/ Language: Español / Genre:sf, / Series: Saga del retorno

Retorno a la Tierra

Orson Card

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años atrás, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está débil. Debe volver a la lejana Tierra para recobrar la ayuda del Guardián. En Retorno a la Tierra, Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, realizan un viaje interestelar de un centenar de años que, pese a la hibernación de la mayoría, no deja de acrecentar el odio entre los partidarios de Nafai y los de su hermano Elemak. Llegados a la Tierra, los expedicionarios se enfrentarán a algunas de las especies que se han desarrollado en los cuarenta millones de años de ausencia de los humanos. En particular a quienes, fruto de la evolución de murciélagos y topos, han devenido en seres voladores y cavadores de túneles, conocidos como “ángeles” y “demonios”. Las religiones, los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más ardua una empresa ya de por sí francamente difícil. Card nos ofrece, como ya hiciera en la premiada serie de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. Unos personajes entrañables, la lucha por el poder, las interacciones entre especies, la compleja explicación biológica de comportamientos, culturas y religiones sorprendentes son algunos de los elementos que mantienen viva la trama de una saga fascinante.

Orson Scott Card

Retorno a la Tierra

RELACIONES DE PARENTESCO

Hijos de Rasa:

con Volemak, primer contrato: Issib (Issya)

con Gaballufix: Sevet (Sevya), Kokor (Koya)

con Volemak, segundo contrato: Nafai (Nyef)

Hijos de Volemak:

con Hosni: Elemak (Elya)

con Kilvishevex: Mebbekew (Meb)

con Rasa: Issib (Issya), Nafai (Nyef)

Hushidh e Issib:

Dza (Dazya), Zaxodh (Xodhya), Dushak (Shyada), Gonets (Netsya), Skhoditya (Khodya), Shyopot (Potya)

Rasa y Volemak:

Oykib (Okya), Yasai (Yaya), Tsennyi (Nitsya)

Luet y Nafai:

Chveya (Veya), Zhatva (Zhyat), Motiga (Motya), Izuchaya (Znya), mellizos: Serp (Sepya), Spel (Spelya)

Eiadh y Elemak:

Protchnu (Proya), Nadezhny (Nadya), Yistina (Yista), Peremenya (Menya), Zhivoya (Zhivya)

Hijas de Moozh y Sed:

Hushidh (Shuya), Luet (Lutya)

Hijos de Hosni:

con Zdedhnoi: Gaballufix

con Volemak: Elemak

Kokor y Obring:

Krasata (Krassya), Zhavaronok (Nokya), Pavdin (Pavya), Znergya (Gyaza), Nodyem (Dyema)

Sevet y Vas:

Vasnaminanya (Vasnya), Umene (Umya), Panimanya (Panya Manya)

Dol y Mebbekew:

Basilikya (Syelsika) (Skiya), Zalatoya (Toya), Tihhi (Tiya), Muzhestvo (Muzhya), Iskusni (Skunya)

Shedemei y Zdorab:

Padarok (Rokya), Dahrota (Dabya)

PROLOGO

El ordenador maestro del planeta Armonía ya se sentía el mismo de antes o, mejor dicho, se sentía doblemente el de antes, pues había duplicado su programa principal y su memoria personal y los había cargado en el complejo informático de la nave estelar Basílica. Si hubiera tenido algún interés en la identidad personal, se habría preguntado con desconcierto qué copia del programa era plenamente él mismo. Pero no tenía ego, y se limitaba a reconocer que el programa que estaba a bordo de la Basílica era una copia exacta del programa que había supervisado la vida humana en el planeta Armonía durante cuarenta millones de años.

También reconocía que ambas copias comenzaron a diferenciarse desde el momento de la separación. Ahora cada cual cumplía una misión específica. El ordenador maestro de la nave estelar Basílica mantendría los sistemas de la nave hasta que ésta llegara a su destino, el planeta Tierra. Luego haría lo posible por mantener contacto con el Guardián de la Tierra, recibir nuevas instrucciones y toda la ayuda que la Tierra pudiera ofrecer, y regresaría con el fin de reaprovisionar y revitalizar el ordenador maestro de Armonía. Entretanto procuraría mantener con vida a su tripulación humana y restablecer una población humana en la Tierra.

El ordenador maestro del planeta Armonía tenía una tarea más simple y sin embargo más difícil. Más simple, porque era una mera repetición de lo que había hecho durante cuarenta millones de años: vigilar a los humanos de Armonía para impedir que se mataran entre sí. Más difícil, porque su equipo, que ya había durado mucho más de los diez millones de años proyectados inicialmente, se deterioraba cada vez más, y los seres humanos respondían cada vez menos al poder que había recibido el ordenador.

El viaje duraba cien años de ida y cien de vuelta. Para algunos de los humanos que iban a bordo, dados los efectos relativistas, pasarían sólo diez años hasta llegar a la Tierra. La mayoría, sin embargo, se hallaría en estado de hibernación, y para ellos sería como un reposo sin sueños, durante el cual no envejecerían.

Para el ordenador maestro del planeta Armonía, la duración sería mera duración. No sentiría ansiedad. No contaría los días. Pondría una alarma para anunciarse la fecha más próxima de posible regreso. Una vez que la Basílica despegara, y mientras no sonara esa alarma, el ordenador maestro del planeta Armonía no pensaría más en la nave estelar.

Pero el ordenador maestro de la nave estelar Basílica sí pensaría en ella. Y ya estaba trazando planes para cumplir todas sus misiones.

1

SI DESPIERTO ANTES DE MORIR

1. PELEA CON DIOS

Vasadka: el lugar donde los humanos hollaron por primera vez el planeta que llamaron Armonía. Sus naves estelares se posaron en tierra; el primer colono desembarcó y plantó cereales en la fecunda tierra que se hallaba al sur de la zona de aterrizaje. Con el tiempo todos los colonos descendieron de las naves, siguieron viaje, se alejaron de allí.

Las naves abandonadas se habrían oxidado, deteriorado, estropeado. Pero los humanos que llegaron a ese lugar tenían visión de futuro. Es posible que alguna vez nuestros descendientes quieran estas naves, dijeron. Así que encerraron la zona de aterrizaje en un campo de éxtasis. Las naves no recibirían polvo, ni lluvia ni condensación, ni la luz del sol ni la radiación ultravioleta. El oxígeno, el más corrosivo de los venenos, fue eliminado de la atmósfera interior de la cúpula. El ordenador maestro del planeta Armonía —al que los descendientes de esos primeros colonos llamaron Alma Suprema— mantuvo a todos los humanos alejados de la gran isla donde habían descendido las naves. Dentro de esa burbuja protectora, las naves estelares aguardaron cuarenta millones de años.

Pero la burbuja ya no estaba. El aire era respirable.

En el campo de aterrizaje se oían nuevamente voces de seres humanos. Y no sólo de los graves adultos que habían sido los primeros en recorrer ese terreno. Muchos de los que correteaban de un edificio a otro eran niños. Todos trabajaban con empeño, tomando partes funcionales de las otras naves para transformar una de ellas en una nave operativa. Y cuando la nave que bautizaron Basílica, estuviera preparada, con todas las piezas en funcionamiento, plenamente cargada y aprovisionada, entrarían en ella por última vez y dejarían este mundo donde habían vivido más de un millón de generaciones de sus antepasados, para regresar a la Tierra, el planeta donde había nacido la civilización humana, pero donde había durado menos de diez mil años.

Qué es la Tierra para nosotros, se preguntaba Hushidh, mirando a los niños y adultos que trabajaban. ¿Por qué nos tomamos tantas molestias para regresar allá, cuando Armonía es nuestro hogar? Los eslabones que antes nos unían sin duda se han oxidado en todos estos años.

Pero irían, porque el Alma Suprema los había escogido para ir. Había encauzado y manipulado sus vidas para llevarlos a ese lugar en ese momento. Hushidh agradecía la atención que les había dispensado el Alma Suprema, pero en ocasiones le fastidiaba que no hubieran tenido la libertad de decidir el curso de sus vidas.

Pero si no tenemos vínculos con la Tierra, tenemos aún menos con Armonía, pensó Hushidh. Y ella era la única de esas personas que podía comprobar que esta observación era literalmente cierta. Todos los que estaban allí habían sido escogidos por su sensibilidad a las comunicaciones mentales del Alma Suprema; en Hushidh esta sensibilidad cobraba una extraña forma. Podía mirar a las personas y detectar de inmediato la fuerza de las relaciones que las unían a los demás. Lo percibía como una visión, en la vigilia. Podía ver las relaciones como cordeles de luz, anudando cada persona al resto.

Por ejemplo, su hermana menor, Luet, la única pariente de sangre que Hushidh había conocido en su infancia. Mientras Hushidh descansaba a la sombra, Luet se acercó seguida por su hija Chveya, llevando el almuerzo para los que trabajaban en los ordenadores de la nave estelar. Toda su vida Hushidh había considerado su conexión con Lutya como su vínculo más firme. Ambas crecieron sin saber quiénes eran sus padres, como niñas abandonadas en la gran casa de enseñanza de Rasa en Basílica. Todos los temores, todos los engaños, todas las incertidumbres eran soportables, no obstante, porque estaba Lutya, unida a ella por lazos indisolubles, aunque fueran invisibles para todos menos para Hushidh.

También había otros lazos. Hushidh recordaba cuánto le había dolido ver crecer el lazo entre Luet y su esposo Nafai, un joven problemático que a veces demostraba más apasionamiento que sensatez. Para su sorpresa, sin embargo, el nuevo vínculo de Lutya con su esposo no debilitó su vínculo con Hushidh; y cuando Hushidh se casó a su vez con Issib, el hermano de Nafai, el lazo entre ella y Luet se volvió más fuerte que en su infancia, algo que Hushidh creía imposible.

Así que ahora, al ver pasar a Luet y Chveya, Hushidh no las veía sólo como madre e hija, sino como dos seres de luz, unidos por un cordel grueso y rutilante. No había vínculo más fuerte que éste. Chveya también amaba a su padre Nafai, pero el lazo entre los hijos y el padre siempre era más inestable. Estaba en la naturaleza de la familia humana. En la madre, los hijos buscaban alimento, consuelo, un cimiento firme. Del padre, en cambio, buscaban la consideración, ansiando la aprobación, temiendo la condena. La influencia del padre era igualmente poderosa pero, por cariñoso que éste fuera, casi siempre había un elemento de temor en la relación, pues el hijo concentraba en el padre su temor al fracaso. Había excepciones, pero Hushidh había aprendido a esperar que en la mayoría de los casos el lazo con la madre fuera el más fuerte y brillante.

Mientras pensaba en la conexión entre madre e hija, Hushidh pasó por alto un importante detalle. Sólo reparó en lo que faltaba cuando Luet y Chveya entraron en la nave estelar: la conexión entre Lutya y ella.

Pero eso era imposible. ¿Después de tantos años? ¿Y por qué el lazo sería ahora más débil? No habían reñido. Al contrario, estaban más unidas que nunca. ¿No habían sido aliadas durante las largas luchas entre el esposo de Luet y sus malvados hermanos mayores? ¿Qué podía haber cambiado?

Hushidh siguió a Luet y la encontró en la cabina del piloto, donde Issib, el esposo de Hushidh, deliberaba con Nafai, el esposo de Luet, acerca del sistema informático de soporte vital. Los ordenadores nunca habían interesado a Hushidh. Le interesaba la realidad, la gente de carne y hueso, no esos ingenios artificiales basados en unos y ceros. A veces pensaba que los ordenadores atraían a los hombres precisamente por su irrealidad. A diferencia de las mujeres y los hijos, los ordenadores se podían controlar totalmente. Así que Hushidh sentía un secreto deleite cuando un programa obstinado hacía rabiar a Issya o Nyef hasta que encontraban el error de programación. También sospechaba que Issya, cuando uno de sus hijos era obstinado, creía en el fondo de su corazón que el problema consistía en hallar el error en la programación del niño. Hushidh sabía que no era un error, sino un alma inventándose a sí misma. Cuando trataba de explicarle esto a Issya, él dejaba la mirada perdida y huía de nuevo a sus ordenadores.

Pero hoy todo funcionaba bien. Luet y Chveya sirvieron el almuerzo para los hombres. Hushidh, que no tenía un cometido específico, las ayudó, pero cuando Luet mencionó que los otros que trabajaban en la nave también necesitaban comer, Hushidh ignoró las insinuaciones y así obligó a Luet y Chveya a ir a llamarlos.

Issib podía ser hombre y preferir los ordenadores a los niños, pero era perspicaz. En cuanto Luet y Chveya se fueron, preguntó:

—¿Querías hablar conmigo, Shuya, o con Nyef? Hushidh besó a su esposo en la mejilla.

—Con Nyef, desde luego. Ya sé todo lo que piensas tú.

—Y antes de que yo lo sepa —dijo Issib, fingiendo un tono lastimero—. Bien, si queréis hablar en privado, tendréis que salir vosotros. Estoy ocupado y no pienso irme de la habitación donde está la comida.

No mencionó que levantarse e irse era más problemático para él. Aunque en las inmediaciones de la nave estelar sus flotadores funcionaban y no estaba atado a su silla, el desplazamiento físico representaba un gran esfuerzo para Issib.

Nyef terminó de teclear una orden, se levantó y llevó a Hushidh a un corredor.

—¿Qué ocurre? —preguntó. Hushidh fue al grano.

—Tú sabes cómo veo las cosas.

—¿Te refieres a las relaciones entre las personas? Sí, lo sé.

—Hoy he visto algo muy perturbador. Nafai esperó a que ella continuara.

—Luet está… bien, separada. No de ti. Ni de Chveya, sino de todos los demás.

—¿Qué significa eso?

—No sé —dudó Hushidh—. No sé leer la mente. Pero me preocupa. Tú no estás separado. Sigues unido por lazos de amor y lealtad aun a tus repelentes hermanos mayores, vete a saber por qué, aun a tus hermanas y a sus lamentables maridos…

—Veo que sientes el mayor de los respetos por ellos —interrumpió Nyef.

—Sólo digo que Luet también compartía ese sentido de la obligación hacia la comunidad. Tenía contacto con todos. No como tú, pero su contacto con las mujeres era más fuerte. Mucho más fuerte. Era la cuidadora de las mujeres. Desde que en Basílica descubrieron que era la vidente de las aguas, ha tenido ese don. Pero se acabó.

—¿Está embarazada de nuevo? No debería estarlo. No puede haber mujeres encintas durante el lanzamiento.

—No es eso. No está ensimismada como ocurre con las mujeres que están encinta. —Hushidh se sorprendió de que Nafai hubiera recordado aquel detalle. Años atrás le había mencionado que las mujeres preñadas perdían contacto con los demás, pues se concentraban en el niño. Así era Nafai. Durante días, semanas o meses actuaba como un adolescente bobalicón, capaz de decir la mayor barrabasada en el momento menos apropiado, como si no tuviera en cuenta los sentimientos ajenos. Y de pronto demostraba que no se perdía detalle, que observaba y recordaba todo. Lo cual sugería que cuando era grosero lo era adrede. Hushidh no sabía qué pensar.

—¿Entonces qué es?

—Creía que tú me lo contarías a mí —respondió Hushidh—. ¿ Luet ha mencionado algo que te hiciera pensar que se estaba distanciando de todos excepto de ti y de vuestros hijos?

Nafai se encogió de hombros.

—Tal vez sí y no lo he notado. No siempre noto las cosas.

El solo hecho de que lo dijera consiguió que Hushidh lo dudara. Nafai lo había notado, pero no quería hablar de ello con Hushidh.

—Sea lo que fuere —dijo Hushidh—, tú y ella no estáis de acuerdo.

Nafai la miró con mal ceño.

—Si no crees en lo que digo, ¿por qué te molestas en preguntar?

—Me aferró a la esperanza de que un día decidas que soy digna de escuchar los grandes secretos.

—Cielos, parece que hoy no andamos en buena sintonía —exclamó Nafai.

Cuando empezaba a portarse como un hermanito menor, Hushidh lo detestaba.

—Alguna vez le señalaré a Luet que cometió un grave error el día en que impidió que esas mujeres te mataran por violar la santidad del lago de Basílica.

—Soy de la misma opinión. Me habría ahorrado el dolor de verte sufrir la angustia de ser mi cuñada.

—Antes preferiría parir todos los días, y con eso está todo dicho —repuso Hushidh. Él sonrió.

—Veré qué puedo hacer —dijo—. Con franqueza, no sé por qué Luet se separaría de todos los demás, y creo que es peligroso, así que veré qué puedo hacer.

Conque iba a tomarla en serio, aunque no le dijera cuál creía que era el problema. Bien, no cabía esperar más. Nafai podía ser líder de aquella comunidad, pero no era precisamente porque tuviera talento para ello. Elemak, el hermano mayor de Nafai, era un líder nato. Pero Nafai tenía al Alma Suprema de su parte —mejor dicho, el Alma Suprema tenía a Nafai de su parte— y el Alma Suprema le había dado poder para gobernar. La autoridad no le sentaba bien y nunca sabía qué hacer con ella. Cometía errores. Hushidh esperaba que esta vez no cometiera ninguno.

Potya tendría hambre. Tenía que regresar a casa. Como Hushidh estaba amamantando a su hijo, quedaba exenta de la mayoría de las labores relacionadas con la preparación del lanzamiento. Más aún, la fecha del lanzamiento se había fijado teniendo en cuenta su preñez. Ella y Rasa habían sido las últimas en quedar encintas cuando descubrieron que no podía haber embarazos durante el viaje. Las sustancias químicas y la baja temperatura que los mantendrían en animación suspendida durante la travesía podían ser fatales para un embrión. La hija de Rasa, una chiquilla a quien ésta había puesto el afectuoso nombre de Tsennyi, que significaba «Preciosa», había nacido un mes antes del sexto vástago de Hushidh, que era su tercer varón. Ella lo había llamado Shyopot, «Susurro», y Potya era su apelativo cariñoso. Había llegado a último momento, como un murmullo del Alma Suprema. El último susurro de su corazón antes de abandonar aquel mundo para siempre. El nombre le había parecido raro a Issib, pero era mejor que «Preciosa», que parecía una demostración de que Rasa había perdido todo sentido de la proporción. Potya estaba esperando, Potya tenía hambre, insistían los pechos de Hushidh.

Al salir de la nave, sin embargo, se cruzó con Luet, que la saludó jovialmente, con la dulzura y el cariño de costumbre. Hushidh quiso abofetearla. ¡No me mientas! No parezcas tan normal cuando sé que te has aislado de mí en tu corazón. Si puedes llevar ese cariño como una máscara, nunca más podré disfrutarlo.

—¿Qué pasa? —preguntó Luet.

—¿Qué podría pasar? —preguntó Hushidh.

—No puedes ocultar tus sentimientos —dijo Luet—. Al menos ante mí. Estás enfadada conmigo y no sé por qué.

—No hablemos de esto ahora —repuso Hushidh.

—¿Cuándo, entonces? ¿Qué he hecho?

—Eso es exactamente lo que quisiera saber. ¿Qué has hecho? ¿O qué piensas hacer?

Eso era. El pestañeo de Luet, su vacilación, como si no supiera cómo reaccionar… Hushidh supo que Luet pensaba hacer algo. Sí, tramaba algo que le exigía distanciarse emocionalmente de todos los demás miembros de la comunidad.

—Nada —dijo Luet—. No soy distinta de los demás, Hushidh. Crío a mis hijos y trabajo en los preparativos para el viaje.

—No sé qué estás tramando, Lutya, pero no lo hagas. No vale la pena.

—Ni siquiera sabes de qué estás hablando.

—Es verdad, pero tú sí. Y te digo que no vale la pena que te aísles del resto de nosotros. No vale la pena que te aísles de mí.

Luet parecía desconcertada, y esto al menos no era fingido. A no ser que todo lo demás fuera fingido y siempre lo hubiera sido. Hushidh no se atrevía a creer semejante cosa.

—Shuya —dijo Luet—, ¿has visto eso? ¿Es verdad? No lo sabía, pero tal vez sea cieno, tal vez ya me he separado de… Oh, Shuya. —Luet rodeó a Hushidh con los brazos.

Con renuencia, y preguntándose el porqué de tal renuencia, Hushidh la abrazó a su vez.

—No lo haré —dijo Luet—, no haré nada que me aislé de ti. No puedo creer… ¿No puedes hacer algo al respecto?

—¿Hacer algo? —preguntó Hushidh.

—Ya sabes, como hiciste con los hombres de Rashgallivak cuando él fue a casa de tía Rasa aquella vez, con la intención de llevarse a sus hijas. Lo privaste de la lealtad de sus hombres y lo derrotaste. ¿No lo recuerdas?

Hushidh lo recordaba, claro que sí. Pero eso había sido fácil, pues ella veía que los lazos que unían a Rash con sus hombres eran muy débiles, y sólo necesitó las palabras acertadas y cierto aplomo desdeñoso para lograr que lo abandonaran al instante.

—No es lo mismo —repuso—. No puedo obligar a la gente a hacer cosas. Pude despojar a los hombres de Rash de su lealtad porque en realidad no querían seguirlo. No puedo reconstruir tus lazos con los demás. Es algo que tendrás que hacer por ti misma.

—Pero quiero hacerlo —dijo Luet.

—¿Qué sucede? —preguntó Hushidh—. Explícamelo.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque no sucede nada.

—Pero algo sucederá, ¿verdad?

—¡No! —exclamó Luet, con voz airada, terminante—. No sucederá. Y por tanto no hay nada de qué hablar.

Luet huyó por la escalerilla que conducía al centro de la nave, donde aguardaba la comida, donde se estaban reuniendo los demás.

Es el Alma Suprema, comprendió Hushidh. El Alma Suprema ha pedido a Luet que haga algo que ella no desea hacer. Y si lo hace, la aislará del resto de nosotros. De todos excepto de su esposo y sus hijos. ¿Qué es? ¿Qué se propone el Alma Suprema?

¿Y por qué el Alma Suprema no había incluido a Hushidh en sus planes?

Por primera vez, Hushidh se sorprendió pensando en el Alma Suprema como en un enemigo. Descubrió que no la unían fuertes lazos de lealtad con el Alma Suprema. La mera sospecha los había disuelto. ¿Qué estás haciendo conmigo y con mi hermana, oh santa? Sea lo que fuere, no sigas con ello.

Pero no recibió ninguna respuesta. Sólo el silencio.

El Alma Suprema ha escogido a Luet para hacer algo, y no me ha escogido a mí. ¿Qué es? Tengo que averiguarlo. Porque si es algo terrible, lo impediré.

Luet no estaba conforme con el edificio donde ahora vivían. Superficies duras, lisas y muertas. Echaba de menos la casa de madera donde habían vivido ocho años en la pequeña aldea de Dostatok, antes de que su esposo encontrara y abriera el antiguo puerto estelar de Vasadka. Y antes de eso, había vivido en la casa de Rasa en Basílica. La ciudad de las mujeres, la ciudad de la gracia. A veces añoraba la bruma del oculto lago sagrado, el bullicio de los mercados atestados, las filas incesantes de edificios que invadían las calles. Pero este sitio… ¿alguna vez sus constructores lo habían considerado hermoso? ¿Les había agradado vivir en lugares tan muertos?

Aun así era un hogar, porque era el lugar donde sus hijos se reunían para dormir y comer, el lugar al que Nafai regresaba por la noche para acostarse fatigosamente junto a ella. Y cuando llegara el momento de entrar en la nave estelar que habían bautizado con el nombre de Basílica, sin duda también extrañaría este lugar, los recuerdos del trabajo frenético y los niños alborotados y los temores sin fundamento. Siempre que fueran temores sin fundamento.

El retorno a la Tierra… ¿qué significaba eso, cuando ningún humano había estado allí durante millones de años? Y esos sueños que seguían acuciándolos, sueños de ratas gigantes que parecían poseer una inteligencia malévola, sueños de seres semejantes a murciélagos que parecían ser aliados pero eran increíblemente feos. Ni siquiera el Alma Suprema conocía el significado de aquellos sueños, ni por qué los enviaba el Guardián de la Tierra. A juzgar por los sueños de todos, Luet sospechaba que la Tierra no sería un paraíso.

Pero ante todo la asustaba el viaje, y quizá sucediera lo mismo con los demás. ¿Cien años de sueño? ¿Y supuestamente despertarían sin haber envejecido un solo día? Parecía algo salido de un mito, como la pobre niña que se cortó el dedo con un diente de ratón y se quedó dormida, y al despertar descubrió que todas las muchachas ricas y bellas eran ancianas gordas, y ella era la más joven y bella de todas. Pero todavía era pobre. Qué final tan raro, pensó Luet, qué raro que todavía fuera pobre. Sin duda habría alguna versión donde el rey la escogía por su belleza en vez de casarse con la mujer más rica para adueñarse de sus propiedades. Pero eso no tenía nada que ver con lo que la preocupaba ahora. ¿Por qué había divagado tanto? Oh, sí. Porque estaba pensando en el viaje. En acostarse en la nave y dejar que el sistema de soporte vital le insertara agujas y la congelara para la travesía. ¿Cómo saber que no morirían?

Bien, podrían haber muerto mil veces desde que comenzó la decadencia de Basílica. En cambio habían sobrevivido hasta ahora, y el Alma Suprema los había conducido a este lugar, y hasta ahora todo funcionaba aceptablemente. Tenían hijos. Habían prosperado. Nadie había muerto ni había sufrido heridas graves. Desde que el Alma Suprema había entregado a Nafai el manto de capitán, aun Elemak y Mebbekew, sus odiosos hermanos mayores, habían colaborado bastante, aunque era bien sabido que odiaban la idea de regresar a la Tierra.

¿Entonces por qué el Alma Suprema estaba tan empeñada en arruinarlo todo?

(Estoy empeñada en salvar vuestras vidas, la tuya y la de tu esposo.) En ese lugar donde vivía el Alma Suprema, Luet oía su voz con mayor claridad que en Basílica.

—El manto de capitán protegerá a Nafai —murmuró Luet—. Y él nos protegerá a nosotros.

(¿Y cuando sea viejo? ¿Cuando Elemak haya enseñado a sus hijos a odiarte a ti y a tus hijos? Es matemática elemental, Luet. Cuando llegue la división de vuestra comunidad —y llegará ineluctablemente—, de una parte quedarán Elemak y sus hijos, Mebbekew y su hijo, Obring y sus dos hijos, Vas y su hijo. Cuatro varones fuertes y adultos, ocho jóvenes. ¿Y de vuestra parte, quién? Tu esposo. Pero ¿quiénes son sus aliados? ¿Su padre, Volemak?)

—Viejo —murmuró Luet.

(Sí, demasiado viejo. E Issib es muy frágil, tullido de nacimiento. El único hombre mayor es Zdorab, ¿y cómo saber a quién defenderá?)

—Aunque se pusiera de parte de Nafai, no es mucho.

(Entonces entiendes el problema. Aun con tus cuatro hijos, los tres de Issib y los dos de Volemak, no formaréis un gran ejército. De cualquier modo, Elemak atacará pronto, antes de que los hijos hayan crecido. Así que serán cuatro hombres fuertes y brutales contra un solo hombre que no es fuerte ni brutal.)

—Sólo si Nafai no logra mantener a todo el mundo unido.

(Elemak sólo aguarda el momento apropiado. Lo sé. Así que debes persuadirlo de hacer lo que te he mostrado…)

—Hazlo tú.

(A mí no me escuchará.)

—Porque sabe que tu plan sería calamitoso. Conduciría a los mismos resultados que afirmas tratar de impedir.

(Claro que habrá cierto resentimiento…)

—¿Resentimiento? Oh, sólo un poco. Llegamos a la Tierra, todos los adultos despiertan de la animación suspendida y descubren que… ¡vaya! Nafai y Luet se olvidaron de ponerse a dormir y, vaya de nuevo, despertaron a varios niños mayores para que los acompañaran durante los diez años de viaje. Verás, querida hermana Shuya, cuando te fuiste a dormir tu hija Dza sólo tenía ocho años, pero ahora tiene dieciocho, y se ha casado con Padarok, quien dicho sea de paso ahora tiene diecisiete años. Perdonad el descuido, Shedemei y Zdorab, sabíamos que no os importaría que nosotros criáramos a vuestro único hijo. Y ya que estaban despiertos, nos pasarnos el tiempo adiestrándolos, de modo que ahora son expertos en todo lo que se necesita saber para construir la colonia. Además están crecidos y pueden trabajar como adultos. Pero, vaya de nuevo, ninguno de vuestros hijos, Eiadh, Kokor, Sevet y Dol, ninguno de vuestros hijos posee esta capacitación. Los vuestros son chiquillos que no podrán ayudar mucho.

(Veo que has reflexionado sobre todos los aspectos del plan. ¿Por qué no entiendes que es tan necesario como viable?)

—Se enfurecerán —dijo Luet—. Todos nos odiarán. Volemak, Rasa, Issib, Shuya, Shedemei y Zdorab porque les robamos a sus hijos mayores, y los demás porque no dimos a sus hijos la misma ventaja.

(Se enfurecerán, pero los que son mis amigos de confianza pronto comprenderán que era menester que sus hijos fueran mayores y más fuertes. Alterará el equilibrio del poder físico en la comunidad. Os mantendrá a todos con vida.)

—Siempre sabrán que la comunidad se disolvió porque Nafai y yo hicimos algo terrible. Nos odiarán y nos culparán y jamás confiarán de nuevo en nosotros.

(Yo les diré que fue idea mía.)

—Y ellos dirán que tú eres un ordenador y no entendías los sentimientos humanos, pero que nosotros sí, y tendríamos que habernos negado a hacerlo.

(Tal vez deberías. Pero no te negarás.)

—Ya me he negado. Me niego otra vez.

(Te niegas con los labios y con la mente, pero Hushidh lo vio en tu corazón: ya estás preparándote para obedecerme.)

—¡No! —exclamó Luet.

—¿Madre? —preguntó Chveya desde el otro lado de la puerta.

—¿Qué pasa, Veya?

—¿Con quién hablas?

—Hablaba en sueños. Tonterías. Vuelve a dormir.

—¿Padre ya ha regresado?

—Todavía está en la nave con Issib.

—¿Madre?

—Duérmete, Chveya. Va en serio.

Oyó el susurro de las sandalias de Chveya. ¿Qué habría oído la niña? ¿Cuánto tiempo había pasado escuchando frente a la puerta?

(Lo ha oído todo.)

¿Por qué no me has avisado?

(¿Por qué hablabas en voz alta? Oigo tus pensamientos.)

Porque cuando hablo en voz alta pienso con más claridad. ¿Cuál es tu plan, lograr que Chveya lleve a cabo tu complot?

(Como te niegas a hablar de ello con Nafai, he despertado a Chveya para que oyera lo que decías. Ella le mencionará el asunto.)

¿Por qué no podías hablar con él?

(Se niega a escucharme.)

Pues es un hombre muy sabio. Por eso lo amo.

(Él necesita otra perspectiva. Tú habrías sido mejor, pero me conformaré con Chveya.)

Deja a mis hijos en paz.

(Tus hijos son personas autónomas. Cuando tenías la edad de Chveya, ya eras conocida como la vidente de las aguas en Basílica. Entonces no te quejaste de tener una relación conmigo. Y cuando Chveya comenzó a recibir sueños del Guardián de la Tierra, creo recordar que te alegraste.)

—Y pensar que alguna vez he creído que eras… un dios.

(¿Y ahora qué crees que soy?)

—Si no supiera que eres un programa informático, diría que eres una zorra odiosa y entrometida.

(Puedes enfadarte conmigo si lo deseas. No me ofendes. Incluso te entiendo. Pero debes tener una perspectiva más amplia, Luet. Como yo.)

—Sí, tu perspectiva es tan amplia que ni siquiera notas que arruinas la vida de pequeños insectos como nosotros.

(¿Tan terrible ha sido tu vida hasta ahora?)

—Digamos que no ha sido como esperaba. (Pero ¿ha sido tan terrible?)

—Cállate y déjame en paz.

Luet se acostó y trató de dormir.

Pero seguía recordando. Ya no estoy conectada con los demás en esta comunidad, pensó Luet. Eso significa que en mi corazón ya tengo la intención inconsciente de hacer lo que ha planeado el Alma Suprema. Así que será mejor que no me resista y lo haga conscientemente.

Será mejor que lo haga, así podré pasarme el resto de mi vida sabiendo que mi hermana, la tía Rasa y la querida Shedemei me odian y que merezco con creces ese odio.

2. EL ROSTRO DEL ANTIGUO

Todos esperaban que ese año la escultura de Kiti fuera un retrato de su otro-yo, kTi. También era la intención de Kiti, hasta el momento en que descubrió su arcilla en la ribera y se puso a trabajar, punzándola y aflojándola con su lanza. En la aldea no había joven más amado ni más admirado que kTi; se decía que una de las grandes damas lo elegiría como esposo, ofreciéndole un matrimonio vitalicio, algo extraordinario en alguien tan joven. De suceder, Kiti, siendo el otro-yo de kTi, habría tenido que ser incluido en el matrimonio. A fin de cuentas, dado que él y kTi eran idénticos, no importaba quién de ellos fuera el padre de un hijo.

Pero Kiti sabía que él y kTi no eran idénticos. Sus cuerpos eran iguales, como en cualquier par-natal. Como una cuarta parte de los pares-natales llegaba a la madurez, no era raro que dos jóvenes idénticos se dispusieran a ofrecerse a las damas de la aldea para ser tomados o rechazados como par. Así que por costumbre y cortesía, todos demostraban a Kiti el mismo respeto que demostraban a su otro-yo. Pero todos sabían que era kTi, no Kiti, quien se había ganado su reputación de astucia y fuerza.

No era justo que kTi fuera el único en tener fama de listo. A menudo, cuando los dos volaban juntos, guardando un rebaño, buscando diablos o ahuyentando cuervos de los maizales, era Kiti quien decía «Esa cabra tratará de ir hacia allá» o «Es probable que los diablos usen ese árbol». Y al comienzo de su hazaña más famosa, fue Kiti quien dijo: «Fingiré que estoy herido en esa rama, mientras tú aguardas con tu lanza en ese lugar más alto.» Pero cuando se contaba la historia, parecía que era kTi el que pensaba en todo. ¿Por qué iba la gente a creer lo contrario? Siempre era kTi quien actuaba, y siempre era kTi el que triunfaba con su audacia, mientras Kiti lo seguía para ayudarle, a veces para salvarlo, pero nunca al mando.

Nunca podría explicarle esto a nadie. Sería profundamente vergonzoso que un miembro de un par-natal quitara gloria a su otro-yo. Además, a Kiti le parecía justo. Por buena que hubiera sido una idea de Kiti, siempre se concretaba gracias a la valentía de kTi.

¿Por qué era así? Kiti no era cobarde, a fin de cuentas. ¿No acompañaba siempre a kTi en sus aventuras más audaces? ¿No era Kiti quien aguardaba temblando en una rama, fingiendo estar herido y aterrorizado, oyendo el rumor de una puerta-de-diablos que se abría en el tronco del árbol y el susurro de las patas de diablo que se acercaban por la rama? ¿Nadie comprendía que se requería mayor coraje para quedarse quieto, esperando, confiando en que kTi llegara a tiempo con su lanza? No, la historia que circulaba en la aldea hablaba sólo del atrevido plan de kTi, del triunfo de kTi sobre el diablo.

No debí enfadarme tanto, pensó Kiti. Por eso me arrebataron a mi otro-yo. Por eso, cuando la tormenta nos sorprendió en el descampado, Viento arrancó los pies y los dedos de kTi de la rama, y kTi fue llevado al cielo para volar con los dioses. Kiti no valía la pena, y había permanecido aferrado a la rama hasta que Viento se fue. Era como si Viento le dijera: Envidiabas a tu otro-yo, así que os he separado para mostrarte cuan poco vales sin él.

