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Sushi Para Principiantes

Marian Keyes

Lisa, editora de una revista de moda londinense, se cree genial. Lo tiene todo: un novio fotógrafo guapísimo, se viste de Prada, solo va a los sitios fashion… Pero de repente la mandan al fin del mundo, a lanzar una nueva revista en Dublín, donde ni siquiera habrá una tienda de Versace, ni de Moschino, ni de nadie que valga la pena. Primero se pone furiosa y luego se deprime, pero Lisa no es una perdedora. Su nuevo jefe es bastante atractivo pero al parecer tonto, ya que no le hace caso. Prefiere, aunque parezca inconcebible, a su ayudante Ashling, modesta, trabajadora, buena chica, sufridora de primera categoría, la que siempre quiere ayudar a todos… Como muchos libros, Sushi para principiantes trata de la búsqueda de la felicidad.

Marian Keyes

Sushi Para Principiantes

Sushi for Beginners, 2000

1

Desde hacía semanas se respiraba una atmósfera extraña en la revista Femme, una sensación de que algo no funcionaba bien. Finalmente estallaron las especulaciones cuando se confirmó que Calvin Carter, director ejecutivo de la empresa, había sido visto deambulando por el último piso, buscando el lavabo de caballeros. Por lo visto acababa de llegar a Londres procedente de la oficina central, ubicada en Nueva York.

Por fin. Lisa apretó los puños, emocionada. ¡Por fin! Sabía que tarde o temprano llegaría este momento.

Recibió la llamada aquel mismo día. ¿Podía subir un momento a ver a Calvin Carter y al director ejecutivo de la delegación en Gran Bretaña, Barry Hollingsworth?

Lisa colgó bruscamente.

– ¡Pues claro! -gritó.

Sus colegas no le prestaron atención. En la redacción de la revista era habitual que la gente colgara el teléfono de un porrazo y se pusiera a gritar. Además, estaban todos atrapados en el Infierno del Día de Cierre: si al anochecer no tenían listo el número de aquel mes, la impresión se retrasaría y su rival por excelencia, Marie Claire, volvería a adelantárseles. Pero a Lisa ya no le importaba, porque a partir de mañana tendría otro empleo. Tendría un empleo mucho mejor en otro sitio.

Lisa tuvo que esperar veinticinco minutos fuera de la sala de juntas. Al fin y al cabo, Barry y Calvin eran hombres importantes.

– ¿La dejamos entrar ya? -le preguntó Barry a Calvin cuando creyó que ya llevaban un buen rato matando el tiempo.

– Solo hace veinte minutos que la hemos llamado -observó Calvin, malhumorado. Era evidente que Barry Hollingsworth no se había dado cuenta de lo importante que era él, Calvin Carter.

– Lo siento, creía que era más tarde. ¿Por qué no me enseñas otra vez lo que tengo que hacer para mejorar mi swing?

– Claro. A ver, agacha la cabeza y quédate quieto. ¡Quieto! Los pies firmes, el brazo izquierdo recto. Y ahora, ¡dale!

Cuando finalmente dejaron entrar a Lisa, Barry y Calvin estaban sentados detrás de una mesa de nogal que medía aproximadamente un kilómetro. Su aspecto era intimidante.

– Siéntate, Lisa. -Calvin Carter inclinó con elegancia su canosa cabeza.

Ella se sentó. Se alisó el cabello de color caramelo, exhibiendo al máximo sus reflejos gratis de color miel. Gratis, porque Lisa nunca se olvidaba de incluir al salón de belleza en la sección «Imprescindibles» de la revista.

Se puso cómoda y cruzó pulcramente los pies, luciendo sus zapatos Patrick Cox. Aquellos zapatos le iban pequeños: a pesar de que había pedido infinidad de veces a la oficina de prensa de Patrick Cox que le enviaran el número seis, ellos siempre le enviaban el cinco. De todos modos, unos zapatos de tacón de aguja de Patrick Cox gratis eran unos zapatos de tacón de aguja de Patrick Cox gratis. ¿Qué importancia tenía que le produjeran un dolor insoportable?

– Gracias por venir -dijo Calvin, sonriente.

Lisa decidió devolverle la sonrisa. Las sonrisas eran una mercancía, como todo lo demás, y solo se ofrecían a cambio de algo útil; pero ella creyó que en este caso valía la pena. Al fin y al cabo, no todos los días te trasladaban a Nueva York y te nombraban directora adjunta de la revista Manhattan. Así que estiró los labios y mostró sus dientes, blancos como perlas (gracias al lote de pasta de dientes Rembrandt donada para un concurso celebrado entre las lectoras, pero que Lisa consideró que resultaría más útil en su cuarto de baño).

– ¿Cuánto tiempo llevas en Femme? ¿Cuatro años? -Calvin consultó unas hojas grapadas.

– El mes que viene hará cuatro años -murmuró Lisa con una estudiada mezcla de deferencia y seguridad.

– Y eres directora desde hace casi dos años, ¿no es así?

– Así es. Dos años maravillosos -confirmó ella, conteniendo el impulso de meterse los dedos en la garganta y vomitar.

– Y si no me equivoco, solo tienes veintinueve años -añadió Calvin, admirado-. Pues bien, como ya sabes, aquí, en Randolph Media, recompensamos a la gente a la que no le asusta trabajar.

Lisa no se inmutó ante aquella escandalosa mentira. Como muchas empresas del mundo occidental, Randolph Media recompensaba a la gente a la que no le asustaba trabajar con un sueldo miserable, un volumen ingente de trabajo y continuos descensos de categoría y despidos sin previo aviso.

Pero Lisa era diferente. Había cumplido con Femme, y había hecho sacrificios que ni siquiera ella se había propuesto hacer: empezar a trabajar a las siete y media casi todas las mañanas, trabajar doce, trece y hasta catorce horas diarias, y luego, cuando finalmente apagaba el ordenador, asistir a fiestas para la prensa. No era raro que fuera a trabajar el sábado, el domingo o en días festivos. Los porteros la odiaban, porque eso significaba que cuando decidía ir a la oficina, uno de ellos tenía que ir a abrirle las puertas, y por lo tanto tenía que renunciar al partido de fútbol del sábado o a su excursión con la familia a Brent Cross un día de fiesta.

– En Randolph Media hay un puesto vacante -dijo Calvin dándose importancia-. Sería un reto fabuloso para ti, Lisa.

«Ya lo sé -pensó ella con fastidio-. Corta el rollo y vayamos al grano.»

– Implica el traslado al extranjero, lo cual a veces puede resultar problemático para la pareja.

– Estoy soltera -dijo Lisa con brusquedad.

Barry frunció la frente, sorprendido, al recordar las diez libras que había tenido que aportar para el regalo de bodas de un empleado, unos años atrás. Habría jurado que el regalo era para Lisa, pero quizá se equivocaba, quizá ya no estaba tan al día como en otros tiempos…

– Estamos buscando un editor para una nueva revista -prosiguió Calvin.

¿Una nueva revista? Lisa se sobresaltó. Pero si Manhattan se publicaba desde hacía setenta años. Cuando todavía estaba lidiando con lo que aquello significaba, Calvin hizo el comentario definitivo:

– El puesto implicaría tu traslado a Dublín.

El impacto de aquellas palabras le produjo un débil zumbido en la cabeza, como si se le hubieran tapado los oídos. Una confusa sensación de alienación. La única realidad que percibía era el súbito dolor de los magullados dedos de los pies.

– ¿Dublín? -repitió con un hilo de voz que no parecía su voz. A lo mejor… a lo mejor se referían a Dublín, Nueva York.

– Dublín, la capital de Irlanda -añadió Calvin Carter, como si hablara desde el otro extremo de un largo túnel, destruyendo con esas palabras su última esperanza.

«No puedo creer que esto me esté pasando a mí.»

– ¿Irlanda?

– Esa isla lluviosa que hay al otro lado del mar de Irlanda -aportó Barry.

– Donde la gente bebe tanto -dijo Lisa con voz casi inaudible.

– Y donde hablan como cotorras. Exacto. Una economía en auge, una gran población de gente joven… Los estudios de mercado indican que el país está a punto para una nueva y batalladora revista femenina. Y queremos que tú la pongas en marcha, Lisa.

Calvin y Barry la miraban con expectación. Ella sabía que la costumbre era que se atrancara, se emocionara e hiciera comentarios sobre lo mucho que apreciaba que hubieran depositado su confianza en ella y que esperaba no decepcionarlos.

– Hummm… bueno, pues… gracias.

– Nuestra oferta en Irlanda es impresionante -se jactó Calvin-. Tenemos Novias Hibernianas, Salud Celta, Interiores Gaélicos, Jardines de Irlanda, El Consejero Católico…

– No, El Consejero Católico está a punto de cerrar -le interrumpió Barry-. Las cifras de ventas han caído en picado.

– …Punto Gaélico… -A Calvin no le interesaban las malas noticias-. El Automovilista Celta, Patatas (esa es nuestra revista sobre gastronomía irlandesa), Bricolaje Irlandés y El Hib In.

– ¿El Hib In? -se esforzó en decir Lisa. Era aconsejable seguir hablando.

– Hib in -confirmó Barry-. Es la abreviación de «hiberniano in». Una revista para hombres. Una mezcla entre Loaded y Arena. Tú tienes que lanzar una versión femenina.

– ¿Cómo se va a llamar?

– Hemos pensado llamarla Colleen. Joven, batalladora, moderna, sexy… así es como queremos que sea. Sobre todo sexy, Lisa. Y no demasiado intelectual. Olvídate de esos artículos deprimentes sobre la ablación de las mujeres en Afganistán. Ese no es nuestro público lector objetivo.

– Lo que queréis es una revista para bobas, ¿no?

– Veo que lo has captado -repuso Calvin, esbozando una sonrisa radiante.

– Lo que pasa es que yo nunca he estado en Irlanda, no sé nada del país.

– ¡Exacto! -exclamó Calvin-. Eso es precisamente lo que queremos. Nada de ideas preconcebidas, sino un enfoque fresco y sincero. El mismo sueldo, una generosa ayuda para el traslado, y empiezas dentro de dos semanas.

– ¿Dos semanas? Pero si ni siquiera me va a dar tiempo para…

– Tengo entendido que tienes una capacidad organizativa excelente -la atajó Calvin-. Impresióname. ¿Alguna pregunta?

Lisa no pudo contenerse. Normalmente, sonreía mientras todavía le estaban clavando el puñal, porque se imaginaba lo que vendría después. Pero ahora estaba conmocionada.

– ¿Qué hay del puesto de directora adjunta de Manhattan?

Barry y Calvin se miraron.

– Se lo hemos asignado a Tia Silvano, del New Yorleer -admitió Calvin de mala gana.

Lisa asintió con la cabeza. Tenía la sensación de que todo había terminado. Se levantó, dispuesta a marcharse.

– Bien, tendré que pensármelo -dijo-. ¿Cuándo tengo que contestar?

Barry y Calvin volvieron a mirarse.

Finalmente fue Calvin quien respondió:

– Ya hemos cubierto tu puesto actual.

Lisa se dio cuenta de que aquello era un hecho consumado, y tuvo la impresión de que todo se movía a cámara lenta. No tenía elección. Se quedó paralizada, gritando mentalmente, y tardó varios largos segundos en comprender que no podía hacer otra cosa que salir de la sala de juntas.

– ¿Te apetece un partidito de golf? -le preguntó Barry a Calvin cuando Lisa se hubo marchado.

– Me encantaría, pero no puedo. Tengo que ir a Dublín y hacer las entrevistas para cubrir los otros puestos.

– ¿Quién es actualmente el director ejecutivo de Irlanda? -preguntó Barry.

Calvin arrugó la frente. Se suponía que Barry tenía que saberlo.

– Un tipo llamado Jack Devine -contestó.

– Ah, ya. Un poco díscolo, ¿no?

– No lo creo. -A Calvin no le hacían ninguna gracia los rebeldes-. O por lo menos, más le vale no serlo.

Lisa intentó disimular. No quería admitir que estaba desilusionada, sobre todo teniendo en cuenta lo mucho que se había sacrificado. Pero la realidad era inapelable: Dublín no era Nueva York, se mirara por donde se mirase. Y el «generoso» paquete de ayudas para el traslado era de juzgado de guardia. Lo peor, sin embargo, era que tendría que devolver el móvil. ¡Su móvil! Era como si le hubieran amputado una extremidad.

Ninguno de sus compañeros de trabajo lamentó excesivamente su partida. Lisa nunca dejaba tocar a nadie los zapatos Patrick Cox, ni siquiera a las chicas que calzaban el número cinco. Y su costumbre de hacer comentarios personales venenosos y falsos había hecho que se ganara el apodo de Viperina. Con todo, el último día de Lisa en la oficina, el personal de Femme se reunió en la sala de juntas para realizar la despedida de rigor: vasos de plástico de vino blanco tibio que habría podido servir de quitaesmaltes, una bandeja con un desordenado despliegue de patatas fritas y ganchitos, y el rumor, nunca confirmado, de que estaban a punto de llegar las salchichas de cóctel.

Cuando todo el mundo iba por el tercer vaso de vino y por lo tanto podía esperarse que la gente hiciera gala de algún entusiasmo, alguien pidió silencio y Barry Hollingsworth hizo su clásico discurso, dándole las gracias a Lisa y deseándole suerte. Todos estuvieron de acuerdo en que lo había hecho muy bien. Sobre todo porque no se había equivocado de nombre. La última vez que despidieron a un empleado, Barry había pronunciado un conmovedor discurso de veinte minutos elogiando el extraordinario talento y la valiosa aportación de una tal Heather, mientras Fiona, la chica que se marchaba, escuchaba muerta de vergüenza.

A continuación le entregaron a Lisa los vales de Marks & Spencer por valor de veinte libras y una enorme postal con un hipopótamo y el texto «Te echaremos de menos». Ally Benn, la antigua secretaria de Lisa, había elegido cuidadosamente el regalo de despedida. Había cavilado mucho sobre los gustos de Lisa, y al final había llegado a la conclusión de que los vales de M &S le darían más rabia que ninguna otra cosa. (Ally Benn calzaba un cinco.)

– ¡Por Lisa! -concluyó Barry.

A esas alturas estaban todos colorados y exaltados, así que alzaron sus vasos de plástico, tirándose vino y trozos de corcho por la ropa, y mientras reían por lo bajo y se daban codazos, gritaron:

– ¡Por Lisa!

Lisa no se quedó más de lo imprescincible. Llevaba mucho tiempo soñando con aquella despedida, pero siempre había creído que cuando se marchara lo haría montada en una ola de éxito que la llevaría en volandas hasta Nueva York. En lugar de partir hacia lo que, en el mundo de la prensa femenina, equivalía al exilio en Siberia. Era una pesadilla espantosa.

– Tengo que irme -les dijo al grupo de chicas que habían trabajado a sus órdenes en los dos últimos años-. He de acabar de hacer el equipaje.

– Claro -dijeron ellas, coreando alegremente sus despedidas-: Buena suerte, pásatelo bien, disfruta de Irlanda, ten cuidado, no trabajes demasiado…

Cuando Lisa llegó a la puerta, Ally gritó:

– ¡Te echaremos de menos!

Lisa asintió y cerró la puerta.

– Y una mierda -añadió Ally por lo bajo-. ¿Queda vino?

Se quedaron hasta que no quedó ni una gota, hasta que desapareció la última miga de patata de la bandeja; entonces se miraron unos a otros y se preguntaron, con un ánimo peligrosamente subido de tono:

– ¿Qué hacemos?

Bajaron al Soho e irrumpieron en los bares pidiendo tequila, una verdadera horda de oficinistas afectados por la fiebre del viernes por la noche. La pequeña Sharif Mumtaz (redactora adjunta) se separó del grupo, y la acompañó a casa un chico muy amable con el que se casó nueve meses más tarde. Un individuo le compró a Jeanie Geoffrey (colaboradora de moda) una botella de champán y le aseguró que era «una diosa». A Gabbi Henderson (salud y belleza) le robaron el bolso. Y Ally Benn (la nueva directora) se subió a una mesa en uno de los pubs más concurridos de Wardour Street y bailó como una loca hasta que se cayó y se hizo diversas fracturas en el pie derecho.

Dicho de otro modo: fue una noche fabulosa.

2

– ¡Ted! ¡Llegas en el mejor momento! -Ashling abrió la puerta de par en par y, por una vez, no pronunció su frase más habitual, a saber: «Mierda, es Ted».

– ¿En serio? -Ted entró con precaución en el piso de Ashling. Normalmente no recibía una bienvenida tan calurosa.

– Necesito que me ayudes a elegir la chaqueta.

– Lo haré lo mejor que pueda. -El oscuro y delgado rostro de Ted adoptó una expresión aún más intensa-. Pero ten en cuenta que soy un hombre.

No exactamente, pensó Ashling con aflicción. Era una lástima que la persona que había alquilado el piso de arriba seis meses atrás, y que al instante había decidido que Ashling era su mejor amiga, no fuera un hombre alto y guapo de esos que te aceleran el pulso, sino Ted Mullins, un funcionario necesitado, aspirante a cómico, menudo, enjuto y propietario de una bicicleta.

– Primero la negra. -Ashling se puso la chaqueta encima de la blusa de seda blanca «para entrevistas» y de los mágicos pantalones negros que le quitaban tres kilos.

– ¿De qué se trata? -Ted se sentó en una silla y enroscó las piernas alrededor de las patas. Era huesudo y anguloso, de hombros y rodillas puntiagudos, como un boceto de sí mismo.

– Tengo una entrevista de trabajo. A las nueve y media.

– ¿Otra entrevista? ¿Para qué es esta vez?

Ashling se había presentado para varios trabajos en las dos últimas semanas, desde un empleo en un rancho del Lejano Oeste en Mullingar al de recepcionista en una empresa de relaciones públicas.

– Directora adjunta de una revista nueva que se llama Colleen.

– ¡Ostras! ¿Un trabajo de verdad? -El saturnino rostro de Ted se iluminó-. No entiendo por qué te presentaste para los otros. No eran dignos de ti.

– Tengo muy poca autoestima -le recordó Ashling componiendo una amplia sonrisa.

– Yo todavía tengo menos -replicó Ted, decidido a no dejarse superar-. Así que una revista femenina -prosiguió-. Si te lo dan, sería un buen corte de mangas para los de Wonzan's Place. ¡La venganza es un plato que se sirve frío! -Echó la cabeza atrás y soltó una sonora carcajada imitando a Vincent Price-: ¡IIIIaaaajjjj, aaaajjjj, aaaajjjj!

– La venganza no es ningún plato -le interrumpió Ashling-. Es una emoción. O algo así. Y no me interesa.

– Pero después de lo mal que se portaron contigo… -dijo Ted con asombro-. ¡Tú no tuviste la culpa de que a aquella mujer se le estropeara el sofá!

Ashling había trabajado muchos años para Woman's Place, una revista femenina irlandesa. Había sido redactora de ficción, redactora de moda, redactora de salud y belleza, redactora de bricolaje, redactora de cocina, redactora del consultorio sentimental, correctora y consejera espiritual, todo a la vez. Aunque no era un trabajo tan pesado como podría parecer, porque Woman's Place se hacía de acuerdo con una fórmula muy estricta y controlada.

Cada número incluía un patrón (que casi siempre era el de un cobertor de rollos de papel higiénico con forma de traje de sureña). Luego estaba la página de cocina, donde te explicaban cómo comprar piezas de carne baratas y disfrazarlas de otra cosa. También había un relato en que aparecían un niño y una abuela que al principio se odiaban y acababan haciéndose íntimos amigos. Estaba la página de «Problemas», por supuesto (donde nunca faltaba la carta en que una suegra se quejaba de su descarada nuera). Las páginas dos y tres eran una selección de historias «graciosas» protagonizadas por los nietos de las lectoras y las chorradas que habían dicho o hecho. En la contraportada interior había una carta llena de tópicos, presuntamente escrita por un sacerdote, pero que siempre redactaba Ashling quince minutos antes del plazo para entregar los textos a la imprenta. Luego estaban los «Consejos de las Lectoras». Y uno de esos consejos fue, curiosamente, el instrumento de la caída de Ashling.

Los consejos de las lectoras los enviaban las típicas marujas para provecho de otras lectoras. Casi siempre explicaban cómo ahorrar y conseguir cosas gratis. La premisa general era que no necesitabas comprar nada porque podías hacértelo todo tú misma con elementos que ya tenías en casa. El zumo de limón era una de las estrellas de la sección.

Por ejemplo, ¿para qué gastar dinero en champús caros si podías hacerte tu propio champú con un poco de zumo de limón y lavavajillas? ¿Te gustaría hacerte mechas? Lo único que tenías que hacer es exprimir un par de limones sobre tu cabeza y sentarte al sol, durante un año. ¿Y para quitar una mancha de zumo de arándanos de un sofá beige? Una mezcla de zumo de limón y vinagre: infalible.

Pero no funcionó, al menos en el sofá de la señora Anna O'Sullivan del condado de Waterford. Todo salió mal: la mancha de zumo de arándanos se hizo aún más visible, y ni siquiera el Stain Devil pudo con ella. Y pese a una generosa aplicación de Glade, toda la habitación apestaba horriblemente a vinagre. La señora O'Sullivan, que era una buena católica, creía en el castigo divino. Amenazó con demandar a la revista.

Cuando Sally Healy, la directora de Woman's Place, inició una investigación, Ashling admitió que se había inventado aquel truco. Aquella semana en particular las aportaciones de las lectoras sobre el tema habían sido escasas.

– Pensaba que nadie se creía esas cosas -susurró Ashling en su defensa.

– Me sorprendes, Ashling -repuso Sally-. Siempre me has dicho que no tienes imaginación. Y la «Carta del Padre Bennett» no cuenta, porque ya sé que la copias de El Consejero Católico, que por cierto (no digas nada de momento) está a punto de irse a pique.

– Lo siento, Sally, te prometo que no volverá a pasar.

– La que lo siente soy yo, Ashling. Voy a tener que despedirte.

– ¿Por un simple error como ese? ¡No puedo creerlo!

Ashling tenía razón. El verdadero motivo era que la junta directiva de Woman's Place estaba preocupada por el descenso de las ventas, había decidido que la revista daba muestras de «cansancio» y andaba buscando un cabeza de turco. El lío que había organizado Ashling no podía llegar en mejor momento. Ahora podrían despedirla y no tendrían que soltarle una indemnización.

Sally Healy estaba consternada. Ashling era la empleada más fiel y trabajadora con que uno podía soñar. Se encargaba de todo mientras Sally llegaba tarde, se marchaba antes de hora y desaparecía los martes y los jueves por la tarde para ir a recoger a su hija a la escuela de ballet y a sus hijos al entrenamiento de rugby. Pero la junta lo había dejado muy claro: o Ashling o ella.

Como concesión por los largos años dedicados a la empresa, a Ashling le permitieron seguir en su puesto hasta que encontrara otro trabajo. Lo cual, si todo salía bien, iba a ser pronto.

– ¿Y bien? -Ashling se alisó la chaqueta y se dio la vuelta para que Ted la examinara.

– Muy bien. -Ted encogió sus huesudos hombros.

– O ¿te gusta más esta? -Ashling se puso otra chaqueta, que a ojos de Ted era idéntica a la anterior.

– Muy bien -repitió.

– ¿Cuál?

– Cualquiera de las dos.

– ¿Cuál me marca más la cintura?

Ted hizo una mueca de desesperación.

– Otra vez no, por favor. Estás obsesionada con tu cintura.

– Eso es imposible. No puedo obsesionarme con algo que no tengo.

– ¿Por qué no te quejas del tamaño de tu trasero, como hacen todas las mujeres normales?

Ashling tenía muy poca cintura, pero, como ocurría siempre con las malas noticias que se referían a ella, había sido ella la última en enterarse. No hizo aquel impactante descubrimiento hasta los quince años, cuando Clodagh, su mejor amiga, suspiró: «Qué suerte tienes de no tener cintura. La mía es tan pequeña que solo hace que mi trasero parezca aún más grande».

Mientras sus compañeras se pasaban la adolescencia plantadas ante el espejo intentando discernir si tenían un pecho mayor que el otro, Ashling se concentraba más abajo. Finalmente se compró un huía hoop y se puso a practicar con entusiasmo en el jardín de su casa. Durante un par de meses practicó día y noche, contoneándose sin parar, con la lengua asomando fuera. Todas las mamás del barrio la miraban por encima de los muros del jardín, con los brazos cruzados, asintiendo con la cabeza y diciéndose unas a otras: «Esa se va a matar de tanto darle al hula hoop».

Pero el gira que gira no había servido para nada. Incluso ahora, dieciséis años más tarde, a la silueta de Ashling seguía faltándole aquella ondulación a la altura de la cintura.

– No tener cintura no es lo peor que le puede pasar a uno -dijo Ted para animarla.

– Ya lo sé -repuso Ashling con una jovialidad inquietante-. También puedes tener unas piernas horribles. Y quiso la suerte que yo las tuviera.

– No es verdad.

– Sí. Las he heredado de mi madre. Mientras no haya heredado nada más de ella… -añadió Ashling, risueña-. Supongo que no estoy tan mal.

– Anoche estaba en la cama con mi novia… -Ted estaba deseando cambiar de tema- y le dije que la Tierra era plana.

– ¿Con qué novia? Y ¿qué es eso de que la Tierra es plana?

– No, no va así -murmuró Ted para sí-. Anoche se la estuve metiendo a mi novia…, y le dije que la Tierra era plana. ¡Ja, ja, ja!

– Ja, ja. Muy bueno -dijo Ashling sin convicción. Lo peor de ser amiga de Ted era tener que hacer de conejillo de Indias de sus nuevos chistes-. Pero ¿me dejas que te haga una sugerencia? Escucha: anoche se la estuve metiendo a mi novia y le dije que siempre la amaría y nunca la abandonaría… ¡Ja, Ja! -añadió con ironía.

– Se me hace tarde -dijo Ted-. ¿Te llevo a algún sitio?

Ted solía llevar a Ashling al trabajo en la bicicleta, de camino hacia el Ministerio de Agricultura.

– No, gracias. No te va de camino.

– Suerte con la entrevista. Ya vendré a verte esta noche.

– No tenía ninguna duda -dijo Ashling por lo bajo.

– ¡Por cierto! ¿Cómo va tu infección del oído?

– Mucho mejor. Ya puedo lavarme el pelo yo sola.

3

Finalmente Ashling se decidió por la chaqueta número uno. Creía haber detectado una ligera entrada entre sus pechos y sus caderas que para ella ya era suficiente.

Tras meditar un buen rato sobre el tipo de maquillaje que le convenía, se decidió por uno discreto, para no dar impresión de chica frívola. Pero para no parecer demasiado sosa, cogió su bolso blanco y negro de piel de poni. Luego frotó su Buda de la suerte, se metió el amuleto en el bolsillo y se quedó mirando con pesar su gorra roja de la suerte. ¿Cómo iba a ponerse una gorra roja con borla para ir a una entrevista de trabajo? De todos modos no la necesitaba: según su horóscopo, aquel iba a ser un gran día. Lo mismo decía el oráculo de los ángeles.

Bajó a la calle, y tuvo que pasar por encima de un individuo profundamente dormido junto al portal. Puso rumbo a las oficinas de Dublín de Randolph Media, caminando a buen paso por las embotelladas calles del centro de la ciudad, repitiendo mentalmente, una y otra vez, siguiendo los consejos de Louise L. Hay: «Voy a conseguir este trabajo, voy a conseguir este trabajo, voy a conseguir este trabajo…».

Pero no pudo evitar preguntarse: «¿Y si no lo consigo? Pues no importa, pues no importa, pues no importa…».

Aunque había conseguido guardar la compostura, Ashling estaba destrozada por el incidente con el sofá de la señora O'Sullivan. Tan destrozada que había tenido otra infección de oído de esas que siempre tenía cuando estaba estresada.

Perder el empleo era algo terriblemente infantil, no era propio de una persona de treinta y un años, titular de una hipoteca. Se suponía que ella ya había superado esa etapa, ¿no?

Para impedir que su vida se viniera abajo, Ashling se había puesto a buscar trabajo con verdadera pasión, y se había presentado a cualquier cosa que pareciera factible. No, no sabía echarle el lazo a un semental desbocado, había admitido en la entrevista para el rancho del Lejano Oeste de Mullingar (en realidad ella creía que la estaban entrevistando para cubrir un puesto administrativo), pero estaba dispuesta a aprender lo que hiciera falta.

En todas las entrevistas a que se presentaba, repetía aquello de que estaba dispuesta a aprender lo que hiciera falta. Pero de todos los puestos solicitados, el de la revista Colleen era el único que de verdad le interesaba. Le encantaba trabajar en una revista, y en Irlanda no abundaban los empleos en revistas. Además, Ashling no era periodista: sencillamente era una buena organizadora, y muy detallista.

Las oficinas de Randolph Media estaban en el tercer piso de un edificio de oficinas de los muelles. Ashling se había enterado de que Randolph Media también era propietaria de la pequeña pero creciente cadena de televisión Channel 9, y de una emisora de radio muy comercial; pero al parecer esas empresas tenían su sede en otro local.

Ashling salió del ascensor y echó a andar por el pasillo hacia recepción. Había mucha actividad, y la gente iba de un lado para otro llevando papeles. Ashling sintió una oleada de emoción que casi le produjo náuseas. Cerca del mostrador había un hombre alto con el cabello enmarañado conversando con una menuda chica asiática. Hablaban en voz baja, y a Ashling le dio la impresión de que les habría gustado poder gritar. Ashling siguió su camino; no le gustaban las peleas, ni siquiera las de los demás.

Cuando vio a la recepcionista se dio cuenta de cuánto se había equivocado con respecto al maquillaje. Trix (así se llamaba la recepcionista según la insignia que llevaba) tenía el aspecto reluciente y pringoso de una adepta a la escuela «cuanto más mejor». Llevaba las cejas depiladas hasta la mínima expresión, su perfilador de labios era tan grueso y oscuro que parecía que tuviera bigote, y llevaba la rubia melena recogida con un centenar de diminutos clips de colores, cuidadosamente repartidos. «Debía de necesitar tres horas para arreglarse», pensó Ashling, impresionada.

– Hola -masculló Trix con voz ronca, como si fumara cuarenta cigarrillos diarios (que eran precisamente los que fumaba).

– Tengo una entrevista a las nueve y me…

Ashling se interrumpió al oír un fuerte grito a sus espaldas. Giró la cabeza y vio al hombre del pelo enmarañado sujetándose el dedo índice.

– ¡Me has mordido! -exclamó-. ¡Me has hecho sangre, Mai!

– Espero que estés vacunado contra el tétanos -dijo la chica asiática riendo con sorna.

Trix chascó la lengua, puso los ojos en blanco y murmuró:

– Son un par de gilipollas, siempre están igual. -Y añadió-: Siéntate. Voy a avisar a Calvin.

Trix desapareció por una puerta, y Ashling se sentó en un sofá, junto a una mesita llena de revistas. Al verlas, su sistema nervioso se disparó. Se moría por aquel empleo. El corazón le latía muy deprisa y su estómago producía dosis masivas de jugos gástricos. Ashley se puso a girar distraídamente su piedra amuleto. Pese a que el nerviosismo le impedía concentrarse en lo que ocurría alrededor, vio cómo el individuo que había recibido el mordisco entraba en el lavabo y cómo la chica asiática iba dando zancadas hacia el ascensor, haciendo oscilar su larga melena negra.

– El señor Carter te está esperando.

Trix había vuelto, y no había podido ocultar su sorpresa. Llevaba dos días viéndoselas con nerviosas candidatas que se quedaban esperando media hora junto a su escritorio. Durante ese tiempo, Trix había tenido que dejar de telefonear a sus amigas para contestar las suplicantes preguntas de las candidatas sobre sus posibilidades de conseguir aquel empleo. Y por si fuera poco, ella sabía que lo único que estaban haciendo Calvin Carter y Jack Devine en la sala de entrevistas era jugar a rummy.

Pero en esta ocasión Jack Devine había dejado solo a Calvin Carter, que se estaba aburriendo como una ostra. Para no hacer nada, era mejor entrevistar a otra candidata.

– ¡Pase! -gritó cuando Ashling llamó tímidamente a la puerta.

Calvin le echó un vistazo a la joven morena del traje pantalón negro y decidió que no le interesaba. No era lo bastante elegante para Copeen. Él no entendía mucho de peinados femeninos, pero le parecía recordar que solían ser algo más elaborados que el de aquella chica. ¿No se suponía que tenía que notarse que te habías hecho algo en el pelo? No lo dejabas colgar sobre los hombros como si nada, y menos aún si lo tenías castaño. Y aquel aire lozano no estaba mal para una lechera, pero si aspirabas al puesto de directora adjunta de una revista femenina…

– Siéntese. -No pensaba dedicarle más de cinco minutos.

Ansiosa por hacerlo bien, Ashling se sentó en una silla frente a Calvin, sentado al otro lado de la mesa.

– Estoy esperando a Jack Devine, nuestro director ejecutivo en Irlanda -explicó Calvin-. Ya no puede tardar. Antes que nada -añadió consultando el currículum de Ashling-, me gustaría que me dijera cómo pronuncia su nombre.

– Ash-ling.

– Ash-ling. Ashling. De acuerdo. Muy bien, Ashling, veo que durante los últimos ocho años ha trabajado en varias revistas…

– En una revista. -Ashling oyó una risita nerviosa y se dio cuenta de que era suya-. Solo en una.

– Y ¿por qué deja Woman's Place?

– Busco un nuevo desafío -contestó, nerviosa. Era lo que Sally Healy le había aconsejado que dijera.

Se abrió la puerta y entró el individuo que había recibido el mordisco.

– Hola, Jack. -Calvin Carter frunció las cejas-. Te presento a Ashling Kennedy.

– ¿Qué tal?

Jack tenía otras cosas en que pensar. Estaba de mal humor. Se había pasado gran parte de la noche negociando con los técnicos del canal de televisión y, casi simultáneamente, con una cadena norteamericana a la que intentaba convencer de que no vendiera su premiada serie a RTE sino a Channel 9. Y por si todavía no tenía suficiente trabajo, le habían encargado lanzar aquella estúpida revista femenina. ¡Como si en el mundo no hubiera ya demasiadas! Pero tenía que admitir que la verdadera fuente de su sufrimiento era Mai. Aquella mujer lo volvía loco. La odiaba. La odiaba con toda su alma. ¿Cómo se le había ocurrido pensar que le gustaba? No pensaba volver a contestar sus llamadas. Nunca más, era la última vez, la última…

Se colocó detrás de la mesa, intentando concentrarse en la entrevista. El viejo Calvin se hacía unos líos tremendos con aquellos asuntos. Jack sabía que en cualquier momento tendría que preguntar algo que sonara vagamente relevante, pero en lo único que podía pensar ahora era en si podía desangrarse. O quizá contrajera la rabia. ¿Cuánto tardabas en empezar a echar espuma por la boca?

Columpiándose sobre las patas traseras de la silla, levantó el dedo herido y lo examinó. No podía creer que Mai le hubiera mordido. Otra vez. La última vez le prometió… Apretó más fuerte el improvisado vendaje de papel higiénico, y la sangre traspasó el papel.

– Hábleme de sus virtudes y defectos -pidió Calvin.

– Para ser sincera, he de decir que donde estoy más floja es en la redacción de artículos. No tengo problemas con las entradillas, los títulos ni los artículos breves, pero en cambio no tengo mucha experiencia en artículos largos. -La verdad era que no tenía ninguna-. Mis virtudes más destacadas son que soy meticulosa, organizada y trabajadora. Soy un buen número dos -prosiguió con seriedad, citando al pie de la letra a Sally Healy. Entonces hizo una pausa y dijo-: Perdone, ¿quiere una tirita para el dedo?

Jack Devine levantó la cabeza, sorprendido.

– ¿Quién? ¿Yo?

– No veo a nadie más sangrando -dijo Ashling, esbozando una sonrisa.

Jack Devine negó con la cabeza.

– No, gracias -añadió hoscamente.

– ¿Por qué no? -intervino Calvin Carter.

– Estoy bien -dijo Jack haciendo un gesto con la mano buena.

– Coge la tirita -insistió Calvin-. Te irá bien.

Ashling se puso el bolso sobre el regazo y, sin apenas rebusca en él, extrajo una caja de tiritas. Eligió una y se la pasó a Jack. -Creo que esta es del tamaño adecuado.

Jack se quedó como si no tuviera ni idea de qué tenía que hacer. Calvin Carter tampoco hacía nada para ayudar.

Ashling contuvo un suspiro, se levantó de la silla, le arrebató la tirita a Jack y retiró el papel encerado.

– Déjeme el dedo.

– Sí, señorita -dijo Jack con sorna.

Ashling le puso la tirita con rapidez y eficacia. Sorprendiéndose a sí misma, y con el pretexto de asegurarse de que la tirita estaba bien puesta, le dio un pequeño apretón en el dedo a Jack Devine, y sintió una ignominiosa satisfacción al ver su mueca de dolor.

– ¿Qué más lleva en el bolso? -preguntó Calvin Carter con curiosidad-. ¿Aspirinas?

Ashling asintió con cautela y dijo:

– ¿Quiere una?

– No, gracias. ¿También lleva papel y bolígrafo?

Ella volvió a asentir.

– ¿Y…? Ya sé que es pedir demasiado, pero… ¿lleva un costurero?

Ashling hizo una pausa y adoptó una expresión tímida; luego soltó una risita.

– Pues sí -admitió.

– Es usted una persona muy organizada -terció Jack Devine, haciendo que aquel comentario sonara como un insulto.

– Alguien tiene que serlo. -Calvin Carter había cambiado de opinión sobre ella. Era una chica encantadora, y aunque tenía los dientes manchados de lápiz de labios, al menos llevaba lápiz de labios-. Gracias, Ashling. Ya la llamaremos.

Ashling les estrechó la mano a los dos, aprovechando una vez más la ocasión para darle un doloroso apretón a Jack Devine.

– Me ha gustado -dijo Calvin Carter, riendo.

– A mí no -repuso Jack Devine, malhumorado.

– He dicho que me ha gustado -repitió Calvin Carter, que no estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria-. Es formal y tiene recursos. Ya puedes darle el puesto.

4

Clodagh despertó temprano. Eso no suponía ninguna novedad. Clodagh siempre despertaba temprano. Cuando tenías niños, pasaba eso. Si no pedían a gritos que les dieras de comer, se metían en tu cama, entre tu marido y tú, o entraban en la cocina a las seis y media un sábado por la mañana y se ponían a hacer un ruido ensordecedor con las cacerolas.

Esta mañana tocaba ruido ensordecedor con las cacerolas. Después Clodagh descubriría que Craig, su hijo de cinco años, le estaba enseñando a Molly, su hija de dos y medio, a hacer huevos revueltos. Con harina, agua, aceite de oliva, ketchup, salsa de carne, vinagre, coco, velas de cumpleaños y, por supuesto, huevos. Nueve huevos para ser exactos, con cáscara incluida. Clodagh sabía, por el tipo de ruido, que estaba pasando algo terrible en el piso de abajo, pero estaba demasiado cansada, o demasiado no sé qué, para levantarse e intervenir.

Con la mirada perdida, se quedó escuchando cómo los niños arrastraban las sillas por el suelo nuevo de piedra caliza, abrían y cerraban los armarios SieMatic recién instalados y maltrataban las cacerolas Le Creuset.

A su lado, todavía profundamente dormido, Dylan cambió de postura y le puso un brazo encima. Clodagh se le arrimó un momento, buscando alivio. Entonces, al notar la erección de él contra su estómago, la invadió un sentimiento automático de rechazo y se apartó con cautela.

Sexo no. No lo soportaba. Ella necesitaba cariño, pero cada vez que se acercaba al cuerpo de él en busca de consuelo, él se excitaba. Sobre todo por la mañana. Y Clodagh se sentía culpable cada vez que lo rechazaba. Pero no lo bastante culpable como para ceder.

Dylan tenía más posibilidades por la noche, sobre todo cuando ella se había tomado unas cuantas copas. Clodagh nunca lo mantenía a raya más de un mes, porque temía lo que eso podía significar. Así que cuando se acercaba el plazo siempre organizaba algún tipo de embriaguez y cumplía con él; en esas ocasiones, su entusiasmo y su inventiva estaban en proporción directa con la cantidad de ginebra que hubiera consumido.

Dylan volvió a acercarse a ella, y Clodagh se deslizó hacia el otro lado de la cama con una habilidad resultado de varios meses de práctica.

De pronto se oyó un estruendo alarmante en el piso de abajo.

– Malditos enanos -murmuró Dylan, adormilado-. Van a destrozar la casa.

– Voy a decirles algo. -Lo más prudente era levantarse.

Más tarde, cuando llegó Ashling, el descalabro de los huevos revueltos ya no era más que un lejano recuerdo, superado con creces por las atrocidades ocurridas en la mesa del desayuno.

Cuando Clodagh fue a abrir la puerta, estaba enfrascada en alguna complicada negociación con Molly, la niña de aspecto angelical y cabello rubísimo, relacionada con una rebeca.

– Hola, Ashling -dijo Clodagh distraídamente; acercó la cara a la de Molly e insistió, exasperada-: Esa rebeca te va pequeña, Molly. La llevabas cuando eras un bebé. ¿Por qué no te pones la rosa?

– ¡Noooo! -Molly intentó escabullirse.

– Tendrás frío. -Clodagh la sujetó por el brazo.

– ¡Noooo!

– Vamos a la cocina, Ashling. -Clodagh la arrastró por el pasillo-. ¡Craig! ¡Bájate de ahí!

Craig, el niño de aspecto también angelical y cabello también rubísimo, había trepado al armario de la esquina de la cocina y se estaba columpiando en el estante móvil, recostado contra los paquetes de pasta y de arroz.

Ashling encendió la tetera. De niñas, Ashling y Clodagh vivían en la misma manzana, y eran amigas íntimas desde la época en que para Ashling era más seguro estar en casa de Clodagh que en la suya.

Había sido Clodagh la que le había dado la noticia de que no tenía cintura. Y también la había iluminado sobre otros aspectos de su persona diciendo: «Qué suerte tienes de tener esa personalidad. Yo, en cambio, lo único que tengo es mi físico».

Eso no quiere decir que Ashling se sintiera ofendida. Clodagh no era malintencionada, sino sencillamente franca, y por otra parte habría sido una pérdida de tiempo negar su singular belleza. Era bajita y bien proporcionada, con la tez muy clara y una larga, rubia y reluciente melena. Una belleza, en fin, que colapsaba el tráfico. Aunque eso no tenía excesivo mérito en Dublín, donde de todos modos el tráfico siempre estaba colapsado.

Ashling tenía una noticia trascendental.

– ¡Tengo trabajo! -exclamó.

– ¿Desde cuándo?

– Me enteré hace una semana -admitió Ashling-, pero he tenido que trabajar hasta medianoche todos estos días, dejándolo todo preparado para la persona que me tiene que sustituir en Woman's Place.

– Ya me extrañaba que no me hubieras llamado. Venga, cuéntamelo todo.

Pero cada vez que Ashling lo intentaba, Craig se empeñaba en leerle un poco, con el libro del revés. En cuanto dejaba de ser el centro de atención, aunque fuera solo durante un segundo, el niño volvía a reclamar su protagonismo.

– Sal al jardín a columpiarte un rato -le sugirió su madre.

– Pero si está lloviendo.

– Eres irlandés. Tienes que acostumbrarte. ¡Venga! ¡Al jardín!

En cuanto Craig hubo salido, Molly pasó a primer plano.

– ¡Quiero! -declaró señalando el café que estaba tomando Ashling.

– No, cariño, eso es de Ashling -le explicó Clodagh-. No puedes bebértelo.

– Si quiere… -creyó oportuno decir Ashling.

– ¡Quiero! -insistió Molly.

– ¿No te importa? -dijo Clodagh-. Ya te preparo otro.

Ashling le acercó la taza a la niña, pero Clodagh la interceptó antes de que Molly la alcanzara; inmediatamente, la niña se puso a aullar.

– Solo voy a soplar un poco -la tranquilizó Clodagh-. Para que no te quemes la lengua.

– ¡Quiero! ¡Quiero! ¡Quiero!

– Está demasiado caliente, cielo. Te vas a quemar.

– ¡Quiero! ¡Quiero! ¡Quiero!

– Está bien. Pero bebe despacio, sin tirarlo.

Molly acercó los labios al borde de la taza, y luego dio un respingo gritando:

– ¡Pupa! ¡Caliente! ¡Buaaaa!

– Me cago en todo -masculló Clodagh.

– Cago en todo -repitió Molly con claridad.

– Eso -dijo Clodagh con una ferocidad que sorprendió a Ashling-. Me cago en todo.

Al oír los gritos de Molly, Dylan entró corriendo en la cocina.

– ¡Ashling! -Sonrió y se apartó un mechón rubio de la cara con una manaza-. Qué guapa estás. ¿Hay alguna noticia en el frente laboral?

– ¡Ya tengo trabajo!

– ¿Dónde? ¿En Mullingar, enlazando sementales desbocados?

– No, en una revista femenina.

– ¡Bien hecho! ¿Te pagan más?

Ashling asintió con orgullo. El sueldo que le habían ofrecido no era espectacular, pero al menos superaba la miseria que le habían pagado durante ocho años en Woman's Place.

– Y ya no tendrás que escribir aquellas horribles cartas del padre Bennett. Por cierto, ¿te has enterado de que El Consejero Católico ha quebrado? Lo leí en el periódico.

– Sí, la verdad es que al final he salido ganando -dijo Ashling, satisfecha-. Aquella lectora, la señora O'Sullivan de Waterford, me ha hecho un gran favor.

Dylan sonrió, pero de pronto se sobresaltó, pues había estallado una gran conmoción en el jardín. Craig se había caído del columpio y, a juzgar por sus gritos y aullidos, se había hecho un daño considerable. Ashling ya estaba revolviendo en su bolso en busca del remedio adecuado para ella.

– ¿Puedes ir tú? -dijo Clodagh mirando a Dylan con gesto de hastío-. Yo los tengo toda la semana. E infórmame de la gravedad de las heridas solo si es estrictamente necesario.

Dylan fue a investigar.

– ¿Quieres que vaya a ver qué le ha pasado a Craig? -preguntó Ashling, nerviosa-. Tengo tiritas.

– Yo también -repuso Clodagh, exasperada-. Cuéntame lo de tu trabajo, por favor.

– De acuerdo. -Ashling lanzó una última mirada de pesar hacia el jardín-. Se trata de una revista femenina, mucho más elegante que Woman's Place.

Cuando llegó a lo de la acalorada discusión de Jack Devine con aquella chica asiática que al final le había propinado un buen mordisco, Clodagh empezó a animarse.

– Sigue, sigue -dijo; le destellaban los ojos-. No hay nada que me ponga de mejor humor que oír a otros peleándose. Un día, la semana pasada, salía del gimnasio y vi a un hombre y una mujer metidos en un coche aparcado, pegándose unos gritos de miedo. ¡No te puedes imaginar cómo se gritaban! Y eso que tenían las ventanillas cerradas. Pues aquella escena me subió los ánimos para el resto del día.

– Yo no lo soporto -reconoció Ashling-. Lo encuentro muy desagradable.

– ¿Por qué, mujer? Ya, bueno, supongo que con tu… experiencia… Pero a la mayoría de la gente le encanta. Se dan cuenta de que no son los únicos que lo pasan mal.

– ¿Quién lo pasa mal? -preguntó Ashling, y adoptó una expresión de consternación.

Clodagh se abochornó un poco.

– No, nadie. Pero te envidio, de verdad. -Ya no podía contenerse-. Soltera, con un empleo nuevo… Tiene que ser muy emocionante.

Ashling se quedó muda de asombro. Para ella, la vida que llevaba Clodagh era el no va más. Un marido guapo y fiel con un negocio próspero; la elegante casa eduardiana en la distinguida población de Donnybrook. Nada que hacer en todo el día salvo calentar platos de pasta precocinados en el microondas, hacer planes para pintar unas habitaciones que no necesitaban que las pintaran y esperar a que Dylan llegara a casa.

– Y seguro que anoche saliste de marcha -añadió Clodagh con tono casi acusador.

– Sí, pero… Solo estuve en el Sugarclub, y volví a casa a las dos. Sola -añadió poniendo énfasis en aquel detalle-. Lo tienes todo, Clodagh. Dos niños maravillosos, un marido maravilloso…

¿Maravilloso? Clodagh se dio cuenta, sorprendida, de que hacía tiempo que no se le ocurría pensarlo. Admitió, con cierto recelo, que para tratarse de un hombre de treinta y tantos años, Dylan se conservaba bien: su estómago no se había convertido en un bulto cónico y fláccido a causa del exceso de cerveza, como les ocurría a la mayoría de los de su edad. Todavía se preocupaba por la ropa (más de lo que ella se preocupaba ahora, la verdad). Y se cortaba el pelo en una buena peluquería, no en el barbero del barrio, del que todo el mundo salía pareciéndose a su padre.

Ashling siguió protestando:

– … ¡y estás fantástica! Con dos hijos tienes mejor tipo que yo, y eso que yo no he tenido hijos, ni creo que vaya a tenerlos si no cambia pronto mi mala suerte con los hombres. ¡Ja, ja, ja!

Ashling estaba deseando que Clodagh sonriera, pero lo único que dijo su amiga fue:

– Es que lo tengo todo tan visto. Sobre todo a Dylan.

Ashling buscó desesperadamente algún consejo que darle.

– Solo tienes que recuperar la magia. Intenta recordar cómo era todo cuando os conocisteis.

¿De dónde había sacado aquello? Ah, sí, lo había escrito ella misma en Woman's Place, dirigiéndose a una mujer que se estaba volviendo loca porque su marido se había jubilado y lo tenía siempre pegado a las faldas.

– Ni siquiera me acuerdo de cuándo nos conocimos -confesó Clodagh-. Ah, espera. Claro que me acuerdo. Tú lo llevaste a la fiesta de cumpleaños de Lochlan Hegarty, ¿te acuerdas? Madre mía, parece que hayan pasado cien años.

– Tienes que esforzarte por conservar la ilusión -prosiguió Ashling, citándose a sí misma-. Organizar cenas románticas, incluso marcharon un fin de semana. Yo puedo quedarme a los niños cuando quieras. -Sintió cierta alarma después de hacer aquella precipitada promesa.

– Yo quería casarme -dijo Clodagh, como si hablara sola-. Dylan y yo parecíamos la pareja ideal.

– Creo que diciendo eso te quedas corta.

Ashling recordó el escalofrío que recorrió a todos los invitados en el momento en que Clodagh y Dylan se miraron por primera vez. Dylan era el chico más guapo de su grupo, e indudablemente Clodagh era la chica más guapa del suyo, y la gente afín siempre tiende a juntarse. Cuando Dylan y Clodagh intercambiaron aquella mirada fatal, Ashling tenía una cita con Dylan (la primera y la última). Pero aquella mirada acabó con ella. Ashling nunca se lo había echado en cara a ninguno de los dos. Estaban hechos el uno para el otro, y lo mejor que podía hacer ella era ser comprensiva y aceptarlo.

Clodagh chascó la lengua y dijo:

– La verdad es que no me puedo quejar. Al menos no podré quejarme cuando haya pintado el salón.

– ¿Otra vez?

No hacía nada que Clodagh había cambiado la cocina. Es más, también hacía nada que había pintado el salón.

Por la tarde, cuando volvía a casa, Ashling entró en un Tesco a comprar comida. Metió en la cesta un montón de paquetes de palomitas de maíz para preparar en el microondas y se dirigió a la caja para pagar.

La mujer que tenía delante en la cola ofrecía un aspecto tan impecable y con tanto estilo que Ashling no pudo evitar inclinarse un poco hacia atrás para admirarla mejor. Llevaba un pantalón de chándal, como Ashling, zapatillas de deporte y una rebeca, pero a diferencia de Ashling, todo tenía un aspecto lustroso y deseable. Como la ropa antes de que la laves por primera vez y pierda el lustre de lo recién estrenado.

Llevaba unas zapatillas Nike rosa que Ashling había visto en una revista, pero que todavía no se vendían en Irlanda. La mochila de nailon hacía juego con la espuma rosa del interior del talón de las zapatillas. Y tenía un cabello precioso: brillante y suelto, grueso y lustroso, como ella nunca conseguiría tenerlo.

Ashling, fascinada, se fijó en el contenido de la cesta de aquella mujer. Siete latas de batidos acalóricos de fresa, siete patatas, siete manzanas y cuatro… cinco… seis… siete tabletas de chocolate individuales. Ni siquiera había puesto las tabletas de chocolate en una misma bolsa; era como si las considerara siete compras individuales.

Un misterioso e irresistible instinto le dijo a Ashling que aquella mísera compra constituía la compra semanal de aquella mujer. O eso, o estaba abasteciendo un piso franco para Gruñón, Sabio, Mudito, Feliz y como quiera que se llamaran los otros tres.

5

El sábado por la tarde, cuando el avión de Lisa aterrizó en Dublín, estaba lloviendo a mares. Al despegar de Londres, Lisa pensó que no podía sentirse peor, pero el primer vistazo a Dublín bajo la lluvia le hizo comprender que se había equivocado.

Dermot, el taxista que la llevó al centro, no hizo más que empeorar su estado de ánimo. Era un individuo parlanchín y amable, y Lisa no estaba para taxistas parlanchines y amables. Pensó con nostalgia en el psicópata armado con un Uzi que podría haber conducido su taxi si estuviera en Nueva York.

– ¿Tiene usted familia aquí? -le preguntó Dermot.

– No.

– ¿Un novio, entonces?

– No.

Como Lisa se resistía a hablar de ella, el taxista decidió hablar él.

– Me encanta conducir -le confió.

– Qué bien -repuso Lisa con maldad.

– ¿Sabe qué hago cuando tengo fiesta?

Lisa lo ignoró.

– ¡Voy a dar un paseo en coche! Sí, señora. Y no crea que voy solo hasta Wicklow, por ejemplo. Me voy lejos, lejos. Hasta Belfast, o Galway, o Limerick. Un día llegué a Letterkenny, que está en Donegal. Es que me encanta mi trabajo.

No paró de hablar durante todo el trayecto por las sucias y mojadas calles de Dublín. Cuando llegaron al hotel, situado en Harcourt Street, el taxista la ayudó a entrar sus bolsas y le deseó una feliz estancia en Irlanda.

El aparthotel Malone pertenecía a un extraño y nuevo género de hospedaje: no tenía bar, ni restaurante ni servicio de habitaciones; de hecho no tenía nada, salvo treinta habitaciones, cada una con una pequeña zona de cocina. Lisa tenía reserva para dos semanas, y confiaba en encontrar algún sitio donde vivir antes de que hubiera transcurrido ese tiempo.

Aturdida, colgó un par de cosas, miró por la ventana, que daba a una calle gris y congestionada, y luego bajó para inspeccionar aquella ciudad que se había convertido en su hogar.

Ahora que ya estaba allí, el impacto la sacudió con fuerza inaudita. ¿Cómo había podido torcerse tanto su vida? Debería estar paseando por la Quinta Avenida, en lugar de por aquel poblacho empapado.

Según la guía que había comprado, solo hacía falta medio día para recorrer Dublín y ver todos los lugares importantes. ¡Como si eso fuera algo de lo que enorgullecerse! Efectivamente, le bastaron dos horas para localizar los puntos de interés (es decir, de compras) al norte y al sur del río Liffey. Era peor de lo que se había imaginado: nadie vendía productos La Prairie, zapatos Stephane Kélian, Vivienne Westwood ni Ozwald Boeteng.

«¡Qué desastre! Esto es un pueblo de mala muerte», pensó al borde de la histeria.

Quería irse a casa. Añoraba tanto Londres, y entonces, a través de la neblina, distinguió algo que le levantó el ánimo: ¡un Marks & Spencer!

Por lo general, Lisa no pisaba las tiendas Marks & Spencer: la ropa era demasiado sosa, la comida demasiado tentadora; pero hoy se precipitó hacia la entrada como una disidente perseguida en busca de asilo en una embajada extranjera. Contuvo el impulso de apoyarse, jadeando, contra la cara interna de la puerta. Pero si lo hizo fue únicamente porque la puerta era automática. A continuación se sumergió en la sección de alimentación, porque allí no había ventanas, de modo que podía dar rienda suelta a sus fantasías.

«Estoy en la tienda de High Street Kensington -se dijo-. Dentro de nada voy a salir y voy a pasar por Urban Outfitters.»

Se paró ante los expositores de fruta fresca. «No, mejor aún -decidió-. Estoy en la tienda de Marble Arch. En cuanto termine aquí iré a South Molton Street.»

Le producía un curioso consuelo saber que las ensaladas de melón que tenía delante formaban parte de la diáspora de ensaladas de melón de todas las tiendas de Londres. Apretó ligeramente la tensa tapa de celofán de uno de los envases y tuvo cierta sensación de reconocimiento, débil pero real.

Cuando se hubo tranquilizado entró en un supermercado normal y corriente e hizo la compra de la semana. La rutina la ayudaría a no volverse loca; al menos, la había ayudado otras veces en el pasado. Luego fue caminando hacia casa, con la capucha de la rebeca puesta para proteger su cabello de la lluvia que había empezado a caer de nuevo. Sacó las siete latas de batido de fresa y las colocó ordenadamente en el armario; las patatas y las manzanas las puso en la pequeña nevera, y las siete tabletas de chocolate en un cajón. Y ahora, ¿qué? Sábado por la noche. Sola en una ciudad que no conocía. Sin nada que hacer más que quedarse en casa viendo… Entonces reparó en que no había televisor en la habitación.

El golpe fue tan tremendo que rompió a llorar como una Magdalena. ¿Qué iba a hacer ahora? Ya había leído el Elle, el Red, el New Woman, el Company, el Cosmo, el Marie Claire, el Vogue y el Tatler de aquel mes, y las revistas irlandesas con las que a partir de ahora tendría que competir. Supuso que podía leer un libro. Si lo tuviera. O un periódico, pero los periódicos eran tan aburridos y deprimentes… Al menos tenía ropa que colgar. Así que, mientras las calles se llenaban de jóvenes que iniciaban una noche de borrachera, Lisa fumó, desdobló vestidos, faldas y chaquetas y las colgó en las perchas, alisó rebecas y tops y los guardó en cajones, ordenó botas y zapatos formando una hilera casi militar, colgó bolsos… De pronto sonó el teléfono, sacándola de aquella balsámica rutina.

– ¿Diga? -E inmediatamente lamentó haber contestado-. ¡Oliver! -Mierda-. ¿De dónde has…? ¿Cómo has conseguido este número?

– Me lo ha dado tu madre.

Por qué no se meterá en sus asuntos.

– ¿Cuándo pensabas decírmelo, Lisa?

Nunca, la verdad.

– Pronto. Cuando hubiera encontrado un apartamento.

– ¿Qué has hecho con nuestro piso?

– Lo he alquilado. No te preocupes, recibirás la parte que te corresponde.

– Y ¿por qué Dublín? Creí que querías ir a Nueva York.

– Dublín me interesaba más profesionalmente.

– Qué dura eres, Lisa. Bueno, espero que seas feliz -dijo con un tono que significaba que esperaba precisamente todo lo contrario-. Espero que todo haya valido la pena.

Y colgó.

Lisa miró a la calle y se puso a temblar. ¿Había valido la pena? Ya podía asegurarse de que sí. Convertiría Colleen en la revista de mayor éxito del país.

Dio una honda calada al cigarrillo, y lo encendió de nuevo porque creyó que se le había apagado. No se había apagado; lo que pasaba era que ya no aliviaba su dolor. Necesitaba algo. El chocolate la llamaba desde el cajón, pero Lisa se resistió. El hecho de que estuviera fatal no era excusa para superar las mil quinientas calorías diarias.

Al final cedió. Se acurrucó en una butaca, retiró lentamente el envoltorio y pasó los dientes por el borde de la tableta, desprendiendo finas virutas, hasta que se lo terminó. Tardó una hora.

6

Ashling oyó un tintineo de botellas en la puerta, que anunciaba la llegada de Joy.

– Ahora sube Ted, deja la puerta abierta. Joy puso una botella de vino blanco en la encimera de la pequeña cocina de Ashling.

Ella se animó.

– Phil Collins -dijo Joy con un destello malicioso en la mirada-, Michael Bolton o Michael Jackson. ¿Con cuál de los tres te acostarías? Y no vale decir que con ninguno. Ashling hizo una mueca de asco.

– A ver, con Phil Collins ni hablar, con Michael Jackson ni loca, y con Michael Bolton tampoco.

– Tienes que elegir uno. Joy buscó el sacacorchos y se dispuso a abrir la botella de vino.

– Madre mía. -El semblante de Ashling denotaba una profunda repugnancia-. Supongo que con Phil Collins, hace tiempo que no lo elijo. Bueno, ahora te toca a ti. Benny Hill, Tom Jones o… a ver, ¿quién hay que sea verdaderamente asqueroso? Paul Daniels.

