/ Language: Spanish / Genre:prose_contemporary,

El Padrino

Mario Puzo

En `El Padrino`, de Mario Puzo, asistimos a la plasmación literaria de una especie de contracultura, la Mafia, según es presentada en la narración, y luego en numerosos libros subsiguientes, series y películas. La Mafia es una sangrienta organización criminal, en aras obviamente de espurias bonanzas económicas e incluso sociales, que de Sicilia y todo el sur de Italia, se trasladó a los Estados Unidos merced a la inmigración, y, especialmente, a la ciudad de Nueva York. Puzo podría presentar tan sólo los aspectos de la trama de la organización -los asesinatos, la corrupción legal, etc- pero, en verdad, exhibe específicamente en la persona del Don, del Padrino, un código peculiar de conducta y de reflexión ante la vida, reprobable y punible, es cierto, pero que causó cierto mentís de admiración en el público lector y cinematográfico, ante el apego, en esencia, a los decaídos valores familiares que muchos creyeron añorar gracias a la saga Corleone. No se trata solamente, pues, de la ficción, claro que basada en sangrientos hechos reales, de un simple comportamiento agresivo y criminal, además de ello, es toda una normativa disidente con la sociedad, a veces contando con ella a veces no. El Don nace en Sicilia, pero de joven emigra a Nueva York. Puzo nos lo describe con un carácter serio, reservado y, sobretodo, reflexivo. Contrasta la actitud familiar, la campechanía inteligente, con los hechos crueles en su pura desnudez, con los asesinatos y las influencias corruptoras. En efecto, en este relato, el mal no es convencional, no es absolutamente negro, es, si se quiere, aunque nunca banal, sí demasiado humano. El criminal, el delincuente, también tiene sus simplezas y sus actitudes ortodoxas, sociales, acaso bondadosas. Es cariñoso con su familia, de conversación razonable y, en apariencia, amena y nunca amenazante. Vito Corleone se hace Don, padrino, poco a poco y, como él mismo lo hubiera dicho, igual que si tuviera el destino ya trazado. Se junta con unos mafiosos y, ascendiendo en el respeto del hampa y contando con la inmovilidad de las instituciones, entonces se hace dueño de la familia más importante de la ciudad. Pasan los años y Don Vito es anciano, el novedoso tráfico de drogas requiere nuevos horizontes mentales, nuevos emprendimientos transgresores, y, ante los hampones que bogan por el nuevo negocio, el anticuado Vito se enzarza en una guerra de los bajos fondos que culmina con el asesinato de su propio hijo mayor y el pedido de paz. En la reunión al efecto, aparentemente derrotado, el Don promete que no hará nada contra sus antiguos enemigos. Muere y la venganza, en efecto, la realizará el otro gran carácter de la novela, el hijo menor del padrino: Michael. Michael podría representar cómo un individuo no puede, muchas veces, separarse de su propio grupo, de su rebaño social y además étnico. En la novela, también en la famosa película de Cóppola, asistimos al camino de Michael Corleone de pacífico joven, fiel a los Estados Unidos, a la obediencia de su sino mafioso y criminal, de cómo debe hacerse cargo de los negocios de la Familia, y ejecutar incluso las venganzas que el Don no había podido hacer para cumplir su palabra. Así la contracultura de la organización permanece, se revitaliza, de generación en generación, de padre a hijo. Los tiempos narrativos de esta trepidante historia están hábilmente conjugados, mantienen una no linealidad que ayuda al suspenso, al efecto, al golpe teatral de las diversas unidades de la narración que se entrecruzan y sorprenden, retomando o abandonando el hilo relator siempre con destreza. Puzo conocía, además, el ambiente de los italoamericanos. Las vívidas descripciones de Sicilia, de su paisaje y sus gentes, el ambiente de los inmigrantes de Nueva York? todo ello refleja sabidurías vivenciales que son trasladadas a la ficción con acierto, creando no solamente una novela sino un mito. Un libro, en fin, que no se deja abandonar en su lectura, una intensa radiografía de la criminalidad y su sorprendente correlato cultural, inteligente, sincero y emotivo testimonio artístico de unas leyes marginales que fueron escritas, sin tinta ni papel, tan sólo para el mismo grupo de hombres que a través de las generaciones y las geografías siguen siendo casi iguales a los mismos que las hubieron dictado.

Mario Puzo

El Padrino

Título original: The Godfather.

Traducción: Ángel Arnau.

«Detrás de cada gran fortuna hay un crimen»

Balzac

PRIMERA PARTE

1

Amerigo Bonasera estaba sentado en la Sala 3 de lo Criminal de la Corte de Nueva York. Esperaba justicia. Quería que los hombres que tan cruelmente habían herido a su hija, y que, además, habían tratado de deshonrarla, pagaran sus culpas.

El juez, un hombre de formidable aspecto físico, se recogió las mangas de la toga, como si se dispusiera a castigar físicamente a los dos jóvenes que permanecían de pie delante del tribunal. Su expresión era fría y majestuosa. Sin embargo, Amerigo Bonasera tenía la sensación de que en todo aquello había algo de falso, aunque no podía precisar el qué.

– Actuaron ustedes como unos completos degenerados -dijo el juez, severamente.

Eso, eso, pensó Amerigo Bonasera. Animales. Animales. Los dos jóvenes, con el cabello bien cortado y peinado, y el rostro claro y limpio, eran la viva imagen de la contrición. Al oír las palabras del juez, bajaron humildemente la cabeza.

– Actuaron ustedes como bestias salvajes -prosiguió el juez-; y menos mal que no agredieron sexualmente a aquella pobre chica, pues ello les hubiera costado una pena de veinte años.

El representante de la justicia hizo una pausa. Sus ojos, enmarcados por unas cejas sumamente pobladas, miraron disimuladamente al pálido Amerigo Bonasera, para luego detenerse en un montón de documentos relacionados con el caso que tenía delante. Frunció el ceño, como si lo que iba a decir a continuación estuviera en desacuerdo con su punto de vista.

– Pero teniendo en cuenta su edad, su limpio historial, la buena reputación de sus familias… y porque la ley, en su majestad, no busca venganzas de tipo alguno, les condeno a tres años de prisión. La sentencia queda en suspenso.

Gracias a que llevaba cuarenta años en contacto más o menos directo con el dolor, pues era propietario de una funeraria, el rostro de Amerigo Bonasera no dejó traslucir en absoluto la decepción y el inmenso odio que le embargaban. Su joven y bella hija estaba todavía en el hospital, reponiéndose de su mandíbula rota ¿y aquellos dos bestias iban a quedar en libertad? ¡Todo había sido una farsa! Miró a los felices padres, que en ese momento rodeaban a sus queridos hijos, y pensó que eran plenamente dichosos; no cabía la menor duda, sus sonrisas así lo indicaban.

Por la garganta de Bonasera subió una hiel negra y amarga, que le llegó a los labios a través de los dientes fuertemente apretados. Se limpió la boca con el blanco pañuelo que llevaba en el bolsillo. En aquel preciso instante los dos jóvenes pasaron junto a él, sonrientes y confiados, sin dignarse a dirigirle una mirada. Bonasera no dijo nada; se limitó a apretar el pañuelo contra sus labios.

Los padres de los bestias iban detrás. Tanto ellos como ellas tenían más o menos su edad; pero vestían de forma más americana. Le miraron a hurtadillas. La vergüenza se reflejaba en sus caras, aunque en sus ojos brillaba una luz triunfante. Entonces Bonasera perdió el control.

– ¡Os prometo que lloraréis como yo he llorado! -gritó amargamente-. ¡Os haré llorar como vuestros hijos me hacen llorar a mí! -había llevado el pañuelo hasta sus ojos.

Los abogados defensores, con la mano en el brazo de sus defendidos, indicaron a éstos que siguieran pasillo adelante, pues los dos jóvenes habían retrocedido unos pasos, como si quisieran proteger a sus padres, aunque ya un gigantesco alguacil corría para cerrar el paso a Bonasera. Pese a todo, no era necesario.

Durante los años que llevaba en América, Amerigo Bonasera había confiado en la ley, y no había tenido problemas. En ese momento, a pesar de que en su cerebro hervía el odio, a pesar de sus inmensos deseos de comprar un arma y matar a los dos jóvenes, Bonasera se volvió hacia su mujer, que todavía no se había dado cuenta de la farsa que se había desarrollado ante sus ojos.

– Nos han puesto en ridículo -le dijo.

Guardó silencio y luego, con voz firme, sin temor alguno al precio que pudieran exigirle, añadió:

– Si queremos justicia, deberemos arrodillarnos ante Don Corleone.

En la profusamente decorada _suite_ de un hotel de Los Ángeles, Johnny Fontane estaba tan borracho como pudiera estarlo cualquier marido celoso. Tendido sobre una cama de color rojo, bebía whisky directamente de la botella que tenía en la mano, y luego, para eliminar el mal sabor, sorbía un poco un vaso lleno de agua y cubitos de hielo. Eran las cuatro de la madrugada; su mente ebria elaboraba fantásticos planes para asesinar a su infiel mujer tan pronto como ésta volviera a casa.

Si es que volvía. Era demasiado tarde para llamar a su primera esposa y preguntarle por los niños; tampoco serviría de nada telefonear a alguno de sus amigos, ahora que su carrera estaba prácticamente destrozada. Hubo un tiempo en que muchos se hubieran sentido halagados de recibir su llamada; ahora ya no. No pudo contener una leve sonrisa al pensar cómo, tiempo atrás, los problemas de Johnny Fontane habían quitado el sueño a algunas de las más rutilantes estrellas de América.

Finalmente, mientras sorbía el enésimo trago, oyó que abrían la puerta. Siguió bebiendo hasta que su mujer se plantó ante él. Le pareció hermosísima, con su cara angelical, sus espirituales ojos color violeta y su cuerpo, frágil pero perfectamente formado. En la pantalla, su belleza destacaba todavía más. Cien millones de hombres de todo el mundo estaban enamorados del rostro de Margot Ashton, y pagaban por verlo en la pantalla.

– ¿Dónde diablos has estado? -preguntó Johnny Fontane.

– Por ahí… -fue la respuesta.

Evidentemente, Margot había juzgado erróneamente la borrachera de su marido. Vio que derribaba la mesita de cóctel y sintió que sus dedos le atenazaban la garganta. Johnny estaba furioso, pero al ver tan de cerca el mágico rostro de su mujer, con aquellos fascinantes ojos violeta, su ira desapareció y volvió a sentirse inerme. Entonces ella cometió el error de sonreír burlonamente. Él cerró los puños y su brazo derecho tomó impulso.

– ¡En la cara no, Johnny! ¡Estoy haciendo una película! -gritó Margot.

La golpeó en el estómago. Ella cayó al suelo, y Johnny se le echó encima. Podía oler su aliento fragante, mientras ella luchaba por respirar. Golpeó a su esposa en los brazos y en los bronceados muslos. La golpeó como años atrás lo había hecho con los chicos del barrio. Era un castigo doloroso, pero que no provocaría ninguna desfiguración duradera, ni la pérdida de dientes, o la deformación de la nariz.

Sin embargo, sus puñetazos no tenían fuerza suficiente. No podía pegarle, algo se lo impedía. Y ella se mofó abiertamente. Tendida en el suelo, con el vestido subido hasta los muslos, Margot gritó, riendo:

– ¡Vamos, Johnny, sigue golpeando si ello te divierte!

Johnny Fontane se levantó. La odiaba, pero nada podía contra su mágica belleza. Con una ágil pirueta de bailarina, Margot se levantó. Quedó frente a su marido y se puso a bailar a su alrededor, al tiempo que cantaba: «Johnny no me hace daño, Johnny no me hace daño».

– ¡Pobre hombre! -añadió con voz triste-. Se entretiene dándome azotes, como si yo fuera una niña. Siempre serás un chiquillo romántico y estúpido; incluso haciendo el amor eres infantil. Te imaginas que ha de ser algo tan suave y aletargado como las canciones que cantabas.

Meneó la cabeza y añadió:

– Pobre Johnny. Adiós, Johnny.

Luego se dirigió a su dormitorio y él oyó que cerraba la puerta con llave.

Johnny estaba sentado en el suelo, con el rostro entre las manos. La humillación y el desespero lo abrumaban. Poco después, sin embargo, la dureza que le había ayudado a sobrevivir en la jungla de Hollywood le hizo buscar el teléfono y pedir un automóvil que le trasladara al aeropuerto. Había una persona que podía salvarlo. Regresaría a Nueva York y acudiría al hombre que tenía el poder y la sabiduría que él necesitaba, al hombre que le apreciaba sinceramente, al único hombre en quien todavía confiaba. Su padrino Corleone.

El panadero Nazorine, un hombre regordete y tosco como sus enormes panes italianos, cubierto por una capa de harina, miró ceñudamente a su mujer, a su hija casadera, Katherine, y a su ayudante en la tahona, Enzo. Este último llevaba el uniforme de prisionero de guerra, con una inscripción en letras verdes sobre la manga, y el mero pensamiento de que la escena que iba a seguir podía hacerle llegar tarde a la oficina del gobernador de la Isla, donde tenía que presentarse periódicamente, le aterrorizaba. Era uno de los miles de prisioneros del Ejército italiano que tenían permiso para trabajar en América, y vivía bajo el constante temor de que dicho permiso le fuera revocado. Por ello, la pequeña comedia de Nazorine era, para él, un asunto muy serio.

– ¡Has deshonrado a mi familia! ¿Querías darle a mi hija un regalito para celebrar el final de la guerra? ¿Sabes que van a enviarte a tu polvorienta aldea de Sicilia de una patada en el trasero?

Enzo, muchacho de corta estatura pero fuerte constitución, se puso la diestra en el corazón.

– Patrón -dijo casi llorando-, juro por la Santísima Virgen que nunca he abusado de su bondad. Amo sinceramente a su hija, y con todo respeto le pido su mano. Sé que no tengo derecho, pero si me mandan a Italia, ya nunca podré regresar a América. Nunca podré casarme con Katherine.

– Basta ya de esta locura -intervino Filomena, la esposa de Nazorine-. Sabes perfectamente lo que tienes que hacer. Nuestros primos de Long Island ocultarán a Enzo.

Katherine estaba llorando. No tenía buen tipo ni su cara era muy agraciada. Además, la sombra de un bigote afeaba su rostro. Nunca encontraría a otro hombre tan elegante como Enzo, nunca otro hombre sabría quererla con tanto amor y respeto.

– Me iré a vivir a Italia. Si haces algo contra Enzo, me marcharé de casa -gritó repentinamente.

Nazorine la miró pensativo. La jovencita era dura de pelar. La había visto apretar las nalgas contra los muslos de Enzo cuando éste, para sacar los panes del horno, tenía que pasar por detrás de ella. Si no tomaba las medidas apropiadas, el duro y caliente «pan» del granuja de su ayudante no tardaría en estar dentro del «horno» de Katherine, pensó Nazorine lascivamente. Enzo debía permanecer en América y convertirse en un ciudadano estadounidense, resolvió el panadero. Pero el asunto era difícil; tanto, que sólo un hombre podía solucionarlo: Don Corleone, el Padrino.

Todas estas personas y muchas más recibieron invitaciones para la boda de la señorita Constanzia Corleone, que debía celebrarse el último sábado del mes de agosto de 1945. El padre de la novia, Don Vito Corleone, nunca se había olvidado de sus antiguos amigos y vecinos, a pesar de que ahora vivía en una enorme y suntuosa casa de Long Island. La recepción se celebraría allí y la fiesta duraría todo el día. Era indudable que sería todo un acontecimiento. La guerra con Japón acababa de terminar, de modo que nadie estaría angustiado por la suerte de un hijo o familiar en el campo de batalla. El momento era propicio.

Así, durante toda la mañana del día señalado, la casa se llenó de amigos que deseaban honrar a Don Corleone. Todos traían unos paquetitos envueltos en papel color crema, que contenían dinero en efectivo. Nada de cheques ni objetos de regalo: billetes de banco y una tarjeta con el nombre de quien ofrecía el presente. La cantidad de dinero establecía el grado de respeto por el Padrino. Un respeto bien ganado.

Don Vito Corleone era un hombre a quien todos acudían en demanda de ayuda, y nadie salía defraudado. Nunca hacía promesas vagas ni se excusaba alegando que sus manos estaban atadas por fuerzas más poderosas que él mismo. No era necesario que uno fuera amigo suyo, como tampoco tenía importancia que uno no tuviera medios de devolverle el favor. Sólo existía una condición: que uno, uno mismo, proclamara su amistad hacia él. Y luego, por pobre que fuera el suplicante, Don Corleone asumía sus problemas y no se concedía descanso hasta haberlos solucionado. ¿Su premio? La amistad, el respetuoso título de «Don», a veces el más íntimo de «Padrino», y tal vez, sólo en prueba de agradecimiento y nunca con ánimo de lucro, algún que otro regalo, como una botella de vino casero o una canasta de taralles hechas especialmente para ser saboreadas en la mesa de Don Corleone el día de Navidad. Así pues, sólo se trataba de pruebas de amistad, una forma de reconocer que se estaba en deuda con él y que Don Vito, en cualquier momento, tenía el derecho de pedir, en pago, cualquier pequeño servicio que precisara.

En el gran día de la boda de su hija, Don Vito Corleone estaba de pie ante la puerta principal de su casa de Long Beach para recibir a los invitados, todos gente conocida, personas de confianza. Muchos debían su éxito al Don, y en una ocasión tan solemne se sentían con el derecho de llamarle «Padrino». Ese día incluso el personal de servicio estaba formado por amigos suyos. El encargado del bar era un viejo camarada cuyo regalo había consistido en la aportación de todos los licores para la fiesta, además de sus servicios como experto barman. Los camareros eran amigos de los hijos de Don Corleone. La comida dispuesta sobre las mesas del jardín había sido preparada por la esposa del Don y sus amigas, mientras que las amigas de la novia se habían encargado de la alegre decoración del jardín.

Don Corleone recibía a todos -ricos y pobres, poderosos y humildes-con iguales muestras de afecto. Era su carácter. Los invitados se maravillaban en voz alta de lo bien que le sentaba el esmoquin; tanto, decían, que cualquiera hubiera podido confundirlo con el novio.

En la puerta, de pie junto a él, se hallaban dos de sus tres hijos. El mayor, de nombre Santino pero al que todo el mundo llamaba Sonny -menos su padre-recibía la admiración de los italianos más jóvenes, aunque los maduros lo miraban con recelo. Sonny Corleone era alto, teniendo en cuenta que pertenecía a la primera generación americana de una familia oriunda de Italia. Medía un metro ochenta y su abundante cabellera ondulada le hacía parecer aún más alto. Su cara semejaba la de un Cupido gigantesco; sus facciones eran correctas, pero sus labios eran gruesos y sensuales, y su barbilla, con un hoyuelo en el centro, resultaba casi obscena. De aspecto fuerte como un toro, se decía que su esposa odiaba tanto el lecho matrimonial como en otros tiempos habían odiado la hoguera los infieles. Las malas lenguas habían llegado a afirmar que, de joven, cuando visitaba las casas de mala nota, las rameras más curtidas le pedían tarifa doble.

Durante la fiesta nupcial, algunas señoras jóvenes uniformemente entraditas en carnes miraban a Sonny Corleone con ojos lánguidos. Sin embargo, aquel día concretamente estaban perdiendo el tiempo. A pesar de la presencia de su esposa y de sus tres hijos de corta edad, Sonny Corleone tenía la vista puesta en Lucy Mancini, la dama de honor de su hermana. La muchacha, que conocía los planes de Sonny, estaba sentada junto a una de las mesas del jardín. Llevaba el traje de gala, con una tiara de flores encima de su lustroso pelo negro. Había flirteado con Sonny en el curso de la última semana, durante los ensayos de la ceremonia, y aquella mañana, ante el altar, había rozado su mano. Una joven soltera no podía hacer más.

A Lucy no le importaba que Sonny no fuera un gran hombre como su padre, ni tuviera probabilidades de serlo. Sonny Corleone era fuerte, tenía valor, se mostraba siempre generoso, y era del dominio público que tenía un corazón muy grande, noble y a menudo tierno. Por desgracia carecía de la humildad de su padre, y su genio, pronto y vivo, le hacía caer a menudo en errores de apreciación. Si bien se le consideraba un excelente colaborador en los negocios de su padre, muchos dudaban de que éste lo nombrara su heredero.

El segundo vástago de don Corleone, Frederico, conocido como Fred o Fredo, era el hijo con el que sueñan todos los padres italianos. Cumplidor, leal, siempre al servicio de su padre… Tenía treinta años y seguía viviendo con sus progenitores. Era más bajo y corpulento que su hermano, pero se le parecía: la misma cabeza de Cupido, el mismo pelo ondulado, idénticos labios gruesos. Pese a ello, los labios de Fred no eran sensuales, sino graníticos. Aunque de carácter más bien terco, nunca discutía con su padre ni le causaba disgusto alguno por causa de las mujeres. A despecho de tales virtudes, no poseía el magnetismo personal ni la fuerza animal tan necesaria para los conductores de hombres. Así pues, tampoco se le consideraba un heredero probable de los negocios familiares.

El tercero, Michael, no se encontraba junto a su padre y hermanos. Había ido a sentarse en el más apartado rincón del jardín, aunque ni allí logró escapar a las atenciones de los amigos de la familia.

Michael Corleone era el menor de los hijos del Don y el único que no se había dejado guiar por el gran hombre. No tenía la cara de Cupido de sus hermanos, y su negro pelo era más bien liso. Su piel, apenas morena, hubiera sido la envidia de cualquier muchacha. Poseía una belleza delicada, casi femenina, hasta el punto que el Don había tenido sus dudas acerca de la masculinidad del menor de sus hijos. Afortunadamente, tales inquietudes se disiparon en cuanto Michael cumplió diecisiete años.

Michael se había sentado en la mesa más apartada del jardín, como si quisiera dar a entender su voluntaria separación de la familia. A su lado estaba la muchacha de la que todos habían oído hablar, pero a quien nadie hasta entonces había visto. Michael se había portado bien, naturalmente, y la había presentado a todos los invitados y a su familia. La verdad era que la chica no había causado gran sensación, ni mucho menos. Les había parecido demasiado delgada, demasiado fina, y su rostro excesivamente inteligente para una mujer. Por no mencionar sus maneras, muy desinhibidas para una muchacha soltera, y su nombre, que sonaba tan extraño a los oídos de todos los presentes. Se llamaba Kay Adams, y si hubiera dicho al resto de invitados que su familia residía en América desde hacía más de doscientos años y que su nombre era de lo más corriente, ellos se hubieran encogido de hombros.

Todos se dieron cuenta de que el Don apenas prestaba atención a su tercer hijo. Michael había sido su favorito antes de la guerra y, por lo tanto, el presunto heredero de los negocios familiares cuando llegara el momento. Había heredado la fuerza reposada y la inteligencia de su padre, y tenía un modo de actuar innato que le granjeaba el respeto de todos. Pero cuando, al estallar la Segunda Guerra Mundial, Michael Corleone se alistó voluntario en la Marina, contrarió abiertamente los deseos de su padre.

Don Corleone no tenía el deseo ni la intención de dejar que su hijo menor muriera al servicio de un país que él consideraba extraño. Se hicieron arreglos secretos y algunos médicos fueron sobornados. Preparar todo aquello costó mucho dinero, pero Michael tenía veintiún años y nada podía hacerse contra su voluntad. Al final se alistó. Luchó en el Pacífico, llegó a capitán y recibió varias condecoraciones. En 1944, la revista Life publicó un reportaje gráfico de sus numerosas hazañas.

Cuando un amigo mostró la revista a Don Corleone (su familia no se había atrevido), después de lanzar un gruñido de desdén, éste dijo: «Realiza estas proezas por cuenta de extraños».

Michael se licenció a principios de 1945 a causa de una herida, sin tener la menor sospecha de que su padre había hecho todos los preparativos para que se le diera de baja. Permaneció en casa durante unas semanas, pero luego, sin consultar a nadie, se matriculó en el Dartmouth College de Hanover, en New Hampshire. No había vuelto al hogar paterno desde entonces, y en esta ocasión lo hacía para asistir a la boda de su hermana y para mostrar a la familia su futura esposa, aquella descolorida muchacha americana.

Michael Corleone se había retirado hasta aquel rincón del jardín para contar a Kay Adams chismes y anécdotas relacionados con algunos de los invitados. Le divertía ver que Kay encontraba pintorescas a todas aquellas personas y, como siempre, le encantaba el interés que la muchacha mostraba por todo cuanto no conocía. Finalmente, la atención de Kay se concentró en un grupito de hombres que se hallaban reunidos alrededor de un barril de vino casero. Los componentes del pequeño grupo eran Amerigo Bonasera, el panadero Nazorine, Anthony Coppola y Luca Brasi. Con su agudeza habitual, ella comentó que ninguno de los cuatro parecía excesivamente feliz.

– No, no lo son -contestó Michael, riendo-. Están esperando ver a mi padre en privado. Todos tienen favores que pedirle.

En efecto, los cuatro hombres no perdían de vista al Don.

Mientras Don Corleone recibía efusivamente a los invitados que llegaban, un Chevrolet negro se detuvo en la entrada de la alameda. Sus dos ocupantes sacaron del bolsillo unas libretas y, sin disimulo alguno, fueron anotando los números de matrícula de los coches allí aparcados.

– Deben de ser policías -dijo Sonny, volviéndose hacia su padre.

– La calle no es mía. Que hagan lo que quieran -respondió Don Corleone, encogiéndose de hombros.

Los toscos rasgos de Sonny enrojecieron de ira.

– Estos piojosos no respetan nada -vociferó.

Bajó los escalones de la casa y se dirigió hacia donde habían aparcado el Chevrolet negro. Furioso, se enfrentó al conductor y éste, sin parpadear siquiera, se limitó a mostrarle una tarjeta de identificación de color verde. Sonny retrocedió sin decir palabra y escupió sobre el maletero del vehículo. Supuso que el conductor saldría del automóvil para pedirle explicaciones, pero no sucedió nada.

– Son del FBI -informó a su padre cuando llegó a la puerta de la casa-. Anotan el número de matrícula de los coches de nuestros invitados. ¡Los muy cerdos!

Don Corleone sabía perfectamente quiénes eran. Había advertido a sus amigos más íntimos que no acudieran a la fiesta en sus propios automóviles. Aunque desaprobaba el comportamiento de su hijo mayor, el berrinche no había resultado del todo inútil; con toda seguridad había servido para convencer a los agentes federales de que no esperaban su presencia. Por ello, Don Corleone no se enfadó. Hacía muchos años que había aprendido que es preciso soportar algunos insultos, y también sabía que en este mundo siempre llega el momento en que el más humilde de los hombres, si mantiene los ojos bien abiertos, puede vengarse de los más poderosos. Era esto lo que evitaba que el Don perdiera la humildad que siempre le había caracterizado y que tanto admiraban sus amigos.

En el jardín de la parte posterior de la casa, la orquestina empezó a tocar. Ya habían llegado todos los invitados. Don Corleone se olvidó de los intrusos y, acompañado de sus dos hijos mayores, se dirigió al lugar donde se celebraba la fiesta.

En el enorme jardín había centenares de personas. Algunas bailaban sobre la improvisada pista de madera engalanada con flores; otras permanecían sentadas junto a las largas mesas cubiertas de sabrosos manjares y vino tinto. La joven desposada, Connie Corleone, estaba en una mesa algo más elevada que las demás en compañía del novio, de las damas de honor y de algunos servidores. Todo estaba preparado al viejo estilo italiano. No era del gusto de Connie, pero había consentido para no disgustar a su padre, considerando que ya le había contrariado bastante al escoger al que ahora era su marido.

El novio, Carlo Rizzi, era hijo de padre siciliano y madre del norte de Italia, de la que había heredado el cabello rubio y los ojos azules. Sus padres vivían en Nevada, pero Carlo había abandonado aquel estado debido a un pequeño problema con la ley. En Nueva York conoció a Sonny Corleone y, a través de éste, a Connie. Don Corleone, naturalmente, envió algunos amigos suyos a Nevada para averiguar qué clase de problema había tenido Carlo con la policía: resultó ser una simple imprudencia juvenil con una pistola; nada grave, por lo que sin muchas dificultades se pudo conseguir que quedara sin registrar para que el historial de Carlo fuera inmaculado. Además, los enviados del Don habían aprovechado la ocasión para obtener información detallada del juego en Nevada, y fue tanto el interés de Corleone por el asunto que empezó a considerar la posibilidad de efectuar una importante inversión en Las Vegas. Parte de la grandeza del Don radicaba en que sabía sacar partido de todo.

Connie Corleone no era una belleza. Delgada y nerviosa, tenía todas las probabilidades de convertirse en una vieja gruñona. Pero ese día, con su blanco vestido de novia y su aire virginal, parecía casi hermosa. Bajo la mesa de madera, su mano descansaba sobre uno de los fuertes muslos de Carlo, mientras sus gruesos labios de Cupido enviaban un beso al que ya era su marido. Encontraba a Carlo increíblemente guapo.

Muy joven todavía, Carlo Rizzi había trabajado de bracero en Nevada, y como recuerdo de aquellos años poseía unos brazos tremendamente musculosos y unos hombros que amenazaban con romper el esmoquin. Contempló los amorosos ojos de su esposa y le sirvió vino. Se mostraba afectadamente cortés con ella, como si estuviera representando una comedia. Sin embargo, los ojos se le iban con frecuencia hacia la bolsa de seda que la novia llevaba en el hombro derecho, y que ya estaba llena de sobres de dinero. ¿Cuánto habría? ¿Diez mil? ¿Veinte mil? Carlo Rizzi sonrió. Era sólo el principio. Después de todo, ahora formaba parte de la familia. Tendrían que mantenerlo.

Entre los invitados, un apuesto joven cuya cabeza semejaba la de un hurón, tenía también los ojos fijos en la bolsa de seda. Por puro hábito, Paulie Gatto se preguntaba cómo podría hacerse con la abultada bolsa. La idea le divertía, aunque sabía que era una locura, un sueño inocente como el de los niños cuando abaten tanques con pistolas de juguete. Miró a su jefe, Peter Clemenza, gordo y de mediana edad, que bailaba alegres _tarantellas_ con las jovencitas. Clemenza, inmensamente alto, tremendamente pesado, danzaba con una maestría y un abandono tales que, a pesar de que su prominente estómago chocaba lascivamente una y otra vez con los senos de sus jóvenes compañeras de baile, todo el mundo le aplaudía. Cuando terminaba un baile, algunas mujeres de más edad le tomaban del brazo para ser su siguiente pareja. Los hombres más jóvenes se habían retirado respetuosamente de la pista y aplaudían para acompañar la música de las mandolinas. Al final, completamente rendido, Clemenza se sentó. Entonces Paulie Gatto le sirvió un vaso de vino tinto bien frío y, con su pañuelo de seda, le secó la sudorosa frente. Clemenza jadeaba como un cachalote. Apuró el vaso y, en lugar de dar las gracias a Paulie, le dijo con aspereza:

– El papel de jurado de concursos de baile no te va. Dedícate a tu trabajo. Date una vuelta por ahí fuera para comprobar que todo está en orden.

Sin hacer comentario alguno, Paulie desapareció entre la gente justo cuando los músicos se tomaban un pequeño respiro. Entonces, un joven llamado Nino Valenti tomó una mandolina, apoyó el pie izquierdo sobre una silla y comenzó a cantar una obscena canción siciliana. El rostro de Nino Valenti era de facciones muy correctas, pero en él empezaban a verse las huellas del alcohol. Permaneció con los ojos entornados mientras su lengua acariciaba las groseras palabras de la canción. Las mujeres chillaban jubilosamente y los hombres coreaban la última palabra de cada estrofa.

Don Corleone, especialmente reacio a tales demostraciones, y a pesar de que su corpulenta esposa gritaba gozosamente con las demás mujeres, desapareció disimuladamente en el interior de la casa. Sonny Corleone se apresuró a dirigirse a la mesa de los novios y se sentó al lado de Lucy Mancini, la dama de honor. No había peligro. Su esposa estaba en la cocina, dando los últimos toques al pastel de bodas. Sonny murmuró unas palabras al oído de la joven, que se levantó. Al cabo de unos minutos, él siguió a la muchacha, aunque para disimular, de vez en cuando, mientras pasaba entre la muchedumbre, se detenía a intercambiar unas pocas palabras con algún que otro invitado.

Todos los ojos le seguían. La dama de honor, completamente americanizada por tres años de escuela superior, era una espigada muchacha que tenía ya cierta «reputación». Durante los ensayos de la boda había coqueteado con Sonny Corleone de forma desenfadada, como sin darle importancia, al considerar que no había nada malo en bromear un poco con el hermano de la novia. En ese instante, levantándose un poco el vestido para evitar que rozara la hierba, Lucy Mancini se dirigía al interior de la casa, sonriendo con falsa inocencia. Una vez dentro, emprendió el camino del cuarto de baño, donde permaneció breves momentos. Cuando salió, Sonny Corleone, que la esperaba en el rellano del piso superior, le indicó que subiera.

Desde detrás de la ventana cerrada del despacho de Don Corleone, Thomas Hagen contemplaba la fiesta que se celebraba en el jardín. A su espalda, las paredes estaban cubiertas por estanterías atestadas de libros de Derecho. Hagen era el abogado del Don, además de su _consigliere_, y como tal su posición dentro de la familia era de capital importancia, pese a no pertenecer a ella. En aquella habitación, él y el Don habían resuelto muchos problemas, algunos verdaderamente espinosos. Por ello, cuando vio que el Padrino abandonaba la fiesta y entraba en la casa, comprendió que, a pesar de la boda, tendrían un poco de trabajo. Seguramente el Don venía a verlo. Luego vio que Sonny hablaba al oído de Lucy Mancini y fue testigo de la pequeña comedia que se había desarrollado a continuación. Dudó sobre la conveniencia de informar al Don de ello, pero decidió que era mejor no hacerlo. Regresó a su mesa de trabajo, abrió un cajón y sacó una lista de las personas que habían obtenido permiso para hablar con el Don en privado. Cuando el Don entró en la estancia, Hagen le entregó la lista. Don Corleone asintió con un gesto.

– Deja a Bonasera para el final -indicó.

Hagen salió al jardín, donde los que habían solicitado entrevista estaban reunidos alrededor del barril de vino, y señaló al panadero, el gordo Nazorine.

Don Corleone recibió al hombretón con un abrazo. De niños habían jugado juntos, allá en Italia, y su amistad nunca se había roto. Cada año, por Pascua, Don Corleone recibía unas tortas grandes como ruedas de camión, hechas de queso y trigo, con la corteza de color dorado. En Navidad y en ocasión de fiestas familiares, toda clase de pasteles confeccionados en el horno de Nazorine proclamaban el respeto que éste sentía por el Don. Y desde hacía largos años, malos y buenos, Nazorine pagaba religiosamente su tributo a la unión de panaderos organizada por el Don. Nunca había pedido un favor, a excepción de los cupones para adquirir azúcar durante la guerra. Ahora había llegado el momento de hacer valer sus derechos de amigo leal, y Don Corleone se sentiría muy complacido de poder ayudarle.

Don Vito dio al panadero un cigarro Di Nobili y un vaso de dorado Strega, y apoyó la mano en el hombro de Nazorine, como animándole a hablar: una prueba evidente de la humanidad del Don. Por amarga experiencia sabía cuánto valor se necesitaba para pedir un favor a un amigo.

El panadero contó la historia de su hija y Enzo, un buen muchacho italiano, oriundo de Sicilia, que había sido capturado por las tropas americanas, enviado a Estados Unidos como prisionero de guerra, y puesto en libertad bajo palabra para sustituir en algunos trabajos a los que luchaban en el frente. Entre el honrado Enzo y la pura Katherine había nacido un gran amor, pero ahora que la guerra había terminado, el pobre muchacho sería repatriado a Italia y ella seguramente moriría de pena. Sólo el Padrino Corleone podía ayudar a los jóvenes enamorados. Era su última esperanza.

El Don y Nazorine paseaban de un lado a otro de la habitación, la mano del Don siempre sobre los hombros del panadero. Don Corleone comprendía perfectamente -sus gestos afirmativos así lo indicaban-el problema. Cuando el panadero hubo terminado, Don Corleone sonrió amistosamente.

– Deja de preocuparte, amigo mío -dijo.

Luego le explicó cuidadosamente lo que había que hacer. Hablaría con el miembro de la Cámara de Representantes del distrito, quien se ocuparía de que Enzo se convirtiera en ciudadano americano. Con toda seguridad, el Congreso no se opondría, pues los congresistas suelen ayudarse mutuamente. Don Corleone añadió que el asunto costaría dinero, unos dos mil dólares, más o menos, y que él personalmente se haría cargo de todo. ¿Tenía el amigo Nazorine algún inconveniente?

El panadero negó vigorosamente con la cabeza. Nunca se hubiera atrevido a esperar semejante favor a cambio de nada. Y es que Nazorine sabía que un acta especial del Congreso no era cosa fácil de obtener.

El panadero casi lloraba de agradecimiento. Don Corleone lo acompañó hasta la puerta, asegurándole que recibiría la visita de las personas encargadas de los detalles y de rellenar los documentos necesarios. Antes de adentrarse en el jardín, el panadero lo abrazó con emoción.

– Nazorine hará un buen negocio -observó Hagen, sonriendo-. Obtendrá un yerno y un ayudante barato y perpetuo, todo por dos mil dólares.

Luego, tras una pequeña pausa, añadió:

– ¿A quién tengo que encargar el asunto?

– No a nuestro _paesano_ -respondió Don Corleone, tras unos instantes de reflexión-. Encárgaselo al judío del distrito vecino. Ahora que la guerra ha terminado, supongo que se nos presentarán otros muchos casos parecidos. Deberíamos tener más gente en Washington, para que pudieran absorber el trabajo que nos espera, y eso sin alterar los precios.

Hagen anotó en su libreta: «No el congresista Luteco, sino Fischer».

El hombre que Hagen acompañó en segundo lugar estaba atormentado por un problema muy simple. Se llamaba Anthony Coppola, y era hijo de un hombre con el que Don Corleone había trabajado en su juventud, en el tendido de una vía ferroviaria. Necesitaba quinientos dólares para abrir una pizzería y pagar el depósito de los muebles y enseres, incluido el horno especial, y por razones que no hacen al caso no querían concederle el crédito. El Don sacó de uno de sus bolsillos un fajo de billetes y contó, pero el dinero no alcanzaba.

– Préstame cien dólares. Te los devolveré el lunes, cuando vaya al banco -dijo a Tom Hagen, sonriendo. Coppola se apresuró a asegurar que con cuatrocientos ya se arreglaría, pero Don Corleone le dio un golpecito amistoso en el hombro.

– Esta boda me ha dejado un poco corto de dinero -le confesó humildemente, como disculpándose.

Don Corleone tomó el dinero que le entregaba Hagen, lo añadió al que había sacado de su bolsillo, y se lo tendió todo a Anthony Coppola.

Hagen no podía disimular su admiración. El Don siempre insistía en que, si un hombre es verdaderamente generoso, hace los favores de un modo personal. Seguro que Anthony Coppola se sentía halagado al ver que un hombre como el Don pedía prestado para él. Naturalmente, Anthony Coppola sabía que el Don era millonario, pero ¿cuántos millonarios habrían hecho por un pobre amigo lo que Corleone acababa de hacer?

En cuanto Coppola hubo salido, el Don interrogó con la mirada a Hagen.

– No está en la lista, pero Luca Brasi desea verle -anunció-. Comprende que no puede ser en público, pero quiere felicitarle a usted personalmente. Por primera vez, el Don parecía disgustado.

– ¿Es necesario? -preguntó.

– Usted le conoce mejor que yo -alegó Hagen-. Está muy contento por haber sido invitado a la boda. Creo que no lo esperaba. Supongo que querrá darle las gracias.

Don Corleone asintió e indicó con un ademán que Luca Brasi podía ser llevado a su presencia.

En el jardín, Kay Adams quedó impresionada por la furia violácea impresa en el rostro de Luca Brasi. Michael había llevado a Kay a la fiesta para que la muchacha, poco a poco, fuera comprendiendo qué clase de hombre era su padre. Sin embargo, Kay sólo parecía considerar al Don como un hombre de negocios poco escrupuloso. Michael decidió contarle parte de la verdad, aunque de modo indirecto. Le explicó que Luca Brasi era uno de los hombres más temidos de los bajos fondos del Este. Según se contaba, su mayor talento consistía en realizar personalmente los asesinatos que se le encomendaban. Al no tener cómplices, era casi imposible que la ley lo descubriera.

– No sé hasta qué punto es cierto todo esto. Lo que sí sé es que es una especie de amigo de mi padre -dijo Michael, sonriendo levemente.

Por vez primera, Kay empezó a comprender.

– ¿Insinúas que un hombre así trabaja para tu padre? -preguntó, insegura.

Al diablo con todo, pensó Michael. Kay podía y debía saberlo.

– Hace casi quince años, algunos individuos trataron de hacerse con el negocio de importación de aceite de mi padre. Trataron de matarlo y casi lo lograron. Luca Brasi se encargó de ellos. Resultado: mató a seis hombres en dos semanas, con lo cual terminó la famosa guerra del aceite de oliva -explicó Michael, quien al final sonrió como si hubiese explicado un chiste.

– ¿Quieres decir que tu padre fue tiroteado por una banda de gángsters? -preguntó Kay, con voz estremecida.

– Hace quince años. Desde entonces todo ha sido una balsa de aceite -respondió él, temiendo haber ido demasiado lejos.

– Sólo quieres asustarme -dijo Kay-. Lo que ocurre es que no quieres que me case contigo -bromeó la muchacha, dándole un amistoso codazo en las costillas-. Te crees muy listo ¿eh?

– Sólo pretendo que lo medites bien -contestó Michael, devolviéndole la sonrisa.

– ¿De verdad mató a seis hombres? -interrogó Kay.

– Eso dijeron los periódicos -contestó Mike-. Nadie pudo probarlo. Pero se cuenta otra historia de Luca Brasi, una historia de la que nadie habla. Debe de ser tan terrible, que ni siquiera mi padre la menciona jamás. Tom Hagen la sabe, pero nunca ha querido contármela. En cierta ocasión, bromeando, le dije: «¿Cuándo seré lo bastante mayor para que me expliquéis esa historia relacionada con Luca?». Tom me contestó: «Cuando tengas cien años».

Realmente, Luca Brasi era un hombre capaz de asustar al mismo diablo. De corta estatura y cuadrado, su sola presencia llevaba la intranquilidad a cualquier ambiente. Sus ojos eran color marrón pero fríos como el hielo. Su boca, más que cruel, parecía sin vida; delgada, como de goma y de color morado.

Tenía fama de ser un hombre terriblemente violento y era legendaria su devoción por Don Corleone. De hecho, en sí mismo era una de las bases sobre las que se asentaba el poder del Don. No había muchos como él. No temía a la policía, ni a la sociedad, ni a Dios, ni al infierno; no temía ni amaba a nadie. Pero había elegido, había escogido temer y amar a Don Corleone.

Una vez en presencia del Don, el terrible Brasi se convirtió en manso cordero. Dio la enhorabuena a Don Corleone y expresó su esperanza de que el primer vástago fuera un niño. Luego entregó al Don un paquete lleno de dinero como obsequio para los recién casados. Había logrado su objetivo.

Hagen se dio perfecta cuenta del cambio operado en Don Corleone, quien recibió a Brasi tal como un rey saludaría a un súbdito que le hubiese prestado un gran servicio, es decir, guardando las distancias pero con respeto y consideración. Todos los gestos, todas las palabras de Don Corleone indicaban a Luca Brasi con toda claridad que se le valoraba en gran medida. El Don no mostró sorpresa ni por un momento ante el hecho de que el regalo le fuera entregado personalmente. Lo comprendía.

La suma que había en el sobre superaba, casi con toda seguridad, la de los demás sobres. Brasi había pasado muchas horas decidiendo cuál sería la suma más adecuada, teniendo en cuenta, claro está, lo que probablemente darían los demás. Quería ser el más generoso, para demostrar el alcance de su respeto, y ésa era la razón por la que había querido entregar en persona su sobre al Don, torpeza que el Don supo disculpar. Hagen vio que el rostro de Luca Brasi mudaba su expresión, por lo general siniestra, por otra casi alegre y amable. Antes de salir de la estancia, el hombre besó la mano del Don mientras Hagen, prudente, le dedicaba una amistosa sonrisa que Brasi agradeció con una mueca cortés de sus finos y amoratados labios.

Cuando la puerta se cerró detrás de Luca Brasi, Don Corleone lanzó un suspiro de alivio. Aquél era el único hombre del mundo capaz de ponerle nervioso; era una fuerza de la naturaleza, una fuerza que nadie podía controlar del todo. Al tratar con él, era preciso poner el mismo cuidado que al manejar dinamita. El Don se encogió de hombros. También era posible hacer estallar dinamita sin peligro alguno, si llegaba el caso. Miró interrogativamente a Hagen.

– ¿Es Bonasera el único que queda? -preguntó.

Hagen asintió. Don Corleone pareció meditar durante unos instantes.

– Antes de hacerlo entrar, di a Santino que venga -indicó finalmente-. Debo enseñarle algunas cosas.

En el jardín, Hagen buscó ansiosamente a Sonny Corleone. Dijo a Bonasera que tuviera paciencia, y se dirigió hacia donde estaban Michael Corleone y Kay Adams.

– ¿Has visto a Sonny por aquí? -preguntó.

Michael negó con la cabeza. ¡Vaya!, pensó Hagen, si Sonny se pasaba toda la fiesta dale que te pego en una habitación con la dama de honor, habría lío grande. Su esposa, los familiares de la chica… un desastre. Preocupado, apresuró el paso hacia el lugar por el que hacía media hora había desaparecido Sonny.

Al ver que Hagen se dirigía a la casa, Kay Adams preguntó a Michael Corleone:

– ¿Quién es? Me has dicho que es tu hermano, pero su apellido es diferente y, además, no parece italiano.

– Tom vive con nosotros desde que tenía doce años -respondió Michael-. Sus padres murieron, y él vagabundeaba por las calles con una infección en los ojos. Sonny lo trajo a casa una noche, y se quedó. No tenía adonde ir. Vivió con nosotros hasta que se casó.

Kay Adams estaba maravillada.

– ¡Qué romántico! Tu padre debe ser una persona de gran corazón. No todo el mundo se dedica a adoptar niños, teniendo tantos hijos propios.

Michael consideró que no valía la pena explicarle que los inmigrantes italianos consideraban que cuatro hijos eran pocos.

– Tom no fue adoptado. Simplemente vivió con nosotros -se limitó a decir.

– Ya. ¿Y por qué no lo adoptasteis? -preguntó ella con curiosidad.

Michael se rió.

– Porque mi padre dijo que no teníamos derecho a cambiar el apellido de Tom. Siempre consideró que sería una falta de respeto hacia sus padres.

Vieron cómo Hagen y Sonny se dirigían al despacho del Don, y Kay señaló a Amerigo Bonasera.

– ¿Por qué molestan a tu padre con asuntos de negocios en un día como éste? -preguntó.

Michael volvió a reír.

– Porque saben que un siciliano no puede negar nada el día de la boda de su hija -contestó-. Y ningún siciliano es capaz de dejar escapar una oportunidad como ésta.

Lucy Mancini se levantó un poco la falda y subió las escaleras. El abotargado rostro de Cupido de Sonny Corleone, más obsceno todavía a causa del alcohol, la atemorizaba, pero su juego con él durante toda la semana había sido emprendido y mantenido con el único propósito de terminar en una cama. Los dos flirteos que había sostenido en su época de estudiante no le habían hecho sentir nada, y sólo habían durado una semana.

Durante el verano, mientras preparaban la boda de su mejor amiga, Connie Corleone, Lucy oyó lo que se murmuraba de Sonny. Una tarde de domingo, en la cocina de los Corleone, Sandra, la esposa de Sonny, habló muy claramente. Sandra era una mujer tosca y afable que había nacido en Italia, pero que fue llevada a América siendo aún muy niña. Era de complexión fuerte y poseía unos pechos muy desarrollados. En cinco años de matrimonio había dado a luz tres veces. Sandra y las otras mujeres se pusieron a bromear con Connie acerca de los tormentos que se sufren en el lecho nupcial.

– ¡Dios mío! -había exclamado Sandra-. Cuando dormí por primera vez con Sonny por poco me muero del susto. Después del primer año, mis partes ya estaban como los macarrones después de hervir una hora. Cuando supe que hacía la misma faena a otras muchachas, fui a la iglesia y encendí un cirio.

Todas se habían reído. En cambio Lucy sintió un hormigueo entre las piernas.

En ese momento, mientras subía a encontrarse con Sonny, sentía que su cuerpo se estremecía de lujuria. En el rellano, Sonny la tomó de la mano y la condujo hasta una habitación vacía. Cuando la puerta se cerró tras ellos, Lucy se dio cuenta de que las piernas le flaqueaban. Notó la boca de Sonny en la suya; sus labios sabían a tabaco y alcohol…

Permanecieron en el lecho, tendidos uno al lado del otro, muy juntos, recuperando las fuerzas.

Oyeron unos golpes en la puerta. Tal vez llamaban desde hacía rato, pero ellos no se habían dado cuenta. Sonny se puso rápidamente los pantalones y bloqueó la puerta con el pie con objeto de que, quien fuera, no pudiese abrirla. Lucy se compuso apresuradamente el vestido con los ojos llameantes. De todos modos, pensó, no se darán cuenta de nada. Luego oyeron la voz de Tom Hagen, muy baja.

– Sonny ¿estás ahí?

– Sí, Tom. ¿Qué ocurre? -dijo Sonny, tras un suspiro de alivio.

– El Don quiere que vayas a su despacho, enseguida -explicó Hagen, todavía en voz baja.

Oyeron que se alejaba. Sonny esperó unos momentos, dio a Lucy un fuerte beso en los labios, y luego se encaminó al despacho de su padre.

Lucy se peinó. Terminó de arreglarse el vestido y se colocó las ligas. Tenía el cuerpo magullado y los labios más sensibles y pulposos que nunca. Salió de la habitación y se dirigió directamente al jardín. Se sentó en la mesa nupcial, junto a Connie, que exclamó con petulancia:

– Pero Lucy ¿dónde estabas? Tienes aspecto de haber bebido. No te muevas de mi lado.

La novia llenó de vino el vaso de Lucy y sonrió maliciosamente. A Lucy no le importaba; temblando, levantó el vaso hasta su boca y bebió al tiempo que sus ojos buscaban afanosamente, a través del cristal del vaso, a Sonny Corleone. Nadie más le preocupaba.

– Sólo unas horas más y sabrás lo que es bueno -murmuró maliciosamente al oído de Connie.

La novia soltó una risita de circunstancias mientras Lucy, con fingida modestia, unía las manos sobre la mesa. Se sentía alevosamente triunfante, como si hubiese robado a la novia un valioso tesoro.

Amerigo Bonasera siguió a Hagen hasta el despacho, donde encontró a Don Corleone sentado detrás de una mesa imponente. Sonny Corleone estaba de pie junto a la ventana, mirando al jardín. Por vez primera en el curso de aquella tarde, el Don se conducía con frialdad. No abrazó ni dio la mano al visitante. El pálido empresario de pompas fúnebres debía su invitación al hecho de que su esposa y la del Don eran amigas íntimas. En cuanto a Amerigo Bonasera, el Don estaba muy resentido con él.

Bonasera empezó su petición hábilmente y dando muchos rodeos.

– Debe usted excusar a mi hija, la ahijada de su esposa, por no haber venido hoy. Todavía está en el hospital. Miró a Sonny Corleone y a Tom Hagen, como indicando que no quería hablar delante de ellos. Pero el Don no quiso darse por enterado.

– Todos sabemos la desgracia que ha padecido tu hija -dijo Don Corleone-. Si puedo ayudarla de algún modo, no tienes más que hablar. Después de todo, mi esposa es su madrina. Nunca he olvidado ese honor. Eso era una reprimenda. El empresario de pompas fúnebres nunca había llamado «Padrino» a Don Corleone.

– ¿Puedo hablar con usted a solas? -preguntó Bonasera, ruborizado.

– Tengo absoluta confianza en estos dos hombres -dijo Don Corleone, negando con la cabeza-. Ambos constituyen mi brazo derecho. No puedo insultarlos enviándolos fuera de esta habitación.

Bonasera cerró los ojos durante un segundo y luego empezó a hablar. Su voz era apenas audible, la misma que empleaba para consolar a los familiares de los muertos.

– He dado a mi hija una educación americana. Creo en América. Este país ha hecho mi fortuna. He concedido a la chica absoluta libertad, pero le he enseñado siempre que no debía hacer nada que pudiera avergonzar a su familia. Se hizo amiga de un muchacho no italiano. Iba al cine con él, regresaba a casa muy tarde… Pero el muchacho nunca vino a saludarnos, como padres de ella que somos. Lo acepté todo sin protestar; la falta es mía. Hace dos meses, él y otro chico se la llevaron a dar un paseo en coche. Los dos hicieron beber whisky a mi hija y luego trataron de abusar de ella. Mi hija resistió, supo guardar su honra. Entonces le pegaron como si fuera una bestia. Cuando acudí al hospital, tenía los ojos morados, la nariz rota, la mandíbula destrozada. La pobre no cesaba de llorar. «¿Por qué lo han hecho, papá? ¿Por qué tenían que hacerme esto?» No pude contenerme; yo también me eché a llorar.

