/ / Language: Español / Genre:sf, / Series: Ender (es)

Ender el Xenócida

Orson Card

Lusitania es único en la galaxia. Un planeta donde coexisten tres especies inteligentes: los cerdis, que evolucionaron en el mismo planeta; los humanos que llegaron como colonizadores; y la reina colmena y sus insectores, llevados por el joven Ender unos años atrás. El planeta ha sido condenado por el Consejo Estelar a causa de la descolada, el virus letal para los humanos e imprescindible para la biología de los cerdis. Jane, la inteligencia artificial aliada de Ender y nacida del nexo de ansibles que comunican la galaxia, ha salvado Lusitania interfiriendo con la Flota Estelar y creando un insondable misterio a escala galáctica. En el planeta Sendero, con una cultura derivada de la antigua China, la niña Qing-jao tiene el encargo de descubrir la causa de la desaparición de la flota estelar. Su prodigiosa inteligencia le ha de permitir lograrlo, y ello pone en peligro la existencia de Jane y la supervivencia de las tres especies inteligentes conocidas. La intervención de Ender se hace de nuevo imprescindible. Nominado a los Premios Hugo y Locus, 1992.

Ender el Xenocida

de Orson Scott Card

LA PARTIDA

‹Hoy uno de los hermanos me preguntó: ¿Es una prisión tan temible no poder moverte del lugar donde estás?›

‹Y respondiste…›

‹Le dije que soy más libre que él. La incapacidad de moverme

me libera de la obligación de actuar.›

‹Los que habláis lenguas sois unos mentirosos.›

Han Fei-tzu estaba sentado en la posición del loto sobre el desnudo suelo de madera junto al lecho del dolor de su esposa. Un momento antes, tal vez estuviera dormida; no estaba seguro. Pero ahora era consciente del ligero cambio en la respiración de ella, un cambio tan sutil como el viento tras el paso de una mariposa.

Jiang-ging, por su parte, también debió de detectar algún cambio en él, pues no había hablado antes y lo hizo ahora. Su voz sonó muy baja, pero Han Fei-tzu la oyó claramente, pues la casa estaba en silencio. Había pedido quietud a sus amigos y sirvientes durante el ocaso de la vida de Jiang-ging. Ya habría tiempo de sobra para ruidos descuidados durante la larga noche por venir, cuando no salieran palabras susurradas de los labios de ella.

—Todavía no he muerto —dijo Jiang-ging.

Lo había saludado con estas palabras cada vez que despertaba durante los últimos días. Al principio las palabras le parecieron quejumbrosas o irónicas a Han Fei-tzu, pero ahora sabía que ella hablaba con decepción. Ahora ansiaba la muerte, no porque no amara la vida, sino porque la muerte era inevitable, y lo que nadie puede impedir debe aceptarse. Ése era el Sendero. Jiang-ging nunca se había apartado del Sendero ni un solo paso en toda su vida.

—Entonces los dioses son amables conmigo —dijo Han Fei-tzu.

—Contigo —susurró ella—. ¿En qué estamos pensando?

Era su forma de pedirle que compartiera con ella sus pensamientos privados. Cuando otras personas lo hacían, él se sentía espiado. Pero Jiang-ging lo pedía sólo para poder pensar también lo mismo: formaba parte del hecho de haberse convertido en una sola alma.

—Estamos pensando en la naturaleza del deseo —respondió Han Fei-tzu.

—¿El deseo de quién? —preguntó ella—. ¿Y hacia qué?

«Mi deseo de que tus huesos sanen y recuperen sus fuerzas, para que no se rompan a la más mínima presión. Para que puedas ponerte de nuevo en pie, o levantar siquiera un brazo sin que tus propios músculos arranquen trozos de hueso o hagan que el hueso se rompa bajo la tensión. Para no tener que ver cómo te marchitas hasta pesar sólo dieciocho kilos. Nunca supe lo perfecta que era nuestra felicidad hasta que me enteré de que ya no podríamos estar juntos.»

—Mi deseo —respondió él—. Hacia ti.

—«Sólo se desea lo que no se tiene.» ¿Quién dijo eso?

—Tú —dijo Han Fei-tzu—. Algunos dicen «lo que no puedes tener».

Otros dicen «lo que no deberías tener». Yo digo: «Sólo puedes desear verdaderamente lo que desearás siempre».

—Me tienes para siempre.

—Te perderé esta noche. O mañana. O la semana que viene.

—Pensemos en la naturaleza del deseo —instó Jiang-ging.

Como antes, usaba la filosofía para sacarlo de su amarga melancolía.

Él se resistió, pero sólo a medias.

—Eres una gobernante dura —se quejó Han Fei-tzu—. Como tu antepasada-del-corazón, no haces ninguna concesión a la fragilidad de los demás.

Jiang-ging llevaba el nombre de una líder revolucionaria del pasado remoto que intentó guiar al pueblo a un nuevo Sendero, pero fue derrocada por cobardes de corazón débil. Han Fei-tzu pensaba que no estaba bien que su esposa muriera antes que él: su antepasada-del-corazón había sobrevivido a su esposo. Además, las esposas deberían vivir más que los maridos. Las mujeres eran más completas interiormente. También eran mejores para vivir con sus hijos. Nunca estaban tan solitarias como un hombre solo. Jiang-ging no quiso dejarle que volviera a sus meditaciones.

—Cuando la esposa de un hombre ha muerto, ¿qué ansía él?

Con rebeldía, Han Fei-tzu ofreció la respuesta más falsa a su pregunta.

—Acostarse con ella.

—El deseo del cuerpo —murmuró Jiang-ging.

Ya que ella estaba decidida a mantener esta conversación, Han Fei-tzu recitó la retahíla en su lugar.

—El deseo del cuerpo es actuar. Incluye todas las caricias, casuales e íntimas, y todos los movimientos habituales. Así, ve un movimiento por el rabillo del ojo y cree haber visto a su esposa muerta cruzando el umbral, y no se queda tranquilo hasta haberse acercado a la puerta y visto que no era su esposa. Despierta de un sueño en el que ha oído su voz y se descubre respondiéndole en voz alta, como si ella pudiera oírlo.

—¿Qué más? —preguntó Jiang-ging.

—Estoy cansado de filosofía —protestó Han Fei-tzu—. Tal vez los griegos encontraban consuelo en ella, pero yo no.

—El deseo del espíritu —insistió Jiang-ging.

—Como el espíritu pertenece a la tierra, es esa parte la que obtiene nuevas cosas de las cosas viejas. El marido ansía todas las cosas inacabadas que su esposa y él hacían cuando ella murió, y todos los sueños sin empezar de lo que podrían haber hecho si ella hubiera vivido. Así, un hombre se enfada con sus hijos por ser demasiado parecidos a él y no parecerse suficiente a su esposa muerta. Así, un hombre odia la casa en la que vivieron juntos, porque no la cambia, y está así tan muerta como su esposa, o sí la cambia, y entonces ya no es la mitad que ella creó.

—No tienes que enfadarte con nuestra pequeña Qing-jao —conminó Jiang-ging.

—¿Por qué? —preguntó Han Fei-tzu—. ¿Te quedarás, entonces, y me ayudarás a enseñarle a ser una mujer? Yo sólo puedo enseñarle a ser como yo soy, frío y duro, tosco y fuerte, como la obsidiana. Si acaba siendo así, aunque se parezca tanto a ti, ¿cómo podré no enfurecerme?

—Porque también puedes enseñarle todo lo que yo soy —replicó Jiang-ging.

—Si tuviera dentro de mí alguna parte de ti, no habría necesitado casarme contigo para ser una persona completa —objetó Han Feitzu. Ahora la provocaba usando la filosofía para apartar la conversación del dolor—. Ése es el deseo del alma. Como el alma está hecha de luz y vive en el aire, es esa parte la que concibe y conserva las ideas, sobre todo la idea del yo. El marido echa de menos su yo completo, que estaba compuesto del marido y la mujer juntos. Así, nunca cree ninguno de sus propios pensamientos, porque siempre hay una cuestión en su mente a la que sólo los pensamientos de la esposa son la única respuesta posible. Así, el mundo entero le parece muerto porque no puede confiar que nada conserve su significado antes de la arremetida de esta cuestión irrespondible.

—Muy profundo —comentó Jiang-ging.

—Si fuera japonés, cometería seppuku y vertiría mis entrañas en la jarra de tus cenizas.

—Muy sucio y desagradable —dijo ella.

—Entonces debería ser un antiguo hindú y quemarme en la pira.

Pero ella ya estaba cansada de bromas.

—Qing-jao —susurró.

Le estaba recordando que no podía hacer algo tan extravagante como morir por ella. Había que cuidar de la pequeña Qing-jao. Por eso, Han Fei-tzu le respondió en serio.

—¿Cómo puedo enseñarle a ser lo que tú eres?

—Todo lo que hay de bueno en mí viene del Sendero —dijo Jiang-ging—. Si le enseñas a obedecer a los dioses, honrar a los antepasados, amar a las personas y servir a los gobernantes, estaré en ella tanto como tú.

—Le enseñaré el Sendero como parte de mí mismo —aseguró Han Fei-tzu.

—No —dijo Jiang-ging—. El Sendero no es una parte natural de ti, esposo mío. Aunque los dioses te hablan cada día, insistes en creer en un mundo donde todo puede ser explicado por causas naturales.

—Obedezco a los dioses.

Han Fei-tzu pensó amargamente que no tenía más remedio: incluso retrasar la obediencia representaba una tortura.

—Pero no los conoces. No amas sus obras.

—El Sendero es amar a las personas. A los dioses sólo los obedecemos.

«¿Cómo puedo amar a unos dioses que me humillan y atormentan a cada oportunidad?»

Amamos a las personas porque son criaturas de los dioses.

—No me vengas con sermones.

Ella suspiró.

Su tristeza picó a Han Fei-tzu como una araña.

—Ojalá me sermonearas eternamente —suspiró.

—Te casaste conmigo porque sabías que amaba a los dioses, y que tú carecías de ese amor por ellos. De ese modo te completé.

¿Cómo podía discutir con ella cuando sabía que incluso ahora odiaba a los dioses por todo lo que le habían hecho, todo lo que le habían obligado a hacer, todo lo que le habían robado en su vida?

—Prométemelo —insistió Jiang-ging.

Él sabía lo que significaba esa palabra. Ella sentía la muerte rondándole: le depositaba la carga de su vida. Una carga que él llevaría con mucho gusto. Era perder su compañía en el Sendero lo que había temido siempre.

—Prométeme que enseñarás a Qing-jao a amar a los dioses y a seguir siempre el Sendero. Prométeme que harás que sea tanto mi hija como la tuya.

—¿Aunque nunca oiga la voz de los dioses?

—El Sendero es para todos, no sólo para los agraciados.

«Tal vez —pensó Han Fei-tzu—, pero a los agraciados por los dioses les resultaba mucho más fácil seguir el Sendero, porque para ellos el precio por desviarse era terrible. Las personas comunes eran libres: podían dejar el Sendero y no sentir el dolor durante años. Los agraciados no podían dejar el Sendero ni una sola hora.»

—Prométemelo.

«Lo haré. Lo prometo.»

Pero no pudo pronunciar las palabras en voz alta. No sabía por qué, pero su resistencia era profunda.

En el silencio, mientras ella esperaba su juramento, oyeron el sonido de pies que corrían sobre la grava ante la puerta de la casa. Sólo podía ser Qing-jao, que regresaba del jardín de Sun Cao-pi. Sólo a Qing-jao se le permitía correr y hacer ruido durante esta hora de silencio. Esperaron, sabiendo que acudiría directamente a la habitación de su madre.

La puerta se abrió, deslizándose casi sin ruido. Incluso Qing-jao había comprendido lo suficiente la causa del silencio para caminar con cuidado cuando se hallaba en presencia de su madre. Aunque avanzaba de puntillas, apenas podía evitar bailar, casi galopar sobre el suelo. Pero no pasó los brazos alrededor del cuello de su madre, recordaba la lección aunque la terrible magulladura se había borrado de su cara: el ansioso abrazo de Qing-jao le había roto la mandíbula hacía tres meses.

—He contado veintitrés carpas blancas en el arroyo del jardín —declaró Qing-jao.

—¿Tantas? —preguntó Jiang-ging.

—Creo que se estaban mostrando ante mí para que pudiera contarlas. Ninguna quería quedarse fuera.

—Te quiero —susurró Jiang-ging.

Han Fei-tzu oyó un nuevo sonido en la voz jadeante: un estallido, como burbujas rompiéndose con sus palabras.

—¿Crees que ver tantas carpas significa que seré una agraciada? —preguntó Qing-jao.

—Le pediré a los dioses que te hablen —aseguró Jiang-ging.

De repente, la respiración de Jiang-ging se volvió rápida y entrecortada. Han Fei-tzu se arrodilló inmediatamente y miró a su esposa. Tenía los ojos muy abiertos, asustados. Había llegado el momento.

Sus labios se movieron. «Prométemelo», articuló, aunque no pudo emitir más sonido que un jadeo.

—Lo prometo —dijo Han Fei-tzu.

Entonces la respiración se detuvo.

—¿Qué dicen los dioses cuando te hablan? —preguntó Qing-jao.

—Tu madre está muy cansada —dijo Han Fei-tzu—. Ahora debes irte.

—Pero no me ha respondido. ¿Qué dicen los dioses?

—Cuentan secretos —respondió Han Fei-tzu—. Nadie que los oiga debe repetirlos.

Qing-jao asintió sabiamente. Dio un paso atrás, como para marcharse, pero se detuvo.

—¿Puedo besarte, madre?

—Suavemente, en la mejilla-advirtió Han Fei-tzu.

Qing-jao, pequeña para sus cuatro años, no tuvo que agacharse mucho para besar la mejilla de su madre.

—Te quiero, madre.

—Ahora será mejor que te vayas, Qing-jao —dijo Han Fei-tzu.

—Pero madre no ha dicho que también me quiere.

—Lo hizo. Lo dijo antes. ¿Recuerdas? Pero está muy débil y cansada. Vete ahora.

Puso suficiente dureza en su voz para que Qing-jao se marchara sin hacer más preguntas. Sólo cuando se hubo ido se permitió Han Fei-tzu preocuparse por ella. Se arrodilló sobre el cuerpo de Jiang-qing y trató de imaginar lo que le estaba sucediendo ahora. Su alma había volado y ahora estaba ya en el cielo. Su espíritu se retrasaría mucho más; tal vez habitaría en esta casa, como si hubiera sido en efecto un lugar de felicidad para ella. La gente supersticiosa creía que todos los espíritus de los muertos eran peligrosos, y colocaba signos y conjuros para alejarlos. Pero los que seguían el Sendero sabían que el espíritu de una buena persona no era nunca dañino o destructivo, pues la bondad de su vida procedía del amor del espíritu para hacer cosas. El espíritu de Jiang-ging sería una bendición en la casa durante muchos años, si decidía quedarse.

Sin embargo, mientras intentaba imaginar su alma y su espíritu, según las enseñanzas del Sendero, había en su corazón un lugar frío convencido de que todo lo que quedaba de Jiang-ging era aquel cuerpo frágil y reseco. Esta noche ardería con la rapidez del papel, y entonces ella dejaría de existir, excepto en los recuerdos de su corazón.

Jiang-ging tenía razón. Sin ella para completar su alma, él ya dudaba de los dioses. Y los dioses se habían dado cuenta, lo hacían siempre. De inmediato sintió la insoportable urgencia de ejecutar el ritual de la limpieza, hasta que pudiera deshacerse de sus indignos pensamientos. Ni siquiera ahora lo dejarían sin castigo. Incluso ahora, con su esposa muerta delante, los dioses insistían en que los obedeciera antes de poder derramar una sola lágrima de pesar por ella.

Al principio pensó en retrasarse, posponer la obediencia. Se había adiestrado para poder posponer el ritual incluso un día entero, mientras escondía todos los signos externos de su tormento interior. Podría hacerlo ahora, pero sólo si mantenía su corazón completamente helado. Qué absurdo. El verdadero dolor llegaría cuando hubiera satisfecho a los dioses. Así, tras arrodillarse allí mismo, dio comienzo al ritual.

Todavía estaba retorciéndose y girando con el ritual cuando se asomó un sirviente. Aunque el sirviente no dijo nada, Han Fei-tzu oyó el suave deslizar de la puerta y supo lo que pensaría: Jiang-qing había muerto y Han Fei-tzu era tan recto que estaba comulgando con los dioses antes de anunciar su muerte a la servidumbre. Sin duda, algunos incluso supondrían que los dioses habían venido a llevarse a Jiang-ging, pues era conocida por su extraordinaria santidad. Nadie supondría que, aunque Han Fei-tzu estaba orando, su corazón estaba lleno de amargura porque los dioses se atrevían a exigirle esto incluso ahora.

«Oh, dioses —pensó—, si supiera que cortándome un brazo o arrancándome el hígado podría deshacerme de vosotros para siempre, agarraría el cuchillo y saborearía el dolor y la pérdida, todo por la libertad.»

También ese pensamiento era indigno, y requería más limpieza. Pasaron horas antes de que los dioses lo liberaran por fin, y para entonces estaba demasiado cansado, demasiado mareado para sentir pesar. Se levantó y convocó a las mujeres para que prepararan el cuerpo de Jiang-ging para la cremación.

A medianoche, fue el último en acercarse a la pira, llevando en brazos a Qing-jao, adormilada. La niña sujetaba en la mano los tres papeles que había escrito para su madre con sus garabatos infantiles. «Pez», había escrito, y «libro» y «secretos». Ésas eran las cosas que Qing-jao daba a su madre para que se las llevara al cielo. Han Fei-tzu había intentado comprender los pensamientos que habían pasado por la cabeza de Qing-jao cuando escribió aquellas palabras. «Pez» por las carpas del arroyo del jardín, sin duda. Y «libro»… era bastante fácil de comprender, porque leer en voz alta era una de las últimas cosas que Jiang-ging podía hacer con su hija. ¿Pero por qué «secretos»? ¿Qué secretos tenía Qing-jao para su madre? No podía preguntarlo. No se discuten las ofrendas a los muertos.

Han Fei-tzu depositó a Qing-jao en el suelo. La niña no estaba profundamente dormida, y por eso se despertó inmediatamente y permaneció allí de pie, parpadeando lentamente. Han Fei-tzu le susurró unas palabras y ella enrolló los papeles y los metió dentro de la manga de su madre. No pareció importarle tocar la fría carne de la difunta: era demasiado joven para haber aprendido a estremecerse ante el contacto con la muerte.

Tampoco a Han Fei-tzu le importó el contacto con la carne de su esposa cuando metió sus tres papeles en la otra manga. ¿Qué había ya que temer de la muerte, cuando ya había hecho lo peor que podía hacer?

Nadie sabía lo que había escrito en sus papeles, o se habrían horrorizado, pues había escrito «Mi cuerpo», «Mi espíritu» y «Mi alma». Era como si se quemara a sí mismo en la pira funeraria de Jiang-ging, y se enviara con ella hacia dondequiera que se dirigiese.

Entonces, la doncella secreta de Jiang-ging, Mu-pao, acercó la antorcha a la madera sagrada y la pira empezó a arder. El calor del fuego resultaba doloroso, de manera que Qing-jao se escondió tras su padre, asomándose sólo de vez en cuando para ver a su madre partir hacia su viaje interminable. Sin embargo, Han Fei-tzu agradeció el calor seco que le abrasaba la piel y volvía quebradiza la seda de su túnica. El cuerpo de Jiang-ging no estaba tan seco como parecía: mucho después de que los papeles se arrugaran para convertirse en cenizas y revolotearan hacia arriba con el humo del fuego, su cuerpo todavía ardía, y el denso incienso que se consumía alrededor de la hoguera no lograba disimular el olor a carne quemada. «Esto es lo que estamos quemando aquí: carne, peces, carroña, nada. No es mi Jiang-ging. Sólo el disfraz que llevaba en esta vida. Lo que convirtió ese cuerpo en la mujer que amé está todavía vivo, debe estar vivo todavía.» Y por un momento pensó que podía ver, u oír, o de algún modo sentir el paso de Jiang-ging.

«En el aire, en la tierra, en el fuego. Estoy contigo.»

REUNIÓN

‹Lo más extraño de los humanos es la forma en que se emparejan, machos y hembras. Están constantemente en guerra unos con otros, nunca se dejan en paz. Nunca parecen comprender la idea de que machos y hembras son especies separadas con ideas y deseos completamente diferentes, forzados a unirse sólo para multiplicarse.›

‹Es normal que pienses así. Vuestros machos no son más que zánganos sin mente, extensiones de ti mismo, sin identidad propia.›

‹Conocemos a nuestros amantes a la perfección. Los humanos inventan un amante imaginario y colocan una máscara sobre el rostro del cuerpo que está en su como.›

‹Ésa es la tragedia del lenguaje, amiga mía. Los que se conocen solamente a través de representaciones simbólicas están obligados a imaginarse unos a otros. Y como la imaginación es imperfecta, a menudo se equivocan.›

‹Ésa es la fuente de su infelicidad.›

‹Y de su fuerza, me parece. Tu pueblo y el mío, cada uno por nuestros propios motivos evolutivos, se emparejan con compañeros enormemente distintos. Nuestros machos son siempre, desgraciadamente, nuestros inferiores intelectuales. Los humanos se emparejan con seres que desafían su supremacía. Tienen conflictos entre machos no porque su comunicación sea inferior o la nuestra, sino porque se comunican entre ellos.›

Valentine Wiggin repasó su ensayo, haciendo unas cuantas correcciones acá y allá. Cuando terminó, las palabras gravitaron en el aire sobre el terminal de su ordenador. Se sentía satisfecha por haber escrito un análisis irónico tan certero del carácter personal de Rymus Ojman, el presidente del gabinete del Congreso Estelar.

—¿Hemos terminado otro ataque a los amos de los Cien Mundos?

Valentine no se volvió para mirar a su marido: sabía por su voz la expresión exacta que tendría en la cara, y por eso le sonrió sin volverse. Después de veinticinco años de matrimonio, podían verse claramente sin tener que mirarse.

—Hemos hecho que Rymus Ojman parezca ridículo.

Jakt se asomó a su diminuto cubículo, la cara tan cerca de la de ella que Valentine percibió su suave respiración mientras el hombre leía los primeros párrafos. Ya no era joven: el esfuerzo de asomarse a su despacho, apoyando las manos en el marco de la puerta, le hacía respirar más rápidamente de lo que le gustaba oír.

Entonces habló, pero con la cara tan cerca de la suya que sintió sus labios rozarle la mejilla, y cada palabra le hizo cosquillas.

A partir de ahora incluso su madre se reirá a escondidas cada vez que vea al pobre infeliz.

—Fue difícil hacerlo gracioso —dijo Valentine—. No podía evitar denunciarlo una y otra vez.

—Esto es mejor.

—Oh, lo sé. Si hubiera dejado que se notara mi furia, si le hubiera acusado de todos sus crímenes, le habría hecho parecer más formidable y aterrador, y la Facción Legisladora lo habría amado aún más, y los cobardes de todos los mundos se habrían inclinado todavía más ante él.

—Para poder inclinarse más tendrán que comprar alfombras más finas —comentó Jakt.

Ella se echó a reír, pero debido a que el cosquilleo de sus labios sobre la mejilla se volvía insoportable. También empezaba, sólo un poco, a atormentarse con deseos que simplemente no podían ser satisfechos en este viaje. La nave espacial era demasiado reducida y apretada, con toda su familia a bordo, para disfrutar de intimidad real alguna.

—Jakt, ya casi estamos en la mitad del viaje. Nos hemos abstenido más tiempo durante la carrera mishmish de todos los años.

—Podríamos colgar un cartel en la puerta y que no entre nadie.

—Y también colocar otro que dijera: «Pareja mayor desnuda reviviendo viejos recuerdos».

—No soy mayor.

—Tienes más de sesenta años.

—Si el viejo soldado puede mantenerse firme y saludar, lo mejor es dejarle participar en el desfile.

—Nada de desfiles hasta que el viaje termine. Sólo son un par de semanas más. Sólo tenemos que completar el encuentro con el hijo adoptivo de Ender y luego estaremos rumbo a Lusitania.

Jakt se apartó de ella, la sacó del despacho y permaneció erguido en el pasillo, uno de los pocos lugares de la nave donde podía hacerlo. No obstante, gruñó al adoptar esa postura.

—Crujes como una vieja puerta oxidada —observó Valentine.

—Te he oído hacer los mismos sonidos al levantarte. No soy el único viejo chocho, senil, decrépito y lamentable de la familia.

—Lárgate y déjame transmitir esto.

—Estoy acostumbrado a tener trabajo que hacer en los viajes —protestó Jakt—. Aquí los ordenadores lo hacen todo, y esta nave nunca cabecea o se zambulle en el mar.

—Lee un libro.

—Estoy preocupado por ti. Mucho trabajo y nada de diversión te convertirán en una vieja bruja.

—Cada minuto que pasamos aquí charlando son ocho horas y media en tiempo real.

—El tiempo que pasamos en esta nave es tan real como el tiempo de ellos ahí fuera —dijo Jakt—. A veces desearía que los amigos de Ender no hubieran encontrado un medio para que nuestra nave mantenga un enlace colateral.

—Requiere un montón de tiempo de ordenador —alegó Val—. Hasta ahora, sólo los militares podían comunicarse con las naves estelares durante el vuelo a velocidad cercana a la de la luz. Si los amigos de Ender pueden conseguirlo, entonces les debo el usarlo.

—No haces todo esto porque le debas nada a nadie.

—Si escribo un ensayo cada hora, Jakt, eso significa que para el resto de la humanidad Demóstenes sólo está publicando algo cada tres semanas.

—No es posible que escribas un ensayo cada hora. Duermes, comes.

—Y tú hablas y yo escucho. Márchate, Jakt.

—Si hubiera sabido que salvar a un planeta de la destrucción significaría tener que regresar a un estado de absoluta castidad, nunca habría accedido a hacerlo.

Él sólo bromeaba a medias. Dejar Trondheim fue una dura decisión para toda la familia; incluso para ella, a pesar de que sabía que iba a ver de nuevo a Ender. Sus hijos eran todos adultos ahora, o casi: consideraban este viaje como una gran aventura. Sus visiones del futuro no estaban atadas a un lugar concreto. Ninguno de ellos se había convertido en marino, como su padre. Todos eran eruditos o científicos, y vivían la vida del discurso público y la contemplación privada, como su madre. Podían seguir viviendo sus vidas, sin ningún cambio sustancial, prácticamente en cualquier parte, en cualquier mundo. Jakt estaba orgulloso de ellos, pero decepcionado de que la cadena de la familia, que se remontaba a siete generaciones en los mares de Trondheim, terminara con él. Y ahora, por ella, Jakt había renunciado al mar mismo. Renunciar a Trondheim era lo más duro que ella podría haberle pedido, y él había aceptado sin vacilación.

Tal vez regresaría algún día y si lo hacía, los océanos, el hielo, las tormentas, los peces, los dulces prados desesperadamente verdes del verano estarían todavía allí. Pero sus tripulaciones habrían desaparecido, habían desaparecido ya. Los hombres a quienes conocía mejor que a sus propios hijos, mejor que a su esposa, tenían ya quince años más, y cuando regresara, si lo hacía, habrían transcurrido otros cuarenta años. Sus nietos estarían tripulando los barcos para entonces. No sabrían el nombre de Jakt. Sería un armador extranjero, venido del cielo, no un marino, no un hombre con el hedor y la sangre amarillenta de los strika en las manos. No sería uno de ellos.

Por eso, cuando se quejaba de que ella lo estaba ignorando, cuando bromeaba sobre su falta de intimidad durante el viaje, había algo más que el deseo juguetón de un esposo maduro. Supiera él o no lo que decía, ella comprendía el verdadero significado de sus palabras: «Después de todo lo que he dejado por ti, ¿no tienes nada que darme?».

Y tenía razón: ella se estaba esforzando más de lo necesario. Hacía más sacrificios de los precisos, y pedía demasiado también de él. Lo importante no era el número absoluto de ensayos subversivos que Demóstenes publicara durante este viaje, sino cuánta gente leería y creería lo que ella escribía, y cuántos de ellos pensarían, hablarían y actuarían como enemigos del Congreso Estelar. Tal vez más importante era la esperanza de que alguien dentro de la burocracia del propio Congreso llegara a sentir un lazo más fuerte con la humanidad y rompiera su enloquecedora solidaridad institucional. Seguramente, algunos cambiarían tras leer lo que ella escribía. No muchos, pero tal vez los suficientes. Y tal vez sucedería a tiempo de impedirles que destruyeran el planeta Lusitania.

De lo contrario, Jakt, ella y los que habían renunciado a tanto para acompañarlos en este viaje desde Trondheim llegarían a Lusitania justo a tiempo de dar media vuelta y huir… o ser destruidos junto con todos los demás habitantes de ese planeta. No era de extrañar que Jakt estuviera nervioso y quisiera pasar más tiempo con ella. Lo absurdo era que ella se mostrara tan encerrada en sí misma y se pasara todo el tiempo escribiendo propaganda.

—Ve haciendo el cartel para la puerta, y yo me aseguraré de que no estés solo en la habitación.

—Mujer, haces que mi corazón aletee como un lenguado moribundo —dijo Jakt.

—Eres muy romántico cuando hablas como un pescador —dijo Valentine—. Los chicos se reirán con ganas cuando se enteren de que no pudiste mantenerte casto ni siquiera durante las tres semanas de este viaje.

—Tienen nuestros genes. Deberían desear que estemos bien fuertes hasta que hayamos entrado en nuestro segundo siglo.

—Yo tengo más de cuatro milenios.

—¿Cuándo, oh, cuándo puedo esperarte en mi camarote, bella anciana?

—Cuando haya transmitido este ensayo.

—¿Y cuánto tardarás?

—Un ratito después de que te marches y me dejes en paz.

Con un profundo suspiro que era más teatro que tristeza verdadera, él se marchó dando zancadas sobre el corredor alfombrado. Un momento después se produjo un sonido metálico y ella le oyó gritar de dolor. Era broma, naturalmente: se había dado un golpe accidental en la cabeza con la viga metálica el primer día de viaje, pero desde entonces sus colisiones habían sido deliberadas, buscando un efecto cómico. Nadie se reía en voz alta, desde luego (era una tradición familiar no reírse cuando Jakt ejecutaba una de sus bromas físicas), pero él tampoco era el tipo de hombre que necesita apoyo por parte de los demás. Él mismo era su mejor público: un hombre no podía ser marino y líder de otros hombres toda la vida sin bastarse a sí mismo. Por lo que Valentine sabía, sus hijos y ella eran las únicas personas que se había permitido necesitar.

Incluso así, no los necesitaba tanto como para no poder continuar con su vida de marino y pescador y estar fuera de casa durante días, a menudo semanas, con frecuencia meses seguidos. Al principio Valentine lo acompañaba algunas veces, cuando se deseaban tanto mutuamente que nunca estaban satisfechos. Pero con los años su ansia había dado paso a la paciencia y la confianza; cuando él estaba fuera, ella investigaba y se entregaba a sus libros, y cuando volvía dedicaba toda su atención a Jakt y los niños.

Éstos solían quejarse: «Ojalá papá estuviera en casa, para que así mamá saliera de su habitación y volviera a hablarnos». «No he sido demasiado buena madre —pensó Valentine—. Los niños han salido tan buenos por pura suerte.»

El ensayo seguía gravitando en el aire sobre el terminal. Sólo quedaba por dar un último toque. Centró el cursor al pie y tecleó el nombre bajo el que se publicaban sus escritos: DEMÓSTENES.

Era un nombre que le había dado su hermano mayor, Peter, cuando los dos eran niños hacía cincuenta…, no, hacía ya tres mil años.

El mero hecho de pensar en Peter ya la trastornaba, le hacía sentir frío y calor por dentro. Peter, el cruel, el violento, cuya mente era tan sutil y peligrosa que cuando tenía dos años la manipulaba a ella y cuando tenía veinte al mundo entero. Cuando todavía eran niños en la Tierra, en el siglo XXII, él estudió los escritos políticos de grandes hombres y mujeres, vivos y muertos, no para captar sus ideas (que comprendía al instante), sino para aprender cómo las decían. Para saber, en términos prácticos, hablar como un adulto. Cuando dominó el tema, enseñó a Valentine y la obligó a escribir demagogia barata bajo el nombre de Demóstenes mientras él redactaba elevados ensayos dignos de un hombre de estado que firmaba con el nombre de Locke. Luego los enviaron a las redes informáticas y en cuestión de unos cuantos años estuvieron en el centro de los más importantes temas políticos del momento.

Lo que amargaba a Valentine entonces (y todavía le escocía un poco hoy, ya que nunca se había resuelto antes de que Peter muriera) era que él, consumido por el ansia de poder, la había obligado a ella a escribir aquello que expresaba el carácter de él, mientras él se dedicaba a escribir sentimientos elevados y amantes de la paz que procedían de Valentine por naturaleza. En aquellos días, el nombre de Demóstenes le pareció una carga terrible. Todo lo que escribió bajo aquel nombre era mentira, y ni siquiera suya propia, sino de Peter. Una mentira dentro de otra.

«Ahora no. No desde hace tres mil años. El nombre es mío. He escrito historias y biografías que han configurado el pensamiento de millones de eruditos en los Cien Mundos y ayudado a definir las identidades de docenas de naciones. Te lo merecías, Peter. Te lo merecías por lo que intentaste hacer de mí.»

Pero ahora, al mirar el ensayo que acababa de escribir, advirtió que seguía siendo alumna de Peter a pesar de haberse librado de su dominio. Todo lo que sabía de retórica, polémica (sí, de demagogia), lo había aprendido de él o de su insistencia. Y ahora, aunque lo usaba para una causa noble, efectuaba exactamente el mismo tipo de manipulación política que tanto adoraba Peter.

Peter había llegado a convertirse en Hegemón, legislador de toda la humanidad durante sesenta años al principio de la Gran Expansión. Fue quien unió a todas las comunidades humanas en lucha a favor del vasto esfuerzo que envió naves estelares a todos los mundos donde los insectores habían vivido con anterioridad, y luego a descubrir más mundos habitables hasta que, cuando murió, los Cien Mundos habían sido colonizados o tenían naves que iban en camino. Tuvieron que transcurrir otros mil años, por supuesto, antes de que el Congreso Estelar uniera una vez más a toda la humanidad bajo un gobierno, pero el recuerdo del primer verdadero Hegemón (el Hegemón), estaba en el corazón de la historia que hacía posible la unidad de la humanidad.

De un desierto moral como el alma de Peter surgió la armonía, la unidad y la paz.

En cambio, el legado de Ender, según recordaba la humanidad, era muerte, asesinato, xenocidio.

Ender, el hermano menor de Valentine, el hombre al que iban a ver, era el más delicado, el hermano a quien amaba y a quien en los primeros años intentó proteger. Era el bueno. Oh, sí, tenía una veta implacable que rivalizaba con la de Peter, pero también la decencia de sentirse asustado ante su propia brutalidad. Ella lo amaba tan fervientemente como odiaba a Peter, y cuando Peter exilió a su hermano menor de la Tierra que anhelaba gobernar, Valentine se marchó con Ender, en repudio definitivo a la hegemonía personal que Peter ejercía sobre ella.

«Y aquí estoy de nuevo —pensó Valentine—, de vuelta a la política.»

—Transmite —indicó bruscamente, en el tono entrecortado que anunciaba al terminal que le estaba dando una orden.

La palabra transmitiendo apareció en el aire sobre el ensayo. Normalmente, cuando redactaba trabajos eruditos, tenía que especificar un destino, enviar el ensayo a un editor a través de algún camino tortuoso para que nadie pudiera relacionarlo fácilmente con Valentine Wiggin. Ahora, sin embargo, una amiga subversiva de Ender, trabajando bajo el nombre en código de «Jane», se encargaba de eso por ella, recurriendo a todos los trucos para convertir un mensaje del ansible de una nave que viajaba casi a la velocidad de la luz en un mensaje legible en un ansible planetario cuyo patrón temporal transcurría más de cinco veces más, rápido.

Ya que comunicarse con una nave estelar devoraba grandes cantidades de tiempo ansible planetario, normalmente se recurría a este procedimiento sólo para información e instrucciones de navegación. Las únicas personas a las que se les permitía enviar mensajes extensos eran los altos oficiales del gobierno o el ejército. Valentine no era capaz de comprender cómo Jane conseguía tanto tiempo de ansible para esas transmisiones de textos, y al mismo tiempo lograba que nadie descubriera de dónde procedían aquellos documentos subversivos. Aún más, Jane usaba más tiempo de ansible transmitiéndole las respuestas publicadas a sus escritos, informándola de todos los argumentos y estrategias que el gobierno usaba para contrarrestar la propaganda de Valentine. Quienquiera que fuese Jane (y Valentine sospechaba que Jane era simplemente el nombre de una organización clandestina que había penetrado los niveles más altos del gobierno), era extraordinariamente hábil. Y extraordinariamente audaz. Sin embargo, si Jane estaba dispuesta a descubrirse (a descubrirlos), corriendo tan altos riesgos, Valentine le debía (les debía) la producción de tantos documentos como pudiera y tan impactantes y peligrosos como pudiera hacerlos.

«Si las palabras pueden ser armas letales, debo proporcionarles un arsenal.»

Pero seguía siendo una mujer: incluso los revolucionarios tienen derecho a tener una vida, ¿no? Momentos de alegría, o placer, o quizá tan sólo de alivio, robados aquí y allá. Se levantó de su asiento, ignorando el dolor que le producía moverse después de estar sentada tanto tiempo, y salió retorciéndose de la diminuta oficina: una cabina de almacenamiento, en realidad, antes de que convirtieran la nave espacial para su propio uso. Se sintió un poco avergonzada por lo ansiosa que estaba de llegar a la habitación donde la esperaba Jakt. La mayoría de los grandes propagandistas revolucionarios de la historia habrían podido soportar al menos tres semanas de abstinencia física. ¿0 no? Se preguntó si alguien habría hecho un estudio de ese tema en concreto.

Todavía estaba imaginando cómo un investigador podría escribir una propuesta para una beca sobre un proyecto de esa envergadura cuando llegó al compartimento con los cuatro camastros que compartía con Syfte y su marido, Lars, que se le había declarado sólo unos días antes de que se marcharan, en cuanto advirtió que Syfte iba a abandonar realmente Trondheim. Era duro compartir un camarote con recién casados: Valentine siempre se sentía como una intrusa al usar la misma habitación. Pero no había otra elección. Aunque esta nave era un yate de recreo, con todas las comodidades que podían esperar, no había sido diseñada para tanta gente. Era la única nave en Trondheim que resultaba remotamente adecuada, así que tuvieron que contentarse.

Su hija de veinte años, Ro, y Varsam, su hijo de dieciséis, compartían otro camarote con Plikt, su tutora de toda la vida y una apreciada amiga de la familia. Los miembros de la tripulación del yate que habían decidido hacer el viaje con ellos (habría sido un error despedirlos a todos y dejarlos en Trondheim) usaban los otros dos. El puente, el comedor, la bodega, el salón, los camarotes…, todo estaba atestado de gente que se esforzaba al máximo para no dejar que la incomodidad por la falta de espacio se les escapara de las manos.

Sin embargo, ninguno de ellos estaba ahora en el pasillo, y Jakt había pegado ya un cartel en la puerta:

QUÉDATE FUERA O MUERE

Estaba firmado: «El propietario». Valentine abrió la puerta. Jakt estaba apoyado contra la pared tan cerca de la puerta que ella se asustó y soltó un gritito.

—Cuánto me alegra saber que mi sola visión puede hacerte gritar de placer.

—De espanto.

—Pasa, mi dulce sediciosa.

—¿Sabes? Técnicamente soy la propietaria de esta nave.

—Lo que es tuyo es mío. Me casé contigo por tus propiedades.

Ella entró en el compartimento. Jakt cerró la puerta y la selló.

—¿Eso es todo lo que soy para ti? —preguntó ella—. ¿Bienes raíces?

—Un trocito de terreno en el que puedo arar y plantar y cosechar, todo en su estación adecuada —extendió la mano hacia Valentine, y ella se echó en sus brazos. Suavemente, deslizó las manos por su espalda, le acarició los hombros. Ella se sentía contenida en su abrazo, nunca confinada.

—El otoño se acaba-comentó ella—. Nos acercamos al invierno.

—Tiempo de desbrozar, tal vez —contestó Jakt—. O tal vez ya sea hora de encender el fuego y mantener cálida la vieja cabaña antes de que lleguen las nieves.

La besó, y fue como la primera vez.

—Si hoy volvieras a pedirme que me casara contigo, te diría que sí —dijo Valentine.

—Si yo te hubiera visto hoy por primera vez, te lo habría pedido.

Habían pronunciado aquellas palabras muchas, muchas veces antes. Sin embargo, oírlas todavía les hacía sonreír, porque seguían siendo ciertas.

Las dos naves habían completado su amplia danza, bailando a través del espacio con grandes saltos y giros delicados hasta que por fin pudieron encontrarse y tocarse. Miro Ribeira había contemplado todo el proceso desde el puente de su nave, los hombros encogidos, la cabeza echada hacia atrás sobre el reposacabezas del asiento. Para otras personas, esta postura siempre parecía incómoda. En Lusitania, cada vez que su madre lo veía sentado de esta forma se acercaba y lo reprendía, e insistía en traerle una almohada para que estuviera cómodo. Nunca pareció comprender que sólo en aquella extraña postura, aparentemente molesta, conseguía que la cabeza se le mantuviera erecta sin ningún esfuerzo consciente por su parte.

Él soportaba sus reproches porque no merecía la pena discutir con ella. Su madre siempre se movía y pensaba rápidamente, y era casi imposible que frenara el ritmo de su vida para escucharlo.

Desde la lesión cerebral que sufrió al atravesar el campo disruptor que separaba la colonia humana del bosque de los cerdis, su habla se había vuelto insoportablemente lenta, dolorosa de producir y difícil de comprender. Quim, el hermano de Miro, el religioso, le había dicho que debía dar gracias a Dios por poder hablar al menos; los primeros días fue incapaz de comunicarse excepto a través de un escáner alfabético, deletreando mensajes símbolo a símbolo. Sin embargo de algún modo, el deletreo fue lo mejor. Al menos Miro guardaba silencio, no escuchaba su propia voz. El sonido torpe y pastoso, su agonizante lentitud. ¿Quién tuvo en su familia paciencia para escucharlo? Incluso en los que lo intentaron —su hermano menor, Ela; su amigo y padre adoptivo, Andrew Wiggin, el Portavoz de los Muertos; y Quim, por supuesto…—, podía sentir su impaciencia. Tendían a terminar las frases por él. Necesitaban apresurar las cosas. Por eso, aunque afirmaban que querían hablar con él, aunque se sentaban y escuchaban mientras él hablaba, no podía dirigirse a ellos libremente. No podía comunicar ideas: no podía hablar con frases largas y relacionadas, porque cuando llegaba al final sus oyentes habían perdido el hilo del principio.

El cerebro humano, concluyó Miro, era como un ordenador, únicamente puede recibir datos a ciertas velocidades. Si eres demasiado lento, la atención del oyente divaga y la información se pierde.

Y no sólo la de los oyentes. Miro tenía que ser justo: se impacientaba tanto consigo mismo como con ellos. Cuando pensaba en el crudo esfuerzo que implicaba explicar una idea complicada, cuando intentaba formar por anticipado las palabras con unos labios y lengua y mandíbulas que no le obedecían, cuando pensaba en cuánto tiempo requeriría, normalmente se sentía demasiado cansado para hablar. Su mente seguía y seguía corriendo, con la velocidad de siempre, produciendo tantos pensamientos que a veces Miro quería que su cerebro se cerrara, que guardara silencio y lo dejara en paz. Pero sus pensamientos continuaban siendo propios, sin que nadie los compartiera.

Excepto con Jane. Podía hablar con Jane. Ella le había abordado por primera vez en el terminal que tenía en casa, cuando su rostro tomó forma en la pantalla. «Soy amiga del Portavoz de los Muertos —le dijo—. Creo que podemos hacer que este ordenador sea un poco más adecuado.» A partir de entonces, Miro descubrió que Jane era la única persona con quien podía hablar fácilmente. Para empezar, mostraba una paciencia infinita. Nunca terminaba sus frases. Podía esperar a que él mismo las acabara, y por eso nunca se sentía apremiado, nunca sentía que la estaba aburriendo.

Tal vez más importante todavía, no tenía que formar sus palabras tan completamente para ella como para sus interlocutores humanos. Andrew le había dado un terminal personal, un receptor informático incrustado en una joya como la que el propio Andrew llevaba en el oído. Desde esa perspectiva, usando los sensores de la joya, Jane podía detectar todos los sonidos que hacía, cada movimiento de los músculos de su cabeza. Ya no tenía que completar cada sonido, sino comenzarlo, y ella comprendía. Podía ser perezoso. Él podía hablar más rápidamente y ser comprendido.

Y también podía hablar en silencio. Podía subvocalizar, no tenía que usar aquella voz torpe, molesta y aullante que era todo lo que podía producir ahora su garganta. Cuando hablaba con Jane, podía hablar rápidamente, de modo natural, sin recordar que estaba lisiado. Con Jane podía sentirse él mismo.

Ahora estaba sentado en el puente de la nave de carga que había traído a Lusitania al Portavoz de los Muertos hacía tan sólo unos pocos meses. Temía el encuentro con la nave de Valentine. Si hubiera pensado en otro sitio al que ir, se habría escapado: no sentía el menor deseo de conocer a la hermana de Andrew ni a nadie más. Si pudiera quedarse solo eternamente en la nave, hablando sólo con Jane, se habría sentido satisfecho.

No, no era así. Nunca volvería a estar satisfecho.

Como mínimo, esta Valentine y su familia serían gente nueva. En Lusitania conocía a todo el mundo, o al menos a todo el mundo que valoraba: toda la comunidad científica, la gente con educación y conocimiento. Los conocía tan bien que no podía dejar de ver su compasión, su pesar, su frustración ante lo que le había sucedido. Cuando lo miraban, percibía la diferencia entre lo que era antes y lo que era ahora. Ellos sólo veían pérdida.

Existía la posibilidad de que gente nueva (Valentine y su familia) pudieran mirarlo y ver otra cosa.

Sin embargo, era improbable. Los desconocidos lo mirarían y verían menos, no más, que quienes lo conocieron antes de quedar lisiado. Al menos, su madre y Andrew y Ela y Ouanda y todos los demás sabían que tenía una mente, que era capaz de comprender ideas. «¿Qué pensarán cuando me vean? Verán un cuerpo que se está atrofiando; encorvado; me verán andar con paso torpe; me verán usar las manos como garras, agarrar la cuchara como un niño de tres años; oirán mi habla pastosa y casi ininteligible; y supondrán, sabrán, que una persona así no puede comprender nada que sea complicado o difícil.

¿Por qué he venido?

No he venido. Me fui. No venía a encontrarme con esta gente. Me marchaba de allí. Escapaba. Sólo que me engañé a mí mismo. Pensé en marcharme en un viaje de treinta años, que es sólo como les parecerá a ellos. Para mí únicamente ha transcurrido una semana y media. Eso no es tiempo ninguno. Y mi soledad ya se ha acabado. Mi tiempo de estar a solas con Jane, que me escucha como si todavía fuera un ser humano, se ha terminado.»

Casi. Casi había pronunciado las palabras que hubiesen abortado el encuentro. Podría haber robado la nave de Andrew para marcharse en un viaje eterno sin tener que enfrentarse a otra alma viviente.

Pero una acción nihilista de esas características no era propia de él, todavía no. Decidió que aún no estaba desesperado. Tal vez había algo que pudiera hacer para justificar el hecho de continuar viviendo en aquel cuerpo. Y tal vez todo comenzaría conociendo a la hermana de Andrew.

Las naves se unían ahora, mientras los umbilicales se retorcían y se estiraban, hasta encontrarse. Miro observaba los monitores y escuchaba en los informes del ordenador cada maniobra completa. Las naves se unían de todas las formas posibles para poder realizar el resto del viaje a Lusitania en perfecto tándem. Todas las fuentes serían compartidas. Ya que la nave de Miro era de carga, no podía aceptar más que a un puñado de personas, pero se encargaría de algunos de los suministros vitales de la otra nave: juntos, los dos ordenadores de a bordo calculaban un equilibrio perfecto.

Cuando calcularon la carga, decidieron exactamente cuánto debía acelerar cada nave mientras giraban para iniciar juntas la maniobra de acercamiento a la velocidad de la luz al mismo ritmo exacto. Era una negociación extremadamente delicada y complicada entre dos ordenadores que tenían que conocer casi a la perfección lo que llevaban sus naves y cómo podían ejecutar sus movimientos. Terminó antes de que el tubo de tránsito entre las naves se conectara por completo.

Miro oyó los pasos en el corredor. Giró la silla (lentamente, porque todo lo hacía así) y la vio acercarse hacia él. Encorvada, pero no mucho, porque no era alta. El pelo casi blanco, con unos cuantos pelos castaños oscuros. Cuando se plantó ante él, la miró a la cara y la juzgó. Mayor, pero no vieja. Si el encuentro la inquietaba, no lo demostraba. Pero claro, por lo que Andrew y Jane le habían contado de ella, había conocido a un montón de gente mucho más temible que un lisiado de veinte años.

—¿Miro? —preguntó ella.

—¿Quién, si no? —respondió él.

Hizo falta un momento, sólo un parpadeo, para que ella procesara los extraños sonidos que surgieron de la boca del muchacho y reconociera las palabras. Miro estaba ya acostumbrado a esa pausa, pero seguía odiándola.

—Soy Valentine.

—Lo sé —respondió él.

No estaba facilitando las cosas con sus respuestas lacónicas, ¿pero qué otra cosa podía decir? Esto no era exactamente una reunión entre jefes de estado con una lista de decisiones vitales que tomar. Pero tenía que hacer algún esfuerzo, para al menos no parecer hostil.

—Tu nombre, Miro… significa «observo», ¿verdad?

—Observo con atención. Tal vez «presto atención».

—No es tan difícil comprenderte —comentó Valentine.

Él se sorprendió de que ella abordara el tema de una manera tan abierta.

—Creo que tengo más problemas con tu acento portugués que con la lesión cerebral.

Por un momento, le pareció como si recibiera un martillazo en el corazón: ella hablaba sobre su situación con más franqueza que nadie, excepto Andrew. Pero era su hermana, ¿no? Tendría que haber esperado que fuera directa.

—¿0 prefieres que finjamos que no hay una barrera entre los demás y tú?

Ella había advertido su sorpresa. Pero ya había pasado, y ahora se le ocurrió que no debería estar molesto, sino alegre de que no tuvieran que dar un rodeo ante el tema. Sin embargo, estaba molesto, y tardó un momento en pensar por qué. Entonces lo supo.

—Mi lesión cerebral no es su problema.

—Si me impide entenderte, entonces es un problema con el que tengo que tratar. No te vuelvas quisquilloso ya conmigo, jovencito. Sólo he empezado a molestarte, y tú sólo has empezado a molestarme a mí. Así que no te enfades porque yo haya mencionado tu lesión cerebral como si fuera de algún modo mi problema. No tengo ninguna intención de sopesar cada palabra que diga por temor a ofender a un joven supersensible que piensa que el mundo entero gira en torno a sus frustraciones.

A Miro le enfureció que ella lo hubiera juzgado ya, y de forma tan brusca. Era injusto, completamente opuesto a como debía ser la autora de la jerarquía de Demóstenes.

—¡No considero que el mundo entero gire en torno a mis frustraciones! ¡Pero no crea que podrá entrar aquí y dirigir mi nave!

Eso era lo que lo había molestado, no sus palabras. Ella tenía razón: sus palabras no eran nada. Era su actitud, su completa confianza en sí misma. Él no estaba acostumbrado a que la gente lo mirara sin asombro o piedad.

Valentine se sentó a su lado. Él se volvió para observarla. Ella, por su parte, no rehuyó la mirada. Al contrario, escrutó su cuerpo, de la cabeza a los pies, examinándolo con aire de fría apreciación.

—Él dijo que eras duro. Dijo que habías sido retorcido, pero no roto.

—¿Se supone que va a ser mi terapeuta?

—¿Se supone que vas a ser mi enemigo?

—¿Tendría que serlo? —preguntó Miro.

—No más que yo tu terapeuta. Andrew no nos ha hecho encontrarnos para que yo pudiera curarte, sino para que tú pudieras ayudarme. Si no piensas hacerlo, muy bien. Si lo vas a hacer, adelante. Pero déjame aclarar unas cuantas cosas. Estoy dedicando cada momento que paso despierta a escribir propaganda subversiva a fin de provocar un sentimiento público en los Cien Mundos y en las colonias. Estoy intentando que el pueblo se enfrente a la flota que el Congreso Estelar ha enviado para someter a Lusitania. Tu mundo, no el mío, por cierto.

—Su hermano está allí.

Miro no estaba dispuesto a dejarla proclamar su completo altruismo.

—Sí, los dos tenemos familia allí. Y a los dos nos preocupa salvar a los pequeninos de la destrucción. Y ambos sabemos que Ender ha devuelto a la vida a la reina colmena en tu mundo, de modo que hay dos especies alienígenas que serán destruidas si el Congreso Estelar se sale con la suya. Hay mucho en juego y yo ya estoy haciendo todo lo posible para detener esa flota. Si pasar unas cuantas horas contigo puede ayudarme a hacerlo mejor, merece la pena robar tiempo a mis escritos para hablar contigo. Pero no tengo ninguna intención de malgastar mi tiempo preocupándome por si voy a ofenderte o no. Así que si vas a ser mi adversario, puedes quedarte sentado aquí solo y yo volveré a mi trabajo.

—Andrew dijo que era usted la mejor persona que conocía.

—Llegó a esa conclusión antes de verme educar a tres niños bárbaros. Tengo entendido que tu madre tiene seis.

—Cierto.

—Y tú eres el mayor.

—Sí.

—Lástima. Los padres siempre cometen los peores errores con los hijos mayores. Es entonces cuando saben menos y se preocupan más, y es más probable que se equivoquen e insistan en que tienen razón.

A Miro no le gustaba que esta mujer llegara a rápidas conclusiones acerca de su madre.

—Ella no es como usted.

—Por supuesto que no. —Valentine se inclinó hacia delante en el asiento—. Bien, ¿te has decidido?

—¿Decidido a qué?

—¿Vamos a trabajar juntos o te desconectarás de treinta años de historia humana para nada?

—¿Qué quiere de mí?

—Historias, por supuesto. Los hechos puedo conseguirlos en el ordenador.

—¿Historias sobre qué?

—Sobre vosotros. Los cerdis. Los cerdis y vosotros. Todo este asunto de la Flota Lusitania empezó contigo y los cerdis, después de todo. Fue porque interferisteis con ellos que…

—¡Los ayudamos!

—Oh, ¿he vuelto a usar la palabra equivocada?

Miro la observó. Pero incluso al hacerlo, supo que ella tenía razón: estaba siendo supersensible. La palabra interferir, usada en contexto científico, apenas tenía connotaciones. Simplemente significaba que había introducido un cambio en la cultura que estaba estudiando. Y si tenía una connotación negativa, era que había perdido su perspectiva científica: había dejado de estudiar a los pequeninos y había empezado a tratarlos como amigos. Seguramente era culpable de eso. No, no culpable: estaba orgulloso de haber hecho esa transición.

—Continúe —pidió.

—Todo esto empezó porque quebrantasteis la ley y comenzasteis a cultivar amaranto.

—Ya no.

—Sí, es irónico, ¿verdad? El virus de la descolada se introdujo y mató a cada hembra de amaranto que tu hermana desarrolló para ellos. De modo que vuestra interferencia fue en vano.

—No lo fue —replicó Miro—. Están aprendiendo.

—Sí, lo sé. Es más, están eligiendo. Lo que quieren aprender, lo que quieren hacer. Les disteis la libertad. Apruebo de todo corazón vuestra decisión. Pero mi trabajo consiste en escribir acerca de vosotros para la gente de los Cien Mundos y las colonias, y ellos no se formarán necesariamente la misma opinión. Lo que necesito de ti es la historia de cómo y por qué quebrantasteis la ley e interferisteis con los cerdis, y por qué el gobierno y el pueblo de Lusitania se rebeló contra el Congreso en vez de enviaros a ser juzgados y castigados por vuestros crímenes.

—Andrew ya le ha contado esa historia.

—Y yo ya he escrito sobre ella, en términos amplios. Ahora necesito el punto de vista personal. Quiero poder conseguir que otra gente conozca a esos seres llamados cerdis como personas. Y a ti también. Tengo que hacer que te conozcan como persona. Si es posible, sería conveniente que pudiera conseguir que te apreciaran. Entonces la Flota Lusitania parecerá lo que es: una reacción desorbitada y monstruosa a una amenaza que nunca existió.

—La flota supone el xenocidio.

—Eso he dicho en mi propaganda —apuntó Valentine.

Él no podía soportar su seguridad y su irrefutable fe en sí misma. Por eso tenía que contradecirla, y sólo podía hacerlo ofreciendo ideas en las que aún no había pensado completamente. Ideas que todavía eran solamente dudas a medio formar en su mente.

—La flota es también defensa propia.

Tuvo el efecto deseado: ella interrumpió su conferencia e incluso levantó las cejas, cuestionándolo. El problema era que Miro tenía ahora que explicar lo que había querido decir.

—La descolada. Es la forma de vida más peligrosa que existe.

—La respuesta a eso es cuarentena. No enviar una flota armada con el Pequeño Doctor y la capacidad de convertir a Lusitania y todos sus habitantes en polvo estelar microscópico.

—¿Está segura de que tiene razón?

—Estoy segura de que es un error que el Congreso Estelar pretenda aniquilar a otra especie inteligente.

—Los cerdis no pueden vivir sin la descolada —explicó Miro—, y si la descolada se extiende alguna vez a otro planeta, destruirá toda la vida allí. Lo hará.

Era un placer ver que Valentine podía parecer aturdida.

—Creía que el virus estaba contenido. Fueron tus abuelos quienes encontraron un medio de detenerlo, para que quedara dormido en los seres humanos.

—La descolada se adapta —dijo Miro—. Jane me contó que ya ha cambiado un par de veces. Mi madre y mi hermana Ela están trabajando en el tema, intentando adelantarse a la descolada. A veces parece que la descolada lo hace deliberadamente. Con inteligencia. Busca estrategias para sortear los productos químicos que usamos para contenerla e impedir que mate a la gente. Se está metiendo en las cosechas terrestres que los humanos necesitan para sobrevivir. Ahora hay que fumigarlas. ¿Encontrará la descolada una forma de vencer esas barreras?

Valentine guardó silencio. Ahora no hubo ninguna respuesta lenguaraz. No se había enfrentado a esta cuestión antes. Nadie lo había hecho, excepto Miro.

—No le he dicho esto ni siquiera a Jane —suspiró Miro—. Pero ¿y si la flota tiene razón? ¿Y si la única forma de salvar a la humanidad de la descolada es destruir Lusitania ahora?

—No —contestó Valentine—. Esto no tiene nada que ver con los propósitos por los que el Congreso Estelar envió la flota. Sus razones únicamente obedecen a la política interplanetaria, para demostrar a las colonias quién es el amo. Tiene que ver con una burocracia fuera de control y unos militares que…

—¡Escúcheme! —la interrumpió Miro—. Ha dicho que quería escuchar mis historias, escuche ésta: no importa cuáles sean sus razones. No importa que sean un atajo de bestias asesinas. No me preocupa. Lo que importa es: ¿deberían destruir Lusitania?

—¿Qué clase de persona eres? —preguntó Valentine.

Él percibió a la vez asombro y repulsa en su voz.

—Usted es la filósofa moral —dijo Miro—. Dígamelo usted. ¿Se supone que debemos amar tanto a los pequeninos para permitir que el virus destruya a toda la humanidad?

—Por supuesto que no. Simplemente, tendremos que encontrar un modo de neutralizar a la descolada.

—¿Y si no podemos?

—Entonces, pondremos a Lusitania en cuarentena. Aunque todos los seres humanos del planeta mueran, tu familia y la mía, no habremos destruido a los pequeninos.

—¿De verdad? ¿Qué hay de la reina colmena?

—Ender me dijo que se estaba restableciendo, pero…

—Contiene en sí misma una sociedad industrializada completa. Construirá naves espaciales y abandonará el planeta.

—¡No se llevaría a la descolada consigo!

—No tiene elección. La descolada está ya dentro de ella. Está dentro de mí.

Fue entonces cuando realmente la alcanzó. Percibió el miedo en sus ojos.

—Estará también en usted. Aunque corra de regreso a su nave y la selle y se mantenga apartada de la infección, cuando aterrice en Lusitania la descolada entrará en usted, en su marido y en sus hijos. Tendrán que ingerir los productos químicos con la comida y el agua, todos los días de su vida. Y nunca podrán marcharse de Lusitania o llevarán consigo la muerte y la destrucción.

—Supongo que sabíamos que era una posibilidad —admitió Valentine.

—Cuando partieron, sólo era una posibilidad. Pensábamos que pronto controlaríamos la descolada. Ahora ni siquiera están seguros de que puedan controlarla alguna vez. Y eso significa que nunca podrán salir de Lusitania cuando lleguen allí.

—Espero que nos guste el clima.

Miro estudió su rostro, la forma en que procesaba la información que le había suministrado. El miedo inicial había desaparecido. Era de nuevo ella misma, pensando.

—Eso es lo que creo —dijo Miro—. Creo que no importa lo terrible que sea el Congreso, no importa lo malignos que puedan ser sus planes; esa flota tal vez significará la salvación de la humanidad.

Valentine respondió pensativamente, escogiendo las palabras. Miro se alegró de verlo: ella era una persona que no contraatacaba sin pensar. Podía aprender.

—Comprendo que aunque los hechos recorran sólo un camino posible, podría llegar un momento en que…, pero es muy improbable. Para empezar, sabiendo esto, es bastante improbable que la reina colmena construya ninguna nave espacial que lleve la descolada fuera de Lusitania.

—¿Conoce usted a la reina colmena? —demandó Miro—. ¿La comprende?

—Aunque hiciera una cosa así —dijo Valentine—, tu madre y tu hermana siguen trabajando en el tema, ¿no? Para cuando lleguemos a Lusitania, para cuando la flota llegue a Lusitania, puede que hayan encontrado una manera de controlar a la descolada de una vez por todas.

—Y si lo hacen, ¿deberían usarla?

—¿Por qué no iban a hacerlo?

—¿Cómo podrían matar a todo el virus de la descolada? Es una parte integral del ciclo de vida de los pequeninos. Cuando la forma-cuerpo del pequenino muere, es el virus de la descolada lo que permite la transformación en el estado-árbol, lo que los cerdis llaman la tercera vida…, y es sólo en la tercera vida, siendo árboles, como los pequeninos machos pueden fecundar a las hembras. Si el virus desaparece, será imposible el paso a la tercera vida, y esta generación de cerdis será la última.

—Eso no lo hace imposible, sólo más difícil. Tu madre y tu hermana tienen que encontrar un medio de neutralizar la descolada en los seres humanos y las cosechas que necesitamos para comer, sin destruir su facultad de permitir a los pequeninos llegar a la edad adulta.

—Y tienen menos de quince años para hacerlo —le señaló Miro—. No es probable.

—Pero tampoco imposible.

—Sí. Hay una posibilidad. Y basándose en eso, ¿quiere deshacerse de la flota?

—La flota destruirá Lusitania, controlemos la descolada o no.

—Y vuelvo a decírselo: el motivo por el que ha sido enviada es irrelevante. No importa cuál sea la razón, la destrucción de Lusitania podría ser la única protección segura para el resto de la humanidad.

—Y yo digo que te equivocas.

—Usted es Demóstenes, ¿verdad? Andrew me lo dijo.

—Sí.

—Entonces, piense en la jerarquía de los Extraños. Los utlannings son extraños a nuestro mundo. Los framlings son extraños a nuestra propia especie, pero capaces de comunicarse con nosotros, capaces de coexistir con la humanidad. Los últimos son los varelse…, ¿y qué son?

—Los pequeninos no son varelse. Tampoco la reina colmena.

—Pero la descolada lo es. Varelse. Una forma de vida alienígena que es capaz de destruir a toda la humanidad.

—A menos que podamos domarla…

—… y con la que no podemos comunicarnos, una especie alienígena con la que no podemos convivir. Usted dijo que en ese caso la guerra es inevitable. Si una especie alienígena parece decidida a destruirnos y no podemos comunicarnos con ella, si no podemos comprenderla, si no hay ninguna posibilidad de desviarlos pacíficamente de su rumbo, entonces estamos justificados en cualquier acción necesaria para salvarnos a nosotros mismos, incluyendo la destrucción completa de la otra especie.

—Sí —admitió Valentine.

—Pero ¿y si debemos destruir la descolada y sin embargo no podemos hacerlo sin destruir también a cada pequenino viviente, a la reina colmena, a todos los seres humanos de Lusitania?

Para sorpresa de Miro, los ojos de Valentine se llenaron de lágrimas.

—Entonces, te has convertido en esto.

Miro se sintió confundido.

—¿Cuándo se ha convertido esta conversación en una discusión acerca de mí?

—Has pensado en todo esto, has visto todas las posibilidades para el futuro, buenas y malas por igual, y sin embargo el único futuro en que estás dispuesto a creer, el único futuro imaginado que tomas como base para todas tus consideraciones morales, es el futuro en el cual todo el mundo que tú y yo hemos amado y todo lo que hemos anhelado debe ser aniquilado.

—No he dicho que me gustara ese futuro.

—Yo tampoco —atajó Valentine—. He dicho que ése es el futuro para el que has elegido prepararte. Pero yo no. Yo elijo vivir en un universo con esperanza. Yo elijo vivir en un universo donde tu madre y tu hermana encontrarán un modo de contener a la descolada, un universo en el que el Congreso Estelar pueda ser reformado o reemplazado, un universo en el que no existe el poder ni la voluntad de destruir a una especie entera.

—¿Y si está equivocada?

—Entonces tendré tiempo de sobra para desesperarme antes de morir. Pero tú…, ¿buscas todas las oportunidades antes de desesperarte? Puedo comprender el impulso que te lleva a ello. Andrew me ha dicho que eras un hombre atractivo, todavía lo eres, y que la pérdida del pleno uso de tu cuerpo te ha herido profundamente. Pero otras personas han perdido más que tú y no tienen una visión tan negra del mundo.

—¿Ése es su análisis sobre mí? —preguntó Miro—. ¿Hace media hora que nos conocemos, y ahora lo comprende todo sobre mí?

