/ / Language: Español / Genre:thriller,

Isla Misterio

Nelson Demille

Herido en acto de servicio, John Corey, detective de la brigada de homicidios de la policía de Nueva York, se recupera en un pueblecito de Long Island habitado por agricultores, pescadores y, por lo menos, un asesino. Tom y Judy Gordon, una joven y atractiva pareja de biólogos conocidos de Corey, han sido hallados en su jardín con sendas balas en la cabeza. Los primeros indicios apuntan a un robo frustrado, pero el rumor de guerra bacteriológica que salpica al centro de investigación de patologías animales de Long Island hace que circule el rumor de que los Gordon se habían apoderado de una sustancia muy peligrosa. El asesinato del matrimonio se convierte en un crimen de repercusiones mundiales y Corey acaba tomando cartas en el asunto. Sus investigaciones nos conducen por tradiciones, leyendas y secretos ancestrales del norte de Long Island, a la vez que el astuto detective se ve envuelto en una trama mucho más compleja de lo que esperaba. Isla Misterio, con un ritmo trepidante y salpicada de ingeniosas pinceladas cómicas, constituye sin duda la novela más lograda de Nelson DeMille.

Nelson DeMille

Isla Misterio

Título Original: Plum Island

Traductor: Tremps Lladó, Enric

A Larry Kirshbaum,

amigo, editor y compañero de juego

AGRADECIMIENTOS

Expreso mi agradecimiento a las siguientes personas, por compartir sus especiales conocimientos conmigo. Cualquier error u omisión en la narración es responsabilidad exclusivamente mía. También me he tomado algún que otro pequeño margen de licencia literaria, pero en general he procurado mantenerme fiel a su información y consejos.

En primer lugar, gracias al teniente de detectives John Kennedy del Departamento de Policía del condado de Nassau, que trabajó casi tanto como yo en esta novela. John Kennedy es un voluntarioso oficial de policía, abogado honrado, experto navegante, buen marido de Carol, excelente amigo de los DeMille y severo crítico literario. Muchísimas gracias por tu tiempo y tu maestría.

Desearía darle las gracias de nuevo a Dan Starer del Research for Writers, NYC, por su diligente trabajo.

También quiero agradecerles a Bob y Linda Scalia su ayuda sobre tradiciones y costumbres locales.

Mi agradecimiento a Martin Bowe y Laura Flanagan de la biblioteca pública Garden City, por su extraordinaria ayuda en la investigación.

Muchas gracias a Howard Polskin de la CNN y a Janet Alshouse, Cindi Younker y Mike DelGiudice de News 12 Long Island, por facilitarme sus filmaciones de Plum Island.

Gracias de nuevo a Bob Whiting, de Banfi Vintners, por compartir conmigo sus conocimientos y su pasión por el vino.

Mi agradecimiento al doctor Alfonso Torres, director del Centro de Patología Animal de Plum Island, por su tiempo y paciencia, y mi admiración a él y a su personal por el importante y desinteresado trabajo que realizan.

Mi sincera gratitud a mi ayudante, Dianne Francis, por centenares de horas de trabajo arduo y voluntarioso.

Mi penúltimo agradecimiento a mi representante y amigo, Nick Ellison, y a su personal: Christina Harcar y Faye Bender. Ningún autor podría tener mejor representante ni mejores colegas.

Por último y sobre todo, gracias de nuevo a Ginny DeMille. Éste es su séptimo libro y edita todavía con amor y entusiasmo.

NOTA DEL AUTOR

En cuanto al Centro de Patología Animal de Plum Island del Ministerio de Agricultura de Estados Unidos, me he tomado un pequeño margen de licencia literaria respecto a la isla y al trabajo que se realiza en la misma.

Tres pueden guardar un secreto si dos de ellos están muertos.

Benjamin Franklin,

Poor Richard's Almanac (1735)

Capítulo 1

A través de mis prismáticos contemplaba una bonita lancha de unos quince metros de eslora, anclada a unos centenares de metros de la orilla. Había dos parejas a bordo, de algo más de treinta años, que se lo pasaban de lo lindo disfrutando del sol y tomando unas cervezas o lo que fuera. Las mujeres llevaban sólo la parte inferior de un diminuto biquini y uno de los hombres que estaba a proa se quitó su bañador, permaneció ahí de pie unos instantes en cueros, se arrojó al agua y nadó alrededor del barco. Qué país tan maravilloso. Dejé los prismáticos sobre mi regazo y descorché una Budweiser.

Estábamos a finales de verano y no me refiero a los últimos días de agosto, sino a los de setiembre, en vísperas del equinoccio otoñal. Había pasado la festividad del Día del Trabajo y estaba por llegar el veranillo de San Martín, si es que alguien sabe lo que es eso.

Yo, John Corey, poli convaleciente de profesión, estaba sentado en la terraza trasera de la casa de mi tío, en una silla de mimbre, ocupado en pensamientos superficiales. Se me ocurrió que el problema de no hacer nada consiste en saber cuándo uno ha terminado.

La terraza, antigua, rodea tres costados de la casa rural victoriana, construida en mil ochocientos noventa y pico, con sus correspondientes tejas ornamentadas, torretas y aleros a lo largo de sus nueve metros de longitud. Desde donde estaba sentado vislumbraba la gran bahía de Peconic, más allá del parterre inclinado, cubierto de césped. El sol se acercaba al horizonte de poniente, como corresponde a las siete menos cuarto de la tarde. Soy hombre de ciudad, pero empezaba a disfrutar realmente de las delicias del campo, del cielo y todo lo demás, incluso hace unas semanas encontré la Osa Mayor.

Llevaba sólo una camiseta blanca y unos vaqueros cortados, que habían sido de mi talla antes de perder peso. Apoyaba los pies descalzos sobre la barandilla y los pulgares servían de marco a la lancha que antes he mencionado.

A esa hora empiezan a oírse los grillos, las cigarras y quién sabe qué otros bichos, pero como no soy muy aficionado a los sonidos de la naturaleza tenía junto a mí un magnetófono portátil sobre la mesa con la música de The Big Chill, mi cerveza en la mano izquierda, los prismáticos sobre el regazo y, en el suelo, cerca de mi mano derecha, mi arma personal, un revólver Smith & Wesson del treinta y ocho con un cañón de cinco centímetros, que cabe perfectamente en mi bolso. Es una broma.

En algún momento de los dos segundos de silencio entre When a Man Loves a Woman y Dancing in the Street, oí o sentí en las tablas de madera del suelo, viejas y crujientes, que alguien caminaba por la terraza. Como vivo solo y no esperaba a nadie, levanté mi treinta y ocho con la mano derecha y lo coloqué sobre el regazo. Para que no me tomen por paranoico debo aclarar que no me estaba restableciendo de unas paperas sino de tres heridas de bala, dos de nueve milímetros y una de un Magnum del calibre cuarenta y cuatro, aunque poco importa el tamaño de los agujeros; al igual que en la propiedad inmobiliaria, lo que importa de los agujeros de bala es sin ninguna duda la ubicación. Evidentemente, la ubicación de los míos era la correcta, puesto que me estaba recuperando y no descomponiendo.

Miré a mi derecha, donde la terraza gira hacia el oeste de la casa. Un individuo dobló la esquina, se detuvo a unos cinco metros de donde yo me encontraba y contempló las prolongadas sombras del sol poniente. En realidad, dicho individuo proyectaba también una larga sombra que me pasaba por encima y le impedía verme. Pero, con el sol a su espalda, también era difícil para mí verle la cara o adivinar sus intenciones.

– ¿Qué desea? -pregunté.

– Ah, hola, John -respondió después de volver la cabeza para mirarme-. No te había visto.

– Siéntate, jefe -dije mientras guardaba mi revólver bajo la camiseta y bajaba el volumen de Dancing in the Street.

Sylvester Maxwell, conocido como Max, representante de la ley en esa zona, se acercó hasta situarse frente a mí y apoyó el trasero en la barandilla. Llevaba una chaqueta azul, camisa blanca, pantalón de algodón de color claro y unas zapatillas deportivas sin calcetines. Fui incapaz de decidir si estaba o no de servicio.

– Hay refrescos en la nevera -dije.

– Gracias -respondió Max, para quien la cerveza es un refresco, antes de agacharse y coger una Budweiser.

Durante unos momentos saboreó su cerveza y contempló un punto perdido en el espacio a unos tres palmos de su nariz, mientras yo me concentraba de nuevo en la bahía y escuchaba Too Many Fish in the Sea de las Marvelettes. Era lunes, gracias a Dios se habían marchado los domingueros y, como he dicho antes, había pasado ya la festividad del Día del Trabajo, cuando terminaban la mayoría de los alquileres veraniegos y se recuperaba la tranquilidad. Max es un chico de pueblo y nunca va directamente al grano, de modo que uno se limita a esperar.

– ¿Es tuya esta casa? -preguntó por fin.

– Es de mi tío. Quiere que se la compre.

– No lo hagas. Según mi filosofía, si algo vuela, flota o jode, alquílalo.

– Gracias.

– ¿Vas a quedarte algún tiempo?

– Hasta que deje de silbar el viento a través de mi pecho.

Sonrió y adoptó de nuevo una actitud contemplativa. Max es un individuo corpulento, aproximadamente de mi edad, o sea de unos cuarenta y cinco años, con el cabello rubio ondulado, tez rubicunda y ojos azules. Las mujeres parecen encontrarlo atractivo, afortunadamente para él, que es soltero y heterosexual.

– ¿Cómo te encuentras? -preguntó.

– Bien.

– ¿Te apetece un poco de ejercicio mental?

No respondí. Conozco a Max desde hace unos diez años pero como no vivo en esta zona sólo nos vemos de vez en cuando. A estas alturas debo aclarar que soy detective de homicidios en Nueva York, destinado en Manhattan norte hasta que fui herido de bala. Eso sucedió el 12 de abril. Un detective de homicidios no había sido herido en Nueva York desde hacía unas dos décadas, así que se convirtió en una gran noticia. Los de la oficina de información pública del Departamento de Policía de Nueva York alentaron la publicidad porque era momento de renovar los contratos y, dado que soy una persona tan agradable, atractiva, etcétera, decidieron extraerle el máximo rendimiento y, con la cooperación de los medios de comunicación, seguimos con el tema. Entretanto, los dos canallas que me dispararon siguen todavía en libertad. De modo que pasé un mes en el presbiteriano de Columbia, a continuación unas semanas en un piso de Manhattan y luego mi tío Harry sugirió que esta casa veraniega era el lugar indicado para un héroe. ¿Por qué no? Llegué a finales de mayo.

– Creo que conocías a Tom y Judy Gordon -dijo Max.

Lo miré. Nuestros ojos se encontraron y comprendí.

– ¿Los dos? -pregunté.

– Los dos -asintió antes de un momento de respetuoso silencio-. Me gustaría que echaras una ojeada al lugar del crimen.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué no? Como favor personal. Antes de que todos los demás intervengan en el asunto. Ando escaso de detectives de homicidios.

A decir verdad, el Departamento de Policía de Southold carece de detectives de homicidios, lo que habitualmente no importa porque aquí son muy pocos los asesinatos que se cometen. Cuando eso sucede, la policía del condado de Suffolk manda a sus investigadores y Max les cede el caso, pero no le gusta.

Ahora un poco de geografía local. Éste es el pueblo de Southold, en la zona norte de Long Island, Estado de Nueva York, que según reza el letrero de la autopista fue fundado en mil seiscientos cuarenta y pico por gentes de New Haven, Connecticut, que quién sabe si huían del rey. La zona sur de Long Island, al otro lado de la bahía de Peconic, es la parte elegante, donde residen escritores, pintores, editores y otros personajes por el estilo. Aquí, en el norte, los habitantes son agricultores, pescadores y cosas parecidas. Y puede que uno de ellos, asesino.

En todo caso, la casa de mi tío Harry está situada en la aldea de Mattituck, a unos ciento cincuenta kilómetros por carretera de la calle Ciento Dos Oeste, donde dos caballeros de aspecto hispano habían efectuado catorce o quince disparos contra un servidor de ustedes y alcanzado tres veces el blanco móvil desde una distancia de ocho a diez metros; no muy impresionante, aunque no critico ni me quejo.

El municipio de Southold comprende casi todo el norte de la isla, con sus ocho aldeas y un pueblo llamado Greenport, así como un cuerpo de policía de unos cuarenta agentes y a Sylvester Maxwell como jefe.

– Nada se pierde por mirar -dijo Max.

– Claro que sí. Imagina que me obligan a declarar en un momento inoportuno. Aquí nadie me paga.

– En realidad he hablado con el supervisor y ha accedido a contratarte oficialmente como asesor. Cien pavos diarios.

– Caramba. Parece el tipo de trabajo para el que hay que disponer antes de unos ahorros.

Max sonrió.

– No te quejes, te servirá para gasolina y teléfono. De todos modos no estás haciendo nada.

– Procuro que se cierre el agujero de mi pulmón derecho.

– Esto no será agotador.

– ¿Cómo lo sabes?

– Es tu oportunidad para convertirte en un buen ciudadano de Southold.

– Yo soy neoyorquino. No se supone que deba ser un buen ciudadano.

– Por cierto, ¿conocías bien a los Gordon? ¿Erais amigos?

– Más o menos.

– Bien, ahí está tu razón para hacerlo. Vamos, John. Levántate. Vámonos. Te deberé un favor. Te perdonaré una multa.

Sinceramente, estaba aburrido y los Gordon eran buenas personas… Me levanté y dejé mi cerveza.

– Aceptaré el trabajo a un dólar por semana, para que sea oficial.

– Bien. No lo lamentarás.

– Por supuesto que lo haré -respondí antes de parar Jeremiah Was a Bullfrog-. ¿Hay mucha sangre?

– Un poco. Heridas en la cabeza.

– ¿Crees que necesito ponerme botas?

– Bueno… les ha salido parte del cráneo y del cerebro por la nuca…

– De acuerdo.

Después de ponerme las chancletas, Max y yo rodeamos la casa por la terraza hasta la puerta principal. Luego subí a su coche oficial sin distintivos, un Jeep Cherokee de color blanco con una ruidosa radio de policía.

Condujimos por el largo camino de la casa, que durante aproximadamente un siglo mi tío Harry y sus predecesores habían cubierto de conchas de ostra y lapas mezcladas con cenizas y ascuas del fogón de carbón para evitar el polvo y el barro. Ésta había sido una de las llamadas explotaciones agrícolas de la bahía y se encuentra junto a la orilla del mar, pero se ha vendido la mayor parte de la tierra cultivable. El terreno está un poco abandonado y su vegetación consiste predominantemente en plantas de escasa utilidad, como forsythias, sauces blancos y setos de ligustro. La casa es de color beige, con bordes y tejado verdes. A decir verdad es bastante encantadora y puede que la compre si los médicos de la policía me dan por inútil. Debería ejercitarme en toser sangre.

A propósito de mi inutilidad, tengo bastantes posibilidades de conseguir una pensión vitalicia y libre de impuestos, aproximadamente tres cuartos de mi salario. Eso equivale en el Departamento de Policía de Nueva York a encontrarse en Atlantic City, tropezar con un pliegue de la alfombra en el Trump's Castle y golpearse la cabeza con una máquina tragaperras ante un abogado laboralista. ¡El gordo!

– ¿Me estás escuchando?

– ¿Cómo?

– Decía que un vecino descubrió los cadáveres a las cinco cuarenta y cinco…

– ¿Ya estoy contratado?

– Por supuesto. Ambos habían recibido un solo disparo en la cabeza y los encontró en el suelo del jardín…

– Max, eso ya lo veré. Háblame del vecino.

– De acuerdo. Se llama Edgar Murphy, es un anciano caballero. Oyó que llegaba el barco de los Gordon a eso de las cinco y media. Al cabo de unos quince minutos se acercó a su casa y los encontró asesinados. No oyó ningún disparo.

– ¿Aparato auditivo?

– No. Se lo he preguntado. Según él, su esposa también oye perfectamente. Puede que utilizaran un silenciador. O tal vez estén más sordos de lo que creen.

– Pero oyeron el barco. ¿Está Edgar seguro de eso?

– Bastante seguro. Nos llamó a las cinco cincuenta y uno, de modo que su precisión es considerable.

– Desde luego.

Consulté mi reloj. Ahora eran las siete y diez. Max debió de tener la brillante idea de venir a buscarme poco después de llegar al lugar del crimen. Supuse que a estas alturas habrían llegado los muchachos de homicidios del condado de Suffolk. Seguramente se habrían desplazado desde una ciudad llamada Yaphank, donde se encontraba el cuartel general de la policía del condado, que estaba aproximadamente a una hora en coche de la residencia de los Gordon.

Max continuó perorando mientras yo intentaba concentrarme, pues habían transcurrido unos cinco meses desde que había tenido que pensar en asuntos de este tipo. Tuve la tentación de exclamar: «¡Sólo hechos, Max!» Pero dejé que siguiera hablando. Además, no podía quitarme de la cabeza Jeremiah Was a Bullfrog y, como todos sabemos, es muy molesto cuando uno no puede dejar de pensar en una canción. Especialmente en ésa.

Miré por la ventanilla abierta del coche. Íbamos por el eje este/oeste, convenientemente denominado carretera principal, hacia un lugar llamado punta de Nassau donde viven, o vivían, los Gordon. La zona norte de Long Island es parecida a Cape Cod, azotada por el viento, rodeada de agua por tres costados y repleta de historia.

La población permanente es escasa, unos veinte mil habitantes, pero hay muchos veraneantes y gente de fin de semana y las nuevas bodegas atraen visitantes que vienen a pasar el día. No hay más que abrir una bodega para que acudan millares de petimetres babosos catadores de vino del centro urbano más cercano. Nunca falla.

Giramos al sur por la punta de Nassau, un cabo de tres kilómetros en forma de media luna que penetra en la gran bahía de Peconic. Desde mi embarcadero al de los Gordon hay unos seis kilómetros.

La punta de Nassau ha sido lugar de veraneo desde los años veinte y sus residencias oscilan entre chalets sencillos y verdaderas mansiones. Aquí veraneaba Albert Einstein y fue aquí, en mil novecientos treinta y pico, donde escribió su famosa Carta desde la punta de Nassau al presidente Roosevelt, en la que le incitaba a que se apresurara con la bomba atómica. El resto, como suele decirse, es historia.

Curiosamente, la punta de Nassau es todavía el lugar de residencia de numerosos científicos, algunos de los cuales trabajan en el laboratorio nacional de Brookhaven, unas instalaciones nucleares secretas a unos cincuenta kilómetros al oeste, y otros en Plum Island, un centro de investigación biológica sumamente secreto, tan aterrador que ha sido preciso instalarlo en una isla. Plum Island está a unos tres kilómetros del extremo de Orient Point, que es la última extensión de tierra al norte de Long Island; próxima parada, Europa.

Tom y Judy Gordon no ignoraban todo eso, eran biólogos que trabajaban en Plum Island, y, con toda seguridad, tanto Sylvester Maxwell como John Corey lo tenían en cuenta.

– ¿Has llamado a los federales? -pregunté.

Max negó con la cabeza.

– ¿Por qué no?

– El asesinato no es un delito federal.

– Sabes a lo que me refiero, Max.

El jefe Maxwell no respondió.

Capítulo 2

Nos acercamos a la casa de los Gordon, protegida después de un sendero en la orilla oeste del cabo. Era una casa estilo rancho, construida en los años sesenta y modernizada en los noventa. Los Gordon, procedentes de algún lugar del Medio Oeste e inseguros respecto a su futuro profesional, habían alquilado la casa con opción a compra según me mencionaron en una ocasión. Creo que si yo trabajara con el material que ellos manipulaban, tampoco haría planes a largo plazo. Maldita sea, ni siquiera compraría plátanos verdes.

Me concentré en el paisaje que se veía por la ventanilla del Jeep. En la agradable y sombreada calle había grupos de vecinos y niños con bicicletas bajo las largas sombras moradas que charlaban y contemplaban la casa de los Gordon. Frente a ésta había tres coches de la policía de Southold, además de dos coches sin distintivos. Una furgoneta del forense del condado bloqueaba la entrada. Es una buena política no acercar los coches ni aparcar en el lugar de un crimen para no destruir pruebas y me alegró comprobar que de momento la pequeña fuerza de policía rural de Max respetaba las reglas.

En la calle había también dos furgonetas de televisión, una de la cadena de noticias locales de Long Island y otra de NBC News.

Me percaté asimismo de la presencia de un grupo de periodistas que charlaban con los vecinos y acercaban sus micrófonos a cualquiera que abriera la boca. No se había convertido todavía en un circo informativo, pero lo haría cuando el resto de los explotadores de noticias descubriera el vínculo con Plum Island.

Una cinta amarilla de la policía rodeaba la casa y el terreno de árbol en árbol. Max paró detrás de la furgoneta del forense y nos apeamos. Se dispararon algunos flashes antes de que se encendieran los potentes focos de las cámaras de vídeo y empezaran a filmarnos para las noticias de las once. Confié en que los miembros del tribunal médico no me vieran, por no mencionar a los canallas que habían intentado eliminarme y que ahora sabrían dónde encontrarme.

Frente a la puerta había un policía uniformado con un cuaderno en la mano, el encargado de registrar todo lo que pasara en el lugar del crimen, y Max le facilitó mi nombre, título y demás información para que constara oficialmente, pendiente de la aprobación del fiscal del distrito y de los futuros abogados defensores. Eso era precisamente lo que no quería, pero estaba en casa cuando el destino llamó a la puerta.

Avanzamos por el camino de grava y penetramos en el jardín trasero por una entrada con arco para encontrarnos en un terreno cubierto principalmente por tablas de cedro, que descendía en forma de cascada desde la casa hacia la bahía y terminaba en un largo embarcadero, donde estaba amarrado el barco de los Gordon. Era realmente una tarde agradable y deseé que Tom y Judy hubieran vivido para disfrutarla.

Observé el contingente habitual de funcionarios forenses, además de tres policías de Southold uniformados y una mujer excesivamente arreglada, con falda y chaqueta marrón claro, blusa blanca y unos elegantes zapatos. Al principio supuse que se trataba de alguna pariente que había acudido para identificar los cadáveres y todo lo demás, pero luego me percaté de que llevaba un cuaderno en la mano y de que su aspecto era oficial.

De espaldas sobre el suelo de cedro gris estaban Tom y Judy, con los pies hacia la casa, las cabezas hacia la bahía y las piernas y los brazos torcidos como si planearan. Un fotógrafo de la policía tomaba instantáneas de los cadáveres y, cuando se disparó el flash, los cuerpos adquirieron momentáneamente un aspecto fantasmagórico, que me hizo recordar La noche de los muertos vivientes.

Contemplé los cadáveres. Tom y Judy Gordon tenían treinta y pico años, estaban en muy buena forma e incluso muertos formaban una pareja extraordinariamente atractiva, hasta tal punto que a veces los habían confundido con celebridades cuando cenaban en algún lugar de moda.

Ambos llevaban vaqueros azules, zapatillas deportivas y jerséis de cuello alto. El de Tom era negro con el logotipo de algún suministrador de productos náuticos y el de Judy de un verde claro más elegante, con un pequeño velero amarillo sobre el pecho izquierdo.

Supuse que, a lo largo del año, Max no veía a muchas personas asesinadas, pero probablemente sí a muchas que habían fallecido de muerte natural, suicidio, accidentes de tráfico, etcétera, así que no se sentiría indispuesto. Tenía un aspecto adusto, preocupado, pensativo y profesional y no dejaba de observar los cadáveres, como si no pudiera creer que las personas que yacían sobre aquella hermosa vegetación hubieran sido asesinadas.

A mí, por otra parte, después de trabajar en una ciudad donde se cometen 1.500 asesinatos anuales, la muerte me resultaba bastante familiar, como suele decirse. No veo los 1.500 cadáveres, pero sí los suficientes para que hayan dejado de sorprenderme, indisponerme, asustarme o entristecerme. No obstante, cuando se trata de alguien a quien conocías y te gustaba es diferente.

Crucé el entarimado y me acerqué a Tom Gordon. Tenía un agujero de bala en el puente de la nariz y Judy en la sien izquierda.

En el supuesto de que hubiera habido un solo agresor, Tom, que era un hombre fuerte, probablemente había recibido el primer y único disparo en la cabeza, luego Judy, cuando se giró para mirar incrédula a su marido, recibió un disparo en la sien. Probablemente, las balas les habían atravesado el cráneo y habían ido a parar a la bahía; mala suerte para los de balística.

Nunca había estado en el lugar de un homicidio donde no hubiera un olor increíblemente repugnante si hacía algún tiempo que habían fallecido las víctimas. Si había sangre, siempre olía, y si se había penetrado alguna cavidad corporal, solía haber un olor peculiar a entrañas. Eso era algo que no deseaba volver a percibir; la última vez que había olido a sangre había sido la mía propia. De todos modos, el hecho de que en esta ocasión el asesinato se hubiera cometido al aire libre lo hacía más llevadero.

Miré a mi alrededor y no vi ningún lugar cercano donde el agresor pudiera haberse ocultado. La puerta de cristal corrediza de la casa estaba abierta; allí podía haberse escondido, pero se encontraba a casi siete metros de los cadáveres y no hay mucha gente capaz de dispararle a alguien a la cabeza con una pistola desde dicha distancia. Yo era una prueba viviente de ello. A esa distancia se dispara primero al cuerpo y luego el agresor se acerca para rematar a la víctima con un disparo en la cabeza. Así que existían dos posibilidades: que el asesino hubiera utilizado un rifle en lugar de una pistola o que se hubiese aproximado a ellos sin provocar ninguna alarma. Alguien de aspecto normal, no amenazante, tal vez incluso alguien a quien conocían. Los Gordon podían haberse apeado de su barco, haberse dirigido a la casa, haber visto en algún momento a la persona en cuestión y haberse acercado a ella. El agresor habría levantado la pistola cuando estaban a casi un metro de distancia y acabado con la vida de ambos.

Miré más allá de los cadáveres y vi banderitas de colores clavadas en distintos lugares del entarimado.

– ¿Las rojas indican sangre?

– Las blancas, cráneo; las grises… -explicó Max.

– Comprendido -respondí, contento de haberme puesto las chancletas.

– Los boquetes de salida son enormes -dijo Max-, prácticamente ha desaparecido la parte posterior del cráneo. Y, como puedes comprobar, los agujeros de entrada son grandes. Sospecho que se trata del calibre cuarenta y cinco. Todavía no hemos encontrado las balas, probablemente cayeron en la bahía.

No respondí.

Entonces Max señaló la puerta de cristal corrediza y me llamó.

– Esa puerta ha sido forzada, y la casa, saqueada. Nada grande ha desaparecido; el televisor, el ordenador, el CD y todo lo demás siguen ahí. Pero puede que se hayan llevado joyas y otros artículos de tamaño reducido.

Reflexioné unos instantes. Los Gordon, al igual que la mayoría de los científicos con un salario gubernamental, no poseían muchas joyas, obras de arte ni cosas por el estilo. Un drogata habría cogido los aparatos de valor y habría huido.

– Eso es lo que yo pienso -dijo Max-. El ladrón o los ladrones estaban en lo suyo cuando vieron por la puerta de cristal que se acercaban los Gordon, salió o salieron al jardín, les dispararon y huyeron. ¿Qué te parece? – preguntó.

– Si tú lo dices.

– Lo digo.

– De acuerdo.

Sonaba mejor que: «Saqueada la casa de unos investigadores de un proyecto altamente secreto de guerra biológica y hallados muertos los científicos.»

– ¿Tú qué opinas, John? -preguntó Max en voz baja después de acercarse.

– ¿Es éste el pan nuestro de cada día?

– Vamos, muchacho, no me tomes el pelo. Puede que tengamos entre manos un doble asesinato de alcance mundial.

– Pero tú acabas de decir que podría tratarse simplemente de alguien que regresa a su casa en el momento inoportuno y acaba con un disparo en la cabeza.

– Sí, pero resulta que en este caso los propietarios son… lo que quiera que sean -respondió sin dejar de mirarme-. Haz una reconstrucción.

– De acuerdo. Está claro que el agresor no disparó desde la puerta de cristal. Estaba junto a ellos. Entonces esa puerta estaba cerrada, de modo que los Gordon no vieron nada inusual al acercarse a la casa. Posiblemente, el asesino estaba sentado ahí, en una de esas sillas, y pudo haber llegado en barco, ya que no aparcaría su coche ahí delante, donde todo el mundo pudiera verlo. O puede que alguien lo trajera. En ambos casos, los Gordon lo conocían o no estaban innecesariamente preocupados por su presencia en el jardín de su casa o, incluso, puede que se trate de una mujer de aspecto agradable a la que los Gordon se acercaron y ella a ellos. Puede que intercambiaran unas palabras, pero la persona que los asesinó no tardó en sacar la pistola y acabar con ellos.

El jefe Maxwell asintió.

– Si el agresor buscaba algo en el interior, no eran joyas ni dinero, sino documentos. Ya sabes, información. No mató a los Gordon porque lo sorprendieran, los asesinó porque los quería muertos. Los estaba esperando. Tú lo sabes.

Max asintió.

– Por otra parte, Max, también he visto muchos robos frustrados en los que el propietario murió asesinado y el ladrón huyó con las manos vacías. Cuando se trata de drogatas, nada tiene sentido.

El jefe Maxwell se frotó la barbilla mientras pensaba por una parte en la posibilidad de un lunático armado, en la de un asesino a sangre fría, por otra, y todo lo que cupiera entre ambas.

Entretanto, me agaché junto a los cadáveres, cerca de Judy. Tenía los ojos abiertos, muy abiertos, y parecía sorprendida.

Tom también tenía los ojos abiertos, pero parecía más sereno que su esposa. Las moscas habían encontrado la sangre en las heridas y tuve la tentación de ahuyentarlas, pero ya no importaba.

Examiné detenidamente los cuerpos sin tocar nada que pudiera entorpecer la labor de los forenses. Observé el pelo, las uñas, la piel, la ropa, los zapatos… Cuando terminé, acaricié la mejilla de Judy y me levanté.

– ¿Cuánto hacía que los conocías? -preguntó Maxwell.

– Más o menos desde junio.

– ¿Habías estado en esta casa antes?

– Sí. Te queda una pregunta.

– Bueno… Debo preguntártelo… ¿Dónde estabas a eso de las cinco y media?

– Con tu novia.

Sonrió, pero no le divirtió mi respuesta.

– ¿Los conocías bien? -pregunté entonces.

– Sólo en sociedad -respondió después de titubear un instante-. Mi novia me obliga a asistir a catas de vino y cosas por el estilo.

– ¿Ah, sí? ¿Y cómo sabías que yo los conocía?

– Mencionaron que habían conocido a un poli de Nueva York que estaba convaleciente. Yo comenté que te conocía.

– El mundo es un pañuelo -dije.

No respondió.

Observé el jardín. Al este estaba la casa y al sur unos setos altos y espesos tras los cuales se encontraba la casa de Edgar Murphy, el vecino que había descubierto los cadáveres. Al norte había un descampado que se extendía varios centenares de metros hasta la casa siguiente, apenas visible. Al oeste, el terreno descendía en tres niveles hacia la bahía, donde había un embarcadero de unos treinta metros hasta aguas profundas. Al final del embarcadero estaba amarrado el barco de los Gordon, una elegante lancha de fibra de vidrio, Fórmula tres y algo, de unos diez metros de eslora. Se llamaba Spirochete [1] que según sabemos gracias a los manuales de biología es el perverso bicho causante de la sífilis. Los Gordon tenían sentido del humor.

– Edgar Murphy ha declarado que los Gordon a veces utilizaban su propia embarcación para trasladarse a Plum Island. Usaban el transbordador gubernamental cuando hacía mal tiempo y en invierno.

Asentí. Ya lo sabía.

– Voy a llamar a Plum Island e intentaré averiguar a qué hora se marcharon -prosiguió-. El mar está calmado, sube la marea y sopla viento del este, de modo que pudieron llegar con mucha rapidez.

– No soy navegante.

– Yo sí. Pudieron tardar una hora escasa, cuando normalmente se tardaría hora y media o dos a lo sumo. Los Murphy oyeron que el barco de los Gordon llegaba a eso de las cinco y media; si logramos averiguar cuándo salieron de Plum Island, sabremos con mayor certeza si fue la embarcación de los Gordon lo que oyeron los Murphy a las cinco y media.

– Bien.

Miré el jardín. Había los muebles habituales: mesa, sillas, un bar al aire libre, sombrillas. Pequeñas plantas y matorrales crecían en espacios abiertos entre las tablas de cedro, pero en ningún lugar al aire libre podía haberse ocultado nadie para sorprenderlos.

– ¿En qué estás pensando? -preguntó Max.

– Estaba pensando en el gran entarimado norteamericano. Grandes tablas de madera a varios niveles que no precisan mantenimiento alguno. No como mi vieja terraza, que necesita constantemente pintura. Si comprara la casa de mi tío, podría construir una cubierta como ésta hasta la bahía. Claro que entonces no tendría tanto césped.

– ¿En eso estabas pensando? -preguntó Max después de unos segundos.

– Sí. ¿Y tú en qué piensas?

– En el doble asesinato.

– Bien. Cuéntame qué has descubierto.

– De acuerdo. Toqué los motores -respondió mientras señalaba el barco con el pulgar-. Estaban todavía calientes cuando llegamos, como los cuerpos.

Asentí. El sol comenzaba a sumergirse en la bahía, ya se percibía el frescor y la oscuridad, y yo empezaba a sentir frío en camiseta y pantalón corto, sin ropa interior.

Setiembre es realmente un mes maravilloso en la costa atlántica, desde Outer Banks hasta Newfoundland. La temperatura diurna es suave, y las noches, agradables para dormir; es verano sin calor ni humedad y otoño sin lluvia fría. Los pájaros veraniegos todavía no se han marchado y las aves migratorias del norte descansan en su camino hacia el sur. Supongo que si abandonara Manhattan y me instalara aquí, acabaría por aficionarme a la naturaleza, navegar, pescar y todo eso.

– Y hay algo más -dijo Max-. El cabo está amarrado a un pilote.

– Eso parece muy significativo para el caso. ¿Qué diablos es un cabo?

– La cuerda. La cuerda del barco no está sujeta a las cornamusas del embarcadero, sino amarrada temporalmente a uno de los pilotes, que son esos palos que salen del agua. Eso hace suponer que se proponían volver a salir a la mar poco tiempo después.

– Buena observación.

– Bien. ¿Alguna idea?

– Ninguna.

– ¿Alguna aportación por tu parte?

– Creo que me llevas ventaja, jefe.

– ¿Alguna teoría, presentimiento, corazonada, lo que sea?

– No.

El jefe Maxwell parecía querer decir algo como «quedas despedido», pero dijo:

– Debo llamar por teléfono.

Y entró en la casa.

Volví a observar los cuerpos. La mujer con el traje chaqueta marrón claro dibujaba con tiza el contorno de Judy. Según la normativa oficial de la ciudad de Nueva York, es el encargado de la investigación quien dibuja el contorno de los cadáveres y supuse que aquí era lo mismo. La idea es que el detective que seguirá el caso hasta su conclusión y trabajará con el fiscal del distrito conozca y averigüe personalmente todos los detalles en la medida de lo posible. Así que deduje que la señora de marrón era una detective de homicidios, a quien habían asignado la investigación de aquel caso. También llegué a la conclusión de que acabaría tratando con ella si decidía colaborar con Max.

El escenario de un asesinato es uno de los lugares más interesantes del mundo, si uno sabe lo que busca y lo que ve. Pensemos en personas como Tom y Judy que observan microbios a través del microscopio y conocen sus nombres, Io que esos bichitos están haciendo en aquel momento, lo que podrían hacerle a la persona que los está mirando, etcétera. Pero si yo observara microbios, lo único que vería serían cositas diminutas que se mueven; no poseo formación visual ni intelectual para los microbios.

Sin embargo, cuando miro un cadáver y su entorno, veo cosas que pasan inadvertidas a la mayoría de la gente. Max tocó los motores y los cuerpos y se percató de que estaban calientes, se fijó en la manera en que estaba amarrado el barco y captó una docena de pequeños detalles que habrían pasado desapercibidos a una persona corriente. Pero Max no es un detective y funciona a lo que podríamos llamar nivel dos, mientras que para resolver un asesinato como éste hay que razonar a un nivel mucho más alto. Él lo sabía y por eso me había llamado.

También se daba la coincidencia de que yo conocía a las víctimas y eso, para un detective de homicidios que trabaje en el caso, es una gran ventaja. Sabía, por ejemplo, que los Gordon solían vestir con camiseta, pantalón corto y zapatillas para ir en su barco a Plum Island y luego allí se ponían la bata, el traje de protección o lo que fuera necesario. Tampoco era habitual que Tom llevara una camiseta negra y Judy, si mal no recordaba, sentía predilección por los tonos pastel. Sospeché que se habían vestido para pasar inadvertidos y las zapatillas deportivas que llevaban puestas eran para poder correr más. Por otra parte, puede que estuviera imaginando pistas. Hay que ser cuidadoso para no hacerlo.

Pero luego estaba la tierra roja en las suelas de sus zapatillas. ¿De dónde procedía? No del laboratorio, ni tampoco probablemente del camino del muelle del transbordador de Plum Island, ni de su barco, ni de su embarcadero, ni de su jardín. Al parecer, habían estado en otro lugar, para lo que se habían vestido de forma diferente e, indudablemente, el día había tenido un final distinto del que habían previsto. Allí sucedía algo más, de lo que yo no tenía la menor idea, pero que indudablemente existía.

Sin embargo, no dejaba de ser posible que se hubieran limitado a sorprender a algún ladrón. Puede que lo que hubiera pasado no tuviera nada que ver con su trabajo. Pero el caso es que a Max le intrigaba y le ponía nervioso y a mí también me había contagiado. Antes de la medianoche, y a no ser que para entonces Max hubiera cogido a algún ratero, llegarían representantes del FBI, del Servicio de Inteligencia y de la CIA.

– Usted perdone.

Volví la cabeza hacia la voz y comprobé que era la señora del traje marrón claro.

– Está usted perdonada.

– Disculpe, ¿se supone que debe estar aquí?

– Formo parte de la orquesta.

– ¿Es usted agente de policía?

Evidentemente, mi camiseta y pantalón corto no proyectaban una imagen de autoridad.

– Estoy con el jefe Maxwell.

– Eso ya lo he visto. ¿Ha sido usted debidamente registrado?

– ¿Por qué no lo comprueba? -respondí antes de dar media vuelta y descender por el jardín en dirección al embarcadero, procurando evitar cuidadosamente las banderitas de colores.

Ella me siguió.

– Soy la detective Penrose de la brigada de homicidios del condado de Suffolk y estoy a cargo de esta investigación.

– La felicito.

– Y a no ser que exista alguna razón oficial para justificar su presencia…

– Tendrá que hablar con el jefe.

Llegué al embarcadero y me acerqué al lugar donde estaba amarrado el barco de los Gordon. Soplaba una fuerte brisa en el largo muelle y el sol ya se había ocultado. No vi ningún barco de vela en la bahía pero pasaron algunas lanchas con las luces de navegación encendidas. Una luna casi llena acababa de salir por el sureste y brillaba en el agua.

La marea estaba alta y el barco de diez metros se encontraba casi a nivel del embarcadero. Salté a cubierta.

– ¿Qué está usted haciendo? No puede hacer eso.

Era muy atractiva, por supuesto; si hubiera sido fea, habría sido mucho más amable con ella. Vestía, como he mencionado, de una forma bastante sobria, pero el cuerpo bajo su ropa hecha a medida era una sinfonía de curvas, una melodía de carne que aspiraba a liberarse. En realidad, daba la impresión de que camuflaba globos. La segunda cosa de la que me percaté fue de que no llevaba ninguna alianza matrimonial. En cuanto al resto de los detalles: edad, treinta y pocos; cabello, media melena y color cobrizo; ojos, azul verdoso; piel, clara y poco bronceada para la época, con escaso maquillaje; labios, de puchero; marcas o cicatrices visibles, ninguna; pendientes, ninguno; uñas sin pintar y expresión de enfado en la cara.

– ¿Me está escuchando?

Tenía también una voz agradable a pesar del tono de ese momento. Sospeché que debido a su atractivo rostro, su tipo extraordinario y su voz suave, a la detective Penrose le resultaba difícil que la tomaran en serio y para compensar se vestía excesivamente masculina. Probablemente poseía un libro titulado Cómo vestir para aplastar pelotas.

– ¿Me está usted escuchando?

– La escucho. ¿Pero me ha escuchado usted a mí? Le he dicho que hablara con el jefe.

– Yo soy quien manda aquí. En asuntos de homicidio, la policía del condado…

– De acuerdo, hablaremos juntos con el jefe. Espere un momento.

Le eché una ojeada al barco pero ya había oscurecido y no pude ver gran cosa. Intenté encontrar una linterna antes de dirigirme a la detective Penrose.

– Debería poner aquí a un agente de guardia toda la noche.

– Gracias por compartir sus ideas. Le ruego que salga del barco.

– ¿Tiene una linterna?

– Fuera del barco. Ahora.

– De acuerdo.

Me subí a la borda y cuál no sería mi sorpresa cuando me tendió una mano, que agarré. Su piel era fresca. Me ayudó a subir al embarcadero y, al mismo tiempo, con la rapidez de un felino, introdujo su mano derecha bajo mi camiseta y me arrebató el arma que llevaba en la cintura.

Retrocedió con mi revólver en la mano.

– No se mueva de donde está.

– Sí señora.

– ¿Quién es usted?

– Detective John Corey, Departamento de Policía de Nueva York, brigada de homicidios, señora.

– ¿Qué está haciendo aquí?

– Lo mismo que usted.

– No, éste es mi caso, no el suyo.

– Sí señora.

– ¿Está usted aquí en representación oficial?

– Sí señora. Me han contratado como asesor.

– ¿Asesor? ¿En un caso de asesinato? Nunca había oído nada parecido.

– Yo tampoco.

– ¿Quién le ha contratado?

– La ciudad.

– Absurdo.

– Desde luego -respondí y, como parecía indecisa, agregué-: ¿Desea que me desnude para registrarme?

Me pareció advertir a la luz de la luna una sonrisa en sus labios. Mi corazón la anhelaba o puede que fuera el dolor del agujero en mi pulmón.

– ¿Cómo ha dicho que se llama?

– John Corey.

Intentó recordar.

– Ah… usted es el individuo…

– Efectivamente. El afortunado.

Pareció tranquilizarse, giró mi treinta y ocho y me lo entregó por la culata. Dio media vuelta y se alejó.

La seguí por el embarcadero y los tres niveles del jardín hasta la casa, donde las luces exteriores iluminaban la zona de la puerta de cristal y las polillas describían círculos alrededor de las lámparas.

Max hablaba con uno de los ayudantes del forense. Luego volvió la cabeza para mirarnos.

– ¿Ya os habéis presentado?

– ¿Por qué está este hombre involucrado en el caso? -preguntó la detective Penrose.

– Porque yo quiero que lo esté -respondió el jefe Maxwell.

– Usted no puede tomar esa decisión.

– Ni usted tampoco.

Cansado de volver la cabeza de un lado a otro mientras se pasaban la pelota, decidí intervenir.

– Ella tiene razón. Me voy. Llévame a casa -dije antes de dar media vuelta para dirigirme a la puerta de arco, desde donde me giré con estudiado dramatismo y les pregunté-: Por cierto, ¿ha recogido alguien la caja de aluminio de la popa del barco?

– ¿Qué caja de aluminio? -preguntó Max.

– Los Gordon tenían una gran caja de aluminio que utilizaban para guardar trastos y que a veces usaban como nevera para la cerveza y el cebo.

– ¿Dónde está?

– Eso es lo que yo he preguntado.

– La buscaré.

– Buena idea.

Salí por la puerta, crucé el jardín delantero y me alejé de los coches de policía aparcados. La noticia se había divulgado por el pequeño vecindario y a los primeros curiosos se habían agregado los morbosos, interesados en el doble asesinato.

Se dispararon algunas cámaras y luego se encendieron los focos de los vídeos, que me iluminaban a mí y la fachada de la casa. Las cámaras empezaron a rodar y los periodistas a formularme preguntas. Como en los viejos tiempos. Me cubrí la boca y tosí por si me veía alguien del tribunal médico y, sobre todo, mi ex esposa.

Me alcanzó un agente uniformado, subimos a un coche de la policía de Southold y nos pusimos en camino. Me dijo que su nombre era Bob Johnson y me preguntó:

– ¿Qué opina usted, detective?

– Han sido asesinados.

– Claro, muy gracioso. -Titubeó antes de preguntar-: ¿Cree usted que está relacionado con Plum Island o no?

– No.

– Permítame que le diga una cosa, he visto robos y esto no lo ha sido. Se supone que debe parecerlo, pero ha sido un registro. Buscaban algo.

– No he mirado en el interior.

– Microbios -exclamó mientras me miraba-. Microbios, microbios de la guerra bacteriológica. Eso es lo que yo pienso.

No respondí.

– Eso es lo que ha pasado con la nevera -prosiguió Johnson-. Le he oído.

De nuevo guardé silencio.

– Había tubos de ensayo o algo parecido en la caja, ¿no es cierto? Maldita sea, podría haber suficiente material para arrasar Long Island…, la ciudad de Nueva York…

Y probablemente el planeta, Bob, según de qué microbio se tratara y cuánto pudiera multiplicarse a partir de las existencias.

Me acerqué al agente Johnson y le agarré el brazo para que me prestara atención.

– No se le ocurra mencionar una puñetera palabra de esto a nadie. ¿Comprendido?

Asintió.

Durante el resto del camino a mi casa guardamos silencio.

Capítulo 3

Todo el mundo necesita un rincón favorito donde pasar el tiempo, por lo menos los hombres. Cuando estoy en la ciudad suelo ir al National Arts Club a saborear un buen jerez con gente culta y refinada. A mi ex mujer también le costaba creérselo.

Aquí frecuento un lugar llamado Olde Towne Taverne. Suelo evitar los lugares con la terminación «e's». Creo que el gobierno debería asignar un millar de «e's» a Nueva Inglaterra y Long Island y que estuviera prohibido poner ni una más. En todo caso, la Olde Towne Taverne está en el centro de Mattituck, que ocupa aproximadamente una manzana, y es un lugar realmente encantador. La OTT no está mal, su decoración recuerda un barco antiguo, a pesar de encontrarse en una ciudad y a un par de kilómetros del mar. Su madera es muy oscura y el suelo es de tablas de roble. Lo que más me gusta son sus lámparas amarillas, cuya luz suaviza realmente el ambiente y altera el estado de ánimo.

De modo que ahí estaba, en la OTT, casi a las diez de la noche del lunes. La clientela miraba el partido del Dallas contra el Nueva York en Meadowlands y mi mente fluctuaba entre el partido, el doble asesinato y la camarera con el trasero de esquiadora nórdica.

Me había arreglado para salir de noche, me había puesto unos vaqueros Levi's marrón claro, un polo Ralph azul, unos auténticos Sperry Top-Siders y unos calzoncillos Hanes de puro algodón. Parecía un anuncio de algo.

Estaba sentado en un taburete junto a una de esas mesas que llegan a la altura del pecho, cerca de la barra, desde donde veía perfectamente el televisor, y tenía delante mi comida predilecta: hamburguesa con queso, patatas fritas, patatas rellenas, nachos, alas de pollo picantes y una Budweiser; un buen equilibrio entre comida amarilla y marrón claro.

La detective Penrose del Departamento de Policía del condado se me acercó sigilosamente por la espalda y se sentó frente a mí en un taburete, con una cerveza en la mano y la cabeza tapando la pantalla. Observó mi comida y arqueó las cejas.

– Max supuso que te encontraría aquí -dijo después de mirarme de nuevo.

– ¿Te apetecen unas patatas fritas?

– No, gracias. -Titubeó-. Creo que hemos empezado mal.

– Todo lo contrario. No me importa que me apunten con mi propia arma.

– Escúchame, he hablado con Max y he estado pensando… que si la ciudad te quiere como asesor, no tengo ningún inconveniente, y si quieres facilitarme cualquier información que consideres que pueda serme útil, no dudes en llamarme -dijo mientras me entregaba su tarjeta, en la que leí Detective Elizabeth Penrose.

Debajo decía Homicidios, seguido de la dirección de su despacho, los números de fax y de teléfono. A la izquierda estaba el escudo del condado de Suffolk con las palabras Libre e Independiente alrededor de un toro de aspecto temible.

– No has salido muy favorecida -comenté.

Me miró fijamente, con la mandíbula apretada y las ventanas de la nariz abiertas, mientras inspiraba prolongadamente. Supo contenerse, lo cual es admirable. Puedo ser muy fastidioso.

Me incliné sobre la mesa hasta que nuestras narices estuvieron casi a un palmo de distancia. Desprendía buen olor, como a jabón y buena salud.

– Escúchame, Elizabeth, olvida toda esa mierda. Sabes que yo conocía a los Gordon, que he estado en su casa, he navegado en su barco y que tal vez haya conocido a sus amigos y colegas. Puede que me contaran algo sobre su trabajo porque soy policía, quizá sepa más que tú y Max juntos, y puede que estés en lo cierto. Sabes que me has cabreado y que Max se ha enfadado contigo. Has venido aquí para disculparte y lo que estás haciendo es darme permiso para que te llame y te cuente lo que sé. ¡Menuda oportunidad me brindas! Sin embargo, si pasan un par de días sin que te llame, me citarás en tu despacho para interrogarme oficialmente. Así que dejemos de fingir que soy un asesor, tu colega, tu amigo o un informador voluntario. Limítate a decirme dónde y cuándo quieres tomarme declaración -dije antes de echarme atrás y concentrarme en mis patatas rellenas.

– Mañana en mi despacho -respondió la detective Penrose después de un silencio, golpeando su tarjeta con el dedo-. A las nueve. No llegues tarde.

Se puso de pie y dejó la cerveza sobre la mesa para marcharse.

Nueva York tenía la pelota en sus propios treinta con tercero y seis, cuando el imbécil del jefe la arroja cincuenta metros contra el viento y la pelota se queda ahí colgada como un globo, mientras los tres receptores y los tres jugadores del Dallas agitan los brazos y saltan como si interpretaran la danza de la lluvia.

– Discúlpame.

– Siéntate.

Se sentó, pero era demasiado tarde; acababa de perderme la intercepción de la pelota. El público del estadio y la clientela de la OTT parecían haber enloquecido.

– ¡Falta! -chillaban los de la barra, a pesar de que no se había levantado ninguna bandera amarilla, y el jugador del Dallas corrió hasta los cincuenta.

Vi la repetición a cámara lenta. No hubo falta. A veces me gustaría repetir partes de mi vida a cámara lenta, como mi matrimonio, que consistió en una retahíla de faltas.

– Voy a regresar ahora al escenario del crimen -dijo la detective Penrose-. Una persona del Departamento de Agricultura va a reunirse conmigo a eso de las once. Viene de Manhattan. ¿Te gustaría estar presente?

– ¿No tienes un colega al que puedas incordiar?

– Está de vacaciones. Vamos, detective, empecemos de nuevo -dijo mientras me tendía la mano.

– La última vez que te cogí la mano, perdí mi arma y mi honor -le recordé.

– Vamos, un apretón de manos -sonrió.

Le estreché la mano. Su piel estaba caliente. Mi corazón ardía. O puede que fuera la reacción de los nachos. Es difícil estar seguro después de los cuarenta.

Retuve un momento su mano y contemplé su rostro perfecto. Se cruzaron nuestras miradas y los mismos malos pensamientos cruzaron nuestras mentes. Ella fue la primera en desviar la mirada; alguien tiene que hacerlo o la cosa se pone embarazosa.

Se nos acercó la atractiva camarera y le pedí dos cervezas.

– ¿Todavía quiere su plato de judías con guindillas? -preguntó.

– Más que nunca -respondí.

Retiró algunos platos y fue a buscar la cerveza y las judías. Me encanta este país.

– Debes de tener un estómago a prueba de bomba -comentó la detective Penrose.

– En realidad, me amputaron todo el estómago después de dispararme. Mi esófago está conectado al intestino.

– ¿Quieres decir que te han conectado directamente la boca con el culo?

Levanté las cejas.

– Lo siento -dijo-, ha sido una grosería. ¿Empezamos de nuevo?

– No serviría de nada. Date la vuelta y mira el partido.

Se volvió, miramos la televisión y me tomé una cerveza.

– Debo ir a reunirme con el individuo del Departamento de Agricultura -dijo a media parte, cuando empataban siete a siete, después de consultar su reloj.

Si alguien se pregunta por el porqué del Departamento de Agricultura, la instalación de Plum Island pertenece oficialmente a dicho departamento y se dedican a trabajar sobre enfermedades animales, ántrax y cosas por el estilo. Aunque según los rumores van más allá, mucho más allá.

– No hagas esperar al Departamento de Agricultura.

– ¿Quieres acompañarme?

Pensé en la invitación. Si la aceptaba, me involucraba más en aquel asunto, fuera lo que fuese. En su aspecto positivo, me gusta resolver asesinatos y me agradaban los Gordon. En los diez años que he pasado en la brigada de homicidios, he mandado a veintiséis asesinos a la cárcel y los dos últimos tienen derecho a ampararse en el nuevo decreto de la pena capital, lo que le da ahora una dimensión completamente nueva a los casos de homicidio. Visto por la parte negativa, este caso era algo diferente y me sentía muy desplazado de mi terreno habitual. Además, un empleado del Departamento de Agricultura, como la mayoría de los funcionarios gubernamentales, no trabajaría nunca de noche, así que aquel individuo pertenecía con toda probabilidad a la CIA, el FBI, el Servicio de Inteligencia o algo por el estilo. En todo caso, llegarían otros más avanzada la noche o mañana. No, no necesitaba aquel caso a un dólar por semana, a mil pavos diarios, ni a ningún precio.

– ¡Detective!, ¿estás ahí?

La miré. ¿Cómo puede uno negarle algo a semejante belleza?

– Me reuniré contigo en la casa -respondí.

– De acuerdo. ¿Qué te debo de las cervezas?

– Invito yo.

– Gracias. Hasta luego.

Se dirigió a la puerta y, con el partido a media parte, los más o menos cincuenta clientes de la OTT se percataron por fin de la presencia de una mujer increíble en el local. Se oyeron varios silbidos de admiración e invitaciones para que se quedara.

Miré parte del espectáculo de la media parte. Deseé que me hubieran extirpado el estómago de verdad porque ahora bañaba mis úlceras con ácidos. Llegaron las judías y apenas pude acabarme el plato. Me tomé dos Zantac seguidas de una Maalox, aunque el médico me había dicho que no las mezclara.

En realidad, mi salud, antes robusta, había empeorado definitivamente desde el incidente del 12 de abril. Nunca había tenido buenas costumbres en cuanto a comer, beber y dormir y tanto el divorcio como mi trabajo se habían cobrado su precio. Empezaba a sentirme cuarentón y a ser consciente de mi condición mortal. A veces en sueños yacía en un charco de mi propia sangre en la alcantarilla y pensaba: «Giro en la alcantarilla que me arrastra.»Entre los aspectos positivos, empezaban a llamarme la atención ciertas cosas como el trasero de esquiadora nórdica de la camarera y, cuando Elizabeth Penrose entró en el bar, mi muñequito de carne se incorporó y se desperezó. Estaba realmente camino de la recuperación e, indudablemente, en mejor forma que los Gordon.

Pensé en Tom y Judy. Tom era un doctor a quien no le importaba matar sus neuronas con vino y cerveza y preparaba un excelente bistec a la parrilla. Era un individuo con los pies en el suelo, procedente de Indiana, Illinois, o algún lugar parecido donde hablan con ese acento tan curioso. Era discreto en cuanto a su trabajo y bromeaba sobre su peligro. Por ejemplo, la semana pasada, cuando se acercaba un huracán, comentó: «Si azota Plum Island podremos llamarlo huracán ántrax e irnos todos al carajo.» Ja, ja, ja.

Judy, como su marido, también era doctora, del Medio Oeste, modesta, bondadosa, alegre, divertida y hermosa. John Corey, como todos los hombres que la conocieron, se enamoró de ella.

Judy y Tom parecían haberse adaptado muy bien a esta provincia marítima en los dos años transcurridos desde su llegada. Daban la impresión de disfrutar con su potente lancha y se habían involucrado en la Sociedad Histórica Peconic. Además, les encantaban las bodegas y se habían convertido en grandes conocedores de los vinos de Long Island. En realidad, habían hecho amistad con algunos de los vinateros locales, incluido Fredric Tobin, que celebraba exuberantes fiestas en su castillo, a una de las cuales yo había asistido como invitado de los Gordon.

Como pareja, los Gordon parecían felices, cariñosos, siempre dispuestos a cuidarse el uno al otro, a compartir, lo habitual de los noventa, y nunca advertí que fallara algo entre ellos. Aunque eso no significa que fueran personas perfectas ni que formaran una perfecta pareja.

Busqué en mi mente algún defecto fatal, una de esas cosas que a veces hacen que la gente muera asesinada. ¿Drogas?, improbable. ¿Infidelidad?, posible, aunque tampoco probable. ¿Dinero?, no tenían mucho que robar. De modo que el asunto quedaba reducido una vez más al trabajo.

Reflexioné. Analizándolo superficialmente, parecía que los Gordon vendían «superbichos», algo había fallado y los habían eliminado. En ese sentido, recordé que en una ocasión Tom me había confesado que su mayor temor, aparte de coger una enfermedad, era que a él y a Judy los secuestraran algún día directamente en su barco, que llegara, por ejemplo, un submarino iraní o algo por el estilo, se los llevara y nunca se volviera a saber de ellos. La idea me pareció un poco extravagante, pero recuerdo que pensé que los Gordon debían de tener muchas cosas en la cabeza que ciertas personas querían. Por tanto, era posible que el asesinato hubiera empezado como un intento de secuestro y algo hubiera fallado. Consideré dicha posibilidad. Si los asesinatos estaban relacionados con su trabajo, ¿eran los Gordon víctimas inocentes o traidores que vendían la muerte a cambio de oro? ¿Habían sido asesinados por una potencia extranjera o por alguien más próximo a casa?

Reflexioné lo mejor que pude en la OTT con el ruido, las bobadas de la media parte, la cerveza en mi cerebro y el ácido en mi estómago. Me tomé otra cerveza y otra Maalox. El médico nunca me explicó por qué no debía mezclarlas.

Intenté pensar en lo impensable, en que el apuesto y alegre Tom y la hermosa y vivaracha Judy vendieran la peste a algún demente, en depósitos de agua potable infectados o en fumigadores sobre Nueva York o Washington que provocaran millones de enfermedades y muertes…

No podía imaginar que los Gordon lo hicieran. Por otra parte, todo el mundo tiene un precio. Solía preguntarme cómo podían permitirse alquilar una casa junto al mar y comprar un barco tan caro. Puede que ahora supiera cómo y por qué necesitaban una lancha de alta velocidad y una casa con un embarcadero privado. Todo tenía sentido y, sin embargo, mi instinto me impedía creer en lo evidente.

Le di una propina excesivamente generosa a la dama del trasero nórdico y regresé al escenario del crimen.