Bonasera no pudo decir nada más. Estaba sollozando, a pesar de que su voz no había traicionado la emoción que sentía.

Don Corleone, como a pesar de sí mismo, hizo un gesto de simpatía, y Bonasera continuó, con la voz ahora rota por el sufrimiento:

– ¿Por qué lloré en el hospital? Ella era la luz de mi vida, era una hija muy cariñosa y muy hermosa. Confiaba en la gente, pero ahora nunca más confiará en nadie. Ya nunca volverá a ser hermosa.

Estaba temblando y su rostro, por lo general pálido, había adquirido un intenso color grana.

– Acudí a la policía -prosiguió-, como todo buen americano, y los dos muchachos fueron arrestados. Las pruebas eran abrumadoras. Se confesaron culpables y el juez los condenó a tres años de cárcel, pero suspendió la sentencia. Salieron en libertad el mismo día. Yo estaba de pie en la sala del tribunal, y comprendí que había hecho el ridículo. Al pasar, esos dos me sonrieron con sorna. En ese preciso instante le dije a mi esposa: «Debemos acudir a Don Corleone, si queremos que se haga justicia».

El Don tenía la cabeza inclinada en señal de respeto por la pena de Bonasera. Sin embargo, cuando habló, las palabras sonaron frías, con la frialdad de la dignidad ofendida.

– ¿Por qué acudiste a la policía? ¿Por qué no viniste a mí desde el primer momento?

– ¿Qué quiere de mí? -dijo Amerigo Bonasera con voz apenas perceptible-. Pídame lo que quiera, pero atienda a mi ruego.

Pese a sus palabras, su tono tenía cierto deje de insolencia.

– ¿Y qué es lo que me pides? -dijo Don Corleone, con voz grave.

Bonasera miró a Hagen y a Sonny Corleone y negó con la cabeza. El Don, sentado todavía en la mesa de Hagen, se inclinó hacia el empresario de pompas fúnebres. Bonasera dudaba. Luego acercó los labios a la velluda oreja del Don, hasta rozarla. Don Corleone escuchó tal como lo hace un cura en el confesionario: con la mirada ausente, impasible, remoto. Estuvieron así durante mucho rato. Al cabo Bonasera se enderezó, se separó del Don, que le miraba gravemente, y con la faz encendida sostuvo aquella mirada.

– Eso no puedo hacerlo -respondió el Don finalmente-. No hay nada que hacer.

– Pagaré todo lo que me pida -dijo Bonasera en voz alta y clara.

Al oír estas palabras, Hagen hizo un movimiento nervioso con la cabeza. Sonny Corleone, con los brazos cruzados, sonrió sardónicamente y se alejó de la ventana para acercarse a los otros tres.

Don Corleone se levantó con el rostro tan impasible como siempre.

– Tú y yo hace muchos años que nos conocemos -dijo con una voz helada como la muerte-. A pesar de ello, hasta hoy nunca me habías pedido consejo ni ayuda. Ni siquiera soy capaz de recordar cuándo fue la última vez que me invitaste a tu casa para tomar café, a pesar de que mi esposa es la madrina de tu única hija. Seamos francos: has rechazado mi amistad porque no querías deberme nada.

– No quería verme envuelto en líos -murmuró Bonasera.

El Don levantó la mano en señal de disconformidad.

– No. No hables. Creías que América era un paraíso. Tenías un buen negocio y vivías muy bien. Pensabas que el mundo era un edén del que podías tomar todo lo bueno. Nunca te has preocupado de rodearte de buenos y verdaderos amigos. Después de todo ya tenías a la policía y los tribunales para protegerte. Nada malo podía ocurrir; ni a ti ni a los tuyos. Para nada necesitaban a Don Corleone. Muy bien. Has herido mis sentimientos, y no soy de los que dan su amistad a quienes no saben apreciarla, a quienes no me tienen en consideración.

El Don hizo una pequeña pausa, y antes de continuar dirigió a Bonasera una sonrisa a la vez cortés e irónica.

– Ahora acudes a mi diciendo: «Don Corleone; quiero que haga justicia». Y no sabes pedir con respeto. No me ofreces tu amistad. Vienes a mi casa el día de la boda de mi hija, me pides que mate a alguien y dices -aquí el Don se puso a imitar la voz y los gestos de Bonasera-: «Pagaré todo lo que me pida». No, no. No te guardo rencor, pero ¿puedes decirme qué te he hecho para que me trates con esta absoluta falta de respeto?

– América se ha portado bien conmigo. Quería ser un buen ciudadano y que mi hija fuera americana

– dijo Bonasera, con la voz ahogada por la angustia y el temor.

El Don aplaudió.

– Has hablado bien, pero que muy bien. Así pues, de nada puedes quejarte. El juez ha dictado sentencia. América ha dictado sentencia. Cuando vayas al hospital, lleva a tu hija un ramo de flores y una caja de bombones, eso la consolará. ¡Alégrate, hombre! Después de todo, no ha sido nada grave; los muchachos eran jóvenes y alegres, y uno de ellos es hijo de un político muy influyente. No, mi querido Amerigo, siempre has sido honrado. A pesar de que hayas despreciado mi amistad, debo admitir que para mi la palabra de Amerigo Bonasera vale más que la de cualquier otro hombre. En fin, dame tu palabra de que vas a olvidarte de todo, como harían los americanos. Perdona y olvida. La vida está llena de desgracias.

La cruel y desdeñosa ironía de estas palabras, la ira contenida del Don, hicieron temblar al pobre empresario de pompas fúnebres, quien, a pesar de todo, aún encontró fuerzas para decir con arrogancia:

– Sólo le pido que haga justicia.

– El tribunal ya hizo justicia -adujo Don Corleone, con sequedad.

– No -replicó Bonasera, con un gesto de obstinación-. Hizo justicia a los jóvenes, pero no a mí.

Con una ligera inclinación, el Don dio a entender que había sabido apreciar la sutil diferencia.

– ¿Cuál es tu justicia? -preguntó seguidamente.

– Ojo por ojo -respondió Bonasera.

– Has pedido más. Tu hija está viva -señaló el Don.

– Que sufran como sufre ella -convino Bonasera.

El Don aguardó a que el otro siguiera hablando. Bonasera hizo acopio de valor.

– ¿Cuánto quiere? -dijo en tono desesperado.

Don Corleone le volvió la espalda, queriendo indicar que la entrevista había terminado. Pero Bonasera no se movió.

Finalmente, como un hombre de buen corazón que no puede enfadarse con un amigo descarriado, Don Corleone se volvió hacia el empresario de pompas fúnebres, que estaba tan pálido como uno de sus cadáveres. No cabía duda; Don Corleone era amable y paciente.

– Ante todo ¿por qué temes mostrarme lealtad? -dijo-. Acudes a los tribunales y tienes que esperar meses. Te gastas el dinero en abogados que saben perfectamente que sólo conseguirás ponerte en ridículo. Aceptas la sentencia de un juez que se vende como la peor de las rameras. Anos atrás, cuando necesitabas dinero, ibas a los bancos, pagabas unos intereses ruinosos y aguardabas, sombrero en mano, como un pordiosero, mientras ellos metían sus narices en tus asuntos para asegurarse de que podrías devolverles el dinero.

Después de hacer una pequeña pausa, la voz del Don se endureció.

– En cambio, si hubieses acudido a mí, mi bolsa hubiera sido tuya. Si hubieses acudido a mí en demanda de justicia, aquellos cerdos que dañaron a tu hija estarían llorando amargamente desde hace tiempo. Si por desgracia, por circunstancias de la vida, un hombre honrado como tú se hubiese creado algún enemigo, éste se hubiera convertido automáticamente en enemigo mío -el Don apuntó con el dedo a Bonasera-. Y créeme, te hubiese temido.

Bonasera inclinó la cabeza.

– Quiero su amistad. La acepto -murmuró.

Don Corleone apoyó la mano sobre el hombro de Bonasera.

– Bien, tendrás justicia -aseguró-. Algún día, un día que tal vez nunca llegue, te llamaré para pedirte algún pequeño servicio. Hasta entonces, considera esta justicia como un regalo de mi esposa, la madrina de tu hija.

Cuando la puerta se cerró detrás del agradecido empresario de pompas fúnebres, Don Corleone se volvió a Hagen.

– Encarga este asunto a Clemenza y dile que se asegure de emplear gente preparada, gente que no se emborrache con el olor de la sangre -ordenó-. Después de todo, y aunque este ayuda de cámara de cadáveres desee lo contrario, no somos asesinos.

Notó que su hijo mayor, desde la ventana, estaba contemplando la fiesta que se desarrollaba en el jardín. Don Corleone pensó que era un caso perdido. Si se negaba a aprender, Santino nunca podría hacerse cargo de los negocios familiares, nunca podría llegar a ser un Don. Tenía que encontrar a algún otro, y pronto. Después de todo, él, Don Corleone, no era inmortal.

En el jardín se alzó un fuerte y alegre grito, tan fuerte que los tres hombres se sobresaltaron. Sonny Corleone se acercó a la ventana. Lo que vio le hizo correr hacia la puerta, con una complacida sonrisa en los labios.

– Es Johnny, que ha venido a la boda. ¿No os lo había dicho?

Hagen se acercó a la ventana.

– Realmente, es su ahijado -dijo a Don Corleone-. ¿Le hago pasar?

– No -respondió el Don-. Deja que todos le saluden. Cuando haya terminado, que entre a verme. ¿Has visto? -le dijo a Hagen-. Es un buen ahijado.

Por un momento, Hagen se sintió celoso.

– Hace dos años que no había venido por aquí -replicó con sequedad-. Probablemente tiene algún problema y querrá que usted le ayude.

– ¿Y a quién va acudir, sino a su padrino? -preguntó Don Corleone.

La primera persona que vio a Johnny Fontane entrar en el jardín fue Connie Corleone. Olvidando su dignidad de novia, gritó: «¡¡Johnnyyyy¡¡», y acto seguido se echó en sus brazos. Johnny la abrazó, le dio un beso en la boca y la mantuvo abrazada mientras los demás acudían a saludarlo. Eran todos viejos amigos, gente que había crecido en el West Side. Momentos después, Connie le presentó a su marido. Johnny, divertido, advirtió que el rubio y joven marido parecía un poco disgustado por haber perdido protagonismo y le estrechó la mano con gran cordialidad. Ambos brindaron con un vaso de buen vino.

– ¿Por qué no nos cantas una canción, Johnny? -dijo alguien desde el estrado de los músicos.

Entonces vio a Nino Valenti que le sonreía amistosamente. Johnny Fontane subió de un salto al estrado y abrazó a Nino. Habían sido inseparables, cantaban y salían juntos con chicas, hasta que Johnny empezó a hacerse famoso y a cantar por la radio. Cuando se marchó a Hollywood para participar en diversas películas, telefoneó a Nino y le prometió que le conseguiría un contrato para una sala de fiestas. Pero luego se olvidó de hacerlo. Ahora, al ver a Nino, con su alegre y burlona sonrisa de alcoholizado, el viejo afecto se reavivó.

Nino comenzó a rasguear la mandolina. Johnny Fontane apoyó la mano sobre el hombro de su amigo.

– Ésta va dedicada a la novia -dijo, y siguiendo el compás con el pie, cantó una obscena canción siciliana de amor.

Mientras Johnny cantaba, Nino movía expresivamente el cuerpo. La novia sonreía con orgullo y todos los invitados expresaban ruidosamente su aprobación. A la mitad de la canción, todos seguían el compás con el pie y al final de cada estrofa coreaban las últimas palabras, todas con doble sentido. Cuando terminaron, los aplausos fueron tan fuertes, que Johnny, después de carraspear, se dispuso a cantar otra canción.

Todos estaban orgullosos de él. Era uno de ellos y había llegado a convertirse en un cantante famoso, en un astro cinematográfico que se acostaba con las mujeres más deseadas del mundo. Sin embargo, había hecho un viaje de casi cinco mil kilómetros para asistir a la boda, con lo que demostraba el respeto que sentía por su padrino. Todavía amaba a los viejos amigos como Nino Valenti. Muchos de los invitados habían visto a Johnny y a Nino cantar juntos cuando no eran más que dos muchachos, cuando nadie imaginaba que Johnny Fontane llegaría a tener en sus manos el corazón de cincuenta millones de mujeres.

Acabada aquella segunda canción, Johnny saltó al suelo para subir al estrado a la novia, que quedó de pie entre él y Nino. Ambos hombres se miraron ferozmente, como si fueran a pegarse, y Nino empezó a rasguear las cuerdas de la mandolina con rabia. Era una vieja costumbre, una batalla burlona, en la que uno de los dos cantaba una estrofa que molestaba a su rival, y luego, el otro cantaba otra más hiriente y burlona todavía. Al final, acababan cantando los dos a coro. Con exquisita cortesía, Johnny dejó que la voz de Nino ahogara la suya, y que la novia se fuera con él; en pocas palabras: se dejó vencer. Cuando al final los tres se abrazaron, los aplausos fueron atronadores. Los invitados pedían con insistencia otra canción.

Sólo Don Corleone, de pie en un rincón, parecía como fuera de lugar. Con voz alegre, cuidando de no ofender a sus invitados, gritó:

– Mi ahijado ha recorrido cinco mil kilómetros para honrarnos a todos; ¿es que nadie piensa darle un vaso de vino?

Al instante, Johnny Fontane se encontró con una docena de vasos para escoger. Bebió un sorbo de cada uno y corrió a abrazar a su padrino. Al hacerlo, murmuró algo al oído del Don, quien le acompañó al interior de la casa sin perder tiempo.

Tom Hagen tendió la mano a Johnny cuando éste entró en el despacho. Johnny se la estrechó y se limitó a murmurar un saludo frío, totalmente desacorde con su cordialidad habitual. Hagen, naturalmente, se sintió un poco molesto, pero no dio demasiada importancia al asunto. Era uno de los inconvenientes de ser el hombre de confianza del Don.

– Cuando recibí la invitación comprendí que mi padrino ya no estaba enfadado -dijo Johnny Fontane al Don-. Le llamé cinco veces después de mi divorcio, pero Tom siempre me dijo que estaba usted fuera, o que se hallaba muy ocupado. Supuse que se sentía disgustado conmigo.

Don Corleone estaba llenando los vasos con Strega.

– Todo olvidado. ¿Puedo hacer algo por ti? Me cuesta creer que me necesites. Eres un hombre famoso y muy rico ¿no es cierto?

Johnny vació el vaso de un sorbo e hizo ademán de que el Don volviera a llenárselo.

– No soy rico, Padrino -dijo en tono que quería ser despreocupado-. Voy de baja. Tenía usted razón. Nunca debería haber dejado a mi esposa y a los niños por aquella vagabunda con la que me casé después. No me extraña que se disgustara conmigo.

– Estaba preocupado por ti, ni más ni menos. Después de todo, eres mi ahijado ¿no? -dijo el Don, encogiéndose de hombros.

Johnny andaba de un lado a otro de la estancia.

– Estaba loco por esa zorra con cara de ángel, la más rutilante estrella de Hollywood. ¿Sabe usted qué hace después de terminar una película? Si el maquillador ha realizado un buen trabajo, se acuesta con él. Si el cámara le ha sacado unos buenos primeros planos, se lo lleva al camerino y le permite disfrutar de su cuerpo. La muy zorra se sirve de su cuerpo como yo utilizo la calderilla: para dar propinas. Es una mala mujer engendrada por el mismísimo diablo.

– ¿Cómo está tu familia? -le interrumpió Don Corleone con aspereza.

– Creo que me porté bien -contestó Johnny, titubeando-. Después del divorcio, a Ginny y a los niños les di más de lo que dictaminó el juez. Voy a verlos una vez por semana. Los echo mucho de menos, tanto que a veces creo que voy a volverme loco -hizo una pausa para servirse otro vaso-. Ahora, mi segunda esposa se ríe de mí porque no comprende mis celos. Me llama pobre diablo anticuado y se burla de mi forma de cantar. Antes de salir hacia aquí, le di una buena paliza; eso sí, sin tocarle la cara, pues está en pleno rodaje. Le pegué duro, en los brazos y en las piernas, pero ella continuó riéndose de mí.

Hizo una breve pausa para encender un cigarrillo y añadió:

– Mire, Padrino: en estos momentos, para mi la vida carece de valor.

– Estos son problemas que yo no puedo solucionar -se limitó a decir Don Corleone-. Y ahora, dime ¿qué ocurre con tu voz?

La segura y simpática expresión de Johnny Fontane sufrió una repentina mutación.

– Padrino; no puedo cantar. Se ve que me ha pasado algo en la voz. Los médicos no saben qué puede ser.

Hagen y el Don lo miraron con expresión de sorpresa, ya que Johnny se había expresado con palabras entrecortadas, y siempre había sido un muchacho duro.

– Mis dos películas dieron mucho dinero -continuó-. Era una estrella muy cotizada. En cambio ahora me echan a la calle. El jefe de los estudios siempre me ha odiado, y ahora ha podido vengarse.

– ¿Y por qué te odia? -preguntó Don Corleone en tono severo, de pie frente a su ahijado.

– Como usted ya sabe, yo cantaba para las organizaciones liberales, a pesar de que usted me aconsejó que no lo hiciera. Bien, pues a Jack Woltz no le gustaba y me llamaba comunista, pero no logró hacerme desistir. Luego le robé una chica que él se reservaba. Fue sólo cosa de una noche, y en mi descargo puedo asegurar que fue ella la que vino detrás de mí. ¿Qué podía hacer yo? Después, la muy zorra de mi segunda esposa se dedica a vivir su vida sin tenerme en cuenta para nada. Además, Ginny y los niños no quieren saber nada de mí, a menos que me arrodille ante ellos. Y ahora, para colmo de males, no puedo cantar. Dígame, padrino ¿qué diablos voy a hacer?

La cara de Don Corleone era una máscara de extrema frialdad.

– Puedes empezar por portarte como un hombre -dijo bruscamente, y de repente, enrojeció de ira-: ¡Como un hombre! -gritó.

Cogió a Johnny Fontane por los cabellos, con gesto airado, aunque no exento de afecto.

– ¡Dios santo! -añadió el Don-. ¿Es posible que después de estar tanto tiempo a mi lado no hayas llegado a ser mejor de lo que eres? Ahora resulta que no eres sino un _finocchio_, un petimetre de Hollywood que llora e implora piedad, que solloza como una mujer. Dime ¿qué supones que puedo hacer yo?

La mímica del Don era tan extraordinaria, tan inesperada, que Hagen y Johnny se echaron a reír. Don Corleone estaba complacido. Durante un breve instante pensó en lo mucho que amaba a su ahijado y se preguntó cómo hubieran reaccionado sus tres hijos ante la reprimenda. Santino habría estado malhumorado durante varias semanas. Fredo se habría sentido intimidado. Michael le habría dirigido una fría sonrisa antes de salir inmediatamente de la casa para no aparecer durante varios meses. En cambio Johnny, el bueno de Johnny, sonreía y recuperaba fuerzas, pues comprendía el verdadero propósito de su padrino.

– Te lías con la chica de tu jefe -prosiguió Don Corleone-, un hombre mucho más poderoso que tú, y luego te quejas de que no te ayude. Dejas a tus hijos para casarte con una puta, y lloras porque no te reciben con los brazos abiertos. A la puta no te atreves a pegarle en la cara porque está haciendo una película, y te extraña que se ría de ti. ¡Vamos, hombre! Te has portado como un idiota, eso es evidente. Por lo tanto, todo lo que te ha ocurrido es completamente lógico.

Don Corleone hizo una pausa.

– ¿Estás dispuesto a seguir mi consejo, esta vez? -preguntó en tono comprensivo.

– No puedo volver a casarme con Ginny, por lo menos no de la forma que ella quiere -dijo Johnny-.

Tengo que jugar, tengo que beber, tengo que salir con los muchachos. Muchas mujeres hermosas corren detrás de mí, y nunca he sabido resistirme a sus encantos. Luego, al llegar a casa, no me atrevería a mirar a Ginny a la cara. Como entonces… ¡Dios, no quiero volver a pasar todo aquello!

Don Corleone se exasperaba en contadísimas ocasiones, pero ésta fue una de ellas.

– Yo no te he dicho que volvieras a casarte -le explicó a Johnny-. Haz lo que te parezca. Me parece bien que quieras ser un verdadero padre para tus hijos; un hombre que no sabe ser un buen padre, no es un auténtico hombre. Entonces, lo primero es conseguir que su madre te acepte. ¿Quién dice que no puedes verlos cada día? ¿Quién dice que no puedes vivir en la misma casa? ¿Quién dice que no puedes vivir como mejor te parezca?

Johnny Fontane se echó a reír.

– Pero, padrino, ¡dése cuenta de que no todas las mujeres son como las antiguas esposas italianas! Ginny no lo aceptaría.

– Porque te has portado como un _finocchio_ -dijo el Don en tono burlón-. A una le has dado más de lo que dijo el juez. A otra no le has pegado en la cara, porque estaba haciendo una película. Dejas que las mujeres dicten tus actos y te olvidas de que no tienes por qué hacerlo. Ellas se creen ángeles del cielo, están convencidas de que los hombres, todos los hombres, irán al infierno por los siglos de los siglos. Además -prosiguió el Don con voz repentinamente seria-, no olvides que te he estado observando durante todos estos años. Has sido un buen ahijado; me has demostrado siempre un profundo respeto. Pero ¿qué me dices de tus viejos amigos? Durante una temporada concedes tu amistad a unos, después, a otros. Aquel muchacho italiano tan gracioso que también hacía películas tuvo mala suerte, pero tú nunca te preocupaste por él porque ya eras famoso. ¿Y qué me dices de tu viejo camarada de la infancia, el que formaba dúo contigo en tus primeros tiempos de cantante? Me refiero a Nino. Los desengaños y las decepciones le han llevado a la bebida, pero nunca se queja. Trabaja como un condenado conduciendo un camión de grava, y canta los fines de semana por unos pocos dólares. Nunca se ha quejado de ti. ¿No hubieras podido ayudarle un poco? ¿Por qué no? Canta bien.

– Padrino, Nino no tiene bastante talento -respondió Johnny, con voz cansada-. Canta bien, pero le falta algo.

Don Corleone abrió los ojos, que tenía casi cerrados.

– Tú tampoco tienes suficiente talento, y lo sabes -replicó-. ¿Qué? ¿Te apetece un empleo de conductor de camión?

Al ver que Johnny no contestaba, el Don prosiguió:

– La amistad lo es todo. La amistad vale más que el talento. Vale más que el Gobierno. La amistad vale casi tanto como la familia. Nunca lo olvides. Si te hubieses preocupado de rodearte de buenos amigos, ahora no tendrías que venir a pedirme ayuda. Pero, dime ¿por qué no puedes cantar? En el jardín has cantado bien, tan bien como Nino.

Hagen y Johnny sonrieron ante la delicada alusión. Ahora le tocaba a Johnny hablar con condescendiente paciencia.

– Mi voz es débil. Canto una o dos canciones, y luego ya no puedo cantar en varias horas o incluso días. Ni siquiera resisto los ensayos o la repetición de escenas en las que debo cantar. Mi voz es débil, está enferma.

– Eso es cosa de mujeres. ¡Que tu voz está enferma…! Ahora cuéntame tus problemas con ese _pezzonovante_ de Hollywood, ese pez gordo que no te deja trabajar -dijo el Don, que había entrado ya decididamente en el terreno de los negocios importantes.

– Es más fuerte que uno de sus _pezzonovanti_ -afirmó Johnny-. Es el dueño del estudio y consejero del presidente de Estados Unidos en asuntos de propaganda cinematográfica para la guerra. Hace un mes adquirió los derechos de la novela más vendida del año, cuyo protagonista es un personaje muy parecido a mí. Ni siquiera tendría que actuar, sino limitarme a ser yo mismo. Tampoco tendría que cantar. Incluso podría ganar un Osear. Todo el mundo sabe que ese papel me va como anillo al dedo. Volvería a ser grande, esta vez como actor. Pero ese cerdo de Jack Woltz no quiere saber nada de mí. Me ofrecí a hacer el papel por un precio simbólico, y ni así quiso dármelo. Al parecer ha dicho que si yo le besara el trasero en el estudio, delante de todo el mundo, tal vez reconsideraría el asunto.

Don Corleone interrumpió la perorata con un gesto. Entre personas razonables, los problemas de negocios siempre podían solucionarse. Puso la mano en el hombro de su ahijado.

– Estás desanimado, piensas que nadie se preocupa de ti y has adelgazado mucho. Bebes con exceso ¿no? Además, estoy seguro que duermes poco y tomas pastillas -mientras hablaba movía la cabeza en un reiterado movimiento de desaprobación-. Ahora quiero que sigas mis órdenes -prosiguió el Don-. Quiero que permanezcas en mi casa durante un mes. Quiero que comas bien, que descanses, que duermas. Quiero que seas mi compañero; me gusta tu compañía, y quizás incluso aprendas algo del mundo en el que se mueve tu padrino.

Además, incluso es posible que lo que aprendas te sirva para moverte mejor en el gran Hollywood. Pero nada de cantar, y mucho menos de alcohol o de mujeres. Después podrás regresar a Hollywood, y ese _pezzonovante_ te dará el papel que tanto deseas. ¿Hecho?

Johnny Fontane no podía creer que el Don tuviera tanto poder. Pero su padrino era un hombre que nunca había fallado: si decía que una cosa podía hacerse, se hacía. No obstante, se atrevió a plantear una objeción.

– Este tipo es amigo personal de J. Edgar Hoover. Me parece que ni siquiera usted podrá levantarle la voz.

– Es un hombre de negocios -replicó el Don, suavemente-. Le haré una oferta que no podrá rechazar.

– Es demasiado tarde -se lamentó Johnny-. Ya han firmado todos los contratos. Además, empezarán a rodar dentro de una semana. Es absolutamente imposible.

Don Corleone, con suma paciencia, despidió a Johnny.

– Regresa a la fiesta, muchacho. Tus amigos te están esperando. Déjalo todo en mis manos.

Hagen estaba sentado en la mesa del despacho, tomando notas. El Don exhaló un suspiro y preguntó si había alguna cosa más.

– Lo de Sollozzo no puede demorarse más. Tendrá usted que verle esta semana -dijo Hagen, señalando al calendario con la pluma.

– Ahora que la boda ya ha terminado, haré lo que quieras -asintió el Don, encogiéndose de hombros.

Esta respuesta aclaró a Hagen dos puntos. El primero y más importante: que la respuesta a Virgil Sollozzo sería un no. Segundo, que Don Corleone, dado que no quería responder a Sollozzo antes del casamiento de su hija, esperaba que su negativa causara problemas. Teniendo todo ello en cuenta, Hagen preguntó:

– ¿Digo a Clemenza que algunos de sus hombres vengan a vivir aquí?

– ¿Por qué? -dijo el Don con impaciencia-. No quise responder antes de la boda porque en un día tan importante no podía haber ninguna nube, ni siquiera en la distancia. También quería saber lo que Sollozzo tiene que decirme. Ahora ya lo sé, y lo que quiere proponerme es una infamia.

– Entonces ¿va usted a negarse? -preguntó Hagen.

El Don asintió.

– Creo que sería conveniente discutir el asunto entre toda la Familia, antes de dar una respuesta -manifestó Tom Hagen.

– ¿Tú crees? Bien -dijo el Don, sonriendo-, pues lo discutiremos cuando regreses de California. Quiero que vayas allí mañana y arregles el asunto de Johnny. Entrevístate con ese _pezzonovante_ del cine y di a Sollozzo que le veré a tu regreso de California. ¿Algo más?

– Han llamado del hospital -dijo Hagen, con voz grave-. El _consigliere_ Abbandando se está muriendo; no creen que pase de esta noche. Su familia debe presentarse en el hospital para aguardar el momento del fatal desenlace.

Hagen había ocupado el puesto del _consigliere_ durante el último año, desde que el cáncer postró a Genco Abbandando en una cama del hospital. Ahora esperaba que Don Corleone le dijera que la plaza era definitivamente suya, aunque no era probable que le confirmara en el puesto. Una posición tan alta sólo se concedía a un hombre cuyos padres fueran ambos italianos. El mero hecho de haber actuado como _consigliere_ interino ya había provocado algunos problemas. Además, tenía sólo treinta y cinco años; insuficientes, según la opinión general, para haber adquirido la experiencia y la astucia que todo buen _consigliere_ necesitaba.

Pese a todo ello, el Don no hizo referencia al asunto que tanto preocupaba a Hagen.

– ¿Cuándo se marchan mi hija y su marido? -se limitó a preguntar.

– Dentro de pocos minutos cortarán el pastel -respondió Hagen después de consultar su reloj-, y luego supongo que no tardarán más de media hora -eso le recordó otra cuestión-. En lo que se refiere a su nuevo yerno ¿tendrá algún cargo importante dentro de la Familia?

La vehemencia de la respuesta del Don le sorprendió.

– Nunca.

El Don golpeó la mesa con la palma de la mano y añadió:

– Nunca. Dale algo para que pueda ganarse bien la vida, pero no quiero que le dejes meter las narices en los negocios de la Familia. Díselo también a los otros. Me refiero a Sonny, Fredo y Clemenza.

Don Corleone hizo una pequeña pausa, antes de seguir hablando:

– Di a mis hijos, a los tres, que deben acompañarme al hospital a ver al pobre Genco. Quiero que le presenten sus respetos por última vez. Pídele a Freddie que saque el coche grande y pregunta a Johnny si quiere venir con nosotros. Hazle saber que se lo pido como un favor personal.

«Quiero que vayas a California esta misma noche -continuó el Don, al ver que Hagen le dirigía una mirada interrogativa-. No tendrás tiempo de ver a Genco, pero no te marches antes de que yo regrese del hospital y hable contigo. ¿Entendido?

– Entendido -asintió Hagen-. ¿A qué hora debe tener Fred el automóvil a punto?

– Cuando se hayan marchado los invitados. Genco me esperará.

– El senador ha llamado por teléfono -dijo Hagen-. Se disculpó por no haber venido personalmente, pero dijo que usted lo comprendería. Supongo que se refería a los dos agentes del FBI que estaban anotando las matrículas de los automóviles de los invitados. De todas formas, mandó un regalo.

El Don asintió. No consideró necesario mencionar que había sido él mismo quien había avisado al senador para que no hiciera acto de presencia.

– ¿Un buen regalo?

Hagen hizo un exagerado gesto de aprobación, que resultó extrañamente italiano en sus rasgos germano irlandeses.

– Plata antigua y muy valiosa. Los chicos pueden sacar mil dólares, por lo menos. Según parece, el senador empleó mucho tiempo en decidir qué sería más apropiado. Para esa clase de gente, eso es más importante que el precio.

Don Corleone no disimuló lo mucho que le complacía que un hombre como el senador le hubiese mostrado tanto respeto. El senador, lo mismo que Luca Brasi, era uno de los grandes pilares en que se apoyaba el poder del Don, y también él, con su regalo, había reafirmado su lealtad.

Cuando Johnny Fontane apareció en el jardín, Kay Adams lo reconoció de inmediato. Estaba realmente sorprendida.

– No me habías dicho que tu familia conocía a Johnny Fontane. Ahora estoy segura de que me casaré contigo.

– ¿Quieres que te lo presente? -preguntó Michael.

– Ahora no -respondió Kay-. Durante tres años estuve enamorada de él. Cuando venía a Nueva York a cantar en el Capitol, no me perdía ninguna de las galas. ¡Era maravilloso!

– Lo veremos más tarde -dijo Michael.

Cuando Johnny terminó de cantar y se adentró en la casa con Don Corleone, Kay dijo a Michael, mitad en broma, mitad en serio:

– No me digas que una estrella del cine como Johnny Fontane tiene que pedir favores a tu padre.

– Es el ahijado de mi padre. De no ser por él, tal vez no hubiese alcanzado la fama.

Kay Adams empezaba a interesarse.

– Debe de ser una historia apasionante -observó.

Michael hizo un gesto negativo con la cabeza.

– Lo es, sí, pero no puedo contártela.

– Vamos ¿es que no confías en mí? -insistió Kay.

Michael le contó la historia llanamente, sin darle importancia alguna. Se la relató sin adornos y se limitó a explicarle que ocho años atrás su padre había sido un hombre más impetuoso y que, dado que el asunto concernía a su ahijado, el Don lo había considerado un asunto personal.

Michael narró la historia en pocos minutos. Ocho años atrás, Johnny Fontane había conseguido un éxito extraordinario como cantante de una orquesta de baile. Se había convertido en uno de los cantantes más solicitados por las emisoras de radio. Desgraciadamente, el director de la orquesta, un hombre muy conocido en el mundillo artístico, había hecho firmar a Johnny un contrato por cinco años, algo por otra parte bastante corriente. Les Halley, el director, podía prestar a Johnny a otras orquestas, clubes, etc., y él se embolsaba la mayor parte del dinero.

Don Corleone se encargó personalmente de las negociaciones. Ofreció a Les Halley veinte mil dólares para que anulara el contrato que Johnny Fontane tenía con él. Cuando Halley ofreció quedarse sólo el cincuenta por ciento de las ganancias de Johnny, Don Corleone estuvo a punto de echarse a reír y bajó su oferta de veinte mil a diez mil. El director de orquesta, que evidentemente no conocía otro mundo que el de las variedades, confundió completamente el significado de la segunda oferta. No quiso aceptarla.

Al día siguiente, Don Corleone fue a ver de nuevo a Les Halley, esta vez con sus dos mejores amigos: Genco Abbandando, su _consigliere_, y Luca Brasi. Sin ningún otro testigo, Don Corleone persuadió al director de orquesta de la conveniencia de firmar un documento por el que renunciaba a todos sus derechos en relación con Johnny Fontane, contra pago de un cheque garantizado por valor de diez mil dólares. Don Corleone convenció a Halley poniéndole una pistola en la frente y asegurándole que, al cabo de un minuto justo, en el documento estaría estampada su firma, o bien sus sesos. Les Halley firmó. Don Corleone guardó su pistola y entregó el cheque al director de orquesta.

El resto era historia. Johnny Fontane se convirtió en el cantante-actor más cotizado del país. Hizo algunas películas musicales, que dieron a ganar verdaderas fortunas a los estudios. Sus discos produjeron millones de dólares. Después se divorció de su primera esposa, a la que había conocido cuando ambos eran todavía niños, y dejó a sus dos hijos, para casarse con la estrella rubia más seductora de Hollywood. No tardó en comprobar que era una verdadera arpía, y entonces se aficionó a la bebida, al juego y a las mujeres. Perdió la voz. Sus discos dejaron de venderse. El estudio no le renovó el contrato. Debido a todo ello, acudía ahora a su padrino.

– ¿Seguro que no estás celoso de tu padre? -dijo Kay, meditativamente-. Por lo que me has contado de él, siempre ha ayudado a los demás. Debe de ser un hombre de muy buen corazón -sonrió astutamente y añadió-: Aunque sus métodos no parecen ser muy ortodoxos.

– Supongo que eso es lo que parece -suspiró Michael-, pero deja que te lo explique de otro modo. Habrás oído hablar de que los exploradores del Ártico esconden cajas de víveres a lo largo de la ruta hacia el Polo Norte. ¿Sabes por qué lo hacen? Para tener comida en el caso de que la necesiten. Pues bien, mi padre hace lo mismo con los favores. Llegará un día en que todos y cada uno de los que han recibido su ayuda tendrán que hacer algo por él. ¡Y pobres de ellos si no lo hacen!

Anochecía casi cuando hizo su aparición el pastel de bodas. Realizado por Nazorine, estaba bellamente decorado con bolitas de crema, tan deliciosas que la novia no pudo resistir la tentación de comérselas todas, antes de partir con su rubio marido para la luna de miel. El Don se despidió cortésmente de sus invitados, fijándose, mientras lo hacía, en que el sedán negro de los hombres del FBI había desaparecido ya.

Por fin, el único coche visible en la zona de aparcamiento era el largo Cadillac negro con Freddie en el asiento del conductor. El Don se acomodó en la parte delantera, moviéndose con insospechada agilidad, teniendo en cuenta su edad y corpulencia. Sonny, Michael y Johnny Fontane se sentaron detrás.

– ¿Tu amiga va a regresar sola a la ciudad? -dijo Don Corleone, dirigiéndose a su hijo Michael.

– Tom dijo que se ocuparía de ella -replicó Michael.

Don Corleone no pudo reprimir un gesto de satisfacción ante la eficiencia de Hagen.

Dado que el racionamiento de la gasolina estaba todavía en vigor, no encontraron mucho tráfico en su camino hacia Manhattan. Durante el trayecto, Don Corleone preguntó al menor de sus hijos qué tal iban sus estudios. Michael dijo que bien. Luego, Sonny, desde el asiento posterior, preguntó a su padre:

– Johnny dice que vas a preocuparte de arreglarle lo de su asunto de Hollywood. ¿Quieres que vaya allá, para ayudar en lo que haga falta?

– Tom se marcha para allá esta noche -respondió el Don, lacónico-. No va a necesitar ayuda alguna. El asunto es muy sencillo.

– Johnny cree que no podrás solucionarlo -dijo Sonny, riendo-. Por ello había pensado que tal vez yo podría ser de utilidad.

– ¿Por qué dudas de mí? -preguntó el Don a Johnny, moviendo la cabeza-. ¿No ha cumplido siempre tu padrino su palabra? ¿Es que me he puesto alguna vez en ridículo?

– Padrino -se disculpó Johnny con nerviosismo-, el hombre que está detrás de todo este asunto es un verdadero _pezzonovante_. No podrá usted comprarlo, ni aun con dinero. Está muy bien relacionado. Y me odia. No alcanzo a comprender cómo podrá usted doblegarlo.

– Escucha bien: el papel será tuyo -se limitó a responder el Don en tono amistoso. Volviéndose a Michael, añadió, haciendo un guiño de complicidad-: No vamos a decepcionar a mi ahijado ¿verdad, Michael?

Michael, que tenía ciega confianza en la palabra de su padre, hizo un gesto de asentimiento.

Mientras se dirigían a la entrada del hospital, Don Corleone se quedó un poco atrás, con su hijo menor. Le apoyó la mano en el hombro, y sin que los otros pudieran oír sus palabras, le dijo:

– Cuando termines los estudios, ven a verme; quiero hablar contigo. Tengo algunos planes que te gustarán.

Michael no contestó.

– Sé cómo eres, hijo -gruñó el Don, exasperado-. No te voy a pedir que hagas nada que no te guste. Esto es algo especial. Ahora, muchacho, ve a lo tuyo. Pero ven a verme cuando hayas terminado tus estudios.

La esposa y las tres hijas de Genco Abbandando, toda su familia, estaban muy juntas en el pasillo del hospital, de pie, vestidas de luto riguroso. Cuando vieron a Don Corleone salir del ascensor, se acercaron a él en un movimiento instintivo, como si buscaran su protección. La madre, majestuosa con su vestido negro; las hijas, robustas y sencillas; pero todas con la aflicción pintada en el rostro. La señora Abbandando besó la mejilla de Don Corleone.

– Es usted un santo -le dijo entre sollozos-. ¿Quién iba a pensar que vendría aquí en el día de la boda de su hija?

– ¿No debo un gran respeto al amigo que ha sido mi brazo derecho durante veinte años? -contestó el Don, como quitando importancia a su gesto.

Había comprendido que la que pronto sería viuda no pensaba que su marido moriría aquella misma noche. Genco Abbandando llevaba un año en el hospital, muriendo cada día un poco -tenía cáncer-, y su esposa se había acostumbrado a considerar la fatal dolencia de su esposo como una circunstancia normal. Para ella, sólo se trataba de otra crisis.

– Vaya a ver a mi marido -dijo-, ha preguntado varias veces por usted. ¡Pobrecito! Quería venir a la boda, pero el médico no se lo permitió. Luego dijo que usted vendría a verle aquí al hospital, pero yo no lo creí posible. Está visto que los hombres sienten la amistad más que las mujeres. Pase, pase a su habitación; le hará feliz. De la habitación de Genco Abbandando salieron una enfermera y un médico. El doctor era joven, de expresión seria, y todo en él indicaba que había nacido para mandar. Dicho de otro modo: tenía el aire del que ha sido inmensamente rico toda su vida.

– Escuche, doctor Kennedy ¿podemos pasar a verle? -preguntó tímidamente una de las hijas.

El doctor Kennedy, con un gesto de exasperación, dirigió una mirada al grupo. ¿Es que no se daban cuenta de que aquel hombre estaba muriéndose y que sufría lo indecible? Hubiese sido mucho mejor que lo dejaran morir en paz.

– Solamente los familiares más próximos -dijo con su voz exquisitamente educada.

El doctor quedó sorprendido al ver que la esposa y las hijas se volvían hacia el hombre bajo y fuerte que estaba con ellas, como si esperaran su decisión.

El hombre corpulento habló con un apenas perceptible acento italiano.

– Estimado doctor Kennedy ¿es cierto que se está muriendo?

– Sí -afirmó el médico.

– Entonces, su trabajo ha terminado ya -dijo Don Corleone-. Nosotros le relevaremos. Consolaremos al moribundo, le cerraremos los ojos, nos ocuparemos de su entierro, lloraremos en su funeral, y después velaremos para que nada falte a su esposa y a sus hijas.

Al oír las anteriores palabras, la señora Abbandando comprendió la situación y se echó a llorar.

El doctor Kennedy se encogió de hombros. Era inútil intentar explicar nada a aquellos campesinos. Pero al mismo tiempo comprendió la desnuda verdad que encerraban las palabras del hombre bajo y gordo: su papel había terminado. Siempre con su perfecta cortesía, el médico dijo:

– Por favor, esperen a que la enfermera les dé permiso para entrar, pues tiene todavía un poco de trabajo con el paciente.

Y se alejó del grupo, con su bata blanca agitándose por el impulso que sus rápidos pasos producían.

La enfermera volvió a entrar en la habitación. Finalmente, salió otra vez y sostuvo la puerta para que entrara el grupo.

– Está delirando a causa del dolor y de la fiebre. Traten de no excitarle. Podrán permanecer en la habitación sólo durante unos pocos minutos, excepto la esposa -dijo, en voz baja.

La enfermera reconoció a Johnny Fontane cuando éste pasó junto a ella, y sus ojos, asombrados, se abrieron desmesuradamente. Johnny le dedicó una de sus simpáticas sonrisas, y la chica le dirigió una mirada invitadora mientras él seguía a los otros al interior de la habitación del enfermo.

Genco Abbandando había disputado una larga lucha con la muerte, y ahora, vencido, yacía exhausto sobre aquella blanca cama. Se había convertido en un esqueleto, y lo que antaño había sido una cabellera espesa y negra era ahora un puñado de pelo lacio y sin vida.

– Genco, amigo mío -dijo Don Corleone en tono alegre-. He venido con mis hijos, pues todos querían venir a presentarte sus respetos. Y, mira, también está Johnny, que ha viajado desde Hollywood.

El moribundo levantó sus ojos hacia el Don en señal de gratitud y permitió que los jóvenes tomaran entre las suyas su huesuda mano. Su esposa e hijas, de pie a ambos lados de la cama, le dieron un beso en la mejilla mientras le sostenían la otra mano.

El Don apretó la mano de su viejo amigo, y, para animarle, le dijo:

– Date prisa en recuperarte, pues quiero ir contigo a hacer un viaje a Italia, a nuestro pueblo. Jugaremos a las _bochas_ delante de la taberna, como hacían nuestros padres.

El moribundo movió la cabeza. Con un gesto indicó a los jóvenes y a su familia que se alejaran de la cama e instó al Don a que se aproximara más. Trataba de hablar. El Don se sentó junto a la cama y acercó el oído a la boca del enfermo. Genco balbuceaba algo sobre sus años de infancia. Luego, sus ojos, negros como el carbón, adquirieron una expresión de astucia. Murmuró algo. El Don se acercó aún más y los otros se asombraron al ver que lloraba. La cavernosa voz se hizo más fuerte, llenando la habitación. Con un esfuerzo sobrehumano, Abbandando levantó la cabeza, y señalando al Don con uno de sus sarmentosos dedos, dijo:

– Padrino, Padrino, sálvame de la muerte, te lo ruego. La carne me está quemando, y siento que los gusanos me están comiendo el cerebro. Cúrame, Padrino, sé que tienes poder para hacerlo; seca las lágrimas de mi esposa. De niños, en Corleone, jugábamos juntos. ¿Vas a dejarme morir ahora? ¿No te das cuenta de que temo ir al infierno por todos los pecados que he cometido?

El Don permaneció en silencio.

– Es el día de la boda de tu hija. No puedes negarme nada -prosiguió Abbandando.

El Don habló con suavidad y en tono grave, cortando el blasfemo delirio del enfermo:

– Amigo mío, no tengo tal poder. Si lo tuviera, sería más misericordioso que Dios, no lo dudes. Pero no temas a la muerte ni al infierno. Haré que digan una misa por ti todas las noches y todas las mañanas. Tu esposa y tus hijas rezarán por ti. ¿Cómo quieres que Dios te castigue, si seremos tantos abogando por ti?

El esquelético rostro adquirió una expresión socarrona.

– Así, pues ¿está todo arreglado?

Cuando el Don respondió, su voz sonó fría, sin asomo de cordialidad.

– No blasfemes. Resígnate.

Abbandando apoyó la cabeza en la almohada. Sus ojos perdieron el destello de esperanza que hasta entonces habían mantenido. La enfermera entró en la habitación y les hizo salir. El Don se levantó, pero Abbandando le tomó de la mano.

– Padrino -dijo-, quédate junto a mí y ayúdame a encontrarme con la muerte. Quizá si te ve a mi lado, se asustará y me dejará en paz. O tal vez puedas convencerla, moviendo algunos hilos ¿eh? -El moribundo parpadeó, como si estuviera burlándose del Don, que ya no estaba tan serio como instantes antes. Enseguida añadió-: Somos hermanos de sangre, después de todo.

Y luego, como si temiera haber ofendido al Don, le tomó la mano.

– Quédate conmigo, déjame tener mi mano entre las tuyas. Venceremos al enemigo que me está atacando, como hemos vencido a los otros. No me traiciones, Padrino.

Con un gesto, el Don indicó a los demás que salieran. Una vez a solas con Genco Abbandando le tomó la seca mano entre las suyas. Con suavidad, muy amistosamente, consoló a su amigo, en espera de que llegara la muerte. Como si el Don pudiera realmente arrancar la vida de Genco Abbandando de las garras de la más loca y criminal enemiga del hombre.

El día terminó muy bien para Connie Corleone. Carlo Rizzi cumplió con su deber de esposo con destreza y vigor, estimulado por el contenido de la bolsa de la novia, que totalizaba más de veinte mil dólares. La novia, sin embargo, entregó su virginidad más a gusto que su bolsa. Tanta fue su resistencia a desprenderse del dinero, que Carlo tuvo que ponerle un ojo morado.

Lucy Mancini esperaba en su casa a que Sonny Corleone la llamara, convencida de que le pediría una cita. Finalmente, llamó a casa de Sonny, pero cuando oyó a través del hilo una voz de mujer, colgó. Lo que ella no podía saber era que prácticamente todos los invitados se habían dado cuenta de la larga ausencia de ellos dos durante la fiesta, como tampoco podía saber que se murmuraba que Santino Corleone había encontrado otra víctima, que «se había aprovechado» de la dama de honor de su propia hermana.

Amerigo Bonasera tuvo una terrible pesadilla. En sueños vio a Don Corleone ataviado con una visera, polainas y guantes, descargando unos cadáveres acribillados a balazos enfrente de la funeraria, y gritando: «Recuerda, Amerigo, ni una palabra a nadie, y entiérralos enseguida». Tan apremiantes debieron de ser sus gruñidos, que su esposa se despertó.

– ¡Eh! ¿Pero qué clase de hombre eres? -se quejó-. Mira que tener pesadillas después de una boda…

Paulie Gatto y Clemenza escoltaron a Kay Adams hasta su hotel de Nueva York. El automóvil era grande y lujoso, y lo conducía Gatto, a cuyo lado se sentó ella, mientras Clemenza lo hacía en el asiento posterior. Los dos hombres le parecieron tremendamente exóticos. Hablaban con la jerga típica de Brooklyn, pero a ella la trataron con exagerada cortesía. Durante el trayecto, la conversación se centró en menudencias, y Kay se sorprendió al observar el respeto y el afecto que parecían sentir por Michael. Pese a que éste le había hecho creer que era completamente ajeno al mundo en el que su padre se movía, Clemenza le aseguró, con su extraño lenguaje y su voz gutural, que «el viejo» estaba convencido de que Michael era el mejor de sus hijos, el que seguramente heredaría los negocios de la familia.

– ¿Qué clase de negocios son? -preguntó Kay, con toda naturalidad y con más o menos fingida inocencia.

Paulie Gatto le dirigió una rápida mirada mientras tomaba una curva.

– ¿No se lo ha dicho Michael? -respondió Clemenza en tono de sorpresa-. Don Corleone es el mayor importador de aceite de oliva italiano de Estados Unidos. Ahora que la guerra ha terminado, el negocio marchará viento en popa. Necesitará a un muchacho listo como Michael.

En el hotel, Clemenza insistió en acompañarla hasta el mostrador de recepción.

– El patrón dijo que nos aseguráramos que llegara bien -adujo, ante las protestas de la muchacha-, y debo asegurarme de que así sea.

Cuando le hubieron entregado la llave de su habitación, Clemenza la acompañó hasta el ascensor y esperó a que entrara. Ella, sonriente, se despidió con la mano y de nuevo se sorprendió al ver la amistosa sonrisa de Clemenza. Claro que su impresión hubiera sido muy diferente si hubiera podido ver al hombre de Don Corleone acercándose al recepcionista para preguntarle con qué nombre se había registrado.

El empleado del hotel miró fríamente a Clemenza. Este puso un billete en la mano del empleado, quien lo tomó inmediatamente, al tiempo que respondía: «Señora Corleone».

– Una dama muy distinguida ¿eh? -dijo Paulie Gatto, una vez en el automóvil.

– Mike se la está tirando -gruñó Clemenza.

Aunque tal vez se habían casado en secreto, pensó.

– Llámame mañana temprano -dijo a Paulie Gatto-. Hagen tiene un trabajo para nosotros. Parece que es algo delicado.

El domingo por la noche, Tom Hagen se despidió cariñosamente de su esposa y se dirigió al aeropuerto. Con su tarjeta especial de prioridad (regalo de un alto funcionario del Pentágono) no tuvo problema alguno para encontrar plaza en un avión con destino a Los Ángeles.

Para Tom Hagen, el día había sido agotador, pero se sentía satisfecho. Genco Abbandando había muerto a las tres de la mañana, y cuando Don Corleone regresó del hospital, había informado a Hagen de que a partir de aquel momento pasaba a ser el _consigliere_ oficial de la Familia. Por ello, Tom Hagen estaba seguro de que llegaría a ser un hombre muy rico, y, además -¿por qué no decirlo?-también muy poderoso.

El Don había roto una larga tradición. Los _consigliere_ habían sido siempre de sangre cien por cien siciliana. Sólo a un siciliano, a un iniciado en el sistema de la amena, la ley del silencio, podía confiársele el puesto clave de _consigliere_, Entre el cabeza de la Familia, Don Corleone, que dictaba lo que debía hacerse, y los ejecutivos, que llevaban a cabo lo ordenado por el Don, había tres abogados. De este modo, los ejecutivos no tenían contacto alguno con el más alto nivel. Para el jefe, el único peligro podía venir únicamente de un _consigliere_ traidor. Aquel domingo por la mañana, Don Corleone dio instrucciones explícitas sobre lo que debía hacerse con los dos jóvenes que habían maltratado a la hija de Amerigo Bonasera. Sin embargo, las órdenes las había dado en privado a Tom Hagen, quien a su vez, más tarde y también sin testigos, dio instrucciones a Clemenza. Este último era quien debía transmitir la orden a Paulie Gatto para que realizara el encargo, cuidara de reclutar a los hombres necesarios y dirigiera la operación. Ni Paulie Gatto ni sus hombres sabrían por qué tenían que realizar aquella tarea, ni quién la había ordenado. Para que un eslabón de la cadena se rompiera, habría sido necesario que alguien traicionara al Don, y esto nunca había ocurrido, aunque nadie aseguraba que no pudiera suceder en un futuro. En tal caso, también estaba previsto el remedio. Haciendo desaparecer el eslabón de la cadena afectado, todo solucionado.

El _consigliere_ era también lo que su nombre indicaba: el consejero del Don, su mano derecha, su cerebro auxiliar, su mejor compañero y su más íntimo amigo. En los viajes importantes, conducía el automóvil del Don; en las conferencias, salía a buscar refrescos, café, bocadillos o cigarros para el Don. Sabía todo o casi todo lo que sabía el Don, conocía todas las células del poder. Era el único hombre que podía destruir al Don. Sin embargo, ningún _consigliere_ había traicionado jamás a un Don; por lo menos ninguna de las poderosas familias sicilianas que se habían establecido en América recordaba que tal cosa hubiese ocurrido. La traición a un Don era un acto sin futuro. Todos los consiguen sabían que si permanecían fieles, tendrían dinero, poder y el respeto de todos. Si alguna desgracia ocurría a un _consigliere_, su esposa e hijos no carecerían de nada y serían protegidos como si él viviera o estuviera libre. La única condición era que se mantuviera fiel.