—Sé que ésta es la conversación más deprimente que he mantenido en toda mi vida.

—Y asume que es porque estoy lisiado. Bien, déjeme decirle una cosa, Valentine Wiggin. Espero las mismas cosas que usted. Incluso espero recuperar algún día el uso de mi cuerpo. Si no tuviera esperanza, estaría muerto. Las cosas que le he dicho no son por desesperación, sino porque caben en lo posible. Y porque son posibles tenemos que pensar en ellas para que no nos sorprendan más tarde. Tenemos que pensar en ellas para que, si se produce lo peor, ya sepamos cómo vivir en ese universo.

Valentine parecía estar estudiando su cara: él sintió su mirada, como una cosa casi palpable, como un leve cosquilleo bajo la piel, dentro de su cerebro.

—Sí —dijo ella.

—¿Sí qué?

—Sí, mi marido y yo nos trasladaremos aquí y viviremos en tu nave.

Se levantó de su asiento y se dirigió al corredor que conducía al tubo de tránsito.

—¿Por qué ha decidido eso?

—Porque nuestra nave está demasiado abarrotada. Y porque decididamente merece la pena hablar contigo. Y no sólo para conseguir material para los ensayos que tengo que escribir.

—Oh, entonces, ¿he aprobado su examen?

—Sí —respondió ella—. ¿He aprobado el tuyo?

—No la estaba examinando.

—Y un cuerno. Pero, por si no te has dado cuenta, te lo diré: he aprobado. De lo contrario no me habrías dicho todas las cosas que dijiste.

Se marchó. Miro pudo oírla pasillo abajo, y luego el ordenador informó que estaba atravesando el tubo entre las naves.

Ya la echaba de menos.

Porque tenía razón. Había aprobado su examen. Le había escuchado como no lo había hecho nadie, sin impaciencia, sin terminar sus frases, sin dejar que su mirada se apartara de su rostro. Él le había hablado no con cuidadosa precisión, sino con enorme emoción. Gran parte del tiempo sus palabras debieron parecer casi ininteligibles. Sin embargo, ella le había escuchado con tanta atención que comprendió todos sus argumentos y ni una sola vez le pidió que repitiera algo. Podía hablar con esta mujer con tanta naturalidad como hablaba con cualquier persona antes de su lesión cerebral. Sí, ella era porfiada, cabezota, mandona y rápida para sacar conclusiones. Pero también podía escuchar una visión opuesta, cambiar de opinión cuando era necesario. Sabía escuchar, y por eso él podía hablar.

Tal vez con ella podría seguir siendo Miro.

MANOS LIMPIAS

‹Lo más desagradable de los seres humanos es que no experimentan metamorfosis. Tu gente y la mía nacen como larvas, pero nos transformamos en algo superior antes de reproducirnos. Los seres humanos son larvas toda la vida.›

‹Los humanos sí tienen metamorfosis. Cambian su identidad constantemente. Sin embargo, codo nuevo identidad se baso en la ilusión de que siempre estuvo en posesión del cuerpo que acaba de conquistar.›

‹Esos cambios son superficiales. Lo naturaleza del organismo sigue siendo lo misma. Los humanos se sienten muy orgullosos de sus cambios, pero todo transformación imaginado se convierte en una nueva serie de excusas para que el individuo se comporte exactamente como lo ha hecho siempre.›

‹Sois demasiado diferentes de los humanos para llegar a comprenderlos.›

‹Sois demasiado similares a los humanos para poder verlos con claridad.›

Los dioses hablaron por primera vez a Qing-jao cuando tenía siete años. Durante algún tiempo ella no advirtió que estaba oyendo la voz de un dios. Sólo sabía que sus manos estaban sucias, cubiertas de un repugnante limo invisible, y que tenía que purificarlas.

Las primeras veces, un simple lavado bastaba, y entonces se sentía mejor durante días. Pero a medida que transcurría el tiempo, la sensación de suciedad regresaba cada vez más pronto, y hacía falta frotar más para eliminarla, hasta que tuvo que lavarse varias veces al día, usando un cepillo de cerdas duras para frotarse las manos hasta que sangraban. Sólo cuando el dolor era insoportable se sentía limpia, aunque apenas durante unas horas cada vez.

No se lo dijo a nadie: supo instintivamente que tenía que mantener en secreto la suciedad de sus manos. Todo el mundo sabía que lavarse las manos era uno de los primeros signos de que los dioses hablaban a un niño, y la mayoría de los padres del mundo de Sendero observaban esperanzados a sus hijos en busca de signos de excesiva preocupación por la limpieza. Pero lo que esta gente no comprendía era el terrible autoconocimiento que conducía a los lavados: el primer mensaje de los dioses trataba de la insoportable suciedad de aquel a quien hablaban. Qing-jao ocultó sus lavados de manos, no porque estuviera avergonzada de que los dioses le hablaran, sino porque estaba convencida de que si alguien sabía lo vil que era, la despreciarían.

Los dioses conspiraron con ella en secreto. Le permitieron restringir sus salvajes frotes a las palmas de sus manos. Esto significaba que, cuando sus manos estaban malheridas, podía cerrar los puños o metérselas en los pliegues de la falda al andar, o colocarlas mansamente sobre el regazo cuando se sentaba, y nadie las advertía. Sólo veían a una niñita muy bien educada.

Si su madre hubiera vivido, el secreto de Qing-jao se habría descubierto mucho antes. En su situación, transcurrieron meses antes de que un sirviente se diera cuenta. La gorda Mu-pao descubrió una mancha de sangre en el pequeño mantel de la mesa donde Qing-jao tomaba el desayuno. Mu-pao supo de inmediato lo que significaba aquello: ¿no eran las manos ensangrentadas un primer signo de la atención de los dioses? Por eso muchos padres ambiciosos forzaban a un niño particularmente prometedor a lavarse continuamente. Por todo el mundo de Sendero, lavarse las manos ostentosamente se llamaba «invitar a los dioses».

Mu-pao fue de inmediato a ver al padre de Qing-jao, el noble Han Fei-tzu, de quien se rumoreaba era el más grande de los agraciados, uno de los pocos tan poderosos a los ojos de los dioses que podía reunirse con framlings (seres de otro mundo) sin traicionar nunca las voces del mundo de Sendero. Han Fei-tzu, se sentiría agradecido al conocer la noticia y Mu-pao recibiría honores por haber sido la primera en ver a los dioses en Qing-jao.

En cuestión de una hora, Han Fei-tzu, se reunió con su amada Qing-jao y juntos viajaron en palanquín al templo de Avalancha. A Qing-jao no le gustaba viajar en esas sillas: se sentía incómoda por los hombres que tenían que cargar con su peso.

—No sufren —la tranquilizó su padre la primera vez que le mencionó esta idea—. Se sienten enormemente honrados. Es una de las formas en que la gente honra a los dioses: cuando uno de los agraciados va a un templo, lo hace sobre los hombros de la gente de Sendero.

—Pero yo crezco más cada día —respondió Qing-jao.

—Cuando seas demasiado grande, caminarás por tu propio pie o viajarás en tu propia silla —dijo su padre. No necesitó explicar que tendría su propio palanquín sólo si crecía para ser una agraciada—. Nosotros intentamos mostrar nuestra humildad conservándonos muy delgados y livianos para no representar una carga pesada para el pueblo.

Eso era una broma, naturalmente, pues el vientre de su padre, aunque no inmenso, era generoso. Pero la lección tras el chiste era verdad: los agraciados nunca debían representar una carga para la gente común de Sendero. El pueblo debía estar siempre agradecido, no resentido, de que los dioses hubieran elegido su mundo entre todos los demás para que oyera sus voces.

Ahora, sin embargo, Qing-jao estaba más preocupada con la prueba que la esperaba. Sabía que la llevaban a ser probada.

—Se enseña a muchos niños a fingir que los dioses les hablan —explicó su padre—. Debemos averiguar si los dioses te han elegido verdaderamente.

—Quiero que dejen de elegirme-protestó Qing-jao.

—Y lo desearás aún más durante la prueba —suspiró su padre. Su voz estaba llena de pesar. Eso hizo que Qing-jao se sintiera aún más asustada—. El pueblo llano sólo ve nuestros poderes y privilegios, y nos envidia. No conocen el gran sufrimiento de los que oyen la voz de los dioses. Si verdaderamente te hablan, mi Qing-jao, aprenderás a soportar el sufrimiento igual que el jade soporta el cuchillo del tallador, el brusco paño del pulidor. Te hará brillar. ¿Por qué crees que te bauticé Qing-jao?

Qing-jao significaba Gloriosamente Brillante. Era también el nombre de una gran poetisa de tiempos remotos en la Vieja China. Una poetisa en una época en que sólo se mostraba respeto a los hombres, y sin embargo fue honrada como una de las más grandes poetisas de su tiempo. «Bruma fina y densa nube, tristeza todo el día.» Era el comienzo de la canción de Li Quing-jao, El doble nueve. Era así como Qing-jao se sentía ahora.

¿Y cómo terminaba el poema? «Ahora mi cortina se alza sólo con el viento del oeste. Me he quedado más delgada que este dorado capullo.» ¿Sería también ése su fin? ¿Estaba diciendo en su poema su antepasada-del-corazón que la oscuridad que caía ahora sobre ella se alzaría sólo cuando los dioses vinieran del oeste para retirar de su cuerpo su alma tenue, liviana y dorada? Era demasiado terrible pensar ahora en la muerte, cuando sólo tenía siete años de edad; sin embargo, el pensamiento la asaltó: si muero joven, entonces veré a mi madre pronto, e incluso a la gran Li Qing-jao.

Pero la prueba no estaba relacionada con la muerte, o al menos se suponía que no era así. En realidad, era bastante simple. Su padre la condujo a una gran sala donde había arrodillados tres hombres ancianos. Al menos eso parecían: podrían haber sido mujeres. Eran tan viejos que todos los rasgos distintivos habían desaparecido. Sólo tenían diminutas hebras de pelo blanco y nada de barba, e iban vestidos con ropas informes. Más tarde, Qing-jao sabría que eran simples eunucos, supervivientes de los viejos tiempos antes de que el Congreso Estelar interviniera y prohibiera incluso la automutilación voluntaria en servicio a una religión. Ahora, sin embargo, eran misteriosas criaturas espectralmente viejas que la tocaban con sus manos, explorando sus ropas.

¿Qué buscaban? Encontraron sus palillos de ébano y los retiraron. Le quitaron el cinturón. Le quitaron las zapatillas. Más tarde, se enteraría de que se quedaron con esas cosas porque otros niños se habían dejado llevar tanto por la desesperación durante la prueba que se habían matado con ellas. Una se había metido los palillos por la nariz y se había arrojado al suelo, para clavárselos en el cerebro. Otra se ahorcó con su cinturón. Otra se introdujo las zapatillas en la boca, hasta la garganta, y se asfixió. Era raro que los intentos de suicidio tuvieran éxito, pero parecían suceder con los niños más brillantes, y eran más comunes con las niñas. Así que le quitaron a Qing-jao todos los medios conocidos para suicidarse.

Los ancianos se marcharon. Su padre se arrodilló junto a Qing-jao y le habló cara a cara.

—Debes comprender, Qing-jao, que en realidad no estamos probándote a ti. Nada de lo que hagas por propia voluntad implicará la más leve diferencia en lo que suceda aquí. A decir verdad estamos probando a los dioses, para ver si están decididos a hablar contigo. En ese caso, encontrarán un medio, nosotros lo veremos y tú saldrás de esta sala siendo una de las agraciadas. De lo contrario saldrás de aquí libre de sus voces para siempre. No puedo decirte por qué resultado rezo, ya que yo mismo lo ignoro.

—Padre, ¿y si te avergüenzas de mí? —dijo Qing-jao.

La mera idea le hizo sentir un cosquilleo en las manos, como si las tuviera sucias, como si necesitara lavarlas.

—No me avergonzaré de ti pase lo que pase.

Entonces dio una palmada. Uno de los ancianos volvió a entrar, llevando una pesada palangana. La colocó ante Qing-jao.

—Introduce las manos —dijo su padre.

La palangana estaba llena de densa grasa negra. Qing-jao se estremeció.

—No puedo meter las manos ahí.

Su padre la cogió por los antebrazos y la obligó a meter las manos en el limo. Qing-jao gritó: su padre nunca había empleado la fuerza con ella antes. Y cuando le soltó los brazos, sus manos estaban cubiertas de limo pegajoso. Jadeó al ver la suciedad; resultaba difícil respirar, verlas así, olerlas.

El anciano recogió la palangana y se la llevó.

—¿Dónde puedo lavarme, padre?-gimió Qing-jao.

—No puedes lavarte —respondió su padre—. No podrás lavarte nunca más.

Y como Qing-jao era una niña, lo creyó, sin pensar que sus palabras formaban parte de la prueba. Vio a su padre salir de la habitación. Oyó el cerrojo de la puerta tras él. Estaba sola.

Al principio simplemente mantuvo las manos ante ella, asegurándose de que no tocaran sus ropas. Buscó desesperadamente algún sitio donde lavarse, pero no había agua, ni siquiera un paño. La habitación distaba mucho de estar vacía: había sillas, mesas, estatuas, grandes jarrones de piedra, pero todas las superficies eran duras y bien pulidas y tan limpias que no podía decidirse a tocarlas. Sin embargo, la suciedad de sus manos era insoportable. Tenía que limpiarlas.

—¡Padre! —gritó—. ¡Ven y lávame las manos!

Seguramente él podía oírla. Seguramente estaba cerca, esperando el resultado de la prueba. Tenía que oírla… pero no vino. La única tela en la sala era la de la túnica que llevaba puesta. Podría frotarse con ella, pero entonces tendría la grasa encima; podría manchar otras partes de su cuerpo. La solución, por supuesto, era quitársela…, ¿pero cómo podía hacerlo sin tocarse con sus sucias manos?

Lo intentó. Primero frotó cuidadosamente tanta grasa como pudo en los suaves brazos de una estatua.

—Perdóname —le dijo a la estatua, por si acaso pertenecía a un dios—. Volveré y te limpiaré después: te limpiaré con mi propia túnica.

Entonces se echó las manos a los hombros y reunió el tejido sobre la espalda, para sacarse la túnica por encima de la cabeza. Sus dedos grasientos resbalaron sobre la seda; sintió el frío limo sobre su espalda desnuda cuando penetró la seda. «Lo limpiaré después», pensó.

Por fin consiguió agarrar un buen trozo de tejido y pudo sacarse la túnica. La deslizó sobre su cabeza, pero incluso antes de hacerlo por completo supo que las cosas eran peores que nunca, pues un poco de grasa se le había quedado en el pelo, y ese pelo había caído sobre su cara, y ahora tenía la suciedad no sólo en las manos, sino también en la espalda, en el pelo, en el rostro.

Sin embargo, lo intentó. Terminó de quitarse la túnica, y luego se frotó cuidadosamente las manos en un trocito de tela. Entonces se frotó la cara con otro. Pero no sirvió de nada. Parte de la grasa permanecía pegada a ella, no importaba lo que hiciera. Sentía la cara como si la seda de su túnica sólo hubiera esparcido la grasa en vez de retirarla. Nunca había estado tan horriblemente sucia en toda su vida. Era insoportable, y sin embargo no podía deshacerse de ella.

—¡Padre! ¡Ven y sácame de aquí! ¡No quiero ser una agraciada!

Su padre no acudió. Ella rompió a llorar.

El problema de llorar era que no servía de nada. Cuanto más lloraba, más sucia se sentía. La desesperada necesidad de estar limpia abrumó incluso su llanto. Así, con las lágrimas surcándole la cara, empezó a buscar desesperadamente una forma de quitarse la grasa de las manos. Una vez más lo intentó con la seda de la túnica, pero poco después frotó las manos contra las paredes, mientras recorría la habitación, manchándolas de grasa. Frotó las manos contra la pared tan rápidamente que acumuló calor y la grasa se fundió. Lo hizo una y otra vez hasta que las manos se le enrojecieron, hasta que parte de la blanda costra de sus palmas se gastó o fue arrancada por invisibles irregularidades en las paredes de madera.

Cuando las palmas y los dedos le dolían ya tanto que no sentía la suciedad, se frotó el rostro con ellas, se arañó la cara para arrancar la grasa de allí. Entonces, con las manos sucias una vez más, las frotó de nuevo en las paredes.

Finalmente, exhausta, cayó al suelo y lloró por el dolor que sentía en las manos, por la imposibilidad de limpiarse. Tenía los ojos anegados en llanto. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Se frotó los ojos, las mejillas, y sintió cuánto ensuciaban las lágrimas su piel, lo asquerosa que estaba. Supo que seguramente significaba esto: los dioses la habían juzgado y la habían encontrado sucia. No merecía vivir. Si no podía limpiarse, tenía que anularse. Eso los satisfaría. Eso acabaría con la agonía. Sólo tenía que encontrar un modo de morir. Dejar de respirar. Su padre lamentaría no haber acudido cuando lo llamaba, pero ella no podía evitarlo. Ahora estaba bajo el poder de los dioses, y ellos la habían juzgado indigna para figurar entre los vivos. Después de todo, ¿qué derecho tenía a respirar cuando la puerta de los labios de su madre había dejado de permitir el paso y la salida del aire durante tantos años?

Pensó primero en usar la túnica, metérsela en la boca a fin de que le impidiera respirar, o atársela alrededor del cuello para ahogarse, pero estaba demasiado sucia, demasiado cubierta de grasa para cogerla. Tendría que encontrar otra forma.

Qing-jao se acercó a la pared, se apretó contra ella. Madera fuerte. Se echó atrás y se golpeó la cabeza contra la madera. El dolor la atravesó; aturdida, cayó hasta quedar sentada en el suelo. Le dolía la cabeza por dentro. La habitación giraba lentamente a su alrededor. Por un momento, olvidó la suciedad de sus manos.

Pero el alivio no duró mucho. Distinguió en la pared un lugar levemente más oscuro donde la grasa de su frente interrumpía la superficie brillantemente pulida. Los dioses hablaron en su interior, insistiendo en que estaba tan sucia como siempre. Un poco de dolor no podría reparar su indignidad.

Otra vez se golpeó la cabeza contra la pared. Sin embargo, ahora no hubo tanto dolor. Una y otra vez, pero ahora advirtió que contra su voluntad su cuerpo retrocedía ante el golpe, rehusando causarse mucho daño. Esto la ayudó a comprender por qué los dioses la encontraban tan indigna: era demasiado débil para lograr que su cuerpo obedeciera. Bien, no estaba indefensa. Podía engañar a su cuerpo hasta someterlo.

Seleccionó la más alta de las estatuas, que tenía unos tres metros de altura. Era un vaciado en bronce de un hombre en plena carrera que alzaba una espada por encima de su cabeza. Había suficientes ángulos, curvas y proyecciones para poder escalarla. Sus manos seguían resbalando, pero perseveró hasta que logró mantenerse sobre los hombros de la estatua, agarrándose a su tocado con una mano y a la espada con la otra.

Durante un instante, al tocar la espada, pensó en intentar cortarse la garganta con ella. Eso detendría su respiración, ¿no? Pero la hoja era falsa. No estaba afilada, y no podría introducírsela en el cuello en el ángulo adecuado. Así que volvió al plan original. Inspiró profundamente varias veces, luego entrecruzó las manos a la espalda y se inclinó hacia delante. Aterrizaría de cabeza. Eso acabaría con su suciedad.

Sin embargo, mientras el suelo se precipitaba hacia arriba, perdió el control de sí misma. Gritó: sintió que las manos se soltaban de su espalda y se abalanzaban hacia delante para intentar detener su caída. Demasiado tarde, pensó con sombría satisfacción, y entonces su cabeza chocó contra el suelo y todo se sumió en la oscuridad.

Qing-jao despertó con una molestia sorda en el brazo y un dolor agudo en la cabeza cada vez que se movía, pero estaba viva. Cuando consiguió abrir los ojos vio que la habitación estaba más oscura. ¿Era de noche en el exterior? ¿Cuánto tiempo había permanecido inconsciente? No era capaz de mover el brazo izquierdo, el que le dolía; descubrió una fea magulladura roja en el codo y pensó que debía de habérselo roto al caer.

Vio también que todavía tenía las manos manchadas de grasa y sintió su insoportable suciedad: el juicio de los dioses contra ella. No tendría que haber intentado matarse, después de todo. Los dioses no le permitirían escapar tan fácilmente a su juicio.

—¿Qué puedo hacer? —gimió—. ¿Cómo puedo estar limpia ante vosotros, oh, dioses? ¡Li Qing-jao, mi antepasada-del-corazón, muéstrame cómo hacerme digna de recibir el amable juicio de los dioses!

Lo que de inmediato le vino a la mente fue la canción de amor de Li Qing-jao, Separación. Era una de las primeras que su padre le había hecho memorizar cuando sólo tenía tres años, poco antes de que, junto con su madre, le dijera que ésta iba a morir. Era exactamente adecuada ahora, pues ¿no estaba separada de la voluntad de los dioses? ¿No necesitaba reconciliarse con ellos para que la recibieran como una de las auténticas agraciadas?

alguien ha enviado
una nota de amor
con líneas de gansos que regresan
y mientras la luna llena
mi habitación al oeste
mientras los pétalos danzan
sobre el ondulante arroyo
pienso de nuevo en ti
en los dos
viviendo una tristeza
separados
un dolor que no puede desaparecer
sin embargo cuando mi mirada baja
mi corazón se alza

La luna que llenaba la habitación oeste le dijo que el destinatario de este poema se trataba realmente de un dios, no de un amante común: las referencias al oeste siempre significaban que los dioses estaban implicados. Li Qing-jao había respondido a la plegaria de la pequeña Han Qing-jao y le había enviado este poema para decirle cómo curar el dolor que no podía desaparecer, la suciedad de su carne.

«¿Qué es la nota de amor? —pensó Qing-jao—. Líneas de gansos que regresan…, pero no hay gansos en esta habitación. Pétalos danzando sobre un ondulante arroyo…, pero aquí no hay pétalos, ni arroyo alguno. Sin embargo, cuando mi mirada baja, mi corazón se alza.» Ésta era la clave, ésta era la respuesta, lo sabía. Lenta, cuidadosamente, Qing-jao giró sobre su vientre. Una vez, cuando intentó apoyar su peso en la mano izquierda, el codo cedió y un dolor intensísimo casi le hizo perder de nuevo el sentido. Por fin se arrodilló, la cabeza gacha, apoyándose en la mano derecha. Mirar hacia abajo. El poema prometía que esto permitiría que su corazón se alzara.

No se sentía mejor, sino sucia todavía, dolorida aún. Al mirar hacia abajo no vio nada más que las tablas pulidas del suelo, la veta de la madera formando líneas onduladas que se extendían de entre sus rodillas hacia fuera, hasta el mismo extremo de la habitación.

Líneas. Las líneas de la veta de la madera, líneas de gansos. ¿Y no podían los dibujos de la madera interpretarse como un arroyo ondulante? Debía seguir estas líneas como los gansos; debía bailar sobre estos ondulantes arroyos como un pétalo. Eso era lo que prometía la respuesta: cuando bajara la mirada, su corazón se alzaría.

Así que empezó a seguir la línea, cuidadosamente, hasta la pared. Un par de veces se movió tan rápidamente que la perdió, olvidó cuál era. Pero pronto volvió a encontrarla, o eso pensó, y la siguió hasta la pared. ¿Era suficientemente bueno? ¿Estaban satisfechos los dioses?

Casi, pero no del todo… No podía estar segura de que cuando su mirada había perdido la línea hubiera regresado a la adecuada. Los pétalos no saltan de arroyo en arroyo. Tenía que seguir la adecuada, en toda su longitud. Esta vez empezó en la pared y agachó profundamente la cabeza, para que sus ojos no se distrajeran ni siquiera por el movimiento de su mano derecha. Se arrastró centímetro a centímetro, sin permitirse parpadear siquiera, a pesar de que los ojos le ardían. Sabía que si perdía la veta que estaba siguiendo tendría que regresar y empezar de nuevo. Tenía que hacerlo a la perfección o el ritual perdería todo su poder para limpiarla.

Tardó una eternidad. Sí parpadeó, pero no al azar, por accidente. Cuando los ojos le quemaban demasiado, se inclinaba hasta que su ojo estaba directamente sobre la veta. Entonces cerraba el otro ojo durante un instante. Cuando el ojo derecho estaba aliviado, lo abría, y lo colocaba directamente sobre la línea de la madera, y cerraba el izquierdo. De esta forma, pudo cruzar media habitación, hasta que la tabla terminó y se encontró con otra.

No estaba segura de que esto bastara, si debía acabar en esa tabla o encontrar otra veta que continuar. Hizo ademán de levantarse, probando a los dioses, para ver si estaban satisfechos. Medio se levantó, no sintió nada. Se incorporó del todo y se sintió tranquila.

¡Ah! Estaban satisfechos, estaban complacidos con ella. Ahora la grasa de su piel no parecía más que un poco de aceite. No había necesidad de lavarse, no en este momento, pues había encontrado otro modo de purificarse, otra forma para que los dioses le mostraran disciplina. Lentamente, se tendió de nuevo en el suelo, sonriendo, sollozando suavemente de alegría. «Li Qing-jao, mi antepasada-del-corazón, gracias por mostrarme la forma. Ahora he sido unida a los dioses: la separación se ha acabado. Madre, de nuevo estoy conectada contigo, limpia y digna. Tigre Blanco del Oeste, ahora soy lo bastante pura para tocar tu piel y no dejar ninguna marca de suciedad.»

Entonces unas manos la tocaron. Las manos de su padre, que la levantaba. Unas gotas de agua cayeron sobre su rostro, sobre la piel desnuda de su cuerpo: las lágrimas de su padre.

—Estás viva —sollozó—. Mi agraciada, querida mía, hija mía, vida mía, Gloriosamente Brillante, sigues brillando.

Más tarde se enteró de que su padre tuvo que ser atado y amordazado durante la prueba, que cuando subió a la estatua e hizo ademán de apretar su garganta contra la espada se abalanzó hacia delante con tanta fuerza que su silla cayó y se golpeó la cabeza contra el suelo. Esto se consideró una gran merced, pues no vio su terrible caída desde la estatua. Lloró por ella todo el tiempo que permaneció inconsciente. Y luego, cuando se arrodilló y empezó a seguir las vetas de la madera del suelo, fue quien comprendió lo que significaba.

—Mirad —susurró—. Los dioses le han dado una tarea. Los dioses le están hablando.

Los otros fueron lentos en reconocerlo, porque nunca antes habían visto a nadie seguir las vetas de la madera. No estaba en el Catálogo de Voces de los Dioses: Esperar-ante-la-puerta, Contar-múltiplos-de-cinco, Contar-objetos, Buscar-asesinatos-accidentales, Arrancarse-las-uñas, Arañarse-la-piel, Arrancarse-el-pelo, Morder-piedras, Sacarse-los-ojos… se sabía que todas ésas eran penas que los dioses demandaban, rituales de obediencia que limpiaban el alma de los agraciados para que los dioses pudieran llenar sus mentes de sabiduría. Nadie había visto jamás Seguir-vetas-en-la-madera. Sin embargo, su padre comprendió lo que estaba haciendo, nombró el ritual, y lo añadió al Catálogo de Voces. Llevaría su nombre, Han Qing-jao, como la primera en recibir la orden de los dioses para la ejecución de ese rito. Eso la hacía muy especial.

Igual que sus recursos para intentar encontrar maneras de limpiarse las manos y, más tarde, matarse. Muchos habían intentado frotarse las manos en las paredes, naturalmente, y la mayoría intentaban hacerlo en la ropa. Pero frotar las manos para acumular el calor de la fricción fue considerado algo raro e inteligente. Y aunque golpearse la cabeza era común, subir a una estatua y saltar para caer de cabeza era muy raro. Y nadie que lo hubiera hecho antes fue lo bastante fuerte para mantener las manos a la espalda tanto tiempo. El templo pronto hirvió con la noticia y el hecho se esparció por todos los templos del Sendero.

Fue un gran honor para Han Fei-tzu, por supuesto, que su hija fuera tan poderosamente poseída por los dioses. Y la historia de su arrebato cercano a la locura cuando ella intentaba destruirse se extendió casi con la misma rapidez y conmovió muchos corazones. «Puede que sea el más grande de los agraciados, pero ama a su hija más que a la vida», se decía de él. Esto hizo que lo amaran tanto como ya lo reverenciaban.

Entonces la gente empezó a rumorear acerca de la posible cualidad de dios de Han Fei-tzu.

—Es grande y tan fuerte que los dioses lo escucharán —decían aquellos que lo apreciaban—. Sin embargo, es tan cariñoso que siempre amará a la gente del planeta Sendero, e intentará beneficiarnos. ¿No es así como debería ser el dios de un mundo?

Por supuesto, resultaba imposible decidir ahora: un hombre no podía ser elegido dios de una aldea, mucho menos de un planeta entero, hasta que muriera. ¿Cómo se podía juzgar qué tipo de dios sería, hasta que fuera conocida toda su vida, de principio a fin?

Estos rumores llegaron muchas veces a oídos de Qing-jao a medida que iba creciendo, y el conocimiento de que su padre bien podría ser elegido dios de Sendero se convirtió en uno de los faros de su vida. Pero en ese momento, y eternamente en su memoria, recordó que sus manos fueron las que llevaron su cuerpo magullado y retorcido al lecho sanador, sus ojos los que derramaron cálidas lágrimas sobre su fría piel, su voz la que susurró en los hermosos tonos apasionados del viejo lenguaje:

—Querida mía, mi Gloriosamente Brillante, nunca apartes tu luz de mi vida. Pase lo que pase, nunca te causes daño a ti misma o seguro que moriré.

JANE

‹Así que muchos de vosotros os estáis convirtiendo al cristianismo. Creéis en el dios que los humanos trajeron consigo.›

‹¿No creéis en Dios?›

‹La cuestión no se ha planteado nunca. Siempre hemos recordado cómo empezamos.›

‹Vosotros evolucionasteis. Nosotros fuimos creados.›

‹Por un virus.›

‹Por un virus que Dios envió poro crearnos›

‹Entonces, tú también crees.›

‹Comprendo que haya que creer.›

‹No, tú deseas creer›

‹Lo deseo lo bastante para actuar como si creyera. Tal vez la fe consista en eso.›

‹O en una locura deliberada.›

Resultó que no sólo Valentine y Jakt pasaron a la nave de Miro. También se trasladó Plikt, sin invitación, y se instaló en un miserable cubículo donde no había espacio suficiente para estirarse por completo. Ella era la anomalía del viaje: no era un miembro de la familia, ni de la tripulación, sino una amiga. Plikt fue estudiante de Ender cuando éste estuvo en Trondheim como Portavoz de los Muertos. Por su cuenta llegó a la conclusión de que Andrew Wiggin era el Portavoz de los Muertos y también el Exterminador Wiggin…

Valentine no llegaba a comprender por qué esta brillante joven se obsesionó tanto con Ender Wiggin. A veces pensaba que era así como comienzan algunas religiones. El fundador no busca discípulos: éstos llegan y se entregan a él.

En cualquier caso, Plikt se quedó con Valentine y su familia durante todos los años que pasaron desde que Ender se marchó de Trondheim. Actuó como tutora de los niños y ayudó a Valentine en sus investigaciones, siempre esperando el día en que la familia viajara para reunirse con Ender…, un día que sólo Plikt sabía que llegaría.

Así, durante la última mitad del viaje a Lusitania, fueron cuatro los que viajaron en la nave de Miro: Valentine, Miro, Jakt y Plikt. O eso pensó Valentine al principio. Al tercer día del encuentro descubrió al quinto viajero que los había acompañado todo el tiempo.

Ese día, como siempre, los cuatro estaban reunidos en el puente. No había otro sitio adonde ir. Era una nave de carga. Además del puente y los camarotes para dormir, sólo había una diminuta cocina y el cuarto de baño. El resto del espacio estaba diseñado para almacenar carga, no personas; carecía de cualquier tipo de comodidad razonable.

Sin embargo, a Valentine no le importaba la pérdida de intimidad. Había frenado su trabajo en los ensayos subversivos; sentía que era más importante llegar a conocer a Miro y, a través de él, a Lusitania. A la gente de allí, a los pequeninos y, sobre todo, a la familia de Miro, pues Ender se había casado con Novinha, la madre de Miro. Valentine se fiaba mucho de ese tipo de información, por supuesto: no habría sido historiadora y biógrafa durante tantos años sin aprender a extrapolar muchos datos a partir de fragmentos dispersos de evidencias.

El auténtico premio para ella resultó ser el propio Miro. Era amargo, furioso, frustrado, y estaba lleno de repulsión hacia su cuerpo lisiado, pero todo eso resultaba comprensible: su pérdida había sucedido tan sólo unos cuantos meses antes, y aún estaba intentando redefinirse. A Valentine no le preocupaba su futuro: notaba que era de voluntad fuerte, el tipo de hombre que no se rinde fácilmente. Se adaptaría y sobreviviría.

Lo que le interesaba más era su forma de pensar. Era como si el confinamiento de su cuerpo hubiera liberado su mente. Cuando resultó herido, su parálisis había sido casi total. No tenía nada que hacer excepto permanecer tendido en un sitio y pensar. Por supuesto, gran parte de ese tiempo lo dedicó a llorar por sus pérdidas, sus errores, el futuro que no podría tener. Pero también pasó muchas horas pensando en los temas sobre los que la gente ocupada casi nunca piensa. Y al tercer día de convivencia, era eso lo que Valentine intentaba sacarle.

—La mayoría de la gente no piensa en eso, no seriamente, como tú has hecho —dijo.

—El hecho de que lo haya pensado no significa que sepa nada —replicó Miro.

Ella estaba ya acostumbrada a su voz, aunque a veces su habla era enloquecedoramente lenta. En ocasiones necesitaba un auténtico esfuerzo de voluntad para no mostrar ningún signo de falta de atención.

—La naturaleza del universo —dijo Jakt.

—Las fuentes de la vida —añadió Valentine—. Dijiste que habías pensado en lo que significa estar vivo, y quiero saber qué pensaste.

—Cómo funciona el universo y por qué estamos todos en él —rió Miro—. Es una locura.

—Una vez me quedé atrapado solo en una masa de hielo flotante en un barco de pesca durante dos semanas, en medio de una tormenta, sin ninguna fuente de calor —dijo Jakt—. Dudo que hayas llegado a ninguna conclusión que me pueda parecer una locura.

Valentine sonrió. Jakt no era ningún erudito, y su filosofía estaba generalmente confinada a mantener unida a su tripulación y capturar un montón de peces. Pero sabía lo que Valentine quería arrancar de Miro, y por eso ayudó a tranquilizar al joven, para que supiera que lo tomarían en serio. Además, para Jakt era importante ser el encargado de hacerlo, porque Valentine había visto, y él también, cómo lo observaba Miro. Jakt podía ser viejo, pero sus brazos, sus piernas y su espalda seguían siendo los de un pescador, y cada movimiento revelaba la fuerza de su cuerpo. Miró incluso lo comentó una vez, con retintín, con admiración:

—Tiene la constitución de un hombre de veinte años.

Valentine oyó el irónico corolario que debió de continuar en la mente de Miro: «Mientras que yo, que sí soy joven, tengo el cuerpo de un nonagenario artrítico».

De manera que Jakt significaba algo para Miro: representaba el futuro que Miro nunca podría tener. Admiración y resentimiento: a Miro le habría resultado difícil hablar abiertamente delante de Jakt si éste no se hubiera encargado de asegurar que por su parte no recibiría más que respeto e interés.

Plikt, por supuesto, estaba sentada en su sitio, silenciosa, retirada, efectivamente invisible.

—Muy bien —accedió Miro—. Especulaciones sobre la naturaleza de la realidad y el alma.

—¿Teología o metafísica? —preguntó Valentine.

—Metafísica, principalmente —respondió Miro—. Y física. Ninguna de las dos materias es mi especialidad. Y ésta no es la clase de historia para la que me necesita.

—No sé qué es exactamente lo que necesito.

—Muy bien —repitió Miro. Inspiró un par de veces, como si intentara decidir por dónde empezar—. Sabe lo que es un lazo filótico.

—Sé lo que sabe todo el mundo —dijo Valentine—. Y sé que no ha llevado a ninguna parte en los últimos dos mil quinientos años porque no se puede experimentar con eso.

Se trataba de un viejo descubrimiento, de los días en que los científicos se esforzaban por ponerse al día con la tecnología. Los estudiantes de física memorizaban unos cuantos principios: «Los filotes son bloques fundamentales de materia y energía. Los filotes no tienen masa ni inercia. Los filotes sólo tienen emplazamiento, duración y conexión». Todo el mundo sabía que eran las conexiones filóticas (los haces de rayos filóticos) lo que hacía funcionar los ansibles, permitiendo comunicación instantánea entre mundos y naves espaciales situadas a muchos años luz de distancia. Pero nadie sabía porqué funcionaba, y ya que los filotes no podían ser «manejados», resultaba casi imposible experimentar con ellos. Sólo podían ser observados, y únicamente a través de sus conexiones.

—Filotes —intervino Jakt—. ¿Ansibles?

—Un producto secundario —dijo Miro.

—¿Qué tiene que ver eso con el alma? —preguntó Valentine.

Miro estuvo a punto de responder, pero su frustración aumentó, al parecer ante la idea de tener que pronunciar un largo discurso con su boca torpe y renuente. Su mandíbula funcionaba, sus labios se movieron levemente. Entonces dijo en voz alta:

—No puedo hacerlo.

—Escucharemos —dijo Valentine.

Comprendía su resistencia a intentar un discurso extenso con las limitaciones de su habla, pero también sabía que tenía que hacerlo de todas formas.

—No —se obstinó Miro.

Valentine habría intentado seguir persuadiéndolo, pero vio que sus labios seguían moviéndose, aunque no producían más que leves sonidos. ¿Estaba murmurando? ¿Maldiciendo?

No, supo que no era eso.

Tardó un instante en comprender por qué estaba tan segura. Era porque había visto a Ender hacer exactamente lo mismo, mover los labios y la mandíbula, cuando dirigía órdenes subvocalizadas al terminal del ordenador insertado en la joya que llevaba en el oído. Naturalmente: Miro tenía el mismo enlace que Ender, así que le hablaba igual que él.

En un momento, quedó claro qué orden había dado Miro a su joya. Ésta debía de estar conectada al ordenador de la nave, porque inmediatamente después una de las pantallas se despejó y luego mostró el rostro de Miro. Pero no tenía el abotargamiento que lastraba su cara en persona. Valentine se dio cuenta: se trataba de la cara de Miro tal como era antes. Y cuando la imagen de ordenador habló, el sonido procedente de los altavoces lo hizo con lo que seguramente era la voz de Miro tal como solía ser: clara, fuerte, inteligente, rápida.

—Saben que cuando los flotes se combinan para crear una estructura duradera, un mesón, un neutrón, un átomo, una molécula, un organismo, un planeta…, se entrelazan.

—¿Qué es esto? —demandó Jakt.

Todavía no había comprendido por qué hablaba el ordenador.

La imagen computadorizada de Miro se congeló en la pantalla y guardó silencio. El propio Miro respondió.

—He estado jugando con esto —explicó—. Yo le digo cosas, y las recuerda y habla por mí.

Valentine intentó imaginar a Miro experimentando hasta que el programa del ordenador captara su rostro y su voz con exactitud. Lo feliz que debió de ser al recrearse tal como era antes. Y también qué desgraciado al ver lo que podría haber sido y saber que nunca sería real.

—Qué buena idea —exclamó Valentine—. Como una prótesis de la personalidad.

Miro se echó a reír, un único «¡Ja!».

—Adelante —invitó Valentine—. Hables por ti mismo o a través del ordenador, te escucharemos.

La imagen computadorizada volvió a cobrar vida y habló de nuevo con la voz potente e imaginaria de Miro.

—Los filotes son los bloques más pequeños de materia y energía que existen. No tienen masa ni dimensión. Cada filote se conecta con el resto del universo a través de un único rayo, una línea unidimensional que se conecta con todos los demás filotes en su estructura inmediata más pequeña: un mesón. Todas las hebras de los filotes de esta estructura están entrelazados en un único hilo filótico que conecta el mesón a la siguiente estructura superior…, un neutrón, por ejemplo. Los hilos del neutrón se entrelazan en una hebra que lo conecta con todas las otras partículas del átomo, y luego las hebras del átomo se entrelazan en la cuerda de la molécula. Esto no tiene nada que ver con fuerzas nucleares o gravitatorias, ni con enlaces químicos. Por lo que sé, las conexiones filóticas no hacen nada. Simplemente, están ahí.

—Pero los rayos individuales están siempre ahí, presentes en los lazos —objetó Valentine.

—Sí, cada rayo continúa eternamente —respondió la pantalla.

Le sorprendió (y a Jakt también, a juzgar por la forma en que sus ojos se ensancharon) que el ordenador pudiera responder inmediatamente a lo que Valentine había dicho. No era sólo una conferencia preseleccionada. El programa tenía que ser bastante sofisticado, para simular tan bien el rostro y la voz de Miro, y responder como si estuviera simulando también su personalidad…

¿0 había introducido Miro alguna clave en el programa? ¿Había subvocalizado la respuesta? Valentine no lo sabía: había estado contemplando la pantalla. Ahora se dedicaría a observar al propio Miro.

—No sabemos si el rayo es infinito —dijo Valentine—. Sólo sabemos que no hemos encontrado dónde termina.

—Se entrelazan, forman un planeta entero, y el lazo filótico de cada planeta se extiende hasta su estrella, y cada estrella hasta el centro de la galaxia.

—¿Y adónde va el lazo galáctico? —dijo Jakt.

Era una vieja pregunta: los escolares la preguntaban cuando estudiaban por primera vez filótica en el instituto. Igual que la vieja especulación de que tal vez las galaxias eran en realidad neutrones o mesones en un universo mucho más vasto, o la vieja pregunta: si el universo no es infinito, ¿qué hay más allá del borde?

—Sí, sí —se impacientó Miro. Esta vez, sin embargo, habló con su propia boca—. Pero no es ahí donde quiero llegar. Quiero hablarles acerca de la vida.

La voz computadorizada (la voz del brillante joven) tomó el relevo.

—Los lazos filóticos de las sustancias como las rocas o la arena conectan todas directamente desde cada molécula al centro del planeta. Pero cuando una molécula se incorpora a un organismo vivo, su rayo cambia. En vez de extenderse al planeta, se entrelaza con las células del individuo, y los rayos de una célula se unen de forma que cada organismo envía una sola fibra de conexiones filóticas para enlazarse con la cuerda filótica central del planeta.

—Esto demuestra que las vidas individuales tienen algún significado en el ámbito de la física —dijo Valentine. Había escrito un ensayo sobre el tema una vez, tratando de despejar parte del misticismo que se había creado en torno a los filotes al mismo tiempo que lo usaba para sugerir una visión de formación comunitaria—. Pero no hay efectos prácticos, Miro. No se puede hacer nada con ello. El enlace filótico de los organismos vivos simplemente existe. Cada filote está conectado a algo, y a través de eso a otra cosa, y luego a otra más…, las células vivas y los organismos son simplemente dos de los puntos donde pueden hacerse esos enlaces.

—Sí —admitió Miro—. Lo que vive, se entrelaza.

Valentine se encogió de hombros, asintió. Probablemente no podía demostrarse, pero si Miro lo quería como premisa en sus especulaciones, muy bien.

El Miro del ordenador volvió a hablar.

—He estado pensando en la capacidad de resistencia del enlace. Cuando una estructura enlazada se quiebra, como cuando se rompe una molécula, el viejo enlace filótico permanece durante un tiempo. Fragmentos que ya no están físicamente unidos continúan conectados fllóticamente. Y cuanto más pequeña es la partícula, más dura es esa conexión después de haberse roto la estructura original, y más lentamente cambian los fragmentos para establecer nuevos enlaces.

Jakt frunció el ceño.

—Creía que cuanto más pequeñas eran las cosas, más rápido sucedía todo.

—Es contraintuitivo —intervino Valentine.

—Después de la fisión nuclear, los rayos filóticos tardan horas en volver a unirse —prosiguió el Miro —ordenador-. Rompan una partícula más pequeña que un átomo, y la conexión fllótica entre los fragmentos durará mucho más que eso.

—Que es como funciona el ansible —añadió Miro.

Valentine lo observó con atención. ¿Por qué hablaba unas veces con su propia voz y otras a través del ordenador? ¿Estaba el programa bajo su control, o no?

—El principio del ansible es que si se suspende un mesón en un campo magnético poderoso —dijo el Miro-ordenador—, si se rompen y se separan las dos partes todo lo que se quiera, el enlace filótico seguirá conectándolas. Si un fragmento gira o vibra, el rayo entre ellos gira y vibra, y el movimiento es detectable al otro extremo exactamente en el mismo momento. Los movimientos se transmiten a lo largo de todo el rayo de forma instantánea, aunque los dos fragmentos estén separados a años luz. Nadie sabe por qué funciona, pero nos alegramos de que así sea. Sin el ansible, no habría ninguna posibilidad de comunicación significativa entre los mundos humanos.

—Demonios, no hay ninguna comunicación significativa ahora tampoco —gruñó Jakt—. Y si no fuera por los ansibles, no habría ninguna flota dirigiéndose a Lusitania.

Valentine no atendió a Jakt. Estaba observando a Miro. Esta vez lo vio mover los labios y la mandíbula, leve, silenciosamente. De inmediato, después de que subvocalizara, la imagen computadorizada de Miro volvió a hablar. Estaba dando órdenes. Fue absurdo por su parte pensar lo contrario: ¿quién más podía estar controlando el ordenador?

—Es una jerarquía-respondió la imagen—. Cuanto más compleja es la estructura, más rápida es la respuesta al cambio. Parece como si cuanto más pequeña fuera la partícula, fuese más estúpida, o más lenta en comprender el hecho de que ahora forma parte de una estructura diferente.

—Ahora estás antropomorfizando —advirtió Valentine.

—Tal vez —convino Miro—. Tal vez no.

—Los seres humanos. son organismos —continuó la imagen—. Pero los enlaces filóticos humanos van más allá que los de ninguna otra forma de vida.

—Ahora estás hablando de eso que surgió en Ganges hace mil años —observó Valentine—. Nadie ha podido obtener resultados fiables de esos experimentos.

Los investigadores, todos hindúes, todos devotos, sostenían haber demostrado que los enlaces filóticos humanos, contrariamente al de otros organismos, no siempre se extienden de forma directa al núcleo del planeta para enlazarse con toda la otra vida y materia. En cambio, sostenían que los rayos filóticos de los seres humanos con frecuencia se entrelazaban con los de otros seres humanos, a menudo con sus familias, pero a veces entre maestros y estudiantes, y en ocasiones entre colaboradores cercanos, incluyendo los propios investigadores. Los gangeanos concluyeron que esta distinción entre humanos y otro tipo de vida animal o vegetal demostraba que las almas de algunos humanos se situaban literalmente en un plano superior, cercano a la perfección. Creían que los Perfectos se habían convertido en uno al igual que toda la vida era una con el mundo.

—Todo es muy místico y muy agradable, pero nadie excepto los hindúes de Ganges se lo toman ya en serio.

—Yo lo hago —acotó Miro.

—A cada uno lo suyo —dijo Jakt.

—No como religión —replicó Miro—. Como ciencia.

—Te refieres a la metafísica, ¿no? —preguntó Valentine.

Fue la imagen de Miro quien respondió.

—Las conexiones filóticas entre las personas son las que más rápidamente cambian, y los gangeanos demostraron que responden a la voluntad humana. Si tienes fuertes sentimientos que te atan a tu familia, entonces vuestros rayos filóticos se entrelazarán y seréis uno, exactamente de la misma forma que los distintos átomos de una molécula son uno.

Era una idea agradable. A Valentine se lo había parecido cuando la oyó por primera vez, tal vez hacía dos mil años, cuando Ender hablaba en nombre de un revolucionario asesinado en Mindanao. Entonces, Ender y ella especularon sobre si las pruebas gangeanas demostrarían que ellos estaban entrelazados, como hermano y hermana. Se preguntaron si esa conexión habría existido entre ambos cuando eran niños, y si había persistido cuando Ender fue llevado a la Escuela de Batalla y estuvieron separados durante seis años. A Ender le complació la idea, igual que a Valentine, pero después de aquella conversación el tema no volvió a surgir. La noción de conexiones filóticas entre personas quedó almacenada en la categoría de ideas lindas en su memoria.

—Es bonito pensar que la metáfora de la unidad humana podría tener una analogía física —admitió Valentine.

—¡Escuche! —dijo Miro.

Al parecer, no quería que descartara la idea como meramente «bonita».

Una vez más, la imagen habló por él.

—Si los gangeanos tienen razón, entonces cuando un ser humano elige un lazo con otra persona, cuando se compromete con una comunidad, no es sólo un fenómeno social. Es también un hecho físico. El filote, la partícula física más pequeña concebible, si podemos considerar algo que no tiene masa ni inercia física, responde a un acto de la voluntad humana.

—Por eso es tan difícil tomar en serio los experimentos de Ganges.

—Los experimentos de Ganges fueron cuidadosos y sinceros.

—Pero nadie más consiguió los mismos resultados.

—Nadie más los tomó lo bastante en serio para ejecutar los mismos experimentos. ¿Le sorprende eso?

—Sí —dijo Valentine. Pero entonces recordó cómo se ridiculizó la idea en la prensa científica, mientras que era aceptada inmediatamente en el ámbito de los lunáticos e incorporaba a docenas de religiones marginales. Una vez sucedido eso, ¿cómo podía esperar un científico tener una carrera si los demás lo consideraban defensor de una religión metafísica?—. No, supongo que no.

La imagen de Miro asintió.

—Si el rayo filótico enlaza en respuesta a la voluntad humana, ¿por qué no podemos suponer que todos los enlaces filóticos tienen voluntad? Cada partícula, toda materia y energía…, ¿por qué no podría ser cada fenómeno observable en el universo la conducta volitiva de los individuos?

—Ahora hemos ido más allá del hinduismo gangeano —señaló Valentine—. ¿Hasta qué punto debo tomarme esto en serio? Estás hablando de animismo. El tipo más primitivo de religión. Todo está vivo. Piedras y océanos y…

—No —la interrumpió Miro—. La vida es la vida.

—La vida es la vida —repitió el programa de ordenador—. La vida es cuando un solo filote tiene la fuerza de voluntad para unirse a las moléculas de una sola célula, para entrelazar sus rayos en uno. Un filote más fuerte puede unir muchas células en un solo organismo. Los más fuertes de todos son los seres inteligentes. Podemos conferir nuestras conexiones filóticas a donde queramos. La base filótica de la vida inteligente es aún más clara en las otras especies conscientes conocidas. Cuando un pequenino muere y pasa a la tercera vida, es la fuerte voluntad de su Pilote lo que conserva su identidad y la pasa del cadáver mamaloide al árbol viviente.

—Reencarnación —dijo Jakt—. El filote es el alma.

—Sucede con los cerdis, al menos —declaró Miro.

—Y con la reina colmena también —intervino la imagen—. La razón por la que descubrimos las conexiones filóticos en primer lugar fue porque vimos cómo los insectores se comunicaban entre sí más rápido que la luz: eso nos mostró que era posible. Los insectores individuales forman parte de la reina colmena: son como sus manos y pies, y ella es su mente, un vasto organismo con miles o millones de cuerpos. Y la única conexión entre ellos es el enlace de sus rayos filóticos.

Era una concepción del universo que Valentine nunca había considerado antes. Por supuesto, como biógrafa e historiadora, por lo general concebía las cosas en términos de personas y sociedades; aunque no era completamente ignorante en el tema de la filótica, tampoco tenía una formación profunda sobre el tema. Tal vez un físico advertiría de inmediato que toda esta idea era absurda. Pero claro, tal vez un físico estaría tan encerrado en el consenso de su comunidad científica que le resultaría más difícil aceptar una idea que transformaba el significado de todo lo que conocía. Aunque fuera cierta.

Por otra parte, la idea le gustaba lo suficiente para desear que fuera cierta. De los miles de millones de amantes que se habían susurrado «Somos uno», ¿era posible que algunos de ellos lo hubiesen sido realmente? De los miles de millones de familias que se habían sentido tan unidas para parecer una sola alma, ¿no sería grandioso pensar que en el nivel más básico de la realidad era así?

Jakt, sin embargo, no se sintió tan cautivado por la idea.

—Creía que no íbamos a hablar sobre la existencia de la reina colmena —objetó—. Pensaba que eso era el secreto de Ender.

—Es verdad —concedió Valentine—. Todo el mundo en esta habitación lo sabe.

Jakt le dirigió una mirada impaciente.

—Creía que íbamos a Lusitania a ayudarles en su lucha contra el Congreso Estelar. ¿Qué tiene todo esto que ver con el mundo real?

—Tal vez nada —dijo Valentine—. Tal vez todo.

Jakt enterró su rostro en las manos durante un instante, luego volvió a mirarla con una sonrisa que en realidad no era tal.

—No te había oído decir nada tan trascendental desde que tu hermano se marchó de Trondheim.

Eso le hizo daño, sobre todo porque sabía cuál era la intención. Después de todos estos años, ¿Jakt estaba aún celoso de su vínculo con Ender? ¿Lamentaba todavía el hecho de que ella se preocupara por cosas que no significaban nada para él?

—Cuando él se marchó, yo me quedé —replicó Valentine.

En realidad estaba diciendo: aprobé el único examen que importaba. ¿Por qué dudas de mí ahora?

Jakt se sintió avergonzado. Era una de sus mejores cualidades: cuando advertía que se había equivocado, se retractaba de inmediato.

—Y cuando tú te marchaste, yo me marché contigo —dijo.

Lo cual significaba: estoy contigo, ya no estoy celoso de Ender, y lamento haberte hecho daño. Más tarde, cuando estuvieran a solas, se dirían de nuevo estas cosas abiertamente. No serviría de nada llegar a Lusitania con sospechas y celos por ninguna de las dos partes.

Miro, por supuesto, era ajeno al hecho de que Jakt y Valentine hubieran declarado ya una tregua. Sólo era consciente de la tensión que reinaba entre ellos, y creía ser la causa.

—Lo siento —se disculpó—. No pretendía…

—No importa-dijo Jakt—. Me he pasado de la raya.

—No hay ninguna raya —manifestó Valentine, dirigiendo una sonrisa a su marido.

Jakt le sonrió a su vez.

Aquello era lo que Miro necesitaba comprobar; se relajó visiblemente.

—Continúa —invitó Valentine.

—Considere todo eso como una suposición.

Valentine no pudo evitarlo: se echó a reír. En parte se rió porque todo el asunto místico gangeano del filote-como-alma era una premisa demasiado vasta y absurda para considerarla siquiera. En parte también para liberar la tensión entre Jakt y ella.

—Es una suposición horriblemente grande. Si ése es el preámbulo, me muero por oír la conclusión.

Miro, comprendiendo ahora su risa, se rió también.

—He tenido mucho tiempo para pensar. Ésa era realmente mi especulación de lo que es la vida: que todo en el universo es conducta. Pero hay algo más de lo que quiero hablarles. Y preguntarles, supongo. —Se volvió. hacia Jakt—. Y tiene mucho que ver con detener a la Flota Lusitania.

Jakt sonrió y asintió.

—Agradezco que me arrojen algún hueso de vez en cuando.

Valentine mostró su sonrisa más cautivadora.

—Bien…, más tarde te alegrarás cuando rompa unos cuantos huesos.

Jakt volvió a echarse a reír.

—Adelante, Miro —dijo Valentine.

La imagen respondió.

—Si toda la realidad es la conducta de los filotes, entonces obviamente la mayoría de los filotes sólo son lo bastante capaces o fuertes para actuar como un mesón o aguantar como un neutrón. Unos cuantos tienen la fuerza de voluntad para estar vivos, para gobernar un organismo. Y una fracción insignificante de ellos es lo bastante poderosa para controlar…, no, para ser un organismo consciente. Pero, sin embargo, el ser más complejo e inteligente, la reina colmena, por ejemplo, es, en el fondo, sólo un filote, como todos los demás. Gana su identidad y su vida del papel concreto que cumple, pero en realidad es un filote.

—Mi entidad…, mi voluntad, ¿es una partícula subatómica? —preguntó Valentine.

Jakt sonrió y asintió.

—Una idea divertida —admitió—. Mi zapato y yo somos hermanos.

Miro sonrió muy débilmente. Sin embargo, la imagen-Miro respondió.

—Si una estrella y un átomo de hidrógeno son hermanos, entonces sí, hay una relación entre usted y los filotes que componen objetos comunes como su zapato.

Valentine advirtió que Miro no había subvocalizado nada justo antes de que la imagen respondiera. ¿Cómo había ofrecido la analogía de estrellas y átomos de hidrógeno el software que producía la imagen, si Miro no la proporcionaba sobre la marcha? Valentine nunca había oído hablar de un programa de ordenador capaz de producir una conversación tan relacionada y a la vez tan apropiada por su cuenta.

—Y tal vez haya otras relaciones en el universo de las que no saben nada hasta ahora —prosiguió la imagen-Miro—. Tal vez exista un tipo de vida que no conozcan.

Valentine vio que Miro parecía preocupado. Agitado. Como si no le gustara lo que la imagen-Miro estaba haciendo ahora.

—¿De qué clase de vida estás hablando? —preguntó Jakt.

—Hay un fenómeno físico en el universo, muy común, que permanece completamente inexplicado. Sin embargo todo el mundo lo da por hecho a pesar de que nadie ha investigado seriamente por qué y cómo sucede. Es éste: ninguna de las conexiones ansibles se ha roto jamás.

—Tonterías —masculló Jakt—. Uno de los ansibles de Trondheim estuvo fuera de servicio durante seis meses el año pasado. No sucede a menudo, pero ocurre.

Una vez más los labios y la mandíbula de Miro permanecieron inmóviles; una vez más la imagen respondió inmediatamente. Estaba claro que ahora no la controlaba.

—No he dicho que los ansibles no se rompan. He dicho que las conexiones, los lazos filóticos entre las partes de un mesón dividido, no se han roto nunca. La maquinaria del ansible puede romperse, el software puede estropearse, pero el fragmento de un mesón dentro de un ansible no ha hecho nunca el cambio para permitir que su rayo filótico entrelace con otro mesón local o incluso con el planeta cercano.

—El campo magnético suspende el fragmento, por supuesto —dijo Jakt.

—Los mesones divididos no duran lo suficiente en la naturaleza para que sepamos cómo actúan de modo natural —dijo Valentine.

—Conozco todas las respuestas estándar —asintió la imagen—. Todas son tonterías. Todas son el tipo de respuestas que los padres dan a sus hijos cuando no saben la verdad y no quieren molestarse en averiguarla. La gente sigue tratando a los ansibles como si fueran magia. Todo el mundo se alegra de que sigan funcionando; si intentaran averiguar por qué, la magia podría perderse y entonces los ansibles se detendrían.

—Nadie piensa así —rebatió Valentine.

—Todo el mundo lo hace —replicó la imagen—. Aunque requiera cientos de años, o mil años, o tres mil, una de esas conexiones debería haberse roto ya. Uno de esos fragmentos de mesón debería haber cambiado su rayo filótico; sin embargo, no lo ha hecho nunca.

—¿Por qué? —preguntó Miro.

Al principio, Valentine asumió que estaba haciendo una pregunta retórica. Pero no: miraba a la imagen igual que los demás, pidiéndole que le explicara el motivo.

—Creía que este programa informaba de tus especulaciones —se sorprendió Valentine.

—Lo hacía —contestó Miro—. Pero ahora no.

—¿Y si hay un ser que vive entre las conexiones filóticas entre los ansibles? —preguntó la imagen.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —preguntó Miro. Otra vez se dirigía a la imagen en la pantalla.

Entonces la imagen cambió, para convertirse en el rostro de una mujer joven a la que Valentine no había visto nunca.

—¿Y si hay un ser que habita en la telaraña de rayos filóticos que conectan los ansibles de cada mundo y cada nave en el universo humano? ¿Y si está compuesta de esas conexiones filóticas? ¿Y si sus pensamientos se desarrollan en el giro y la vibración de esos pares separados? ¿Y si sus recuerdos se almacenan en los ordenadores de cada mundo y cada nave?

—¿Quién eres? —preguntó Valentine, hablando directamente con la imagen.

—Tal vez soy quien mantiene vivas todas esas conexiones filóticas, de ansible a ansible. Tal vez soy un nuevo tipo de organismo, uno que no entrelaza rayos, sino que los mantiene enlazados para que nunca se rompan. Y si eso es cierto, entonces si esas conexiones se rompen alguna vez, si los ansibles dejan de moverse…, si los ansibles guardan silencio alguna vez, entonces yo moriría.

—¿Quién eres? —repitió Valentine.

—Valentine, me gustaría que conociera a Jane —suspiró Miro— Una amiga de Ender y mía.

Jane.

De modo que Jane no era el nombre en código de un grupo subversivo dentro de la burocracia del Congreso Estelar. Jane era un programa de ordenador, una pieza de software.

No. Si lo que ella acababa de sugerir era cierto, entonces Jane era más que un programa. Era un ser que habitaba en la telaraña de rayos filóticos, que almacenaba sus recuerdos en los ordenadores de cada mundo. Si ella tenía razón, entonces la telaraña fiíótica, la red de rayos filóticos entrecruzados que conectaba los ansibles de cada mundo, era su cuerpo, su sustancia. Y los enlaces filóticos continuaban trabajando sin romperse nunca porque ella lo deseaba así.

—Así que ahora le pregunto a la gran Demóstenes —dijo Jane—: ¿Soy raman o varelse? ¿Estoy viva? Necesito tu respuesta, porque creo que puedo detener a la Flota Lusitania. Pero antes, tengo que saberlo: ¿es una causa por la que merezca la pena morir?

Las palabras de Jane se clavaron en el corazón de Miro. Ella podía detener la flota, se dio cuenta de inmediato. El Congreso había enviado el Pequeño Doctor con varias naves de la flota, pero aún no había dado la orden de usarlo. No podían hacerlo sin que Jane lo supiera de antemano, y con su completa penetración de todas las comunicaciones ansibles, podría interceptar la orden antes de que fuera enviada.

El problema consistía en que no podía hacerlo sin que el Congreso advirtiera que ella existía, o al menos que sucedía algo raro. Si la flota no confirmaba la orden, simplemente sería enviada otra vez, y otra, y otra más. Cuanto más bloqueara los mensajes, más claro quedaría para el Congreso que alguien tenía un grado imposible de control sobre los ordenadores ansibles.

Ella podría evitarlo enviando una confirmación falsa, pero entonces tendría que vigilar todas las comunicaciones entre las naves de la flota, y entre la flota y las estaciones de los planetas, para mantener la pretensión de que la flota conocía la orden asesina. A pesar de las enormes habilidades de Jane, esto quedaría pronto más allá de sus facultades: podía prestar atención a cientos, incluso a miles de cosas a la vez, pero Miro no tardó en comprender que no había manera de que pudiera manejar todas las vigilancias y alteraciones que esto necesitaría, aunque se dedicara a ello exclusivamente.

De un modo u otro, el secreto quedaría descubierto. Y mientras Jane explicaba el plan, Miro supo que tenía razón: su mejor alternativa, la que ofrecía el peligro menor de revelar su existencia, era simplemente cortar todas las conexiones ansibles entre la flota y las estaciones planetarias, y entre las naves de la flota. Dejar que cada nave permaneciera aislada, cada tripulación preguntándose qué había sucedido, y entonces no tendrían más remedio que abortar su misión o seguir obedeciendo las órdenes originales. Tendrían que marcharse o llegarían a Lusitania sin la autoridad para usar el Pequeño Doctor.

Mientras tanto, sin embargo, el Congreso sabría que había sucedido algo. Era posible que con la ineficacia burocrática normal del Congreso nadie averiguara nunca lo que había sucedido. Pero al final alguien advertiría que no había ninguna explicación natural ni humana de lo que había sucedido. Alguien advertiría que Jane (o algo parecido a ella) debía existir, y que cortar las comunicaciones ansibles la destruiría. Cuando descubrieran esto, ella moriría con toda seguridad.

—Tal vez no —insistió Miro—. Tal vez puedas impedirles que actúen. Interferir con las comunicaciones interplanetarias, para que no den la orden de cortar las comunicaciones.

Nadie respondió. Él supo por qué: ella no podría interferir las conexiones ansibles eternamente. Tarde o temprano el gobierno de cada planeta llegaría a la misma conclusión por su cuenta. Ella debería vivir en un estado de guerra constante durante años, décadas, generaciones. Pero cuanto más poder usara, más la odiaría y la temería la humanidad. Al final, la matarían.

—Un libro, entonces —sugirió Miro—. Como la Reina Colmena y Hegemón. Como la Vida de Humano. El Portavoz de los Muertos podría escribirlo para persuadirlos de que no lo hagan.

—Tal vez —asintió Valentine.

—Ella no puede morir-manifestó Miro.

—Sé que no podemos pedirle que corra ese riesgo —convino Valentine—. Pero si es la única manera de salvar a la reina colmena y a los pequeninos…

Miro se enfureció.

—¡Es fácil hablar de su muerte! ¿Qué es Jane para usted? Un programa, una pieza de software. Pero no lo es, ella es real, tan real como la reina colmena, tan real como cualquiera de los cerdis…

—Más real para ti, creo —dijo Valentine.

—Igual de real —contestó Miro—. Se olvida de que conozco a los cerdis como si fueran mis propios hermanos…

—Pero estás dispuesto a contemplar la filosofía de que destruirlos puede ser moralmente necesario.

—No tergiverse mis palabras.

—Las estoy liberando. Puedes contemplar la idea de perderlos, porque ya los has perdido. Sin embargo, perder a Jane…

—¿El hecho de que ella sea mi amiga significa que no puedo interceder en su favor? ¿Es que las decisiones de vida o muerte sólo pueden tomarlas los desconocidos?

La voz de Jakt, tranquila y profunda, interrumpió la discusión.

—Calmaos, los dos. No es decisión vuestra, sino de Jane. Ella tiene el derecho de determinar el valor de su propia vida. No soy ningún filósofo, pero eso lo sé.

—Bien dicho —respondió Valentine.

Miro sabía que Jakt tenía razón, que era elección de Jane. Pero no podía soportarlo, porque también sabía qué decidiría ella. Dejar la opción a Jane equivalía a pedirle que lo hiciera. Sin embargo, al final, la elección sería suya de todas formas. Él ni siquiera tenía que preguntarle qué decidiría. El tiempo pasaba tan rápidamente para ella, sobre todo ahora que viajaban casi a la velocidad de la luz, que probablemente ya había tomado partido.