Capítulo 4

Eran más de las once cuando conducía por el camino que llevaba a la casa de los Gordon. Una luna casi llena iluminaba el firmamento y una agradable brisa con olor a mar penetraba por las ventanillas abiertas de mi Jeep Grand Cherokee Limited verde musgo, un capricho de cuarenta mil dólares del que se había considerado merecedor el casi difunto John Corey.

Paré a cincuenta metros de la casa, puse la palanca del cambio automático en posición de aparcar y seguí escuchando unos minutos el partido antes de parar el motor.

– Las luces están encendidas -dijo una voz.

– Cállate -respondí mientras las apagaba-. Cierra el pico.

Existen muchas opciones en la vida, pero una que nunca recomendaría es la Opción de Avisos y Consejos hablados. Abrí la puerta.

– La llave está en el contacto. No ha puesto el freno de mano -dijo esa voz femenina, que juro por Dios que se parecía a la de mi ex mujer.

– Gracias, querida.

Retiré las llaves, me apeé y di un portazo.

Había disminuido considerablemente la cantidad de gente y vehículos en la calle y supuse que habían retirado los cadáveres, ya que es un hecho que la llegada del coche de la funeraria suele satisfacer a la mayoría de los espectadores y señala el fin del primer acto. Además, todos querían verse a sí mismos en las noticias de las once.

Había aumentado la presencia policial desde mi visita anterior: una unidad móvil de la policía del condado de Suffolk estaba aparcada frente a la casa, junto al furgón del forense. Este nuevo vehículo era el centro de mando, dispuesto para acomodar a investigadores, radios, aparatos de fax, telefonía móvil, equipos de vídeo y demás artefactos de alta tecnología, que constituyen el arsenal de la interminable batalla contra la delincuencia y todo eso.

Vi que un helicóptero sobrevolaba la zona y por la luz de la luna me percaté de que pertenecía a una de las cadenas de televisión. Aunque no podía oír la voz del presentador o presentadora, probablemente decía algo parecido a: «Tragedia en esta selecta comunidad de Long Island, acaecida esta tarde.» Y luego algo sobre Plum Island.

Me abrí paso entre los últimos mirones, procurando evitar a toda persona con aspecto de periodista de servicio. Crucé la cinta policial y se me acercó inmediatamente un policía de Southold. Le mostré mi placa y me saludó de mala gana.

El policía uniformado, encargado del registro en el escenario del crimen, se me aproximó con una carpeta y un horario en la mano y le facilité una vez más mi nombre, ocupación y demás datos que me solicitó. Es una norma habitual que se aplica durante la investigación de un crimen, que empieza con el primer agente que llega al lugar de autos y prosigue hasta que el último lo abandona y se devuelve la propiedad a su legítimo usufructuario. En todo caso, ya me había anotado dos veces y estaba más hondo el anzuelo.

– ¿Ha sido registrado un individuo del Departamento de Agricultura? -le pregunté al policía uniformado.

– No -respondió sin siquiera consultar su carpeta.

– Pero aquí hay un individuo del Departamento de Agricultura, ¿no es cierto?

– Tendrá que preguntárselo al jefe Maxwell.

– Le pregunto a usted por qué no lo ha apuntado.

– Tendrá que hablar con el jefe Maxwell.

– Lo haré.

En realidad, ya conocía la respuesta. Por algo llaman a esos individuos fantasmas.

Me trasladé al jardín trasero. En los lugares donde habían yacido los Gordon había ahora siluetas de tiza con un aspecto bastante fantasmagórico a la luz de la luna. Un gran plástico transparente cubría los restos detrás, donde sus órganos se habían desparramado.

En este sentido, como dije antes, me alegré de que los asesinatos hubieran tenido lugar al aire libre y no persistiera el olor a muerte. Es odioso regresar al escenario de un asesinato en el interior y encontrarse todavía con el hedor. ¿Por qué no puedo alejarlo de mi mente?, ¿de mi nariz?, ¿de mi garganta? ¿Por qué?

Dos agentes uniformados de Southold estaban sentados junto a la mesa redonda del jardín, tenían vasos de plástico humeantes en las manos. Me percaté de que uno de ellos era el agente Johnson, a quien había compensado por su amabilidad de llevarme a casa tratándolo con cierta dureza. Vivimos en un mundo difícil y yo soy una de las personas que contribuyen a que así sea. El agente Johnson me dedicó una mirada agria.

Distinguí la silueta de otro policía uniformado en el embarcadero y me alegré de que alguien hubiera aceptado mi recomendación de vigilar el barco.

Como no había nadie más en el exterior, decidí entrar por la puerta corredera, que daba a la sala de estar-comedor. Evidentemente, ya había estado antes allí y recordé que Judy me había dicho que la mayoría de los muebles, que describió como escandinavos de Taiwan, estaban ya en la casa.

Algunos funcionarios forenses seguían ocupados y me dirigí a una atractiva dama que buscaba huellas dactilares.

– ¿El jefe Maxwell?

– En la cocina -respondió mientras señalaba con el pulgar por encima del hombro-. No toque nada por el camino.

– Sí señora.

Me deslicé sobre la alfombra berberisca y me apeé en la cocina, donde parecía celebrarse una conferencia. Estaban presentes Max, en representación de la ciudad soberana de Southold, Elizabeth Penrose, en representación del condado libre e independiente de Suffolk, un caballero de traje oscuro que no necesitaba ningún letrero que dijera FBI y otro individuo vestido de forma más informal, con chaqueta y pantalón vaquero, camisa roja y botas de montaña, que parecía la parodia de un funcionario del Departamento de Agricultura que hubiese abandonado su despacho para visitar el campo.

Estaban de pie, como si pretendieran dar la impresión de que estaban reflexionando. Había una caja de cartón con vasos de plástico llenos de café y todos tenían uno en la mano. Me pareció interesante y significativo que no se hubieran reunido en la unidad móvil de mando, sino casi ocultos en la cocina.

Max, por cierto, se había acicalado para los federales y tal vez para la prensa y llevaba una estúpida corbata con banderas navales. Elizabeth vestía todavía su traje marrón claro pero se había quitado la chaqueta y exhibía una treinta y ocho y dos de la noventa y cinco debidamente enfundadas.

Sobre la mesa había un pequeño televisor en blanco y negro, sintonizado en uno de los canales de noticias con el volumen bajo. La noticia principal era la visita del presidente a algún lugar extraño donde todo el mundo era bajo.

– Éste es el detective John Corey, homicidios -dijo Max sin mencionar que mi jurisdicción empezaba y terminaba unos ciento treinta kilómetros al oeste de donde nos encontrábamos-. John, éste es George Foster, FBI -agregó antes de mirar al individuo de vaqueros-. Y éste es Ted Nash, Departamento de Agricultura.

Nos estrechamos todos la mano.

– Los Giants han marcado en el primer minuto del tercer cuarto -le dije a Penrose.

No respondió.

– ¿Café? -preguntó Max señalando la caja de cartón.

Elizabeth, que estaba más cerca del televisor, oyó algo en las noticias y subió el volumen. Nos concentramos todos en la pantalla.

– Las víctimas del doble asesinato -decía una presentadora frente a la casa de los Gordon- han sido identificadas como científicos que trabajaban en los laboratorios gubernamentales altamente secretos de patología animal en Plum Island, a escasos kilómetros de aquí.

Una toma aérea mostraba Plum Island desde unos seiscientos metros de altura. Debía tratarse de material de archivo puesto que se veía a plena luz del día. Desde el aire, la isla tenía un parecido asombroso con una chuleta de cerdo y supongo que cabría ironizar sobre la fiebre porcina… Plum Island tiene unos cinco kilómetros de longitud y menos de uno y medio en su parte más ancha.

– Éste es el aspecto que presentaba Plum Island el verano pasado, cuando esta emisora informó sobre persistentes rumores de que en la isla se llevaban a cabo investigaciones sobre la guerra bacteriológica -declaró la periodista.

Aparte de las frases trasnochadas, la presentadora tenía razón en cuanto a los rumores. Recordé un chiste aparecido en The Wall Street Journal, donde un asesor educativo dice a los padres de un alumno:

– Su hijo es perverso, mezquino, deshonesto y le encanta divulgar rumores. Sugiero que se dedique al periodismo.

Efectivamente. Y los rumores conducen al pánico. Me percaté de que aquel caso debía resolverse con rapidez.

– Nadie afirma que el asesinato de los Gordon esté relacionado con su trabajo en Plum Island -proseguía la presentadora frente a la casa-, pero la policía lo está investigando.

De nuevo al estudio.

Penrose bajó el volumen y se dirigió al señor Foster.

– ¿Desea el FBI vincularse públicamente en este caso?

– En este momento no -respondió el señor Foster-. La gente creería que existe un verdadero problema.

– El Departamento de Agricultura no tiene ningún interés oficial en este caso puesto que no existe ningún vínculo entre el trabajo de los Gordon y su muerte -agregó el señor Nash-. El departamento no hará ninguna declaración pública, salvo para expresar su aflicción por el asesinato de dos empleados muy agradables y voluntariosos.

Amén.

– Por cierto -dije dirigiéndome al señor Nash-, ha olvidado usted registrarse a su llegada.

Me miró, un poco sorprendido y muy enojado, y respondió:

– Lo haré… Gracias por recordármelo.

– No tiene importancia. Estoy a su disposición.

Después de unos minutos de charla superficial, Max se dirigió a los señores Foster y Nash.

– El detective Corey conocía a los fallecidos.

– ¿De qué los conocía? -preguntó el señor del FBI, inmediatamente interesado.

No es una buena idea empezar contestando a las preguntas, da la impresión de que uno es una persona cooperadora y yo no lo soy. No respondí.

– El detective Corey conocía a los Gordon -respondió Max en mi lugar- desde hace sólo unos tres meses. John y yo nos vemos de vez en cuando desde hace unos diez años.

Foster asintió. Estaba claro que deseaba formular más preguntas, pero mientras titubeaba intervino la detective Penrose.

– El detective Corey está redactando un informe completo sobre todo lo que sabe acerca de los Gordon, que compartiré con todas las agencias interesadas.

Primera noticia.

El señor Nash me observaba, apoyado en la mesa de la cocina. Nos miramos mutuamente, los dos machos dominantes en la sala, por así decirlo, y decidimos que no nos gustábamos y que uno de nosotros debía retirarse. El aire estaba tan cargado de testosterona que el papel se despegaba de las paredes.

– ¿Se ha decidido que esto es más que un homicidio? -pregunté después de mirar a Max y a Penrose-. ¿Es ésa la razón de la presencia del gobierno federal?

Nadie respondió.

– ¿O simplemente suponemos que hay algo más? -proseguí-. ¿Me he perdido alguna reunión o algo parecido?

– Actuamos con cautela, detective -respondió por fin sosegadamente el señor Ted Nash-. No tenemos ninguna prueba concreta de que este homicidio esté relacionado con asuntos de… bueno, para ser francos, asuntos de seguridad nacional.

– No sabía que el Departamento de Agricultura estuviera relacionado con la seguridad nacional -comenté-. ¿Disponen, por ejemplo, de vacas secretas?

– Tenemos lobos con piel de cordero -respondió con una sonrisa que expresaba su deseo de verme desaparecer.

– Touché.

Mamón.

Intervino el señor Foster antes de que la cosa se pusiera fea.

– Estamos aquí como medida preventiva, detective. Sería muy negligente por nuestra parte no investigarlo. Todos esperamos que se trate de un simple asesinato, sin ninguna relación con Plum Island.

Observé a George Foster. Tenía algo más de treinta años, típicamente aseado, mirada inteligente, llevaba un traje oscuro propio del FBI, camisa blanca, corbata discreta, unos sólidos zapatos negros y aureola.

Me concentré entonces en Ted Nash con sus vaqueros. Su edad era más próxima a la mía, estaba moreno, cabello rizado con canas, ojos azul grisáceo, impresionantemente fuerte y, en general, lo que las mujeres llamarían un semental, que era probablemente una de las razones por las que me desagradaba; después de todo, ¿cuántos sementales puede haber en una misma sala?

Quizá me hubiera mostrado más agradable con él de no haber sido porque le lanzaba miradas fugaces a Elizabeth Penrose, que ella captaba y correspondía. No me refiero a que se estuvieran tirando los tejos, sino a simples miradas fugaces y expresiones neutrales, pero había que estar ciego para no captar sus sucios pensamientos. Maldita sea, todo el planeta estaba a punto de cubrirse de ántrax y perecer o algo por el estilo, mientras esos dos se follaban con la mirada como perros en celo cuando teníamos cosas más importantes que hacer. Verdaderamente repugnante.

Max interrumpió mis pensamientos.

– John, todavía no hemos encontrado las balas que les perforaron la cabeza y suponemos que cayeron en la bahía. Empezaremos a bucear y dragar a primera hora de la mañana. Tampoco se han encontrado los casquillos -agregó.

Asentí. Una pistola automática habría expulsado los casquillos, pero no un revólver. Si el asesino había utilizado una pistola automática, había tenido también la suficiente serenidad para agacharse y recogerlos.

Hasta ahora no teníamos prácticamente nada. Dos disparos en la cabeza, ninguna bala, ningún casquillo, ningún ruido perceptible en la casa más cercana.

Miré de nuevo al señor Nash. Parecía preocupado y me alegró comprobar que, además de desear acostarse con la señorita Penrose, pensara en la salvación del planeta. En realidad, todo el mundo en la cocina parecía pensar en algo, probablemente en microbios, y es posible que se preguntaran si despertarían cubiertos de manchas rojas o algo por el estilo.

Ted Nash se acercó a la caja de cartón.

– ¿Otro café, Beth? -le preguntó a la detective Penrose.

¿Beth? ¿Qué diablos…?

– No, gracias -sonrió.

Puesto que mi estómago se había calmado, me dirigí al frigorífico en busca de una cerveza y comprobé que sus estantes estaban casi vacíos.

– Max, ¿te has llevado algo de aquí? -pregunté.

– El laboratorio se ha llevado todo lo que no estaba sellado de fábrica.

– ¿A alguien le apetece una cerveza? -pregunté.

Como nadie respondió cogí una Coors Light, la descorché y tomé un trago.

Me percaté de que todos me miraban como si esperaran que sucediera algo. La gente se comporta de una forma extraña cuando cree encontrarse en un ambiente contaminado. Tuve la tentación de agarrarme el cuello, desplomarme y empezar a retorcerme. Pero no estaba con mis compañeros de Manhattan norte, chicos y chicas a quienes divertiría mi humor negro, de modo que dejé pasar la oportunidad de inyectar un poco de alegría al lúgubre ambiente que imperaba.

– Por favor, continúa -dije dirigiéndome a Max.

– Hemos registrado toda la casa y no hemos encontrado nada inusual o significativo, salvo que la mitad de los cajones seguían intactos, algunos de los armarios no parecían haber sido abiertos, ni se habían retirado los libros de los estantes. Una forma muy inexperta de simular un robo.

– No deja de ser posible que se tratara de un yonqui con el mono y por lo tanto que no estuviese realmente concentrado. O que alguien interrumpiera al agresor o que hubiese encontrado lo que buscaba.

– Tal vez -reconoció Max.

Todos parecían meditabundos, lo que es una buena forma de disimular la carencia de pistas.

Lo asombroso de aquel doble homicidio, pensé, habían sido los dos disparos al aire, en el jardín, sin el menor preámbulo. El asesino no necesitaba ni quería nada de los Gordon, salvo que estuvieran muertos. De modo que el agresor había encontrado lo que deseaba en el interior de la casa o ellos lo llevaban claramente consigo, por ejemplo la nevera portátil. Volvíamos a la caja ausente.

Además, estaba convencido de que el asesino conocía a los Gordon y ellos lo conocían a él. Hola Tom, hola Judy. Pum, pum. Ambos se desploman, la caja cae al suelo… No, contiene frascos de un virus letal. Hola Tom, hola Judy. Dejad la caja en el suelo. Pum, pum. Se desploman. Las balas cruzan sus cráneos y van a parar a la bahía.

También había usado un silenciador. Ningún profesional haría dos ruidosos disparos al aire. Y con toda probabilidad había utilizado una pistola automática porque los silenciadores no se adaptan fácilmente a los revólveres.

– ¿Tienen perro los Murphy? -pregunté dirigiéndome a Max.

– No.

– De acuerdo… ¿Habéis encontrado dinero, carteras o cualquier otra cosa que llevasen encima las víctimas?

– Sí. Ambos llevaban una cartera deportiva idéntica, documentos de identidad de Plum Island, permiso de conducir, tarjetas de crédito y cosas por el estilo. Tom tenía treinta y siete dólares en metálico y Judy, catorce. Cada uno llevaba una fotografía del otro -agregó.

A veces son los pequeños detalles los que ayudan a comprender, los que lo convierten en algo personal. Aunque luego está la regla número uno: no involucrarse emocionalmente. No importa que la víctima sea un niño pequeño o una encantadora anciana o la atractiva Judy, que en una ocasión me había guiñado un ojo, o Tom, a quien le encantaba que probara los vinos que le gustaban y que preparaba un bistec excelente. Para el investigador de homicidios no importa la identidad de la víctima, lo único que importa es la identidad del asesino.

– Supongo que te has percatado de que no hemos encontrado la nevera portátil -dijo Max-. ¿Estás seguro de que existe?

Asentí.

El señor Foster me brindó su considerada opinión.

– Creemos que los Gordon llevaban la nevera y que el asesino o asesinos querían su contenido, consistente en lo que usted ya sabe. Yo diría que los Gordon vendían el material y que fracasó el trato -añadió.

Observé a mi alrededor la reunión del gabinete de la cocina. Es difícil interpretar la expresión de las personas cuyo trabajo consiste en interpretar la de los demás. No obstante, tuve la impresión de que la afirmación de George Foster representaba el consenso del grupo.

Así que si estaban en lo cierto, eso presuponía dos cosas: primera, que los Gordon eran realmente estúpidos al no considerar que alguien interesado en suficientes virus y bacterias para matar a miles de millones de personas podría matarlos a ellos sin el menor titubeo y, segunda, que a los Gordon no les importaban en absoluto las consecuencias de intercambiar muerte por oro. Lo que sabía con toda seguridad respecto a Tom y Judy es que no eran tontos ni desaprensivos.

También cabía pensar que el asesino tampoco era estúpido y me pregunté cómo podía saber que el contenido de la nevera era lo que se suponía que debía ser. ¿Cómo podía saberlo? Hola Tom, hola Judy. ¿Tenéis el virus? Bien. Pum, pum.

¿Sí? ¿No? Imaginé diferentes versiones con y sin nevera portátil, con y sin la persona o personas que los Gordon debían de conocer, etcétera. Me pregunté también cómo habrían llegado a la casa. ¿En barco?, ¿en coche? Miré a Max.

– ¿Algún vehículo desconocido?

– Ninguna de las personas interrogadas vio ningún vehículo desconocido -respondió Max-. Los dos coches de los Gordon están en el garaje -agregó-. El forense se los llevará mañana al laboratorio junto con el barco.

La señorita Penrose me habló por primera vez directamente.

– Es posible que el asesino o asesinos llegaran en barco. Ésa es mi teoría.

– También es posible, Elizabeth, que el asesino o asesinos viniesen en uno de los coches de los Gordon que hubieran tomado prestado. Estoy realmente convencido de que se conocían.

– Creo que llegaron en barco, detective Corey -respondió en un tono seco después de mirarme fijamente.

– Puede que el agresor llegara andando, o en bicicleta, o en moto -proseguí-. Tal vez vino nadando o lo trajo alguien. Quizá llegó en una tabla de surf o en parapente. Es posible que los asesinos sean Edgar Murphy y su esposa.

Me miró fijamente y comprendí que estaba de mí hasta la coronilla. Reconozco esa mirada; he estado casado.

Max interrumpió nuestra discusión.

– Hay algo interesante, John. Según el personal de seguridad de Plum Island, los Gordon salieron a las doce del mediodía, subieron a su barco y se hicieron a la mar.

En el silencio se oía el ronroneo del refrigerador.

– Una posibilidad que se me ocurre -dijo el señor Foster- es que los Gordon hubieran ocultado lo que vendían en alguna cala o ensenada de Plum Island y utilizaran su barco para recuperarlo. O que salieran del laboratorio con la nevera portátil, la subieran a bordo y se hicieran a la mar. En ambos casos se reunieron a continuación con sus clientes en algún lugar de la bahía, entregaron la caja y, por lo tanto, ya no la tenían cuando regresaron a su casa, pero sí el dinero. Aquí se encontraron con el asesino, que les disparó y se llevó el dinero.

Todos consideramos dicha posibilidad. Evidentemente, uno no puede evitar cuestionarse que si el intercambio se efectuó en el mar, ¿por qué no los mataron también allí? Cuando los especialistas en homicidios hablan del asesinato perfecto se refieren a los cometidos en alta mar, donde existen pocas o ninguna prueba forense, generalmente ningún ruido, ningún testigo y, en la mayoría de los casos, ningún cadáver. Y si se hace con acierto, parece un accidente.

Es lógico suponer que unos profesionales que acabaran de adquirir un microbio letal no pretendieran llamar la atención asesinando a dos científicos de Plum Island en el jardín de su propia casa. No obstante, se suponía que debía parecer que los Gordon habían sorprendido a un ladrón. Aunque quien lo hubiera planeado no había sido muy convincente. Todo aquello tenía un aspecto poco profesional o puede que los autores fueran extranjeros que no habían visto muchas películas de policías estadounidenses por televisión. O que la explicación fuera otra.

¿Y cómo se explicaban las cinco horas y media transcurridas desde la hora en que los Gordon habían abandonado Plum Island y la hora en que el señor Murphy dijo haber oído su barco, a las cinco y media? ¿Dónde habían estado?

– Esto es todo lo que tenemos hasta el momento, John -añadió Max-. Mañana dispondremos de los informes del laboratorio y también quedan algunas personas con las que debemos hablar mañana. ¿Alguna sugerencia?, ¿amigos de los Gordon?

– No sé con quién se relacionaban los Gordon y, que yo sepa, no tenían enemigos. Entretanto -agregué dirigiéndome al señor Nash-, quiero hablar con el personal de Plum Island.

– Es posible que pueda hablar con algunas de las personas que trabajan allí -respondió el señor Nash-. Pero, por razones de seguridad nacional, debo estar presente en todas las entrevistas.

– No olvide que esto es una investigación criminal -repliqué en mi tono más agresivo de policía neoyorquino-. No me venga con esa mierda.

El ambiente en la cocina estaba cargado. Algunas veces he trabajado con personal del FBI o de estupefacientes y no ha habido ningún problema; después de todo, también son policías. Pero esos espías como Nash son unos auténticos gilipollas. Ni siquiera reconocía que fuese de la CIA, del Servicio de Inteligencia, de la Inteligencia Militar o de alguna organización parecida. Lo que sabía con toda seguridad era que no pertenecía al Departamento de Agricultura.

– No tengo ningún inconveniente en que Ted Nash esté presente en cualquier entrevista o interrogatorio -dijo Max, que supongo que se consideraba el anfitrión de aquella reunión de egocentristas, antes de mirar a la detective Penrose.

Mi amiga Beth me miró fugazmente antes de dirigirse a Nash, que se la follaba con la mirada.

– Yo tampoco tengo ningún inconveniente.

– El FBI también asistirá a cualquier reunión, entrevista, interrogatorio o sesión de trabajo en los que esté presente Ted -aclaró George Foster.

Me estaban cantando las cuarenta realmente y me pregunté si Max iba a dejarme en la estacada.

– El área que me concierne es el terrorismo nacional -prosiguió razonablemente el señor Foster-. A Ted Nash le preocupa el espionaje internacional. Ustedes investigan un homicidio según las leyes del Estado de Nueva York -añadió después de mirar detenidamente a Max, a Penrose y a mí-. Si nadie se cruza en el camino del otro, no habrá problemas. No jugaré a detective de homicidios si ustedes no juegan a defensores del mundo libre. ¿Justo?, ¿lógico?, ¿factible? Seguro que sí.

Miré a Nash y le pregunté abiertamente:

– ¿Para quién trabaja usted?

– No estoy autorizado a revelárselo en este momento -respondió-. Para el Departamento de Agricultura no -agregó.

– Y yo que me lo había creído -comenté con sarcasmo-. Son listos.

– Detective Corey, ¿puedo hablar contigo en privado? -sugirió Elizabeth.

En lugar de prestarle atención quise seguir presionando al señor Nash. Necesitaba siete puntos en el marcador y sabía cómo conseguirlos.

– Nos gustaría ir a Plum Island esta noche -dije.

– ¿Esta noche? -exclamó sorprendido-. Los transbordadores no funcionan…

– No necesito ningún transbordador gubernamental. Utilizaremos la lancha policial de Max.

– Imposible -respondió Nash.

– ¿Por qué?

– El acceso a la isla está prohibido.

– Esto es una investigación criminal -le recordé-. ¿No acabamos de reconocer que el jefe Maxwell; la detective Penrose y yo estamos investigando un asesinato?

– No en Plum Island.

– Claro que sí.

Me lo estaba pasando realmente de lo lindo y confiaba en que Elizabeth se percatara de qué clase de gilipollas era ese tipo.

– Ahora no hay nadie en Plum Island -dijo el señor Nash.

– Está el personal de seguridad y quiero hablar con ellos ahora -respondí.

– Por la mañana y no en la isla.

– Ahora y en la isla o de lo contrario despertaré a un juez y conseguiré una orden de registro.

El señor Nash me miró fijamente.

– Es improbable que un juez local extienda una orden de registro para una propiedad del gobierno de Estados Unidos. Necesitará que intervengan un ayudante del fiscal general y un juez federal. Supongo que si es usted detective de homicidios ya lo sabe y puede que también sepa que ni al fiscal general ni a un juez federal les entusiasmará extender dicha orden si afecta a la seguridad nacional. De modo que no me venga con bravatas ni fanfarronadas.

– ¿Y si le amenazo?

Por fin, Max se hartó del señor Nash, que empezaba a perder su piel de cordero.

– Puede que Plum Island sea una propiedad federal pero forma parte del municipio de Southold, del condado de Suffolk y del Estado de Nueva York. Quiero que se nos autorice a visitar la isla mañana o conseguiremos una orden judicial.

– En realidad no es necesario ir a la isla -respondió el señor Nash, que ahora procuraba ser amable.

La detective Penrose, que en ese momento estaba evidentemente de mi parte, se dirigió a su nuevo amigo.

– Debemos insistir, Ted.

¿Ted? Caramba, realmente me he perdido algo en esa mísera hora de retraso.

Ted y Beth se miraron, almas torturadas, desgarradas entre la rivalidad y la lascivia.

– Bien… Haré una llamada -dijo por fin el señor Ted Nash, del Departamento de Seguridad de Bichos o lo que fuera.

– Mañana por la mañana -insistí-, a más tardar.

El señor Foster no dejó escapar la oportunidad de dirigirse al señor Nash.

– Creo que estamos todos de acuerdo, Ted, en que iremos mañana por la mañana.

El señor Nash asintió. Había dejado de brindarle a Beth Penrose miradas seductoras y ahora concentraba en mí sus pasiones.

– Si en algún momento determinamos que se ha cometido un delito federal, detective Corey, probablemente sus servicios dejarán de ser necesarios.

Había reducido a Teddy a la mezquindad y sabía cuándo retirarme. Acababa de emerger victorioso de un combate verbal, en el que había derrotado al untuoso Ted y recuperado el amor de lady Penrose. Soy un genio. Me sentía realmente mejor, había recuperado mi desagradable personalidad habitual. Además, esos personajes necesitaban que se les atizara un poco. La rivalidad es buena. La competencia es una cualidad norteamericana. ¿Qué ocurriría si el equipo de Dallas y el de Nueva York fueran amigos?

Los otros cuatro personajes tomaban ahora café y charlaban alrededor de la caja de cartón, intentando recuperar la cordialidad y el equilibrio reinantes antes de la llegada del detective Corey. Cogí otra cerveza de la nevera y me dirigí al señor Nash en tono profesional.

– ¿Con qué clase de microbios juegan en Plum Island? Es decir, ¿qué interés puede tener cualquier potencia extranjera por los microbios causantes de la glosopeda o de la enfermedad de las vacas locas? Dígame, señor Nash, de qué debo preocuparme para que cuando no pueda dormir sepa qué nombre darle.

– Supongo que deben de conocer el estado sumamente grave de la situación -respondió después de un prolongado silencio, de aclararse la garganta y mirar detenidamente a todos los presentes-. Aparte de la autorización de seguridad, en este caso inexistente, ustedes han jurado fidelidad como agentes de policía, por lo tanto…

– Nada de lo que diga saldrá de esta habitación -dije cordialmente.

A no ser que me convenga mencionárselo a alguien, pensé.

Nash y Foster se miraron y éste asintió.

– Todos ustedes saben, puede que lo hayan leído, que Estados Unidos ha abandonado la investigación o desarrollo en el campo de la guerra biológica. Hemos firmado un tratado a tal efecto.

– Ésa es la razón por la qué amo este país, señor Nash. Aquí no hay bombas bacteriológicas.

– Exactamente. Sin embargo… existen ciertas enfermedades que se encuentran entre los estudios biológicos legítimos y las armas biológicas potenciales. Ántrax es una de ellas. Como ustedes saben -prosiguió después de mirar a Max, a Penrose y a mí-, siempre han existido rumores de que Plum Island no es sólo un centro de investigación de patología animal, sino algo más.

Nadie respondió.

– En realidad -siguió diciendo Nash-, no es un centro de investigación de guerra biológica. No existe tal cosa en Estados Unidos. Pero no sería fiel a la verdad si negara que de vez en cuando visitan la isla especialistas en la guerra biológica para informarse y leer los informes de algunos experimentos. En otras palabras, existe cierto traspaso entre las enfermedades animales y las humanas o entre la guerra biológica ofensiva y la defensiva.

Conveniente traspaso, pensé.

El señor Nash tomó un trago de café y reflexionó antes de proseguir.

– La fiebre porcina africana, por ejemplo, se ha relacionado con el VIH. En Plum Island estudiamos la fiebre porcina africana y los medios de información inventan esa basura sobre… lo que se les antoja. Lo mismo ocurre con la fiebre del valle del Rif, el virus Hanta, así como otros retrovirus y filovirus como el Ébola Zaire y el Ébola Marburg…

En la cocina, donde todo el mundo era consciente de que aquél era el tema más aterrador del universo, imperaba un silencio sepulcral. En lo concerniente a armas nucleares, la gente era fatalista o creía que nunca llegarían a utilizarse. La guerra o el terrorismo biológico eran imaginables. Y si se desencadenase la peste adecuada, habría llegado el fin y no en un abrir y cerrar de ojos, sino lentamente, conforme se extendiera de los enfermos a los sanos y los cadáveres se descompusieran donde se hubieran desplomado, como en una película de serie B, próximamente en sus pantallas.

El señor Nash prosiguió, en un tono medio reticente medio orgulloso de saber lo que nosotros desconocíamos.

– Puesto que dichas patologías pueden afectar y afectan a los animales, su legítimo estudio corresponde a la jurisdicción del Departamento de Agricultura… El departamento intenta encontrar una curación para dichas enfermedades a fin de proteger la ganadería norteamericana y, por extensión, al pueblo norteamericano, porque a pesar de que suele haber una barrera entre las especies, que hace que patologías animales no afecten a seres humanos, estamos descubriendo que algunas pueden cruzar esa barrera… En el caso de la enfermedad de las vacas locas en Gran Bretaña, por ejemplo, existen pruebas de que algunas personas la contrajeron…

Puede que mi ex mujer tuviera razón en cuanto a la carne. Intenté imaginar una vida con hamburguesas de soja, judías sin carne y perritos calientes de algas. Prefería la muerte. De pronto sentí amor y cariño por el Departamento de Agricultura.

También me percaté de que lo que nos contaba el señor Nash era la basura oficial… eso de que las enfermedades animales cruzaran la barrera entre especies y todo lo demás. En realidad, si los rumores tenían fundamento, Plum Island era un lugar donde también se estudiaban enfermedades infecciosas humanas, de forma específica y deliberada, como parte de un programa de guerra biológica oficialmente inexistente. Por otra parte, podía ser sólo un rumor o que lo que hacían en Plum Island no fuera ofensivo sino defensivo.

Me pareció que la línea divisoria era muy tenue. Los microbios son microbios; desconocen la diferencia entre vacas, cerdos o personas. No distinguen la investigación defensiva de la ofensiva, no diferencian las vacunas preventivas de una bomba biológica. Maldita sea, ni siquiera distinguen entre el bien y el mal. Si seguía escuchando esa basura de Nash, podía empezar a creer que en Plum Island desarrollaban unos interesantes nuevos cultivos de yogur.

El señor Nash miraba fijamente su taza de café como si pensase que el agua podría haber sido infectada ya con la enfermedad de las vacas locas.

– El problema, evidentemente -prosiguió-, estriba en que esos cultivos víricos y bacteriológicos pueden ser… Me refiero a que si alguien llegase a obtener esos microorganismos y poseyera el conocimiento necesario para multiplicarlos a partir de las muestras, podría producirlos en grandes cantidades, y si, de algún modo, entraran en contacto con la población… podría existir un problema potencial de sanidad pública.

– ¿Se refiere a una especie de plaga del fin del mundo con los muertos amontonados en las calles? -pregunté.

– Sí, algo por el estilo.

Silencio.

– Así que -siguió diciendo el señor Nash en un tono grave-, aunque todos anhelamos descubrir la identidad del asesino o asesinos de los señores Gordon, estamos todavía más preocupados por descubrir si éstos cogieron algo de la isla y se lo entregaron a alguna persona o personas no autorizadas.

– ¿Puede alguien determinar si ha desaparecido algo de los laboratorios? -preguntó Beth después de un prolongado silencio.

Ted Nash miró a Beth Penrose de la misma forma en que un catedrático mira a su estudiante predilecto cuando ha formulado una pregunta brillante. En realidad, la pregunta no era tan genial pero todo vale para ligártela, ¿no es cierto, Ted?

El señor Estupendo se dirigió a su protegida:

– Como probablemente sospeches, Beth, puede que no sea posible descubrir si falta algo. El problema estriba en que los microorganismos pueden reproducirse secretamente en algún lugar de los laboratorios de Plum Island o en otros sitios de la isla y ser trasladados luego a otro lugar sin que nadie llegue nunca a saberlo. No son como los agentes químicos o nucleares, que pueden controlarse hasta el último gramo. A las bacterias y a los virus les gusta reproducirse.

Aterrador, si se piensa en ello… los microbichos son baja tecnología, comparados con la fisión nuclear o la fabricación de gases tóxicos. Se producen en un laboratorio casero, son baratos y se reproducen solos en… ¿qué era lo que utilizábamos en el laboratorio de biología?, ¿caldo de carne? Nunca volvería a comer otra hamburguesa.

La señorita Penrose, orgullosa de su última pregunta, decidió formularle otra al señor Sabelotodo.

– ¿Podemos suponer que los organismos que se estudian en Plum Island son particularmente letales? O sea, ¿manipulan genéticamente dichos organismos para convertirlos en más mortíferos que en su estado natural?

– No -respondió el señor Nash, a quien no le gustó la pregunta-. A decir verdad, el laboratorio de Plum Island está capacitado para la ingeniería genética, pero lo que hacen es alterar genéticamente los virus para que no puedan provocar ninguna enfermedad y, sin embargo, estimulen el sistema inmunitario para que genere anticuerpos en caso de que un auténtico virus infecte el organismo. En resumen, toda la ingeniería genética que se practica en Plum Island está encaminada a debilitar los virus o las bacterias, no a incrementar su capacidad patológica.

– Por supuesto -dije yo-. Aunque eso también es posible con la ingeniería genética.

– Sí, es posible. Pero no en Plum Island.

Se me ocurrió que Nash alteraba genéticamente la información. Tomaba un germen de verdad, por así decirlo, y lo debilitaba para administrarnos una dosis suave de malas noticias. Un individuo inteligente.

Harto de toda esa basura científica, dirigí mi siguiente pregunta al señor Foster.

– ¿Están ustedes haciendo algo para mantener esto controlado?, ¿aeropuertos, autopistas, etcétera?

– Tenemos a todo el mundo buscando… lo que sea -respondió el señor Foster-. Todos los aeropuertos, puertos de mar y estaciones de ferrocarril de la zona están vigilados por nuestro personal, la policía local y el personal de aduanas. Los guardacostas paran y registran los barcos e incluso disponemos de los barcos y aviones del Departamento de Narcóticos. El problema es que los que lo hayan hecho nos llevan unas tres horas de ventaja porque, francamente, no se nos notificó a su debido tiempo…

El señor Foster miró al jefe Maxwell, que tenía los brazos cruzados y hacía una mueca.

Unas palabras sobre Sylvester Maxwell. Es un policía honrado, no el más brillante del mundo pero tampoco estúpido. De vez en cuando puede ser testarudo, aunque eso parece una característica de la zona norte de Long Island más que del propio jefe. Como responsable de un pequeño destacamento de policía rural, que se ve obligado a trabajar con el cuerpo, mucho más extenso, de la policía del condado y de vez en cuando con la policía estatal, ha aprendido cuándo proteger su territorio y cuándo retroceder.

Otro aspecto: la realidad geográfica de una jurisdicción marítima en la era del contrabando de drogas ha acercado enormemente a Max al Departamento de Narcóticos y al cuerpo de guardacostas. Los de narcóticos siempre suponen que los policías locales pueden estar involucrados en el tráfico de drogas, y los policías locales, como Max, tienen la seguridad de que el Departamento de Narcóticos está implicado en dicho tráfico. Los guardacostas y el FBI se consideran limpios pero sospechan de los de estupefacientes y de la policía local. El Servicio de Aduanas es predominantemente honrado, aunque con algunos individuos que aceptan dinero por hacer la vista gorda. En resumen, el tráfico de drogas es lo peor que ha ocurrido para el cumplimiento de la ley en Estados Unidos desde la prohibición.

Y de Max pasé a pensar en las drogas y en la lancha de diez metros de los Gordon con sus potentes motores. Puesto que los hechos no parecían coincidir con la idea de que los Gordon intercambiaran una epidemia mortal por dinero, puede que lo hicieran con la del contrabando de drogas. Tal vez iba por buen camino. Quizá compartiese la idea con los demás cuando la hubiera elaborado en mi mente. O puede que no lo hiciera.

El señor Foster hizo todavía algunos comentarios relacionados con la tardanza del jefe Maxwell en contactar con el FBI y se aseguró de que quedara constancia de ello. Comentarios del tipo: «Por Dios, Max, debiste haber acudido antes a nosotros. Ahora todo está perdido y es culpa tuya.»

– Llamé a la brigada de homicidios del condado menos de diez minutos después de descubrir el asesinato. A partir de entonces ya no estaba en mis manos. Cumplí con mi obligación -señaló Max.

La señorita Penrose sintió ocho ojos en su trasero y respondió:

– No tenía la menor idea de que las víctimas formaran parte del personal de Plum Island.

– Se lo comuniqué al individuo que contestó al teléfono, Beth. El sargento… No recuerdo su nombre. Comprueba la cinta -dijo Max en un tono amable pero firme.

– Lo haré -respondió la detective Penrose-. Puede que tengas razón, Max, pero dejemos esto ahora. Concentrémonos en resolver el crimen -agregó dirigiéndose a Foster.

– Buen consejo -dijo el señor Foster y miró a su alrededor-. Otra posibilidad es que quienes hayan recibido ese material no piensen sacarlo del país. Podrían disponer de un laboratorio local, un lugar discreto que no llamase la atención, sin necesidad de productos químicos inusuales que pudieran ser detectados. La peor posibilidad consistiría en que esos organismos, sean lo que fueren, se administraran a la población de varias formas después de cultivados. Algunos pueden introducirse fácilmente en el agua potable, otros se dispersan por el aire y en otros casos los transmiten las personas y los animales. No soy un experto, pero he hablado por teléfono con ciertas personas de Washington y tengo entendido que el potencial de infección y contagio es muy elevado. En una ocasión, en un documental televisivo se sugirió que un frasco de café lleno de ántrax, vaporizado por un solo terrorista que circulara en una lancha por Manhattan, causaría la muerte de un mínimo de doscientas mil personas -agregó.

De nuevo se hizo el silencio en la sala.

– Podría ser peor -prosiguió el señor Foster, que al parecer disfrutaba de la atención que recibía-. Es difícil calcularlo. El ántrax es una bacteria, los virus podrían ser peores.

– ¿Debo entender que no hablamos del posible robo de un solo tipo de virus o de bacteria? -pregunté.

– Si alguien está dispuesto a robar ántrax -respondió George Foster-, ¿por qué no robar también Ébola o cualquier otro organismo que tenga a mano? Eso plantearía una amenaza múltiple, como no se daría nunca en la naturaleza, y sería imposible de contener o controlar.

Del reloj de la sala de estar sonaron doce campanadas y el señor Ted Nash, con un gran sentido dramático y el propósito de impresionarnos con su cultura, recibida indudablemente en alguna universidad de la Ivy League, citó a Shakespeare:

– «Ésta es la hora embrujada de la noche, cuando bostezan los campanarios y el propio infierno expira su contagio con este mundo.»

– Voy a tomar un poco de aire fresco -dije después de aquella nota de alegría.

Capítulo 5

En lugar de salir directamente a tomar el aire me dirigí al ala izquierda de la casa, donde Tom y Judy habían instalado su despacho en lo que antes era un dormitorio.

Un genio de la informática estaba instalado frente al ordenador, donde yo pretendía sentarme. Me presenté al caballero, que se identificó como detective Mike Resnick, especialista en delitos informáticos del Departamento de Policía del condado.

La impresora zumbaba incesantemente y la mesa estaba cubierta de papel impreso.

– ¿Ha encontrado ya al asesino?

– Sí, ahora juego a los marcianitos.

Mike podía ser de gran ayuda y le pregunté:

– ¿Qué ha descubierto hasta ahora?

– Bueno… principalmente… Un momento. ¿Qué es eso? Ah, nada… ¿Qué ha… qué…?

– Descubierto hasta ahora. Descubierto hasta ahora.

Me encanta hablar con fanáticos de la informática.

– Ah… sobre todo cartas… cartas personales a amigos y parientes, algunas cartas de negocios… algunas… ¿Qué es eso? Nada…

– ¿Alguna referencia a Plum Island?

– No.

– ¿Algo interesante o sospechoso?

– No.

– Artículos científicos…

– No. Dejaré lo que estoy haciendo y se lo comunicaré al departamento de homicidios en el momento en que crea haber encontrado algo.

Mike parecía un poco quisquilloso, como si hubiera pasado muchas horas frente al ordenador y deseara irse a dormir.

– ¿Algún dato financiero? -pregunté-, ¿inversiones, talonarios, presupuesto doméstico…?

– Sí -respondió después de levantar la cabeza de la pantalla-, eso ha sido lo primero que he impreso. Extendían sus cheques por ordenador. Ahí están todos los movimientos de su talonario durante los últimos veinticinco meses, desde que abrieron una cuenta -agregó mientras señalaba un montón de papel cerca de la impresora.

– ¿Le importa que lo examine? -pregunté después de levantar el montón indicado.

– No, pero no se lo lleve lejos de aquí. Debo adjuntarlo todo a mi informe.

– Sólo me lo llevaré a la sala de estar, allí hay más luz.

– Bien…

Se había concentrado de nuevo en el ordenador, que le resultaba más interesante que yo, y me retiré.

En la sala, la dama de las huellas seguía espolvoreando y obteniendo muestras.

– ¿Ha tocado algo? -preguntó.

– No, señora.

Me acerqué a la biblioteca, a ambos lados de la chimenea. A la izquierda estaba la literatura de ficción, en su mayoría libros de encuadernación en rústica, que constituían una buena mezcla de basura y tesoros. A la derecha estaban las obras de consulta y los ensayos y, cuando examiné los títulos, comprobé que oscilaban entre tratados técnicos de biología y la habitual porquería sobre salud y ejercicio. Había también un estante completo dedicado a publicaciones locales sobre Long Island, su flora, su fauna, su historia, etcétera.

En el anaquel inferior había una serie de libros de navegación, cartas y cosas por el estilo. Los Gordon, como ya he mencionado, se habían aficionado enormemente a la navegación para ser unas personas procedentes del Medio Oeste, a muchísimos kilómetros del mar. Por otra parte, había salido con ellos varias veces e incluso yo me percaté de que no eran grandes navegantes. Además, no pescaban, ni se interesaban por el marisco, ni siquiera nadaban. Sólo les gustaba apretar el acelerador de vez en cuando. Lo que me hizo pensar de nuevo que se trataba de un asunto de drogas.

Con esa idea presente dejé los papeles del ordenador sobre la mesa y, con un pañuelo en la mano, saqué un enorme volumen de cartas de navegación y lo coloqué sobre la repisa de la chimenea. Lo hojeé sin tocarlo directamente con los dedos. Buscaba frecuencias de radio, números de teléfonos móviles o cualquier cosa que un contrabandista anotara en sus cartas de navegación.

Cada página mostraba una zona de unos treinta y cinco kilómetros cuadrados. La tierra que aparecía en las cartas no estaba descrita, salvo algunos puntos de referencia que podían verse desde el mar. Sin embargo, en éste estaban señalados los arrecifes, las rocas, las profundidades, los faros, los barcos naufragados, las boyas y toda clase de ayudas y peligros para la navegación.

Examiné las páginas, supongo que en busca de alguna cruz que indicara un lugar de encuentro, unas coordenadas determinadas o nombres como Juan o Pedro, pero todas estaban impecables a excepción de una línea amarilla fosforescente, que conectaba el embarcadero de los Gordon con el de Plum Island. Ésa era la ruta que seguían para trasladarse al trabajo, entre la orilla meridional de la zona norte de Long Island y Shelter Island, siempre por la parte más segura y de mayor profundidad del estrecho. Eso no era realmente ninguna pista.

Me percaté de que sobre Plum Island, impreso en rojo, decía: «Acceso controlado. Propiedad del gobierno de Estados Unidos. Cerrado al público.»Estaba a punto de cerrar aquel enorme volumen cuando vi algo casi oculto por mi propio pañuelo. Hacia la parte inferior de la página, al sur de Plum Island, aparecía el número 44106818 escrito con un lápiz y entre interrogantes, semejante al que acababa de emerger de mi cabeza como en el globo de una viñeta: ¿44106818? Convirtámoslo en dos interrogantes y una exclamación.

¿Eran los ocho dígitos habituales de unas coordenadas?, ¿una frecuencia de radio?, ¿un teléfono disimulado de chistes a la carta?, ¿drogas?, ¿microbios? ¿Qué?

Se llega a un punto en las investigaciones de homicidios en que uno dispone de demasiadas pistas para saber qué hacer con ellas. Las pistas son como ingredientes de una receta culinaria sin instrucciones; mezclados de la forma adecuada uno acaba por cenar, pero si uno no sabe qué hacer con ellos, pasará mucho tiempo en la cocina, confuso y hambriento.

Agarré el libro de cartas de navegación con mi pañuelo y se lo llevé a la dama de las huellas dactilares.

– ¿Podría examinar minuciosamente este libro? -pregunté con una radiante sonrisa.

Me miró mal, después cogió el libro con la mano, cubierta por un guante de látex, y lo observó detenidamente.

– Este papel de mapa es difícil de tratar… pero la cubierta tiene un buen satinado… Veré lo que puedo hacer. Nitrato de plata o ninhidrina -agregó-. Hay que hacerlo en el laboratorio.

– Muchas gracias, competente señora.

– ¿Quién tiene más huellas dactilares? -preguntó con una sonrisa-. ¿El FBI, la CIA o el CEP?

– ¿Qué es el CEP? ¿Se refiere al Centro de Estudios de Protección Ambiental?

– No. Al culo de Elizabeth Penrose -respondió con una carcajada-. Es un chiste que circula por la central. ¿No lo había oído?

– Creo que no.

– Me llamo Sally Hines -dijo ofreciéndome la mano.

– Yo soy John Corey -respondí mientras le estrechaba la suya, enguantada-. Me encanta el contacto del látex en la piel desnuda. ¿Y a ti?

– Sin comentarios -respondió antes de hacer una pausa-. ¿Eres el individuo del Departamento de Policía de Nueva York que trabaja en este caso con la brigada de homicidios del condado?

– Efectivamente.

– Olvida la broma sobre Penrose.

– Por supuesto. ¿Qué hay por aquí, Sally?

– La casa se había limpiado recientemente, así que las superficies están bastante intactas y nítidas. No he estudiado detenidamente las huellas pero veo predominantemente dos grupos, pertenecientes con toda probabilidad al matrimonio. Sólo he detectado alguna diferente de vez en cuando, pero si quieres mi opinión, detective, el asesino llevaba guantes. Esto no es obra de un yonqui, que deja cinco huellas perfectas en el armario de las bebidas.

– Esmérate todo lo que puedas con ese libro -dije después de asentir.

– Yo sólo hago trabajos perfectos. ¿Y tú? -repuso mientras sacaba una bolsa de plástico de su maletín y metía en ella el libro de cartas de navegación-. Necesito tus huellas para poder descartarlas.

– Búscalas luego en el culo de Elizabeth Penrose.

– Limítate a poner las manos sobre esa mesilla de cristal -dijo después de soltar una carcajada.

– ¿Les has tomado las huellas a esos dos individuos que acompañan al jefe Maxwell? -pregunté después de obedecer.

– Me han dicho que nos ocuparíamos de ello más tarde.

– Claro. Escúchame, Sally, muchas personas, como esos de la cocina, van a mostrarte impresionantes documentos de identidad. Ofrece exclusivamente tu información a la brigada de homicidios del condado, a ser posible sólo a Penrose.

– Entendido -respondió y seguidamente miró a su alrededor-. Por cierto, ¿qué es eso de los microbios?

– Esto no tiene nada que ver con microbios. Por casualidad, las víctimas trabajaban en Plum Island, pero es pura coincidencia.

– De acuerdo.

Recogí las hojas impresas del ordenador y me dirigí hacia la puerta de cristal.

– No me gusta cómo se está tratando este escenario del crimen -exclamó Sally cuando ya me retiraba.

No respondí.

Descendí hacia la bahía, donde había un bonito banco cara al mar. Dejé los documentos sobre el banco y contemplé la bahía.

Había suficiente brisa para mantener los mosquitos alejados de mí. Unas pequeñas olas se desplazaban por la superficie del océano y agitaban el barco de los Gordon. Unas nubes blancas surcaban el firmamento frente a una gran luna brillante y el aire, que cambiaba de dirección y soplaba ahora del norte, olía más a tierra que a mar.

De algún modo, tal vez por ósmosis, había empezado a comprender las fuerzas elementales de la tierra y del mar a mi alrededor. Supongo que si se sumaban todas las vacaciones de dos semanas que había pasado aquí de niño, así como los fines de semana en otoño, no era de sorprender que algo hubiera penetrado en mi cerebro urbano.

Hay momentos en los que me apetece abandonar la ciudad y entonces pienso en un lugar como éste. Supongo que debería venir aquí en invierno, a pasar unos meses en esa casa enorme y llena de corrientes de aire del tío Harry y comprobar si me convierto en un alcohólico o en un ermitaño. Si se siguen cometiendo asesinatos en esta zona, el concejo municipal de Southold me nombrará asesor de homicidios permanente a cien dólares diarios y todas las almejas que sea capaz de comerme.

Me sentía inusualmente ambivalente respecto a mi reincorporación al servicio. Estaba dispuesto a probar algo distinto pero quería hacerlo por voluntad propia, no por prescripción facultativa. Además, si los médicos decidiesen que estaba acabado, no podría encontrar a los dos individuos que me habían disparado y eso era una importante tarea inacabada. Yo no tengo sangre italiana pero mi compañero, Dominic Fanelli, es siciliano y me ha enseñado toda la historia y el protocolo de la venganza. Me obligó a ver tres veces El Padrino. Creo haberlo comprendido. Los dos caballeros hispanos debían dejar de vivir y Dominic intentaba encontrarlos. Esperaba que me llamase el día que lo hiciera.

En cuanto a mi estado de salud, empezaba a cansarme y me senté en el banco. Ya no era exactamente el mismo superhombre de antes de que me dispararan.

Me acomodé y contemplé un rato la noche. En un pequeño parterre, a la izquierda del embarcadero de los Gordon, había un elevado mástil blanco con una cruceta, llamado verga, de cuyos penoles descendían dos cuerdas o cabos llamados drizas. Comprobarán que he aprendido algunos términos náuticos. El caso es que los Gordon habían encontrado un juego completo de banderas de señalización en un armario del garaje y a veces las izaban para divertirse, con mensajes como «Prepárense para el abordaje» o «El capitán está en tierra».

Me había percatado anteriormente de que en la parte superior del mástil ondeaba la bandera pirata y me pareció irónico que lo último que izaran los Gordon fuera una calavera con unos huesos cruzados.

También vi que en cada driza había una bandera de señalización, que apenas distinguía en la oscuridad, aunque poco importaba porque desconocía por completo su significado.

Beth Penrose se sentó en el extremo izquierdo del banco. Desgraciadamente se había puesto de nuevo la chaqueta y se cruzó de brazos como si tuviera frío. Las mujeres siempre tienen frío. No dijo nada pero se quitó los zapatos, se frotó los pies contra el césped y movió los dedos. También usan zapatos incómodos.

Después de unos minutos de amigable silencio, o tal vez hostil frialdad, opté por romper el hielo.

– Tenías razón. Pudo ser un barco.

– ¿Vas armado?

– No.

– Bien. Voy a volarte la tapa de los sesos.

– Caramba, Beth…

– Tú llámame detective Penrose.

– Anímate.

– ¿Por qué has sido tan desagradable con Ted Nash?

– ¿A quién te refieres?

– Sabes muy bien a quién me refiero. ¿Qué problema tienes?

– Cosas de hombres.

– Te has puesto en ridículo. Todo el mundo cree que eres un soberbio idiota, completamente inútil e incompetente. Y has perdido mi respeto.

– Entonces supongo que el sexo queda descartado.

– ¿Sexo? No quiero respirar ni siquiera el mismo aire que tú.

– Eso duele, Beth.

– No me llames Beth.

– Ted te llama…

– Escúchame, Corey, conseguí este caso porque se lo supliqué de rodillas al jefe de homicidios. Éste es realmente mi primer caso de asesinato. Lo único que me habían dado antes era basura: yonquis que se disparan entre sí, disputas familiares con tenedores y cuchillos y mierda por el estilo. Además con escasa frecuencia. El índice de homicidios es bajo en este condado.

– Cuánto lo siento.

– Claro. Tú te dedicas permanentemente a esto, estás harto y te pones cínico y sarcástico.

– Bueno, yo no diría…

– Si lo que pretendes es ponerme en ridículo, vete a la mierda -exclamó antes de ponerse de pie.

– Espera -respondí y también me levanté-. Estoy aquí para ayudar.

– Entonces ayuda.

– De acuerdo. Escúchame. En primer lugar un consejo: No hables demasiado con Foster o con tu amigo Ted.

– Eso ya lo sé y olvida esa mierda de «amigo Ted».

– Escúchame… ¿Puedo llamarte Beth?

– No.

– Escúchame, detective Penrose, sé que crees que me siento atraído por ti y, probablemente, que intento seducirte… y consideras que la situación podría llegar a ser incómoda…

Volvió la cabeza y contempló la bahía.

– Esto no es fácil -proseguí-, pero… bueno… no tienes que preocuparte por mí… por eso…

Volvió de nuevo la cabeza para mirarme.

Me cubrí parcialmente la cara con la mano derecha y me froté la frente.

– El caso es… que una de las balas que me dispararon… Cielos, ¿cómo te lo cuento? El caso es que me dio en un lugar curioso, ¿vale? Ahora ya lo sabes. De modo que podemos ser como… amigos, compañeros… hermano y hermana… o, mejor dicho, como hermanas…

La miré y vi que contemplaba de nuevo el mar.

– Creí que te habían dado en el estómago -dijo por fin.

– Ahí también.

– Max dijo que tenías una herida grave en los pulmones.

– También es cierto.

– ¿Algún daño cerebral?

– Es posible.

– Y ahora pretendes que me crea que otra bala te ha castrado.

– Un hombre no mentiría sobre algo semejante.

– ¿Si el horno está apagado, por qué todavía hay fuego en tu mirada?

– Es sólo un recuerdo, Beth. ¿Puedo llamarte Beth? Un buen recuerdo de la época en que era capaz de saltar con pértiga por encima de mi coche.

Se llevó la mano a la cara y no supe si reía o lloraba.

– Te ruego que no se lo digas a nadie -dije.

– Procuraré que no llegue a oídos de la prensa -respondió por fin cuando recuperó la compostura.

– Gracias. ¿Vives cerca de aquí? -pregunté después de unos segundos.

– No, vivo al oeste de Suffolk.

– Eso está muy lejos. ¿Vas a regresar a tu casa o te quedas por aquí?

– Nos alojamos todos en el Soundview Inn de Greenport.

– ¿Quiénes son todos?

– George, Ted, yo, unos muchachos del Departamento de Narcóticos y unos individuos que han pasado antes por aquí… del Departamento de Agricultura. Se supone que debemos trabajar sin parar día y noche, los siete días de la semana. Da una buena impresión cara a la prensa y al público en caso de que estalle un escándalo. Ya sabes, si llega a generarse preocupación respecto al contagio…

– Te refieres al pánico masivo de una peste.

– Lo que sea.

– Por cierto, yo dispongo aquí de un bonito lugar, puedes quedarte si lo deseas.

– Gracias de todos modos.

– Es una impresionante mansión victoriana a orillas del mar.

– No importa.

– Estarías más cómoda. Ya te lo he dicho, conmigo no corres ningún peligro. Maldita sea, el personal del Departamento de Policía de Nueva York me deja utilizar el lavabo de señoras.

– Corta el rollo.

– En serio, Beth, aquí tengo unas copias del ordenador con dos años de datos financieros, podríamos examinarlos esta noche.

– ¿Quién te ha autorizado a cogerlos?

– Tú, ¿no es cierto?

Asintió después de titubear.

– Quiero que estén en mis manos mañana por la mañana -dijo.

– De acuerdo. Tendré que trabajar toda la noche. Ayúdame.

– Dame tu dirección y número de teléfono -respondió después de reflexionar unos instantes.

Busqué un papel y un lápiz en mis bolsillos, pero ella tenía ya su pequeño cuaderno en la mano.

– Adelante.

Le di los datos y las indicaciones para llegar.

– Te llamaré antes si decido ir.

– De acuerdo.

Me senté en el banco y ella en el extremo opuesto, con las hojas impresas del ordenador entre ambos. Guardamos silencio, supongo que para reorganizar mentalmente nuestras ideas.

– Espero que seas mucho más listo de lo que aparentas -dijo finalmente Beth.

– Permíteme que lo diga de este modo: lo más inteligente que ha hecho el jefe Max en su vida ha sido llamarme para este caso.

– Y modesto.

– No tengo por qué serlo; soy uno de los mejores. En realidad, la CBS está preparando una serie titulada Expediente Corey.

– No me digas.

– Puedo conseguirte un papel.

– Gracias. Si puedo devolverte el favor, estoy segura de que me lo dirás.

– Me daría por satisfecho con verte en «Expediente Corey».

