/ Language: Español / Genre:prose_contemporary,

El cuadro

Mercedes Salisachs

Juan Manuel de Prada acaba de presentar en Madrid -por petición expresa de la autora- la última novela de Mercedes Salisachs. De él son estas palabras: «su escritura, desdeñosa de las modas, despreocupada de halagar el gusto contemporáneo, parece acogerse a la enseñanza de aquel personaje del romancero: “Yo no digo mi canción / sino a quien conmigo va”». En esta breve historia, Elena, es una joven que sobrevive a un huracán y queda huérfana. Del desastre sólo se salvan «un cuadro pequeño, un reloj de pared tumbado y varios objetos sin importancia». Elena toma el cuadro y marcha a otra ciudad. Bonita y atractiva, una amiga le ofrece un trabajo bien remunerado, pero degradante. Cuando se queda embarazada, decide tener el hijo y dar un nuevo rumbo a su existencia. Su hijo, Manuel, y el cuadro, son los protagonistas de la novela. Siempre que Manuel pregunta por su padre, Elena le dice que es el hombre del cuadro. El niño habla con él y él le contesta y le anima a buscarle: «Si me buscas me encontrarás» le dice. Así, poco a poco, la gozosa presencia del padre va llenando el relato a medida que avanza la búsqueda del niño protagonista, ese niño que somos todos, en esa búsqueda que también es la nuestra. Novela llena de alegría, de ternura, de comprensión, de amistad y solidaridad, en la que Salisachs nos revela, como dice Juan Manuel de Prada, «la canción que la mantiene jubilosa y llena de brío».

Mercedes Salisachs

El cuadro

© 2011, Mercedes Salisachs

Dedico este libro a la persona que más ha seguido, paso a paso, mi carrera literaria: Alejandra, mi nieta, mi consejera, mi apoyo a lo largo de mi trayectoria profesional, mi compañera de fatigas, mi indiscutible sustituta del hijo que perdí hace muchos años y tantas cosas más, siempre positivas. Por todo ello; gracias Rotita. Espero que tus esfuerzos por ayudarme, a veces frustrantes pero siempre tenaces y llenos de cariño, puedan convertirse algún día en realidades que te llenen de una gran felicidad. Nadie como tú lo merece.

M. S.

Prólogo

La búsqueda

El secreto de la literatura está más en lo que se sugiere que en lo que se dice; el escritor de verdad se resiste a echar el cierre a su historia, a darla del todo por completa, sabiendo que cualquier conclusión -y no digamos si hay interés didáctico o moraleja- limitaría el alcance de sus palabras. Por eso los mejores libros, los que merecen releerse, son los que no terminan y se agotan con su lectura, sino los que después de su final empiezan una nueva vida en la memoria y la imaginación del lector.

Uno se embarcaba en cavilaciones así después de haber leído esta novela de Mercedes Salisachs que se titula escueta y enigmáticamente El cuadro, pero que también hubiera podido llamarse La búsqueda. Porque en esencia es la historia de recuperar algo perdido que alguien necesita encontrar, aunque todavía ignoramos lo que es. Se busca en la oscuridad lo que se echa de menos, y al leer el libro se acompaña al personaje en su misteriosa investigación.

Esta clave del relato la vamos descubriendo paulatinamente, y en ningún momento se nos va a desvelar de un modo claro e inequívoco; no porque lo que se cuenta sea difícil e intrincado, una especie de juego del escondite o de suspense intrigante, sino más bien todo lo contrario; aquí el secreto es de una gran transparencia, y si no se dice más a las claras es debido a que la novelista usa la máxima delicadeza y un tacto exquisito para no coaccionarnos. Prefiere sugerir para que seamos nosotros quienes descubramos lo que se busca.

La protagonista es una tal Elena, de quien sólo se nos dice que vivía en una ciudad con puerto, eso es, asomada a una imagen del infinito. Se produce un gran desastre, un huracán que acaba con todo su mundo, «nada estaba en su sitio, nada tenía una razón de ser». Queda huérfana y sólo puede salvar de la catástrofe «un reloj de pared tumbado» y «un cuadro pequeño», el tiempo que parece haberse detenido y un retrato del que por ahora no sabemos nada.

Con estos pobres recuerdos que ha salvado del cataclismo, Elena va a la gran ciudad, donde su amiga Tristana le proporciona un trabajo bien remunerado, aunque evidentemente muy poco honroso; no se entra en detalles, por fortuna ésta no es una novela realista en la acepción usual del termino, nos basta saber que la joven se queda embarazada, decide tener este hijo y abandona la vida que llevaba para poner una tienda de ropa. El día de Año Nuevo nace Manuel, que tendrá el papel principal en el resto del libro.

Años después, cuando el niño pregunta por su padre, Elena le dice que es el hombre del cuadro, pero no puede darle más explicaciones porque ella tampoco lo sabe. Y la historia sigue con las pesquisas casi detectivescas de Manuel y la añadidura de una paternidad supletoria, un antiguo cliente de ella que a pesar de su buena voluntad no consigue llenar el hueco de esta ausencia. Habrá que seguir buscando sin cansarse.

Poco más del hilo argumental se puede contar en un prólogo, ya que se rompería la necesaria reserva de la narración y que hay que respetar. El cuadro es un extraño objeto con el que se conversa, y que da indicaciones -por así decirlo, pistas- acerca de sí mismo. Insensiblemente hemos penetrado en un mundo que requiere cierta penumbra, lo que buscamos no puede estar a plena luz, tal vez esté más allá de lo que se ve.

Mercedes Salisachs, en su fecunda vejez (a sus noventa y cuatro años es posible que sea la escritora contemporánea en activo de mayor edad) nos ha dado esa especie de parábola tan sencilla como misteriosa. Como en todos sus libros, con un drama que parece irredimible y un soplo de esperanza que lo transfigura todo y abre un nuevo horizonte. Los ingredientes novelescos son los de la vida cotidiana, tragedias vulgares, errores, anhelos indefinidos, y el sentimiento de algo más que hace posible la búsqueda.

Carlos Pujol

1

Elena llevaba ya siete años viviendo en una ciudad que tenía puerto.

El mar era un sueño de la infancia que sólo pudo alcanzar cuando se quedó sola. Fue una soledad muy tormentosa e inesperada. De improviso sucedió el desastre causado por un huracán. Nada podía evitarlo. Y en pocos instantes el pueblo se quedó sin casas, puente, árboles, vehículos, gentes y un sin fin de objetos y recuerdos destinados a perderse para siempre.

Surgió la desorientación general y los pequeños caos particulares que sólo se perciben cuando el caos general es total.

En medio de aquel desbarajuste era imposible pensar. Los momentos desarticulados carecen de soportes y no alcanzan a unificar ideas, proyectos y toda clase de posibilidades dignas de ser razonadas y dosificadas.

Lo de menos era aceptar lo ocurrido. Lo esencial consistía en saberse viva: autoanalizarse, respirar y tratar de asumir el desaguisado que acababa de ocurrir.

No tardó mucho en descubrir a sus padres. Los cubría un inmenso árbol desprovisto de hojas pero con las guadañas de unas ramas robustas que los estaba aprisionando.

Lo peor era escuchar aquel adiós ventolero que se alejaba de allí y que parecía asumir los gemidos humanos y los aullidos de los perros.

Elena trató de levantarse para socorrerlos. No se movían, no se quejaban. Tenían los ojos abiertos pero el alma huida.

Aterrada, Elena buscó ayuda pero no sabía cómo. Las ayudas eran imposibles. Además los seres que caminaban y se movían, no se percataban de su soledad.

También ellos estaban solos. También ellos precisaban atenciones. Nadie pensaba en otro alguien. Sólo existían ellos, los vivos, los mimados de aquel desastre. Los que el azar había salvado de una muerte cruel e inesperada.

De pronto Elena descubrió que la mayoría de los edificios se habían derrumbado, que los vehículos amontonados junto al río eran chatarra, que los postes de electricidad eran palos caídos y que el puente ya no tenía baranda.

Algún vecino caminaba buscando un hueco donde cobijarse. Pero los cobijos ya no servían. El huracán se alejaba tierra adentro tal vez ansioso de destruir otro pueblo.

Se acercó Elena a un grupo de vecinos que se apiñaban junto a la puerta de la iglesia. Allí el huracán no se había ensañado como con el resto de las viviendas.

No hablaban: miraban, temblaban y alguno lloraba.

El cura del pueblo sugirió rezar. Entraron en la nave y rezaron.

Elena se dejó caer en un banco. Recordó a sus padres muertos y rompió a llorar.

***

Durante algunos días la confusión del pueblo tuvo varias facetas. Primeramente hubo una gran nube de desorientaciones, equívocos y afán de supervivencia. Luego las conciencias se llenaron de remordimientos. Eran unos remordimientos entre vagos y llenos de autoacusaciones.

El cura se hartaba de oír confesiones al tiempo que llegaban auxilios y las autoridades se volcaban en ofrecer ayudas precipitadas y ordenar atenciones psicológicas para los más perjudicados.

También llegaron víveres, agua potable, mantas, colchones y tiendas de campaña. Lo que jamás llegaba para Elena era el despertar de aquella angustia tan llena de horrores.

Todavía aturdida y despegada de sí misma, trataba de convencerse de que aquella pesadilla era sólo un sueño que pronto volvería a la normalidad cotidiana, y el cauce de su vida continuaría como si el huracán fuera sólo una quimera despegada de la realidad.

Pero a veces las quimeras son implacables y exigen protagonismos difíciles de evitar. No obstante hubo cierto renacer dentro de lo perdido.

Tanto las autoridades como el cura se hartaban de hacer promesas y asegurar que todos los sobrevivientes del pueblo destruido serían rehabilitados y compensados, pero las compensaciones no podían restituir los objetos perdidos por la fuerza de una naturaleza enfadada.

Todavía algo, esperanzada, Elena llegó al lugar donde se había alzado su casa.

Nada estaba en su sitio, nada tenía una razón de ser.

Sólo se habían salvado del desastre un, cuadro pequeño, un reloj de pared tumbado y varios objetos sin importancia que Elena no quiso recuperar. Únicamente abrió el cajón de un mueble donde se guardaba el dinero. También se llevó el cuadro. Luego regresó a la iglesia que junto con la escuela apenas había sido dañada.

Sus padres fueron enterrados con muchos otros cuerpos, pero Elena ignoraba el lugar donde se hallaban.

Lentamente fue asimilando su realidad; se había quedado sola, sin familia, sin amigas, sin proyectos, sin su pueblo y sin una razón de ser. Pero ella vivía y no tenía más remedio que ajustar su trastocada vida a lo que la incógnita de su futuro le deparaba.

De pronto recordó que en la ciudad tenía una amiga. Se llamaba Tristana y durante algún tiempo intercambiaron cartas. Era algo mayor que ella, pero congeniaban y compartieron ideas, costumbres y pareceres que las unificaban. Tristana le habló de su ciudad, del mar que las cercaba y de la profusión de casas, tiendas y edificios bellos que rodeaban sus calles bien asfaltadas. Y también de su empresa: No dijo de qué se trataba, pero decía que era muy rentable.

Un verano cálido la trajo al pueblo. Aseguraba que en la ciudad durante el verano todo se volvía agitación y cansancio, que los pueblos sencillos la relajaban y la llenaban de paz.