Era demasiado para poder soportarlo. Perder ahora a Jane sería horrible; sólo pensar en ello amenazaba la compostura de Miro. No quería mostrar debilidad delante de aquella gente. Buena gente, eran buena gente, pero no quería que lo vieran perder el control de sí mismo. Así que Miro se inclinó hacia delante, encontró el equilibrio y precariamente se levantó del asiento. Fue difícil, ya que sólo unos cuantos músculos respondían a su voluntad, y tuvo que recurrir a toda su concentración sólo para dirigirse desde el puente a su compartimento. Nadie lo siguió ni le habló. Se alegró de ello.

A solas en su habitación, se tendió en su camastro y la llamó. Pero no en voz alta. Subvocalizó, porque ésa era su costumbre cuando hablaba con ella. Aunque los demás supieran ahora de su existencia, no tenía intención de perder los hábitos que había mantenido ocultos hasta el momento.

—Jane —dijo silenciosamente.

—Sí —respondió la voz en su oído.

Imaginó, como siempre, que la suave voz procedía de una mujer que no podía ver, pero estaba cerca, muy cerca. Cerró los ojos, para poder imaginarla mejor. Su aliento en la mejilla. El cabello danzándole sobre la cara mientras le hablaba suavemente, mientras él respondía en silencio.

—Habla con Ender antes de decidir —aconsejó él.

—Ya lo he hecho. Ahora mismo, mientras tú pensabas en esto.

—¿Qué te ha dicho?

—Que no hiciera nada. Que no decidiera nada, hasta que se envíe la orden.

—Me parece bien. Tal vez no la den.

—Tal vez. Tal vez un grupo nuevo con política diferente suba al poder. Tal vez este grupo cambie de opinión. Tal vez la propaganda de Valentine tenga éxito. Tal vez haya un motín en la flota.

Esto último era tan improbable que Miro se dio cuenta de que Jane estaba completamente convencida de que la orden se enviaría.

—¿Cuándo? —preguntó Miro.

—La flota debe llegar dentro de unos quince años. Un año después de que lo hagan estas dos naves. Es así como he calculado vuestro viaje. La orden será enviada poco antes. Tal vez seis meses antes de la llegada…, lo que equivale a unas ocho horas en tiempo de la nave antes de que la flota salga de la velocidad de la luz y adquiera velocidades normales.

—No lo hagas.

—Todavía no lo he decidido.

—Sí que lo has hecho. Has decidido hacerlo.

Ella no respondió.

—No me dejes —suplicó él.

—No dejo a mis amigos si no tengo que hacerlo. Algunas personas lo hacen, pero yo no.

—No lo hagas —repitió él.

Estaba llorando. ¿Podía verlo ella, sentirlo de algún modo a través de la joya en su oído?

—Lo intentaré.

—Busca otro medio. Busca otra manera de detenerlos. Busca otra forma de colocarte fuera de la red filótica para que no puedan matarte.

—Eso es lo que dijo Ender.

—¡Entonces, hazlo!

—Puedo buscar esa forma, pero ¿quién sabe si existe?

—Tiene que existir.

—Por eso a veces me pregunto si estoy viva o no. Las criaturas vivientes pensáis que cuando deseáis algo con mucha intensidad tiene que suceder. Creéis que deseando algo con todo vuestro corazón se hará real.

—¿Cómo puedes buscar algo si no crees que existe?

—O busco o no lo busco —dijo Jane—. No me distraigo ni me aburro como hacen los humanos. Intentaré pensar en otra cosa.

—Piensa también en esto —sugirió Miro—. Piensa en quién eres. O cómo funciona tu mente. No podrás encontrar un modo de salvarte hasta que comprendas cómo empezaste a vivir. Y cuando te comprendas a ti misma…

—Quizá pueda hacer una copia y almacenarla en alguna parte.

—Tal vez.

—Tal vez —repitió ella.

Pero él supo que Jane no lo creía, ni él tampoco. Ella existía en la red filótica de los ansibles: podía almacenar sus memorias en la red de ordenadores de cada mundo y cada nave en el espacio, pero no existía ningún sitio donde pudiera colocar su yo, no si requería una cadena de enlaces filóticos.

A menos que…

—¿Qué hay de los padres-árbol de Lusitania? Se comunican filóticamente, ¿no?

—No es lo mismo —respondió Jane—. No es digital. No está codificado como los ansibles.

—Puede que no sea digital, pero la información se transmite de algún modo. Funciona filóticamente. Y la reina colmena…, también ella se comunica con los insectores de esa forma.

—Eso no es posible —objetó Jane—. La estructura es demasiado simple. Su comunicación con ellos no forma una red. Todos están conectados sólo con ella.

—¿Cómo sabes que no funcionará, cuando ni siquiera sabes con seguridad cómo funcionas tú?

—Muy bien. Lo pensaré.

—Piensa con fuerza.

—Sólo conozco una forma de pensar.

—Quiero decir que prestes atención.

Ella podía seguir muchos hilos de pensamiento a la vez, pero sus pensamientos tenían prioridades, con muchos niveles distintos de atención. Miro no quería que relegara su autoinvestigación a un nivel de atención bajo.

—Prestaré atención —prometió ella.

—Entonces se te ocurrirá algo. Ya verás.

Ella no respondió durante un rato. Miro pensó que esto significaba que la conversación había terminado. Sus pensamientos empezaron a divagar. Intentó imaginar cómo sería la vida, todavía en este cuerpo, sin Jane. Podía suceder antes de que llegara a Lusitania. Si era así, este viaje habría sido el peor error de su vida. Viajando a la velocidad de la luz, saltaba treinta años de tiempo real. Treinta años que podía haber pasado con Jane. Podría soportar su pérdida entonces. Pero hacerlo ahora, sólo unas pocas semanas después de conocerla…, sabía que sus lágrimas surgían de la autocompasión, pero las vertió de todas formas.

—Miro —llamó ella.

—¿Qué?

—¿Cómo puedo pensar algo que no ha sido pensado antes?

Durante un momento, él no contestó.

—Miro, ¿cómo puedo idear algo que no es sólo la conclusión lógica de las cosas que los seres humanos han ideado y escrito ya en alguna parte?

—Piensas en cosas constantemente-dijo Miro.

—Estoy tratando de concebir algo inconcebible. Estoy intentando encontrar respuestas a preguntas que los seres humanos nunca han intentado plantear.

—¿No puedes hacerlo?

—Si no puedo pensar pensamientos originales, ¿significa eso que no soy más que un programa de ordenador que se ha ido de la mano?

—Demonios, Jane, la mayoría de la gente no tiene un pensamiento original en toda su vida. —Miro se rió suavemente—. ¿Significa eso que sólo son monos caídos de los árboles que se fueron de la mano?

—Estabas llorando —dijo ella.

—Sí.

—No crees que pueda encontrar una salida a esto. Crees que voy a morir.

—Creo que se te ocurrirá una solución. De verdad. Pero eso no me impide tener miedo.

—Miedo de que yo muera.

—Miedo de perderte.

—¿Tan terrible sería perderme?

—Oh, Dios —susurró él.

—¿Me echarías de menos durante una hora? —insistió ella—. ¿Durante un día? ¿Durante un año?

¿Qué quería de él? ¿Seguridad de que cuando no existiera sería recordada? ¿De que alguien lloraría por ella? ¿Por qué lo dudaba? ¿No lo conocía aún? Tal vez era lo bastante humana para necesitar confirmación de cosas que ya sabía.

—Eternamente —respondió él.

Ahora le tocó a ella el turno de reír. Juguetonamente.

—No vivirás tanto.

—Y ahora me lo dices.

Esta vez, cuando Jane guardó silencio, no volvió, y Miro se quedó solo con sus pensamientos.

Valentine, Jakt y Plikt permanecieron juntos en el puente, hablando de las cosas que habían aprendido, tratando de decidir qué podían significar, qué podría suceder. La única conclusión a la que llegaron fue que, aunque no podía conocerse el futuro, probablemente sería mucho mejor que sus peores miedos y no tan bueno como sus mejores esperanzas. ¿No funcionaba así siempre el mundo?

—Sí —dijo Plikt—. Excepto con las excepciones.

Así era Plikt. Menos cuando estaba enseñando, decía poco, pero cuando hablaba, tenía la habilidad de terminar la conversación. Plikt se levantó para dejar el puente y dirigirse a su camastro incómodo y miserable; como de costumbre, Valentine intentó persuadirla para que volviera a la otra nave.

—Varsam y Ro no me quieren en su habitación —adujo Plikt.

—No les importa.

—Valentine —dijo Jakt—. Plikt no quiere volver a la otra nave porque no quiere perderse nada.

—Oh —exclamó Valentine.

Plikt sonrió.

—Buenas noches.

Poco después, también Jakt dejó el puente. Su mano descansó sobre el hombro de Valentine un momento.

—Iré pronto —dijo ella.

Y lo decía en serio en ese instante, pues tenía la intención de seguirlo casi inmediatamente. En cambio, se quedó en el puente pensando, reflexionando, intentando comprender un universo que ponía a todas las especies no humanas conocidas por el hombre en peligro de extinción, todas a la vez. La reina colmena, los pequeninos, y ahora Jane, la única de su especie, quizá la única que podría existir jamás. Una verdadera profusión de vida inteligente, y sin embargo conocida sólo por unos pocos. Y todos ellos en fila para ser aniquilados.

«Al menos Ender comprenderá por fin que éste es el orden natural de las cosas, que tal vez no fuera tan responsable de la destrucción de los insectores hace tres mil años, como siempre había creído. El xenocidio debe de estar inscrito en el universo. No hay piedad, ni siquiera para los mejores participantes en el juego.»

¿Cómo podía ella haber pensado lo contrario? ¿Por qué deberían ser inmunes las especies inteligentes a la amenaza de extinción que gravita sobre cada especie que existe?

Aproximadamente una hora después de que Jakt dejara el puente, Valentine apagó por fin su terminal y se levantó para irse a la cama. Sin embargo, por impulso, hizo una pausa antes de marcharse y habló al aire.

—¿Jane? —llamó—. ¿Jane?

No hubo respuesta.

No tenía motivos para esperar ninguna. Era Miro quien llevaba la joya en el oído. Miro y Ender. ¿A cuántas personas pensaba que podía atender Jane a la vez? Tal vez sólo podía manejar a dos.

O tal vez dos mil. O dos millones. ¿Qué sabía Valentine de las limitaciones de un ser que existía como un fantasma en la telaraña filótica? Aunque Jane la oyera, Valentine no tenía derecho a esperar que respondiera a su llamada.

Valentine se detuvo en el pasillo, directamente entre la puerta de Miro y la de la habitación que compartía con Jakt. Las puertas no estaban insonorizadas. Oyó los suaves ronquidos de Jakt en su compartimento. También percibió otro sonido. La respiración de Miro. No dormía. Tal vez estaba llorando. Valentine no había criado tres hijos sin saber reconocer esa respiración entrecortada y pesada.

«No es hijo mío. No debería inmiscuirme.»

Abrió la puerta. No hizo ruido, pero arrojó un rayo de luz sobre la cama. El llanto de Miro se detuvo inmediatamente, pero el joven la miró con ojos hinchados.

—¿Qué quiere? —dijo.

Ella entró en la habitación y se sentó en el suelo junto a su camastro, de manera que sus caras quedaron apenas a unos centímetros de distancia.

—Nunca has llorado por ti mismo, ¿verdad? —preguntó Valentine.

—Unas cuantas veces.

—Pero esta noche lloras por ella.

—Por mí tanto como por ella.

Valentine se inclinó más, lo abrazó y le hizo apoyar la cabeza en su hombro.

—No —protestó Miro.

Pero no se separó. Después de unos momentos, su brazo se movió torpemente para abrazarla. Ya no lloraba, pero le dejó que la abrazara durante un minuto o dos. Tal vez sirvió de ayuda. Valentine no tenía forma de saberlo.

Entonces se acabó. Miro se retiró y rodó para volverse de espaldas.

—Lo siento.

—No hay de qué —dijo ella.

Creía en responder a lo que la gente quería decir, no a lo que decía.

—No se lo cuente a Jakt —susurró él.

—No hay nada que contar. Hemos tenido una buena charla.

Ella se levantó y se marchó, cerrando la puerta. Miro era un buen chico. Le gustaba el hecho de que pudiera admitir que le preocupaba lo que Jakt pensara de él. ¿Y qué importaba si sus lágrimas de esta noche contenían autocompasión? Ella misma había derramado unas cuantas por ese mismo motivo. La pena, se recordó, es casi siempre por la pérdida del doliente.

LA FLOTA LUSITANIA

‹Ender dice que cuando la flota de guerra del Congreso Estelar nos alcance, pretenden destruir este mundo.›

‹Interesante.›

‹¿No teméis a la muerte?›

‹No tenemos intención de estar aquí para cuando lleguen.›

Qing-jao ya no era la niña pequeña cuyas manos sangraban en secreto. Su vida se había transformado a partir del momento en que se demostró que era una agraciada, y en los diez años que habían transcurrido desde ese día llegó a aceptar la voz de los dioses en su vida y el papel que esto le daba en sociedad. Aprendió a aceptar los privilegios y honores que se le ofrecían como dones dirigidos hacia los dioses: como su padre le había enseñado, no se vanagloriaba, sino que en cambio se volvía más humilde a medida que los dioses y el pueblo depositaban cargas cada vez más pesadas sobre ella.

Aceptaba sus deberes seriamente y encontraba alegría en ellos. Durante los diez últimos años atravesó un riguroso y estimulante plan de estudios. Su cuerpo fue moldeado y entrenado en compañía de otros niños; corría, nadaba, cabalgaba, combatía con espadas, combatía con bastones, combatía con huesos. Junto con los otros niños, su memoria se llenó de lenguajes: el stark, el idioma común de las estrellas, que se empleaba en los ordenadores; el antiguo chino, que se cantaba con la garganta y se dibujaba en hermosos ideogramas sobre papel de arroz o sobre fina arena; y el nuevo chino, que se hablaba solamente con la boca y se anotaba con un alfabeto común sobre papel ordinario o sobre tierra. Nadie se sorprendió, excepto la propia Qing-jao, de que aprendiera todos estos lenguajes con mucha más facilidad, más rápidamente y más a fondo que cualquiera de sus compañeros.

Otros maestros la atendían sólo a ella. Así aprendió ciencias e historia, matemáticas'y música. Además, cada semana acudía a ver a su padre y pasaba con él medio día, que empleaba en mostrarle todo lo que había aprendido y en escuchar lo que él decía en respuesta. Sus halagos la hacían danzar en el camino de regreso a su habitación; su más leve reproche la hacía pasar horas siguiendo vetas en las tablas del suelo de su clase, hasta que se sentía digna para regresar a los estudios.

Otra parte de su educación era completamente privada. Había visto que su padre era tan fuerte que podía posponer su obediencia a los dioses. Sabía que cuando los dioses exigían un ritual de purificación, el ansia, la necesidad de obedecerlos era tan intensa que no podía ser negada. Sin embargo, su padre, de algún modo, lo negaba. Lo suficiente, al menos, para que sus rituales fueran siempre en privado.

Qing-jao ansiaba tener esa fuerza y por eso empezó a disciplinarse para retrasarse en su sumisión. Cuando los dioses la hacían sentir su opresiva indignidad, y sus ojos empezaban a buscar vetas en la madera o empezaba a sentir las manos insoportablemente sucias, esperaba, tratando de concentrarse en lo que sucedía en el momento y retardar la obediencia cuanto podía.

Al principio era un triunfo si conseguía posponer su purificación durante un minuto entero; y cuando su resistencia se rompía, los dioses la castigaban por ello haciendo el ritual más oneroso y difícil que de costumbre. Pero ella se negaba a rendirse. Era la hija de Han Fei-tzu, ¿no? Con el tiempo, a lo largo de los años, aprendió lo que había aprendido su padre: que se puede vivir con el ansia, contenerla, a menudo durante horas, como un brillante fuego atrapado en una caja de jade transparente, un fuego de los dioses peligroso y terrible que ardía dentro de su corazón.

Entonces, cuando estaba sola, podía abrir esa caja y dejar salir el fuego, no con una erupción única y terrible, sino lenta, gradualmente, llenándose de luz mientras inclinaba la cabeza y seguía las líneas del suelo, o se inclinaba sobre la palangana sagrada de sus santos lavados y frotaba tranquila y metódicamente sus manos con piedra pómez, lejía y aloe.

Así, convirtió la airada voz de los dioses en un culto privado y disciplinado. Sólo en los raros momentos de súbita desazón perdía el control y se abalanzaba al suelo delante de un maestro o una visita. Aceptaba estas humillaciones como la forma que tenían los dioses de recordarle que su poder sobre ella era absoluto. Estaba satisfecha con esta disciplina incompleta. Después de todo, sería presuntuoso por su parte igualarse al perfecto autocontrol de su padre. La extraordinaria nobleza de Han Fei-tzu existía porque los dioses lo honraban, y por eso no requería su humillación pública. Ella no había hecho nada para ganarse ese honor.

Por último, su educación escolar incluía un día a la semana en que ayudaba al pueblo llano en su labor virtuosa. Ésta, por supuesto, no era el trabajo que el pueblo llano hacía diariamente en sus oficinas y fábricas. La labor virtuosa significaba el duro trabajo en los arrozales. Cada hombre, mujer y niño de Sendero tenía que ejecutar esta labor, inclinándose y chapoteando en agua hasta la rodilla para plantar y recolectar el arroz, o perdía la ciudadanía.

—Así honramos a nuestros antepasados —le explicó su padre cuando era pequeña—. Les mostramos que ninguno de nosotros se alzará jamás sobre su labor.

El arroz cultivado a través de la labor virtuosa era considerado sagrado. Se ofrecía en los templos, se comía en los días sagrados y se colocaba en pequeños cuencos como ofrenda a los dioses de la casa.

Una vez, cuando Qing-jao tenía doce años, el día era terriblemente caluroso y estaba ansiosa por terminar su trabajo en un proyecto de investigación.

—No me hagas ir a los arrozales hoy —le rogó a su maestro—. Lo que estoy haciendo aquí es mucho más importante.

El maestro hizo una reverencia y se marchó, pero pronto su padre entró en la habitación. Llevaba una pesada espada, y ella gritó aterrada cuando la alzó por encima de su cabeza. ¿Pretendía matarla por haber hablado de forma tan sacrílega? Pero él no la hirió, ¿cómo había podido imaginar que lo haría? En cambio, la espada cayó sobre su ordenador. Las partes metálicas se retorcieron, el plástico se quebró y voló. La máquina quedó destruida.

Su padre no alzó la voz. Con un débil susurro, dijo:

—Primero los dioses. Segundo los antepasados. Tercero el pueblo. Cuarto los gobernantes. Lo último, el yo.

Era la expresión más clara del Sendero. Era la razón por la que este mundo fue habitado en primer lugar. Ella lo había olvidado: si estaba demasiado ocupada para ejecutar la labor virtuosa, no estaba en el Sendero.

Nunca volvería a olvidarlo. Con el tiempo, aprendió a amar al sol que le golpeaba la espalda, al agua fría y pegajosa alrededor de sus piernas y manos, los tallos de las plantas como dedos que se alzaban desde el lodo para entrelazarse con sus propios dedos. Cubierta por el barro de los arrozales, nunca se sentía falta de limpieza, porque sabía que estaba sucia en servicio a los dioses.

Finalmente, a la edad de dieciséis años, su educación terminó. Sólo tenía que demostrarse capaz de ejecutar la tarea de una mujer adulta: una tarea que fuera lo suficientemente difícil e importante para poder ser confiada sólo a una agraciada.

Visitó al gran Han Fei-tzu en su habitación. Como la suya, era un gran espacio abierto; como la suya, las instalaciones para dormir eran simples: una esterilla en el suelo; como la suya, la habitación estaba dominada por una mesa con un terminal de ordenador. Ella nunca había entrado en la habitación de su padre sin ver algo flotando en la pantalla situada sobre el terminal: diagramas, modelos tridimensionales, simulaciones en tiempo real, palabras. Casi siempre palabras. Letras o ideogramas flotaban en el aire sobre páginas simuladas, moviéndose adelante y atrás, de lado a lado, según su padre necesitara compararlas.

En la habitación de Qing-jao, todo el resto del espacio estaba vacío. Ya que su padre no seguía vetas en la madera, no había necesidad para tanta austeridad. Incluso así, sus gustos eran simples. Una rara alfombra con mucha decoración. Una mesita baja, con una escultura en ella. Paredes desnudas a excepción de una pintura. Y como la habitación era tan grande, cada una de estas cosas parecía casi perdida, como la débil voz de alguien que gritara desde muy lejos.

El mensaje de esta habitación a las visitas era claro: Han Fei-tzu escogió la simpleza. Una sola cosa de cada bastaba para un alma pura.

Sin embargo, el mensaje para Qing-jao fue bastante diferente, pues sabía lo que nadie fuera de la casa advertía: la alfombra, la mesa, la escultura y la pintura cambiaban cada día. Y nunca en su vida había reconocido ninguna de ellas. Así que la lección que aprendió fue ésta: un alma pura nunca debe acostumbrarse a una sola cosa. Un alma pura debe exponerse a cosas nuevas cada día.

Como ésta era una ocasión formal, no se acercó y se plantó tras él mientras trabajaba, estudiando lo que aparecía en su pantalla, intentando adivinar qué estaba haciendo. Esta vez se dirigió al centro de la habitación y se arrodilló en la alfombra, que hoy era del color de un huevo de petirrojo, con una pequeña mancha en una esquina. Mantuvo la mirada baja, sin estudiar siquiera la mancha, hasta que su padre se levantó de la silla y se acercó a ella.

—Han Qing-jao —dijo—. Déjame ver el amanecer del rostro de mi hija.

Ella alzó la cabeza, lo miró y sonrió.

Él le devolvió la sonrisa.

—Lo que te impondré no será una tarea fácil, ni siquiera para un adulto con experiencia —advirtió su padre.

Qing-jao inclinó la cabeza. Esperaba que su padre le impusiera un desafío difícil y estaba dispuesta a cumplir su voluntad.

—Mírame, mi Qing-jao —insistió el padre.

Ella alzó la cabeza, lo miró a los ojos.

—Esto no va a ser una tarea de la escuela. Es una tarea del mundo real. Una tarea que el Congreso Estelar me ha impuesto, y de la que puede depender el destino de pueblos y naciones.

Qing-jao ya estaba nerviosa, pero ahora su padre la estaba asustando.

—Entonces, debes encargar esta tarea a alguien en quien puedas confiar, no a una niña sin experiencia.

—Hace años que no eres una niña, Qing-jao. ¿Estás preparada para oír tu tarea?

—Sí, padre.

—¿Qué sabes de la Flota Lusitania?

—¿Quieres que te diga todo lo que sé?

—Quiero que me digas todo lo que tú consideres importante.

De modo que esto era una especie de prueba, para ver hasta qué punto podía discernir lo importante de lo accesorio en su conocimiento de un tema concreto.

—La flota fue enviada para someter una colonia rebelde en Lusitania, donde las leyes referidas a la no interferencia con la única especie alienígena conocida se rompieron desafiantemente.

¿Era eso suficiente? No…, su padre estaba todavía esperando.

—Hubo gran controversia, desde el principio —siguió ella diciendo—. Unos ensayos atribuidos a una persona llamada Demóstenes causaron problemas.

—¿Qué problemas, en concreto?

—Demóstenes advirtió a los mundos coloniales que la Flota Lusitania era un precedente peligroso: sería sólo cuestión de tiempo el hecho de que el Congreso Estelar usara la fuerza para conseguir también su obediencia. Demóstenes advirtió a los mundos católicos y las minorías católicas de todas partes que el Congreso intentaba castigar al obispo de Lusitania por enviar misioneros a los pequeninos para salvar sus almas del infierno. A los científicos, advirtió que el principio de investigación independiente estaba en juego: todo un mundo estaba bajo ataque militar porque se atrevía a preferir el juicio de los científicos del lugar al de los burócratas situados a muchos años luz de distancia. Demóstenes también advirtió a todo el mundo que la Flota Lusitania llevaba el Ingenio de Desintegración Molecular. Por supuesto, eso es obviamente una mentira, pero algunos lo creyeron.

—¿Qué efectividad tuvieron esos ensayos? —preguntó el padre.

—No lo sé.

—Fueron muy efectivos. Hace quince años, los primeros ensayos enviados a las colonias fueron tan efectivos que casi provocaron una revolución.

¿Una rebelión en las colinas? ¿Hacía quince años? Qing-jao sólo conocía un suceso así, pero nunca había advertido que tuviera nada que ver con los ensayos de Demóstenes. Se sonrojó.

—Ésa fue la época de la Carta de la Colonia…, tu primer gran tratado.

—El tratado no fue mío —objetó Han Fei-tzu—. El tratado pertenecía por igual al Congreso y las colonias. Gracias a él, se evitó un conflicto terrible. Y la Flota Lusitania continúa con su gran misión.

—Escribiste cada palabra del tratado, padre.

—Al hacerlo sólo expresé los anhelos y deseos que ya existían en los corazones de los hombres a ambos lados del problema. Fui sólo un escriba.

Qing-jao inclinó la cabeza. Sabía la verdad, igual que todo el mundo. Fue el principio de la grandeza de Han Fei-tzu, pues no sólo escribió el tratado, sino que también persuadió a ambas partes para que lo aceptaran casi sin revisión. Incluso después de eso, Han Fei-tzu fue uno de los consejeros en quienes el Congreso más confiaba: a diario llegaban mensajes de los más grandes hombres y mujeres de todos los mundos. Si él decidía considerarse un escriba en tan gran tarea, era solamente porque era un hombre de gran modestia. Qing-jao también sabía que su madre estaba ya muriéndose cuando él culminó todo aquel trabajo. Así era su padre, pues no dejó de prestar atención a su esposa ni a su deber. No pudo salvar la vida de su madre, pero sí las vidas que podrían haberse perdido en la guerra.

—Qing-jao, ¿por qué dices que es obviamente una mentira que la flota lleve el Ingenio D.M?

—Porque…, porque eso sería monstruoso. Sería como Ender el Xenocida, destruir un mundo entero. Tanto poder no tiene derecho ni razón de existir en el universo.

—¿Quién te enseñó esto?

—La decencia —dijo Qing-jao—. Los dioses crearon las estrellas y todos los planetas. ¿Quién es el hombre para destruirlos?

—Pero los dioses también crearon las leyes de la naturaleza que hacen posible destruirlos…, ¿quién es el hombre para rehusar recibir el don de los dioses?

Qing-jao permaneció en silencio, aturdida. Nunca había oído a su padre hablar en aparente defensa de ningún aspecto de la guerra: la repudiaba en cualquier forma.

—Vuelvo a preguntarte: ¿quién te enseñó que tanto poder no tiene derecho a existir en el universo?

—Es mi propia opinión.

—Pero esa frase es una cita exacta.

—Sí. De Demóstenes. Pero si creo en una idea, se vuelve mía. Tú me enseñaste eso.

—Debes comprender todas las consecuencias de una idea antes de creerla.

—El Pequeño Doctor no podrá ser usado jamás en Lusitania, y por tanto no debe haber sido enviado.

Han Fei-tzu asintió gravemente.

—¿Cómo sabes que no podrá ser usado jamás?

—Porque destruiría a los pequeninos, un pueblo joven y hermoso, que está ansioso por cumplir su potencial como especie consciente.

—Otra cita.

—Padre, ¿has leído la Vida de Humano?

—En efecto.

—Entonces, ¿cómo puedes dudar que los pequeninos deben ser preservados?

—He dicho que he leído la Vida de Humano. No que la creyera.

—¿No la crees?

—Ni creo ni dejo de creer. El libro apareció por primera vez después de que el ansible de Lusitania fuera destruido. Por tanto, es probable que el libro no se originara allí, y si no se originó allí, entonces es ficción. Eso parece particularmente probable porque está firmado «La Voz de los Muertos», que es el mismo nombre que firmó la Reina Colmena y el Hegemón, que tienen miles de años de antigüedad. Obviamente, alguien intentaba capitalizar la reverencia que el pueblo siente hacia esas antiguas obras.

—Yo creo que la Vida de Humano es verdad.

—Ése es tu privilegio, Qing-jao. Pero ¿por qué lo crees así?

Porque parecía auténtico cuando lo leyó. ¿Podría decirle eso a su padre? Sí, podía decir cualquier cosa.

—Porque cuando lo leí sentí que tenía que ser verdad.

—Ya veo.

—Ahora piensas que soy una tonta.

—Al contrario. Sé que eres sabia. Cuando oyes una historia verdadera, hay una parte de ti que responde a ella sin importarle el arte, sin importarle la evidencia. Aunque esté torpemente narrada, seguirás amando la historia, si amas la verdad. Aunque sea la invención más obvia creerás lo que sea verdad en ella, porque no puedes negar la verdad, no importa lo torpemente que esté vestida.

—Entonces, ¿cómo es que no crees en la Vida de Humano?

—Me he expresado mal. Estamos usando dos significados diferentes para las palabras «verdad» y «creencia». Tú crees que la historia es verdadera, porque respondiste a ella desde el sentido de la verdad que hay en tu interior. Pero ese sentido de la verdad no responde a la realidad de una historia, a si describe literalmente un hecho real en el mundo real. Tu sentido interno de la verdad responde a una causalidad histórica, a si muestra fielmente la forma en que funciona el universo, la forma en que los dioses ejercen su voluntad entre los seres humanos.

Qing-jao pensó sólo durante un instante y luego asintió, comprendiendo.

—Entonces la Vida de Humano puede ser universalmente verdadera, pero específicamente falsa.

—Sí —convino Han Fei-tzu—. Puedes leer el libro y conseguir de él gran sabiduría, porque es verdad. Pero ¿es el libro una representación adecuada de los propios pequeninos? Resulta difícil creerlo…, una especie mamaloide que se convierte en árbol al morir. Es hermoso como poesía. Ridículo como ciencia.

—Pero ¿puedes saber eso, padre?

—No puedo estar seguro, no. La naturaleza ha hecho muchas cosas extrañas, y existe la posibilidad de que la Vida de Humano sea auténtica y verdadera. Sin embargo, ni la creo ni la dejo de creer. La mantengo en suspenso. Espero. Pero mientras espero, no creo que el Congreso vaya a tratar a Lusitania como si estuviera poblada por las amables criaturas de la Vida de Humano. Por lo que sabemos, los pequeninos pueden ser criaturas terriblemente peligrosas para nosotros. Son alienígenas.

—Raman.

—En la historia. Pero ignoramos si son raman o varelse. La flota lleva al Pequeño Doctor porque podría ser necesario para salvar a la humanidad de un peligro inenarrable. No es cosa nuestra decidir si debe ser usado o no: el Congreso decidirá. No es cosa nuestra decidir si debería haber sido enviado o no: el Congreso lo hizo. Y desde luego no es cosa nuestra decidir si debería existir o no: los dioses han decretado que una cosa así es posible y que puede existir.

—Entonces, Demóstenes tenía razón. El Ingenio D.M. viaja con la flota.

—Sí.

—Y los archivos acerca del gobierno que publicó Demóstenes eran genuinos.

—Sí.

—Pero, padre, te uniste a muchos otros al declarar que eran falsificaciones.

—Igual que los dioses hablan sólo a unos pocos elegidos, los secretos de los gobernantes deben ser conocidos sólo por aquellos que usarán adecuadamente el conocimiento. Demóstenes estaba dando secretos poderosos a personas que no eran adecuadas para usarlos sabiamente, y por el bien del pueblo esos secretos tenían que ser retirados. La única manera de retirar un secreto, una vez se conoce, es reemplazarlo por una mentira. Entonces el conocimiento de la verdad es una vez más tu secreto.

—Me estás diciendo que Demóstenes no es un mentiroso y que el Congreso sí lo es.

—Te estoy diciendo que Demóstenes es el enemigo de los dioses. Un gobernante sabio nunca habría enviado la Flota Lusitania sin concederle la posibilidad de responder a cualquier circunstancia. Pero Demóstenes ha usado su conocimiento de que el Pequeño Doctor va con la flota para intentar obligar al Congreso a retirarla. Así, desea quitar el poder de las manos de aquellos a quienes los dioses han ordenado que gobiernen la humanidad. ¿Qué le sucedería al pueblo si rechazara a los gobernantes que le han concedido los dioses?

—Caos y sufrimiento —dijo Qing-jao.

La historia estaba llena de épocas de caos y sufrimiento, hasta que los dioses enviaban gobernantes e instituciones fuertes para mantener el orden.

Así que Demóstenes dijo la verdad acerca del Pequeño Doctor.

—¿Creías que los enemigos de los dioses nunca podrían decir la verdad? Ojalá fuera así. Los haría mucho más fáciles de identificar.

—Si podemos mentir en servicio de los dioses, ¿qué otros crímenes podemos cometer?

—¿Qué es un crimen?

—Un acto contra la ley.

—¿Qué ley?

—Ya veo: el Congreso hace la ley, así que la ley es todo lo que el Congreso dice. Pero el Congreso está compuesto de hombres y mujeres, que pueden hacer el bien o el mal.

—Ahora estás más cerca de la verdad. No podemos cometer crímenes sirviendo al Congreso, porque el Congreso dicta las leyes. Pero si el Congreso se vuelve alguna vez maligno, entonces al obedecerlo podemos estar haciendo el mal. Es una cuestión de conciencia. Sin embargo, si eso sucediera, el Congreso perdería seguramente el mandato del cielo. Y nosotros, los agraciados, no tenemos que esperar y preguntarnos por el mandato del cielo, como hacen otros. Si el Congreso pierde alguna vez el mandato de los dioses, nosotros lo sabremos de inmediato.

—Entonces mentiste por el Congreso porque el Congreso tenía el mandato del cielo.

—Y por tanto supe que ayudarlos a mantener su secreto era la voluntad de los dioses por el bien del pueblo.

Qing-jao nunca había pensado de esta forma en el Congreso. Todos los libros de historia que había estudiado presentaban al Congreso como el gran unificador de la humanidad y, según los libros de texto, todos sus actos eran nobles. Ahora, sin embargo, comprendía que algunas de las acciones podrían no parecer buenas. Sin embargo, eso no significaba necesariamente que no lo fueran.

—Debo aprender de los dioses, entonces, si la voluntad del Congreso es también su voluntad —dijo ella.

—¿Lo harás? —preguntó Han Fei-tzu—. ¿Obedecerás la voluntad del Congreso, aunque pueda parecer equivocada, mientras el Congreso ostente el mandato del cielo?

—¿Me estás pidiendo un juramento?

—Sí.

—Entonces, sí, obedeceré, mientras tenga el mandato del cielo.

—He de tener tu juramento antes de satisfacer los requerimientos de seguridad del Congreso —dijo el padre—. No podría darte tu tarea sin él. —Carraspeó—. Pero ahora te pido otro juramento.

—Te lo daré si puedo.

—El juramento es de…, surge de un gran amor. Han Qing-jao, ¿servirás a los dioses en todas las cosas, de todas las maneras, a través de tu vida?

—Oh, padre, no necesitamos ningún juramento para esto. ¿No me han elegido ya los dioses, guiándome con su voz?

—Sin embargo, te pido este juramento.

—Siempre, en todas las cosas, de todas las maneras, serviré a los dioses.

Para su sorpresa, su padre se arrodilló ante ella y le cogió las manos. Las lágrimas le surcaban las mejillas.

—Has aliviado mi corazón de la carga más pesada que jamás ha tenido.

—¿Cómo he hecho eso, padre?

—Antes de que tu madre muriera, me pidió una promesa. Dijo que ya que todo su carácter se expresaba por su devoción a los dioses, la única manera en que yo podía ayudarte a conocerla era enseñarte también a servir a los dioses. Toda mi vida he temido fracasar, que te apartaras de los dioses. Que pudieras llegar a odiarlos. O que no fueras digna de su voz.

Esto emocionó a Qing-jao. Siempre fue consciente de su profunda insignificancia ante los dioses, de su suciedad ante su mirada, incluso cuando éstos no le requerían que observara o siguiera las líneas en las vetas de la madera. Sólo ahora comprendió lo que estaba en juego: el amor de su madre por ella.

—Todos mis miedos han desaparecido ahora. Eres en verdad una hija perfecta, mi Qing-jao. Ya sirves bien a los dioses. Y ahora, con tu juramento, puedo estar seguro de que continuarás eternamente. Esto causará gran regocijo en la casa del cielo donde habita tu madre.

«¿De verdad? En el cielo conocen mi debilidad. Tú, padre, sólo ves que no he fallado todavía a los dioses. Madre debe saber lo cerca que he estado tantísimas veces, lo sucia que estoy cada vez que los dioses me miran.»

Pero él parecía tan pletórico de alegría que ella no se atrevió a mostrarle lo mucho que temía el día en que demostrara su indignidad para que todos la vieran. Así que lo abrazó.

Con todo, no pudo evitar preguntar:

—Padre, ¿crees de verdad que madre me ha oído hacer ese juramento?

—Eso espero —dijo Han Fei-tzu—. De lo contrario, los dioses seguramente guardarán el eco y lo pondrán en una concha marina y dejarán que la escuche cada vez que se la lleve al oído.

Este tipo de cuento era un juego al que habían jugado juntos cuando ella era niña. Qing-jao hizo a un lado su miedo y rápidamente elaboró una respuesta.

—No, los dioses guardarán el contacto de nuestro abrazo y lo tejerán en un chal, que ella podrá llevar alrededor de los hombros cuando llegue el invierno al cielo.

De todas formas, se sintió aliviada de que su padre no hubiera dicho que sí. Él sólo esperaba que su madre hubiera oído el juramento que había hecho. Tal vez no lo había oído, y por eso no se sentiría decepcionada cuando su hija fracasara.

Su padre la besó y luego se incorporó.

—Ahora estás preparada para oír tu tarea —declaró.

La cogió de la mano y la condujo a su mesa. Ella se colocó junto a él cuando se sentó en su silla; no era mucho más alta, de pie, que él sentado. Probablemente no había alcanzado todavía su altura adulta, pero esperaba no crecer mucho más. No quería convertirse en una de esas mujeres grandes y gordas que llevaban pesadas cargas en los campos. Es mejor ser un ratón que un cerdo, eso era lo que Mu-pao le había dicho hacía años.

Su padre hizo aparecer un mapa estelar en la pantalla. Ella reconoció la zona inmediatamente. Estaba centrada en el sistema estelar de Lusitania, aunque la escala era demasiado pequeña para que los planetas individuales fueran visibles.

—Lusitania está en el centro —dijo ella.

Su padre asintió. Tecleó unas cuantas órdenes más.

—Ahora observa esto. No la pantalla, sino mis dedos. Ésta, más la identificación de tu voz, es la clave que te dará acceso a la información que necesitarás.

Ella le vio teclear: 4Banda. Reconoció la referencia de inmediato. La antepasada-del-corazón de su madre fue Jing-qing, la viuda del primer emperador comunista, Mao Tse-Tung. Cuando Jing-qing y sus aliados fueron expulsados del poder, la Conspiración de Cobardes los vilipendió bajo el nombre «Banda de los Cuatro». La madre de Qing-jao fue una verdadera hija-del-corazón de aquella gran mártir del pasado. Y ahora Qing-jao podría seguir honrando a la antepasada-del-corazón de su madre cada vez que tecleara el código de acceso. Era un detalle por parte de su padre.

En la pantalla aparecieron muchos puntos verdes. Ella contó rápidamente, casi sin pensar: había diecinueve, agrupados a cierta distancia de Lusitania, pero rodeándola en la mayoría de las direcciones.

—¿Es la Flota Lusitania?

—Ésa era su posición hace cinco meses. —Volvió a teclear. Todos los puntos verdes desaparecieron—. Y ésta es su posición actual.

Ella los buscó. No encontró puntos verdes en ninguna parte. Sin embargo, su padre esperaba claramente que viera algo.

—¿Han llegado ya a Lusitania?

—Las naves están donde las ves —respondió su padre—. Hace cinco meses, la flota desapareció.

—¿Adónde fue?

—Nadie lo sabe.

—¿Fue un motín?

—Nadie lo sabe.

—¿La flota entera?

—Hasta la última nave.

—Cuando afirmas que desaparecieron, ¿qué quieres decir?

Su padre la miró con una sonrisa.

—Bien hecho, Qing-jao. Has hecho la pregunta adecuada. Nadie las vio; estaban todas en el espacio profundo. Así que no desaparecieron físicamente. Por lo que sabemos, puede que continúen avanzando, todavía en su curso. Sólo desaparecieron en el sentido de que perdimos todo contacto con ellas.

—¿Y los ansibles?

—En silencio. Todo dentro del mismo período de tres minutos. Ninguna transmisión se interrumpió. Una acabó y la siguiente nunca llegó a producirse.

—¿La conexión de cada nave con cada ansible planetario en todas partes? Imposible. Ni siquiera con una explosión, si pudiera haber una tan grande…, pero no sería un solo caso, de todas formas, porque las naves estaban muy ampliamente esparcidas alrededor de Lusitania.

—Bueno, podría ser, Qing-jao. Si puedes imaginar un hecho tan cataclísmico: podría ser que la estrella de Lusitania se convirtiera en supernova. Pasarían décadas antes de que viéramos el destello en los mundos más cercanos. El problema es que sería la supernova más improbable de la historia. No imposible, pero sí improbable.

—Y habría habido algunas indicaciones previas. Algunos cambios en el estado de la estrella. ¿Detectaron algo los instrumentos de las naves?

—No. Por eso no creemos que fuera ningún fenómeno astronómico conocido. A los científicos no se les ocurre nada para explicarlo. Así que hemos intentado investigarlo como sabotaje. Hemos buscado penetraciones en los ordenadores ansibles. Hemos escrutado todos los archivos personales de cada nave, en busca de alguna conspiración posible entre la tripulación. Se han efectuado criptoanálisis de todas las comunicaciones mantenidas en cada nave, para buscar alguna clase de mensaje entre los conspiradores. Los militares y el gobierno han analizado todo lo analizable. La policía de cada planeta ha llevado a cabo investigaciones, hemos comprobado el historial de cada operador del ansible.

—Aunque no se envíen mensajes, ¿están todavía conectados los ansibles?

—¿Tú qué crees?

Qing-jao se sonrojó.

—Claro que deben estarlo, aunque un Ingenio D.M. hubiera sido enviado contra la flota, porque los ansibles están enlazados por fragmentos de partículas subatómicas. Todavía estarían allí aunque toda la nave fuera reducida a cenizas.

—No te avergüences, Qing-jao. Los sabios no son sabios porque no cometan errores. Son sabios porque corrigen sus errores en cuanto los reconocen.

Sin embargo, Qing-jao se ruborizaba ahora por otro motivo. La sangre caliente se agolpaba en su cabeza porque acababa de ocurrírsele cuál iba a ser la orden de su padre. Pero eso era imposible. No podía darle a ella una tarea en la que miles de personas más sabias y expertas ya habían fracasado.

—Padre —susurró—. ¿Cuál es mi tarea?

Todavía esperaba que fuera algún problema menor relacionado con la desaparición de la flota. Pero sabía que su esperanza era vana incluso mientras hablaba.

—Debes descubrir toda explicación posible a la desaparición de la flota, y calcular la probabilidad de cada una. El Congreso Estelar debe poder decir cómo sucedió esto y cómo asegurarse de que nunca vuelva a suceder.

—Pero padre —protestó Qing-jao—, sólo tengo dieciséis años. ¿No hay muchas otras personas que son más sabias que yo?

—Tal vez son demasiado sabias para intentar la tarea. Pero tú eres lo bastante joven para no considerarte sabia. Eres lo bastante joven para pensar en cosas imposibles y descubrir por qué podrían ser posibles. Por encima de todo, los dioses te hablan con extraordinaria claridad, mi inteligente hija, mi Gloriosamente Brillante.

Era eso lo que temía, que su padre esperara que tuviese éxito por el favor de los dioses. No comprendía lo indigna que la encontraban los dioses, lo poco que la apreciaban.

Además había otro problema.

—¿Y si tengo éxito? ¿Y si averiguo dónde está la Flota Lusitania y restauro las comunicaciones? ¿No sería entonces culpa mía si la flota destruyera Lusitania?

—Es bueno que tu primer pensamiento sea compasión por la gente de Lusitania. Te aseguro que el Congreso Estelar me ha prometido no usar el Ingenio D.M. a menos que sea absolutamente inevitable, y eso es tan improbable que no puedo creer que vaya a suceder. Aunque así fuera, sin embargo, es el Congreso quien debe decidir. Como dijo mi antepasado-del-corazón: «Aunque los castigos del sabio pueden ser livianos, esto no es debido a su compasión; aunque sus penalizaciones puedan ser severas, no es porque sea cruel: simplemente sigue la costumbre adecuada al momento. Las circunstancias cambian según la edad, y las formas de tratar con ellas cambian con las circunstancias». Puedes estar segura de que el Congreso Estelar tratará con Lusitania no atendiendo a la amabilidad o a la crueldad, sino según lo que sea necesario para el bien de toda la humanidad. Por eso servimos a los gobernantes: porque ellos sirven al pueblo, que sirve a los antepasados, que sirven a los dioses.

—Padre, fui indigna al pensar otra cosa-dijo Qing-jao.

Ahora sentía su suciedad, en vez de conocerla en su mente. Necesitaba lavarse las manos. Necesitaba seguir una línea. Pero se contuvo. Esperaría.

«Haga lo que haga —pensó—, habrá una consecuencia terrible. Si fracaso, entonces mi padre perderá el honor ante el Congreso y por tanto ante todo el mundo de Sendero. Eso demostraría a muchos que no es digno de ser elegido dios de Sendero cuando muera.

«Si tengo éxito, el resultado puede ser xenocidio. Aunque la decisión pertenezca al Congreso, yo seguiría sabiendo que hice posible semejante atrocidad. La responsabilidad sería parcialmente mía. No importa lo que haga, estaré cubierta de fracaso y manchada de indignidad.»

Entonces su padre le habló como si los dioses le hubieran mostrado su corazón.

—Sí, fuiste indigna —manifestó—, y sigues siendo indigna en tus pensamientos incluso ahora.

Qing-jao se sonrojó e inclinó la cabeza, avergonzada, no de que sus pensamientos hubieran sido tan claramente visibles para su padre, sino de haber tenido pensamientos tan desobedientes.

Su padre le tocó amablemente el hombro con la mano.

—Pero creo que los dioses te harán digna. El Congreso Estelar tiene el mandato del cielo, pero tú has sido también elegida para seguir tu propio camino. Puedes tener éxito en esta gran labor. ¿Lo intentarás?

—Lo intentaré.

«También fracasaré, pero eso no sorprenderá a nadie, y menos a los dioses, que conocen mi indignidad.»

—Se han abierto todos los archivos pertinentes para que los investigues, cuando pronuncies tu nombre y teclees la clave. Si necesitas ayuda, avísame.

Se marchó de la habitación de su padre con dignidad y se obligó a subir lentamente las escaleras hasta su dormitorio. Sólo cuando estuvo dentro con la puerta cerrada se arrojó de rodillas y se arrastró por el suelo. Siguió vetas en la madera hasta que apenas pudo ver. Su indignidad era tan grande que no se sentía del todo limpia; fue al lavabo y se frotó las manos hasta que supo que los dioses estaban satisfechos. Dos veces los sirvientes intentaron interrumpirla con comidas o mensajes (poco le importaba qué), pero cuando vieron que estaba comulgando con los dioses se inclinaron y se marcharon en silencio.

No fue lavarse las manos lo que finalmente la dejó limpia. Fue el momento en que apartó de su corazón el último vestigio de inseguridad. El Congreso Estelar tenía el mandato del cielo. Ella tenía que purgarse de toda duda. Fuera lo que fuese lo que pretendían hacer con la Flota Lusitania, lo que cumplían era la voluntad de los dioses. Si de hecho ella estaba acatando la voluntad de los dioses, entonces le abrirían un camino para resolver el problema que le había sido planteado. Cada vez que pensara lo contrario, cada vez que las palabras de Demóstenes regresaran a su mente, tendría que anularlas recordando que debía obedecer a los gobernantes que tenían el mandato del cielo.

Para cuando su mente estuvo en calma, tenía las palmas despellejadas y manchadas de sangre. «Es así como surge mi comprensión de la verdad —se dijo—. Si me aparto lo suficiente de mi mortalidad, entonces la verdad de los dioses subirá hasta la luz.»

Quedó limpia por fin. Era tarde y sentía los ojos cansados. Sin embargo, se sentó ante su terminal y empezó a trabajar.

—Muéstrame los sumarios de toda la investigación que se ha realizado hasta ahora acerca de la Flota Lusitania —pidió—, empezando por el más reciente.

Casi de inmediato, las palabras empezaron a aparecer en el aire sobre su terminal, página tras página, alineadas como soldados marchando al frente. Leía una, luego la hacía correr, sólo para que la página que la seguía ocupara su lugar. Leyó siete horas hasta que no pudo más. Entonces se quedó dormida ante el terminal.

«Jane lo observa todo. Puede ocuparse de un millón de tareas y prestar atención a un millar de cuestiones a la vez. Ninguna de esas capacidades es infinita, pero son mucho mayores que nuestra patética habilidad para pensar en una cosa mientras hacemos otra. Sin embargo, ella tiene una limitación sensorial de la que nosotros carecemos; o, más bien, nosotros somos su mayor limitación. No puede ver o saber nada que no se haya introducido como dato en un ordenador que esté conectado a la gran telaraña entre mundos.

Es una limitación menor de lo que cabría suponer. Ella tiene acceso casi inmediato a los crudos inputs de cada nave, cada satélite, cada sistema de control de tráfico, y a casi todos los aparatos espías controlados electrónicamente en el universo humano. Pero sí significa que prácticamente nunca es testigo de las peleas de los amantes, de las historias de cama, de las discusiones de clase, de los chismorreos de sobremesa o las amargas lágrimas derramadas en privado. Sólo conoce ese aspecto de nuestras vidas que representamos como información digital.

Si le preguntaran el número exacto de seres humanos que habitan los mundos colonizados, daría rápidamente un número basado en las cifras censadas combinadas con las probabilidades de nacimientos y muertes en todos nuestros grupos de población. En la mayoría de los casos, podría encajar números y nombres, aunque ningún humano lograría vivir lo suficiente para leer la lista. Y si escogieran ustedes un nombre en el que acabaran de pensar (Han Qing-jao, por ejemplo), y le preguntaran a Jane: "¿Quién es esta persona?", ella les daría casi inmediatamente los datos vitales: fecha de nacimiento, ciudadanía, parentesco, altura, peso, último reconocimiento médico y calificaciones en el colegio.»

Pero todo eso es información gratuita, ruido de fondo para ella: sabe que está allí, pero no significa nada. Preguntarle acerca de Han Qing-jao sería como hacerle una pregunta sobre una molécula concreta de vapor de agua en una nube distante. La molécula está en efecto allí, pero no hay nada para diferenciarla del millón de otras en su inmediata vecindad.

Eso fue cierto hasta el momento en que Han Qing-jao empezó a usar su ordenador para acceder a todos los informes referidos a la desaparición de la Flota Lusitania. Entonces el nombre de Qing-jao subió muchos niveles en la atención de Jane, que empezó a mantener un archivo sobre todo lo que hacía Qing-jao con el ordenador. Rápidamente le resultó claro que Han Qing-jao, aunque sólo tenía dieciséis años, representaba un grave problema para Jane. Porque Han Qing-jao, desconectada como estaba de cualquier burocracia concreta, sin tener ningún eje ideológico sobre el que girar o un interés oculto que proteger, daba una perspectiva más amplia y por tanto más peligrosa a toda la información que todas las agencias humanas habían recogido.

¿Por qué era peligroso? ¿Había dado Jane pistas que Qing-jao pudiera seguir?

No, por supuesto que no. Jane no dejaba ninguna huella. Había pensado en dejar algunas, para intentar que la desaparición de la Flota Lusitania pareciera sabotaje, un fallo mecánico o algún desastre natural. Tuvo que renunciar a aquella idea, porque no podía crear ninguna prueba física. Sólo podía dejar datos confusos en las memorias de los ordenadores. Ninguno tendría jamás un análogo físico en el mundo real, y por tanto cualquier investigador medianamente inteligente advertiría enseguida que las pistas eran datos falsos. Entonces el mundo llegaría a la conclusión de que la desaparición de la Flota Lusitania tenía que haber sido causada por alguna agencia que tenía acceso detallado e inimaginable a los sistemas informáticos que poseían los datos falsos. Seguramente eso conduciría a su descubrimiento con más rapidez que si no dejaba ninguna evidencia.

No dejar rastro era el mejor rumbo, sin duda; y hasta que Han Qing-jao empezó su investigación, funcionó muy bien. Cada agencia investigadora buscó sólo en los lugares donde miraban normalmente. La policía de muchos planetas comprobó todos los grupos disidentes conocidos (y, en algunos lugares, torturó a varios hasta que éstos hicieron confesiones inútiles, y en ese punto los interrogadores terminaron sus informes y dieron el caso por cerrado). Los militares buscaron pruebas en la oposición militar, sobre todo en naves alienígenas, ya que tenían precisos recuerdos de la invasión insectora de hacía tres mil años. Los científicos buscaban la evidencia de algún fenómeno astronómico invisible que permitiera explicar la destrucción de la flota o el colapso selectivo de la comunicación por ansible. Los políticos buscaron a otra gente a quien echar la culpa. Nadie imaginó a Jane, y por tanto nadie la encontró.

Pero Han Qing-jao estaba atando todos los cabos, de manera cuidadosa, sistemática, siguiendo precisas investigaciones de datos. Inevitablemente, acumularía la evidencia que al final demostraría (y acabaría con) la existencia de Jane. Esa evidencia era, expresado en pocas palabras, la falta de evidencias. Nadie más podía verlo, porque nadie había introducido en la investigación una mente metódica que no tuviera ninguna tendencia prefijada.

Lo que Jane no podía saber era que la paciencia aparentemente inhumana de Qing-jao, su meticulosa atención a los detalles, su constante reformulación y reprogramación de las investigaciones informáticas, era el resultado de interminables horas de permanecer arrodillada sobre un suelo de madera, siguiendo con sumo cuidado una veta en la superficie desde el final de un tablón hasta otro, de un lado de la habitación a otro. Jane no podía imaginar que la gran lección que le habían enseñado los dioses convertía a Qing-jao en su oponente más formidable. Jane sólo sabía que en algún momento, esta investigadora llamada Qing-jao, descubriría lo que nadie más había comprendido realmente: que toda explicación concebible de la desaparición de la Flota Lusitania había sido ya eliminada por completo.

En ese punto, sólo quedaría una conclusión: alguna fuerza que todavía no había sido encontrada en ningún lugar de la historia de la humanidad tenía suficiente poder para hacer que una flota dispersa de astronaves desapareciera simultáneamente o, igual de improbable, para lograr que los ansibles de esa flota dejaran todos de funcionar al mismo tiempo. Y si esa misma mente metódica empezara entonces a hacer una lista de las presuntas fuerzas que pudieran tener ese poder, tarde o temprano encontraría la verdad: una entidad independiente que habitaba entre (no, que estaba compuesta de) los rayos filóticos que conectaban todos los ansibles. Como esta idea era verdadera, ningún escrutinio o investigación lógica la eliminaría. Al final, esta idea permanecería. En ese punto, alguien actuaría seguramente sobre el descubrimiento de Qing-jao y decidiría destruir a Jane.

Así que Jane seguía la investigación de Qing-jao cada vez con más fascinación. La hija de Han Fei-tzu, a sus dieciséis años, con sus treinta y nueve kilos de peso y su metro sesenta centímetros de altura, en la clase social e intelectual superior del mundo chino taoísta de Sendero, era el primer ser humano que Jane había conocido que se acercaba a la precisión y minuciosidad de un ordenador y, por tanto, de la propia Jane. Aunque Jane podía conseguir en una hora la investigación que Qing-jao tardaba semanas y meses en completar, la peligrosa verdad era que Qing-jao estaba siguiendo casi los mismos pasos que la propia Jane habría realizado; y por tanto no había ningún motivo para que Jane esperara que Qing-jao no fuera a llegar a la conclusión que ella misma alcanzaría.

Qing-jao era por tanto la enemiga más peligrosa de Jane, y Jane estaba indefensa y no podía detenerla, al menos físicamente. Intentar bloquear el acceso de Qing-jao a la información tan sólo conseguiría guiarla más rápidamente al conocimiento de su existencia. Así que, en vez de abierta oposición, Jane buscó otra forma de detener a su enemiga. No comprendía toda la naturaleza humana, pero Ender le había enseñado que para impedir que un ser humano haga algo, hay que encontrar un medio para conseguir que deje de querer hacerlo.

VARELSE

‹¿Cómo podéis hablar directamente a la mente de Ender?›

‹Ahora que sabemos dónde está, resulta tan natural como comer.›

‹¿Cómo lo encontrasteis? Nunca he oído hablar a la mente de nadie que no haya pasado a la tercera vida.›

‹Lo encontramos a través de los ansibles y los aparatos electrónicos conectados a ellos. Lo encontramos cuando su cuerpo estaba en el espacio. Para alcanzar su mente, tuvimos que alcanzar el caos y formar un puente.›

‹¿Puente?›

‹Una unidad transicional, que en parte parecía su mente y en parte la nuestra.›

‹Si pudisteis alcanzar su mente, ¿por qué no impedisteis que os destruyera?›

‹El cerebro humano es muy extraño. Antes de que pudiéramos encontrar sentido a lo que hallamos allí, antes de que pudiéramos aprender cómo hablar a ese espacio retorcido, todas mis hermanos y madres desaparecieron. Continuamos estudiando su mente durante todos los años que esperamos, en forma de crisálida, hasta que él nos encontró: cuando vino, entonces pudimos hablarle directamente.›

‹¿Qué pasó con el puente que formasteis?›

‹Nunca hemos pensado en ello. Probablemente todavía esté en alguna parte.›

El nuevo cultivo de patatas se moría. Ender vio los círculos marrones en las hojas, las plantas caídas allí donde los tallos se habían vuelto tan quebradizos que la más leve brisa los curvaba hasta que se rompían. Esa mañana todas estaban sanos. La llegada de la enfermedad fue tan repentina, su efecto tan devastador, que sólo podía tratarse del virus de la descolada.

Ela y Novinha se sentirían decepcionadas: habían depositado muchas esperanzas en este cultivo de patata. Ela, la hija adoptiva de Ender, había estado trabajando en un gen que haría que cada célula del organismo produjera tres productos químicos distintos, cuya acción inhibía o mataba al virus de la descolada. Novinha, su esposa, había estado trabajando en un gen que haría que los núcleos de las células fueran impermeables a cualquier molécula mayor que un décimo del tamaño de la descolada. Con este cultivo de patata, habían introducido ambos genes, y cuando las primeras pruebas demostraron que las dos tendencias habían cuajado, Ender llevó las semillas a la granja experimental y las plantó. Junto con sus ayudantes, las nutrió durante las últimas seis semanas. Todo parecía ir bien.

Si la técnica hubiera funcionado, podría haberse adaptado para todas las plantas y animales de los que dependían para vivir los humanos de Lusitania. Pero el virus de la descolada fue más listo: descubrió sus estratagemas. Con todo, seis semanas era mejor que los dos o tres días de rigor. Tal vez estaban en el buen camino.

O tal vez las cosas habían ido ya demasiado lejos. Cuando Ender llegó a Lusitania, los nuevos cultivos de plantas y animales terrestres podían durar hasta veinte años antes de que la descolada decodificara sus moléculas genéticas y las rompiera. Pero durante los últimos años al parecer el virus había hecho un avance que le permitía decodificar cualquier molécula genética de la Tierra en cuestión de días, o incluso en horas.

Últimamente, lo único que permitía a los colonos humanos cultivar sus plantas y criar a sus animales era un pulverizador que resultaba inmediatamente fatal para el virus de la descolada. Había colonos humanos que querían rociar todo el planeta y acabar con el virus de una vez por todas.

Fumigar un planeta entero resultaba poco práctico, pero no era Imposible: había otras razones para rechazar esta opción. Todas las formas de vida nativa dependían absolutamente de la descolada para reproducirse. Eso incluía a los cerdis, los pequeninos, los nativos inteligentes de este mundo, cuyo ciclo reproductivo estaba inextricablemente vinculado a la única especie nativa de árbol. Si el virus de la descolada fuera destruido, esta generación de pequeninos se convertiría en la última. Sería xenocidio.

Hasta el momento, la idea de hacer algo que pudiera aniquilar a los cerdis sería rechazada inmediatamente por la mayoría de los habitantes de Milagro, el pueblo de los humanos. De momento. Pero Ender sabía que muchas opiniones podían cambiar si se conocieran unos cuantos hechos más. Por ejemplo, sólo un puñado de personas sabía que la descolada se había adaptado ya dos veces al producto químico que usaban para matarla. Ela y Novinha habían desarrollado varias versiones del producto, de forma que la siguiente ocasión que la descolada se adaptara a un viricida pudieran pasar inmediatamente a otro. Del mismo modo, habían tenido que cambiar en una ocasión el inhibidor de la descolada, cuyo efecto impedía que los seres humanos murieran por los virus de la descolada que habitaban en cada humano de la colonia. El inhibidor se añadía a todos los alimentos de la colonia, de forma que cada humano lo ingería con su comida.

Sin embargo, todos los inhibidores y viricidas funcionaban sobre los mismos principios básicos. Algún día, al igual que había aprendido a adaptarse a los genes terrestres en general, la descolada aprendería también a manejar cada clase de productos químicos, y entonces no importaría cuántas versiones tuvieran: la descolada agotaría sus recursos en cuestión de días.

Sólo unas pocas personas sabían lo precaria que era en realidad la supervivencia de Milagro. Sólo unas pocas personas sabían cuánto dependía del trabajo que Ela y Novinha, como xenobiólogas de Lusitania, estaban haciendo; lo igualada que estaba su competición con la descolada; lo devastadoras que serían las consecuencias si alguna vez quedaban atrás.

Daba lo mismo. Si los colonos llegaran a comprenderlo, habría muchos que dirían: «si es inevitable que algún día la descolada nos venza, entonces acabemos con ella ahora. Si eso mata a los cerdis, lo sentimos, pero si se trata de ellos o nosotros, elegimos nosotros». Estaba bien que Ender adoptara la visión a largo plazo, la perspectiva filosófica, y dijera: mejor que perezca una pequeña colonia humana que aniquilar a otra especie inteligente. Sabía que este argumento no significaría nada para los humanos de Lusitania. Sus propias vidas estaban aquí en juego, además de las de sus hijos. Sería absurdo esperar que estuvieran dispuestos a morir por otra especie a la que no comprendían y que pocos apreciaban. No tendría sentido genéticamente: la evolución anima sólo a las criaturas que se toman en serio proteger sus propios genes. Aunque el obispo declarara que era la voluntad de Dios que los seres humanos de Lusitania ofrecieran sus vidas a cambio de las de los cerdis, serían contados los que obedecerían.

«No estoy seguro de poder hacer el sacrificio —pensó Ender—. Aunque no tengo hijos propios. Aunque ya he vivido la destrucción de otra especie inteligente (aunque yo mismo propicié esa destrucción, y sé la terrible carga moral que supone), no estoy seguro de poder permitir que mis semejantes humanos mueran de hambre, porque sus cosechas han sido destruidas, o mucho más dolorosamente, por el regreso de la descolada como enfermedad con el poder para consumir el cuerpo humano en cosa de días.

«Sin embargo, ¿podría consentir la destrucción de los pequeninos? ¿Podría permitir otro xenocidio?»

Recogió otro de los tallos rotos de patata con sus hojas manchadas. Tenía que llevarlo a Novinha, por supuesto, para que lo examinara, o lo haría Ela, y confirmarían lo que ya era obvio. Otro fracaso. Metió el tallo de patata en una bolsa esterilizada.

—Portavoz.

Era Plantador, el ayudante de Ender y su amigo más íntimo entre los cerdis. Plantador era el hijo del pequenino llamado Humano, a quien Ender había llevado a la «tercera vida», la etapa árbol del ciclo de vida pequenino. Ender alzó la bolsa de plástico transparente para que Plantador viera las hojas de su interior.

—Muertas del todo, Portavoz —dijo Plantador, sin ninguna emoción discernible.

Eso fue al principio lo más desconcertante de trabajar con los pequeninos: no mostraban emociones de forma que los humanos pudieran interpretar fácilmente. Era una de las mayores barreras para que la mayoría de los colonos los aceptaran. Los cerdis no se mostraban simpáticos o tiernos. Eran simplemente extraños.

—Lo intentaremos de nuevo —dijo Ender—. Creo que nos estamos acercando.

—Tu esposa te requiere —dijo Plantador.

La palabra «esposa», incluso traducida a un lenguaje humano como el stark, estaba tan cargada de tensión para un pequenino que le resultaba difícil pronunciarla de modo natural. Plantador casi apretó los dientes al decirla. Sin embargo, la idea de tener esposa era tan poderosa para los pequeninos que, aunque podían llamar a Novinha por su nombre cuando le hablaban directamente, al hablar con su marido sólo se referían a ella por su título.

—Iba a ir a verla de todas formas —dijo Ender—. ¿Quieres medir y registrar estas patatas, por favor?

Plantador saltó para enderezarse. «Como una palomita de maíz», pensó Ender. Aunque su cara pareció inexpresiva para los ojos humanos, el salto vertical mostraba su deleite. A Plantador le encantaba trabajar con el equipo electrónico, porque las máquinas le fascinaban y porque eso añadía grandeza a su posición entre los otros machos pequeninos. Plantador empezó inmediatamente a sacar la cámara y su ordenador de la bolsa que siempre llevaba consigo.

—Cuando acabes, prepara por favor esta sección aislada para quemarla —pidió Ender.

—Sí sí —respondió Plantador—. Sí sí sí.

Ender suspiró. Los pequeninos se molestaban cuando los humanos les decían cosas que ya sabían. Plantador conocía la rutina que debía ejecutar cuando la descolada se había adaptado a una nueva cosecha: el virus «educado» tenía que ser destruido mientras estaba aún aislado. No tenía sentido dejar que toda la comunidad de virus de la descolada se beneficiara de lo que había aprendido un cultivo. Así que Ender no tendría que habérselo recordado. Sin embargo, era así como los seres humanos satisfacían su sentido de la responsabilidad: comprobando una y otra vez, aunque sabían que era innecesario.