Por eso Kiti se proponía esculpir el rostro de su otro-yo. Y por eso mismo no pudo hacerlo. Pues para esculpir el rostro de kTi debía esculpir el suyo propio, y su profundo sentimiento de indignidad se lo impedía.

Pero tenía que esculpir algo. De su boca ya brotaba la saliva para humedecer la arcilla, para lamerla y alisarla, para dar una pátina lustrosa a la escultura concluida. Pero resultaría escandaloso no esculpir el rostro de su otro-yo tan poco después de la muerte de kTi. Sería interpretado como falta de afecto natural. Las damas pensarían que no amaba a su hermano, y no querrían su simiente en la familia. Sólo una simple mujer se le ofrecería. Y él, abrumado con la fiebre de la arcilla, aceptaría ese ofrecimiento como un joven ávido, y ella le daría hijos, y a partir de entonces él los miraría todos los años recordando que era padre de hijos tan ruines porque no había logrado esculpir el rostro de su amado kTi.

Yo lo amaba, insistió en silencio. Lo amaba con todo mi corazón. ¿Acaso no lo seguía a todas partes? ¿No le confié mi vida una y otra vez? ¿No lo salvé una y otra vez, cuando su impetuosidad lo ponía en peligro? Yo le dije que regresáramos, que venía una tormenta, tenemos que buscar refugio, qué importa si encontramos la senda-de-diablos en este vuelo o en el próximo, regresemos, regresemos, y él se negaba, me ignoraba como si yo no existiera, como si yo no fuera nada, como si ni siquiera pudiera optar por mi propia supervivencia y menos por la suya.

La arcilla húmeda se hinchaba y resbalaba en sus manos, pero no sólo estaba humedecida por la saliva sino por las lágrimas. Oh Viento, te llevaste a mi otro-yo, y ahora no encuentro su rostro en la arcilla. ¡Dame una forma, oh Viento, si soy digno! ¡Oh Maíz, si debo darte hijas que cuiden tus campos, brinda a mis dedos el conocimiento aunque mi mente sea obtusa! ¡Oh Lluvia, fluye con mi saliva y mis lágrimas e infunde vida a la arcilla que tocan mis manos! ¡Oh Tierra, madre ardiente, da sabiduría a mis huesos, pues algún día te pertenecerán de nuevo! ¡Permíteme traer otros huesos, huesos jóvenes, huesos hijos de tu arcilla, oh Tierra! ¡Déjame poner alas jóvenes en tus manos, oh Viento! ¡Déjame hacer nuevos granos de vida para ti, oh Maíz! ¡Déjame traer nuevos bebedores de agua, nuevos vertedores de lágrimas, nuevos escultores para que los saborees, oh Lluvia!

Pero a pesar de sus súplicas, los dioses no pusieron ninguna forma en sus manos.

Las lágrimas lo enceguecían. ¿Debía desistir? ¿Debía remontarse al cielo de la temporada seca, buscar una aldea lejana donde necesitaran un varón robusto y no regresar nunca a Da’aqebla? ¿O debía sumirse aún más en la desesperación? ¿Debía dejar la arcilla que tenía en las manos y quedarse en la ribera, para que los diablos que observaban vieran que no tenía ninguna escultura dentro de sí? Entonces lo arrastrarían a sus cuevas como a un bebé, y se lo comerían vivo, y en el momento de la agonía vería a la reina de los diablos devorándole el corazón. Así sería su final. Lo arrastrarían al infierno porque no era digno de que Viento lo elevara al cielo kTi tendría entonces todos los honores, y no debería compartirlos con su indigno otro-yo.

Sus dedos trabajaban, aunque él no podía ver lo que modelaban.

Y mientras trabajaban, Kiti dejó de llorar por su fracaso, pues comprendió que había una forma bajo sus manos. Le estaban dando una forma, de una manera de la cual sólo había oído hablar. Cuando niño, jugando a las esculturas con otros niños, había sido siempre el más listo, pero nunca había sentido la intercesión de los dioses en sus manos. Todo lo que modelaba surgía de su mente y sus recuerdos.

Ahora ni siquiera sabía qué era aquello que crecía bajo sus manos. Pero pronto renunció a sus lamentos y temores, y lo vio claro. Era una cabeza. Una cabeza extraña, no de persona ni de diablo ni de ninguna otra criatura conocida. De frente alta y nariz puntiaguda, era lampiña y lisa, y sus fosas nasales se abrían hacia abajo. ¿De qué servía un hocico con esa forma? Los labios eran gruesos y la mandíbula increíblemente fuerte; la barbilla sobresalía como si compitiera con la nariz para conducir a esa criatura hacia el mundo. Las orejas eran redondas y sobresalían en medio de los flancos de la cabeza. ¿Qué clase de criatura estoy esculpiendo? ¿Por qué algo tan feo crece bajo mis manos?

De pronto, la respuesta acudió a su mente. Es un Antiguo.

Le temblaron las alas mientras sus manos, seguras y fuertes, continuaban modelando los detalles del rostro. Un Antiguo. ¿Cómo lo sabía? Nadie había visto a un Antiguo. Sólo aquí y allá, en alguna caverna apartada, se encontraba alguna inexplicable reliquia del tiempo en que dominaban el mundo. En Da’aqebla había sólo tres de tales reliquias, y Da’aqebla era una de las aldeas más antiguas. ¿Cómo atreverse a decir a las damas de la aldea que aquella cabeza grotesca y deforme era de un Antiguo? Se reirían de él. No, les parecería ofensivo que él las considerase tan tontas y crédulas. ¿Cómo podemos juzgar tu escultura si te obstinas en modelar algo que ningún alma viviente ha visto jamás? Habrías hecho mejor dejando que la arcilla fuera una pelota sin forma y diciendo que era la escultura de un guijarro.

A pesar de las dudas de Kiti, sus manos y dedos trabajaban. Él sabía, sin saber cómo lo sabía, que había vello en el risco óseo que cubría los ojos, que la pelambre de arriba tenía que ser larga, que una depresión centrada bajo la nariz descendía hasta los labios. Y cuando hubo terminado, no supo cómo supo que había terminado. Miró lo que había hecho y quedó pasmado. La cabeza era fea, extraña y excesivamente grande. Pero así tenía que ser.

¿Qué me habéis hecho, oh dioses?

Aún estaba mirando la cabeza del Antiguo cuando las damas descendieron volando a la ribera. En los bordes estaban los hombres cuyas esculturas ya habían sido inspeccionadas. Kiti los conocía a todos, y podía adivinar cómo eran sus obras. Un par de ellos eran esposos, y como su dama estaba casada con ellos de por vida sus esculturas ya no competían con las demás. Algunos eran jóvenes, como Kiti, y ofrecían sus esculturas por primera vez. A juzgar por su expresión abatida, Kiti comprendió que no habían causado la impresión que deseaban. No obstante, la fiebre de la arcilla afectaba a todos los varones, y apenas lo miraban a él o su escultura, pues fijaban los ojos en las damas.

Las damas miraron la escultura en silencio. Algunas se desplazaron para estudiarla desde otro ángulo.

Kiti sabía que la ejecución de su escultura era exquisita, y que sólo el tamaño era ya una osadía. Sentía hervir la fiebre de la arcilla en su interior, y todas las damas le parecían bellas. Veía con espanto la expresión escéptica de las damas, pues ansiaba que lo escogieran.

Al fin se rompió el silencio.

—¿Qué es esto? —susurró alguien. Kiti buscó la voz. Era Upua, una dama que nunca se había casado y que ni siquiera se había apareado durante años. Tenía fama de arrogante y exigente. Era previsible que esa dama lo interrogara frente a todos los demás.

—Creció bajo mis manos —explicó Kiti, sin atreverse a explicar qué era.

—Todos pensaban que honrarías a tu otro-yo —comentó otra dama, alentada por la desdeñosa pregunta de Upua.

La pregunta más difícil. No se atrevía a eludirla. ¿Se atrevería a decir la verdad?

—Era mi propósito, pero también era mi propio rostro, y mi rostro no era digno de ser esculpido en la arcilla.

Eso levantó murmullos. Algunas pensaban que era un motivo estúpido, otras que era un engaño, otras reflexionaron.

Al fin las damas llegaron a una decisión.

—No es para mí.

—Fea.

—Muy extraña.

—Interesante.

Tras hacer su comentario, echaban a volar, ascendiendo en círculos hacia las ramas de los árboles más cercanos. Los hombres, alentados por el total rechazo del talentoso Kiti, se elevaron con ellas.

Sólo Kiti y Upua quedaron en la ribera.

—Yo sé lo que es —dijo Upua. Kiti no se atrevió a responder.

—Es la cabeza de un Antiguo —insistió ella.

Su voz llegó a las damas y los hombres que estaban posados en las ramas. La oyeron, y muchos jadearon o silbaron de asombro.

—Sí, dama Upua —dijo Kiti, avergonzado de que pusieran en evidencia su arrogancia—. Pero me fue dada bajo mis manos. No era mi intención esculpir semejante cosa.

Upua calló largo rato, caminando una y otra vez en torno a la escultura.

—¡El día es corto! —protestó una dama desde los árboles.

Upua la miró sobresaltada.

—Lo lamento —se disculpó—. Quería ver esto y recordarlo, porque los dioses nos han enviado un gran obsequio al permitirnos ver el rostro de los Antiguos.

Algunos se rieron de esto. ¿De veras creía que Kiti podía esculpir algo que nadie había visto?

Upua se volvió hacia Kiti, que estaba tan poseído por la fiebre de la arcilla que ansiaba arrojarse a sus pies para suplicar que le permitiera aparearse con ella.

—Cásate conmigo —dijo Upua. Sin duda Kiti había entendido mal.

—Cásate conmigo —repitió ella—. Sólo quiero hijos tuyos, desde ahora hasta que muera.

—Sí —aceptó él.

Ningún otro hombre había recibido semejante honor en mil años. ¿Que una dama de tanto prestigio le ofreciera matrimonio ante su primera escultura? Muchos de los demás, tanto damas como hombres, se escandalizaron.

—Pamplinas, dama Upua —dijo otra dama—.

Desprestigias la institución del matrimonio al ofrecerte a alguien tan joven, y por una escultura tan ridícula.

—Los dioses le han dado el rostro de un Antiguo. Bajad aquí y estudiad de nuevo esta escultura. Permaneceremos aquí por espacio de dos canciones, para que todos recordemos el rostro de los Antiguos y podamos enseñar a nuestros hijos lo que hemos visto hoy.

Y como era la dama que había ofrecido matrimonio y había sido aceptada, las demás tuvieron que complacerla por espacio de dos canciones. Estudiaron la cabeza del Antiguo, y Kiti y Upua entraron a formar parte de las leyendas de la aldea de Da’aqebla para siempre. También iniciaron su vida conyugal, y Kiti, que habría temblado ante la idea de ser esposo de una dama tan altanera, pronto descubriría que era una esposa tierna y afectuosa, y que ser su atento y protector esposo sólo le traería alegría. A veces echaría de menos a su otro-yo, pero nunca más pensaría que Viento lo había castigado no llevándolo al cielo con kTi.

Ese día, sin embargo, no sabían qué les deparaba el futuro. Sólo sabían que Kiti era el escultor más osado que había vivido jamás, y esa osadía, que le había permitido conquistar a una dama como esposa, lo elevó en la estima de todos. Era en verdad el otro-yo de kTi, y aunque habían perdido a kTi, en Kiti sobrevivían su coraje y su astucia, que con el tiempo se convertirían en fuerza y sabiduría.

Cuando pasaron las dos canciones, cuando la bandada de damas y hombres se elevó para ir hasta el próximo varón, formas oscuras asomaron a la sombra de los árboles. También ellas rodearon la extraña escultura, y al fin la cogieron y se la llevaron, aunque era insólitamente grande y pesada y no la entendían.

3. SECRETOS

Las palabras se le escaparon. Chveya no pensaba contarle a nadie lo que había oído decir a su madre la noche anterior. Lo mantendría en secreto. Aunque fuera un secreto tan tremendo. Su madre pensaba permitir que Dazya creciera y se casara con Rokya durante el viaje. ¿Qué significaba eso? ¿Que Chveya se casaría con Proya? Vaya gracia. Proya tenía que casarse con Dazya, para que los dos chicos más prepotentes pudieran fastidiarse a gusto. ¿Por qué la madre de Chveya quería que Dazya consiguiera al mejor muchacho que no era primo cercano?

Chveya meditaba sobre esto cuando Dazya le gritó por alguna tontería, por abrir una puerta que Dazya quería mantener cerrada, o cerrarla cuando Dazya quería tenerla abierta, y Chveya barbotó:

—Cállate, Dazya. De todos modos crecerás y te casarás con Rokya durante el viaje, así que al menos déjame hacer lo que quiera con las puertas.

Y no fue culpa de Chveya que en aquel momento Rokya entrara por esa puerta con su padre, llevando cestos de pan que debían congelar para el viaje.

—¿De qué hablas? —preguntó Rokya—. Yo no me casaría con ninguna de vosotras.

No fue Rokya quien preocupó a Chveya, sino el padre de Rokya, el menudo Zdorab.

—¿Por qué estás pensando en quién se casará con Padarok? —preguntó Zdorab.

—Es el único que no es primo ni nada —repuso Chveya, sonrojándose.

—Veya siempre piensa en el matrimonio —dijo Dazya. Y añadió—: Está mal de la cabeza.

—Sólo tienes ocho años —dijo Zdorab, sonriendo—. ¿Por qué crees que habrá bodas durante el viaje?

Chveya cerró la boca y se encogió de hombros. Sabía que había hecho mal en repetir lo que había oído frente a la habitación de su madre. Si no decía nada más, tal vez Zdorab, Rokya y Dazya se olvidaran de ello, y su madre nunca sabría que Chveya era una fisgona y una bocazas.

Elemak escuchó impasible a Zdorab. Mebbekew no estaba tan calmado.

—Debí suponerlo. ¡Piensan robarnos a nuestros hijos!

—Lo dudo —dijo Elemak.

—Tú lo has oído —rezongó Mebbekew—. No creerás que Chveya inventó esa idea de mantener a los niños despiertos para que crezcan durante el viaje, ¿verdad?

—Quiero decir —concretó Elemak— que dudo que Nyef desee mantener despiertos a nuestros hijos.

—¿Por qué no? Tendría diez años para sembrar cizaña contra nosotros.

—Sabe que lo mataría si me hiciera eso —dijo Elemak.

—Y sabe que yo no lo haría —dijo Zdorab—. Imaginaos… decírselo a su hija, pero ante nosotros ni siquiera mencionarlo.

Elemak reflexionó un momento. Ese descuido no sería inaudito en Nafai, pero aun así lo dudaba.

—Tal vez el plan no sea de Nafai. Puede que sea la madre de Chveya. Quizá la vidente todavía añora la influencia que ejercía en Basílica.

—A lo mejor quiere tener una escuela, como su madre —apuntó Mebbekew.

—Pero ¿qué podemos hacer? —preguntó Zdorab—. Él lleva el manto de capitán. Él tiene el índice. Él controla la nave. ¿Qué le impide despertar a nuestros hijos durante el viaje y actuar a su antojo?

—La reserva de alimentos no es ilimitada —dijo Elemak—. No puede despertar a todos.

—Pero piensa en ello —dijo Mebbekew—. ¿Y si despertamos y su hijo Zhatva es un corpulento mozo de diecisiete años? Nyef era alto a esa edad. Y los dos últimos hijos de Padre, Oykib y Yasai. Y tu Padarok, Zdorab. Mientras que nuestros hijos todavía serán pequeños.

Zdorab sonrió vagamente.

—Padarok no será alto.

—Será un hombre. No es un plan estúpido —comentó Mebbekew—. Los habrá adoctrinado durante el viaje, para que vean las cosas a su manera.

Elemak asintió con la cabeza. Ya había pensado en todo eso.

—La pregunta es qué haremos al respecto.

—Permanecer despiertos. Elemak negó con la cabeza.

—Ya ha dicho que la nave no saldrá hasta que todos estén dormidos excepto él.

—¡Entonces no iremos! —dijo Mebbekew—. Que él se vaya a la Tierra. En cuanto se largue, regresaremos con nuestras familias a Basílica.

—Meb, ¿has olvidado que ya no somos ricos? La vida en Basílica sería miserable. Incluso puede que nos encierren en una prisión. O que nos maten sin más.

—Y el viaje resultaría espantoso, con los niños —añadió Zdorab—. Por no mencionar que Shedemei y yo no queremos hacer eso.

—Pues volad con Nafai —dijo Mebbekew—. No me importa lo que hagáis.

Elemak escuchó a Mebbekew con fastidio. ¿Cómo podía ser tan necio? Zdorab había ido a verlos para contarles lo que había dicho Chveya. Zdorab nunca había sido un aliado, pero ahora, cuando veía amenazados a sus hijos, les daba la oportunidad de tenerlo de su lado. Nafai sólo contaría consigo mismo, con Padre y con Issib. En otras palabras, Nyef, el viejo y el tullido.

—Zdorab —dijo Elemak—. Me tomo esto muy en serio. Creo que no tengo otra opción que aparentar que acepto los planes de Nafai. Pero sin duda habrá un modo de entrar en el ordenador de la nave y prepararlo para que nos despierte durante el viaje, en el momento en que Nafai crea que todo le ha salido bien y no se lo espere. Las cámaras de animación suspendida están lejos de los habitáculos de la nave. ¿Qué piensas?

—Creo que es una estupidez —comentó Mebbekew—. ¿Te has olvidado de lo que es el ordenador de la nave?

—¿Es así? —preguntó Elemak a Zdorab—. ¿El ordenador de la nave es idéntico al Alma Suprema?

—Bueno —repuso Zdorab—, pensándolo bien, tal vez no. Instalaron el Alma Suprema después de la llegada de las naves estelares a Armonía. Ahora está copiando una parte de sí en los ordenadores de a bordo, pero no conoce la nave tanto como el hardware que ha ocupado los últimos cuarenta millones de años.

—Hablas del Alma Suprema como si fuera una persona —masculló Mebbekew.

Elemak no apartó la mirada del rostro de Zdorab.

—Bien —dijo Zdorab—. No estoy seguro. Pero no creo que los viajeros originales hayan… en fin, ellos no entregaron sus vidas al Alma Suprema. Fue la siguiente generación, no ellos. Así que es bastante probable que los ordenadores de la nave…

—Y tal vez encuentres un modo de apañártelas —sugirió Elemak.

—Con una orden confusa —dijo Zdorab—. Hay un programa calendario para programar los acontecimientos del viaje. Correcciones de curso y demás. Pero el Alma Suprema estaría chequeando todo eso, supongo.

—Piensa en ello —dijo Elemak—. No es algo que yo sepa hacer bien.

Zdorab se enorgulleció visiblemente, tal como esperaba Elemak. Zdorab, como todos los hombrecitos débiles y estudiosos, se sentía halagado de contar con el respeto de Elemak, un hombre robusto y fuerte, un líder carismático y peligroso. Era fácil conquistarlo. Después de tantos años de ver a Zdorab en el bolsillo de Nafai, era asombrosamente fácil. Se requería paciencia. Esperar. No quemar ninguna nave.

—Cuento contigo —-dijo Elemak—. Pero hagas lo que hagas, no lo comentes. Ni siquiera conmigo. No sabemos lo que el ordenador puede oír.

—Por ejemplo, es probable que haya oído todo cuanto hemos dicho —rezongó Mebbekew.

—Como digo, Zdorab, haz todo lo posible. Tal vez no tenga solución, pero lo que hagas será mejor que lo que podamos hacer Meb o yo.

Zdorab asintió pensativamente.

Es mío, pensó Elemak. Lo tengo. Suceda lo que suceda, Nyef lo ha perdido, y todo porque él y su esposa no supieron cerrar el pico frente a sus hijos. Débil y tonto, así era Nafai. Débil, tonto, inepto para el mando.

Y si hacía algo para perjudicar a los hijos de Elemak, perdería algo más que su posición de liderazgo. Pero sólo era cuestión de tiempo. Quizá después de la muerte de Padre, pero llegaría el día en que Nafai pagaría todos los insultos y humillaciones. Los hombres de honor no perdonan a un enemigo mentiroso, taimado, fisgón y traicionero.

—Vamos a caminar —le dijo Nafai a Luet. Ella sonrió.

—¿No estamos bastante cansados?

—Vamos a caminar —insistió Nafai.

Se alejaron del edificio de mantenimiento donde vivían todos, pisando el suelo duro y plano del campo de aterrizaje. Nafai no se dirigió hacia las naves estelares sino hacia el descampado, donde estarían lejos de todos los demás.

—Luet.

—Vaya. Parece que estamos trastornados por algo.

—No sé si lo estamos, pero te aseguro que yo lo estoy.

—¿Qué he hecho?

—No sé si has hecho algo —dijo Nafai—. Pero Zdorab insertó una alarma en el calendario de la nave.

—¿Por qué haría eso?

—La fijó para mediada la travesía. Para despertarlo a él. Y a Shedemei. Y a Elemak.

—¿Elemak?

—¿Por qué Zdorab haría eso? —preguntó Nafai.

—No tengo ni idea —dijo Luet.

—Bien, piensa en ello un momento. ¿Se te ocurre algo que puedas saber y te permita deducirlo? Luet se estaba impacientando.

—¿Qué es esto, Nafai? Si sabes algo, si quieres acusarme de algo, entonces…

—Pero yo no sé nada —dijo Nafai—. El Alma Suprema me indicó cómo encontrar la modificación de Zdorab. Le pregunté por qué estaba allí, y dijo que te lo preguntara a ti.

Luet se sonrojó. Nafai enarcó las cejas.

—Bien, ¿qué relación tiene todo esto?

—El Alma Suprema juega con nosotros.

—¿De veras? —preguntó Nafai.

—No debería sorprendernos —dijo Luet—. Es lo que ha hecho desde siempre.

—¿Puedes decirme de qué juego se trata esta vez?

—Tiene que estar relacionado, aunque no veo cómo… ah, sí. Chveya me oyó.

Nafai se llevó los dedos a la frente.

—Ah, ahora está clarísimo. ¿Chveya te oyó diciendo qué?

—Hablando con el Alma Suprema. Anoche. Acerca de… ya sabes.

—No, no sé.

—No lo dirás en serio.

—Lo digo cada vez más en serio.

—¿Quieres decir que el Alma Suprema no ha conversado contigo? ¿Acerca de mantener a los niños despiertos durante el viaje?

—No seas absurda. No tenemos provisiones suficientes para mantener a todos los niños despiertos. ¡Son diez años!

—No sé —dijo Luet—. El Alma Suprema dijo que tendríamos provisiones suficientes para que nosotros dos y doce de los niños permaneciéramos despiertos durante casi todo el viaje.

—¿Y por qué haríamos eso? Se usa animación suspendida precisamente porque diez años en una nave estelar serán increíblemente aburridos. Ni siquiera yo pienso estar despierto continuamente. ¿Nuestros hijos deberían pasar diez años de vigilia en esa lata?

—El Alma Suprema no habló contigo —dijo Luet—. Eso me saca de quicio.

Nafai la miró, aguardando una explicación.

—Serían nuestros hijos mayores, todos salvo los mellizos, y los de Shuya, hasta Netsya, y los de Shedemei, y tus hermanos Oykib y Yasai.

—¿Por qué no los pequeños?

—No se pueden pasar los dos primeros años de vida en baja gravedad.

—No funcionará. Aunque los demás lo aprobaran, los hijos no tendrían a nadie de su edad para casarse, salvo los de Shedya. Los demás serían hermanos o primos cercanos.

—Nyef, le he dicho esto una y otra vez. ¿Te crees que no sé que es una idea estúpida? Eso es lo que Chveya debió de oír anoche. Yo discutía con el Alma Suprema.

—No tienes por qué hablarle en voz alta al Alma Suprema, Luet.

—Pues yo lo hago.

—Bien, sea como fuere, parece que Zdorab cree que debe despertarse a media travesía para vigilarme.

—Me imagino que está furioso —dijo Luet.

—Bien, sólo podemos hacer una cosa.

Nafai le cogió la mano y regresaron al edificio de mantenimiento.

Tardaron pocos minutos en reunir a todos los adultos en la cocina, rodeando la gran mesa donde comían por turnos. Como de costumbre, Elemak se mostraba calladamente molesto, mientras que Mebbekew era abiertamente hostil.

—¿De qué se trata? —preguntó—. ¿Ya no podemos dormir a horas normales?

—Hay algo que debemos aclarar lo antes posible —dijo Nafai.

—¿Alguno de nosotros se ha portado mal? —se mofó Meb.

—No —dijo Nafai—. Pero alguien piensa que Luet está tramando algo… pensándolo bien, tal vez piense que yo estoy tramando algo, y quiero plantearlo abiertamente ahora.

—¿Abiertamente? —dijo Hushidh—. Qué idea tan original.

Nafai la ignoró.

—Al parecer el Alma Suprema ha tratado de persuadir a Luet de que debemos cometer alguna tontería con algunos de los niños durante el viaje.

—¿Tontería? —preguntó asombrado Volemak, el padre de Nafai.

—Sí, la tontería de mantener a algunos de ellos despiertos durante el viaje.

—Pero eso sería muy aburrido para ellos —dijo Kokor, la hermana mayor de Nafai.

Nafai no le respondió, sólo miró de rostro en rostro. Era halagador ver que hasta Elemak, quien sin duda estaba al corriente de la idea de mantener despiertos a los niños y comprendía todas las implicaciones, se sorprendía de lo que hacía Nafai.

—Sé que algunos os habéis enterado antes que yo. Yo sólo me enteré cuando el Alma Suprema descubrió la señal de alarma que Zdorab puso en el calendario de la nave.

La mirada elusiva que Mebbekew le lanzó a Zdorab le confirmó que también él conocía la existencia de la señal de alarma. Quizá creyera que Zdorab pensaba despertarlo con los demás. Pero Zdorab sabía que despertar a Mebbekew sería inútil. ¡Si Meb pudiera comprender el desprecio que todos sentían por él! Aunque tal vez lo comprendía, y por eso era siempre tan belicoso.

—Creo, Zdorab, que es buena idea —dijo Nafai—. El Alma Suprema eliminó tu señal de alarma, pero yo introduciré otra. A mitad del viaje, todos los adultos despertarán. Sólo por un día; así podrán inspeccionar a los niños dormidos y cerciorarse de que conservan la edad que tenían cuando partimos. No se me ocurre mejor modo de evitar que el Alma Suprema se salga con la suya.

Volemak rió entre dientes.

—¿De veras crees que puedes engañar al Alma Suprema?

—El Alma Suprema entiende muchas cosas —intervino Luet—, pero no es un ser humano. No comprende lo que significa que nos arrebaten la infancia de nuestros hijos. ¿Cómo te sentirías, tía Rasa, si al despertar vieras que Okya y Yaya son hombres de dieciocho y diecisiete años, y que te has perdido todos los años intermedios?

Rasa esbozó una mueca.

—Nunca perdonaría a quien me lo hubiera hecho. Ni siquiera al Alma Suprema.

—Traté de explicarle eso al Alma Suprema. Ella a veces no comprende los sentimientos humanos.

—¿A veces? —murmuró Elemak.

—Yo hablé en voz alta. En la intimidad de mi habitación. Nafai trabajaba hasta tarde. Pero Chveya se levantó y debió escuchar un buen rato antes de llamar.

—¿Estás diciendo que tu hija es una fisgona? —dijo Mebbekew, fingiendo sorpresa. Luet no lo miró.

—Chveya no comprendió lo que oía. Lamento que haya inquietado tanto a todo el mundo. Sé que algunos lo sabían y otros no, pero cuando Nafai se enteró de esto hace unos minutos, decidimos celebrar esta reunión… y aquí estamos.

—Mañana Zdorab podrá verificar que la señal de alarma está programada para la mitad del viaje. El único modo de que no funcione es que el Alma Suprema la cancele durante una de las muchas veces en que yo mismo estaré dormido. Pero no lo creo probable, porque en cuanto despierte yo mismo os despertaré manualmente. Os digo ahora y de una vez por todas que no jugaremos con el paso del tiempo. Cuando lleguemos, nuestros hijos tendrán la misma edad que cuando partamos. La única persona que habrá envejecido durante la travesía seré yo. Y creedme que no me interesa envejecer más del mínimo necesario para pilotar la nave.

—¿Para qué debes estar despierto? —preguntó Obring, el esposo de Kokor, un hombre viperino, en la respetuosa opinión de Nafai.

—Las naves no están diseñadas para que las maneje el Alma Suprema —dijo Nafai—. Más aún, el programa del Alma Suprema sólo acabó de escribirse cuando la flota original llegó a Armonía. Los ordenadores pueden albergar el programa del Alma Suprema, pero ningún programa individual puede controlar todos los ordenadores de la nave al mismo tiempo. Es por motivos de seguridad. Redundancia. Los sistemas no pueden fallar todos al mismo tiempo. De cualquier modo, hay cosas que deberé hacer de vez en cuando.

—Que alguien tendrá que hacer —murmuró Elemak.

—Yo tengo el manto —dijo Nafai—. Y creo que esa cuestión quedó zanjada hace un tiempo. ¿O queréis reavivar viejas controversias?

Al parecer nadie quería hacerlo.

—Hijo —dijo Volemak—, no podrás impedir que el Alma Suprema haga lo que cree correcto.

—El Alma Suprema se equivoca —repuso Nafai—. Es así de simple. Nadie me perdonaría jamás si obedeciera en esto al Alma Suprema.

—En efecto —convino Mebbekew.

—Ni yo mismo me lo perdonaría —continuó Nafai—. Así que el problema está resuelto. Zdorab repasará el calendario mañana, y él y todos los interesados podrán mirarlo de nuevo antes del lanzamiento.

—Muy amable de tu parte —le dijo Elemak—. Creo que todos dormiremos más tranquilos sabiendo que nadie trama nada a nuestras espaldas. Gracias por ser tan franco y abierto con nosotros.

—No —dijo Volemak—. No podéis triunfar en una rebelión contra el Alma Suprema. Nadie puede. Ni siquiera tú, Nafai.

—Tú y Nafai podéis hablar de ello más tarde, Padre —dijo Elemak—. Pero Edhya y yo nos iremos a acostar.

Se levantó de la mesa, rodeó a su esposa con el brazo y se marchó de la sala. La mayoría del resto lo siguió: Kokor y su esposo Obring, Sevet y su esposo Vas, Meb y su esposa Dolya. Mientras salían, Hushidh e Issib se quedaron para hablar con Nafai y Luet.

—Excelente idea la de reunir a todos de esta manera —dijo Hushidh—. Muy persuasivo. Elemak no creerá en nada de lo que hagas, así que sólo lo has convencido de que te traes algo entre manos.

—Gracias por el análisis instantáneo —dijo Luet de mala manera.

—Te comprendo —intervino Nafai—. No espero que Elemak crea literalmente nada de lo que digo.

—Sólo quería que supieras —dijo Hushidh— que la barrera que te separa de Elemak es más fuerte y profunda que cualquier vínculo que haya aquí entre dos personas. En cierto modo, es también un vínculo. Pero si pensabas que con esta pequeña escena ibas a conquistarlo, has fallado.

—¿Y qué hay de ti? —preguntó Luet—. ¿Te ha conquistado?

Hushidh sonrió vagamente.

—Todavía te veo separada de todos los demás excepto de tu esposo y tus hijos, Luet. Cuando eso cambie, empezaré a creer en las promesas de tu esposo.

Se levantó y se marchó. Issib sonrió tímidamente y la siguió. Zdorab y Shedemei se quedaron.

—Nafai —dijo Zdorab—, deseo pedirte disculpas. Debí suponer que tú no…

—Comprendo —dijo Nafai—. Pensaste que tramábamos algo a tus espaldas. Yo habría hecho lo mismo, de haberlo creído así.

—No —dijo Zdorab—, debí hablar a solas contigo. Debí averiguar qué sucedía.

—Zdorab, nunca haría nada a tus hijos sin tu consentimiento.

—Y yo nunca daría ese consentimiento. Tenemos menos hijos que nadie. Sólo de pensar que podrían privarnos de su infancia…

—No sucederá. No quiero quitarte a tus hijos. Quiero que el viaje pase rápida y tranquilamente para que podamos fundar nuestra nueva colonia en la Tierra. Nada más. Lamento haberte preocupado.

Zdorab sonrió. Shedemei, en cambio, miró de soslayo a Nafai y Luet.

—Yo no pedí venir a este viaje.

—No podríamos tener éxito sin ti —dijo Nafai.

—Pero hay una pregunta —dijo Luet.

—No, Lutya —le dijo Nafai—. ¿Acaso no hemos…?

—¡Es algo que debemos saber! —insistió Luet—. De un modo u otro. Para ti debe ser evidente Shedya, que tus dos hijos son los únicos que no se enfrentarán a problemas de consanguinidad.

—Obviamente —dijo Shedemei.

—Pero ¿qué hay de los demás? ¿No es peligroso para todos nosotros?

—No creo que represente un problema —dijo Shedemei.

—¿Por qué no? —preguntó Luet.

—El matrimonio entre primos sólo resulta desaconsejable cuando existe un gen recesivo que causa problemas. Cuando los primos se casan, sus hijos pueden recibir el gen recesivo por ambas partes, y por lo tanto se manifiesta. Retraso mental. Deformidad física. Una enfermedad crónica. Esas cosas.

—¿Y eso no es un problema?

—¿No has prestado atención? ¿No aprendiste nada en Basílica? Durante años el Alma Suprema ha oficiado de criadora. En el caso de tus padres, Luet, logró llevarlos del uno al otro confín para que se unieran. El Alma Suprema se ha cerciorado de que vuestras moléculas genéticas estén limpias. No tenéis genes recesivos que puedan causar daño.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque si los tuvierais, ya se habrían manifestado. ¿No lo entiendes? El Alma Suprema ha estado casando primos durante años para obtener personas sensibles a su influencia. Los idiotas o deformes ya habrían aparecido y habrían sido descartados.

—No todos —señaló Rasa. Todos supieron al instante que pensaba en Issib, el hermano mayor de Nafai. Sus músculos de mayor tamaño eran incontrolables desde el nacimiento, y nunca había podido caminar ni moverse sin ayuda de flotadores magnéticos o una silla volante.

—No —repuso Shedemei—. Claro que no.

—Conque si mis hijos, por ejemplo, se casaran con los hijos de Hushidh… —dijo Luet, sin terminar la frase.

—Hushidh ya me lo preguntó hace años —dijo Shedemei—. Creí que te lo habría contado.

—Pues no lo hizo.

—El problema de Issib no es genético. Se debe a un traumatismo prenatal. —Shedemei miró a Rasa—. Supongo que la tía Rasa no sabía que estaba encinta cuando sucedió.

Rasa sacudió la cabeza.

Nadie le preguntó qué le había hecho involuntariamente a Issib cuando lo llevaba en el vientre.

—Los genes de vuestros hijos no lo heredarán —dijo Shedemei—. Podéis casarlos a gusto. Si eso significa que dejaréis en paz a los míos, estaré muy agradecida.

—¡No planeábamos nada! —exclamó Luet, ofendida.

—Creo que Nafai no planeaba nada —dijo Shedemei—, porque habló con nosotros de inmediato.

—¡Yo tampoco pensaba hacer nada! —insistió Luet.

—Yo creo que sí. Y creo que todavía te propones hacer algo.

Dio media vuelta y se marchó, y Zdorab la siguió nerviosamente.

En el corredor, Zdorab encontró a Elemak esperando. Mientras Shedemei seguía su camino, Zdorab y Elemak se pusieron a conversar.

—Veo que has sido muy discreto —dijo Elemak.

Zdorab lo miró y sonrió.