En algunos asuntos, el _consigliere_ tenía que actuar por cuenta de su Don de manera más abierta, pero sin comprometerlo en modo alguno. Hagen volaba hacia California para solucionar uno de tales asuntos. Se daba perfecta cuenta de que en su carrera de _consigliere_ influiría considerablemente el éxito o el fracaso de esa misión. En realidad, teniendo en cuenta la envergadura de los negocios de la Familia, el que Johnny Fontane obtuviera o no el papel en la película era una menudencia. Mucho más importante era, en cambio, la entrevista que Hagen había concertado para el viernes siguiente con Virgil Sollozzo. Pero Hagen sabía que, para el Don, ambos asuntos tenían igual importancia, y siendo así, todo buen _consigliere_ dejaba automáticamente de hacer cabalas al respecto.

El ruido de los motores del avión puso nervioso a Tom Hagen, que para tranquilizarse pidió un _martini_ a la azafata. Tanto el Don como Johnny le habían hablado del carácter del productor cinematográfico Jack Woltz. Por lo que Johnny había dicho, Hagen estaba convencido de que no lograría hacer entrar en razón al productor. Por otra parte, tampoco tenía la menor duda de que el Don cumpliría la palabra dada a Johnny. Su papel se reducía al de mero negociador.

Recostado en su butaca, Hagen pasó revista a toda la información que le habían proporcionado. Jack Woltz era uno de los tres productores más importantes de Hollywood, propietario de su propio estudio, que había firmado contrato con docenas de grandes estrellas. Era miembro de la sección cinematográfica del Gabinete Asesor de Información Bélica del presidente de Estados Unidos, lo cual significaba que colaboraba en la realización de películas de propaganda. Había cenado en la Casa Blanca y J. Edgar Hoover había estado en su casa de Hollywood. No obstante, todo aquello era menos importante de lo que parecía. No eran sino relaciones oficiales. Woltz no tenía ningún poder político personal; en primer lugar, porque era un reaccionario de mucho cuidado, y, en segundo lugar, porque era un megalómano que imponía su criterio despótica y dictatorialmente, sin pararse a pensar en que ello le granjeaba la enemistad de cuantos estaban a sus órdenes.

Hagen suspiró. No veía la forma de convencer a Jack Woltz. Abrió su portafolios y trató de trabajar un poco, pero estaba demasiado cansado. Pidió otro _martini_ y se puso a reflexionar sobre su pasado. No se arrepentía de nada. Al contrario, se daba cuenta de que había tenido una suerte extraordinaria. Por lo que fuere, el camino que había escogido diez años atrás era el mejor. El éxito le sonreía, era tan feliz como pudiera serlo cualquier hombre adulto, y encontraba que la vida merecía la pena.

Tom Hagen tenía treinta y cinco años. Era un hombre de figura esbelta y facciones agradables. Se había graduado como abogado, pero su trabajo para la Familia no era en calidad de tal, a pesar de que después de terminar sus estudios llegó a ejercer durante tres años.

A los once años había sido compañero de juegos de Sonny Corleone. La madre de Hagen se había quedado ciega y murió cuando su hijo contaba precisamente esa edad. El padre, un bebedor empedernido, estaba completamente alcoholizado; era carpintero y, aunque en su vida jamás había hecho nada reprobable, la bebida acabó por arruinar a su familia y fue la causa de su propia muerte. Al quedarse huérfano, Tom se pasaba los días vagando por las calles, y por la noche dormía en cualquier rincón. Su hermana menor había sido puesta en manos de una buena familia por una institución benéfica. Pero en los años veinte, tales organizaciones no se preocupaban demasiado de los niños de doce años que eran tan desagradecidos como para huir de la caridad. Hagen sufrió una infección en la vista. Los vecinos decían que la había heredado de su madre y que la infección era contagiosa. Todos se apartaron de él. Sonny Corleone, un muchacho de once años, enérgico y de buen corazón, llevó a su amigo a casa y pidió a su padre que le dejara vivir con ellos. La primera comida que Tom Hagen hizo en casa de los Corleone fueron unos _spaghetti_ con salsa de tomate. Hagen nunca había logrado olvidar el sabor de aquel primer plato. Después le dieron una buena cama de metal donde dormir. Fue como un sueño.

Del modo más natural, sin una sola palabra y sin que el asunto fuera discutido en modo alguno, Don Corleone había permitido que el muchacho se quedase a vivir en su casa. El mismo Don Corleone llevó al chico a un especialista, quien logró curarle completamente la infección ocular. Lo envió a la escuela y, después, a la universidad. En todo ello, el Don no actuó como un padre, sino como un guardián. Aunque no le demostraba afecto alguno, lo trataba con más cortesía que a sus propios hijos y nunca le imponía su voluntad. Fue el muchacho quien decidió por sí mismo cursar Derecho. Una vez había oído decir a Don Corleone que un abogado, con su cartera de mano, podía robar más que un centenar de hombres con metralletas. Mientras, y contra la voluntad de su padre, Sonny y Freddie insistieron en entrar en los negocios familiares una vez terminada la enseñanza media. Sólo Michael había querido continuar estudiando, y se había alistado en la Marina al día siguiente del ataque japonés a Pearl Harbor.

Con el título de abogado en el bolsillo, Hagen se casó con una muchacha italiana de Nueva Jersey que, cosa rara por aquel entonces, había ido a la universidad. Después de la boda, que por supuesto se celebró en casa de los Corleone, el Don se ofreció a ayudar a Hagen en cuanto estuviera en su mano: conseguirle clientes para su bufete, amueblar su oficina, etc.

– Me gustaría trabajar para usted -había declarado Tom.

El Don se mostró tan sorprendido como complacido.

– ¿Sabes quién soy? -preguntó.

Hagen asintió. Por supuesto, ignoraba cuál era realmente el poder del Don, y seguiría ignorándolo durante los años que precedieron a su nombramiento de _consigliere_ interino, debido a la enfermedad de Genco Abbandando. Pese a ello, aseguró que sí lo sabía, mirando directamente a los ojos del Don. «Trabajaré para usted, del mismo modo que lo hacen sus hijos», había dicho Hagen, y el tono de sus palabras traslucía su inamovible intención de ser leal y de aceptar totalmente la voluntad del Don. Con la comprensión que por aquel entonces ya empezaba a ser considerada como un distintivo de su genio, Don Corleone mostró por vez primera un afecto paternal hacia el joven. Le dio un fuerte abrazo y desde entonces lo trató como a un verdadero hijo, aunque de vez en cuando le recordaba que no olvidara a sus padres. Era una especie de recordatorio para Hagen, aunque tal vez lo era más todavía para el propio Don Corleone.

No obstante, no era probable que Hagen los olvidara. Su madre había estado casi loca, además de haber sido una mujer muy descuidada. Tom no recordaba de ella una sola muestra de afecto. En cuanto a su padre, siempre lo había odiado. La ceguera de su madre, poco antes de su muerte, había terminado de desmoralizar al muchacho, y su propia infección ocular le parecía un funesto preámbulo. Cuando su padre murió, la joven mente de Tom Hagen sufrió una curiosa transformación. Había vagabundeado por las calles como un animal en espera de la muerte hasta el día en que Sonny lo encontró durmiendo en un rincón y se lo llevó a casa. Lo que había sucedido después fue un milagro. Sin embargo, durante años Tom Hagen había tenido horribles pesadillas en las que tanto él como sus hijos perdían la vista. Algunas mañanas, al despertar, lo primero que recordaba era el rostro de Don Corleone, y entonces se sentía seguro.

Pese a todo ello, el Don había insistido en que durante tres años compaginara el ejercicio de la abogacía con el trabajo en los negocios de la Familia. Con el tiempo esta experiencia le fue muy valiosa y le sirvió para despejar cualquier duda que pudiera albergar en relación con el tipo de negocios a que se dedicaba el Don. Luego había pasado dos años trabajando en una importante firma de criminalistas en la que Don Corleone tenía cierta influencia, y donde pronto se hizo evidente que el joven Hagen estaba muy bien dotado para esta rama de la abogacía. Después pasó a dedicarse en exclusiva a los negocios de la Familia, y Don Corleone nunca había tenido, en los seis años que siguieron, nada que reprocharle.

Cuando ocupó el cargo de _consigliere_ interino, las otras poderosas familias sicilianas empezaron a referirse a la familia Corleone calificándola de «la banda irlandesa». Hagen encontró el mote muy divertido, pero también se dio cuenta de que nunca podría aspirar a suceder al Don en los negocios familiares. A pesar de todo, estaba satisfecho. En realidad, nunca había aspirado a suceder al Don, pues tal ambición hubiera sido una gran «falta de respeto» para con su benefactor y para con la verdadera familia de éste.

Era todavía de noche cuando el avión aterrizó en Los Ángeles. Hagen se dirigió a su hotel, se duchó y afeitó, y luego se puso a contemplar el amanecer sobre la ciudad. Ordenó que le subieran el desayuno y los periódicos y se tomó un descanso, pues la entrevista con Jack Woltz estaba fijada para las diez de la mañana. Había sido sorprendentemente fácil concertar la cita.

El día anterior, Hagen había telefoneado al hombre más poderoso del sindicato de trabajadores del cine, un individuo llamado Billy Goff. Siguiendo instrucciones de Don Corleone, Hagen le había pedido que le concertara una entrevista con Jack Woltz, y que de paso le insinuara que si Hagen no salía satisfecho de la entrevista, podía producirse una huelga en su estudio. Una hora más tarde, Hagen recibió una llamada de Goff: la entrevista se celebraría a las diez de la mañana. Woltz había captado muy bien la indirecta sobre la posible huelga, pero en opinión de Goff, no se había impresionado demasiado.

– Claro que para lo de la huelga -puntualizó Goff-, tendría que hablar yo personalmente con el Don.

– No se preocupe. Si se diera el caso, sería el Don quien hablaría con usted.

Al decir estas palabras, Hagen evitó hacer promesas. No se sorprendió en absoluto ante el hecho de que Goff se mostrara tan bien dispuesto a acatar los deseos del Don. El imperio familiar, técnicamente hablando, se limitaba al área de Nueva York, pero Don Corleone había empezado a conseguir su poder ayudando a los líderes de los sindicatos. Muchos de ellos le debían todavía grandes favores.

Hagen consideraba un mal síntoma el hecho de que la cita fuera a las diez de la mañana. Significaba que sería la primera de las que Woltz concedería durante el día, y ello suponía, lógicamente, que el productor cinematográfico no pensaba invitarlo a almorzar. Seguro que Goff no había amenazado lo suficiente a Jack Woltz, probablemente debido a que figuraba en la nómina secreta del productor. A veces, se decía Hagen, el hecho de que el Don nunca diera la cara iba en detrimento de los negocios familiares, ya que su nombre nada significaba para la mayoría de la gente.

Su análisis se demostró acertado. Woltz le tuvo esperando durante más de media hora. Hagen no lo tomó a mal. La sala de espera era lujosa y confortable, y en el sofá color ciruela que había frente al lugar donde estaba sentado esperaba la niña más bonita que recordaba haber visto en su vida. No tendría más de once o doce años, e iba vestida con la elegancia que otorga la sencillez, aunque con un estilo demasiado adulto, como una mujer hecha y derecha. Sus cabellos eran como el oro y sus ojos azules como el mar. En cuanto a su boca, recordaba una fresca y roja frambuesa. Iba acompañada de una mujer -su madre, sin duda-, cuya arrogante mirada hizo que Hagen sintiera deseos de pegarle un puñetazo en pleno rostro. La niña angelical y la madre monstruosa, pensó Hagen, devolviendo a la madre una fría mirada.

Finalmente, una mujer de mediana edad exquisitamente vestida se acercó a Hagen para rogarle que la acompañara. Pasaron por un pasillo flanqueado de puertas -sin duda correspondientes a otras tantas oficinas-, y finalmente llegaron al despacho donde trabajaban los colaboradores directos del productor. Hagen quedó impresionado ante la belleza de las oficinas… y de las muchachas que en ellas trabajaban. Sonrió. Eran chicas que querían entrar en el mundo del cine y que de momento se conformaban con trabajos de oficina, aunque la mayoría tendría que seguir con el trabajo administrativo durante toda su vida, a menos que, desengañadas, regresaran a sus respectivas ciudades de origen. Jack Woltz era un hombre alto y corpulento, cuya barriga quedaba casi disimulada gracias a un traje de corte perfecto. Hagen conocía su historia. A los diez años de edad, trabajó en el East Side repartiendo barrilitos de cerveza con una carretilla de mano. A los veinte, ayudó a su padre a meter en cintura a los trabajadores de la industria de la confección. A los treinta, abandonó Nueva York para trasladarse al Oeste, donde pronto se interesó en la naciente industria del cine. A los cuarenta y ocho años se convirtió en el más poderoso de los magnates del séptimo arte, conservando, eso sí, su rudo lenguaje de siempre. En asuntos de amor era como un lobo, y eso lo sabían muy bien gran cantidad de aspirantes a estrellas. A los cincuenta, sin embargo, sufrió una completa transformación: tomó lecciones de oratoria, aprendió a vestir bien gracias a un ayuda de cámara inglés, y otro sirviente suyo, también inglés, le enseñó a comportarse correctamente en sociedad. Cuando murió su primera esposa, se casó con una bella actriz mundialmente famosa que estaba ya cansada de actuar ante las cámaras. En ese momento, a sus sesenta años, se dedicaba a coleccionar obras de afamados artistas, era miembro del Gabinete Asesor de la Presidencia, y había donado grandes sumas a una fundación que llevaba su nombre para promocionar el arte en las películas. Su hija se había casado con un lord inglés, y su hijo, con una princesa italiana. Su más reciente pasión, como muy bien habían cuidado de airear todos los columnistas del país, eran sus cuadras de purasangres. El último año había invertido en ellas más de diez millones de dólares. Su nombre apareció en los titulares de muchos periódicos cuando compró el famoso caballo inglés Jartum por el increíble precio de seiscientos mil dólares, sobre todo tras el anuncio de que el invencible caballo no volvería a correr, ya que sería destinado exclusivamente a adornar los establos de Woltz.

Recibió a Hagen con ademanes corteses, y en su bronceado y perfectamente rasurado rostro apareció una levísima sonrisa. A pesar de todo su dinero, a pesar de los cuidados de los más reputados técnicos, aparentaba la edad que realmente tenía, y unas profundas arrugas surcaban su rostro. No obstante, sus movimientos poseían una enorme vitalidad, y tenía, al igual que Don Corleone, el aire del hombre que manda de un modo absoluto en el mundo donde se desenvuelve.

Hagen fue directo al grano y le informó de que era el emisario de un amigo de Johnny Fontane. Le dijo que este amigo, un hombre muy poderoso, agradecería infinitamente al señor Woltz que le concediera un pequeño favor. El pequeño favor consistía en la inclusión de Johnny Fontane en la nueva película bélica que el estudio comenzaría a rodar al cabo de una semana.

El arrugado rostro de Woltz permaneció impasible, fríamente cortés. Luego, habló con un deje de condescendencia apenas perceptible.

– ¿Cómo me demostraría su agradecimiento el amigo de Johnny Fontane?

Hagen fingió no haber reparado en la condescendencia de Woltz.

– Parece que en el horizonte hay algunos nubarrones en forma de conflictos laborales. Mi amigo puede garantizarle la desaparición de tales nubarrones. Por ejemplo, usted tiene un contrato con una estrella que hace ganar a sus estudios grandes cantidades de dinero, pero que acaba de pasarse de la marihuana a la heroína. Mi amigo le garantizaría que esa gran estrella no volvería a conseguir más heroína. Y si en el transcurso de los años se le presentara a usted algún otro pequeño obstáculo, quedaría resuelto con una simple llamada telefónica.

Jack Woltz escuchó las palabras de Hagen como lo hubiera hecho con las baladronadas de un niño. Luego, con voz cortante y en un tono deliberadamente barriobajero, preguntó:

– Intentan presionarme ¿eh?

– En absoluto -replicó Hagen con frialdad-. Me limito a pedirle un favor para un amigo. Sólo trato de explicarle que usted no perdería nada con ello.

De repente, en el rostro de Woltz se dibujó una expresión de profunda ira. Apretó los labios y sus espesas cejas teñidas de negro formaron una gruesa línea sobre sus ojos centelleantes. Se inclinó sobre la mesa, acercándose a Hagen.

– Muy bien, hijo de puta. Dejemos las cosas claras, tanto para usted como para su jefe, sea quien sea: Johnny Fontane no tendrá el papel. No me preocupa que la Mafia quiera imponerme su voluntad. Y ahora -añadió, apoyándose de nuevo en el respaldo-, quisiera darle un consejo, amigo: J. Edgar Hoover ¿ha oído hablar de él, verdad?, es amigo mío. Si le explico que me están presionando, los amigos de usted nunca sabrán de dónde habrá partido el golpe.

Hagen escuchó con paciencia. Había esperado otra actitud de un hombre de la categoría de Woltz. ¿Era posible que un individuo capaz de reaccionar de manera tan estúpida hubiera llegado a ser el propietario de una empresa valorada en centenares de millones de dólares? Era algo que debía meditar profundamente, pues el Don buscaba nuevas actividades para invertir dinero, y si los mejores cerebros de la industria cinematográfica eran tan brutos, el cine podía ser el negocio ideal. Las palabras de Woltz no habían afectado a Hagen en absoluto. Éste había aprendido del mismo Don el arte de la negociación. «Nunca te enfades -le había repetido miles de veces-. No profieras amenaza alguna. Razona con la gente». El arte del razonamiento consistía en desoír todos los insultos, todas las amenazas; algo así como poner la otra mejilla. Hagen había visto al Don sentado en una mesa de negociaciones durante ocho horas, tragando insultos, tratando de persuadir a un hombre testarudo para que cambiara su punto de vista sobre determinado asunto. Al final de las ocho horas, Don Corleone había levantado las manos en señal de desesperanza, y dirigiéndose a los otros hombres de la mesa, había dicho: «Es totalmente imposible razonar con este individuo», y acto seguido levantarse para salir de la habitación. El individuo testarudo había palidecido de terror. Alguien corrió a convencer al Don para que regresara a la mesa de negociaciones. El acuerdo se había realizado, pero dos meses más tarde, el individuo testarudo había aparecido mortalmente herido en su barbería favorita.

Así, pues, Hagen, con voz completamente serena, volvió a tomar la palabra:

– Mire mi tarjeta. Soy abogado. ¿Cree usted que pondría en peligro mi carrera? ¿He proferido alguna amenaza? Déjeme decirle que estoy preparado para aceptar cualquier condición que usted imponga para que Johnny Fontane haga la película. Creo que ofrezco mucho, teniendo en cuenta la pequeñez del favor que pido. Un favor que redundaría, creo yo, en su propio beneficio. Según me ha contado Johnny, usted mismo admite que él sería el intérprete ideal de esa película. Y permítame asegurarle que de no ser así, no le pediríamos el favor. De hecho, si le preocupa la inversión monetaria, mi cliente estaría dispuesto a financiar la película. Pero, por favor, que queden las cosas claras. Si usted se niega, entenderemos que lo hace conscientemente y por su voluntad. Nadie puede ni quiere presionarle. Sabemos de su amistad con el señor Hoover, y puedo asegurarle que mi jefe le respeta a usted mucho por eso.

Woltz había estado jugueteando con una larga pluma roja. A la sola mención de la palabra dinero se despertó su interés.

– El presupuesto de la película es de cinco millones -dijo, muy serio.

Hagen emitió un ligero silbido, para demostrar que estaba impresionado.

– Mi jefe tiene amigos que apoyarán su opinión -comentó luego sin darle importancia.

Por vez primera Woltz pareció tomar en serio el asunto y leyó atentamente la tarjeta de visita de Hagen.

– Nunca había oído hablar de usted -dijo-, aunque conozco a la mayoría de los grandes abogados de Nueva York.

– Trabajo para un solo cliente -contestó Hagen con sequedad, y se levantó, dispuesto a marcharse-. No quiero robarle más tiempo.

Tendió la mano a Woltz, que la estrechó. Hagen se dirigió a la puerta, pero antes de llegar a ella se detuvo y se volvió para mirar al productor.

– Comprendo que tiene usted que tratar con mucha gente que intenta parecer más importante de lo que en realidad es -dijo-. En mi caso ocurre lo contrario. ¿Por qué no pregunta sobre mí a nuestro mutuo amigo? Si cambia de opinión sobre el asunto, llámeme a mi hotel

Después de una corta pausa, Hagen añadió:

– Esto le parecerá un sacrilegio, pero la verdad es que mi cliente puede hacer por usted muchas cosas que no están al alcance del señor Hoover.

Vio que Woltz entornaba los ojos. El productor comenzaba a comprender. Entonces, Hagen aprovechó para concluir, en el tono de voz más amable que pudo:

– Por ejemplo, soy un gran admirador de sus películas. Espero y deseo que pueda continuar usted su excelente trabajo. Nuestro país lo necesita.

Durante la tarde de aquel mismo día, Hagen recibió una llamada telefónica de la secretaria del productor, diciéndole que antes de una hora un coche pasaría a recogerlo para llevarlo a cenar a la finca campestre del señor Woltz. La chica le dijo que el viaje duraría unos tres cuartos de hora, pero que el vehículo tenía bar y que podría tomar un aperitivo durante el trayecto. Hagen sabía que Woltz había hecho el viaje en su avión particular, y se preguntaba por qué no le había invitado. La voz de la secretaria interrumpió sus elucubraciones.

– El señor Woltz ha sugerido que lleve usted un traje de etiqueta. Mañana por la mañana él mismo le llevará al aeropuerto.

– De acuerdo -dijo Hagen.

Ya tenía otra cosa en qué pensar. ¿Cómo sabía Woltz su intención de regresar a Nueva York en avión a la mañana siguiente? Lo más probable, decidió Hagen después de meditar unos minutos, era que el productor hubiera contratado un detective para que le investigara. En consecuencia, era muy posible que Woltz ya supiera que representaba al Don, lo cual significaba que ya había averiguado algo sobre Don Corleone y que estaba dispuesto a considerar seriamente el asunto. Algo podría hacerse, después de todo, pensó Hagen. Y quizá Woltz era más listo de lo que había aparentado por la mañana.

La casa de campo de Jack Woltz parecía un lujoso escenario de película. Era una enorme mansión que recordaba las de las antiguas plantaciones, rodeada de verdes campos y circundada por un camino en herradura sembrado de tierra negra, por establos y por pastos para una manada de caballos. Las cercas y los jardines estaban tan bien cuidados como el rostro de una estrella de la pantalla.

Woltz saludó a Hagen en un porche acristalado, en cuyo interior se disfrutaba de un ambiente perfectamente climatizado. El productor iba vestido con sencillez. Llevaba una camisa de seda azul con el cuello abierto, unos pantalones color mostaza y unas sandalias de cuero. Enmarcada en el lujoso y multicolor ambiente, su arrugada cara destacaba notablemente. Ofreció a Hagen un _martini_ y se sirvió otro, de una bandeja en la que había otros vasos llenos de diversas bebidas. Parecía más amistoso que por la mañana.

– Como todavía tenemos un poco de tiempo antes de cenar -dijo, apoyando la mano en el hombro de Hagen-, vamos a echar una mirada a mis caballos.

Mientras se dirigían a los establos, prosiguió:

– Me he enterado de quién es usted, Tom; debería haberme dicho que su jefe es Corleone. Pensé que era usted un picapleitos de tres al cuarto que Johnny enviaba para asustarme. Y yo no me asusto, aunque por supuesto tampoco deseo tener enemigos. Bueno, hablemos de otras cosas y dejemos los negocios para después de la cena.

Sorprendentemente, Woltz demostró ser un anfitrión muy amable y considerado. Explicó sus nuevos métodos, con los cuales convertiría su cuadra en la mejor del país. Hagen comprobó que los establos estaban construidos a prueba de incendios, desinfectados hasta el máximo, y protegidos por un equipo de guardas privados. Finalmente, Woltz lo acompañó hasta un establo especial, en cuya puerta estaba clavada una enorme placa de bronce. En la placa se leía la palabra JARTUM.

El caballo que ocupaba el establo era, incluso a los ojos inexpertos de Hagen, un animal hermosísimo. La piel de Jartum era de un negro intenso, a excepción de una mancha blanca que tenía en la ancha frente. Sus grandes ojos color marrón brillaban como manzanas doradas, y su negra piel parecía de seda.

– Es el mejor caballo de carreras del mundo -dijo Woltz, con orgullo infantil-. Lo compré el año pasado en Inglaterra por seiscientos mil dólares. Apuesto cualquier cosa a que ni siquiera los zares rusos llegaron a pagar tanto por un solo caballo. Pero no voy a hacerlo correr; sólo quiero que constituya un adorno para mis establos. Voy a tener la mejor cuadra americana de todos los tiempos.

Mientras acariciaba la negra crin del noble animal, murmuró para sí:

– Jartum, Jartum.

Su voz sonaba amorosa, y el animal pareció reconocerla. Luego, Woltz dijo a Hagen:

– Soy un buen jinete, como debe usted saber; y eso que empecé a montar a los cincuenta años -soltó una carcajada y añadió-: Tal vez alguna de mis antepasadas, allá en Rusia, fue raptada por un cosaco, y yo llevo su sangre.

Regresaron a la mansión para cenar. La mesa estuvo servida por tres camareros que trabajaban a las órdenes de un mayordomo. Los cubiertos eran de oro y plata, pero la comida, en opinión de Hagen, fue mediocre. Era evidente que Woltz vivía solo y que el productor no era hombre que se preocupara demasiado de la comida. Hagen esperó a que ambos hubieran encendido sus respectivos habanos.

– ¿Tendrá o no tendrá Johnny el papel? -preguntó Hagen entonces.

– Imposible -dijo Woltz-. No podría dar el papel a Johnny aunque quisiera. Los contratos ya están firmados y empezaremos el rodaje la próxima semana. No existe posibilidad alguna de cambiar las cosas.

– Señor Woltz -dijo Hagen con cierta impaciencia-, la gran ventaja de tratar con el jefe supremo es que una excusa como ésta no es válida. Usted puede hacer todo lo que quiera. ¿Acaso no cree que mi cliente cumpla las promesas?

– Creo que voy a tener problemas laborales -dijo Woltz, ásperamente-. Goff me lo advirtió, el muy cerdo, y por el tono de sus palabras, nadie hubiera imaginado que le estoy pagando cien mil dólares anuales, bajo mano. También creo que pueden ustedes lograr que mi supuesta estrella masculina deje la heroína. Pero todo esto me tiene sin cuidado, pues puedo financiar mis propias películas. Odio profundamente a ese cerdo de Fontane. Diga a su jefe que no puedo hacerle el favor que me pide, pero que estoy dispuesto a complacerle en cualquier otra cosa. En todo lo que pida.

Hagen se preguntó para qué diablos le había hecho ir a su finca. El productor estaba tramando algo.

– No creo que entienda usted la situación -dijo Hagen fríamente-. El señor Corleone es el padrino de Johnny Fontane. Como usted seguramente sabe, se trata de una relación religiosa, sagrada y muy íntima.

Woltz inclinó respetuosamente la cabeza ante la referencia que Hagen acababa de hacer a la religión.

– Los italianos dicen que la vida es tan dura que el hombre debe tener dos padres que velen por él -prosiguió Hagen-, por eso todos tienen un padrino. Dado que el padre de Johnny murió, el señor Corleone se siente obligado a velar por su ahijado. Además, quisiera que tuviera usted en cuenta que el señor Corleone es un hombre muy sensible. Nunca pide un segundo favor a quien ya le ha negado uno.

Woltz se encogió de hombros.

– Lo siento. La respuesta sigue siendo no. Pero ya que está usted aquí ¿cuánto me costaría arreglar lo del problema laboral? El pago sería inmediato y en efectivo.

Eso esclareció una de las preguntas que Hagen se habían planteado. Ya sabía por qué Woltz le dedicaba tanto tiempo, pese a haber decidido negar el papel a Johnny. Hagen comprendió que no podría cambiar nada, al menos en el curso de aquella entrevista. Woltz se sentía seguro, y no temía en absoluto el poder de Don Corleone. Desde luego, con sus relaciones con destacados políticos, su amistad con el jefe del FBI, su enorme fortuna personal y su inmenso poder en la industria cinematográfica, ni siquiera Don Corleone podía amenazarlo. Cualquier hombre inteligente, y Hagen lo era, hubiera pensado que Woltz había sabido valorar correctamente su posición. Nada podría hacer el Don si el productor estaba dispuesto a afrontar las pérdidas causadas por la huelga. Sin embargo, había algo más, algo con lo que Woltz no contaba. El Don había prometido a su ahijado que obtendría el papel de protagonista en la película, y que Hagen supiera, Don Corleone nunca había faltado a su palabra.

– Está usted tratando de hacerme cómplice de una extorsión -replicó Hagen sin alterarse-. Yo creo que usted finge no entenderme, aunque me parece haber hablado muy claro. El señor Corleone sólo le promete abogar en favor de usted, en lo que se refiere a este problema laboral, en prueba de amistad por haber obrado usted en favor de su cliente. Un amistoso intercambio de influencias, sólo eso. Pero ya veo que no me toma en serio. Creo que está usted cometiendo un error.

Como si hubiese estado esperando estas palabras de Hagen, Woltz dio rienda suelta a su ira.

– Comprendo perfectamente. Es el estilo de la Mafia. En apariencia todo va como la seda, pero lo que hacen en realidad es amenazar. Voy a ser muy claro. Johnny Fontane no tendrá el papel, aunque reconozco que es el más indicado para interpretarlo y se convertiría en una estrella de primera magnitud. Pero nunca lo será, porque le odio y pienso destruir su carrera. Y voy a decirle por qué. Arruinó a una de mis más prometedoras protegidas. Durante cinco años tuve a la muchacha con los mejores profesores de arte dramático, de canto y de baile. Invertí en ella centenares de miles de dólares para convertirla en una gran estrella. Y seré todavía más franco, sólo para que se dé usted cuenta de que no soy un hombre sin corazón, de que no todo fue cuestión de dinero. Esa muchacha era bella, la más bella de cuantas he poseído, y he poseído a muchas en todos los lugares del mundo. Era capaz de acabar con las energías de cualquier hombre en menos tiempo del que se tarda en contarlo. Y entonces llegó Johnny, con su voz meliflua y su encanto barato, y ella huyó de mi lado. Estoy seguro de que sólo quiso ponerme en ridículo, algo que un hombre de mi posición no puede permitirse. Por eso tengo que acabar con Johnny.

Por vez primera, Woltz consiguió asombrar a Hagen. Éste encontraba absurdo que un hombre adulto dejara que tales trivialidades interfirieran en los negocios, menos aun cuando se trataba de negocios de tanta importancia. En el mundo de Hagen, en el mundo de Corleone, la belleza física y el poder sexual de las mujeres no contaban para nada en los asuntos de tipo financiero, aunque, por supuesto, todo cambiaría si ello afectaba al honor familiar. Hagen decidió hacer un último intento.

– Tiene usted toda la razón, señor Woltz. Pero ¿tan fuerte es el agravio? Pienso que no se hace usted cargo de la importancia que tiene este pequeño favor para mi cliente. Cuando Johnny fue bautizado, el señor Corleone lo sostuvo en sus brazos. Cuando el padre de Johnny murió, el señor Corleone asumió para con el muchacho todas las responsabilidades paternales. De hecho, muchas personas, mucha gente que desea mostrarle su gratitud por los favores recibidos le llaman Padrino. El señor Corleone nunca deja a sus amigos en la estacada.

Bruscamente, Woltz se puso de pie.

– Ya he oído bastante -dijo-. No admito órdenes de asesinos. Si descuelgo el teléfono, tenga la seguridad de que pasará la noche en la cárcel. Y si ese jefecillo de la Mafia trata de hacerme alguna mala faena, se dará cuenta de que no soy un director de orquesta. Sí, ya he oído esa historia. Escuche: sepa que su señor Corleone no sabrá siquiera de dónde le habrá caído el golpe. Si es preciso, utilizaré mi influencia en la Casa Blanca.

Tanta estupidez era inconcebible. Hagen se preguntaba cómo demonios habría llegado aquel hombre a ser un _pezzonovante_, consejero del presidente, propietario del mayor estudio cinematográfico del mundo. Evidentemente, el Don tendría que intervenir en el negocio del cine. Aquel individuo, Woltz, no había comprendido nada.

– Gracias por la cena y por esta agradable velada -dijo Hagen-. ¿Le importaría hacerme conducir hasta el aeropuerto? No creo conveniente pasar la noche aquí. El señor Corleone es un hombre que insiste en enterarse pronto de las malas noticias.

Las últimas palabras de Hagen fueron acompañadas de una fría sonrisa.

Mientras esperaba en la iluminada columnata de la mansión a que llegara el automóvil que debía llevarlo al aeropuerto, Hagen vio a dos mujeres que se disponían a entrar en una lujosa limusina estacionada en la vía de acceso al garaje. Eran la hermosa muchachita rubia y su madre, a quienes Hagen había visto por la mañana en la oficina de Woltz. Pero en ese momento la exquisitamente dibujada boca de la niña era una masa rosácea. Sus ojos azules ya no brillaban, y Hagen notó que las piernas parecían negarse a sostenerla. Su madre la ayudaba a entrar en el automóvil, mientras le murmuraba algo al oído. La madre volvió la cabeza y dirigió una mirada a Hagen. Éste vio en sus ojos un destello triunfal. Ahora comprendía Hagen por qué el productor no le había invitado a hacer el viaje desde Los Ángeles en avión. La muchachita y su madre habían sido las compañeras de viaje de Woltz. Así, el productor había tenido tiempo de estar con la chica. ¿Y Johnny deseaba vivir en aquel ambiente? Que les aprovechara, tanto a él como a Woltz.

Paulie Gatto odiaba los trabajos apresurados, especialmente cuando debía recurrir a la violencia. Y lo de esa noche, aunque no era nada complicado, podía resultar peligroso si alguien cometía algún error. En ese instante, mientras se tomaba la cerveza, dirigía frecuentes miradas a los dos jóvenes, que estaban charlando animadamente con las dos chicas de detrás de la barra.

Paulie Gatto sabía todo cuanto había que saber de aquel par de inútiles. Se llamaban Jerry Wagner y Kevin Moonan. Tenían unos veinte años, iban bien vestidos, eran altos y tenían los ojos castaños. Ambos debían volver a la universidad -fuera de la ciudad-al cabo de un par de semanas, ambos eran hijos de hombres bastante influyentes, y esto, junto con su buen expediente académico, les había bastado para librarse de pasar por la oficina de reclutamiento. También habían sido juzgados por asalto a la hija de Amerigo Bonasera. «¡Los muy miserables!», pensó Paulie Gatto. Dando esquinazo al ejército y bebiendo alcohol en un bar después de medianoche, lo cual violaba la libertad condicional que les había sido concedida. Eran escoria. Paulie Gatto también se había librado del uniforme militar gracias a que su médico había certificado que Paulie Gatto, varón de raza blanca, de veintiséis años de edad y soltero, se había sometido a un tratamiento médico a base de corrientes eléctricas como consecuencia de una enfermedad mental. Todo falso, naturalmente, pero Paulie Gatto estaba convencido de que se había ganado la dispensa de servir en el ejército. Lo había arreglado Clemenza cuando ya Gatto «había hecho suficientes méritos» en el negocio de la Familia.

Fue también Clemenza quien le dijo que ese trabajo tenía que llevarse a cabo antes de que los muchachos regresaran a la universidad. Gatto se preguntaba por qué ese trabajo debía hacerse precisamente dentro de la ciudad de Nueva York. Clemenza siempre se sacaba órdenes de la manga, en lugar de limitarse a transmitir los encargos recibidos. Si los dos muchachos se llevaban a las camareras fuera de la ciudad, perdería otra noche.

Paulie oyó que una de las chicas decía, riendo:

– ¿Estás loco, Jerry? ¿Crees que voy a subir a tu coche? No quiero terminar en el hospital, como aquella pobre chica.

Gatto había adivinado en su voz una mezcla de rencor y satisfacción.

Como ya había oído bastante, Paulie Gatto terminó su cerveza y salió a la oscuridad de la calle. Perfecto. Era más de medianoche. Sólo se veía luz en otro bar, los demás establecimientos estaban cerrados. Clemenza se había ocupado del coche patrulla del distrito, y no daría señales de vida hasta que recibieran una llamada por radio, y aun entonces se acercarían a poca velocidad.

Se apoyó en el Chevrolet de cuatro puertas. En el asiento posterior iban dos hombres que, a pesar de su corpulencia, apenas resultaban visibles.

– Ocupaos de ellos cuando salgan -dijo Paulie.

Pensaba que todo se había hecho con demasiada rapidez. Clemenza le había entregado fotografías policiales de los dos muchachos, así como datos sobre los lugares que solían frecuentar en las noches que dedicaban a la caza de alguna camarera. Paulie había reclutado a dos de los hombres más fuertes de la Familia y les había dado las instrucciones pertinentes. Nada de golpes en la cabeza -en la cara, sí-, pues no interesaba que ocurriera algo irreparable. Por lo demás, tenían plena libertad de acción. Otra cosa les había advertido: si los muchachos salían del hospital antes de un mes, ellos tendrían que volver a su oficio de camioneros.

Los dos hombres de Paulie Gatto se apearon del coche. Ambos eran antiguos boxeadores que no habían llegado muy lejos en su carrera, y a los que Sonny Corleone había prestado algún dinero, el suficiente para llevar una vida sin estrecheces. Por supuesto, estaban ansiosos por demostrar su gratitud, máxime cuando, con un poco de suerte, podían entrar en la nómina de la Familia.

Cuando Jerry Wagner y Kevin Moonan salieron del bar, no podían imaginar que estaban perdidos. Las camareras habían herido su vanidad de adolescentes, y Paulie Gatto lo sabía. Apoyado en el guardabarros de su automóvil, éste les llamó, acompañando sus palabras con una risa burlona:

– ¡Eh, Casanova! ¡Vaya éxito que habéis tenido con esas dos fulanas!

Los dos jóvenes se volvieron hacia él. Al verlo, sonrieron complacidos, pensando que aquel desconocido pagaría las consecuencias de la humillación infligida por las chicas del bar. Con su cara de hurón, su corta estatura y su escasa corpulencia, sería para ellos la ocasión ideal. Se abalanzaron sobre él, pero antes de que llegaran a ponerle las manos encima, sintieron que alguien les agarraba los brazos por detrás. Mientras, Paulie Gatto se había colocado en la mano derecha un puño americano. Se encontraba en forma, pues acudía al gimnasio tres veces por semana. Estrelló el puño contra la nariz del golfo llamado Wagner. El hombre que lo agarraba lo levantó de modo que sus pies no tocaran el suelo, y entonces Paulie le golpeó fuertemente en la mandíbula. Wagner perdió el conocimiento, y el hombre lo dejó caer. Había sido cuestión de segundos.

Seguidamente, ambos dedicaron su atención a Kevin Moonan, que trató de gritar. El hombre de Paulie lo tenía inmovilizado con un solo brazo; con el otro le atenazaba la garganta, impidiéndole emitir sonido alguno. Paulie Gatto entró rápidamente en el automóvil y puso el motor en marcha. Los dos corpulentos hombres golpearon a Moonan con fuerza. Se recrearon en la paliza, como si dispusieran de mucho tiempo. No lanzaban sus golpes a tontas y a locas, sino que lo hacían despacio y aplicando en cada puñetazo todo el peso de sus cuerpos. Gatto echó una mirada al rostro de Moonan, totalmente irreconocible, al tiempo que los dos hombres lo dejaban tendido en el suelo, dispuestos a dedicar su atención a Wagner. Éste, que intentaba ponerse en pie, empezó a gritar. Alguien salió del bar y los dos hombres tuvieron que darse prisa. Hicieron arrodillar a Wagner, y uno de ellos le torció el brazo, para luego darle algunas patadas en la espalda. Debido al ruido de los golpes y a los gritos de agonía de Wagner, la gente se asomó a las ventanas, lo cual obligó a sus castigadores a acelerar su trabajo. Mientras uno lo levantaba en vilo, aprisionándole la cabeza con las manos, el otro dispare su puño contra el inmóvil rostro de la víctima. Del bar había salido más gente, pero nadie trató de intervenir.

– ¡Ya basta! -gritó Paulie Gatto.

Los dos ex boxeadores entraron rápidamente en el vehículo y Paulie Gatto arrancó a toda velocidad. Seguro que alguien daría detalles acerca del automóvil, e incluso era más que probable que alguno hubiera anotado el número de la matrícula, pero eso poco importaba Había otros cien mil coches como aquél en Nueva York, y en cuanto a la placa, había sido robada de un vehículo de California.

2

El jueves por la mañana, Tom Hagen acudió pronto a su oficina. Tenía intención de despachar rápidamente el trabajo rutinario, al efecto de prepararlo todo para la entrevista con Virgil Sollozzo, prevista para el viernes. Debido a la importancia de la entrevista, había pedido al Don que le dedicara varias horas para hablar del asunto. Sollozzo tenía una proposición que hacer a la Familia, y Hagen quería saberlo todo, hasta los más nimios detalles, para estar preparado y sacar el máximo partido de aquel contacto preliminar.

El Don no había parecido sorprenderse cuando Hagen regresó de California, a última hora del martes, y le contó cómo habían ido las negociaciones con Woltz. Se interesó por todos y cada uno de los detalles, e hizo una mueca de disgusto cuando Hagen le contó lo de la herniosa muchachita y su madre; llegó a murmurar _infamita_, infamia, una palabra que sólo salía de sus labios cuando quería expresar la máxima desaprobación.

– ¿Es realmente un hombre con lo que hay que tener? -preguntó finalmente.

Hagen se quedó pensativo, considerando lo que el Don quería significar. Los años le habían enseñado que los valores por los que se regia el Don eran muy diferentes de los de la mayoría de la gente; incluso sus palabras podían tener un significado diferente. ¿Era Woltz un hombre de carácter? ¿Era persona de voluntad fuerte? La respuesta sería afirmativa, pero eso no era lo que el Don estaba preguntando. ¿Tenía el productor cinematográfico el valor suficiente para no asustarse ante las amenazas? ¿Estaba dispuesto a sufrir grandes pérdidas en sus películas? La respuesta seguiría siendo afirmativa, pero tampoco era lo que el Don quería saber. Al final, Hagen enfocó debidamente la pregunta: ¿Tenía Jack Woltz lo que hay que tener para arriesgarlo todo, para perder todo cuanto poseía, y ello por una cuestión de principios, por un asunto de honor o, por qué no, por venganza? Entonces Hagen sonrió. Pocas veces lo hacía, pero en esta ocasión no pudo contenerse.

– Usted quiere saber si es un siciliano.

El Don hizo un gesto afirmativo. Había sabido apreciar la halagadora agudeza de Hagen.

– No -contestó éste.

Eso fue todo. El Don había estado estudiando el asunto hasta el día siguiente. El miércoles por la tarde había llamado a Hagen para darle instrucciones, cuyo cumplimiento debería tenerle ocupado el resto del día. Hagen estaba realmente admirado. No le cabía la menor duda de que el Don había resuelto el problema, y estaba seguro de que Woltz le llamaría en el curso de la mañana para comunicarle que Johnny Fontane sería el protagonista de la película bélica cuyo rodaje estaba a punto de empezar.

En aquel momento sonó el teléfono, pero era Amerigo Bonasera. La voz del empresario de pompas fúnebres temblaba de gratitud. Quería que Hagen transmitiera al Don la seguridad de su amistad eterna. El Don no tenía más que llamarle. Él, Amerigo Bonasera, daría la vida, si preciso fuera, por el bendito Padrino.

El Daily News había publicado una fotografía de Jerry Wagner y Kevin Moonan tendidos en la calle. La foto había sido expertamente arreglada para que todo pareciera aún más horrible de lo que había sido en realidad. Los cuerpos de los dos muchachos semejaban sendas masas informes de carne. Milagrosamente, decía el News, habían salvado la vida, pero en el mejor de los casos tendrían que pasar varios meses en el hospital, eso sin contar con que la cirugía plástica tendría que obrar milagros en sus rostros. Hagen escribió una nota para Clemenza, comunicándole que convenía felicitar a Paulie Gatto. Parecía conocer su trabajo.

Hagen trabajó con rapidez y eficacia durante las tres horas siguientes, redactando informes sobre los beneficios de la compañía inmobiliaria del Don, de su negocio de importación de aceite de oliva y de su empresa constructora. Ninguno de los tres negocios marchaba muy bien, pero terminada la guerra, serían muy rentables. Casi había olvidado el problema de Johnny Fontane, cuando su secretario le anunció una llamada telefónica desde California. Sabía quién estaba al otro extremo del hilo.

– Al habla Hagen -dijo.

La voz que llegó a través del teléfono resultó casi irreconocible para Hagen, tanto era el odio que trasuntaba.

– ¡Maldito hijo de puta! -gritó Woltz-. ¡Haré que os metan a todos en la cárcel! ¡Cien años vais a estar allí! ¡Si es preciso, me gastaré hasta el último centavo para destruiros! ¡Y a ese Johnny Fontane le voy a cortar los cojones! ¿Me oyes, cerdo asqueroso?

Hagen se limitó a decir, suavemente y con amabilidad:

– Soy irlandés.

Se produjo una larga pausa, que terminó con el clic producido por el auricular al ser colgado. Hagen sonrió. Woltz no había proferido ni una sola amenaza contra Don Corleone. El genio tenía su premio.

Jack Woltz dormía siempre solo. Tenía una cama lo bastante grande para diez personas y un dormitorio tan espacioso como una sala de baile, pero había dormido solo desde la muerte de su primera esposa, acaecida diez años antes. Eso no significaba que no tuviera relaciones con mujeres, pues a pesar de sus años seguía manteniendo un gran vigor físico. Sin embargo, lo único que le estimulaba era el contacto con muchachas muy jóvenes, y además había aprendido que su cuerpo y su paciencia solamente toleraban unas pocas horas, al atardecer.

Aquel jueves por la mañana, extrañamente, Woltz se había despertado muy temprano. La luz del amanecer daba a su enorme dormitorio el aspecto de una brumosa pradera. Al pie de la cama había una figura muy familiar, y Woltz se esforzó por distinguirla mejor. Era una cabeza de caballo. Todavía medio dormido, Woltz encendió la lámpara de la mesita de noche… y lo que vio le produjo náuseas. Le pareció como si le hubieran golpeado el pecho con un martillo, su corazón empezó a latir a gran velocidad, y sintió arcadas. El vómito cayó sobre la gruesa y lujosa alfombra.

Separada del cuerpo, la negra y sedosa cabeza del caballo Jartum estaba rodeada de un gran charco de sangre. Los tendones, blancos y delgados, pendían; el morro estaba cubierto de espuma, y aquellos ojos grandes que habían brillado como el oro tenían ahora un vidrioso color apagado. Woltz sintió un terror animal, que le hizo llamar a gritos a sus criados y maldecir a Hagen, llenándolo de insultos, a pesar de que éste no podía oírle, pues estaba muy lejos. El mayordomo se alarmó al ver a su patrón en aquel estado. Primero llamó al médico personal de Woltz, y luego al vicepresidente de los estudios. No obstante, Woltz consiguió recuperarse antes de la llegada de ambos.

El _shock_ había sido terrible. ¿Qué clase de hombre podía destruir a un animal valorado en seiscientos mil dólares? Sin una sola palabra de aviso, sin haber entablado negociaciones que pudieran haber conducido a una revisión de la alevosa orden. La crueldad, el profundo desprecio por los valores establecidos, apuntaban como autor del crimen a un hombre que hubiera establecido sus propias leyes, a un hombre que se considerara una especie de Dios. Además, debía de tratarse de un hombre muy poderoso pues, como era bien patente, los guardas privados apostados en los establos nada habían podido hacer. Woltz supo que el caballo había sido fuertemente drogado, antes de que le separaran la cabeza del cuerpo. Los guardas aseguraron que nada habían visto ni oído. A Woltz esto le parecía imposible. Les haría hablar. Seguro que le habían traicionado, y él encontraría la manera de hacerles decir quién los había comprado.

Woltz no era estúpido, sino simplemente un gran ególatra que había calculado mal el poder de Don Corleone. Acababa de tener una prueba. Comprendió el mensaje. Se dio cuenta de que, a pesar de su riqueza, a pesar de sus contactos con el presidente de Estados Unidos, a pesar de su tantas veces cacareada amistad con el director del FBI, a pesar de todo, un oscuro importador de aceite de oliva italiano podía matarle cuando y como le viniera en gana. ¡Y todo por no querer dar a Johnny Fontane el papel que quería! Era increíble. La gente no tenía derecho a actuar así. El mundo sería inhabitable si la gente hiciera su propia ley. Era una locura. ¿Es que uno no podía hacer, con su dinero o sus empresas, lo que le viniera en gana? Era mil veces peor que el comunismo. No podía ser.

Woltz se tomó un tranquilizante suave que le recetó su médico. La cápsula le ayudó a calmarse y a pensar con frialdad. Lo que realmente le intrigaba era por qué Corleone había escogido como víctima un caballo famoso, un caballo de seiscientos mil dólares. ¡Seiscientos mil dólares! Y eso para empezar. Woltz se estremeció. Pensó en su vida, en todo cuanto había conseguido. Era rico. Con sólo mover un dedo y prometer un contrato, podía tener a las mujeres más hermosas del mundo. Era recibido por reyes y reinas. Tenía todo lo que el dinero y el poder podían proporcionar. ¡Era absurdo arriesgarlo todo por un simple antojo! Tal vez podría atrapar a Corleone. ¿Cuál era la pena por matar a un caballo de carreras? Se echó a reír a carcajadas, y el médico y los criados, sin decir palabra, lo observaron con mal disimulada ansiedad. Se le ocurrió otra idea. ¿Sería el hazmerreír de California sólo porque alguien había desafiado arrogantemente su poder? Eso le decidió. Eso y el pensamiento de que quizá no lo matarían. Era posible que tuvieran en reserva algo más doloroso.

Woltz dio las órdenes necesarias. Sus colaboradores más cercanos entraron en acción. Los criados y el médico tuvieron que jurar que no dirían una sola palabra, ya que de lo contrario caería sobre ellos la ira, la poderosa ira de Woltz. A la prensa se le comunicó que el caballo Jartum había muerto de una enfermedad contraída durante el viaje desde Inglaterra. Los restos del animal fueron enterrados en un lugar secreto de la finca.

Seis horas más tarde, Johnny Fontane recibió una llamada telefónica del productor ejecutivo de la película, quien le dijo que se presentara al trabajo el lunes siguiente.

Aquella noche, Hagen acudió al domicilio de Don Corleone para preparar los últimos detalles de la importante entrevista que se celebraría al día siguiente con Virgil Sollozzo. Con el Don estaba su hijo mayor, Sonny Corleone, en cuyo rostro se leía una clara fatiga, y que en aquel momento bebía un vaso de agua fresca. Hagen pensó que debía de seguir disfrutando de los favores de la dama de honor. Otra preocupación.

Don Corleone se acomodó en un sillón, con un Di Nobili en los labios. Hagen tenía siempre una caja. Había tratado de que el Don se pasara a los habanos, pero Vito Corleone alegaba que le irritaban la garganta.

– ¿Tenemos toda la información que precisamos? -preguntó el Don.

Hagen abrió el portafolios donde guardaba sus notas. No es que en ellas hubiera nada sensacional: eran simples recordatorios, al objeto de no olvidar ningún detalle importante.

– Sollozzo viene a pedirnos ayuda -dijo Hagen-. Sollozzo pedirá a la Familia que invierta un millón de dólares y que aporte, además, una especie de impunidad frente a la ley. A cambio de todo ello nos ofrecerá una tajada de lo que se saque, pero nadie sabe si esta tajada será sustanciosa. Sollozzo está protegido por la familia Tattaglia, que seguramente también querrá su parte. El asunto está relacionado con narcóticos. Sollozzo tiene los contactos en Turquía, donde están las plantaciones, y se encarga de embarcar la mercancía en dirección a Sicilia. No hay problema. En Sicilia, la planta es convertida en heroína. En caso necesario, también es posible convertir la heroína en morfina, y ésta, a su vez, en heroína de nuevo. Al parecer el laboratorio siciliano está absolutamente protegido. El único problema está en la entrada de la droga en Estados Unidos, además, claro está, de su distribución. Además, hay que tener en cuenta el capital inicial. Un millón de dólares en efectivo no crece en los árboles.

Hagen se percató de que el Don empezaba a fruncir el ceño. Cuando se hablaba de negocios, el viejo detestaba los rodeos innecesarios. Por ello, Hagen pensó que lo mejor era ir al grano:

– A Sollozzo le apodan el Turco por dos razones: porque ha vivido en Turquía durante bastante tiempo, e incluso se supone que en aquel país tiene una esposa e hijos, y porque es muy rápido con el cuchillo, o al menos lo fue años atrás. En asuntos de negocios es también bastante competente, y, cosa importante, es su propio jefe. Ha estado dos veces en la cárcel, una en Italia y la segunda en Estados Unidos. Las autoridades lo conocen como contrabandista de narcóticos, lo cual podría ser una ventaja para nosotros. Significa que nunca podrá declarar, pues se le considera el escalón más alto, y, aparte, está su historial. Tiene una esposa americana y tres hijos, y es un buen padre de familia. Es un hombre dispuesto a todo, con tal de que los suyos no carezcan de nada.