Plantador estaba tan atareado que apenas advirtió que Ender se marchaba. Cuando Ender llegó al cobertizo al final del campo, se desnudó, puso sus ropas en la caja de purificación, y luego ejecutó la danza purificadora: las manos arriba, los brazos rotando, trazar un círculo, agacharse y volverse a poner de pie, para que la combinación de radiación y gases que llenaban el cobertizo alcanzaran todas las partes de su cuerpo. Inspiró profundamente por la nariz y la boca, y luego tosió, como siempre, porque los gases apenas alcanzaban los límites de la tolerancia humana. Tres minutos completos con los ojos ardiendo y los pulmones abrasados, agitando los brazos, agachándose y poniéndose en pie: «Nuestro ritual de obediencia a la descolada todopoderosa. Así nos humillamos ante la dueña indiscutida de la vida en este planeta. Finalmente, se terminó. Ya me he asado lo suficiente», pensó.

Mientras el aire fresco entraba por fin en el cobertizo, sacó sus ropas de la caja y se las puso, todavía calientes. En cuanto dejara el cobertizo, éste se calentaría hasta que su superficie entera estuviera muy por encima de la tolerancia demostrada al calor por el virus de la descolada. Nada podía vivir en ese cobertizo durante el último paso de la purificación. La siguiente vez que alguien entrara en él, estaría absolutamente estéril.

Sin embargo, Ender no podía dejar de pensar que, de algún modo, el virus encontraría una forma de abrirse paso, si no a través del cobertizo, entonces por la leve barrera disruptiva que rodeaba la zona de cultivos experimentales como una muralla invisible. Oficialmente, ninguna molécula mayor que un centenar de átomos podía atravesar esa barrera sin ser rota. Las verjas a cada lado de la barrera impedían que los humanos y los cerdis se perdieran en aquella zona fatal, pero Ender imaginaba a menudo lo que sucedería si alguien atravesaba el campo disruptor. Todas las células de su cuerpo morirían al instante mientras los ácidos nucleicos se descomponían. Tal vez el cuerpo se mantuviera unido físicamente. Pero, en su imaginación, Ender siempre lo veía desmoronándose hasta quedar reducido a polvo al otro lado de la barrera, convirtiéndose en humo bajo la brisa antes de poder golpear el suelo.

Lo que incomodaba más a Ender de la barrera disruptora era que estaba basada en el mismo principio que el Ingenio D.M. Diseñado para ser usado contra astronaves y misiles, fue Ender quien lo volvió contra el planeta natal de los insectores cuando comandó la flota humana tres mil años atrás. Además, se trataba de la misma arma que el Congreso Estelar había enviado ahora camino de Lusitania. Según Jane, el Congreso ya había intentado enviar la orden para usarlo. La había bloqueado cortando las comunicaciones ansibles entre la flota y el resto de la humanidad, pero no había manera de saber si algún capitán agotado, lleno de pánico porque su ansible no funcionaba, podría aún dirigirlo contra Lusitania cuando llegara.

Era impensable, pero lo habían hecho: el Congreso había enviado la orden de destruir un mundo. De cometer xenocidio. ¿Había escrito Ender en vano la Reina Colmena? ¿Habían olvidado ya?

Pero para ellos no era «ya». Para la mayoría de la gente habían transcurrido tres mil años. Y aunque Ender había escrito la Vida de Humano, no se la creía ampliamente todavía. No había sido abrazada por la gente hasta el grado de que el Congreso no se atreviera a actuar contra los pequeninos.

¿Por qué habían decidido hacerlo? Probablemente por el mismo propósito que la barrera disruptora de los xenobiólogos: para aislar una peligrosa infección a fin de que no se extendiera a la población más amplia. El Congreso estaba probablemente preocupado por contener la plaga de la revuelta planetaria. Pero cuando la flota llegara aquí, con o sin órdenes, podrían usar el Pequeño Doctor como solución definitiva al problema de la descolada: si no había ningún planeta Lusitania, no habría ningún virus mutable medio inteligente que tuviera la oportunidad de aniquilar a la humanidad y todas sus obras.

No había mucha distancia entre los campos experimentales y la nueva estación de xenobiología. El sendero rodeaba una colina baja, sorteaba el borde del bosque que era padre, madre y cementerio viviente para esta tribu de pequeninos, y luego llegaba hasta la puerta norte de la verja que rodeaba la colonia humana.

La verja resultaba dolorosa para Ender. Ya no había motivos para que existiera, ahora que la política de contacto mínimo entre humanos y pequeninos había sido rota, y ambas especies atravesaban libremente la puerta. Cuando Ender llegó a Lusitania, la verja estaba cargada con un campo que provocaba un dolor insoportable a quien la cruzara. Durante la lucha por ganar el derecho a comunicarse libremente con los pequeninos, el mayor de los hijos adoptivos de Ender, Miro, había quedado atrapado en el campo durante varios minutos, lo que le causó una lesión cerebral irreversible. Sin embargo, la experiencia de Miro era sólo la expresión más dolorosa e inmediata de lo que la verja hacía a las almas de los humanos rodeados por ella. La psicobarrera fue desconectada hacía treinta años. Durante todo este tiempo, no había existido ningún motivo para que se irguiera ninguna barrera entre humanos y pequeninos; sin embargo la verja permanecía. Los colonos humanos de Lusitania lo querían así. Deseaban que la frontera entre humanos y pequeninos siguiera siendo inexpugnable.

Por eso el laboratorio xenobiológico había sido trasladado desde su antiguo emplazamiento junto al río. Si los pequeninos iban a tomar parte en la investigación, el laboratorio tenía que estar cerca de la verja, y todos los campos experimentales ante ella, para que humanos y pequeninos no tuvieran la oportunidad de enfrentarse casualmente.

Cuando Miro se marchó para reunirse con Valentine, Ender pensó que a la vuelta se sorprendería por los grandes cambios que se producirían en el mundo de Lusitania. Pensaba que Miro vería a humanos y pequeninos trabajando codo con codo, dos especies conviviendo en armonía. En cambio, Miro encontraría la colonia casi igual. Con raras excepciones, los seres humanos de Lusitania no ansiaban la intimidad con otra especie.

Fue buena cosa que Ender ayudara a la reina colmena a restaurar la especie de los insectores tan lejos de Milagro. Ender pretendía ayudar a que insectores y humanos llegaran a conocerse gradualmente. En cambio, Novinha y él y su familia se habían visto obligados a mantener en secreto la existencia de los insectores en Lusitania. Si los colonos humanos no podían tratar con los pequeninos, que parecían mamíferos, no cabía duda de que la existencia de los insectores, con su aspecto de insectos, provocaría una violenta xenofobia casi de inmediato.

«Guardo demasiados secretos —pensó Ender—. Durante todos estos años he sido portavoz de los muertos, descubriendo secretos y ayudando a la gente a vivir a la luz de la verdad. Ahora ya no ansío decirle a nadie la mitad de lo que sé, porque si revelara toda la verdad habría miedo, odio, brutalidad, asesinato, guerra.»

No lejos de la verja, pero fuera de ella, se alzaban los padres-árbol, uno llamado Raíz, el otro Humano, plantados de forma que desde la verja parecía que Raíz estaba a la izquierda, y Humano a la derecha. Humano era el pequenino a quien Ender tuvo que matar ritualmente con sus propias manos, según lo requerido para sellar el tratado entre humanos y pequeninos. Entonces Humano renació en celulosa y clorofila, convertido finalmente en un macho adulto maduro, capaz de engendrar hijos.

En este momento Humano aún tenía un enorme prestigio, no sólo entre los cerdis de su tribu, sino también en muchas otras tribus. Ender sabía que estaba vivo: sin embargo, al ver el árbol, le resultaba imposible olvidar cómo había muerto Humano.

Ender no tenía ningún problema para tratar a Humano como a una persona, pues había hablado con este padre-árbol muchas veces. Lo difícil era considerar a este árbol la misma persona a la que había conocido como el pequenino llamado Humano. Ender comprendía intelectualmente que la identidad de una persona estaba compuesta de voluntad y memoria, y que voluntad y memoria habían pasado intactas del pequenino al padre-árbol. Pero la comprensión intelectual no siempre trae consigo una creencia visceral. Humano era muy extraño ahora.

Sin embargo, seguía siendo Humano, y seguía siendo amigo de Ender. El Portavoz tocó la corteza del árbol al pasar. Luego, desviándose unos pocos pasos, se acercó al otro padre-árbol llamado Raíz, y acarició también su corteza. Nunca había llegado a conocer a Raíz como pequenino: Raíz había muerto por otras manos, y este árbol era ya alto y grande antes de que Ender llegara a Lusitania. No había ningún sentido de pérdida que lo preocupara cuando hablaba con Raíz.

En la base de Raíz, entre las raíces, había muchos palos. Algunos habían sido traídos aquí; otros estaban hechos de las propias ramas de Raíz. Eran palos para hablar. Los pequeninos los usaban para marcar un ritmo en el tronco de un padre-árbol, y éste formaba y reformaba las zonas huecas de su interior para cambiar el sonido, para producir una lenta especie de habla. Ender sabía llevar el ritmo con suficiente destreza para entender palabras de los árboles.

Sin embargo, hoy no quería conversar. Que Plantador dijera a los padres-árbol que otro experimento había fracasado. Ender hablaría más tarde con Raíz y Humano. Hablaría con la reina colmena. Hablaría con Jane. Hablaría con todo el mundo. Después de toda la charla, no estaría más cerca de la resolución de ninguno de los problemas que amenazaban el futuro de Lusitania. Porque la solución de sus problemas no dependía de la conversación. Dependía del conocimiento y la acción: conocimiento que sólo otras personas podían adquirir, acciones que sólo otras personas podían ejecutar. Ender se encontraba impotente para resolver los problemas.

Todo lo que podía hacer, todo lo que había hecho desde su batalla final como niño guerrero, era escuchar y hablar. En otros momentos, en otros lugares, eso había bastado. Ahora no. Muchas clases diferentes de destrucción gravitaban sobre Lusitania, algunas de ellas puestas en movimiento por el propio Ender, y ninguna de ellas podía ser resuelta por ninguna actuación, palabra ni pensamiento de Andrew Wiggin. Como todos los otros ciudadanos de Lusitania, su futuro estaba en manos de otra gente. La diferencia entre ellos y él era que Ender conocía todo el peligro, todas las posibles consecuencias de cada fallo o error. ¿Quién estaba más maldito: el que moría sin saberlo hasta el mismo momento de su muerte, o el que contemplaba su destrucción mientras se acercaba, paso a paso, durante días, semanas y años?

Ender dejó a los padres-árbol y recorrió el resto del bien cuidado sendero hacia la colonia humana. Atravesó la verja, la puerta del laboratorio xenobiológico. El pequenino que era el mejor ayudante de Ela (se llamaba Sordo, aunque decididamente no era duro de oído) lo condujo de inmediato a la oficina de Novinha, donde Ela, Novinha, Quara y Grego estaban ya esperando. Ender alzó la bolsa que contenía el fragmento de la planta de patata.

Ender sacudió la cabeza. Novinha suspiró. Sin embargo, no parecían ni la mitad de decepcionadas de lo que Ender esperaba. Claramente tenían algo más en la cabeza.

—Supongo que era de esperar-dijo Novinha.

—Sin embargo, teníamos que intentarlo —comentó Ela.

—¿Por qué teníamos que intentarlo? —demandó Grego. El hijo menor de Novinha (y por tanto también hijo adoptivo de Ender) tenía treinta y tantos años ahora, y era un científico brillante por derecho propio; pero parecía disfrutar de su papel de abogado del diablo en todas las discusiones familiares, trataran de xenobiología o del color con el que había que pintar las paredes—. Al introducir estos nuevos cultivos sólo conseguimos enseñar a la descolada a burlar todas las estrategias de que disponemos para matarla. Si no la aniquilamos ahora, nos aniquilará a nosotros. En cuanto la descolada desaparezca, podremos cultivar patatas normales y corrientes sin todas estas tonterías.

—¡No podemos! —gritó Quara. Su vehemencia sorprendió a Ender. Quara no solía hablar ni siquiera en las mejores ocasiones: el que ahora lo hiciera con tanta convicción no era frecuente en ella—. Te digo que la descolada está viva.

—Y yo te digo que un virus es un virus —sentenció Grego.

A Ender le molestaba que Grego abogara por el exterminio de la descolada: no era propio de él pedir algo que destruiría a los pequeninos. Grego había crecido prácticamente entre los varones pequeninos, los conocía y hablaba su lenguaje mejor que nadie.

—Chicos, callaos y dejadme explicar esto a Andrew —exigió Novinha—. Ela y yo estábamos discutiendo lo que podíamos hacer si las patatas fracasaban, y me dijo…, no, explícalo tú, Ela.

—Es una idea bastante sencilla. En vez de intentar cultivar patatas que inhiban el crecimiento del virus de la descolada, tenemos que ir a por el virus mismo.

—Eso es —asintió Grego.

—Cierra el pico —ordenó Quara.

—Sé amable con todos nosotros, Grego, y haz lo que tu hermana te ha pedido tan educadamente —dijo Novinha.

Ela suspiró y continuó:

—No podemos matarlo porque eso eliminaría toda la vida nativa de Lusitania. Así que propongo intentar el desarrollo de un nuevo cultivo de descolada que siga actuando como el virus que tenemos en los ciclos reproductivos de todas las formas de vida lusitanas, pero sin la habilidad para adaptarse a nuevas especies.

—¿Puedes eliminar esa parte del virus? —preguntó Ender—. ¿Puedes encontrarlo?

—No es probable. Pero creo que puedo encontrar todas las partes del virus que están activas en los cerdis y en todas las parejas planta-animal, mantenerlas, y descartar todo lo demás. Entonces añadiríamos una rudimentaria habilidad reproductora y estableceríamos algunos receptores para que responda adecuadamente a los cambios apropiados en el cuerpo anfitrión, lo meteríamos todo en un órgano nuevo, y lo tendríamos: un sustituto de la descolada de forma que los pequeninos y todas las especies nativas estén a salvo y nosotros podamos vivir sin preocuparnos.

—¿Entonces rociarías todo el virus original de la descolada para aniquilarlo? —preguntó Ender—. ¿Y si ya hay un cultivo resistente?

—No, no lo rociaremos, porque eso acabaría con los virus que ya se han incorporado a los cuerpos de todas las criaturas lusitanas. Esto es lo difícil…

—Como si el resto fuera fácil —masculló Novinha—, crear un organismo nuevo de la nada…

—No podemos inyectar esos organelos en unos cuantos cerdis o en todos, porque también tendríamos que inyectarlos en todas las formas de vida animal nativa, árboles y hierbas.

—No puede hacerse —dijo Ender.

—Entonces tenemos que desarrollar un mecanismo que desarrolle los organelos universalmente, y que al mismo tiempo destruya los viejos virus de la descolada de una vez por todas.

—Xenocidio —intervino Quara.

—Ésa es la cuestión —dijo Ela—. Quara sostiene que la descolada es consciente.

Ender miró a la más joven de sus hijas adoptivas.

—¿Una molécula consciente?

—Tienen un lenguaje, Andrew.

—¿Cuándo sucedió eso? —preguntó Ender.

Estaba intentando imaginar cómo una molécula genética (incluso una tan larga y compleja como el virus de la descolada) podía ser capaz de hablar.

—Hace tiempo que lo sospecho. No quería decir nada hasta que estuviera segura, pero…

—Lo que significa que no está segura —atacó Grego, triunfal.

—Pero ahora estoy casi segura, y no podéis destruir a una especie entera hasta que lo sepamos.

—¿Cómo hablan? —preguntó Ender.

—No igual que nosotros, desde luego —contestó Quara—. Se transmiten información a nivel molecular. Lo advertí por primera vez cuando trabajaba en la cuestión de cómo los nuevos cultivos resistentes de la descolada se extienden tan rápidamente y sustituyen a todos los antiguos virus en tan poco tiempo. No pude resolver ese problema porque formulaba la pregunta equivocada. No sustituyen a los antiguos. Simplemente les transmiten mensajes.

—Lanzan dardos-dijo Grego.

—Ésas fueron palabras mías —interrumpió Quara—. No comprendí que era un lenguaje.

—Porque no lo era —sentenció Grego.

—Eso fue hace cinco años —terció Ender—. Dijiste que los dardos que envían llevan los genes necesarios y luego todos los virus que reciben los dardos revisan su propia estructura para incluir el nuevo gen. Eso difícilmente puede considerarse un lenguaje.

—Pero no es la única vez que envían dardos —objetó Quara—. Esas moléculas mensajeras entran y salen constantemente, y la mayoría de las veces no están ni siquiera incluidas en el cuerpo. Varias partes de la descolada las leen y luego las transmiten a otra.

—¿Esto es lenguaje? —preguntó Grego.

—Todavía-no —admitió Quara—. Pero a veces, después de que un virus lee uno de esos dardos, crea un dardo nuevo y lo envía. Esto es lo que apunta hacia un lenguaje: la parte delantera del nuevo dardo siempre comienza con una secuencia molecular similar a la parte trasera del dardo que está respondiendo. Mantiene el hilo de la conversación.

—Conversación —desdeñó Grego.

—Cállate o muérete —espetó Ela.

Incluso después de tantos años, advirtió Ender, la voz de Ela tenía aún el poder de cortar las impertinencias de Grego, al menos a veces.

—He seguido algunas de esas conversaciones durante unas cien declaraciones y respuestas. La mayoría mueren mucho antes. Unas cuantas se incorporan en el cuerpo principal del virus. Pero esto es lo más interesante: es completamente voluntario. A veces un virus coge el dardo y lo conserva, mientras que la mayoría de los demás no lo hacen. A veces la mayoría de los virus conservan un dardo concreto. Pero la zona donde incorporan los dardos mensajeros es exactamente la zona que ha sido más difícil de estudiar. Eso se debe a que no forma parte de su estructura, es su memoria, y los individuos son todos diferentes unos de otros. También tienden a soltar unos cuantos fragmentos de memoria cuando han aceptado demasiados dardos.

—Todo eso es fascinante —convino Grego—, pero no es ciencia. Hay multitud de explicaciones para esos dardos y los enlaces y despieces aleatorios…

—¡No son aleatorios! —exclamó Quara.

—Nada de eso es lenguaje —insistió Grego.

Ender ignoró la discusión, porque Jane le susurraba al oído a través del receptor en forma de joya que llevaba. Ahora le hablaba menos que en los años anteriores. Él escuchó con atención, sin dar nada por hecho.

—Ha encontrado algo —informó Jane—. He observado su investigación y hay algo que no sucede con ninguna otra criatura subcelular. He hecho muchos análisis diferentes de los datos, y cuanto más simulo y pruebo esta conducta concreta de la descolada, menos parece un código genético y más se asemeja a un lenguaje. No podemos descartar la posibilidad de que sea voluntario.

Cuando Ender devolvió su atención a la discusión en curso, Grego tenía la palabra.

—¿Por qué convertimos todo lo que no hemos averiguado todavía en una especie de experiencia mística? —Grego cerró los ojos y entonó—: ¡He encontrado una nueva vida! ¡He encontrado una nueva vida!

—¡Basta! —gritó Quara.

—Esto se nos está escapando de las manos —advirtió Novinha—. Grego, por favor, intenta mantenerlo al nivel de una discusión racional.

—Es difícil, cuando todo es tan irracional. Até agora quem já imaginou microbiologista que se torna namorada de uma molécula? «¿Quién ha oído hablar de una microbióloga enamorada de una molécula?»

—¡Basta! —exclamó Novinha bruscamente—. Quara es tan científica como tú, y…

—Lo era —murmuró Grego.

—Y, si tienes la amabilidad de callarte el tiempo suficiente para escucharme, ella tiene derecho a ser oída. —Novinha estaba bastante furiosa ahora, pero, como de costumbre, Grego no parecía impresionado—. Ya deberías saber, Grego, que a menudo las ideas que al principio parecen más absurdas y contraintuitivas son las que después causan cambios fundamentales en la forma en que vemos el mundo.

—¿Creéis de verdad que esto es uno de esos descubrimientos básicos? —preguntó Grego, mirándolos a los ojos uno a uno—. ¿Un virus parlante? Se Quara sabe tanto, porque ela nao diz o que é que aqueles bichos dizem? «Si sabe tanto, ¿por qué no nos revela lo que dicen esos bichitos?» El hecho de que se pasara al portugués en vez de hablar stark, la lengua de la ciencia, era una señal de que la discusión escapaba al control.

—¿Importa? —preguntó Ender.

—¡Importa! —exclamó Quara.

Ela miró a Ender consternada.

—Es sólo la diferencia entre curar un mal peligroso y destruir una especie consciente entera. Creo que importa.

—Quería decir si importa que sepamos lo que dicen —explicó Ender pacientemente.

—No —dijo Quara—. Probablemente nunca comprenderemos su lenguaje, pero eso no cambia el hecho de que sean conscientes. De todas formas, ¿qué tienen que decirse los virus y los seres humanos?

—¿Qué tal: «Por favor, dejad de intentar matarnos»? —apuntó Grego—. Si puedes imaginar cómo decir eso en el lenguaje de los virus, entonces podría ser útil.

—Pero Grego —dijo Quara con dulzura fingida—, ¿se lo decimos nosotros a ellos, o nos lo dicen ellos a nosotros?

—No tenemos que decidir hoy —intervino Ender—. Podemos permitirnos esperar un poco.

—¿Cómo lo sabes? —estalló Grego—. ¿Cómo sabes que mañana por la tarde no nos despertaremos todos con picores, dolor, vómitos y ardiendo de fiebre, y nos moriremos porque finalmente, de la mañana a la noche, el virus de la descolada ha descubierto cómo aniquilarnos de una vez por todas? Es cuestión de ellos o nosotros.

—Creo que Grego acaba de demostrarnos por qué tenemos que esperar-opinó Ender—. ¿Habéis visto cómo habla de la descolada? Incluso él piensa que tiene voluntad y toma decisiones.

—Eso es sólo una forma de hablar —protestó Grego.

—Todos hemos hablado así. Y también pensamos así. Porque todos sentimos que estamos en guerra con la descolada, que es algo más que luchar contra una enfermedad. Es como si tuviéramos un enemigo inteligente y lleno de recursos que sigue contrarrestando nuestros movimientos. En toda la historia de la investigación médica, nadie ha luchado contra una enfermedad que tuviera tantas formas de derrotar las estrategias usadas en su contra.

—Sólo porque nadie ha luchado contra un germen con una molécula tan grande y tan compleja genéticamente —espetó Grego.

—Exactamente —convino Ender—. Éste es un virus único, y por eso puede tener habilidades que nunca hemos imaginado en especies estructuralmente menos complejas que un vertebrado.

Durante un momento las palabras de Ender gravitaron en el aire, respondidas sólo por el silencio. Ender imaginó que podía ber servido de algo esta reunión después de todo, que como mero orador había ganado una especie de acuerdo.

Grego pronto lo convenció de lo contrario.

—Aunque Quara tenga razón, aunque sea verdad y los virus de la descolada tengan todos doctorados en filosofía y sigan publicando disertaciones sobre cómo joder a los humanos hasta que mueran, ¿qué? ¿Nos tiramos al suelo y nos hacemos el muerto porque el virus que está intentando matarnos es condenadamente inteligente?

Novinha respondió con tranquilidad.

—Creo que Quara necesita continuar con su investigación… y nosotros tenemos que proporcionarle más medios para hacerlo, mientras que Ela continúa con la suya.

Fue Quara quien puso objeciones esta vez.

—¿Por qué debería molestarme intentando comprenderlos si los demás seguís trabajando en formas para matarlos?

—Ésta es una buena pregunta, Quara —dijo Novinha—. Por otro lado, ¿por qué deberías molestarte en intentar comprenderlos si de repente encuentran un medio de atravesar todas nuestras barreras químicas y matarnos a todos?

—Nosotros o ellos —murmuró Gregó.

Ender sabía que Novinha había tomado una buena decisión: mantenía abiertas las dos líneas de investigación, y decidiría más tarde, cuando supieran más. Mientras tanto, Quara y Grego habían perdido el razonamiento, asumiendo ambos que todo oscilaba en el hecho de que los virus de la descolada fueran conscientes o no.

Aunque sean inteligentes —sugirió Ender—, eso no significa que sean sacrosantos. Todo depende de si son raman o varelse. Si son raman, si podemos comprenderlos y ellos pueden comprendernos a nosotros lo suficiente para encontrar una forma de convivir, entonces bien. Nosotros estaremos a salvo, y ellos también.

—¿El gran pacificador pretende firmar un tratado con una molécula? —se burló Grego.

Ender ignoró su tono de mofa.

—Por otro lado, si intentan destruirnos y no podemos encontrar un medio de comunicarnos con ellos, entonces son varelse, alienígenas inteligentes, pero implacablemente hostiles y peligrosos. Los varelse son los alienígenas con los que no podemos vivir, aquellos con los que estamos natural y permanentemente en guerra a muerte, y en ese caso nuestra única elección moral es hacer todo lo necesario para vencer.

—Muy bien —se afanó Grego.

A pesar del tono triunfal de su hermano, Quara había escuchado las palabras de Ender, y ahora asintió, insegura.

—Siempre y cuando no empecemos desde la suposición de que son varelse —objetó.

—E incluso entonces, puede que haya un camino intermedio —afirmó Ender—. Tal vez Ela pueda encontrar una forma de sustituir todos los virus de la descolada sin destruir todo este asunto de la memoria y el lenguaje.

—¡No! —exclamó Quara, ferviente una vez más—. No podéis…, ni siquiera tenéis derecho a dejarles sus recuerdos y arrebatarles su habilidad para adaptarse. Eso sería como si nos practicaran lobotomías frontales. Si es la guerra, entonces que lo sea. Matadlos, pero no los dejéis con recuerdos mientras les robáis la voluntad.

—No importa —dijo Ela—. No puede hacerse. En este punto, creo que me enfrento a una tarea imposible. Operar con la descolada no es fácil. No es como examinar y operar con un animal. ¿Cómo aplico anestesia a la molécula para que no se cure sola mientras estoy a mitad de una amputación? Tal vez la descolada no sepa mucho de física, pero es mucho más hábil que yo en cirugía molecular.

—Hasta ahora —intervino Ender.

—Hasta ahora no tenemos nada —zanjó Grego—. Excepto que la descolada intenta con todas sus fuerzas matarnos a todos, mientras que nosotros todavía intentamos decidir si debemos contraatacar o no. Esperaré un poco más, pero no eternamente.

—¿Qué hay de los cerdis? —preguntó Quara—. ¿No tienen derecho a votar si transformamos la molécula que no sólo les permite reproducirse, sino que probablemente los creó como especie inteligente?

—Esa cosa está intentando matarnos —repitió Ender—. Mientras que la solución que encuentre Ela pueda eliminar el virus sin interferir con el ciclo reproductor de los cerdis, no creo que tengan ningún derecho a poner objeciones.

—Tal vez ellos piensen lo contrario.

—Entonces tal vez sea mejor que no se enteren de lo que estamos haciendo —sugirió Grego.

—No hemos hablado con nadie, humanos o cerdis, de la investigación que estamos llevando a cabo —cortó Novinha bruscamente—. Podría causar malentendidos terribles que conducirían a la violencia y a la muerte.

—Entonces los humanos somos los jueces de todas las demás criaturas —observó Quara.

—No, Quara. Como científicos estamos recopilando información —corrigió Novinha—. Hasta que tengamos suficiente, nadie puede juzgar nada. Así que el secreto se refiere a todos los aquí presentes. Quara y Grego también. No se lo digáis a nadie hasta que yo os dé permiso, y yo no lo haré hasta que sepamos más.

—¿Hasta que tú lo digas, o hasta que lo diga el Portavoz de los Muertos? —preguntó Grego, descaradamente.

—Soy la xenobióloga jefe —contestó Novinha—. La decisión es sólo mía. ¿Comprendido?

Esperó a que todos asintieran. Lo hicieron.

Novinha se levantó. La reunión había terminado. Quara y Grego se marcharon casi de inmediato. Novinha dio a Ender un beso en la mejilla y luego lo condujo, junto con Ela, fuera de su oficina. Ender se quedó en el laboratorio para hablar con Ela.

—¿Es posible esparcir tu virus sustituto por toda la población de todas las especies nativas de Lusitania?

—No lo sé —dijo Ela—. Eso es menos problemático que cómo conseguir que llegue a cada célula de un organismo individual con rapidez suficiente para que la descolada no pueda adaptarse o escapar. Tendré que crear una especie de virus transportador, y probablemente tendré que modelarlo a partir de la propia descolada. La descolada es el único parásito que conozco que invade un anfitrión tan rápida y concienzudamente como necesito para el virus transportador. Irónico: aprenderé a sustituir la descolada copiando las técnicas del propio virus.

—No es irónico —dijo Ender—. Es la manera en que funciona el mundo. Alguien me dijo que el único maestro válido es tu propio enemigo.

—Entonces, Quara y Grego deben de estar proporcionándose doctorados mutuamente.

—Su enfrentamiento es sano. Nos obliga a sopesar cada aspecto de lo que estamos haciendo.

—Dejará de ser sano si uno de ellos decide llevar el asunto fuera de la familia.

—Esta familia no cuenta sus cosas a los extraños —aseguró Ender—. Yo debería saberlo mejor que nadie.

—Al contrario, Ender. Tú más que nadie deberías saber lo ansiosos que estamos por hablar a un extraño, cuando pensamos que nuestra necesidad es lo bastante imperiosa para justificarlo.

Ender tuvo que admitir que tenía razón. Cuando llegó a Lusitania, le resultó difícil que Quara, Grego, Miro, Quim y Olhado confiaran en él lo suficiente para hablarle. Pero Ela le había hablado desde el principio, al igual que los otros hijos de Novinha. Al final, también lo hizo la propia Novinha. La familia era intensamente leal, pero también testaruda y porfiada, y no había ninguno que no confiara en su propio juicio por encima del de los demás. Grego o Quara, cualquiera de los dos, podría decidir que confiárselo a otra persona sería lo mejor para Lusitania, la humanidad o la ciencia, y la norma del secreto se acabaría, al igual que la norma de la no interferencia con los cerdis se quebró antes de que Ender llegara al planeta.

«Qué bien —pensó Ender—. Una posible fuente de desastre más que está completamente fuera de mi control.»

Al salir del laboratorio, Ender deseó, como había hecho muchas veces antes, que Valentine estuviera allí. Ella era la experta en sortear dilemas éticos. Llegaría pronto, pero ¿a tiempo? Ender comprendía y en principio estaba de acuerdo con los puntos de vista presentados por Quara y Grego. Lo que más dolía era la necesidad de mantener el secreto, de forma que no podía hablar con los pequeninos, ni siquiera con Humano, sobre una decisión que los afectaría a ellos tanto como a cualquier colono de la Tierra. Sin embargo, Novinha tenía razón. Descubrir ahora el asunto, antes de que supieran lo que podía hacerse, provocaría confusión en el mejor de los casos, anarquía y derramamiento de sangre en el peor. Los pequeninos se mostraban ahora pacíficos, pero la historia de la especie estaba manchada de guerra.

Cuando Ender salió de la verja, de regreso a los campos experimentales, vio a Quara delante del padre-árbol Humano, con los palos en la mano, enfrascada en una conversación. No había golpeado el tronco, de lo contrario Ender la habría oído, así que debía de querer intimidad. Eso estaba bien. Ender daría un rodeo, para no acercarse demasiado y escucharla por casualidad.

Pero cuando ella vio que Ender la observaba, terminó de inmediato la conversación con Humano y se dirigió rápidamente al sendero que conducía a la verja. Por supuesto, esto la llevó justo a Ender.

—¿Revelando secretos? —le preguntó él.

No había pretendido que fuera una pulla. Sólo cuando las palabras surgieron de su boca y Quara adoptó una expresión furtiva comprendió cuál era el secreto que Quara podía haber estado diciendo. Y sus palabras confirmaron la sospecha.

—La idea de justicia de mi madre no es siempre la mía. Ni la tuya, por cierto.

Ender sabía que ella podía hacer esto, pero no se le había ocurrido que fuera a hacerlo tan rápidamente después de su promesa.

—Pero ¿es siempre la justicia la consideración más importante? —preguntó.

—Para mí lo es —replicó Quara.

Intentó darse la vuelta y atravesar la verja, pero Ender la cogió por el brazo.

—Suéltame.

—Decírselo a Humano es una cosa. Es muy sabio. Pero no se lo reveles a nadie más. Algunos de los pequeninos, algunos de los machos, pueden ser muy agresivos si piensan que tienen razón.

—No son sólo machos —protestó Quara—. Se llaman a sí mismos maridos. Tal vez nosotros deberíamos llamarlos «hombres». —Sonrió a Ender triunfal—. No eres ni la mitad de liberal de lo que te gusta creer.

Entonces se abrió paso y atravesó la verja para volver a Milagro. Ender se acercó a Humano y permaneció de pie junto a él.

—¿Qué te ha dicho, Humano? ¿Te ha dicho que moriré antes de dejar que nadie aniquile a la descolada, si eso os dañara a ti y a tu pueblo?

Naturalmente, Humano no le ofreció una respuesta inmediata, pues Ender no tenía intención de empezar a golpear el tronco con los palos usados para producir la Lengua de los Padres. Si lo hacía, los varones pequeninos lo oirían y acudirían corriendo. No había ninguna conversación privada entre pequeninos y padres-árbol. Si un padre-árbol quería intimidad, siempre podía hablar silenciosamente con los otros padres-árbol: se comunicaban entre sí de mente a mente, como la reina colmena hablaba a los insectores que le servían de ojos y oídos, manos y pies. «Ojalá pudiera formar parte de esa cadena de comunicación —pensó Ender—. Habla instantánea hecha de pensamiento puro, proyectada a cualquier lugar del universo.»

Sin embargo, tenía que decir algo para ayudar a contrarrestar lo que Quara hubiera revelado.

—Humano, estamos haciendo todo lo posible por salvar a hombres y pequeninos por igual. Incluso intentaremos salvar al virus de la descolada, si podemos. Ela y Novinha son muy eficientes en su trabajo. Igual que Grego y Quara. Pero por ahora, por favor, confía en nosotros y no le digas nada a nadie. Por favor. Si humanos y pequeninos llegan a comprender el peligro al que nos enfrentamos antes de que estemos preparados para dar los pasos para contenerlo, los resultados serían violentos y terribles.

No había nada más que decir. Ender volvió a los terrenos experimentales. Antes del anochecer, completó con Plantador las mediciones y luego quemó y arrasó el campo entero. Ninguna molécula grande sobreviviría dentro de la barrera disruptora. Habían hecho todo lo posible por asegurarse de que todo lo que la descolada pudiera haber aprendido de este campo fuera olvidado.

Lo que nunca podrían hacer era deshacerse de los virus que llevaban dentro de sus propias células, humanas y pequeninas por igual. ¿Y si Quara tenía razón? ¿Y si la descolada dentro de la barrera, antes de morir, conseguía «transmitir» a los virus que Plantador y Ender llevaban en su interior lo que había aprendido de este nuevo cultivo de patata? ¿Sobre las defensas que Ela y Novinha intentaban insertar? ¿Sobre las formas que este virus había encontrado para derrotar sus tácticas?

Si la descolada era en efecto inteligente, con un lenguaje para extender información y pautas de conducta de un individuo a muchos otros, entonces ¿cómo podía Ender, cómo podía ninguno de ellos, esperar alzarse con la victoria al final? A la larga, podría resultar que la descolada fuera la especie más adaptable, la más capaz de someter mundos y eliminar rivales, más fuerte que humanos, cerdis, insectores o cualquier criatura viva en los mundos colonizados. Ése fue el pensamiento que Ender se llevó consigo a la cama esa noche, el pensamiento que lo preocupó incluso mientras hacía el amor con Novinha, de forma que ella sintió la necesidad de consolarlo como si fuera Ender, y no ella, el que estaba lastrado con las preocupaciones de un mundo. Él intentó disculparse, pero pronto comprendió la futilidad de hacerlo. ¿Por qué añadir preocupaciones a Novinha confesándole las suyas propias?

Humano escuchó las palabras de Ender, pero no podía estar de acuerdo con lo que éste le pedía. ¿Silencio? No cuando los humanos estaban creando nuevos virus que podrían transformar el ciclo vital de los pequeninos. Oh, Humano no se lo diría a los inmaduros machos y hembras. Pero podría decírselo, y lo haría, a todos los otros padres-árbol de Lusitania. Tenían derecho a saber lo que sucedía, y entonces decidir juntos qué hacer.

Antes del anochecer, todos los padres-árbol de todos los bosques supieron lo que Humano sabía: de los planes de los hombres, y de su estimación de hasta dónde podían confiar en ellos. La mayoría estuvo de acuerdo con él: «dejaremos que los seres humanos continúen por ahora. Pero, mientras tanto, observaremos con atención y nos prepararemos para un tiempo que puede llegar, aunque esperamos que no, en que humanos y pequeninos vayan a la guerra unos contra otros. No podemos luchar con la esperanza de ganar…, pero tal vez, antes de que nos masacren, encontraremos un modo para que algunos de los nuestros huyan».

Así, antes del amanecer, hicieron planes y acuerdos con la reina colmena, la única fuente de alta tecnología no humana de Lusitania. A la noche siguiente, las tareas de reconstrucción de una nave estelar con la que marcharse de Lusitania ya habían comenzado.

DONCELLA SECRETA

‹¿Es cierto que, en los antiguos tiempos, cuando enviasteis vuestras naves para colonizar muchos mundos, podíais hablaros unas o otras como si estuvierais en el mismo bosque.›

‹Suponemos que con vosotros sucederá lo mismo. Cuando los nuevos padres-árbol hayan crecido, estarán presentes en vosotros. Las conexiones filóticas no se ven afectadas por la distancia›

‹Pero testaremos conectados? No enviaremos ningún árbol al viaje. Sólo hermanos, unas cuantos esposas y un centenar de pequeñas madres para dar a luz a nuevas generaciones. El viaje durará como mínimo décadas. En cuanto lleguen, los mejores de entre los hermanos serán enviados a la tercera vida, pero transcurrirá al menos un año antes de que el primero de los padres-árbol envejezca lo suficiente para engendrar. ¿Cómo podrá saber el primer padre de ese nuevo mundo la forma de hablarnos? ¿Cómo podremos saludarlo, si no sabemos dónde está?›

El sudor corría por el rostro de Qing-jao. Inclinada como estaba, las gotas le cosquilleaban las mejillas, bajo los ojos y en la punta de la nariz. Desde allí, el sudor caía a las aguas del arrozal, o a las plantas de arroz que se alzaban sobre la superficie del agua.

—¿Por qué no te secas la cara, sagrada?

Qing-jao alzó la cabeza para ver quién estaba lo bastante cerca para hablarle. Por regla general, los otros miembros de su grupo en la labor virtuosa no trabajaban cerca de ella: les inquietaba estar con una de las agraciadas.

Era una niña, más joven que Qing-jao, de unos catorce años, con cuerpo de muchacho y el cabello muy corto. Miraba a Qing-jao con franca curiosidad. Había en ella una frescura, una completa falta de timidez que a Qing-jao le pareció extraña y un poco desagradable. Su primer impulso fue ignorar a la niña.

Pero ignorarla sería arrogante. Sería lo mismo que decir: «Como soy una agraciada, no necesito responder cuando me hablan». Nadie supondría jamás que la razón por la que no respondía era porque estaba tan preocupada con la tarea imposible que el gran Han Fei-tzu le había encomendado que resultaba casi doloroso pensar en otra cosa.

Así que respondió, pero con una pregunta:

—¿Por qué debería secarme la cara?

—¿No te cosquillea el sudor al caer? ¿No se te mete en los ojos y pica?

Qing-jao bajó el rostro para seguir con su trabajo unos instantes, y esta vez advirtió deliberadamente lo que sentía. Sí que hacía cosquillas, y el sudor que se le metía en los ojos picaba. De hecho, resultaba bastante incómodo y molesto. Con cuidado, Qing-jao se enderezó, y advirtió el dolor, la forma en que su espalda protestaba por el cambio de postura.

—Sí —respondió a la muchachita—. Hace cosquillas y pica.

—Entonces, sécate —dijo la niña—. Con la manga.

Qing-jao se miró la manga. Ya estaba empapada con el sudor de sus brazos.

—¿Sirve de algo secarse? —preguntó.

Ahora le tocó a la muchachita el turno de descubrir algo en lo que no había pensado. Por un momento, pareció pensativa. Entonces se secó la frente con la manga.

Sonrió.

—No, sagrada. No sirve de nada.

Qing-jao asintió con gravedad y se inclinó de nuevo para continuar con su labor. Pero ahora el cosquilleo del sudor, el picor de sus ojos, el dolor de su espalda, la molestaban demasiado. Su incomodidad apartó su mente de sus pensamientos, en vez de hacer al contrario. Esta muchacha, quienquiera que fuese, acababa de aumentar sus penalidades al señalarlo… y, sin embargo, irónicamente, al hacer que Qing-jao fuera consciente de la miseria de su cuerpo, la había liberado del martilleo de las preguntas en su cerebro.

Qing-jao empezó a reír.

—¿Te ríes de mí, sagrada? —preguntó la muchacha.

—Te doy las gracias a mi manera —dijo Qing-jao—. Has quitado una gran carga de mi corazón, aunque sólo sea por un momento.

—Te estás riendo de mí por haberte dicho que te secaras la frente, aunque no sirva de nada.

—Te aseguro que no me río por eso. —Qing-jao se irguió otra vez y miró a la muchachita a los ojos—. Yo no miento.

La niña pareció avergonzada, pero ni la mitad de lo que debería parecer. Cuando los agraciados usaban el tono de voz que Qing-jao acababa de emplear, los demás se inclinaban inmediatamente y mostraban su respeto. Pero esta muchacha sólo prestó atención, comprendió las palabras de Qing-jao, y luego asintió.

Qing-jao sólo pudo llegar a una conclusión.

—¿También eres una agraciada?

La muchacha abrió mucho los ojos.

—¿Yo? Mis padres son gente muy humilde. Mi padre extiende estiércol en los campos y mi madre friega en un restaurante.

Naturalmente, eso no era ninguna respuesta. Aunque con frecuencia los dioses elegían a los hijos de los agraciados, se sabía que habían hablado a algunos cuyos padres nunca habían oído sus voces. Sin embargo, era una creencia común que si tus padres eran de muy baja extracción social, los dioses no tendrían ningún interés en ti, y de hecho era muy raro que los dioses hablaran a aquellos cuyos padres no tuvieran una buena educación.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Qing-jao.

—Si Wang-mu —respondió la niña.

Qing-jao jadeó y se cubrió la boca, para sofocar una carcajada. Pero Wang-mu no parecía enfadada: sólo sonrió y pareció impacientarse.

—Lo siento —dijo Qing-jao cuando pudo hablar—. Pero ése es el nombre de…

—La Real Madre del Oeste —completó Wang-mu—. ¿Tengo yo la culpa de que mis padre eligieran ese nombre para mí?

—Es un nombre noble. Mi antepasada-del-corazón fue una gran mujer, pero sólo era mortal, una poetisa. La tuya es una de las más antiguas diosas.

—¿Y de qué sirve eso? —preguntó Wang-mu—. Mis padres fueron demasiado presuntuosos al ponerme el nombre de una diosa tan distinguida. Por eso los dioses no me hablarán nunca.

A Qing-jao le entristeció que Wang-mu hablara con tanta amargura. Si supiera lo dispuesta que estaría a cambiar de lugar con ella… ¡Quedar libre de la voz de los dioses! No tener que arrodillarse nunca en el suelo para seguir las vetas de la madera, no lavarse las manos excepto cuando se ensuciaran…

Sin embargo, Qing-jao no podía explicárselo a la muchacha. ¿Cómo iba a comprender? Para Wang-mu, los agraciados eran la elite privilegiada, infinitamente sabia e inaccesible. Si Qing-jao le explicara que las cargas de los agraciados eran mucho mayores que las recompensas, parecería una mentira.

Pero para Wang-mu la agraciada no había sido inaccesible: le había hablado a Qing-jao, ¿no? Así que Qing-jao decidió decir de todas formas lo que anidaba en su corazón.

—Si Wang-mu, viviría alegremente el resto de mis días ciega si pudiera quedar libre de las voces de los dioses.

La boca de Wang-mu se abrió, llena de sorpresa. Sus ojos se ensancharon.

Había sido un error hablar. Qing-jao lo lamentó de inmediato.

—Estaba bromeando —dijo.

—No —replicó Wang-mu—. Ahora estás mintiendo. Antes decías la verdad. —Se acercó, chapoteando descuidadamente por entre los arrozales—. Toda la vida he visto llevar a los agraciados al templo en sus palanquines, con sus brillantes sedas y toda la gente inclinándose a su paso, todos los ordenadores abiertos a ellos. Cuando hablan, su lenguaje suena a música. ¿Quién no querría ser uno de ellos?

Qing-jao no podía hablar abiertamente, no podía decir: «Todos los días los dioses me humillan y me hacen ejecutar tareas estúpidas y sin sentido para purificarme, y al día siguiente vuelven a empezar».

—No me creerás, Wang-mu, pero esta vida, aquí en los campos, es mejor.

—¡No! —exclamó Wang-mu—. Te lo han enseñado todo. ¡Sabes todo lo que hay que saber! Puedes hablar muchos idiomas, sabes leer todo tipo de palabras, puedes pensar pensamientos que están tan por encima de los míos como están mis pensamientos por encima de los pensamientos de un caracol.

—Hablas muy bien —dijo Qing-jao—. Tienes que haber ido al colegio.

—¡Colegio! —desdeñó Wang-mu—. ¿Qué es el colegio para niños como yo? Aprendimos a leer, pero sólo lo suficiente para entender las oraciones y los carteles de las calles. Aprendimos nuestros números, pero sólo lo suficiente para hacer la compra. Memorizamos dichos de los sabios, pero sólo los que nos enseñaron para que nos contentáramos con nuestro lugar en la vida y obedeciéramos a aquellos que son más sabios que nosotros.

Qing-jao no sabía que los colegios podían ser así. Pensaba que los niños aprendían las mismas cosas que ella había aprendido de sus tutores. Pero comprendió de inmediato que Si Wang-mu debía de estar diciendo la verdad: un maestro con treinta estudiantes no podía enseñar todas las cosas que Qing-jao había aprendido como única estudiante de muchos maestros.

—Mis padres son muy humildes —repitió Wang-mu—. ¿Por qué iban a perder el tiempo enseñándome más de lo que una sirviente necesita saber? Porque ésa es mi mayor esperanza en la vida, ser muy limpia y convertirme en sirviente en la casa de un hombre rico. Tuvieron mucho cuidado de enseñarme a limpiar un suelo.

Qing-jao pensó en las horas que había pasado en los suelos de su casa, siguiendo las vetas en la madera de pared a pared. Nunca se le había ocurrido pensar cuánto trabajo era para los sirvientes mantener los suelos tan limpios y pulidos para que las túnicas de Qing-jao nunca se ensuciaran visiblemente, a pesar de lo mucho que se arrastraba.

—Sé algo de suelos-dijo.

—Sabes algo de todo —replicó Wang-mu amargamente—. Así que no me digas lo duro que es ser agraciada. Los dioses nunca me han dirigido un pensamiento, y te digo que eso es mucho peor.

—¿Por qué no tuviste miedo de hablarme?

—He decidido no tener miedo de nada —dijo Wang-mu—. ¿Qué podrías hacerme que sea peor de lo que ya es mi vida?

«Podría hacer que te lavaras las manos hasta que sangraran todos los días de tu vida.»

Pero entonces algo se agitó en la mente de Qing-jao, y vio que la muchacha podría considerar que eso no era peor. Tal vez Wang-mu se lavaría alegremente las manos hasta que no quedara más que un amasijo sangrante de piel despellejada en los muñones de sus muñecas, con tal de aprender todo lo que ella sabía. Qing-jao se sentía oprimida por la imposibilidad de la tarea que su padre le había encomendado, aunque era una tarea que, tuviera éxito o fracasara, cambiaría la historia. Wang-mu consumiría toda su vida y nunca emprendería una sola tarea que no necesitara volver a ser hecha al día siguiente; toda la vida de Wang-mu se agotaría realizando trabajos que sólo serían advertidos o comentados si los hacía mal. ¿No era el trabajo de un sirviente casi tan carente de fruto, en el fondo, como los rituales de purificación?

—La vida de un sirviente debe de ser dura —comentó Qing-jao—. Me alegro por tu bien de que no hayas sido contratada todavía.

—Mis padres albergan la esperanza de que sea hermosa cuando me convierta en una mujer. Entonces conseguirán mejores condiciones en el contrato para ponerme a servir. Tal vez el mayordomo de un hombre rico me quiera como esposa; tal vez una dama rica me quiera como doncella secreta.

—Ya eres hermosa-aseguró Qing-jao.

Wang-mu se encogió de hombros.

—Mi amiga Fan-liu está sirviendo, y dice que las feas trabajan más, pero los hombres de la casa las dejan en paz. Las feas son libres de tener sus propios pensamientos. No tienen que decir cosas bonitas a sus señoras.

Qing-jao pensó en las sirvientas de la casa de su padre. Sabía que Han Fei-tzu nunca molestaría a ninguna de ellas. Y nadie tenía que decirle cosas bonitas a ella.

—En mi casa es diferente —declaró.

—Pero yo no sirvo en tu casa —contestó Wang-mu.

Entonces, de repente, toda la escena se aclaró. Wang-mu no le había hablado por impulso. Lo había hecho con la esperanza de que le ofreciera un lugar como sirviente en la casa de una dama agraciada por los dioses. Por lo que sabía, el chismorreo en la ciudad trataba de la joven dama agraciada Han Qing-jao, que había terminado su formación con sus tutores y se había embarcado en su primera tarea adulta, y que no tenía aún marido ni doncella secreta. Si Wang-mu se había abierto paso en la misma cuadrilla de la labor virtuosa que Qing-jao para mantener precisamente esta conversación. Durante un momento, Qing-jao se enfureció. Luego pensó: «¿Por qué no podría hacer exactamente lo que ha hecho? Lo peor que podría pasarle es que yo adivinara lo que hacía, me enfadara y no la contratara. Entonces no estaría peor que antes. Y si no me diera cuenta de sus intenciones y me cayera bien y la contratara, sería la doncella secreta de una dama agraciada por los dioses. Si yo estuviera en su lugar, ¿no haría lo mismo?».

—¿Crees que puedes engañarme? —preguntó—. ¿Crees que no sé que quieres que te contrate como sirvienta?

Wang-mu pareció aturdida, enfadada, temerosa. Sin embargo, prudentemente, no dijo nada.

—¿Por qué no me respondes con ira? —se extrañó Qing-jao—. ¿Por qué no niegas que me has hablado solamente para que te contrate?

—Porque es cierto —contestó Wang-mu—. Te dejo tranquila ahora.

Eso era lo que Qing-jao esperaba oír, una respuesta sincera. No tenía ninguna intención de dejar ir a Wang-mu.

—¿Cuánto de lo que me has dicho es verdad? ¿Quieres una buena educación? ¿Quieres hacer algo mejor en tu vida que servir?

—Todo —respondió Wang-mu, y había pasión en su voz—. Pero ¿qué te importa a ti? Soportas la terrible carga de la voz de los dioses.

Wang-mu pronunció su última frase con un sarcasmo tan desdeñoso que Qing-jao casi se rió en voz alta, pero se contuvo. No había ningún motivo para hacer que la muchacha se enfadara más de lo que ya lo estaba.

—Si Wang-mu, hija-del-corazón de la Real Madre del Oeste, te contrataré como mi doncella secreta, pero sólo si estás de acuerdo con las siguientes condiciones. Primero, me dejarás ser tu maestra y estudiarás todas las lecciones que te asigne. Segundo, siempre me hablarás como a una igual y nunca te inclinarás ante mí ni me llamarás «sagrada». Y tercero…

—¿Cómo podría hacer eso? —dijo Wang-mu—. Si no te trato con respeto, los demás dirán que soy indigna. Me castigarán cuando no estés mirando. Las dos caeremos en desgracia.

—Por supuesto que me tratarás con respeto cuando otras personas puedan vernos —declaró Qing-jao—. Pero cuando estemos a solas, nada más que tú y yo, nos trataremos como iguales o te despediré.

—¿La tercera condición?

—Nunca revelarás a nadie ni una sola palabra de lo que te diga.

El rostro de Wang-mu mostró claramente su ira.

—Una doncella secreta no lo hace nunca. En nuestras mentes se colocan barreras.

—Las barreras te ayudan a no decirlo, pero si quieres hacerlo, puedes sortearlas. Y hay quienes intentarán persuadirte para que hables.

Qing-jao pensó en la carrera de su padre, en todos los secretos del Congreso que mantenía en la cabeza. No se los decía a nadie; no tenía nadie en quien confiar excepto, a veces, en Qing-jao. Si Wang-mu resultaba ser fiel, Qing-jao tendría a alguien. Nunca estaría tan solitaria como su padre.

—¿Me comprendes? —preguntó—. Otras personas pensarán que te contrato como doncella secreta. Pero tú y yo sabremos que en realidad vienes a ser mi estudiante, y yo te traigo para que seas mi amiga.

Wang-mu la miró, asombrada.

—¿Por qué haces eso, cuando los dioses ya te han dicho cómo soborné al capataz para que me dejara estar en tu cuadrilla y no interrumpirnos mientras hablara contigo?

Los dioses no le habían dicho nada de eso, por supuesto, pero Qing-jao tan sólo sonrió.

—¿Por qué no piensas que tal vez los dioses quieran que seamos amigas?

Avergonzada, Wang-mu dio una palmada y se rió con nerviosismo. Qing-jao cogió las manos de la muchacha y descubrió que estaba temblando. Así que no era tan atrevida como parecía.

Wang-mu bajó la cabeza y Qing-jao siguió su mirada. Las manos estaban cubiertas de tierra y lodo, reseco ahora porque llevaban de pie mucho tiempo, sin tocar con ellas el agua.

—Estamos muy sucias —observó Wang-mu.

Hacía tiempo que Qing-jao había aprendido a no dar importan-cia a la suciedad de la labor virtuosa, para lo que no se requería ningún castigo.

—He tenido las manos mucho más sucias que ahora. Ven conmigo cuando nuestra labor virtuosa haya terminado. Le contaré nuestro plan a mi padre, y él decidirá si puedes ser mi doncella secreta.

La expresión de Wang-mu se agrió. Qing-jao se alegró de que su rostro no fuera tan inescrutable.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Los padres siempre lo deciden todo —se lamentó Wang-mu.

Qing-jao asintió, preguntándose por qué Wang-mu se molestaba en decir algo tan obvio.

—Ése es el principio de la sabiduría —dijo—. Además, mi madre está muerta.

La labor virtuosa siempre terminaba a primeras horas del atardecer. Oficialmente, era para que la gente que vivía lejos de los campos tuviera tiempo de regresar a su casa. En realidad, era en reconocimiento de la costumbre de celebrar una fiesta al final de la labor. Como habían trabajado sin descanso durante toda la hora de la siesta, mucha gente se sentía mareada después de la labor virtuosa, como si hubieran permanecido despiertos toda la noche. Otros se sentían torpes y vacilantes. Todo era una excusa para beber y cenar con los amigos, y luego desplomarse en la cama temprano para compensar el sueño perdido y el duro trabajo del día.

Qing-jao era de las que se sentían agotadas; Wang-mu era obviamente de las alegres. O tal vez se debía simplemente al hecho de que la Flota Lusitania pesaba sobre la mente de Qing-jao, mientras que Wang-mu acababa de ser aceptada como doncella secreta por una muchachita a quien hablaban los dioses. Qing-jao guió a Wang-mu a través de los trámites para solicitar empleo en la Casa de Han (lavarse, tomar las huellas, la comprobación de seguridad), hasta que finalmente se hartó de escuchar la voz temblorosa de Wang-mu y se retiró.

Mientras subía las escaleras hacia su habitación, Qing-jao oyó que Wang-mu preguntaba temerosamente:

—¿He ofendido a mi nueva señora?

Y Ju Kung-mei, el guardián de la casa, respondió:

—La agraciada responde a otras voces aparte de la tuya, pequeña.

Fue una respuesta amable. Qing-jao admiraba con frecuencia el tacto y la sabiduría de aquellos a quienes su padre había contratado. Se preguntó si habría elegido con el mismo acierto en su primer contrato.

En ese momento supo que se había precipitado al tomar una decisión tan rápida, sin consultar antes a su padre. Wang-mu resultaría inadecuada, y su padre la reprendería por haber actuado alocadamente.

Imaginar el reproche de su padre bastó para provocar el reproche inmediato de los dioses. Qing-jao se sintió sucia. Se apresuró a su habitación y cerró la puerta. Resultaba amargamente irónico que pudiera pensar hasta la saciedad lo odioso que era ejecutar los rituales que los dioses exigían, lo vacía que era su adoración, pero al pensar deslealmente en su padre o el Congreso Estelar tenía que cumplir una penitencia inmediatamente.

Por norma se pasaba media hora, una hora, quizá más, resistiendo la necesidad de la penitencia, soportando su propia suciedad. Hoy, sin embargo, ansiaba el ritual de purificación. A su modo, el ritual tenía sentido, estructura, principio y fin, reglas que seguir. No como el problema de la Flota Lusitania.

Tras arrodillarse, eligió deliberadamente la veta más estrecha y débil de la tabla más clara que encontró. Ésa sería una penitencia dura: tal vez los dioses la juzgarían lo bastante limpia para mostrarle la solución del problema que su padre le había planteado. Tardó media hora en cruzar la habitación, pues constantemente perdía la veta y tenía que empezar de nuevo una y otra vez.

Al final, exhausta por la labor virtuosa y con los ojos irritados por seguir las líneas, ansió desesperadamente el sueño. En cambio, se sentó en el suelo ante su terminal y solicitó el resumen de su trabajo hasta el momento. Después de examinar y eliminar todos los absurdos inútiles que se habían acumulado durante la investigación, Qing-jao se había quedado con tres amplias categorías de posibilidad. Primero, que la desaparición obedeciera a algún hecho natural que, a la velocidad de la luz, no resultara visible a los astrónomos que observaban el cielo. Segundo, la pérdida de las comunicaciones ansibles fue el resultado de un sabotaje o de una decisión de la propia flota. Tercero, que la pérdida de las comunicaciones se debiera a una conspiración planetaria.

La primera hipótesis quedaba virtualmente eliminada por la forma en que viajaba la flota. Las naves no estaban suficientemente cerca para que ningún fenómeno natural conocido las destruyera simultáneamente. La flota no se había encontrado antes de partir: el ansible hacía que esas cosas fueran una pérdida de tiempo. En cambio, todas las naves se dirigieron a Lusitania desde el lugar donde se encontraban cuando fueron asignadas a la flota. Incluso ahora, con sólo un año aproximado de viaje antes de colocarse todas en la órbita de la estrella de Lusitania, estaban tan separadas que ningún hecho natural concebible podría haberlas afectado a todas a la vez.

La segunda categoría podía considerarse casi tan improbable por el hecho de que la flota entera había desaparecido, sin excepción. ¿Podía algún plan humano funcionar con tanta perfección y eficiencia, y sin dejar ninguna prueba de su preparación en ninguna de las bases de datos o perfiles de personalidad o diarios de comunicación que se mantenían en los ordenadores planetarios? Tampoco había la más leve evidencia de que nadie hubiera alterado o escondido ningún dato, o enmascarado las comunicaciones para evitar dejar rastros. Si era un plan de la flota, no existía ninguna prueba, ni engaño, ni error.

La misma falta de evidencias hacía que la idea de una conspiración planetaria fuera aún más improbable. Por otra parte, el carácter simultáneo de la desaparición de la flota hacía que todas las posibilidades fueran aún menos dignas de crédito.

Por lo que podían determinar, todas las naves habían roto las comunicaciones ansibles casi en el mismo momento exacto. Podría haber una diferencia de segundos, quizás incluso de minutos, pero en cualquier caso no llegaron a cinco, ni hubo una abertura suficientemente amplia para que nadie a bordo de una nave hiciera ninguna observación de la desaparición de otra.

El resumen era elegante en su simpleza. No quedaba nada. La evidencia era tan completa como podría llegar a serlo jamás, y hacía inconcebible cualquier explicación imaginable.

«¿Por qué me ha hecho esto mi padre?», se preguntó, y no por primera vez.

Inmediatamente (como de costumbre), se sintió sucia por formular esa pregunta, por dudar de la perfecta corrección de su padre en todas las decisiones. Necesitaba lavarse, sólo un poco, para anular la impureza de su duda.

Pero no se lavó. En cambio, dejó que la voz de los dioses se hinchara en su interior, que su orden se volviera más urgente. Esta vez no resistía por un virtuoso deseo de volverse más disciplinada. Esta vez intentaba deliberadamente atraer la máxima atención posible de los dioses. Sólo cuando jadeaba ya con la necesidad de lavarse, sólo cuando se estremecía ante el contacto más casual con su propia carne (una mano que rozara una rodilla), sólo entonces dio voz a su pregunta.

—Vosotros lo hicisteis, ¿verdad? —interrogó a los dioses—. Lo que ningún ser humano pudo hacer, debisteis hacerlo vosotros. Extendisteis la mano y acabasteis con la Flota Lusitania.

La respuesta vino, no en palabras, sino en la necesidad cada vez mayor de purificarse.

—Pero el Congreso y el almirantazgo no pertenecen al Sendero. No pueden imaginar la puerta dorada de la Ciudad de la Montaña de Jade del Oeste. Si mi padre les dice: «Los dioses robaron vuestra flota para castigaros por vuestra maldad», sólo lo despreciarán. Si lo desprecian a él, a nuestro mayor estadista vivo, nos despreciarán también a nosotros. Y si Sendero es deshonrado a causa de mi padre, eso lo destruirá. ¿Por eso lo hicisteis?

Empezó a llorar.

—No os dejaré destruir a mi padre. Encontraré otro medio. Encontraré una respuesta que los complazca. ¡Os desafío!

En cuanto pronunció las palabras, los dioses le enviaron la más abrumadora sensación de su propia abominable suciedad que había experimentado jamás. Fue tan intensa que se quedó sin respiración, y cayó hacia delante, agarrándose al terminal. Intentó hablar, suplicar perdón, pero sólo logró farfullar, mientras deglutía con fuerza para no vomitar. Sentía como si sus manos estuvieran esparciendo limo sobre todo lo que tocaba; mientras luchaba por ponerse en pie, la túnica se le pegó a la piel como si estuviera cubierta de densa grasa negra.

Pero no se lavó. Ni cayó al suelo para seguir líneas en las vetas de la madera. En cambio, avanzó tambaleándose hacia la puerta, con la intención de bajar a la habitación de su padre.

La puerta se lo impidió. No físicamente (se abrió tan fácilmente como siempre), pero no fue capaz de franquearla. Había oído hablar de estas cosas, cómo los dioses capturaban a sus siervos desobedientes en las puertas, pero a ella nunca le había sucedido. No podía comprender cómo estaba retenida. Su cuerpo era libre de moverse. No había ninguna barrera. Sin embargo, sentía una amenaza tan asfixiante ante la idea de atravesar la puerta que comprendió que no podría hacerlo, que los dioses requerían algún tipo de penitencia, algún tipo de purificación o nunca la dejarían salir de la habitación. No era seguir las vetas de la madera, ni lavarse las manos. ¿Qué exigían los dioses?

Entonces, de repente, supo por qué los dioses no la dejaban atravesar la puerta. Era el juramento que su padre le había requerido por el bien de su madre. El juramento de que siempre serviría a los dioses, sin importar lo que sucediera. Y aquí había estado al borde del desafío. «¡Madre, perdóname! No desafiaré a los dioses. Pero debo ir a mi padre y explicarle la terrible situación en la que nos han colocado los dioses. ¡Madre, ayúdame a atravesar esta puerta!» Como en respuesta a su súplica, se le ocurrió cómo podría atravesarla. Sólo tenía que fijar la mirada en un punto en el aire justo ante la esquina superior derecha de la puerta, y sin apartar la mirada de ese punto, atravesar de espaldas la puerta con el pie derecho, sacar la mano izquierda, luego girar hacia la izquierda, arrastrar hacia atrás la pierna izquierda hasta atravesar la puerta, luego avanzar el brazo derecho. Fue complicado y difícil, como un baile, pero moviéndose lentamente, con mucho cuidado, logró hacerlo. La puerta la liberó. Y aunque todavía sentía la presión de su propia suciedad, parte de la intensidad se había difuminado. Era soportable. Podía respirar sin jadear, hablar sin tartamudeos.

Bajó las escaleras y llamó al timbre ante la puerta de su padre.

—¿Es mi hija, mi Gloriosamente Brillante? —preguntó el padre.

—Sí, noble señor-dijo Qing-jao.

—Estoy dispuesto a recibirte.

Abrió la puerta de su padre y entró en la habitación; esta vez no hizo falta ningún ritual. Se dirigió al lugar donde estaba sentado ante su terminal y se arrodilló ante él en el suelo.

—He examinado a tu Si Wang-mu, y creo que tu primer contrato ha sido digno —dijo su padre.

Las palabras tardaron un momento en adquirir significado. ¿Si Wang-mu? ¿Por qué le hablaba su padre de una antigua diosa? Alzó la cabeza, sorprendida, y entonces miró hacia donde su padre estaba mirando: a una joven criada con una limpia túnica gris, arrodillada humildemente, mirando al suelo. Tardó un instante en recordar a la niña del arrozal, en recordar que iba a ser su doncella secreta. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Sólo habían transcurrido unas pocas horas desde que la dejó. Sin embargo, en ese tiempo, Qing-jao había luchado contra los dioses, y si no había vencido, al menos no había resultado derrotada. ¿Qué era el contrato de una sirvienta comparada con una batalla con los dioses?

—Wang-mu es impertinente y ambiciosa —continuó su padre—, pero también es honesta y mucho más inteligente de lo que podrías suponer. Supongo por su mente brillante y su clara ambición que las dos pretendéis que sea tu alumna además de tu doncella secreta.

Wang-mu jadeó, y cuando Qing-jao la miró, vio lo aterrada que parecía la muchacha. «Oh, sí, debe de creer que yo sospecho que le ha contado a mi padre nuestro plan secreto.»

—No te preocupes, Wang-mu —intervino Qing-jao—. Mi padre casi siempre adivina los secretos. Sé que no se lo has dicho.

—Desearía que hubiera más secretos tan sencillos como éste —suspiró el padre—. Hija mía, alabo tu digna generosidad. Los dioses te honrarán por esto, como lo hago yo.

