/ / Language: Español / Genre:love_erotica,

Tu Aliento

Melissa P.

“Un pasaje de ida”, le pide al empleado de la agencia de viajes. Melissa es una muchacha en fuga. De la tierra que la vio nacer, de una familia cariñosa pero despiadada, de un hombre que la ha desenmascarado. De un juego imposible de ganar hacia un futuro que promete acogerla sin hacer demasiadas preguntas. Al principio, Melissa consigue encerrar bajo llave a aquel demonio interior que ha dominado sus palabras, sus gestos, sus pensamientos desde que era una niña. Pero pronto se da cuenta de que solo ha ganado una de las tantas batallas contra su propia naturaleza oscura. La guerra es larga. En poco tiempo, de hecho, una simple sospecha se transforma en una obsesión, en celos ciegos que amenazan destruir todo aquello por lo que ha luchado tan duramente. ¿Quién es Viola? ¿Qué son esas sombras que le susurran al oído? ¿Cómo interpretar esas terroríficas visiones nocturnas, aquella libélula que parece espiar cada uno de sus movimientos? Y su historia de amor, ¿está verdaderamente destinada a morir? Visceral y romántica, onírica y sensual, Tu aliento es una novela extrema y preciosa, donde la frontera entre realidad y fantasía se difumina página tras página, revelando una escritora única, de gran talento y enorme coraje.

Melissa P.

Tu Aliento

Traducción de Guillermo Piro

Título original: L’odore del tuo respiro

© Melissa P., 2005

A Thomas, que sabe cómo olfatear mi falda,

a mi madre bosque,

a mi hermana tormenta,

a mi abuela virgen.

Entonces ve, toma el tren, ve,

que aunque no te vayas te irás igual.

VIRGINIANA MILLER, En otra parte

Con una abeja en los cabellos me fui por las calles del mundo. Una abeja que zumbaba entre mis cabellos, batía convulsivamente las alas y zumbaba, zumbaba. Y yo la dejaba construir su panal en mi cabeza y todo el que me veía me decía: “Tienes los cabellos que parecen de miel”, sin saber que en mi cabeza había una abeja dando vueltas con su cuerpo tierno y bicolor, jugando. Y me hacía compañía, una compañía que se volvió irrenunciable, aunque no podía confiarme demasiado: a veces me picaba en la nuca para provocarme dolor. Pero mi abeja era demasiado pequeña para eso, en mí depositaba su miel, no su veneno.

Un día la abeja me susurró algo al oído, pero era un susurro demasiado débil para que pudiese oírlo. Nunca le pregunté qué había querido decirme y ya es demasiado tarde; de improviso mi abeja se fue de mis cabellos y alguien la mató. La aplastó. Y en el mármol blanco puedo ver cómo brilla un líquido, una sustancia: lo tomo con una espátula y lo llevo a un laboratorio para que lo analicen.

– Veneno -me dice el biólogo.

– Veneno -repito yo.

Mi abeja murió envenenada, no aplastada. Unas horas antes me había picado.

***

1

Cómo te sentiste ayer? Cuando llegaste a casa y prendiste un cigarrillo en la cocina, con la estufa encendida, cuando nuestro gato se refregó contra tu cuello haciendo que se agitara tu respiración, cuando cerraste los ojos y te acomodaste como un feto, ¿en qué estabas pensando? ¿Estabas bien?

Mi tormento comenzó cuando te saludé en el aeropuerto, cuando me acerqué a ti y te dije:

– ¿Entonces has entendido? Haces el check-in, subes por esa escalera mecánica y después pasas a través del detector de metales -te lo señalé con el dedo-, después de lo cual vas a la puerta que está indicada en la tarjeta de embarque y listo. Cuando hayas llegado, llámame.

Te dije estas palabras y, después de haberme alejado, me acerqué otra vez y volví a decirte todo con pelos y señales. Incluso repetí el gesto señalando el detector de metales.

Al final te abracé suavemente, sin que nuestros cuerpos entraran en contacto, y te susurré al oído:

– Gracias.

Tú, con un tono menos duro que el mío, respondiste:

– Gracias a ti, tesoro, gracias a ti.

Esa misma noche hice el amor con Thomas.

– Hagámoslo como si ésta fuese la última vez -le dije mirándolo fijo a los ojos.

Él dudó y me dijo:

– ¿Qué quieres decir?

– Estúpido… nada apocalíptico. Es sólo exceso de amor, nada más.

– ¿Por qué? -me preguntó.

Alcé los hombros y respondí:

– Porque estoy cansada de entregarme de a pedazos. Necesito extenderme hasta el infinito.

– Pero eso lo haces siempre -dijo.

Alcé de nuevo los hombres y bufé.

No, nunca me extendí hasta el infinito. No conozco el infinito. Conozco los límites, la parálisis, la sumisión. Pero no, no diría que conozco el infinito.

– Hagamos así. Piensa en qué pasaría si uno de nosotros muriese mañana; piensa en qué pasaría si uno de nosotros tuviese que hacer un viaje que durara años y años y estuviéramos obligados a volver a vernos después de tanto tiempo… o a lo mejor a no volver a vernos nunca más. ¿Cómo me amarías entonces?

Él era muy bello, yo era muy bella. Calentados por la luz de la lámpara que estaba sobre la mesa de luz, que bañaba nuestros rostros con partículas de colores.

Y cuando hicimos el amor él ya no estaba, estaba él y también estabas tú. Estaba yo, sólo una figurante. É y tú me amaron, me besaron y me rasgaron. Veía tu nariz, tu boca, tus orejas y sus ojos. Sentía latir dos corazones en vez de uno, y cuando mi cuerpo sufrió un sobresalto grité:

– Te amo tanto, tanto, tanto -pero también te lo estaba diciendo a ti.

Él y tú, custodios de mi alma y de mi cuerpo. Presuntuosamente asomados a la terraza de mi vida, la observan y la protegen como yo no se los pedí, como yo no lo pretendo.

Su sudor tenía el sabor de tu cuello, y su cuello tenía tu sabor. Después nada. Los párpados cayeron como un telón después del espectáculo y las respiraciones leves y satisfechas se entrecruzaron con los olores de la habitación. Y tú te quedaste.

Tú nunca atentaste contra mi vida y mi libertad. Tú eres demasiado liviana y yo demasiado pesada. De ahora en adelante deberé hacer que callen todas mis teorías sobre la vida para darle más espacio al sentimiento que experimento hacia ti.

Tal vez te lo merezcas.

– Un pasaje a Roma, de ida -dije.

El señor de la agencia de viajes mi miró y sonrió:

– ¿A dónde vas esta vez?

Lo miré un rato, dibujando en mi cabeza cada una de las facciones de su rostro.

– A casa -respondí.

Él bajó la cabeza a modo de reverencia y mirándome con los ojos entrecerrados dijo:

– Un momento.

Mientras él tecleaba en la computadora yo observaba los folletos que estaban a mi espalda. Entre el Congo y Laos hubiera podido ir a cualquier parte. De París a Hokkaido. De Valparaíso a Atenas.

Incluso hubiera podido comenzar mi fuga de inmediato, ya que estaba. Pero la falta de responsabilidad me asustaba, siempre me asustó.

– ¿Entonces te has decidido por Roma? -preguntó el señor.

Giré y asentí, sonriendo.

– ¿Quieres que haga un pasaje electrónico?

– No, no, por favor. Quiero tenerlo en mano.

Fue como acertar de improviso esa calle que tantas veces vi mirando el horizonte, estando en mi propia calle, esa que recorro desde hace tan poco tiempo, pero donde me parece haber vivido cien años, la mitad de los cuales fueron bien utilizados y la otra mitad, siendo optimistas, no tanto.

Siempre me pareció tan improbable llegar al punto en que las dos calles se cruzaban que recorrí con indolencia todo el trecho sin preguntarme cuándo habría llegado y qué habría hecho cuando eso hubiese ocurrido.

De improviso volví a encontrarme en la entrada de la calle desconocida, que un cartel dorado señalaba como “Calle probable. Puedes avanzar o elegir doblar a la izquierda”.

Entonces miré hacia atrás y vi mis huellas que llegaban hasta donde el tejido de las calles paralelas confluían para formar una perspectiva perfecta; el asfalto estaba semidestruido; granizo, lluvia y viento lo habían maltratado, agujereado y después aplanado. Vi la estela de sangre dejada por las heridas causadas por las caídas; aquí y allá vi algún que otro cadáver extendido, desnudo y con los ojos aún abiertos. De ti, ninguna huella. Sólo un olor a mamífero que se expande a lo largo de la calle desierta de vida. Volví a mirar el cartel dorado: parecía el acceso al Paraíso. Pero alguien una vez me dijo que no hay mejor paraíso que el propio infierno (¿o tal vez lo dijo mi conciencia, otorgándome una coartada?). En cualquier caso decidí tentar a la suerte y en vez de avanzar por esa calle gris, a la que llegué pasando por un agujero negro gritando fuerte “¡La luz! ¡La luz!”, olfateé un poco el aire y doblé a la izquierda, manteniendo las manos cruzadas a la altura del corazón.

Tomé el pasaje de avión y lo mantuve delicadamente entre los dedos: mi pasaje de entrada.

Cuando salí de la agencia un frío sutil hizo que se me crispara la piel. Me envolví con mi abrigo (el rojo, de piel, el que a Ornella le hace recordar una bata) y trepé por la Acchianata de San Giuliano. Decidí pasar por Piazza Crociferi, donde el exceso y el lujo barroco compiten con la degradación, la muerte y la descomposición de las mismas casas que tienen frisos y frisones, flores que germinan en la piedra e inexorablemente se secan. Allí fue donde di el primer beso, allí fue donde intercambié golpes con una imbécil; más adelante, la escalinata donde una noche saboreé una cerveza con un desconocido sin pedir nada a cambio.

Pero ningún recuerdo consiguió despertar sensaciones adormecidas.

Entonces seguí hasta la Piazza del Elefante y lo único que vi fueron los abrigos grises de los funcionarios de la municipalidad.

Seguí hacia la pescadería y allí también lo único que vino a mi mente fue esa vez, hace tantos años, cuando tú, la abuela y yo habíamos ido a comprar pescado; y lo que más me había asombrado aquella vez fue la estrella de mar que estaba adherida a la espalda de un pez espada que aún vivía. Pocos, demasiado pocos recuerdos que, en su mayoría, son vanos y están descoloridos.

Si alguien me preguntara cuál es la ciudad que más odio, respondería Catania. Y daría la misma respuesta si me preguntara cuál es la ciudad que más amo.

Siempre me has dicho que estar lejos de la propia tierra es lo más doloroso que puede haber. Siempre me has dicho que, si me hubiese ido, habría sentido a la nostalgia agarrándome por el cuello y arrastrándome hacia la desesperación y el dolor.

Yo te decía que para mí un lugar vale lo que cualquier otro y que Catania incluso era el lugar al que más le temía, porque Catania te deglute.

Oscuridad, cenizas, lava coagulada y enfriada. A pesar de eso el sol pega continuamente entre los bajorrelieves barrocos y en las cortinas de encaje blancas de las viejas casas del centro; toda la ciudad parece hundirse en una gran, infinita, profunda oscuridad. Catania es tenebrosa. Es como si estuviera atravesando el umbral de una enorme boca abierta de par en par, llevada por un tren cansado. Catania es así incluso cuando parece que la vida no puede estar contenida en sus estrechas plazas y en sus calles arañadas, cuando por la noche jóvenes, carteristas, putas, drogadictos, familias y turistas se encuentran en el mismo lugar, todos, a la misma hora, dando vida y origen a orgías exóticas y desordenadas. Catania es bella porque no tiene jerarquías, porque no tiene tiempo, porque es ignorante de la fascinación que provoca. Es bella como una mujer desnuda, blanca y con el cabello negrísimo, que le cae sobre los ojos cuando la mano de un hombre violento le tapa la boca, susurrándole con malicia: “No digas nada, puta”.

Catania es así, una puta que no habla porque alguien le tapa la boca.

Yo soy alguien profundamente cataniense. Tengo dentro de mí la vida y la muerte, no le temo a ninguna de las dos. Pero a veces la vida tiende hacia la muerte.

A menudo, si alguien se alejó de casa por mucho tiempo, lo oigo decir que el único motivo que lo impulsa a retornar a su propio canil es la necesidad de reencontrarse con sus propias raíces, de indagar en el terreno y apropiarse de él, viviseccionándolo. ¿Raíces? ¿De qué raíces me hablan? No somos árboles, somos seres humanos. Seres humanos que provienen de una semilla y que seguirán siendo semillas por toda la eternidad. A lo sumo, tal vez, el único lugar donde hemos tenido raíces es en el vientre materno.

Y si un día quiero volver a mis orígenes, si siento deseos de comer mis propias raíces, no deberé hacer otra cosa que desgarrarte el vientre, entrar con todo el cuerpo y atarme a ti con un hilo ficticio.

Pero no me serviría de mucho. Quiero seguir siendo semilla. Quiero ser mi origen y mi fin. Y no quiero pudrirme dentro de terreno alguno, quiero que el viento me arrastre siempre.

2

Aún no es primavera, aunque técnicamente ya ha comenzado. El cielo se ve todavía tan invernal… las caras de la gente siguen siendo invernales. El Coliseo, dramáticamente, se ha establecido en el corazón de la ciudad, en el centro de la calle exhibe su gran culo delante de todo el mundo. Trato en lo posible de no mirarlo cuando voy de compras. No me gusta el Coliseo, se parece a un macho maduro que quiere demostrarles a todos su virilidad, aun habiéndola perdido. No lo soporto. Me cansó. Tomo por calles ruidosas con las bolsas en la mano y la mirada baja, camino tan rápidamente que cuando llego al portón de casa tengo las pantorrillas duras y tensas y las yemas de los dedos marcados por las bolsas de plástico; los veo gordos y tumefactos como dos chorizos.

Bebí leche del pezón de Catania por un período demasiado breve, el tiempo del destete llegó demasiado pronto. Pero rogué para que ello sucediera.

¿Qué hice durante todos estos años metida en esa cueva oscura y claustrofóbica? ¿Cómo fue que no me di cuenta de que Catania se estaba apoderando de mi alma sin que yo le hubiese dado permiso? ¿Por qué tú nunca dijiste nada?

¿Complotaste con ella para que yo permaneciera para siempre aferrada a sus senos? Seguías diciéndome que tendría nostalgia de mi ciudad y mi familia, que en otra parte sólo habría encontrado soledad y conflictos, que no hay nada más bello que despertarse a la mañana y sentir la brisa matinal pellizcándome la nariz. No me importa nada: odio el mar y odio demasiado la soledad y los conflictos.

Una lástima que te hayas equivocado. Perdona, soy demasiado dura. Siempre tengo una visión equivocada de los pensamientos de los otros, a lo mejor no pensabas todo eso. Pero a lo mejor, un poco, todo eso te lo esperabas.

3

No lo amaba, no experimentaba ternura por él, no lo quería mucho. Me aprovechaba de él. Me aprovechaba de su adultez, de su experiencia, de la seguridad que sabía darme.

Él aprovechaba a su vez esa parte infantil que custodio con tanto celo, porque es pequeña, insignificante y débil, y sin embargo valiosa. Nos aprovechábamos de nuestros cuerpos con la excusa de liberar nuestras almas. Decía que yo le había dado la libertad, que conmigo se sentía un león. ¿Pero a mí qué me había dado?

Me entregaba a él porque en aquel momento era el único que podía lamer mis heridas. Lamerlas, hacer que volvieran a abrirse y después hacerlas que ardieran. Y luego volver a lamerlas.

Me decía que su cuerpo era exactamente tan grande como el profundo abismo que se había formado en el mío. Yo creía que su cuerpo, tendido sobre el mío, podía de improviso curar la herida ensangrentada que se abría más cada día, un centímetro más cada día.

Entonces yo dejaba que me amara y él me dejaba amarlo.

En el momento preciso en que él gozaba yo me sentía saciada y plena y sentía deseos de estar sola. Le ofrecía la espalda y me acurrucaba en posición fetal en la cama, me encerraba en mí misma. Me masturbaba.