El Don dio una chupada a su cigarro.

– ¿Qué opinas, Santino? -preguntó.

Hagen sabía lo que iba a decir Sonny. Al hijo mayor del Don le disgustaba actuar por cuenta de otro, aunque este otro fuera su propio padre. Quería efectuar algo importante, pero siendo él su propio jefe. Era lo que más deseaba.

Sonny bebió un poco de whisky y respondió:

– Hay una gran cantidad de dinero en ese polvo blanco, pero puede resultar peligroso. A lo peor, el asunto terminaría con algunas condenas a veinte años de prisión. Pienso que lo más acertado sería que sólo nos encargáramos de financiar la operación y de prestar la protección necesaria a Sollozzo y los suyos, y que nos mantuviéramos al margen en todos los demás aspectos. Hagen dirigió a Sonny una mirada de aprobación. Había jugado bien sus cartas. Se había inclinado por lo más sencillo y evidente. Además, había expuesto con claridad su punto de vista.

El Don dio una nueva chupada a su cigarro.

– ¿Qué piensas tú del asunto, Tom?

Hagen se dispuso a ser absolutamente honesto. Había llegado ya a la conclusión de que el Don rechazaría la proposición de Sollozzo. Por otra parte, y eso era grave, Hagen estaba convencido de que ésta era una de las pocas veces en que el Don no había meditado suficiente un asunto determinado. En el caso de la propuesta de Sollozzo, sólo veía lo inmediato.

– Adelante, Tom -le animó la voz del Don-. Ni siquiera un _consigliere_ siciliano está siempre de acuerdo con su jefe.

Los tres se echaron a reír y Hagen pasó a exponer su punto de vista.

– Creo que debería usted aceptar. Hay muchas razones que me llevan a pensar así, y usted las sabe. La más importante es ésta: se puede ganar más dinero con los narcóticos que con cualquier otra actividad. Si nosotros no entramos en el asunto, otros lo harán. La familia Tattaglia, por ejemplo. Las ganancias pueden ser fabulosas, y les servirán para conseguir un mayor poder policial y político. Su familia llegará a ser más fuerte que la nuestra. Con el tiempo, intentarán quitarnos lo que ahora tenemos. Es lo mismo que ocurre con las naciones. Si ellos se arman, tenemos que armarnos. Si su poder económico llega a ser mayor que el nuestro, automáticamente se convierten en una amenaza para nosotros. Ahora tenemos el juego y los sindicatos, que es lo mejor que en la actualidad se puede tener. Pero pienso que los narcóticos son el negocio del futuro. En mi opinión, debemos entrar en el asunto; de lo contrario, nos arriesgamos a perderlo todo. No ahora, desde luego, pero sí dentro de diez años.

El Don parecía haber quedado enormemente impresionado. Echó una bocanada de humo.

– Eso es lo más importante, por supuesto -murmuró. Lanzó un profundo suspiro, se puso en pie y preguntó-: ¿A qué hora tengo que ver a ese infiel mañana?

– Estará aquí a las diez de la mañana -contestó Hagen, esperanzado.

– Quiero que los dos estéis aquí -dijo el Don. Se levantó y tomó a su hijo por el brazo-. A ver si duermes un poco esta noche, Santino. No pareces tú mismo. Cuídate, muchacho, y piensa que no siempre serás joven.

Sonny, alentado por este signo de preocupación paterna, preguntó lo que Hagen no se había atrevido a preguntar:

– Dime, papá ¿cuál será tu respuesta?

– ¿Cómo quieres que lo sepa hasta que Sollozzo me haya hablado de porcentajes y de otros detalles? -respondió Don Corleone, sonriendo-. Además, tengo que meditar cuidadosamente sobre las opiniones que se han expuesto aquí esta noche. Después de todo, no soy hombre que actúe a la ligera.

Mientras salía de la habitación, y como por casualidad, el Don dijo a Hagen:

– ¿Figura en tus notas que el Turco vivía de la prostitución, antes de la guerra? Lo mismo que la familia Tattaglia hace ahora. Anótalo antes de que se te olvide.

El tono de burla que advirtió en las palabras del Don hizo sonrojar a Hagen. Éste había preferido no mencionar el tema, ya que nada tenía que ver con el asunto. Además, temía que ello influyera en la decisión del Don. Evidentemente, en cuestiones sexuales Don Corleone era un verdadero puritano.

Virgil Sollozzo, alias el Turco, era un hombre corpulento, de mediana estatura y piel morena. Hubiese podido pasar perfectamente por un verdadero turco. Su nariz parecía una cimitarra y sus oscuros ojos tenían una mirada cruel. Además, poseía una impresionante dignidad.

Sonny Corleone lo saludó en la puerta y lo acompañó al despacho donde le esperaban Hagen y el Don. Hagen pensó que nunca había visto a un hombre de aspecto tan peligroso, excepción hecha de Luca Brasi.

Hubo profusión de corteses apretones de mano. «Si el Don me pregunta alguna vez si este hombre tiene lo que hay que tener, deberé responderle que sí», pensó Hagen. Nunca había visto tanta fuerza en un hombre, ni siquiera en el Don. De hecho, el Don no parecía estar en su mejor momento. En su saludo se había mostrado como acobardado, sin energías.

Sollozzo fue directo al asunto. Se trataba de narcóticos. Estaba todo previsto. Algunos plantadores turcos le habían prometido determinadas cantidades cada año. En Francia, él, Sollozzo, tenía un laboratorio bien protegido, que transformaba la planta en morfina. Y en Sicilia tenía otro laboratorio, absolutamente seguro también, que transformaba la morfina en heroína. El contrabando entre ambos países era todo lo seguro que estas cuestiones pueden ser. La entrada en Estados Unidos representaría una pérdida del cinco por ciento, dado que el FBI era incorruptible, como ambos sabían. Pero los beneficios serían enormes y el peligro, inexistente.

– ¿Por qué acude a mí, entonces? -preguntó el Don en tono cortés-. ¿Qué he hecho para merecer su generosidad?

El moreno rostro de Sollozzo permaneció impasible.

– Necesito dos millones de dólares en efectivo. Y lo que no es menos importante, necesito un colaborador que tenga amigos poderosos en los puestos clave. Algunos de mis hombres serán atrapados en el transcurso de los años, es inevitable. Ninguno de ellos estará fichado por la policía, eso lo prometo. Por ello, lo lógico será que los jueces les impongan condenas leves. Necesito un amigo que pueda garantizarme que cuando mis hombres tengan problemas, no van a pasar más de un año o dos entre rejas. Si es así, seguro que no hablarán. Pero si les condenan a diez o veinte años, entonces ¿quién sabe? En este mundo hay muchos hombres débiles. Pueden hablar, pueden comprometer a los demás. La protección legal es importantísima. Según me han dicho, Don Corleone, tiene usted más jueces en el bolsillo que pelos tiene un gato.

Don Corleone no hizo demostración alguna de agradecimiento por el cumplido.

– ¿Qué porcentaje para mi Familia? -se limitó a preguntar.

Los ojos de Sollozzo brillaron con astucia.

– El cincuenta por ciento -hizo una corta pausa y añadió, con voz que parecía una caricia-: El primer año, su parte ascendería a tres o cuatro millones de dólares. Luego sería mucho más.

– ¿Y qué porcentaje se llevará la familia Tattaglia? -preguntó Don Corleone.

Por vez primera, Sollozzo parecía nervioso.

– Recibirán algo de mi parte. Necesito un poco de ayuda de ellos.

– Así, pues -dijo don Corleone-, voy a recibir el cincuenta por ciento sólo por prestar ayuda financiera y protección legal. No tendré que preocuparme por las operaciones ni por nada. ¿Es eso lo quiere usted decirme?

Sollozzo asintió con un gesto.

– Si usted considera que dos millones de dólares en efectivo no es sino ayuda financiera, le felicito sinceramente, Don Corleone.

– He consentido en recibirle -replicó con calma el Don-sólo por el respeto que me inspira la familia Tattaglia y porque he oído que es usted un hombre serio y digno de respeto. Aunque me veo obligado a decirle no, me siento obligado a explicar las razones de mi negativa. Los beneficios, en el asunto que usted me propone, son enormes, pero también lo son los riesgos. Su operación, si tomáramos parte en ella, podría perjudicar el resto de mis intereses. Es verdad que tengo muchos, muchos amigos en el campo de la política, pero no serían tan tolerantes si en lugar de dedicarme al juego, negociara con los narcóticos. A su entender el juego es algo así como el licor, un vicio sin importancia. En cambio, opinan que las drogas son algo muy perjudicial para la gente. No, no proteste. Le estoy diciendo lo que piensan ellos, no mi opinión. El modo en que un hombre se gane la vida es algo que no me incumbe. Lo único que le estoy diciendo es que este negocio suyo es 113 muy arriesgado. Todos los miembros de mi Familia han vivido muy bien durante los últimos diez años; sin peligro y sin daño alguno. No puedo permitirme el lujo de ponerlos a todos en la cuerda floja.

El único signo visible de la decepción de Sollozzo fue una rápida mirada alrededor de la habitación, como si esperara que Hagen o Sonny acudieran en su ayuda.

– ¿Es que le preocupa la seguridad de sus dos millones? -preguntó luego.

– No -fue la fría respuesta del Don.

– La familia Tattaglia avalaría su inversión -insistió Sollozzo.

En ese momento Sonny Corleone cometió un imperdonable error de juicio y de forma.

– ¿La familia Tattaglia garantiza nuestra inversión sin compensación alguna por nuestra parte?

Ante la enormidad del desliz, Hagen se echó a temblar. Vio que el Don dirigía una mirada gélida a su hijo mayor, que, aun sin saber por qué, se estremeció. Los ojos de Sollozzo brillaban ahora de satisfacción. Había descubierto una grieta en la fortaleza del Don. Cuando el Don habló, su tono era de despedida:

– Los jóvenes son codiciosos. Y los de esta generación carecen de modales; interrumpen a sus mayores y se meten donde no les llaman. Pero mis hijos han sido siempre mi debilidad, y temo haberlos mimado en exceso. Ya se habrá dado cuenta. Signar Sollozzo, mi no es definitivo. No obstante, quiero que sepa que le deseo toda clase de venturas en sus negocios, que no interfieren en los míos. Siento haberle decepcionado.

Sollozzo hizo una leve reverencia, estrechó la mano del Don y dejó que Hagen lo acompañara hasta el coche que le aguardaba fuera. Su rostro era impasible cuando se despidió de Hagen.

De nuevo en el despacho, Don Corleone preguntó a Hagen:

– ¿Qué opinas de ese hombre?

– Es un verdadero siciliano -contestó Hagen, lacónico.

El Don movió pensativamente la cabeza. Luego se volvió hacia su hijo.

– Santino, nunca dejes que los que no pertenecen a la Familia sepan lo que realmente piensas. Me parece que el sucio asunto que tienes con esa joven te ha reblandecido el cerebro. Déjate de amoríos y ocúpate de los negocios. Ahora, apártate de mi vista.

Hagen vio que el rostro de Sonny expresaba sorpresa primero e ira después, y pensó que tal vez había imaginado que su padre ignoraba lo de Lucy. ¿Y no era consciente del peligroso error que había cometido? Si eso era cierto, Hagen nunca desearía ser el _consigliere_ de Santino Corleone, si éste llegara a ser Don.

Don Corleone esperó a que su hijo saliera de la estancia. Luego se sentó en su sillón de cuero y pidió una copa. Hagen le sirvió un vaso de anisete. El Don lo miraba fijamente.

– Dile a Luca Brasi que venga a verme -ordenó.

Tres meses más tarde, estando Hagen en su oficina de la ciudad despachando rápidamente una serie de documentos rutinarios, pues quería terminar pronto ya que deseaba acompañar a su esposa y a los niños a hacer algunas compras navideñas, fue interrumpido por una llamada telefónica. Era Johnny Fontane, quien por el tono de voz parecía ser completamente feliz. Ya habían terminado el rodaje y la película sería un éxito. El regalo de Navidad que tenía preparado para el Don haría que éste cayera de espaldas, pero de momento no podía ir a traerlo, pues aún faltaba ultimar algunos detalles de la película. Tendría que permanecer unos días en la Costa Oeste. Hagen trataba de ocultar su impaciencia. El encanto de Johnny nunca había hecho mella en él. Pero las palabras de Johnny habían despertado su curiosidad.

– ¿Qué va a ser el regalo?

– No puedo decirlo -contestó Johnny, en tono de broma-. La sorpresa es un factor importante en los regalos.

Hagen perdió todo interés por el asunto, y luego, con toda cortesía, se las arregló para colgar casi de inmediato.

Diez minutos más tarde, su secretario le dijo que Connie Corleone estaba al teléfono y que quería hablar con él. Hagen suspiró. De soltera, Connie había sido encantadora, pero se había convertido en una verdadera lata. Se quejaba de su marido, e incluso algunas veces se instalaba por tres o cuatro días en casa de sus padres… Claro que Carlo Rizzi era una nulidad. Su suegro le había procurado un negocio que, bien llevado, hubiera permitido al matrimonio vivir bien. Pero el negocio estaba derrumbándose, y además Carlo bebía, iba con otras mujeres, jugaba, y, de vez en cuando, pegaba a su esposa. Connie nada había dicho a sus padres y hermanos respecto a esto último, pero sí se lo había contado a Hagen. Ahora éste se preguntaba qué nuevas desgracias tendría que contarle.

Pero Connie parecía haberse dejado arrastrar por el espíritu de la Navidad. Sólo quería preguntar a Hagen qué podría regalar a su padre. Y a Sonny, a Fred, a Mike… El regalo para su madre estaba ya decidido. Hagen le hizo algunas sugerencias, que ella se apresuró a rechazar de plano. Finalmente, le dejó en paz.

Cuando el teléfono volvió a sonar, Hagen metió todos los documentos en el cajón. Al diablo con ellos. Se marcharía, y en paz.

Pero ni siquiera le pasó por la cabeza la idea de no contestar el teléfono. Cuando su secretario le dijo que era Michael Corleone, cogió de buena gana el auricular. Mike siempre le había caído simpático.

– Tom -dijo Michael Corleone-, mañana iré con Kay a la ciudad. Tengo algo muy importante que decir al viejo antes de Navidad. ¿Estará en casa mañana por la noche?

– Sí -contestó Hagen-. No saldrá de la ciudad hasta después de Navidad. ¿Puedo hacer algo por ti? Michael era tan reservado como su padre.

– No -dijo-. Espero que nos veamos por Navidad, pues todo el mundo estará en Long Beach ¿no es así?

– De acuerdo -dijo Hagen, satisfecho de que Mike no le hubiera entretenido hablando de tonterías.

Pidió a su secretario que llamara a su esposa para decirle que llegaría a casa un poco tarde, aunque a tiempo para cenar, y salió del edificio. Se dirigía, con paso rápido, hacia Macy's, cuando de pronto notó que alguien andaba junto a él. Sorprendido, vio que era Sollozzo. Éste le tomó del brazo y dijo, en voz apenas audible:

– No se alarme; sólo deseo hablar con usted.

Mientras, se había abierto la puerta de un automóvil estacionado junto a la acera.

– Suba; quiero hablarle -le ordenó Sollozzo.

Sin el menor asomo de confianza, Hagen subió al vehículo.

Michael Corleone había mentido a Hagen. Estaba ya en Nueva York, y le había llamado desde el hotel Pennsylvania, situado a menos de diez manzanas de distancia. Cuando el joven hubo colgado el auricular, Kay Adams se sacó el cigarrillo de la boca.

– Mike, he de reconocer que tienes carácter.

Michael se sentó junto a ella, en la cama.

– Todo lo he hecho por ti, cariño. Si hubiese dicho a mi familia que estábamos en la ciudad, habríamos tenido que ir con ellos. Nos hubiésemos perdido la cena y el teatro, aparte de que habría sido imposible que durmiéramos juntos. Sin estar casados, mi padre no lo hubiera consentido.

Abrazó a la muchacha y la besó. La boca de la muchacha era fresca. Mike, suavemente, la tendió junto a él y Kay cerró los ojos esperando que le hiciera el amor. El joven Corleone se sentía enormemente feliz. Había pasado los años de la guerra luchando en el Pacífico, y en aquellas islas ensangrentadas había soñado muchas veces con una chica como Kay Adams, con una belleza como la suya. Un cuerpo esbelto y bien torneado, una piel blanca y suave, un temperamento apasionado. Ella abrió los ojos y le besó. Estuvieron amándose hasta la hora de la cena.

Después de cenar pasearon un rato por delante de las iluminadas tiendas, llenas de clientes.

– ¿Qué regalo te gustaría para Navidad? -le preguntó Michael de repente.

– El regalo que más me gusta eres tú -repuso ella, apretándose contra su cuerpo-. ¿Crees que tu padre me aceptará?

– Eso no es lo más importante. ¿Me aceptarán los tuyos?

– No me preocupa en absoluto -concluyó Kay, encogiéndose de hombros.

– Incluso había pensado en cambiarme el nombre; legalmente, claro está -comentó Michael en tono reflexivo-. Pero creo que si algo ocurriera, eso no serviría de nada. ¿Estás segura de que quieres ser una Corleone?

Había hecho la pregunta sólo medio en broma, pero Kay, con profundo convencimiento, afirmó:

– Sí.

Se apretaron el uno contra el otro. Habían decidido casarse durante aquella semana navideña, sin ceremonia alguna, contando únicamente con el juez y dos testigos. Michael había insistido en que debía hablar de ello a su padre. Le había explicado que su padre no se opondría, siempre que la boda no se hiciera en secreto, pero Kay tenía sus dudas. Ella no pensaba decírselo a sus padres hasta después de la ceremonia.

– Naturalmente, supondrán que estoy embarazada.

– Es lo que creerán también mis padres -añadió Michael, sonriendo.

Lo que ninguno de los dos mencionó fue el hecho de que Michael tendría que cortar los estrechos lazos que le unían a su familia. Ambos sabían que dichos lazos habían comenzado ya a aflojarse, y se sentían algo culpables por ello. Habían planeado que terminarían sus estudios y se verían únicamente durante los fines de semana y las vacaciones de verano. Serían muy felices.

Después de cenar, fueron al teatro. La obra se titulaba Carrousel y era la historia sentimental de un ladrón gallardo y galante. El argumento los mantuvo con la sonrisa en los labios durante toda la representación. Cuando salieron del teatro hacía frío.

– Cuando estemos casados ¿me pegarás y me regalarás luego una estrella para que te perdone? -preguntó Kay, mimosa.

– Voy a ser profesor de matemáticas -contestó Mike, riendo-. ¿Quieres comer algo antes de volver al hotel?

Kay hizo un gesto negativo, a la vez que le dirigía una mirada cargada de intención. Michael se sentía admirado por el hecho de que la muchacha estuviera siempre dispuesta a hacer el amor. Se pararon un momento y en la fría calle se besaron apasionadamente. Michael, sin embargo, tenía hambre, por lo que decidió encargar que le subieran un par de bocadillos a la habitación. En el vestíbulo del hotel, Michael dijo a Kay:

– Compra algunos periódicos, mientras voy a buscar la llave.

Tuvo que esperar un rato en recepción, pues aunque la guerra ya había terminado, el hotel andaba todavía escaso de servicio. Cuando tuvo la llave en sus manos, Kay estaba aún en el puesto de periódicos. Tenía la vista fija en una de sus páginas. Michael se acercó a ella. Kay le miró con los ojos llenos de lágrimas.

– ¡Oh, Mike! -exclamó, sollozando. El joven tomó el periódico. Lo primero que vio fue una fotografía de su padre caído en la calle, rodeado de un charco de sangre. Cerca de él se veía a un hombre llorando. Era su hermano Freddie. Michael Corleone sintió que un frío glacial se apoderaba de todo su cuerpo. No sentía aflicción ni temor, sólo una rabia fría.

– Sube a la habitación -ordenó a Kay. Pero tuvo que tomarla del brazo y acompañarla. Caminaban en silencio. Una vez en la habitación, Michael se sentó en la cama y abrió el periódico. Los titulares rezaban: «Disparos contra Vito Corleone. Uno de los reyes del crimen ha sido gravemente herido. Se le ha operado bajo fuerte escolta policíaca. Se teme un sangriento ajuste de cuentas entre bandas rivales».

Michael sintió que las piernas se negaban a sostenerle.

– No ha muerto. Esos cerdos no han podido con él -dijo a Kay.

Volvió a leer el periódico. El atentado había ocurrido a las cinco de la tarde. Eso significaba que mientras él había estado haciendo el amor, cenando y disfrutando de un divertido espectáculo, su padre había estado debatiéndose entre la vida y la muerte. Michael se sintió profundamente culpable.

– ¿Crees que debemos ir enseguida al hospital? -preguntó Kay.

– Deja que llame primero a casa. Los que han disparado contra mi padre deben de estar locos, y ahora que saben que el viejo sigue con vida, seguramente estarán desesperados. ¿Quién sabe lo que va a ocurrir ahora?

Los dos teléfonos de la mansión de Long Beach comunicaban continuamente, por lo que Michael tuvo que esperar veinte minutos antes de conseguir línea.

– ¿Sí? -oyó Michael, y reconoció la voz de Sonny.

– Soy yo, Michael.

– Dios mío, muchacho, nos tenías preocupado -dijo Sonny con voz que sonaba aliviada-. ¿Dónde diablos te habías metido? He enviado a buscarte al pueblo en el que resides, para ver qué es lo que te había ocurrido.

– ¿Cómo está nuestro padre? -preguntó Michael-. ¿Está muy mal herido?

– Muy mal herido -respondió Sonny-. Ha recibido cinco disparos, pero es muy fuerte -su voz revelaba el orgullo que le inspiraba su padre-. Los médicos dicen que se salvará. Oye, muchacho, estoy muy ocupado. No puedo hablar. ¿Dónde estás ahora? -añadió.

– En Nueva York -respondió Michael-. ¿Es que Tom no te dijo nada?

– Han secuestrado a Tom -dijo Sonny, bajando la voz-. Por eso estaba preocupado por ti. Su esposa está aquí. Ella no sabe nada y la policía, tampoco. No, prefiero que no sepan nada. Desde luego, los cerdos que han organizado esto deben de estar completamente locos. Ni una sola palabra ¿eh?

– De acuerdo -dijo Mike-. ¿Sabes quién lo hizo?

– Desde luego que lo sé. Y en cuanto intervenga Luca Brasi, puedes estar seguro de que habrá sangre. Todavía somos los más fuertes.

– Estaré aquí dentro de una hora. Tomaré un taxi -dijo Mike antes de colgar.

Hacía más de tres horas que habían salido los periódicos. La radio también habría difundido la noticia. Era casi imposible que Luca Brasi no estuviera enterado. Michael consideró reflexivamente el asunto. ¿Dónde estaba Luca Brasi? Era lo mismo que se estaba preguntando Tom Hagen. Era lo mismo que preocupaba a Sonny Corleone allá en Long Beach.

A las cinco menos cuarto de aquella tarde, Don Corleone había terminado de examinar los documentos que el director de su negocio de aceite de oliva le había entregado. Se puso la chaqueta, y con los nudillos golpeó suavemente la cabeza de su hijo Freddie, para que éste dejara de leer el periódico.

– Di a Gatto que tenga preparado el coche -le ordenó-. Nos vamos a casa dentro de unos momentos.

– Tendré que hacerlo yo -gruñó Freddie-. Paulie llamó esta mañana y dijo que volvía a estar muy resfriado.

Durante breves instantes, Don Corleone se quedó pensativo.

– Es la tercera vez en lo que va de mes. Tal vez deberíamos sustituirlo por un hombre de salud más fuerte. Díselo a Tom.

– Paulie es un buen muchacho -protestó Freddie-. Si dice que está enfermo, es que está enfermo. Y a mí no me importa ir a buscar el coche.

Freddie abandonó la oficina. Desde la ventana, Don Corleone vio a su hijo cruzando la Novena Avenida, en dirección al lugar donde estaba aparcado el automóvil. Llamó a la oficina de Hagen, pero no obtuvo respuesta. Luego telefoneó a la casa de Long Beach, pero nadie descolgó el auricular. Irritado, volvió junto a la ventana. Su automóvil estaba aparcado frente al edificio, junto a la esquina. Freddie estaba apoyado en el guardabarros, con los brazos cruzados, contemplando a los transeúntes. Don Corleone se puso la chaqueta. El director de la compañía le ayudó a enfundarse el abrigo, y él le dio las gracias. Salió del despacho.

En la calle, el débil sol invernal comenzaba a dejar paso a las sombras del crepúsculo. Freddie seguía apoyado en el potente Buick. Cuando vio que su padre se acercaba, dio la vuelta al coche, abrió la portezuela y se sentó al volante. Ya casi junto al automóvil, Don Corleone se detuvo y retrocedió hasta el puesto de fruta. Era un hábito que había adquirido hacía algún tiempo. Le gustaban los amarillos melocotones y las naranjas de brillante colorido que, perfectamente colocadas, descansaban en cajas de un color verde intenso. El propietario acudió a atenderle. Sin tocar la fruta, Don Corleone señaló las piezas que quería. El frutero indicó que una de las frutas que había elegido estaba algo podrida. El Don tomó con la mano izquierda la bolsa que el hombre le entregaba, mientras con la derecha le daba un billete de cinco dólares. Guardó el cambio y, cuando se disponía a dar la vuelta para dirigirse al automóvil, dos hombres aparecieron por la esquina. Don Corleone comprendió de inmediato lo que iba a ocurrir.

Los dos hombres vestían abrigos negros y sombreros del mismo color. Difícilmente podrían ser reconocidos. Evidentemente, no habían contado con la rápida reacción de Don Corleone, quien tiró la bolsa de fruta y corrió hacia el automóvil, con una agilidad impropia de su edad y corpulencia. Al mismo tiempo se puso a gritar «¡Fredo, Fredo!». Fue entonces cuando los dos hombres abrieron fuego.

La primera bala se alojó en la espalda de Don Corleone, que a pesar de sentir el impacto, siguió corriendo hacia el coche. Los dos disparos siguientes le acertaron en las nalgas y lo derribaron en medio de la calle. Mientras, los dos hombres, cuidando de no resbalar a causa de la fruta desparramada en el suelo, se dispusieron a rematar al herido. En aquel momento, quizá no más de cinco segundos después de que Don Corleone llamara a su hijo, Frederico Corleone apareció fuera del automóvil. Los pistoleros hicieron dos nuevos disparos contra el Don. Una de las balas le dio en un brazo, la otra en la pierna derecha. Aunque estas heridas eran las menos graves, sangraban profusamente, por lo que alrededor del cuerpo caído no tardó en formarse un gran charco rojo. Para entonces, el Don había perdido ya el conocimiento.

Freddie había oído el grito de su padre, que le había llamado con el nombre de Fredo, como cuando era niño, e igualmente había oído los dos primeros disparos. El miedo le impidió reaccionar, hasta el punto de que, al salir del coche, aún no había sacado su arma. Los dos asesinos hubieran podido disparar fácilmente contra él, pero también ellos se dejaron dominar por el pánico. Debieron creer que el hijo estaba armado, y además había transcurrido ya demasiado tiempo. Desaparecieron por la esquina, dejando a Freddie solo en la calle con el ensangrentado cuerpo de su padre. Muchos de los que pasaban por la calle se habían ocultado en los portales o echado al suelo, mientras otros se habían reunido en pequeños grupos.

Freddie aún no había sacado su pistola. Parecía paralizado. Miraba a su padre, que yacía boca abajo sobre el asfalto de la calle, rodeado de lo que parecía un lago de sangre. Freddie había sufrido un tremendo _shock_. La gente volvió a ponerse en movimiento, y alguien, al verlo allí, de pie y aturdido, le hizo sentar en la acera. La muchedumbre se había agrupado alrededor del cuerpo de Don Corleone, pero el círculo se deshizo tan pronto como apareció el primer coche de la policía. Detrás del vehículo policial seguía un automóvil con radio del Daily News. Antes de que el coche se detuviera, ya había saltado un fotógrafo, que empezó a disparar su cámara. Pocos momentos después llegó una ambulancia. El fotógrafo dedicó luego su atención a Freddie Corleone, que estaba llorando a lágrima viva, lo que resultaba más bien cómico dadas las facciones de su cara, con su gruesa nariz y carnosos labios. Los agentes se habían mezclado entre la multitud, mientras seguían acudiendo los coches patrulla. Uno de los agentes se arrodilló junto a Freddie y le hizo algunas preguntas, pero Freddie no estaba en condiciones de contestar. El detective metió la mano en la chaqueta de Freddie y de uno de los bolsillos sacó su cartera. Miró su tarjeta de identificación y llamó a uno de sus compañeros con un ligero silbido. En cuestión de pocos segundos, Freddie fue separado de la muchedumbre de curiosos y se encontró rodeado de policías vestidos de paisano. El primer detective encontró la pistola que Freddie llevaba en la sobaquera, y se la guardó. Luego llevaron al joven a un coche que no tenía distintivo alguno. El automóvil del Daily News siguió al primero. El fotógrafo, incansable, seguía fotografiándolo todo y a todos.

Durante la media hora que siguió al atentado contra su padre, Sonny Corleone recibió cinco llamadas telefónicas. La primera procedía del policía John Phillips, que figuraba en la nómina de la Familia y que era uno de los que ocupaban el primer coche de policías de paisano.

– ¿Reconoce usted mi voz? -dijo en primer lugar.

– Sí -respondió Sonny, que acababa de despertarse de una breve siesta.

– Alguien acaba de disparar contra su padre -dijo Phillips, sin preámbulo alguno-. Hace quince minutos. Sigue con vida, pero está muy mal herido. Lo han llevado al Hospital Francés. A su hermano Freddie se lo han llevado a la comisaría del distrito de Chelsea. Cuando salga, será mejor que lo vea un médico. Ahora me voy al hospital, pues quiero estar presente en el interrogatorio de su padre, si es que puede hablar. Le mantendré informado.

Desde el otro lado de la mesa, Sandra, la esposa de Sonny, vio que su marido enrojecía y sus ojos despedían chispas.

– ¿Qué ocurre? -preguntó.

Sonny le impuso silencio con un gesto y le volvió la espalda.

– ¿Está usted seguro de que vive? -dijo, prosiguiendo la conversación telefónica.

– Sí, desde luego. Ha perdido mucha sangre, pero creo que no está tan mal como parece -fue la respuesta del policía.

– Gracias. Venga a casa mañana por la mañana. A las ocho en punto. Se ha ganado usted un billete de mil dólares.

Sonny colgó el auricular. Se dijo que debía mantener la calma a toda costa. Sabía que la ira era su mayor debilidad, y sabía también que en esos momentos la ira podía ser fatal. Lo primero era localizar a Tom Hagen. Pero antes de que tuviera tiempo de descolgar el teléfono, éste sonó. La llamada procedía del corredor de apuestas autorizado por la Familia para operar en el distrito de la oficina del Don. Llamaba para informar que el Don había sido asesinado en la calle. Después de hacerle algunas preguntas, Sonny desechó la información como inexacta, ya que resultó que el apostador no había visto el cuerpo del Don. Los informes de Phillips eran, evidentemente, más fiables. El teléfono volvió a sonar casi inmediatamente. Era un periodista del Daily News. Tan pronto como el reportero se hubo identificado, Sonny Corleone colgó.

Marcó el número del domicilio de Hagen y preguntó a la esposa:

– ¿Ha llegado ya Tom?

La respuesta fue negativa, si bien la mujer le dijo que seguramente no tardaría más de veinte minutos, pues le esperaba para la cena.

– Dígale que me llame -concluyó Sonny.

Trató de adivinar lo que había ocurrido. Intentó imaginar cómo hubiera reaccionado su padre, de hallarse en su lugar. Había sabido inmediatamente que el atentado era obra de Sollozzo, pero también estaba seguro de que éste nunca se hubiera atrevido a eliminar a un hombre tan poderoso como el Don a menos que contara con el respaldo de gente muy poderosa. El teléfono sonó por cuarta vez, interrumpiendo sus cavilaciones. La voz del otro lado del hilo era muy suave, muy amable:

– ¿Santino Corleone?

– Sí, soy yo.

– Tenemos a Tom Hagen -dijo la voz-. Dentro de tres horas lo pondremos en libertad. Él le comunicará nuestras proposiciones. No haga nada hasta haber hablado con él. Sólo conseguiría crearse problemas. Lo que está hecho, hecho está. Ahora procede actuar como es debido, sin precipitaciones. No se deje llevar por su explosivo temperamento.

La voz era ligeramente burlona. Sonny no estaba seguro, pero hubiera jurado que era la de Sollozzo.

– Esperaré -respondió en un tono premeditadamente triste y abatido.

Cuando su comunicante hubo colgado, Sonny anotó la hora exacta en que se había producido la llamada.

Se sentó en la mesa de la cocina. Estaba temblando.

– ¿Qué ha ocurrido, Sonny? -preguntó su esposa.

– Han disparado contra el viejo -respondió serenamente. Al ver la expresión de ella, añadió en tono brusco-: No te preocupes. No ha muerto. Y no va a ocurrir nada más.

Nada le dijo acerca de Tom Hagen. El teléfono sonó por quinta vez. Era Clemenza.

– ¿Has oído lo de tu padre? -preguntó tartamudeando.

– Sí -replicó Sonny-. Pero no ha muerto.

Se produjo una larga pausa, hasta que finalmente, con voz emocionada, Clemenza dijo:

– Gracias, Dios mío, gracias… ¿Estás seguro? Me dijeron que había muerto en la calle.

– Está vivo -repuso Sonny. Estaba atento a todas las inflexiones de la voz de Clemenza. Su emoción parecía verdadera, pero entre las obligaciones de Clemenza se contaba la de ser un buen actor.

– Ahora tendrás que ocuparte de todo -comentó Clemenza-. ¿Qué quieres que haga?

– Ve a casa de mi padre, y trae a Paulie Gatto.

– ¿Eso es todo? -preguntó Clemenza-. ¿No quieres que ponga algunos hombres en el hospital y en tu casa?

– No, sólo os necesito a ti y a Paulie Gatto -contestó Sonny.

Se produjo un largo silencio. Clemenza iba comprendiendo. Para que todo pareciera más natural, Sonny preguntó:

– ¿Dónde diablos estaba Paulie Gatto? ¿Qué demonios hace ahora?

– Paulie estaba enfermo, está resfriado, y por eso no se movió de su casa -contestó Clemenza en un tono de voz radicalmente distinto-. Ha estado algo malo durante todo el invierno. Sonny se puso en guardia.

– ¿Cuántas veces se ha quedado en casa durante los dos últimos meses?

– Quizá tres o cuatro veces -respondió Clemenza-. Yo siempre preguntaba a Freddie si necesitaba otro muchacho, pero él decía que no. De hecho, no ha habido motivo pues, como ya sabes, en los diez últimos años no hemos tenido ningún problema.

– Sí, ya lo sé -dijo Sonny-. Te veré en casa de mi padre. Quiero que traigas a Paulie, por enfermo que esté. ¿Entendido? -Colgó el auricular, sin aguardar respuesta. Su esposa estaba llorando en silencio. La miró durante un momento y luego, bruscamente, agregó-: Si llama alguno de los nuestros, diles que me llamen a casa de mi padre por el teléfono especial. A las otras llamadas, contesta diciendo que no sabes nada. Si telefonea la mujer de Tom, dile que su marido estará unos días fuera, por asunto de negocios.

Al ver la expresión asustada de ella, añadió, impaciente-: Enviaré a un par de hombres aquí.

Después de una breve pausa, prosiguió:

– No tienes por qué temer nada; es sólo una medida de precaución. Haz todo lo que te digan. Si quieres hablar conmigo, llámame por el teléfono especial de papá, pero prefiero que no lo hagas a menos que sea indispensable. Y no te preocupes.

Dicho esto, salió de la casa.

Era ya de noche y el viento de diciembre azotaba la alameda. Sonny no sentía temor alguno, pues las ocho casas pertenecían a Don Corleone. En la entrada de la alameda, los dos edificios de cada lado estaban ocupados por asalariados de la familia, con sus esposas e hijos, y en los pisos bajos vivían hombres solteros. De las otras seis casas que formaban el resto del semicírculo, una estaba ocupada por Tom Hagen y su familia, otra por el mismo Sonny, y la más pequeña y modesta por el Don. Las otras tres casas habían sido alquiladas a amigos ya retirados del Don, con la condición de que las desocuparían en cuanto éste se lo pidiera. La inocente alameda era, en realidad, una fortaleza inexpugnable.

Las ocho casas estaban equipadas con potentes focos, que imposibilitaban que alguien pudiera ocultarse. Sonny atravesó la calle y entró en la casa de su padre, de la que tenía una llave.

Llamó a su madre, que salió de la cocina envuelta en un agradable olor de pimientos fritos. Antes de que su madre pudiera decir nada, Sonny la tomó del brazo y la hizo sentar.

– Acabo de recibir una llamada -dijo-. Ante todo, quiero que no te preocupes. Papá está en el hospital; ha sido herido. Vístete enseguida. Dentro de poco, un coche te llevará allí. ¿De acuerdo, mamá?

Su madre lo miró fijamente durante un breve instante.

– ¿Le han disparado? -le preguntó en italiano. Sonny hizo un gesto afirmativo. Su madre bajó la cabeza y regresó a la cocina. Sonny la siguió. Ella apagó el gas y a continuación se dirigió a su dormitorio. Sonny tomó dos trozos de pan y unos pimientos de la sartén, y se preparó un bocadillo. El aceite goteaba por entre sus dedos. Se dirigió al despacho de su padre y sacó de un armario el teléfono especial, inscrito bajo nombre y dirección falsos. La primera persona a quien llamó Sonny fue Luca Brasi, pero no recibió respuesta. Luego marcó el número del _caporegime_, el jefe de banda de Brooklyn, un hombre totalmente leal al Don llamado Tessio. Sonny le contó lo que había ocurrido y lo que quería de él. Tessio debía reclutar cincuenta hombres de absoluta confianza, enviar unos cuantos al hospital y los demás a Long Beach, donde habría trabajo para ellos.

– ¿Interviene también Clemenza? -preguntó Tessio.

– De momento no quiero que intervenga su gente -respondió Sonny.

Tessio comprendió al instante.

– Perdona lo que voy a decirte, que es lo mismo que te diría tu padre: no te precipites, Sonny. No puedo creer que Clemenza nos haya traicionado.

– Gracias -dijo Sonny-. Yo tampoco lo creo, pero debo ser cauteloso.

– Comprendo -comentó Tessio.

– Otra cosa, Tessio. Mi hermano menor, Mike, es t estudiando en Hanover, New Hampshire. Interesa que alguien de confianza, de Boston, vaya a buscarlo. Quiero que se quede aquí hasta que haya pasado todo esto. De todos modos, antes le llamaré para avisarle. Tampoco temo nada en cuanto a mi hermano, pero toda precaución es poca.

– Muy bien -dijo Tessio-. Estaré en casa de tu padre tan pronto como haya hecho lo preciso para que se cumplan tus órdenes. Conoces a mis muchachos ¿no?

– Sí -concluyó Sonny. Y colgó.

Se acercó a una pequeña caja fuerte disimulada en una pared, la abrió y de su interior sacó una libreta forrada de piel. Fue pasando páginas, hasta que encontró lo que buscaba. «Ray Farreli 5000 Nochebuena», leyó. Estas palabras iban seguidas de un teléfono. Sonny marcó el número y preguntó:

– ¿Farreli?

El hombre que estaba al otro lado del hilo respondió afirmativamente, y Sonny dijo:

– Soy Santino Corleone. Necesito que me haga un favor, y lo necesito rápido. Quiero que compruebe dos números de teléfono y que me pase nota de todas y cada una de las llamadas que hayan hecho y recibido durante los últimos tres meses.

Dio a Farreli el número de Paulie Gatto y el de Clemenza.

– Esto es muy importante -añadió Sonny-. Déme la información antes de medianoche y recibirá usted otra bonita felicitación navideña.

Antes de ponerse a considerar cuáles debían ser sus siguientes pasos, volvió a marcar el número de Luca Brasi. l esta vez hubo respuesta. Esto no le gustó, pero decidió no preocuparse. Luca se dejaría ver en cuanto se enterara de la noticia. Luego, se apoyó en la silla giratoria. Al cabo de una hora la casa estaría llena de gente de la Familia, y él tendría que decirles a todos lo que procedía hacer. En ese momento se dio cuenta de la gravedad de la Situación. Era la primera vez en los diez últimos años que alguien se había atrevido a atacar a la familia Corleone Sin duda, Sollozzo estaba detrás del asunto, pero aquel hombre nunca se hubiera atrevido a asestar el golpe de no contar con el apoyo de al menos una de las Cinco grandes Familias de Nueva York. Y ese apoyo procedía de los Tattaglia. Si eso era cierto, sólo quedaban dos alternativas: la guerra abierta o el sometimiento a la condiciones de Sollozo. Sonny Sonrió malévolamente El astuto Turco lo había planea do todo muy bien, pero no había tenido suerte. El viejo estaba vivo y la guerra era inevitable. Con Luca Brasi y los recursos de la familia Corleone el triunfo estaba fuera de duda. Pero ¿dónde estaba Luca Brasi?, se preguntó Sonny.

3

Hagen viajaba en un coche junto a otros cuatro hombres. Sollozzo estaba sentado delante. Obligaron a Tom a ocupar el asiento posterior, entre los dos que le habían sorprendido en la calle. Uno de ellos, el que estaba a su derecha, le tapaba el rostro con su propio sombrero para que no pudiera ver nada.

– No mueva ni un pelo -le advirtió.

El trayecto fue corto, de no más de veinte minutos, y cuando bajaron del coche, Hagen no reconoció el lugar donde se encontraban, pues era ya de noche.

Le condujeron a un apartamento situado en el piso bajo de una casa y le hicieron sentar en una silla de respaldo alto y recto. Sollozzo se sentó sobre una mesa. Su sombrío rostro mostraba una expresión aviesa.

No se asuste -le dijo-. Sé que no tiene usted el nervio de la Familia. Quiero que ayude a los Corleone… pero también quiero que me ayude a mí.

Las manos de Hagen temblaban mientras se ponía un cigarrillo en los labios. Uno de los hombres puso una botella. de aguardiente encima de la mesa y le sirvió

una buena dosis del fuerte licor en una taza de café de porcelana china.

El cuerpo de Hagen agradeció el trago. Sus manos dejaron de. temblar y la debilidad de sus piernas desapareció.

– Su jefe ha muerto -dijo Sollozzo.

Hizo una pausa para ver el efecto que sus palabras producían y se sorprendió al ver lágrimas en los ojos de Hagen.

– Lo cazamos cerca de su oficina, en la calle -prosiguió Sollozzo-. Tan pronto supe que el trabajo había sido realizado, me preocupé de usted. Su labor debe consistir en lograr que se firme la paz entre Sonny y yo. Hagen no contestó. Se sentía sorprendido ante el dolor qué le embargaba. Sus sentimientos eran una mezcla de desolación y de temor. Sollozzo estaba hablando de nuevo:

– A Sonny no le gustó mi oferta ¿verdad? Sin embargo, usted sabe que la razón está de mi parte. Los narcóticos es el asunto del futuro. En un par de años podremos conseguir más dinero del que queramos. El Don era un hombre anticuado; su época ya había pasado, pero él no supo darse cuenta de ello. Ahora ha muerto, y nada puede resucitarlo. Estoy dispuesto a hacer una nueva oferta, y quiero que convenza a Sonny para que la acepte.

– No existe la menor posibilidad de que acepte -dijo Hagen-. Sonny le perseguirá implacablemente.

– Esa será su primera reacción -replicó Sollozzo con impaciencia-. Precisamente, la misión de usted consiste en evitar que tome decisiones de las que luego podría arrepentirse. La familia Tattaglia y toda su gente me respalda. Las otras Familias de Nueva York aceptarán cualquier cosa que ponga fin a una guerra abierta entre nosotros. Saben que nuestro enfrentamiento sería perjudicial para ellos y sus negocios. Si Sonny acepta el trato, las otras Familias, incluso los mejores amigos del Don, considerarán el asunto como algo que no les concierne.

Hagen se miró las manos sin responder.

– El Don iba perdiendo su vigor -prosiguió Sollozzo en tono persuasivo-. Anos atrás me hubiera sido imposible cazarle, pero hoy… Las otras Familias vieron con muy malos ojos que le convirtiera a usted en su _consigliere_, a usted, que no solamente no es siciliano, sino que ni siquiera es italiano. Si se rompen las hostilidades, la familia Corleone será aplastada y todos perderemos, incluso yo. Necesito más los contactos políticos de la Familia que el dinero. Así pues, hable con Sonny, hable con los _caporegimi_; en sus manos está el evitar que se vierta mucha sangre.

Hagen pidió un poco más de licor.

– Haré lo que pueda -dijo-, pero Sonny es muy testarudo. Además, ni el mismo Sonny será capaz de controlar a Luca. No se olvide de Luca, como no voy a olvidarlo yo, si he de actuar de intermediario.

– Yo me encargaré de Luca -replicó Sollozzo sin alterarse-. Usted ocúpese únicamente de Sonny y de sus hermanos. Mire, puede decirles que Freddie hubiera podido ser eliminado al mismo tiempo que su padre, pero que mis hombres tenían órdenes estrictas de no disparar contra él. No quiero tener más remordimientos que los absolutamente necesarios. Dígales que Freddie está vivo gracias a mí.

Finalmente, el cerebro de Hagen se había puesto a trabajar. Acababa de darse cuenta de que Sollozzo no quería matarlo ni tenerlo prisionero. No pudo evitar avergonzarse por el alivio que experimentaba. Sollozzo le contemplaba con tranquila y amistosa sonrisa. Hagen empezó a considerar fríamente la situación. Si no se avenía a discutir el asunto con Sonny, quizá lo matarían. Luego comprendió que Sollozzo sólo quería que él presentara adecuadamente la oferta, como correspondía a un buen _consigliere_. Y ahora, al meditarlo, se dio cuenta de que Sollozzo tenía razón. La guerra abierta entre los Tattaglia y los Corleone debía ser evitada a toda costa. Los Corleone debían inclinar la cabeza y olvidar. Tenían que llegar a un acuerdo. Y después, en el momento preciso, podrían descargar toda su fuerza contra Sollozzo.

Al volver a mirar a Sollozzo, que sonreía abiertamente, se dio cuenta de que éste había adivinado sus pensamientos. Entonces, unas interrogantes comenzaron a martillear el cerebro de Hagen: ¿Qué había ocurrido con Luca Brasi para que Sollozzo se mostrara tan tranquilo? ¿Se había pasado a su bando? Recordó que la noche en que Don Corleone había rehusado la oferta de Sollozzo, Luca había sido citado a la oficina del Don para tener una entrevista privada con éste… Pero ése no era el momento de preocuparse por tales detalles. Lo más urgente era regresar cuanto antes a la seguridad de la fortaleza de la familia Corleone, en Long Beach.

– Haré lo que pueda -dijo a Sollozzo-. Creo que tiene usted razón. Es más, estoy seguro de que es lo que el Don hubiese querido que hiciéramos.

– Bien -dijo Sollozzo con expresión grave-. No me gusta el derramamiento de sangre. Soy un hombre de negocios, y la sangre cuesta mucho dinero.

En aquel momento sonó el teléfono. Uno de los hombres que permanecían sentados detrás de Hagen se levantó para contestar. Escuchó durante breves instantes y luego dijo:

– Muy bien, se lo diré.

Colgó el auricular, se acercó a Sollozzo y dijo algo en voz muy baja, con los labios pegados al oído del turco.

Hagen vio que Sollozzo palidecía, a la vez que sus ojos mostraban una expresión de rabia infinita. Sintió miedo; Sollozzo le observaba especulativamente. De pronto, comprendió que no iban a dejarlo en libertad. Adivinó que había sucedido algo que podía significar su propia muerte.

– El viejo sigue con vida -dijo Sollozzo-. Cinco balas en su cuerpo de siciliano y signe con vida

Seguidamente, tras una pausa, en tono fatalista y dirigiéndose a Tom, añadió:

– Mala suerte. Mala suerte para mí, mala suerte para usted…

4

Cuando Michael Corleone llegó a la casa de su padre en Long Beach, se encontró con que la angosta entrada a la alameda estaba interceptada por una cadena. Los potentes reflectores instalados en lo alto de las ocho casas iluminaban la explanada, y por lo menos había diez automóviles aparcados allí en medio.

Observó que dos hombres a los que no conocía estaban apoyados en la cadena.

– ¿Quién es usted? -le preguntó uno de ellos, con acento de Brooklyn.

Se identificó. De la casa más próxima salió otro hombre.

– Es el hijo del Don -dijo éste-. Lo acompañaré dentro.

Mike siguió al desconocido hasta el interior de la casa de su padre, donde otros dos hombres montaban guardia.

La casa parecía llena de desconocidos. Cuando llegó al salón vio a la esposa de Tom Hagen, Theresa, sentada en un sofá y fumando un cigarrillo. En una mesita frente a ella había un vaso de whisky. Junto a ella estaba el corpulento _caporegime_ Clemenza, cuyo rostro permanecía impasible. Sin embargo, sudaba profusamente, y el cigarrillo que sostenía entre los dedos se veía casi deformado.

Clemenza se levantó para estrechar la mano de Michael.

– Tu madre está en el hospital con tu padre -murmuró tristemente-. Todo irá bien, no te preocupes.

Paulie Gatto se levantó también para darle la mano. Michael le miró con curiosidad. Sabía que era guardaespaldas de su padre, pero ignoraba que aquel día se había quedado en casa, enfermo. En la delgada cara del hombre se adivinaba cierta tensión. Gatto era un hombre muy rápido y consciente de sus obligaciones, aunque ese día no había sabido cumplir con su deber. En la estancia estaban otros hombres, que Michael no reconoció. Desde luego, no eran hombres de Clemenza. No había que esforzarse mucho para comprender que Clemenza y Gatto eran sospechosos. Convencido de que Paulie había estado en el escenario del atentado, Mike preguntó al joven con cara de hurón:

– ¿Cómo está Freddie?

– El médico le ha administrado un calmante -respondió Clemenza-. Ahora está durmiendo.

Michael se acercó a la esposa de Hagen y se indinó para darle un beso en la mejilla. Siempre habían simpatizado.

– No te preocupes -la tranquilizó-. Seguro que Tom está perfectamente. ¿Has hablado ya con Sonny?

Theresa lo asió por un brazo y movió la cabeza. Era una mujer frágil y muy hermosa, más americana que italiana, y estaba muy asustada. Él la tomó de la mano y la ayudó a levantarse del sofá. Luego la condujo al despacho de su padre, en donde se hallaba Sonny.

Sonny estaba retrepado en la silla de su escritorio, con una libreta amarilla en una mano y un lápiz en la otra. Con él estaba únicamente el _caporegime_ Tessio, a quien Michael reconoció. Dedujo de inmediato que debían de ser sus hombres los que hacían guardia en la casa. También Tessio tenía papel y lápiz en las manos.

Cuando Sonny los vio entrar, se acercó a ellos y abrazó a la esposa de Hagen.

– No te preocupes, Theresa -dijo-. Tom está bien. Sólo quieren que actúe como intermediario. En realidad, es nuestro abogado. Nadie puede querer hacerle daño alguno.

Luego también abrazó y besó a su hermano menor, que se sorprendió ante esta muestra de afecto. Michael apartó a Sonny y dijo, sonriendo burlonamente:

– ¿Después de haberme acostumbrado a tus golpes, ahora debo soportar esto?

Años atrás, los dos hermanos se habían peleado muchas veces.

– Escucha, muchacho -dijo Sonny, encogiéndose de hombros-. Tienes que saber que me preocupé mucho al no conseguir localizarte en aquella rustica población. No es que me importara gran cosa lo que pudiera haberte ocurrido, pero no me gustaba la idea de dar la noticia a nuestra madre. Bastante tuve con tener que contarle lo de papá.

– ¿Cómo reaccionó? -preguntó Michael.

– Bien. No es la primera vez que pasa por este trance. Ni yo tampoco. Entonces tú eras muy joven, y luego, cuando te fuiste haciendo mayor, la situación iba sobre ruedas.

Después de una corta pausa, Sonny añadió:

– Ahora está en el hospital, con papá. Nuestro padre está fuera de peligro, según creo.

– ¿Cuándo iremos a verlo? -preguntó Michael.

– No puedo dejar esta casa hasta que todo haya pasado -respondió Sonny con sequedad.

Sonó el teléfono. Sonny descolgó y escuchó atentamente. Mientras, Michael echó un vistazo a la mesa y leyó lo que su hermano había escrito en la libreta amarilla.

Era una lista compuesta de siete nombres. Los tres primeros eran Sollozzo, Phillip Tattaglia y John Tattaglia. Michael comprendió que había interrumpido a Sonny y a Tessio mientras confeccionaban una lista de hombres que debían morir asesinados. Sonny colgó.

– ¿Podéis esperar fuera? -les pidió a Theresa Hagen y a Michael-. Tengo que terminar un trabajo con Tessio.

– ¿Estaba relacionada con Tom esta llamada? -interrogó Theresa.

Había pronunciado estas palabras con aparente tranquilidad, pero lo cierto es que casi tenía lágrimas en los ojos. Sonny la tomó del brazo y la acompañó a la puerta.