Aunque llevaban algún tiempo sin comunicarse, Elena recordaba perfectamente su dirección. No la escribió. Le pidió al conductor de uno de los camiones que le permitiera subir al vehículo y que una vez en la ciudad le llevara a la dirección donde ella mandaba las cartas.

2

Cuando Tristana la vio llegar no dio grandes muestra de extrañeza: Conocía el drama causado por el huracán en la zona donde el pueblo de Elena se ubicaba.

– Dios mío, cuánto me he acordado de ti -le dijo mientras la abrazaba y Elena lanzaba su dolor comprimido sobre el hombro de su amiga.

Cuando se hubieron sosegado comenzaron las explicaciones y las miserias que atenazaban la vida de la recién llegada.

– Necesitaré encontrar trabajo Tristana. Tú tienes una empresa. Quizás podrías proporcionarme un empleo.

Tristana la contemplaba compungida. El aspecto de su amiga no era demasiado estético, no obstante a pesar de todo continuaba siendo muy bella y atractiva.

– Preciso encontrar trabajo -insistió Elena. -¿Podrás ayudarme?

Tristana asintió con la cabeza:

– ¿Cuántos años tienes? -preguntó.

– Dieciocho.

– Perfecto -dijo- la mayoría de edad es imprescindible para el trabajo que puedo conseguirte -y tras una breve pausa, añadió- eres bonita, inteligente y sabes expresarte. El resto corre de mi cuenta. -Y tras un ligero silencio, añadió-, de momento puedes hospedarte en mi casa, pero si todo funciona como yo imagino, pronto podrás instalarte por tu cuenta ¿Traes equipaje?

– Un cuadro pequeño y algo de dinero.

– No importa: yo me encargaré de equiparte. Todo saldrá bien. No te preocupes.

***

El principio no fue agradable. Pero el dinero suavizaba pronto las durezas y vergüenzas que debía soportar.

Los clientes se hartaban de ensalzar sus belleza entre recatada, inocente y audaz.

Todos querían conocerla, utilizarla y convertirla en la más cotizada de la organización que Tristana dirigía.

Y el dinero comenzó a llenar las arcas vacías de Elena.

Al poco tiempo sus inevitables reparos empezaron a convertirse en costumbre.

Lo que fue altamente incómodo se le iba disipando para ser otra cosa; algo muy alejado de su vida pasada, pero que configuraba un presente nuevo y lleno de promesas.

Pronto pudo alquilar un piso en un barrio cercano al puerto.

El mar ya no era un deseo incumplido. Desde el balcón de su casa el mar era ya algo suyo, un anhelo conseguido y una esperanza realizada.

Por eso, en sus horas libres, Elena casi podía olvidarse del pueblo destruido, del entierro masivo de cuerpos sin entidad definida y hasta le fue posible imaginar que su profesión no era deshonrosa.

***

Cuando Tristana supo que Elena estaba embarazada, se le llenó el rostro de una ráfaga de enfado.

– Pero hija, ¿cómo has llegado a ese extremo? ¿Por qué dejaste de lado las reglas que yo te di? ¿Por qué olvidaste las precauciones necesarias?

– Fue un descuido, me olvidé.

– Pues menuda la has hecho con tu olvido -y tras ese pequeño enfado, Tristana preguntó- ¿Qué vas a hacer ahora?

– Cambiar de vida. Tengo suficiente caudal para abrir un pequeño negocio. No quiero que mi hijo pueda avergonzarse de su madre.

– Así que piensas tenerlo.

– Naturalmente. No voy a matarlo.

– ¿Quién es el padre?

– No lo sé. Hoy día hay muchos hijos que nacen sin padre.

A Tristana la decisión de Elena no le convencía.

– También son muchos los padres que precisan hijos. Podrías darlo en adopción.

Elena frunció el entrecejo y casi se volvió agresiva:

– No pretenderás que vuelva a quedarme sola. Por fin podré tener un principio de familia.

– O un final de independencia.

– ¿Crees que ofrecer placeres a fuerza de tender la mano es vivir independiente? -preguntó Elena.

Tristana no contestó. En el fondo lo que realmente le preocupaba no era que su amiga se complicara la vida con un hijo de nadie. Lo que realmente le molestaba era que, por culpa de un «alguien» desconocido, una de sus más cotizadas mercancías decidiera esfumarse. ¿Cómo explicar a sus clientes la ausencia de aquella presencia tan apreciada y solicitada?

No obstante Tristana todavía intentó cambiar el rumbo de sus decisiones dándole un toque de atención.

– Eres demasiado bonita para desperdiciar tu vida regentando una tienducha y dedicada a cuidar de un crío.

– La belleza dura poco. Los críos crecen. Y el amor de una madre no puede compararse al que ofrecen los clientes de tu empresa.

– A lo mejor uno de esos clientes podría retirarte. Conozco varios casos que lo consiguieron y acabaron siendo millonarias.

– Serán millonarias pero también miserables. Yo no seré miserable. Tener un hijo siempre enriquece.

***

Cambió Elena de casa. Se olvidó del mar y se adentró en el centro de la ciudad. Encontró una vivienda barata que formaba parte de una plaza y cuya estructura le permitía instalar una pequeña tienda de prendas para la mujer: medias, camisetas, pijamas, ropa interior, zapatillas, batas, todo lo que lentamente Elena iba descubriendo para mejorar su discreto negocio.

Cuando el niño vino a este mundo y con él regresó a su casa, el negocio, aunque modesto, prosperaba y el día del bautizo fue una fiesta para todo el barrio.

Como nació el primer día del año, el nombre que le impusieron fue Manuel…

3

Desde que Manuel vino a este mundo dio muestras de ser un niño plácido. Lloraba únicamente cuando tenía hambre o precisaba que le cambiaran los pañales.

Elena nunca lo dejaba solo. Lo llevaba con ella a la tienda y no cesaba de acercarse a la cuna entre cliente y cliente.

El niño pronto comenzó a esbozar sonrisas. Eran rictus alegres que se metían en el alma de la madre y la llenaban de felicidad.

Cuando el niño sonreía Elena tenía la impresión de que nada en el mundo podía superar el gozo que le causaba aquella sonrisa.

Todo era bello en el sosiego que reflejaba el pequeño. Nada era ya pasto de vergüenzas y calamidades.

Tampoco el huracán atormentaba ya el sueño de Elena. Únicamente se despertaba cuando Manuel gemía un poco y precisaba cambiar su posición.

Con el paso del tiempo le salieron dientes y balbuceaba la palabra "mamá", como si su voz fuera extraída de un tesoro inesperado.

Los domingos servían para cerrar la tienda y metido en un cochecito, darle un garbeo (al impulso casi orgulloso de la madre) por la plaza de aquel barrio.

El mar ya no formaba parte de los sueños de Elena. El mar era una ilusión conseguida que de ningún modo podía superar el pedazo de tierra ciudadana donde Manuel había decidido nacer.

A veces Manuel caía en fiebres: los dientes, la tos, los pequeños quejidos; todo podía convertirse en una amenaza para la madre.

Los cuidados eran pocos y Elena no vacilaba en cerrar la tienda para dedicarse sólo a su hijo.

La tienda cerrada era siempre el anuncio de un revés causado por, el niño. Y los vecinos se ofrecían desinteresadamente para ayudar a la madre.

Pero Manuel pronto se recuperaba de sus achaques y Elena no tardaba en reabrir la tienda.

Pronto Manuel dio muestras de una inteligencia despierta. A los dos años hablaba.

A los tres mantenía largas conversaciones y a los cuatro comenzaba a meditar, a comparar, a imaginar y, sobre todo, a preguntar. Quería saber, quería comprender muchas cosas que nadie le explicaba. No obstante, su intuición era amplia y lo que nadie le aclaraba no tardaba mucho en convertirse en algo que su mente elaboraba.

En cierta ocasión preguntó a su madre quién era el hombre que el cuadro rescatado ofrecía.

– Es tu padre -dijo Elena. Y enseguida cambió de conversación.

El trastorno comenzó a surgir cuando Elena decidió enviarlo al colegio. Para no ausentarse de la tienda, le pidió a una vecina que, al tiempo que llevaba a su hijo a la escuela, también pudiera llevar a Manuel. Al niño aquella novedad le atraía. Era muy gratificante conocer a otros niños, jugar con ellos, reír con ellos y dormir la siesta con ellos. Enseguida tuvo amigos; niños como él pero con ciertas diferencias. Por ejemplo, algunos se quejaban de cualquier bobada, otros decían incongruencias que Manuel no sabía asimilar; la mayoría nunca sonreía y a la hora de la siesta lloraban.

Al finalizar el curso, se organizó una obra escenificada dirigida por la maestra principal. A Manuel le vistieron de ángel y de su espalda se alzaban un par de alas blancas, que hacían juego con su túnica de raso.

Aquella tarde la sala de actos se llenó de gente. La mayoría la formaban los padres y abuelos de los niños.

Al terminar la representación, niños y familiares se concentraron en el jardín del colegio. Allí los esperaba un pequeño refrigerio para celebrar el fin de curso.

Elena disfrutaba mucho cuando veía a su hijo, tan unido a sus amigos.

No obstante, cuando regresaron a su casa, algo parecido a un ceño ensombrecía la faz del niño. Parecía abstraído, como preocupado por una extraña interioridad que no acababa de salir a flote.

– ¿Te ocurre algo? -preguntó la madre.

Manuel no contestó. Continuaba inmerso en sus cavilaciones.

– ¿Qué te ocurre, hijo? -insistió Elena.

– Pensaba -contestó el niño.

– ¿Y qué pensabas?

– Algo raro. Algo que no entiendo.

– Dime lo que es y yo te lo aclararé todo.

A veces ciertas respuestas no concuerdan con las preguntas. A veces las respuestas pueden incluso hacer estallar la caja secreta de nuevas preguntas sin explicación posible. A veces aclarar ignorancias y ciertas dudas contribuye a multiplicar las dudas y las ignorancias.

El niño miró a su madre y le dijo:

– Todos mis amigos tienen un padre. ¿Dónde está el mío? ¿Por qué no ha venido al colegio como lo han hecho los padres de mis amigos?

Elena fingió no haberlo oído.

Precisaba darse tiempo para decidir cuál debía ser su respuesta.

En realidad, nunca se detuvo a meditar que el pequeño pudiera hacerle semejante pregunta. Siempre imaginó que cuando fuera mayor, ella podría inventar un padre descastado que al nacer el pequeño la dejó sola.

Tras un breve examen de lo que debía responderle, exclamó como si no diera importancia a la pregunta del pequeño:

– No todos los padres de los alumnos estaban en la sala de actos. -Y para distraerle de la pregunta se aproximó llevando al niño de la mano a un escaparate donde vendían juguetes.

Manuel se abstuvo enseguida de hacer preguntas. Los juguetes podían más que su curiosidad: El escaparate era una especie de pregón para los niños. Pertenecía a una tienda de dimensiones considerables y sus vitrinas grandes y bien iluminadas eran como brotes de luz propia de El País de las Maravillas.

– Mamá, quiero ese tren; lápices de colores, esos perritos que caminan…

Lo que ya no quería Manuel era un padre.