– Estoy segura. Por cierto… ¿Puedo llamarte John?

– Te lo ruego.

– John, ¿qué ocurre aquí? Me refiero a este caso. Sabes algo que te callas.

– ¿Cuál es tu estado actual?

– ¿Cómo dices?

– ¿Comprometida, divorciada, separada, con pareja?

– Divorciada. ¿Qué sabes o sospechas de este caso que no hayas mencionado?

– ¿No tienes novio?

– No tengo novio ni hijos. Once admiradores, cinco están casados, tres son unos controladores obsesivos, dos posibilidades y un imbécil.

– ¿Te hago preguntas demasiado personales?

– Sí.

– Si tuviera un compañero masculino y le hiciese estas preguntas, sería perfectamente normal.

– Bueno… pero no somos compañeros.

– Quieres llevar siempre las de ganar, típico.

– Bien… cuéntame algo acerca de ti, rápido.

– De acuerdo. Divorciado, sin hijos, docenas de admiradoras pero ninguna especial -agregué-. Ninguna enfermedad venérea.

– Ni partes venéreas.

– Exactamente.

– De acuerdo, John, ¿qué me dices de este caso?

– Bien, Beth -respondí después de acomodarme en el banco-, lo que ocurre con este caso es que lo evidente conduce a lo improbable y todo el mundo intenta encajar lo improbable en lo evidente. Pero no es así como funciona, compañera.

– Sugieres que puede no tener nada que ver con lo que nosotros creemos -dijo ella después de asentir.

– Estoy empezando a pensar que aquí ocurre otra cosa.

– ¿Por qué lo crees?

– Bien… ciertas pruebas parecen no encajar.

– Puede que lo hagan dentro de unos días, cuando hayan llegado todos los informes del laboratorio y se haya interrogado a lodo el mundo. Ni siquiera hemos hablado aún con el personal de Plum Island.

– Vamos al embarcadero -dije después de levantarme.

Se puso los zapatos y nos dirigimos hacia allí.

– A unos centenares de metros de aquí, Albert Einstein se enfrentó a la cuestión moral de la bomba atómica y decidió seguir adelante. Los buenos no tuvieron ninguna alternativa porque los malos ya habían decidido seguir adelante, sin tener que debatir ninguna cuestión moral. Yo conocía a los Gordon -agregué.

– Me estás diciendo que no crees que fueran capaces, moralmente capaces, de vender microorganismos letales -añadió después de reflexionar unos instantes.

– No, no lo creo. Como los científicos atómicos, respetaban el poder del genio de la botella. No sé exactamente lo que hacían en Plum Island, y con toda probabilidad nunca lo sabremos, pero creo que los conocía lo suficiente para afirmar que ellos no venderían al genio de la botella.

No dijo nada.

– Recuerdo que en una ocasión Tom me contó que Judy estaba afligida porque una ternera con la que se había encariñado había sido deliberadamente infectada con algo y se estaba muriendo. No estamos hablando del tipo de personas que querrían ver a niños muriéndose de peste. Cuando hables con sus colegas de Plum Island lo descubrirás por ti misma.

– A veces la gente tiene otra faceta oculta.

– Nunca advertí el menor indicio en la personalidad de los Gordon que sugiriera la posibilidad de traficar con enfermedades mortales.

– A veces la gente racionaliza su conducta. ¿Qué me dices de los norteamericanos que facilitaron secretos atómicos a los rusos? Dijeron que lo habían hecho por convicción, para que no lodo el poder estuviera del mismo lado.

Volví la cabeza y comprobé que me miraba mientras andábamos. Me encantó descubrir que Beth Penrose era capaz de pensamientos más profundos y sabía que para ella era un alivio comprobar que yo no era el imbécil que suponía.

– En cuanto a los científicos atómicos -repuse-, era otra época y otros secretos. Aunque sólo fuera por eso, ¿qué podría impulsar a los Gordon a vender bacterias y virus que acabarían con su propia vida, y la de sus familias en Indiana o donde fuera, y que arrasarían todo lo demás?

Beth Penrose reflexionó unos instantes y respondió.

– Puede que les pagaran diez millones, que el dinero esté en Suiza, que tuviesen un castillo en una montaña abarrotado de champán y comida enlatada y que hubieran invitado a sus amigos y parientes a vivir con ellos. No lo sé, John. ¿Por qué comete locuras la gente? Racionalizan, se convencen a sí mismos, están enojados con algo o con alguien. Diez millones de dólares, veinte millones, doscientos dólares: todo el mundo tiene un precio.

Llegamos al embarcadero, donde había un policía uniformado de Southold sentado en una silla de jardín.

– Tómese un descanso -dijo la detective Penrose.

El agente se levantó y se dirigió a la casa.

Las olas acariciaban el casco del barco de los Gordon, que con su bamboleo golpeaba las defensas de goma de los pilotes. La marea estaba baja y me di cuenta de que la lancha estaba ahora amarrada a unas poleas, que permitían extender los cabos. La cubierta había descendido un metro y medio por debajo del embarcadero y me percaté de que en el casco estaba escrito Fórmula 303, que, según Tom, significaba que medía más de nueve metros de eslora.

– Entre los libros de los Gordon he encontrado un atlas marítimo, un libro de cartas de navegación, con un número de ocho dígitos escrito a lápiz en una de sus páginas -dije-. Le he pedido a Sally Hines que lo examine meticulosamente en busca de huellas y te presente un informe. Deberías coger ese libro y guardarlo en lugar seguro. Conviene que lo veamos juntos. Puede que tenga otras marcas.

– Dime, ¿de qué crees que va todo esto? -preguntó después de mirarme fijamente unos segundos.

– Bueno… si rebajamos la consideración moral un cincuenta por ciento, pasamos de vender virus a vender drogas.

– ¿Drogas?

– Sí. Moralmente ambiguas para algunas mentes, pero mucho dinero para todas. ¿Qué opinión te merece?

Contempló la potente lancha y agitó la cabeza.

– Puede que nos hayamos dejado llevar por el pánico respecto al vínculo con Plum Island -respondió.

– Es posible.

– Deberíamos comentárselo a Max y los demás.

– No.

– ¿Por qué no?

– Porque no es más que una especulación. Deja que sigan con su teoría de la plaga. Si es cierta, mejor que esté cubierta.

– De acuerdo, pero ésa no es razón suficiente para no confiar en Max y los demás.

– Confía en mí.

– No. Convénceme.

– Ni siquiera yo lo estoy. Nos encontramos ante dos buenas posibilidades: microbios por dinero o drogas por dinero. Veamos si Max, Foster y Nash llegan a alguna conclusión por su cuenta y si comparten sus ideas con nosotros.

– De acuerdo… En esta ocasión te seguiré la corriente.

– ¿Cuánto imaginas que vale esto? -pregunté señalando el barco.

Penrose se encogió de hombros.

– No estoy segura… el Fórmula es un artículo caro… supongo que va a unos tres mil por pie de eslora, con lo cual éste, nuevo, valdría aproximadamente cien mil dólares.

– ¿Y el alquiler de esa casa?, ¿unos dos mil dólares?

– Supongo, más gastos y servicios -respondió-. Lo averiguaremos.

– ¿Y qué sentido tiene ir y venir en barco? Son casi dos horas desde aquí y cuesta una pequeña fortuna en combustible, ¿no es cierto?

– Efectivamente.

– Se tarda unos treinta minutos en coche en llegar al transbordador oficial en Orient Point. ¿Y cuánto dura la travesía hasta Plum Island? Tal vez unos veinte minutos, por cuenta del Tío Sam. En total, menos de una hora de puerta a puerta, en lugar de casi dos horas con la lancha rápida. Sin embargo, los Gordon iban en su barco y sé que en algunas ocasiones no podían volver con él porque había empeorado el tiempo durante el día. Entonces regresaban en el transbordador a Orient Point y le pedían a alguien que los llevara a su casa. Eso nunca me pareció lógico, pero debo confesar que tampoco pensé mucho en ello. Debí haberlo hecho; puede que ahora tuviera sentido.

Salté al barco y me di un porrazo en la cubierta. Levanté los brazos y ella los agarró cuando saltaba. Acabamos tendidos ambos, yo de espaldas y Beth Penrose sobre mí. Permanecimos en esa posición un segundo más de lo necesario y nos pusimos de pie. Entonces nos miramos con una torpe sonrisa, como suelen hacer dos desconocidos de sexo opuesto que rozan accidentalmente sus pechos o sus traseros.

– ¿Estás bien? -preguntó.

– Sí…

A decir verdad, me había quedado sin aire en el pulmón lesionado y supongo que se había dado cuenta.

Cuando me recuperé me dirigí a la parte trasera del barco, la popa como la llaman, donde el Fórmula 303 tiene un banco.

– Aquí es donde estaba siempre la caja -dije mientras señalaba un lugar cerca del banco-. Era grande, de un metro veinte de longitud por noventa centímetros de anchura, por otros noventa de altura. Tal vez un metro cúbico protegido por aluminio aislado. A veces, cuando me sentaba en ese banco, colocaba los pies sobre la caja y tomaba cerveza.

– ¿Y?

– Y después del trabajo, en determinadas fechas, puede que los Gordon realizaran una veloz travesía a alta mar, tal vez para reunirse en pleno Atlántico con algún buque de carga sudamericano, un hidroavión o lo que fuera, subieran a bordo unos cien kilos de polvo blanco colombiano y regresaran rápidamente a tierra. Si se cruzaban con alguien del Departamento de Narcóticos o con los guardacostas, parecían una pareja impecable que había salido a dar un paseo por el mar. Incluso aunque los parasen, podrían mostrar sus documentos de identidad de Plum Island y salir perfectamente airosos del trance. En realidad, probablemente podían superar en velocidad a cualquier otra embarcación. Se necesitaría un avión para perseguir a esta lancha. Además, ¿cuántos barcos se interceptan y registran? Por aquí circulan millares de yates y embarcaciones de pesca comercial. A no ser que los guardacostas o la aduana tuvieran una pista bastante sólida, o alguien actuara de una forma rara, no abordarían un barco para registrarlo, ¿no es cierto?

– No suelen hacerlo, aunque el Servicio de Aduanas está perfectamente autorizado a interceptar embarcaciones y a veces lo hace. Comprobaré si en el Departamento de Estupefacientes, los guardacostas o el Servicio de Aduanas existe algún informe relacionado con el Spirochete.

Reflexioné unos instantes.

– Y después de que los Gordon recogiesen esa mierda -proseguí-, se dirigirían a un lugar convenido de antemano en tierra a reunirse con una pequeña embarcación, entregarían la caja a los distribuidores locales y éstos les devolverían otra, llena de dinero. El distribuidor regresaría en coche a Manhattan y se habría completado otra importación libre de impuestos. Ocurre todos los días. La cuestión es si los Gordon participaban y si fue eso la causa de su muerte. Ojalá, porque la alternativa me aterra y no me asusto con facilidad.

Penrose reflexionó mientras contemplaba la lancha.

– Puede ser -dijo-, Pero también cabe la posibilidad de que no sea más que un deseo.

No respondí.

– Si logramos determinar que eran drogas, descansaremos más tranquilos -agregó-. Entretanto, debemos proseguir con la idea de la plaga porque si resulta ser cierta y no la controlamos, podemos morir todos.

Capítulo 6

Pasaban de las dos de la madrugada y me estaba quedando bizco con las copias impresas del ordenador de los Gordon. Había preparado una cafetera en la enorme y antigua cocina del tío Harry y estaba sentado a la mesa redonda junto al mirador que daba al este, construido para aprovechar el sol matutino.

El tío Harry y la tía June tenían el buen gusto de no invitar nunca a toda la familia Corey a su casa, pero de vez en cuando mi hermano Jim o mi hermana Lynne o yo ocupábamos la habitación de los invitados, mientras el resto de la familia se hospedaba en una horrible cabaña turística de los años cincuenta.

Me acuerdo de haber estado junto a esa mesa de niño con mi primo y mi prima, Harry y Barbara, tomando Cheerios o Wheaties, ansioso por salir a jugar. El verano era mágico. Creo que no tenía absolutamente ninguna preocupación.

Ahora, transcurridas algunas décadas, la mesa era la misma y yo tenía un sinfín de preocupaciones.

Volví a concentrarme en el registro del talonario. Los salarios de los Gordon se pagaban directamente en su cuenta y sus ingresos conjuntos, después de ser saqueados por el gobierno federal y el Estado de Nueva York, eran de unos noventa mil dólares. No está mal, pero tampoco muy bien para dos doctores que realizaban un trabajo complejo con sustancias sumamente peligrosas. Tom habría ganado más jugando al béisbol en segunda división y los ingresos de Judy podían haber sido los mismos como camarera en algún bar de mi antiguo barrio. Es un país extraño.

En todo caso, no tardé en averiguar que los gastos de los Gordon superaban sus ingresos. No es barato vivir en la costa Este, como indudablemente descubrieron ellos. Pagaban dos coches, el barco, el alquiler de la casa, todos los seguros correspondientes, servicios, cinco tarjetas de crédito, cuentas astronómicas de combustible, sobre todo para la lancha, y los gastos cotidianos. Además, el penúltimo abril habían pagado la considerable suma de 10.000 dólares como depósito para el Fórmula 303.

Los Gordon contribuían asimismo a numerosas organizaciones caritativas, lo que hacía que me sintiera culpable. Pertenecían también a una asociación de libros y música, acudían al cajero con frecuencia, mandaban cheques a sobrinos y sobrinas y eran socios de la Sociedad Histórica Peconic. Todavía no parecían tener problemas graves, pero estaban muy cerca del límite. Si conseguían unos buenos ingresos complementarios con el tráfico de drogas, eran lo suficientemente inteligentes para esconder el dinero y lanzarse al ruedo como todos los intrépidos estadounidenses que no temen a Hacienda. La cuestión era: ¿dónde estaba el dinero?

No soy auditor, pero he efectuado suficientes análisis financieros para advertir elementos que conviene comprobar. Había sólo uno de éstos en los últimos veinticinco meses de contabilidad de los Gordon, un cheque de veinticinco mil dólares a nombre de Margaret Wiley. El cheque había sido certificado por una tarifa de diez dólares y el dinero transferido electrónicamente del fondo de inversión de los Gordon. En realidad, representaba casi la totalidad de sus ahorros. El cheque había sido extendido el 7 de marzo del año en curso y no había ninguna indicación de su propósito. ¿Quién era Margaret Wiley? ¿Por qué le habían entregado los Gordon un cheque garantizado de veinticinco de los grandes? Pronto lo averiguaríamos.

Tomé un sorbo de café y golpeé la mesa con el lápiz al compás del reloj de la pared del fondo mientras pensaba en ello.

Luego me acerqué al armario de la cocina, junto al teléfono de pared, donde había una guía local de teléfonos entre los libros de cocina. Busqué en la w y encontré una Margaret Wiley, que vivía en la carretera del faro en la aldea de Southold. En realidad sabía dónde se encontraba, puesto que como su propio nombre indicaba era el camino que conducía al faro denominado Horton Point.

Quería llamar a Margaret, pero tal vez le molestara recibir una llamada a las dos de la madrugada. Podía esperar al amanecer, pero la paciencia no era una de mis virtudes; a decir verdad, que yo sepa, no tengo virtudes. Además, tenía la sensación de que no todos los del FBI y la CIA estaban durmiendo y me iban a coger ventaja en el caso. Por último, aunque no por ello menos importante, aquél no era un asesinato común; mientras dudaba sobre si despertar o no a Margaret Wiley podía estar difundiéndose por todo el país una plaga capaz de destruir la civilización. Eso es algo que detesto.

Llamé. Sonó el teléfono y respondió un contestador automático. Colgué y marqué de nuevo. Por fin la señora de la casa se despertó y levantó el auricular.

– Diga.

– Con Margaret Wiley, por favor.

– Soy yo. ¿Con quién hablo? -preguntó una voz de anciana adormecida.

– Habla el detective Corey, señora. Policía.

Esperé un par de segundos para que se imaginara lo peor; generalmente así se despiertan.

– ¿Policía? ¿Qué ha ocurrido?

– Señora Wiley, ¿se ha enterado por las noticias de los asesinatos de punta de Nassau?

– Sí. Terrible…

– ¿Conocía usted a los Gordon?

– No… Bueno, hablé con ellos en una ocasión. Les vendí un terreno.

– ¿En marzo?

– Sí.

– ¿Por veinticinco mil dólares?

– Sí… pero qué tiene eso que ver…

– ¿Dónde está ese terreno, señora?

– Es un hermoso cantil que da a la bahía.

– Comprendo. ¿Se proponían construir una casa?

– No. Allí no se puede edificar. Vendí los derechos de construcción al condado.

– ¿Eso qué significa?

– Significa que está sujeto a un plan de conservación. Se pueden vender los derechos de construcción y seguir siendo propietario del terreno. Entonces sólo puede utilizarse para fines agrícolas.

– Comprendo. ¿Entonces los Gordon no podían hacerse una casa en ese cantil?

– Por supuesto que no. Si ese terreno tuviera permiso de construcción, valdría más de cien mil dólares. A mí me pagó el condado para que no construyera, es un convenio restrictivo sujeto al terreno. Un buen plan.

– ¿Pero usted podía vender el terreno?

– Efectivamente, y lo hice. Por veinticinco mil dólares -agregó-. Los Gordon sabían que no podían edificar en él.

– ¿Hubieran podido adquirir los derechos de construcción del condado?

– No. Los vendí a perpetuidad. Ése es el propósito del plan.

– De acuerdo -contesté, pensando que los Gordon habían aprovechado la oportunidad de comprar el terreno a bajo precio porque no se podía construir y Tom podría llevar a cabo su última fantasía, la de plantar unos viñedos; así que no existía ningún vínculo entre dicha compra y su asesinato-. Lamento haberla despertado, señora Wiley. Gracias por su ayuda.

– De nada. Espero que encuentren al culpable.

– Estoy seguro de que lo haremos -respondí antes de colgar.

Pero volví a marcar inmediatamente el mismo número.

– Lo siento, una última pregunta. ¿Es ese terreno adecuado para un viñedo?

– De ningún modo. Está junto al mar, demasiado expuesto y, además, es excesivamente pequeño. La parcela tiene sólo cuatro mil metros cuadrados con un desnivel de dieciséis metros hasta la playa. El lugar es hermoso, pero allí no crecen más que matorrales.

– Comprendo. ¿Mencionaron para qué lo querían?

– Sí. Dijeron que querían su propia colina junto al mar, un lugar donde sentarse a contemplar el océano. Eran una pareja encantadora. Es terrible lo sucedido.

– Sí señora. Gracias.

Colgué.

De modo que querían un lugar donde sentarse para contemplar el océano. Por veinticinco mil dólares podían haber pagado la tarifa de aparcamiento en el Orient Beach State Park cinco mil veces, contemplar el océano a su antojo todos los días durante los siguientes ocho años y todavía les habría sobrado dinero para perros calientes y cerveza. No tenía sentido.

Reflexioné un poco. Reflexioné y reflexioné. Puede que tuviera sentido. Eran un par de románticos. ¿Pero veinticinco mil de los grandes? Era casi todo su capital. Y si el gobierno los hubiera destinado a otro lugar, ¿qué habrían hecho con cuatro mil metros cuadrados de terreno que no servían para construir ni para cultivar?, ¿habrían encontrado a alguien lo suficientemente loco para pagar veinticinco mil dólares por una propiedad con semejantes limitaciones?

De modo que tal vez tuviera algo que ver con el tráfico marítimo de drogas; entonces sería lógico. Tendría que echarle una ojeada a ese terreno. Me pregunté si alguien habría encontrado ya la escritura de propiedad entre los papeles de los Gordon. Me pregunté también si los Gordon tendrían una caja de seguridad y qué guardarían en ella. Es problemático cuando a uno se le ocurren preguntas a las dos de la madrugada, cargado de cafeína y sin que nadie quiera hablarle.

Me serví otra taza de café. Las ventanas de encima del fregadero estaban abiertas y se oían los bichos de la noche que cantaban sus canciones de setiembre: las últimas cigarras y ranas de san Antonio, un búho que ululaba en la cercanía y un ave nocturna que trinaba en la bruma que se levantaba de la gran bahía de Peconic.

Aquí el otoño es templado; la gran masa de agua conserva el calor veraniego hasta noviembre. Es excelente para las uvas y agradable para la navegación hasta el Día de Acción de Gracias. Llegaba ocasionalmente algún huracán en agosto, setiembre u octubre y algún fuerte viento del noreste en invierno. Pero esencialmente el clima es benigno, con brumas y nieblas frecuentes; también hay abundantes calas y ensenadas, ideales para contrabandistas, piratas, comerciantes ilegales de ron y, últimamente, traficantes de drogas.

Sonó el teléfono de la pared y, durante un instante irracional, creí que podría tratarse de Margaret, luego me acordé de que Max tenía que llamar por lo del desplazamiento a Plum Island. Cogí el teléfono y dije:

– Pizza Hut.

– Oiga -dijo Beth Penrose después de un segundo de confusión.

– Diga.

– ¿Te he despertado?

– No tiene importancia, tenía que levantarme de todos modos para contestar el teléfono.

– Ése es un chiste muy viejo. Max me ha pedido que te llamara. Vamos a salir en el transbordador de las ocho.

– ¿Hay otro más temprano?

– Sí, pero…

– ¿Por qué queremos que los encubridores lleguen antes que nosotros?

– Nos acompañará un tal señor Paul Stevens, jefe de seguridad de la isla -dijo, en lugar de responder a mi pregunta.

– ¿Quién va en el transbordador anterior?

– No lo sé… Escúchame, John, si encubren algo, no hay mucho que podamos hacer al respecto. Han tenido algunos problemas en el pasado y son expertos en el arte del encubrimiento. Sólo verás y oirás lo que quieran y hablarás con quien ellos decidan. No te tomes esta visita demasiado en serio.

– ¿Quién va?

– Max, George Foster, Ted Nash, tú y yo. ¿Sabes de dónde sale el transbordador?

– Lo encontraré. ¿Qué estás haciendo ahora?

– Hablando contigo.

– Ven a mi casa. Estoy examinando unas muestras de papel pintado. Necesito tu opinión.

– Es tarde.

Me sorprendió advertir que casi había aceptado e insistí.

– Puedes dormir aquí e iremos juntos al transbordador.

– Daría una impresión maravillosa.

– Es preferible superarlo cuanto antes.

– Me lo pensaré. Por cierto, ¿has encontrado algo en los impresos del ordenador?

– Ven y te mostraré el disco duro.

– Olvídalo.

– Iré a recogerte.

– Es demasiado tarde, estoy cansada. Ya llevo puesto mi… voy vestida para acostarme.

– Bien. Podemos jugar al escondite.

– Suponía que habrías encontrado alguna pista en los extractos de las cuentas. Puede que no les prestes suficiente atención o tal vez no sepas lo que estás haciendo.

– Probablemente.

– Creí que habíamos acordado compartir la información.

– Sí, entre tú y yo, no con el mundo entero.

– ¿Cómo…? ¡Ah… comprendo!

Ambos sabíamos que cuando trabajas con los federales intervienen tu teléfono a los cinco minutos de haberte conocido. Ni siquiera se molestan en obtener una orden judicial cuando espían amistosamente. De pronto lamenté haber llamado a Margaret Wiley.

– ¿Dónde está Ted? -pregunté.

– Yo qué sé -respondió Beth.

– Echa el cerrojo de tu puerta; coincide con la descripción de un violador asesino al que ando buscando.

– Cambia de disco, John -dijo antes de colgar.

Bostecé. Aunque me decepcionaba que la detective Penrose no hubiese querido venir a mi casa, también me sentía ligeramente aliviado. Creo realmente que esas enfermeras mezclan bromuro o algo por el estilo en el postre de los pacientes. Tal vez debería comer más carne roja.

Desconecté la cafetera, apagué la luz y abandoné la cocina. Avancé en la oscuridad por la casa enorme y solitaria, crucé el vestíbulo de roble bruñido, subí por la sinuosa y crujiente escalera y seguí por el largo pasillo hasta la habitación de techo elevado donde había dormido de niño.

Mientras me desnudaba para acostarme reflexioné sobre lo sucedido durante el día e intenté decidir si realmente quería estar en el transbordador de las ocho de la mañana.

Por el lado positivo, Max me gustaba y me había pedido un favor; en segundo lugar, los Gordon me habían caído bien y deseaba en cierto modo recompensarles por su buena compañía, su vino y sus bistecs cuando yo no me encontraba en el mejor momento de mi vida; en tercer lugar, no me agradaba Ted Nash y sentía un deseo infantil de fastidiarle cuanto pudiera; en cuarto lugar, me gustaba Beth Penrose y sentía un deseo adulto de… lo que fuera. Luego quedaba yo, que estaba aburrido… No, no era eso; intentaba demostrar que todavía no había perdido mis facultades. Hasta aquí todo bien. Y por último, aunque no por ello menos importante, estaba el pequeño problema de la plaga, la muerte negra, la muerte roja, la amenaza múltiple o lo que fuera, la posibilidad de que aquél fuese el último otoño en la Tierra para todos nosotros.

Por todas esas razones sabía que debía estar en el transbordador de las ocho de la mañana a Plum Island y no en la cama, con la cabeza bajo la almohada como cuando era niño y no quería enfrentarme a algo…

Me acerqué desnudo a la enorme ventana y observé la niebla que se levantaba de la bahía, blanca como un fantasma a la luz de la luna, que se arrastraba por el césped oscuro hacia la casa.

Eso solía aterrorizarme. Sentí que se me ponía la carne de gallina.

Mi mano derecha se dirigió instintivamente al pecho y toqué con los dedos el orificio de la primera bala, luego bajé la mano al abdomen, donde el segundo disparo, o tal vez el tercero, había desgarrado mis músculos, antes perfectamente tensos, perforado mis intestinos, astillado mi pelvis y salido por la región lumbar. El último disparo me cruzó la pantorrilla con escasos desperfectos. El cirujano dijo que había tenido suerte, y estaba en lo cierto. Mi compañero, Dom Fanelli, y yo habíamos tirado una moneda al aire para decidir quién iría a comprar café y buñuelos y él había perdido. Le costó cuatro dólares. Mi día de suerte.

En la niebla de la bahía sonó una sirena y me pregunté quién navegaría a esa hora en esas condiciones.

Me alejé de la ventana para comprobar que estaba puesto el despertador y luego me aseguré de que hubiera una bala en la recámara del cuarenta y cinco automático que guardaba en la mesilla de noche.

Me acosté y, al igual que Beth Penrose, Sylvester Maxwell, Ted Nash, George Foster y muchos otros aquella noche, miré fijamente al techo y pensé en asesinato, muerte, Plum Island y la peste. Vi en mi mente la imagen de la bandera pirata que ondeaba en el firmamento nocturno, la cara de la muerte blanca y sonriente.

Se me ocurrió que los únicos que descansaban en paz aquella noche eran Tom y Judy Gordon.

Capítulo 7

A las seis de la mañana estaba levantado, duchado y vestido con un pantalón corto, camiseta y zapatillas deportivas; un atuendo adecuado para cambiarlo por un traje de protección bioquímica o como quiera que lo llamen.

Dudé como siempre, estilo Hamlet, respecto a mi arma: llevarla o no llevarla, ésa era la cuestión. Finalmente decidí cogerla; uno nunca sabe lo que le deparará el día. Puede que aquél fuera el adecuado para pintar de rojo a Ted Nash.

A las siete menos cuarto circulaba hacia el este por la carretera principal, que cruza el centro de la región vinícola.

Mientras conducía pensaba que no es fácil sacarle beneficio a la tierra o al mar, como muchos de los habitantes locales hacían. Sin embargo, los viñedos habían tenido un éxito asombroso. En ese momento, cuando cruzaba la aldea de Peconic, se encontraban a mi izquierda los fructíferos viñedos y bodegas Tobin Vineyards, propiedad de Fredric Tobin, amigo de los Gordon, a quien había conocido fugazmente en una ocasión. Tomé nota mental de que lo llamaría para ver si podía arrojar alguna luz sobre el caso.

El sol se alzaba por encima de los árboles, delante de mí a la derecha, y el termómetro de mi salpicadero indicaba dieciséis grados centígrados, que no significaban absolutamente nada para mí. Había manipulado de algún modo el ordenador del coche y ahora se expresaba en medidas métricas. Dieciséis grados parecía frío, pero sabía que no lo era. En todo caso, el sol hacía desaparecer la bruma y sus rayos envolvían mi extravagante vehículo deportivo.

La carretera serpenteaba suavemente y los viñedos eran más pintorescos que los campos de patatas que recordaba de hacía treinta años. De vez en cuando, un frutal o un campo de maíz rompían la monotonía de las vides. Las grandes aves planeaban y se elevaban en las corrientes térmicas matutinas, mientras los pequeños pájaros cantaban y piaban en los árboles. Todo era perfecto en el mundo, salvo que Tom y Judy estaban en el depósito de cadáveres del condado y era muy posible que una enfermedad flotara en el aire, ascendiendo y descendiendo con las corrientes, arrastrada por la brisa marina, que se extendía por los campos y viñedos, y penetraba en la sangre de los seres humanos y los animales. No obstante, todo parecía normal aquella mañana, incluso yo.

Puse la radio, sintonicé uno de los canales de noticias de Nueva York y escuché su basura habitual, a la espera de que alguien mencionara que se había desencadenado alguna misteriosa infección. Pero era demasiado pronto para eso. Sintonicé la única emisora local y escuché las noticias de las siete de la mañana.

– Hemos hablado con el jefe Maxwell por teléfono esta mañana -decía el presentador- y esto ha sido lo que nos ha contado:

»-Respecto a la muerte de los residentes de punta Nassau, Tom y Judy Gordon -contaba Max en tono gruñón-, lo hemos calificado de doble homicidio, robo y allanamiento de morada. Lo sucedido no tiene nada que ver con el hecho de que las víctimas trabajaran en Plum Island y deseamos poner fin a dichas especulaciones. Aconsejamos a todos los habitantes que se mantengan atentos, desconfíen de cualquier desconocido y denuncien cualquier cosa sospechosa a la policía local. Debemos evitar que cunda el pánico, pero sin olvidar que circula alguien que ha cometido asesinato, robo y allanamiento de morada. Así que deben tomar ciertas precauciones. En este caso trabajamos con la policía del condado y creemos tener algunas pistas. Eso es todo de momento. Hablaré contigo más tarde, Don.

»-Gracias -respondió Don.

Eso es lo que me gusta de este lugar sencillo y hogareño. Lo que el jefe Maxwell había olvidado contar era que en aquel momento se dirigía a Plum Island, el lugar que no tenía nada que ver con el doble asesinato. También había olvidado mencionar al FBI y a la CIA. Admiraba a las personas que sabían cómo y cuándo embaucar al público. Imaginemos que Max hubiera dicho: «Existe un cincuenta por ciento de posibilidades de que los Gordon vendieran virus a terroristas, cuyo propósito podría ser la destrucción de toda forma de vida en Norteamérica.» Eso habría provocado una pequeña tragedia en la zona a primera hora de la mañana, por no mencionar una huida hacia los aeropuertos y un repentino afán por tomarse unas vacaciones en Sudamérica.

En todo caso, de momento, la mañana era hermosa. Vi un campo de calabazas a mi derecha y recordé los fines de semana de otoño, cuando corría por allí de niño en busca de la calabaza más grande, más redonda, más anaranjada y más perfecta. Recordé también ciertas discrepancias con mi hermano menor, Jimmy, que resolvíamos a puñetazos y yo siempre ganaba porque era mayor y más fuerte que él. Por lo menos, el muchacho tenía valor.

La aldea siguiente a Peconic es Southold, que también es el nombre del municipio. Aquí es donde se acaban los viñedos, se estrecha la tierra entre el mar y la bahía, y todo parece más agreste y salvaje. Las vías del ferrocarril de Long Island, que parten de la estación Penn de Manhattan, corrían paralelas a la carretera, a mi izquierda, hasta cruzarse con ésta y seguir de nuevo caminos separados.

No había mucho tráfico a aquella hora de la mañana, salvo algunos vehículos agrícolas. Si alguno de mis compañeros de viaje a Plum Island estaba en la carretera, pensé que probablemente lo vería en algún momento.

Entré en el pueblo de Greenport, principal metrópoli de la zona norte de Long Island, con una población, según el cartel, de 2.100 habitantes. La isla de Manhattan, por otra parte, donde yo trabajaba, vivía y donde estuve a punto de morir, es más pequeña que la región norte de Long Island y en ella viven amontonados dos millones de personas. Max, como he dicho anteriormente, dispone de unos cuarenta agentes, incluidos él y yo. En realidad, el pueblo de Greenport había tenido su propia policía en otra época, con media docena de agentes, pero la población se hartó de ellos y votó por su desaparición. No creo que eso pueda ocurrir en la ciudad de Nueva York, aunque no sería mala idea.

A veces pienso que Max debería contratarme, ya saben, el pistolero de la gran ciudad llega al pueblo, el sheriff local le coloca una placa y dice: «Necesitamos un hombre de tu experiencia, formación y éxito reconocido», o algo por el estilo. ¿Me convertiría en el pez gordo de un pequeño estanque?, ¿me mirarían las damas a hurtadillas y dejarían caer sus pañuelos en la acera?

Vuelta a la realidad. Tenía hambre y ahí no había prácticamente ningún lugar de comida rápida, lo que formaba parte del encanto del lugar pero también era un fastidio. Había, sin embargo, unas pocas tiendas de comida preparada y me detuve en una de las afueras de Greenport, donde compré un café y un bocadillo de carne misteriosa y algo parecido al queso. Les aseguro que uno puede comerse el plástico y el envoltorio sin advertir la diferencia. Agarré un periódico semanal gratuito y desayuné al volante. En el semanario, casualmente, había un artículo sobre Plum Island. Eso no es inusual puesto que los lugareños parecen estar muy interesados en la misteriosa isla rodeada de bruma. A lo largo de los años, fuentes locales me habían facilitado casi toda la información que poseía acerca de Plum Island. De vez en cuando se mencionaba la isla en las noticias nacionales, pero se podía asegurar que nueve de cada diez estadounidenses nunca habían oído hablar de ella. Eso podía cambiar muy pronto.

El artículo que leía trataba de la enfermedad de Lyme, otra obsesión de los habitantes de Long Island y del cercano Connecticut. Es una enfermedad que transmiten las garrapatas de los ciervos y que había adquirido proporciones epidémicas. Yo conocía gente que la padecía y, a pesar de que no solía ser mortal, su tratamiento y curación podían durar de uno a dos años. En todo caso, la población local estaba convencida de que procedía de Plum Island y que se trataba de un experimento de la guerra bioquímica, extendido por error o algo parecido. No exageraría si afirmara que a los lugareños les encantaría que Plum Island se hundiera en el mar. En realidad, imaginaba una situación parecida a una escena de Frankenstein, en la que labriegos y pescadores con horcas y garfios, acompañados de mujeres con antorchas, descendían sobre la isla y gritaban: «¡Al diablo con vuestros experimentos científicos antinaturales! ¡Que Dios nos proteja de las investigaciones gubernamentales!» O algo por el estilo. Dejé el periódico y arranqué el motor.

Debidamente alimentado, seguí mi camino, atento por si veía a mis nuevos compañeros.

La siguiente aldea era East Marión, aunque no parece haber ninguna otra Marión en la región; creo que la más cercana está en Inglaterra, como sucede con muchos otros lugares de Long Island precedidos de East. El nombre antiguo de Southold era Southwold, igual que una población de Inglaterra de donde procedían muchos de sus primeros habitantes, pero perdió la w en el Atlántico o en otro lugar o puede que la cambiaran por un montón de terminaciones en «e's», quién sabe. Mi tía June, que pertenecía a la Sociedad Histórica Peconic, llenaba mi pequeña cabeza con esas tonterías y supongo que se me grabaron algunas curiosidades que me parecieron interesantes.

La tierra se estrechó a la anchura de una calzada, con agua a ambos lados de la carretera: el estrecho de Long Island a mi izquierda y el puerto de Orient a mi derecha. El cielo y el agua estaban llenos de patos, gansos, garcetas blancas como la nieve y gaviotas, así que no abrí el techo del coche. Esos pájaros comen ciruelas pasas o algo por el estilo, luego descienden en picado y siempre saben cuándo lleva uno el coche descapotado.

Se ensanchó de nuevo el terreno y crucé la antigua y pintoresca aldea de Orient, antes de acercarme por fin, después de unos diez minutos, a Orient Point.

Pasé junto a la entrada del Orient Beach State Park y empecé a reducir la velocidad.

Delante, a mi derecha, vi una bandera estadounidense a media asta. Supuse que era en honor de los Gordon, así que la bandera debía de estar en propiedad federal y ésta era, indudablemente, la estación del transbordador de Plum Island. Habrán podido comprobar cómo funciona la mente de un gran detective, incluso poco después de las siete de la mañana y habiendo dormido poco.

Paré el coche frente a un restaurante, junto a un puerto deportivo, saqué los prismáticos de la guantera y enfoqué un cartel en blanco y negro cerca de la bandera, a unos treinta metros de la carretera. En el cartel se leía: «Centro de enfermedades animales de Plum Island.» No decía «Bien venidos» ni «Transbordador», pero estaba junto al agua y deduje que era la estación del transbordador. La gente común supone, los detectives deducen. Además, para ser sinceros, había pasado por allí una docena de veces a lo largo de los años, de camino al transbordador de New London, que está un poco más allá del de Plum Island. Aunque nunca había pensado mucho en ello, supongo que sentía curiosidad por la misteriosa Plum Island. No me gustan los misterios y ésa es la razón por la que quiero resolverlos; me molesta que existan cosas que desconozco.

A la derecha del cartel y del mástil de la bandera había un edifìcio de ladrillo de una sola planta que parecía un centro de administración y recepción. Detrás de éste se encontraba un gran aparcamiento con tejado negro que se extendía hasta la orilla, rodeado de una elevada verja de tela metálica, coronada de alambre espinoso.

En la orilla, donde acababa el aparcamiento, había grandes almacenes junto a enormes muelles. Vi algunos camiones aparcados junto a la zona de carga y descarga. Supuse, perdón, deduje, que ahí era donde embarcaban los animales que emprendían el viaje sin retorno a Plum Island.

El aparcamiento se extendía unos cien metros a lo largo de la bahía y en su extremo más lejano, a través de una ligera bruma, distinguí unos treinta coches, aparcados cerca del embarcadero del transbordador. No se veía a nadie.

Dejé los prismáticos y consulté el reloj digital del salpicadero, según el cual eran las siete y veintinueve, y la temperatura era de diecisiete grados. Decididamente, debía eliminar el sistema métrico de ese coche. Ese maldito ordenador se expresaba en extraños términos franceses como kilomètres, litres y otras palabras igualmente raras. No me atrevía siquiera a conectar la calefacción.

Faltaba todavía media hora para que saliera el barco a Plum Island, pero era la hora de llegada del transbordador procedente de la isla, que era a lo que yo venía. Mi tío Harry solía decir cuando me obligaba a levantarme al amanecer: «El pájaro madrugador es el que encuentra el gusano, Johnny.» Y yo solía responderle: «Y el gusano madrugador es devorado.» Era un personaje.

Entre la niebla apareció un transbordador blanco y azul que se deslizó hacia el embarcadero. Levanté de nuevo los prismáticos. En la proa del buque había un tipo con escudo gubernamental, probablemente del Departamento de Agricultura, y el nombre del barco era The Plum Runner, lo que indicaba cierto sentido del humor por parte de alguien.

Puse en marcha mi cuatro por cuatro para dirigirme hacia el cartel, el mástil y el edificio. A la derecha de éste, las puertas de la verja metálica estaban abiertas, pero al no ver a ningún guardia entré en el aparcamiento y me dirigí a los almacenes. Aparqué entre camiones y contenedores con la esperanza de que mi vehículo pasara inadvertido. Estaba a unos cincuenta metros de los muelles del transbordador y observé a través de los prismáticos cómo maniobraba el buque para atracar junto al embarcadero más próximo. The Plum Runner parecía bastante nuevo y elegante, tenía unos veinte metros de eslora y una sobrecubierta en la que vi unas sillas. La popa entró en contacto con el muelle y el capitán paró los motores mientras un ayudante saltaba a tierra para amarrar los cabos. Me percaté de que no había nadie en el muelle.

A través de los prismáticos vi a un grupo de hombres que salía de la cabina de pasajeros a la cubierta de popa para desembarcar directamente en el aparcamiento. Conté diez; vestidos con una especie de uniforme azul podían ser los componentes de la banda musical del Departamento de Agricultura, que habían acudido a recibirme, o los guardias de seguridad del turno de noche, a los que habían sustituido los que se habían desplazado en el transbordador de las siete. Los diez guardias llevaban cinturón para armas pero no vi ninguna pistolera.

A continuación apareció un individuo corpulento de chaqueta azul y corbata, que hablaba con los diez guardias como si los conociera, y supuse que era Paul Stevens, el jefe de seguridad.

Luego aparecieron cuatro individuos elegantemente vestidos y se me ocurrió que era algo inusual. Parecía dudoso que esos cuatro personajes hubieran pasado la noche en la isla y tuve que suponer que se habían desplazado en el transbordador de las siete. Pero, en tal caso, sólo habrían dispuesto de escasos minutos en la isla, el tiempo justo para dar media vuelta. Así que debían de haber viajado antes, en un desplazamiento especial del transbordador, en otra embarcación o en helicóptero.

Por último, pero no por ello menos importante, no me sorprendió del todo ver salir del buque a los señores George Foster y Ted Nash con ropa deportiva. Ahí estaban. Acostarse temprano y madrugar convierte al individuo en astuto y mentiroso. Esos hijos de puta… Sabía que me la jugarían.

Vi que Nash y Foster mantenían una intensa conversación con los cuatro hombres trajeados mientras el individuo de chaqueta azul se mantenía respetuosamente apartado. Estaba claro por su lenguaje corporal que Ted Nash era el personaje importante. Los otros cuatro habían llegado probablemente de Washington y a saber quién los habría mandado. Era difícil calcularlo con el FBI, la CIA, el Departamento de Agricultura, indudablemente el ejército y el Departamento de Defensa y quién sabe qué otros departamentos involucrados. En lo que a mí concernía, todos eran federales y yo para ellos, si es que se molestaban en pensar en mí, no era más que una enojosa almorrana.

En todo caso decidí recoger los prismáticos, el periódico semanal y mi taza de café vacía por si me veía obligado a esconder la cabeza. Ahí estaban esos listillos con su engaño matutino y ni siquiera se molestaban en mirar a su alrededor por si alguien los observaba. Sentían un desprecio absoluto por los humildes polis y eso me hinchaba las narices.

El individuo de chaqueta azul habló con los diez guardias y les comunicó que podían marcharse. Se dirigieron a sus respectivos coches y pasaron junto a mí. Luego, el caballero de chaqueta azul se acercó de nuevo a la cubierta de popa y desapareció en el interior del transbordador.

Entonces los cuatro hombres trajeados se despidieron de Nash y Foster, subieron a un Chevy Caprice color negro y vinieron hacia mí. El Caprice redujo la velocidad frente a mi coche, estuvo a punto de detenerse, pero luego siguió adelante hasta salir por la puerta de la verja.

En aquel momento me percaté de que Nash y Foster habían visto mi automóvil. Arranqué el motor y me acerqué al transbordador como si acabara de llegar. Aparqué a cierta distancia del muelle, fingí tomar café en mi taza vacía y empecé a leer un artículo sobre el regreso del pescado azul sin prestar atención a los señores Nash y Foster, que estaban cerca del transbordador.

A eso de las ocho menos diez llegó una vieja furgoneta que se paró junto a mí y de ella se apeó Max con téjanos, anorak y un gorro de pesca calado hasta la frente.

– ¿Vas disfrazado o te has vestido a oscuras? -pregunté después de bajar la ventanilla.

– Nash y Foster sugirieron que no convenía que me vieran de camino a Plum Island.

– Esta mañana te he oído por la radio.

– ¿Qué te ha parecido?

– Nada convincente. Barcos, aviones y coches han estado abandonando Long Island toda la mañana. Ha cundido el pánico a lo largo de la costa Este.

– Vamos.

– De acuerdo -respondí antes de apagar el contacto y esperar a que el Jeep me dijera algo, pero supongo que en esta ocasión no había metido la pata.

– Votre fenêtre est ouverte -dijo una voz femenina en el momento en que retiré las llaves del contacto.

¿Por qué ha de decir eso un bonito coche estadounidense? El caso es que cuando intenté apagar esa estúpida voz de algún modo la cambié para que hablara en francés. Esos coches se exportan a Quebec, lo que también explica lo del sistema métrico.

– Votre fenêtre est ouverte.

– Mangez merde -respondí en mi mejor francés universitario antes de apearme del coche.

– ¿Te acompaña alguien? -preguntó Max.

– No.

– He oído a alguien hablar.

– Olvídalo.

Iba a contarle a Max que había visto a Nash y Foster apearse del transbordador de Plum Island, pero como a él no se le había ocurrido llegar temprano, ni me había pedido que yo lo hiciera, consideré que tampoco merecía saberlo.

Empezaron a llegar algunos coches y los que se desplazaban habitualmente a Plum Island pisaron el muelle en el último momento, cuando sonaba la sirena del transbordador.

– ¡Vamos, a bordo! -exclamó Ted Nash.

Miré a mi alrededor en busca de Beth Penrose mientras hacía pequeños comentarios misóginos respecto a la tardanza de las mujeres.

– Ahí está -dijo Max.

Y ahí estaba, después de apearse de un Ford negro, probablemente su coche oficial sin distintivos, que ya se encontraba aparcado allí a mi llegada. ¿Podía ser que hubiera en el mundo gente tan lista como yo? Parecía improbable. Seguramente, yo le había dado la idea de llegar temprano.

Max y yo avanzamos entre la bruma del aparcamiento cuando sonaba de nuevo la sirena del transbordador. La detective Penrose se reunió con el señor Nash y el señor Foster, y estaban charlando junto al barco cuando nos acercamos. Nash gesticuló con impaciencia para que nos apresuráramos. He matado por menos de eso.

– ¿No tiene un poco de frío, John? -preguntó Nash después de mirar mi pantalón corto, cuando Max y yo nos acercamos al muelle, sin siquiera darnos los buenos días.

– Que te den por el saco, Ted.

Hablaba en ese tono de voz paternalista que adoptan los superiores hacia sus subordinados y había que ponerlo en su lugar.

– ¿Venden esos pantalones con bragas del mismo color? -respondí, refiriéndome al estúpido pantalón de golf color rosa que llevaba puesto.

George Foster se rió y Ted Nash se puso del mismo color que sus pantalones. Max fingió no haberse enterado y Beth levantó la mirada al cielo.

– Buenos días -dijo el señor Foster con cierto retraso-. ¿Listos para subir a bordo?

Los cinco nos dirigimos al transbordador y por la cubierta de popa se nos acercó el caballero de chaqueta azul.

– Buenos días. Soy Paul Stevens, jefe de seguridad de Plum Island -dijo en una voz que parecía generada por ordenador.

– Yo soy Ted Nash, del Departamento de Agricultura -respondió el señor de pantalón rosa.

Menudo montón de mierda. No sólo acababan de regresar juntos de Plum Island esos tres payasos, sino que Nash insistía en la farsa de la agricultura.

Stevens, carpeta en mano, parecía uno de esos entrenadores con silbato incluido: cabello rubio y corto, ojos azul claro, forma física impecable, listo para organizar un partido de cualquier cosa, mandar a los pilotos a la línea de salida o lo que fuera necesario.

Beth, por cierto, llevaba la misma ropa que el día anterior y deduje que no sabía que debería quedarse a dormir fuera, lo cual fue una cerdada para ella, expresión bastante idónea en este caso… Centro de patología animal, fiebre porcina, isla en forma de chuleta…

– ¿Y usted debe de ser el señor Foster? -dijo el señor Stevens después de consultar su carpeta.

– No, yo soy el jefe Maxwell.

– Bien -respondió el señor Stevens-. Bienvenido.

– Yo soy Beth Penrose -dije.

– No -respondió Stevens-, usted es John Corey.

– Muy bien. ¿Podemos subir a bordo ahora?

– No señor. No hasta que estemos todos registrados -respondió antes de mirar a Beth-. Buenos días, detective Penrose. Y usted debe ser el señor Foster del FBI, ¿correcto? -agregó.

– Correcto.

– Bienvenidos a bordo. Por favor, síganme.

Subimos a bordo de The Plum Runner, que en menos de un minuto había soltado amarras y zarpado rumbo a Plum Island o como la prensa sensacionalista a veces la llama, Isla Misterio, o de forma más irresponsable, Isla de la Peste.

Seguimos al señor Stevens al interior de una cómoda y gran cabina forrada de madera, donde una treintena de hombres y mujeres sentados en sillas acolchadas como en los aviones charlaban, leían o dormitaban. Parecía tener capacidad para unos cien pasajeros y supuse que en el viaje siguiente se desplazarían la mayoría de las personas que trabajaban en Plum Island.

En lugar de sentarnos con los demás pasajeros, seguimos al señor Stevens por una escalera que conducía a una pequeña sala, utilizada aparentemente como sala de mapas, sala de oficiales o lo que fuera. En el centro de la sala había una mesa redonda con una cafetera. El señor Stevens nos ofreció asiento y café pero nadie aceptó ni lo uno ni lo otro. El aire estaba viciado bajo cubierta y el ruido de los motores llenaba la habitación.

Stevens sacó unos papeles de su carpeta y nos entregó una hoja impresa a todos, cada una con su copia correspondiente.

– Esto es una declaración que deben firmar antes de desembarcar en Plum Island -dijo-. Sé que todos ustedes son representantes de la ley, pero las normas son las normas. Les ruego que lo lean y lo firmen -agregó.

Examiné el impreso, titulado «Declaración jurada del visitante». Era uno de esos documentos gubernamentales, escrito, cosa extraña, en inglés corriente. Me comprometía básicamente a permanecer con el grupo, no soltarme de la mano e ir acompañado en todo momento de un empleado de Plum Island.

También accedía a obedecer todas las normas de seguridad, a evitar el contacto con animales después de abandonar la isla durante un mínimo de siete días y a no tener contacto con ganado vacuno, ovejas, cabras, cerdos, caballos, etcétera, no visitar ninguna granja, parque zoológico, circo ni parque público y a mantenerme alejado de las subastas de ganado, corrales, almacenes de ganado, laboratorios y centros de distribución de animales, ferias y concursos. ¡Caramba! Eso iba a limitar realmente mi vida social durante una semana.

El último párrafo era interesante, decía así:

En caso de emergencia, el director del centro o el oficial de seguridad podrán retener al visitante en Plum Island hasta que se hayan tomado las medidas de precaución necesarias de seguridad biológica. La ropa y otros artículos personales podrán ser retenidos temporalmente en Plum Island para su descontaminación y se facilitará una muda al visitante para que pueda abandonar la isla después de una ducha de descontaminación. Su propia ropa se le devolverá cuanto antes.

Además, para añadir alegría a mi visita, consentí someterme a cualquier cuarentena o detención necesarias.

– Supongo que éste no es el transbordador a Connecticut -le dije al señor Stevens.

– No señor, no lo es.

El eficiente señor Stevens nos ofreció unas plumas gubernamentales para que firmáramos. Colocamos los impresos sobre la mesa y, todavía de pie, nos rascamos, movimos los pies y estampamos nuestros nombres. Stevens recogió los documentos y nos entregó las copias como recuerdo.

A continuación nos dio unas tarjetas azules que prendimos debidamente en nuestra ropa.

– ¿Alguno de ustedes va armado? -preguntó.

– Creo que todos nosotros, pero le aconsejo que no intente retirarnos las armas.

– Eso es exactamente lo que pretendo -respondió Stevens después de mirarme-. Las armas de fuego están absolutamente prohibidas en la isla. Aquí dispongo de una caja fuerte donde sus revólveres permanecerán seguros -agregó.

– Mi pistola se encuentra segura donde está ahora -dije.

– Plum Island está bajo la jurisdicción del municipio de Southold -agregó Max-. Yo soy el representante de la ley en Plum Island.

– Supongo que la prohibición no afecta a los representantes de la ley -dijo Stevens después de un largo momento de reflexión.

– Puede estar seguro de ello -afirmó Beth.

Frustrada su pequeña estrategia de poder, Stevens aceptó la derrota con elegancia y una sonrisa. Pero era esa clase de sonrisa que el perverso malvado brinda en una película antes de decir Ha ganado usted esta batalla, señor, pero le aseguro que volveremos a vernos, luego da un taconazo, media vuelta y se retira.

Sin embargo, el señor Stevens permanecería con nosotros durante el resto de la visita.

– ¿Por qué no vamos a la cubierta superior? -preguntó.

Seguimos a nuestro anfitrión por la escalera, cruzamos la cabina y subimos por otra escalera a la cubierta encima de ésta, donde éramos los únicos pasajeros.

El señor Stevens nos condujo hasta un grupo de butacas. El barco se desplazaba a unas quince millas por hora, que creo que son unos doscientos nudos, tal vez un poco menos. Habla brisa en cubierta pero era el lugar más silencioso por estar alejado de los motores. La bruma se disipaba y de pronto empezó a brillar el sol.

Vi el puente de mando, todo acristalado, donde el capitán iba al timón y charlaba con su ayudante. En la popa ondeaba al viento una bandera estadounidense.

Estaba sentado cara a proa con Beth a mi derecha y Max a mi izquierda, y Stevens delante de mí, entre Nash y Foster.

– Los científicos que trabajan en biocontención siempre viajan aquí a no ser que el tiempo sea realmente malo -comentó Stevens-. Luego pasan de ocho a diez horas sin ver el sol -agregó-. Esta mañana les he rogado que nos dejaran solos.

A mi izquierda vi el faro de Orient Point, que no es una antigua torre construida sobre un peñasco, sino una moderna estructura metálica sobre las rocas. Se lo conoce como La Cafetera porque se supone que tiene ese aspecto, aunque a mí no me lo parece. Los marinos toman a las focas por sirenas, a las marsopas por grandes serpientes y a las nubes por barcos fantasma. Si uno pasa suficiente tiempo en el mar, creo que acaba por volverse un poco chiflado.

Volví la cabeza hacia Stevens y se cruzaron nuestras miradas. Aquel hombre tenía una de esas caras de cera que uno nunca olvida. Sus facciones permanecían siempre inmóviles, salvo la boca y los ojos, que te taladraban con la mirada.

– Permítanme que empiece por decirles que conocía a Tom y Judy Gordon -declaró Paul Stevens, dirigiéndose al grupo en general-. En Plum Island estaban bien considerados por todos: funcionarios, científicos, cuidadores de animales, técnicos de laboratorio, personal de mantenimiento, agentes de seguridad; todos. Trataban a todo el mundo con cortesía y respeto. Indudablemente, les echaremos de menos. -agregó con una especie de sonrisa torcida.

De pronto se me ocurrió que aquel individuo podía ser un asesino por cuenta del gobierno. Claro. ¿Y si había sido el gobierno quien había eliminado a Tom y Judy? Tal vez los Gordon sabían o habían visto algo o estaban a punto de denunciar alguna cosa… Mamma mia!, habría dicho mi compañero Dom Fanelli. Eso abría una nueva posibilidad. Miré a Stevens e intenté descifrar algo en sus ojos fríos como el hielo, pero era un buen actor, como había demostrado en la pasarela.

– Anoche, en el momento en que me enteré de su muerte -seguía diciendo Stevens-, llamé a mi oficial de guardia en la isla e intenté determinar si había desaparecido algo de los laboratorios. No es que sospechara que los Gordon pudieran hacer tal cosa, pero a juzgar por la forma en que se me informó del asesinato… bueno, aquí tenemos ciertos procedimientos operativos establecidos.

Volví la cabeza hacia Beth y se cruzaron nuestras miradas. Aquella mañana no había tenido oportunidad de decirle una sola palabra y le guiñé un ojo. Al parecer no podía controlar sus emociones y desvió la mirada.

– Esta madrugada me he trasladado a Plum Island en una de mis lanchas de seguridad y he llevado a cabo una investigación preliminar -proseguía Stevens-. Por lo que puedo deducir hasta el momento, nada ha sido sustraído de nuestras reservas de microorganismos, ni de las muestras de tejidos, sangre, ni ningún otro material orgánico ni biológico.

Aquel comentario era tan evidentemente cretino y autojustificativo que nadie se molestó siquiera en reírse, aunque Max me miró y movió la cabeza. Sin embargo, los señores Nash y Foster asentían como si se creyeran lo que Stevens intentaba hacernos tragar. Éste, alentado y con la seguridad que le aportaba encontrarse entre amigos que trabajaban también para el gobierno, prosiguió con su discursito oficial.

Ya pueden imaginarse la cantidad de mierda que debo escuchar en mi vida profesional de sospechosos, testigos, informadores e incluso de personas de mi propio equipo, como fiscales, superiores, subordinados incompetentes, lacayos, etcétera. Basura y mierda. Lo primero es una distorsión burda y agresiva de la verdad mientras que lo segundo es una clase de excrementos más suave y pasiva. Y así es el trabajo policial: basura y mierda. Nadie le dice a uno la verdad, especialmente si pretendes mandarlo a la silla eléctrica o lo que utilicen hoy en día.

Escuché durante un rato las explicaciones del señor Paul Stevens, según las cuales era imposible sacar de la isla un solo virus o una sola bacteria, ni siquiera un escozor en la entrepierna si es que había que dar crédito a Pinocho Stevens.

Me cogí la oreja derecha y le di un ligero giro, que es mi forma de desconectar de los idiotas. Con la voz de Stevens perdida en la lejanía, contemplé la hermosa mañana azul. Regresaba el transbordador de New London y nos pasó por la izquierda, que sé que se llama babor. La milla y media de agua que separa Orient Point de Plum Island es conocida como estrecho de Plum, otra palabra marina. Aquí se utilizan muchos términos náuticos y a veces me producen dolor de cabeza. ¿Qué tiene de malo el inglés corriente?

En todo caso, sé que el estrecho es un lugar donde se encuentran las aguas del canal de Long Island y las del Atlántico. Estuve aquí en una ocasión con los Gordon, en su lancha, cuando el viento, la marea y las corrientes golpeaban por todos lados la embarcación. Realmente no necesito repetir semejante experiencia en el agua.

Pero hoy no había problemas, el estrecho estaba tranquilo y el barco era grande. Había cierto balanceo, pero supongo que eso es inevitable en el agua, que es esencialmente líquida y de ningún modo tan fiable como el asfalto.

La vista desde aquí era bonita y, mientras el señor Stevens movía los carrillos, contemplé un pigargo blanco que volaba en círculos. Esas aves son extrañas, están completamente locas. Vi cómo describía círculos en busca del desayuno hasta que lo avistó y entonces se lanzó en picado como un piloto suicida, chillando como si le ardieran las pelotas, penetró en el agua, desapareció y emergió de nuevo como si le hubieran insertado un misil en el trasero. En las garras llevaba un pez plateado que hasta entonces había estado chapoteando tranquilamente, mascando pescadilla o algo por el estilo, cuando de pronto despegó a punto de ser deglutido por ese pájaro loco. Puede que el pez plateado tuviera esposa, hijos y todo lo demás, que hubiera salido en busca de un pequeño tentempié y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, él se había convertido en desayuno. La supervivencia del más fuerte. Asombroso. Definitivo.