Las palabras de alabanza fueron como un ungüento para una herida punzante. Tal vez por eso su rebeldía no la había destruido, por eso algún dios se había apiadado de ella y le había mostrado cómo atravesar la puerta de su habitación. Porque había juzgado a Wang-mu con piedad y sabiduría, olvidando la impertinencia de la niña. La propia Qing-jao estaba siendo perdonada, al menos un poco, por su atrevimiento.

«Wang-mu no se arrepiente de su ambición —pensó Qing-jao—… Yo tampoco me arrepentiré de la decisión que he tomado. No debo permitir que mi padre sea destruido porque no puedo encontrar, o inventar, una explicación no divina a la desaparición de la Flota Lusitania. Sin embargo, ¿cómo puedo desafiar los designios de los dioses? Han escondido o destruido la flota. Las obras de los dioses deben ser reconocidas por sus obedientes siervos, aunque deban permanecer ocultas a los no creyentes de otros mundos.»

—Padre —dijo Qing-jao—, debo hablar contigo de mi tarea.

Su padre malinterpretó su vacilación.

—Podemos hablar delante de Wang-mu. Ha sido contratada para ser tu doncella secreta. Ya hemos enviado el contrato a su padre y se han sugerido las primeras barreras de intimidad en su mente. Podemos confiar en que nos oirá y no lo contará nunca.

—Sí, padre —acató Qing-jao. En realidad, había vuelto a olvidar que Wang-mu estaba allí—. Padre, sé quién ha escondido la Flota Lusitania. Pero debes prometerme que nunca se lo dirás al Congreso Estelar.

Su padre, que por lo general era tranquilo, pareció levemente inquieto.

—No puedo hacer semejante promesa —respondió—. Sería indigno de mí convertirme en un sirviente desleal.

¿Qué podía hacer ella, entonces? ¿Cómo podía hablar? Sin embargo, ¿cómo podía no hacerlo?

—¿Quién es tu amo? —gritó—. ¿El Congreso o los dioses?

—Primero los dioses —contestó él—. Siempre son lo primero.

—Entonces, debo decirte que he descubierto que los dioses son los que han escondido la flota, padre. Pero si le dices esto al Congreso, se burlarán de ti y quedarás arruinado. —Entonces se le ocurrió otra idea—. Si fueron los dioses quienes detuvieron la flota, padre, entonces la flota debe haber ido en contra de los dioses después de todo. Y si el Congreso Estelar envió a la flota contra la voluntad de…

Su padre alzó una mano para demandar silencio. Ella se interrumpió inmediatamente e inclinó la cabeza. Esperó.

—Por supuesto que son los dioses —convino su padre.

Sus palabras fueron a la vez un alivio y una humillación. «Por supuesto», había dicho. ¿Lo había sabido desde el principio?

—Los dioses hacen todas las cosas que suceden en el universo. Pero no asumas que sabes el porqué. Dices que deben haber detenido la flota porque se oponían a su misión. Pero yo digo que el Congreso no podía haberla enviado en primer lugar si los dioses no lo hubieran querido. Así pues, ¿por qué no podría ser que los dioses detuvieran a la flota porque su misión era tan ingente y noble que la humanidad no era digna de ella? ¿Y si ocultaron a la flota para proporcionarte una prueba difícil para ti? Una cosa es segura: los dioses han permitido que el Congreso Estelar gobierne a la mayoría de la humanidad. Mientras ostenten el mandato del cielo, los habitantes de Sendero seguiremos sus edictos sin oposición.

—No pretendía oponerme…

No pudo terminar una falsedad tan evidente.

Su padre comprendió perfectamente, por supuesto.

—Oigo que tu voz se apaga y tus palabras se pierden en la nada. Esto es porque sabes que tus palabras no son ciertas. Pretendes oponerte al Congreso Estelar, a pesar de todo lo que te he enseñado. —Entonces su voz se volvió más amable—. Pretendías hacerlo por mi bien.

—Eres mi antepasado. Te debo más a ti que a ellos.

—Soy tu padre. No me convertiré en tu antepasado hasta que haya muerto.

—Por el bien de madre, entonces. Si ellos pierden el mandato del cielo, entonces seré su más terrible enemiga, pues serviré a los dioses. —Sin embargo, mientras hablaba, comprendió que sus palabras eran una peligrosa verdad a medias. Hasta hacía tan sólo unos minutos, hasta que quedó atrapada en la puerta, ¿no había estado dispuesta a desafiar incluso a los dioses por el bien de su padre? «Soy una hija indigna y terrible», pensó.

—Te digo ahora, mi hija Gloriosamente Brillante, que oponerse al Congreso nunca será por mi bien. Ni por el tuyo tampoco. Pero te perdono por amarme en exceso. Es el más dulce y amable de tos vicios.

Sonrió. Eso calmó su agitación, aunque sabía que no merecía la aprobación de su padre. Qing-jao pudo pensar de nuevo, para volver a su rompecabezas.

—Sabías que los dioses hicieron esto, y sin embargo me hiciste buscar la respuesta.

—Pero ¿te has formulado la pregunta adecuada? —dijo su padre—. La cuestión que necesitamos responder es: ¿Cómo lograron los dioses que fuera posible?

—¿Cómo puedo saberlo? —dijo Qing-jao—. Podrían haber destruido la flota, u ocultarla, o llevarla a algún lugar secreto del Oeste…

—¡Qing-jao! Mírame. óyeme bien.

Ella lo miró. Su orden tajante la ayudó a calmarla, a centrarse.

—Esto es algo que he intentado enseñarte toda tu vida, pero ahora tienes que aprenderlo, Qing-jao. Los dioses son la causa de todo lo que sucede, pero siempre actúan bajo disfraz. ¿Me oyes?

Ella asintió. Había oído aquellas palabras cientos de veces.

—Oyes y sin embargo no me comprendes, ni siquiera ahora. Los dioses han elegido al pueblo de Sendero, Qing-jao. Sólo nosotros tenemos el privilegio de oír su voz. Sólo a nosotros se nos permite comprender que son la causa de todo lo que es y todo lo que será. Para todas las demás personas, sus obras permanecen ocultas, son un misterio. Tu tarea no consiste en descubrir la auténtica causa de la desaparición de la Flota Lusitania…, todo Sendero sabría de inmediato que la verdadera causa es que los dioses desearon que sucediera. Tu tarea radica en descubrir el disfraz que los dioses han creado para este caso.

Qing-jao se sintió mareada, aturdida. Había estado segura de que tenía la respuesta, de que había cumplido su misión. Ahora todo se le escapaba. La respuesta seguía siendo verdad, pero su tarea había cambiado radicalmente.

—Ahora mismo, porque no podemos encontrar una explicación natural, los dioses se revelan para que toda la humanidad los vea, los no creyentes y los creyentes por igual. Los dioses están desnudos y nosotros debemos vestirlos. Debemos encontrar la serie de hechos que los dioses han creado para explicar la desaparición de la flota, para hacer que parezca natural a los no creyentes. Creía que lo comprendías. Servimos al Congreso Estelar, pero sólo porque sirviendo al Congreso servimos también a los dioses. Los dioses desean que engañemos al Congreso, y el Congreso desea ser engañado.

Qing-jao asintió, aturdida por la decepción de ver que su tarea todavía no había finalizado.

—¿Te parece despiadado por mi parte? —preguntó su padre—. ¿Soy deshonesto? ¿Soy cruel con los no creyentes?

—¿Juzga una hija a su padre? —susurró Qing-jao.

—Por supuesto que sí. Todos los días las personas se juzgan unas a otras. La cuestión es si juzgamos con sabiduría.

—Entonces, considero que no es pecado hablar a los no creyentes en la lengua de su incredulidad —replicó Qing-jao.

¿Había una sonrisa en las comisuras de la boca de su padre?

—Comprendes —dijo—. Si alguna vez el Congreso viene a nosotros, buscando humildemente averiguar la verdad, entonces les enseñaremos el Camino y se convertirán en parte del Sendero. Hasta entonces, servimos a los dioses ayudando a los no creyentes a engañarse a sí mismos pensando que todas las cosas suceden porque tienen explicaciones naturales.

Qing-jao se inclinó hasta que su cabeza casi tocó el suelo.

—Has intentado enseñarme esto muchas veces, pero hasta ahora, nunca había tenido una tarea a la que se aplicara este principio. Perdona la estupidez de tu indigna hija.

—No tengo ninguna hija indigna-aseguró su padre—. Sólo tengo a mi hija que es Gloriosamente Brillante. El principio que has aprendido hoy es uno que pocos en Sendero comprenderán jamás de verdad. Por eso sólo unos pocos podemos tratar directamente con gente de otros mundos sin confundirlos o contrariarlos. Me has sorprendido hoy, hija, no porque no hubieras comprendido aún, sino porque has llegado a comprenderlo tan joven. Yo tenía casi diez años más que tú cuando lo descubrí.

—¿Cómo puedo aprender algo antes que tú, padre?

La idea de superar uno de sus logros parecía casi inconcebible.

—Porque me tienes a mí para enseñarte, mientras que yo tuve que descubrirlo solo. Veo que te asusta pensar que tal vez has aprendido algo siendo más joven que yo. ¿Crees que me deshonraría verme superado por mi hija? Al contrario: no puede existir mayor honor para un padre que tener un hijo más grande que él.

—Yo nunca podré ser más grande que tú, padre.

—En cierto sentido, eso es cierto, Qing-jao. Porque eres mi hija, todas tus obras están incluidas dentro de las mías, como un subconjunto de mí, igual que todos nosotros somos subconjuntos de nuestros antepasados. Pero tienes tanto potencial para la grandeza en tu interior que a mi entender llegará un momento en que seré considerado más grande debido a tus obras que a las mías. Si alguna vez la gente de Sendero me juzga digno de algún honor singular, será al menos tanto por tus logros como por los míos.

Con eso, su padre se inclinó ante ella, no de forma cortés para indicar que se marchara, sino como señal de profundo respeto, casi tocando el suelo con la cabeza. No del todo, pues casi habría sido una burla que lo hiciera en honor a su propia hija. Pero sí cuanto la dignidad permitía.

Aquello la confundió por un momento, la asustó. Entonces comprendió. Cuando su padre daba a entender que su probabilidad de ser elegido dios de Sendero dependía de la grandeza de ella, no hablaba de algún vago evento futuro. Hablaba del aquí y del ahora. Hablaba de su tarea. Si ella podía encontrar el disfraz de los dioses, la explicación natural a la desaparición de la Flota Lusitania, entonces su elección como dios de Sendero quedaría asegurada. Hasta este punto confiaba en ella. Hasta este punto era importante su tarea. ¿Qué era su mayoría de edad, comparada con la deificación de su padre? Debía trabajar con más ahínco, pensar mejor, y tener éxito donde todos los recursos de los militares y el Congreso habían fracasado. No por ella misma, sino por su madre, por los dioses,, y por la oportunidad de su padre de convertirse en uno de ellos.

Qing-jao se retiró de la habitación de su padre. Hizo una pausa en la puerta y miró a Wang-mu. Un mirada de la agraciada por los dioses bastó para indicar a la muchacha que la siguiera.

Cuando Qing-jao llegó a su habitación, temblaba con la necesidad acumulada de purificación. Todos sus errores de aquel día, su rebelión contra los dioses, su negativa a aceptar la purificación antes, su estupidez al no comprender su verdadera tarea, la abrumaban ahora. No es que se sintiera sucia: no quería lavarse ni sentía autorrepulsa. Después de todo, su indignidad se había visto compensada por la alabanza de su padre, por el dios que le mostró cómo atravesar la puerta. Además, el hecho de que Wang-mu hubiera demostrado ser una buena elección era una prueba que Qing-jao había pasado, y también audazmente. Así que no era su vileza lo que la hacía temblar. Estaba ansiosa de purificación. Anhelaba que los dioses estuvieran con ella mientras los servía. Sin embargo, ninguna penitencia que conociera bastaría para calmar su ansiedad.

Entonces lo supo: debía seguir una línea en cada tabla de la habitación.

Eligió de inmediato su punto de partida, la esquina sureste: seguiría cada línea de la pared este, de forma que sus rituales se dirigieran todos hacia el oeste, hacia los dioses. Lo. último sería la tabla más pequeña de la habitación, de menos de un metro de largo, en el rincón noroeste. El hecho de que la última pista fuera tan breve y fácil sería su recompensa.

Oyó que Wang-mu entraba suavemente en la habitación tras ella, pero Qing-jao no tenía tiempo ahora para los mortales. Los dioses esperaban. Se arrodilló en el pasillo, escrutó las vetas para encontrar una que los dioses quisieran que siguiera. Por lo general tenía que elegir ella misma, y siempre lo hacía con la más difícil, para que los dioses no la despreciaran. Pero esta noche estaba llena de la seguridad de que los dioses elegían por ella. La primera línea fue gruesa, ondulada pero fácil de ver. ¡Ya se mostraban piadosos! El ritual de esta noche sería casi una conversación entre ella y los dioses. Hoy había atravesado una barrera invisible: se había acercado más a la clara comprensión de su padre. Tal vez algún día los dioses le hablarían con la claridad con que la gente llana creía que todos los agraciados oían.

—Sagrada —llamó Wang-mu.

Fue como si la alegría de Qing-jao estuviera hecha de cristal y Wang-mu la hubiera roto deliberadamente. ¿No sabía que cuando un ritual se interrumpía había que empezar de nuevo? Qing-jao se alzó sobre sus rodillas y se volvió hacia la niña.

Wang-mu debió de ver la furia en su cara, pero no la comprendió.

—Oh, lo siento —dijo de inmediato, cayendo de rodillas e inclinando la cabeza hasta el suelo—. Olvidé que no debo llamarte «sagrada». Sólo quería preguntarte qué estás buscando, para ayudarte.

Qing-jao casi se echó a reír ante tanta confusión. Naturalmente, Wang-mu no tenía ni idea de que los dioses le estaban hablando. Ahora, interrumpida su furia, Qing-jao se avergonzó de ver cómo la muchacha temía su ira. Le pareció mal que Wang-mu tuviera la cabeza en el suelo. No le gustaba ver a otra persona tan humillada.

«¿Cómo la he asustado tanto? Yo estaba llena de alegría, porque los dioses me hablaban claramente. Pero mi alegría era tan egoísta que cuando me interrumpió en su inocencia, le volví la cara con odio. ¿Es así como respondo a los dioses? ¿Ellos me muestran un rostro de amor, y yo lo traduzco en odio hacia la gente, sobre todo a quien está en mi poder? Una vez más, los dioses han encontrado un medio de mostrarme mi indignidad.»

—Wang-mu, no debes interrumpirme cuando me encuentres agachada así en el suelo.

Entonces le explicó el ritual purificador que los dioses le exigían.

—¿Debo hacerlo yo también? —preguntó Wang-mu.

—No, a menos que los dioses te lo ordenen.

—¿Cómo lo sabré?

—Si no te ha sucedido ya a tu edad, Wang-mu, probablemente no lo harán nunca. Pero si sucediera, lo sabrías, porque no tendrías poder para resistir a la voz de los dioses en tu mente.

Wang-mu asintió con gravedad.

—¿Cómo puedo ayudarte…, Qing-jao? —pronunció el nombre de su señora con cuidado, con reverencia.

Por primera vez, QÍng-jao advirtió que su nombre, que sonaba dulcemente afectuoso cuando su padre lo decía, podía parecer exaltado cuando se pronunciaba con tanta reverencia. Ser llamada Gloriosamente Brillante en un momento en que Qing-jao era agudamente consciente de su falta de brillo resultaba casi doloroso. Pero no prohibiría a Wang-mu que usara su nombre: la muchacha tenía que llamarla de alguna manera, y su tono reverente serviría a Qing-jao como un constante recordatorio irónico de lo poco que lo merecía.

—Puedes ayudarme no interrumpiéndome-dijo Qing-jao.

—¿Me marcho, entonces?

Qing-jao estuvo a punto de asentir, pero entonces advirtió que por algún motivo los dioses querían que Wang-mu formara parte de esta penitencia. ¿Cómo lo sabía? Porque la idea de que Wang-mu se marchara parecía casi tan insoportable como el conocimiento de su labor sin terminar.

—Quédate, por favor. ¿Puedes esperar en silencio? ¿Observándome?

—Sí…, Qing-jao.

—Si tardo tanto que no puedes soportarlo, puedes marcharte. Pero sólo cuando me veas moverme del oeste al este. Eso significa que estoy entre pistas, y no me distraerá tu marcha, aunque no debes hablarme.

Los ojos de Wang-mu se ensancharon.

—¿Vas a hacer esto con cada veta de la madera de cada tabla del suelo?

—No —respondió Qing-jao. ¡Los dioses nunca serían tan crueles!

Pero incluso mientras lo pensaba, Qing-jao supo que algún día podría llegar el momento en que los dioses le exigieran exactamente esa penitencia. Aquello la hizo sentirse enferma de miedo—. Únicamente una línea en cada tabla de la habitación. Observa conmigo, ¿quieres?

Vio que Wang-mu miraba el indicador de tiempo que brillaba en el aire sobre su terminal. Ya era la hora de dormir, y las dos habían pasado por alto su siesta. No era natural que los seres humanos pasaran tanto tiempo sin dormir. Los días de Sendero eran una mitad más largos que los de la Tierra, así que nunca trabajaban siguiendo los ciclos internos del cuerpo humano. Saltarse la siesta y luego retrasar el sueño era muy duro.

Pero Qing-jao no tenía elección. Y si Wang-mu no podía permanecer despierta, tendría que marcharse ahora, aunque los dioses se resistieran a esa idea.

—Debes permanecer despierta —dijo Qing-jao—. Si te quedas dormida, tendré que hablarte para que te muevas y no tapes algunas de las líneas que tengo que seguir. Y si te hablo, tendré que empezar de nuevo. ¿Puedes permanecer despierta, silenciosa y sin moverte?

Wang-mu asintió. A Qing-jao le pareció que ésa era su intención, pero no creía que la muchacha fuera capaz de hacerlo. Sin embargo, los dioses insistían en que dejara quedarse a su nueva doncella secreta; ¿quién era Qing-jao para rehusar lo que los dioses le pedían?

Qing-jao regresó a la primera tabla y empezó su trabajo otra vez. Para su alivio, los dioses estaban aún con ella. Tabla tras tabla, le daban la veta más fácil para seguir; y cuando, de vez en cuando, se le daba una difícil, sucedía invariablemente que la veta fácil se difuminaba o desaparecía en el borde de la tabla. Los dioses se preocupaban por ella.

En cuanto a Wang-mu, la muchacha se esforzó cuanto pudo. Dos veces, al retroceder desde el oeste para empezar de nuevo en el este, Qing-jao miró a Wang-mu y la vio dormida. Pero cuando empezó a pasar cerca del lugar donde estaba tendida, descubrió que su doncella secreta se había despertado y cambiado a un sitio que ya había seguido, tan silenciosamente que Qing-jao ni siquiera había oído sus movimientos. Buena chica. Una elección digna.

Por fin, Qing-jao alcanzó el principio de la última tabla, una corta situada en el rincón. Estuvo a punto de hablar en voz alta, tal fue su alegría, pero se contuvo a tiempo. El sonido de su propia voz y la inevitable respuesta de Wang-mu seguramente la enviarían de nuevo al comienzo, sería una locura insoportable. Qing-jao se inclinó sobre el principio de la tabla, ya a menos de un metro de la esquina noroeste de la habitación, y empezó a seguir la línea más definida, que la condujo derecha a la pared. Había terminado.

Qing-jao se desplomó contra la pared y empezó a reír, aliviada. Pero estaba tan débil y cansada que la risa debió de parecer un llanto a Wang-mu. En unos instantes la muchacha se colocó a su lado y le tocó el hombro.

—Qing-jao —dijo—. ¿Sientes dolor?

Qing-jao cogió la mano de la muchacha y la sostuvo.

—No. O al menos no es un dolor que no pueda remediar el sueño. He terminado. Estoy limpia.

Tan limpia, de hecho, que no sintió repugnancia cuando cogió la mano de Wang-mu, piel a piel, sin suciedad de ninguna clase. Era un regalo de los dioses tener a alguien a quien coger de la mano cuando su ritual acababa.

—Lo has hecho muy bien —sonrió Qing-jao—. Me resultó más fácil concentrarme en las líneas contigo en la habitación.

—Creo que me quedé dormida una vez, Qing-jao.

—Tal vez dos. Pero te despertaste cuando importaba, y no hubo ningún daño.

Wang-mu empezó a sollozar. Cerró los ojos pero no apartó la mano de Qing-jao para cubrirse la cara. Simplemente, dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas.

—¿Por qué lloras, Wang-mu?

—No lo sé. Realmente es difícil ser una agraciada por los dioses. No lo sabía.

—Y también es difícil ser una verdadera amiga de los agraciados —dijo Qing-jao—. Por eso no quería que fueras mi sirvienta, me llamaras «sagrada» y temieras el sonido de mi voz. A ese tipo de servidora la tendría que echar de mi habitación cuando los dioses me hablaran.

Las lágrimas de Wang-mu arreciaron.

—Si Wang-mu, ¿te resulta demasiado penoso estar conmigo? —preguntó Qing-jao.

Wang-mu sacudió la cabeza.

—Si alguna vez se te hace demasiado difícil, lo comprenderé. puedes dejarme entonces. Antes estaba sola. No tengo miedo de volver a estarlo.

Wang-mu sacudió la cabeza, esta vez con decisión.

—¿Cómo podría dejarte, ahora que veo lo difícil que es para ti?

—Entonces un día se escribirá, y se contará en una historia, que Si

Wang-mu nunca dejó a Han Qing-jao durante sus purificaciones. De repente, la sonrisa de Wang-mu se extendió por su cara, y sus ojos se abrieron con un resquicio de alegría, a pesar de que las lágrimas aún brillaban en sus mejillas.

—¿No te has dado cuenta del chiste que has dicho? Mi nombre, Si Wang-mu. Cuando cuenten esa historia, no sabrán si era tu doncella secreta quien estaba contigo. Pensarán que era la Real Madre del Oeste.

Qing-jao se echó a reír también. Pero una idea cruzó su mente: tal vez la Real Madre era una auténtica antepasada-del-corazón de Wang-mu, y al tenerla a su lado, como amiga, Qing-jao también tenía una nueva cercanía con esta diosa que casi era la más vieja de todos los dioses.

Wang-mu tendió sus esterillas para dormir, aunque Qing-jao tuvo que enseñarle cómo. Era el deber de Wang-mu, y Qing-jao tendría que dejarla hacerlo cada noche, aunque nunca le había importado hacerlo ella sola. Mientras se acostaban, con las esterillas juntas para que ninguna veta en la madera apareciera entre ellas, Qing-jao advirtió que una luz grisácea asomaba a través de las rendijas de las ventanas. Habían permanecido despiertas todo el día y toda la noche. El sacrificio de Wang-mu fue noble. Sería una verdadera amiga.

Sin embargo, unos pocos minutos más tarde, cuando Wang-mu se hubo dormido y Qing-jao estaba a punto de sumirse en el sueño, a ésta se le ocurrió preguntarse cómo era que Wang-mu, una muchacha sin dinero, había conseguido sobornar al capataz de la cuadrilla de la labor virtuosa para dejar que le hablara sin interrupción. ¿Podía haber pagado algún espía el soborno, para que pudiera infiltrarse en la casa de Han Fei-tzu? No… Ju Kung-mei, el guardián de la Casa de Han, lo habría descubierto y Wang-mu nunca habría sido contratada. El soborno de la niña no habría sido pagado con dinero. Sólo tenía catorce años, pero Si Wang-mu era ya una muchacha hermosa. Qing-jao había leído suficiente historia y biografía para saber cómo pagaban normalmente las mujeres ese tipo de sobornos.

Sombríamente, Qing-jao decidió que el asunto debía ser investigado con discreción, y el capataz sería despedido en desgracia si se descubría que era cierto. A lo largo de la investigación, el nombre de Wang-mu nunca sería mencionado en público, para protegerla de todo daño. Qing-jao sólo tenía que mencionarlo a Ju Kung-mei y él se encargaría de todo.

Qing-jao miró a la dulce cara de su servidora dormida, su digna nueva amiga, y se sintió abrumada por la tristeza. Lo que más la entristecía, sin embargo, no fue el precio que Wang-mu hubiera pagado al capataz, sino que lo hubiera hecho por un trabajo tan indigno, doloroso y terrible como ser doncella secreta de Han Qing-jao. Si una mujer tenía que vender la puerta de su vientre, como tantas mujeres se habían visto obligadas a hacer a lo largo de toda la historia humana, seguro que los dioses la dejarían recibir a cambio algo de valor.

Por eso Qing-jao se durmió esa mañana aún más firme en su resolución de dedicarse a la educación de Si Wang-mu. No podía dejar que su trabajo educador interfiriera con su lucha con el enigma de la Flota Lusitania, pero dedicaría todo el tiempo posible y le daría a Wang-mu una bendición adecuada en honor a su sacrificio. Seguro que los dioses no esperaban menos de ella, a cambio de haberle enviado a una doncella secreta tan perfecta.

MILAGROS

‹Ender nos ha estado acosando últimamente. Insiste en que ideemos una forma de viajar más rápida que la luz.›

‹Dijisteis que era imposible.›

‹Eso pensamos. Eso piensan los científicos humanos. Pero Ender insiste en que si los ansibles pueden transmitir información, deberíamos poder transmitir materia a la misma velocidad. Eso es una tontería, claro: no hay comparación entre información y realidad física.›

‹¿Por qué ansía tanto viajar más rápido que la luz?›

‹Es una idea absurda, ¿verdad? Llegar a algún sitio antes de que lo hago tu imagen. Como atravesar un espejo para encontrarte a ti mismo al otro lado›

‹Ender y Raíz han hablado mucho acerca de esto. Los he oído. Ender piensa que tal vez materia y energía sólo estén compuestas de información. Esa realidad física no es más que el mensaje que los filotes se transmiten unos a otros.›

‹¿Qué dice Raíz?›

‹Dice que Ender está a medias en lo cierto. Raíz dice que la realidad física es un mensaje… y el mensaje es una pregunta que los filotes hacen continuamente a Dios›

‹¿Cuál es la pregunta?›

‹Dos palabras: ¿Por qué?›

‹¿Y cómo les contesta Dios?›

‹Con vida; Raíz dice que la vida es la manera en que Dios da sentido al universo.›

Toda la familia de Miro fue a recibirlo cuando regresó a Lusitania. Después de todo, lo querían. Y él los amaba también a ellos, y después de un mes en el espacio ansiaba su compañía. Sabía (intelectualmente, al menos) que su mes en el espacio había sido para ellos un cuarto de siglo. Se había preparado para las arrugas en la cara de su madre, incluso para que Grego y Quara fueran adultos en la treintena. Lo que no había previsto, al menos no visceralmente, era qué se hubieran convertido en extraños. No, peor que extraños. Eran extraños que lo compadecían y creían conocerlo y lo trataban como a un niño. Todos eran más viejos que él. Todos ellos. Y todos más jóvenes, porque el dolor y la pérdida no los había tocado de la forma en que lo habían tocado a él.

Ela fue la mejor, como de costumbre. Lo abrazó y lo besó.

—Me haces sentir mortal —le dijo—. Pero me alegro de verte joven.

Al menos tuvo el coraje de admitir que entre ellos había una barrera inmediata, aunque pretendiera que esa barrera era su juventud. Cierto, Miro estaba exactamente tal como lo recordaban. Su rostro, al menos. El hermano perdido durante tanto tiempo había regresado de entre los muertos; el fantasma que viene a atormentar a la familia, eternamente joven. Pero la auténtica barrera era la forma en que se movía. La forma en que hablaba.

Obviamente, habían olvidado lo incapacitado que estaba, lo mal que su cuerpo respondía a su lesión cerebral. El paso vacilante, el habla retorcida y difícil: sus recuerdos habían anulado todas aquellas cosas desagradables y le recordaban como era antes del accidente. Después de todo, sólo llevaba impedido unos pocos meses antes de que se marchara a su viaje dilatador en el tiempo. Resultaba fácil olvidarlo, y recordar en cambio al Miro que habían conocido durante tantos años antes. Fuerte, sano, el único capaz de enfrentarse al hombre que habían llamado padre. No podían ocultar su conmoción. Él notaba en sus vacilaciones, en sus miradas furtivas, el intento de ignorar que su forma de hablar resultaba difícil de entender, que caminaba lentamente.

Él podía sentir su impaciencia. En cuestión de minutos vio que algunos empezaban a buscar excusas para marcharse. Tenían mucho que hacer esta tarde. «Te veré en la cena.» Toda la situación los incomodaba tanto que debían escapar, tomarse su tiempo para asimilar aquella versión de Miro que acababa de volver a ellos, o quizá para planear cómo evitarlo lo máximo posible en el futuro. Grego y Quara fueron los peores, los más impacientes por marcharse, lo que le dolió: antaño le adoraban. Por supuesto, comprendía que por eso les resultaba tan difícil tratar con el Miro roto que encontraban ante ellos. Su visión del antiguo Miro era la más ingenua y por tanto la más dolorosamente contradicha.

—Pensamos en celebrar una gran cena familiar —dijo Ela—. Madre quería, pero se me ocurrió que deberíamos esperar. Darte más tiempo.

—Espero que no me hayáis estado esperando para cenar todo este tiempo —ironizó Miro.

Sólo Ela y Valentine parecieron advertir que estaba bromeando: fueron los únicos en responder de manera natural, con una risita. Los demás, por lo que Miro sabía, ni siquiera habían entendido sus palabras.

Todos se encontraban en la alta hierba que se extendía junto al campo de aterrizaje, su familia entera: su madre, ahora en la sesentena, el cabello gris acero, la cara sombría de intensidad, como siempre. Sólo que ahora la expresión estaba marcada profundamente en las líneas de su frente, en las arrugas junto a la boca. Su cuello era una ruina. Miro advirtió que algún día moriría. No hasta dentro de treinta o cuarenta años, probablemente, pero algún día. ¿Se había dado cuenta antes de lo hermosa que era? Había creído que, de algún modo, casarse con el Portavoz de los Muertos la suavizaría, la rejuvenecería. Y tal vez así había sido, tal vez Andrew Wiggin la había vuelto joven de corazón. Pero el cuerpo seguía siendo lo que el tiempo había hecho de él. Era vieja.

Ela, en la cuarentena. No la acompañaba marido alguno, pero tal vez estaba casada y él simplemente no había venido. Aunque lo más probable era que no lo estuviera. ¿Estaba casada con su trabajo? Parecía sinceramente contenta de verlo, pero ni siquiera ella podía ocultar la expresión de piedad y preocupación. ¿Había esperado que un mes de viajar a la velocidad de la luz lo curaría de algún modo? ¿Había creído que saldría de la lanzadera tan fuerte y osado como un dios que surcara los espacios en alguna vieja novela?

Quim, ahora con la túnica de sacerdote. Jane le había dicho a Miro que su hermano, el que le seguía, era un gran misionero. Había convertido más de una docena de bosques de pequeninos, los había bautizado y, bajo la autoridad del obispo Peregrino, había ordenado sacerdotes entre ellos, para que administraran los sacramentos a su propio pueblo. Bautizaron a todos los pequeninos que emergieron de las madres-árbol, a todas las madres antes de que murieran, a todas las esposas estériles que atendían a las pequeñas madres y sus retoños, a todos los hermanos que buscaban una muerte gloriosa, y a todos los árboles. Sin embargo, sólo las esposas y los hermanos podían recibir la comunión, y en cuanto al matrimonio, resultaba difícil pensar en una forma significativa para ejecutar un rito semejante entre un padre-árbol y las larvas ciegas y sin mente que se emparejaban con ellos. Sin embargo, Miro descubrió en los ojos de Quim una especie de exaltación. Era el brillo del poder bien usado: Quim era el único miembro de la familia Ribera que había sabido toda la vida lo que deseaba hacer. Y ahora lo estaba haciendo. A pesar de las dificultades teológicas, era el san Pablo de los cerdis, y eso lo llenaba de constante alegría. «Has servido a Dios, hermanito, y Dios te ha convertido en su siervo.»

Olhado, con sus ojos plateados resplandeciendo, el brazo alrededor de una mujer hermosa, rodeado por seis niños; el más joven, un bebé; la mayor, una adolescente. Aunque todos los niños miraban con ojos naturales, habían adquirido la expresión alejada de su padre. No fijaban la vista, simplemente se quedaban mirando. Con Olhado, aquello era natural. A Miro le perturbó pensar que tal vez Olhado había engendrado una familia de observadores, registradores ambulantes que acumulaban experiencias para reproducirlas más tarde, pero no se implicaban nunca del todo. Pero no, eso tenía que ser una mala impresión. Miro nunca se había sentido cómodo con Olhado, y cualquiera que fuese el parecido que los hijos de Olhado tuvieran con su padre estaba destinado a hacer que Miro se sintiera también incómodo con ellos. La madre era bastante bonita. Probablemente todavía no tenía los cuarenta años. ¿Qué edad tendría cuando Olhado se casó con ella? ¿Qué tipo de mujer era, para aceptar a un hombre con ojos artificiales? ¿Grababa Olhado cuando hacían el amor, y repetía las imágenes para que ella observara cómo se veía en sus ojos?

Miro se sintió inmediatamente avergonzado por la idea. «¿Es esto todo lo que puedo pensar cuando observo a Olhado… en su deformidad? ¿Después de todos los años que hace que lo conozco? Entonces, ¿cómo puedo esperar que vean en mí algo más que mis deformidades cuando me miren?

Marcharse de aquí fue una buena idea. Me alegro de que Andrew Wiggin la sugiriera. Lo único absurdo es haber vuelto. ¿Por qué estoy aquí?»

Casi contra su voluntad, Miro se volvió hacia Valentine. Ella le sonrió, y le pasó el brazo por los hombros.

—No es tan malo —dijo.

«¿No es tan malo el qué?»

Yo sólo tengo un hermano para recibirme —explicó—. Toda tu familia ha venido a verte.

—Es verdad.

Sólo entonces habló Jane, y su voz le atormentó al oído.

—No toda.

«Cállate», dijo Miro en silencio.

—¿Sólo un hermano? —dijo Andrew Wiggin—. ¿Sólo yo?

El Portavoz de los Muertos dio un paso al frente y abrazó a su hermana. Pero ¿veía Miro incomodidad allí también? ¿Era posible que Valentine y Andrew Wiggin sintieran timidez el uno del otro? Qué risa. Valentine, atrevida como nadie (era Demóstenes, ¿no?), y Wiggin, el hombre que había irrumpido en sus vidas y rehecho su familia sin tener siquiera dá licença. ¿Podían ser tímidos? ¿Podían sentirse extraños?

—Has envejecido miserablemente —observó Andrew—. Fina como un cable: ¿No te mantiene bien Jakt?

—¿No cocina Novinha? —preguntó Valentine—. Además, pareces más estúpido que nunca. He llegado justo a tiempo para ser testigo de tu estado vegetativo mental completo.

—Y yo que creía que venías a salvar el mundo.

—El universo. Pero primero a ti.

Ella volvió a poner un brazo alrededor de Miro, y rodeó a Andrew con el otro. Se dirigió a los demás.

—Sois muchos, pero siento como si os conociera a todos. Espero que pronto sintáis lo mismo hacia mí y mi familia.

Tan simpática. Tan capaz de tranquilizar a la gente. «Incluso a mí —pensó Miro—. Simplemente, maneja a la gente. Igual que hace Andrew Wiggin. ¿Lo aprendió ella de él, o fue al revés? ¿O es algo innato en la familia? Después de todo, Peter fue el manipulador supremo de todos los tiempos, el Hegemón original. Qué familia. Tan extraña como la mía. Sólo que la de ellos es extraña por ser genios, mientras que la mía es extraña por el dolor que compartimos durante muchos años a causa de lo retorcido de nuestras almas. Y yo soy el más extraño, el más dañado de todos. Andrew Wiggin vino a sanar las heridas entre nosotros, y lo hizo bien. Pero las heridas internas, ¿pueden llegar a curarse alguna vez?»

—¿Qué tal una merienda campestre? —preguntó Miro.

Esta vez, todos se echaron a reír. «¿Cómo ha sido, Andrew, Valentine? ¿Los he tranquilizado? ¿He ayudado a calmar las cosas? ¿He ayudado a todos a pretender que se alegran de verme, de que tienen alguna idea de quién soy?»

—Ella quiso venir-dijo Jane al oído de Miro.

«Cállate —repitió Miro—. De todas formas no quiero que venga.»

—Pero te verá más tarde.

«No.»

—Está casada. Tiene cuatro hijos.

«Eso para mí no es nada ahora.»

—No ha pronunciado tu nombre en sueños durante años.

«Creía que eras mi amiga.»

—Lo soy. Puedo leer tu mente.

«Eres una zorra metomentodo y no puedes leer nada.»

—Irá a verte mañana por la mañana. A la casa de tu madre.

«No estaré allí.»

—¿Crees que puedes escapar de esto?

Durante la conversación con Jane, Miro no oyó nada de lo que los otros decían, pero no importaba. El marido y los hijos de Valentine habían salido de la nave, y ella los estaba presentando. Sobre todo a su tío, naturalmente. A Miro le sorprendió ver el respeto con que le hablaban. Pero claro, ellos sabían quién era en

realidad Ender el Xenocida, sí, pero también el Portavoz de los Muertos, el que había escrito la Reina Colmena y el Hegemón. Miro lo sabía ahora, por supuesto, pero cuando conoció a Wiggin fue con hostilidad: sólo era un Portavoz de los Muertos itinerante, un ministro de la religión humanista que parecía decidida a alterar la familia de Miro. Cosa que había hecho. «Creo que tuve más suerte que ellos —pensó Miro—. Llegué a conocerlo como persona antes de conocerlo como una gran figura en la historia humana. Probablemente, ellos nunca lo conocerán como yo.

»En realidad yo tampoco lo conozco en absoluto. No conozco a nadie, y nadie me conoce a mí. Nos pasamos la vida suponiendo lo que pasa dentro de los demás, y cuando tenemos suerte y acertamos, creemos "comprender". Qué tontería. Incluso un mono ante un ordenador puede teclear una palabra de vez en cuando.

»No me conocéis, ninguno —dijo en silencio—. Menos que nadie la zorra metomentodo que vive en mi oído. ¿Has oído eso?»

—Con ese volumen tan alto, ¿cómo podría evitarlo?

Andrew colocaba el equipaje en un coche. Había espacio solamente para un par de pasajeros.

—Miro, ¿quieres venir en el coche con Novinha y conmigo?

Antes de que pudiera responder, Valentine le cogió del brazo.

—Oh, no lo hagas —rogó—. Camina con Jakt y conmigo. Hemos pasado demasiado tiempo en la nave.

—Es verdad —ironizó Andrew—. Su madre no lo ha visto en veinticinco años, pero tú quieres que dé un paseo. Eres todo consideración.

Andrew y Valentine mantenían el tono peleón que habían establecido desde el principio, de forma que no importaba lo que Miro decidiera; lo convertirían entre risas en una elección entre los dos Wiggin. En ningún momento tendría Miro que decir: «Necesito dar un paseo porque estoy lisiado». Ni tendría ninguna excusa para ofenderse porque le habían dispuesto un tratamiento especial. Salió tan bien que se preguntó si Valentine y Andrew lo habían preparado de antemano. Tal vez no tenían que discutir cosas así. Tal vez habían pasado tantos años juntos que sabían cómo cooperar para suavizar las cosas para otras personas sin tener siquiera que hablar de ello. Como actores que han representado los mismos papeles juntos tan a menudo que pueden improvisar sin la más mínima confusión.

—Iré caminando —decidió Miro—. Cogeré el camino largo. Los demás podéis adelantaros.

Novinha y Ela protestaron, pero Miro vio que Andrew ponía la mano sobre el brazo de su esposa, y en cuanto a Ela, guardó silencio cuando Quim le pasó el brazo por los hombros.

—Ven derecho a casa —pidió Ela—. Por mucho que tardes, ven a casa.

—¿Adónde si no? —preguntó Miro.

Valentine no sabía qué hacer con Ender. Era sólo su segundo día en Lusitania, pero estaba segura de que pasaba algo malo. No es que no hubiera causas para que Ender estuviera preocupado, distraído. La había informado de los problemas que tenían los xenobiólogos con la descolada, las tensiones entre Grego y Quara, y por supuesto, siempre estaba la flota del Congreso, amenazándolos con la muerte desde el cielo. Pero Ender se había enfrentado a preocupaciones y tensiones antes, muchas veces en sus años como Portavoz de los Muertos. Se había zambullido en los problemas de naciones y familias, comunidades e individuos, esforzándose por comprenderlos y luego purgar y sanar las enfermedades del corazón. Nunca había respondido como ahora.

O quizá lo había hecho, en una ocasión.

Cuando eran niños y Ender estaba siendo educado para comandar la flota enviada contra todos los mundos insectores, lo enviaron de regreso a la Tierra para pasar unas vacaciones… la calma antes de la última tormenta. Ender y Valentine habían estado separados desde que él tenía cinco años, sin permitírseles siquiera una carta sin supervisar entre ellos. Entonces, de repente, cambiaron de política, y lo enviaron con Valentine. Ender se encontraba en una residencia privada cerca de su ciudad natal, y se pasaba los días nadando y flotando tranquilamente en un lago privado.

Al principio Valentine pensó que todo iba bien y que simplemente se sentía contenta por verlo al fin. Pero pronto comprendió que sucedía algo grave. En aquellos días no conocía a Ender tan a fondo; después de todo, él había estado apartado de ella más de la mitad de su vida. Sin embargo, Valentine supo que no era normal que pareciera tan preocupado. No, no era eso. No estaba preocupado, sino desocupado. Se había apartado del mundo. Y el trabajo de ella era volver a conectarlo. Traerlo de vuelta y mostrarle su lugar en la telaraña de la humanidad.

Como tuvo éxito, Ender pudo volver al espacio y comandar las flotas que destruyeron por completo a los insectores. Desde esa época, su conexión con el resto de la humanidad pareció segura.

Ahora, de nuevo, Ender había vuelto a estar separado de ella media vida. Veinticinco años para Valentine, treinta para él. Y de nuevo parecía apartado. Ella lo estudió mientras los conducía, junto con Miro y Plikt, sobre las interminables praderas de capim.

—Somos como un barquito en el océano —comentó Ender.

—No del todo —respondió ella, recordando la vez que Jakt la llevó en una de las pequeñas lanchas de pesca.

Las olas de tres metros los alzaban, luego los precipitaban en la trinchera abierta tras ellas. En los grandes barcos pesqueros aquellas olas apenas los habían sacudido mientras recorrían cómodamente el mar, pero en la diminuta lancha las olas resultaban abrumadoras. Literalmente sobrecogedor. Valentine tuvo que escurrirse en su asiento en la cubierta y abrazar la plancha con ambas manos antes de poder recuperar el aliento. No había comparación posible entre el salvaje océano y aquella plácida llanura de hierba.

Pero, de nuevo, tal vez la hubiera para Ender. Tal vez cuando contemplaba las hectáreas de capim veía dentro el virus de la descolada, adaptándose malévolamente para masacrar a la humanidad y todas sus especies compañeras. Tal vez para él esta pradera se agitaba y cabriolaba tan brutalmente como el océano.

Los marineros de Trondheim se rieron de ella, no con burla, sino con ternura, como padres que se ríen de los temores de un niño.

—Estas olas no son nada —dijeron—. Tendría que ver las de veinte metros.

Ender estaba tranquilo en apariencia, como lo estuvieron los marineros. Calmado, desconectado. Conversaba con ella y Miro y la silenciosa Plikt, pero seguía rumiando algo. «¿Hay problemas entre Ender y Novinha?» Valentine no los había visto juntos el tiempo suficiente para saber qué era natural entre ellos y qué era forzado; desde luego, no había peleas obvias. Así que tal vez el problema de Ender fuera una barrera creciente con la comunidad de Milagro. Eso cabía en lo posible. Valentine recordaba lo difícil que le resultó ganarse la confianza de los habitantes de Trondheim, y se había casado con un hombre que tenía un enorme prestigio entre ellos. ¿Cómo sería para Ender, casado con una mujer cuya familia entera había estado distanciada siempre del resto de Milagro? ¿Era posible que la curación de este lugar no fuera tan completa como todos suponían?

No. Cuando Valentine se reunió con el alcalde, Kovano Zeljezo, y con el viejo obispo Peregrino aquella mañana, éstos mostraron verdadero afecto hacia Ender. Valentine había asistido a demasiadas reuniones para no distinguir la diferencia entre cortesías formales, hipocresías políticas y amistad genuina. Si Elder se sentía

separado de aquella gente, no era por culpa de ellos.

«Estoy sacando demasiadas conclusiones —pensó Valentine—. Si Ender parece tan extraño y apartado, es porque nosotros hemos estado separados mucho tiempo. O tal vez porque siente timidez ante este joven airado, Miro; o quizás es Plikt, con su silenciosa y calculadora adoración de Ender Wiggin, quien le hace mostrarse distante con nosotros. O acaso no sea más que mi insistencia en que veamos a la reina colmena hoy, de inmediato, incluso antes de entrevistarnos con ninguno de los líderes de los cerdis. No hay ningún motivo que buscar más allá de esta visita para la causa de su desconexión.»

Localizaron primero la ciudad de la reina colmena por la columna de humo.

—Combustibles fósiles —explicó Ender—. Los está quemando a una velocidad preocupante. Normalmente, nunca haría eso las reinas atienden sus mundos con gran cuidado, y nunca producen tantos residuos y hedor. Pero últimamente tiene mucha prisa, y Humano asegura que le han dado permiso para que queme y contamine cuanto sea necesario.

—¿Necesario para qué? —preguntó Valentine.

—Humano no quiere decirlo, ni lo hará la reina colmena, pero tengo mis suposiciones, e imagino que vosotros también.

—¿Esperan los cerdis saltar a una sociedad plenamente tecnológica en una sola generación, confiando en el trabajo de la reina colmena?

—No es probable. Son demasiado conservadores para eso. Quieren aprender cuanto sea posible, pero no les interesa rodearse de máquinas. Recuerda que los árboles de los bosques les dan libre y amablemente todas las herramientas útiles. Lo que nosotros llamamos industria a ellos les parece brutalidad.

—Entonces, ¿qué? ¿Por qué todo este humo?

—Pregúntale a ella-bufó Ender—. Tal vez contigo sea sincera.

—¿La veremos de verdad? —preguntó Miro.

—Oh, sí. O al menos estaremos en su presencia. Puede que incluso nos toque. Pero tal vez cuanto menos veamos, mejor. Normalmente donde vive está oscuro, a menos que esté a punto de poner huevos. En ese momento necesita ver, y las obreras abren túneles para que entre la luz.

—¿No tienen luz artificial? —preguntó Miro.

—Nunca la usan, ni siquiera en las astronaves con las que llegaron al Sistema Solar durante las Guerras Insectoras. Ven el calor como nosotros vemos la luz. Para ellos, cualquier fuente de calor resulta claramente visible. Creo que incluso disponen sus fuentes de calor en pautas que sólo podrían ser interpretadas estéticamente. Pintura termal.

—Entonces, ¿por qué usan la luz para poner huevos? —preguntó Valentine.

—Vacilaría en llamarlo ritual…; la reina desprecia la religión humana. Digamos que forma parte de su herencia genética. Sin luz, no hay puesta.

Entonces llegaron a la ciudad insectora.

Valentine no se sorprendió ante lo que vieron. Después de todo, cuando eran jóvenes, Ender y ella estuvieron en la primera colonia de Rov, un antiguo mundo insector. Pero sabía que la experiencia sería sorprendente y extraña para Miro y Plikt, y de hecho volvió a experimentar parte de la antigua desorientación. No había nada obviamente extraño en la ciudad. Había edificios, la mayoría de ellos bajos, pero basados en los mismos principios estructurales que cualquier edificio humano. La extrañeza se producía por como estaban dispuestos. No había carreteras ni calles, ninguna intención de alinear los edificios para que miraran hacia el mismo sitio. Algunos no eran más que un tejado apoyado sobre el suelo; otros se alzaban a gran altura. La pintura parecía usada sólo como conservante: no había decoración ninguna. Ender había sugerido que tal vez utilizaban el calor con propósitos estéticos. Estaba claro que era algo que no sucedía con nada más.

—No tiene sentido —dijo Miro.

—No desde la superficie —le informó Valentine, recordando Rov—. Pero si pudieras recorrer los túneles, te darías cuenta de que bajo tierra todo tiene sentido. Siguen las grietas y texturas naturales de la roca. Hay un ritmo en la geología, y los insectores lo sienten.

—¿Qué hay de los edificios altos? —preguntó Miro.

—La capa freática es su límite hacia abajo. Si necesitan más altura, tienen que subir.

—¿Qué están haciendo que requiera un edificio tan alto? —preguntó Miro.

—No lo sé —respondió Valentine.

Estaban sorteando un edificio que tenía al menos trescientos metros de altura; en las inmediaciones se veían más de una docena de edificaciones similares.

Plikt habló, por primera vez en esta excursión.

—Cohetes —dijo.

Valentine vio que Ender sonreía y asentía levemente. De modo que Plikt había confirmado sus propias sospechas.

—¿Para qué? —preguntó Miro.

«¡Para salir al espacio, desde luego!», estuvo a punto de decir Valentine. Pero eso no era justo: Miro nunca había vivido en un mundo que se esforzara por saltar a las estrellas por primera vez. Para él, salir del planeta significaba coger la lanzadera para ir a la estación orbital. Pero la única lanzadera usada por los humanos de Lusitania apenas serviría para transportar material para ningún programa importante de construcción en el espacio. Y aunque pudiera hacer el trabajo, era poco probable que la reina colmena pidiera ayuda humana.

—¿Qué están construyendo, una estación espacial? —preguntó Valentine.

—Eso creo —asintió Ender—. Pero tantos cohetes, y tan grandes… Creo que pretenden construirlos todos a la vez. Probablemente canibalizando los propios cohetes. ¿Cuál crees que puede ser el objetivo?

Valentine casi respondió con exasperación: «¿cómo puedo saberlo?». Entonces advirtió que Ender no se lo estaba preguntando a ella. Porque casi de inmediato él mismo proporcionó la respuesta. Eso significaba que debía de haber preguntado al ordenador de su oído. No, no era un «ordenador». Jane. Estaba preguntando a Jane. A Valentine todavía le resultaba difícil acostumbrarse a la idea de que, aunque fueran cuatro personas en el coche, había una quinta presente, mirando y escuchando a través de las joyas que llevaban Ender y Miro.

—Podría hacerlo todo a la vez —dijo Ender—. De hecho, con lo que se sabe de las emisiones químicas de aquí, la reina colmena ha fundido metal suficiente no sólo para construir una estación espacial, sino también dos pequeñas naves de largo alcance como las que usaban las primeras expediciones insectoras. Su versión de una nave colonial.

—Antes de que llegue la flota —dijo Valentine.

Comprendió de inmediato. La reina colmena se preparaba para emigrar. No tenía intención de dejar que la especie quedara atrapada en un solo planeta cuando volviera el Pequeño Doctor.

—Ya veis el problema —indicó Ender—. No nos quiere decir lo que está haciendo, y por eso tenemos que confiar en lo que Jane observe y lo que pueda suponer. Y lo que yo estoy imaginando no parece muy agradable.

—¿Qué tiene de malo que los insectores salgan del planeta? —preguntó Valentine.

—No sólo los insectores —intervino Miro.

Valentine hizo la segunda conexión. Por eso los pequeninos habían dado permiso para que la reina colmena contaminara tanto su mundo. Por eso se habían construido dos naves, desde el principio.

—Una nave para la reina colmena y otra para los pequeninos.

—Eso es lo que pretenden —dijo Ender—. Pero tal como yo lo veo son… dos naves para la descolada.

—Nossa Senhora —susurró Miro.

Valentine sintió que la recorría un escalofrío. Una cosa era que la reina colmena buscara la salvación de su especie. Pero otra muy distinta que llevara el letal virus autoadaptable a otros mundos.

—Ya veis mi preocupación —suspiró Ender—. Ya veis por qué no quiere decirme directamente lo que está haciendo.

—Pero de todas formas no podrías detenerla, ¿no? —preguntó Valentine.

—Podría advertir a la flota del Congreso —sugirió Miro.

Eso era. Docenas de astronaves armadas, convergiendo sobre Lusitania desde todas las direcciones…, si se les advertía de dos naves que salían de Lusitania, si se les daba sus trayectorias originales, podrían interceptarlas. Destruirlas.

—No puedes —se horrorizó Valentine.

—No puedo detenerlos ni puedo dejarlos marchar —se lamentó Ender—. Detenerlos sería arriesgarnos a destruir a insectores y cerdis por igual. Dejarlos marchar significaría arriesgarnos a destruir a toda la humanidad.

—Tienes que hablar con ellos y llegar a algún tipo de acuerdo.

—¿Qué valdría un acuerdo con nosotros? —preguntó Ender—. No hablamos por la humanidad en general. Además, si la amenazamos, la reina colmena simplemente destruirá todos nuestros satélites y probablemente también nuestro ansible. Puede hacerlo, de todas formas, para sentirse a salvo.

—Entonces estaríamos realmente aislados —concluyó Miro.

—De todo —afirmó Ender.

Valentine tardó un instante en advertir que estaban pensando en Jane. Sin ansible, no podrían seguir hablando con ella. Y sin los satélites que orbitaban Lusitania, los ojos de Jane en el espacio quedarían cegados.

—Ender, no comprendo —dijo Valentine—. ¿Es la reina colmena nuestra enemiga?

—Ésta es la cuestión, ¿verdad? Éste es el problema de haber restaurado su especie. Ahora que vuelve a tener libertad, ahora que no está acurrucada en una crisálida en una bolsa bajo mi cama, la reina actuará en interés de su especie… sea cual fuere.

—Pero Ender, no puede haber guerra entre humanos e insectores otra vez.

—Si no hubiera ninguna flota humana dirigiéndose a Lusitania, la cuestión no se presentaría.

—Pero Jane ha interrumpido sus comunicaciones —insistió Valentine—. No pueden recibir la orden de usar el Pequeño Doctor.

—Por ahora —dijo Ender—. Pero Valentine, ¿por qué crees que Jane arriesgó su propia vida para cortar sus comunicaciones?

—Porque la orden fue enviada.

—El Congreso Estelar envió la orden para destruir este planeta. Ahora que Jane ha revelado su poder, están más decididos que nunca a destruirnos. Cuando encuentren un medio de eliminar a Jane, estarán aún más convencidos de actuar contra este mundo.

—¿Se lo has dicho a la reina colmena?

—Todavía no. Pero claro, no estoy seguro de cuánto puede aprender de mi mente sin que yo me lo proponga. No es exactamente un medio de comunicación que sepa controlar.

Valentine colocó la mano sobre el hombro de Ender.

—¿Por eso intentaste persuadirme de que no viniera a ver a la reina colmena? ¿Porque no quieres que conozca el verdadero peligro?

—No quiero volver a enfrentarme a ella —dijo Ender—. Porque la quiero y la temo. Porque no estoy seguro de que deba ayudarla o intentar destruirla. Y porque cuando ponga esos cohetes en el espacio, cosa que podría suceder cualquier día de éstos, podría llevarse nuestro poder para detenerla. Y nuestra conexión con el resto de la humanidad.

Y, de nuevo, lo que no dijo: podría apartar a Ender y Miro de Jane.

—Creo que definitivamente tenemos que hablar con ella —resolvió Valentine.

—Eso o matarla —intervino Miro.

—Ahora comprendéis mi problema —repitió Ender.

Siguieron su camino en silencio.

La entrada al cubil de la reina colmena era un edificio que parecía igual que cualquier otro. No había ninguna guardia especial. De hecho, en toda la excursión no habían visto a un solo insector. Valentine recordó cuando era joven, en su primer mundo colonial, cuando intentaba imaginar cómo habrían sido las ciudades

insectoras completamente habitadas. Ahora lo sabía: tenían exactamente el mismo aspecto que cuando estaban muertas. No había insectores correteando como hormigas por las colinas. Sabía que en algún lugar había campos y huertos atendidos bajo el sol, pero ninguno se veía desde aquí.

¿Por qué le proporcionaba esto tanto alivio?

Supo la respuesta a la pregunta incluso mientras la formulaba. Había pasado su infancia en la Tierra durante las Guerras Insectoras; los alienígenas insectoides habían poblado sus pesadillas, igual que habían aterrado a todos los demás niños de la Tierra. Sin embargo, sólo un puñado de seres humanos había visto a un insector en persona, y unos pocos de éstos estaban todavía vivos cuando era una niña. Ni siquiera en su primera colonia, entre las ruinas de la civilización insectora, había podido encontrar ni un solo cadáver disecado. Todas sus imágenes visuales de los insectores eran horribles escenas de los vids.

Sin embargo, ¿no fue ella la primera persona en leer el libro de Ender, la Reina Colmena? ¿No fue la primera, además de Ender, que llegó a considerar a la reina colmena como una persona de extraña belleza y gracia?

Fue la primera, sí, pero eso significaba poco. Todo el mundo había crecido en un universo moral formado en parte por la Reina Colmena y el Hegemón. Mientras que Ender y ella eran las únicas personas vivas que habían crecido durante la firme campaña de repulsa hacia los insectores. Era normal que sintiera un alivio irracional al no tener que ver a los insectores. Para Miro y Plikt, la primera visión de la reina colmena y sus obreras no tendría la misma tensión emocional que para ella.

«Soy Demóstenes —se recordó—. Soy la teórica que insistió en que los insectores eran raman, alienígenas que podían ser comprendidos y aceptados. Simplemente, debo esforzarme al máximo para superar los prejuicios de mi infancia. A su debido tiempo, toda la humanidad se enterará del resurgir de la reina colmena. Sería una vergüenza que Demóstenes fuera la única persona que no pudo recibir a la reina colmena como raman.»

Ender hizo que el coche trazara un círculo sobre un edificio más pequeño.

—Éste es el lugar adecuado —indicó.

Detuvo el coche y lo hizo posarse lentamente sobre el capim, cerca de la única puerta del edificio. La puerta era muy baja: un adulto tendría que entrar arrastrándose.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Miro.

—Porque ella lo dice —respondió Ender.

—¿Jane? —preguntó Miro.

Parecía aturdido, porque por supuesto Jane no le había dicho nada.

—La reina colmena —intervino Valentine—. Habla directamente a la mente de Ender.

—Buen truco —exclamó Miro—. ¿Puedo aprenderlo?

—Ya veremos —contestó Ender—. Cuando la conozcas.

Mientras bajaban del coche y se internaban en la alta hierba, Valentine advirtió que Miro y Ender no dejaban de mirar a Plikt. Naturalmente, les molestaba que Plikt fuera tan callada. O, más bien, pareciera tan callada. Valentine consideraba a Plikt una mujer locuaz y elocuente. Pero también se había acostumbrado a la forma en que Plikt se hacía la muda en ciertas ocasiones. Ender y Miro, por supuesto, sólo estaban descubriendo su perverso silencio por primera vez, y eso los molestaba. Lo cual era una de las principales razones por las que lo hacía. Creía que las personas se revelaban más cuando estaban vagamente ansiosas, y pocas cosas provocaban más ansiedades no específicas que estar en presencia de alguien que no habla nunca.

Valentine no consideraba la técnica como una forma de tratar con desconocidos, pero había visto que, al actuar de tutora, los silencios de Plikt obligaban a sus estudiantes (los hijos de Valentine) a revisar sus propias ideas. Cuando Valentine y Ender enseñaban, desafiaban a sus estudiantes con diálogos, preguntas, argumentos. Pero Plikt obligaba a sus estudiantes a jugar a ambos lados de la discusión, proponiendo sus propias ideas, y luego atacándolas para refutar sus propias objeciones. El método probablemente no funcionaría con la mayoría de la gente. Valentine había llegado a la conclusión de que funcionaba tan bien con Plikt

porque su silencio no era ausencia completa de comunicación. Su mirada firme y penetrante era en sí una elocuente expresión de escepticismo. Cuando un estudiante se enfrentaba a aquella mirada inflexible, pronto sucumbía a sus propias inseguridades. Todas las dudas que el estudiante había conseguido ignorar volvían

ahora, donde el estudiante tenía que descubrir en su interior las razones de la aparente duda de Plikt.

La hija mayor de Valentine, Syfte, había llamado a estas confrontaciones de un solo bando «mirar al sol». Ahora les tocaba a Ender y Miro el turno de cegarse en una lucha con el ojo que todo lo veía y la boca que nunca decía nada. Valentine hubiese querido reírse de su inseguridad, para tranquilizarlos. También hubiese querido dar a Plikt una palmadita y decirle que no se mostrara tan severa.

En vez de eso, se dirigió a la puerta del edificio y la abrió. No había cerrojo, sólo una manivela que agarrar. La puerta cedió con facilidad. Valentine la mantuvo abierta mientras Ender se arrodillaba y entraba arrastrándose. Plikt lo siguió inmediatamente. Luego Miro suspiró y lentamente se puso de rodillas. Era más torpe arrastrándose que andando: cada movimiento de un brazo 0 una pierna se hacía individualmente, como si fuera necesario un segundo para pensar en cómo hacerlo. Por fin, atravesó la puerta, y ahora le tocó el turno a Valentine de agacharse y repetir la maniobra. Era la más menuda, y no tuvo que arrastrarse.

La única luz del interior procedía de la puerta. La habitación carecía de rasgos, y el suelo era de tierra. Sólo cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra advirtió Valentine que la sombra más oscura era un túnel que se hundía en la tierra.

—No hay luces en los túneles —informó Ender—. Ella me dirigirá. Tendréis que cogeros de la mano. Valentine, tú irás la última, ¿de acuerdo?

—¿Podemos bajar de pie? —preguntó Miro,obviamente, la cuestión importaba.

—Sí. Por eso eligió esta entrada.

Se cogieron de la mano: Plikt de la de Ender, Miro entre las dos mujeres. Ender los guió unos pocos pasos hacia el túnel. Estaba inclinado, y la completa negrura que los aguardaba resultaba aterradora. Pero Ender se detuvo antes de que la oscuridad fuera absoluta.

—¿A qué estamos esperando? —preguntó Valentine.

—A nuestro guía.

En ese momento, el guía llegó. En la oscuridad, Valentine apenas distinguió el brazo de junco negro dotado de un solo dedo y pulgar cuando agarró la mano de Ender. Inmediatamente, Ender se agarró al dedo de la mano izquierda. El pulgar negro parecía una pinza sobre su cabeza. Siguiendo el brazo, Valentine intentó ver el insector al que pertenecía. Sin embargo, sólo distinguió una sombra del tamaño de un niño, y quizás un leve brillo reflejado en un caparazón.

Su imaginación proporcionó lo que faltaba, y contra su voluntad, se estremeció.

Miro murmuró algo en portugués. También él estaba afectado por la presencia del insector. Plikt, sin embargo, continuó en silencio y Valentine no sabía si temblaba o si permanecía completamente impertérrita. Entonces Miro dio un tembloroso paso hacia delante, tirando de la mano de Valentine y guiándola hacia la oscuridad.

Ender sabía lo dificultoso que sería este pasadizo para los demás. Hasta ahora, sólo Novinha, Ela y él mismo habían visitado a la reina colmena, y Novinha únicamente lo había hecho en una ocasión. La oscuridad, moverse interminablemente hacia abajo sin la ayuda de los ojos, sabiendo a partir de pequeños sonidos que había vida y movimiento, invisibles pero cercanos, era demasiado enervante.

—¿Podemos hablar? —preguntó Valentine. Su voz sonó muy débil.

—Es una buena idea —asintió Ender—. No los molestarás. No hacen mucho caso al sonido.

Miro dijo algo. Sin poder ver cómo movía los labios, Ender no consiguió entenderlo.

—¿Qué? —preguntó.

—Los dos queremos saber si está muy lejos —intervino Valentine.

—No lo sé —respondió Ender—. Está por aquí, y ella podría hallarse en cualquier parte. Hay docenas de criaderos. Pero no os preocupéis. Estoy seguro de que podría encontrar la salida.

—Y yo —dijo Valentine—. Con una linterna, al menos.

—Nada de luces. La puesta de huevos requiere luz solar, pero después de eso la luz retarda el desarrollo de los huevos. Y en una etapa puede matar a las larvas.

—Pero ¿podrías encontrar una salida de esta pesadilla en la oscuridad? —preguntó Valentine.

—Probablemente —dijo Ender—. Hay pautas. Como telas de araña. Cuando sientes la estructura general, cada sección del túnel cobra más sentido.

—¿Estos túneles no son aleatorios? —la voz de Valentine sonó escéptica.

—Es como los túneles de Eros —explicó Ender.

En realidad no había tenido muchas oportunidades de explorar cuando vivió en Eros como niño-soldado. El asteroide había sido peinado por los insectores cuando lo convirtieron en su base de avanzadilla en el Sistema Solar, y luego se convirtió en el cuartel general de la flota humana cuando fue capturado durante la primera Guerra Insectora. Durante sus meses de estancia allí, Ender había dedicado la mayor parte de su tiempo y atención a aprender a controlar flotas de astronaves en el espacio. Sin embargo, debió de aprender mucho más acerca de los túneles de lo que había supuesto en un principio, porque la primera vez que la reina colmena lo llevó a su cubil en Lusitania, Ender descubrió que las curvas y giros nunca parecían sorprenderle. Le parecían bien…, no, en realidad le parecían inevitables.

—¿Qué es Eros? —preguntó Miro.

—Un asteroide cercano a la Tierra —explicó Valentine—. El lugar donde Ender perdió la cabeza.

Ender intentó explicarles algo referente a la forma en que estaba organizado el sistema de túneles. Pero era demasiado complicado. Como fracciones, había demasiadas excepciones posibles para comprender el sistema en detalle: seguía eludiendo la comprensión cuando más atentamente se perseguía. Sin embargo, a Ender siempre le parecía lo mismo, una pauta que se repetía una y otra vez. O tal vez fuera que de algún modo había entrado en la mente colmena, cuando estudiaba a los insectores para derrotarlos. Tal vez, simplemente, había aprendido a pensar como un insector. En ese caso, Valentine tenía razón: había perdido parte de su mente humana, o al menos le había añadido un poco de la mente colmena.

Por fin, cuando doblaron una esquina, vieron un destello de luz.

—Graças a Deus —susurró Miro.

Ender advirtió con satisfacción que Plikt (esta mujer de piedra que no podía ser la misma persona que la brillante estudiante que recordaba) también dejaba escapar un suspiro de alivio. Tal vez había algo de vida en ella, después de todo.

—Ya casi hemos llegado —indicó Ender—. Y ya que está poniendo, estará de buen humor.