– ¿Sexo completo o solo…?

– Sexo completo -dijo Ashling, inflexible.

– En ese caso, Tom Jones. Joy suspiró y le pasó una copa de vino a Ashling-. A ver, enséñame qué te vas a poner.

Era sábado por la noche, y Ted había conseguido un espacio de prueba en una función de cómicos de micrófono. Era la primera vez que actuaba ante un público que no estaba formado solo por amigos y parientes, y Ashling y Joy iban a acompañarlo para darle ánimos, y de paso colarse en la fiesta que iba a celebrarse después.

Joy vivía en el piso de abajo del de Ashling. Era bajita, redondita, con el cabello rizado y peligrosa por su prodigioso apetito de alcohol, drogas y hombres, combinado con su misión de convertir a Ashling en su compinche.

– Ven a mi dormitorio -dijo Ashling, y una vez allí explicó-: Voy a ponerme estos pantalones de faena de color crema y este pequeño top-. Ashling se volvió demasiado deprisa del armario y pisó a Joy, que pegó un brinco y se golpeó el codo contra el televisor portátil.

– ¡Ay! ¿No estás harta de vivir en una caja de zapatos? -refunfuñó Joy, frotándose el codo.

Ashling negó con la cabeza y dijo:

– Me encanta vivir en el centro, y no se puede tener todo.

Rápidamente Ashling se puso la ropa de salir.

– Yo estaría ridícula con esa ropa-. Joy se quedó contemplando a Ashling con nostalgia-. ¡Es terrible tener forma de pera!

– Pero al menos tienes cintura. Mira, he pensado que podría hacerme algo en el pelo…

Ashling había comprado varios clips de colores después de ver el precioso peinado que Trix se había hecho con ellos. Pero cuando se los puso, apartándose con ellos el cabello de la cara, comprobó que el efecto no era exactamente el mismo.

– ¡Estoy ridícula!

– Desde luego -concedió Joy-. Oye, ¿crees que el Hombre Tejón irá a la fiesta?

– Podría ser. Lo conociste en una fiesta a la que fuiste con Ted, ¿no? Creo que es amigo de algunos de los humoristas.

– Hummm -murmuró Joy con aire soñador, asintiendo con la cabeza-. Pero de eso hace semanas, y no he vuelto a verlo desde entonces. ¿Dónde se habrá metido ese misterioso Hombre Tejón? Coge las cartas del tarot y veamos qué va a pasar.

Fueron dando traspiés hasta el diminuto salón; Joy sacó una carta de la baraja, se la enseñó a Ashling y dijo:

– Diez de espadas. Es mala, ¿verdad?

– Malísima -confirmó Ashling.

Joy agarró la baraja y pasó rápidamente las cartas hasta que encontró una que le gustaba.

– La reina de bastos. ¡Esta sí! Ahora te toca a ti.

– Tres de copas. -Ashling levantó la carta-. Comienzos.

– Eso significa que tú también vas a conocer a un hombre.

Ashling soltó una carcajada.

– Ya hace una eternidad que Phelim se marchó a Australia, ¿no? -preguntó Joy-. Ya va siendo hora de que lo olvides.

– Ya lo he olvidado. Fui yo la que puso fin a la relación, ¿te acuerdas?

– Sí, pero porque él no hacía lo que correspondía. Hiciste bien. En cambio yo, aunque no hagan lo que corresponde, no consigo darles el pasaporte. Tú sí que eres fuerte.

– No se trata de ser fuerte. Si lo mandé a paseo fue porque no soportaba la tensión de esperar a que se decidiera. Pensé que me iba a dar un ataque de nervios.

Phelim y Ashling habían sido novios durante cinco años, con algunas interrupciones. Habían tenido épocas buenas y épocas no tan buenas porque Phelim siempre perdía el valor en el último momento, cuando llegaba la hora del compromiso auténtico y maduro.

Para hacer que la relación funcionara, Ashling se pasaba la vida evitando grietas de la acera, saludando a urracas solitarias, recogiendo monedas del suelo y consultando su horóscopo y el de Phelim. Llevaba siempre los bolsillos llenos de amuletos, cuarzo rosa y medallas milagrosas, y frotaba tanto su Buda de la suerte que casi le había quitado toda la pintura dorada.

Cada vez que se reconciliaban, el pozo de la esperanza se agotaba un poco más, y al final el amor de Ashling se apagó por tanto titubeo de él. Como todas las rupturas, la definitiva estuvo desprovista de aspereza. Ashling dijo sin alterarse: «Te pasas la vida diciendo que no soportas estar atrapado en Dublín, y que te gustaría ver mundo. Pues adelante, hazlo».

Incluso ahora mantenían un débil contacto, pese a que los separaban veinte mil kilómetros. Phelim había ido a Dublín en febrero, para la boda de su hermano, y la primera persona a la que fue a ver fue Ashling. Se abrazaron y se quedaron así mucho rato, con lágrimas de emoción en los ojos.

– Capullo -dijo Joy con vehemencia.

– No digas eso -insistió Ashling-. Él no podía darme lo que yo quería, pero eso no significa que lo odie.

– Yo odio a todos mis antiguos novios -dijo Joy, orgullosa-. Estoy deseando que el Hombre Tejón se convierta en uno de ellos; entonces dejará de ejercer tanto dominio sobre mí. ¿Y si nos lo encontramos esta noche en la fiesta? Tengo que parecer inasequible. Ojalá… no, un anillo de compromiso sería exagerado. Creo que bastará con un chupón.

– ¿Un chupón? Y ¿quién te lo va a hacer?

– ¡Tú! Mira, aquí. Joy apartó una masa de rizos de su cuello-. ¿Verdad que no te importa?

– Pues sí.

– Por favor.

Y como era una chica complaciente, Ashling se tragó sus reparos, acercó la boca al cuello de Joy y, a regañadientes, le dio un chupón.

Cuando estaba en plena faena, alguien exclamó: «¡Oh!». Ashling y Joy miraron hacia arriba, detenidas en una postura altamente comprometedora. Ted estaba allí plantado, mirándolas con gesto de disgusto.

– La puerta estaba abierta… No sabía que… -Entonces se recompuso y añadió-: Espero que seáis muy felices.

Ashling y Joy se miraron y prorrumpieron en carcajadas, hasta que Ashling se compadeció de él y se lo explicó todo.

Ted vio las cartas del tarot encima de la mesa y se apresuró a coger una.

– El ocho de bastos, Ashling. ¿Qué significa?

– Éxito en los negocios -contestó Ashling-. Esta noche vas a triunfar con tu número.

– Sí, pero ¿qué me dices de las chicas?

Ted se había hecho cómico de micrófono con un único propósito: ligar. Había visto cómo las mujeres se echaban en brazos de los humoristas que actuaban en los locales de Dublín, y creía que tenía más posibilidades de ligar así que acudiendo a una agencia matrimonial. Aunque jamás se le habría ocurrido acudir a una agencia matrimonial de verdad. La única que utilizaba era la agencia Ashling Kennedy: Ashling siempre intentaba encontrarles novio a sus amigas solteras. Pero la única amiga de Ashling que a Ted le había gustado era Clodagh, y desgraciadamente ella no estaba disponible.

– Coge otra carta -le propuso Ashling.

Ted eligió el Ahorcado.

– Va a ser una gran noche, te lo aseguro -le prometió Ashling.

– ¡Pero si es el Ahorcado!

– No importa.

Ashling sabía que cuando pones a un hombre sobre un escenario, por feo que sea (tanto si rasguea una guitarra, se pasea encorvado con jubón y calzas moradas, o comenta que puedes esperar el autobús durante horas, y que luego llegan tres a la vez), puedes estar seguro de que las mujeres lo encontrarán atractivo. Aunque se trate de una polvorienta y desvencijada tarima en una habitación minúscula, asume inmediatamente un glamour extraño y seductor.

– He decidido cambiar mi número e introducir una nota surrealista. Voy a hablar de búhos.

– ¿Búhos?

– Los ha utilizado mucha gente -dijo Ted poniéndose a la defensiva-. Y si no, mira a Harry Hill, o a Kevin McAleer.

Dios mío, pensó Ashling, desalentada.

– Venga, vámonos ya.

Cuando salíañ del piso hubo un pequeño choque en el vestíbulo, porque los tres querían frotar el Buda de la suerte.

La función se celebraba en un club abarrotado y bullicioso. A Ted le correspondía actuar hacia la mitad del programa, y aunque antes que él lo hicieron otros cómicos consagrados, muy ingeniosos, Ashling no consiguió relajarse y disfrutar con sus chistes. Estaba demasiado preocupada por cómo le iba a ir a Ted.

Y no en vano, a juzgar por cómo le estaba yendo al otro cómico que se estrenaba aquel día. Era un chico de aspecto extraño, velludo, cuyo número consistía casi únicamente en imitar a Beavis y Butthead. El público fue implacable con él. Al oír los abucheos y gritos de «¡Basta, eres un desastret», Ashling sufría enormemente por Ted.

Entonces le llegó el turno a Ted. Ashling y Joy se dieron la mano, como unos padres orgullosos pero justificadamente nerviosos. Pasados unos segundos, tenían las palmas tan sudadas que tuvieron que soltarse.

Bajo el único foco del escenario, Ted ofrecía un aspecto frágil y vulnerable.

Se frotó la barriga, distraído, levantándose la camiseta y mostrando brevemente la cintura de sus calzoncillos Calvin Klein y el oscuro vello que cubría su vientre. A Ashling le gustó aquel detalle: quizá interesara a las chicas.

– Un búho entra en un bar -empezó Ted. El público lo miraba expectante-. Pide un vaso de leche, una bolsa de patatas y un paquete de cigarrillos. Y el camarero mira a su amigo y dice: «Mira, un búho que habla».

Hubo un par de risitas desconcertadas, pero por lo demás seguía reinando un silencio expectante. La gente todavía estaba esperando el remate del chiste.

Nervioso, Ted empezó un nuevo gag.

– Mi búho no tiene nariz -anunció.

Más silencio. Ashling estaba a punto de hacerse marcas en las manos, tan tensa se sentía.

– Mi búho no tiene nariz -repitió Ted, desesperado.

Entonces Ashling lo entendió.

– ¿Cómo huele? -preguntó con voz trémula.

– ¡Fatal!

La atmósfera estaba impregnada de perplejidad. Varias personas miraron a sus acompañantes, poniendo cara de no entender nada.

Ted no se arredró.

– El otro día me encontré a un amigo y me preguntó: «¿Quién era aquella mujer con la que te vi paseando por Grafton Street?». Yo le contesté: «¡No era ninguna mujer, era mi búho!».

Y de pronto lo captaron. Al principio las risas eran discretas, pero empezaron a alargarse y hacerse más sonoras, hasta que el público acabó desternillándose.

Ashling oyó a alguien detrás de ella que decía: «Este tipo es divertidísimo. Está completamente chiflado».

– ¿Alguien podría decirme una cosa amarilla y muy sabia? -preguntó Ted con una sonrisa.

Tenía al público en el bolsillo: la gente contenía la respiración, a la espera del siguiente chiste. Ted recorrió la sala con la mirada, sin dejar de sonreír, y dijo:

– ¡Unas natillas llenas de búhos!

El techo estuvo a punto de derrumbarse.

– ¿Alguien podría decirme una cosa gris y con una maleta?

Una pausa vertiginosa.

– Un búho que se va de vacaciones. Un búho gris, evidentemente.

Volvieron a temblar las vigas.

– Estás buscando personal. -Ted estaba de buena racha, y el público se lo estaba pasando en grande-. Entrevistas a tres hembras de búho y les preguntas cuál es la capital de Roma. La primera dice que no lo sabe, la segunda dice que es Italia, y la tercera dice que Roma es una capital. ¿A qué búho le das el empleo?

– ¡A la que tenga las tetas más grandes! -gritó alguien desde el fondo, y una vez más sonaron risas y aplausos, que llenaron la sala como una bandada de pájaros. Los cómicos más veteranos, que habían dejado actuar a Ted para hacerle un favor y para que dejara de darles la lata, se miraron con nerviosismo.

– Hazlo bajar -murmuró Bicycle Billy-. Es un gilipollas.

– Tengo que marcharme -dijo Ted a la audiencia, lamentándolo mucho, al ver que Mark Dignan se cortaba el cuello con el índice.

– ¡Oooooooh! -protestó la gente.

– ¡Hemos creado un monstruo! -le susurró Bicycle Billy a Archie Archer (cuyo verdadero nombre era Brian O'Toole).

– Gracias por vuestros aplausos -dijo Ted guiñando un ojo-. ¡Sois unos búhos estupendos!

Entre gritos y silbidos histéricos, golpes con el pie y una ovación atronadora, Ted bajó del escenario.

Más tarde, cuando la gente salía del local, Ashling oyó a muchos hablar de Ted.

– «¿Alguien podría decirme una cosa amarilla y muy sabia?» Creí que me iba a morir de risa.

– Ese Ted es fantástico. Y muy atractivo.

– Me ha gustado mucho cómo se ha levantado la.

– … camisa. Sí, a mí también.

– ¿Crees que tendrá novia?

– Seguro.

La fiesta se celebraba en un edificio moderno situado junto a los muelles. Como el piso era de Mark Dingan, y como muchos invitados también eran humoristas, Ashling se había imaginado que se pasaría toda la noche riendo. Pero aunque el salón estaba abarrotado y había mucho ruido, reinaba una extraña atmósfera de melancolía.

– Lo hacen para que nadie les robe los chistes ni las ideas -explicó Joy, que era una veterana de aquellas reuniones-. Si no hay un público que paga, esos tipos no sueltan prenda. Pero bueno, ¿dónde está mi hombre?

Joy inició una ronda en busca del Hombre Tejón, y Ashling se sirvió una copa de vino en la cocina, donde Bicycle Billy estaba liando un porro. Como era bajito y con una constitución de gnomo, Ashling no tuvo reparos en sonreírle y decir:

– Esta noche has estado genial. De verdad debe de encantarte tu trabajo.

– No creas -repuso él, irascible-. Estoy escribiendo una novela. Eso es lo que me gusta de verdad.

– Qué bien -dijo Ashling con amabilidad.

– No, no creas -se apresuró a corregirla Billy-. Es muy verídica, muy deprimente. Muy cruda. ¿Dónde he metido mi encendedor?

– Toma. -Ashling encendió una cerilla y se la ofreció a Billy, pues le pareció que la necesitaba.

Atisbando entre el gentío que llenaba el salón, Ashling vio a Ted entronizado en una butaca, mientras una ordenada fila de chicas curiosas avanzaban hacia él para exponerle sus casos. Junto a una ventana que daba a las negras aguas del Liffey había un individuo con aire meditabundo, con un grueso mechón blanco en medio de la larga y negra mata de pelo. «Ajá -pensó Ashling-. El misterioso Mitad Hombre-Mitad Tejón.» Joy estaba por allí cerca, ignorándolo intensamente.

Dadas las circunstancias, Ashling decidió dejar en paz a su vecina. Se quedó por allí, bebiéndose el vino, y vio a Mark Dignan. Como medía más de dos metros y tenía los ojos más saltones que ella había visto jamás en alguien que no fuera un ahorcado, tampoco tuvo reparos en charlar un rato con él.

Pero Mark rechazó las alabanzas de Ashling por su número con un brusco ademán.

– Solo lo hago para ir tirando hasta que se publique mi novela.

– Ah, tú también estás escribiendo una novela. Y… ¿de qué trata?

– Trata de un hombre que ve el mundo en toda su podredumbre. -Los ojos se le desorbitaron aún más. «Un poco más y se le caerían en la moqueta», pensó Ashling, angustiada-. Es muy deprimente -se jactó Mark-. Increíblemente deprimente. El tipo odia la vida más que la propia vida.

Mark se dio cuenta de que había dicho algo vagamente ingenioso, y echó un rápido vistazo alrededor para asegurarse de que nadie lo había oído.

– Bueno, te deseo mucha suerte.

Capullo de mierda.

Ashling se alejó, y entonces la acorraló un individuo entusiasta de ojos centelleantes que insistió en que Ted era un cómico anarquista, un deconstructivo irónico posmodernista del género.

– Coge un gag elemental y lo subvierte por completo, cuestionando nuestras expectativas de lo gracioso. Oye, ¿quieres bailar?

– ¿Cómo? ¿Aquí? -La pregunta la desconcertó. Hacía mucho tiempo que un tipo raro no la invitaba a bailar. Y menos aún en el salón de una casa. Aunque ahora que se fijaba, había varias personas (todas chicas, por supuesto) meneándose al ritmo de una canción de Fat Boy Slim-. No, gracias -se excusó-. Es demasiado temprano y todavía me siento inhibida.

– Vale, ya te lo volveré a pedir dentro de una hora.

– ¡Estupendo! -exclamó ella con sorna, ante la mirada de ansiosa expectación de él.

En una hora no tendría tiempo de emborracharse lo suficiente. Bien mirado, no tendría tiempo ni en toda una vida.

Al cabo de un rato vio a Joy besando al Hombre Tejón, lo cual le produjo una gran alegría.

Se quedó un rato más dando vueltas por allí. Aunque era una fiesta bastante cutre, le sorprendió comprobar que se sentía a gusto envuelta de gente, aunque sin hablar con nadie en particular. Aquella sensación de satisfacción era insólita: Ashling casi nunca se sentía a gusto. Aunque se sintiera muy realizada, siempre había un vacío en su interior. Como aquel punto diminuto, aquel agujerito que quedaba en el negro de la pantalla cuando apagabas el televisor antes de acostarte.

Esta noche, en cambio, estaba tranquila y reposada, y pese a estar sola, no se sentía sola. Aunque los únicos hombres que se le habían acercado no eran su tipo, no se sintió fracasada cuando decidió irse a casa.

En la puerta volvió a encontrarse a Don Entusiasmo.

– ¿Ya te vas? Espera un momento. -Anotó algo en un trozo de papel y se lo dio.

Ashling esperó a estar fuera para desdoblar el papelito. Aquel individuo había anotado un nombre (Marcus Valentina), un número de teléfono y la instrucción Llamez-moi!

Ashling no se había reído tanto en toda la noche.

Tardó diez minutos en llegar a su casa; al menos había dejado de llover. Cuando llegó al edificio, vio a un hombre dormido en el portal.

Era el mismo que había visto allí el otro día, solo que era más joven de lo que Ashling había imaginado. Era delgado, estaba muy pálido y se aferraba con fuerza a su gruesa y mugrienta manta naranja. Parecía un chiquillo.

Ashling revolvió en su bolso, sacó una libra y la dejó sin decir nada junto a la cabeza del chico. Pero ¿y si se la roban?, pensó, así que la puso debajo de la manta. Luego, pasando por encima de él, entró en el edificio.

Al cerrarse la puerta detrás de ella, Ashling oyó «Gracias», aunque fue un susurro tan débil que no estuvo segura de si se lo había imaginado.

Mientras Ted se lo pasaba en grande en la fiesta de los humoristas, Jack Devine abría la puerta de su casa en una esquina inhóspita frente al mar, en Ringsend.

– ¿Por qué no me has llamado? -le preguntó Mai-. Nunca tienes tiempo para mí. -Pasó por su lado y enfiló la escalera. Ya había empezado a desabrocharse los tejanos.

Jack se quedó mirando el mar, aquella agua que por la noche se volvía casi negra, impenetrable a su mirada. Luego cerró la puerta y siguió lentamente a Mai por la escalera.

A la misma hora, en una elegante casa eduardiana de Donnybrook, Clodagh se acabó la cuarta ginebra y se preparó otra. Habían pasado veintinueve días.

7

El domingo Ashling despertó a las doce, descansada y con una resaca soportable. Se tumbó en el sofá y fumó hasta que terminó The Dukes of Hazzard. Luego salió a comprar pan, zumo de naranja, tabaco y periódicos (un periodicucho difamatorio y otro serio, para compensar).

Tras atracarse hasta sentir asco de relatos rimbombantes sobre infidelidades, decidió limpiar el piso. La tarea consistía básicamente en trasladar unos veinte platos llenos de migas y vasos de agua medio vacíos del dormitorio al fregadero de la cocina, recoger un tarro vacío de Haagen Daz de debajo del sofá y abrir las ventanas. Se negó a quitar el polvo, pero roció la sala con Don Limpio y el olor la hizo sentir virtuosa. Olfateó minuciosamente las sábanas de su cama y decidió que podía dejarlas una semana más.

A continuación, pese a saber que no podía haberse movido de donde estaba, se aseguró de que no le habían robado el traje que había llevado a la tintorería. Seguía colgado en el armario, junto a un top limpio. Mañana iba a ser un gran día. No todos los lunes estrenabas trabajo. De hecho hacía más de ocho años que Ashling no estrenaba trabajo, y estaba tremendamente nerviosa. Pero también emocionada, se decía una y otra vez, intentando ignorar el cosquilleo que notaba en el estómago.

Y ahora, ¿qué podía hacer? Decidió pasar el aspirador, porque silo hacías debidamente era un ejercicio fabuloso para la cintura. Así que sacó su Dyson de color magenta y verde lima. Todavía no podía creer que se hubiera gastado tanto dinero en un electrodoméstico. Un dinero que habría podido invertir en bolsos o botellas de vino. La única conclusión que podía sacar era que finalmente había madurado. Lo cual resultaba gracioso, porque mentalmente tenía dieciséis años y todavía tenía que decidir qué quería hacer cuando terminara la escuela.

Le dio al interruptor e, inclinándose enérgicamente y haciendo girar la cintura, recorrió el pasillo. Por suerte para la resacosa vecina del piso de abajo (Joy), no tardó mucho, porque el piso de Ashling era ridículamente pequeño.

De todos modos le encantaba. Lo que más temía de perder su empleo era no poder pagar los plazos de la hipoteca. Había comprado aquel piso tres años atrás, cuando se convenció de que Phelim y ella nunca iban a comprar juntos una casita de campo rodeada de rosas. Su decisión respondía a una política suicida: evidentemente Ashling confiaba en que Phelim intervendría cuando su saldo empezara a peligrar y que se avendría a embarcarse en la compra de la casa adosada con tres dormitorios en un barrio de las afueras. Pero lamentablemente Phelim no intervino, y la compra siguió adelante. En aquel momento le pareció un reconocimiento de su fracaso. Pero ahora no. Aquel piso era su guarida, su nido y su primer hogar verdadero. Desde los diecisiete años había vivido en tugurios, durmiendo en las camas de otros, sentándose en sofás llenos de bultos que los caseros habían comprado por lo barato y no por lo cómodos que eran.

Cuando se instaló en su piso no tenía ni un solo mueble. Tuvo que comprarlo todo, excepto una plancha y unas cuantas toallas deshilachadas, varias sábanas y fundas de almohada desparejadas, partiendo desde cero. Lo cual le produjo un gran berrinche. Le ponía furiosa la idea de desviar un mes tras otro el dinero para ropa a la compra de todo tipo de aparatos estúpidos. Como sillas.

– No podemos sentarnos en el suelo, Ashling -le gritó Phelim.

– Ya lo sé -admitió ella-. Es que no me imaginaba que esto pudiera ser tan…

– Pero si eres la mujer más organizada del mundo. -Phelim estaba perplejo-. Creí que se te darían la mar de bien estas cosas. ¿Cómo se llaman? Las labores del hogar.

Ashling estaba tan desorientada que Phelim le dijo en voz baja:

– Venga, cariño, deja que te ayude. Compraré unos cuantos muebles.

– Una cama, seguro -replicó Ashling con sorna.

– Pues mira, ahora que lo mencionas… -A Phelim le gustaba acostarse con Ashling. No le parecía mala idea comprarle una cama-. ¿Puedo permitírmelo?

Ashling caviló un momento. Ahora que había organizado las finanzas de Phelim, él estaba mucho mejor económicamente.

– Creo que sí -dijo, malhumorada-. Siempre que la pagues con la tarjeta de crédito.

Pidió de mala gana un crédito y se compró un sofá, una mesa, un armario y un par de sillas. Y nada más. Durante más de un año se negó a comprar cortinas. «Si no limpio los cristales -se dijo-, nadie me verá desde fuera.» Y no compró una cortina para la ducha hasta que los charcos que se formaban cada día en el suelo de su cuarto de baño empezaron a filtrarse hasta el de Joy. Pero en algún momento sus prioridades habían cambiado. Aunque no podía compararse con Clodagh, que estaba obsesionada con la decoración, a Ashling le importaba su casa. Hasta tal punto que no tenía solo un juego de sábanas, sino dos (uno muy original, de tela vaquera, y un conjunto blanco con cubrecama de gofre). Hacía poco se había gastado cuarenta libras en un espejo que ni siquiera necesitaba sencillamente porque lo encontró bonito. De acuerdo: tenía el síndrome premenstrual y no estaba del todo en sus cabales, pero aun así… Y el día que se compró un aspirador de doscientas libras quedó demostrado que la transformación estaba consolidada.

Llamaron a la puerta. Era Joy, que estaba pálida como un fantasma.

– Lo siento, me he pasado un poco con la limpieza -se disculpó Ashling-. ¿Te he despertado?

– No pasa nada. Tengo que ir a Howth a ver a mi madre. Joy puso cara de angustia-. Esta vez no puedo decirle que no: he cancelado la visita cuatro domingos seguidos. Pero ¿cómo lo aguantaré? Seguro que ha preparado un asado enorme e intentará por todos los medios que me lo coma, y después se pasará toda la tarde interrogándome para averiguar si soy feliz. Ya sabes cómo son las madres.

Bueno, sí y no, pensó Ashling. Estaba familiarizada con aquello de «¿Eres feliz?». Lo que pasa es que era Ashling la que controlaba los niveles de felicidad de su madre, y no al revés.

– Al menos podría comer a una hora más civilizada los domingos -protestó Joy.

– Sí, los martes por la noche, por ejemplo -bromeó Ashling-. Oye, no habrás visto a Ted todavía, ¿verdad?

– No. Supongo que anoche tuvo suerte y se resiste a salir del dormitorio de la pobre chica.

– Anoche estuvo genial. Bueno, ¿piensas decirme lo que pasó con el Hombre Tejón, o tendré que torturarte?

El rostro de Joy se iluminó inmediatamente.

– Hemos pasado la noche juntos. No hicimos el amor, pero le hice una mamada y él prometió llamarme. No sé silo hará.

– Una golondrina no hace una relación -le previno Ashling, que tenía experiencia en el tema.

– ¿A mí me lo vas a contar? Dame las cartas -dijo Joy al tiempo que cogía la baraja del tarot-, a ver qué me dicen. ¿ La Emperatriz? ¿Qué significa?

– Fertilidad. No dejes de tomar la píldora.

– Ostras. Y a ti, ¿cómo te fue anoche? ¿Conociste a alguien interesante?

– No.

– Tienes que esforzarte más. Tienes treinta y un años; dentro de poco será demasiado tarde.

«La verdad es que teniendo a Joy de vecina no necesito una madre», pensó Ashling.

– Pues tú tienes veintiocho -replicó.

– Sí, pero yo me acuesto con un montón de hombres. Joy suavizó el tono y preguntó-: ¿No te encuentras sola?

– Acabo de salir de una relación de cinco años. Eso no se supera de la noche a la mañana.

Phelim no era una persona cruel, pero su incapacidad para comprometerse había minado la confianza de Ashling en el amor. Desde su separación, Ashling se sentía muy sola, pero no estaba preparada para iniciar otra relación. Aunque la verdad era que no había recibido una avalancha de ofertas.

– Ha pasado casi un año. Tienes que olvidarte de Phelim. Tienes un empleo nuevo, y has de aprovecharlo. No sé dónde leí que el cincuenta por ciento de la gente conoce a su pareja en el trabajo. ¿Viste a algún chico atractivo el día de la entrevista?

Inmediatamente Ashling pensó en Jack Devine. Aquel tipo era de armas tomar. Una auténtica trituradora de nervios.

– No.

– Coge una carta -dijo Joy.

Ashling cortó la baraja y levantó una carta.

– El ocho de espadas. ¿Qué significa? -preguntó Joy.

– Cambios -admitió Ashling a regañadientes-. Alteraciones.

– Me alegro, ya era hora. Bueno, tengo que irme. Voy a frotar el Buda de la suerte para no vomitar en el autobús… Mira, paso del Buda. ¿Me prestas dinero para un taxi?

Ashling le dio a Joy un billete de diez libras y dos bolsas de basura que producían un tintineo revelador.

– Tíralas por la rampa, por favor.

A medio kilómetro de allí, en el aparthotel Malone, Lisa se defendía como podía del aburrimiento dominical. Había leído los periódicos irlandeses (al menos las páginas de sociedad) y eran un desastre. Al parecer consistían en fotografías de políticos gordos y varicosos que rezumaban cordialidad y sobornos. Esos tipos ya podían olvidarse de aparecer en su revista.

Encendió otro cigarrillo y se paseó con aire taciturno por la habitación. ¿Qué hacía la gente cuando no estaba trabajando? Estaba con su pareja, iba al pub, o al gimnasio, o de compras, o decoraba la casa, o salía con los amigos. Sí, ya se acordaba.

Necesitaba hablar con alguien, y pensó en llamar a Fifi, lo más parecido que tenía a una amiga íntima. Habían trabajado juntas en Sweet Sixteen, muchos años atrás. Cuando Lisa entró a trabajar en Girl, se las ingenió para que nombraran a Fifi redactora adjunta de belleza. Cuando Fifi consiguió el trabajo de redactora jefe en Chic, avisó a -Lisa cuando se enteró de que estaban buscando a una directora adjunta. Cuando Lisa se marchó a Femme, Fifi ocupó el puesto de directora adjunta en Chic. Diez meses después nombraron a Lisa directora de Femme, y a Fifi directora de Chic. A Lisa siempre le había resultado fácil contarle sus penas a Fifi, porque ella entendía los peligros y dificultades de aquel trabajo que presuntamente tenía tanto glamour, mientras que los demás se morían de envidia.

Pero por algún extraño motivo, Lisa no se decidía a coger el auricular. Se dio cuenta de que estaba avergonzada. Y un tanto resentida. Aunque sus carreras habían recorrido una línea casi paralela, Lisa siempre le había llevado una pequeña ventaja a su amiga. La carrera de Fifi había sido una lucha constante, mientras que Lisa había triunfado casi sin esfuerzo. La habían nombrado directora casi un año antes que a Fifi, y aunque Chic y Femme competían casi directamente, las ventas de Femme superaban en más de cien mil ejemplares a las de Chic. Lisa había dado por supuesto, demasiado alegremente, que su traslado a Manhattan sería el empujón final y que Fifi ya no podría alcanzarla. Pero la habían mandado a Dublín, y de pronto Fifi, por defecto, se había situado a la cabeza de la carrera.

«Oliver», susurró Lisa, y de pronto volvió a inundarla la felicidad. Voy a llamarlo. Pero inmediatamente la oleada de ternura y buenos sentimientos se convirtió en amargura. Por un momento lo había olvidado. No lo echo de menos, se recordó. Lo que pasa es que estoy aburrida y deprimida.

Acabó llamando a su madre (seguramente porque era domingo, y por lo tanto era lo tradicional), pero después se sintió fatal. Sobre todo porque Pauline Edwards estaba ansiosa por saber por qué la había llamado Oliver para pedirle el número de teléfono de Lisa en Dublín.

– Nos hemos peleado -confesó Lisa con un nudo en la garganta. No le apetecía hablar de aquello. Además, ¿por qué no la había llamado su madre si tan preocupada estaba? ¿Por qué siempre tenía que llamarla ella?

– ¿Cómo es que os habéis peleado, cariño?

Lisa todavía no lo sabía exactamente.

– Son cosas que pasan -dijo Lisa con insolencia, deseando poner fin a aquella conversación.

– ¿Habéis probado la terapia aquella? -preguntó Pauline tímidamente, temiendo despertar la ira de su hija.

– Pues claro -contestó Lisa con impaciencia.

Bueno, habían ido a una sesión, pero Lisa estaba demasiado ocupada y no había vuelto.

– ¿Os vais a divorciar?

– Creo que sí.

En realidad Lisa no lo sabía. Aparte de lo que se habían gritado el uno al otro en un momento de exaltación («¡Voy a pedir el divorcio!» «No puedes, porque lo voy a pedir yo!»), no habían hablado de nada en concreto. De hecho, Lisa y Oliver apenas habían hablado después de pelearse, pero, inexplicablemente, a Lisa le apetecía decirlo para fastidiar a su madre.

Pauline suspiró, desconsolada. El hermano mayor de Lisa, Nigel, se había divorciado cinco años atrás. Pauline había tenido a sus hijos siendo ya mayor, y no los entendía.

– Dicen que dos de cada tres matrimonios acaban divorciándose -comentó Pauline, y de pronto a Lisa le dieron ganas de gritar que ella no pensaba divorciarse y que su madre era una bruja por atreverse a insinuarlo.

Pauline se debatía entre la preocupación por su hija y el miedo que le inspiraba.

– ¿Ha sido porque sois… diferentes?

– ¿Diferentes, mamá? -replicó Lisa con tono cortante.

– Bueno, porque él es… de color.

– ¿De color?

– Ya, no se dice así -se apresuró a corregirse Pauline, y luego, con cautela, dijo-: Negro, ¿no?

Lisa chascó la lengua y exhaló un suspiro.

– ¿Afroamericano?

– ¡Por el amor de Dios, mamá! ¡Oliver es inglés! -Lisa sabía que estaba siendo cruel, pero no resultaba fácil cambiar los hábitos de toda una vida.

– ¿Afroamericano inglés, pues? -propuso Pauline, desesperada-. Sea lo que sea, es muy guapo.

Pauline solía decir aquello para demostrar que no tenía prejuicios. Aunque casi le dio un infarto el día que conoció a Oliver. Si al menos le hubieran avisado de que el novio de su hija era un negro imponente de metro ochenta de estatura. Un hombre de color, un afroamericano o como quiera que fuera correcto llamarlo. Ella no tenía nada contra ellos, solo que la había pillado desprevenida.

Y cuando se hubo acostumbrado a él consiguió ver más allá del color de su piel y reconocer que era un chico guapísimo, y diciendo eso se quedaba corta.

Un príncipe de ébano, con el cutis liso y brillante, pómulos pronunciados, ojos almendrados y la cabeza llena de rizos juguetones. Andaba como si bailara, y olía a mañana soleada. Pauline también sospechaba (aunque jamás se le habría ocurrido comentarlo) que tenía una polla enorme.

– ¿Ha conocido a otra chica?

– No.

– Pues podría pasar, cariño mío. Es un chico muy guapo.

– No me importa. -Si lo repetía muchas veces, acabaría convenciéndose de ello.

– ¿No te sentirás muy sola, tesoro?

– No tendré tiempo para sentirme sola -replicó Lisa-. Tengo que pensar en mi carrera.

– No sé para qué quieres una carrera. Yo no la tuve y no me pasó nada.

– Ah, ¿no? -repuso Lisa con fiereza-. No te habría ido mal tenerla cuando papá se lesionó la espalda y tuvimos que vivir de su pensión de invalidez.

– Pero el dinero no lo es todo. Éramos muy felices.

– Yo no.

Pauline se quedó callada. Lisa la oía respirar al otro lado del hilo telefónico.

– Será mejor que colguemos -dijo Pauline tras una pausa-. Esta llamada te va a costar un dineral.

– Lo siento, mamá -dijo Lisa-. No lo decía en serio. ¿Has recibido el paquete que te envié?

– Ah, sí -dijo Pauline, nerviosa-. La crema para la cara y los lápices de labios. Me han gustado mucho, gracias.

– ¿Los has probado?

– Pues… -empezó Pauline.

– No, no los has probado -la acusó Lisa.

Lisa siempre enviaba a su madre perfumes y cosméticos caros que conseguía gracias a su trabajo. Lo hacía porque quería que su madre tuviera algún lujo. Pero Pauline no quería renunciar a sus productos Pond's y Rimmel. Una vez llegó a decirle: «Es que esas cosas son demasiado buenas para mí, cariño». «¡No son demasiado buenas para ti!», explotó Lisa.

Pauline no entendía el enfado de Lisa. Lo único que sabía era que temía los días en que el cartero llamaba a su puerta y decía alegremente: «Otro paquete de su hija de Londres». Tarde o temprano Lisa siempre llamaba a Pauline para que le hiciera un informe de sus progresos.

A no ser que se tratara de un paquete de libros. Lisa siempre enviaba a su madre ejemplares para la prensa de libros de Catherine Cookson y Josephine Cox, creyendo que a su madre le encantarían aquellas novelas románticas sobre pobres que hacen fortuna. Hasta que un día Pauline dijo: «Me ha encantado ese libro que me enviaste, cariño, el del maleante del East End que clavaba a sus víctimas a una mesa de billar». Resultó que la secretaria de Lisa se había equivocado de libro, y aquello marcó una nueva orientación en las lecturas de Pauline Edwards. Ahora le encantaban las biografías de mafiosos y las novelas policíacas americanas (cuantas más escenas de torturas mejor), y los libros de Catherine Cookson se los enviaban a la madre de otra.

– Espero que vengas pronto a vernos, tesoro. Hace una eternidad que no te vemos.

– Sí, ya -respondió Lisa con vaguedad-. Iré pronto.

¡Ni loca! En cada visita la casa en que Lisa había crecido parecía más pequeña y más espeluznante. En las diminutas habitacioncitas abarrotadas de muebles baratos, ella se sentía lustrosa y extraña, con sus uñas de porcelana y sus relucientes zapatos de piel, consciente de que el bolso que llevaba costaba, seguramente, más que el sofá Dralon en que estaba sentada. Pero pese a que sus padres expresaban respetuosamente la admiración que sentían por su magnífico aspecto, se mostraban inhibidos y nerviosos cuando estaban con ella.

Debería haberse vestido adecuadamente para aquellas visitas, intentar estrechar el abismo. Pero necesitaba todo el material que fuera posible para utilizarlo como armadura, para que aquel mundo no la absorbiera de nuevo y no verse subsumida en su pasado.

Odiaba todo aquello, y luego se odiaba a sí misma.

– ¿Por qué no venís vosotros a verme? -preguntó Lisa.

Si no eran capaces de hacer el viaje de media hora en tren desde Hemel Hempstead hasta Londres, no era probable que se decidieran a ir en avión a Dublín.

– Es que como tu padre no se encuentra muy bien…

El domingo por la mañana, cuando se despertó, Clodagh tenía una ligera resaca, pero estaba de buen humor. De momento podía permitirse el lujo de acurrucarse junto a Dylan e ignorar su erección con la conciencia tranquila.

Cuando aparecieron Molly y Craig, Dylan, adormilado, les dijo:

– Id abajo y empezad a romper cosas, que mamá y yo queremos dormir un poco más.

Los niños se marcharon, milagrosamente, y Clodagh y Dylan se quedaron en la cama.

– Qué bien hueles -murmuró Dylan hundiendo la nariz en el cabello de Clodagh. A galletas. Tan dulce y… dulce y…

Al poco rato ella le susurró:

– Si me traes el desayuno te doy un millón de libras.

– ¿Qué te apetece?

– Café y fruta.

Dylan se levantó y Clodagh se estiró como una estrella de mar satisfecha ocupando toda la cama, hasta que su marido regresó con una taza en una mano y un plátano en la otra. Se puso el plátano en la entrepierna, mirando hacia abajo, y cuando Clodagh lo miró, él fingió que se sobresaltaba y puso el plátano mirando hacia arriba, como si tuviera una erección.

– ¡Ostras, señora Kelly! -exclamó-. ¡Qué guapa está!

Clodagh rió, pero notó aquel conocido sentimiento de culpa ocupando de nuevo su rincón.

Más tarde fueron a comer a uno de esos restaurantes en los que uno no se sentía como un marginado por ir con dos niños pequeños. Dylan fue a buscar un cojín para la silla de Molly, y mientras Clodagh le quitaba un cuchillo a su hija de la mano, vio a Dylan charlando amablemente con una camarera (una adolescente con piernas de Bambi), quien se ruborizó ante la proximidad de un hombre tan atractivo. Aquel hombre tan atractivo era su marido, pensó Clodagh, y de pronto, curiosamente, le costó reconocerlo. A veces la asaltaba aquella extraña y vertiginosa sensación de que lo conocía tan bien que era como si no lo conociera de nada. La familiaridad solía quitarle brillo a su rubio cabello, a la sonrisa que rizaba su piel formando varios paréntesis a cada lado de la boca, a sus ojos color avellana, casi siempre alegres. La belleza de Dylan la sorprendió y la inquietó.

¿Qué era lo que había dicho Ashling ayer? Que tenía que recuperar la magia.

Su memoria rescató una imagen: ella jadeaba de excitación y deseo, y él la tumbaba en la arena… ¿En la arena? No, un momento, aquel no era Dylan, sino Jean-Pierre, el apuesto y seductor francés con el que había perdido la virginidad. Dios mío, suspiró, aquello sí que estuvo bien. Tenía dieciocho años, iba de albergue en albergue por la Riviera francesa, y era el hombre más sexy que Clodagh había visto jamás. Y eso que ella era muy exigente: jamás había besado a ninguno de los chicos de su grupo. Pero en cuanto vio la intensa y taciturna mirada de Jean-Pierre, su hermosa y enfurruñada boca y su relajado lenguaje corporal, típicamente francés, decidió que aquel era el hombre al que iba a regalarle su virginidad.

Pero volviendo a Dylan y a la magia de los primeros días… Ah, sí. Recordó que casi lloraba suplicándole que le hiciera el amor. «No puedo esperar más! ¡Por favor! ¡Métemela!» Recordó cómo se tumbó en el asiento trasero del coche, cómo separó las piernas… No, no, espera, aquel tampoco era Dylan. Aquel era Greg, el jugador de fútbol americano que había ido a estudiar a Trinity con una beca. Lástima que Clodagh lo hubiera conocido solo tres meses antes de que él regresara a su país. Era un atractivo deportista, seguro de sí mismo, todo músculo, y por algún extraño motivo ella lo encontró irresistible.

Claro que eso también lo había sentido por Dylan. Buscó en su memoria algún recuerdo concreto y desempolvó su favorito: la primera vez que lo vio. Sus ojos se habían encontrado, literalmente, en una sala llena de gente, y antes de saber siquiera cómo se llamaba, Clodagh ya sabía cuanto necesitaba saber sobre aquel chico.

Era cinco años mayor que ella, y a su lado los otros chicos parecían adolescentes con granos y sin ninguna experiencia. Tenía una serenidad y un don de gentes que lo hacían sumamente carismático. Te cautivaba con su sonrisa; su sola presencia te hacía entrar en calor, te levantaba el ánimo y te tranquilizaba. Aunque no había hecho más que abrir su negocio, ella estaba convencida de que Dylan siempre se ganaría bien la vida. ¡Y estaba tan bueno!

Ella tenía veinte años, estaba embelesada por la rubia belleza de Dylán y no podía creer que hubiera tenido tanta suerte. Dylan encajaba perfectamente con su ideal de hombre, y Clodagh no dudó ni un momento que iba a casarse con él. Incluso cuando sus padres le advirtieron que el chico era demasiado joven para saber lo que hacía, ella despreció sus consejos. Dylan y Clodagh estaban hechos el uno para el otro.

– ¡Ya está, Molly!

Había vuelto con el cojín que tres camareras adolescentes se habían peleado para darle. Entonces Clodagh se dio cuenta de que Molly había vertido la mitad del salero en el azucarero.

Después de comer fueron a la playa. Hacía un día borrascoso, pero el sol era intenso y pudieron quitarse los zapatos y chapotear un poco en la orilla. Dylan le pidió a un hombre que paseaba con su perro que les hiciera una fotografía a los cuatro, abrazados y sonriendo mientras el viento agitaba su dorado cabello. Clodagh se sujetaba un lado de la falda para que no se le pegara a las piernas, que tenía mojadas.

8

El lunes por la mañana Lisa se presentó en el trabajo a las ocho en punto. Quería demostrar desde el principio cómo las gastaba. Pero se llevó un chasco: el edificio estaba cerrado. Se quedó un rato esperando junto a la puerta, y finalmente fue a tomarse un café. No fue tarea fácil. Aquí no era como en Londres, donde las cafeterías abrían las puertas al amanecer.

A las nueve en punto, cuando salió de la cafetería, había empezado a llover. Protegiéndose el cabello con un brazo, se dirigió a buen paso hacia las oficinas, con mucha dificultad, pues la acera estaba mojada y temía resbalar con los zapatos de tacón. De pronto se detuvo y se oyó gritarle a un joven que pasaba con un anorak:

– ¿Es que en este miserable país nunca para de llover?

– No lo sé -contestó él, nervioso-. Solo tengo veintiséis años.

Una chica que dijo llamarse Trix la recibió en la puerta. Llevaba una minúscula combinación transparente y tenía la carne de gallina, y saltaba de un zapato de plataforma a otro para entrar en calor. Al ver a Lisa su rostro se iluminó de admiración, y apagó rápidamente el cigarrillo que tenía en la mano.

– Hola, qué tal -masculló mientras expulsaba el humo de la última calada-. ¡Qué zapatos tan bonitos! Soy Trix, tu secretaria particular. Antes de que me lo preguntes, me llamo Patricia, pero no intentes llamarme así porque no respondo a ese nombre. Me llamaba Trixie hasta que unos vecinos míos se compraron un caniche y le pusieron ese nombre, así que ahora me llamo Trix. Antes era la recepcionista y chica para todo, pero gracias a ti me han ascendido. Por cierto, todavía no tengo sustituta… El ascensor está por aquí.

»He de admitir que la mecanografía no es mi especialidad -prosiguió Trix, ya en el ascensor-. Pero soy un hacha mintiendo, más de sesenta palabras por minuto. Puedo decirle a cualquiera con quien no quieras hablar que estás en una reunión sin que sospechen nada. A menos que a ti te interese que sospechen. También se me da muy bien la intimidación, ¿sabes?

Lisa no lo dudó.

Aunque tenía veintiún años y era muy mona, Trix mostraba una actitud agresiva que a Lisa le resultaba familiar. De cuando ella era más joven.

La primera sorpresa del día fue que Randolph Media Irlanda solo ocupaba una planta, cuando las oficinas de Londres llenaban una torre de doce plantas.

– Tengo que llevarte a ver a Jack Devine -dijo Trix.

– Es el director ejecutivo de Irlanda, ¿verdad? -dijo Lisa.

– Ah, ¿sí? -dijo Trix con sorpresa-. Supongo. En fin, es el jefe, o al menos eso cree él. Yo no le aguanto sus tonterías.

»Tendrías que haberlo visto la semana pasada -continuó, bajando la voz-. Parecía un oso con el culo irritado. Pero hoy está de buen humor; eso significa que ha vuelto con su novia. Se llevan unos líos… A su lado, Pamela y Tommy parecen los Walton de Waltons' Mountain.

Pero a Lisa todavía le esperaban otras sorpresas. Trix condujo a Lisa hasta una oficina de planta abierta con unas quince mesas. ¡Quince! ¿Cómo podía dirigirse una revista desde quince mesas, una sala de juntas y una pequeña cocina?

De pronto la invadió un inquietante temor.

– Pero… ¿dónde está la sección de moda? -preguntó.

– Allí.

Trix señaló la percha que había en un rincón, de donde colgaba un espantoso jersey color melocotón que evidentemente tenía algo que ver con Punto Gaélico, un vestido de dama de honor y varias prendas de hombre.

¡Dios mío! El departamento de moda de Femme ocupaba toda una habitación. Estaba lleno de prendas de todas las tiendas importantes, y significaba que Lisa no había tenido que comprarse ropa durante varios años. ¡Iba a tener que hacer algo! Su mente se puso a trabajar inmediatamente, planeando hablar con sus contactos en el mundo de la moda; pero Trix iba a presentarle a los dos empleados que ya habían llegado.

– Te presento a Dervla y Kelvin. Trabajan en otras revistas, así que no son subordinados tuyos. No como yo -añadió con orgullo.

– Dervla O'Donnell, encantada de conocerte. -Dervla, una mujer de cuarenta y tantos años, alta, con un elegante vestido, le estrechó la mano a Lisa y sonrió-. Yo soy Novias Hibernianas, Salud Celta e Interiores Gaélicos. -Lisa reparó de inmediato en que aquella mujer era una ex hippy.

– Yo soy Kelvin Creedon -se presentó un joven horrorosamente moderno, rubio teñido, con gafas Joe Ninety de montura negra. A Lisa no se le escapó el detalle de que las gafas solo eran de adorno, porque el cristal no estaba graduado. Calculó que tendría veintipocos años; rezumaba energía y juventud-. Yo soy Hib In, El Automovilista Celta, Bricolaje Irlandés y Keol, nuestra revista musical. -Le estrechó la mano a Lisa, lastimándosela con sus numerosos anillos de plata.

– ¿Qué queréis decir? -preguntó Lisa, desconcertada-. ¿Vosotros editáis todas esas revistas?

– Sí, y también redactamos los artículos.

– ¿Vosotros solos? -Lisa no podía creerlo. Miró alternativamente a Kelvin y a Dervla.

– Con la ayuda puntual de algún que otro colaborador -terció Dervla-. Claro que lo único que hacemos es transcribir comunicados de prensa.

– No está tan mal desde que cerraron El Consejero Católico. -Dervla había confundido la sorpresa de Lisa con preocupación-. Así me quedan los jueves por la tarde para hacer otras cosas.

– Y esas revistas, ¿son semanales o mensuales?

Dervla y Kelvin se miraron boquiabiertos, pero en silencio, sincronizando una inminente carcajada. Jamás habían oído nada tan gracioso.

– ¡Mensual! -exclamó Dervla, incrédula.

– ¡Semanal! -exclamó Kelvin.

Entonces Dervla reparó en el ceño de Lisa y se calmó.

– No, no. La mayoría salen dos veces al año. El Consejero Católico era semanal, pero las otras salen en primavera y otoño. A menos que se produzca algún desastre.

»¿Te acuerdas del otoño de 1999? -dijo mirando a Kelvin. Evidentemente Kelvin se acordaba, porque soltó otra carcajada.

– Tuvimos un virus informático -explicó el joven-. Lo borró todo.

– Entonces no lo encontramos gracioso…

Pero evidentemente, ahora sí.

– Mira.

Dervla llevó a Lisa hasta un estante en que había expuestas varias revistas. Le enseñó un delgado ejemplar titulado Novias Hibernianas, primavera 2000.

«Esto no es una revista -pensó Lisa-. Es un panfleto. Ni eso, un prospecto. Un simple memorándum. Demonios, no es más que un post-it.»

– Y esta es Patatas, nuestra revista gastronómica. -Dervla le entregó otro de aquellos folletos-. La edita Shauna Griffin, como Punto Gaélico y Jardines de Irlanda.

Acababa de llegar otro empleado. Tenía un aspecto tan soso que ni siquiera se lo podía calificar de anodino, pensó Lisa: mediana estatura, calva incipiente y con anillo de casado. Totalmente insulso. Ni siquiera se habría molestado en decirle hola.

– Este es Gerry Godson, el director de arte. No habla mucho -dijo Trix-. ¿Verdad que no, Gerry? Parpadea una vez para decir sí, y dos para decir vete a la mierda y déjame en paz.

Gerry parpadeó dos veces y mantuvo una expresión glacial. Luego sonrió abiertamente, le estrechó la mano a Lisa y dijo:

– Bienvenida a Colleen. Hasta ahora yo trabajaba para las otras revistas, pero ahora voy a trabajar exclusivamente para ti.

– Y para mí -le recordó Trix-. Yo soy su secretaria personal, la que dará las órdenes.

– Horror -bromeó Gerry.

Lisa hizo un esfuerzo y sonrió.

Trix dio unos golpecitos en la puerta de Jack y la abrió. Jack levantó la cabeza. En reposo, tenía un semblante ligeramente triste y abatido, y sus ojos de azabache ocultaban secretos. Pero al ver a Lisa, Jack sonrió como si la hubiera reconocido, aunque era la primera vez que se veían. Se animó inmediatamente.

– ¿Lisa? -Ella tuvo una sensación extrañamente agradable al oír su nombre pronunciado por él-. Pasa y siéntate. -Se levantó y rodeó la mesa para estrecharle la mano a Lisa.

La profunda aprensión de Lisa disminuyó notablemente. Aquel tipo no estaba nada mal. ¿Alto? ¡Sí! ¿Moreno? ¡Sí! ¿Buen sueldo? ¡Sí! Era director ejecutivo, ¿no?, aunque se tratara de una empresa irlandesa.

Y tenía un excitante aire poco convencional. Aunque llevaba traje, daba la impresión de que solo por obligación, y tenía el pelo más largo de lo que en Londres se habría considerado aceptable.

¿Qué más daba que tuviera novia? ¿Cuándo había sido eso un impedimento?

– Estamos todos muy emocionados con Colleen -le aseguró Jack. Pero Lisa detectó una pizca de hastío en aquella afirmación.

La sonrisa había desaparecido del rostro de Jack, que volvía a estar serio y pensativo. A continuación procedió a enumerarle a los miembros de su «equipo».

– Está Trix, tu secretaria personal, y luego la directora adjunta, una chica que se llama Ashling. Parece muy eficiente.

– Eso tengo entendido -repuso Lisa secamente. Las palabras exactas de Calvin Carter habían sido: «Tú pones las ideas, y ella hará el trabajo pesado».

– Luego está Mercedes, que básicamente será la editora de moda y belleza, pero que también participará en otras secciones. Antes trabajaba en Ireland on Sunday…

– ¿Qué es eso?

– Un periódico dominical. También está Gerry, nuestro director de arte, que hasta ahora ha trabajado en las otras publicaciones. Igual que Bernard, que se encargará de todos los asuntos administrativos, contables, etcétera, de Colleen.

Entonces Jack se detuvo. Lisa se quedó esperando a que siguiera hablando del resto del personal, pero Jack no lo hizo.

– ¿Ya está? ¿Un equipo de cinco personas? ¿Cinco? -No podía creerlo. ¡Pero si en Femme su secretaria tenía secretaria!

– También cuentas con un generoso presupuesto para colaboradores -prometió Jack-. Podrás encargar trabajos y recurrir a asesores, tanto regulares como excepcionales.

La histeria se apoderó de Lisa. ¿Cómo había podido acabar así, en aquella espantosa situación? ¿Cómo? Ella tenía un proyecto vital. Siempre había sabido adónde iba y siempre había llegado a donde se había propuesto llegar. Hasta ahora, cuando inesperadamente la habían desviado a aquel páramo cultural.

– Entonces, ¿de quién… de quién son las otras mesas?

– De Dervla, Kelvin y Shauna, que llevan las otras revistas. También está mi secretaria personal, la señora Morley; Margie, de publicidad (es fabulosa, ¡un auténtico Rottweiler!); Lorna y Emily de ventas y las dos Eugenes de contabilidad.

A Lisa le costaba respirar, pero tuvo que reprimir el impulso de ir corriendo al cuarto de baño, taparse la boca con las manos y gritar con todas sus fuerzas, porque Ashling, la directora adjunta, llegaba en ese momento a la oficina.

– Hola -dijo Ashling, sonriendo con recelo a Jack Devine.

– Hola. -Jack hizo un gesto con la cabeza, mostrando mucha menos simpatía de la que había mostrado al recibir a Lisa-. Creo que no os conocéis. Lisa Edwards, Ashling Kennedy.

Ashling se quedó un momento parada; luego sonrió encantada, admirando sin disimulo el impecable cutis de Lisa, su chaqueta entallada, sus relucientes medias de diez denier.

– Encantada de conocerte -dijo con vivacidad nerviosa-. Estoy entusiasmada con el proyecto de esta revista.

A Lisa, en cambio, Ashling no le impresionó en absoluto. Había convertido lo ordinario en un arte. Es muy fácil dejarse el pelo tal cual, ni liso ni rizado, pensó Lisa con sarcasmo. Nadie nace con una melena peinada y reluciente, hay que currárselo. El maquillaje de Trix, por ejemplo, no era precisamente discreto, pero al menos demostraba voluntad.

Entonces llegó Mercedes, y Lisa tampoco supo qué pensar de ella; se limitó a constatar que era una mujer elegante y discreta.

Solo le quedaba conocer a Bernard, que resultó el peor de todos. El chaleco de punto rojo que llevaba sobre la camisa y la corbata era, evidentemente, una reminiscencia de cuando aquella combinación estuvo de moda y, francamente, Lisa no necesitaba saber nada más de él.

A las diez en punto el equipo de Colleen, Jack y su secretaria personal, la señora Morley, se reunieron en la sala de juntas para hacer una primera toma de contacto. A Lisa le sorprendió que la señora Morley no fuera una perfumada y eficiente señorita Moneypenny, sino un ogro de más de sesenta años con cara de malas pulgas. Más adelante Lisa se enteró que Jack la había heredado cuando sustituyó al anterior director ejecutivo. Habría podido contratar a otra secretaria, pero por algún extraño motivo decidió no hacerlo, y por consiguiente la señora Morley le tenía mucha devoción. Demasiada devoción, según el resto del personal.

Mientras la señora Morley levantaba acta, Jack repitió una vez más las instrucciones: Colleen tenía que ser una revista sexy y atrevida dirigida a irlandesas de entre dieciocho y treinta años. Tenía que ser imparcial, sexualmente abierta y divertida. Pidió a todos que pensaran bien los artículos.

– ¿Qué os parece una sección sobre cómo ligar en Irlanda? -saltó Ashling, nerviosa-. Podríamos presentar a una chica que un mes va a una agencia matrimonial, otro mes se dedica a navegar por Internet, otro mes va a montar a caballo…

– No es mala idea -dijo Jack de mala gana.

Ashling esbozó una sonrisa vacilante. No sabía si podría soportar muchas situaciones como aquella, porque las ideas no eran precisamente su fuerte. La idea de crear esa sección se la había sugerido Joy, porque Joy esperaba que la utilizaran como conejillo de Indias. «Me paso la vida intentando ligar -le había dicho-. No estaría mal que me pagaran por ello.»

– ¿Alguna otra idea? -preguntó Jack.

– ¿Qué os parece una carta de un famoso? -terció Lisa-. Buscamos a un irlandés famoso, como… -Se quedó a media frase, porque no conocía a ningún irlandés famoso-. Como… como…

– Bono -propuso Ashling-. O una integrante de los Corrs.

– Exacto -dijo Lisa-. Unas mil palabras, sobre los vuelos en primera clase, las fiestas con Kate Moss y Anna Friel. Algo con glamour y subido de tono.

– Muy buena idea.

Jack estaba contento. En cambio, Lisa estaba horrorizada. De pronto la agobiaba el tamaño de la tarea que tenía por delante. ¡Poner en marcha una revista en un país que no era el suyo!

– Y ¿qué os parece una carta de alguien que no sea famoso? -propuso Trix con su voz ronca-. Ya sabéis: soy una chica normal y corriente, anoche me emborraché, le pongo cuernos a mi novio, odio mi trabajo, me gustaría ganar más dinero, el otro día robé un esmalte de uñas en Boot's…

Los demás asintieron con entusiasmo hasta que Trix llegó a lo del esmalte de uñas; entonces dejaron de asentir y se quedaron callados. Todos lo habían hecho alguna vez, pero nadie estaba dispuesto a admitirlo.

Trix se dio cuenta enseguida y se recuperó con aplomo.

– Mi madre no puede ver a mi novio (a ninguno de los dos), me he teñido el pelo y me he quemado el cuero cabelludo… Cosas así.

– No está mal -dijo Jack-. ¿Y tú, Mercedes? ¿Tienes alguna idea?

Mercedes había estado garabateando en su bloc de notas, con la mirada perdida.

– Voy a exhibir a cuantos diseñadores irlandeses sea posible. Iré a las fiestas de licenciatura de las escuelas de moda…

– ¿No será muy provinciano? -la interrumpió Lisa con mordacidad-. Si queremos que nos tomen en serio tenemos que hablar de los diseñadores internacionales.

¡No estaba dispuesta a ponerse diseños de aficionados hechos de cualquier manera por los colegas de Mercedes en sus dormitorios! Las revistas de verdad, como Femme, hacían reportajes fotográficos con prendas exquisitas que les enviaban los gabinetes de prensa de las marcas internacionales. La ropa era prestada, pero muchas veces se perdía después de una sesión de fotografías. Naturalmente, siempre se le echaba la culpa a las modelos (a ver, ¿acaso no tenían que financiar su adicción a la heroína?). Y si las prendas «extraviadas» aparecían en el armario de Lisa, nadie se enteraba. Bueno, en realidad se enteraba todo el mundo, pero no podían hacer nada al respecto. Y aquel era un beneficio extra al que Lisa no estaba dispuesta a renunciar.

Mercedes se quedó mirando a Lisa con desdén. Y esta, para su sorpresa, se sintió intimidada.

– ¿Algo más? -preguntó Jack.

