central de la cocina y me dirigí a él. Llevaba las manos manchadas, así que no se la ofrecí-. Lo siento. No te esperaba a esta hora.

Alex sonrió. Es un tópico decir que me robó el aliento, pero los tópicos comienzan como algo cierto, pues de otro modo nadie se referiría a ellos. Su boca, con unos tersos labios, se curvó hacia un lado. Entonces se quitó las gafas. Los ojos que ocultaban eran oscuros y no se me ocurría mejor manera de describirlos que lánguidos, perezosos, intensos, lentos. Profundos. Alex tenía unos ojos que miraban como si vieran sólo cosas importantes, aunque no sabría decir qué.

– Sí, lo lamento. Llamé a Jamie al móvil y me dijo que viniera sin más. Me dijo que te avisaría él. Supongo que no lo ha hecho.

Su voz también eran lenta y profunda. Absorta.

Me reí, apesadumbrada.

– Pues no.

– Cabrón -Alex dejó la chaqueta en una de las sillas de respaldo alto de la mesa del desayuno y enganchó ambos pulgares en los bolsillos-. Qué bien huele.

– Es que estoy horneando pan -agarré el paño de cocina, me limpié rápidamente las manos y procedí a acicalarme rápidamente. Me arreglé un poco el pelo, me remetí la camisa por la cinturilla de la falda, un repaso rápido por rostro y cuerpo para asegurarme de que mi aspecto era más o menos decente.

Él me observó mientras lo hacía, con una ligera sonrisa en el rostro.

– Y veo que estabas preparando algo con chocolate.

– Brownies.

Me había puesto roja y me sonrojé aún más al notar el calor que me subía por la garganta. No había motivos para avergonzarme. Bueno, aparte del caos en que se encontraba la cocina y mi persona.

Alex emitió por lo bajo una especie de ronroneo de aprobación.

– Mi postre favorito. ¿Cómo lo has sabido?

– No sabía… -Alex lo decía en serio-. ¿A quién no le gustan los brownies?

– Tienes razón.

Se echó a reír. Echó otro vistazo a la cocina, como si estuviera tomando nota de todos los detalles. Me sorprendí siguiendo su mirada con la mía, catalogando las fotos enmarcadas que colgaban de las paredes, el papel pintado, que se estaba levantando en un rincón, las marcas que habían hecho las sillas en el linóleo, sin dibujo ya de tanto arrastrarlas.

– Vamos a arreglarlo -dije, como si tuviera que disculparme por las imperfecciones de la cocina.

Dirigió de nuevo su mirada hacia mí. Me resultaba desconcertante y, en cierta forma, familiar al mismo tiempo. Alex era de las personas que miran las cosas con atención, igual que James, aunque a mi marido el interés le duraba mucho menos. James podía concentrarse en algo que le hubiera llamado la atención. Era como uno de esos mirlos de ojos saltones a los que las cosas brillantes llaman su atención. Alex me recordaba más a un león agazapado entre la hierba, aparentemente saciado hasta que la presa se le acerca lo bastante para captar su atención.

– Es bonita. La habéis dejado muy bien.

– ¿Habías estado aquí antes? -pregunté sacudiendo la cabeza ante lo absurdo de mi pregunta-. Por supuesto que habías estado aquí.

– Cuando vivían aquí los abuelos de Jamie, sí. Hace mucho tiempo. Ahora está más bonita -sus labios se curvaron en otra perezosa sonrisa-. Y también huele mejor.

No tenía ningún motivo para sentirme intimidada por él. No estaba haciendo nada. De hecho, estaba siendo muy amable. Me apetecía devolverle la sonrisa, y lo hice… aunque el resultado fue más una mueca confusa y vacilante. El tipo de sonrisa que le dedicas a alguien que te ofrece un caramelo de menta en el metro: no sabes si lo hacen por amabilidad o porque te huele el aliento. ¿Estaba limitándose a ser amable o era sincero?

No lo sabía.

– Espero que, por lo menos, estén ricos. No se puede decir que esté teniendo mucha suerte hasta el momento -admití mirando de reojo el recipiente.

Él ladeó la cabeza y contempló el desastre que había tenido lugar en la isla central.

– ¿Y cómo es eso?

– Oh… -me encogí de hombros y reí con timidez-. Me apetecía hacerlos yo misma en vez de cocinarlos a partir de la mezcla que viene preparada para hornear.

– No. Las cosas hechas en casa siempre están mejor -Alex se acercó a la isla y, por lo tanto, a mí. Comprobó el estado de la mezcla del recipiente. Sin sus ojos clavados en mí, podía observarlo-. Pones la mantequilla y los huevos. ¿Qué más?

Rodeó la isla y terminamos hombro con hombro. No me había parecido tan alto desde la puerta. Mi cabeza le llegaba a la barbilla. A James podía alcanzarle la boca sin tener que ponerme de puntillas. Alex volvió la cabeza y me lanzó una mirada que no supe interpretar.

– ¿Anne?

– Oh… oh, espera, está todo aquí -me incliné sobre el libro y seguí las instrucciones con el dedo. Había marcas de grasa en las páginas-. Derretir el chocolate. Derretir la mantequilla. Mezclar bien. Añadir el azúcar y la vainilla…

Me detuve al ver que tenía la vista clavada en mí. Sonreí tentativamente. Pareció gustarle. Entonces se inclinó hacia delante un poco, de manera apenas perceptible. Bajó la voz, como si estuviera confesando un secreto.

– ¿Quieres que te diga dónde está el truco?

– ¿De hacer brownies?

Su sonrisa se ensanchó. Esperaba que dijera que no. Que se trataba de otra cosa, algo más dulce que chocolate. Yo también me incliné hacia delante, sólo un poco.

– La mantequilla caliente derretirá el chocolate. Sólo se necesita un fuego bajo.

– ¿De veras? -miré el libro de cocina para no tener que mirarlo a él. Sentí una nueva oleada de calor y que me enrojecían hasta las orejas. Pensé que debía de parecer idiota y traté de fingir que no importaba.

– ¿Quieres que te enseñe cómo se hace? -se enderezó al ver mi vacilación. Su sonrisa cambió, proporcionándonos un poco de distancia. Seguía siendo afable, pero menos intensa-. No te prometo que vayan a ganar un premio, pero…

– Sí, claro -contesté yo con decisión-. La familia de James llegará de un momento a otro y me gustaría tener resuelto el tema del postre antes.

– Sí. Porque absorberán toda tu atención. Sé a qué te refieres -Alex extendió el brazo hacia el recipiente y se volvió hacia los quemadores de la cocina.

Puede que supiera a qué me refería, pensé, observándolo mientras colocaba la mezcla de mantequilla y huevos ya fría en el cazo al baño maría. Se inclinó para poner el rostro al mismo nivel que la llama y graduó la intensidad con delicadeza. Después sacó una cuchara del carro de los utensilios de cocina y se puso a remover.

– Dame el chocolate -hablaba como si estuviera acostumbrado a que lo obedecieran, y no vacilé. Abrí la bolsa y se la di. Sin mirarme, sacudió suavemente el paquete y empezó a echar pepitas de chocolate poco a poco en la mantequilla-. Anne, ven a ver esto.

Me asomé por encima de su hombro. Entre la mantequilla se arremolinaban manchas de color oscuro que se iban haciendo más y más grandes a medida que Alex iba añadiendo pepitas. Al cabo de un momento la mezcla adquirió una textura de líquido viscoso y aterciopelado.

– Precioso -murmuré casi sin darme cuenta y Alex levantó la vista y me miró.

Esta vez no tuve la sensación de que me hubiera atrapado con la mirada. No era su presa. Me estaba evaluando. Cuando terminó, se concentró nuevamente en la masa, que iba espesando poco a poco.

– ¿Está listo todo lo demás?

– Sí.

Reuní el resto de los ingredientes. Mezclamos, vertimos y limpiamos el recipiente con mi práctica espátula blanca, que me habían garantizado que no se rompía ni se manchaba. La mezcla olía a gloria cuando llenamos la bandeja de horno tal como nos indicaban.

– Perfecto -dije, introduciéndola en el horno-. Gracias.

– Y por supuesto tienen que salir perfectos, ¿verdad? -Alex se apoyó en la isla, sujetándose al borde con las manos de manera que los codos quedaron en jarras.

Me limpié las manos en el paño y empecé a echar los utensilios en el fregadero.

– Es bonito que las cosas salgan perfectas, ¿no crees?

– Aunque tenga defectos, un brownie sigue estando buenísimo -me observó mientras limpiaba sin ofrecerse a ayudarme.

Yo me detuve con el recipiente de mezclar en la mano.

– Eso depende del defecto. Quiero decir que si está demasiado seco o se desmigaja entero, tal vez no tenga buen aspecto, pero sigue estando rico. Pero si te equivocas con los ingredientes, tal vez tenga buen aspecto por fuera y por dentro sepa a rayos.

– Exacto.

Me pregunté si me habría hecho morder el anzuelo para llevarle la razón.

– Bueno, pues tienen un aspecto perfecto. A menos que se quemen.

– No van a quemarse.

– Pero puede que no estén buenos tampoco -me reí de él-. ¿Es eso lo que quieres decir?

– Nunca se sabe, ¿no crees? -se encogió de hombros y me miró de soslayo, disimuladamente.

Juguetonamente. Estaba jugando conmigo, calibrándome. Intentando sacarme de mi caparazón. Intentando tantearme. Intentando averiguar el tipo de persona que era.

– Supongo que será mejor que los probemos entonces -alargué el recipiente-. Tú primero.

Alex enarcó una ceja y frunció los labios, pero se impulsó para separarse de la isla y tendió una mano.

– ¿Por si acaso están asquerosos?

– Una buena anfitriona siempre ofrece a sus invitados la primera porción -contesté yo con dulzura.

– La perfecta anfitriona se asegura de que todo esté perfecto antes de servirlo -respondió Alex, pero pasó el dedo por la pared del recipiente. Lo sacó manchado de chocolate.

Levantó el dedo y me lo mostró. Muy teatrero. Abrió la boca y me enseñó una lengua de un intimo color rosa. Se metió el dedo en la boca y cerró los labios, sorbiendo lo bastante fuerte como para que se le hundieran las mejillas hasta que por fin sacó ruidosamente el dedo limpio.

No dijo nada.

– ¿Y bien? -pregunté al cabo de un momento.

Sonrió de oreja a oreja.

– Perfecto.

Incentivo suficiente para mí. Pasé el dedo por encima de lo que quedaba de masa y lo chupé con la punta de la lengua.

– Cobarde.

– Está bien -me metí todo el dedo en la boca y chupé con tanto énfasis como había hecho él antes, exagerando el gesto-. ¡Hmmm, qué bueno!

– Unos brownies dignos de una reina.

– O de la madre de James -dije yo. Me tapé la boca nada más salir de mis labios tan despectivas palabras, como fingiendo que no las había pronunciado.

– Incluso de ella.

Nos sonreímos de nuevo, atraídos por la mutua comprensión del tipo de persona que era la madre de James.

– Bueno… -carraspeé-. Debería ir a darme una ducha y a cambiarme. Y enseñarte tu habitación. Está preparada. Sólo falta dejarte toallas limpias.

– No quiero causarte molestias.

– No es ninguna molestia, Alex.

– Perfecto -dijo él, a medio camino entre un susurro y un suspiro.

Ninguno de los dos se movió.

Los dedos se me habían entumecido de agarrar tan fuerte el recipiente. Cuando me di cuenta, lo solté dentro del fregadero.

– Qué desastre -dije entre risas, chupándome los dedos manchados de chocolate, el índice, el corazón, el pulgar-. Tengo chocolate por todas partes.

– Tienes un poco justo… aquí.

Alex recorrió con el pulgar una de las comisuras de mi boca. Sabía a chocolate. Lo saboreé a él también.

Así fue como nos encontró James, tocándonos. Un gesto inocente que no significaba nada. Sin embargo, yo retrocedí de inmediato. No así Alex.

– Jamie -dijo-. ¿Cómo te ha ido?

Entonces sucumbieron a una lluvia de palmaditas en la espalda e insultos. Dos hombres hechos y derechos pasaron a comportarse como dos adolescentes delante de mis ojos. Alex agarró a James por el cuello y le frotó el pelo con los nudillos hasta que James se irguió, el rostro colorado y los ojos brillantes de tanto reír.

Los dejé con sus saludos y fui a darme una ducha. Abrí el grifo del agua fría y me quedé debajo del chorro, con la boca abierta, para intentar borrar el sabor del amigo de la infancia de mi marido.

La señora Kinney suele mirarte como si hubiera percibido un olor desagradable, pero fuera demasiado educada para decirlo. Estoy acostumbrada a que me dedique el gesto, los labios cuidadosamente fruncidos y los orificios nasales ensanchados con delicadeza. Supuse que en aquella ocasión también estaba dedicado a mí, hasta que vi que algo llamaba su atención más allá de mi hombro.

Me había propuesto sonreír y asentir con la cabeza, sin pararme a escuchar sus comentarios durante la cena, sobre cómo la había preparado, cuánto servir, dónde sentar a cada uno. De manera que al oír que tartamudeaba, como si fuera una muñeca a la que no se le ha dado bien cuerda porque tiene la llave oxidada, me volví y seguí su mirada con la mía.

– Hola, señora Kinney.

Alex también se había duchado y se había puesto un pantalón negro y una camisa de seda. Cualquiera diría que iba muy arreglado, pero en él no lo parecía. Se acercó con una sonrisa a mi suegra y aceptó esa especie de abrazo y beso en la mejilla que se empeña en dar cuando nos vemos, aunque detesto los abrazos que se dan por compromiso.

– Alex -contestó ella con un tono tan rígido como su espalda, pero inclinó la cabeza y aceptó el beso que le dio él en la mejilla-. Hacía tiempo que no te veíamos.

Su tono dejaba claro que no lo había echado de menos. Alex no pareció ofenderse. Se limitó a estrecharle la mano a Frank y saludó con la mano a Margaret y a Molly.

– James no me comentó que hubieras vuelto -continuó la señora Kinney, como si el hecho de que James no se lo hubiera dicho implicara que no podía ser cierto.

– Hacía tiempo, sí. He vendido mi empresa y necesitaba encontrar un lugar en el que quedarme unos días. Estaré por aquí unas semanas.

Envidié la manera en que Alex sabía jugar con ella. Una respuesta despreocupada que desmentía el hecho de que sabía exactamente qué era lo que le interesaba averiguar a ella y él no estaba dispuesto a proporcionarle. Mi opinión sobre Alex Kennedy subió un punto.

Mi suegra miró por encima del hombro de Alex a James, que estaba jugando a lanzar al aire a una de sus sobrinitas.

– ¿Vas a quedarte aquí? ¿Con James y Anne?

– Sí -contestó él con una sonrisa de oreja a oreja, las manos en los bolsillos, balanceándose sobre los talones.

Mi suegra me miró.

– Qué… bien.

– Pienso que va a estar muy bien -respondí yo con dulzura-. James y Alex van a poder estar juntos y seguro que van a disfrutar. Y tendré la oportunidad de conocer mejor a Alex. Al fin y al cabo es el mejor amigo de James.

Sonreí alegremente sin añadir una sola palabra más. La madre de James digirió mis palabras. La respuesta, lejos de satisfacerle, pareció bastarle, y le dirigió un costoso gesto de asentimiento como si le doliera el cuello. Acto seguido tomó la fuente de horno.

– Me llevo la fuente a la mesa.

– Claro. Como te parezca -contesté yo, consciente de que la colocaría donde le gustara, independientemente de lo que yo le dijera. Una vez hubo desaparecido, y Alex y yo nos quedamos a solas un momento, me volví-. ¿Por qué le fastidia tanto tu presencia? ¿Qué hiciste?

Él compuso una mueca.

– No me digas. Y yo que creía que me adoraba.

– Tienes razón. Era adoración lo que he visto en su rostro. Si mirarte como si hubiera pisado una caca de perro se considera una mirada de adoración.

Alex soltó una carcajada.

– Algunas cosas nunca cambian.

– Todo cambia -le contesté yo-. En un momento u otro.

No podía decirse lo mismo de los sentimientos de la señora Kinney, al parecer, que evitó conversar con él en toda la cena, aunque no escatimó en miradas de asco.

Por su parte, Alex se mostró cordial, educado y ligeramente distante. Teniendo en cuenta desde cuándo se conocían James y él y lo «acogedores» que se mostraban todos con todos, el hecho de que Evelyn lo estuviera ignorando era esclarecedor.

– Bueno, bueno, bueno. Alex Kennedy -dijo Molly cuando entró en la cocina con una pila de platos sucios para meter en el viejo lavavajillas que sólo utilizaba cuando tenía invitados. Habíamos terminado de cenar y todos estaban en la terraza. Podría haber dejado los platos para más tarde, pero prefería buscarme cosas que hacer a dar conversación-. Ya sabes lo que se dice de los caraduras.

Coloque los platos en el lavavajillas y llené el compartimento del detergente.

– ¿Te parece que Alex es un caradura?

Molly me caía bien, o más bien no me desagradaba. Era siete años mayor que yo, y no teníamos en común nada más que a su hermano, pero no era una mujer dominante y autoritaria como su madre ni una peliculera intransigente como su hermana.

Se encogió de hombros y agarró las tapas de los envases de la ensalada que había sobre la encimera.

– ¿Recuerdas el chico contra el que te prevenía siempre tu madre? Pues ése es Alex.

– Era -dije yo, ayudándola a cerrar los envases de ensillada de pasta y col-. Cuando estaba en el instituto.

Molly miró por la ventana de la cocina en dirección a la terraza, desde donde nos llegaban las carcajadas de James y Alex.

– No sé -dijo Molly-. ¿Tú qué crees?

– Es amigo de James, no mío, y sólo va a quedarse aquí unas semanas. Si a James le cae bien…

Me detuvo su áspera risotada.

– Alex Kennedy dejó tirado a mi hermano en más de una ocasión, Anne. ¿De verdad crees que las personas como él cambian alguna vez?

– Oh, venga ya, Molly. Somos adultos. ¿Qué importa que se metieran en algún lío de pequeños? No mataron a nadie, ¿no?

– Bueno… no. Creo que no -dijo ella con un tono que decía que no le habría sorprendido que, por lo menos Alex, hubiera sido capaz de asesinar a alguien.

Sabía que jamás se le pasaría por la cabeza pensar algo así de James, el niño bonito de la familia. Igual que sabía que por mucho que James hubiera ido de juerga tanto como Alex cuando eran jóvenes, siempre sería culpa de este último, nunca de mi marido. En mi opinión, los Kinney habían hecho un flaco favor a James subiéndolo a un altar. James era un hombre seguro de sí, eso era bueno. Pero no sabía asumir la culpa, y eso no era tan bueno.

– Vale, dime qué es eso tan horrible que hicieron.

Molly aclaró uno de los paños de cocina y lo escurrió antes de limpiar la encimera de la isla central, aunque ya lo había hecho yo. En ella me enfadó mucho menos que si lo hubiera hecho su madre, que, sin duda, lo habría hecho deliberadamente. Molly sencillamente estaba condicionada después de tanto seguir el ejemplo de alguien que siempre encontraba defectos en todo, aunque no hubiera nada fuera de lugar.

– Alex no proviene de una buena familia.

No hice ningún comentario. Si quieres averiguar los verdaderos sentimientos de una persona, tienes que dejar que hable. Molly limpió unas manchas imaginarias.

– Eran gente sin educación ni modales, sinceramente. Sus hermanas eran unas zorras. Una o dos de ellas se quedaron embarazadas en el instituto. Sus padres eran unos borrachos. Clase baja.

Me parece que no me inmuté ante la opinión que le merecía la familia de Alex. No estaba hablando de mis hermanas o de mis padres o de mi.

Me dieron ganas de decirle que era afortunada porque nadie la juzgara basándose en los actos de sus padres, pero me guardé la opinión para mí.

– Algo bueno debió de ver James en él cuando decidió ser su amigo, Molly. Y no siempre somos igual que nuestros padres.

Ella se encogió de hombros. Quería contarme algo más. Lo vi en sus ojos.

– Bebía y fumaba, y no sólo cigarrillos, ya sabes lo que quiero decir.

– Muchos chavales lo hacen, Molly, hasta los considerados buenos chicos.

– Usaba lápiz de ojos.

Enarqué ambas cejas. Allí estaba. Lo peor. Peor que beber y fumar hierba; peor incluso que el hecho de que su familia fuera de baja estofa. Aquélla era la verdadera razón por la que no les gustaba Alex Kennedy entonces, y seguía sin gustarles.

– Lápiz de ojos -no pude evitar decirlo como si me pareciera algo ridículo, porque… la verdad es que lo era.

– Sí -respondió ella con tono despectivo, echando otro vistazo rápido a la terraza-. De color negro. Y… a veces…

Esperé mientras mi cuñada se debatía entre seguir hablando o callarse.

– Brillo de labios -dijo finalmente-. Y se teñía el pelo de negro y se lo cardaba, y se ponía camisas de vestir, que se sujetaba con alfileres a la altura de la garganta, y chaquetas de vestir…

– Vamos, Molly. Mucha gente se vestía así. Eran los ochenta.

Ella volvió a encogerse de hombros. Nada de lo que yo pudiera decirle la haría cambiar de opinión.

– James no. Hasta que empezó a salir con Alex.

Había visto fotos de James de aquella época. Un chico flacucho y desgarbado, una mezcolanza de rayas y cuadros escoceses acompañados de unas Converse desgastadas. No me había fijado si llevaba lápiz de ojos o brillo de labios, pero tampoco me costaba imaginarlo. Seguro que haría resaltar sus brillantes ojos azules, pensé.

– Da igual -dijo Molly-. No me parece que haya cambiado mucho.

– Vigilaré mi bolsa de maquillaje.

Esta vez no se le pasó por alto mi nota de sarcasmo.

– Sólo te aviso, Anne. Alex era mala influencia entonces y probablemente siga siéndolo ahora. Tómatelo como quieras.

– Gracias -respondí yo. No pensaba hacer nada con aquella información. Cuanto más lo odiaba la familia, más ganas tenía yo de que me gustara-. Lo tendré en cuenta.

– Nos alegramos mucho cuando James dejó de quedar con Alex -añadió inesperadamente y yo levanté la vista hacia ella.

– Sé que se pelearon por algo.

Si quieres que alguien te cuente algo que están deseando contar, lo único que tienes que hacer es dejarlo hablar.

Pero por mucho que Molly pudiera querer contarme al respecto, no podía.

– Sí, lo sé. James nunca nos contó el motivo. Nos dijo sólo que Alex había ido a verlo a la universidad. Alex no fue a la universidad, ya sabes.

No parecía que le hubiera ido mal sin estudios universitarios. Tampoco hice comentario alguno sobre el tema.

– El caso es que fue a Ohio State a ver a James y ocurrió algo que provocó la pelea. James vino a casa a pasar una semana. ¡Una semana! Después regresó a la universidad y nunca supimos lo que verdaderamente ocurrió entre ellos.

No podía contener la sonrisa de suficiencia que mis labios estaban deseando esbozar, así que disimulé como pude guardando los envases de plástico en el frigorífico. Aquello era todavía peor que lo del lápiz de ojos. Que James se hubiera atrevido a ocultarles detalles íntimos de su vida. Que supiera algo que ellos no sabían.

Un secreto.

Claro que también me lo había ocultado a mí.

Capítulo 4

Me fui a la cama antes que los hombres, y James me despertó cuando vino a dormir. Me dio con el codo una o dos veces, pero yo fingí estar profundamente dormida y al poco rato oí sus ronquidos. Había estado durmiendo como un bebe hasta su llegada, pero ahora estaba despierta, escuchando los ruidos que hacen todas las casas por la noche. Los mismos crujidos y lamentos, el tictac del ruidoso reloj. Pero esa noche había un sonido desconocido. El arrastre de pies por el pasillo, la cisterna del cuarto de baño y el resbalón de una puerta al cerrarse. Después el sonido de personas durmiendo que llenaba el aire. Dejé que James me acercara hacia él hasta que me quedé dormida en sus brazos.

Se levantó y salió de casa antes de que yo me despertara. Me quedé un rato en la cama, estirándome y pensando, hasta que las ganas de ir al baño me obligaron a levantarme. Alex estaba en la terraza con una taza de café en la mano, mirando el lago. Volvió la cabeza justo cuando la brisa de la mañana le revolvía el flequillo demasiado largo que le caía sobre la frente. Me lo imaginé vestido a la moda que se llevaba en los ochenta y sonreí.

– Buenos días. Pensé que seguirías durmiendo -me senté con él a tomarme el café. Estaba bueno. Mejor que el que preparaba yo.

Ya me estaba acostumbrando a su aspecto lánguido. Me estaba acostumbrando a él. Su boca se arqueó.

– Tengo el sueño cambiado con tanto viaje. Las zonas horarias, el jet-lag. Además, a quien madruga…

Esbozó una amplia sonrisa tan franca que no me quedó más remedio que corresponderlo. Nos apoyamos en la barandilla el uno al lado del otro y contemplamos el lago. No me pareció que esperara que yo dijera algo, y viceversa. Resultaba agradable.

Cuando se terminó el café, levantó la taza y dijo:

– Entonces estamos tú y yo solos, y tenemos todo el día por delante.

Yo asentí. La perspectiva no me preocupaba tanto como el día anterior. Era extraño cómo el hecho de que me hubiera prevenido contra él hacía que me sintiera más cómoda en su compañía.

– Sí.

Desvió nuevamente la atención hacia el agua.

– ¿Seguís teniendo el Skeeter?

El Skeeter era un pequeño velero que había pertenecido a los abuelos de James.

– Claro.

– ¿Te apetece salir a navegar? Podríamos ir al puerto deportivo, amarrar y comer algo en Bay Harbor. Hacer de turistas por un día. Yo invito. ¿Qué dices? Hace años que no subo a una montaña rusa.

– No sé navegar.

– Anne… -su mirada se volvió profunda, enarcó una ceja y esbozó una media sonrisa que más parecía una mueca lasciva-. Yo sí.

– La verdad es que no me gusta demasiado navegar -su mirada, seductora y suplicante acompañada de un conato de puchero, hizo que me detuviera.

– ¿No te gusta navegar? -contempló nuevamente la superficie del lago-. Vives junto a un lago y no te gusta navegar.

Sonaba ridículo.

– No.

– ¿Te mareas?

– No.

– ¿No sabes nadar?

– Sé nadar.

Nos estudiamos detenidamente. Creo que Alex esperaba que le dijera lo que de verdad quería decir, pero es que no quería compartir nada con nadie. Al cabo de un minuto me sonrió de nuevo.

– Cuidaré bien de ti. No te preocupes.

– ¿Eres un marinero experto?

Alex soltó una carcajada.

– No en vano me llaman Capitán Alex.

Yo también me reí.

– ¿Quién te llama Capitán Alex?

– Las sirenas -contestó.

Yo resoplé con desdén.

– Ya.

– Anne -dijo poniéndose serio-. No nos ocurrirá nada.

Yo vacilé un momento y miré hacia el lago primero, y hacia el cielo después. Hacía un día precioso. Las únicas nubes que adornaban el cielo eran blancas y esponjosas como ovejas. Podía estallar una tormenta en cualquier momento, pero sólo se tardaba veinte minutos en atravesar el lago hasta el puerto deportivo de Cedar Point.

– Vale, está bien.

– Perfecto -dijo Alex.

Amarramos en el puerto deportivo. Alex había demostrado ser, efectivamente, un hábil marinero. Hacía un año que no iba a Cedar Point. Como cada temporada, la pintura y las nuevas atracciones hacían que el parque pareciera nuevo.

Tuvimos suerte. No había mucha gente. En su mayoría autobuses escolares que llegaban temprano, pero se movían en grandes grupos, con lo cual había zonas totalmente despejadas.

– Lo he pasado muy bien en este sitio -dijo Alex mientras tomábamos uno de los senderos flanqueados por árboles, en dirección al fondo del parque-. Aquí fue donde me dieron mi primer trabajo de verdad. Mi primera paga de verdad. Fue el primer lugar en el que me di cuenta de que de verdad podía irme de Sandusky para siempre.

– ¿Sí? -nos apartamos un poco para dejar que nos adelantara una horda de chiquillos apresurados-. ¿Por qué?

– Porque supe que había otros lugares en los que trabajar, aparte de éste o la fábrica de componentes de automoción -contestó-. Cedar Point contrata a muchos universitarios. Oírlos hablar de dónde iban a ir y de lo que iban a hacer convertía la universidad en una posibilidad real.

Yo ya sabía que no llegó a ir a la universidad.

Me miró.

– Sin embargo, no llegué a ir.

– Y ahora has vuelto -no intentaba ser una sabelotodo, sólo pretendía señalar algo interesante. Un círculo que se cerraba.

Alex se rió.

– Sí. Pero sigo sabiendo que hay más cosas en el mundo aparte de esto. Aunque a veces viene bien recordar que tienes un hogar.

– ¿Piensas en este lugar como tu hogar? -nos dirigíamos hacia lo que una vez fuera la montaña rusa más alta, más rápida y más inclinada del parque, la Magnum XL-200. Su estructura todavía impresionaba. Me gustaba montarme en la parte delantera.

– Algún sitio tiene que serlo, ¿no?

La cola no era tan larga como a veces ocurría durante el verano, cuando podías pasarte horas esperando para subir. Aun así tuvimos que esperar un poco. La cola avanzaba muy despacio, lo cual nos dio la oportunidad de charlar largo y tendido.

– Tenía la impresión de que no te gustaba mucho este lugar -sin ahondar en la cuestión, avanzamos hacia la pasarela que nos llevaba al compartimento delantero de la atracción.

– Guardo gratos recuerdos -se encogió de hombros-. ¿Quién dijo que el hogar de uno es aquél en el que te acogen?

– ¿Robert Frost?

Se echó a reír.

– Creo que por eso Sandusky sigue siendo mi hogar. Regresé y alguien me acogió.

Alguien lo había hecho, pero no había sido su familia.

El encargado de la atracción nos indicó que nos sentáramos en el compartimento delantero. Y así lo hicimos, rodilla contra rodilla, el cinturón de seguridad bien apretado. Puede que la Magnum ya no fuera la más rápida ni la más alta, y también puede que no tuviera ningún bucle, pero seguía impresionando. Sesenta y dos metros de alto y cincuenta y nueve de caída, los dos minutos más emocionantes de tu vida.

Parece que tardas una eternidad en llegar a lo más alto de la primera cuesta, pero una vez allí, la vista del parque es alucinante. La brisa alborotó el pelo de Alex, y tuve que entornar los ojos para protegerme del sol. Me había quitado las gafas antes de subir. Nos miramos y sonreí al ver su amplia sonrisa.

– Levanta los brazos -dijo.

Los dos lo hicimos.

En aquella posición siempre me da tiempo para pensar «¿por qué estoy haciendo esto?». Me encantan las montañas rusas, las subidas y las bajadas, la sensación de que el corazón se te sube a la garganta y el golpe de adrenalina. Pero en lo más alto, con el mundo a mis pies, siempre me detengo a pensar por qué me someto al miedo.

Parecía como si nos hubieran dejado allí colgados largo rato hasta que soltaron el carro y comenzamos el rápido descenso. Yo ya estaba preparada, abriendo la boca para gritar.

Alex me agarró de la mano.

Caímos.

Volamos.

Grité, pero de risa y sin aliento. Era como si te lanzaran al espacio y empezaras a girar, a subir y a bajar. A planear. Y en dos minutos se terminó el viaje, el tren entró en la estación cargado de pasajeros temblorosos y despeinados. Sentía los dientes secos. Alex me soltó la mano.

Salí del coche con las piernas ligeramente temblorosas y lo seguí hasta la salida. Me ayudó a pasar por la portezuela y se dio la vuelta, caminando de espaldas de manera que podía mirarme a la cara. Tenía el rostro iluminado.

– La Magnum es una montaña rusa acojonante -dijo-. Puede que ahora las hagan más altas, pero no hay ninguna tan dulce.

– A James no le gustan -era cierto, pero de repente me pareció un comentario desleal, y no sabría decir por qué-. Dice que tuvo sobredosis de pequeño.

– Qué va. Nunca le gustaron -dijo Alex sacudiendo la cabeza al tiempo que dibujaba un círculo en el aire con un dedo-. Es capaz de subirse en el Puke-a-Tron o el Barf-o-Rama veinte veces seguidas, pero nunca sube a una montaña rusa.

– Tiene mucho equilibrio. Por eso puede dar tantas vueltas en el sitio.

James podía subirse a aquellas atracciones que giraban sin parar y no se mareaba.

– Pero no le gusta mucho lo de subir y bajar -dijo Alex imitando con gestos de las manos las curvas de la montaña rusa-. ¿Y tú, Anne?

– A mí me gustan las dos cosas.

Íbamos por otro de los tortuosos senderos del parque, dejando atrás puestos de comida y juegos de azar a los que trataban de atraernos para que probáramos suerte. Podíamos ganar un peluche. El olor a palomitas y patatas fritas empezó a abrirme el apetito, y mi estómago contestó con un rugido.

Alex me miró de soslayo.

– Pero prefieres las montañas rusas.

Yo también le lancé una mirada de soslayo.

– A veces.

Se rió.

– Yo también.

Delante de nosotros colgaba el indicativo de Excursiones en barcos de vapor, una atracción que el parque denominaba Tranquila y que se trataba, fundamentalmente, de una puesta en escena extravagante y animada narrada por los «capitanes» del barco. La última vez que subí, el personal iba disfrazado como vestían los antiguos capitanes de las rutas fluviales, chaquetas granates y brazaletes decorados incluidos. Ahora vestían el uniforme del resto del personal del parque. Una gran decepción.

– Vaya, excursiones en barco de vapor. No me he subido -me detuve a la puerta.

– Subamos entonces.

– No tenemos que hacerlo. Hay muchas otras atracciones.

– ¿Y? Tenemos tiempo -Alex me tendió la mano.

El paseo era tan empalagoso y encantador como recordaba. Los chistes eran malos, pero nos hicieron reír, y fue un viaje tranquilo. Nos sentamos al fondo, las piernas de uno y otro muy juntas en el estrecho banco. El agua del canal era de un tono verde pardusco.

– Creía que el barco se movía por unos rieles -mascullé cuando el capitán de nuestro barco aceleró el motor para evitar un banco de arena.

– Cuando trabajaba aquí, uno de los capitanes casi hunde un barco.

– ¿De verdad? ¿Cómo se hace para hundirlo? -me volví hacia Alex.

– Golpeó el muelle con demasiada fuerza. Supongo que se haría un agujero en alguna parte -Alex señaló con la cabeza hacia el muelle en el que esperaban dos de los otros capitanes para amarrar el barco y que bajaran los pasajeros.

Me volví hacia el y lo miré con curiosidad.

– ¿Fuiste tú?

Alex se quedó sin palabras un momento, al cabo del cual se echó a reír.

– No. Yo era el que limpiaba los aseos.

Debió de notar la sorpresa en mi cara.

– Siempre pensé que…

A América no le hace demasiada gracia lo del sistema de clases. Todos somos iguales, aun cuando no lo somos. Nadie admitiría nunca en voz alta que para ocuparse de los aseos contrataban a gente menos presentable, digamos, desde el punto de vista social, que a la que se contrataba para manejar las atracciones o servir la comida.

– ¿Ves lo que se consigue cuando tienes mala actitud?

Se encogió de hombros.

Bajamos del barco. Le di las gracias al joven capitán, que todavía parecía un poco abochornado por haber estado a punto de embarrancar. Oí cómo le tomaban el pelo sus compañeros mientras nos alejábamos.

– Entonces te dedicabas a limpiar los aseos. ¿Durante cuánto tiempo lo hiciste?

– Dos temporadas. Después pasé a formar parte del personal de mantenimiento a tiempo completo.

– Trabajaste aquí mucho tiempo.

– Hasta que cumplí veintiuno. Conocí a un tipo en un club que estaba contratando gente para una fábrica que tenía fuera del país. Me introdujo en el negocio de los transportes y la distribución. Dos años después tenía mi propio negocio.

– Y ahora eres más que multimillonario.

– De limpia retretes a hombre de éxito hecho a sí mismo -dijo Alex, sin jactarse, pero sin restarle importancia tampoco-. De la mierda al esplendor.

Me apetecía beber algo y nos detuvimos a comprar un par de limonadas recién hechas. La limonada, ácida y fría, me hizo fruncir los labios. Pura delicia. Verano líquido.

James me había contado que en la pelea con Alex el alcohol habría tenido algo que ver. Muchas relaciones se han fraguado y también se han roto gracias al alcohol.

– ¿Y no habías vuelto hasta ahora?

Alex agitó el hielo de su vaso antes de beber.

– No.

Había abandonado el país a los veintiuno por invitación de un tipo al que había conocido en un bar y después de una pelea tan catastrófica con su mejor amigo que ninguno de los dos quería hablar del motivo. O tal vez estuviera exagerando y la pelea había tenido escasa relevancia y el resto era pura coincidencia, por lo que ninguno de los dos sentía la necesidad de hablar de ello.

Estuve a punto de pedirle que me contara los detalles, pero me contuve. Pedírselo significaría admitir que no lo sabía, ¿y que clase de esposa no sabría algo así de su marido? No conocía a Alex Kennedy lo bastante como para que no me importara lo que pudiera pensar de mi matrimonio.

– Bueno, nos alegramos de que ahora estés aquí.

Era el comentario apropiado, pensé, pero él se limitó a lanzarme otra de sus lánguidas miradas acompañadas de una mueca burlona.

– Dije que te invitaría a comer a un sitio bonito -dijo-. Pero me muero por una buena hamburguesa y unos nachos.

De todas formas, aquello me apetecía más que un sitio pretencioso. A pesar del ambiente relajado del complejo turístico, me parecía que no iba vestida de manera adecuada para ir a otro sitio que no fuera una hamburguesería. Nos sentamos con nuestra comida en una mesa y charlamos mientras comíamos.

Se le daba mejor escuchar que hablar sobre sí mismo, con una curiosa habilidad para sonsacarme respuestas que le habría ocultado a cualquier otra persona. Era a un tiempo sutil y directo a la hora de hacerme preguntas que podrían haber sonado groseras en alguien que no poseyera una personalidad tan apabullante. Resulta fácil ser interesante para alguien que tiene interés, y me sorprendí hablando animadamente de temas que hacía años que no tocaba.

– Yo sólo quería ayudar a la gente -dije cuando me preguntó por qué no había vuelto a trabajar cuando fracasó lo del refugio-. No quiero trabajar en Kroger, metiendo los alimentos en bolsas para los clientes. O en una fábrica, poniendo tapas a los tarros. Y, además, si tenemos niños…

Alex se estaba recostando en su asiento, pero cambió de postura al decir yo aquello.

– ¿Quieres tener niños?

– James y yo lo hemos estado hablando.

– Eso no es lo que te he preguntado.

Había empezado a soplar un poco de viento y hacía frío. Observé el cielo. Se había oscurecido mientras charlábamos. El bullicio de la montaña rusa enmascaraba los lejanos truenos.

– Se está preparando tormenta.

– Sí. Es posible -me miró de nuevo. Debió de notarme preocupada-. Quieres irte.

No me lo preguntó. Simplemente lo sabía. Se me pasó por la cabeza quitarle importancia, decirle que no me pasaba nada, pero no lo hice.

– Sí -respondí-. No quiero estar en el lago en mitad de una tormenta.

Regresamos al puerto deportivo. Las aguas se habían encrespado y presentaban un color gris. El cielo no se había puesto negro aún, pero las nubes ya no parecían esponjosas ovejas blancas.

Alex actuaba con rapidez pero sin apresurarse. Con seguridad. Aparejó, empujó la embarcación para separarnos del muelle y la orientó hacia casa. Me agarré a los costados del Skeeter. No llevaba puesto el chaleco salvavidas, pero en breve me lo pondría.

Navegábamos en sentido opuesto al viento y, aunque avanzábamos, lo hacíamos despacio y con mucho esfuerzo. Gotas de agua nos salpicaban la cara de vez en cuando. Levanté los ojos al cielo sin necesidad ya de llevar gafas para protegerlos del sol. ¿Tendríamos tormenta con lluvia, rayos y truenos?

Vi el resplandor azul blanquecino a lo lejos y oí el rumor del trueno. Estábamos a medio camino de casa.

Sabía nadar. Podría nadar en caso de que el barco se hundiera, pero la gente se ahogaba todo el tiempo cuando los sorprendía una tormenta porque no estaban preparados, porque corrían riesgos, por estúpidos. Incluso aquellas personas que sabían nadar. Incluso las que habían ganado medallas. Y aun así, no era capaz de soltarme para ponerme un chaleco.

Alex masculló una imprecación cuando se levantó un viento más fuerte y amenazó con arrancar la vela. Me gritó que agarrara una cuerda y le hiciera un nudo, instrucciones que yo no comprendía porque no sabía navegar. Nunca me había dado por aprender.

El barco se bamboleaba entre las aguas y saltaba por encima de las olas repentinas. En una de ellas nos elevamos demasiado y cuando nos precipitamos al interior del valle que se formó noté como si el estómago se me subiera a la boca. Arriba. Abajo. Una montaña rusa muy poco divertida, desprovista de la seguridad que proporcionaban los frenos y los cinturones.

La lluvia mezclada con el agua que salpicaba del lago se parecía a una cortina de encaje húmedo o a los listados de números y símbolos sobre fondo negro que se desplazaba de arriba abajo de la pantalla al comienzo de la película Matrix. Se parecía al tornado de El mago de Qz, con un curvado cuello de dinosaurio que presagiaba el desastre.

El Skeeter era una embarcación pequeña y se bamboleó cuando Alex cambió de posición y se inclinó sobre mí. Inspiré profundamente. No grité, pero el corazón me martilleaba dentro del pecho con tanta virulencia que me dolía. Me aferré aún más a los costados del barco, tanto que se me pusieron los nudillos blancos.

– ¡No te preocupes! ¡Casi hemos llegado! -gritó por encima del estruendo del viento.

La tormenta cobró aún más fuerza cuando nos encontrábamos a escasos metros de la orilla. Alex se bajó de un salto a amarrar el barco en el pequeño muelle de madera que los abuelos de James habían construido. El viento hacía ondear la vela produciendo un ruido seco. No pude menos que ahogar un gemido de sorpresa por lo fría que estaba cuando me abofeteó en la cara.

Estábamos ya a salvo en la orilla, pero seguía teniendo los dedos agarrotados. Ayudé a Alex a amarrar y asegurar el Skeeter como pude. Las olas eran enormes por efecto de la tormenta, pero se iban deshaciendo hasta besar la playa; a fin de cuentas, aquello era un lago, no el océano.

La lluvia caía en forma de gruesas y ásperas gotas, cubriéndome la cabeza y los brazos, metiéndose en los ojos y las orejas. Echamos a correr hacia la casa y patinamos sobre el suelo de terrazo. Alex cerró la puerta de un portazo silenciando con éxito el estruendo de la tormenta que azotaba el exterior. Oí una respiración entrecortada y me di cuenta de que era la mía.

– Estás temblando -dijo Alex al tiempo que agarraba un paño de cocina que encontró sobre la encimera y me lo daba.

Lo sostuve en la mano un momento. El trozo de tela era tan pequeño que no me serviría nada más que para secarme la cara. Y eso hice.

– Mi padre -empecé a decir, pero entonces me detuve. Los dientes me castañeteaban como dados dentro de un vaso.

Alex aguardaba, chorreando. Un rayo del exterior se reflejó en el charco que se estaba formando a sus pies. Intenté hablar de nuevo.

– Mi padre me sacó a navegar una vez. Se suponía que íbamos a pescar. Empezó a oscurecer.

Alex se pasó la mano por el pelo mojado y se lo apartó de la frente. El agua le corría por el rostro, la nariz, el mentón. Sus ojos capturaron la luz verde del microondas.

– La tormenta estalló de repente. No estábamos muy lejos, pero yo no sabía navegar. Y él… estaba…

Él estaba bebiendo, como hacía casi siempre cuando no estaba trabajando. Se había servido innumerables veces de la jarra de «té helado» que guardada en la nevera roja y blanca que tenía a sus pies. Decía que el calor del sol le daba sed. Yo tenía diez años y había probado el contenido de su vaso, sin comprender cómo aquel líquido podía calmarle la sed.

Los zapatos de Alex chirriaron sobre la plaqueta del suelo a medida que se acercaba. La mano que me puso en el hombro se me hizo más pesada de lo que debería haber sido, un peso que no merecía. Fue un gesto de afecto, pero la comprensión que encerraba me resultó excesivamente íntima. No quería que me viera con compasión.

Me deshice del recuerdo.

– No nos ahogamos como es obvio.

– Pero te asustaste. El recuerdo todavía te asusta.

– Tenía diez años. No sabía bien lo que hacía. Mi padre jamás me habría hecho daño a propósito.

Alex encontró el nudo de tensión que tenía en el hombro y ejerció una presión suave pero firme. Mi cuerpo deseaba abandonarse a tan simple caricia, ceder a la espiral de ansiedad que se había ido tejiendo entre mis músculos. No me moví y los dos permanecimos tal cual, unidos por el contacto con la punta de sus dedos.

El resplandor del rayo seguido por el estallido del trueno me hizo dar un brinco. Me resbalé un poco, pero Alex estaba allí para sujetarme por el codo y dejar que me sostuviera en su firme brazo. No me caí.

El microondas emitió un ruidito cuando se fue la luz y despertó con un sonido similar cuando volvió al momento. Se oyó el estallido de un nuevo trueno y la casa se iluminó con el resplandor de otro rayo, y tras ello se fue definitivamente la luz. Aún no era de noche, pero el cielo se había oscurecido mucho a causa de la tormenta y la cocina quedó en penumbra.

A veces, la oscuridad es capaz de desvelar tanto como de ocultar. Estábamos en contacto, mano con hombro, mano con brazo, mano con codo. Estábamos chorreando. Respirando. Con el calor habían dejado de castañetearme los dientes.

– Estaba borracho -dije.

Alex ejerció nuevamente presión con los dedos. Nunca lo había dicho en voz alta. Todos los sabíamos, mis hermanas y mi madre, pero jamás habíamos hablado de ello. No se lo había contado a James, el hombre a quien había unido mi vida.

– No era capaz de dirigir la embarcación de vuelta. Entró agua por los costados, me llegaba hasta las rodillas y pensé que íbamos a morir. Tenía diez años -repetí como si fuera algo importante.

Alex no dijo nada, pero nos acercamos el uno al otro. El bajo de sus vaqueros me acariciaba la parte de los pies que dejaban al descubierto mis chanclas. El agua que escurría de su camisa me caía en el brazo desnudo. Estaba fría.

– Las familias son un asco -dijo.