—He sido realmente torpe, ¿verdad? El Alma Suprema encontró mi señal de alarma de inmediato.

Le guiñó el ojo y apuró el paso, alejándose de Elemak. Elemak caminó despacio, pensando. Al fin sonrió ligeramente y tomó el corredor que conducía a los aposentos de su familia.

En la cocina, sólo Volemak y Rasa permanecieron con Nafai y Luet.

—Eres un necio —dijo Volemak—. Debes hacer lo que ordena el Alma Suprema.

—El Alma Suprema —dijo Luet— ordena que nos resignemos a que nuestra colonia quede dividida para siempre en dos facciones inconciliables, y que actuemos de tal modo que esa división se ahonde tanto que durará varias generaciones.

—Entonces hazlo —dijo Volemak.

—Esta discusión no tiene sentido —dijo Nafai—. ¿No lo crees así, Madre? Rasa suspiró.

—Hay cosas que ninguna persona decente puede hacer —dijo—. Ni siquiera por el Alma Suprema.

—Hay cuestiones más importantes —dijo Volemak.

—Tengo estos tres últimos hijos —dijo Rasa—. Oykib, Yasai y mi preciosa pequeña. Odiaría para siempre a cualquiera que me los arrebatara. Aun a vosotros. —Miró a Nafai y Luet—. O a ti. —Miró a su esposo, se levantó y salió de la sala.

Volemak suspiró y se levantó.

—Veréis —dijo—. No podréis engañar al Alma Suprema.

—En algún momento el Alma Suprema debe tener en cuenta nuestros sentimientos —declaró Nafai.

Pero Volemak no se quedó para oír el final de la frase.

Luet rodeó a Nafai con los brazos y lo estrechó.

—Te lo habría contado antes, pero temía que hicieras cualquier cosa que te dijera el Alma Suprema.

—Parece que el Alma Suprema me conoce mejor que tú. Por eso no me lo contó.

—Ven a la cama, esposo.

—Tengo trabajo que hacer.

—Pues partamos un día más tarde.

—Tengo trabajo que hacer.

Ella suspiró, lo besó y se marchó.

Nafai cono una rebanada de pan, envolvió con ella un fruto maduro y comió un bocado mientras salía del edificio de mantenimiento para regresar a la nave estelar.

(Vaya si eres listo.)

Eso creo, respondió Nafai en silencio.

(Todos creen que ni siquiera hablé de esto contigo.)

Nunca lo hiciste.

(No haberme escuchado no es lo mismo que no haberme oído.)

Nunca discutimos sobre ello, y nunca sucederá.

(Sucederá porque debe suceder. De lo contrario, te matarán, y también a Luet.)

No puedes ver el futuro.

(Elemak se quedará con tus hijos y los convertirá en esclavos.)

No castigará a los hijos por lo que han hecho los padres.

(Él lo llamará adopción. Eiadh se encargará de convertirlo en esclavitud.)

No sucederá.

(Sucederá si no reúnes a seis hombres jóvenes cuya lealtad hacia ti sea absoluta.)

Te repito por milésima vez que ni siquiera pensaré en hacerlo sin el consentimiento de los padres. Y no levantaré un dedo para convencerlos. Más aún, me opondré a ello.

(Buena estrategia, Nafai. Así no podrán culparte cuando lamenten haber dado su consentimiento.)

Nafai sacudió la cabeza. Nunca accederán a eso, dijo en silencio.

(Subestimas mi influencia.)

4. PERSUASIÓN

Shedemei miró de nuevo a los niños. Por tercera vez esa noche. Cuando regresó a la cama, Zdorab estaba despierto.

—Lo lamento —dijo Shedemei—. He tenido un sueño.

—Una pesadilla, querrás decir. Por un instante ella no comprendió.

—¿Tú también lo has tenido?

—No —respondió él con disgusto—. ¿Ha sido uno de esos sueños ?

—No, no. No venía del Guardián de la Tierra. En ese caso sueño con jardines.

—Pero no es lo que has soñado esta noche. Shedemei negó con la cabeza.

—Y no piensas contármelo.

—Si quieres, lo haré. Zdorab aguardó.

—Zdorab, nos veía a nosotros… llegando a la Tierra. Todos nosotros saliendo de la nave. Tú y yo, iguales, tal como somos ahora. Pero entonces vi a un hombre y una mujer jóvenes que nunca había visto. Él era apuesto y de rostro radiante, jovial y fuerte. Ella era morena pero su sonrisa era deslumbrante, y se echó a reír, y la inteligencia brillaba en sus ojos.

—Y él tenía dieciocho años y ella dieciséis —rezongó Zdorab con voz trémula.

—Rokya y Dabya son los únicos hijos que tendré —dijo ella.

—¿Piensas acusarme de ello? ¿Después de tantos años?

—No estoy acusando a nadie. Sólo… he ido a mirarlos. Para cerciorarme de que estaban bien. Para cerciorarme de que no tenían… el mismo sueño.

—¿Y cómo lo has sabido? ¿Los has despertado para preguntárselo?

—No sé qué están soñando. Sólo sé que son muy pequeños. Y siento tantos deseos de ver cómo serán. Cómo serán la próxima semana, y el próximo mes, y el próximo año… pero luego también he visto que…

—¿Qué? —preguntó Zdorab.

—He recordado cómo eran. Cuando eran bebés. Cuando los amamantaba. Cuando caminaron por primera vez. Cuando hablaron por primera vez, cuando jugaron por primera vez, cuando aprendieron a leer y a escribir. Lo recuerdo todo, y esos niños se han ido.

—No se han ido. Sólo han crecido.

—Han crecido, lo sé, pero cada edad suya, eso se pierde. Pierdes esos años, hagas lo que hagas. Crecen, dejan atrás su infancia, y no te agradecen que la recuerdes.

Zdorab sacudió la cabeza.

—He visto cómo este ordenador engreído influye sobre la gente, Shedemei. Tú sabes que no quieres que Nafai y Luet críen a tus hijos. Ellos mismos son niños.

—Sé que no quiero. Pero ¿qué es mejor para ellos? ¿Qué es mejor para todos? La gente envía sus hijos a la guerra, los sacrifica en grandes actos de heroísmo.

—Y cuando los pierde, llora a lágrima viva su arrepentimiento.

—Pero ¿no lo entiendes? No los perderemos. Será como… como si los mandáramos a la escuela. La gente lo hacía constantemente en Basílica. Enviaba a sus hijos a una casa ajena para que los criaran. Si nos hubiéramos quedado allí, también lo habríamos hecho. Ya se habrían ido, ambos. Sólo nos perderíamos las vacaciones.

Zdorab se apoyó en el codo.

—Como bien dices, Shedemei, son nuestros dos únicos hijos. Nunca creí que tendría ninguno. Sólo lo hice como un favor hacia ti, porque eres mi amiga y los deseabas mucho. Y si me hubieras preguntado entonces, cuando fueron concebidos, si podías entregarlos, te habría dicho que eran tuyos y que hicieses lo que quisieras. Pero ahora no son sólo tuyos. Los he engendrado, por increíble que me parezca, y les he educado y les he brindado amor y afecto, así que te diré algo. No quiero perderme uno solo de sus días.

Shedemei sacudió la cabeza.

—Tampoco yo.

—Olvida esos sueños, Shedya. Deja que el gran ordenador del cielo planee lo que quiera planear. No formamos parte de ello.

Ella se acostó junto a él.

—Pues yo formo parte de ello, claro que sí.

—¿Por qué lo dices? Ella le cogió la mano.

—Esa tontería que dije. Sobre los genes. La manifestación de los genes recesivos, todo eso. La cama tembló. Zdorab se estaba riendo.

—No tiene gracia.

—¿Nada de eso era cierto?

—Ignoro si es cierto o no. Ellos saben que soy experta en genética, y creen que sé de qué hablo. Pero no lo sé. Nadie lo sabe. Podemos catalogar los genomas, pero la mayor parte de cada molécula genética todavía no está descifrada. Se creía que era pura jerigonza sin sentido, pero no es así. Lo he aprendido trabajando con plantas. Todo está… latente. Aguardando. Nadie sabe qué pasará si permiten que esos primos se casen.

Zdorab rió un poco más.

—No es gracioso —dijo Shedemei—. Debo contarles la verdad.

—No —dijo Zdorab—. Con lo que has dicho, no sentirán necesidad de incluir a nuestros hijos en sus experimentos. Perfecto. Así debe ser.

—Pero mira a Issib.

—¿Qué? ¿Su problema es genético a pesar de todo?

—No, esa parte era verdad. Pero mira cómo ha sufrido, Zodya. No está bien permitir que otros niños pasen por lo mismo, y otros padres. No puedo…

Zdorab suspiró.

—Finges ser inconmovible. Shedya, pero eres blanda como queso en un día de verano.

—Gracias por elegir una analogía tan maloliente.

—Shedya, si lo que dijiste no es verdad, ¿cómo se te ocurrió?

—No sé. Las palabras brotaron de mis labios. Porque necesitaba decir algo para apartarlos de nuestros hijos.

—Correcto. Ahora bien, el Alma Suprema es capaz de decirles cosas, ¿verdad?

—Continuamente.

—Pues deja que el Alma Suprema les advierta de que sus hijos no deben practicar la endogamia. Shedemei reflexionó un instante.

—Nunca lo había pensado. No soy de esas personas que dejan las cosas en manos del Alma Suprema.

—Además —dijo Zdorab—, ¿cómo sabes que el Alma Suprema no ha puesto esas palabras en tus labios?

—Oh, no seas…

—Hablo en serio. Dices que las palabras te brotaron de los labios. ¿Cómo sabes que no las envió el Alma Suprema? ¿Cómo sabes que no es verdad?

—Pues no lo sé.

—Ahí lo tienes. No necesitas decirles nada de nada.

Shedemei no encontró respuesta para eso. Zdorab tenía razón.

Permanecieron largo rato en silencio. Ella pensó que él estaba dormido. Luego Zdorab habló con un hilo de voz.

—No somos sólo un hombre con hijos y una mujer con hijos que comparten el mismo techo, los mismos hijos, ¿verdad?

—No, no somos sólo eso —dijo Shedemei.

—Es decir, ¿cuánto debe un hombre desear sexualmente a su esposa para que lo que siente por ella sea amor?

Ella eligió cuidadosamente una respuesta.

—No sé si los sentimientos tienen que ser sexuales —dijo.

—Porque yo te admiro muchísimo. Y el modo en que tratas a Rokya y Dabya… me encanta. Y tu manera de enseñar, de educar a todos los niños. Y tu modo de ser conmigo. ¡Eres tan cariñosa conmigo!

—¿Y qué otra cosa puedo hacer? ¿Golpearte?

¿Gritarte? Eres el hombre más dulce que he conocido. Nunca haces nada malo.

—Salvo no satisfacerte. Ella se encogió de hombros.

—No me quejo.

—Pero yo te amo. Como a una hermana. A una amiga. Más que eso. Como a una…

—Esposa —dijo Shedemei.

—Sí —repuso Zdorab. Así.

—Y yo te amo como a un esposo, Zdorab. Tal como eres. Así. —Rodó en la cama, le besó la mejilla—. Así —repitió. Luego rodó hacia su lado, dándole la espalda, y pronto se durmió.

El sueño se repetía noche tras noche en las semanas previas al lanzamiento de la Basílica… Y hacia el final, uno por uno, los soñantes fueron a verle.

Hushidh fue la primera, diciendo que el Alma Suprema tenía razón, que el abismo que lo separaba de Elemak era infranqueable, así que debía estar preparado.

—Y no cumplas tu promesa. No despiertes a nadie a mitad del viaje. Sería un desastre, cuando todos estemos encerrados en ese estrecho espacio.

—Gracias por la sugerencia —dijo Nafai.

—Si no quieres, no me escuches —añadió Hushidh—. A fin de cuentas, tú eres quien lleva el manto.

—No me hables con insolencia. Eres la hermana mayor de Luet, no la mía.

—Y todos sabemos qué grandes elementos son tus hermanas mayores.

Ambos se echaron a reír.

—Dile a Luet de mi parte —pidió Hushidh— que en cuanto decidí obedecer al Alma Suprema y entregaros a mis cuatro hijos mayores para que los criéis durante el viaje, descubrí que los lazos entre Luet y yo se restablecían, tan fuertes como siempre. La barrera pudo haber sido culpa suya al principio. Pero ha sido culpa mía que no desapareciera hasta ahora.

—Se lo diré. Pero será mejor que se lo digas tú misma.

—Sabía que dirías eso. Por eso te odio.

Le besó la mejilla y se fue.

Luego Rasa y Volemak fueron a verle juntos.

—Fue egoísta por nuestra parte querer apartarte de nuestros hijos. Nacieron tardíamente —dijo Rasa—. De este modo podrán alcanzar a sus hermanos mayores.

Volemak sonrió.

—No estoy tan interesado en eso como Rasa. Como de costumbre, ella piensa en los sentimientos de la gente más que yo. Pero recuerdo a cuánto hemos renunciado para llegar hasta aquí, y me parecería estúpido repudiar ahora al Alma Suprema. Ten confianza, Nafai. No arriesgues la supervivencia de toda la colonia, y sobre todo la de tu propia familia, para proteger ante ti mismo tu imagen de hombre justo.

Nafai escuchó a su padre pero no halló consuelo en esas palabras.

—Dejé de verme como tal cuando le corté la cabeza a Gaballufix, Padre. Lo he lamentado cada día de mi vida. Ha sido una tontería por mi parte querer evitar otra culpa, ¿verdad?

Volemak calló, pero no Rasa.

—Al parecer te regodeas en tu sufrimiento. Bien, Nafai, todavía eres joven, y crees que todo el universo gira a tu alrededor. Pero no es así. El Alma Suprema nos ha persuadido de que es mejor que nuestros hijos menores permanezcan despiertos durante la travesía. Ahora tú debes decidir si tienes el coraje de enfrentarte a la cólera de Elemak cuando todo esté hecho.

—¿Y no importa que haya dado mi palabra, a vosotros y a todo el mundo, de que no haría esto?

—Yo soy tu padre —dijo Volemak—, y Rasa es tu madre. Te liberamos de tu juramento.

—Sin duda Elemak se tranquilizará cuando se entere.

Rasa rió suavemente.

—Vamos, Nafai. Elemak es la única persona de esta comunidad que nunca ha creído que cumplirías tu palabra. ¿Y sabes por qué? Porque sabe que de estar él en la misma situación rompería esa promesa sin vacilar.

—Pero yo no soy Elemak.

—Claro que sí —dijo Volemak—. Eres exactamente lo que Elemak habría sido de tener buen corazón.

Nafai no supo si era un elogio o un insulto.

Después de Hushidh, después de Padre y Madre, vino Issib. Como de costumbre, no sólo llevaba los sueños que le había dado el Alma Suprema, sino ideas para que las cosas salieran mejor.

—Debemos hablar —dijo Issib. Nafai asintió con un gesto de la cabeza.

—Sigo teniendo esos sueños.

—El Alma Suprema. Lo sé. Yo también los tengo.

—No los mismos, Nyef —dijo Issib—. Veo a mi hijo mayor, Xodhya, saliendo de la nave estelar…

—Como yo veo a Zhyat…

—Y es igual que yo. Lo cual es una tontería, pues tiene un rostro muy parecido al de su madre; pero en mi sueño él es yo. Sólo que es alto y fuerte, con los brazos y el pecho de un dios. Como una de esas estatuas que rodeaban el viejo quiosco.

—Claro. El Alma Suprema te está manipulando, Issib.

—Sí, lo sé. Estaba contigo cuando nos enfrentamos a ella por primera vez, ¿recuerdas? Lo hicimos juntos.

—No lo he olvidado.

—Demostramos que no teníamos que hacer lo que quisiera el Alma Suprema, ¿verdad, Nafai? Pero luego decidimos ayudar al Alma Suprema porque queríamos. Porque estábamos de acuerdo con sus propósitos.

—Mientras estuve de acuerdo, he colaborado. Y pagando un alto precio, podría añadir.

—¿Precio? ¿Tú? ¿Con el manto de capitán?

—Sin vacilar cambiaría ese manto por el amor de mis hermanos.

—Yo te amo, Nyef. ¿Alguna vez lo has puesto en duda?

—No, no me refería…

—Y Okya y Yaya te aman. ¿Acaso no son tus hermanos? ¿Yo no soy tu hermano?

—Todos lo sois.

—Y no creo que no te importe lo que Meb piense de ti.

—De acuerdo. Elemak. Cambiaría el manto de capitán por el respeto de Elemak si pensara que podría lograrlo.

—¿No lo entiendes, Nyef? Nunca tendrás su respeto.

—Porque nunca seré digno de él.

—Estúpido. —Issib soltó una carcajada—. Eres un imbécil, Nafai. Nunca puedes tener su respeto precisamente porque eres digno de él.

—Ya odiaba las paradojas en la escuela. Creo que son la conclusión a la cual llegan los filósofos cuando…

—Cuando han renunciado a pensar, lo sé. No es la primera vez que lo dices. Pero esto no es una paradoja. Elemak te odia porque sabe que eres su hermano menor, y además sabe muy bien que Padre te ama y te respeta más que a él. Por eso te odia, porque sabe que, a los ojos de Padre, eres mejor hombre que él.

—Ojalá sea verdad.

—Sabes que es verdad. Pero si lo abandonaras todo, si se lo entregaras todo a Elemak, si renunciaras al manto, si repudiaras al Alma Suprema, ¿crees que te respetaría? Claro que no, porque entonces serías realmente despreciable. Débil. Una nulidad.

—Me has convencido. Conservaré el manto.

—El manto no es nada. Ya estás haciendo algo mucho peor.

Nafai lo miró fijamente.

—¿Debo entender que has venido a convencerme de que mantenga despiertos a tus cuatro hijos mayores durante el viaje, que los críe y eduque, para que los encuentres crecidos cuando despiertes?

—De ningún modo —dijo Issib—. Odiaría eso.

—¿Pues entonces de qué se trata?

—Mámenlos despiertos, pero despiértame a mí también de cuando en cuando. Una vez al año, unas semanas. Deja que enseñe informática a los niños, por ejemplo. Nadie sabe más que yo de eso.

—No necesitarán ordenadores en la nueva colonia.

—Entonces matemática. Agrimensura. Triangulación. Puedo leer los mismos libros que tú y enseñar su contenido igual que tú. ¿O pensabas instalar un laboratorio agrícola? ¿De silvicultura, tal vez? ¿Cuándo íbamos a subir los árboles a bordo?

—No había pensado en ello.

—Querrás decir que el Alma Suprema no había pensado en ello.

—Como sea.

—Hazlo por turnos. Despierta a Luet un tiempo, pero luego déjala dormir de nuevo. Despiértame a mí, despierta a Hushidh. Despierta a Madre y Padre. Unas semanas cada uno. Entonces veremos crecer a los niños. No nos lo perderemos todo. Y cuando lleguemos a la Tierra, serán hombres y mujeres. Estarán preparados para defenderte contra los demás.

Nafai no respondió de inmediato.

—No es así como el Alma Suprema se lo explicó a Luet.

—¿Y acaso está grabado en piedra que tienes que seguir el Alma Suprema en todo? Mientras hagas lo que desea, la metodología no importa, ¿verdad?

—¿Hushidh opina lo mismo?

—Tal vez. Dentro de poco.

—No tomaré el hijo de nadie sin su consentimiento.

—¿De veras? ¿Y los niños? ¿Piensas consultarles?

—Pues debería. Pensaré en esto, Issib. Tal vez esta solución funcione.

—Bien, porque creo que el Alma Suprema tiene razón. Si no hacemos esto, si no cuentas con jóvenes fuertes que te respalden, en cuanto bajemos de la nave estelar, en cuanto se debilite la influencia del Alma Suprema, serás hombre muerto, y también yo.

—Pensaré en ello —dijo Nafai.

Issib se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta, apoyando casi todo su peso en los flotadores. Al llegar a la puerta se volvió.

—Algo más —dijo.

—¿Qué? —preguntó Nafai.

—Te conozco mejor de lo que crees.

—¿Sí?

—Por ejemplo, sabía que el Alma Suprema te había hablado de este asunto mucho antes de que a Luet se le escaparan esas palabras.

—¿De veras?

—Y sé que deseabas que ocurriera. Sólo que no querías que fuera idea tuya. Querías que nosotros te convenciéramos. Así no podremos culparte después. Porque intentaste disuadirnos de ello.

—¿Tan listo soy? —preguntó Nafai.

—Sí —dijo Issib—. Y yo soy tan listo como para deducirlo.

—Pues entonces no soy tan listo, a fin de cuentas.

—Sí, lo eres. Porque realmente quiero que lo hagas. Y nunca podré culparte si no me gustan los resultados. Así que ha funcionado.

Nafai sonrió.

—Ojalá tuvieras toda la razón —dijo.

—¿Y en qué me equivoco?

—De todo corazón, preferiría que todos nuestros hijos durmieran durante el viaje. Porque preferiría que no hubiera divisiones en la nueva colonia. Porque preferiría que mi hermano Elemak fuera nuestro rey y que nos gobernara antes que tenerle como enemigo.

—¿Y por qué no dejas que lo haga?

—Porque odia al Alma Suprema. Y cuando lleguemos a la Tierra, se opondrá a los deseos del Guardián de la Tierra. Terminará destruyéndonos a todos con su terquedad. No puede gobernarnos.

—Me alegra que lo entiendas. Porque en cuanto empieces a pensar que él debe gobernar, te destruirá.

Volemak, Rasa, Hushidh, Issib y al fin Shedemei y Zdorab fueron a verle, sólo una hora antes del momento en que todos debían dormirse para el viaje.

—Yo no quiero hacerlo —dijo Zdorab.

—Entonces no despertaré a tus hijos —dijo Nafai—. Aún no sé si despenaré a alguien.

—Claro que sí —dijo Shedemei—. Y también nos despertarás a nosotros, de cuando en cuando, para que te ayudemos a instruirlos. Ése es el trato.

—Y cuando lleguemos a la Tierra, y nuestros hijos sean diez años mayores que los de Elya, Meb, Vasya y Briya, ¿os pondréis de mi parte? ¿Diréis que esto os pareció buena idea? ¿Que me pedisteis que lo hiciera?

—Nunca diré que me pareció buena idea —dijo Zdorab—. Pero admitiré que te pedí que lo hicieras.

—No es suficiente. Si no te parece buena idea, ¿por qué permites que tus dos únicos hijos participen en esto?

—Porque mi hijo nunca me perdonaría si supiera que tuvo la oportunidad de llegar a la Tierra como hombre, y yo hice que llegara como niño.

Nafai cabeceó asintiendo.

—Es un buen motivo.

—Pero recuerda, Nafai —dijo Zdorab—. Lo mismo vale para los otros niños. ¿Crees que cuando Protchnu, el hijo de Elya, despierte y descubra que tu hijo menor, Motya, es ocho años mayor en vez de dos años menor… crees que Protchnu te perdonará, o Motya? Esto encenderá odios que se mantendrán generación tras generación. Siempre creerán que les robaron algo.

—Y tendrán razón —dijo Nafai—. Pero sólo se les habrá robado después de que lo rechazaran.

—De eso nunca se acordarán.

—¿Y tú?

Zdorab reflexionó un instante.

—Si él no lo recuerda —dijo Shedemei—, yo se lo recordaré.

Zdorab sonrió adustamente.

—Vámonos a la cama —dijo.

Independientemente de quiénes despertaran después, todos estarían dormidos para el lanzamiento. Era imposible soportar despierto la tensión y el dolor, así que estarían envueltos en espuma dentro de las cámaras de sueño.

Cada pareja puso a sus hijos a dormir, acostándolos en las cámaras de animación suspendida, besándolos, cerrando la tapa y mirando por la ventana hasta que se sumieron en el sueño con que las drogas iniciaban el proceso. Los niños sentían algo de temor, sobre todo los mayores, que entendían lo que estaba pasando, pero también había en ellos entusiasmo y ansiedad.

—¿Y cuando despertemos estaremos en la Tierra? —preguntaban una y otra vez.

—Sí —respondían sus padres.

Nafai llevó a los padres a la sala de control y les mostró el calendario con la señal de alarma que los despertaría a medio camino.

—Podréis examinar a vuestros hijos para comprobar que están dormidos —les aseguró.

—Ahora puedo dormirme tranquilo —respondió Elemak con seca ironía.

Nafai los miró dormirse uno por uno, y uno por uno autorizó a los ordenadores a que los drogaran, los envolvieran con espuma, los congelaran hasta que apenas quedara vida en sus cuerpos. Luego él también subió a su cámara y cerró la tapa. Recordó entonces una antigua plegaria que había hallado una vez en los archivos de la biblioteca: «Ahora me acuesto a dormir; ruego al Señor que guarde mi alma.

Y si muero antes de despertar, ruego al Señor que se lleve mi alma.»

Ningún ser humano vio la nave que ascendía silenciosamente en el aire, cien metros, mil, hasta la altura que permitía el campo magnético de la pista de aterrizaje. Luego los cohetes de lanzamiento se dispararon, vomitando fuego mientras la nave estelar se elevaba en el cielo nocturno.

A lo lejos, en la otra orilla del angosto mar, los viajeros que recorrían la senda de las caravanas vieron la estrella fugaz.

—Pero se está elevando —señaló uno de ellos.

—No —dijo otro—. Es sólo una ilusión, porque viene hacia nosotros.

—No —insistió el primero—. Se está elevando en el cielo. Y es demasiado lenta para ser una estrella fugaz.

—¿De veras? —se mofó el otro—. ¿Pues entonces qué es?

—No sé —dijo el primero—. Pero agradezco al Alma Suprema que hayamos podido verla.

—¿Por qué?

—Porque después de millones de años, so tonto, un hombre no puede ver nada que no se haya visto cientos o miles o millones de veces. Pero nosotros hemos visto algo que nadie había visto jamás.

—Eso crees tú.

—Sí, eso creo yo.

—¿Y de qué sirve ver algo maravilloso si no tienes ni idea de lo que has visto?

La nave estelar Basílica se elevó a más altura, abandonando el campo gravitatorio del planeta Armonía. Cuando estuvo a suficiente distancia, los cohetes se apagaron. No volverían a usarse hasta llegado el momento de descender en otro mundo. Algo se desprendió de los flancos de la nave, un tejido de hebras tan finas que habrían resultado invisibles de no ser por la luz que brillaba en los cables cuando una molécula de hidrógeno o una partícula aún más pequeña caía en el campo energético que esa red generaba. Entonces podía verse su forma: una vasta telaraña que recogía el polvo del espacio para alimentar el avance de la nave. La Basílica aceleró, dejando atrás Armonía, apenas otro punto de luz que a simple vista no se podía distinguir de los demás. Al cabo de cuarenta millones de años, los seres humanos abandonaban la superficie de aquel mundo y, contra todo pronóstico, retornaban al hogar.

5. EL FISGÓN

Al despertar, los niños creyeron que habían llegado a la Tierra. Eso les habían dicho cuando los pusieron a dormir en las cámaras de animación suspendida: Al despertar, estaréis en la Tierra.

Oykib, sin embargo, ya sabía que despertaría mucho antes. No le extrañó sentirse liviano y fuerte en vez de notar la gravedad normal, ni que cada paso lo enviara al cielo raso de un salto. Así era en el espacio, donde no lo retenía un planeta sino sólo la aceleración de la nave. Y si le quedaban dudas, se disiparon en cuanto Nafai y Luet reunieron a los niños en la biblioteca —el mayor espacio abierto de la nave estelar salvo el centrífugo—, pues Oykib oía los tenues murmullos del Alma Suprema hablando con Nafai y Luet. Es mala idea. No les des la opción. Los niños de esa edad son demasiado pequeños para decidir algo tan importante. Sus padres ya han accedido. Si les dices que tienen una opción que en realidad no es tal, sólo te odiarán por ello. Y así sucesivamente.

Oykib oía estas conversaciones desde su temprana infancia. No recordaba ningún momento sin ellas. Al principio era una música, un viento, como el rumor de las olas para un niño que crece junto al mar. No le daba importancia, no le buscaba sentido. Poco a poco, al llegar a los cuatro o cinco años, comenzó a comprender que aquel ruido de fondo contenía nombres, ideas, y que esas ideas surgían luego en las conversaciones de los adultos.

Aunque las voces estaban en su mente, y no tenían sonido, comenzó a asociar ciertos modos de pensar con ciertas personas. Comenzó a notar que a veces, cuando estaba con Padre o Madre, Nafai o Issib, Luet o Hushidh, la conversación que oía con mayor claridad era la que más cuadraba con aquello de lo que hablaban con otra persona. Veía a Luet tratando de solucionar una riña entre Chveya y Dazya, por ejemplo, y oía que alguien decía: ¿Por qué no se opone a Dazya? ¿Por qué retrocede? Y alguien más —la voz más constante, la más fuerte— decía: Ella se opone, lo hace bien, ten paciencia, no necesita ganar abiertamente mientras le garantices tu respeto. Así supo que un estilo apasionado e íntimo significaba que oía a Luet; el estilo más frío y tranquilo pero más inseguro era de Hushidh. La voz más directa, impaciente y tajante era de Nafai.

Aun así, era tan pequeño que no comprendía que no debía oír esas cosas. Al principio le resultó claro a causa de los sueños, que era uno de los modos más elocuentes que el Alma Suprema tenía de hablar a las personas. Una vez, cuando Oykib era un chiquillo, Luet había ido a su casa para hablar con Madre acerca de un sueño que había tenido. Cuando terminó, Oykib comentó que él también había tenido aquel sueño, y repitió las cosas que Luet había visto.

Madre le respondió con una sonrisa, pero Oykib supo que no le había creído. La segunda vez que sucedió, con un sueño de Padre, Madre llevó a Oykib aparte y le explicó que no era necesario fingir que tenía los mismos sueños que los demás. Era mejor que describiera sólo sus propios sueños.

Le molestó que no le creyeran, y cada vez le molestaba más. ¿Acaso esos adultos que se comunicaban con el Alma Suprema pensaban que él, por tener tres o cuatro años, no podía comunicarse del mismo modo? Al fin comprendió que el problema era que el sueño era enviado a otra persona, que era apropiado para la situación de esa persona, no para Oykib. En consecuencia, los adultos sabían que el Alma Suprema no podía haberle enviado ese sueño, porque no tenía nada que ver con su vida. Y de hecho el Alma Suprema no le había enviado el sueño a él. Los sueños y las conversaciones eran reales, pero no le pertenecían.

Se preguntó por qué el Alma Suprema no tenía nada que decirle.

Cuando cumplió ocho años, ya había aprendido a no hablar de lo que oía. Por naturaleza era parco y reservado, y prefería guardar silencio cuando estaba en un grupo numeroso, escuchando, ayudando cuando lo necesitaban. Comprendía mucho más de lo que suponían los demás, en parte porque había crecido oyendo discusiones adultas con vocabulario adulto, y en parte porque además de la conversación oral oía retazos de diálogos internos cuando el Alma Suprema hacía sugerencias, cuando trataba de influir y a veces de distraer. El problema era que aquello siempre distraía a Oykib y le impedía tener pensamientos propios, pues su mente estaba ocupada tratando de seguir lo que sucedía a su alrededor. Cuando abría la boca para hablar, no sabía si estaba respondiendo a lo que decían en voz alta o a las cosas que él comprendía sólo porque oía lo que no debía.

Había otro motivo por el cual Oykib hablaba poco. Entendía lo que era un secreto y comprendía que la gente no se alegraría de saber cuánto sabía él. Sospechaba que todos se enfadarían si se enteraban de que sus pensamientos más íntimos, destinados al Alma Suprema, eran oídos y registrados por la mente de un niño de seis, siete u ocho años.

A veces el peso de estos secretos era excesivo para Oykib. Por eso había empezado a tener pequeñas charlas con Yasai, su hermano menor. Nunca le contaba a Yaya cómo sabía las cosas que sabía. En cambio prefería decir «Apuesto a que Luet está enfadada porque Hushidh nunca impide que Dazya sea prepotente con los más pequeños», o «Padre no ama a Nafai más que a ningún otro, pero Nafai es el único que entiende lo que Padre está haciendo y puede ayudarlo», Oykib sabía que Yaya estaba deslumbrado por sus «aciertos» y se sentía halagado de ser el confidente de su sabio hermano mayor. A veces se sentía un farsante, por hacerle creer que, simplemente, lo había adivinado. Pero Oykib entendía, sin saber por qué, que no convenía contarle a Yaya que su mente captaba cualquier comunicación con el Alma Suprema. Yaya sabía guardar secretos, pero una cosa tan importante se le escaparía tarde o temprano.

Así que Oykib callaba sus secretos. La situación más difícil se había presentado meses antes, cuando Nafai fue a las montañas y entró en el perímetro y encontró las naves estelares. Oykib oyó cosas terribles y temibles. Luet suplicando al Alma Suprema que protegiera a su esposo. El Alma Suprema urgiendo a alguien a conservar la calma, tranquilízate, no mates a tu hermano. Para entonces comprendía bastante bien a su comunidad y sabía quiénes planeaban matar a Nafai. Oykib quería hacer algo, pero estaba agobiado por aquel torbellino de necesidades y apetencias, de gritos y exigencias, de súplicas y lamentos. Estaba tan asustado que fue a ver a Madre, la abrazó y oyó que Volemak decía: «¿Ves cómo los niños captan cosas sin entenderlas?» Él quería decirle que entendía perfectamente que Elemak y Mebbekew planeaban matar a Nafai para gobernar a los demás, que lo sabía porque había oído que el Alma Suprema trataba de disuadirlo; sabía que Luet estaba aterrada y también sus padres, que Nafai podía morir. Pero también sabía que el Alma Suprema le decía un torrente de cosas a Nafai, cosas importantes, cosas bellas, sólo que él estaba lejos y sólo captaba fragmentos, y sabía que Nafai mismo no sentía temor, sólo entusiasmo, y gritaba en su interior: «¡Ahora lo entiendo! ¡Eso es! ¡Ahora lo comprendo!» Pero no podía explicar nada de esto. Sólo pudo aferrarse a su madre hasta que ella tuvo que apartarlo para continuar sus tareas. Luego habló con Yasai.

—Creo que hoy Elya y Meb intentarán matar a Nyef, cuando él regrese —dijo, y Yaya abrió unos ojos como platos—. Pero creo que Nyef no está preocupado, porque se ha vuelto tan fuerte que nadie puede lastimarlo.

Cuando todo terminó, con Elemak y Meb humillados ante el poder del manto del piloto, Yaya estaba más estupefacto que nunca por la perspicacia de Oykib. Pero Oykib estaba agotado. No quería saber tanto. Y sin embargo, a pesar de todo, quería saber más. Quería que el Alma Suprema le hablara a él.

¿Por qué iba a hablarle? Oykib sólo tenía ocho años, y no era fuerte y dominante como Protchnu, el hijo de Elemak, aunque Proya era unas semanas menor. ¿Qué podía decirle el Alma Suprema?

Sentado con los demás en la biblioteca de la nave Basílica, Oykib ya sabía qué les explicarían, porque había oído que el Alma Suprema deliberaba con los adultos antes del lanzamiento, y ahora oía que el Alma Suprema deliberaba con Luet y Nafai. Quería gritarles a todos que se callaran de una vez, pero optó por guardar silencio y escuchar pacientemente la explicación de Luet y Nafai.

No le gustó el modo en que lo manejaron. Dijeron la verdad, como de costumbre —estaba habituado a que ellos dijeran la verdad, más que otros adultos—, pero callaron muchos de sus motivos. Sólo dijeron que era una magnífica oportunidad para que los niños aprendieran muchas de las cosas que deberían saber para que la colonia funcionara cuando llegaran a la Tierra.