Estábamos a un cuarto de milla de Plum Island cuando un ruido extraño, aunque familiar, nos llamó la atención. Entonces vimos un gran helicóptero blanco, con las insignias rojas de los guardacostas, que pasó junto a nosotros por estribor. Volaba lentamente y a baja altitud, llevaba la puerta abierta y asomado había un individuo uniformado, sujeto por unas correas, con una radio incorporada al casco y un rifle en las manos.

– Es la patrulla de los ciervos -aclaró el señor Stevens-. Como simple medida de precaución buscamos ciervos que puedan ir o venir nadando de Plum Island.

Nadie dijo palabra.

El señor Stevens consideró que debía dar más explicaciones y prosiguió:

– Los ciervos son unos nadadores increíblemente resistentes y en algunos casos han llegado a Plum Island desde Orient Point e incluso desde Gardiners Island o Shelter Island, que está a siete millas. Procuramos evitar que los ciervos se instalen en Plum Island o incluso que visiten la isla.

– A no ser -señalé- que hayan firmado el impreso pertinente.

El señor Stevens sonrió de nuevo. Yo le gustaba. También le gustaban los Gordon y ya sabemos lo que les ocurrió.

– ¿Por qué procuran evitar que los ciervos lleguen a la isla? -preguntó Beth.

– Bueno… tenemos una política que denominamos de No Retorno. Es decir, todo lo que llega a la isla no puede abandonarla jamás, a no ser que sea debidamente descontaminado. Eso nos incluye a nosotros cuando queramos regresar más adelante. Los objetos de grandes dimensiones que no pueden ser descontaminados, como coches, camiones, aparatos de laboratorio, escombros, basura, etcétera, permanecen en la isla.

Una vez más, todo el mundo guardó silencio.

– No pretendo sugerir que la isla esté contaminada -agregó el señor Stevens, consciente de que había asustado a las visitas.

– Pues a mí me había convencido -reconocí.

– Permítanme que se lo explique. Tenemos cinco niveles de peligro biológico en la isla, que en realidad son cinco zonas. El primer nivel o la primera zona es el aire ambiental, todos los lugares fuera de los laboratorios de biocontención, donde no hay ningún peligro. La segunda zona es el área de las duchas, entre los vestuarios y los laboratorios, y también algunos lugares de trabajo de bajo contagio. Luego lo verán. El tercer nivel son los laboratorios de biocontención, donde trabajan con enfermedades infecciosas. El cuarto nivel corresponde a lugares más protegidos del edificio e incluye los corrales de animales contaminados, así como los incineradores y las salas de disección -dijo y nos miró uno por uno para asegurarse de que le prestábamos atención, lo que ciertamente hacíamos-. Recientemente hemos agregado unas instalaciones de quinto nivel, que son las de mayor biocontenido. No hay muchas instalaciones de quinto nivel en el mundo. Nosotros las agregamos porque algunos de los organismos que recibimos de lugares como África y el Amazonas son más virulentos de lo que sospechábamos -agregó antes de mirarnos de nuevo y bajar el tono de voz-. En otras palabras, recibíamos muestras de sangre y tejido infectadas con el virus Ébola.

– Creo que ya podemos regresar -dije.

Todo el mundo sonrió e intentó reírse. Ja, ja, ja. No tenía ninguna gracia.

– El nuevo laboratorio consiste en unas instalaciones de contención con los últimos adelantos, pero las antiguas instalaciones de después de la segunda guerra mundial, lamentablemente, no eran tan seguras. Fue entonces cuando adoptamos la política de No Retorno como precaución para evitar el contagio en el continente. Dicha política es aún oficialmente vigente pero se aplica de forma mucho más relajada. No obstante, preferimos que las personas y los objetos no se desplacen con excesiva libertad entre la isla y el continente sin ser descontaminados. Eso, evidentemente, incluye a los ciervos.

– ¿Pero por qué? -insistió Beth.

– ¿Por qué? Porque se les puede pegar algo en la isla.

– ¿Como qué? -pregunté-. ¿Alguna mala costumbre?

– Tal vez un resfriado -sonrió el señor Stevens.

– ¿Matan a los ciervos? -preguntó Beth.

– Sí.

– ¿Qué me dice de los pájaros? -pregunté después de un prolongado silencio.

– Los pájaros pueden suponer un problema -respondió el señor Stevens.

– ¿Y los mosquitos? -pregunté a continuación.

– Los mosquitos también pueden suponer un problema. Pero no olviden que todos los animales de laboratorio están aislados del exterior y que todos los experimentos se llevan a cabo en laboratorios de biocontención con aire negativo a presión. Nada puede escapar.

– ¿Cómo lo sabe? -preguntó Max.

– Porque ustedes todavía están vivos -respondió el señor Stevens.

Con ese toque de optimismo y mientras Sylvester Maxwell pensaba en que se le comparaba con un canario en una mina de carbón, el señor Stevens agregó:

– Cuando desembarquemos, les ruego que permanezcan junto a mí en todo momento.

Por Dios, Paul, ni en sueños se me ocurriría lo contrario.

Capítulo 8

Cuando nos acercábamos a la isla, The Plum Runner redujo la velocidad. Yo me levanté, me dirigí a babor y me apoyé en el pasamanos. A mi izquierda divisé el viejo faro de piedra de Plum Island, que reconocí porque era uno de los temas predilectos de los malos acuarelistas de la región. A la derecha del faro, junto a la orilla, había un enorme cartel que decía: «¡Atención! ¡Cable sumergido! ¡Prohibido pescar! ¡Prohibido dragar!»De ese modo, si algún terrorista se proponía interrumpir el suministro eléctrico y las comunicaciones con la isla, las autoridades le facilitaban una pequeña pista. Por otra parte, para ser sincero, supuse que Plum Island disponía de sus propios generadores de emergencia, así como radios y teléfonos móviles.

De todos modos, The Plum Runner se deslizó por aquel estrecho canal hasta penetrar en una ensenada de aspecto artificial, como si no la hubiera creado el Todopoderoso sino el cuerpo de ingenieros del ejército, que gusta de dar los toques finales a la creación.

No había muchos edificios alrededor de la ensenada, sólo unas pocas estructuras de hojalata, estilo almacén, reminiscencias probablemente de la época militar.

– Antes de que llegaras al transbordador vi… -dijo Beth en voz baja después de acercarse.

– Estaba allí, yo también lo vi. Gracias.

El transbordador viró 180 grados y se acercó de popa al embarcadero.

Mis colegas estaban ahora junto a la baranda.

– Esperaremos a que desembarquen los empleados -dijo el señor Stevens.

– ¿Es un puerto artificial? -pregunté.

– Sí -respondió-, lo construyó el ejército cuando instalaron las baterías de artillería, antes de la guerra contra los españoles.

– Puede que les interese eliminar ese cartel del cable sumergido -sugerí.

– No podemos hacerlo -respondió-. Debemos advertir a los barcos. Además, está en las cartas de navegación.

– Pero podría decir: «Conducto de agua potable.» No tienen por qué revelarlo todo.

– Cierto -respondió antes de mirarme como si quisiera decirme algo, pero no lo hizo.

Puede que deseara ofrecerme trabajo.

Después de desembarcar los últimos empleados descendimos por la escalera y abandonamos el transbordador por la popa. Habíamos llegado a la misteriosa Plum Island. Hacía fresco, viento y sol en el muelle. Unos patos se mecían junto a la orilla y me alegró comprobar que no tenían colmillos ni ojos rojos que parpadearan, ni nada por el estilo.

Como dije anteriormente, la isla tiene forma de chuleta de cerdo, o tal vez de cordero, y la ensenada está en la parte gruesa de la chuleta como si alguien le hubiera dado un mordisco, para seguir con esa comparación estúpida.

Había una sola embarcación amarrada en el muelle, de unos diez metros y pico de eslora, con cabina, luces de búsqueda y motor interior. Su nombre era The Prune. [2] Alguien había mostrado cierto sentido del humor al elegir los nombres del transbordador y de aquel barco y no creía que se tratara de Paul Stevens, cuya idea del humor náutico consistía probablemente en ver un barco hospital torpedeado por submarinos.

Observé un cartel de madera desgastado por el tiempo, en el que se leía: «Centro de Patología Animal de Plum Island.» Más allá había un mástil, donde una bandera estadounidense ondeaba también a media asta.

Los empleados que habían desembarcado subieron a un autobús blanco que se puso en movimiento y el transbordador tocó la sirena, pero no vi a nadie que subiera a bordo para regresar a Orient Point.

– Por favor, no se muevan de aquí -dijo el señor Stevens, que echó a andar y se detuvo luego para hablar con un individuo que vestía un mono naranja.

Aquel lugar producía una extraña sensación, con individuos con mono naranja, uniformes azules, autobuses blancos y esas bobadas de «No se muevan de aquí» y «Permanezcan juntos». Aquí estaba, en una isla de acceso restringido con ese rubio que parecía miembro de las SS, un helicóptero armado que patrullaba por los alrededores, guardias armados por todas partes y con la sensación de haber aterrizado en una película de James Bond, salvo que el lugar era real.

– ¿Cuándo conoceremos al doctor No? -pregunté a Max.

Max se rió, e incluso Beth y los señores Nash y Foster sonrieron.

– Por cierto, Max -preguntó Beth-, ¿cómo es que no conocías a Paul Stevens?

– Siempre que hemos celebrado una reunión de representantes de la ley -respondió Max- hemos invitado al director de seguridad de Plum Island por cortesía. Pero ninguno de ellos hizo acto de presencia. En una ocasión hablé con Stevens por teléfono pero nunca le había visto hasta esta mañana.

– Por cierto, detective Corey -dijo Ted Nash-, he descubierto que usted no pertenece a la policía del condado de Suffolk.

– Nunca dije que así fuera.

– Vamos, amigo. Usted y el jefe Maxwell nos han hecho creer a George y a mí que formaba parte de ese cuerpo.

– El detective Corey ha sido contratado por la ciudad de Southold como asesor en este caso -dijo Max.

– ¿En serio? -exclamó el señor Nash antes de mirarme-. Usted es un detective de la brigada de homicidios de la ciudad de Nueva York, herido en acto de servicio el 12 de abril y, actualmente, de baja por convalecencia.

– ¿Y a usted qué le importa?

– No nos preocupa, John -interrumpió el señor Foster, siempre dispuesto a hacer las paces-. Lo único que pretendemos es establecer credenciales y jurisdicciones.

– En tal caso -respondió Beth, dirigiéndose a los señores Nash y Foster-, ésta es mi jurisdicción y mi caso, y no tengo ningún inconveniente en que John Corey esté presente.

– De acuerdo -dijo el señor Foster.

El señor Nash no respondió, lo que me indujo a creer que no estaba de acuerdo, pero no me importaba.

– Y ahora que ya sabemos para quién trabaja John Corey -dijo Beth a Ted Nash-, ¿para quién trabajas ?

– Para la CIA -respondió después de una pausa.

– Gracias -dijo Beth sin dejar de mirarlos fijamente-. Si alguno de vosotros vuelve a visitar el escenario del crimen sin identificarse debidamente, se lo comunicaré al fiscal del distrito. Seguiréis todas las normas establecidas como el resto de nosotros, ¿comprendido?

Asintieron; evidentemente, sin ninguna sinceridad.

– El director no está disponible todavía -declaró Paul Stevens a su regreso-. Por lo que me ha dicho el jefe Maxwell, tengo entendido que desean ver un poco la isla, podemos dar una vuelta ahora. Les ruego que me sigan…

– Espere un momento -dije señalando la embarcación amarrada al muelle-. ¿Es suya?

– Sí. Es una patrullera.

– No está patrullando.

– Tenemos otra que lo está haciendo ahora.

– ¿Es aquí donde los Gordon amarraban su barco?

– Sí. Bien, síganme…

– ¿Tienen coches patrulla que circulen por la isla? -pregunté.

– Sí, tenemos coches que patrullan la isla -respondió a pesar de que evidentemente le molestaban mis preguntas-. ¿Algo más, detective?

– Sí. ¿Es habitual que un empleado utilice su propio barco para acudir al trabajo?

– Cuando se aplicaba rigurosamente la política de No Retorno, estaba prohibido -contestó tras un par de segundos-. Ahora hemos relajado un poco las normas y de vez en cuando algún empleado llega en su propia embarcación, sobre todo en verano.

– ¿Autorizó usted a los Gordon a que se desplazaran a la isla en su barco?

– Los Gordon eran científicos concienzudos y hacía mucho tiempo que trabajaban aquí -respondió-. Siempre y cuando utilizaran unas buenas técnicas de descontaminación y acataran las normas y procedimientos de seguridad, yo no tenía ningún inconveniente en que utilizaran su propia lancha.

– Comprendo. ¿En algún momento se le ocurrió que los Gordon pudieran usar su barco para sacar organismos letales de la isla?

– Esto es un lugar de trabajo, no una cárcel -respondió indirectamente después de unos instantes de reflexión-. Mi responsabilidad primordial consiste en impedir la entrada a personas no autorizadas. Confiamos en nuestro personal, aunque para mayor seguridad todos nuestros empleados han sido investigados previamente por el FBI -añadió y luego consultó su reloj-. Disponemos de poco tiempo. Síganme.

Seguimos al nervioso señor Stevens hasta un minibús blanco y subimos en él. El conductor vestía el mismo uniforme azul que los guardias de seguridad y, por cierto, comprobé que también llevaba pistola.

Me instalé detrás del conductor y di unos golpecitos al asiento de al lado para que Beth se sentara, pero no debió de percatarse de mi gesto y ocupó un asiento doble al otro lado del pasillo. Max se sentó a mi espalda, y los señores Nash y Foster en asientos separados hacia la parte de atrás.

– Antes de visitar las instalaciones principales -dijo el señor Stevens, que permaneció de pie-, daremos una vuelta por la isla para que se hagan una idea del lugar y puedan apreciar mejor las dificultades de proteger una isla de este tamaño, con unos dieciséis kilómetros de playa y sin ninguna verja. Nunca se ha quebrantado la seguridad de la isla en toda su historia -agregó.

– ¿Qué clase de arma llevan los guardias en sus pistoleras? -pregunté.

– Son pistolas reglamentarias del ejército, Colt 45 automáticas -respondió el señor Stevens, miró a su alrededor y preguntó-: ¿He dicho algo interesante?

– Creemos que el arma homicida fue un cuarenta y cinco -dijo Max.

– Me gustaría hacer un inventario de sus armas y llevar a cabo pruebas balísticas con cada una de ellas -agregó Beth.

Paul Stevens no parecía entusiasmado.

– ¿Cuántas pistolas del cuarenta y cinco tienen? -preguntó Beth.

– Veinte.

– ¿Lleva una consigo? -preguntó Max.

Stevens se tocó la chaqueta y asintió.

– ¿Lleva siempre la misma arma? -preguntó Beth.

– No -respondió-. Cojo una de la armería cuando me incorporo al trabajo. Parece que me estén interrogando.

– No -dijo Beth-, sólo le hacemos preguntas como testigo amistoso. Si le interrogáramos, lo sabría.

– Tal vez deberíamos permitirle al señor Stevens proseguir con su programa -dijo a mi espalda el señor Nash-. Más adelante dispondremos de tiempo para formular preguntas.

– Prosiga -ordenó Beth.

– De acuerdo -respondió el señor Stevens, todavía de pie-. Antes de seguir adelante les haré el pequeño discurso que reservo para científicos invitados, dignatarios y periodistas -agregó antes de consultar su ridícula carpeta-. Plum Island tiene una superficie de trescientas cuarenta hectáreas, en su mayoría bosque, algún prado y una plaza de armas, que veremos más adelante. La isla se menciona en los diarios de a bordo de los primeros navegantes holandeses e ingleses. Los holandeses le dieron el nombre de la fruta que crece en sus orillas, Pruym Eyland en holandés antiguo, por si a alguien le interesa. La isla pertenecía a la tribu de los indios Montauk y un individuo llamado Samuel Wyllys se la compró en 1.654 al jefe Wyandanch. Wyllys y otros colonos después de él utilizaron sus pastos para ovejas y ganado vacuno, lo cual no deja de ser irónico considerando el uso que se le da ahora.

Bostecé.

– En todo caso -prosiguió Stevens-, nadie se instaló permanentemente en la isla. Y puede que se pregunten cómo utilizaban los colonos los pastos de una isla deshabitada. Según los documentos de la época, el estrecho entre Orient y Plum era de tan poca profundidad en los siglos XVII y XVIII que el ganado podía cruzarlo con la marea baja. Un huracán a finales del siglo XVIII aumentó la profundidad del estrecho y los prados de la isla perdieron su utilidad. Sin embargo, desde los orígenes de la presencia inglesa, una sucesión de piratas y corsarios visitaron la isla ya que su aislamiento era muy conveniente para ellos.

De pronto sentí que me entraba cierto pánico. Estaba ahí atrapado en un pequeño autobús con ese imbécil monótono y aburrido, que empezaba a explicar la historia desde principios del siglo XVIII y le quedaban todavía casi tres siglos, sin que el maldito vehículo hubiera empezado siquiera a moverse y sin que pudiera marcharme a no ser que me abriera paso a tiros. ¿Qué había hecho yo para merecer eso? Mi tía June me miraba desde el cielo y se tronchaba de risa. Podía oír sus palabras: «Bien, Johnny, si me repites lo que te conté ayer sobre los indios Montauk, te compraré un helado.» ¡No, no, no! ¡Basta!

– Durante la revolución -proseguía Stevens-, los patriotas de Connecticut utilizaban la isla para llevar a cabo incursiones contra los núcleos de resistencia de colonos leales a la corona, en Southold. Entonces George Washington, de visita en el norte de Long Island…

Me tapé las orejas, pero todavía oía el ronroneo.

Finalmente levanté la mano y pregunté:

– ¿Es usted miembro de la Sociedad Histórica Peconic?

– No, pero ellos me han ayudado a recopilar esta historia.

– ¿No tiene un folleto o algo por el estilo que podamos leer más tarde y reservar este discurso para algún congresista?

– A mí me parece fascinante -dijo Beth Penrose.

Los señores Nash y Foster emitieron un ruido de aprobación.

– Has perdido la votación, John -dijo Max con una carcajada.

Stevens me sonrió de nuevo. ¿Por qué tenía la sensación de que quería desenfundar su 45 y vaciar el cargador contra mí?

– Paciencia, detective -dijo-; de todos modos nos sobra tiempo -añadió, aunque me percaté de que hablaba más de prisa-. Entonces, en vísperas de la guerra entre España y Estados Unidos, el gobierno adquirió cincuenta y cuatro hectáreas del territorio de la isla para defensas costeras y construyeron Fort Terry, ahora abandonado. Luego lo veremos.

Observé de reojo a Beth y comprobé que miraba fijamente a Paul Stevens, al parecer absorta en su narración. En aquel instante, Beth Penrose volvió la cabeza y se cruzaron nuestros ojos. Pareció avergonzarse de que hubiera descubierto que me miraba, sonrió y volvió a concentrarse en Stevens. Me dio un vuelco el corazón; estaba enamorado de nuevo.

– Debo señalar que en la isla existen vestigios de más de trescientos años de historia y, a no ser por sus limitaciones de acceso, habría aquí un buen número de arqueólogos excavando en lugares prácticamente intactos -seguía diciendo Stevens-. Actualmente negociamos con la Sociedad Histórica Peconic para llegar a un acuerdo sobre una excavación experimental. En realidad -agregó-, los Gordon eran miembros y actuaban como enlace entre ella, el Departamento de Agricultura y unos arqueólogos de la universidad estatal de Stony Brook. Los Gordon y yo habíamos identificado buenas localizaciones, que a nuestro parecer no comprometerían ni afectarían a la seguridad.

De pronto me sentí interesado. A veces, una palabra, una frase o un nombre surgen en una investigación y cuando aparecen de nuevo se convierten en algo en qué pensar. Ése era el caso de la Sociedad Histórica Peconic. Mi tía pertenecía a ella. Distribuyen folletos y panfletos, organizan meriendas, festejos para recaudar fondos y conferencias, y todo es perfectamente normal. Luego los Gordon, incapaces de distinguir entre Plymouth Rock y scotch on the rocks, se afilian a la sociedad y, ahora, el Oberführer Stevens la incluye en su discurso. Interesante.

– En 1.929 se desencadenó una devastadora epidemia de glosopeda en Estados Unidos -proseguía el señor Stevens- y el Departamento de Agricultura abrió su primer centro en la isla. Así empieza la historia moderna de la isla respecto a su función actual. ¿Alguna pregunta?

Yo tenía unas cuantas sobre el hecho de que los Gordon se dedicaran a husmear por la isla, en lugar de trabajar como se suponía en su laboratorio. Decidí que eran personas listas. La lancha rápida, la Sociedad Histórica Peconic y luego la tapadera de las excavaciones arqueológicas para poder inspeccionar la isla. Era posible que todo eso no guardara relación alguna entre sí, que fuera pura coincidencia. Pero yo no creo en las coincidencias. No creo que unos científicos mal pagados del Medio Oeste adquieran una afición tan cara como es una lancha rápida, se dediquen a la arqueología y se involucren en una sociedad histórica local. Nada de ello se ajusta a los recursos, las personalidades, los temperamentos o los intereses anteriores de Tom y Judy Gordon. Lamentablemente, las preguntas que tenía para el señor Stevens no podían formularse sin revelar más de lo que probablemente obtendría a cambio.

El señor Stevens hablaba del Departamento de Agricultura y eso me permitió desconectar tranquilamente para dedicarme a rumiar un poco. Me percaté de que antes de mencionar los intereses arqueológicos de los Gordon, Stevens había dicho algo que me había llamado la atención. Como una onda de sonar que se desplaza por el agua, choca con algo y manda una señal de vuelta a los auriculares, Stevens había dicho algo que había sonado en mi cerebro, pero estaba tan aburrido en aquel momento que me lo había perdido y ahora quería retomarlo pero no recordaba qué era lo que había mandado la señal.

– Bien, ahora daremos una vuelta por la isla -declaró Stevens.

El conductor despertó y puso el autobús en movimiento. Me percaté de que la carretera estaba bien asfaltada pero no había ningún otro vehículo ni persona a la vista.

Rodeamos la zona del enorme edificio principal y el señor Stevens nos mostró el depósito del agua, la planta de descontaminación de aguas residuales, la central eléctrica, los talleres mecánicos y las plantas de vapor. Aquel lugar, que parecía independiente y autosuficiente, me recordó una vez más a la guarida del villano de una película de James Bond, donde un loco planea la destrucción del planeta. En general era muy impresionante y aún no habíamos visto el interior del centro principal de investigación.

De vez en cuando pasábamos junto a algún edificio, que el señor Stevens no identificaba, y si alguno de nosotros se interesaba por él, respondía que se trataba de un almacén de pintura, de comida o algo por el estilo. Y puede que lo fueran, pero aquel individuo no inspiraba confianza. En realidad, tuve la clara sensación de que disfrutaba con ese rollo de la confidencialidad y le divertía jugar un poco con nosotros.

Casi todos los edificios, salvo el nuevo centro de investigación, eran antiguas estructuras militares, en su mayoría de ladrillo rojo u hormigón, y prácticamente todos estaban abandonados. En otra época había sido una instalación militar de considerable importancia, que formaba parte de una cadena de fortalezas destinadas a proteger la ciudad de Nueva York de un ejército hostil, que nunca hizo acto de presencia.

Llegamos a un grupo de bloques de hormigón, en cuyo suelo de cemento crecía la hierba en las grietas.

– Este gran edificio se denomina 257 -dijo Stevens-, que es el nombre con que lo designó el ejército. Años atrás fue el laboratorio principal. Cuando lo abandonamos, lo descontaminamos con gas venenoso y luego lo sellamos definitivamente por si quedaba todavía algo vivo.

– ¿No fue aquí donde se produjo un escape bioquímico en una ocasión? -preguntó Max después de unos segundos de silencio.

– Eso ocurrió antes de mi llegada -respondió Stevens y me miró con su fingida sonrisa-. Si le apetece examinar el interior, detective, puedo conseguirle la llave.

– ¿Puedo ir solo? -pregunté, también con una sonrisa.

– Ésa es la única forma de entrar en el 257. Nadie querrá acompañarle.

Nash y Foster soltaron una carcajada. No me había divertido tanto desde que resbalé en el barro y me caí sobre un cadáver que llevaba diez días muerto.

– Amigo Paul, entraré si usted me acompaña.

– No siento ningún deseo particular de morir -respondió Stevens.

Cuando el autobús se acercó al edificio vi que alguien había pintado sobre el hormigón una enorme calavera y unos huesos cruzados de color negro y se me ocurrió que aquel símbolo tenía en realidad dos significados: por una parte, era la bandera pirata que ondeaba en el mástil de la casa de los Gordon y, por otra, la señal de advertencia de veneno o contaminación. Miré fijamente la calavera y las tibias negras sobre fondo blanco. Cuando desvié la vista, la imagen seguía impresa en mi retina y al mirar a Stevens vi la calavera superpuesta en su rostro, ambos sonrientes. Me froté los ojos hasta desvanecer la ilusión óptica. De no haberme encontrado a plena luz del día y rodeado de gente, podía haber sido una experiencia aterradora.

– En 1.946 -prosiguió-, el Congreso aprobó la financiación de un nuevo centro de investigación. La ley prohíbe que se estudien ciertas enfermedades infecciosas en el territorio continental de Estados Unidos. Eso era necesario cuando la biocontención no estaba muy avanzada. Así que Plum Island, que ya era enteramente propiedad del gobierno y cuyo uso compartían el ejército y el Departamento de Agricultura, era un lugar idóneo para el estudio de enfermedades animales exóticas.

– ¿Nos está diciendo que aquí se estudian únicamente enfermedades animales? -pregunté.

– Efectivamente.

– Señor Stevens, aunque nos disgustaría que los Gordon hubieran robado el virus de la glosopeda y que se aniquilara el ganado de Estados Unidos, Canadá y México, ésta no es la razón de nuestra presencia. ¿Existe alguna enfermedad en los laboratorios de Plum Island, alguna enfermedad capaz de transmitirse de una especie a otra, que pueda infectar a los seres humanos?

– Eso deberá preguntárselo al director, el doctor Zollner -respondió.

– Se lo pregunto a usted.

– Puedo decirle -respondió Stevens después de unos momentos de reflexión- que al darse la coincidencia de que el Departamento de Agricultura compartía el uso de la isla con el ejército se desencadenaron muchas especulaciones y rumores de que este lugar era un centro de investigación de guerra biológica. Supongo que todos están al corriente.

– Existen abundantes pruebas de que el Cuerpo Químico del Ejército desarrollaba aquí enfermedades, en los momentos más críticos de la guerra fría, capaces de aniquilar toda la población animal de la Unión Soviética -declaró Max-. E incluso ahora, el ántrax y otras enfermedades animales pueden utilizarse como armas biológicas contra seres humanos. Usted también lo sabe.

– No he pretendido insinuar -explicó Stevens después de aclararse la garganta- que aquí nunca se hubiera realizado ninguna investigación destinada a la guerra biológica. Ése fue el caso, ciertamente, a principios de los años cincuenta. Sin embargo, en 1.954, la misión ofensiva se transformó en defensiva; es decir, a partir de entonces el ejército se dedicó a estudiar solamente los medios para impedir una infección deliberada de nuestro ganado por parte del enemigo. No responderé más preguntas de esta naturaleza… -agregó-, pero les diré que los rusos nos mandaron un equipo de investigación de armas biológicas hace unos años y no descubrieron nada que pudiera preocuparles.

Siempre había pensado que las inspecciones de acuerdos armamentistas voluntarios eran como si un sospechoso de asesinato dirigiera una inspección de su propia casa. No, detective, no hay nada de interés en ese armario. Sígame y le mostraré el jardín.

El autobús entró en un estrecho camino de grava y el señor Stevens prosiguió con su discurso.

– Y desde mediados de los años cincuenta, Plum Island se ha convertido indiscutiblemente en el primer centro mundial para el estudio, la curación y la prevención de enfermedades animales. -Me miró y dijo-: No ha sido tan insoportable, detective Corey, ¿no le parece?

– He sobrevivido a cosas peores.

– Me alegro. Ahora dejaremos la historia y nos dedicaremos a admirar el paisaje. Tenemos delante el antiguo faro, ordenado construir primero por George Washington. Éste fue construido a mediados del siglo XIX. Ahora ya no se utiliza y se ha convertido en monumento histórico.

Observé por la ventana la estructura de piedra en medio del prado. El faro parecía una casa de dos plantas, con una torre adosada al tejado.

– ¿Lo utilizan por razones de seguridad? -pregunté.

– Siempre atento a su trabajo, ¿verdad? -respondió el señor Stevens-. A veces mando unos centinelas con un telescopio o un aparato de visión nocturna, cuando el tiempo es demasiado malo para los helicópteros o los barcos. Entonces el faro se convierte en nuestro único lugar de vigilancia, con una visión de trescientos sesenta grados. ¿Desea saber algo más acerca del faro? -añadió.

– No, eso es todo por ahora.

El autobús entró en otro camino de grava. Nos dirigíamos ahora hacia el este por la orilla norte de Plum Island, con la costa a la izquierda y árboles nudosos a la derecha. Me percaté de que la playa era una agradable extensión de arena y rocas, prácticamente virgen, donde salvo por el autobús y la carretera, podía imaginarse fácilmente a un holandés o un inglés del siglo XVII que pisaba la orilla por primera vez, caminaba por la playa y calculaba cómo arrebatarles la isla a los indios.

En ese momento sonó de nuevo la campanilla en mi cerebro, pero ¿a qué obedecía? A veces, si uno no lo fuerza, vuelve por sí solo.

Mientras Stevens farfullaba sobre la ecología y sobre el hecho de conservar la isla tan pulcra y silvestre como fuera posible, pasó el helicóptero en busca de ciervos.

Por lo general, la carretera seguía la línea de la costa y no había mucho que ver, pero me impresionó la soledad del lugar, la idea de que ahí no vivía una sola alma y la improbabilidad de encontrarse a alguien por la playa o las carreteras, que al parecer no conducían a ningún lugar ni tenían utilidad alguna, salvo la que unía el transbordador con el laboratorio principal.

– Todas estas carreteras fueron construidas por el ejército para unir Fort Terry con las baterías de la costa -dijo entonces el señor Stevens como si acabara de leer mi pensamiento-. Sólo las utilizan las patrullas de los ciervos; si no, están vacías -agregó-. Como hemos concentrado todas las instalaciones de investigación en un edificio, la mayor parte de la isla está desierta.

Se me ocurrió que las patrullas de los ciervos y las de seguridad eran evidentemente las mismas. Puede que los helicópteros y los barcos buscaran ciervos que nadaban, pero también buscaban terroristas y otros maleantes. Tuve la incómoda sensación de que aquel lugar era vulnerable. Pero eso no era de mi incumbencia, ni la razón de mi presencia.

Hasta ahora la isla era menos siniestra de lo que imaginaba. No sabía realmente qué esperar, pero, al igual que otros muchos lugares precedidos de una reputación escabrosa, éste no parecía tan aterrador al verlo.

Los mapas y cartas de navegación no solían mostrar ningún detalle de la isla, ni las carreteras ni mención alguna a Fort Terry, salvo las palabras «Plum Island, Investigación de Patología Animal, Gobierno de EE.UU. Acceso restringido». Además, la isla suele estar pintada de color amarillo, que indica precaución. No es un lugar realmente acogedor, ni siquiera en el mapa. Y vista desde el mar, como me ocurrió varias veces con los Gordon, parece envuelta en la bruma, aunque me pregunto hasta qué punto esa imagen es real o imaginaria.

Y si uno especulase sobre el aspecto del lugar, se lo imaginaria como una especie de lúgubre paisaje desolado al estilo de Poe, cubierto de vacas y ovejas muertas, campos abandonados y buitres alimentándose de la carroña antes de morir, a su vez, por ingestión de carne infectada. Eso es lo que uno pensaría, si se molestara en pensar en ello. Pero hasta ahora el lugar parecía soleado y agradable. El peligro, el auténtico horror, estaba confinado en áreas de contención biológica, en las zonas tres y cuatro, y en el templo del fin del mundo, la zona cinco. Diminutos transportadores, tubos de ensayo y probetas con las formas de vida más peligrosas y exóticas desarrolladas en este planeta. Si yo fuera un científico que examinara esas cosas, me preguntaría probablemente por Dios; no sobre su existencia, sino sobre sus intenciones.

En todo caso, hasta ahí era capaz de reflexionar antes de que empezara a dolerme la cabeza.

– ¿Cómo saben los navegantes que no deben desembarcar en la isla? -preguntó Beth.

– Se lo advierten todos los mapas y las cartas de navegación -respondió el señor Stevens-. También hay carteles en todas las playas. Además, las patrullas pueden ocuparse de cualquier embarcación fondeada o amarrada.

– ¿Qué hacen con los intrusos? -preguntó Beth.

– Les advertimos que no se acerquen de nuevo a la isla -respondió Stevens-. Los reincidentes son detenidos y entregados al jefe Maxwell -añadió mirando a Max-. ¿No es cierto?

– Efectivamente. Se dan uno o dos casos al año.

– Sólo a los ciervos les disparamos sin hacer preguntas -intentó bromear Paul Stevens, luego prosiguió con seriedad-: El hecho de que alguien desembarque en la isla no supone un riesgo para la seguridad ni para la biocontención. Como he dicho anteriormente, no pretendo dar la impresión de que la isla está contaminada. Este autobús, por ejemplo, no es un vehículo de biocontención. Pero, dada la proximidad de áreas de contención biológica, preferimos mantener la isla libre de personas no autorizadas y de animales.

– Por lo que puedo ver, señor Stevens -dije sin poder evitar señalarle-, un grupo de terroristas semicompetentes podría desembarcar cualquier noche en la isla, aniquilar a su puñado de guardias y robar toda clase de sustancias aterradoras de los laboratorios o hacer estallar el lugar e impregnar el aire con microbios mortíferos. En realidad, cuando se hiela la bahía no necesitan siquiera una embarcación, pueden llegar andando.

– Sólo puedo decirle que la seguridad es más compleja de lo que parece -respondió el señor Stevens.

– Eso espero.

– No le quepa la menor duda. ¿Por qué no lo intenta alguna noche?

– Le apuesto cien pavos a que logro entrar en su despacho, robarle el diploma del instituto que cuelga de la pared y tenerlo en mi despacho por la mañana -respondí, incapaz de resistirme al reto.

El señor Stevens seguía mirándome fijamente con su rostro de cera impenetrable. Espeluznante.

– Permítame que le formule la pregunta cuya respuesta todos deseamos escuchar: ¿es posible que Tom y Judy Gordon hubieran sacado clandestinamente microorganismos de la isla? -pregunté.

– En teoría -respondió Paul Stevens-, pudieron hacerlo.

Nadie dijo palabra en el autobús pero me percaté de que el conductor volvía sobresaltado la cabeza.

– ¿Pero por qué harían tal cosa? -preguntó el señor Stevens.

– Por dinero -respondí.

– No parecían realmente ese tipo de personas -dijo el señor Stevens-. Les gustaban los animales; ¿por qué querrían eliminarlos del mundo?

– Tal vez lo que pretendían eliminar del mundo era a la gente, para que los animales pudieran ser felices.

– Es absurdo -dijo Stevens-. Los Gordon no se llevaron nada de aquí que pudiera dañar a ningún ser vivo. Apostaría mi cargo.

– Ya lo ha hecho. Y su vida.

Me percaté de que Ted Nash y George Foster permanecían la mayor parte del tiempo en silencio, pero sabía que ya habían recibido su información mucho antes y probablemente temían delatarse.

– Nos acercamos a Fort Terry -dijo el señor Stevens después de volver la cabeza hacia el parabrisas-. Aquí podemos bajarnos y observar los alrededores.

El autobús paró y todos nos apeamos.

Capítulo 9

Era una bonita mañana y el sol calentaba más aquí, en el centro de la isla. Paul Stevens nos condujo alrededor del fuerte.

Fort Terry no estaba amurallado y parecía en realidad un pueblo abandonado. Era inesperadamente pintoresco, con su cárcel de ladrillo, un viejo comedor, un paseo, un cuartel de dos plantas con terraza, la casa del comandante, unos cuantos edificios de principios de siglo y una capilla de madera blanca sobre la colina.

El señor Stevens señaló una edificación de ladrillo.

– Ése es el único edificio que todavía utilizamos: el parque de bomberos.

– Esto está muy lejos del laboratorio -comentó Max.

– Sí -respondió Stevens-, pero el nuevo laboratorio es prácticamente incombustible y dispone de su propio sistema interno contra incendios. Estos camiones se utilizan principalmente para incendios forestales y en edificios sin contención biológica.

– ¿Pero no es cierto que un fuego o un huracán podría destruir los generadores eléctricos que filtran las áreas de biocontención? -preguntó Max, que había vivido siempre a barlovento o a sotavento de la isla.

– Todo es posible. Hay gente que vive cerca de reactores nucleares. Así es el mundo moderno, lleno de horrores inimaginables, pesadillas químicas, biológicas y nucleares que podrían aniquilarlo todo y preparar el camino para el nacimiento de nuevas especies.

Miré a Paul Stevens con un nuevo interés. Se me ocurrió que estaba loco.

Frente al cuartel había un campo de césped segado que descendía casi hasta la orilla. La pradera estaba llena de gansos canadienses que cacareaban, graznaban o lo que quiera que hagan los gansos cuando no defecan.

– Éste es el patio donde formaba la tropa -explicó Stevens-. Mantenemos el césped cortado para que los aviones puedan ver las letras de hormigón empotradas en el suelo: «Plum Island. Acceso restringido.» No queremos que aterricen avionetas aquí. La señal mantiene alejados a los terroristas voladores -bromeó.

»Antes de construir el edificio principal -prosiguió mientras andábamos-, muchas de las oficinas administrativas estaban aquí, en Fort Terry. Ahora casi todo, incluidos los laboratorios, los almacenes, la administración y los animales, se encuentra bajo el mismo techo, lo cual facilita las cosas desde el punto de vista de la seguridad. De modo que, aunque se logre burlar la seguridad del perímetro, el edificio principal es prácticamente inexpugnable -agregó después de mirarme.

– Realmente me está tentando -respondí.

El señor Stevens sonrió de nuevo. Me encantaba que me sonriera.

– Para su información -dijo-, soy licenciado por la Universidad estatal de Michigan y el título cuelga de la pared de mi despacho, pero usted nunca lo verá.

Le sonreí. Dios mío, cuánto me gusta fastidiar a la gente que me molesta. Me gustaba Max, me gustaba George Foster y amaba a Beth, pero no me caían bien Ted Nash ni Paul Stevens. Que me gustaran tres entre cinco era algo realmente positivo para mí, cuatro entre seis si me incluía a mí mismo. En todo caso, cada vez es mayor mi intolerancia hacia los mentirosos, los mentecatos, los fanfarrones y los amantes del poder. Creo que era más tolerante antes de que me dispararan. Debo preguntárselo a Dom Fanelli.

El patio acababa de pronto en un despeñadero que daba a una rocosa playa y llegamos al borde, desde donde Contemplamos el mar. Era una vista sobrecogedora, pero que ponía de relieve el aislamiento del lugar, la sensación de estar en otro planeta o en el fin del mundo, propia de las islas en general y de ésta en particular. Éste debió de ser un sitio muy solitario para quienes estaban de servicio y sumamente aburrido para los centinelas, sin nada que mirar salvo el mar. Probablemente a los artilleros les habría encantado vislumbrar una armada enemiga.

– Ésta es la playa donde acuden las focas todos los años, a finales de otoño -dijo Stevens.

– ¿También les disparan? -pregunté.

– Claro que no, siempre y cuando permanezcan en la playa.

Cuando regresábamos, Stevens señaló una gran piedra al otro extremo de la plaza de armas, en una de cuyas grietas había una bala de cañón oxidada.

– Esa bala es de la época de la revolución, británica o norteamericana. Es uno de los objetos que desenterraron los Gordon.

– ¿Dónde la encontraron?

– Supongo que por aquí. Hicieron muchas excavaciones alrededor de la playa de las focas y de esta plaza de armas.

– ¿En serio?

– Parecían intuir dónde excavar. Encontraron suficientes balas de mosquetón para armar un regimiento.

– No me diga.

Siga hablando, señor Stevens.

– Utilizaban uno de esos detectores de metales.

– Buena idea.

– Es una afición interesante.

– Desde luego. A mi tía le encantaba excavar. No sabía que a los Gordon también les gustara. Nunca vi nada que hubieran descubierto.

– Tuvieron que dejarlo todo aquí.

– ¿Debido a la contaminación?

– No, porque es territorio federal.

Eso era interesante y Nash y Foster empezaron a escuchar, que era lo que yo no quería, y decidí cambiar de tema.

– Creo que el conductor intenta llamarle -le dije a Stevens.

Éste miró hacia el autobús, pero el conductor se limitaba a contemplar una manada de gansos.

– Bien, veamos el resto de la isla -dijo Stevens después de consultar su reloj-, luego nos entrevistaremos con el doctor Zollner.

Subimos al autobús y nos encaminamos al este, hacia el sol naciente, por el brazo de tierra que formaba el hueso curvado de la chuleta de cerdo. La playa era magnífica, unos tres kilómetros de arena virgen, bañada por el agua azul del canal de Long Island. Nadie habló ante aquella majestuosa exhibición de la naturaleza. Ni siquiera yo.

Stevens, todavía de pie, me miraba de vez en cuando y yo le sonreía. Él me devolvía las sonrisas. No eran realmente sonrisas de diversión.

Finalmente llegamos al extremo estrecho de la isla y el autobús se detuvo.

– Hasta aquí puede llegar el vehículo -dijo el señor Stevens-. Ahora iremos andando.

Al apearnos, nos encontramos en medio de unas asombrosas ruinas antiguas. Estaba todo repleto de enormes fortificaciones de hormigón, cubiertas de hiedra y matorrales: torres parcialmente hundidas, bunkers, baterías, arsenales, túneles, caminos de ladrillo y hormigón, y unos gigantescos muros de un metro de anchura con puertas de hierro oxidado.

– Uno de estos pasajes subterráneos conduce a un laboratorio secreto, donde científicos nazis capturados trabajan todavía en la elaboración del virus definitivo e indestructible, que acabará con la población del planeta -dijo Stevens-. En otro laboratorio subterráneo -prosiguió después de una breve pausa- se encuentran los restos de cuatro extraterrestres procedentes de un ovni que se estrelló en Roswell, Nuevo México.

Una vez más imperó el silencio.

– ¿Podemos ver primero a los científicos nazis? -pregunté.

Más o menos todos se rieron.

El señor Stevens me brindó una de sus cautivadoras sonrisas.

– Ésos son dos de los mitos absurdos relacionados con Plum Island -declaró-. Cierta gente asegura haber visto extrañas aeronaves que aterrizan y despegan después de la medianoche en esta plaza de armas. Dicen que aquí se originó el Sida y también la enfermedad de Lyme. Supongo que estas antiguas fortificaciones, con sus salas y pasajes subterráneos, estimulan algunas fértiles imaginaciones -agregó después de mirar a su alrededor-. Pueden examinar el entorno, ir a donde se les antoje. Si encuentran algún alienígena, díganmelo. -Sonrió de un modo realmente extraño y pensé que tal vez él era el extraterrestre-. Pero, evidentemente, debemos permanecer juntos. No tengo que perder de vista a nadie en ningún momento.

Eso no cuadraba exactamente con lo de «ir a donde se les antoje», pero la aproximación era aceptable. John, Max, Beth, Ted y George retrocedieron a la adolescencia" y se divirtieron encaramándose a las ruinas, las escaleras y los antiguos parapetos, sin que el señor Stevens los perdiera nunca de vista. Luego anduvimos por el largo camino de ladrillo, que descendía hasta unas puertas de acero entreabiertas y todos entramos. El interior estaba oscuro, frío, húmedo y probablemente lleno de bichos reptantes.

– Esto conduce a un enorme arsenal -dijo Stevens a nuestra espalda y su voz retumbó en la oscuridad-. En la isla había un ferrocarril de vía estrecha que transportaba la munición y la pólvora desde el puerto hasta estos almacenes subterráneos. Es un sistema muy complejo e intrincado, pero, como pueden comprobar, está completamente abandonado. Aquí no se oculta ningún secreto. Si tuviera una linterna, podríamos seguir adelante y comprobarían que aquí no vive, trabaja ni juega nadie, ni hay nadie enterrado.

– ¿Dónde están entonces los nazis y los extraterrestres? -pregunté.

– Los he trasladado al faro -respondió el señor Stevens.

– Pero usted comprenderá que nos preocupe la posibilidad de que los Gordon instalaran un laboratorio clandestino en un lugar como éste -comenté.

– Como ya les he dicho -respondió el señor Stevens-, yo no albergo ninguna sospecha respecto a los Gordon. Pero, ya que ha surgido esa posibilidad, he ordenado a mis hombres que registren todo el complejo. Existen además unos noventa edificios militares abandonados por toda la isla. Tenemos mucho que registrar.

– Ordénele a su conductor que traiga unas cuantas linternas -dije-. Me gustaría echar una ojeada.

Se hizo un silencio en la oscuridad.

– Después de la entrevista con el doctor Zollner -respondió Stevens- podemos volver y explorar las salas y los pasajes subterráneos si lo desea.

Salimos de nuevo a la luz del día.

– Síganme -dijo Stevens.

Avanzamos por un estrecho camino que conducía al punto más oriental de Plum Island, el extremo del hueso curvado.

– Si miran a su alrededor, verán otros emplazamientos de baterías -explicó mientras caminábamos-. En otra época utilizábamos esos muros circulares como corrales, pero ahora todos los animales están en el interior.

– Parece una crueldad -dijo Beth.

– Es más seguro -respondió el señor Stevens.

Por fin llegamos al extremo este de la isla, donde un peñasco se elevaba unos doce metros sobre una playa rocosa. La erosión había descompuesto el bunker de hormigón, algunos de cuyos fragmentos se encontraban en la pared del despeñadero y otros habían caído al agua.

El paisaje era magnífico, con la costa de Connecticut apenas visible a la izquierda y, delante de nosotros, a unos tres kilómetros, un pedazo de tierra llamada Great Gull Island.

– ¿Ven ese promontorio rocoso? -dijo Stevens mientras señalaba hacia el sur-. Esa isla se utilizaba para prácticas de artillería y bombardeo. Los navegantes saben que deben mantenerse alejados debido a la gran cantidad de balas y bombas sin estallar que hay en la zona. Más allá se encuentra la costa de Gardiners Island, que, como bien sabe el jefe Maxwell, es propiedad privada de la familia Gardiner y su acceso está prohibido al público. Más allá de Great Gull está Fishers Island que, como Plum Island, era frecuentada por piratas en el siglo XVII. Así que, de norte a sur, tenemos las islas de los piratas, de las plagas, del peligro y de la propiedad privada.

Sonrió ante su propio ingenio. Hablando con propiedad, fue sólo media sonrisa.

De pronto vimos uno de los barcos patrulla que doblaba el cabo. La tripulación nos avistó y uno de ellos levantó unos prismáticos. Supongo que el tripulante reconoció a Paul Stevens, saludó con la mano y éste le devolvió el saludo.

Al contemplar la playa desde lo alto del acantilado, me percaté de que en la arena había líneas rojas horizontales, como una tarta de frambuesas cubierta por una capa blanca.

Oí una voz a nuestra espalda y vi que el conductor del autobús se acercaba por el sendero.

– No se muevan de aquí -dijo Stevens antes de dirigirse hacia el conductor, que le entregó un teléfono móvil.

Ésta es la parte en la que el guía desaparece, vemos que se aleja el autobús y Bond se queda solo con la chica, pero entonces salen del agua unos buceadores con ametralladoras que empiezan a disparar, cuando el helicóptero…

– Detective Corey.

Volví la cabeza y vi a Beth.

– Dime.

– ¿Qué piensas de todo esto?

Me percaté de que Max, Nash y Foster se encaramaban a las baterías y, como machos que eran, hablaban del alcance de la artillería, los calibres y otras cosas propias de hombres.

Me había quedado solo con Beth.

– Pienso que estás maravillosa -respondí.

– ¿Qué te parece Paul Stevens?

– Está loco.

– ¿Qué piensas de lo que hemos visto y oído hasta ahora?

– Una visita organizada. Pero de vez en cuando aprendo algo.

– ¿Qué es eso de la arqueología? -preguntó-. ¿Sabías algo?

– No. Conocía la existencia de la Sociedad Histórica Peconic, pero no que aquí hubiera excavaciones arqueológicas. Claro que los Gordon tampoco me comentaron que hubieran comprado una parcela inútil con vistas al canal.

– ¿Qué parcela inútil junto al canal?

– Te lo contaré luego -respondí-. Hay un montón de pequeños detalles, ya sabes, que indican la posibilidad de tráfico de drogas, pero puede que no. Aquí ocurre algo más… ¿Has oído alguna vez una campanilla en tu cabeza?

– Últimamente no. ¿Y tú?

– Sí, suena como el pitido de un sonar.

– Suena como incapacidad casi total.

– No, es una onda de sonar. La onda sale, tropieza con algo y regresa.

– Cuando vuelvas a oírla levanta la mano.

– De acuerdo. Se supone que debo descansar y no dejas de hostigarme desde que nos conocemos.

– Lo mismo digo -respondió Beth y cambió de tema-. Me parece que aquí la seguridad no es tan buena como debería ser, considerando lo que hay en la isla. Si se tratara de una instalación nuclear, estaría mucho mejor protegida.

– Sí. La seguridad del perímetro es lamentable, pero puede que la protección interna del laboratorio sea mejor. Además, según Stevens, aquí hay más de lo que parece. Pero, básicamente, tengo la sensación de que Tom y Judy pudieron sacar de aquí lo que se les antojara. Confío en que no desearan hacerlo.

– Pues yo creo que tarde o temprano descubriremos que robaron algo y nos dirán de qué se trata.

– ¿A qué te refieres? -pregunté.

– Te lo contaré luego -respondió Beth.

– Cuéntamelo esta noche mientras cenamos.

– Supongo que debo zanjar esto de una vez por todas.

– No será tan penoso.

– Tengo un sexto sentido para las malas citas.

– Las citas conmigo son buenas. Nunca he amenazado con mi arma a la persona con quien salía.

– Todavía quedan caballeros.

Dio media vuelta, se acercó al borde del precipicio y contempló el mar. A la izquierda estaba el canal, y a la derecha, el Atlántico y, al igual que en el estrecho al otro lado de la isla, se mezclaban los vientos y las corrientes. Las gaviotas parecían inmóviles en pleno vuelo y las cabrillas agitaban la superficie del mar. Tenía buen aspecto acariciada por el viento frente al cielo azul, las nubes blancas, las gaviotas, el mar, el sol y todo lo demás. Me la imaginé desnuda en la misma posición.

– Ahora podemos regresar al autobús -dijo el señor Stevens después de hablar por teléfono.

Caminamos juntos por el camino que bordeaba el precipicio y, a los pocos minutos, llegamos de nuevo a las ruinas de la fortificación.

Me percaté de que uno de los promontorios sobre los que se asentaba había sido recientemente erosionado y mostraba los estratos de su base. El superior, como era de suponer, lo formaba un compuesto orgánico y el siguiente, como era lógico también, estaba constituido de arena blanca. Pero, a continuación, había otro estrato rojizo, parecido al orín, seguido de otro estrato de arena y luego otro de orín, igual que en la playa.

– Debo evacuar la vejiga -dije dirigiéndome a Stevens-. Ahora vuelvo.

– No se pierda -dijo el señor Stevens, que en el fondo no bromeaba.

Me dirigí al otro lado del promontorio, cogí un palo del suelo y empecé a hurgar en la superficie inclinada cubierta de césped. La hierba y el compuesto oscuro se desprendieron, y quedaron al descubierto los estratos blanco y rojo. Cogí un puñado de tierra rojiza y comprobé que era en realidad arena mezclada con arcilla y tal vez un poco de óxido de hierro. Tenía un aspecto muy parecido a la tierra de las suelas de las zapatillas de Tom y Judy. Interesante.

Introduje un puñado de tierra en mi bolsillo y, al dar media vuelta, vi que Stevens me observaba.

– Creo haber mencionado la política de No Retorno -dijo.

– Eso me parece.

– ¿Qué se ha guardado en el bolsillo?

– Mi polla.

– En esta isla, detective Corey, yo soy la ley -dijo por fin después de mirarnos fijamente unos instantes-. No usted, ni la detective Penrose, ni siquiera el jefe Maxwell, ni tampoco los dos caballeros que les acompañan -agregó mirándome fijamente con sus ojos duros como el acero-. ¿Puedo ver lo que se ha guardado en el bolsillo?

– Puedo mostrárselo, pero luego tendré que matarlo -sonreí.

Reflexionó unos instantes, mientras analizaba sus alternativas, hasta llegar a la decisión correcta.

– El autobús espera -dijo.

Pasé junto a él y me siguió. Estaba parcialmente a la expectativa de que me agarrara del cuello, me golpeara la cabeza o me hundiera un codo en la espalda, pero el señor Stevens era mucho más refinado. Probablemente, más adelante me ofrecería una taza de café, con un toque de ántrax.

Subimos al autobús y emprendimos la marcha.

Todos volvimos a sentarnos en los mismos lugares y Stevens permaneció de pie. El autobús se dirigía al oeste, de nuevo hacia el muelle del transbordador y el laboratorio principal. Nos cruzamos con una camioneta en la que viajaban dos individuos de uniforme azul con rifles en las manos.

En general, había aprendido más de lo que creía, visto más de lo que esperaba y oído lo suficiente para sentirme cada vez más intrigado. Estaba convencido de que en esa isla se encontraba la respuesta del asesinato de Tom y Judy Gordon. Y, como ya he dicho, cuando supiera por qué, acabaría por saber quién.

– ¿Está completamente seguro de que los Gordon salieron ayer a las doce en su propio barco? -preguntó George Foster, que hasta entonces había permanecido prácticamente callado.

– Absolutamente. Según el registro, trabajaron por la mañana en el sector de biocontención, firmaron el libro de salida, se ducharon y subieron a un autobús como éste, que les llevó al muelle del transbordador. Por lo menos dos de mis hombres los vieron subir a bordo de su barco, el Spirochete, y dirigirse al estrecho de Plum.

– ¿Los vio el helicóptero o el barco patrulla cuando estaban en el estrecho? -preguntó Foster.

– No -respondió Stevens-. Se lo he preguntado.

– ¿Hay algún lugar a lo largo de esta costa donde pueda ocultarse un barco? -preguntó Beth.

– Imposible. En Plum Island no hay ninguna ensenada ni cala suficientemente honda. Es todo playa, salvo el puerto artificial donde atraca el transbordador.

– Si el barco patrulla hubiera visto al de los Gordon fondeado cerca de la isla, ¿les habría obligado a marcharse su gente? -pregunté.

– No. En realidad, los Gordon fondeaban cerca de la costa de Plum Island a veces para pescar o bañarse.

No sabía que los Gordon fuesen tan aficionados a la pesca.

– ¿Se les vio alguna vez fondeados cerca de la playa cuando estaba oscuro, ya de noche? -pregunté.

Stevens reflexionó unos instantes antes de responder.

– Sólo en una ocasión que yo sepa. Dos de mis hombres del barco patrulla mencionaron haber visto el Spirochete cerca de la playa sur una noche de julio, a eso de la medianoche. Observaron que no había nadie a bordo e iluminaron la playa con sus focos. Allí estaban los Gordon… -dijo el señor Stevens y se aclaró la garganta para sugerir lo que estaban haciendo-. El barco patrulla los dejó en paz.

Pensé unos momentos. Tom y Judy daban la sensación de ser una pareja dispuesta a hacer el amor en cualquier lugar y una playa desierta a medianoche no era inusual. Pero que lo hicieran en Plum Island me impulsó a levantar las cejas y a formularme algunas preguntas. Curiosamente, una vez soñé que hacía el amor con Judy en una playa bañada por las olas. Tal vez en más de una ocasión. Siempre que pensaba eso me daba un bofetón. Travieso, travieso, cerdo, cerdo.

El autobús pasó frente al muelle del transbordador, giró hacia el norte y se detuvo en un camino ovalado frente al edificio principal de investigación.

La fachada curva del nuevo edificio modernista de dos plantas estaba construida con algún tipo de bloques color rosa y castaño. En un gran cartel se leía «Departamento de Agricultura» y había otro mástil con la bandera a media asta.

– Espero que les haya gustado la excursión por la isla -dijo Paul Stevens cuando nos apeamos del autobús- y que hayan apreciado nuestras medidas de seguridad.

– ¿Qué seguridad? -pregunté.

El señor Stevens me miró fijamente.

– Todos los que trabajamos aquí somos perfectamente conscientes del desastre potencial. Nos preocupamos todos de la seguridad, nos consagramos al trabajo y tomamos las mejores precauciones existentes en este campo. ¿Pero sabe lo que le digo? Las cagadas existen.

A todos nos sorprendió la vulgaridad y ligereza de aquel caballero tan formal e impecable.

– Claro. Pero ¿ocurrió ayer? -pregunté.

– Pronto lo sabremos -respondió antes de consultar su reloj-. Bien, ahora podemos entrar. Síganme.

Capítulo 10

El vestíbulo semicircular del laboratorio de investigación de Plum Island tenía una altura de dos plantas, con un entresuelo alrededor de la escalera central. Era un espacio luminoso, extenso, agradable y acogedor. Los animales condenados entraban probablemente por una puerta trasera.

De la pared izquierda colgaban las fotografías habituales de los altos cargos gubernamentales: el presidente, el secretario de Agricultura y el doctor Karl Zollner. Me pareció una jerarquía bastante corta para un departamento gubernamental y me hizo suponer que el doctor Zollner estaba sólo a uno o dos pasos del despacho oval.

Había un mostrador de recepción, donde tuvimos que firmar y cambiar nuestras tarjetas de identidad azules por otras blancas, sujetas a una cadena de plástico que nos colgamos del cuello. Un buen procedimiento de seguridad, pensé; la isla estaba dividida entre este edificio y todo lo demás. Y dentro de éste había zonas. No debía menospreciar al señor Stevens.

Una atractiva joven había descendido por la escalera antes de que tuviera la oportunidad de admirar sus muslos y se presentó como Donna Alba, ayudante del doctor Zollner.

– El doctor Zollner estará con ustedes en breve. -Sonrió-. Entretanto, les mostraré las instalaciones.

– Aprovecharé esta oportunidad para pasar por mi despacho y comprobar si ha habido alguna novedad -dijo Paul Stevens-, Donna cuidará maravillosamente de ustedes. Le ruego que no se separe en ningún momento de la señora Alba -agregó después de mirarme.

– ¿Y si tengo necesidad de ir al lavabo?

– Acaba de hacerlo -dijo. Subió por la escalera y se detuvo, estoy seguro, en el despacho del doctor Zollner para informarle sobre los cinco intrusos.