Los grandes deseos casi nunca pueden más que las grandes ofertas prontas a convertirse en posesiones. Y Elena aprovechó la ocasión para entrar en la tienda y satisfacer, modestamente algún pequeño deseo del hijo.

Al llegar a su casa la pregunta temida se había esfumado. Manuel era feliz con su juguete.

Se trataba de un perrito que lanzaba tímidos ladridos y movía la cola. Tanto le gustaba aquel regalo inesperado, que al acostarse lo metía en la cama y dormía con él.

Aquella vez la madre se olvidó de la pregunta que había quedado en el aire.

En ocasiones el aire recoge conceptos que jamás vuelven a surgir.

Pocas veces se recupera lo que el recuerdo ventolero esfuma al arrimo del vacío.

Y la madre de Manuel dejó de pensar en la respuesta que debía darle al hijo.

Aquel verano fue tranquilo. Elena decidió cerrar la tienda y alquilar un apartamento sencillo ubicado en cierto pueblo pequeño que también tenía mar.

Compró un flotador para ella y otro para el niño. Ninguno sabía nadar, pero compartían con los bañistas que los rodeaban juegos, risas, escalofríos y ciertos compañerismos que acabaron en amistades aparentemente sólidas.

En el grupo se apiñaban niños de la edad de Manuel y padres de la edad de Elena.

Fue un verano alegre sin incidentes graves y exento de preocupaciones.

Otra vez el mar. Para Elena fue de nuevo algo digno de ser contemplado y admirado. Los cambios de la masa líquida eran constantes. Mirarla suponía vislumbrar infinidad de sensaciones nuevas que enriquecían la vista y despertaban clamores internos. A veces era lisa como una pista de hielo azul. Otras en cambio se encabritaba ligeramente formando corderitos blancos, y otras se enfurecía alzando olas que inundaban la playa para retroceder y llenar de aire las parcelas lejanas que rompían los bultos hinchados del agua al llegar a la orilla formando espumas blancas un tanto furiosas.

También aquello servía para divertir a los bañistas. Generalmente eran los padres los que, para jugar con sus pequeños, desafiaban el oleaje alzando a sus hijos para rehuir las salpicaduras.

Y de nuevo la pregunta vedada:

– ¿Por qué no viene mi padre a jugar conmigo?

Elena una vez más procuró desviar la respuesta.

– Para eso está tu madre. Yo jugaré contigo.

Y jugaba, lo alzaba, lo besaba. Pero Manuel se decía que aquellos juegos de la madre no eran similares a los que realizaban los padres de los otros niños.

***

Así comenzó de nuevo la cantinela de Manuel: Cualquier contingencia lo ponía en trance de reclamar a su padre.

Él no era una niña. Él era un niño y como tal precisaba un padre.

Incluso a veces, en la soledad de su cuarto, contemplaba el cuadro que se había salvado del huracán y hablaba con él.

Su madre lo había colgado en la pared sobre la cabecera de la cama para que velara por él. A Manuel aquel rostro no le era familiar. Su mirada parecía contemplar al niño con verdadero amor de padre. Incluso a veces sonreía. Era un cuadro con vida.

El niño lo miraba con ilusión: "Hola padre", le decía. Y se liaba a hablar con el cuadró como hacían otros niños con sus padres.

Le contaba sus pequeños secretos, sus travesuras, sus ganas de jugar con él.

– Mamá no me quiere decir donde estás, pero yo te encontraré -le decía.

Según el humor que se apoderaba de él, incluso se enfrentaba al cuadro, y volcaba los sentimientos convencido de que el padre le escuchaba:

– Hoy estoy enfadado -le decía-, un niño me ha pegado y yo también lo he pegado a él. Pero la maestra me ha castigado a mí. Eso no es justo, ¿verdad, papá?

Otras veces, se declaraba feliz: "La maestra me puso la mejor nota por mi dibujo y mamá dice que seré un gran pintor."

Hablar con su padre pronto se convirtió en una costumbre. No lo consideraba un monólogo. Manuel tenía la convicción de que el hombre del cuadro lo escuchaba.

Según discurría, Manuel se daba a sí mismo la réplica. La cuestión era mantener con su padre una conversación jugosa, íntima y muy propia de un padre con un hijo.

En cierta ocasión el niño le preguntó por qué nunca lo veía. Y él padre le contestó que lo buscara. "Si me buscas me encontrarás" -le dijo.

Y Manuel se propuso buscarlo.

4

Inesperadamente un día llegó a la tienda de Elena un hombre de aspecto impecable, bien vestido, bien afeitado mientras esbozaba una sonrisa agradable.

– Elena.

Lo miró ella con cierto temor mientras despachaba a una clienta.

– Un momento, por favor, estoy con usted en cuanto termine con esa señora.

Fue un terminar algo angustioso.

En el fondo lo que Elena deseaba era que el trato con la clienta no terminara, que se quedara mucho rato eligiendo prendas y dudando cuál de ellas era la adecuada.

Había clientas dubitativas que siempre prolongaban sus decisiones. Eran seres flotantes y exentos de seguridad que con excusas torpes solían prolongar las elecciones de las prendas que les proponían porque la duda era la directriz constante en sus formas de vida.

Pero aquella clienta era decidida y casi nunca dudaba sobre lo que precisaba comprar.

Elena trató de dar largas, pero la clienta tenía prisa y tras pagar la mercancía, cogió la bolsa y se fue.

El hombre que aguardaba tras el mostrador inmediatamente trató de abordarla:

– Por fin, dijo.

– ¿Sabes cuánto tiempo llevo buscándote? Más o menos seis o siete años.

Elena lo miró fijamente pero no le contestó y el hombre continuó hablando:

– Tristana me dijo que ya no trabajabas con ella, que te habías establecido por tu cuenta y que habías tenido un hijo. Pero no quiso hablarme de tu nuevo trabajo, ni tampoco me dio tus señas.

– Yo le rogué que no las diera a nadie.

– Pero, Elena, ¿cómo puedes considerarme nadie? Tú sabes hasta que punto tu historia llegó a interesarme. ¡Cuántas veces estuvimos juntos únicamente hablando! Tu historia me apasionaba mucho más que tu belleza. Cuando te escuchaba, mi calma interior vencía el deseo. Nada me conmovía tanto como el sonido de tu voz; entrar en el dolor de tu vida y contemplar hasta qué punto la tarea que realizabas más que beneficiarte te estaba matando poco a poco.

– Es cierto, pero yo no pretendía que me compadecieras. Al fin y al cabo fuiste tú quien se empeñaba en saber las razones de mi vida.

– Porque oírte era una novedad muy positiva que nunca hasta entonces había experimentado. De pronto comprendí que vuestra profesión, lejos de ser algo degradante, podía ocultar un mundo de impotencias desesperadas que forzosamente exigían lo que de algún modo os obligaba a soportar -y tras un breve silencio continuó hablando-, tu ausencia fue algo más que perder un hábito sin destino, una de esas costumbres que en ocasiones se nos antojan necesarias para nivelar las exigencias del sexo. Hablar contigo era como pasar un examen de conciencia. Algo parecido a introducirse en un palacio bellísimo, pero saqueado y vacío.

Elena lo miraba fijamente pero no hablaba. Durante aquellos siete años más de una vez se había acordado de aquel hombre. Se llamaba Fabián Hibernón, y cuando ella abandonó la empresa de Tristana fue la única persona que, de vez en cuando, se metía en sus insomnios y en sus depresiones.

Era difícil averiguar por qué razón aquel cliente no se parecía a los otros.

Bastaba mirarlo para comprender que se trataba de alguien distinto del resto de los clientes. Jamás hablaba de si mismo. Era ponderado y casi respetuoso. A veces la miraba como sí Elena no fuese una mujer sin rumbo y a la deriva de un mar enfurecido que la incitaba a naufragar.

Comprendió pronto que su idiosincrasia no llegaba a encajar en su profesión.

Probablemente fue ese descubrimiento lo que poco a poco iba trocando su voluntad intuitiva en una necesidad entre espiritual y un tanto intelectual.

Acercarse a ella pronto dejó de ser el objeto de un deseo físico.

Pensó también que el ser humano precisaba algo más que el sexo.

Nada era importante si los placeres físicos no se conectaban con cierto toque espiritual.

Al principio fue la belleza de Elena lo que motivó su instinto. El cambio tardó un poco en llegar.

No fue repentino. Iba asomando lentamente como esas lluvias veraniegas que sólo pertenecen a ciertas nubes inofensivas.

De improviso, ciertos aspectos de aquellos conocimientos clandestinos fueron ladeándose hacia el terreno de las confidencias.

Para Elena aquellos encuentros comenzaban a convertirse en algo más que en el cumplimiento de un deber.

A menudo se preguntaba "¿Vendrá hoy Fabián?" No quería cuestionarse la razón de su pregunta. Surgía repentinamente como de repente surgen las setas en otoño en los bosques y en las tierras algo alejadas de la civilización.

Sabía que las ilusiones eran globos deshinchados en los ambientes donde ella trabajaba. Por eso no quería fomentarlas.

De pronto un día Elena recordó a Fabián desde un punto de vista diferente:

"No es un cliente," pensó. "Es algo distinto." Tampoco era un amigo, ni un conocido, ni siquiera un familiar. Era algo inesperado, una especie de regalo venido de la lejanía que tenía voz y oídos. Que preguntaba, opinaba y escuchaba las historias de Elena con el interés de alguien muy unido a ella. Pero nunca se planteó que aquella sensación que Fabián le producía podía ser algo similar a lo que todos llamaban amor.

Por ello decidió marcharse de aquel lugar sin dejar rastro. Lo pasado, pasado estaba.

Lo esencial para Elena consistía en paralizar su ayer en todas sus facetas, (Fabián incluido), y comenzar una vida decente junto a su hijo.

No obstante, olvidar no supone arrancar raíces del alma. Las raíces son tercas y casi siempre se adentran en la tierra para rebrotar cuando menos se espera.

– ¿Te expliqué alguna vez que además de notario soy escritor?

– Sí. Incluso leí uno de tus libros. Se titulaba Bancarrota.

– ¿Te gustó?

– Me apasionó.

– ¿Qué viste en las páginas del libro?

– Te vi a ti. Descubrí tu talento.

– ¿Eso fue todo? -y como Elena no contestaba, Fabián indagó- ¿No te viste también a ti misma?

– Un poco sí -confesó ella.

Hubo un silencio grande que las palabras de la mirada no interrumpieron, al contrario; era precisamente aquel silencio lo que enriquecía la elocuencia muda.

Se acercó Fabián a ella y cogió su mano.

– Lo cierto es que por fin te he encontrado. Confío en que de ahora en adelante no me rehuyas. Se lo dijo con aire de hombre desconfiado y al mismo tiempo indefenso. En aquellos momentos no era el cliente de una empresa que exigía un pago, sino un indigente que lo pedía.

Elena no se atrevía a mirarlo. Cabizbaja meditaba, comparaba y sobre todo recordaba. Eran evocaciones que durante siete años, lejos de disminuir se habían conservado y fortalecido a pesar de su empeño en olvidarlas. Las llevaba escondidas en lo más íntimo de sí misma, como se esconden ciertas alhajas que difícilmente pueden reponerse si alguien las roba.