– ¿Qué os parece…? -dijo Ashling lentamente, insegura. Creía que se le había ocurrido una idea original, pero no estaba convencida-. ¿Qué os parece si incluimos un artículo firmado por un hombre? Ya sé que es una revista femenina, pero podríamos incluir una especie de diccionario de cómo funciona el cerebro de los hombres. ¿Qué quiere decir un chico realmente cuando dice «Ya te llamaré»? Es más -prosiguió, emocionada-, ¿qué os parecería incluir también la opinión de la mujer?

Jack miró a Lisa arqueando una ceja inquisitivamente.

– Eso está muy pasado -se limitó a decir ella.

– Ah, ¿sí? -repuso Ashling con humildad-. Vale.

– Hoy es 12 de mayo -dijo Jack, poniendo fin a la reunión-. La junta quiere el primer número en la calle a finales de agosto. A los que venís de publicaciones semanales os parecerá mucho tiempo, pero no lo es. Vais a tener mucho trabajo.

»Pero también os vais a divertir -añadió, porque tenía que decirlo. No sabía exactamente a quién pretendía convencer, pero desde luego a él mismo no-. Y si tenéis algún problema, siempre encontraréis mi puerta abierta.

– Lo cual no será de gran ayuda si no estás en tu despacho -replicó Trix con descaro-. Quiero decir -se apresuró a añadir al ver que el semblante de Jack se endurecía- que como a veces tienes que ir a la televisión para poner orden…

– Desgraciadamente -dijo Jack dirigiéndose a Lisa-, nuestro canal de televisión y nuestra emisora de radio operan desde otro local, a un kilómetro de aquí. Yo tengo mi despacho aquí por motivos de espacio, pero paso mucho tiempo allí. De todos modos, si me necesitáis y no me encontráis aquí, siempre podéis llamarme por teléfono.

– De acuerdo -dijo Lisa-. Y ¿a qué cifras de ventas aspiramos con Colleen?

– Treinta mil. Quizá no lo consigamos al principio, pero esperamos haber llegado a esa cifra en unos seis meses.

Treinta mil. Lisa estaba atónita. Si las ventas de Femme bajaban de los trescientos cincuenta mil ejemplares, empezaban a rodar cabezas.

A continuación Jack le enseñó a Lisa el presupuesto para colaboradores, pero había algo que no encajaba: faltaba un cero. Al menos uno.

Aquello era el colmo. Lisa se disculpó educadamente y fue al cuarto de baño, donde se encerró en uno de los cubículos. Se dio cuenta, no sin desconcierto, de que estaba llorando. Lloraba de desilusión, de humillación, de soledad, por todo lo que había perdido. No duró mucho, porque Lisa no era muy llorona, pero cuando salió del cubículo se paró en seco al ver que había alguien de pie junto a los lavabos. Era Ashling. Estaba allí plantada, con las manos cogidas a la espalda. ¡Entrometida!

– ¿Qué mano quieres? -le preguntó Ashling.

Lisa no la entendió.

– Elige una mano -insistió Ashling.

A Lisa le dieron ganas de pegarle una bofetada. Estaban todos locos.

– ¿Derecha o izquierda? -dijo Ashling.

– Izquierda.

Ashling reveló el contenido de su mano izquierda: un paquete de pañuelos de papel. Luego le mostró la mano derecha: una botella de bálsamo curalotodo.

– Saca la lengua. -Ashling vertió un par de gotas del líquido en la desconcertada lengua de Lisa-. Es para los sustos y los traumas. ¿Quieres un cigarrillo?

Lisa negó enérgicamente con la cabeza, pero luego flaqueó y, sin oponer resistencia, dejó que Ashling le pusiera un cigarrillo en los labios y se lo encendiera.

– Si quieres arreglarte el maquillaje -continuó Ashling-, tengo base y rímel. Seguramente no serán tan buenos como los que sueles usar tú, pero te servirán. -Ya había empezado a rebuscar en su bolso.

– ¿Te ha enviado alguien? -Lisa pensaba en Jack Devine.

Ashling negó con la cabeza.

– Nadie se lo ha imaginado. Solo yo.

Lisa no sabía si molestarse o no. No quería que Jack supiera que había llorado, pero por otra parte le habría gustado saber que le importaba…

– Normalmente no me pasan estas cosas -dijo adoptando un semblante grave-. No quiero que lo comentes con nadie.

– Ya está olvidado.

9

Al final del primer día de trabajo, Ashling estaba al borde del colapso. Afortunadamente no tenía que coger un autobús ni un Dart, y se fue directamente a casa caminando. Tenía suerte: al menos ella tenía una casa a la que ir, mientras que Lisa todavía tenía que buscarse una.

Ashling entró, agradecida, en su piso, se quitó los zapatos y fue a ver si había algún mensaje en el contestador.

La lucecita roja parpadeaba con insolencia, y Ashling, feliz, apretó el play. Estaba ansiosa de compañía y contacto, para que la ayudaran a digerir aquella extraña y desafiante jornada. Pero se llevó una decepción. No era más que un extraño mensaje de un tal Cormac que decía que el viernes por la mañana le entregaría una tonelada de abono. Se habían equivocado de número.

Se tumbó en el sofá como si este fuera una plancha de surf, cogió el teléfono y llamó a Clodagh. Pero solo había dicho hola cuando Clodagh inició una de sus clásicas peroratas. Por lo visto estaba teniendo un mal día.

Clodagh elevó la voz para hacerse oír sobre una algarabía de gritos infantiles:

– Craig tiene dolor de barriga y solo ha desayunado media tostada con mantequilla de cacahuete. A mediodía no quería comer nada, y se me ocurrió darle una galleta de chocolate, aunque se pone hiperactivo en cuanto prueba el azúcar; al final le di unas natillas porque pensé que sería mejor que el chocolate…

– Ajá -asintió Ashling, comprensiva, aunque los gritos le impedían oír lo que Clodagh le estaba diciendo.

– … y se las ha comido, así que le he ofrecido otras, pero apenas las ha probado, y aunque no tiene fiebre, está más pálido que… ¡Cállate! ¡Déjame hablar un momento por teléfono, por favor! ¡Mierda! ¡Ya no puedo más!

Pero las súplicas de Clodagh no fueron escuchadas, y los gritos no hicieron más que intensificarse.

– ¿Es ese Craig? -preguntó Ashling. Debía de dolerle mucho la barriga. Gritaba como si lo estuvieran destripando.

– No, es Molly.

– Y a ella ¿qué le pasa?

Ashling alcanzó a descifrar algunas palabras entre los berridos de Molly. Por lo visto mami era muy mala. De hecho era, al parecer, espantosa. Y Molly no quería a mamá. Con un grito especialmente histérico Molly comunicó a Ashling que odiaba a mami.

– Le estoy lavando la manta -se defendió Clodagh-. Está en la lavadora.

– Dios mío, ahora lo entiendo.

Molly se ponía furiosa cada vez que la separaban de su manta. En realidad era un paño de cocina, antes de que Molly, a base de chuparlo, lo hubiera convertido en un trapo informe y apestoso.

– Estaba guarrísima -explicó Clodagh, desesperada. Se apartó un momento del auricular y suplicó-. Molly, estaba muy sucia. ¡Puaj, asco, caca! -Ashling escuchó con paciencia mientras Clodagh seguía haciendo ruidos para describir el lamentable estado de la manta-. Es un riesgo para la salud. Si no la laváramos te pondrías enferma.

Los gritos volvieron a subir de tono, y Clodagh volvió a ponerse al teléfono.

– Esa bruja de la guardería me dijo que no admitiría a Molly a menos que laváramos la manta regularmente. ¿Qué querías que hiciera? Bueno, no creo que sea apendicitis…

Ashling tardó un momento en darse cuenta de que su amiga volvía a referirse a Craig.

– … porque no ha vomitado, y en la enciclopedia médica familiar dice que ese es un síntoma inconfundible. Pero nunca se sabe, ¿no crees?

– Supongo -repuso Ashling, insegura.

– Sarampión, varicela, meningitis, polio, e-coli -recitó Clodagh con abatimiento-. Espera un momento, Molly quiere sentarse en mis rodillas. Podrás sentarte en las rodillas de mami si me prometes que te estarás callada. ¿Vas a estar callada? ¿Lo prometes?

Pero Molly no prometía nada, y una serie de golpes y desplazamientos indicaron que de todos modos le habían permitido subirse a las rodillas de Clodagh. Afortunadamente, sus chillidos se redujeron a unos ostentosos sollozos y resuellos.

– Y por si fuera poco, el capullo de Dylan me llama y me dice que no solo va a llegar tarde esta noche, otra vez, sino que la semana que viene tiene que ir a otro congreso no sé dónde y volverá a pasar la noche fuera.

– Capullo Dylan -canturreó Molly con una dicción perfecta-. Capullo Dylan, capullo Dylan.

– ¡Y el viernes que viene tiene no sé qué cena en Belfast!

Volvieron a oírse gritos en el fondo. Gritos masculinos. ¿Sería el capullo de Dylan, que había llegado antes de lo previsto a casa y se había ofendido al oír a su esposa y a su hija insultándolo?, se preguntó Ashling irónicamente. No, por el tono quejumbroso de los gritos, y sus referencias a un dolor de barriga, tenía que ser Craig.

– Iré a verte el viernes por la noche -se ofreció Ashling.

– Genial, te lo… ¡Deja eso! ¡Haz el favor de dejarlo inmediatamente! Ashling, tengo que colgar -dijo Clodagh, y se cortó la comunicación.

Así era como solían acabar las conversaciones telefónicas con Clodagh. Ashling, deprimida, se quedó sentada mirando el teléfono. Necesitaba hablar con alguien. Por suerte Ted llegaría en cualquier momento; era tan puntual que a veces Ashling ponía su reloj en hora al oírlo llegar. Eran las seis y cincuenta y tres.

Pero a las siete y diez, cuando ya se había comido media bolsa de patatas fritas Kettle y al ver que Ted no llegaba, Ashling empezó a preocuparse. Confiaba en que no hubiera tenido un accidente. Era un terror con la bicicleta, y nunca llevaba casco. A las siete y media lo llamó por teléfono y comprobó, extrañada, que Ted estaba en casa.

– ¿Por qué no has venido a verme?

– ¿Quieres que baje?

– Pues… no sé, supongo que sí. Hoy ha sido mi primer día de trabajo.

– Mierda, se me había olvidado. Bajo enseguida.

Unos segundos más tarde apareció Ted. Estaba diferente: no se podía cuantificar, pero tampoco podía negarse. Ashling no lo había visto desde el sábado por la noche, lo cual ya era bastante extraño; pero estaba demasiado nerviosa con el nuevo empleo, y hasta ahora no se había dado cuenta. Ted parecía menos delicado, era como si de la noche a la mañana se hubiera vuelto más robusto. Solía invadir el espacio vital de los demás como una fuerza imparable, pero ahora su porte tenía un garbo nuevo, como si caminara más derecho.

– Felicidades por tu éxito del sábado -dijo Ashling.

– Creo que tengo novia -admitió con una tímida sonrisa de oreja a oreja-. O más de una. -Al ver la cara de perplejidad de Ashling, explicó-: Ayer pasé el día con Emma, pero mañana por la noche he quedado con Kelly.

Entonces llegó Joy.

– El que espera desespera -dijo-. El Hombre Tejón no me va a llamar nunca si me quedo esperando junto al teléfono, así que… Veamos: Bill Gates, Rupert Murdoch o Donald Trump. Me ha parecido oportuno elegir a tres grandes de la industria en honor a tu nuevo empleo.

– Me lo pones fácil -Ashling no podía creer que la dejaran escapar con un castigo tan leve-. Donald Trump, por supuesto.

– ¿En serio? Joy parecía contrariada-. Pero si se seca el pelo con secador de mano y cepillo. Yo no podría respetar a un hombre que le dedica más tiempo a su pelo que yo. Bueno, hay gustos para todo.

Metió la mano en su bolso y sacó una botella de Asti Spumante.

– Es para ti. Felicidades por el nuevo empleo.

– ¡Asti Spumante! -exclamó Ashling-. Muchas gracias, Joy.

Joy se dirigió a Ashling abriendo mucho los ojos, esperando oír buenas noticias:

– ¿Y bien? ¿Cómo ha sido tu primer día como subdirectora de una revista elegante?

– Tengo una mesa para mí sola, un Mac…

– ¿Y el jefe? ¿Qué tal está? -preguntó Joy.

Ashling intentó formular lo que pensaba. Estaba fascinada por el atractivo de Lisa y por lo bien que vestía, y sentía curiosidad acerca de la infelicidad que desprendía. La había reconocido de inmediato: era aquella mujer del supermercado que llevaba siete cosas de cada, y eso también le interesaba. Pero había sido un error seguirla hasta el lavabo. Ashling solo pretendía echarle una mano, pero lo único que había conseguido era parecer prepotente e insensible.

– Es muy guapa -dijo, porque no quería explicar lo que había pasado-. Delgada, inteligente… Y viste muy bien.

Ted, que estrenaba papel de donjuán, se puso en guardia, animado; pero Joy dijo con desdén:

– No me refiero a tu jefa. Me refiero a aquel guaperas al que su novia le mordió el dedo.

Ashling no se sintió mejor pensando en Jack Devine. Acababa de estrenar su empleo y ninguno de sus superiores parecía valorarla demasiado.

– ¿Cómo sabes que es un guaperas? -preguntó.

– Tiene toda la pinta. A los feos no les muerden los dedos. -Es verdad -terció Ted-. A mí no me ha pasado nunca. Ya, pero eso podría cambiar, pensó Ashling.

– ¿Cómo es? -insistió Joy, curiosa.

– Pues es… muy serio -se limitó a contestar Ashling. Pero luego se dio el gusto de admitir-: Creo que no le caigo bien. -Después de decirlo se sintió al mismo tiempo mejor y peor.

– ¿Por qué? -preguntó Joy.

– Sí, ¿por qué? -preguntó también Ted. ¿Cómo podía no caerle bien Ashling a alguien?

– Me parece que es porque aquel día le ofrecí la tirita.

– ¿Qué tiene eso de malo? Tú solo pretendías ayudar.

– No debí hacerlo -reconoció Ashling-. ¿Comemos algo?

Llamaron a un tailandés y, como solía pasar, encargaron demasiada comida. Comieron hasta hartarse, pero seguía quedando un montón de comida.

– Siempre nos pasa lo mismo -comentó Ashling, arrepentida-. Bueno, ¿en qué nevera vamos a dejar esta vez las sobras durante dos días antes de tirarlas a la basura?

Joy y Ted se encogieron de hombros, se miraron y miraron a Ashling.

– En la tuya, por ejemplo.

– Estoy preocupada -anunció entonces Joy-. Mi galleta de la suerte dice que voy a llevarme una desilusión. Leamos nuestros horóscopos.

Luego sacaron el I-Ching y estuvieron un rato tirando los palillos, hasta que obtuvieron la solución que buscaban. Después intentaron ponerse de acuerdo para mirar algún programa de televisión, pero no lo consiguieron, y Joy se asomó a la ventana y miró hacia el Snow, el club que había al otro lado de la calle. Las prostitutas de la puerta les dejaban entrar gratis porque eran del barrio.

– ¿A alguien le apetece ir a bailar al Snow? -sugirió adoptando un tono indiferente. Demasiado indiferente.

– ¡No! -gritó Ashling, categórica a causa del miedo-. Mañana por la mañana tengo que estar en forma para ir a trabajar.

– Yo también trabajo -dijo Joy-. Soy la procesadora de solicitudes de pólizas de seguros más rápida del Oeste. Venga, solo una copa.

– Tú no tienes ni idea de lo que quiere decir tomarse solo una copa. Hasta me sorprende que lo digas. Cada vez que salgo contigo para tomarme «solo una copa» acabo a las cinco de la mañana con una cogorza descomunal, bailando canciones de Abba y viendo salir el sol en un apartamento que no conozco con un grupo de hombres desconocidos a los que no quiero volver a ver jamás.

– Hasta ahora nunca te habías quejado.

– Lo siento, Joy. Debe de ser que estoy un poco nerviosa por el trabajo.

– Yo voy contigo -se ofreció Ted-. Si no te da miedo que ahuyente a tus pretendientes.

– ¿Tú? -dijo Joy con desdén-. No lo creo, Ted.

Eran más de las nueve cuando Dylan llegó a casa. Clodagh había conseguido acostar a Molly y a Craig, lo cual era casi un milagro.

– Hola -dijo Dylan, cansado, balanceando su maletín contra la pared en el recibidor y aflojándose la corbata.

Clodagh no dijo nada cuando los cierres del maletín volvieron a arañar la pintura, y se preparó para recibir el beso de su marido. Habría preferido que Dylan no se molestara en besarla. En realidad aquel beso no significaba nada; solo era una costumbre molesta.

Clodagh abrió la boca dispuesta a explicarle a él el mal día que había tenido, pero Dylan se le adelantó:

– ¡Dios mío, menudo día! ¿Dónde están los niños?

– En la cama.

– ¿Los dos?

– Sí.

– ¿Llamamos al Vaticano para informar del milagro? Voy a verlos y bajo enseguida.

Cuando regresó se había quitado el traje y se había puesto unos pantalones de chándal y una camiseta.

– ¿Alguna noticia? -preguntó Clodagh, ansiosa de información y emociones del mundo exterior.

– No. ¿Hay algo para cenar?

Ah, sí. La cena.

– Pues mira, entre el dolor de barriga de Craig y las rabietas de Molly… -Abrió la nevera en busca de inspiración, pero no sirvió de nada-. ¿Te apetece una tostada con espaguetis?

– Una tostada con espaguetis. Menos mal que no me casé contigo por tus habilidades culinarias. -Le lanzó una sonrisa, y a Clodagh le pareció detectar en ella cierta tensión.

– Sí, menos mal -concedió mientras sacaba una lata del armario.

No habría sabido decir si Dylan estaba enfadado o no. Siempre estaba risueño, aunque estuviera furioso. Y a ella no le importaba, porque así la vida era más fácil.

– ¿Qué tal en el trabajo? -insistió-. ¿Cómo es que has salido tan tarde?

Dylan suspiró y dijo:

– ¿Te acuerdas de aquel gran contrato con los americanos? ¿Ese que no hay manera de cerrar?

– Sí -mintió ella mientras metía el pan en la tostadora.

– No sé dónde me quedé la última vez que te hablé de ese tema. ¿Se habían decidido ya?

– Creo que estaban a punto de decidirse -se aventuró Clodagh.

– Bueno, pues tras deliberar eternamente, al final lo reducen a tres paquetes. Luego dicen que quieren probarlos. Lo cual, como sabes, supone una gran pérdida de tiempo, así que les ofrezco los informes de las pruebas. Primero dicen que sí, que ya les sirven. Luego cambian de opinión y envían a dos técnicos de su oficina de Ohio para hacer las pruebas…

Clodagh removió los espaguetis en la sartén y se desconectó de la conversación. Estaba decepcionada. Aquello era mortalmente aburrido.

Dylan se sentó a la mesa y siguió explicándoselo todo:

– Esta tarde me llaman y me dicen que le han comprado un paquete a Digiware, y que los nuestros ni siquiera van a probarlos.

Entonces fue cuando Clodagh volvió a conectarse:

– ¡Estupendo! ¡Ni siquiera van a probarlos!

10

En la fría y triste cama de la desangelada habitación de Harcourt Street, Lisa intentaba dormir, aunque ya tenía la sensación de estar soñando. O mejor dicho, de que estaba en medio de una aterradora pesadilla.

Después de la espantosa jornada en aquella oficina de aficionados, se había consolado pensando que la situación no podía empeorar más. Pero eso fue antes de que intentara buscar un piso de alquiler.

Creyó que podría recurrir a una agencia de traslados, pero la tarifa de inscripción era exorbitante. Y no tuvo ningún éxito cuando por teléfono formuló, con mucho tacto, el ofrecimiento de mencionar a la agencia en su revista si no le cobraban la tarifa de inscripción.

– No necesitamos publicidad -le explicó el empleado-. Estamos desbordados de trabajo por culpa del Tigre Celta.

– ¿De qué?

– Del Tigre Celta. -El joven se había dado cuenta de que Lisa no tenía acento irlandés, así que le dio explicaciones-: ¿Recuerda que cuando las economías de países como Japón y Corea vivían un boom lo llamaban el Tigre Asiático?

¿Cómo iba ella a acordarse de una cosa así? Palabras como «economía» no figuraban en su léxico.

– Y ahora que la economía de Irlanda está despegando, lo llamamos el Tigre Celta -prosiguió el joven-. Lo cual significa -añadió con todo el tacto de que fue capaz, que no era mucho- que no necesitamos publicidad gratis.

– De acuerdo -dijo Lisa sin ánimo, y colgó el auricular-. Gracias por la lección de economía.

Siguiendo los consejos de Ashling, compró el periódico de la tarde, revisó las columnas de alquileres de apartamentos y casas unifamiliares del elegante Dublín 4 y concertó varias citas para visitar unos cuantos alojamientos después del trabajo. Luego pidió un taxi a cuenta de Randolph Media para que la llevara a verlos.

– Lo siento, señora -dijo el empleado-. No me suena su nombre.

– No se preocupe -repuso Lisa suavemente-. Ya le sonará. -Hacía años que no utilizaba el transporte público ni pagaba un taxi de su bolsillo. Y no tenía intención de empezar ahora.

El primer inmueble era un dúplex situado en Ballsbridge. A juzgar por el anuncio, parecía perfecto: el precio adecuado, el código postal adecuado, las instalaciones adecuadas. La zona, desde luego, parecía muy agradable, con muchos restaurantes y cafeterías; la tranquila calle bordeada de árboles era bonita, y las casitas muy monas. Mientras el taxi avanzaba lentamente buscando el número 48, Lisa empezó a animarse por primera vez desde que había visto a Jack. Ya se imaginaba viviendo allí.

Y entonces la vio. Solo había una casa en aquella calle que parecía habitada por okupas: las cortinas de las ventanas estaban raídas, la hierba sin cortar, y en el camino del jardín había un coche oxidado montado sobre cuatro ladrillos. Empezó a contar los números de las casas desde donde estaba ahora, preguntándose cuál sería la número 48. Vio las 42, 44, 46 y… claro, la número 48 era la casa a la que solo le faltaba un letrero con la orden de demolición.

– Mierda -suspiró.

Ya no se acordaba. Hacía tanto tiempo que no tenía que buscar un sitio donde vivir que había olvidado lo ardua que resultaba esa tarea. Se enfrentaba a una serie de decepciones, cada una más aplastante que la anterior.

– Siga, por favor -le dijo al taxista.

– Sí, señora -respondió el taxista-. ¿Adónde vamos ahora?

El segundo inmueble estaba un poco mejor. Hasta que un ratoncito marrón cruzó corriendo el suelo de la cocina y desapareció, sacudiendo su asquerosa cola, debajo de la nevera. A Lisa se le pusieron los pelos de punta por el asco.

El tercer inmueble estaba descrito en el anuncio como «monísimo», cuando la expresión correcta habría sido «increíblemente diminuto». Era un estudio de una sola habitación, con el lavabo en un armario y sin cocina.

– Vamos a ver, ¿para qué quiere la cocina? Las mujeres de hoy en día no tienen tiempo para cocinar -razonó el casero, un tipo con aspecto de foca-. Están demasiado ocupadas dirigiendo el mundo.

– Vas bien, capullo -murmuró Lisa.

Volvió al taxi, desanimada, y por el camino de regreso a Harcourt Street no tuvo más remedio que hablar con el taxista, que a aquellas alturas ya había decidido que eran buenos amigos.

– … y el mayor es un artista con las manos. Es un buenazo, el pobre. No sabe decir que no. Se pasa la vida cambiando bombillas, montando mesas, cortando el césped… Todas las vecinas de la calle lo adoran.

Lisa era consciente de que el taxista la estaba poniendo histérica, pero cuando se bajó del taxi se dio cuenta de que lo echaba de menos. Además, ya no se enteraría de qué había pasado cuando amenazó a aquel grupo de chicas que se metían con su hija de catorce años.

De nuevo en su sombría habitación, su alma gritaba de tristeza. El cansancio y el hecho de no tener nada para comer aún le hacían sentirse peor. Experimentó una especie de déjá vu y se acordó de cuando tenía dieciocho años y trabajaba en una revista miserable y no había forma de alquilar un sitio decente donde vivir. Por lo visto, en el juego de mesa de la vida, había caído en la casilla de la serpiente y esta la había devuelto al principio. Solo que entonces todo parecía mucho más divertido.

Se moría de ganas por huir de los estrechos y humildes confines de su casa. Desde los trece años hacía novillos y se iba a Londres a robar en las tiendas. Cuando volvía a casa con perfiladores de ojos, pendientes, pañuelos y bolsos su madre la miraba con desconfianza, pero no se atrevía a preguntarle nada.

A los dieciséis años, una vez solucionado el asunto de suspender los exámenes, se marchó de casa y se instaló definitivamente en Londres. Ella y su amiga Sandra (que inmediatamente se cambió el nombre por el de Zandra) se juntaron con tres chicos gays, Charlie, Geraint y Kevin, y se instalaron como okupas en un bloque de apartamentos de Hackney. Allí inició una vida de desenfreno y diversión. Tomaba speed, iba al Astoria los lunes por la noche, al Heaven los miércoles por la noche, a The Clink los jueves por la noche. Falsificaba los pases de autobús caducados, volvía a casa en el autobús nocturno, escuchaba a los Cocteau Twins y a Art of Noise, y conocía a gente de todos los rincones del país.

La ropa era uno de los elementos fundamentales de su vida; ante todo había que ir bien vestido. Aconsejada por los chicos, que estaban enteradísimos de la moda, Lisa pronto aprendió a ponerse guapa.

En el mercado de Camden, Geraint le hizo comprarse un vestido rojo elástico y ceñido, con un corte en el muslo, que Lisa llevaba con unas medias rojas y blancas a rayas, como los caramelos. Su bolso era una maletita blanca dura con una cruz roja pintada. Para completar el disfraz, Kevin se empeñó en robarle unas Palladium en Joseph (unas zapatillas de lona con suela de neumático de camión). Se las consiguió justo a tiempo, porque al día siguiente lo despidieron. En la cabeza Lisa llevaba un sombrero de punto estilo pirata cubierto de imperdibles (una imitación casera de un modelo de John Galliano, confeccionado por Kevin, que aspiraba a ser diseñador de moda). Charlie se encargaba de su pelo. Los postizos estaban de moda, así que le tiñó el pelo a Lisa de rubio platino y le añadió una trenza rubia que le llegaba hasta la cintura. Una noche, en el Taboo, la revista I-D le hizo una fotografía. (Aunque compraron religiosamente la revista durante seis meses, la fotografía nunca apareció. Pero se la habían hecho.)

En el apartamento apenas había muebles, de modo que el día que encontraron una butaca en un contenedor hubo un gran alboroto. La llevaron a casa entre los cinco, la mar de contentos, y luego se turnaron para sentarse en ella. Asimismo se turnaban para utilizar las tazas de té, porque solo tenían dos. Pero a nadie se le ocurrió nunca comprar alguna más: eso habría sido un tremendo despilfarro. El poco dinero que tenían lo reservaban para comprar ropa, entrar en los clubes (si no había forma de evitarlo) y pagar copas.

Al final todos consiguieron empleo: Charlie en una peluquería, Zandra en un restaurante, Kevin en el taller de Comme des Garcons, Geraint en la puerta de un club gay, y Lisa en una tienda de ropa, donde robaba más prendas de las que vendía. Organizaron un sistema de trueques fabuloso. Charlie peinaba a Lisa, Lisa robaba una camisa para Geraint, Geraint les dejaba entrar gratis en Taboo, Zandra les servía tequila sunrises gratis en el restaurante donde trabajaba. (En el restaurante funcionaba otro pequeño sistema de trueques: el barman hacía la vista gorda con las invitaciones de Zandra a cambio de pequeños favores sexuales.) El único que no entraba en el juego era Kevin, porque la tienda donde trabajaba era tan cara y tan minimalista que si robaba una sola prenda, todo el stock disminuía en un veinticinco por ciento. Pero él añadía prestigio general al grupo en aquellos desenfrenados años ochenta en que dominaba el culto a la etiqueta.

Nadie gastaba dinero en comida; eso también se consideraba un despilfarro, como comprar tazas de té o muebles. Cuando tenían hambre bajaban al restaurante donde trabajaba Zandra y pedían que les sirvieran. O iban a robar al Safeway del barrio. Paseaban por los pasillos, comiendo lo que les apetecía allí mismo, y luego escondían los envoltorios o las pieles de plátano en el fondo de los estantes. A veces Lisa se empeñaba en llevarse algo, pero solo por el placer de robar.

La vida siguió así durante dieciocho meses, hasta que las peleas y las riñas empezaron a minar aquella maravillosa amistad. Lo de tener que turnarse la taza de té, una vez pasada la novedad, se había convertido en un fastidio. Entonces el novio de Lisa, un ejecutivo de la revista, decidió arriesgarse y ofrecerle un empleo en Sweet Sixteen. Aunque no tenía títulos, pues ni siquiera había terminado los estudios elementales, Lisa era muy inteligente. Sabía lo que estaba de moda, lo que no tardaría en pasar de moda, a quién había que conocer, y siempre iba a la última. Segundos después de que algo novedoso apareciera en Vogue, Lisa ya lucía una versión a precio rebajado, y, lo que era más importante, lo llevaba con convicción. Muchas chicas llevaban faldas abombadas porque sabían que estaban de moda, pero casi ninguna lograba deshacerse del aire de confusión y vergüenza que las acompañaba. Lisa, en cambio, las llevaba con aplomo.

La revista para la que trabajaba entonces, como la de ahora, era una bazofia de bajo presupuesto, y era difícil encontrar un piso de alquiler que pudiera pagar. Pero la diferencia era que, entonces, tener un empleo miserable en una revista se consideraba fantástico (lo importante era tener trabajo en una revista, por muy cutre que fuera). Y buscar un sitio medio decente donde vivir suponía un gran paso adelante, después de haber vivido de okupa. Había que saborear aquellas circunstancias, que constituían una fuente de orgullo, no de bochorno. Aunque todavía estuviera en el fondo del pozo, era la que había tenido más éxito de los cinco okupas de Hackney.

¿Qué había sido de ellos? Charlie trabajaba en un salón de belleza de Bond Street y tenía un montón de dientas, todas ellas espantosamente ricas. Zandra volvía a llamarse Sandra, regresó a su pueblo natal, Hemel Hempstead, se casó y tuvo tres hijos con muy poca diferencia de edad. Kevin también se había casado: con Sandra, por cierto. Resultó que solo decía que era gay porque creía que quedaba bien. Geraint había muerto: en 1992 dio positivo de sida y tres años más tarde le fallaron los pulmones. Y Lisa… ¿cómo había acabado Lisa? Tantos años de duro trabajo para acabar así, donde había empezado. ¿Cómo había podido ocurrir?

Atrapada en la pesadilla del presente, Lisa se metió en la cama del hotel y fumó un cigarrillo tras otro, esperando a que el Rohypnol le proporcionara cuatro horas de misericordiosa inconsciencia. Pero no dejaban de asaltarla los mismos desagradables pensamientos. Estaba horrorizada por la enorme tarea a que se enfrentaba en Colleen, y odiaba estar allí. Pero no había forma de escapar. No podía volver a Londres. Aunque hubiera alguna plaza vacante de directora (y en aquel momento no la había), lo único que importaba de tu currículum era tu último empleo. Si quería que la contrataran en otro sitio, tenía que conseguir que Colleen tuviera el éxito asegurado. Estaba atrapada.

Cogió el envase de Rohypnol y de pronto el suicidio le pareció una idea maravillosamente tentadora. ¿Bastarían dieciséis pastillas para poner fin a su vida? Seguramente sí. Podía cerrar los ojos y olvidarse de todo. Podía desaparecer cubierta de gloria, mientras su nombre todavía era sinónimo de revistas de éxito y gran tirada. Podía conservar su reputación para toda la eternidad.

Ella siempre había sido una superviviente, y hasta entonces nunca se había planteado suicidarse. Y si lo hacía ahora era solo porque morir parecía la forma más apropiada de sobrevivir. Pero cuanto más lo pensaba, más reparos le encontraba a aquella solución: todo el mundo creería que se había derrumbado ante tanta presión y se regodearía con su fracaso.

Se le pusieron los pelos de punta al imaginarse a toda la gente del mundillo de las revistas de Gran Bretaña en su funeral, murmurando su banda sonora de «No lo aguantó. Pobrecilla, no aguantó el ritmo». Mirándose unos a otros con sus elegantes trajes negros (ni siquiera tendrían que cambiarse de ropa para asistir al funeral) y felicitándose por seguir en la brecha. ¡Aquella profesión no estaba hecha para débiles!

No aguantar el ritmo era el delito más grave en el mundo de las revistas. Era peor que aficionarse a las hamburguesas y acabar usando una talla 48, o afirmar que el pelo corto estaba de moda cuando todo el mundo apostaba por las melenas de rizos. La gente de las revistas, consciente del aguante que requería la profesión, recibía con alegría las noticias de que un colega se había «tomado unas largas y merecidas vacaciones» o «había decidido dedicarle más tiempo a su familia».

Lisa decidió que la única forma de salir de allí era un trágico accidente. Un trágico accidente con glamour, añadió. Nada de caer bajo las ruedas de un autobús irlandés; eso sería aún más bochornoso que suicidarse. Tenía que caerse de una lancha motora, como mínimo. O morir en medio de una bola de fuego naranja al estrellarse el helicóptero que la llevaba a visitar algún lugar apartado.

«… Creo que iba a Manoir aux Quatre Saisons.»

«Pues a mí me han dicho que iba al castillo de Balmoral. Por invitación personal de quien tú sabes.»

«Qué muerte tan espectacular. Una muerte fabulosa para una mujer fabulosa.»

«Creo que quedó calcinada, como un bistec demasiado hecho.» La venenosa voz de Lily Headly-Smythe, directora de Panache, interrumpió el ensueño de Lisa.

«… Corre el rumor de que Vivienne Westwood va a basar su próxima colección en el accidente, y que todas las modelos irán maquilladas como víctimas de un incendio.»

Lisa dejó volar de nuevo su fantasía y acabó quedándose dormida, consolada por los comentarios sobre su muerte aparecidos en las páginas de sociedad.

11

Seguían pasando los días. Lisa iba por aquella vida teñida de gris como una sonámbula. Eso sí, una sonámbula muy elegante y autoritaria.

El viernes paró de llover y salió el sol, lo cual causó un gran revuelo entre el personal: parecían niños el día de Navidad. A medida que iban llegando a la oficina, los empleados se sumaban al torrente de comentarios.

– ¡Hace un día precioso!

– ¡Qué suerte que haga este tiempo!

– ¡Una mañana fabulosa!

Solo porque ha parado esa condenada lluvia, pensó Lisa con desprecio.

– ¿Recuerdas el verano pasado? -le gritó Kelvin a Ashling desde la otra punta de la oficina, con unos ojos que destellaban de alegría detrás de sus gafas falsas de montura negra.

– Ya lo creo -respondió Ashling-. Cayó en miércoles, ¿verdad?

Todos rompieron a reír. Todos excepto Lisa.

A media mañana Mai entró andando con garbo en la oficina, miró alrededor con una pícara y dulce sonrisa en los labios y preguntó:

– ¿Está Jack?

Lisa se estremeció ligeramente. Evidentemente, aquella era la novia de Jack. Menuda sorpresa. Lisa se había imaginado a una irlandesa pálida y pecosa, no a aquella mujer exótica de piel morena.

Ashling, que estaba de pie junto a la fotocopiadora, copiando varios millones de comunicados de prensa para distribuirlos entre todos los diseñadores de ropa y fabricantes de cosméticos del universo, también se fijó en ella. Era la chica que le había mordido el dedo a Jack, aunque ahora daba la impresión de que no había roto un plato en su vida.

– ¿Estás citada con él? -dijo la señora Morley al tiempo que desplegaba todo su metro cincuenta de estatura y exhibía sus enormes e intimidantes pechos.

– Dígale que es Mai.

Tras una larga, severa y desafiante mirada, la señora Morley salió lentamente de detrás de su mesa. Mientras esperaba, Mai se puso a girar un delgado dedo en el aire: era la viva imagen de un sueño erótico. Al cabo de un rato volvió la señora Morley.

– Puede pasar -dijo sin disimular su desilusión.

Mai cruzó la oficina envuelta en un denso silencio, y en cuanto la puerta del despacho de Jack se cerró detrás de ella hubo un suspiro colectivo y todo el mundo se puso a hacer comentarios.

– Es la novia de Jack -les explicó Kelvin a Ashling, Lisa y Mercedes.

– No le va a dar más que problemas -opinó la señora Morley con gravedad.

– Yo no estoy tan seguro de eso, señora Morley -replicó Kelvin lascivamente. La señora Morley se dio la vuelta con un resoplido de indignación.

– Es mitad irlandesa y mitad vietnamita -aportó el silencioso Gerry.

– Se llevan a matar -dijo Trix, emocionada-. Es una chica muy agresiva.

– Pues esa será su herencia irlandesa -terció Dervla O'Donnell con firmeza, feliz de abandonar un momento a las Novias Hibernianas-. Los vietnamitas son gente muy tranquila y hospitalaria. Cuando estuve en Saigón…

– Vaya, ya está -protestó Trix-. La ex hippie ha tenido otro flashback. Creo que me va a dar algo.

Ashling siguió fotocopiando comunicados de prensa, pero la máquina emitió un lento gruñido, dio unos cuantos pitidos que no tenía por qué dar y quedó sumida en un inoportuno silencio. La pantalla de visualización de datos lanzó un mensaje amarillo.

– ¿PQo3? -preguntó Ashling-. ¿Qué significa?

– ¿PQo3? -Los empleados de más antigüedad se miraron unos a otros-. ¡Ni idea!

– Ese es nuevo.

– Pero podría haber sido peor. Generalmente se para después de las dos primeras copias.

– ¿Qué hago? -preguntó Ashling-. Estos comunicados de prensa tienen que salir por correo esta noche.

Miró a Lisa, con la esperanza de que ella la sacara del atolladero. Pero Lisa conservó una expresión serena y no dijo nada. Tras una semana en la oficina, Ashling había llegado a la conclusión de que Lisa era una negrera con grandes ideas de lo que tenía que ser la revista. En muchos aspectos eso era fantástico, pero no si resultaba que tú eras la persona sobre la que recaía la responsabilidad de poner en práctica, sin ayuda de nadie, cada una de las ideas que se le ocurrían a Lisa.

– No te molestes en pedirles a esos idiotas que la arreglen -dijo Trix señalando con la cabeza a Gerry, Bernard y Kelvin-. Solo conseguirían cargársela del todo -añadió con desdén-. Jack, en cambio, es bastante manitas. Aunque yo no lo molestaría en este momento -sugirió.

– Mientras tanto haré otra cosa.

Ashling volvió a su mesa, donde se quedó momentáneamente paralizada al ver la cantidad de trabajo que le quedaba por hacer. Decidió seguir con la lista de los cien irlandeses más sexys, interesantes y talentosos. Pinchadiscos, peluqueros, actores, periodistas… Y a medida que Ashling iba añadiendo nombres, Trix le iba concertando a Lisa desayunos, comidas, cafés y cenas con ellos: Lisa estaba haciendo un cursillo intensivo para infiltrarse en la plana mayor de la sociedad irlandesa.

– Vas a acabar como una foca con tantas comidas de trabajo -bromeó Trix.

Lisa le sonrió desdeñosamente. Por lo visto su secretaria no sabía que el hecho de que pidieras una comida no significaba que tuvieras que comértela.

La oficina bullía de actividad, hasta que se abrió la puerta del despacho de Jack y Mai salió a toda velocidad. Todos levantaron inmediatamente la cabeza, expectantes, pero se llevaron un chasco. Mai hizo un violento intento de dar un portazo al salir de la oficina, pero la puerta tenía puesta una cuña para que no se cerrara, así que Mai tuvo que contentarse con pegarle una patada.

A los pocos segundos salió Jack, hecho un basilisco. Daba grandes zancadas con sus largas piernas, con lo que no tardaría en alcanzar a Mai. Pero antes de llegar a la puerta volvió en sí y aminoró el paso. «Mierda!», ¡masculló, y dio un puñetazo en la fotocopiadora. La máquina emitió un zumbido, luego un pitido, y entonces empezó a escupir hojas. ¡La fotocopiadora volvía a funcionar!

– ¡Viva la tecnología! Jack Devine nos ha salvado -anunció Ashling, y se puso a aplaudir.

Los otros la imitaron. Jack miró alrededor, fulminando a los empleados, y entonces, para sorpresa de todos, rompió a reír. De pronto parecía otro: más joven y más simpático.

– Esto es una locura -comentó.

Ashling estaba de acuerdo con él.

Jack vaciló un momento. No sabía si seguir a Mai o… entonces vio un paquete de Marlboro en la mesa de Ashling, del que sobresalía un cigarrillo. En teoría no se podía fumar en la oficina, pero nadie respetaba aquella prohibición. Excepto el soso de Bernard, que se rodeaba de letreros que rezaban «Gracias por no fumar». Hasta tenía un pequeño ventilador.

Jack arqueó las cejas, como diciendo «¿Puedo?» y extrajo el cigarrillo del paquete con los labios. Prendió una cerilla para encenderlo, la apagó con una fuerte sacudida de la mano y dio una honda calada.

Ashling siguió cada uno de sus movimientos; sentía repulsión, pero no podía mirar hacia otro lado.

– Me temo que no he elegido a la chica adecuada para dejar de fumar -dijo Jack, y se dirigió a su despacho.

– Necesito ayuda, chicas -exclamó Dervla O'Donnell, distrayendo a todos. Se levantó dejando las páginas de moda de otoño de Novias Hibernianas y empezó a pasearse por la oficina, haciendo ondular su amplia falda y su holgada chaqueta de punto-. ¿Qué van a llevar los invitados elegantes a las bodas en otoño de 2000? ¿Qué se lleva, qué está de moda, qué mola?

– No sé, lo que está claro es que no se llevan las papadas -observó Lisa, y ladeó la cabeza indicando la gruesa papada de Dervla.

Hubo un silencio de asombro que derivó en una carcajada general, lo cual animó a Lisa. Ella estaba orgullosa de su lengua viperina, y del poder que le confería.

Dervla se quedó plantada en medio de la oficina, perpleja, mientras alrededor sus colegas reían a carcajadas, y entonces ella, haciendo alarde de su espíritu deportivo, también esbozó una sonrisa.

– Qué situación tan maravillosa. Jack levantó su jarra con falsa efusividad para brindar con Kelvin y Gerry-. Tres hombres y ninguna mujer que nos moleste.

Kelvin echó un vistazo al pub. La clientela del viernes por la noche incluía a bastantes mujeres.

– Pero no hay ninguna sentada aquí con nosotros, dándonos el coñazo -aclaró Jack.

– A mí no me importaría que Lisa estuviera sentada aquí -dijo Kelvin-. Es una preciosidad.

– Un bombón -coincidió Gerry, lo bastante emocionado como para hablar.

– Y ¿os habéis fijado en que aunque no mueva los ojos, te sigue por la oficina con los pezones? -observó Kelvin.

Aquel comentario desconcertó ligeramente a Gerry y Jack.

– Mercedes también está para comérsela -dijo Kelvin con entusiasmo.

– Pero no abre la boca -repuso Gerry, aunque no era la persona más indicada para criticarla por eso.

Kelvin miró a Gerry con una sonrisa y dijo:

– Lo que me interesa no son precisamente sus dotes de conversadora.

Los tres rieron con complicidad.

– Pásame el cenicero, Kelvin -les interrumpió Jack. Kelvin se lo acercó, y entonces, con una risita sombría, Jack dijo-: La última vez que dije eso me soltaron: «Me has destrozado la vida, capullo».

Gerry y Kelvin se removieron en los asientos. Jack estaba estropeando el buen ambiente del viernes por la noche.

– No le hagas caso -le aconsejó Kelvin, e hizo un valeroso intento de reconducir la conversación-. ¿Y Ashling? ¿No la encontráis adorable?

– Sí, es encantadora. La hermanita que todos querríamos tener -repuso Gerry.

– Y también es muy guapa -añadió Kelvin, generoso-. Aunque no sea tan despampanante como Lisa o Mercedes.

Jack se sintió extrañamente incómodo. Ashling le hacía sentirse raro. No sabía si era vergüenza o fastidio.

– Pero ¿estáis conmigo o no? -insistió Jack, volviendo a temas más agradables-. ¿Verdad que es genial que no haya ninguna mujer con nosotros? Así, si digo que hace una tarde espléndida, nadie se dará la vuelta y dirá: «Lárgate, desgraciado. Ojalá no te hubiera conocido nunca».

Kelvin exhaló un exagerado suspiro y acabó cediendo.

– ¿Qué pasa? ¿Vuelves a tener problemas con Mai?

Jack asintió con la cabeza.

– ¿Por qué no lo dejáis?

– Os pasáis la vida peleando -intervino Gerry.

– Me vuelve loco -insistió Jack con frustración-. ¡No os lo podéis imaginar!

– Claro que sí. Yo estoy casado -dijo Gerry.

– ¡No! No me refiero a eso…

– Ámalas y déjalas -les interrumpió Kelvin con una mirada pícara-. Ese es mi lema. O mejor dicho: No las ames y déjalas.

Era evidente que a Kelvin no le gustaba ahondar en las emociones.

¡Con lo contentos que se pusieron todos cuando Jack empezó a echarle los tejos a Mai! Hacía más de un año que Dee, su anterior novia, lo había dejado plantado, y sus compañeros se alegraron de ver que lo había superado. O eso creyeron. Pero después de la fase de enamoramiento (que solo duró cuatro días) Jack volvía a parecer tan desgraciado con Mai como lo había sido después del plantón de Dee.

Para apartar a Jack del tema de las mujeres, Kelvin preguntó:

– ¿Cómo va el último follón con los sindicatos en la televisión?

– Ya está solucionado -gruñó Jack-. Hasta que vuelva a armarse otro.

– Ostras, no me gustaría estar en tu pellejo.

Kelvin sabía que Jack caminaba siempre por la cuerda floja entre las exigencias de la dirección, las exigencias de los sindicatos y las exigencias de los anunciantes. No era de extrañar que siempre estuviera estresado.

– Y las cifras de audiencia están subiendo -comentó Gerry.

– Ah, ¡sí! -exclamó Kelvin, aunque aquello no le interesaba demasiado-. Eres un hacha, Jack. -Miró a Gerry y añadió-: Esta es tu ronda, Gerry. Invita a tu ilustre jefe a una copa.

«De coches -pensó Kelvin-. Después hablarían de coches.»

El viernes por la noche Lisa fue la última en marcharse de la oficina. Las calles estaban abarrotadas y había una puesta de sol preciosa. Esquivando a los animados parranderos que salían en tropel de los pubs de las calles de Temple Bar, se dirigió decidida a Christchurch. Pero los recuerdos no dejaban de acosarla. Iba pensando en otras tardes de viernes, las que había pasado con Oliver a la orilla del río en Hammersmith, bebiendo sidra, tranquila y libre después de una semana de duro trabajo.

¿Era verdaderamente la misma persona?

Apartó a Oliver de su mente e intentó pensar en otra cosa; entonces vio, debajo de la mesa de un pub, un par de espinillas blancas cubiertas de franjas rojas. ¡Era Trix!

A la hora de comer, en honor al cielo azul y la temperatura por encima de cero, Trix se había afeitado las piernas en el cuarto de baño y las había expuesto, ensangrentadas pero incólumes, al mundo. Casi había dejado a Ashling sin tiritas.

Lisa aceleró el paso, fingiendo que no había visto a Ashling, que le hacía señas de que se acercara.

Evidentemente el buen tiempo también había animado a Ashling a depilarse las piernas, porque Lisa había oído cómo reservaba hora para depilarse a la cera a la hora de comer. Aunque curiosamente no había hecho nada para que la sesión le saliera gratis. Por lo visto pensaba ir al salón de belleza como civil y pagar religiosamente. Pero si Ashling no tenía el buen tino de utilizar su cargo (de acuerdo, de abusar de su cargo) de subdirectora de una revista femenina, Lisa no tenía por qué abrirle los ojos.

Lisa nunca habría trabado amistad con una chica tan ordinaria como Ashling. Pero como Ashling la había pillado llorando y le había ofrecido su cariño, ahora todavía le caía peor.

Tampoco le caía bien Mercedes, aunque por motivos completamente diferentes. Mercedes, tan silenciosa y tan dueña de sí misma, la ponía nerviosa.

Cuando Ashling colgó el auricular después de concertar su sesión de depilación a la cera, Lisa hizo reír a toda la oficina diciendo: «Ahora te toca a ti, Mercedes. A menos, por supuesto, que este verano se lleven las piernas de gorila».

Mercedes le lanzó una mirada siniestra a Lisa; tan siniestra que Lisa se guardó el comentario que pensaba hacer a continuación, a saber: que con su tez y el color de su cabello, a Mercedes solo le faltaba dejarse patillas y bigote.

– Era una broma. -Lisa le dedicó una sonrisa venenosa a Mercedes, agravando la ofensa: no solo era peluda, sino que no tenía espíritu deportivo.

Para fastidiar a Ashling y Mercedes, Lisa era exageradamente simpática con Trix. Aquella era una técnica de adquisición de poder que ya había utilizado otras veces: divide y vencerás. Había que elegir un favorito, colmarlo de atenciones, y de repente abandonarlo a favor de otro. Si ibas turnando esa posición, generabas amor y miedo. Excepto con Jack: con él pensaba ser simpática siempre. Él era lo único en su vida que le daba esperanzas. Había analizado discretamente cómo reaccionaba ante ella, y se había dado cuenta de que no la trataba como al resto de las empleadas. Trix le hacía gracia, era educado con Mercedes, y Ashling le caía francamente mal. Pero con Lisa era respetuoso y solícito. Casi daba la impresión de que la admiraba. Como tenía que ser. Aquella semana Lisa se había levantado más temprano de lo habitual para cuidar aún más su aspecto físico, aplicándose una a una, con manos de experta, finísimas capas de bronceador sin sol hasta obtener un moreno brillante.

Lisa era muy consciente de su potencial. En su estado natural (aunque hacía mucho tiempo que ni ella misma se veía en ese estado) era una chica bastante guapa. Pero sabía que con grandes esfuerzos podía pasar de atractiva a estupenda. Además de las atenciones clásicas que dedicaba a su cabello, uñas, piel, maquillaje y ropa, tomaba gran cantidad de vitaminas, bebía dieciséis vasos de agua diarios, solo esnifaba cocaína en ocasiones especiales y cada seis meses le ponían una inyección contra el botulismo en la frente (paralizaba los músculos y eliminaba por completo las arrugas). Llevaba diez años muerta de hambre. Había pasado tanta hambre que ahora ya casi no lo notaba. A veces soñaba que tomaba un menú de tres platos, pero es que la gente sueña unas cosas rarísimas.

Pese a lo segura que estaba de su apariencia, Lisa tuvo que admitir que al ver a la novia de Jack se había llevado una sorpresa considerable. Lisa había dado por hecho que tendría que competir con una irlandesa, y eso habría sido pan comido. Con todo, no estaba desanimada. Apartar a Jack de su apasionada y exótica novia era, actualmente, uno de los proyectos menos difíciles de su vida.

En cambio, buscar un sitio donde vivir suponía un reto mucho mayor. Llevaba toda la semana visitando casas después del trabajo, y todavía no había encontrado nada mínimamente decente. Esta noche iba a ver un apartamento en Christchurch que quizá no estuviera mal. Aunque el alquiler era elevado, estaba en una urbanización moderna desde donde podía ir caminando a la oficina. El inconveniente era que tendría que compartirlo con otra persona, y hacía mucho tiempo que Lisa no compartía apartamento con nadie, y menos con otra mujer. La propietaria del piso se llamaba Joanne.

– Vivir aquí tiene la ventaja de que puedes ir andando al trabajo -comentó Joanne con entusiasmo-. Eso significa que te ahorrarías la libra y diez de cada trayecto en autobús.

Lisa asintió con la cabeza.

– O sea, dos libras veinte cada día.

Lisa volvió a asentir.

– O sea, once libras a la semana.

Esta vez Lisa asintió a regañadientes.

– Lo cual asciende a un total de cuarenta y cuatro libras mensuales. Más de quinientas libras al año. Bueno, hablemos del alquiler. Necesito una mensualidad como depósito, dos mensualidades por adelantado y un depósito adicional de doscientas libras por si desapareces y me dejas una factura de teléfono descomunal.

– Pero si…

– Y lo que suelo hacer es que me pagas treinta libras semanales para la compra básica. Leche, pan, mantequilla y esas cosas.

– Yo no bebo leche.

– ¡Pues para el té!

– Tampoco bebo té. Ni como pan. Y no pruebo la mantequilla. -Lisa puso una mano sobre su delgada cadera y miró las de Joanne, mucho más gruesas-. Además, ¿cuántos litros de leche puedes comprar con treinta libras? ¿Me has tomado por imbécil?

Ya en la calle, Lisa se sintió profundamente desgraciada. Echaba de menos Londres. Detestaba tener que pasar por aquel calvario. Ella tenía un piso precioso en Ladbroke Grove. Daría cualquier cosa por estar allí.

La invadió de nuevo una oleada de agotamiento y tristeza. En Londres Lisa estaba inextricablemente entretejida en el ambiente de moda, pero aquí no conocía a nadie. Ni quería conocer a nadie. Los encontraba a todos insoportables. En aquel maldito país nadie llegaba puntual a ningún sitio y alguien hasta tuvo el descaro de decir: «El que creó el tiempo hizo cantidad». Como directora de una revista, ella estaba en todo su derecho de llegar tarde.

Volvió, desolada, a su espantoso hotelito, lamentando que Trix no hubiera podido concertarle ninguna cita para cenar con algún seudofamoso aquella noche.

No soportaba tener tiempo libre; su capacidad para emplearlo se había atrofiado. Aunque no siempre había sido así: ella había trabajado mucho y había sido ambiciosa, pero hubo un tiempo en que había algo más. Eso fue antes de que a base de mirar constantemente por encima del hombro para vigilar a las hordas de chicas más jóvenes, más inteligentes, más trabajadoras y más ambiciosas que la perseguían su vida se hubiera convertido en una rueda de andar.

Durante el fin de semana visitaría unos cuantos pisos y casas más; el tiempo pasaría deprisa. Y mañana pensaba ir a un par de peluquerías: se haría el color en una y se cortaría el cabello en la otra. El truco consistía en tener a unas cuantas en el bolsillo, de modo que si una no podía darte hora en un caso de emergencia, pudiera dártela otra.

Había hecho un pacto consigo misma. Se daría un año para convertir aquella birria de revista en un éxito rotundo, y entonces los directivos de Randolph Media reconocerían su mérito y la recompensarían por él. Quizá…

Tras tres rápidas copas después del trabajo, Ashling se levantó con intención de marcharse, pero Trix le suplicó que se quedara un rato más.

– ¡Venga! ¡Estrechemos nuestros lazos poniendo verdes a nuestros compañeros de trabajo!

– No puedo.

– Claro que puedes -la contradijo Trix-. Lo único que tienes que hacer es probarlo.

– No me refiero a eso. -Pero en parte Trix tenía razón. Ashling tenía pensamientos maliciosos, desde luego, pero raramente les daba rienda suelta porque tenía la sospecha de que el que siembra recoge. Aunque eso no valía la pena explicárselo a Trix, porque seguro que ella se moriría de risa-. Es que he quedado con mi amiga Clodagh.

– Dile que venga.

– No puede. Tiene dos niños y su marido está en Belfast.

Fue lo único que hizo claudicar a Trix.

Ashling se abrió paso a empujones entre el gentío del viernes por la noche y paró un taxi. Quince minutos más tarde llegó a casa de Clodagh, donde habían quedado para comer pizza, beber vino y poner verde a Dylan.

– No me gusta nada que vaya a esas malditas cenas y esos malditos congresos -protestó Clodagh-. Y cada vez lo hace más a menudo.

El comentario quedó suspendido en el aire, hasta que Ashling, consternada, dijo:

– No creerás que anda…, metido en algo, ¿verdad?

– ¡Qué va! -contestó Clodagh-. No me refería a eso. Lo que quiero decir es que envidio su… su… libertad. Yo estoy aquí con estas dos fieras mientras él está en un hotel de lujo durmiendo como un tronco y disfrutando de un poco de intimidad. Cómo me gustaría estar en su lugar -añadió con nostalgia.

Más tarde, en la cama, después de cerrar bien puertas y ventanas, Clodagh se puso a pensar en lo que había dicho Ashling sobre la posibilidad de que Dylan anduviese «metido en algo». No podía ser, ¿verdad que no? Pero ¿y si tenía un lío? ¿O un rollete anónimo y ocasional? ¿Rápido, feroz y despersonalizado? No, ella sabía que no podía ser. Entre otras cosas, porque ella lo habría matado.

Pero, curiosamente, la idea de Dylan teniendo relaciones sexuales con otra mujer la excitó. Siguió pensando en ello un rato, mezclando otras fantasías más habituales. ¿Lo harían como lo hacían Dylan y ella? ¿O sería más imaginativo? ¿Más salvaje? ¿Más rápido? ¿Más apasionado? Mientras visualizaba aquellas escenas de película pornográfica, empezó a respirar más deprisa, y cuando llegó el momento se ocupó de tener un par de intensos y rápidos orgasmos. Luego se sumió en un sueño profundo y apacible hasta que Molly la despertó porque tenía pipí.

12

Ashling pasó toda la tarde del sábado pateándose tiendas en busca de un traje sexy y elegante para ir a trabajar. En realidad lo que quería, aunque fuera inconscientemente, era parecerse a Lisa. Quizá así se sentiría merecedora de su nuevo empleo y desaparecería la ansiedad que la acosaba. Pero se probara lo que se probase, no conseguía el élan esmaltado de Lisa. Como se acercaba la hora del cierre, hizo un par de compras desesperadas y se fue a casa, agotada e insatisfecha.

El chico no estaba en medio del paso, sino agazapado junto a la puerta, sobre su manta naranja. Era la primera vez que Ashling lo veía despierto. Algunos transeúntes le lanzaban una moneda; otros le lanzaban una mirada de asco y temor, pero la mayoría de la gente ni siquiera lo veía. Era como si lo hubieran borrado de la realidad pintándolo con un aerógrafo.

Ashling tuvo que pasar a escasos centímetros de él para llegar al portal, y se sintió incómoda porque no sabía cuál era el protocolo en aquellos casos; con todo, le pareció que tenía que decir algo. Al fin y al cabo, eran vecinos.

– Hola -murmuró mirándolo de soslayo.

– Hola -respondió él, sonriente. Le faltaba un incisivo.

Ashling se apresuró, pero el chico señaló con la cabeza la bolsa que ella llevaba y preguntó:

– ¿Te has comprado algo bonito?

Ashling se paró en seco, a mitad de camino entre el chico y la puerta, muerta de ganas de escapar de allí.

– No, qué va. Solo un par de cosas para ir a trabajar. -Pero ¿por qué no se callaba? ¿Qué sabía él?

– ¿Cómo es eso que dicen? -El joven entrecerró los ojos, intentando recordar-. No te vistas para el trabajo que tienes, vístete para el trabajo que te gustaría tener. ¿No es eso?

Ashling estaba demasiado abochornada para concentrarse.

– ¿Quieres…? -Se descolgó la mochila del hombro con intención de sacar su monedero, pero se lo impedía la bolsa de la tienda, que llevaba cruzada sobre el pecho-. ¿Quieres que…?

Le dio una libra, que él aceptó con una elegante inclinación de cabeza. Muerta de vergüenza por la disparidad entre lo que le había dado a aquel chico y lo que acababa de gastarse en una blusa y un bolso que ni siquiera necesitaba, subió, ruborizada, la escalera. «Me cuesta mucho trabajo ganarlo -se dijo-. Muchísimo -añadió, pensando en la semana que acababa de pasar-. Y hace una eternidad que no me compro nada. Además, lo he pagado todo con la tarjeta. Y yo no tengo la culpa de que ese chaval sea un alcohólico o un heroinómano.» Aunque tenía que reconocer que no olía a alcohol y que no parecía colocado.

A salvo en su piso, después de cerrar bien la puerta, exhaló un suspiro. «Aquí estoy, gracias a Dios -pensó-. Yo también podía haber acabado en el arroyo.» Pero luego se regañó por aquel melodrama. En realidad, nunca le habían ido mal las cosas.

Dejó las bolsas encima de la mesa y se quitó los zapatos. Estaba cansadísima. Y ahora tenía que vestirse de fiesta y salir con Joy. No le apetecía en absoluto. Tener treinta y tantos años era como volver a la adolescencia. Su cuerpo estaba experimentando extraños cambios, y muchas veces la asaltaban extrañas y a veces vergonzosas necesidades. Como la necesidad de quedarse sola en casa el sábado por la noche, con solo un vídeo y una cinta de Ben y Jerry por compañía.