Miré a Donna Alba: unos veinticinco años, morena, rostro y cuerpo atractivos, falda azul, blusa blanca y zapatillas deportivas. Supongo que, considerando el desplazamiento cotidiano en barco y la posibilidad de tener que visitar algún lugar de la isla, los zapatos de tacón alto no eran muy prácticos. En realidad, pensé, si lo que uno deseaba era un desplazamiento previsible y un día tranquilo en el despacho, Plum Island no era el lugar más indicado.

En todo caso, Donna era lo suficientemente atractiva para recordar haberla visto en el transbordador de las ocho de la mañana con nosotros, así que no conocía todavía a los señores Nash y Foster y, por lo tanto, era improbable que formara parte de una tapadera interna.

Donna nos pidió que nos presentáramos y lo hicimos sin mencionar ningún título inquietante como detective de homicidios, FBI o CIA.

Nos estrechó a todos la mano y le brindó a Nash una sonrisa especial. Las mujeres tienen un sentido pésimo para juzgar el carácter de las personas.

– Bien venidos a los laboratorios de investigación del Centro de Patología Animal de Plum Island -dijo-. Estoy segura de que Paul les ha informado, les ha contado la historia de la isla y les ha ofrecido una buena excursión por ella.

Intentaba mantener la sonrisa en los labios, pero era evidente que para ella suponía un esfuerzo.

– Estoy muy… Es terrible lo sucedido -prosiguió-. Realmente me gustaban los Gordon. Le caían bien a todo el mundo -agregó mirando subrepticiamente a su alrededor como lo hace la gente en Estados policiales-. No estoy autorizada a hablar ni comentar nada sobre este asunto pero me ha parecido que debía expresarles lo que siento.

Beth me miró fugazmente y pareció percatarse de que Donna podía constituir un punto débil en la armadura de Plum Island.

– John y Max eran buenos amigos de Tom y Judy -dijo.

– Apreciamos toda la ayuda y la cooperación que nos ha brindado el personal -agregué mirando a Donna Alba a los ojos.

La ayuda hasta ahora consistía en una visita de cincuenta centavos a las ruinas y un descampado de la mano del señor Stevens; sin embargo, era importante que Donna creyera que podía hablarnos abiertamente, no aquí y ahora, naturalmente, sino cuando la visitáramos en su casa.

– Les mostraré un poco el edificio -dijo-. Síganme.

Dimos un pequeño paseo por el vestíbulo y Donna nos señaló algunos cuadros en las paredes, incluidos varios artículos ampliados e historias de horror de diversos lugares del mundo sobre la enfermedad de las vacas locas, algo denominado peste bovina, fiebre porcina y otras horrendas enfermedades. Había mapas donde se mostraban brotes de esto y lo otro, cuadros, tablas y fotografías de ganado con el hocico llagado y saliva en la boca, y cerdos con unas terribles llagas purulentas. Nadie confundiría aquel vestíbulo con el de una carnicería.

Donna nos mostró entonces unas puertas en la parte posterior. Estaban pintadas de aquel curioso color amarillo de precaución, como el de Plum Island en los mapas, y contrastaban con los demás colores del vestíbulo, que consistían esencialmente en distintos tonos de gris. A la izquierda había una puerta sobre la que se leía «Vestuarios femeninos» y a la derecha otra que decía «Vestuarios masculinos». En ambas decía también «Sólo personal autorizado».

– Estas puertas conducen a las áreas de biocontención -dijo Donna-. Este vestíbulo, junto con las oficinas administrativas, forma parte en realidad de un edificio independiente del de biocontención, aunque parezcan una sola estructura. Pero lo que en efecto une esta área con la de biocontención son esos dos vestuarios.

– ¿Hay alguna otra entrada o salida en las áreas de biocontención? -preguntó Max.

– Se puede entrar por la puerta de servicio, por donde llegan los animales, la comida, los suministros y todo lo demás. Pero por allí no se puede salir. Para salir, todo y todos deben pasar por la zona de descontaminación, que incluye las duchas -respondió Donna.

– ¿Cómo se deshacen de los productos de disección, desperdicios y todo lo demás? -preguntó el señor Foster.

– Por el incinerador o determinados desagües, que conducen a la planta de descontaminación de agua desperdicios -respondió Donna-. Es eso -agregó-, esas dos puertas, una puerta trasera de servicio, desagües e incineradores, y en el tejado unos filtros especiales de aire capaces de atrapar al virus más insignificante. Éste es un edificio muy protegido.

Todos y cada uno de nosotros pensaba en los Gordon, en la posibilidad de que hubieran sacado clandestinamente algo de los laboratorios.

– Los vestuarios son todavía zona uno, como este vestíbulo. Pero al pasar más allá se entra en la zona dos y hay que ir vestido con ropa blanca de laboratorio. Antes de salir de las zonas dos, tres o cuatro para regresar a la zona uno es indispensable ducharse. Las duchas están en la zona dos.

– ¿Son mixtas? -pregunté.

– Claro que no -respondió con una carcajada-. Tengo entendido que ustedes están autorizados a entrar en las zonas dos, tres y cuatro si lo desean.

– ¿Nos acompañará usted? -preguntó Ted Nash con una de sus estúpidas sonrisas.

– No me pagan para eso -respondió ella negando con la cabeza.

Tampoco a mí, a un dólar por semana.

– ¿Por qué no estamos autorizados a entrar en la zona cinco? -pregunté.

Donna me miró aparentemente asombrada.

– ¿Cinco? ¿Y por qué quieren visitarla?

– No lo sé. Porque está ahí.

Donna movió la cabeza.

– Sólo unas diez personas están autorizadas a entrar. Hay que ponerse una especie de traje espacial…

– ¿Estaban los Gordon autorizados a entrar en la zona cinco?

Donna asintió.

– ¿Qué ocurre en esa zona?

– Eso deberá preguntárselo al doctor Zollner -respondió antes de consultar su reloj-. Síganme.

– Manténganse unidos -agregué yo.

Subimos por la escalera, yo un poco rezagado porque empezaba a molestarme mi pierna lastimada y porque quería mirar las piernas y el trasero de Donna. Ya sé que soy un cerdo, podría incluso contraer la fiebre porcina.

Empezamos a visitar las dos alas alrededor del vestíbulo de doble planta. Todo estaba pintado en los mismos tonos de gris pichón y gris oscuro, que al parecer habían reemplazado al verde nauseabundo de los antiguos edificios federales. De las paredes de los pasillos colgaban retratos de antiguos directores, científicos e investigadores del laboratorio.

Me percaté de que todas las puertas de los largos pasillos estaban cerradas y numeradas, pero en ninguna de ellas aparecía ningún nombre ni función, salvo en la de los lavabos. Buena seguridad, pensé, y una vez más me impresionó la mente paranoica de Paul Stevens.

Entramos en la biblioteca de investigación, donde unos cuantos estudiosos consultaban papeles o leían en las mesas.

– Ésta es una de las mejores bibliotecas del mundo en su género -dijo Donna.

– ¡Qué maravilla! -exclamé, aunque no podía imaginar que existieran muchas bibliotecas sobre patología animal en el mundo.

Donna cogió un puñado de folletos, notas de prensa y otras hojas de publicidad de una larga mesa y nos los distribuyó. Los trípticos tenían títulos como Cólera porcina, Fiebre porcina africana, Enfermedad equina africana y algo denominado Enfermedad grumosa de la piel, que, a juzgar por las aterradoras fotografías del folleto, creo que la padecía una de mis antiguas novias. Me moría de impaciencia por llegar a mi casa para leer aquel material y le pregunté a Donna si podía facilitarme otros dos folletos sobre la peste bovina.

– ¿Otros dos…? Por supuesto…

Los buscó y me los dio. Era realmente encantadora. Luego nos entregó un ejemplar a cada uno de la revista mensual Investigación agrícola, en cuya portada figuraba el titular sensacionalista Feromona sexual destruye el pulgón del arándano.

– ¿Tiene una bolsa para ocultar esta revista? -pregunté.

– Pues… claro. Bromea, ¿no es cierto?

– Procure no tomárselo demasiado en serio -dijo George Foster.

Se equivoca, señor Foster, usted debería tomarme muy en serio, pero si confunde mis bromas tontas con descuido o desatención, me parece maravilloso.

Proseguimos con nuestra visita de cincuenta centavos, segunda parte. Después de ver el auditorio pasamos a la cafetería, que era una bonita sala moderna, limpia y con grandes ventanas desde las que se divisaba el faro, el estrecho y Orient Point. Donna nos ofreció café y nos sentamos a una mesa redonda, en la sala casi vacía.

– Los investigadores en biocontención -dijo Donna después de un minuto de charla- piden su almuerzo por fax a la cocina. No merece la pena pasar por la ducha de salida, como la llamamos. Una persona les lleva la comida a la zona dos y luego pasa por la ducha. Los científicos son personas concienzudas, que trabajan en biocontención ocho o diez horas diarias. No sé cómo lo hacen.

– ¿Comen hamburguesas? -pregunté.

– ¿Cómo dice?

– Los científicos. ¿Piden ternera, jamón, cordero y cosas por el estilo?

– Supongo… Yo salgo con uno de los investigadores y le encanta la carne.

– ¿Y se dedica a descuartizar vacas pútridas e infectadas?

– Sí. Supongo que uno acaba por acostumbrarse.

Asentí. Los Gordon también practicaban disecciones y les encantaban los bistecs. Asombroso. Yo no logro acostumbrarme al hedor de los cadáveres humanos. En todo caso, supongo que es diferente con los animales; distintas especies, etcétera.

Sabía que aquélla podía ser mi única oportunidad para separarme del rebaño y miré fugazmente a Max.

– ¿El lavabo? -pregunté después de levantarme.

– Por allí -respondió Donna señalando una abertura en la pared-. Le ruego que no abandone la cafetería.

Coloqué la mano sobre el hombro de Beth y presioné hacia abajo para indicarle que no abandonara a los federales.

– Asegúrate de que no regrese Stevens y me ponga ántrax en el café -le dije.

Me dirigí al pasillo donde estaban los lavabos de señoras y de caballeros. Max se reunió conmigo y nos quedamos en el fondo del corredor sin salida. La existencia de micrófonos es mucho más probable en los lavabos que en los pasillos.

– Podrán afirmar que han cooperado plenamente -dije- después de mostrarnos toda la isla y las instalaciones, salvo la zona cinco. En realidad, se necesitarían varios días para inspeccionar todo este edificio, incluido el sótano, y tardaríamos una semana en interrogar a todo el personal.

Max asintió.

– Debemos suponer que aquí están tan ansiosos como nosotros por descubrir si falta algo -respondió Max-. Creo que en ese sentido podemos confiar en ellos.

– Aunque descubran o ya sepan lo que pudiesen haber robado los Gordon, no nos lo contarán. Se lo dirán a Foster y Nash.

– ¿Y eso qué importa? Estamos investigando un asesinato.

– Cuando descubro el qué y el porqué me acerco al quién -respondí.

– En los casos normales sí, pero cuando afecta a la seguridad nacional y todo lo demás, tienes suerte de que te digan algo. En esta isla no hay nada para nosotros. Ellos controlan la isla, el lugar de trabajo de las víctimas; nosotros controlamos el escenario del crimen, la casa de las víctimas. Tal vez podamos intercambiar alguna información con Foster y Nash. Aunque no creo que les importe quién asesinó a los Gordon, sólo quieren asegurarse de que los Gordon no hayan asesinado al resto del país.

– Sí, Max, lo sé. Pero mi instinto policial me dice…

– Suponte que atrapamos al asesino y que no se le puede juzgar porque no quedan doce personas vivas en el Estado de Nueva York para formar un jurado.

– Déjate de melodramas -respondí antes de reflexionar unos instantes-. Puede que esto no tenga nada que ver con bichos; piensa en drogas.

– Ya se me había ocurrido -asintió-. Me gusta la idea.

– ¿En serio? Dime, ¿qué piensas de Stevens?

Max miró por encima del hombro y yo volví la cabeza para observar a un guardia de uniforme azul que se nos acercaba por el pasillo.

– Caballeros, ¿puedo ayudarles? -preguntó el guardia.

Max le dio las gracias y regresamos a la mesa. Cuando mandan a alguien para interrumpir una conversación privada significa que no podían escuchar lo que se decía.

Después de unos minutos de café y charla, la señorita Alba consultó de nuevo su reloj.

– Ahora podemos ver el resto de esta ala e ir al despacho del doctor Zollner.

– Nos dijo lo mismo hace media hora, Donna -le recordé amablemente.

– Esta mañana está muy ocupado -respondió-. No ha dejado de sonar el teléfono: Washington, periodistas de todo el país -dijo con aparente asombro e incredulidad-. No puedo creer lo que dicen de los Gordon, ni por un instante; es imposible.

Abandonamos la cafetería y circulamos por varios pasillos grises y anodinos. Finalmente, cuando visitábamos la sala de informática, me harté y le dije a Donna:

– Me gustaría ver el laboratorio donde trabajaban los Gordon.

– Está en biocontención. Probablemente podrán verlo luego.

– De acuerdo. ¿Dónde está el despacho de Tom y Judy aquí, en la sección administrativa?

– Pueden preguntárselo al doctor Zollner -respondió después de titubear-. No me ha dicho que les mostrara el despacho de los Gordon.

No quería ponerme duro con Donna y miré a Max de la forma en que lo hacemos los policías. Max, ahora te toca a ti ser el malo.

– Como jefe de policía del municipio de Southold, del que esta isla forma parte, le exijo que nos lleve ahora al despacho de Tom y Judy Gordon, cuyos asesinatos estoy investigando.

No está mal, Max, a pesar de la sintaxis.

La pobre Donna Alba parecía que iba a desmayarse.

– No se preocupe -dijo Beth-. Haga lo que le ordena el jefe Maxwell.

Ahora les tocaba el turno a los señores Foster y Nash y ya sabía lo que iban a decir.

– Dada la naturaleza del trabajo de los Gordon -dijo George Foster, que tomó la iniciativa en esta ocasión- y la probabilidad de que en su despacho se encuentren documentos…

– Relacionados con la seguridad nacional -agregué para cooperar-, etcétera, etcétera.

– El trabajo de los Gordon estaba clasificado como secreto -dijo el amigo Teddy para no quedarse al margen-, así que también lo están sus documentos.

– Y una mierda.

– Discúlpeme, detective Corey, estoy hablando -dijo el señor Nash lanzándome una mirada de reproche-. Sin embargo, por el bien de la armonía y para evitar disputas jurisdiccionales, haré una llamada telefónica, que confío nos facilitará el acceso al despacho de los Gordon. ¿De acuerdo? -agregó después de mirar a Max y Beth.

Ambos asintieron.

Evidentemente, el despacho de los Gordon había sido ya registrado a fondo e higienizado la noche anterior o de madrugada. Como Beth había dicho, sólo veríamos lo que quisieran mostrarnos. Pero reconocí el mérito de George y Ted por darle tanta importancia, como si en el despacho de los Gordon pudiéramos encontrar algo realmente interesante.

– Llamaré al doctor Zollner -dijo Donna Alba, aparentemente aliviada.

Levantó un teléfono y pulsó un botón. Entretanto, Ted Nash se sacó un pequeño teléfono del bolsillo, nos dio la espalda, se alejó unos pasos y habló, o fingió hacerlo, con los dioses de la seguridad nacional en la gran capital del confuso imperio.

Terminada la farsa, regresó junto a nosotros, meros mortales, cuando Donna acababa de hablar con el doctor Zollner. Ambos asintieron.

– Por favor, síganme -dijo Donna.

La seguimos por el pasillo en dirección al ala este del edificio. Después de cruzar el rellano de la escalera por la que habíamos subido, llegamos a la puerta 265, que Donna abrió con una llave maestra.

En el despacho había dos escritorios, cada uno con su correspondiente PC, módem, estantes, y una larga mesa de trabajo cubierta de libros y papeles. No había instrumentos de laboratorio ni nada por el estilo, sino sólo material de oficina, incluido un fax.

Durante un rato examinamos los escritorios de los Gordon, abrimos los cajones y miramos los documentos, pero, como ya he dicho, aquel despacho había sido saneado con anterioridad. Además, las personas involucradas en una conspiración no lo anotan en su agenda, ni dejan notas incriminatorias.

No obstante, uno nunca sabe lo que puede encontrar. Examiné sus tarjetas de direcciones y comprobé que conocían gente en todo el mundo, al parecer en su mayoría científicos. Busqué Gordon y encontré la tarjeta de los padres de Tom, en la que figuraban unos nombres que debían de ser los de su hermana, su hermano y otros miembros de la familia, todos en Indiana. Desconocía el nombre de soltera de Judy.

Busqué Corey, John y encontré mis datos, aunque no recuerdo que me llamaran nunca desde el despacho. Busqué Maxwell, Sylvester, y encontré los números de su despacho y su casa. Busqué Wiley, Margaret, pero no estaba y no me sorprendió. Luego busqué Murphy, los vecinos de los Gordon, y encontré lógicamente los nombres de Edgar y Agnes. Encontré también la tarjeta de Tobin, Fredric y recordé la ocasión en que acudí con los Gordon a sus bodegas para una cata de vinos. Busqué y encontré el número de la Sociedad Histórica Peconic, así como el teléfono particular de su presidenta, una tal Emma Whitestone.

Consulté la N, en busca de narcotraficante, Pedro, y la c de cártel colombiano, pero no hallé nada. Tampoco encontré a Stevens ni a Zollner, pero supuse que debía de existir una guía aparte para todos los empleados de la isla y me propuse conseguir una copia.

Nash jugaba con el ordenador de Tom, y Foster con el de Judy. Probablemente no habían tenido tiempo de hacerlo debidamente por la mañana.

Me percaté de que no había prácticamente ningún artículo personal en el despacho, ninguna fotografía, ninguna obra de arte, ni siquiera algún objeto de escritorio no suministrado por el gobierno. Se lo comenté a Donna.

– No existe ninguna norma que prohíba los objetos personales en la zona uno -respondió-. Pero nadie acostumbra a traer muchas cosas al despacho, salvo cosméticos, medicinas y cosas por el estilo. No sé por qué. En realidad, podemos solicitar casi todo lo que se nos antoje, dentro de lo razonable. En ese sentido estamos bastante mimados.

– Ya veo cómo se gastan mis impuestos.

– Deben tenernos contentos en esta isla de locura. -Sonrió.

Me acerqué a un gran tablón de anuncios, donde Beth y Max leían unos papeles pegados al corcho.

– Este lugar ya ha sido esterilizado -dije sin que me oyeran los federales.

– ¿Por quién? -preguntó Max.

– John y yo hemos visto a nuestros dos amigos que se apeaban del transbordador de Plum Island esta mañana -respondió Beth-. Ya habían estado aquí, hablado con Stevens y examinado este despacho.

Max pareció sorprenderse y luego enojarse.

– Maldita sea… eso va contra la ley.

– Yo en tu lugar lo olvidaría -dije-. Pero comprenderás por qué no estoy de muy buen humor.

– No me había percatado de la diferencia, pero ahora yo soy el que está furioso.

Donna nos interrumpió en un tono sumamente amable.

– Llevamos un poco de retraso en nuestro horario -declaró-, Tal vez puedan regresar aquí más tarde.

– Lo que quiero que haga es cerrar esta habitación con un candado -dijo Beth-. Mandaré personal de la policía del condado para que la examinen.

– Supongo que al decir examinar se refiere a que retirarán objetos -comentó Nash.

– Una suposición razonable.

– Creo que se ha quebrantado una ley federal y me propongo tomar todas las pruebas que necesite de esta propiedad federal, Beth. Pero estará todo a disposición de la policía del condado de Suffolk -dijo el señor Foster.

– No, George -replicó Beth-, yo me incautaré de todo lo que hay en este despacho y les facilitaré acceso al mismo.

– Vamos a ver la oficina de guardia -interrumpió inmediatamente Donna, que intuyó el principio de una discusión-. Luego veremos al doctor Zollner.

Salimos de nuevo al pasillo y seguimos a Donna hasta una puerta con el número 237. Marcó un código en un teclado, se abrió la puerta y vimos una gran habitación desprovista de ventanas.

– Ésta es la oficina de guardia -dijo-, el centro de mando, de control y de comunicaciones de toda la isla.

Entramos todos y miramos a nuestro alrededor. Había mostradores a lo largo de todas las paredes y un joven sentado de espaldas a nosotros hablaba por teléfono.

– Éste es Kenneth Gibbs, ayudante de Paul Stevens -dijo Donna-. Kenneth es el oficial de guardia hoy.

Kenneth Gibbs se volvió en su silla y nos saludó con la mano.

Observé la sala. En las mesas había tres clases diferentes de transmisores y receptores de radio, una terminal informática, un receptor de televisión, dos fax, teléfonos, teléfonos móviles, un teletipo y otros artilugios electrónicos. Dos cámaras de televisión instaladas en el techo vigilaban la habitación.

En las paredes había toda clase de mapas, frecuencias radiofónicas, circulares, horarios de trabajo, etcétera. Aquél era el centro de operaciones de Paul Stevens, desde donde se ejercía el mando, el control y las comunicaciones, conocido también como MCC.

– Desde aquí estamos en contacto directo con Washington y con otros centros de investigación de Estados Unidos, Canadá, México y el resto del mundo. También estamos en contacto con los centros de control patológico de Atlanta -explicó Donna-. Además, disponemos de una línea directa con nuestro servicio de bomberos y otros lugares clave de la isla, así como con el servicio meteorológico nacional y muchos otros departamentos y organizaciones que contribuyen al funcionamiento de Plum Island.

– ¿Como las Fuerzas Armadas? -pregunté.

– Sí. Especialmente los guardacostas.

El oficial de guardia colgó el teléfono, se unió a nosotros y nos presentamos.

Gibbs era un individuo alto de unos treinta y pico de años, de ojos azules y cabello rubio y corto como su jefe, pantalón y camisa impecablemente planchados y corbata azul. De una de las sillas colgaba una chaqueta azul. Estaba seguro de que Gibbs era un producto de aquel laboratorio, clonado del pene de Stevens o algo por el estilo.

– Responderé a todo lo que deseen saber sobre este despacho -dijo Gibbs.

– ¿Le importaría dejarnos unos minutos a solas con el señor Gibbs? -le preguntó Beth a Donna.

Donna miró a Gibbs, éste asintió y ella salió al pasillo.

– ¿Qué hacen ustedes si sopla un fuerte viento del noreste o se acerca un huracán? -preguntó Max, que, como era el único vecino de Plum Island en nuestro grupo, tenía su propio orden del día.

– En horas laborales evacuamos a todos -respondió Gibbs.

– ¿Todos?

– Alguien tiene que quedarse para cuidar de las instalaciones. Yo, por ejemplo, soy uno de ellos. También el señor Stevens, unas cuantas personas más de seguridad, algunos bomberos, una o dos personas de mantenimiento para asegurarnos de que sigan funcionando los generadores y los filtros de aire y tal vez uno o dos científicos para controlar los microbios. Supongo que el doctor Zollner decidiría hundirse con el barco -añadió con una carcajada.

Puede que sólo fuera cosa mía, pero no le veía la gracia a la perspectiva de que se diseminaran enfermedades mortales.

– En horario no laboral -prosiguió Gibbs-, cuando la isla está casi desierta, necesitaríamos llevar gente a la isla. Luego deberíamos trasladar nuestros transbordadores y otras embarcaciones a la base de submarinos de New London, donde estarían a salvo. Los submarinos salen a alta mar y allí se sumergen a gran profundidad, donde no corren peligro. Sabemos lo que hacemos -agregó-; estamos preparados para emergencias.

– Si algún día se produjera un escape en la zona de biocontención, ¿tendrían la bondad de comunicármelo? -preguntó Max.

– Usted casi sería el primero en saberlo -afirmó Gibbs.

– Lo sé. Pero me gustaría enterarme por teléfono o por radio, no cuando empezara a toser sangre o algo por el estilo -dijo Max.

– Mi manual de instrucciones indica a quién llamar y en qué orden -respondió Gibbs, al parecer ligeramente contrariado-. Usted está entre los primeros.

– He solicitado que se instale aquí una sirena que pueda oírse desde tierra firme.

– Si nosotros le llamamos, usted puede tocar una sirena si le apetece para alertar a la población civil -agregó el oficial-. No anticipo ningún escape, de modo que su necesidad es discutible.

– El caso es que este lugar me aterra y no me siento mejor ahora, después de haberlo visto.

– No tiene de qué preocuparse.

Me alegró escuchar esas palabras.

– ¿Y si hubiera intrusos armados en la isla? -pregunté.

– ¿Se refiere a terroristas? -dijo Gibbs después de mirarme.

– Sí, me refiero por ejemplo a terroristas. O algo peor, funcionarios de correos descontentos.

Mi ocurrencia no le hizo gracia.

– Si nuestro personal de seguridad no pudiera controlar la situación -respondió-, llamaríamos a los guardacostas. Desde aquí -añadió señalando una radio con el pulgar.

– ¿Y si esta sala fuera la primera en ser destruida?

– Hay una segunda MCC en el edificio.

– ¿En el sótano?

– Tal vez. ¿No investigaban ustedes un asesinato?

Me encanta que los polis de alquiler se pongan insolentes.

– Tiene razón. ¿Dónde estaba usted ayer a las cinco y media de la tarde?

– ¿Yo?

– Usted.

– Pues… deje que piense…

– ¿Dónde está su cuarenta y cinco automática?

– En ese cajón.

– ¿Ha sido disparada últimamente?

– No… bueno, a veces la utilizo para hacer prácticas de tiro…

– ¿Cuándo vio a los Gordon por última vez?

– Déjeme pensar…

– ¿Era muy amigo de los Gordon?

– No mucho.

– ¿Tomó alguna vez una copa con ellos?

– No.

– ¿Almuerzo?, ¿cena?

– No. Ya le he dicho…

– ¿Tuvo alguna vez la oportunidad de hablar oficialmente con ellos?

– No… bueno…

– ¿Bueno?

– Algunas veces. Sobre su barco. Les gustaba usar las playas de Plum Island. A veces, los Gordon venían a la isla los domingos y días de fiesta, fondeaban el barco junto a alguna de las playas desiertas de la costa sur y nadaban hasta la orilla, remolcando un bote de goma, en el que transportaban la merienda. Eso no suponía ningún problema. En realidad, solíamos organizar una merienda el 4 de julio para los empleados y sus familias. Era la única ocasión en la que permitíamos el acceso a la isla a personas que no trabajan aquí, pero ciertas consideraciones sobre responsabilidades nos obligaron a interrumpir esas meriendas…

Intenté imaginar esas excursiones, una especie de salidas de biocontención.

– Los Gordon no traían nunca a nadie, lo que prohíben nuestras normas, pero su barco presentaba un problema.

– ¿Qué clase de problema?

– Por una parte, durante el día, atraía a otras embarcaciones de placer, que creían que estaba permitido acercarse a la costa y desembarcar en la isla. Y por la noche, suponía un peligro para la navegación de nuestros barcos patrulla. De modo que hablé con ellos de ambos problemas e intentamos resolverlos.

– ¿Cómo intentaron resolverlos?

– La solución más fácil habría sido que atracaran en la ensenada y utilizaran una de nuestras embarcaciones para trasladarse al extremo más remoto de la isla. El señor Stevens no tenía ningún inconveniente, aunque quebrantaba las normas de uso oficial de los barcos y todo eso, pero era preferible a lo que hacían. Sin embargo, no querían venir a la ensenada ni utilizar nuestras embarcaciones; deseaban hacerlo a su manera: llegar con su lancha a una de las playas, bote de goma y nadar. Decían que era más divertido, más espontáneo y emocionante.

– ¿Quién dirige esta isla?, ¿Stevens, Zollner o los Gordon?

– Debemos cuidar a los científicos para que no se molesten. El chiste entre los no científicos es que si uno hace enojar a un científico o discute con él sobre cualquier cosa, acaba con una enfermedad vírica de tres días de duración.

Todo el mundo soltó una carcajada.

– El caso es que logramos convencerlos para que dejaran encendidas las luces de navegación -prosiguió Kenneth Gibbs- y me aseguré de que los helicópteros y los barcos de los guardacostas reconocieran su lancha. También les obligamos a prometer que sólo fondearían donde hubiera uno de nuestros grandes letreros de «Acceso prohibido» en la playa. Suelen desalentar incluso a los menos temerosos.

– ¿Qué hacían los Gordon en la isla?

– Merendar, supongo -respondió Gibbs después de encogerse de hombros-. Caminar. Disponían de casi quinientas hectáreas desiertas en los días de fiesta y horas no laborales -agregó.

– Tengo entendido que eran aficionados a la arqueología.

– Sí, desde luego. Iban mucho por las ruinas. Coleccionaban cosas para un museo de Plum Island.

– ¿Un museo?

– Bueno, sólo una exposición. Creo que el propósito era instalarla en el vestíbulo. El material está guardado en el sótano.

– ¿Qué clase de material?

– Principalmente, balas de mosquetón y puntas de flecha. Un cencerro de vaca… un botón de latón de un uniforme del ejército continental, algunos artilugios de la época de la guerra española… una botella de whisky… cualquier cosa; en general, baratijas. Está todo catalogado y guardado en el sótano. Pueden verlo si lo desean.

– Tal vez más tarde -dijo Beth-. Tengo entendido que los Gordon estaban organizando una excavación oficial. ¿Sabe algo al respecto?

– Sí. Lo último que deseamos es un montón de gente de Stony Brook o de la Sociedad Histórica Peconic deambulando por la isla. Pero intentaban organizarlo con los Departamentos de Agricultura y de Interior. El Departamento de Interior tiene la última palabra sobre artefactos de guerra y todo eso -agregó.

– ¿Se le ocurrió alguna vez que los Gordon pudieran estar tramando algo? -pregunté-. ¿Por ejemplo, sacar material clandestinamente del edificio principal, esconderlo cerca de alguna playa durante sus supuestas expediciones arqueológicas y recuperarlo luego con su barco?

Kenneth Gibbs no respondió.

– ¿Se le ocurrió que las meriendas y esa farsa arqueológica podían ser una tapadera? -insistí.

– Supongo… retrospectivamente… Pero ahora todo el mundo me acosa como si debiera haber sospechado algo. Olvidan que esos dos eran estrellas; podían hacer lo que se les antojara, salvo arrojar excrementos de vaca a la cara de Zollner. No necesito ninguna reprimenda -agregó-; cumplí con mi obligación.

Probablemente lo había hecho. Y, por cierto, oí de nuevo aquel tintineo en mi cabeza.

– ¿Vio usted, o alguno de sus subordinados, el barco de los Gordon después de salir, ayer al mediodía, de la ensenada? -preguntó Beth.

– No. Lo he preguntado.

– En otras palabras, ¿tiene usted la certeza de que su barco no estuvo fondeado cerca de la isla ayer por la tarde?

– No, no puedo estar seguro.

– ¿Con qué frecuencia rodean la isla sus barcos? -preguntó Max.

– Solemos utilizar uno de los dos barcos -respondió Gibbs-. Su recorrido es de ocho o nueve millas alrededor de la isla, que, a diez o doce nudos, supone una vuelta completa cada cuarenta o sesenta minutos, a no ser que paren a alguien por alguna razón.

– De modo que, desde una embarcación a media milla aproximadamente de la costa de la isla, alguien con unos prismáticos podría ver su barco patrulla, The Prune, si no me equivoco -dijo Beth.

– The Prime o The Plum Pudding.

– Exacto. Esa persona vería uno de sus barcos patrulla, y si estuviera familiarizada con su recorrido, sabría que dispone de cuarenta a sesenta minutos para acercarse a la costa, fondear, desembarcar con el bote de goma, hacer lo que fuera y regresar a su barco sin ser visto por nadie.

– Posiblemente -respondió el señor Gibbs después de aclararse la garganta-, pero olvida la vigilancia del helicóptero y el vehículo que recorre las playas. Tanto el helicóptero como los vehículos patrullan completamente al azar.

– Acabamos de hacer una visita a la isla -observó Beth después de asentir- y en casi dos horas sólo he visto una vez el helicóptero de los guardacostas, una camioneta y, en una sola ocasión, el barco patrulla.

– Como acabo de decirle, patrullan al azar. ¿Se arriesgaría usted?

– Tal vez -respondió Beth-. Según lo que hubiera en juego.

– También patrullan de vez en cuando los guardacostas y si quieren que les hable con toda franqueza -declaró Gibbs-, disponemos de instrumentos electrónicos que realizan la mayor parte del trabajo.

– ¿Dónde están los monitores? -pregunté mirando a mi alrededor.

– En el sótano.

– ¿En qué consisten?, ¿cámaras de televisión?, ¿sensores de movimiento?, ¿sensores de sonido?

– No estoy autorizado a revelarlo.

– De acuerdo -dijo Beth-. Escriba su nombre, dirección y número de teléfono. Le llamaremos para que venga a declarar.

Gibbs parecía enojado pero también aliviado por haberse quitado de momento un peso de encima. También tenía la intensa sospecha de que Gibbs, Foster y Nash ya se habían conocido aquella mañana.

Me acerqué a la pared para examinar el material junto a las radios. Había un gran mapa del este de Long Island, del canal y la costa meridional de Connecticut. En él figuraban una serie de círculos concéntricos, con el centro en New London, Connecticut. Parecía uno de esos mapas de destrucción atómica, que muestran lo calcinado que quedaría uno según la distancia en la que estuviese del punto cero. Me percaté de que Plum Island estaba en el último círculo, lo que supongo que eran buenas o malas noticias según lo que significara el mapa. Como no había ninguna explicación, decidí preguntárselo al señor Gibbs.

– ¿Qué es esto?

– Hay un reactor nuclear en New London -respondió después de mirar lo que yo señalaba-: Esos círculos representan las diferentes zonas de peligro si se produjera una explosión o fusión del núcleo.

Consideré la ironía de un reactor nuclear en New London, que suponía un peligro para Plum Island, y que a su vez suponía un peligro para la población de New London según la dirección del viento.

– ¿Cree que el personal de la central nuclear dispone de un mapa con el peligro que supondría para ellos una fuga bioquímica en Plum Island? -pregunté.

Incluso el circunspecto señor Gibbs se vio obligado a sonreír, aunque su sonrisa fue un poco extraña. Probablemente Gibbs y Stevens estaban acostumbrados a este tipo de sonrisas.

– En realidad, el personal de la central nuclear dispone de un mapa como el que usted ha descrito -respondió-. A veces me pregunto qué ocurriría si un terremoto provocara un escape bioquímico y un escape nuclear simultáneamente, ¿mataría la radiactividad todos los gérmenes? -agregó, brindándonos de nuevo su peculiar sonrisa-. El mundo moderno está lleno de horrores inimaginables -sentenció filosóficamente.

Aquél parecía ser el mantra de Plum Island.

– Si yo estuviera en su lugar -sugerí amablemente-, esperaría a que soplara un buen viento del sur y soltaría ántrax. Atacarlos a ellos antes de que ellos les ataquen a ustedes.

– Sí. Buena idea.

– ¿Dónde está el despacho del señor Stevens? -pregunté.

– Habitación doscientos cincuenta.

– Gracias.

Sonó el intercomunicador y se oyó una voz masculina:

– El doctor Zollner recibirá a los invitados ahora.

Agradecimos al señor Gibbs el tiempo que nos había dedicado y él nos dio las gracias por la visita, lo que nos convirtió a todos en unos mentirosos. Beth le recordó que se verían en la comisaría.

Nos reunimos con Donna en el pasillo.

– En las puertas no aparecen nombres ni títulos -comenté mientras andábamos.

– Por razones de seguridad -respondió lacónicamente Donna.

– ¿Cuál es el despacho de Paul Stevens?

– Puerta doscientos veinticinco -respondió.

Quedó demostrado una vez más que la mejor seguridad es la mentira. Nos condujo al fondo del pasillo y abrió la habitación número doscientos.

Capítulo 11

– Por favor, siéntense -dijo Donna-. June, la secretaria del doctor Zollner, estará con nosotros dentro de un momento.

Todos nos sentamos salvo Donna, que permaneció de pie a la espera de June.

Transcurrido aproximadamente un minuto, una mujer madura de aspecto circunspecto apareció por una puerta lateral.

– June, éstos son los invitados del doctor Zollner.

Sin prestarnos apenas atención ni decir palabra, June se instaló en su escritorio.

Donna nos dio los buenos días y se retiró. Me percaté de que nunca nos dejaban un momento solos. Soy un entusiasta de la seguridad rigurosa, salvo cuando me afecta directamente.

Ya echaba de menos a Donna, era realmente agradable. El mundo está lleno de mujeres atractivas, pero entre mi reciente divorcio y mi aún más reciente hospitalización y convalecencia no he participado realmente en el juego.

Observé a Beth Penrose. Ella me miró, estuvo a punto de sonreír y volvió la cabeza.

Entonces miré a George Foster, siempre un ejemplo de compostura. Supuse que tras su vacua mirada se ocultaba un cerebro imponente. Eso esperaba.

Sylvester Maxwell golpeaba impacientemente el brazo de su sillón con los dedos. Creo que en general se alegraba de haberme contratado, pero tal vez se preguntara cómo controlar a un asesor independiente, que recibía un dólar semanal y hacía enfadar a todo el mundo.

Los grises claro y oscuro de las paredes y la alfombra de la sala de espera eran los mismos que en el resto del edificio. En aquel lugar, uno podía sentirse hambriento de sensaciones.

En cuanto a la habitación doscientos cincuenta, estaba seguro de que allí no se encontraba Paul Stevens ni su diploma. Probablemente, en ella había veinte perros rabiosos dispuestos a devorar mis genitales. No estaba seguro respecto a la doscientos veinticinco… Nada en aquella isla era exactamente lo que parecía, ni nadie era del todo sincero.

– Mi tía se llamaba June -dije, dirigiéndome a la secretaria.

Ella levantó la cabeza y me miró fijamente.

– Bonito nombre -proseguí-. Por alguna razón me recuerda el final de la primavera y el principio del verano; el solsticio de verano, ¿sabe a lo que me refiero?

June no dejaba de mirarme fijamente con los párpados entornados. Aterrador.

– Llame al doctor Zollner y dígale que dispone de diez segundos para recibirnos, de lo contrario obtendremos una orden de detención por obstrucción a la justicia -dije-. Nueve.

– Doctor Zollner, le ruego que venga aquí, ahora -dijo June por el intercomunicador.

– Cinco segundos.

Se abrió la puerta de la derecha y apareció un individuo alto y fornido de camisa blanca y corbata azul.

– Dígame, ¿cuál es el problema? -preguntó.

– Él -respondió June, señalándome directamente.

– ¿Qué ocurre? -preguntó el cachas.

Me puse de pie y también lo hicieron todos los demás. Reconocí al doctor Zollner por las fotografías del vestíbulo.

– Hemos cruzado los mares y viajado muchos kilómetros, doctor, y superado muchos obstáculos para encontrarle, y usted nos recompensa con su rechazo.

– ¿Perdón?

– ¿Llamo al servicio de seguridad, doctor? -interrumpió June.

– No, no -respondió él mientras nos miraba-. Adelante, adelante.

Entramos, entramos.

El despacho del doctor Zollner, situado en una esquina, era grande, pero su mobiliario, las paredes y la alfombra eran iguales a los del resto del edificio. De la pared detrás de su escritorio colgaba una impresionante retahíla de marcos. En las demás paredes había una serie de repugnantes cuadros abstractos, una auténtica basura, como en los mejores museos.

Todavía de pie, nos presentamos todos, en esta ocasión con nuestros títulos y descripción de nuestro trabajo. Tuve la impresión, y de nuevo no podía ser más que una sensación por mi parte, de que Zollner ya conocía a Nash y a Foster.

Le estrechamos todos la mano y Zollner nos brindó una radiante sonrisa.

– Bienvenidos. Confío en que el señor Stevens y la señora Alba les hayan sido de ayuda.

Hablaba con un ligero acento, alemán probablemente, a juzgar por su nombre. Ya he dicho que era corpulento; a decir verdad, estaba gordo, tenía la perilla y el pelo blancos, y llevaba unas gruesas gafas. Con toda sinceridad, se parecía a Burl Ivés.

– Siéntense, siéntense -dijo el doctor Zollner antes de proseguir y nos sentamos, sentamos-. Todavía no me he recuperado de la tragedia. Anoche no pude dormir.

– ¿Quién le llamó anoche para darle la noticia, doctor? -preguntó Beth.

– El señor Stevens. Dijo que le había llamado la policía -respondió-. Los Gordon eran unos científicos brillantes y gozaban de un gran respeto entre sus colegas -agregó-. Espero que resuelvan este caso cuanto antes.

– También nosotros lo deseamos -dijo Beth.

– Permítanme también que me disculpe por haberles hecho esperar; en toda la mañana no he dejado de hablar por teléfono -prosiguió Zollner.

– Supongo, doctor, que se le ha recomendado no conceder entrevistas -dijo Nash.

– Sí, sí -asintió Zollner-. Por supuesto. No he facilitado ninguna información y me he limitado a leer la declaración preparada en Washington.

– ¿Podría leérnosla? -solicitó Foster.

– Sí, claro, claro -respondió antes de mover los papeles de su mesa, levantar un documento, ajustarse las gafas y empezar a leer-: «El secretario de Agricultura lamenta la trágica muerte del doctor Thomas Gordon y la doctora Judith Gordon, ambos empleados del Departamento de Agricultura. No vamos a especular respecto a las circunstancias de dichas muertes. Toda pregunta relacionada con la investigación de las mismas debe dirigirse a la policía local, que está en mejores condiciones de responder.» El doctor Zollner acabó de leer lo que en realidad no decía nada.

– Tenga la bondad de mandar ese comunicado por fax a la policía de Southold, para que podamos leérselo a la prensa, después de sustituir policía local por FBI -dijo Max.

– El FBI no está involucrado en este caso, jefe -dijo el señor Foster.

– Claro. Lo había olvidado. Ni tampoco la CIA. ¿Y la policía del condado? -preguntó mirando a Beth-, ¿estáis involucrados?

– Involucrados y al mando de la operación -respondió Beth-. ¿Puede describirnos el trabajo de los Gordon? -agregó, dirigiéndose al doctor Zollner.

– Sí… Se ocupaban primordialmente de… investigación genética. La alteración genética de los virus para que no puedan provocar ninguna enfermedad, pero sean capaces de estimular el sistema inmunitario del cuerpo.

– ¿Una vacuna? -preguntó Beth.

– Sí, una nueva clase de vacuna, mucho menos peligrosa que con la utilización de un virus debilitado.

– ¿Y tenían acceso a toda clase de virus y bacterias?

– Sí, por supuesto. Particularmente virus.

Beth prosiguió con preguntas más tradicionales en la investigación de un homicidio, concernientes a amigos, enemigos, deudas, amenazas, relaciones con colegas de trabajo, conversaciones, su conducta durante la última semana aproximadamente, etcétera. Buenas preguntas pero, con toda probabilidad, no muy pertinentes. Sin embargo, debían ser formuladas, y lo serían una y otra vez, a casi todos los conocidos de los Gordon y luego, de nuevo, a los ya interrogados para comprobar si había alguna contradicción en sus declaraciones. Lo que necesitábamos en aquel caso, si sospechábamos el robo de microbios letales, era un golpe de suerte, un comodín que nos permitiera saltarnos toda esa basura procesal antes de que llegara el fin del mundo.

Observé los cuadros abstractos de las paredes y me percaté de que no eran pinturas, sino fotografías a todo color… Me dio la sensación de que eran enfermedades: bacterias y demás microbios que infectaban la sangre, las células y los tejidos, fotografiados a través de un microscopio. Extraordinario. Aunque en realidad no estaban demasiado mal.

– Incluso los organismos causantes de enfermedades pueden ser hermosos -dijo el doctor Zollner al percatarse de que los miraba.

– Efectivamente -reconocí-. Tengo un traje con ese dibujo, el de las colitas verdes y rojas.

– No me diga. Eso es un filovirus, Ébola para ser exactos. Evidentemente, coloreado. Esas cositas podrían causarle la muerte en cuarenta y ocho horas. Incurable.

– ¿Y están aquí, en este edificio?

– Es posible.

– A los policías no nos gusta esa respuesta, doctor. ¿Sí o no?

– Sí. Pero almacenados con todas las medidas de seguridad: congelados y bajo llave. Además -agregó-, aquí sólo manipulamos el Ébola de los simios, no el humano.

– ¿Han hecho ustedes un inventario de sus microbios?

– Sí. Pero para ser sinceros, no hay forma de llevar el control de todos los especímenes. Además, existe el peligro de que alguien propague ciertos organismos en un lugar no autorizado. Sí, sí, ya sé adónde quiere ir a parar. Usted cree que los Gordon se apoderaron de algún organismo sumamente exótico y peligroso y tal vez lo vendieron a… digamos, una potencia extranjera. Pero puedo asegurarle que nunca hubieran hecho tal cosa.

– ¿Por qué no?

– Porque es una posibilidad demasiado horrible.

– Menudo consuelo -respondí-. Ahora podemos regresar tranquilos a nuestras casas.

El doctor Zollner me miró, supongo que debido a que no estaba acostumbrado a mi sentido del humor. Se parecía realmente a Burl Ivés y me proponía pedirle una fotografía y un autógrafo.

– Detective Corey -dijo finalmente el doctor Zollner con su ligero acento después de inclinarse sobre su escritorio para mirarme-, ¿abriría usted las puertas del infierno si tuviera la llave? Si lo hiciera, tendría que correr muy de prisa.

– Si abrir las puertas del infierno es tan impensable, ¿para qué necesitan la llave y el cerrojo? -pregunté después de reflexionar unos instantes.

– Supongo que para protegernos de los locos -respondió-. Evidentemente, los Gordon no estaban locos -agregó.

Nadie dijo una palabra. Todos nos lo habíamos planteado, verbal y mentalmente, una docena de veces desde la noche anterior.

– Yo tengo otra teoría -declaró por fin el doctor Zollner-, que voy a compartir con ustedes, y creo que se demostrará antes de que acabe el día. Los Gordon, que eran unas personas maravillosas, pero pésimos para administrar el dinero y un tanto despilfarradores, robaron una de las nuevas vacunas en las que estaban trabajando. Creo que habían avanzado más de lo que decían en la investigación de una nueva vacuna. Lamentablemente, eso ocurre de vez en cuando en el mundo científico. Pudieron haber tomado notas aparte e incluso preparado un gel secuencial independiente, que es una placa transparente en la que las mutaciones elaboradas genéticamente, insertadas en un virus maligno, se muestran como… algo parecido a un código de barras -explicó.

Nadie dijo nada.

– Supongamos que los Gordon hubieran descubierto una vacuna maravillosa contra algún terrible virus animal, humano o ambos, y hubiesen guardado el secreto de su descubrimiento. Luego, a lo largo de los meses, hubieran reunido sus notas, muestras de gel y la propia vacuna en algún lugar oculto del laboratorio o en un edificio abandonado de la isla. Su objetivo, evidentemente, habría sido el de venderla, tal vez, a una empresa farmacéutica extranjera. Puede que su propósito fuera el de dimitir, pasar a trabajar para una empresa privada y fingir que habían efectuado el descubrimiento allí. En tal caso, habrían obtenido una generosa bonificación de varios millones de dólares. Además, según la clase de vacuna, habrían recibido decenas de millones de dólares por los derechos de la patente.

Todo el mundo guardaba silencio. Miré a Beth. En realidad, ella ya se lo había imaginado cuando estábamos junto al acantilado.

– ¿No les parece lógico? -prosiguió el doctor Zollner-. La gente que trabaja con la vida y la muerte prefiere vender vida. Aunque sólo sea porque es menos peligroso y más rentable. La muerte es barata. Yo podría matarles con una pizca de ántrax. Es más difícil proteger y conservar la vida. Así que si la muerte de los Gordon está de algún modo relacionada con su trabajo aquí, el vínculo es el que acabo de relatarles. ¿Por qué pensar en bacterias o virus malignos?, ¿qué les induce a pensar de ese modo? Como solemos decir, si su única herramienta es un martillo, todos los problemas parecen clavos, ¿no les parece? Pero no se lo reprocho; siempre pensamos en lo peor y en eso consiste su trabajo.

Una vez más, todo el mundo guardó silencio.

– Si hicieron eso los Gordon -prosiguió el doctor Zollner después de mirarnos uno a uno-, es inmoral y también ilegal. Y su agente, su intermediario, es también inmoral, avaro y, al parecer, asesino.

El doctor Zollner parecía haber analizado concienzudamente la situación.

– Ésta no sería la primera vez que unos científicos, empleados del gobierno o de alguna gran empresa, hubieran conspirado para robar su propio descubrimiento y convertirse en millonarios. Supone una gran frustración para los investigadores geniales ver cómo los demás ganan millones con su trabajo. Y las apuestas son muy fuertes. Si esa vacuna, por ejemplo, pudiera utilizarse contra una enfermedad ampliamente difundida, como el Sida, estaríamos hablando de centenares de millones de dólares, incluso de miles de millones para sus descubridores.

Nos miramos los unos a los otros. Miles de millones.

– De modo que ahí lo tienen. Los Gordon querían ser ricos, pero creo que, sobre todo, famosos. Aspiraban al reconocimiento, querían que la vacuna llevara su nombre, como la vacuna Salk, y aquí eso no habría ocurrido. Lo que hacemos aquí no tiene mucha difusión, salvo entre la comunidad científica. Los Gordon eran un tanto extravagantes para ser científicos, eran jóvenes, querían cosas materiales, aspiraban al sueño americano y estaban seguros de habérselo ganado. Y, saben lo que les digo, realmente lo habían hecho. Eran brillantes, estaban explotados y mal pagados; de modo que intentaron remediarlo. Sólo me pregunto qué descubrieron y me preocupa no recuperarlo. Me pregunto también quién los asesinó, aunque estoy seguro de saber el porqué. ¿Qué opinan ustedes? ¿Sí? ¿No?

Nash fue el primero en hablar.

– Creo que es eso, doctor. Me parece que está en lo cierto.

– Nuestra idea era correcta, pero con el bicho equivocado. Una vacuna, evidentemente -asintió George Foster.

– Es perfectamente lógico -asintió a su vez Max-. Sí. Me siento aliviado.

– Todavía debo encontrar al asesino -dijo Beth-. Pero creo que podemos dejar de pensar en terroristas y empezar a buscar otra clase de persona o personas.

Miré un rato al doctor Zollner y él me devolvió la mirada. Sus gafas eran gruesas pero no ocultaban el parpadeo de sus ojos azules. Puede que no fuera Burl Ivés. Tal vez era el coronel Sanders. Eso es. Perfecto. El director del mayor laboratorio de patología animal del mundo se parece al coronel Sanders.

– Detective Corey -dijo el doctor-, ¿tiene usted otra idea tal vez?

– Claro que no. En esto estoy con la mayoría. Conocía a los Gordon y al parecer usted también los conocía, doctor -respondí y miré a mis colegas-. Me parece increíble que no se nos hubiera ocurrido: no la muerte, la vida; no la enfermedad, sino la curación.

– Una vacuna -dijo el doctor Zollner-. Prevención, no curación. Las vacunas son más rentables. Si hablamos de una vacuna contra la gripe, por ejemplo, se suministran cien millones de dosis anuales sólo en Estados Unidos. El trabajo de los Gordon era brillante en el campo de las vacunas víricas.

– Bien, una vacuna. ¿Y dice usted, doctor Zollner, que debieron de planearlo hace algún tiempo? -pregunté.

– Sí, por supuesto. A partir del momento en que se hubieran dado cuenta de que habían descubierto algo, habrían empezado a tomar notas falsas, resultados falsos y, al mismo tiempo, a guardar las notas y las pruebas válidas; el equivalente científico a una doble contabilidad.

– ¿Y nadie se habría percatado de lo que sucedía? ¿No hay controles ni comprobaciones?

– Claro que los hay. Pero los Gordon eran compañeros de investigación y con mucha experiencia. Además, su especialidad, la ingeniería genética vírica, es un tanto exótica y difícil de controlar por parte de otros. Y, por último, si existe la voluntad, combinada con una inteligencia auténticamente genial, se encuentra la forma de hacerlo.

– Increíble -asentí-. ¿Y cómo se las arreglaron para sacar clandestinamente el material? ¿Qué tamaño tiene una de esas placas de gelatina?

– Placa de gel.

– Eso. ¿Cómo es de grande?

– Puede medir unos cuarenta y cinco centímetros de anchura por unos setenta y cinco de longitud.

– ¿Cómo puede sacarse algo semejante del laboratorio de biocontención?

– No estoy seguro.

– ¿Y sus notas?

– Fax. Luego se lo mostraré.

– ¿Y la vacuna propiamente dicha?

– Eso es fácil. Por vía anal y vaginal.

– No pretendo ser grosero, doctor, pero no creo que lograran introducirse una placa de gel de cuarenta y cinco centímetros en el culo sin llamar un poco la atención.

El doctor Zollner se aclaró la garganta antes de responder.

– Las placas de gel no son estrictamente necesarias si uno logra fotocopiarlas o fotografiarlas con una de esas pequeñas cámaras que utilizan los espías.

– Increíble -exclamé mientras pensaba en el fax del despacho de los Gordon.

– Sí. Bien, veamos si logramos deducir qué y cómo ha sucedido -dijo el doctor antes de levantarse-. Si alguno de ustedes prefiere no entrar en la zona de biocontención, puede quedarse en el vestíbulo o en la cafetería -agregó mirando a su alrededor, pero al comprobar que nadie respondía añadió con una sonrisa más parecida a Burl Ivés que al coronel Sanders-: Bien, veo que son ustedes valientes. Por favor, síganme.

– Manténganse unidos -dije yo después de ponernos todos de pie.

– Cuando estemos en la zona de biocontención, amigo mío, querrá mantenerse tan cerca de mí como le sea posible -dijo el doctor Zollner y sonrió.

Se me ocurrió que tendría que haber ido a recuperarme al Caribe.

Capítulo 12

Regresamos al vestíbulo y nos detuvimos frente a las dos puertas amarillas.

– Donna la espera en el vestuario -le dijo el doctor Zollner a Beth-. Le ruego que siga sus instrucciones y nos reuniremos con usted a la salida. Caballeros -agregó después de que Beth cruzara el umbral-, tengan la bondad de seguirme.

Seguimos al buen doctor hasta los vestuarios masculinos, pintados de un horrible color naranja, aunque, por otra parte, perfectamente normales. Un ayudante nos entregó candados abiertos sin llave y batas blancas de laboratorio recién lavadas. En una bolsa de plástico había ropa interior de papel, calcetines y zapatillas de algodón.

– Les ruego que se lo quiten todo, incluida la ropa interior y las joyas -dijo el doctor Zollner al tiempo que nos mostraba unas taquillas vacías.

Nos desnudamos hasta quedarnos como Dios nos trajo al mundo y me moría de impaciencia por contarle a Beth que Ted Nash llevaba un treinta y ocho con un cañón de siete centímetros y que el cañón era más largo que su miembro viril.

– Cerca del corazón -comentó George Foster refiriéndose a la herida de mi pecho.

– No tengo corazón.

Zollner se puso su bata extragrande y ya se parecía más al coronel Sanders.

Cerré el candado de mi taquilla y me ajusté la ropa interior de papel.

– ¿Estamos listos? -preguntó el doctor Zollner después de mirarnos-. Entonces síganme.

– Un momento -dijo Max-. ¿No vamos a ponernos mascarillas, filtros de aire o algo por el estilo?

– No para la zona dos, señor Maxwell. Tal vez para la zona cuatro, si está dispuesto a llegar tan lejos. Vamos. Síganme.

Nos dirigimos al fondo de los vestuarios y Zollner abrió una puerta roja con un extraño símbolo de peligro bioquímico y las palabras «Zona dos». Percibí una corriente de aire.

– Lo que oyen es la presión negativa del aire -explicó el doctor Zollner-. La presión aquí es de casi 0,1 kg/cm۶enos que en el exterior, para evitar la fuga accidental de cualquier elemento patógeno.

– Eso lo odio.

– Además, unos filtros especiales en el techo limpian todo el aire que se expulsa.

Max parecía obstinadamente escéptico, como si no quisiera que ninguna buena noticia estropeara su firme creencia de que el peligro de Plum Island equivalía al de Three Mile Island y Chernóbil juntos.

Entramos en un pasillo de hormigón y Zollner miró a su alrededor.

– ¿Dónde está la señora Penrose? -preguntó.

– ¿Está usted casado, doctor? -respondí.

– Sí. Ah… claro, puede que tarde más en cambiarse.

– Sin puede, amigo mío.

Por fin se abrió la puerta de las mujeres y apareció lady Penrose, con su bata blanca y zapatillas de algodón. Estaba incluso más atractiva de blanco, más al estilo cupido, pensé.

Oyó la corriente de aire y Zollner le explicó lo de la presión negativa. Luego nos dio instrucciones para que procuráramos no tropezar con ningún transportador ni estante de frascos o probetas, llenos de microbios o productos químicos letales.

– Bien, síganme -dijo Zollner- y les mostraré lo que hacemos aquí para que puedan contarles a sus amigos y colegas que no fabricamos bombas de ántrax. -Se rió y prosiguió con seriedad-: El acceso a la zona cinco está vedado porque para entrar se precisan vacunas especiales, así como cierta formación para ponerse los trajes y los respiradores de protección bioquímica y todo lo demás. El paso al sótano también está prohibido.

– ¿Por qué está vedado el sótano? -pregunté.

– Porque ahí es donde están los cadáveres de los extraterrestres y los científicos nazis -respondió con una carcajada.

Realmente me encanta hablar en serio con un científico cuyo acento recuerda al del doctor Strangelove. Pero lo más importante era que ahora tenía la certeza de que Stevens había hablado con Zollner. Me habría gustado ser una mosca tse-tse en la pared mientras lo hacían.

– Creía que los extraterrestres y los nazis estaban en los bunkers subterráneos -intentó bromear el señor Foster.

– No, los cadáveres de los extraterrestres están en el faro -respondió Zollner-. Y sacamos a los nazis de los bunkers cuando protestaron por los vampiros.

Todo el mundo se rió a carcajadas. Qué gracia. Humor en biocontención. Debería escribir al Reader's Digest.

– Ésta es una zona segura -dijo el doctor Zany mientras caminábamos-. Contiene principalmente laboratorios de ingeniería genética, algunos despachos y microscopios electrónicos, y el trabajo que se realiza es de bajo riesgo y bajo contagio.

Avanzamos por pasillos de hormigón y de vez en cuando el doctor Zollner abría una puerta amarilla de acero para saludar a alguien en el despacho o laboratorio e interesarse por su trabajo.

Había toda clase de salas desprovistas de ventanas, incluida una que parecía una bodega, salvo que sus botellas no eran de vino, sino de cultivos de células vivas, según Zollner.

El doctor nos daba explicaciones mientras caminábamos por los pasillos grises como los de un buque de guerra.

– Surgen nuevos virus que afectan a los animales, a los humanos o a ambos. Los seres humanos y las especies de animales superiores carecemos de reacciones inmunológicas ante muchas de estas enfermedades mortales. Los medicamentos antivíricos actuales no son muy eficaces, así que la clave para evitar una catástrofe futura a escala mundial son las vacunas antivíricas, y la clave para las nuevas vacunas es la ingeniería genética.

– ¿Qué catástrofe? -preguntó Max.