—Y como al llegar tendréis catorce, quince o dieciséis años, y en algunos casos dieciocho, podréis hacer el trabajo de un hombre o una mujer. Seréis personas mayores, no niños. Por otra parte, sin embargo, sólo veréis a vuestros padres de cuando en cuando durante el viaje, porque no podemos mantener a más de dos adultos despiertos al mismo tiempo.

Sí, sí, todo eso era cierto, pensó Oykib. Pero ¿por qué habría sólo doce niños en esa pequeña escuela? ¿Por qué no dicen que cuando yo tenga dieciocho años, al final del viaje, Protchnu todavía tendrá ocho? ¿Y qué hay de las amistades, como Tiya, la hija de Mebbekew, y Shyada, la hija de Hushidh? ¿Todavía serán amigas cuando Shyada tenga dieciséis años y Tiya sólo seis? Difícil. ¿No pensáis explicar todo eso?

Pero no dijo nada. Espero. Tal vez llegaran a esa parte de la cuestión.

—¿Alguna pregunta? —dijo Nafai.

—Hay mucho tiempo —dijo Luet—. Si queréis volver a dormir, podréis hacerlo dentro de pocos días. No hay prisa.

—¿Hay algo divertido que hacer en esta nave? —preguntó Xodhya, el hijo mayor de Hushidh. Era la pregunta más obvia, pues antes del lanzamiento los adultos habían asegurado a los niños que querrían dormir durante el viaje porque sería muy aburrido.

—Hay muchas cosas que no podréis hacer —explicó Luet—. El centrífugo nos proporciona gravedad normal para hacer ejercicio, pero sólo podréis correr en línea recta. No podréis jugar a la pelota ni nadar ni acostaros en la hierba porque no hay piscina ni hierba, y ni siquiera en el centrífugo es posible lanzar y atrapar una pelota. Pero podéis luchar, y creo que todos os acostumbraréis a jugar a la peste y al escondite en baja gravedad.

—Y hay juegos de ordenador —añadió Nafai—. No habéis tenido la oportunidad de jugar a ellos porque habéis crecido sin ordenadores, pero Issib y yo encontramos algunos…

—Pero no podréis jugar mucho con ellos —interrumpió Luet—. No queremos que os acostumbréis demasiado, porque en la Tierra no tendremos ordenadores corno éste.

Jugar a la peste en baja gravedad. Con eso habría bastado para ganarse a la mayoría. A Oykib le molestó que fingieran que les daban la oportunidad de elegir cuando sólo les contaban lo bueno y nada de lo malo.

Habría dicho algo entonces, pero Chveya se le adelantó.

—Creo que todo depende de lo que decida Dazya.

Dza, siempre engreída, creyéndose la más importante porque era Niña Mayor, no ocultó su orgullo. Oykib se disgustó, sobre todo porque nunca había visto que Chveya le rindiera pleitesía a Dza. Siempre le había parecido la más sensata de las chicas.

—Chveya, cada cual debe tomar su propia decisión.

—No lo comprendes —dijo Chveya—. Cuando Dazya tome su decisión, yo haré todo lo contrario. Dazya le sacó la lengua.

—Justo lo que esperaba de ti —le soltó—. Siempre tan inmadura.

—Veya —dijo Luet—, me avergüenza que digas algo tan hiriente. ¿Y cambiarías todo tu futuro sólo por rencor hacia Dazya?

Chveya se sonrojó y guardó silencio.

Al fin llegó el punto en que Oykib no pudo callarse más.

—Sé lo que debéis hacer —dijo—. Poned a Dazya a dormir tres días. Cuando se levante, Dza y Chveya tendrán la misma edad.

Chveya puso en blanco los ojos queriendo decir que eso no resolvería nada. Pero Dazya perdió los estribos.

—¡Mi cumpleaños siempre será primero! —gritó—. Soy la primera niña y nadie más lo es. Permaneceré despierta y seré la mayor cuando lleguemos. Nadie va a dominarme.

Oykib notó con satisfacción que Dazya había demostrado a Nafai y Luet por qué Chveya no quería permanecer despierta al mismo tiempo que ella.

—En verdad —dijo Luet—, nadie tiene derecho a dominar a los demás sólo porque sea mayor, más listo o lo que fuere.

Varios niños se echaron a reír.

—Dazya es una prepotente —comentó Shyada, quien, siendo la hermana menor de Dazya, era su principal víctima.

—No es cierto —protestó Dazya—. No soy prepotente con Oykib ni con Protchnu.

—No, sólo con los que son más débiles que tú, mandona —le soltó Shyada.

—Silencio, todos —dijo Nafai—. Éste es precisamente uno de los problemas que habrá en nuestra escuela. La nave no es muy grande, y debemos convivir durante años. En Armonía pasábamos muchas cosas por alto, pensando que se solucionarían con el paso de los años. Pero durante el viaje no toleraremos que los niños mayores impongan su criterio a los menores.

—¿Por qué no? —dijo Dazya—. Los adultos siempre imponen su criterio a los niños.

—Dza —respondió Luet—, creo que eres lo bastante inteligente para comprender que los tres días de diferencia que hay entre tú y Veya no son tan significativos como los quince años de diferencia existentes entre tú y yo.

Chveya se interesó al instante por esta idea.

—Si me quedo despierta, Madre, cuando lleguemos a la Tierra seré tres años mayor de lo que tú eras cuando nací yo.

—Sí, pero ella estaba casada —dijo Rokya, el hijo de Zdorab y Shedemei. De pronto cayó en la cuenta de lo que había dicho, porque se sonrojó y cerró la boca.

—No creo que el matrimonio deba preocuparos por el momento —señaló Luet.

—¿Por qué no? —preguntó Chveya—. A ti te preocupa. Rokya es el único varón que no es tío ni primo mío.

—Eso no será un problema —respondió Luet—. Shedemei dijo que no se darán problemas genéticos, así que si al crecer os enamoráis de un primo o un tío…

La mayoría de los niños gruñeron o demostraron su repugnancia.

—Como decía, cuando seáis mayores, cuando la idea ya no os repugne, entonces no habrá impedimentos genéticos.

Pero Oykib sabía que Shedemei, antes del lanzamiento, le había suplicado al Alma Suprema que la perdonara por haber dicho esa mentira a Nafai, y que le había pedido al Alma Suprema que aconsejara a Nafai que prohibiera los matrimonios entre primos cercanos si podía haber en ello algún peligro. Y también sabía algo más, algo que Shedemei no sabía: lo que ella había dicho acerca del cuidado con que el Alma Suprema los había «criado» para que no tuvieran defectos genéticos era una revelación del Alma Suprema. Oykib lo había oído como un potente mensaje, y ahora aceptaba la idea de casarse con una prima. Más valía que el Alma Suprema tuviera razón. Oykib y Yaya no podían casarse ambos con Da-brota, la hija de Shedemei y Zdorab, así que uno de ellos tendría que casarse con una sobrina o morir soltero.

Chveya no estaba satisfecha.

—Eso no es lo que dijiste aquella noche…

—Veya —dijo Luet, procurando ser paciente—. Tú no oíste esa conversación por ambas partes, y además he obtenido nueva información desde entonces. Ten un poco de confianza, querida.

Entonces habló Motiga.

Como no le interesaba la cuestión del matrimonio, había estado pensando en otra cosa.

—Si las personas que permanecen dormidas no envejecen, ¿eso significa que los que ahora no están aquí seguirán siendo pequeños? ¿Yo seré mayor que Protchnu?

Luet y Nafai se miraron de soslayo. Evidentemente habían procurado evitar esa pregunta.

—Sí —respondió al fin Nafai—. Así es.

—Magnífico —dijo Motiga.

Pero los demás no estaban tan seguros.

—Qué tontería —dijo Shyada, que con sus seis años estaba enamorada de Protchnu—. ¿Por qué no nos turnamos para estar despiertos, como se hará con los adultos?

Oykib se sorprendió de que una niña de seis años hubiera pensado en esta sensata solución. También Nafai y Luet se sorprendieron. Obviamente no sabían qué decir, cómo explicarlo.

Oykib, siempre buscando la oportunidad de ayudar, intervino.

—Mirad, ahora no estamos despiertos porque Nafai y Luet nos quieran más que a los demás. Estamos aquí porque nuestros padres están de parte de Nafai, y los padres de los niños que duermen están de parte de Elemak.

Nafai puso cara de furia. Oykib le oyó hablar con el Alma Suprema, preguntándole si era posible enseñar a aquel mocoso a mantener la boca cerrada.

Oykib también oyó la respuesta del Alma Suprema: ¿No te advertí que no les dieras a elegir?

—Creo que es bueno decidir conociendo el verdadero motivo de las cosas —dijo Oykib, mirando a Nafai a los ojos—. Sé que vosotros, mis padres, Issib, Hushidh, Shedemei y Zdorab son los que obedecen al Alma Suprema, y sé que Elemak, Mebbekew, Obring y Vas intentaron matarte, y el Alma Suprema cree que lo intentarán de nuevo apenas lleguemos a la Tierra. —Sabía que había hablado más de la cuenta, que había mencionado cosas que presuntamente no sabía. Así que se volvió hacia los otros niños para explicárselo—. Es como una guerra. Aunque tanto Nafai como Elemak son hermanos míos, y aunque Nafai no quiere que haya rencillas entre ellos, Elemak tratará de matar a Nafai cuando lleguemos a la Tierra. Los otros niños lo miraban muy serios. Oykib no hablaba demasiado, pero cuando hablaba todos lo escuchaban; y lo que decía era muy serio. Ya no se trataba de asuntos triviales como la cuestión de quién debía mandar a quién. Ese había sido el error de Luet y Nafai. Querían que los niños eligieran, pero sin explicarles todos los problemas. Pues bien, Oykib conocía a esos niños mejor que los adultos. Sabía que lo entenderían, y sabía qué elegirían.

—Como veis —continuó—, el motivo por el cual nos despertaron es que Yasai, Xodhya, Rokya, Zhyat, Motya y yo seremos hombres. Hombres adultos. Mientras que los hijos de Elya, Kokor, Sevet y Meb seguirán siendo niños. De ese modo, Elemak no se enfrentará sólo a un anciano como mi padre o a un tullido como Issib. Se las verá con nosotros, y nosotros defenderemos a Nafai y lucharemos por él si es necesario. Porque eso haremos, ¿verdad?

Oykib miró a cada uno de los niños, que cabecearon asintiendo uno por uno.

—Y no serán sólo los niños —añadió Oykib—. Nosotros doce nos casaremos y tendremos hijos, y nuestros hijos nacerán antes de que los demás puedan tener hijos, y así siempre seremos más fuertes. Es el único modo de evitar que Elemak mate a Nafai. Y no sólo a Nafai. Porque tendrían que matar a Padre, también. Y a Issya. Y tal vez a Zdorab. Y si no los mataran, los tratarían como a esclavos. Y también a nosotros. A menos que permanezcamos despiertos en este viaje. Elemak y Mebbekew son mis hermanos, pero no son buena gente.

Luet había hundido la cara entre las manos. Nafai miraba el cielorraso.

—¿Cómo sabes todo esto, Okya? —preguntó Chveya.

—Lo sé y punto —respondió Oykib—. Simplemente lo sé.

—¿Te lo contó el Alma Suprema? —preguntó la niña en un murmullo.

De algún modo era así, pero Oykib no quería mentirle a Chveya ni insinuar cosas que no eran ciertas. Prefirió no responder.

—Eso es confidencial —contestó.

—Muchas cosas que has dicho son confidenciales, Oykib —dijo Nafai—. Pero ya las has dicho y tenemos que explicarlas. Es verdad que el Alma Suprema piensa que habrá una división en nuestra comunidad cuando lleguemos a la Tierra. Y es verdad que el Alma Suprema planeó todo esto de tal manera que vosotros tengáis edad suficiente para oponeros a Elemak, sus adeptos y sus hijos. Pero no creo que esa división sea inevitable. Yo no quiero una división. Así que mi motivo para esto es que me agradaría contar con doce adultos más para ayudarme con el trabajo de construir la colonia, y con doce niños menos que cuidar, proteger y alimentar. Todos prosperarán más gracias a esto.

—Pero no pensabas decir nada si Oykib no lo mencionaba —comentó Chveya, un poco enfadada.

—Creía que no lo entenderíais —dijo Nafai.

—Yo no lo entiendo —señaló Shyada, pensativamente.

—Yo permaneceré despierto —dijo Padarok—. Estoy de vuestra parte, porque sé que mis padres lo están. Les he oído hablar.

—También yo —dijo su hermanita Dabya. Uno por uno, todos asintieron.

Al final Dazya se volvió hacia Chveya y añadió:

—Y yo lamento que me odies tanto que prefieras seguir siendo una niña a estar conmigo.

—Eres tú la que me odia —dijo Chveya.

—Claro que no —dijo Dazya. Hubo un largo silencio.

—En definitiva —dijo Chveya—, estamos del mismo lado.

—Así es —dijo Dazya.

Y luego, como Chveya era más espontánea de lo conveniente, añadió:

—Y, además, puedes casarte con Padarok. Por mí está bien.

Padarok protestó mientras los demás niños gritaban y reían. Sólo Oykib notó que Chveya, después de decir esas palabras, lo miraba a él antes de agachar la vista.

Conque soy el elegido, pensó. Qué considerada, tomar la decisión por mí.

Pero eso también era obvio. En aquel grupo de doce niños, Oykib y Padarok eran los únicos nacidos el primer año, y Chveya y Dza las únicas niñas.

Si Dza y Padarok terminaban por unirse, Chveya tendría que casarse con Oykib, o bien con alguno de los menores, o bien con nadie.

La idea era vagamente repulsiva. Oykib recordó una ocasión en que lo habían convencido para jugar a las muñecas con Dza y otras niñas. Era aburrido fingir ser el padre y el esposo, y huyó a los pocos minutos. Se imaginó jugando a las muñecas con Chveya y pensó que no sería mucho mejor. Pero tal vez fuera diferente cuando las muñecas eran bebés verdaderos. Al menos, los hombres adultos no parecían tan hastiados. Tal vez faltaba algo cuando jugaban a las muñecas. Tal vez en los verdaderos matrimonios las esposas no siempre querían obligar a los maridos a obedecerlas.

Era mejor que así fuera para Padarok, pues si terminaba por juntarse con Dazya ni siquiera podría pensar sin su permiso. Era la persona más prepotente que conocía. Chveya, en cambio, era sólo testaruda. Eso era diferente. Quería hacer las cosas a su modo, pero no imponía ese modo a los demás. Tal vez pudieran casarse y vivir en casas separadas y turnarse para cuidar a los niños. Eso funcionaría.

Nafai estaba mostrando a los otros niños dónde dormirían: la habitación de las niñas y la habitación de los varones. Oykib, sumido en sus especulaciones sobre el matrimonio, se había quedado en la biblioteca y estaba a solas con Luet.

—Tenías mucho que decir hoy —dijo Luet—. Habitualmente eres callado.

—Vosotros dos no lo decíais —repuso Oykib.

—No, tienes razón. Y tal vez tuviéramos buenas razones para ello, ¿no crees?

—No, no había buenas razones —respondió Oykib. Sabía que era una audacia decirle semejante cosa a un adulto, pero a estas alturas no le importaba. A fin de cuentas era el hermano de Nafai, no su hijo.

—¿Tan seguro estás? —preguntó Luet de mal talante.

—No explicabais la verdadera razón porque pensabais que no la entenderíamos, pero la entendimos. Todos lo hicimos. Y cuando al fin decidimos, sabíamos lo que estábamos eligiendo.

—Puedes creer que lo entiendes, pero no es así —dijo Luet—. Es mucho más complicado de lo que crees, y…

Oykib se enfureció. Él había oído las discusiones con el Alma Suprema, todos los matices y problemas que les habían preocupado. No les diría cómo sabía esas cosas, pero tampoco fingiría que no podía entenderlas.

—¿Has pensado, Lutya, que tal vez es mucho más complicado de lo que crees?

Tal vez fue porque la había llamado por su apodo —¡a ella, una adulta!— o tal vez porque ella había reconocido la verdad de lo que él decía, pero Luet guardó silencio y lo miró fijamente.

—Tú no lo comprendes todo —dijo Oykib—, pero aun así tomas decisiones. Bien, nosotros tampoco lo comprendemos todo. Pero hemos decidido, ¿verdad? Y hemos tomado la decisión correcta, ¿verdad?

—Sí —murmuró ella.

—Tal vez los niños no sean tan estúpidos como crees —añadió Oykib. Hacía tiempo que quería decirle eso a un adulto. Esta parecía la ocasión apropiada.

—No creo que los niños sean estúpidos…

Pero antes que ella pudiera terminar la frase, Oykib dejó la biblioteca y atravesó el corredor buscando a los demás. Si no estaba allí cuando eligieran, terminaría por quedarse con la peor cama.

De todos modos terminó por quedarse con la peor cama: la litera inferior, junto a la puerta, donde estaría a la vista de todos los que pasaran por el corredor, de modo que no podría ocultar nada. Había elegido el mejor sitio, y nadie se había atrevido a discutir porque era el primer varón. Pero vio que Motya se sentía muy mal por tener el peor lugar, sobre todo cuando Yaya y Zhyat se burlaron de él. Así que ahora tenía la peor cama y sabía que después nadie querría cambiar. Diez años, pensó. Tendré que dormir aquí diez malditos años.

6. EL DIOS FEO

La madre de Emeez la llevó a la caverna sagrada cuando tenía seis años. Era un lugar milagroso porque era subterráneo pero no lo había cavado la gente. Así era su forma, un regalo de los dioses; ellos lo habían creado, así que ahí llevaban a los dioses para adorarlos.

La caverna era extraña, áspera y húmeda, no seca y lisa como los túneles de la ciudad. Un agua lodosa goteaba por doquier. Su madre le explicó que el agua dejaba una diminuta cantidad de limo con cada gota, y que con el tiempo formaba las macizas columnas. Pero ¿cómo era posible? ¿Acaso las columnas no sostenían el techo de la caverna? Si las columnas se formaban con el goteo del agua durante tantos años, ¿cómo se había sostenido el techo en un principio? Pero su madre le explicó que esta caverna estaba hecha de piedra.

—Los dioses abren agujeros en las montañas así como nosotros arrancamos trozos de piedra para nuestras espadas. Pueden sostener un techo de piedra tan ancho que no llegas a ver el otro lado, ni siquiera con la antorcha más brillante. Y ningún viento, por fuerte que sea, puede arrancar el techo del túnel de los dioses.

Por eso son dioses, supongo, pensó Emeez. Había visto los efectos de una tormenta en la parte alta de la ciudad, donde había derribado tres árboles-techo de modo que la lluvia y el sol entraban en lo que antes eran cuartos de juegos y salas de reunión. Tardaron días en sellar los pasajes y crear nuevos túneles para reemplazar el espacio perdido, y durante ese tiempo dos primos y tres primas se habían quedado con ellos. Su madre se había vuelto loca, y a Emeez poco le había faltado. Eran gente reservada y tranquila, y no sabían vérselas con esos fisgones entrometidos. ¿Qué es esto, aprendemos a tejer a tan corta edad? Oh, sin duda ya te has fijado en algún joven apuesto que acaba de salir en su primera cacería, cosa pequeña y bonita.

Una mentira. Porque Emeez no era una cosa pequeña y bonita. No era bonita. No era pequeña. Y por cierto no era una cosa, aunque mucha gente la tratara como tal. Por lo pronto, era demasiado velluda. A los hombres les gustaban las mujeres de vello sedoso, no oscuro y tosco como el de ella. Y su voz no era atractiva. Trataba de hablar como su madre, pero Emeez no tenía esa musicalidad.

Una vez, cuando la prima Issess —¡vaya nombre insípido!— no sabía que Emeez estaba cerca, le dijo a su estúpida hija Aamuv: «Pobre Emeez. Es un caso de atavismo. Son tan velludos como ese lomo de la ladera este de la montaña. ¡Espero que no tenga ninguno de sus otros rasgos!» Se contaba que los velludos habitantes de la ladera este se comían el corazón y el hígado de sus enemigos, y algunos decían que ensartaban a sus víctimas y las asaban enteras. Monstruos. Eso era lo que la gente pensaba de Emeez por ser tan velluda.

Bien, no podía evitar que su cuerpo fuera así. Al menos no padecía una horrenda infección fungosa como la que volvía tan maloliente al pobre Bomossoss. Era un gran guerrero, pero nadie soportaba su hedor. Muy triste. Los dioses hacen lo que quieren con nosotros. Al menos yo no apesto.

En ese momento no se celebraba ningún acto de adoración, pues eso era cosa de hombres, no de mujeres, y mucho menos de chiquillas. Pero Emeez había oído decir que los hombres adoraban a los dioses lamiéndolos para humedecerlos y ablandarlos y que después se los frotaban por todo el cuerpo. Nunca lo había creído, hasta que entró en la primera cámara de plegarias.

Algunos dioses eran intrincadas tallas de rostros asombrosamente bellos. Imágenes de fieros guerreros y de las odiosas reses del cielo, de cabras y venados, de serpientes enroscadas y libélulas posadas sobre espadañas. Pero cuando su madre le señaló a los dioses más sagrados, a los más adorados, Emeez se sorprendió de que esas tallas no fueran intrincadas. Las más sagradas eran lisos terrones de arcilla.

—¿Por qué los más hermosos no son tan sagrados como los que no se parecen a nada?

—Ah, pero debes saber que en un tiempo fueron los más bellos; los han adorado con sumo fervor, y nos han dado buenos hijos y buena cacería. La adoración los ha alisado. Pero recordamos cómo eran.

Los dioses lisos la perturbaron.

—¿Nadie puede tallarles nuevos rostros?

—No seas ridícula. Eso sería blasfemia —respondió su madre con fastidio—. Caramba, Emeez, no entiendo cómo funciona tu mente. Nadie talla a los dioses. No tendrían ningún poder si simplemente los hombres y las mujeres los hicieran de arcilla.

—¿Entonces quién los hace?

—Los traemos a casa. Los encontramos y los traemos a casa.

—Pero ¿quién los hace?

—Se hacen a sí mismos. Se levantan por sí mismos de la arcilla de la ribera.

—¿Alguna vez podré mirar?

—No.

—Quiero mirar cómo aparece un dios. Su madre suspiró.

—Supongo que ya tienes edad. Si prometes que no irás a contárselo a los más pequeños.

—Lo prometo.

—En una época del año, durante la estación seca, las reses del cielo descienden y moldean el lodo de la ribera.

—¿Las reses del cielo? —Emeez se quedó pasmada—. Bromeas. Eso es repulsivo.

—Sería repulsivo, naturalmente, si pensaras que las reses del cielo entienden lo que hacen. Pero no lo entienden. El dios despierta en ellas y les hace moldear la arcilla con formas intrincadas y caprichosas. Cuando han terminado, se van. Las dejan. Para nosotros.

Las reses del cielo. Aquellas alimañas volantes que a veces emboscaban y mataban a los cazadores. La gente les robaba las crías para asarlas y alimentar a las mujeres encintas. Eran bichos peligrosos, obtusos, traicioneros y mañosos. ¿Y ellos hacían a los dioses?

—No me siento bien, madre —dijo Emeez.

—Bien, siéntate aquí un momento y descansa. Debo reunirme con la sacerdotisa tres habitaciones más arriba, y no puedo llegar tarde. Pero luego puedes venir a buscarme, ¿sí? No te desviarás del camino principal ni te perderás, ¿no?

—No creo que me haya vuelto estúpida, madre.

—Pero de repente te has vuelto grosera. Eso no me agrada, Emeez.

Bien, a nadie le agradan muchas cosas de mí, pensó Emeez. Pero eso no significa que tenga que estar de acuerdo con los demás. Creo que soy excelente compañía. Soy mucho más lista que mis amigas, y todo lo que me digo a mí misma es conmovedor e interesante y nunca se ha dicho antes. No como esas tontas que repiten una y otra vez los «sabios» argumentos de sus madres. Y soy mejor compañía que los varones, que siempre andan arrojando, rompiendo y cortando cosas. Mucho mejor para cavar y tejer, como hacen las mujeres, para recoger cosas en vez de matarlas, para combinar hojas y frutas y carnes y raíces de un modo que realce su sabor. Seré una gran mujer, velluda o no, y el hombre a quien le toque en suerte fingirá que está defraudado, pero secretamente estará satisfecho, y le daré gran cantidad de críos despiertos y velludos y serán feos y listos como yo, hasta que un día todos despabilen y comprendan que las velludas son mejores madres y esposas y que las lampiñas son viscosas y frías como melones pelados.

De mal humor, Emeez se levantó y miró a los dioses con atención. No podía evitarlo. No veía nada interesante en los dioses más adorados. Le fascinaban los que eran puros e intrincados. Tal vez ahí radicada el problema: la atraían los dioses de poco prestigio, y por eso sufría la maldición de la fealdad, porque los dioses influyentes sabían que ella no gustaría de ellos. Pero era terrible castigarla desde el nacimiento por un pecado que no cometería hasta los seis años, sólo dos años antes de volverse mujer.

Bien, si ya me han castigado por ello, haré lo posible para merecer ese castigo. Encontraré al dios más bello y menos adorado de todos y lo elegiré como favorito.

Y se puso a buscar uno que estuviera en perfectas condiciones. Pero todos los dioses habían recibido por lo menos alguna adoración, y aunque pudo encontrar fragmentos que todavía tenían hermosos detalles, no halló ninguno intacto.

Hasta que encontró el más sorprendente, en un rincón de una pequeña cámara lateral. No se parecía a ningún otro. Más aún, no se parecía a ninguna bestia conocida. Y la talla estaba intacta. No estaba alisada por ninguna parte, lo cual significada que nadie lo había adorado nunca.

Bien, le dijo Emeez al dios feo, ahora yo soy tu adoradora. Y te adoraré del mejor modo, no como los demás. No te lameré ni te frotaré ni te haré ninguna de esas cosas repulsivas que hacen con esos dioses lodosos. Te adoraré mirándote y diciendo que eres una herniosa estatua.

Eso sí, era una hermosa estatua de una criatura asombrosamente fea. Mejor dicho, sólo la cabeza de una criatura. Tenía boca de persona y ojos de persona, pero la nariz apuntaba hacia abajo y la mandíbula era prominente y estaba en la base de la cabeza, que se angostaba hasta formar un cuello mucho más delgado que la mollera. ¿Cómo se puede sostener semejante cabezota sobre un cuello tan enclenque? ¿Y por qué una estúpida res del cielo decidía tallar algo que nadie había visto?

La respuesta a esta pregunta era bastante obvia, pensándolo bien. La res del cielo había tallado aquella cabeza porque ése era el aspecto del dios.

No. ¿Qué dios optaría por tener ese aspecto?

A menos —vaya pensamiento desconcertante— que los dioses no pudieran evitar tener el aspecto que les tocaba en suerte. A menos que este dios fuera tan feo como ella pero aun así tuviera derecho a contar con su estatua y a ser adorado, así que una res del cielo talló su cabeza, pero cuando lo llevaron allí ni un alma lo adoró y quedó olvidado en un rincón oscuro. Pero ahora te he encontrado, y aunque yo sea fea soy la única adoradora que tienes, así que ni sueñes con rechazarme.

(Te acepto.)

Lo oyó con tanta claridad como si alguien hubiera hablado detrás de ella. Dio media vuelta para mirar, pero no había nadie en ese recinto en penumbra.

—¿Me has hablado? —jadeó.

No hubo respuesta. Pero al mirar la bella estatua fea, de pronto supo algo, algo tan importante que debía contárselo de inmediato a su madre. Salió a la carrera y subió por el camino principal hasta llegar a la habitación donde su madre y la sacerdotisa conversaban animadamente.

—Veo que te sientes mejor, Emeez —dijo su madre, palmeándole la cabeza.

—Madre, debo contarte…

—Más tarde. Hemos decidido algo maravilloso para ti y…

—Madre, debo contártelo ahora.

Su madre la miró con enojo y embarazo.

—Emeez, Vleezheesumuunuun pensará que eres una malcriada.

Por el nombre de la sacerdotisa, Emeez comprendió que debía ser una persona muy importante y distinguida, y de pronto la asaltó la timidez.

—Lo lamento —se disculpó.

—Está bien —dijo la vieja sacerdotisa—. Como dicen, son las velludas las que todavía oyen la voz de los dioses.

Sensacional, pensó Emeez. No me digas que porque soy fea podría terminar siendo sacerdotisa.

—¿Qué querías contarnos, niña? —preguntó la sacerdotisa.

—Yo sólo… estaba mirando a un dios realmente hermoso, aunque era realmente feo, y de pronto supe algo. Eso es todo.

La sacerdotisa se apoyó en las cuatro patas. De inmediato su madre la imitó, y Emeez, con su buena crianza, supo que debía adoptar esa postura. Pero era alentador, pues significaba que la sacerdotisa la tomaba en serio.

—¿Qué has sabido de pronto? —preguntó Vleezheesumuunuun.

—Ahora que lo pienso, ni siquiera sé qué significa.

—Cuéntanoslo de todos modos —dijo su madre, y la sacerdotisa asintió con un parpadeo.

—Los que estaban perdidos han emprendido el retorno.

Su madre y la sacerdotisa la miraron desconcertadas.

—¿Eso es todo? —dijo al fin su madre.

—Eso es todo —susurró la sacerdotisa con los ojos cerrados—. No se lo cuentes a nadie.

—¿Sabes qué significa? —preguntó su madre.

—No, no sé qué significa. Pero recuerda esa canción sobre la creación, en la que la gran profetisa Zz dice: «No habrá más reses del cielo el día en que se encuentren los perdidos, ni más dioses del río cuando los errantes emprendan el retorno.»

—No, no la recuerdo, pero notarás que Zz no habla de perdidos que regresan. Ella dice que los perdidos se encuentran, y los que emprenden el retorno son los errantes. No creo que necesites tomarte esto tan en serio como para asustar a mi pobre hija.

Pero obviamente era su madre quien estaba asustada. Emeez, en cambio, estaba eufórica. El dios le había dicho que aceptaba su adoración, y luego le había dado un regalo, ese conocimiento que para ella no significaba nada pero aparentemente significaba mucho para la sacerdotisa, y también para su madre, aunque alegara lo contrario.

—Esto lo cambia todo —dijo la sacerdotisa.

—Eso me temía —dijo su madre con un hilo de voz.

—No seas ridícula —se quejó la sacerdotisa—. Aún encontraré un compañero para tu hija.

¡Encontrar un compañero! ¡Qué vergüenza! ¡Un matrimonio arreglado! ¿Su madre estaba tan segura de que ningún hombre la querría que había acudido a la sacerdotisa para disponer un matrimonio de sacrificio? ¿Un hombre se vería obligado a tomarla como esposa para reparar alguna ofensa? Emeez lo había visto un par de veces, y en ambos casos la mujer así ofrecida también era una ofensora, y su penitencia era ser aceptada por un hombre como una hierba pestilente para sanar una herida.

—¿Qué delito he cometido? —susurró Emeez.

—No seas arrogante —dijo la sacerdotisa—. Como he dicho, esto lo cambia todo.

—¿Por qué? —preguntó su madre.

—Digamos que cuando los labios de una joven prometen el cumplimiento de las palabras de Zz, esa joven no es entregada a un malhechor común ni a una nulidad moral.

Qué alegría, pensó Emeez con amargura. Entonces quizá me entreguen a un malhechor francamente espectacular.

—¿Tiene seis años? —preguntó la sacerdotisa—. ¿Le faltan dos años para ser mujer?

—En la medida en que podemos adivinar esas cosas. Es elección de los dioses, por cierto.

La sacerdotisa acarició la pelambre de Emeez. Como siempre, Emeez se envaró. La gente tocaba los miembros deformes o los muñones de los tullidos, y ella aborrecía esa costumbre, aunque supuestamente traía suerte. Pero pronto comprendió que la sacerdotisa no se limitaba a esa vacilante caricia de la suerte. Tocaba la pelambre de Emeez con verdadero afecto, y era agradable.

—No sé si hemos hecho bien en llamar hermoso a ese vello suave e insípido —comentó la sacerdotisa—. Sospecho que junto con el pelo de nuestras mujeres hemos perdido otra cosa. Cierta proximidad con los dioses.

Su madre era demasiado cortés para disentir, pero su silencio evidenciaba que no compartía tal opinión.

—Muf, el hijo del rey de guerra —dijo la sacerdotisa—, tendrá la edad adecuada al mismo tiempo que nuestra Emeez.

Tras una pausa, su madre se echó a reír.

—Oh, no estarás sugiriendo que…

—Una muchacha que oye el eco de Zz después de tantos siglos…

—Pero Muf no se alegrará de que lo entreguen…

—Muf se propone ser rey de guerra. Desposará a quien le señalen los dioses. En lo que a. mí concierne, hoy los dioses han escogido.

Pero no han sido los dioses quienes me han elegido, pensó Emeez. Al contrario, yo he elegido al dios.

—Es demasiado para ella —dijo su madre—. Nunca esperó semejante honor.

—Las muchachas que lo esperan —dijo la sacerdotisa— son precisamente las que nunca lo reciben. Al fin su madre se animó a creerlo, o al fin comprendió que su incredulidad le estaba revelando a Emeez lo que pensaba de ella. Sea como fuere, su madre al fin chilló de deleite y abrazó a Emeez.

Antes de despedirse, la sacerdotisa pidió a Emeez que le señalara al dios. En cuanto Emeez la condujo a la pequeña cámara lateral, supo qué dios sería.

—El que es grande y feo, ¿no? Nadie lo ha tocado jamás.

—Pero es una escultura maravillosa —dijo Emeez.

—Es verdad. Las manos grandes como las nuestras nunca podrían lograr esta compleja perfección. Por eso los dioses usan a las reses del cielo para cobrar forma material. Pero éste… siempre me pregunté qué haría, pues nadie le ha dado la oportunidad de hacer un niño, traer lluvia ni nada parecido. Debía de estar esperándote, niña. —Y de nuevo le acarició la pelambre.

Seré la esposa del nuevo rey de guerra, si él es digno de suceder a su padre. Haré todo lo que pueda para ayudarle a ser digno. Y mantendré una hermosa habitación para él, con alfombras y tapices, cestos y mantos incomparables. Y cuando la gente lo vea, no pensará: Pobre hombre, con esa esposa tan velluda. En cambio pensará: La esposa del rey de guerra es velluda, pero ha rodeado a nuestro rey de belleza.

Nunca olvidaré este regalo, le dijo en silencio al dios feo.

—¿Ahora trasladarás a este dios a campo abierto? —preguntó su madre.

—No —repuso la sacerdotisa—. Y ninguna de vosotras contará a nadie qué dios puso estas palabras en boca de la niña. Nadie ha tocado nunca a este dios. Que permanezca intacto.

—Nunca he oído que se tratara así a un dios poderoso —protestó su madre.

—Y yo nunca he oído decir que un dios intacto tuviera poder —dijo la sacerdotisa—. Aquí no hay precedentes, así que improvisaremos. Y no tocar a este dios parece haber dado buenos resultados. Es suficiente para mí.

Y para mí, pensó Emeez. Luego repitió en voz alta las primeras y más claras palabras que le había dicho el dios:

—Te acepto.

—Guarda esas palabras para tu esposo —dijo su madre—. Ahora será mejor regresar a casa, mientras todavía hay tiempo para preparar una buena cena.

Durante el regreso, su madre no se cansó de repetirle que debía callar todo aquello y no alardear ante nadie porque la vieja Vleezheesumuunuun aún podía cambiar de parecer mientras no hubiera hecho un anuncio público.

—O podría morir. Es vieja. Y no creas que las demás sacerdotisas me escucharían si yo fuera a decirles que Vleezheesumuunuun dijo que uniría a mi Emeez con Muf, el hijo del rey de guerra.

No, por supuesto que no me lo creo. ¿Quién podría creerlo?