La luz regresó. Nos separamos. Tenía la cena preparada cuando llegó James a casa. Cenamos mientras ellos reían a carcajadas y yo sonreía como si no hubiera pasado nada.

Mi madre no se decidía. No sabía si gritar o compadecerme de ella y no pararme a pensar en las circunstancias que la habían llevado a aquel estado. Hacía un calor en el desván tan asfixiante que parecía que estuvieras respirando vapor.

– Mamá, elige un par y vámonos. O mejor aún, bájate las cajas y las revisamos con más detenimiento abajo.

– No, no, no -respondió mi madre, agitando las manos como pajarillos sobre las cajas de fotos cuidadosamente etiquetadas-. Sólo será un minuto. Hay tantas tan bonitas…

Me mordí la lengua para no responder de mala manera y alargué el cuello para ver las fotos que había sacado. Había muchas muy bonitas. Había que reconocer que mis padres habían sido siempre muy fotogénicos, aun con el espantoso vestido de novia de estilo campestre de mi madre y el esmoquin marrón con camisa amarilla de chorreras que llevaba mi padre.

– ¿Qué te parece ésta? -alzó la foto de tamaño retrato. Mi madre llevaba una melena a lo Farrah Faweett y mi padre unas gruesas patillas que le llegaban hasta la mandíbula. Parecían felices.

– Perfecta.

– No sé -dijo mi madre, indecisa, repasando las fotos una y otra vez. La única diferencia entre ellas era el tamaño de sus sonrisas-. Ésta también es bonita, pero…

El calor estaba acabando con mi paciencia. Eso y la falta de sueño. Había vuelto a soñar con que tenía los bolsillos llenos de piedras y el agua me tapaba la cabeza.

– ¡Mamá, elige una ya!

Mi madre levantó la vista.

– Elígela tú, Anne. A ti se te dan bien estas cosas.

Alargué la mano hacia la que tenía más cerca.

– Ésta -la deje en el montón con las otras que mi madre había elegido para formar el collage que había propuesto Patricia.

– Ay, pero esa…

Las agarré y las guardé en un sobre de papel manila.

– Tengo que salir de aquí antes de que me desmaye. Me llevo todas éstas.

Sin esperar a que me respondiera, agaché la cabeza para no darme con las vigas del bajo techo y bajé por la escalera desplegable. En comparación con el calor asfixiante del desván, el segundo piso parecía el Ártico. La vista se me nubló por un momento y tragué con fuerza para contener las náuseas. Podría echarle la culpa al calor del desván, pero la verdad era que me pasaba lo mismo cada vez que estaba en aquel lugar.

Las escaleras que salían del primer piso llegaban hasta el centro del segundo nivel de la casa. No teníamos vestíbulo en aquella planta, tan sólo un rectángulo acordonado separado de la barandilla que protegía las escaleras. Los tres dormitorios y el cuarto de baño daban a aquel rectángulo. Las puertas estaban entornadas, como siempre, para permitir que entrara la brisa.

Mary, que estaba de vacaciones con mis padres antes de volver a la Facultad de Derecho en Pennsylvania, se había instalado en la habitación que compartíamos Patricia y yo, de modo que Claire tenía para ella sola la habitación que había compartido con Mary. Seguían teniendo que compartir el cuarto de baño, pero siendo dos en vez de cuatro, las peleas por entrar en la ducha probablemente no alcanzaran nunca las proporciones épicas de cuando vivíamos todas en casa.

La puerta del dormitorio de mis padres estaba cerrada, era la única que siempre lo estaba con el fin de mantener el aire fresco que proporcionaba el hecho de estar situada en la parte de la casa en la que daba la sombra y el del aparato de aire acondicionado de la ventana. Siempre cerrada para que no entráramos cuando éramos pequeñas, cuando a nuestro padre le «dolía la cabeza» y tenía que «descansar». Una puerta que nos dejaba fuera, sí, pero no conseguía evitar que oyéramos los gritos.

– ¿Anne?

El rostro enrojecido de mi madre apareció delante de mí. Llevaba el pelo rizado como el mío más corto que yo, y el corte hacía resaltar el brillo de sus ojos azules. Había dejado de teñírselo de manera que su pelo caoba presentaba ahora un mechón blanco a cada lado del rostro. No me hacía falta una máquina del tiempo para saber el aspecto que tendría yo cuando envejeciera. Me bastaba con mirar a mi madre.

El mundo seguía su curso como si se moviera dentro del agua. Tragué de nuevo. Estaba mareada. Tomé una profunda bocanada del aire que ya no me parecía tan fresco.

– Siéntate -puede que la indecisión hubiera hecho presa en ella antes respecto a qué fotos elegir, pero en esos momentos mi madre no vaciló. En una casa llena de pelirrojos de piel blanca los mareos habían sido algo habitual-. Mete la cabeza entre las rodillas.

Hice lo que me decía, consciente de lo que significaban el zumbido en los oídos y los puntitos blancos que me nublaban la visión. Tomé aire por la nariz y lo solté por la boca muy despacio, tomar, soltar. Mi madre llegó con un paño húmedo y frío, y me lo puso en la nuca. En cuestión de minutos la presión de la balaustrada que me estaba clavando en la espalda se hizo más incómoda que el mareo. Mi madre me trajo un vaso de plástico con ginger ale, frío pero sin hielo, y di un sorbito.

– ¿Es momento de preguntarte si hay algo que quieras contarme? -me preguntó. Sus ojos resplandecían cuando levanté la vista y la miré.

Yo negué con la cabeza suavemente para evitar empeorar el mareo.

– Ha sido por el calor, mamá. Eso es todo. Y que no he desayunado esta mañana.

– De acuerdo. Si tú lo dices.

Mi madre no estaba todo el tiempo encima de mí sobre el tema de los niños como la señora Kinney. Mi madre adoraba a sus nietos, los hijos de Patricia, Tristan y Callie, pero no era de esas abuelas que se decoraban el bolso con fotos de sus nietos o se ponía camisetas con el rótulo de «La abuela y sus nietos» y figuritas bordadas en representación de cada uno. Mi madre adoraba a sus nietos y le encantaba hacer cosas con ellos, igual que le encantaba devolverlos con su madre después.

Di otro sorbo de ginger ale y noté que ya me iba encontrando mejor.

– Mamá, no estoy embarazada.

– Cosas más raras pasan, Anne.

Sí, pasaban, y me habían pasado a mí, pero mi madre no se había dado ni cuenta cuando ocurrieron. O si lo había hecho, no había dicho nada ante las náuseas matinales y los mareos, los repentinos ataques de histeria o los largos y reveladores silencios.

– No lo estoy. Ha sido el exceso de calor -mi estómago rugió-. Y de hambre.

– Vamos a comer algo. Son casi las cuatro de la tarde. ¿A qué hora tienes que estar en casa?

No tenía que estar en casa a ninguna hora. Alex había salido de casa temprano diciendo que tenía que reunirse con algunas personas para tratar de unos proyectos. Como no era asunto mío, no le había prestado mucha atención. James se había ido a trabajar. No llegaría a casa hasta las seis más o menos, pero no tenía que estar obligatoriamente en casa cuando entrara por la puerta.

– No tengo mucho tiempo. Lo justo para un sándwich. Creo que lo mismo nos vamos a cenar fuera luego, cuando lleguen James y Alex.

Mi madre, al contrario, se había acostumbrado a estar en casa para recibir a mi padre. Un intento inútil de restringir su hábito con el alcohol. Creía que si le encargaba cosas que hacer en la casa antes de que se tumbara en su sillón, bebería menos. Que sus esfuerzos demostraran ser vanos no le había impedido que siguiera intentándolo.

Sin embargo, no quería estar allí cuando llegara mi padre. Él se comportaría con demasiada jovialidad y me pondría nerviosa ver cuántas veces se llenaba el vaso de «té helado» al que añadía cada vez más whisky y menos té. Una vez, siendo pequeñas Patricia y yo, escondimos las bolsitas de té. Pensamos que si no había té, desaparecería también el ingrediente especial de mi padre. No funcionó.

– ¿Sigue aquí el amigo de James? ¿Cuánto tiempo piensa quedarse?

– No lo sé con seguridad.

La acompañé al piso de abajo y entramos en la cocina. El ventilador del techo removía el aire en un intento por refrescar el ambiente. No había cambiado demasiado aquella estancia. Seguía teniendo el mismo papel pintado con margaritas y las mismas cortinas amarillas en las ventanas. Mi madre había hablado más de una vez de cambiar la decoración, pero sospechaba que la tarea de elegir el color de la pintura, el tejido para las cortinas o cambiar las manoplas de horno había sido demasiado para ella. A veces, mis hermanas y yo la animábamos a hacerlo. ¿Pero qué me importaba a mí que mi madre cambiara la decoración de las paredes de su casa? Había salido de aquella casa a los dieciocho años y si Dios quería no tendría que volver a vivir allí nunca más.

– ¿Es agradable? ¿Te cae bien? -preguntó mientras sacaba los platos, pan, carne, mostaza y un tarro de pepinillos.

Yo saqué una bolsa de patatas fritas de la alacena.

– Es agradable, sí. Pero no es amigo mío, sino de James.

– Eso no significa que no pueda ser amigo tuyo también.

Mi madre había trabado amistad con los amigos de mi padre, les había abierto las puertas de su casa para sus timbas de póquer y sus reuniones para ver el fútbol. A las comidas en el jardín de atrás. Consideraba amigas a las mujeres de los hombres que mi padre llevaba a casa, pero sólo se reunían si iban con sus maridos. Nunca salían juntas a comer, de compras o al cine. Eso lo hacía con su hermana, Kate, cuando lo hacía. Dedicaba el resto de su tiempo a intentar que mi padre no saliera de casa. Si estaba allí, no estaría conduciendo por ahí, con la posibilidad de atropellar al perro o al hijo de algún vecino.

– Se va a quedar aquí un tiempo -conteste-. Hasta que monte un nuevo negocio.

– ¿A qué se dedica? -preguntó mi madre levantando la vista de la mostaza que estaba untando en el pan.

– Yo… tenía una empresa de transportes o algo así en Singapur.

Eso era todo lo que sabía.

Mi madre terminó de preparar los sándwiches y tomó la pitillera de piel sintética. La mayoría de los fumadores suelen preferir una determinada marca, pero mi madre solía comprar el que estuviera más barato. Esta vez era un paquete blanco sin muchos adornos que parecía una baraja de cartas. No me molesté siquiera en pedirle que no lo encendiera, aunque sí alejé mi plato todo lo posible.

– Singapur. Eso está muy lejos -comentó asintiendo con la cabeza al tiempo que encendía el cigarrillo, inhalaba y soltaba el humo a continuación-. ¿Desde cuándo dices que lo conoce James?

– Desde octavo curso.

De repente tenía un hambre canina. Di un buen bocado al sándwich y me serví unas patatas en el plato. Eran patatas fritas elaboradas según el método tradicional, de las que yo no compraba porque cuando empezaba una bolsa no paraba hasta que me la acababa delante de una buena sesión de cine en casa.

No hay ningún otro sitio como el hogar. Qué verdad más grande. Para mí el hogar siempre sería el olor a tabaco y laca barata para el pelo, y el sabor de aquellas patatas artesanas. De repente me entraron ganas de llorar. De pronto mis emociones eran como la montaña rusa en la que me había subido con Alex el día anterior.

Mi madre, pobrecilla, no pareció darse cuenta. Habíamos adquirido mucha práctica a la hora de evitar hablar de la tristeza. Creo que tal vez para ella hablar por encima de los sollozos furtivos se hubiera convertido en una costumbre. Me habló de una película que había visto y del dibujo de punto de cruz que tenía intención de bordar. Conseguí mantener el control a fuerza de concentrarme en acabarme el sándwich, pero se me había hecho hora de irme.

No me di la prisa suficiente. Oí la puerta de atrás igual que miles de veces cuando era niña, y el ruido de fuertes pisadas.

– Estoy en casa -tronó la voz de mi padre.

– Ha llegado papá -dijo mi madre sin necesidad.

Me levanté. Mi padre entró en la cocina. Tenía los ojos rojos, una amplia sonrisa en los labios y la frente sudorosa. Me abrió los brazos y yo me acerqué obedientemente, sin más remedio que aguantar el abrazo. Olía a sudor y a alcohol. Como si sudara alcohol. No debería haberme sorprendido.

– ¿Cómo está mi niña? -mi padre, Bill Byrne, se detuvo cuando estaba a punto de frotarme la coronilla con los nudillos, pero le faltó muy poco para hacerlo.

– Bien, papá.

– ¿Te has metido en algún lío?

– No, papá -respondí yo con igual obediencia.

– Bien, bien. ¿Qué hay de cena? -preguntó mirando a mi madre, que miró nuestros platos con gesto de culpabilidad casi.

– ¿Tienes hambre?

Empezó a recoger la mesa como quien destruye pruebas incriminatorias. Le prepararía una copiosa cena aunque ella no tuviera hambre.

– ¿Tú qué crees? -tendió los brazos para agarrarla y mi madre se rió como una niña al tiempo que agitaba las manos delante de él-. ¿Te quedas a cenar, Annie?

– No, papá. Me voy a casa.

– Bill, tiene que irse -dijo mi madre, sacudiendo la cabeza-. James la está esperando. Y tienen un invitado. Alex… ¿Cómo me has dicho que se apellidaba?

– Kennedy.

Mi padre levantó la vista.

– ¿No será el chico de John Kennedy?

Yo me reí.

– No, papá. Creo que no.

– No me refiero a John Kennedy el Presidente -respondió mi padre-. Me refiero a John Kennedy el que está casado con Linda.

– Pues la verdad es que no lo se.

Allá mi padre si creía conocer a los padres de Alex.

– Bueno, da lo mismo. ¿Que hace en tu casa?

– Es amigo de James -terció mi madre rápidamente mientras sacaba del congelador los ingredientes para la cena-. Ha venido de visita. Ha estado viviendo en Singapur.

– Entonces sí que es el chico de John -mi padre parecía satisfecho, como si hubiera desvelado un gran misterio-. Alex.

No servía de nada señalar que ya le había dicho yo cómo se llamaba.

– Sí. ¿Conoces a su padre?

Mi padre se encogió de hombros.

– Lo veo por ahí de vez en cuando.

Por ahí. Sabía a lo que se refería. A bares.

– Es amigo de James -repetí por enésima vez-. Va a quedarse aquí una temporada.

– Pero tienes que volver porque está en tu casa. Ya lo pillo. Vete, vete. Fuera de aquí -mi padre hizo un gesto con la mano.

Abrió entonces el armario y sacó un vaso, otro armario y una botella. Quería a mis padres, a los dos, pero no podía quedarme a ver aquello. Me despedí y me fui con las fotos de cuando eran jóvenes, dejándolos con lo que habían hecho con sus vidas.

Capítulo 5

Alex no estaba cuando llegué a casa, pero la camioneta de James estaba en el sendero de entrada. No podía haber llegado hacía mucho puesto que ni siquiera se había duchado. Lo encontré con la cabeza dentro del frigorífico, postura que aproveché para tocarle el trasero embutido en los vaqueros.

– Oye, tú… -se dio la vuelta y su sonrisa vaciló durante un segundo pero enseguida me agarró por la cintura-. ¿Qué estás haciendo?

– Eso debería preguntártelo yo a ti. ¿Qué haces en casa tan temprano? -le rodeé el cuello con los brazos y levanté la cara para que me besara.

– Estaba esperando a que un par de subcontratistas me llevaran unos materiales y me llamaron para decirme que no iban a poder. Por eso he vuelto antes -dijo rozándome los labios con los suyos-. Hola.

– Hola -contesté entre risas.

James bajó las manos de mi cintura hasta las nalgas.

– Estoy hambriento.

– Creía que íbamos a salir a cenar esta noche… -no terminé la frase. James me mordisqueó el mentón mientras yo me retorcía-. ¡Hazte un bocadillo!

– Sé exactamente qué me apetece comer -dijo al tiempo que deslizaba la mano entre mis muslos y ascendía un poco-. Picotear un poco de esto y de aquello…

En cualquier otro momento habría separado las piernas y abierto la boca para él, pero en ese precisamente lo aparte de mí. Me estaba riendo, pero así y todo lo estaba rechazando.

– Si quieres comer algo busca en el frigorífico. Si quieres otra cosa…

– Quiero otra cosa -me agarró nuevamente y me estrechó contra su cuerpo. Noté que estaba empalmado debajo de los gastados vaqueros.

Yo no cedí.

– Te he dicho que no, James.

Captó la indirecta. No me soltó, pero dejó de magrearme.

– ¿Qué pasa?

– No pasa nada, pero no podemos ponernos a hacerlo en la cocina, ¿de acuerdo? Por si se te ha olvidado, tenemos visita y puede llegar a casa en cualquier momento.

Lo empujé a un lado y me abrí paso hasta el frigorífico. Las patatas fritas me habían dado sed. Saqué una lata de coca-cola light. Estaba tirando de la anilla cuando James me agarró por la cintura otra vez y me estrechó fuertemente contra su cuerpo. Acomodó la barbilla contra mi hombro, su erección contra mi trasero y sus manos abiertas sobre mi vientre.

– Así será más excitante -me susurró-. En cualquier caso, oiremos su coche cuando llegue. Venga, cariño. Llevo todo el día pensando en ti.

– ¡No! -exclamé yo intentando mostrarme severa, pero sus manos habían empezado a moverse otra vez. Me cubrió un pecho con una, mientras me frotaba el costado con la otra-. James, no. Olvídalo. No lo oiríamos y nos pillaría en plena faena. Me parecería horrible.

– ¿Por qué te parecería tan mal? -su tono de voz había adquirido un tono seductor que yo conocía muy bien, el que utilizaba para convencerme para que hiciera casi cualquier cosa.

– Sería… una grosería, cuando menos.

No estaba ganando en aquella discusión. James tenía unas manos demasiado hábiles. Yo tenía demasiadas ganas de complacerlo.

– A Alex no le molestaría. Te lo aseguro.

Me volví a mirarlo, sosteniendo la lata a un lado para evitar que se derramara.

– ¡Tal vez no le moleste a él, pero a mí sí!

Se calló. Me miró. Siempre he sabido interpretar el rostro de James, y nunca ha tenido motivos para ocultarme nada. En aquel momento, sin embargo, su expresión se me antojaba familiar pero indescifrable al mismo tiempo.

– Piénsatelo -murmuró. Se dio la vuelta mientras hablaba. Me puso las manos en el centro de la isla de la cocina y las suyas en mis caderas, sujetándome contra ella mientras me separaba los pies con uno de los suyos-. Imagíname follándote aquí y ahora.

Notaba el mármol frío en los dedos. Dejé la lata a un lado para poder extender bien las manos. James se apretaba contra mí por detrás.

– Lo único que tengo que hacer es bajarte el pantalón y las bragas -continuó. Movió nuevamente la mano entre mis piernas, estimulándome por encima de los vaqueros-. Te frotaré un poquito. Ya verás qué gusto te da.

Sí que me daba gusto. Riadas de placer me recorrían por dentro. Miré hacia la puerta de atrás, el pequeño rectángulo del sendero de entrada que veía desde aquella posición. Me empujé contra él.

– También me dará gusto en el dormitorio -dije-. Y así no tendremos que preocuparnos por si Alex llega.

– Venga, ¿no te excita, aunque sólo sea un poquito? Pensar que podría pillarnos -se restregó con más ímpetu y mi cuerpo respondió a sus dedos. Me humedecí para él-. Imagíname follándote así y que entra, Anne…

– ¿Y entonces qué? -me volví para mirarlo, librándome de forma eficaz de su ejercicio de seducción por un pelo-. ¿Qué ocurre después en esa fantasía tuya, James? ¿Va vestido de pizzero y le hago una mamada mientras tú terminas de follarme?

Lo dije con un tono más alto de lo que había pretendido, y James retrocedió. Me sentía irritable y excitada, estremecida y malhumorada también. Las fantasías espontáneas eran una cosa, y nunca nos habíamos cortado a la hora de compartirlas aunque fueran ridículas. Pero nunca habían tratado de personas reales.

James no dijo nada. Me quede mirándolo fijamente mientras oía cómo iba perdiendo el gas la lata de Coca-Cola.

– ¿James?

Me sonrió. Era más una mueca que una sonrisa a decir verdad.

– ¿Y bien?

Miró por encima de mi hombro y me di la vuelta esperando encontrar a Alex vestido de pizzero. Pero no había nadie en la puerta. Me negué a sentirme decepcionada. En vez de eso le di una palmada a James en el brazo y me aparté de él, alejándome a continuación en dirección al vestíbulo.

– Venga, Anne…

No sabía muy bien a qué había ido a nuestro dormitorio, lo único que sabía era que quería alejarme de él. Estoy segura de que creyó que me había enfadado. Actuaba como si lo estuviera. Sin embargo, no se trataba de ese enfado lo que me obligaba a andar de un lado para otro. Era una mezcolanza de sensaciones confusas, íntimamente unidas a lo ocurrido en el lago y mi visita a casa de mis padres. Era mi vida. Era el síndrome premenstrual. Eran muchas cosas, pero no estaba enfadada.

– Anne, no te pongas así -James se quedó mirándome apoyado en el marco de la puerta-. No pensé que ibas a reaccionar de esa forma.

Me concentré en la cesta de ropa limpia que tenía que doblar.

– ¿Cómo pensaste que reaccionaría?

Entró en la habitación y se quitó la camisa, que tiró hacia delante aunque no cayó en el cesto de la ropa sucia. Se desabrochó el cinturón y lo sacó de las trabillas. A continuación se desabrochó el botón. Mis manos doblaban camisetas en perfectos rectángulos, pero mis ojos seguían todos sus movimientos.

– Pensé que te excitarías.

– ¿Pensaste que me excitaría pensar en un acto de exhibicionismo?

Intenté parecer escandalizada, pero no me salió demasiado bien.

James se quitó los vaqueros y se quedó delante de mí en calzoncillos.

– ¿No lo has pensado nunca?

Me enderecé.

– ¿Que si he pensado en hacerlo delante de otra persona? ¡No!

– Lo hicimos con tu compañera de piso en la misma habitación -me recordó él.

– Aquello era diferente. No teníamos ningún otro sitio adonde ir. Y fue sólo una vez.

Hicimos el amor debajo de la colcha una vez. Intentando no gemir demasiado alto y evitando un excesivo roce de la ropa de la cama. Pendientes todo el tiempo de que el chirrido de los muelles de la cama no nos descubriera. James con la cabeza entre mis piernas mientras yo me arqueaba, me tensaba y, finalmente, me corría en agónico silencio.

– Somos demasiado viejos para eso -dije.

Me puso las manos en las caderas. Dios mío, cuánto lo amaba, todo él. Amaba el suave valle que formaba su piel entre sus costillas, las matas de vello que le crecían bajo los brazos y alrededor de los genitales. Adoraba la tersura de su piel, el oscuro grosor de sus cejas, el impactante azul de sus ojos. Podía ser un imbécil, pero yo lo amaba igualmente.

– No puedes decirme que no te pone caliente pensar en ello -dijo, totalmente seguro de sí mismo, seguro de que tenía razón-. Igual que aquella vez en el cine. Nos sentamos en la última fila y tú llevabas aquella falda.

Me di la vuelta y proseguí con la ropa. Agarré con brusquedad un pantalón corto arrugado y lo sacudí para quitarle las arrugas antes de doblarlo. Una ola de calor me subía por la garganta hasta las mejillas.

– Aquello te gustó -dijo James.

La forma en que me había acariciado por fuera de las bragas hizo que me retorciera de gusto. Mantuvo el ritmo de las caricias durante una hora y media, toda la película. En ningún momento metió los dedos por dentro de las bragas, se limitó a trazar breves pero intensos círculos sobre mi clítoris por encima de las bragas hasta llevarme a un punto que sentí que me subía por las paredes. Hizo que me corriera cuando salían los títulos de crédito, justo antes de que se encendieran las luces. Me corrí con tal intensidad que no podía respirar. Sigo sin recordar de qué iba la película.

– Sólo porque me gustara no significa que quiera que tu amigo nos pille haciéndolo -dije yo de mala gana-. Imagínate el bochorno que le haríamos pasar.

James me rodeó con los brazos. Debería oler a sudor y a polvo, pero no era así.

– Es un tío, Anne. No se quedaría abochornado. Se pondría cachondo.

Intenté no sonreír al admitir que tenía razón.

– ¡Pero es tu amigo!

James se quedó callado unos segundos.

– Ya.

Lo miré.

– Te agrada la idea de que nos mire mientras lo hacemos, ¿verdad?

No una persona cualquiera. No un desconocido. No el chico de las pizzas. Sino Alex.

James acarició el contorno de mis cejas con un dedo.

– Olvídalo. Tienes razón, es una tontería.

– Yo no he dicho que fuera una tontería -apoyé las manos en su torso-. Sólo quiero saber si es verdad.

Él se encogió de hombros, una evasión que revelaba mucho más que las palabras. Sentí como si el estómago se me saliera por la boca.

– ¿Qué tiene ese hombre? -pregunté en un susurro para darle la oportunidad de fingir que no lo había oído.

Pero sí me oyó. No respondió, pero sí me oyó. Nos quedamos mirándonos. No me gustó la distancia que se había abierto de repente entre los dos, en un momento en el que deberíamos haber estado más unidos que nunca.

Los dos oímos el ruido de la puerta al mismo tiempo. Los dos giramos la cabeza. Los dos oímos a Alex entrar en casa, pero fue James el que salió a saludarlo.

La casa de Patricia siempre está limpia. La he visto pasar el aspirador hasta dejar marcas de espiguilla en la moqueta. La he visto frotar de rodillas el suelo de la cocina con un cepillo de dientes para sacar la mugre de las juntas. Podíamos burlarnos de ella por diversos motivos, pero ninguna de nosotras se había burlado jamás de lo limpia que estaba su casa.

Pese a su necesidad compulsiva de limpiar, siempre había hecho de su casa un lugar confortable. Sus hijos tenían uso libre de la casa. Eran buenos niños, desordenados como todos los niños, pero no destructivos. La casa estaba limpia, pero es obvio que es una casa en la que vive gente. No es una casa de revista. Es un hogar.

Por ese motivo cuando entré en casa de mi hermana y vi las almohadas tiradas por el sofá y piezas de rompecabezas por el suelo, no me sorprendí al principio. Cuando entramos en la cocina y vi el fregadero repleto de platos sucios y la encimera sembrada de migas, me detuve a mirar con detenimiento.

– Espero que hayas traído las fotos -dijo Patricia detrás de mí. Tomó una taza llena de café que había junto a la cafetera y se sentó a la mesa de la cocina. Allí también había migas, pero mi hermana apenas las miró. Oí el ruido de pies y gritos de niños en la planta de arriba. Estaban jugando.

– Las he traído -contesté yo mostrándole el sobre mientras me sentaba frente a ella-. Están muy bien.

Patricia tomó el sobre y sacó las fotos. Fue pasando una a una y las distribuyó según tamaño. Yo observaba su eficiencia, preguntándome si su natural sentido de la organización había hecho de ella una buena madre o si tener hijos había fomentado sus dotes de gestión. Intente recordar si siempre había sido tan precisa en todo, pero no lo conseguí.

– Pats, ¿alguna vez has intentado acordarte de algo de cuando éramos pequeñas, pero no has podido?

– ¿Como qué? -seleccionó una foto de las dos cuando éramos poco más que unos bebés. Las dos llevábamos exactamente el mismo bañador amarillo-. Recuerdo estos bañadores.

– ¿Te acuerdas porque estás viendo la foto o te acuerdas de verdad de ellos?

Patricia me miró.

– No sé, ambas cosas. ¿Por qué?

Alargué la mano hacia varias de las fotos. Una de mis padres en una fiesta, fumando los dos, mi padre con un vaso alto de un líquido ambarino. Una de Claire cuando era un bebé, el resto de nosotras alrededor del moisés, mirándola como si fuera un premio. Yo tenía ocho años en esa foto. Recordaba cosas de entonces, pero no recordaba aquel momento que una cámara había inmortalizado.

– No lo sé. Se me ha ocurrido.

– No sé por qué querrías saberlo -contestó mi hermana lacónicamente.

Colocó un par de fotos seguidas, como si estuviera echando las cartas.

– Pats -le dije suavemente, esperando hasta que me miró para continuar-. ¿Estás bien?

– Estoy bien, sí. ¿Por qué?

Yo eché un vistazo a nuestro alrededor.

– Te veo un poco tensa, eso es todo.

Patricia siguió con la mirada la dirección de la mía.

– Ya, bueno. Lamento todo este desastre. He despedido a la asistenta.

Esperé un momento a que se riera, pero no lo hizo.

– No es un desastre.

Al menos comparada con mi casa, donde no valía la excusa de que hubiera niños. Y mucho menos comparada con la casa en la que habíamos crecido, donde el caos había sido algo habitual. Cuando mi madre tenía que elegir entre varias opciones, la mayor parte de las veces optaba por ignorarlas todas. El resultado: un montón de cosas a medio hacer. Hasta que llegué a la universidad no aprendí que si doblas la ropa nada más sacarla de la secadora en vez de dejarla en el cesto de la ropa limpia durante una semana, no llevarás la ropa arrugada.

– Vamos a la habitación de arriba. Allí tengo las pegatinas y los materiales para prepararlo todo.

En la planta de arriba oí el murmullo de dibujos animados y asomé la cabeza en la habitación que mi hermana había añadido a la casa, justo encima del garaje. Tristan y Callie veían la tele tirados en sendos sillones puf de ésos que estaban rellenos de bolitas de poliuretano, los ojos pegados a la tele. Oí una música que me resultaba familiar.

– Anda, pero si es Scooby Doo -dije desde la puerta.

Dos caritas se volvieron hacia mí.

– ¡Tía Anne!

Tristan, de seis, se levantó de un salto y vino corriendo a darme un abrazo. A su hermana, dos años mayor, le daba más pereza mostrar su afecto. Estaba creciendo, haciéndose demasiado mayor para abrazos.

– ¿Qué haces aquí? -me preguntó Tristan pegándose a mí como una lapa y levantando las piernas, de manera que me vi obligada a tomarlo en brazos si no quería que acabáramos los dos en el suelo.

– He venido a hacer una cosa con vuestra mamá. ¿Por qué no estáis en el jardín? -pregunté antes de dejar a Tristan de nuevo en el sucio.

– Hace demasiado calor y mamá ha dicho que podíamos ver la tele -dijo Callie, que había crecido otros dos centímetros y medio desde la última vez que la había visto. Ya me llegaba al hombro.

Tal vez me cueste recordar algunas cosas de cuando yo era pequeña, pero jamás se me olvidaría lo que sentí cuando tomé en brazos a mi sobrina por primera vez. Fui yo quien llevó a Patricia al hospital cuando rompió aguas mientras pasaba la fregona. Nos reunimos con Sean en el hospital y Callie nació veinte minutos más tarde. Tuve oportunidad de tomarla en brazos cuando aún no tenía ni dos horas de vida.

– Ven aquí y dame un abrazo -le dije, estrujándola como si no fuera a soltarla jamás-. Estás creciendo mucho.

Tristan seguía tratando de llamar mi atención a base de darme empellones con ánimo juguetón hasta que decidió regresar a su puf. Se lanzó sobre él con tanta fuerza que creía que iba a estallar. Miré hacia la tele. Había… ¿encogido?

– ¿Que ha pasado con la tele grande?

Los niños estaban viendo los dibujos en un aparato viejo de veinticinco pulgadas, lleno de roces en un lado y uno de los extremos inferiores sujeto con cinta adhesiva. La calidad de la imagen no era demasiado buena, se notaba un halo alrededor de las figuras.

– Mamá y papá la han devuelto -respondió Callie.

– ¿Ah, sí? ¿Por qué?

– Anne -llamó Patricia desde el fondo del pasillo-. ¡Date prisa!

Los niños o no sabían o no les importaba que la televisión grande hubiera desaparecido. Los dejé con su sobredosis de dibujos animados y fui a la habitación de más que Patricia utilizaba para guardar el material para las manualidades.

Normalmente, hasta esa habitación estaba tan ordenada como la sala de un museo, pero ese día parecía como si un tornado hubiera pasado por allí. Patricia apartó una pila de rectángulos de tela de la mesa que se extendía a lo largo de la pared y colocó allí las fotos. Guardó la máquina de coser y la quitó de en medio.

– ¿Estabas haciendo algo? -pregunté echando un vistazo a mi alrededor.

– Un edredón -contestó sacando de un mueble una carpeta acordeón y después otra que colocó sobre la mesa-. Tengo montones de pegatinas y papeles.

Patricia había heredado el talento creativo de mi madre para coser, hacer punto o cocinar, aunque ella sí terminaba los proyectos que comenzaba. Había empezado a hacer un álbum de recortes. Yo, con mucho, metía las fotos en un álbum, pero desde luego no me tomaba la molestia de anotar detalles sobre el viaje debajo de cada una, pero Patricia tenía varias estanterías llenas de álbumes sobre distintos temas.

– Creía que iba a hacer un collage sobre una base de cartón.

Patricia sacó de una estantería del mueble un álbum pequeño de color negro.

– Se me ocurrió que podía hacer un álbum con las fotos y dejar páginas en blanco entre medias para que los invitados anoten algún comentario. Dejaré páginas en blanco al final del álbum para pegar las fotos de la fiesta.

Señaló el abundante material desplegado sobre la mesa. Hacer un álbum era una idea bonita, aunque a mí me pareciera desalentadora.

– ¿Qué? ¿No te gusta?

– Me parece estupendo, Pats. Un tanto ambicioso, pero nada más.

– Me gusta hacerlo -dijo.

– ¿Estás segura de que tienes tiempo? Quiero decir que…

– Sacaré el tiempo -contestó.

La tensión se notaba en el ambiente y preferí no insistir.

– Vale, pero si necesitas ayuda…

Entonces sonrió y me pareció más ella misma.

– Ya. No os gustan los álbumes de recortes a ninguna. Claire preferiría sacarse los ojos a hacer uno. No pasa nada. A mí sí me gusta. Gracias por haberme traído las fotos.

– De nada -hice una pausa antes de preguntar-: ¿Los has visto últimamente?

Patricia levantó la mirada de los montoncitos que estaba haciendo con las fotos.

– ¿A quién? ¿A papá y mamá?

Yo asentí y ella se encogió de hombros. Tenía un montón de bolsas de plástico transparentes repletas de rotuladores y tijeras de varios tipos para recortar dando distintas formas. Estaba organizándolas mientras hablaba conmigo.

– Mamá vino a quedarse un rato con los niños la semana pasada y hablé con ella por teléfono. ¿Por que?

– ¿Y a él lo has visto últimamente?

Patricia levantó la vista, las manos llenas de rotuladores.

– No.

No pensé que fuera a responder así. Patricia llevaba a los niños a ver a mis padres, pero nunca dejaba que se quedaran en su casa. Cuando mi madre hacía de niñera, lo hacía en casa de Patricia. Pero, al igual que respecto al consumo de «té helado» de mi padre, nadie hablaba nunca del tema.

Sin responder a la pregunta, busque entre el montón de fotos que había recogido del desván de mis padres. Elegí una Polaroid de nosotras dos sentadas en el regazo de nuestro padre y se la mostré. Estábamos muy sonrientes los tres. Yo tenía el mismo pelo y los mismos ojos que mi madre, pero había heredado la sonrisa de mi padre, igual que mi hermana.

– Miro estas fotos y… no me acuerdo de nada -dije dando un golpecito con los dedos sobre la foto-. ¿Y tú?

Patricia me quitó la foto.

– Éramos muy pequeñas. Yo diría que tú tienes cuatro años, lo que significa que yo tenía dos. ¿Quién se acuerda de lo que hizo con dos años?

No me refería a eso, pero no sabía cómo explicarme. O más bien hacerlo sin cruzar a territorio prohibido. Miré la foto de nuevo.

– Se nos ve felices -dije.

Mi hermana no dijo nada. Me quitó la foto de las manos y la devolvió al montón. Abrió entonces su carpeta acordeón y sacó un taco de pegatinas con forma de bocadillos, sin hacerme ningún caso.

– Es que… miró estas fotos y sé que ocurrió porque me veo en ellas, pero… -me dolía la garganta del esfuerzo que me costaba dar voz a mis pensamientos-. Pero no recuerdo que ocurriera.

No me acordaba de estar sentada en las rodillas de mi padre mientras me leía los cuentos del Dr. Scuss o montando los vagones del tren que daba vueltas alrededor del árbol de navidad todos los años. Tampoco recuerdo la sesión de fotos en las que nos hicieron el retrato de familia, todos vestidos con jerséis tejidos por mi madre con el nombre de cada uno. No recordaba que nuestra familia hubiera sido feliz nunca.

– Aquí debía de tener los años de Callie -dije-. Y tampoco me acuerdo. Sin embargo, me acuerdo del jersey. Picaba y las mangas eran demasiado largas. Me acuerdo de haber visto la foto, pero no de cuando nos la hicieron.

Mi hermana me miró con los ojos que las dos habíamos heredado de nuestra madre cuando estaban vacíos de expresión.

– Deja de darle vueltas, Anne. Ya está bien, ¿vale? Tenemos las fotos. Salimos en ellas. Sales en ellas. La memoria es algo muy frágil. Si la gente no lo recuerda todo es por algo. No tenemos espacio suficiente en el cerebro para almacenar tanta basura.

– Sólo era un comentario. No me importaría almacenar algunas de estas cosas en el cerebro. Me acuerdo del día que Chris Howard me vomitó encima en el autobús cuando estábamos en segundo curso. Podría vivir perfectamente sin ese recuerdo.

Las dos nos reímos, pero me pareció una risa forzada. Ayudé a Patricia a organizar el material para el álbum hasta que me resultó obvio que, más que ayudar, entorpecía. No le hacía ninguna falta, de modo que me despedí con sendos abrazos de mis sobrinos y me fui. ¿Se acordarían ellos de las veces que los había llevado a tomar un helado o a jugar a Candyland? ¿O sus recuerdos terminarían difuminándose con el tiempo hasta desaparecer para poder dejar sitio a recuerdos más recientes?

No podía decirse que mi mente fuera una hoja en blanco. Recordaba el colegio y las visitas a la casa de mi abuela en Pittsburgh. Recordaba también la vista de los tres ríos en el punto en que se unían, la vista desde el funicular de Duquesne Incline, y no sólo porque la hubiera visto en fotos. Me acordaba de mis juguetes, mis programas de televisión y mis libros favoritos. Me acordaba de algunas cosas de antes de cumplir los diez… pero estaba todo bastante borroso. Tal vez Patricia tuviera razón y se debiera simplemente a una cuestión de falta de espacio en el cerebro.

Todo cambió el verano en que yo tenía diez años, Patricia, ocho, Mary, cuatro y Claire, dos. El teléfono nos despertaba en plena noche. Los gritos que hasta entonces oíamos tras la puerta del dormitorio comenzaron a estallar en mitad de la cena. Mi madre prorrumpía en lágrimas sin previo aviso, y yo me asustaba. Todo estaba cambiando, y con diez años era lo bastante mayor como para saber que las lágrimas de mi madre y las llamadas de teléfono estaban relacionadas, pero no sabía de qué manera exactamente. Lo único que sabía era que se suponía que no debíamos hablar de ello, de aquel «algo» misterioso que nos estaba separando. Había sido un verano horrible, eso lo recordaba con absoluta claridad.

Mi padre siempre estaba contento, pero se había convertido en una parodia del padre «divertido», un padre que se tiraba al suelo a jugar con sus hijas tanto si estas querían como si no; que traía a casa tarrinas de helado medio derretido porque se había parado por el camino a beber. Un padre que nos despertada el sábado al amanecer para ir a pescar o nos tenía levantadas hasta tarde cazando luciérnagas en el jardín. Siempre le había gustado beber, había pruebas fotográficas de ello. Pero durante aquel verano no había día en que no se le viera con su vaso de té helado en la mano mezclado en abundancia con el whisky de la botella que guardaba en el armario. Mary y Claire eran demasiado pequeñas para darse cuenta, pero Patricia y yo sabíamos contar. Cuantas más veces iba a la cocina, más bullicioso se volvía el comportamiento de nuestro padre y más silencioso el de nuestra madre.

Yo no quería salir en la barca con mi padre aquel día, pero no hubo forma de disuadirlo. No me gustaba pescar, ni colocar los gusanos en el anzuelo, ni aquella barca que se balanceaba de lado a lado. No me gustaba sentarme al sol que me abrasaba aquellos resquicios de piel que se me habían quedado sin tapar. Yo quería quedarme en casa leyendo mis libros de misterio de Nancy Drew, pero cuando mi padre despertaba, yo me levantaba, me vestía y me iba con él.

No le había contado a nadie lo del día que nos pilló aquella tormenta en la barca y mi padre estuvo a punto de hacer que volcáramos. Alex había sido el primero. Al igual que lo de ocultar las botellas debajo de la basura o lo de cerrar las puertas para amortiguar los gritos, era algo de lo que no se hablaba.

Dos días después del incidente en el lago, mi madre desapareció. Se fue a casa de la tía Kate, que se había puesto enferma, una misteriosa enfermedad de la que los adultos no querían hablar, y se llevó a Claire, demasiado pequeña para dejarla en casa. Al no tener colegio porque estábamos de vacaciones, y con mi padre al mando de la casa aparentemente, me tocaba a mí ocuparme de mis hermanas durante el día, mientras él estaba trabajando. Cuando echo la vista atrás, no puedo creer que mi madre nos dejara solas tanto tiempo, pero supongo que no tuvo opción. Aunque no nos dejó solas exactamente. Nos dejó con nuestro padre. Si yo le hubiera contado lo del incidente con la barca, tal vez no se habría ido. Pero yo no dije nada, ni entonces ni nunca, y ella nos dejó con nuestro padre, que jamás nos haría daño a propósito, pero a quien tampoco se le daba demasiado bien vigilar que no nos ocurriera nada malo.

Siempre estaba malhumorado, pero al no estar mi madre para atemperar su genio y apaciguarlo, se pasaba el día revolcándose en su miseria. Vivíamos en un mar de altibajos. Un día no paraba de hablar, nos ponía palomitas y patatas fritas para cenar y jugaba con nosotras durante un buen rato al Monopoly o al Cluedo, y al otro llegaba a casa, se encerraba a oscuras en su habitación con una botella llena y sólo salía cuando la vaciaba. Era como tener dos padres, cada uno en un extremo, pero aterradores en ambos casos.

Patricia me había preguntado para qué me molestaba en pensar en el pasado. Quería recordar las cosas buenas. Era como si mi vida hubiera empezado de verdad aquel verano, y todo lo que había hecho a partir de entonces, todas mis decisiones, buenas y malas, habían sido resultado de ello. Ahora mi vida estaba cambiando mientras yo permanecía en el centro de la espiral, buscando algo que no sabía qué era. Quería recordar momentos buenos para no pensar así en los malos, para que no pudieran afectarme; para poder dejar de tomar decisiones basadas en la sensación de que todo aquel en quien confiaba terminaría dejándome tirada en un momento u otro; para poder dejar de sentirme como si no mereciera que me ocurrieran cosas buenas; para poder dejar de soñar que me ahogaba.

No coincidí mucho con Alex durante los siguientes días. Su nuevo negocio, fuera lo que fuera, lo obligaba a salir de casa antes de que yo me levantara y a regresar, algunas veces, después que me hubiera acostado. Sabía que estaba en contacto con James, pero yo no le preguntaba. Era un tema delicado. Me daba la sensación de que había respuestas a preguntas que no quería hacer, aunque sabía que James quería responder.

Casi me había acostumbrado a pensar que tenía la casa para mí sola otra vez cuando Alex llegó una tarde y se sentó en la terraza a leer. Podría haber estado limpiando o haciendo cosas para la fiesta de aniversario de mis padres, que íbamos a celebrar en agosto, pero en su lugar había decidido tumbarme al sol ahora que aún no calentaba demasiado a leer mientras me tomaba una limonada.

– Hola.

Se detuvo junto al marco de la puerta un momento antes de salir a la terraza. Se había aflojado la corbata, pero, aun así, estaba muy elegante con el traje.

– Hola -contesté yo, haciéndome sombra en los ojos para mirarlo-. Hace mucho que no te veía.

Él se rió.

– He tenido muchas reuniones. Inversores.

– ¿En Sandusky? -pregunté yo, impresionada.

Él soltó otra carcajada mientras se quitaba la chaqueta. La camisa salmón que llevaba debajo apenas estaba arrugada, y lo envidié por ser hombre y no tener que preocuparse del pelo y el maquillaje para tener buen aspecto. Ni de las medias.

– No. En Cleveland. He estado yendo en coche hasta allí todos estos días.

Eso explicaba por qué apenas se había dejado ver por casa.

– He hecho limonada. Te puedo preparar algo de comer si quieres.

– Ya haces demasiado. No deberías hacer tantas cosas -dijo él, guiñando los ojos a causa del molesto sol.

– Ya, bueno es que no he podido encontrar un criado que me atienda.

Alex se desabrochó la camisa y se la sacó de la cinturilla del pantalón al tiempo que se quitaba los zapatos. Estaba aprendiendo cosas de él. como que le gustaba andar por la casa medio desnudo.

– Se me ocurre una idea -dijo quitándose los calcetines y agitando los dedos de los pies sobre la madera calentada por el sol-. Pon un anuncio en el Register: «Se busca un Don Limpio personal para casita junto al lago. Entre sus tareas se incluye limpiar ventanas, fregar suelos y hacer masajes de Shiatsu».

– Prefiero que no me los dé Don Limpio -contesté yo entre risas.

Se estiró con un gemido de cansancio, contorsionando la cintura hasta que su columna crujió como los cereales de arroz inflado cuando los echas en la leche.

– Está claro que nunca te han dado un buen masaje. Joder, qué tenso estoy. Me he acostumbrado a lo bueno en Singapur. Allí me daba un masaje a la semana.

– ¿Te los daban hombres grandotes, sin pelo, vestidos con camisetas blancas? -pregunté yo, observando cómo se estiraba y se contorsionaba, fascinada por las líneas de su cuerpo. Me preguntaba si se iba a quitar la camisa. Me preguntaba por qué habría de importarme.

– No. Me los daban unas mujeres menudas y preciosas con unas manos asombrosas… -movió las cejas arriba y abajo y a continuación dijo imitando una voz femenina-: Ah, señor Kennedy, ¿le apetece terminar bien el día?

Yo me tapé la boca, fingiendo estar escandalizada.

– Tú no harías algo así.

Su enigmática sonrisa no me reveló nada excepto que tal vez me estuviera mintiendo.

– ¿Tú no lo harías? -puso la mano en la barandilla y se estiró otra vez.

– Creo que no.

El hielo de mi limonada se me había derretido, restándole acidez pero manteniéndola fría. Di un sorbo, no porque tuviera sed, sino por la súbita necesidad de hacer algo con las manos.