El doctor Zollner respondió, en mi opinión, muy a la ligera considerando la gravedad del tema y sin dejar de andar.

– En lo concerniente a enfermedades animales, por ejemplo, una epidemia de glosopeda podría acabar con gran parte del ganado de todo el país y dejar en la ruina a millones de personas. Probablemente se cuadruplicaría el coste de otros alimentos. El virus de la glosopeda es quizá el más contagioso y virulento de la naturaleza, por lo que siempre ha fascinado a los especialistas en guerra biológica. Un buen día para los partidarios de la guerra biológica será aquel en que los científicos logren elaborar genéticamente un virus de la glosopeda que infecte a los seres humanos. Aunque lo peor, a mi parecer, es que algunos de esos virus mutan por cuenta propia y se vuelven peligrosos para las personas.

Nadie hizo ninguna pregunta ni comentario alguno. Nos asomamos a otros laboratorios y el doctor Zollner siempre tenía unas palabras de aliento para los estudiosos de bata blanca, cuyo entorno laboral me ponía nervioso sólo de verlo.

– ¿Qué hemos descubierto hoy? -decía, por ejemplo-. ¿Algo nuevo?

Parecía caerles bien a los científicos o por lo menos lo toleraban.

Cuando pasamos por otra serie de pasillos aparentemente interminables, Zollner prosiguió con su conferencia.

– En 1.983, por ejemplo, se desencadenó una terrible gripe altamente contagiosa en Lancaster, Pennsylvania. Hubo diecisiete millones de muertos. Estoy hablando de pollos. Pero ya comprenden a lo que me refiero. La última gran epidemia de gripe humana en el mundo tuvo lugar en 1.918, fallecieron unos veinte millones de personas en el mundo entero, incluidas quinientas mil en Estados Unidos. Basándonos en la población actual, el número equivalente de muertos sería aproximadamente un millón y medio. ¿Cabe imaginar algo semejante hoy en día? Además, el virus de 1.918 no era particularmente virulento y, evidentemente, los desplazamientos entonces eran mucho más lentos y menos frecuentes. En la actualidad, las autopistas y los aviones pueden difundir un virus infeccioso por todo el mundo en pocos días. La buena noticia sobre los virus más mortíferos, como el Ébola, es que matan con tanta rapidez, que apenas tienen tiempo de salir de un pueblo africano antes de que todos sus habitantes hayan fallecido.

– ¿Hay un transbordador a la una? -pregunté.

El doctor Zollner soltó una carcajada.

– Está un poco nervioso, ¿no es cierto? Aquí no tiene nada que temer; somos muy precavidos, muy temerosos de los bichitos de este edificio.

– Suena como esa tontería de «Mi perro no muerde».

El doctor Zollner prosiguió sin prestarme atención.

– La misión del Departamento de Agricultura de Estados Unidos es evitar la llegada de enfermedades animales extranjeras a estas costas. Somos el equivalente animal de los centros para el control de enfermedades de Atlanta. Como pueden imaginar, mantenemos una estrecha relación de trabajo con Atlanta, debido a esas enfermedades que cruzan la barrera entre los animales y las personas, y viceversa. Disponemos de un complejo gigantesco en Newburgh, Nueva York, donde todos los animales que llegan al país deben permanecer cierto tiempo en cuarentena. La fauna que llega todos los días es tan diversa como la del Arca de Noé: caballos de carreras extranjeros, animales de circo, animales de parques zoológicos, ganado de cría, animales exóticos para vender como llamas y avestruces, animales de compañía exóticos como los conejos barrigudos de Vietnam y toda clase de pájaros de la jungla… Dos millones y medio de animales al año. Hay quien denomina a Newburgh la isla de Ellis del reino animal -dijo después de mirarnos-. Plum Island es el equivalente a Alcatraz. Ningún animal que llegue aquí procedente de Newburgh o de cualquier otro lugar regresa vivo. Debo decirles que esos animales importados por motivos recreativos nos han causado mucho trabajo y quebraderos de cabeza. Es sólo cuestión de tiempo… -agregó-. Ustedes mismos pueden extrapolar el reino animal a la población humana.

Yo sí podía.

– En otra época, los cañones de Plum Island protegían las costas de este país, ahora estas instalaciones hacen lo mismo -declaró después de unos momentos de silencio.

Me pareció bastante poético para un científico, hasta que recordé haber leído esas mismas palabras en uno de los folletos que Donna me había entregado.

A Zollner le gustaba hablar y mi trabajo consiste en escuchar, de modo que funcionaba de maravilla.

Entramos en una sala, que Zollner describió como laboratorio cristalográfico de rayos X y no sería yo quien se lo discutiera.

Había allí una mujer inclinada sobre un microscopio, que Zollner presentó como doctora Chen, colega y buena amiga de Tom y Judy. La doctora Chen tenía unos treinta años y me pareció bastante atractiva, con una frondosa cabellera negra recogida en la nuca en un moño, supongo que para facilitar su trabajo con el microscopio durante el día y quién sabe qué por la noche, cuando se lo soltaba. Tranquilo, Corey, es una científica y mucho más lista que tú.

La doctora Chen nos saludó, parecía bastante seria, aunque probablemente estaba sólo triste y afligida por la muerte de sus amigos.

Una vez más, Beth se aseguró de que quedara claro que yo era amigo de los Gordon y en ese aspecto, por lo menos, me ganaba mi dólar semanal. A la gente no le gusta que un montón de policías la interrogue, pero si uno de ellos es amigo de los difuntos, se dispone de una ligera ventaja. En todo caso, todos coincidimos en que la muerte de los Gordon era una tragedia y encomiamos a los difuntos.

Luego la conversación se centró en el trabajo de la doctora Chen, que se expresó en términos sencillos para que pudiéramos entenderla.

– Tomo radiografías de los cristales de los virus para obtener su estructura molecular. Entonces intentamos alterar el virus para que no pueda provocar ninguna enfermedad, pero si le inyectamos ese virus alterado a un animal, dicho animal podrá producir anticuerpos, que confiamos que ataquen la versión natural del virus causante de enfermedades.

– ¿Y es eso en lo que trabajaban los Gordon? -preguntó Beth.

– Sí.

– ¿En qué trabajaban concretamente?, ¿qué virus?

La doctora Chen miró fugazmente al doctor Zollner. No me gusta que los testigos hagan eso, es como cuando, en béisbol, el lanzador recibe una señal del entrenador para arrojar la pelota con efecto, baja o como sea. La señal del doctor Zollner debió de ser para un lanzamiento directo, porque la doctora Chen respondió sin rodeos:

– Ébola.

Se hizo un silencio.

– El Ébola de los simios, de los monos, naturalmente -dijo entonces el doctor Zollner-. Podía habérselo dicho antes -agregó-, pero consideré que preferirían una explicación más completa por parte de una de las colegas de los Gordon -añadió después de mirar a la doctora Chen.

– Los Gordon intentaban alterar genéticamente el virus Ébola de los simios para que no pudiera provocar la enfermedad -prosiguió la doctora Chen- pero produjera una reacción inmune en el animal. Hay muchas variantes "del virus Ébola y no estamos siquiera seguros de cuál de ellas puede cruzar la barrera entre especies…

– ¿Se refiere a infectar a las personas? -preguntó Max.

– Sí, infectar a los seres humanos. Éste es un primer paso importante para el desarrollo de una vacuna contra el Ébola humano.

– La mayor parte de nuestro trabajo se ha llevado a cabo con lo que ustedes denominarían ganado -agregó el doctor-, animales criados para la alimentación y el cuero. Sin embargo, a lo largo de los años, ciertos departamentos gubernamentales nos han encargado otras clases de investigación.

– ¿Como los militares interesados en la guerra biológica? -pregunté.

– Esta isla constituye un lugar único, aislado -dijo el doctor Zollner, en lugar de responder directamente a mi pregunta-, pero está cerca de centros principales de transporte y comunicación, así como de las mejores universidades del país y de numerosos científicos de gran capacidad intelectual. Además, estas instalaciones están técnicamente muy avanzadas. Así que además de trabajar para los militares, lo hacemos también para otros departamentos, nacionales y extranjeros, cuando se presenta algo inusual o potencialmente peligroso para los seres humanos. Como el Ébola.

– En otras palabras, ¿podría decirse que aquí alquilan habitaciones? -pregunté.

– Son unas instalaciones muy amplias -respondió Zollner.

– ¿Trabajaban los Gordon para el Departamento de Agricultura de Estados Unidos? -pregunté.

– No estoy autorizado a revelarlo.

– ¿De dónde procedían sus salarios?

– Todos los salarios proceden del Departamento de Agricultura de Estados Unidos.

– Pero no todos los científicos que reciben su salario del Departamento de Agricultura de Estados Unidos trabajan para dicho departamento, ¿no es cierto?

– No estoy dispuesto a mantener una discusión semántica con usted, señor Corey -respondió el doctor Zollner y miró a la doctora Chen-. Prosiga, por favor.

– Hay tantas etapas y facetas en este trabajo -dijo ella- que nadie puede ver la imagen global salvo el supervisor del proyecto. Ése era Tom. Judy era su ayudante. Además, ambos eran excelentes investigadores. Retrospectivamente, ahora puedo comprender lo que hacían; consistía en encargar pruebas sobre procedimientos, que eran una especie de pista falsa, y a veces le comunicaban a alguno de los que estábamos vinculados al proyecto que habían llegado a un callejón sin salida. Controlaban minuciosamente las pruebas clínicas en los simios y los cuidadores de los animales no estaban bien informados. Tom y Judy eran los únicos que poseían toda la información.

»No creo que al principio se propusieran engañar a nadie… -prosiguió después de reflexionar unos instantes-. Me parece que, cuando se percataron de lo cerca que estaban de conseguir una vacuna eficaz contra el Ébola de los simios, vislumbraron las posibilidades de transferir el descubrimiento a un laboratorio privado, donde la siguiente etapa lógica sería una vacuna humana. Tal vez creyeran que eso era lo mejor para el interés de la humanidad. O puede que consideraran que podrían desarrollar esa vacuna con mayor rapidez y eficacia fuera de este lugar, que, como la mayoría de los departamentos gubernamentales, se caracteriza por su lentitud y su papeleo.

– Ciñámonos a la teoría de la rentabilidad, doctora Chen -dijo Max-. El interés de la humanidad no acaba de convencerme.

La doctora se encogió de hombros.

– ¿Puedo echar una ojeada? -preguntó Beth después de señalar el microscopio.

– Son Ébola muertos, evidentemente -respondió la doctora-. Los vivos se encuentran sólo en la zona cinco. Pero puedo mostrarles Ébola vivos sin ningún peligro, grabados en vídeo.

Encendió el televisor y pulsó el botón del reproductor de vídeo. Cuando se iluminó la pantalla aparecieron cuatro cristales casi transparentes, de un tono ligeramente rosado, tridimensionales, que me recordaron un prisma. Si estaban vivos, jugaban a estatuas.

– Como les decía -prosiguió la doctora-, yo elaboro un diagrama de la estructura molecular, a fin de que los ingenieros genéticos puedan seccionar y combinar sus partes, propagar el virus alterado e inyectárselo a un simio. Pueden producirse tres respuestas distintas: el simio contrae Ébola y muere, no contrae el virus pero tampoco produce anticuerpos o no contrae Ébola pero produce anticuerpos. Este último es el resultado al que aspiramos; significa que disponemos de una vacuna, pero no necesariamente una vacuna eficaz ni desprovista de peligro. Puede que el simio desarrolle Ébola más adelante o, lo más probable, que cuando le inyectemos el virus natural los anticuerpos no sean eficaces para vencer la enfermedad; una reacción inmunitaria excesivamente débil. O que ésta no proteja contra todas las variedades del virus. Es un trabajo muy frustrante. Desde un punto de vista molecular y genético, los virus son sencillos, pero constituyen un reto muy superior al de las bacterias por su facilidad de mutación, su difícil comprensión y la dificultad para matarlos. En realidad, cabe preguntarse si esos cristales están realmente vivos, de acuerdo con lo que entendemos por vivos. Mírenlos, parecen bloques de hielo.

Todos contemplamos los cristales de la pantalla; tenía razón, parecían fragmentos desprendidos de una araña de cristal. Era difícil creer que esos especímenes, así como sus hermanos y primos, fueran los causantes de tanta desolación y muerte entre los seres humanos, por no mencionar los animales. Había algo aterrador en un organismo que parecía muerto pero cobraba vida al invadir un cuerpo y se reproducía con tanta rapidez que podía matar a una persona sana de noventa kilos en cuarenta y ocho horas. ¿En qué pensaba Dios?

La doctora Chen apagó el televisor.

Beth le preguntó por la conducta de los Gordon el día anterior por la mañana y respondió que parecían algo tensos. Judy se había quejado de que padecía jaqueca y decidieron regresar a casa. Eso no había sorprendido a nadie.

– ¿Cree que ayer se llevaron algo de aquí? -pregunté directamente a la doctora.

– No lo sé -respondió después de reflexionar unos instantes-. ¿Cómo podría saberlo?

– ¿Sería difícil sacar algo de aquí a escondidas? -preguntó Beth-. ¿Cómo lo haría usted?

– Pues… podría coger un tubo de ensayo de aquí, o incluso de otro laboratorio, ir al lavabo y meter el tubo en un orificio del cuerpo. Nadie echaría de menos un solo frasco, especialmente si no ha sido registrado e identificado. Luego iría a las duchas, arrojaría la ropa del laboratorio a una cesta, me ducharía y me dirigiría a mi taquilla. Entonces sacaría el frasco de donde lo hubiera insertado y lo guardaría en mi bolso. Me vestiría, saldría por el vestíbulo, cogería el autobús que conduce al transbordador y me iría a mi casa. Nadie mira cuando te duchas. No hay cámaras. Usted misma podrá comprobarlo cuando se vayan.

– ¿Y los objetos de mayor tamaño?, ¿los que son demasiado grandes para… bueno, ya sabe? -pregunté.

– Todo lo que quepa bajo la bata puede llegar a las duchas. Allí es donde uno tiene que ser listo. Por ejemplo, si llevara una placa de gel a las duchas, podría esconderla en la toalla.

– También podría ocultarla en la cesta de la ropa sucia -dijo Beth.

– No, porque no podría regresar a por ella. La ropa se descontamina. En realidad, después de usar la toalla se arroja a otra cesta. Entonces alguien que vigilara podría ver si lleva algo consigo. Pero si uno se ducha a una hora inusual, lo más probable es que esté solo.

Intenté imaginar a Judy o Tom sacando algo clandestinamente de ese edificio el día anterior por la tarde, cuando estaban solos en las duchas.

– Si se supone que todo lo que hay aquí está en cierta medida contaminado, ¿por qué puede querer alguien introducirse un frasco en el cuerpo? -pregunté.

– Antes se llevaría a cabo cierta descontaminación, por supuesto -respondió la doctora Chen-. Se lavaría las manos con un jabón especial en el lavabo y podría utilizar un preservativo para el frasco o un tubo de ensayo, unos guantes esterilizados o látex para objetos de mayores dimensiones. Hay que ser cuidadoso, pero no paranoico.

»En cuanto a los datos informatizados -prosiguió la doctora Chen-, se transmiten automáticamente de la zona de biocontención a los despachos de la zona administrativa, así que no es necesario robar disquetes ni cintas. Y el procedimiento habitual con las notas escritas a mano o mecanografiadas, los diagramas y otras cosas por el estilo consiste en mandarlos por fax a tu propio despacho. Hay fax por todas partes, como pueden comprobar, y todos los despachos de la zona administrativa disponen de su propio fax. Ésa es la única forma de sacar las notas de aquí. Años atrás era preciso utilizar un papel especial, lavarlo con líquido descontaminador, dejarlo secar y recogerlo al día siguiente. Ahora, con el fax, las notas te esperan en tu despacho.

Asombroso, pensé. Apuesto a que a los inventores del fax nunca se les ocurrió esa aplicación. Imaginé un anuncio por televisión: «¿Notas de laboratorio cubiertas de gérmenes? Mándelas por fax a su despacho. Usted debe ducharse, pero las notas no tienen por qué hacerlo.» O algo por el estilo.

– ¿Cree usted que los Gordon sacaron de aquí algo peligroso para los seres vivos? -preguntó Beth sin rodeos.

– Oh, no. No, no -respondió la doctora-. Si se llevaron algo, no era patógeno. Sería algo terapéutico, beneficioso, algún antídoto o como quiera llamarlo; algo provechoso. Apostaría mi vida.

– Todos nos la apostamos -dijo Beth.

Dejamos a la doctora Chen en la sala de rayos X y proseguimos con nuestra visita.

– Como les dije anteriormente, y la doctora Chen parece estar de acuerdo -comentó el doctor Zollner mientras caminábamos-, si los Gordon robaron algo, fue una vacuna vírica genéticamente alterada. Probablemente, una vacuna contra el Ébola, puesto que en eso consistía esencialmente su trabajo.

Todo el mundo parecía estar de acuerdo. Mi propia impresión era que la doctora Chen había estado excesivamente impecable y que no tenía tanta amistad con los Gordon como ella o el doctor Zollner afirmaban.

– Entre las enfermedades víricas que estudiamos -explicó el doctor mientras circulábamos por aquel laberinto de pasillos- se encuentran el catarro maligno y la fiebre hemorrágica congoleña. También estudiamos distintas variedades de neumonía, raquitismo, una amplia gama de enfermedades bacterianas y parasitarias.

– Doctor, yo apenas logré un suficiente en biología y eso fue porque copié en el examen. Me he perdido con esa retahíla de enfermedades. Pero permítame que le formule una pregunta: ¿No tienen ustedes que producir grandes cantidades de esos materiales para poder estudiarlos?

– Sí, pero puede estar seguro de que no disponemos de la capacidad para producir cantidades suficientes de ningún organismo para la guerra biológica, si a eso se refiere.

– Me refiero a actos terroristas aislados. ¿Producen suficientes gérmenes para eso?

– Tal vez -respondió después de encogerse de hombros.

– De nuevo con las dudas, doctor.

– Bueno, sí, lo suficiente para un acto terrorista.

– ¿Es cierto -pregunté- que un tarro de café repleto de ántrax y dispersado por el aire en la isla de Manhattan podría causar la muerte de doscientas mil personas?

– Es posible -respondió después de reflexionar unos instantes-. ¿Quién sabe? Depende del viento, si es verano, la hora del almuerzo…

– Mañana por la noche en hora punta.

– De acuerdo… doscientas mil. Trescientas mil. Un millón. No importa porque nadie lo sabe, ni nadie dispone de un tarro lleno de ántrax. De eso puede estar seguro. Nuestro inventario ha sido muy detallado en ese sentido.

– Me alegro. Pero ¿no tanto en otros sentidos?

– Como ya le he dicho, si falta algo, es una vacuna antivírica. Eso era en lo que trabajaban los Gordon. Ya lo verá. Mañana todos ustedes seguirán vivos. Y pasado mañana y al día siguiente. Pero, dentro de unos seis meses, alguna empresa farmacéutica o algún gobierno extranjero anunciarán el descubrimiento de una vacuna contra el Ébola y la Organización Mundial de la Salud comprará doscientas mil dosis para empezar. Entonces, cuando averigüen quién se está enriqueciendo con esa vacuna, descubrirán al asesino.

– Queda usted contratado, doctor -dijo por fin Max después de unos segundos de silencio.

Todos nos reímos. En realidad, todos queríamos creer, todos creíamos, nos sentíamos tan aliviados que estábamos en las nubes, flotando por la buena noticia, emocionados ante la perspectiva de no despertar con alguna infección terminal, y nadie se concentraba tanto en el caso como al principio, salvo yo.

El doctor Zollner siguió mostrándonos distintas salas mientras hablaba de diagnósticos, de la producción reactiva, de la investigación monoclónica de anticuerpos, de la ingeniería genética, de los virus de origen parasitario, de la producción de vacunas, etcétera. Era abrumador.

Se necesitaba ser un poco raro para dedicarse a esa clase de trabajo, pensé, y los Gordon, que para mí eran personas normales, debían de parecer extravagantes al lado de sus colegas, que eran como el doctor Zollner los había descrito.

– Sí, mis científicos son bastante introvertidos… -respondió cuando se lo mencioné-, como la mayoría de los científicos. ¿Conoce usted la diferencia entre un biólogo introvertido y otro extra vertido?

– No.

– El biólogo extrovertido le mira los zapatos a usted mientras hablan.

Zollner soltó una sonora carcajada e incluso yo tuve que reírme, aunque no me gusta que alguien me eclipse. Pero estábamos en su laboratorio.

Visitamos los lugares donde se trabajaba en el proyecto de los Gordon y vimos también su propio laboratorio.

– Como directores del proyecto -dijo el doctor Zollner en el laboratorio de los Gordon-, su función primordial consistía en supervisar, pero también realizaban algún trabajo aquí.

– ¿Nadie más utilizaba este laboratorio? -preguntó Beth.

– Bueno, estaban los ayudantes. Pero este laboratorio era el dominio privado del doctor y la doctora Gordon. Tenga la seguridad de que he pasado una hora aquí esta mañana, en busca de algo inusual, pero evidentemente no dejaron nada que pudiera incriminarlos.

Asentí. En realidad, puede que anteriormente hubiera habido pruebas incriminatorias, pero si el día anterior fue el momento en que culminó el trabajo secreto de los Gordon y se llevó a cabo el robo definitivo, era de suponer que esterilizaran el lugar por la mañana o el día anterior. Pero eso presuponía creer en esa idea de la vacuna del Ébola y yo no estaba seguro.

– Se supone que no debe entrar en el lugar de trabajo de unas víctimas de homicidio para mirar, tocar o retirar algo de su interior -dijo Beth.

El doctor Zollner se encogió de hombros, como era normal dadas las circunstancias.

– ¿Cómo se supone que debo saberlo? ¿Conoce usted mi trabajo?

– Sólo quiero que lo sepa… -respondió Beth.

– ¿Para la próxima ocasión? De acuerdo, cuando dos de mis mejores científicos sean asesinados me guardaré de entrar en su laboratorio.

Beth Penrose era bastante lista para no insistir y guardó silencio.

Me pareció que la señora Según-las-normas no manejaba muy bien las circunstancias especiales de aquel caso, aunque no le reprochaba que intentara hacerlo correctamente. Si hubiera formado parte de la tripulación del Titanio, habría obligado a todo el mundo a firmar por recoger los chalecos salvavidas.

Miramos por el laboratorio, pero no había ningún cuaderno de notas, ninguna probeta con una etiqueta que dijera «Eureka», ningún mensaje críptico en la pizarra, ningún cadáver en el armario ni, en realidad, nada que una persona normal pudiera entender. Si allí había habido algo interesante o incriminatorio, había desaparecido gracias a los Gordon, a Zollner o incluso a Nash y Foster, si es que habían llegado tan lejos durante su visita anterior.

De modo que permanecí allí e intenté comunicarme con los espíritus, que posiblemente ocupaban todavía aquel lugar: Judy, Tom… dadme una pista, una señal.

Cerré los ojos y esperé. Fanelli asegura que los muertos le hablan. Identifican a sus asesinos, pero siempre hablan en polaco o en español y a veces en griego, de modo que no logra comprenderlos. Creo que me toma el pelo. Está más loco que yo.

Lamentablemente, la visita al laboratorio de los Gordon fue infructuosa y seguimos adelante.

Hablamos con una docena de científicos que habían trabajado con los Gordon. Era evidente que Tom y Judy le caían bien a todo el mundo, que Tom y Judy eran brillantes, que Tom y Judy eran incapaces de matar una mosca, a no ser que con ello progresara la ciencia al servicio de la humanidad, que los Gordon, a pesar del cariño y respeto que inspiraban, eran diferentes y que los Gordon, escrupulosamente honestos en el trato personal, probablemente engañarían al gobierno y robarían una vacuna que valía su peso en oro, como alguien dijo. Me dio la impresión de que todos recitaban el mismo guión.

Seguimos andando y subimos por una escalera que conducía al primer piso. Me dolía la pierna lastimada y mi pulmón herido resoplaba con tanta fuerza que creí que todo el mundo lo oiría.

– Creí que esto no sería agotador -le dije a Max.

Él me miró y forzó una sonrisa.

– A veces siento claustrofobia -respondió en voz baja.

– Yo también.

En realidad, no se trataba de claustrofobia. Como a la mayoría de los hombres intrépidos y valientes, yo incluido, a Max no le gustaban los peligros a los que no podía enfrentarse pistola en mano.

El doctor Zollner hablaba de los programas de formación que tenían lugar en el centro, de los científicos que lo visitaban, los estudiantes poslicenciados y los veterinarios que acudían de todo el mundo para aprender y enseñar. También habló de los programas en los que el centro cooperaba, en lugares como Israel, Kenya, México, Canadá e Inglaterra.

– En realidad -dijo-, los Gordon fueron a Inglaterra hace aproximadamente un año. Al laboratorio de Pirbright, al sur de Londres. Es nuestro laboratorio gemelo.

– ¿Reciben alguna vez visitas del Cuerpo Químico del Ejército? -pregunté.

– Diga lo que diga, usted siempre tiene algo que preguntar -contestó el doctor-. Me alegro de que escuche.

– Escucho pero no oigo la respuesta a mi pregunta.

– La respuesta es que a usted no le concierne, señor Corey.

– Se equivoca, doctor. Si sospechamos que los Gordon robaron organismos que pudieran utilizarse en la guerra biológica y que ésa pudo haber sido la razón de su muerte, debemos saber si aquí existen dichos organismos. En otras palabras, ¿hay en este edificio especialistas en guerra biológica?, ¿trabajan aquí?, ¿hacen aquí sus experimentos?

El doctor Zollner miró fugazmente a los señores Foster y Nash antes de responder.

– Faltaría a la verdad si afirmara que nunca nos visita ningún miembro del Cuerpo Químico del Ejército. Están sumamente interesados en las vacunas y antídotos contra los peligros biológicos… El gobierno de Estados Unidos no estudia, promociona, ni produce agentes ofensivos para la guerra biológica, pero sería un suicidio nacional no estudiar medidas defensivas para que un día, cuando ese malvado con el tarro de ántrax circule en su barca por Manhattan, estemos en condiciones de proteger a la población. Pero le aseguro que los Gordon no tenían ninguna relación con nadie del ejército, no trabajaban en ese campo, ni tenían acceso a nada tan mortífero…

– Salvo el Ébola.

– Usted escucha realmente. Ojalá mi personal prestara tanta atención. ¿Pero por qué interesarse por el Ébola como arma? Tenemos ántrax. Tratar de mejorar el ántrax es como intentar superar la pólvora. El ántrax es fácil de propagar, fácil de manejar, se dispersa sin dificultad por el aire, mata con la lentitud suficiente para que la población lo extienda y causa tantos heridos como muertos, lo que origina el derrumbamiento del sistema sanitario del enemigo. Sin embargo, oficialmente, no disponemos de bombas ni misiles cargados con ántrax. La cuestión es que si los Gordon hubieran intentado desarrollar un arma biológica para venderla a una potencia extranjera, no se habrían molestado con el Ébola. Eran demasiado listos para eso. Así que abandone esa sospecha.

– Me siento mucho mejor. Por cierto, ¿cuándo fueron los Gordon a Inglaterra?

– Veamos… en mayo del año pasado. Recuerdo que sentí envidia de que visitaran Inglaterra en mayo. ¿Por qué me lo pregunta?

– Doctor, ¿saben siempre los científicos por qué formulan ciertas preguntas?

– No siempre.

– Supongo que el gobierno pagó todos los gastos del viaje de los Gordon a Inglaterra.

– Por supuesto, era un viaje de trabajo. Por cierto -añadió después de una breve pausa-, se tomaron una semana de vacaciones en Londres por cuenta propia. Sí, ahora lo recuerdo.

Asentí. Lo que no recordaba era ningún gasto excesivo en las cuentas de sus tarjetas de crédito en mayo o junio del año anterior. Me pregunté dónde habrían pasado aquella semana. No en un hotel londinense, a no ser que se hubieran marchado sin pagar. Tampoco recordaba ninguna retirada importante de fondos. Algo en qué pensar.

El problema de formular preguntas realmente inteligentes en presencia de Foster y Nash era que oían las respuestas. Y, aunque inicialmente no comprendieran el porqué de las preguntas, eran lo suficientemente inteligentes para saber que, al contrario de lo que le había dicho a Zollner, la mayoría de las preguntas tenían su razón de ser.

Caminamos por un largo pasillo sin que nadie dijera palabra, hasta que el doctor Zollner rompió el silencio.

– ¿Oyen eso? -preguntó después de detenerse y llevarse la mano a la oreja-. ¿No lo oyen?

Permanecimos todos inmóviles, a la escucha.

– ¿El qué? -preguntó finalmente Foster.

– Un retumbo. Algo retumba. Es…

Nash se agachó y colocó las palmas de las manos en el suelo.

– ¿Un terremoto?

– No -respondió Zollner-, mi estómago. Tengo hambre -agregó con una carcajada, golpeando su abultada barriga-. Anímense -añadió con su acento alemán, que lo hizo parecer todavía más gracioso.

Todo el mundo sonrió, a excepción de Nash, que se irguió torpemente y se sacudió las manos.

Zollner se acercó a una puerta roja, sobre la que había seis letreros de aspecto oficial: «Peligro biológico», «Radiactividad», «Residuos químicos», «Alto voltaje», «Peligro de envenenamiento» y, por último, «Residuos humanos sin procesar». Abrió la puerta y declaró:

– El comedor.

Dentro de aquella sala de hormigón blanco había una docena de mesas vacías, un fregadero, un frigorífico, un horno de microondas, tablones de anuncios cubiertos de mensajes y comunicados, un refrigerador de agua y una cafetera, pero ninguna máquina dispensadora de comida, ya que nadie estaba dispuesto a entrar allí para atenderlas. Sobre una mesa había un fax junto al menú del día, papel y lápiz.

– Invito yo -dijo el doctor Zollner y escribió todo lo que deseaba comer, incluida la sopa del día, que era de carne.

No quise preguntarme de dónde procedía el animal.

Por primera vez desde que había abandonado el hospital pedí gelatina y, por primera vez en mi vida, no pedí carne.

Los demás tampoco parecían particularmente hambrientos y todos pidieron ensaladas.

– Aquí, la hora de comer no empieza hasta la una -dijo el doctor Zollner después de mandar la orden por fax-, pero nos servirán de prisa porque yo se lo he pedido.

El doctor sugirió que nos laváramos las manos y todos lo hicimos en el fregadero, con un jabón líquido color castaño que olía a yodo.

Nos servimos todos café y nos sentamos. Aparecieron otras personas que también se sirvieron café, cogieron algo del frigorífico o mandaron su pedido por fax. Consulté mi reloj y vi mi muñeca.

– Si hubiera entrado con el reloj -dijo Zollner-, habría tenido que descontaminarlo y guardarlo diez días en cuarentena.

– Mi reloj no sobreviviría a una descontaminación.

Eché una ojeada al reloj de pared. Era la una menos cinco.

Charlamos unos minutos. Se abrió la puerta y entró un individuo de bata blanca que empujaba un carro de acero inoxidable parecido a cualquier otro carro de comedor, salvo que estaba cubierto por una hoja de plástico.

El doctor Zollner retiró el plástico, lo arrojó a una papelera, como buen anfitrión nos entregó a cada uno lo que habíamos pedido y le indicó al individuo del carro que podía retirarse.

– ¿Ahora ese individuo tendrá que ducharse? -preguntó Max.

– Sí, por supuesto. El carro pasará a una sala de descontaminación y lo recogerán más tarde.

– ¿Es posible utilizar ese carro para sacar clandestinamente algo voluminoso? -pregunté.

El doctor estaba organizando su cuantiosa comida sobre la mesa, con la pericia de un experto comensal.

– Ahora que lo menciona -respondió después de levantar la cabeza-, sí. Ese carro es lo único que se desplaza regularmente entre la zona administrativa y la de biocontención. Pero si lo utilizara para sacar algo clandestinamente, necesitaría la colaboración de otras dos personas. La persona que lo trae y lo retira, y luego la persona que lo lava y lo devuelve a la cocina. Es usted muy listo, señor Corey.

– Pienso como un delincuente.

Soltó una carcajada y hundió la cuchara en su sopa de carne. ¡Qué asco!

Observé al doctor Zollner mientras saboreaba mi gelatina de lima. Me gustaba ese tipo; era divertido, amable, acogedor y listo. Evidentemente, mentía como un condenado, pero otros le habían obligado a hacerlo. Para empezar, probablemente esos dos payasos sentados al otro lado de la mesa y Dios sabe quién más le había dado órdenes desde Washington por teléfono durante toda la mañana, mientras nosotros deambulábamos por las ruinas y recibíamos folletos sobre la peste porcina, los testículos azules o lo que fuera. Entretanto, el doctor había dado instrucciones a la doctora Chen, cuya perfección era ligeramente excesiva. Entre todas las personas a las que podíamos haber interrogado, Zollner nos llevó a la doctora Chen, cuyo trabajo parecía sólo superficialmente relacionado con el de los Gordon. Además, nos la había presentado como buena amiga de los Gordon, lo que no era cierto; nunca había oído su nombre hasta el día de hoy. Y luego estaban los demás científicos con los que habíamos hablado brevemente, antes de que Zollner nos obligara a proseguir con nuestro recorrido, que seguían la misma línea que Chen.

Había gato encerrado en aquel lugar y estaba seguro de que eso había sido siempre así.

– No creo su versión sobre la vacuna del Ébola -dije-. Sé lo que oculta y por qué lo hace.

El doctor dejó de masticar, lo que suponía un esfuerzo para él, y me miró fijamente.

– Son los extraterrestres de Roswell, ¿no es cierto, doctor? Los Gordon estaban a punto de destruir la tapadera de los extraterrestres.

La sala estaba realmente silenciosa e incluso algunos de los demás científicos nos miraban. Finalmente sonreí y dije:

– Ya sé qué es esta gelatina verde: cerebro de extraterrestre. Me estoy comiendo las pruebas.

Todo el mundo se rió y soltó alguna carcajada. Zollner se rió tan a gusto que estuvo a punto de atragantarse. Hay que reconocer que soy gracioso. Zollner y yo podríamos formar un gran dúo: Corey y Zollner. Tal vez sería mejor que Expediente Corey.

Volvimos a concentrarnos en la comida y la charla. Observé a mis compañeros. George Foster se había puesto un poco nervioso cuando mencioné que no creía en lo de la vacuna del Ébola, pero ahora estaba tranquilo y degustaba su alfalfa germinada. Ted Nash parecía haberse puesto menos nervioso y más asesino. Independientemente de lo que sucediera allí, aquél no era el momento ni el lugar de proclamar a voces que mentían. Beth y yo nos miramos a los ojos y, como de costumbre, no pude dilucidar si la divertía o estaba enojada conmigo. El camino al corazón de una mujer pasa por la risa. A las mujeres les gustan los hombres que las divierten. Creo.

Miré a Max, que parecía menos angustiado en aquella sala casi normal. Daba la impresión de disfrutar de su ensalada de tres alubias, que no debería figurar en la carta de un lugar cerrado.

Seguimos comiendo y la conversación se centró de nuevo en la posible vacuna robada.

– Antes, alguien ha mencionado que esa vacuna podría valer su peso en oro -dijo el doctor Z- y eso me ha recordado que varias de las vacunas que probaban los Gordon tenían un halo dorado. Recuerdo que en una ocasión los Gordon se refirieron a las vacunas como oro líquido. El comentario me pareció curioso, tal vez porque aquí nunca hablamos en términos de dinero o rentabilidad…

– Claro que no -respondí-. Esto es una institución gubernamental. No es su dinero, ni tienen que obtener beneficio alguno.

– Igual que en su trabajo, caballero -sonrió el doctor Zollner.

– Exactamente lo mismo. En todo caso, ahora creemos que los Gordon recuperaron el sentido común, dejaron de sentirse satisfechos trabajando por amor a la ciencia con un salario gubernamental, descubrieron el capitalismo y fueron a por oro.

– Correcto -respondió el doctor Zollner-. Ha hablado usted con sus colegas, ha visto lo que hacían aquí y ahora sólo puede sacar una conclusión. ¿Por qué sigue siendo escéptico?

– No lo soy -mentí. Era tan escéptico como debe serlo un policía neoyorquino, pero sin querer ofender al doctor Zollner ni a los señores Foster o Nash-. Sólo pretendo asegurarme de que todo encaja. Tal como yo lo veo, puede que el asesinato de los Gordon no tuviera nada que ver con su trabajo aquí, en cuyo caso seguimos todos una pista falsa, o si su asesinato estaba relacionado con su trabajo, lo más probable es que estuviera vinculado al robo de una vacuna vírica que vale millones de dólares. Oro líquido. Y parecería que los Gordon fueron víctimas de un engaño, o tal vez intentaran engañar a su socio y fueron asesinados…

Tilín. Caramba, ahí estaba de nuevo. ¿Pero el qué? Estaba ahí, no podía verlo, pero oía su eco y sentía su presencia. ¿Qué era?

– ¿Señor Corey?

– ¿Cómo?

Los ojos azules y parpadeantes del doctor Zollner me observaban a través de sus pequeñas gafas de montura metálica.

– ¿Se le ha ocurrido algo?

– No. Es decir, sí. Si yo he tenido que quitarme el reloj, ¿por qué conserva usted sus gafas?

– Es la única excepción. Hay un baño para gafas a la salida. ¿Le ha provocado eso otra idea o teoría razonable?

– Placas de gel disimuladas como gafas.

– Absurdo -respondió moviendo la cabeza-. Creo que las placas salieron de aquí en el carro de la comida.

– Claro.

– ¿Seguimos? -dijo el doctor Zollner después de consultar el reloj de la pared.

Todos nos levantamos y depositamos nuestros utensilios de plástico y de papel en un cubo rojo, con una bolsa de plástico también roja.

– Ahora entraremos en la zona tres -dijo el doctor Zollner cuando llegamos al pasillo-. Existe un mayor riesgo de contagio en esta zona, evidentemente, de modo que si alguno de ustedes prefiere no entrar, mandaré a alguien que le acompañe a las duchas.

Todo el mundo parecía ansioso por penetrar en las entrañas del infierno. Bueno, puede que eso sea una exageración. Cruzamos una puerta roja con las palabras «Zona tres». Ahí, según nos contó Zollner, sus investigadores trabajaban con patógenos vivos: parásitos, virus, bacterias, hongos y demás porquerías. Nos mostró un laboratorio donde había una mujer sentada en un taburete, frente a una especie de hueco en la pared. Llevaba puesta una máscara y tenía las manos protegidas con guantes de látex. Frente a su cara había una pantalla de plástico, semejante a la que protege las ensaladas en los restaurantes, pero no manipulaba hojas de lechuga.

– Hay un respiradero en la abertura donde se encuentran los elementos patógenos -dijo Zollner-, de modo que el riesgo de que algo flote en la sala es reducido.

– ¿Por qué lleva ella una máscara y nosotros no? -preguntó Max.

– Buena pregunta -comenté.

– Ella está mucho más cerca de los agentes patógenos -respondió Zollner-. Si desean acercarse, les conseguiré unas máscaras.

– Paso -dije.

Los demás tampoco quisieron aproximarse.

El doctor Zollner se acercó a la mujer e intercambió con ella unas palabras inaudibles.

– Trabaja con el virus que causa la enfermedad de la lengua azul -dijo cuando se reunió de nuevo con nosotros-. Puede que me haya acercado demasiado -agregó al cabo de unos instantes, sacó la lengua, que estaba completamente azul, y bajó la mirada para examinarla-. ¡Dios mío…! ¿O será la tarta de arándanos que he comido de postre?

Soltó una carcajada y todos nos reímos. A decir verdad, aquel humor negro empezaba a perder la gracia, incluso para mí, a pesar de mi gran tolerancia para los chistes malos.

Abandonamos la sala.

Esa parte del edificio parecía menos frecuentada que la zona dos y las personas que vi tenían un aspecto menos alegre.

– Aquí no hay mucho que ver -dijo Zollner-, pero basta que yo lo diga para que el señor Corey insista en mirar todos los recovecos del lugar.

– Caramba, doctor Zollner, ¿le he dado pie para que diga esas cosas sobre mí?

– Sí.

– Bien, entonces veamos todos los recovecos del lugar.

Oí algunas quejas, pero el doctor Z dijo:

– Muy bien, síganme.

Pasamos la media hora siguiente examinando recovecos y la verdad es que en la zona tres todo parecía igual: sala tras sala, hombres y mujeres que examinaban preparaciones de limo, sangre y tejido de animales vivos y muertos a través de microscopios. Algunas de esas personas comían su almuerzo mientras manipulaban esas sustancias asquerosas.

Hablamos con otra docena de personas, aproximadamente, que conocían a Tom y Judy o habían trabajado con ellos y, si bien nos formábamos una idea cada vez más completa de su trabajo, no aprendíamos gran cosa respecto a su forma de pensar.

No obstante, me parecía un ejercicio útil. Me gusta grabar en mi cabeza el entorno del fallecido y luego, generalmente, se me ocurre algo brillante con lo que seguir. A veces, basta charlar tranquilamente con amigos, parientes y colegas para que surja alguna palabra que conduzca a la solución. Ocurre de vez en cuando.

– La mayoría de estos virus y bacterias no pueden cruzar la barrera entre especies -explicó Zollner-. Podrían beberse una probeta llena del virus de la glosopeda y lo único que haría sería revolverles el estómago, pero basta la cantidad que cabe en la punta de un alfiler para matar una vaca.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué? Porque la estructura genética del virus debe ser capaz de… bueno, de mezclarse con una célula para infectarla. Las células humanas no se mezclan con el virus de la glosopeda.

– Pero hay pruebas de que la enfermedad de las vacas locas ha infectado a algunos seres humanos -dijo Beth.

– Todo es posible. Ésa es la razón por la que tomamos muchas precauciones. Los bichos muerden.

En realidad, los bichos chupan.

– Aquí trabajamos con parásitos dijo Zollner cuando entramos en otra sala muy bien iluminada-. El peor son las larvas de Lucilia macellaria. Hemos encontrado una forma astuta de controlar esa enfermedad. Hemos descubierto que el macho y la hembra de Lucilia macellaria se aparean una sola vez en la vida, de modo que hemos esterilizado a millones de machos con rayos gamma y los hemos arrojado desde un avión sobre Centroamérica. Cuando el macho se aparea con la hembra no producen descendientes. Inteligente, ¿no les parece?

– ¿Pero queda la hembra satisfecha? -tuve que preguntar.

– Eso parece -respondió Zollner-; nunca vuelve a intentarlo.

– Hay otra forma de verlo -comentó Beth.

– Por supuesto -dijo él con una carcajada-. El punto de vista femenino.

Concluida la broma, observamos las larvas de Lucilia macellaria bajo el microscopio. Asquerosas.

Visitamos otros laboratorios y salas donde criaban y almacenaban horribles microbios y parásitos, así como toda clase de lugares extraños cuyo propósito y función apenas comprendía.

Recordé que mis amigos, Tom y Judy, cruzaban esas puertas y entraban en muchas de esas salas y laboratorios todos los días. Pero no por ello parecían deprimidos ni angustiados. Por lo menos a mi parecer.

– Esto es todo en la zona tres -dijo por fin el doctor Z-. Ahora debo preguntarles una vez más si desean proseguir. La zona cuatro es la más contaminada de todas las zonas, más incluso que la zona cinco. En la zona cinco se usa permanentemente un traje de protección bioquímica y un respirador, y se descontamina todo con frecuencia. En realidad, hay una ducha especial para dicha zona. Pero en la zona cuatro es donde verán a los animales en sus corrales, animales enfermos y moribundos, así como el incinerador y las salas de autopsia si lo desean. Por consiguiente, aunque clínicamente tratamos sólo patologías animales, aquí puede haber elementos patógenos flotando en el ambiente. Eso significa gérmenes en el aire -agregó.

– ¿Utilizaremos mascarillas? -preguntó Max.

– Si lo desean -respondió Zollner y miró a su alrededor-. Muy bien. Síganme.

Nos acercamos a otra puerta roja, sobre la que figuraban las palabras «Zona cuatro» y el símbolo de peligro biológico. Algún gracioso había pegado a la puerta una grotesca ilustración de una calavera y unos huesos cruzados, con una serpiente que salía de una de las ranuras del cráneo y penetraba en una de las cuencas oculares. Salía también una araña por su boca sonriente.

– Creo que Tom fue el responsable de esa cosa horripilante -dijo el doctor Zollner-. Los Gordon alegraban un poco este lugar.

– Eso parece.

Hasta que murieron.

Nuestro anfitrión abrió la puerta roja y entramos en una especie de antesala. En la pequeña sala había un carro metálico con una caja de guantes de látex y otra de mascarillas de papel.

– Para quien lo desee -dijo el doctor Z.

Eso era como decir que los paracaídas o los chalecos salvavidas eran optativos. La cuestión es: o son necesarios, o no lo son.

– No es obligatorio -aclaró Zollner-. En todo caso, luego nos ducharemos. Personalmente no me molesto en usar guantes o mascarilla. Demasiado engorroso. Pero puede que ustedes se sientan más cómodos.

Tuve la sensación de que nos retaba, como si dijera «Yo siempre tomo el atajo por el cementerio, pero si prefieres dar un rodeo, allá tú, debilucho».

– Esto no puede estar más sucio que mi cuarto de baño -dije.

– Probablemente está mucho más limpio -dijo el doctor Zollner y sonrió.

Al parecer nadie quiso que le tomaran por cobarde y practicar una buena profilaxis, que es como los pequeños microbios nos atrapan a fin de cuentas, de modo que cruzamos la segunda puerta roja y nos encontramos en una especie de pasillo gris, como en las demás zonas de biocontención. Sin embargo, aquí las puertas eran más anchas y tenían una barra metálica.

– Son puertas herméticas -explicó Zollner.

También me percaté de que en todas las puertas había una pequeña ventana y de la pared junto a las mismas colgaba una tablilla.

El doctor Zollner nos condujo a la puerta más cercana.

– Esto son todo corrales y todas sus puertas están provistas de ventanas -dijo-. Puede que lo que vean les inquiete o les revuelva el estómago. Por tanto no tienen por qué mirar -agregó antes de examinar la tablilla de fa pared y mirar luego por la ventana-. Fiebre equina africana. Este ejemplar no está muy mal. Sólo un poco lánguido. Mírenlo.

Todos nos turnamos para ver un hermoso caballo negro, encerrado en una celda como la de una cárcel. En efecto, el caballo parecía estar perfectamente, salvo que de vez en cuando se tambaleaba ligeramente como si respirara con dificultad.

– Todos los animales que están aquí han sido sometidos al reto de un virus o una bacteria -explicó Zollner.

– ¿Reto? -pregunté-. ¿Significa eso infección?

– Sí, aquí lo llamamos reto.

– ¿Qué ocurre luego? ¿Empeoran y entran en un modo involuntario de ausencia de respiración?

– Exacto. Enferman y mueren. Sin embargo, a veces los sacrificamos. Eso significa que los matamos antes de que la enfermedad haya recorrido su curso completo. Creo que a todos los que trabajan aquí les gustan los animales y ésa es la razón por la que hacen este trabajo. Nadie quiere verlos sufrir, pero si alguna vez vieran millones de vacas infectadas de glosopeda, comprenderían por qué es necesario aquí el sacrificio de unas docenas de ejemplares. Vamos -agregó después de colgar de nuevo la tablilla de la pared.

Había una gran madriguera de tristes salas y fuimos de corral en corral, donde diversos animales estaban más o menos cerca de la muerte. En uno de los corrales, la vaca se percató de nuestra presencia y se tambaleó hacia la puerta para ver cómo la observábamos.

– Este ejemplar está en malas condiciones. Un caso avanzado de glosopeda; ¿han visto cómo anda? -dijo el doctor Zollner-. Y fíjense en esas llagas que tiene en el hocico. En este estado el dolor le impide incluso comer. La saliva es tan espesa que parece una cuerda. Ésta es una enfermedad terrible y un viejo enemigo. Existen descripciones de la misma en narraciones antiguas. Como ya les he dicho, es una enfermedad sumamente contagiosa. En cierta ocasión, una erupción en Francia se extendió a Inglaterra por el aire a través del canal. Es uno de los virus más pequeños descubiertos hasta ahora y parece capaz de permanecer aletargado durante largos períodos de tiempo. Puede que algún día algo semejante experimente alguna mutación y empiece a infectar a los seres humanos… -añadió después de unos momentos de silencio.

Creo que a estas alturas todos habíamos sido sometidos a un reto mental y físico, como diría el doctor Z. En otras palabras, nuestras mentes estaban aturdidas y nuestros cuerpos adormecidos. Pero lo peor era que nuestros espíritus estaban abatidos y si yo tuviera alma estaría turbada.

– No puedo hablar por los demás -dije por fin-, pero yo he visto suficiente.

Los demás estuvieron de acuerdo.

Sin embargo, cometí la estupidez de expresar una última idea.

– ¿Podemos ver en lo que trabajaban los Gordon? Me refiero al Ébola de los simios.

El doctor Zollner movió la cabeza.

– Eso está en la zona cinco. Pero puedo mostrarles un cerdo africano con fiebre porcina -respondió después de reflexionar unos instantes-, que, al igual que el Ébola, es una fiebre hemorrágica. Muy parecida.

Nos condujo por otro pasillo y se detuvo frente a una puerta con el número 1.130.

– Este ejemplar está en las últimas… -dijo después de examinar la tablilla de la pared-, la etapa hemorrágica… habrá fallecido por la mañana… si muere antes de entonces, pasará a una cámara refrigerada, será disecado a primera hora de la mañana y luego incinerado. Ésta es una enfermedad aterradora, que ha aniquilado la población porcina de algunas partes de África. No existe ninguna vacuna ni tratamiento conocidos. Como ya les he dicho, es un pariente cercano del Ébola… Eche una ojeada -dijo después de mirarme, gesticulando hacia la ventana.

Me acerqué y miré. El suelo de la sala estaba pintado de color rojo, lo que al principio me sorprendió, aunque luego comprendí por qué. Cerca del centro había un cerdo enorme, tumbado en el suelo, casi inmóvil y vi la sangre alrededor de sus fauces, hocico e incluso orejas. A pesar del rojo del suelo, vi un charco de sangre en la parte posterior de su cuerpo.

– ¿Ve cómo sangra? -dijo el doctor Zollner a mi espalda-. La fiebre hemorrágica es terrible. Los órganos se desintegran… Ahora comprenderán por qué el Ébola es tan temible.

Vi un gran desagüe metálico en el centro del suelo con la sangre que fluía hacia él y no pude evitar sentirme en la alcantarilla de la calle Ciento Dos Oeste, cuando mi vida se escurría hacia las malditas cloacas y veía y sabía Cómo se sentía el cerdo al ver que se desangraba, oír el burbujeo de su propia sangre, los latidos en su pecho conforme disminuía la presión y al acelerar la respiración para intentar compensarlo, a sabiendas de que iba a cesar.

Oí la voz de Zollner en la lejanía.

– ¿Señor Corey? ¿Señor Corey? Puede retirarse de la ventana. Deje que los demás echen una ojeada. ¿Señor Corey?

Capítulo 13

– No queremos que ningún virus ni ninguna bacteria se traslade a tierra firme -declaró redundantemente el doctor Zollner.

Nos desnudamos, dejamos las batas y las zapatillas en una cesta y arrojamos la ropa interior de papel a un cubo de basura.

Yo no estaba plenamente concentrado y me limitaba a hacer lo mismo que los demás.

Max, Nash, Foster y yo seguimos al doctor Z a las duchas, donde nos lavamos el pelo con un champú especial y nos limpiamos las uñas con un cepillo y desinfectante. Nos enjuagamos la boca con un líquido horrible y lo escupimos. Yo no dejé de enjabonarme y frotarme hasta que finalmente Zollner me llamó la atención.

– Ya basta. Cogerá una neumonía y se morirá -dijo con una carcajada.

Después de secarme arrojé la toalla a una cesta y me dirigí a mi taquilla desnudo, libre de gérmenes e impecablemente limpio, por lo menos exteriormente.

Salvo los individuos con los que había entrado, no había nadie a la vista. Ni siquiera el celador. Comprendí que alguien podía sacar clandestinamente algo con suma facilidad y llevárselo al vestuario. Pero no creía que eso hubiera sucedido, de modo que no importaba que fuera posible o dejara de serlo.

Zollner había desaparecido y regresó con las llaves de las taquillas, que distribuyó. Abrí la mía y empecé a vestirme. Alguien sumamente considerado, con toda probabilidad el señor Stevens, había tenido la amabilidad de lavar mi pantalón corto y retirar distraídamente la arcilla roja de mi bolsillo. Qué le vamos a hacer. Otra vez será, Corey.

Examiné mi treinta y ocho y parecía que estaba bien, pero uno nunca sabe cuándo algún gracioso le limará el percutor, obturará el cañón o vaciará la pólvora de las balas. Decidí que en casa examinaría detenidamente el arma y la munición.

– Toda una experiencia -dijo Max, cuya taquilla estaba junto a la mía.

Asentí y le pregunté:

– ¿Te sientes ahora mejor, viviendo a sotavento de Plum Island?

– ¡Joder! Me siento de maravilla.

– Me ha impresionado la sección de biocontención -dije-. Lo último en tecnología.

– Sí, pero pienso en la posibilidad de un huracán o de un ataque terrorista.

– El señor Stevens protegerá Plum Island de un ataque terrorista.

– Sí. ¿Y qué me dices de un huracán?

– El mismo procedimiento que en un ataque nuclear: te agachas, colocas la cabeza entre las piernas y te despides del culo con un beso.

– Claro -respondió y me miró-. Por cierto, ¿te sientes bien?

– Por supuesto.

– Ahí dentro parecía que estabas en las nubes.

– Cansado. Me cuesta respirar.

– Me siento responsable por haberte metido en esto.

– Me pregunto por qué.

– Si logras ligarte a esa estrecha, me deberás una. -Sonrió.

– No sé de qué hablas -respondí, me puse las zapatillas y me levanté-. Debes de ser alérgico al jabón -agregué-. Tienes la cara cubierta de manchas.

– ¿Cómo? -exclamó llevándose las manos a las mejillas y buscando el espejo más próximo, donde se examinó minuciosamente-. ¿De qué diablos estás hablando? Mi piel está perfecta.

– Debe de ser efecto de la luz.

– Déjate de tonterías, Corey. No tiene ninguna gracia.

– Tienes razón -respondí y me acerqué a la puerta del vestuario, donde esperaba el doctor Z-. A pesar de mis malos modales, me ha impresionado mucho cómo trabaja y le doy las gracias por el tiempo que nos ha dedicado.

– He disfrutado de su compañía, señor Corey. Lamento haberle conocido en estas tristes circunstancias.

Se acercó George Foster y se dirigió al doctor Zollner.

– Le aseguro que escribiré un informe favorable respecto a sus procedimientos de biocontención.

– Gracias.

– Pero creo que la seguridad del perímetro podría mejorar y propondré que se haga un estudio.

Zollner asintió.

– Afortunadamente, parece que los Gordon no robaron ninguna sustancia peligrosa y si sustrajeron algo, fue una vacuna experimental -agregó Foster.

El doctor Zollner asintió de nuevo.

– Recomendaré que se instale permanentemente un destacamento de marines en Fort Terry -concluyó Foster.

Yo estaba ansioso por salir del vestuario anaranjado y ver el sol. Me acerqué a la puerta y los demás me siguieron.

Al llegar al amplio y resplandeciente vestíbulo, el doctor Z miró a su alrededor en busca de Beth, sin haber comprendido todavía.

Luego nos dirigimos al mostrador de recepción, donde cambiamos nuestras tarjetas de identificación de plástico blanco por las azules originales.

– ¿Hay alguna tienda donde podamos comprar recuerdos y camisetas? -le pregunté a Zollner.

– No -rió el doctor-, pero lo propondré en Washington. Entretanto, dé gracias a Dios por no haber atrapado otro recuerdo.

– Gracias, doctor.

– Pueden coger el transbordador de las cuatro menos cuarto si lo desean o regresar a mi despacho si hay algo más que hablar -dijo el doctor Zollner después de consultar su reloj.

Me apetecía volver a las baterías y explorar los pasajes subterráneos, pero consideré que si lo sugería, tendría ante mí un motín. Además, para ser sincero, no estaba en condiciones de hacer otra excursión por la isla.

– Esperaremos a la jefa -respondí-. Sin ella no tomamos ninguna decisión importante.

El doctor Z asintió y sonrió.

Tuve la impresión de que Zollner no estaba particularmente preocupado por nada de lo que sucedía, que se cuestionara su seguridad o sus procedimientos de biocontención, ni siquiera le inquietaba la posibilidad de que sus dos científicos estelares hubieran robado algo bueno y valioso, o algo nocivo y mortífero. Se me ocurrió que no estaba preocupado porque, aunque hubiera metido la pata, o pudiera considerársele responsable del error de otro, se le había eximido ya de toda culpa; había llegado a un acuerdo con el gobierno y cooperaba en la operación de encubrimiento, a cambio de salir inmune de la situación. También existía la posibilidad, aunque remota, de que el doctor Z hubiera asesinado a los Gordon o supiera quién lo había hecho. Para mí, todos los que estaban cerca de los Gordon eran sospechosos.

Beth salió del vestuario femenino y se reunió con nosotros en la recepción. Comprobé que no se había maquillado del todo y sus mejillas brillaban con un nuevo frescor.

Efectuó el cambio de tarjeta y el doctor Zollner repitió sus ofertas y nuestras opciones.

– Yo ya he visto suficiente -respondió después de mirarnos-, a no ser que alguien quiera examinar los bunkers subterráneos o alguna otra cosa.

Todos movimos la cabeza.

– Nos reservamos el derecho a visitar de nuevo la isla, en cualquier momento, hasta la conclusión de este caso -dijo dirigiéndose al doctor Zollner.

– En lo que a mí concierne pueden venir cuando lo deseen -respondió el doctor-. Pero no soy yo quien lo decide.

Se oyó una bocina en el exterior y miré por la puerta de cristal. En la puerta había un autobús blanco, al que subían varios empleados.

– Disculpen que no les acompañe al transbordador -dijo el doctor Z.

Nos estrechó a todos la mano y se despidió calurosamente sin el menor indicio de alivio. Un auténtico caballero.

Salimos al sol y respiramos toneladas de aire fresco antes de subir al autobús. El conductor era un agente de seguridad y supongo que nuestro vigilante.

Había sólo seis empleados en el vehículo y no reconocí a ninguno de ellos de nuestra visita.

En cinco minutos, el autobús llegó al muelle y se detuvo.

Todos nos apeamos para dirigirnos al transbordador azul y blanco, The Plum Runner. Entramos en la cabina principal, sonó la sirena y el buque soltó amarras.

Los cinco permanecimos de pie, charlando. Uno de los tripulantes, un curtido caballero, se nos acercó para recoger los pases.

– ¿Les ha gustado la isla del doctor Moreau?

La referencia literaria por parte de un viejo marino me desconcertó. Charlamos con él un minuto y descubrimos que se llamaba Pete. También nos dijo que le apenaba bastante lo sucedido a los Gordon.

Después de disculparse, subió por la escalera que conducía a la cubierta superior y al puente. Le seguí.