– No quisiera retroceder -dijo ella-. Mi vida ha cambiado; tengo un hijo al que adoro.

– Lo comprendo. Es un niño precioso.

– ¿Lo has visto alguna vez?

– Hace pocos días lo descubrí. Tú ibas con él; entraste en una juguetería y cuando salisteis de allí, os seguí. Así supe donde vivíais.

Elena no llegaba a comprender con exactitud lo que aquel hombre esperaba de ella. Todo se volvía confuso. Aunque nada en torno a ellos se parecía a los encuentros de antaño, los recuerdos se empeñaban en borrar la limpieza del presente.

– Quería desconectarme de mi pasado -murmuró ella- y que mi hijo nunca supiera el origen de su nacimiento.

– Comprendo. Pero la realidad humana no hay que medirla por sus hechos sino por las circunstancias que obligan a realizarlos. -Y tras una breve pausa añadió- a veces uno se pregunta "¿Qué somos?" pero no podemos contestarnos. Siempre corremos el riesgo de falsear nuestra verdad. De hecho, siempre somos lo que las circunstancias nos obligan a ser. ¿Comprendes lo que te estoy diciendo, Elena?

Asintió ella sin decir palabra. No podía hablar. Algo parecido a una emoción se lo impedía. Sólo miraba. Pero los ojos se le llenaron de lágrimas. Fabián le prestó su pañuelo.

– Gracias -dijo ella.

– ¿Por el pañuelo?

– No; por tu comprensión.

5

Manuel ignoraba la causa, pero sabía que algo en el ambiente casero había cambiado.

Las intuiciones infantiles no se basan en situaciones concretas. Están en el aire; se captan, como se capta el vuelo de un mosquito que no se deja atrapar.

Son únicamente sensaciones que llegan y se van; que desconciertan y sacuden la mente sin saber por qué.

Su madre no parecía la madre de siempre: La rutina ya no era rutina. De improviso había en ella algo que Manuel desconocía. Pero no podía definir lo que era.

El cariño que medraba entre ambos era el mismo pero ciertas formas de la vida cotidiana habían cambiado.

Como tenía por costumbre, Manuel, en la soledad de su cuarto, se enfrentó al cuadro y le preguntó porqué se notaba tan desconcertado.

En su mente no cabían explicaciones. Sólo respuestas que el cuadro le daba. Eran coloquios mentales que, según el niño, siempre tenían contestaciones muy sabias..

– Mamá sale de noche pero no me deja solo. Ha contratado a una "canguro" para que me cuide.

Y el cuadro le decía que no se preocupara porque la "canguro" era muy buena.

Lo difícil era comprender la razón de aquel cambio.

La madre parecía otra persona. A veces la oía cantar mientras se duchaba. Otras hablaba por teléfono y sonreía como si la voz que escuchaba la llenara de felicidad.

En cierta ocasión llegó un señor a su casa y le dio un beso.

Parecía amable, atento y dispuesto a complacerle a él y a su madre.,

Traía regalos. Lo cogía en brazos y jugaba con él a darle volteretas. La madre reía, y el hombre continuaba entreteniéndole como si fuera su mejor amigo.

Al cabo de un tiempo el hombre le preguntó a Manuel:

– ¿Te gustaría que yo fuese tu padre?

El niño frunció el entrecejo y sin pensarlo dos veces le contesto:

– No.

El hombre se quedó perplejo.

– ¿Por qué? ¿No te gusto?

– Sí me gustas, pero yo tengo otro padre.

Elena lo miró extrañada. No entendía la reacción de su hijo. Hacía mucho tiempo que aquel dilema no se mencionaba, ni se planteaba como un enigma indescifrable.

Pero el hombre no quiso hurgar en la mentalidad del niño y se limitó a cambiar de conversación.

A pesar de todo Manuel sentía una extraña predilección por aquel amigo de su madre.

Gracias a él, la atmósfera de siempre se había despejado de rutinas. Todo era más diáfano y alegre. Pero eso no era un motivo que justificara su paternidad.

Su verdadero padre seguía siendo para el niño una verdad escondida.

Desde siempre supo que la faz de su padre era la del cuadro y que tarde o temprano acabaría por encontrarlo.

Cierto día, mientras contemplaba el rostro de aquel hombre, le planteó el problema.

– Mamá se empeña en asegurarme que Fabián es mi padre, pero yo sé que no es verdad.

La respuesta del cuadro no tardó en darle la razón.

– Fabián no es tu padre. Tu padre soy yo. Por eso tu madre ha colgado en tu habitación mi retrato.

– Pero yo quiero verte.

– Me encontrarás si me buscas.

Y el niño le respondió:

– Te buscaré.

***

Un día Manuel escuchó la conversación que Elena mantuvo con una vecina mientras hablaban por teléfono.

Eran buenas amigas y con frecuencia se explayaban en confidencias amables.

Pero aquel día la confidencia para Manuel fue algo más que una revelación: Fue una sorpresa, una especie de "susto" alegre, algo inesperado y de difícil comprensión,

– Es notario y escritor -le decía a la amiga goza de buena posición y lleva bastantes años viudo.

Luego, bajando la voz como si temiera que alguien la oyera, continuó hablando.

– Quiere casarse conmigo.

La palabra casarse era un poco vaga para Manuel. Sabía que las bodas entre un hombre y una mujer eran sagradas pero no sabía por qué.

Aquella misma noche se lo preguntó al cuadro.

– Eso de casarse. ¿Qué es?

Pero el cuadro no contestaba y la mente de Manuel se hacía un lío tremendo.

Cuando los cerebros se desplazan más allá del tiempo y del espacio, las mentes corren el peligro de embotarse y de oscurecerse, por eso algunos conceptos se extravían en confusiones.

No obstante, Manuel continuó insistiendo. Aunque sabía que las respuestas que le daban tenían su propia voz, no se arredraba porque estaba convencido de que su padre hablaba cuando le apetecía metiéndose en la mente del hijo.

Además, también los silencios eran elocuentes. Más de una vez el hombre del cuadro le había dicho: "Cuando crezcas y seas mayor, lo sabrás todo."

– ¿Y cuándo seré mayor?

– Cuando sepas discernir el bien del mal, y tus sentimientos no se dejen llevar por los instintos y tus ímpetus no se vuelvan agresivos y el amor no se ciña únicamente a las apariencias sino a los sentimientos, a la bondad y a la inteligencia.

– ¿Y cómo sabré quién es inteligente y bueno?

– Cuando aprendas a sufrir con el que sufre, y perdonar al que te desprecia y rechazar las actitudes y declaraciones de los soberbios. Nadie que se envanezca de sí mismo y desprecie a quien puede hacerle sombra es inteligente.

– No entiendo muy claramente lo que me dices. Espero que cuando te encuentre me lo expliques otra vez.

– Tenlo por seguro.

– ¿Tardaré en encontrarte?

– No. Pronto nos veremos.

– ¿Cuándo es pronto?

– Depende de ti. Búscame -insistió el cuadro-, si me buscas te prometo que nos veremos cara a cara y siempre estaré contigo.

***

Manuel inmerso en sus coloquios era feliz.

Tenía la convicción de que el cuadro le hablaba y eso era muy superior a todas las diversiones que sus amigos le proporcionaban.

En alguna ocasión a punto estuvo de contarle a su madre lo que el hombre del cuadro le decía, pero temía que Elena no le creyera. Con frecuencia decía que Manuel era un niño fantasioso y que le gustaba mucho fingir que sus fantasías eran reales.

Pero él no se defendía, "que piensen lo que quieran," se decía.

Lo esencial era su verdad. Nunca se enfadaba, al contrario. "Tarde o temprano la conocerán."

Lo peor era el desengaño de su madre cuando Manuel se negó a aceptar a Fabián como padre.

– ¿No te gusta Fabián?

– Sí, me gusta mucho.

– ¿Entonces por qué no lo admites como padre? Es un hombre bueno, inteligente y te quiere como a un hijo.

– ¿Cómo sabes que me quiere?

– Me lo ha probado mil veces. Cuando se case conmigo irás a un colegio privado y yo podré acompañarte porque dejaré la tienda.

– Fabián me gusta -insistió Manuel- pero no es mi padre.

Y sin esperar respuestas se dirigió a su cuarto para hacer los deberes.

***

A veces lo sueños podían tener los efectos de una droga.

Y el que invadió la mente adormilada de Manuel aquella noche tuvo cierta similitud con las inclinaciones indiscriminadas que suelen producir los alucinógenos.

El sueño era tan real como la lluvia que caía sobre la ciudad a modo de un chaparrón inclemente. Manuel se levantó para acercarse al ventanal cerrado de su habitación. Amanecía. Era un amanecer sin sol, ni estrellas. Únicamente las farolas iluminaban la plaza desierta y mojada.

En cambio el sueño que había tenido del niño, era resplandeciente porque tenía un sol inmenso.

Se llevó una desilusión grande cuando contempló la enorme desolación de la plaza y el triste deambular de los escasos peatones que la cruzaban.

Se metió en la cama y de nuevo volvió soñar.

Lo primero que vio fue el rostro del cuadro. Pero nada en aquella faz era estático. Al hablar, las facciones del rostro se movían y los ojos eran dos focos que irradiaban una gran paz.

– Búscame -insistía- no temas, te espero. La lluvia ha cesado y el sol comienza a caldear la ciudad.

Manuel volvió a levantarse y empezó a vestirse.

Luego se cercioró de que su madre dormía. Bajó por la escalera que finalizaba junto a la puerta de entrada. La abrió y salió de la casa.

6

Como era un día festivo, Elena durmió algo más de lo habitual. Además se notaba tan feliz que se permitió quedarse en la cama pensando en el gran cambio que iba a experimentar su vida.

Nada distorsionaba ni amenazaba destruir la dicha que, desde su encuentro con Fabián, venía experimentando.

Jamás podía olvidar su forma tan respetuosa de tratarla; aquella manera de mostrarle hasta qué punto la quería y la admiraba, y sobre todo, el gran cariño que profesaba al pequeño Manuel.

"Es un niño excepcional," le decía. "Se parece a ti."

Fabián, en su primer matrimonio, no tuvo hijos, y desde que conectó con Manuel, fue como si descubriera un mundo nuevo.

Todo en aquel pequeño le sorprendía: Sus continuas salidas de tono, como extraídas de un cerebro adulto; sus deseos de ayudar a su madre en las tareas caseras y, sobre todo, las constantes deducciones rebosantes de una imaginación desbordada. Cualquier elemento era en aquel niño un chorro de ideas propias de una mente mágica.

Para él, lo que todos consideraban normal, podía ser una fuente de certidumbres a las que nadie prestaba atención: "La lluvia son lágrimas de un cielo triste -decía. "Y las nubes son enemigas del sol."

En ocasiones, cuando lo llevaban al puerto, miraba al mar como si fuera otro cielo. "He visto volar a un pez." Y explicaba un mundo marino que su mente forjaba como verdades que sólo él conocía.

A veces Elena temía que su hijo se dejara llevar por fantasías que él consideraba certidumbres desconocidas por los mayores: "Su mente es un nido de fábulas que él mismo inventa."

Pero Fabián decía que su tendencia a fabular historias era una descarga de su inteligencia.