Entonces él me dejaba tranquila y se quedaba inmóvil en la cama deshecha, completamente desnudo, con un brazo encima de la cabeza y los ojos apuntando al cielorraso, pensando. Su cuerpo parecía estar siendo recorrido por descargas eróticas, su virilidad estaba presente, fuerte.

En esos momentos de silencio e inmovilidad, cuando la oscuridad del cuarto de hotel se veía, de a ratos, interrumpida por los faros de algún auto que pasaba, me preguntaba qué le habría quedado si todo el perfume natural del que estaba embebido yo lo hubiera asimilado, tragado, inmovilizado dentro de mí. Se habría convertido en una encina seca, pronta a morir deshidratada; sus raíces seguirían bien hundidas en la tierra, pero la savia ya no recorrería ese tronco rugoso e imponente.

4

Hay un sofá, hay una luz azulada que proyecta el televisor. El sofá está tapizado con una tela clara con grandes flores marrones, tengo una manta encima. Tengo cuatro años, tal vez menos. Estuve todo el día con papá, estuvimos viendo las elecciones del nuevo presidente de la República en la televisión. No tengo la mínima idea de qué es eso, pero Oscar Luigi Scalfaro es un lindo nombre, suena bien. Me recuerda mucho a Lady Oscar, mi heroína. Tú estás en la cama con dolor de cabeza, papá va contigo y yo me quedo sola en el sofá y escucho la música de los dibujitos animados, susurro:

– Lady Oscar, Lady Oscar, en el azul de tus ojos hay un arco iris… tu espada… en la batalla… nunca cambiará, nunca cambiará… Lady Oscar…

Los párpados me pesan, estoy cansada.

Caigo en un sueño profundo, en absoluto alterado por la luz proyectada por el televisor.

Alguien está recostado a mi lado, hace zapping con el control remoto.

Un hormigueo en las piernas me despierta de golpe, tengo los ojos entrecerrados y con la voz empastada por el sueño pregunto:

– ¿Qué estás haciendo?

Una voz responde:

– Tranquila, sólo estoy comprobando que te has convertido en una señorita.

Vuelvo a dormirme, inmersa en un campo de flores marrones que Lady Oscar corta con elegancia, con un golpe seco de su espada.

Del tallo de una flor brota sangre.

5

Me despierto de golpe, transpirada, la sábana envolviéndome las piernas, casi estoy atrapada. Atrapada como un mosquito dentro de una lágrima.

Thomas está acostado a mi lado, se durmió con los anteojos puestos y con el diario Il Manifesto en la mano. Le saco los anteojos, apago la luz y le digo que lo amo; apoyo la cabeza en su pecho y escucho el chirrido de su corazón, igual a un mecanismo que no funciona bien. No son latidos regulares y humanos: es sólo un chirrido, un chirrido, un intento de permanecer con vida. El primer pensamiento es el que sigue: hasta hace algunos meses su corazón habría explotado en contacto con mi cara. Ahora chirría. ¿Qué te hace falta, me pregunto, un filtro de amor?

Yo estaba vestida como él quería. Y no me disgustaba complacer sus gustos estéticos y sus deseos: yo era la que él deseaba. El hecho de que me gustara o no era absolutamente secundario, porque gustarle a él era lo más importante.

Estábamos sentados afuera, habíamos ocupado una mesa en un restaurante que se encontraba exactamente detrás de Piazza Teatro Massimo.

El verano acababa de terminar y el otoño hacía que se viera más débil el ligero bronceado de mi piel. Las calles volvían a estar tranquilas por la noche después del caos que constantemente se había apoderado de ellas. La mesa se apoyaba oblicuamente en la calle, ya que el adoquinado no era perfecto. Del restaurante provenía una música reggae y se me escapó una sonrisa cuando su expresión asumió el tono del estupor: yo sabía perfectamente que aquella música era para él lo más distante que podía existir. Hubiera preferido un lugar más discreto, hubiera querido usar adjetivos como “delicioso”, “exquisito” o “gracioso” para poder describirlo. Éste, en cambio, lo habría definido como “ruidoso”, “vulgar” y “juvenil”. Pero se limitó a mirarme y a extrañarse del lugar todo lo que era posible.

– Es extraordinario cómo consigues hacerme decir cosas que nunca me dije ni siquiera a mí mismo -dijo.

Me limité a sonreír. No lo estaba escuchando.

– Cuando te hablo de mis sueños perdidos, de la vida que me has dado, siento por primera vez que no estoy siendo juzgado. Siento que soy estimado. ¿Entiendes lo que digo?

Hice un gesto con la cabeza. Tenía todo el aspecto de estar aburrida.

Dejó de hablar durante algunos minutos y luego, mirándome intensamente, me preguntó:

– ¿Qué piensas de mí?

Lo último que debe hacer un hombre es preguntarme qué pienso de él.

No pienso nada, no hay nada que pensar. Si te amo, te amo, si me das asco, me das asco. ¿Es tan difícil? ¿Quieres saber qué pienso? Pienso que debería dejar de importarte lo que la gente piensa de ti. Pienso que eres egoísta, malvado e incluso ciego. Pienso que estuviste hablando durante toda la noche y que no has entendido que yo estaba en otra parte. Pienso que estás tan ávido de mí que ni siquiera mínimamente has sentido, mientras hacíamos el amor, que mi cuerpo estaba tan chato y quieto como este costoso vino que está adentro de esta copa.

Me miró con ojos de perro apaleado. Esperaba.

Bebí un trago de vino y respondí:

– Pienso que eres una buena persona.

– ¿Sabes? Nunca me sentí tan libre. Ni siquiera con mi esposa -dijo sin prestar atención a las palabras que yo acababa de pronunciar.

Yo no tenía ganas de hablar. Él sí tenía ganas. Dejé que continuase.

– Siempre me haces sentir malestar en el estómago, el cerebro y la lengua, un malestar que me vuelve pasivo e impotente. ¿Sabes lo que eso significa, no? ¿Lo sabes? -su tono se había vuelto acusatorio, era como si me estuviera reprochando algo.

Alcé los hombros y dije en voz baja:

– No, no lo sé. Yo siempre quise mucho mi propia libertad.

Le tembló el labio y continuó, más violento que antes:

– Eres muy chica y ciertas cosas no puedes entenderlas. ¡No sabes cómo se siente uno cuando está privado de sí mismo, viendo a los propios sueños perdidos por culpa de gente racional, conciente, adulta! Yo era como tú: no quería crecer, me sentía libre. Pero alguien me jodió. Y también te joderán a ti -dijo haciendo rechinar los dientes.

– Puntos de vista -respondí.

– No sabes nada, no sabes cómo me siento.

No, y no tengo ganas de saberlo.

– Sí que lo sé, Claudio. Pero, te lo ruego, no me hables siempre de lo mismo.

– ¿Y qué te gustaría escuchar? ¿Que la vida es bella, que la gente te ama, que vivir es como dar vueltas en una calesita?

Sonreí abiertamente y exclamé:

– ¿Por qué no?

Empezó a llorar ahogando la voz. Las lágrimas le brotaban de los ojos y mojaban su cara arrugada.

Lo miré con compasión y le susurré:

– Todo irá bien. Es mejor que volvamos a casa, debes calmarte.

Asintió y se alejó de la mesa sin saludarme.

Me quedé sola, entré al local y sonreí mientras la música golpeaba contra las paredes. Cien veces buenas noches.

6

Sus ojos eran móviles, parecían mojados por las lágrimas, parecían asombrados, frágiles, parecían maleables. Y sin embargo violaban, trituraban, insultaban, reprochaban.

El auto detenido en un camino, en medio del campo, a los pies del Etna; la lluvia que apenas había dejado de golpear el parabrisas, el olor a tierra podrida, mi bombacha y mis medias tiradas por ahí, mis cabellos pesados a causa de la humedad, su aliento penetrante y el olor de su loción para después de afeitarse. Los pañuelos sobre el tablero, el color de las flores, violeta, amarillo y rojo, los camiones que avanzaban detrás de nuestras cabezas, las abejas que golpeaban convulsivamente contra la ventanilla. El sudor, la saliva y los humores, el olor a tela húmeda, el tintinear del cinturón, el sol que reaparecía tímidamente, la pasión, la prisa, el ansia, los celos, la impotencia, la inconsistencia, la ilusión, la mentira, la indiferencia, incluso el dolor.

Había de todo, excepto amor.

7

Mi piel se volvió transparente. De improviso todos mis poros se abrieron hasta que mi cuerpo se volvió un único, gran poro. Mi cuerpo como de vidrio. Mi cara también. Las venas, las arterias, los vasos capilares. Veo todo. Las autopistas rojas y violetas se entrecruzan hasta formar, superpuestas, un bello color azul cobalto. Mis ovarios son dos pequeños garbanzos suspendidos en el aire. Uno más grande y más bajo respecto del otro a causa de la menstruación que está por llegar. Y después, adentro, una pulpa roja y grumosa girando como jugos frutales dentro de un expendedor. Los riñones son dos porotos, exactamente como los imaginaba cuando en la escuela la maestra trataba de explicar su forma. Comienzo a pensar que mi cuerpo es un huerto. Los pulmones están recubiertos aquí y allá por un musgo negro y las manchas blancas son escasas ahora, pero tan bellas.

El corazón. El corazón late cubierto por una media de nylon, la que usan los bandidos. Un pequeño preservativo que adentro tiene la vida. Un bandido que huye de la muerte, pero que huye también del amor o del dolor extremo. Porque demasiada muerte ha esperado, demasiado dolor ha sepultado, demasiado amor lo está destrozando.

El cerebro. El cerebro. El cerebro. Sólo sueños. Muchos fotogramas y ningún sonido.

Cuando estaba en el auto con papá y contigo se me ocurrían muchas cosas. Amaba los viajes en auto que hacíamos, me agradaba el camino por toda la costa de Sicilia, admirando el paisaje que corría a mi lado mientras una infinidad de moléculas de pensamiento sacudían mi pequeño cerebro. Era sorprendente cómo cambiaba la costa en una distancia mínima de kilómetros: de la arena a las rocas, de las rocas al canto rodado, hasta devenir nuevamente arena y luego, inesperadamente, colina. Una colina inmensa y verde que terminaba en un acantilado que caía a pique sobre el mar.

Partíamos a la mañana temprano, yo era la primera en despertarme. No soportaba que me despertaran ustedes, no quería ser un estorbo. Entonces me levantaba y me lavaba, y cuando ustedes se despertaban me encontraban ya limpia y vestida. Para ustedes era normal encontrarme ya en pie y lista, nunca me felicitaron por eso. Tal vez, si yo tuviera un hijo, haría lo mismo, justamente para evitar que cuando fuera grande se sintiera demasiado… para no hacerlo sentir un incompetente, eso es. Como papá ni siquiera prestaba atención a cómo estaba vestida, tú me escrutabas durante minutos enteros. “¿Por qué te has puesto esa falda? No está bien, hay que lavarla”, “¿Qué haces con esos zapatos? ¿Vas a un baile? Ponte un par de zapatillas de goma… ponte las del año pasado, esas que están sucias. Hoy vamos al mar, a lo de la abuela, vamos a pasar allí la Pascua ”.

De todos modos, durante esos viajes, yo me encontraba muy bien. Dejaba la ventanilla cerrada porque odiaba el viento que se filtraba por la ventanilla del auto que corría… parecía una espada girando en el aire, o bien el lazo de un cowboy. Me gustaba el sonido de la radio y me gustaba el sonido de tu voz mientras hablabas con papá. Mia Martini y Mina, Ricardo Cocciante y Loredana Bertè: esa era la columna sonora de mis pensamientos. Esas canciones que cantabas a voz en grito y que yo aprendía y las susurraba tímidamente porque me avergonzaba mi voz ronca y masculina. Amores rotos, amores perdidos, amores olvidados: estos fueron los temas de mi infancia.

A menudo me vencía el sueño. Era estupendo dormir en el auto, protegida por un vientre artificial que permanecía con vida gracias a un motor. Casi me parecía estar volviendo adentro de tu panza. A propósito: ¿qué sensación te daba tenerme adentro? ¿Me sentías una intrusa o bien una parte de ti? ¿Pesaba mucho? Tú fuiste siempre tan pequeña, tan menuda… ¿tener otra vida dentro no dificultaba tus movimientos? ¿Me hablabas? ¿Qué me decías?

Ayer le pedí a Thomas que me chupara las tetas como si estuviera chupando leche. Es un período materno, el mío. Todo eso me hace bien, me hace sentir mujer.

Seriamente: ¿sabes qué pensaba durante esas excursiones tan largas? Pensaba: “Un día me gustaría publicar mi diario, escribir acerca de mi vida. Debo pensar seriamente en tener uno… aunque sé que pronto me cansaría de escribir”.

Un día le pedí a papá que me regalara un diario con un candado grande. Durante una semana, todos los días, cuando volvía a casa le preguntaba: “Papi, ¿me compraste el diario?”. Siempre se lo preguntaba mientras cenábamos, siempre en voz baja; y se lo preguntaba cuando la mesa ya estaba hundida en el silencio, no quería interrumpir. Cada vez que le preguntaba si me había comprado el diario sentía culpa. Cuando él me decía: “No”, yo no me enojaba: era la respuesta más adecuada a una pregunta tan indiscreta como la que había hecho. Si me lo hubiese traído, me lo habría dado enseguida, ¿qué sentido tenía que se lo preguntara?

Algunas semanas después me llevaste en el auto, me hiciste bajar y entramos en la librería. La señora esquelética que estaba detrás del mostrador, esa con ojos de pescado hervido y cabellos finos, finos, finos, era la mamá de una compañera mía de la escuela. Me gustaba esa mujer, parecía un hada disfrazada de bruja. Todos mis compañeros de clase le tenían miedo; yo, en cambio, hasta podría decir que la encontraba bella. Me indicaste un estante donde había cuadernos, lápices, lapiceras y otros útiles de escritorio; en medio de todo eso estaba tirado un diario. La tapa era de raso blanco, un blanco sucio. Estaba ilustrada con una chica rubia con una flor roja montada a una moto. El diario era muy delgado, no tendría más de veinte hojas. Y el candado parecía muy frágil, dorado y sucio, con algunas manchas marrones. Era el único que había. Era un sobrante de los años ochenta. Me fui contentísima, el diario era horrendo, pero me gustaba muchísimo. El hada disfrazada de bruja te lo cobró mil quinientas liras.

Pero mi habitual incoherencia hizo que pronto abandonara el proyecto. Escribí solamente cinco páginas, me cansé enseguida.

“Escribiré cuando no pueda evitar decir algo”, me prometí a mí misma. Odiaba tener que escribir algo que no tuviera sentido.

Así, cuando pensé que había llegado el momento de enterrar mi alma y mantener con vida sólo mi materia, pura e inconsciente, un ángel perverso me susurró al oído: “Escribe. Estas emociones no volverán. Si escribes, un resto de tu alma se quedará en tu pecho”.

Y dado que nunca tuve mucho que perder, fingiendo que tenía un diario escribí una novela.

8

Esta noche, mientras ella reía, noté que un diente se encimaba a otro, como si tímidamente tratara de esconderse. Me pareció un defecto increíblemente fascinante y me pregunté por qué extraño motivo nunca me había percatado de él. Conozco sus lunares, sus pelos, conozco los variados olores que poco a poco van surgiendo cuando explora su cuerpo. Sé que tiene una costilla de más, esa que no se le ha dado a la mujer. Tiene pecas en la espalda y profundos y grandes nudillos en las manos. El brillo de las estrellas es débil y monótono comparado con el brillo de sus ojos. Tiene una boca blanda, como sólo las mujeres poseen. Tiene vientre y senos maternos, blandos como los miembros de un recién nacido.

Tiene un lunar debajo del ojo, a la misma altura que el mío.

Mientras miraba ese diente torcido, extasiada, él me miró y casi molesto dijo:

– ¿Qué pasa?

Entendí que algo andaba mal.

Entendí que estoy por ser abandonada.

Lo primero que compartimos fue un libro de poesías de Mao Tse-Tung comprado en una librería de viejo. Lo leímos de noche, en su habitación, con una manta que cubría nuestros cuerpos desnudos y todavía tibios. Las luces rojas de la Navidad colgaban en las paredes de la habitación y creíamos estar en un cubo transparente colgando en medio de la nada, donde podíamos ser vistos por cualquiera.