– Pero sí estarías dispuesta a contratar a un criado para que hiciera la colada y limpiara los cuartos de baño. Interesante -se sacudió como hacen los perros al salir del agua-. Joder, me duele de verdad. ¿Te importaría masajearme un poco la espalda?

Mientras lo decía ya estaba sentándose a los pies de mi tumbona y quitándose la camisa.

– ¿Alguna vez te dice alguien que no? -pregunté yo, dejando en el suelo mi vaso.

Él se giró y me miró por encima de su hombro.

– No.

Abrí y cerré los puños varias veces seguidas para estirar los dedos y a continuación los extendí por encima de sus omóplatos. No me hacía falta tocarlo para sentirlo.

Alex seguía mirándome. Yo no tenía motivos para hacer lo que me pedía, pero él se comportaba como si yo no pudiera negarme. Y tal vez no podía.

El sol le había calentado la piel. Mis dedos estaban fríos de sostener el vaso de limonada. Soltó el aire entre los labios como si fuera un silbido cuando por fin lo toqué, aunque no creo que se debiera al frío.

– Tienes unos nudos del tamaño de pelotas de tenis -señalé mientras los masajeaba uno a uno.

– Eso me han dicho -replicó Alex, y los dos nos echamos a reír.

– Eres un guarro -le dije hundiendo los dedos en los tensos músculos.

Alex dejó escapar un gemido largo y muy bajito.

– Eso también me lo han dicho. Joder, qué gusto.

– A James le duele la espalda con mucha frecuencia.

Volvió a gemir y bajó la cabeza para que pudiera trabajarle el cuello.

– Justo ahí. Así… qué bien.

Yo me puse más cerca, una de mis rodillas a cada lado de sus caderas. Desde allí podía captar su aroma. A sol. A flores. Algo exótico. Me incliné sobre él mientras masajeaba e inspiré con los ojos cerrados.

– ¡Hola!

El tonillo que tan bien conocía me hizo apretar la mandíbula y los dedos de forma inmediata. Alex gritó cuando le clavé los dedos. Los dos levantamos la vista justo cuando mi suegra aparecía en la puerta de la cocina.

Se quedó mirando la escena. La valoró, la sopesó y, finalmente, nos declaró culpables en el tiempo que tardaba en quitar las manos de los hombros de Alex. Éste se levantó con toda la calma del mundo, girando el cuello hacia un hombro y después hacia el otro, y estirando la espalda de nuevo.

– Gracias, Anne -dijo-. Hola, señora Kinney.

– Alex -respondió ella tras lo cual dejó caer su acusadora mirada sobre mí-. Anne. Debería haber llamado antes de venir.

«¿Por qué empezar ahora?», me dieron ganas de decirle, pero me contuve.

– No seas boba, Evelyn. ¿Te apetece un poco de limonada?

– No, creo que no -respondió ella mirando a Alex, que parecía decidido a llamar la atención de mi suegra con todos sus movimientos. Se acomodó en otra tumbona y levantó hacia ella su vaso de limonada con una mueca burlona-. Sólo me he acercado a dejarte estas revistas.

Una vez leí en alguna parte que no se debe decir que no a algo que te dan gratis, aunque no lo quieras, no vaya a ser que no vuelvan a ofrecerte nada y pierdas la oportunidad de encontrar algo que verdaderamente deseas. Yo no quería para nada las revistas usadas que la señora Kinney me traía después de leerlas ella, como tampoco quería los marcos de fotos que me regalaba ni los jerséis que me compraba para sustituir a los viejos. Pero me levanté con una sonrisa.

– Te lo agradezco mucho. Siempre vienen bien los trucos de decoración y cuidado del jardín.

Alex se burló entre dientes, lo que le valió una agria mirada por parte de mi suegra, esa mirada que se guardaba para mí aunque suavizada.

– Te las he dejado en la mesa de la cocina.

– Gracias -contesté yo sin hacer ademán de entrar en la cocina y charlar efusivamente sobre las revistas, pese a que yo sabía que eso era precisamente lo que ella esperaba que hiciera. Era consciente de que cuanto más deseaba algo mi suegra, más perverso placer encontraba yo en fingir que no me daba cuenta. Ella no era sutil. Y yo no soy tonta. Se trataba de una lucha de poder revestida de buenas maneras-. James no llegará hasta más tarde. ¿Te apetece quedarte a esperar o…?

Dejé la frase sin terminar esperando a que lo hiciera ella. Estoy segura de que quería que yo le pidiera que se quedase, que se sentara a tomar un café y a charlar un rato, y en el pasado es lo que habría hecho. Pero no iba a invitarla a quedarse esta vez. Habría sido mentir.

Creo que se habría quedado de no haber estado allí Alex, tendido en la tumbona con los ojos cerrados. Pero frunció los labios y negó con la cabeza.

– No. Ya vendré en otro momento.

– Como quieras -dije yo sin levantarme a acompañarla a la salida, aunque sospechaba que también esperaba eso de mí.

La señora Kinney decía siempre que con la familia no había que comportarse como si fueran invitados, una excusa para entrar en mi casa como Pedro por su casa. Pero ella quería en realidad ambas cosas. No quería ser tratada como una invitada cualquiera, pero sí quería que la acompañara a la puerta cuando se iba. Eso le proporcionaría la oportunidad de cotillear sobre Alex. Lo sabía porque al principio de casarnos, Evelyn me había sorprendido con esta táctica de «divide y vencerás». Ella se levantaba para irse y yo la acompañaba a la puerta. Separadas del grupo, o simplemente lejos de los oídos de James, yo quedaba desprotegida ante sus intentos de sonsacarme algo o de cotillear. Había aprendido bien la lección. Y no fingiré que no me proporcionaba una leve satisfacción contrariarla. Si quería quejarse por nuestro invitado, tendría que encontrar a otra a quien irle con el cuento.

Alex esperó a que el rumor del motor de su coche se hubo desvanecido antes de sentarse y mirarme. Aplaudió una vez. Dos. Tres veces.

– Bravo.

– ¿Perdona? -dije yo volviéndome hacia él.

– La has manejado de forma brillante. Bravo.

– No la he manejado -objeté yo.

Alex negó con la cabeza.

– No, no, no. No seas modesta. Evelyn es un hueso duro de roer. Has estado perfecta.

Siempre desconfío cuando alguien me elogia por haber sabido capear el temporal.

– ¿De veras?

– No te has mostrado grosera, pero sí firme. No has permitido que te manipulara ni le has dado lo que quería.

– ¿Que era…? -insté yo apurando mi limonada. Ya no estaba fría ni acida, y me quedé con sed.

– Vete tú a saber. Pero estaba claro que se ha ido sin ello.

Reírse no estaba bien, pero lo hice.

– La conoces muy bien.

– La conocí hace tiempo y me parece que no ha cambiado.

– Tiene gracia. Es lo mismo que me dijo Molly sobre ti.

– No me digas.

Esperaba que me lanzara un guiño irónico, pero lo que vi fue un relámpago de decepción en sus ojos, que desapareció tan deprisa que creí que lo había imaginado.

– Cuéntame como eran las cosas. Cómo era James cuando era jovencito.

– ¿Jamie? Muy parecido a como es ahora. Un buen tipo.

Cambió la tumbona de posición para poder sentarse y mirarme. Ahuecó los dedos de los pies en torno a las tiras de plástico entrelazadas del asiento.

– Es lo mismo que me dijo él de ti.

– Pues uno de los dos se equivoca.

Habría sido amable por mi parte discutírselo.

– He oído que te ponías lápiz de ojos.

– Aún lo hago a veces.

– No le gustas a Evelyn.

– El sentimiento es mutuo, te lo aseguro.

Nuevo destello de decepción.

Esperé a que me dijera por qué. Desde mi asiento, sus ojos parecían grandes y oscuros. «Cristalinos», pensé, dado que el significado de «lánguido» había perdido fuerza de tanto pensar en el término para describirlo. Luminosos también. La mirada de Alex poseía un brillo que no parecía estar relacionado con la luz externa.

– Anne.

– Sí, Alex.

– ¿Tienes hambre?

Hice una pausa al oírlo.

– Un poco. ¿Por qué?

Entonces sonrió. La mirada. El calor.

– Porque me estabas mirando como si quisieras comerme con una cuchara.

Rompí a reír a carcajadas y volví la cabeza para tratar de evitar que la verdad de su afirmación asomara a mis ojos igual que había asomado a los suyos.

Él no se rió, se limitó a acomodarse en la tumbona, estirando los brazos por encima de la cabeza. Me imaginé a horcajadas sobre él, inclinándome a lamer la suave curva de su brazo y su hombro.

– Voy a por más limonada -dije y me metí en la cocina.

Capítulo 6

La consulta de mi medico era un canto a la fecundidad. Fotos de bebés y embarazadas sonrientes colgaban de todas las paredes, y los revisteros rebosaban de publicaciones que llevaban por título algo relacionado con las palabras «padres» y «familia». Yo aguardaba en la sala de espera tapándome el vientre con el bolso para protegerlo de las miradas curiosas de las otras mujeres, la mayoría de ellas mostrando orgullosas sus vientres abultados. Había varias con niños, pequeños seres humanos que corrían de aquí para allá y lloraban sin provocación alguna. Me parecían preciosos y odiosos a un tiempo.

– ¿Señora Kinney?

Levanté la vista. Habían pasado ya seis años y todavía me sorprendía cuando alguien me llamaba por mi nombre de casada, independientemente de lo que dijera mi permiso de conducir. La enfermera sonrió y me hizo un gesto.

– Puede pasar ya.

Recogí mis cosas y la seguí por el pasillo en dirección a la sala de la doctora Heinz, pintada de un color muy luminoso. Las paredes estaban llenas de fotos de bebés. Las revistas eran más antiguas. Me desvestí siguiendo las indicaciones de la enfermera y me acomodé en la camilla, cubierta con una sábana de papel desechable, donde me cubrió con un camisón. Tenía los pies fríos.

Me dio tiempo a pensar en muchas cosas mientras esperaba. Tuve tiempo de sobra para observar los tarros llenos de espátulas de madera para bajar la lengua y examinar la garganta y bolitas de algodón, para sopesar la mesita con su exposición de instrumentos afilados y relucientes que parecían aparatos de tortura. Frente a mí tenía una gran lámina con los signos de las enfermedades de transmisión sexual más habituales. Supurantes partes pudendas me miraban fijamente. La llamada con los nudillos a la puerta que anunciaba la llegada de mi medico me salvó de una sobrecarga de ampollas y pus.

Me caía bien la doctora Heinz porque tenía treinta y pocos años, como yo, y una actitud hacia el sexo, la maternidad y los métodos anticonceptivos franca y estimulante, jamás crítica. Si hubiera sido mi médico cuando era más joven, tal vez habría tomado decisiones muy distintas. Claro que de aquello hacía ya mucho tiempo, y no tenía sentido preguntarse qué hubiera pasado si las cosas hubieran sido de otra forma.

– ¿Cómo te encuentras, Anne?

La doctora Heinz llevaba la bata de laboratorio que solían llevar los médicos, pero, debajo, su ropa era una mezcla de dibujos y colores que bien le valdrían la detención por parte de la policía de la moda.

– Bien -contesté yo incorporándome un poco, consciente de que bajo el camisón de papel estaba totalmente desnuda.

– Bien, me alegro.

La doctora se movía por la sala preparando los guantes de látex, lubricante y los instrumentos mientras comentaba conmigo mi historia médica. Cuando por fin se sentó en su taburete giratorio delante de mis piernas abiertas, el rostro a la altura de mis genitales, me recosté en la camilla y me quedé mirando el techo.

– ¿Algo nuevo? -preguntó antes de ponerse manos a la obra.

– No.

Inspiré profundamente y me preparé para la invasión. La doctora maniobraba con suavidad, pero eso no quería decir que no fuera concienzuda. Me concentré en relajar los músculos. Era buena en su trabajo. Esperó a que soltara el aire antes de introducir los dedos en mi vagina.

– ¿Cómo va lo del dolor?

Yo hice una mueca.

– Va… mejor.

Sacó los dedos.

– ¿Mucho mejor o sólo un poco mejor?

– La verdad es que mucho mejor -contesté, tensándome de nuevo a la espera de oír el clic del espéculo metálico.

– ¿Te duele cuando mantienes relaciones?

– No -noté el frío del metal en mi interior.

Una vez, después de ir a Urgencias para que le curaran una perforación que había sufrido en un lugar tan embarazoso como es el trasero, James se había quejado de la humillación que había sentido al dejar que un desconocido accediera a la parte más íntima de su cuerpo. «Ni siquiera me invitó a desayunar», dijo en broma, y yo me reí aunque no pude menos que poner los ojos en blanco ante lo que él consideraba una humillación. Los exámenes de próstata tal vez consigan que un hombre se haga una idea de lo que tiene que soportar una mujer con las revisiones ginecológicas anuales y la experiencia del parto y la lactancia. Tal vez.

– Sólo será un pequeño raspado.

No era tanto el dolor en sí del raspado como el hecho de esperar que sucediera lo que me hizo soltar el aire en un chorro brusco entre los labios. Al momento me sentí avergonzada, como si hubiera gritado en voz alta. La doctora me dio una tierna palmadita en un pie mientras echaba la muestra en una bolsa de plástico para enviarla al laboratorio.

– ¿Cómo van tus reglas? La mano por encima de la cabeza, por favor.

Siempre me entraban ganas de reír cuando me exploraba los senos para comprobar que no había bultos, no porque me hiciera cosquillas, sino porque me sentía ridícula: los dedos enguantados en látex masajeándome la piel mientras la sábana de papel crujía bajo mi cuerpo. Soltar una carcajada tal vez sirviera para aliviar un poco la tensión, pero siempre conseguía retenerla.

– Siguen siendo irregulares, pero ya no son tan dolorosas. Se me pasa con un baño caliente y un ibuprofeno.

La doctora sonrió.

– Me alegra oírlo. Ya puedes incorporarte.

El resto del reconocimiento se desarrolló con bastante celeridad. Corazón, pulmones o lo que fuera que hacía cuando me palpaba la espalda. Terminado el reconocimiento físico, salió de la sala para dejar que me vistiera con intimidad, y regresó a los pocos minutos con una carpeta y una sonrisa cordial.

– Veamos -comenzó-. Ya no sientes dolor cuando tienes relaciones, lo cual es fantástico. Las reglas van mejor, pero siguen siendo irregulares. Eso podría ser un efecto secundario de las inyecciones anticonceptivas, pero como ya hemos hablado -revisó sus apuntes-, siempre has tenido reglas irregulares, incluso falta de regla en ocasiones. Eso también es típico de la endometriosis. Pero aparte del trastorno evidente, ¿te preocupa por alguna otra razón?

Yo negué con la cabeza.

– No. Me gustaría que fueran más predecibles, pero aparte de eso, nada.

La doctora tomó nota de mi respuesta en la historia y me miró.

– ¿Alguna pregunta, Anne? ¿Algo sobre el tratamiento para la endometriosis, cómo manejar el dolor, las inyecciones? ¿El significado de la vida? ¿Cómo preparar un redondo de ternera?

Me reí.

– No, gracias. Creo que sé preparar un redondo decente.

Hizo el gesto de limpiarse el sudor de la frente.

– Buf, menos mal. Temía que fueras a preguntarme por el significado de la vida y habría tenido que inventarme algo sobre la marcha.

– No -vacilé. Tenía en la punta de la lengua las preguntas que sabía debería hacerle, pero al final no dije nada-. Gracias, doctora Heinz.

– De nada -respondió con una sonrisa-. Y para terminar, la inyección.

Aquello no dolía. No si lo comparábamos con un parto, pensé, mientras me pasaba un algodón con alcohol por la zona y después me inyectaba el cóctel químico que evitaría que el esperma de James conquistara mis óvulos en los siguientes tres meses. El pinchazo no sangró siquiera. Me despedí de mi médico y atravesé la sala de espera rebosante de barrigas florecientes en dirección a la salida.

Junio es un mes precioso. El sol brilla, pero no quema con la intensidad de julio ni es tan agobiante como en agosto. Los jardines florecen. La gente se casa. Empiezan las vacaciones escolares. Todo parece dispuesto a emprender una nueva vida, un nuevo comienzo.

Yo había tenido la oportunidad de emprender un nuevo comienzo en la consulta de la doctora Heinz. No la había aprovechado. Al contrario, tenía tres meses más para decidir si quería tener un hijo. Otros tres meses mintiendo a mi marido.

James había sido paciente y comprensivo con mi enfermedad, que causaba períodos y coitos dolorosos. Me llevaba las medicinas y me sostenía la mano cuando los ovarios me dolían tanto que no paraba de sudar. Había sido él quien me había dicho que los dolores que soportaba no eran simples dolores menstruales. Llevaba tanto tiempo sufriéndolos que me había convencido de que eran normales. No me parecía nada excepcional teniendo en cuenta que vengo de una familia donde otras cuatro mujeres se quejaban de sus reglas. James me había convencido de que debía contarle a mi médico que los dolores eran cada vez peores.

Había sido un alivio descubrir que había remedios, que mis dolores no eran un castigo por pecados pasados, tal como yo me había convencido. Muchas mujeres sufrían los mismos dolores, incluso peores. Yo era afortunada. Una intervención menor que no requería hospitalización y el tratamiento me habían cambiado la vida. Me sentía mejor que en mucho tiempo.

Era un buen momento para tener un hijo. James tenía un buen trabajo. Mi carrera se había detenido en seco, una situación que podría rectificar si quisiera… ¿pero para qué volver a trabajar si iba a tener un hijo unos meses después? Era el momento idóneo. Podía ser el ama de casa y madre que nunca había soñado ser.

Parecía como si todas las piezas hubieran encajado en su sitio. Perfecto. Si me preguntaran, respondería que yo no quería mentir a James respecto a nada, y menos aún respecto a nuestra decisión de tener hijos. Eso habría sido otra mentira. El hecho era que si de verdad no quisiera mentirle, no lo estaría haciendo. Le habría dicho la verdad. Que seguía con las inyecciones anticonceptivas. Que no estaba segura de querer tener hijos.

Que no estaba segura de poder.

Aunque la endometriosis puede contribuir a ello no tiene por qué conllevar obligatoriamente infertilidad. Como tampoco el hecho de haber tenido un aborto. En mi caso se daban ambas condiciones, aunque James sólo sabía lo de la endometriosis.

No estaba segura de no poder concebir, pero me aterraba comprobarlo. Como mujer me correspondía el derecho a elegir no tener un hijo. Elegir tenerlo dependía del capricho de un poder superior, y no estaba segura de que mi comportamiento no hubiera enfadado a Dios hasta el punto de que éste hubiera decidido no darme la oportunidad de procrear.

Tenía la intención de irme directa a casa al salir de la consulta puesto que tenía ropa que doblar y también me esperaba el aspirador y la fregona. Además, tenía que arrancar malas hierbas del jardín y ocuparme de pagar algunas facturas.

Sin olvidar que tenía un invitado en casa.

James y Alex se habían quedado levantados hasta tarde la noche anterior. El rumor de su risa me había sacado de mi sueño alguna que otra vez. James se había acostado cuando los pájaros empezaban a trinar y el sol casi despuntaba, esa hora a la que aún es posible convencer a tu cuerpo de que no llevas levantado toda la noche. Olía a cerveza y a humo de cigarrillo, una combinación que podría haberse mejorado mucho con un uso concienzudo de agua y jabón. Me había despertado con sus ronquidos y ya no había vuelto a dormirme.

Sin embargo, a pesar de haberse acostado tan tarde, se había levantado a la hora de siempre para irse al trabajo. La casa estaba en completo silencio cuando salí para ir al medico. La puerta del dormitorio de Alex estaba cerrada y no se oía ruido dentro.

Alex no era mi amigo, pero James no se habría molestado en dejar café recién hecho y toallas y sábanas limpias. No había llegado al extremo de ofrecerme a hacerle la colada, pero sí le había dejado instrucciones sobre cómo utilizar a la diva de mi lavadora y dónde estaba el detergente. Había hecho lo que toda buena anfitriona haría. Hasta tenía la intención de parar en el mercado de camino a casa y comprar unos filetes y unas mazorcas para prepararlos a la brasa para cenar. Dediqué todo el día a hacer recados con el único objetivo de mantenerme lejos de la casa todo el día, evitar ir a casa sin tratar de convencerme de que no era eso.

Habíamos tenido invitados en casa muchas veces. Aunque la nuestra era más pequeña que muchas de las casas que bordeaban la carretera de Cedar Point, disponíamos de tres dormitorios y un sótano convertido en salón que podía hacer las veces de dormitorio en caso de necesidad. Y lo más importante, disponíamos de vistas al lago, una pequeña sección de playa de arena sucia y un barquito de vela. Además, estábamos a pocos minutos en coche de Cedar Point. A James y a mí nos gustaba hacer bromas sobre cómo nuestra popularidad aumentaba exponencialmente en verano, cuando nuestros amigos venían a pasar unos días y aprovechaban para hacer alguna de las muchas actividades para turistas disponibles en la zona del condado de Erie.

La diferencia con la situación actual era que los amigos siempre habían sido de los dos, no sólo de James. Y yo trabajaba por entonces a jornada completa. Sobrellevar la presencia de invitados resulta mucho más sencillo cuando el contacto con ellos se limita a unas pocas horas después de trabajar. Esperaba que Alex hubiera tenido que ir a otra de esas reuniones que duraban todo el día, pero no estaba segura de que lo hubiera hecho.

El hecho puro y duro era que no sabía qué pensar de él. No se trataba de algo que hubiera dicho o hecho, sino más bien lo que no decía. O no hacía. Se había asomado al borde y había reculado. Para mí no era un problema que flirteara conmigo, podía manejarlo, pero aquello era diferente. Era algo más. Sólo que no sabía qué.

Me obligué a pasar el rato comprando mobiliario de terraza que no necesitábamos y que yo no quería. Comprobé la comodidad de unas sillas de bambú y la resistencia de las mesas que vendían a juego. Eché un vistazo a utensilios para barbacoa, nuevos y relucientes, con sus cajas para transporte. Me dije que no me importaba que James hubiera abierto las puertas de nuestra casa a Alex Kennedy, pero eso era otra mentira; me había percatado esa misma mañana al tener que pensármelo dos veces antes de entrar en la cocina en camisón.

– ¡Hola! ¡Soy Chip! ¡Veo que está mirando nuestro juego de muebles Exotica!

Semejante chorreo de exclamaciones salió de los labios del joven e inexperto vendedor, que se lanzó sobre mí en picado mientras curioseaba alrededor de un caro juego de muebles de teca, demasiado grandes para nuestra terraza en realidad. Vi el símbolo del dólar reflejado en sus ojos cuando me tendió la mano para presentarse. Sin darme tiempo a negarme, empezó a recitar de un tirón las bondades del mobiliario, su resistencia a las termitas entre ellas.

– No creo que las termitas sean un problema -dije.

– ¡Además son resistentes a las inclemencias del clima! ¡Y menudo clima tienen por aquí…! -estuvo a punto de darme un codazo. Me recordaba a Erie Idle, de los Monthy Python, y su costumbre de guiñar el ojo y dar con el codo, como diciendo: «Ya sabes a que me refiero». Me eche a reír. Chip me imitó-. Tengo razón, ¿verdad?

– Tenemos un clima desapacible, pero…

– Pues estos muebles soportan todo lo que la madre Naturaleza les eche. ¿Tiene un jardín grande?

– En realidad no. Es un jardín más bien pequeño.

– Ya -los símbolos de dólar perdieron brillo.

Me sentí mal por él. En ningún momento había tratado de llevarlo a pensar que verdaderamente estaba dispuesta a comprar una mesa y unas sillas escandalosamente caras. Me sentía obligada a seguir hablando.

– Es una casa que da al lago, así que tenemos muchas piedras y arena.

– ¡Vaya!

¡Bingo! Aquello era lo que Chip necesitaba oír. En su cabeza, casa frente al lago equivalía aparentemente a una venta importante. Yo sólo lo había dicho como excusa para remolonear por allí un poco más. Me sentía tan mal que dejé que me hiciera una descripción detallada de casi todos los muebles del establecimiento. Al final me convenció para que me llevara un columpio y un juego de utensilios para la barbacoa, cosas que no necesitaba.

Escapé de la tienda con el trino alegre de Chip en los oídos diciéndome adiós y me reñí mentalmente. A James no le importaría que me hubiera gastado el dinero. Seguro que estaba encantado con el columpio y los utensilios nuevos. Las cosas nuevas lo hacían feliz. Mi auto flagelación se debía al hecho de haberme dejado convencer para comprar algo que no quería y no necesitaba simplemente porque me sentía culpable por haber decepcionado al vendedor.

¡Un total desconocido! ¡Un hombre al que no iba a volver a ver en mi vida! Me daban ganas de abofetearme. Me daban ganas de entrar de nuevo y anular el pedido, pero entonces vi por la ventana a Chip haciendo una especie de danza de la victoria con sus compañeros por haber realizado la venta. Así que me metí en el coche con un profundo suspiro.

Lo peor de todo era que la excursión de tiendas había agotado mi energía para seguir evitando regresar a casa. Resignada, paré en Kroger y gasté más dinero, esta vez en artículos que sí quería y necesitaba. Vacilé un momento en el pasillo de las bebidas, aquél al que nunca iba. En esta ocasión, y en honor a nuestro invitado, compré una botella del Merlot que le gustaba a James. Tras pensarlo un poco más, eché al carro un paquete de seis de cerveza tostada. A juzgar por cómo olía James la noche anterior, se habían acabado las cervezas del frigorífico del sótano. No vendría mal reponerlas. Un paquete de seis latas no eran tantas cervezas.

Seguí con la mirada las hileras de botellas con sus etiquetas de colores. Dibujos de piratas y atractivas camareras de taberna, mares de color azul. Aquellas botellas hablaban de evasión. Susurraban posibilidades de sexo. Proclamaban diversión. Una fiesta no es una fiesta sin Bacardi.

Bueno, no puede decirse que estuviera planeando una fiesta, más bien una cena para tres. Bastaría con cerveza y vino. Les di la espalda a las botellas y su canto de sirenas, y me dirigí hacia casa.

Alex había salido y regresado mientras yo estaba fuera. Me pareció que su coche, que vi cuando salía aparcado de forma oblicua junto al garaje, estaba un poco más recto cuando llegué. Yo metí el coche en el sendero de entrada para acercarme todo lo posible a la puerta, agarré las dos bolsas de comida y entré en la cocina por la puerta lateral.

Me detuve en la puerta, sintiéndome como una intrusa en mi propia casa. Sonaba una música suave en el salón. Una vela grande en tarro, que me había regalado la madre de James y se había quedado guardada durante meses en un armario, ardía en la mesa situada junto a los ventanales que daban al lago Eric. Me encontré varias ollas burbujeantes sobre los fogones y una selección de aperitivos, galletas, queso, verduras y salsas desplegada en la isla central.

Alex se volvió con una cuchara en la mano cuando entré. Llevaba unos vaqueros desgastados muy bajos de cintura con una camisa de vestir. Desabrochada. No llevaba zapatos. Los pies descalzos le asomaban por debajo de los bajos deshilachados. Tenía el pelo húmedo, como si acabara de salir de la ducha y se hubiera pasado la mano. Era del color de una suntuosa madera que no sabría decir, del tono del escritorio barnizado del despacho de algún ejecutivo. Un tono castaño cobrizo con mechones más oscuros y más claros.

– Anne -dijo al ver que yo no decía nada al cabo de unos minutos, tan sólo miraba boquiabierta-. ¿Necesitas ayuda?

Miré las bolsas que llevaba en los brazos.

– Sí, por favor. Hay más en el coche.

Dejó la cuchara sobre un utensilio de metal que tenía para posar las cucharas y no manchar la encimera. A mí siempre se me olvidaba usarlo, dejaba las cucharas en cualquier parte sin importarme si manchaba la encimera o no. Después tiró del paño de cocina que llevaba en el hombro y se limpió las manos.

– Iré a por las del coche. Venga, entra. Tómate un vino.

Pasó junto a mí sin darme opción a responder más que con un breve asentimiento. Dejé las bolsas encima de la mesa de la cocina. Alex había encontrado las copas de vino que alguien nos compró como regalo de boda, y un líquido de color rubí resplandecía en dos de ellas.

Miré lo que estaba cocinando. En una olla se cocían a fuego lento cebollas y champiñones en una salsa que olía a ajo, mantequilla y vino. Husmeé bajo la tapa de otra de las ollas. Arroz. Mazorcas de maíz al vapor en una tercera. Por la ventana que daba a la terraza vi que la barbacoa estaba encendida y salía humo. Inspiré profundamente. Todo olía a las mil maravillas.

– Veo que has estado ocupado -comenté cuando entró en la cocina cargado con el doble de bolsas de las que había metido yo.

– Qué va -contestó él, dejando las bolsas encima de la mesa. Al levantar la vista, el pelo, ya más seco, le acariciaba la nuca, las orejas y algún que otro mechón le caía sobre las cejas. Levantó las dos copas de vino y se acercó a mí tendiéndome una de ellas-. Era lo menos que podía hacer. Preparar la cena.

Acepté la copa de forma automática, como hace la gente cuando les ofrecen algo.

– No tenías por qué.

La sonrisa que me dedicó me caldeó de los pies a la cabeza, e inclinándose ligeramente sobre mí, dijo:

– Ya lo sé.

– Huele fenomenal -debería haber retrocedido un paso, pero no quería que pareciera tan obvio-. ¿Has encontrado todo lo que necesitabas?

– Si -dio un sorbo y miró alrededor de la cocina-. Madre mía, sí que ha cambiado la ciudad. He salido a comprar al supermercado y me he perdido.

Antes de que pudiera decir nada, su mirada regresó al punto de partida, y se clavó en mí.

– Jamás se me habría ocurrido que hubiera sitio en la vieja Sandusky para un mercado con productos para gourmets -añadió.

– Supongo que todo depende de lo que se consideren productos para gourmets.

Dios mío, qué sonrisa. Aquella lánguida y perezosa sonrisa que prometía horas de placer. ¿Cuántas mujeres habrían separado las piernas para él gracias a aquella sonrisa?

– ¿Tu nivel de exigencia es alto, Anne? -dio otro sorbo y miró mi copa-. ¿No te gusta el vino tinto? He traído rosado también.

– No, no. Está bien éste. Es que no bebo vino…

– No bebo… vino -dijo marcando exageradamente la «V» de vino imitando el acento de Drácula-. ¿Es que eres un vampiro?

Yo me reí al tiempo que sacudía la cabeza.

– No, no. Es que no bebo vino, eso es todo.

– ¿Te apetece mejor una cerveza? He traído una caja de negra y tostada. Deja que te diga algo, Anne. Me gustaban muchas cosas de Singapur, pero nada, repito, nada, como los establecimientos de venta directa de cerveza de Ohio.

– No, gracias -negué nuevamente con la cabeza.

Extendió el brazo para abrir una de las bolsas de Kroger.

– Tú también has comprado vino y cerveza -me miró con gesto interrogativo enarcando suavemente una ceja-. ¿No quieres de ninguna de las dos cosas?

Tercera negativa.

– No. No bebo.

Alex apuró su copa con un largo y lento sorbo, y dejó la copa en la encimera.

– Interesante.

Un tanto cohibida, dejé mi copa junto al fregadero. No me veía capaz de echarlo por el desagüe.

– No tiene nada de interesante.

La tapa de la olla donde se cocinaban los champiñones y las cebollas se puso a repiquetear sobre la olla cuando el vapor empezó a buscar una salida. Alex se movió. Yo me moví. La cocina, al igual que el resto de la casa no era grande. El viejo dicho que hace referencia a cuando hay demasiados cocineros en una cocina tenía todo el sentido dentro de la mía, pero no porque fueran a estropear el cocido. Simple y llanamente no había espacio suficiente para más de una persona delante de los fogones. Nos movimos con gestos torpes, él alargando la mano para levantar la tapa de la olla y yo intentando quitarme de en medio. Los faldones de su camisa abierta ondearon como una bandera rozándome cuando estiró el brazo. Levantó un poco la tapa y apagó el fuego. Su otra mano aterrizó sobre la parte baja de mi espalda, pero no fue ni para empujar ni para acariciar, más bien para servir de soporte.

El contacto fue muy breve. Retiró la mano sin que me diera tiempo a sentirla casi. Entonces se giró hacia mí.

– Espero que tengas hambre.

El ruido de mi estómago contestó por mí.

– Estoy muerta de hambre.

– Me alegro.

Nos quedamos mirándonos. Alex levantó una de las comisuras de sus labios. No estaba segura de que me gustara que me mirara de aquella forma. No estaba segura de que no me gustara tampoco.

– Se te da muy bien la cocina -comenté yo mirando hacia los fogones primero y de nuevo a él.

Alex se puso una mano en el corazón y me dedicó una pequeña inclinación de cabeza que lo acercó a mí lo bastante como para oler su colonia. Era la misma que llevaba el día anterior, algo especiado y exótico. Masculino y floral al mismo tiempo. Me miró desde detrás del flequillo, sonriendo. Una sonrisa devastadora. Encantadora. Y lo sabía.

– La vida de soltero no se reduce a pizza y cerveza. Por lo menos no se reduce a pizza. Cuando no tienes a nadie que cocine para ti, aprendes.

Saqué los alimentos perecederos de las bolsas y los metí en el frigorífico y el congelador respectivamente. Alex se mantuvo al margen para no molestar, pero sentía su mirada encima de mí.

– A lo mejor podrías darle alguna pista a James.

– Jamie no ha tenido que hacerlo nunca, eso es todo. Siempre ha tenido a alguien que le hiciera las cosas. Una madre y dos hermanas mayores pendientes todo el día de él. Y ahora, una esposa.

Me giré para mirarlo.

– Sí.

– Ahora tú cuidas de él -sonrió de oreja a oreja.

No podría decidir si me estaba haciendo un cumplido o me estaba insultando.

– Nos cuidamos mutuamente.

Alex se acercó a los fogones y removió un poco los champiñones y las cebollas.

– El pobre Alex no tiene a nadie que cuide de él. Así que tuve que aprender a cocinar para no tener que cenar comida para llevar todas las noches.

Aspiré el delicioso aroma de lo que estaba cocinando.

– Estoy impresionada.

– Entonces mi malvado plan ha funcionado -dijo él, lanzando una risa de personaje malvado de dibujos animados.

Lo gracioso era que no podía estar segura de que lo dijera de broma. Sin embargo, no me dio oportunidad de pensar en ello. Alex recuperó la postura, me puso la mano en el hombro y me condujo hasta la terraza. Allí me instó a sentarme en una de las cómodas tumbonas y a poner los pies en alto. Yo me reí, un tanto sonrojada ante sus atenciones, pero él se limitó a sonreír.

– Soy un agente que proporciona servicios integrales -me dijo-. Tú siéntate. Te traeré algo de beber que sí bebas.

Echó los filetes en la barbacoa y se metió en la cocina. Regresó al momento con un vaso de té helado y la fuente con las galletas saladas y el queso, y la posó en la mesita situada junto a mi tumbona.

– Podría acostumbrarme a todos estos cuidados -acepté el vaso que me daba. Aún faltaba un rato para el atardecer, pero la brisa del lago era fría. Sería una buena noche para encender nuestra estufa de barro con forma de carpa.

Tras echar un vistazo a la carne y apagar el fuego, Alex se tumbó en la otra tumbona, frente a mí, una pierna larga y esbelta cruzada sobre la otra. La camisa se le abrió, dejando a la vista su torso y su abdomen. No comprendía cómo podía llevar los vaqueros tan bajos, pero no me disgustaba que lo hiciera.

– ¿Te importa que fume?

No me importaba el olor del tabaco, pero respondí encogiéndome de hombros.

– Adelante.

Mis padres fumaban desde siempre. Llevaban el olor a cigarrillos pegado a la ropa, el pelo, la piel, el aliento. En Alex sólo había percibido el aroma de su colonia y el del ajo, la mantequilla y el vino de la salsa.

Lo encendió y dio una intensa calada, que retuvo dentro de los pulmones antes de dejarla escapar lentamente por la nariz en forma de dos columnas gemelas. Yo lo observaba, admirando su talento. Que yo no hubiera adquirido el hábito de fumar no significaba que no pudiera apreciar lo sexy que podía estar un hombre mientras fumaba.

– ¿Cómo dices? -me había hecho una pregunta.

– He dicho que a qué hora suele llegar nuestro querido Jamie. Los filetes y todo lo demás está listo.

Miré la hora.

– Suele llegar en torno a las seis. A veces más tarde, si tiene lío en el trabajo.

Alex compuso una «O» con los labios.

– Conque lío, ¿eh?

La forma en que lo dijo me hizo reír. Parecía que no podía dejar de hacerlo cuando estaba con él. Alex no se rió, tan sólo arqueó los labios en su habitual sonrisa.

Tenía el vaso a medio camino de la boca cuando me di cuenta bruscamente de algo. La sonrisa de Alex, aquel peculiar gesto de satisfacción. Era la sonrisa que James ponía cuando trataba de ser sexy. Se diferenciaba de su sonrisa normal como el día y la noche, y siempre me daba la sensación de falsa. Ahora sabía por qué.

Se la había robado a Alex.

Cobrar conciencia de ello me provocó un estremecimiento a lo largo de la espina dorsal, frío y caliente alternativamente. Me tragué el té que se me había quedado atascado en la garganta. Estaba tan frío que me quemó la garganta y pestañeé varias veces seguidas para contener las lágrimas.

Alex fumaba y yo lo observaba. Él miró hacia el lago, en dirección a las luces procedentes de las montañas rusas.

– ¿Trabajaste allí alguna vez? -le pregunté.

– No -mi familia vivía en la calle Mercy, al otro lado de la ciudad-. No tenía coche.

– Yo tampoco. Iba en bici.

– Entonces creciste en la ciudad.

James y sus hermanas se criaron en una casa en uno de los mejores barrios de la ciudad. Sus padres aún vivían allí. Sus hermanas y sus esposos se habían quedado por la misma zona.

– Sí. Mi madre y mi viejo siguen viviendo allí.

Estaba poniendo unas finas lonchas de queso gouda sobre una galleta salada, pero levante la vista al oírlo.

– ¿De verdad?

Él sonrió detrás del cigarrillo, sin despegar la vista del parque de atracciones. Al cabo de un rato me miró con los ojos entornados en un pícaro gesto.

– Sí.

Pero estaba allí, con nosotros. Con James y conmigo.

Podía haber un millar de razones que explicaran por que no se quedaba en casa de sus padres. No me hacía falta buscarlas. Decir que «las familias son un asco» lo expresaba a la perfección. Aun así, algo de sorpresa debió de asomar a mi rostro, porque Alex emitió una áspera carcajada por lo bajo.

– No me llevo bien con mi viejo.

– Qué pena.

Él se encogió de hombros como restándole importancia y se terminó el cigarrillo, que extinguió en la lata de coca-cola vacía que había en el brazo de su tumbona.

– No he vuelto a verlo desde que me fui a Asia. Mi madre me llama de vez en cuando.

– ¿Te llevas bien con tu madre?

– ¿Te llevas tú bien con la tuya?

Pestañeé sorprendida ante su tono, casi burlón.

– Yo me llevo bien con mi padre y con mi madre.

– ¿Y que me dices de los de Jamie?

– También me llevo bien con los suyos.

– Mentir no está bien, Anne -me riñó, levantando un dedo y moviéndolo de un lado a otro.

Mis sentimientos hacia la madre de mi marido eran complejos y me incomodaban. Me encogí de hombros.

– Tú los conoces desde hace más tiempo.

– Sí -levantó la tapa de su encendedor plateado y prendió la llama, pero no se encendió otro cigarrillo. La llama osciló y se apagó, y volvió a prenderla-. Pero yo no me casé con el niño bonito de Evelyn.

– No tiene mala intención -la galleta con queso me supo como polvo y tuve que beber un poco de té para pasarlo.

– No lo dudo -contestó Alex, levantándose y acercándose a la barandilla. Se inclinó sobre ella, un pie apoyado en la base, la mirada perdida más allá del agua-. ¿Acaso no ocurre eso con todo el mundo?

Oí el chirrido de unos neumáticos en la grava. James. Aliviada, porque la conversación con Alex había tomado un rumbo incómodo, me levanté para ir a saludar a mi marido. Él atravesó la cocina a toda velocidad, tomando un puñado de zanahorias enanas de camino, y empujó la mosquitera de la terraza con tanta fuerza que poco le faltó para dejarla empotrada en la pared de fuera de la casa.

– ¡Cariño, estoy en casa!

No me estaba mirando a mí cuando lo dijo.

Alex se volvió y puso los ojos en blanco.

– Ya era hora, cabronazo. Estamos muertos de hambre.

– Lo siento, tío, no todos somos unos capullos millonarios sin necesidad de trabajar.

James me rodeó el cuello con un brazo de una forma que no me gustaba porque pesaba y además me pillaba el pelo. Me dio un beso en la mejilla y percibí el olor a zanahorias.

– No seas hijo de puta -dijo Alex-. Me dejé los cuernos por esa empresa. Que me tome uno o dos meses de descanso no me convierte en un capullo.

– Claro que no -contestó James-. Ya lo eras mucho antes.

Alex se acercó, riéndose. Los tres formábamos un triángulo con Alex en el vértice. Dos hombres guapos y yo. ¿Qué mujer no disfrutaría de formar parte de aquella fiesta?

– Joder, qué bien huele -James olisqueó el aire y me dio un beso en la sien, distraído-. ¿Qué es eso, filete?

– Alex ha preparado la cena -dije yo.

James me soltó el cuello para levantar la tapa de la barbacoa y emitió un sonido de aprobación al ver los tres filetes grandes y jugosos.

– Qué buena pinta, tío.

Alex se guardó el encendedor en el bolsillo de los vaqueros.

– Venga, gilipollas, vamos a cenar.

«Gilipollas». «Cabronazo». Incluso «hijo de puta». Las mujeres podíamos utilizar términos soeces para bromear entre nosotras, pero había que ser amigas íntimas y comprender a la perfección la forma en que se estaba haciendo uso de semejantes términos. Los hombres se lanzaban insultos a diestro y siniestro como si fueran apelativos cariñosos.

Cenamos en la terraza, los tres sentados rodilla contra rodilla en torno a la mesa, bastante pequeña y algo desvencijada. La comida no nos habría sabido mejor por tener muebles de teca. Los dos se pasaron la cena hablando y hablando. Yo cené en silencio, escuchando y buscando la clave de su amistad.

¿Dónde estaba? ¿Qué la había mantenido durante tantos años? ¿Qué había estado a punto de terminar con ella? ¿Y qué los había llevado a limar sus diferencias?

– Me cago en la leche -dijo James con un tono reverencial cuando Alex sacó a la mesa el postre, consistente en un pastel de crema y frutas de varias capas-. Pero si tenemos aquí a Julia Child.

Alex posó el postre en la mesa, que había montado en un sencillo cuenco con pie que alguien nos regaló en nuestra boda, igual que las copas de vino. Viendo las capas de cosas ricas no podía creer cómo no lo había utilizado nunca.

– Vete a la mierda, tío -Alex le sacó el dedo corazón delante de la cara.

James apartó la mano.

– Vete tú.

Alex se sentó y metió una cuchara en el cuenco.

– Sírvete.

Lo miré y comprobé que no estaba molesto con las bromas de James. Los dos habían bebido vino en la cena, y después Alex se había abierto una cerveza. Dio un sorbo y la dejó sobre la mesa, después se inclinó hacia delante y tomó la cuchara de nuevo.

– Pero primero Anne.

– Estoy llena -protesté yo, pero ni James ni Alex me hicieron caso, de modo que terminé con un plato de postre delante.

– La cena estaba deliciosa, Alex. Gracias.

Él hizo un gesto de indolencia con la mano, sin dejar de prestar atención a James.

– Ha sido un placer.

– Sigo pensando que deberías dar a James algunas lecciones -dije como si tal cosa-. Apenas sabe prepararse los cereales del desayuno.

– Eso es porque su mamaíta le preparó la comida hasta que se fue a la universidad -dijo Alex con cariño-. En cambio, la mía se encontraba en un estado tan pésimo que no era capaz de cocinar nada.

Nos envolvió un silencio incómodo, pero me llevó un segundo comprender que era yo la única que se sentía incómoda. Como quiera que hubiera sido la vida en casa de Alex, era obvio que James y él se habían acostumbrado.

– Estás muy lejos de los sándwiches de queso gratinado y mortadela, tío -James lamió el tenedor-. Cuando éramos niños, Alex preparaba el mejor sándwich de queso gratinado y mortadela del mundo.

Los dos soltaron una carcajada y yo compuse una mueca.

– Sándwich de queso gratinado y tomate frito sí he probado, ¿pero con mortadela? ¡Qué asco!

Alex apuró su vaso.

– En casa de Jamie nos daban sándwiches sin los bordes de mantequilla de cacahuete con mermelada y Cracker Jacks.

– En la suya, tomábamos queso gratinado con mortadela y Jack Daniel's.

Volvieron a reír. James se terminó el postre. Alex había apartado su plato casi sin tocar. Levanté la vista del mío. Cuando Alex había dicho que no tenía a nadie que cuidara de él había supuesto que se refería al presente.

– Estáis de broma, ¿verdad?

Alex había estado mirando a James todo el tiempo, pero en ese momento dirigió su mirada hacia mí.

– No. Tengo el dudoso honor de ser la primera persona que hizo que nuestro pequeño Jamie se emborrachara.

– ¿Cuántos años teníais?

– Quince -James sacudió la cabeza sin dejar de comer-. Nos bebimos media botella de Jack Daniel's, que le robamos al padre de Alex, mientras hojeábamos revistas porno y fumábamos unos cigarrillos que le habíamos comprado a un chico del instituto.

– Pete Mercado Negro.

– ¿Quién? -miré a uno y a otro alternativamente. Me estaba perdiendo.

– Un chico que podía conseguir a cualquiera cualquier cosa -James soltó una carcajada-. Pete Mercado Negro.

Me agradaba escuchar sus historias. Era como si me revelaran sus secretos. Me fascinaba poder asomarme al pasado de mi marido.

– ¿Cómo os conocisteis? -pregunté.

James miró a Alex, que fue quien respondió.

– Clase de estudio. En octavo, con la señorita Snocker.

– Cruella De Snocker -se burló James.

– Heather Kendall se mudó a otra casa el verano antes de que empezaran las clases -Alex hizo un amplio gesto con los brazos, después se llenó el vaso y dejó a un lado la botella vacía-. El resto, como dicen, es historia.

– Kennedy, Kinney -explicó James-. Se sentaba delante de mí. El primer día de clase, Alex apareció con aquella cazadora de cuero con cremalleras a lo Michael Jackson…

– Era negra, cretino -dijo Alex sin animosidad-. La de Michael Jackson era roja.