– Pero si no sales, nunca conocerás a nadie -le reprendía Joy constantemente.

– Claro que salgo. Además, tengo a Ben y Jerry. Son los únicos hombres que necesito.

Pero esta noche tenía que salir, aunque no le gustara. Tenía que ir con Joy a un club de salsa para redactar un artículo sobre las posibilidades de ligar en un sitio como aquel, que iba a aparecer en el primer número de Colleen. Cuando trabajaba para Woman's Place nunca había tenido que hacer cosas así, y a veces, como ahora, añoraba terriblemente su antiguo empleo. Y no solo porque su antiguo empleo nunca la obligó a modificar sus planes del sábado por la noche, sino también porque el trabajo de Woman's Place podía hacerlo dormida, mientras que sus obligaciones en Colleen todavía no estaban del todo claras. Tenía la sensación de que podían pedirle que hiciera cualquier cosa, y vivía con un nudo en el estómago a la espera de que le pidieran que hiciera algo que ella no fuera capaz de hacer. A Ashling le gustaba la seguridad, y de lo único que estaba segura en Colleen era de que no tenía ni idea de lo que iba a pasar a continuación.

¡Era desesperante!

Emocionante, se corrigió. Y sofisticado. Además, era muy divertido trabajar con tanta gente nueva: en su antiguo empleo solo había otros tres empleados fijos. Aunque todos eran un encanto. No había nadie tan difícil como Lisa o Jack Devine. Eso sí, tampoco había nadie tan divertido como Trix o Kelvin, se recordó con firmeza. No era momento para ponerse nostálgica y patética.

Metió una bolsa de palomitas de maíz en el microondas, se tumbó en el sofá, se puso a mirar Cita a ciegas y rezó para que Joy no fuera a buscarla. Había estado jugando con el Hombre Tejón hasta las seis de la mañana, y quizá no se encontrara en forma para salir.

No tuvo suerte.

Aunque Joy estaba más débil de lo habitual.

– Me tomaría una taza de té -dijo cuando llegó-. Con mucho azúcar.

– ¿Tan mal estás?

– Tengo tembleque. Pero ha valido la pena. El Hombre Tejón me vuelve loca, Ashling. Pero dijo que me llamaría hoy y… ¡Oh, no! Esta leche está agria. ¡Mierda! Seguro que estoy embarazada. Dentro de nueve meses daré a luz un bebé tejón.

– No -dijo Ashling mirando la taza, en la que flotaban unos grumos blancos-. Es que está cortada.

Joy abrió la nevera, examinó los cuatro cartones de leche que había dentro y comprobó que los cuatro estaban caducados.

– ¿Qué haces? -preguntó-. ¿Juegas a la ruleta rusa con la leche? ¿O es que quieres montar una fábrica de yogur? Por cierto, ¿has comido algo?

Ashling señaló un cuenco semivacío de palomitas de maíz.

– No hay quien te entienda -comentó Joy-. Eres tan organizada para según qué, y en cambio…

– No se puede ser bueno en todo. Estoy bien equilibrada.

– Deberías cuidarte más.

– ¡Mira quién habla!

– Cogerás escorbuto.

– Tomo vitaminas. Estoy perfectamente. ¿Dónde está Ted?

Ashling apenas había visto a Ted aquella semana. Ahora trabajaban en diferentes barrios, así que él ya no la llevaba en bicicleta al trabajo; pero además, desde el triunfo de la noche de los búhos, Ted se había dedicado a ir probando a todas las chicas que se habían interesado por él. Antes, cuando Ted se pasaba la vida en casa de Ashling quejándose de que no tenía novia, ella estaba harta de él, pero ahora Ashling lo echaba de menos y lamentaba su flamante independencia.

– Lo verás más tarde. Estamos invitadas a una fiesta. Estudiantes de arquitectura. Hay uno que cuenta chistes, así que habrá algunos cómicos. Y donde hay cómicos no puede faltar el Hombre Tejón.

– No sé si me apetece ir -dijo Ashling con cautela-. Sobre todo tratándose de una fiesta de estudiantes.

– Ya veremos lo que hacemos -repuso Joy con soltura; con demasiada soltura. Ashling le lanzó una mirada angustiada-. No puedo creer que me esté maquillando otra vez. ¡Si me acabo de desmaquillar! -dijo Joy mientras se aplicaba el lápiz de labios sin la ayuda de un espejo; luego metió los labios, distribuyendo el carmín con un garbo que Ashling envidiaba-. No te olvides de la cámara.

Cuando bajaron a la calle, Ashling buscó al joven mendigo, pero él y su manta naranja habían desaparecido.

– Mujeres solteras y homosexuales.- Joy catalogó a los asistentes, unas cincuenta personas, de un solo vistazo-. Un desastre, pero ya que estamos aquí, vamos a emborracharnos. ¿Qué presupuesto tenemos?

– ¿Presupuesto?

Joy sacudió la cabeza y suspiró.

Antes de que el club abriera las puertas al público había una hora de clase. El profesor, que se presentó como «Alberto, cubano», era un individuo de lo más anodino. Hasta que empezó a bailar. Sinuoso y ágil, elegante y seguro, de pronto parecía guapísimo. Haciendo piruetas, señalando la postura, girando sobre la parte anterior de la planta del pie, mostró los pasos que los alumnos tendrían que practicar.

– Qué pena de hombre -protestó Joy.

– ¡Shhhh!

A Ashling le encantaba bailar. Pese a no tener cintura, tenía un gran sentido del ritmo, y cuando empezó a sonar de nuevo la alegre y animada música de trompetas y Alberto dijo: «Venga, todos conmigo», ella no se hizo rogar.

Los pasos eran muy sencillos; Ashling, hechizada por las sinuosas caderas de Alberto, se dio cuenta de que lo que importaba era el garbo con que los ejecutaras. La mayoría de los alumnos eran torpes y patosos (sobre todo Joy, a causa de la falta de sueño y la resaca), y Alberto parecía muy afligido por lo mal que lo hacían todos. En cambio, Ashling realizaba los movimientos con soltura.

– Ha sido una idea genial -le dijo a Joy con una radiante sonrisa.

– Vete al cuerno.

– ¡Sonríe a la cámara! Y haz como si bailaras.

Joy dio un par de pasos torciendo los pies mientras Ashling disparaba; luego Joy cogió la cámara.

– Intenta fotografiar a algunos hombres para el artículo -le susurró Ashling.

Terminada la clase, el club abrió las puertas al público. Empezaron a llegar expertos bailarines de salsa y merengue; las mujeres llevaban faldas cortas y evassé y zapatos de tacón; los hombres adoptaban una expresión impasible mientras llevaban y hacían girar a sus parejas con habilidad y aparentemente sin esfuerzo al ritmo de la música.

– No puedo creer que estemos en Irlanda -comentó Ashling-. ¡Estos tíos son irlandeses! ¡Y bailan! ¡Y no llevan doce jarras de Guinness en el cuerpo!

– Los hombres de verdad no bailan -replicó Joy, que estaba deseando largarse de allí.

– Estos sí.

La salsa era, en gran medida, un deporte de contacto. Ashling se fijó en una pareja. Bailaban muy pegados, como si sus cuerpos estuvieran enganchados con velero. De cintura para abajo no paraban de menearse, pero de cintura para arriba apenas se movían. Ingles con ingles, pecho con pecho, la mano izquierda de él sujetaba la derecha de ella por encima de sus cabezas, con la cara interna de los brazos pegada desde la muñeca hasta el codo. Él tenía la mano derecha firmemente colocada sobre la espalda de ella. Mientras realizaban los complicados pasos a la perfección, él miraba fijamente a la mujer. No movían para nada la cabeza.

Ashling jamás había visto nada tan erótico. Sintió un ansia tan intensa que casi le causaba dolor. Agitada por un impulso indescriptible, observaba a los bailarines con un sabor agridulce en la boca. Pero ¿qué era lo que anhelaba? ¿El duro y dulce calor de un cuerpo varonil?

Quizá fuera eso…

Un hombre la sacó de su ensimismamiento al preguntarle si quería bailar. Era bajito y medio calvo.

– Solo he recibido una clase -le contestó ella pensando que con eso lo disuadiría.

Pero él le prometió que no harían nada demasiado complicado, y Ashling tuvo que ceder. Era como conducir un coche. Estabas estático, y de pronto empezabas a moverte suavemente, solo porque habías hecho algo con los pies. Adelante y atrás, avanzando y retrocediendo; él la lanzó lejos de sí, y ella regresó suavemente y, sin perder el compás, inició de nuevo el baile, adelante y atrás, moviéndose con una fluidez asombrosa. Ashling empezó a imaginarse lo que se sentiría cuando sabías hacerlo bien.

– Muchas gracias -le dijo el individuo cuando hubieron terminado.

– ¿Podemos irnos ya? -preguntó Joy secamente cuando Ashling regresó a su asiento-. Qué manera más tonta de perder el tiempo. Aquí no hay ni un solo hombre que valga la pena. Tanto rollo para dar cuatro pasos de baile con un enano calvo.

– Va, por favor, solo cinco minutos -suplicó Joy-. No sé a qué atenerme con el Hombre Tejón, y estoy segura de que vendrá a la fiesta. Por favor.

– Cinco minutos. Lo digo en serio, Joy. Ni un minuto más.

La fiesta, como la mayoría de las fiestas de estudiantes de Dublín, se celebraba en Rathmines, en un edificio georgiano de cuatro plantas de ladrillo rojo reformado para dar cabida a trece diminutos pisos de extraña distribución. Tenían, eso sí, los techos altos, los detalles arquitectónicos de época, la pintura desconchada y el insoportable olor a humedad de rigor.

La primera persona a la que vio Ashling en cuanto entró en el piso fue al tipo entusiasta que le había pasado aquella nota en la que había escrito” LLAMEZ-MOI”.

– Mierda -dijo por lo bajo.

– ¿Qué pasa? -preguntó Joy quedamente, temiendo que Ashling hubiera visto al Hombre Tejón dándose el lote con otra chica.

– Nada.

– ¡Allí está! -exclamó entonces.

Su presa estaba apoyada contra la pared (lo cual era muy arriesgado en aquellos pisos remodelados). Joy soltó amarras y fue para allá. Al verse sola, Ashling le dedicó a Llamez-moi una sonrisita de disculpa. Pero en lugar de ahuyentarlo, la sonrisa lo lanzó rápidamente hacia ella.

– No me llamaste -la acusó.

– Mmmm. -Ashling intentó componer otra sonrisa mientras se apartaba disimuladamente de él.

– ¿Por qué?

Ashling abrió la boca dispuesta a enumerar una larga lista de mentiras. Perdí el papel, soy sordomuda, hubo un tifón en Stephen's Street y se 'cortaron las comunicaciones telefónicas…, pero se le ocurrió una mejor.

– No sé francés -dijo, triunfante. Era una excusa infalible, ¿no?

Él sonrió con tristeza, como sonríe quien ha comprendido que no interesa.

– Estoy segura de que eres muy simpático y todo eso -se apresuró a añadir Ashling, que no quería hacerle ningún daño-. Pero no te conocía de nada, y…

– Pues si no me llamas, nunca me conocerás -señaló él con simpatía.

– Sí, pero… -Entonces se le ocurrió algo-. Tradicionalmente el hombre le pide el número de teléfono a la mujer, y luego la llama, ¿no?

– Intentaba ser un hombre liberado. Pero tienes razón. ¿Me das tu número?

Tiene pecas, pensó ella mientras se preguntaba cómo iba a salir de aquel atolladero. No quería darle su número de teléfono a un tipo entusiasta con pecas. Pero él ya había sacado su bolígrafo y la miraba con interés y ternura. Ashling se tragó la rabia que le daba verse en aquella situación.

– Seis, siete, siete, cuatro, tres, dos…

Vaciló antes de pronunciar la última cifra. ¿Y si decía «dos» en lugar de «tres»? El momento se alargaba eternamente.

– Tres -dijo al fin, exhalando un suspiro.

– Y ¿cómo te llamas? -Su sonrisa destellaba en la penumbra de la habitación.

– Ashling.

¿Cómo se llamaba él? Seguro que tenía algún nombre estúpido. Cupido, o algo así.

– Valentina -dijo él-. Marcus Valentina. Te llamaré.

A Ashling no le cupo duda de que lo haría. ¿Por qué los horribles siempre te llamaban y en cambio los fabulosos nunca lo hacían?

Vio a Joy entre la gente, conversando animadamente con el Hombre Tejón. Perfecto: ya podía irse a casa.

– Hasta luego -le dijo a Marcus.

Ella era demasiado mayor para aquellas fiestas de estudiantes. Al salir tropezó con Ted, que iba hablando con una pelirroja con aspecto de muchachito. Sonreía con un aire que Ashling no reconoció: ya no era un rictus jadeante tipo «quiéreme, por favor», sino algo más contenido. Hasta su lenguaje corporal había cambiado. En lugar de ir inclinado hacia delante, iba ligeramente hacia atrás, de modo que la chica tenía que inclinarse hacia él.

– ¿Qué tal, Ted? -Ashling lo saludó dándole un puñetazo en el brazo.

– ¡Ashling! -Ted intentó ponerle la zancadilla.

Intercambiados los saludos, él se dirigió a la pelirroja y dijo:

– Suzie, te presento a mi amiga Ashling.

Suzie la miró con desconfianza y la saludó con un movimiento de la cabeza.

– ¿Tomas algo? -ofreció Ted a Ashling.

– No, no me quedo. Estoy hecha polvo.

Una sombra de indecisión cruzó el delgado rostro de Ted, y de pronto sorprendió a las dos mujeres diciendo:

– Espera un momento. Me voy contigo.

Fuera, en la calle, Ashling le preguntó:

– ¿De qué vas? Esa chica está colada por ti.

– No hay que parecer demasiado interesado.

Ashling sintió una punzada de dolor. Ted y ella se turnaban en el papel de cachorro abandonado. Aquella nueva confianza de Ted había alterado el equilibrio entre ellos dos.

– Además, es una grupi -añadió Ted-. Ya me la encontraré otro día.

Los sábados por la noche era imposible encontrar un taxi libre en Dublín. Los que vivían en barrios alejados intentaban ahorrarse las colas de cuatro horas caminando hacia las afueras con la esperanza de encontrar un taxi que regresara al centro. Lo cual significaba que Ted y Ashling, que vivían en el centro, se cruzaron con un torrente incesante de zombis borrachos que merodeaban por las calles en busca de transporte.

– ¿Cómo te va en el trabajo? -preguntó él al tiempo que esquivaba a otro noctámbulo zigzagueante.

Ashling vaciló un instante y dijo:

– Muy bien, en muchos aspectos. Es interesante. A veces. Cuando no me quedo bizca de fotocopiar comunicados de prensa, claro.

– ¿Has averiguado ya por qué esa chica, Mercedes, se llama como los coches?

– Su madre es española. La verdad es que es muy simpática, cuando consigues hablar con ella -explicó Ashling-. Lo que pasa es que es muy reservada y sumamente pija. Está casada con un tipo forrado de pasta, va con una gente de lo más sofisticado y me da la impresión de que se toma el trabajo como un hobby. Pero no me cae mal.

– Y ¿cómo te llevas con el jefe, el que no te tragaba?

A Ashling se le hizo un nudo en el estómago.

– Sigue sin tragarme. Ayer me llamó Doña Remedios porque le ofrecí dos Anadins para el dolor de cabeza.

– Menudo gilipollas. A lo mejor fuisteis enemigos en una vida anterior y por eso ahora no os lleváis bien.

– ¿Tú crees? -exclamó Ashling. Entonces miró a Ted, que sonreía con burla-. Ah, no. Me tomas el pelo. Hombre de poca fe. La próxima vez que quieras que te lean el futuro, no acudas a mí.

– Lo siento, Ashling. -Le puso un brazo sobre los hombros-. Bueno, esto te animará. El sábado que viene voy a actuar en el River Club. ¿Vendrás a verme?

– ¿No acabo de decirte que no voy a predecir tu futuro? Tendrás que esperar para saberlo.

13

El lunes por la mañana Craig seguía a su madre por la habitación, lloriqueando: «¿Por qué ordenas?». Clodagh recogió unas medias enmarañadas y las metió en el cesto de la ropa sucia; luego se lanzó sobre la montaña de ropa que había en la silla del dormitorio, agitando los brazos y guardando jerséis en los cajones, colgando batas en los colgadores y, tras un breve momento de duda en que estuvo a punto de derrumbarse, metiendo todo lo demás debajo de la cama.

– ¿Viene la abuela Kelly? -insistió Craig.

Estaba convencido de que la respuesta sería afirmativa: aquel frenesí solía ir seguido, poco después, de una visita de la madre de Dylan.

– No.

Craig corrió detrás de Clodagh, que entró, como el demonio de Tasmania, en el cuarto de baño en suite y se puso a limpiar el retrete con la escobilla.

– ¿Por qué? -preguntó Craig.

– Porque va a venir la señora de la limpieza -contestó su madre entre dientes, molesta por la estupidez de la pregunta.

– Corre, Molly -gritó Clodagh mientras se dirigía hacia el cuarto de Molly, con sus grecas de elefante-. Flor llegará en cualquier momento.

No soportaba la idea de quedarse en casa mientras Flor hacía su trabajo. Y no únicamente porque a Flor solo le interesaba hablar de su útero, sino porque la sola presencia de Flor la hacía sentirse horriblemente explotadora y burguesa. Clodagh era joven y gozaba de buena salud: el hecho de que una mujer de cincuenta años con problemas en el aparato genital le limpiara la casa era inexcusable.

Había intentado quedarse en casa un par de veces mientras Flor hacía las tareas del hogar, pero solo consiguió sentirse como una forajida en su propia casa. Cada vez que entraba en una habitación, Flor llegaba unos segundos más tarde, rodeada de aspiradoras y venas varicosas, y Clodagh nunca sabía muy bien qué decir.

– Esto… -Esbozaba una sonrisa nerviosa y añadía-: Bueno, creo que te estorbo…

– Qué va -insistía Flor-. No te muevas de donde estás.

En una ocasión, solo una, Clodagh hizo caso a Flor y, muerta de vergüenza, se sentó a hojear una revista de decoración mientras Flor bufaba y resoplaba con el aspirador alrededor de sus pies.

Flor cobraba cinco libras por hora. El sentimiento de culpa obligaba a Clodagh a pagarle seis. Se sentía tan incómoda en su presencia que no soportaba verla siquiera, y siempre se las apañaba para marcharse antes de que llegara la asistenta.

– Molly -gritó mientras bajaba la escalera-. ¡Date prisa!

En la cocina, sin quitarle el ojo al reloj de pared, cogió el bloc de muestras de papel pintado y le escribió una nota a Flor en el dorso de una. Dibujó una aspiradora (un rectángulo del que salía un cable). Luego dibujó unos cuantos cuadrados y lluvia que caía encima de ellos. A continuación dibujó dos flechas: una señalaba el montón de camisas que había encima de la mesa, y la otra, la gamuza y la botella de Don Limpio que había junto a las camisas.

Así Flor sabría que Clodagh quería que pasara el aspirador, que fregara el suelo de la cocina, que planchara la ropa y que quitara el polvo.

¿Algo más? Clodagh dio un rápido vistazo alrededor. Eso, el gato de los vecinos. No quería que Flor lo dejara entrar como había hecho la semana anterior. Tiddles Brady se había puesto tan cómodo en su casa que cuando llegó Clodagh se lo encontró prácticamente sentado en el sofá viendo la televisión con el mando a distancia en la pata. Y cuando Molly y Craig lo vieron, se enamoraron de él y montaron un escándalo cuando su madre lo echó de casa sin miramientos. Así que dibujó un círculo (la cara) encima de otro círculo más grande (el cuerpo), y terminó el rápido retrato de Tiddles dibujando las orejas y los bigotes.

– Dame un lápiz rojo -le ordenó a Molly.

Molly regresó obediente y le dio a su madre un lápiz amarillo sin punta y un muñeco de goma.

– ¡Ay! Ya voy yo. Si quieres hacer algo bien, tienes que hacerlo tú misma.

Sin parar de murmurar, Clodagh hurgó en la caja de lápices hasta encontrar el lápiz rojo, y entonces (no sin satisfacción) trazó una gran X roja encima del gato. ¿Lo captaría Flor?

Una vez terminado el último dibujo, Clodagh suspiró profundamente. Le encantaría tener una mujer de la limpieza que supiera leer. Había tardado semanas en darse cuenta de que Flor era analfabeta. Al principio le dejaba todo tipo de complicadas notas, pidiéndole a la asistenta que hiciera determinadas cosas, como sacar la ropa de la lavadora cuando terminara el ciclo, o descongelar el congelador. Flor nunca obedecía las órdenes, y aunque Clodagh se pasaba las noches en vela, furiosa, estaba demasiado avergonzada como para leerle la cartilla. Pese a los problemas que le causaba, no quería perderla. Las mujeres de la limpieza eran dificilísimas de conseguir. Hasta las que no valían nada.

Además Clodagh no tenía fe en su capacidad para imponer su autoridad en aquella situación. Se imaginaba a sí misma intentando amonestar a Flor con una voz temblorosa que denotaba falta de convicción: «Mire, buena mujer, esto no funciona así».

Al final obligó a Dylan a llegar tarde al trabajo una mañana para poder vérselas con Flor. Y, como era de esperar, ella se confesó a Dylan, que era la compasión personificada. Dylan tenía eso que llaman mano izquierda con la gente. Y fue él quien sugirió que Clodagh le dibujara las instrucciones.

Entre el sentimiento de culpa y los dibujos que tenía que hacer, casi habría resultado más fácil que Clodagh hiciera ella misma las tareas domésticas. Casi, pero no del todo. Porque pese a los inconvenientes que planteaba Flor, una vez superada la tensión, Clodagh saboreaba aquella mañana a la semana. Ocuparse de la casa era como pintar el puente Forth, pero peor. Nunca tenía las cosas al día, y en cuanto terminaba de limpiar algo había que volverlo a limpiar. En cuanto había fregado el suelo de la cocina… ¡No, un momento! Incluso mientras estaba limpiando el suelo de la cocina, los niños entraban con sus zapatos, dejando gruesas huellas de barro sobre las impecables baldosas. Y el cesto de la ropa sucia parecía el cuerno de la abundancia. Después de poner tres lavadoras y haber lavado y planchado hasta la última prenda que quedara sucia en la casa, a su saber, su apacible resplandor de satisfacción desaparecía en cuanto entraba en el dormitorio, pues el cesto de la ropa sucia, que había vaciado solo unos minutos antes, volvía a estar misteriosamente lleno a rebosar.

Al menos no tenía que ocuparse del jardín. No porque estuviera cuidado. Al revés: era un caos cubierto de barro, el césped estaba pelado y era escaso porque los niños lo pisaban constantemente, y debajo del columpio había un enorme círculo sin apenas una brizna. Pero estaba eximida de ocuparse de él hasta que Molly y Craig se hicieran mayores. Menos mal. Había oído contar espantosas historias de terror relacionadas con jardineros.

Después de varios intentos abortados (Molly quería ponerse el sombrero, Craig tuvo que volver a entrar porque se había olvidado el Buzz Lightyear), Clodagh los metió a ambos apresuradamente en el Nissan Micra. En cuanto introdujo la llave en el contacto, Molly gritó:

– ¡Pipí!

– Pero si acabas de hacer uno. -La exasperación de Clodagh estaba agravada por el temor a encontrarse con Flor.

– ¡Más pipí!

Hacía poco tiempo que Molly no llevaba pañales, y la novedad de su recién adquirida habilidad todavía duraba.

– Está bien. Vamos a hacer pipí. -Clodagh la sacó de la sillita del coche y la llevó rápidamente a casa, desconectando previamente la alarma que acababa de conectar.

Como era de esperar, pese a las forzadas muecas y las promesas de «Ya sale» Molly no pudo hacer pipí. Volvieron al coche y por fin consiguieron marcharse.

Después de dejar a Craig en el colegio, Clodagh no sabía adónde ir. Los lunes solía dejar a Molly en la guardería y luego se iba un par de horas al gimnasio. Pero hoy no podía hacerlo. Habían expulsado a Molly una semana por morder a otro niño, y en el gimnasio no había servicio de guardería infantil. Clodagh decidió ir al centro a mirar tiendas hasta que no corriera peligro volviendo a casa. Hacía un día soleado, y madre e hija pasearon lentamente por Grafton Street, deteniéndose, ante la insistencia de Molly, para acariciar el perro de un niño mendigo, admirar un tenderete de flores y bailar al son de un violinista callejero. Los transeúntes sonreían indulgentes a la hermosa Molly, tan mona y graciosa con su gorra de cazador de felpa rosa intentando imitar a los bailarines de Riverdance.

Siguieron paseando, y a Clodagh se le caía la baba mirando a su hija. Molly era tan graciosa, con sus andares de brigada, desfilando con el pecho inflado, deteniéndose para charlar con todos los niños con que se cruzaba. Clodagh admitió, pensativa, que no siempre resultaba fácil ser madre. Pero a veces, como ahora, no cambiaría su vida por nada.

El vendedor de periódicos se quedó mirando sin disimulo a aquella mujer menuda y curvilínea que arrastraba a una niñita.

– ¿Herald? -le ofreció con optimismo.

Clodagh lo miró con pesar.

– ¿Para qué? -explicó-. No tengo tiempo para leer el periódico desde 1996.

– En ese caso no vale la pena que lo compre -coincidió el vendedor de periódicos, admirando el trasero de Clodagh mientras esta se alejaba.

Ella sabía que aquel hombre la estaba observando, y sorprendentemente eso le gustó. Su descarada y pícara mirada le trajo recuerdos de cuando los hombres la miraban siempre de ese modo. Parecía como si de eso hubiera pasado mucho tiempo; tanto que era como si le hubiera ocurrido a otra persona.

Pero ¿qué estaba haciendo? ¿Emocionarse porque un vendedor de periódicos le hacía ojitos?

«Estás casada», se recordó.

«Sí -replicó inmediatamente con ironía-, casada en vida.»

Tardaron una hora y media en llegar al Stephen's Green Centre, paseando tranquilamente, y, si Clodagh no había calculado mal, ya tocaba pelea. En efecto, como Clodagh no quiso comprarle un segundo helado a Molly, a la niña le dio, puntualmente, la madre de todos los berrinches. Parecía estar sufriendo un ataque epiléptico: se tiró al suelo, pataleando, golpeándose la cabeza contra las baldosas, gritando palabrotas. Clodagh intentó levantarla, pero Molly se retorcía como un pulpo. «¡Te odio!», gritaba, y aunque Clodagh estaba muerta de vergüenza, se controló para hablar con voz queda, asegurándole a Molly que si se comía otro helado tendría dolor de barriga, y prometiéndole que si no se levantaba inmediatamente y se portaba como una niña mayor, la mandaría a la cama una hora antes de lo estipulado durante toda la semana.

Pasaron varias madres cargadas de niños, de esas que pegan a sus hijos por turnos sin ningún reparo. «¡Jason (¡paf!), deja en paz a Tatuara! (¡zas!) ¡Zoe! (¡pam!) ¡Si te vuelvo a pillar en Brooklyn te mato! (¡pum!).» Aquellas mujeres se burlaban con sus desdeñosas miradas de los principios liberales de Clodagh. «Lo que necesita esa mocosa es un buen cachete», parecían decir aquellas enteradas de la vieja escuela. «¡A la cama temprano! ¡Menuda chorrada! Si quieres demostrarle quién manda, pégale un buen coscorrón. Ese es el único lenguaje que entienden.»

Clodagh y Dylan habían decidido no pegar nunca a sus hijos. Pero cuando Molly empezó a pegarle patadas a su madre, sin dejar de gritar, Clodagh no pudo evitarlo: levantó a la niña del suelo y le dio una palmada en la pierna. Fue como si de pronto todo Dublín hubiera enmudecido. Aquellas madres versadas en el arte de imponer la autoridad por la fuerza habían desaparecido, y Clodagh se convirtió en el centro de las miradas acusadoras de los transeúntes. Todo el mundo a su alrededor tenía pinta de trabajar en la oficina de Protección del Menor.

Enrojeció de vergüenza. ¿Cómo se le ocurría agredir a una niñita indefensa? ¿Qué le estaba pasando?

– Vamos.

Cogió a la enfurecida Molly de la mano y tiró de ella, abrumada por la marca que su mano había dejado en la tierna piernecita de Molly. Para reparar el daño, Clodagh le compró inmediatamente a Molly el helado por el que se había armado el jaleo, confiando en que así habría paz durante el rato que Molly tardara en comérselo.

Solo que el helado empezó a derretirse, y a Clodagh le pidieron que saliera de la tienda de tejidos cuando Molly rozó cuidadosamente con su cucurucho un rollo de muselina para cortinas, dejando en él una gruesa franja blanca. La mañana se había estropeado, y, mientras le limpiaba la barba de Papá Noel de helado a Molly, Clodagh no pudo evitar pensar que antes la vida tenía más brillo, una especie de resplandor dorado. Ella siempre había afrontado el futuro con optimismo, convencida de que lo que le deparaba sería bueno. Y el futuro nunca la había decepcionado.

Clodagh nunca había sido exageradamente exigente, nunca le había pedido nada imposible a la vida, y siempre había conseguido lo que quería. En teoría todo era perfecto: tenía dos hijos sanos, un buen marido, no tenía preocupaciones económicas. Sin embargo, últimamente todo se había teñido de una monotonía implacable. De hecho, hacía ya tiempo que tenía esa impresión. Intentó recordar cuándo había empezado y, como no pudo, le entró miedo y se puso a sudar. La idea de que aquel modo de pensar cristalizara en algo permanente resultaba aterradora. Ella era, por naturaleza, una persona feliz y sin complicaciones: eso resultaba evidente si se comparaba con la pobre Ashling, que siempre estaba hecha un lío por todo.

Pero algo había cambiado. No hacía mucho tiempo, Clodagh estaba llena de esperanza y optimismo. ¿Qué había pasado? ¿Qué había salido mal?

14

– ¿Diez Lilt o Purdeys? -reflexionó Ashling-. No lo sé.

– Pues decídete rápido -dijo Trix con el bolígrafo suspendido sobre la libreta de espiral-. Si no te das prisa van a cerrar la tienda.

Aunque llevaban menos de dos semanas trabajando juntos, el equipo de Colleen ya había establecido una rutina. Dos veces al día bajaban a la tienda, por la mañana y por la tarde. Independientemente de la incursión de la hora de comer y la incursión para remediar las resacas.

– Oh, oh… -dijo Trix-. Ya viene Heathcliff.

Jack Devine entró a grandes zancadas en la oficina, despeinado y con gesto atribulado.

– No sé, no me decido -se lamentó Ashling sin saber qué bebida elegir.

– Pues claro que no te decides -le espetó Jack sin detenerse-. ¡Eres una mujer!

Cerró la puerta de su despacho de un portazo. Los compañeros de Ashling sacudieron la cabeza, solidarizándose con ella.

– La comida de reconciliación con Mai no ha surtido efecto -observó Kelvin meneando un dedo con varios anillos.

– Qué hombre tan atormentado. -Shauna Griffin interrumpió la corrección de pruebas del ejemplar de aquel verano de Punto Gaélico y, con voz temblorosa, añadió-: Tan guapo y sin embargo tan inalcanzable, tan desgraciado.

Shauna Griffin era una rubia altísima con un asombroso parecido con el Honey Monster. Siempre sobrepasaba la dosis recomendada de Mills & Boons.

– ¿Desgraciado? -ironizó Ashling-. ¿Jack Devine desgraciado? Lo que pasa es que tiene mal genio.

– Es el primer comentario malvado que te oigo -exclamó Trix con voz quebrada-. Felicidades. ¡Sabía que podías! Ya lo ves, se trata simplemente de proponérselo.

– Diez Lilt -repuso Ashling-. Y una bolsa de botones de chocolate.

– ¿Blancos o marrones?

– Blancos.

– La pasta.

Ashling le dio una libra, Trix lo anotó todo en su lista y pasó al siguiente.

– ¿Y tú, Lisa? -preguntó con adoración-. ¿Te apetece algo?

– ¿Hummm? -Lisa dio un respingo. Estaba en la luna.

Jack se había enterado de que todavía no había encontrado casa, y después del trabajo iba a llevarla a ver la de un amigo suyo que estaba en alquiler. Lisa temía que Jack volviera con Mai después de comer, pero al parecer el camino estaba despejado… -¿Cigarrillos? -preguntó Trix-. ¿Chicle sin azúcar?

– Sí, cigarrillos.

La puerta volvió a abrirse y salió Jack, con aspecto un tanto consternado. Trix volvió de un salto a su mesa y, con un estudiado movimiento de la muñeca, abrió su cajón, guardó en él sus cigarrillos y volvió a cerrarlo. Jack se paseó entre las mesas, sin que nadie se atreviera a mirarlo. Los que pudieron escondieron sus paquetes de cigarrillos empujándolos despacio y tapándolos con algo. Lisa tenía una cajetilla de Silk Cut abierta junto al ratón del ordenador, pero aunque Jack vaciló un momento y parecía que iba a detenerse, volvió a acelerar y pasó de largo. Todos se estremecieron. Entonces Jack llegó junto a Ashling y se detuvo, y el resto de los empleados suspiraron disimuladamente. Estaban a salvo, al menos durante un rato.

Contra su voluntad, Ashling levantó la cara y miró a Jack. Él inclinó la cabeza, sin decir nada, señalando el paquete de Marlboro de Ashling. Ella asintió con cautela, maldiciendo su docilidad. Jack era muy antipático con ella, y sin embargo solo a ella le gorreaba cigarrillos. Era evidente que llevaba la palabra «gilipollas» escrita en la frente.

Sin apartar sus penetrantes ojos del rostro de Ashling, Jack rodeó el filtro del cigarrillo con los labios, como hacía siempre, y extrajo lenta y suavemente el cigarrillo del paquete. Ashling, temblorosa, le pasó la caja de cerillas, cuidando de no tocarle la mano. Sin dejar de mirarla, él encendió una cerilla, acercó la llama al cigarrillo y luego la apagó. Inclinó el cigarrillo hacia arriba y dio una calada.

– Gracias -murmuró.

– ¿Cuándo piensas empezar a comprarte tabaco? -preguntó Trix, ahora que los suyos estaban a salvo, al menos de momento-. Es evidente que no puedes dejar de fumar. Y no es justo: tú debes de ganar muchísimo más que Ashling, y aun así no paras de gorrearle.

– Ah, ¿sí? -dijo él, sorprendido. Miró a Ashling, que se encogió en el asiento-. Lo siento. No me había dado cuenta.

– No pasa nada -murmuró ella.

Jack volvió a su despacho y Kelvin comentó con sequedad:

– Seguro que está ahí dentro dándose bofetadas por explotar a los trabajadores gorreándoles cigarrillos. Jack Devine, héroe de la clase trabajadora.

– Aspirante a héroe de la clase trabajadora, diría yo -le corrigió Trix con desdén.

– ¿Por qué lo decís? -Ashling no pudo contener la curiosidad.

– Porque le encantaría ser un humilde artesano, y ganarse el pan con el sudor de la frente. -El desprecio que Trix sentía por aquellas modestas aspiraciones era casi tangible.

– El problema -explicó Kelvin- es que nació en el seno de una familia de clase media, donde lo cargaron con todo tipo de ventajas. Estudios, por ejemplo. Luego se sacó un máster en comunicación. Más adelante -prosiguió bajando la voz- empezó a mostrar excelentes dotes para la dirección.

– Y eso lo atormenta -terció Trix exhalando un suspiro-. Estoy segura de que le corroen los remordimientos. Por eso siempre se ofrece para arreglar lo que sea. Y por eso tiene tantos hobbies de macho.

– ¿Qué hobbies de macho?

– Pues no sé… Hace vela, por ejemplo. No me dirás que eso no es de macho -contestó Trix.

– Sí, pero no es muy de clase trabajadora, ¿no? Beber cerveza, eso sí es de macho -aportó Kelvin-. Y tirarse a mujeres medio vietnamitas. Eso también es de macho.

Ashling se acercó sigilosamente a Lisa.

– ¿Puedo hacerte una pregunta?

– No, gracias -respondió Lisa sin levantar siquiera la cabeza-. Esta noche no quiero ir a tomar nada contigo y con Trix o con tu amiga Joy, ni con nadie más. Ni esta noche ni ninguna otra.

Hubo risitas generalizadas, para satisfacción de Lisa.

– No era eso lo que iba a preguntarte. -Ashling se puso colorada de vergüenza. Lo único que intentaba era ser simpática con una persona que acababa de llegar a Dublín, pero Lisa hacía que pareciera como si Ashling tuviera otras intenciones-. Es una pregunta relacionada con el trabajo. ¿Por qué no incluimos un consultorio diferente?

– Y ¿en qué consiste la diferencia, Einstein?

– Las preguntas podría contestarlas un vidente en lugar de un psicólogo.

Lisa se quedó pensativa. No era mala idea. Muy acorde con los tiempos, ahora que todo el mundo andaba buscando un elemento espiritual para solucionar sus problemas. Ella no creía en aquellas bobadas: era de la opinión de que su felicidad dependía de ella misma; pero no había ningún motivo para no vendérselo a las masas.

– No está mal -dijo.

El alivio calmó el dolor que a Ashling le había producido la brusca respuesta de Lisa. En el poco tiempo que llevaba trabajando en Colleen, la atormentaba una constante ansiedad respecto a su falta de ideas. Entonces Ted le sugirió que pensara en lo que a ella le gustaría encontrar en una revista, y de pronto se le disparó la imaginación. Cualquier cosa relacionada con el tarot, el reiki, el feng shui, la interpretación de los sueños, los ángeles, las brujas y los hechizos despertaba su interés.

La puerta del despacho de Jack volvió a abrirse, y todos se abalanzaron sobre sus paquetes de tabaco para protegerlos.

– Lisa -dijo Jack-. ¿Podemos hablar un momento?

– Claro. -Se levantó con elegancia de la silla, preguntándose de qué querría hablar Jack con ella. Quizá la invitaría a salir.

Su emoción aumentó cuando Jack le pidió que cerrara la puerta. Y se evaporó cuando, contrito, dijo:

– Tengo que darte una mala noticia. -Hizo una pausa; su hermoso rostro denotaba un profundo desasosiego.

Adelante -dijo Lisa fríamente.

– La publicidad no tira -dijo él sin andarse con rodeos-. Apenas tenemos anunciantes. Solo hemos conseguido… -consultó el memorándum que tenía encima de la mesa- un doce por ciento de lo programado.

Lisa sintió subir el miedo. Era la primera vez que le pasaba aquello. Cuando era directora de Femme, aunque siempre habían negociado los precios, los diseñadores de moda y las empresas de cosméticos siempre se mataban para conseguir anuncios a toda página. Y, como saben todos los que trabajan en revistas, los ingresos generados por la venta de anuncios superan con mucho los obtenidos por la venta de ejemplares. Al menos así es como debería ser. Si no se puede convencer a las empresas de que determinada publicación es el vehículo más adecuado para anunciar su producto, esta se viene abajo. El pánico la embargó. ¿Cómo iba a superar el fracaso de una revista que ni siquiera llegó a ver la luz?

– Estamos empezando -se aventuró a decir.

Jack no tuvo más remedio que sacudir la cabeza. No estaban empezando; ambos lo sabían. Antes de que llegara el personal de dirección de Colleen, Margie se había pasado más de un mes haciendo trabajos de preproducción: los anunciantes interesados habían tenido tiempo de sobra para contratar espacio para publicidad. Lisa se sentía humillada. Quería que aquel hombre la respetara y deseara, y en cambio no tendría más opción que considerarla una fracasada.

– Pero ¿es que no saben…? -dijo sin poder contenerse.

– No saben ¿qué?

Intentó replantear la pregunta, pero no pudo.

– ¿No saben que yo soy la directora?

– Tu nombre tiene mucho peso -comentó Jack con diplomacia, y Lisa se tranquilizó un poco al ver lo mal que también lo estaba pasando él-. Pero el mercado es nuevo, el público es nuevo, no hay trayectoria…

– Me habías dicho que Margie era un rottweiler. Que era capaz de convencer a Dios para que pusiera un anuncio. -En caso de duda, lo mejor era culpar a otra persona. Aquel era un lema que a Lisa siempre le había funcionado en su carrera.

– Margie es una fiera vendiendo publicidad a las empresas irlandesas. Pero la oficina de Londres está trabajando con empresas de cosmética y de moda internacionales: ¿Cómo estamos? ¿Qué artículos tenemos preparados? Tenemos que lanzarle un par de huesos a la oficina de Londres, para que ellos se los enseñen a los anunciantes en potencia.

Lisa adoptó una máscara de impasibilidad mientras rebuscaba en su mente. ¡Artículos preparados! No llevaba ni dos semanas en aquel maldito empleo, la habían metido en un berenjenal) y estaba en un país que no conocía. Se había dejado la piel intentando controlar la situación, ¡y ya querían saber qué artículos tenía preparados!

– Aunque sea por encima -añadió Jack con desgarradora sutileza-. Perdona que te haga esto.

– ¿Por qué no vamos todos a la sala de juntas y celebramos una reunión de análisis? -propuso Lisa, que notaba un ligero temblor en las piernas.

Y pensar que todo el mundo creía que dirigir una revista era un trabajo de lo más sofisticado. Era un trabajo aterrador que te producía insomnio, en el que nunca había un respiro, y en el que nunca podías estar seguro de nada. Se trataba únicamente de hacer que te salieran los números cada mes. Y en cuanto lo habías conseguido, tras pasar unos nervios de muerte y quedar agotado, tenías que volver a empezar desde cero. Eras un vendedor con pretensiones, sencillamente. En un intento de demostrar dinamismo, salió del despacho de Jack, pero tenía las piernas entumecidas y el bigote perlado de sudor.

– ¡Todos a la sala de juntas! ¡Ahora mismo!

Los que no trabajaban en Colleen rieron por lo bajo, felices de haberse librado de una bronca.

– Muy bien. -Lisa ganó un poco de tiempo recorriendo la mesa de la sala de juntas con una sonrisa aterradora-. A Jack y a mí nos gustaría que nos explicarais qué habéis hecho estas dos semanas. ¿Ashling?

– He enviado comunicados de prensa a todas las casas de diseño y…

– ¿Comunicados de prensa? -repitió Lisa con sarcasmo-. ¿No da para nada más tu talento ilimitado?

Trix, Gerry y Bernard, conscientes de sus deberes, soltaron una risita.

– ¿Acaso van a pagar nuestros clientes dos libras cincuenta para leer los comunicados de prensa de Colleen? ¡Artículos, Ashling! ¡Estoy hablando de artículos! ¿Qué tienes?

Apabullada por aquella agresividad, Ashling presentó su informe sobre el club de salsa. Mientras describía la clase, al profesor y a los otros alumnos, Lisa se relajó un poco. Aquello ya estaba mejor. Animada por los movimientos afirmativos que Lisa iba haciendo con la cabeza, Ashling describió el ambiente que había en el club después de la clase.

– Era fantástico. Bailaban a la antigua, con mucho contacto físico. La verdad es que era muy… -Vaciló un momento; no estaba segura de que fuera oportuno utilizar aquella palabra estando presente Jack Devine. Jack la hacía sentir tremendamente incómoda-. Muy sexy -se decidió por fin.

– ¿Y el factor romance? -preguntó Lisa centrando el tema-. ¿Conociste a algún chico?

Ashling se moría de vergüenza, pero admitió:

– Bueno, bailé con uno…

Los demás se pusieron a chillar, peleándose por conseguir más detalles, mientras Jack Devine observaba a Ashling con los ojos entrecerrados.

– Solo fue un baile -protestó Ashling-. Ni siquiera me preguntó cómo me llamaba.

– Hiciste fotografías del club -dijo Lisa. No era una pregunta. Ashling asintió, y Lisa añadió- Haremos un artículo a cuatro páginas. Dos mil palabras, cuanto antes. Que sea distraído.

Un sudor frío se apoderó de Ashling; habría dado cualquier cosa por seguir trabajando en Woman's Place. Ella no sabía escribir. Su punto fuerte era el trabajo aburrido; era muy buena en eso, y esa era una de las razones por las que Co/leen la había contratado. ¿No podía escribirlo Mercedes, o algún colaborador freelance?

– ¿Algún problema? -preguntó Lisa torciendo la boca con sarcasmo.

– No -susurró Ashling. Pero se le retorcieron las tripas de angustia, y se dio cuenta de que estaba con el agua al cuello. Tendría que pedirle ayuda a Joy. O quizá a Ted: él tenía que redactar muchos informes para su trabajo en el Ministerio de Agricultura.

El siguiente punto del orden del día era la columna de Trix sobre la vida de una chica corriente. El primer artículo versaba sobre los peligros de la infidelidad. Sobre lo comprometido que era estar en la cama con un novio y que otro llamara a la puerta de tu casa y que tu madre lo dejara entrar. Era divertido, escandaloso y completamente verídico.

– Madre mía, Patricia Quinn -dijo Jack sacudiendo la cabeza, admirado-. Ahora me doy cuenta de que siempre he vivido protegido de la realidad de la vida.

– No se lo recomiendo a nadie -exclamó Trix-. Aquel desgraciado con mi madre en el salón, mirando Heartbeat, y yo atrapada en el dormitorio con el otro, inventándome excusas para no salir. Envejecí diez años.

– Entonces, ¿con cuántos te quedaste? ¿Con veinticinco? -dijo Jack riendo abiertamente.

Ashling lo miró con asombro y frustración. «¿Por qué siempre es tan antipático conmigo? -pensó-. ¿Por qué a mí nunca me ríe las gracias?» Llegó a la conclusión de que a lo mejor se trataba sencillamente de que ella no era graciosa; entonces se fijó en el rostro de Lisa. Una determinación que brillaba con luz tenue y una profunda admiración. Ashling se dio cuenta de que a Lisa le gustaba Jack, y se le hizo un nudo en el estómago. Si había alguien capaz de apartar a Jack Devine de la exótica Mai, esa era Lisa. ¿Cómo sentía una mujer que detentaba ese poder?

A continuación Lisa expuso el proyecto de un artículo que se le acababa de ocurrir. Un recorrido por las camas de hotel más sexy de Irlanda. Clasificadas según la frescura de las sábanas, la firmeza del colchón, el espacio para follar, y el «factor esposas» (lo mejor eran los cabeceros de hierro forjado o los postes de las camas con dosel).

– ¡Ostras! No sé cuánto te pagan, pero desde luego lo vales -comentó Trix con admiración.

– ¿Y tú, Mercedes? -prosiguió Lisa.

– El viernes vamos a Donegal para fotografiar en exclusiva la colección de invierno de Frieda Kiely -contestó Mercedes con aire de suficiencia-. Hemos calculado que saldrán unas doce páginas.

Frieda Kiely era una diseñadora irlandesa que vendía mucho en el extranjero. Sus creaciones eran magníficas, muy originales: mezclaba el rugoso tweed irlandés con el más liviano chiffón; el lino del Ulster con parches de seda tejida al crochet; mangas de punto que llegaban hasta el suelo. El resultado era romántico y atrevido. Demasiado atrevido para el gusto de Lisa. Puestos a pagar aquellos precios (cosa que ella jamás haría, por supuesto), prefería las líneas elegantes del señor Gucci.

– ¿No podríamos incluir una entrevista con la diseñadora? -sugirió Lisa.

Mercedes rió y dijo:

– Qué va. Está completamente chiflada. Solo dice tonterías.

– Precisamente por eso -le espetó Lisa-. Podría resultar una lectura interesante.

– No te imaginas cómo es esa mujer…

– Vamos a presentar su colección de invierno; lo mínimo que puede hacer es contarnos lo que toma para desayunar.

– Es que…

– Sorpréndeme -dijo Lisa con chispa, parodiando a Calvin Carteo. Quizá Mercedes lo hubiera encontrado gracioso, de haberlo sabido, pero como no lo sabía, se limitó a lanzarle una breve mirada de odio a su jefa.

– ¿Cómo va la portada? -preguntó Jack a Gerry.

Lisa los miró con inquietud. Gerry era tan callado que ella no le hacía ningún caso, de modo que no tenía ni idea de si era bueno en su trabajo. Pero Gerry sacó varios proyectos de portada: tres chicas diferentes recubiertas de texto en diferentes tipos de letra. El tono que había conseguido era considerablemente sexy y divertido.

– Excelente -dijo Jack. Luego miró a Lisa y añadió-: Y ¿qué tal va la columna del famoso?

– Estoy en ello -respondió Lisa sonriendo con soltura. Ni Bono ni The Coros habían contestado sus llamadas-. Pero tengo algo más interesante. Aunque nuestra revista es femenina y nuestro público lo forman en un noventa por ciento mujeres, creo que sería oportuno que Colleen tuviera una columna escrita por un hombre.

Un momento, pensó Ashling, anonadada. Eso fue idea mía… Intentó articular algunos oh y ah, mientras Lisa continuaba hablando alegremente.

– Hay un cómico de micrófono que, según tengo entendido, está a punto de convertirse en una estrella. El caso es que se niega a hacer nada para una revista femenina, pero voy a convencerlo para que ceda.

Zorra, pensó Ashling. ¿Nadie se había dado cuenta?

– Yo… -consiguió decir Ashling al fin.

– ¿Qué? -saltó Lisa, mirándola con aquellos aterradores ojos grises, fríos y duros como canicas.

– Nada -balbuceó Ashling, pues no se le daba nada bien hacer valer sus derechos.

– Será un golpe maestro -añadió Lisa sonriendo a Jack.

– ¿Quién es él?

– Marcus Valentina.

– ¿En serio? Jack estaba muy animado.

– ¿Qui-quién? -preguntó Ashling, que todavía no se había recuperado del primer golpe.

– Marcus Valentina -repitió Lisa con impaciencia-. ¿Has oído hablar de él?

Ashling asintió con la cabeza. Jamás se le habría ocurrido pensar que aquel tipo lleno de pecas estuviera «a punto de convertirse en una estrella». Lisa debía de haberse equivocado. Pero parecía tan segura de lo que decía…

– Actúa el sábado por la noche en un local que se llama River Club -prosiguió Lisa-. Iremos tú y yo, Ashling.

– ¿En el River Club? -Ashling se había quedado casi tan ronca como Trix-. ¿El sábado por la noche?

– Sí -confirmó Lisa, exasperada.

– Mi amigo Ted también actúa allí el sábado -se oyó decir Ashling.

Lisa la miró entrecerrando los ojos.

– ¡No me digas! Estupendo. Así nos lo presentará después de la función.

– Suerte que no tenía ningún plan para el sábado por la noche -comentó Ashling, sorprendiéndose a sí misma con aquella pizca de rebeldía.

– Exacto -coincidió Lisa fríamente-. Suerte.

Mientras todos salían en fila de la sala de juntas, Lisa miró a Jack y le preguntó:

– ¿Qué? ¿Estás contento?

– Eres increíble -dijo él con toda sinceridad-. De verdad. Muchas gracias. Se lo explicaré a la gente de Londres.

– ¿Cuándo lo sabremos?

– Seguramente no antes de la semana que viene. Pero no te preocupes, has tenido unas ideas geniales; supongo que todo irá bien. ¿Te va bien que quedemos a las seis para ir a ver la casa?

Ashling volvió a su mesa dolida y furiosa por la injusticia de que había sido víctima. No volvería a ser amable con aquella zorra. Y pensar que había sentido lástima de ella, por estar sola en un país extranjero. Había intentado perdonarle a Lisa sus continuos y malvados desaires achacándolos a que debía de estar asustada y deprimida. Le avergonzaba reconocerlo, pero a veces Ashling hasta se había reído por lo bajo cuando Lisa insinuaba que Dervla estaba gorda, que Mercedes era peluda, que Shauna Griffin era retrasada mental, o ella misma una pesada. Pero ahora, por ella, Lisa Edwards podría morirse de soledad.

Pegado en su salvapantallas de George Clooney había un post-it con el mensaje de que la había llamado «Dillon». Lo despegó, y la pantalla del ordenador hizo un chisporroteo de electricidad estática. ¿Verdad que no estaban en octubre? Dylan llamaba a Ashling dos veces al año: en octubre y diciembre, para preguntarle qué podía regalarle a Clodagh por su cumpleaños y por Navidades.

Ahhling lo llamó.

– Hola, Ashling. ¿Podemos ir a tomar algo mañana después del trabajo?

– Lo siento, no puedo. Tengo que escribir un artículo muy difícil. Tendrá que ser otro día. ¿Por qué? ¿Qué pasa?

– Nada. Bueno, ya veremos. Tengo que ir a un congreso y estaré unos días fuera. Ya te llamaré cuando vuelva.

15

A las seis y diez Jack se acercó a la mesa de Lisa.

– ¿Estás, Lisa? -le preguntó.

Bajo la silenciosa mirada de sus colegas, ávidos de cotilleo, salieron de la oficina y bajaron al aparcamiento en ascensor.

En cuanto se metieron en el coche, Jack se quitó la corbata y la tiró al asiento trasero; luego se desabrochó los primeros botones de la camisa.

– Así está mejor -dijo, aliviado-. Ponte cómoda -añadió-. Quítate lo que quieras. -Terminó la frase bruscamente, y a continuación hubo un violento silencio. Estaba tan abochornado que Lisa casi percibía su calor-. Perdona -balbució con gravedad-. No quería decir eso.

Se pasó la mano, nervioso, por el desordenado cabello, levantando unas sedosas puntas del flequillo que volvieron a caer rápidamente sobre su frente.

– No pasa nada.

Lisa sonrió- educadamente, pero se le erizó el vello de la nuca. Se imaginó desnudándose en el coche de Jack, con los oscuros ojos de él sobre su cuerpo, y el frescor de los asientos de piel contra su piel caliente, y se estremeció de emoción. Se mordió el labio con determinación y se propuso conseguir que aquella fantasía se hiciera realidad.

Tras un conveniente período de recuperación, y cuando ya circulaban por las calles de Dublín, Jack dijo:

– Bueno, te cuento. Resulta que Brendan se va a trabajar a Estados Unidos. Tiene un contrato de dieciocho meses que quizá se amplíe, así que al menos podrías ocupar su casa durante un año y medio. Después ya veremos lo que pasa.

Lisa asintió sin comprometerse. No importaba, porque ella no pensaba seguir en Dublín pasado un año y medio.

– Está por South Circular Road, una zona muy céntrica -le aseguró Jack-. Es un barrio de la ciudad que conserva mucho carácter. Todavía no está saturado de yuppies.

El ánimo de Lisa inició un leve descenso. Ella se moría de ganas de vivir en un barrio saturado de yuppies.

– Se respira un ambiente muy familiar.

Lisa no quería saber nada de ambientes familiares. Quería estar rodeada de otros solteros y tropezar a cada momento con hombres atractivos en el Tesco Metro del barrio comprando Kettle Chips y Chardonnay. Miró, desanimada, las manos de Jack sobre el volante, y la seguridad con que acariciaban el cuero suavizó un tanto su amargura.

Jack se desvió por una calle secundaria, y luego por otra aún más estrecha.

– Es aquí -anunció señalando a través del parabrisas.

Era una casita de ladrillo rojo. Lisa le echó un vistazo y no le gustó nada. A ella le gustaban las casas modernas y frescas, amplias y aireadas. Aquella casa, en cambio, prometía habitaciones oscuras, cañerías viejas y una cocina poco higiénica con un espantoso fregadero estilo Belfast.

Bajó del coche a regañadientes.

Jack fue hacia la casa, metió la llave en la cerradura, abrió la puerta y se apartó para dejar entrar a Lisa. Tuvo que agachar la cabeza al pasar por el umbral.

– Suelo de madera -comentó ella mirando alrededor.

– Brendan lo hizo instalar hace un par de meses -explicó Jack con orgullo.

Lisa se abstuvo de explicarle que los suelos de madera habían pasado a la historia y que lo que ahora se llevaba eran las moquetas.

– El salón-. Jack la guió hasta una habitación con el suelo de madera de fresno donde había un sofá rojo, un televisor y una chimenea de hierro fundido-. La chimenea ya estaba -aclaró señalándola.

– Hummm. -Lisa detestaba las chimeneas de hierro fundido. ¡Daban un trabajo!

– La cocina -dijo Jack al llegar a la habitación contigua-. Nevera, microondas, lavadora…

Lisa le echó un vistazo. Al menos los armarios eran empotrados y el fregadero era de aluminio, normal y corriente (prefería el riesgo de padecer Alzheimer que vivir en una casa con un fregadero estilo Belfast). Pero su satisfacción se vino abajo cuando vio la mesa de pino con las cuatro robustas sillas rústicas. Recordó con nostalgia la mesa azul turquesa de formica, con ruedas, y las cuatro sillas de tela metálica de su cocina de Ladbroke Grove.

– Me comentó que la caldera no andaba muy fina. Voy a echarle un vistazo-. Jack metió medio cuerpo en un armario y se arremangó la camisa, exhibiendo unos antebrazos bronceados cuyos músculos ondulaban al mover él las manos-. Acércame una llave inglesa que hay en ese cajón, ¿quieres? -dijo señalando con la cabeza.

Lisa se preguntó si aquel alarde de virilidad lo hacía en su honor, pero entonces recordó haber oído decir a Trix que Jack era un manitas, y eso la animó. Siempre había sentido debilidad por los hombres hábiles con las manos, que se manchaban de grasa y llegaban a casa tras una dura jornada de trabajo arreglando aparatos, se bajaban lentamente la cremallera del mono y, con voz sugerente, decían: «Me he pasado el día pensando en ti, cariño». También sentía debilidad por los hombres con sueldo suculento y poder suficiente para ascenderla aunque en realidad ella no se lo mereciera. Creía que la combinación de ambas cosas debía de ser fabulosa.

Jack siguió dando golpes y toqueteando cosas un rato, y luego dijo:

– Por lo visto falta el temporizador. Tendrás agua caliente, pero no podrás programar la caldera. Ya lo solucionaré. Vamos a ver el cuarto de baño.

Curiosamente, el cuarto de baño pasó el examen. Su aseo personal no tenía por qué ser siempre una carrera contrarreloj: no le gustaba ducharse con la esponja de luffa en una mano y un cronómetro en la otra.

– La bañera está muy bien -admitió.

– Sí, y ese pequeño estante que tiene al lado es muy útil -coincidió Jack.

– Suficiente para dos vasos de vino y una vela aromática.

Lisa le lanzó una rápida y sugerente mirada, pero fue en vano. Sintió cierta frustración al ver que Jack pasaba a la siguiente habitación.

– El dormitorio -anunció.

Era más grande y más luminoso que las otras habitaciones, pero aun así adolecía de aquella atmósfera de granja. Había ramitos en las cortinas blancas, que hacían juego con los ramitos del edredón, y madera de pino por todas partes. Cabecero de pino, enorme armario de pino, cómoda de pino.

«Apuesto a que hasta el colchón es de pino», pensó Lisa con desdén.

– La ventana da al jardín-. Jack se acercó a la ventana y señaló un minúsculo cuadrado de hierba, bordeado de arbustos y flores.

Lisa nunca había tenido jardín, ni le interesaba tenerlo. Le gustaban las flores, como a todas las mujeres, pero solo si iban en ramo y envueltas en papel de celofán, con un enorme lazo de raso y una tarjeta de felicitación. Prefería morir a dedicarse a la jardinería, sobre todo porque los complementos le parecían horripilantes: pantalones con cintura elástica, ridículos sombreros flexibles, cestas absurdas y truculentos guantes estilo Michael Jackson. Era un look nada aconsejable.

Y aunque en julio pasado había asegurado a las lectoras de Femme que la jardinería iba a ser el sexo del nuevo milenio, ella no se lo tragaba. El sexo era sexo y siempre lo sería. Y era algo que ella echaba de menos, por cierto.

– Creo que me dijo que tenía un herbario -comentó Jack-. ¿Vamos a ver si es verdad?

Abrió la puerta trasera, y una vez más tuvo que agachar la cabeza para salir. Cruzó, caminando muy erguido, el pequeño jardín, y Lisa lo siguió, un tanto sorprendida de su propia admiración. Los pájaros cotorreaban bajo la luz del benigno atardecer, el aire olía a tierra y hierba, y por un instante Lisa no lo odió todo.

– Está allí.

Jack le indicó que se acercara a un arriate y dobló sus largas piernas hasta ponerse en cuclillas. Para demostrar su buena disposición, Lisa se agachó con poco entusiasmo a su lado.

– Cuidado con el traje -dijo Jack al tiempo que estiraba un brazo con gesto protector-. No vayas a ensuciártelo.

– ¿Y tú?

– A mí el traje me tiene sin cuidado. -Se volvió y sorprendió a Lisa con una sonrisa pícara.