Sin embargo, una pregunta la seguía inquietando, una pregunta que ni su madre ni la sacerdotisa parecían haberse planteado. ¿Qué significaba aquello de que los perdidos emprendían el retorno? ¿Quiénes emprendían el retorno? ¿Y cómo se habían perdido? ¿Y por qué ese extraño dios feo traía la noticia, habiendo miles de dioses en la caverna sagrada?

Debo observar y esperar, pensó Emeez. Creo que con estas palabras el dios se proponía mucho más que conseguirme un matrimonio tan por encima de mis expectativas. Procuraré entender su mensaje, y entonces lo difundiré o haré lo que el dios desee.

Cuando llegue el momento, sabré qué debo hacer. No se preguntó cómo sabía eso. Prefirió pensar en la palabra que añadiría a su nombre, pues la esposa del hijo del rey de guerra no se quedaría con su nombre de destete. ¿Emeezuuzh? Uuzh era el sufijo que su madre había adoptado en su día de gloria, cuando seleccionaron su cesto para el funeral del viejo rey de sangre. Pero era un nombre bonito, un nombre delicado cuando lo escogía una mujer. Emeez elegiría algo más fuerte. Tendría que pensar en ello. Tenía tiempo de sobra para decidirse.

7. TORMENTA EN EL MAR

Zdorab no había nacido en la época adecuada. Sólo ahora lo comprendía. Sabía que no encajaba donde se había criado, ni en Basílica, hasta que Nafai le dio la oportunidad de salvar la vida acompañándolo al desierto. Pero ahora, al final de su segundo período como instructor de los niños en la nave estelar Basílica, entendía cuál era su lugar. El problema era que la cultura que lo habría valorado había desaparecido hacía cuarenta millones de años.

Sin duda quien había construido aquella nave, con su elegancia de diseño y fabricación, era digno de admiración; pero al vivir en ella Zdorab comprendió que, además, amaba aquel modo de vida. Cierto, vivían encerrados, pero a juicio de Zdorab la vida al aire libre se valoraba más de la cuenta. No echaba de menos los insectos. No echaba de menos el exceso de frío y calor, de humedad y sequedad. No echaba de menos los excrementos de los animales, el olor de cosas extrañas en la cocina ni el tufo de la podredumbre de cosas conocidas.

Pero si disfrutaba de la vida a bordo no era por la ausencia de molestias, sino por las cosas positivas. Una cama confortable todas las noches. Ducharse a diario con agua limpia. Una vida centrada en la biblioteca, en torno al conocimiento y la enseñanza. Ordenadores que servían para jugar, no sólo para trabajar. Música reproducida a la perfección. Retretes que se limpiaban solos y sin olores. Ropa que se podía limpiar sin lavarla. Comida instantánea. Y todo mientras viajaba a increíble velocidad en una travesía de un siglo hacia otra estrella.

Trató de explicárselo a Nafai, pero el joven lo miró con asombro y comentó:

—Pero ¿qué hay de los árboles?

Nafai no veía el momento de llegar al nuevo planeta, que sin duda sería otro sitio lleno de mugre y bichos donde habría que sudar la gota gorda. Zdorab se había comportado como un criado obsecuente durante el viaje por el desierto; le agradaba saber que en esa nave no había criados porque, o bien las máquinas y ordenadores se encargaban del trabajo o éste era tan sencillo que cualquiera podía hacerlo, y todos lo hacían.

Y le encantaba enseñar a los niños. Algunos ya no eran niños al cabo de seis años de viaje. Oykib ya medía casi dos metros de altura, a los catorce años. Era esmirriado, pero Zdorab le había visto haciendo ejercicio en el centrífugo y tenía un cuerpo musculoso y membrudo. Zdorab supo que ya era un hombre maduro al ver ese cuerpo bello y joven y sentir sólo el vestigio del deseo. Si había alguna misericordia en la naturaleza, era el adormecimiento de la libido masculina con el paso de los años. Algunos hombres, al sentir que menguaba el deseo, llegaban a excesos heroicos —o criminales— para obtener la ilusión de un vigor sexual renovado. Pero para Zdorab era un alivio. Era mejor pensar en Oykib y su hermano Yasai, que era aún más apuesto, como alumnos. Como amigos de su hijo Padarok. Como posibles esposos de su hija Dabrota.

Mi hijo, pensó. Mi hija. ¡Santo cielo! Quién habría supuesto, durante aquellos años de amoríos clandestinos en las afueras de Basílica, que podría tener hijos. Y si alguien les pusiera la mano encima sin mi consentimiento, creo que lo mataría.

Y luego pensó: A pesar de todo, soy una criatura de la jungla.

Ese día se dormiría de nuevo, y Shedemei despertaría para reemplazarlo. Pasarían algunas horas juntos —el Alma Suprema decía que los recursos de la nave lo permitían— y sería agradable verla. Era su mejor amiga, la única que conocía sus secretos, su lucha interior. Podía contárselo casi todo.

Pero no podía hablarle del pequeño programa que había instalado en un ordenador, uno de los que no formaban parte de la memoria del Alma Suprema. Antes de programar la señal de alarma para la mitad del viaje, esa señal evidente que el Alma Suprema había detectado de inmediato, Zdorab había escrito un programa que aparentemente realizaba un inofensivo inventario de provisiones. Pero también verificaba si habían transcurrido seis años y medio de viaje; en tal caso enviaría una nueva versión del archivo calendario al ordenador donde se ejecutaba dicho calendario. La nueva versión pediría que Elemak, Zdorab y Shedemei despertaran treinta segundos después; luego, al cabo de otro segundo, se restauraría la copia original del programa y el programa de inventario se rescribiría a sí mismo para eliminar la subrutina adicional. Era muy ingenioso y Zdorab estaba orgulloso de su destreza.

También sabía que era potencialmente letal para la paz de la comunidad y se proponía, ahora que formaba parte del plan de Nafai, buscar acceso al ordenador para eliminar el programa antes de que se activara. Pero no era tan fácil obtener acceso a ese ordenador durante el vuelo. Zdorab tenía sus deberes y, una vez cumplidos, los niños estaban por doquier continuamente y sin duda le preguntarían qué estaba haciendo. Se dijo que buscaba una oportunidad segura para realizar el cambio. Y le faltaban pocas horas para volverse a dormir, y no había encontrado esa oportunidad. ¿Por qué no?

Porque tenía miedo. Eso lo traía por la calle de la amargura. No tenía miedo por sí mismo. El afán de supervivencia pesaba menos que la necesidad de proteger a sus hijos. Había aceptado el plan de Nafai, no por los sueños —los sueños eran para Shedemei y los otros que el Alma Suprema había criado para ser especialmente receptivos— sino porque no quería que ciertos niños obtuvieran ventaja sobre los suyos. Cuando Issib sugirió el plan de permitir que los adultos se turnaran en la enseñanza, Zdorab no lo hubiese rechazado ni en sueños.

Al mismo tiempo, temía la venganza de Elemak. Cuando despertara en la Tierra y se encontrara rodeado por esos jóvenes fuertes, todos partidarios de la causa de Nafai, sentiría tanto odio que no perdonaría nunca. Tarde o temprano estallaría la guerra, y sería sangrienta. Zdorab no quería que sus hijos sufrieran por ello. No quería que participaran, ni que estuvieran de parte de nadie. ¿Qué mejor modo de lograrlo que demostrar su lealtad a Elemak permitiendo que la señal de alarma se activara según lo convenido?

Nafai y el Alma Suprema no tardarían en averiguar quién lo había hecho. Nadie más tenía tales conocimientos sobre informática en Armonía, y los niños que habían adquirido esa capacitación durante el viaje no querrían despertar a Elemak. Izuchaya, que durante el despegue era tan pequeña que apenas recordaba a Elemak, había preguntado:

—¿Y por qué tenemos que despertar a Elemak, si es tan malo?

—Porque no hacerlo, sería asesinato —había respondido Nafai, explicándole que una desavenencia no significaba que la otra persona no tuviera derecho a vivir su vida y tomar sus propias decisiones. Sólo tienes derecho a matar, decía Nafai, si alguien intenta matarte a ti o alguien a quien necesitas proteger.

Alguien a quien necesitas proteger. Yo necesito proteger a mis hijos. He aquí la fría y cruda verdad, Nafai. Mis hijos no son de tu sangre. Aunque nos pongamos de tu parte, no creo ni por un instante que les brindaras el mismo afecto, la misma lealtad, que brindarías a tus propios hijos, a los hijos menores de tus padres o a los hijos de tu hermano Issib. Debo encontrar un modo de protegerlos, de lograr que Elemak no los odie tal como odiará a los tuyos, aun mientras los ayudo a aprovechar tu plan de ser mayores y más fuertes que los hijos de Elemak. Eso es lo que hace un padre. Aunque su esposa no lo apruebe.

Shedemei tenía otro concepto de la lealtad, y Zdorab lo sabía. Era una radical. No había vivido en el mundo de intrigas que había sido el de Zdorab durante tantos años. Las constantes confabulaciones de Gaballufix para quien la confianza de los demás no era sino un arma a usar contra ellos; la violencia rutinaria y la vida corrupta en la aldea de los hombres, donde no penetraba la influencia apaciguadora de las mujeres; y desde luego el fraude despiadado de la vida de un hombre que amaba a los hombres. No puedes fiarte de nadie, Shedemei, pensó Zdorab.

Ni siquiera del Alma Suprema. Mucho menos del Alma Suprema.

Zdorab sólo se comunicaba con el ordenador maestro por medio del índice y, después, por medio de los ordenadores comunes de la nave estelar. No tenía sueños, y a su juicio el Alma Suprema no se interesaba en él ni oía sus pensamientos. De lo contrario no habría podido instalar ese programa clandestino. El Alma Suprema no lo tenía en cuenta salvo para que aportara el conjunto de cromosomas que permitiría la reproducción de Shedemei. Bien, no le importaba. Él tampoco tenía muy en cuenta al Alma Suprema. Estaba convencido de que el Alma Suprema no se preocupaba mucho por la comodidad y felicidad de los seres humanos que manipulaba. Y como el Alma Suprema no se interesaba en él, era la única persona de esa comunidad que gozaba de auténtica intimidad.

Al mismo tiempo, Zdorab ansiaba secretamente que el Alma Suprema oyera sus pensamientos y detectara la señal de alarma. Tal vez ya la hubiera eliminado; Zdorab no la había revisado por el mismo motivo por el cual no la había eliminado él mismo. El Alma Suprema no permitiría que ocurriera nada peligroso durante el viaje. Elemak no despertaría hasta llegar a la Tierra. Y cuando despertara, Zdorab podría decir con total sinceridad: «Dejé instalada la señal. El Alma Suprema debió encontrarla.»

Ensayó en silencio las palabras, articulándolas con los labios, la lengua y los dientes, pero sabiendo que Elemak no le creería, o que no le importaría.

Se han equivocado al traerme con su familia, al obligarme a escoger entre unos y otros en sus mortales riñas domésticas.

Estaba ante la cámara de sueño de Shedemei cuando la tapa se deslizó y ella entreabrió los ojos. Shedemei sonrió.

—Salud, brillante y bella dama —dijo Zdorab.

—Ser halagada al despertar es el sueño más preciado de toda mujer —dijo ella—. Lamentablemente, aún estoy idiotizada por las drogas.

—¿ Qué drogas ?

Zdorab la ayudó a sentarse mientras abría el flanco de la cámara para que ella pudiera salir.

—¿Acaso quieres decir que esta lentitud mental es propia de mí?

Shedemei se levantó y lo abrazó, en parte para sostenerse mientras recobraba el equilibrio en baja gravedad, y en parte con amistoso afecto. Él respondió con gusto a aquel abrazo, y empezó a contarle lo que los niños habían aprendido desde la última vez que Shedemei había despertado.

—Creo que ésta debe ser la mejor escuela que jamás ha existido —comentó.

—Y con la gran ventaja de que los profesores duermen entre un período lectivo y otro —respondió Shedemei.

Pasaron varias horas juntos, hablando de los niños, especialmente de sus hijos, y de todo lo que acudía a la mente de Shedemei. Pero no hablaron de aquello que más inquietaba a Zdorab, y Shedemei notó que algo andaba mal.

—¿De qué se trata? —preguntó—. Me estás ocultando algo.

—¿Qué? —preguntó él.

—Algo te preocupa.

—Así soy yo. No me gusta entrar en la cámara de sueño.

Ella sonrió con picardía.

—Está bien, no tienes que contármelo.

—No te puedo contar lo que ni yo mismo sé —dijo Zdorab, y como en esto había algo de cierto (no sabía si el Alma Suprema había eliminado su programa o no), la intuición de Shedemei permitió a ésta creerlo.

Horas después, Zdorab se despidió de los niños siguiendo un ritual al que ya estaban acostumbrados, pues todos sus maestros iban y venían del mismo modo. Repartió abrazos y apretones de manos, según la edad; besó a sus hijos, gustárales o no; y luego Shedemei y Nafai lo acompañaron a su cámara y lo ayudaron a entrar.

Mientras las drogas empezaban a surtir efecto, sintió un pánico repentino. No, no, no, pensó. ¿Cómo he podido ser tan estúpido? Elemak jamás será leal a mí, haga lo que haga. Debo cambiar el programa. Debo impedir que se despierte y coja a Nafai por sorpresa.

—Nafai —articuló—. Revisa los ordenadores de soporte vital.

Pero la tapa de la cámara ya estaba cerrada, y Zdorab no atinó a ver si Nafai le miraba los labios; antes de poder agitar la mano, se durmió vencido por la droga.

—¿Qué decía? —preguntó Nafai a Shedemei.

—No sé. Algo le molestaba, pero no sabía qué.

—Bien, tal vez lo recuerde al despertar —dijo Nafai.

Shedemei suspiró.

—Yo también siento siempre esa ansiedad, como si hubiera olvidado algo muy importante. Creo que es sólo un efecto secundario de las drogas de suspensión.

Nafai rió.

—Como cuando despiertas en plena noche con una idea importante que has tenido en un sueño, la anotas, y por la mañana lees «¡La comida no! ¡El perro!», y no sabes qué significa ni por qué te pareció tan importante.

—No es preciso anotar los sueños verdaderos —dijo Shedemei—. Siempre los recuerdas.

Ambos asintieron, recordando los sueños del Alma Suprema y del Guardián de la Tierra. Regresaron a donde estaban los niños y se pusieron a trabajar en la siguiente etapa de su educación.

Chveya trabajaba con Dza instruyendo a los más pequeños en sus ejercicios. Habían aprendido hacía años que esa supervisión era necesaria, pues de lo contrario empezarían a remolonear, aunque Nafai les había advertido reiteradamente que si no se ejercitaban un par de horas diarias en el centrífugo llegarían a la Tierra con el cuerpo tan flojo y débil que tendrían que pedir prestada la silla de Issib para moverse. Los más pequeños se ejercitaban guiados por los mayores, y los mayores con la guía de los menores. Así nunca tenían iguales «que les dijeran qué hacer». El sistema funcionaba bastante bien.

Dza todavía no era amiga de Chveya, puesto que no tenían mucho en común. Dza era una de esas personas que no soportan estar solas; siempre tenía que rodearse del murmullo de la conversación, con chismes, risas y burlas. Chveya notaba que las más pequeñas adoraban a Dza ahora que no era tan prepotente. Parecían unidas por un contacto físico, y las más pequeñas estaban radiantes en presencia de Dza, que respondía del mismo modo. Pero Chveya no disfrutaba mucho tiempo de su compañía. Y no era por envidia, aunque a veces envidiaba a Dza su grupo de amigos. Aquel parloteo constante y la exigencia de atención agotaban a Chveya. Necesitaba alejarse, rodearse de silencio y música, leer un libro durante una hora, concentrarse en un tema.

Padre le había hablado de ello, y también Madre, la última vez que había estado despierta. Pasas mucho tiempo a solas, Chveya. Los demás niños creen que no les tienes simpatía.

Pero para Chveya leer un libro no era lo mismo que estar sola. Era como entablar una conversación con una persona, una larga conversación que se ceñía a un tema y no se iba continuamente por la tangente ni era interrumpida por alguien que quería contarle un chisme o hablar de sus problemas.

Mientras Chveya tuviera tiempo para estar a solas, podía llevarse bien con los demás, incluso con Dza. Ahora que había superado su pueril pretensión de ser la «primera», Dza era buena compañía, brillante y divertida. Para su mérito, no se había puesto celosa cuando se descubrió que Chveya era la única de la tercera generación que había desarrollado la capacidad de detectar las relaciones entre las personas, aunque la madre de Dza, y no la de Chveya, había sido la primera en tener esta aptitud. Cuando la tía Hushidh estaba despierta, pasaba más tiempo con Chveya que con sus propias hijas, pero Dza no se quejaba. Una vez sonrió a Chveya y le dijo:

—Tu padre nos enseña a todos continuamente. No me quejaré porque mi madre dedique tiempo a enseñarte a ti.

Estudiar con la tía Hushidh era como leer un libro. Era apacible y paciente, y se ceñía al tema. Mejor que un libro, pues respondía a las preguntas de Chveya. Con la tía Hushidh, Chveya se volvía locuaz. Tal vez fuera porque la tía Hushidh era la única que veía las cosas como las veía Chveya.

—Pero tú ves más —precisó un día Hushidh—. Tú también tienes sueños como tu madre. Chveya puso los ojos en blanco.

—No hay Lago de las Mujeres en esta nave. No hay Ciudad de las Mujeres que me mime y se aferré a cada palabra del relato de mis visiones.

—Las cosas no eran así —dijo Hushidh.

—Madre dice que sí.

—Bien, tal vez así le parecían. Pero tu madre nunca explotó su papel de vidente de las aguas.

—Pero no era útil, como… bien, como lo que nosotras podemos hacer. Hushidh sonrió.

—Útil, pero a veces desconcertante. Puedes interpretar mal las cosas. Saber demasiado sobre la gente no significa saber lo necesario. Pues nunca sabes por qué alguien se relaciona con determinada persona y no con otra. Yo trato de adivinarlo. A veces es fácil, pero algunas veces me equivoco por completo.

—Yo me equivoco siempre —dijo Chveya, pero no sentía vergüenza de decirlo delante de Hushidh.

—Siempre te equivocas en algo —corrigió Hushidh—. Pero a menudo también tienes razón en algo, y a veces eres muy lista. El problema es que debes interesarte en los demás para pensar en ellos, para ver el mundo a través de sus ojos. Y tú y yo somos un poco tímidas. Debemos tratar de pasar tiempo con los demás, de escucharlos, de ser sus amigos. Digo esto porque a tu edad yo no lo hacía, y sé que me limitó mucho.

—¿Y cómo cambiaste?

—Me casé con un hombre que vivía con un dolor interior constante tal que hizo que mis temores, vergüenzas y sufrimientos parecieran pueriles en comparación.

—Madre cuenta que, mucho antes de casarte con el tío Issib, te enfrentaste a un mal hombre y le arrebataste la lealtad de todo su ejército.

—Eso es porque ese ejército pertenecía a otro hombre, a alguien que había muerto, y no le profesaba demasiada lealtad. No fue difícil; simplemente improvisé, tratando de decir todo lo que pudiera debilitar la escasa lealtad que les quedaba.

—Madre cuenta que parecías tranquila y que mantenías la compostura.

—Lo parecía, en efecto. Vamos, Veya, tú misma lo sabes. Cuando sientes terror y confusión, ¿qué haces? Chveya rió entre dientes.

—Me quedo como un ciervo asustado.

—Paralizada, ¿eh? Pero los demás creen que estás tranquila. Por eso a veces te hacen tantas bromas. Creen que estás hecha de piedra, y quieren entrar en ti y tocar sentimientos humanos. No saben que, cuanto más pétrea pareces, más asustada estás y más frágil eres.

—¿Por qué es así? ¿Por qué la gente no se entiende mejor?

—Son jóvenes —dijo Hushidh.

—Los mayores tampoco se entienden demasiado.

—Algunos sí. Los que hacen el esfuerzo de intentarlo.

—Te refieres a ti.

—Y a tu madre.

—Ella no me entiende en absoluto.

—Dices eso porque eres adolescente, y cuando una adolescente dice que su madre no la entiende, quiere decir que su madre la entiende demasiado bien pero que no le permite actuar a su antojo.

Chveya sonrió.

—Eres una adulta engreída y arrogante como todos los demás.

Hushidh también sonrió.

—¿Ves? Estás aprendiendo. Esa sonrisa te ha permitido decirme lo que pensabas, pero también me ha permitido tomarlo a broma, así que he podido oír la verdad sin enfadarme.

—Lo intento —suspiró Chveya.

—Y lo haces bien, para ser una adolescente menuda, tímida e ignorante.

Chveya la miró horrorizada. Hushidh sonrió.

—Demasiado tarde —dijo Chveya—. Lo has dicho en serio.

—Sólo un poco. Pero a fin de cuentas todos los adolescentes son ignorantes, y no puedes evitar tu baja estatura. Ya serás más alta.

—Y más tímida.

—Pero a veces más atrevida.

Bien, era verdad. Chveya había crecido bastante poco después de que Hushidh se fuera a dormir la última vez, y ya era casi tan alta como Dza, y más alta que los demás muchachos salvo Oykib, quien ya era casi de la misma estatura que Nafai, todo huesos y anguloso, y que siempre andaba a trompicones. Encajaba las burlas de los demás con una callada sonrisa, y nunca se quejaba. Esto gustaba a Chveya, y también le gustaba que Oykib no se sirviera de su corpulencia para dominar a los demás; cuando intercedía en las peleas, apaciguaba a los rivales usando la persuasión en vez de la fuerza. Como quizá Chveya terminara por casarse con Oykib, era agradable que le gustara la personalidad que iba adquiriendo. Lástima que él la considerase «baja y aburrida». Nunca lo decía, pero sus ojos parecían resbalar sobre ella como si no reparase en su existencia. Y cuando se quedaba a solas con Chveya, siempre se marchaba deprisa, como si le molestara su compañía.

El hecho de que tengamos que casarnos no significa que nos vayamos a enamorar, pensó Chveya. Si soy buena esposa, tal vez un día él me ame.

Prefería no pensar en la posibilidad de que al fin Oykib optara por casarse con otra. La pequeña y agraciada Shyada, por ejemplo. Era dos años menor, pero ya sabía coquetear con los muchachos, de modo que Padarok la miraba embelesado y Motya la seguía tan boquiabierto que Chveya no sabía si reír o llorar. ¿Y si Oykib se casaba con ella y dejaba que Chveya se casara con uno de los más pequeños? ¿Y si obligaban a uno de los más pequeños a casarse con ella?

Me mataré, decidió.

Pero sabía que no lo haría. Pondría la mejor cara y trataría de apañárselas.

A veces se preguntaba si así eran las cosas para la tía Hushidh. ¿Se había enamorado de Issib antes de casarse? ¿O se había casado porque era el único que quedaba? Debía ser difícil estar casada con un hombre a quien había que alzar y trasladar cuando estaba en un sitio donde no funcionaban sus flotadores. Pero parecían felices. La gente podía ser feliz.

Todos estos pensamientos cruzaban la mente de Chveya mientras ayudaba a Shyada, Netsya, Dabya y Zuya con su calistenia. Como Netsya era bastante cruel cuando guiaba a los niños mayores, era un placer exigirle un mayor esfuerzo y ver cómo se le enrojecía la cara y el sudor le empapaba las manos y la nariz.

—Eres la peor de las zorras —jadeó Netsya.

—Y tú una princesa, mi excelsa y preciada amiga.

—Escúchala —dijo Zuya, que no jadeaba, pues hacía sus ejercicios con tanta soltura como si estuviera de paseo—. Lee tanto que ahora habla como un libro.

—Un libro viejo —jadeó Netsya—. Un libro antiguo, decrépito, polvoriento, amarillento, ajado…

Un chirrido, seguido por una sirena que los ensordeció, interrumpió su enumeración de las virtudes de Chveya. Varios niños gritaron, la mayoría se tapó las orejas. Nunca habían oído ese ruido.

—Algo va mal —dijo Dza a Chveya. Chveya notó que Dza no se tapaba los oídos. Parecía tan tranquila como un búho.

—Creo que debemos quedarnos aquí hasta que Padre nos diga qué hacer —dijo Chveya. Dza asintió.

—Veamos a quiénes tenemos y no les perdamos el rastro.

Era buena idea. Chveya le envidiaba el haber tenido la presencia de ánimo para pensar en ello, pero sabía que no importaba quién tuviera las buenas ideas, sino ponerlas en práctica. Y Dza era una líder nata. Chveya daría ejemplo obedeciendo rápida y voluntariamente, mientras las decisiones de Dza fueran razonables.

Dza había estado trabajando con los varones. Pronto los contó. Motya, el menor; Xodhya, Yaya y Zhyat. Los llevó hasta el lugar donde Chveya estaba con las pequeñas. Chveya ya había hecho su recuento porque las niñas se ejercitaban juntas cuando había sonado la sirena.

—Ahora sentaos aquí y esperad —ordenó Dza a todos los niños.

—¿No pueden apagarla? —gimió la aterrada Netsya.

—¡Tápate los oídos, pero sigue mirando a los demás! —gritó Dza—. No cierres los ojos.

Dza era rápida: si los niños no podían oír tenían que mirar, para recibir instrucciones si era preciso hacer algo. Chveya sintió otro aguijonazo de envidia. Para colmo, comprobó hasta qué punto Dza se había ganado la lealtad, confianza y respeto de todos.

Aun la mía, pensó Chveya. Sin duda es la hija primera, ahora que no alardea de ello.

Un par de piernas aparecieron por la escalerilla que conducía al centrífugo. Piernas largas, de pies grandes y torpes. Oykib. Y más torpe que de costumbre, porque llevaba un bulto bajo el brazo, algo envuelto en tela.

Cuando llegó al suelo, se dirigió a Dza, como si ya supiera quién estaría al mando.

—No es tan estridente en los dormitorios —gritó—. ¿Puedes llevar a los niños a sus camas? Dza asintió.

—Allí los quiere Nafai, si puedes hacerlo sin perder a ninguno.

—De acuerdo —dijo Dza, y de inmediato impartió órdenes. Los pequeños comenzaron a subir por la escalerilla, y Dza les recordó que aguardaran en el tubo que estaba fuera del centrífugo hasta que ella llegara allí. Chveya se sintió totalmente prescindible.

Oykib le entregó el bulto envuelto en tela.

—Es el índice —dijo—. Elemak está despierto. Ocúltalo.

Chveya quedó anonadada. Nunca se había permitido a los niños tocar el índice, ni siquiera envuelto en tela.

—¿Padre te dijo que…?

—Ocúltalo —insistió Oykib—. Donde a Elemak no se le ocurra buscarlo.

Le apretó el bulto contra el estómago y ella lo aferró instintivamente con los brazos. Oykib dio media vuelta y se fue, siguiendo a Dza.

Chveya echó una ojeada a su alrededor. ¿Podría ocultar el índice en el centrífugo? Difícil. Allí no había nada, salvo las máquinas de ejercicios, y éstas no ofrecían ningún escondrijo. Se calzó el índice bajo el brazo y aguardó su turno en la escalerilla.

Entonces vio, allí donde el suelo del centrífugo se curvaba para trazar su círculo en torno al centro de la nave, la juntura en la moqueta que indicaba la puerta de acceso. Cuando el centrífugo estaba detenido, podía abrirse la puerta para que alguien descendiera al sistema de engranajes que hacía girar el centrífugo. El problema era que el centrífugo tardaría media hora en detenerse aunque lo apagara en aquel mismo momento. Y luego tardaría otra hora en cobrar velocidad. Elemak comprendería que habían detenido el centrífugo por alguna razón. No podía contar con que no lo notara. Aunque nunca hubiera estado despierto durante el viaje, eso no significaba que no pudiera detectar ciertas anomalías en el funcionamiento de la nave.

En cambio, el solo hecho de que el centrífugo no se hubiera detenido le sugeriría que allí no había nada escondido.

Chveya corrió hacia la puerta de acceso y tiró de ella. No logró abrirla. El sistema de cierre la mantenía trabada mientras giraba el centrífugo. Corrió al botón de emergencia más próximo y lo pulsó. Sonó una alarma que se confundió con el bramido de la sirena principal. Ahora podía abrir la puerta de acceso, aunque el centrífugo giraba rápidamente. Alzó la puerta, y por la abertura vio los engranajes del centrífugo y algo que rodaba debajo. De pronto su perspectiva cambió, y comprendió que ella estaba en la superficie giratoria y el resto era la estructura de la nave, fija bajo las ruedas. En el tope de la escalerilla, la rotación parecía mucho más lenta. Las mismas revoluciones por minuto, pero tan cerca del centro la velocidad parecía disminuir.

Si suelto el índice, ¿se aplastará?

Más aún, si me caigo o siquiera rozo esa superficie, ¿me mataré o sólo quedaré mutilada y tullida de por vida?

Sudando de terror, extendió una y otra pierna, bajando por la abertura hasta llegar al soporte de los engranajes más próximos. Aferrándose con la mano derecha, apoyó el índice en la puerta mientras le ponía la mano debajo. Sosteniendo el índice con la palma, lo metió despacio en la abertura y estiró la mano hasta el tope del otro conjunto de engranajes, bajo el suelo del centrífugo. En un lugar donde cuatro barras de metal formaban un cuadrado, soltó el índice con cuidado, de modo que éste rodó hasta calzarse en un sitio. Allí estaba a buen recaudo: nada podía destruirlo y era demasiado ancho para caer más. Y nadie podía verlo a menos que descendiera hasta tener la cabeza bajo el nivel del suelo del centrífugo. Lo más probable era que Elemak, antes de llegar allí, pensara que era demasiado peligroso ocultar el índice en aquel lugar y se fuera a buscar a otra parte.

Y ahora que lo pensaba, era peligroso de veras. Y tenía que subir y encender de nuevo el centrífugo para que la alarma dejara de sonar antes de que se callara la sirena principal. Salir no era tan fácil como entrar, y ahora que no se concentraba en ocultar el índice tuvo tiempo de coger verdadero miedo. Despacio, se dijo. Con cuidado. Un resbalón y tardarán un mes en recoger los pedazos.

Al fin salió, estirándose sobre la abertura. Caminó como una araña hasta alejarse, se levantó de un brinco y cerró la puerta. El pestillo se trabó con un chasquido, y Chveya pudo encender el centrífugo. Apenas notó su aceleración: estaba tan bien diseñado que la fricción apenas lo había detenido mientras el motor permanecía apagado.

La sirena se apagó. El silencio fue como un puñetazo. Le vibraban los oídos. Lo había logrado con quince segundos de diferencia.

En el silencio, oyó una voz en la escalerilla.

Miró hacia arriba. Piernas. No eran las de Padre. No eran las de un niño. Si la encontraban allí, Elemak se preguntaría por qué no se había ido con los otros niños.

Sin ni siquiera pensarlo, se aplastó contra el suelo, adoptó la postura fetal, hundió la cara entre las manos y se puso a gimotear, temblando de miedo. Que pensaran que era presa del pánico, que estaba paralizada, aterrada por ese ruido estridente. Que pensaran que era débil, que no podía controlarse. La creerían, porque nadie sabía que era una persona capaz de realizar peligrosas piruetas bajo un centrífugo. ¿Cómo iban a saberlo? Ni siquiera ella lo había sabido, y ni siquiera ahora podía creerlo.

—Levántate —dijo el hombre—. Cálmate. Nadie va a hacerte daño.

No era Elemak. Era Vas, el padre de Vasnya y Panya. El esposo de la tía Sevet. Conque no sólo Elemak estaba despierto.

—No te avergüences —dijo Vas—. Este ruido afecta a la gente. Deberías ver a los más pequeños. Tardaremos horas en tranquilizarlos.

—¿Los pequeños? —Chveya comprendió al instante que no se refería a los de doce y trece años—. ¿Se han despertado los chiquillos?

—Todos están despiertos. Cuando suena la alarma.

—¿Y por qué ha sonado?

Una sombría expresión de cólera cruzó el rostro del tío Vas.

—Pues tendremos que averiguarlo. Pero si no nos hubiera despertado, no habríamos tenido la oportunidad de verte con tus… ¿catorce años?

—Quince.

—Feliz cumpleaños —gruñó Vas—. Sin duda mi hija Vasnaminanya, con sus ocho años, estará encantada de ver a su querida prima Veya. Te gustará jugar a las muñecas con ella, ¿verdad?

Chveya sintió vergüenza. Vasnya había sido su amiga, la única niña del primer año que la había tratado bien y la incluía en sus juegos aun cuando Dza decretaba que Chveya era una intocable. Pero como los padres de Vasnya eran amigos de Elemak, y no de Nafai, Vasnya se había quedado en las cámaras.

Chveya ya tenía seis años y medio más. Nunca volverían a ser amigas. ¿Y por qué? ¿Era por algo que había hecho Vasnya? No, ella era buena persona. Pero la habían dejado en su cámara.

—Lo lamento —murmuró Chveya.

—Bien, ya sabemos quién es culpable de esto, y por cieno no es un niño. Elemak ha tomado el mando. Debió haberlo hecho hace tiempo.

Trataba de parecer amable y no asustarla, pero Chveya no era tonta.

—¿Qué le habéis hecho a Padre?

—Nada —dijo Vas con una sonrisa—. Pero no parecía muy interesado en cuestionar la autoridad de Elemak.

—Pero él tiene el manto del…

—El manto del piloto. Sí, todavía lo tiene.

Los mellizos, Serp y Spel. Los hermanos menores de Chveya, tan pequeños que no se los podía incluir en la escuela. Elemak debe usarlos como rehenes, y amenaza con lastimarlos si Padre no accede a sus deseos.

—¿Conque usa niños para salirse con la suya? —preguntó Chveya con desdén.

Vas adoptó una expresión sumamente desagradable.

—¡Oh, qué cosa tan terrible! Algún día me explicarás por qué es tan malo que Elemak use a los niños para salirse con la suya, cuando está bien que tu padre haga exactamente lo mismo. Ahora ven conmigo.

Mientras subía por la escalerilla, Chveya trató de encontrar una clara diferencia entre usar a los niños como rehenes, como Elemak, y dar a los niños la libre opción de unirse a Nafai para controlar la colonia. Porque a fin de cuentas se trataba de eso, ¿o no? De usar a los niños para obtener y mantener el control de toda la colonia.

Pero claro que era distinto; había una evidente diferencia moral, y si recapacitaba sería capaz de explicarla y todos comprenderían que la escuela era algo decente, mientras que usar a los mellizos como rehenes era una atrocidad indecible. Ya pensaría en ello.

Entonces pensó en otra cosa totalmente distinta. Oykib le había dado el índice. Sabía que Dza protegería a los niños, pero cuando llegó el momento de ocultar el índice del Alma Suprema, se lo dio a Chveya en vez de hacerlo él mismo. Y ni siquiera le había indicado dónde ocultarlo.

Todos estaban reunidos en la biblioteca. Era la única sala con tamaño suficiente para albergarlos, pues era una habitación amplia que ocupaba casi todo el ancho de la nave. Había bebés que lloraban y chiquillos de aspecto desconcertado y atemorizado. Chveya conocía a todos los pequeños. No habían cambiado, y estaban reunidos alrededor de las madres: Kokor, Sevet, Dol y Eiadh, la esposa de Elemak. Pero esta última no abrazaba a Zhivya, su hijo más pequeño. No, la tía Eiadh abrazaba a Spel, uno de los mellizos.

Y Elemak, de pie a un lado de la biblioteca, sostenía a Serp.

Nunca os perdonaré esto, pensó Chveya. Tal vez yo no pueda elaborar una teoría moral, pero habéis capturado a mis hermanos y amenazáis con causarles daño.

—Chveya —dijo Luet en cuanto la vio.