"Con el tiempo, esa imaginación desbordante puede convertirlo en un gran escritor" -decía.

Y Manuel, a su modo, agradecía que aquel hombre lo arropara con tanta seguridad y muestras de cariño.

Todo eso pensaba Elena mientras aguardaba el momento de entrar en la habitación de su hijo. Como era un día festivo sin duda dormía.

Tras asearse, se dirigió a la habitación de Manuel para despertarlo.

– ¿Dónde estás, hijo? -preguntó.

No obstante el niño no le dio respuesta.

– ¿Dónde te has metido? – insistió ella.

Pero sólo respondió el silencio. Sin embargo a Elena no le extrañó su silencio. Con frecuencia jugaba al escondite para que su madre lo buscara. Y al encontrarlo lo abrazara y lo llenara de besos.

Aunque todavía serena, Elena fue escudriñando todos los rincones de la casa.

Manuel no estaba en las habitaciones, ni en los armarios, ni en el patio trasero.

Alarmada bajó por la escalera. La puerta de entrada de la casa estaba abierta. La plaza comenzaba a despertarse y algunos peatones deambulaban con el sueño todavía incrustado en sus actitudes, pero Manuel no se encontraba entre ellos.

Algo muy doloroso convirtió la plaza en un suplicio. La puerta abierta era un indicio brutal de un adiós inesperado y en la mente de Elena se acumularon infinidad de probabilidades terribles.

Manuel había desaparecido. ¿Por qué? ¿Lo habían raptado? ¿Había huido?

Nada era comprensible ni aceptable pero todo evidenciaba la extraña ausencia de su hijo.

Inmersa en un conjunto de horribles sensaciones, lo primero que hizo Elena fue llamar por teléfono a Fabián.

– Manuel ha desaparecido -le dijo-. No entiendo lo que ha ocurrido. No sé lo que debo hacer. Estoy muy angustiada.

– No te angusties. Conociendo a tu hijo seguramente te ha gastado una broma. Aguarda a que yo llegue. Estaré en tu casa dentro de cinco minutos.

***

Tras cerciorarse Fabián de la desaparición del niño, removió cielos y tierra para intentar descubrir lo ocurrido.

Desde su posición de hombre influyente no sólo se valió de la policía para buscarlo: también contrató detectives y personas medio legales que conocían trucos y maneras de averiguar lo más oculto de ciertos enigmas indescifrables.

La mañana fue agitada: Las cadenas de televisión se afanaron por dar la noticia y la fotografía de Manuel (un Manuel sonriente y alegre) se imprimió en varios programas.

Pero el desasosiego y la angustia iban en aumento. Las hipótesis fallaban: Manuel había desaparecido sin dejar rastro, sin un motivo que justificara su huida y sin que las alertas anunciadas tuvieran una lógica respuesta.

Se estableció una línea directa con la policía. Pero el aparato, cuando sonaba, era por otros motivos. Consultas o noticias vacías de respuestas. Una especie de esperanza diluida en la sentencia cruel del silencio.

Fabián sugirió hablar con los vecinos.

Nadie daba razones contundentes. Los que habían llegado a sus casas en la madrugada, únicamente hablaban de una lluvia inclemente cuando amanecía.

Por supuesto, también algún vecino medio sospechoso fue interrogado. Pero sus respuestas no reflejaban delito alguno.

Y el miedo crecía. Era un miedo que lentamente iba adquiriendo volumen.

Era inútil que Fabián tratara de amortiguarlo para calmar el dolor de Elena.

Todo en aquella mujer era una herida que, lejos de sangrar, iba cerrándose en falso para infectarla de miedos y angustias.

Eso era lo que Elena experimentaba al tratar de constatar la extraña desaparición de su hijo: Un veneno en la sangre, una fuga inevitable de cualquier motivo que le permitiera respirar en paz y una acumulación de proyectos alegres destruidos:

Ni siquiera los ánimos que Fabián trataba de comunicarle eran consistentes. No servían.

Todo estaba en el aire. Todo se convertía en una inmensa decepción insalvable.

Los "¿Porqués?" eran las únicas respuestas plausibles. Y Elena tuvo que ser atendida por un psicólogo.

Fabián no se apartaba de su lado. También alguna vecina procuraba calmar la desazón de aquella madre desesperada.

Alguien insinuó rezar y de pronto Elena recordó los rezos que el cura de su pueblo había organizado en la iglesia, tras el desastre del huracán. Pero, a pesar de los rezos, nada en el pueblo volvió a ser lo que era. Cuando las calamidades surgen repentinamente, resulta imposible frenarlas y rehacer lo perdido.

Eso, era para Elena la desaparición de su hijo. Una calamidad insalvable, un dolor que carecía de solución.

– Ten fe -le decía Fabián-. Tu hijo es muy listo y si lo han raptado, el sabrá escapar de su raptor.

Nunca como aquel día Fabián se había adentrado tan a fondo en los recovecos sensibles de aquella mujer. Fue en aquel trance cuando Elena comprendió hasta qué punto aquel hombre la quería.

No sólo estuvo a su lado toda la mañana y el resto del día, sino que evitó que Elena tuviese que preocuparse de cualquier detalle casero.

– No voy a dejarte, Elena: Estaré contigo hasta que Manuel aparezca.

Su forma de comportarse, de tan inusual, era casi incomprensible. Nunca Elena se había notado tan querida por alguien.

Fabián, en aquel terrible trance, parecía crecerse, ser más Fabián que nunca, como si el adiós de Manuel le hubiera afectado tanto como a ella.

En medio del dolor era hermoso sentirse tan unida y protegida por aquel hombre. Jamás, hasta entonces, había experimentado algo parecido.

Pronto hubo llamadas relacionadas con el niño. Pero ninguna encajaba con la realidad.

Las horas pasaban pero Manuel no daba señales de vida y Elena tuvo que ser atendida por el médico. Le dieron calmantes y las vecinas la ayudaron a meterse en la cama.

El sol declinaba. Las horas transcurrían deprisa en la lentitud del tiempo sin Manuel; el de la puerta abierta y, sobre todo, el de la incógnita que no admitía lógica alguna.

Elena, agotada, durmió un buen rato mientras Fabián sostenía su mano.

7

Cuando Manuel abrió la puerta de su casa para ir en busca de su padre, jamás sospechó el dolor enorme que iba causarle a su madre.

Convencido de que lo esencial para él consistía en encontrar a su verdadero padre, ni siquiera pensó en el disgusto que su ausencia iba a producir.

Tenía el convencimiento de que, por fin, iba a conseguir su mayor deseo.

Preguntar a su madre era inútil. En cuanto el niño lanzaba la pregunta, sólo el silencio respondía. A veces Elena pretextaba cualquier olvido para salir de la habitación y descartar la pregunta de marras.

Pero Manuel sabía que su padre existía y que aquella madrugada soleada tras una lluvia furiosa, el hombre del cuadro le había vuelto a decir: "Si me buscas, me encontrarás". Por eso Manuel no esperó a que su madre entrara en su cuarto para despertarlo. Se vistió deprisa, abrió la puerta y rompió a caminar ciudad adentro, sin mayor destino ni lugar concreto que el de encontrar al hombre del cuadro. "Los padres no mienten", se decía "Tarde o temprano daré con él".

Cruzó la plaza y se adentró en una vía que, por lo temprano de la hora, se encontraba prácticamente vacía.

Aquella quietud matinal olía a humedad y a día festivo. Las calles que cruzaba ofrecían charcos en miniatura que Manuel esquivaba dando saltos pequeños parecidos a los que realizaba cuando saltaba a la comba.

De vez en cuando le decía a su padre que le guiara por el camino adecuado para dar con él.

– Si me pierdo, tú tendrás la culpa -le amonestaba. -Yo te busco tal como me has dicho. Así que, por favor, no te escondas.

Aunque las tiendas estaban cerradas por ser un día festivo y los escaparates apenas tenían luz, el día había clareado y los peatones mañaneros caminaban a toda prisa para llegar al descanso.

Mientras tanto, Manuel no cesaba de andar. De improviso se detuvo. Varios hombres discutían ante la barra de un bar que ofrecía desayunos.

Eran algo toscos y poco adictos a la limpieza. Tal vez fueran trabajadores nocturnos que, antes de llegar a sus casas, se reunieron en aquel café para aliviar su cansancio con alguna bebida propicia a desbancar la fatiga.

Manuel se detuvo ante aquel bar para asegurarse de que ninguno de aquellos hombres tan eufóricos y gritones era su padre.

De improviso uno de ellos lo descubrió apoyado en el quicio del portal abierto.

– ¿Qué haces ahí, niño?

– Espero a mi padre.

– ¿Lo has perdido?

– No.

– Ah, bueno -y siguieron discutiendo entre ellos.

Sin duda pensó que el padre se había metido en el aseo y el niño lo esperaba en la calle.

Cuando Manuel comprobó que aquellos hombres nada tenían que ver con el padre que buscaba, reemprendió la marcha.

Anduvo por muchas calles, vio infinidad de hombres, pero ninguno tenía el rostro del cuadro. Sin embargo, Manuel no se desanimada y continuo buscando.

Sabía que su padre le esperaba y esa seguridad le daba fuerzas para continuar buscando. "Te encontraré", le decía bajito. "Aunque te escondas, yo daré contigo".

***

De pronto notó que su estómago exigía algo que en sus prisas había marginado. Tenía hambre. Echaba de menos la leche caliente y los bollos que su madre le ofrecía antes de ir al colegio.

Por si fuera poco, tras deambular por varios lugares de la ciudad, el olfato se le llenó de una sabrosa y cálida fragancia que aromatizaba parte de la calle donde él se hallaba.

Pensó que a lo mejor su padre lo esperaba en aquella cafetería para ofrecerle el desayuno que su madre le preparaba antes de ir al colegio.

Sin pensarlo dos veces, entró en el local.

Era un lugar elegante, donde se podía elegir mesa y pedir cualquier alimento que se ofrecía en el mostrador.

Cuando se hubo sentado, el camarero se acercó al pequeño:

– ¿A quién esperas, niño?

– Espero a mi padre. No creo que tarde en venir.

– ¿Quieres tomar algo? -preguntó el camarero.

Manuel asintió con la cabeza:

– Un vaso de leche y un donut.

– Ahora te lo traigo.

Se trataba de un camarero amable, que tenía dos hijos de aproximadamente la edad de Manuel. La soltura del pequeño le cayó en gracia y no vaciló en darle lo que le pedía.

– ¿Dónde está tu padre?

– No lo sé, pero no tardará en llegar.

Poco a poco el local se fue llenando de gente y los camareros andaban tan ajetreados que se olvidaron del niño.

No obstante Manuel continuaba sentado a una mesa en espera del padre que no llegaba.

Ante aquella larga ausencia, Manuel comprendió que debía continuar la búsqueda para no defraudarlo. Cuándo se levantó de la silla, nadie reparó en él. El bullicio, las voces y el ajetreo de los camareros fueron sus grandes apoyos para salir de aquel local sin ser visto.

Nadie lo detuvo y Manuel estaba convencido de que su desayuno no requería la compensación de un pago. Con el estómago lleno y sus fuerzas recuperadas, continuó andando sin rumbo fijo ni meta, por las calles de la ciudad.