– Da lo mismo. Vaqueros rotos, camiseta blanca, botas negras de motorista y cazadora negra de maricón.

Los ojos de Alex relampaguearon.

– Cazadora que me pedías prestada cada vez que podías porque tu mamaíta no te dejaba vestirte como los demás chicos.

– Insensible -dijo James, apurando su cerveza.

Tenía la sensación de estar presenciando un partido de tenis, escuchando su intercambio verbal. ¿Cazadora de maricón? Nunca había oído a James referirse a nada ni a nadie con la palabra «maricón». Era un término duro y grosero que parecía fuera de lugar en sus labios. Si ni siquiera contaba chistes étnicos.

Alex no pareció ofenderse.

– La madre de Jamie solía obligarlo a ponerse pantalones cortos de algodón a cuadros y unos polos absurdos. Y zapatos náuticos. Madre mía. Y jerséis sobre los hombros. Por el amor de Dios, parecía sacado de un maldito catálogo de ropa para marineros.

Para entonces, James se reía tanto que sólo tenía fuerzas para sacarle el dedo corazón. Alex, que parecía estar esforzándose por mostrarse serio mientras describía el guardarropa del James adolescente, acabó estallando en carcajadas. La conversación giró hacía un rosario de insultos entre risas mientras yo miraba a uno y otro, divertida.

– ¡… jodido desecho de Grease…!

– ¡Don Bien Vestido, el pelo con las puntas teñidas lamido hacia atrás! ¡Don camisa de Pink Izod!

– ¡Que te den por el culo, tío, aquella camisa era chula!

– Ya, ya. Eso lo dirás tú. Déjame adivinar: Anne es la que se ocupa ahora de tu vestuario, porque desde luego ahora vas mucho mejor vestido que antes.

– Abran paso al nuevo modelo masculino de América.

Los insultos dieron paso a las risas por lo bajo y los gestos obscenos con las manos. Los dos se volvieron hacia mí al mismo tiempo. Yo los miré sin saber exactamente qué esperaban que dijera.

– Lo vistes tú, ¿verdad, Anne?

– La verdad es que no -miré a James, que le estaba sacando el dedo a su amigo con gesto de triunfo. No me había dado cuenta de cuántas emociones podían condensarse en un gesto de la mano.

– No, no me viste -James se recostó en su asiento con un suspiro, la mano en el estómago-. Joder, estoy lleno.

Mire su ropa de trabajo, unos vaqueros mugrientos y una camiseta igualmente sucia con el logo de su empresa: Diseños Kinney. Normalmente solía completar su uniforme con una gorra de béisbol o un casco y un par de recias botas con puntera de acero. Pero cuando no estaba en el trabajo, James tenía buen gusto para vestirse. Ésa había sido una de las primeras cosas que noté cuando empecé a conocerlo mejor, el tiempo que destinaba a conjuntar las prendas de su vestuario. Lo miré y a continuación miré a Alex, y de vuelta a James. Me preguntaba si mi marido habría sacado su sentido de la estética del mismo lugar del que había robado aquella sonrisa.

– Gracias por la cena, Alex. Estaba deliciosa -me levanté y empecé a recoger los platos y las servilletas.

– Oye, Anne, no hagas eso.

– ¿Cómo dices?

– No recojas. Siéntate con nosotros un rato -Alex sacó otro cigarrillo y lo encendió, aspiró una calada y después dejó escapar el aire apartando la cara hacia un lado antes de volverse nuevamente hacia nosotros.

Me senté, aunque la verdad era que no tenía gran cosa que decir. Ellos compartían una historia de la que yo no formaba parte. Me costaba seguir la conversación, pero tampoco me importaba en realidad. A mí me pasaba lo mismo cuando me reunía con mis hermanas o con mis amigas del colegio. Lo comprendía.

– Mirad el agua -dijo James dándose unas palmaditas en el estómago.

Todos nos volvimos a mirar. La noche había caído sobre el lago, aunque el cielo estaba despejado, y la luz de luna y las estrellas se reflejaba en la superficie del agua. Era precioso. Me recordó lo mucho que me gustaba vivir cerca del agua, tanto como odiaba estar en el agua.

Alex se levantó.

– Ya sabes lo que tenemos que hacer, tío.

James empezó a reírse.

– Ni lo sueñes.

– Claro que sí -respondió Alex con expresión desdeñosa-. Vamos. ¡Sabes que quieres hacerlo! Anne, dile que quiere hacerlo.

– ¿Qué es lo que quiere hacer? -pregunté yo, riéndome pese a mis recelos.

– ¡Ni lo sueñes, tío! ¡Tenemos vecinos! -James levantó una mano para protegerse de los ávidos dedos de Alex.

– ¡Vamos, nenaza! -Alex enganchó el dedo en el bajo de la camiseta de James y tiró-. Quieres hacerlo.

Era obvio que James quería, porque se levantó, apartando la mano de su amigo.

– ¡Está bien, está bien!

– ¿Qué vais a hacer? -sus juegos eran graciosos y alarmantes al mismo tiempo.

Alex se quitó la camisa. Después buscó con la mano el botón de sus vaqueros. Me miró. Sonrió. Yo tragué con dificultad.

– ¿Te atreves, Anne?

Miré las suaves ondas que se formaban en la superficie bajo la luna.

– ¿A bañarme? ¿Ahora?

– En pelotas -dijo James, resoplando al tiempo que se quitaba la camiseta-. Anne no nada, Alex.

– Pero sabe nadar

Nuestros ojos se encontraron. Los dedos de Alex desabrocharon el botón y comenzaron a bajar la cremallera. Parecía que me estaba desafiando, un desafío perdido porque deslicé la mirada hacia su entrepierna antes de mirarlo a la cara de nuevo.

James se bajó los vaqueros por las caderas y se quedó en calzoncillos. Señaló con la barbilla hacia el agua, las manos en las caderas.

– Vamos, nenaza. Creía que ibas a meterte.

– Estoy esperando a ver si Anne nos acompaña.

– No -dije yo sacudiendo la cabeza. Nuestro pequeño flirteo se había desvanecido-. Pasadlo bien, chicos.

– ¿Seguro que no puedo convencerte? -dijo él haciendo uso de su encanto.

– No nado en el lago -respondí sosteniéndole la mirada sin inmutarme, una sonrisa en el rostro.

Mis pesadillas habían despertado a James las veces suficientes como para ayudarlo a comprender que no iba a nadar con ellos, aunque desconociera las razones que me llevaban a tener aquellas pesadillas. Me acarició el pelo. Yo lo miré y él se inclinó para besarme.

– Vamos, colega -dijo.

Alex se había quedado como un retrato, un momento congelado en el tiempo. Ladeó la cabeza para mirarnos, los dedos aún cerca de su entrepierna. Sus pupilas habían ensanchado tanto que parecía que se habían comido el iris. Oscuridad. Esperé a que me preguntara por qué, aunque debía saberlo ya.

El momento pasó. Con una sonrisa de oreja a oreja, se bajó el pantalón. Yo solté un chillido y me tapé los ojos ante la repentina desnudez, y los dos soltaron una carcajada. Oí las pisadas sobre la cubierta de madera de la terraza y a continuación los gritos entusiastas y el chapoteo según se adentraban en el agua.

Me levanté y fui a observarlos apoyada en la barandilla. Jugaron un poco dentro del agua, peleando y salpicándose mutuamente. Entonces Alex se sumergió en el agua y emergió al cabo de un momento, sacudiéndose el pelo. James hizo lo mismo. Nadaron y se quedaron flotando. Oía el ir y venir de su conversación, aunque no podía distinguir lo que decían. Recogí la mesa mientras ellos se bañaban. Después les saqué toallas secas, encendí la estufa y preparé café. Al rato, salieron del agua y llegaron chorreando a la cubierta de madera de la terraza. James, desnudo, me agarró y me dio un profundo beso.

– ¡Estás mojado! -protesté yo, removiéndome.

– ¿Y tú? -me susurró con malicia.

– Anne, eres una diosa -dijo Alex al ver las toallas y la cafetera en la mesa-. Jamie, hazte a un lado y deja que yo también pruebe suerte.

Debí de poner cara de susto, porque James se echó a reír y me ayudó a enderezarme. Se puso la toalla alrededor de la cintura y permaneció entre Alex y yo.

– Ponte algo encima antes, tío.

– Poneos algo encima los dos -dije yo-. Vais a enfermar.

Alex hizo un gesto marcial de obediencia. James hizo una inclinación de cabeza. Los dos se movieron al unísono sin darse cuenta de lo parecidos que se habían vuelto sus gestos. Les di la espalda y me puse a servir el café mientras ellos se vestían, el corazón martilleándome en el pecho ante la idea de dejar que Alex probara suerte conmigo.

¿Suerte para qué?

Capítulo 7

No llegué a averiguarlo porque para cuando los dos se hubieron vestido, Alex parecía haber olvidado sus intenciones de mostrarme físicamente su agradecimiento. Ninguno estaba cansado después de la cena y el baño, aunque yo tenía que taparme la boca para ocultar los bostezos. James me estrechó contra él en la tumbona y nos tapó a los dos con una mantita para protegernos del frío del lago. Había comprado unas mechas aromatizadas para la estufa que desprendían una fragancia amaderada.

– Pues a mí me huele a culo -dijo James-. A culo sudado.

Alex hizo una mueca de mofa.

– ¿Y cómo sabes tú eso?

Yo había levantado los pies a la tumbona para tapármelos y que no se me enfriaran. El hombro de James era una almohada demasiado dura, pero apoyé la mejilla en él de todos modos. De esa forma estaba cerca de él y podía ver a Alex al mismo tiempo.

– Sí, James. Quiero oír la respuesta a eso.

Bajo la manta, su mano se deslizó entre mis muslos. Tenía los dedos un poco fríos, pero enseguida se le caldearon.

– Es una forma de decir que no huele a nada «fresco» como reza el paquete. Oye, Alex, dame uno -James señaló el paquete de cigarrillos de Alex.

Éste se lo lanzó. James sacó uno y me lo tendió.

– ¿Anne?

Le lancé una de mis miradas que él mismo había bautizado como «qué coño haces». Efectivamente, con la mirada pretendía decirle qué coño hacía ofreciéndome un cigarro.

– Deja que lo adivine… -Alex inhaló y retuvo el humo-. No fumas.

– No fumo, no. Y James tampoco, ¿verdad? -me senté, poniendo algo de distancia entre nosotros.

– Sólo cuando bebo, cariño -encendió el cigarrillo y dio una calada, pero soltó el humo en medio de un pequeño acceso de tos.

– ¡Ja! Serás mariquita -Alex sonrió de oreja a oreja y exhaló un anillo de humo.

Intercambiaron una nueva salva de insultos y, para mi alivio, James apagó el cigarrillo sin dar más caladas. Me atrajo hacia sí, deslizó la mano por debajo de mi brazo y la ahuecó contra mi pecho. Empezó a estimularme el pezón con el pulgar, hasta que éste se endureció. Me besó en la sien y no despegó los labios durante un rato.

Frente a nosotros, Alex permanecía en una sombra iluminada por la brasa ocasional de su cigarrillo cada vez que inhalaba y la luz procedente de la ventana de la cocina. James y él habían ido a la par en las botellas que habían bebido. Se llevó otra a los labios.

– No nadas. No bebes. Tampoco fumas -dijo con voz ronca-. ¿Qué es lo que sí haces, Anne?

– Ésa soy yo. Una buena chica -no era verdad. O no sentía que fuera verdad.

– Igual que Jamie -Alex apoyó los pies en el borde de nuestra tumbona, uno entre los pies de James y el otro junto a los míos. Sus pies tensaron la manta enredándose alrededor de nuestros talones.

– ¿Por qué lo llamas Jamie?

Bajo la manta, James continuaba con su lenta caricia. Había penetrado bajo mi camiseta, acariciando el perfil de mi sujetador de encaje. Yo fingía no darme cuenta, aunque era algo imposible de ignorar.

– ¿Por que no lo haces tú?

No me parecía justo que, pese a estar los dos bebidos, fuera yo la que no tenía una respuesta ingeniosa.

– Porque… se llama James.

– Alex es el único que me llama Jamie -dijo James contra mi sien.

Sentí un escalofrío por el cuello ante la combinación de su cálido aliento y la caricia de sus hábiles dedos. Me removí y, al hacerlo, mi pie se golpeó contra el de Alex, pero de esa forma di oportunidad a James de meterme la mano entre los muslos otra vez. Él la colocó mucho más arriba esta vez, tocándome casi el clítoris con el pulgar.

– ¿Por qué? ¿Por qué no Jimmy? ¿O Jim?

Alex no podía ver lo que James me estaba haciendo y puede que ni siquiera le importara. James había bebido la suficiente cerveza para asegurarse de que a él no le importara. Era yo la que debería mostrar más contención. No podía permitirme el lujo de utilizar el exceso de alcohol para justificar mi falta de compostura.

– Porque su nombre es Jamie -dijo Alex como si eso lo explicara todo.

Tal vez para ellos, pero yo seguía estando fuera. No había oído la mitad de sus bromas particulares y no comprendía las que sí había oído.

James quitó la mano de entre mis piernas para buscar mi mano y colocarla sobre el bulto de sus vaqueros antes de seguir con lo que estaba haciendo. Su erección presionaba dentro del pantalón. Me acarició con el pulgar mientras el otro se abría paso bajo mi sujetador para ocuparse de mi pezón.

Yo no estaba borracha, pero sentía una especie de mareo. No era contraria a que me metiera mano sutilmente en un lugar público, pero James estaba decidido a provocarme un orgasmo.

Y lo estaba consiguiendo. Mi clítoris estaba tan hinchado como mis pezones, a pesar de las dos capas de tela que separaban su mano de mi cuerpo. Era la presión constante lo que me estaba llevando al orgasmo. La presión justa. Era… perfecto.

James y Alex siguieron charlando, compartiendo recuerdos, aunque me di cuenta de que ya no hablaban de los padres de Alex ni de los años posteriores al instituto. Continuaron burlándose mutuamente sin piedad, diciendo cosas que habrían llevado a las manos a otros hombres.

Ellos hablaban. James me acariciaba y apretaba de forma intermitente al tiempo que empujaba su pene erecto contra mi mano con creciente insistencia. Mi excitación fue aumentando poco a poco, como cuando un helado empieza a gotear y sabes que se te desbordará cuando se derrita por completo.

Era mi marido quien me tocaba, pero a su amigo a quien miraba yo mientras mi sexo se humedecía y mi clítoris palpitaba. Era como si los dos, James en la versión rubia y Alex en la versión morena, trabajaran de forma conjunta. Las manos de James, la voz de Alex mientras nos hablaba de Asia. De los sex shops que había allí, en los que uno podía comprar todo lo que quisiera.

– Creía que en Singapur no había sitios de esos. Creía que eran ilegales.

¿Por que conocía mi marido las leyes sobre sexo de Singapur?

– Lo es en Singapur, pero no en otros lugares. Siempre hay sitios donde buscar si quieres.

– Y tú querías -dijo James con voz ronca.

A esas alturas de la noche hacía frío, aunque bajo la manta, James y yo podríamos hacer fuego de lo calientes que estábamos. A Alex no parecía molestarle el frío. Se había abrochado la camisa, pero, por lo demás, no parecía afectarle.

– ¿Y quién no querría? -respondió Alex con voz ronca-. Buscarte una chica, un chico, uno de cada. Allí podrías encontrar tu criado, Anne.

Me temblaba la cara interna de los muslos y respiraba entrecortadamente a medida que la seducción furtiva dirigida por las manos de mi marido conseguía su propósito. No era tanto lo que hacía, puesto que aquella clase de estimulación me habría dejado insatisfecha en otras circunstancias, como el tiempo que estaba dedicándole.

– ¿Anne quiere un criado? Es la primera noticia -el tono de voz de James no indicaba que fuera a alcanzar el orgasmo de un momento a otro. Claro que yo no le estaba acariciando el pene erecto con la suficiente energía y dedicación.

– Sí, quiere un criado con tanga que cocine y limpie para ella -dijo Alex riéndose por lo bajo con malicia-. ¿Y quién no querría?

– Yo no dije… que tuviera que ir en tanga -cambié ligeramente de postura y puse una mano encima de la que me acariciaba entre las piernas. James no pilló la indirecta, porque no dejó lo que estaba haciendo. La presión era lenta e inexorable, y de vez en cuando levantaba un poco el dedo de mi clítoris, obligándome a morderme el labio para no soltar un gemido.

– No necesita un criado. Me tiene a mí -James metió la nariz en mi pelo a la altura de mi cuello. Me mordisqueó. Sentí su lengua. Cerré los ojos.

– Tú, amigo mío, no sabes cocinar.

– Tienes razón -la carcajada de James retumbó en mi oído. Presionó, relajó el dedo-. Pero tú sí. Y ahora te tiene a ti.

Yo prestaba atención a su conversación de borrachos sólo a medias, concentrada como estaba en el placer que iba creciendo entre mis piernas. Cerré los dedos en torno al brazo de la tumbona. Acompasé la respiración al lento movimiento de la mano de James. Dentro. Fuera. Presión, relajación.

Si seguía así iba a correrme abundantemente. Inevitablemente. No había manera de evitarlo a menos que obligara a James a retirar la mano y me alejara de él. Y aun así había alcanzado un punto en el que algo tan simple como el roce de las bragas podría llevarme a alcanzar el clímax.

– No te está haciendo caso.

Oí que la tumbona de Alex se arrastraba por la cubierta de madera y sentí que la nuestra se movía un poco al levantar los pies que tenía apoyados en ella.

Abrí los ojos de par en par por la sorpresa. Alex se inclinó hacía delante, las manos en las rodillas, de manera que su rostro quedó en el centro del rectángulo de luz procedente de la cocina.

– Sí que está haciendo caso -dijo James.

Y entonces me corrí. No fue algo vertiginoso como un rayo, sino en forma de plácidas olas. El clímax se presentó en forma de músculos tensos y temblorosos, respiración entrecortada y párpados pesados mientras trataba de disimular cualquier indicio del orgasmo que estaba experimentando. Sin embargo, mis ojos se abrieron de repente, clavé las uñas en el brazo de la tumbona y me mordí el interior de la mejilla para evitar soltar un grito.

Al hacerlo me encontré con los ojos de Alex, que, nada más sentir el último espasmo de placer, se reclinó de nuevo en la tumbona y cruzó las piernas apoyando el pie descalzo en la rodilla.

– Sí, te estaba haciendo caso -dijo-. Pero la verdad es que los tangas me quedan fatal.

La sensación de tibieza ascendió y finalmente desapareció, dejando en su lugar una sensación fría que nada tenía que ver con el aire nocturno. Mi orgasmo clandestino debería haberme relajado, pero no hizo más que incrementar la tensión. Un largo e incómodo silencio cayó sobre nosotros.

Al cabo de un momento, Alex se levantó.

– Bueno, señoras, me voy a la cama. Necesito mi cura de sueño.

Hice ademán de salir de debajo de la manta y deshacerme del abrazo de James con intención de dar las buenas noches a nuestro invitado como era debido, pero no conseguí ir muy lejos cuando Alex se inclinó sobre nosotros, una mano apoyada en cada uno de los brazos de la tumbona. Pude percibir su aroma otra vez, una mezcla de cedro y flores exóticas. También olía a humo y a alcohol. El suyo era un aroma formado de varias capas, tan complejo como parecía ser el propio hombre.

La luz de la ventana le atravesó el rostro, acentuando sus ojos, grandes y redondos. Me había parecido que eran castaños, pero en ese instante pude comprobar que eran de color gris oscuro. Sonrió de medio lado, un poco vacilante.

– Buenas noches -dijo Alex y me dio un suave beso en la mejilla. Hizo lo mismo con James sin hacer ninguna pausa, y después nos dio unas cariñosas palmaditas en la cabeza mientras se separaba de la tumbona-. Hasta mañana.

– Buenas noches -respondí yo con un hilo de voz.

Lo seguí con la mirada cuando se metió en la casa, sujetándose un momento en el marco de la puerta para recuperar el equilibrio. Al cabo de un minuto se apagó la luz de la cocina y nos quedamos a oscuras. James me estrechó contra sí, buscando mi boca con la suya.

– Cariño, llevo toda la noche esperando hacer esto -me mordisqueó los labios y me instó a abrir la boca para introducir la lengua en ella.

– James… -protesté débilmente, tratando de contenerlo con una palma sobre su pecho y ladeando la cara.

James metió la mano entre mis piernas nuevamente.

– No podía dejar de tocarte.

Yo lo miré.

– Estás borracho.

De nuevo la sonrisa, aquella copia de la sonrisa de su amigo. James la había ensayado, estaba claro, pero seguía sin ser una sonrisa propia. En él quedaba demasiado rígida. Codiciosa.

Así y todo no podía negar el efecto que aquella sonrisa ejercía sobre mí, cómo me hacía sentir. Cómo, al verla, adivinaba en su rostro lo que estaba pensando, y cuánto me hacía disfrutar con sus ideas.

James movió un poco la mano.

– Te ha gustado, ¿verdad?

Efectivamente, me había gustado.

– Ha sido una falta de educación, cuando menos.

Soltó una carcajada al tiempo que me estrechaba contra su cuerpo y me besaba. Sabía a cerveza. Volví la cabeza suavemente cuando intentó capturar mi boca.

Se conformó con restregar los labios sobre mi mentón y mi cuello.

– Pero te ha gustado, Anne.

– No sé qué pensar -susurré echando un vistazo sesgado hacia la casa. La luz de la habitación de Alex, que podía ver desde la terraza, estaba encendida-. ¡Es tu amigo! Ha sido…

– Ha sido tremendamente excitante -masculló sin despegar los labios de mi piel-. Tocarte de esa manera hasta provocarte un orgasmo. Como aquella vez en el cine, o aquel fin de semana que fui a verte a la universidad y tu compañera de habitación no quiso dejarnos a solas.

– Sí, pero aquello fue… se trataba de… -no se me ocurría qué decir.

– Esto ha sido mucho mejor -susurró James con voz ronca. Me mordió el cuello, suavemente, pero la presión de sus dientes hizo que expulsara el aire con brusquedad-. Tengo la polla tan dura que podría levantar ladrillos.

No exageraba. Gimió un poco cuando lo toqué. Al notar que le metía la mano por dentro de los vaqueros, masculló una imprecación y se recostó en la tumbona girando la cadera de tal forma que presionaba con el pene contra mi mano.

– Chúpamela -me susurró-. Llevo pensando toda la noche en lo mucho que me apetecía que me chuparas la polla. Anne. Métetela en la boca.

Le desabroché el botón y la cremallera muy despacio. Abrí la bragueta todo lo que pude y saqué su miembro erecto. Palpitaba ardiente en mi mano. James elevó las caderas para que pudiera bajarle el pantalón un poco. Cuando empecé a subir y bajar la mano ahuecada a lo largo de su verga. James gimió.

– ¿Quieres que te la chupe? -le pregunté en voz baja para que no nos oyeran los vecinos o nuestro invitado, supuestamente dormido-. ¿Quieres que me la meta en la boca?

Le gustaba oírmelo decir. Y a mí me gustaba decirlo. Durante el sexo era el único momento en el que no tenía que fingir, el único en el que no tenía que mostrarme educada, ni morderme la lengua para no decir lo que verdaderamente sentía.

– Sí -jadeó el, introduciendo los dedos en mi pelo-. Chúpame la polla como tú sabes. Qué bien.

En condiciones normales, su forma de arrastrar las palabras me habría quitado las ganas. Me habría distanciado de él, física y mentalmente, igual que hacia siempre que estaba cerca de alguien que hubiera bebido de más. Esa noche todas las normas parecían haber cambiado. James no se mostraba beligerante ni melancólico. No tenía que conducir y, por tanto, no pondría en peligro su vida ni la de los de alrededor. Alex y James habían estado bebiendo. Estaban borrachos. Y aunque en condiciones normales eso me habría puesto muy nerviosa, esa noche era diferente por alguna razón.

Tal vez fuera porque Alex tenía talento para contar historias. O tal vez se debiera a que estaba bebido, pero no hasta el límite de babosear, tambalearse y tirarlo todo. Bebía con técnica, como quien juega a los bolos. O al golf. Y James, que no estaba acostumbrado a beber mucho y solía ponerse muy tonto cuando lo hacía, parecía seguir los pasos de Alex. No estaba haciendo tonterías. Aparentemente sólo estaba cachondo.

Busqué una posición cómoda, me eché la manta por encima de los hombros y me tumbé. Puede que no la tuviera como para levantar ladrillos, pero estaba tremendamente erecta. Tracé el borde del glande con la punta de la lengua y a continuación me la metí en la boca milímetro a milímetro en vez de hacerlo de una tacada, acostumbrándome a su tamaño.

Nunca me han parecido atractivos esos penes monstruosos. Grande no siempre es mejor. Me horrorizaban esos miembros enormes, surcados de venas y del tamaño del brazo de un bebé, como los de las películas porno, y verlos me hacían que cerrara las piernas como si me fuera la vida en ella. Nunca me ha atraído la idea de follarme un tronco de árbol, la verdad.

James tenía un pene grueso, más corto que la mayoría de los que había visto, pero perfectamente proporcionado. Puedo metérmelo en la boca hasta la base sin atragantarme. Chupársela es para ambos un regalo y un placer. Me encantan los sonidos que emite cuando lo tomo en mi boca.

Emitió ese sonido en ese momento, un gemido entrecortado apenas audible que no llegaba a un jadeo. Enredó los dedos en mi pelo y tiró sin llegar a empujarme hacía abajo, pero casi.

Habría pasado horas con la boca entre sus piernas, chupando y lamiendo. Pero ése no era momento para la parsimonia. Nada de dilatar el jugueteo. Llevaba empalmado desde que empezó a acariciarme disimuladamente bajo la manta hasta el punto de haber hecho que me corriera delante de su amigo. Empujaba hacia arriba mientras yo se la chupaba. Estaba a punto.

Me eché la manta por encima de la cabeza, escudándome frente a la noche. Le hice el amor con los labios y la lengua, acariciándole el pene con una mano mientras le chupaba la punta. Incluso a oscuras lo conocía. Su forma y su sabor. La forma en que se movía según se acercaba el orgasmo. Ni siquiera a oscuras podría fingir que se la estaba chupando a otro.

¿O sí podría?

Fantasear no tenía nada de malo. Si imaginar que estás en la cama con tu actor o tu cantante favorito te ayuda a correrte, ¿por qué no hacerlo? No le hacía daño a nadie. Sólo resulta un problema cuando la fantasía es la única manera de hallar placer y no una mera forma de potenciarlo.

Yo había vivido fantasías con famosos en más de una ocasión, pero esta vez el rostro que se me apareció en la mente tenía unos enormes ojos grises y el pelo castaño le tapaba las orejas. Tenía también una sonrisa perezosa y olía divinamente. No pensaba en una fantasía inalcanzable. Pensaba en Alex.

– Qué bien -dijo James.

Yo pensé en su sonrisa, en la que le había robado. Me metí la mano entre las piernas, dentro de las bragas y me encontré con una carne húmeda que, aunque satisfecha una vez, distaba mucho de estar saciada. Busque el clítoris con el dedo sin perder el ritmo. El enhiesto botón se movía con facilidad de lo empapado que estaba.

Pensé en su sonrisa. Su aroma. Pensé en los vaqueros caídos. En los pies descalzos. En el torso descubierto.

Mi cuerpo vibraba de placer. Mi mano se movía al ritmo de mi boca. James gemía y empujaba. Mi vientre se tensó y me empezaron a temblar los muslos. Mi clítoris palpitaba. Mi sexo palpitaba como si tuviera vida propia, arrebatado de placer.

Yo chupaba, lamía y succionaba. Estaba a punto de correrme. Él estaba a punto de correrse. El mundo desapareció de mi vista. No existía más que la negrura debajo de la manta, nada más que el olor a sexo, el sonido del sexo, el sabor del sexo.

Su sonrisa. Su carcajada, baja y con un poso de picardía. El guiño ardiente de un cigarrillo en la oscuridad.

James dejó escapar un grito ronco y se empujó una vez más dentro de mi boca. Yo me lo tragué todo, su sabor me inundó. Me corrí por segunda vez esa noche, vigorosamente, con brusquedad, y noté como si algo se quebrara en mi interior. La tumbona crujió cuando los dos nos estremecimos de placer.

Apoyé la mejilla en el muslo de James con los ojos cerrados. Él retiró la manta y el aire frío me bañó el rostro. Entonces me acarició suavemente el pelo.

– Joder -murmuró, arrastrando un poco las palabras-. Cuántas ganas tenía. No te haces idea.

Aguardé un segundo o dos y al cabo nos levantamos, doblamos la manta y nos fuimos a la cama. Me detuve delante de la puerta cerrada de la habitación de invitados mientras James entraba dando tumbos en la nuestra.

Había estado pensando en Alex mientras me corría, algo de lo que debería sentirme culpable, de no ser porque tenía la sensación de que a lo mejor James también había estaba pensando en él.

Amaneció muy deprisa, y eso que yo no había bebido. A pesar de ello James se levantó a la hora de todos los días. Me desperté al oír la ducha y a alguien cantando.

¿James cantando? Me apoyé en un codo y escuché atentamente. Era algo de… ¿Duran Duran? Y no de la gira por la vuelta del grupo a principios de los noventa, sino un clásico de los ochenta. Estaba cantando no sé qué de «plata azul» cuando decidí meterme bajo las mantas en protesta, tratando de volver a dormirme.

No sirvió de nada. A la luz del día, aunque apenas había empezado a clarear, la víspera me parecía más un sueño que algo vivido de verdad. Esperaba sentirme abochornada. O culpable. Lo que me tenía en vilo no era el flirteo que me traía con Alex, porque, al fin y al cabo, ¿quién podía culparme por reaccionar a su magistral ejercicio de seducción? No, lo que me hizo abrir los ojos como platos a pesar de lo mucho que ansiaba volver a dormirme era James.

James cantando canciones de Duran Duran. James bebiendo. James insistiendo en que le hiciera una mamada en un ataque frenético de deseo.

– Buenos días -húmedo de la ducha, se metió en la cama a mi lado para darme un beso-. ¿Qué tal has dormido?

– Bien -me di la vuelta sobre la almohada y lo miré-. ¿Y tú?

– Como un lirón -sonrió de oreja a oreja y me besó otra vez. Después se levantó de un salto y empezó a vestirse.

Yo lo observaba.

– ¿Te encuentras bien?

Él me miró por encima del hombro mientras se enfundaba los vaqueros y la camiseta.

– Sí. ¿Por qué?

– Porque anoche bebiste mucho. Los dos bebisteis mucho.

James agarró unos calcetines y se sentó en la cama a ponérselos.

– Alex soporta bien el alcohol, cariño. Y yo también. No te preocupes.

– No estoy preocupada -me puse de rodillas detrás de él, le rodeé el cuello con los brazos y le di un beso en la mejilla.

Él me dio unas palmaditas en el brazo y volvió la cabeza para besarme como era debido.

– Hacía mucho que no lo veía, Anne. Sólo nos estamos divirtiendo un poco. Es divertido tenerlo en casa.

Yo no dije ni «sí» ni «no». James se levantó y se echó el pelo hacia atrás con una mano mientras se colocaba la gorra con la otra. Agarró entonces el cinturón de cuero, lo introdujo por las trabillas del vaquero y se lo abrochó con dedos hábiles. Se colgó el móvil de la pinza del cinturón y se metió la cartera en el bolsillo trasero. Las botas, probablemente con las suelas llenas de barro reseco de la obra, estarían junto a la puerta lateral.

– Tengo que irme -dijo-. Te quiero. Que pases un buen día.

Debí de poner cara de perplejidad porque me miró con una sonrisa de oreja a oreja.

– Con Alex. Pensándolo mejor, Anne, no lo pases demasiado bien. No te metas en líos.

– Como si lo hiciera alguna vez -contesté yo poniendo los ojos en blanco.

Él soltó una carcajada.

– Como venga a casa y me lo encuentre con un tanga…

Le lancé una almohada.

– ¡Cállate!

James agarró la almohada y me la tiró.

– Hasta luego.

– Que tengas un buen día -de pronto me acordé de algo-: Ah, sí, James, mañana ceno con mis hermanas, ¿recuerdas? Para hablar de la fiesta.

– De acuerdo -respondió él mientras se ponía un cortavientos-. Entonces puede que salgamos por ahí. Iremos a algún sitio de ésos donde sirven alitas y ven los deportes. No te preocupes, tesoro, somos mayores ya. Encontraremos algo que hacer

¿Por qué la idea me causaba incertidumbre?

– Ya lo sé. Es sólo…

Se detuvo en la puerta y se dio la vuelta.

– ¿Sí?

– Ten cuidado -dije, sin lograr expresar con esa advertencia lo que realmente quería.

– Siempre lo tengo -me guiñó un ojo y se fue.

Esperé hasta que el sonido de su camioneta se apagó para levantarme. No estaba muy segura de qué iba a hacer con Alex esa mañana, pero de lo que no tenía duda alguna era de que no habría ningún tanga de por medio.

Al final resultó que no tuve que hacer nada con él. Me pasé la mañana en el ordenador buscando empresas de catering y proveedores de carne para asar en horno en la tierra. Adoro Internet. Una vez vi una pegatina en un coche que decía «Internet ya no sirve sólo para ver porno». Estaba totalmente de acuerdo.

También me gustaba disfrutar del silencio en la casa, tanto que se me había olvidado que no estaba sola. Preparé café, navegué un poco por la red, leí mi correo electrónico, chateé durante unos minutos con una amiga del colegio con quien hablaba casi a diario pese a que vivía lejos. Actualicé mi curriculum y pensé en subirlo a un buscador de trabajo, pero no había hecho más que empezar cuando sonó el timbre de la puerta.

Pasaba del mediodía y no me había dado ni cuenta. No esperaba a nadie y por eso me sorprendió doblemente encontrar a mi hermana Claire en la puerta. Llevaba un pantalón clástico de color negro a juego con una camiseta también negra con pequeñas calaveras y unos atrevidos zapatos a rayas negras y rojas. Se había recogido el pelo debajo de un gorro rojo. Parecía más pálida que de costumbre, pero deduje que se había pasado con el maquillaje blanco.

– Qué pasa, tú -dijo, abriéndose paso junto a mí en dirección a la cocina sin esperar a que la invitara-. Me muero de hambre.

La seguí.

– Ya sabes dónde está el frigorífico. Sírvete tú misma.

Eso hizo. Agarró un recipiente con melón cortado en dados y un tenedor. Se comió unos cuantos casi sin respirar y juraría que vi que su rostro recobraba algo de color.

– Siéntate -le señalé la mesa-. ¿Café?

– Beberé agua.

Ya le estaba sirviendo una taza cuando levanté la vista.

– ¿No quieres café?

Claire puso una mueca de desprecio.

– ¿Es que eres dura de oído o qué?

– Como quieras. Agua, entonces -me encogí de hombros-. Sírvete tú misma.

Así lo hizo y después se sentó frente a mí con un suspiro. También se había encontrado una caja de galletas saladas que debían de estar rancias ya, pero se las comió de todas formas.

– Creía que íbamos a cenar mañana las cuatro a las seis -dije.

– Y así es -se limpió las migas del labio, dio un sorbo de agua y suspiró.

– ¿Entonces…? -enarqué una ceja.

– Entonces nada -contestó Claire, encogiéndose de hombros-. Necesitaba salir de casa. Papá está de vacaciones. Al parecer tenía que tomárselas obligatoriamente porque si no las perdería. Así que está por allí.

– Ya. En vez de llevarse a mamá a algún sitio bonito y divertido, ¿qué está haciendo?

Mis palabras eran críticas, pero traté de limarles el tono amargo.

– Se pasa horas en su taller.

Claire no tenía el mismo cuidado. Tampoco se molestó en ocultar su expresión, los labios fruncidos y la nariz arrugada.

Aquello no pintaba bien. Nuestro padre tenía dos pasatiempos en la vida. Jugar a los bolos y construir casas para pájaros. Su equipo iba en cabeza en la liga, y construía réplicas preciosas de edificios famosos para que vivieran los pájaros en ellas. Lamentablemente, ninguna de las dos cosas parecía proporcionarle placer si no iban acompañadas de alcohol.

– No me puedo creer que no se haya cortado un puto dedo nunca -dijo Claire.

– Claire, por Dios. No digas eso.

– Es verdad, porque entonces mamá tendría que servirle todavía más -dijo mi hermana.

Pinchó un cubo de melón con mal humor y se lo comió. Yo alargué la mano para pinchar uno. Estaba dulce y tenía buen sabor. El jugo se me resbaló por la barbilla y nos reímos.

El suave ruido de pisadas sobre el suelo de madera nos hizo volver la cabeza. Alex entró en la cocina. Tenía el pelo revuelto y alborotado. Llevaba un pantalón de pijama de Hello Kitty que le quedaba aún más bajo que los vaqueros e iba descalzo. ¿Desde cuándo me resultaban tan eróticos los pies desnudos de un hombre?

Desapareció tras la puerta del frigorífico mientras revolvía en busca de algo y, al final, emergió con un recipiente de plástico con las sobras del filete y el arroz de la cena. Levantó la tapa y lo metió en el microondas, programó el tiempo y se sirvió una taza de café, todo sin dirigirnos ni una sonrisa.

Era evidente que se la había estado guardando para cuando pudiera gozar de nuestra atención absoluta. Cuando el microondas avisó de que la comida ya estaba caliente, la sacó sin soltar la taza, se dirigió a la mesa y se sentó junto a Claire. Nos miró alternativamente y dio un sorbo de café tras lo que dejó escapar un largo y tenue suspiro de deleite.

– Mmmmmm. Café.

Hay situaciones en las que me he quedado sin saber qué decir, pero no recordaba la última vez que vi a Claire tan impresionada. Las dos nos habíamos quedado mirando boquiabiertas todos sus movimientos. Yo tenía la ventaja de que ya lo conocía, de modo que fui la primera en recobrarme.

– Claire, éste es Alex Kennedy, el amigo de James. Alex, ésta es mi hermana Claire.

– Hola, guapa -dijo Alex dirigiéndole aquella perezosa sonrisa suya al tiempo que la examinaba de pies a cabeza sin ningún pudor. Hasta se inclinó hacia un lado para echarle un ojo a los zapatos.

– Bonitos zapatos -comentó retomando la posición original.

– Bonito pantalón -contestó Claire.

Alex sonrió de oreja a oreja. Lo mismo que Claire. Yo me limité a sacudir la cabeza.

Alex se giró y me miró.

– Buenos días.

– Son casi las tres de la tarde -le dije.

– El jet-lag -contestó él dando un sorbo de café.

Claire se inclinó hacia delante y lo olisqueó un poco.

– ¿Estás seguro de que no es resaca?

– Puede que un poco también. ¿Que tal estaba Jamie esta mañana?

– Se ha ido a trabajar -bebí un sorbo de café, que se me había enfriado.

– ¿James también estuvo bebiendo anoche? -preguntó Claire con cara de sorpresa-. Interesante.

– Alex nos preparó la cena -explique yo-. Había… vino. Y cerveza.

Nunca he prohibido beber en mi casa. Somos todos adultos y sólo porque yo no lo haga no quiere decir que me importe que los demás se tomen una copa de vino o una cerveza con la cena.

– Interesante -fue lo único que dijo mi hermana al respecto.

Le ofreció melón a Alex.

– Toma.

– ¿Que tiene de interesante? -quise saber yo, algo que Alex también había estado a punto de decir.

Claire se encogió de hombros. Alex se rió por lo bajo con aire conspirador. No me hacía ninguna gracia que los dos se aliaran en mi contra, sobre todo porque mientras que Claire podía erróneamente creerse con derecho a juzgarme, Alex no me conocía lo bastante como para tener ese derecho.

– ¿Has hablado últimamente con Patricia?

Nadie como Claire para cambiar de tema cuando no quería hablar de algo.

– No. ¿Debería?

Claire se encogió de hombros con ingenuidad.

– No se. Tal vez. Creo que necesita que la raptemos.

Miré a Alex. No estaba segura de querer tener aquella conversación delante de él. Tenía toda la pinta de que iba a tocar problemas íntimos. Alex estaba ocupado hincándole el diente a las sobras.

– ¿Raptarla? -dijo con la boca llena de carne con arroz-. Parece divertido.

– Nuestra hermana Patricia está casada con un capullo.

– ¡Claire!

– ¿Qué? Lo es. Últimamente se comporta como un capullo, Anne, y tú también lo sabes -se dirigió entonces hacia Alex y dijo-: Necesita descansar de los niños una noche. Además -se volvió hacia mí nuevamente- tenemos que reunirnos otra vez para hablar de la fiesta.

– ¿Vais a celebrar una fiesta? -Alex parecía interesado. Pinchó otro trozo de carne.

– Es para mis padres. Mis hermanas y yo estamos planeando celebrarla en agosto. Por su aniversario de bodas.

– Las cuatro mosqueteras -añadió Claire.

Alex tragó y se limpió la boca con el dorso de la mano.

– Yo también tengo tres hermanas.

Yo sabía que tenía hermanas, pero no cuántas.

– ¿De verdad?

– Pobrecillo -dijo Claire-. Anda que no habrás tenido que escuchar quejas por el puto síndrome premenstrual. Claro que eso explicaría tu gusto a la hora de elegir pijama.

Los dos se echaron a reír dejándome fuera.

– ¿De dónde has sacado este pantalón? -añadió Claire, ladeando la cabeza para verlos mejor igual que había hecho Alex antes con sus zapatos.

– Me lo regalaron.

– ¿Una amiga? -dijo Claire pinchando un trozo de filete del plato de Alex mientras yo observaba, horrorizada y con algo de envidia, la naturalidad con que se comportaba.

– No.

– ¿Un amigo? -Claire sonrió de oreja a oreja.

Alex le devolvió la sonrisa.

– No.

– Como me digas que fue tu madre, vomito.

– Claire, por Dios, ¿es que no sabes preguntar con diplomacia? -la miré, enfadada, y ella me puso los ojos en blanco.

– Ay, Anne, relájate. Este tipo es puro sexo a pesar de llevar un pantalón de pijama de chica. Sólo quiero saber quién se lo regaló.

Alex compuso una sonrisa satisfecha y se levantó de la mesa. Llevó el plato al lavavajillas y se sirvió otra taza de café. Mientras, Claire y yo intercambiábamos una de esas miradas que dicen «no entiendo a qué viene tanto alboroto».

– Fue mi amante -levantó la taza en dirección a Claire-. Resultó que era mi cumpleaños. Me hace gracia Hello Kitty.

Claire le hizo una señal con el pulgar hacia arriba. A mí, sin embargo, no me convenció su respuesta.

– ¿Una amante no es una amiga?

Él me miró, pero fue Claire la que respondió.

– Venga, ya, Anne.

Yo la miré de una forma que no podía llevarla a error de ninguna manera.

– ¿Venga qué?

Claire sacudió la cabeza.

– Un amante no es un amigo o una amiga. Es alguien con quien follas, nada más.

Miré a Alex en busca de confirmación. Su silencio era confirmación suficiente. Me observó por encima del borde de la taza.

– Ya, supongo que estoy anticuada.

– No te preocupes, tontita -dijo Claire, levantándose para darme una afectuosa palmadita en el hombro-. No es algo que deba preocuparte en tu caso -me dio un suave apretón-. Me voy al centro comercial. He oído que buscan vendedores en una tienda nueva que han abierto.

– ¿Vas a buscar trabajo? -no estaba siendo sarcástica. Estaba sinceramente sorprendida.

Claire frunció el ceño.

– Sí, la verdad es que es una mierda no tener dinero. Y vivir en casa de nuestros padres. Me queda un semestre de clases y hasta que consiga un trabajo de verdad o pueda solicitar una beca de trabajo, lo mejor que se me ocurre es el centro comercial. A menos que dé un braguetazo con un hombre guapo que me mantenga de una forma a la que no me costaría acostumbrarme.

Se volvió hacia Alex agitando las pestañas con sensualidad. Éste le respondió con una mirada tan tórrida que me dieron ganas de encender el ventilador.

– ¿Tienes a alguien en mente, preciosa?

Claire soltó una carcajada.

– ¿Te estás ofreciendo?

A los dos les gustaba flirtear, lo sabía, y, aun así, ver cómo le ponía ojitos a mi hermana me provocó un arrebato de celos.

– No estoy seguro de valer para el mercado de esclavos sexuales -dijo Alex con un tono que sugería que buscaba eso precisamente-. ¿Cuáles son los requisitos?

– Te los enumeraría, pero mi hermana está aquí. Lo mismo le revientan los oídos.

La tórrida mirada de Alex giró en dirección a mí.

– Apuesto a que lo podrá soportar.

Claire levantó las manos, riéndose a carcajadas.

– Uf, tío, ahí sí que no voy a entrar. Anne, nos vemos mañana para cenar. Alex, un placer conocerte. Me largo.

Pasó a su lado y extendiendo la mano, tironeó juguetonamente del cordón que ceñía la cinturilla del pijama.

– Tu amante tenía buen gusto.

Tras lo cual desapareció por la puerta de atrás, dejándonos solos en la cocina. Alex andaba por la cocina como si llevara allí toda la vida. Por una parte, me alegraba que se sintiera a gusto. Pero por otra… bueno, por otra, tenía la impresión de que ya formaba parte de mi casa y no estaba segura de que me apeteciera que estuviera allí.

– Así que esa es tu hermana -comentó cuando se hubo cerrado la puerta.

– Ésa es mi hermana -me levante-. No nos parecemos mucho.

– ¿Eso crees? -se retiró a un lado para dejar que metiera la taza en el fregadero-. Yo sí veo el parecido.

– No me refería al aspecto físico.

Ya estábamos bailando otra vez en la pequeña cocina, así que me enderecé decidida a no dejar que los nervios se apoderaran de mí. Tendí la mano para que me diera su taza, me la dio y yo la puse en el fregadero. Entonces se apoyó nuevamente en la encimera.

Tenía el pelo revuelto de dormir y unos pezones como monedas de cobre sobre una piel del color del papel de buena calidad; bajo los brazos sendas pequeñas matas de vello así como una delgada línea que comenzaba justo debajo del ombligo y desaparecía bajo la cinturilla del pijama de dibujos.

Maldito.

– Es viernes -dijo, arrancándome del examen mental que estaba haciendo de su cuerpo.

– ¿Y?

Sonrió y, pese a mis esfuerzos por no dejarme engullir por su sonrisa, fue inútil. Fracasé estrepitosamente.

– Un amigo pincha música en un club de Cleveland. ¿Por qué no vamos esta noche?