9

Nos pusieron afuera, bajo un cielo cargado de agua y humedad. Para repararnos sólo había alguna sombrilla, para calentarnos sólo alguna estufa. Una luz muy fuerte estaba dirigida hacia nuestra mesa y el humo del asado se adhería insolente a nuestros cabellos.

Quería irme, me preguntaba qué estaba haciendo allí.

“Ver a gente importante”, eso es lo que mi condición me impone hacer. Pero mi alma y mi cuerpo se rebelan completamente.

Para mí no es gente importante la que está sentada alrededor de esta mesa invadida por el asado y la humedad. Ese actor me importa bien poco, ese editor puede tranquilamente irse a la mierda, esa fotógrafa puede aplastar su cuerpo contra una de sus creaciones y quedarse a vivir allí dentro para siempre.

Porque eso es lo que nosotros, seres humanos, hacemos: quedarnos atrapados dentro de nuestras creaciones, nuestros mundos. Y nadie puede salvarnos de nuestros mundos, nadie puede sacarnos de allí.

Y mientras todos brindan por mi éxito y por mil éxitos más yo repito en mi cabeza una sola cosa: “Váyanse todos a cagar, estúpidos chupamedias. Quisiera ver sus caras si les hiciera ver mi concha”.

Y aprieto la mano de Thomas mientras le susurro:

– Sácame de aquí, ahora.

10

Estoy comiendo galletas saladas, del otro lado suena un jazz delirante en el estéreo y afuera llueve. Tengo los muslos tan amplios que puedo apoyar los codos encima de ellos.

Tengo la voz ronca. Esta mañana estuvo aquí Maximiliano, ese amigo mío napolitano del que te hablé alguna vez; a veces viene a verme y cuando sonríe nunca consigo entender si está triste o qué.

– Tengo miedo -le susurré.

Él me miró con compasión e incomodidad y dijo:

– ¿De qué?

– De que él me engañe… -respondí.

– ¿Qué te hace pensar eso?

– Nada… lo siento.

Me miró asintiendo y enseguida comprendí en qué estaba pensando.

Abrí los ojos todo lo que pude y le grité:

– ¿Piensas que estoy loca?

Él me dijo que estoy confundiendo la realidad, que el mundo en el que creo estar viviendo no es el mundo real.

– Abre los ojos, Melissa. Te estás creando una realidad que no tiene nada que ver con la realidad que te rodea.

Lo tomé del brazo y lo empujé hacia afuera, con tanta violencia que en las manos me quedó un jirón de su camisa a cuadros, que arrancaron mis manos furiosas.

Después cerré la puerta y me sentí levemente mareada. Estoy cansada. Fui al baño y me di cuenta de que sobre el lavabo, por el apuro, había dejado la toallita llena de sangre. No importa, la sangre no es desconcertante. Salí al balcón; la lavadora eléctrica había terminado con el centrifugado. Me quedé mirando adentro de la cesta durante muchos minutos, no sé por qué. Tengo la cabeza tan llena de pensamientos que parece que estuviera vacía. Estoy saturada de felicidad, la felicidad me agota, me desmoraliza. Cada día, a cada minuto, me pregunto si esta felicidad tendrá un fin y cuándo sucederá. Soy demasiado apocalíptica, lo sé. Masoquista, tal vez. Sí, soy plenamente consciente de eso. Los mensajes que provienen del mundo son exasperantes: nada es para siempre, todo tiene un final, todo se marchita, todo muere. ¿Y si a mí no me pasara, qué hacemos? ¿Y si yo siempre me quedase en esta edad, con la misma escasa capacidad intelectual, si siguiese enamorada por siempre, qué hacemos?

Lo sé, no acepto los cambios. Soy demasiado tradicionalista, estoy demasiado ligada a los recuerdos y, paradójicamente, ligada a las fantasías sobre el futuro. Por esto mi presente es tan inquieto, aunque feliz: mezclo pasado, futuro y presente como si de esa mezcla pudiese surgir un postre exquisito. Un postre que hace bien porque hace mal. Un postre que es bueno porque tiene ingredientes contrapuestos.

No hay nada de positivo en esta riqueza de sentimientos. Esto es una orgía, mamá. Una orgía de sentimientos. En la que no se comprende quién lleva la mejor parte, en la que no se puede prever si al final ganará la vida o la muerte, el amor o el dolor. Es un caos infinito, conectado por muchos pequeños eslabones que encastran entre sí y terminan en mi cuello, arrastrándome a lugares siempre distintos, con estados de ánimo cada vez más desesperantes.

En lo más profundo soy una persona perturbada. No sé reprimir los instintos, me hago corromper por las obsesiones, las pasiones más violentas. ¿En tu opinión esto sucede porque soy siciliana? ¿O porque tengo miedo de quedar mutilada de la parte más bella de mí? De Thomas.

11

Lo desperté sacudiéndolo, agitada.

– Hay fantasmas, los siento -susurré para que no me oyeran.

Un sueño, dijo él, un mal sueño, relájate, dijo.

No, no podía. Esa mano la sentí de verdad golpeando en la pared que está enfrente de la cama. Escandía el tiempo, creando una dulce melodía. Y con los ojos semicerrados había visto una figura femenina, alta y negra.

Duerme, duerme, no tengas miedo. Duerme, duerme, no tengas miedo. No tengas miedo.

Esta mañana, el recuerdo de la noche quedó en el pasado, pero hay una extraña atracción que me lleva a desear la oscuridad, las tinieblas. Oigo un eco extraño, saboreo la leche tranquilizadora de mis pensamientos, tengo las piernas desnudas y cruzadas, observo impaciente los cigarrillos, porque siete horas sin fumar son muchas horas.

El olor de los platos sucios en la pileta está aumentando a medida que pasan los días, esta mañana me decido y limpio la casa, lo juro, lo hago. Estoy tranquila, aunque ese eco parece un canto tibetano que no me deja pero tampoco me molesta.

Él me dice:

– Ven a ver.

Yo voy a ver con los labios abiertos en una sonrisa, atravieso el estrecho corredor y pienso y siento que esta mañana realmente tengo ganas de hacer el amor. Pienso que cuando entro en la habitación lo tiro sobre la cama y le hago el amor sin mirarlo siquiera. Acaba de ducharse y está húmedo, ya siento la piel de su espalda femenina rozándome la yema de los dedos.

– Ven a ver.

No entro. Me paro en la puerta, con una pierna contra la pared y una sonrisa que claramente da a entender mis proyectos.

Él la nota, me señala la pared con un dedo.

Una mano negra. Mejor dicho, no una mano, sino tres dedos. Tres dedos negros impresos en la pared, como si alguien hubiera prendido fuego a su propia piel y después hubiese apoyado los dedos contra la pared.

Solamente digo:

– Te lo dije -y siento como dos morsas apretando algo adentro, y alguien me dice que debo esconderme porque nadie puede y nadie sabe escuchar ese eco.

12

Me di cuenta de que estaba enamorada una noche de finales de verano. Una noche eléctrica, en una Roma más puta que nunca, replegada sobre sí misma como si se estuviera disculpando por hacer tanto ruido, por ser tan bella, tan esquizofrénica, tan antigua. La Roma de los emperadores y de los usureros, de los políticos y de los taxistas, de las chicas perdidas y de las chicas con minifalda y tacos; la Roma de los vinos y la Roma de las lecherías, de las iglesias y de los prostíbulos.

Tomando mi vino blanco observaba las imágenes que corrían por la pantalla. La televisión me englobaba y me contenía, y por primera vez los ojos y las palabras de todos los espantapájaros de la televisión apuntaban hacia mí, como toscas espadas que esperan ser terminadas. ¿Cómo era yo? No era. No era yo. Era la caricatura de mí misma, era la última exasperación de mí misma, decía todo lo que nunca hubiera querido decir, porque lo que quiero decir es demasiado loco y demasiado desordenado para que pueda ser entendido. Estaba ficticiamente adecuada a los acontecimientos.

Martina y Thomas estabas sentados en un lindo sillón de cuero, Simone y yo teníamos los ojos pegados al televisor.

– Tommy, ¿me darías unos masajes en la espalda? La tengo hecha pedazos… -dijo Martina.

Él se había llevado el cigarrillo a la boca y lo mantenía apretado con los labios, dejando que pendulara. Tenía los ojos semicerrados para resguardarse del humo que lo hacía lagrimear; sus ojos tan grandes y con pestañas casi femeninas me parecían aún más grandes, dos medialunas.

Martina le ofreció la espalda y él, con una fuerza delicadísima, comenzó a masajearle las vértebras con los dedos. Pensé en lo bello que sería sentir dos grandes manos como esas por el cuerpo y el humo de su cigarrillo invadiéndome las narices. En ese momento lo deseé, y no sólo físicamente.

En un momento determinado incluso se me ocurrió preguntarle: “Thomas, ¿me harías un masaje también a mí?”, juro que casi lo digo.

Después no sé cómo ocurrió…

Esa misma noche, en una cama de estilo imperial, enorme, Claudio se había acostado sobre mí y yo había abierto las piernas con desgano. Sólo tenía puesto un corpiño negro de seda.

El perfume de la madera estacionada me daba una reconfortante sensación de calor. La oscuridad se tragaba todo, en el cuello llevaba un collar con la perla que me había regalado, única fuente de luz dentro del cuarto. Mis pensamientos eran como estrellas fugaces enormes de las que no lograba divisar la cabeza. Claudio experimentaba hacia mí algo parecido a los celos y a la envidia, y si no le dedicaba suficiente tiempo se ponía mal y me hacía sentir culpable. Lloraba hablando por teléfono, rogándome que no lo dejara, mortificando mi felicidad.

– No veo la hora en que todo este lío se aplaque -decía-, quiero volver a tenerte sólo para mí. No te ilusiones, se olvidarán pronto de ti.

No, Claudio, no me ilusiono. Espero profundamente que se olviden de mí, espero que nadie me recuerde. Tienes que olvidarme.

Claudio entró dentro de mí y comenzó a moverse. Yo sentía el vientre inflado y percibía su sexo como algo desconocido. Giré la cabeza hacia el lado opuesto mientras sentía el roce de su abdomen contra mi pubis.

Con mis pezones erectos me hubiera gustado torturarlo.

Después de cinco o seis golpes él, por lo general, comenzaba a transpirar y el sudor le corría por la frente. Cuando estaba encima de mí las gotas resbalaban por su cara y llegaban a mi boca y yo las lamía cansinamente: eran muy saladas y amargas, tenían un vago sabor a esperma.

Esa noche no llegó a transpirar porque al tercer golpe lo detuve y le dije:

– Estoy enamorada de otra persona, no puedo.

Él se alejó de mí sin decir nada y yo me di vuelta, dándole la espalda. Delante de mí había un espejo enorme empotrado en un armario antiguo, me miré durante un instante que pareció una eternidad. Me observé y volví a ver la misma mirada perdida y pasiva que me ha acompañado, alternativamente, durante toda la vida.

– No estás enamorada de otro, estás enamorada de tu éxito y crees que yo soy un pobre fracasado que no puede satisfacer plenamente tus caprichos -susurró un minuto después.

– Ya basta -susurré yo, cansada de oírle decir que el éxito me había cambiado. Lo único que había cambiado era la visión que él tenía de mí, yo lo percibía hostil y él me consideraba como algo que ya no era suyo, sino de todos. Y yo estaba empezando a detestarlo. No a odiarlo: a detestarlo.

– Es ese escritor que viste en aquella fiesta, ¿no es cierto?

– Si te gusta pensar eso, piénsalo -le respondí, indiferente-. Como soy una estúpida y siempre te cuento todo… Pero verás que ahora todo cambiará -siempre dándole la espalda, con un volumen de voz muy bajo.

Lo oí llorar pero cerré los ojos, desinteresándome de su victimización.

Lloró sólo un poco, pronto comprendió que no bastaba para que yo me ablandara. Sus lágrimas aparecían cuando necesitaba que alguien lo comprendiera. Hubiera querido que se volviera negro para mis puños y blanco para mis no caricias. Me hubiera gustado torturarlo con mis pezones erectos.

Las sábanas crujieron un poco y antes que llegara a comprender qué estaba haciendo oí un estertor proveniente de su boca. Miré el espejo que estaba frente a mí, que dibujaba su imagen a mis espaldas, y vi con bastante claridad la sábana un poco levantada y la mano con que se aferraba el sexo. Se estaba masturbando a mi lado, para gozar, y tal vez también para vengarse.

Yo lo sentía tocarse y cerré los ojos tratando de dormir y no sentir más nada.

Me hubiera gustado torturarlo con mis pezones erectos.

Se puso de pie y fue al baño, de donde provino un último, interminable estertor de placer.

A la mañana siguiente desayunamos en silencio. No volví a verlo.

En cierto sentido me sentí una huérfana, aun teniendo a mis padres: uno natural, por el que nunca pude experimentar sentimiento alguno, ni rencor ni rabia ni amor: y uno al que me había impuesto amar y a quien le había impuesto que me amara.

Me hubiera gustado torturarlo con mis pezones erectos.

13

Estoy sentada delante de la computadora, él, en la cocina, lava los platos mientras silba. Me gusta el ruido mientras escribo, me gusta el estruendo. Después pone un CD y yo, mientras escribo, vuelvo a encontrarme moviendo las caderas haciendo oscilar la silla con rueditas. Todavía no hay cortinas y las ventanas son altas, típicas de los edificios del siglo XVIII. Todos pueden vernos, pero estamos contentos de que alguien pueda vernos mientras hacemos el amor; tal vez es algo típico en quienes están enamorados: mostrarles a todos cuánto se aman. Comienzo a andar por el corredor, toco las paredes con la punta de los dedos, voy al living y acaricio el bonsai poniéndome en puntas de pie. Él está de espaldas, lo abrazo por detrás y le apoyo mi pubis. Lo doy vuelta con un movimiento decidido, lo miro manteniendo los ojos bajos, consciente de haber hecho un movimiento que a él le gusta. Me giro, le ofrezco las nalgas, él acaricia delicadamente mi espalda; me siento en el lavabo, mojado y frío, y el contacto me hace vibrar toda la piel y cada protuberancia de mi cuerpo tiende hacia arriba.

Me posee allí mismo, grandiosamente extiende su cuerpo sobre el mío y me susurra palabras agradables para mis oídos, calentándome el lóbulo con su aliento.

Después oigo una tos y abro los ojos: veo una mujer inclinada sobre la mesa que tose convulsivamente, alza los ojos y me sonríe con malicia. Es rubia, flaca y arrugada y lleva un vestido floreado. La miro un poco más, después lo miro a él, cierro los ojos, vuelvo a abrirlos. Sigo oyendo cómo tose.

Lo atraigo hacia mí y lo devoro.

Su lengua sangra y hay gotas rojas en mi cuello.

14

Linda, lindísima, sublime, la película. Un toque de genialidad le ha dado color a ese cuadro.

¿Y qué opinas de ese nuevo director que está compitiendo en Berlín? ¿Y de ese que compite en Cannes? ¿Y ese que compite en Venecia?

Bueno… yo…

¿Y qué me dices de Edgar Allan Poe, de Céline, de los poetas decadentes de comienzos del siglo XX? ¿No crees que la palabra se funde perfectamente con el pensamiento?

Sí, claro… pero…

¿Y has visto la muestra de Paul Klee? ¿Y la de Tintoretto? ¿Y has ido a ver la última de Tarantino? ¿Y has visto la primera película de Buñuel?

No…

Sus cerebros están en estado de descomposición. Ustedes saben que saben, yo no.

Yo soy un Homo sapiens que todavía no ha evolucionado. Estoy atravesando todavía la primera fase y pretendo quedarme allí.

Son todas estatuas de ceniza, inmóviles. Una ceniza compacta, imposible de romper. Quisiera tanto caminar sobre ese hollín. Tanta inmovilidad me asusta, y en cambio debería fascinarme.

Alguien dijo una vez que estamos rodeados de gente muerta. La gente muerta camina por la calle, come, bebe, hace el amor y lee muchos libros y ve muchas películas y conoce a mucha gente importante. Pero la gente muerta, a diferencia de la gente viva, no consigue tener latidos, no consigue emocionarse. Sólo el intelecto, la mente, y tiende a hacer ostentación de su propia cultura.