Cruzó rutas nuevas, obedeció a los semáforos y hasta se permitió jugar con un perro callejero que le lamió las piernas.

De improviso una mujer madura, con aspecto dudoso, se acercó al niño:

– Hola, pequeño, llevo observándote desde que saliste de aquella cafetería. ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas?

El aspecto de aquella mujer no le gustaba. Iba mal vestida y olía a cuerpo sin lavar.

Tal vez por eso, Manuel frunció el entrecejo y le echó una ojeada desconfiada un tanto provocativa.

– Y tú, ¿quién eres?

– Una amiga.

– ¿Amiga de quién?

– Tuya.

A Manuel aquella mujer no le gustaba y su hostilidad era manifiesta.

– Tú nunca has sido mi amiga -le respondió tajantemente.

– Tal vez tengas razón, pero me ha parecido que precisabas ayuda. Llevo un buen rato observándote. ¿Sabe tu madre dónde estás?

– ¿Conoces tú a mi madre?

La mujer dejó la pregunta en el aire:

– Tengo la impresión de que te has escapado de tu casa. ¿Me equivoco? A tus años los niños nunca deambulan solos por las calles.

Manuel puso cara cenceña y no contestó.

Más de una vez la maestra le había dicho: "Desconfiad de todos los que se acerquen a vosotros cuando estéis solos. Hay muchos delincuentes que raptan a los niños para explotarlos y venderlos a familias que no tienen hijos".

Y sin pensarlo dos veces, Manuel rompió a correr calle adelante para que la mujer no pudiera alcanzarlo.

***

La agilidad de sus piernas parecía redoblarse tras aquel inesperado encuentro y su repentina fuga, hacia no sabía dónde, le llevó frente a un edificio de gran tamaño cuya entrada precisaba de una amplia escalera para llegar hasta el portal.

Muchas eran las personas que se afanaban por entrar en aquel edificio. Pero lo que llamó su atención fue un grupo de gentes tristes, mal trajeados y algunos con evidentes deficiencias físicas, que tendían la mano a los que subían por la escalera, mentando a Dios, pidiendo limosnas y quejándose de sus miserias.

– Estoy enfermo.

– No tengo casa.

– Ayúdenme a soportar mi falta de piernas.

En realidad todo se les iba en lamentos; nada en aquellas pobres gentes era alegre o medianamente normal.

El dolor rebotaba entre los que se afanaban por subir aquella cuesta, pero pocos eran los que socorrían a las pobres gentes que tendían las manos.

Aquella actitud pasiva descorazonó a Manuel. No comprendía la razón de tanta indiferencia hacia un prójimo desafortunado y desvalido.

De haber tenido dinero, de buena gana lo hubiera dado.

Pero él no tenía ni un euro. Él era tan pobre como los que asentados en las esquinas de la gran escalera, tendían la mano.

La gente que subía hacia la entrada de aquel lugar iba bien vestida y parecía tener prisa por llegar cuanto antes a la explanada donde se hallaba el gran portal de la entrada.

Tal vez por eso no atendían a los que se habían instalado junto a la barandilla.

Cuando el interior de aquel inmenso local se hubo llenado y la gran calle se vació de coches y gente, Manuel decidió sumarse a los que se habían hacinado en aquel lugar.

No obstante antes de llegar al portal, notó una mano sobre su hombro.

El roce de aquella mano le obligó a detenerse. Se volvió para mirar quién era y enseguida comprobó que el hombre que estaba junto a él tenía el mismo rostro afable y cariñoso del que le dio a entender desde el cuadro que su verdadero padre era él. No había duda. El parecido lo estaba delatando:

– Por fin -dijo el pequeño- ¿Eres tú mi papá?

– En efecto; yo soy tu padre.

Manuel rompió a llorar de alegría mientras el hombre lo enarbolaba hacia lo alto para estrecharlo entre sus brazos.

***

Fue una mañana inolvidable para el pequeño. Su padre, en aquellos momentos era el final de una obsesión que nunca llegaba a cumplirse.

Todo en aquel hombre era la culminación de un sueño que jamás dejaba de serlo.

Una especie de verdad que, de tanto esperarla, se iba convirtiendo en la candidata de una mentira.

– ¿Por qué has tardado tanto en venir a verme? -preguntó el niño.

El hombre esbozó una sonrisa:

– Estaba muy cerca de ti desde que saliste de tu casa, pero quise ver cómo te desenvolvías entre las personas que te rodeaban.

– Yo no te he visto hasta ahora.

– Jugaba al escondite como hace tu madre contigo.

– ¿Y cómo te escondías?

– Me disfrazaba. Algunas veces era camarero, otras trabajador nocturno, otras me transformaba en mujer que pretendía ayudarte. -Por último dijo señalando la escalera del gran edificio- me convertí en un indigente que pedía limosna.

– ¿Y eso por qué?

– Para probarte. Para que te dieras cuenta de que la vida no es un juego sino un estado transitorio más o menos duradero, que, sirve de trampolín para entrar en la verdadera vida.

– No te entiendo muy bien -dijo el niño.

– Porque todavía eres pequeño. Cuando crezcas lo comprenderás. En este mundo no todo es una garantía completa, ni una verdad completa, ni una estabilidad completa. Todo puede cambiar de la noche a la mañana. Lo esencial es intentar que tus buenos sentimientos sean inamovibles y completos.

– ¿Y lo son?

– Por ahora sí. Me ha complacido verte tan inclinado a compadecerte de los indigentes que pedían limosna en las gradas de la escalera. Pocos reparaban en ellos. Tú sí. A ti te dolía no poder, socorrerlos. Ese pequeño dolor, tuyo, ha supuesto para mi una inmensa fuente de alegría.

8

El despertar suele ser un hecho adherido al olvido que permite un cierto descanso al cerebro.

Pero cuando la mente se ha llenado de temores, miedos y desazones, el despertar es algo parecido al despliegue feroz de un ejército malévolo de perplejidades terribles.

Así fue el retorno a la realidad de Elena cuando el calmante dejó de hacerle efecto.

Lo primero que vio fue a su vecina. Y, al otro lado del lecho, a Fabián.

Luego contempló el balcón y comprendió que, aunque la hora empezaba a ser tardía, el dolor que exigió un descanso artificial continuaba vigente.

No preguntó. Las preguntas con respuestas incomodas son como una montaña de naipes. Cualquier soplo o un ligero movimiento puede destruirla.

Tal vez por eso, Elena no preguntó.

Tampoco Fabián daba muestras de volcarse en explicaciones. La mejor noticia consistía en carecer de ella. Lo peor hubiera sido conocer lo que afortunadamente nadie, aunque lo sospechara, podía darlo por cierto.

El hecho de desaparecer, aunque angustioso, podía tener dos vertientes: la esperanza y la certeza. Mientras la certeza no matara a la esperanza, el regreso de Manuel podía ser posible.

Durante unos instantes Elena se consoló pensando que en este mundo todo apuntaba hacia una realidad ficticia, y que nada es verdaderamente sólido porque nuestro deambular por esa rara ficción, tarde o temprano se convertirá en una destructible verdad. Las desapariciones misteriosas estaban a la orden del día.

– Quisiera levantarme -dijo-. Esperar noticias buenas o malas metida en la cama es como estar muerta. Y yo necesito vivir para encontrar a mi hijo.

La vecina la ayudó a vestirse mientras Fabián salía de la habitación.

Sus contactos llevaban más de dos horas sin dar señales de vida y los ánimos iban augurando descalabros inevitables que procuraba disimular para no aumentar el dolor de Elena.

Aunque la serenidad siempre había caracterizado el modo de ser de aquel hombre, sus reacciones internas, bien disimuladas, no dejaban de sacudir sus aparentes ecuanimidades.

Cuando algo se le torcía y llegaba a exasperarlo, él mismo recurría a una lógica aprendida desde niño, para convencerse de que los seres humanos sólo eran dueños de cinco sentidos y que por mucho que la ciencia avanzara, nadie podía considerarse "algo". "Esos cinco sentidos son cinco "nadas" solía decirse a sí mismo; cinco "nadas" que juegan a ser verdades importantes. Sin embargo, cualquier soplo inesperado podía derrotarlos.

En más de una ocasión Fabián había lanzado esa teoría para que sus lectores "pensaran".

Decía que todos tendíamos a convertirnos en grandes valedores de potencias importantes; empresas codiciables y seres envidiados, sin tener en cuenta que una comida algo pasada, o un ladrillo caído, o una cornisa desprendida, o una inyección infectada o cualquier nimiedad inesperada podía acabar con todas las grandezas y todos los proyectos más ambiciosos y codiciables de este mundo.

Para Fabián, nada en la vida humana era verdaderamente estable. Nada; incluso lo que más nos inducía a sentirnos seguros, podía garantizar aquella seguridad.

Todo era como un sueño dentro de un sueño que nos obligaba a creer que éramos "algo".

Pero los sueños casi nunca se cumplían. Y a veces incluso se convertían en grandes pesadillas.

Siete años habían transcurrido siempre preso de un recuerdo que nunca se borraba. La imagen de una mujer doliente que desde los derribos de sus esperanzas mantenían intactos los pilares del dolor, sin más apoyo que el de la vergüenza.

Fueron sus confidencias y sus realidades internas, lo que día a día iba inundando de admiración la realidad de aquella mujer que, en su desvío, llenaba poco a poco los huecos vacíos del sentimiento.

Algo había en Elena que le atraía más allá de los instintos; algo que se apoderaba de él cada vez que solicitaba su presencia y que sin darse cuenta iba aumentando su interés por escucharla.

Nadie ni nada habían conseguido alterar todos los esquemas de su vida, como los había alterado Elena.

Lentamente fue descubriendo en ella lo que nunca había descubierto en otra mujer.

Definir aquella nueva sensación era muy difícil. Tal vez por ir condicionada a la tristeza que, incluso cuando se mostraba alegre, se le estancaba en los ojos, o a los brotes verbales que, a instancia de Fabián, ella le exponía.

Sin apenas darse cuenta, estar con Elena iba siendo mucho más que estar con un cuerpo hermoso. La auténtica belleza se escondía en su interior al filo de los breves comentarios que hacía, o de sus pequeños suspiros al verse tan alejada de su verdadera forma de ser.

Cualquier detalle de aquella mujer contribuía a forjar en Fabián una atención que no merecían sus compañeras de trabajo.

Pronto hubo entre ellos un nexo especial que ninguno de los dos se atrevía a reconocer.

Ella porque su profesión le impedía explayarse y confesar a Fabián lo feliz que se encontraba a su lado. Y él porque todavía dudaba de que Elena fuera capaz de comprender que, lejos de ser él un cliente, era ya un asombrado descubridor de su calidad humana.

Así pasaron los días, las semanas y los meses. Hasta que de improviso se produjo la ausencia de Elena. Inútil fue preguntarle a Tristana por ella. Tristana le contestaba que no lo sabía, pero que si lo supiera, no se lo diría:

– Piensa dejar ese tipo de trabajo. No quiere que la reconozcan. Además espera un hijo.

La primera reacción de Fabián fue algo brusca.

– Vaya fastidio -dijo- esa mujer me gustaba.

Pero mientras se mostraba despectivo y decepcionado, lo que de verdad le dolía era sentirse preso de su ausencia.