—Silencio —se impuso Elemak—. Ven aquí —le ordenó a Chveya.

Ella caminó hacia Elemak y se detuvo a varios pasos.

—Mírate —dijo Elemak con airado desdén.

—Mírate tú —replicó Chveya—. Amenazando a un bebé. Tus hijos deben estar orgullosos de su valiente padre.

Una oleada de furia sacudió a Elemak, y Chveya notó que su contacto con ella adquiría una fuerza casi negativa. Por un instante él deseó matarla.

Pero no hizo ni dijo nada hasta calmarse un poco.

—Quiero el índice —dijo Elemak—. Oykib dice que te lo ha dado a ti.

Chveya se volvió hacia Oykib, quien la miró impasible.

—Está bien —dijo Oykib—. Tu padre quiso esconderlo. Ahora el Alma Suprema le dice que entregue el índice a Elemak.

—¿Dónde está Padre? —le preguntó Chveya—. ¿Quién eres para hablar en su nombre?

—Tu padre está bien —le respondió Elemak—. Será mejor que escuches a tu fornido tío Oykib.

—Créeme —dijo Oykib—. Puedes decírselo. El Alma Suprema dice que está bien.

—¿ Cómo puedes saber lo que dice el Alma Suprema? —preguntó Chveya.

—¿Por qué no? —preguntó Elemak con sorna—. Todos lo saben. Esta sala está llena de gente a quien le gusta comunicar a los demás los deseos del Alma Suprema.

—Cuando lo oiga de labios de mi padre, te diré dónde está el índice.

—Tiene que estar en el centrífugo —dijo Vas—, si ha sido ella quien lo ha escondido. Oykib abrió mucho los ojos.

—Allí no hay lugar donde esconderlo. Elemak se volvió hacia Mebbekew y Obring.

—Id a encontrarlo —ordenó.

Obring se levantó al instante, pero Mebbekew lo hizo con deliberada lentitud. Chveya notó que su lealtad hacia Elemak era poca. Pero Mebbekew no sentía demasiada lealtad por nadie.

—Díselo, Veya —dijo Oykib—. Está bien, de veras.

No me interesa lo que digas tú, pensó Chveya. No he arriesgado el pellejo ocultándolo para que un traidor me convenza de entregarlo.

—No tiene importancia —dijo Oykib con desprecio—. El único poder del índice es que te capacita para hablar con el Alma Suprema. ¿Crees que el Alma Suprema tendrá algo que decirle, a un sujeto como él?

Elemak sonrió, caminó hacia Oykib, lo alzó de su silla con una mano y lo arrojó contra la pared. Oykib chocó, perdió el resuello y cayó al suelo, sujetándose la magullada cabeza.

—Eres alto y arrogante, mocoso —dijo Elemak—, pero no tienes con qué defenderte. ¿Nafai creyó que tendría miedo de un «hombre» como tú?

—Puedes decírselo, Chveya —dijo Oykib, sin responder a Elemak—. Él puede aporrear niños, pero no puede controlar el Alma Suprema.

Elemak apenas movió la mano, pero la cabeza de Oykib se estrelló contra la pared y el joven se desplomó.

Chveya vio las grandes y brillantes hebras de lealtad que la conectaban a Oykib. Nunca había sido así. Y comprendió que él soportaba la zurra de Elemak sólo para convencerla de que no era un traidor, de que decía la verdad. Podía entregar el índice a Elemak. Pero se resistía a hacerlo. Aunque Oykib tuviera razón y el índice fuera inútil, el tío Elemak no parecía pensar así. El quería tenerlo. Tal vez Chveya pudiera sacar partido de ello. Sin embargo, no podía permitir que Oykib recibiera más golpes.

—Te diré dónde lo he escondido. Obring y Meb se encontraban junto a la escalerilla del centro de la biblioteca.

—Cuando me permitas comprobar que Padre está bien —añadió Chveya.

—Ya te he dicho que está bien —dijo Elemak.

—Y sostienes a un bebé para salirte con la tuya —ironizó Chveya—. Eso demuestra que eres una persona noble que jamás diría una mentira. Elemak se sonrojó.

—Al crecer nos hemos vuelto insolentes, ¿eh? La influencia de Nafai sobre estos niños es maravillosa.

—Pero mientras hablaba, caminó hacia Luet y le entregó a Serp—. Yo no amenazo bebés.

—Ahora que has logrado que Padre se rinda —dijo Chveya.

—¿Dónde está el índice?

—¿Dónde está mi padre?

—A buen recaudo.

—También el índice.

Elemak se le acercó, se plantó ante ella.

—¿Tratas de regatear conmigo, niña?

—Sí —afirmó Chveya.

—Como dijo Oykib, el índice no me sirve de nada.

—Bien.

Él se inclinó y le susurró al oído:

—Veya, haré lo que sea para lograr mi propósito. En cuanto Elemak se apartó, ella dijo en voz alta:

—Me ha dicho: «Veya, haré lo que sea para lograr mi propósito.»

Los otros murmuraron. Tal vez les sorprendía que se atreviera a repetir en voz alta lo que Elemak le había susurrado. Tal vez les sorprendía la amenaza de Elemak. No importaba. La red de relaciones estaba cambiando. La influencia de Elemak sobre sus amigos se debilitaba. El temor aún los ligaba a él; se había fortalecido al zurrar a Oykib, pero la entereza de Chveya frente a sus amenazas había minado la lealtad de quienes le seguían voluntariamente.

Elemak pareció intuirlo. Había sido un recio conductor de hombres y guiado caravanas por comarcas peligrosas; supo que perdía terreno aunque no tuviera el don de ver los lazos de lealtad y obediencia, amor y temor. Así que cambió de táctica.

—Intenta lo que quieras, Veya, pero no puedes convertirme en el villano de esta escena. Tu padre y sus cómplices en esta confabulación traicionaron al resto. Tu padre mintió cuando prometió despertarnos en mitad del viaje. Tu padre privó a nuestros hijos de su derecho de nacimiento. Míralos. —Señaló a los pequeños que aún trataban de reconocer en aquellos altos adolescentes a los niños de su edad a quienes recordaban haber visto hacía sólo unas horas, antes de dormirse para el lanzamiento—. ¿Quién ha tratado mal a los niños? ¿Quién los ha explotado? Yo no.

Chveya notó que Elemak recobraba su ascendiente.

—¿Entonces por qué tu esposa sostiene a Spel? —preguntó.

Eiadh se puso de pie y escupió su respuesta:

—¡Yo no retengo bebés, mocosa insolente! Estaba llorando y lo he consolado.

—Tal vez su propia madre lo hubiese hecho mejor —dijo Chveya—. Tal vez tu esposo no quiere que le devuelvas el niño a su madre.

Eiadh miró a Elemak, quien reaccionó con un gesto que demostró que Chveya tenía cierta razón. A regañadientes, Eiadh entregó el niño a Luet, quien lo aceptó y lo sentó sobre su otra rodilla. Entretanto, Luet había guardado silencio. Por qué calla Madre, se preguntó Chveya. ¿Por qué estos adultos han dejado que Oykib y yo nos encarguemos de hablar?

(Porque tienen niños.)

El pensamiento llegó a su mente con tal claridad que supo que era el Alma Suprema. También comprendió de inmediato lo que quería decir. Como los adultos tienen niños pequeños, temen la reacción de Elemak. Sólo adolescentes como Oykib y yo estamos en libertad de ser valientes, porque no tenemos hijos que proteger.

(Sí.)

Si puedes hablar, y está bien que le entregue el índice a Elemak, ¿por qué no lo dices?

Pero no hubo respuesta.

Chveya no comprendió lo que hacía el Alma Suprema. ¿Por qué le decía a Oykib una cosa sin confirmársela a ella, sin decirle lo que ella necesitaba saber? El Alma Suprema podía intervenir para explicarle por qué los adultos no decían nada, pero no le ofrecía ningún consejo.

Tal vez eso significara que estaba haciendo lo correcto.

(Sí.)

—Llévame a ver a Padre —dijo Chveya—. Cuando vea que está ileso, te daré el índice.

—La nave no es tan grande —dijo Elemak—. Puedo encontrarlo sin tu ayuda.

—Puedes intentarlo —dijo Chveya—. Pero el solo hecho de que te niegues a mostrarme a mi padre demuestra que lo has lastimado y no deseas que esta gente se entere de lo violento, terrible y perverso que eres.

Por un momento pensó que la golpearía. Pero fue sólo por la expresión que cruzó los ojos de Elemak. Ni siquiera movió las manos.

—No me conoces —murmuró Elemak—. Eras una chiquilla cuando nos vimos por última vez. Es posible que yo sea como tú dices. Pero si fuera tan terrible, perverso y violento, ¿por qué no estás magullada y herida?

—Porque no te ganarás el respeto de tus matones si abofeteas a una niña —dijo fríamente Chveya—. El modo en que has tratado a Oykib demuestra lo que eres. El hecho de que no me estés tratando igual sólo demuestra que no estás seguro de dominar la situación.

—Claro que no domino la situación —respondió Elemak con serenidad—. Nunca pensé que fuera así.

Tu padre es el único que quiere dominar a la gente. Yo tengo que contenerlo, pues de lo contrario él usará ese manto para imponer a todos su voluntad. Sólo busco ecuanimidad. Por ejemplo, todos los niños que han crecido pueden dormir el resto del viaje mientras los nuestros aprovechan la oportunidad de alcanzarlos. ¿Es tan terrible, perverso y violento desear semejante cosa?

Chveya comprendió que Elemak era muy hábil en eso. Con solo unas cuantas palabras podía reconstruir lo que ella había derribado.

—Bien —dijo Chveya—. Eres un hombre tierno, razonable y decente. Entonces permitirás que Oykib, Madre y yo vayamos a ver a Padre.

—Quizá. En cuanto tenga el índice.

Por un momento Chveya pensó que Elemak había cedido. Que ella sólo tendría que revelarle dónde estaba el índice para que él le dejara ver a su padre. Pero Oykib intervino.

—¿Creerás a este embustero? El afirma que Nafai intenta imponer su voluntad con el manto, pero no quiere que nadie recuerde que él y Meb planeaban asesinar a Nafai. Eso es él, un asesino. Incluso traicionó a nuestro padre en Basílica. Le tendió una trampa para que Gaballufix lo matara, y si el Alma Suprema no hubiera avisado a Luet…

Elemak lo silenció asestándole un golpe brutal con el brazo. En la baja gravedad, Oykib voló por la sala y se golpeó la cabeza contra una pared. Aunque la gravedad era escasa la masa no disminuía —como habían aprendido todos los niños de la escuela—, así que Oykib chocó con todo su peso. Flotó inconsciente hacia el suelo.

Los adultos ya no guardaban silencio. Rasa gritó. Volemak se puso de pie y le gritó a Elemak:

—¡Siempre has sido un asesino en el fondo! ¡No eres mi hijo! ¡Te desheredo! ¡Todo lo que tienes ahora será robado!

Elemak le respondió con otro grito, perdiendo momentáneamente la serenidad:

—¡Tú y tu Alma Suprema! ¿Qué eres? ¡Nada! ¡Un gusano débil y quebrantado! Yo soy tu único hijo, el único hombre verdadero que has engendrado, pero siempre preferiste a ese embustero servil.

—Nunca lo preferí —respondió Volemak en voz baja—. Te lo di todo. Te lo confié todo.

—No me diste nada. Abandonaste nuestros negocios, nuestra riqueza, nuestra posición, todo. Por un ordenador.

—Y tú me entregaste a Gaballufix. En el fondo eres un traidor y un asesino, Elemak. No eres mi hijo.

Chveya comprendió que ya era suficiente. En aquel momento, aunque el miedo subsistía, se disipó toda lealtad a Elemak. La gente aún le obedecería, pero nadie lo haría voluntariamente. Aun su hijo mayor, Protchnu, un pequeño de ocho años, miraba a su padre con espanto y horror.

Rasa y Shedemei cuidaban de Oykib.

—Creo que se repondrá —dijo Shedemei—. Debe de tener una conmoción y quizá tarde en despertar, pero no hay nada roto.

El silencio se prolongó después de esas palabras. Oykib se repondría, pero nadie olvidaría quién había causado sus heridas. Nadie podría olvidar el salvajismo de ese golpe, la furia con que había sido asestado, ni al desvalido Oykib volando por el aire. Elemak sería obedecido, pero no amado ni admirado. No era el líder escogido por nadie. Nadie estaba de su parte.

—Luet —murmuró Elemak—, ven conmigo y Chveya. Issib también. Quiero que seáis testigos de que Nafai está bien. También quiero que seáis testigos de que no volverá a estar al mando de esta nave.

Mientras Chveya seguía a Elemak escalerilla abajo, hasta una de las bodegas, se preguntó por qué no la había llevado a ver a su padre cuando ella se lo había pedido. No tenía sentido.

(No te llevó porque se lo exigiste.)

Qué pueril.

(No, fue prudente. Si deseaba afianzar su autoridad, tenía que establecer un control total desde el principio.)

Pues eso ha hecho.

(Al contrario. Entre Oykib y tú, y Volemak al final, lo habéis quebrantado. Ya ha perdido. Tal vez tarde un tiempo en enterarse, pero ha perdido.)

Chveya sintió la euforia del triunfo mientras seguía a Elemak camino de la bodega donde estaba encerrado su padre.

La euforia se disipó pronto, sin embargo, cuando vio cómo lo habían tratado. Su padre yacía en el suelo en un compartimiento, con las muñecas brutalmente amarradas a la espalda. Chveya vio la hinchazón de la piel, la palidez de las manos. También le habían atado los tobillos, con la misma fuerza. Lo habían arqueado brutalmente, torciéndole las piernas hacia atrás de tal modo que le llegaban a la nuca. Luego habían llevado las cuerdas por el estómago hasta la ingle y las habían pasado entre las piernas, anudándolas detrás de las nalgas a las muñecas atadas. El resultado era que las cuerdas ejercían una presión constante. Su padre sólo podía aliviar la presión que sentía en los hombros y en la ingle alzando más las piernas o arqueándose más hacia atrás. Pero como ya estaba muy estirado en esa dirección, no había alivio. Tenía los ojos cerrados, pero su rostro enrojecido y sus jadeos indicaron a Chveya que estaba dolorido y que en esa postura imposible hasta respirar le resultaba penoso.

—Nafai —murmuró Madre. Nafai abrió los ojos.

—Hola —musitó Nafai—. ¿Ves cómo una pequeña tormenta en el mar puede dificultar la travesía?

—Qué bien lo has amarrado —rezongó Issib—. Qué torturador tan inventivo eres.

—Es un procedimiento bastante normal en el desierto ante la conducta pertinaz de alguien imprescindible —dijo Elemak—. No puedes matar al rebelde ni dejarlo libre. Un par de horas así suelen ser suficientes. Aunque Nyef siempre ha sido un joven muy porfiado.

—¿Puedes respirar, Nafai? —preguntó Madre.

—¿Tú puedes? —preguntó Padre. Sólo entonces Chveya se dio cuenta de que el aire estaba un poco enrarecido.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Elemak.

Issib respondió por Nafai.

—El sistema de soporte vital no puede sostener a tanta gente despierta al mismo tiempo. Ya se está esforzando. El oxígeno disminuirá a medida que pasen las horas.

—No hay problema —dijo Elemak—. Pondremos a dormir a todos los traidores y embusteros el resto del viaje, y también a sus hijos.

—No lo harás —susurró Padre. Elemak lo miró en silencio.

—Creo que el ordenador de la nave hará lo que yo quiera cuando yo tenga el índice. Padre no se dignó responder.

—El índice, Chveya —dijo Elemak—. He cumplido mi palabra.

—Desátalo —dijo Chveya.

—No puede hacerlo —comentó Issib—. Nafai tiene el manto. No se lo puede arrebatar. Si lo deja en libertad, Nafai recobrará el control en cuestión de un instante. Nadie podría oponérsele.

Eso era lo que Elemak había logrado con la captura de los mellizos. Padre se había dejado amarrar para que sus pequeños no sufrieran daño. Por primera vez Chveya comprendió cuan impotentes eran sus padres.

Sólo la gente sin hijos era libre de actuar a su antojo. Si debías proteger a tus pequeños, eras más vulnerable.

—¿No puedes aflojar las cuerdas? —preguntó Chveya—. No tienes que dejarlo en esa posición.

—No, no tengo que hacerlo —puntualizó Elemak—. Pero quiero. A fin de cuentas, soy perverso, terrible y violento. El índice, Chveya, o tu madre correrá la misma suerte. A él no le hace del todo daño, porque tiene el manto, pero a ella ningún manto la curará.

Chveya notó que Madre se envaraba.

—No lo harás —lo desafió Chveya.

—¿De veras? Ya que Oykib, tú y Padre han logrado que todos me odien, ya no puedo crearme más dificultades. Y si demuestro que puedo tratar a una mujer con tanto rigor como a un hombre, tal vez no tenga que soportar más intromisiones de pequeñas zorras como tú.

—Díselo —terció Padre resignado. Lo había oído de sus propios labios. Ya nada podía lograr con su resistencia.

—Te llevaré —dijo Chveya—. Está en el centrífugo. Pero tendrás que esperar a que se detenga. No puedes sacarlo mientras esté en movimiento.

—¿Dentro de los engranajes? —dijo Elemak—. Tantas molestias… lo habría deducido tarde o temprano. De acuerdo, largo de aquí, todos. Cerraré con llave esta puerta, y apostaré un guardia, así que ni soñéis en entrar para desatarlo. Tenéis suerte de que ya no lo haya matado.

Y por un instante Chveya se preguntó por qué Elemak no lo había matado. Lo había intentado antes, ¿o no? Tiene que ser el manto. No es fácil matar a Padre mientras está dentro de la nave o cerca de ella. Tal vez Elemak ni siquiera pueda tocarlo, y mucho menos hacerle daño, a menos que Padre lo permita. Y si trata de matarlo, tal vez ni siquiera se necesite una reacción voluntaria de Padre para devolver el golpe. Tal vez el manto responda automáticamente. O tal vez el Alma Suprema lo controle. Pero eso equivale a una respuesta automática, ¿verdad? El Alma Suprema es sólo un ordenador.

(Y tú eres sólo un conjunto de compuestos orgánicos.)

Chveya se sonrojó. Se dejó llevar por Elemak y los demás fuera de la habitación, y sólo a último momento se acordó de decir:

—¡Padre, te amo!

Al principio Elemak insistió en recobrar el índice mientras el centrífugo estaba en movimiento, pero cuando comprobó que no podía sacarlo sin grave peligro de caerse y ser triturado por las ruedas, aguardó de mala gana a que la máquina se detuviera. Fuego ordenó a Obring que lo sacara. Chveya comprendió por qué Elemak no se atrevía a descender por la abertura: temía que alguien lo dejara encerrado. Podría salir con prontitud por una u otra puerta —había pasajes que conducían al resto de la nave— pero alguien ya habría llegado a donde estaba Nafai para liberarlo. Ya no podía fiarse de nadie. Así que fue Obring quien bajó, y fue Obring quien entregó a Elemak el índice envuelto en un paño.

—No puedo creer que esta chiquilla se haya metido allí mientras esa cosa se movía —dijo Obring.

Elemak no respondió, pero Chveya se enorgulleció del cumplido. Lo había hecho bien. Y aunque Oykib, por alguna razón, le había dicho a Elemak quién había escondido el índice, ella había logrado debilitar la posición de Elemak y visitar a Nafai.

Elemak apartó el paño y sostuvo el índice en las manos. Nada pasó.

Se volvió hacia Issib.

—¿Cómo funciona? —preguntó.

—Así —dijo Issib—. Tal como lo estás haciendo.

—Pero no está haciendo nada.

—Claro que no —dijo Issib—. El Alma Suprema lo controla, y no quiere hablar contigo. Elemak se lo entregó a Issib.

—Pues hazlo tú. Ordénale que haga lo que te digo, o Hushidh terminará en la bodega con Nafai.

—Lo intentaré, pero no creo que el Alma Suprema se deje engañar sólo porque yo lo sostengo. No se someterá a tu voluntad.

—Cállate y hazlo —ordenó Elemak. Issib descendió al suelo y recibió el índice. Apoyó en él las manos. No pasó nada.

—¿Ves? —dijo.

—¿Qué sucede habitualmente? —preguntó Elemak—. ¿Puede ser que reaccione con lentitud?

—Nunca es lento —dijo Issib—. No funcionará mientras el capitán no esté al mando de la nave.

—Capitán —escupió Elemak con desprecio.

—Cada vez tendremos menos oxígeno —planteó Issib—. La nave sólo puede descomponer el bióxido de carbono a cierta velocidad, y tenemos a gran cantidad de gente respirando.

—Conque el Alma Suprema intenta valerse de la provisión de oxígeno para someterme.

—No se trata del Alma Suprema —lo contradijo Issib—. No controla los sistemas directamente, y no podría desactivarlos para dañar a seres humanos. Las máquinas tienen dispositivos de seguridad incorporados. Así son las cosas.

—Bien —dijo Elemak—. Pondremos a dormir a toda la gente que no quiero despierta. Incluso dejaré que Nafai duerma el resto del viaje, aunque creo que lo dejaré atado durante la siesta.

—¿Para que quede más tullido que yo? —preguntó Issib.

—Buena idea —aprobó Elemak—. Nunca me has dado ningún problema.

—No importa lo que planees. El Alma Suprema puede impedir que actives las cámaras de animación suspendida. Sólo tiene que enviar una señal de peligro a los ordenadores que las controlan. No puedes anular esa orden.

Elemak recapacitó.

—Bien —dijo—. Puedo esperar.

—¿Crees que puedes esperar más que el Alma Suprema?

—Creo que el Alma Suprema no desea que este viaje fracase. Creo que al fin comprenderá que yo estaré al mando de la colonia, y se adaptará.

(Ni lo sueñes.)

—Ni lo sueñes —repitió Chveya.

—Vaya —exclamó Elemak, volviéndose hacia ella—. ¿Ahora el Alma Suprema habla contigo?

Chveya calló.

(Puedo cumplir mi misión primaria aunque en la nave no haya ningún organismo vivo.)

—El Alma Suprema puede cumplir su propósito esencial aunque todos los organismos de la nave estén muertos —dijo Chveya.

—Eso les dice a los crédulos —dijo Elemak—. Creo que pasaremos unos días interesantes mientras averiguamos si el Alma Suprema es sincera.

—Los bebés morirán primero —señaló Issib—. Y los ancianos.

—Si uno de mis bebés muere por esto —dijo Elemak—, entonces por mí todos pueden morir, y me incluyo. La muerte sería mejor que otro día a las órdenes de ese bastardo artero, bravucón y traidor a quien Padre me dio por hermano. —Elemak se volvió hacia Chveya con una sonrisa—. No quiero decir nada malo de tu padre delante de ti, pequeña. Pero, como te pareces tanto a él, quizá lo hayas tomado como un elogio.

El odio de Chveya pudo más que el miedo a la ira de Elemak.

—Me avergonzaría de él —dijo— si un hombre como tú no lo odiara.

¿Obring reía entre dientes a espaldas de Elemak? Elemak se volvió para ver, pero Obring era todo inocencia.

Ya has perdido, pensó Chveya. El Alma Suprema tenía razón. Ya te hemos derrotado. Ahora esperemos que nadie muera mientras tú te das por enterado.

8. LIBERADO

Luet estaba furiosa, pero no con Elemak. Para ella, Elemak era como una fuerza de la naturaleza: odiaba a Nafai y aprovecharía cualquier excusa para hacerle daño. Había muchas cosas entre ellos, demasiado resentimiento, demasiada culpa por los anteriores intentos de Elemak de matar a su hermano. No se afrontaba una situación así tratando de cambiar a Elemak. Se manejaba buscando el modo de no provocarlo.

Tú nos has llevado a esto, le dijo Luet al Alma Suprema. Fue idea tuya. Has forzado las cosas. Nos has manipulado a todos, a Nafai, a mí y a los padres de los otros niños, para que nos prestáramos a estos juegos con el tiempo.

(Y tenía razón.)

Pero no esperabas que despertaran, ¿verdad?

(Sigo teniendo razón. Todo se resolverá.)

Mis bebés tienen problemas para respirar. Apenas pueden comer porque tardan tanto en tragar que boquean tratando de aspirar en cuanto terminan. Estamos muriendo, y tú me dices que todo se resolverá.

(Faltan días para que haya peligro de que alguien muera.)

Bien, eso me tranquiliza.

(No soy Elemak. Yo no obligué a Elemak a hacer las cosas que hizo.)

Tú lo preparaste todo. Tú nos has puesto en esta situación.

(¿Crees que este día nunca hubiera llegado? ¿Que si os portabais bien Elemak nunca se alzaría contra vosotros? Mejor que haya sido aquí, donde tengo cierto dominio sobre la situación, que en la Tierra, con vosotros librados a vuestra suerte.)

No, en la Tierra no estaremos librados a nuestra suerte. Nos cuidará el Guardián de la Tierra. Y si nos tiene tanto aprecio como tú, todos habremos muerto en menos de un año.

(El Guardián es mucho más poderoso que yo.)

Me alegra saberlo.

(Entiendo tu furia, pero no dejes que enturbie tu lucidez.)

No, debemos conservar la lucidez mientras jadeamos para obtener oxígeno, mientras vemos que nuestros hijos se vuelven apáticos y letárgicos, mientras pensamos en un esposo atado y encorvado, con las manos y las muñecas agarrotadas por las cuerdas…

Así era la conversación de Luet con el Alma Suprema, hora tras hora. Luet sabía que después de descargar su rabia callaría, asumiría la situación y al fin aceptaría que las cosas habían salido del mejor modo posible. Pero aún no estaban resueltas. Y si esto era lo mejor, costaba imaginar qué sería lo peor, o siquiera lo aceptable. Eso era algo que nunca podía saberse: qué habría ocurrido. La gente hablaba como si se pudiera. «Si no hubiera sonado esa alarma.» «Si Nafai no hubiera sido tan bocazas cuando niño.» Ésta era la favorita de Nafai, ya que siempre se culpaba de todo.

Pero nada tiene una sola causa, pensó Luet, y con eliminar una no siempre se eliminan los efectos, ni siquiera mejoran las cosas.

Algún día dejaré de sentir esta rabia profunda e irracional contra el Alma Suprema, pero no ahora, no con el recuerdo de Nafai atado tan fresco en la memoria, tan vivo en mis pesadillas. No cuando mis hijos resuellan cada vez que tragan un bocado. No cuando el sanguinario Elemak controla a toda la gente de esta nave.

Si tan sólo nos hubiéramos resistido al Alma Suprema y no hubiéramos organizado esta escuela durante el viaje.

En el fondo de su corazón rabiaba, despotricaba contra el Alma Suprema, inventaba largos e incisivos discursos que nunca podría pronunciar ante Elemak, Mebbekew, todos sus simpatizantes.

Pero ante los demás se mostraba tranquila e impasible. Parecía confiada, serena, ni siquiera molesta. Sabía que esto afectaría a Elemak y a sus seguidores. Su despreocupación los preocuparía; era todo cuanto podía hacer, aunque no fuera mucho.

Ellos. Nosotros. Había dado en considerar a los seguidores de Elemak y sus familias como los «elemaki» —la gente de Elemak— y a los que habían participado en la escuela como los «nafari». Normalmente esos sufijos se usaban para referirse a naciones o tribus. Pero ¿no somos tribus en esta nave, por escasos que seamos en número?

Elemak había ordenado que las familias nafari comieran juntas en la biblioteca, y él o Meb escoltaban a cada familia de regreso a sus atestados aposentos y cerraban la puerta. Mientras ellos no estaban, Vas y Obring montaban guardia. Luet los estudiaba mientras comía en la biblioteca. No parecían cómodos con su función, pero ignoraba si era por vergüenza o porque no confiaban en su capacidad para imponerse en una confrontación física.

Algunas mujeres elemaki realizaban descorazonados intentos de conversar en la biblioteca durante las comidas, pero Luet, con su expresión impasible y su silencio, actuaba como si no existieran. Se iban enfadadas, especialmente Kokor, la hija menor de Rasa, que comentó incisivamente:

—Tú misma te has metido este aprieto, dándote aires porque te llamaban la vidente de las aguas.

Como aquello nada tenía que ver con el conflicto, era evidente que Kokor simplemente manifestaba su antiguo resentimiento contra Luet. Era difícil no reírse de ella.

El silencio de Luet ante las mujeres elemaki no estaba motivado por el rencor. Luet sabía que ellas no tenían nada que ver con las decisiones de los hombres; que Dol, la esposa de Meb, y Eiadh, la esposa de Elemak, estaban profundamente mortificadas por lo que hacían sus esposos. Pero si les demostraba comprensión, si les permitía cruzar la línea invisible que separaba a Elemak de Nafai, las haría sentirse mucho mejor. Haría que se sintieran cómodas, incluso nobles por haber ofrecido su amistad a la afligida esposa de Nafai. Luet no quería que se sintieran cómodas. Quería que se sintieran incómodas, que se quejaran a sus esposos hasta que la presión fuera tan fuerte que los demás comenzaran a temer la irritación y el desprecio de sus mujeres tanto como los de Elemak, y Elemak mismo pensara que con sus actos perdía más en el seno de su familia de lo que ganaba en esa zona tortuosa de su psique donde albergaba su odio por Nafai.

Siempre existía el peligro de que la presión adicional de su esposa volviera a Elemak más intransigente. Pero irritar a las mujeres elemaki era lo único que Luet podía hacer, y eso hacía.

Lo único raro era el extraño modo en que trataban a Zdorab y a Shedemei. Los vigilaban, los escoltaban a todas partes tal como a Luet, Hushidh e Issib, Rasa y Volemak. Pero en la biblioteca no eran sometidos al mismo control. Ellos y sus hijos se sentaban con Elemak, y podían hablar libremente.

Luet llegó a la ineludible conclusión de que la alarma que había abierto todas las cámaras de animación suspendida no había sido debida a un accidente, de que Zdorab se las había apañado para instalar no una sino dos señales, y que el Alma Suprema no había hallado la segunda. No era posible que Shedemei lo supiera; ya resultaba increíble que Zdorab lo hubiera sabido, pues él había colaborado en la instrucción de los niños, había formado parte de la escuela. Sus hijos habían crecido con los demás. ¿Tan retorcida era su mente, que le permitía aceptar la amistad de los nafari sabiendo que su señal de alarma pondría la vida de Nafai en peligro y dividiría a la comunidad como nunca? No, era inimaginable. Zdorab no podía haberlo hecho. Nadie podía actuar con tanta duplicidad, tanta…

Sin embargo Zdorab, con su hijo Rokya, estaba sentado frente a Dolya, la esposa de Meb. Shedemei, en cambio, permanecía apartada de los demás. Su vergüenza era casi palpable. Permanecía al lado de su hija Dabya, y hablaba sólo cuando le hablaban. No miraba a nadie, fijaba los ojos en el plato mientras comía y luego se marchaba cuanto antes. Luet ansiaba pedir a Chveya o a Hushidh que evaluaran las relaciones, para averiguar de qué parte estaba Zdorab. Pero le prohibían hablar con Hushidh, y tenían a Chveya aislada de los demás. Oykib también estaba aislado; los dos habían logrado llamar la atención de Elemak.

En el anochecer del segundo día llamaron a la puerta de sus aposentos, y al abrir Luet se encontró con Zdorab. Los mellizos dormían, respirando con rapidez pero con regularidad. Los mayores —Zhatva, Motiga, Izuchaya— no estaban dormidos, pero permanecían acostados para consumir la menor cantidad posible de oxígeno; les habían ordenado que lo hicieran siempre que fuera posible, y como todos sentían la escasez de oxígeno, cumplían sin resistencia esta orden de Elemak.

Luet miró a Zdorab en silencio.

—Debo hablarte —dijo él.

Luet pensó en cerrarle la puerta en las narices, pero no quería juzgarlo sin oír lo que tenía que decir. Lo hizo entrar. Se asomó al corredor y vio que Vas y Obring observaban. No era una visita clandestina, pues. A menos que aquellos dos corazones pétreos tuvieran el coraje de contravenir las órdenes expresas de Elemak.

Luet cerró la puerta.

—Fui yo —dijo Zdorab—. Sé que lo sabes, pero necesitaba contártelo. Elemak me dijo que debía decir que no podría haber cancelado mi programa de alarma aunque hubiera querido, pero lo cierto es que habría podido. Y quise hacerlo. Al final, cuando me dormía, traté de advertir a Shedya y a Nyef de que se detuvieran, de que abrieran mi cámara, de que…

Notó que sus palabras no surtían efecto. Miró hacia la puerta.

—No podía prever cómo saldrían las cosas. Creí que Elemak se lo tomaría como un hecho consumado, que buscaría un modo de que los demás niños recibieran instrucción durante los tres últimos años. Algo así. Vuestros hijos habrían tenido seis años y medio, los suyos tres y medio. No pensé en… la violencia, Nafai atado de este modo, y ahora el sistema de soporte, la falta de aire. ¿No puedes pedir al Alma Suprema que ceda y permita que la mitad de nosotros vuelva a dormir?

Conque de eso se trataba. Elemak y los demás usaban a Zdorab para persuadirla de salvarlos de las consecuencias de sus propios actos.

—Puedes decirle a Elemak que cuando libere a Nafai y le devuelva el control de la nave, él y su gente podrán volver a la cámara de animación suspendida. ¿O debería decir tú y tu gente?

Para asombro de Luet, a Zdorab se le humedecieron los ojos.

—Yo no tengo gente. Ni siquiera tengo esposa. Tal vez no tenga hijos.

Conque Shedemei no lo había sabido. Eso no la sorprendía.

—No espero que te apiades de mí —dijo Zdorab, enjugándose los ojos y recobrando la compostura—. Sólo quiero que entiendas que si hubiera sabido…

—¿Si hubieras sabido qué? ¿Que Elemak odiaba a Nafai? ¿Que quería matarlo? ¿Cómo pasaste por alto ese pequeño detalle, cuando todos vimos a Nafai ensangrentado después de la última conspiración de Elemak?

Los ojos de Zdorab relampaguearon de furia.

—No ha sido Elemak quien ha conspirado esta vez.

—No, ha sido el Alma Suprema —dijo Luet—. Y tú. En realidad, has logrado participar en la conspiración de unos y otros. —Entonces comprendió—. Y de eso se trataba, ¿verdad?

—Yo no pertenezco a la familia. Shedya y yo no somos parientes de nadie.

—Shedya es sobrina de tía Rasa.

—No es un parentesco de sangre…

—Es más próximo que eso.

—Pero no yo. Mis hijos quedarán atrapados en esta riña familiar entre Nafai y Elemak, haga lo que haga. No soy como Volemak o sus hijos. No tengo fuerza física, no soy muy hombre, según el modo en que se juzga a los hombres. ¿Cómo podía proteger a mis hijos? Pensé que si mantenía una buena relación con ambos…

—Eso es imposible. Y sobre todo ahora, gracias a ti.

—Hice lo que consideré mejor para mis hijos. Me equivoqué. Ahora ninguna de ambas partes confía en mí y mis hijos también pagarán por ello. Me equivoqué, y no me propongo ocultar que hice algo malo. Pero no trataba de traicionaros a ti o a Nafai. Hice lo que consideré mejor para mis hijos.

—Muy bien —dijo Luet fríamente—. Ya te has confesado. Si alguna vez me permiten hablar con alguien aparte de con mis hijos, diré a todos que sólo te impulsaba una altruista preocupación por tus descendientes.

—Mebbekew dice que eres fría.

—Y ya sabemos qué gran observador de los seres humanos es Meb.

—Pero se equivoca —continuó Zdorab—. No eres fría. Estás que ardes.

—Gracias por esa burda metáfora sobre mi carácter.