– ¿Dispone de un minuto? -pregunté antes de que abriera la puerta del puente.

– Desde luego.

– ¿Conocía usted a los Gordon?

– Por supuesto. Nos desplazamos juntos en este barco intermitentemente durante dos años.

– Me habían dicho que utilizaban su propio barco para desplazarse.

– Algunas veces. Bonito barco el Fórmula 303. Dos motores Mercedes. Veloz como el viento.

– ¿Es posible que transportaran drogas en esa embarcación? -pregunté sin tapujos.

– ¿Drogas? Imposible. Eran incapaces de encontrar una isla y mucho menos un barco de contrabando.

– ¿Cómo lo sabe?

– De vez en cuando hablábamos de barcos. Sus conocimientos de navegación eran inexistentes. ¿Sabe que ni siquiera llevaban instrumentos de navegación a bordo?

Después de mencionarlo Pete, recordé que no había visto equipos de navegación por satélite en el barco y, para hacer contrabando de drogas, son indispensables.

– Puede que le engañaran. Tal vez eran los mejores navegantes después de Magallanes.

– ¿Quién?

– ¿Por qué supone que no sabían navegar?

– Intenté convencerlos para que participaran en la carrera del Escuadrón de Velocidad, ¿comprende?, pero no estaban interesados.

Pete era un poco duro de entendederas y lo intenté de nuevo.

– Tal vez fingían que no sabían navegar para que nadie sospechara que hacían contrabando de drogas.

– ¿Usted cree? -dijo mientras se rascaba la cabeza-. Quizá, pero no lo creo. No les gustaba el mar abierto. Si estaban en su barco y veían el transbordador, se situaban a sotavento y no nos abandonaban en todo el camino. Nunca perdían de vista la costa, ¿le parece propio de un contrabandista de drogas?

– Supongo que no. Entonces, dígame, Pete, ¿quién los asesinó y por qué?

Movió exageradamente la cabeza antes de responder.

– Yo qué sé.

– Sabe que ha pensado en ello, Pete. ¿Quién y por qué? ¿Qué fue lo primero que se le ocurrió? ¿Qué comentaba la gente?

Pete farfulló y refunfuñó antes de responder.

– Supongo que pensé que habían robado algo del laboratorio, algo que podría destruir el mundo, y que iban a vendérselo a algún extranjero o algo por el estilo, pero luego el trato no funcionó y los eliminaron.

– ¿Y ahora ya no lo cree?

– Bueno, he oído otra cosa.

– ¿Qué?

– Que habían robado una vacuna que vale millones -respondió mirándome-. ¿Es cierto?

– Lo es.

– Querían darse prisa en enriquecerse y, en su lugar, se han dado prisa en morirse.

– El precio del pecado es la muerte.

– Sí -respondió Pete, se disculpó y entró en el puente.

Era curioso, pensé, que Pete y probablemente todos los demás, incluido un servidor, reaccionáramos inicialmente del mismo modo ante la muerte de los Gordon. Luego, en segundo lugar, se me ocurrió lo de las drogas. Ahora lo atribuíamos a una vacuna. Pero a veces, la primera reacción, la espontánea, es la correcta. En todo caso, lo que las tres teorías tenían en común era el dinero.

Permanecí en cubierta y observé cómo se alejaba la orilla de Plum Island. El sol estaba todavía alto en el oeste y me producía una sensación agradable en la piel. Disfrutaba del viaje, del olor del mar e incluso del movimiento del barco. Tuve la desconcertante sensación de estar convirtiéndome en un lugareño. El siguiente paso sería comer almejas, fueran lo que fuesen.

Beth Penrose subió a cubierta y contempló un rato la estela, luego se apoyó en el pasamano, con el sol en la cara.

– Tú pronosticaste lo que Zollner nos contaría -dije.

– Tiene sentido -asintió-, cuadra con los hechos, resuelve el problema que teníamos en creer que los Gordon eran capaces de robar organismos mortíferos y también el de suponer que hacían contrabando de drogas. Los Gordon robaron algo bueno, algo rentable. Dinero. El dinero como motivo. El oro seductor de los santos, como dijo Shakespeare.

– Creo que ya he tenido suficiente Shakespeare para el resto del año -respondí antes de reflexionar unos instantes-. No comprendo por qué no se me ocurrió… Estábamos tan obsesionados con eso de la plaga que no pensamos en los antídotos: vacunas, antibióticos, antivíricos y todo lo demás. Eso es lo que estudian los científicos en Plum Island y eso fue lo que robaron los Gordon. Maldita sea, me estoy volviendo torpe.

– Pues para serte sincera -dijo Beth sonriendo-, yo empecé a pensar en las vacunas anoche y, cuando Stevens mencionó la vacuna de la glosopeda, supe hacia dónde nos encaminábamos.

– Claro. Ahora todos podemos descansar tranquilos. Sin pánico ni histeria ni alarma nacional. Creía que todos habríamos muerto antes del día de Todos los Santos.

Nos miramos y ella dijo:

– Todo es mentira, evidentemente.

– Sí. Pero una mentira realmente convincente. Una mentira que elimina la presión sobre Plum Island y sobre los federales en general. Entretanto, el FBI y la CIA pueden trabajar discretamente en el caso sin nuestra intromisión ni la de la prensa. A ti, a Max y a mí se nos ha eliminado de la parte del caso que concierne a Plum Island.

– Exactamente. Pero todavía nos queda por resolver un doble asesinato. Por nuestra cuenta.

– Tienes razón -respondí- y creo que echaré de menos a Ted Nash.

– Yo no me enfrentaría a un hombre como ése -dijo Beth con toda seriedad después de brindarme una sonrisa.

– Que lo zurzan.

– Así que eres un tipo duro.

– Recibí diez balazos y acabé de tomarme el café antes de ir andando al hospital.

– Fueron tres, pasaste un mes en el hospital y todavía no te has recuperado del todo.

– Has estado hablando con Max. Maravilloso.

No respondió. Había comprobado que raramente mordía el anzuelo. Debía recordarlo.

– ¿Qué te ha parecido Stevens? -preguntó Beth.

– El hombre indicado para su trabajo.

– ¿Miente?

– Por supuesto.

– ¿Y Zollner?

– Me ha gustado.

– ¿Miente?

– No de un modo natural como Stevens, pero le han escrito un guión y lo ha ensayado.

– ¿Está asustado? -preguntó después de asentir.

– No.

– ¿Por qué no?

– No tiene por qué estarlo; todo está bajo control. Stevens y Zollner han hecho sus tratos con el gobierno.

– Ésa ha sido mi impresión -asintió Beth-. La tapadera se concibió, se escribió y se dirigió durante las últimas horas de anoche y las primeras de esta madrugada. En Washington y en Plum Island no se han apagado las luces en toda la noche. Esta mañana hemos presenciado la obra.

– Efectivamente -respondí-. Ya te advertí que desconfiaras de esos dos payasos.

Ella asintió de nuevo.

– Nunca me he encontrado en una situación en la que no pudiera confiar en la gente con quien trabajaba -dijo luego.

– Yo sí. Es un verdadero reto. Hay que vigilar lo que uno dice, protegerse, tener ojos en la nuca, olfatear las ratas y prestar atención a lo que se calla.

– ¿Te sentías bien ahí dentro? -preguntó después de echarme una ojeada.

– Estoy perfectamente.

– Deberías descansar.

– Nash la tiene diminuta -dije sin preocuparme de su consejo.

– Gracias por compartir esa información conmigo.

– Bueno, quería que lo supieras porque vi que te interesabas por él y no quería que perdieras el tiempo con un individuo que tiene un tercer meñique entre las piernas.

– Muy considerado por tu parte. ¿Por qué no te ocupas de tus propios asuntos?

– De acuerdo.

El mar se picó un poco en medio del canal y me sujeté al pasamano. Miré a Beth, que tenía ahora los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás para aprovechar los pocos rayos ultravioleta. Puede que haya mencionado que tenía un rostro estilo cupido, ingenuo y sensual a la vez. Poco más de treinta años, como dije, y casada una vez, como dijo ella. Me pregunté si su ex marido era policía, si él detestaba que ella lo fuera, o qué problema habían tenido. Las personas de su edad llevan cierto bagaje, las de la mía, un almacén lleno de contenedores.

– ¿Qué harías si te declararan inútil? -preguntó sin abrir los ojos.

– No lo sé -respondí antes de pensarlo-. Max me ofrecería trabajo.

– ¿No se supone que no debes realizar trabajos policiales si te han declarado inútil?

– Supongo que no. No sé lo que haría. Manhattan es caro, allí es donde vivo. Creo que debería mudarme. Puede que me trasladara aquí.

– ¿Qué harías aquí?

– Cultivar vino.

– Uvas. Se cultivan las uvas, el vino se elabora.

– Eso.

Abrió sus ojos azul verdoso y me miró. Se cruzaron nuestras miradas, buscaron, penetraron y todo lo demás. Luego cerró de nuevo los ojos.

Durante un minuto guardamos silencio.

– ¿Por qué no creemos que los Gordon robaron una vacuna milagrosa para ganar una fortuna? -preguntó después de volver a abrirlos.

– Porque eso deja demasiadas preguntas sin respuesta. En primer lugar, ¿qué me dices de la lancha? No se necesita un barco de cien mil dólares para hacer un solo viaje de contrabando con la vacuna mágica, ¿no te parece?

– Tal vez sabían que robarían la vacuna y, puesto que podrían permitírselo a la larga, disfrutarían entretanto. ¿Cuándo compraron el barco?

– En abril del año pasado -respondí-. Inmediatamente antes de que empezara la temporada de navegación. Diez mil de entrada y el resto a plazos.

– ¿Qué otra razón tenemos para no creer en la versión de Plum Island?

– ¿Por qué tendrían que matar a dos personas los clientes de esa vacuna? Especialmente, si la persona o personas del jardín de los Gordon no podían estar seguros del contenido de la nevera.

– En cuanto a los asesinatos -dijo Beth-, ambos sabemos que la gente mata por razones insignificantes. Respecto al contenido de la nevera… ¿no podían haber tenido los Gordon algún cómplice en Plum Island que cargara la vacuna en su barco? La persona de la isla podía haber llamado a la persona o personas que esperaban a los Gordon y advertirles que la mercancía estaba de camino. Piensa en posibles cómplices en Plum Island: el señor Stevens, el doctor Zollner, la doctora Chen, Kenneth Gibbs o cualquier otra persona de la isla.

– De acuerdo… lo pondremos en el saco de las pistas.

– ¿Algo más? -preguntó Beth.

– No soy un experto en geopolítica, pero el Ébola es bastante inusual y las probabilidades de que la Organización Mundial de la Salud o los gobiernos de los países africanos afectados se interesen por grandes cantidades de ese material parecen bastante remotas. La gente muere en África de toda clase de enfermedades evitables, como la malaria y la tuberculosis, y nadie les compra cientos de millones de dosis.

– Desde luego, pero nosotros desconocemos los tejemanejes del comercio de medicamentos, ya sean robados, mercado negro, imitaciones, etcétera.

– De acuerdo, ¿pero no te parece inverosímil que los Gordon robaran esa vacuna?

– No -respondió Beth-. Me parece factible. Pero tengo la sensación de que es mentira.

– Exactamente. Una mentira factible.

– Una mentira fenomenal.

– Desde luego -afirmé-. Una mentira fenomenal que cambia el caso.

– Sin lugar a dudas. ¿Qué más?

– Bueno, tenemos las cartas de navegación -respondí-. No contienen gran cosa, pero me gustaría saber qué significa el número 44106818.

– Bien. ¿Y qué me dices de la arqueología en Plum Island?

– Desde luego eso ha sido toda una sorpresa para mí y plantea toda clase de incógnitas.

– ¿Por qué nos ha facilitado Paul Stevens esa información?

– Porque es del dominio público y no tardaríamos en averiguarlo.

– Claro. ¿Cuál es el significado del material arqueológico?

– No tengo la menor idea -respondí-. Pero no tiene nada que ver con la ciencia de la arqueología. Era una tapadera para algo, un pretexto para visitar lugares remotos de la isla.

– O puede que no signifique nada.

– Es posible. Pero luego tenemos la arcilla roja que vi en las zapatillas de los Gordon y luego en Plum Island. En el camino del laboratorio principal al aparcamiento, luego al autobús y a continuación al muelle no hay ningún lugar donde se pueda pisar arcilla roja.

– Supongo que recogiste una muestra cuando fuiste a orinar.

– Por supuesto. -Sonreí-. Pero, cuando regresé a mi taquilla, alguien había tenido la amabilidad de lavarme los pantalones.

– Ojalá hubieran lavado los míos -bromeó ella.

Ambos nos reímos.

– Pediré muestras de tierra -dijo Beth-. Pueden descontaminarlas si insisten en su política de No Retorno. He comprobado que eres partidario de la acción directa -agregó-, como apropiarte de los extractos financieros, robar tierra del gobierno y quién sabe qué otras cosas habrás hecho. Deberías aprender a seguir los protocolos y los procedimientos establecidos, detective Corey; especialmente, porque ésta no es tu jurisdicción ni tu caso. Vas a tener problemas y no me la jugaré por ti.

– Por supuesto que lo harás. A propósito, suelo ser bastante respetuoso con las normas relativas a las pruebas, los derechos de los sospechosos, la estructura de mando y toda esa mierda cuando sólo se trata de homicidios corrientes. Éste podía haber sido, o puede que todavía lo sea, la plaga que acabe con todas las plagas, de modo que he tomado algunos atajos. El tiempo es esencial, la teoría de la persecución implacable y todo lo demás. Si salvo el planeta, seré un héroe.

– Actuarás según las normas y seguirás los procedimientos establecidos. No hagas nada que pueda comprometer una acusación o una condena en el caso.

– Tranquilízate, no tenemos siquiera medio sospechoso y ya estás ante los tribunales.

– Así es como yo trabajo.

– Creo que aquí ya he hecho todo lo que he podido. Dimito como asesor de homicidios de esta ciudad.

– No te enfurruñes -titubeó-. Quiero que te quedes. Puede que incluso aprenda algo de ti.

Evidentemente nos gustábamos, a pesar de ciertos choques y confusiones, ciertas diferencias de opinión, distintos temperamentos, diferencias de edad y de formación, así como, probablemente, de grupo sanguíneo, gustos musicales y Dios sabe qué más. En realidad, si lo pensaba, no teníamos nada en común salvo el trabajo y ni siquiera en eso lográbamos ponernos de acuerdo. No obstante, estaba enamorado. Bueno, de acuerdo, era lujuria. Pero una lujuria significativa. Me sentía firmemente comprometido con esa lujuria.

Nos miramos de nuevo y una vez más sonreímos. Era una bobada, realmente estúpido. Me sentía como un imbécil. Era tan exquisitamente hermosa… Me encantaba su voz, su sonrisa, su cabello cobrizo a la luz del sol, sus movimientos, sus manos… y olía de nuevo a jabón de la ducha. Adoraba ese olor; relacionaba el jabón con el sexo. Es una larga historia.

– ¿Qué terreno inútil? -pregunto finalmente Beth.

– ¿Cómo? Ah, claro. Los Gordon.

Le hablé del asiento en su talonario y de mi conversación con Margaret Wiley.

– No soy del campo, pero no creo que la gente sin dinero se gaste veinticinco de los grandes sólo para poseer sus propios árboles a los que abrazarse.

– Es extraño -reconoció Beth-, pero la tierra es algo emotivo. Mi padre fue uno de los últimos agricultores en el oeste del condado de Suffolk, rodeado de subdivisiones a diferentes niveles. Amaba su tierra, pero el campo había cambiado; los bosques, los arroyos y los demás agricultores habían desaparecido. Vendió su propiedad, pero ya no volvió a ser el mismo, ni siquiera con un millón de dólares en el banco.

»Supongo que deberíamos hablar con Margaret Wiley -prosiguió después de unos momentos de silencio- y ver ese terreno, aunque no creo que sea significativo para el caso.

– Creo que el hecho de que los Gordon nunca me mencionaran que poseían un terreno es significativo. Igual que las excavaciones arqueológicas. Las cosas que no tienen sentido exigen una explicación.

– Gracias, detective Corey.

– No pretendo darte lecciones -respondí-, pero doy clases en John Jay y de vez en cuando se me escapa alguna frase.

– Nunca sé si me estás tomando el pelo -dijo después de mirarme unos instantes.

En realidad, lo que deseaba era jugar con su pelo, pero alejé el pensamiento de mi mente.

– Realmente doy clases en John Jay.

Se trata del Colegio de Justicia Criminal John Jay en Manhattan, uno de los mejores del país en su género, y supongo que Beth tenía un problema de credibilidad respecto a John Corey como profesor.

– ¿De qué das clases? -preguntó.

– Te aseguro que no de las normas sobre pruebas, de los derechos de los sospechosos, ni de nada por el estilo.

– Claro está.

– Doy clases de investigación práctica de homicidios. Escenarios del crimen y cosas semejantes. Los viernes por la noche. Es la mejor noche para los misterios sobre asesinatos. Te invito a que asistas si algún día vuelvo. Tal vez en enero.

– Puede que lo haga.

– Ven temprano. La clase está siempre llena; soy muy divertido.

– Estoy segura.

Y yo estaba seguro de que la señora Beth Penrose por fin pensaba en eso. Eso.

El transbordador reducía la velocidad al acercarse al muelle.

– ¿Has hablado ya con los Murphy? -pregunté.

– No. Max lo ha hecho. Yo pienso hacerlo hoy.

– Bien. Iré contigo.

– Creí que dimitías.

– Mañana.

Sacó su cuaderno del bolso y empezó a hojearlo.

– Necesito las copias de ordenador que has tomado prestadas -dijo.

– Están en mi casa.

– De acuerdo -respondió y luego siguió mirando su cuaderno-. Llamaré a los especialistas en huellas dactilares y al forense. Además, he solicitado una orden a la fiscalía para investigar las llamadas telefónicas de los Gordon durante los dos últimos años.

– Bien. Consigue también una lista de los propietarios de pistolas registrados en el municipio de Southold.

– ¿Crees que el arma homicida puede ser una pistola registrada en la localidad? -preguntó.

– Tal vez.

– ¿Por qué lo supones?

– Una corazonada. Entretanto, que sigan dragando y buceando en busca de las balas.

– Lo hacen, pero será difícil llegar al fondo de la cuestión. Con perdón por el juego de palabras.

– Tengo mucha tolerancia con los juegos de palabras.

– Me pregunto por qué.

– Además, si consigues una lista del armamento de Plum Island, asegúrate de que sea el condado y no el FBI quien realice las pruebas balísticas.

– Lo sé.

Detalló otro montón de cosas que era preciso hacer y comprobé que tenía una mente clara y ordenada. También era intuitiva e inquisitiva. A mi parecer, sólo le faltaba experiencia para ser realmente una buena detective. Para convertirse en una gran detective debía aprender a relajarse, a lograr que la gente hablara con libertad y en demasía. Pecaba ligeramente de severa y decidida, de modo que la mayoría de los testigos, por no mencionar a los colegas, se ponían a la defensiva.

– Relájate.

– ¿Cómo dices? -preguntó después de levantar la mirada de su cuaderno.

– Relájate.

– Estoy un poco angustiada con este caso -respondió después de unos momentos de silencio.

– Todo el mundo lo está. Relájate.

– Lo intentaré. -Sonrió-. Puedo hacer imitaciones. Podría imitarte a ti. ¿Quieres verlo?

– No.

Dejó caer los hombros, empezó a moverse, se metió una mano en el bolsillo mientras se rascaba el pecho con la otra y comenzó a hablar en un tono grave con acento neoyorquino.

– Eh, bueno, ¿qué coño pasa con este caso? ¿Me oyes? ¿Qué pasa con ese tío, Nash? ¿Eh? Ese tío no distingue una pizza de una vaca. Tiene tanto cerebro como un saco de arena. ¿Me oyes? Ese tío…

– Gracias -interrumpí fríamente.

– Relájate -exclamó Beth después de soltar una carcajada.

– Yo no hablo con ese acento neoyorquino tan exagerado.

– Bueno, aquí lo parece.

Estaba un poco molesto pero también un poco divertido, supongo.

Pasamos varios minutos en silencio.

– Creo que este caso ya no llama tanto la atención y eso es bueno -comenté al rato.

Beth asintió.

– Menos personas con las que tratar -proseguí-. Ningún federal, ningún político, ningún periodista, ni te mandarán más ayuda de la que necesites. Cuando resuelvas el caso serás una heroína.

– ¿Crees que lo resolveremos? -preguntó después de mirarme prolongadamente.

– Por supuesto.

– ¿Y si no lo hacemos?

– Para mí no hay nada en juego. Sin embargo, en lo que a ti concierne, supondrá un problema en tu carrera.

– Gracias.

El transbordador rozó las defensas del muelle y los marineros arrojaron dos cabos.

– De modo que además de la posibilidad de gérmenes nocivos y drogas, ahora tenemos la posibilidad de algún buen medicamento -dijo como si hablara para sí-, sin olvidar que Max declaró a la prensa que se trataba del doble asesinato de unos propietarios que habían sorprendido a un ladrón al regresar a su casa. ¿Y sabes lo que te digo? Podría ser cierto.

– Hay otra posibilidad, que no debes repetir a nadie -respondí después de mirarla-. Imagina que Tom y Judy Gordon supieran algo que no deberían haber sabido o que hubieran visto algo que no deberían haber visto. Imagina que alguien como el señor Stevens, o tu amigo el señor Nash, los hubiera eliminado. Imagínatelo.

– Suena como una mala película -dijo después de un prolongado silencio-. Pero me lo pensaré.

– Todos a tierra -exclamó Max desde la cubierta inferior.

– ¿Cuál es el número de tu móvil? -preguntó Beth después de dirigirse hacia la escalera.

Se lo di.

– Nos separaremos en el aparcamiento y te llamaré dentro de unos veinte minutos -agregó.

Nos reunimos con Max, Nash y Foster en la cubierta de popa y desembarcamos con los seis empleados de Plum Island. Había sólo tres personas en el muelle para el viaje de regreso a la isla y pensé una vez más en el aislamiento de Plum Island.

– Estoy satisfecho de que se haya aclarado el aspecto más preocupante de este caso -dijo a todos los presentes el jefe Sylvester Maxwell, del Departamento de Policía de Southold, al llegar al aparcamiento-. Puesto que yo tengo otras obligaciones que atender, dejo que la detective Penrose se ocupe de todo lo concerniente a los asesinatos.

– Parece que se ha robado algo que pertenece al gobierno, así que el FBI continuará investigando el caso -declaró el señor Foster-. Hoy regresaré a Washington para presentar mi informe. La oficina local del FBI tomará el mando del caso y alguien se pondrá en contacto con usted, jefe. O con usted -agregó después de mirar a Beth- o con sus superiores.

– Bien, parece que ahora me toca a mí -dijo la detective Elizabeth Penrose, del Departamento de Policía del condado de Suffolk-. Gracias a todos por su ayuda.

Estábamos listos para marcharnos, pero a Ted y a mí nos faltaba todavía intercambiar algunos cumplidos. Ted tomó la iniciativa.

– Espero sinceramente que volvamos a vernos, detective Corey.

– Estoy seguro de que lo haremos, Ted. La próxima vez intente hacerse pasar por mujer; seguramente le será más fácil que fingir ser funcionario de agricultura.

– Por cierto, había olvidado mencionar que conozco a su jefe, el teniente Wolfe -dijo después de mirarme fijamente.

– El mundo es un pañuelo. Él también es un cretino. Pero no olvide hablarle bien de mí, ¿de acuerdo, amigo?

– Tenga la seguridad de que le mandaré recuerdos suyos y le diré que parece estar en buena forma para reincorporarse al trabajo.

– Han sido unas veinticuatro horas intensas e interesantes -interrumpió Foster, como de costumbre-. Creo que esta combinación de fuerzas puede sentirse orgullosa del resultado alcanzado y tengo la seguridad de que la policía local conducirá este caso a una feliz conclusión.

– En resumen -dije yo-, muchas horas, buen trabajo y buena suerte.

Todos se estrechaban las manos, incluso yo, aunque no sabía si me había quedado sin empleo, si es que alguna vez lo había tenido. En todo caso, nos despedimos brevemente sin que nadie se pusiera sentimental, prometiera escribir o verse de nuevo, y sin besos, abrazos ni nada por el estilo. A los pocos minutos, Max, Beth, Nash y Foster habían subido a sus respectivos coches y habían desaparecido. Yo me quedé solo en el aparcamiento hurgándome la nariz. Asombroso. Anoche todo el mundo creía que había llegado el apocalipsis, que el jinete de la muerte había emprendido su terrible carrera. Sin embargo, ahora, a nadie le importaban un rábano los dos ladrones de vacunas que yacían en el depósito de cadáveres.

Empecé a caminar hacia mi coche. ¿Quién estaba involucrado en la tapadera? Evidentemente, Ted Nash y su gente, así como George Foster, ya que estaba con Nash y los cuatro individuos trajeados que habían viajado en el transbordador anterior y desaparecido en un Caprice negro. Probablemente, también lo estaba Paul Stevens y el doctor Zollner.

Estaba seguro de que ciertas secciones del gobierno federal habían organizado una tapadera suficientemente satisfactoria para los medios de comunicación, para el país y para el mundo en general. Pero no lo era para los detectives John Co- rey y Elizabeth Penrose. No señor, no lo era. Me pregunté si Max se lo habría tragado. Por regla general, la gente desea creer en las buenas noticias y Max era tan paranoico con los gérmenes, que realmente anhelaba creer que Plum Island despedía a la atmósfera antibióticos y vacunas. Debería hablar con Max. Tal vez.

La otra cuestión era que si encubrían algo, ¿de qué se trataba? Se me ocurrió que tal vez no supieran lo que ocultaban. Necesitaban convertir aquel caso sensacionalista y aterrador en un vulgar robo y debían hacerlo con rapidez para evitar el interés general. Ahora podían empezar a averiguar qué diablos ocurría. Puede que Nash y Foster supieran tan poco como yo sobre la razón por la que los Gordon habían sido asesinados.

Segunda teoría: sabían por qué y quién había asesinado a los Gordon y puede, incluso, que hubieran sido ellos mismos. Realmente, no sabía quiénes eran esos dos payasos.

Con esas ideas de conspiración en mi mente, recordé lo que Beth había dicho respecto a Nash…. Yo no me enfrentaría a un hombre como ése.

Me detuve a unos veinte metros de mi Jeep y miré a mi alrededor.

Ahora había unos cien coches de empleados de Plum Island en el aparcamiento del transbordador, pero no había nadie a la vista. Me situé tras una furgoneta y saqué el llavero. Otra característica de mi vehículo de cuarenta mil pavos era el mando de arranque a distancia. Pulsé la secuencia indicada, dos pulsaciones largas y una corta, y esperé la explosión. No estalló; el motor arrancó. Lo dejé funcionando un minuto antes de acercarme y subirme.

Me pregunté si estaba exagerando ligeramente las precauciones. Supongo que si mi vehículo hubiera estallado, la respuesta habría sido no. Siempre he considerado que más vale prevenir que curar. Hasta que descubriera la identidad del asesino ó asesinos, mi norma sería la paranoia.

Capítulo 14

Me dirigí al oeste por la carretera principal, con el ronroneo del motor, una buena música en la radio, sucesivas escenas rurales, un cielo azul, gaviotas; lo mejor que puede ofrecer el tercer planeta a partir del sol.

Sonó el teléfono del coche y contesté:

– Servicio de semental. ¿En qué puedo servirle?

– Reúnete conmigo en la residencia de los Murphy -dijo la detective Penrose.

– Me parece que no -respondí.

– ¿Por qué no?

– Creo que me han despedido. Si no es así, dimito.

– Se te ha contratado por semanas. Debes terminar los siete días.

– ¿Quién lo dice?

– En casa de los Murphy -se limitó a decir antes de colgar.

Detesto a las mujeres mandonas. No obstante, conduje veinte minutos hasta la casa de los Murphy y vi a la detective Penrose frente a la residencia, sentada en su Ford LTD negro sin distintivos.

Aparqué mi Jeep a varias casas de distancia, paré el motor y me apeé. A la derecha de la casa de los Murphy, el escenario del crimen seguía precintado y había un agente de la policía de Southold en la puerta. El furgón del cuartel general móvil del condado seguía frente a la casa.

Beth, que estaba hablando por su móvil cuando me acerqué, colgó y se apeó.

– Acabo de facilitarle a mi jefe un extenso informe oral -dijo-. Todo el mundo parece satisfecho con la idea de la vacuna contra el Ébola.

– ¿Le has mencionado a tu jefe que no te crees ni una palabra de esta historia?

– No… dejemos descansar esa idea y resolvamos el doble asesinato.

Nos acercamos a la puerta principal de la casa de los Murphy y tocamos el timbre. Era un edificio estilo rancho de los años sesenta, en estado original, según se dice, bastante feo pero bien conservado.

Una mujer de unos setenta años abrió la puerta y nos presentamos. La mujer miró fijamente mi pantalón corto, probablemente pensó en lo bien lavado y planchado que estaba y en lo bien que olía. Le brindó una sonrisa a Beth y nos invitó a entrar en la casa.

– ¡Ed! ¡Otra vez la policía! -exclamó después de dirigirse a la parte posterior del edificio.

Regresó al salón y nos indicó que nos sentáramos en un pequeño sofá, donde mi mejilla estaba a poca distancia de la de Beth.

– ¿Les apetece un refresco? -preguntó la señora Agnes Murphy.

– No, gracias señora; estoy de servicio -respondí.

Beth también rechazó la oferta.

La señora Murphy se sentó frente a nosotros en una mecedora.

Miré a mi alrededor. El estilo de la decoración era lo que yo llamo antigua mierda clásica: oscuro, rancio, abarrotado de mobiliario, centenares de horribles baratijas, recuerdos increíblemente chabacanos, fotografías de los nietos, etcétera. Las paredes eran de un verde blanquecino, como un caramelo de menta, y la moqueta… bueno, ¿a quién le importa?

La señora Murphy llevaba un traje color rosa, de una fibra sintética que duraría unos tres mil años.

– ¿Le gustaban los Gordon? -pregunté.

La pregunta la desconcertó, como se suponía que debía hacerlo, y reflexionó antes de responder.

– No les conocíamos muy bien, pero eran sobre todo silenciosos.

– ¿Por qué cree que los asesinaron?

– ¿Cómo quiere que yo lo sepa? -respondió sin dejar de mirarme-. Puede que tuviera algo que ver con su trabajo.

Entró Edgar Murphy limpiándose las manos con un trapo.

Nos explicó que estaba en el garaje reparando su segadora mecánica. Parecía tener cerca de ochenta años y, de haber estado en el pellejo de Beth Penrose, pensando en un juicio futuro, no confiaría en que Edgar llegara al estrado.

Llevaba un mono verde, zapatos de trabajo y estaba tan pálido como su esposa. Me puse de pie y estreché la mano del señor Murphy. Volví a sentarme y él se acomodó en una tumbona, que inclinó hasta quedarse mirando al techo. Intenté mirarlo a los ojos, pero era sumamente difícil dadas nuestras posiciones respectivas. Entonces recordé por qué no visitaba a mis padres.

– Ya he hablado con el jefe Maxwell -dijo Edgar Murphy.

– Sí señor -respondió Beth-. Yo soy de homicidios.

– ¿De dónde es él?

– Trabajo para el jefe Maxwell -respondí.

– No es verdad. Conozco a todos los policías locales.

Aquello estaba a punto de convertirse en un triple homicidio. Miré al techo, en el lugar aproximado donde estaba enfocada su mirada, y hablé como si mandara la señal a un satélite para que éste la transmitiera al receptor.

– Soy un asesor. Escúcheme, señor Murphy…

– Ed, ¿no puedes sentarte correctamente? -interrumpió la señora Murphy-. Es de muy mala educación sentarse de ese modo.

– No es verdad, estoy en mi casa. Puede oírme perfectamente. Usted me oye, ¿no es cierto?

– Sí señor.

Beth hizo un pequeño resumen preliminar, alterando deliberadamente algunos detalles, y el señor Murphy la corrigió, con lo que quedó demostrado que poseía una buena memoria a corto plazo. La señora Murphy también matizó algunos acontecimientos del día anterior. Parecían testigos fiables y me avergoncé de haberme impacientado con aquellos ancianos; me sentí abochornado por haber deseado aplastar a Edgar en su tumbona.

En todo caso, al hablar con Edgar y Agnes era evidente que quedaba poco por descubrir respecto a los hechos básicos: los Murphy estaban en su galería a las cinco y media de la tarde, después de cenar -los ancianos cenan a eso de las cuatro de la tarde-. Miraban la televisión cuando oyeron el barco de los Gordon; reconocieron sus potentes motores.

– Válgame Dios, son unos motores muy ruidosos -aclaró la señora Murphy-. ¿Para qué necesitará la gente unos motores tan grandes y escandalosos?

Para molestar a sus vecinos, señora Murphy.

– ¿Vieron ustedes el barco? -pregunté.

– No -respondió la señora Murphy-. No nos molestamos en mirar.

– ¿Pero podían verlo desde su galería?

– Sí, podemos ver el mar. Pero mirábamos la televisión.

– Mejor que contemplar esa estúpida bahía.

– John -dijo Beth.

Soy, realmente, una persona de muchos prejuicios y me odio a mí mismo por todos ellos, pero soy producto de mi edad, mi sexo, mi época y mi cultura.

– Tiene una casa hermosa -dije con una sonrisa a la señora Murphy.

– Gracias.

Beth tomó temporalmente el relevo del interrogatorio.

– ¿Y están seguros de no haber oído ningún ruido que pudiera haber sido un disparo? -preguntó.

– No -respondió Edgar Murphy-. Mi oído es bastante bueno. He oído claramente a Agnes cuando me llamaba.

– A veces los disparos no suenan como suponemos que deberían sonar. Ya sabe, por televisión suenan de cierta manera, pero en la vida real pueden parecer un petardo, un chasquido agudo o la falsa explosión de un motor de coche. ¿Oyeron algún ruido cuando pararon los motores?

– No.

– Bien, oyeron que pararon los motores -dije, llegado mi turno-. ¿Miraban todavía la televisión?

– Sí. Pero la vemos con el volumen bastante bajo. Nos sentamos cerca del receptor.

– ¿De espaldas a las ventanas?

– Sí.

– Bien, siguieron mirando la televisión otros diez minutos… ¿Qué le impulsó a levantarse?

– Era uno de los programas que le gustan a Agnes. Un estúpido programa de entrevistas. Montel Williams.

– Entonces se dirigió a la casa del vecino para charlar con Tom Gordon.

– Quería pedirle prestado un alargador.

Edgar explicó que pasó por la abertura de los setos, entró en la plataforma del jardín de los Gordon y se quedó atónito al ver a Tom y a Judy muertos.

– ¿A qué distancia estaba usted de los cadáveres? -preguntó Beth.

– A menos de siete metros.

– ¿Está seguro?

– Sí. Yo estaba al borde de la plataforma de madera y ellos yacían frente a la puerta de cristal. Unos siete metros.

– De acuerdo. ¿Cómo supo que eran los Gordon?

– Al principio no lo supe. Pero vi… bueno, lo que parecía un tercer ojo en la frente de Tom, ¿comprende? Permanecían completamente inmóviles. Y sus ojos estaban abiertos, sin respirar ni gemir. Nada.

– ¿Qué hizo usted entonces? -preguntó Beth.

– Salí pitando.

Mi turno.

– ¿Cuánto tiempo cree que permaneció en su jardín? -pregunté.

– No lo sé.

– ¿Media hora?

– Claro que no. Unos quince segundos.

Probablemente unos cinco segundos, pensé. Repasé aquellos pocos segundos con Edgar un par de veces, para que intentara recordar si había visto u oído algo inusual durante aquel período, algo que hubiera olvidado mencionar, pero fue en vano. Incluso le pregunté si recordaba haber olido a pólvora, pero estaba seguro de sus recuerdos; ya se lo había contado todo al jefe Maxwell y no había más que decir. La señora Murphy estaba de acuerdo.

Me pregunté qué habría sucedido si Edgar hubiera cruzado los setos diez minutos antes. Probablemente, no estaría ahora con nosotros. Me pregunté si se le habría ocurrido pensar en ello.

– ¿Cómo cree que huyó el asesino si usted no vio ni oyó ningún coche ni ningún barco? -pregunté.

– He pensado en ello.

– ¿Y?

– Por aquí hay mucha gente que pasea, circula en bicicleta o corre, ya sabe. No creo que a nadie le llamara la atención que alguien hiciera cualquiera de esas cosas.

– Claro.

Pero alguien corriendo con una nevera sobre la cabeza podría llamar la atención. Parecía probable que el asesino estuviera todavía en la zona cuando Edgar descubrió los cadáveres.

Dejé la hora y el escenario del asesinato para cambiar el enfoque del interrogatorio, y me dirigí a la señora Murphy.

– ¿Recibían los Gordon muchas visitas?

– Bastantes -respondió-. Cocinaban mucho al aire libre. Siempre les acompañaba alguien.

– ¿Utilizaban el barco hasta tarde? -preguntó Beth.

– Algunas veces -respondió Edgar-. Es difícil no oír esos motores. A veces regresaban muy tarde.

– ¿Cómo de tarde?

– A eso de las dos o las tres de la madrugada. Supongo que pescaban de noche -agregó.

Es posible pescar desde un Fórmula 303, como yo había hecho algunas veces con los Gordon, pero el Fórmula 303 no es un barco de pesca y estoy seguro de que Edgar lo sabía. Sin embargo, el señor Murphy era un caballero de la vieja escuela y no creía que debiera hablar mal de los muertos, a no ser que se le presionara.

Preguntamos una y otra vez por los hábitos de los Gordon, vehículos inusuales, etcétera. Evidentemente, nunca había trabajado con Beth Penrose pero formábamos un buen dúo.

– Formaban una pareja realmente atractiva -opinó la señora Murphy al cabo de unos minutos.

– ¿Cree usted que él tenía alguna amiga íntima? -pregunté, aprovechando la insinuación.

– No pretendía sugerir…

– ¿Tenía ella algún amigo especial?

– Pues…

– ¿No es cierto que cuando él no estaba en casa ella recibía alguna visita masculina?

– Bueno, no pretendo afirmar que se tratara de un novio ni nada por el estilo.

– Cuéntenoslo.

Y lo hizo, pero no tenía mucho interés. En una ocasión, en el mes de junio, cuando Tom estaba trabajando y Judy se había quedado en casa, había aparecido un individuo apuesto, bien vestido, barbudo, con un coche deportivo blanco de marca indeterminada y se había marchado al cabo de una hora. Interesante, pero no demostraba la existencia de una ardorosa relación que pudiera conducir a un crimen pasional. Más tarde, hacía unas semanas, un sábado en el que Tom había salido en su barco, había llegado un individuo en un Jeep verde, se había dirigido al jardín, donde la señora Gordon tomaba el sol con un diminuto biquini, se había quitado la camisa y se había sentado un rato junto a ella.

– No me parece correcto cuando el marido no está en casa -dijo la señora Murphy-. Ella estaba casi desnuda y ese individuo se quita la camisa, se tumba junto a ella, charlan un rato, luego se levanta y se marcha antes de que regrese el marido. ¿Qué podía significar eso?

– Algo perfectamente inocente -respondí-. Vine porque tenía que hablar con Tom.

La señora Murphy me miró y me percaté de que Beth también me observaba.

– Los Gordon eran amigos míos -dije.

– Ah… -exclamó la señora Murphy.

El señor Murphy soltó una carcajada, sin dejar de contemplar el techo.

– Mi esposa siempre piensa lo peor.

– Yo también. -Y le pregunté a la señora Murphy-: ¿Habían alternado alguna vez con los Gordon?

– Les invitamos a cenar en una ocasión cuando llegaron, hace unos dos años. Poco después, ellos nos invitaron a una barbacoa. Nunca volvimos a reunimos desde entonces.

Me pregunté por qué.

– ¿Conocía el nombre de alguno de sus amigos?

– No. Supongo que eran gente de Plum Island. Un montón de bichos raros, si le interesa mi opinión.

Y así sucesivamente. Les encantaba hablar. La señora Murphy se mecía y el señor Murphy jugaba con la palanca de su tumbona, que variaba la inclinación del respaldo.

– ¿Qué hicieron? -preguntó en uno de los momentos en que yacía en posición horizontal-, ¿robar un montón de gérmenes para arrasar el mundo?

– No, robaron una vacuna que vale mucho dinero. Querían ser ricos.

– ¿Ah, sí? ¿Sabía que en esa casa eran sólo inquilinos?

– Sí.

– Pagaban un alquiler exagerado.

– ¿Cómo lo sabe?

– Conozco al propietario, un joven llamado Sanders. Es constructor. Les compró la casa a los Hoffmann, que eran amigos nuestros. Sanders pagó un precio excesivo, luego la renovó y se la alquiló a los Gordon. Pagaban demasiado alquiler.

– Permítame que le hable con franqueza, señor Murphy -dijo Beth-. Hay quien cree que los Gordon traficaban con drogas. ¿Qué opina usted?

– Es posible -respondió sin el menor titubeo-. Salían con el barco a horas muy extrañas. No me sorprendería.

– Salvo el barbudo del coche deportivo y yo, ¿vieron algún otro sospechoso en el jardín o en la entrada de la casa? -pregunté.

– Pues… para serle sincero -respondió el señor Murphy-, no creo haber visto a nadie.

– ¿Señora Murphy?

– No, creo que no. La mayoría de la gente parecía respetable. Tomaban demasiado vino… el contenedor de cristal estaba lleno de botellas… a veces se ponían eufóricos después de beber, pero la música era suave, no esas locuras que se oyen hoy en día.

– ¿Tenía una llave de su casa?

Vi que la señora Murphy miraba fugazmente a su marido, que tenía la vista fija en el techo. Se hizo un silencio antes de que respondiera el señor Murphy.

– Sí, teníamos una llave. Les vigilábamos la propiedad porque nosotros solemos estar en casa.

– ¿Y?

– Pues… hace aproximadamente una semana, vimos el vehículo de un cerrajero ahí delante. Cuando se marchó, fui a probar mi llave y ya no funcionaba. Esperaba que Tom me diera otra, pero no lo hizo. Él tiene la llave de mi casa, ¿comprende? De modo que llamé a Gil Sanders y se lo pregunté, porque se supone que el propietario debe tener la llave, ya sabe, pero no estaba al corriente de nada. No es asunto mío, pero si los Gordon querían que les vigilara la casa, supongo que debían haberme facilitado una llave. Ahora me pregunto si habían escondido algo ahí dentro -agregó.

– Vamos a nombrarle ayudante honorario, señor Murphy. Por cierto, no repita nada de lo que nos ha contado, salvo al jefe Maxwell. Si aparece alguien que alega pertenecer al FBI, a la policía del condado de Suffolk, a la del Estado de Nueva York o algo por el estilo, puede que mientan. Llame al jefe Maxwell o a la detective Penrose. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

– ¿Tiene usted un barco? -preguntó Beth.

– Ya no. Demasiado trabajo y dinero.

– ¿Llegaba alguna vez alguien en barco para visitar a los Gordon?

– De vez en cuando he visto algunos barcos en su embarcadero.

– ¿Sabe a quién pertenecían?

– No. Pero en una ocasión vi un barco como el suyo. Una lancha que no era la suya. Tenía otro nombre.

– ¿Estaba suficientemente cerca para verlo? -pregunté.

– A veces utilizo los prismáticos.

– ¿Cómo se llamaba el barco?

– No lo recuerdo. Pero no era el suyo.

– ¿Vio a alguien a bordo? -preguntó Beth.

– No. Sólo me llamó la atención el barco. No vi a nadie subir ni bajar de él.

– ¿Cuándo ocurrió?

– Déjeme pensar… más o menos en junio… a principios de la temporada.

– ¿Estaban los Gordon en casa?

– No lo sé. Vigilé para comprobar quién salía de la casa, pero de algún modo me pasó inadvertido y lo siguiente que oí fue el ruido del motor del barco cuando se hacía a la mar.

– ¿Cómo es su vista de lejos?

– No muy buena, salvo con prismáticos.

– ¿Y la suya, señora Murphy?

– Lo mismo.

– Si les mostráramos algunas fotografías de personas -pregunté, suponiendo que los Murphy habían vigilado la propiedad de los Gordon a través de los prismáticos con mayor frecuencia de la que estaban dispuestos a admitir-, ¿podrían decirnos si recuerdan haber visto a alguna de ellas en casa de los Gordon?

– Tal vez.

Asentí. Los vecinos curiosos pueden ser buenos testigos, aunque a veces, al igual que las cámaras de vigilancia baratas, registran demasiada información irrelevante, difusa, aburrida y confusa.

Dedicamos otra media hora al interrogatorio, pero el rendimiento decrecía a ojos vistas. En realidad, el señor Murphy había conseguido casi lo imposible al quedarse dormido durante un interrogatorio policial. Sus ronquidos empezaban a ponerme nervioso.

Me levanté y me desperecé.

Beth se puso de pie y le entregó su tarjeta a la señora Murphy.

– Gracias por su tiempo. Llámeme si a usted o a su marido se les ocurre algo.

– Lo haré.

– Recuerde que yo soy la detective encargada de este caso y éste es mi compañero. El jefe Maxwell nos ayuda. No deben hablar con ninguna otra persona de este asunto.

La señora Murphy asintió, pero me pregunté si ella y su marido serían capaces de resistirse ante alguien como Ted Nash de la CIA.

– ¿Le importa que demos un paseo por su propiedad? -pregunté.

– Supongo que no.

– Siento haber aburrido a su esposo -le dije al despedirme.

– Es la hora de su siesta.

– Ya me he dado cuenta.

– Tengo miedo -dijo la señora Murphy cuando nos acompañó a la puerta.

– No tiene por qué -respondió Beth-. La policía vigila el barrio.

– Podrían asesinarnos mientras dormimos.

– Creemos que se trata de alguien a quien los Gordon conocían; un ajuste de cuentas. Nada que deba preocuparles.

– ¿Y si regresan?

Yo empezaba a perder de nuevo la paciencia.

– ¿Por qué tendría que volver el asesino? -pregunté ligeramente enojado.

– Siempre vuelven al escenario del crimen.

– Nunca vuelven al escenario del crimen.

– Lo hacen si quieren matar a los testigos.

– ¿Fueron usted o el señor Murphy testigos del asesinato?

– No.

– Entonces no se preocupen.

– Puede que el asesino crea que lo presenciamos.

Miré a Beth.

– Ordenaré que un coche patrulla vigile los alrededores. Si se sienten inquietos u oyen alguna cosa, llamen al nueve uno uno. Y no se preocupe -añadió Beth.

Agnes Murphy asintió.

Yo abrí la puerta y salimos a la luz del sol.

– Tiene razón -dije.

– Lo sé. Me ocuparé de ello.

Beth y yo nos dirigimos al jardín lateral, donde encontramos la abertura en los setos, desde donde se veía la fachada posterior de la casa de los Gordon y el entarimado exterior. Nos asomamos y miramos a la izquierda, por donde se veía el mar. En la bahía había un barco azul y blanco.

– Ése es el barco de la policía de la bahía -dijo Beth-. Disponemos de cuatro buceadores que buscan dos pequeñas balas entre el lodo y las algas. Sus probabilidades de éxito son muy escasas.

Como no habían transcurrido todavía veinticuatro horas desde que se había cometido el crimen y!a propiedad permanecería sellada hasta, por lo menos, el día siguiente por la mañana, no entramos en la finca de los Gordon para no tener que identificarnos, porque lo que yo pretendía era darme de baja. Pero caminamos por la propiedad de los Murphy junto a los setos, en dirección a la bahía. El tamaño de los setos decrecía progresivamente al acercarse al agua salada y, a unos diez metros de la orilla, podía ver por encima de ellos. Seguimos caminando hasta donde el agua acariciaba el muro de contención de los Murphy. A la izquierda se encontraba su embarcadero flotante, mientras que a la derecha estaba el embarcadero de obra de los Gordon. El Spirochete había desaparecido.

– La brigada de la Marina se lo ha llevado a su dique -dijo Beth-, donde le harán pruebas de laboratorio. ¿Qué opinas de los Murphy? -preguntó a continuación.

– Creo que lo han hecho ellos.

– ¿Qué han hecho?

– Asesinar a los Gordon. No directamente, pero interceptaron a Tom y Judy en el entarimado del jardín, hablaron con ellos durante treinta minutos sobre las rebajas del supermercado del periódico del sábado; los Gordon desenfundaron sus pistolas y se volaron la tapa de los sesos.

– Es posible -reconoció Beth-, ¿Pero qué ha ocurrido con las armas?

– Edgar las ha convertido en soporte de papel higiénico.

– Eres terrible -dijo Beth con una carcajada-. Algún día serás viejo.

– No, no lo seré.

Durante unos segundos contemplamos la bahía en silencio. El agua, como el fuego, es fascinante.

– ¿Mantenías relaciones con Judy Gordon? -preguntó finalmente Beth.

– De haberlas mantenido, os lo habría contado a ti y a Max desde el primer momento.

– Se lo habrías contado a Max, pero no a mí.

– De acuerdo. No mantenía relaciones con Judy Gordon.

– Pero te sentías atraído por ella.

– Como todo hombre. Era hermosa… y muy inteligente -agregué, como si eso me importara lo más mínimo, aunque a veces también tengo en cuenta el cerebro, pero en otras ocasiones olvido incluirlo en la lista de atributos-. Tratándose de una pareja joven y atractiva, tal vez deberíamos considerar el aspecto sexual.

– Pensaremos en ello -asintió Beth.

Desde donde estábamos se veía el mástil del jardín de los Gordon, donde todavía ondeaba la bandera pirata, y las dos banderas de señalización colgaban del palo conocido también como peñol.

– ¿Puedes dibujar esas banderas? -pregunté.

– Por supuesto -respondió Beth, sacó su cuaderno y una pluma y se puso a hacer un esbozo-. ¿Crees que es importante?, ¿una señal?

– ¿Por qué no? Son banderas de señalización.

– Creo que son puramente decorativas. Pero lo averiguaremos.

– Bien. Volvamos al escenario del crimen.

Cruzamos el límite de la propiedad y descendimos al embarcadero de los Gordon.

– Ahora yo soy Tom y tú eres Judy. Salimos de Plum Island al mediodía y ahora son las cinco y media. Estamos en casa. Paro los motores. Tú saltas primero del barco y amarras el cabo. Yo levanto la caja y la coloco en el embarcadero. ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

– Subo al embarcadero, agarramos la caja por las asas y empezamos a andar.

Caminamos juntos simulando que lo hacíamos.

– Miramos hacia la casa. Si hubiera alguien en alguna de las tres plataformas del jardín, lo veríamos, ¿no es cierto?

– Desde luego -afirmó Beth-. Supongamos que hay alguien ahí, pero lo conocemos y seguimos andando.

– De acuerdo. Pero parecería lógico que esa persona bajara al embarcadero para ayudar; simple cortesía. De todos modos, seguimos andando.

Llegamos a la segunda tarima.

– En algún momento -dijo Beth- nos daríamos cuenta de que la puerta de cristal está abierta. En tal caso nos preocuparíamos y puede que nos detuviésemos o retrocediéramos. La puerta no debería estar abierta.

– A no ser que esperaran encontrarse con alguien dentro de la casa.

– Exactamente -dijo Beth-. Pero debería ser alguien con la nueva llave.

Seguimos andando hacia la casa, hasta la tarima superior y nos detuvimos a pocos pasos de los dibujos de tiza, Beth frente al de Judy y yo al de Tom.

– A los Gordon les quedan unos pasos por recorrer y un minuto o menos de vida -dije-. ¿Qué ven?

Beth observó los contornos de tiza en el suelo, luego miró hacia la casa, las puertas de cristal y los alrededores inmediatos, a derecha e izquierda.

– Siguen caminando hacia la casa -respondió por fin-, que está a unos seis metros. Nada indica que intentaran correr, seguían el uno junto al otro; no hay donde esconderse, salvo en la casa, y nadie puede disparar con tanta precisión a esa distancia. Debían de conocer al asesino o no sentirse alarmados por su presencia.

– Exactamente. Se me ocurre que el asesino podía haber estado tumbado en una hamaca, fingiendo que dormía, por lo que no acudió al embarcadero para ayudar a los Gordon. Ellos lo conocían y puede que Tom lo llamara: «Eh, Joe, levántate y ayúdanos con esta caja de vacunas contra el Ébola.» O ántrax, o dinero. Entonces el individuo se levanta, bosteza, se acerca unos pasos a ellos desde cualquiera de esas tumbonas y cuando los tiene al alcance de la mano desenfunda su pistola y les perfora el cráneo. ¿De acuerdo?

– Es posible -respondió Beth, que rodeó los dibujos del suelo y se situó donde debió de estar el asesino, a menos de un metro y medio del croquis.

Yo avancé hacia donde Tom estaba de pie. Beth levantó la mano derecha y se sujetó la muñeca con la izquierda. Me apuntó a la cara con el índice y dijo:

– Pum.

– No llevaban la caja cuando les dispararon. Se le habría caído de las manos a Tom cuando recibió el balazo. Tuvieron que dejarla antes en el suelo.

– No estoy segura de que llevaran ninguna caja. Es tu teoría, no la mía.

– ¿Entonces dónde está la caja que se encontraba siempre en el barco?

– ¿Quién sabe? En cualquier lugar. Fíjate en el croquis, John. Estaban tan juntos, que dudo que cupiera una caja de más de un metro entre ambos.

Examiné de nuevo el dibujo. Beth tenía razón.

– Puede que la hubieran dejado a unos pasos de distancia, antes de acercarse al asesino, que podía estar tumbado en una hamaca o aquí de pie o acabara de salir por la puerta de cristal.

– Tal vez. En cualquier caso, creo que los Gordon conocían al asesino o asesinos.

– Estoy de acuerdo -respondí-. No creo que fuera la casualidad lo que los reunió en este lugar. Habría sido más fácil para el asesino dispararles dentro de la casa que aquí en el jardín. Pero eligió este sitio, efectuó aquí los disparos.

– ¿Por qué?

– La única razón que se me ocurre es que utilizó una pistola registrada y no quería que se identificaran las balas mediante pruebas, si más adelante se convertía en sospechoso.

Beth asintió y contempló la bahía.

– En el interior de la casa -proseguí-, las balas se habrían incrustado en algún lugar y tal vez no hubiera podido recuperarlas. De modo que optó por disparar de cerca a la cabeza con una pistola de gran calibre y sin ningún obstáculo entre la salida de los proyectiles y la bahía.

– Eso parece -asintió de nuevo Beth-. Eso cambia el perfil del asesino. No es un yonqui, ni un asesino con un arma clandestina. Es alguien que carece de acceso a una pistola sin registrar, un buen ciudadano con un arma legal. ¿Es eso lo que sugieres?

– Coincide con lo que observo -respondí.

– Ésa es la razón por la que quieres los nombres de los residentes locales con armas registradas.

– Exactamente. Armas de gran calibre legales, en lugar de un arma clandestina y, probablemente, una pistola automática en lugar de un revólver, que sería casi imposible de silenciar. Tomemos esta teoría como punto de partida.

– ¿Cómo consigue un buen ciudadano, con una pistola registrada, un silenciador ilegal? -preguntó Beth.

– Buena pregunta. Como con todo lo demás en este caso -respondí después de reflexionar sobre el perfil que había elaborado-, aparece siempre alguna incoherencia que estropea una buena teoría.

– Exactamente -dijo Beth-. Sin olvidar las veinte automáticas del calibre cuarenta y cinco de Plum Island.

Vi a un policía de Southold uniformado a través de las puertas de cristal, pero él no se percató de nuestra presencia y se retiró.

– De niño -dije después de rumiar unos cinco minutos- solía venir aquí desde Manhattan con mi familia típicamente estadounidense: papá, mamá, hermano Jim y hermana Lynne. Generalmente, alquilábamos el mismo chalet cerca de la gran casa victoriana del tío Harry y pasábamos dos semanas devorados por los mosquitos. Nos lastimaban las ortigas, nos clavábamos anzuelos en los dedos y padecíamos insolaciones, pero debía de gustarnos porque esperábamos con ilusión todos los años las vacaciones veraniegas de los Corey.

Beth sonrió.

– En una ocasión, cuando tenía unos diez años -proseguí-, encontré una bala de mosquetón y me pareció muy emocionante. Alguien había disparado aquello hacía cien años o quizá doscientos. Entonces, la esposa de Harry, mi tía June, que en paz descanse, me llevó a un lugar cerca de la aldea de Cutchogue, que según ella había sido un poblado de los indios corchaug, y me enseñó cómo buscar puntas de flecha, hornos sepultados, agujas de hueso y cosas por el estilo. Increíble.

Beth no decía nada, pero me miraba como si le pareciera muy interesante.

– Recuerdo que no podía dormir por la noche -continué-, sólo de pensar en balas de mosquetón y puntas de flecha, colonos e indios, soldados británicos y soldados continentales, etcétera. Antes de que terminaran aquellas dos semanas mágicas supe que de mayor quería ser arqueólogo. No fue así como sucedió, pero creo que ésa fue una de las razones por las que me hice detective.

Le hablé del camino de acceso a la casa del tío Harry y de cómo habían utilizado conchas y cenizas para evitar el polvo y el barro.

– Así que, dentro de mil años, cuando algún arqueólogo excave por los alrededores y encuentre las conchas y las cenizas deducirá que se trataba de un hoyo de cocción grande. En realidad, habrá descubierto un camino, pero logrará que su idea encaje con su teoría. ¿Me sigues?

– Por supuesto.

– Bien. Ahora viene el discurso que les suelto a mis alumnos. ¿Quieres oírlo?

– Adelante.

– Lo que veis en el escenario de un asesinato está congelado en el tiempo; sin movimiento, sin vida, sin dinámica. Podéis elaborar varias versiones sobre esa naturaleza muerta, pero no serán más que teorías. Un detective, igual que un arqueólogo, puede reunir hechos concretos y pruebas científicas y, a pesar de ello, sacar conclusiones erróneas. Sin olvidar algunas mentiras, pistas falsas y personas que pretenden ayudar pero cometen errores; además de la gente que te cuenta lo que deseas oír, consecuente con tu teoría, los que ocultan sus actividades y el propio asesino, que puede haber introducido pistas falsas. Entre esa algarabía de contradicciones, incoherencias y mentiras se encuentra la verdad. Si mi cronometraje es correcto -añadí-, en ese momento suena la campanilla y les digo: «Damas y caballeros, su trabajo consiste en descubrir la verdad.»

– Bravo -exclamó Beth.

– Gracias.

– Entonces ¿quién mató a los Gordon? -preguntó.

– No tengo ni la más remota idea.

Capítulo 15

Nos detuvimos en la soleada calle, cerca del coche negro de Beth Penrose. Eran casi las seis.

– ¿Te apetece un cóctel? -pregunté.

– ¿Sabes cómo llegar a casa de Margaret Wiley? -respondió Beth.

– Tal vez. ¿Sirve cócteles?

– Se lo preguntaremos. Sube.

Subí, arrancó el motor y nos dirigimos al norte por Nassau Point, cruzamos el arrecife y seguimos por la zona norte de Long Island.