– Te prometo que todo acabará bien -aseguró-. Espera en el salón. No tardaré en salir.

Cerró la puerta tras ella. Michael se había sentado en uno de los grandes butacones de cuero. Sonny le dirigió una rápida mirada y luego se sentó detrás de la mesa.

– Sería mejor que salieras, Mike -dijo-. Vas a oír cosas que no te van a gustar.

Michael encendió un cigarrillo.

– Puedo ayudar -replicó.

– No, no puedes. Si permitiera que te vieras mezclado en esto, nuestro padre se pondría hecho una furia. Michael se levantó, hecho una furia.

– Oye, imbécil -dijo-, se trata de mi padre. ¿Es que no debo hacer nada por él? Puedo ayudar. No tengo por qué salir a la calle y liarme a matar gente, pero puedo ayudar. Deja ya de tratarme como a un niño. He estado en la guerra. Fui herido ¿lo recuerdas? Y maté a algunos japoneses. ¿Qué crees que voy a hacer cuando mates a alguien? ¿Desmayarme?

Sonny le miró con una sonrisa burlona.

– Bien, bien, de acuerdo. Ocúpate del teléfono.

Se volvió a Tessio.

– Esa última llamada me ha dado los datos que necesitaba -dijo.

Seguidamente, dirigiéndose a Michael, comentó:

– Alguien nos ha traicionado: puede haber sido Clemenza, o tal vez Paulie Gatto, que ha padecido una enfermedad muy conveniente. Ahora ya sé la respuesta. Vamos a ver lo listo que eres, Michael, tú que eres el intelectual de la familia. ¿Quién se ha pasado al bando de Sollozzo?

Michael volvió a sentarse en el cómodo butacón de cuero. Meditó la situación con mucho cuidado. Clemenza era uno de los _caporegimi_ de la familia Corleone. Gracias al Don se había hecho millonario, y ambos eran íntimos amigos desde hacía más de veinte años. Disfrutaba de uno de los puestos más importantes de la organización. ¿Qué podía ganar Clemenza traicionando al Don? ¿Más dinero? Era ya muy rico, pero los hombres suelen ser ambiciosos. ¿Más poder? ¿Venganza por algún insulto o desdén? ¿Le había sentado mal que Hagen fuera nombrado _consigliere_? ¿O quizá se había convencido de que Sollozzo sería el vencedor? No, era imposible que el traidor fuera Clemenza, aunque Michael pensó tristemente que era sólo imposible porque él no quería que Clemenza muriera. Cuando él era niño, el gordo Clemenza siempre le llevaba pequeños regalos e incluso lo llevaba a pasear, cuando el Don estaba ocupado. No podía creer que Clemenza fuera culpable de traición. Por otra parte, Clemenza sería con toda seguridad el hombre al que Sollozzo preferiría tener en su bando, de entre todos los de la familia Corleone.

Michael pensó también en Paulie Gatto. Paulie aún no era un hombre rico. Estaba bien valorado, había ido escalando posiciones, pero llevaba todavía pocos años en la organización. Seguro que soñaba en convertirse en un hombre muy poderoso. Tenía que ser Paulie. De pronto Michael recordó que él y Paulie habían sido compañeros de clase en el sexto grado, y tampoco quería que el culpable fuera Paulie.

– Ninguno de los dos -dijo-. Pero lo dijo sólo porque Sonny había asegurado que ya tenía la respuesta. Si tuviera que haber votado por alguno de ellos como culpable, lo hubiera hecho por Paulie.

Sonny lo miró, sonriente.

– No pienses más -dijo-. Es Paulie. Michael descubrió una expresión de alivio en el rostro de Tessio. Sus simpatías, teniendo en cuenta que ambos eran _caporegime_, se inclinaban hacia Clemenza. Además, aparte del atentado sufrido por el Don, la situación no era demasiado grave.

– Supongo que mañana podré enviar a mis hombres a casa ¿no? -dijo Tessio, cautelosamente.

– Mejor pasado mañana -replicó Sonny-. No quiero que nadie sepa ni una palabra del asunto hasta entonces. Oye, quiero tratar de algunos asuntos privados con mi hermano. ¿No te importará aguardar fuera? Más tarde terminaremos la lista. Tú y Clemenza trabajaréis juntos en esto.

– De acuerdo -dijo Tessio, y salió.

– ¿Cómo puedes estar tan seguro de que es Paulie? -preguntó Michael.

– Tenemos amigos en la compañía telefónica, y ellos han comprobado todas las llamadas efectuadas y recibidas por Gatto y Clemenza. Durante cada uno de los tres días en que estuvo enfermo este mes, Paulie recibió una llamada desde una cabina cercana al edificio en que nuestro padre tiene su oficina. También hoy. Tal vez querían asegurarse de si Paulie salía o de si alguien ocupaba su lugar o de cualquier otra cosa; no importa ya. Gracias a Dios que ha sido Paulie. Clemenza nos hará mucha falta.

– ¿Va a ser una guerra abierta? -preguntó Michael, en tono indeciso.

– Así será, pero quiero esperar a que Tom esté con nosotros -respondió con una mirada acerada-. Luego, cuando el viejo se haya recuperado, que sea él quien decida.

– Siendo así ¿por qué no te quedas con los brazos cruzados hasta que papá pueda decidir? -preguntó Michael.

Sonny le miró como si fuese un ser del otro mundo.

– ¿Cómo diablos conseguiste tus medallas en la guerra? Tenemos que luchar, y lucharemos, muchacho. Ahora sólo me preocupa que no pongan en libertad a Tom.

– ¿Por qué no? -preguntó Michael, sorprendido.

– Secuestraron a Tom porque estaban convencidos de que nuestro padre había muerto -contestó Sonny con paciencia-y pensaban que podrían hacer un trato conmigo. Tom debía actuar de intermediario y transmitirme la proposición de Sollozzo. Sin embargo ahora saben que el viejo está vivo y que no podrán hacer tratos conmigo, así que Tom no les sirve de nada. A lo mejor lo dejan libre, pero también pueden matarlo; dependerá del humor de Sollozzo. Si lo liquidan, ello significará que se hallan dispuestos a llegar hasta el final.

– ¿Cómo es posible que Sollozzo pensara que podía llegar a un acuerdo contigo? -preguntó Michael, suavemente.

La pregunta cogió a Sonny desprevenido.

– Tuvimos una entrevista hace unos pocos meses -respondió tras un largo silencio-. Sollozzo nos propuso que participáramos en el negocio de las drogas. El viejo no aceptó. Pero durante la reunión dije algo que indujo a Sollozzo a creer que yo deseaba llegar a un acuerdo. Fue un error, lo reconozco. Si hay algo que disguste a nuestro padre, es demostrar que en la Familia hay diversidad de opiniones. Sollozzo creyó que si lograba apartar al viejo, yo entraría en el asunto de las drogas. Sin el viejo, el poder de la Familia se reduce al menos en un cincuenta por ciento. Por otra parte, me sería muy difícil controlar todos los negocios de la Familia. Las drogas son el negocio del futuro, y opino que deberíamos dedicarnos a ellas. En el atentado contra nuestro padre no ha habido nada personal; ha sido todo cuestión de negocios. Pensando como hombre de negocios, me asociaría con Sollozzo. Naturalmente, no se fiaría mucho de mí, pero sabe que cuando yo hubiera aceptado el trato, las otras Familias no me dejarían empezar la guerra contra él sólo por venganza. Además, cuenta con el apoyo de los Tattaglia.

– Si hubieran acabado con nuestro padre ¿qué hubieses hecho? -preguntó Michael.

Con toda soltura, sin demostrar sentimiento alguno, Sonny replicó:

– Sollozzo morirá. No me importa lo que cueste. Si tengo que luchar contra las cinco Familias de Nueva York, lo haré. La familia Tattaglia tiene que ser aniquilada, aunque ello signifique nuestra propia destrucción.

– Papá no habría reaccionado así -comentó Michael, con voz tranquila.

– Sé que no puedo compararme con papá -admitió Sonny con cierta rabia-, pero deja que te diga una cosa. Cuando se trata de actuar, soy tan bueno como el mejor. Nuestro padre sólo me aventaja en su visión del futuro. Sollozzo, Clemenza y Tessio saben que mis golpes pueden ser durísimos. Lo demostré a los diecinueve años, la última vez que la Familia se vio envuelta en una guerra; en ese momento fui una gran ayuda para papá. Por eso estoy tranquilo ahora. Y nuestra Familia tiene todos los ases en la mano en un posible trato con Sollozzo. Sólo necesito localizar a Luca.

– ¿Es Luca tan duro como dicen? -preguntó Michael con curiosidad-. ¿Es realmente un buen elemento?

– Sólo puede compararse consigo mismo -respondió Sonny-. Le pediré que se ocupe de los tres Tattaglia. De Sollozzo me encargaré yo mismo.

Michael se agitó inquieto en su silla mientras miraba a su hermano mayor. Sabía que a veces Sonny era brutal, pero sabía igualmente que tenía buen corazón. Era un buen muchacho. Le parecía raro oírle hablar como lo había hecho. Además, la lista de los hombres que debían ser ejecutados le parecía a Michael completamente fuera de lugar, pues Sonny no era, en modo alguno, un emperador romano, dueño y señor de las vidas de sus súbditos. Se alegró de no verse envuelto en el asunto, ya que viviendo su padre, los planes de Sonny podrían ser llevados a cabo. Él se limitaría a contestar el teléfono y a llevar algún que otro mensaje. Sonny y el viejo ya se las arreglarían, especialmente teniendo el apoyo de Luca.

En aquel momento oyeron el llanto de una mujer en el salón. Michael supo que era la esposa de Tom. Corrió hacia la puerta y la abrió. Todos los presentes se habían puesto en pie. En el sofá, Tom Hagen abrazaba a Theresa, que lloraba a lágrima viva. Era un llanto de alegría, naturalmente. Tom se desprendió del abrazo de su esposa, que continuó en el sofá, y dirigió una alegre sonrisa a Michael.

– Me alegro mucho de verte, Mike, me alegro mucho.

Hagen, sin mirar a su esposa, entró resueltamente en la oficina. «Por algo ha vivido durante diez años con la familia Corleone», pensó Michael, con orgullo. Tom, Sonny, e incluso él mismo se habían contagiado de algo del espíritu del viejo.

5

En el despacho estaban sentados Sonny, Michael, Tom Hagen, Clemenza y Tessio. Eran casi las cuatro de la madrugada. Habían logrado convencer a Theresa Hagen, no sin dificultad, de que se marchara a su casa, situada junto a la del Don. Paulie Gatto todavía estaba esperando en el salón, ignorando que los hombres de Tessio habían recibido instrucciones de no dejarle salir ni perderlo de vista.

Tom Hagen transmitió la oferta de Sollozzo. Explicó que cuando Sollozzo se enteró de que el Don seguía con vida, él había llegado a convencerse de que iban a matarlo.

– Si alguna vez tengo que suplicar al Tribunal Supremo -dijo Hagen, sonriendo-no lo haré con tanto fervor como lo he hecho esta noche ante ese maldito Turco. Le he dicho que expondría su oferta a la Familia, aun estando vivo el Don. Le he dicho que a ti, Sonny, te tenía en el bolsillo. Le he contado que fuimos compañeros de colegio y, no lo tomes a mal, hasta le he insinuado que tal vez no te había disgustado demasiado el atentado contra tu padre. Dios me perdone.

Con una sonrisa pidió perdón a Sonny, quien hizo un gesto de comprensión.

Michael, cómodamente sentado y con el teléfono a su derecha, estudió a ambos hombres. Cuando Hagen entró en la habitación, Sonny había corrido a abrazarle, Michael no pudo evitar sentirse celoso al pensar que entre Sonny y Hagen existía una intimidad mucho mayor que entre él y su hermano.

– Bueno, vamos al grano -dijo Sonny-. Tenemos que hacer nuestros planes. Echa una ojeada a la lista que hemos confeccionado Tessio y yo. Tessio, pasa tu copia a Clemenza.

– Si vamos a hacer planes -dijo Michael-, Freddie tiene que estar presente.

– Freddie no nos sirve de nada -replicó Sonny con cierto sarcasmo-. El médico dice que ha sufrido un _shock_ tan fuerte que necesita guardar reposo absoluto. No lo entiendo, de veras. Freddie siempre ha sido un muchacho duro. Supongo que para él fue horrible ver cómo disparaban a papá; siempre ha pensado que el Don es Dios. Tú y yo somos diferentes, Mike.

– Dejemos fuera a Freddie -dijo Hagen, rápidamente-. Mantengámoslo al margen de todo, absolutamente de todo. Ahora, Sonny, hasta que la crisis haya pasado, creo que deberías permanecer en casa. Aquí estás seguro. No menosprecies a Sollozzo, es un verdadero _pezzonovante_, un hombre con lo que hay que tener. ¿Tenemos gente en el hospital? Sonny asintió en silencio.

– La policía vigila allí, pero los nuestros han podido visitar tranquilamente a papá. ¿Qué piensas de la lista, Tom?

Hagen enarcó las cejas.

– Por Dios, Sonny, creo que lo has tomado como un asunto personal. El Don lo hubiera considerado como una simple disputa de negocios. Sollozzo es la clave. Lo único que procede, pues, es eliminarlo a él. Olvidemos de momento a los Tattaglia.

Sonny miró a sus dos _caporegimi_. Tessio se encogió de hombros, mientras decía:

– Es una medida adecuada.

Clemenza, en cambio, guardó silencio.

– Hay un punto que está fuera de discusión -apuntó Sonny, dirigiéndose a Clemenza-. No quiero volver a ver a Paulie. Él será el primero de la lista.

El gordo _caporegime_ asintió.

– ¿Qué hay de Luca? -preguntó Hagen-. A Sollozzo no pareció preocuparle mucho. Y eso me preocupa a mí. Si Luca nos ha traicionado, nos encontramos en peligro. Eso es lo primero que tenemos que averiguar. ¿Ha conseguido alguien ponerse en contacto con él?

– No -dijo Sonny-. Le he estado llamando durante toda la noche. Quizás esté con alguna mujer.

– No -respondió Hagen-. Nunca pasa toda la noche con mujeres. Cuando ha terminado, se va a su casa. Mike, sigue marcando su número hasta que conteste.

Obedientemente, Michael marcó el número de Luca. Nadie atendió la llamada. Finalmente, colgó.

– Sigue probando cada quince minutos -ordenó Hagen.

– Bien, Tom, tú eres el _consigliere_ -dijo Sonny con impaciencia-. Aconséjanos. ¿Qué demonios piensas que deberíamos hacer?

Hagen se sirvió un poco de whisky.

– Negociaremos con Sollozzo hasta que tu padre pueda ocuparse del asunto. Incluso podríamos llegar a un acuerdo, si fuese necesario. Cuando tu padre se levante de la cama, podrá dejar el asunto definitivamente zanjado, y todas las Familias le apoyarán.

– ¿Me consideras incapaz de manejar a Sollozzo? -preguntó Sonny, irritado.

– Sonny, estoy seguro de que podrías acabar con él -dijo Hagen, mirándolo a los ojos-. La familia Corleone es la más poderosa. Tienes a Clemenza y a Tessio, que si llega el caso pueden disponer de un millar de hombres. Pero con ello se produciría una verdadera carnicería a lo largo de toda la Costa Este, aparte de que las demás Familias culparían de todo a los Corleone. Nos ganaríamos una gran cantidad de enemigos. Y eso es algo que tu padre siempre ha evitado.

Al mirar a Sonny, Michael comprendió que éste había aceptado bien las palabras de Hagen. Sin embargo, después de breves instantes, Sonny dijo al _consigliere_:

– ¿Y si mi padre muere? ¿Cuál sería entonces tu consejo?

– Sé que no me harías caso -contestó Hagen sin alterarse-, pero te aconsejaría llegar a un verdadero acuerdo con Sollozzo en lo de las drogas. Sin los contactos políticos y la influencia personal de tu padre, la familia Corleone pierde la mitad de su fuerza. Sin tu padre, las otras Familias de Nueva York tal vez se decidieran a apoyar a los Tattaglia y a Sollozzo, sólo para evitar una larga y destructiva guerra. Si tu padre muere, trata con Sollozzo. Luego, espera.

Sonny estaba pálido de ira.

– Para ti es muy fácil decir esto. No han disparado a tu padre.

– He sido para él un buen hijo, quizá mejor que tú o Mike -replicó Hagen rápidamente, sin disimular su orgullo-. Te estoy dando mi opinión profesional. Personalmente, puedes estar seguro de que quiero matar a esos cerdos.

La emoción con que Hagen había hablado avergonzó a Sonny.

– Por Dios, Tom, no tomes a mal mis palabras -se disculpó-. No pretendía ofenderte.

Sonny siguió murmurando excusas, mientras los demás esperaban, silenciosos y violentos por la escena anterior. Finalmente, Sonny habló, con voz tranquila.

– Esperaremos a que el viejo esté en condiciones de ponerse al frente de todo. Pero, mira Tom, quiero que permanezcas en la alameda. No quiero que te arriesgues. En cuanto a ti, Mike, mantente alerta, aunque no creo que Sollozzo intente nada contra ti. Si se atreviera a atacar a los miembros de la Familia, llevaría las de perder; todo se volvería contra él. Pero sé cuidadoso, de todos modos.

Tessio, tú ten a tus hombres en reserva; que vayan husmeando por la ciudad. Tú, Clemenza, cuando hayas arreglado lo de Paulie Gatto, lleva a tus hombres a la casa y a la alameda, para que sustituyan a los de Tessio. Oye, Tessio, mantén a tus hombres en el hospital. Tom, bien sea por teléfono, bien a través de un mensajero, empieza las negociaciones con los Tattaglia y con Sollozzo, a primera hora de mañana. Tú, Mike, hazte acompañar mañana por un par de hombres de Clemenza a casa de Luca; espera a que salga o averigua dónde diablos se ha metido. De haber oído lo de papá, es capaz de haber ido a cazar a Sollozzo. No puedo creer que haya traicionado a su Don, por mucho que Sollozzo le haya ofrecido.

– Tal vez no deberíamos mezclar a Mike ten directamente en esto -dijo Hagen a regañadientes.

– De acuerdo -respondió Sonny-. Olvídalo, Mike. De todos modos, te necesito aquí, junto al teléfono. Y eso es más importante que lo otro.

Michael permaneció en silencio. Se sintió inútil, casi avergonzado. Al ver los rostros impasibles de Clemenza y de Tessio, se dio cuenta de que ambos estaban ocultando su desprecio por él. Descolgó el auricular y marcó el número de Luca Brasi. Mantuvo el receptor pegado al oído durante un buen rato, pero nadie contestó a la llamada.

6

Peter Clemenza durmió mal aquella noche. Por la mañana se levantó temprano y se preparó el desayuno, consistente en un vaso de «grappa» y un grueso trozo de salami de Génova con un pedazo de pan italiano, que cada día le dejaban en la puerta, como en los viejos tiempos. Luego se bebió una taza de café mezclado con anís. Mientras iba por la casa, con su albornoz y sus zapatillas de fieltro rojo, pensaba en el trabajo que le esperaba durante el día. La noche anterior, Sonny Corleone le había dicho muy claramente que debía ocuparse de Paulie Gatto. Y el trabajo debía realizarse ese mismo día.

Clemenza estaba preocupado. No porque Gatto hubiera sido su protegido y se hubiese convertido en traidor. Esto para nada influía en el juicio del _caporegime_. Después de todo, los antecedentes de Paulie eran intachables. Procedía de una familia siciliana, se había criado en el mismo barrio que los chicos de los Corleone, e incluso había ido a la escuela con uno de ellos. Había recibido la educación adecuada. Se le había puesto a prueba, y los resultados habían indicado claramente que no era un hombre ambicioso. Luego, cuando hubo demostrado su valor, la Familia le había dado oportunidad de ganarse bien la vida, concediéndole un porcentaje de las recaudaciones del East Side. Clemenza sabía que Paulie Gatto incrementaba sus ingresos con trabajos por cuenta de terceros, cosa que iba contra las normas establecidas por la Familia, pero esto no era sino un signo de su valía. El quebrantamiento de dichas normas era considerado una muestra de iniciativa, similar a la del caballo de carreras que quiere estar siempre en la pista.

Además, Paulie Gatto nunca había ocasionado problemas con sus trabajos particulares. Siempre habían sido meticulosamente planeados y llevados a cabo sin llamar la atención y sin que llegaran a producirse ni tan siquiera heridos: el robo de una nómina de tres mil dólares en Manhattan, el de la de una pequeña fábrica de porcelana en los barrios bajos de Brooklyn, etc. Después de todo, siempre era interesante para un joven hacerse con un sobresueldo para sus gastos personales. Nada malo había en ello. ¿Quién hubiera imaginado que Paulie Gatto se convertiría en traidor?

Lo que preocupaba a Clemenza era, en realidad, un problema administrativo. La ejecución de Paulie Gatto era cosa hecha, pero ¿a quién escogería para sustituirlo? Era un puesto importante, por lo que debía poner mucho cuidado en la elección. Desde luego, se trataba de un asunto delicado. El sustituto debía ser duro y listo. Debía saber mantener la boca cerrada, incluso cuando la policía le apretara las clavijas, un hombre respetuoso con la siciliana ley del silencio, la amena. Y luego ¿cómo debería serle compensado el ascenso? Clemenza había insinuado varias veces al Don la conveniencia de recompensar mejor a los hombres decisivos dentro de la organización, pero el Don nunca había querido escucharle. De haber recibido más dinero, tal vez Paulie no se hubiera dejado sobornar por aquel maldito Turco.

Finalmente, por un proceso de eliminación, en la mente de Clemenza quedaron sólo tres nombres. El primero era un hombre que trabajaba con los estibadores de color de Harlem. Era un individuo de gran fuerza física y extraordinaria simpatía personal, que sabía tratar a la gente y se hacía respetar y temer. Sin embargo, Clemenza lo descartó después de media hora de sopesar los pros y los contras. Se llevaba demasiado bien con la gente de color, lo cual permitía suponer cierta debilidad de carácter. Además, sería muy difícil de reemplazar en su actual puesto.

En segundo lugar Clemenza consideró a un hombre muy trabajador que servía fielmente a la Familia. Se ocupaba de los clientes morosos de la zona de Manhattan. Había empezado como corredor de apuestas. Al final Clemenza llegó a la conclusión de que todavía no estaba capacitado para ocupar un cargo tan importante como el de Paulie Gatto.

Se decidió por Rocco Lampone, que había efectuado un breve pero rápido aprendizaje dentro de la Familia. Durante la guerra había sido herido en África, y fue licenciado en 1943. Debido a la escasez de hombres jóvenes, Clemenza lo había contratado, a pesar de que Lampone estaba parcialmente incapacitado, ya que incluso cojeaba al andar. Clemenza lo introdujo en el mercado negro de las ropas de vestir y entre los empleados gubernamentales encargados de los bonos de comida. Tiempo después, Lampone era el que lo controlaba todo. La cualidad que más valoraba Clemenza era su buen criterio. Sabía que no valía la pena hacerse fuerte en asuntos que en el peor de los casos podían costar una multa o seis meses de cárcel, cosas que, en definitiva, eran tonterías, si se tenían en cuenta los grandes beneficios que se obtenían. Tenía el sentido común de saber cuándo podía amenazar. En definitiva, era un hombre discreto; exactamente lo que interesaba a la Familia.

Clemenza se sintió satisfecho. Acababa de resolver un comprometido problema administrativo. Sí, Rocco Lampone sería el hombre adecuado. Le ayudaría incluso en lo de Paulie. Clemenza había decidido ocuparse personalmente del asunto, no sólo para ayudar a un hombre nuevo e inexperto a recibir su «bautismo de sangre», sino también porque quería saldar una cuenta pendiente. Paulie había sido su protegido, él le había ascendido, incluso por delante de gente más leal y capacitada. Paulie no sólo había traicionado a la Familia, sino también a su «padrone», Peter Clemenza. Esta falta de respeto tenía que ser castigada.

Todos los detalles estaban ya arreglados. Paulie Gatto había recibido instrucciones de pasar a recogerle a las tres de la tarde con su propio automóvil. Clemenza cogió el teléfono y marcó el número de Rocco Lampone. No se dio a conocer, sino que se limitó a decir:

– Ven a mi casa, tengo un trabajo para ti. Le gustó el hecho de que la voz de Lampone, a pesar de lo temprano de la hora, no denotara sorpresa ni sonara soñolienta. Se había limitado a decir que de acuerdo. Era un buen elemento.

– No corras -añadió Clemenza-. Come tranquilamente antes de venir a verme. Eso sí, no llegues más tarde de las dos.

Recibida la conformidad de su interlocutor, Clemenza colgó. Ya había dado las órdenes oportunas para que sus hombres reemplazaran a los de Tessio en la alameda, y así se había hecho. Sus subordinados eran hombres capacitados, de forma que él nunca tenía que inmiscuirse en la mecánica de las operaciones.

Decidió lavar su Cadillac. Le gustaba su coche. Su marcha era tan suave y su interior tan cómodo, que a veces, cuando hacía buen tiempo, prefería estar sentado en su interior que en la sala de estar de su casa. Lavar el coche le ayudaba a pensar; lo tenía comprobado. Recordaba a su padre haciendo lo mismo que él, pero con las muías, allá en Italia.

Clemenza trabajaba dentro del caluroso garaje, pues odiaba el frío. Acabó de madurar sus planes. Debía tener cuidado con Paulie. Era como una rata, olía el peligro. En ese momento, a pesar de toda su dureza debía de estar temblando de miedo, sabiendo que el Don estaba vivo. Pero Clemenza estaba acostumbrado a estas circunstancias, normales en su trabajo. Primero debía encontrar una buena excusa que justificara el hecho de que Rocco los acompañara. Segundo, tenía que inventarse una misión lo bastante delicada como para requerir la presencia de tres hombres.

Desde luego, aquello no era imprescindible. Paulie Gatto podía ser eliminado sin tantos requisitos. No tenía escapatoria. No obstante, Clemenza estaba firmemente convencido de la importancia de hacer las cosas bien, sin dejar cabos sueltos. Uno nunca podía saber lo que iba a suceder; después de todo, se trataba de cuestiones de vida o muerte.

Mientras lavaba su Cadillac azul, Peter Clemenza consideró cuál debía ser la expresión de su cara, cuáles debían ser sus palabras. Debía mostrarse seco con Paulie, como si estuviera disgustado con él. Con un hombre tan sensible y suspicaz como Gatto, dicha actitud serviría para sumirle en un mar de dudas. Una actitud amistosa despertaría sus sospechas, aunque la sequedad tampoco debía ser excesiva. ¿Y cómo justificar la presencia de Lampone? Paulie se alarmaría al ver a Lampone en el asiento posterior. A Paulie no le gustaría encontrarse indefenso, teniendo a Rocco Lampone detrás de su cabeza. Clemenza frotó furiosamente la carrocería del Cadillac. Desde luego, aquella era una de las cuestiones más difíciles. Por un momento consideró la posibilidad de utilizar a otro hombre más, pero la descartó por razón fundamental: en el futuro cabía la posibilidad de que a uno de sus hombres le interesara declarar contra él. Si dos personas se ocupaban del asunto, sería la palabra de un hombre contra la de otro. En cambio, la palabra de un tercero inclinaría la balanza. No, dos hombres era mejor que tres.

Lo que más irritaba a Clemenza era que la ejecución debía ser «pública». Es decir, el cuerpo debía ser encontrado. Hubiera preferido hacer desaparecer el cadáver, como habitualmente: los cadáveres eran enterrados en el mar o en las ciénagas de Nueva Jersey, en terrenos pertenecientes a amigos de la Familia, aunque también se empleaban métodos más complicados. En este caso, sin embargo, tenía que ser en público, de modo que sirviera de aviso a los hipotéticos traidores y con objeto de que todos supieran que la familia Corleone no se había debilitado. Para Sollozzo sería un golpe ver que el espía había sido descubierto con tanta rapidez. La familia Corleone recuperaría parte del prestigio que había perdido con el atentado contra su jefe.

Clemenza lanzó un profundo suspiro. El Cadillac brillaba como el sol, pero aún no había conseguido resolver el problema. Luego, sin saber cómo, se le presentó la solución. Rocco Lampone y Paulie estarían juntos porque él, Clemenza, tenía que confiarles una misión muy secreta e importante. Diría a Paulie que su trabajo y el de Lampone consistiría en hallar un apartamento por si la Familia decidía «atrincherarse».

Siempre que una guerra entre Familias se hacía demasiado virulenta, los oponentes solían trasladarse a un lugar secreto, con todos sus «soldados». El objetivo principal no era mantener fuera de peligro a las esposas e hijos de los combatientes, ya que un ataque contra los no combatientes era impensable. Lo que se pretendía era simplemente que ni el adversario ni la policía pudieran observar los movimientos.

Por ello, en tales casos un _caporegime_ de confianza recibía el encargo de alquilar un apartamento secreto y de comprar todo lo necesario para vivir en él. Así, cuando se iniciaba una ofensiva, los involucrados en ella se trasladaban al apartamento. ¿Qué tenía de extraño que el encargo hubiera sido confiado a Clemenza? Nada, como tampoco que éste se llevara con él a Gatto y a Lampone, pues eran muchos los detalles a ultimar. Además, pensó Clemenza con una sonrisa, Paulie Gatto había demostrado ser ambicioso, y lo primero que pensaría sería cuánto le pagaría Sollozzo por una información tan valiosa.

Rocco Lampone llegó temprano. Clemenza le explicó lo que debía hacerse y cuál sería el papel de cada uno de los dos. La expresión de Lampone reflejaba la gratitud que sentía, y luego dio las gracias a Clemenza por la oportunidad que le brindaba. Clemenza estaba seguro de haber elegido bien.

– A partir de ahora se te proporcionará un medio de ganarte mejor la vida -le dijo, dándole una palmadita en la espalda-. Pero de eso hablaremos más tarde. Comprenderás que ahora la Familia tiene cosas más importantes en que pensar, cosas más importantes que hacer.

Lampone hizo un gesto demostrativo de que estaba bien dispuesto a tener paciencia, sabiendo que la recompensa no quedaría en meras palabras.

Clemenza se acercó a una caja disimulada en la pared, la abrió y sacó un arma.

– Usa ésta -dijo, entregándosela a Lampone-. No podrán averiguar quién es su propietario. Déjala en el coche, con Paulie. Cuando hayamos terminado este trabajo quiero que te vayas de vacaciones a Florida con tu familia. Emplea tu propio dinero; cuando vuelvas te reembolsaré lo que hayas gastado. Descansa, toma el sol. Y alójate en el hotel que la Familia posee en Miami Beach; así podré localizarte si te necesito.

La esposa de Clemenza llamó a la puerta de la habitación para decirles que Paulie Gatto acababa de llegar. Estaba estacionado delante del garaje. Clemenza y Lampone salieron y se acercaron al coche. Cuando Clemenza se sentó junto a Paulie, emitió un malhumorado gruñido a guisa de saludo y miró su reloj de pulsera, como dando a entender a Paulie que había llegado tarde.

Gatto, el hombre de la cara de hurón, miró fijamente a Clemenza, como si intentara adivinar el motivo de todo aquello. No pudo evitar un gesto de alarma cuando Lampone se sentó detrás de él.

– Rocco, siéntate en el otro lado -indicó Clemenza-. Eres tan alto que no me dejas ver a través del retrovisor.

Obediente, Lampone se apartó sin hacer comentario alguno, como si la petición de Clemenza fuera la cosa más natural del mundo.

– ¡Maldita sea! Ese Sonny está asustado como una rata. Ya está pensando en ir a las trincheras. Tenemos que buscar un lugar adecuado en el West Side -dijo Clemenza, dirigiéndose a Gatto-. Tú y Rocco debéis buscar el lugar y ocuparos de la compra de los muebles y provisiones. Estaréis allí hasta que llegue el resto de los hombres. ¿Conocéis algún sitio apropiado?

Como había esperado, los ojos de Gatto demostraron inmediatamente un ávido interés. Paulie se había tragado el anzuelo, y el pensar en cuánto le pagaría Sollozzo por la información le privó de considerar el posible peligro. Además, Lampone estaba realizando su papel de maravilla. Se estremecía mirando a través de la ventanilla, como si nada de lo que los dos hombres hablaban le interesara lo más mínimo. Clemenza se felicitó por su elección.

Gatto se encogió de hombros.

– Tendré que pensarlo -dijo.

– Piensa mientras vas conduciendo -gruñó Clemenza-. Quiero estar hoy mismo en Nueva York.

Paulie era un conductor experto, y como el tráfico no era muy intenso en aquella hora de la tarde, llegaron a la ciudad cuando empezaba a anochecer. Durante el trayecto, los tres hombres apenas si cruzaron cuatro palabras. Clemenza indicó a Paulie que se dirigiera hacia el sector de Washington Heights. Le dijo que aparcara el automóvil cerca de Arthur Avenue y que esperara, pues quería ver algunos apartamentos. También dejó a Rocco Lampone en el coche. Se fue al restaurante Vera Mario, donde después de saludar a algunos conocidos tomó una cena ligera a base de ensalada y carne de ternera. Transcurrida una hora, se dirigió al lugar donde estaba el coche y subió. Gatto y Lampone no se habían movido del interior del vehículo.

– Vamos, muchachos; quieren que regresemos a Long Beach. Tienen otro trabajo para nosotros. Sonny dice que podemos dejar esto para más adelante. Oye, Rocco: tu vives en la ciudad ¿dónde quieres que te dejemos?

– Tengo el coche en tu casa -contestó Rocco-y mi madre lo necesita mañana por la mañana, a primera hora.

– Bien -asintió Clemenza-. Bueno, entonces volverás con nosotros.

Tampoco de regreso a Long Beach hablaron mucho.

– Sal de la carretera, Paulie; tengo que orinar -dijo Clemenza súbitamente.

Gatto había trabajado con el gordo _caporegime_ durante mucho tiempo y sabía de sobra que su jefe tenía que orinar con bastante frecuencia. No era la primera vez que le hacía la misma petición. Gatto aparcó en la cuneta. Clemenza saltó del automóvil y avanzó unos pasos en dirección contraria a la calzada. Se sentía aliviado. Luego, mientras abría la portezuela para entrar en el coche, dio una rápida mirada a derecha e izquierda. No había luces, todo estaba en completa oscuridad.

– Adelante -dijo Clemenza.

Un segundo más tarde, en el interior del automóvil se oyó el ruido de un disparo. Paulie Gatto pareció dar un salto adelante, su cuerpo golpeó contra el volante y luego quedó tendido sobre el asiento. Clemenza se había apartado rápidamente, para evitar que la sangre del traidor le salpicara.

Rocco Lampone saltó del coche empuñando la pistola. Inmediatamente la lanzó lejos, hacia el cenagal. Él y Clemenza corrieron hacia un automóvil aparcado en las cercanías. Lampone buscó debajo del asiento y encontró la llave que les habían dejado. Arrancó y condujo a Clemenza a su casa. Luego, en lugar de regresar por la misma ruta, tomó la calzada de Jones Beach, se dirigió hacia Merrick, y siguió por el Meadowbrook Boulevar hasta llegar al Northern State. Lo cruzó. Al llegar a la autopista de Long Island, continuó hacia el puente de Whitestone y luego, por el Bronx, siguió hasta su casa, en Manhattan.

7

Durante la noche anterior al atentado contra Don Corleone, su más fuerte, leal y temido subordinado se preparaba para enfrentarse con el enemigo. Luca Brasi había mantenido contactos con las fuerzas de Sollozzo varios meses antes, siguiendo instrucciones personales del Don en persona. Dichos contactos habían consistido en frecuentar los nigbtclubs controlados por la familia Tattaglia y en relacionarse con una de las call-girls de más categoría. Estando en la cama con la muchacha, Luca se quejó de lo poco que lo consideraban dentro de la familia Corleone, de lo poco que apreciaban sus servicios. Una semana después, Luca fue abordado por Bruno Tattaglia, director del night-club. Bruno era el hijo más joven, y evidentemente no estaba relacionado con el negocio de la prostitución, la principal fuente de ingresos de la familia Tattaglia. Pero su famoso night-club, con su grupo de bellas chicas de largas y esbeltas piernas, era una especie de escuela preparatoria para muchas de las rameras de la ciudad.

La primera entrevista tuvo un tono de extremada franqueza: Tattaglia le ofreció un empleo en los «negocios de su Familia. Los contactos duraron casi un mes. Luca desempeñó el papel del hombre prendido en las redes de una hermosa chica; Bruno Tattaglia, el del hombre de negocios que trata de arrebatar un excelente colaborador a una empresa rival. En el curso de una de tales entrevistas, Luca fingió haberse dejado convencer e hizo la siguiente observación:

– Quiero dejar una cosa bien clara. Nunca actuaré contra el Padrino. Respeto mucho a Don Corleone y comprendo que ponga a sus hijos por delante de mí en los negocios de la Familia.

Bruno Tattaglia era uno de esos jóvenes que a duras penas pueden ocultar su desprecio por los viejos como Luca Brasi, Don Corleone e incluso su propio padre. El hecho de que se mostrase tan excesivamente respetuoso con ellos así lo demostraba.

– Mi padre nunca le pediría que hiciera nada contra los Corleone -dijo a Luca-. ¿Por qué iba a hacerlo? Hoy en día todo el mundo se lleva bien con todo el mundo. No es como antes. Yo me limito a ofrecerle un empleo; si le interesa, se lo diré a mi padre. En nuestro negocio siempre se precisan hombres como usted. Es un negocio duro, y se necesitan hombres duros para que todo marche como es debido. Si se decide a aceptar mi oferta, avíseme.

– No es que esté descontento de mi actual empleo… -dijo Luca, dubitativo. De momento lo dejaron así.

De un modo general, el plan de los Corleone consistía en dejar creer a los Tattaglia que Luca estaba al corriente del lucrativo asunto de las drogas y que deseaba entrar en el mismo. Con ello esperaban enterarse de los planes de Sollozzo, si es que tenía alguno. Después de dos meses sin que nada sucediese, Luca informó al Don de que Sollozzo había aceptado graciosamente su fracaso. El Don le había dicho que siguiera con sus averiguaciones, pero sin forzar las cosas.

Luca se había dejado caer por el night-club la noche anterior al atentado contra Don Corleone. Casi inmediatamente, Bruno Tattaglia fue a sentarse a su mesa.

– Tengo un amigo que quiere hablar con usted -le dijo.

– Que venga -contestó Luca-. Siendo amigo suyo, no tengo inconveniente alguno en hablar con él.

– No -alegó Bruno-. Quiere verle en privado.

– ¿Quién es? -preguntó Luca.

– Un amigo mío, ya se lo he dicho. Quiere hacerle una proposición. ¿Acepta hablar con él esta misma noche?

– De acuerdo -dijo Luca-. ¿Dónde y a qué hora?

– El club se cierra a las cuatro de la mañana -respondió Bruno Tattaglia, bajando la voz-. ¿Por qué no charlan aquí, mientras los camareros hacen la limpieza?

Conocían bien sus costumbres, pensó Luca. Por lo visto le habían seguido los pasos. Solía levantarse a las tres o las cuatro de la tarde, desayunaba, y luego se entretenía jugando con sus amigos de la Familia o bien pasaba un par de horas con una mujer. A veces se iba al cine a medianoche, y a la salida se iba a tomar una copa en algún club. Nunca se acostaba antes del amanecer. Por ello, la sugerencia de una entrevista a las cuatro de la madrugada no era tan descabellada como parecía.

– Completamente de acuerdo -asintió-. Volveré a las cuatro.

Salió del club y se dirigió en taxi a su habitación amueblada de la Décima Avenida. Se alojaba en casa de unos italianos, parientes lejanos. Las dos habitaciones de que disponía Luca estaban separadas del resto del piso por una puerta especial. Eso le gustaba, pues le permitía hacer una especie de vida de familia, a la vez que le protegía contra cualquier sorpresa desagradable en el lugar donde era más vulnerable.

No tardaría en ver la peluda cola del astuto zorro turco, pensó Luca. Si las cosas iban bien, si Sollozzo se descubría esa noche, tal vez todo terminaría con un agradable regalo de Navidad para el Don. En su habitación, Luca abrió la maleta que tenía debajo de la cama y sacó un chaleco a prueba de balas. Pesaba mucho. Se desnudó, se puso una camiseta de lana, luego la camisa, y, finalmente, el chaleco. Por un momento pensó en llamar al Don para ponerle al corriente de todo, pero luego recordó que el Don nunca contestaba el teléfono y que, además, le había encargado aquella misión en secreto, de modo que nadie, ni tan siquiera Hagen y Sonny, debían saber nada.

Luca siempre iba armado. Tenía licencia de armas, probablemente la licencia más cara del mundo y de todos los tiempos. Había costado diez mil dólares, pero en caso de ser registrado por la policía, le evitaría ir a prisión. Esta noche no quería llevar el arma que estaba facultado legalmente para llevar encima, sino que prefería una pistola «segura», ya que tal vez tendría ocasión de terminar el trabajo. Sí, era mejor un arma que no estuviera registrada. Luego, después de pensarlo mejor, decidió que aquella noche se limitaría a escuchar la proposición y a informar al Padrino, a Don Corleone.

Emprendió el camino hacia el club, pero no volvió a beber. Pasó por la Calle Cuarenta y ocho, donde estaba su restaurante italiano favorito, el Patsy's, y cenó tranquilamente, a pesar de lo insólito de la hora. Luego, viendo que se acercaba la hora de la entrevista, se marchó hacia el club. Cuando llegó, el portero ya no estaba, ni tampoco la chica del guardarropa. Sólo Bruno Tattaglia le esperaba. Lo condujo hasta la desierta barra del otro lado del salón. Luca vio ante él las desiertas mesitas colocadas alrededor de la reluciente pista de baile que brillaba como un diamante, y, entre las sombras, el estrado de los músicos y el esqueleto metálico de un micrófono.

Luca se sentó frente a la barra y Bruno fue a situarse detrás, en el lugar de los camareros. Luca rechazó una copa que le ofreció y encendió un cigarrillo. Era posible que no se tratara del Turco, sino de alguna otra persona. Pero luego por entre las sombras de la estancia, vio aparecer a Sollozzo en persona.

Sollozzo le estrechó la mano y se sentó en un taburete, a su lado. Tattaglia puso un vaso delante del recién llegado, quien le dio las gracias.

– ¿Sabe usted quién soy? -preguntó Sollozzo.

Luca asintió con un gesto y le dirigió una sonrisa astuta. Las ratas iban saliendo de su agujero. Sería un gran placer ocuparse de ese siciliano renegado.

– ¿Sabe usted lo que voy a pedirle? -preguntó Sollozzo.

Luca negó con la cabeza.

– Hay un gran negocio en perspectiva -explicó Sollozzo-. Habrá millones para todos los que intervengan desde un puesto elevado. Hablando solamente del primer embarque, puedo garantizarle a usted cincuenta mil dólares. Estoy hablando de drogas, el gran negocio del futuro.

– ¿Por qué acude usted a mí? -preguntó Luca-. ¿Pretende que se lo cuente a mi Don?

– Ya le he hablado yo -respondió Sollozzo con una mueca-, y no quiere saber nada del asunto. Muy bien, puedo hacerlo sin él. Pero necesito a un hombre fuerte, a alguien que pueda proteger físicamente la operación. Como sé que no está usted satisfecho con su Familia, he pensado que podría interesarle el cambio.

Luca fingió ciertas dudas.

– Si la oferta es lo bastante buena…

Sollozzo, que había estado observándolo atentamente, pareció haber llegado a una decisión firme.

– Le doy unos cuantos días para que estudie mi oferta; luego volveremos a vernos -dijo.

El Turco adelantó la mano hacia Luca, pero éste fingió no darse cuenta. Para disimular, sacó un cigarrillo del paquete que llevaba en el bolsillo y se lo llevó a la boca. Detrás de la barra, Bruno Tattaglia hizo aparecer un encendedor como por arte de magia y dio fuego a Luca. Luego hizo una cosa muy rara. Dejó caer el encendedor sobre el mostrador, y asió con fuerza, con mucha fuerza, la mano derecha de Luca.

Luca reaccionó al instante. Saltó del taburete y se esforzó por zafarse de Bruno Tattaglia, pero Sollozzo ya le había asido por el otro brazo y se lo retorció contra la espalda. Pese a ello, Luca seguía siendo demasiado fuerte para los dos hombres juntos, y habría conseguido soltarse. Sin embargo, de entre las sombras de la sala y a su espalda, apareció otro hombre que le colocó una fina cuerda de seda alrededor del cuello. La cuerda apretaba cada vez más, y Luca apenas si podía respirar. Su rostro se tornó violáceo y sus brazos perdieron fuerza. Tattaglia y Sollozzo ya no tuvieron dificultad alguna en sujetarlo; la actitud de ambos inmovilizando a Luca tenía cierto aire infantil. Mientras, el otro hombre iba apretando más y más el cerco alrededor del cuello de Luca Brasi. De pronto, el suelo quedó mojado. Luca perdió el control de los esfínteres y la orina acumulada en su cuerpo se fue derramando hasta la última gota. Las fuerzas le habían abandonado por completo; las piernas se negaban a sostenerle y todo su cuerpo temblaba. Sollozzo y Tattaglia le dejaron libres los brazos y la víctima quedó a merced del estrangulador, ahora arrodillado para seguir al cuerpo de Luca en su lenta caída. La cuerda apretaba tan fuerte, que ya no resultaba visible en la garganta de Luca. Los ojos de éste parecían a punto de salirse de sus órbitas. Diríase que tenían una expresión de tremenda sorpresa, de mortal sorpresa más exactamente. Esta expresión era lo único humano que le quedaba a Luca Brasi, pues había muerto.

– Hacedlo desaparecer -dijo Sollozzo-. Es muy importante que tarden un tiempo en encontrarlo.

Acto seguido dio media vuelta y se fue, desapareciendo entre las sombras.

8

Para la Familia, el día siguiente al atentado contra Don Corleone fue una jornada de actividad frenética. Michael permaneció junto al teléfono, recibiendo mensajes para Sonny. Tom Hagen estaba ocupado tratando de encontrar un mediador aceptable para ambas partes, al efecto de que pudiera organizarse una conferencia con Sollozzo. El Turco parecía haberse esfumado, seguramente porque sabía que los hombres de Clemenza y de Tessio andaban buscándolo por toda la ciudad. En efecto, Sollozzo permanecía en su escondite, al igual que los principales miembros de la familia Tattaglia, y Sonny lo sabía; el enemigo no podía hacer otra cosa, dadas las circunstancias.

Clemenza debía ocuparse de Paulie Gatto. Tessio tenía que encontrar la pista de Luca Brasi, que no había estado en su casa desde la noche anterior al atentado. Ello era un mal síntoma, pero Sonny no podía creer que Brasi hubiera traicionado a la Familia, ni que se hubiera dejado sorprender.

Mamá Corleone permaneció en la ciudad, en casa de unos amigos de la Familia, para estar cerca del hospital. Carlo Rizzi, el yerno, había ofrecido sus servicios, pero se le dijo que cuidara de su propio negocio, el que Don le había procurado, que consistía en una lucrativa correduría de apuestas en el barrio italiano de Manhattan. Connie estaba con su madre, en la ciudad, para poder visitar con frecuencia a su padre en el hospital.

Freddie seguía en tratamiento a base de sedantes en su habitación de la casa paterna. Sonny y Michael le habían hecho una visita, y ambos quedaron asombrados al ver la palidez del rostro de su hermano.

– ¡Madre mía! -exclamó Sonny-. Si parece que las balas las haya recibido él.

Michael asintió. En el campo de batalla había visto soldados en el mismo estado que Freddie, pero nunca lo hubiera esperado de su hermano. Recordaba que, de niños, Freddie había sido el más fuerte de los tres. Aunque, a decir verdad, también había sido siempre el más obediente y respetuoso para con su padre. Sin embargo, todos sabían que desde hacía tiempo, el Don no contaba con Freddie cuando se trataba de resolver asuntos importantes. Le faltaba inteligencia y, además, era demasiado sensible. Era un solitario, no tenía suficiente fuerza de espíritu.

A última hora de la tarde, Michael recibió una llamada de Johnny Fontane, desde Hollywood. Sonny se puso al teléfono:

– No, Johnny, no vale la pena que hagas un viaje tan largo para ver a mi padre. Está muy mal, y ello representaría para ti una publicidad negativa. Sé que al viejo no le gustaría. Espera a que se recupere un poco. Entonces, cuando esté en casa, ven a verle. De acuerdo, Johnny. No te preocupes, le transmitiré tu mensaje. Sonny colgó el auricular y se volvió hacia Michael. A papá le gustará saber que Johnny quería venir desde California con el único objeto de hacerle una visita -comentó.

Posteriormente, aquella misma tarde, Michael recibió una llamada por el teléfono de la cocina, donde estaba de guardia uno de los hombres de Clemenza. Era Kay.

– ¿Cómo está tu padre? -preguntó.

Su voz sonaba un poco extraña. Michael sabía que la muchacha no podía acabar de creer que su padre era realmente lo que los periódicos decían que era: un gángster.

– Se pondrá bien -afirmó Michael.

– ¿Podré acompañarte cuando vayas al hospital a visitarlo?

Michael se echó a reír. Kay se había acordado de que él le había dicho muchas veces hasta qué punto valoraban los viejos italianos estos detalles.

– Éste es un caso especial -objetó-. Si los periodistas se enteran de quién eres, aparecerás en la tercera página del Daily News con unos titulares que dirán: «La heredera de una antigua familia americana mantiene un idilio con el hijo de un alto jefe de la Mafia». ¿Cómo sentaría eso a tus padres?

– Mis padres nunca leen el Daily News -respondió Kay, secamente. Se produjo una corta pausa y Kay prosiguió-: ¿Pero tú estás bien, Mike? ¿No corres ningún peligro?

Michael rió de nuevo.

– Se me conoce como el corderito de la familia Corleone. Soy tan inofensivo, que nadie se preocupará de mi persona. No, todo ha terminado, Kay; no habrá problemas. En cierto modo, todo ha sido un accidente. Ya te lo explicaré cuando nos veamos.

– ¿Y cuándo será eso? -preguntó Kay.

– ¿Te va bien esta noche? Tomaremos algo y cenaremos en tu hotel, después iré al hospital a visitar a mi padre. Ya estoy cansado de estar todo el día junto al teléfono. ¿Qué te parece? Pero ni una palabra a nadie. No quiero que los periodistas nos fotografíen juntos. Te lo digo en serio; Kay; sería muy violento, sobre todo para tus padres.

– Muy bien -dijo Kay-. Te esperaré. ¿Quieres que te compre algo? ¿Necesitas cualquier otra cosa?

– No -respondió Michael-. Sólo quiero que estés lista cuando vaya a buscarte.

– No te preocupes, lo estaré -rió la muchacha con cierto nerviosismo-. ¿No lo estoy siempre?

– Sí, desde luego. Por eso eres para mí la mejor de las chicas.

– Te quiero -dijo Kay-. ¿Por qué no me dices que tú también me quieres?

– Ahora no puedo -respondió Michael, después de mirar a los cuatro hombres que estaban sentados en la cocina-. Quedamos para esta noche ¿de acuerdo? -De acuerdo. Michael colgó el auricular.

Clemenza acababa de regresar de su trabajo del día y se hallaba en la cocina, ocupado con una lata de tomate. Michael le saludó y se fue al despacho, donde encontró a Hagen y a Sonny, que le esperaban con impaciencia.

– ¿Ha llegado ya Clemenza? -preguntó Sonny.

– Está preparando espaguetis para la tropa, igual que en el ejército -bromeó Michael.

– Pues dile que lo deje todo y venga aquí enseguida -ordenó Sonny-. Tiene cosas más importantes que hacer. Que venga también Tessio.

Minutos después, los cinco hombres estaban en el despacho.

– ¿Te has encargado de él? -dijo Sonny secamente, dirigiéndose a Clemenza.

– No volverás a verlo -fue la respuesta del _caporegime_.

Michael sintió un escalofrío al comprender que estaban hablando de Paulie Gatto, de que el pequeño Paulie había muerto a manos del bonachón Clemenza.

Sonny preguntó a Hagen:

– ¿Has tenido suerte con Sollozzo?

Hagen hizo un gesto negativo.

– Parece que ya no tiene interés en negociar con nosotros -respondió-. O tal vez tenga miedo de nuestros hombres. En cualquier caso, sabe que no le queda más remedio que pactar con nosotros. Perdió su gran oportunidad cuando no consiguió acabar con tu padre.

– Es un individuo listo -dijo Sonny-, el más listo con el que se ha enfrentado nuestra Familia. Tal vez se imagina que queremos ganar tiempo mientras mi padre se recupera, o que esperamos la ocasión de cazarle a él.

– Seguro que algo sospecha -asintió Hagen-. Sin embargo, no le queda más remedio que negociar. Mañana quedará todo arreglado, estoy seguro.

En aquel momento, uno de los hombres de Clemenza llamó a la puerta y, después de recibir el permiso, entró en la oficina.

– Acaban de dar la noticia por la radio -informó a su jefe directo-: la policía ha encontrado a Paulie Gatto, muerto en su coche.

– No se preocupe -respondió Clemenza, asintiendo.

El subordinado le miró con expresión de sorpresa, y enseguida le dirigió una mirada de comprensión, antes de regresar a la cocina.