La gente muerta me da miedo.

Me da miedo pensar que tal vez un día yo también pueda morir.

La playa de Roccalumera estaba dominada por un enorme cartel que decía: “PROHIBIDO EL BAÑO”. Y sin embargo era la playa más frecuentada de toda la Sicilia oriental. No había arena, no había escollos. Solamente piedras. Piedras que se metían entre los dedos de los pies, formando surcos en la piel.

– Ten, ponte las zapatillas de goma, así no te lastimas.

Siempre odié esas horribles zapatillas de goma. Me hacían sentir fea, me hacían parecerme a una de esas viejas turistas alemanas con sombrero blanco y las infaltables zapatillas de goma en los pies.

Prefería lastimarme y, debo decirlo, a la larga incluso me ha gustado esa sensación que percibía en la piel, esa dulce tortura que infligía a mi piel de niña.

No me gustaba ir a la playa a la mañana, para mí la hora ideal era la primera tarde, inmediatamente después de haber comido.

– No puedes bañarte ahora, enseguida después de haber comido -decían a coro tú, la abuela y las tías. Mientras, los hombres roncaban adentro, rehenes de una noche de pesca.

– No, les juro que no me meto en el agua, sólo quiero tomar sol -decía yo, seria.

– ¡Te vas a insolar!

– Me mojo la cabeza cada tanto -respondía yo, sabiamente.

Salía entonces con todo el armamento acompañada de Francesco y Ángela, que antes me habían mandado en expedición para convencerlos de que nos dejaran ir.

Atravesábamos la calle tomados los tres de la mano y una vez que llegábamos a la orilla tirábamos los colchones inflables al agua y nos extendíamos sobre ellos. Jugábamos a apostar quién se mojaría primero la panza. El agua era muy fría y toda la comida que pocos minutos antes habíamos asimilado podía congelarse dentro del estómago. Después de las primeras malas experiencias incluso nos habíamos acostumbrado a las medusas. Por esos lados son pequeñas, pero terribles. Llevábamos aceite de oliva, crema Nivea y manteca. Mezclábamos todo y lo untábamos sobre la zona apenas infectada, que en contacto con las sustancias y expuesta al sol se freía como un huevo con panceta.

Después poníamos una piedra caliente encima, apretábamos los dientes y zapateábamos en el sitio.

Francesco, aunque era pequeño, conseguía atravesar a las medusas con el cuchillo. En el borde del agua había muchas medusas en estado de descomposición que se deshacían al sol y de las que emanaba vapor.

Mientras él asesinaba cruelmente medusas en la playa, Ángela y yo íbamos corriendo debajo de la ducha, seguras de que nadie nos veía. Dejábamos que el agua nos corriese por encima y cantábamos: “¡Brancamen-ta! Ta-ra-ta-ta…”, haciendo contorsiones como serpientes en una canasta.

A eso de las cinco llegaban ustedes. De lejos, descoloridos por el aire caliente y sofocante, parecían personajes salidos de una película de Sergio Leone. El calor, el silencio que nos rodeaba, ustedes armados con los instrumentos de combate: aceites solares, almohadones para las cervicales, redecillas para el pelo, anteojos de sol, pareos, radios, tuppers con galletitas, fruta y sándwiches de tomate, aceite y sal. Mis preferidos, los que me hacían arder los labios agrietados.

Nos mirábamos de lejos, nos sentíamos como animales sin pensamientos que observan a otro animal para entender cuál es su punto débil. Instintivamente. Después de algunos minutos empezaban a correr y a gritar en dirección a nosotros:

– ¡Desgraciados! ¡¿Se metieron en el agua, no?!

– ¡Ocho años perdidos! ¡Tienes ocho años y están perdidos!

– ¡Te rompo el alma, cretina!

– Pero, mamá, ¿cómo harás para matarme?

Me parecía una imagen tan bella, tú que me hacías un agujero en el estómago, me sacabas el alma con las manos, como si fuese una soga, y la estrellabas contra el suelo, haciéndola pedazos.

Experimentábamos una alegría exponencial: la alegría del juego acuático y la alegría de la trasgresión a sus reglas estúpidas. Porque… si no querían que nos bañáramos después de haber comido, ¿para qué nos traían la comida a la playa?

A las siete, cuando el sol comenzaba a retirarse y el mar se volvía gris, llegaba la jefa.

La jefa no era más alta que nosotros, los niños, tenía el pelo rubio y corto, ojos muy verdes y grandes, la piel lisa como la seda, las tetas caídas por haber tenido seis hijos en seis años, la panza hinchada y dura. Y los muslos… los muslos más bellos que jamás haya visto. Finos y ágiles, sin una huella de celulitis, tonificados y suaves.

La jefa llegaba más armada que ustedes, traía bidones de agua, bandejas llenas de comida, helados y bananas. La jefa nos daba miedo y nosotros, los niños, estábamos obligados a comer las bananas bajo su vigilancia.

– Come, niñita, come que te hace bien.

Nuestros estómagos eran reservas infinitas de alimento, hubiéramos podido vivir sin comer durante meses. Era su modo de expresar afecto.

A la octava banana, si alguno de nosotros decía “Basta, abuela, estoy lleno”, te echaba una mirada hosca que hacía que te hicieras pis encima, y suerte que las mallas ya las teníamos mojadas. Después llegaban papá y los tíos, ellos también portando sus propios instrumentos: máquinas fotográficas y filmadoras. Decían que querían fotografiarnos a nosotros, los niños, pero el objetivo, en realidad, siempre apuntaba a los culos de las mujeres del mar. Ustedes se enojaban, pero seguían tomando sol balbuceando:

– ¿Pero qué ven de lindo en ese culo? Es fláccido, caído…

Todos los fines de semana llegaba la orquesta y se instalaba en el patio central al que se asomaban todos los veraneantes. Yo miraba todo sentada en la escalera de cemento armado, haciendo pendular las piernas porque no llegaba al piso con los pies. Estaba el Señor Sbilla, que cuando su mujer se alejaba coqueteaba con la vecina, una mujer gorda y vulgar que emanaba un olor rancio, fuerte. Después estaba la Megera, que venía ataviada con joyas, los ojos maquillados con una sombra verde y brillante, el cabello negrísimo, largo hasta los hombros, y siempre con vestidos fluorescentes y apretadísimos. Se ubicaba cerca del pianista y trataba de seguir las notas para poder después, al otro día, reproducirlas en su pianola. Ella era nuestra orquesta durante toda la semana.

Los muslos de la abuela, en esas ocasiones, eran sublimes; mientras bailaba “Batti in aria le mani, e poi lasciale andar… se fai come Simone, non puoi certo sbagliar”. [1]

Eran sublimes para mí y para el señor Loy, ese sardo que tenía una mujer que se parecía a una tarántula. Todos los fines de semana la orquesta estaba obligada a irse antes de lo previsto porque el abuelo se agarraba a trompadas con el señor Loy, que impertérrito seguía babeándose detrás de la abuela.

Ella resplandecía más que nadie, la reina del verano. Brillaba, y su brillo era más potente que el reflejo del sol. Más que las joyas de la Megera.

15

Aveces pienso en ustedes. No, no es cierto, no pienso en ustedes a veces, pienso siempre. Y cada vez que pienso en ustedes se me escapa una lágrima, de un solo ojo. Si Thomas me pregunta por qué estoy llorando le respondo que no es nada, que miré fijamente un punto en el horizonte y que por eso me arden los ojos. Pienso en ustedes y en soledad al mismo tiempo.

Acaba de llegar la pizza y ustedes se han puesto a revolver en la alcancía buscando monedas porque el muchacho del delivery no tiene cambio. Cuando él y sus granos rojos se van ustedes se ríen y dicen:

– Qué bobo es éste…

Se sientan en el sofá con las piernas cruzadas y encienden la televisión, buscando una película que pueda emocionarlos. Preferiblemente películas con una trama simple y romántica. Francesco y Morino están oliendo el tomate de las pizzas, ustedes les dan una pizca de salsa con el dedo. Ya han abierto las ventanas, el balcón y el jardín están a pocos pasos de ustedes, sienten la frescura del prado que acaban de regar. Es lindo ver a Ornella tirada panza abajo sobre la alfombra, con un almohadón debajo de la cara y el televisor pegado a los ojos. Tiene los párpados cerrados, se acaba de dormir.

Es estupendo oírla mandándote a la mierda cuando tú la llamas para que vaya a la cama y se tape con la sábana. Ella se levanta, te mira con sus ojos arrogantes y directos y te dice:

– Eres una cretina del carajo, ¿por qué mierda me has despertado?

Tú no le respondes porque, si no, la cosa termina a cachetazos y patadas.

Si yo hubiese estado con ustedes me habría quedado inmóvil con la mejilla contra tus nalgas y me habría quedado dormida enseguida. Pero tú ahora estás sola y los gatos siguieron a Ornella bajo las sábanas.

Prendiste un cigarrillo y lloraste delante de la televisión. Tus ojos hechos de agua se ahogan en un océano de lágrimas.

Cuando despiertas adviertes que no fui yo la que te llamó, sino el fastidioso olor de otro cigarrillo que no has apagado, que ha hecho otro agujero en el mismo sillón.

Vas a la cama sabiendo que no fui yo quien te llamó y no podrás enojarte diciendo: “¿Pero qué carajo te importa si me quedo dormida en el sillón?”.

Vas a la cama arrastrándote, con lágrimas secas en las mejillas.

Y yo en otros mundos, enamorándome.

Pienso en mí, en ti, en él, sobre todo en mí y en él. Tus ojos están hechos de agua, los míos de fuego, los suyos de tierra. De los tres soy yo la que soporta su dominio y lo ama.

16

Primero me acerqué lentamente, luego, una vez que con la rodilla llegué a tocar su muslo, mis movimientos se hicieron aún más envolventes. Con un movimiento ligero lo rodeé con un brazo. Su cuerpo se puso rígido y su respiración, durante un instante, pareció haberse detenido. Me quedé inmóvil, interrumpiendo cualquier contacto con el mundo viviente. Con el meñique percibí su erección. Era poderosa, y sin embargo condenadamente ligera. En realidad nunca había tocado una verdadera erección. Fue por esta razón que mi mano se movió yendo cada vez más arriba, a la altura de su corazón. Fue cuando él tocó levemente mis dedos cuando me di cuenta de que a partir de entonces nada sería como antes.

– ¿Quieres dormir conmigo esta noche? -le pregunté.

Estábamos en Cosenza y la universidad que me había alojado había puesto a mi disposición dos cuartos, uno para mí y otro para mi acompañante.

– Es feo dormir solos… -seguí, hundiéndome cada vez más en la vergüenza.

– OK -respondió él, mientras sus mejillas se encendían.

El olor de su cuello era embriagador; era joven, era un niño. Era todo lo que quería.

– Tu aliento… -susurró él de golpe, en la noche-, amo tu aliento.

Apreté entre los dedos su camiseta y cerré los ojos.

Él aprisionó mi aliento en un alambique de vidrio y lo huele cada vez que me ama.

17

La marcha del tren acompaña nuestros movimientos mientras los suspiros crean un coro ligero y líquido, roto a veces por los nudos en la garganta, por el roce de los labios que cada vez más se vuelve una carrera hacia el cuerpo del otro, las lenguas ingresan de manera imperiosa, perturbadora, la oscuridad de la noche, rota a veces por los faroles esparcidos en las rutas del campo, concilia turbiedades y fantasías provocadoras, mientras mis muslos aprietan su cuerpo, lo comprimen y le gritan: “¡No te irás, no te irás! ¿Por qué te escapas? ¿Por qué no vuelves? ¿Por qué no bebes mi aliento?”.

Las palmas de las manos contra su pecho cálido y maternal, el cuello inclinado hacia atrás, los ojos que retienen las lágrimas, tal vez lágrimas de sangre.

El eco ha vuelto otra vez a susurrar en mi cabeza, demasiado suave para poderlo interpretar, pero lo suficientemente fuerte para percibir un soplo de viento, de brisa. De golpe he gozado, ha emanado de mí tanta energía que él también sufrió una sacudida en el vientre. Sangre, sangre por todas partes. Sangre en mi cabeza, sangre en mis ojos. Mis venas vacías.

Entonces trazo un recorrido con la estilográfica que me regaló papá, la que uso para escribir, quiero saber si todavía tengo sangre adentro. Vacía, completamente vacía.

Sólo recuerdo que él volvió al compartimento y gritó. Recuerdo sus dedos sucios y sus ojos abandonados, ya tan distantes.

Y la distancia, un día, lo llevará al extremo del segmento de nuestra vida, se alejará de mí y terminará en los brazos de Ella. Cuando esté con Ella verá una niebla espesa que le impedirá recordar. Mientras esté con Ella yo moriré lentamente dejándome llevar por esa niebla. Así, al menos, lo veré de cerca.

Una lombriz venenosa anida en nuestros vientres; en su cuerpo están impresas las diapositivas de nuestra vida. Cada vez que la lombriz se mueve, una diapositiva se apoya en nuestro ombligo y la luz proyectada hacia el exterior nos encanta. Nos quedamos allí, mirándola. Después estallamos en llanto.

Al principio no entendía qué era lo que se movía dentro de mi vientre. Pensaba que era un bebé que no quería crecer, que no quería nacer, que quería quedarse inmerso y en suspensión dentro de mi líquido amniótico. Pero después vi imágenes en mi cabeza, y esas imágenes eran el fruto de un dolor.

Y ese dolor era el fruto del movimiento de mis intestinos, de mis vísceras, de mi carne.

Un dolor que tiene sus propias raíces en mi pasado, y no puedo deshacerme de ese pasado con un ataque de tos: debo vivirlo y debo cuidarlo.

La lombriz me ayuda en esto, ella me ama.

18

El mar estaba agitado y yo tenía cuatro años y una malla enteriza, roja. La playa ardía por el sol de la primera tarde, las piedras brillaban y el contraste con el azul intenso del mar era fuerte, muy fuerte. Alrededor de la panza tenía un salvavidas de plástico con un estampado de manzanas rojas. Lo mantenía en su lugar con ambas manos mientras zapateaba porque a toda costa quería bañarme, a pesar de que las olas parecían querer tragárselo todo.

– ¡Quiero bañarme! -gritaba yo con lágrimas en los ojos y a voz en cuello.

Papá, tirado sobre una esterilla, fingía no oírme.

– ¡Quiero bañarme! -repetí hasta que estuvo obligado a alzar los ojos y mirarme con aspecto intolerante.

– No puedes -me dijo-, el mar está demasiado agitado.

– Por eso me gusta -respondí-, juego con las olas.

Tú, panza abajo, tomabas sol en la espalda; interviniste farfullando:

– Deja que se bañe, por favor, si tú estás cerca de ella no puede pasarle nada.

Satisfecha sonreí por dentro, pero mi rostro aún se veía tremendamente alterado.

Fui corriendo hacia la orilla, siempre sosteniendo mi salvavidas. Papá me alcanzó, puse un pie en el agua y estaba muy fría, pero no me importó.

– Está fría -dijo él-, salgamos.

No respondí, seguí adelante hasta que el agua me llegó a la cintura.

Me alejé, las puntas de mis pies ya no tocaban el fondo y ahora eran las olas las que me arrastraban a mí y mi salvavidas. Papá, detrás de mí, me miraba, impaciente por oírme decir: “Vamos, papá”.

Yo nadaba y jugaba con las olas que me levantaban, altas y majestuosas. Tal vez sonreía. Eran como grandes brazos que me levantaban y después me dejaban caer, y por un momento experimentaba una mezcla de miedo y excitación. Miedo de ahogarme y excitación por estar siendo elevada hacia el cielo, por un instante, por un segundo. Sentía como si me estuvieran acunando.

Me di vuelta y vi su mirada que, antes impaciente, se había vuelto dolorida.

Sentí tanta pena en ese momento, vi su traje de baño mojado y me pareció mal que sintiese frío. Vi la expresión sufrida de su rostro y experimenté tanta ternura que me reproché haber sido tan egoísta, haber pensado solamente en mis juegos.

– Papá, volvamos a la orilla.

Él prácticamente salió corriendo del agua, mientras yo daba brazadas con vehemencia, luchando contra las olas que cada vez más intentaban llevarme mar adentro.