– ¿Hacia dónde? -preguntó.

– Creo que a la derecha.

Chirriaron los neumáticos en la curva.

– Más despacio -dije.

Redujo la velocidad.

Era agradable circular con las ventanas abiertas, la puesta de sol, el aire puro y todo eso. Nos habíamos alejado de la bahía para penetrar en terreno agrícola y de viñedos.

– Cuando yo era niño -dije- había dos clases de cultivos. Los de patatas, a cargo de familias polacas y alemanas, llegadas a principios de siglo, y los de fruta y hortalizas, en manos generalmente de descendientes de los primeros colonos. Ciertas granjas habían pertenecido a la misma familia desde hacía trescientos cincuenta años. Es difícil de comprender.

– Mi familia fue propietaria de la misma granja durante un siglo -dijo Beth después de un prolongado silencio.

– ¿En serio? ¿Y tu padre la vendió?

– Tuvo que hacerlo. Cuando yo nací, los campos estaban rodeados de zonas residenciales. Nos tomaban por gente rara. En la escuela se reían de mí por ser hija de un agricultor. -Sonrió-. Pero papá fue el último en reírse. Le pagaron un millón de dólares por la tierra. Entonces era mucho dinero.

– También es mucho dinero ahora. ¿Has heredado?

– Todavía no. Pero me dedico a dilapidar un fondo de inversión.

– ¿Quieres casarte conmigo?

– No, pero te permitiré conducir mi BMW.

– Despacio y gira ahí a la izquierda.

Giró y nos dirigimos de nuevo hacia el norte.

– Tenía entendido que estabas casado -dijo después de mirarme fugazmente.

– Divorciado.

– ¿Firmado, sellado y con todos los papeles?

– Eso creo -respondí, aunque en realidad no recordaba haber recibido el certificado definitivo.

– Recuerdo algo que vi por televisión… cuando te dispararon… Una atractiva esposa que visitaba el hospital acompañada del alcalde, el comisario de policía… ¿No lo recuerdas?

– Pues no. Me lo comentaron -respondí-. A la derecha y luego inmediatamente a la izquierda.

Llegamos a la carretera del faro.

– Sigue despacio para ver los números de las casas -dije.

A ambos lados de la estrecha carretera que conducía al faro de Horton Point, a un kilómetro y medio de distancia aproximadamente, había pequeñas casas rodeadas de viñedos.

Llegamos a una atractiva villa de ladrillo, en cuyo buzón figuraba el nombre de Wiley. Beth detuvo el coche en el arcén con hierba.

– Supongo que hemos llegado.

– Probablemente. Por cierto, la guía telefónica está llena de Wiley. Seguramente, pobladores originales.

Nos apeamos y nos dirigimos a la puerta principal por un camino de piedra. No había timbre y golpeamos la puerta. Esperamos. Había un coche aparcado bajo un gran roble junto a la casa. Nos dirigimos al costado del edificio y luego a la parte trasera.

Por el huerto circulaba una mujer delgada de unos setenta años, con un vestido veraniego estampado.

– ¿Señora Wiley? -exclamé.

Levantó la cabeza y se nos acercó. Nos encontramos en un parterre de césped entre el huerto y la casa.

– Soy el detective John Corey -dije-. Anoche la llamé por teléfono. Ésta es mi compañera, la detective Beth Penrose.

Miró fijamente mi pantalón corto y pensé que tal vez me había dejado la bragueta abierta.

Beth le mostró su placa y la señora Wiley pareció sentirse satisfecha con ella, pero insegura en cuanto a mí.

Le sonreí. Tenía unos ojos color gris claro, cabello gris y una cara interesante de piel traslúcida que recordaba un cuadro antiguo; ningún estilo, obra, ni artista en particular, simplemente un cuadro viejo.

– Llamó usted muy tarde -dijo después de mirarme.

– No podía dormir -respondí-. Ese doble asesinato me impedía conciliar el sueño, señora Wiley. Lo siento.

– Supongo que no es preciso que se disculpe. ¿Qué puedo hacer por ustedes?

– Estamos interesados en la parcela que les vendió a los Gordon -contesté.

– Creo que ya le he contado todo lo que sé.

– Sí señora, probablemente lo ha hecho. Sólo pretendemos hacerle algunas preguntas.

– Siéntense aquí -dijo mientras nos conducía hasta un grupo de sillas verdes bajo un sauce llorón, y nos sentamos.

Aquellas sillas estilo indio, que habían sido muy populares durante mi infancia, se habían puesto nuevamente de moda y se encontraban ahora por todas partes. Sospeché que las del jardín de la señora Wiley eran todavía originales. La casa, el jardín, la dama con su largo vestido de algodón, el sauce, los columpios oxidados y el viejo neumático, suspendido del roble por una cuerda, eran todo reminiscencias de los años cuarenta o cincuenta, como una antigua fotografía coloreada. Aquí el tiempo avanzaba claramente más despacio. Se decía que en Manhattan el presente era tan poderoso que oscurecía el pasado. Pero aquí, el pasado era tan poderoso que oscurecía el presente.

Se olía el mar y el canal de Long Island, a medio kilómetro de distancia, y también me pareció oler las uvas caídas al suelo en el cercano viñedo. Era un entorno excepcional de mar, campo y viñedos, que sólo se podía encontrar en algunos lugares de la costa Este.

– Es un lugar encantador -dije.

– Gracias -respondió la señora Wiley.

Margaret Wiley era mi tercera persona mayor del día y me propuse llevarme mejor con ella que con Edgar y Agnes. En realidad, Margaret Wiley no estaba dispuesta a tolerar ninguna insolencia de mi parte; me había dado cuenta inmediatamente. Era una de esas personas chapadas a la antigua, que no se anda con monsergas y exige un trato directo y buenos modales. Yo soy un buen interrogador porque sé distinguir temperamentos y personalidades, y adaptarme a ellos. Eso no significa que sea simpático, sensible ni compasivo. Soy un repugnante machista despótico, egocéntrico y vanidoso; así es como me siento cómodo. Pero escucho y digo lo necesario, forma parte de mi trabajo.

– ¿Se ocupa usted sola de este lugar? -pregunté.

– En gran parte -respondió la señora Wiley-. Tengo un hijo y dos hijas, todos ellos casados, que viven en la zona. Y cuatro nietos. Mi esposo, Thad, murió hace seis años.

Beth dijo que lo sentía.

– ¿Es usted propietaria de estos viñedos? -preguntó Beth a continuación.

– Parte de esta tierra es mía. La alquilo a los vinateros. Los agricultores alquilan por temporadas, pero los vinateros, según dicen, necesitan veinte años. Yo no sé nada de cepas -respondió antes de mirar a Beth-. ¿Responde eso a su pregunta?

– Sí señora. ¿Por qué les vendió una parcela a los Gordon?

– ¿Qué tiene eso que ver con los asesinatos?

– No lo sabremos hasta que averigüemos algo más acerca de la transacción -respondió Beth.

– Fue una simple venta de terreno.

– Para serle sincera, señora, me parece extraño que los Gordon se gastaran tanto dinero en un terreno inútil.

– Creo que ya se lo dije, detective, querían contemplar el canal.

– Sí señora. ¿Mencionaron alguna otra utilidad que pensaran darle al terreno? Por ejemplo, pescar, navegar, acampar.

– Acampar. Mencionaron que instalarían una tienda de campaña. Y pescar. Querían pescar de noche desde su propia playa. También dijeron algo relacionado con la compra de un telescopio. Querían estudiar astronomía. Habían visitado el Instituto Custer. ¿Han estado ustedes allí?

– No señora.

– Es un pequeño observatorio en Southold. Los Gordon se interesaban por la astronomía.

Eso era nuevo para mí. Se supone que la gente que pasa el día examinando microbios a través del microscopio no querría pasar también la noche con otra lente frente a los ojos. Pero nunca se sabe.

– ¿Hablaron de navegar? -pregunté.

– Desde allí no se puede botar un barco, salvo, quizá, una canoa. La parcela está en un promontorio y sólo podrían escalarlo y descender hasta la playa con una canoa.

– ¿Pero podrían llegar con un barco a la playa?

– Puede que con la marea alta, pero hay rocas muy traicioneras en esa parte de la costa. Con la marea baja, probablemente se podría fondear y nadar o caminar hasta la playa.

– ¿Mencionaron que tuvieran algún interés agrícola en el terreno? -pregunté después de asentir.

– No. No tiene mucha utilidad. ¿No se lo mencioné?

– No lo recuerdo.

– Pues lo hice -aclaró la señora Wiley-. Lo poco que crece en ese promontorio se ha ido adaptando, a lo largo de mucho tiempo, al viento marino y a la sal. Tal vez se puedan cultivar plantas bulbosas en la vertiente interior -añadió.

Decidí cambiar de táctica.

– ¿Qué impresión le causaron los Gordon? -pregunté.

– Una pareja agradable -respondió después de reflexionar unos instantes-. Muy simpáticos.

– ¿Felices?

– Parecían felices.

– ¿Estaban emocionados por la compra del terreno?

– Eso parecía.

– ¿Acudieron ellos a usted para interesarse por el terreno?

– Sí. Primero hicieron algunas indagaciones; me enteré mucho antes de que vinieran a verme. Cuando me lo pidieron, les respondí que no me interesaba venderlo.

– ¿Por qué?

– No me gusta vender tierras.

– ¿Por qué no?

– La tierra debe conservarse y dejarla a la familia. He heredado algunas parcelas por parte de mi madre -agregó-. El terreno por el que los Gordon se interesaban era de la rama de mi marido. Thad me obligó a prometer que no vendería ninguna parcela de las tierras -añadió después de reflexionar unos instantes-. Quería que lo heredaran los hijos. Pero esa parcela no llegaba a media hectárea. Evidentemente no necesitaba el dinero, pero los Gordon parecían muy ilusionados con ese promontorio… Se lo pregunté a mis hijos y consideraron que su padre estaría de acuerdo -concluyó después de mirarnos fugazmente.

Siempre me había asombrado que las viudas y los huérfanos, que no tenían la menor idea sobre qué regalarle al viejo por Navidad o el día del padre, supieran exactamente lo que él querría cuando ya estaba muerto.

– Los Gordon sabían que no se podía construir en aquel terreno -agregó la señora Wiley.

– Usted se lo mencionó -insistí-. Pero dadas las circunstancias, ¿no considera usted que veinticinco mil dólares es un precio excesivo?

– También les otorgué el derecho de paso por mi terreno para acceder al suyo -respondió después de inclinarse hacia adelante-. Veremos el precio que alcanza cuando lo vendan los beneficiarios.

– Señora Wiley, no le reprocho que hiciera un buen negocio. Me pregunto por qué querían o necesitaban los Gordon esa parcela tan desesperadamente.

– Ya le he dicho lo que me contaron ellos. Es lo único que sé.

– La vista debe de ser sobrecogedora por veinticinco de los grandes.

– Lo es.

– Usted ha mencionado que alquila su tierra de cultivo.

– Sí. Mis hijos no se interesan por la agricultura ni por los viñedos.

– ¿Surgió este tema alguna vez con los Gordon? Me refiero a lo de alquilar la tierra.

– Supongo.

– ¿Y nunca le preguntaron si podrían alquilarle parte de los acantilados?

– No -respondió después de reflexionar unos instantes.

Miré fugazmente a Beth. Obviamente, aquello no tenía sentido. Dos funcionarios del gobierno, que pueden ser trasladados en cualquier momento, alquilan una casa en la bahía del sur y luego compran media hectárea en el norte por veinticinco de los grandes para disponer de otras vistas al mar.

– ¿Si se hubieran interesado por alquilarle ese promontorio, lo habría aceptado usted? -pregunté.

– Creo que lo habría preferido -asintió.

– ¿Cuánto les habría pedido por año?

– Pues… no lo sé… el terreno es inútil… supongo que mil dólares sería justo. La vista es hermosa -agregó.

– ¿Tendría la amabilidad de mostrarnos ese terreno? -pregunté.

– Puedo darles la dirección. O pueden encontrarlo en los planos del registro del condado.

– Le agradeceríamos muchísimo que nos acompañara -dijo Beth.

La señora Wiley consultó su reloj.

– De acuerdo -respondió antes de levantarse-. Ahora vuelvo.

Entró en la casa por la puerta trasera.

– Una mujer difícil -dije.

– Tú sacas lo peor de las personas -respondió Beth.

– En esta ocasión he sido muy amable.

– ¿A eso lo llamas tú amabilidad?

– Sí, soy amable.

– Aterrador.

Decidí cambiar de tema.

– Los Gordon necesitaban ser propietarios del terreno.

Beth asintió.

– ¿Por qué?

– No lo sé… Dímelo tú.

– Piensa.

– De acuerdo…

La señora Wiley apareció por la puerta trasera, que no cerraba con llave. Llevaba su monedero en la mano y las llaves del coche. Se acercó al Dodge gris, que tenía unos veinticinco años. Si Thad viviera, merecería su aprobación.

Beth y yo subimos al coche y seguimos a la señora Wiley. Giramos a la derecha por la carretera central, una autovía de cuatro carriles que iba de este a oeste, paralela a la antigua carretera principal de la época colonial. La carretera central cruzaba el corazón de la zona agrícola y vinatera, con vistas magníficas en todas direcciones. El sol en el parabrisas era agradable, el aire olía a uvas, una joven encantadora de cabello cobrizo conducía el coche y si no hubiera estado investigando el asesinato de dos amigos, me habría puesto a silbar.

A mi izquierda, aproximadamente un kilómetro y medio hacia el norte, se veía que el terreno se elevaba de pronto como un muro, tan empinado que resultaba imposible de cultivar, cubierto de árboles y matorrales. Ése era en realidad el promontorio que daba al mar por su otra vertiente, aunque desde donde nosotros nos encontrábamos no se veía el agua, y tenía el aspecto de una pequeña sierra.

La señora Wiley apretaba el acelerador y nos cruzamos con varios tractores y camionetas.

Un cartel nos indicó que estábamos en la aldea de Peconic. Había abundantes viñedos a ambos lados de la carretera, todos identificados por carteles de madera con escudos dorados y lacados, muy elegantes, que encerraban la promesa de vinos caros.

– Vodka de patata -dije-. Eso es. Lo único que necesito son diez hectáreas y un alambique. Corey y Krumpinski, excelente vodka de patata, natural y aromatizado. Convenceré a Martha Stewart para que escriba libros de cocina con acompañamientos sugeridos para el vodka: almejas, vieiras, ostras. Muy distinguido. ¿Qué opinas?

– ¿Quién es Krumpinski?

– No lo sé. Un individuo. Vodka polaco. Stanley Krumpinski. Una creación publicitaria. Está sentado en el porche de su casa y hace comentarios crípticos sobre el vodka. Tiene noventa y cinco años. Su hermano gemelo, Stephen, era bebedor de vino y murió a los treinta y cinco. ¿Sí? ¿No?

– Deja que me lo piense. Entretanto, esa media hectárea a un precio exagerado parece todavía más extraña, teniendo en cuenta que los Gordon podían haberla alquilado por mil dólares. ¿Crees que guarda alguna relación con los asesinatos?

– Tal vez. Por otra parte, podría haber sido un simple error por parte de los Gordon o incluso una operación especulativa. Puede que los Gordon hubieran descubierto cómo recuperar los derechos urbanísticos. Entonces, habrían adquirido una parcela junto al mar por veinticinco de los grandes que, con permiso de construcción, valdría cien mil dólares. Un buen negocio.

– Hablaré con el secretario del condado sobre precios comparativos -asintió Beth y me miró fugazmente mientras conducía-. Tú tienes otra teoría, evidentemente.

– Tal vez. Pero no evidentemente.

– Necesitaban ser propietarios del terreno, ¿no es cierto? -dijo después de unos momentos de silencio-. ¿Por qué? ¿Urbanización?, ¿derechos de paso?, ¿algún proyecto para la construcción de un gran parque estatal?, ¿petróleo, gas, diamantes, rubíes…? ¿Qué?

– No hay minerales en Long Island, ni metales valiosos, ni piedras preciosas. Sólo arena, arcilla y roca. Incluso yo lo sé.

– Bien… pero tienes alguna idea.

– Nada concreto. Tengo cierta… sensación… como si supiera lo que es importante y lo que no lo es, algo parecido a esas pruebas de asociación, ¿comprendes? Te muestran cuatro ilustraciones: un pájaro, una abeja, un oso y un váter. ¿Cuál no corresponde?

– El oso.

– ¿El oso? ¿Por qué el oso?

– Porque no vuela.

– El váter tampoco vuela -señalé.

– Entonces el oso y el váter no corresponden.

– Estás… En todo caso, intuyo lo que pertenece a cierta secuencia y lo que no pertenece a ella.

– ¿Es como los tintineos?

– Más o menos.

Se encendieron las luces de freno de la señora Wiley y abandonó la autovía para entrar en un camino sin asfaltar. Beth, que no prestaba atención, casi se saltó el cruce y cogió la curva con dos ruedas.

Nos dirigimos al norte, hacia los promontorios, por el camino sin asfaltar entre campos de patatas a la izquierda y viñedos a la derecha. El coche se sacudía a cincuenta kilómetros por hora, con polvo por todas partes, que sentía incluso en la lengua. Cerré la ventana y le pedí a Beth que hiciera lo mismo.

– Estamos al llegar -dijo Beth con un fuerte acento neoyorquino, sin que viniera al caso.

– Yo no hablo con ese acento -protesté- y no le veo la gracia.

– Vale.

La señora Wiley entró en otro camino todavía más pequeño, paralelo al promontorio, que se encontraba ahora sólo a unos cincuenta metros. Después de recorrer unos centenares de metros, paró en medio del camino y Beth se detuvo tras ella.

La señora Wiley se apeó y nosotros hicimos otro tanto. Estábamos cubiertos de polvo, igual que el coche, por dentro y por fuera.

Nos acercamos a la señora Wiley, que estaba al pie del promontorio.

– Hace dos semanas que no llueve -dijo la señora Wiley-. A los vinateros les gusta que eso suceda en esta época del año. Dicen que así las uvas son más dulces y menos acuosas. Listas para la cosecha.

Me estaba sacudiendo el polvo de la camiseta, de las cejas y en realidad no me interesaba lo que estaba diciendo.

– En esta época -prosiguió la señora Wiley-, las patatas tampoco necesitan lluvia. Pero a las hortalizas y a los frutales les convendría un buen diluvio.

A decir verdad, no me interesaba en absoluto, pero no sabía cómo decírselo sin pecar de malos modales.

– Supongo que algunos rezan para que llueva y otros para que no lo haga. Es la vida -dije.

– Usted no es de por aquí -dijo la señora Wiley después de mirarme-, ¿no es cierto?

– No señora. Mi tío tiene una casa en esta zona. Harry Bonner. Hermano de mi madre. Tiene una finca junto a la bahía en Mattituck…

– Ah, claro. Su esposa, June, falleció al mismo tiempo que mi Thad.

– Debe de ser eso, más o menos.

No me sorprendió excesivamente que Margaret Wiley conociera a mi tío Harry. Después de todo, como he dicho anteriormente, la población estable de la región es de unos veinte mil habitantes, que son cinco mil menos de los que trabajan en el Empire State Building. No pretendo afirmar que las veinticinco mil personas que trabajan en el Empire State Building se conozcan, pero en todo caso supongo que Margaret y su difunto marido, Thad Wiley, conocían a Harry y a su difunta esposa, June Bonner. Se me ocurrió la extraña idea de que lograría reunir a Margaret y al loco de Harry, se casarían, ella fallecería, luego moriría Harry y yo heredaría millares de hectáreas en la zona norte de Long Island. Antes tendría que aniquilar a mis primos, naturalmente. Parecía excesivamente shakespeariano. Tuve la sensación de haber estado aquí demasiado tiempo, en el siglo XVII.

– ¿John? La señora Wiley te está hablando.

– Lo siento. Fui herido de gravedad y parte de las secuelas son pérdidas momentáneas de la concentración.

– Tiene muy mal aspecto -dijo la señora Wiley.

– Gracias.

– Le preguntaba por su tío.

– Está muy bien. Ha regresado a la ciudad. Gana mucho dinero en Wall Street, pero se siente muy solo desde que murió mi tía June.

– Dele recuerdos míos.

– Lo haré.

– Su tía era una gran persona -dijo en un tono que sugería «¿Cómo se las arregló para tener a semejante bobo por sobrino?»- y muy aficionada a la historia y la arqueología.

– Exactamente. La Sociedad Histórica Peconic. ¿Es usted socia?

– Sí. Así fue como conocí a June. A su tío no le interesaba, pero financió algunas excavaciones. Excavamos los cimientos de una granja del año 1.781. Debería visitar nuestro museo si todavía no lo ha hecho.

– Me proponía visitarlo hoy, pero luego ha surgido este otro asunto.

– Sólo abrimos los fines de semana a partir del Día del Trabajo. Pero tengo la llave.

– La llamaré -respondí mientras contemplaba el promontorio que se elevaba ante nosotros-. ¿Es éste el terreno de los Gordon?

– Sí. ¿Ve esa estaca? Es la esquina suroeste. Unos cien metros más adelante, por el camino, está la esquina sureste. El terreno empieza aquí, se eleva hasta la cima del promontorio, desciende por la otra vertiente y llega hasta la línea de la marea alta.

– ¿En serio? No parece muy preciso.

– Lo suficiente. Así lo establece la tradición y la ley. Hasta la línea de la marea alta. La playa pertenece a todo el mundo.

– Ésa es la razón por la que amo este país.

– No me diga.

– No lo dude ni por un momento.

– Yo soy hija de la revolución norteamericana -dijo la señora Wiley después de mirarme.

– Lo suponía.

– Mi familia, los Wiley, están en este pueblo desde 1.653.

– Dios mío.

– Llegaron a Massachusetts en el barco que llegó después del Mayflower, el Fortune. Luego se trasladaron a Long Island.

– Increíble. Es casi una descendiente de los pasajeros del Mayflower.

– Lo soy de los del Fortune -respondió mientras miraba a su alrededor, en donde se extendía un campo de patatas a nuestra derecha y un viñedo a la izquierda en dirección sur-. Es difícil imaginar la vida en el siglo XVII, a millares de kilómetros de Inglaterra, rodeados de bosque, en lo que ahora son campos, limpiados con hachas y bueyes, una tierra y un clima desconocidos, pocos animales domésticos, sin apenas cobijo, herramientas, semillas, pólvora y balas de mosquetón poco fiables y rodeados por todas partes de indios hostiles.

– Parece peor que Central Park después de la medianoche en el mes de agosto.

– A la gente como nosotros nos resulta muy difícil desprendernos de una sola hectárea -dijo Margaret Wiley sin prestar atención a mi comentario.

– Comprendo -respondí, aunque por veinticinco de los grandes podemos hablar-. En una ocasión encontré una bala de mosquetón.

Me miró como si fuera lelo y dirigió su atención a Beth.

– No necesitan que les muestre cómo llegar a la cima. Aquí está el camino. No es difícil subir, pero tengan cuidado en la vertiente que da al mar. Es muy vertical y no hay muchos agarraderos. Este promontorio es en realidad la morrena terminal de la última era glacial. Aquí terminaba el glaciar.

En realidad, el glaciar estaba ahora delante de mí.

– Gracias por su tiempo y su paciencia, señora Wiley.

Empezó a alejarse, pero luego volvió la cabeza y miró a Beth.

– ¿Tienen alguna idea de quién puede haberlo hecho?

– No señora.

– ¿Estaba relacionado con su trabajo?

– En cierto modo. Pero no tiene nada que ver con la guerra biológica ni nada peligroso.

Margaret Wiley no parecía convencida. Regresó a su coche, arrancó el motor y se alejó envuelta en una nube de polvo.

– Hártate de polvo, Margaret. Vieja…

– ¡John!

Me sacudí de nuevo el polvo de la ropa.

– ¿Sabes por qué las hijas de la revolución norteamericana no hacen el amor en grupo? -pregunté.

– No, pero estoy a punto de descubrirlo -respondió Beth.

– Efectivamente. Las hijas de la revolución norteamericana no hacen el amor en grupo porque no quieren molestarse en escribir tantas notas de agradecimiento.

– ¿Proceden esos chistes de un pozo inagotable?

– Sabes que sí -respondí y ambos miramos el promontorio-. Vamos a contemplar esa vista de veinticinco de los grandes.

Encontramos el sendero e inicié el ascenso. El camino pasaba entre encinas y matorrales, y algunos árboles de mayor tamaño que parecían arces, pero por lo que yo sé podían haber sido palmeras.

Beth, con su falda de popelín caqui y sus zapatos de tacón, tenía ciertas dificultades. Le tendí una mano en algunos tramos. Se levantó o arremangó la falda y exhibió un par de piernas perfectas.

Medía sólo unos quince metros hasta la cima, equivalentes a cinco pisos sin ascensor, que en otra época era capaz de subir con suficiente energía restante para derribar la puerta de un puntapié, arrojar a un maleante al suelo, esposarlo, arrastrarlo hasta la calle y meterlo en un coche de policía. Pero eso era en otra época. Esto ocurría ahora y me temblaban las piernas. Unos puntitos negros danzaban ante mis ojos y tuve que detenerme y agacharme.

– ¿Estás bien? -preguntó Beth.

– Sí… Sólo un momento…

Respiré profundamente varias veces y proseguí.

Llegamos a la cima del promontorio. Allí la vegetación era mucho menos frondosa debido al viento y la sal. Contemplamos el canal de Long Island, realmente era una vista maravillosa. A pesar de que la ladera sur del promontorio medía sólo unos quince metros desde la base hasta la cima, la ladera norte, que descendía hasta la playa, medía unos treinta metros. Era, como la señora Wiley nos había advertido, muy empinada. Desde la cima se veían algunas plantas, rocas erosionadas, barro caído y piedras desprendidas hasta una larga y hermosa playa que se extendía varios kilómetros de este a oeste.

El canal estaba tranquilo y vimos varios veleros y algunas lanchas. Un enorme barco de carga navegaba rumbo oeste, en dirección a Nueva York o a alguno de los puertos de la costa de Connecticut.

El acantilado se prolongaba algo más de un kilómetro al oeste, hasta desaparecer en un brazo de tierra que penetraba en el canal. Hacia el este se extendía varios kilómetros y acababa en Horton Point, reconocible por el faro.

A nuestra espalda, por donde habíamos llegado, se encontraban las tierras llanas de cultivo, que desde la cima se veían cubiertas de campos de patatas y de maíz, huertos y viñedos. Unas curiosas casas de madera y graneros, no rojos sino blancos, contrastaban con el verde de los campos.

– Vaya vista -exclamé.

– Espléndida -reconoció Beth-. ¿Pero vale veinticinco mil? -preguntó.

– Ésa es la cuestión. ¿Tú qué opinas?

– En teoría, no. Pero desde esta cima, sí.

– Bien dicho.

Vi una piedra entre hierbajos y me senté sobre ella para contemplar el mar. Beth se situó junto a mí para admirar también el panorama. Estábamos ambos sudados, sucios, polvorientos y agotados.

– Hora de tomar un cóctel -dije-. Regresemos.

– Un momento. Seamos Tom y Judy. Dime lo que querían aquí, lo que buscaban.

– De acuerdo…

Me puse de pie sobre la piedra y miré a mi alrededor. Se ponía el sol y el cielo de levante era morado. Al oeste era rojizo y encima azul. Las gaviotas navegaban en el viento, las olas cruzaban velozmente el canal, los pájaros piaban en los árboles, soplaba una brisa del noreste y en el aire se olía el otoño y la sal.

– Hemos pasado el día en Plum Island -dije-. Hemos estado toda la jornada en biocontención, con ropa de laboratorio y rodeados de virus. Después de ducharnos nos hemos apresurado para llegar al Spirochete o al transbordador, hemos cruzado el estrecho, subido al coche y llegado aquí. Esto es abierto, limpio, estimulante. Esto es vida… Hemos traído Una botella de vino y una manta. Nos tomamos el vino, hacemos el amor, nos quedamos tumbados sobre la manta y vemos salir las estrellas. Tal vez bajamos a la playa y nos bañamos o pescamos bajo el cielo estrellado y la luna. Estamos a un millón de kilómetros del laboratorio. Regresamos a casa, listos para un nuevo día en biocontención.

Beth mantuvo el silencio unos minutos, luego, sin responder, se acercó al borde del acantilado, dio media vuelta y se acercó al único árbol considerable de la cima, un nudoso roble de tres metros de altura. Se agachó y volvió a levantarse con una cuerda en la mano.

– Mira esto.

Me acerqué para examinar lo que había encontrado. Era una cuerda de nilón verde, de aproximadamente un centímetro y medio de diámetro, con nudos cada metro más o menos, como agarraderos. Uno de los extremos estaba atado a la base del árbol.

– Aquí hay probablemente cuerda suficiente para llegar a la playa -dijo Beth.

– Eso permitiría, indudablemente, subir y bajar con mayor facilidad -asentí.

– Desde luego.

Se agachó y miró por la pendiente. Yo hice lo mismo. Vimos los sitios donde la hierba estaba pisada. Era una cuesta muy empinada, pero no excesivamente difícil para alguien en buena forma, incluso sin la ayuda de una cuerda.

Cuando me incliné al borde de la pendiente, vi franjas rojizas de arcilla y hierro en el suelo, en los lugares donde había saltado la hierba. También observé que, a unos tres metros de la cima, había una especie de repisa o plataforma.

– Voy a echar una ojeada -dijo Beth, que también la había visto.

Tiró de la cuerda, se aseguró de que estuviera firmemente sujeta al árbol y el árbol firmemente sujeto al suelo, se agarró con ambas manos y descendió de espaldas por la pendiente.

– Ven. Es interesante -dijo desde la plataforma.

– De acuerdo -respondí y descendí, con la cuerda en una mano, hasta llegar junto a Beth en la plataforma.

– Mira esto -dijo.

La repisa medía unos tres metros de longitud y un metro en el lugar más ancho. En el centro había una cueva, que evidentemente no era natural. En realidad, se veían las marcas de la pala. Beth y yo nos agachamos y miramos en su interior. Era pequeña, de sólo un metro de diámetro y poco más de un metro de profundidad. No había nada dentro de la excavación. No podía imaginar para qué servía, pero especulé:

– Aquí se podría guardar la cesta de la merienda y una nevera para el vino.

– Incluso se podrían introducir las piernas, dejar el cuerpo en la plataforma y dormir -agregó Beth.

– O hacer el amor.

– ¿Por qué sabía que dirías eso?

– Porque es cierto -respondí después de incorporarme-. Puede que quisieran agrandarla.

– ¿Para qué?

– No lo sé -dije y me senté al borde de la plataforma a contemplar el canal-. Es muy bonito. Siéntate.

– Empiezo a coger frío.

– Toma, puedes usar mi camiseta.

– No, huele.

– Tú no hueles exactamente a flores.

– Estoy cansada, sucia, se me han roto las medias y necesito ir al lavabo.

– Esto es romántico.

– Podría serlo, pero no ahora.

Se puso de pie, agarró la cuerda y subió a la cima. Esperé a que llegara y la seguí.

Beth enrolló la cuerda y la dejó al pie del árbol, donde la había encontrado. Cuando se volvió, estábamos cara a cara a poco más de un palmo de distancia. Fue uno de esos momentos embarazosos y permanecimos inmóviles exactamente tres segundos, luego levanté la mano para acariciarle el cabello y a continuación la mejilla. Entonces me dispuse a darle un beso en los labios, convencido de que el momento había llegado, pero ella retrocedió y pronunció la palabra mágica para la que todos los hombres estadounidenses tenemos una reacción pavloviana programada:

– No.

Di inmediatamente un salto atrás de dos metros y me llevé las manos a la espalda. Mi muñequito se desplomó como un árbol recién talado y exclamé:

– Confundí tu amabilidad con una insinuación. Discúlpame.

A decir verdad, eso no fue exactamente lo que sucedió. Ella dijo que no, pero yo titubeé y la miré decepcionado.

– Ahora no -dijo luego, que no está mal-, tal vez más tarde -añadió, que está mejor-. Me gustas -afirmó, que está mucho mejor.

– No te precipites -respondí sinceramente, a condición de que no tardara más de setenta y dos horas en decidirse, que es mi límite.

En realidad, he esperado más.

No se habló más del asunto. Bajamos del promontorio y subimos al coche.

Beth arrancó el motor, puso el vehículo en marcha, luego paró de nuevo y se inclinó hacia mí, me dio un beso de amigo en la mejilla, arrancó de nuevo y salimos envueltos en una nube de polvo.

Un kilómetro y medio más adelante, estábamos en la carretera central. Tenía un buen sentido de la orientación y llegó a Nassau Point sin mi ayuda.

Vio una estación de servicio abierta y ambos fuimos a lavarnos las manos, como suele decirse. No recordaba la última vez que me había visto tan sucio. Soy bastante elegante en mi trabajo, un dandi de Manhattan que usa trajes a medida. Me sentí de nuevo como un chiquillo, el desharrapado Johnny que hurgaba en los campos funerarios de los indios.

En la estación de servicio compré unos bocadillos auténticamente repugnantes: ternera picada, manteca y ositos azucarados. En el coche le ofrecí uno a Beth, pero no quiso.

– Si te lo comes todo junto -dije-, sabe como un plato tailandés llamado Sandang Phon. Lo descubrí accidentalmente.

– Eso espero.

Circulamos unos minutos. El sabor de aquella combinación era verdaderamente desagradable, pero me moría de hambre y quería eliminar el polvo de mi garganta.

– ¿Qué opinas? -pregunté-. Me refiero al promontorio.

– Creo que me habrían gustado los Gordon -respondió Beth después de reflexionar unos instantes.

– Estoy seguro.

– ¿Estás triste?

– Sí… No éramos amigos íntimos… Los conocía sólo desde hace unos meses, pero eran buenas personas, repletas de vida y alegría. Eran demasiado jóvenes para acabar de ese modo.

Beth asintió.

Cruzamos el istmo hasta Nassau Point. Empezaba a oscurecer..

– La cabeza me dice que ese terreno es lo que parece -declaró Beth-. Un refugio romántico, un lugar realmente suyo. Procedían del Medio Oeste, probablemente de familias de terratenientes, y ahora eran inquilinos en un lugar donde la tierra significa mucho, como en su lugar de origen… ¿no crees?

– Sí.

– Sin embargo…

– Efectivamente. Sin embargo… podían haberse ahorrado veinte mil dólares y alquilar el terreno por cinco años -agregué-. Tenían que ser propietarios del terreno. Piénsalo.

– Lo estoy pensando.

Llegamos a la casa de los Gordon y Beth paró detrás de mi Jeep.

– Ha sido un día agotador -dijo Beth.

– Ven a mi casa. Sígueme.

– No, esta noche me voy a la mía.

– ¿Por qué?

– Ya no hay ninguna razón para seguir aquí veinticuatro horas al día y el condado no paga el motel.

– Pasa antes por mi casa; debo entregarte los impresos del ordenador.

– Pueden esperar a mañana -respondió Beth-. Por la mañana debo ir a mi despacho. ¿Qué te parece si me reúno contigo a eso de las cinco?

– En mi casa.

– De acuerdo. En tu casa a las cinco. Entonces, tendré alguna información.

– Yo también.

– Preferiría que no hicieras nada hasta que nos viéramos -dijo Beth.

– De acuerdo.

– Aclara tu posición con el jefe Maxwell.

– Lo haré.

– Descansa.

– Tú también.

– Bájate de mi coche. -Sonrió-. Y vete a casa.

– Lo haré.

Me apeé, Beth dio media vuelta, saludó con la mano y se alejó.

Subí a mi Jeep decidido a no hacer nada que lo impulsara a hablar en francés. Cinturón abrochado, puertas cerradas y freno de mano libre. Arranqué el motor y el vehículo no dijo ni mu.

Cuando me dirigía a la bahía junto a la finca, o a la finca junto a la bahía, recordé que no había utilizado el control remoto para arrancar el motor. Bueno, ¿qué importaba? En todo caso, las bombas modernas para coches estallan a los cinco minutos. Además, nadie intentaba matarme. Bueno, alguien lo había intentado, pero era por otra cuestión. Posiblemente una casualidad, o si había sido premeditado, los asesinos consideraban que me habían inutilizado y se habían vengado de lo que pudiera haberlos molestado, sin necesidad de matarme. Así era como funcionaba la mafia; si la víctima sobrevivía, por regla general no la molestaban. Pero los caballeros que me habían disparado eran decididamente hispanos. Y para ellos, a veces, el trabajo no estaba terminado hasta que uno yacía sepultado.

Pero eso no era lo que me preocupaba ahora. Estaba más interesado por lo que sucedía aquí, fuera lo que fuera. Me encontraba en un lugar muy pacífico del planeta, intentando sanar mi cuerpo y mi mente, pero bajo la superficie se urdían toda clase de intrigas. No dejaba de pensar en aquel cerdo al que le sangraban las orejas, la nariz, la boca… Me había dado cuenta de que el personal de aquella pequeña isla había descubierto elementos capaces de exterminar a casi todas las formas de vida del planeta.

Lo bueno de la guerra biológica ha sido siempre la facilidad para negar su existencia y la imposibilidad de localizar su origen. La investigación biológica y el desarrollo de armas han estado desde el primer momento impregnados de mentiras, engaños y negativas.

Entré en el camino de la casa de mi tío Harry. Las conchas crujían bajo mis neumáticos. La casa estaba a oscuras y, cuando apagué las luces del coche, el mundo entero se sumió en la oscuridad. ¿Cómo puede la población rural vivir a oscuras?

Me metí la camiseta por dentro de los pantalones para tener a mano la culata de mi treinta y ocho. Ni siquiera sabía si alguien había manipulado el arma. Alguien dispuesto a manosear el pantalón corto de un individuo también sería capaz, ciertamente, de hacerlo con su revólver. Debí haberlo comprobado antes.

En cualquier caso, abrí la puerta principal con las llaves en la mano izquierda, mientras la diestra permanecía libre para agarrar el arma. El revólver debía haber estado en la mano derecha, pero los hombres, incluso cuando estamos completamente solos, debemos demostrar que tenemos agallas. Después de todo, alguien podría verte. Supongo que soy yo quien se ve a sí mismo. Tienes agallas, Corey. Eres todo un hombre. Todo un hombre, con la necesidad inminente de orinar, cosa que hice en el baño que hay junto a la cocina.

Sin encender las luces, observé el contestador automático en la sala de estar y comprobé que tenía diez mensajes; no estaba mal para un individuo que no había tenido ninguno en toda la semana anterior.

Después de considerar que ninguno de aquellos mensajes sería particularmente agradable o gratificante, me serví un generoso brandy de la botella de cristal de mi tío en una de sus copas de cristal.

Me senté en el sillón abatible de mi tío y sorbí el brandy, mientras dudaba entre el botón del contestador, la cama u otra copa. Otra copa ganó varias veces y postergué el horror electrónico del contestador automático hasta sentirme ligeramente embriagado.

Por fin pulsé el botón.

– Tiene diez mensajes -dijo una voz, acorde con el contador de llamadas.

El primer mensaje había llegado a las siete de la mañana y era del tío Harry, que me había visto por la tele la noche anterior pero no quiso llamar tan tarde, aunque no tuvo ningún inconveniente en hacerlo tan temprano. Afortunadamente, ya estaba de camino a Plum Island a las siete de la mañana.

Había otros cuatro mensajes parecidos: uno de mis padres desde Florida, que no me habían visto por televisión pero alguien se lo había contado, uno de una dama llamada Cobi, con quien salgo de vez en cuando y a quien, por alguna razón, le gustaría convertirse en Cobi Corey, y luego una llamada de cada uno de mis hijos, Jim y Lynne, que siempre se mantienen en contacto. Probablemente, habría habido más llamadas sobre la breve aparición por televisión, pero muy poca gente disponía de mi número de teléfono y no todos me habrían reconocido, porque había perdido mucho peso y tenía muy mal aspecto.

No había ninguna llamada de mi ex esposa, que, a pesar de que ha dejado de quererme, quiere que sepa que le gusto como persona, aunque curiosamente no soy una persona agradable. Adorable, sí; agradable, no.

Luego había una llamada de mi compañero Dom Fanelli, recibida a las nueve de la mañana, que decía: «Hola, tío, he visto tu careto en las noticias de la mañana. ¿Qué coño haces ahí? Tienes a esos dos Pedros que quieren volarte el culo y tú apareces por televisión, para que todo el mundo sepa que estás en el este. ¿Por qué no pones un anuncio en la oficina de correos colombiana?

Maldita sea, John, estoy intentando encontrar a esos tíos antes de que ellos te encuentren a ti. Otra buena noticia. El jefe se pregunta qué coño hacías en el escenario de un asesinato. ¿Qué está pasando? ¿Quién ha liquidado a esa pareja? Por cierto, ella no estaba nada mal. ¿Necesitas ayuda? Llámame. Guarda el pajarito en la jaula. Ciao.»Sonreí. El buenazo de Dom, un tipo con el que podía contar. Todavía le recordaba junto a mí, cuando me desangraba en la calle. Tenía medio buñuelo en una mano y el arma en la otra.

– Los atraparé, John -dijo después de darle otro mordisco al buñuelo-. Juro por Dios que atraparé a esos hijos de puta que te han matado.

Recuerdo que le señalé que no estaba muerto y él respondió que ya lo sabía, pero que pronto lo estaría. Tenía lágrimas en los ojos, lo que hizo que me sintiera muy mal y, como intentaba hablar conmigo sin dejar de masticar, no lograba entenderle. Luego empezaron a zumbarme los oídos y perdí el conocimiento.

La siguiente llamada había llegado a las nueve y media de la mañana y era del New York Times. Me pregunté cómo me conocían y cómo sabían dónde encontrarme. Una voz decía: «Puede recibir el periódico en su casa todos los días, domingos incluidos, por sólo tres dólares y sesenta centavos semanales, durante trece semanas. Por favor, llámenos al 1 800 631 2500 y empezará el servicio inmediatamente.»

– Lo recibo en la oficina. El siguiente.

A continuación apareció la voz de Max, que decía: «John, toma nota, ya no estás contratado por el Departamento de Policía del municipio de Southold. Gracias por tu ayuda. Te debo un dólar, pero prefiero invitarte a una copa. Llámame.»

– Que te zurzan, Max.

La llamada siguiente era del señor Ted Nash, superespía de la CIA. Decía: «Sólo quiero recordarle que uno o varios asesinos andan sueltos y usted podría ser su objetivo. Me ha encantado trabajar con usted y sé que volveremos a vernos. Cuídese.»

– Que te den por el saco, Ted.

Si pretendes amenazarme, por lo menos ten las agallas de decirlo abiertamente, aunque sea una grabación.

Había una última llamada en el contestador, pero pulsé la pausa antes de escucharla y llamé al Soundview para preguntar por Ted Nash. Un joven recepcionista respondió que no había nadie registrado con ese nombre.

– ¿Y George Foster? -pregunté.

– No señor.

– ¿Beth Penrose?

– Acaba de dejar su habitación.

Describí a Nash y a Foster al recepcionista.

– Sí, hay dos caballeros que responden a esa descripción.

– ¿Están todavía ahí?

– Sí.

– Dígale al más alto, el de pelo rizado, que el señor Corey ha recibido su mensaje y que se lo aplique a sí mismo. ¿Me ha comprendido?

– Sí señor.

– Dígale también que se vaya a tomar por saco.

– Sí señor.

Colgué y bostecé. Me sentía fatal. Había dormido probablemente tres horas en las últimas cuarenta y ocho. Bostecé de nuevo.

Pulsé el botón del contestador para escuchar el último mensaje. «Hola -dijo la voz de Beth-, llamo desde el coche… Sólo quería darte las gracias por tu ayuda durante el día de hoy. No sé si ya lo había hecho… En todo caso, me he alegrado de conocerte y si alguna razón nos impidiera vernos mañana, ya que tengo un montón de trabajo e informes en el despacho y puede que no vaya, de todos modos te llamaría. Gracias de nuevo.»

– Fin de los mensajes -dijo la máquina.

Escuché de nuevo el último mensaje. La llamada había llegado menos de diez minutos después de separarnos y su voz sonaba decididamente formal y lejana. En realidad era un rechazo. Se me ocurrió la idea completamente paranoica de que Beth y Nash eran amantes y que en aquel momento hacían el amor desaforada y apasionadamente en su habitación. Contrólate, Corey. Aquellos a quienes los dioses desean destruir son enloquecidos primero.

¿Qué más podía fallar? Había pasado el día en biocontención y contraído probablemente la peste bubónica, con toda probabilidad tenía problemas en el trabajo, Pedro y Juan sabían dónde encontrarme, Max, mi amigo, me había despedido, un individuo de la CIA me había amenazado de muerte sin ninguna razón… o puede que tuviera alguna razón imaginaria, y luego el amor de mi vida me deja plantado y me la imagino con las piernas alrededor de ese cretino. Además, Tom y Judy, a quienes les caía bien, estaban muertos. Y eran sólo las nueve de la noche.

De pronto se me ocurrió la idea de un monasterio. O mejor aún, un mes en el Caribe tras mi buen amigo Peter Johnson de isla en isla.

O podía quedarme donde estaba y apechugar. Venganza, reivindicación, victoria y gloria. Ése era el espíritu de John Corey. Además, tenía algo de lo que todos los demás carecían: una vaga idea de lo que estaba ocurriendo.

Me senté en la sala oscura y silenciosa y, por primera vez en todo el día, pude pensar sin ninguna interrupción. Tenía en mi mente un montón de cosas sueltas y ahora empezaba a recopilarlas.

Con la mirada fija en la oscura ventana, aquellos pequeños tintineos de mi cabeza formaban puntos blancos sobre el fondo negro y la imagen empezaba a tomar forma. Estaba muy lejos de ver el cuadro completo, por no mencionar los detalles, pero podía adivinar su tamaño, forma y dirección. Necesitaba todavía algunos puntos de luz más, media docena de tintineos, y entonces tendría la respuesta de por qué Tom y Judy Gordon habían sido asesinados.

Capítulo 16

El sol de la mañana penetró por las ventanas de mi habitación en el primer piso y me sentí feliz de estar vivo, feliz de descubrir que el cerdo muerto y ensangrentado junto a mí, en la almohada, no había sido más que una pesadilla. Escuché los sonidos de los pájaros, sólo para asegurarme de que yo no era la única criatura viva del planeta. Chilló una gaviota en algún lugar de la bahía, unos gansos canadienses graznaban en el jardín, a lo lejos ladraba un perro. Hasta ese momento todo parecía normal.

Me levanté, me duché, me afeité, etcétera, y preparé una taza de café instantáneo en el microondas de la cocina.

Había pasado la noche pensando o, como decimos en mi profesión, realizando razonamientos deductivos. Había llamado también a mi tío Harry, a mis padres, a mis hijos y a Dom Fanelli, pero no al New York Times ni a Max. Les dije a todos que la persona que habían visto por televisión no era yo y que yo no había visto la noticia o noticias en cuestión; les dije que había pasado la noche mirando el fútbol por la tele en la Olde Towne Taverne, que era lo que debería haber hecho, y que tenía testigos. Todos me creyeron. Confiaba en que mi superior, el antes mencionado teniente de detectives Wolfe, también se lo tragara.

También le dije a tío Harry que Margaret Wiley sentía debilidad por él, pero no pareció interesarle.

– Dickie Johnson y yo nacimos en la misma época -me comunicó-, crecimos juntos, salimos juntos con muchas mujeres y envejecimos juntos, pero él murió antes que yo.

Deprimente. Cuando llamé a Dom Fanelli no estaba en casa y le dejé un mensaje a su esposa Mary, con quien me llevaba muy bien hasta que me casé, pero Mary y mi ex se tenían antipatía. Ni mi divorcio ni mi accidente habían servido para reanudar mi amistad con Mary. Es extraño. Me refiero a la relación con las esposas de los compañeros, peculiar, en el mejor de los casos.

– Dile a Dom que el de la televisión no era yo. Mucha gente ha cometido el mismo error -dije.

– Bien.

– Si muero, será obra de la CIA. Díselo.

– Bien.

– Puede haber alguien en Plum Island que también intenta asesinarme. Díselo.

– Bien.

– Dile que hable con Sylvester Maxwell, jefe de la policía local, si muero asesinado.

– Bien.

– ¿Cómo están los niños?

– Bien.

– Tengo que colgar, el pulmón me está matando.

Colgué.

Bien, por lo menos había dejado constancia y si los federales habían pinchado mi teléfono, era conveniente que me oyeran contarle a la gente que temía que la CIA intentara asesinarme.

Evidentemente, en realidad no lo creía. A Ted Nash, personalmente, le gustaría matarme, pero dudaba de que la organización aprobara la eliminación de un individuo sólo porque era sarcástico y fastidioso. Pero si aquel asunto estuviese relacionado con Plum Island de un modo significativo, no me sorprendería que aparecieran todavía algunos cadáveres más.

Anoche, mientras llamaba por teléfono, había examinado mi arma y la munición con una linterna y una lupa. Todo parecía correcto. La paranoia es divertida si no absorbe demasiado tiempo, ni le desvía a uno de su camino. Me refiero a que en un día normal uno puede imaginar que alguien intenta matarle, o fastidiarle de algún modo, y practicar pequeños juegos como utilizar el control remoto para arrancar el motor del coche, suponer que alguien le ha pinchado el teléfono o que le han manipulado el arma. Algunos locos crean amigos imaginarios que les ordenan asesinar a otras personas. Otros locos crean enemigos imaginarios que intentan asesinarlos a ellos. Lo segundo, en mi opinión, es ligeramente menos descabellado y mucho más útil.

En todo caso, había pasado el resto de la noche examinando de nuevo los extractos financieros de los Gordon. La alternativa era Jay Leno.

Examiné detenidamente los meses de mayo y junio del año anterior para ver cómo habían financiado los Gordon su semana de vacaciones en Inglaterra, después de su viaje de negocios. Me percaté ahora de que la cuenta de su tarjeta Visa durante el mes de junio era algo superior a lo normal, así como la de su Amex. Un pequeño bache en un camino habitualmente regular. También comprobé que su factura telefónica del mes de junio era unos cien dólares superior a lo habitual, lo que indicaba posiblemente una mayor actividad de llamadas a larga distancia durante el mes de mayo. También cabía suponer que llevaban consigo dinero al contado o cheques de viaje, pero no constaba ninguna retirada de fondos inusual. Ése era el primer y único indicio de que los Gordon disponían de otra fuente de dinero. Las personas con ingresos ilegales a menudo compran millares de dólares de cheques de viaje, salen del país y derrochan su dinero. O puede que los Gordon supieran cómo vivir en Inglaterra por veinte dólares diarios.

Fuera como fuese, en lo concerniente a los extractos, sus libros parecían esencialmente limpios, como suele decirse. U ocultaban perfectamente lo que quiera que hicieran o no exigía grandes gastos ni depósitos. Por lo menos no en aquella cuenta. Recordé que los Gordon eran muy listos. Además, eran científicos y como tales muy cuidadosos, pacientes y meticulosos.

Eran las ocho de la mañana del miércoles y me tomaba la segunda taza de café malo mientras buscaba algo de comer en el frigorífico. ¿Lechuga y mostaza? No. ¿Mantequilla y zanahorias? Buena combinación.

Me acerqué a la ventana de la cocina con mi zanahoria y la terrina de mantequilla y me puse a cavilar, discurrir, rumiar, masticar, etcétera. Esperaba que sonara el teléfono, que Beth confirmara nuestra cita para las cinco de la tarde, pero el único ruido de la cocina era el tictac del reloj.

Esa mañana iba más elegante, con un pantalón de algodón y una camisa a rayas. Una chaqueta azul colgaba del respaldo de la silla de la cocina. Llevaba mi treinta y ocho en el tobillo y mi placa, para lo que valía, en el bolsillo interior de la chaqueta. Dado mi optimismo, tenía también un preservativo en la cartera. Estaba listo para la batalla o para el amor, o para lo que el día me deparara.

Zanahoria en mano, descendí por el jardín hasta la bahía. Había un leve manto de bruma sobre el agua. Caminé hasta el extremo del embarcadero de mi tío, que necesitaba reparaciones de consideración, mirando dónde pisaba. Recordé la ocasión en que los Gordon atracaron en aquel embarcadero, era a mediados de junio, aproximadamente una semana después de conocernos en el bar del restaurante Claudio's, en Greenpoint.

Cuando amarraron en aquella ocasión en el embarcadero del tío Harry, yo estaba en mi posición habitual de convaleciente en la terraza trasera, con una cerveza de convalecencia, y observaba la bahía con los prismáticos, cuando avisté su barco.

La semana anterior en Claudio's me habían pedido que les describiera la casa desde el agua y, efectivamente, la encontraron.

Recordaba haber descendido al embarcadero para recibirles y me convencieron para que les acompañara a dar una vuelta en barco. Contemplamos una serie de bahías desde el norte hasta el sur de Long Island: Great Peconic, Little Peconic, Noyac, Southold y Gardiners, hasta llegar luego a Orient Point. En algún momento, Tom apretó el acelerador de la lancha y creí que íbamos a despegar. Levantó la proa y rompió la barrera del sonido. En todo caso, aquélla fue también la ocasión en que los Gordon me mostraron Plum Island.

– Ahí es donde trabajamos -dijo Tom.

– Algún día procuraremos conseguirte un pase para visitantes -agregó Judy-. Es realmente interesante.

Tenía razón.

Eso ocurrió el mismo día en que nos atraparon el viento y las corrientes en el canal de Plum y estuve a punto de echarlo todo por la borda.

Recordaba que habíamos pasado todo el día en el agua y que habíamos regresado agotados, quemados por el sol, deshidratados y hambrientos. Mientras Tom iba en busca de pizzas, Judy y yo nos tomamos unas cervezas en la terraza posterior y contemplamos la puesta de sol.

No creo ser una persona particularmente agradable, pero los Gordon se esforzaron por cultivar mi amistad y nunca comprendí por qué. Al principio no necesitaba ni deseaba su compañía. Pero Tom era listo y divertido y Judy era hermosa, e inteligente.

A veces, las cosas no tienen sentido cuando suceden, pero, transcurrido cierto período de tiempo o después de algún incidente, se ve con claridad el significado de lo que se ha dicho o hecho.

Puede que los Gordon supieran que corrían peligro o podían correrlo. Habían conocido ya al jefe Maxwell y querían que alguna persona o personas supieran que se relacionaban con el jefe de policía. Luego pasaron bastante tiempo con su seguro servidor y creo que, una vez más, eso pudo ser una forma de demostrarle a alguien que Tom y Judy alternaban con la policía. Tal vez, Max o yo recibiríamos una carta si algo les sucedía a los Gordon, pero no contaba con ello.

Además, entre las cosas que adquieren sentido retrospectivamente, recuerdo que aquella tarde, antes de que Tom regresara con las pizzas y después de que Judy se tomara tres cervezas con el estómago vacío, se interesó por la casa del tío Harry.

– ¿Qué vale un lugar como éste? -preguntó.

– Supongo que unos cuatrocientos mil, tal vez más. ¿Por qué?

– Curiosidad. ¿Tiene tu tío intención de vender la casa?

– Me la ha ofrecido a muy buen precio, pero necesitaría una hipoteca de doscientos años.

Y ya no se habló más de ello, pero, cuando alguien pregunta el precio de una casa, un barco o un coche y a continuación desea saber si está en venta, es porque la persona en cuestión es chismosa o porque está interesada. Los Gordon no eran chismosos. Ahora, naturalmente, me parece que los Gordon esperaban enriquecerse con mucha rapidez. Pero si la fuente de su nueva riqueza era una transacción ilegal, es evidente que no podían gastar abiertamente una fortuna y comprar una casa de cuatrocientos mil dólares junto al mar. Así que la esperada fortuna sería legal o lo parecería. ¿Vacunas? Tal vez.

Luego algo salió mal y aquellos brillantes cerebros se desparramaron sobre el entarimado de cedro, como si a alguien se le hubiera caído de las manos un paquete de dos kilos de carne picada junto a la parrilla.

También recordaba que aquella misma noche de junio le había comentado a Tom que tenía la sensación de haber estado en peligro en el canal. Tom se había pasado de la cerveza al vino y se le había ablandado el cerebro. Tuvo una salida muy filosófica para un hombre técnico.

– Un barco en puerto es un barco seguro. Pero los barcos no son para eso -dijo.

Por supuesto que no, metafóricamente hablando. Se me ocurrió que las personas que manipulaban el virus del Ébola y otras sustancias letales eran por naturaleza personas dispuestas a correr riesgos. Los Gordon hacía tanto tiempo que emergían como vencedores en aquel peligroso juego bioquímico que, empezando a creerse invulnerables, habían decidido emprender otro juego peligroso, pero más lucrativo. Sin embargo, no estaban en su elemento, como un buceador que se dedicara a escalar montañas o un escalador a bucear; ambos con muchas agallas y potentes pulmones, pero desconocedores del nuevo medio.

De vuelta al miércoles de setiembre, aproximadamente a las nueve de la mañana. Tom y Judy, que habían estado aquí conmigo en el embarcadero del tío Harry, estaban ahora muertos y la pelota estaba en mi campo, para cambiar de metáfora.

Di media vuelta y emprendí el camino de regreso a la casa, revitalizado por el aire matutino y por la zanahoria, y motivado por el recuerdo de dos personas encantadoras, la claridad de mi mente y el hecho de haber colocado en su debida perspectiva las decepciones y preocupaciones del día anterior. Me sentía descansado y listo para entrar en combate, para arrasar con todo.

Tenía todavía un punto aparentemente desconectado, que debía situar en mi pantalla de sonar: el señor Fredric Tobin, vinatero.

Sin embargo, antes decidí comprobar si alguien había llamado mientras reflexionaba junto a la orilla y examiné el contestador automático, pero no había ningún mensaje.

– Zorra.

Tranquilo, John, tranquilo.

Más enojado que dolorido salí de casa. Llevaba una chaqueta azul de Ralph Lauren, una camisa de Tommy Hilfiger, pantalón de Eddie Bauer, calzoncillos de Perry Ellis, loción para después del afeitado de Karl Lagerfeld y un revólver de Smith & Wesson.

Arranqué el coche con el control remoto y me subí a él.

– Bonjour, Jeep.

Conduje hasta la carretera principal y giré hacia el este, en dirección al sol naciente. La carretera principal es esencialmente rural, pero se convierte en la calle mayor de muchas de las aldeas. Entre pueblos hay muchos graneros y casas de labranza, viveros, numerosos tenderetes de productos agrícolas, algunos restaurantes buenos y sencillos, un puñado de tiendas de antigüedades y unas cuantas iglesias de madera realmente encantadoras, al estilo de Nueva Inglaterra.

Sin embargo, una cosa que ha cambiado desde que era pequeñito es que ahora, a lo largo de la carretera principal, hay unas dos docenas de cavas. Independientemente de dónde se encuentren los viñedos, la mayoría de las cavas han instalado su cuartel general junto a la carretera principal para atraer a los turistas. Organizan visitas y catas gratuitas, seguidas del paso obligatorio por la tienda de curiosidades, donde el visitante se siente obligado a comprar el néctar de uva local, acompañado de calendarios de la región, libros de cocina, sacacorchos, posavasos y otros artilugios.