La conferencia prosiguió como si no hubiese habido interrupción alguna. Sonny preguntó a Hagen:

– ¿Se ha producido algún cambio en el estado del Don?

– Está muy bien, pero no podrá hablar hasta dentro de un par de días -contestó Hagen-. Está muy débil. Se va recuperando de la operación. Tu madre está a su lado casi todo el día, y también Connie. Hay muchos policías en el hospital, y también están los hombres de Tessio, por si las moscas. Dentro de dos días estará bien; entonces podrá darnos instrucciones. Mientras, hemos de evitar que Sollozzo cometa una locura. Por eso quiero que empieces las negociaciones con él.

– Mientras mi padre se recupera, Clemenza y Tessio velarán por él -gruñó Sonny-. Tal vez tengamos suerte y podamos resolverlo todo.

– No lo creo -replicó Hagen-. Sollozzo es demasiado listo. Sabe positivamente que, una vez en la mesa de negociaciones, tendrá que plegarse casi por completo a nuestras condiciones, por eso está dando largas al asunto. Sospecho que intenta conseguir el apoyo de las otras Familias de Nueva York para que no nos atrevamos a proceder contra él cuando el Don se haya recuperado.

– ¿Por qué diablos tendrían que apoyarle? -exclamó Sonny, sorprendido.

– Para evitar una guerra que perjudicaría a todos -replicó Hagen, pacientemente-. Para evitar que la prensa y el Gobierno se fijen demasiado en todos nosotros. Además, Sollozzo les daría su parte. Y tú sabes que en un asunto como el de las drogas hay mucho que repartir. La familia Corleone no necesita las drogas, ya que tiene el juego, que es lo más rentable. Pero las otras Familias están hambrientas. Sollozzo es un hombre con experiencia y ellos saben que está capacitado para operar a gran escala. Vivo, representa dinero para sus bolsillos; muerto, es un problema.

Michael nunca había visto aquella expresión en el rostro de su hermano Sonny. Su bronceada piel había adquirido un tono grisáceo.

– Me importa un bledo lo que quieran las demás Familias. Mejor será que no se mezclen en esta lucha.

Clemenza y Tessio se agitaron en sus sillas, incómodos. Se sentían como oficiales de infantería que oyeran a su general hablar de conquistar un objetivo inexpugnable, prescindiendo de las vidas que tuvieran que sacrificarse.

– Escucha, Sonny -dijo Hagen con cierta impaciencia-: a tu padre no le gustaría oírte hablar así. Ya conoces su opinión: «Eso es un despilfarro». No nos detendremos ante nada, si el Don nos ordena ir a la caza de Sollozzo. Pero esto no es una cuestión personal, sino un asunto de negocios. Si vamos tras el Turco y las otras Familias interfieren, discutiremos con ellos el problema. Luego si ven que estamos completamente decididos, nos dejarán hacer. El Don hará concesiones en otros terrenos, para compensar. Pero no dejes que corra la sangre en un asunto como éste. Sólo son negocios. Incluso el atentado contra tu padre fue un asunto de negocios, pues no hubo nada personal. No lo olvides.

Sonny no parecía dispuesto a ceder.

– Lo comprendo -asintió-; pero no permitiré que nadie se ponga en nuestro camino cuando vayamos a por Sollozzo.

Sonny se volvió hacia Tessio:

– ¿Alguna noticia respecto a Luca?

– Nada en absoluto -contestó el _caporegime_-. Sollozzo debe haberlo secuestrado.

– Me sorprendió que Sollozzo no se sintiera en absoluto preocupado respecto a Luca -comentó Hagen-. Es demasiado listo para no preocuparse por un hombre como Luca. Pienso que tal vez lo haya puesto fuera de la circulación, de una forma u otra.

– ¡Dios! -musitó Sonny-. Espero que Luca r esté luchando contra nosotros. Eso sí me daría verdadero miedo. Clemenza, Tessio: ¿qué creéis que puede haber ocurrido?

– Cualquiera puede hacer una tontería, y la prueba la tienes en Paulie -contestó Clemenza lentamente-. Pero Luca, no. El Padrino siempre ha confiado ciegamente en él. Luca es el único hombre al que ha temido. Pero hay más, Sonny. Luca ha respetado siempre a tu padre más que cualquier otra persona, y sabes muy bien que a tu padre todo el mundo lo respeta. No, Luca nunca nos traicionaría. Y me cuesta creer que un hombre como Sollozzo, por astuto que sea, pueda sorprender a Luca. Es un hombre que sospecha de todo y de todos. Siempre está preparado para lo peor. Me inclino a pensar que habrá salido fuera de la ciudad por unos pocos días. Tendremos noticias suyas en el momento menos pensado.

Sonny se volvió a Tessio.

– Cualquiera puede convertirse en traidor -opinó el _caporegime_ de Brooklyn-. Luca siempre ha sido muy susceptible. Tal vez el Don le ofendió sin querer. Entra dentro de lo posible. Sin embargo, creo que Sollozzo le dio una pequeña sorpresa. Eso concuerda con la opinión del _consigliere_. Deberíamos prepararnos para aceptar lo peor.

– Sollozzo no tardará en enterarse de lo de Paulie Gatto. ¿Cómo va a reaccionar? -dijo Sonny, dirigiéndose a todos.

– Le hará recapacitar -sonrió Clemenza-. Sabrá que nadie se burla de la familia Corleone y comprenderá que ayer tuvo mucha suerte.

– Eso no fue suerte -señaló Sonny bruscamente-. Sollozzo lo había estado planeando todo durante semanas. Estaban al corriente de todos y cada uno de los movimientos de mi padre. Luego compraron a Paulie y quizá también a Luca, secuestraron a Tom, hicieron lo que les dio la gana. En realidad tuvieron muy mala suerte. Los esbirros que contrataron no fueron lo suficientemente buenos y, además, el viejo se movió muy aprisa. Si lo hubiesen matado, me habría visto obligado a pactar y Sollozzo habría vencido, al menos de momento. Le hubiera dado cinco, diez años, pero, finalmente, lo habría liquidado. Pero no digas que ha tenido suerte, Pete; eso sería subestimarlo. Creo que últimamente nos hemos dedicado demasiado al peligroso deporte de subestimar al prójimo y que ahora estamos pagando las consecuencias de ello.

Uno de los hombres de la cocina les llevó una fuente de espaguetis y luego varios platos, tenedores y vino. Prosiguieron la reunión mientras comían. Michael no salía de su asombro. Él no comía ni hablaba, pero Sonny, Clemenza y Tessio parecían tener un apetito voraz. Era casi cómico. Y continuaron la discusión.

Tessio no creía que la muerte de Paulie Gatto acobardara a Sollozzo. Es más, estaba por decir que la había previsto y que se había alegrado. Un inútil menos en la nómina. Y no se asustaría; después de todo ¿se habrían asustado ellos de hallarse en la situación del Turco?

– Sé que soy sólo un aficionado -intervino Michael tímidamente-, pero de todo lo que habéis dicho acerca de Sollozzo, teniendo en cuenta que de pronto ha roto la comunicación con Tom, diría que se guarda un as en la manga. No sé qué jugada prepara, pero si lo supiéramos, entonces tendríamos la sartén por el mango.

– Sí -replicó Sonny, de mala gana-, ya he pensado en ello, y lo único que se me ocurre es que tiene a Luca. Ya he dado órdenes de que lo traigan aquí en cuanto aparezca. También es posible que Sollozzo haya llegado a un acuerdo con las otras Familias de Nueva York. En ese caso, mañana mismo nos enteraremos de que nos han declarado la guerra. Si fuese cierto, nos veríamos obligados a someternos al Turco. ¿Estás de acuerdo conmigo, Tom?

– Completamente, Sonny. Y no podemos enfrentarnos con todos sin el permiso de tu padre. Él es el único que puede plantar cara a las otras Familias. Tiene las relaciones políticas necesarias, y sólo él las puede utilizar en su provecho.

Clemenza, en un tono quizá demasiado arrogante para un hombre cuyo primer subordinado le había traicionado recientemente, dijo:

– Sollozzo nunca podrá acercarse a esta casa, jefe. Lo prometo. No tienes por qué preocuparte.

Durante un instante, Sonny lo miró pensativamente. Luego dijo a Tessio:

– ¿Qué novedades hay en el hospital? ¿Están tus hombres donde deben estar?

Por vez primera durante la conferencia, Tessio pareció seguro del terreno que pisaba.

– Ya lo creo -asintió-. Están en el interior y en el exterior. Forman un círculo. También los policías lo están haciendo muy bien. Hay agentes de paisano en la puerta de la habitación, esperando interrogar al Don. Es de risa. El Don todavía está siendo alimentado por medio de tubos, por lo que de momento no tenemos por qué preocuparnos de la cocina. Lo digo porque esos turcos son muy aficionados a emplear venenos. Y en modo alguno debemos dejar que se acerquen al Don.

Sonny saltó de la silla.

– Yo no corro peligro, pues tienen que tratar conmigo: necesitan el engranaje de la Familia -y mirando a Michael, añadió, sonriente-: Tal vez vayan a por ti. A lo mejor Sollozzo piensa raptarte y así forzarnos a aceptar sus condiciones.

Tristemente, Michael pensó que su cita con Kay no se produciría. Sonny no le dejaría salir de la casa. Pero Hagen intervino en tono impaciente.

– No, si hubiese querido raptar a Mike, lo hubiera hecho ya. Ocasiones no le han faltado. Pero todo el mundo sabe que Mike no está en los negocios de la Familia. Si lo secuestrara, Sollozzo perdería el apoyo de todas las Familias de Nueva York. Incluso los Tattaglia se verían obligados a ir contra él. No, la cosa es bastante sencilla. Mañana vendrá un representante de las Familias a decirnos que debemos negociar con el Turco. Eso es lo que Sollozzo está esperando. Ése es el as que tiene en la manga.

Michael lanzó un suspiro de alivio.

– Bien -dijo-. Esta noche tengo que ir a la ciudad.

– ¿Por qué? -preguntó Sonny con aspereza.

– Tengo intención de ir al hospital a visitar a papá, y también quiero ver a mamá y a Connie. Además, tengo algunas otras cosas que hacer -añadió con una sonrisa.

Lo mismo que el Don, Michael nunca revelaba sus verdaderos motivos, y ahora no tenía ganas de decirle a Sonny que quería ver a Kay Adams. No tenía motivo alguno para ocultárselo; simplemente era su costumbre.

De la cocina salía un rumor confuso de voces. Clemenza fue a ver qué ocurría. Cuando regresó al despacho llevaba en las manos el chaleco a prueba de balas de Luca Brasi. Envuelto en el chaleco había un pez muerto.

– El Turco se ha enterado de lo de su espía, Paulie Gatto -declaró Clemenza.

– Y ahora nosotros sabemos lo de Luca Brasi -concluyó Tessio.

Sonny encendió un cigarrillo y bebió un trago de whisky.

– ¿Qué demonios significa ese pez? -preguntó Michael, asombrado.

Hagen, el irlandés, el _consigliere_, respondió a su pregunta:

– El pez significa que Luca Brasi está durmiendo en el fondo del mar. Es un antiguo mensaje siciliano.

9

Cuando Michael Corleone fue a la ciudad aquella noche, se sentía deprimido. Tenía la impresión de que le estaban mezclando en los negocios de la Familia contra su voluntad, y le desagradaba que Sonny lo utilizara, aunque sólo fuera para contestar al teléfono. Le desagradaba asistir a los consejos de la Familia, como si tuviera la ineludible obligación de estar al corriente de todo, asesinatos incluidos. Mientras viajaba para verse con Kay, también se sentía culpable por ella. Nunca le había sido completamente sincero en lo referente a su familia. Le había hablado de sus parientes, desde luego, pero siempre en un tono jocoso, de modo que para la chica su padre y hermanos debían de ser más los protagonistas de una película que lo que en realidad eran. Su padre había sufrido un atentado en plena calle, y su hermano mayor estaba planeando eliminar a varios hombres. No, desde luego no se atrevería a contarle la verdad desnuda a Kay. Ya le había dicho que lo de su padre había sido sólo un «accidente», y que no pasaría nada, cuando en realidad era precisamente en ese momento cuando iba a empezar todo. Sonny y Tom estaban equivocados respecto a Sollozzo; seguían subestimándolo, pese a que Sonny tenía un olfato especial para oler el peligro. Michael trataba de imaginar el juego del Turco. Evidentemente, era un hombre valeroso y muy listo. De él podía esperarse todo. Sin embargo, Sonny, Tom, Clemenza y Tessio afirmaban que todo estaba bajo control, y ellos tenían más experiencia que él. En esta guerra, él, Michael, era el «civil». Y tendrían que prometerle muchas más medallas de las que había conseguido en la Segunda Guerra Mundial si querían que participara.

Michael se sentía culpable por el hecho de no estar excesivamente dolido por lo de su padre. Era cierto que le habían hecho varios agujeros en el cuerpo, pero Michael consideraba, en mayor medida que los demás, que todo había sido cuestión de negocios; nada personal. Estimaba que su padre había pagado por el poder del que había disfrutado durante toda su vida, que aquél había sido el precio por el respeto de que había sido objeto por parte de cuantos lo rodeaban.

Lo que Michael quería, por encima de todo, era vivir su propia vida, pero no podía separarse de su propia familia hasta que la crisis hubiera pasado. Debía ayudar, aunque sólo fuera como «civil». De pronto se dio cuenta de que el papel que le habían asignado no le satisfacía. No, no le gustaba ser un no combatiente privilegiado; no le satisfacía representar el papel de objetor de conciencia. Por ello, precisamente, no dejaba de brincarle por el cerebro la palabra «civil».

Cuando llegó al hotel, Kay le estaba esperando en el vestíbulo. Dos de los hombres de Clemenza le habían acompañado hasta la esquina próxima, y sólo se marcharon cuando se hubieron asegurado de que nadie les había seguido.

Michael y Kay cenaron juntos y tomaron unas copas.

– ¿Cuándo irás a visitar a tu padre? -le preguntó Kay de pronto.

– La hora de visita termina a las ocho y media -respondió Michael, mirando su reloj-. Iré cuando todos se hayan marchado. Me dejarán pasar: tiene su propia habitación y sus propias enfermeras. Así podré estar un rato con él. No creo que pueda hablar. Es más, es posible que ni siquiera se percate de mi presencia. De todas formas tengo que ir.

– Siento mucho lo de tu padre -dijo Kay-. El día de la boda de tu hermana me pareció un hombre muy simpático. No puedo creer lo que los periódicos dicen de él. Estoy segura de que la mayor parte de lo que afirman es mentira.

– Lo mismo pienso yo -respondió Michael.

Se sorprendió al comprobar lo reservado que estaba siendo con Kay. La amaba, confiaba en ella, pero no podía decirle nada acerca de su padre o de la Familia. La muchacha no formaba parte del círculo.

– ¿Qué piensas hacer? -preguntó Kay-. ¿Piensas participar en esta guerra entre gángsters de que hablan los periódicos?

Michael sonrió y se desabrochó la chaqueta.

– Mira, no llevo armas.

Kay se echó a reír.

Como se estaba haciendo tarde, ambos subieron a su habitación. Kay preparó una bebida para cada uno y, mientras la tomaban, se sentó sobre las rodillas de Michael. Debajo de su vestido sólo había seda y la piel desnuda, una piel ardiente que los dedos de Michael no tardaron en acariciar. Se tendieron en la cama y, sin desnudarse, se besaron apasionadamente y se hicieron el amor. Después permanecieron uno al lado del otro, sintiendo el calor de sus cuerpos.

– ¿Es eso lo que los soldados llaman un «rápido»? -preguntó Kay.

– Sí -respondió Michael.

– Pues no está mal -dijo Kay, seriamente.

Siguieron bromeando y charlando durante un rato, hasta que Michael, inquieto, se levantó y miró su reloj.

– ¡Vaya! Son ya casi las diez. Tengo que ir al hospital.

Se dirigió al cuarto de baño para ducharse y peinarse. Kay le siguió y lo abrazó por detrás.

– ¿Cuándo nos casaremos? -preguntó.

– Cuando quieras, en cuanto las aguas vuelvan a su cauce y mi padre se haya recuperado. Sin embargo, creo que sería mejor que hablaras con tus padres.

– ¿Qué es lo que debo contarles? -preguntó Kay.

Michael se pasó el peine por la cabeza.

– Diles que has conocido a un guapo y elegante muchacho de ascendencia italiana. Notas brillantes en Dartmouth, Cruz de Servicios Distinguidos durante la guerra, además de otras condecoraciones. Honrado y trabajador, aunque su padre es un jefe de la Mafia que tiene que matar a hombres malos y sobornar a funcionarios del Gobierno. Diles también que el padre siempre se halla expuesto, en razón de su trabajo, a que le metan unas cuantas balas en el cuerpo. Y explícales que su brillante hijo nada tiene que ver con todo ello. ¿Crees que podrás recordar cuanto acabo de decirte?

La impresión hizo que Kay tuviera que apoyarse en la pared del cuarto de baño.

– ¿Es tal y como dices? ¿Mata y soborna?

Michael terminó de peinarse.

– En realidad, no lo sé -admitió-. Nadie lo sabe con certeza. Pero no me extrañaría.

Antes de que él se marchara, Kay preguntó:

– ¿Cuándo volveré a verte?

Michael le dio un beso.

– Quiero que te vayas a tu casa y que pienses bien en lo que acabo de decirte -respondió-. No quiero que te veas mezclada en todo esto. Después de las vacaciones de verano regresaré a la universidad. Nos veremos en Hanover ¿de acuerdo?

– De acuerdo -contestó la muchacha.

Le miró mientras salía de la habitación; él la saludó con la mano antes de entrar en el ascensor. Kay nunca se había sentido tan unida a él, nunca le había amado tanto, y si alguien le hubiera dicho que no volvería a ver a Michael en los siguientes tres años, no hubiese podido soportarlo.

Cuando Michael se apeó del taxi frente al Hospital Francés, se sorprendió al observar que la calle estaba completamente desierta, y todavía se sorprendió más al ver que, en el interior, el vestíbulo estaba igualmente vacío. ¿Qué demonios estarían haciendo Clemenza y Tessio? Nunca habían estado en West Point, desde luego, pero ambos sabían lo suyo en cuanto a tácticas, y nadie tenía que enseñarles nada en cuanto a la forma de realizar una guardia. Un par de sus hombres deberían haber estado en el vestíbulo. Eso como mínimo.

Los últimos visitantes se habían marchado ya. Eran casi las diez y media de la noche. Michael estaba alerta. No perdió tiempo acercándose al mostrador de recepción, pues conocía el número de la habitación de su padre, situada en la cuarta planta. Tomó el ascensor, y le pareció raro que nadie lo interceptara. Llegó a la cuarta planta y pasó por delante del puesto de las enfermeras, pero no se detuvo. Al llegar delante de la habitación de su padre, vio que no había nadie en la puerta. ¿Dónde estarían los dos policías que hacían guardia permanente en la puerta? ¿Dónde estaban los hombres de Clemenza y Tessio? ¿Habría alguno de ellos dentro de la habitación?

La puerta estaba abierta y Michael entró. Vio un cuerpo dentro de la cama. Gracias a la luz de la luna que se filtraba a través de la ventana, Michael reconoció a su padre. Su rostro permanecía impasible y su pecho se movía acompasadamente. Unos tubos se adentraban en los orificios de su nariz. En el suelo había un recipiente de cristal en el que otros tubos vertían los residuos estomacales del paciente. Michael estuvo en la habitación el tiempo justo para asegurarse de que su padre estaba bien, y luego salió.

– Soy Michael Corleone -dijo a la enfermera-. Sólo quería ver a mi padre. ¿Dónde están los agentes que deberían custodiarle?

La enfermera era una chica joven y guapa, muy convencida de la importancia de su trabajo.

– Su padre recibía demasiadas visitas -dijo-. Hará unos diez minutos vino la policía y les hizo salir a todos. Y después, hace cinco minutos, tuve que avisar a los dos agentes de que les reclamaban en la comisaría, por lo que también ellos se marcharon. Pero no se preocupe, pues yo me encargo de ir a menudo a la habitación de su padre. Desde aquí incluso oigo su respiración. Por eso he dejado la puerta abierta.

– Gracias. Supongo que no tendrá inconveniente en que me quede unos minutos con mi padre ¿verdad?

La muchacha le dirigió una encantadora sonrisa.

– Bien, pero sólo un ratito. Luego tendrá que marcharse. Son las normas ¿comprende?

Michael volvió a entrar en la habitación de su padre. Descolgó el teléfono y rogó a la operadora del hospital que le pusiera con la casa de Long Beach, concretamente con el número del despacho. Sonny respondió a la llamada.

– Sonny, estoy en el hospital -dijo Michael, en voz apenas audible-. Aquí no hay nadie. No hay ni rastro de los hombres de Tessio ni de los policías. Nuestro padre no cuenta con protección de ninguna clase.

Tras un largo silencio, Sonny respondió con voz lenta y fatalista.

– Ésta es la jugada de Sollozzo de la que tú hablabas.

– Eso es lo que he pensado yo también -comentó Michael-. Pero ¿cómo consiguió que los policías echaran a todo el mundo? ¿Y adonde han ido los agentes de paisano? ¿Qué ha sucedido con los hombres de Tessio? ¿Será posible que ese hijo de puta de Sollozzo tenga en el bolsillo a toda la policía de Nueva York?

– Tómatelo con calma, muchacho -dijo Sonny con serenidad-. Ha sido una suerte que hayas ido al hospital tan tarde. No te muevas de la habitación y cierra la puerta por dentro. Nuestros hombres no tardarán ni un cuarto de hora. Ahora voy a llamarles. Tú quédate en la habitación y no te dejes dominar por el pánico. ¿De acuerdo, muchacho?

– No tengo miedo -dijo Michael.

Por vez primera desde que había empezado todo, Michael sentía que en su espíritu se estaba formando un torrente de odio hacia los enemigos de su padre.

Una vez hubo colgado el auricular, pulsó el timbre para llamar a la enfermera. Decidió seguir su propio criterio y prescindir de las indicaciones de Sonny. Cuando llegó la enfermera, Michael le dijo:

– No quiero que se asuste, pero tenemos que trasladar a mi padre enseguida a otra habitación o a otro piso. ¿Puede usted desconectar todos estos tubos, de modo que podamos sacar la cama?

– Pero eso es ridículo -balbuceó la enfermera-. Necesitamos el permiso del médico.

Michael habló con gran rapidez:

– Seguramente habrá leído lo que los periódicos dicen de mi padre. Como ve, aquí no hay nadie para protegerle. Pues bien, acaban de avisarme que no tardarán en venir al hospital varios hombres para asesinarle. Créame y ayúdeme.

Cuando le interesaba, Michael sabía ser extraordinariamente persuasivo.

– No será preciso desconectar los tubos -dijo enfermera-. Podremos trasladarlo todo junto.

– ¿Hay alguna habitación vacía? -susurró Michael.

– Sí, una al final del pasillo.

El traslado se efectuó en pocos minutos.

– No se mueva de su lado hasta que llegue ayuda -ordenó Michael-. Y no se aleje si no quiere resultar herida.

En aquel momento, Michael oyó la voz de su padre cansada pero fuerte, como siempre.

– ¿Eres tú, Michael? ¿Qué ocurre?

Michael se inclinó sobre la cama. Tomó entre la suyas una de las manos de su padre.

– Soy Mike. No temas. Ahora escucha: no hagas menor ruido ni digas nada, sobre todo si alguien pronuncia tu nombre. Quieren matarte ¿comprendes? Pero no te preocupes; yo estoy aquí.

Don Corleone, que todavía no era plenamente consciente de lo que había sucedido el día anterior, padecía terribles dolores. Sin embargo, dirigió una complacida sonrisa a su hijo, como si de ese modo quisiera decirle: «¿Por qué debería tener miedo ahora? Han querido matarme desde que tenía doce años».

10

El hospital era pequeño y tenía solamente una entrada. Michael miró a la calle a través de la ventana. Alrededor del edificio había un patio, atravesado por un único camino que conducía desde el exterior hasta la puerta de entrada. Quien quisiera entrar en el hospital debía pasar forzosamente por el sendero del patio. Sabía que no disponía de mucho tiempo, por lo que salió de la habitación y bajó los cuatro pisos corriendo, dirigiéndose sin pérdida de tiempo a la entrada del edificio. En uno de los lados vio el lugar destinado a las ambulancias, aunque no había ningún vehículo estacionado allí.

Michael permanecía de pie en la acera y encendió un cigarrillo. Se desabrochó la chaqueta y se situó debajo de un farol, de modo que pudiera ser visto desde lejos. Un joven caminaba rápidamente por la Novena Avenida, con un paquete bajo el brazo. Su rostro le resultó conocido, pero no conseguía recordar quién era. El joven se paró delante de él y le dijo, con acento siciliano:

– Don Michael ¿es que no me recuerda? Soy Enzo, el ayudante del panadero Nazorine, el Paniterra; ahora soy su yerno. Su padre me salvó la vida al conseguir que el Gobierno me dejara permanecer en América.

Michael hizo un gesto de asentimiento. Ya se acordaba de él.

– He venido a hacer una visita de cortesía a su padre -prosiguió Enzo-. ¿Cree usted que me dejarán entrar a estas horas?

– No, pero gracias de todos modos -contestó Michael con una sonrisa-. Le diré al Don que ha venido usted.

Por la calle llegaba un coche a toda velocidad. Michael se puso en guardia inmediatamente.

– Aléjese ahora mismo -advirtió al muchacho-. Puede haber problemas. No le interesa en modo alguno tener líos con la policía. En su situación…

Vio el temor reflejado en el rostro del joven italiano. Al mínimo desliz, Enzo corría el peligro de ser deportado.

– Si hay problemas, quiero estar aquí para ayudar -replicó el joven con voz firme-. El Padrino se lo merece todo.

Michael se emocionó. Estaba a punto de decir nuevamente al joven que se marchara, cuando cambió de idea y decidió permitirle que se quedara. Dos hombres en la puerta del hospital tal vez bastaran para desanimar a un posible atacante, mientras que uno solo sería insuficiente. Dio un cigarrillo a Enzo y se lo encendió. Ambos permanecieron bajo del farol en la fría noche de diciembre. El verde de la hierba del jardín y los multicolores adornos navideños se reflejaban en ellos. Casi habían terminado sus cigarrillos cuando un largo coche negro, procedente de la Novena Avenida, entró en la calle Treinta y se dirigió a toda velocidad hacia donde estaban ellos. El automóvil aminoró la marcha y Michael se esforzó por ver el rostro de sus ocupantes echando, como sin querer, el cuerpo hacia adelante. Cuando parecía que iba a detenerse por completo, el coche salió disparado; alguien debía haberlo reconocido. Michael dio a Enzo otro cigarrillo y reparó en que las manos del panadero estaban temblando. Lo más sorprendente fue comprobar que las suyas seguían firmes.

Siguieron fumando hasta que, pasados unos diez minutos, el silencio de la noche fue roto por la estridente sirena de un coche de la policía. Desde la Novena Avenida, un coche patrulla entró a toda velocidad por el sendero del hospital. Otros dos vehículos seguían al primero. De pronto, la entrada del hospital se llenó de policías de uniforme y agentes de paisano. Michael lanzó un suspiro de alivio. El buen Sonny había actuado bien. Michael se acercó a saludar a los recién llegados.

Dos corpulentos agentes le agarraron los brazos, mientras otro le registraba rápidamente. Acto seguido, un corpulento capitán de la policía, con una placa dorada en la gorra, se acercó. Sus subordinados se apartaban respetuosamente para dejarle paso. Era un hombre ágil, muy ágil teniendo en cuenta su corpulencia y su edad. Tenía las sienes plateadas y el rostro rubicundo. Se acercó a Michael y le increpó ásperamente.

– Pensaba que ya os había puesto a todos entre rejas. ¿Quién diablos eres y qué estás haciendo aquí?

Uno de los agentes que sujetaban a Michael intercedió:

– No está implicado, capitán.

Michael permaneció en silencio. Estaba estudiando al capitán.

– Es Michael Corleone, el hijo del Don -dijo un agente de paisano.

– ¿Qué pasó con los agentes que debían estar protegiendo a mi padre? -preguntó Michael con serenidad-. ¿Quién les ordenó que abandonaran sus puestos?

El rostro del capitán se encendió de cólera.

– ¿Y quién diablos eres tú para darme órdenes? Fui yo quien les dije que se marcharan. No me importa que los gángsters se maten los unos a los otros. Si de mi dependiera, no movería un dedo para proteger la vida de tu padre. Y ahora márchate inmediatamente, inútil. Y no te acerques por el hospital más que en horas de visita.

Michael seguía estudiándolo atentamente. No estaba enfadado por lo que el policía acababa de decir, sino que intentaba pensar con lucidez. ¿Cabía la posibilidad de que Sollozzo fuera uno de los ocupantes del primer automóvil, y que le hubiera visto de pie en la entrada del hospital? Sollozzo tal vez había telefoneado al capitán para decirle: «¿Cómo es posible que los hombres de Corleone estén todavía en el hospital, a pesar de que le he pagado para que los encerrara?». ¿Y si todo había sido cuidadosamente planeado, como había dicho Sonny? Las piezas encajaban. Con voz todavía tranquila, dijo al capitán:

– No voy a salir del hospital hasta que ponga guardias en la puerta de la habitación de mi padre. El capitán no se molestó en responder.

– Phil, encierre a este mamarracho -ordenó al agente que permanecía de pie a su lado.

– El muchacho nada tiene que ver, capitán -replicó el agente, indeciso-. Es un héroe de guerra y nunca se ha mezclado en los asuntos de su padre. La prensa armará un escándalo.

El capitán se encaró con su subordinado, ruborizado de ira.

– ¡Que lo encierre, he dicho! -gritó.

Michael, todavía tranquilo, dijo con acento irónico:

– ¿Cuánto le paga el Turco por «defender» a mi padre, capitán?

El oficial se volvió hacia él.

– Inmovilizadle -ordenó a los dos corpulentos policías.

Michael sintió que le agarraban los brazos con fuerza. Vio que el enorme puño del capitán avanzaba en dirección a su cara. Trató de esquivar el golpe, pero el puño se estrelló contra su mandíbula. Le dio la impresión de que una granada había estallado dentro de su cabeza. De su boca empezó a manar sangre, y escupió algunos dientes. Sintió que las piernas se negaban a sostenerlo. Si los dos policías no le hubiesen sostenido, hubiera caído. Pero no había perdido el conocimiento. El agente de paisano se puso delante de él, para evitar que el capitán volviera a golpearlo.

– Por Dios, capitán: le ha hecho daño de verdad.

– Ni siquiera lo he tocado -replicó el capitán, casi gritando-. Me atacó y se cayó. ¿Entiende? Se negaba a dejarse arrestar.

A través de una cortina de sangre, Michael vio que estaban llegando más coches, de los que, segundos más tarde, bajaron varios hombres. Uno de ellos, según pudo ver, era el abogado de Clemenza.

El letrado se puso a hablar con el oficial. Su tono era suave y firme a la vez.

– La familia Corleone ha contratado los servicios de una agencia de detectives para proteger al señor Corleone. Los hombres que me acompañan tienen licencia de armas, capitán. Si usted los arresta, mañana por la mañana deberá comparecer ante el juez para explicar por qué. El abogado dirigió una mirada a Michael.

– ¿Quiere usted denunciar al que le ha golpeado? -le preguntó.

– He resbalado… He resbalado y me he caído. Vio una sonrisa de triunfo en la cara del capitán, y él también trató de sonreír.

Quería ocultar a toda costa el odio frío que acumulaba en su cerebro, no deseaba que nadie se diera cuenta de la rabia que le dominaba. El Don hubiera reaccionado igual. Luego notó que lo trasladaban al hospital y perdió el conocimiento.

A la mañana siguiente, cuando despertó, supo que le habían soldado la mandíbula y que había perdido cuatro dientes del lado izquierdo de la boca. Junto a él estaba Hagen.

– ¿Me anestesiaron? -preguntó Michael.

– Sí -respondió Hagen-. Tenías trozos de hueso clavados en las encías, y sin anestesia hubieras sufrido mucho.

– Aparte de lo de la mandíbula y la boca ¿tengo algo más?

– No, nada -contestó Hagen-. Sonny quiere que vayas a Long Beach. ¿Te sientes con fuerzas para el viaje? -Desde luego. ¿Cómo está el Don? Hagen se sonrojó.

– Creo que el problema está resuelto. Hemos contratado a una agencia de detectives, y toda la zona alrededor del hospital está siendo vigilada. Ya terminaré de contártelo todo durante el viaje.

Al volante iba Clemenza; Michael y Hagen se sentaban detrás.

– Dime ¿se sabe ya lo que ocurrió realmente? -preguntó Michael, cuya cabeza no dejaba de dar vueltas al asunto.

– Sonny tiene un contacto en la policía -contestó Hagen-. Se trata de Phillips, el agente que trató de protegerte. Él fue quien nos dio el soplo. El capitán, McCluskey, ha sido siempre un sujeto muy duro; lo era ya en sus tiempos de simple patrullero. Nuestra Familia le ha pagado mucho dinero. Es un hombre muy ambicioso, y no se puede confiar en él. Por lo visto Sollozzo le ha pagado más. McCluskey arrestó, después de la hora de visita, a todos los hombres de Tessio que permanecían en el hospital. El hecho de que algunos llevaran armas no hizo sino empeorar las cosas. Luego hizo salir del hospital a los dos agentes que estaban en la puerta de la habitación de tu padre. Alegó que los necesitaba en otra parte, y aseguró que otros dos hombres vendrían a sustituirles. Mentira. Le habían pagado para que dejara al Don sin protección. Y Phillips me dijo que no aceptaría el fracaso de sus planes, que probaría suerte otra vez. Sollozzo debe haberle pagado una fortuna, además de prometerle hasta la Luna.

– ¿Han dicho algo de mis heridas los periódicos?

– Nada, ni una palabra -contestó Hagen-. Nadie está interesado en que se sepa, ni la policía ni nosotros.

– Bien. ¿Enzo logró huir? -quiso saber Michael.

– Sí. Fue más listo que tú. Cuando los policías llegaron, él se marchó. Aseguró que estuvo a tu lado cuando pasó el coche de Sollozzo. ¿Es eso cierto?

– Sí, lo es. Es un buen muchacho.

– Velaremos por él. ¿Te sientes bien? Pareces agotado -comentó Hagen, preocupado.

– Estoy muy bien, no te preocupes -replicó Michael-. ¿Cómo se llama ese capitán?

– McCluskey. Cambiando de tema, Mike ¿sabes que la familia Corleone ha conseguido anotarse un buen tanto? Bruno Tattaglia ha muerto a las cuatro de esta madrugada. Pienso que la noticia te hará sentir mejor.

– ¿Cómo ha sido? -dijo Michael-. Estaba convencido de que no haríamos nada.

– Después de lo que sucedió en el hospital, Sonny se enfureció. Nuestros hombres están esparcidos por Nueva York y Nueva Jersey. La noche pasada hicimos la lista. He intentado frenar a Sonny, Mike. Tal vez sería mejor que trataras de hablarle. Creo que el asunto todavía puede resolverse sin necesidad de iniciar una guerra abierta.

– Hablaré con él -repuso Michael-. ¿Hay conferencia esta mañana?

– Sí. Al final Sollozzo ha dado señales de vida, y quiere entrevistarse con nosotros. Un negociador está arreglando los detalles. Eso significa que la victoria es nuestra. Sollozzo sabe que ha perdido, y ahora quiere intentar salir con vida del lío por él provocado.

Después de una breve pausa, Hagen prosiguió:

– Tal vez pensó que éramos presa fácil porque no devolvimos el primer golpe. Ahora, con uno de los hijos de los Tattaglia muerto, sabe que no puede jugar con nosotros. Al disparar contra el Don, Sollozzo inició un juego demasiado peligroso. Olvidaba decirte que hemos confirmado lo de Luca. Lo mataron la noche antes del atentado contra tu padre, en el night-club de Bruno. ¿Qué te parece?

– No me extraña que lo sorprendieran con la guardia baja -dijo Michael.

La alameda de Long Beach estaba bloqueada por un gran automóvil negro, estacionado de través. Dos hombres permanecían apoyados en el vehículo.

Michael observó que las ventanas de los pisos superiores de las dos casas de cada lado estaban iluminadas. Era evidente que Sonny estaba dispuesto a llegar hasta el final.

Clemenza estacionó el coche fuera de la alameda, y los tres hombres se adentraron en ella. Los dos guardianes eran hombres de Clemenza, y éste les saludó con un ademán. Los dos inclinaron levemente la cabeza, correspondiendo al saludo de su jefe. No hubo sonrisas ni apretones de mano. Clemenza, Hagen y Michael Corleone entraron en la casa.

Antes de que tuvieran tiempo de llamar, otro guardián les abrió la puerta. Era evidente que había estado observándoles desde una ventana. Rápidamente, se dirigieron al despacho, donde Sonny y Tessio les estaban esperando. Sonny se acercó a Michael y le pasó las manos por la cabeza.

– Perfecta. Ha quedado perfecta -bromeó.

Michael le apartó las manos y se dirigió al mueble bar. Se sirvió un whisky, confiando en que el licor le aliviaría el dolor de la mandíbula.

Los cinco se sentaron alrededor de la mesa, en una atmósfera diferente de las de las reuniones anteriores. Sonny estaba más alegre y Michael sabía a qué obedecía tanta animación. En la mente de su hermano ya no había dudas. Se había decidido, y ahora nada podría detenerlo. Lo que Sollozzo había hecho la noche anterior colmó el vaso de su paciencia. Ahora ya no habría tregua alguna.

– El negociador ha llamado mientras estabais fuera -dijo Sonny a Hagen-. El Turco quiere reunirse con nosotros enseguida -lanzó una sonora carcajada y prosiguió-: Hay que reconocer que tiene redaños ese hijo de puta. Después de lo de anoche, se atreve a solicitar una entrevista para hoy mismo o para mañana. Mientras, considera que debemos permanecer con los brazos cruzados, atentos a sus menores deseos. Desde luego, es inaudito.

– ¿Y qué le has contestado? -preguntó Hagen, cautelosamente.

Sonny sonrió.

– He aceptado, naturalmente. Tengo un centenar de hombres en la calle las veinticuatro horas del día. Si Sollozzo se deja ver, es hombre muerto.

– ¿Hubo una propuesta concreta? -quiso saber Hagen.

– Sí. Quiere que enviemos a Mike a hablar con él. El negociador nos garantiza la seguridad de Mike. Sollozzo no nos pide garantías para él, pues sabe que no está en condiciones de pedirlas. Así, pues, quiere ser él quien lo arregle todo. Los hombres del negociador llevarán a Mike al lugar de la entrevista. Mike escuchará a Sollozzo, y luego le dejarán ir. Pero el lugar de la reunión es secreto. La promesa es que el trato será tan bueno, que no podremos rechazarlo.

– ¿Y qué hay de los Tattaglia? -preguntó Hagen-. ¿Cómo les habrá sentado lo de Bruno?

– Eso forma parte del trato. El negociador dice que la familia Tattaglia está de acuerdo en seguir con Sollozzo. Olvidarán lo de Bruno. Es el precio que han tenido que pagar por lo que hicieron a mi padre. Según ellos, una cuenta borra la otra.

– Creo que deberíamos escuchar lo que tienen que decirnos -apuntó Hagen, prudente.

Sonny movió varias veces la cabeza exageradamente, en señal de negativa.

– No, no, _consigliere_, esta vez no.

Y su voz tenía un marcado acento italiano al decir estas palabras.

– Nada de entrevistas. Nada de discusiones -prosiguió-. Nada de soportar nuevos trucos de Sollozzo. Cuando el negociador vuelva a ponerse en contacto con nosotros, quiero que le deis un mensaje. Quiero a Sollozzo. Si no, será la guerra. Nos iremos a las trincheras y movilizaremos a todos nuestros hombres. Los negocios se resentirán, pero no importa.

– Las otras Familias no permitirán una guerra abierta -dijo Hagen-. Sería demasiado perjudicial para todos.

Sonny se encogió de hombros.

– Pues tienen una solución muy sencilla -contestó-. Que me den a Sollozzo, o que luchen contra la familia Corleone.

Sonny permaneció en silencio unos segundos y luego, rudamente, prosiguió:

– No más consejos, Tom. Ya he tomado una decisión. Tu misión es la de ayudarme a vencer. ¿Entendidos?

Hagen asintió y por un momento se concentró en sus propios pensamientos.

– He hablado con tu contacto en el Departamento de Policía -dijo después-. Me ha asegurado que el capitán McCluskey figura en la nómina de Sollozzo y que éste le paga una verdadera fortuna. Y hay más. Por lo visto McCluskey también tendrá su porcentaje en el negocio de las drogas. McCluskey ha aceptado ser guardaespaldas de Sollozzo. El Turco no se atrevería a dar un paso sin McCluskey. Cuando se reúna con Mike, McCluskey estará sentado a su lado. Vestido de paisano, pero armado. Quiero que entiendas, Sonny, que mientras Sollozzo esté protegido como lo está en estos momentos, es invulnerable. Nadie hasta hoy ha liquidado impunemente a un capitán de la policía de Nueva York. La presión que ejercerían la prensa, las autoridades y la Iglesia sería tremenda. Las Familias saldrían a cazarte abiertamente. La familia Corleone estaría perdida. Incluso los más influyentes amigos del Don se esconderían. En consecuencia, Sonny, te ruego que tengas todo esto en cuenta.

– McCluskey no puede estar continuamente al lado de Sollozzo. Esperaremos.

Tessio y Clemenza daban nerviosas chupadas a sus cigarros, pero no se atrevían a hablar. Si prevalecía la opinión de Sonny, serían ellos los que tendrían que exponer el pellejo.

Por primera vez, Michael abrió la boca.

– ¿Es posible trasladar al Don aquí? -preguntó a Hagen.

– Eso es lo primero que pregunté -respondió Hagen-. Es imposible. Todavía está muy mal. Se salvará, pero necesita continuos cuidados, y hasta es posible que tengan que intervenirle. Imposible.

– En ese caso, hay que ir a por Sollozzo enseguida -resolvió Michael-. No podemos esperar. El tipo es demasiado peligroso y no tardaría en sorprendernos con otra de sus ideas. Recuerda que para él el objetivo principal sigue siendo nuestro padre, aunque sabe que en estos momentos le va a ser muy difícil. Ahora bien, si intuye que queremos matarle, hará un nuevo intento contra el viejo, se jugará el todo por el todo. Y con ese capitán de la policía como ayudante ¿quién sabe lo que puede ocurrir? No podemos correr ese riesgo. Debemos eliminar a Sollozzo enseguida.

Sonny, con la mano en la barbilla, meditaba profundamente.

– Tienes razón, muchacho -convino-. Has dado en el clavo. No debemos dar a Sollozzo la oportunidad de descargar un nuevo golpe contra el Don.

– ¿Y qué hay del capitán McCluskey? -intervino Hagen.

Sonny se volvió a Michael y le dirigió una extraña sonrisa.

– Eso. ¿Qué hay del duro capitán de la policía?

– Lo que propongo es una medida extrema, ya lo sé -replicó Michael, midiendo cuidadosamente sus palabras-. Sin embargo, hay ocasiones en que cualquier extremismo está justificado. Imaginemos que decidimos matar a McCluskey. Lo que procedería, ante todo, sería implicarlo hasta tal punto que ya no fuera un honrado capitán de policía en misión de servicio, sino un corrompido oficial mezclado con la Mafia. En nuestra nómina tenemos periodistas que se encargarán de publicar la noticia en primera página. Lo que debemos hacer, claro está, es conseguir pruebas contra el capitán. El revuelo, entonces, sería mucho menor, como es lógico, pues no es lo mismo que muera un policía honrado, que un policía corrompido y traidor. ¿Es o no es buena mi idea?

Michael miró deferentemente a los otros. Tessio y Clemenza parecían abatidos y guardaron silencio. Sonny, con la misma extraña sonrisa de antes, dijo:

– Adelante muchacho, lo estás haciendo muy bien. Tal como solía decir el Don, la sabiduría está en la boca de los niños. Adelante, Mike, sigue hablando.

Hagen también sonreía, aunque disimuladamente. Michael prosiguió:

– Quieren que me entreviste con Sollozzo. Bien. Seríamos tres: yo, Sollozzo y McCluskey. Arréglalo todo para pasado mañana y ordena a nuestros informadores que procuren averiguar dónde se celebrará la conferencia. Insiste en que tiene que ser un lugar público: no voy a permitir que me lleven a ninguna casa o apartamento. Que sea un bar o un restaurante, y a la hora de la cena, cuando el local esté más lleno de gente. Así todos nos sentiremos más seguros. Ni siquiera un hombre tan desconfiado como Sollozzo podría imaginar que pensamos disparar contra el capitán allí mismo. Naturalmente, me registrarán, por lo que deberé acudir a la cita sin armas. Necesitamos que alguien me proporcione un arma después. Me encargaría de los dos.

Los cuatro hombres lo miraron fijamente. Clemenza y Tessio quedaron boquiabiertos. Hagen parecía triste, pero no sorprendido. Empezó a hablar, pero cambió de idea y se calló. Por su parte, Sonny, el de la enorme cabeza de Cupido, se echó a reír a carcajadas, con una risa que le salía del alma. Señaló a Michael y trató de decir algo, pero no pudo. De su boca sólo salían sonoras carcajadas.

– Tú, el intelectual de la familia -logró decir entre carcajada y carcajada-, el que nunca ha querido saber nada de los asuntos de su padre, ahora te propones matar a un capitán de la policía y a Sollozzo, y todo porque McCluskey te dio un puñetazo. Te lo estás tomando como un asunto personal, y no es más que una cuestión de negocios. Quieres matar a los dos tipos únicamente para vengar un puñetazo.

Clemenza y Tessio, que no habían captado el verdadero significado de las palabras de Sonny, estaban convencidos de que éste se reía de su hermano menor, y por ello miraban a Michael sonrientes y con un cierto aire de superioridad. Sólo Hagen permaneció impasible.

Michael los fue mirando uno por uno, hasta que sus ojos se detuvieron en Sonny, que seguía riéndose.

– ¿Que tú te encargarás de los dos? -dijo Sonny-. Vamos, muchacho; te aseguro que no conseguirás ninguna medalla. Lo que sí te garantizo, en cambio, es que acabarás en la silla eléctrica. Esto no es cosa de héroes, muchacho. A la gente no se la mata desde un kilómetro de distancia. Hay que disparar cuando se tiene al enemigo cerca, cuando se está seguro de no fallar. Vamos, chico, no te tomes las cosas tan a pecho. Al fin y al cabo, sólo fue un puñetazo.

Terminado el corto discurso, Sonny siguió riendo.

Michael se levantó.

– Creo que harías bien en dejar de reírte.

El cambio operado en Michael había sido tan extraordinario, que a Clemenza y a Tessio se les borró la sonrisa de los labios. Michael no era alto ni corpulento, pero su presencia parecía irradiar peligro. En aquel momento era la viva imagen de Don Corleone. Su mirada era dura y su tez había adquirido un tono pálido. Parecía dispuesto a saltar sobre su corpulento hermano mayor en cualquier momento. Era indudable que, de haber tenido un arma en la mano, Sonny hubiera corrido peligro. Sonny dejó de reír, y Michael, con voz mortalmente fría, le dijo:

– No crees que soy capaz de hacerlo ¿eh, imbécil?

– Sé que puedes hacerlo -respondió Sonny, completamente serio-. No me reía de tus palabras, sino de lo que son las cosas, de las vueltas que da el mundo. Yo siempre he dicho que eras el más duro de la Familia, más incluso que el Don. Tú eras el único que se atrevía a enfrentarte a nuestro padre. Recuerdo cómo eras de niño. ¡Vaya temperamento el tuyo! Hasta te atrevías a pegarte conmigo, y eso que yo era bastante mayor que tú. Y Freddie recibía una paliza tuya por lo menos todas las semanas. Ahora, sin embargo, Sollozzo te ha escogido a ti para la entrevista por considerar que eres el más débil de nosotros… Todo porque te dejaste pegar por McCluskey y porque nunca te has mezclado en las peleas de la Familia. Se figura que nada tiene que temer de ti, lo mismo que McCluskey, que debe de tenerte en muy pobre opinión.

Después de una corta pausa, Sonny continuó:

– Lo que ellos ignoran es que, después de todo, eres un Corleone. Yo soy el único que lo ha sabido siempre. Durante los tres últimos días he estado esperando a que, en el momento menos pensado, te quitaras el disfraz de muchacho prudente. He estado aguardando a que te decidieras a convertirte en mi brazo derecho, para así, juntos, luchar contra los que quieren destruir a nuestro padre y a nuestra Familia. Al final, sólo ha hecho falta un puñetazo en la mandíbula.

Sonny hizo como si fuera a golpear la mandíbula de su hermano, en broma, claro está, y concluyó:

– ¿Qué te parece?

La tensión había desaparecido por completo.

– Mira, Sonny -dijo Mike-, creo que mi propuesta es la única salida viable. No podemos dar a Sollozzo otra oportunidad de liquidar a nuestro padre. Parece que yo soy el único que tendrá ocasión de estar cerca de él. Además, la idea ha sido mía. Por otra parte, no creo que puedas encargar a otro la tarea de liquidar a un capitán de la policía. Tal vez tú lo harías, pero tienes esposa e hijos y, además, tienes que dirigir los negocios de la Familia mientras se recupera nuestro padre. De modo que sólo quedamos Freddie y yo. Freddie no se ha recuperado todavía de la impresión que sufrió cuando el atentado contra el viejo, por lo que no se puede contar con él. Quedo sólo yo. Sentido común. El golpe en la mandíbula nada tiene que ver. Sonny fue a abrazarlo.

– No me importan tus razones -comentó-. Lo que importa es que ahora estás con nosotros. Y te diré otra cosa: considero que tu idea es perfecta. ¿Qué opinas tú, Tom?

– El razonamiento de Mike es coherente -contestó el _consigliere_-. Estoy convencido de que Sollozzo no es sincero al decir que quiere llegar a un acuerdo. Creo que tratará nuevamente de liquidar al Don. Por lo tanto, lo único que cabe hacer es tratar de eliminarlo. Tenemos que acabar con él, aunque con él caiga el capitán de la policía. Pero el que haga el trabajo sudará lo suyo. ¿Será Mike?

– Puedo hacerlo yo -apuntó Sonny.

Hagen hizo un gesto de impaciencia.

– Sollozzo no permitiría que te acercaras a él, ni aunque contara con el apoyo de diez capitanes de la policía. Además, eres el jefe en funciones de la Familia. No, no puedes arriesgarte.

Hizo una breve pausa y prosiguió, dirigiéndose a Clemenza y a Tessio:

– ¿Tenéis algún hombre realmente capacitado y de confianza a quien encargarle el trabajo? No tendría que preocuparse por dinero en todo el resto de su vida.

– No tengo a nadie a quien Sollozzo no conozca -respondió Clemenza-. Por otra parte, Sollozzo desconfiaría de Tessio y de mí.

– ¿Y no podría hacerlo alguien realmente duro, pero poco conocido en el ambiente en que nos movemos? -dijo Hagen-. Un novato, quiero decir.

Los dos _caporegimi_ movieron la cabeza en un gesto negativo. Tessio sonrió, como para quitar aspereza a sus palabras.

– Eso sería como hacer jugar en primera división a un chiquillo de diez años.

Secamente, Sonny interrumpió la conversación.

– Tiene que ser Mike. Y ello por mil razones diferentes. La más importante de todas es que le creen poco capaz. Y puede realizar el trabajo, os lo garantizo. Además, será el único que tendrá la oportunidad de acercarse al Turco. Ahora, pues, sólo nos queda estudiar la mejor forma de protegerlo. Tom, Clemenza, Tessio: averiguad dónde se celebrará la conferencia, cueste lo que cueste. Cuando lo sepamos, nuestra misión consistirá en estudiar la manera de hacer llegar un arma a Mike. Clemenza, quiero que te encargues de escoger un arma realmente segura, que sea imposible de identificar. Si es de corto alcance no importa; lo que sí interesa es que su potencia sea grande, cuanto más grande, mejor. Tampoco es preciso que sea un arma de alta precisión, pues Mike disparará casi a quemarropa. Mike, cuando acabes de disparar, deberás arrojar la pistola al suelo. Es fundamental que no te pillen con el arma en la mano. Clemenza, trata la culata y el gatillo con aquel producto que tú tienes para impedir dejar huellas. Recuerda, Mike, que podremos acallar a cualquier testigo, pero si te atraparan con el arma en la mano, entonces nada podríamos hacer. Te brindaremos toda la protección posible, y tendremos un coche a punto para huir. Luego saldrás a disfrutar de unas largas vacaciones, en espera de que amaine la tempestad. Sé que te pido mucho, Mike, pero no quiero que te despidas de tu chica, ni siquiera que la llames por teléfono. Cuando hayas salido del país, yo mismo me encargaré de decirle que estás bien. Estas son mis órdenes. Y quiero que se cumplan -luego añadió sonriendo-: Ahora quédate con Clemenza y acostúmbrate a manejar la pistola que pondrá a tu disposición. Incluso puede ser conveniente que practiques un poco. Nosotros nos encargaremos de todo lo demás. Absolutamente de todo. ¿De acuerdo, muchacho?