Ahora que estaban cerca el uno del otro, Lisa se fijó en que Jack tenía un incisivo roto, lo cual contribuía a su aspecto general de inconformista.

– Si me lo mancho suficientemente tendré que llevarlo a la tintorería, y entonces no podré ponérmelo mañana… Eso sería terrible, ¿verdad? -dijo con sequedad.

Lisa rió y acercó un poco su cabeza a la de Jack, solo por divertirse. Vio cómo las pupilas de él se contraían y se dilataban y su rostro iba pasando por diversas expresiones: confusión, interés, profundo interés, de nuevo confusión y por último perplejidad. Todo eso en menos de un segundo. Luego Jack miró hacia otro lado y preguntó:

– ¿Qué es eso, cilantro o perejil?

Uno de sus mechones de pelo se estaba retorciendo y formando un bucle. A Lisa le dieron ganas de meter el dedo dentro y tirar de él.

– ¿Tú qué crees? -insistió Jack.

Lisa, que tenía la sensación de que estaban hablando en clave, miró la hoja que él sostenía y contestó:

– No lo sé.

Jack chafó la hoja con el índice y el pulgar, y luego se la acercó a la cara. Se la puso muy cerca.

– Huele -ordenó.

Lisa inhaló, cerrando los ojos, e intentó oler la piel de él.

– Cilantro -dijo, triunfante, y como recompensa obtuvo otra sonrisa de Jack. Las comisuras de la boca se le retorcían tentadoramente…

– También hay albahaca, cebollinos y tomillo -observó él-. Puedes usarlos para cocinar.

– Sí -dijo ella con una sonrisa-. Puedo espolvorearlos sobre la comida para llevar.

No tenía sentido fingir ante Jack. Aquello de estar locamente enamorada y cocinar para tu amado había pasado a la historia.

– ¿No cocinas?

Ella sacudió la cabeza:

– No tengo tiempo.

– Ya, todas decís lo mismo.

– ¿Y… Mai? ¿Cocina?

Grave error. El rostro de Jack volvió a adoptar una expresión reservada y meditabunda.

– No -contestó. Y añadió-: Al menos no para mí. Bueno, vamonos.

»¿Qué te parece la casa? -preguntó una vez dentro.

– Me gusta -mintió Lisa. Era la mejor de las que había visto, pero eso no quería decir gran cosa.

– Tiene muchas cosas a su favor. El alquiler es decente, la zona es agradable y puedes ir al trabajo a pie.

– Exacto -dijo ella con una seriedad que desconcertó a Jack-. Y me ahorraría una libra diez en cada viaje.

– ¿Tanto? Yo no lo sé porque casi siempre voy en coche…

– O sea, dos libras veinte al día.

– Sí, supongo que sí…

– Once libras cada semana. Multiplicado por toda una vida, asciende a una cantidad muy considerable.

Como Jack se esforzaba en mantener una expresión de interés educado, Lisa adoptó un tono más ligero. Le contó, riendo, su experiencia con Joanne, la casera tacaña. Luego le habló de los otros inmuebles que había visitado, todos ellos espantosos. De aquel individuo de Lansdown Park que dejaba a su serpiente suelta por el salón, de aquella casa de Ballsbridge, tan desordenada que parecía que acabaran de entrar a robarla.

– Pues puedes instalarte aquí cuando quieras -ofreció Jack.

Se levantó y, nervioso, empezó a agitar las monedas que llevaba en los bolsillos del pantalón, un gesto que Lisa conocía muy bien. Era lo que hacían los hombres cuando intentaban reunir valor para invitarla a una copa. Vio aquella lucha interna reflejada en los ojos de él, y se fijó en que tenía el cuerpo en tensión, como a punto de abalanzarse sobre algo.

«Venga, no te cortes», pensó.

De pronto los ojos de Jack se vaciaron, y toda la tensión desapareció de sus músculos.

– Te acompaño al hotel -dijo.

Lisa lo entendió. Notaba que él se sentía atraído por ella, y notaba también sus reservas. Además de trabajar juntos, él salía con una chica. No importaba. Pensaba trabajárselo hasta anular todos sus reparos. Sería divertido: hacer que Jack se enamorara de ella la ayudaría a olvidar las penas.

– Gracias por ayudarme -dijo sonriéndole con dulzura.

– Ha sido un placer. Y no dudes en pedirme cualquier cosa que necesites. Estoy dispuesto a hacer lo que sea para que te encuentres cómoda en Irlanda.

– Gracias. -Volvió a sonreírle con coquetería.

– Tienes demasiado trabajo y eres demasiado importante para Colleen para perder el tiempo visitando pisos.

Vaya, se dijo ella. Acurrucada en la butaca de la habitación del hotel, Lisa encendió un cigarrillo y se puso a mirar por la ventana, que daba a Harcourt Street. Estaba un poco preocupada. Muy poco, pero por poco que fuera ya resultaba sorprendente. Se trataba de la pesada de Ashling. Se había quedado parada al ver que Lisa le había robado la idea, y ahora ella tenía una pizca de mala conciencia.

Bueno, mala suerte; así era la vida. Por eso Lisa era la directora y Ashling una simple mandada. Además, Lisa se había asustado muchísimo cuando Jack le explicó lo que estaba pasando con la publicidad. El miedo la volvía traidora y despiadada.

De momento aquel atenazante terror inicial había remitido un poco. Lisa había adoptado una postura de optimismo prepotente, encerrándose en una burbuja de esperanza desde la que parecía factible generar toda la publicidad que necesitaban. Con todo, lo cierto es que era Lisa la que se la jugaba. Si la revista se estrellaba, no era a Ashling a quien iban a pelar, sino a Lisa. Era así de sencillo. De acuerdo, todo el mundo la tomaba por una bruja, pero ellos no tenían ni idea de la presión que ella tenía que soportar.

Lisa suspiró largamente y exhaló el humo. El recuerdo de la expresión de perplejidad de Ashling la perseguía y la hacía sentirse un poco guarra.

Ella siempre había sabido controlar sus emociones. Siempre le había resultado fácil supeditarlas a un fin superior, el del trabajo. Más le valía retomar el control.

16

Cada día llegaban con el correo invitaciones para lanzamientos (desde nuevas sombras para ojos hasta inauguraciones de tiendas), y Lisa y Mercedes se las repartían sin misericordia. Lisa, como directora, tenía el privilegio de la primera opción. Pero Mercedes, como editora de moda y belleza, también tenía derecho a asistir a un buen número de aquellas presentaciones. Ashling, que interpretaba el papel de Cenicienta, se quedaba para atender la oficina, y Trix estaba demasiado abajo en la cadena alimenticia para aspirar siquiera a una de aquellas invitaciones.

– ¿En qué consiste una fiesta publicitaria? -le preguntó Trix a Lisa.

– Pues mira, te encuentras a un montón de periodistas y unos cuantos famosos -explicó-. Hablas con la gente importante y escuchas la presentación del producto.

– Háblame de esa a la que vas a ir hoy.

Una tienda que se llamaba Morocco abría su primera sucursal en Irlanda. A Lisa le interesaba un pimiento, pues llevaba muchos años abierta en Londres, pero le estaban dando mucho bombo a la inauguración. Tara Palmer Tompkinson iba a desplazarse desde Londres para la fiesta, que se celebraría en el hotel Fitzwilliam, un establecimiento con esplendor inspirado en el Royalton.

– ¿Os darán de comer? -preguntó Trix.

– Suelen darte algo. Canapés, champán…

En realidad Lisa confiaba en que hubiera comida, porque había iniciado un nuevo programa de alimentación: había abandonado el régimen Siete Enanitos y se había pasado al régimen Publicidad. Podía comer y beber cuanto quisiera, pero solo en las fiestas publicitarias. Lisa sabía lo importante que era estar delgada, pero se resistía a convertirse en una esclava de los regímenes de adelgazamiento. Su táctica consistía en incorporar insólitas limitaciones y recompensas a su relación con la comida, con lo cual mantenía viva la motivación.

– ¡Champán! -La emoción agravó la ronquera de Trix, que hablaba como don Corleone.

– Eso, si no son unos muertos de hambre. Y si lo son, no les haces publicidad en la revista. En ese caso recoges el regalo y te largas.

– ¡Un regalo! -El rostro de Trix se iluminó ante la mención de algo gratis. Algo que no tuviera que molestarse en robar-. ¿Qué clase de regalo?

– Depende. -Lisa hizo un mohín de hastío-. Si se trata de una empresa de cosmética, generalmente te dan una selección de los productos de maquillaje de la nueva temporada.

Trix chilló de emoción.

– Si es una tienda como Morocco, quizá un bolso…

– ¡Un bolso! -Hacía años que Trix no conseguía un bolso gratis. Desde que empezaron a ponerles etiquetas electrónicas.

– O una camiseta.

– ¡Ostras! ¡Ostras! -exclamó Trix-. ¡Qué suerte tienes!

Tras una larga pausa, y tras reflexionar concienzudamente, Trix sugirió con tono exageradamente inocente:

– ¿Sabes qué? Tendrías que llevarte a Ashling. -La jerarquía de la oficina era tan estricta que Trix no tendría ocasión de ir a una de aquellas fiestas hasta que lo hubiera hecho Ashling-. Es tu directora adjunta. Le conviene saber cómo comportarse, por si algún día te pones enferma.

– Es que…

Mercedes no pudo disimular su inquietud ante la sugerencia de que otra persona se colara en aquel territorio sagrado. No había barras de pintalabios gratis para todos.

La palpable alarma de Mercedes, combinada con los restos de remordimientos por lo ocurrido con Ashling, hizo que a Lisa le resultara más fácil tomar una decisión:

– Muy buena idea, Trix -dijo-. Ashling, esta tarde me acompañas. Bueno -añadió con falsedad-, suponiendo que quieras venir.

Ashling nunca había sido una persona rencorosa, sobre todo cuando había regalos por medio.

– ¿Si quiero ir contigo? -exclamó a su pesar-. Pues claro que quiero. Será un placer.

Lisa comió en el Clarence con una escritora de éxito a la que quería convencer de que escribiera una columna en la revista. Fue una gran victoria. La autora accedió a escribir la columna a un precio tirado, a cambio de que Lisa hiciera propaganda de sus libros; pero además Lisa salió casi indemne de la comida. Aunque no paró de mover el tenedor por el plato, lo único que comió fue un tomate cherry y un bocado de pollo de granja.

Regresó triunfante a la oficina, y estaba revisando su correo cuando Ashling se acercó a su mesa, con el bolso y la chaqueta en la mano.

– Lisa -dijo nerviosa-, son las dos y media y la invitación es para las tres. ¿Nos vamos?

Lisa soltó una risotada sarcástica.

– Regla número uno -repuso-: nunca seas puntual. ¡Es básico! Eres demasiado importante.

– Ah, ¿sí?

– Tienes que hacerlo ver.

Lisa siguió repasando su montón de comunicados de prensa. Pero al cabo de un rato levantó la cabeza y se dio cuenta de que Ashling la miraba fijamente y con avidez.

– ¡Esto me pasa por hablar demasiado! -exclamó Lisa, arrepentida de haber invitado a Ashling.

– Lo siento. Es que me da miedo que ya no haya nada.

– Que no haya ¿qué?

– Canapés, bolsas de regalos…

– No pienso marcharme hasta las tres, así que no vuelvas a preguntármelo.

A las tres y cuarto cogió su bolso Miu Miu de debajo de la mesa y le dijo a la temblorosa Ashling:

– ¡Nos vamos!

Cogieron un taxi, pero las calles estaban tan embotelladas que hasta Lisa empezó a temerse que ya no quedaran canapés ni bolsas de regalos.

– Y ahora, ¿qué pasa? -preguntó, enojada, al ver que un policía levantaba una rolliza mano indicándoles que se detuvieran.

– Patos -dijo el taxista, lacónico.

Lisa supuso que «patos» debía de ser otra palabrota del habla local de Dublín, pero entonces Ashling exclamó:

– ¡Mira, mira! ¡Patos!

Pero ¿qué es esto?, se dijo Lisa al ver que una mamá pato cruzaba la calle tan campante con sus seis patitos siguiéndola en fila. Dos policías detenían el tráfico de ambas direcciones para garantizar la seguridad de la familia de ánades. ¡No daba crédito a sus ojos!

– Ocurre cada año. -A Ashling se le había iluminado la cara-. Los patos salen del cascarón en el canal, y cuando han crecido lo suficiente bajan al lago de Stephen's Green.

– Centenares de patos. Colapsan completamente el tráfico. Son un verdadero engorro -aportó el taxista con cariño.

«Maldita ciudad», pensó Lisa.

Cuando se apearon frente al hotel Fitzwilliam, el día se había puesto nublado y fresquito, y la breve ola de calor de la semana anterior no era más que un lejano recuerdo.

Una pierna depilada no hace verano, pensó Ashling con tristeza. Había vuelto a ponerse pantalones largos y guardado la larga falda de verano que se había puesto el día anterior. De pronto se olvidó del clima y, extasiada, le dio un codazo a Lisa.

– ¡Mira! Es esa mujer, ¿cómo se llama? Tara Palmtree Yokiemedoodle, ¿no?

Sí, era Tara Palmtree Yokiemedoodle; andaba de aquí para allá pavoneándose por la acera del hotel, rodeada de una multitud de periodistas que la fotografiaban frenéticamente.

– Enséñanos un poco de pierna, Tara, sé buena -le gritaban.

Ashling se dirigió hacia la calzada para rodear al grupo de fotógrafos, pero Lisa se metió, decidida, entre ellos.

– ¿Quién es esa? -oyó Ashling.

– ¡Tara, querida! ¡Cuánto tiempo sin verte! -exclamó Lisa.

Venciendo la resistencia de Tara, le plantó un par de besos y se colocó a su lado mirando hacia las cámaras.

Los fotógrafos interrumpieron momentáneamente el bombardeo; luego enfocaron a aquella mujer de tez bronceada y cabello color caramelo que posaba con una mejilla pegada a la de Tara y siguieron disparando con renovado entusiasmo.

– Lisa Edwards, directora de la revista Colleen. -Lisa se paseaba entre los fotógrafos, informándolos-. Lisa Edwards. Lisa Edwards. Tara y yo somos viejas amigas.

– ¿De qué conoces a Tara Palmtree? -preguntó Ashling, impresionada, cuando Lisa volvió junto a ella, que se había quedado al margen completamente ignorada por los periodistas.

– De nada -confesó Lisa esbozando una sonrisa pícara-. Regla número dos: nunca dejes que la verdad estropee una buena historia.

Lisa entró majestuosamente en el hotel, y Ashling la siguió. Se les acercaron dos atractivos jóvenes que las saludaron y le quitaron la chaqueta a Ashling. Pero Lisa no soltó la suya.

– Permite que te recuerde la regla número tres -murmuró, irascible, mientras caminaba hacia el salón donde se celebraba la recepción-. Nunca hay que quitarse la chaqueta. Tienes que causar la impresión de que estás muy ocupada y solo has pasado un momento porque tienes cosas más interesantes que hacer ahí fuera.

– Lo siento -se disculpó Ashling humildemente-. No me he dado cuenta.

Entraron en el salón, donde una mujer de extrema delgadez ataviada de pies a cabeza con prendas de la colección de verano de Morocco les preguntó quiénes eran y les hizo firmar en un libro de visitas.

Lisa garabateó cuatro letras y le pasó el bolígrafo a Ashling, que estaba radiante.

– ¿Yo también? -chilló, emocionada.

Lisa frunció los labios y sacudió la cabeza a modo de advertencia. «¡Tranquilízate!», se dijo.

– Lo siento -susurró Ashling; cogió el bolígrafo y, con su mejor letra, escribió: «Ashling Kennedy, directora adjunta, revista Colleen».

Lisa pasó una cuidada uña por la lista de nombres.

– Regla número cuatro, que ya debes de conocer -dijo-: revisa el libro de visitas y entérate de quién hay.

– Para saber a quién tenemos que saludar -dijo Ashling, demostrando que lo había entendido.

Lisa la miró como si Ashling estuviera completamente loca.

– ¡No! ¡Para saber a quién tenemos que evitar!

– Y ¿a quién tendríamos que evitar?

Lisa recorrió con una mirada despreciativa la sala llena de personal de revistas rivales.

– A casi todo el mundo.

Pero Ashling ya debería saber todo aquello, y Lisa acababa de comprender que su directora adjunta no tenía ni idea de cómo comportarse en una situación así. Muy alarmada, le susurró:

– No me digas que nunca habías estado en una fiesta publicitaria. ¿No trabajabas para Wonzan's Place?

– Sí, pero no recibíamos muchas invitaciones -se justificó Ashling-. Y menos para reuniones tan elegantes como esta. Supongo que nuestras lectoras eran demasiado mayores. Y cuando nos invitaban a la presentación de un nuevo modelo de bolsa de colostomía, o de un proyecto de viviendas vigiladas para ancianos, casi siempre era Sally Healy la que iba.

Lo que Ashling no dijo era que Sally Healy era una mujer regordeta y maternal, cariñosa y simpática con todo el mundo. No tenía ni el espíritu competitivo ni las extrañas y agresivas reglas de Lisa.

– Mira a aquel de allí… -Ashling, atemorizada, señaló a un individuo alto que parecía un muñeco Ken-. Es Marty Hunter, un presentador de televisión.

– Déjá vu -repuso Lisa con desdén-. Lo vi ayer en la fiesta de Bailey y el lunes en la de MaxMara.

Las palabras de Lisa sumieron a Ashling en un afligido silencio. Había depositado grandes esperanzas en aquel evento. Quería guiar y ayudar a Lisa para demostrarle que la necesitaba. Y había creído que se ganaría el respeto de Lisa con su indispensable conocimiento de los famosos de Irlanda, un conocimiento que Lisa, por ser inglesa, no podía aspirar a tener. Pero Lisa estaba muy por delante de ella, ya estaba enterada de quién era quién en el mundillo de los famosos y parecía molesta por los torpes intentos de Ashling por ayudarla.

Una camarera que deambulaba por allí se paró a su lado y les ofreció una bandeja. La comida era de temática marroquí: cuscús, salchichas Merguez, canapés de cordero. Curiosamente, para beber ofrecían vodka; eso no era demasiado marroquí, pero a Lisa no le importó. Comió lo que pudo, pero no se atracó, porque no paraba de hablar con gente, con Ashling pisándole los talones. Lisa se movía por el salón como una profesional, con energía y encanto; aun así, no se llevó grandes sorpresas.

– Lo mismo de siempre -le susurró a Ashling-. Un montón de pardillos. Estos desgraciados asistirían a la inauguración de una lata de judías. Lo cual nos lleva a la regla número cinco: aprovéchate de que todavía llevas la chaqueta puesta y utilízalo como excusa para huir. Si alguien te da demasiado la lata, puedes decir que tienes que ir al lavabo.

En el salón había unas cuantas modelos con ojos de gacela y cuerpos aún por formar, vestidas con ropa de Morocco. De vez en cuando una azafata colocaba a una de aquellas modelos enfrente de Ashling y Lisa, para que ellas expresaran su admiración con las pertinentes exclamaciones. Ashling, muerta de vergüenza, hacía lo que podía, pero Lisa ni siquiera las miraba.

– Podría ser peor -le confió después de que otra de aquellas adolescentes se contoneara un rato delante de ellas y luego se marchara-. Al menos no son trajes de baño. Eso me pasó en Londres, en una cena servida en mesas. Pretendían que comiera mientras seis chicas me metían el trasero y las tetas en el plato. ¡Puaj!

A continuación le dijo a Ashling lo que esta, de todos modos, ya empezaba a comprender:

– Regla número… ¿por cuál vamos? ¿Por la seis? En esta vida no te regalan nada. Si asistes a un evento de estos tienes que soportar las tácticas de venta agresiva. Oh, no, acabo de ver a aquel imbécil del Sunday Times. Vamos a escondernos.

Ashling cada vez estaba más acomplejada por los conocimientos enciclopédicos de Lisa sobre la gente que había en el salón. No hacía ni dos semanas que vivía en Irlanda y ya estaba al día de todo.

Afianzando la sonrisa en sus labios, Lisa giró discretamente sobre los talones de sus zapatos Jimmy Choo. ¿No se dejaba a nadie? Entonces vio a un atractivo joven con un traje que parecía demasiado nuevo; el chico estaba muerto de vergüenza y no sabía dónde meterse.

– ¿Quién es aquel? -preguntó, pero Ashling no tenía ni idea-. Vamos a averiguarlo, ¿vale?

– ¿Cómo?

– Preguntándoselo. -A Lisa le hizo gracia el desconcierto de Ashling.

Esbozando una amplia sonrisa y haciendo centellear los ojos, Lisa se lanzó sobre el joven, y Ashling la siguió. Al mirarlo de cerca vieron que tenía granos en la barbilla.

– Lisa Edwards, revista Colleen. -Le tendió una mano suave y bronceada.

– Shane Dockery. -El chico, aturullado, se pasó un dedo por debajo del apretado cuello de la camisa.

– De Laddz -se le adelantó Lisa.

– ¿Has oído hablar de nosotros? -exclamó él-. Todavía no he encontrado a nadie que nos conozca.

– Claro. -Lisa había leído un pequeño comentario sobre ellos en un periódico dominical y había anotado sus nombres, junto con otros que creyó oportuno retener en la memoria-. Sois el nuevo conjunto. Vais a tener más éxito que Take That, ya lo verás.

– Gracias -repuso él tragando saliva, con el entusiasmo de alguien cuyo prestigio todavía no ha sido reconocido.

Quizá, después de todo, había valido la pena emperifollarse de aquella manera tan espantosa.

Cuando se alejaban de él, Lisa murmuró:

– ¿Lo ves? Recuerda siempre que ellos están más asustados que tú.

Ashling asintió, atenta, y Lisa se elogió a sí misma por su labor didáctica, ayudada seguramente por el vodka que estaba bebiendo. Por cierto, ¿dónde…? Al instante apareció una camarera a su lado.

– El vodka es el agua de la nueva era. -Lisa levantó su vaso para brindar con Ashling.

Cuando Lisa se hubo cansado de comer y beber, llegó la hora de marcharse.

– Adiós -dijo al pasar por delante del insecto palo que había en la puerta.

– Gracias -dijo Ashling con una sonrisa-. La ropa era preciosa, y estoy segura de que a las lectoras de Colleen les encanta… ¡rá! -Terminó la frase con un gritito, porque alguien le había dado un fuerte pellizco en el brazo. Lisa, por supuesto.

– Gracias por venir. -El insecto palo le entregó un paquete envuelto con una bolsa de plástico a Lisa-. Tenga, un pequeño obsequio.

– Ah. Gracias -dijo Lisa sin prestar atención y casi sin detenerse.

Luego le entregaron otra bolsa a la impaciente Ashling. Radiante, hincó la uña en el plástico para abrir el paquete. Pero soltó otro gritito, porque habían vuelto a pellizcarle el brazo.

– Ah, bueno, esto… sí, gracias. -Intentó adoptar un tono indiferente, pero no lo consiguió.

– Ni lo toques -masculló Lisa mientras cruzaban el vestíbulo para recoger la chaqueta de Ashling-. Ni siquiera lo mires. Y nunca, jamás, le digas a una azafata que les harás propaganda en la revista. ¡Has de hacerte rogar!

– Supongo que es la regla número siete -comentó Ashling, enfurruñada.

– Exacto.

Cuando salieron del hotel, Ashling le lanzó una mirada interrogante y luego miró su regalo.

– ¡Todavía no! -insistió Lisa.

– Pues ¿cuándo?

– Cuando doblemos la esquina. ¡Pero sin prisa! -la reprendió, pues Ashling casi había echado a correr.

En cuanto doblaron la esquina, Lisa dijo:

– ¡Ya! -Y ambas rompieron el plástico de sus paquetes.

Era una camiseta, con el nombre de la tienda, Morocco, estampado en la parte delantera.

– ¡Una camiseta! -dijo Lisa, decepcionada.

– A mí me gusta -dijo Ashling-. ¿Qué piensas hacer con la tuya? -Devolverla a la tienda. Cambiarla por algo que valga la pena.

Al día siguiente el Irish Times y el Evening Herald publicaron sendas fotografías del achuchón de Tara y Lisa en primera plana.

17

El sábado por la mañana Molly despertó a su madre a las siete menos cuarto. A cabezazos.

– Despierta, despierta, despierta -repetía con insistencia-. Craig está haciendo un pastel.

Tener hijos tenía sus ventajas, pensó Clodagh, cansada, levantándose de la cama. Desde hacía cinco años, por ejemplo, no tenía necesidad de poner el despertador.

Había quedado con Ashling en el centro. Iban a ir de compras.

– Y creo que tendríamos que salir temprano -había propuesto Ashling-. Para no encontrar tanta gente.

– ¿A qué hora?

– Sobre las diez.

– ¿Las diez?

– O las once, si las diez es demasiado pronto.

– ¿Demasiado pronto? A las diez ya llevo varias horas despierta.

Después de recoger el desorden del pastel, Clodagh le dio un cuenco de Krispies a Craig, pero el niño no quiso comérselos porque su madre había puesto demasiada leche en el cuenco. Así que Clodagh le preparó otro cuenco, y esta vez se esmeró para acertar en la proporción de leche y cereales. Luego le sirvió a Molly un cuenco de Sugar-Puffs. Cuando Craig vio el desayuno de Molly, la emprendió contra sus Krispies, declarando que estaban envenenados. Pidió a gritos a su madre que le diera Sugar-Puffs, golpeando el cuenco con la cuchara y salpicándolo todo de leche. Clodagh se secó la leche de las mejillas, abrió la boca dispuesta a sermonear a su hijo diciéndole que él había elegido los Krispies y que tenía que atenerse a su decisión, pero lo dejó antes de empezar. Cogió el cuenco de Craig, tiró su contenido a la basura y puso el paquete de Sugar-Puffs en la mesa.

Craig no expresó ninguna satisfacción. Ahora ya no los quería. Había sido demasiado fácil conseguirlos, y ya no le interesaban.

Mientras Clodagh intentaba arreglarse para ir al centro, los niños se dieron cuenta de que su madre pretendía darse a la fuga. Se mostraban más pegajosos y exigentes de lo habitual, y cuando Clodagh se metió en la ducha, ambos insistieron en ducharse con ella.

– ¿Te acuerdas de los tiempos en que era yo el que me duchaba contigo? -comentó Dylan con ironía cuando Clodagh salió de la ducha, intentando secarse, con los dos niños enganchados a las piernas.

– Sí, sí -contestó nerviosa. No tenía ningún interés en que su marido recordara lo alocada que había sido en otra época su vida sexual. Por si le pedía que le devolviera su dinero. O peor aún, por si intentaba reactivar algo-. Toma, sécala. -Empujó a Molly hacia él-. Tengo mucha prisa.

Cuando Clodagh sacó su Nissan Micra en marcha atrás del camino de la casa, Molly se quedó en la puerta principal gritando «¡Yo también quiero ir!». Estaba tan desesperada que varios vecinos corrieron a las ventanas para ver a quién estaban matando.

– ¡Yo también! -gritó Craig en armonía con su hermana-. ¡No te vayas, mami! ¡No te vayas!

Solo lo hacen para fastidiar, pensó Clodagh al alejarse por la calle. Se pasaban la semana entera diciéndole que la odiaban, que querían estar con su papá, y cuando ella intentaba tener un par de horas para ella sola, resultaba que era la mejor madre del mundo, y no tenía más remedio que sentirse culpable por abandonar a sus hijos.

Ashling y Clodagh llegaron por separado al centro comercial de Stephen's Green a las diez y cuarto. Ninguna de las dos se disculpó por llegar tarde, porque según las normas irlandesas no habían llegado tarde.

– ¿Qué te pasa en el ojo? -preguntó Ashling-. Pareces el personaje ese de La naranja mecánica.

Clodagh, asustada, rebuscó un espejito en su bolso. Mientras lo hacía, se le cayó un Petit Filous de Molly.

– Toma. -Ashling se le había adelantado con el espejito.

– Es el maquillaje -comprendió Clodagh tras examinarse brevemente-. Solo me he pintado un ojo. Craig ha visto cómo me maquillaba; me ha pedido que le pintara los ojos, y yo me he olvidado de pintarme el otro… ¡Dylan podría haberme avisado! ¿Ves cómo ya ni siquiera me mira?

Cuando Clodagh mencionó a Dylan, Ashling se sintió incómoda. Había quedado con él para tomar una copa el lunes por la noche, pero no se atrevía a mencionárselo a Clodagh. Por otra parte, tampoco le hacía gracia ocultárselo. Pero decidió que lo mejor era no decir nada hasta que supiera de qué se trataba. A lo mejor Dylan estaba planeando unas vacaciones sorpresa para Clodagh. No sería la primera vez.

– Toma, usa esto. -Ashling sacó un delineador de ojos y un tubo de rímel de su bolso.

– Lo que no tengas tú… -comentó Clodagh-. ¡Ostras! ¡Rímel Chanel! ¿Desde cuándo compras rímel Chanel?

Ashling sonrió con orgullo y un tanto abochornada.

– Lo he conseguido gratis. El trabajo nuevo, ya sabes…

Clodagh se quedó paralizada un instante. Tragó saliva y le dio la impresión de que Ashling había oído el ruido de su glotis.

– ¿Gratis? ¿Cómo?

Ashling le contó una embrollada historia sobre una tal Mercedes que se había ido a Donegal y una tal Lisa que había ido a una comida benéfica para establecer vínculos con la gente pija de Dublín y una tal Trix a la que no dejaban salir de la oficina porque parecía una Spice Girl, y sobre cómo Ashling había tenido que representar a Colleen en la presentación de otoño de Chanel.

– Y cuando me marchaba me regalaron una bolsa con productos de la marca.

– Es fantástico -dijo Clodagh fingiendo entusiasmo. Miró la radiante sonrisa de Ashling: sí, era fantástico, verdaderamente. Pero ¿qué había sido de todas las promesas de su vida?

– Venga -la instó Ashling-. Vamos a gastar.

– ¿Por dónde empezamos?

– Por Jigsaw. Mis pantalones mágicos superadelgazantes están un poco gastados, y me gustaría comprarme otros iguales… Aunque no creo que los encuentre -admitió con pesar.

– ¿Por qué? ¿Tu horóscopo de hoy no te anunciaba un buen día? -bromeó Clodagh.

– Pues mira, sabihonda, ahora que lo dices, no estaba mal, pero no tiene nada que ver con eso. En cuanto encuentro un modelo que me gusta, van y lo retiran de los colgadores. ¡Antes de que me haya dado cuenta ya han dejado de fabricarlo!

Fueron de tienda en tienda; mientras Ashling se probaba un montón de pantalones que no acababan de gustarle, Clodagh curioseaba por un universo paralelo de ropa. No se imaginaba poniéndose nada de todo aquello.

– ¡Mira qué vestidos tan cortos! -exclamó, y al punto se tapó la boca con la mano. ¿He sido yo la que ha dicho eso?

– Tiene gracia que lo digas. Y pensar que hubo un tiempo en que te ponías una funda de almohadón de falda.

– ¿En serio?

– Pero si no son vestidos. -Ashling acababa de fijarse en las prendas que Clodagh estaba mirando-. Son casacas. Para llevar con pantalones.

– No tengo ni idea -admitió Clodagh con tristeza-. Sin que te des cuenta, de repente lo que te interesa de una prenda es que disimule bien las manchas de vómito… Mira cómo voy -añadió señalando sus pantalones acampanados negros y su chaqueta vaquera.

Ashling hizo una mueca irónica. Quizá Clodagh no fuera un figurín pero, aun así, ella habría dado cualquier cosa por parecerse a su amiga: tenía las piernas bien proporcionadas, la chaqueta entallada le resaltaba la delgada cintura, y llevaba la melena recogida en un moño informal.

– ¿Ves ese verde? -Clodagh se abalanzó sobre una camiseta verde claro-. ¿Te lo imaginas combinado con azul?

– Pues… sí -mintió Ashling.

Sospechaba que aquello tenía algo que ver con la decoración.

– Es exactamente el mismo color del papel pintado que he comprado para el salón -explicó Clodagh, radiante-. Van a venir a ponerlo el lunes. Estoy impaciente.

– ¿El lunes? Qué rápido. Pero si solo hace dos semanas que comentaste que querías cambiarlo.

– Decidí hacerlo cuanto antes. Ese horrible terracota me está matando, así que les dije a los decoradores que se trataba de una emergencia.

– A mí el terracota me gustaba -opinó Ashling.

A Clodagh también le había gustado muy poco tiempo atrás.

– Pues a mí no -dijo Clodagh con firmeza, y volvió a concentrarse en la ropa, decidida a encontrarle el truco.

Acabó comprándose un vestido ceñido de Oasis, tan corto y transparente que Ashling pensó que ni siquiera Trix se atrevería a ponérselo. ¡Y eso que Trix se atrevía con todo!

– ¿Cuándo te lo pondrás? -preguntó Ashling con curiosidad.

– No lo sé. Para llevar a Molly a la guardería, para recoger a Craig de las clases de dibujo. Oye, me gusta y punto, ¿vale?.- Con actitud desafiante, pagó con una tarjeta de crédito que la identificaba como la señora Clodagh Kelly. Ashling sintió una punzada de dolor, y supuso que debían ser celos. Pese a que no trabajaba, Clodagh siempre disponía de todo el dinero que quería. Debía de ser maravilloso vivir así.

Siguieron paseando.

– ¡Oh! ¡Mira qué peto! -exclamó Clodagh acercándose al escaparate de una tienda de ropa infantil de lo más cursi-. A Molly le quedaría monísimo. ¿Y esa gorra de béisbol? ¿Verdad que es ideal para Craig?

El sentimiento de culpa de Clodagh no disminuyó hasta que hubo gastado en cada uno de sus hijos lo mismo que se había gastado en ella.

– ¿Vamos a tomarnos un café? -propuso Ashling cuando se les hubo pasado la fiebre consumiste.

Clodagh vaciló y dijo: -Preferiría una copa.

– Solo son las doce y media.

– Estoy segura de que hay sitios que abren a las diez-. En realidad Ashling no se refería a eso, pero daba igual. Mientras los dublineses disfrutaban de una inesperada mañana de sol radiante, bebiendo café en las terrazas y fingiendo que estaban en Los Ángeles, Ashling y Clodagh se sentaron en un pub de viejos, cuya clientela parecía una advertencia del Ministerio de Sanidad sobre los peligros del demonio de la bebida.

Ashling se puso a hablar, muy animada, de su nuevo trabajo, de los famosos a los que casi había conocido, de la camiseta que le habían regalado en la presentación de Morocco; y la moral de Clodagh fue descendiendo hasta el fondo de su vaso de gintonic.

– Quizá debería buscarme un empleo -dijo de pronto-. Era lo que pensaba hacer después de que naciera Craig.

– Es verdad, siempre lo decías.

Ashling sabía que Clodagh estaba un poco a la defensiva por no ser una de esas supermujeres que trabajan y crían a sus hijos.

– Pero estaba completamente agotada -insistió Clodagh-. Por mucho que te preparen para los dolores del parto, no hay nada que pueda prepararte para el tormento de las noches en vela. Estaba hecha polvo, y cada día me levantaba como si acabara de des-

pertarme de una anestesia. ¿Cómo querías que además trabajara? -Afortunadamente, el negocio de informática de Dylan iba viento en popa, con lo que Clodagh no necesitaba trabajar.

– ¿Y ahora? ¿Crees que tendrías tiempo para trabajar? -preguntó Ashling.

– Estoy muy ocupada, la verdad -admitió Clodagh-. No tengo ni un momento para mí, aparte de un par de horas para ir al gimnasio. Bueno, son cosas intrascendentes, claro: cambiarme de ropa porque los niños me han vomitado encima, o mirar un vídeo tras otro de Barney… Ah, pero… -Sus ojos centellearon brevemente-. Ya me he librado de Barney.

– ¿Cómo?

– Le he dicho a Molly que se ha muerto.

Ashling prorrumpió en carcajadas.

– Le dije que lo atropelló un camión -añadió Clodagh, muy seria.

La sonrisa se borró del rostro de Ashling.

– No lo dirás en serio -dijo.

– Claro que sí -repuso Clodagh con convicción-. Ya estaba harta de ese capullo de color morado y de todos esos mocosos impertinentes que se pasaban el día dándome lecciones de moralidad y diciéndome cómo debía vivir mi vida.

– ¿Y Molly? ¿Se disgustó mucho?

– Ya lo superará. Tiene que curtirse, ¿no?

– Sí, pero… pero… ella solo tiene dos años y medio.

– Yo también soy una persona -replicó Clodagh poniéndose a la defensiva-. También tengo mis derechos. Y me estaba volviendo loca, te lo juro.

Ashling reflexionó, desconcertada. Pero quizá Clodagh tuviera razón. Todo el mundo espera que las madres sublimen sus deseos y necesidades por el bien de sus hijos, pero quizá no fuera justo.

– A veces -prosiguió Clodagh exhalando un hondo suspiro- me pregunto qué sentido tiene mi vida. Me paso el día trajinando niños: llevo a Craig al colegio, a Molly a la guardería; recojo a Molly de la guardería, llevo a Craig a sus clases de papiroflexia… Soy una esclava.

– Pero educar a los hijos es el trabajo más importante que uno puede hacer en la vida -protestó Ashling.

– Sí, pero nunca tengo ocasión de hablar con adultos. Excepto con otras madres, y entonces la conversación se vuelve muy competitiva. Ya sabes, cosas como «Mi Andrew es mucho más violento que tu Craig». Craig nunca pega a otros niños, pero Andrew Higgins es un Rambo en miniatura. ¡Es tan humillante! -Miró a Ashling con aflicción-. A veces leo artículos sobre la competitividad en el trabajo, pero eso no es nada comparado con lo que pasa en las sesiones de la escuela de padres.

– Si te sirve de consuelo, yo llevo toda la semana preocupadísima porque tengo que escribir un artículo sobre las clases de salsa -explicó Ashling-. Hace varias noches que no pego ojo. Tú no tienes ese tipo de preocupaciones. -Para acabar de convencerla, agregó-: Y sobre todo, tú tienes a Dylan.

– Ah, no, amiga mía. El matrimonio no es tan bueno como lo pintan.

Ashling no daba su brazo a torcer.

– Eso lo dices porque es lo que hay que decir, ya lo sé. Es la norma, no creas que no me he dado cuenta. A las mujeres casadas no se les permite decir que están locamente enamoradas de sus maridos, a menos que estén recién casadas. En cuanto se reúnen varias mujeres casadas, empiezan a competir para ver quién pone más verde a su pareja. «El mío deja los calcetines sucios tirados en el suelo», «Pues el mío ni siquiera se da cuenta de que me he cortado el pelo». Creo que lo que pasa es que os avergonzáis de vuestra buena suerte.

Cuando salieron otra vez a la soleada calle, Ashling oyó una voz que le resultaba familiar:

– ¿Salman Rushdie, Jeffrey Archer o James Joyce?

Era Joy.

– ¿Qué haces levantada tan temprano?

– Todavía no me he acostado. Hola.

Joy miró a Clodagh con recelo. Clodagh y Joy no se caían bien. Joy creía que Clodagh era una niña mimada, y Clodagh estaba celosa por la estrecha relación que Joy tenía con Ashling.

– Venga -insistió Joy-. ¿Salman Rushdie, Jeffrey Archer o James Joyce?

– ¿James Joyce vivo o en descomposición?

– En descomposición.

Ashling analizó aquella truculenta elección mientras Clodagh las miraba con cara de marginada.

– James Joyce -decidió finalmente Ashling-. A ver, inútil. ¿Gerry Adams, Tony Blair o el príncipe Carlos?

Joy hizo una mueca de asco.

– ¡Uf! Bueno, Tony Blair ni loca. Y el príncipe Carlos tampoco. Así que tendré que quedarme con el primero.

Ashling miró a Clodagh y dijo:

– Ahora te toca a ti.

– ¿Qué tengo que hacer?

– Nombras a tres hombres horripilantes y nosotras tenemos que elegir con cuál nos acostaríamos.

Clodagh no acababa de entenderlo.

– ¿Por qué? -preguntó.

– Pues porque… porque… porque es divertido.

– Tengo que marcharme -dijo Joy, aliviando la tensión-. Estoy a punto de morirme. Ya nos veremos. ¿A qué hora es lo del River Club?

– He quedado allí con Lisa a las nueve.

– Tienes tantos amigos que yo ni siquiera conozco -se lamentó Clodagh mirando con resentimiento a Joy, que se alejaba-. Joy, Ted. Yo, en cambio, soy como una muerta viviente.

– Oye, ¿por qué no vienes con nosotras?

– Sí, podría ir, ¿no? Supongo que Dylan podría quedarse cuidando a los niños, para variar.

– Pues claro. Aunque también podrías invitarlo.

18

Ashling se había equivocado: Marcus Valentina no la llamó por teléfono. No podía creer en su suerte. El contestador automático se había pasado toda la semana agazapado en su piso, como una bomba sin detonar. Si llegaba del trabajo y la luz roja parpadeaba, le daba un vuelco el corazón. Pero aunque encontró un mensaje de Cormac diciendo que el martes enviaría un contenedor, y otro diciendo que el viernes recogería el contenedor, no había nada de Marcus Valentina. Y el sábado por la noche, cuando volvió a casa después de pasarse el día de compras con Clodagh, se tranquilizó pensando que ya no podía haber ningún mensaje suyo.

Pero mientras se pintaba las uñas (y también la parte de los dedos que rodeaba las uñas) de azul claro en honor a la función que iba a tener lugar en el River Club, se dio cuenta de que cabía la posibilidad de que Marcus la viera entre el público. Confiaba en que eso no sucediera. El botín del día estaba esparcido encima de su cama: pantalones Capri azul claro, sandalias espectaculares, camisa blanca con nudo en la cintura. Quita no debería ponerse un conjunto tan mono aquella noche: después de la suerte que había tenido, ¿no sería imprudente estar guapa?

Pero no podía tirar piedras contra su propio tejado. En la fiesta habría otras personas, y tenía que pensar en ellas.

Ted y Joy aparecieron sobre las nueve. Joy felicitó a Ashling por su elegante atuendo de tonos pastel, pero Ted, muy nervioso, no paraba de susurrar:

– Mi búho no tiene esposa. ¡Mierda! ¡No va así! Mi esposa no tiene nariz. ¡No! ¡Mierda, mierda, mierda! Creo que lo mejor sería que nos quedáramos en casa -dijo, acongojado-. Lo voy a hacer fatal. Ahora la gente tiene expectativas respecto a mí. Cuando no tenía admiradores todo era diferente. Mi búho no tiene nariz…

Ashling se apresuró a ponerle unas gotas de bálsamo curalotodo en la lengua y frotarle las sienes con aceite de lavanda; luego le dio la Oración de la Serenidad y dijo:

– Lee esto, y si no funciona probaremos con las Desiderata.

– Tráeme el Buda de la suerte -dijo Ted, que estaba hiperventilándose en el sofá.

– ¿Cómo está el Hombre Tejón? -le preguntó Ashling a Joy mientras entre ambas le acercaban la estatua a Ted.

– Muy bien. Mick está muy bien.

Si Joy había empezado a llamar al Hombre Tejón por su verdadero nombre, aquello debía de ir en serio. Dentro de poco ya estarían visitando centros de jardinería juntos.

Después de frotar el Buda de la suerte, Ted se incorporó, encontró una carta del tarot tranquilizadora y escuchó su horóscopo. (Ashling le leyó Aries aunque Ted era Escorpio, porque el pronóstico para los Escorpio no era muy favorable.)

– Bueno, esta noche tenéis que comportaron -les previno Ashling-. Quiero que seáis muy simpáticos con Lisa.

– Que no se crea que va a recibir un trato especial por mi parte -dijo Joy, poniéndose a la defensiva.

– ¿Qué pasa? ¿Tan borde es? -preguntó Ted.

– No, no tanto. -Al menos no siempre-. Pero no es una persona de trato fácil. De hecho es complicadísima. Vámonos ya.

Los tres bajaron la escalera, muy engalanados, charlando y taconeando, animados por aquella sensación típica del sábado por la noche de que se encontraban justo en los albores de su futuro. La excitante intuición de que el resto de su vida estaba a punto de revelárseles.

El mendigo estaba sentado en la acera, con la manta naranja de rigor (aunque ya no era exactamente naranja). Ashling bajó la cabeza; cada vez que lo veía se sentía obligada a darle una libra, y eso empezaba a fastidiarla. Pero lo miró con disimulo y vio que él ni siquiera se había fijado en ella, porque estaba leyendo un libro.

– Un momento, chicos, quiero… -Dio media vuelta y se acercó al mendigo.

– ¡Hola! -El chico levantó la cabeza, gratamente sorprendido, como si fueran viejos amigos que llevaran años sin verse-. Qué guapa te has puesto. ¿Te vas de fiesta?

– Eh… sí. -Ashling sacó una libra que él no cogió.

– ¿Adónde?

– A una función de cómicos.

– Qué bien -repuso él, como si todas las noches fuera a ver funciones de cómicos-. ¿Quién actúa?

– Un tal Marcus Valentina.

– He oído que es muy bueno. -Finalmente miró la moneda que ella tenía en la mano-. Guárdatela, Ashling. No quiero que me des limosna cada vez que me veas. Si no, te dará miedo salir del piso.

Ashling soltó una risita nerviosa que sonó como un relincho. Últimamente, cada vez que bajaba por la escalera se ponía a rezar para no encontrar al mendigo en el portal.

– ¿Cómo sabes mi nombre? -le preguntó, casi halagada.

– No lo sé. Debo de habérselo oído a tus amigos.

Ashling se debatió con lo que acababa de ocurrírsele. Finalmente lo dijo:

– ¿Y tú? ¿Cómo te llamas?

– Mis amigos me llaman Boo -contestó él sonriéndole.

– Encantada de conocerte, Boo -dijo ella automáticamente, y antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba pasando, él le había tendido una mano mugrienta y ella se la estaba estrechando.

El libro que Boo había dejado boca abajo en su regazo era Enciclopedia de las setas.

– ¿Cómo es que lees eso? -le preguntó Ashling, que no pudo disimular su asombro.

– Es que no tengo nada más.

Ashling tuvo que correr para alcanzar a Joy y Ted.

– ¿Otro de tus niñitos abandonados, Ashling? -comentó Ted con aire de superioridad. Ya no parecía nervioso ni necesitado, como diez minutos atrás.

– Ay, déjame en paz.

«Imagínate -pensó-, tener que pasarte la noche del sábado pidiendo limosna en la fría calle, leyendo un libro sobre setas.»

19

Lisa albergaba esperanzas de avanzar algo con Jack invitándolo a la función. Era una ocasión idónea para intimar con él, con el pretexto del trabajo. Pero ni siquiera tuvo la oportunidad de proponérselo porque había surgido una crisis en la televisión (lo cual, al parecer, ocurría constantemente), y Jack se pasó todo el jueves y el viernes fuera de la oficina, resolviendo problemas. Lo cual significó también que Lisa no pudo recibir las alabanzas de Jack por ingeniárselas para que su fotografía saliera en los periódicos y generar un poco más de publicidad para Colleen. Eso la cabreaba.

El sábado consiguió distraerse comprando cosas para su casa «nueva». Se había instalado en ella la noche anterior, y estaba decidida a atenuar el efecto de tanta madera de pino. Además, no había nada como mantenerse ocupada para no deprimirse. Aunque, como todo en aquel horrible país, las tiendas de decoración eran lamentables, sumamente feas.

Nadie había oído hablar de las persianas de papel de arroz japonesas, de las cortinas de ducha con bolsillos ni de los tiradores de armario con forma de flores de vidrio. Consiguió encontrar unas sábanas decentes de color crudo, pero no del tamaño que ella necesitaba, y si las encargaba tardarían muchísimo, porque tenían que importarlas de Inglaterra.

Cuando volvió a «su» casa tuvo que esperar media hora para que se calentara el agua y así poder ducharse. Y eso que Jack le había prometido que arreglaría el temporizador. Todos los hombres eran iguales: unos bocazas.

Estaba resentida y malhumorada después de un día escandalosamente frustraste, pero todavía se sentía motivada para salir tras la pista de Marcus Valentina. Al menos iba a hacer algo constructivo. Desde que recibiera la mala noticia de la escasa cifra de anunciantes, la necesidad de conseguir buenas columnas para Colleen se había convertido en una de sus prioridades.

Llegó al River Club poco después de las nueve. El local, como todo lo irlandés, la decepcionó: era más pequeño y más cutre de lo que había imaginado. No podía compararse con el K-Bar, desde luego.

No estaba segura de si tendría ocasión de acorralar a Marcus Valentina, pero por si acaso se había vestido para causar la impresión de una chica normal, no de peligrosa ejecutiva. Vaqueros gastados, zapatillas sin cordones, camiseta de cuello barco. Aunque llevaba mucho maquillaje, era tan sutil que parecía invisible. El resultado era un aspecto juvenil, asequible y atractivo; daba la impresión de que se había puesto lo primero que había encontrado en el armario, y nada delataba que se hubiera pasado una hora mirándose en el espejo (de pino, por supuesto), calculando meticulosamente el efecto que causaría.

Dio una vuelta por el abarrotado local buscando a Ashling y sus amigos, pero no los vio, así que volvió a la barra y pidió un cosmopolitas. Era la bebida de moda en el K-Bar y el Chinawhite y en todos los otros bares in que Lisa solía frecuentar en Londres.

– ¿Un qué? -preguntó el camarero, un individuo de cara redonda y sonrosada que no cabía en su camisa de nailon.

– Un cosmopolitas.

– Si lo que buscas son revistas, hay un quiosco un poco más abajo -se disculpó-. Aquí solo servimos bebidas.

Lisa se planteó explicarle cómo se preparaba el cóctel, pero se dio cuenta de que no sabía.

– Una copa de vino blanco -le espetó de mal talante.

Cabía la posibilidad de que ni eso tuvieran, y entonces tendría que beber aquella asquerosa Guinness.

– ¿Chablis o Chardonnay?

– Hummm… Chardonnay.

Encendió un cigarrillo y se puso a mirar a la gente. Cuando se acabó el cigarrillo y la copa de vino, Ashling todavía no había aparecido.

Quizá su reloj no funcionara bien. Lisa vio a un grupo de chicos cerca de ella, eligió al más guapo y le preguntó:

– ¿Qué hora tienes?

– Las nueve y veinte.

– ¿Y veinte? -Era más tarde de lo que ella creía.

– ¿Te han dado plantón?

– ¡No, qué va! Pero había quedado a las nueve.

El chico se fijó en el acento de Lisa y le preguntó:

– ¿Eres inglesa?

Ella asintió.

– No tardarán mucho en llegar. Antes de las diez seguro que aparecen. Verás, es que aquí cuando decimos las nueve es una forma de hablar.

Lisa notó que se le revolvían las entrañas. Maldito país. Lo odiaba con toda su alma.

– Pero no te preocupes. Nosotros te daremos conversación hasta que lleguen -se ofreció esbozando una caballerosa sonrisa. Se metió los dedos en la boca, dio un fuerte silbido y llamó a sus amigos, que se habían apartado un poco.

– No hace falta que… -empezó Lisa.

– No pasa nada -le aseguró él-. Chicos -dijo dirigiéndose a sus cinco amigos-, os presento a… -Señaló a Lisa con un ademán galante, invitándola a decir su nombre.

– Lisa -dijo ella de mala gana.

– Es inglesa. Sus amigos se están retrasando y se siente como un pulpo en un garaje.

– Ah, pues quédate con nosotros -la animó un chico bajito y con cara de hurón-. Declan, tráele una copa.

– Hospitalidad irlandesa -murmuró Lisa con desdén.

Los seis chicos asintieron con entusiasmo. Aunque para ser sinceros, su actitud no tenía nada que ver con la legendaria hospitalidad irlandesa, sino más bien con la melena color caramelo de Lisa, sus delgadas caderas y sus largas, lisas y bronceadas pantorrillas, que asomaban por debajo del dobladillo de sus astutamente desgarrados vaqueros. Si Lisa hubiera sido un hombre, habría permanecido contemplando su jarra de cerveza y nadie se habría fijado en él.

– Vale, chicos, ya está. Ya han llegado. -Lisa vio a Ashling entrar por la puerta, y sintió un gran alivio.

En cuanto vio a Lisa, a Ashling dejó de encantarle su ropa nueva y se sintió torpe y desaliñada. Presentó, nerviosa, a Joy y Ted, y entonces, para gran espanto de Ashling, Joy miró a Lisa y dijo, levantando la barbilla con gesto desafiante:

– Jim Davidson, Bernard Manning o Jimmy Tarbuck. ¿Con cuál de ellos te acostarías? Y no vale decir que con ninguno.

– ¡Joy! -Ashling le dio un empujón-. Lisa es mi jefa.

Pero Lisa lo captó rápidamente. Se quedó pensativa y, tras considerarlo detenidamente, respondió:

– Jim Davidson. Y ahora, veamos… Des O'Connor…

Aquello desconcertó mucho a Joy.

– … Frank Carson o… o… Chubby Brown.

Joy hizo una mueca de asco, y Lisa se quedó mirándola con los ojos entrecerrados, con regocijo y malicia.

Tras pensárselo, Joy exhaló un hondo suspiro y dijo:

– Pues Des O'Connor. -Dirigiéndose a Ashling, murmuró mientras buscaban asientos-: Tu jefa no está tan mal.

Ted actuaba en primer lugar, y aunque aquella solo era su tercera aparición en público, ya tenía un montón de admiradores. Pronto quedó demostrado que el drama que había montado en el piso de Ashling era innecesario. Cuando inició su actuación gritándole al público «Mi búho se ha ido a las Antillas», un núcleo de unos seis jóvenes con pinta de estudiantes le preguntó a gritos: «¿Adónde? ¿A Jamaica?».

– No -contestó Ted, y varias personas corearon el resto del chiste-: No, se ha ido de motu proprio.

Ted había añadido un montón de chistes nuevos sobre búhos, y todos ellos tuvieron un éxito espectacular. Aunque la mayor parte del público se estaba desternillando, Lisa caló a Ted desde el primer momento.

– Ya sé que es amigo tuyo, pero esto parece el cuento del nuevo traje Hugo Boss del emperador -dijo en tono cáustico.

– Solo lo hace para ligar -explicó Ashling humildemente.

– Ah, en ese caso… -Lisa era partidaria de que el fin justifica los medios.

Después de Ted actuaron otros dos cómicos, y luego le llegó el turno a Marcus Valentina. Fue como si se alterara la composición química de la atmósfera, que se cargó de una intensa expectación. Cuando finalmente Marcus subió al escenario, el público se puso histérico. Ashling y Lisa se enderezaron y prestaron atención, pero cada una por un motivo diferente.

Para ser un cómico de micrófono, Marcus Valentina era un fenómeno extraño. Su número no contenía referencias a la masturbación, a las resacas ni a Ulrike Johnson. Eso era muy poco habitual. Su técnica consistía en presentarse como «el hombre perplejo ante la vida moderna», un tipo al que se le acaba la mantequilla, baja al supermercado y se queda hecho un lío porque no sabe decidir entre la mantequilla especial para untar, la mantequilla insaturada, la mantequilla polinsaturada, la mantequilla salada, la mantequilla sin sal, la mantequilla sin grasas, la mantequilla baja en grasas y una cosa que no es mantequilla sino que solo lo parece. Resultaba encantador y simpático, a pesar de las pecas. Desconcertado y vulnerable. Y tenía un cuerpo que no estaba nada mal. Ashling catalogó todas esas virtudes con alarma.

A continuación enumeró rápidamente las razones por las que había rechazado a Marcus Valentina. Una: su entusiasmo. Los ojos centelleantes y la falta de cinismo no resultaban sexis. Era triste, pero cierto. Dos: sus pecas. Tres: el hecho de no disimular que ella le gustaba. Cuatro: su estúpido nombre.

Pero cuando levantó la cabeza y lo miró, y vio sus largas piernas y sus anchos hombros, se dio cuenta de que corría el peligro de caer en la trampa del escenario. Por si eso fuera poco, Marcus Valentina había dicho que la llamaría por teléfono y no lo había hecho. Aquella era una combinación fatal. No, no voy a hacerlo, se dijo, no pienso hacerlo… Era como meterse los dedos en las orejas y ponerse a gritar: «¡Lalalala! ¡No te oigo! ¡No te oigo!».

– ¡Copos de nieve! -exclamó Marcus recorriendo la sala con los ojos muy abiertos y con expresión cándida-. Dicen que no hay dos iguales.

Hizo una pausa, y a continuación bramó:

– Pero ¿cómo lo saben?

Mientras la gente se retorcía de risa, Marcus preguntó, desconcertado:

– ¿Los han comparado uno por uno? ¿Lo han comprobado?

Luego pasó al siguiente gag.

– Había una chica con la que quería salir -dijo Marcus a su embelesado público.

«¿Se referirá a mí?», se preguntó Ashling.

– Pero la última vez que le pedí el número de teléfono a una chica, ella me contestó: «Está en la guía». El problema era que yo no sabía cómo se llamaba, y cuando se lo pregunté me contestó… -Hizo una pausa, y calculando el tiempo a la perfección, prosiguió-: «También está en la guía».

El público estalló en risas y aplausos cordiales, del tipo «veo que no soy el único».

– Decidí tomármelo con calma. -Esbozó una sonrisa torpe con la que acabó de ganarse al público-. Se me ocurrió imitar a Austin Powers y pedirle a aquella chica que me llamara ella a mí. Así que escribí mi nombre y mi número de teléfono en un papel y me pregunté qué diría Austin Powers en una situación como aquella. -Cerró los ojos y se puso la yema de los dedos sobre las sienes para expresar que estaba en íntima comunión con Austin Powers-. Y de repente se me reveló. Llamez-moi! Fino, ingenioso, sofisticado. ¿Qué mujer podría resistirse? Llamez-moi!

«Soy famosa», pensó Ashling y sintió un impulso irrefrenable de levantarse y decírselo a todo el mundo.

– Y ¿sabéis qué? -Marcus paseó la mirada por el público, con una adorable expresión de tontorrón. La gente lo miraba atentamente, embelesada, mientras él prolongaba el silencio al máximo, sosteniendo al público en la palma de su pecosa mano-. ¡No me llamó!

No cabía duda que Marcus Valentina tenía madera de estrella.

Lisa se levantó del asiento en cuanto el cómico abandonó el escenario. Marcus Valentina ya había rechazado su invitación para comer cuando Trix llamó a su agente, pero Lisa confiaba en que con halagos desmesurados y con su presencia lograría hacerle cambiar de opinión. Ashling vio cómo Lisa lo abordaba al pie del escenario, y se preguntó si debía seguirla. No quería acercarse demasiado a Marcus, por si él la veía. Por si él pensaba… Pero Ted estaba rodeado de admiradoras, y Joy acababa de ver al Hombre Te… a Micke hablando con otra chica y había ido a investigar. Se quedó un rato más sentada, sola, y finalmente se levantó.

Se quedó mirando, con curiosidad, cómo Marcus miraba a Lisa mientras esta le soltaba su discursito. Tenía la cabeza ladeada y torcía las comisuras de la boca hacia abajo componiendo una mueca encantadora. Entonces Lisa dejó de hablar y empezó a hacerlo él. Marcus estaba en mitad de lo que parecía una negativa rotunda, cuando de pronto vio a Ashling y se detuvo bruscamente.

– Hola -dijo desde lejos, y le dedicó una amplia sonrisa, mirándola a los ojos, proyectando todo su cariño. «Como si fuéramos cómplices de algo», pensó Ashling, alarmada. «Seguro que cree que he venido aquí expresamente para verlo.»

Marcus siguió hablando un rato más, pero no paraba de mirar de soslayo; entonces le tocó el brazo a Lisa a modo de despedida y fue hacia Ashling.

– Hola.

– Hola.

– ¿Qué haces aquí?

Ashling esperó un instante, le hizo una caída de ojos y sonrió.

– Pensaba que actuaba Macy Gray.

«Mierda! ¡Estoy coqueteando con él!»

Después de reírle la gracia, Marcus le preguntó:

– ¿Te ha gustado el espectáculo?

– Sí. -Ashling hizo otra de sus caídas de párpados.

– ¿Podré invitarte a tomar algo un día de estos?

Ashling se lo merecía. Se sentía como un conejo deslumbrado por los faros de un coche y que se ha llenado la boca con más hierba de la que puede masticar. Por así decirlo.

No puede ser que me guste por el simple hecho de ser famoso y admirado. Eso es propio de personas muy superficiales.

– Vale. -Su voz había decidido actuar por propia iniciativa-. Llámame.

– ¿Me das tu número?

– Ya lo tienes.

– Dámelo otra vez, por si acaso.

Marcus inició una complicada pantomima, dándose palmadas por todo el cuerpo, fingiendo que buscaba papel y bolígrafo.