Con los ojos un poco desencajados trataba de acercarme, sin conseguirlo. Pero no decía nada, no quería volver a ver en él esa mirada, tenía que arreglarme sola.

Cuando llegué a la orilla él ya estaba tendido en la esterilla y leía el diario.

19

Anoche tuve un sueño muy bello e inquietante. Estábamos Thomas, una niña y yo. Una niña hermosa, de cabellos rojos, el rostro redondo y dos labios rojos y carnosos. Casi me daba miedo mirarla, era hermosa de una manera desconcertante. Era nuestra hija.

Pero en el sueño yo era tanto yo misma como Thomas y la niña. Veía con los ojos de todos. Me sentía parte de todos.

Estábamos vestidos como en el siglo XIX. No el siglo XIX de las cortes, sino el siglo XIX popular de las ciudades.

La niña nos lleva al mar. Hace que nos sumerjamos, pero no nos mojamos.

Quedamos mucho tiempo sumergidos en el agua, como si fuéramos peces. Alrededor de nosotros hay pólipos, medusas, langostas… la niña está acostada sobre la nada, con los brazos a los lados y el cabello rojo, larguísimo, que sigue creciendo y moviéndose bajo el agua. Es bello, sedoso, y crece y crece. Luego, en un determinado momento, su cabello se vuelve blanco e insípido y empieza a disiparse, hasta desaparecer por completo. Ahora tiene la cabeza pelada. Es una recién nacida. Pero sigue siendo sorprendentemente hermosa.

Yo la abrazo, la aprieto contra mi pecho, y ella cierra los ojos y apoya la cara en mi cuello. Sentí un frío glacial que hizo que me despertara. Me toqué el cuello y estaba muy frío. Pero todo eso duró muy pocos segundos, porque volví a cerrar los ojos y seguí con mi sueño. La niña se murió en mis brazos y yo subí a la superficie pasando por una gruta. Thomas se queda abajo a mirarla y abrazarla. Pero yo me fui sólo físicamente, porque todavía veo con los ojos de Thomas. Él toma a la niña, sube a la superficie y, cuando está dentro de la gruta, toma la niña entre sus manos, extiende los brazos y grita: “¡Viva! ¡Viva!”.

Tú, vestida enteramente de negro, corres y gritas de felicidad. Yo sigo mirando su rostro tan hermoso y me doy cuenta de que no está viva. Está muerta. Pero finjo que está viva. Todos fingen que ella respira.

Un día poblaré mis sueños y allí tendrá lugar una gran orgía de amor con todos los que amo y todos los que amé.

20

Quieres? -me preguntó el hombre.

Era alto, un poco robusto, dos grandes ojos negros que ardían, el pelo crespo y la frente muy ancha.

Me estaba ofreciendo una cajita de madera semiabierta y en la otra mano tenía un cheque de cien euros y un cúter pequeño.

Lo miré e imaginé que era el jefe de una aldea africana que me ofrecía el tesoro de su tierra, mientras con la otra mano me entregaba el puñal del sacrificio con el que debería pincharme un dedo y mezclar mi sangre con la suya.

– Es buenísima, mercadería de primera -continuó.

Imaginé a los hombres de la aldea excavando la tierra oscura y seca para extraer ese material precioso y cristalino.

Me incitó con un gesto de la mano para que hiciera honor a su dádiva.

Lo miré fijamente a los ojos, lo vi ausente. Me veía, pero no me estaba mirando. No gozaba plenamente de sus facultades y no entendía que lo que tenía delante era una chica mayor de edad desde hacía poco y que, al menos, aparentaba tener cuatro años menos.

Sacudí la cabeza, negando.

Él me sonrió y extendió el polvillo sobre una bandeja de plata salpicada aquí y allá con algunas gotas de champagne. Limpió las gotas con los puños de la camisa farfullando algo.

Lo aspiró de un saque. Levantó la cabeza llevándola hacia atrás y cerró los ojos moviendo la nariz como los conejos.

Por un instante me pareció que su cuerpo se volvía transparente, vi su piel derritiéndose y su organismo enteramente visible. Sus órganos eran más oscuros que sus ojos y aquí y allá una úlcera desgarraba las mucosas. El polvillo cristalino se expandía por todo el cuerpo, se ramificaba como un río que tiene distintos afluentes, y parecía casi una fuente divina, parecía casi un manantial purificador.

Luego, por la puerta, se asomó primero una gran panza, y luego el cuerpo de una mujer bella y joven que se acercó al hombre-jefe africano y le acarició el cabello preguntándole si era buena.

Él respiró a fondo, ensanchando las narices, y respondió:

– Divina.

La mujer hizo una mueca, como si hubiese querido decir: “Di que tengo el párvulo en la panza, que si no…”.

Después me miró y me preguntó:

– Tú no habrás tomado de eso, ¿no?

Yo sacudí la cabeza y respondí:

– No, no me gusta.

Hice un gesto apuntando los pulgares hacia arriba con los puños cerrados y se dirigió a una gran casetera, abrió un casete y extrajo un porro bien confeccionado, como debe hacerse.

Lo miró como yo miraría una linda pija y después suspiró.

Lo encendió y se acostó en la cama fumando con placer.

Pocas semanas después la vi actuando en una película, tenía el cabello más largo y todavía no estaba embarazada. Sus pupilas eran pequeñas como la brasa de un porro.

21

Sucedió de improviso. Me senté en la taza del inodoro y sentí primero un hormigueo en los ovarios y luego un ruido sordo dentro de la taza. Cuando era pequeña estaba convencida de que del inodoro podían salir ranas que treparían por mi espalda. Me corrí un poco manteniendo las piernas abiertas y unas gotas de sangre cayeron en el piso.

Adentro no había una rana. Había un renacuajo. Un renacuajo de hombre. Era rojo, flotaba en una piscina dorada, mirándome con su único ojo negro, casi más grande que su propia cabeza. Tenía una pequeña cola, su cuerpo era alargado, como el de una luciérnaga.

– “Sutta ‘n palazzu c’è ‘n cani pazzu, te pazzu cani stu pezzu ri pani” [2] -susurró ese ser despreciable.

Sentí que me temblaba el corazón y que mi mente se nublaba. Flotaba, moviéndose de aquí para allá, como si verdaderamente ese juego acuático lo estuviera divirtiendo. Oía la lejana risa estridente de un niño y ese renacuajo seguía flotando y flotando repitiendo “sutta ‘n palazzu c’è ‘n cani pazzu, te pazzu cani stu pezzu ri pani”.

Luego, por miedo a que aquello fuese un monstruo, apreté el botón. Un potente torbellino lo arrastró a la cloaca.

El ruido del agua no me dejó oír la llegada de Thomas. Había cerrado la puerta y había apoyado el casco en el piso.

– ¡Eh, estoy en casa!

Tomarlo. Eso hubiese debido hacer. Tomarlo y destrozarlo.

– ¿Dónde te escondes?

Destrozarlo por la rabia, por el amor inmaduro, por ese amor que hizo que lo amara por un tiempo muy breve y esa muerte que me lo arrancó del vientre.

– Chiquita… ¿dónde estás?

Salí del baño con la mirada baja y le sonreí.

– ¿Qué hacías? -me preguntó.

– Estaba en el baño -respondí.

Limpiarle todo rastro de sangre y mantenerlo desnudo y limpio bajo la almohada.

– ¡Ah, tengo una sorpresa…! -dijo él, entusiasta.

Tocar sus miembros blandos y hundirse en su pecho con un dedo. Tomarle el corazón, levantarlo al cielo.

– Ya sé que tendríamos que haberlo hecho los dos, pero no pude resistirme…

Ponerlo en mi pezón por algunos minutos, el tiempo que lleva llorar.

Después sentí una cabeza peluda acariciándome los tobillos y pensé que mi hijo había vuelto bajo la forma de un fantasma aterciopelado.

Miré delante de mí y le pregunté a Thomas:

– ¿Qué es?

Él me miró y luego dijo:

– Es un perro.

Bajé la cabeza con los ojos llenos de lágrimas.

Y después estallé en llanto y me puse a gritar.

La oscuridad ya había hecho su ingreso en la habitación, el viento movía levemente la cortina roja, mientras el volumen alto del televisor de los vecinos ocupaba ese silencio inmóvil.

– ¿Qué hacemos? -me preguntó acariciándome los pies.

– Lo que quedaba por hacer ya lo hizo él. Todo es como antes -respondí, seca.

Él se puso de pie, prendió un cigarrillo y se asomó a la ventana. Lo sentía respirar.

El perro se refugió en un rincón, asustado, mientras con el rabillo del ojo seguía todos mis cansados movimientos.

– Todo es como antes -repetí.

El humo de su cigarrillo se disolvía en el aire bajo forma de aros.

– ¿Por qué lo tiraste? -me preguntó con un tono de voz que nunca antes le había oído.

– Salió solo, yo…

– No, no -me interrumpió-. ¿Por qué tiraste el renacuajo?

Me quedé pensando un momento, en realidad yo tampoco lo sabía.

El perro seguía mirándome y en mi cabeza retumbaba la frase “sutta ‘n palazzu c’è ‘n cani pazzu, te pazzu cani stu pezzu ri pani”.

– Por miedo, tal vez -respondí.

– ¿Miedo de qué?

Alcé los hombros, pero él no podía verme.

– Tendrías que habérmelo mostrado – dijo después.

– ¿Qué habría cambiado…? -respondí con lágrimas que volvían a quemarme los ojos.

Después se giró y dijo:

– Lo siento.

Todo es como antes.

¿Todo es como antes?

22

Tú eres casi negra y yo blanca como el algodón, tú eres alegre y yo, una melancólica perenne.

Recuerdo muy bien tu auto amarillo: un Fiat 127 amarillo, un modelo muy viejo, ya no se ven por ahí. Era simpático, parecía salido de una historieta, y nosotros los dos personajes principales. Tú tenías un impermeable del mismo color, amarillo canario. Para mí eras “La señora de amarillo”. Tenías unos pendientes que recordaban mucho a los caramelos Alpenliebe, amarillos y suaves, con un pequeño agujero en el centro. Yo los miraba mientras conducías. Te miraba el lunar que tienes detrás de la oreja, ese lunar que te hacía reconocible como mi mamá. Ese lunar eras tú. Sin ese lunar nunca hubieras sido tú, ni siquiera con el impermeable amarillo y los Alpenliebe en las orejas.

Después de comer nos quedábamos solas y jugábamos como dos hermanas que tienen pocos años de diferencia. Tú me hablabas y yo escuchaba. Tú me hablabas porque mientras te escuchaba estaba seria y movía la cabeza como diciendo: “Entiendo, no te preocupes, sigue adelante”.

Me decías muchas cosas, mamá, y todas esas cosas ya no las tengo en la cabeza, aunque tal vez quedaron alojadas indisolublemente en mi alma.

Luego, cuando estabas cansada de hablar, te preguntaba:

– Mamá, ¿hoy a dónde vamos?

Tú alzabas los hombros, sonriéndome con confianza, y decías:

– ¡Qué importa! ¡Vayamos en auto, será él quien nos lleve!

El auto estaba embrujado, el 127 amarillo nos llevaba a lugares siempre distintos, que para mí eran lugares que también estaban embrujados. Lugares anónimos, plazoletas grises y vacías, casas de paredes charlatanas y teatrales, el centro de estética de tu mejor amiga, con la que intercambiabas confidencias importantes, cosas sobre el matrimonio y los maridos. Sentada en un banco observaba tu cuerpo cubierto de cremas y aceites; basta que piense en eso para que vuelva a sentir su perfume.

Tus palabras y las de tu amiga para mí fueron fundamentales: creo que en ese cuarto del centro de estética comenzó mi recorrido sexual. Creo que exactamente allí empecé a oír hablar de hombres y a hacerme más o menos una idea. Estaba muy atenta, mantenía la boca cerrada durante dos horas seguidas y escuchaba con avidez. Siempre, cuando volvía a casa, traía conmigo algún descubrimiento, una nueva curiosidad satisfecha. Cada vez que yo te preguntaba: “Mamá, ¿a dónde vamos?”, esperaba que me respondieras: “¡Al centro de estética!”.

El 127 era nuestro nido, nuestro refugio. ¿De qué? A lo mejor del tiempo. Tú tenías alrededor de veinticinco años y yo tenía casi cinco, pero ambas intuíamos que tal vez el tiempo nos robaría algo muy valioso: la despreocupación.

Cuando cambiaste el 127 amarillo por un auto rojo más moderno, nuestra relación cambió y yo me vi obligada a tener que ir sola a los lugares embrujados, a los lugares donde viven las ilusiones.

“Mañana tu niña podrá caminar sola por las calles de la vida, tejidas con lágrimas y sueños, y tal vez tendrá en el corazón su herida.”

¿Recuerdas estas palabras?

Yo las recuerdo. Todos los días.

23

Bajo a comprar cigarrillos -dijo mientras salía, golpeando fuerte la puerta.

Yo, tirada en el sillón, fumaba el último, impresionada por las imágenes y las voces de la televisión. Asentí, mirando derecho enfrente de mí.

Cuando oí la puerta del ascensor abriéndose y cerrándose, fue como si de improviso un rayo me hubiese atravesado, cargándome de una energía sobrehumana. Fui corriendo hacia la ventana y tomé su celular, que estaba apoyado en el alféizar.

Hice que velozmente se deslizaran los mensajes entrantes y no vi nada que pudiera preocuparme, aunque por un instante tuve el presentimiento de que él pudiera haber trascripto el número de alguna otra con mi nombre o el nombre de su madre. Entonces controlo todos los textos de los mensajes y el presentimiento se desvanece.

De pronto una tos ronca, exactamente detrás de mí, me hace dar un brinco, siento el viento que mueve mis cabellos.

La miro y le digo:

– ¿Qué quieres? Estoy ocupada. No es el momento.

Ella me sonríe y me susurra con un graznido:

– Me gusta lo que estás haciendo. Debes saberlo todo. Sigue, sigue controlando cada uno de sus movimientos, sigue cada uno de sus pasos y escucha atentamente cada una de sus palabras: podría mentirte de un momento a otro. Estoy aquí para ayudarte, para hacerte dar cuenta de que la realidad nunca es como te la imaginabas.

– ¿Ah, sí? -digo con desprecio-, ¿y tú qué sabes?

Ella no dice nada, va a la cocina y se sirve un poco de agua en un vaso. Sin decir una palabra gira hacia mí vertiendo el agua, que ante mi sorpresa no cae al piso sino que sigue una línea horizontal, perfecta y precisa. Una línea que se detiene a pocos centímetros de mi nariz. Miro a la mujer y, extasiada, le pregunto:

– ¿Qué es eso?

Ella se cruza de brazos y con una sonrisa responde:

– Esa es tu realidad. Transparente, perfecta, decidida, fluida. Tú la has vertido en el lugar donde te parecía más apropiado y ahora vives dentro de ella, pero el espacio en el que la has liberado no es el que le pertenece. La que tienes delante de tus ojos es tu realidad, la real, donde debería estar: en una línea recta y perfecta que sigue, al mismo tiempo, distintas direcciones. Esa línea eres tú.

– ¿Lo que estás tratando de decirme es que hice elecciones equivocadas? ¿Es eso?

Sacude la cabeza y se me acerca, haciendo que se estremezca el agua suspendida en la habitación.

– Lo que quiero decirte -dice- es que hasta ahora has escondido tu verdadera naturaleza porque te atrae la idea de una vida tranquila y normal. Pero tú no quieres esto, nunca lo has querido. Lo que estás haciendo ahora, controlar sus movimientos, es un gesto sensacional de tu parte: el primero de una larga serie. Por eso te digo: basta con tanta charla, mira qué hay en ese puto teléfono y piensa en lo que haces.

Las palabras, pronunciadas velozmente, la hicieron toser otra vez y, mientras las convulsiones la hacen temblar y sacudirse, desaparece. Disipándose.

Desaparece también el riacho que flotaba a pocos centímetros de mi nariz, mientras los ruidos y el frío de la habitación vuelven a hacerse sentir.

Sin agitación alguna, como si apenas hubiese abierto la puerta de casa a la vecina que me pedía un par de limones, seguí haciendo correr los datos interesantísimos que me suministraba ese aparatito diabólico.