De nuevo Michael sintió aquella deliciosa frialdad en todo su cuerpo.

– No tenías por qué ordenarme que no hablara con mi chica de un asunto como éste -dijo Michael-. ¿Qué creías que iba a hacer? ¿Llamarla para decirle adiós?

– De acuerdo, Mike -respondió Sonny, sin dar importancia a la observación de su hermano-. Pero todavía eres un novato y he preferido aclararlo todo. Olvídalo.

Con una mueca que quería ser una sonrisa, Michael replicó:

– ¿Qué quieres decir con eso de novato? He escuchado siempre los consejos de nuestro padre con la misma atención que tú. De no haberlo hecho así ¿crees tú que sería tan listo?

Y los dos hermanos se echaron a reír.

Hagen sirvió bebida para todos. Parecía un poco triste. El estadista obligado a hacer la guerra, el abogado obligado a recurrir a la ley…

– Bien. De cualquier modo, por lo menos ahora sabemos qué vamos a hacer -dijo.

11

El capitán McCluskey estaba sentado en su oficina. Entre sus manos tenía tres abultados sobres llenos de boletos de apuestas. Estaba de mal humor, pues quería descifrar las anotaciones de los boletos. Era muy importante hacerlo. Los sobres contenían los boletos que sus hombres habían requisado la noche antes a uno de los corredores de apuestas de la familia Corleone. Ahora el corredor de apuestas tendría que volver a comprar los boletos, pues de lo contrario los apostadores podrían pretender haber ganado, todos, algún premio. Y el corredor, sin tener los boletos en su poder, no podría comprobar quiénes habían ganado y quiénes no.

Para el capitán era muy importante descifrar los boletos; no quería ser estafado cuando los revendiera al corredor de apuestas. Si los boletos valían cincuenta mil dólares, por ejemplo, tal vez podría sacar cinco mil. Pero si las apuestas habían sido fuertes y los boletos representaban un total de cien o doscientos mil dólares, entonces el precio sería considerablemente más alto. McCluskey se entretuvo un poco pensando en los sobres hasta que, finalmente, decidió dejar que el corredor de apuestas le hiciera una oferta. Sí, decididamente, sería la mejor manera de conocer su verdadero precio.

McCluskey miró el reloj de su oficina. Era la hora convenida para ir a recoger a aquel grasiento Turco, Sollozzo, y llevarlo al lugar donde debía encontrarse con la familia Corleone. McCluskey fue a su guardarropa y empezó a vestirse de paisano. Cuando hubo terminado, llamó a su esposa y le dijo que no le esperara para cenar, ya que tenía trabajo. Nunca le hablaba de sus negocios, no confiaba en ella. La mujer creía que vivían de su sueldo de policía. Al pensar en ello, McCluskey esbozó una sonrisa. Su madre había creído lo mismo, aunque no tardó en averiguar la verdad. Y es que el «oficio» se lo había enseñado su difunto padre.

El padre del capitán había sido sargento de la policía, y cada semana llevaba a su hijo a dar un paseo por el distrito. El sargento McCluskey decía a los tenderos: «Éste es mi muchacho», y ellos le estrechaban la mano, para luego hacerle algún pequeño regalo: cinco o diez dólares por regla general. Al final del día, los bolsillos del pequeño McCluskey estaban repletos de billetes. El chico estaba convencido de que los amigos de su padre le apreciaban tanto, que decidían regalarle billetes cada vez que ambos iban a verlos. Por supuesto, su padre le ingresaba el dinero en el banco, para poder pagar su educación, y le daba cincuenta centavos cada semana para sus gastos.

Luego, cuando el pequeño Mark volvía a casa y sus tíos, también policías, le preguntaban qué querría ser de mayor, invariablemente contestaba: «Policía», y todos se reían de la ingenuidad del muchacho. Años después, y a pesar de que su padre quería que pasara por la universidad, Mark ingresó en la academia de la policía una vez finalizados los estudios secundarios.

Había sido un buen agente, y además valiente. Los jóvenes delincuentes que aterrorizaban las esquinas de las calles huían cuando él se aproximaba, pues sabían que pegaba fuerte con su porra. Era muy duro, pero también muy sensible. Nunca llevaba a su hijo a visitar a los comerciantes cuando pasaba a recoger los regalos en efectivo por ignorar ciertas violaciones de las ordenanzas municipales en relación con las basuras, el aparcamiento de vehículos, etc.; no, él no siguió el ejemplo de su padre, sino que se metía el dinero en el bolsillo tranquilamente, sin sentir nada parecido a remordimientos, pues consideraba que el dinero que le pagaban los comerciantes se lo había ganado de sobra. Nunca se había metido en un cine o un restaurante en horas de servicio, a pesar de que otros compañeros suyos lo hacían, sobre todo en las frías noches de invierno. Siempre había efectuado las rondas. Siempre había proporcionado protección a «sus» tiendas. Cuando algún mendigo molestaba a la gente, él sabía cómo tratarlo para que el vagabundo no tuviera nunca más ganas de volver por el distrito. Y la gente del barrio sabía apreciar lo que McCluskey hacía por ellos.

Además, sabía amoldarse al sistema establecido. Los corredores de apuestas de su distrito sabían que nunca sería capaz de pedir dinero extra para su provecho particular; siempre se contentaba con la parte que le correspondía de la bolsa común. Su nombre estaba en la lista, junto con el de otros policías de su sección, y nunca, al contrario que algunos de ellos, había pedido dinero suplementario. Era un buen policía, un hombre que jugaba limpio, y por ello no era de extrañar que hubiera ido ascendiendo, si no de forma espectacular, sí gradual y constantemente.

Ahora tenía a su cargo a su esposa y cuatro hijos, ninguno de los cuales era policía. Todos fueron a la Universidad de Fordham, a pesar de que cuando el mayor de sus hijos hizo su ingreso en aquel centro superior, él era solamente sargento. Luego pasó a teniente, y más tarde a capitán. Los suyos nunca habían carecido de nada. En sus años de sargento, McCluskey empezó a adquirir reputación de hombre difícil de contentar. La cuota que tenían que pagar los apostadores profesionales de su distrito era mayor que la que se pagaba en cualquier otra parte de la ciudad. Debía de ser porque la educación de sus hijos le costaba mucho dinero.

En efecto, McCluskey no sentía remordimiento alguno. ¿Qué culpa tenían sus hijos de que la policía pagara tan mal a sus oficiales? ¿Acaso no tenían derecho a acudir a las mejores escuelas y universidades? Él protegía a los comerciantes y apostadores de su distrito, arriesgando su propia vida, a veces. Gracias a él, su zona era la más segura de la ciudad. Consideraba que merecía bastante más de lo que le pagaban, pero no se quejaba; al contrario, comprendía las circunstancias.

Bruno Tattaglia había sido un viejo amigo suyo. Bruno había ido a la Universidad de Fordham con uno de sus hijos. Después, cuando abrió su sala de fiestas, los McCluskey iban algunas veces a cenar y a beber un poco al local del amigo de su hijo, disfrutando, además, del espectáculo. Cada año, por Nochebuena, recibían una invitación del director del local, y siempre les destinaban una de las mejores mesas. Bruno siempre se preocupaba de que les presentaran a las celebridades que actuaban en el club, que a veces eran grandes estrellas de Hollywood. En alguna ocasión, como cabía esperar, Bruno pedía algún pequeño favor, como un certificado de buena conducta para alguna artista, al efecto de que pudiera trabajar en el night-club. Naturalmente, en tales casos la artista, por lo general muy hermosa, estaba fichada como ramera. Para McCluskey era un placer ayudar a los amigos.

McCluskey había tenido siempre por norma no demostrar que conocía las intenciones de los demás. Cuando Sollozzo se le acercó con la proposición de que dejara a Don Corleone sin protección en el hospital, McCluskey no preguntó el porqué. Se limitó a preguntar cuánto le pagaría. Cuando Sollozzo le ofreció diez de los grandes, McCluskey no tuvo ninguna duda sobre las razones del Turco. No dudó un solo instante. Corleone era una de las grandes personalidades de la Mafia, con más influencias políticas que Capone en sus mejores tiempos. Por lo tanto, quienquiera que lograra eliminarlo, haría un gran favor al país. McCluskey tomó el dinero y cumplió su trabajo. Cuando Sollozzo le telefoneó para decirle que en el hospital aún había dos hombres de Corleone, el policía montó en cólera. Había encerrado a todos los hombres de Tessio, había hecho que se fueran los dos agentes que montaban guardia en la puerta de la habitación de Corleone… Y ahora, como hombre de principios, tendría que devolver los diez mil dólares ya ingresados en el banco y destinados a la educación de sus nietos. Dominado por aquella terrible ira suya, había ido al hospital y golpeado a Michael Corleone.

Afortunadamente, todo había acabado del mejor de los modos. Tras entrevistarse con Sollozzo en la sala de fiestas de Tattaglia, ambos habían hecho un trato todavía mejor. Tampoco esta vez hizo McCluskey pregunta alguna, pues conocía todas las respuestas. Su única preocupación fue asegurar el precio. Nunca se le ocurrió pensar que él, personalmente, podría correr algún peligro. Que alguien pudiera soñar siquiera en matar a un capitán de la policía de Nueva York era algo impensable. El más duro de los mañosos tenía que aguantarse ante el más humilde de los patrulleros. Matar policías no era rentable. Y es que, cuando un agente era asesinado, resultaba que la policía tenía que matar a una serie de delincuentes que se resistían a ser

arrestados o que pretendían huir mientras eran conducidos a la comisaría.

McCluskey se dispuso a salir. Problemas, siempre problemas… En Irlanda, la hermana de su esposa acababa de morir después de haber librado una larga lucha contra el cáncer. La enfermedad de su cuñada le había costado mucho dinero. Y ahora el funeral le costaría todavía más. Además, sus tíos y tías, allá en el Viejo Continente, necesitarían ayuda económica, y sería él quien tendría que proporcionársela. McCluskey no era un hombre mezquino. Aún recordaba cómo, cuando él y su esposa visitaron Irlanda, fueron tratados a cuerpo de rey por la familia. Tal vez el siguiente verano, ya que la guerra había terminado, volverían allí.

McCluskey dijo a su ayudante dónde podría encontrarle en caso de necesidad. No consideró necesario tomar precaución alguna: siempre podría alegar que Sollozzo era un confidente de la policía. Una vez fuera de la comisaría, caminó un par de manzanas y luego tomó un taxi, dirigiéndose al lugar donde tenía que encontrarse con Sollozzo.

Tom Hagen había llevado a cabo todos los preparativos para que Michael abandonara el país. Había cuidado de su pasaporte falso, de su embarque en un carguero italiano que recalaría en un puerto siciliano, etcétera. El mismo día, un emisario viajó a Sicilia en avión para preparar con un jefe de la Mafia la estancia del joven Corleone.

Sonny, por su parte, había dispuesto lo necesario para que un coche y un conductor de absoluta confianza esperaran a Michael cuando éste saliera del restaurante donde se celebraría la entrevista con Sollozzo. El conductor sería Tessio en persona, que se había ofrecido para realizar el trabajo. Y el automóvil sería vulgar, pero con un motor muy potente. Además, llevaría una matrícula falsa, para que no fuera posible identificarlo. Michael pasó el día con Clemenza, practicando con la pistola que el _caporegime_ había escogido. Era del calibre 22 y dejaba en el blanco unos agujeros bastante mayores de lo normal. Su precisión era suficiente para asegurar el blanco a una distancia de cinco pasos. Más lejos, las balas irían a cualquier parte. El gatillo estaba muy duro, pero Clemenza lo suavizó. Decidieron no hacer nada para amortiguar el ruido, a fin de eliminar la posibilidad de que algún despistado ajeno a la situación interfiriera. El ruido de los disparos hablaría por sí solo de lo que estaba sucediendo.

Clemenza fue dando instrucciones a Michael.

– Tira la pistola tan pronto como la hayas utilizado, pero hazlo con cuidado. Te pones la mano en un costado y dejas caer el arma, así nadie se dará cuenta y todos pensarán que todavía tienes la pistola en la mano. Todos te mirarán a la cara. Abandona rápidamente el lugar, pero no corras. No mires fijamente a nadie, pero tampoco rehuyas las miradas. Recuerda que todos te tendrán miedo; todos, no lo olvides. Nadie intentará detenerte. Una vez fuera del local, Tessio te estará esperando en el coche. Entra en el vehículo y no te preocupes de nada más. No temas ningún accidente… Te sorprenderás al ver lo fácil que resulta todo. Ahora ponte este sombrero, a ver qué tal te sienta.

Tessio le puso un sombrero de fieltro. Michael, que en su vida había llevado sombrero, sonrió incómodo.

– Es sólo para que resultes más difícil de identificar -le tranquilizó Tessio-. Así los testigos tienen una buena excusa para no comprometerse. Recuerda, Mike, que no debes preocuparte por las huellas digitales. La culata y el gatillo han sido tratados debidamente; no quedará impresa huella alguna. Pero no toques ninguna otra parte del arma.

– ¿Ha averiguado Sonny dónde va a llevarme Sollozzo? -preguntó Michael.

– Todavía no -respondió Clemenza-. Sollozzo es un hombre muy cauteloso. Pero no te preocupes, no intentará hacerte ningún daño. El negociador estará en nuestras manos hasta que regreses sano y salvo. Si algo te sucediera, el negociador lo pagaría con su vida.

– ¿Y por qué arriesga su vida? -preguntó Michael.

– Porque le pagan bien. Una pequeña fortuna, en realidad. Además, es un miembro importante dentro de las Familias. Sabe que Sollozzo no permitirá que le ocurra nada. Para Sollozzo, tu vida no vale tanto como la del negociador, ni más ni menos. Tu seguridad está garantizada. Y luego seremos nosotros los que empezaremos a golpear a diestro y siniestro.

– ¿Qué va a pasar? -quiso saber Michael.

– Se desatará una guerra sin cuartel entre la familia Tattaglia y la familia Corleone. La mayoría de los demás se aliarán con los Tattaglia. El Departamento de Sanidad tendrá que recoger muchos cadáveres este invierno. Estas cosas suelen suceder cada diez o doce años. Sirven para eliminar la fruta podrida. Por otra parte, si cedemos en detalles de poca monta, pronto nos obligarían a ceder en cuestiones de importancia. Es preciso desanimarles desde un principio. Igual debía haber hecho Europa con Hitler; nunca debieron haberle permitido ir tan lejos. En ciertas ocasiones, la permisividad es una auténtica fuente de graves problemas.

Michael había oído decir lo mismo a su padre. Concretamente, recordaba que lo había dicho en 1939, poco antes de que estallara la guerra. Si el Departamento de Estado hubiese estado a cargo de las Familias, la Segunda Guerra Mundial no hubiera tenido lugar, pensó Michael.

Michael y Clemenza regresaron a la casa del Don, donde Sonny había instalado su cuartel general provisional. Michael se preguntaba por cuánto tiempo podría Sonny permanecer en el seguro refugio de la alameda. Llegaría el momento en que tendría que decidirse a salir.

Cuando llegaron, Sonny estaba haciendo la siesta. Encima de la mesita había las sobras de su comida, trozos de carne y de pan, además de una botella de whisky medio vacía.

El siempre limpio y ordenado despacho de su padre comenzaba a parecer una pocilga. Michael despertó a su hermano.

– ¿Por qué no dejas de vivir como un borrachín y dejas que arreglen un poco el despacho?

– ¿Quién diablos crees que eres, un inspector? -preguntó Sonny, pasándose la mano por los ojos-. Mike, todavía no sabemos dónde piensan llevarte esos bastardos de Sollozzo y McCluskey. Si no podemos averiguarlo ¿cómo podremos pasarte la pistola?

– ¿Es que no puedo llevarla yo encima? -preguntó Michael-. Tal vez no me registren, y si lo hacen, tal vez no encuentren el arma, si somos lo bastante listos. Y en el supuesto de que la encuentren, tampoco va a ocurrir nada. Me la quitarán, y en paz. Sonny negó con la cabeza.

– Ni hablar. El golpe contra Sollozzo no puede fallar. Recuerda que primero debes disparar contra él. McCluskey es más lento y pesado. ¿Te ha dicho Clemenza que debes tirar el arma?

– Un millón de veces -contestó Michael.

Sonny se levantó del sofá.

– ¿Cómo va tu mandíbula? -preguntó a su hermano menor, después de desperezarse.

– Mal.

Le dolía aún toda la parte izquierda de la cara. Michael bebió un trago de whisky directamente de la botella y el dolor remitió.

– Cuidado, Mike -advirtió Sonny-. Es preciso que tengas la cabeza muy clara.

– Deja ya de jugar al hermano mayor, Sonny. He luchado contra enemigos más peligrosos que Sollozzo, y en peores condiciones. ¿Dónde tiene el Turco sus morteros? ¿Y su aviación? ¿Y su artillería pesada? ¿Ha minado el terreno? Sollozzo no es más que un listo hijo de puta, apoyado por un policía tan hijo de puta como él. Una vez tomada la decisión de liquidarlos, el problema desaparece. Lo que cuesta es decidirse. No tendrán tiempo ni de darse cuenta de dónde les viene el golpe.

Tom Hagen entró en la estancia. Después de saludarlos con un ademán, fue directamente al teléfono registrado con número falso. Hizo algunas llamadas.

– Nada -dijo al cabo-. Sollozzo quiere mantener secreto el lugar de la entrevista mientras le sea posible.

Sonó el teléfono y Sonny se puso al aparato al tiempo que pedía silencio con un gesto. Realizó algunas anotaciones en una hoja de papel, dijo: «Muy bien, estará allí», y colgó el auricular. Sonny rió con ganas.

– Desde luego, hay que reconocer que ese cerdo de Sollozzo es listo. Esta noche, a las ocho, él y el capitán McCluskey recogerán a Mike frente al bar de Jack Dempsey, en Broadway. Luego se trasladarán a otro sitio, donde mantendrán la conversación. Mike y Sollozzo hablarán en italiano. El informador me ha asegurado que la única palabra italiana que entiende McCluskey es 'soldi', dinero, por lo que no se enterará de nada. Sollozzo, por otra parte, sabe que Mike comprende el dialecto siciliano.

– Pero como me falta práctica, no charlaremos mucho -señaló Michael con sequedad.

– Mike no saldrá de aquí hasta que tengamos al negociador -dijo Hagen-. Supongo que se habrán tomado las medidas oportunas al respecto ¿no es así?

– El negociador -dijo Clemenza-está ya en mi casa jugando a las cartas con tres de mis hombres. No lo dejarán marchar hasta que yo les avise, naturalmente.

Sonny se hundió en su butacón de cuero.

– Y ahora ¿cómo sabremos el lugar de la entrevista? Tom, tenemos espías en el seno de la familia Tattaglia ¿por qué no nos han dicho nada?

– Sollozzo es más listo que el demonio -respondió Hagen-. Está llevando el asunto de forma tan secreta que no ha confiado en nadie. Considera que con el capitán McCluskey tiene bastante, y que la seguridad es más importante que las armas. Y tiene razón. Haremos que sigan a Michael y esperaremos que todo salga bien.

– No -dijo Sonny-. Eso no serviría de nada. Lo primero que harán será asegurarse de que nadie los sigue. Es lógico.

Eran ya las cinco de la tarde.

– Quizá lo mejor sería que Michael disparara contra los ocupantes del coche, cuando pasaran a recogerlo -dijo Sonny, preocupado.

– ¿Y si Sollozzo no está dentro del coche? -objetó Hagen-. Descubriríamos nuestro juego. No, lo que tenemos que hacer es averiguar el Jugar de la entrevista.

– Tal vez debiéramos tratar de adivinar el porqué de tanto secreto -interrumpió Clemenza.

– ¿Y por qué debería dejarnos saber nada, si puede evitarlo? -dijo Michael, en tono de impaciencia-. Además, huele el peligro. Seguro que no las tiene todas consigo, a pesar de ese capitán de la policía.

Hagen hizo chasquear sus dedos.

– Ese policía, Phillips. ¿Por qué no le llamas, Sonny? Quizás él sepa dónde puede localizar al capitán. Creo que vale la pena probarlo. A McCluskey no le importa que se sepa adonde va.

Sonny descolgó el auricular y marcó un número. Habló en voz muy baja.

– Nos llamará -anunció cuando hubo colgado.

Esperaron durante casi media hora. De pronto sonó el teléfono. Era Phillips. Sonny escribió algo en su libreta y colgó. Su rostro tenía una expresión radiante.

– Creo que ya lo tenemos -dijo-. El capitán McCluskey siempre tiene que comunicar dónde puede ser encontrado. Esta noche, de las ocho a las diez, estará en el Luna Azure, en el Bronx. ¿Alguien conoce el local?

– Yo lo conozco -respondió Tessio con evidente satisfacción-. El lugar será perfecto para nosotros. Es un pequeño restaurante, muy íntimo, con reservados muy acogedores. Allí nadie se preocupa de nadie. Perfecto.

Se inclinó sobre la mesa de Sonny y empezó a hacer un plano con algunos cigarrillos.

– Ésta es la entrada, Mike. Cuando hayas terminado, sal del local y camina hacia la izquierda. Luego tienes que doblar la esquina. Te estaré aguardando con los faros del coche encendidos, y te recogeré sobre la marcha. Si surgen dificultades, grita; acudiré enseguida a ayudarte. Tendrás que darte prisa, Clemenza. Envía a alguien allí para que oculte la pistola. Los aseos del local son bastante anticuados, y entre el depósito del agua y la pared hay espacio suficiente para una pistola. Cuando te hayan registrado en el coche y vean que vas desarmado, se tranquilizarán. En el restaurante, no te precipites; no digas enseguida que necesitas ir al baño. Y, sobre todo, pide permiso antes de ir. Que no te vean demasiado tranquilo. Seguro que no sospecharán nada. Pero cuando vuelvas junto a ellos, no pierdas tiempo. No vuelvas a sentarte en la mesa: dispara enseguida. Y no corras riesgos. En la cabeza, dos disparos a cada uno. Luego, sal tan rápido como puedas.

Sonny había estado escuchando atentamente.

– Quiero que alguien muy competente y fiable se encargue de esconder la pistola -dijo a Clemenza.

– La pistola estará allí -dijo Clemenza, con énfasis.

– De acuerdo -replicó Sonny-. Todos a trabajar, pues.

Tessio y Clemenza salieron de la habitación.

– ¿Debo encargarme yo de conducir a Mike a Nueva York? -preguntó Tom Hagen.

– No -respondió Sonny-. Te necesito aquí. Cuando Mike haya terminado, empezará nuestro turno, y voy a necesitarte. ¿Te has ocupado de los periodistas?

– Cuando empiece el ruido, tendrán una tonelada de material contra McCluskey -asintió Hagen.

Sonny se levantó y estrechó la mano de Michael.

– Bien, muchacho, se acerca el momento. Ya nos las arreglaremos para explicar a mamá tu inesperada marcha. Y cuando considere que es el momento oportuno, también hablaré con tu chica. ¿De acuerdo?

– De acuerdo -dijo Mike-. ¿Cuándo crees que podré regresar?

– Antes de un año ni soñarlo -fue la respuesta de Sonny.

– Tal vez el Don quiera arreglar las cosas más aprisa, pero no cuentes con ello -intervino Tom Hagen-. El tiempo que haya de durar tu ausencia dependerá de muchos factores: del material que podamos suministrar a los periódicos, del interés que ponga en el asunto el Departamento de Policía, de la reacción de las otras Familias, etc. Se armará un buen revuelo, desde luego, y preocupaciones no van a faltarnos. De eso es de lo único que podemos estar seguros.

Michael estrechó la mano de Hagen.

– Haz lo que puedas -le dijo-. No quiero pasar otros tres años lejos de casa.

– Todavía estás a tiempo de cambiar de idea, Mike -dijo Hagen, amistosamente-. Podemos encargar a otro el trabajo, podemos adoptar otro sistema. Tal vez no sea necesario eliminar a Sollozzo. Michael se echó a reír.

– Pueden hacerse muchos planes, pero sólo hay uno bueno. Además, Tom, toda mi vida ha sido demasiado fácil; ya es hora de que haga algo por los míos.

– De acuerdo, Mike -convino Hagen-, pero déjame insistir una vez más en que no quiero que lo hagas para vengar el puñetazo en la mandíbula. McCluskey es un estúpido, ya lo sé, pero en su golpe no hubo nada personal. Por segunda vez, Tom Hagen vio en Michael la encarnación del Don.

– Mira, Tom, no te equivoques. Todo es personal, incluso el más simple y menos importante de los negocios. En la vida de un hombre todo es personal. Hasta eso que llaman negocios es personal. ¿Sabes quién me enseñó eso? El Don. Mi padre. El Padrino. Si alguien perjudica a un amigo suyo, el Don lo toma como una ofensa personal. Mi alistamiento en la Marina lo tomó como una cuestión personal. Es ahí donde reside su grandeza. El Gran Don. Para él todo es personal. Lo mismo que hace Dios. Sabe todo cuanto sucede, es dueño de las circunstancias. ¿No es así? ¿Y tú? ¿Sabes algo? A las personas que consideran los accidentes como insultos personales, no les ocurren accidentes. Me he dado cuenta tarde, pero al final lo he comprendido. Por eso, el puñetazo en la mandíbula es un asunto personal, tanto como los disparos que Sollozzo efectuó contra mi padre.

«Di a mi padre que todo eso lo he aprendido de él, y que estoy contento de poder pagarle algo de lo mucho que le debo. Ha sido siempre un buen padre. Quiero que sepas, Tom, que no recuerdo que me haya puesto nunca la mano encima. Y tampoco a Sonny, ni a Freddie, ni mucho menos a Connie. Dime la verdad ¿cuántos hombres crees que ha matado o hecho matar?

Tom Hagen desvió la mirada.

– Una cosa no has aprendido de él, Mike: a hablar de la forma en que lo estás haciendo. Hay cosas que deben hacerse y se hacen, pero nunca se habla de ellas. Uno no trata de justificarlas; no pueden ser justificadas. Se hacen, simplemente. Y luego se olvidan.

Michael Corleone enarcó las cejas.

– Como _consigliere_ ¿estás de acuerdo en que es peligroso para el Don y nuestra Familia que Sollozzo esté vivo? -preguntó con voz suave.

– Sí.

– Muy bien -asintió Michael-. Entonces tengo que matarlo.

Michael Corleone estaba de pie frente al restaurante de Jack Dempsey, en Broadway, esperando que pasaran a recogerlo. Miró su reloj. Eran las ocho menos cinco. Sin duda, Sollozzo sería puntual. Él, en cambio, había preferido llegar con tiempo de sobra. Hacía ya quince minutos que esperaba.

Durante el trayecto entre Long Beach y Nueva York, Michael había intentado olvidar lo que había dicho a Tom Hagen. Y es que si creía en lo que había dicho al _consigliere_, el curso de su vida estaba ya definitivamente trazado. Aunque ¿podría ser de otro modo, después de lo que iba a hacer esa noche? Si no conseguía apartar aquellos pensamientos, quizá su vida acabaría en unos minutos, pensó Michael. Debía concentrarse sólo en el trabajo inmediato. Sollozzo no era tonto y McCluskey era un hueso duro de roer. Se alegró de notar que la mandíbula volvía a dolerle; eso le ayudaría a estar alerta.

En una fría noche de invierno como aquélla, resultaba bastante natural que Broadway no estuviera muy concurrido, a pesar de que era casi la hora en que comenzaban los espectáculos teatrales. Michael se sobresaltó ligeramente al ver que un largo automóvil negro doblaba la esquina. Instantes después, el conductor abrió la puerta delantera.

– Arriba, Mike -dijo el chófer.

No conocía al conductor, un hombre joven y de cabello negro, que llevaba el cuello de la camisa desabrochado. Sin embargo, entró en el coche. En el asiento trasero estaban Sollozzo y el capitán McCluskey.

Sollozzo le tendió la mano y Michael se la estrechó. La mano era firme, caliente y seca.

– Me alegro de que haya venido, Mike -dijo Sollozzo-. Espero que podamos arreglar la situación. Todo lo que ha sucedido ha sido terrible, y no es lo que yo deseaba. Son cosas que nunca tendrían que haber ocurrido.

– También yo espero que todo quede arreglado -respondió Michael, en tono firme y sereno-. No quiero que mi padre vuelva a ser molestado.

– No lo será -aseguró Sollozzo, con acento sincero-. Sólo le pido que, cuando hablemos, considere mi propuesta con mentalidad abierta. Espero que no sea usted tan impetuoso como su hermano Sonny. Es imposible hablar de negocios con él.

El capitán McCluskey abrió la boca por vez primera:

– Parece un buen muchacho. Es más, estoy seguro de que lo es -se inclinó para dar un amistoso golpecito en el hombro de Michael-. Siento lo de la otra noche, Mike -prosiguió-. Me estoy haciendo viejo, y los viejos siempre estamos de mal humor. Me temo que tendré que retirarme muy pronto. No puedo soportar tantos agravios ni injusticias. Estoy más que harto.

Luego, con gesto dolorido, cacheó a Michael, para asegurarse de que iba desarmado.

Michael vio una ligera sonrisa en los labios del conductor. El automóvil se dirigió hacia el oeste, y aparentemente no hizo maniobra alguna para despistar a posibles perseguidores. Se adentraron en la carretera del West Side, donde la circulación era bastante lenta, y seguidamente, ante la inquietud de Michael, el coche penetró en el puente de George Washington; iban a tomar la carretera de Nueva Jersey. El informador de Sonny, quienquiera que fuese, intencionadamente o de buena fe, se había equivocado. La conferencia no iba a celebrarse en el Bronx.

El automóvil atravesaba el puente. La ciudad iba quedando atrás. El rostro de Michael seguía impasible. ¿Tenían intención de liquidarle, o se trataba de un cambio de última hora? Del astuto Sollozzo podía esperarse todo. De pronto, cuando ya casi habían terminado de cruzar el largo puente, el conductor dio un violento giro al volante. El pesado vehículo dio un salto en el aire, al chocar contra la barrera divisoria de las dos partes de la calzada del puente, y enfiló nuevamente en dirección a Nueva York, a toda velocidad. McCluskey y Sollozzo volvieron la cabeza para averiguar si alguien hacía la misma maniobra. Poco después, Michael comprobó que circulaban en dirección al East Bronx. Pasaron por diversas y anchas calles; ningún coche iba detrás de ellos. Eran casi las nueve. Habían querido asegurarse de que nadie les seguía. Sollozzo encendió un cigarrillo, después de ofrecer el paquete a McCluskey y a Michael, que rehusaron.

– Buen trabajo -felicitó al conductor-. Lo tendré en cuenta.

Diez minutos más tarde, el coche paró frente a un restaurante. Estaban en una zona habitada exclusivamente por italianos. La calle estaba desierta, y en el interior del local había muy poca gente, cosa normal, ya que era muy tarde para cenar. Michael temió que el conductor entrara con ellos, pero no fue así; se quedó fuera. El negociador no había hablado del conductor. Técnicamente, pues, Sollozzo había faltado a lo convenido. Pero Michael decidió no mencionarlo, pues supuso que ellos pensarían que tendría miedo de hacerlo, miedo de arruinar las probabilidades de éxito de la entrevista.

Los tres se sentaron en la única mesa redonda, pues Sollozzo había rehusado hacerlo en un reservado. En aquel momento había sólo otras dos personas en el restaurante. Michael se preguntó si serían hombres de Sollozzo. En realidad no importaba. Todo habría terminado antes de que tuvieran tiempo de intervenir.

– ¿Es buena la comida italiana que sirven aquí? -preguntó McCluskey, con sincero interés.

– Pruebe la ternera -contestó Sollozzo-. Es la mejor de Nueva York, se lo aseguro.

El solitario camarero les había servido una botella de vino. Llenó tres vasos. McCluskey no bebió.

– Me parece que soy el único irlandés que no empina el codo -comentó-. He visto a demasiada gente en dificultades por culpa del alcohol.

– Voy a hablar en italiano con Mike -dijo Sollozzo en tono conciliador, dirigiéndose al capitán-. No es que desconfíe de usted, sino que me es difícil encontrar las palabras precisas en inglés. Y como comprenderá, me interesa sobremanera convencer a Mike de que mis intenciones son buenas, de que quiero lo mejor para todos. No se ofenda, se lo ruego. Le repito que no se trata de desconfianza.

El capitán McCluskey sonrió con ironía.

– Lo entiendo -dijo-. Lo entiendo perfectamente. Ustedes a lo suyo. Yo voy a concentrarme en la ternera y los espaguetis.

Sollozzo empezó a hablar rápidamente en siciliano.

– Debe usted comprender que lo que sucedió entre su padre y yo fue sólo una cuestión de negocios. Siento un gran respeto por Don Corleone, y me gustaría tener la oportunidad de trabajar a su servicio. Pero debe usted hacerse cargo de que su padre es un hombre anticuado que se ha estancado. Mi negocio es el mejor. En él hay muchos millones para todos. Sin embargo, su padre no quiere saber nada del asunto. Sus escrúpulos carecen de base. En realidad, lo que pretende es imponer su voluntad sobre la mía. Sí, sí, ya sé que él me dice: «Adelante, es su negocio»; pero en realidad lo que hace es amenazarme, decirme que no quiere que yo me dedique a mi negocio. Yo le respeto mucho, pero no puedo consentir que me dicte lo que debo hacer. Así, pues, al final sucedió lo inevitable. Permítame decirle que he contado con el apoyo, silencioso, pero apoyo, de todas las Familias de Nueva York. Y la familia Tattaglia se asoció conmigo. Si esta lucha continúa, la familia Corleone tendrá que enfrentarse a todas las demás. Si su padre estuviera bien, quizá la familia Corleone podría con todos, pero su hijo mayor, Santino, no tiene talla suficiente. Le ruego que no vea en mis palabras insolencia alguna. Además, el _consigliere_ irlandés, Hagen, tampoco es como Genco Abbandando, que en paz descanse. En consecuencia, propongo la paz, un trato. Demos por terminadas las hostilidades. Cuando su padre se haya recuperado, que sea él quien lleve las negociaciones, en lo que a la familia Corleone se refiere. La familia Tattaglia está dispuesta a seguir mi consejo y a olvidar lo de su hijo Bruno. Tendremos paz. Mientras, puesto que tengo que ganarme la vida, seguiré dedicándome a mi negocio, pero en pequeña escala. No les pido su cooperación, pero sí les ruego que no intervengan. Estas son mis propuestas. Supongo que está usted autorizado a pactar.

Hablando en el dialecto siciliano, Michael dijo:

– Déme más detalles acerca de cómo piensa usted enfocar su negocio. Y lo que también me interesa saber es qué papel va a desempeñar mi Familia y qué es lo que vamos a ganar.

– ¿Está interesado, pues, en conocer detalladamente mi proposición? -preguntó Sollozzo.

– Ante todo, lo que quiero son garantías absolutas de que nadie volverá a atentar contra la vida de mi padre -replicó Michael con gravedad.

Sollozzo hizo un expresivo ademán.

– ¿Qué garantías puedo dar? La presa soy yo. He desperdiciado mi oportunidad. Usted me tiene en un concepto demasiado elevado, amigo mío. No soy tan listo como se imagina.

Ahora Michael estaba seguro de que lo único que deseaba Sollozzo era ganar unos días. Había llegado al convencimiento de que volverían a intentar algo contra el Don. Lo que más gracioso le resultaba era el hecho de que Sollozzo le considerara un desgraciado, un joven inofensivo. Michael volvió a sentir aquella agradable frialdad en todo su cuerpo. De pronto, hizo una mueca de dolor.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Sollozzo, alarmado.

– Creo que he bebido demasiado vino. Tengo que ir al baño. Quería evitarlo, pero no puedo aguantar más.

Sollozzo lo miró fija y escrutadoramente con sus ojos negros. Se levantó y, sin miramiento alguno, le palpó todo el cuerpo, la entrepierna incluida. Michael le dirigió una mirada reprobadora.

– Ya lo registré cuando subió al coche -intervino McCluskey con frialdad-. He hecho lo mismo con miles de personas. Está desarmado.

Sollozzo no estaba muy convencido. No sabía por qué, pero aquello no le gustaba. Miró al hombre que estaba sentado en la mesa que había frente a ellos y con un gesto le indicó la puerta del retrete. El hombre, también con un ligero gesto, le indicó que ya había registrado el retrete y que no había nadie dentro.

– No tarde mucho -dijo Sollozzo de mala gana.

Estaba nervioso: Sollozzo olía el peligro.

Michael se levantó y se dirigió al cuarto de aseo. En el lavabo había una pastilla de jabón color rosa. Michael entró en un cubículo. Le convenía orinar, lo necesitaba. Lo hizo rápidamente, y a continuación deslizó la mano por detrás de la cisterna. Palpó la pistola, que estaba pegada a la pared con esparadrapo. La sacó, recordando que Clemenza le había dicho que no se preocupara por las huellas dactilares. Se guardó el arma en la cintura y se abrochó la chaqueta. Se lavó las manos y se mojó el cabello. Con el pañuelo borró las huellas dejadas en el grifo, y salió del aseo.

Sollozzo estaba sentado en su silla, con la vista fija en la puerta del lavabo. Michael sonrió.

– Ahora ya puedo hablar -dijo, con expresión de alivio.

El capitán McCluskey estaba comiendo el plato de ternera y espaguetis que le habían servido. El hombre que estaba contra la pared opuesta suspiró aliviado al ver que Michael regresaba.

Mike volvió a sentarse. Recordó que Clemenza le había dicho que no lo hiciera, que disparara en cuanto saliera del lavabo, pero algo, tal vez su instinto, le indicó lo contrario. Tenía la impresión de que al menor gesto sospechoso hubiera caído acribillado. Ahora se sentía seguro, y también algo avergonzado al pensar en el temblor de sus piernas.

Sollozzo se inclinó hacia él. Michael, cuya cintura quedaba oculta por la mesa, se desabrochó la chaqueta y fingió que escuchaba atentamente las palabras de Sollozzo, aunque en realidad no comprendía nada de lo que estaba diciendo el Turco. En su mente no había lugar más que para la tarea que estaba a punto de realizar. De pronto, en su mano apareció la pistola. En aquel preciso momento acababa de llegar el camarero, y Sollozzo volvió la cabeza para pedirle algo. Con la mano izquierda, Michael apartó la mesa, mientras su diestra, armada, quedó a dos palmos de la cabeza de Sollozzo. Los reflejos del hombre eran tan rápidos, que ya había empezado a apartarse. Pero los reflejos de Michael, más joven al fin y al cabo, también eran excelentes. Se oyó un disparo. La bala practicó un orificio entre la frente y la oreja de Sollozzo, y cuando salió, la chaqueta del camarero quedó salpicada de sangre y de fragmentos de hueso. Michael se dio cuenta de que no era necesaria una segunda bala. Había visto en los petrificados ojos de Sollozzo que la vida se le estaba escapando.

No había transcurrido más de un segundo cuando Michael apuntó al capitán McCluskey. El policía, atónito, se había vuelto hacia Sollozzo, como si nada de lo que ocurría tuviera que ver con él. Parecía no darse cuenta del peligro que corría. Por un instante se quedó con el tenedor a medio camino entre el plato y la boca, observando a Michael con sorpresa. Su mirada indicaba que estaba esperando a que huyera o se entregara. Michael no pudo evitar sonreír mientras se disponía a disparar contra él. El impacto fue defectuoso y en modo alguno mortal. Dio en el grueso cuello de McCluskey, quien empezó a dar signos de ahogo, como si se le hubiera atragantado la ternera. Luego, el aire pareció llenarse de finas gotas de sangre cada vez que el capitán tosía. Fríamente, con estudiada calma, el menor de los Corleone realizó un nuevo disparo. Esta vez la bala se metió en la cabeza de McCluskey.

Acto seguido, Michael se encaró con el hombre que estaba sentado en la mesa, junto a la pared. El individuo no había hecho el menor movimiento, paralizado, y puso las manos encima de la mesa. El camarero miraba a Michael con expresión aterrorizada. Sollozzo estaba todavía en la silla, con el cuerpo apoyado sobre la mesa; el pesado cuerpo de McCluskey, en cambio, yacía en el suelo. Michael dejó que la pistola se deslizara hacia el suelo. Vio que ni el hombre sentado a la mesa ni el camarero se habían dado cuenta de su maniobra, así que se dirigió a la puerta y salió a la calle. El automóvil de Sollozzo seguía aparcado en la esquina, pero el conductor no estaba en su interior. Michael empezó a andar rápidamente hacia la izquierda y dobló la primera esquina. Un coche se paró junto a él con la portezuela abierta y, en cuanto él hubo subido, el vehículo salió disparado. Vio que al volante iba Tessio, cuyas facciones parecían tan duras como el mármol.

– ¿Te has cepillado a Sollozzo? -preguntó.

Por un instante, Michael se sorprendió ante la pregunta de Tessio. En sentido sexual, «cepillarse» a una mujer significaba llevársela a la cama. Era curioso que Tessio empleara esa expresión.

– A los dos -respondió Michael.

– ¿Seguro? -preguntó Tessio.

– Pude ver sus sesos -fue la respuesta de Michael.

En el coche, Michael se cambió de ropa. Veinte minutos más tarde estaba a bordo de un carguero italiano, a punto de emprender el viaje hacia Sicilia. Dos horas más tarde, el barco empezó a moverse, y Michael, desde su camarote, vio las brillantes luces de la ciudad de Nueva York. No pudo reprimir un profundo suspiro de alivio. Estaba fuera de peligro. La sensación no era nueva para él. Recordó el momento en que lo retiraron de la playa de una isla que su división había invadido. La batalla no había terminado, pero una ligera herida motivó que lo trasladaran al buque-hospital. También entonces sintió el mismo alivio que experimentaba en esos momentos. La batalla sería infernal, pero él no estaría allí.

En el transcurso del día que siguió a la muerte de Sollozzo y del capitán McCluskey, todos los capitanes y tenientes de la policía de la ciudad de Nueva York recibieron la misma orden: no habría más juego, la prostitución no sería tolerada ni se efectuarían componendas de ninguna clase mientras el asesino del capitán McCluskey anduviera suelto. Comenzaron a efectuarse impresionantes redadas por la ciudad. Todas las actividades ilegales quedaron absolutamente paralizadas.

Aquel mismo día, un emisario de las Familias de Nueva York preguntó a la familia Corleone si estaban dispuestos a entregar al asesino. Se les contestó que ellos nada habían tenido que ver con el asunto, que no eran ellos los culpables. Aquella noche explotó una bomba en la alameda de la familia Corleone, en Long Beach. La bomba había sido lanzada desde un automóvil que, después de romper la cadena, había huido. Durante la misma noche, dos de los hombres a sueldo de la familia Corleone habían sido asesinados mientras comían tranquilamente en un restaurante italiano de Greenwich Village. Corría el año 1946. La guerra de las Cinco Familias había empezado.

SEGUNDA PARTE

12

Johnny Fontane despidió al sirviente con un ademán.

– Te veré por la mañana, Billy -le dijo.

El criado de color salió del enorme salón con vistas al Pacífico. Era una despedida de amigos, no la que cabía esperar entre patrón y criado. Y si éste se marchaba era porque aquella noche Johnny Fontane esperaba compañía.

La compañía de Johnny era una muchacha llamada Sharon Moore, una chica de Nueva York, de Greenwich Village concretamente, que estaba en Hollywood para tratar de conseguir un pequeño papel en una película producida por un antiguo amigo suyo que había hecho fortuna. Había visitado los estudios cuando Johnny estaba actuando en la película de Woltz. Johnny la había encontrado hermosa, encantadora y ocurrente, y le había pedido que fuera a su casa a cenar. Sus invitaciones para cenar eran apetecidas, por lo que, naturalmente, la chica aceptó.

Evidentemente, Sharon Moore esperaba que Johnny Fontane fuera directo al grano, pero Johnny odiaba este sistema. Nunca se acostaba con una chica a menos que se sintiera realmente atraído por ella. Excepto, claro está, en las ocasiones en que había bebido mucho, cuando por menos de nada se encontraba en la cama con alguna muchacha a la que no recordaba haber visto en su vida. Además, ahora que tenía treinta y cinco años, que estaba divorciado de su primera esposa y separado de la segunda, y que podía escoger entre mil mujeres diferentes, Johnny se había vuelto mucho más selectivo. Sin embargo, Sharon Moore le atraía, aunque no sabía exactamente por qué. Por ello la había invitado a cenar.

El no comía mucho, pero conocía muchachas que pasaban hambre para poder dedicar el dinero a vestir bien. En consecuencia, siempre procuraba que su mesa estuviera bien surtida. Tampoco faltaba la bebida: champán, whisky, coñac y toda clase de licores. Acostumbraba a servir la comida y los combinados ya preparados. Luego, llevaba a la invitada de turno a la sala de estar con vistas al Pacífico. Aquella noche, una vez en el salón con Sharon, puso unos discos de Ella Fitzgerald en el tocadiscos de alta fidelidad y se sentó junto a la muchacha, en el mullido sofá. Charlaron de mil pequeñas cosas: de cómo había pasado la niñez, de si le habían gustado los chicos, de si era o no hogareña, de si poseía un temperamento alegre o triste… A Johnny le gustaba saber estos detalles, pues le proporcionaban la ternura que necesitaba para hacer el amor.

Se deslizaron sobre el sofá. Él la besó en los labios, fríamente, y ante la pasiva reacción de ella sintió una gran ternura; aquella ternura que le permitiría ser un buen amante. Por un instante, Johnny se quedó contemplando el fragmento azul y oscuro de Pacífico que le ofrecía el ventanal abierto a la noche. Sharon interrumpió su éxtasis.

– ¿Por qué no pones un disco tuyo? -le preguntó.

El tono de la chica era implorante. Johnny le dirigió una amable sonrisa.

– No soy de ésos -respondió.

– Te lo ruego, pon un disco tuyo -insistió la muchacha-. O mejor aún, cántame una canción. Me echaré en tus brazos, igual que lo hacen tus compañeras femeninas en la pantalla.

Johnny rió con ganas. Años atrás, cuando era más joven, había hecho esas cosas, y el resultado siempre había sido el mismo: las chicas adoptaban un aire fascinador, como si estuvieran delante de una cámara. Hacía tiempo que había abandonado la costumbre de cantar para una chica; de hecho, hacía meses que no cantaba en absoluto, pues no confiaba en su voz. Además, la gente no sabía hasta qué punto los profesionales dependen de la técnica, sin la cual la voz pierde gran parte de su calidad. Evidentemente hubiera podido poner un disco suyo, pero el escuchar su voz le producía la misma vergüenza que siente un hombre gordo cuando muestra fotografías en las que aparece joven y delgado.

– Mi voz no está afinada -objetó-. Además, para serte sincero, estoy cansado de oírme.

Ambos bebieron.

– Tengo entendido que estás maravilloso en esta película -dijo la muchacha, tras unos instantes de silencio-. ¿Es cierto que la hiciste sin cobrar ni un centavo?

– Sólo por una cantidad puramente simbólica -repuso Johnny.

Se levantó para volver a llenar el vaso de la muchacha, le ofreció un cigarrillo y se lo encendió. La muchacha dio una calada al cigarrillo y bebió un sorbo de licor, mientras Johnny volvía a sentarse junto a ella. El vaso de él estaba más lleno que el de Sharon, pues Johnny necesitaba animarse. Su situación era la inversa de cualquier otro amante. Era él quien tenía que emborracharse, no la chica. Cuando él no estaba en forma, las mujeres lo estaban demasiado; siempre ocurría lo mismo. En este sentido, los dos últimos años habían sido un infierno. Lo único que podía hacer era dormir una noche con una muchacha desconocida, llevarla a cenar unas pocas veces y hacerle un valioso regalo. Luego debía procurar que la muchacha no se sintiera herida en sus sentimientos por el hecho de haber sido juguete de una sola noche. La mayoría se consolaba con poder decir que habían sido amadas por Johnny Fontane. Y aunque lo que Johnny sentía por ellas no era amor, tampoco se trataba de ser exageradamente puritano. Las mujeres que hacían el amor por el solo placer de hacerlo, las que luego se vanagloriaban de haber «dormido» con Johnny Fontane, le causaban verdadera repugnancia. Pero a quienes encontraba realmente odiosos era a los maridos que decían perdonar a sus esposas el haberles sido infieles, pues hasta incluso a las más virtuosas les resultaba difícil sustraerse al encanto de un gran cantante y actor como Johnny Fontane. Y eso se lo decían en la cara. Johnny Fontane adoraba los discos de Ella Fitzgerald. Le gustaba aquella voz tan limpia, aquella forma de vocalizar. Era lo único que realmente entendía y sabía que lo entendía mejor que cualquier otra persona del mundo. Ahora, cómodamente sentado en el sofá, con el coñac acariciándole la garganta, sintió deseos de cantar al unísono con Ella, pero eso era algo que le resultaba completamente imposible de hacer en presencia de una persona extraña. Puso su mano libre en el regazo de Sharon, mientras con la otra bebía un sorbo de licor. Sin malicia, con la naturalidad de un novio que busca calor, Johnny deslizó la mano bajo el vestido de Sharon. Como siempre, a pesar de todas las mujeres, a pesar de los años y a pesar de la costumbre, al contemplar los blancos muslos de la muchacha Johnny sintió un agradable calor en todo su cuerpo. El milagro, una vez más, se había producido, pero ¿qué haría cuando eso fallara como le fallaba la voz?

Ahora estaba dispuesto. Dejó el vaso en la mesita de centro y se inclinó hacia Sharon. Estaba muy seguro de sí mismo, pero sabía ser tierno; en sus caricias no había obscenidad alguna. La besó en los labios. Sharon le devolvió el beso con decisión, pero sin pasión. Johnny lo prefirió así. No le gustaban las mujeres excesivamente apasionadas, las que actuaban como si el simple contacto de la mano de un hombre bastara para hacer vibrar todas las fibras eróticas de su ser.

Luego recurrió a una estrategia que siempre le daba resultado: con la máxima delicadeza la acarició y, acercándose más a ella, la besó profundamente. Antes de ser famoso, naturalmente, incluso alguna le había abofeteado; pero ésta era la única técnica de Johnny Fontane. Por lo general, solía darle buenos resultados.

La reacción de Sharon fue insólita. Lo aceptó todo, el contacto y el beso; luego se separó, se apartó un poco y tomó el vaso de licor. Era una negativa fría, pero firme. A Johnny le había sucedido algunas veces, no muchas. Johnny tomó también su vaso y encendió un cigarrillo.

– No es que no me gustes, Johnny -dijo Sharon con voz muy suave-, eres mucho más encantador de lo que había supuesto. Y no es porque yo sea una mojigata, que no lo soy. La verdad es que debo sentir algo para entregarme a un hombre. ¿Me comprendes?'

Johnny Fontane sonrió. La muchacha le gustaba.

– ¿Y yo no te hago sentir nada? -interrogó.

Ella parecía algo violenta.

– Mira, cuando tú eras un gran cantante, yo era todavía una niña. Pertenecemos a generaciones distintas. En serio, no es que yo sea una beata. Si fueras James Dean o alguien de mi generación, no tardaría ni un segundo en lanzarme en tus brazos.

Ahora ya no le gustaba tanto la chica. Era dulce, graciosa e inteligente. No se había lanzado sobre él, ni había intentado utilizarlo para introducirse en el mundo del cine. Era realmente una buena chica. Pero había otra cosa, algo que le había sucedido en alguna otra ocasión. Era la clase de chicas que aceptaban una invitación con el propósito de llegar hasta el final -prescindiendo de lo mucho o poco que les gustara el hombre-sólo para poder ir pregonando por ahí lo interesante que les había resultado tener una aventura con una estrella de Hollywood. Johnny era ya un hombre experimentado y comprendía la situación; no se irritaba por aquellas naderías.

Ahora que la muchacha ya no le gustaba tanto, Johnny Fontane sintió un gran alivio. Bebió un sorbo del licor que tenía en el vaso y contempló el océano.

– Espero que no estés disgustado, Johnny -dijo la chica-. Sospecho que no sé estar a la altura de las circunstancias. Supongo que en Hollywood una chica se entrega con la misma facilidad con que se da un beso de despedida. Todavía no estoy acostumbrada.

Johnny sonrió y le acarició la mejilla. Luego, con mucha discreción, bajó el vestido de Sharon hasta cubrirle las bien torneadas rodillas.

– No estoy disgustado -dijo-. Me encanta encontrarme con una muchacha anticuada.

Lo que no le dijo fue el alivio que sentía; afortunadamente, no tendría que interpretar el papel de gran amante, evitando así la posibilidad -por otra parte muy grande-de defraudar a la chica. Además, se ahorraría tener que aparentar, como en la pantalla, que era la encarnación de una bella imagen.

Bebieron otra copa, intercambiaron algunos fríos besos, y luego Sharon decidió que debía irse.

– ¿Puedo invitarte a cenar alguna noche de éstas? -dijo Johnny educadamente.

Sharon se mostró absolutamente honesta.

– Sé que no interesa perder el tiempo. Gracias por la maravillosa velada de hoy. Algún día podré contar a mis hijos que un día cené con el gran Johnny Fontane, a solas en su apartamento.

– Y podrás decirles también que no ocurrió nada -dijo Johnny.

Ambos se echaron a reír.

– No me creerán -replicó Sharon.

Johnny siguió la broma:

– Si quieres, lo certifico por escrito.