—¿No quiere intimidad? —preguntó Miro.

—Es como un clímax sexual menor que dura varias horas —explicó Ender—. La hace sentirse muy alegre. Las reinas están normalmente rodeadas por obreras y zánganos que funcionan como partes de sí mismas. No conocen la timidez.

Sin embargo, en su mente, Ender pudo sentir la intensidad de su presencia. La reina podía comunicarse con él en cualquier momento, naturalmente. Pero cuando estaba cerca, era como si respirara en su cráneo; se convertía en algo pesado, obsesivo. ¿Lo sentían los demás? ¿Podría hablarles a ellos? Con Ela no había pasado nada, nunca captó un destello de la silenciosa conversación. Y en cuanto a Novinha, se negó a hablar del tema y negó haber oído nada, pero Ender sospechaba que simplemente había rechazado la presencia alienígena. La reina colmena decía que podía sentir sus mentes con bastante claridad, siempre que estuvieran presentes, pero no podía hacerse «oír». ¿Pasaría hoy lo mismo?

Sería buena cosa que la reina colmena pudiera hablar a otro ser humano. Ella sostenía que era capaz de hacerlo, pero Ender había aprendido a lo largo de los últimos treinta años que la reina no sabía distinguir entre sus confiadas declaraciones del futuro y sus recuerdos del pasado. Parecía confiar tanto en sus suposiciones como en sus recuerdos; y sin embargo, cuando sus suposiciones resultaban equivocadas, no parecía recordar que esperaba un futuro diferente de lo que ahora era pasado.

Era uno de los detalles de su mente alienígena que más preocupaba a Ender, que había crecido en una cultura que juzgaba la madurez de la gente y su adaptación social según su habilidad para anticipar los resultados de sus elecciones. En algunos aspectos, la reina colmena parecía notablemente deficiente en esta área; a pesar de su gran sabiduría y experiencia, parecía tan osada e injustificablemente confiada como un niño pequeño.

Ésa era una de las cosas que asustaban a Ender en su trato con ella. ¿Podría mantener una promesa? Si no cumplía una, ¿se daría cuenta de lo que había hecho?

Valentine intentó concentrarse en lo que decían los demás, pero no podía apartar sus ojos de la silueta del insector que los guiaba. Era más pequeño de lo que había imaginado: no medía más de metro y medio, probablemente menos. Delante de los otros sólo podía distinguir partes del insector, pero eso era casi peor que verlo entero. No podía evitar pensar que aquel brillante enemigo negro tenía una tenaza de muerte sobre la mano de Ender.

No es una tenaza de muerte. No es un enemigo. No es ni siquiera una criatura en sí misma. Tenía tanta identidad individual como una oreja o un dedo: cada insector era sólo otro de los órganos de acción y sensación de la reina colmena. En cierto sentido, la reina estaba ya presente con ellos, pues lo estaba dondequiera que pudiera encontrarse una de sus obreras o zánganos, incluso a cientos de años luz de distancia. «No se trata de un monstruo —pensó Valentine—. Es la misma reina colmena que aparece en el libro de Ender. Es la que él llevó consigo y nutrió durante todos nuestros años juntos, aunque yo no lo sabía. No tengo nada que temer.»

Valentine había intentado reprimir su miedo, pero no sirvió de nada. Estaba sudando; pudo sentir que su mano resbalaba en la de Miro. A medida que se acercaban al cubil de la reina colmena (no, su casa, su hogar), notaba que se sentía más y más asustada. Si no podía encargarse de este asunto sola, no tendría más remedio que pedir ayuda. ¿Dónde estaba Jakt? Alguien más tendría que servir.

—Lo siento, Miro —susurró—. Creo que estoy sudando.

—¿Tú?-dijo él—. Creí que era mi sudor.

Eso estaba bien. Él se echó a reír. Ella lo imitó, o al menos dejó escapar una risita nerviosa.

El túnel se abrió de pronto y se encontraron parpadeando en una amplia cámara donde un rayo de brillante luz solar se filtraba a través de un agujero en la cúpula del techo. La reina colmena estaba sentada en el centro de la luz. Había obreras alrededor, pero ahora, a la luz, en presencia de la reina, todas parecían pequeñas y frágiles. La mayoría medía cerca de un metro, no metro y medio, mientras que la reina tendría unos tres. Y la altura no lo era todo. Sus alas cubiertas parecían enormes, pesadas, casi metálicas, con un arco iris de colores que reflejaban la luz. Su abdomen era largo y lo suficientemente grueso para contener el cadáver entero de un humano. Sin embargo, se estrechaba, como un embudo, hasta un oviscapto en la punta que brillaba con un líquido amarillento transparente, denso y pegajoso, y que se hundía en un agujero en el suelo, todo lo posible, y luego volvía a salir, el

fluido siguiéndolo como baba, por todo el agujero.

Resultaba grotesco y aterrador que una criatura tan grande actuara de forma tan parecida a un insecto, pero aquello no preparó a Valentine para lo que sucedió a continuación. Pues en vez de hundir simplemente el oviscapto en otro agujero, la reina se volvió y agarró a una de las obreras cercanas. Sujetando al tembloroso insector entre sus largas patas delanteras, lo atrajo hacia sí y le arrancó las patas, una a una. Mientras cada pata era arrancada, los restantes miembros gesticulaban cada vez más salvajemente, como en un grito silencioso. Valentine se sintió aliviada cuando la última pata quedó arrancada y el grito desapareció por fin de su vista.

Entonces la reina colmena empujó a la obrera sin patas hacia el siguiente agujero, de cabeza. Sólo entonces colocó su oviscapto sobre el agujero. Mientras Valentine seguía observando, el fluido en la punta del oviscapto pareció espesarse y convertirse en una pelota. Pero no era fluido después de todo, no enteramente. Dentro de la gran gota había un huevo blando, como gelatina. La reina colmena se movió para que su cara recibiera directamente la luz del sol, y sus ojos multifacetados brillaron como cientos de estrellas esmeralda. Entonces el oviscapto se hundió. Cuando salió, el huevo todavía se aferraba al extremo, pero en la siguiente emergencia desapareció. Varias veces más el abdomen se precipitó hacia abajo, y cada vez surgió con más cadenas de fluido confluyendo hacia la punta.

—Nossa Senhora —susurró Miro.

Valentine reconoció las palabras por su equivalente español: Nuestra Señora. Por lo general era una expresión casi carente de significado, pero ahora se convertía en una repulsiva ironía. En esta profunda caverna no estaba la Santa Virgen. La reina colmena era Nuestra Señora de la Oscuridad. Ponía huevos sobre los cadáveres de las obreras, para alimentar a las larvas cuando maduraran.

—No puede ser siempre así —casi rogó Plikt.

Durante un momento, Valentine simplemente se sorprendió de oír su voz. Entonces advirtió lo que Plikt decía, y que tenía razón. Si una obrera viva tenía que ser sacrificada por cada insector que salía del huevo, sería imposible que la población aumentara. De hecho, habría sido imposible que esta colmena llegara a existir en primer lugar, ya que la reina tuvo que dar vida a sus primeros huevos sin el beneficio de ninguna obrera mutilada para alimentarlos.

‹Sólo una nueva reina›

Aquello apareció en la mente de Valentine como si fuera una idea propia. La reina colmena sólo tenía que colocar el cuerpo de una obrera viva en el huevo cuando éste fuera a convertirse en una nueva reina. Pero la idea no pertenecía a Valentine: había demasiada certeza para serlo. No había ninguna forma en que ella pudiera conocer esta información, y sin embargo la idea le había llegado clara, incuestionable, de repente. Como Valentine había imaginado siempre que oían la voz de Dios los antiguos profetas y místicos.

—¿La habéis oído? ¿Todos? —preguntó Ender.

—Sí —respondió Plikt.

—Eso creo —asintió Valentine.

—¿Oír qué? —preguntó Miro.

—A la reina colmena —dijo Ender—. Ha explicado que sólo tiene que colocar una obrera en el huevo cuando se trata de una nueva reina colmena. Va a poner cinco… y dos ya están listas. Nos invitó a venir para que viéramos esto. Es su manera de decirnos que va a lanzar al espacio una nave colonial. Pone cinco huevos de reina, y luego espera a ver cuál es el más fuerte. Enviará ése.

—¿Qué sucederá con las demás? —quiso saber Valentine.

—Si alguna merece la pena, meterá la larva en una crisálida. Eso es lo que hicieron con ella. A las demás, las matará y se las comerá. Tiene que hacerlo: si algún rastro del cuerpo de una reina rival tocara a uno de los zánganos que todavía no se ha apareado con esta reina colmena, se volvería loco e intentaría matarla. Los zánganos son compañeros muy fieles.

—¿Todos lo habéis oído? —se extrañó Miro.

Parecía decepcionado. La reina colmena no era capaz de hablarle.

—Sí —dijo Plikt.

—Vacía tu mente todo lo que puedas —aconsejó Ender—. Tararea mentalmente alguna tonada. Eso ayuda.

Mientras tanto, la reina colmena casi acabó con la siguiente tanda de amputaciones. Valentine imaginó que pisaba la creciente pila de patas alrededor de la reina; en su mente, se quebraban como ramitas con horribles chasquidos.

‹Muy suaves. Las patas no se rompen. Se doblan.›

La reina respondía a sus pensamientos.

‹Tú formas parte de Ender. Puedes oírme.›

Los pensamientos en su mente cobraron nitidez. Ahora no eran tan intrusivos, sino más controlados. Valentine podía establecer la diferencia entre las comunicaciones de Ja reina colmena y sus propios pensamientos.

—Ouvi —susurró Miró. Había oído algo por fin—. Fala mais, escuto. (Habla más, escucho.)

‹Conexiones filóticas. Estáis unidos a Ender. Cuando le hablo a través del enlace filótico, vosotros oís. Ecos. Reverberaciones›

Valentine intentó concebir cómo conseguía la reina hablar stark en su mente. Entonces advirtió que seguramente no lo hacía: Miro la oía en su lengua materna, el portugués; y la propia Valentine no oía stark en realidad, sino el inglés en el que estaba basado, el inglés americano con el que había crecido. La reina colmena no les enviaba lenguaje, sino pensamiento, y sus cerebros lo expresaban en el lenguaje que más profundamente enraizado estuviera en su mente. Cuando Valentine oyó Ja palabra ecos seguida de reverberaciones no era la reina colmena esforzándose por hallar la expresión adecuada, sino la propia mente de Valentine buscando palabras que encajaran con el significado.

‹Unidos a él. Como mi pueblo. Sólo que vosotros tenéis libre albedrío. Filote independiente. Pueblo díscolo, todos vosotros›

—Está haciendo un chiste —susurró Ender—. No es un juicio de valor.

Valentine agradeció su interpretación. La imagen visual que acompañó a la frase «pueblo díscolo» fue la de un elefante[1] aplastando a un hombre. Era una imagen de su infancia, la historia donde había aprendido la palabra «díscolo». La imagen la asustó, como la había asustado cuando era niña. Ya odiaba la presencia de la reina colmena en su mente. Odiaba la forma en que podía conjurar pesadillas olvidadas. Todo en la reina colmena parecía una pesadilla. ¿Cómo podía Valentine haber imaginado alguna vez que este ser era raman? Sí, había comunicación. Demasiada. Comunicación como enfermedad mental.

Y lo que decía: que la percibían tan bien porque estaban conectados filóticamente a Ender. Valentine pensó en lo que Miro y Jane habían discutido durante el viaje: ¿era posible que su hilo filótico, estuviera entrelazado con el de Ender y a través de él a la reina colmena? ¿Cómo podía Ender haberse conectado con la reina?

‹Lo buscamos. Era nuestro enemigo. Intentaba destruirnos. Quisimos domarlo. Como a un elefante díscolo.›

Entonces la comprensión llegó de repente, como una puerta que se abre de golpe. Los insectores no nacían todos siendo dóciles. Podían tener su propia identidad. O al menos una liberación del control. Y por eso las reinas habían desarrollado una forma de capturarlos, de envolverlos filóticamente para tenerlos bajo control.

‹Lo encontramos. No pudimos doblegarlo. Demasiado fuerte.›

Y nadie supuso el peligro en que estaba Ender. La reina colmena esperaba capturarlo, convertirlo en el mismo tipo de herramienta sin mente que cualquier insector.

‹Preparamos una telaraña para él. Encontramos lo que ansiaba. Pensamos. La conseguimos. Le dimos un núcleo filótico. La unimos a él. Pero no fue suficiente. Ahora tú. Tú.›

Valentine sintió la palabra como un martillazo en el interior de su mente. «Se refiere a mí. Se refiere a mí, a mí, a mí… Se estremeció al recordar quién era. Soy Valentine. Se refiere a Valentine.»

‹Tú fuiste. Tú. Deberíamos haberte encontrado. Lo que él más ansiaba. No la otra cosa›

Valentine sintió un escalofrío interior. ¿Era posible que los militares hubieran tenido razón desde el principio? ¿Era posible que la cruel separación de Valentine y Ender lo hubiera salvado? Si ella hubiera estado con Ender, ¿podrían haberla usado los insectores para controlarlo?

‹No. No podíamos hacerlo. También tú eres fuerte. Estábamos condenadas. Estábamos muertas. Él no podía pertenecernos. Pero a ti tampoco. Ya no. No pudimos domarlo, pero nos enlazamos con él.›

Valentine pensó en la imagen que había vislumbrado en la nave: personas entrelazadas, familias atadas por cordones invisibles, hijos a padres, padres entre sí, o a sus propios padres. Una cadena cambiante de cables que unían a las personas, dondequiera que encajara su relación. Sólo que ahora la imagen era de sí misma, atada a Ender. Y luego de Ender, atado… a la reina colmena…, la reina sacudiendo su oviscapto, los filamentos temblando, y al final del filamento, la cabeza de Ender, agitándose, sacudiéndose…

Movió la cabeza, intentando despejar la imagen.

‹No lo controlamos. Es libre. Puede matarme si quiere. No lo detendré. ¿Me matarás tú?›

Esta vez tú no era Valentine: pudo sentir que la pregunta pasaba sobre ella. Y ahora, mientras la reina colmena esperaba una respuesta, percibió otro pensamiento en su mente. Tan cercano a su propia forma de pensar que si no hubiera estado en sobreaviso, esperando que Ender respondiese, habría asumido que era su propio pensamiento natural.

«Nunca —dijo el pensamiento en su mente—. Nunca te mataré. Te quiero.»

Y con este pensamiento vino un destello de genuina emoción hacia la reina colmena. De inmediato la imagen mental de la reina que tenía Valentine dejó de incluir repulsión. En cambio, le pareció majestuosa, regia, magnífica. Los arcos iris de sus alas ya no parecían una costra viscosa sobre el agua: la luz que se reflejaba en sus ojos era como un halo; los fluidos resplandecientes de la punta de su abdomen eran los hilos de la vida, como la leche en el pezón de una mujer cubierto de saliva de la boca de su bebé. Valentine había estado combatiendo la náusea hasta aquel momento, pero de repente casi adoró a la reina colmena.

Sabía que era el pensamiento de Ender en su mente: por eso los pensamientos se parecían tanto a los suyos propios. Con esta visión de la reina colmena supo de inmediato que había tenido razón desde el principio, cuando escribió como Demóstenes tantos años antes. La reina era raman, extraña pero capaz de compren-

der y ser comprendida.

Mientras la visión se difuminaba, Valentine oyó a alguien sollozando. Plikt. En todos los años que habían pasado juntos, Valentine nunca había oído a Plikt mostrar tanta fragilidad.

—Bonita —comentó Miro, en portugués.

¿Eso era todo lo que había visto? ¿La reina colmena era bonita?

La comunicación debía de ser realmente débil entre Miro y Ender… pero, ¿por qué no debería serlo? No conocía a Ender tan a fondo ni desde hacía tanto tiempo como ella.

Pero si por eso la recepción del pensamiento de Ender era mucho más intensa para Valentine que para Miro, ¿cómo podía explicar el hecho de que Plikt lo hubiera recibido tan claramente, mucho más que ella? ¿Era posible que en todos sus años de estudiar a Ender, de admirarlo sin conocerlo, Plikt hubiera conseguido unirse a él con más intimidad que Valentine?

Por supuesto que sí. Por supuesto. Valentine estaba casada. Valentine tenía un marido. Tenía hijos. Su conexión filótica a su hermano estaba destinada a debilitarse. En cambio, Plikt no tenía ninguna relación lo bastante intensa para competir. Se había entregado por completo a Ender. Y con la reina colmena haciendo posible que los enlaces filóticos transmitieran el pensamiento, era evidente que recibía a Ender casi a la perfección. No había nada que la distrajera. No había ninguna parte de ella retenida.

¿Podía siquiera Novinha, que después de todo estaba unida a sus hijos, albergar una devoción tan completa hacia Ender? Era imposible. Y si Ender sospechaba algo de esto, debía de ser preocupante para él. ¿O atractivo? Valentine conocía lo suficiente acerca de hombres y mujeres para saber que la adoración era el más seductor de los atributos. «¿He traído conmigo a una rival para poner en peligro el matrimonio de Ender? ¿Pueden Ender y Plikt leer mis pensamientos, incluso ahora?» Valentine se sintió profundamente expuesta, asustada. Como en respuesta, como para calmarla, la voz mental de la reina colmena regresó, ahogando cualquier pensamiento que Ender pudiera estar enviando.

‹Sé que tenéis miedo. Pero mi colonia no matará a nadie. Cuando dejemos Lusitania, podemos matar todo el virus de la descolada de nuestra nave›

«Tal vez», pensó Ender.

‹Encontraremos un medio. No transmitiremos el virus. No tenemos que morir para salvar a los humanos. No nos matéis, no nos matéis›

«Nunca os mataré». El pensamiento de Ender llegó como un susurro, casi ahogado en la súplica de la reina colmena.

«No podríamos mataros de todas formas —pensó Valentine—. Sois vosotras quienes podríais matarnos fácilmente. Cuando construyáis vuestras naves. Vuestras armas. Podríais estar preparados para la flota humana. Ender no la comanda esta vez.»

‹Nunca. Nunca matar a nadie. Nunca, prometimos.›

«Paz —dijo el susurro de Ender—. Paz. Permanece en paz, calma, tranquila, descansa. No temas nada. No temas a ningún hombre.»

«No construyas una nave para los cerdis —pensó Valentine—. Construye una nave para ti, porque puedes matar a la descolada que te lleves. Pero no para ellos.»

Los pensamientos de la reina colmena cambiaron bruscamente de la súplica a la ruda respuesta.

‹¿No tienen también derecho a vivir? Les prometí una nave. Os prometí no matar nunca. ¿Quieres que rompa mis promesas?›

«No», pensó Valentine. Ya se sentía avergonzada de sí misma por haber sugerido semejante traición. ¿O eran los sentimientos de la reina colmena? ¿O de Ender? ¿Estaba realmente segura de qué pensamientos y sentimientos eran propios y cuáles ajenos? El miedo que sentía era suyo, estaba casi segura de ello.

—Por favor —susurró—. Quiero marcharme.

—Eu também —dijo Miro.

Ender avanzó un solo paso hacia la reina colmena, extendió una mano. Ella no extendió los brazos, pues los estaba utilizando para meter al último de sus sacrificios en la cámara de los huevos. En cambio, la reina alzó un ala, la giró, la acercó a Ender hasta que por fin su mano se posó sobre la negra superficie irisada.

«¡No la toques! —gritó Valentine en silencio—. ¡Te capturará! ¡Quiere domarte!»

—Calla —ordenó Ender en voz alta.

Valentine no estuvo segura de si él hablaba en respuesta a sus gritos silenciosos o si intentaba acallar algo que la reina colmena decía sólo para él. No importaba. Momentos después, Ender agarró el dedo de un insector y los guió de nuevo por el oscuro túnel. Esta vez hizo que Valentine fuera en segundo lugar, Miro en el tercero, dejando a Plikt para el final. Así que fue Plikt quien dirigió la última mirada hacia la reina colmena; fue Plikt quien alzó la mano en señal de despedida.

Todo el camino de regreso a la superficie, Valentine se debatió para encontrar sentido a lo que había sucedido. Siempre había pensado que si la gente pudiera comunicarse mentalmente, eliminando todas las ambigüedades del lenguaje, entonces la comprensión sería perfecta y no habría más conflictos innecesarios. En

cambio, había descubierto que en vez de ampliar las diferencias entre la gente, el lenguaje también podía suavizarlas con la misma facilidad, minimizarlas, de forma que las personas podían llevarse bien aunque en realidad no se comprendieran. La ilusión de comprensión permitía que la gente creyera que eran más parecidos que lo que realmente eran. Tal vez el lenguaje les convenía más.

Salieron arrastrándose del edificio, parpadeando ante la luz, riéndose aliviados.

—No tiene gracia —dijo Ender—. Pero tú insististe, Val. Tenías que verla inmediatamente.

—Así que soy una idiota —contestó Valentine—. Vaya noticia.

—Fue maravilloso —suspiró Plikt.

Miro tan sólo se tendió de espaldas en el capim y se cubrió los ojos con el brazo.

Valentine lo observó allí tendido y vio un atisbo del hombre que había sido, del cuerpo que tuvo. Allí tumbado no se tambaleaba; callado, no había interrupciones en su habla. No era extraño que su compañera xenóloga se hubiera enamorado de él. Ouanda. Fue trágico descubrir que compartían el mismo padre. Eso fue lo peor

que Ender reveló cuando habló en nombre del muerto en Lusitania, hacía treinta años. Éste era el hombre que Ouanda había perdido; el propio Miro lo había perdido también. No era extraño que se hubiera arriesgado a morir cruzando la verja para ayudar a los cerdis. Tras perder a su amada, consideró que su vida carecía de sentido. Su único pesar era no haber muerto después de todo. Había seguido viviendo, tan maltratado por fuera como por dentro. ¿Por qué pensaba todas estas cosas al mirarlo? ¿Por qué de repente le pareció tan real? ¿Era porque él pensaba así en este momento? ¿Estaba Valentine capturando una imagen de sí mismo? ¿Había alguna conexión entre sus mentes?

—Ender-dijo—, ¿qué ha pasado allá abajo?

—Fue mejor de lo que esperaba-contestó Ender.

—¿El qué?

—El enlace entre nosotros.

—¿Lo esperabas?

—Lo quería. —Ender se sentó en lo alto del coche, dejando que sus pies colgaran sobre la alta hierba—. Estuvo apasionada, ¿eh?

—¿Ah, sí? No tengo datos para comparar.

—A veces es muy intelectual. Hablar con ella es como hacer cálculos matemáticos superiores. Esta vez fue como un niño. Por supuesto, nunca la había visitado mientras ponía huevos de reina. Creo que tal vez nos ha dicho más de lo que pretendía.

—¿Quieres decir que su promesa no era en serio?

—No, Val, no, ella siempre cumple sus promesas. No sabe mentir.

—Entonces, ¿a qué te referías?

—Estaba hablando del enlace que compartimos. Cómo intentaron domarme. Fue interesante, ¿no? Ella se enfureció durante un momento, cuando pensó que tú podrías haber sido el enlace que necesitaban. Incluso podrían haberme usado para comunicarse con los gobiernos humanos. Podrían haber compartido la galaxia con nosotros. Perdieron una gran oportunidad.

—Habrías sido como un insector. Un esclavo para ellos.

—Cierto. No me habría gustado. Pero todas las vidas que podrían haberse salvado…, yo era soldado, ¿no? Si un soldado, con su muerte, puede salvar las vidas de millones…

—Pero no podía funcionar. Tienes una voluntad independiente —objetó Valentine.

—Cierto. O, al menos, es más independiente de lo que la reina colmena puede manejar. Tú también. Es reconfortante, ¿no?

—Ahora mismo no me siento nada reconfortada. Estuviste dentro de mi cabeza allá abajo. Y también la reina colmena. Me siento tan violada…

Ender pareció sorprendido.

Yo nunca me siento así.

—Bueno, no es sólo eso —masculló Valentine—. Fue también abrumador. Y aterrador. Es tan… grande dentro de mi cabeza. Como si intentara contener a alguien mayor que yo.

—Ya veo —asintió Ender. Se volvió hacia Plikt—. ¿También fue así para ti?

Por primera vez, Valentine advirtió cómo miraba Plikt a Ender, con ojos llenos y temblorosos. Pero Plikt no respondió.

—Fue toda una experiencia, ¿eh? —dijo Ender.

Se echó a reír y se volvió hacia Miro.

¿Acaso no se daba cuenta? Plikt ya había estado obsesionada con Ender. Ahora, tenerlo dentro de su cabeza, tal vez fuera demasiado para ella. La reina colmena habló de domar a obreras díscolas. ¿Era posible que Plikt hubiera sido domada por Ender? ¿Era posible que hubiera perdido su alma dentro de él?

«Absurdo. Imposible. Espero por Dios que no sea así.»

—Vamos, Miro —dijo Ender.

Miro permitió que Ender lo ayudara a levantarse. Luego subieron al coche y regresaron a Milagro.

Miro les había dicho que no quería ir a misa. Ender y Novinha fueron sin él. Pero en cuanto se marcharon, le resultó imposible permanecer en la casa. Lo dominaba la constante sensación de que había alguien fuera de su radio de visión. En las sombras, una figura pequeña lo observaba. Envuelto en una lisa armadura, con sólo dos dedos como garras en sus flexibles brazos, brazos que podían ser arrancados de un bocado y arrojados como madera frágil. La visita del día anterior a la reina colmena le había molestado más de lo que había soñado posible.

«Soy xenólogo —se recordó—. He dedicado mi vida al estudio de los alienígenas. Estuve presente cuando Ender despedazó el cuerpo mamaloide de Humano y ni siquiera parpadeé, porque soy un científico desapasionado. A veces tal vez me identifico demasiado con mis sujetos. Pero no sufro pesadillas con ellos. No empiezo a verlos en las sombras.»

Sin embargo, aquí estaba, ante la puerta de la casa de su madre, porque en los campos de hierba, bajo el brillante sol de la mañana de domingo, no había sombras donde un insector pudiera aguardar al acecho.

«¿Soy el único que se siente de esta forma? La reina colmena no es un insecto. Su pueblo y ella tienen sangre caliente, igual que los pequeninos. Respiran, sudan como mamíferos. Puede que lleven consigo los ecos estructurales de su enlace evolutivo con los insectos, al igual que nosotros guardamos un parecido con los lemures, las musarañas y las ratas; pero ellos crearon una civilización brillante y hermosa. O al menos oscura y hermosa. Debería verlos como los ve Ender, con respetó, con admiración, con afecto. Y sólo conseguí soportarlos a duras penas. No cabe ninguna duda de que la reina colmena es raman, capaz de comprendernos y tolerarnos. La cuestión es si yo soy capaz de comprenderla y tolerarla a ella. Y no seré el único. Ender acertó al ocultar la existencia de la reina colmena a la mayor parte de la gente de Lusitania. Si vieran lo que yo vi, o entrevieran siquiera a un solo insector, el miedo se extendería, y el terror de cada uno alimentaría al de los demás, hasta…, hasta que sucediera algo. Algo malo. Algo monstruoso. Tal vez nosotros somos los varelse. Tal vez el xenocidio se fundamenta en la psique humana como no sucede en ninguna otra especie. Tal vez lo mejor que podría suceder para el bien moral del universo es que la descolada quedara libre, se extendiera por el universo humano y nos redujera a la nada. Tal vez la descolada es la respuesta de Dios a nuestra indignidad.»

Miro se encontró ante la puerta de la catedral. Estaba abierta al frío aire matinal. Todavía no habían llegado a la eucaristía. Entró y ocupó su sitio al fondo. No tenía ningún deseo de comulgar con Cristo aquel día. Simplemente, necesitaba ver a otras personas. Necesitaba estar rodeado de seres humanos. Se arrodilló, se persignó y se quedó allí, aferrado al banco que tenía delante, con la cabeza inclinada. Tendría que haber rezado, pero no había nada en el Pai Nosso para tratar con su miedo. ¿Danos hoy nuestro pan de cada día? ¿Perdona nuestras deudas? ¿Venga a nosotros tu reino así en la tierra como en el cielo? Eso sería maravilloso. El reino de Dios, donde el león podía convivir con el cordero.

Entonces llegó a su mente una imagen de la visión de san Esteban: Cristo sentado a la derecha de Dios. Pero a la izquierda había alguien más. La reina del cielo. No la Santa Virgen, sino la reina colmena, con baba blanquecina temblando en la punta de su abdomen. Miro apretó con fuerza el banco de madera que tenía delante. «Dios, aparta esta visión de mí. Atrás, Enemigo.»

Alguien llegó y se arrodilló junto a él. Miro no se atrevió a abrir los ojos. Prestó atención a algún sonido que declarara que su acompañante era humano. Pero el roce de la ropa podía ser igualmente el de las alas frotando un duro tórax.

Tuvo que obligarse a rechazar la imagen. Abrió los ojos. Con su visión periférica, pudo ver que su acompañante estaba arrodillado. Por la forma del brazo, por el color de la manga, supo que era una mujer.

—No puedes esconderte de mí eternamente —susurró ella.

La voz no era normal. Demasiado ronca. Una voz que había hablado cien mil veces desde la última vez que él la escuchó. Una voz que había arrullado a bebés, gemido en los embates del amor, gritado a los niños para que volvieran a casa, a casa. Un voz que antaño, cuando era joven, le había hablado de amor eterno.

—Miro, si hubiera podido tomar tu cruz sobre mí misma, lo habría hecho.

«¿Mi cruz? ¿Es eso lo que llevo conmigo, pesada e incómoda, aplastándome? Y yo que pensaba que era mi cuerpo.»

—No sé qué decirte, Miro. Me lamenté durante mucho tiempo. A veces pienso que todavía lo hago. Perderte…, me refiero a nuestra esperanza de futuro, fue mejor de lo que podía esperar. He tenido una buena familia, una buena vida, y tú también la tendrás. Pero perderte como mi amigo, como mi hermano, eso fue lo peor de todo. Me sentí abandonada. No sé si en realidad logré superarlo.

«Perderte como hermana mía fue lo fácil. No necesito otra hermana.»

—Me rompes el corazón, Miro. Eres tan joven. No has cambiado, y eso es lo más duro, no has cambiado en treinta años.

Aquello fue más de lo que Miro podía soportar en silencio. No alzó la cabeza, pero sí la voz. Con demasiada intensidad en medio de la misa, respondió:

—¿No?

Se levantó, vagamente consciente de que la gente se volvía a mirarlo.

—¿No he cambiado? —Su voz era pastosa, difícil de entender, y él no hacía nada por aclararla. Dio un tambaleante paso hacia el pasillo, y luego se volvió por fin a mirarla—. ¿Es así como me recuerdas?

Ella lo observó, impresionada…, ¿de qué? ¿De la forma de hablar de Miro, de sus movimientos ineficaces? ¿O simplemente la estaba avergonzando por no haber convertido este encuentro en la escena trágicamente romántica que ella había imaginado durante los últimos treinta años?

Su cara no era vieja, pero tampoco era la de Ouanda. Madura, más gruesa, con arrugas en los ojos. ¿Qué edad tenía ahora? ¿Cincuenta? Casi. ¿Qué tenía que ver con él aquella mujer de cincuenta años?

—Ni siquiera te conozco —espetó Miro.

Entonces se dirigió a la puerta y se perdió en la mañana.

Poco después se encontró descansando a la sombra de un árbol.

¿Cuál era, Raíz o Humano? Miro intentó recordar. Sólo había pasado una semana desde que se marchó, ¿no? Pero cuando lo hizo, el árbol de Humano era todavía sólo un retoño, y ahora los dos árboles parecían tener el mismo tamaño y no podía recordar con seguridad si Humano había sido plantado colina arriba o colina abajo con respecto a Raíz. No importaba: Miro no tenía nada que decirle a un árbol, y ellos tampoco tenían nada que contestarle.

Además, Miro nunca había aprendido el lenguaje de los árboles; ni siquiera supieron que todos aquellos golpes que daban a los troncos era un lenguaje hasta que fue demasiado tarde para Miro. Ender podía hacerlo, y Ouanda, y probablemente otra media docena de personas, pero Miro nunca podría aprender, porque no había forma alguna de que pudiera sujetar los palos y llevar el ritmo. Sólo otra forma más de hablar en la que ahora era un inútil.

—Que dia chato, meu filho.

Ésa era una voz que nunca cambiaría. Y la actitud tampoco: «Qué día más malo, hijo mío.» Piadosa y maliciosa al mismo tiempo, y burlándose de sí misma por ambos puntos de vista.

—Hola, Quim.

—Me temo que ahora soy el padre Esteváo.

Quim había adoptado todas las regalías de un sacerdote, con túnica y todo; ahora las recogió y se sentó en la hierba delante de Miro.

—Das el papel —comentó Miro. Quim había madurado bien. De niño, parecía piadoso y malicioso. La experiencia con el mundo real en vez de con la teoría teológica le había dado arrugas, pero la cara resultante evidenciaba compasión. También fuerza—. Lamento haber hecho una escena en la misa.

—¿Lo hiciste? —preguntó Quim—. No estuve allí. O más bien, estuve en misa, pero no en la catedral.

—¿Comunión para los raman?

—Para los hijos de Dios. La Iglesia ya tenía un vocabulario para tratar con los extranjeros. No tuvimos que esperar a Demóstenes.

—Bueno, no tienes que molestarte por eso, Quim. Tú no inventaste los términos.

—No discutamos.

—Entonces, no nos metamos en las meditaciones de los demás.

—Un noble sentimiento. Excepto que has decidido descansar a la sombra de un amigo mío, con quien necesito conversar. Pensé que sería más amable hablar contigo primero antes de empezar a golpear con palos a Raíz.

—¿Éste es Raíz?

—Dile hola. Sé que estaba esperando ansiosamente tu regreso.

—No llegué a conocerlo.

—Pero él lo sabe todo acerca de ti. Creo que no te das cuenta, Miro, del héroe que eres entre los pequeninos. Saben lo que hiciste por ellos, y lo que te costó.

—¿Y saben lo que probablemente nos costará a todos al final?

—Al final, todos nos encontraremos ante el juicio de Dios. Si todo el planeta de almas es destruido a la vez, entonces la única preocupación es asegurarse de que no quede sin bautizar ninguna alma que pudiera ser bienvenida entre los santos.

—Entonces, ¿no te importa?

—Claro que me importa. Pero digamos que hay una visión a largo plazo donde la vida y la muerte son materias menos importantes que elegir qué clase de vida y qué clase de muerte tendremos.

—Crees de verdad en todo esto, ¿no?

—Depende de lo que quieras decir con «todo esto», sí, creo.

—Me refiero a todo. Un Dios vivo, Cristo resucitado, milagros, visiones, bautismo, transubstanciación…

—Sí.

—Milagros. Curación.

—Sí.

—Como en el altar de los abuelos.

—Hemos sido informados de muchas curaciones allí.

—¿Las crees?

—Miro, no lo sé. Algunas pudieron deberse a la histeria. Algunas pudieron ser un efecto placebo. Algunas curaciones tal vez fueron remisiones espontáneas o recuperaciones naturales.

—Pero algunas fueron reales.

—Tal vez.

—Crees que los milagros son posibles.

—Sí.

—Pero no crees que sucedan de verdad.

—Miro, creo que sí suceden. Lo que ignoro es si la gente percibe adecuadamente los hechos que son milagros y los que no. No cabe duda de que muchos supuestos milagros no lo fueron. Probablemente también existen muchos milagros que nadie reconoció cuando ocurrieron.

—¿Qué hay de mí, Quim?

—¿Qué hay de ti?

—¿Por qué no hay ningún milagro para mí?

Quim agachó la cabeza y arrancó algunas briznas de hierba. Era una costumbre que tenía desde niño: intentar evitar una pregunta difícil. Era la forma en que respondía cuando su supuesto padre, Marcáo, sufría una de sus iras de borracho.

—¿Qué pasa, Quim? ¿Acaso los milagros sólo existen para los demás?

—Parte del milagro es que nadie sabe por qué sucede.

—¿Qué rata eres, Quim?

Quim se ruborizó.

—¿Quieres saber por qué no recibes una curación milagrosa? Porque no tienes fe, Miro.

—¿Que hay del hombre que dijo: «Sí, Maestro, creo. Olvida mi incredulidad»?

—¿Eres tú ese hombre? ¿Has pedido siquiera ser curado?

—Lo estoy pidiendo ahora —dijo Miro. Y entonces, irrefrenables, las lágrimas asomaron en sus ojos—. Oh, Dios —susurró—. Estoy muy avergonzado.

—¿De qué? —preguntó Quim—. ¿De haber pedido ayuda a Dios? ¿De llorar delante de tu hermano? ¿De tus pecados? ¿De tus dudas?

Miro sacudió la cabeza. No lo sabía. Las preguntas eran demasiado penosas. Entonces se dio cuenta de que sabía la respuesta. Extendió los brazos hacia los costados.

—De este cuerpo —respondió.

Quim lo cogió por los hombros, lo atrajo hacia sí, y sus manos resbalaron por los brazos de Miro hasta detenerse en las muñecas.

—Éste es mi cuerpo que será entregado por vosotros, nos dijo Él. Igual que tú entregaste tu cuerpo por los pequeninos.

—Sí, Quim, pero Él recuperó su cuerpo, ¿no?

—También murió.

—¿Es así como me curaré? ¿Encontrando una forma de morir?

—No seas gilipollas —espetó Quim—. Cristo no se suicidó. Fue un plan de Judas.

La furia de Miro explotó.

—Toda esa gente que se cura de un resfriado, que se libran milagrosamente de las migrañas…, ¿me estás diciendo que merecen más a Dios que yo?

—Tal vez no se base en lo que te mereces. Tal vez se base en lo que necesitas.

Miro se abalanzó hacia delante, agarrando la parte delantera de la túnica de Quim con sus dedos medio rígidos.

—¡Necesito recuperar mi cuerpo!

—Tal vez —dijo Quim.

—¿Qué quieres decir con eso, cretino gilipollas?

—Quiero decir —explicó Quim mansamente— que aunque tú quieras recuperar tu cuerpo, tal vez Dios, en su gran sabiduría, sepa que para que te conviertas en el mejor hombre posible necesitas pasar cierto tiempo como lisiado.

—¿Cuánto tiempo? —demandó Miro.

—Desde luego, no más que el resto de tu vida.

Miro gruñó disgustado y soltó la túnica de Quim.

—Tal vez menos —prosiguió Quim—. Así lo espero.

—Esperanza —bufó Miro.

—Junto con la fe y el amor puro, es una de las grandes virtudes. Deberías intentarlo.

—He visto a Ouanda.

—Ha intentado hablar contigo desde que llegaste.

—Es vieja y gorda. Ha tenido un puñado de críos, ha vivido treinta años y el tipo con quien se casó la ha ido desgastando todo ese tiempo. ¡Habría preferido visitar su tumba!

—Qué generoso de tu parte.

—¡Sabes lo que quiero decir! Dejar Lusitania fue una buena idea, pero treinta años no han bastado.

—Habrías preferido volver a un mundo donde nadie te conociera.

—Nadie me conoce aquí tampoco.

—Tal vez no. Pero te queremos, Miro.

—Queréis lo que yo era.

—Eres el mismo hombre, Miro. Sólo tienes un cuerpo diferente.

Miro se levantó con esfuerzo, apoyándose contra Raíz para equilibrarse.

—Habla a tu amigo árbol, Quim. Nada de lo que tengas que decir me interesa.

—Eso crees —replicó Quim.

—¿Sabes qué es peor que un gilipollas, Quim?

—Claro. Un gilipollas inútil, hostil, amargado, autocompasivo, abusivo y miserable que tiene una opinión demasiado elevada de su propio sufrimiento.

Fue más de lo que Miro pudo soportar. Gritó lleno de furia y se lanzó contra Quim, para derribarlo al suelo. Naturalmente, Miro perdió el equilibrio y cayó encima de su hermano, y luego se enredó en la túnica del sacerdote. Pero no importaba: Miro no intentaba levantarse, sino causar dolor a Quim si de esta forma pudiera librarse de algo.

Sin embargo, después de unos pocos golpes, Miro dejó de debatirse y se echó a llorar sobre el pecho de su hermano. Un instante después, sintió los brazos de Quim a su alrededor. Oyó su suave voz, entonando una plegaria.

—Pai Nosso, que estás no céu.

A partir de aquí, sin embargo, el sortilegio se rompió y las palabras se volvieron nuevas y por tanto reales.

—0 teu filho está com dor, o meu irmáo precisa a resurreiço da alma, ele merece o refresco da esperança.

Al oír Miro poner voz a su dolor, a sus desaforadas demandas, Miro volvió a avergonzarse. ¿Por qué debería imaginar que se merecía una nueva esperanza? ¿Cómo podía atreverse a exigir que Quim rezara pidiendo un milagro para él, para que su cuerpo volviera a estar completo? Miro supo que era injusto poner en juego

la fe de Quim para un agnóstico autocompasivo como él.

Pero la oración continuó:

—Ele deu tudo aos pequeninos, e tu nos disseste, Salvador, que qualquer coisa que fazemos a estes pequeninos, fazemos a ti.

Miro quiso interrumpir. «Si lo di todo a los pequeninos, lo hice por ellos, no por mí mismo.» Pero las palabras de Quim lo mantuvieron en silencio: «Nos dijiste, Salvador, que lo que hiciéramos a estos pequeños te lo haríamos a ti». Era como si Quim exigiera a Dios que cumpliera su parte del acuerdo. La relación que Quim debía mantener con Dios era extraña, como si tuviera derecho a pedirle cuentas.

—Ele náo é como Jó, perfecto na coraçâo.

«No, no soy tan perfecto como Job. Pero lo he perdido todo, igual que lo perdió Job. Otro hombre fue padre de mis hijos con la mujer que debería haber sido mi esposa. Otros han conseguido mis logros. Y donde Job tuvo llagas, yo tengo esta semiparálisis. ¿Se cambiaría de lugar Job conmigo?»

—Restabeleçe ele como restabeleceste Jó. Em nome do Pai, e do Filho, e do Espirito Santo. Amem.

Miro sintió que los brazos de su hermano lo soltaban, y como si hubieran sido ellos, y no la gravedad, los que lo sujetaban contra el pecho de Quim, Miro se levantó de inmediato y se quedó mirando a su hermano. Una magulladura crecía en la mejilla de Quim. Su labio sangraba.

—Te he hecho daño —dijo Miro—. Lo siento.

—Sí. Me lastimaste. Y yo a ti. Este pasatiempo tiene mucho éxito por aquí. Ayúdame a levantarme.

Por un momento, sólo por un breve momento, Miro olvidó que estaba lisiado, que apenas podía mantener el equilibrio él solo. Durante ese instante, empezó a extender la mano hacia Quim. Pero entonces se tambaleó. cuando su equilibrio peligró, y recordó.

—No puedo —dijo.

—Oh, deja de quejarte por ser un lisiado y échame una mano.

Así que Miro separó mucho las piernas y se inclinó sobre su hermano. Su hermano menor, que ahora le aventajaba en tres décadas, y era aún mayor en sabiduría y compasión. Miro extendió la mano. Quim la agarró y con su ayuda se levantó del suelo. El esfuerzo fue agotador para Miro: no tenía fuerza para esta labor, y Quim no fingía, confiaba en él para que lo levantara. Terminaron mirándose a la cara, hombro con hombro, las manos todavía juntas.

—Eres un buen sacerdote —dijo Miro.

—Sí. Y si alguna vez necesito un sparring, te llamaré.

—¿Responderá Dios a tu plegaria?

—Por supuesto. Dios responde a todas las plegarias.

Miro tardó un instante en comprender qué quería decir Quim.

—Me refiero a si atenderá mi ruego.

—Ah. Nunca estoy seguro de esa parte. Dime más tarde si lo hace.

Quim se dirigió, envarado y cojeando, hacia el árbol. Se inclinó y recogió del suelo un par de palos habladores.

—¿De qué vas a hablar con Raíz?

—Mandó decirme que tenía que hablar con él. Hay una especie de herejía nueva en uno de los bosques.

—Los conviertes y luego se vuelven locos, ¿eh?

—La verdad es que no. Es uno de los grupos a los que nunca he predicado. Los padres-árbol se hablan entre sí, de forma que las ideas del cristianismo ya están en todas partes del mundo. Como siempre, la herejía se extiende más rápidamente que la verdad. Y Raíz se siente culpable porque se basa en una especulación suya.

—Supongo que para ti es un asunto serio —observó Miro.

Quim dio un respingo.

—No sólo para mí.

—Lo siento. Me refería a la Iglesia. A los creyentes.

—Nada tan parroquial como eso, Miro. Los pequeninos han encontrado una herejía realmente interesante. Una vez, no hace mucho, Raíz especuló que, igual que Cristo vino a los humanos, el Espíritu Santo podría venir algún día a los pequeninos. Es una burda malinterpretación de la Santísima Trinidad, pero este bosque se lo tomó bastante en serio.

—Me parece bastante parroquial.

—A mí también. Hasta que Raíz me contó los detalles. Verás, están convencidos de que el virus de la descolada es la encarnación del Espíritu Santo. Tiene una especie de sentido perverso; ya que el Espíritu Santo siempre ha habitado en todas partes, en todas las creaciones de Dios, es apropiado que su encarnación sea la descolada, que también penetra en todas las partes de cada ser vivo.

—¿Adoran al virus?

—Oh, sí. Después de todo, ¿no descubristeis vosotros que los pequeninos fueron creados, como seres conscientes, por el virus de la descooada? Así que el virus está imbuido con el poder creador, lo que significa que tiene naturaleza divina.

—Supongo que hay tantas pruebas literales para eso como para la encarnación de Dios en Cristo.

—No, hay muchas más. Pero si eso fuera todo, Miro, lo consideraría un asunto de la Iglesia. Complicado, difícil, pero, como tú dijiste, parroquial.

—¿Qué pasa entonces?

—La descolada es el segundo bautismo. Por el fuego. Sólo los pequeninos pueden soportar ese bautismo, y los conduce a la tercera vida. Están claramente más cerca de Dios que los humanos, a quienes les ha sido negada la tercera vida.

—La: mitología de la superioridad. Supongo que era de esperar —observó Miro—. La mayoría de las comunidades que intentan sobrevivir bajo la presión irresistible de una cultura dominante desarrollan un mito que les permite creer que son de algún modo un pueblo especial. Elegidos. Favoritos de los dioses. Gitanos, judíos…, hay muchos precedentes históricos.

—Prueba con esto, senhor zenador. Ya que los pequeninos son los elegidos por el Espíritu Santo, su misión es esparcir el segundo bautismo a cada lengua y cada pueblo.

—¿Esparcir la descolada?

—A todos los mundos. Una especie de juicio final ambulante. Llegan, la descolada se extiende, se adapta, mata… y todo el mundo va al encuentro de su Hacedor.

—Dios nos ampare.

—Eso esperamos.

Entonces Miro hizo una conexión con algo que sabía tan sólo desde el día anterior.

—Quim, los insectores están construyendo una nave para los pequeninos.

—Eso me ha dicho Ender. Y cuando confronté el tema con el padre Amanecer…

—¿Es un pequenino?

—Uno de los hijos de Humano. Dijo «desde luego», como si todo el mundo lo supiera. Tal vez eso es lo que pensó, que si los pequeninos lo saben, entonces se sabe. También me dijo que ese grupo herético está presionando para conseguir el mando de la nave.

—¿Por qué?

—Para poder llevarla a un mundo habitado, desde luego. En vez de encontrar un planeta deshabitado que terraformar y colonizar.

—Creo que tendríamos que llamarlo lusiformar.

—Es gracioso. —Sin embargo, Quim no se rió—. Puede que se salgan con la suya. Esta idea de que los pequeninos son una especie superior es bien recibida, sobre todo entre los pequeninos no cristianos. La mayoría no son muy sofisticados. No comprenden que están hablando de xenocidio. De aniquilar a la especie humana.

—¿Cómo pueden pasar por alto un detallito como ése?

—Porque los herejes refuerzan el hecho de que Dios ama tanto a los humanos que les envió a Su único Hijo. Recuerda las Escrituras.

—Quien crea en Él no perecerá.

—Exactamente. Los que creen tendrán la vida eterna. Como ellos lo ven, la tercera vida.

—Y los que mueran serán los infieles.

—No todos los pequeninos se apuntan para servir como ángeles exterminadores itinerantes. Pero son los suficientes para que debamos detenerlos. No sólo por el bien de la Madre Iglesia.

—De la Madre Tierra.

—Así que ya ves, Miro, a veces un misionero como yo tiene mucha importancia en el mundo. De algún modo tengo que persuadir a estos pobres herejes del error de sus creencias y hacer que acepten la doctrina de la Iglesia.

—¿Por qué vas a hablar con Raíz ahora?

—Para conseguir la única información que los pequeninos no nos dan nunca.

—¿Cuál es?

—Direcciones. Hay miles de bosques pequeninos en Lusitania. ¿Cuál es la comunidad hereje? Su nave habrá partido mucho antes de que yo la encuentre por mi cuenta viajando de bosque en bosque.

—¿Vas a ir solo?

—Lo hago siempre. No puedo llevar conmigo a ninguno de los hermanitos, Miro. Hasta que un bosque ha sido convertido, suelen matar a los pequeninos extraños. Un caso donde es mejor ser raman que utlanning.

—¿Sabe madre adónde vas?

—Por favor, sé práctico, Miro. No tengo miedo a Satanás, pero a madre…

—¿Lo sabe Andrew?

—Desde luego. Insiste en venir conmigo. El Portavoz de los Muertos tiene un prestigio enorme, y cree que puede ayudarme.

—Entonces no estarás solo.

—Por supuesto que sí. ¿Cuándo ha necesitado la ayuda de un humanista un hombre vestido con la armadura de Dios?

—Andrew es católico.

—Va a misa, recibe la comunión, se confiesa regularmente, pero sigue siendo un portavoz de los muertos y no creo que realmente crea en Dios. Iré solo.

Miro observó a Quim con nueva admiración.

—Eres un duro hijo de puta, ¿eh?

—Los soldados y los herreros son duros. Los hijos de puta tienen sus propios problemas. Sólo soy un siervo de Dios y de la Iglesia, con una misión que cumplir. Creo que las recientes pruebas sugieren que corro más peligro con mi hermano que entre los pequeninos más heréticos. Desde la muerte de Humano, los pequeninos han mantenido el juramento en todo el mundo: nadie ha levantado una mano contra un ser humano. Puede que sean herejes, pero siguen siendo pequeninos. Mantendrán el juramento.

—Lamento haberte golpeado.

—Lo recibí como si fuera un abrazo, hijo mío.

—Ojalá hubiera sido eso, padre Esteváo.

—Entonces lo fue.

Quim se volvió hacia el árbol y empezó a golpear marcando un ritmo. Casi de inmediato, el sonido empezó a cambiar, en tono y volumen, mientras los espacios huecos en el interior del árbol variaban de forma. Miro esperó unos instantes, escuchando, aunque no comprendía el lenguaje de los padres-árbol. Raíz hablaba con la única voz posible que éstos tenían. Una vez habló con voz propia, tuvo labios articulados con lengua y dientes. Había más de una forma de perder el cuerpo. Miro había atravesado una experiencia que debería haberlo matado. Había salido de ella lisiado. Pero todavía podía moverse, aunque torpemente; podía hablar, aunque despacio. Pensaba que sufría como Job. Raíz y Humano, mucho más lisiados que él, creían haber recibido la vida eterna.

—Una situación bastante fea —intervino Jane en su oído.

«Sí», respondió Miro en silencio.

—El padre Esteváo no debería ir solo —añadió ella—. Los pequeninos eran guerreros con efectos devastadores. No han olvidado cómo serlo.

«Entonces díselo a Ender —contestó Miro—. Aquí no tengo ningún poder.»

—Muy bien dicho, mi héroe —dijo lane—. Hablaré con Ender mientras tú te quedas esperando tu milagro.

Miro suspiró y regresó a casa colina abajo.

CABEZA DE PINO

‹He estado hablando con Ender y su hermana, Valentine. Es historiadora.›

‹Explica eso›

‹Investiga en los libros para descubrir las historias de los humanos, y luego escribe historias sobre lo que encuentra y las da a los otros humanos.›

‹Si las historias están ya escritas, ¿por qué las vuelve a escribir?›

‹Porque no son bien comprendidas. Ella ayuda a que la gente los comprenda.›

‹Si la gente más cercana a su época no los comprendió, ¿cómo puede ella, que llegó después, comprenderlos mejor?›

‹Yo le pregunté lo mismo, y Valentine respondió que no siempre las comprende mejor. Pero los antiguos escritores comprendieron lo que significaban las historias para la gente de su tiempo. Y ella comprende lo que significan para la gente de su

tiempo.›

‹Así que la historia cambia›

‹Sí.›

‹Y, sin embargo, ¿piensan cada vez en la historia como un recuerdo verdadero?›

‹Valentine explicó algo acerca de algunas historias que eran verdaderas y otras que eran fieles o la verdad. No llegué a comprender nada.›

‹¿Por qué no recuerdan los historias adecuadamente en primer lugar? Entonces no tendrían que seguir mintiéndose unos a otros.›

Qing-jao estaba sentada ante su terminal, los ojos cerrados, pensando. Wang-mu le cepillaba el pelo: los tirones, los roces, el propio aliento de la muchacha representaban un alivio para ella.

Era una de las ocasiones en que Wang-mu podía hablar libremente, sin temor a interrumpirla. Y como Wang-mu era Wang-mu, aprovechaba el momento en que la peinaba para hacerle preguntas. Tenía muchas.

Los primeros días, sus preguntas se refirieron todas a las demandas de los dioses. Por supuesto, Wang-mu se sintió muy aliviada al enterarse de que por lo general bastaba con seguir una sola veta en la madera: después de aquella primera vez temió que Qing-jao tuviera que seguir todo el suelo cada día.

Pero continuaba teniendo preguntas acerca de todo lo referente a la purificación. «¿Por qué no te levantas y sigues una línea cada mañana y acabas de una vez? ¿Por qué no haces que cubran el suelo con una alfombra?» Resultaba difícil de explicar que no se podía engañar a los dioses con estratagemas tontas como aquélla.

«¿Y si no existiera madera alguna en todo el mundo? ¿Te quemarían los dioses como a un papel? ¿Vendría un dragón y te llevaría con él?»

Qing-jao no podía responder a las preguntas de Wang-mu excepto para decir que esto era lo que los dioses exigían de ella. Si no hubiera vetas en la madera, los dioses no le pedirían que las siguiera. A lo cual Wang-mu respondió que deberían promulgar una ley contra los suelos de madera, entonces, para que Qing-jao pudiera ser liberada de todo el asunto.

Los que no habían oído la voz de los dioses simplemente no podían comprender.

Hoy, sin embargo, la pregunta de Wang-mu no tuvo nada que ver con los dioses, o al menos no tuvo nada que ver con ellos al principio.

—¿Qué es lo que detuvo por fin a la Flota Lusitania? —preguntó.

Qing-jao casi respondió con una risa: «¡Si lo supiera, podría descansar!». Pero entonces advirtió que Wang-mu probablemente ni siquiera sabía que la Flota Lusitania había desaparecido.

—¿Cómo es que estás enterada de la Flota Lusitania?

—Sé leer, ¿no? —replicó Wang-mu, quizás un poco orgullosamente.

Pero ¿por qué no iba a estar orgullosa? Qing-jao le había dicho, sinceramente, que aprendía muy rápido, y deducía muchas cosas por su cuenta. Era muy inteligente, y Qing-jao sabía que no debería sorprenderse si Wang-mu comprendía más de lo que le decía directamente.

—Puedo ver lo que aparece en tu terminal —dijo Wang-mu—, y siempre tiene que ver con la Flota Lusitania. También lo discutiste con tu padre el primer día que vine aquí. No comprendí la mayor parte de lo que dijisteis, pero supe que tenía relación con la Flota Lusitania. —La voz de Wang-mu se llenó súbitamente de repulsión—. Ojalá que los dioses orinaran en la cara del hombre que envió esa flota.

Su vehemencia fue sorprendente; el hecho de que hablara contra el Congreso Estelar, increíble.

—¿Sabes quién envió la flota? —preguntó Qing-jao.

—Por supuesto. Fueron los políticos egoístas del Congreso Estelar, que intentan destruir toda la esperanza de que un mundo colonial obtenga su independencia.

Así que Wang-mu sabía que hablaba traicioneramente. Qing-jao recordó sus propias palabras de hacía tiempo, tan similares, con repulsa. Oírlas de nuevo, en su presencia, y en boca de su doncella secreta, era abrumador.

—¿Qué sabes tú de esas cosas? Son cuestiones para el Congreso, y aquí estás hablando de independencia y colonias y…

Wang-mu se arrodilló, la cabeza inclinada hasta el suelo. Qing-jao se avergonzó casi inmediatamente de haber hablado con tanta brusquedad.

—Oh, levántate, Wang-mu.

—Estás enfadada conmigo.

—Estoy sorprendida por oírte hablar así, eso es todo. ¿Dónde oíste esa tontería?

—Todo el mundo lo dice.

—Todo el mundo no. Mi padre nunca lo dice. Por otro lado, Demóstenes dice ese tipo de cosas constantemente.

Qing-jao recordó lo que había sentido la primera vez que leyó las palabras de Demóstenes, lo lógicas y justas que le habían parecido. Sólo después, después de que su padre le explicara que Demóstenes era el enemigo de los gobernantes y por tanto el enemigo de los dioses, advirtió lo engañosas y sibilinas que eran las palabras del traidor, qué casi la sedujeron para que creyera que la Flota Lusitania era maligna. Si Demóstenes había estado a punto de engañar a una muchacha educada y elegida por los dioses como Qing-jao, no era de extrañar que una muchacha normal y corriente repitiera sus palabras.

—¿Quién es Demóstenes? —preguntó Wang-mu.

—Un traidor que al parecer tiene más éxito de lo que todos suponen.

¿Se daba cuenta el Congreso Estelar que las ideas de Demóstenes estaban siendo repetidas por gente que nunca había oído hablar de él? ¿Comprendía alguien lo que esto significaba? Las ideas de Demóstenes eran ahora la sabiduría común del pueblo llano. Las cosas habían dado un giro más peligroso de lo que Qing-jao había imaginado. Su padre era más sabio; debía de saberlo ya.

—No importa —dijo Qing-jao—. Háblame de la Flota Lusitania.

—¿Cómo puedo hacerlo, si te enfadarás?

Qing-jao esperó pacientemente.

—Está bien, entonces —asintió Wang-mu, pero seguía pareciendo cansada—. Mi padre dice, y también Pan Ku-wei, su amigo sabio que una vez se presentó al examen para el servicio civil y estuvo muy cerca de aprobar…

—¿Qué dicen?

—Que es muy mala cosa que el Congreso envíe una flota tan grande para atacar a una colonia diminuta simplemente porque rehusaron enviar a dos de sus ciudadanos para que fueran juzgados en otro mundo. Dicen que la justicia está completamente de parte de Lusitania, porque enviar a la gente de un planeta a otro contra su voluntad es apartarlos de su familia y sus amigos para siempre. Es como sentenciarlos antes del juicio.

—¿Y si son culpables?

—Eso es algo que sólo deben decidir los tribunales de su propio mundo, donde la gente los conoce y puede medir su crimen con justicia, no el Congreso, que no sabe nada y comprende menos. —Wang-mu inclinó la cabeza—. Eso es lo que dice Pan Ku-wei.

Qing-jao contuvo su propia repulsión ante las traicioneras palabras de Wang-mu; era importante saber lo que pensaba la gente corriente, aunque sólo oírlos hacía que Qing-jao estuviera segura de que los dioses se enfadarían con ella por su deslealtad.

—Entonces, ¿piensas que la Flota Lusitania nunca debería haber sido enviada?

—Si pueden enviar una flota contra Lusitania sin una buena razón, ¿qué les impide enviar otra contra Sendero? También somos una colonia, no uno de los Cien Mundos, no un miembro del Congreso Estelar. ¿Qué les impide declarar que Han Fei-tzu es un traidor y hacerle viajar a algún planeta distante y no regresar hasta dentro de sesenta años?

La idea era terrible, y una presunción por parte de Wang-mu incluir a su padre en la conversación, no porque fuera una sirvienta, sino porque era presuntuoso por parte de cualquiera imaginar que el gran Han Fei-tzu fuera acusado de un crimen.

La compostura de Qing-jao se derrumbó por un momento, e hizo patente su furia.

—¡El Congreso nunca trataría a mi padre como a un criminal!

—Perdóname, Qing-jao. Me pediste que repitiera lo que dijo mi padre.

—¿Quieres decir que tu padre habló de Han Fei-tzu?

—Todo el pueblo de Jonlei sabe que Han Fei-tzu es el hombre más honorable de Sendero. Nuestro mayor orgullo es que la Casa de Han forme parte de nuestra ciudad.

«Así que —pensó Qing-jao—, sabías exactamente lo ambiciosa que eras cuando decidiste convertirte en la doncella de su hija.»

—No pretendía faltarle el respeto, ni ellos tampoco. ¿Pero no es verdad que si el Congreso quisiera podrían ordenar a Sendero que enviara a tu padre a otro mundo para ser juzgado?

—Ellos nunca…

—¿Pero podrían? —insistió Wang-mu.

—Sendero es una colonia —admitió Qing-jao—. La ley lo permite, pero el Congreso Estelar nunca…

—Pero si lo hicieron con Lusitania, ¿por qué no podrían hacerlo con Sendero?

—Porque los xenólogos de Lusitania eran culpables de crímenes que…

—La gente de Lusitania no opinaba lo mismo. Su gobierno rehusó enviarlos a juicio.

—Eso es lo peor. ¿Cómo puede un gobierno planetario atreverse a pensar que saben más que el Congreso?

—Pero lo sabían todo —objetó Wang-mu, como si la idea fuera tan natural que todo el mundo debiera conocerla—. Conocían a esa gente, a esos xenólogos. Si el Congreso Estelar hiciera que Sendero enviara a Han Fei-tzu para ser juzgado en otro mundo por un crimen que sabemos que no cometió, ¿no crees que también nos rebelaríamos en vez de entregar a un hombre tan grande? Pues entonces ellos enviarían una flota contra nosotros.

—El Congreso Estelar es la fuente de toda la justicia en los Cien Mundos —alegó Qing-jao con determinación.

La discusión se había acabado.

Imprudentemente, Wang-mu no guardó silencio.

—Pero Sendero no es uno de los Cien Mundos todavía, ¿no? —dijo—. Sólo somos una colonia. Pueden hacer lo que quieran, y eso no es justo.

Wang-mu asintió con la cabeza al final, como si pensara que su opinión había prevalecido por completo. Qing-jao casi se echó a reír. Se habría reído, de hecho, si no hubiera estado tan furiosa. En parte lo estaba porque Wang-mu la había interrumpido muchas veces e incluso le había llevado la contraria, algo que sus maestros siempre habían evitado. Sin embargo, la audacia de Wang-mu era probablemente buena cosa, y la furia de Qing-jao indicaba que se había acostumbrado demasiado al respeto no merecido que la gente mostraba a sus ideas, simplemente porque salían de los labios de una agraciada por los dioses. Había que animar a Wang-mu a que le hablara así. Esa parte de la furia de Qing-jao era un error, y tenía que librarse de ella.

Pero gran parte de su furia se debía a la forma en que Wang-mu había hablado acerca del Congreso Estelar. Era como si Wang-mu no considerara al Congreso la autoridad suprema de toda la humanidad; como si imaginara que Sendero era más importante que la voluntad colectiva de todos los mundos. Aunque sucediera lo inconcebible y se ordenara que Han Fei-tzu se presentara a juicio en un mundo situado a un centenar de años luz de distancia, él lo haría sin una protesta, y se enfurecería si alguien en Sendero opusiera la más leve resistencia. ¿Rebelarse como Lusitania? Impensable. La simple idea hacía que Qing-jao se sintiera sucia.

Sucia. Impura. Albergar un pensamiento tan rebelde la hizo empezar a buscar una línea en las vetas de la madera para seguirla.

—¡Qing-jao! —gimió Wang-mu en cuanto su señora se arrodilló y se inclinó sobre el suelo—. ¡Por favor, dime que los dioses no te están castigando por haber oído las palabras que he pronunciado!

—No me están castigando —replicó Qing-jao—. Me purifican.

—Pero no son ni siquiera mis palabras, Qing-jao. Son palabras de personas que ni siquiera están aquí.

—Son palabras impuras, no importa quién las diga.

—¡Pero no es justo que te humilles por unas ideas en las que nunca has pensado ni has creído!

¡Peor y peor! ¿No se callaría nunca Wang-mu?

—¿Debo oírte ahora decir que los propios dioses son injustos?

—¡Lo son, si te castigan por las palabras de otras personas!

La muchacha era desesperante.

—¿Ahora eres más sabia que los dioses?

—¡También podrían castigarte porque te atrae la gravedad, o porque la lluvia te moja!

—Si me exigieran que me purificara por esas cosas, entonces lo haría, y lo consideraría justicia —sentenció Qing-jao.

—¡La justicia no tiene significado! —gritó Wang-mu—. Cuando dices la palabra, te refieres a lo que quiera que decidan los dioses. Pero cuando yo la digo, me refiero a la equidad, a gente que es castigada sólo por lo que han hecho a propósito, a…

—Yo debo atender a lo que los dioses entienden por justicia.

—¡La justicia es la justicia, digan lo que digan los dioses!

Qing-jao estuvo a punto de incorporarse y abofetear a su doncella secreta. Habría sido adecuado, pues Wang-mu le causaba tanto dolor como si la hubiera golpeado. Pero no era corriente en Qing-jao pegar a una persona que no tenía libertad de responderle. Además, aquí se presentaba un acertijo sumamente interesante. Después de todo, los dioses le habían enviado a Wang-mu: Qing-jao estaba segura de ello. Así que en vez de discutir con Wang-mu directamente, intentaría comprender lo que los dioses pretendían al enviarle una sirvienta que decía cosas tan vergonzantes e irrespetuosas.

Los dioses habían hecho que Wang-mu dijera que era injusto castigar a Qing-jao simplemente por oír las irrespetuosas opiniones de otra persona. Tal vez la afirmación de Wang-mu era cierta. Pero también era cierto que los dioses no podían ser injustos. Por tanto, debía ser que Qing-jao no estaba siendo castigada sólo por oír las traicioneras opiniones de la gente. No, Qing-jao tenía que purificarse porque, en el fondo de su corazón, una parte de ella debía de creer esas opiniones. Tenía que limpiarse porque en su interior todavía dudaba del mandato celestial del Congreso Estelar; todavía opinaba que no era justo.