Hacía siglos que no iba a bailar. James y yo salíamos a cenar y al cine, y a veces íbamos a tomarnos una alitas fritas en alguno de los bares de deportes de la ciudad, pero a bailar…

– Me encantaría. Será divertido.

– Será más que divertido. Será cojonudo.

Capítulo 8

Por fuera, el club no se diferenciaba del resto de los edificios de corte industrial que se alineaban a lo largo de la manzana. Algunos habían sido rehabilitados y transformados en apartamentos de lujo. El resto se habían convertido en populares locales nocturnos.

La cola para entrar me recordó a las colas que se hacían en el parque de atracciones, aunque en esa ocasión la gente constituía la atracción en sí misma. La mayoría iba vestida de negro. Cuero. Vinilo. Lycra. Muchos llevaban gafas de sol, aunque fuera de noche.

– ¿Crees que debería llevar un collar de ajo? -le susurré a James, que soltó una carcajada.

No tuvimos que hacer cola. Alex mostró una tarjeta, mencionó el nombre de su amigo y nos indicaron que pasáramos a una antesala negra como boca de lobo. En un extremo había una especie de sala pequeña sin puerta, flanqueada por dos hombres calvos y fornidos vestidos de negro y con las inevitables gafas de sol. Dentro de la sala, perchas y estantes cargados de armas, esperaba que de imitación, cubrían la pared de suelo a techo.

– Pistolas. Necesitamos montones de ellas -dijo Alex riendo alegremente.

– Bienvenidos al País de las Maravillas -dijo una voz justo al pasar la puerta-. ¿Os apetece una pastilla roja?

La voz pertenecía a un travesti muy alto cuya indumentaria incluía pestañas de cinco centímetros y brillante pintalabios rojo. Parecía un cruce entre el doctor Frank-N-Furter del Rocky Horror Picture Show y un personaje de Matrix. Me di cuenta entonces de que probablemente fuera esa la estética que se pretendía mostrar.

– Creía que se refería al País de las Maravillas de Alicia -dije-. Seré idiota.

Nuestra «anfitriona» se rió alegremente.

– No aceptes ninguna seta cuando entres, cielo. ¡Mira qué trío! ¡Uno, dos hombretones -enumeró- y la Señorita Inocente!

Alex sonrió de oreja a oreja mientras le entregaba un par de billetes.

– ¿Te gusta?

– Mmmm -respondió el travestí-. Sujetalibros. ¿Crees que podrás con ellos? Porque si no puedes, me encantaría echar una… mano.

Su sonrisa viciosa sugería el tipo de mano que estaba dispuesto a echar. Yo solté una carcajada, a falta de otra respuesta. No me había dado cuenta hasta ese momento de que Alex y James se habían vestido de una forma muy parecida. Camiseta blanca y pantalones negros, aunque los de Alex eran de cuero y los completaba con un cinturón con tachuelas. Los dos se habían engominado el pelo hacia atrás y con la extraña iluminación del local no resultaba fácil diferenciar el color. De constitución y altura similares, de verdad parecían un par de sujetalibros.

– Puede con nosotros -dijo Alex al ver que yo no respondía-. Pero lo tendremos en cuenta.

El travesti entregó a Alex tres entradas rojas.

– Entrégalas en el bar, cariño. Te guardaré la palabra. Ven a buscarme si necesitas alguna cosa. N. E.

Me di cuenta de que ése era su nombre. Nos lanzó un beso al aire cuando nos dirigimos hacia los guardias de seguridad de la entrada y las armas.

– No se permiten armas dentro -dijo uno, y como si las armas que tenían a sus espaldas estuvieran allí sólo de adorno, nos cachearon totalmente en serio.

– Hacía meses que no vivía tanta acción -Alex le dio un codazo a James.

– Que disfruten -dijo el otro guardia.

Se hicieron a un lado para dejarnos pasar. Abrimos las enormes puertas dobles labradas y entramos en el club propiamente dicho.

Lo cierto es que se trataba del País de las Maravillas. En la antesala la iluminación era casi inexistente y no se oía ruido, gracias a las paredes insonorizadas. Sin embargo, en cuanto abrías aquellas puertas, los graves retumbaban de tal forma que los sentías palpitar en las muñecas y la garganta, reverberar en la boca del estómago. El haz de los láseres bisecaba las múltiples pistas de baile. Había jaulas y plataformas elevadas donde se contorsionaban y bailaban enérgicamente figuras medio desnudas. Tardé un segundo en llegar a la conclusión de que no se trataba de bailarines contratados, sino clientes que se turnaban para exhibirse.

– ¡Vamos a por algo de beber! -me gritó James al oído-. ¡El bar!

Alex ya se dirigía hacia allí. Alargó la mano hacia atrás sin mirar quién de nosotros dos la tomaba. Fue James, que a su vez agarró la mía, y, encadenados, nos abrimos paso entre la multitud hacia una de las tres barras instaladas alrededor del local.

– No os gastéis mi entrada en una consumición -le dije a James-. Pídeme un refresco.

Alex ya había pedido, dos copas de balón de algo rojo y un vaso de coca-cola.

– Salud -se inclinó sobre mí y me susurró haciéndome cosquillas-: Bebe, Señorita Inocente.

– ¿Qué estáis tomando vosotros?

– Se llaman Pastillas Rojas -contestó Alex-. ¿Quieres una?

James bebió un sorbo y soltó una pequeña imprecación.

– ¿Qué coño es esto?

– Vodka, granadina y zumo de arándanos -Alex sonrió de oreja a oreja-. ¿Te apetece uno, Anne?

– No -respondí yo levantando la mano-. Se huele desde aquí.

Sus sonrisas idénticas ya no me resultaban tan perturbadoras como antes, tal vez porque allí, con la música golpeándonos los tímpanos, las cosas no parecían demasiado importantes. O tal vez fuera porque los dos estaban muy guapos. Lo más probable es que fuera porque las dos sonrisas iban dirigidas a mí.

Alex se bebió el mejunje de un trago y dejó la copa en la barra. James lo imitó. Yo hice lo mismo con mi refresco por no quedarme atrás, aunque el gas me cayó directo al estómago y sentí como si fuera a levitar. Ahogué un eructo con el dorso de la mano, aunque nadie lo oiría con aquella música ensordecedora.

– ¡Vamos a bailar!

Alex señaló hacia un trozo de la pista que estaba menos llena. De nuevo alargó la mano hacia atrás, pero esta vez agarró mi mano y yo agarré la de James.

Llegamos a la pista justo cuando sonaban los primeros acordes del remix de Soft Cell de la canción Tainted Love. La multitud avanzó como una ola desde todos los frentes, saltando, contoneándose, haciendo rotar las caderas con sensualidad. La gente se pegaba y se separaba, como si fueran estrellas de mar. Parejas y tríos se movían al unísono. La atmósfera reinante era salvaje. Lo del collar de ajo lo había dicho en broma, pero no me sorprendería que algunas de aquellas personas tuvieran colmillos.

Pero no me preocupaba. Protegida por James delante y Alex detrás ni un chupasangre podría acceder a mí. Era cojonudo de verdad.

Había bailado con James en bodas y fiestas, y hasta en el salón de casa en alguna ocasión. Habíamos ido a algún club nocturno, pero no habíamos estado nunca en un lugar como aquél. El País de las Maravillas. El caso es que, aunque habíamos bailado antes, nunca lo habíamos hecho de verdad. No así. No aquel ondular, mecerse y follar con la ropa puesta.

James metió la rodilla entre mis piernas y me puso las manos en las caderas. Detrás de mí, Alex mantuvo, al principio, una distancia mínima, pero a medida que sonaba la música y aumentaba el gentío en la pista, se fue acercando hasta que estuvo tan pegado a mí por detrás como James lo estaba por delante. Colocó sus manos sobre mis caderas también, justo por encima de las de James.

Lo único que podía hacer yo era dejarme llevar. No sé cómo pero dieron con el ritmo que se adecuaba a los tres. Uno empujaba mientras el otro tiraba, perfectamente coordinados.

No recordaba haberlo pasado tan bien nunca. Tendría que estar muerta para no disfrutar en una pista de baile, flanqueada por delante y por detrás por dos hombres guapísimos, saltando y frotándonos. Miré a mi marido entre carcajadas. Él se inclinó para darme un beso.

No un beso tierno, sino un beso salvaje, con la boca abierta buscando mi lengua con la suya. Siempre se había mostrado afectuoso en público, abrazándome o tomándome de la mano, pero no recordaba que me hubiera dado un beso de tornillo delante de otras personas. Me habría dado vergüenza de no ser porque, a nuestro alrededor, toda la gente hacía lo mismo.

Debería incomodarme que el amigo de mi marido estuviera restregándose contra mi espalda, y si James hubiera dado muestra alguna de que le molestara, yo le habría puesto fin. No sólo no parecía importarle, sino que tiró más de mí, lo que acercó más a Alex a mi espalda. Deslizaron las manos a lo largo de mis costados y de pronto las entrelazaron. Pulgares varios presionaron mi espalda y mi vientre al mismo tiempo. Noté la hebilla fría del cinturón de Alex a mi espalda cuando se me subió la camiseta. Por delante, James me acariciaba la piel del vientre con los pulgares.

A mi alrededor, todo se redujo a calor y sudor, choque y frotamiento, caricias y suspiros. La música cambió. Empezó a sonar algún tipo de ritmo latino, sensual, que invitaba a mover las caderas. James levantó una mano de mi cadera y la ahuecó contra mi nuca. Me quitó entonces el pasador del pelo y una maraña de ondas me cayó sobre los hombros. Introdujo los dedos en ellas un momento y las esparció alrededor del óvalo de mi rostro.

Ninguno de los dos se inmutó ante el cambio de música. A nuestro alrededor parejas y tríos se pegaban y se separaban al son de la música de una canción a otra, pero nosotros manteníamos un ritmo perfectamente acompasado. Los dos juntos, de manera sincronizada, me instaron a doblarme hacia atrás, donde Alex me sostuvo mientras James me lamía la garganta. Juntos también me invitaron a recobrar mi posición sin esfuerzo alguno. En ningún momento temí caer al suelo. Juntos me hicieron girar dentro del círculo de sus brazos de forma que me quedé mirando a Alex, mientras James presionaba el rostro contra la curva de mi cuello desde atrás. Me arañó la piel con los dientes y la música ahogó mi gemido.

El sudor perlaba la frente de Alex y hacía que se le pegara la camiseta blanca al torso. La hebilla que antes mordiera mi espalda me apretó el vientre. James se pegó a mi trasero. A excepción de él, nadie me había tocado de esa forma desde hacía tiempo. Nunca había deseado que lo hicieran.

No sé si fue porque se habían vestido de forma parecida o porque tenían los mismos gestos. Tal vez fuera porque James me había dado permiso tácito para disfrutar de las caricias de Alex o tal vez fuera el propio Alex, con su encanto y su sensualidad innatos, pero el caso es que parecía incapaz de moverme de allí. Puede que no tuviera nada que ver con James al fin y al cabo.

Alex no me besó. Creo que eso habría sido dar por sentadas demasiadas cosas, incluso para él. Sí que posó el rostro al lado de mi cuello opuesto al que estaba estimulando James. Dos hombres restregándose, contorsionándose y sobándome. Así que, finalmente, me sentí como si fuera un libro y ellos los sujetalibros.

Me encantó la sensación.

¡A qué mujer no le encantaría ser el centro de atención de dos hombres guapos que desbordaban sensualidad? ¿Qué mujer no disfrutaría de una estimulación a cuatro manos, a dos bocas? La música nos embargó y nos dejamos llevar.

No podía seguir así indefinidamente y a la siguiente canción, Alex se desenganchó de nuestro acogedor sándwich.

– Bebidas -le gritó a James, que cerró el puño con el pulgar hacia arriba en señal de conformidad.

Sin Alex, me sentía rara bailando sólo con uno. James colocó nuevamente las manos en mis caderas y volvió a besarme. Me instó a doblarme hacia atrás y me levantó, igual que Johnny con Baby en Dirty Dancing, movimiento que arrancó silbidos. Me agarré entre risas a su camiseta cuando trató de repetir el gesto, impidiéndoselo. Salimos de la pista en dirección a un rincón oscuro.

– ¿Te lo estás pasando bien? -preguntó James limpiándose el sudor de la frente con el borde de la camiseta, dejando al aire una franja de piel en su musculoso abdomen que me dieron ganas de lamer.

Asentí con la cabeza. James se apoyó en la pared y me estrechó contra su pecho. Mi mejilla quedó al nivel de su torso, su muslo entre los míos. Me sujetaba con firmeza por la espalda, cerca de él, y, como siempre, me sentí segura entre sus brazos.

Tardé un segundo en darme cuenta de que momentos antes no me sentía segura.

James enterró el rostro en mi pelo e inspiró profundamente.

– Mmm… espero que Alex nos encuentre aquí.

– James… -dije yo levantando la vista hacia él.

Quería preguntarle si le parecía bien lo que habíamos estado haciendo, si no le molestaba que otro hombre me hubiera puesto las manos encima. Tenía la intención de preguntarle por qué no le importaba… y por qué tampoco parecía importarle que a mí no me importara. Pero Alex apareció con otras dos Pastillas Rojas y una coca-cola para mí y no me dio tiempo a dar voz a mis dudas.

– Gracias, tío -dijo James al tiempo que se metía la mano en el bolsillo en busca de la cartera, pero Alex le dijo que no con un gesto de la mano.

– Yo invito.

– Ooooh, que derrochador -dijo James con una carcajada, levantando la copa para brindar.

– Oye, estoy viviendo en vuestra casa. Invitar a un par de copas tampoco es para tanto.

Ellos bebieron. Yo también, pero la coca-cola estaba demasiado dulce y no me quitó la sed, aunque la engullí casi toda de un solo trago.

– Voy a por un poco de agua -dije y levanté una mano cuando los dos se ofrecieron a ir a buscarla-. Tengo que ir al cuarto de baño de todos modos.

– No tardes -dijo James.

– Vigilaré que no se meta en líos -prometió Alex con una sonrisa de suficiencia que bastante problemática era ya en sí.

– Sed buenos, ¿eh? -les dije, tras lo cual empecé a abrirme paso a través de la gente en dirección al cuarto de baño.

Estaba frente a las puertas, una con el símbolo que indicaba que era el baño de mujeres y la otra con el de hombres. Y, milagrosamente, no había una de esas colas que las mujeres estamos acostumbradas a tener que esperar. Nada más abrir la puerta del baño de mujeres descubrí la razón.

Puede que las puertas señalaran uno y otro sexo, pero a los ocupantes no parecía importarles lo más mínimo. Hombres y mujeres utilizaban por igual los lavabos y los cubículos. Cuando me incliné para ver qué puertas estaban abiertas, en más de una aparecieron dos pares de pies… y más de dos en alguna.

– Bueno, bueno, Señorita Inocente -dijo arrastrando las palabras una voz conocida desde el sofá de piel de leopardo-. Volvemos a encontrarnos.

Le sonreí.

– ¿Te dejan que te retires de la entrada?

– Una chica tiene que ir al cuarto de baño de vez en cuando. Ya me entiendes -dijo N. E.

No tenía intención de discutirle que él no era una chica en realidad.

– Sí.

– ¡Daos prisas ahí dentro, zorras! -bramó golpeando con la mano la puerta del cubículo más cercano-. ¡Aquí hay gente que de verdad viene a mear!

Los ocupantes del cubículo respondieron con una carcajada y, al momento, la puerta se abrió y de su interior emergieron dando tumbos dos chicos jóvenes. N. E. resopló con impaciencia y puso los ojos en blanco. Los chavales le mostraron el dedo corazón.

– Es todo tuyo, cielo. Puedo esperar.

El travesti prorrumpió en una sucesión de roncas carcajadas guturales.

– Cuando te digo que puedo esperar, lo digo en serio, cielo -añadió.

Entré riendo en el cubículo. Comprobé con gran alivio que el cerrojo funcionaba y que, a pesar de lo que hubieran estado haciendo los anteriores ocupantes, estaba razonablemente limpio. Me acuclillé e hice mis necesidades a toda prisa, contenta de haberme puesto falda, que se levantaba y se sujetaba fácilmente sin el riesgo de caerse al suelo, de dudoso estado de higiene, que tienen siempre los pantalones. Tardé sólo uno o dos minutos, pero cuando salí, el cuarto de baño estaba abarrotado.

Esperé turno para usar el lavabo detrás de dos mujeres que discutían a voz en grito algo sobre meter no se qué en alguna parte, pero no sé por qué me daba en la nariz que no se referían a una maleta. Los tres hombres que iban detrás de mí chismorreaban sobre alguien llamada Candy, que, al parecer, no distinguía entre vegano y vegetariano, lo que en realidad poco importaba porque «¡todos sabemos que esa zorra come carne!». Una pareja hetero había sustituido a N. E. en el sofá, y si no iban a follar allí mismo, con seguridad iban a hacer todo lo posible para que pareciera que sí.

Cuando por fin me llegó el turno del lavabo me sentía un poco como Alicia cuando se cae por la madriguera. Me lavé y me sequé las manos, y después seguí a la gente que abandonaba los placeres de los aseos para seguir bebiendo y bailando… y metiéndose mano por los rincones, sospechaba.

Pedí una botella de agua en la barra y me bebí la mitad antes de regresar al rincón donde había dejado a Alex y a James. Tardé un par de minutos en encontrarlos porque la gente había cambiado y no veía muy bien el sitio. Pasé con la mirada dos veces hasta que me di cuenta de que eran ellos. No los encontraba porque buscaba a dos hombres con camiseta blanca y desde donde estaba sólo veía uno.

Alex estaba delante de James, que estaba apoyado en la pared. Alex tenía una mano abierta sobre la pared, al lado de la cabeza de James. En la otra sujetaba su bebida. Estaba lo bastante cerca como para ver que era de color rojo brillante. Entonces se inclinó sobre James para decirle algo al oído, quien echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

Dos hombres, cada uno con las manos en los bolsillos traseros del otro, pasaron junto a mí con brusquedad. James soltó otra carcajada con ojos brillantes. No era la primera vez que veía esa expresión en su rostro, los labios entreabiertos y los ojos entornados. Era la misma expresión que tenía la primera vez que nos acostamos. Alex giró la cabeza de forma que pude ver claramente su perfil, y dio un trago. Vi el movimiento de su garganta al tragar. Cuando bajó la mano y se volvió nuevamente hacia James, deje de verles la cara.

Me quedé totalmente paralizada hasta el punto de que se me olvidó que llevaba la botella en la mano. Alguien me empujó y el líquido se me derramó en la mano. Casi diría que las gotas crepitaron al entrar en contacto con mi piel, como si ésta fuera una parrilla.

Esperé a ver si se tocaban, pero no lo hicieron. Esperé a ver si se separaban, pero tampoco lo hicieron. Permanecieron tal cual estaban, demasiado cerca para ser sólo amigos, pero no lo bastante cerca para ser amantes.

Debí de moverme, porque estaba delante de ellos, aunque no recordaba haberme puesto en movimiento. Alex se volvió a mirar a la gente que bailaba. Los haces azules y verdes de los láseres se reflejaban en sus ojos, que a ratos se aclaraban y se oscurecían alternativamente. Tenía el pelo húmedo de sudor, por lo que se le había quedado de punta por delante, mientras que la parte más larga, la que normalmente le cubría las orejas, le rozaba ahora las mejillas, y estaba totalmente pegada en la nuca.

Se dio la vuelta y me pilló mirando. Sonrió como un hombre acostumbrado a que lo miren. Podría haberme dado la vuelta y haberme hecho la tonta. Creo que se habría reído, pero no habría dicho nada. No desvié la mirada.

Las sombras le favorecían. James recibía el roce fugaz, pero seguía brillando aun en la oscuridad. A Alex, sin embargo, las sombras parecían tenerle querencia y uno podía ver cómo lo acariciaban, envolviéndolo en un halo de misterio.

Lo miré, él me miró, y cuando dejó en una mesa la copa vacía y me tendió la mano, yo la acepté sin vacilar. O tal vez un segundo antes de mirar a James, que sonreía y miraba a Alex también. Demasiado tarde. Alex tomó mi mano, su palma cálida y ligeramente sudorosa contra la mía. Y tiró. Yo me moví. Miré por encima de mi hombro a James, que no hizo más que una leve seña con la mano, y Alex me sacó a la pista.

No era mejor bailarín que James, sólo diferente. Más fino. Era un poco más alto y al principio no sabía dónde poner las manos. Nos movimos con una torpeza que no habíamos experimentado al bailar los tres juntos, pero un par de pasos nos bastaron para pillar el ritmo.

Era una música desenfrenada, lo nuestro no tanto un baile como un violento ataque de sensualidad. Me alegré. Aunque seguía habiendo contacto, él sonreía abiertamente y no me dedicó ni una de aquellas intensas miradas suyas. Me relajé un poco, hasta que me estrechó contra su cuerpo y me giró, de forma que mi espalda quedó contra su torso. Hizo un gesto con la barbilla en dirección a James, que nos observaba desde la periferia de la pista.

– Parece solo. ¿Nos apiadamos de él y lo invitamos a unirse a nosotros?

Mis manos habían encontrado su sitio por fin justo encima de las suyas, cruzadas sobre mi vientre.

– No.

– ¿No? -me dio la vuelta para mirarme. Sus manos fueron a parar justo por encima de mi trasero, territorio que no podía interpretarse como contacto inocente, pero tampoco lo describiría rotundamente como lascivo. Se le daba bien caminar por la cuerda floja.

Soy consciente del efecto que puedo causar en los hombres. Sólo porque hiciera mucho que no flirteara, no significaba que no recordara cómo se hacía. Flirtear era un juego como cualquier otro. Tenía unas normas.

Deslice las manos por su nuca y entrelace los dedos. Él sonrió y me estrechó con más fuerza. Deje de oír la música, aunque seguía sintiendo la reverberación de los graves en el estómago al mismo ritmo que latía mi corazón. Alex me puso una mano entre los omóplatos, en el mismo punto en el que la habría puesto James de haber estado en sus brazos en aquel momento.

– No -repetí, mirándolo a los ojos.

– ¿Debería sentirme halagado? -dijo, con una media sonrisa.

Miré por encima de mi hombro. James seguía apoyado en la pared, una pierna estirada y la otra doblada, bebiendo. Si se dio cuenta de que lo estaba mirando, no dio señales de ello. Pensé que tal vez estuviera mirando pasar a la gente, pero no dejó que eso lo distrajera. Nos miraba fijamente, pero no sabría decir quién de los dos había capturado su atención. Miré de nuevo a Alex.

– ¿Eres gay?

Su mirada vaciló un segundo, pero su sonrisa no varió un ápice.

– No.

– ¿Entonces por qué intentas seducir a mi marido? -pregunté sin rodeos, exigiendo una respuesta.

– ¿Es eso lo que estoy haciendo? -no parecía ofendido ni sorprendido, y no apartó la mirada de mi rostro en ningún momento.

– ¿No es así?

– No lo sé -contestó él inclinándose sobre mi oído y provocándome escalofríos cuando su aliento penetró en mí-. Creía que trataba de seducirte a ti.

Tres cabezas se volvieron a mirarme cuando dejé caer la bomba de lo que me había dicho Alex. Patricia era la única que parecía horrorizada. Mary parecía distraída. Claire, típico de ella, soltó una carcajada.

– Le dirías que eso no iba a suceder nunca -dijo Patricia como si no hubiera otra respuesta posible.

Al cabo de un momento, al ver que yo no contestaba, Claire resopló impaciente.

– Por supuesto que no le dijo tal cosa. ¿Te lo tiraste, Anne? Apuesto a que tiene una bonita polla.

– No ha tenido sexo con él -dijo Mary sacudiendo levemente la cabeza.

– Pero quiere hacerlo -Claire dio un sorbo de té helado, normal por una vez, no un Long Island-. ¿Quién no querría? Tampoco me sorprende que James también quiera su parte.

– Yo no he dicho que quiera.

Yo también di un sorbo de mi bebida. Aquellas tres mujeres constituían el espejo de mí misma en el que más confiaba, por mucho que chocáramos a veces. Éramos el reflejo de las demás, con defectos y todo.

– Por supuesto que no -dijo Patricia abriendo un azucarillo para echarlo al té-. James no es uno de ésos.

Esta vez las tres nos volvimos a mirarla a ella. Patricia no se mostró perpleja, sino que se limitó a encogerse de hombros.

– ¿O sí lo es?

– Por el amor de Dios, Pats -dijo Mary, con profundo disgusto-. ¿Que no es uno de ésos? ¿Qué coño quieres decir con eso?

– Quiere decir maricón -respondió Claire, reclinándose en la silla intercambiando muecas con Patricia.

– James no es gay -dije yo, sin poder tragarme la comida que, de pronto, se había solidificado en mi garganta-. Alex dice que él tampoco.

– Es bisexual -sentenció Claire encogiéndose de hombros-. Juega en los dos bandos, así tiene el doble de posibilidades de irse a la cama con alguien.

Mary frunció el ceño.

– Por como lo dices parece que es algo que se elige.

– ¿Y crees que no es así? No irás a decirme que no quieren hacerlo -dijo Patricia con un tono cada vez más altanero, lo que se ganó que me volviera a mirarla nuevamente. Ella siempre se comportaba con decoro y educación, pero últimamente…

– ¿Qué mosca te ha picado? -le saltó Mary-. ¿Quién demonios elegiría ser diferente del resto, ser distinto de lo que todo el mundo considera normal? Por Dios, Patricia, ¡a veces eres jodidamente engreída!

Silencio. Patricia se cruzó de brazos echando chispas por los ojos, pero Mary no se arredró. Claire y yo intercambiamos una mirada sobre el enfrentamiento que estábamos presenciando.

– No sé por qué te pones así -dijo Patricia al final-. No estamos hablando de ti, Mary, por el amor de Dios.

– Entonces, ¿cóctel de gambas o caviar? -dijo Claire animadamente.

Había estampado en su rostro una sonrisa radiante muy diferente de la desvergonzada sonrisa de oreja a oreja que solía exhibir. Una sonrisa de muñeca. De plástico. Ladeó la cabeza y adquirió una mirada vacía.

– Para la fiesta de papá y mamá -añadió cuando vio que ninguna de nosotras decía nada-. ¿Cóctel de gambas o caviar?

– Como si papá fuera a comer caviar -dije yo con una carcajada ante la idea, pero admiré la inteligente maniobra de Claire para evitar una pelea-. Podemos comprar gambas a granel en el mercado de pescado y marisco.

– Y preguntar a los del horno para hacer la carne si estarían dispuestos a preparar las gambas. Ellos tienen parrillas lo bastante grandes como para hacer tal cantidad -sugirió Patricia, la pragmática.

Saqué la punta del bolígrafo y tomé nota.

– Yo me ocupo de llamar y preguntar.

La conversación continuó discutiendo los méritos del pan de baguette frente al pan de hamburguesa y el tamaño de las servilletas. La fiesta se estaba convirtiendo en un coñazo épico. La lista de los invitados también requirió un par de horas de tira y afloja. Nuestro padre tenía muchos amigos, a la mayoría de los cuales no me apetecía meter en mi casa.

Pensar en ello me hizo recordar al invitado que tenía en casa en esos momentos, en quien no había dejado de pensar desde la víspera. No le había dicho a Alex que se fuera a la mierda, pero tampoco le había tomado la palabra. Mary y Patricia tenían razón.

Aunque Claire también la tenía. Quería que Alex me sedujera. Quería que me manoseara, sentir su boca en mi piel. Quería tener su cara entre las piernas. Quería que me follara. Pero lo que me desconcertaba no era desearlo; lo que hacía que mi mente no dejara de dar vueltas como un hámster en su rueda era no que no me sentía culpable por ello. Así como el hecho de que ya no era cuestión de si iba a hacerlo, sino de cuándo.

– ¿Anne?

Llevaba un rato soñando con sexo oral, pero la voz me sacó de mis ensoñaciones. De nuevo me encontré con tres rostros dirigidos a mí, mirándome fijamente, esperando. Bajé la vista fingiendo revisar mis anotaciones.

– Música -señaló Mary-. ¿Llamamos a un disc-jockey o ponemos música en el equipo?

Claire soltó una carcajada.

– Oye, a lo mejor puedes conseguir que el amigo de Alex venga a la fiesta. Seguro que anima el cotarro. El viejo Arch Howard bailando con Stan Peters. Qué asco, creo que he vomitado un poco.

– El amigo de Alex es disc-jockey en un club. Dudo que haga también fiestas.

Aun así, apunté la sugerencia.

Patricia se inclinó a echar un vistazo a la lista. En un arranque de infantilismo quise tapar lo que había apuntado para que no lo viera, pero al final ganó mi buen corazón.

– Bueno, si vamos a contratar un disc-jockey, me gustaría oír su estilo primero.

– ¡Genial, nos vamos de excursión! ¡Nos vamos al País de las Maravillas! -Claire le dio un codazo a Mary-. ¿Estás preparada? Tías buenas, tíos buenos… joder, a lo mejor tengo suerte y me ligo a un doble del Neo de Matrix que me dé un poco de marcha al cuerpo.

Mary dejó que Claire siguiera dándole codazos, pero estaba sonriendo.

– Creo que tengo mi conjunto de vinilo en el tinte.

– Oh, venga ya -dijo Claire, mirando a su alrededor-. Hace siglos que no salimos todas juntas. Sería divertido.

– Yo ya he estado en el País de las Maravillas -dijo Mary como si estuviera desvelando un secreto-. El verano pasado. Betts vino de visita y fuimos.

– ¿Y no me llamaste? -Claire golpeó a Mary en el hombro-. Cabrona.

Mary se encogió de hombros.

– Tú vas a muchos sitios sin mí.

– Creo que no es lugar para mí, aun en el caso de que pudiera ir, que no puedo -Patricia removió el te como si estuviera apuñalándolo.

– Te lo pasarás bien -le dije-. ¿No puede quedarse Sean con los niños?

Patricia no despegó la vista de su té.

– No quiero ir al País de las Maravillas. Si todas queréis ir, por mí bien, pero a mí no me apetece ir a ese sitio. Qué asco.

– ¿Por qué dices «qué asco»? -la retó Mary.

– Después de la descripción de Anne, me parece un sitio asqueroso.

– Déjalo -masculló Mary.

La conversación tornó al asunto de los detalles de la fiesta, aunque para entonces ya estaba más que harta tanto de la dichosa como del enfrentamiento entre Mary y Patricia. Claire hacía que la conversación fluyera aunque con menos salidas graciosas de las que eran habituales en ella, algo tan preocupante en sí como la animosidad reinante entre mis otras dos hermanas.

Estábamos en una mesa llena de secretos. Yo conocía el mío. Podía adivinar el de Patricia: problemas con Sean. Respecto a los de Mary y Claire, no tenía ni idea, pero no costaba mucho darse cuenta de que no estaban concentradas en la fiesta. Igual que yo.

– ¿Cómo vamos a repartir los gastos? -dijo Mary al final cuando nos llevaron la cuenta-. Creo que deberíamos hacer un fondo común. Patricia la tacaña puede ocuparse de llevar el control.

– ¡Yo no soy una tacaña! -exclamó Patricia en un tono más elevado de lo que cabría esperar, lo que me hizo dar un respingo. Igual que a Claire. Mary se limitó a sonreír con suficiencia.

– ¿Por qué no nos repartimos las cosas que hay que comprar y dividimos el total entre cuatro al final? Con los tickets de compra sabremos lo que ha gastado cada una -sugerí.

– Porque Claire no se acordará de guardar el ticket de compra -parodió Claire-. No te molestes en decirlo, Pats. Ya lo sabemos.

Patricia tiró la servilleta encima del plato de mala manera. Le temblaba la voz cuando dijo:

– ¿Por qué no me dejáis en paz todas? ¿Por qué criticáis todo lo que digo?

– No criticamos todo lo que dices.

Estoy segura de que Claire pretendía apaciguarla, pero era tan impropio de su carácter que no me sorprendió que Patricia no lo tomara en ese sentido.

– ¡Sí que lo hacéis! ¡Y estoy hasta el gorro! -Patricia se levantó con el cuerpo tenso como si fuera a salir corriendo, hasta que su mirada se topó con el aleteo de la cuenta en su plato.

Vi cómo se contenía físicamente para no salir huyendo. Leyó la cuenta, sacó la cartera y contó cuidadosamente el dinero, la cantidad exacta. Añadió la propina mínima establecida y dejó la pequeña montaña de billetes y monedas sobre la mesa. Todas observábamos en silencio su ritual. Patricia siempre había sido precisa, pero nunca había sido tacaña.

– ¿Qué? -exclamó, elevando la barbilla-. Es correcto, ¿no?

– Sí, claro -le dije-. Si falla algo ya lo pongo yo, no te preocupes.

– No vas a tener que poner nada, Anne -dijo Patricia, colgándose el bolso del hombro-. Yo pago mi parte.

– Claro, claro. No te preocupes.

Volví a intercambiar una mirada de curiosidad con Claire. Mary, con expresión de desazón en el rostro, miraba su cuenta como si quisiera chamuscarla.

– Me voy. He tenido que llamar a una niñera y me sale cara -dijo Patricia, pasando junto a mi silla.

– ¿Dónde está Sean? -preguntó Mary sin levantar la vista-. ¿Otra vez tenía trabajo?

– Sí -contestó Patricia. Por su cara se diría que quería decir algo más, pero no lo hizo-. Ya te llamare, Anne.

Sus llaves tintinearon cuando las sacó del bolso, y se alejó. Esperamos como buenas hermanas a que no nos oyera antes de empezar a hablar de ella.

– ¿Desde cuándo trabaja Sean los sábados? -pregunté.

– Desde que está en Thistledown viendo las carreras de caballos -dijo Mary con un tono mucho menos satisfecho ahora.

Claire pareció sorprendida.

– ¡No! ¿Sean? ¿Tú crees?

– Sí, lo creo -Mary nos miró a las dos-. Creo que ha perdido un montón de dinero últimamente. Patricia me contó que no se van a ir de vacaciones este verano. Dijo que era por lo de la fiesta, pero se nota que miente. Sean no renunciaría a su viaje a Myrtle Beach.

– A menos que no se lo puedan permitir -dije. Tenía sentido-. Qué mierda.

– ¡Con lo… buen tipo que es! -dijo Claire. Me pareció más que sorprendida. Me pareció triste.

Tardé un momento en recordar que sólo tenía catorce años cuando Patricia empezó a salir con Sean. Para ella, Sean era el hermano mayor que el resto de nosotras no tuvo, a pesar de que hubiera dicho que era gilipollas un montón de veces.

– Que sea buen tipo no lo exime de tener un problema, Claire.

Las tres nos quedamos en silencio tras aquello. No sé qué pensaban ellas, pero yo pensaba en nuestro padre. La gente pensaba que era un buen tipo cuando lo conocía. El alma de la fiesta. Y lo era. No conocían al hombre que se sentaba a oscuras con una botella de Jack Daniel's y un paquete de cigarrillos, el que se sentaba a llorar y a hablar del tacto de una pistola.

– Bueno, ahorraremos dinero poniendo la música en el equipo estéreo -dijo Claire con voz queda-. Podemos conectar mi iPod o algo así.

– Sí -dijo Maty, asintiendo con la cabeza-. Será lo mejor

Nos despedimos y me fui a casa con mis notas. La radio podría haberme distraído, pero conduje en silencio. Pensando.

El pasado no cambia por mucho tiempo que dediques a pensar en ello. Lo bueno y lo malo se va sumando. Retira una porción, por pequeña que sea, y el conjunto cambia. Ya sea optimismo, pesimismo o fatalismo, yo no me dedico a desear que el pasado hubiera sido de otra forma porque, entonces, el presente también lo sería. Controlo mi futuro basándome en mis decisiones presentes. Yo soy la única que lo hace.

Mis hermanas y yo crecimos en la misma casa, tuvimos los mismos padres, fuimos a los mismos colegios y, sin embargo, todas somos diferentes. Son diferentes nuestros gustos en ropa o música, nuestra inclinación política o nuestra fe. Muy diferentes, pero todas tenemos algo en común.

El deseo de la perfección.

Patricia era la madre perfecta, el tipo de madre que hace galletas y disfraces para Halloween. La madre que se encarga de llevar a los niños a algunas actividades y espera en la parada del autobús escolar con una merienda equilibrada en la que no haya demasiada azúcar ni cafeína. Sus hijos iban limpios y con la ropa perfectamente planchada, y si alguna vez hacían una travesura no era porque no se ocupara ella de inculcarles disciplina, con mano firme aunque sin violencia.

Hasta hacía poco, Mary había sido la virgen perfecta, reservándose para el matrimonio o para Jesús, una cosa u otra y ninguna ahora. Ejercía de voluntaria en comedores sociales y donaba sangre. Iba a misa todos los domingos y casi nunca decía tacos.

Claire había renegado de la perfección para convertirse en la perfecta rebelde. Habría sido una caricatura de ropa, pelo y actitud de no ser porque ella se lo creía, la chica rebelde. A la que le daba igual lo que pensaran de ella los demás.

Yo también jugaba a ser perfecta. La hija perfecta, la que se ocupaba de todo, la que lo tenía todo: la casa, el coche, el marido. Todo reluciente.

Pero aun así, tampoco conseguía ser perfecta. Igual que mis hermanas. No tenía hijos que me amargaran, ni una imagen de mí misma que mantener, ni tampoco anhelaba en secreto gustar a los demás. No. Yo tenía una vida perfecta. Coche, casa, marido, todo reluciente.

¿Pero era perfecto cuando yo deseaba que cambiara?

Capítulo 9

Tarde bastante en llegar a casa. Tenía muchas cosas en las que pensar. Cuando al fin llegué, el olor acre a puro me hizo estornudar. Oí rumor de carcajadas procedentes del cuarto de estar y hacia allí me dirigí. Me quedé mirándolos desde la puerta sin que se percataran de mi presencia.

Estaban jugando a las cartas. James, con pantalón de pijama y camiseta, sujetaba un puro entre los dientes mientras repartía una mano en la mesa de centro situada entre ambos. Alex estaba en el sofá con un vaso en una mano y las cartas en la otra, vestido con esos vaqueros condenadamente sexys y una camisa de vestir abierta. Su puro se consumía en un improvisado cenicero a partir de un llavero de cerámica. Las ventanas abiertas y al ventilador habían evitado que el humo se acumulara en exceso, pero el olor de los puros era fuerte en todo caso y me picaba la garganta. Encima de la mesa había, además, una botella verde de lo que parecía ser vino junto con una cucharilla y una caja de azucarillos.

– Jotas de corazones y jotas de picas -dijo James sin soltar el puro, cuadrando su mano de cartas antes de extenderlas sobre la mesa.

– ¿Es que alguna vez llevas otra cosa? -Alex apuró lo que quedaba en su vaso. No parecía vino-. No hay vez que no saques las dichosas jotas de corazones y de picas desde que te enseñe a jugar al póquer.

Del cosquilleo en la garganta pase a la tos. Los dos se volvieron hacia mí y una perezosa sonrisa brotó de sus labios. Viéndolos allí juntos, se percibían las diferencias. No eran idénticos, tal como había pensado.

– Bienvenida a casa -dijo James quitándose el cigarro de entre los dientes-. Ven aquí.

Yo fui, rodeando los cojines y el periódico que estaban tirados por el suelo hasta el sofá. Me incliné para darle un beso. Sabía a puro y a licor.

– ¿Qué estáis bebiendo?

A aquella distancia también podía olerlo. Anís. Tenían los ojos brillantes y un poco rojos.

James se rió y apartó la vista de la mía.

– Umm… absenta.

Yo miré la botella. La etiqueta tenía un hada con un vestido verde.

– ¿Como en Moulin Rouge? ¿Estáis bebiendo absenta?

Levanté la botella mientras los dos se reían como niños a los que hubieran pillado con las manos en la masa, aunque fueran perfectamente conscientes de que su encanto natural les evitaría cualquier problema. Miré la cucharilla, el azúcar y el encendedor.

Miré a Alex.

– ¿No es ilegal?

– Es ilegal venderla, no beberla.

– Pero… ¿no está hecha de ajenjo? Quiero decir que… ¿la absenta no es venenosa? -le entregué a Alex la botella cuando me tendió la mano.

Sirvió una pequeña cantidad de líquido de color verde vivo y colocó un par de azucarillos en la cucharilla. Metió un dedo en la absenta, dejó caer unas cuantas gotas sobre el azúcar y encendió el mechero debajo. Salió una llama azul. El azúcar empezó a derretirse. Tomó una jarra del suelo, que yo no había visto hasta el momento, y la vertió sobre el azúcar, que se disolvió por completo. El líquido verde del vaso se volvió blanquecino como la leche. Lo hizo girar en el vaso y me lo tendió.

– Prueba.

– No bebe -dijo James, a pesar de que yo ya tenía el vaso en la mano.

– Lo sé -dijo Alex, reclinándose en el sofá.

Los dos me miraron. James con curiosidad, como expectante; la expresión de Alex era inescrutable. Hice girar el líquido en el vaso.

– ¿Qué efecto tiene? ¿Te pone eufórico?

– Los bohemios bebían absenta -dijo Alex, reencendiendo el puro.

– Que yo sepa, nosotros no somos bohemios.

Pero no dejé el vaso. Olía bien.

– Vive la decadence! -dijo Alex, y tanto James como él se echaron a reír.

Yo miré a mi marido, que definitivamente se estaba comportando de forma extraña. Su mirada revoloteaba sobre el rostro de Alex como una mariposa alrededor de una flor, sin llegar a posarse. A continuación me miró a mí y me tendió la mano para estrecharme contra él.

La absenta me cayó en la mano y me la chupé. Creía que sabría a alcohol fuerte, pero sabía a regaliz negro. James me rodeó la cintura con un brazo y frotó la nariz contra mi hombro.

– No hace falta que bebas si no quieres, cariño.

– Lo sé.

Pero no dejé el vaso.

Alex fue a buscar otro vaso para él, pero le puso más absenta, por lo que el azúcar se inflamó más. Todos lanzamos exclamaciones maravilladas como si fuéramos niños ante un espectáculo de fuegos artificiales.

– ¿Estás dentro o estás fuera? -preguntó Alex cuando regresó al sofa y se sentó frente a nosotros-. Las jotas de corazones y las de picas son comodines.

– Estoy dentro -dije.

Creía que la absenta me ardería en la garganta, pero entraba bien y dejaba una sensación cálida. Como cuando comías caramelos. Dulce. Me apetecía bebérmela toda, por eso dejé el vaso al cabo de dos sorbos.

Alex se dio cuenta, pero no hizo ningún comentario, jugamos a las cartas, apostando peniques que sacamos de la botella en la que iba guardándolos James desde que estaba en la universidad. Todos hicimos trampas.

– No voy -dijo Alex al cabo de un rato, lanzando sus cartas sobre la mesa-. No tengo nada.

Nos habíamos sentado en el suelo, la mesa baja era lo que nos separaba. James me rodeaba con un brazo, haciéndome cosquillas en el brazo con los dedos. Dejó el puro en el cenicero.

– Y además estás arruinado, tío.

– Estoy arruinado -confirmó Alex-. En la más absoluta miseria. Desvalijado.

– Yo tampoco tengo nada -dijo James-. ¿Qué tienes, nena?

Les mostré mi mano. Es fácil ganar a dos hombres atontados por el alcohol.

– Tengo una pareja de reyes.

Alex se frotó las uñas en el pecho desnudo.

– Eso seguro.

Yo miré las cartas que tenía en la mano, la reina de corazones flanqueada por el rey de tréboles y el de picas. No me extrañaba que estuviera tan sonriente.

– Pagadme, chicos.

– Los dos estamos sin blanca -dijo James, frotando la nariz contra mi oreja-. Te pagaré con favores sexuales.

Me volví a mirarlo. Me sonrió. Tenía las mejillas rojas y los ojos resplandecientes bajo las oscuras pestañas.

– Eso me vale contigo, ¿pero qué pasa con Alex?

Los dos miramos a Alex, que tenía la atención puesta en las cartas desparramadas por la mesa. Levantó la vista al oír su nombre, y fue la primera vez que no parecía tener el control de su expresión.

Durante casi toda la noche habíamos sido dos y una, pero en ese momento, igual que en el País de las Maravillas, volvíamos a ser tres. Las tres puntas de un triángulo. Una trinidad.

– Creo que eso depende de ti -dijo James por fin, con un ronco murmullo.

Tenía la oportunidad de dejar las cosas como estaban. De elegir la perfección y no el cambio. Podría haber dicho que no, todos nos habríamos echado a reír ante la ocurrencia y nos habríamos ido a acostar cada uno a su cama. Podría habernos ahorrado mucho dolor.

Pero lo deseaba, y al contrario que con la absenta, no lo aparté.

Alex había sido el centro de atención para James y para mí, pero, de pronto, yo era el centro de atención de dos atentas miradas, una azul claro, la otra, de un gris ahumado.

– Anne… -dijo James.

Pensé que iba a decir que era una broma. Que iba a poner fin al juego. Pensé que iba a salvarme de mí misma, pero, al final, dijo solamente:

– ¿Quieres que Alex te bese?

Lo deseaba tanto que todo mi cuerpo temblaba, pero antes tenía que asegurarme de que no había problema. Me volví y puse la boca junto a la de James, tan cerca que nuestros labios se rozaban a cada palabra.

– ¿Quieres que Alex me bese?

James sacó la lengua para humedecerse los labios, humedeciendo los míos al mismo tiempo. Entreabrimos los labios. Tomamos aire, lo dejamos escapar, pero no nos besamos.

– Sí -respondió finalmente-. Quiero ver cómo te besa.

Aparté a un lado lo que creía que deseaban ambos hombres. Yo los deseaba a los dos. Podía tener lo que deseaba. ¿Importaba tanto cómo habíamos llegado hasta allí, o por qué, si, al final, todos íbamos a conseguir lo que deseábamos?

– Estás borracho -susurré contra la boca de James.

– Tú no -me respondió él con otro susurro.

Resbalé y caí, dando vueltas, hacia las profundidades de sus ojos, pero su sonrisa me devolvió a la realidad.

– ¿Quieres hacerlo? -pregunté.

James me acarició el pelo y me quitó el pasador.

– Sólo si tú quieres, nena.

James miró a su amigo por encima de mi hombro.

– Si en alguien puedo confiar tu seguridad es en Alex.

Me volví a mirar a Alex. Esta vez no me hizo falta ninguna pastilla roja para adentrarme en el País de las Maravillas. Bastaba con inclinarme un poco sobre la mesa. Lo hice, apoyándome en el tablero con una mano, la otra entrelazada con la de James.

Él me había preguntado si quería que Alex me besara, pero esa primera vez fui yo quien lo besó. El momento me pertenecía. Era mío.