Afortunadamente, Ashling llevaba un pequeño kit de escritura en su bolso. Anotó su nombre y su número de teléfono en un bloc y arrancó la hoja.

– Lo guardaré como si fuera un tesoro -dijo él doblándolo varias veces y metiéndoselo en el bolsillo delantero de los vaqueros-. Junto a mi corazón -prometió en un tono cargado de insinuación-. Ahora tengo que irme, pero te llamaré.

Ashling lo vio marchar, desconcertada. Luego, al darse cuenta de que Lisa la miraba con interés, se escondió en el lavabo. Para acercarse al lavamanos tuvo que esquivar a una chica bajita con ojos de actriz trágica que estaba plantada ante el espejo, aplicándose delineador de ojos para conseguir un efecto todavía más trágico. Cuando Ashling abrió el grifo, la chica se volvió hacia su amiga, otra chica más alta que, distraída, se estaba aplicando capas y capas de brillo de labios rosado y pegajoso, y le dijo:

– No te lo vas a creer, Frances, pero esa era yo.

– ¿Quién?

– La chica a la que Marcus Valentina entregó la nota que rezaba Llamez-moi!

Ashling pegó un respingo y se mojó toda la blusa. Nadie se dio cuenta.

Frances realizó un lento e incrédulo giro con el cuerpo, sin apartar la barra de brillo de sus labios. Su amiga, la actriz trágica, le explicó:

– Fue las Navidades pasadas. Estuvimos dos horas haciendo cola juntos para coger un taxi.

– Y ¿por qué no lo llamaste? -Frances apartó la barra de brillo de su boca y sacudió enérgicamente a su amiga sujetándola por los hombros-. ¡Pero si está como un queso! ¡Como un queso!

– Lo encontré demasiado pecoso y gilipollas.

Frances contempló a su amiga con aire meditabundo, antes de emitir su juicio:

– ¿Sabes qué te digo, Linda O'Neill? Que te mereces tu desgracia. De verdad. Jamás volveré a compadecerme de ti.

Ashling, que seguía lavándose las manos como si se encontrara en la fase terminal de un trastorno obsesivo compulsivo, estaba pasmada. Se había pasado la vida entera buscando Señales, y si aquello no era una Señal, a ver qué era. Tírale los tejos a Marcus Valentina, le estaba aconsejando el oráculo celestial. Aunque Marcus se dedicara a repartir notas como aquella como si fueran folletos, Ashling tenía muy buenos presagios sobre aquel asunto.

Cuando Ashling salió del lavabo, Lisa estaba a punto de marcharse. Ahora que ya había conseguido lo que quería, no tenía por qué quedarse más tiempo en aquel local tan cutre.

– Adiós, nos vemos el lunes en la oficina -se despidió Ashling, incómoda, insegura sobre el grado de familiaridad que debía adoptar con su jefa.

Lisa se escurrió entre la multitud con gesto satisfecho. La velada no había estado mal. Conocer a Marcus Valentina la había convencido de que valía la pena perseguirlo. Aunque no iba a resultar fácil. En la vida real no era tan cándido como en el escenario. De hecho era muy listo, y muy evasivo. Lisa sospechaba que de entrada no tenía reparos para escribir una columna, pero que se estaba reservando para un periódico de calidad. Para combatir eso Lisa podía venderle la posibilidad de publicar su columna en otras publicaciones de Randolph Media, por todo el mundo.

Por otra parte estaba aquel giro inesperado: por lo visto a Marcus le gustaba Ashling. Entre las dos podían hacer un movimiento de tenazas. La columna estaba prácticamente asegurada.

Pero más valía que se diera prisa y cerrara el trato antes de que Marcus se cansara de Ashling. Porque seguro que se cansaba de Ashling y se la quitaba de encima. Lisa conocía muy bien a los de su clase. Cuando lanzas a un tipo vulgar como él al estrellato, lo primero que hace es aprovechar la fama para ligar con todas las chicas que se le ponen a tiro.

La cosa podía ponerse fea, porque Ashling parecía de esas mujeres patéticas que se toman muy a pecho los desengaños amorosos, y con lo ocupada que estaba lo último que le convenía a Lisa era una subdirectora deprimida. Ella no entendía a la gente débil que se venía abajo ante el menor contratiempo. Ella jamás lo haría. Aunque todo eso se basaba en la suposición de que Ashling acabara saliendo con Marcus. Quizá no llegara a hacerlo, y Lisa no podría reprochárselo. En opinión de Lisa, Marcus era asqueroso. ¡Con aquellas pecas! Y el hecho de que fuera capaz de hacer reír a un puñado de borrachos no las borraba de su piel.

– ¡Hasta luego, Lisa! ¡Adiós, Lisa! -Los chicos que habían estado charlando con ella al principio de la velada le decían adiós con la mano-. ¡Hasta otra!

Sorprendiéndose a sí misma, Lisa sonrió.

Al pasar por la puerta se cruzó con Joy, que estaba discutiendo con un individuo que tenía un mechón blanco en su larga y negra melena. Lisa tuvo un capricho y le dijo en voz baja:

– Russ Abbott, Hale o Pace. Y no vale decir que ninguno.

Joy se dio la vuelta, pero Lisa ya había salido a la calle. Mientras caminaba hacia su casa, se dio cuenta de que aquella noche había sentido algo especial. Se sentía… había… De pronto lo comprendió. ¡Se había divertido!

20

Pero a la mañana siguiente Lisa se despertó con la sensación de que no podía más. Así, por las buenas. Nunca se había sentido tan abatida, ni siquiera en los peores momentos de su agonizante relación con Oliver. Entonces se había refugiado en el trabajo, consolándose al comprobar que al menos una parte de su vida seguía funcionando.

El caso es que Lisa no estaba de acuerdo con el concepto de depresión. La depresión era un estado anímico que tenían otras personas cuando su vida no les satisfacía por completo. Igual que la soledad o la tristeza. Pero si tenías suficientes pares de zapatos bonitos, comías en suficientes restaurantes estupendos y te habían ascendido pese a que alguien se merecía el ascenso más que tú, no había motivo para sentirse mal.

Al menos esa era la teoría. Pero aquella mañana, tumbada en la cama, le sorprendió el alcance de su depresión. Le echó la culpa a las cortinas y a la plétora de madera de pino, que bastaban para llevar al borde de la desesperación a cualquier persona con un mínimo sentido de la estética y el estilo. También detestaba el silencio que reinaba fuera de la habitación tenuemente iluminada. Maldito jardín, pensó furiosa. Lo que ella quería oír era el ronroneo de los taxis, los portazos de los coches; quería ver a gente bien vestida yendo y viniendo por la calle. Quería ver vida detrás de su ventana. Además, tenía resaca de la noche anterior (había perdido la cuenta de las copas de vino blanco, y la táctica de tomarte un agua mineral después de cada copa deja de surtir efecto cuando vas por la ronda número veinte. De eso culpaba a Joy).

Sin embargo, lo peor era la resaca emocional. Se lo había pasado bien, se había reído, y el buen rollo había desencadenado algo en su interior, porque no podía dejar de pensar en Oliver. Hasta ahora lo había sobrellevado muy bien. Llevaba mucho tiempo apartándolo de su mente. Hizo memoria: casi cinco meses. De hecho, ahora que no se resistía a pensar en ello, se dio cuenta de que sabía exactamente cuántos días habían pasado: 145. No es difícil llevar la cuenta cuando alguien elige el día de Año Nuevo para dejarte.

Aunque la verdad es que Lisa no había hecho gran cosa para impedir que Oliver pusiera fin a la relación. Era demasiado orgullosa. Y demasiado pragmática: había llegado a la conclusión de que sus diferencias eran irreconciliables. Había cosas por las que ella no estaba dispuesta a pasar.

Aun así, aquella espantosa mañana, lo único que Lisa recordaba eran los momentos buenos, la primera fase de la relación, cuando rebosaba esperanza y todo eran promesas de amor.

Lisa trabajaba en Chic, y Oliver era un fotógrafo de moda que empezaba a hacerse un nombre en la profesión. Entraba con desenvoltura en la oficina, agitando sus rizos, generalmente con una enorme bolsa que parecía pequeña colgada de sus robustos hombros. Aunque llegara tarde a una cita con la directora (de hecho, sobre todo cuando llegaba tarde), siempre se paraba un momento a charlar con Lisa.

– ¿Cómo te fue en Nueva York? -le preguntó en una ocasión.

– Fatal. No soporto esa ciudad.

– ¿En serio? -A todo el mundo le encantaba Nueva York, pero Oliver nunca compartía la creencia popular.

– ¿Fotografiaste a alguna supermodelo?

– Sí, ya lo creo. A un montón.

– Ah, ¿sí? Cuenta, cuenta. ¿Qué tal es Naomi?

– Tiene un gran sentido del humor.

– ¿Y Kate?

– Huy, Kate es muy especial.

Aunque a Lisa le decepcionaba que Oliver no compartiera con ella información privilegiada sobre berrinches y consumo de heroína, el hecho de que él no se dejara impresionar por nadie la impresionaba muchísimo.

Antes incluso de verlo, ya sabías que Oliver había entrado en la oficina. Siempre armaba alboroto, por el motivo que fuera: protestaba porque se habían equivocado al pagarle las dietas, se quejaba de que habían impreso sus preciosas fotografías en un papel demasiado barato, discutía y reía enérgicamente. Tenía una voz grave que habría resultado sumamente seductora de no ser él, en general, excesivamente vibrante. Cuando se reía en público la gente siempre se volvía a mirarlo. Suponiendo que no lo estuvieran mirando ya. La belleza de su cuerpo, grande y atlético, combinada con una inesperada gracilidad, resultaba de lo más seductora. Cuando Oliver entraba en la oficina, Lisa lo miraba disimuladamente. La palabra «negro» no servía para describirlo, solía pensar. Era algo mucho más complicado y sutil. Todo en él relucía: su piel, sus dientes, su cabello. Por no mencionar el sudor que automáticamente aparecía en la frente de la directora. ¿Qué escándalo iba a montar aquel día?

Aunque todavía no se había hecho famoso, era sincero y difícil, y se aferraba a sus opiniones. Nunca se rebajaba ante nadie, y cuando alguien hacía algo que le molestaba se lo hacía saber. Fue esa seguridad en sí mismo, combinada con su belleza, lo que hizo decidir a Lisa que lo quería. El hecho de que Oliver estuviera escalando posiciones tampoco le molestaba, desde luego.

Desde que empezara a salir con chicos, Lisa siempre había elegido a sus parejas estratégicamente. No era de esa clase de chicas que salían con un vendedor de seguros. Aunque eso no significaba que fuera una desalmada. Nunca se obligó a salir con un tipo bien situado que no le gustara mínimamente. Bueno, casi nunca. Sin embargo, tenía que reconocer que hubo hombres que le gustaron y a los que nunca se tomó en serio: Frederick, un agente judicial de una seriedad encantadora; Dave, un fontanero monísimo; y el más inadecuado de todos, Baz, un simpatiquísimo delincuente común. (Al menos así fue como le dijo a Lisa que se llamaba, aunque ella dudaba que ese fuera su verdadero nombre.)

De vez en cuanto se permitía un capricho y se enrollaba con uno de aquellos guapísimos casos perdidos, pero nunca cometía el error de creer que allí hubiera algún futuro. Eran como Milky Ways humanos: hombres a los que podías comerte entre horas sin que te quitaran el hambre.

Las relaciones serias las tenía con hombres de otro calibre: un dinámico ejecutivo de una revista (gracias a aquel romance consiguió su primer empleo en Sweet Sixteen); un novelista furioso, que la plantó con muy poca consideración (por lo cual Lisa se aseguró de que sus novelas recibieran críticas virulentas, lo cual a él lo puso aún más furioso); un controvertido crítico musical, del que Lisa estaba locamente enamorada hasta que él descubrió el acid jazz y se dejó perilla.

Oliver era una mezcla de aquellos dos tipos de hombre: lo bastante guapo para pertenecer a la primera categoría, pero con suficiente clase y estilo para competir con la segunda.

El interés que Lisa sentía por él aumentaba con cada visita de Oliver a Chic. Ella sabía que él la respetaba y valoraba, y que su atracción no era simplemente física. En aquella época, no todos sus compañeros de trabajo la odiaban, pero a medida que se iba convirtiendo en la favorita de Oliver se convertía también en la colega más odiada de la oficina.

Sobre todo cuando empezó a hacerle favores especiales a Oliver. En una ocasión en que Lisa encontró unas diapositivas que se habían perdido, Oliver arremetió con humor contra el resto del personal de Chic diciendo: «Ya lo habéis visto, pandilla de negados: esta chica es un genio. ¿Por qué no sois todos como ella?».

Su comentario produjo una oleada de indignación que recorrió la oficina como una descarga eléctrica. De acuerdo: Lisa había encontrado las putas diapositivas, pero no había hecho absolutamente nada más en los dos días anteriores.

Lisa estaba al corriente de que Oliver tenía novia, pero no le sorprendió enterarse de que había roto con ella y volvía a estar libre. Y sabía que ella era la siguiente. Aunque coqueteaban continuamente, nunca se andaban con remilgos. Su solidaridad era tan evidente que resultaba innegable.

Tan evidente era que Flicka Dupont (coordinadora), Edwina Harris (colaboradora de moda) y Marina Booth (redactora de salud y belleza) tramaron un plan para escamotearle a Lisa su parte de una cesta de champús de John Frieda que les habían regalado, argumentando que ella ya obtenía bastantes beneficios extras en el trabajo.

Finalmente llegó el día en que Oliver apareció en las oficinas de Chic, fue directamente hacia Lisa y dijo:

– Te invito a tomar algo el viernes por la noche.

Lisa vaciló, dispuesta a hacerse rogar un poco, pero entonces se lo pensó mejor. Soltó una risita temblorosa y dijo:

– Vale.

– Confiesa que pensabas hacerme sufrir -dijo él.

– Lo confieso -confirmó ella con solemnidad.

Rompieron a reír al unísono, tan fuerte que, tres mesas más allá, Flicka Dupont masculló «Por favor!», y tuvo que meterse un dedo en la oreja para librarse del zumbido.

Más tarde Flicka, desdeñosa, le dijo a Edwina:

– No la envidio.

– Yo tampoco -repuso Edwina.

– Ese tipo es un plasta.

– Sí, es un pesado -coincidió Edwina.

Se quedaron en silencio, y al cabo de un rato Flicka reconoció:

– De todos modos no me importaría acostarme con él.

– ¿En serio? -Edwina nunca había sido precisamente la chica más avispada de la oficina.

El viernes por la noche Oliver y Lisa salieron a tomar una copa. Luego él la invitó a cenar y se lo pasaron tan bien que después fueron a una discoteca y se pasaron horas bailando. A las tres de la madrugada fueron al piso de él e hicieron el amor como dos fieras, después de lo cual durmieron unas horas. Por la mañana despertaron abrazados. Pasaron el resto del día en la cama, hablando, dormitando y devorándose mutuamente.

Aquella noche, ya saciados, se levantaron voluptuosamente de su nido de amor y Oliver llevó a Lisa a un restaurante francés bastante cutre cuya única virtud consistía en que estaba cerca de su casa y se podía ir a pie. A la luz de unas velas rojas metidas en botellas de vino, comieron unos mejillones insípidos y un coq au vin duro como una suela de zapato.

– Es la comida más deliciosa que he probado jamás -dijo Lisa lamiéndose los dedos y mirando provocativamente a Oliver.

Cuando volvían a casa se vieron arrastrados a una boda armenia que se celebraba en la iglesia del barrio.

– Entren, entren -les invitó un expansivo individuo que los abordó en la acera-. Compartan la felicidad de mi hijo.

– Pero si… -protestó Lisa. Aquella no era manera de pasar la noche del sábado para una mujer moderna y elegante como ella. ¿Y si la veía algún conocido suyo?

Pero Oliver, más desinhibido, dijo:

– ¿Por qué no? Vamos, Less, será divertido.

Les pusieron una copa en la mano y ellos se sentaron tranquilamente mientras a su alrededor jóvenes y no tan jóvenes, ataviados con ropa de campesinos con bordados y volantes, bailaban extrañas danzas parecidas a la polka al son de una estridente y rápida música de estilo bazouki. Una anciana que llevaba un pañuelo en la cabeza le pellizcó cariñosamente la mejilla a Lisa y, mirando sonriente a la pareja, dijo con un fuerte acento extranjero: «Enamorrrado. Muy enamorrrado».

– ¿A quién se refiere? ¿A ti o a mí? -preguntó Lisa, ansiosa, al darse cuenta de que se había excedido demostrando sus sentimientos.

– A ursted, jovencitag. -La anciana esbozó una gran sonrisa desdentada.

– Y usted qué sabe -farfulló Lisa.

– ¡Ostras! ¡Qué susceptible! -bromeó Oliver rompiendo a reír, y al estirar sus hermosos labios mostró sus dientes inmaculados-. Eso significa que me quieres.

– ¿No será que tú me quieres a mí? -refunfuñó ella. -Nunca he dicho lo contrario.

Y aunque normalmente Lisa no sentía aquellas cosas, aquella vez, atrapada de forma imprevista en una hermosa y surrealista boda, tuvo la impresión de que Dios los bendecía.

El domingo por la mañana amanecieron con los cuerpos entrelazados. Oliver la metió en su coche y la llevó a Alton Towers, donde pasaron el día compitiendo por ver quién se atrevía a subir a las montañas rusas más peligrosas. Pese a que estaba muerta de miedo, ella se montó en el Nemesis porque no quería parecer cobarde. Al verla palidecer, Oliver rió y dijo: «¿Qué pasa? ¿Lo encuentras demasiado fuerte?». De lo que Lisa se defendió diciendo que tenía una afección del oído. Oliver le interesaba y la estimulaba más que ningún hombre de los que había conocido hasta entonces. Era igual que ella, solo que más.

Luego se fueron a casa a comerse una pizza y a acostarse. Su primera cita duró sesenta horas y terminó cuando Oliver dejó a Lisa en la oficina, el lunes por la mañana.

En la tercera cita ya estaban oficialmente enamorados.

En la cuarta Oliver decidió llevarla a Purley para que conociera a sus padres. Lisa lo interpretó como una señal fabulosa, pero el encuentro resultó fatídico. La decepción empezó cuando llevaban cerca de media hora en el coche y él comentó:

– No sé si mi padre habrá vuelto ya del trabajo.

– ¿A qué se dedica? -Nunca se le había ocurrido preguntárselo; no le había parecido relevante.

– Es médico.

¡Médico!

– ¿Qué especialidad tiene? -preguntó Lisa, esperanzada. ¿Doctor en higiene callejera, es decir, barrendero?

– Medicina general.

Lisa se quedó sin habla. Ella se lo había imaginado como un machote rudo, y resultaba que pertenecía a una familia de clase media y que era ella la ruda. ¿Cómo iba a presentarle ella a sus padres?

Durante el resto del trayecto, Lisa rezó para que, pese a la profesión del padre, la familia de Oliver fuera pobre. Pero cuando el coche se detuvo delante de una gran casa, las ventanas emplomadas de estilo tudor, las cortinas de Laura Ashley y la plétora de adornitos que había en las repisas de las ventanas le hicieron entender que no andaban precisamente cortos de dinero.

Ella había confiado en que la madre de Oliver fuera una mujer bondadosa de muslos gruesos con zapatos Minnie Mouse que bebía Red Stripe para desayunar y tenía una risa aguda (tipo «¡ji, ji, ji!»). Pero la mujer que les abrió la puerta parecía más bien la reina de Inglaterra. Un poco más morena, de acuerdo, pero con el mismo peinado y los mismos trapitos cursis de Marks & Spencer, muy pulcra y muy correcta.

– Encantada de conocerte, querida. -Tenía un perfecto acento de los condados de los alrededores de Londres, y Lisa notó cómo su autoestima mermaba aún más.

– Hola, señora Livingstone.

– Llámame Rita, por favor. Pasad. Papá todavía no ha vuelto de la consulta, pero no tardará mucho.

Los condujo a un salón bien decorado, y cuando Lisa vio que los mullidos sofás no tenían puestas fundas de plástico, se llevó un gran disgusto.

– ¿Te apetece una taza de té? -ofreció Rita alegremente, al tiempo que acariciaba al labrador rubio que había apoyado la cabeza en su regazo-. ¿Lapsang Suchong o Earl Grey?

– Me da lo mismo -contestó Lisa. ¿Qué tenían de malo las bolsitas Lipton?

»Esto no es como me lo había imaginado -le susurró Lisa al oído a Oliver, sin poder contenerse, cuando se quedaron solos.

– ¿Qué te habías imaginado? ¿Que los encontrarías comiendo arroz con guisantes, bebiendo ron -para terminar la frase Oliver adoptó un perfecto acento caribeño- y bailando en el porche al son de los tambores?

– ¡Exacto! Es la única razón por la que he venido.

– Pues te equivocas, querida. -Cambió rápidamente a un acento de locutor de radio de la BBC -. ¡Porque somos británicos!

– Según tengo entendido -intervino Rita, que acababa de aparecer con una bandeja de galletas caseras, sin azúcar y sin ninguna gracia-, el término correcto es bounties. O «bombones helados».

– ¿Bombones helados? ¿Por qué? -preguntó Lisa, confusa.

– Marrones por fuera y blancos por dentro -explicó Rita, y de pronto esbozó una sonrisa de oreja a oreja-. Así es como nos llama mi familia. Y estamos perdidos, porque nuestros vecinos blancos también nos odian. Los de la casa de al lado me dijeron que su casa se había depreciado diez mil libras cuando nos mudamos a este barrio.

Inesperadamente, contradiciendo su atuendo de Marks & Spencer, Rita soltó una estridente carcajada. «¡Ji, ji, ji!» Y Lisa notó que su resentimiento se disolvía como el azúcar que no tomaba con el café. Bueno, al menos los vecinos los odiaban. Menos mal. Ya no los encontraba tan intimidantes.

En su quinta cita hablaron de irse a vivir juntos. En la sexta siguieron analizando aquella posibilidad. La séptima cita consistió en hacer dos viajes en furgoneta de Battersea a West Hampstead para trasladar el enorme vestuario de Lisa de su piso al de Oliver. «Tendrás que deshacerte de algunas de estas cosas, cielo -dijo él, alarmado-. Si no tendremos que comprarnos un piso más grande.»

Posteriormente Lisa se dio cuenta de que quizá ya entonces hubo indicios de que no todo iba tan bien como debería. Pero en aquel momento no supo verlos. Lo encontraba todo fabuloso. Tenía la impresión de que Oliver la aceptaba tal como era, con toda su ambición, energía, filosofía y miedo. Creía que eran dos almas gemelas. Jóvenes, entusiastas, ambiciosos y venciendo las dificultades en su camino hacia el éxito.

En aquella época el concepto del alma gemela estaba muy de moda, pues se había importado recientemente de Los Ángeles. Y ahora Lisa podía decir con orgullo que ella tenía la suya.

Poco después de irse a vivir con Oliver, Lisa se fue a trabajar a Femme, como subdirectora. Eso coincidió con un rápido aumento de la popularidad de Oliver. Aunque no todo el mundo lo admiraba a nivel personal (había gente que opinaba que era demasiado intratable), todas las revistas ilustradas se peleaban para contratarlo. Oliver se repartía equitativamente entre todas, hasta que Lily Headly-Smythe le prometió publicar una de sus fotografías en la portada de Navidad de Panache, y luego se desdijo.

– No ha cumplido su palabra. Nunca volveré a trabajar para Panache ni para Lily Headly-Smythe -sentenció Oliver.

– Ya. Hasta la próxima vez -dijo Lisa, burlona.

– No -insistió él, muy serio-. Nunca más.

Y no lo hizo, ni siquiera cuando Lily le envió un cachorro de perro lobo irlandés a modo de disculpa. Lisa estaba admirada. ¡Qué idealismo! ¡Qué tozudez!

Pero eso fue antes de que Lisa se convirtiera en víctima del mal carácter de Oliver. Entonces ya no le gustó tanto.

21

Para Ashling aquel tampoco estaba siendo el mejor domingo de su vida. Se había despertado emocionadísima respecto a Marcus Valentina. Curiosa y expectante, se sentía preparada para cualquier cosa: para una cita, para un poco de coqueteo, para una tanda de halagos. Para lo que fuera, pero para algo…

Se pasó la mañana deambulando por el piso, en un ambiente de validez, con todas sus facultades positivas en alerta máxima. Pero a medida que pasaban las horas y seguía sin recibir la esperada llamada, su sonrisa interna se fue transformando en irritabilidad. Para pasar el rato y gastar el exceso de energía hizo un poco de limpieza.

La verdad era que Marcus no le había dicho cuándo iba a llamarla. La desilusión de Ashling no se debía al rechazo, sino a la sensación de que estaba dejando pasar una excelente oportunidad. Porque aunque no podía decir con seguridad que Marcus le gustara, sospechaba que podría acabar gustándole. Estaba decidida a averiguarlo, desde luego. Y ahora se sentía como si se hubiera arreglado para salir y no tuviera adónde ir, y no era una sensación nada agradable.

«Qué desastre -pensó mientras fregaba enérgicamente la bañera para descargar su frustración-. Ya he pasado por esto otras veces: colgada del teléfono esperando la llamada de un hombre.» Se dio cuenta, aunque demasiado tarde, de lo mucho que había disfrutado de aquel breve intervalo en que ya no estaba disgustada tras romper con un chico y todavía no estaba chiflada por otro. «Me lo merezco por ser superficial y enamorarme de un famoso», pensó.

Cómo lamentaba no haberlo llamado cuando tuvo ocasión. Y ahora era demasiado tarde porque no encontraba la nota que le había dado Marcus. No recordaba haberla tirado: si lo hubiera hecho se acordaría, porque le habría parecido un gesto cruel. Pero la buscó en todos sus bolsillos y en los cajones de la mesilla de noche. Lo único que encontró fueron recibos y un folleto con publicidad de ordenadores que solo la hicieron sentir aún más culpable.

Siguió limpiando. Pero después de fregar el microondas por dentro necesitaba un incentivo, así que decidió echar un vistazo a su futuro. Las cartas de adivinación de los ángeles no le prometieron nada, así que, para acelerar la llamada de Marcus, Ashling sacó, con cierta timidez, su Kit de los Deseos, que no había visto la luz desde los últimos días de Phelim. Ashling era consciente de que aquello no presagiaba nada bueno.

El kit lo componían seis velas, cada una con una palabra estampada (amor, amistad, suerte, dinero, paz y éxito) y su correspondiente caja de cerillas. Las velas de la amistad, el dinero y el éxito todavía no las había estrenado; las de la paz y la suerte todavía estaban bastante enteras; pero la del amor era la que estaba más gastada. Ashling encendió la última cerilla del amor con solemnidad y prendió la vela, que ardió alegremente durante unos diez minutos hasta que se le acabó la mecha; entonces, tras un breve parpadeo, la llama se apagó definitivamente.

«Mierda -pensó Ashling-, espero que no sea un augurio.»

A última hora de la tarde apareció Ted, que sufría la típica de presión posterior a una noche de subidón. Pese a que había conocido a un montón de chicas, no le había gustado ninguna.

– ¿Qué me dices de aquella tan fantástica con la que estabas hablando cuando me marché? ¿Te has acostado con ella?

– No.

– ¡Pero Ted! No puedes decir eso. Aunque no te la hayas tirado, tienes que decir que sí, para proteger su honor.

A Ted no le hizo gracia.

– Dijo que olía raro. Que olía como su abuela.

– La gente está loca.

– No, no. Tenía razón. -Ted estaba enfadado-. Olía como su abuela.

Ashling le quitó importancia diciendo que Ted no podía saber cómo olía la abuela de aquella chica, pero Ted le interrumpió con tono acusador:

– ¿Sabes por qué?

– ¿Por qué?

– Por ese maldito ungüento que me pusiste antes de salir.

– Ah, el aceite de lavanda. -A veces Ashling tenía la sensación de que no se la valoraba.

– Es un olor típico de abuelas, ¿no? -Ted no se rendía.

– Creía que olían más bien a orina -replicó ella, ofendida por su ingratitud.

– Bueno, de todos modos no era mi tipo -confesó Ted malhumoradamente-. Son todas demasiado jóvenes y demasiado tontas, y unas interesadas. Oye, tu amiga Clodagh -dijo de pronto-, ¿sigue estando casada?

– Pues claro.

– ¿Te pasa algo? -Al parecer él no era el único que estaba bajo de moral.

Ashling se lo pensó bien y decidió no quejarse de que Marcus no la hubiera llamado. Él todavía no había roto ninguna promesa, y podía llamar en cualquier momento. Así que dijo, sin darle importancia:

– Depre del domingo por la tarde.

Había hablado muchas veces con Ted, Joy y Dylan (de hecho, con cualquiera que trabajara) del terror que te entra los domingos por la tarde a eso de las cinco, cuando te das cuenta de que el lunes por la mañana tienes que ir a trabajar. Es como si te cayera encima una tonelada de ladrillos. Aunque todavía quedan unas horas de fin de semana, a efectos prácticos ha terminado cuando surge dentro de ti esa aplastante certeza.

Ted miró su reloj y no desconfió de aquella explicación.

– Las cinco y diez -dijo-. Puntual, como siempre.

– Tengo claustrofobia. ¿Por qué no salimos?

Ashling acababa de recordar una de las reglas básicas de las relaciones hombre-mujer. Era lógico que Marcus no hubiera llamado: ¡Ashling no se había separado del teléfono! Lo único que tenía que hacer era salir del piso, y entonces Marcus llamaría, sin ninguna duda.

Antes de salir, Ashling cogió un par de libros para Boo. La noche anterior no llevaba ninguna novela en el bolso para dársela al mendigo. Pero al meter Trainspotting en su bolso, la asaltaron las dudas. ¿Se ofendería Boo si le daba un libro sobre la adicción a la heroína? ¿Pensaría que ella estaba insinuando algo?

Para mayor seguridad, dejó Trainspotting y cogió Fiebre en las gradas y una novela de ciencia ficción que le había regalado Phelim por su cumpleaños, hacía dos años, y que ella todavía no había leído. Un libro para chicos. Pero al llegar a la calle no vio a Boo.

Ted y Ashling fueron al Long Hall, donde tomaron un par de copas discretas; después fueron a Milano, donde comieron una sencilla pizza, y volvieron a casa. Lo primero que hizo ella al entrar en el piso fue mirar si la luz roja del contestador estaba parpadeando. Y ¡sí, parpadeaba! Se había preparado tan concienzudamente para el desengaño que creía que lo estaba provocando. Se quedó de pie contemplando el contestador, mientras la lucecita roja se encendía y se apagaba. Circulito rojo encendido, circulito rojo apagado, circulito rojo encendido, circulito rojo apagado… Era un mensaje, no había duda. Apretó el play y la asaltó una idea espantosa. Si es de Cormac diciendo que va a entregar un cargamento de arbustos el miércoles, me tiro por la ventana.

Pero resultó que el mensaje no era ni del misterioso proveedor de material de jardinería ni de Marcus Valentina, sino del padre de Ashling.

Ostras, ¿qué habrá pasado?

Su voz iba precedida de un silencio cargado de crujidos y chisporroteos. Luego le decía a otra persona que estaba con él: «¿Ya puedo hablar?».

La otra persona (la madre de Ashling, seguramente) decía algo que Ashling no entendió, y a continuación Mike Kennedy decía: «Han sonado unos cuantos cortos, y luego uno largo. ¡Cómo odio estos aparatos! Ashling, soy papá. Me siento como un imbécil hablando con una máquina. Mamá y yo estábamos comentando que hace tiempo que no sabemos nada de ti. ¿Estás bien? Nosotros estamos estupendamente. Janet nos llamó la semana pasada; nos dijo que tenía que deshacerse de su gato, porque le pegaba cabezazos por la noche. Y hemos recibido una carta de Owen. Cree que ha descubierto una tribu nueva. Bueno, relativamente nueva, claro. Nueva para él, en cualquier caso. Supongo que estarás muy ocupada con tu nuevo trabajo, pero no te olvides de nosotros, ¿vale? ¡Ja, ja, ja! Hasta pronto, hija».

Más chisporroteos y ruido de respiración. Entonces su padre decía: «¿Qué hago ahora? ¿Colgar? ¿No hay que apretar ningún botón?».

Ashling se sintió culpable y se olvidó por completo de Marcus Valentina. Ya podía irse preparando para ir a Cork a ver a sus padres. Como mínimo tendría que llamarlos. Sobre todo si su hermana menor, Janet, había logrado salvar la diferencia de ocho horas para llamar desde California, y si su hermano Owen había podido enviarles una carta desde la cuenca amazónica.

Le echó un vistazo a la fotografía que tenía encima del televisor. Llevaba tanto tiempo allí que Ashling ya ni la veía. Pero aquella llamada telefónica había avivado sus emociones; cogió la fotografía y se quedó mirándola, como si buscara en ella alguna pista.

Era evidente que Mike Kennedy había sido guapísimo de joven. Llevaba una camisa estampada y sonreía a la cámara con desparpajo, con sus patillas años setenta y el largo cabello rizado. Ashling tuvo una sensación extraña: por una parte era su padre, pero por otra parecía de esa clase de hombres a los que veías en una fiesta y te atraían inmediatamente, pero de los que tu instinto te aconsejaba alejarte cuanto pudieras.

Mike rodeaba con un brazo a Janet, que tenía cuatro años. Ella estaba inclinada y tenía el puño entre las piernas (tenía ganas de ir al lavabo; la cámara siempre producía en ella el mismo efecto). Apoyándose en Mike estaba Monica, que llevaba a Owen, de tres años; iba ataviada con una blusa de poliéster de mangas anchas. La madre sonreía feliz; parecía increíblemente joven, tenía el cabello liso y bien peinado, y unas pestañas espectaculares. Y en el centro del grupo, entre los dos adultos, estaba Ashling, de seis años, poniendo los ojos bizcos.

Lucifer antes de la caída, pensaba siempre cuando miraba aquella fotografía. Parecían la familia perfecta. Pero Ashling se preguntaba a menudo si ya entonces las cosas habían empezado a decaer.

Dejó la fotografía en su sitio y volvió al presente. Hacía tres semanas que no llamaba a sus padres. No era que no se hubiera acordado de hacerlo: pensaba mucho en ellos, pero siempre se le ocurría alguna excusa para no hacerlo.

Con todo, no siempre estaba satisfecha con aquella falta de comunicación. Ashling sabía que Clodagh llamaba a su madre todos los días. Aunque Brian y Maureen Nugent eran muy diferentes a Mike y Monica Kennedy. Quizá si Brian y Maureen hubieran sido sus padres, ella los habría llamado más a menudo.

22

Lunes por la mañana. Tradicionalmente, la mañana más deprimente de la semana (con la única excepción de la semana con lunes festivo, caso en que pasa a serlo el martes por la mañana). Aun así, Lisa estaba muy animada. La perspectiva de ir a la oficina le hacía sentir que volvía a llevar las riendas de la situación; al menos podría hacer algo para mejorar su estado de ánimo. Pero entonces quiso ducharse y comprobó que el agua salía helada.

Tuvo que aplazar temporalmente su intención de coger por banda a Jack y preguntarle cuándo pensaba arreglar el temporizador de la caldera porque a la señora Morley se le escapó que Jack se había pasado todo el fin de semana trabajando, apaciguando a enfurecidos electricistas y cámaras. Estaba agotado y de muy mal humor.

Ashling, que había llegado tarde y también estaba deprimida, tampoco estaba teniendo un buen día. Para colmo, Jack Devine asomó la cabeza por la puerta de su despacho y, con tono cortante, dijo:

– ¿Doña Remedios?

– ¿Sí, señor Devine?

– ¿Puedo hablar contigo un momento?

Ashling, alarmada, se levantó demasiado deprisa y tuvo que esperar un momento a que su sistema circulatorio se recuperara y le devolviera la visión.

– O tienes un grave problema, o te acuestas con él -susurró Trix con regocijo-. Ya me lo contarás…

Ashling no estaba de humor para las bromitas de Trix. No tenía ni idea de por qué Jack Devine quería hablar con ella en privado. Fue hacia su despacho temiéndose lo peor.

– Cierra la puerta -pidió él.

«Me van a despedir.» Ashling tenía los pelos de punta.

La puerta se cerró detrás de ella e inmediatamente la habitación se encogió y oscureció. Jack, con su oscuro cabello, sus oscuros ojos, su traje azul oscuro y su oscuro humor, solía causar aquel efecto. Por si fuera poco, no estaba detrás de su mesa, sino delante y apoyado en ella, y quedaba muy poco espacio entre Jack y Ashling, que se sentía sumamente incómoda.

– Quería darte esto, sin que lo vieran los demás.

Ella no pudo evitar echarse hacia atrás para apartarse de él, aunque no tenía a dónde ir. Jack le tendió una bolsa de plástico que ella aceptó con desconcierto. Reparó, aturdida, en que era demasiado grande para contener una carta de despido.

Se quedó con la bolsa en las manos; Jack soltó una risita impaciente y dijo:

– Mira dentro.

Ashling abrió la bolsa y, sorprendida, vio que la bolsa contenía un cartón de Marlboro, con un lazo rojo atravesado en el envoltorio de celofán.

– Por los cigarrillos que te he gorreado últimamente -aclaró Jack-. Lo siento -añadió, aunque no sonó muy sincero.

– Es muy bonito -balbució ella, sorprendida por aquel indulto, y por el lazo rojo.

Jack rió como Dios manda por primera vez desde que Ashling lo conocía. Soltó una sonora carcajada, echando la cabeza atrás y luego inclinándose hacia delante.

– ¿Bonito? -exclamó, muerto de risa-. Bonitos son los barcos de vela, las olas de tres metros, pero… ¿los cartones de tabaco? No sé, a lo mejor tienes razón.

– Creía que me ibas a despedir -le espetó Ashling.

Él se quedó sorprendido.

– ¿Despedirte? Pero…, doña Remedios -dijo con picardía, adoptando un tono dulzón-, ¿quién nos proporcionaría tiritas, aspirinas, paraguas, imperdibles, esa cosa para los sustos… ¿cómo se llama? ¿Pócima curativa?

– Bálsamo curalotodo. -Por cierto, a ella no le vendría mal un poco. Tenía que salir de aquel despacho para recobrar el aliento.

– ¿De qué tienes tanto miedo? -le preguntó Jack con un tono aún más dulce. A Ashling le pareció que se acercaba un poco más a ella.

– ¡De nada! -gritó.

Jack se quedó mirándola con los brazos cruzados. El modo en que las comisuras de su boca se curvaban hacia arriba hizo que Ashling se sintiera tonta e infantil; tenía la impresión de que su jefe se estaba mofando de ella. De pronto fue como si él perdiera el interés.

– Ya puedes irte -dijo rodeando la mesa para sentarse en su butaca-. Pero no se lo cuentes a los demás -añadió señalando la bolsa-. Si no, todos vendrán a reclamar su cartón.

Ashling volvió a su mesa con la sensación de que sus piernas pertenecían a otra persona. ¡Paren las prensas! Jack Devine no era tan capullo como parecía. Pero lo más curioso era que en cierto modo Ashling lo prefería de la otra manera. De todos modos, aquella misma tarde las aguas volvieron a su cauce.

Mercedes entró precipitadamente en la oficina, y todos estuvieron a punto de caerse de la silla al ver que exteriorizaba sus sentimientos, cosa rara en ella. Obedeciendo las órdenes de Lisa, había ido a ver si podía entrevistar a la chalada de Frieda Kiely. Y aunque Mercedes se había pasado todo el fin de semana en Donegal haciendo fotografías para un reportaje de doce páginas sobre la ropa de Frieda, esta la hizo esperar una hora y media, y luego manifestó que nunca había oído hablar de Colleen.

«¿Para qué revista dice que trabaja? -le preguntó-. ¿Para Colleen? ¿Qué demonios es eso? ¿Qué demonios es esto?»

– Es una enferma. Una imbécil -masculló Mercedes, y luego tuvo otro ataque de humillación-. ¡Una imbécil de mierda!

– Una zorra psicótica con síndrome premenstrual. -Kelvin estuvo encantado de ponerse a favor de Mercedes.

– Una histérica engreída -aportó Trix.

– Y una anoréxica -terció Bernard el soso, que no tenía ni idea de qué aspecto tenía Frieda, pero al que le gustaba cotillear, como a cualquier hijo de vecino-. Hay más carne en el bastón de un gitano después de una buena pelea.

Trix lo miró con desdén y dijo:

– Eso es un cumplido, idiota. ¡No tienes ni idea!

Siguieron poniendo verde a Frieda Kiely; la única que no participó fue Ashling, que había leído en algún sitio que verdaderamente estaba loca. Por lo visto padecía esquizofrenia leve y no se tomaba la medicación.

– ¿No creéis -les interrumpió, creyendo que alguien tenía que defenderla- que antes de criticarla deberíamos conocerla mejor?

– Exacto -dijo Jack, que acababa de asomarse por la puerta para ver a qué se debía tanto alboroto-. Así podríamos fotografiarla persiguiéndonos con un zapato en la mano. No me parece mala idea. -Le lanzó una sonrisa burlona a Ashling, y luego bramó-: Por el amor de Dios, Ashling, compórtate de acuerdo con la edad que tienes, y no como una anciana que ha sobrepasado el límite de velocidad.

A Lisa le hizo gracia la broma.

– ¿Cuál es el límite de velocidad en este país? -preguntó.

– Setenta -contestó Jack, y volvió a cerrar la puerta.

Ashling volvía a odiar a Jack. Todo volvía a la normalidad.

Aunque Marcus Valentina no tenía su número del trabajo, Ashling tragó saliva cuando, a las cuatro menos diez, Trix le pasó el teléfono y dijo:

– Preguntan por ti. Es un hombre.

Ashling cogió el auricular, esperó un momento para serenarse y luego dijo:

– ¡Hola!

– ¿Ashling? -Era Dylan, y parecía desconcertado-. ¿Qué te pasa? ¿Estás resfriada?

– No. -Ashling, desilusionada, volvió a adoptar su voz normal-. Creía que eras otra persona.

– ¿Cómo lo tienes esta noche? Puedo bajar al centro a la hora que te vaya bien.

– Vale. -Así no tendría que quedarse en casa pendiente del teléfono-. Pásate por la oficina sobre las seis.

A continuación llamó a su casa para ver si había algún mensaje. Solo hacía un cuarto de hora que lo había hecho, pero nunca se sabía.

O quizá sí se sabía, porque no había llamado nadie.

A las seis y cuarto Dylan causó una pequeña conmoción cuando, con el rubio cabello tapándole los ojos, se presentó en la oficina de Ashling con un elegante traje de lino y una inmaculada camisa blanca. Se plantó delante de la mesa de Ashling, y ella le encontró algo raro: tenía un hombro torcido, como si se lo hubiera dislocado.

– ¿Te encuentras bien? -Ashling se levantó, dio una vuelta alrededor de Dylan y descubrió que la razón por la que todo su cuerpo estaba inclinado hacia un lado era que estaba intentando ocultar una bolsa de HMV detrás de la espalda-. Dylan, no voy a decirle a nadie que has estado comprando discos.

– Lo siento. -Se encogió de hombros, avergonzado-. Eso me pasa por trabajar en Sandyford, lejos de la civilización. Cada vez que vengo al centro, pierdo la cabeza en las tiendas de discos. Y luego me siento culpable.

– No temas, tu secreto está a salvo conmigo.

– ¿Chaqueta nueva? -le preguntó Dylan mientras Ashling apagaba el ordenador.

– Pues… sí.

– Déjame ver.

Dylan se empeñó en que se quedara quieta un momento, pasó la mirada por sus hombros, asintió y dijo: «Sí». Ashling intentó en vano meter el estómago mientras él bajaba la mirada por las costuras laterales, volvía a asentir y repetía, con más aprobación aún: «Sí». Cuando hubo terminado, la miró, sonriente, y dijo:

– Te queda bien. Muy bien.

– Eres un granuja. -Ashling se sintió muy halagada por el examen de Dylan. Este nunca escatimaba piropos; sin embargo, pese a saber que lo hacía casi automáticamente, era difícil no creérselo aunque solo fuera un poco, y más difícil aún disimular el placer que sentía-. Eres un auténtico peligro- añadió, radiante.

»Ya podemos irnos.

Ashling se dio la vuelta y vio que Jack Devine estaba cerca, buscando algo en una carpeta que había en la mesa de Bernard, con aire taciturno. Le dijo adiós con una sonrisilla nerviosa, y por un instante temió que Jack fuera a ignorarla. Pero entonces él soltó un profundo suspiro y dijo:

– Adiós, Ashling-. Lisa venía del lavabo, donde había ido a arreglarse el maquillaje porque aquella noche tenía una cita con un famoso chef irlandés al que quería convencer para que les hiciera artículos sobre gastronomía. Iba corriendo hacia su mesa para recoger su chaqueta, y al pasar por la puerta tropezó con un individuo rubio al que nunca había visto. Le golpeó el pecho con el hombro y notó, aunque brevemente, el calor que atravesaba su camisa.

– Perdona. -Dylan le puso las manos sobre los hombros-. ¿Estás bien?

– Creo que sí. -Lisa se enderezó y ambos se miraron con interés. Luego Lisa reparó en que Ashling estaba a su lado. ¿Quién era aquel tipo? ¿Su novio? No, no podía ser.

– ¿Quién era esa? -preguntó Dylan cuando ya se habían cerrado las puertas del ascensor.

– Eres un hombre felizmente casado -le recordó Ashling.

– Solo pregunto.

– Se llama Lisa Edwards, y es mi jefa. -Pero inmediatamente Ashling se acordó de la conversación que había tenido con Clodagh sobre aquellas reuniones a las que iba Dylan. «¿Le pone cuernos?», pensó-. ¿Adónde vamos? -preguntó.

Dylan la llevó al Shelbourne, que estaba abarrotado de gente que salía del trabajo.

– Tendremos que quedarnos en la barra -observó Ashling-. Jamás conseguiremos una mesa.

– No seas tan pesimista -dijo Dylan, risueño-. Espera un momento.

Se acercó a una mesa, charló brevemente con sus ocupantes y luego regresó junto a Ashling.

– Ven, esos ya se marchan.

– ¿Cómo que ya se marchan? ¿Qué demonios les has contado?

– ¡Nada! Es que he visto que casi habían terminado.

– Hummm. -Dylan era tan encantador y tan persuasivo que sería capaz de vender sal a Siberia.

– Siéntate aquí, Ashling. ¡Adiós! ¡Muchas gracias!

Se despidió con una ancha sonrisa de los clientes que le habían cedido la mesa. Luego, con una velocidad sospechosa, se perdió entre la muchedumbre y regresó con dos copas. A Dylan todo le salía bien; mientras él le ponía el gin-tonic delante, Ashling se preguntó cómo sería estar casada con él. Una maravilla, se imaginaba.

– Cuéntamelo todo sobre este fabuloso nuevo empleo -le pidió Dylan-. Quiero saberlo absolutamente todo.

Ashling se dejó llevar por el contagioso entusiasmo de Dylan. Se lo pasó la mar de bien describiendo a sus compañeros de Colleen y las relaciones que había entre ellos (o las que no había).

Dylan, que al parecer lo encontraba todo muy gracioso, rió mucho, y Ashling estuvo a punto de caer en la trampa de pensar que era una gran anectodista. Era el mismo rollo que con la chaqueta: el gran don de Dylan consistía en lograr que los demás se sintieran bien con ellos mismos. Lo hacía sin darse cuenta. Ashling sabía que no se trataba de que fuera falso; se pasaba un poco, sencillamente. Y ella no podía cometer el error de contarle las mismas historias patéticas a otras personas y esperar de ellas carcajadas como las de Dylan.

– Qué graciosa eres, Ashling.

Dylan, elogioso, entrechocó su vaso con el de ella. Aquellos comentarios insinuantes siempre daban a entender algo más de lo que él estaba dispuesto a expresar con palabras. Aunque Ashling no se los tomaba en serio. Al menos ya no se los tomaba en serio a estas alturas.

– ¿Cómo va tu negocio de informática? -le preguntó al fin.

– ¡Uf! ¡Increíblemente bien! La verdad es que no damos abasto.

– ¡Ostras! -Ashling sacudió la cabeza, admirada-. Y eso que cuando te conocí no estabais seguros de que la empresa lograra superar el primer año. ¡Ya ves!

El tono de la conversación experimentó un breve declive, casi imperceptible, cuando Ashling mencionó los viejos tiempos. Pero afortunadamente casi se habían terminado las copas, así que Ashling se levantó de un brinco.

– ¿Lo mismo?

– Siéntate. Iré yo.

– No, ni hablar, yo…

– Siéntate, Ashling. Insisto.

Aquella era otra de las características de Dylan: era sumamente generoso, y cuando te invitaba lo hacía sin ningún esfuerzo.

Cuando Dylan volvió con las bebidas, Ashling le preguntó:

– ¿Tenías algún motivo en concreto para pedirme que nos viéramos?

– Pues… sí -contestó Dylan mientras jugueteaba con un posavasos-. Sí, tenía un motivo. -De pronto parecía muy incómodo, y eso no era nada propio de él-. ¿No has notado… nada…?

Se detuvo y no siguió hablando.

– Nada… ¿de qué?

– En Clodagh.

– ¿Qué quieres decir?

– Estoy… -hizo una pausa- un poco preocupado por ella. Nunca está contenta, está muy irritable con los niños y a veces hasta… un poco irracional. El otro día Molly acusó a Clodagh de haberla pegado, y nosotros nunca hemos pegado a los niños.

Otra incómoda pausa; luego Dylan prosiguió:

– Ya sé que te parecerá una tontería, pero Clodagh se pasa la vida decorando la casa. En cuanto acaba de cambiar una habitación ya empieza a pensar en otra. Y no sirve de nada que intente hablar de este tema con ella. No sé si… He pensado que quizá esté deprimida.

Ashling reflexionó. Ahora que lo pensaba, últimamente Clodagh parecía insatisfecha, y estaba un poco intratable. Y era verdad: se estaba pasando con la decoración. Además, a Ashling le había sorprendido el que le hubiera dicho a Molly que Barney había muerto. Es más, la había impresionado. Aunque la defensa de Clodagh, alegando que ella también tenía sentimientos, parecía razonable. Sin embargo ahora, en el contexto de la inquietud de Dylan, aquel detalle recuperó su calidad de mal augurio.

– No lo sé. Puede que sí -dijo Ashling, pensativa-. Pero los niños dan mucho trabajo. Son muy absorbentes. Y teniendo en cuenta que tú tienes un horario de trabajo muy largo…

Dylan se inclinó, escuchando con atención a Ashling, como si pudiera coger sus palabras con las manos. Pero aprovechando un momento en que ella se quedó callada, sumida en un lamentable silencio, dijo:

– Espero que no te moleste que te diga esto, pero he pensado que quizá tú sepas reconocer los síntomas. Por lo de tu madre… Tu madre… -insistió al ver que Ashling se había quedado muda-. Tenía depresión, ¿no? -La sutileza de Dylan no fue suficiente para hacer hablar a Ashling-. Y he pensado que Clodagh podría tener el mismo problema… -añadió.

De pronto Ashling se vio transportada al pasado, envuelta en el caos, el desconcierto, el terror constante. Los viejos gritos y chillidos resonaban en sus oídos, y tenía los músculos de la boca paralizados por la determinación de no hablar de ello. Con firmeza, casi agresivamente, dijo:

– Lo de Clodagh no tiene nada que ver con lo que le pasaba a mi madre.

– ¿No? -dijo Dylan, esperanzado, y con una pizca de curiosidad.

– Decorar el salón no es un síntoma de depresión. Bueno, al menos no que yo sepa. No le cuesta levantarse de la cama, ¿verdad? Ni te ha dicho que le gustaría estar muerta, ¿no?

– No. -Dylan sacudió la cabeza-. No, qué va. Nada de eso.

Aunque lo de su madre no había empezado de aquel modo. Había sido una cosa gradual. Ashling se trasladó contra su voluntad al pasado y volvió a ser una niña de nueve años, la edad que tenía cuando se dio cuenta de que algo no acababa de funcionar. Estaban de vacaciones en Kerry y su padre, que contemplaba la espléndida puesta de sol, comentó:

– Un hermoso final para un hermoso día, ¿verdad, Monica?

Monica, con la vista al frente, respondió con gravedad:

– Menos mal que se pone el sol. Estoy deseando irme a la cama.

– Pero si ha sido un día perfecto -repuso Mike-. Ha hecho sol, hemos jugado en la playa…

Monica se limitó a repetir:

– Estoy deseando irme a la cama.

Ashling dejó de pelearse con Janet y Owen; se sentía excluida e inquieta. Se suponía que los padres no tenían sentimientos; al menos, no sentimientos de aquel tipo. Podían quejarse cuando no hacías los deberes o no te acababas la cena, pero no se les permitía sentirse desgraciados.

Pasadas las dos semanas de vacaciones volvieron a casa, y su madre, que era joven, guapa y feliz, se transformó de la noche a la mañana en una mujer callada y triste, y dejó de teñirse el pelo. Y lloraba. Lloraba constantemente, en silencio, dejando que las lágrimas resbalaran por sus mejillas.

– ¿Qué te pasa? -le preguntaba Mike una y otra vez-. Pero ¿qué te pasa?

– ¿Qué te pasa, mamá? -le preguntaba Ashling-. ¿Te duele la barriga?

– Me duele el alma -susurraba ella.

– Tómate un par de aspirinas infantiles -decía Ashling, repitiendo lo que su madre le decía a ella cuando le dolía algo.

Las desgracias de los demás hundían a Monica. Pasó tres días llorando por culpa del hambre que asolaba África. Pero cuando Ashling llegó a casa para darle la buena noticia (que a ella le había transmitido la madre de Clodagh) de que ya habían empezado a mandarles comida, Monica rompió a llorar por un recién nacido al que habían encontrado abandonado en una caja de cartón. «Pobre criatura -se lamentaba entre sollozos-. Pobre criatura indefensa.»

Mientras su madre lloraba, su padre sonreía por los dos. Sonreía mucho. Se pasaba la vida sonriendo. Tenía un trabajo importante que lo mantenía muy ocupado. Eso era lo que todo el mundo le decía a Ashling: «Tu padre tiene un trabajo muy importante y está muy ocupado». Era vendedor y tenía que viajar: de Limerick a Cork, de Cavan a Donegal; parecían las aventuras de los fenianos. Tan ocupado estaba y tan importante era su trabajo que muchas veces estaba fuera de casa de lunes a viernes. Ashling estaba orgullosa de su padre. Los padres de todas sus amigas volvían a casa a las cinco y media cada tarde, y ella se sentía superior y pensaba que aquellos padres debían de tener trabajos insulsos.

Entonces llegaba el fin de semana, y su padre se pasaba el día sonriendo, sonriendo y sonriendo.

– ¿Qué podemos hacer hoy? -decía dando una palmada y mirando, radiante, a su familia.

– ¿Qué más me da? -murmuraba Monica-. Me estoy muriendo por dentro.

– Vaya, qué tontería. ¿No se te ocurre nada más divertido? -bromeaba él.

Luego miraba a Ashling, sonreía y decía, como si ambos compartieran un secreto:

– Tu madre tiene temperamento artístico.

Su madre siempre había escrito poesía. Incluso le habían publicado un poema en una antología, cuando Ashling era muy pequeña, y desde que empezaran los llantos y la tristeza, escribía mucho más. Ashling sabía lo que eran los poemas: hermosas palabras rimadas sobre atardeceres y flores, generalmente narcisos. Pero un día, instigada por Clodagh, leyeron a hurtadillas algunos poemas de Monica, y Ashling se quedó horrorizada. Sintió una profunda angustia, y solo daba gracias por una cosa: porque Clodagh apenas sabía leer.

Los poemas no rimaban, el número de sílabas de los versos era irregular; pero lo peor, lo que más confusión le causó, fueron las palabras tomadas individualmente. En los poemas de Monica Kennedy no había flores, sino palabras extrañas, brutales, que Ashling tardó mucho tiempo en descifrar:

Vivo en un silencio suturado.
Mi sangre es negra.
Soy cristales rotos,
soy acero herrumbrado,
soy el castigo y el delito.

Ashling regresó al presente y se encontró frente a Dylan, que la miraba con interés y consternación.

– ¿Te encuentras bien? -le preguntó.

Ella asintió.

– Creí que te había dado algo.

– Estoy bien -insistió Ashling-. Clodagh no habrá empezado a escribir poesía, ¿verdad? -Se esforzó por sonreír.

– ¿Poesía? ¡Qué va! -Dylan chascó la lengua, como si acabara de darse cuenta de lo tonto que había sido-. Así que si se pone a escribir poemas puedo empezar a preocuparme, ¿no?

– Bueno, pero de momento no te preocupes. Seguramente lo único que le pasa es que está cansada y necesita un respiro. ¿No podrías preparar algo agradable? Llevártela de vacaciones para que se anime un poco, o algo así.

«Otra vez», pensó, resentida. No le hacía demasiada gracia que Dylan le pidiera consejo a ella sobre cómo hacerle la vida aún más agradable a Clodagh.

– Ahora no puedo tomarme vacaciones -explicó Dylan.

– Pues… llévala a cenar a un restaurante de lujo.

– Clodagh no se fía de las niñeras.

– ¿Por qué? ¿Qué les pasa a las niñeras?

Dylan rió, un tanto abochornado.

– Le da miedo eso de los abusos deshonestos. O que peguen a los niños. La verdad es que a mí también me preocupa, a veces.

– Ostras, ya no saben qué inventar para que la gente se preocupe. No sé, buscad a alguien de confianza. ¿No podríais dejárselos a tu madre?

– ¿A mi madre? -Dylan hizo un mohín, disimulando su alarma-. Verás, no creo que fuera muy buena idea…

Ashling asintió. Dylan tenía razón. Las únicas ocasiones en que Clodagh y su suegra se miraban a la cara era cuando discutían abiertamente (por lo general sobre la mejor forma de ocuparse de Dylan y de los hijos de Dylan).

– Y la madre de Clodagh está casi inmovilizada por la artritis -añadió Dylan-. No podría con los niños.

– Si quieres, yo puedo haceros de niñera -se ofreció Ashling.

– ¿El fin de semana? ¿Una joven sin compromiso como tú?

Ashling vaciló y dijo:

– Sí… sí -repitió, con más firmeza y tono ligeramente desafiante-. ¿Por qué no?

Si estaba ocupada de verdad, aumentarían las probabilidades de que Marcus Valentina la llamara.

– Eres genial. -Dylan se enderezó, y agregó-: Gracias, Ashling, eres un amor. Reservaré una mesa para el sábado por la noche. A ver si encuentro sitio en L'Oeuf.

Claro, pensó Ashling, ¿dónde si no? L'Oeuf era el no va más de los restaurantes elegantes de Dublín. Tenía ese toque de distinción único de los establecimientos que nunca pasan de moda, aunque no sirvieran cocina asiática ni cocina irlandesa moderna. Los platos eran tan exquisitos que te hacían llorar. Y los precios también.

– Tu madre ya está mejor, ¿verdad? -Dylan quiso reparar la torpeza de haber sacado aquel tema a colación.

«Mejor» era un concepto relativo, y de todos modos no siempre lo estaba, pero para complacer a Dylan, Ashling asintió y dijo:

– Sí, sí. Ya está mejor.

– Eres una chica estupenda, Ashling -dijo Dylan al despedirse.

«Sí -pensó ella con amargura-. ¿Verdad que sí?»

23

A poca distancia del bar donde estaban Dylan y Ashling, en el Clarence, Lisa cenaba con el famoso chef Jasper French. Jasper había pedido que lo llevaran allí, porque así tendría ocasión de comprobar que la comida que servían no era ni la mitad de buena que la que servía él en su epónimo restaurante. Era guapo, antipático, evidentemente se consideraba un genio y se moría de celos de sus competidores.

– Aficionados -declaró enarbolando su sexta copa de vino-. No son más que unos aficionados y unos diletantes. ¿Marco Pierre White? ¡Un aficionado! ¿Alasdair Little? ¡Un aficionado!

Madre mía, qué pelmazo de tío. Lisa asintió, sonriente. Suerte que los hombres difíciles eran su especialidad.

– Por eso te hemos elegido a ti para que participes en el éxito de Colleen, Jasper.

Aquello no era del todo cierto. Habían elegido a Jasper porque Conrad Gallagher ya había rechazado la oferta, alegando exceso de trabajo.

Mientras Jasper se bebía buena parte de la segunda botella de vino, Lisa lo sorprendió hablándole de sin ergía. Sin llegar a prometérselo, insinuó que la columna de Colleen podía llevarlo fácilmente a tener su propio programa en el Canal g, el canal de Randolph Media.

– ¡Trato hecho! -decidió Jasper-. Envíame un contrato mañana por la mañana.

– No será necesario. Aquí tengo uno -dijo Lisa gentilmente; lo mejor era actuar era actuar de inmediato.