Qing-jao se arrastró inmediatamente hasta la pared más cercana y empezó a buscar la línea adecuada en las vetas de la madera. Gracias a las palabras de Wang-mu, había descubierto una suciedad secreta en su interior. Los dioses la habían acercado un paso más para conocer sus lugares más oscuros, para que algún día pudiera estar completamente llena de luz y ganarse así el nombre que incluso ahora seguía siendo tan sólo una burla. «Una parte de mí duda de la justicia del Congreso Estelar. ¡Oh, dioses, por el bien de mis antepasados, mi pueblo, mis gobernantes, y por último por mi propio bien, purgad esta duda de mí y dejadme limpia!»

Cuando terminó de seguir la línea (y únicamente hizo falta seguir una sola línea para que quedara limpia, lo cual era una buena señal de que había aprendido algo bien), vio que allí estaba todavía Wang-mu, observándola. Toda la furia de Qing-jao se había desvanecido, y de hecho se sentía agradecida a Wang-mu por haber sido una herramienta involuntaria de los dioses para ayudarla a aprender una nueva verdad. Pero, con todo, Wang-mu tenía que comprender que se había pasado de la raya.

—En esta casa somos leales sirvientes del Congreso Estelar —declaró Qing-jao, la voz suave, la expresión amable—. Si tú fueras una sirvienta leal de esta casa, también servirías al Congreso con todo tu corazón.

¿Cómo podría explicarle a Wang-mu lo dolorosamente que ella misma había aprendido la lección, lo dolorosamente que aún la estaba aprendiendo? Necesitaba que Wang-mu la ayudara, no que se lo pusiera más difícil.

—Sagrada, no lo sabía —murmuró Wang-mu—. No tenía ni idea. Siempre había oído mencionar el nombre de Han Fei-tzu como el del más noble servidor de Sendero. Creía que servíais al Sendero, no al Congreso, o nunca habría…

—¿Nunca habrías venido a trabajar aquí?

—Nunca habría hablado mal del Congreso. Te serviría aunque vivieras en la casa de un dragón.

«Tal vez lo hago —pensó Qing-jao—. Tal vez el dios que me purifica es un dragón, frío y caliente, terrible y hermoso.»

—Recuerda, Wang-mu, que el mundo llamado Sendero no es el Sendero mismo, sino que lleva su nombre para recordarnos que sigamos el auténtico Sendero cada día. Mi padre y yo servimos al Congreso porque ostenta el mandato del cielo, y por eso el Sendero requiere que lo sirvamos por encima de los deseos y necesidades del mundo concreto llamado Sendero.

Wang-mu la miraba con los ojos desorbitados, sin parpadear. ¿Comprendía? ¿Creía? No importaba, llegaría a creer con el tiempo.

—Vete ahora, Wang-mu. Tengo que trabajar.

—Sí, Qing-jao.

Wang-mu se levantó inmediatamente y retrocedió, inclinándose. Qing-jao se volvió hacia su terminal. Pero cuando empezaba a requerir más informes a la pantalla, se dio cuenta de que había alguien en la habitación con ella.

Giró en su silla: en la puerta estaba Wang-mu.

—¿Qué pasa?-preguntó Qing-jao.

—¿Es el deber de una doncella secreta decirte cualquier sabiduría que acuda a su mente, aunque resulte ser una tontería?

—Puedes decirme lo que quieras. ¿Te he castigado alguna vez?

—Entonces, por favor, perdóname, Qing-jao, si me atrevo a decir algo sobre la gran tarea en la que estás trabajando.

¿Qué sabía Wang-mu de la Flota Lusitania? Era una estudiante rápida, pero Qing-jao le enseñaba a un nivel tan primitivo en todos los temas que era absurdo pensar que pudiera siquiera entender los problemas, mucho menos las respuestas. Sin embargo, su padre le había enseñado que los sirvientes son siempre más felices cuando saben que sus amos escuchan sus voces.

—Cuéntamelo, por favor —rogó Qing-jao—. ¿Cómo podrías decir algo más estúpido que mis propias palabras?

—Mi querida hermana mayor —dijo Wang-mu—. Tú misma me has dado esta idea. Has dicho muchas veces que nada conocido en toda la ciencia y la historia podría haber causado que la flota desapareciera con tanta perfección, y a la vez.

—Pero sucedió, y por eso debe ser posible después de todo.

—Lo que se me ocurrió, mi dulce Qing-jao, es algo que me explicaste la última vez que estudiamos lógica. Acerca de la primera causa y la causa final. Todo este tiempo has estado buscando primeras causas: cómo se hizo desaparecer a la flota. Pero ¿has buscado causas finales, lo que deseaba conseguir alguien aislando a la flota, o incluso destruyéndola?

—Todo el mundo sabe por qué la gente quiere detener a la flota. Intentan proteger los derechos de las colonias, o tienen la ridícula idea de que el Congreso pretende destruir a los pequeninos junto con toda la colonia. Hay miles de millones de personas que quieren detener a la flota. Todos ellos son sediciosos de corazón y enemigos de los dioses.

—Pero alguien lo hizo —adujo Wang-mu—. Sólo se me ocurrió que ya que no puedes descubrir lo que sucedió a la flota directamente, entonces si descubrieras quién lo hizo, tal vez llegaras a averiguar cómo lo consiguieron.

—Ni siquiera sabemos si alguien lo hizo —objetó Qing-jao—. Pudo haber sido algo. Los fenómenos naturales no tienen propósitos en mente, ya que no tienen mente.

Wang-mu inclinó la cabeza.

—Entonces te he hecho perder el tiempo, Qing-jao. Por favor, perdóname. Tendría que haberme marchado cuando me lo ordenaste.

—Está bien —asintió Qing-jao.

Wang-mu se marchó al instante. Qing-jao no sabía si su servidora había oído siquiera sus últimas palabras. «No importa», pensó. Si Wang-mu estaba ofendida, lo arreglaría más tarde. Era muy amable por parte de la muchacha pensar que podía ayudarla con su tarea; ya se aseguraría de que supiera lo contenta que estaba de que tuviera un corazón tan animoso.

Qing-jao volvió a su terminal. Repasó cansinamente los informes de la pantalla. Los había estudiado todos antes, y no había encontrado nada útil. ¿Por qué debería ser diferente esta vez? Tal vez esos informes y sumarios no le mostraban nada porque no había nada que mostrar. Tal vez la flota desapareció porque algún dios se había vuelto loco; había historias similares en la antigüedad. Tal vez no había ninguna prueba de la intervención humana porque ningún humano lo había hecho. Se preguntó qué diría su padre de eso. ¿Cómo trataría el Congreso con una deidad enloquecida? Ni siquiera podían localizar a un escritor sedicioso como Demóstenes, ¿qué esperanza tenían de seguir y atrapar a un dios?

«Quienquiera que sea Demóstenes, ahora mismo se estará riendo», pensó Qing-jao. Tanto trabajo para persuadir a la gente de que el gobierno se equivocaba al enviar a la Flota Lusitania, y ahora la flota había sido detenida, justo como quería Demóstenes.

Justo como quería Demóstenes. Por primera vez, Qing-jao hizo una conexión mental, tan evidente que no pudo creer que no la hubiera hecho antes. Era tan obvio, de hecho, que la policía de muchas ciudades había supuesto que quienes ya eran seguidores conocidos de Demóstenes debían de estar implicados en la desaparición de la flota. Habían detenido a todos los sospechosos de sedición y habían intentado arrancarles una confesión a la fuerza. Pero, por supuesto, no habían interrogado a Demóstenes, porque nadie sabía quién era.

Demóstenes, tan listo que había eludido ser descubierto durante años, a pesar de toda la búsqueda por parte de la policía del Congreso. Demóstenes, tan elusivo como la causa de la desaparición de la flota. Si pudo hacer un truco, ¿por qué no el otro? «Tal vez si encuentro a Demóstenes descubriré cómo se interceptó a la flota. No es que sepa por dónde empezar a buscar. Pero al menos es una aproximación diferente. Al menos no tendré que leer los mismos informes inútiles y vacíos hasta la saciedad.»

De repente, Qing-jao recordó quién había dicho casi exactamente lo mismo, tan sólo momentos antes. Sintió que se ruborizaba, la sangre caliente agolpada en sus mejillas. «Qué arrogante fui al tratar a Wang-mu de forma condescendiente, al despreciarla por imaginar que podía ayudarme con mi alta tarea. Y ahora, ni cinco minutos después, el pensamiento que introdujo en mi mente ha madurado en un plan. Aunque el plan fracase, fue ella quien me lo dio, o al menos me puso en camino. Así que yo fui la tonta al pensar que ella lo era.» Lágrimas de vergüenza llenaron los ojos de Qing-jao.

Entonces pensó en algunos versos de una canción de su antepasada-del-corazón:

Quiero recuperar
las flores de las moras
que han caído
aunque las peras maduran y permanecen

La poetisa Li Qing-jao conocía el dolor de llorar por las palabras que ya han caído de nuestros labios y nunca pueden recuperarse. Pero era lo bastante sabia para comprender que, aunque esas palabras han desaparecido, existen todavía nuevas palabras que decir, como las peras maduras.

Para consolarse de la vergüenza de haber sido tan arrogante, Qing-jao repitió todas las palabras de la canción, o al menos empezó a hacerlo. Pero cuando llegó al verso:

barcos dragón en el río

su mente regresó a la Flota Lusitania, imaginando a todas aquellas naves estelares como barcos fluviales, pintadas tan fieramente y a la vez arrastradas por la corriente, tan lejos de la costa que ya no pueden ser oídos por fuerte que griten.

De barcos dragón sus pensamientos pasaron a cometas dragón, y ahora pensó en la Flota Lusitania como cometas con la cuerda rota, impulsadas por el viento, separadas ya del niño que las hizo volar. Qué hermoso, verlas libres. Sin embargo, qué aterrador debía de ser para ellas, que nunca ansiaron la libertad.

No temí a los vientos enloquecidos
ni a la violenta lluvia

Las palabras de la canción volvieron de nuevo a ella. «No temí.Vientos enloquecidos. Lluvia violenta. No temí mientras

bebimos por la buena fortuna
con cálido vino de moras,
ahora no puedo concebir
cómo recuperar
ese tiempo

Mi antepasada-del-corazón podía espantar su miedo bebiendo —pensó Qing-jao—, porque tenía alguien con quien beber. E incluso ahora,

sola en mi tálamo con una copa
mirando tristemente a la nada

la poetisa recuerda a su compañero perdido. ¿A quién recuerdo yo ahora? —pensó Qing-jao—. ¿Dónde está mi dulce amor? Qué época sería aquélla, cuando la gran Li Qing-jao era todavía mortal y hombres y mujeres podían estar juntos como tiernos amigos, sin preocuparse por quién era agraciado por los dioses y quién no. Entonces una mujer podía llevar una vida tal que incluso en su soledad tenía recuerdos.

Yo ni siquiera puedo recordar la cara de mi madre. Sólo las fotos planas; no puedo recordar su cara en movimiento mientras sus ojos me miraban.

Sólo tengo a mi padre, que es como un dios; puedo adorarlo y obedecerlo e incluso amarlo, pero no puedo jugar con él; cuando bromeo con él, siempre tengo cuidado de que apruebe la forma en que lo hago. Y Wang-mu.

Hablé firmemente de cómo seríamos amigas, y sin embargo la trato como a una criada, no olvido ni por un solo instante quién es la agraciada por los dioses y quién no. Es un muro que nunca puede cruzarse. Estoy sola ahora y estaré sola siempre.

un frío claro atraviesa
las cortinas de la ventana
la luna creciente más allá de los barrotes de oro.»

Qing-jao se estremeció. «La luna y yo. ¿No consideraban los griegos a su luna como una fría virgen, una cazadora? ¿No es eso lo que soy ahora? Dieciséis años e intacta

y una flauta suena
como si se acercara alguien

Yo escucho y escucho pero nunca oigo la melodía de alguien acercándose…»

No. Lo que oía eran los sonidos distantes de la comida al ser preparada, el parloteo de cuencos y cucharas, risas en la cocina. Roto su ensimismamiento, alzó la mano y secó las estúpidas lágrimas que le surcaban las mejillas. ¿Cómo podía considerar que estaba sola, cuando vivía en aquella casa atestada, donde todo el mundo se había preocupado por ella durante toda su vida? «Estoy aquí sentada, recitándome fragmentos de poesía antigua, cuando tengo trabajo que hacer.»

De inmediato, empezó a pedir los informes referentes a las investigaciones sobre la identidad de Demóstenes.

Los informes la hicieron pensar por un momento que también era un callejón sin salida. Más de tres docenas de escritores en el mismo número de mundos habían sido arrestados por producir documentos sediciosos bajo ese nombre. El Congreso Estelar había llegado a la conclusión lógica: Demóstenes era simplemente el nombre común que usaba cualquier rebelde que quería llamar la atención. No había ningún Demóstenes real, ni siquiera una conspiración organizada.

Pero Qing-jao tenía sus dudas acerca de esta conclusión. Demóstenes había tenido un éxito notable a la hora de provocar problemas en cada mundo. ¿Podía haber alguien con tanto éxito entre los traidores de cada planeta? No parecía probable.

Además, al reflexionar sobre cuando leyó a Demóstenes, Qing-jao recordó haber advertido la coherencia de sus escritos. La singularidad y consistencia de su visión, eso formaba parte de su encanto. Todo parecía encajar, tener un sentido coherente.

¿No había diseñado también Demóstenes la jerarquía de los Extraños? Utlanning, framling, raman, varelse. No: eso había sido escrito hacía muchos años, tenía que ser un Demóstenes diferente. ¿Era a causa de la jerarquía del primer Demóstenes por lo que los traidores usaban ese nombre? Escribían a favor de la independencia de Lusitania, el único mundo donde se había hallado vida inteligente no humana.

Era apropiado usar el nombre del escritor que enseñó por primera vez a la humanidad a darse cuenta de que el universo no estaba dividido entre humanos y no humanos, ni entre especies inteligentes y no inteligentes.

Algunos extraños, dijo el primer Demóstenes, eran framlings, humanos de otro mundo. Algunos eran raman, de otra especie inteligente, aunque capaces de comunicarse con los seres humanos, de forma que se podían sortear las diferencias y tomar decisiones juntos. Otros eran varelse, «bestias sabias», sin duda inteligentes y sin embargo completamente incapaces de llegar a un terreno común con la humanidad. Sólo con los varelse podía estar justificada la guerra; con los raman, los humanos podían firmar la paz y compartir los mundos habitables. Era una forma de pensar abierta, llena de esperanza de que los extraños podían seguir siendo amigos. Las personas que pensaban así nunca podrían haber enviado una flota con el Pequeño Doctor a un mundo habitado por una especie inteligente.

Este pensamiento era muy incómodo: el Demóstenes de la jerarquía también desaprobaría la Flota Lusitania. Casi de inmediato, Qing-jao tuvo que contrarrestarlo. No importaba lo que pensara el viejo Demóstenes, ¿no? El nuevo Demóstenes, el sedicioso, no era un filósofo sabio que intentara unir a los pueblos. En cambio, intentaba sembrar discordia y descontento entre los mundos, provocar luchas, quizás incluso guerras entre framlings.

Además el Demóstenes sedicioso no era sólo un compuesto de muchos rebeldes que trabajaban en mundos distintos. El ordenador lo confirmó pronto. Cierto, se había encontrado a muchos rebeldes que habían publicado en sus propios planetas bajo el nombre de Demóstenes, pero casi siempre estaban unidos a publicaciones pequeñas, inefectivas e inútiles, nunca a los documentos realmente peligrosos que parecían aparecer simultáneamente en la mitad de los mundos. Sin embargo, cada fuerza local de policía declaraba felizmente que sus pequeños «Demóstenes» eran los autores de todos los escritos, aceptaban los aplausos y cerraban el caso.

El Congreso Estelar hizo lo mismo con su propia investigación. Tras haber encontrado varias docenas de casos donde la policía local había arrestado y condenado a rebeldes que habían publicado algo bajo el nombre de Demóstenes, los investigadores del Congreso suspiraron contentos, declararon que Demóstenes resultó ser un nombre común y no una sola persona, y luego abandonaron la investigación.

En resumen, había adoptado la salida fácil. Egoísta, desleal…

Qing-jao sintió un arrebato de indignación porque se permitía que esa gente continuara con sus altos cargos. Deberían ser castigados, y severamente, por dejar que su pereza o su deseo de elogios los llevara a abandonar la investigación acerca de Demóstenes. ¿No se daban cuenta de que era realmente peligroso, de que sus escritos eran ahora la sabiduría común de al menos un mundo, y probablemente de muchos? Por culpa suya, ¿cuántas personas en cuántos mundos se alegrarían si supieran que la Flota Lusitania había desaparecido? No importaba a cuánta gente arrestara la policía bajo el nombre de Demóstenes; sus obras seguían apareciendo, y siempre con la misma voz dulce y razonable. No, cuanto más leía los informes, más convencida estaba Qing-jao de que Demóstenes era un solo hombre, todavía por descubrir. Un hombre que sabía cómo guardar secretos con una efectividad imposible.

Desde la cocina llegó el sonido de una flauta; llamaban para cenar. Miró al espacio de la pantalla sobre su terminal, donde todavía gravitaba el último informe, que repetía el nombre Demóstenes una y otra vez.

—Sé que existes, Demóstenes —susurró—, y sé que eres muy listo, y te encontraré. Cuando lo consiga, detendrás tu guerra contra los gobernantes y me dirás lo que ha sucedido con la Flota Lusitania. Entonces acabaré contigo, y el Congreso te castigará, y mi padre se convertirá en el dios de Sendero y vivirá eternamente en el

Oeste Infinito. Ésa es la tarea para la que nací, para la que los dioses me han elegido. Bien podrías mostrarte ya, pues tarde o temprano todos los hombres y mujeres ponen la cabeza bajo los pies de los dioses.

La flauta siguió tocando, una melodía suave y baja, que atraía a Qing-jao hacia la compañía del resto de la casa. Para ella, esta música medio susurrada era la canción del espíritu interior, la silenciosa conversación de los árboles sobre un estanque tranquilo, el sonido de los recuerdos que aparecen desencadenados en la mente de una mujer que reza. Era así como llamaban a cenar en la casa del noble Han Fei-tzu.

A esto sabe el temor de la muerte —pensó Jane tras oír el desafío de Qing-jao—. Los seres humanos lo experimentan constantemente y, sin embargo, de algún modo continúan de día en día, sabiendo que en cualquier momento pueden dejar de existir. Pero es porque ellos pueden olvidar algo y seguir sabiéndolo; yo nunca olvido, no sin perder el conocimiento por completo. Sé que Qing-jao está a punto de encontrar secretos que han permanecido ocultos sólo porque nadie los ha buscado con intensidad suficiente. Y cuando esos secretos se revelen, yo moriré.»

—Ender —susurró.

¿Era de día o de noche en Lusitania? ¿Estaba él dormido o despierto? Para Jane, hacer una pregunta era saber o no saber. Así que supo de inmediato que era de noche. Ender dormía, pero ahora estaba despierto. Advirtió que aún estaba sintonizado a su voz, aunque habían pasado muchos silencios entre ellos en los últimos treinta años.

—Jane —susurró él.

A su lado, su esposa, Novinha, se agitó en sueños. Jane la oyó, sintió la vibración de su movimiento, vio las sombras cambiantes a través del sensor que Ender llevaba en la oreja. Era una suerte que Jane no hubiera aprendido todavía a sentir celos, o habría odiado a Novinha por estar allí, un cuerpo cálido junto al de Ender. Pero Novinha, al ser humana, sí tenía celos, y Jane sabía cuánto se revolvía cada vez que veía a Ender hablando con la mujer que vivía en la joya de su oído.

—Silencio —rogó Jane—. No despiertes a nadie.

Ender respondió moviendo los labios, la lengua y los dientes, sin dejar que nada más fuerte que un suspiro cruzara sus labios.

—¿Cómo están nuestros enemigos en vuelo?-preguntó.

La había saludado de esta forma durante muchos años.

—No muy bien —respondió Jane.

—Tal vez no deberías de haberlo bloqueado. Habríamos encontrado un medio. Los escritos de Valentine…

—Están a punto de descubrir su verdadera identidad.

—Todo está a punto de ser descubierto.

No añadió: «por tu culpa».

—Sólo porque Lusitania estaba destinada a la destrucción —respondió ella.

Tampoco dijo: «por tu culpa». Había responsabilidad de sobra que repartir.

—Entonces, ¿saben lo de Valentine?

—Una muchacha acabará por averiguarlo. En el mundo de Sendero.

—No conozco el lugar.

—Una colonia nueva, de hace un par de siglos. China. Dedicada a conservar una extraña mezcla de religiones antiguas. Los dioses les hablan.

—He vivido en más de un mundo chino —comentó Ender—. En todos ellos, la gente creía en los antiguos dioses. Están vivos en cada mundo, incluso aquí, en la más pequeña de todas las colonias humanas. Todavía hay milagros de curación en el altar de Os Venerados. Raíz nos ha hablado de una nueva herejía en las tierras del interior. Algunos pequeninos que comulgan constantemente con el Espíritu Santo.

—Este asunto de los dioses es algo que no comprendo —dijo Jane—. ¿Nadie se ha dado cuenta todavía de que los dioses siempre dicen lo que la gente quiere oír?

—No tanto. Los dioses a menudo nos piden que hagamos cosas que nunca deseamos, cosas que requieren que lo sacrifiquemos todo por ellos. No subestimes a los dioses.

—¿Te habla tu Dios católico?

—Tal vez sí. Pero yo nunca lo oigo. O si lo hago, nunca sé que es su voz lo que escucho.

—Y cuando morís, ¿os llevan realmente los dioses de cada pueblo a un lugar para vivir eternamente?

—No lo sé. Nunca escriben.

—Cuando yo muera, ¿habrá algún dios, que venga a llevarme?

Ender guardó silencio durante un instante, y luego empezó a hablar como si le contara un cuento.

—Hay una vieja historia de un fabricante de muñecos que nunca tuvo un hijo, así que hizo una marioneta tan llena de vida que parecía un niño de verdad. El fabricante se colocaba al niño de madera en el regazo y le hablaba y fingía que era su hijo. No estaba loco (seguía sabiendo que era un muñeco), y lo llamó Pinehead, Cabeza de Pino. Pero un día vino un dios y tocó al muñeco y éste cobró vida, y cuando el fabricante le habló, Pinehead respondió. El hombre nunca confió a nadie su secreto. Mantenía en casa a su hijo de madera, pero le contaba todos los cuentos que podía aprender y todas las noticias de las maravillas que sucedían bajo el cielo. Entonces, un día, el muñequero volvía a casa del muelle con relatos de una tierra distante que acababa de ser descubierta, cuando vio que su casa estaba ardiendo. Inmediatamente, echó a correr y trató de entrar en la casa gritando: «¡Mi hijo! ¡Mi hijo!». Pero sus vecinos lo detuvieron, diciendo: «¿Estás loco? ¡No tienes ningún hijo!». Él vio su casa arder hasta consumirse, y cuando acabó se internó en las ruinas y se cubrió con cenizas calientes y lloró amargamente. No quería recibir consuelo. Se negó a reconstruir su tienda. Cuando la gente le preguntaba, decía que su hijo había muerto. Se ganaba la vida haciendo trabajillos para otras personas, y éstas le compadecían porque estaban seguros de que el fuego le había vuelto loco. Entonces, un día, tres años más tarde, un pequeño niño huérfano se le acercó, le tiró de la manga y dijo: «Padre, ¿no tienes un cuento para mí?».

Jane esperó, pero Ender no dijo nada más.

—¿Ésa es toda la historia?

—¿No es suficiente?

—¿Por qué me cuentas esto? Es todo sueños y deseos. ¿Qué tiene que ver conmigo?

—Es la historia que se me ocurrió.

—¿Por qué?

—Tal vez es así como me habla Dios —dijo Ender—. O tal vez tengo sueño y no puedo ofrecerte lo que me pides.

—Ni siquiera sé lo que quiero de ti.

—Yo sí. Quieres vivir, con tu propio cuerpo, sin depender de la telaraña filótica que une los ansibles. Te concedería ese don si pudiera. Si se te ocurre una forma en que pueda conseguirlo, lo haré por ti. Pero Jane, ni siquiera sabes lo que eres. Tal vez cuando sepas cómo llegaste a existir, lo que te hace ser, entonces quizá podamos salvarte el día en que desconecten los ansibles para matarte.

—Entonces, ¿ésa es tu historia? ¿Tal vez me quemaré con la casa, pero de algún modo mi alma acabará en un niño huérfano de tres años?

—Averigua quién eres, lo que eres, tu esencia, y nosotros intentaremos trasladarte a algún sitio más seguro hasta que todo acabe. Tenemos un ansible. Tal vez podamos hacerte volver.

—No hay suficientes ordenadores en Lusitania para contenerme.

—Eso no lo sabes. Ignoras lo que es tu esencia.

—Me estás diciendo que encuentre mi alma.

Hizo que su voz sonara burlona al pronunciar la palabra.

—Jane, el milagro no fue que el muñeco renaciera en el niño. El milagro fue el hecho de que la marioneta llegara a cobrar vida. Algo sucedió que convirtió unas conexiones informáticas sin significado en un ser consciente de sí mismo. Algo te creó. Eso es lo extraño. Después de eso, la otra parte debería ser fácil.

Arrastraba las palabras. «Quiere que me vaya para poder dormir, pensó Jane.

—Trabajaré sobre esto.

—Buenas noches —murmuró él.

Cayó dormido casi de inmediato. «¿Ha llegado a estar despierto? —se preguntó Jane—. ¿Recordará por la mañana que hemos hablado?»

Entonces sintió que la cama se movía. Novinha: su respiración era diferente. Sólo entonces se dio cuenta Jane. «Novinha se despertó cuando Ender y yo estábamos hablando. Sabe lo que significan esos chasquidos y lamidos casi inaudibles: que Ender estaba subvocalizando para hablar conmigo. Puede que Ender olvide que hemos hablado esta noche, pero Novinha no lo olvidará. Como si lo hubiera sorprendido en la cama con una amante. Si pudiera pensar en mí de otra manera… Como una hija. Como la hija bastarda de Ender, fruto de una vieja relación. Su hija nacida del juego de la fantasía. ¿Estaría celosa entonces? ¿Soy hija de Ender?»

Jane empezó a investigar en su propio pasado. Empezó a estudiar su propia naturaleza. Empezó a intentar descubrir quién era y por qué estaba viva.

Pero como era Jane, y no un ser humano, también se dedicaba a otras tareas. Al mismo tiempo seguía la investigación de Qing-jao a través de los datos relacionados con Demóstenes, observando cómo se acercaba cada vez más a la verdad.

Sin embargo, la actividad más urgente de Jane era buscar una forma de conseguir que Qing-jao ya no quisiera encontrarla. Ésa era la tarea más difícil de todas, pues a pesar de todas sus conversaciones con Ender, los seres humanos individuales seguían constituyendo un misterio. Jane había llegado a una conclusión: «no importa lo bien que conozcas las obras de una persona, y lo que pensaba que estaba haciendo cuando lo realizó y lo que piensa ahora de sus logros; es imposible estar seguro de lo que hará a continuación». Sin embargo, no tenía más remedio que intentarlo. Así que empezó a observar la casa de Han Fei-tzu de una manera en la que no había observado a nadie excepto a Ender y, más recientemente, a su hijastro Miro. Ya no podía esperar a que Qing-jao y su padre introdujeran datos en el ordenador e intentar comprenderlos a partir de ellos. Ahora tuvo que tomar el control del ordenador de la casa para usar los receptores de audio y vídeo de los terminales situados en casi todas las habitaciones para que se convirtieran en sus ojos y oídos. Los vigilaba. Sola y apartada, dedicó a ellos una considerable parte de su atención, estudiando y analizando sus palabras, sus acciones, intentando discernir lo que querían decirse.

No tardó mucho tiempo en advertir que Qing-jao podía ser influenciada mejor no confrontándola con argumentos, sino persuadiendo a su padre primero y dejando que él la convenciera luego. Eso estaba más en armonía con el Sendero. Han Qing-jao nunca desobedecería al Congreso Estelar a menos que se lo pidiera Han Fei-tzu. Y entonces estaría obligada a hacerlo.

En cierto modo, esto facilitaba en gran medida la tarea de Jane. Persuadir a Qing-jao, una adolescente inestable y apasionada que todavía no se comprendía a sí misma, sería arriesgado en el mejor de los casos. Pero Han Fei-tzu era un hombre de carácter ya establecido, un hombre racional, aunque de profundos sentimientos. Podía ser persuadido con argumentos, sobre todo si Jane podía convencerlo de que oponerse al Congreso era por el bien de su mundo y de la humanidad en general. Sólo necesitaba la información adecuada para permitirle llegar a esta conclusión.

Ahora Jane comprendía ya tanto de las pautas sociales de Sendero como cualquier humano, porque había absorbido cada historia, cada informe antropológico y cada documento producido por el pueblo de Sendero. Sus descubrimientos fueron preocupantes: el pueblo de Sendero estaba mucho más controlado por los dioses que ningún pueblo en ningún otro lugar o tiempo. Aún más, la forma en que les hablaban los dioses era perturbadora. Se conocía de sobras la alteración cerebral llamada desorden obsesivo compulsivo, DOC. A comienzos de la historia de Sendero, siete generaciones antes, cuando el mundo recibió los primeros asentamientos, los doctores trataron adecuadamente el desorden. Pero entonces descubrieron que los agraciados por los dioses de Sendero no respondían a las drogas normales que en todos los otros pacientes DOC restauraban el equilibrio químico de «suficiencia», esa sensación en la mente de una persona de que un trabajo se completa y no hay necesidad de preocuparse más por él. Los agraciados por los dioses exhibían todas las conductas asociadas con el DOC, pero la conocida alteración cerebral no estaba presente. Debía existir otra causa desconocida.

Ahora Jane exploró más profundamente en la historia, y encontró documentos en otros mundos, no en Sendero, que ampliaban el tema. Los investigadores llegaron inmediatamente a la conclusión de que debía ser una nueva mutación que causaba una alteración cerebral relacionada con resultados similares. Pero en cuanto dirigieron el informe preliminar, toda investigación terminó y los investigadores fueron asignados a otro mundo.

A otro mundo… era casi impensable. Significaba desarraigarlos y desconectarlos del tiempo, apartarlos de todos los amigos y familiares que no los acompañaran. Sin embargo ni uno de ellos rehusó, lo que seguramente explicaba la enorme presión a la que fueron sometidos. Todos dejaron Sendero y nadie continuó las líneas de investigación en todos los años siguientes.

La primera hipótesis de Jane fue que una de las agencias del gobierno en Sendero los había exiliado y cortado su investigación: después de todo, los seguidores del Sendero no querrían que su fe fuera molestada por el hallazgo de la causa física de que los dioses hablaran en sus cerebros. Pero Jane no encontró ninguna evidencia de que el gobierno local hubiera poseído el informe completo. La única parte que había circulado por Sendero fue la conclusión general de que el fenómeno del habla de los dioses no era definitivamente el familiar y tratable DOC. El pueblo de Sendero había sabido sólo lo suficiente del informe para convencerse de que el habla de los dioses no obedecía a ninguna causa física conocida. La ciencia había «demostrado» que los dioses eran reales. No había ningún registro de que nadie en Sendero hubiera emprendido ninguna acción para suprimir posteriores informaciones o investigaciones. Esas decisiones habían venido de fuera. Del Congreso.

Tenía que haber alguna información clave oculta incluso a Jane, cuya mente alcanzaba fácilmente toda memoria electrónica que estuviera conectada con la cadena ansible. Eso sólo sucedería si aquellos que conocieran el secreto hubieran temido tanto su descubrimiento que lo mantuvieron completamente aparte incluso de los ordenadores más restringidos y de alto secreto del gobierno.

Jane no podía dejar que eso la detuviera. Tendría que deducir la verdad a partir de los fragmentos de información que hubieran pasado desapercibidos en documentos y bases de datos no relacionados. Tendría que encontrar otros hechos que la ayudaran a rellenar los huecos. A la larga, los seres humanos nunca podrían guardar secretos a alguien con el tiempo y la paciencia ilimitada de Jane. Descubriría lo que estaba haciendo el Congreso con Sendero, y cuando tuviera la información la usaría, si podía, para apartar a Qing-jao de su rumbo destructor.

Pues también Qing-jao estaba descubriendo secretos más antiguos, secretos que llevaban ocultos tres mil años.

MÁRTIR

‹Ender dice que aquí en Lusitanio estamos en la piedra angular de la historia. Que en los próximos meses o años será el lugar donde llegue muerte o comprensión a cada especie inteligente.›

‹Qué considerado por su porte, traernos aquí justo a tiempo para nuestra posible muerte.›

‹Te estás burlando de mí, claro.›

‹Si supiéramos hacer burla, tal vez te la haríamos›

‹Lusitania es la piedra angular de la historia en porte porque vosotros estáis aquí. La lleváis a cuestas dondequiera que vais.›

‹La ignoramos. Os la damos. Es vuestra.›

‹Cada vez que se encuentran extraños es un momento histórico.›

‹Entonces no seamos extraños.›

‹Los humanos insisten en hacernos extraños a todos. Está inscrito en su material genético. Pero nosotros podemos ser amigos.›

‹Esa palabra es demasiado fuerte. Digamos que somos compañeros-ciudadanos›

‹Al menos mientras nuestros intereses coincidan.›

‹Mientras brillen las estrellas, nuestros intereses coincidirán.›

‹Tal vez no tanto. Tal vez sólo mientras los seres humanos sean más fuertes y numerosos que nosotros.›

‹Eso basta por ahora.›

Quim acudió a la reunión sin protestar, aunque aquello podía retrasarlo un día completo en su viaje. Hacía tiempo que había aprendido a tener paciencia. No importaba lo urgente que considerara su misión con los herejes, poco conseguiría, a la larga, si no tenía detrás el apoyo de la colonia humana. Así, si el obispo Peregrino le pedía que asistiera a una reunión con Kovano Zeljevo, el alcalde de Milagro y gobernador de Lusitania, Quim acudía.

Se sorprendió al comprobar que también asistían a la reunión Ouanda Saavedra, Andrew Wiggin y la mayor parte de la familia del propio Quim. La presencia de Madre y Ela tenía sentido, si la reunión tenía por objeto tratar la política referida a los pequeninos herejes. Pero ¿qué estaban haciendo allí Quara y Grego? No había ninguna razón para que estuvieran implicados en ninguna discusión seria. Eran demasiado jóvenes, demasiado impetuosos, y estaban demasiado mal informados.

Por lo que había visto, todavía peleaban como niños pequeños. No eran tan maduros como Ela, capaz de olvidar sus sentimientos personales en interés de la ciencia. Por supuesto, a Quim le preocupaba a veces que Ela llevara esto demasiado lejos para su propio bien, pero ése nunca era el problema con Quara y Grego.

Sobre todo con Quara. Por lo que había dicho Raíz, todo el problema con los herejes comenzó cuando Quara contó a los pequeninos los diversos planes de contingencia para tratar con el virus de la descolada. Los herejes no habrían encontrado tantos aliados en tantos bosques distintos si no fuera por el temor que sentían los pequeninos de que los humanos liberaran alguna especie de virus, o envenenaran Lusitania con un producto químico que aniquilara la descolada y, con ella, a los propios pequeninos. El hecho de que los humanos consideraran siquiera el exterminio indirecto de los pequeninos hacía que pareciera una simple respuesta por parte de los cerdis el contemplar el exterminio de la humanidad.

Todo porque Quara no podía mantener la boca cerrada. Y ahora estaba presente en una reunión donde se trataría de política. ¿Por qué? ¿Qué representaba ella en la comunidad? ¿Pensaba esta gente que el gobierno o la política de la iglesia era ahora territorio de la familia Ribeira? Por supuesto, Olhado y Miro no estaban allí, pero eso no significaba nada: ya que los dos eran lisiados, el resto de la familia los trataba inconscientemente como a niños, aunque Quim sabía bien que ninguno se merecía que lo ignoraran tan cruelmente. Sin embargo, Quim se mostró paciente. Podía esperar. Podía escuchar. Podía atenderlos. Luego haría algo que complaciera tanto a Dios como al obispo. Por supuesto, si eso no era posible, bastaría con complacer a Dios.

—Esta reunión no ha sido idea mía —dijo el alcalde Kovano, Quim sabía que era un buen hombre. Un alcalde mejor de lo que comprendía la mayor parte de la gente de Milagro. Seguían reeligiéndolo porque era una figura patriarcal y trabajaba con ahínco para ayudar a los individuos y las familias que tenían problemas. No les importaba mucho si su política era efectiva: eso resultaba demasiado abstracto para ellos. Pero daba la casualidad de que era tan sabio como astuto en la política. Una rara combinación de la que Quim se alegraba. «Tal vez Dios sabía que estos tiempos serían difíciles, y nos dio un líder que podría ayudarnos a superarlos sin demasiado sufrimiento.»—. Pero me alegro de tenerlos a todos. Hay más tensión que nunca en la relación entre cerdis y humanos, o al menos desde que el Portavoz llegó y nos ayudó a hacer las paces con ellos.

Wiggin sacudió la cabeza, pero todo el mundo conocía su papel en aquellos hechos y tenía poco sentido negarlo. Incluso Quim tuvo que admitir, al final, que el humanista infiel había acabado haciendo buenas obras en Lusitania. Hacía tiempo que Quim había olvidado su profundo odio hacia el Portavoz de los Muertos. De hecho, a veces sospechaba que él mismo, como misionero, era la única persona en su familia que comprendía de verdad lo que había conseguido Wiggin. Hace falta un evangelista para comprender a otro.

—Por supuesto, debemos parte de nuestras preocupaciones a la mala conducta de dos jóvenes apasionados y muy problemáticos, a quienes hemos invitado a esta reunión para que presencien algunas consecuencias de su actitud estúpida y egoísta.

Quim casi se echó a reír en voz alta. Por supuesto, Kovano había dicho todo eso con un tono tan suave y amable que Grego y Quara tardaron un instante en darse cuenta de que acababan de recibir una dura crítica. Pero Quim lo comprendió de inmediato. «No tendría que haber dudado de ti, Kovano. Nunca habrías traído a nadie inútil a una reunión.»

—Tal como tengo entendido, hay un movimiento entre los cerdis para lanzar una nave espacial que infecte deliberadamente al resto de la humanidad con la descolada. Y gracias a la contribución de nuestra joven cotorra, aquí presente, muchos otros bosques comparten esta idea.

—Si espera que me disculpe… —empezó a decir Quara.

—Espero que mantengas la boca cerrada, ¿o es imposible, siquiera por diez minutos?

La voz de Kovano contenía auténtica furia. Los ojos de Quara se abrieron de par en par y se sentó con más rigidez en su silla.

—La otra mitad de nuestro problema es un joven físico que, desgraciadamente, ha conservado el contacto común. —Kovano alzó una ceja al mirar a Grego—. Si te hubieras convertido en un intelectual apartado… En cambio, pareces haber cultivado la amistad de los lusitanos más estúpidos y violentos.

—Con personas que están en desacuerdo con usted, querrá decir-objetó Grego.

—Con personas que olvidan que este mundo pertenece a los pequeninos —espetó Quara.

—Los mundos pertenecen a las personas que los necesitan y saben cómo hacer que produzcan —insistió Grego.

—Callaos la boca, niños, o seréis expulsados de esta reunión mientras los adultos deciden.

Grego miró a Kovano.

—No me hable en ese tono.

—Te hablaré como quiera —dijo Kovano—. Por lo que a mí respecta, ambos habéis quebrantado las obligaciones legales para mantener un secreto, y debería haceros encerrar a ambos.

—¿Bajo qué acusación?

—Recordarás que tengo poderes de emergencia. No necesito ninguna acusación hasta que la emergencia haya pasado. ¿Está claro?

—No lo hará. Me necesita —dijo Grego—. Soy el único físico decente en Lusitania.

—La física no vale un comino si acabamos en una especie de competición con los pequeninos.

—Es a la descolada a lo que tenemos que enfrentarnps —alegó Grego.

—Estamos perdiendo el tiempo —suspiró Novinha.

Quim miró a su madre por primera vez desde el inicio de la reunión. Parecía muy nerviosa. Temerosa. No la había visto así desde hacía muchos años.

—Estamos aquí para tratar de esa descabellada misión de Quim —continuó Novinha.

—Se llama padre Esteváo —dijo el obispo Peregrino.

Era muy estricto en lo relativo a dar la dignidad adecuada a los dignatarios de la Iglesia.

—Es mi hijo —respondió Novinha—. Lo llamaré como me plazca.

Vaya grupo tan representativo que tenemos aquí hoy —bufó el alcalde Kovano.

Las cosas se ponían feas. Quim había evitado deliberadamente decirle a su madre los detalles acerca de su misión a los herejes, porque estaba seguro de que se opondría a la idea de acudir directamente a los cerdis que temían y odiaban abiertamente a los seres humanos. Quim era bien consciente de la fuente de su temor al contacto cercano con los pequeninos. De niña, la descolada la había hecho perder a sus padres. El xenólogo Pipo se convirtió en su padre putativo, y luego fue el primer humano torturado hasta la muerte por los pequeninos. Novinha pasó entonces veinte años intentando evitar que su amante Libo (el hijo de Pipo, el siguiente xenólogo) corriera la misma suerte. Incluso se casó con otro hombre para evitar que Libo tuviera derecho de acceso, como marido suyo, a sus archivos privados, donde creía que podría encontrarse el secreto que había llevado a los cerdis a matar a Pipo. Y al final, todo fue en vano, Libo murió igual que Pipo. Aunque desde entonces había llegado a conocer la auténtica razón de las muertes, aunque los pequeninos habían hecho solemnes juramentos para no dirigir ningún acto violento contra otro ser humano, no había ninguna manera de que su madre se mostrara racional cuando sus seres queridos se hallaban entre los cerdis. Y ahora estaba presente en una reunión que sin duda había sido convocada a instancia suya, para decidir si Quim debería ir o no en su viaje misionero. Iba a ser una mañana desagradable. Madre tenía años de práctica en salirse con la suya. Casarse con Andrew Wiggin la había suavizado y templado de muchas formas. Pero cuando pensaba que uno de sus hijos estaba en peligro, sacaba las garras, y ningún marido tenía mucha influencia sobre ella.

¿Por qué habían permitido el alcalde Kovano y el obispo Peregrino que se celebrara esta reunión?

Como si hubiera oído la silenciosa pregunta de Quim, el alcalde empezó a explicarse:

—Andrew Wiggin vino a verme con nueva información. Mi primera idea fue mantenerlo todo en secreto, enviar al padre Esteváo en su misión a los herejes, y luego pedirle al obispo Peregrino que rezara. Pero Andrew me aseguró que a medida que nuestro peligro aumenta, se va haciendo más importante que todos actuemos a partir de la información más completa posible. Los portavoces de los muertos al parecer tienen una confianza casi patológica en la idea de que la gente se comporta mejor cuanto más conocen. Me he dedicado a la política demasiado tiempo para compartir su confianza, pero él sostiene que es más viejo que yo, y me atengo a su sabiduría.

Quim sabía, por supuesto, que Kovano no se plegaba a la sabiduría de nadie. Andrew Wiggin, simplemente, lo había persuadido.

—A medida que las relaciones entre pequeninos y humanos se hacen más, mmmm…, problemáticas, y nuestro cohabitante invisible, la reina colmena, se acerca cada vez más al lanzamiento de sus naves espaciales, parece que los asuntos de fuera del planeta se vuelven también más urgentes. El Portavoz de los Muertos me informa gracias a sus fuentes extraplanetarias que alguien en un mundo llamado Sendero está a punto de descubrir a nuestros aliados que han conseguido impedir que el Congreso dé a la flota la orden de destruir Lusitania.

Quim anotó con interés que al parecer Andrew no le había dicho nada al alcalde acerca de Jane. Tampoco el obispo Peregrino lo sabía. ¿Y Grego o Quara? ¿Y Ela? Su madre lo sabía, desde luego. ¿Por qué me lo confió Andrew, si lo ha ocultado a tanta gente?»

—Existe una fuerte posibilidad de que en las próximas semanas, o días, el Congreso restablezca las comunicaciones con la flota. En ese punto, nuestra última defensa habrá desaparecido. Sólo un milagro nos salvará de la aniquilación.

—Tonterías —espetó Grego—. Si esa cosa de la pradera puede construir una nave para los cerdis, también puede construir algunas para nosotros. Salgamos de este planeta antes de que lo manden al infierno.

—Tal vez —dijo Kovano—. Sugerí algo así, aunque en términos menos pintorescos. Tal vez, senhor Wiggin, pueda decirnos por qué el elocuente plan de Grego no saldrá bien.

—La reina colmena no comparte nuestro punto de vista. A pesar de sus mejores esfuerzos, no considera tan seriamente las vidas individuales. Si Lusitania es destruida, los pequeninos y ella correrán un gran riesgo…

—El Ingenio M.D. destruirá todo el planeta-señaló Grego.

—Correrán un gran riesgo de que su especie sea aniquilada —continuó Wiggin, imperturbable, pese a la interrupción de Grego—. No malgastará una nave para sacar a los humanos de Lusitania, porque hay billones de humanos en otros doscientos mundos. Nosotros no corremos el riesgo de un xenocidio.

—Lo corremos si esos cerdis herejes se salen con la suya —espetó Grego.

—Y ése es otro punto —continuó Wiggin—. Si no hemos descubierto un medio para neutralizar la descolada, no podemos en buena conciencia llevar la población humana de Lusitania a otro mundo. Estaríamos haciendo exactamente lo mismo que quieren los herejes: forzar a los demás humanos a enfrentarse a la descolada y probablemente a morir.

—Entonces no hay solución —dijo Ela—. Bien podríamos volvernos de espaldas y morir.

—No tanto —intervino el alcalde Kovano—. Es posible, quizá probable, que nuestro pueblo de Milagro esté condenado. Pero al menos podemos tratar de conseguir que las naves coloniales de los pequeninos no lleven la descolada a mundos nuevos. Parece que hay dos aproximaciones: una biológica, la otra teológica.

—Estamos muy cerca —dijo Novinha—. Es cuestión de meses, o incluso de semanas, y entonces Ela y yo habremos diseñado una especie sustituta de la descolada.

—Eso dices —replicó Kovano. Se volvió hacia Ela—. ¿Y tú?

Quim casi gruñó en voz alta. «Ela dirá que Madre está equivocada, que no hay ninguna solución biológica, y entonces Madre alegará que está intentando matarme al enviarme a mi misión. Esto es justo lo que la familia necesita: Ela y Madre en guerra abierta. Gracias a Kovano Zeljezo, humanista.»

Pero la respuesta de Ela no fue lo que Quim temía.

—Ya está casi diseñada. Es la única aproximación que todavía no hemos intentado, pero estamos a punto de conseguir el diseño de una versión del virus de la descolada que hace todo lo necesario para mantener los ciclos vitales de las especies indígenas, pero es incapaz de adaptarse y destruir nuevas especies.

—Estás hablando de lobotomizar a una especie entera —protestó Quara amargamente—. ¿Qué pensaríais si alguien encontrara un medio de mantener a todos los humanos vivos, pero sin cerebro?

Por supuesto, Grego recogió el guante.

—Cuando esos virus puedan escribir poemas o razonar un teorema, me tragaré todas esas chorradas sentimentales acerca de cómo debemos mantenerlos con vida.

—¡Sólo porque no sepamos leerlos no significa que no tengan sus poemas épicos!

—Fecha as bocas!-rugió Kovano.

Inmediatamente, guardaron silencio.

—Nossa Senhora —exclamó—. Tal vez Dios quiere destruir Lusitania porque es la única manera que se le ocurre de haceros callar a los dos.

El obispo Peregrino carraspeó.

—O tal vez no —dijo Kovano—. Dios me libre de especular sobre sus motivos.

El obispo se echó a reír, lo cual permitió que los demás se rieran también. La tensión se rompió, como una ola del mar, desaparecida por el momento, pero sin duda para volver.

—¿Entonces el antivirus está casi listo? —le preguntó Kovano a Ela.

—No… o sí, el virus de reemplazo está casi completamente— diseñado. Pero siguen existiendo dos problemas. El primero es cómo esparcirlo. Tenemos que encontrar un medio para que el nuevo virus ataque y sustituya al antiguo. Sigue estando… muy lejos.

—¿Quieres decir que queda un largo camino o que no tienes la menor idea de cómo hacerlo?

Kovano no era ningún tonto. Obviamente, había tratado con científicos antes.

—Más o menos entre una cosa y otra —dijo Ela.

Novinha se agitó en su asiento, apartándose visiblemente de Ela. «Mi pobre hermana —pensó Quim—. Puede que no te hable durante los próximos años.»

—¿Y el otro problema? —preguntó Kovano.

—Una cosa es diseñar el virus sustituto. Otra muy distinto es producirlo.

—Son meros detalles-dijo Novinha.

—Te equivocas, madre, y lo sabes —replicó Ela—. Puedo trazar un diagrama de cómo queremos que sea el nuevo virus. Pero incluso trabajando bajo diez grados absolutos, no podemos cortar y recombinar el virus de la descolada con suficiente precisión. O se muere, porque dejamos fuera demasiado, o inmediatamente se repara en cuanto vuelve a temperaturas normales, porque no quitamos lo suficiente.

—Problemas técnicos.

—Problemas técnicos —repitió Ela bruscamente—. Como construir un ansible sin un enlace filótico.

—Entonces llegamos a la conclusión…

—No llegamos a ninguna conclusión —dijo Novinha.

—Llegamos a la conclusión —continuó Kovano— de que nuestros xenobiólogos están en franco desacuerdo sobre la posibilidad de domar al virus de la descolada. Eso nos lleva a la otra aproximación: persuadir a los pequeninos para que envíen sus colonos sólo a mundos deshabitados, donde puedan establecer su propia ecología peculiarmente venenosa sin matar seres humanos.

—Persuadirlos —masculló Grego—. Como si pudiéramos confiar en que mantengan sus promesas.

—Han mantenido más promesas que tú —alegó Kovano—. Yo no adoptaría un tono moralmente superior si estuviera en tu caso.

Finalmente, las cosas llegaron a un punto en que Quim pensó que sería beneficioso hablar.

—Toda esta discusión es interesante —dijo—. Sería maravilloso si mi misión con los herejes pudiera significar persuadir a los pequeninos de no causar daño a la humanidad. Pero aunque todos lleguemos al acuerdo de que mi misión no tiene ninguna oportunidad de éxito, seguiré adelante. Aunque decidiéramos que existe un serio riesgo de que mi misión empeorara las cosas, iré.

—Me alegra saber que piensas ser tan cooperativo —dijo Kovano con acidez.

—Pretendo cooperar con Dios y la Iglesia —dijo Quim—. Mi misión con los herejes no es para salvar a la humanidad de la descolada, ni siquiera para intentar mantener la paz entre los humanos y pequeninos aquí en Lusitania. Mi misión es para devolverlos a la fe de Cristo y la unidad de la Iglesia. Voy a salvar sus almas.

—Muy bien —asintió Kovano—. Por supuesto ésa es la razón por la que quieres ir.

—Y es la razón por la que iré, y el único baremo que usaré para determinar si mi misión tiene éxito o no.

Kovano miró desesperanzado al obispo Peregrino.

—Dijo usted que el padre Esteváo cooperaría.

—Dije que era totalmente obediente a Dios y la Iglesia.

—Entendí que podría persuadirlo para que esperara a cumplir su misión hasta que supiéramos más.

—Podría persuadirlo, sí. O simplemente prohibirle que vaya —dijo el obispo Peregrino.

—Entonces hágalo —pidió Novinha.

—No lo haré.

—Creía que le preocupaba el bienestar de esta colonia —dijo el alcalde Kovano.

—Me preocupa el bienestar de todos los cristianos a mi cargo —respondió el obispo—. Hasta hace treinta años, eso significaba que preocupaba sólo por los seres humanos de Lusitania. Ahora, sin embargo, soy igualmente responsable del bienestar espiritual de los pequeninos cristianos de este planeta. Envío al padre Esteváo en su misión exactamente como un misionero llamado Patricio fue enviado a la isla de Eire. Tuvo un éxito extraordinario, y convirtió a reyes y naciones. Por desgracia, la Iglesia irlandesa no actuó siempre como habría deseado el papa. Hubo mucha…, digamos controversia entre ellos. Superficialmente se refería a la fecha de la Pascua, pero en el fondo el tema era la obediencia al papa. Incluso se derramó sangre de vez en cuando. Pero ni por un momento imaginó nadie que habría sido mejor que san Patricio nunca hubiera ido a Eire. Nunca nadie sugirió que habría sido mejor que los irlandeses hubieran continuado siendo paganos.

Grego se levantó.

—Hemos encontrado el filote, el auténtico átomo indivisible. Hemos conquistado las estrellas. Enviamos mensajes más rápidos que la velocidad de la luz. Sin embargo, seguimos viviendo en la Edad Media.

Se encaminó hacia la puerta.

—Sal por esa puerta antes de que yo te lo diga —advirtió el alcalde—, y no verás el sol en un año.

Grego se dirigió a la puerta, pero en vez de atravesarla, se apoyó contra ella y sonrió sardónicamente.

—Ya ve lo obediente que soy.

—No te retendré mucho tiempo —dijo Kovano—. El obispo Peregrino y el padre Esteváo hablan como si pudieran tomar su decisión de forma independiente al resto de nosotros, pero por supuesto no pueden. Si yo decidiera que la misión del padre Esteváo con los cerdis no debería llevarse a término, no se realizaría. Seamos todos claros en eso. No temo arrestar al obispo de Lusitania, si el bienestar de la comunidad lo requiere. Y en cuanto a este cura misionero, sólo irá a ver a los pequeninos cuando tenga mi consentimiento.

—No me cabe ninguna duda de que puede interferir con el trabajo de Dios en Lusitania —intervino gélidamente el obispo Peregrino—. No le quepa ninguna duda de que yo puedo enviarlo al infierno por hacerlo.

—Sé que puede. No sería el primer líder político en acabar en el infierno después de un enfrentamiento con la Iglesia. Afortunadamente, esta vez no llegaré a eso. Los he escuchado a todos y he tomado mi decisión. Esperar al nuevo antivirus es demasiado arriesgado. Y aunque supiera con absoluta certeza que el antivirus estaría listo y podría ser utilizado en seis semanas, seguiría permitiendo esta misión. Ahora mismo, nuestra mejor posibilidad de salvar algo de este lió radica en la misión del padre Esteváo. Andrew me ha dicho que los pequeninos sienten gran respeto y afecto por este hombre, incluso los no creyentes. Si puede persuadir a los pequeninos herejes para que olviden su plan de aniquilar a la humanidad en nombre de su religión, eso nos quitará una carga de encima.

Quim asintió gravemente. El alcalde Kovano era un hombre de gran sabiduría. Era una suerte que no tuvieran que luchar, al menos por ahora.

—Mientras tanto, espero que los xenobiólogos continúen trabajando en el antivirus con todo el vigor posible. Cuando el antivirus exista decidiremos si usarlo o no.

—Lo usaremos —aseguró Grego.

—Sólo sobre mi cadáver-dijo Quara.

—Aprecio vuestra disposición a esperar hasta que sepamos más antes de que emprendáis ninguna acción —dijo Kovano—. Lo que nos lleva a ti, Grego Ribeira. Andrew Wiggin me asegura que hay motivos para creer que podría ser posible viajar más rápido que la luz.

Grego miró fríamente al Portavoz de los Muertos.

—¿Y cuándo estudiaste física, senhor Falante?

—Espero estudiarla contigo —dijo Wiggin—. Hasta que hayas examinado mi evidencia, apenas sé si hay razones para esperar ese logro.

Quim sonrió al ver lo fácilmente que Andrew repelía la discusión que Grego había pretendido provocar. Sabía que estaba siendo manipulado. Pero Wiggin no le había dejado ningún terreno razonable para mostrar su descontento. Era una de las habilidades más irritantes del Portavoz de los Muertos.

—Si existiera una forma de viajar a velocidades de ansible -dijo Kovano—, necesitaríamos sólo una nave de esas características para transportar a todos los seres humanos de Lusitania a otro mundo. Es una probabilidad remota…

—Un sueño idiota —masculló Grego.

—Pero lo perseguiremos. Lo estudiaremos, ¿verdad? —insistió Kovano—. O nos encontraremos trabajando en la fundición.

—No temo trabajar con las manos —contestó Grego—. Así que no crea que puede asustarme poniendo mi mente a su servicio.

—No me doy por aludido —dijo Kovano—. Sólo quiero tu cooperación, Grego. Pero si no puedo tenerla, entonces buscaré tu obediencia.

Al parecer, Quara se quedaba fuera. Se levantó, como había hecho Grego un momento antes.

—Así que pueden quedarse aquí sentados y contemplar la destrucción de una especie inteligente sin pensar siquiera en un medio de comunicarse con ella. Espero que disfruten siendo asesinos de masas.

Entonces, como Grego, hizo ademán de marcharse.

—Quara-dijo Kovano.

Ella esperó.

—Estudiarás formas para hablar con la descolada. A ver si puedes comunicarte con esos virus.

—Sé cuándo me arrojan un hueso —dijo Quara—. ¿Y si le digo que nos están suplicando que no los matemos? No me creerían de ninguna forma.

—Al contrario. Sé que eres una mujer sincera, aunque también seas terriblemente indiscreta. Pero tengo otro motivo para querer que aprendas el lenguaje molecular de la descolada. Verás, Andrew Wiggin ha mencionado la posibilidad que nunca se me había ocurrido. Todos sabemos que la inteligencia de los pequeninos data de la época en que el virus de la descolada barrió por primera vez este planeta. Pero ¿y si hemos malinterpretado causa y efectos?

Novinha se volvió hacia Andrew, con una sonrisa amarga.

—¿Crees que los pequeninos provocaron la descolada?

—No —respondió Andrew—. Quara dice que la descolada es tan compleja que puede contener inteligencia. ¿Y si los virus de la descolada están usando los cuerpos de los pequeninos para expresar su carácter? ¿Y si la inteligencia pequenina procede enteramente de los virus del interior de su cuerpo?

Ouanda, la xenóloga, habló por primera vez.

—Es tan ignorante en xenología como en física, señor Wiggin —espetó.

—Oh, mucho más. Pero se me ha ocurrido que nunca hemos pensado en otra forma de que los recuerdos y la inteligencia se conserven cuando un pequenino muerto pasa a la tercera vida. Los árboles no conservan exactamente el cerebro. Pero si la voluntad y memoria los lleva la descolada, la muerte del cerebro sería casi insignificante en la transmisión de la personalidad al padre-árbol.

—Aunque exista una posibilidad de que eso sea cierto —dijo Ouanda—, no hay ningún experimento posible que podamos ejecutar para averiguarlo.

Andrew Wiggin asintió con tristeza.

—Sé que a mí no se me ocurriría ninguno. Esperaba que a ti sí.

Kovano volvió a interrumpir.

—Ouanda, necesitamos explorar este tema. Si no lo crees, bien…, busca un medio de demostrar que es un error, y habrás cumplido con tu trabajo.

Kovano se levantó y se dirigió a todos.

—¿Comprenden lo que les pido? Nos enfrentamos a algunas de las opciones más terribles que la humanidad ha conocido jamás. Corremos el riesgo de cometer xenocidio, o de permitir que se cometa si permanecemos inactivos. Todas las especies inteligentes conocidas o supuestas viven a la sombra de un grave riesgo, y es aquí, con nosotros y nosotros solos, donde se encuentran casi todas las decisiones. La última vez que sucedió algo remotamente similar, nuestros antepasados humanos eligieron cometer xenocidio para salvarse a sí mismos, según creyeron. Les estoy pidiendo a todos que sigan todos los caminos, por improbables que parezcan, que nos muestren un destello de esperanza, que pueda proporcionarnos un leve atisbo de luz para guiarnos en nuestras decisiones. ¿Colaborarán?

Incluso Grego y Quara asintieron, aunque de mala gana. Por el momento, al menos, Kovano había conseguido transformar a todos los pendencieros egoístas de la habitación en una comunidad cooperativa. Cuánto duraría fuera de aquella estancia era motivo de especulación.

Quim decidió que el espíritu de cooperación duraría probablemente hasta la siguiente crisis… y tal vez eso sería suficiente.

Sólo quedaba una confrontación más. Cuando la reunión se disolvió y todo el mundo se despidió o se entretuvo conversando, Novinha se acercó a Quim y lo miró ferozmente a la cara.

—No vayas.

Quim cerró los ojos. No había nada que decir a una declaración como aquélla.

—Si me quieres —continuó ella.

Quim recordó la historia del Nuevo Testamento, cuando la madre de Jesús y sus hermanos fueron a visitarlo, y quisieron que interrumpiera las enseñanzas a sus discípulos para que los recibiera.

—Éstos son mi madre y mis hermanos —murmuró.

Ella debió de entender la referencia, porque cuando Quim abrió los ojos, se había ido.

Apenas una hora más tarde, Quim se había marchado también, en uno de los preciosos camiones de carga de la colonia. Necesitaba pocos suministros, y en un viaje normal habría ido a pie. Pero el bosque al que se dirigía estaba muy lejos, y habría tardado semanas en llegar sin vehículo; tampoco habría podido llevar suficiente comida. Éste continuaba siendo un entorno hostil: no producía nada comestible para los humanos, y aunque lo hiciera, Quim seguiría necesitando los supresores de la descolada. Sin ellos, moriría por el virus mucho antes de hacerlo de hambre.

A medida que la ciudad de Milagro iba menguando a sus espaldas, mientras se internaba cada vez más en los espacios abiertos de la pradera, Quim, el padre Esteváo, se preguntó qué habría decidido el alcalde si supiera que el líder de los herejes era un padre-árbol que se había ganado el nombre de Guerrero, y que había afirmado que la única esperanza para los pequeninos era que el Espíritu Santo, el virus de la descolada, destruyera toda vida humana en Lusitania.

No habría importado. Dios había llamado a Quim para que predicara el evangelio de Cristo en cada nación, raza, lengua y pueblo. Incluso los más guerreros, sedientos de sangre y rebosantes de odio podrían ser tocados por el amor de Dios y transformados en cristianos. Había sucedido muchas veces en la historia. ¿Por qué no ahora?

«Oh, Padre, haz una obra poderosa en este mundo. Nunca necesitaron tus hijos más milagros que nosotros.»

Novinha no hablaba con Ender, y éste tenía miedo. No era petulancia; nunca había visto a Novinha comportarse de esa forma. Ender pensaba que el silencio no era para castigarlo, sino más bien para no hacerlo: guardaba silencio porque, si hablaba, sus palabras serían demasiado crueles para poder ser olvidadas.

Así, al principio no intentó arrancarle ninguna palabra. La dejó moverse como una sombra por la casa, pasando junto a él sin mirarlo. Ender intentó quitarse de en medio y no se acostaba hasta que ella estaba dormida.

Era Quim, obviamente. Su misión con los herejes: resultaba fácil comprender lo que temía, y aunque Ender no compartía los mismos temores, sabía que el viaje de Quim no carecía de riesgos. Novinha estaba comportándose de forma irracional. ¿Cómo habría podido él detener a Quim? Era el único de los hijos de Novinha sobre el que casi no ejercía ninguna influencia; habían llegado a un entendimiento hacía años, pero fue una declaración de paz entre semejantes, no como la relación paternal que Ender había establecido con todos los demás hijos. Si Novinha no había sido capaz de persuadir a Quim para que renunciara a su misión, ¿qué más podría haber conseguido Ender?

Novinha probablemente lo sabía, intelectualmente. Pero como todos los seres humanos, no actuaba siempre según su comprensión. Había perdido demasiadas personas a las que amaba; cuando sentía que podía perder a otro más, su reacción era visceral, no intelectual. Ender había llegado a su vida como curador, como protector. Su trabajo era impedir que tuviera miedo, y ahora lo tenía, y estaba enfadada con él por haberle fallado.

Sin embargo, después de dos días de silencio, Ender consideró que ya tenía bastante. Éste no era un buen momento para que se alzara una barrera entre ellos. Él sabía, y también lo sabía Novinha, que la llegada de Valentine sería difícil para ambos. Él tenía tantos viejos hábitos de comunicación con Valentine, tantas conexiones con ella, tantos caminos en su alma, que le resultaba difícil no volver a ser la persona que había sido durante los años (los milenios) que habían pasado juntos. Habían experimentado tres mil años de historia como si los hubieran visto con los mismos ojos. Con Novinha sólo había estado treinta años. En tiempo subjetivo, era más de lo que había pasado con Valentine, pero resultaba muy fácil volver a su antiguo papel de hermano de Valentine, como Portavoz de su Demóstenes.

Ender esperaba que Novinha sintiera celos con la llegada de Valentine, y estaba preparado para eso. Había advertido a Valentine que al principio tendrían pocas oportunidades de estar juntos. También ella lo había comprendido: Jakt tenía sus preocupaciones, y ambos cónyuges necesitaban tranquilidad. Era casi una tontería que Jakt y Novinha sintieran celos de los lazos entre hermano y hermana. Nunca había existido el más leve atisbo de sexualidad en la relación entre Ender y Valentine (cualquiera que los conociera se habría reído ante la idea), pero no era la infidelidad sexual lo que preocupaba a Novinha y Jakt. Ni el lazo emocional que ambos compartían: Novinha no tenía ningún motivo para dudar del amor y devoción que Ender sentía hacia ella, y Jakt no podría haber pedido más de lo que Valentine le ofrecía, tanto en pasión como en confianza.

Era más profundo que eso. Era el hecho de que, incluso ahora, después de tantos años, en cuanto estaban juntos funcionaban de nuevo como una sola persona, ayudándose mutuamente sin tener que explicar lo que intentaban conseguir. Jakt lo veía e incluso a Ender, que no lo conocía de antes, le resultaba obvio que el hombre estaba destrozado. Como si viera a su esposa junto a su hermano y pensara: Esto es la intimidad. Esto es lo que significa que dos personas sean una. Creía que Valentine y él estaban todo lo cerca que un marido y una esposa podían estar, y tal vez era así. Sin embargo, ahora tenía que enfrentarse al hecho de que era posible que dos personas estuvieran aún más cerca. Que fueran, en cierto sentido, la misma persona.

Ender podía sentirlo en Jakt, y admiraba la habilidad de Valentine para tranquilizarlo, y en distanciarse de Ender para que su esposo se acostumbrara gradualmente al lazo que existía entre ambos, en pequeñas dosis.