Un nombre nuevo se distingue entre las llamadas entrantes: Viola. ¿Y quién carajo vendría a ser esa Viola?

De inmediato se asoman a mi mente los rasgos de una cara dulce y al mismo tiempo disgustada, dos manos largas y bien cuidadas, dos piernas largas y ágiles que sostienen un culo perfecto. De inmediato aparece ante mis ojos la mujer de sus sueños.

Un estrato sutil y punzante de miedo se insinúa entre los pliegues de mis músculos. La boca se tuerce y comienza a temblar, mientras los latidos cardíacos aumentan cada vez más. El frío se mezcla con una rara sensación de calor que me hace transpirar y al mismo tiempo tiritar.

Y mientras una serie de fotogramas obscenos invade mi cabeza, arrastrándome a lugares oscuros e inexplorados, él abre la puerta.

24

Una es flaca y alta, la piel bronceada y un chal marrón que la envuelve por completo. Me muestra las muñecas y están cortadas.

Una es pequeña y rubia, tiene los ojos azules, el cabello violeta y un chal lila. Parece una artista de circo. Tiene las piernas amputadas.

Una madre y una hija van de la mano, la hija lleva a un perro blanco de la correa. La niña se llama Obelinda, lleva una camisa marrón con flores abotonada hasta el cuello, la mamá es casi idéntica, sólo cambia el color de los ojos. Se mataron con gas.

Una pareja turca sonríe, parece apenas salida de su propio matrimonio. Están contentos, felices, ella tiene un vestido rosado. Los vi estrellarse con el auto contra la pared.

Cuando el alma vuelve a entrar en mi cuerpo me pesa la cabeza y lo primero que pienso es: ¿de qué muerte creerán mis fantasmas que me he muerto?

25

Mientras miramos una película cómica que no nos hace reír, Thomas me cuenta un sueño que tuvo.

Estamos sentados a una mesa preparada, el mantel es cándido, muy blanco, los platos están distribuidos con la misma elegancia. Yo vierto vino tinto en una copa, sin querer hago caer el vino sobre el mantel y lo ensucio, sólo una mancha púrpura que se destaca en el mantel blanco. Entonces me pongo a llorar, digo lo lamento, lo lamento, él me abraza y dice que no pasó nada, que algo así puede pasarle a cualquiera. Me muestra que él también es capaz de hacer caer el vino sobre el mantel y es capaz de ensuciarlo. Pero yo sigo llorando, digo que es mi culpa. Su mancha cubre la mía y me dice: “¿Ves? Nadie se dará cuenta, ahora el mantel está todo sucio”.

Termina de contarlo y me mira, sin hablar.

Sé que él tiene miedo. Sé que él sabe que tengo miedo. Ambos sabemos que este maldito miedo nos matará. Yo soy demasiado débil como para asesinarlo, porque en el fondo a mí el miedo me gusta. Pero el deseo de seguir amándolo me gusta todavía más.

Hoy también se fue sin saludarme. Y ayer llegó a casa sin ninguna sorpresa: ni un helado (antes, casi todas las noches llegaba con un helado con muchas, muchas cerezas), ni una película alquilada en el videoclub, ni siquiera un beso.

Ayer por la mañana, mientras se cepillaba los dientes, entré al baño sin golpear y lo encontré de rodillas en el piso mirando la taza del inodoro.

– ¿Qué haces? -le pregunté.

Él, incómodo, se recompuso y respondió:

– Nada.

Entendí enseguida lo que estaba pasando, su incomodidad y su curiosidad.

– Lo tiré -dije-, no encontrarás nada.

– Ya lo sé, no estoy loco, como tú -respondió, cruel, asesinándome con la mirada.

Como en los primeros meses de nuestra historia, no hacemos el amor. Pero esa detención antes de lanzarse era un juego erótico maravilloso. Hoy es un dolor insoportable, pero sé que sería mucho más insoportable si llegáramos a hacerlo. Es como si la conciencia de mi sexo se hubiera apartado y hubiera comenzado a exfoliarse. Ya no tengo ganas de enamorarme dentro de él.

Su cuerpo tenía el aspecto de un instrumento musical. Era un espléndido piano de cola. Mis dedos comenzaron a tocar su cuerpo, constelado de teclas blancas y negras, sin temor, aunque parecían inexpertas. No había intercambiado ni una palabra, sólo sus suspiros y la luz de sus ojos me daban a entender que esa melodía lo hechizaba.

Su cuerpo era un contraste perfecto, sus cejas gruesas e inquietas se extendían como una mancha de pelos dejados en reposo. Y su sexo era la fusión perfecta entre el candor angelical y la fuerza demoníaca devastadora.

– Ya no me amas.

– ¿Es una pregunta?

– No -respondí.

– Eres tú la que ya no me ama -dijo.

– ¿Qué es lo que nos destruye? -le pregunté.

– Somos nosotros -respondió.

– Vete, si quieres -dije.

26

Ahora sé quién es Viola.

Durante todas estas semanas ella tuvo muchos rostros e hizo el amor con él en todas las posiciones posibles. Y los vi tomando un café tomados de la mano durante la pausa del almuerzo. Y ella reía de modos siempre distintos y su cuerpo se transformaba como si fuera de arcilla blanda en un cuerpo distinto cada vez. Y él la amaba en cada ocasión, cualesquiera fuesen su rostro y su voz.

La conocí ayer en la veterinaria donde trabaja. Es joven, no es bella, pienso que todas las otras no son bellas, pero pienso que ella es bastante su tipo, me convenzo de que puede serlo. Lo primero que se me ocurre es agarrarla a trompadas y patadas sin alterarme, fría, conscientemente. Lleva una camiseta ajustada por la que asoman dos tetas gigantescas.

Un tipo, del otro lado del negocio, la llamó por su nombre, y ese nombre era Viola.

Apreté los dientes, parecía como si hubiese querido romperlos.

Ella me miró con una expresión dulce y dijo:

– ¿Buscas algo en especial? ¿Puedo ayudarte?

Si quieres serme útil ayúdame a alejar estas imágenes terribles que están ocupando mi imaginación. Te lo ruego, vuelve a ponerte la ropa y sal de ese sofá; arréglate el cabello y hazte una trenza, maquíllate y súbete el cierre de las botas. Ponte la bufanda y el abrigo. Y cuando salgas por esa puerta no lo saludes, limítate a susurrar: “Esta es la última vez que nos vemos. Fue bello mientras duró, eres maravilloso”, mientras lo miras, poderoso y desnudo, preguntándose por qué te estás yendo.

Y cuando salgas por esa puta puerta no llores, bella. No llores, que me hace mal. Que tus ojazos verdes podrían no volver a ver la luz del sol, porque podría enceguecerte con la luz de mi fuego.

Viola me mira, mientras con ojos aterrados observo la escena de mi película.

– ¿Tú eres Melissa, no es cierto?

Asiento y respondo sin gracia:

– Sí, ¿por qué?

– Te vi en la televisión una vez. Me caes simpática -y sigue sonriendo. ¿De qué mierda se ríe?- También leí tu libro -continúa-, me gustó mucho, aunque en tu lugar lo habría escrito de otro modo…

Muérete, estúpida. Muéstrame lo que hubieras hecho. Ahora. Toma una hoja de papel y una lapicera y escribe un libro, si eres capaz. Pero de lo único que eres capaz es de cabalgar encima de la pija del hombre que me pertenece, que nunca se te entregará como se me entregó a mí.

– No necesito nada, gracias. Debo irme -digo, mientras me dirijo a la puerta.

Ella me ve irme sin decir una palabra y yo sé perfectamente, LOS VEO, que sus ojos se transformaron en una estepa verde e infinita que dentro de poco, dentro de muy poco, me tragará.

27

Habían pasado pocas semanas después de la noche aquella en Cosenza, nos encontrábamos en un tren que nos llevaba al lugar donde festejaríamos juntos fin de año, solos.

– ¿Tienes idea de a dónde iremos? -le había preguntado.

– A un sitio tranquilo -había respondido-, lejos de todos.

Alquilamos una cabaña pintada de rojo, rodeada de árboles, perdida entre las colinas umbrías. Era roja como una cereza, roja y pequeña.

Decíamos que allí dentro se encontraban nuestros sueños por la noche, sin importar dónde estuviéramos.

– Cuando estemos lejos uno del otro, nuestros sueños vendrán aquí a encontrarse, los veremos abrazarse en el aire y bailar una sinfonía que todavía no fue inventada -me había dicho.

La casa, por dentro, tenía las paredes amarillas y piso de ladrillos, y si caminábamos con los pies desnudos podíamos sentir un calor tenue que se extendía por todo el cuerpo.

Salir, una vez que se había entrado, era imposible. Creo que había una débil nube tóxica suspendida sobre la cama que impedía que nos levantáramos. Pasaron tres días como si las horas, los minutos, los segundos, el día y la noche formaran parte de otras galaxias, de otros mundos. En ese mundo rojo y suspendido, sobre ese gran seno verde, saboreábamos lenta pero largamente y en grandes bocados un amor que nos dejaba acariciar y algunas veces besar, pero nunca hundirnos en la más profunda y ciega oscuridad de la pasión.

Su cuerpo era maternal y blando, me acostaba sobre él y ya no tenía miedo.

– Si alguna vez tuviéramos que dejarnos -le dije-, ¿a quién le contarías mis historias? Cuando me ocurre algo divertido no veo la hora de contártela.

¿A quién le cuento ahora las cosas divertidas? ¿Me suceden verdaderamente cosas tan divertidas?

No lo sé, no creo.

A lo mejor no era algo humano lo que dejé que se fuera por la cloaca, sino el fruto de un sentimiento extremo del que he olvidado el nombre.

28

Esta mañana a las cuatro una voz me despertó y me llevó hacia el estudio. Era la mujer de marrón con las muñecas cortadas.

La observé, con miedo, y ella hizo un gesto moviendo un costado de la boca.

A menudo, durante las pesadillas, me sucede que siento un peso que me oprime y me impide gritar, pedir ayuda, correr. En la realidad a menudo me ocurre lo mismo, y me ocurre cuando no consigo rendirme cuentas a mí misma y rendírselas a los fantasmas.

– Tómala -me dijo, indicándome con la cabeza la lapicera que estaba sobre el escritorio.

No me moví.

– ¡Tómala, te dije! -sus labios apretados no se movían, pero yo la oía.

– ¿Qué debo hacer? -le pregunté, un poco asustada y un poco curiosa.

– Tú sabes lo que debes hacer. No te hagas la estúpida y toma esa puta lapicera, ¡deprisa!

La tomé y la mantuve en mi mano igual que como mantenía la barrita de hierro del Vegatest cuando visitaba al homeópata. La apretaba muy fuerte.

Fui a su lado, dormía profundamente con las sábanas que rodeaban su cuerpo sin llegar a cubrirlo. Tenía los labios entreabiertos y las femeninas pestañas larguísimas. Parecía una niña bellísima.

Su torso estaba desnudo, así que acerqué la punta de la lapicera a su pecho con la intención de lastimarlo. Y después comérmelo, y no digerirlo.

La acerqué un poco más y lo miré y los ojos se me llenaron de lágrimas. Apreté la lapicera contra su pecho, pero no pude seguir. Dejé que una gota de sangre coloreara su piel blanquísima.

Recordé un verso de una canción: “forse non è proprio legale sai, ma sei bella vestita di lividi”. [3]

Lo desperté para hacer el amor. Para curar su herida.

Y la mía.

Y él más se sumergía y más me curaba, más me curaba y más anhelaba, más esperaba la muerte, más me decía ella que esperara.

Y cuando me amó, apretándome fuerte, inundando su amor y su desesperación dentro de mi locura y mi desesperación, oí: “Iettiti voria, iettiti”. [4] Toda mi locura salió a flote, se lanzó como un viento estimulado por mi eco. No un viento que limpia y refresca, sino un viento que lleva consigo desechos y alientos antiguos, fantasmas y recuerdos.

Y después desaparecí.

Y después desapareció.

29

Recuerdo que en nuestro living había una gruta y que dentro de la gruta había una estatua de la Virgen María.

Recuerdo que ella sangraba, y el niño que tenía en los brazos también sangraba.

Yo le hablaba y tú llegabas de la otra habitación preguntándome con quién estaba hablando.

Yo no te prestaba atención y seguía hablando una lengua que no conocías.

Hablaste con el padre Pascualino y él te dijo que grabaras mi voz.

Tú lo hiciste, pero al final el casete estaba vacío.

Entonces hablaste con papá y él te pegó y después lloró, confesándote que él, esa misma mañana, había visto a un hombre caminando despreocupado por la cocina.

Fuiste otra vez a ver al padre Pascualino y él llegó por la tarde para bendecir la casa.

Cuando lo acompañamos a la puerta yo empecé a correr y a gritar, diciendo que me seguían serpientes.

Entonces me llevaste al psicólogo y él te dijo que sufría de depresión y de alucinaciones.

Yo tenía cinco años y no conocía esas palabras.

Tú me explicaste que la depresión es una tristeza profunda y que la alucinación es una profunda euforia.

Cuando le contaste a papá lo que había dicho el médico él te pegó otra vez y después rompió todos los vidrios de las ventanas.

Recuerdo que en los años siguientes me llevabas a la casa de tus amigas y me hacías visitar todas las habitaciones, preguntándome cuáles estaban habitadas por espíritus y cuáles no.

Yo señalaba los rincones de la casa y después huía.

Hasta los ocho años veía una sombra que corría velozmente y nunca conseguía identificarla.

Volví al psicólogo y me derivó a un psiquiatra y él me dijo que invirtiera en mi locura para liberarla.

Me puse a dibujar, pero no podía pintar manteniéndome dentro del límite de los bordes.

Me compré una guitarra, pero tenía miedo de que las cuerdas me cortaran los dedos.

Escribí, y dentro de mí pasó algo.

Escribí, escribí, escribí mucho, y después me hice famosa.

Y aquello que había liberado volvió sobre sus pasos y me invadió.

Matándome.

30

Una vez tú y yo caminábamos por el campo. Yo llevaba un largo bastón con el que me ayudaba para trepar las subidas, y de tanto en tanto aplastaba cínicamente alguna luciérnaga que me pasaba cerca.

Tú estabas embarazada y tenías la panza dura e inflada. Tenía miedo de que las luciérnagas te lastimaran, temía que todo el mundo pudiese lastimarte. Entonces te protegía con mi cuerpecito y te seguía adonde fueras.

Nos detuvimos para sentarnos bajo de una gran magnolia con las flores blancas, recuerdo que la savia recorría una parte del tronco y que con ella hacía que mis dedos se pegaran entre sí; bajo de la magnolia había un charco minúsculo donde nos mojamos los pies. Era la primavera y el mundo parecía el Edén.

Suspendidas entre el cielo y la tierra volaba una infinidad de mariposas y libélulas, era como si quisieran hacernos compañía, pero nunca encontraban el coraje como para acercarse completamente.

– ¿Ves aquéllas? -me dijiste señalando las libélulas-. Esas pueden ser mujeres.

– ¿Mujeres? -te pregunté, fascinada.

– Sí, mujeres. Aparecen por la noche bajo forma de insectos y destruyen tus sueños, te echan maldiciones terribles, a veces incluso mortales -dijiste abriendo los ojos de par en par.

– ¿Y por qué? -estaba emocionadísima.

– Hay mujeres que ruegan en contra de ti, se ponen de rodillas delante de una cruz y se sueltan el pelo y repiten frases mágicas que nadie conoce.

– Mujeres de rodillas… ¿y tú conoces esas frases mágicas? -yo también quería conocerlas.

Tú sacudiste la cabeza y continuaste:

– Pero conozco las frases mágicas para espantar a las ronni ri notti.

– ¿A quiénes?

– A las ronni ri notti. Son esas mujeres que se transforman en libélulas y vienen de noche… -dijiste.

– Ah, sí, sí.

– A la mañana siguiente adviertes que vinieron porque encuentras cabellos trenzados, pequeñísimos, casi invisibles, que es imposible deshacer.

– ¿Imposible? -ya casi no podía hablar.