Hasta entonces la costumbre no le obligaba a pensar que las mejores certezas podían convertirse en incertidumbres de la noche a la mañana, y que lo más cercano a la costumbre era capaz de convertirse en un recuerdo sin más adiós, que la ausencia.

En un principio Fabián se negaba a admitir que la desaparición de Elena podía suponer para él una especie de pérdida vital.

Incluso se permitía achacar su indudable vacío a la pérdida de una rutina.

Pero a medida que el tiempo transcurría, aquella rutina se iba convirtiendo en nostalgia.

A ello contribuía la extraña forma de recordarla cuando los sueños se empeñan en devolverla.

De improviso la veía esbozando aquella extraña sonrisa triste que siempre la acompañaba, y aquel modo de abrir su alma como si para ella lo esencial no consistiera en vender su cuerpo, sino en lamentar que lo invisible careciese de valor.

En vano trató Fabián de esquivar el recuerdo de aquella mujer.

Los sueños se encargaban de darle vida.

Fue así como lentamente comprendió que la necesitaba.

Las huidas supitañas capacitadas para dejar recuerdos irremplazables pueden convertirse en constantes tiranías.

Nada podía borrar el recuerdo de Elena. Cualquier hecho, o circunstancia le obligaba a recordarla.

Llegó un momento en que, por más que lo intentaba, olvidarla era imposible.

La buscó sin éxito. En su tenacidad trató de comprar a Tristana el secreto del lugar donde Elena vivía. Pero Tristana supo callar y olvidar la oferta. Y Fabián volvió a sus nostalgias como los sueños volvían a él, invadiendo sus despertares.

Así pasaron los años hasta que la pesadilla dio en convertirse en casualidad.

De pronto Fabián imaginó que las casualidades no son más que el resultado de una tenacidad constante.

Comprendió también que aquellos años sin Elena habían sido necesarios para convencerse a sí mismo de que sus sentimientos por aquella mujer, habían superado los niveles de la supuesta indiferencia que a veces pretendía adjudicarse.

La siguió. La visitó y le pidió que se casara con él.

Luego ocurrió lo del niño. Y en cierto modo Fabián tuvo la impresión de que su rencuentro con Elena se había producido para tratar de apoyarla en un trance doloroso.

9

Manuel y su padre se habían sentado en un banco de piedra que se hallaba junto a la gran escalera. La felicidad del pequeño era inmensa. Haber encontrado a quien siempre buscaba era para él un verdadero regalo.

– ¿Por qué te escondías? -le preguntó el pequeño-. ¿Por qué no vives en mi casa?

– Siempre estoy allí.

– Pero metido en un cuadro.

– Sin embargo yo hablo contigo.

Manuel le dio la razón. Lo importante para un hijo es que su padre pueda hablar con él. No obstante quiso cerciorarse.

– ¿Cómo te llamas?

– Como tú.

Manuel esbozó una sonrisa que denotaba satisfacción.

– Es verdad. Muchos amigos del colegio se llaman como sus padres. -Y tras un breve silencio añadió una pregunta- ¿Podré decirle a mi madre que he estado contigo?

– Naturalmente. Tu madre es una mujer muy buena. Obedécela siempre.

– Yo la quiero mucho. También Fabián la quiere.

– Es un hombre muy sensato. Le hará muy feliz.

– Fabián dice que quiere ser mi papá. Pero yo he dicho que mi verdadero padre eres tú. Cuando aún no lo conocía tú ya me hablabas.

– Pero a partir de hoy deberás obedecerlo. Él sabrá guiarte.

– ¿Y tú? ¿No podré hablarte como hacemos ahora?

– Por supuesto. Y en adelante si me necesitas y me llamas yo estaré a tu lado.

De pronto el niño frunció el entrecejo. Había cosas que no entendía.

– ¿Por qué no vives con nosotros?

– Vivo. Los demás tal vez no me vean. Pero tú me verás.

Aquella frase le bastó al niño para sentirse feliz. En adelante sus amigos del colegio dejarán de hacerle preguntas, y Manuel tampoco las hará a su madre.

Lo esencial consistía en que su padre era una realidad indiscutible.

El tiempo transcurría deprisa, pero la fascinación de Manuel era tan grande que el tiempo para él era como un lago estancado lleno de dichas inesperadas. El padre le propuso llevarlo a un restaurante.

– Tendrás apetito, ¿verdad?

Afirmó Manuel con la cabeza. Y el padre lo cogió de la mano para llevarlo a un restaurante cercano. Allí Manuel sació su apetito casi con avaricia. De hecho la escena que transcurría en aquel lugar había sido imaginada por él infinidad de veces. Pero en aquellos momentos era una verdad plena, una ilusión conseguida y un principio de algo nuevo que jamás tendría un final.

Cuando terminaron de almorzar, padre e hijo continuaron deambulando por la ciudad sin dejar de intercambiar pareceres y, preguntas.

– ¿Dónde vives? ¿En qué trabajas? ¿Cuántos hijos tienes? ¿Conoces a mis amigos?

Y el padre nunca dejaba que sus interrogantes se taponaran. Siempre respondía.

– Tengo muchas casas. Pero no en todas me tratan como me tratas tú. Mi trabajo consiste en querer mucho a mis hijos para que sus verdaderas vidas no se hundan en abismos.

– Entonces tengo hermanos.

– Por supuesto.

– ¿Los conozco?

– Ver no supone conocer -contestó el padre. Y aunque Manuel no lo entendió siguió hablando: -A veces podrás ver e imaginar, pero la verdad sólo el padre la conoce. Los seres humanos casi siempre "imaginan" pero sus verdades pueden ser únicamente conceptos susceptibles de transformarse en algo completamente opuesto a lo imaginado. En este mundo la verdad roza siempre la posibilidad de un cambio. Todo corre el peligro de dispersarse y destruirse.

Manuel seguía sin comprender lo que el padre le decía, pero tenía el convencimiento de que, algún día, aquellas palabras se convertirían en metáforas clarividentes.

La voz del hombre que le hablaba no cesaba de darle consejos. Algunos los entendía, otros no. Pero Manuel sabía que el transcurso del tiempo le ayudaría a comprenderlo todo.

Le faltaban años, le faltaba experiencia, y sobre todo le sobraba una gran dosis de confianza en aquel hombre.

Por eso se negaba a preguntar más de lo que le había preguntado. Lo esencial era escuchar, meditar y sobre todo, recordar.

El padre le propuso llegar al puerto paseando. A tu madre le gusta mucho el mar. Cuando regreses a tu casa podrás explicarle todo lo que el mar te dé a entender.

Y llegaron el puerto. Allí la ciudad era "otra cosa". Una especie de límite que transformaba lo sólido en líquido. Y que conjugaba casas flotantes con lanchas y barquitos insignificantes. Incluso Manuel fue retratado por un fotógrafo ambulante que su padre contrató.

Aunque todavía el sol caldeaba el ambiente, la humedad invadía los objetos, las mesas, las sombrillas y las sillas, que junto a una caseta que ofrecía bebidas, se habían instalado para los posibles clientes.

Para Manuel aquella inmensa llanura azul era siempre imitación del cielo.

Incluso las estrellas en los ocasos del día eran imitadas por las iluminaciones de las luces marinas.

– A tu madre le gustará verte fotografiado junto al mar -le dijo el padre mientras le entregaba la fotografía. -Cuando regreses a tu casa no dejes de contarle tu presencia en el puerto. Se quedará asombrada. Le alegrará mucho saber que su hijo tiene preferencias similares a las suyas.

***

Mucho aprendió Manuel a lo largo de aquel día. Seguramente jamás podrá olvidar la maravillosa aventura que su verdadero padre le ofreció.

Fue lo mismo que jugar, pero sin la incomodidad de sentirse acosado, menospreciado o sencillamente fastidiado.

Todo en aquel maravilloso día se revestía de sorpresas, de ilusiones y de autenticas certezas.

Nada había sido un departir medio aburrido o un poco pesado. Las horas vividas con su padre eran como si su vida se llenara de algo parecido a una primavera que nunca diera paso al otoño.

Pero en ocasiones los otoños se imponen y exigen acortar luz a las horas, y cambiar templanzas con ramalazos de aire frío, y soles con lluvias inesperadas y decir "adiós" cuando se desea decir "hola.`

Y algo, parecido le ocurrió a Manuel cuando el padre le propuso regresar a su vivienda.

– ¿Tan pronto? -preguntó el niño decepcionado.

– Llevas muchas horas fuera de tu casa. ¿Has pensado en el dolor que sin duda has causado a tu madre?

Manuel frunció el entrecejo y trató de comprender lo que el padre le decía.

– ¿Dolor? ¿Por qué?

– ¿Cómo habrá podido soportar tu ausencia? Tu madre no sabe que estás conmigo. ¿Imaginas hasta que punto sus miedos le habrán hecho sufrir?

Manuel no había imaginado aquella probabilidad. Ni por un momento le pasó por la cabeza que su ausencia pudiera causar dolor a nadie y mucho me nos a su madre. Varias fueron las veces que le había advertido el deseo que tenía de conocer a su padre. Y aunque ella no le contestaba, él nunca le ocultó lo que el padre le decía: "Si me buscas me encontrarás."

– Mi mamá sabe que estoy contigo. Siempre le di a entender que acabaría buscándote.

– Pero te fuiste de tu casa sin despedirte.

– Estaba dormida. No quise despertarla. Yo no sabía que ir a buscarte podía hacerle sufrir.

– No obstante, ten por seguro que sufrirá. Estará destrozada. Creo que debes regresar a tu casa cuanto antes.

***

En cierto modo volver a su casa era para el niño como dejar una bella sinfonía a medio sonar; una especie de felicidad sólo esbozada entre la alegría y el temor de perderla. Aunque el padre le prometía que volverían a verse, un presentimiento extraño le daba a entender que las cosas buenas de la vida casi nunca regresaban.

– No quiero dejarte -le dijo a su padre- tengo miedo de perderte. A lo mejor mis hermanos tendrán celos de mi y harán lo posible, para que me olvides.

– La cantidad nunca es motivo de angustia para un padre. Todos los hijos suelen ser únicos.

Comenzaron a andar ciudad arriba cogidos de la mano.

La tarde era plácida y la humedad del mar iba quedando atrás.

Todo cambiaba a medida que se avanzaba hacia la metrópolis urbana. Los sonidos de los coches, el olor a gasolina, la actividad de los transeúntes y los ceños de los peatones mientras hablaban con alguien lejano a través del móvil.

Para Manuel todo lo que le rodeaba era nuevo. Nunca imaginó que la ciudad fuera tan grande. Él sólo conocía los recovecos, tiendas y viviendas cercanas a la plaza donde se alzaban su casa y su colegio.

Pero el padre supo encontrar el camino y no tuvo inconveniente en acompañarlo.

Era un placer grande para Manuel descubrir calles que desconocía y tiendas deslumbrantes que en la plaza de su barrio no existían.

– La tienda de mamá es muy pequeña -comentó

– Nada es pequeño cuando hay grandezas internas.

– No te entiendo.

– Te lo diré de otro modo: Lo que se ve, tarde o temprano se derrumba. Lo esencial suele esconderse en lo que no se ve.

– ¿Y por qué se esconde si vale tanto?

– No se esconde: Lo esconden.