Lo que Ender no podía haber predicho era la forma en que reaccionó Novinha. Primero la conoció como madre de sus hijos: la fiera e irracional lealtad que sentía hacia ellos. Supuso que, si se veía amenazada, se volvería posesiva y controladora, como era con sus hijos. No estaba preparado para la manera en que se aisló de él. Incluso antes de este tratamiento de silencio por la misión de Quim, se había mostrado distante. De hecho, ahora que lo pensaba, se daba cuenta de que había empezado antes de la llegada de Valentine. Era como si Novinha hubiera empezado a ceder ante una rival antes de que ésta estuviera siquiera allí.

Era lógico, desde luego, tendría que haberlo previsto. Novinha había perdido a demasiadas figuras importantes en su vida, demasiadas personas de las que dependía. Sus padres. Pipo. Libo. Incluso Miro. Podía ser protectora y posesiva con sus hijos, que la necesitaban, pero con la gente que ella necesitaba era todo lo opuesto. Si temía que pudieran arrebatárselos, se apartaba de ellos. Dejaba de permitirse necesitarlos.

No eran ellos, sino él. Ender. Ella estaba intentando dejar de necesitarlo a él. Y este silencio, si continuaba, abriría un abismo tan grande entre la pareja que su matrimonio nunca se recuperaría.

Si eso sucedía, Ender ignoraba qué haría. Nunca se le había ocurrido que su matrimonio pudiera estar amenazado. No se había casado a la ligera: pretendía morir casado con Novinha, y todos estos años se habían llenado de la alegría que produce la confianza plena en otra persona. Ahora Novinha había perdido esa confianza en él. Pero no era justo. Él seguía siendo su marido, fiel como no lo había sido ningún otro hombre, ninguna otra persona en su vida. No se merecía perderla por un ridículo malentendido. Si dejaba pasar las cosas, como parecía decidida Novinha, aunque inconscientemente, ella se convencería del todo de que nunca podría depender de otra persona. Eso sería trágico, porque sería falso.

Ender estaba ya preparando una confrontación de algún tipo con Novinha cuando Ela la provocó accidentalmente.

—Andrew.

Ela estaba de pie en la puerta. Si había dado una palmada pidiendo permiso para entrar, Ender no la había oído. Pero claro, ella no necesitaba permiso para entrar en la casa de su madre.

—Novinha está en nuestra habitación.

—Vengo a hablar contigo.

—Lo siento, no puedo darte un adelanto de la paga.

Ela se echó a reír mientras avanzaba para sentarse a su lado, pero la risa murió rápidamente. Estaba preocupada.

—Quara —dijo.

Ender suspiró y sonrió. Quara siempre llevaba la contraria desde su nacimiento, y nada la había hecho cambiar. Sin embargo, siempre se había llevado mejor con Ela que con nadie.

—No es lo de siempre. De hecho, es menos problemática que de costumbre. Ni una pelea.

—¿Una mala señal?

—Sabes que está intentando comunicarse con la descolada.

—Lenguaje molecular.

—Bueno, lo que está haciendo es peligroso, y no establecerá comunicación aunque tenga éxito. Sobre todo si tiene éxito, porque entonces habrá una buena posibilidad de que muramos todos.

—¿Qué está haciendo?

—Ha saqueado mis archivos, cosa que no resulta difícil, porque no pensé que tendría que protegerlos contra ningún compañero xenobiólogo. Ha estado construyendo los inhibidores que he intentado introducir en las plantas…, bastante fácil, porque dejé detalladamente explicado el proceso. Sólo que en vez de introducirlo en algo, está entregándolo directamente a la descolada.

—¿Qué quieres decir con «entregándolo»?

—Ésos son sus mensajes. Eso es lo que les está enviando con sus preciosos transportadores de mensajes. Si los transportadores son lenguaje o no, no es algo que vaya a quedar establecido con un falso experimento como ése. Pero sea inteligente o no, sabemos que la descolada se adapta con una eficacia diabólica… y puede que Quara esté ayudándola a adaptarse a algunas de mis mejores estrategias para bloquearla.

—Traición.

—Esto es. Está suministrando al enemigo nuestros secretos militares.

—¿Has hablado con ella?

—'Sta brinando? Claro que falei. Ela quase me matou. (¿Estás bromeando? Claro que le hablé. Por poco me mata.)

—¿Ha tratado con éxito a alguno de los virus?

—Ni siquiera está intentándolo. Es como si corriera a la ventana y gritara: «¡Vienen a mataros!». No está haciendo ciencia, sino política entre especies, sólo que ni siquiera sabemos si el otro lado tiene política o no, únicamente que Quara podría ayudar a que nos matara más rápidamente de lo que hemos imaginado siquiera.

—Nossa Senhora —murmuró Ender—. Es demasiado peligroso. No puede jugar con una cosa como ésta.

—Tal vez ya sea demasiado tarde…, no puedo saber si ha hecho algún daño o no.

—Entonces tenemos que detenerla.

—¿Cómo, rompiéndole los brazos?

—Hablaré con ella, pero es demasiado mayor, o demasiado joven, para atender a razones. Me temo que acabará convirtiéndose en asunto del alcalde, no nuestro.

Sólo cuando Novinha habló se dio cuenta Ender de que su esposa había entrado en la habitación.

—En otras palabras, cárcel —dijo—. Pretendes encerrar a mi hija. ¿Cuándo ibas a informarme?

—La cárcel no se me había ocurrido —protestó Ender—. Esperaba que el alcalde le cerrara el acceso a…

—Ése no es el trabajo del alcalde —objetó Novinha—. Es el mío. Yo soy la xenobióloga jefe. ¿Por qué no acudiste a mí, Elanora? ¿Por qué a él?

Ela permaneció en silencio, mirando fijamente a su madre. Así manejaba los conflictos con su madre, con resistencia pasiva.

—Quara está fuera de control, Novinha —dijo Ender—. Revelar secretos a los padres-árbol ya fue suficientemente malo. Hacerlo con la descolada es una locura.

—Es psicologista, agora? (¿Ahora eres psicólogo?)

—No pretendo encerrarla.

—No tienes que pretender nada. No con mis niños.

—Eso es —asintió Ender—. No voy a hacer nada con niños. Sin embargo, tengo una responsabilidad para hacer algo con un ciudadano de Milagro que está poniendo en peligro la supervivencia de todos los seres humanos de este planeta, y tal vez en todas partes.

—¿Y dónde recibiste esa noble responsabilidad, Andrew? ¿Bajó Dios de la montaña y talló tu licencia para gobernar a la gente sobre tablas de piedra?

—Muy bien —suspiró Ender—. ¿Qué me sugieres?

—Sugiero que te mantengas apartado de asuntos que no te conciernen. Francamente, Andrew, eso lo incluye casi todo. No eres xenobiólogo. No eres físico. No eres xenólogo. De hecho no eres nada, excepto un fisgón profesional de la vida de los demás.

Ela abrió la boca.

—¡Madre!

—Lo único que te da poder es esa maldita joya de tu oído. Ella te susurra secretos, te habla de noche cuando estás en la cama con tu esposa, y cada vez que quiere algo, allá vas a una reunión donde no tienes nada que hacer, diciendo lo que quiera que ella te dice. ¡Y acusas a Quara de cometer traición! Por lo que a mí respecta, tú eres el que está traicionando a personas reales por un pedazo de software demasiado crecido.

—Novinha —dijo Ender.

Se suponía que era el principio de un intento para calmarla. Pero ella no estaba interesada en dialogar.

—No te atrevas a intentar convencerme, Andrew. Todos estos años pensé que me amabas…

—Te amo.

—Pensé que realmente te habías convertido en uno de nosotros, en parte de nuestras vidas.

—Lo soy.

—Pensé que era real…

—Lo es.

—Pero sólo eres lo que el obispo Peregrino nos advirtió desde el principio, Un manipulador. Un controlador. Tu hermano gobernó a toda la humanidad, ¿no es ésa la historia? Pero tú no eres tan ambicioso. Te contentas con un planeta pequeño.

—En el nombre de Dios, madre, ¿te has vuelto loca? ¿No conoces a este hombre?

—¡Eso creía! —Novinha estaba llorando ahora—. Pero nadie que me amara dejaría que mi hijo se marchara a enfrentarse con esos cerdis asesinos…

—¡No podría haber detenido a Quim, madre! ¡Nadie habría podido!

—Ni siquiera lo intentó. ¡Lo aprobó!

—Sí —admitió Ender—. Pensé que tu hijo actuaba de manera noble y valiente, y lo aprobé. Sabía que aunque el peligro no era grande, sí era real, y sin embargo decidió ir… y lo aprobé. Es exactamente lo que tú habrías hecho, y espero que sea lo que yo haría en su mismo lugar. Quim es un hombre, un buen hombre, tal vez un gran hombre. No necesita tu protección, ni la quiere. Ha decidido cuál es la obra de su vida y la está realizando. Lo admiro por eso, y lo mismo deberías hacer tú. ¿Cómo te atreves a sugerir que ninguno de nosotros podría haberse interpuesto en su camino?

Novinha guardó por fin silencio, por el momento al menos. ¿Medía las palabras de Ender? ¿Advertía lo inútil y lo cruel que era por su parte dejar marchar a Quim con su furia en lugar de con su esperanza? Durante ese silencio, Ender aún alentó alguna esperanza.

Entonces el silencio terminó.

—Si vuelves a entrometerte en la vida de mis hijos, acabaré contigo —aseguró Novinha—. Y si algo le sucede a Quim, cualquier cosa, te odiaré hasta el día de tu muerte, y rezaré para que ese día llegue pronto. No lo sabes todo, hijo de puta, y es hora de que dejes de actuar como si fuera así.

Se dirigió a la puerta, pero entonces decidió no hacer una salida teatral. Se volvió hacia Ela y habló con notable calma.

—Elanora, tomaré medidas inmediatas para bloquear el acceso de Quara a los archivos y el equipo que pueda usar para ayudar a la descolada. En el futuro, querida, si vuelvo a oírte hablar de asuntos del laboratorio con cualquiera, sobre todo con este hombre, te prohibiré entrar en el laboratorio de por vida. ¿Comprendes?

Una vez más, Ela respondió con el silencio.

—Ah —suspiró Novinha—. Veo que me ha robado más de mis hijos de lo que yo creía.

Entonces se marchó.

Ender y Ela permanecieron sentados, aturdidos, en silencio. Por fin, Ela se levantó, aunque no dio un solo paso.

—Tendría que hacer algo —dijo—, pero por mi vida que no se me ocurre nada.

—Tal vez deberías ir con tu madre y demostrarle que sigues estando a su lado.

—Pero no lo estoy-replicó Ela—. De hecho, estaba pensando que tal vez debería acudir al alcalde y proponerle que destituya a madre como xenobióloga jefe; está claro que se ha vuelto loca.

—No —dijo Ender—. Si hicieras algo así, la matarías.

—¿A madre? Es demasiado dura para morir.

—No. Ahora mismo es tan frágil que cualquier golpe podría matarla. No a su cuerpo. Su confianza. Su esperanza. No le des ningún motivo para pensar que no estás con ella, no importa lo que pase.

Ela lo miró, exasperada.

—¿Es algo que tú decides o te viene de forma natural?

—¿De qué estás hablando?

—Madre acaba de decirte cosas que deberían haberte enfurecido, o lastimado, o algo…, y te quedas aquí sentado intentando pensar en formas de ayudarla. ¿No te apetece nunca abofetear a nadie? Quiero decir, ¿nunca pierdes los estribos?

—Ela, después de haber matado inadvertidamente a un par de personas con las manos desnudas, aprendes a controlar tus nervios o pierdes tu humanidad.

—¿Tú has hecho eso?

—Sí —respondió él.

Pensó por un momento que ella estaba sorprendida.

—¿Crees que podrías volver a hacerlo?

—Probablemente.

—Bien. Puede que sea útil cuando el infierno se desate.

Entonces se echó a reír. Era un chiste. Ender se sintió aliviado. Incluso se rió débilmente con ella.

—Iré a ver a madre —aseguró Ela—, pero no porque tú me lo hayas dicho, ni por las razones que has mencionado.

—Muy bien, pero hazlo.

—¿No quieres saber por qué voy a quedarme con ella?

—Ya sé por qué.

—Por supuesto. Ella estaba equivocada, ¿verdad? Sí que lo sabes todo.

—Vas a ir a ver a tu madre porque es lo más doloroso que podrías hacerte a ti misma en este momento.

—Haces que parezca feo.

—Es la cosa buena más dolorosa que podrías hacer. Es el trabajo más desagradable que hay. Es la carga más pesada.

—Ela la mártir, certo? ¿Es eso lo que dirás cuando hables por mí tras mi muerte?

—Si debo hablar de tu muerte, tendré que grabarlo por adelantado. Pretendo morir mucho antes que tú.

—Entonces, ¿no vas a dejar Lusitania?

—Por supuesto que no.

—¿Aunque madre te eche?

—No puede. No tiene motivos para el divorcio, y el obispo Peregrino nos conoce a ambos lo suficiente para reírse ante cualquier petición de nulidad basándose en una proclama de no consumación.

—Ya sabes lo que quería decir.

—Estoy aquí para quedarme. No más falsa inmortalidad con la dilatación temporal. Estoy cansado de dar vueltas por el espacio. Nunca dejaré la superficie de Lusitania.

—¿Aunque eso te mate? ¿Aunque venga la flota?

—Si todo el mundo puede marcharse, entonces me marcharé. Pero seré yo quien apague las luces y cierre la puerta.

Ella corrió hacia él, lo besó en la mejilla y lo abrazó, sólo por un instante. Luego salió y Ender se quedó solo una vez más.

Se había equivocado con Novinha, pensó. No estaba celosa de Valentine. Era de Jane. «Todos estos años me ha visto hablar en silencio con Jane, todo el tiempo, diciendo cosas que ella nunca podía oír, oyendo cosas que ella nunca podía transmitir. He perdido su confianza en mí y ni siquiera me di cuenta de que la estaba perdiendo.»

Incluso ahora, debía de estar subvocalizando. Debía de estar hablando con Jane por un hábito tan profundo que ni siquiera sabía que lo estaba haciendo, porque ella le respondió.

—Te lo advertí-dijo.

«Supongo que sí», contestó Ender en silencio.

—Nunca crees que entiendo a los seres humanos.

«Supongo que estás aprendiendo.»

—Ella tiene razón, ¿sabes? Eres mi marioneta. Te manipulo constantemente. Hace años que no tienes un pensamiento propio.

—Cállate —susurró él—. No estoy de humor.

—Ender, si crees que te ayudaría a no perder a Novinha, quítate la joya de la oreja. A mí no me importaría.

—Pero a mí sí.

—Te estaba mintiendo, a mí también me importaría. Pero si tienes que hacerlo, para conservarla, hazlo.

—Gracias. Pero sería una tontería intentar conservar a alguien a quien ya he perdido claramente.

—Cuando vuelva Quim, todo se arreglará.

«Eso es —pensó Ender—. Eso es.»

«Por favor, Dios, cuida del padre Esteváo.»

Sabían que el padre Esteváo se acercaba. Los pequeninos lo sabían siempre. Los padres-árbol se lo contaban todo unos a otros. No había secretos. No es que lo quisieran así. Podría existir un padre-árbol que quisiera guardar un secreto o decir una mentira. Pero no podían hacerlo solos exactamente. Nunca tenían experiencias privadas. Así, si un padre-árbol deseara guardarse algo para sí, habría otro cercano que no pensaría lo mismo. Los bosques siempre actuaban en unidad, pero seguían estando compuestos de individuos, y por eso las historias pasaban de un bosque a otro a pesar de lo que unos cuantos padres-árbol pudieran querer.

Quim sabía que ésa era su protección. Porque aunque Guerrero fuera un hijo de puta sediento de sangre (a pesar de que ése era un epíteto absurdo referido a los pequeninos), no podía hacer nada al padre Esteváo sin persuadir a los hermanos de su bosque para que actuaran como él quería. Y si lo hacía, alguno de los otros padres-árbol de su bosque lo sabría, y lo contaría. Habría testigos. Si Guerrero rompía el juramento que todos los padres-árbol habían hecho treinta años atrás, cuando Andrew Wiggin envió a Humano a la tercera vida, no podría hacerlo en secreto. Todo el mundo lo sabría, y Guerrero sería conocido como perjuro. Sería algo vergonzoso. ¿Qué esposa permitiría a los hermanos que llevaran una madre para él entonces? ¿Qué motivos volvería a tener mientras viviera?

Quim estaba a salvo. Tal vez no lo escucharían, pero tampoco le harían daño.

Sin embargo, cuando llegó al bosque de Guerrero, no perdieron el tiempo en escucharlo. Los hermanos lo agarraron, lo tiraron al suelo y lo arrastraron hasta Guerrero.

—Esto no era necesario —dijo—. Iba a venir aquí de todas formas.

Un hermano empezó a golpear el árbol con sus palos. Quim atendió la música cambiante mientras Guerrero alteraba los huecos en su interior, transformando el sonido en palabras.

—Has venido porque yo lo ordené.

—Tú ordenaste. Yo he venido. Si quieres pensar que has causado mi venida, así sea. Pero las órdenes de Dios son las únicas que obedezco de corazón.

—Estás aquí para oír la voluntad de Dios —sentenció Guerrero.

—Estoy aquí para decir la voluntad de Dios —respondió Quim—. La descolada es un virus, creado por Dios para convertir a los pequeninos en sus dignos hijos. Pero el Espíritu Santo no tiene ninguna encarnación. Es perpetuamente espíritu, y así puede habitar en nuestros corazones.

—La descolada habita en nuestros corazones, y nos otorga vida. Cuando habita en tu corazón, ¿qué te da?

—Un Dios. Una fe. Un bautismo. Dios no predica una cosa a los humanos y otra a los pequeninos.

—No somos «pequeños». Ya verás quién es poderoso y quién es pequeño.

Lo obligaron a permanecer de pie con la espalda apoyada contra el tronco de Guerrero. Sintió que la corteza cambiaba tras él. Lo empujaron. Muchas pequeñas manos, muchos morros respirando sobre su cuerpo. En todos los años transcurridos, nunca había considerado aquellas manos, aquellas caras, como pertenecientes a enemigos. E incluso ahora, advirtió Quim con alivio, no los consideraba sus propios enemigos. Eran los enemigos de Dios, y los compadecía por ello. Fue un gran descubrimiento para él, incluso mientras lo empujaban al vientre de un padre-árbol asesino, comprobar que no albergaba miedo ni odio en su interior. «Realmente no temo a la muerte. No lo sabía.»

Los hermanos seguían golpeando el exterior del árbol con sus palos. Guerrero rehízo el sonido para formar las palabras de la Lengua de los Padres, pero ahora Quim estaba dentro del sonido, dentro de las palabras.

—Piensas que voy a romper el juramento —dijo Guerrero.

—Se me ocurrió la posibilidad —respondió Quim.

Ahora estaba completamente clavado en el interior del árbol, aunque éste permanecía abierto delante desde la cabeza a los pies. Podía ver, podía respirar fácilmente: su confinamiento no resultaba ni siquiera claustrofábico. Pero la madera se había adaptado tan hábilmente a su cuerpo que no podía mover un brazo o una pierna, no podía girarse hacia los lados para salir de la abertura. Estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la salvación.

—Probaremos —dijo Guerrero. Ahora que escuchaba desde el interior, le resultó más difícil entender el sonido. Más difícil pensar—. Dejemos que Dios juzgue entre tú y yo. Te daremos todo lo que quieras beber, el agua de nuestro arroyo. Pero no tendrás nada de comida.

—Dejarme morir de hambre es…

—¿Morir de hambre? Tenemos tu comida. Te volveremos a alimentar dentro de diez días. Si el Espíritu Santo te permite vivir diez días, te alimentaremos y te dejaremos libre. Entonces creeremos en tu doctrina. Confesaremos que estábamos equivocados.

—El virus me matará antes.

—El Espíritu Santo te juzgará y decidirá si eres digno.

—Hay una prueba aquí —dijo Quim—, pero no es la que tú supones.

—¿No?

—Es la prueba del Juicio Final. Estás ante Cristo, y Él le dice a los que tienen a su diestra: «Fui un extraño y me aceptasteis. Tuve hambre y me disteis de comer. Entrad en la dicha del Señor». Y a los que están a su izquierda: «Tuve hambre y no me disteis nada. Fui un extraño y me maltratasteis». Y todos le dicen: «Señor, ¿cuándo te hicimos esas cosas?», y Él responde: «Si lo hicisteis al menor de mis hermanos, me lo hicisteis a mí». Todos vosotros, hermanos, congregados aquí…, yo soy el menor de vuestros hermanos. Responderéis ante Cristo por lo que me hacéis aquí.

—Idiota —escupió Guerrero—. No te estamos haciendo nada más que mantenerte quieto. Lo que te suceda será lo que Dios desee. ¿No dijo Cristo: «No hago más que lo que he visto hacer al Padre»? ¿No dijo Cristo: «Yo soy el camino. Venid y seguidme»? Bien, te dejamos hacer lo que hizo Cristo. Estuvo sin pan durante cuarenta días en el desierto. Te damos la oportunidad de ser la cuarta parte de santo. Si Dios quiere que creamos en tu doctrina, enviará ángeles a alimentarte. Convertirá las piedras en pan.

—Estás cometiendo un error ~dijo Quim.

—Tú cometiste el error de venir aquí.

—Quiero decir que estás cometiendo un error doctrinal. Citas bien los versículos: ayuno en el desierto, piedras convertidas en pan, todo eso. Pero ¿no crees que quedas un poco en evidencia al adjudicarte el papel de Satanás?

Entonces Guerrero se dejó llevar por la furia y rompió a hablar tan rápidamente que la madera empezó a retorcerse y presionar sobre Quim, hasta que éste temió acabar despedazado dentro del árbol.

—¡Tú eres Satanás! ¡Intentas hacernos creer en tus mentiras el tiempo suficiente para que los humanos encontréis un medio de matar a la descolada y apartar a los hermanos de la tercera vida para siempre! ¿Crees que no lo vemos? ¡Conocemos todos vuestros planes, todos! ¡No tenéis secretos! ¡Y Dios tampoco nos guarda secretos! ¡Somos nosotros quienes tenemos la tercera vida, no vosotros! ¡Si Dios os amara, no dejaría que os enterraran en el suelo y que de vosotros no surgieran más que gusanos!

Los hermanos se sentaron alrededor de la abertura del tronco, fascinados por la discusión.

Duró seis días, argumentos doctrinales dignos de cualquiera de los padres de la Iglesia de todos los tiempos. Desde el concilio de Nicea no se consideraron ni sopesaron temas tan importantes.

Los argumentos pasaron de hermano en hermano, de árbol a árbol, de bosque a bosque. Los recuentos del diálogo entre Guerrero y el padre Esteváo llegaban siempre a Raíz y Humano en cuestión de un día. Pero la información no era completa. No comprendieron hasta el cuarto día que Quim estaba prisionero, sin la comida que contenía el inhibidor de la descolada.

Se preparó una expedición de inmediato: Ender y Ouanda, Jakt, Lars y Varsam. El alcalde Kovano envió a Ender y Ouanda porque eran conocidos y respetados entre los cerdis, y a Jakt y a su hijo y su yerno porque no eran lusitanos nativos. Kovano no se atrevía a enviar a ninguno de los colonos nacidos en el planeta: si se difundía la noticia de lo sucedido, nadie podría decir lo que ocurriría. Los cinco cogieron el vehículo más rápido y siguieron las direcciones que les dio Raíz. El viaje duró tres días.

Al sexto día, el diálogo terminó, porque la descolada había invadido tanto el cuerpo de Quim que ya no tenía fuerzas para hablar, y a menudo estaba demasiado delirante y febril para decir nada inteligible cuando lo hacía.

Al séptimo día miró a través de la abertura, hacia arriba, sobre las cabezas de los hermanos que todavía estaban allí, observando.

—Veo al Salvador sentado a la diestra de Dios —susurró. Entonces sonrió.

Una hora después estaba muerto. Guerrero lo sintió y lo anunció triunfalmente a los demás.

—¡El Espíritu Santo ha juzgado, y el padre Esteváo ha sido rechazado!

Algunos hermanos se alegraron. Pero no tantos como esperaba Guerrero.

Al anochecer llegó el grupo de Ender. Los cerdis no pensaron en capturarlos y probarlos: eran demasiados, y de todas formas los hermanos ya no estaban todos de acuerdo. Pronto se encontraron ante el tronco hendido de Guerrero y vieron el rostro embotado y carcomido por la enfermedad del padre Esteváo, apenas visible en las sombras.

—Ábrete y deja salir a mi hijo —pidió Ender.

La abertura en el árbol se ensanchó. Ender extendió la mano y sacó el cuerpo del padre Esteváo. Pesaba tan poco que Ender pensó por un momento que salía por su propio pie, que estaba caminando. Pero no era así. Ender lo tendió en el suelo ante el árbol.

Un hermano marcó un ritmo en el tronco de Guerrero.

—Debe pertenecerte realmente, Portavoz de los Muertos, porque está muerto. El Espíritu Santo lo ha consumido en su segundo bautismo.

—Rompiste un juramento —acusó Ender—. Traicionaste la palabra de los padres-árbol.

—Nadie le tocó un pelo de la cabeza.

—¿Crees que engañas a alguien con tus mentiras? Todo el mundo sabe que no dar su medicina a un hombre moribundo es un acto de violencia igual que si le apuñalaras el corazón. Eso de allí es su medicina. Podríais habérsela dado en cualquier momento.

—Fue Guerrero —se justificó uno de los hermanos presentes.

Ender se volvió a los hermanos.

—Vosotros ayudasteis a Guerrero. No creáis que podéis echarle la culpa a él solo. Ojalá ninguno de vosotros pase a la tercera vida. Y en cuanto a ti, Guerrero, ojalá que ninguna madre repte sobre tu corteza.

—Ningún humano puede decidir esas cosas —observó Guerrero.

—Tú mismo lo decidiste cuando pensaste que podías cometer un asesinato para ganar tu discusión —declaró Ender—. Y vosotros, hermanos, lo decidisteis cuando no le detuvisteis.

—¡No eres nuestro juez! —gritó uno de los hermanos.

—Sí lo soy. Y lo es cada habitante de Lusitania, humano y padre-árbol, hermano y esposa.

Llevaron al coche el cadáver de Quim, y Jakt, Ouanda y Ender se marcharon con él. Lars y Varsam cogieron el vehículo que había usado Quim. Ender se entretuvo unos minutos para comunicarle a Jane un mensaje, a fin de que se lo transmitiera a Miro. No había ningún motivo para que Novinha esperara tres días a oír que su hijo había muerto en manos de los pequeninos. También estaba claro que no querría oírlo de boca de Ender. Si el Portavoz tendría una esposa cuando regresara a la colina, era algo que estaba más allá de su conocimiento. Lo único seguro era que Novinha no tendría a su hijo Esteváo.

—¿Hablarás por él? —preguntó Jakt mientras el coche volaba sobre el capim.

Había oído hablar a Ender una vez en Trondheim.

—No —respondió Ender—. No lo creo.

—¿Porque es sacerdote?

—He hablado por sacerdotes antes —dijo Ender—. No, no hablaré por Quim porque no hay motivo para hacerlo. Quim era exactamente lo que parecía, y murió exactamente como habría elegido, sirviendo a Dios y predicando a los pequeños. No tengo nada que añadir a su historia. Él mismo la completó.

EL JADE DEL MAESTRO HO

‹Ahora empiezan las muertes.›

‹Es curioso que las comenzara tu pueblo y no los humanos.›

‹Tu pueblo las comenzó también, cuando librasteis vuestras guerras con los humanos›

‹Nosotros los empezamos, pero las terminaron ellos›

‹¿Cómo se las arreglan estos humanos para empezar con tanta inocencia y acabar siendo al final los que más sangre tienen en las manos?›

Wang-mu contemplaba las palabras y números que se movían en la pantalla situada sobre el terminal de su señora. Qing-jao estaba dormida, respirando suavemente sobre su esterilla. Wang-mu también había dormido durante un rato, pero algo la había despertado. Un grito, no muy lejano; tal vez un grito de dolor. Fue parte del sueño de Wang-mu, pero cuando se despertó oyó los últimos sonidos en el aire. No era la voz de Qing-jao. Un hombre quizás, aunque el sonido era agudo. Un sonido quejumbroso. Hizo que Wang-mu pensara en la muerte.

Pero no se levantó a investigar. No era su misión hacerlo, sino estar con su señora en todo momento, a menos que ella le indicara lo contrario. Si Qing-jao necesitaba oír la noticia de lo que había causado aquel grito, otra criada vendría y despertaría a Wang-mu, quien a su vez despertaría a su señora, pues cuando una mujer tenía una doncella secreta, y hasta que tuviera marido, sólo las manos de la doncella secreta podían tocarla sin invitación.

Así, Wang-mu permaneció tendida, esperando a ver si alguien venía a decirle a Qing-jao por qué un hombre había gritado con tanta angustia, lo bastante cerca para que se oyera en esta habitación situada al fondo de la casa de Han Fei-tzu. Mientras esperaba, sus ojos se sintieron atraídos por la pantalla móvil mientras el ordenador ejecutaba la búsqueda que Qing-jao había programado.

La pantalla dejó de moverse. ¿Había algún problema? Wang-mu se levantó, apoyándose en un brazo, lo suficiente para leer las palabras más recientes aparecidas en la pantalla. La búsqueda había terminado. En esta ocasión el informe no era uno de los cortos mensajes de fracaso: NO ENCONTRADO. NINGUNA INFORMACIÓN. NINGUNA CONCLUSIÓN. Esta vez el mensaje era un informe.

Wang-mu se levantó y se dirigió al terminal. Hizo lo que Qing-jao le había enseñado, pulsar la clave que almacenaba toda la información actual para que el ordenador pudiera guardarla. Entonces se acercó a Qing-jao y colocó delicadamente una mano sobre su hombro.

Qing-jao se despertó casi de inmediato, pues dormía alerta.

—La búsqueda ha encontrado algo —anunció Wang-mu. Qing-jao apartó su sueño tan fácilmente como podría haberlo hecho con una chaqueta suelta. En un momento, se encontró ante el terminal leyendo las palabras que había allí.

—He encontrado a Demóstenes —dijo.

—¿Dónde está ese hombre? —preguntó Wang-mu, sin aliento.

El gran Demóstenes…, no, el terrible Demóstenes. «Mi señora quiere que lo considere un enemigo.» Pero el Demóstenes, en cualquier caso, cuyas palabras la habían impresionado tanto cuando oyó a su padre leerlas en voz alta: «Mientras haya un ser que obligue a otros a inclinarse ante él porque tiene poder para destruirlos junto con todo lo que tienen y todo lo que aman, entonces todos nosotros debemos tener miedo». Wang-mu había oído aquellas palabras casi en su más tierna infancia (sólo tenía tres años), pero las recordaba bien porque se le habían grabado en la memoria. Cuando su padre las leyó, recordó una escena: su madre hablaba y su padre se enfurecía. No la golpeó, pero tensó los hombros y su mano se sacudió un poco, como si su cuerpo hubiera pretendido golpear y tuviera dificultad para contenerlo. Y cuando lo hizo, aunque no cometió ningún acto violento, la madre de Wang-mu inclinó la cabeza y murmuró algo, y la tensión cesó. Wang-mu supo que había visto lo que describía Demóstenes: su madre se había inclinado ante su padre porque él tenía el poder de hacerle daño. Y Wang-mu tuvo miedo, en ese momento y después, al recordarlo. Por eso, cuando escuchó las palabras de Demóstenes supo que eran verdaderas, y se maravilló de que su padre pudiera pronunciarlas e incluso estar de acuerdo con ellas y no darse cuenta de la contradicción de sus actos. Por eso Wang-mu había escuchado siempre con gran interés todas las palabras del gran, del temible Demóstenes, porque grande o terrible, sabía que decía la verdad.

—No es un hombre —declaró Qing-jao—. Demóstenes es una mujer.

La idea dejó a Wang-mu sin aliento. ¡Claro! Una mujer desde el principio. No era extraño que hubiera tanta compasión en Demóstenes; «es una mujer, y sabe lo que es ser gobernada por otros a cada momento. Es una mujer, y por eso sueña con la libertad, con una hora en que no haya ningún deber aguardando. No era extraño que hubiera revolución ardiendo en sus palabras, y sin embargo éstas continuaran siempre siendo palabras y nunca violencia. Pero ¿por qué no ve esto Qing-jao? ¿Por qué ha decidido que las dos debemos odiar a Demóstenes?».

—Una mujer llamada Valentine —continuó Qing-jao, y luego, con asombro en su voz—: Valentine Wiggin, nacida en la Tierra hace más…, hace más de tres mil años.

—¿Es una diosa, para vivir tanto tiempo?

—Viaja. De mundo en mundo, sin quedarse en ningún sitio más que unos cuantos meses. Lo suficiente para escribir un libro. Todas las grandes historias bajo el nombre de Demóstenes fueron escritas por la misma mujer, y sin embargo nadie lo sabe. ¿Cómo puede no ser famosa?

—Tal vez quiere esconderse —apuntó Wang-mu, comprendiendo muy bien por qué una mujer querría esconderse tras un nombre de hombre—. Yo también lo haría si pudiera, para poder viajar también de mundo en mundo y ver un millar de lugares y vivir diez mil años.

—Subjetivamente, sólo tiene cincuenta y tantos años. Aún es joven. Se quedó en un mundo durante muchos años, se casó y tuvo hijos. Pero ahora ha vuelto a marcharse. A… —Qing-jao jadeó.

—¿Adónde?

—Cuando dejó su casa se llevó a su familia consigo en una nave. Primero se encaminaron hacia Paz Celestial y pasaron cerca de Catalunya, ¡y luego fijaron un rumbo directo a Lusitania!

El primer pensamiento de Wang-mu fue: «¡Naturalmente! Por eso Demóstenes muestra tanta simpatía y comprensión por los lusitanos. Ha hablado con ellos, con los xenólogos rebeldes, con los propios pequeninos. ¡Los conoce y sabe que son raman!».

Entonces pensó: «Si la Flota Lusitania llega y cumple con su misión, Demóstenes será capturada y sus palabras terminarán».

De pronto recordó algo que hacía todo esto imposible:

—¿Cómo puede estar en Lusitania, cuando Lusitania ha destruido su ansible? ¿No fue lo primero que hicieron cuando se rebelaron? ¿Cómo pueden alcanzarnos sus escritos?

Qing-jao sacudió la cabeza.

—Todavía no ha llegado a Lusitania. O si lo ha hecho, ha sido en los últimos meses. Ha pasado los últimos treinta años en vuelo. Desde antes de la rebelión. Se marchó antes.

—Entonces…, ¿todos sus escritos han sido hechos en vuelo? —Wang-mu trató de imaginar cómo reconciliar los diferentes flujos temporales—. Para haber escrito tanto desde que la Flota Lusitania zarpó, debe de haber…

—Debe de haber pasado escribiendo y escribiendo y escribiendo cada momento consciente en la nave —concluyó Qing-jao—. Sin embargo no hay ningún registro de que su nave haya enviado ninguna señal a ningún sitio, excepto los informes del capitán. ¿Cómo ha conseguido distribuir sus escritos a tantos mundos diferentes si ha estado en una nave todo el tiempo? Es imposible. Tendría que haber registros de las transmisiones ansibles, en alguna parte.

—Siempre es el ansible —dijo Wang-mu—. La Flota Lusitania deja de enviar mensajes, y su nave debería estar enviándolos pero no lo hace. ¿Quién sabe? Tal vez Lusitania esté enviando también mensajes secretos.

Pensó en la Vida de Humano.

—No puede haber ningún mensaje secreto —objetó Qing-jao—. Las conexiones filóticas del ansible son permanentes, y si hubiera alguna transmisión en alguna frecuencia, sería detectada y los ordenadores lo registrarían.

—Bueno, ahí lo tienes. Si los ansibles están todavía conectados, y los ordenadores no tienen constancia de las transmisiones, y sin embargo sabemos que hay transmisiones porque Demóstenes ha estado escribiendo todas estas cosas, entonces los registros deben de estar equivocados.

—No es posible ocultar una transmisión por ansible —dijo Qing-jao—. No a menos que hubiera gente presente en el mismo momento en que la transmisión fuera recibida, para desconectarla de los programas de almacenamiento locales…; de todas formas, no puede hacerse. Un conspirador tendría que estar sentado ante cada ansible todo el tiempo, trabajando tan rápido que…

—Podrían tener un programa que lo hiciera automáticamente.

—Pero entonces conoceríamos ese programa…, requeriría memoria, usaría tiempo de proceso.

—Si alguien pudiera crear un programa para interceptar los mensajes ansibles, ¿no podrían también hacerlo de forma que no apareciera en memoria y no dejara registro del tiempo de proceso utilizado?

Qing-jao miró aWang-mu, irritada.

—¿Dónde aprendiste tantas cuestiones sobre ordenadores que sigues ignorando que cosas como ésas son imposibles?

Wang-mu inclinó la cabeza y tocó con ella el suelo. Sabía que humillarse de esa forma avergonzaría a Qing-jao por su arrebato de furia y entonces podrían volver a hablar.

—No —suspiró Qing-jao—. No tenía derecho a enfurecerme, lo siento. Levántate, Wang-mu. Sigue formulando preguntas. Son beneficiosas. Puede que sea posible porque tú puedes imaginarlo, y si tú puedes imaginarlo tal vez alguien podría llevarlo a cabo. Pero por esto pienso que es imposible. ¿Cómo podría nadie instalar un programa tan hábil? Tendría que estar en cada ordenador que procese comunicaciones ansibles en todas partes. Hay miles y miles. Y si uno se estropea y otro entra en línea, tendría que cargar el programa en el nuevo ordenador casi instantáneamente. Sin embargo nunca podría ponerse en almacenaje permanente o lo encontrarían; tiene que mantenerse en movimiento constantemente, esquivando, permaneciendo fuera del trabajo de los otros programas, entrando y saliendo de su almacén. Un programa que pudiera hacer todo eso tendría que ser… inteligente, tendría que estar intentando esconderse y calcular nuevas formas de hacerlo todo el tiempo o ya lo habríamos advertido a estas alturas, cosa que no ha sucedido. No existe ningún programa como ése. ¿Cómo podría haberlo programado nadie? ¿Cómo podría haber empezado? Y mira, Wang-mu…, esta Valentine Wiggin que escribe todas las cosas de Demóstenes ha estado ocultándose durante miles de años. Si hay un programa como ése, debe de haber existido todo el tiempo. No habría sido creado por los enemigos del Congreso Estelar porque no existía ningún Congreso Estelar cuando Valentine Wiggin empezó a esconder su identidad. ¿Ves lo antiguos que son los archivos que nos dan su nombre? No ha estado enlazada abiertamente a Demóstenes desde los primeros informes de… de la Tierra. Antes de las naves estelares. Antes de…

La voz de Qing-jao se apagó, pero según Wang-mu comprendió al instante, había alcanzado su conclusión antes de que Qing-jao la vocalizara.

—Si hay un programa secreto en los ordenadores ansibles, tuvo que existir todo el tiempo —dijo Wang-mu—. Desde el principio.

—Imposible —susurró Qing-jao. Pero ya que todo lo demás era también imposible, Wang-mu supo que a Qing-jao le encantaba esta idea, que quería creería porque a pesar de ser imposible al menos era concebible, podría ser imaginada y por tanto podía ser real. «Y se me ocurrió a mí —pensó Wang-mu—. Puede que no sea una agraciada por los dioses, pero soy inteligente. Comprendo cosas. Todo el mundo me trata como a una niña tonta, incluso Qing-jao, a pesar de que sabe que aprendo rápido y que pienso cosas que las demás personas no piensan…, incluso ella me desprecia. ¡Pero soy tan lista como el que más, señora! Soy tan lista como tú, aunque nunca lo adviertes, aunque pensarás que todo esto se te ocurrió a ti sola. Oh, me darás crédito por ello, pero será así: "Wang-mu dijo algo y me hizo pensar y entonces me di cuenta de la idea importante". Nunca será: "Wang-mu fue la que comprendió esto y me lo explicó hasta que comprendí por fin". Siempre como si yo fuera un perro estúpido que ladra o gime o se rasca o muerde o salta, sólo por coincidencia, y encamina tu mente hacia la verdad. No soy un perro. Comprendo. Cuando te hice esas preguntas fue porque ya me había dado cuenta de las implicaciones. Y me di cuenta aún de más cosas de las que has dicho hasta ahora…, pero debo decírtelo preguntando, fingiendo no comprender, porque tú eres la agraciada y una simple criada como yo nunca podría dar ideas a alguien que oye las voces de los dioses.»

—Señora, quienquiera que controle este programa tiene un poder enorme, y sin embargo nunca hemos oído hablar de ellos y nunca han usado este poder hasta ahora.

—Lo han usado —dijo Qing-jao—. Para ocultar la verdadera identidad de Demóstenes. Esta Valentine Wiggin es muy rica, pero sus propiedades están todas ocultas, para que nadie se dé cuenta de lo mucho que tiene, de que todas sus posesiones forman parte de la misma fortuna.

—¿Este programa tan poderoso ha habitado en todos los ordenadores ansible desde que empezaron los vuelos estelares, y sin embargo lo único que hizo fue esconder la fortuna de esa mujer?

—Tienes razón —convino Qing-jao—, no tiene sentido. ¿Por qué alguien con tanto poder no lo ha usado ya para controlar las cosas? O tal vez lo ha hecho. Estaba presente antes de que el Congreso Estelar fuera formado, así que tal vez…, ¿pero por qué oponerse al Congreso ahora?

—Tal vez —apuntó Wang-mu—, tal vez no les importa el poder.

—¿A quién?

—A quienquiera que controle este programa secreto.

—Entonces, ¿por qué crearon el programa en primer lugar? Wang-mu, no estás pensando.

«No, por supuesto que no. Yo nunca pienso.» Wang-mu inclinó la cabeza.

—Quiero decir que estás pensando, pero no piensas en esto. Nadie crearía un programa tan poderoso a menos que quisiera tanto poder…; considera lo que hace este programa, lo que puede hacer: ¡interceptar todos los mensajes de la flota y hacer que parezca que nunca fueron enviados! ¡Llevar los escritos de Demóstenes a todos los planetas colonizados y sin embargo ocultar el hecho de que esos mensajes fueron enviados! Podría hacer cualquier cosa, podría alterar cualquier mensaje, podría sembrar la confusión por todas partes o engañar a la gente para que crea…, para que crea que hay una guerra, o darles órdenes para no hacer nada, ¿y cómo sabríamos que no es verdad? ¡Si realmente tuvieran tanto poder lo usarían! ¡Lo harían!

—A menos que los programas no quieran ser usados de esa forma.

Qing-jao se rió con fuerza.

—Vamos, Wang-mu, ésa fue una de nuestras primeras lecciones sobre ordenadores. Está bien que la gente corriente imagine que los ordenadores deciden las cosas, pero tú y yo sabemos que sólo son sirvientes, solamente hacen lo que se les dice, nunca quieren nada.

Wang-mu casi perdió el control de sí misma, casi se dejó llevar por la furia. «¿Crees que no querer nunca es un rasgo común entre los ordenadores y los sirvientes? ¿Crees realmente que los sirvientes sólo obedecemos órdenes y nunca queremos nada por nuestra cuenta? ¿Crees que sólo porque los dioses no nos hacen frotarnos la nariz contra el suelo o lavarnos las manos hasta que sangren no tenemos ningún otro deseo? Bien, si los sirvientes y ordenadores son iguales, entonces es porque los ordenadores tienen deseos, no porque los sirvientes no los tengamos. Porque queremos. Ansiamos. Anhelamos. Lo que nunca hacemos es actuar siguiendo esas ansias, porque si lo hiciéramos entonces los agraciados por los dioses nos expulsaríais y encontraríais a otros más obedientes.»

—¿Por qué estás enfadada?-preguntó Qing-jao.

Horrorizada al ver que había dejado que sus sentimientos se traslucieran en su rostro, Wang-mu inclinó la cabeza.

—Perdóname —dijo.

—Por supuesto que te perdono, pero también quiero comprenderte. ¿Te enfadaste porque me reí de ti? Lo siento, no debería haberlo hecho. Sólo llevas unos pocos meses estudiando conmigo; es normal que a veces te olvides y retrocedas a las creencias con las que creciste, y está mal que yo me ría. Por favor, perdóname por eso.

—Oh, señora, no es apropiado que yo te perdone. Eres tú quien debes perdonarme a mí.

—No, yo estaba equivocada. Lo sé, los dioses me han mostrado mi indignidad por reírme de ti.

«Entonces los dioses son muy estúpidos, si piensan que fue tu risa lo que me enfadó. O eso o es que te están mintiendo. Odio a tus dioses y cómo te humillan sin decirte jamás una sola cosa que merezca la pena conocer. ¡Y que me caiga muerta por pensar eso!»

Pero Wang-mu sabía que aquello no sucedería. Los dioses nunca alzarían un dedo contra ella. Sólo hacían que Qing-jao, quien a pesar de todo era su amiga, se inclinara y se arrastrara por el suelo hasta que Wang-mu se sentía tan avergonzada que deseaba morir.

—Señora, no has hecho nada malo y no estoy ofendida.

No sirvió de nada. Qing-jao se tiró al suelo. Wang-mu se dio la vuelta y enterró la cara en las manos, pero guardó silencio, negándose a emitir un sonido ni siquiera en su llanto, porque eso obligaría a Qing-jao a empezar de nuevo. O la convencería de que la había ofendido tanto que tendría que seguir dos líneas, o tres, o (¡no lo quisieran los dioses!) todo el suelo otra vez. «Algún día —pensó Wang-mu—, los dioses le dirán a Qing-jao que siga el rastro de todas las líneas de todas las tablas de todas las habitaciones de la casa, y se morirá de hambre o de sed o se volverá loca en el intento.»

Para evitar llorar de frustración, Wang-mu se obligó a mirar el terminal y examinar el informe que había leído Qing-jao. Valentine Wiggin había nacido en la Tierra durante las Guerras Insectoras. Empezó a usar el nombre de Demóstenes siendo niña, al mismo tiempo que su hermano Peter, que empleó el nombre de Locke y luego se convirtió en el Hegemón. No era simplemente una Wiggin: era una de los Wiggin, hermana de Peter el Hegemón y de Ender el Xenocida. Sólo fue una nota al pie de las historias. Wang-mu ni siquiera había recordado el nombre hasta ahora, sólo el hecho de que Peter y el monstruo Ender tenían una hermana. Pero la hermana resultó ser tan extraña como ellos; era la inmortal; era la que seguía cambiando a la humanidad con sus palabras.

Wang-mu apenas podía creerlo. ¡Demóstenes ya había sido importante en su vida, pero ahora se enteraba de que el verdadero Demóstenes era la hermana del Hegemón! Aquel cuya historia se narraba en el libro sagrado de los portavoces de los muertos: la Reina Colmena y el Hegemón. Y no era sagrado sólo para ellos. Prácticamente todas las religiones habían dejado un espacio para aquel libro, porque la historia era decisiva, acerca de la destrucción de la primera especie alienígena descubierta por la humanidad, y luego acerca de la terrible lucha entre el bien y el mal que se desarrolló en el alma del primer hombre que unió a todos los hombres bajo un solo gobierno. Una historia tan compleja, y sin embargo contada de forma tan simple, que mucha gente la leía y se sentía conmovida por ella cuando eran niños. Wang-mu la había leído por primera vez en voz alta a los cinco años. Era una de las historias grabadas más profundamente en su alma.

Había soñado, no una vez, sino dos, que conocía al propio Hegemón, Peter, sólo que él insistió en que lo llamara por su nombre en clave, Locke. Wang-mu se sentía a la vez fascinada y repelida por él; no podía apartar la mirada. Entonces él extendió la mano y dijo: «Si Wang-mu, Real Madre del Oeste, sólo tú eres una consorte adecuada para el gobernante de toda la humanidad», y la tomaba y se casaba con ella y la sentaba junto a él en su trono.

Por supuesto, sabía que casi todas las niñas pobres soñaban con casarse con un hombre rico o descubrir que era realmente la hija de una familia rica o alguna otra tontería por el estilo. Pero también los dioses enviaban sueños, y había verdad en cualquier sueño que se repitiera, todo el mundo lo sabía. Por eso todavía sentía una fuerte afinidad hacia Peter Wiggin; y ahora, al comprender que Demóstenes, por quien sentía tanta admiración, era su hermana…, casi era demasiada coincidencia para poder soportarla. «¡No me importa lo que diga mi señora, Demóstenes! —gritó Wang-mu en silencio—. Te quiero de todas formas, porque me has dicho la verdad toda mi vida. Y te amo también como hermana del Hegemón, que es el marido de mis sueños.»

Wang-mu sintió que el aire de la habitación cambiaba y comprendió que habían abierto la puerta. Miró y allí estaba Mu-pao, la vieja y temible ama de llaves, el terror de todos los criados, incluyendo a la propia Wang-mu, aunque Mu-pao tenía relativamente poco poder sobre una doncella secreta. De inmediato, Wang-mu se dirigió a la puerta, lo más silenciosamente posible, para no interrumpir la purificación de Qing-jao.

Una vez en el pasillo, Mu-pao cerró la puerta de la habitación para que Qing-jao no pudiera oírla.

—El Maestro Han llama a su hija. Está muy agitado. Gritó hace un rato y asustó a todo el mundo.

—Oí el grito —asintió Wang-mu—. ¿Está enfermo?

—No lo sé. Está muy agitado. Me envió a buscar a tu señora para decirle que debe hablar con ella de inmediato. Pero si está comulgando con los dioses, lo comprenderá. Asegúrate de decirle que vaya a verlo en cuanto haya acabado.

—Se lo diré ahora. Me ha dicho que nada debe impedirle responder a la llamada de su padre.

Mu-pao pareció horrorizarse ante la idea.

—Pero está prohibido interrumpir cuando los dioses están…

—Qing-jao cumplirá una penitencia mayor más tarde. Querrá saber por qué la llama su padre.

Wang-mu sintió gran satisfacción al poner a Mu-pao en su sitio. «Puede que seas la gobernanta de los sirvientes de la casa, Mu-pao, pero yo soy la que tiene el poder de interrumpir incluso la conversación entre mi señora y los propios dioses.»

Como Wang-mu esperaba, la primera reacción de Qing-jao al ser interrumpida fue de amarga frustración, furia, llanto. Pero cuando Wang-mu se inclinó abyectamente en el suelo, Qing-jao se calmó de inmediato. «Por eso la amo y puedo soportar servirla —pensó Wang-mu—, porque no desea el poder que ejerce sobre mí y porque tiene más compasión que ninguno de los otros agraciados por los dioses de los que he oído hablar.» Qing-jao escuchó la explicación que le dio, y luego la abrazó.

—Ah, mi amiga Wang-mu, eres muy sabia. Si mi padre ha gritado de angustia y luego me ha llamado, los dioses saben que debo posponer mi purificación y acudir a verlo.

Wang-mu la siguió pasillo abajo, por las escaleras, hasta que se arrodillaron juntas en la esterilla ante la silla de Han Fei-tzu. Qing-jao esperó a que su padre hablara, pero él no dijo nada. Las manos le temblaban. Nunca le había visto tan ansioso.

—Padre —dijo Qing-jao—, ¿por qué me has llamado?

Él sacudió la cabeza.

—Algo tan terrible, y tan maravilloso, que no sé si gritar de alegría o matarme.

La voz de su padre era ronca y fuera de control. Desde la muerte de su madre (no, desde que la abrazó tras la prueba que demostró que era una elegida por los dioses), no le había oído hablar tan emocionalmente.

—Dime, padre, y luego yo te contaré mi noticia. He descubierto a Demóstenes, y tal vez haya encontrado la clave de la desaparición de la Flota Lusitania.

Los ojos de su padre se abrieron aún más.

—¿En este día de días has resuelto el problema?

—Si es lo que supongo, entonces el enemigo del Congreso puede ser destruido. Pero será difícil. ¡Cuéntame lo que has descubierto!

—No, cuéntamelo tú primero. Es extraño…, ambas cosas el mismo día. ¡Cuéntame!

—Fue Wang-mu quien me dio la clave. Me hacía preguntas sobre…, oh, sobre el funcionamiento de los ordenadores, y de repente me di cuenta de que si en cada ordenador ansible hubiera un programa oculto, uno tan sabio y poderoso que pudiera moverse de un sitio a otro para permanecer escondido, entonces ese programa secreto podría estar interceptando todas las comunicaciones ansibles. Puede que la flota esté aún allí, tal vez incluso enviando mensajes, pero nosotros no los recibimos y ni siquiera sabemos que existen a causa de esos programas.

—¿En cada ordenador ansible? ¿Trabajando siempre sin error?

Su padre parecía escéptico, naturalmente, porque en su ansiedad Qing-jao había contado la historia al revés.

—Sí, pero déjame que te cuente cómo puede ser posible semejante asombro. Verás, he encontrado a Demóstenes.

Su padre la escuchó mientras le hablaba de Valentine Wiggin, y de cómo había estado escribiendo en secreto bajo el nombre de Demóstenes durante todos estos años.

—Está claro que ella es capaz de enviar mensajes ansibles secretos, o sus escritos no podrían distribuirse desde una nave en vuelo a todos los mundos diferentes. Se supone que sólo los militares son capaces de comunicarse con naves que viajan a casi la velocidad de la luz; ella debe de haber penetrado en los ordenadores de los militares o duplicado su poder. Y si puede hacerlo, si existe el programa que se lo permite, entonces ese mismo programa tendría el poder para interceptar los mensajes ansibles de la flota…

—Si una cosa es posible, entonces también lo es la otra, sí…, pero ¿cómo ha podido colocar esa mujer un programa en cada ordenador ansible en primer lugar?

—¡Porque lo hizo al principio! Es por la edad que tiene. ¡De hecho, si el Hegemón Locke fue su hermano, tal vez… no, por supuesto, fue él quien lo hizo! Cuando zarparon las primeras flotas colonizadoras, con sus dobles tríadas filóticas a bordo para formar el corazón del primer ansible de cada colonia, pudo haber enviado ese programa con ellas.

Su padre comprendió de inmediato, por supuesto.

—Como Hegemón, tenía el poder, y también el motivo…, un programa secreto bajo su control, de forma que si se produjera una rebelión o un golpe de estado, seguiría teniendo en las manos los hilos que unen los mundos.

—Y cuando él murió, Demóstenes, su hermana, fue la única que conocía el secreto. ¿No es maravilloso? Lo hemos encontrado. ¡Sólo tenemos que borrar todos esos programas de la memoria!

—Sólo para hacer que sean restaurados instantáneamente a través del ansible de otras copias de otros mundos —objetó su padre—. Debe de haber sucedido un millar de veces a lo largo de los siglos, un ordenador estropeándose y el programa secreto restaurándose en el ordenador nuevo.

—Entonces tenemos que desconectar todos los ansibles al mismo tiempo —resolvió Qing-jao—. Tener preparado en cada mundo un nuevo ordenador que nunca haya sido contaminado por el contacto del programa secreto. Cortar todos los ansibles simultáneamente, desconectar los viejos ordenadores, poner en línea a los nuevos y despertar los ansibles. El programa secreto no podrá restaurarse porque no estará en ninguno de los ordenadores. ¡Entonces el poder del Congreso no tendrá rival que interfiera!

—No podéis hacerlo —intervino Wang-mu.

Qing-jao miró sorprendida a su doncella secreta. ¿Cómo podría la muchacha ser tan mal educada para interrumpir una conversación entre dos agraciados para contradecirlos?

Pero su padre se mostró magnánimo. Siempre era magnánimo, incluso con la gente que había rebasado todos los límites del respeto y la decencia. «Debo aprender a parecerme más a él —pensó Qing-jao—. Debo permitir que los criados mantengan su dignidad incluso cuando sus acciones hayan perdido el derecho a tanta consideración.»

—Si Wang-mu —preguntó su padre—, ¿por qué no podemos hacerlo?

—Porque para desconectar a todos los ansibles al mismo tiempo, tendríais que enviar mensajes por ansible. ¿Por qué iba a permitir el programa que enviarais mensajes que llevarían a su propia destrucción?

Qing-jao siguió el ejemplo de su padre y habló pacientemente a Wang-mu.

—Es sólo un programa, no conoce el contenido de los mensajes. Quienquiera que lo gobierna le ha dicho que oculte todas las comunicaciones de la flota, y que oculte el rastro de todos los mensajes de Demóstenes. Desde luego, no lee los mensajes y decide si debe enviarlos a partir del contenido.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Wang-mu.

—¡Porque un programa así tendría que ser… inteligente!

—Pero tendría que serlo de todas formas —insistió Wang-mu—. Tiene que serlo para ser capaz de esconderse de cualquier otro programa que pudiera localizarlo. Tiene que ser capaz de moverse en la memoria y ocultarse. ¿Como podría saber de qué programa tiene que esconderse, a menos que pudiera leerlos e interpretarlos? Puede que incluso sea lo bastante inteligente para reescribir otros programas a fin de que no busquen en los lugares donde está oculto.

Qing-jao pensó un instante en varias razones por las que un programa podía ser lo bastante listo para leer otros programas pero no tanto como para comprender los lenguajes humanos. Pero como su padre estaba allí, era él quien tenía que contestar a Wang-mu. Qing-jao esperó.

—Si existe un programa así —dijo Han Fei-tzu—, tendría que ser muy inteligente.

Qing-jao se quedó de una pieza. Su padre tomaba en serio a Wang-mu. Como si sus ideas no fueran las de una niña ingenua.

—Podría ser lo bastante inteligente para no sólo interceptar mensajes, sino que también enviarlos. —Entonces su padre sacudió la cabeza—. No, el mensaje vino de una amiga. Una auténtica amiga, y habló de cosas que nadie más podría saber. Fue un mensaje verdadero.

—¿Qué mensaje recibiste, padre?

—Fue de Keikoa Amaauka; la conocí en persona cuando éramos jóvenes. Era la hija de un científico de Otaheiti que estuvo aquí para estudiar los cambios genéticos de las especies terrestres en sus primeros dos siglos en Sendero. Se marcharon…, les ordenaron marcharse de una manera bastante brusca… —Hizo una pausa, como si considerara la conveniencia de decir algo. Entonces se decidió, y lo dijo—: Si ella se hubiera quedado, podría haberse convertido en tu madre.

Qing-jao se sintió a la vez emocionada y aterrada al ver que su padre le contaba una cosa así. Nunca hablaba de su pasado. Ahora, la declaración de que una vez había amado a otra mujer además de a su esposa fue tan inesperada que Qing-jao no supo qué decir.

—La enviaron a algún lugar muy lejano. Han pasado treinta y cinco años. La mayor parte de mi vida ha transcurrido desde que ella se marchó. Pero su viaje terminó hace tan sólo un año. Y ahora me ha enviado un mensaje diciéndome por qué ordenaron a su padre que se marchara. Para ella, nuestra separación ocurrió hace solamente un año. Para ella, yo sigo siendo…

—Su amante —apuntó Wang-mu.

«¡Qué impertinencia!», pensó Qing-jao. Pero su padre asintió. Entonces se volvió hacia su terminal e hizo correr la pantalla.

—Su padre encontró una diferencia genética en la especie terrestre más importante de Sendero.

—¿El arroz? —preguntó Wang-mu.

Qing-jao se echó a reír.

—No, Wang-mu. Nosotros somos la especie más importante de este mundo.

Wang-mu pareció avergonzarse. Qing-jao la palmeó en el hombro. Todo estaba en su lugar: su padre había animado demasiado a Wang-mu, la había hecho creer que comprendía cosas que estaban muy por encima de su educación. Wang-mu necesitaba esos amables recordatorios de vez en cuando, para no poner sus miras demasiado alto. La muchacha no debía permitirse soñar con ser la par intelectual de una agraciada por los dioses, o su vida se llenaría de decepción y no de dicha.

—Detectó una diferencia genética consistente y hereditaria en algunas de las personas de Sendero, pero cuando informó de ello, su traslado se produjo casi inmediatamente. Le dijeron que los seres humanos no pertenecían al campo de su estudio.

—¿Te lo dijo ella antes de marcharse? —preguntó Qing-jao.

—¿Keikoa? No lo sabía. Era muy joven, de una edad en la que la mayoría de los padres no cargan a sus hijos con asuntos adultos. De tu edad.

Las implicaciones de esto provocaron otro escalofrío de temor en Qing-jao. Su padre amó a una mujer que tenía su misma edad; por tanto, Qing-jao, a ojos de su padre, estaba en edad de ser ofrecida en matrimonio. «No puedes enviarme a la casa de otro hombre», gimió interiormente, aunque una parte de ella estaba también ansiosa por conocer los misterios entre hombre y mujer. Ambos sentimientos estaban soterrados: debería cumplir con su deber hacia su padre, y nada más.

—Pero su padre se lo contó durante el viaje, porque estaba muy molesto por todo el asunto. Es imaginable…, su vida quedó interrumpida. Cuando llegaron a Ugarit hace un año, sin embargo, se sumergió en su trabajo y ella en su educación y trató de no pensar en el tema. Hasta hace unos pocos días, cuando su padre se encontró con un viejo informe referente a un equipo médico de los primeros días de Sendero, que también fue exiliado súbitamente. Empezó a atar cabos y se confió a Keikoa, y contra su consejo, ella me envió el mensaje que he recibido hoy.

Han Fei-tzu marcó un bloque de texto en la pantalla, y Qing-jao lo leyó.

—¿El primer equipo estaba estudiando el DOC? —preguntó.

—No, Qing-jao. Estudiaban una conducta que se parecía al DOC, pero no podía serlo porque la etiqueta genética para el desorden obsesivo compulsivo no estaba presente y el estado no respondía a las drogas específicas para tratar ese desorden.

Qing-jao intentó recordar lo que sabía acerca del DOC. Que hacía que la gente actuara inadvertidamente como los agraciados por los dioses. Recordó que entre el primer descubrimiento de sus lavados de manos y su prueba, le habían suministrado aquellas drogas para comprobar si los lavados desaparecían.

—Estudiaban a los agraciados —dijo—. Intentaban encontrar una causa biológica para nuestros ritos de purificación.

La idea resultaba tan ofensiva que apenas logró pronunciar las palabras.

—Sí —dijo su padre—. Y los retiraron.

—Creo que tuvieron suerte de poder escapar con vida. Si el pueblo oyera ese sacrilegio…

—Eso fue al principio de nuestra historia, Qing-jao. Todavía no se sabía que los agraciados estaban…, comulgando con los dioses. ¿Y qué hay del padre de Keikoa? ¿No estaba investigando el DOC? Buscaba cambios genéticos. Y los encontró. Una alteración específica y hereditaria en los genes de determinadas personas. Tenía que estar presente en los genes de uno de los padres, y no ser anulada por un gen dominante del otro. Cuando se daba en ambos progenitores, era muy fuerte. Ahora piensa que la razón por la que lo obligaron a marcharse fue que cada una de las personas que poseía este gen de ambos padres era una agraciado, y ninguno de los agraciados que estudió en su muestreo carecía de al menos una copia del gen.

Qing-jao comprendió de inmediato el posible significado de aquello, pero lo rechazó.

—Eso es mentira —protestó—. Es para hacernos dudar de los dioses.

—Qing-jao, sé cómo te sientes. Cuando me di cuenta de lo que me estaba diciendo Keikoa, grité desde el fondo de mi corazón. Pensé que gritaba de desesperación. Pero entonces advertí que mi grito era también un grito de liberación.

—No te comprendo —murmuró ella, aterrada.

—Sí me comprendes, o no tendrías miedo. Qing-jao, esas personas se vieron obligadas a marcharse porque alguien no quería que descubrieran lo que estuvieron a punto de descubrir. Por tanto, quienquiera que los envió debía saber también lo que podrían encontrar. Sólo el Congreso, o alguien dentro del Congreso, de todas formas, tenía el poder para exiliar a esos científicos y sus familias. ¿Qué era, para tener que quedar oculto? Era que nosotros, los agraciados, no oímos a los dioses. Tenemos una alteración genética. Nos han creado como a una especie separada de ser humano, y sin embargo esa verdad nos ha sido ocultada. Qing-jao, el Congreso sabe que los dioses nos hablan…, para ellos no es ningún secreto, aunque pretenden ignorarlo. Alguien en el Congreso lo sabe, y nos permite seguir haciendo estas cosas humillantes y terribles… y el único motivo que se me ocurre es que lo hacen para mantenernos bajo control, para mantenernos débiles. Creo, y Keikoa también es de mi parecer, que no es ninguna coincidencia que los agraciados sean los ciudadanos más inteligentes de Sendero. Fuimos creados como una nueva subespecie de la humanidad con un nivel superior de inteligencia; pero para impedir que una gente tan inteligente constituyera una amenaza para su control sobre nosotros, también nos introdujeron una nueva forma de desorden obsesivo compulsivo y difundieron la idea de que eran los dioses que nos hablaban o nos dejaron seguir creyéndolo cuando a nosotros se nos ocurrió esta explicación. Es un crimen monstruoso, porque si supiéramos que se trata de una causa física, en vez de creer en los dioses, entonces podríamos dedicar nuestra inteligencia a superar nuestra variante de DOC y liberarnos. ¡Somos esclavos! El Congreso es nuestro más terrible enemigo, son nuestros amos, los que nos engañan, ¿y ahora he de alzar la mano para ayudarlos? ¡Yo digo que si el Congreso tiene un enemigo tan poderoso que controla nuestro empleo del ansible, entonces debemos alegrarnos! ¡Que ese enemigo destruya al Congreso! ¡Sólo entonces seremos libres!

—¡No! —gritó Qing-jao—. ¡Son los dioses!

—Es un defecto cerebral genético —insistió su padre—. Qing-jao, no somos elegidos por los dioses, somos genios tarados. Nos han tratado como a pájaros enjaulados; nos han arrancado nuestras alas primarias para que así cantemos para ellos y nunca podamos escapar volando. —Han Fei-tzu lloraba ahora, de furia—. No podemos remediar lo que nos han hecho, pero por todos los dioses podemos dejar de recompensarlos por ello. No alzaré la mano para devolverles la Flota Lusitania. ¡Si esa Demóstenes puede romper el poder del Congreso, entonces los mundos estarán mejor sin él!

—¡Padre, no, por favor, escúchame! —gimió Qing-jao. Apenas podía hablar por la urgencia, por el terror ante lo que decía su padre—. ¿No lo ves? Nuestra diferencia genética es el disfraz que los dioses han dado a sus voces en nuestras vidas. Para que la gente que no pertenece al Sendero siga siendo libre para no creer. Tú mismo me lo dijiste, hace unos pocos meses…, los dio