Él estampó su firma, y lo hizo justo a tiempo, porque hubo un momento crítico cuando el camarero le retiró el plato a Lisa, que, como de costumbre, había movido la comida por el plato, pero no había probado bocado.

– ¿No le ha gustado el plato? -preguntó el camarero.

– Sí, sí. Estaba delicioso, es que… -Lisa se dio cuenta de que Jasper la miraba fijamente, y modificó rápidamente su veredicto para darle un tono más neutral-: Estaba correcto.

– Si estaba tan estrepitosamente malo como el mío, no me extraña que no haya podido ni probarlo -intervino Jasper, desafiante-. ¿Blinis de morcilla? Eso es más que un tópico. ¡Es un chiste!

– Lo lamento mucho, señor. -El camarero miró con indiferencia a Jasper y su plato vacío. Había trabajado para aquel capullo-. ¿Tomarán postres?

– ¡Ni hablar! -contestó Jasper con vehemencia, lo cual disgustó mucho a Lisa, que aquella semana estaba haciendo un régimen a base de postres. Solo comía los más ligeros, por supuesto: fruta fresca, sorbetes, mousses de fruta. Hacía más de una década que no probaba el chocolate.

Bueno, no importaba. Lisa pagó la cuenta y se levantaron de la mesa (Jasper con paso menos seguro que ella). Cuando llegaron a la puerta del restaurante se estrecharon la mano, y entonces él intentó abalanzarse sobre Lisa, pero ella lo esquivó con mucho tacto. Suerte que ya tenía el contrato firmado.

Jasper se alejó por la acera, tambaleándose y con gesto sombrío, y en cuanto se quedó sola, a Lisa volvió a invadirla la tristeza. ¿Por qué? ¿Por qué aquí todo resultaba tan difícil? En Londres ella estaba bien. Incluso después de la ruptura con Oliver, había seguido adelante. Había seguido trabajando, llevando sus ideas a la práctica, haciendo cosas, convencida de que tarde o temprano obtendría una recompensa. Pero la recompensa se la llevó otra persona, y ahora ella estaba en Irlanda, y sus recursos para sobrellevar las dificultades no parecían funcionar tan bien aquí.

El día anterior no había telefoneado a su madre, aunque era domingo. Estaba demasiado deprimida. Solo se había vestido para bajar a la asquerosa tienda de la esquina y comprarse un tarro de helado y cinco periódicos, y en cuanto regresó a casa volvió a ponerse la bata y pasó el resto del día envuelta en una nube de humo de cigarrillos, sin hacer nada. El único contacto que tuvo con la humanidad fue el de los niños de ocho años del barrio, que golpeaban repetidamente la puerta de su casa con la pelota de fútbol.

Antes de parar un taxi entró en un quiosco para comprar cigarrillos, y se animó un poco al ver que ya había salido el último número de la revista Irish Tatler, una de las rivales de Colleen: podía dedicar el resto de la noche a analizarla y criticarla. De repente ya no le deprimía tanto la idea de volver a casa.

– ¡Hola, Lisa! -le gritaron unas niñas que estaban jugando en la calle cuando se bajó del taxi-. Qué vestido tan sexy.

– Gracias.

– ¿Qué número calzas?

– El seis.

Las niñas se apiñaron para deliberar. ¿Era muy grande el número seis? Decidieron que sin duda era demasiado grande para ellas.

Lisa entró en casa, dejó el bolso en el suelo, enchufó la tetera eléctrica y miró si había mensajes en el contestador. No había, lo cual no la sorprendió, porque casi nadie sabía su número. Con todo, eso no impidió que se sintiera fracasada.

Se quitó los bonitos zapatos, colgó el vestido en el respaldo de una silla y cuando se estaba poniendo unos sencillos pantalones con cordón y una camiseta cortita sonó el timbre de la puerta. Debía de ser una de aquellas niñas para preguntarle si les regalaría su bolso cuando ya no lo quisiera.

Lisa exhaló un suspiro y abrió la puerta de par en par, y allí, plantado en el escalón, y con la cabeza un poco agachada para caber en el umbral, estaba Jack.

– Oh -dijo Lisa, desprevenida.

Era la primera vez que lo veía sin el traje. Llevaba una camisa larga sin cuello, con los primeros botones desabrochados. Y no por una cuestión de estilo, sino porque faltaban los botones. Los pantalones caqui parecían haber sobrevivido a las dos guerras mundiales, y tenían un desgrarrón en la rodilla derecha que dejaba entrever una rótula lisa y un cuadradito de piel con vello. Iba aún más despeinado de lo habitual, y no se había afeitado.

Apoyándose en el marco de la puerta, Jack exhibió un aparatito que tenía en la palma de la mano, como si fuera un policía y mostrara su placa de identificación.

– Tengo un temporizador para tu caldera -dijo, y sus palabras sonaron vagamente sugerentes-. Siento haber tardado tanto. -Vaciló un momento y añadió-: ¿Te pillo en mal momento?

– No, no -dijo ella-. Pasa, por favor.

Lisa estaba sorprendida, porque en Londres nadie iba a verte sin avisar. Ella nunca había quedado para recibir a nadie sin antes abrir su agenda y montar aquel numerito de «estoy más ocupada y soy más importante que tú». Se trata de un ritual elaborado, gobernado por reglas muy estrictas. Tienen que ofrecerte y tienes que rechazar al menos cinco fechas hasta que aceptas una. «‹El martes que viene? No puedo. Estoy en Milán.» Eso le da pie a la otra persona a replicar: «Y a mí no me va bien los miércoles porque tengo clase de reiki». Una respuesta aceptable a eso sería: «Pues yo no puedo los jueves porque es el día que viene mi profesor particular de Técnica Alexander». A lo que el otro puede contraatacar: «Y el fin de semana que viene es imposible: me voy a una casita en el Lake District con unos amigos». Y el contrincante, si tiene estilo, dice: «Pues la otra semana ni hablar. Estoy en Los Ángeles, por negocios». Una vez se ha establecido una fecha, sigue siendo aceptable (es más, se considera lógico que lo hagas) cancelar la cita el mismo día, alegando jet lag, una cena con un cliente o tener que viajar a Ginebra para despedir a setenta empleados.

La escasez de tiempo era un símbolo de estatus, igual que las gafas de sol Gucci o los bolsos Prada. Cuanto menos tiempo tuvieras, más importante eras. Evidentemente, Jack no lo sabía.

Jack miró alrededor, admirado.

– ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Tres o cuatro días? Y la casa ya parece mucho más bonita. Mira eso… -Señaló un cuenco de vidrio lleno de tulipanes blancos-. Y eso… -Un jarrón de flores secas le había llamado la atención.

Suerte que no puede ver las tazas que hay debajo de la cama, que están a punto de criar moho, pensó Lisa. Sus casas siempre eran un triunfo del estilo sobre la higiene. Tenía que buscarse una asistenta…

– ¿Quieres tomar algo? -preguntó a Jack.

– ¿Tienes cerveza?

– No, cerveza no, pero tengo vino blanco.

Lisa experimentó un ridículo placer cuando Jack aceptó una copa.

– Voy a buscar mis cosas al coche -dijo él; salió a la calle y volvió poco después con una caja metálica azul.

¡Dios mío! ¡Una caja de herramientas! Lisa tuvo que sentarse sobre las manos para no tocarlo, para no arrancarle los últimos botones de la camisa, dejando al descubierto su ancho tórax, cubierto por la cantidad perfecta de vello, y deslizar sus manos por la suave piel de la espalda…

– ¿Te importa que abra la puerta de atrás? Jack interrumpió el achuchón que Lisa le estaba dando mentalmente.

– No, no, ábrela.

Fue hacia la puerta y quitó el cerrojo que Lisa no había tocado desde la última vez que él estuvo allí. Una fragante brisa entró en la cocina, y les trajo el denso aroma nocturno de la vegetación y los silbidos y las piadas de los pájaros que se recogían para pasar la noche. Muy bonito, si te gustaba aquel tipo de cosas.

– ¿Cómo se está en el jardín? -preguntó Jack.

«Ni idea. Todavía no lo he estrenado», pensó Lisa.

– Estupendamente -mintió.

– Ahí fuera se está tan tranquilo que parece mentira que estés en una ciudad -observó Jack señalando el jardín con la cabeza.

– Tienes razón. ¡Y que lo digas!

– Vamos a ver. -Miró la caldera y explicó-: En teoría es un trabajo muy sencillo, pero nunca se sabe.

Jack se arremangó la camisa, dejando al descubierto unos musculosos antebrazos, y puso manos a la obra. Lisa se sentó en la cocina, deleitándose con la presencia de un hombre atractivo en su casa. Decidió que, pasara lo que pasase, no iban a hablar de los problemas de captación de publicidad. No quería estropear con conversaciones deprimentes aquella estupenda ocasión de ligar que se le presentaba.

– Háblame de ti -le pidió Lisa con coquetería, segura de sí misma. Jack estaba de espaldas.

– ¿Qué quieres saber? -dijo él en un tono poco cortés mientras golpeaba metal contra metal. Entonces se dio la vuelta y, un tanto indignado, exclamó-: ¡Por el amor de Dios, Lisa, una pregunta así te deja en blanco!

– Cuéntame cómo has llegado a director ejecutivo de un canal de televisión, una emisora de radio y varias revistas de éxito con solo treinta y dos años. -De acuerdo, estaba exagerando un poco, pero al fin y al cabo de eso se trataba.

– Es un trabajo como otro cualquiera -respondió Jack escuetamente, como si temiese que ella se estuviera cachondeando de él-. Me despidieron de mi anterior empleo, y tengo que ganarme la vida de alguna forma.

¿Que lo habían despedido? Eso no sonaba muy bien.

– ¿Por qué te despidieron?

– Propuse una política radical que implicaba pagar al personal lo que se merecía y dejarlos participar en la dirección de la empresa. A cambio ellos tenían que hacer ciertas concesiones respecto a la delimitación de atribuciones y las horas extras; pero la junta decidió que yo era un rojillo peligroso y me largó.

– ¿Rojillo?

Lisa no les tenía mucha simpatía a los rojillos. Te hacían ir a manifestaciones y tenían unos coches espantosos. Trabants, Ladas… Eso, suponiendo que tuvieran coche. Pero Jack tenía un Beemer.

– Podríamos decir que cuando era joven, en mi época idealista -le asestó un tremendo porrazo a la cañería con la llave inglesa-, era socialista.

– Pero ahora ya no lo eres, ¿verdad? -preguntó Lisa, alarmada.

– No. -Rió entre dientes y añadió-: Pero no te asustes, mujer. Tiré la toalla cuando vi que la mayoría de los trabajadores son felices jugando a la lotería o comprando acciones de empresas estatales privatizadas, y que de su bienestar económico ya se encargan ellos mismos sin problemas.

– Tienes razón. Lo único que hay que hacer es trabajar duro. Lisa se tranquilizó. Al fin y al cabo, eso era lo que había hecho ella. Pertenecía a una familia de clase trabajadora (bueno, teóricamente, porque en la práctica su padre no había trabajado mucho), y eso no la había perjudicado en absoluto.

Jack se dio la vuelta y esbozó una complicada sonrisa. Irónica y triste al mismo tiempo.

– Hazme un breve resumen de tu carrera -pidió Lisa.

Él siguió manipulando la caldera y, sin mostrar ningún entusiasmo, recitó:

– Hice un máster en comunicaciones, luego hice las prácticas de rigor en el extranjero (dos años en un grupo de comunicación de Nueva York, cuatro en San Francisco, en un canal de televisión por cable); regresé a Irlanda justo cuando se estaba produciendo el milagro económico, trabajé en un grupo de prensa y me despidieron, como te he contado. Y hace dos años Calvin Carter me metió en Randolph Media.

– Y ¿qué haces para desconectar del trabajo? -preguntó Lisa mientras se regodeaba contemplando su tensa camisa sobre los músculos de la espalda-. ¿Juegas a golf? -añadió con una sonrisa traviesa, que desgraciadamente Jack no pudo ver.

– Es la última vez que vengo a arreglarte la caldera -protestó él.

– Ya. No me cuadraba que fueras aficionado al golf -dijo ella con una risita tonta-. En serio, ¿qué haces para relajarte?

– Lisa, no me hagas estas preguntas, por favor. Ya sé que… -Giró la cabeza y esbozó una fugaz sonrisa-. Arreglo calderas. Me presento en las casas sin avisar y me empeño en arreglarle la caldera a la gente. A veces lo hago aunque no estén estropeadas. -Se quedó callado y concentrado mientras atornillaba concienzudamente un tornillo, y luego agregó-: ¿Qué más? Salgo con mi novia. Voy a navegar.

– ¿En un yate? -preguntó Lisa con entusiasmo, ignorando que Jack había mencionado a Mai.

– No, no. Qué va. Es una embarcación para una sola persona, no mucho más grande que una tabla de surf. A ver…, juego a Sim City hasta altas horas de la noche. ¿Cuenta eso?

– ¿Qué es? ¿Un juego de ordenador? Claro que cuenta. ¿Algo más?

– No lo sé. Vamos a un pub, o a comer fuera, y hablamos mucho de ir al cine, pero al final nunca vamos, no sé por qué.

A Lisa no le gustó que Jack hubiera empleado el plural en aquella frase. Supuso que Jack se refería a Mai, y aunque él no había especificado qué hacían en lugar de ir al cine, ella se lo imaginaba.

– También salgo con mis amigos de la universidad, y veo bastante televisión, pero porque me lo exige mi trabajo, ¿eh?

– Ya, claro -dijo Lisa con sorna, bromeando. Entonces se dio cuenta de una cosa y añadió-: Eso es lo que más te gusta, ¿verdad? Trabajar en la televisión.

– Sí… -Ella vio que Jack se ponía en tensión, pues había recordado con quién estaba hablando-. Hombre, las revistas también me gustan. Pero no te imaginas la cantidad de trabajo que me da el Canal y…

– Así que podrías ahorrarte el trabajo que te da Colleen, ¿no? -dijo Lisa, burlona.

Jack desvió con tacto la pregunta.

– El caso es que actualmente mi trabajo en el Canal y resulta muy gratificante. Después de dos años currando como un enano, el personal está bien pagado, por fin; los patrocinadores están satisfechos y los consumidores tienen una programación inteligente. Y estamos a punto de atraer inversiones, así que pronto podremos ofrecer una programación de mayor calidad aún.

– Genial -dijo Lisa con vaguedad. De momento ya había oído bastante sobre el Canal 9-. ¿Qué más haces?

– Pues… -Pensó en voz alta-. Los fines de semana suelo ir a ver a mis padres. Se están haciendo mayores, y las horas que paso con ellos cada vez parecen más valiosas. No sé si me entiendes.

Lisa cambió de tema apresuradamente:

– ¿No vas nunca a inauguraciones de restaurantes? ¿Ni a estrenos de teatro?

– No -respondió él, tajante-. Odio esas cosas. Nací sin el gen de la diplomacia, aunque estoy seguro de que no hace falta que te lo diga.

– ¿Por qué? -preguntó Lisa, disimulando.

– ¡Bah! Tengo muy mala leche.

– Conmigo nunca la has empleado -dijo ella, lo cual no significaba que no se hubiera fijado en sus berrinches.

– Lo hago sin querer -explicó Jack con cierta nostalgia-. No sé qué me pasa, pero no puedo evitarlo, y luego siempre me arrepiento.

– Perro ladrador, poco mordedor, ¿no?

Jack se dio la vuelta, dejó la llave inglesa en el suelo y exclamó:

– ¡Ya está! -Con tono más suave añadió-: No siempre. A veces sí muerdo.

Antes de que Lisa pudiera contestar a aquella provocativa afirmación, se puso a recoger las herramientas.

– La he conectado de modo que tengas agua caliente a todas horas. Nos vemos mañana, y perdona que me haya presentado sin avisar.

– No pasa na…

Jack no se entretuvo más. La casa se quedó muy vacía, y Lisa sola, muy sola, con sus pensamientos.

A Oliver le gustaban la ropa, las fiestas, el arte, la música, las discotecas y relacionarse con gente importante. Jack era un socialista mal vestido que navegaba en una tabla de surf y que no tenía vida social de que hablar. Pero también era corpulento, sexy, peligroso, y olía maravillosamente. Además…, oye, no se puede tener todo.

24

«Eres una chica estupenda, Ashling. Eres una chica estupenda, Ashling.» La frase con que Dylan se había despedido en el Shelbourne resonaba en los oídos de Ashling, que iba andando a su casa. Y siguió resonando hasta que se paró en el café Moka para comer algo.

Cuando llegó a casa encontró a Boo sentado en la acera.

– ¿Dónde has estado? -le preguntó Ashling-. Hace un par de días que no te veo.

Boo miró al cielo y exclamó en tono de guasa:

– ¡Mujeres! ¡Siempre controlándote! -Iba sin afeitar, y le brillaban los ojos-. Necesitaba un cambio de aires. -Agitó una mano con aire indolente-. Me sentí atraído por la puerta de una bonita tienda de Henry Street, así que me instalé allí un par de noches.

– Entiendo. Te gusta cambiar de cama -repuso ella-. Sois todos iguales.

– No significó nada -dijo Boo con seriedad-. La atracción era puramente física.

– Anoche te bajé unos libros. -Una vez más, Ashling lamentó que la hubieran pillado desprevenida.

Hasta que recordó que llevaba en el bolso un ejemplar para la prensa de un libro de Patricia Cornwell. Nadie se había interesado por él en la oficina, así que Ashling lo había cogido para regalárselo a Joy.

– ¿Crees que te gustará esto?

Sacó con torpeza el libro de su bolso. A Boo se le iluminó tanto la cara que a ella casi le entró mareo. Ella tenía de todo, y él, en cambio, no tenía más que una manta de color naranja.

– Me encantará -contestó Boo-. Lo cuidaré. Puedes estar segura de que te lo devolveré intacto.

– Puedes quedártelo.

– ¿Por qué?

– Me lo han regalado. En el trabajo.

– Qué trabajo tan estupendo -la felicitó él-. Gracias, Ashling. Eres muy amable.

– De nada -replicó ella con fría formalidad. Estaba disgustada por la injusticia del mundo, enfadada consigo misma por tener tanto poder, y se sentía culpable por lo poco que hacía al respecto.

Cuando metía la llave en la cerradura, Boo le gritó:

– ¿Qué te pareció Marcus Valentina?

– No lo sé. -Estuvo a punto de soltarle un largo discurso y explicarle que el día que lo conoció no le había gustado, que luego lo había visto actuar y no pudo evitar cambiar de opinión, que estaba deseando que la llamara y que confiaba en que hubiera un mensaje en el contestador, que…-Gracioso -resumió componiendo una débil sonrisa-. Muy gracioso.

«Muy gracioso, desde luego. Decir que me llamaría, y luego pasar de todo.» Subió a toda prisa la escalera, ansiosa por comprobar si Marcus había llamado durante su ausencia.

Cuando vio la luz roja parpadeante le entró vértigo. Apretó el play y, mientras la cinta se rebobinaba hasta el principio, dio una rápida vuelta por el piso para frotar el Buda de la suerte, tocar la piedra milagrosa, acariciar el cristal mágico y ponerse la gorra roja. «Por favor, Fuerza Benigna del Universo que llamamos Dios -rezó-, que haya llamado.»

Evidentemente algo no funcionaba bien en el continuo espaciotemporal, porque sus plegarias tuvieron respuesta. Pero no la respuesta adecuada, sino una desfasada: el mensaje era de Phelim. Ashling había rezado muchas veces para que Phelim la llamara, y ahora que lo había hecho, era demasiado tarde.

«¿Qué tal, Ashling? -crujió su voz desde Sydney-. ¿Cómo va todo? -Sonaba muy alegre y muy australiano; luego volvió a hablar con su acento de Dublín-. Oye, se me olvidó regalarle algo a mi madre por su cumpleaños, y ella no me lo perdonaría jamás. ¿Podrías comprarle algún adorno o algo? Tú conoces sus gustos mejor que yo. Ya te compensaré. Gracias, eres un tesoro.»

– Gilipollas -murmuró Ashling quitándose la gorra prodigiosa.

Si ella no se hubiera encargado de prepararle los billetes, los visados, el pasaporte y los dólares australianos, Phelim todavía estaría intentando averiguar qué tenía que hacer para salir del país. Lo único que había faltado era que ella lo metiera en el avión con un cartelito colgado del cuello. Entonces se fijó en su reacción: ni rastro de náuseas, añoranza o emoción. Normalmente se afligía mucho cuando tenía noticias de Phelim, pero por lo visto había empezado a creerse aquello que siempre proclamaba: verdaderamente ya no estaba colgada de él.

Descolgó el auricular y llamó a Ted.

– Me gustaría charlar un rato con mi amigo el funcionario -dijo sin más.

– Bajo ahora mismo.

– Tráete a Joy.

Poco después Ashling les abrió la puerta a Ted y Joy, diciendo:

– Tengo problemas de amores.

– Yo también -dijo Joy, casi jactanciosa.

– ¿Con quién? ¿Con el Hombre Tejón?

– Con el hombre mamón -la corrigió Joy-. Me está tomando el pelo. A ver, Ashling, ¿con quién tienes problemas? ¿Con tu jefe, ese Mistar Universo? Me parece que yo ya lo pronostiqué, ¿no?

– ¿Con quién? ¿Con Jack Devine?

Ashling se acordó del cartón de cigarrillos y se sintió un tanto incómoda, así que recuperó rápidamente el episodio del «compórtate de acuerdo con la edad que tienes, no como una anciana que ha sobrepasado el límite de velocidad», e inmediatamente supo a qué atenerse.

– ¿Ese capullo?

Joy miró a Ted con una sonrisa de suficiencia, como diciendo «Ya te lo decía yo».

– Las pasiones se desatan -comentó indulgentemente.

– No me refería a Jack Devine -insistió Ashling-. Me refería al humorista, Marcus Valentina.

– Haz el favor de explicarte -dijo Joy con irritación.

Así que Ashling les contó toda la historia: que había conocido a Marcus en la fiesta de los muelles, que él le había entregado una nota que rezaba LLAMEZ-MOL…

– ¡Pero si eso lo dijo en su número! -exclamó Ted, emocionado-. Así que la chica de la que hablaba eras tú. ¡Es extraordinario!

Ashling levantó una mano pidiendo silencio.

– Hace dos fines de semana volví a encontrármelo en la fiesta de Rathmines, pero seguía sin gustarme. Sin embargo, lo vi el sábado pasado y me parece que empezó a caerme bien. Y él me dijo que me llamaría, pero no lo ha hecho.

– ¡Pues claro que no te ha llamado! -terció Joy-. Hoy es lunes. Con aquellas palabras, Ashling recuperó la sensatez.

– ¡Tienes razón! Me estoy haciendo un lío de muerte, como siempre, y ni siquiera estoy segura de que me guste. Y pensar que ayer me pasé todo el día en vilo. ¿Cuándo aprenderé?

– Si te llama, será el martes o el miércoles -añadió Joy segura.

– ¿Cómo lo sabes?

– Es una de las normas del reglamento. Toma nota, Ted. Si un tío conoce a una chica el sábado por la noche, no puede llamarla antes del martes, porque parecería demasiado interesado. Si no la llama el martes o el miércoles, ya no la llama.

– ¿Y el jueves? -preguntó Ashling con alarma.

– Está demasiado cerca del fin de semana. Joy sacudió la cabeza, tajante-. Se imagina que tú ya has hecho tus planes y no quiere arriesgarse a que lo rechaces.

– Pues mira, el sábado por la noche ya lo tengo ocupado. -Ashling se había distraído momentáneamente-. Voy a hacer de niñera para Dylan y Clodagh.

Ted contuvo un grito de asombro y dijo:

– ¿Puedo ir contigo?

– No me digas que le gusta la princesa -intervino Joy con desprecio.

– Es guapísima -dijo Ted.

– Es una malcriada y…

– ¿Puedo ir contigo? -Ted no le hizo caso a Joy, y siguió suplicándole a Ashling.

– Ted, si voy a hacer de niñera para Clodagh, es porque ella no va a estar en casa.

Le molestó que Ted, prácticamente, le pidiera que lo ayudara a flirtear con su amiga, que estaba casada.

– No importa… Oye, ¿por qué no le preguntas si puedo ir contigo? Tú no podrás apañártelas sola con dos críos.

Ashling tuvo que reconocer, aunque le fastidiara, que así era: ella sola no iba a poder con Molly y Craig.

– Está bien, se lo preguntaré. -Aunque si, como había dicho Dylan, Clodagh estaba paranoica con el cuidado de sus hijos, no iba a permitir que Ted entrara en su casa.

– Yo calculo que Marcus Valentina te llamará mañana por la noche o el miércoles -dijo Joy, harta de oír hablar de Clodagh.

– Mañana por la noche no voy a estar en casa.

– ¿Adónde vas?

– Tengo clase de salsa.

– ¿Qué?

– Me gustó mucho -se defendió Ashling-. El cursillo solo dura diez semanas. Y estoy en muy baja forma; me conviene hacer un poco de ejercicio.

– Te vas a quedar como un palillo -gimoteó Joy.

– Qué va -dijo Ashling-. Hace años que me apunté al gimnasio y no he reducido un centímetro.

– Quizá notarías alguna diferencia si fueras de vez en cuando -replicó Joy con dureza-. No basta con pagar la cuota mensual, ¿sabes?

– Antes iba -dijo Ashling, malhumorada.

Y era verdad: hacía cientos de variaciones de abdominales y ejercicios para perder cintura. Zancadas, oblicuos y giros de cintura. Se tocaba repetidamente la rodilla con el codo opuesto hasta que se ponía roja como un tomate y se le reventaban las venillas de los ojos. Pero desistió cuando comprendió que aunque se matara a abdominales su cintura iba a conservar exactamente el mismo diámetro. Decidió que el resto de su cuerpo no estaba mal del todo, así que no valía la pena tanto esfuerzo físico.

La salsa era diferente. No iba a hacerlo por su cintura, sino para pasárselo bien.

– Ahora tienes un hobby -la acusó Joy, consternada-. Te vas a convertir en uno de esos bichos raros que tienen hobbies.

– No es ningún hobby -replicó Ashling-. Sencillamente es algo que quiero hacer.

– Y ¿qué crees que es un hobby?

– Hablando de salsa -las interrumpió Ted-, he leído tu artículo y lo he encontrado fenomenal. He hecho un par de correcciones, aunque creo que ya está bien como está.

– ¿En serio? -dijo Ashling, que no daba crédito a sus oídos. Había trabajado en aquel artículo tres noches enteras, la semana anterior, y al final quedó bastante satisfecha con él. Creía que le había salido considerablemente divertido, pero no sabía si eran imaginaciones suyas.

– Me lo he pasado muy bien. Ha sido muy agradable trabajar en algo así, en lugar de redactar un informe sobre la erradicación de la brucelosis en la cabaña lechera. ¿Qué tiene eso de sexy? -dijo Ted con un deje de amargura-. No me extraña que Clodagh no se interese por mí. Cuanto antes me trasladen al Ministerio de Defensa, mejor.

Se quedó callado, soñando con ametralladoras, tanques, caras manchadas de barro, complicadas navajas y otra parafernalia varonil.

– Y mira lo que te he hecho yo -dijo Joy exhibiendo una hoja en la que había varias suelas de zapatos dibujadas, ilustrando la secuencia de los pasos de salsa. Joy había hecho un dibujo muy gracioso, con flechas y líneas de puntos para describir los movimientos.

– ¡Qué gran idea! -exclamó Ashling-. Sois los dos fenomenales.

El temido artículo estaba tomando una forma bastante decente. Aparte de las fotografías en que aparecían ella y Joy, Ashling le había pedido a Gerry, el director de arte, que buscara una imagen de dos bailarines. Gerry había encontrado una estupenda: la mujer estaba doblada por la cintura e inclinada hacia atrás, con la larga melena negra rozando el suelo, y el hombre inclinado sobre ella con gesto muy sugerente. Era muy sexy. Ashling experimentó un breve respiro de la agobiante sospecha de que en realidad no servía para aquel trabajo.

Entonces sonó el teléfono, y como el contestador estaba conectado, los tres escucharon atentamente para ver quién era. ¿Y si era Marcus Valentina?

– No puede ser. Ya te lo he dicho -dijo Joy, suspirando con hastío-. Es lunes.

Era Clodagh.

– Oigo los latidos de tu corazón -le dijo Joy a Ted con sarcasmo.

Pese a ser muy breve, el mensaje de Clodagh, en el contexto de la preocupación de Dylan, puso muy nerviosa a Ashling.

«-¿Puedes llamarme, Ashling? -dijo Clodagh, y su voz se oyó en toda la habitación-. Quiero hablar contigo de… una cosa.»

25

El martes por la mañana, Trix entró taconeando en la oficina, montada en sus plataformas de plástico y acompañada por un leve pero inconfundible olor a pescado. Ashling lo notó enseguida, y cada vez que llegaba alguien más se ponía a olfatear el aire con gesto de alarma. Con todo, resultaba un poco violento comentárselo a Trix, de modo que el asunto quedó sin abordar hasta que llegó Kelvin. Al fin y al cabo, él era un chico de veintitantos años y la vulgaridad era una de sus características más destacadas.

– Trix, hueles a algo que espero sea pescado.

– Es pescado.

– ¿Puedo preguntarte por qué?

– Buscaba a un hombre con vehículo -contestó Trix, enfurruñada.

Kelvin se dio varias palmadas en las mejillas y dijo:

– ¡No! Ya estoy despierto y sigo sin entenderlo.

– Buscaba a un hombre con vehículo -repitió Trix, enojada-. Conocí a Paul, que reparte pescado, y resulta que utiliza la furgoneta del trabajo en su tiempo libre.

Como era de esperar, la imagen de Trix con sus mejores galas y su mejor maquillaje sentada junto a un montón de pescado provocó las carcajadas de sus compañeros.

– Yo iba sentada delante junto al conductor -protestó Trix, pero fue en vano-. No detrás, con el pescado.

– ¿Qué has hecho con tus otros novios? -le preguntó Kelvin.

– Los he mandado a paseo.

Ojalá fuera tan dura como ella, pensó Ashling mientras tecleaba con furia. Estaba introduciendo su artículo sobre el club de salsa en el ordenador. Cuando hubo terminado de copiar el texto, se lo pasó a Gerry, que escaneó los dibujos de Joy y las fotografías.

– Voy a probar diferentes tipos de letra y diferentes colores -dijo Gerry-. Dame un poco de tiempo y luego se lo enseñaremos a Lisa. Confía en mí: te haré quedar bien.

– Confío en ti plenamente -le prometió Ashling. Gerry era un imperturbable oasis de serenidad; nunca le entraba pánico, por muy confuso o difícil que fuera lo que le pidieras.

Mientras esperaba, Ashling llamó por teléfono a Clodagh.

– Querías hablar conmigo de algo, ¿no? -le dijo, nerviosa.

– Sí. -Se oía la clásica algarabía de fondo-. Craig está enfermo, y a Molly han vuelto a echarla de la guardería.

– ¿Qué ha hecho esta vez?

– Por lo visto intentó prenderle fuego a la casa. Es una niña, y es lógico que explore su entorno, que quiera saber para qué sirven las cerillas. No sé qué espera esa gente. -Se oyeron más gritos-. Al menos ella siente curiosidad. En cambio yo ya no sé qué hago aquí, Ashling.

– No me extraña.

– Por eso quería hablar contigo de… ¡Molly! ¡Suelta ese cuchillo! ¡He dicho que lo sueltes! ¡Ahora mismo! Craig, si Molly te pega, ¡pégale tú a ella, por el amor de Dios! -Clodagh masculló algo por lo bajo y dijo-: Tengo que dejarte, Ashling. Ya te llamaré más tarde.

Clodagh colgó. Así que Dylan tenía razón: estaba pasando algo. Ashling tragó saliva. Bueno, ya eran mayorcitos para arreglárselas solos.

Para distraerse, Ashling pulsó unas cuantas teclas del ordenador, y se llevó una grata sorpresa al ver que tenía un e-mail. Era un chiste que le había enviado Joy. ¿Qué diferencia hay entre un erizo y un BMW?

– Un chiste, chicos -dijo Ashling a nadie en particular. Todos dejaron de trabajar al instante. Cualquier excusa era buena-. ¿Por qué los hombres no se ahogan?

– Ya lo sé -bramó Jack Devine, que se dirigía a su despacho a grandes zancadas.

– Pero si ni siquiera sabes qué voy a decir -protestó Ashling.

– Porque flotan, como la mierda -dijo Jack, y pegó un portazo.

Ashling se quedó atónita.

– ¿Cómo lo sabía? -preguntó.

– Ese chiste circula hace un par de días -explicó Kelvin-. Se lo habrá contado alguien.

– ¡Ah! Creía que había vuelto a pelearse con su novia.

– ¿No os habéis parado a pensar en la cantidad de presión que soporta el pobre señor Devine? -La señora Morley se había levantado de su silla (aunque con eso no conseguía parecer más alta), y habló con un tono cargado de rabia e instinto protector-. El sábado estuvo negociando con el sindicato de técnicos hasta las diez de la noche. Y esta mañana tiene una reunión con tres ejecutivos que han venido de Londres, entre ellos el contable del grupo, para discutir sobre asuntos muy serios. Pero por lo visto, eso a ninguno de vosotros os importa. Y debería importaros -concluyó con tono amenazador.

Aunque en general todos la consideraban una pelmaza que no hacía más que sembrar pesimismo, sus palabras tuvieron un efecto aleccionador en el personal. Sobre todo en Lisa. Seguía sin haber noticias sobre los ingresos provenientes de la publicidad. Lisa tenía nervios de acero, pero aquella situación la estaba sacando de quicio incluso a ella.

Jack salió de su despacho.

– Acaban de llamar -le informó la señora Morley-. Llegarán dentro de diez minutos.

– Gracias-. Jack suspiró y, distraído, se mesó el despeinado cabello. Parecía cansado y preocupado, y de pronto Ashling sintió lástima por él.

– ¿Quieres una taza de café antes de la reunión? -le preguntó con compasión.

Él la miró con sus oscuros ojos y, cabreado, respondió:

– No, no vaya a ser que me despierte.

«Pues vete al cuerno», pensó Ashling, que ya no se compadecía de Jack.

– Ven a ver esto, Ashling -dijo entonces Gerry.

Ella se acercó a la pantalla de Gerry y se quedó impresionada por cómo había quedado el artículo: era un reportaje de cuatro páginas, vistoso, divertido, atractivo e interesante. El texto estaba distribuido en tiras y columnas, y dominado por la erótica fotografía de la pareja bailando, con el cabello de la mujer rozando el suelo.

Gerry lo imprimió todo y Ashling se lo llevó a Lisa, como si se tratara de una ofrenda sagrada. Lisa examinó las páginas sin decir ni pío. Ni siquiera la expresión de su rostro daba alguna pista de lo que estaba pensando. El silencio se prolongó tanto que la emoción de Ashling empezó a disminuir y a convertirse en preocupación. ¿Y silo había entendido mal? Quizá no fuera aquello lo que Lisa quería.

– Aquí hay una falta de ortografía -dijo Lisa con voz monótona-. Y aquí, un error tipográfico. Y aquí otro. Y otro. -Cuando llegó al final del artículo, se lo devolvió a Ashling y dijo-: Muy bien.

– ¿Muy bien? -repitió Ashling, que seguía esperando que Lisa reconociera cuánto había trabajado y cuánto se había esmerado.

– Sí, muy bien -dijo Lisa con impaciencia-. Corrígelo y pásalo.

Ashling le lanzó una mirada iracunda. Estaba tan disgustada que no pudo evitarlo. Ella no podía saber que aquello significaba un gran elogio por parte de Lisa. Cuando los empleados de Femme oían gritar a Lisa: «Llévate esta mierda de mi mesa y escríbelo otra vez», solían considerarlo un homenaje.

Entonces Lisa se acordó de una cosa y cambió de tema.

– Oye, ¿quién era ese tipo con el que ibas anoche? -preguntó con exagerada indiferencia.

– ¿Qué tipo? -Ashling sabía perfectamente a quién se refería, pero quería vengarse.

– Uno rubio. Te marchaste de aquí con él.

– Ah, ya. Era Dylan. -Ashling no dijo nada más. Estaba disfrutando de lo lindo.

– Y ¿quién es Dylan? -tuvo que preguntar Lisa.

– Un amigo mío.

– ¿Soltero?

– Está casado con mi mejor amiga. ¿Qué? ¿Te gusta mi artículo? -insistió con tesón.

– Ya te he dicho que está bien -contestó Lisa con fastidio. Y añadió algo con lo que hurgaba en la herida-: Creo que podríamos convertirlo en una sección. Prepara otro reportaje sobre cómo ligar para el número de octubre. ¿Qué fue lo que propusiste en la primera reunión que celebramos? ¿Ir a una agencia matrimonial? ¿A montar a caballo? ¿Navegar por internet?

Se acuerda de todo, pensó Ashling, que no se sentía capaz de hacer otro esfuerzo monumental el mes siguiente y cada mes. ¡Y sin que Lisa elogiara su trabajo!

– Aunque también podrías escribir algo sobre la posiblidad de ligar en una función de cómicos de micrófono -añadió Lisa con una astuta sonrisa.

Ashling se encogió de hombros, abochornada.

– ¿Ya te ha llamado? -preguntó de pronto Lisa.

Ashling negó con la cabeza; le fastidiaba tener que reconocer su derrota. ¿Y si Marcus había llamado a Lisa? Seguro que sí; por eso se estaba mostrando tan cruel con ella. Tras unos segundos de silencio, la venció la curiosidad.

– ¿Y a ti? -preguntó.

Lisa también negó con la cabeza, lo cual sorprendió mucho a Ashling.

– ¡Es un gilipollas! -exclamó con vehemencia y profundo alivio.

– ¡Un imbécil! -coincidió Lisa, y soltó una inesperada risotada.

De repente Ashling encontró muy gracioso que Marcus Valentina no las hubiera llamado a ninguna de las dos.

– ¡Hombres! -Las onerosas horas de espera que Ashling había soportado desde el sábado se disolvieron en una carcajada.

– ¡Hombres! -coincidió Lisa, riendo también.

Entonces ambas se fijaron en Kelvin, que estaba plantado en medio de la oficina, rascándose distraídamente el paquete y con la mirada perdida. Era una imagen tan típica, que cuando Ashling y Lisa volvieron a mirarse, se desternillaron de risa.

Lisa rió con ganas. Y eso la animó y la relajó tanto que se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no reía de verdad. Una carcajada como Dios manda, de esas que te hacen olvidar todo lo demás.

– ¿Qué pasa? -preguntó Kelvin, ofendido-. ¿Qué os hace tanta gracia?

Aquello bastó para que Ashling y Lisa volvieran a empezar. La risa les hizo olvidar su desconfianza mutua, y al menos por un momento se sintieron unidas.

Secándose las lágrimas y tocándose las doloridas mejillas, Lisa, llevada por un impulso, le dijo a Ashling:

– Tengo invitaciones para una presentación de cosméticos que hay esta tarde. ¿Quieres venir conmigo?

– ¿Por qué no? -respondió Ashling alegremente. Estaba agradecida, pero ya no lastimosamente agradecida.

La presentación de cosméticos era de Source, la marca de moda, pues gozaba de mucha popularidad entre las supermodelos y las famosas. Todos sus productos, cuyos desorbitados precios inspiraban gran confianza, eran ecológicos; los envases eran biodegradables, reciclables o reutilizables; y la empresa alardeaba de reinvertir parte de sus beneficios en la replantación de árboles, la reconstrucción de la capa de ozono, etcétera, etcétera. (En realidad invertían el 0,003% de los beneficios descontados los impuestos, y después de que los accionistas hubieran recibido sus dividendos. En la práctica la suma ascendía a unas doscientas libras, pero eso a la gente no le importaba, aunque lo supiera. Se habían tragado aquello de «Source: la belleza responsable».)

El escenario de la presentación era el hotel Morrison, no muy lejos de la oficina. De todos modos, Lisa se empeñó en ir en taxi. Habrían llegado antes si hubieran ido a pie, porque el tráfico estaba fatal, pero a ella no le importaba. En Londres Lisa no iba a pie a ningún sitio, y consideraba que era una afrenta a su estatus el que tuviera que hacerlo en Dublín.

Habían convertido una de las salas de actos del hotel en una antigua farmacia para la ocasión. Las chicas de Source llevaban batas blancas de médico y estaban situadas detrás de unas diminutas mesas de boticario (de MDF, pero tratadas para que parecieran de madera de teca vieja). Por todas partes había botellas con tapón de vidrio, cuentagotas y tarros de medicinas.

– Qué pedantería -le dijo Lisa a Ashling al oído-. Y cuando se ponen a hablar de los productos nuevos, se comportan como si hubieran descubierto un remedio contra el cáncer. Pero antes que nada… ¡una copa!… ¡Zumo de germen de trigo! -exclamó cuando el camarero le descifró el contenido de su bandeja.

– ¡Puaj! ¿No tiene nada más?

Lisa llamó a otro camarero, que llevaba una bandeja llena de latas plateadas, de las cuales sobresalía un tubito opaco.

– ¿Oxígeno? -dijo Lisa con asco-. No diga tonterías. Tráigame una copa de champán.

– Que sean dos -intervino Ashling, nerviosa. Solo con ver el zumo de germen de trigo, verde y grumoso, le habían dado ganas de vomitar, y si no andaba equivocada, el oxígeno podía obtenerlo siempre que quisiera.

Se bebieron tres copas de champán cada una, para envidia de los otros invitados, que bebían tímidamente sus zumos de germen de trigo gratis e intentaban no vomitar. Solo Dan Heigel del Sunday Independent, cuyo lema era «Hay que probarlo todo», se había atrevido con el oxígeno, y le dio tal mareo que tuvo que tumbarse en el vestíbulo, donde los turistas lo esquivaban con una sonrisa indulgente, creyendo que era el paradigma del irlandés borracho.

– Vamos -le dijo Lisa a Ashling-. Ahora toca aguantar el sermón; luego podremos exigir nuestro regalo.

Ashling comprobó que Lisa tenía razón. Caro, que se encargó de presentar los cosméticos, hablaba de los productos con una seriedad y una poca gracia asombrosas.

– Esta temporada se va a llevar el look reluciente -anunció Caro al tiempo que se aplicaba con suavidad un poco de sombra de ojos en el dorso de la mano.

– Igual que la temporada pasada -la desafió Lisa.

– No, no. La temporada pasada se llevaba el look brillante. -Lo dijo completamente convencida, sin una pizca de ironía.

Lisa le dio un codazo a Ashling y ambas se miraron, conteniendo la risa. Lisa tuvo que admitir que estaba muy bien tener a alguien con quien reírse de aquellas cosas.

– Esta temporada hemos abierto nuevos caminos creando un brillo de labios para la frente del que estamos muy satisfechos… Cualquier imperfección que se detecte en su textura se debe a que, a diferencia de otras marcas de cosméticos, nosotros no utilizamos grasas animales para fabricar nuestros productos. Es el precio que hay que pagar…

Finalmente la encomiable presentación llegó a su fin, y Caro reunió una selección de los cosméticos de la nueva temporada. Todos los productos iban envasados en tarros de grueso cristal marrón, como los tarros de medicinas antiguos, y recogidos en una réplica de maletín de médico.

Caro le dio un maletín a Lisa, pues parecía evidente que ella era la responsable. Pero al ver que Ashling y Lisa no se marchaban, Caro dijo con ansiedad:

– Solo un obsequio por publicación. La filosofía de Source es no fomentar los excesos.

Lisa y Ashling volvieron a contemplarse una a otra como rivales.

– Ya lo sabía -dijo Lisa quitándole importancia, y se marchó de la sala con aire despreocupado, aferrada a la bolsa de cosméticos: la posesión era lo que contaba.

Salió al vestíbulo con paso decidido, sin aminorar la marcha cuando pasó por encima de Dan Heigel, que seguía tumbado en el suelo.

– Qué bragas tan monas -murmuró él.

– Y tú ¿por qué tienes que llevar pantalones? -preguntó un segundo más tarde, cuando Ashling saltó por encima de él.

Cuando Lisa consideró que estaban suficientemente lejos del hotel, aminoró el paso. Ashling la alcanzó y le echó un vistazo, angustiada, a la bolsa de obsequios.

– Depende de lo que haya dentro -dijo Lisa, tajante. Acababa de recordar por qué le gustaba tanto trabajar sola. Si no trabajabas sola, siempre acababas teniendo que compartir algo: maquillaje, elogios… Abrió el maletín de médico y dijo-: Puedes quedarte la sombra de ojos. ¡Eh! ¡Es reluciente!

Pero además de ser reluciente era de un extraño color de barro que a ninguna de las dos les gustó.

– Y también puedes quedarte el brillo para la frente. Yo me quedo la crema para el cuello y el delineador de ojos.

– ¿Y la barra de labios? -preguntó Ashling, anhelante.

La barra de labios era el verdadero premio: era de un marrón claro precioso, con un perfecto acabado mate.

– La barra de labios es para mí -dijo Lisa-. Al fin y al cabo, yo soy la jefa.

«¿Me lo dices o me lo cuentas?», pensó Ashling, resentida.

26

El martes por la noche Ashling fue a su clase de salsa. Como la vez anterior, las mujeres superaban en número a los hombres, y a Ashling le tocó bailar con otra mujer, que le preguntó si iba allí a menudo.

– No, es mi primera clase -le explicó Ashling.

– Ah, bueno. De todos modos, ¿verdad que es genial tener un hobby?

Terminada la clase, Ashling, sudorosa y con las mejillas sonrosadas, se fue corriendo a su casa para ver si había algún mensaje en el contestador, pero en cuanto abrió la puerta vio la luz roja inmóvil. Bueno, todavía quedaba el miércoles: no estaba todo perdido.

Mientras hurgaba en los armarios de la cocina buscando algo para comer, la asaltó la posibilidad de que Marcus hubiera perdido su número de teléfono. Pero no. Se había guardado el papelito en el bolsillo y había dicho que lo guardaría como si fuera un tesoro. Además, era la segunda vez que Ashling le daba su número, lo cual reducía las probabilidades de que Marcus lo perdiera.

Contempló su botín: media bolsa de tortillas mexicanas, un poco blandas; un tarro de aceitunas negras; cuatro Hobnobs, también un poco blandas; una lata abollada de piña; ocho rebanadas de pan duro. No era gran cosa. Mañana tendría que ir al supermercado.

Le apetecía comer algo caliente, así que metió dos rebanadas de pan duro en la tostadora. Mientras esperaba, sintió un arrebato de frustración respecto a Marcus. Por haber abierto un hueco en su vida por donde se había colado la esperanza. Estaba mucho mejor antes de que él empezara a molestarla.

De todos modos, ¿por qué le molestaba? Ahora que lo había visto actuar, la opinión que tenía de él había cambiado. En lugar de ser un hombre al que ni se le ocurriría acercarse, Marcus Valentina era un bien deseable, y Ashling no estaba segura de si ella se lo merecía.

Cuando se estaba comiendo la primera tostada sonó el teléfono, y a Ashling se le disparó la adrenalina. Se limpió las migas y la mantequilla de los labios, cruzó el salón y descolgó el auricular.

– ¿Diga? -dijo intentando disimular la emoción; pero esta desapareció inmediatamente-. Ah, hola, Clodagh.

– ¿Estás en casa?

– ¿A ti qué te parece?

– Lo siento. Lo que quiero decir es si puedo pasar a verte un momento.

Oh, no. El estado de ánimo de Ashling tocó fondo. Aquello no presagiaba nada bueno. Anuló inmediatamente sus planes de telefonear a sus padres, porque la capacidad de aguante no le daba para tanto.

– Sí, claro. Ven cuando quieras -dijo Ashling-. Esta noche no salgo.

– Voy un momento a casa de Ashling -le dijo Clodagh a Dylan, que estaba viendo la televisión en el salón a medio empapelar.

– Ah, ¿sí? -dijo él, sorprendido.

Aquello se apartaba de lo normal, pues Clodagh nunca salía por las noches. A menos que salieran juntos. Pero antes de que pudiera preguntarle nada más, ella ya había cerrado la puerta de un portazo y salía del jardín en su Nissan Micra.

– Necesito hablar contigo -anunció Clodagh en cuanto Ashling le abrió la puerta del piso.

– Ya lo he visto -repuso Ashling en tono sombrío.

– Y necesito que me hagas un favor.

– Haré lo que pueda.

– Oye, ¿sabes que hay un mendigo sentado en el portal de tu casa? -dijo Clodagh, cambiando inesperadamente de tema-. ¡Y me ha saludado!

– Debe de ser Boo -dijo Ashling despreocupadamente-. ¿Uno joven, moreno y risueño?

– Sí, pero… -Clodagh se interrumpió a media frase-. ¿Lo conoces?

– No mucho, pero… bueno, a veces charlamos un poco.

– ¡Pero si seguramente será drogadicto! Podría atracarte con una jeringuilla. ¿No sabías que lo hacen mucho? O entrar en tu piso.

– Boo no es drogadicto.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque me lo ha dicho.

– ¿Y tú te lo crees?

– Claro que sí -respondió Ashling con irritación-. Además, se ve a la legua. Basta con hablar un rato con alguien para saber si es un borracho o un drogadicto.

– Entonces ¿cómo es que vive en la calle?

– Pues no lo sé -admitió Ashling. No le había parecido educado preguntárselo a Boo-. Pero es muy simpático. Muy normal, francamente. Y si bebiera o se drogara, no se lo echaría en cara, porque vivir en la calle ha de ser espantoso.

Clodagh adelantó el labio inferior en gesto de desaprobación y asombro.

– No entiendo cómo puedes ser tan temeraria. Pero ten cuidado, ¿vale? Bueno, necesito hablar contigo. He tomado una decisión.

– ¿De qué se trata?

¿Va a tomar antidepresivos? ¿Va a dejar a Dylan?

– Ha llegado el momento… -Clodagh se sentó en el sofá, se puso cómoda y repitió-: Ha llegado el momento…

– ¿De qué? -le espetó Ashling con nerviosismo.

– … de que vuelva a trabajar.

Aquello no era lo que Ashling se había imaginado. Ella se había preparado para algo mucho peor.

– ¿Cómo? ¿Tú? ¿Que vas a trabajar?

– ¿Por qué no? -dijo Clodagh, poniéndose a la defensiva.

– Sí, claro, por qué no. Pero ¿qué te ha hecho tomar esa decisión?

– Pues mira, llevo tiempo dándole vueltas al asunto. Creo que no es saludable que dedique todas mis energías a mis hijos. -Aunque no quisiera confesarlo, Clodagh sospechaba que de ahí surgían todos aquellos terribles e incómodos sentimientos de insatisfacción-. Necesito salir un poco de casa, relacionarme con adultos…

– Y ¿es de eso de lo único que querías hablar conmigo? -Ashling quería asegurarse.

– ¿De qué otra cosa iba a querer hablar? -replicó Clodagh, sorprendida.

– De nada, de nada. -Le entraron ganas de estrangular a Dylan por haberle causado tanta ansiedad cuando era evidente que lo único que le pasaba a Clodagh era que se moría de aburrimiento-. Y ¿en qué tipo de trabajo has pensado?

– Todavía no lo sé. La verdad es que no me importa. Cualquier cosa… Aunque -añadió, un tanto arrepentida-, sea lo que sea, no me resultará fácil recibir órdenes de otras personas. De otras personas que no sean mis hijos, claro está.

Mientras Ashling recomponía su estado anímico ante aquel inesperado giro de los acontecimientos, Clodagh se quedó pensativa. Había leído infinidad de libros sobre amas de casa que habían montado su propio negocio. Aprovechaban su excepcional habilidad para hacer pasteles para crear una industria pastelera, por ejemplo. O montaban un gimnasio para mujeres. O convertían su afición a la cerámica en una próspera empresa con al menos siete u ocho empleados. Tal como ellas lo contaban, parecía sencillísimo. Los bancos les prestaban el dinero, las cuñadas se ocupaban de sus hijos, los vecinos convertían el garaje en un cuartel general, y todo el mundo colaboraba. Cuando la cafetería se llenaba, todo el mundo iba a echar una mano: los clientes, el cartero, los inocentes transeúntes e incluso alguien con quien la heroína se había peleado recientemente (lo que solía señalar el final de la discusión).

Y, por si fuera poco, aquellas emprendedoras mujeres de ficción siempre acababan ligando.

«Pero tú ya tienes a tu marido…», se recordaba Clodagh.

Sí, pero…

¿Y si ella también montaba su propio negocio? ¿Qué tipo de negocio podía montar?

Ninguno, para ser sinceros. Clodagh dudaba mucho que alguien estuviera dispuesto a pagar por algo que ella hubiera cocinado. De hecho, a Craig y Molly casi tenía que pagarles para que se comieran lo que les ponía en la mesa. No se imaginaba a la gente apoquinando el dinero que tanto les costaba ganar para comerse unos cuantos Petit Filous o un tarro de fideos calentados en el microondas en su restaurante (por mucho que ofreciera un servicio de enfriado gratuito soplando en los platos antes de servirlos, o que a los clientes les estuviera permitido embardurnarse el pelo con las sobras).

En cuanto a los trabajos manuales, prefería parir que hacer cerámica. Y tampoco tenía ni idea de qué había que hacer para montar un gimnasio.

No, todo indicaba que lo más adecuado para que Clodagh se ganara la vida era una vía más tradicional. Y aquí era donde entraba Ashling.

– ¿Podrías redactarme un currículum? -le preguntó Clodagh-. Oye, y no quiero que Dylan lo sepa. Al menos de momento; podría herirle el orgullo. Él tiene muy asumido que es el sostén de la familia, no sé si me entiendes.

Ashling no estaba del todo convencida, pero decidió apoyar a su amiga.

– Vale.¿Qué hobbies quieres que ponga en el currículum? ¿Ala delta? ¿Sadomasoquismo?

– Rafting en aguas rápidas -dijo Clodagh con una risita-. Y sacrificios humanos.

– Y… ¿seguro que estás bien? -Ashling necesitaba que se lo confirmara.

– Sí, ahora sí. Pero la verdad es que últimamente he estado un poco baja de moral. Estaba empezando a preocuparme.

Ashling concluyó que, al fin y al cabo, quizá Dylan no iba del todo mal encaminado. Quizá, verdaderamente, tenía motivos para estar preocupado por su esposa.

– Ahora ya sé qué tengo que hacer -prosiguió Clodagh, muy animada-, y todo se va a arreglar. ¡Oye! -Había recordado algo de repente-. Dylan me ha dicho que vas a quedarte con los niños el sábado por la noche.

Por lo visto, la operación «Animar a Clodagh» seguía en marcha.

– Iremos a cenar a L'Oeuf -explicó Clodagh, encantada-. Hace siglos que no salgo.

– Por cierto, ¿te importaría que Ted viniera conmigo el sábado? -preguntó Ashling con la esperanza de que su amiga se lo prohibiera rotundamente.

– ¿Ted? ¿Ese bajito y moreno? -Clodagh se lo pensó un momento y dijo-: Vale, ¿por qué no? Parece inofensivo.

27

Ashling fue temprano a la oficina para introducir en el ordenador el currículum de Clodagh; luego le pidió a Gerry que lo editara bien bonito. Mientras esperaba a que él lo imprimiera, se sorprendió garabateando las palabras «Ashling Valentina». ¿Te has vuelto loca? Lo mejor sería que trabajara un poco. Pero en lugar de hacer eso hizo otra cosa más desagradable aún: llamó a sus padres. Contestó su padre.

– Hola, papá. Soy Ashling.

– ¡Hola, Ashling! -Parecía muy feliz de oírla-. ¿Cómo te va la vida?

– Muy bien, muy bien. ¿Y vosotros? ¿Estáis todos bien?

– Estupendamente. Dime, ¿cuándo vamos a verte? ¿No puedes venir algún fin de semana?

– Todavía no -dijo Ashling, consumida por los remordimientos-. Es que a veces trabajo los fines de semana.

– Qué lástima. Espero que no te estén explotando. Pero estás contenta con el nuevo empleo, ¿no?

– Sí, sí, muy contenta.

– Espera un momento. Tu madre quiere decirte algo.

– Mira, papá, es que ahora no puedo enrollarme mucho. Estoy en la oficina. Ya os llamaré un día de estos por la noche. Me alegro de que estéis bien.

Colgó; en parte se sentía un poco mejor, y en parte un poco peor. Sentía alivio por haber llamado, porque así no tendría que volver a hacerlo hasta pasadas unas dos semanas; pero también se sentía culpable porque no podía complacer a sus padres. Encendió un cigarrillo y dio una honda calada.

Lisa llegó tarde.

– ¿Dónde estabas? -le preguntó Trix-. Todo el mundo te buscaba.

– Eres mi secretaria personal -contestó Lisa con impaciencia-. Tendrías que saberlo. ¿Por qué no consultas mi agenda?

– Ah, tu agenda. Claro. -Buscó la página correspondiente y leyó en voz alta-: «Entrevista Frieda Kiely». ¿Os habéis enterado, chicos?

– Exacto -dijo Lisa subiendo el tono de voz para que la oyeran todos, y especialmente Mercedes-. Esta mañana he entrevistado a Frieda Kiely en su atelier. Es un encanto. Un verdadero encanto.

En realidad había sido una pesadilla. Una grotesca pesadilla. Antipática, histérica y con unos humos insoportables.

Cuando llegó Lisa, Frieda estaba tumbada en una chaise ion gue, con uno de sus espectaculares vestidos, y con la larga melena gris suelta hasta la cintura. Reposaba sobre montañas de tela, comiéndose un desayuno McDonald's. Pese a que Lisa había confirmado la cita con la secretaria de Frieda aquella misma mañana, Frieda estaba empeñada en que ella no había quedado con nadie.

– Pero si su secretaria…

– Mi secretaria -la interrumpió Frieda a voz en grito- es subnormal. La voy a despedir. ¡Julie! ¡Elaine! ¡Como te llames! ¡Estás despedida! Pero ya que está usted aquí… -concedió finalmente. Por lo visto le apetecía divertirse un rato.

– Hábleme de usted -dijo Lisa intentando tomar las riendas de la entrevista-. ¿Dónde nació?

– En el planeta Zog, querida -contestó Frieda arrastrando las palabras.

Lisa se quedó mirándola. No le habría extrañado que fuera verdad.

– Si prefiere que hablemos de su ropa… -dijo, tanteando el terreno.

– ¿Ropa? -le espetó Frieda-. ¡Lo que yo hago no es ropa!

Ah, ¿no? «Y si no era ropa, ¿qué era?», se preguntó Lisa.

– ¡Obras de arte, imbécil!

A Lisa no le sentó bien que la llamaran imbécil. Aquella situación le estaba resultando sumamente difícil. Pero tenía que pensar que lo hacía por el bien de Colleen.

Contuvo la rabia y prosiguió:

– ¿Podría decirme por qué tiene tanto éxito?

– ¿Por qué? ¿Por qué? -repitió Frieda con desdén-. Pues porque soy un genio. Oigo voces.

– Quizá debería verla un médico. -Lisa no pudo contenerse.

– ¡Me refiero a mis guías espirituales, idiota! Ellos me dicen lo que tengo que crear.

Un yorkshire andrajoso que llevaba puesta una chistera en miniatura entró correteando en la habitación, soltando unos estridentes y espantosos ladridos.

– Ven aquí, cariñito. -Frieda cogió al perrito en brazos y se lo pegó contra los enormes pechos, arrastrándolo por el tweed y por un huevo McMuffin-. Este es Schiaperelli, mi musa. Sin él mi genio desaparecería.

Lisa deseó que el perro sufriera un terrible accidente, sentimiento que se intensificó cuando Schiaperelli respondió a las presentaciones hincando sus afilados dientes en la mano de Lisa.

Frieda Kiely estaba horrorizada.

– ¡Oh! ¿Qué ha hecho esta desagradable periodista? ¿Te ha metido la mano en la boca? -Miró a Lisa con odio y añadió-: Si Schiaperelli se pone enfermo la demandaré. A usted y a ese periodicucho que representa.

– No represento a ningún periódico. Represento a la revista Colleen. Hicimos un reportaje en Donegal sobre su…

Pero Frieda no la escuchaba. Se incorporó, apoyándose en un codo, y le gritó a su secretaria:

– ¡Niña! ¡En este edificio hay alguien que huele a nabos! Averigua quién es y échalo de aquí. Ya sabes que no lo soporto.

La secretaria se asomó por la puerta del despachito contiguo y dijo con serenidad:

– Son imaginaciones suyas. Nadie huele a nabos.

– ¡Te he dicho que huele a nabos! ¡Estás despedida! -gritó Frieda.

Lisa se miró la mano. Aquella birria de perro le había dejado los dientes marcados. Ya no aguantaba más. Era imposible publicar un reportaje sobre aquella chiflada.