—Sólo recuerda, Luet. Sé que te he hecho daño, y que estoy en deuda contigo, profundamente y para siempre. No soy por naturaleza indigno. Actué como siempre han tenido que actuar los hombres como yo… buscando su supervivencia del mejor modo posible. Llegará un momento en que necesitarás mi ayuda, por mucho que me desprecies. Estoy aquí para decirte que cuando ese momento llegue me tendrás a tu disposición para lo que me pidas.

—Bien. Dile a Elemak que desate a mi esposo.

—Para lo que me pidas y esté en mi mano. Ya le he pedido que desate a tu esposo. Kokor y Sevet se lo han exigido. Tu hija mayor le escupió en la cara y lo acusó de ser un eunuco que tenía que encarcelar a los mejores para sentirse hombre.

Luet jadeó.

—¿Él la golpeó?

—Sí —contestó Zdorab—. Pero Chveya está bien. Todos se enfadaron con Elemak por ese acto, y no ha vuelto a acercarse a ella. Creo que sólo le sirvió para enemistarse con su esposa.

Y sin duda eso era lo que se proponía Chveya.

—Ése ha sido siempre el problema de Elya —dijo Luet—. Siempre responde a las palabras con actos. Puede silenciar al que habla, pero sólo confirma la verdad de lo que ha dicho.

—Y tú, con tu implacable silencio… las mujeres no hablan de otra cosa. Y Shedya se ha unido a tu boicot de la conversación. Todos quieren que Elemak se detenga. Creí que te gustaría saberlo. Lo que estás haciendo, lo que han hecho Chveya y Oykib, hasta el callado aguante de Nafai… vuestra resistencia es valiente y obstinada, y todos los partidarios de Elemak sienten… vergüenza.

Luet asintió gravemente. Necesitaba saber eso. Pero el hecho de que Zdorab se lo dijera no los convertía en amigos.

—He visto mucha valentía en estos dos días —dijo Zdorab—. Yo nunca he tenido esa clase de valentía que se demuestra abiertamente, a pesar de la impotencia, y obliga a los fuertes a llegar a lo peor. Chveya. Oykib. Mi vida habría sido diferente si yo hubiera actuado así. —Zdorab rió amargamente—. Sí, tal vez estaría muerto.

Luet cayó en la cuenta de que no sabía nada sobre Zdorab, sobre su pasado. Hablaba como si siempre hubiera vivido atemorizado y sin amigos. ¿Por qué?

Contra su voluntad, tuvo que admitir que las cosas se verían de otro modo desde la perspectiva de ese hombre. Para ella no había opciones. Tenía que hacer todo lo posible para ayudar a Nafai y al Alma Suprema a triunfar sobre Elemak, pues de lo contrarío ella se quedaría sin nada. Pero Zdorab podía concebir su futuro donde Elemak había vencido, y si eso ocurría —y ciertamente podía ocurrir— no era una bajeza moral preparar un sitio para él y sus hijos en el bando de Elemak.

El inconveniente era que podía terminar no teniendo lugar en ningún bando. Y así estaban precisamente las cosas ahora.

Trató de ser menos glacial cuando volvió a hablarle.

—Zdorab, lo que has dicho no ha caído en oídos sordos. Si te preocupas por el futuro, puedo decirte esto con plena confianza. Ninguno de nosotros tomará represalias contra ti, y menos contra tus hijos. No han perdido su lugar entre nosotros, si allí desean estar.

—Elemak perderá esta batalla —dijo Zdorab—. El problema es cuántos morirán antes de que él caiga.

—Espero que nadie.

—Sólo digo que pude haber venido aquí por mero egoísmo. No tienes motivo para confiar en mí.

Os engañé a todos. Pensabais que era uno de vosotros y os traicioné. Nunca podréis olvidarlo, y yo tampoco. Pero puedes contar con ello. Si Nafai o tú volvéis a necesitarme, allí estaré. Pase lo que pase. Aunque muera en el intento.

Luet apenas logró reprimir una respuesta socarrona.

—No es por mí —continuó Zdorab—. Ni siquiera es por vosotros. Es el único modo en que puedo redimirme ante mis hijos. Todos sabrán lo que hice, tarde o temprano. Por eso no me he molestado en tratar de ocultar esta conversación a tus hijos, los que están despiertos con los ojos cerrados. Mis hijos se avergonzarán de mí, aunque nadie se burle de ellos. De alguna manera, algún día, me redimiré ante sus ojos. Eso es lo que significa para mí la supervivencia. Creí que era sólo cuestión de permanecer con vida, pero no lo es. Nadie vive para siempre, de todos modos. Lo que importa es cómo te recuerdan. Lo que pensarán tus hijos de ti cuando hayas muerto. Eso es la supervivencia. —Miró a Luet a los ojos—. Y si algo puede decirse acerca de mí, es esto: soy un superviviente.

Se levantó del borde de la cama donde estaba sentado. Luet abrió la puerta y Zdorab se marchó.

En el silencio que siguió, Zhatva murmuró:

—Me alegra no estar en su lugar.

—No estés tan seguro —respondió Luet adustamente—. Nuestro lugar no es precisamente cómodo.

—Ojalá hubiera sido tan valiente como Veya —dijo Zhatva.

—No, no, Zhyat, no pienses así. Ella estaba en posición de servirse de la valentía para lograr algo. Tú no. Cuando llegue el momento en que necesites coraje, lo tendrás. Todo el que necesites. —Y para sí añadió en silencio: Ojalá nunca llegue ese día. Pero sabía que ese día llegaría, y tembló.

Oh Nafai, pensó. Sólo con que pudieras oírme como me oye el Alma Suprema. Si supieras cuánto te amo, cuánto me duele saber lo que estás sufriendo. Y lo único que puedo hacer es cuidar de los niños y confiar en el Alma Suprema y en que la naturaleza obre algún milagro para liberarte. Hago lo que puedo, pero no es suficiente. Si mueres, ¿qué será la vida para mí? Aunque los niños estén a salvo, aunque lleguen a ser adultos buenos, fuertes y maravillosos, no será suficiente si te he perdido. El Alma Suprema nos puede haber unido como peones en su juego, pero eso no significa que nuestro lazo sea más débil. Es fuerte, más poderoso que las cuerdas que te atan, pero si no estás junto a mí, yo me siento atada, encerrada en mi alma e inmovilizada, incapaz de respirar. Nafai.

Aquel nombre vibró en su mente. La imagen del rostro de Nafai era como una llamarada.

Se acostó, obligándose a relajarse, imponiéndose el sueño. Cuanto menos oxígeno respire, más tendrá él, más tendrán los niños. Debo dormir. Debo conservar la calma.

Pero no sentía calma, y cuando al fin cayó en un profundo sueño, su corazón latía con fuerza y ella respiraba acelerada y entrecortadamente, como si librara una batalla donde apenas lograba esquivar las estocadas del enemigo.

En la primera comida del tercer día, Elemak no estaba en la sala. Nadie se atrevió a preguntar dónde estaba, y a nadie le importaba. En su ausencia predominaba la cautela, y en su presencia el miedo. Claro que nadie confiaba en la buena voluntad de Meb, Obring y Vas. Meb parecía deleitarse en pequeñas crueldades, y era evidente que Obring disfrutaba de su situación de autoridad. Pero se sabía que traicionarían a Elemak en un santiamén si creyeran que eso podía beneficiarlos. Vas, por otra parte, parecía detestar lo que hacía. Aun así, lo hacía y era el que más gozaba de la confianza de Elemak. Elemak podía encomendarle una tarea sabiendo que la haría a conciencia, aunque Elemak no estuviera allí para observarlo, algo que no podía decirse de los otros dos hombres elemaki.

Ese día, sin embargo, al irse Elemak, se planteó el primer desafío abierto a su autoridad. Volemak, tras mirar a Rasa, se puso de pie e interpeló al grupo.

—Amigos y familiares —comenzó.

—Siéntate y cállate —dijo Mebbekew. Volemak miró a su hijo con soberana calma.

—Si quieres silenciarme —dijo—, eres libre de intentarlo. Pero en ausencia de la fuerza física, diré lo que debo.

Meb avanzó un paso hacia su padre. De inmediato, aunque nadie había dado instrucciones, Yasai, el hijo menor de Volemak, Zaxodh, el hijo mayor de Issib, y Zhatva, el hijo mayor de Nafai, se pusieron de pie. No estaban cerca de Volemak, pero la amenaza era manifiesta.

Meb se echó a reír.

—¿Creéis que tengo miedo de unos chiquillos?

—Te conviene andar con cuidado —advirtió Rasa—. Han vivido en baja gravedad durante seis años, mientras que tú no pareces mantener bien el equilibrio.

—Ven, Obring —dijo Meb. Obring dio un paso hacia Volemak. Ahora se levantaron Motiga, el segundo hijo de Nafai, y Padarok, el hijo de Zdorab. Poco después Zdorab mismo se puso de pie.

—Vas —dijo Meb—, puedes fingir que no te importa, pero a mí esto me huele a rebelión. Vas asintió.

—Obring, llama a Elemak.

—¡Podemos manejarlo nosotros! —rugió Meb.

—En efecto. Ya lo estamos haciendo muy bien. Obring miró a Vas ya Mebbekew, dio media vuelta y salió de la biblioteca.

—Como decía —continuó Volemak—, esta disputa está mal planteada. Fui yo quien se dirigió al desierto siguiendo la llamada del Alma Suprema, y fui yo quien condujo esta expedición. Es verdad que en el desierto delegué la autoridad cotidiana en Elemak, pero era sólo una medida provisional en reconocimiento de su destreza y experiencia. Asimismo, durante la travesía delegué el mando de la nave en Nafai, dado que el Alma Suprema le entregó el manto de capitán. Lo cierto es que soy el líder legítimo de este grupo, y cuando lleguemos a la Tierra no delegaré mi autoridad en nadie. Ni Elemak ni Nafai estarán al mando mientras yo viva.

—¿Y por cuánto tiempo será eso, anciano? —preguntó Meb.

—Por más tiempo del que deseas, gusano despreciable —replicó Volemak sin inmutarse—. Es evidente que Elemak está fuera de control. Con la amenaza de la fuerza y la colaboración de tres matones sin voluntad propia —Volemak miró a Vas a los ojos—, y como Nafai aceptó su cautiverio para salvar la vida de sus hijos, el motín de Elemak parece haber triunfado. Sin embargo, todos sabemos que en algún momento Elemak tendrá que aceptar la realidad. La nave no puede mantenernos despiertos a todos, y el Alma Suprema no le permitirá poner a nadie en animación suspendida mientras Nafai permanezca amarrado. Así que ahora solicito de todos el solemne juramento de reconocer únicamente mi autoridad y ninguna otra cuando haya pasado esta crisis. Mientras yo viva no habrá que escoger entre Nafai y Elemak, sino sólo obedecerme a mí, de acuerdo con este solemne pacto. Os invito a todos, hombres y mujeres, a prestar este juramento. Los que juren someterse a mi autoridad después de esta crisis, que se pongan de pie y digan que sí.

Todos los hombres que estaban de pie, salvo Vas y Mebbekew, pronunciaron un sonoro sí. Rasa, Hushidh, Luet y Shedemei también se levantaron, apoyadas por las jóvenes que habían participado en la escuela. Sus agudas voces se hicieron eco de las voces masculinas. Issib se levantó despacio y dijo que sí.

—Doy por sentado —dijo Volemak— que si Oykib y Chveya no estuvieran en aislamiento también prestarían este juramento, y los incluyo entre los ciudadanos legítimos de mi comunidad. Cuando Nafai sea liberado, le pediré que también preste el juramento. ¿Alguien duda de que él lo aprobará? ¿O de que luego cumplirá su palabra?

Nadie habló.

—Recordad, por favor, que os estoy pidiendo que aceptéis mi autoridad una vez que haya pasado esta crisis. No os pido que os pongáis en peligro presentando resistencia a Elemak en este momento. Pero si no prestáis juramento ahora, no sois ciudadanos de la colonia que fundaré en la Tierra. Desde luego, podéis solicitar la ciudadanía en otro momento, y entonces someteré esa petición al voto de los ciudadanos. En cambio, si prestáis juramento ahora, seréis ciudadanos desde el principio.

Para sorpresa de todos, Vas habló.

—Prestaré el juramento —dijo—. Cuando la crisis haya pasado, tu autoridad será la única que aceptaré mientras vivas. Y haré todo lo posible para que tu vida sea prolongada.

Una vez que Vas hubo hablado, su esposa Sevet se puso de pie con sus tres hijos menores.

—Prestaré el juramento —afirmó, y sus hijos la imitaron.

Los que permanecían sentados se sentían manifiestamente incómodos.

—Elemak no estará contento contigo —dijo Meb a Vas.

—Elemak nunca está contento —señaló Vas—. Yo sólo quiero paz y justicia.

—Mi padre también participó en la conspiración de Nafai —observó Meb—. No es precisamente imparcial.

—Sé que algunos están disconformes porque ciertos niños permanecieron despiertos y han recibido educación durante el viaje —dijo Volemak—. Lamentablemente, Elemak nunca nos ha dado la oportunidad de explicarnos. Todos aquellos cuyos hijos fueron incluidos en la escuela actuaron a instancias del Alma Suprema. Nafai era reacio a aceptar. Insistimos hasta que accedió. Estos niños fueron escogidos por el Alma Suprema, y ellos y nosotros aceptamos libremente esa elección. El resultado no es desdeñable. En vez de tener sólo un puñado de adultos y muchos niños improductivos, hemos dividido a la generación más joven, de modo que ahora tendremos una población continua de jóvenes llegando a la madurez durante muchas generaciones. Las desventajas que hoy creéis ver desaparecerán cuando comprendáis que tendréis más años de vida en la Tierra que quienes permanecieron despiertos durante el viaje.

Dol se puso de pie, pidiendo a sus hijos que la imitaran.

—¡Siéntate, zorra desleal! —exclamó Mebbekew.

—Mis hijos y yo seremos ciudadanos de tu colonia —dijo Dol—. Todos prestamos el juramento.

Mebbekew se lanzó hacia ella. Vas se interpuso entre Meb y su esposa, extendiendo la mano para contenerlo.

—No es buen momento para la violencia —dijo Vas—. Ella es ciudadana libre, y tiene derecho a opinar. Mebbekew apartó la mano de Vas.

—¡Nada de esto significará nada cuando regrese Elemak!

A poca distancia, Eiadh se puso de pie. Su hijo mayor, Protchnu, le tironeó de la manga para que se sentara.

—Después de la crisis —dijo Eiadh—, me someteré a tu autoridad, Volemak.

Protchnu se volvió hacia los otros niños y les gritó:

—¡No os atreváis a prestar el juramento! Los niños estaban obviamente asustados de su cólera.

—Veo que tus hijos menores son víctimas de la intimidación y que eso les impide jurar —dijo Volemak—. Así que más tarde tendrán la oportunidad de hacerlo libremente.

—¡Nunca jurarán! —gritó Protchnu—. ¿Soy el único leal a mi padre? ¡Sólo él tiene capacidad para dirigirnos!

Kokor se puso de pie, y sus hijos con ella.

—Nosotros también seremos ciudadanos —dijo—. Después de la crisis.

—Lo seréis si prestáis el juramento —puntualizó Volemak.

—Bien, eso quería decir, claro. Presto el juramento.

Sus hijos asintieron con un murmullo. Desde la puerta, Elemak habló en voz baja.

—Muy bien —dijo—. Todos han hecho su elección. Ahora a sentarse.

Kokor se sentó e instó a sus hijos a imitarla.

Poco a poco los demás también se sentaron, excepto Volemak, Rasa y Eiadh, quien se enfrentó a su esposo.

—Ha terminado, Elya —dijo—. Eres el único que no comprende que no puedes ganar.

—Comprendo que no permitiré que Nafai nos gobierne.

—¿Aunque eso implique que tus propios hijos se asfixien?

—Si ese tonto ordenador de Nafai decide matar a los más débiles, no puedo detenerlo. Pero no seré yo quien mate a nadie.

—En otras palabras, no te importa —dijo Eiadh—. En lo que a mí concierne, eso demuestra definitivamente que no eres apto para gobernar esta colonia. Te importa más tu orgullo que la supervivencia de nuestros hijos.

—Más vale que te calles —dijo Elemak.

—No —replicó Eiadh—, más vale que tú te calles. Mientras no detengas esta pueril exhibición de reciedumbre masculina, no eres mi esposo.

—¿Qué, no me renovarás el contrato? —preguntó Elemak con una sonrisa burlona—. ¿Qué piensas de eso, Proya?

Su hijo mayor, Protchnu, caminó hacia su padre.

—Creo que no tengo madre —respondió.

—Qué apropiado —aprobó Elemak—, ya que yo no tengo padre ni esposa. ¿Tampoco tengo amigos?

—Yo soy tu amigo —dijo Obring.

—Estoy de tu parte —dijo Meb—. Pero Vas ha prestado el juramento.

—Vas prestará cualquier juramento que le pidan —comentó Elemak—. Pero su palabra nunca ha valido un comino. Todos lo saben. Sevet rió.

—Mira a tus amigos, pobre hombre —dijo—. Un engañado niño de ocho años. ¿Y luego qué? ¡Meb! ¡Obring! Ninguno de ellos valía nada en Basílica.

—¡No dijiste eso cuando me invitaste a tu alcoba!

—le gritó Obring.

—Eso no tuvo nada que ver contigo —dijo Sevet desdeñosamente—. Eso fue algo entre mi hermana y yo, y créeme que he pagado un alto precio por ese error. Vas sabe que desde entonces le he sido fiel, tanto en mi corazón como en mis actos.

Los niños con edad suficiente para entender tales revelaciones tendrían jugosos escándalos familiares que comentar más tarde. ¿Obring y Sevet tenían un amorío? ¿Y cómo pagó Sevet por ello? ¿Y qué significaba que eso era entre ella y Kokor?

—Ya es suficiente —dijo Elemak—. El viejo ha representado su pequeña comedia, pero notaréis que no ha tenido el valor de pediros que os opusierais a mí ahora. Sólo os gobernará en un futuro imaginario, pues sabe muy bien que soy yo quien manda, y creed-me que no veréis un futuro donde no sea así. —Se volvió hacia Obring—. Quédate aquí y mantén a todo el mundo en la biblioteca.

Obring sonrió a Vas.

—Supongo que no me darás más órdenes.

—Vas todavía es un guardia —dijo Elemak—. No confío en él, pero hará lo que le digan. Y ahora hará lo que tú le digas, Obring. ¿Verdad, Vas?

—Sí —murmuró Vas—. Haré lo que me digan. Pero también seré fiel a mi juramento.

—Sí, sí, ya sabemos que eres hombre de honor. Ahora, Meb, llevemos a Padre y a su esposa a visitar a Nafai. Y de paso llevemos a esa mujer que afirma que ya no es mi esposa.

—¿Qué harás? —preguntó Rasa con desprecio—. ¿Atarnos como a Nafai?

—Claro que no —dijo Elemak—. Respeto a los ancianos. Pero por cada persona que prestó ese juramento, Padre, Nafai recibirá un golpe. Y tú mirarás.

Volemak lo miró de hito en hito.

—Ojalá me hubieran castrado o matado antes de engendrarte.

—Qué pensamiento tan triste —dijo Elemak—. Entonces nunca habrías engendrado a tu precioso Nafai. Aunque, pensándolo bien, me pregunto si la simiente de un hombre ayudó a concebirlo. Es tan hijito de su mamá.

Elemak y Mebbekew llevaron a Volemak y Eiadh por la escalerilla y el corredor hasta la bodega donde estaba Nafai. Rasa los siguió abatida.

Nafai no estaba dormido. No había dormido en los últimos días. O si dormía, tenía la sensación de estar despierto, tan vividos eran sus sueños.

A veces eran sus peores temores, sueños donde los mellizos boqueaban hasta dejar de respirar, los ojos abiertos, la boca abierta, y él trataba de cerrarles los ojos y la boca, pero los abrían en cuanto apartaba la mano. Despertaba jadeando de esos sueños.

Pero a veces los sueños evocaban otros tiempos, tiempos mejores. Se recordó levantándose por la mañana en casa de su padre, abriendo el agua fría de la ducha. En aquel tiempo lo detestaba, pero ahora lo recordaba con afecto. Una época inocente, cuando lo peor que podía hacerle a su hermano era una travesura que lo enfurecía tanto que en vez de reír la emprendía con él a empellones. Ahora nunca se reían, nunca perdonaban, y el agua fría no era nada, sería un placer recobrarla. ¿Cómo podía saber entonces, se preguntaba al despertar de esos sueños, que el fastidio de Elemak se transformaría en un odio tan enconado, que sufriríamos tantos males? Yo le hacía bromas porque buscaba su atención, eso era todo. El era como un dios, tan fuerte, y Padre lo amaba tanto. Sólo quería que él se fijara en mí, que me dijera que le agradaba, que pensara que un día cabalgaría con él en una caravana hasta una tierra lejana de la que regresaríamos con plantas exóticas para que Padre las vendiera. Sólo quería que me respetara y me apoyara el brazo en el hombro y se enorgulleciera de su hermano, que me considerase su mano derecha.

¿Quién otro pudo ser tu hermano, Elemak? ¿Meb? ¿Es el que has escogido? ¿Tan despreciable te resultaba que lo preferiste a él?

(Escogió a Meb porque podía dominarlo. A ti te odiaba porque eras más fuerte que él.)

Sí, con el manto de capitán soy más fuerte.

(Sabes que puedes vencerle en cualquier momento.)

Yo no puedo. El manto puede. Tú puedes. Pero yo no. Aquí estoy, atado, y me duelen las muñecas y los tobillos.

(Es tu elección no sanarlos. Sabes que el manto puede hacerlo en un santiamén.)

Él quiere que yo sufra. Si ve mi piel magullada y sangrante, tal vez quede satisfecho.

(Sólo quedará satisfecho con tu muerte.)

Así sea.

(No te dejaré morir. En cuanto pierdas la conciencia podré recobrar el control del manto, y te sanaré.)

Apártate de mí mientras duermo. No quiero tus sueños ahora, y mucho menos tu intromisión.

(¿Te gusta el dolor?)

Odio el dolor que me causa el odio de mi hermano. Y saber que esta vez quizá me lo merezca.

(Nunca te mereces sufrir por ayudarme.)

Vaya, y yo que pensaba que tú me ayudabas a mí al hacernos mantener a esos niños despiertos.

(Te ayudaba para que me ayudaras. No te hagas el tonto ni inicies una discusión pueril.)

¿De veras me estás hablando? ¿O esto también es un sueño?

(Sí a ambas cosas.)

Si es un sueño, ¿por qué no puedo despertar?

En cuanto dijo esto, Nafai despertó. Mejor dicho, soñó que despertaba, pues supo de inmediato que seguía dormido, quizá más profundamente que antes. Y en el sueño, pensando que estaba despierto, sintió que las cuerdas se derretían y él se levantaba. La puerta se abrió en cuanto la tocó. Recorrió los pasillos y por doquier vio gente agonizante, boquiabierta, jadeante. Nadie reparaba en él, como si fuera invisible. Ah, pensó. Ahora lo entiendo. Estoy muerto y mi espíritu camina por el pasillo. Pero en el sueño notó que le dolían las muñecas y los tobillos, y que le costaba caminar erguido, a pesar de la baja gravedad, así que no estaba muerto.

Llegó a la escalerilla y subió hasta el nivel superior de la nave estelar, donde se generaba el campo de protección. Pero la escalerilla no terminaba. Seguía ascendiendo, y la próxima compuerta no daba al liso suelo plástico de la nave, sino a un suelo de piedra. En ese suelo sintió que el cuerpo le pesaba, que le dolían los pasos, porque la gravedad era nuevamente normal. Era una caverna oscura. Oyó pasos, pero no se acercaban ni se alejaban. Era sólo un correteo, y él caminó un poco y luego oyó otro correteo. Está bien, pensó. Sígueme, no te temo. Sé que estás aquí pero también sé que no me causarás daño.

Llegó a un pasillo y vio una luz encendida en una cámara lateral de la cueva. Fue hacia allí, entró en la cámara y vio muchas estatuas, bellamente talladas en arcilla, en cada estante de roca y en el suelo. Pero al mirar con mayor atención, vio que todas las estatuas estaban desdibujadas, alisadas, y que los detalles se habían perdido. ¿Quién podía deformar un trabajo tan maravilloso? ¿Deformarlo, pero mantenerlo allí como si aquello fuera una cueva del tesoro?

Al fin reparó en una estatua alejada de la luz, más grande que las demás, intacta. No era la perfección de los detalles lo que le llamaba la atención, sin embargo, sino el rostro mismo. Pues a diferencia de los demás, que representaban animales o gárgolas, esta cabeza era humana. Y él conocía ese rostro. Vaya si lo conocía. Lo había visto en cada espejo desde que se había hecho un hombre.

Ahora los pasos se acercaban más, despacio, respetuosamente. Una mano pequeña le tocó el muslo. Nafai no miró; no era necesario. Sabía quién era.

Pero sólo lo sabía en el sueño. Ignoraba quién podía ser, y en el sueño intentó darse la vuelta, mirar hacia abajo, ver quién o qué lo había tocado. Pero no logró mirar, no logró arquearse. Sólo se arqueaba hacia atrás, y tenía el cuello apresado entre dos cuerdas, y se oían pasos, pasos fuertes, no correteos, y una luz se encendió y lo iluminó.

Abrió los ojos. Ahora estaba despierto de veras, no soñando que estaba despierto.

—¿Hora de mi paseo? —preguntó. Un sonido sibilante, un agudo dolor en el brazo. Contra su voluntad, soltó un grito.

—Uno —dijo la voz de Elemak—. Dime, Rasa, ¿cuántos has contado? ¿Cuántos prestaron el juramento?

—Haz tu propio trabajo sucio —respondió la voz de Madre.

—¿Cientos, acaso? —preguntó Elemak. De nuevo el sonido sibilante. De nuevo el dolor desgarrador, esta vez en las costillas. Una se rompió, y Nafai sintió que el hueso lo apuñalaba al respirar. Pero no podía dejar de respirar, porque ya estaba recibiendo poco oxígeno, ya le costaba retener el aire que necesitaba para conservar la conciencia.

(Cúrate.)

—No descontaré éstos del total hasta que me digas cuál es ese total —dijo Elemak.

—Cuenta —dijo Rasa—. Eran todos excepto Protchnu, Obring y Mebbekew. Todos, Elemak. Piensa en eso.

—Él no se está curando —dijo Luet.

Nafai oyó su voz y sintió furia contra Elemak. ¿Acaso la consideraba tan débil que quería doblegarla haciéndole presenciar el sufrimiento de su esposo? ¿Y qué se proponía ganar Elemak? Si quería algo, debía persuadir al Alma Suprema… o someterse a ella. Pero algo había ocurrido. Un juramento.

—Lo he notado —dijo Elemak—. Sus muñecas no han mejorado, ni sus tobillos. No sé si es porque el manto no funciona o porque él prefiere no sanar; así me dará lástima y le aflojaré las cuerdas para que pueda liberarse y matarme.

El silbido. Otro golpe, esta vez en la nuca. Nafai jadeó cuando el dolor le recorrió la espalda. Por un instante no sintió nada del cuello para abajo, y pensó que lo habían desnucado.

(Un golpe fuerte, es todo. Alguna lesión neural.)

¿Por qué no me mata ya?

(Porque todavía ejerzo cierta influencia sobre él. Suficiente para distraerlo cuando se propone acabar contigo.)

Bien, deja que me mate. Así tendrá su victoria y habrá paz. Será mejor para todos.

(Elemak no lo sabe, pero matarte es lo peor que podría hacer. Porque entonces nunca podría derrotarte.)

¿Qué, morir no es derrota?

(Él ansia ser el escogido de su padre. Y si te mata, Nafai, Volemak nunca lo escogerá por encima de ti. Siempre será la segunda opción.)

Entonces, si tienes alguna decencia, di a Volemak que diga la palabra mágica y termine con todo esto.

(He ahí el problema, Nafai. Elemak no lo creería aunque Volemak se lo dijera. Porque sabe que no es verdad. Sabe que no es un hombre tan bueno, tan cabal, tan sabio ni tan fuerte como tú, y aunque su padre le dijera que lo elige, lo consideraría una mentira, porque sabe que Volemak no es tan necio como para valorarlo a él más que a ti.)

Estoy demasiado cansado para entender esto. Déjame morir.

(Sólo te ha causado lesiones muy graves con ese golpe.)

¿El de la nuca?

(Eso era hace tres golpes. Ahora tienes una hemorragia interna.)

Sí, puedo sentirla.

(Voy a curarte.)

No lo hagas.

(Antes de que la pérdida de sangre cause daños internos.)

No me cures hasta que él se marche. Concédeme algo de dignidad.

(¿Dignidad? ¿Morirías por dignidad?)

Es entre él y yo. No quiero que él vea que intercedes.

(Tu orgullo es increíble. ¿Entre él y tú? Es entre él y yo, y siempre ha sido así. Tal como era entre Moozh y yo, o entre tú y yo, o entre Luet y yo. Y cuando lleguemos a la Tierra, será entre vosotros y el Guardián.)

Eso duele de veras.

(Porque te estoy curando, por eso.)

Te he dicho que no lo hicieras.

(Lo lamento.)

—Mirad —dijo Elemak—. Su pierna se está enderezando. Creo que hemos averiguado cuánto dolor podía soportar, y que ahora su amigo invisible acude a salvarlo.

—Estoy mirando —dijo fríamente Volemak—. Y veo a un cobarde que azota con una vara de metal a un hombre maniatado.

La voz de Elemak se convirtió en chillido.

—¿Yo soy el cobarde? ¡No soy yo quien tiene el manto! ¡No soy yo quien puede recibir una cura mágica cuando me lastimo el pie! ¡No soy yo quien tiene el poder de fulminar a la gente cuando quiere someterla!

—No es el poder que tienes lo que te convierte en cobarde o matón —dijo Volemak—, sino el modo de usarlo. ¿Crees que tus ataduras privan al manto del poder que siempre ha tenido? A pesar de tus malos tratos, a pesar del daño que nos causas a todos, Nafai opta por no matarte al instante.

—Hazlo, Nafai —murmuró Elemak—. Si tienes el poder de matarme, hazlo. Has matado antes. Creo que fue a un borracho que yacía inconsciente en la calle. Mi hermanastro mayor, si mal no recuerdo. Es tu especialidad, matar a gente que no puede defenderse. Pero Padre piensa que yo soy el matón. ¿Qué tiene de malo romper los huesos de un hombre que puede curarse en instantes? Mira, puedo romperte el cráneo y…

Una mujer chilló de rabia, se oyeron forcejeos. Alguien la aplastó contra la pared, la mujer gritó. Nafai trató de abrir los ojos. Sólo pudo ver la pared donde estaba apoyado su rostro.

—Luet —susurró.

—Luet no puede sanarse, ¿verdad? —dijo Elemak—. Debería recordarlo antes de tratar de pelear conmigo.

—Lo único que consigues es agotar el oxígeno que nuestros hijos necesitan para respirar —dijo Nafai.

—Puedes ponerle fin en cualquier momento, Nyef —dijo Elemak—. Sólo tienes que morir.

—¿Y entonces qué? —preguntó Volemak—. Comenzarás a odiar a cualquiera que sea mejor que tú, y por la misma razón. Porque él es mejor que tú. Y cuando lo mates, encontrarás a otro. No tendrá fin, Elemak, porque cada acto sanguinario que cometes te empequeñece más y más, hasta que al fin tendrás que matar a cada ser humano y cada animal, y aun entonces te despreciarás tanto a ti mismo que no podrás soportarlo…

La vara silbó de nuevo. Nafai sintió que se le hundían los huesos de la cara, y todo se ennegreció.

¿Un momento después? Tal vez, o tal vez horas, o días después. Estaba consciente de nuevo, y no tenía la cara rota. Nafai se preguntó si estaba solo. Se preguntó qué había sucedido con sus padres. Con Luet. Con Elemak.

Había alguien en la habitación. Alguien respiraba.

—Todo mejor —dijo la voz. Un susurro. Difícil de identificar. No, no difícil. Elemak—. El Alma Suprema gana de nuevo.

Las luces se apagaron, la puerta se cerró y Nafai quedó a solas.

Eiadh canturreaba para los pequeños, Yista, Menya y Zhivya, cuando Protchnu se le acercó. Ella le oyó entrar, oyó el susurro de la puerta que se cerraba.

No dejó de cantar.

Cuando la luz regrese de nuevo, ¿ recordaré cómo ver? ¿Reconoceré el rostro de mi madre?

¿Ella me reconocerá?

Cuando la luz regrese de nuevo, entonces nada temeré. Así que cierro los ojos y sueño con el día aquí en la oscuridad.

Cantar es un derroche de oxígeno —murmuró Protchnu.

—También llorar —respondió Eiadh—. Hay tres niños que no lloran porque una persona les canta. Si vienes a interrumpir mi canto, lárgate. Denuncia mi delito a tu padre. Tal vez se enfurezca y me pegue. Tal vez te permita ayudarle.

Aún no se volvía para mirarlo. Le oyó respirar con mayor pesadez. Entrecortadamente. Pero se sorprendió cuando él habló de nuevo, pues la aguda voz indicaba que apenas podía contener el llanto.

—No es culpa mía que te hayas alzado contra Padre.

El rechazo de Protchnu en la biblioteca la había irritado tanto que no le había hablado desde entonces, ni siquiera había pensado en él. Protchnu, su primogénito, diciendo semejantes cosas a su propia madre. En ese momento el chico parecía tan salvaje, tan semejante a Elemak, que Eiadh no lo había reconocido. Pero lo conocía, claro que sí. Sólo tenía ocho años. Estaba mal que hubiera debido optar entre dos padres enfrentados.

—No me alcé contra tu padre —dijo Eiadh—. Me alcé contra lo que está haciendo.

—Nafai nos engañó.

—El Alma Suprema nos engañó. Y los padres de esos niños. No sólo Nafai.

Protchnu guardó silencio. Eiadh pensó que se había explicado con claridad. Pero no, él pensaba en otra cosa.

—¿Lo amas?

—Amo a tu padre, sí. Pero cuando la furia lo domina, hace cosas malas. Rechazo esas cosas malas.

—No me refería a Padre.

Era evidente que esperaba que ella lo entendiera. Tenía la idea de que Eiadh amaba a otro hombre.

Y era cierto. Pero era un amor sin esperanzas, un amor que ella nunca había demostrado a nadie.

—¿A quién te referías entonces?

—A él.

—Dime el nombre, Proya. Los nombres no son mágicos. No te envenenará si lo pones en tus labios.

—Nafai.

—El tío Nafai —corrigió Eiadh—. Respeta a tus mayores.

—Lo amas.

—Espero amar a todos mis cuñados, así como espero que ames a todos tus tíos. Sería agradable que tu padre amara a todos sus hermanos. Aunque tal vez tú no lo veas de esa manera. Mira a Menya dormido. Es el cuarto hijo de nuestra familia. Es a ti lo que Nafai es a tu padre. Dime, Proya, ¿alguna vez piensas atar al pequeño Menya y romperle los huesos con una vara?

Protchnu no pudo contener el llanto. Aplacándose, Eiadh lo abrazó, instándolo a sentarse en la cama.

—Nunca lastimaré a Menya —prometió él—. Lo protegeré y lo mantendré a salvo.

—Sé que lo harás, Proya, lo sé. Y no es lo mismo entre tu padre y Nafai. Su diferencia de edad es mucho mayor. Nafai y Elya no tuvieron la misma madre. Y Elemak tenía un hermano aún mayor.

Protchnu abrió los ojos.

—Creía que Padre era el mayor.

—Era el hijo mayor de tu abuelo Volemak, en los tiempos en que él era el Wetchik, en la tierra de Basílica. Pero la madre de Elemak tuvo otros hijos antes de casarse con Volemak. Y el mayor de ellos se llamaba Gaballufix.