Intente mantener los ojos abiertos, pero en el último momento me faltó valor y no pude mirar. Su boca era cálida, sus labios más carnosos que los de James. No se movió hacia mí, pero su boca obedeció a mis deseos, abriéndose.

Al poco de estar en aquella posición se me durmió la muñeca. Pero no importaba. Había sido un beso bastante largo para ser el primero, una exploración vacilante a la que creí que los nervios restarían emoción. Me separé y abrí los ojos.

Alex había cerrado los suyos también y aquello hizo que sintiera una inesperada ternura hacia él. Tenía un aspecto más dulce, un príncipe que aguarda el beso del verdadero amor que lo despertará de su sueño. Pero fue sólo un segundo, al cabo del cual abrió los ojos. Sus ojos ardían.

Me puso entonces la mano en la nuca, para mantenerme en el sitio y me dio un beso que me dejó sin aliento, con ansia, pero se separó en el último momento.

La mesa se me estaba clavando en el estómago. Seguía teniendo la mano entrelazada con la de James. El beso se alargó indefinidamente, pero terminó antes de llegar a hartarme.

Esta vez cuando abrí los ojos, Alex me estaba mirando.

– Ahora déjame ver cómo lo besas a él -dijo.

Miré a James y me acerqué a él.

– ¿Seguro que no hay problema?

Él me rodeó con sus brazos.

– ¿Quieres hacerlo tú?

– ¿Quieres que lo haga?

Las manos que tenía entre mi pelo se deslizaron por encima de mis hombros y descendieron por mis brazos hasta llegar a mis manos temblorosas. Juntó nuestras palmas entrelazando los dedos. James inspiró entrecortadamente, muy despacio, y miró por encima de mi hombro. No sé qué vería, pero bastó para hacerle sonreír cuando volvió a mirarme.

– Sí que quiero.

Nunca había sido infiel a mi marido. No tenía motivos para sospechar que él lo hubiera sido conmigo. Sin embargo, allí estábamos los dos, invitando a una tercera persona a nuestra cama. Tendría que haber estado loca para no sentir algo de excitación.

El deseo venció sobre el sentido común, igual que en ocasiones pasadas, y mi cuerpo ignoró el sabio consejo de mi mente y mi corazón. Era más vieja, pero, al parecer, no más sabia.

Estaba entre los dos, una reina con dos reyes. Los dos estaban tensos y preparados para abalanzarse de un salto, aguardando que yo diera la orden. No se parecían, pero, en aquel instante, me parecían idénticos.

– Vamos -dije en voz queda y ronca, pero los dos me oyeron. Les hice la señal de que me siguieran con un dedo, y me di la vuelta a ver si de verdad me seguían.

Subí los dos escalones que separaban el cuarto de estar de la cocina, avancé pasillo adelante en dirección a nuestro dormitorio y entré. Me desabroché los botones y me bajé la cremallera mientras andaba. Para cuando llegué a la cama, camisa y vaqueros estaban por los suelos. Me detuve en sujetador y bragas al pie de la cama y me di la vuelta.

Esperando.

Los oí por el pasillo, el susurro de sus pies descalzos sobre el suelo de madera, el sonido de las cremalleras al bajar y el roce de la ropa deslizándose por la piel. Esperé para ver quién pasaría primero. ¿Sería James buen anfitrión y cedería paso a su invitado?

Aparecieron los dos juntos en la entrada de la habitación, hombro contra hombro, desnudos de cintura para arriba. Con la cremallera bajada, los vaqueros de Alex se le descolgaban aún más de las caderas, revelando el comienzo de una senda de vello oscuro. La parte delantera del pijama de James estaba abultada ya. Sonreí.

Como compañeros de equipo que llevan tanto tiempo jugando juntos que pueden adelantarse a las jugadas del otro, James y Alex se giraron un poco cada uno hacia un lado de manera que pudieran entrar al mismo tiempo. Sus cuerpos se alinearon y se separaron en cuanto estuvieron dentro. Aunque ocurrió en un abrir y cerrar de ojos, la imagen de los dos cara a cara quedó grabada a fuego en mi cerebro.

Los que dicen que las mujeres no se excitan con la vista están muy equivocados. Verlos me dejó la garganta seca y el corazón empezó a martillearme en el pecho. Mi clítoris palpitaba. Necesitaba tocarlos, lo ansiaba.

Tendí las manos hacia ellos, una a cada uno, y ellos la aceptaron. Tiré y ellos se acercaron. Les rodeé la cintura con los brazos y ellos pusieron los suyos alrededor de mis hombros. Ya no éramos un triángulo con puntas marcadas e implacables, en ese momento formábamos un círculo de extremidades entrelazadas, unidas por el deseo.

Besé a los dos, uno detrás de otro. Mientras James estaba en mi boca, Alex se ocupaba de mi garganta y mis hombros. Cuando la lengua de Alex danzaba con la mía, James acarició la elevación de mi pecho y me desabrochó el sujetador para poder chuparme los pezones endurecidos.

Estábamos bailando otra vez, esta vez a un ritmo mucho más lento que el que impusiera el amigo disc-jockey de Alex con su música. James me conocía y Alex conocía a James, y juntos descubrieron dónde era mejor acariciarme, tocarme y chuparme.

De pie, me quitaron las bragas y me separaron las piernas. Eché la cabeza hacia atrás y las puntas del pelo me rozaron los omóplatos mientras dos bocas trazaban las curvas de mis caderas y mi vientre redondeado.

Hablaban en susurros, palabras que no llegué a entender. Tenían un lenguaje secreto de suspiros y risas.

Abrí los ojos para estabilizarme. Entonces coloqué una mano en el hombro de cada uno y presioné para que se juntaran. Me estiré para besar a James mientras enganchaba los dedos en la cinturilla de su pijama y se lo bajaba. Sin interrumpir el beso, utilicé los pies para quitarlos de en medio. Su pene erecto se precipitó hacia arriba entre los dos, trasladando su calor a mi vientre, y James soltó una imprecación contra mis labios. Cuando me giré hacia Alex, esos ojos suyos de mirada lánguida resplandecían.

Su piel estaba tibia cuando puse las manos en su torso. El corazón le latía con fuerza bajo mi palma. No estaba bruñido por el sol, como James. Sus abdominales y sus pectorales no se habían fortalecido a base de trabajo físico, sino haciendo pesas en algún gimnasio caro. Su cuerpo estaba hecho para llevar trajes de diseño y ser acariciado con adoración. Ladeó la cabeza e introdujo la mano entre mi pelo a la altura de la nuca.

Se quedó así un segundo. «No te eches atrás, ahora no», pensé. La mano que James tenía apoyada en mi cadera, los dedos relajados, me instaron a moverme. Yo deslicé las manos por el torso de Alex hasta llegar a sus caderas. Repetí el trazado con la boca. Entonces me arrodillé delante de él y enganché los dedos en sus vaqueros, tirando de ellos muy despacio para saborear la excitación del momento.

Al principio no podía mirarle el pene, de modo que cerré los ojos mientras frotaba la nariz contra sus muslos y le bajaba los pantalones hasta el suelo. Alex salió de ellos. Su miembro erecto me rozó el pelo, la mejilla, y le acaricié suavemente las corvas y las rodillas.

Me enderecé, aunque permanecí de rodillas y abrí los ojos. Levanté la vista hacia los dos, mis reyes, expectantes.

Y me enamoré.

De James me enamoré de nuevo al ver la expresión de orgullo y adoración de su rostro. De Alex me enamoré al ver el destello de vulnerabilidad y ternura con que me apartó el pelo del rostro.

Mis dudas, muchas a pesar de haber estado ignorándolas, se desvanecieron. Lo que quiera que fuera aquello, estaba bien. Lo estaba para ellos. Para mí. Para nosotros.

Tomé a Alex primero, metiéndome en la boca su miembro, a cuya longitud no estaba acostumbrada, mientras sujetaba la base con la mano para controlar el ritmo. Él enredó los dedos en mi pelo y emitió el gemido más sexy que había oído en mi vida. Impulsó las caderas hacia delante y engullí el resto. Su pene era más largo, pero no tan grueso como el de James. Era precioso. Chupé primero el glande y después el resto, una y otra vez, acompañando con la mano la estimulación de labios y lengua.

James aguardaba con paciencia, era yo la que estaba impaciente por tener su sabor en mi boca también. La abrí para él, adaptándome sin esfuerzo a sus proporciones. A él se la chupé a un ritmo más rápido, succionando con más energía. Él hizo algún movimiento espasmódico y se rió. Me encanta oír cómo se ríe cuando su pene está en mi garganta.

Hacer el amor a dos bandas era complicado y me movía con torpeza. Veía la erección del otro, deseosa de entrar en mi acogedora boca, y las manos a veces se me resbalaban cuando en realidad quería acariciar. Todo era humedad y descoordinación. Risas entrecortadas brotaban de sus labios entre suspiros y gemidos. Los dos estaban totalmente empalmados. Noté en la lengua el sabor de la mezcla de sus fluidos, excitándome sin medida.

No sé quién de los dos hizo que me detuviera ni quién de los dos me instó a levantarme, porque cuando lo hice los dos me sujetaban. Me empujaron con suavidad hacia la cama, donde llegó el turno de ser adorada.

Ellos estaban más coordinados que yo. Sin necesidad de decir nada acariciaron mi cuerpo con sus manos y sus bocas. Yo sólo tenía que dejarme hacer.

El tiempo se diluyó durante un instante mientras los tres nos contorsionábamos y nos retorcíamos en un caos de extremidades entrelazadas. Me reí entre dientes al oírlos.

– Tócala ahí.

– A ver si le gusta… sí. Así.

– Aparta, tío. Déjame…

– Hazlo otra vez.

Y lo hicieron otra vez. Y otra. Lo repitieron todo juntos y por separado. El placer fue aumentando hasta alcanzar cotas dolorosas; hasta creer que iba a desmayarme; hasta desear encontrar alivio.

Hasta ahogarme en él.

Como si hubieran estado esperando esa señal, y con sólo una mirada, los dos se retiraron. Nuestra respiración sonaba agitada. Estábamos sudorosos y el aire olía a sexo.

– Jamie, siéntate. Anne, ven aquí -ordenó Alex con voz ronca, pero sin vacilar.

¿Cuántas veces habría hecho aquello? Las suficientes como para dirigir la coreografía con total seguridad. Hicimos lo que nos pedía. James se tumbó de espaldas y me llevó consigo, apretándome encima de él. Su pene palpitaba en mi espalda cuando me acomodé entre sus piernas. Entonces basculó hacia atrás y yo con él. Arqueé la espalda y me lamió la mejilla mientras yo me agarraba al cabecero de la cama.

Estaba tan mojada, tan preparada, que no tardó ni un segundo en estar dentro de mí. Lo habíamos hecho antes en aquella postura, pero nunca tumbados los dos. Lo habíamos hecho conmigo sentada encima de él dándole la espalda, la postura del columpio, según el libro que me regalaron mis amigas en mi despedida de soltera. También funcionaba así.

James me sujetó por las caderas y embistió despacio. El ángulo era distinto. Su pene acariciaba mi sexo en lugares a los que no estaba acostumbrada. Yo me arqueé para permitir una penetración más profunda.

Tenía tantas ganas de correrme que sentía que mis músculos se movían espasmódicamente, pero en aquella postura, mi clítoris no recibía la estimulación necesaria. Me removí, impaciente. James me mordió en el hombro, arrancándome un grito de placentero dolor.

Solté un grito más sonoro al notar humedad en mi clítoris. Abrí los ojos como platos y miré hacia abajo. Alex estaba de rodillas junto a mí, con el pene en la mano, masturbándose lentamente al tiempo que lamía mi sexo.

Yo solté un grito entrecortado. La imagen de su negra cabeza inclinada sobre mi sexo mientras otras manos me sujetaban por atrás y otro pene me llenaba me volvió loca de deseo.

James empujaba mis caderas, soportando mi peso y variando el ángulo para poder embestir con más profundidad aún. Solté una de las manos del cabecero, me lamí la palma y rodeé el miembro de Alex con ella. Él gimió, soltando una bocanada de aire caliente sobre mi carne ardiente. Comencé a masturbarlo muy despacio y fui aumentando la velocidad, haciendo de mi puño un coño que pudiera follarse.

A partir de ahí todo empezó a ondular como una bandera de seda con la brisa. Nos movíamos. Follábamos. Nos corrimos, los tres al mismo tiempo, un hombre dentro de mí, el otro en mi mano.

En el silencio que sobrevino, nuestros cuerpos fueron enfriándose con el aire nocturno que se colaba por las ventanas. El sueño se apoderó de nosotros, aunque no sentíamos la tentación de soñar lo que ya habíamos vivido. La cama era lo bastante grande para los tres, pero cuando me desperté en algún momento de la noche, había un solo cuerpo a mi lado.

Debería haber podido decir quién era, debería haber sabido, pese a la oscuridad, que era James. Debería haberlo sabido sin duda, pero perdida entre el total abandono y la consciencia, no me bastó con pasar la mano sobre aquel cuerpo.

No estaba segura de quién estaba y quién se había ido, sólo sabía que allí estaba uno de ellos… y no me importaba cuál de los dos fuera.

Capítulo 10

Me desperté temprano y me arrastré hasta la ducha. Acuclillada en el suelo, abrazándome las rodillas, dejé correr el agua caliente mientras el pánico cundía en mí. ¿Qué había hecho? ¿Qué habíamos hecho? ¿Qué iba a suceder a partir de ese momento?

Comprendía lo que era el sexo y el placer. Comprendía el deseo. El amor. Yo amaba a mi marido. Él me proporcionaba placer, y yo trataba de corresponderlo. Pero lo de la noche anterior no había tenido nada que ver con el amor. Lo de la noche anterior había sido sólo deseo y pasión. Anhelo carnal desenfrenado.

También sabía lo que era eso.

Me había enamorado por primera vez a los diecisiete años. Michael Bailey, no Mike. Jugaba al béisbol y al fútbol. Aquel año fue el capitán del equipo. Era muy guapo y simpático, y yo no era la única chica que estaba loca por él.

Nos sentaron juntos en clase de Álgebra. Compartimos sala de estudio el primer semestre de nuestro último año de instituto y nos sentamos juntos. Las matemáticas no eran mi fuerte, ni el suyo, pero descubrimos que estudiando juntos se nos hacían más digeribles los deberes. La primera vez que quedamos fue para estudiar en la cocina de su casa, comiendo las galletas que su madre sacaba del horno.

Se suponía que yo no era la clase de chica que le gustaba, la callada y estudiosa Anne Byrne, con sus gafas, la que nunca se metía en líos. Los deportistas del instituto salían con las chicas populares, igual que en las películas. Sin embargo, la vida no es una película, y por alguna razón le pareció lo más natural del mundo tomarme de la mano cuando me acompañó aquel día a casa. Igual de natural que el beso de buenas noches que me dio en el porche, para volverse caminando después, un chico convertido en un hombre casi de la noche a la mañana.

Nunca invité a Michael a casa. Comparada con la suya, mi casa parecía un manicomio, donde mis hermanas chillaban, me quitaban la ropa y jugábamos a indios y vaqueros. En mi casa las cosas nunca estaban mucho tiempo limpias, todo olía a tabaco y las comidas podían ser vergonzosamente bulliciosas o dolorosamente silenciosas, esto es, cuando mi padre estaba en uno de sus días malos, en cuyo caso todas tratábamos de hacer el menor ruido posible.

Me enamoré de la familia de Michael casi tanto como de él. La señora Bailey era la madre perfecta, siempre en casa, siempre perfectamente peinada y maquillada, aunque estuviera limpiando los suelos. Su padre era un agradable hombre con gafas a quien le gustaba hacer juegos de palabras para horror de Michael, pero que a mí me encantaban. Michael tenía un hermano mayor en la universidad a quien nunca conocí, pero a juzgar por las fotos parecía una versión un poco mayor de Michael. No se decían tacos, ni se fumaba ni se bebía.

Los Bailey me aceptaron sin reservas, con total naturalidad, como si no fuera distinta al montón de novias que Michael había tenido antes que yo. Y supongo que, por entonces, no lo era. Pero quería serlo. Quería gustarle más que cualquier otra chica. Quería que me quisiera más.

Yo era Catherine. Él era mi Heathcliff. Si todo hubiera desaparecido excepto él, habría seguido siéndolo. Michael era el sol, la luna, las estrellas, el alfa y el omega. Era el océano y yo me zambullí sin importarme que pudiera ahogarme.

Que iba a ir a la universidad estaba fuera de toda duda. Llevaba deseándolo desde que hice las primeras pruebas de aptitud en noveno curso. Había cursado solicitud a diversas universidades, pero al final me decidí por Ohio State porque era la que tenía mejores planes de financiación de estudios. La primavera de mi último año de instituto cumplí los dieciocho, me aceptaron en Ohio State y empecé a contar los días que faltaban para irme de casa. Lo único que empañaba mi absoluta felicidad era saber que tendría que dejar a Michael, aunque como también él había solicitado entrar en Ohio State aún albergaba la esperanza de que pudiéramos seguir juntos.

El sexo era algo que todo el mundo quería practicar y, había gente que lo hacía, algo de lo que los chicos se jactaban y que las chicas no querían admitir que hacían. Yo hacía todo lo que él quería que hiciese. Se corría en mis manos, mi boca, entre mis senos. Entre mis muslos. Le entregué mi virginidad sin pensármelo dos veces, sin que se me pasara por la cabeza la posibilidad de darle largas. Se la habría entregado antes si él me lo hubiera pedido, pero supongo que creyó que le diría que no.

Se tiene la percepción general de que la primera vez siempre es horrible, pero para mí no lo fue. Nos pasamos una hora con los preliminares, acariciándonos el uno al otro. No hay preliminares como esas primeras exploraciones juveniles, cuando desabrocharte un botón es causa de exaltación. Yo pasaba normalmente más tiempo mamándosela que él haciendo lo propio conmigo, pero aquella noche me chupó largo y tendido. Saboreé mis fluidos en sus labios cuando me besó. Para entonces estábamos desnudos, y su pene caliente y erecto me presionaba el vientre.

No habíamos planeado hacerlo, simplemente, ocurrió. Nos besamos. Nos movimos. De alguna forma, nuestras caderas rotaron y encajaron, y cuando me quise dar cuenta su pene erecto estaba a las puertas de mi sexo. Yo me arqueé. Él empujó. Yo estaba húmeda, resbaladiza y abierta a él. Todo ocurrió tan despacio y con tanta naturalidad, que no creo que ninguno de los dos se diera cuenta hasta que embistió y me penetró por completo. No me dolió, y cuando empezó a moverse, yo estaba tan cerca del orgasmo que no pude contenerme y lo agarré del trasero, instándolo a embestir más con más brío. Me susurró mi nombre al oído entre gemidos justo antes de la última embestida y se estremeció. Oírlo me llevó al orgasmo. Los dos nos corrimos con escasos segundos de diferencia aquella primera vez, la única vez que ocurrió. Lo hicimos muchas veces después de aquella vez, pero nunca fue lo mismo.

Como consecuencia del auge del sida, nos bombardearon el cerebro con el uso de condones, y siempre los usábamos. Menos aquella primera vez. Pero ya se sabe, basta con una sola. El caso es que nos tocó.

Creo que supe que estaba embarazada la primera vez que me desperté y las náuseas me hicieron salir corriendo al baño. Como siempre había tenido una regla muy irregular y dolorosa, me convencí de que la sensibilidad de los pechos, las náuseas y los mareos no eran más que síntomas premenstruales. No podía estar embarazada. Dios no me haría algo así.

Claro que no había sido Dios, sino mi propia estupidez.

Faltaban tres días para graduarnos cuando se lo dije a Michael. Como era el último curso y ya habíamos terminado los exámenes, no teníamos que asistir a clase. Aprovechábamos que sus padres estaban trabajando para hacer el amor con total abandono en su camita con el cabecero en forma de rueda de carreta. El sexo era bueno como sólo puede serlo cuando estás enamorado hasta los huesos y todo lo que hace tu pareja te parece maravilloso. Yo me corría más por cuestión de suerte que por nuestras habilidades amatorias, aunque no se podía evaluar con exactitud la magnitud de los orgasmos.

Se quedó tumbado sobre mí, la mano encima de mi vientre, que todavía no había empezado a crecer. Olía a crema bronceadora. Habíamos estado tomando el sol junto a la piscina. Estaba tan enamorada de él que sentía que me iba a reventar el corazón.

Había estado buscando el momento y las palabras perfectas, pero, al final, se lo dije sin andarme por las ramas: «Estoy embarazada». Como si le estuviera diciendo que tenía hambre o que estaba cansada.

En aquella posición no pude verle la cara, pero su cuerpo, tan relajado sobre el mío, se puso de repente tenso como la cuerda de una guitarra. No me preguntó si estaba segura. No dijo nada. Se levantó y entró en el cuarto de baño, cerrando la puerta de un portazo.

Esperé varios minutos a que volviera, oyendo cómo vomitaba. No esperé más. Me levanté, me vestí y me fui de su casa.

No me llamó. Mi corazón se hizo añicos, como cuando se estampa un vaso de cristal contra un muro de ladrillo, y me corté tratando de recogerlos. Lo vi el día de la graduación. Permaneció de pie en el estrado, con la mirada fija en el frente.

Estaba de dos meses, y me faltaban tres para irme a la universidad. Conseguí trabajo de camarera para empezar a ahorrar dinero para la universidad. La vida se abría ante mí. Ante la inminente marcha y sin Michael para que me abrazara, tenía la impresión de que el mundo se derrumbaba bajo mis pies.

El suicidio era una opción demasiado extrema. No tenía dinero para pagar el aborto, por no mencionar lo que le habría costado a mi alma inmortal, de creer que tenía. Llegué a buscar «Adopción» en la guía telefónica, pero entonces me empezaron a sudar las manos y tuve que colgar por miedo a que fuera a desmayarme.

Fue una pesadilla peor que la de que me ahogaba. Me mataba la ansiedad cada vez que me pasaba las manos por el estómago o sonaba el teléfono y no era Michael. Pero tampoco cesaba nunca, como acaban haciendo otras pesadillas.

Sabía que estaba mal, pero bebí el primer sorbo que me quemó la garganta. Estaba de pie en la cocina con la botella de mi padre en la mano, esperando sentir lo que él sentía. Lo que debía de sentir, cuando no podía dejar de beber. Esperé a que el aturdimiento o algo, cualquier cosa, se apoderara de mí e hiciera desaparecer aquella ansiedad que me iba matando. No sentí nada.

Así que bebí un poco más, un chupito del tirón, que me hizo toser y atragantarme, pero conseguí tragármelo. Se asentó en mis tripas como un viejo amigo. Bebí otro chupito. Al tercero, la vida ya no me parecía tan mala, y comencé a entender la atracción que ejercía el alcohol. Más tarde, de rodillas delante del retrete, vomitando con tanta violencia que me rompí un capilar, pensaría que jamás volvería a beber.

Dos semanas más tarde, cargada con una bandeja de filetes especialmente pesada, sentí una horrible punzada de dolor que me desgarraba por dentro. Otra. Se me pasaron el tiempo suficiente para que pudiera servir la comida, pero una hora después empezaron de nuevo. Fui al cuarto de baño del personal y vi que tenía un coágulo de sangre del tamaño de mi pulgar en las bragas. Ahogué las lágrimas con las dos manos mientras me colocaba una compresa, y regresé al trabajo.

Acabé el turno como pude. Una vez en casa, me metí en la ducha y vi caer la sangre por mis piernas y perderse en el desagüe. Mi risa parecía más un sollozo. No sabía qué hacer, sólo que Dios había escuchado unas oraciones que yo no había elevado.

En agosto, Michael fue al local en el que trabajaba yo. Pidió un refresco, que le llevé en vaso alto con una rodaja de limón. Le entregué una pajita sin que me la pidiera, con el extremo por el que iba a beber cubierto por papel protector, como si fuera a contaminarlo con los dedos.

– ¿Qué tal estás? -me preguntó con ojos huidizos, aunque era una hora de poco trasiego y los otros clientes estaban sentados en otra sección de la cafetería.

– Bien -dije yo, intentando recordar cómo había sido amarlo.

– ¿Cómo va…? -terminó la frase dirigiendo la vista a mi abdomen.

– Ya no está -dije yo, como si en vez de nuestro bebé se tratara de una molesta erupción cutánea que hubiera hecho desaparecer a base de pomada.

No me dolió la expresión de alivio que vi en su rostro. Yo había sentido lo mismo. Sólo que él no había visto la sangre, ni había tenido que soportar los dolores, como tampoco había tomado cartas en el asunto en modo alguno. Tal vez no fuera justo juzgarlo. Éramos jóvenes y habría huido de haber podido, de no haber sido porque llevaba el problema en mi seno.

– Eso es… -dejó la frase en el aire. No había tocado el refresco. Carraspeó al tiempo que hacía ademán de tomarme la mano, pero no lo hizo-. ¿Fue muy caro?

Quería estar furiosa con él, pero dado que mi amor por él había quedado reducido a cenizas, no pude encontrar nada que transformar en rabia. Al no recibir una respuesta, Michael debió de dar por hecho que sí. Asintió con la cabeza y expresión huidiza.

– Te daré el dinero. Y, Anne… lo siento.

Yo también lo sentía, pero no tanto como para contarle la verdad. No tanta como para devolverle el dinero. Me hacía falta para la universidad. Había pagado quinientos dólares en libros para el primer curso.

El vapor se separó como una cortina cuando salí de la ducha y agarré una toalla. Hacía mucho de todo eso. Me había dejado una cicatriz, igual que otras muchas cosas. Lo malo era que a veces me preguntaba qué habría sucedido si no hubiera deseado con tanta fuerza perder aquel niño. Me habían diagnosticado endometriosis, que puede ser causa de infertilidad. Una cosa no había tenido nada que ver con la otra, pero en mi mente estaban íntimamente relacionadas. Nadie podría asegurarlo.

Me sequé y permanecí en la puerta del cuarto de baño envuelta en la toalla. Oí dos voces masculinas. Hablaban y reían.

Sabía qué me había hecho pensar en Michael. Había sido el anhelo. Amaba a James, pero nunca lo había deseado ardientemente. No como había deseado a Michael. O a Alex.

Los dos levantaron la vista cuando abrí la puerta. Dos hombres tremendamente guapos con sonrisas que intentaban denodadamente ser idénticas. Olía a café. Alex me tendió una mano.

– Anne, vuelve a la cama -dijo.

Y lo hice.

Estaba en el aparcamiento de la cafetería cerrando el coche cuando vi que Claire salía de un coche deportivo de color negro a dos espacios de donde había aparcado yo. Cerró la puerta con todas sus fuerzas y le hizo un corte de mangas al conductor antes de que el coche saliera pitando de allí. Se dio la vuelta y me vio.

– ¡Los hombres son una mierda! -se quejó-. ¡La madre que parió a esos mamones!

Por una vez no estaba en desacuerdo.

– ¿Quién era ése?

– Nadie -me dijo-. Y cuando digo nadie, me refiero a que es un capullo inútil y fracasado.

– Creía que habías dicho que no tenías novio -dije yo, intentando hacerla reír, pero Claire estaba muy cabreada.

– No lo tengo -miró en la dirección que había tomado el coche-. Y si lo tuviera, no sería él.

Un coche desconocido aparcó junto al mío y se bajó Patricia. Cerró la puerta y se guardó las llaves en el bolso. Al darse cuenta de que la estábamos mirando enderezó ligeramente los hombros.

– El monovolumen gastaba mucho combustible. Lo hemos cambiado por éste.

Mi hermana no había conducido un coche usado en toda su vida. Miré a Claire, que no estaba haciendo caso. Mary apareció en ese momento con el coche de mi madre. Parecía que estábamos en una comedia de errores.

– ¿Dónde está el Escarabajo? -preguntó Claire.

– Tengo que cambiarle los neumáticos -contestó Mary, al tiempo que sonaba su omnipresente teléfono dentro del bolso. Metió la mano para apretar algún botón y el sonido paró-. ¿Vamos? Me muero de hambre.

A pocas semanas de la fiesta, habían empezado a llegar las confirmaciones. Saqué un montón de tarjetas con un «sí» o un «no» marcado en una de las caras.

– Madre mía, viene todo el mundo -Claire revisó otras cuantas tarjetas más y las puso en el montón con las demás-. Joder, chicas. Vamos a ser doscientos.

– Vamos a tener que llamar a la empresa de catering -dijo Patricia, siempre pragmática.

– ¿Dónde vamos a meterlos a todos? -pregunté sin esperar respuesta.

– Ya lo arreglaremos -la respuesta alegre de Mary nos llamó la atención a todas. Pareció sorprendida-. ¿Qué? Lo arreglaremos, ¿no?

– Vale, Mary Alegría de la Huerta -dijo Claire poniendo los ojos en blanco-. Si tú lo dices.

– Pues claro, ¿por qué no? -dijo Mary alegremente.

La miré detenidamente. Tenía las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes y una sonrisita fija en los labios. A ella también le pasaba algo. A todas nosotras. Era el verano de los secretos. Por lo menos parecía que Mary ocultaba algo bueno.

Nos repartimos lo que quedaba por hacer. Vajilla de papel, adornos, recuerdos de la fiesta. Discutimos los pros y los contras de contratar a alguien para que se ocupara de recoger después de la fiesta, y al final optamos por no gastar más dinero. El personal de la empresa de catering recogería lo que manchara y no habría platos para lavar, puesto que serían de papel.

– Podemos alquilar un contenedor de basura -dijo Patricia-. Que vengan a recogerlo al día siguiente.

– Deberías alquilar también un retrete portátil -apuntó Claire. Me robó unas cuantas patatas fritas más del plato tras acabarse las suyas-. Dos cuartos de baño para doscientas personas no van a ser suficientes.

Eso tampoco era una mala idea. Nuestra reunión estaba yendo bien, sin riñas. Patricia estaba inusitadamente callada, Mary desacostumbradamente radiante. Claire se excusó de pronto a mitad de la comida, pálida. Mis otras hermanas se volvieron a mirarme, como si yo tuviera una explicación.

– A mi no me miréis. Mary, tú la ves más que yo -dije yo, levantando las manos.

– Últimamente no -contestó Mary, mojando una patata frita en ketchup, pero no se la comió, sólo la miró sonriente-. Ha estado trabajando mucho y yo he estado fuera de la ciudad.

– ¿Fuera de la ciudad? ¿Dónde? -Patricia estaba sacando el dinero justo de su consumición otra vez.

– He pasado unos días con Betts. Quería mirar apartamentos para cuando empiece la universidad en otoño, y tenía que hacer papeleo.

Patricia levantó la vista de la calderilla.

– Ya. Deja que lo adivine. Has visto a ese tipo otra vez.

Mary parecía confusa.

– ¿Que tipo?

– Se refiere al tipo con el que te acostaste -explique yo.

Mary puso una mueca rara.

– ¿Joe? No.

– Pues desde luego tienes un color de cara estupendo -comentó Patricia colocando las monedas en ordenados montoncitos encima de los billetes.

Ninguna dijo nada. Patricia se quedó quieta un momento. Mary levantó el mentón, casi desafiante.

Vaya, vaya. Acababa de pillarlo. Igual que Patricia. No me atreví a mirarla.

– Joder -dijo Claire cuando se sentó de nuevo-. ¡La madre que parió a esos mamones!

Se quedó mirándonos, pero todas habíamos encontrado algo más interesante que hacer.

– ¿Que ha pasado aquí?

Y ni aun entonces rompimos el silencio, tal como nos habían enseñado a hacer.

James no se acordó de preguntarme que tal me había ido en el médico hasta bastante después.

– Bien -respondí yo acercándome un poco más al espejo para aplicarme la máscara de pestañas-. Me dijo que es bueno que haya disminuido el dolor. La intervención funcionó.

James se había afeitado y olía a la loción de romero y lavanda que se había puesto en la cara.

– ¿Y qué te ha dicho de las posibilidades de que te quedes embarazada?

– Dijo que podíamos intentarlo en cualquier momento -respondí yo sin pestañear

Él sonrió de oreja a oreja.

– Estupendo.

Tapé el tubo plateado, lo guardé en mi bolsa de las pinturas y me volví hacia él.

– No creo que éste sea el mejor momento para intentar quedarme embarazada, James. Piénsalo bien.

Se quedó inmóvil a mitad de camino de meterse el cepillo en la boca.

– Si no follas con él, no veo el problema.

Me crucé de brazos.

– No puedo creer que me estés diciendo esto. Nos hemos acostado los tres juntos dos veces. ¿Qué te hace pensar que un día hagamos algo más que chuparnos y hacernos pajas?

– Tú… no lo hagas y ya está -dijo James, encogiéndose de hombros, como si no tuviera importancia. Como si ver a tu mujer meterse en la boca la polla de otro hombre no estuviera mal pero en el coño sí.

En algún lugar de nuestra casa, Alex nos esperaba para ir a cenar. En algún lugar entre nosotros, pese a no encontrarse en la habitación. Fruncí el ceño, pero James parecía impasible.

– Me parece que no eres consecuente -le dije.

Él me acarició suavemente la mejilla y se puso a lavarse los dientes.

– Alex lo comprende -dijo con la boca llena de pasta.

Tardé un par de segundos en procesar la información.

– Explícate.

James escupió, se enjuagó y dejó el cepillo en su repisa, tras lo cual se giró y me sujetó de los brazos.

– No tiene ningún problema con ello. Sabe que tal vez queramos tener hijos. No le importa no follarte.

– ¿Habéis hablado de esto? -pregunté con gran esfuerzo, porque las palabras se me habían quedado atascadas en la garganta-. ¿Sin mí?

No le quedaba bien la cara de picardía.

– No es para tanto, Anne.

Yo me zafé de sus manos.

– Sí que lo es. ¿Cómo os atrevéis a hablar de algo así sin que esté presente? ¿Qué estabais haciendo? ¿Negociar?

Algo que no podría describir como culpa exactamente le cruzó el rostro.

– Nena, no te pongas así.

– ¿Qué habéis hecho? ¿Habéis impuesto algunas normas?

James desvió la mirada.

– Algo así, sí.

Sentí que me ponía pálida.

– ¿Qué normas?

– Oh, vamos, nena…

Aparté la mano que intentaba ponerme encima.

– ¿Qué normas?

James se apoyó en la encimera del cuarto de baño con un suspiro.

– Sólo que… no puede follarte. Eso es todo. Todo lo demás está permitido si tú quieres.

Me puse a recorrer la habitación de arriba abajo mientras ponderaba la cuestión. Habían estado hablando a mis espaldas. Habían hablado de mí.

– ¿Puede comerme el coño?

James se frotó la cara, pero respondió.

– Sí. si es lo que quieres.

– ¿Y yo puedo comerle la polla?

– Sólo si tú quieres, Anne -repitió James con paciencia-. Todo eso es sólo si tú quieres.

– ¿Desde cuándo? -pregunté con voz firme.

– ¿Desde cuándo qué?

Se hizo el tonto para evitar responder a mis preguntas. No era la primera vez. Era un truco que había aprendido a dominar gracias a su familia, y me parecía tremendamente irritante que intentara hacerlo conmigo.

– ¿Desde cuándo lleváis hablando de esto?

Me tendió los brazos, pero yo levanté una mano para mantener la distancia. James soltó un suspiro al tiempo que se pasaba la mano por el pelo, despeinándoselo. Retrocedió sin mirarme a los ojos.

– ¿Acaso importa?

Por un momento me costó que me saliera la voz.

– ¡Importa! ¡Claro que importa!

– Un tiempo -respondió pasándose la cuchilla de afeitar por las mejillas, aunque estaban tersas-. Salió el tema en una conversación.

– Por favor, explícame cómo pudo salir en la conversación el tema de dejar que tu amigo se follara a tu mujer, James -dije-. Ah, no, perdón. De no dejar que tu amigo se follara a tu mujer.

Se volvió hacia mí.

– De acuerdo. Un día vi la encuesta que habías hecho en una de las revistas que tienes en el baño. Creí que estaba haciendo algo que deseabas.

De haber creído que sólo me decía aquello para tratar de aplacar mi enfado, probablemente habría saltado con algo, pero su sinceridad me pilló desprevenida.

– ¿Qué encuesta?

– Una que hablaba sobre las fantasías sexuales. Respondiste que tu mayor fantasía era estar con dos hombres al mismo tiempo.

Me dejó tan descolocada que creía que el suelo se movía bajo mis pies. Tuve que agarrarme a la encimera.

– No tengo ni puñetera idea de qué hablas.

Una mentira envuelta en verdad puede parecer creíble. A James no se le daba bien mentir, pero creí que me estaba diciendo la verdad, o una parte al menos.

– Eso es lo que decía -me respondió-. Y pensé que lo deseabas. Así que…

– Así que lo organizaste todo. ¿Entonces ha sido todo un montaje?

Él se encogió de hombros y levantó las palmas. Tuve que mirar hacia otro lado para no darle una bofetada.

– ¡No me lo puedo creer! ¡Me has chuleado!

– No ha sido así -respondió con voz queda-. Yo no sabía que iba a venir y que se quedaría con nosotros hasta que llamó aquel día. Pero me pareció que sería un buen momento para intentarlo… Sabía que a él le gustaría la idea. Y quería regalarte algo que pensaba que deseabas.

– Ya, claro, ¿como lo de las vacaciones en un campo de golf? -dije yo en referencia al viaje que organizó para nuestro tercer aniversario, pese a que yo no juego al golf.

– ¿Cómo?

– No importa -respondí yo, pasando junto a él en dirección al dormitorio, para terminar de vestirme.

– Pensé que te gustaría -dijo James desde la puerta-. Y te gustó.

Me di la vuelta bruscamente, la garganta tan tensa por una emoción que no sabía si quería que fuera ira o diversión.

– ¡Ni siquiera me dijiste nunca que mantenías el contacto con él, James! Te pasaste años hablando de él como… ¡como si estuviera muerto! ¡Nunca me dijiste que seguías hablando con él! ¡Dejaste que lo invitara a nuestra boda creyendo que hacía años que no hablabais!

– ¡Y era verdad! -gritó él, demasiado fuerte para un espacio tan reducido-. Me llamó para darme la enhorabuena por la boda. Empezamos a escribirnos algún que otro e-mail. A veces me llamaba. ¡No era para tanto!

– ¿Cuál fue el motivo de vuestra pelea? -le pregunté-. Cuando estabas en la universidad y fue a visitarte. ¿Cuál fue el motivo de la discusión que os mantuvo separados durante tanto tiempo? Era tu mejor amigo. ¿Por qué os peleasteis?

James se dirigió a la cómoda y sacó un par de calcetines. Se sentó para ponérselos. No me miró.

Me había puesto de rodillas para él muchas veces, pero esta vez no había ni un ápice de excitación sexual que me ablandara. Puse las manos en sus muslos y ladeé la cabeza para mirarlo a la cara. Cuando se encontró con mi mirada, tenía el ceño fruncido y los labios cosidos por dedos torpes.

– Tengo derecho a saberlo.

James soltó un suspiro y relajó la expresión.

– Hacía tiempo que no nos veíamos. Yo estaba en la universidad y él trabajaba en el parque. No manteníamos contacto en realidad, pero de vez en cuando me llamaba o lo veía cuando volvía a casa en vacaciones. Había cambiado. Iba a clubes nocturnos. Conocía a gente. Yo quería graduarme a tiempo. Las cosas no estaban como siempre entre nosotros. La gente crece.

– Lo sé.

– De modo que un día recibí una llamada suya, así, de repente, cuando estaba preparando los finales. Quería venir a casa a pasar el fin de semana. Le dije que viniera y… bueno, supe desde el primer momento que le pasaba algo, pero no le pregunté. Era como si todo él vibrara. Al principio pensé que se había metido algo, pero me dijo que no había tomado nada. Una noche salimos. Nos emborrachamos. Regresamos a mi apartamento y me dijo que un tipo que había conocido le había ofrecido un trabajo en Singapur y que iba a aceptarlo.

James tomó aire profundamente, muy despacio.

– Pensé que no me importaba. Pero… estábamos borrachos -se pasó la mano por el pelo-. Me dijo entonces que el tipo en cuestión no era un tipo cualquiera, sino un hombre al que se había estado tirando, y… perdí los nervios.

Aquélla no era la historia que había esperado escuchar.

– Oh, entonces vosotros no…

– Tuvimos una pelea muy gorda. Rompimos la mesa de centro y las botellas que había encima -se frotó la cicatriz con gesto ausente-. Estábamos muy borrachos, Anne. Nunca me había agarrado una melopea igual. Me corté. Sangré como un cabrón, lo puse todo perdido -soltó una débil risotada-. Creía que iba a morirme. Alex me llevó a Urgencias. Se marchó al día siguiente.

Yo lo miré.

– Y vas tú y le ofreces un sitio en nuestra cama sin molestarte en preguntarme qué opinaba. Actuaste a mis espaldas y le diste carta blanca para que sedujera a tu mujer, viste cómo me comía el coño, pero no quieres que me folle.

James dio un respingo.

– Creí que…

– No creías nada -le solté.

Nos quedamos mirándonos fijamente. Era la primera vez que discutíamos por algo más importante que quién había olvidado sacar la basura. Me incorporé de mi postura de rodillas, pero me quedé sentada.

– Si no quieres hacerlo… -comenzó a decir James, pero volví a interrumpirlo.

– Quiero hacerlo -mi voz sonaba distante.

Para mí, James tenía más culpa que Alex en lo de su pequeña colaboración. Al fin y al cabo, era James el que estaba casado conmigo, era él quien lo había dispuesto para que Alex se quedara en nuestra casa. James era quien, con gran inteligencia, me había introducido en la idea del voyeurismo, el exhibicionismo y el ménage à trois. James me conocía. Alex no.

Debería haber seguido furiosa, pero saber que James había sido el artífice no hacía variar el hecho de que deseaba a Alex Kennedy casi desde el momento en que lo conocí. Como tampoco hacía variar el hecho de que hacerlo con dos hombres era tan fantástico en la vida real como en la fantasía del cuestionario que yo no había contestado. De lo que se trataba en ese momento era de si elegiría creer los motivos de mi marido para emprender aquella pequeña aventura, o si querría escarbar, con el riesgo que ello suponía de desenterrar cosas que deberían permanecer ocultas.

Elegí creer a James.

Encontré la revista en el fondo de un montón en el revistero que había en el cuarto de baño pequeño. Alguien había señalado Dos hombres, una mujer en respuesta a la pregunta de cuál era su fantasía preferida, pero no había sido yo. Volví al dormitorio con la revista y se la tiré a James, golpeándolo de lleno en el pecho. Entonces la agarró.

– Ahí tienes tu cuestionario -dije con tono furioso, aunque en realidad no lo estaba-. Yo no lo rellené.

– ¿Quién lo hizo entonces? -preguntó él, sosteniendo la revista en alto.

– Y yo qué sé -contesté yo, un dedo en la barbilla fingiendo gesto de inocencia-. ¿Quién me da estas revistas? ¿Pudo haber sido… tu madre?

James, consternado y asqueado, tiró la revista como si hubiera aparecido debajo de una piedra y tuviera ocho patas.

– ¡Por Dios, Anne, qué cosas dices!

No pude contenerme más. Lancé una carcajada. James parecía horrorizado.

– Piénsalo -dije.

– No quiero pensarlo -contestó, estremecido.

Me acerqué a la cama y me senté a horcajadas encima de él, le agarré las muñecas y se las sujeté por encima de la cabeza. Quería dejar claro mi punto de vista.

– Como me entere de que vuelves a hacer algo así -le dije con severidad-, no te lo perdonaré. ¿Lo has comprendido?

Él me miró y dijo:

– Sí.

Roté un poco las caderas y James me recompensó empalmándose.

– Si tienes intención de hablar de este tipo de cosas, tienes que contar conmigo.

– Hecho.

Volví a rotarlas. Las pupilas se le dilataron un poco. Elevó las caderas y yo empujé hacia abajo al tiempo que le apretaba los costados con los muslos.

– Y cuando se vaya, se acabó -le dije-. Sólo van a ser unas semanas durante el verano. No es algo que le ofrecerías a una persona cualquiera, ¿verdad? No vas a invitar a Dan Martin a tomarse un vino con un poco de queso y una paja de Anne.

– Claro que no, por Dios -contestó él. Dan Martin era uno de sus obreros. Un tipo majo, aunque yo prefería a los hombres con dientes.

Elevó de nuevo las caderas, pero yo no estaba dispuesta todavía a darle lo que estaba claro que deseaba.

– No quiero que esto suponga un problema entre nosotros, Jamie. Lo digo en serio.

Él sonrió y entonces me di cuenta de que lo había llamado como lo llamaba Alex. Le solté las muñecas y me puso la mano en la mejilla. Nos quedamos así un rato.

– No se interpondrá entre nosotros. Pero si en algún momento quieres que pare, no tienes más que decirlo.

Ponderé su respuesta.

– Sólo quiero saber por qué. La verdad.

– Ya te lo he dicho -contestó él removiéndose debajo de mí, empalmado todavía y a todas luces incómodo-. Pensé que lo deseabas.

Sacudí la cabeza.

– No la respuesta que crees que quiero oír, sino la verdadera razón.

Las manos que me sujetaban las caderas se tensaron.

– ¿Por qué lo hiciste?

– Porque lo deseaba.

Me meció contra él.

– ¿Querías que te tocara?

– Sí.

– ¿Así? -ahuecó la mano contra mi pecho y yo contuve la respiración.

– Sí.

– ¿Y aquí? -llevó una mano hasta mi trasero y lo estrujó.

– Sí, ahí también.

– ¿Y aquí? -me tocó entre las piernas. Arqueé un poco la espalda, impulsándome contra su mano.

– Sí, James, ahí también.

Me puso entonces sobre la cama y rodó hasta colocarse a mi lado. Buscó mi boca abierta con la suya, avasallándome con su exigente lengua, saboreando para, finalmente, retirarse. Se apartó y me miró a la cara.

– Querías que te besara y que te tocara. Te puso cachonda.

Iba haciendo todas esas cosas mientras las decía, y empecé a excitarme.

– Ya te lo he dicho, sí.

Tenía el rostro muy cerca del mío. Detuvo la exploración de mi cuerpo para mirarme a los ojos. Acercó entonces la boca a la mía, pero, aunque intenté besarlo, no se dejó. Su aliento me acariciaba el rostro.

– Mientras veía cómo te chupaba el coño, sabía exactamente cómo sabrías, las sensaciones que estaría teniendo cuando te metió los dedos, lo húmeda y caliente que te pondrías. Y lo tensa. También sabía el placer que sentiría cuando te metiste su polla en la boca. Ver cómo se la chupabas mientras yo te follaba…

Su voz se volvió ronca y más grave.

– No te haces idea de lo hermosa que eres cuando te corres -añadió.

Yo quería seguir escarbando, preguntarle más cosas. Quería penetrar bajo la superficie de perfección.