En el despachito contiguo, la secretaria, que se llamaba Flora, le frotó a Lisa la herida con tintura de árnica, que tenía allí precisamente para aquellas ocasiones.

– ¿Cuántas veces te despide al día? -le preguntó Lisa.

– ¡Uf! Muchísimas. A veces es un poco intratable -explicó Flora-. Pero eso se debe a que es un genio.

– Lo que le pasa es que está como una cabra-. Flora ladeó la cabeza y caviló unos instantes. -Sí -coincidió-. Eso también.

Lisa fue a la oficina en taxi. Bajo ningún concepto iba a darle a Mercedes la satisfacción de saber que tenía razón, que Frieda Kiely estaba completamente loca.

– Frieda es un verdadero amor -dijo Lisa a los empleados de Colleen-. Nos hemos hecho muy amigas.

Miró a Mercedes para ver cómo reaccionaba, pero sus oscuros ojos no denotaban ninguna emoción.

Media hora más tarde Jack salió de su despacho, fue directamente hasta Lisa y dijo:

– Han llamado de Londres.

Lisa dirigió hacia él sus ojos grises perfectamente maquillados; estaba demasiado nerviosa para hablar. ¡Madre mía! ¡Menuda mañanita!

Jack hizo una pausa efectista, y luego, muy despacio, dijo:

– L'Oréal… ha puesto… un anuncio de cuatro páginas…, en todos los números… de los próximos… ¡seis meses!

Esperó un momento para que Lisa asimilara la noticia. Luego sonrió, y la felicidad iluminó su rostro, generalmente atormentado. Torció las comisuras de la boca hacia arriba, mostrando su incisivo roto, y sus ojos centellearon.

– ¿Qué descuento les aplicamos? -preguntó Lisa, imperturbable.

– Ninguno. Pagan la tarifa ordinaria. ¡Porque nosotros lo merecemos! ¡Ja, ja!

Lisa permaneció inmóvil, contemplando admirada el rostro de Jack. Ahora que volvían a estar en marcha reconoció el grado de terror que había sentido la semana anterior. No hacía falta que Jack le dijera que el voto de confianza de L'Oréal sería suficiente para convencer a otras marcas de cosméticos para que compraran espacio en Colleen.

– Estupendo -logró decir.

¿Por qué había tenido que contárselo delante de todo el mundo? Si hubieran estado encerrados en el despacho de Jack, Lisa se habría echado en sus brazos y le habría dado un beso.

– ¿Estupendo?.- Jack abrió mucho los ojos.

– Deberíamos celebrarlo. -Lisa empezó a serenarse-. Podríamos ir a comer.

Su nivel de felicidad siguió aumentando cuando Jack dijo:

– Sí, me parece una idea excelente.

Se miraron fijamente y compartieron un momento de vertiginosa euforia.

– Yo me encargo de reservar una mesa. ¡Trix -dijo Lisa, jovial-, cancela mi cita en la peluquería-.Empezaba a sentirse como en los viejos tiempos-. Por cierto, Jack, ya que estás aquí, échale un vistazo a esto.

Ashling, que estaba sentada tres mesas más allá y los había estado observando con interés, vio que Lisa le enseñaba a Jack su artículo sobre el local de salsa.

– Ya te dije que haría maravillas con esta revista -comentó Lisa, jovial.

– Tienes razón -concedió Jack examinando el artículo y moviendo la cabeza con aprobación-. Es excelente.

Ashling siguió mirándolos, impotente. Lisa se las había ingeniado para atribuirse todo el mérito de su trabajo. No era justo. Pero ¿qué podía hacer ella? Nada. No se atrevía a provocar un enfrentamiento. De repente se oyó decir en voz alta:

– ¡Me alegro de que te guste! -Le temblaba la voz. Había intentado sonar despreocupada, pero sabía que su tono era tenso y extraño.

Jack giró la cabeza hacia Ashling, sorprendido.

– Lo he escrito yo -se disculpó ella-. Me alegro de que te guste -añadió sin convicción.

– Y Gerry ha hecho la composición -terció Lisa-. Y yo propuse la idea. Tendrás que aprender a trabajar en equipo, Ashling. -A Lisa le encantó la oportunidad de reprender a Ashling delante de Jack.

Pero él estaba mirando la fotografía de la pareja de bailarines; luego apartó la vista del papel y miró a Ashling con descaro, provocativamente. La mirada de Jack hizo sentir muy incómoda a Ashling, que se ruborizó.

– Vaya, vaya-. Jack torció la boca, como si estuviera reprimiendo una ancha sonrisa-. Conque a esto dedicas tu tiempo libre, ¿eh, Ashling? A los bailes cochinos…

– No tiene na… -Sintió ganas de pegarle una bofetada.

– No, en serio: es un artículo excelente. Lo has hecho muy bien, Ashling -dijo Jack sin hacer más insinuaciones-. ¿Verdad, Lisa?

Lisa ensayó varias formas con la boca, pero no había escapatoria.

– Sí -se vio obligada a decir-, es verdad.

Lisa reservó una mesa en Halo para ella y Jack. Creyó que lo mejor era tomar el mando, porque temía que si le dejaba decidir a él acabarían en un Pizza Hut.

Media hora antes de salir, Lisa fue al lavabo para asegurarse de que su aspecto era impecable. Suerte que aquella mañana había decidido ponerse el traje azul lavanda de Press and Bastyan. Aunque si hubiera elegido otro habría sido igual de elegante. Como directora de una revista, nunca sabía cuándo podía requerirse que se presentara en algún sitio en todo su esplendor. Siempre preparada, ese era su lema.

Sus delicadas sandalias no habrían sobrevivido ni a un corto paseo por los muelles: apenas se aguantaban cuando Lisa las llevaba en la oficina. De todos modos no le contrariaba que fueran tan poco prácticas: había zapatos que existían únicamente para exhibir su intensa aunque breve belleza. Y si no, ¿para qué había inventado Dios los taxis?

Se miró en el espejo y reconoció que estaba estupenda. Tenía los ojos grandes y brillantes (gracias al delineador blanco aplicado en la parte interna del párpado), el cutis hidratado (cortesía de Aveda Masque) y la frente lisa y sin arrugas (obra de la inyección de Botox que se había puesto antes de marcharse de Londres). Se cepilló el cabello hasta hacerlo brillar, lo cual no le llevó mucho tiempo. Su cabello siempre brillaba, gracias al suavizante sin aclarado, la laca de efecto alisador y el secado de peluquería.

El taxi llegó a la una menos diez y ambos bajaron juntos a la calle, bajo la atenta mirada del resto de la oficina. Lisa estaba encantada de tener a Jack para ella sola en un espacio tan reducido, y planeaba utilizar la estrechez del taxi para tocarle «accidentalmente» las piernas con las suyas, esbeltas y desnudas. Pero en cuanto entraron en el taxi, a Jack le sonó el teléfono móvil y se pasó todo el trayecto discutiendo con el consejero legal de la emisora de radio sobre una demanda judicial que les había caído, relacionada con una controvertida entrevista con un obispo que había tenido una aventura amorosa. La oportunidad de rozarle las piernas ni se presentó.

– No veo dónde está el problema -protestó Jack por el auricular-. Hoy en día lo novedoso es encontrar a un obispo que no haya tenido ningún lío. Es más, ¿por qué nos interesa tanto entrevistar a ese tipo?

– ¿Cómo estás, Lisa? -preguntó el taxista-. ¿Ya has encontrado piso?

Lisa se inclinó hacia delante. ¿Quién era aquel individuo que estaba tan al corriente de su vida? Entonces vio que era el mismo taxista que la había llevado a ver los pisos durante su primera semana en Dublín.

– Ah, sí. Tengo una casita junto al South Circular -contestó educadamente.

– ¿El South Circular? -El taxista asintió con aprobación-. Es una de las pocas zonas de Dublín que todavía no ha sido invadida por los yuppies.

– Ya, pero aun así es muy agradable -la defendió Lisa. Entonces se acordó de algo que el taxista no había llegado a explicarle-. Dígame, ¿qué pasó después de que se enfrentara usted a aquel grupo de niñas que molestaban a su hija de catorce años? La última vez que nos vimos no acabó de contármelo.

– Desde aquel día no han vuelto a meterse con ella -contestó el taxista, sonriente-. Y mi hija parece otra.

Cuando Lisa se apeó del taxi, el hombre añadió:

– Me llamo Liam. Si quiere, la próxima vez que necesite un taxi puede pedir que me envíen a mí.

Jack seguía hablando por teléfono cuando los condujeron hasta la mesa del bonito y animado restaurante. Aquello satisfizo a Lisa. Jack llevaba un traje que parecía sacado de un contenedor, pero hablaba con autoridad por un teléfono móvil, y eso restablecía en gran medida el equilibrio. Al ver a Jack con su teléfono, varios clientes buscaron rápidamente el suyo e hicieron un par de llamadas completamente innecesarias.

Tras prometer que volvería a llamar antes de las cinco con una solución, Jack se guardó el teléfono.

– Perdona, Lisa.

– No pasa nada -repuso ella con una amplia sonrisa, exhibiendo al máximo el efecto de su nueva barra de labios Source.

Pero aquella llamada telefónica había acabado con la anterior ligereza de Jack. Volvía a estar serio y atribulado, y no parecía muy inclinado a coquetear. Aunque a Lisa nada le impedía hacerlo.

– Por nosotros -dijo esbozando una sonrisa de complicidad y entrechocando su copa de vino con la de él. Y para desconcertarlo un poco y hacer que se mantuviera alerta, añadió-: Por la prosperidad de Colleen.

– Sí, brindemos-. Jack levantó su copa y se esforzó por sonreír, pero era evidente que estaba preocupado.

De lo único que hablaba era del trabajo. Perfiles de clientes, costes de impresión, la importancia de incluir una página de libros. Por otra parte, no parecía que se sintiera muy cómodo en el ambiente chic y vanguardista de Halo. Lidiaba laboriosamente con su entrante de lechuga frisée, muy difícil de manejar, intentando convencer a las hojas rizadas de que se aguantaran en el tenedor y luego permanecieran en su boca.

– ¡Joder! -exclamó de pronto cuando otra hoja escapó de su boca en busca de la libertad-. Me siento como una jirafa.

Lisa se lo tomó con calma. No le pareció oportuno recrear las bromas relajadas de la otra noche en la cocina de su casa, porque era evidente que a él no le interesaba. Jack estaba demasiado ocupado, demasiado estresado, y para Lisa ya era suficiente halago que él hubiera accedido a comer con ella. Si a él le apetecía hablar de trabajo, hablarían de trabajo. Con aquella admirable capacidad suya para sacar partido de cualquier eventualidad, decidió que aquel era un buen momento para sondearlo respecto a la posibilidad de publicar la columna de Marcus Valentina en otras publicaciones de la empresa.

– Pero ¿ya te ha confirmado que va a escribirnos una columna? -preguntó Jack, casi con entusiasmo.

– No exactamente. Todavía no, vamos. -Sonrió con confianza y añadió-: Pero lo hará.

– Veré qué posibilidades hay. Tienes unas ideas excelentes -admitió.

Cuando salieron del restaurante, Jack volvía a parecer un ser humano.

– ¿Qué tal te va el temporizador del calentador? -preguntó con un simpático brillo en los ojos.

– Estupendamente -contestó Lisa-. Ahora puedo darme duchas largas y calientes siempre que quiero -dijo «largas» y «calientes» con un tono lánguido, sensual, insinuante.

– Me alegro -repuso Jack, y sus pupilas se dilataron con una gratificante chispa de interés-. Me alegro mucho.

Cuando llegó del trabajo, Lisa tropezó en la puerta de su casa con una mujer demacrada, con el cabello rubio mostaza, que llevaba chándal y un incongruente bolsón de DKNY. El bolsón de DKNY de Lisa, concretamente. Al menos había sido suyo hasta que se lo regaló a Francine, una de las niñas de la calle. Intuyó que aquella mujer de aspecto cascado (¿Kathy?) era la madre de Francine.

– Hola, Lisa -la saludó, radiante-. ¿Estás bien?

– Sí, gracias -contestó Lisa fríamente. ¿Cómo podía ser que todo el mundo supiera su nombre?

– Me voy a trabajar. Función de gala en el Harbison. Treinta libras en efectivo y el taxi de vuelta pagado. -Al parecer Kathy estaba hablando de un trabajo de camarera. Agitó el bolso de doscientas libras y añadió-: Volveré tarde. Hasta luego.

De pronto Lisa tuvo una idea.

– Oye, Kathy… Te llamas Kathy, ¿verdad? ¿Te interesaría un trabajo de limpieza?

– ¡Creía que no me lo ibas a preguntar nunca!

– Ah, ¿sí? ¿Cómo es eso?

– Tú eres una mujer muy ocupada. ¿Cómo vas a tener tiempo para limpiar la casa?

En realidad, lo que Kathy quería decir era que Francine se las había ingeniado para que Lisa la invitara a entrar en su casa y luego le había dicho a su madre que estaba hecha una pocilga. «iMucho peor que la nuestra!», le aseguró.

Ashling, entretanto, había pasado el miércoles por la noche llevándole a la madre de Phelim un cuenco de Portmeirion envuelto para regalo con el que completaba su colección.

– Bueno, ya he terminado mi trabajo aquí -bromeó.

Luego tuvo que sentarse largo rato en la cocina con la señora Egan, soportando sus trillados lamentos.

– Phelim no sabe lo que le conviene. Tendría que haberse casado contigo, Ashling.

La señora Egan se quedó esperando a que Ashling le diera la razón, pero por primera vez ella no lo hizo.

Cuando Ashling llegó a su casa no había ningún mensaje en el contestador. Maldijo a Joy y sus teorías.

– No seas tan pesimista, mujer. Solo son las nueve -le reprendió Joy cuando llegó para hacerle compañía a Ashling-. Todavía hay mucho tiempo. Descorcha una botella de vino y te contaré todos los piropos que Mick me dijo anoche.

Ashling estaba harta de los altibajos que tenía la relación de Joy y Mick. Eran peores que los de Jack Devine y su novia comededos. Buscó el sacacorchos, sirvió dos copas de vino y empezó a analizar, sílaba por sílaba, todo lo que Mick le había dicho a Joy.

– … Entonces dijo que yo era de esas mujeres a las que les gusta trasnochar. ¿Qué crees que quería decir con eso? Que estoy bien para ir de juerga pero no para casarse conmigo, ¿no?

– A lo mejor solo quería decir que te gusta trasnochar.

Joy negó enérgicamente con la cabeza.

– No, Ashling, siempre hay un trasfondo…

– Ted dice que no. Dice que cuando un hombre dice algo solo quiere decir lo que ha dicho.

– Y él ¿qué sabe?

Buscarle un significado oculto a todo era una tarea tan apasionante que a las diez y siete minutos, cuando sonó el teléfono, Ashling casi había olvidado que esperaba una llamada.

– Contesta-. Joy señaló el teléfono con la barbilla. Pero Ashling no se atrevía a descolgar el auricular, por si no era Marcus.

– Hola -dijo, insegura.

– Hola. ¿Eres Ashling, la santa patrona de los cómicos? Soy Marcus Valentina.

– Hola -dijo Ashling. «Es él», le dijo a Joy moviendo los labios, y se dio unos golpecitos por la cara con la yema del dedo que indicaban las pecas-. ¿Cómo me has llamado? -preguntó risueña.

– La santa patrona de los cómicos. Ayudaste a Ted Mullins en su primera función, ¿no te acuerdas? Y yo me dije: esa chica es una amiga de los cómicos.

Ashling reflexionó; sí, no le disgustaba la idea de ser la santa patrona de los cómicos.

– ¿Cómo estás? -preguntó Marcus. Ashling decidió que le gustaba su voz: no tenía nada que indicara que pertenecía a un hombre pecoso-. ¿Has ido a alguna función últimamente?

– Pues sí, el sábado pasado -contestó ella riendo.

– Tendrás que contármelo -repuso él con su voz libre de pecas.

– Lo haré -dijo Ashling, y volvió a escapársele aquella risita tonta. ¿A qué venía tanta risita? Parecía imbécil.

– ¿Te va bien que quedemos el sábado por la noche? -le propuso él.

– Lo siento, no puedo.

Lo dijo con verdadero pesar. Estuvo a punto de explicarle que tenía que hacer de niñera para Clodagh, pero en el último momento logró dominarse. No estaba de más que Marcus creyera que Ashling tenía otros compromisos.

– ¿Te vas a pasar el puente fuera? -preguntó él, desilusionado.

– No; es que he quedado el sábado por la noche.

– Vaya. Pues yo ya he quedado el domingo.

La conversación se interrumpió un instante, y de pronto ambos hablaron simultáneamente.

– ¿Haces algo el lunes? -preguntó él, al tiempo que Ashling proponía:

– ¿Qué tal el lunes?

Ella rió otra vez.

– Parece que las cosas empiezan a encajar -dijo Marcus-. ¿Qué tal si te llamo el lunes por la mañana, no muy temprano, y quedamos?

– Muy bien. Nos vemos.

– Nos vemos -repitió él con tono tierno y prometedor.

Ashling colgó.

– ¡Ostras! He quedado el lunes con Marcus Valentina. -Estaba emocionada e impresionada-. Hacía años que no tenía una cita. Desde que salía con Phelim.

– ¿Estás contenta? -le preguntó Joy.

Ashling asintió con cautela. Ahora que Marcus ya había llamado, cabía la posibilidad de que ella volviera a perder el interés.

– Muy bien -dijo Joy-. Ahora tienes que entrenarte un poco. Repite conmigo: «¡Oh, Marcus! ¡Marcus!».

A la mañana siguiente, cuando Ashling llegó a la oficina, Lisa la llamó para decirle:

– A ver si adivinas quién me llamó anoche.

Ashling miró la expresión belicosa y competitiva de Lisa, el triunfo que iluminaba sus ojos grises.

– ¿Marcus Valentina? -Solo podía ser él.

– Exacto -confirmó Lisa-. Marcus Valentina.

– No me digas. -Se puso una mano en la cadera, adoptando una postura descarada y enérgica-. Pues mira, a mí también me llamó.

Lisa, que no se esperaba aquella noticia, se quedó boquiabierta. Era evidente que se había precipitado al dar por ganada la batalla.

– ¿Cuándo habéis quedado? -preguntó Ashling.

– La semana que viene.

– Ah, ¿sí? Pues mira, yo he quedado el lunes por la noche… Antes que tú -añadió, por si Lisa no había reparado en aquel detalle.

Lisa y Ashling se miraron con ceño, agresivas y malhumoradas.

– ¡He ganado! -Ashling no sabía qué le estaba pasando.

Sorprendida, Lisa la fulminó con la mirada y Ashling tuvo que hacer un gran esfuerzo para adoptar una expresión airada. La habían vencido. Y, sorprendentemente, lo encontraba gracioso. Rompió a reír.

– ¡Bien hecho! -exclamó.

Ashling tardó un poco en adaptarse a aquel cambio de humor, y entonces ella también rompió a reír. ¡Qué ridículo era todo aquello!

– Ostras, Lisa, cualquiera diría que ambas buscamos lo mismo de él -dijo armándose de valor-. ¿Por qué le das tanta importancia?

– No lo sé -reconoció Lisa-. Supongo que todo el mundo ha de tener algún hobby.

28

En las oficinas de Randolph Media reinaba una atmósfera de final de curso. Era el viernes anterior al puente del mes de junio (Lisa estaba desconcertada, porque en Inglaterra el puente había sido la semana anterior), pero no solo eso: además se había extendido la noticia de los anuncios de L'Oréal, Jack Devine no estaba en la oficina, y acababa de llegar una caja de champán destinada al premio de un concurso convocado por Colleen. («¿De qué región de Francia procede el champán? Envíanos una postal a… La ganadora recibirá doce botellas del mejor…»)

Lisa miró la caja de champán, miró su reloj (eran las cuatro menos cuarto) y miró a sus empleados. Llevaban tres semanas trabajando mucho y lo cierto era que Colleen empezaba a tomar la forma de algo decente. De pronto Lisa recordó la importancia de mantener alta la moral de los trabajadores. Y para ser franca tenía que admitir que le apetecía una copa y sospechaba que podía producirse un motín si se servía champán para ella sola.

Carraspeó con mucho teatro y, con voz alegre, dijo:

– ¡Ejem! ¿A alguien le apetece una copa de champán? -Inclinó la reluciente cabeza hacia la caja con gesto de complicidad, y en cuestión de segundos todos se dieron cuenta de lo que había querido decir.

– Pero ¿y el concurso? -preguntó Ashling.

– Cállate, imbécil -susurró Trix, y dirigiéndose a Lisa con tono adulador dijo-: Me parece una idea excelente. Podemos celebrar tu éxito con el contrato de L'Oréal.

No hubo que insistir más. La noticia («Lisa dice que podemos bebernos el champán del concurso, Lisa dice que podemos bebernos el champán del concurso!») se extendió como la brisa por la oficina. Todos dejaron lo que estaban haciendo y se relajaron. Hasta Mercedes parecía contenta.

– Pero si no tenemos copas -observó Lisa, consternada.

– No te preocupes.

Antes de que Lisa se lo pensara mejor, Trix cogió una bandeja llena de tazas de café sucias y se las llevó al lavabo. Era la primera vez en seis meses que lavaba las tazas. Volvió volando; no se entretuvo aclarando bien las tazas, porque el exceso de espuma podía atribuirse al champán.

– Me temo que no está muy frío -dijo Lisa con gentileza ofreciéndole una taza desportillada con la leyenda «Los windsurfistas lo hacen de pie» llena de espumoso champán a Kelvin, que la cogió con una mano llena de anillos.

– ¡Qué más da! -dijo Kelvin, entusiasmado.

Estaba encantado de que lo hubieran incluido en la celebración, aunque no trabajara para Colleen.

El reducido grupo de empleados administrativos esperaba ansiosamente en su rincón sin saber si lo iban a invitar también. Todos suspiraron aliviados cuando Lisa descorchó otra botella y se les acercó con unas tazas que llevaban estampadas respectivamente las leyendas «Las secretarias lo hacen sentadas» y «Las bailarinas lo hacen de puntillas» y dos «No apto para menores».

– A su salud, señora Morley.

Lisa le dio la taza «No puedo creer que no sea mantequilla» a la sobreprotectora secretaria personal de Jack.

– Salud -murmuró la señora Morley con recelo.

Cuando todos estuvieron servidos, Lisa levantó su taza y dijo:

– Por vosotros. Gracias por el empeño con que habéis trabajado estas tres semanas.

Ashling y Mercedes se miraron, incrédulas. Habrían jurado que Lisa ya estaba borracha. Entonces todos empezaron a beber, excepto Trix, porque ella ya se había terminado su taza. Y los demás no tardaron en alcanzarla. Se hizo el silencio, y todos miraron alternativamente la espuma que quedaba en el fondo de sus tazas vacías (que seguía chisporroteando y burbujeando como si fuera material radiactivo) y las diez botellas que quedaban.

Lisa rompió el silencio preguntando con inocencia, como si la idea acabara de ocurrírsele:

– ¿Abrimos otra?

– No estaría mal -dijo Trix, fingiendo que le traía sin cuidado.

– Sí, ¿por qué no? -La primera taza había ablandado considerablemente a la señora Morley.

Pero cuando Lisa estaba quitando el tapón, se abrió la puerta de la oficina y todos se pusieron en tensión. ¡Mierda!

Cabía la posibilidad de que Jack se pusiera furioso si los pillaba bebiéndose en horas de oficina el champán destinado a un concurso. Pero no era Jack, sino Mai. Llevaba unos tacones altísimos y tenía unas caderas diminutas. Pero su cintura era aún más diminuta. Ashling se mareó de envidia y admiración.

A Mai le desconcertó el silencio absoluto que reinaba en la oficina, y el modo en que todos la miraron, con aire de culpabilidad.

– ¿Está Jack?

El silencio se prolongó.

– No -balbució la señora Morley secándose los labios por si el champán le había dejado bigote-. Ha ido a enseñarles modales a los del canal de televisión. -Se cruzó de brazos, triunfante, insinuando que en realidad era a Mai a la que Jack tendría que enseñar modales.

– Ah. -Mai hizo un mohín de desencanto con sus carnosos labios. Se dio la vuelta para dirigirse hacia la puerta, y su cascada de sedoso cabello osciló con un peso voluptuoso.

– Si quieres puedes esperarlo aquí -dijo Ashling, casi sin proponérselo.

Mai giró la cabeza y preguntó:

– ¿Está permitido?

– ¡Claro! Mira, ¿por qué no te tomas una copa?

En cuanto aquellas palabras salieron de su boca, Ashling se preparó para recibir una bronca de Lisa. No había estado demasiado fina invitando a la novia del jefe a unirse a aquella fiesta clandestina. Ashling sospechó que estaba un poco achispada.

Pero en lugar de ponerse furiosa, Lisa coincidió y dijo:

– Sí, tómate una copa.

El caso es que Lisa sentía tanta curiosidad por Mai como todos los demás. Seguramente más que los demás, dadas las circunstancias.

Mai aceptó la taza que le ofreció Lisa, y Ashling dijo con hospitalidad:

– Ven a mi mesa, y tráete una silla.

Trix y Lisa también se desplazaron hacia la mesa de Ashling, movidas por el interés que les despertaba la exótica Mai.

– Qué bolso tan bonito -comentó Lisa-. ¿Es de Lulu Guinness?

Mai soltó una carcajada sorprendentemente ruidosa.

– No; es de Dunnes.

– ¿Dunnes?

– Unos grandes almacenes -explicó Ashling, que se había puesto colorada-. Una especie de Marks & Spencer.

– Solo que más barato -agregó Mai con otra carcajada.

Pese a su delicado rostro, que semejaba una flor de loto, de pronto parecía muy ordinaria.

Mientras Lisa se paseaba por la oficina brindando con los empleados, Mai comentó con picardía:

– Qué ambiente de trabajo tan agradable. ¿Esto lo hacéis todos los días?

Sus palabras provocaron una carcajada general.

– ¿Todos los días? ¡Qué va! ¡Ni hablar! Solo en ocasiones especiales, en la víspera de un puente, por ejemplo.

– No se lo contarás a Jack, ¿verdad? -preguntó Trix.

Mai parpadeó expresando desprecio y dijo:

– ¿A Jack? ¡No!

– Y tú ¿dónde trabajas? ¿A qué te dedicas? -se atrevió a preguntar Trix.

Mai se apartó la voluptuosa melena de los hombros, agitó brevemente sus negras pestañas y de pronto volvió a convertirse en una criatura misteriosa e inescrutable.

– Soy bailarina exótica.

Aquella revelación sumió a la oficina en un breve silencio de perplejidad; luego todos se unieron para exclamar con displicencia:

– ¡Qué maravilla! ¡Qué interesante!

– ¿Verdad que está haciendo un tiempo fabuloso para eso? -Bernard el soso no lo había captado, como de costumbre.

– Qué bien -dijo Lisa con esfuerzo.

Se imaginaba que Jack y Mai debían de pegar unos polvos fabulosos, y estaba muerta de celos.

– ¿Qué es una bailarina exótica? -le preguntó la señora Morley a Kelvin al oído.

– Creo que implica bailar… ligera de ropa -le contestó él con diplomacia, para no herir su sensibilidad.

– ¡Oh, no! ¡Es una bailarina de striptease! -La señora Morley miró a Mai de arriba abajo con algo que de pronto parecía respeto.

– No, hombre, no. ¡Qué voy a ser bailarina exótica! -dijo Mai con sorna, adoptando de nuevo aquel tono ordinario-. Lo decía en broma. Trabajo vendiendo teléfonos móviles, pero por mi aspecto la gente siempre piensa que soy una especie de gatita.

Volvió a desatarse un coro entusiasta: «¡Menuda lata! ¡Qué fuerte! ¡Hay que ver lo burra que es la gente!».

– A ver si lo he entendido bien. ¿No es bailarina de striptease? -preguntó discretamente la señora Morley a Kelvin, que negó con su cabeza rubia oxigenada.

Era difícil decir cuál de los dos estaba más desilusionado.

– A la gente le encanta poner etiquetas -se lamentó Ashling.

– Pues sí, la verdad -afirmó Mai, animada por la segunda taza de detergente y champán-. Nací y me crié en Dublín, y mi padre es irlandés, pero como mi madre es asiática, los hombres siempre dan por hecho que conozco todos esos trucos orientales en la cama. Pelotas de ping-pong y cosas así. O eso, o por la calle me llaman «piojosa». -Exhaló un suspiro y añadió-: Me deprime tanto lo uno como lo otro.

Echó un vistazo a Kelvin y Gerry, que la observaban lascivamente; luego se arrimó más a Ashling, Lisa y Trix y dijo con franqueza:

– Eso no quiere decir que no esté dispuesta a probar lo de las pelotas de ping-pong. No me importa experimentar, si el chico me gusta de verdad.

«Como Jack, ¿no?» A todos les habría gustado preguntárselo, pero nadie se atrevió. Ni siquiera Trix. Sin embargo, a medida que disminuía el número de botellas llenas y aumentaba el de botellas vacías, las lenguas se fueron soltando.

– ¿Cuántos años tienes? -preguntó Trix.

– Veintinueve.

– Y ¿cuánto hace que sales con Jack?

– Casi seis meses.

– No sé cómo lo aguantas. Siempre está de mal humor -comentó Trix.

– ¡Dímelo a mí! Desde que empezó lo de Colleen, no hay manera de hablar con él. Trabaja demasiado y se lo toma todo demasiado en serio; luego sale a navegar para relajarse, o sea que no le veo el pelo. ¡Supongo que vosotros tenéis la culpa de su mal humor!

– ¡Tiene gracia! -exclamó Trix-. Porque nosotros creíamos que la culpable eras tú.

Mai empezó a removerse en la silla.

– Lo siento. ¿Te estamos molestando? No hablaremos más de este tema -intervino Ashling, aunque a su pesar, pues encontraba fascinante aquella conversación.

– No, no pasa nada -repuso Mai con una sonrisa nerviosa, sin dejar de removerse-. Es que se me han subido las bragas. No lo soporto.

Lisa tragó saliva, impresionada por la belleza, el descaro y la insolencia de Mai. Estaba segura de gustarle a Jack, pero ahora entendía que él estuviera hechizado por Mai.

Cuando regresó Jack, todos habían bebido tanto que ya ni se molestaron en disimularlo.

– ¿Os lo estáis pasando bien? -preguntó Jack esbozando una sonrisa.

– Este fin de semana hay puente -anunció la señora Morley lanzándole una mirada desafiante. Ella no solía beber, y en la última hora y media había pasado por el recelo, la tranquilidad, un bienestar maravilloso, un arrepentimiento sensiblero, y por último, como era de esperar, la agresividad.

– Sí, ya lo sé -concedió Jack.

– Hola, Jack. -Mai sonrió mostrando todos los dientes-. Pasaba por aquí y se me ocurrió subir a saludarte.

Jack parecía abochornado.

Mai lo siguió a su despacho y cerró la puerta con firmeza.

Cuando Trix puso su taza contra la puerta y luego pegó la oreja a la taza, todos rieron. Pero no hacían falta tazas. La voz de Mai, chillona y furiosa, llegaba hasta las mesas más apartadas.

– ¿Cómo te atreves a ignorarme cuando vengo a verte? Si crees que voy a aguantar que…

A Jack no se le oía, pero debía de estar diciendo algo también, porque entre los arrebatos acusadores de Mai había breves pausas.

– Despejen las salidas -dijo Kelvin imitando a una azafata de avión.

La puerta del despacho de Jack no tardó en abrirse; Mai salió hecha una fiera, fue hacia la puerta y desapareció, dejando un gran vacío en la oficina. No se había despedido de nadie.

– Ahora que el espectáculo ha terminado, me marcho -anunció Kelvin colgándose la mochila naranja hinchable de los hombros-. Tengo setenta y dos horas maravillosas por delante.

Todos recogieron sus cosas y se escabulleron, excepto Jack y Ashling. Jack se quedó porque esperaba una llamada de Nueva York; Ashling, porque había quedado con Joy a las seis y media y no valía la pena que se fuera a casa. Mientras esperaba siguió trabajando, porque le estaba confeccionando una base de datos a Lisa e iba bastante atrasada por culpa de la improvisada fiesta.

– Déjalo, doña Remedios -gruñó Jack-. Mañana es fiesta. Además, debes de estar cansada: de todos modos tendrías que rehacerlo el martes.

– Tienes razón. -Ashling estaba lo bastante sobria para saber que estaba borracha-. No me aclaro.

– Vete a casa -le ordenó él.

De todos modos, ya eran casi las seis y media. Ashling recogió su bolso y, tímidamente, preguntó:

– ¿Haces algo este fin de semana, JD? -Lo hizo porque había bebido, por supuesto.

– ¿JD? -preguntó Jack con curiosidad.

– Bueno… Jack, señor Devine, o como quieras. -Ashling lamentaba que se le hubiera escapado el apodo con que se refería a su jefe-. ¿Haces algo?

– No lo sé -dijo él con hosquedad-. El domingo iré a ver a mis padres. Lo demás depende del tiempo que haga. Si no puedo salir a navegar, me quedaré en casa viendo vídeos de Star Trek.

– ¿De Star Trek? Pues… «larga vida y prosperidad» -dijo Ashling, intentando imitar el saludo vulcaniano formando una uva con los dedos.

Jack se quedó mirándola con cara de pocos amigos.

– Ilógico, capitana Kennedy. Este fin de semana no habrá prosperidad.

– ¿Por qué no?

– Supongo que no se te habrá escapado el detalle de que mi novia tiene un cabreo de mil demonios -admitió, apenado.

Ashling no pudo evitarlo. Las palabras salieron de su boca sin que ella se diera cuenta. La culpa la tenía el alcohol.

– ¿Por qué te peleas tanto con Mai? Es encantadora. ¿No podrías esforzarte un poco más? Ella dice que no te ve el pelo porque siempre estás navegando. Quizá si no salieras a navegar tan a menudo… -Se dio cuenta de que se había pasado de la raya y supuso que Jack se pondría furioso, pero él se limitó a reír, aunque de manera desagradable. Ashling recordó entonces que en las riñas de enamorados siempre había dos versiones-. ¿Qué pasa? ¿No es verdad?

Jack esperó un momento y dijo:

– No es que yo quiera criticar a alguien que no está presente para defenderse, pero…

– Entonces ¿no sales a navegar?

– Sí.

– Pero… -Ashling creía que empezaba a entenderlo-. ¿Ella dice que no le importa que vayas, y luego se enfada?

– Algo así -admitió Jack de mala gana.

– Claro -dijo Ashling-. Es que aunque ella diga que no le importa, no es verdad. Intenta hablar con ella y ser simpático. -Se le iluminó la mirada. El problema ya estaba resuelto.

– Doña Remedios -dijo él sacudiendo la cabeza con indulgencia-, ¿por qué siempre tienes que arreglarlo todo?

– Pero si yo solo…

– Doña Remedios -repitió Jack, risueño-. Me lo pensaré. ¿Y tú? ¿Piensas ir a algún sitio este fin de semana?

– No. -En cuanto Ashling se convirtió en el centro de atención, se puso tímida-. Saldré con mis amigos, lo de siempre…

«A lo mejor salgo con Marcus Valentina -pensó-, pero eso no pensaba decírselo a Jack.»

– Que te lo pases bien -dijo él.

Ashling fue hacia la puerta, y de pronto Jack le gritó:

– ¡Doña Remedios! ¡Un momento! ¿Tú también miras vídeos de Star Trek?

Ashling giró la cabeza y contestó:

– No.

– Me lo imaginaba.

– No tengo nada contra ellos.

– Ya, eso dice todo el mundo -murmuró Jack.

– A mí me gusta más Doctor Who.

29

El sábado por la noche, a las siete menos cuarto, Ashling y Ted llegaron en la bicicleta de Ted a casa de Dylan y Clodagh para cuidar a los niños.

– ¿Es de propiedad? -preguntó Ted, admirado, contemplando la casa de ladrillo rojo.

– Es bonita, ¿verdad? -Ashling fue hacia la puerta y pulsó el timbre.

– Supongo que no tendremos que cambiar pañales -comentó Ted, acongojado.

– No, ya son mayores. Solo tendremos que jugar con ellos, distraerlos un poco.

– Bueno, eso no será difícil. -Ted carraspeó y se alisó el pelo con afectación-. ¡Ted Mullins, el hombre más gracioso de Dublín, se presenta, señor!

– Me temo que son demasiado pequeños para tu humor irónico y posmoderno -aclaró Ashling, afligida-. Creo que preferirían el cuento de los tres cerditos.

– Eso está por ver -la corrigió Ted-. La gente subestima la inteligencia de los niños. ¿Toco el timbre otra vez?

Tardaron un rato en abrirles. Dylan apareció con los brazos cubiertos de espuma y la camiseta mojada, pegada al pecho.

– ¿Qué tal? -los saludó. Parecía distraído. Entonces Ashling y Ted oyeron los gritos procedentes del piso de arriba-. Estoy bañando a Craig -explicó Dylan.

– No parece que le guste mucho.

– Lo peor está por llegar. Todavía tengo que aclararle el pelo. -Dylan hizo una mueca de dolor-. Parece que lo estén quemando vivo, pero no os asustéis… Será mejor que vaya con él. -Empezó a subir la escalera y añadió-: Clodagh está en la cocina.

Clodagh estaba sentada a la mesa, desesperada, intentando que Molly comiese algo. Cualquier cosa que no fuera una galleta, una patata frita de bolsa o un caramelo. Molly llevaba un par de semanas haciendo huelga de hambre, solo para fastidiar.

Ashling le dio a Clodagh una carpeta con diez copias de su currículum.

– ¿Qué…? Ah, sí, gracias. -Con un fluido movimiento, Clodagh guardó la carpeta bajo un montón de libros infantiles que había esparcidos por la mesa.

– ¿Por qué no vas a arreglarte? -dijo Ashling al ver que Clodagh todavía iba en vaqueros y camiseta-. El taxi no tardará en llegar.

– Solo pretendía que comiera algo…

– ¿Por qué no me dejas probar a mí? -se ofreció Ted galantemente.

Pero Molly reaccionó sacando el labio inferior y haciéndolo temblar violentamente.

– Gracias, pero…

Clodagh siguió intentando meterle una cuchara en la boca; Molly tenía pocos dientes pero los cerraba con fuerza. No había manera. Ahora que Molly tenía público, no habría forma de que probara bocado.

– Come un poquito de huevo revuelto, cariño -la animó Clodagh.

– ¿Por qué?

– Porque es bueno para ti.

– ¿Por qué?

– Porque tiene proteínas.

– ¿Por qué?

Además de negarse a comer adecuadamente, Molly había descubierto hacía poco el juego del por qué. Aquella mañana había preguntado por qué veinte veces seguidas. Clodagh le había seguido la corriente movida por una curiosidad fatalista de ver hasta dónde podía llegar su hija, pero se había rendido antes que la niña.

– Llevas el pelo precioso -comentó Ashling acariciando la dorada melena de su amiga.

– Gracias. He ido a la peluquería.

Entonces Ashling se acordó de que Clodagh había cambiado el papel pintado del salón y fue a echar un vistazo.

– ¡Ha quedado precioso! -dijo, entusiasmada, volviendo a la cocina-. Parece otro salón. Tienes mucha vista para los colores.

– Puede ser.

A Clodagh ya no le interesaba tanto la decoración del salón. Ahora que había cambiado el papel pintado, había desaparecido la emoción.

De pronto se oyeron unos gritos espantosos procedentes del piso de arriba, y todos miraron al techo. Dylan le estaba aclarando el pelo a Craig.

– Verdaderamente, es como si lo estuvieran quemando vivo -dijo Ashling riendo-. Pobrecillo.

Al cabo de un rato los gritos se transformaron en sollozos histéricos. Clodagh siguió alimentando a Molly por la fuerza.

– Las niñas guapas tienen que comer si quieren crecer y hacerse fuertes. -Clodagh acercó una vez más la cuchara de huevo revuelto a la boca de su hija.

– ¿Por qué?

– Porque sí.

– ¿Por qué?

– Porque sí.

– ¿Porqué?

– Porque sí.

– ¿Por qué?

– ¡Porque lo digo yo, joder! -Clodagh dejó caer la cuchara en el plato, del que saltaron fragmentos amarillos que se esparcieron por la mesa-. Esto es una pérdida de tiempo Voy a arreglarme.

Cuando Clodagh salía de la cocina, Ted miró a Ashling con los ojos muy abiertos, como diciendo «¡Uf!».

– No es bueno descubrir tu debilidad ante los niños -comentó.

Clodagh asomó la cabeza por la puerta y dijo con un tono acusador:

– Yo también lo pensaba. Espera a tener hijos y verás. Tendrás un montón de normas, pero ninguna funcionará.

Ted no había pretendido criticar a Clodagh; solo había hecho aquel comentario por si su idea de que la educación de los niños tenía que combinar amor y mano dura podía ayudarla. Se sintió incomprendido y muy violento. Para colmo, Molly lo señaló con la cuchara y dijo, jactanciosa:

– Mami te odia.

Clodagh subió la escalera zumbando. Ya no podía darse el largo y relajante baño de aromaterapia que tanto le apetecía. Apenas tuvo tiempo para una ducha rápida antes de pintarse un poco. Luego, solemne, se puso el vestidito rosa y blanco que se había comprado el día que salió de tiendas con Ashling. Desde aquel día había permanecido colgado en el armario, y su impecable estado era un recordatorio de que Clodagh no tenía vida social.

Se miró ansiosa en el espejo. Maldita sea, le iba corto. Mucho más corto de lo que recordaba Y por si fuera poco, era transparente. Se puso una enagua negra para mantener el pudor pero solo consiguió parecer ridícula, así que se la quitó Recordó que estaba de moda enseñar la ropa interior. Más que estar de moda, era obligatorio si pretendías ir bien vestida. Su problema era que llevaba demasiado tiempo poniéndose únicamente vaqueros y camisetas. Así que se calzó unas sandalias de tacón, se dijo que estaba fenomenal y apareció en lo alto de la escalera como una estrella de cine haciendo su entrada en escena.

– ¿Cómo estoy?

Todos se apiñaron abajo, mirando hacia arriba. Hubo una pausa de desconcierto.

– Fabulosa -dijo Ashling, aunque con una décima de segundo de retraso.

Ted se quedó boquiabierto, contemplando con admiración cómo las ejercitadas piernas de Clodagh bajaban por la escalera.

– ¿Qué dices, Dylan? -preguntó Clodagh.

– Fabulosa -repitió él.

Clodagh no estaba convencida. Le había parecido detectar una sombra de duda en los ojos de su marido, pero Dylan era demasiado elegante para expresarla. En cambio Craig estaba libre de esas reticencias.

– Mami, ese vestido es demasiado corto y te veo los calzoncillos.

– No, Craig.

– ¡Sí! -insistió el niño.

– ¡No, Craig! -le corrigió Clodagh-. Puedes verme las bragas. Los chicos llevan calzoncillos y las chicas bragas… Menos Joy, la amiga de Ashling -murmuró por lo bajo, con una malicia surgida de no sabía dónde.

Molly, que estaba ocupada embadurnándose las manos con mermelada de moras, era la única a la que parecía no importarle lo que Clodagh llevara puesto.

– Tú también vas muy bien -le dijo Ashling a Dylan.

Y era verdad: el traje suelto azul marino y la camisa color biscuit le sentaban muy bien.

– Eres un tesoro -dijo Dylan con una sonrisa en los labios.

– Mariquita -oyó entonces Ashling, pero fue un susurro tan leve y tan cargado de desprecio que casi creyó habérselo imaginado. Le pareció que procedía de Ted.

– ¿Nos vamos ya? -preguntó Dylan consultando su reloj.

– Espera un momento. -Clodagh estaba anotando números de teléfono a toda velocidad-. Este es el móvil de Dylan -explicó-. Y este es el número del restaurante, por si el móvil no tiene cobertura…

– No creo que haya ningún problema en el centro de Dublín -terció Dylan.

– … y esta es la dirección del restaurante, por si no pudieras localizarnos por teléfono. No volveremos muy tarde.

– Volved tarde, por favor -dijo Ashling.

Clodagh abrazó fuertemente a Molly y Craig y, sin demasiada convicción, les dijo:

– Portaos bien con Ashling.

– Y con Ted -añadió Ted, y miró a Clodagh frunciendo los labios con lo que pretendía fuese una mueca cariñosa.

– Y con Ted -murmuró Clodagh.

Cuando estaban a punto de marcharse, para desearles buena fortuna, Molly le plantó una mano embadurnada de mermelada de moras a Clodagh en el trasero. Desgraciadamente (o quizá afortunadamente), Clodagh no se dio cuenta.

30

En cuanto Clodagh cerró la puerta de la calle, Molly y Craig rompieron a llorar desconsoladamente. Clodagh miró, afligida, a su marido y se volvió con intención de entrar de nuevo en la casa.

– ¡No! -ordenó Dylan.

– Pero si…

– Se callarán dentro de un rato.

Clodagh subió al taxi y se resignó a que la llevaran al centro, aunque se sentía como si la hubieran partido en dos. Maldito amor incondicional, pensó con amargura. Era una carga terrible.

Tenían mesa reservada en L'Oeuf para las siete y media (les habían dado a elegir entre las siete y media y las nueve, y a Clodagh le pareció que las nueve era demasiado tarde. Generalmente a esa hora ya dormía. Le gustaba dormir un poco antes de las cuatro de la madrugada, cuando tenía que levantarse para cantar canciones infantiles a oscuras, durante una hora). Dylan y Clodagh fueron los primeros comensales que llegaron al restaurante. Avanzaron, silenciosos y solemnes, por la sala adornada con columnas griegas, blanca y vacía, y Clodagh se angustió aún más por su vestido, que provocaba miradas de asombro a los empleados con cara de culo. Intentó tirar de él hacia abajo para que pareciera más largo, y corrió a refugiarse en una mesa. Llevaba demasiado tiempo sin salir, y ya no sabía qué era lo que se llevaba. Se sentó, escondió rápidamente los muslos bajo el mantel y pidió un gin-tonic.

Mientras Clodagh leía detenidamente la carta, del tamaño de un periódico, doce o catorce empleados vestidos de blanco y negro esperaban en posición de firmes en diversos puntos de la silenciosa sala. Cuando Clodagh levantó la mirada de la carta, vio que todos habían cambiado de sitio, aunque ni ella ni Dylan los habían visto moverse.

– Esto parece una película de ciencia ficción -susurró Clodagh.

La risa de Dylan resonó en la sala vacía; de pronto Clodagh experimentó una vez más aquella extraña sensación: que no lo conocía. Sin embargo, aquel era el hombre de sus sueños, el hombre que le había hecho temer que moriría si no lo conseguía. Conmovida por el recuerdo de aquel amor tan intenso, Clodagh se quedó muda. Estaba perpleja porque no se le ocurría ni una sola cosa que decirle.

Solo duró un segundo. Luego Clodagh se dio cuenta de que tenía muchas cosas de que hablar con su marido. Pero si es Dylan, por el amor de Dios, se dijo aliviada.

– ¿Crees que debería llevar a Molly al médico?

Dylan no contestó.

– Si no deja pronto la huelga de hambre, tendré que hacerlo -prosiguió Clodagh-. No puede subsistir a base de chocolate y…

– ¿Qué vas a pedir de primer plato? -la interrumpió Dylan bruscamente.

– ¡Oh! Pues… no lo sé.

– La carta es espectacular -observó él.

– Sí, sí.

– ¿No puedes olvidarte de los niños durante un par de horas?

– Lo siento. Te agobio, ¿no?

– Un poco -admitió él, exasperado.

Clodagh empezó a calmarse. Al fin y al cabo, estaba en un restaurante maravilloso con su maravilloso marido. Estaban bebiendo gin-tonics y comiendo pan de ajo. Pronto les servirían platos deliciosos y vino de solera, y sus hijos estaban a salvo en casa con dos personas que no eran ni pedófilos ni maltratadores. ¿Qué más podía pedir?

– Lo siento -repitió, y esta vez se puso a leer la carta en serio-. Vaya, tienes razón -admitió-. Oh, mira. Tienen mejillones. Y soufflé de queso de cabra. ¡Ostras! ¿Qué puedo pedir?

– Primer plato o sopa -dijo Dylan, pensativo-, esa es la cuestión.

– ¿«O»? -dijo Clodagh, desafiante-. ¿Cómo que «o»? Supongo que habrás querido decir «y».

Pidió con la desesperación de quien raramente sale a cenar, dispuesta a sacarle el máximo provecho a aquella situación inhabitual. Primeros platos, sorbetes, sopas y guarniciones; segundos platos, vino tinto, vino blanco y agua.

– ¿Con gas o sin gas? -preguntó el camarero con la mano dolorida. Ahora sabía cómo debió sentirse Tolstoi cuando escribía Guerra y paz.

Clodagh se quedó mirándolo con gesto de asombro. ¿Acaso no era evidente?

– ¡Ambas!

– Muy bien.

– ¿Hay algo más que podamos pedir? -preguntó Clodagh, estremeciéndose de placer, cuando el camarero se hubo marchado.

– De momento no -contestó Dylan, risueño, contagiado del entusiasmo de su esposa-. Pero espera a que nos hayamos zampado este cargamento.

– ¿Tomaremos postre y queso?

– Claro que sí. Y café irlandés.

– Y vino de postre. Y pastelillos.

– Y café francés.

– Mais oui! Hasta es posible que me fume un puro.

– Así me gusta.

Cuando ya se habían comido un par de platos, Clodagh empezó a sentirse más cómoda, pero seguía preocupada porque no podía relajarse. Entonces se dio cuenta de cuál era el problema.

– Hace tanto tiempo que no ceno sin que me interrumpan que no me acostumbro -dijo-. Me dan ganas de levantarme y cortarles la comida a los demás… ¿Ves a aquel tipo de allí? -dijo señalando a un individuo con pinta de artista neoyorquino que jugaba con su comida-. Me gustaría pinchar un trozo de su filete de ternera con el tenedor y decirle: «¡Abre la boquita!». Es más, creo que voy a hacerlo.

Dylan se quedó de piedra cuando la vio levantarse. Pero entonces ella se detuvo y torció el cuerpo a uno y otro lado, nerviosa.

– ¿Qué pasa? ¿Por qué estoy pegada a la silla? -Bajó una mano para investigar-. Tengo una mancha de algo negro y pegajoso en el trasero. Parece alquitrán. Maldita sea, con lo que me gustaba este vestido nuevo. ¿Cómo me lo habré hecho? -Acercó los dedos a la nariz, indecisa; los olisqueó y rompió a reír-. Es -mermelada de moras. Habrá sido Molly, la muy cochina. Es un caso, ¿verdad que sí?

– Es una monada. -Dylan también estaba un poco achispado.

– ¿Crees que estarán bien? -preguntó Clodagh, angustiada.

– ¡Claro que sí! Además, Ashling y Ted tienen el número del móvil. Si pasa algo nos llamarán.

– Como qué. ¿Qué podría pasar?

– Nada.

– Déjame el móvil. Voy a llamarlos.

– ¿Por qué no intentas olvidarte de los niños aunque solo sea por una noche? -suplicó él-. Solo hace una hora que hemos salido de casa.

– Tienes razón. Me estoy comportando como una idiota.-Volvió a mirar su plato de sopa de pescado-. No, no aguanto más -dijo de pronto-. Déjame el móvil.

Dylan exhaló un suspiro y se lo dio.

– Hola, Ted. Soy Clodagh. Solo llamaba para ver si todo va bien.

– Nos lo estamos pasando en grande -mintió Ted mientras Ashling les tapaba la boca a Craig y Molly.

– ¿Me los pasas un momento?

– Es que… ahora están ocupados. Jugando. Sí, eso es. Están jugando con Ashling.

– Ah, vale. Pues hasta luego.

– Es desesperante -dijo con voz lastimera mientras cerraba el teléfono-. Se pasan toda la semana martirizándome, no puedo separarme de ellos ni cinco minutos, y una noche que salgo a cenar ¡me preocupo por,, ellos!

– Si quieres podemos volver a casa -dijo Dylan-. Podemos comer patatas fritas de bolsa y escuchar una inacabable lista de exigencias.

– Hombre, si lo planteas así… Lo siento, Dylan. La verdad es que lo estoy pasando muy bien. Me siento muy a gusto.

No podía decirse lo mismo de Ashling y Ted. Craig y Molly habían tardado una eternidad en dejar de llorar cuando sus padres se marcharon. Finalmente se habían tranquilizado, pero solo después de que se apropiaran del televisor para ver La sirenita, y Ted tuviera que renunciar a ver el programa Stars in their Eyes.

– Y hoy es la noche de los famosos -protestó Ted.

Para pasar el rato, Ted examinó la enorme colección de LP y CD de Dylan, con envidia y admiración, exclamando cada vez que encontraba alguno especialmente raro.

– Mira este. Catch a Fire, de Bob Marley. ¡Con la funda original! ¿De dónde lo habrá sacado el muy desgraciado?

A Ashling no le interesaba saberlo. Los hombres y sus colecciones de discos. Phelim hacía lo mismo.

– ¡Hostia! -exclamó Ted-. ¡Los dos primeros álbumes de Burning Spear editados por Studio One! Creía que solo podías conseguirlos en Jamaica.

– Dylan y Clodagh fueron a Jamaica de luna de miel -explicó Ashling con tono deliberadamente inexpresivo.

– Los hay con suerte -comentó él con nostalgia-. La colección completa de Billy Holiday editada por Verve -prosiguió Ted, como si estuviera a punto de vomitar-. ¿Dónde la habrá conseguido? ¡Yo llevo anos buscándola!

»¡Ajá! -gritó, y se abalanzó sobre otro disco-. ¡Ya he encontrado su secreto vergonzoso! ¿Qué hace aquí un álbum de Simply Red? Tu amigo no es tan moderno como creíamos…

– Siento decepcionarte, pero ese disco es de Clodagh.

– ¿A Clodagh le gusta Simply Red? -dijo Ted con cara de asco.

– Al menos, le gustaba.

– Bueno, si dices que le gustaba, no es tan grave -replicó él con alivio. Tenía a Clodagh por una diosa, pero si resultaba que le gustaba Mick Hucknall, tendría que replanteárselo. Una diosa no podía permitirse semejante lapsus de mal gusto.

Cuando terminó La sirenita, Craig y Molly exigieron más distracciones. Pero cuando Ted empezó a contarles chistes de búhos, Molly le dijo que se marchara a casa ¡ya!, y Craig se puso a llorar. A Ted le sentó muy mal, sobre todo cuando Ashling les hizo reír a carcajadas escondiéndose detrás de una bolsa de papel y reapareciendo.

– Malditos cabroncetes -masculló-. Hay gente que daría un brazo por esta oportunidad.

– Sí, pero ellos son niños.

Craig empezó a tirarle de la manga a Ashling, pidiéndole un 7-Up. Como Ashling no le dio el refresco inmediatamente, volvieron a surgir las lágrimas.

– Es un niño mimado -comentó Ted con mordacidad.

– No es verdad.

– Claro que sí. Si viviera en Bangladesh, trabajaría dieciocho horas diarias en una fábrica. Entonces sí tendría motivos para llorar.

Fue una noche muy larga. Ashling y Ted tuvieron que utilizar un arsenal inagotable de risas, cuentos, caramelos, cosquillas, refrescos, pases de camión, fútbol de Barbies y el clásico por excelencia: la bromita de esconder la mano en la manga.

– ¿Dónde está la mano de Molly? -preguntó Ted cansinamente mientras la niña escondía una mano en la manga por enésima vez-. ¡Oh! -exclamó con aburrimiento-. Molly ha perdido una mano. Alguien se la ha robado. -Entonces Molly volvió a sacar la mano, triunfante, y Ted exclamó-: ¡Oh, qué sorpresa! ¡La ha encontrado! ¿Dónde está la mano de Molly…?

Luego llegó la hora de acostarse, pero conseguir que los niños se metieran en la cama y se quedaran allí resultó una tarea casi imposible.

– Si no dormís, vendrá el coco -los amenazó Ted.

– El coco no existe -replicó Craig con vehemencia-. Me lo ha dicho mamá.

Ted recapacitó. Tenía que haber algo que le diera miedo.

– Está bien. Si no dormís, vendrá Mick Hucknall.

– ¿Quién es ese?

– Ahora te lo enseño. -Ted bajó al salón, cogió el CD de Simply Red y subió corriendo al cuarto de los niños-. Mira, este es Mick Hucknall.

Ashling, que estaba abajo disfrutando de un momento de tranquilidad, miró hacia arriba, asustada, cuando se desató una algarabía de gritos en el piso superior. Poco después apareció Ted, con aire contrito y sospechoso.

– ¿Qué pasa? -le preguntó Ashling.

– Nada.

– Será mejor que vaya a ver.

Ashling se quedó un rato con Craig, intentando calmarlo.

– Pero ¿qué le has dicho? -le preguntó a Ted cuando volvió a bajar-. Está desconsolado.

Dylan y Clodagh llegaron a casa envueltos en ese halo de cariño que hace que los demás se sientan excluidos y faltos de amor. Entraron tambaleándose; Clodagh rodeaba a Dylan por la cintura, y él tenía una mano en el trasero de ella (en el lado no manchado de mermelada de moras).

En cuanto se despidieron de Ashling y Ted, Clodagh le guiñó un ojo a Dylan, señaló la escalera y dijo: «¿Vamos?». Hacía exactamente cuatro semanas que no hacían el amor, pero el alcohol había despertado en Clodagh tanta magnanimidad que habría propuesto una sesión extra aunque no hubiera tocado.

– Voy a apagar las luces y cerrar las puertas -dijo Dylan.

– Date prisa -dijo ella con coquetería, con la tranquilidad que le daba saber que él se tomaría su tiempo.

Hacía mucho que no se entretenían en desnudarse el uno al otro. Clodagh ya estaba desnuda bajo el edredón cuando Dylan entró en el dormitorio; tras un frufrú de licra y algodón que duró treinta segundos, él también se metió desnudo en la cama. Clodagh se tumbó boca arriba, cerró los ojos y se dejó besar durante unos minutos; luego, como siempre, Dylan pasó a sus pezones. Cuando terminó con ellos, hubo una lucha silenciosa y no reconocida, pues aquel era el punto en que Dylan solía deslizarse por el cuerpo de ella para hacerle un cunnilingus, pero Clodagh no lo soportaba. Lo encontraba muy aburrido, y no hacía más que añadir unos minutos más a todo el proceso. Esta vez ganó ella, que consiguió cortarle el paso. Entonces Clodagh pasó directamente a la felación, que duró entre cuatro y cinco minutos; el final era la señal de que Dylan ya podía penetrarla. En ocasiones especiales, como cumpleaños o aniversarios, Clodagh se ponía encima. Pero esta noche no tocaba la versión de lujo, sino la postura estándar del misionero. Se abrazó a Dylan y juntos iniciaron una cómoda danza con la que estaban familiarizados. Clodagh admitió que, una vez puestos, no estaba tan mal. Lo que le fastidiaba era tener que pensar en ello de antemano. Dylan, como de costumbre, esperó a que ella fingiera correrse y luego aceleró el ritmo, moviéndose como si lo estuvieran cronometrando. Ya va siendo hora de que cambiemos esta habitación, pensó Clodagh mientras él empujaba en medio de fuertes gemidos y resuellos. La moqueta no está del todo mal, pero me gustaría pintar las paredes de otro color.

– ¡Dios mío! -exclamó Dylan sujetando a Clodagh por las nalgas y empujando a mayor velocidad aún-. ¡Dios mío! ¡Dios mío!

Automáticamente, Clodagh respondió con un gemido distraído. Eso solía acelerar las cosas. Violeta y crema, quizá. Dylan se contrajo espasmódicamente y se derrumbó con un gruñido. La única diferencia con las últimas veces fue que no los interrumpió ningún niño gritando para meterse también en la cama.

Quince minutos en total, y libres hasta el próximo mes. Clodagh suspiró, satisfecha. Suerte que Dylan no era de esos hombres que se empeñan en hacerte el amor toda la noche. De ser así, se habría suicidado hacía mucho tiempo.

Ted y Ashling recorrieron zumbando las calles oscuras hacia el Cigar Room para tomar algo antes de irse a casa. Cuando desmontaron de la bicicleta, Ted se dio una palmada en la frente con un gesto que parecía ensayado.

– ¡Ostras! -exclamó con un enojo al que le faltaba convicción-. Me he dejado la chaqueta en casa de Clodagh. Tendré que llamarla un día de estos para ir a recogerla.

En una casa de una esquina inhóspita frente al mar, en Ringsend, Jack y Mai daban fin al polvo de la reconciliación. Jack había sorprendido a Mai presentándose en su piso y disculpándose por no haberla recibido con el cariño que ella esperaba el día anterior en la oficina. Luego se la llevó a su casa, donde después de darle de comer y beber, la llevó a la cama.