– No es que sea imposible… debes cubrir los cabellos con aceite y decir estas frases – tomaste aire y tu panza enorme se hinchó, casi como si estuviera por explotar-: Lunesanto, martesanto, miércolesanto, juevesanto, viernesanto, satursanto, ruminica a ronna ri notti sus alas perderá.

Me quedé con la boca abierta y susurré:

– Lindo…

– Y recuerda: cada vez que veas una libélula, mátala. Si la dejas vivir es más fácil que la que muera seas tú.

Seguimos mojándonos los pies en el charco mientras yo me dejaba invadir por la fascinación de tus relatos.

– Esperaba que volvieras pronto -le dije mientras picoteaba en el plato vacío y sucio.

– Disculpa, tuve problemas en el trabajo -responde molesto.

Me molestan las mentiras, la hipocresía, me hacen sentir pequeña e insignificante, me hacen sentir la certeza de que la otra persona me considera una estúpida, inferior, poco recomendable. En este caso, loca.

Tomo coraje y le digo:

– ¿No vas a decirme quién es Viola?

– ¿Quién es Viola? -pregunta a su vez.

– ¿Quién es Viola? -respondo.

– Ah, la que me vendió el perro -y señala el cachorro acurrucado junto a nosotros mirándonos desde abajo, con unos ojos que estoy empezando a amar seriamente.

– Ah, entiendo… ¿y era tan importante que guardaras su número en la agenda del teléfono?

Él alza los hombros y dice:

– Está bien, ¿qué importancia tiene?

Me pongo de pie y reacciono violentamente:

– ¿Qué carajo quiere decir qué importancia tiene? ¡Claro que tiene importancia! ¡Mierda que la tiene!

Alza otra vez los hombros y esta vez su mirada cambió:

– Bué, nos encontramos en el bar alguna vez, comimos un sándwich juntos… nada más.

– ¡Y faltaría más! ¿Nada más? ¿Y qué más hubieras querido? Un sándwich es más que suficiente, ¿no? Incluso no veo qué necesidad había de compartirlo con ella -lo miro directo a los ojos, siento que los míos se salen de las órbitas.

Lo miro y lo imagino mientras me mira, consigo entrar en sus pensamientos y oír las palabras que le repiten que me deje, que me abandone. En este momento está pensando en que le estoy haciendo la vida más difícil, y por lo que a mí respecta es lo último que quisiera hacer. Pero ahora sólo quiero analizar, entender, apropiarme de toda esa seguridad que me falta. Lo sé, lo sé, de un momento a otro cerrará la puerta de un golpe y no volverá a entrar aquí, me dejará sangrante y pálida sobre este piso, desapareceré poco a poco, sin molestar a nadie. Pero ahora él debe tomarme las manos y tranquilizarme.

Él, por como es, no da marcha atrás a la hora de discutir. Tiende a razonar, a hacerme razonar, pero no lo logra. No sería capaz de decirme: “OK, me rompiste las pelotas, ahora me voy”; él no es de decir esas cosas. Está allí conmigo y me mira y a veces me sonríe, sin rencor. Detesto su bondad, su tolerancia. Me hace sentir tan indigna, tan miserable, tan pobre. Yo, que siempre tiendo a esconderme, a ocultarme, a hundir la cara en la almohada, a huir de los problemas. Yo, decía, no soy capaz de estar tan presente, tan empática.

Después toma mis manos y me susurra:

– Yo te amo sólo a ti.

Y yo no le creo. Nada de nada.

No me pregunten por qué, no me lo digan, olvídenlo. Yo no le creo.

Luego él me habla de libertad, me dice que le falta. Me dice que le estoy arrancando las alas por la fuerza. Qué ingenua, pensaba que yo misma era su libertad, que yo misma era sus alas y que conmigo hubiese podido ir adonde hubiese deseado, que subido a mi espalda habríamos ido hasta las nubes, atravesando temporales, viendo las casas desde lo alto y burlándonos de esos hombres estúpidos e impotentes que andan cojeando por la calle y se arrastran como si fueran bolsas de papas.

Él me dice que tiene el derecho de ver a quien quiera, dice que por eso su amor no va a disminuir, dice solamente:

– Debes confiar en mí.

Pero yo, por mi parte, tengo el derecho de morir, de destruirme, de sentir cómo se deshace mi vientre, de enloquecer y de ver a mis fantasmas, de convertirme en su marioneta.

Tengo el derecho de ceder al instinto. Tengo el derecho de llorar y de estar bien mientras lo hago. También tendré el derecho de pensar que, si se siente ahogado, ya no soy esa ola delicada y fluctuante que lo enternecía y lo deshacía. Significa que ahora soy un temporal y él está solo y no posee nada donde poderse reparar.

Excepto Viola y su normalidad.

31

Por qué te agitas tanto, bella libélula, con las puntas de tus alas rojas? Inmóvil en aquella pared blanca con tu cuerpo negro pareces una palabra en una página mal escrita. ¿Por qué mueves las alas cuando respiras? Es como si anidase en ti el odio, el rencor, la rabia. Te has detenido a pocos centímetros de su foto… ah, no, libélula, eso no se hace. Voy hacia ti y tomo su foto y me la llevo al pecho y tú me miras desilusionada y en lágrimas, mientras yo también te miro con odio, rencor y rabia. ¿Estás enloqueciendo ahora? Veo que tu vuelo se hace inconstante e impreciso, veo que estás perdiendo altura. ¿Y si te muestro su foto desde lejos qué harás, me lo agradecerás?

No voy a matarte, quédate tranquila. Quiero ver cómo te mueres poco a poco.

Sé que no debo dejarte ese feo mensaje debajo de la puerta, pero qué quieres que haga, está escrito en mi sangre que debo destruir todo lo que me quiere destruir a mí.

No digas nada, que no sabes nada. No sabes qué es el abandono, qué es el luto del amor. ¿No entiendes que cada vez que hundes tus ojazos verdes dentro de los suyos me estás arrancando un pedazo de vida, de aire? Si me quitas el aliento él ya no podrá amarlo, no podrá sentirlo.

Mi madre, la misma madre a la que ahora le estoy hablando, me decía que las libélulas deben ser asesinadas y olvidadas. Pero yo quiero verte sufrir un poco, quiero jugar con tu vida y mantenerte suspendida sobre este hilo finísimo como una Parca sádica.

Te cuento que aquella vez que fuimos al río y era un día estupendo las piedras brillaban y la vegetación no daba ningún signo de muerte o de descomposición. Todo era grande, maravilloso, fuerte.

Yo siempre estuve habituada a nadar en el mar, a chocar contra las olas, a sentir ese miedo excitante que me invadía cuando el azul era tan oscuro y profundo que no conseguía ver nada. Siempre me confronté con espacios infinitos, con horizontes inciertos. Me gustaba, pero no lo amaba. Mi corazón deseaba nadar dentro de algo que fuese visible, claro, que tuviese contornos precisos, que yo pudiese ver, de los que poderme sujetar.

De modo que cuando él me propuso ir al río di un salto de alegría y lo abracé y le susurré al oído:

– Que no se te ocurra recular, hoy quiero saber cómo es hacer el amor en el río.

Y él reculó y con aire desafiante dijo:

– Veremos.

Y efectivamente el amor fue bello, alegre, juguetón, con mil salpicaduras de agua provocadas por nuestros cuerpos calientes. Y yo me sentía una sirena con su tritón, rey y reina de las aguas, de ese lugar solitario, de esa belleza.

O bien puedo contarte de aquella vez que estaba en un hotel, en un lugar lejano de Sudamérica, y esa vez yo me sentía mal y temblaba de frío. Pero mi cuerpo estaba bien y las pulsaciones eran regulares. Y él, sin decirme nada, me abrazó y me habló despacio, y entonces poco a poco las lágrimas se fueron deshaciendo sobre mi piel y se retiraron ante mi sonrisa. Y me dijo que esa noche hubiera podido olvidar quién era yo, qué era para la gente allí afuera. Me susurró que esa noche yo era la mujer que él amaba y nada más, que el resto era una broma estúpida.

Podría decirte que de él adoro todo, y no te mentiría.

¿Me explicas por qué mierda tienes las puntas de las alas rojas? ¿Creías que ibas a pasar inadvertida, querías darte un tono, parecer seductora?

Cuando las llaves tintinean detrás de la puerta ella entiende que es el momento de irse. La suya, pienso, es sólo una advertencia.

32

En el corredor de nuestra casa hay una mancha gigantesca, justo delante de mi cuartito. Yo creía que era el perfil de Hitchcock. Cada vez que pasaba delante de ella, por la noche, corría con los ojos cerrados y después me deslizaba debajo de sus sábanas, temblando de miedo. Mejor dicho, antes te miraba dormir. Me quedaba de pie delante de la cama y te miraba durante minutos, moviendo la cabeza como hacen los gatitos idiotizados por la curiosidad. Me venían lágrimas a los ojos porque me inspirabas ternura, acostada como estabas, como una niña, con los párpados serenos e ignorantes. Después Hitchcock volvía a imponer su sombra sobre mis ojos y yo volvía a caer en la oscuridad y en la desesperación, en la certidumbre de estar sola. Y después buscaba tu calor.

Una noche, mientras corría con los ojos cerrados, no advertí que la puerta de su habitación estaba cerrada. Corría como un caballo salvaje, inconsciente de todo, salvo la noche y sus sombras. Así terminé chocando contra el picaporte, me golpeé el ojo con una violencia que nunca había experimentado antes, pero hice de cuenta que no había pasado nada para no preocuparlos. Me deslicé como siempre en su cama y me dormí, dolorida. A la mañana siguiente la sangre estaba seca y oscura en mis mejillas. Mientras me limpiabas la cara, preocupada por lo que me había pasado, yo me miré intensamente en el espejo, y la que veía adentro era una figura divina, santa. Una niña que sangraba, una niña que se apagaba la sed con sus propios mocos.

33

Tienes idea de la estupidez que has hecho? -me dice sin perder la calma, pero con unos ojos que se mueven de una parte a otra de mi cara.

– ¿Y qué debía haber hecho? Ella me está probando -respondo.

– ¿Pero probando a quién, probando qué? -dice ahora, enojado.

– Contigo -digo con candidez.

– ¿Pero te das cuenta de que eres una loca maniática? -me lanza acusaciones casi femeninas.

Defiendo lo que es mío.

– ¡Esa pobrecita vino a verme bañada en lágrimas diciendo que le dejaste un mensaje amenazador debajo de la puerta de la veterinaria! ¡Estás completamente loca! -continúa.

– Ah… entiendo… fue a verte… -exclamo, enfurecida-. También vino a verme a mí, ¿sabías?

– ¿Cuándo? -pregunta, sorprendido.

– Tú primero dime si te la cogiste. O simplemente: dime si estás enamorado de ella o qué… -le digo, apuntándole el pecho con un dedo.

– ¡Mierda! Nada de eso, ¿pero cómo tengo que decírtelo? -me abraza, desesperado-. ¿Por qué sigues haciéndote mal? ¿Por qué piensas que ella tiene alguna importancia para mí?

Me separo de él y lo miro directo a los ojos.

– Porque lo siento -susurro.

Luego de un tiempo indescifrable suspendido entre el silencio y la impotencia total, pregunta:

– ¿Y cuándo es que vino?

– Se fue poco antes de que yo llegase. Se fue volando por la ventana -y la señalo.

– Pero qué mier… -exclama.

– Imbécil. Ni que la hubiera asesinado. Vino bajo otra forma. Y la reconocí. Quería cagarme, la muy puta, pero no pudo -digo con orgullo.

Sacude la cabeza y se va a otra habitación. Sin decir una palabra.

El miedo ya me tiene prisionera y no hay ni un instante en que mis temblores tengan descanso. Tiemblo ahora mismo, mientras escribo, tiemblo mientras como, tiemblo mientras dejo que el agua corra por mi cuerpo, tiemblo mientras lo miro, mientras miro el cielo, tiemblo mientras bandadas de pájaros crean dibujos y formas en el cielo de Roma. Me quedo horas mirándolos a través de la ventana, mientras hacen piruetas, se dirigen primero hacia la derecha y después hacia la izquierda, dibujan círculos, ciclones, parecen lunares peludos, y después caen en picada hacia abajo, abajo, hasta las copas de los árboles.

Tiemblo. Tiemblo mientras vibra todo esto en el mundo, en el aire, tiemblo porque sé que allá afuera todavía hay vida y yo no sé vivir esa vida.

Necesito mirar la vida que tengo dentro, esta vida oscura y sin conexión con todas las otras, necesito vivir dentro de mí, porque fuera de mí no existe nadie que consiga hacerme vivir. Me había ilusionado con que él era capaz de hacerme vivir y no me habría dejado morir día tras día. Pero en cambio es eso lo que está haciendo y tanto vale que muera de golpe, en seco, con un golpe bien asestado.

34

Acostada panza arriba en la cama y con la cara que ahoga una almohada puesta encima, llevo los brazos detrás de la cabeza y comienzo a trenzarme lentamente el cabello.

– Lunesanto, martesanto, miércolesanto, juevesanto… -murmuro.

Trenzo lenta y diligentemente, tomo entre los dedos finos mechones de cabellos.

Creo que si yo misma lo hago, antes de que lo haga él, nada podrá sucederme.

Mi cuerpo está arqueado, los brazos están doloridos por la posición que he asumido, como una araña atrapada en su misma tela.

Trenzo cinco o seis mechones de cabello, paso la yema de los dedos por la trenza y la siento lisa, dura, pequeñísima.

Me digo que así no podrá lastimarme.

Pero enseguida pienso en él y pienso que él también está expuesto al peligro.

¿Y si la libélula viniese esta noche a trenzar sus cabellos? Llegados a ese punto él estaría ligado a ella para siempre y yo nunca conseguiré volver a tenerlo, ni siquiera si me cortase en pedacitos pequeños pequeños y me deslizara debajo de sus zapatos.

De modo que de noche, esta noche, me acurrucaré a su lado y cuando cierre los párpados trenzaré sus cabellos lenta, silenciosamente.

Y estará a salvo. Estaremos a salvo.

35

Desde que comenzaron a salirme las alas -y los ojos se me empañaron hasta quedarme ciega, la ausencia de él se ha vuelto inevitable.

Hoy me la tragué de un solo bocado, porque sólo con ella podía alimentarme, porque ya nada puede nutrirme como a cualquier ser humano. Lo que quiero es carne de mujer, mujer maléfica y tremenda, mujer-libélula.

Soy algo distinto y oscuro.

Soy la niebla impalpable y el viento tremendo que abate las ramas, soy los celos mezquinos y homicidas, soy el amor que perdí y que nunca más reencontraré. Soy un manojo de recuerdos y alegrías que comenzaron a marchitar y a convertirse en humus con mis obsesiones.

Soy una enorme sábana tendida, blanca, en la que se reflejan las imágenes de mi historia de amor y cada recuerdo se vuelve causa de malestar, de obsesión. No se trata del deseo de cambiar la realidad, sino del instinto inexplicable que hace que vuelva mi vida más difícil y oscura. En su rostro sólo veo intolerancia, mentira y desconsuelo. Ya no consigo pensarlo, imaginarlo feliz.

Soy un murciélago y acabo de comerme a la libélula. Estuvimos encerradas durante horas en una campana de vidrio que nuestros alientos volvieron invisible. Ella me rompió un ala y yo me lamí la sangre, mi lengua pequeña y roja curó la herida; después mis dientes puntiagudos se hincaron en su cara y me la comí. Su cuerpo todavía vibraba, debías haberlo visto, mamá. Su cuerpo sin cabeza seguía moviéndose, la sangre todavía corría por sus arterias. Verdaderamente fue un bellísimo espectáculo, la campana de vidrio estaba muy salpicada de sangre, y yo la lamí en señal de victoria.

Destruí mi casa y puse patas para arriba mis recuerdos. Mis antenas son demasiado débiles, mis ojos están completamente ciegos. Me trago todo lo que encuentro a mi paso y no me importa si también me lo trago a él.

Ya no tengo tiempo para recordar, para reinventarme, para dejar que la lombriz mueva su cuerpo y me convierta en espectadora de mi pasado.

Ya no tengo tiempo.

Porque ahora, si estoy en lo cierto, nada más es fruto de mi fantasía y de mi miedo.

Ahora todo es real, palpable.