– Si vamos a hacerlo, tenemos que ser sinceros el uno con el otro.

– Por supuesto -dijo él en un susurro que me hizo estremecer-. Absolutamente. Te prometo que no volveré a hablar con Alex sobre ti… a menos que sea para tramar nuevas formas de desnudarte.

Sonreí de manera automática.

– Lo digo en serio, James.

– Llámame Jamie -murmuró, lamiéndome la garganta.

No sé cómo, pero se las había ingeniado para desabrocharme los vaqueros y meter la mano.

– Me gusta -añadió.

– Jamie -susurré-. Lo digo en serio.

James me agarró la mano y yo dejé que lo hiciera.

– No soy gay.

Empecé a decir que no me importaba que lo fuera, que lo amaba sin importarme qué genitales prefería, pero un ruido en la entrada del dormitorio hizo que nos diéramos la vuelta. Alex estaba allí de pie, mirando.

No sabía cuánto llevaría allí. Miró nuestras manos entrelazadas, pero no mostró expresión alguna.

– Venía a ver si ya estabais listos -dijo con un tono monocorde.

James se levantó y me rodeó los hombros con el brazo.

– Sí, tío, ya estamos. Un minuto.

Nuestros ojos se encontraron y se mantuvieron la mirada. Alex asintió una vez. Después se dio la vuelta y nos dejó a solas.

Capítulo 11

A la mañana siguiente encontré a Alex sentado a la mesa de la cocina con su portátil. Tenía el pelo revuelto, iba descalzo y desnudo de cintura para arriba. Sólo llevaba su pantalón de pijama de Hello Kitty. No lo había visto nunca con gafas. Le cambiaban el rostro. Lo convertían en un extraño. De alguna forma lo hacían más accesible.

– Tenemos que hablar.

Él levantó la vista y cerró el portátil.

– De acuerdo.

– James me lo ha contado todo.

No tenía intención de adornar aquella conversación por mantener la paz. Había cosas que era necesario dejar claras.

– ¿De veras? -Alex se cruzó de brazos y se reclinó en la silla.

– Sí.

Yo no soy de naturaleza agresiva, pero mi aspecto debía de resultar amenazador a pesar de ir en pijama y tener el pelo tan revuelto como él. Tal vez fuera la taza de café que blandía como si fuera un arma o la forma en que me erguía frente a él al lado de la mesa mientras él estaba sentado.

– ¿Qué te contó?

Alex era capaz de decir muchas cosas tan sólo con un leve movimiento de cejas o de labios.

– Lo de las normas que pactasteis.

Aguardó un segundo antes de responder.

– ¿Te lo contó el o le preguntaste tú?

– Un poco de las dos cosas.

Alex emitió un breve sonido. Bebí un sorbo de café. Su rostro me parecía desprovisto de expresión, no porque no comprendiera lo que estaba intentando decirle. Aunque tampoco podía decirse que estuviera diciendo nada en ese momento.

Me costaba sacar el tema a la fuerza, pero igual que ocurre con las tiritas, es mejor despegarlas de un tirón.

– Me dijo que estuvisteis hablando de lo que estaba permitido hacer y lo que no.

Maldito fuera. No me lo estaba poniendo nada fácil. No asintió con la cabeza siquiera.

– No me gusta -terminé con firmeza, aunque mis palabras sonaran lejanas.

Aquello hizo que reaccionara. Sus ojos destilaban un encanto desdeñoso y levantó una de las comisuras de sus labios. Se arrellanó todavía más en la silla sacudiendo un poco la cabeza para quitarse el pelo de la frente.

– ¿Qué es lo que no te gusta?

Agarré la taza con las dos manos y traté de que mi voz sonata neutra.

– Las normas que habéis pactado.

Me mantuve en mi sitio aun cuando Alex se puso en pie de un salto, como un gato. Me quitó la taza de las manos y la puso en la mesa. Yo no retrocedí, ni siquiera cuando se me acercó tanto que podía contar los pelos que le salían de cada uno de sus pezones.

– ¿Cuáles son las que no te gustan?

Él avanzó y yo retrocedí, muy despacio, como ondas en el agua. Nos detuvimos cuando mi espalda chocó con la pared que había entre el banco situado bajo la ventana y la puerta de la terraza.

El corazón empezó a martillearme en el pecho y el latido reverberó en mis muñecas, pero también en lugares extraños como las corvas o detrás de las orejas. Los lugares en los que me ponía perfume, cuando me lo ponía. Lugares en los que me gustaría que me besaran.

Alex puso una mano en la pared junto a mi cabeza.

– Dime una cosa, Anne. ¿No te gustan las normas o el hecho de que no las impusieras tú?

Inspiré en un intento de estabilizar mi voz.

– Las pactasteis entre los dos sin tener en cuenta mi opinión.

Alex tenía la mirada clavada en mí. El peso me embargaba, pero no levanté la vista hacia él. Su piel expedía calor, pero a mí me puso la carne de gallina.

– Tienes razón -murmuró. No me pareció que estuviera siendo zalamero, ni condescendiente, pero tampoco totalmente sincero-. Deberíamos haberte pedido opinión. Así que dime. ¿Qué te parece?

Estaba esperando a que lo mirara, pero yo aparté la vista. Zonas soleadas y otras en sombra cubrían la cubierta de madera de la terraza. La brisa mecía el espantalobos que Patricia me había hecho con cubiertos que ya no usaba. Vi cómo se movía, pero no podía oír su tintineo.

Al ver que tardaba en responder, acercó una mano a mi hombro mientras detenía la otra en la pared al lado de mi cadera. Estaba enjaulada entre sus brazos.

– ¿Te parece bien que te bese?

Yo tragué con dificultad porque tenía la boca seca. No pareció importarle que no respondiera. Su aliento me revolvió un mechón de pelo.

– ¿Te parece bien que te toque?

Pero no me estaba tocando el muy cabrón, aunque todo mi cuerpo estaba en tensión esperando que lo hiciera. A poco que me moviera en cualquier dirección, su piel y la mía se habrían rozado, pero me había quedado helada. El pulso me latía entre las piernas. No llevaba nada debajo de los pantalones de pijama, de modo que cada pequeño movimiento, cada aliento que tomaba, hacía que el tejido se frotara contra mi piel.

– ¿Te parece bien que ponga mi boca en tu coño?

Mi clítoris dio un respingo. Recordé la sensación de su lengua, sus labios contra mi carne mientras me metía un dedo en la vagina. Entreabrí los labios y se me escapó un suspiro. Podría haber inclinado un milímetro la cabeza y haberle besado el torso, podría haberlo chupado sin esfuerzo. Me sentía vibrar por dentro, pero mi cuerpo estaba inmóvil.

– Anne -me susurró, bajando la cabeza para hablarme al oído-. ¿Te parece bien que te folle?

Yo levanté bruscamente la cabeza al oírlo.

– Sabes que no. Es a lo único que James se negó.

Entonces me tocó. Dios mío, qué maravilla sentir su mano en mi sexo ejerciendo la presión justa.

– Menos mal que se pueden hacer muchas otras cosas además de follar.

Creo que pronuncié su nombre, pero puede que sólo fuera un gemido. Fuera lo que fuera, ahogó el sonido con el beso que me dio. Le rodeé el cuello con los brazos. Él me aplastó contra la pared, todos y cada uno de los puntos de su cuerpo presionando todos y cada uno de los puntos del mío. Despegó la boca de la mía y me acarició el cuello y el hombro. Sus manos exploraban mi cuerpo, masajeando y estrujando, rodeándose la cintura con mi pierna, aferrándose a mi trasero.

¿Es adulterio cuando no es secreto? ¿Cuando hay normas? ¿Se puede ser infiel a alguien que ha dado su consentimiento?

Alex descendió por mi cuerpo con la boca al tiempo que me bajaba los pantalones del pijama. Me desnudó y me separó las piernas. Entonces se arrodilló delante de mí y colocó la cara entre mis muslos.

Me tapé la boca para silenciar un gemido cuando me besó allí, cuando me lamió el clítoris y me obligó a separar más las piernas para ponerse más cómodo. Sentí el frescor de la pared lisa contra mi espalda.

Los orgasmos son como los copos de nieve, no hay dos iguales. El primero fue como una turbulencia que me recorrió las piernas, estremeciéndolas y haciendo que arrugara los dedos de los pies. Enredé los dedos en su pelo, abundante y suave. Lo observé aprender de memoria la forma de mi sexo con su boca, abrir los ojos y levantarlos hacia mí. Sonrió y yo me corrí nuevamente, en forma de lentos y ondulantes estallidos de placer

Saboreé mis propios fluidos en su boca cuando me besó. Mi sabor unido al suyo. Su lengua acarició la mía igual que me había acariciado el clítoris. Se separó de repente, con la respiración agitada, igual que la mía.

Su pene exigía atención y, con el cuerpo aún débil tras el clímax que acababa de experimentar, estaba descosa de devolver el favor. Lo restregué un poco por encima del pijama. Me gustaba cómo se estremecía a mi contacto, cómo se apoyó en la pared como si le hiciera falta sujetarse.

– Joder, qué boca más maravillosa tienes.

No sabría describir lo liberador que fue para mí ponerme de rodillas delante de él. No había bagaje emocional que valiera. No estaba pensando en la hipoteca, la colada o en nuestra última discusión. No tenía que pensar más que en la sensación que proporcionaba acariciarlo, en su sabor cuando abrí la boca para metérmelo dentro. Sólo anhelo, y me abandoné a él cuando empecé a chupársela.

Me esforcé por hacerlo lo mejor que sabía. Se corrió con un grito antes de que me hubiera empezado a doler la mandíbula, y la rapidez me sorprendió y complació al mismo tiempo. Me lo tragué todo sintiendo cómo palpitaban sus testículos en mi mano. Entonces me levanté.

James me habría besado y abrazado, habríamos compartido un momento íntimo, pero Alex y yo no pretendimos tocarnos cuando terminamos. No habíamos quebrantado ninguna norma. Sin embargo, seguía teniendo la impresión de que habíamos hecho algo ilícito, lo que, por otra parte, era, probablemente, uno de los motivos que lo hacían tan excitante. No éramos unos absolutos desconocidos, pero tampoco nos conocíamos. Me preguntaba si Alex querría conocerme en ese momento, o si era cierto que eran sólo las mujeres las que no dejaban de dar vueltas a las cosas.

– Lo lamento -dijo Alex para mi sorpresa-. No sabía que James no te lo había dicho. Pensé que lo sabías.

Aquella información no me sentó mucho mejor que enterarme de que lo habían tramado entre los dos sin contar conmigo.

– No estoy segura de que me alegre haberme enterado. A nadie le gusta comprobar que la persona a la que amas te ha mentido.

– A Jamie nunca se le dieron bien las mentiras -dijo Alex sonriendo de oreja a oreja-. No es un canalla como yo.

Yo le sonreí un poco.

– Puede que no, pero tampoco es tan bueno como se cree que es.

En mis palabras sonó un regusto más amargo de lo que había pretendido. Alex pareció confuso.

– Tampoco sabía que habíais mantenido el contacto después de nuestra boda. Tenía entendido que no habíais vuelto a hablar desde aquella pelea cuando James estaba en la universidad.

– ¿También te ha contado lo de la pelea?

– Sí. También me lo ha contado.

– Y te sientes…

No tuve oportunidad de averiguar qué se suponía que sentía yo, porque en ese momento sonó como si alguien estuviera intentando abrir la puerta trasera. Creo que los dos pegamos un brinco. Ambos nos movimos atropelladamente en busca de nuestras ropas y nos separamos como cuando tratas de unir dos imanes por el lado del mismo signo.

Probablemente no estuviéramos lo bastante separados, pero la puerta se abrió y Claire se precipitó dando tumbos con un montón de bolsas en los brazos. La puerta rebotó contra la pared y ya se le empezaba a cerrar encima cuando Alex se estiró para sujetarla.

– Gracias, guapo -dijo mi hermana automáticamente, sin mirarlo siquiera. En ella el flirteo era algo natural-. ¿Puedes echarme una mano?

Alex la ayudó tomando con una mano las bolsas que Claire llevaba repartidas en las dos.

– ¿Dónde las pongo?

– Bonitos pectorales -dijo Claire con picardía-. Supongo que encima de la isla. Oye, Anne, ¿tienes por ahí un ginger ale?

Alex dejó las bolsas mientras yo le hacía un gesto a mi hermana en dirección a un armario.

– En la despensa.

– Gracias -respondió ella abriendo la puerta para servirse uno.

Alex y yo intercambiamos una mirada medio de alivio, medio de diversión. Seguía teniendo el pelo revuelto, pero ahora sabía que yo había contribuido a ello con mis propios dedos. Su boca seguía húmeda de mis besos.

– Madre mía, huele a burritos mexicanos -Claire arrugó la nariz y levantó la lengüeta de la lata. Nos miró alternativamente.

Alex y yo dejamos de mirarnos. Alex abrió nuevamente el ordenador. Yo me puse a vaciar las bolsas. Claire había traído montones de globos y bobinas de cinta, así como varias cajas con utensilios de plástico que parecían de metal.

Bebió un sorbo.

– Los he comprado en el almacén de artículos de fiesta. Parecen cubiertos de verdad.

Alex agarró el portátil.

– Os dejaré a solas para no molestar.

– No hace falta que te vayas por mí -le dijo Claire, mirándonos alternativamente una vez más-. Por mí no te preocupes.

– No me preocupo, preciosa -dijo Alex con una sonrisa descarada y un guiño-. Pero tengo que darme una ducha y ponerme en camino. Tengo una cita de trabajo.

– Oooh, qué excitante -respondió ella, siguiendo con el flirteo.

Los dos se echaron a reír. Yo tardé unos segundos en unirme a sus risas, como una banda sonora desacompasada. Alex pasó por detrás de mí sin rozarme apenas y desapareció por el pasillo en dirección a su habitación. Claire esperó hasta que hubo cerrado la puerta para volverse hacia mí.

– ¿Sabe James que te estás follando al que se supone que es su mejor amigo?

Arrugue las bolsas de plástico para meterlas en el dispensador que tenía debajo del fregadero. No trataba de ignorar a mi hermana. Simplemente le estaba respondiendo con silencio.

– ¡Anne! -exclamó Claire, escandalizada, toda una hazaña.

– No me lo estoy follando -contesté yo. Y era cierto, técnicamente hablando.

– Estás haciendo algo con él. Conozco esa cara. Es la cara de alguien que acaba de follar. Tienes BCP.

– ¿Que? -pregunté, volviéndome hacia ella.

– Boca come-pollas -explicó mi hermana-. Joder, Anne. Le has hecho una mamada, ¿a que sí?

– Claire… -suspiré y me obligué a no tocarme la cara y el pelo o a estirarme la ropa, lo que era prueba de sentimiento de culpabilidad, lo que no era el caso-. No es asunto tuyo.

– ¡Cómo que no!

Oímos el ruido de puertas que se abrían y cerraban en algún lugar de la casa, y el lejano siseo del agua. La miré. Tenía ojeras, algo que le proporcionaba un aspecto muy gótico, si no fuera porque me daba la impresión de que no era obra del maquillaje.

Pensé en su extraño comportamiento de los últimos días.

– ¿Estás bien?

Bebió un sorbo y evitó mirarme.

– Sí.

– Pues no lo parece.

– ¿Ya estamos con ese sentido arácnido tuyo? -se burló ella, pero me pareció forzado.

– Prerrogativa de hermana mayor.

Claire sonrió, pero me miró poniendo los ojos en blanco.

– Vale, sí. Como quieras.

– Ven aquí. Siéntate -la sujeté del codo y la obligué a sentarse en el banco que rodeaba la mesa. Yo me senté a su lado y le puse una mano en el hombro-. ¿Te has metido en algún lío?

El término «lío» comprendía un campo muy amplio.

Pero cuando tardó en responder, resultó obvio el tipo de lío en el que se encontraba. Le acaricié el hombro suavemente con el corazón en un puño.

– ¿Claire?

Cuando tuvo las lágrimas bajo control, tomó una servilleta de papel y se limpió de las mejillas los surcos de máscara de pestañas. Inspiró profundamente un par de veces y expulsó el aire por la boca. Se quedó mirando al techo un momento, con los labios temblorosos.

Yo aguardé. Tomó aire profundamente unas cuantas veces más y volvió a limpiarse los ojos. Entonces me miró.

– Estoy embarazada.

– Oh, Claire -le dije, sin saber qué otra cosa decir.

– ¡Lo sabía! -gritó, empezando a llorar otra vez. Las lágrimas le ahogaban los ojos azules y le derretían el lápiz de ojos negro-. ¡Sabía que te decepcionaría!

Yo no estaba decepcionada. ¿Cómo iba a estar decepcionada? Sacudí la cabeza al tiempo que contestaba:

– Yo no estoy…

– No quería contártelo porque sabía que pensarías que soy estúpida -me interrumpió, tapándose el rostro con las manos-. No fui una estúpida, Anne. Fue un accidente. Estaba tomando antibióticos por una infección de orina y el condón se rompió…

– Ya está, Claire, shh. No creo que seas estúpida.

Enterró el rostro en los brazos y se abandonó al llanto. Los sollozos hacían que le temblaran los hombros, y la mesa por extensión. Se los rodeé con un brazo sin decir nada. Dejé que llorara.

Claire nunca había sido llorona, ni siquiera cuando sólo era un bebé. Patricia había sido la sensible. Yo la estoica, la que no lloraba ni siquiera cuando tenía ganas, pero Claire siempre había sido… Claire. Optimista. Descarada. No sabía qué hacer viéndola en aquel estado. Las hermanas no veníamos con un manual de instrucciones.

– ¡Soy una estúpida! -se lamentó-. ¡No debería haberlo creído cuando me dijo que me quería! ¡Hijo de puta!

Se deshizo en lágrimas nuevamente. Me levanté a servirle el refresco en un vaso con hielo y una pajita, y lo dejé en la mesa junto con una caja de pañuelos de papel y un paño húmedo y frío. Levantó la vista. Las lágrimas se habían llevado los últimos restos de maquillaje, y sin el maquillaje parecía mucho más pequeña. Me dieron ganas de llorar a mí también.

– Gracias -dijo, limpiándose la cara. Se colocó después el paño sobre los ojos y presionó durante un minuto.

– De nada -respondí. Le di un minuto de respiro antes de preguntar-: ¿Qué vas a hacer?

Se rió como si le doliera.

– No lo sé. Dice que no puede ser suyo. ¿Te lo puedes creer? Maldito cabrón. Pues claro que es suyo. ¡Maldito capullo casado!

Aquello causó una nueva ronda de sollozos. Yo no dije nada. Al cabo de un rato se limpió la cara.

– No sabía que estaba casado, Anne. Lo juro. El muy cabrón me dijo que estaba divorciado. Me mintió. ¿Por qué son todos tan cabrones?

– Lo siento.

– No tienes la culpa -dijo-. No todos los hombres pueden ser perfectos como James.

– ¿Eso crees? -sacudí la cabeza-. Claire, no le atribuyas tanto mérito.

Claire me miró con una sonrisa acuosa.

– ¿Por eso le haces mamadas a su amigo en la cocina mientras él está trabajando?

Claire era la única de mis hermanas que no me habría juzgado por ello.

– Es complicado.

– Vaya, mierda.

Le acaricié el hombro de nuevo.

– Sí, lo sabe.

– ¿Y le parece bien?

– Fue él quien lo organizó.

Torcí el gesto con amargura, aunque no sabía muy bien por qué. Yo lo habría deseado, pero si James no me lo hubiera ofrecido yo no habría aceptado.

– Sabía que eras una pervertida.

Se limpió otra vez la cara con el paño y se sonó la nariz. Después bebió un sorbo de ginger ale.

– No estoy muy segura de encajar en el término -dije y solté una carcajada.

– Anne, estamos hablando de dos tíos. Eso es pervertido. Y excitante.

Oímos el abrir y cerrar de puertas nuevamente cuando Alex salió del baño y regresó a su habitación. Claire suspiró y sus hombros delgados subieron y bajaron. Al final se derrumbó y apoyó la frente en la mano.

– No sé qué voy a hacer, Anne. Aún me queda un semestre en la universidad. Tengo un trabajo de mierda. No puedo contárselo a papá y a mamá. Se pondrían como locos.

– ¿Necesitas dinero?

Levantó la vista y me miró.

– ¿Quieres decir que si voy a abortar?

Yo asentí en silencio. Se miró las manos con el ceño fruncido y empezó a rasparse un punto de la uña en el que se le había descascarillado la laca.

– Creo que no puedo hacerlo.

Le tomé la mano y le di un cariñoso apretón.

– Entonces no tienes que hacerlo.

Empezó a llorar otra vez, pero esta vez yo sí supe qué hacer. La abracé para que pudiera sollozar en mi hombro. Le froté la espalda una y otra vez. Las lágrimas me empaparon la camiseta.

– Te apoyaré en lo que decidas.

– Tengo mucho miedo -susurró, como si estuviera avergonzada-. Ni te lo imaginas.

Tuve que cerrar los ojos y las lágrimas se me atascaron en la garganta.

– Sí que lo sé.

Ella me miró y luego miró hacia el pasillo.

– ¿No…?

– No. Michael Bailey.

– Pero si estabas en el instituto -dijo ella.

– Y fui una estúpida.

Claire se sorbió la nariz.

– ¿Se lo dijiste a papá y a mamá?

– No.

– ¿Te practicaron un aborto?

Negué con la cabeza.

– ¿Tuviste…? ¡No tuviste al bebé!

– No. Sufrí un aborto natural. Tal vez se debiera a la endometriosis. Tal vez no. No lo sé.

– Vaya -Claire parecía estupefacta-. No lo sabía.

– Nadie lo sabe. No se lo dije a nadie. Al final no tuve que hacerlo.

– ¿Qué hizo él?

Suspiré antes de contestar.

– No hizo nada. Rompimos.

– Me acuerdo de cuando rompisteis -dijo-. Te oía llorar por la noche.

– Ah, qué buenos tiempo -dije yo con falso cariño.

Claire se rió. Me abrazó y yo la abracé a ella. Después se bebió el resto del refresco.

– ¿Lo sabe James?

Volví a negar con la cabeza.

– Nunca se lo he contado.

Ella asintió como si le pareciera que tenía todo el sentido.

– Más te vale que estés tomando la píldora y uses diafragma -dijo totalmente en serio echando otro vistazo al pasillo-. Imagina el lío en que te podrías meter.

– Ya te lo he dicho. No me lo estoy follando. Está… acordado.

Claire puso una de sus caras típicas.

– Ya, ya.

– Si necesitas un médico, puedo recomendarte una doctora muy buena -dije yo, sin tratar de ser sutil con el cambio de tema.

– Joder. Un médico del coño. Por Dios -dijo Claire, enterrando la cara en las manos otra vez-. Necesito uno que no cobre mucho. Estoy en la ruina más absoluta.

– Ella no cobra mucho. Y es muy buena. Y si necesitas dinero…

Claire echó un vistazo alrededor de mi desvencijada cocina en una casa tasada en quinientos mil dólares.

– No eres una fuente inagotable de dinero que digamos, hermanita.

– Eres mi hermana. Si necesitas ayuda…

Claire sacudió la cabeza y me dirigió otra sonrisa líquida.

– Lo tendré en mente. Primero tengo que decidir qué voy a hacer.

Un silbido nos alertó del regreso de Alex, que entró en la cocina oliendo a la misma loción de romero y lavanda que se ponía James, y vestido con un traje oscuro, camisa roja y corbata negra. Tenía un aspecto muy profesional, aunque su sonrisa de satisfacción distaba mucho de ser tal cosa.

– Señoras, intenten no babear -dijo.

Claire puso los ojos en blanco y le sacó el dedo. Él se llevó la mano al corazón y retrocedió trastabillándose.

– ¡Ay! Eso me ha dolido.

– Si te comportas como un capullo presuntuoso, corres el riesgo de que te traten como tal -dijo Claire con sorna.

Me llamó la atención que hubiera dejado de flirtear, independientemente de que antes lo hiciera por costumbre. Claire flirteaba incluso con James, aunque no pretendiera nada. Pero retrocedió ante Alex. No es que estuviera siendo grosera. Simplemente no flirteaba.

Él se percató. Me gustaba eso de él, que era un hombre sagaz. De mente rápida. Podía resultar intimidatorio, pero también muy, pero que muy sexy.

– Anne, llegaré tarde esta noche. No me guardes cena ni nada de eso, ¿vale?

– No te preocupes. Hasta luego.

Asintió con la cabeza y le dedicó un saludo marcial a Claire, agarró las llaves del coche del portallaves que había junto a la puerta y se fue.

Una vez fuera, Claire dijo:

– Dios mío, una imagen muy doméstica.

– Pretendía ser amable, eso es todo. Sigue siendo un invitado.

– Ya, ya -dijo-. Es extraño, pero no me da la impresión de que sea el tipo de hombre que hace lo imposible por mostrarse amable.

Por alguna razón, su comentario me molestó.

– Ni siquiera lo conoces.

Ella se encogió de hombros.

– Es un Kennedy. Y no me refiero a uno de los que tiraban a Marilyn Monroe. Ya sabes a que me refiero.

– Pues la verdad es que no -dije yo frunciendo tanto el ceño que me dio dolor de cabeza.

– ¿Cuántas hermanas tiene, tres?

– Sí.

– Unas fulanas de alto nivel -afirmó Claire-. Están metidas en asuntos de drogas. Su madre trabaja en Kroger.

– ¿Y tú cómo lo sabes?

Yo había asistido al mismo instituto que James y Alex, pero cinco años más tarde. No coincidimos en ningún momento. En caso de que las hermanas de Alex hubieran asistido también, tenía que haber sido antes o después de mí, porque no recordaba a ninguna.

– Kathy, la más pequeña, y yo, fuimos juntas al colegio. Estábamos en el equipo de las animadoras. Hablaba de él todo el tiempo. Alex. Él solía enviarle caramelos muy raros y cosas como pezuñas de cerdo enlatadas de donde fuera que estuviera en China.

– Singapur -corregí yo-. Y eso no significa que no sea amable.

Mi hermana volvió a encogerse de hombros.

– Lo único que digo es que sus hermanas eran unas fulanas y su padre uno de esos tíos que frecuentan la asociación de veteranos de guerra con minusvalías.

La miré fijamente durante un buen rato y en su favor tuve que admitir que pareció avergonzarse ligeramente.

– No creo que seas la más adecuada para juzgar a otros con tanta dureza, Claire.

– Sí -contestó ella con voz queda al cabo de un momento-. Pero al menos nadie finge que no sea verdad.

Claire tenía dos años el verano que ocurrió. No creo que pudiera recordar a nuestra familia de otra forma de cómo era en el presente. En cierta manera la envidiaba por no poder hacer comparaciones.

– Esta jodida fiesta… -dijo con un suspiro, cambiando de tema-. Estoy deseando que se termine.

– Sí, yo también.

– Vale, y ahora voy a saquear tu frigorífico -se levantó para pasar junto a mí, pero se detuvo-. Anne, ten cuidado, ¿vale? Con el asunto ése.

– Lo tendré -le aseguré yo, aunque no estaba segura de poder hacerlo. Aunque quisiera.

Descubrí el poder de un orgasmo a los dieciséis. A mí también me dio fuerte la manía de las adolescentes de pasarse horas mirándose en el espejo deseando parecerse más a las mujeres que salían en las revistas y menos a ellas mismas. Me metía en la ducha hasta que se acababa el agua caliente y luego plantaba cara a mis hermanas, furiosas porque habían tenido que esperar a que yo terminara. Me lavaba el pelo, me afeitaba las piernas y aquellos lugares en los que me parecía extraño que tuviera vello. Nunca se me había ocurrido pensar en la alcachofa de la ducha como otra cosa que no fuera su enorme utilidad para aclarar la espuma después de afeitarse las piernas.

Me gustó mucho la sensación que me causó el chorro del agua aquella primera vez totalmente involuntaria. De modo que me acerqué la alcachofa y la mantuve un rato allí. A los pocos minutos fue como si estallaran fuegos artificiales en mi interior. Tuve que sentarme en el suelo de la ducha de lo que me temblaban las piernas.

Después de aquello aprendí rápidamente cómo funcionaba mi cuerpo. Por las noches, bajo las sábanas y dentro de la ducha, exploraba las líneas y las curvas de mi cuerpo, descubriendo los puntos que me proporcionaban placer al acariciarlos. Aprendí a prolongarlo hasta que ya no podía más, y sólo con apretar los muslos era capaz de aguantar al borde del orgasmo durante una hora o más, y cómo cuando me dejaba ir por fin la sensación me hacía volar para caer después casi al mismo tiempo, dejándome saciada y con la respiración agitada.

Michael no fue el primero que me besó, pero si fue el primero que lo hizo después de descubrir lo que significaba el placer sexual. No me resultó difícil sumar dos y dos, pensé en el poder de mis manos para hacer que me retorciera y temblara de placer, y di por sentado que las suyas podrían hacer lo mismo. En ese sentido fui afortunada y desafortunada. Mi mejor amiga, Lori Kay, también había empezado a salir con un chico en serio que quería convencerla para acostarse. Ella no quería, no porque pensara que tuviera que esperar a estar casada ni por miedo a quedarse embarazada, puesto que llevaba tomando la píldora desde octavo curso para regular la regla. No, Lori no quería follar con su novio porque no tenía motivos para pensar que fuera a gustarle.

Nos habíamos contado muchas cosas sentadas debajo del árbol de su jardín o en el sótano cuando me quedaba a dormir con ella. A su novio le gustaba que ella se la chupara, pero cuando él le metía los dedos, Lori no disfrutaba, más bien le parecía irritante.

– Besarse es genial -me confesaba-. Pero cuando mete la mano entre mis piernas es como si se hubiera confundido haciendo los deberes y tratara de borrar. ¡Frotar, y otra vez a frotar!

Nosotras nos reíamos, y Lori me escuchaba maravillada cuando yo le describía cómo Michael conseguía que me corriera una y otra vez utilizando la mano. No le dije que yo ya sabía lo que se sentía cuando se alcanzaba el clímax. Ella me había dicho que nunca había tenido uno. No hablábamos de la masturbación.

Así que tuve suerte en cuanto a que conocer el funcionamiento de mi cuerpo me había permitido enseñárselo a otro, pero cuando echo la vista atrás y veo cómo me salieron las cosas entonces, puede que hubiera sido mejor haberme comportado como mi amiga, que consiguió mantener intacta su virginidad hasta la universidad.

Después de Michael estaba segura de que no podría volver a enamorarme. No quería volver a entregarme a alguien de aquella forma. Perdí las ganas de tocarme. No quería tener nada que ver con el sexo, aunque fuera conmigo misma. La idea de besar, acariciar y hacer el amor me revolvía el estómago de tal forma que no podía ni ver una película romántica sin fruncir los labios de asco.

Entonces me fui a la universidad, aliviada de poder escapar de mi casa y de las sonrisas que todas fingíamos para ocultar la verdad. Me esforzaba mucho en clase, y los programas de estudio fueron un gran apoyo. Trabé amistad con mi compañera de habitación, una chica preciosa que tenía a su novio en «casa», pero aun así encontraba tiempo para «andar por ahí» con toda la fraternidad Delta Alfa Delta los fines de semana. Hice más amigos, chicos y chicas. Vivía en una residencia mixta y por primera vez, dado que no tenía hermanos, supe lo que era compartir el espacio con chicos.

No diría tanto como que la universidad era un nido de promiscuidad desenfrenada, pero sí es cierto que allí no costaba tanto admitir que te habías tirado a alguien, porque una no tenía que cargar con el estigma de que te llamaran fulana, como ocurría en el instituto con las chicas que practicaban el sexo. Los rollos eran frecuentes y el consumo de alcohol iniciaba la mayoría de ellos. Emborracharse formaba parte de la vida de la residencia universitaria igual que acompañar todas las comidas con patatas fritas o pedir pizza a las dos de la mañana.

Asistía a las fiestas que se celebraban en los sótanos de las fraternidades, cuyos sucios embarrados me dejaban los bajos de los vaqueros manchados de forma permanente, y la música estaba tan alta que era imposible hablar. No me hacía falta hablar con los chicos que me invitaban a cerveza. No quería. Pero sí podía bailar con absoluto abandono, chapoteando entre charcos de cerveza y barro al ritmo de canciones muy populares años antes pero que seguían sonando en todas las fiestas.

– ¡Eh!

– ¡Eh, que!

– ¡A enrollarse, a follar!

Y todo el mundo se enrollaba, follaba, se hacían pajas y mamadas.

Un día me pasó a mí, después de una fiesta. Me invitó mi compañera de habitación el segundo año de carrera, que salía con un chico que se estaba especializando en Teatro. Habíamos ido a una destartalada mansión victoriana en las afueras del campus. No sabía a ciencia cierta cuánta gente vivía allí, pero por lo menos eran doce personas. El resto de los invitados conocían la casa y a sus inquilinos lo bastante como para comportarse como si fuera su propia casa: se servían comida del frigorífico y bebida del mueble bar sin pedir permiso. En comparación con las alocadas fiestas de fraternidad a las que solía asistir, aquella reunión parecía un cóctel donde la gente se sentaba a hablar, y de fondo sonaban The Cure y Depeche Mode, grupos caracterizados por la abundante parte instrumental y las letras sobre el amor, el deseo y la vida, resistentes al paso del tiempo de sus canciones.

Bebían vino, que yo intentaba evitar sin parecer una tía rara, pero al final terminaba aceptando. Me sentía torpe y avergonzada con la copa de aspecto frágil en la mano, por lo que bebía con frecuencia para compensar. Me rellenaban la copa antes de que me la hubiera bebido. No tardé en sentir los efectos de la embriaguez. Me dio por el silencio en vez de montar escándalo, por lo que mi presencia no resaltaba entre los que discutían con gran seriedad sobre métodos de actuación y dramaturgos.

Yo no sabía nada de teatro, así que cuando el chico alto de largo cabello oscuro me preguntó si iba a hacer las pruebas para Esperando a Godot, pestañeé lentamente antes de contestar.

– No lo sé -respondí. La respuesta sonó más inteligente de lo que debería.

Sonrió. Se llamaba Matt. Estaba en el primer año de la especialidad en Teatro, y tenía intención de dedicarse a los efectos especiales. Se ofreció a enseñarme algunos de los modelos que estaba fabricando para un largometraje independiente que estaba haciendo con unos amigos. Se refería a ellos como sus pequeños monstruos, y hasta que vi las figuritas de arcilla y alambre pensé que se refería a sus amigos.

Hablamos un buen rato, sentados casi a oscuras en su habitación, iluminada tan sólo por una lámpara ultravioleta. Por todas partes se veían láminas de Elvis y unicornios que brillaban con una luminiscencia surrealista en un arco iris de colores. Cuando se inclinó para besarme me sorprendió que quisiera hacerlo. Había dejado de considerarme el tipo de chica que los chicos querían besar, pese a haber tenido que sortear un buen número de manos sobonas e insinuaciones. Yo atribuía su interés a la cerveza y la oscuridad, porque al fin y al cabo, ¿por qué iba a interesarte alguien con quien no habías hablado nunca?

Matt tenía condones en el cajón y yo no lo disuadí de que no los utilizara, pese a que llevaba tomando la píldora desde primero y tenía la firme convicción de que era necesario utilizarlos. Me estrechó y me besó, recorriéndome el cuerpo con las manos. Yo me sentía como si flotara en una nube de vino y música suave, en los sonetos que me murmuraba. Mostraba una confianza en sí mismo que no resultaba arrogante. Cuando deslizó la mano entre mis piernas, mis muslos se separaron como si tuvieran vida propia, como si mi cuerpo llevara mucho tiempo esperando una caricia que mi mente ya no podía seguir rechazando.

Tuvimos sexo y no hubo ninguna mala consecuencia. No volví a quedarme embarazada ni contraje una enfermedad. Matt no me rompió el corazón.

Había vuelto a tener sexo y mi vida no había cambiado.

Fue la última vez que tomé alcohol. No me había ocurrido nada malo, pero no habría ocurrido nada en absoluto de haber estado sobria. No era difícil llegar a esa conclusión.

Dos años y varios amantes más tarde conocí a James. Estaba en mi último año de universidad al tiempo que trabajaba con una beca en una casa de acogida para mujeres. James había ido a pasar el verano con su tío, cuya agencia inmobiliaria estaba contigua a nuestra oficina, para aprender los entresijos del negocio por las mañanas y supervisar el trabajo de su primera cuadrilla el resto del día. A los dos nos mandaban a buscar la comida y los cafés. Nos encontrábamos muchas veces en la puerta del edificio cargados de bolsas de comida para llevar de la cafetería de la esquina.

Con James no perdí la cabeza. Perder la cabeza no parece agradable, a nadie le gusta perder nada. Había perdido la cabeza por Michael hasta el punto del abandono. Y había jurado que no volvería a perderla por nadie.

Decidí amar a James.

Mi vida mejoró con ello. Encajábamos como dos pequeñas piezas de un rompecabezas dentro de un cuadro más amplio. Con él podía reír. Podía llorar. Cuando me tomaba de la mano, sentía el apoyo que me proporcionaba, y cuando me abrazaba, sentía que me aceptaba. Me escuchaba cuando le hablaba de mis sueños y de mis objetivos, y él me hablaba de los suyos. Me atraía su confianza en sí mismo, su inquebrantable creencia en que el mundo jamás le jugaría una mala pasada. Quería lo mismo que él y lo quería a él. No perdí la cabeza por él, pero eso no disminuía la fuerza de mis sentimientos por él. Por separado, carecíamos de muchas cosas, pero juntos éramos perfectos.

Jamás imaginé que volvería a perder la cabeza. Jamás imaginé que volvería a sentir ese anhelo. Con James tenía todo lo que una mujer podría desear. Dentro de nuestro matrimonio, de nuestro hogar. En nuestra vida perfecta.

Hasta que llegó Alex, no me había dado cuenta de que me faltaba algo, y tampoco sabía que no era la única que lo echaba en falta.

Capítulo 12

No conté el secreto de Claire y ella guardó el mío. Quería preguntarle qué decisión había tomado, pero como fingía no acordarse de que se había olido que me estaba tirando a Alex, fingí no saber que se había quedado embarazada de un tío casado que la había seducido.

No era tan fácil fingir que no sabíamos que le pasaba algo a Patricia. De las cuatro, ella era la que siempre estaba en contacto. Ahora teníamos que dejarle varios mensajes para conseguir que nos llamara, aunque la fiesta estuviera cada vez más cerca y hubiera que ir cerrando detalles. No era propio de ella ser tan descuidada. Así que hicimos lo que hacen las hermanas. Le pedimos explicaciones las tres en bloque.

Mary llevó pastel de café. Yo me pasé por la cafetería y compré café para llevar, una invención ingeniosa que proporcionaba horas de café caliente dentro de un recipiente del tamaño de una caja de vino. Claire, como era típico de ella, se olvidó de llevar los donuts que dijo que llevaría, pero sí se acordó de llevar la versión en DVD de algunos clásicos infantiles y una bolsa con rotuladores y libros para colorear.

– De vuestra tía favorita -le dijo a Callie cuando abrió la puerta y nos encontró a las tres.

– Qué bonito -resopló Mary.

Callie sonrió de oreja a oreja.

– La tía Claire es nuestra tía favorita porque nos trae películas. Tú eres nuestra tía favorita porque nos llevas al parque, tía Mary.

– Que diplomática -comenté yo, tendiéndole los brazos-. ¿Y yo qué?

– Oh… -dijo Callie, perpleja-. Tú eres nuestra tía favorita para los abrazos.

– Me vale. ¿Dónde está mamá?

– Arriba, trabajando -dijo nuestra sobrina, abriendo la puerta-. Tristan y yo estamos viendo los dibujos.

– Os pondré Totora -dijo Claire, mostrándole el DVD-. Nosotras tenemos que hacer unas cosas con mamá. ¿Vais a estar calladitos mientras? Eso se merece un viaje a McDonald's después.

El chantaje le salió bien. Claire fue a ocuparse de los niños mientras Mary y yo dejábamos la comida y la bebida que habíamos llevado en la cocina. Patricia estaba en su despacho. Tenía esparcidas por toda la mesa las fotos que había reunido en casa de nuestros padres, así como papel, tijeras y bolígrafos de colores. El álbum de recortes aguardaba su toque creativo, pero no estaba escribiendo nada. La encontramos encorvada sobre la mesa con la cara enterrada en las manos. Estaba llorando.

– ¿Pats? -Mary fue la primera en acercarse y tocarle el hombro-. ¿Qué ocurre?

Cuando quieres a alguien, ver cómo sufre puede ser más doloroso que si le doliera a uno mismo. Se me hizo un nudo en la garganta al ver las lágrimas de mi hermana. Todas acudimos a ella, juntas en el pequeño espacio.

– ¡No me habíais dicho que ibais a venir!

– ¿Qué te pasa? -preguntó Claire, apoyándose en la mesa. Directa al grano la primera, como siempre. Tal vez fuera la única capaz de hacerlo-. ¿Qué te ha hecho?

Patricia miró hacia la puerta abierta y la cerré. Mary le frotaba el hombro con cariño. Claire se cruzó de brazos con expresión severa.

Por un momento pareció como si Patricia fuera a hacerse la valiente y a tratar de despistarnos de nuestro objetivo mostrándose enfadada. Aguantó un momento, al cabo del cual su rostro se contrajo aún más y se lo cubrió con las manos.

– Ha perdido todos nuestros ahorros -dijo, avergonzada-. Lo ha perdido todo. Dice que puede recuperarlo todo si le doy tiempo. Dice que le han dado un soplo sobre un caballo y que sólo necesita unos cuantos miles para apostar, pero lo recuperará todo.

Levantó la vista con expresión desolada.

– Pero no tenemos unos cuantos miles. No tenemos nada. ¡Va a perder la casa y no sé qué hacer! Ha faltado tanto al trabajo que su jefe lo va a despedir, lo sé, ¿y qué pasará entonces? ¿Qué voy a hacer? ¿Cómo voy a ponerme a trabajar de nuevo? ¿Quién se va a ocupar de los niños?

Ahogó los sollozos tras las manos, como si el hecho de llorar fuera más vergonzoso que lo que lo había provocado las lágrimas. Sabía cómo se sentía. Ceder ante las lágrimas significaba admitir que algo iba mal, que no todo era perfecto.

Mary le entregó una caja de pañuelos de papel y Patricia los aceptó. Claire estaba furiosa. Nadie dijo nada durante unos minutos. Claire y Mary me miraban, expectantes.

Yo no sabía qué decir. Quería criticar a Sean y llamarlo de todo, pero Claire podría hacer eso mucho mejor que yo. Quería ofrecerle mi hombro para llorar, pero Mary era mucho más hábil para eso. De mí se esperaba que pudiera mejorar la situación, resolver el problema y ofrecer algún curso de acción, pero desgraciadamente no sabía qué consejo dar

– ¿A cuánto asciende la deuda? -pregunté por fin, aunque hablar de dinero me parecía algo tan personal e invasivo como preguntarle con cuánta frecuencia practicaban el sexo.

Patricia se limpió las lágrimas y suspiró. Si mi pregunta le había ofendido, no dio muestras de ello.

– Entre los ahorros y los bonos… veinte mil dólares.

– Me cago en todo -dijo Claire con la boca abierta. Mary hizo un ruidito de conmiseración. El estómago me dio un vuelco.

– Eso es mucho dinero.

Patricia se apretó los ojos con la base de las manos.

– Ya lo sé.

– ¿Cómo ha ocurrido? Quiero decir… ¿cuánto tiempo lleva…? -Mary dejó la frase en suspenso.

– Me enteré hace un par de meses. El banco empezó a devolverme cheques y no entendía por qué. Comprobé el estado de la cuenta on line. Había sacado dinero varias veces, grandes cantidades. Le pregunté por el asunto y me dijo que estaba haciendo unas inversiones.

Se rió con tanta amargura que se podía saborear.

– Inversiones. Pensé que era para la educación de los niños. Para la jubilación. Algo. No sabía que iba a las carreras cuando me decía que tenía que quedarse a trabajar hasta tarde.

Soltó otra carcajada que se convirtió en sollozo.

– Creía que tenía una amante. Me daba malas excusas y llegaba tarde a casa, oliendo a tabaco y a cerveza cuando me había dicho que tenía reuniones con el equipo de ventas. Le encontraba tickets en los bolsillos. Empezó a hacerme regalos, flores y joyas casi siempre. Pensé que trataba de evitar que sospechara, y así era, pero no era a otra mujer a quien se estaba cepillando, sino nuestra cuenta bancaria.

Claire frunció el ceño.

– Joder. Menudo capullo.

Por una vez en la vida, Patricia no lo defendió.

– ¿Qué puedo hacer? El divorcio cuesta dinero, dinero que se ha fundido. Los niños necesitan ropa y quieren ir al parque de atracciones, y he tenido que decirles que este año no hemos podido conseguir abonos de temporada. ¿Qué voy a hacer con mis hijos?

Levantó la vista y nos miró.

– ¿Qué vamos a hacer si perdemos la casa?

Eso era lo peor para ella. El efecto que aquello tendría en sus hijos. Le tomé la mano y le di un fuerte apretón.

– Nos tienes a nosotras -dije sin dudarlo-. Sabes que puedes contar con nosotras, Pats.

Creo que todas nos pusimos a llorar, cuatro mujeres hechas y derechas sollozando como crías. Pero el ambiente se aclaró un poco, porque lloramos y nos reímos de nosotras mismas por llorar y nos pasamos la caja de pañuelos de papel para limpiarnos los ojos y sonarnos la nariz. Patricia señaló el álbum de recortes abierto encima de la mesa.

– Podría vender cosas de éstas -dijo-. Pagan dinero por ellas. O podría buscarme un trabajo de asesora si es necesario.

– ¿Vender mierdas de éstas? -dijo Claire, levantando un paquete de papelitos con forma de globos. Miró la etiqueta del precio-. Joder, Pats. ¿La gente paga esto por estas cosas?

Patricia le quitó el paquete.

– Sí. Y las asesoras pueden ganar bastante dinero. Lo malo es el tiempo que tendría que pasar preparando fiestas. Alguien tendría que cuidar de los niños. Y aun en el caso de que consiguiera que me encargaran dos o tres fiestas a la semana, no basta para cubrir la deuda.

Dejó escapar un gemido de desconsuelo, pero no se puso a llorar de nuevo.

– Veinte mil dólares. Dios mío. Es más de lo que nos costó nuestro primer coche. ¿Cómo pudo perder veinte mil dólares sin que me diera cuenta? ¡Qué estúpida soy!

– No tienes por qué sentirte estúpida. No eres tú la que está perdiendo dinero en apuestas. Échale la culpa a quien verdaderamente la tiene -dijo Mary con firmeza-. Y si quieres divorciarte, puedes hacerlo.