– ¿Quién?

– Los que se dejan llevar por la avaricia, la soberbia y el poder.

De nuevo Manuel no asimiló del todo lo que el padre le decía. Pero escuchar su voz y notar el tacto de su mano apretando la suya era para él una felicidad jamás experimentada hasta entonces.

El ambiente que se percibía en la calle cambió repentinamente.

– Estamos cerca de tu casa -le dijo el padre- pronto podremos llegar a la plaza.

En aquel lugar el tufo de la gasolina y el apresuramiento de los peatones se iba esfumando.

La plaza cercana tenia árboles frondosos que una brisa ligera, al mover sus ramas floridas, esparcía efluvios frescos y aromáticos.

– Estamos llegando, Manuel. Yo debería marcharme.

Y cogiendo al niño lo alzó para besarlo. Luego lo dejó en el suelo.

– Corre. Vete a tu casa.

10

Elena y Fabián continuaban esperando. Pero la espera era ya una mezcla de fatigas unidas al desaliento.

El teléfono ya no sonaba y a medida que las horas mermaban el día, el cansancio y el abatimiento aumentaban.

La casa se iba llenando de gente: Nada como las noticias con honduras y relieves tintados de tragedias, para despertar interés amistoso y compasiones sentidas.

No obstante aquellos simulacros de apoyos no servían.

Lejos de proporcionar descanso y alivio abrían heridas y aumentaban hartazgos.

Más de una vez Fabián había recomendado a la vecina de Elena que la rescatara del bullicio.

– Elena precisa estar a solas conmigo. Las voces no alivian; las preguntas tampoco y los comentarios apabullan.

Fabián no andaba desencaminado: Su experiencia le decía que los intereses masivos, lejos de acompañar al que sufría, servían para crear emociones poco habituales y cuajadas de misterio.

Los misterios suelen ser buenos aliados para esquinar los hábitos diarios y desfondar aburrimientos.

Sentirse un poco protagonistas de algún hecho destacable, aunque removía las entrañas, también permitía olvidar el decaimiento y el vacío de las costumbres diarias.

Así transcurrían las horas de aquella tarde en la vivienda de Elena: Esperando lo imprevisible y soportando frases de condolencias esperanzadoras para tratar de levantarle el ánimo.

Un ánimo tan averiado que ni siquiera la compañía de Fabián podía repararlo.

Alguien sugirió que volviera a la cama.

– No. Debo esperar. Descansar en mi caso es un derecho robado a mi hijo. Debo esperar. Debo sufrir con él, debo estar a su lado. Si vive preciso que su lejanía percibe el dolor de mi presencia.

Fueron sus propias palabras las que la obligaron a estallar en llantos.

Fabián suplicó a los visitantes que la dejaran sola con él.

– Necesita paz -decía-. El sufrimiento desmadejado entre muchas voces no alivia. Al contrario desorienta y coarta las expansiones necesarias.

Comprendieron todos las insinuaciones de Fabián, y aunque algo molestos por la franqueza, fueron desfilando hacia la puerta de salida a la plaza.

La tarde empezaba a declinar y la plaza ya no era un continuo vaivén de gentes, de pájaros volando y de ramas desprendiendo sus hojas en los hoyos de la tierra fértil que los circundaba.

Cuando la vivienda quedó prácticamente vacía, Elena una vez más abrió la puerta de su casa como si el hecho de estar bajo su dintel tuviese el poder de rescatar a su pequeño.

– Por esta puerta se lo llevaron -le dijo a Fabián-, y por esta puerta deberá entrar.

Hablaba como si pensara. Como si el pensamiento fuera una premonición, un aviso, una advertencia importante.

– ¿No quieres entrar en la casa? La tarde pronto será noche -dijo él.

– Noche viene siendo para mi el día entero. No quiero encerrarme en la oscuridad de cuatro paredes. Prefiero respirar aire puro.

Fabián respetó la decisión y entró en el vestíbulo para ponerse de nuevo en contacto con la policía. Mientras tanto Elena, bajo el techo de la entrada, se quedó sentada sola a la espera de lo que la desesperanza se empeñaba en negarle.

***

Lentamente la plaza iba quedando vacía y la luz de la tarde empezaba a mezclarse con la iluminación de las farolas.

El calor del día iba y venía a lomos de una brisa suave como ocurría cuando las olas mecían algún barco al meterse mar adentro.

El hecho de estar allí le parecía un modo de adelantarse al rigor de la ausencia. Era una sensación extraña. Algo así como ayudar al destino y facilitar su llegada.

A veces cerraba los ojos. "Cuando los abra, Manuel estará junto a mí" pensaba.

Pero Manuel nunca estaba y la plaza iba perdiendo la viveza de aquel día.

Ya no era la plaza agitada y alegre de siempre.

El ocaso la estaba llenando de oscuros presentimientos.

De pronto, en el extremo opuesto de su casa vio un cuerpecito pequeño que avanzaba con el brazo en alto como si alguien lo llevara de la mano.

Sin embargo, el pequeño iba sólo. De pronto se detuvo. Se volvió de espaldas y agitó el brazo como si estuviera despidiéndose de alguien.

Inmediatamente corrió hacia su casa.

Elena creyó que soñaba. El niño se parecía a Manuel. Intentó levantarse para correr a su encuentro, pero cayó sobre el sillón desmayada.

Cuando Fabián salió al porche y vio al pequeño besando el rostro de una Elena inconsciente, creyó que algo similar a una alucinación estaba distorsionando los resortes más sólidos de su raciocinio.

No podía creer lo que estaba viendo. Nada respondía a lo que, por lógica, se considera una normalidad. Nada tenía sentido. Nada ofrecía una respuesta a los porqués de un Manuel recuperado, volcado sobre su madre para besarla y tratar de despertarla.

– Pero, Manuel, ¿cómo es posible que estés aquí? ¿Dónde estabas? ¿Quién te ha traído? -preguntó Fabián.

Pero el niño preguntó a su vez:

– ¿Por qué duerme mamá?

Fabián intentó reanimar a Elena.

– No duerme -le dijo-, se ha desmayado. Corre y dile a la vecina que venga enseguida.

El niño hizo lo que le pedía, y cuando la vecina lo vio llegar lanzó un grito de alegría.

– Pero hijo, ¿desde cuándo estás aquí? ¿Qué has hecho? ¿Dónde has estado?

El niño no contestó. Lo que le apremiaba era volver a su casa, despertar a su madre y contarle su aventura.

***

Fue un despertar como arrancado de una larga pesadilla.

Elena no acertaba a comprender que los besos y caricias de su hijo pudieran ser reales.

Nada en aquellos instantes era lógico. Todo se ceñía al misterio de un algo incomprensible.

Pero Manuel estaba allí; sonriente, alegre, como si aquel horrible día hubiese significado para él un regalo largamente esperado.

Inútil era para el niño mostrarse arrepentido o angustiado. Sus muestras de felicidad eran tan grandes que, lejos de causar temores, angustias y confusiones adversas, volcaban sobre los que le rodeaban destellos indiscutibles de una gran alegría.

Elena no podía comprender lo que estaba viendo. Las preguntas no servían. Manuel no las escuchaba. Escuchar, para él, era una actitud inútil, una especie de guadaña que cercenaba la posibilidad de expresarse y abrir el grifo de su andadura para explicar a todos los deseos cumplidos más allá del cuadro y del sonido de una voz.

– Lo he visto mamá- decía.

Elena ignoraba a quién se refería. Pero el hecho de haber recuperado a su hijo podía más que todos los motivos de su prolongada ausencia. No obstante Manuel insistía:

– Ha estado conmigo. Hemos hablado mucho. Y me ha dado esta fotografía que me hicieron en el puerto.

– Pero, ¿de quién estás hablando?

– Preguntó Fabián.

– De mi padre.

Hubo un silencio profundo que sólo se alimentó de miradas. La frase del pequeño carecía de sentido. Ni siquiera Elena sabía quién era el verdadero padre de su hijo. ¿Cómo hablaba de su padre con tanta convicción y desparpajo?

Alguien preguntó:

– ¿Fue tu padre el que te sacó de casa?

– No. Fui yo quien salí de casa para buscarlo.

– ¿Y eso por qué?

– Porque él me dijo que si lo buscaba, lo encontraría.

De nuevo el silencio. Y la incomprensión total de lo que el niño razonaba. A Fabián se le llenaba la boca de preguntas. Lo que estaba oyendo no le convencía. Ninguna explicación de Manuel era sensata y congruente.

Desconcertaban; abrían interrogantes y sembraban dudas entre malévolas y poco tranquilizantes.

– Y ese señor, ¿qué te ha hecho?-preguntó Fabián.

– Me ha paseado por la ciudad, me ha llevado a un restaurante y me ha enseñado el puerto.

– ¿Eso es todo?

– No. Hemos hablado mucho.

– ¿Y de qué hablabais?

– De mamá, de ti Fabián, de la canguro.

– Y ¿qué decía sobre nosotros?

– Que todos erais muy buenos y que os obedeciera.

Hubo un cruce de miradas entre Fabián y Elena. Querían comprender lo que el niño les explicaba, pero no, lo conseguían. Todo se les convertía en un manojo de fantasías que carecían de lógica.

Elena volvió a preguntar.

– Y ese señor que tú consideras padre ¿te ha hecho algo malo?

– ¿Algo malo? Si es mi papá. ¿Cómo puede hacerme algo malo? Al contrario; me ha enseñado cosas buenas para que, cuando crezca, sea también yo un papá bueno.

Las razones del niño sorprendían pero también desconcertaban.

***

– ¿Tú has comprendido algo de lo que Manuel nos ha contado? -preguntó Fabián cuando se quedó a solas con Elena.

– Francamente no he entendido nada. Manuel es un niño fantasioso. Tiene una mente muy espabilada. Le gusta mucho leer cuentos de aventuras.

– Pero lo de la fotografía… ¿Quién le ha hecho esa fotografía?

– No lo entiendo -dijo Elena-. Aunque la fantasía del niño es muy grande, hay cosas que sobrepasan la lógica.

Anochecía. Los oscuros trastornos de aquel día (disipados ya en las vibraciones del olvido) parecían unirse a la decadencia del día.

Todo había regresado de nuevo a la normalidad. Nada presagiaba trastornos o preocupaciones angustiosas.

Manuel dormía ya en su cama y el silencio estaba también adormeciendo la vivienda.

– ¿Quieres que me quede en la habitación del niño?-preguntó Fabián.

– No es necesario; he mandado cambiar la cerradura de la puerta. Aunque lo intente, no volverá a escaparse -afirmó Elena.

Desde el ventanal de la salita, la plaza se veía casi desierta.

La calma era de nuevo la dueña del ambiente.

El regreso de Manuel a su casa había suavizado con creces las asperidades de una jornada espantosa. Todo volvía a su cauce, todo era una realidad indiscutible. ¿Todo?

De pronto Elena hizo una pregunta que no pudo ser contestada.

– Si Manuel ha recorrido la ciudad de arriba abajo, incluido el puerto y ha llegado hasta aquí, ¿cómo es posible que haya encontrado el camino que conducía a su casa, si nadie lo acompañaba?

Y la pregunta se quedó en el aire.

Febrero de 2011

Mercedes Salisachs

***