Ahora, si mis fantasmas me rozan no tengo más miedo, porque ahora sé que ellos están aquí para ayudarme. Están aquí para hacerme vivir sin rasguños, o, por el contrario, para hacerme vivir en un infierno el resto de vida que me queda.

Para mí, una vida vale tanto como la otra. Si él no está, un destino vale tanto como otro destino.

36

Oigo sus pasos que se detienen delante de la puerta, observan, callan, reflexionan, giran sobre sí mismos y siguen su camino dejándome sola. Mi cama nunca estuvo tan amplia y deprimida, nunca fue tan profunda y tan malvadamente confortante. Ya siento su piel rozando la mía, sus lágrimas que se confunden con las mías, y es solamente una sensación, sí, una sensación, porque nada de todo eso tiene lugar, nada, nada es real. Él escribe algo, inclinado sobre el escritorio con los ojos hundidos en su corazón; yo me siento una hormiga minúscula extendida en una cama grande y tremenda. Quisiera ser más pequeña todavía, transparente. Quisiera que él me aplastase definitivamente. Busco afanosamente calor en el borde de la manta, las yemas de mis dedos advierten sus imperfecciones y no queda más nada. Mi cuerpo es sólo un pedazo de carne privado de sangre, arrojado dentro de una celda frigorífica que espera que alguien lo compre y lo cocine y lo devore y haga con él lo que quiera. Sólo mi cuerpo existe, y es un cuerpo ficticio.

El colchón cruje ante mi peso y yo finjo no haber oído nada.

Dos ojos azules como los tuyos me miran y me sonríen. Susurro “mamá”, pero ella sacude la cabeza y me sonríe dulcemente.

– Debes irte -me dice-, debes escapar y debes entender.

Finjo no haber oído nada.

– Mírame -exclama, sacudiéndome-, mira dentro de mis ojos.

La miro y adentro hay palabras. Al principio son confusas, garabatos que parecen manchas de tinta; luego, poco a poco, las letras cobran una forma concreta y se encastran formando frases. Es una carta. Parece una escritura femenina, una escritura joven, pomposa, dentro de las “o” y las “a” hay una excesiva vitalidad que infla a las letras como si fueran globos.

La carta dice:

Querida Melissa:

Soy una admiradora tuya. Sé que soy una de tantas, pero espero que leas esta carta, a lo mejor incluso me responderás, quién sabe.

La historia que has contado no es mi historia, no me pertenece. Yo tengo una vida distinta a la tuya, tuve experiencias distintas, a lo mejor hice elecciones equivocadas, pero en cualquier caso son mías y de nadie más.

Y sin embargo, querida Melissa, siento que estoy en contacto contigo. Es como si hubiera una cuerda que nos mantiene atadas. Existe una correspondencia, eso entiendo, y espero que no me consideres una arrogante o quién sabe qué cosa. Sólo quería decirte lo que pienso. Es algo muy fuerte, que no sé explicarme.

Tuya

Penélope

PS: Te mando mi foto, pienso que es importante darle una cara a quien se esconde detrás de las palabras.

– ¿Y entonces qué? -le pregunto a la mujer con los ojos como los tuyos-. Otra que cree ser yo. ¿Entonces?

– Entonces, boba, esto podría aliviar tus sufrimientos. ¿No entiendes, no entiendes que la única correspondencia que las une es él? El único punto en común podría ser el amor que las liga a él.

– ¿Qué carajo quieres decir? ¿Qué no era Viola sino esta Penélope la que puso en riesgo mi historia con Thomas? ¿Quieres decir que fui ciega, como siempre?

Nuevamente tiene los ojos dulces y eso me pone nerviosa.

– No -dice-, ella llegará después de ti, todavía no existe en sus pensamientos. Ella llegará si tú lo decides, si vas abajo, abres el correo y ves la foto que te ha mandado. Entonces podrías decidir si vivir o morir… bué, no sé qué es peor entre las dos cosas -ríe tapándose la boca con la mano, púdica.

– ¡Cállate! Cállate… no te rías. Explícame mejor -la incito.

Ella se recompone y dice:

– Haz esto. Si quieres morir totalmente lo que debes hacer es lo siguiente: la invitas a tu casa uno de estos días y unas horas antes de que ella llegue, te escapas. Te vas. Pero debes irte de verdad, definitivamente. Encuentra el modo de que él se encuentre en casa, de modo que cuando suene el timbre será él quien le abra y ella, obligatoriamente, tendrá que aceptar su invitación a entrar, porque hizo un largo viaje… y tú así morirás, pero al menos serás feliz. Y sabrás que todo es real y que ya nada es imaginario.

La sigo mirando, pienso, me muerdo el labio y susurro:

– Voy a verla.

Abro el correo, advierto que está la carta y la cosa no me inmuta, no pienso en nada. Cuando miro su foto pienso en algo: “Esta es más linda que yo”.

Y ya tomé una decisión.

37

Tomé el tren, los campos del Lacio y luego los de la Umbría corren paralelos a mi cara, pero mis ojos miran el asiento que se encuentra frente a mí, donde diviso un rostro familiar pero efímero.

Él me mira como me miraba unos meses atrás, adentro de las pupilas, con los ojos brillantes, la nariz vibrante y la boca semiabierta. Me mira como me miraba cuando mi exceso de vida aún era débil.

Ahora no tengo más la muerte en el corazón, porque el corazón ya fue descarnado. Ahora la muerte avanza como un tumor, la siento hormigueando e instalándose en las articulaciones y los músculos.

Ella es lenta, tierna, sinuosa, felina. No me asusta. Ella juega bien su papel, sabe cómo aferrar con el lazo a los seres humanos.

Lo abandono y vuelvo a la casa roja en la colina, llevo conmigo sus camisetas rotas impregnadas con su olor, no duermo porque tengo la impresión de que si durmiese después no me despertaría más, nunca más. Me acurruco en el sillón y pienso. Hasta que la luz aplaca su entusiasmo y ya de noche enciendo la chimenea y dejo que las lágrimas caigan, echándole la culpa al humo.

No sé qué habrá hecho Penélope, me pregunto si habrá ido. Espero que sí, entonces me acurruco y pienso en ella y en él. Él le dice: “Entra, vamos, Melissa debería llegar de un momento a otro”, y ella dice: “Oh, no, lo lamento, mejor vuelvo más tarde”. Entonces ella lo mira y se da cuenta de que tiene unos ojos bellos y un bello rostro enmarcado por bellos cabellos. Pero aún no lo desea, no, aún no. Ella baja a esperarme y yo nunca llegaré, de modo que golpeará a la puerta y le dirá: “Oye, todavía no ha llegado. Mi tren ya se ha ido… puedo tomar el de las diez y media”. Entonces, inevitablemente, él la invitará a subir y tal vez le ofrecerá una cerveza fría, y entonces, sólo entonces, él se dará cuenta, mientras la observa saboreando la cerveza, que ella tiene la boca más bella que jamás haya visto. Y entonces, sólo entonces, se decidirá a besarla. Después me duermo.

Y cuando te oía llorar por las noches, antes de que te abandonase, me daba vuelta y pensaba: “A fin de cuentas es mi vida. Podía haber hecho que fuera más feliz en el pasado… pero no pude. ¿Debería pedir disculpas?”

¿Debería pedir disculpas?

Mis nuevas pieles de serpiente arden con demasiada rapidez.

38

Lo sigo de noche mientras recorre la ciudad en moto con los senos de Penélope pegados a su espalda. Pienso en cuando nos divertíamos contando los baches de Roma, los agujeros inmensos que infestaban las calles y nos hacían tambalear, y nosotros los contábamos. Del Trastevere hasta el Esquilino contábamos treinta y ocho baches; de Piazza Fiume hasta Via Cassia había tantos que se hacía difícil contarlos.

Vacilo entre las calles malolientes y estrechas, en las escaleras cercanas a nuestro departamento hay un vagabundo que caga, las cortinas metálicas bajan y los mecánicos se saludan, se dan cita para el día siguiente, los amos llevan de la correa a sus perros. Se abre el portón y sale él, después ella, después el perro. Yo me ubico detrás de la escalera y observo a la muchacha que se sube el vestido y ocupa su puesto en la moto; se sienta como Audrey Hepburn en La princesa que quería vivir. Van tres meses que todas las noches vigilo el portón del edificio esperando verlos salir juntos. Tomo el tren de las seis y me voy, y cada noche doy vueltas por Roma como una drogadicta, con la diferencia que mi veneno es el amor. Y quien me reconoce por la calle me mira y no me habla, y por sus ojos comprendo que me considera una drogada, una estrella lanzada demasiado pronto en el star system y que no consiguió conservar su integridad. Es verdad, no conseguí encontrar una integridad. Soy una persona perturbada hasta la médula.

Ella tiene una sonrisa bondadosa que conozco bien, tiene los pómulos rellenos y sus cabellos revolotean desordenados. Él tiene cierto sentimiento de muerte dentro, él carga con una herencia sucia, que debe soportar, que también sabe amar.

Quisiera que se enamorara perdidamente, y tal vez no porque su felicidad me haga feliz, sino porque es el mal que me hago lo que me hace feliz.

Cinco meses más tarde me planto debajo del balcón y oigo los gemidos de placer de ella. Vuelvo a casa y me hago pequeños cortes en la piel. Escribo su nombre con un cúter, escribo el mío, escribo lo mismo que escribía en el pizarrón en la secundaria: “Melissa y Thomas forever”.

Él nunca sabrá de mi dolor, porque mis ojos son perros silenciosos que lo siguen con la baba en la boca.

Su felicidad me da placer, ella misma es la fuente de mi dolor, del mal que me procuro.

Es por esto que le estaré eternamente agradecida. Maldición.

Maldigo a todos.

39

Siento a la lombriz moverse, anidar en mis miedos y convertirse en la reina suprema. Sigo teniendo mucho miedo a la oscuridad, a los monstruos debajo de la cama, a la sangre que podría comenzar a brotar de los lavabos. Veo ojos en las paredes, siento manos golpeando el suelo, lobos aullando en alguna parte, lejos, en las colinas.

Por la noche la casa roja asume un color oscuro, su color deviene escarlata y me parece estar en un enorme pozo lleno de sangre, flotando junto a mis fantasmas.

El dolor que experimento me confiesa también cosas que jamás me ha confesado.

El dolor es quien me engendra vida, fantasía. Para amar necesito experimentar dolor, para sentir dolor necesito morir.

Cuántas cosas han cambiado, mamá. Es verdad que la vida es un concentrado de muchas vidas que, si las sumas todas, nunca consiguen dar un resultado satisfactorio.

Sólo tengo diecinueve años, y sin embargo las vidas que viví son tantas, demasiadas. Viví más vidas yo que todos los personajes de mis historias.

Te he abandonado, he abandonado un amor que sigue latiendo todavía, vivo. Me he abandonado.

Mamá, quiero volver a vivir todo lo que he vivido. Quiero cometer los mismos errores.

Paso todo el día encerrada en mi cuarto, el olor a cigarrillo invadió todo el ambiente.

Mis cabellos muertos esparcidos sobre la alfombra, los dedos blancos y largos y los iris amarillos.

Pienso en la libélula Viola y pienso en reencarnar en ella, si vuelvo a nacer. Pienso que aún cuando no formara parte de mi realidad, de la realidad de Thomas y mía, en realidad ella ya estaba. Siempre estuvo y cavó un agujero muy profundo dentro de mi alma, como un gusano en una manzana madura.

Duermo, me miro al espejo y me río. Me río de mí misma, me río de mis fantasmas, los mando a cagar y ellos comienzan a correr como locos por toda la casa. Comienzan a canturrear, me dicen que voy a morir. Hoy volvió a aparecer Obelinda, me dijo:

– No pienses que vas a salirte con la tuya.

– No pienso -le respondí mirando para otra parte.

Ella, en menos de un segundo, se deslizó a los pies de mi cama, dilató las pupilas y me dijo:

– Sabes lo que te pasará después, lo sabes, ¿no es cierto?

– ¿Te haré compañía en la otra dimensión?

– No, peor -respondió con las pupilas que ya le cubrían todo el rostro; mejillas, boca, nariz, ya no existían. Sólo ojos-. Peor, querida mía -continuó-, ¿no sabes lo que le sucede a quien muere de amor?

Me quedé inmóvil.

Me tocó una pierna y dejé escapar un grito de dolor, me quemó la piel.

– ¿Qué pasa? -pregunté con lágrimas en los ojos.

– Estarás obligada a matar a quien te llevó a la muerte. Será tu labor, será tu misión.

Sacudí la cabeza, no quería.

– Sí, linda, lo harás. Y lo harás porque es el único modo de volver a unirte a él. Tú ahora eres su demonio y sólo los demonios pueden llevar consigo a sus propios protegidos -dijo.

– ¿Quieres decir que tú no podrías hacerlo?

– Si lo hiciese yo seguirías siendo un alma condenada y él un alma libre. Si lo haces tú, lo arrastras contigo, porque sólo a ti debe obedecerte.

– No lo quiero a él. Desapareceré para siempre y veré cómo ama: esa es la condena que me merezco -respondí.

Se acercó a mí y me lanzó su aliento en la cara. Su respiración congelaba mis músculos.

– Estúpida niña enviciada. Tú te la has buscado. Yo y los demás te haremos tanto mal que al final terminarás rogando que te demos muerte de una forma atroz. Acabaremos contigo.

Cuando era pequeña dibujé en una hoja de papel un semicírculo bastante cerrado. Luego dos pelotitas en el borde del semicírculo y luego escribí “amor” en un lado y “odio” en el otro.

40

Suelo frío. Puertas cerradas y persianas bajas. Luces apagadas. Mi cuerpo desnudo, aquí, extendido. Viento en las colinas. Lluvia. Sol. Luego de nuevo lluvia. Una semana. Dos semanas. Tres semanas. Tres días. Ningún remordimiento, ninguna bondad, ninguna emoción. La ausencia de los fantasmas. La sensación de haber alcanzado la perfección y la omnipotencia. Omnipotencia. Omnipotencia.

Luego arriban las tinieblas y me llevan del brazo.

41

Qué has hecho hoy? Cuando alguien te llamó por teléfono a las seis de la mañana y te dijo que había encontrado a tu hija tirada en el suelo moribunda, que esperaba lúcidamente estar muerta, ¿en qué has pensado? ¿Gritaste, blasfemaste, te dejaste llevar por la resignación? ¿Pensaste que tienes una hija loca? ¿O pensaste que tienes una hija enamorada? ¿O tal vez pensaste que yo soy ambas cosas?

Cuando tomaste el primer vuelo para Roma y después hiciste más de cien kilómetros para encontrarme y cuando llegaste a la casa roja en la colina y no encontraste a nadie, sólo mis cabellos esparcidos sobre la alfombra, ¿qué nombre tuvo tu dolor?

¿Y qué consistencia tenía tu amor cuando me miraste a través del espejo de la puerta, mientras mis muñecas cortadas y ya cicatrizadas eran estiradas y colgadas, sostenidas por dos cuerdas de tela blanca?

¿Y qué miedo probaste cuando viste mis ojos, cuando notaste que uno se estaba volviendo ciego, lleno de sangre coagulada alrededor?

¿Te habrías dejado acariciar por mis manos sin uñas?

¿Y qué fin tuvo esa parte que te regalé?

Si todavía está dentro de ti, libérala, échala a volar. Tal vez un día vuelva a mí y nosotros haremos una gran orgía de amor.

AGRADECIMIENTOS

Por muchos motivos, todos distintos e impronunciables, agradezco a mi perro Burrito, que llegó tarde, pero no demasiado. A Simone Caltabellota, que en cambio llegó a tiempo. A Nikki Suden, a Nic Kelman y a Rocco Fortunato. A Martina Donati y a Melisso, y al todavía por nacer (¡pero ya habrá nacido!) Nilo. A Julieta y a Bengt, Ignacio y a Mario Brega.

Agradezco también al coprotagonista de esta historia, aunque, me parece, ya le he dedicado mucho tiempo (tanto en la vida como en el libro).

A pEpPe y a Maximiliano, siempre coherentes. A Gabriele Rigon, con mucho afecto.

Y luego agradezco a todos lo que me odian, porque es gracias a ellos que yo me amo más a mí misma.

Melissa Panarello

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