– Ya habló doña Facultad de Derecho -bromeó Claire moviendo arriba y abajo las cejas.

Patricia sonrió, una sonrisa pequeña, pero una sonrisa al fin y al cabo.

– Gracias, chicas.

– Deberías habérnoslo contado, Pats. Habríamos intentado ayudarte.

Me miró con un gesto más típico de Patricia en el rostro.

– ¿Que podríais haber hecho? Cuando me enteré, el daño ya estaba hecho. Pensé que Sean podría solucionarlo. Quería creerlo. Que le tocaría la lotería o apostaría por el caballo ganador, como decía. Quería imaginar un final feliz en el que terminábamos siendo millonarios o algo así. No era capaz de enfrentarme a la verdad, que estábamos arruinados. Peor que arruinados. Debemos un montón de dinero…

– Déjalo ya -dijo Mary-. Te ayudaremos a salir de ésta. Lo primero que deberías hacer es acudir al banco y a un consejero matrimonial. Anne, seguro que tú conoces alguno.

– Tengo amigos especializados en adicciones -dije-. Les preguntaré a ver qué me aconsejan, ¿te parece bien?

Patricia gimió otra vez y se cubrió el rostro.

– La gente se va a enterar. Dios mío, los vecinos se van a enterar. ¡Se va a enterar todo el mundo!

Aquello no era tan malo como lo que iban a sufrir los niños, pero se acercaba. Peor que el juego en sí, peor que la deuda y las mentiras. Peor que el problema en sí era que la gente se enterara.

Le apreté suavemente la mano.

– Nadie tiene por que saberlo. Además, quien sabe, quizá alguno también está endeudado hasta las cejas.

No era un gran consuelo, pero tenía que intentarlo. Patricia me apretó los dedos y asintió con la cabeza.

– Tienes razón. Pero no es lo mismo.

Sabía que no era lo mismo. Todas lo sabíamos. Era la diferencia entre las cervezas que podían beberse los padres de nuestros amigos mientras hacían los filetes en la barbacoa del jardín un domingo y la forma de beber de nuestro padre. Puede que fuera lo mismo en la superficie, pero lo que contaba era el fondo.

– Juguetes sexuales -dijo Claire, y todas nos quedamos mirándola-. Deberías vender juguetes sexuales y lencería. Eso sí que da dinero.

– ¿De cuánto dinero hablas exactamente? -preguntó Mary con ironía.

Patricia suspiró.

– No creo que llegue a veinte mil dólares.

– No, pero algo es algo. Yo podría ser la que hiciera las demostraciones -contestó Claire, agitando arriba y abajo las cejas nuevamente-. «Y ahora, señoras, vamos con otra maravillosa preciosidad. Funciona con la batería del coche o se puede enchufar a la red, lo que asegura vibraciones de placer todo el día».

La primera risilla brotó de los labios de Patricia. Parecía una adolescente que llegaba a casa pasada su hora. La segunda no tardó en llegar. Mary también se rió, seguida por Claire, y, al poco, todas estábamos riendo a carcajadas.

– Todo saldrá bien, Pats -dije, deseando que mi hermana lo creyera de verdad.

– Sea como sea… -dijo ella, asintiendo con la cabeza-. Lo sé. Es que no puedo creerme que haya hecho algo así. No puedo… no puedo creer que me haya casado con un hombre que no sabe controlarse.

Se hizo el silencio tras aquello. No fue un silencio incómodo exactamente. Era más bien como si todas estuviéramos esperando al otro lado de la puerta tratando de oír algo mientras iban a abrimos.

Patricia miró a su alrededor, a cada una de nosotras.

– Me juré que no me casaría con un hombre que no supiera controlarse. No comprendía cómo una mujer podía estar con un hombre que no sabía cuándo parar, cómo una madre podía dejar que alguien les hiciera algo así a sus hijos. Pero aquí estoy. Y una parte de mí sólo deseaba plantarle delante los papeles de divorcio y salir para siempre de su vida. Pero entonces lo veía con los niños. Es un buen padre. Un padre estupendo. Está siempre disponible para ellos. Los escucha, los quiere. No los presiona. Pero a partir de ahora estaré nerviosa esperando a que empiece a hacerlo. A que se le olvide un cumpleaños porque tiene que ir a las carreras, que se le olvide de llevar a Tristan a los boy scouts.

– ¿Ha hecho alguna de esas cosas? -pregunté.

– Todavía no, pero estoy esperando que lo haga. Estoy esperando que nos decepcione.

Sabía lo que quería decir, igual que mis hermanas. Todas sabíamos lo que era que le decepcionaran, una y otra vez, hasta que se convertía en la expectación en vez de la excepción.

– Divórciate de ese capullo.

Patricia negó con la cabeza al oír las sensatas palabras de Claire.

Mary puso mala cara a Claire y se volvió hacia Patricia:

– Claire, Patricia lo quiere.

– No sé. Creo que un hombre que adquiere una deuda de veinte mil dólares y me miente sobre ello conseguiría que dejara de quererlo muy deprisa.

El tono sarcástico de Claire no era inusual, pero me resultó muy irritante.

– Y todas sabemos la experiencia que tienes en el amor. Ay, perdona. Quería decir tu gran experiencia en el tema del sexo, más que ninguna de nosotras. Hay una gran diferencia, Claire.

Mi intención había sido picarla un poco, por solidaridad hacia Patricia, a quien no le hacía ninguna falta la franca valoración que Claire acababa de hacer de su matrimonio. Claire no se inmutó. Tan sólo se volvió y me miró con gesto burlón.

– No, hermana mayor, yo diría que me has ganado en ese terreno.

– Estamos hablando de Patricia. Córtate un poco, Claire, por lo que más quieras. Están casados, Patricia lo quiere, divorciarse no es tan fácil como cerrar una cuenta bancaria.

– No se que decirte. A mí me jodieron bastante cuando fui a cerrar mi cuenta bancaria.

– Mary tiene razón -dije-. Pats, te ayudaré a encontrar un buen consejero si es lo que quieres.

Claire se bajó de un salto de la mesa y se puso las manos en las caderas.

– Claro, para que puedan resolver juntos sus problemas, que, en realidad, son los problemas de él. Para que él pueda llorar y suplicarle que lo perdone y que le dé otra oportunidad, hasta la próxima vez que se deje atraer por las carreras y se pula otro montón de dinero. ¿Cuántas veces tendrá que agacharse y dejar que le dé por culo con esto para que sea aceptable que corte todo vínculo y se libre de él?

Nos dejó a todas boquiabiertas el tono envenenado que empleó. No fue porque no tuvieran sentido sus palabras, ni porque hubiera sido una afirmación inesperada, tratándose de Claire, sino por los recuerdos desagradables que nos trajo a la memoria.

– ¿Qué sabes tú de eso? -dijo Patricia con voz estrangulada-. Llevamos diez años casados. Tenemos dos hijos. No es cuestión de hacer las maletas y largarte, Claire. Puede que tú pienses que sí, pero no lo es. Y a menos que estés en una situación parecida, no podrás entenderlo.

– ¿Entender qué? -le espetó Claire-. ¿Que vas a permitirle que siga jodiéndote la vida porque tiene un problema? -dijo esto último con tono de mofa.

– Patricia necesita nuestro apoyo. Si no puedes hacerlo, tal vez sería mejor que te marcharas -dije yo, que podría haberle echado el mismo sermón a Patricia. Yo me sentía igual, pero no era eso lo que Patricia necesitaba oír en ese momento.

– Tú misma lo has dicho, Pats. Nunca quisiste estar con un hombre que no supiera controlarse. No querías que tus hijos tuvieran que vivir algo así. Bien, pues lo estás haciendo -siguió Claire-. Y a menos que quieras terminar como mamá, creo que deberías ponerte firme y buscarte un buen abogado.

Patricia no dijo nada, tan sólo se quedó mirándola fijamente. Mary y yo nos miramos. Yo no podía tomar partido por ninguna porque las entendía a las dos. Y Sean me caía bien, pero que te guste una persona y que te guste su comportamiento son cosas diferentes.

– Dios aborrece el pecado, pero ama al pecador -dijo Mary al cabo de un momento-. Creo que, primero, tendrías que intentar que busque ayuda. Uno no deja de amar a alguien porque le haya jodido una vez.

– Tienes razón, Mary -dijo Claire-. Pero entonces, ¿cuántas veces tiene que joderla para que lo abandone?

Mary vaciló antes de contestar.

– Eso tendrá que decidirlo Patricia, no nosotras -dije yo, apretándole cariñosamente la mano, pero Patricia la apartó.

– Claire tiene razón -dijo Patricia-. Tiene razón. Pero es que no tengo valor para levantarme y abandonarlo. No puedo.

– Lo sé -le dije-. Todas lo sabemos. Claire también.

Tendría que contar con superpoderes para luchar contra la potencia combinada de las miradas fulminantes de tres hermanas. Claire suspiró y bajó la cabeza un momento, pero al final levantó las palmas en señal de rendición.

– Está bien. Pero cuando soy yo la voz de la razón es que el problema es grave. Muy grave.

Patricia suspiró y miró a su alrededor.

– No voy a poder poner mi parte para la fiesta. Sólo el álbum. Todos los materiales están pagados ya.

– No te preocupes por eso ahora -dije yo.

Mary asintió.

– Sí. No pasa nada.

Claire suspiró y colaboró en el intercambio de palabras de ánimo inclinándose sobre el álbum y diciendo:

– Te está quedando genial, Pats. Es muy bonito.

El problema no estaba resuelto, pero Patricia le dedicó una pequeña sonrisa.

– Gracias.

El ruido de voces peleando en el pasillo dispersó la piña que habíamos formado en torno a Patricia. Claire salió a mediar en la disputa sobre a quién le correspondía el rotulador rojo. El teléfono de Mary sonó en ese momento y salió a hablar en privado. Patricia y yo nos miramos.

– Dime que no soy como mamá, Anne.

– No lo eres. No es lo mismo.

Pero las dos sabíamos que en realidad sí lo era.

Otro día más. James no estaba en casa cuando llegué, aunque una suave música y el olor a comida me recibieron cuando abrí la puerta. Salsa para espaguetis cocía a fuego lento sobre los fogones y estuve tentada de pellizcar un piquito de pan de ajo, pese a no tener hambre. Me serví un vaso de té helado y bebí mientras me quitaba los zapatos y sacaba una goma para recogerme el pelo.

– Hola -dijo Alex desde la entrada de la cocina-. Jamie vendrá tarde hoy. Creo que han tenido algún problema con el cemento o algo así.

Sonreí.

– Me conozco esa historia. ¿Has vuelto a preparar la cena?

Alex sonrió de oreja a oreja.

– Tengo que asegurarme de que no os importa tenerme en vuestra casa.

Lo observé detenidamente desde el borde del vaso.

– Ya, ya.

Alex se acercó.

– ¿No funciona?

Fingí pensar en ello.

– ¿Y si limpias los cuartos de baño?

Se acercó un poco más y con ello estalló una placentera tensión, aunque no se movió para besarme.

– Dame un tanga y haré lo que pueda.

Me venía bien reír después de la tarde que había pasado con mis hermanas. La situación de Patricia me había entristecido tremendamente, había sacado a relucir una suciedad que normalmente manteníamos enterrada. Lo miré a los ojos grises.

Alex me ofreció una forma de escapar si me apetecía olvidarme de todo durante un rato. Sin embargo, nos quedamos allí, como con timidez, como si no hubiéramos catado los fluidos orgásmicos del otro. Hizo un gesto con la cabeza en dirección a los fogones.

– Está casi lista la cena si tienes hambre.

Minutos antes lo último que me apetecía era comer, pero en ese momento me rugían las tripas.

– Sí. Hay ensalada en el frigorífico. Voy a sacarla.

– La pasta tardará unos minutos en cocerse. ¿Por qué no te das una ducha?

Mis labios se curvaron hacia arriba.

– ¿Tan mal huelo?

– No -contestó él, enrollándose en el dedo un rizo de mi pelo. Rebotó como un muelle cuando lo soltó-. Pero por tu aspecto yo diría que te sentaría bien estar un rato a solas.

Me quedé mirándolo boquiabierta. Al momento estaba en sus brazos, el rostro apretado contra su camiseta, llorando. Me di cuenta de que era una camiseta de James, aunque olía a Alex. Me acarició el pelo y apoyó la barbilla en lo alto de mi cabeza. No dijo nada, no preguntó nada, no trató de arrancarme qué era lo que me ocurría. Simplemente estaba allí de una manera que James, que sí habría tratado de sonsacarme lo que me ocurría, no habría estado.

No lloré mucho rato. La emoción era demasiado intensa para mantenerla mucho tiempo y pronto fue reemplazada por una sensación bien distinta y mucho más egoísta que me da vergüenza admitir. Levanté el rostro, que a buen seguro estaría rojo e hinchado, y lo miré.

– Lo lamento.

– No tienes por qué -respondió él, apartándome el pelo de la frente con un dedo.

– ¿No quieres saber qué me pasa?

Alex se echó hacia atrás, puso las manos en la parte superior de mis brazos y me miró a la cara.

– No.

Hice una pausa antes de continuar.

– ¿No?

– Si quieres contármelo, ya lo harás -respondió encogiéndose de hombros. Entonces sonrió-. Si no quieres hablar, también me parece bien.

Era una respuesta sencilla. No sabía si quería hablar o no, qué quería decir, hasta dónde estaba dispuesta a compartir con él. Entregarle mi cuerpo era una cosa. Entregarle mi persona era totalmente distinto.

– Se trata de mi hermana -dije, y la historia brotó de mis labios de forma intermitente. No le conté todos y cada uno de los detalles, sobre todo las partes en las que su historia corría paralela a la de nuestra madre. Andaba de un lado a otro mientras se lo contaba, y él escuchaba apoyado en la encimera con los brazos cruzados sobre el pecho.

– Me preocupa lo que le pueda suceder -dije al final-. Quiero ayudarla, pero no sé qué puedo hacer yo.

– A mí me parece que ya estás haciendo todo lo que puedes por ella, que es estar ahí.

– No me parece suficiente.

– Anne, no puedes solucionarlo todo -dijo Alex al cabo de un momento.

Llevaba un rato mirando cómo mis dedos seguían el trazado irregular de pequeñas motas que componían la encimera.

– Lo sé.

Alex tenía una provisión de diferentes tipos de sonrisas. La de ese momento consistía en una leve elevación del labio y una ceja. Algo parecido a un gesto de satisfacción y engreimiento.

– No, no lo sabes.

– ¿Qué se supone que quiere decir eso?

– Quiere decir que crees que deberías saber cómo arreglar la vida de tu hermana, sus problemas. Quieres arreglarlo todo y detestas no ser capaz de hacerlo.

– Eso no es cierto.

Alex enarcó aún más la ceja.

– Ya lo creo que sí.

Yo negué con la cabeza.

– Rotundamente no. Es sólo que se trata de mi hermana y quiero…

– Arreglarlo -terminó Alex en mi lugar con una sonrisa de absoluto engreimiento.

– ¿Por qué estás tan convencido de que me conoces?

Llena de irritación, agarré un paño y me puse a limpiar la encimera limpia, una excusa para hacer algo con las manos y algo que mirar que no fuera él.

Alex se quedó callado un minuto, pero yo me negaba a mirarlo.

– Tal vez no seas tú -dijo al final-. Lo mismo soy yo.

Me había cazado. Tiré el paño sobre la encimera y lo miré.

– ¿Qué?

Pensé que lo mismo era un jueguecito suyo, pero tenía un semblante muy serio.

– Arreglar las cosas todo el tiempo. Mejorarlas.

– Bueno… ¿es así?

El aire se llenó de tensión otra vez. Había algo en el ambiente, pero no conseguía identificarlo. Giró el cuello hacia un lado haciendo que le crujieran las vértebras. Esta vez era él quien evitaba encontrarse con mis ojos.

– Olvídalo. Tienes razón. No te conozco. Sólo digo tonterías. Se me da bien. No debería haberte dicho nada.

A veces, la imagen que los demás pintan de nosotros es mucho más precisa que un reflejo. El espejo nos devuelve la misma imagen pero al revés. Un retrato no siempre permite que veamos nuestro rostro, pero si lo que ven los demás.

– No puedo arreglarlo todo -dije en voz alta, consciente de que era cierto.

Alex me miró.

– Pero te gustaría.

– ¿No le gustaría a todo el mundo?

Alex se pasó una mano por el sedoso pelo, revolviéndoselo, y le cayó sobre la frente.

– Pero no todo el mundo se culpa cuando ve que no puede hacerlo. La mayoría de la gente comprende que el universo no descansa sobre sus hombros. La mayoría de la gente comprende que sólo porque quieras hacer algo no significa que tengas que cargar con la culpa cuando no sucede, Anne.

– Tú tienes hermanas.

– Tres, yo soy el mayor.

– ¿Y nunca has sentido que tenías que ayudarlas a salir de algún problema? ¿Echarles una mano? ¿Protegerlas o mejorar su situación?

Alex emitió un sonido casi imperceptible.

– ¿Arreglarles la vida? Todo el tiempo.

– ¿Y pudiste hacerlo?

– No -volvió a pasarse la mano por el pelo y después se cruzó de brazos, como si sólo así pudiera mantener las manos quietas-. Y me siento mal por ello también.

Los dos sonreímos en mutuo entendimiento. La canción que sonaba en el equipo de música dio paso a otra más lenta y suave. Nos miramos sin decir nada. Alex sacó una mano y me la tendió.

Yo la acepté. Me acercó a su cuerpo, poco a poco, hasta que estuvimos pegados. Tenía la camiseta húmeda de mis lágrimas de antes, y cerré los ojos para aspirar el aroma a suavizante y jabón mezclado con su aroma único. Me abrazó un momento antes de que empezáramos a movernos lentamente al ritmo de la música.

Bailamos. Una canción dio paso a otra. No importaba la letra, el cantante ni el ritmo siquiera. Encontramos nuestro propio ritmo allí, en la cocina. Nos movíamos perfectamente acompasados, sin vacilar ni tropezamos. La música sonaba y nosotros nos mecíamos.

Bailamos en silencio. No porque no hubiera nada que decir, sino porque no teníamos que decir las cosas en voz alta pata comprendernos. No teníamos que hablar para explicarnos. En ese momento todo iba bien.

No había nada que solucionar.

Es increíble lo rápido que las cosas se vuelven una costumbre. Lo rápido que se acostumbra uno. La vida sencilla y ordenada que llevábamos James y yo se había distendido para dar cabida a Alex.

La cosa tenía sus ventajas. El sexo. Un tercer par de manos para ayudar en las tareas de la casa. Una cuenta bancaria extra, y Alex contribuía al presupuesto de forma muy generosa. Otra ventaja menos tangible pero no por eso menos apreciada era que tener a Alex en casa evitaba que la madre de James se presentara en cualquier momento, como se había acostumbrado a hacer en los seis años que llevábamos casados. Había dejado incluso de llamar por teléfono. Ahora prefería llamar directamente a James al móvil.

Pero el acuerdo tenía también desventajas. Compartir cama con dos cuerpos que roncaban, más ropa para lavar, doblar y colocar. Aunque Alex nunca me pedía que le lavara nada, las prendas aparecían tiradas por los lugares más insospechados, y nunca sabía de cuál de los dos era un vaquero hasta que aparecía en la cesta. Cuando no estábamos enrollados, a veces me sentía como si estuviera de más, ajena a sus bromas internas o sus estúpidos viajes a la adolescencia. A veces era como vivir con Beavis y Butthead.

– ¿Por qué lo haces? -dijo de repente Alex. James no estaba pendiente nada más que del absurdo juego al que estaban jugando delante de la televisión. Alex había llevado una consola último modelo y llevaban horas sin parar de jugar.

– ¿Hacer qué? -dije yo, deteniéndome cuando ya salía de la habitación.

– Si quieres que dejemos de jugar, ¿por qué no nos lo dices en vez de ponerte de morros?

Alex parecía verdaderamente interesado en mi respuesta, al contrario que su colega, que gritaba de alborozo ante la carnicería que estaba teniendo lugar en la pantalla.

– Ya lo he hecho, hace veinte minutos.

– No, nos has preguntado si queríamos salir a cenar y al cine esta noche -contestó Alex, soltando por completo el mando, lo que si que llamó la atención de James, puesto que eso significaba que el personaje que controlaba Alex había dejado de disparar. Apareció un monstruo y le arrancó la cabeza. James gruñó.

– Y es obvio que no queréis -respondí yo cruzándome de brazos. La consola no me había impresionado demasiado. No me importaban en absoluto los bytes de memoria que tenía ni la clase de tarjeta gráfica que llevaba instalada ni lo difícil que era conseguirla.

– ¿Lo ves? ¿Por qué lo haces? -Alex se levantó del suelo con fluidez-. Ahora estás cabreada.

James levantó la vista.

– ¿Por qué está cabreada?

– Porque no le hacemos caso -le dijo Alex.

– ¿Eh? -James parecía genuinamente sorprendido-. No es verdad.

– Sí, capullo -Alex intentó tomarme en sus brazos, treta a la que me resistí pero sin éxito-. No le estamos haciendo caso a nuestra Anne y se ha cabreado. Lo que quiero saber es por qué te ibas a ir así en vez de pedirnos que moviéramos nuestros traseros perezosos e inmaduros del suelo y te lleváramos a cenar y al cine.

Estaba llorosa y de mal humor por el síndrome premenstrual. Intenté zafarme de él, porque prefería seguir de morros, pero sus manos me aferraron la parte superior de los brazos con firmeza. Me puse rígida.

– Jamie, apaga la puta máquina y levántate. Anne quiere que la llevemos a cenar y al cine. No la estás tratando como la reina que es.

James se puso de pie precipitadamente.

– ¿Por qué no lo has dicho antes, nena? Lo habríamos dejado.

Conseguí poner los ojos en blanco.

– Olvidadlo. No hace falta que me traten como a una reina.

– Sí que hace falta.

– Alex -dije menos cabreada y más exasperada-. No soy una reina.

– Sí que lo eres -respondió él, estrechándome contra su pecho-. Una reina. ¿No tengo razón, Jamie?

James sonrió de oreja a oreja y se colocó a mi espalda, abrazándome por detrás.

– Sí.

– Una diosa.

Los dos se pegaron más a mí, aplastándome como un sándwich.

– La luz de nuestras vidas -dijo Alex-. El aliento de nuestros pulmones. La mostaza de nuestros perritos calientes.

– Como se te ocurra decir el viento bajo vuestras alas te doy un puñetazo.

– ¿Lo ves? -dijo Alex-. A eso me refería. ¿Por qué no dices cosas así más a menudo?

Costaba concentrarse cuando James me lamía la nuca y Alex me estaba separando las piernas con el muslo.

– ¿Qué? ¿Que te voy a dar un puñetazo?

– Si es lo que te apetece pues sí. De verdad, a mí me dan ganas a veces de darle uno bueno a nuestro querido Jamie, sobre todo cuando se tira pedos debajo de las mantas y finge que no ha sido él.

– Eh -se quejó James-. Que te den por culo, cabrón. Vete a dormir a tu propia cama.

Alex se pegó aún más a mí y me mordisqueó la mandíbula.

– Es que en mi cama no está Anne.

Entre los dos se me olvidó el enfado por lo de la consola, pero no estaba dispuesta a dejar el asunto tan pronto.

– Estoy harta de los dos.

Alex se apartó un poco y me miró.

– ¿Lo ves? ¿No te sientes mejor? Dilo otra vez.

James resopló a mi espalda. Alex alargó una mano y le dio un golpecito.

– Cállate -me miró de nuevo-. Venga. Dilo otra vez.

– Estoy harta de los dos -esperé un segundo. Ninguno parecía muy preocupado. Lo intenté de nuevo-. Y si vuelvo a entrar en el cuarto de baño a hacer pis en mitad de la noche y me encuentro la tapa levantada os juro que gritaré.

La boca de Alex dibujó una sonrisa traviesa.

– ¿Lo ves? ¿No te sientes mejor?

Me sentía mejor. James me rodeó con sus brazos y apoyó la barbilla en mi hombro. Yo me recliné sobre él y dejé que aguantara mi peso.

– ¿De verdad estás harta de nosotros? -me preguntó.

– No me extraña, tío, no me extraña -dijo Alex. No parecía molesto, sólo resignado-. Los hombres somos unos cerdos.

Al final terminé riéndome.

– No sois tan malos.

James tiró de mí hasta que me di la vuelta hacia él.

– ¿Quieres salir a cenar y al cine? Te llevaremos a cenar y al cine. ¡Jeeves! ¡A la limusina!

– Esperad, esperad, no estoy lista… -protesté entre risas mientras James me hacía cosquillas.

– ¿Qué quieres decir con eso? A mí me pareces que estás perfecta -dijo James, mirándome de arriba abajo.

– Qué burro eres -dijo Alex-. ¿Es que no sabes nada de las mujeres?

– ¿Desde cuándo eres tú un experto?

Yo levanté las manos y posé una en el pecho de cada uno, apartándolos de mí.

– Caballeros. Ya basta. Necesito entrar diez minutos en el cuarto de baño. A solas -dije esto especialmente para Alex, que no tenía la misma idea de intimidad de cuarto de baño que yo-. Y espero que me llevéis a un buen restaurante, no a tomar una hamburguesa.

– Lo que desee la señora -dijo Alex dándome un beso en el dorso de la mano, un gesto tonto que consiguió que el corazón me diera un vuelco.

Más tarde, después de una cena exquisita y una buena película, entramos en casa dando tumbos por el pasillo, tocándonos, besándonos, tirando la ropa por cualquier parte. Dos hombres se esforzaban por complacerme, una y otra vez, y sus esfuerzos eran recompensados. Estaba tendida en la cama entre ambos cuando se inició el coro de ronquidos, mirando al techo y preguntándome cómo podía ser que Alex, que no me conocía, me conociera tan bien, y James, que debería conocerme mejor que nadie en el mundo, no me conociera.

Capítulo 13

No debería haber respondido al teléfono, pero cuando sonó, extendí la mano de forma automática y me lo llevé al oído sin abrir los ojos.

– Diga.

– Anne. Soy tu suegra.

Como si no fuera a reconocerla por la voz o no supiera quién era si se presentaba por su nombre de pila…

– Hola, Evelyn.

– ¿Estabas durmiendo todavía? -dijo con un tono que insinuaba que estar en la cama a esa hora era de vagos inútiles.

Abrí un ojo para comprobar la hora.

– Son sólo las ocho de la mañana.

– Oh. Pensé que ya estarías levantada. ¿No madruga James para ir al trabajo?

– Se va hacia las seis y media, sí -contesté yo, tapándome la boca con la palma para ahogar un bostezo al tiempo que me frotaba los ojos, pero tenía los párpados pegados-. ¿Querías algo?

Esperaba que tuviera algún motivo para llamar a aquellas horas. No estaba de humor para charla, no lo estaba nunca en realidad. Pero ese día en particular no me encontraba bien y estaba de mal humor, me sentía hinchada y el vientre amenazaba con empezar a doler.

– Sí. Las chicas y yo vamos a salir de compras y habíamos pensado que te querrías venir. Pasaremos a recogerte a las nueve y media.

Mierda, mierda y mierda.

Me senté en la cama de golpe.

– ¿Adónde vas a ir de compras?

Me recitó una lista de tiendas, el centro comercial y un salón de manicura que yo no frecuentaba.

– Nueve y media. Te da tiempo, ¿no?

– Evelyn, lo cierto es que… -me giré para mirar a Alex, el rostro enterrado en la almohada de James. Su cuerpo despedía calor, cómodo en el aire fresco de primera hora de la mañana. Pasé la mano por la sedosa piel de su espalda desnuda-. Hoy tengo cosas que hacer.

Silencio sepulcral al otro lado de la línea, que me permitió contar hasta cinco.

– No me digas.

– Sí, lo siento, pero hoy tengo otros planes…

– Oh -dijo con una variación en el tono de voz, que seguía siendo educada como siempre pero se percibía la tensión bajo la superficie. El labio levantado ligeramente, los orificios nasales distendidos como si hubiera captado algo en mal estado. Siempre me preguntaba si, en su mente, en realidad estaba sonriendo, pero las señales que mandaba el cerebro y los gestos que al final mostraba su rostro se confundían por el camino.

– Bueno, si no quieres salir con nosotras… -dejó la frase a medias, esperando claramente a que yo se lo negara.

Y, por supuesto, eso hice, porque era lo que se esperaba de mí. Sentí acidez de estómago y fruncí la boca, pero se lo negué.

– Por supuesto que quiero salir con vosotras. Es que hoy había hecho otros planes.

– Está bien. Otro día entonces.

Conocer a la reina podría considerarse más importante que ir de compras con Evelyn y sus hijas; que te hubieran dado el premio Nobel de la Paz, puede que tuviera prioridad; que te secuestraran unos alienígenas podría estar justificado. Cualquier otra cosa, no. No para la madre de James.

Suspiré. Alex rodó hasta ponerse de espaldas, un brazo debajo de la cabeza mientras se frotaba suavemente el esternón con la otra mano. Arriba y abajo. Un movimiento hipnotizador. Sus dedos fueron descendiendo, y yo los seguí con la mirada. Cuando levanté la vista y lo miré a los ojos, estaba sonriendo.

– ¿Me das hasta las diez?

– No quiero que cambies tus planes.

– Seguro que puedo cambiarlos, pero no estaré a las nueve y media. Si queréis ir a Sinaí…

– No hay problema. Te esperaremos.

Estupendo. Ahora estaría en deuda con ellas todo el día porque tendrían que esperarme.

– No quiero que os retraséis por mí, Evelyn.

– No te preocupes.

«Porque te lo tendré en cuenta mientras viva».

Suspiré de nuevo. Alex sonreía con aire de suficiencia moviendo la mano como si fuera la boca de una marioneta, haciéndome burla. Miré para otro lado para no reírme, pero él se me echó encima. Empezó a chuparme el cuello y a tocarme los senos desde detrás de mí, pellizcándome los pezones hasta que se pusieron duros. Solté un gritito.

– ¿Anne?

– Estaré lista a las… -su mano había reptado por debajo del camisón y estaba ya entre mis piernas, donde no llevaba nada de ropa- diez…

– Dile que a las diez y media -dijo él riéndose por lo bajo con picardía, acariciándome entre los rizos del pubis.

– ¿Hay alguien ahí contigo? -preguntó la señora Kinney-. Creía que me habías dicho que James se había ido a trabajar.

– Y así es -dije yo, tratando de zafarme de Alex, pero era mucho más fuerte que yo y no me lo permitió-. Alex acaba de asomar la cabeza por la puerta para decirme algo.

– Oh, ¿todavía está con vosotros?

Sabía perfectamente que sí, hablaba con James por lo menos una vez al día.

– Sí.

Alex me estrechó contra su erección, acariciándome al mismo tiempo con los dedos, muy despacio, en movimientos circulares. Ya estaba húmeda. Mi cuerpo ansiaba sus caricias.

– Nos vemos a las diez entonces -dijo y colgó. Yo también colgué y me derrumbé sobre Alex con un gemido.

– Eres malvado.

– Ya te lo dije. Soy un canalla -me besó el lóbulo de la oreja. Su aliento caliente me hizo estremecer. La mano que tenía sobre el pecho me acarició el pezón, mientras la que estaba entre mis piernas continuaba con sus movimientos circulares-. Buenos días, mi reina.

Me giré para sentarme a horcajadas encima de él, separados por mi camisón. Le rodeé el cuello con los brazos mientras él bajaba las manos y me acercaba más sujetándome por las nalgas.

– Buenos días.

– Será mejor que vayas a arreglarte. Llegará dentro de un rato.

– Lo sé.

Ninguno de los dos se movió. El ritmo de nuestra respiración cambió, él tomaba aire mientras yo lo soltaba. Mi clítoris palpitaba, y me froté suavemente contra su pene duro y caliente. Alex inclinó la cabeza para trazar el perfil de mi clavícula con pequeños y suaves lametones.

Yo introduje los dedos en su pelo, dejando que los mechones me acariciaran el dorso de la mano.

– ¿Te has levantado antes?

Él asintió, mascullando contra mi piel:

– He desayunado con Jamie y después me he vuelto a acostar.

Yo ni siquiera me había despertado cuando James se había levantado.

– Eres mejor esposa que yo.

Él levantó la vista al oírlo. Tenía los labios húmedos y sus ojos grises resplandecían. Se humedeció más los labios. Sus manos se tensaron sobre mis nalgas, tirando de mí con más fuerza.

– No sabía que fuera una competición.

Yo no lo había dicho en ese sentido, pero cuando Alex hizo el comentario, no había forma de negarlo.

– ¿Lo es?

– Dímelo tú -contestó el, frunciendo los labios con picardía.

Me soltó el trasero para agarrar mi camisón a la altura del vientre y lo levantó. Sin obstáculos ya entre nosotros, piel contra piel, su pene quedó atrapado entre su estómago y mi sexo. Me quede inmóvil un momento. La sensación era de lo más agradable. Su cuerpo despedía calor, el mío, humedad. Bastaría con un breve gesto, con arquear la espalda y elevar la cadera ligeramente, y estaría en mi interior, si él quería. Si yo quería.

No nos movimos.

Continuó levantando el camisón hasta que me lo sacó por la cabeza. Mis pezones rozaron su pecho. Alex me rodeó con los brazos de nuevo, mientras yo colocaba las piernas alrededor de su cintura.

Puede que el aire de la mañana fuera fresco, pero yo estaba muerta de calor. Posé las manos en su cara y se la levanté. Lo miré a los ojos con su rostro entre mis manos. Alcancé su suave boca con los pulgares y tracé el perfil de su labio superior. Él volvió la cabeza un poco y me besó la palma.

Cuando giró de nuevo la cabeza y me miró, me perdí en sus ojos. Profundos y oscuros, no como el color azul claro de los de James.

– ¿Lo quieres?

– Todo el mundo quiere a Jamie.

– ¿Entonces porque estamos haciendo esto? -susurré contra su boca entreabierta. Inspiré y me tragué su aliento, la única forma de tenerlo dentro de mí que nos estaba permitida.

Gemí cuando me puso la mano en la nuca y tiró de mí para que lo besara; cuando me besó tan bruscamente que nuestros dientes chocaron; cuando nos hizo girar hasta colocarme encima de las sábanas revueltas y sobre él. Su pene erecto me acarició la cara interna del muslo, atormentándome.

– Porque no lo podemos evitar.

La respuesta perfecta, aunque no la que yo quería oír. No me dio tiempo a responder porque empezó a besarme de nuevo. Se restregó contra mí. La fricción fue aumentando. Mi mano buscó su pene, formando un tubo en el que pudiera deslizarse. Nuestras bocas se enzarzaron con violencia. Me mordió la suave piel del hombro y yo grité. Estábamos cubiertos de sudor, lo que hacía que nuestra piel resbalara, que fuera más fácil frotarnos.

Alex había dicho que se podían hacer muchas cosas aparte de follar, y tenía razón. Nosotros hacíamos de todo. Con las manos, la boca, piel contra piel, mi cuerpo componiendo lugares en los que pudiera entrar. Me junté los pechos para que pudiera deslizar el pene erecto entre ellos, utilizando mi boca al mismo tiempo. Nos tumbamos cabeza contra pies, nos chupamos y nos acariciamos. Se puso detrás de mí, empujando contra la zona baja de mi espinal dorsal mientras me llevaba al borde del clímax acariciándome con la mano desde atrás.

Formamos revoltijo de extremidades que se retorcía y contorsionaba, pero terminamos cara a cara, con las bocas abiertas, demasiado concentrados en lo que ocurría entre nuestras piernas para besarnos siquiera. Se introdujo en el hueco que había entre mi mano y mi cadera, al tiempo que me metía dos dedos en la vagina y me acariciaba el clítoris con el pulgar.

La posición era extraña. Me estaba tirando del pelo y se le debía de estar durmiendo el brazo, pero no nos importaba. Estábamos demasiado cerca del clímax como para detenernos, para movernos, para respirar. Nos movimos al compás hasta que el cabecero de la cama golpeó contra la pared.

– Joder -masculló Alex entre dientes-. Así, sigue así…

Mis dedos estrecharon el tubo. Gimió y enterró el rostro en la curva de mi cuello. Yo me estremecí y elevé las caderas para salir al encuentro de sus traviesos dedos.

Él hablaba en voz baja, mascullando cosas contra mi piel. Lo mucho que le gustaba follar con mi boca, lo mucho que le gustaba tocar mi sexo, lo mucho que deseaba hacer que me corriera. Sobre todo susurraba mi nombre, una y otra vez, pegándome a él como con cemento, haciendo imposible creer que no me conocía o que yo hubiera podido ser cualquier persona.

– Anne -susurró. Mi nombre. Mi cuerpo debajo del suyo. Mi sabor en su boca, mi aliento en sus pulmones. Lo repitió hasta que yo respondí pronunciando el suyo. Estábamos unidos.

El placer me inundó como el agua que brota a la superficie desde el interior de la tierra, llenando todas mis cavidades, cada milímetro de mi ser. Me estremecí. Me perdí en la sensación, me deje llevar. James tenía razón. Alex era como el lago, y yo me estaba ahogando en él.

Nos corrimos con segundos de diferencia. El líquido viscoso y resbaladizo cubría mis dedos. El olor me hizo ahogar un gemido. Saciados y con la respiración agitada, nos quedamos quietos y nos fuimos relajando poco a poco.

Alex, con el rostro todavía pegado a mí, se apartó lo justo para poder respirar. Estiró el brazo sobre mi estómago y la pierna sobre la mía. Su aliento me hacía cosquillas ahora que la pasión había cedido. Nos quedamos así un buen rato. En silencio.

– Esto es más de lo que se suponía que tenía que ser -dije, mirando al techo.

Alex, tan parlanchín momentos antes, permaneció en silencio. Su cuerpo respondió de la manera que sus cuerdas vocales no hicieron, tensándose levemente. Rodó hasta quedarse de espaldas, y entonces se apartó de mí, se levantó y salió al pasillo sin decir una palabra. Oí el ruido de su ducha al cabo de un momento.

Miré la hora y salí de la cama soltando una imprecación. Tenía diez minutos para ducharme y vestirme antes de que llegaran para llevarme de compras. Me alegraba no tener tiempo para cavilar sobre el significado de la no-respuesta de Alex. Eso significaba que yo tampoco tenía que preocuparme.

El día de compras con Evelyn no resultó tan desastroso como habría sido de esperar, a pesar de sus repetidos intentos de hablar sobre cuándo tenía intención de empezar a considerar la maternidad. Yo me limite a sonreír, apretando los dientes, y a darle respuestas vagas para que me dejara en paz. Para cuando llegué a casa, me dolía la cabeza de la tensión además del síndrome premenstrual.

– Mira, James está en casa -dijo alegremente, como si le hubiera tocado la lotería. En vez de dejarme en la puerta sin más, apagó el contacto.

– Supongo que quieres pasar -dije yo, incapaz de mostrarme acogedora.

– ¡Por supuesto! -exclamó ella fuera ya del coche y a un paso de abrir la puerta de la cocina.

No estoy segura de qué fue lo que vio, porque para cuando entré yo lo único a la vista eran miradas de culpabilidad, pero lo que fuera que hubieran estado haciendo Alex y James debía de haber sido lo bastante extraño como para que Evelyn retrocediera dando traspiés. Dado que era una mujer que se enorgullecía de tener respuesta para todo, dejarla sin palabras era toda una hazaña.

– Mamá, ¿qué estás haciendo aquí?

– He llevado a Anne de compras y he venido a traerla. Al ver tu camioneta me apeteció entrar a saludar -dijo Evelyn, irguiendo la espalda y colocándose el pelo, aunque no había ni un pelo fuera de lugar.

Busqué con la mirada pruebas de lo que podría haber visto al entrar. No parecía que hubiera nada fuera de lugar. Había un cigarrillo en el cenicero, pero aunque no permitía que se fumara en la casa, no me parecía algo tan escandaloso. Alex lanzaba discretas miradas de soslayo a James, apartándolas muy deprisa como temiendo soltar una carcajada. James no le hacía caso.

– Sí, acabo de llegar. Hace unos veinte minutos.

Había algo en la sonrisa de James que no encajaba. Era demasiado amplia. Demasiado boba. Demasiado… no sé, algo.

– ¿Qué tal el trabajo? -Evelyn no se movió de donde estaba al lado de la puerta, pero yo me abrí paso en la cocina.

– Estupendo. Genial. Todo muy, muy bien.

Lo que fuera que estuvieran haciendo era algo que no querían que los demás vieran. Parecían dos niños pillados con las manos en la masa… o dentro de los pantalones del otro. Miré alrededor de la cocina, pero aparte del cigarrillo encendido, no había nada fuera de su sitio. Alex parecía haber recuperado el control y se levantó para saludar a la señora Kinney con una sonrisa de pura inocencia.

– Hola, señora Kinney. ¿Cómo está?

Ella lo miró de refilón.

– Bien, Alex, ¿y tú?

– Genial. Muy, muy bien -contestó él, con una sonrisa más amplia.

Habría sospechado algo aunque no hubiera visto la reacción de mi suegra. Miré a James con ojos entornados, pero él no se dio cuenta. Los dos apretaban los labios como si estuvieran intentando contener las carcajadas.

– Bueno, me voy.

Evelyn hizo una pausa, pero James se despidió de ella con la mano.

– Adiós, mamá. Hasta luego.

– Adiós, señora Kinney -dijo Alex, agitando los dedos de la mano.

James y Alex se quedaron de pie el uno junto al otro, sonriendo como bobos y despidiéndose con la mano. Evelyn se dio media vuelta y se fue sin decir una palabra. La vi dirigirse a su coche, sentarse en el asiento del conductor y meter las llaves en el contacto. Esperé a ver si bajaba la guardia, creyendo que nadie la veía, a ver si se venía abajo, pero no lo hizo. Se alejó de la casa y me volví hacía los dos.

– ¿De qué iba eso? -James soltó una carcajada. Alex se rió con suficiencia. Me quedé mirándolos a los dos-. Oh, Dios mío, estáis colocados.

Olisqueé el aire. El humo del cigarrillo normal enmascaraba el olor acre del porro, pero estaba ahí. James abrió el frigorífico y sacó otro cenicero. Éste sí que tenía un porro dentro, que se había apagado.

– ¿Estabais fumando marihuana? ¿James?

Los dos se estaban riendo del porro apagado y no me hacían caso. Elevé la voz.

– ¡James! -los dos se volvieron hacia mí-. ¿Por qué has metido la marihuana en la nevera?

– Lo puso ahí cuando llegó su madre -intervino Alex, aguantándose la risa.

– ¿Te ha visto fumando?

– No creo -James carraspeó y lanzó a Alex una mirada cautelosa-. Nos estábamos peleando por eso cuando entró, y…

– Lo agarró y lo metió en el frigorífico a toda prisa -terminó Alex.

– Seguro que te vio -dije yo, poniéndome las manos en las caderas sin deseo alguno de verlos comportarse como niños.

Intercambiaron una nueva mirada, de culpabilidad esta vez.

– No vio el porro -aseguró James con firmeza.

– ¿Entonces qué es lo que vio? -quise saber-. ¿A vosotros dos comportándoos como adolescentes? Eso no es como para quedarse estupefacto. ¡Parecía que hubiera visto un fantasma!

Alex resopló ligeramente.

– Venga, Annie, no ha sido para tanto. Y Evelyn siempre tiene esa cara.

– Estábamos tonteando -dijo James, acercándose por detrás de la isla para rodearme el hombro con un brazo-. Haciendo un poco el loco. Eso es todo.

Noté una sensación de frío en la boca del estómago. Tontear podía significar muchas cosas. ¿Los habría visto pegándose por el porro o los habría visto más cerca el uno del otro de lo que hubiera esperado, tal vez tocándose o besándose?

Alex se llevó el porro a los labios y lo encendió, aspirando el humo con los ojos entornados. Retuvo el humo y luego lo expulsó. Me ofreció un poco.

– ¿Quieres?

– No.

– ¿Jamie?

Yo miré a James. Él me miró a mí y a continuación a Alex.

– Claro.

No dije nada. Tan sólo salí de la cocina y los dejé riéndose o peleándose o lo que fuera que hubieran estado haciendo al llegar yo. Me fui a mi dormitorio y cerré la puerta para no oír sus carcajadas. Me puse a leer, pero no podía concentrarme.

¿Habrían estado besándose? ¿Debería importarme? ¿Cómo podía estar celosa porque lo hubieran hecho cuando Alex y yo también lo habíamos hecho?

¿Se trataba de una competición entonces?

Podría haber resultado fácil perder de vista mi matrimonio teniendo un marido y un amante, pero no ocurrió. Se debía en parte a la indiscutible falta de celos de James respecto a Alex y a su creencia firme de que por muchas veces que Alex me chupara hasta llevarme al orgasmo, yo quería más a James. Tenía una tremenda seguridad en sí mismo, lo que nos permitía disfrutar de lo que se nos daba tan bien y hacíamos tan a menudo.

James no estaba celoso de su mejor amigo, ¿cómo podía estar yo celosa de Alex? ¿De sus bromas internas que me dejaban fuera, de sus recuerdos? Los dos estaban allí conmigo, los dos se mostraban atentos y apasionados.

A veces demasiado.

– Ya vale -dije aquella noche en que los dolores y la hinchazón de vientre, sumado al día de compras con Evelyn, hacían que el sexo me pareciera más una pesada obligación que una exótica aventura-. Ni siquiera con la polla de Brad Pitt.

– Pues sí que estamos bien -dijo Alex, apoyando la cabeza contra el cabecero, la camisa abierta, pero los pantalones abrochados. Miró a James que acababa de salir de la ducha-. ¿Lo has oído, tío? Nos está comparando con la polla de Brad Pitt. Y salimos perdiendo.

No quería reírme, quería meterme en la bañera con una vela aromática y un buen libro.

– No es verdad. Sólo decía que esta noche no puedo. Por vuestra culpa tengo escoceduras en más de un sitio y me duelen los ovarios.

– Los orgasmos son buenos para los dolores -James se puso detrás de mí y me rodeó con los brazos al tiempo que me mordisqueaba la oreja.

– ¿No has oído lo que acabo de decir?

– Algo sobre la polla de otro -murmuró riéndose por lo bajo mientras ahuecaba las manos contra mis senos-. Me gusta oírte decir groserías. Hazlo otra vez.

Alex, despatarrado sobre nuestra cama, hizo un gesto para que la dejara en paz.

– No tiene ganas, Jamie. Mejor olvídalo. Ya no nos quiere.

– ¿No? -dijo James, pellizcándome un pezón erguido-. ¿Seguro?

Resoplé malhumorada y me zafé de sus brazos.

– Estoy cansada, James. Y dolorida.