La muchacha dijo que no, y Johnny Fontane prosiguió:

– Si alguien duda alguna vez de tu honestidad, llámame. Yo les diré que te estuve persiguiendo por mi apartamento, pero que tú supiste guardar tu honra.

Se dio cuenta de que había sido excesivamente cruel cuando vio en el rostro de Sharon una expresión dolorida. Le estaba diciendo, lisa y llanamente, que no había insistido mucho. Johnny acababa de robarle el dulce sabor de su victoria. Ahora la muchacha creería que era su falta de atractivo lo que le había dado el triunfo. Y cuando hablara de cómo había sabido resistir a los encantos de Johnny Fontane, tendría que añadir: «Claro que Johnny no insistió mucho».

– Si alguna vez te sientes desgraciada, llámame, te lo ruego -dijo Johnny, al ver la triste expresión de la chica-. Piensa que no tengo por qué querer aprovecharme de todas las muchachas que conozco.

– Lo haré -respondió Sharon y salió del apartamento.

Johnny tenía una larga noche por delante. Podía haber recurrido a lo que Jack Woltz llamaba la «fábrica de carne», el rebaño de aspirantes a estrellas, siempre bien dispuestas a complacer en todo a un hombre famoso y atractivo. Pero lo que Johnny quería era otra cosa: ternura, comprensión, un poco de amor desinteresado. Pensó en su primera esposa, Virginia. Ahora que su trabajo en la película había terminado, tendría más tiempo para los niños. Quería volver a formar parte de su vida. También se preocupaba por Virginia. Ella no estaba preparada para soportar a los donjuanes de Hollywood, que se sentirían orgullosos de contar a todo el mundo que se habían acostado con la primera esposa de Johnny Fontane. Que él supiera, nadie podía ufanarse de ello. De su segunda esposa, en cambio, eran muchos los que lo hacían, pensó amargamente. Descolgó el auricular del teléfono.

Reconoció de inmediato la voz de Virginia, cosa que, por otra parte, nada tenía de sorprendente; la había oído por vez primera cuando él tenía diez años. Ambos habían sido compañeros de escuela.

– Hola, Ginny. ¿Estás ocupada esta noche? ¿Puedo venir a charlar un rato?

– Bueno -accedió Virginia-. Pero los niños ya están en la cama; no quiero despertarlos.

– No te preocupes -repuso Johnny-. Sólo quería hablar un poco contigo.

Ella se esforzó por disimular su preocupación.

– ¿Es algo grave? ¿Qué ha ocurrido?

– Nada -replicó Johnny-. Hoy he terminado la película y me apetece charlar contigo. Hasta tal vez podré ver a los niños, procurando que no se despierten.

– Muy bien -dijo Virginia-. Y quiero que sepas que me alegro de que consiguieras el papel.

– Gracias. Estaré ahí dentro de media hora.

Cuando llegó a su antiguo hogar en Beverly Hills, Johnny Fontane, sin salir del coche, se detuvo a contemplar la casa. Recordó lo que su padrino había dicho: que debía tomar las riendas de su propia vida. Lo importante era saber lo que uno quería. ¿Lo sabía él?

Su primera esposa le aguardaba en la puerta. Era hermosa, menuda y morena; una bonita chica italiana, el tipo de muchacha en la que uno podía confiar plenamente; incapaz de una infidelidad. Había sido muy importante en su vida. ¿La quería todavía?, se preguntó, y la respuesta fue negativa. Por una parte, se sentía incapaz de hacerle el amor, y por la otra, había ciertas cosas que ella nunca podría perdonarle, cosas que nada tenían que ver con el sexo. De todos modos, entre ellos no existía enemistad alguna.

Virginia le sirvió café y unos pastelitos hechos en casa.

– Siéntate en el sofá -le dijo-; pareces cansado. Johnny se quitó la chaqueta y los zapatos y se aflojó la corbata. Virginia, que estaba sentada en una silla frente a él, dijo con una triste sonrisa en los labios:

– Es gracioso.

– ¿Qué te parece gracioso? -dijo Johnny, mientras sorbía un poco de café, con el que se manchó la camisa.

– El gran Johnny Fontane no tiene ninguna chica con quien salir -respondió ella.

– El gran Johnny Fontane se contenta con poder seguir demostrando que es un hombre -replicó el cantante.

No era corriente que hablara de forma tan directa.

– ¿Tan mal estás? -preguntó Ginny, un poco alarmada.

Johnny le dirigió una afectuosa y melancólica sonrisa.

– He estado con una chica en mi apartamento, pero me ha rechazado. Lo malo es que me he alegrado.

Sorprendido,.vio pasar por el rostro de su ex esposa un ramalazo de ira.

– No te preocupes por esas zorras -le dijo-. Seguramente ha imaginado que era la única forma de que te interesaras por ella.

Johnny vio que Virginia estaba realmente enfadada con la muchacha que lo había despreciado.

– No importa. Al diablo con todo. No se puede ser eternamente joven. Y ahora que ya no puedo cantar, me parece que las mujeres ya no se echarán en mis brazos. Ya no me encuentran tan atractivo.

– De todos modos, siempre has estado mejor en persona que en la pantalla -observó Virginia con sinceridad.

Johnny negó con la cabeza.

– Estoy engordando y me estoy quedando calvo. Desde luego, si esta película no vuelve a encumbrarme, mejor será que me dedique a pastelero. Aunque quizá sería mejor ponerte a ti en el cine. Estás muy guapa.

Virginia tenía treinta y cinco años; muy bien llevados, pero treinta y cinco años. Eso era mucho para los estándares de Hollywood. La ciudad estaba llena de chicas guapísimas. Claro que no solían mantenerse más de un par de años. Algunas eran tan hermosas, que podían detener el corazón de un hombre con una sola de sus sonrisas. Su encanto, sin embargo, desaparecía en cuanto abrían la boca, en cuanto la ambición empañaba el brillo de sus ojos. Las mujeres normales no podían soñar siquiera en competir con ellas en cuanto a atractivo físico. Y es que su esplendorosa belleza anulaba todas las cualidades que las demás mujeres pudieran poseer, como encanto, inteligencia, clase… Posiblemente, si no hubiera tantas chicas de ésas, las mujeres guapas e inteligentes habrían tenido una oportunidad.

Así pues, Ginny sabía que Johnny decía todo aquello sólo para adularla. Siempre había sido un hombre muy delicado. Siempre, incluso estando en la cumbre de su carrera, había sido muy cortés con las mujeres; les ayudaba a ponerse el abrigo, les daba fuego, les abría las puertas… Y ellas sabían agradecérselo. La cortesía de Johnny era innata, pues salía a relucir incluso tratándose de muchachas de una sola noche, de mujeres de las que apenas si sabía el nombre.

Virginia le dirigió una suave y amistosa sonrisa.

– Hemos vivido juntos durante doce años, Johnny. No tienes por qué esforzarte en adularme.

– Hablo en serio, Ginny. Tienes un aspecto estupendo. Ya quisiera yo conservarme tan bien.

Ella no contestó. Se daba cuenta de que su ex marido estaba deprimido.

– ¿Crees que resultará una buena película? -preguntó Virginia, al fin-. ¿Piensas que volverá a situarte?

– Sí -contestó Johnny-. Estoy seguro de que me servirá para reverdecer laureles. Si consigue el Osear y juego bien mis cartas, tendré una gran carrera por delante, aunque no cante. En ese caso, podré aumentaros la pensión a ti y a los niños.

– Tenemos más que suficiente -señaló Ginny.

– Además, quiero ver más a menudo a los niños. Quiero sentar un poco la cabeza. ¿Por qué no puedo venir a cenar aquí cada viernes? Te juro que no faltaría ningún viernes, por muy ocupado que estuviera. Y vendría a pasar aquí algunos fines de semana, y los niños podrían pasar parte de sus vacaciones conmigo.

Ginny le puso un cenicero en el pecho.

– Por mí, de acuerdo -asintió-. No he vuelto a casarme precisamente porque quería que siguieras siendo su padre.

Estas palabras habían sido pronunciadas sin emoción alguna, pero Johnny Fontane, con la vista fija en el techo, sabía que Ginny hablaba de aquel modo para compensarle por las crueles y desagradables palabras que le había dicho cuando su matrimonio naufragó, cuando su carrera había declinado.

– Cambiando de tema -dijo Virginia-. ¿Sabes quién me ha llamado?

Johnny no tenía ganas de jugar a adivinanzas; era un juego que nunca le había atraído.

– ¿Quién? -preguntó.

– Por lo menos podrías tratar de adivinarlo -le reprochó Virginia.

Johnny no respondió.

– Tu padrino -añadió ella.

– Pero si nunca habla por teléfono. ¿Qué te ha dicho?

– Me pidió que te ayudara. Dijo que podías volver a ser tan famoso como antes, pero que necesitabas que la gente creyera en ti. Le pregunté por qué tenía que ser yo la encargada de ayudarte, me contestó que por el hecho de ser tú el padre de mis hijos. Parece mentira que se digan cosas tan horribles de un hombre tan encantador como tu padrino.

Virginia odiaba los teléfonos. Por esta razón sólo tenía dos: uno en su dormitorio y otro en la cocina. Ahora sonaba el de la cocina. Fue a contestar. Cuando regresó al salón donde estaba Johnny, parecía sorprendida.

– Es para ti, Johnny. Es Tom Hagen. Dice que es importante.

La voz de Tom Hagen era fría:

– Oye, Johnny, el Padrino quiere que vaya a verte para ayudarte ahora que la película ha terminado. Quiere que tome el avión de la mañana. ¿Podrás venir a esperarme a Los Ángeles? Tengo que regresar a Nueva York esa misma noche, de modo que te entretendré poco.

– No faltaría más, Tom. Y no te preocupes por mi tiempo. Ven a mi casa, te convendrá descansar un poco. Daré una fiesta, y tendrás oportunidad de conocer a gente del cine.

Siempre hacía la misma oferta. No quería que sus conocidos de toda la vida creyeran que ahora se avergonzaba de ellos.

– Gracias -dijo Hagen-, pero no tendré tiempo, te lo aseguro. De acuerdo, pues. Llegaré en el avión que sale de Nueva York a las once y media de la mañana.

– Bien.

– No te muevas de tu automóvil -indicó Hagen-. Di a alguien que me espere al bajar del avión, para que luego me conduzca hasta ti.

– De acuerdo -respondió Johnny, y colgó. Regresó adonde estaba Ginny, que le dirigió una mirada interrogadora.

– Mi padrino tiene un plan para ayudarme -dijo Johnny-. Fue él quien me consiguió el papel en la película. No sé cómo, pero preferiría que no interviniera más en mi profesión.

Fue a sentarse nuevamente en el sofá. Se sentía muy cansado. Al darse cuenta de ello, Ginny dijo:

– ¿Por qué no te quedas a dormir aquí, en la habitación de los huéspedes, en lugar de ir a tu casa? Podrías desayunar con los niños y te evitarías el conducir de noche. No me gusta pensar que estás solo en casa. ¿No te atormenta la soledad?

– No paso mucho tiempo en casa -alegó él.

Virginia se rió.

– Entonces no has cambiado mucho.

– Virginia guardó un breve silencio y prosiguió-: Voy a preparar la habitación.

– ¿Por qué no puedo dormir en la tuya?

Ginny se sonrojó.

– Porque no -replicó con una sonrisa.

Él le devolvió la sonrisa. Seguían siendo amigos.

A la mañana siguiente, Johnny se despertó tarde. El sol entraba a raudales a través de las persianas. Debía de ser más de mediodía.

– ¡Eh, Ginny! ¿Podría tomar aquí el desayuno? -gritó.

– Un momento, Johnny -contestó ella, desde lejos.

Y fue sólo cuestión de un segundo. Seguramente lo tenía ya todo a punto, pues aún no había acabado de encender el primer cigarrillo del día, cuando se abrió la puerta del dormitorio y entraron sus dos hijas con el carrito de la comida.

Eran tan hermosas que Johnny se emocionó. Sus rostros eran bonitos e inocentes, y en sus ojos se leía el deseo de abrazar a su padre. Llevaban el pelo recogido en una coleta, unos vestidos algo pasados de moda y unos zapatos blancos de cuero. Estaban de pie junto al carrito, mirándolo fijamente, mientras él aplastaba el cigarrillo en el cenicero. A un gesto de su padre, las niñas corrieron a abrazarlo. Apretó las mejillas de las niñas contra las suyas, y ellas se echaron a reír, pues la barba de su padre les hacía cosquillas. Ginny entró en la habitación y acercó el carrito al lecho, para que Johnny pudiera desayunar sin tener que levantarse. Se sentó en el borde de la cama, se sirvió café y empezó a untar el pan con mantequilla. Las dos niñas, sentadas junto a él, le miraban cariñosamente. Ya eran demasiado mayorcitas para jugar con su padre encima de la cama. Johnny pensó con tristeza que pronto serían mayores, que no tardarían en ser presa codiciada por los donjuanes de Hollywood.

Compartió el desayuno con ellas, y también el café. Era una costumbre ya antigua, de su época de cantante de orquesta, cuando raramente podía comer con su familia. En aquel entonces, las raras veces en que Johnny estaba en casa para desayunar por la tarde o cenar por la mañana, su esposa e hijas comían del mismo plato que él. El cambio de comidas gustaba a las niñas, que así se saltaban la rutina alimenticia. Les resultaba muy gracioso comer chuletas de ternera a las siete de la mañana o huevos con jamón por la tarde.

Sólo Ginny y algunos amigos íntimos sabían lo mucho que Johnny adoraba a sus hijas. El separarse de ellas había sido lo peor del divorcio. Por lo único que había luchado en el tribunal había sido por su posición como padre de las niñas. De forma muy disimulada había dado a entender a Ginny que no le gustaría que volviera a casarse, no por cuestión de celos, sino para no perder terreno como padre. El asunto monetario lo había dispuesto de tal forma que a Ginny le resultara enormemente ventajoso el no volver a casarse. Se daba por sentado que ella podría tener amantes, pero no llevarlos a su casa. Sin embargo, en este sentido, Johnny estaba completamente tranquilo. En cuestiones sexuales, Ginny había sido siempre muy tímida y anticuada. Los gigolós de Hollywood nada consiguieron cuando empezaron a estrechar el cerco en torno a ella, a pesar de haber puesto todo su empeño en conseguir los favores de la joven divorciada, unos favores que podían darles dinero o ayuda del marido.

Johnny no temía que ella esperara una reconciliación por el solo hecho de haber querido acostarse con ella la noche anterior. Ninguno de los dos deseaba reanudar su vida en común. Ella comprendía la gran atracción que sentía Johnny por las mujeres más jóvenes y guapas que ella. Era del dominio público que se acostaba con sus compañeras de rodaje, por lo menos una vez. Ellas encontraban irresistible su encanto masculino y el seductor italiano las encontraba irresistibles a ellas.

– Tendrás que vestirte pronto -dijo Ginny-. El avión de Tom no tardará en llegar.

Hizo que las niñas salieran de la habitación.

– Sí -contestó Johnny-. Cambiando de tema ¿sabes que voy a divorciarme? Volveré a ser un hombre libre.

Le miraba mientras se vestía. Johnny siempre tenía ropa en casa de Ginny, una ropa fresca y sencilla que le encantaba.

– Faltan sólo dos semanas para Navidad -dijo Ginny-. ¿Quieres que lo disponga todo para tu estancia aquí?

Era la primera vez que Johnny pensaba en las Navidades. Cuando aún tenía voz, el período navideño era para él la temporada más lucrativa del año, pero aun entonces el día de Navidad era sagrado. El año anterior fue el primero en que Johnny no estuvo con sus hijas. Había estado en España, cortejando a la que luego sería su segunda esposa.

– Sí. Estaré con vosotras el día de Nochebuena y el de Navidad -dijo Johnny.

No habló del día de Año Nuevo. Aquella noche la destinaba a emborracharse con sus amigos, y no quería que su ex esposa estuviera presente. No sentía remordimientos por ello. Era sólo que de vez en cuando necesitaba desinhibirse, no pensar en nada.

Ginny le ayudó a ponerse la chaqueta y luego le cepilló la ropa. Johnny iba siempre inmaculadamente limpio. Ahora fruncía el ceño porque la camisa no le parecía bastante blanca, y porque consideraba que los zapatos, que no había llevado desde hacía algún tiempo, no iban bien con el traje.

– No te preocupes; Tom no va a notarlo -Ginny se rió.

Las tres mujeres de la familia lo acompañaron a la puerta, y luego hasta el garaje. Llevaba a las niñas cogidas de la mano. Ginny iba unos pasos detrás de ellos. Le gustaba ver que Johnny parecía sentirse feliz. Cuando llegaron junto al coche, levantó a sus hijas en el aire, cariñosamente, y besó a Ginny en la mejilla. Luego, sin pronunciar palabra, entró en el automóvil. No le gustaban las despedidas.

Su representante lo había dispuesto todo. Frente a su casa había un automóvil alquilado con chófer. En su interior estaban el representante y otro hombre. Johnny aparcó su automóvil y entró en el otro, que se puso en marcha rumbo al aeropuerto. Esperó dentro del vehículo, mientras su representante acudía a esperar a Tom. Cuando el visitante entró en el automóvil, ambos hombres se estrecharon la mano y el vehículo arrancó rumbo a casa de Johnny.

Finalmente, Johnny y Tom se quedaron solos en la sala de estar. Sus relaciones eran correctas, pero frías. Johnny nunca había perdonado a Hagen que dificultara sus mil intentos de ver al Don cuando éste estaba enfadado con él, en aquellos aciagos días que precedieron a la boda de Connie. Hagen nunca se dignó a excusarse. Y es que no podía. Una parte de su trabajo consistía, precisamente, en servir de pararrayos de todos los resquemores y enfados que la gente sentía contra el Don, pero que no se atrevían a manifestarle personalmente.

– Tu padrino me envía para que te eche una mano en algunos asuntos -empezó Hagen-. Y prefiero hacerlo antes de Navidad.

– La película ha terminado -repuso Johnny Fontane-. El director era un hombre cabal y no tengo queja alguna de él. Mis escenas son demasiado importantes como para que las corten, a pesar de que a Woltz le gustaría hacerlo. No puede destruir una película de diez millones de dólares por el simple capricho de perjudicarme. Así, pues, ahora todo depende de que guste o no al público.

– ¿Es muy importante para la carrera de un actor la consecución del Osear, o es sólo que con la estatuilla se consigue un poco de publicidad? -preguntó Hagen con cautela-. Aunque, bien mirado, el premio de la Academia significa la gloria, y eso es algo que gusta a todo el mundo.

Johnny Fontane sonrió, irónico.

– Es importante para todo el mundo, a excepción hecha de mi padrino y de ti. No, Tom, no es ninguna tontería. Un Osear garantiza la fama y el dinero durante diez años, por lo menos. El que lo consigue puede escoger los papeles. El público va a verle. No lo es todo, pero para un actor es decisivo. Tengo esperanzas de conseguirlo. No porque me considere un gran actor, sino porque ya era popular como cantante, y porque mi papel es muy bueno. Además, tampoco soy tan malo.

– Tu padrino me ha dicho que, tal como están las cosas, no tienes la menor posibilidad de conseguir la estatuilla.

Johnny Fontane empezaba a irritarse.

– ¿Qué estás diciendo? La película todavía no ha sido exhibida. Y el Don no está en el negocio del cine. ¿Para decirme eso has hecho tan largo viaje?

– Mira, Johnny -replicó Hagen, molesto-, en asuntos cinematográficos soy un ignorante. Recuerda que no soy más que un mensajero del Don. Pero este asunto lo hemos discutido muchas veces. El se preocupa por ti, por tu futuro. Considera que todavía necesitas su ayuda, y desea solucionar tu problema de una vez para siempre. Por eso he venido, para arreglarlo todo. Pero debes portarte como un adulto, Johnny. Debes dejar de pensar en ti como cantante o como actor y comenzar a considerarte como un hombre con iniciativa, con ideas propias.

Johnny Fontane se echó a reír y volvió a llenar su vaso.

– Si no gano el Osear, tendré tanta iniciativa como una de mis hijas. He perdido la voz; si la conservara, podría hacer algo. Bueno ¿y cómo sabe mi padrino que no voy a conseguir el premio? Porque seguro que lo sabe. Él nunca se equivoca.

Hagen encendió un cigarrillo.

– Sabernos que Jack Woltz ha asegurado que no piensa gastarse ni un centavo en tu candidatura. De hecho, ha comunicado a todos los miembros del jurado que no desea que ganes. Todo lo contrario: está interesado en que otro actor de sus estudios consiga el máximo de votos. Para ello emplea toda suerte de recursos: dinero, mujeres, todo. Y trata de hacerlo sin perjudicar el éxito de la película, o perjudicándolo lo menos posible.

Johnny Fontane se encogió de hombros. Volvió a llenarse el vaso y lo apuró de un trago.

– En ese caso, estoy perdido.

Hagen lo estaba mirando fijamente.

– La bebida no le va a hacer ningún bien a tu voz -señaló en tono de desaprobación.

– Vete al diablo -fue la respuesta de Johnny.

El rostro de Hagen se convirtió en una máscara.

– Muy bien. Me limitaré a hablar de negocios, pues.

Johnny Fontane dejó el vaso encima de la mesa.

– Lo siento, Tom, no quería ofenderte -se disculpó-. Lo que pasa es que me gustaría matar a ese cerdo de Jack Woltz, y estoy de mal humor. Pero comprendo que no tienes por qué pagarlo tú.

Johnny tenía los ojos arrasados en lágrimas. Estrelló el vaso contra la pared, pero con tan poca fuerza que no se rompió. El vaso, rodando, fue a parar a los pies de Johnny, que lo miró con rabia. Luego se echó a reír. Fue a sentarse frente a Tom y dijo:

– Tú sabes que durante mucho tiempo las cosas me han ido muy bien. Luego, al divorciarme de Ginny todo comenzó a estropearse. Perdí la voz. Mis discos dejaron de venderse. No conseguía ni siquiera un pequeño papel en ninguna película. Y luego mi padrino se enfadó conmigo, hasta el punto de no responder mis llamadas. Es más, ni siquiera quería recibirme cuando yo iba a Nueva York. Entre él y yo ponía una barrera: tú. Ahora comprendo que tú te limitabas a cumplir órdenes. Y es que uno no puede enfadarse con él; es como enfadarse con Dios. Por eso me enojo contigo. Pero tú siempre te has portado bien conmigo, ésa es la verdad. Y para que veas que te aprecio, voy a seguir tu consejo. No volveré a beber hasta que haya recuperado la voz.

Johnny era sincero y Hagen olvidó su enojo. Aquel niño de treinta y cinco años debía de tener algo, pues de lo contrario el Don no perdería el tiempo con él, ni le apreciaría tanto.

– Olvídalo, Johnny -dijo Hagen. Se sentía violento al ver el profundo sentimiento de Johnny, y sospechaba que dicho sentimiento sólo se debía al miedo, al miedo de que el Don se volviera contra él. Lo que ignoraba Johnny era que al Don nadie podía hacerle cambiar; cambiaba sólo por sí mismo.

– Las cosas no están tan mal, Johnny. El Don dice que puede anular todas las tentativas de Woltz contra ti, que es casi seguro que podrá conseguir que ganes el Osear. Pero teme que ello no baste para resolver tu problema. Quiere saber si tienes inteligencia y coraje suficientes para convertirte en productor, para hacer tus propias películas, desde el principio al final.

– ¿Y cómo diablos va a conseguir que me den el Osear? -preguntó Johnny, incrédulo.

– ¿Y por qué crees tú que Woltz tiene más posibilidades de salirse con la suya que el Don? Y ahora, como sea que debemos reforzar tu fe, déjame decirte una cosa. Pero quédatela para ti. Tu padrino es un hombre mucho más poderoso que Jack Woltz. Y es más poderoso en zonas y aspectos mucho más importantes. ¿Cómo puede conseguirte el Osear? El controla a la gente que controla todos los sindicatos de la industria, a toda o a casi toda la gente que vota. Por supuesto, tienes que valer, tienes que haber hecho unos méritos. Y tu padrino es bastante más inteligente que Jack Woltz. El Don no va a ver a toda esta gente para decirles «Vote por Johnny Fontane o considérese muerto». No es amigo de emplear la fuerza cuando sabe que no va a servir de nada o que puede dejar resentimientos. Él se limitará a expresar un deseo. Y ahora créeme: tu padrino es capaz de conseguirte el Osear. Pero convéncete igualmente de que tú, sin su ayuda, no puedes conseguirlo.

– Te creo. En cuanto a lo otro, quiero que sepas que me considero capacitado para ser productor, pero no tengo dinero. Ningún banco me financiaría. La producción de una película cuesta millones.

– Cuando hayas conseguido el Osear, empieza a hacer planes para producir tres películas -replicó Hagen con sequedad-. Contrata a los mejores especialistas, a los mejores técnicos, a los mejores actores y actrices. Haz planes para producir de tres a cinco películas.

– Estás loco. Eso costaría al menos veinte millones de dólares.

– Cuando necesites dinero, ponte en contacto conmigo. Te diré a qué banco de California debes dirigirte para obtener la financiación. No te preocupes, están acostumbrados a financiar películas. No tendrás más que solicitar el crédito, como cualquier otro cliente, y el banco aprobará tu solicitud. Pero primero tendrás que dirigirte a mí para exponerme tus planes y la cantidad que precisas. Johnny permaneció sin decir palabra durante varios minutos.

– ¿Hay algo más? -preguntó por fin.

– Ya veo lo que te preocupa -Hagen sonrió-. Te estás preguntando cuál va a ser la contrapartida de estos veinte millones de dólares ¿me equivoco?

Al ver que Johnny no abría la boca, prosiguió:

– La contrapartida existe, naturalmente. Pero quiero que sepas que el Don no te va a exigir nada que tú no fueras a concederle de buen grado, aun sin haberte hecho él favor alguno.

– Si se trata de algo serio -dijo Johnny-, quiero que me lo pida el Don en persona ¿me entiendes? No tú o Sonny.

A Hagen le sorprendió la perspicacia de que hacía gala Johnny Fontane. El cantante era inteligente, después de todo. Sabía que el Don le apreciaba demasiado para pedirle algo peligroso, mientras que con Sonny la cosa cambiaba por completo.

– Déjame decirte una cosa -le tranquilizó Hagen-. Tu padrino nos ha ordenado a Sonny y a mí que no te mezclemos en nada que pueda suponerte una mala publicidad. Y él tampoco lo haría. Te garantizo que cualquier favor que solicitara de ti, igualmente estarías dispuesto a hacérselo sin que te lo pidiera ¿Tranquilo?

– Completamente -dijo Johnny, sonriendo-. Además, tiene fe en ti. Piensa que eres inteligente y que el banco ganará dinero, y si lo gana el banco también lo ganará él. Ya ves que sólo se trata de una simple operación comercial. No lo olvides, ni tampoco despilfarres el dinero. Eres su ahijado favorito, pero veinte millones es mucho dinero.

– Dile que no se preocupe. Si un sujeto como Jack Woltz es un genio, cualquiera puede serlo.

– Eso mismo piensa tu padrino. ¿Puedes hacer que me lleven al aeropuerto? Ya te he dicho todo lo que tenía que decirte. Cuando empieces a firmar contratos, búscate tus propios abogados, pues yo no intervendré en este negocio. Con todo, me gustaría verlo todo antes de que firmes, si no tienes inconveniente. Además, te garantizo que no tendrás problemas laborales. Eso repercutirá en el costo de las películas, que saldrán más baratas.

– ¿Es que tengo que pedir tu aprobación en todo lo demás, como guiones, actores, etc.? -preguntó Johnny, algo inquieto.

– No. Es posible que el Don tenga algo que objetar en alguna ocasión, pero en ese caso ya te lo diría él mismo.

Aunque no creo probable que ello suceda. El Don se mantiene al margen de la industria cinematográfica. Además, no le gusta interferir en los asuntos ajenos. Esto lo sé por propia experiencia.

– Bien. Te llevaré al aeropuerto yo mismo. Y da las gracias al Padrino de mi parte. Se las daría en persona, pero nunca se pone al teléfono. ¿Sabrías decirme el porqué de esta alergia al teléfono?

– Supongo que no quiere que su voz sea registrada, aunque sólo tenga que decir algo perfectamente inocente. Teme que pudieran trucar la grabación y cambiar sus palabras. Bueno, eso son suposiciones mías. Lo que sí sé es que se preocupa porque las autoridades no puedan hallar el modo de incriminarle. Y no quiere dejar ningún cabo suelto.

Entraron en el coche de Johnny y se dirigieron al aeropuerto. Hagen estaba pensando que Johnny era mejor de lo que había supuesto. Por lo menos ya había aprendido algo: la cortesía personal, de la que el Don era un enamorado y de la que Johnny acababa de hacer gala al decidir acompañarlo personalmente al aeropuerto, y al pedir excusas. Sus disculpas de hacía un momento habían sido sinceras. Tom recordó que el artista nunca se hubiera excusado por miedo. Siempre había sido orgulloso, y por eso había tenido siempre problemas, lo mismo con sus jefes que con sus mujeres. También era uno de los pocos hombres que no temía al Don. Fontane y Michael eran, tal vez, los dos únicos hombres de quienes Hagen se hubiera atrevido a afirmar eso. Así pues, las excusas de Johnny habían sido sinceras. Él y Johnny tendrían que verse muy a menudo en el futuro. Y Johnny todavía habría de pasar otra prueba que consistiría en demostrar su inteligencia. Tendría que hacer algo por el Don, sin que éste se lo pidiera declaradamente. Hagen se preguntaba si Johnny sería lo bastante listo como para darse cuenta de ello.

Cuando hubo dejado a Hagen en el aeropuerto (Tom había insistido en que no se acercara al avión), Johnny se dirigió a casa de Ginny. Su ex esposa se sorprendió al verlo, pero él deseaba estar en la casa, para tener tiempo de pensar y de hacer sus planes. Sabía que el mensaje que le había transmitido Hagen era muy importante, así como que toda su vida iba a cambiar radicalmente. Había sido una gran estrella, pero ahora, a la temprana edad de treinta y cinco años, estaba ya acabado. No se hacía ilusiones al respecto. Incluso en el caso de que ganara el Osear al mejor actor, la situación no cambiaría gran cosa; no confiaba en recuperar la voz. Sería un astro de segunda fila, sin ningún poder ni influencia. Lo que le había ocurrido con Sharon era una demostración palpable de su decadencia. ¿Se hubiera mostrado tan fría si él hubiese estado en el candelero? Ahora, con el apoyo del Don, podría llegar tan arriba como cualquier otro personaje de Hollywood. Podría ser un rey. Johnny sonrió. Podría llegar a ser un Don.

Sería agradable volver a vivir con Ginny durante unas semanas, o tal vez por más tiempo. Saldrían a pasear cada día con las niñas, quizás haría nuevas amistades. Dejaría la bebida y el tabaco, se cuidaría. Tal vez recuperaría su antigua voz. Si esto sucediera, con ella y con el dinero del Don sería invencible. Sería como un rey o un emperador en versión americana. Y su imperio no se basaría sólo en su voz, sino también en el dinero y en un tipo de poder muy especial y codiciado.

Ginny arregló para él la habitación de los huéspedes. Se daba por sentado que Johnny no dormiría con ella, que no harían vida matrimonial. Nunca podrían volver a hacerla. Y aunque los columnistas de Hollywood y el público en general consideraban que él había sido el principal culpable del divorcio, Johnny y Ginny sabían que no había sido así y que el mayor porcentaje de culpa le correspondía a ella.

Cuando Johnny Fontane se convirtió en el más popular actor cantante del mundo del cine, ni siquiera se le ocurrió la idea de abandonar a su esposa e hijas. Era demasiado italiano, demasiado anticuado. Había cometido infidelidades, naturalmente, pero lo contrario hubiera sido inimaginable, teniendo en cuenta el ambiente y las oportunidades. Y a pesar de que su aspecto era delicado, su potencia no tenía nada que envidiar a la de ningún hombre. Las mujeres, además, eran para él una continua fuente de sorpresas. Salía con una muchacha de rostro suave y expresión virginal, por ejemplo, y se encontraba con que sus senos no correspondían en absoluto con la idea que de ellos se había formado. También le gustaba darse cuenta de que mujeres que tenían un aspecto ciento por ciento sexual y que aparentaban estar de vuelta de todo, en la intimidad eran tímidas como corderillos, cuando no vírgenes.

En Hollywood se reían de su afición por las vírgenes. Le consideraban anticuado. Por otra parte, algunas de las vírgenes de Johnny demostraron luego tener mucho interés en recuperar el tiempo perdido. Johnny Fontane sabía bien cómo enamorar a las chicas jóvenes. Las trataba con exquisita educación, y el premio lo merecía. ¿Es que había algo comparable con la emoción de ser el primer hombre en la vida de una mujer? Ello era un cúmulo de agradables sensaciones sin par. Pechos de distintos tamaños, caderas diferentes, cutis de diversas tonalidades y suavidad. Recordó la noche en que se acostó con aquella muchacha de color, hija de un músico que actuaba en el mismo local que él, en Detroit. Era una buena chica, jamás podría olvidar el placer que le había deparado. Sus carnosos labios sabían a miel, su morena piel era suave como la seda, y su dulzura era algo excepcional. Además, era virgen.

Sus amigos siempre le hablaban de formas extravagantes de hacer el amor, pero a él no le satisfacían. Con su segunda esposa tuvo complicaciones en este sentido. Empezó a burlarse de él y a llamarlo rústico, y luego empezó a decir a quien quisiera oírla que su marido tenía una manera infantil de hacer el amor. Tal vez éste fuera el motivo de que Sharon no quisiera acostarse con él. No importaba. De todos modos, Johnny estaba convencido de que la muchacha no le hubiera proporcionado mucho placer. La mujer que realmente tiene ganas de que le hagan el amor no se anda con remilgos y da rienda suelta a sus instintos. Sobre todo las que hace poco que han dejado de ser vírgenes. Lo que desagradaba especialmente a Johnny eran las chicas que habían comenzado a acostarse con hombres a los doce años y que, luego, a los veinte, cansadas ya de todo, iban a probar fortuna en Hollywood. Con ellas había que tener mucho cuidado ya que, aparte de ser hermosas, se las sabían todas.

Ginny le sirvió el desayuno en su habitación. Johnny le dijo que Hagen iba a ayudarle a conseguir el dinero necesario para producir algunas películas y ella se mostró entusiasmada. Su ex marido volvería a ser importante. Pero Ginny no imaginaba lo importante que era Don Corleone, por lo que no comprendió el significado del viaje de Hagen a California. Johnny le dijo que Hagen le ayudaría también en los detalles de tipo legal.

Terminado el desayuno, Johnny dijo a Ginny que aquella noche tendría mucho trabajo, pues tenía que efectuar varias llamadas telefónicas, además de hacer planes para el futuro.

– La mitad de todo lo pondré a nombre de las niñas -dijo Johnny.

Su antigua esposa le dirigió una sonrisa de agradecimiento y le dio un beso en la mejilla antes de salir de la habitación.

En la mesa de su despacho, Johnny tenía una bandeja llena de sus cigarros favoritos y una caja de cigarros habanos de la mejor calidad. Realizó algunas llamadas telefónicas, mientras en su mente bullían planes e ideas. Llamó al autor del libro, una novela de gran éxito, en que se basaría la película. Era un hombre de su misma edad, que desde la nada se había convertido en una celebridad literaria. Había llegado a Hollywood esperando ser tratado como un señor, pero, como otros muchos autores, se había llevado un tremendo desengaño. Johnny había sido testigo de la humillación sufrida por el escritor una noche en el Brown Derby. Los magnates de Hollywood lo dispusieron todo para que una conocida aspirante a estrella de generosas formas le acompañara a cenar y, evidentemente, también a dormir. Pero mientras cenaban, la muchacha le dejó plantado por un actor cómico de cara ratonil que le había guiñado el ojo. Después de este episodio, el novelista comprendió cuál era su puesto en Hollywood. El hecho de que su libro le hubiera hecho universalmente famoso carecía de importancia. Seguía siendo un cero a la izquierda, y la joven actriz acababa de demostrárselo.

Johnny llamó al escritor, que a la sazón estaba en Nueva York, y le dio las gracias por el papel que le había escrito en el anterior guión. Luego le preguntó qué estaba escribiendo. Encendió un cigarro, mientras el escritor le hablaba de la obra que estaba preparando.

– Me gustaría leerla en cuanto la termine -le dijo Johnny-. ¿Le importaría mandarme una copia? Tal vez podríamos llegar a un acuerdo. Creo que quedaría más satisfecho de mí que de Woltz.

Por el comentario que hizo el escritor, Johnny comprendió que Woltz le había pagado una miseria. Entonces le prometió que intentaría viajar a Nueva York después de las vacaciones de Navidad.

– Iremos a cenar con algunos amigos -propuso Johnny-. Además, conozco a algunas mujeres. Nos divertiremos.

Al otro lado del hilo, el novelista rió francamente y dio su conformidad.

Acto seguido, Johnny llamó al director y al cámara de la recién terminada película para agradecerles su colaboración. Confidencialmente, les comentó que sabía que Woltz había estado contra él, por lo que apreciaba doblemente su ayuda. También les hizo saber que estaba a su entera disposición en todo momento.

Luego se dispuso a realizar la llamada más difícil de todas. Marcó el número de Jack Woltz. Le dio las gracias por haberle concedido el papel y le dijo que estaría encantado de volver a trabajar para él. La intención de su llamada era dar una bofetada al productor, que al cabo de pocos días se enteraría de todo y se sentiría ofendido por la burla de Johnny. Eso era, precisamente, lo que éste quería.

Acto seguido, se dedicó a terminar el cigarro. Tenía una botella de whisky, pero había prometido a Hagen -¡y a sí mismo!-que no bebería. De hecho, había prometido también no fumar. Era una tontería; la pérdida de su voz seguramente no tenía nada que ver con el tabaco ni con la bebida. No abusaría, desde luego, pero un poco de licor y de tabaco le ayudarían a pensar. Y en adelante, con tanto dinero como tendría en sus manos, debería pensar mucho.

Ahora que el silencio era absoluto, pues tanto Ginny como las niñas dormían, Johnny recordó aquellos terribles días en que abandonó a su familia. Las abandonó por su segunda mujer, una auténtica ramera. Sin embargo, por extraño que pueda parecer, el recuerdo de su segunda esposa le hizo sonreír. Era una puta, sí, pero encantadora en muchos aspectos. Johnny, por otra parte, había decidido que no podía permitirse odiar a ninguna mujer: ni a su primera esposa, ni a sus hijas, ni a sus amigas, ni a la ramera de su segunda mujer ni, después de todo, a aquella Sharon Moore que lo había rechazado.

Johnny Fontane había viajado mucho como cantante de una orquesta. Después había tenido la oportunidad de cantar en la radio, acto seguido pasó a los escenarios de grabación, y finalmente fue requerido por el cine. Durante todos aquellos años había actuado a su antojo, se había acostado con las mujeres que había querido… Pero nunca había permitido que todo aquello afectara su vida personal. Luego se había enamorado de la que sería su segunda esposa, Margot Ashton, por la que llegó a perder la cabeza. Su carrera se había ido al diablo, había perdido la voz, se había quedado sin familia. Y llegó un día en que se dio cuenta de que lo había perdido todo.

Lo peor de él fue siempre su generosidad, su educación. Al divorciarse, dio a su esposa todo cuanto tenía y se aseguró de que sus hijas se beneficiarían de una parte de lo que había hecho: discos, películas, actuaciones en night-clubs, etc. En los tiempos en que las cosas le iban bien, nunca negó nada a su primera esposa y, además, ayudó siempre a los hermanos y hermanas de Ginny, a su padre y a su madre, a las amigas que habían ido a la escuela con ella, etc. Jamás había sido egoísta. Incluso cantó en la boda de las dos hermanas menores de su esposa, cosa que siempre le había disgustado. Nunca le había negado nada, a excepción de la entrega completa de su personalidad.

Más tarde, en los malos tiempos, cuando ya no podía conseguir papeles en las películas, cuando ya no podía cantar, cuando su segunda esposa le traicionó, había ido a pasar unos días con Ginny y las niñas. Todo sucedió a raíz de la grabación de un disco. Al oír su propia voz, acusó a los técnicos de que le estaban haciendo sabotaje. Finalmente, Johnny se convenció de que había perdido la voz. Rompió la maqueta del disco y se negó a volver a cantar. Estaba tan avergonzado, que no se sentía con fuerzas para cantar en presencia de persona alguna. Su interpretación con Nino en la boda de Connie Corleone había sido una excepción.

Nunca olvidó la expresión de Ginny cuanto terminó de contarle sus desgracias. Fue algo que duró solamente un segundo, pero jamás podría borrarlo de su mente. Fue una mirada de salvaje satisfacción, una mirada que le hizo creer que Ginny le había estado odiando durante todos aquellos años de vida en común. Después, ella le expresó una simpatía distante, pero cortés, que él simuló aceptar. Durante los días que siguieron, Johnny visitó a tres de las muchachas que más le habían gustado desde su llegada a Hollywood. Seguía conservando una buena amistad con ellas; las había ayudado en lo que había podido, les había dado el equivalente de cientos de miles de dólares en regalos o en oportunidades de tipo profesional, se acostaban con él de vez en cuando… Pues bien, en sus rostros la misma mirada de salvaje satisfacción.

En aquel tiempo comprendió que debía tomar una determinación. Al igual que muchos otros hombres en Hollywood, tenía que convertirse en una persona sin escrúpulos ni sentimientos. Muchos grandes productores, guionistas, directores y actores eran así; trataban a las mujeres con egoísmo y sin consideración de ninguna especie. Él también debía aprender a mirarlas como seres siempre dispuestos a la mentira y la traición, enemigos de las situaciones apuradas. O eso, o decidirse a no odiarlas, a continuar creyendo en ellas.

Sabía que no era capaz de dejar de amarlas, sabía que algo moriría en su espíritu si no continuaba amándolas, al margen de las traiciones e infidelidades de ellas. El hecho de que las mujeres a las que más apreciaba en el mundo se alegraran de sus desgracias no cambiaba las cosas. Como tampoco importaba que, aunque no en sentido sexual, le hubiesen sido infieles. No tenía alternativa. Debía aceptarlas. En consecuencia, a todas hizo el amor, a todas las colmó de regalos, a todas ocultó el dolor que le producía su alegría ante sus tribulaciones. Johnny las perdonaba, consciente de que aquél era el precio que debía pagar por las horas felices que le habían proporcionado. Por otra parte, Johnny nunca había sentido remordimiento alguno por haberles sido infiel. Jamás se había reprochado la forma en que había tratado a Ginny, su insistencia en no querer otro padre para sus hijas, pese a que no tenía la menor intención de volver con su primera esposa; con el agravante, además, de que así se lo había manifestado a ella misma. Eso era algo que había conservado de sus años de gloria. Nunca había sabido darse cuenta de las heridas que infligía a las mujeres.

Estaba cansado y dispuesto a acostarse cuando se le ocurrió una idea: cantar con Nino Valenti. De pronto supo qué era lo que más podía complacer a Don Corleone. Descolgó el teléfono y pidió una conferencia con Nueva York. Llamó a Sonny para pedirle el número de Nino Valenti, y enseguida lo telefoneó. Nino parecía haber bebido más de la cuenta, como de costumbre.

– Hola, Nino. ¿Te gustaría venir a Hollywood a trabajar conmigo? Necesito a un hombre del que pueda fiarme.

– Pues no sé, Johnny; el empleo que tengo con el camión es muy bueno -bromeó Nino-. Tengo oportunidad de pasarlo bien con las amas de casa y, además, gano ciento cincuenta dólares a la semana. ¿Qué me ofreces tú?

– Para empezar, quinientos a la semana, y te garantizo todas las citas que desees con estrellas de cine. Hasta quizá te permita cantar en las fiestas que doy en mi casa.

– Bueno, en principio me interesa, pero lo consultaré con mi abogado, con mis asesores financieros y con mi ayudante en el camión -contestó Nino.

– Vamos, vamos, Nino, déjate de bromas. Te necesito aquí. Quiero que tomes el avión mañana por la mañana. Firmaremos un contrato por un año, sobre la base de quinientos dólares semanales. Así, si me quitas a una de mis amantes favoritas y te despido, al menos cobrarás el sueldo de todo un año. ¿Qué te parece? Se produjo un largo silencio.

– Oye, Johnny; ¿te estás burlando? -dijo finalmente Nino, completamente sobrio.

– Hablo en serio, muchacho. Ve a la oficina de mi agente en Nueva York. Allí se preocuparán de conseguir el billete del avión y te proporcionarán algún dinero en efectivo. Les llamaré a primera hora de la mañana, o sea que mejor vas por la tarde. Haré que te esperen en el aeropuerto y que te traigan a mi casa.

De nuevo se produjo una larga pausa, rota por Nino, quien con voz temblorosa, y no precisamente por causa del alcohol, dijo:

– De acuerdo, Johnny.

Johnny colgó el auricular y se preparó para acostarse. No se había sentido tan bien desde el día en que rompió la maqueta de aquel disco.

13

Johnny Fontane estaba sentado en el enorme estudio de grabación, calculando los costes en una libreta amarilla. Habían llegado los músicos, todos conocidos suyos desde los años en que cantaba con orquestas. El director, uno de los mejores del país, se había portado bien con él cuando las cosas empezaron a pintar mal. En ese momento estaba repartiendo las partituras y dando instrucciones verbales. Se llamaba Eddie Neils. Había aceptado dirigir la orquesta como favor personal a Johnny, pues le sobraba trabajo.

Nino Valenti, muy nervioso, estaba sentado al piano, con un vaso de whisky en la mano. A Johnny eso le tenía sin cuidado. Sabía que Nino cantaba exactamente igual aunque hubiese bebido, y en la grabación de ese día Nino apenas si tenía trabajo como músico.

Eddie Neils había hecho unos arreglos especiales de diversas viejas canciones italianas y sicilianas, entre ellas de la canción que cantaron Johnny y Nino en la boda de Connie Corleone. Johnny quería hacer la grabación, porque sabía que el Don se sentiría muy complacido. Aquel disco sería el mejor regalo de Navidad que podría hacerle. Además, tenía la impresión de que el disco tendría éxito. No se venderían un millón de ejemplares, desde luego, pero sería un éxito. Y algo le decía que lo que el Don deseaba en compensación por su ayuda, era que él ayudara a Nino. Al fin y al cabo, Nino era otro de los ahijados del Don.

Johnny dejó la libreta encima de la silla que tenía al lado, se levantó y fue a colocarse de pie junto al piano.

– Hola, faisán -dijo a Nino.

Nino Valenti le dirigió lo que quería ser una amistosa sonrisa, pero parecía enfermo. Johnny le dio unas palmaditas en la espalda, para animarle:

– Relájate, muchacho. Si haces un buen trabajo, te arreglaré una cita con la estrella más bella y famosa que hayas visto nunca, para esta misma noche.

Nino bebió un trago de whisky.

– ¿Y quién es? ¿Lassie?

– No. Se trata de Deanna Dunn. La mercancía está plenamente garantizada.

Nino estaba evidentemente impresionado, pero no pudo evitar bromear un poco.

– ¿Y no podría ser Lassie?

La orquesta inició los primeros compases de la canción. Johnny Fontane escuchaba atentamente. Eddie Neils dirigiría todas las canciones. Luego se efectuaría la primera grabación para el disco. Mientras escuchaba, Johnny tomaba mentalmente nota de cómo cantaría cada frase, de la entonación que daría a cada palabra. Sabía que su voz no resistiría mucho, pero sería Nino quien cargaría con la mayor parte del esfuerzo. En realidad, él cantaría poco. Excepto, naturalmente, en la canción a dúo, la que habían interpretado en la boda de Connie. Tendría que reservarse para aquella canción.

Hizo levantar a Nino y ambos se colocaron frente a sus respectivos micrófonos. Nino falló nada más abrir la boca, y seguidamente volvió a equivocarse.

– ¿Es que quieres hacer horas extras? -le dijo Johnny en tono amistoso.

– Es que sin mi mandolina me siento extraño -alegó Nino.

Johnny reflexionó durante unos instantes.

– Sostén el vaso de whisky en la mano -dijo al fin.

Había encontrado la solución. De vez en cuando Nino bebía un trago, pero lo estaba haciendo bien. Johnny cantaba suavemente, sin forzar la voz, limitándose a acompañar a Nino. Esta forma de cantar no le proporcionaba satisfacción alguna, pero se sorprendió al comprobar su propio dominio de la técnica. Diez años de vocalización tenían que servir para algo.

Cuando llegaron al dúo, la última canción del disco, Johnny lo dio todo. Al terminar, le dolía la garganta. Los músicos, a pesar de su veteranía y a despecho de hallarse de vuelta de todo, musicalmente hablando, pusieron el alma en esa pieza. Como tenían las manos ocupadas sosteniendo los instrumentos, aplaudieron con los pies. Para demostrar su entusiasmo, el tambor dedicó a Johnny y a Nino unos magníficos redobles.

La grabación, contando las lógicas interrupciones, duró cuatro horas. Eddie Neils se acercó a Johnny.

– Ha cantado usted muy bien, muchacho -le dijo el director-. Creo que puede perfectamente grabar un disco. Tengo una canción que sería perfecta para usted.

Johnny hizo un gesto negativo

– No nos engañemos, Eddie. Dentro de un par de horas, la ronquera no me dejará ni siquiera hablar. ¿Cree usted que se podrá aprovechar mucho de lo que hemos hecho hoy?

– Nino tendrá que volver al estudio mañana -replicó Eddie con expresión pensativa-. Ha cometido algunos errores, pero es mucho mejor de lo que me imaginaba. En cuanto a lo que usted ha cantado, haré que los técnicos de sonido arreglen lo que no me guste. ¿De acuerdo?

– De acuerdo, Eddie. ¿Cuándo podré escuchar la grabación?

– Mañana por la noche. ¿En su casa, Johnny?

– Perfecto. Gracias, Eddie. Hasta mañana.

Tomó del brazo a Nino y ambos salieron del estudio. No fueron a casa de Ginny, sino a la de Johnny.

Atardecía. Nino estaba todavía bastante borracho. Johnny le aconsejó que se diera una ducha y que se acostara un rato. Por la noche, a las once, tenían que asistir a una fiesta.

Cuando Nino despertó, Johnny le dijo:

– La fiesta será en el Lonely Hearts Club. Las mujeres que asistirán son todas estrellas de la pantalla, damas admiradas por millones de hombres en todo el mundo. Muchos darían su brazo derecho por acostarse con cualquiera de ellas. Y su presencia en la fiesta tendrá un solo objeto: buscar a un hombre que quiera darles un buen repaso. ¿Sabes por qué? Porque lo necesitan, se están haciendo un poco mayores. Y como todas las señoras, quieren que el asunto se desarrolle en un ambiente distinguido.

– ¿Qué te pasa en la voz, Johnny? -preguntó Nino.

Y es que Johnny había estado hablando casi en susurros.

– Es algo que me ocurre siempre que acabo de cantar. No podré volver a hacerlo durante un mes. Pero la ronquera se me pasará en un par de días.

– Es duro ¿eh? -dijo Nino, en un tono triste.

Johnny se encogió de hombros.

– Escucha, Nino; no quiero que bebas demasiado esta noche. Tienes que demostrar a esas furcias de Hollywood que mi «paisan» tiene clase. Recuerda que algunas de esas mujeres tienen mucha influencia en el mundo del cine y que pueden ayudarte mucho. Así, pues, sé educado con ellas incluso cuando les hayas hecho el amor.

Nino se estaba sirviendo un trago.

– Siempre soy educado -una vez hubo vaciado el vaso, preguntó, sonriendo-: Bromas aparte, Johnny ¿puedes presentarme a Deanna Dunn?

– No te pongas nervioso -dijo Johnny-. Las cosas no van a ser como tú te figuras.

El Lonely Hearts Club se reunía cada viernes por la noche en la soberbia mansión de Roy McElroy, agente de prensa y consejero de relaciones públicas de la Woltz International Film Corporation. En realidad, la idea no había sido de McElroy, sino del práctico cerebro de Jack Woltz. Algunas de sus estrellas más taquilleras estaban envejeciendo. Sin la ayuda de las luces especiales y de los genios del maquillaje casi parecían abuelas. Y tenían problemas. Además, y hasta cierto punto, habían perdido su sensibilidad mental y física. Ya no les era posible enamorarse. Les resultaba prácticamente imposible desempeñar el papel de mujeres acosadas por los hombres. El dinero, la fama y su antigua belleza les habían dado una personalidad demasiado fuerte.

Woltz había ideado esas fiestas semanales para que les fuera más fácil escoger amantes de una noche, que, si pasaban satisfactoriamente la prueba, podían convertirse en amantes fijos, con todas las ventajas que de tal situación se derivaban (entre ellas, iniciar una carrera en el mundo del cine). En algunas ocasiones aquellas fiestas habían degenerado en escandalosas orgías, intervención de la policía incluida. Para evitarlo, Woltz decidió que se celebraran en casa de su consejero de relaciones públicas, que estaría allí para sobornar a los periodistas y a la policía si llegaba el caso.

Para algunos jóvenes y viriles actores que no habían alcanzado todavía el estrellato, la asistencia a la fiesta de cada viernes no siempre era una tarea agradable. La excusa para la con