—¿Padre odia al tío Nafai porque él mató a su hermano Gaballufix?

—Se odiaban antes de eso. Y Gaballufix intentaba matar a Nafai, a tu padre, a Issib y a Meb.

—¿Por qué quería matar a Issib?

Eiadh notó que Protchnu no se preguntaba por qué alguien quería matar a su tío Meb. Tenía su gracia.

—Quería gobernar Basílica, y los hijos del Wetchik se lo impedían. Tu abuelo era un hombre muy rico y poderoso en Basílica.

—¿Qué significa «rico»?

¿Qué hice contigo, pobre niño, que ni siquiera sabes qué significa esa palabra? La vida ha perdido toda riqueza y gracia, y como sólo conoces la pobreza, ni siquiera sabes las palabras que designan esa buena vida.

—Significa tener más dinero que…

Pero Protchnu no sabía qué significaba dinero.

—Significa tener una casa más bonita que los demás. Una casa más grande, ropa fina, muchas mudas. Ir a mejores escuelas, con mejores maestros, y tener mejor comida, y más. Todo lo que podrías desear, y más.

—Pero entonces podrías compartirlo —le señaló Protchnu—. Me has dicho que si tienes más de lo que necesitas, debes compartir.

—Y lo compartes, pero… no lo entenderías, Pro-ya. Esa vida se ha perdido para siempre. Nunca lo entenderás.

Callaron unos instantes.

—Madre —dijo Protchnu.

—¿Sí?

—¿No me odias porque elegí a Padre? ¿Ese día en la biblioteca?

—Toda madre sabe que llegará el día en que sus hijos varones elegirán a su padre. Es parte del crecimiento. Nunca pensé que te pasaría siendo tan pequeño, pero no es culpa tuya.

Una pausa. Protchnu habló en voz muy queda.

—Pero no lo elijo a él.

—No, Protchnu, nunca creí que eligieras las cosas malas que está haciendo. Tú no eres así.

En realidad, Eiadh a veces pensaba que sí era así. Lo había visto jugar, había visto su prepotencia con los demás niños, sus bromas crueles que los hacían llorar, y cómo se reía de ellos. En Armonía se había asustado al ver que su hijo era tan cruel con los más pequeños. Pero también le enorgullecía que los condujera, que lo admirasen, que aun Oykib, hijo de Rasa, dejara que Protchnu ocupara el primer lugar entre los varones.

¿Es posible una cosa sin la otra? ¿El liderazgo sin el despotismo? ¿El orgullo sin la crueldad?

—Pero está claro que elegiste a tu padre —dijo Eiadh—. Al hombre que realmente es; al hombre bueno, fuerte y valiente que amas tanto. Sé que ese día elegiste a ese hombre.

El cuerpecito de Protchnu se envaró.

—Él se siente muy infeliz sin ti —declaró el niño.

—¿Te ha enviado a decirme esto?

—No, he venido por mi cuenta —le respondió Protchnu.

¿O te ha enviado el Alma Suprema? Eiadh a veces tenía dudas. ¿No había dicho Luet que todos eran escogidos del Alma Suprema? ¿Que todos eran insólitamente sensibles a sus mensajes? ¿Entonces por qué uno de sus hijos no podía tener alguno de esos dones extraordinarios, corno el de Chveya, por ejemplo?

—Conque tu padre es infeliz sin mí. Pues que libere a Nafai y restaure la paz en esta nave, y ya no tendrá que estar sin mí.

—No puede detenerse —dijo Protchnu—. Necesita ayuda.

¿Sólo tiene ocho años y puede ser tan perspicaz? Tal vez la crisis ha despertado un oculto poder de empatía en su interior. A su edad yo no comprendía a nadie ni sabía qué era la compasión. Era un yermo moral, y sólo me importaba quién era la más bonita y quién cantaba mejor y cuál sería famosa y cuál sería rica. Si hubiera superado antes esa puerilidad, tal vez hubiera visto cuál de los hermanos era el mejor hombre antes de casarme con Elemak, cuando Nafai me miraba con esos ojos bovinos de adolescente enamorado. Cometí un terrible error. Miraba a Elemak y sólo podía pensar en que era el heredero del Wetchik, el hijo mayor de uno de los hombres más ricos y prestigiosos de Basílica. ¿Qué era Nafai?

De haber sido prudente, no me hubiese casado con ninguno de los dos y todavía estaría en Basílica. Aunque si Volemak tenía razón, Basílica ya ha sido destruida. La ciudad ya ha sido arrasada y sus pocos supervivientes se han desperdigado a los cuatro vientos.

—¿Y qué ayuda necesita tu padre? —preguntó.

—Necesita un modo para cambiar de parecer sin admitir que está equivocado.

—Como todos —murmuró Eiadh.

—Madre, me cuesta respirar. Esta mañana me he despertado con la sensación de que alguien me apretaba el pecho. No puedo inhalar bien. A veces me mareo y me caigo. Y me va mejor que a la mayoría. Tenemos que ayudar a Padre.

Eiadh sabía que era verdad.

También sabía que después de esa escena en la biblioteca ella no tenía poder para ayudarlo. Pero ahora, con la ayuda de Protchnu, quizá pudiera. ¿Tanto poder tenía ese niño?

Ocho años, pero había visto. Había comprendido lo que hacía falta, y había asumido la responsabilidad de actuar. Eso la llenaba de esperanzas, no sólo en lo inmediato, sino para un futuro lejano. Sabía que la comunidad se dividiría, a la muerte de Volemak o antes, y cuando así sucediera, Elemak estaría al mando de una de las dos facciones. Estaría colérico, resentido, lleno de odio y violencia. Pero Elemak no viviría para siempre. Algún día alguien lo sucedería, y el candidato más probable era este pequeño que estaba sentado junto a ella, aquel niño de ocho años. Si crecía en sabiduría con el curso de los años, en vez de crecer en furia como su padre, cuando lo reemplazara sería como las lluvias de otoño en las ciudades de la planicie, trayendo alivio después del fuego seco del verano.

Por ti, Protchnu, haré lo que debo hacer. Me humillaré ante Elemak, aunque no se lo merece, por ti, para que tengas un futuro, para que un día puedas cumplir la función que la naturaleza te ha asignado.

—En la biblioteca, en la próxima comida —dijo—. Ven a mí entonces, y haremos lo que sea necesario.

Elemak los acompañaba durante la comida. Los acompañaba siempre desde que Volemak había aprovechado su ausencia para pedirles que prestaran juramento. Ahora iba menos gente a comer. Después de presenciar cómo Elemak aporreaba a Nafai, Volemak y Rasa se habían quedado en cama. La falta de oxígeno los afectaba tanto como a los más pequeños. No tenían fuerzas para moverse, y quienes los atendían —Dol y Sevet— informaban de que perdían el conocimiento a menudo y de que casi constantemente deliraban.

—Se están muriendo —susurraban, pero en voz tan alta como para que Elemak pudiera oírlas durante las comidas. Él no se inmutaba.

En el almuerzo del cuarto día, Elemak estaba a solas, sin haber probado bocado, cuando Protchnu se levantó de la mesa y caminó hacia su madre. Elemak lo miró con rostro sombrío. Pero todos comprendieron que Protchnu no se sumaba a la causa de su madre, sino que iba a buscarla. Aunque su talla fuera menor, dominaba la situación. Ambos se aproximaron lentamente a la mesa de Elemak.

—Madre tiene algo que decirte —dijo Protchnu. Eiadh rompió a llorar y cayó de rodillas.

—Elemak —sollozó—, estoy tan avergonzada. Me he alzado contra mi esposo. Elemak suspiró.

—No dará resultado, Eiadh. Sé que eres buena actriz. Como Dolya. Puedes verter chorros de lágrimas y cenarlos a gusto, como si fueras un grifo.

Ella lloró aún más.

—¿Por qué ibas a creerme o a volver a confiar en mí? Merezco todas las cosas terribles que quieras decirme. Pero soy tu esposa. Sin ti no soy nada. Preferiría morir antes que no formar parte de tu vida. Por favor perdóname, acéptame de nuevo.

Notaron que Elemak luchaba entre la credulidad y el escepticismo. Desde luego, no estaba del todo lúcido. Todos se estaban idiotizando por la falta de oxígeno. Recordaban que antes tenían agilidad mental, pero no recordaban en qué consistía. Elemak parpadeó.

—Sé quién es el mejor hombre, el más fuerte —dijo Eiadh—. No el que se vale de tretas y máquinas, de mentiras y engaños. Tú eres el honesto.

El hizo una mueca desdeñosa ante la manifiesta adulación, aunque le agradó. Alguien lo entiende. Aunque sólo pronuncie palabras huecas, las dice.

—Pero los mentirosos llevan las de ganar. Son ellos quienes usan a nuestros hijos como rehenes, no tú. A veces un hombre debe ceder para salvar a sus hijos.

La mayoría de los presentes sabían que escuchaban una distorsión de la verdad. Pero querían que fuera creída, querían que al menos Elemak la creyera, porque así contaría con un modo de rendirse sin perder nobleza ni heroísmo ante sus propios ojos. Que Elemak se crea esta versión de la historia, para que nuestra historia pueda continuar.

—¿Crees que me engañaré cuando Nafai comience a pavonearse de nuevo? El y su manto chispeante, incrustado en su carne, dándole aspecto de máquina… agradeceré poder regresar a la animación suspendida el resto del viaje, así no tendré que mirarlo. Cuando despierte, que sea en la Tierra, contigo y nuestros hijos. Ellos crecerán. El tiempo pasará. Y tú todavía serás mi esposo y un gran hombre a los ojos de los que saben la verdad.

Elemak la miró de hito en hito, o al menos eso intentó, porque a veces veía la imagen desenfocada.

Ella quiso hablar de nuevo, pero Protchnu le apoyó una mano en el hombro y Eiadh se echó hacia atrás, acuclillándole, mientras Protchnu se adelantaba y hablaba en voz baja, para que sólo Elemak pudiera oír.

—Escoge el momento de la batalla —murmuró—. Eso me enseñaste en Vasadka. Escoge el momento de la batalla.

Elemak respondió con otro murmullo.

—Ellos ya han vencido, Protchnu. Cuando desperté ya te habían despojado de tu patrimonio. Mírate, tan pequeño.

—Haz lo que sea necesario para sobrevivir, Padre. Un día ya no seré pequeño, y entonces nos vengaremos de nuestros enemigos.

Elemak le estudió el rostro.

—¿Nuestros enemigos?

—Aquello que le han hecho al padre se lo han hecho al hijo —susurró Protchnu—. Nunca perdonaré, nunca jamás.

Elemak se llenó de esperanza al ver tanta determinación, tanto odio en la voz de su hijo.

Se puso de pie. Todos lo miraron mientras él cogía la mano de Protchnu y lo conducía a la escalerilla.

—Meb. Obring —llamó Elemak. Ambos se levantaron despacio.

—Venid conmigo.

—¿Y quién vigilará a esta gente? —le preguntó Obring.

—No me importa —dijo Elemak—. Estoy harto de mirarlos.

Bajó por la escalerilla seguido por Protchnu, y luego por Obring y Meb.

En cuanto ellos se fueron, las mujeres se reunieron en torno a Eiadh.

—Gracias —murmuraron—. Has sido muy valiente.

—Ha sido maravilloso.

—Gracias.

—Gracias.

Hasta Luet cogió las manos de Eiadh.

—Hoy has sido la más grande de las mujeres. Ya ha terminado, gracias a ti.

Eiadh sólo pudo hundir la cara entre las manos para llorar. Pues había oído las palabras que Protchnu decía a Elemak, había notado el odio en su voz, y sabía que en ese momento Protchnu no estaba fingiendo como ella. Protchnu llevaría el odio de su padre a la próxima generación. No había servido de nada. Se había humillado para nada.

—Para nada —murmuró.

—No para nada —dijo Luet—. Por nuestros hijos. Por todos los niños. Lo repito, Eiadh. Hoy has sido la más grande de las mujeres.

Luet se arrodilló junto a ella. Eiadh le apoyó la cara en el hombro y sollozó.

La puerta se abrió y se encendió la luz. Los ojos de Nafai se adaptaron rápidamente. Elemak, Mebbekew, Obring y Protchnu, el hijo de Elya.

Notó el odio en los ojos de todos ellos.

Han venido a matarme.

Para sorpresa de Nafai, el pensamiento no lo alivió. A pesar de las palabras desesperadas que le había dicho al Alma Suprema, no quería morir. Pero lo haría, se resignaría a ello, si así se lograba la paz.

En cambio, Elemak se arrodilló y comenzó a desatarle los nudos de los tobillos. Mebbekew se puso a trabajar en los nudos de las muñecas.

Allí tenía la piel magullada, y la fricción le causó dolor. Después de la tunda, cuando el Alma Suprema lo curó por medio del manto, Nafai dejó que las ampollas de los tobillos y las muñecas quedaran sin sanar, y el momento de la liberación era desgarrador.

—Hemos prestado un juramento —dijo Elemak en voz baja—. Padre tomó ese juramento a todos los moradores de esta nave. Él es el único amo de la colonia. Nadie será su lugarteniente ni su consejero, ni ninguna otra cosa que otorgue poder. El gobernará. He prestado juramento, y también Meb y Obring y mi hijo Protchnu. Mientras Volemak viva le obedeceremos, a él y a ningún otro.

—Es un buen juramento —murmuró Nafai. No añadió: Ojalá lo hubieras prestado antes y lo hubieras respetado, como hice yo desde mi infancia. Nos hubiera ahorrado muchos problemas.

—Ahora es tu turno de prestarlo —dijo Meb.

Las cuerdas que le apretaban el cuello, que lo mantenían encorvado, se aflojaron de pronto. El dolor le atenazó la espalda. Nafai gimió.

—Basta de teatro —dijo Meb con desdén—. Sabemos que podrías curarte al instante si quisieras. Tenía los pies y las manos agarrotadas, y no le respondían. Rodó sobre el estómago, sintió dolor en la espalda y apenas pudo ponerse de rodillas. Apoyándose en la pared, logró erguirse sobre unas piernas temblorosas.

—¿Dónde está Padre? —preguntó—. Debo ir a prestar el juramento.

—Oykib y Chveya tampoco lo han hecho —dijo Obring.

—Tráelos, pues —replicó Elemak con desdén—. ¿Todavía esperas mis órdenes? Ya no estoy al mando.

—Tampoco yo —dijo Nafai. Pero lo estaba. El manto ya le estaba dando la información que necesitaba.

—En la reserva hay oxígeno suficiente para volver a la normalidad durante dos horas. Eso será suficiente para oxigenar la sangre de todos y para que todos entremos en animación suspendida. Entonces la nave podrá reaprovisionarse antes de que alguien despierte.

Elemak rió con sorna.

—¿Qué, no nos prometerás que permanecerás dormido hasta llegar a la Tierra?

—Retomaré la escuela donde la dejamos —dijo Nafai—, si Padre no se opone.

—Dirá lo que tú quieras que diga, no lo dudo.

—Pues entonces no lo conoces a él ni me conoces a mí. Porque Padre sólo dirá lo que el Alma Suprema quiera.

—Oh, no discutamos, Nafai —dijo Elemak con exagerada jovialidad—. Ahora debemos ser amigos.

Nafai caminó en silencio, apoyándose en las paredes del pasillo, agradeciendo la baja gravedad.

—¿Esto es lo que quieres para Protchnu, Elemak? ¿Alimentarlo con esta dieta continua de odio?

—El odio es la comida más sabrosa —dijo Elemak—. Te hace fuerte, te llena de poder. Y tengo todo un banquete que ofrecer a mis hijos.

—Que haya paz entre tus hijos y los míos, Elya.

—¿Entre tus hijos mayores y mis hijos pequeños? —preguntó Elemak—. Claro que habrá paz, la misma paz que entre el león y la mosca.

Llegaron a la puerta de la habitación de Volemak y Rasa cuando Obring regresaba con Oykib y Chveya. Chveya abrazó en silencio a su padre, y él se apoyó en ella cuando entraron en la habitación.

Nafai se arrodilló y juró, sosteniendo la mano de su padre. Chveya y Oykib le siguieron.

Débilmente, Volemak habló desde la cama.

—Ya está hecho. Todos han jurado. Ahora danos oxígeno, y volvamos a dormir.

En pocos segundos comenzaron a notar la diferencia. Ahora aspiraban bocanadas más profundas, y en pocos minutos sus jadeos y resuellos los embriagaron de oxígeno, los marearon. Cuando sus cuerpos se adaptaron, volvieron a respirar normalmente, y fue como si nada hubiera ocurrido. Las madres lloraban al ver que sus hijos al fin respiraban bien. Los niños comenzaron a reír, gritar y correr, pues al fin podían hacerlo.

Pero mucho antes del fin de esas dos horas, las risas y gritos habían cesado. Los padres pusieron a sus hijos a dormir. Zdorab y Shedemei pusieron a todos los adultos a dormir, excepto a Nafai, que había permanecido apartado de los demás para no ofender innecesariamente a Elemak y a quienes lamentaban su derrota.

Una vez más Nafai y Shedemei despidieron a Zdorab en la cámara.

—Perdóname, Nafai —dijo Zdorab.

—Ya te he perdonado —respondió Nafai—. Luet me explicó en qué pensabas en aquel momento, y cuánto lo lamentaste después.

—No habrá más sorpresas —aseguró Zdorab—. Estaré contigo hasta que muera.

—Debes fidelidad a mi padre —dijo Nafai—. Pero me alegra contar con tu amistad, y tú puedes contar con la mía.

A solas con Shedemei, Nafai permitió que las magulladuras de sus muñecas y tobillos sanaran al fin.

—Quién lo habría pensado —dijo.

—¿Qué?

—Que el error de Zdorab lograría algo que de lo contrario habría sido imposible.

—¿Y qué es?

—Yo temía que en la Tierra, Elemak perdiera el control y nos llevara a la guerra. Creo que el Alma Suprema también lo temía. Pero ya hemos tenido esa guerra, y creo que la paz durará.

—Hasta que muera tu padre —señaló Shedemei.

—Padre todavía no es viejo. Eso nos da tiempo. Quién sabe qué puede ocurrir en los años venideros.

—No quiero estar allí —dijo Shedemei.

—Es un poco tarde para eso.

—No quiero estar allí cuando llegue el conflicto, la lucha. Vine para dedicarme a la jardinería —añadió con amargo humor—. Para jugar con la fauna y la flora de la Tierra. Es el sueño que me envió el Guardián. No como a los demás. Yo soy sólo una jardinera.

—¿Sólo? Eres la persona más importante de nosotros.

—Yo también te mentí, Nafai, cuando te dije que el matrimonio entre primos era seguro. Al igual que Zdorab, yo también callé algo.

—Está bien —dijo Nafai—. Todos callan algo, sépanlo o no.

—Pero tus hijos… las consecuencias pueden ser tremendas.

—No lo creo —repuso Nafai. Shedemei hizo una mueca.

—¿Qué? ¿El Alma Suprema me indicó qué decir?

—Lo sugirió. Cada palabra era cierta. Shedemei rió con sorna.

—Al menos tan cierta como puedan ser sus palabras.

—Yo confío en ellas.

—Pues confía en que dirá lo que sea necesario para cumplir su propósito. Es toda la confianza que merece.

—Sí, Shedya, pero los propósitos del Alma Suprema son los míos. Así que mi confianza es total. Ella le palmeó la mejilla.

—Técnicamente puedes tener la misma edad que yo, tras haber permanecido despierto durante todo el viaje. Pero debo decirte, Nyef, que tienes mucho que aprender.

Shedemei se acomodó en la cámara. Nafai alzó la tapa, la trabó y activó el proceso de suspensión. La tapa se cerró y Shedemei se durmió en el compartimiento hermético. Nafai quedó a solas.

(Sólo puedo mantener el oxígeno quince minutos más.)

Me estoy dando prisa.

(Ha salido todo bastante bien, ¿no crees?)

Tengo una idea. No me hables un rato. Deja que me duerma con sólo mis pensamientos en la cabeza.

(Si así lo quieres. Pero te resultará bastante extraño.)

Puedo arreglármelas.

(Porque nunca en la vida te has ido a dormir sin mí.)

Pues ojalá fueras mejor compañía.

(Adelante, enfádate conmigo. Pero recuerda que yo no hice a Elemak tal como es. Si él hubiera escogido mejor, si fuera mejor hombre, estaría en tu lugar, usando el manto de capitán.)

Ojalá fuera así.

(Sí, lo dices completamente en serio. No quieres tener la responsabilidad ni el poder. Y sin embargo los aceptaste porque alguien debía hacerlo, y sólo tú podías. No contra tu voluntad, sino contra tus deseos y tu conveniencia. Por eso te conduje al manto. Porque si hubieras entendido lo que era, nunca habrías ido en su busca.)

Soy el títere ideal, ¿eh?

(En absoluto. Los títeres no me sirven. Necesito amigos y aliados bien dispuestos.)

Déjame dormir en paz, y tal vez al despertar vuelva a estar bien dispuesto.

(Duerme bien, amigo mío. Nos espera un largo trayecto.)

La pantalla de la biblioteca mostraba el globo azul y blanco de la Tierra, con manchas pardas y verdes. Como habían dormido durante el lanzamiento, nunca habían visto un mundo de esa manera: una esfera flotando contra la negrura de la noche.

—Como una luna —dijo Chveya.

Oykib le cogió la mano. Ella lo miró y sonrió. Los últimos tres años y medio habían sido maravillosos y desgarradores, pues Oykib sabía que la amaba pero también sabía que era imposible casarse y tener hijos durante el viaje. No hablaban de lo que sentían. Así era más fácil para ambos. Los otros habían sido igualmente discretos en su vida de pareja. Pero ahora, mientras efectuaban un reconocimiento, trazando una órbita tras otra en torno a la Tierra, leyendo los informes del instrumental, estudiando los mapas, buscando el lugar de aterrizaje, esperando que el Alma Suprema tomara una decisión, o que un sueño del Guardián les indicara qué hacer, Oykib no podía dejar de pensar en Chveya y en aquello que les aguardaba. Un nuevo mundo, trabajo duro, sembrar y explorar, por no mencionar los peligros de las enfermedades, las fieras, el tiempo. Pero al mismo tiempo pensaba en Chveya en sus brazos, en hijos, en la reanudación del ciclo, en formar parte del mundo viviente.

—Una vez huimos de este mundo con temor y vergüenza —dijo Chveya—. Una vez lo arruinamos y nos matamos entre nosotros.

No necesitaba mencionar el temor de que sucediera de nuevo. Todos sabían que los tiempos de paz terminarían, que aunque todos respetaran el juramento hecho a Volemak, la tensión permanecería latente bajo los buenos modales. ¿Y cuánto viviría Volemak? Era posible que después estallara la guerra. Era posible que una vez más se derramara sangre humana en la Tierra.

Oykib oyó que Chveya hablaba con el Alma Suprema. ¿Para qué nos trajiste aquí, donde no somos mejores ni más sabios que quienes se fueron?

—Pero lo somos —dijo Oykib—. Somos mejores y más sabios.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Qué es lo que haces? Durante la crisis, hablabas como si lo supieras todo. Sobre lo que deseaba el Alma Suprema. Sobre lo que deseaba Nafai, cuando no habías hablado con él. ¿Qué es lo que haces?

—Fisgoneo —dijo Oykib—. Así ha sido toda mi vida. Oigo todo lo que se dice en los canales del Alma Suprema. Sus palabras. Las tuyas.

Chveya se horrorizó. ¿Es verdad?, le preguntó al Alma Suprema. Es espantoso.

—Ahora sabes por qué nunca se lo he contado a nadie. Aunque lo demostré claramente durante la crisis. Me asombra que nadie lo haya adivinado.

—Lo que digo al Alma Suprema… es muy íntimo.

—Lo sé. Yo no pedí oírlo. Sólo llegó a mí. Crecí sabiendo mucho más de lo que debería saber un niño. Entiendo lo que sucede en otras vidas en un grado… bien, digamos que preferiría aceptar a la gente por lo que aparenta ser en vez de saber cuáles son sus problemas. O, en el caso de los que nunca hablan con el Alma Suprema, sin saber las cosas que ella debe hacer para frustrar sus peores deseos. No es grato sobrellevar esta carga.

—Me lo imagino. O tal vez no. Tal vez no puedo imaginármelo. Ni siquiera lo intento. Sólo trato de recordar qué le he dicho al Alma Suprema, qué secretos conoces.

—Te diré un secreto que conozco, Veya. Sé que de toda la gente de esta nave estelar, nadie es más honesta ni más buena que tú, ni más afectuosa y respetuosa con los sentimientos ajenos. De toda la gente de esta nave, no hay nadie que esté tan en paz consigo misma, nadie que agrave menos el peso de vergüenza y culpa que llevo conmigo. De toda la gente de esta nave, Veya, eres la única con quien me gustaría estar para siempre, porque todos tus secretos son radiantes y buenos, y por ellos te amo.

—Algunos de mis secretos no son radiantes ni buenos, so embustero.

—Al contrario. Los secretos malignos de que te avergüenzas son tan benignos y conmovedores que, para mí, que he visto el mal verdadero en una medida que ojalá jamás comprendas, para mí aun tus secretos más oscuros y vergonzosos son deslumbrantes.

—Creo que estás insinuando que quieres casarte conmigo —dijo Chveya.

—Como si eso pudiera ser un secreto para ti, cuando detectas las conexiones entre las personas tal como la tía Hushidh. Y hablas de invasión de la intimidad.

—Conozco tu secreto, Okya —dijo ella sonriendo, abrazándolo por la cintura—. Sé lo que quieres. Sé cuánto me amas. Nos veo unidos por hebras brillantes, enlazadas con tal fuerza que no habrá escapatoria mientras ambos vivamos. Eres mi cautivo, y nunca tendré la piedad de dejarte ir.

—Estos vínculos no son de esclavitud, Veya —negó Oykib—. Son de libertad. Durante toda esta travesía he estado en cautiverio porque no podía tenerte. Cuando bajemos a ese nuevo mundo, ese viejo mundo, y al fin me una a ti ante todos y podamos iniciar nuestra vida en común, entonces me sentiré realmente liberado.

—Mi respuesta es sí —dijo ella.

—Lo sé. Oí que se lo decías al Alma Suprema.

2

DESCENSO

9. OBSERVADORES

Un hombre joven tenía muchas cosas que hacer, había muchas tareas que la comunidad le exigía, aunque ya estuviera casado, y con una mujer notable como Iguo. Dado el extraordinario progreso de pTo, los demás querían emularlo, esperaban de él que fuese un modelo para los jóvenes.

Pero no todos. Muchos sólo lo consideraban un chasco, un escándalo en el peor de los casos. Era demasiado joven. Iguo sólo se había casado con aquel chiquillo porque su bisabuela Upua había hecho lo mismo con Kiti. Casarse con un hombre joven se había convertido en tradición familiar para las mujeres de ese linaje, y pTo no era Kiti, como muchos se apresuraban a señalar.

—Tú no eres Kiti —dijo Poto, el otro-yo de pTo.

—Mejor para ti que no lo sea —comentó pTo—. Su otro-yo murió el año en que él hizo su escultura y fue escogido por Upua.

—No puedes ir por ahí haciendo locuras. No van a perdonarte nada. Si eres brillante, dirán que eres altanero. Si titubeas, dirán que te habías excedido en tus ambiciones. Si eres cordial dirán que eres condescendiente. Si eres orgulloso dirán que eres soberbio.

—Entonces da lo mismo que haga lo que quiera.

—Sólo recuerda que también arrastrarás mi nombre por el lodo. Si tú eres un lunático, ¿qué soy yo?

—Una pobre víctima de mi locura —respondió pTo—. Quiero ir a la torre.

Descansando en la gruesa rama de un árbol, vigilaban un rebaño de gordos pavos. Los pavos eran bastante dóciles, demasiado tontos para saber qué les deparaba el destino. El peligro eran los diablos, pues les gustaba robar los rebaños de la gente. Los diablos eran criaturas haraganas que nunca hacían su propio trabajo, salvo cavar horribles agujeros en el suelo y tallar el corazón de los árboles. Durante la temporada de partos, acudían en gran número, y a veces robaban hasta un tercio de los neonatos de ese año. Por eso tanta gente había perdido a su otro-yo. Durante el resto del año, en cambio, perseguían bandadas y rebaños.

—Estamos de guardia —dijo Poto.

—Estamos vigilando lo que no debemos —insistió pTo—. Los Antiguos de la torre son las criaturas más importantes del mundo.

—Pero Boboi… ella dice que son nuestros enemigos.

—¿Y por qué al antepasado de mi esposa le fue revelado el rostro de un Antiguo, si no han de ser nuestros amigos?

—Para advertirnos —respondió Poto.

—Los Antiguos conocen secretos, y si no trabamos amistad con ellos contarán esos secretos a los diablos. Entonces sí que serán nuestros enemigos.

—Está prohibido —dijo Poto—, y tenemos responsabilidades. Y por muy joven que te hayas casado, no eres Kiti.

PTo sabía que su otro-yo tenía razón, como de costumbre, pero pTo se negaba a admitirlo, porque sabía que si él no averiguaba nada sobre los Antiguos, nadie más lo haría. Nadie más se animaba.

—No soy Kiti —aceptó pTo—, pero soy el único hombre que no teme ser rechazado por las mujeres por ignorar la prohibición de Boboi de visitar a los Antiguos.

—No eres el único hombre casado.

—Sabes a qué me refiero. Los ancianos no quieren ir. Se vuelven un poco lentos, un poco gordos. Para ellos es demasiado peligroso internarse en el corazón del territorio diablo.

Uno de los pavos decidió que lo necesitaban con urgencia en el matorral y se puso a gluglutear y a correr. Sin decir palabra. Poto bajó de la rama y voló frente al ave, gritando. El ave se detuvo, mirando estúpidamente al hombre que batía las alas frente a él. Poto se posó en el suelo, saltó en el aire, y al saltar pateó al pavo en la cara. El pavo chilló, dio media vuelta, trotó hacia el rebaño.

Cuando Poto se reunió con él en la rama, pTo no pudo contenerse.

—Lo que acabas de hacer con ese pavo es lo que Boboi está haciendo con todos los hombres. Poto suspiró.

—Déjame en paz, pTo.

—Lo que digo, Poto, es que iré allí. Puedes cuidar el rebaño solo.

—Lo cuidamos de dos en dos porque se necesita un hombre para vigilar los pavos y otro para cuidar al hombre, para que no lo cojan por sorpresa.

—Entonces ven conmigo —dijo pío—. No me avergüenza admitir que tengo miedo de ir solo.

—Yo tengo miedo de ir de cualquier modo, y tú también deberías tenerlo.

—Entonces adiós, otro-yo, mi mejor-mente. Tal vez mi Iguo se case contigo cuando yo haya muerto. —En los viejos tiempos, ambos ya estarían casados con ella. A veces pTo deseaba que eso no hubiera cambiado.

—Sí, todo es un poema para ti —dijo Poto con desdén, pero pTo no era sordo a la emoción que se ocultaba tras esas duras palabras.

—Mi muerte, cuando llegue, será una muerte que cantarán los poetas.

—Mejor una vida que tus hijos recuerden con alegría que una muerte que los poetas recuerden con canciones.

—Me cuesta creer que no seas un viejo, cuando citas tonterías como ésa.

—Ve si quieres.

PTo brincó de la rama. Poco después se remontaba en el aire, elevándose por encima de las copas de los árboles.

—¡Cuídate la espalda, obediente! —le gritó a Poto.

—¡No! —gritó Poto, enfurruñado—. No haré tu trabajo por ti.

Esas palabras le dolían, pero pTo continuó su vuelo valle abajo. Sabía que otros lo verían, y sabía que mientras Poto estuviera valle arriba corría poco peligro; otros dirían que era tan antinatural que ni siquiera amaba a su otro-yo. Que dijeran lo que quisieran. Boboi estaba equivocada. Era un gran peligro ignorar a los Antiguos. PTo los observaría, los estudiaría, tal vez entablara conversación con ellos. Aprendería su idioma. Buscaría su amistad. Averiguaría sus antiguos secretos. Era mejor llevar conocimiento a su pueblo que meras chucherías. Su arca de artefactos de los Antiguos no era grande, pero habían tardado muchas generaciones en juntarla. Nada de ello valía nada, porque nada significaba nada. Lo que se necesitaba era conocimiento; los secretos debían revelarse. Y no deben ser revelados a los diablos, sino a nosotros.

No estaba lejos. pTo ni siquiera estaba cansado cuando tuvo la torre al alcance de la vista.

La había visto antes, desde lejos, y siempre se maravillaba. ¿Quién podía modelar una cosa tan lisa y alta? Era brillante como el sol en el agua, y los árboles parecían matas inclinándose para adorarla.

¿Por qué los Antiguos habían ido a morar entre los diablos y no entre la gente? ¿Era posible que fueran demonios y no enviados de los dioses? Pero no habían surgido del suelo, sino bajado del cielo. ¿Cómo podían entonces ser moradores del infierno?

Podían ser moradores del infierno porque habían posado la torre junto a un bosquecillo de gruesos y antiguos árboles. Por doquier se veían indicios de una ciudad diabla. Árboles muertos, depresiones donde se habían derrumbado viejos túneles, y en las cercanías, colinas rocosas que contenían kilómetros de cavernas donde los diablos practicaban su obsceno canibalismo. Los Antiguos tenían que haber visto todo eso, tenían que saberlo, pero habían construido su aldea donde los diablos podían observarlos sin abandonar su madriguera. ¿Por qué harían eso los Antiguos, si no se proponían ser amigos de los diablos? Quizá ya lo fueran, quizá ya fuera demasiado tarde.

Pero si es demasiado tarde, veré los signos de su alianza. Tendré una idea del peligro y regresaré con un informe. Cuando el peligro sea evidente, dejarán de escuchar a Boboi. Pero entonces vendremos aquí a guerrear en vez de a aprender, y tal vez los Antiguos nos ataquen desde el cielo con su magia. Los Antiguos viven en una torre que se yergue sobre cimientos de fuego. Ni siquiera el mayor guerrero del pueblo podría irritarlos más que un mosquito.

No debe haber guerra. Debe haber amistad. Debo encontrar un modo de trabar amistad.

Los diablos sin duda lo habían visto. El vuelo era la salvación del pueblo, pero también su maldición, al menos de día. Podían brincar al cielo para escapar del enemigo, pero el enemigo podía mirar el cielo para ver si se acercaban. Esa diferencia había sido fundamental. El pueblo era franco y honesto, los diablos taimados y arteros. El pueblo vivía en el reino del sol y las estrellas, los diablos en el reino de los gusanos y las lombrices. El pueblo era ligero como el aire, y en consecuencia espiritual, similar a los dioses; los diablos eran pesados y torpes, y en consecuencia terrenales, similares a la piedra.

Pero si un diablo capturaba a un hombre, podía romperle los huesos como si partiera una ramita. Era imposible pelear con los diablos mano a mano. Un hombre podía, a lo sumo, arrojarles una lanza. Luego tenía que volar o morir. Ni siquiera podía alzar un peso muy grande, ni siquiera una piedra para arrojarla a la cabeza de un diablo, o al menos no una piedra de suficiente tamaño para causarle daño.

Ni siquiera podía alzar a su propio hijo cuando el niño estaba en esa edad difícil, demasiado mayor para llevarlo en vuelo, demasiado joven para volar. Así que en esa época del año los diablos atacaban, y los padres tenían que hacer la terrible elección: qué hijo llevar entre ambos a buen recaudo. Algunos lograban regresar a tiempo para salvar al segundo. Algunos tenían la suerte de contar con hijos mayores que todavía no se habían apareado y podían salvar al otro mellizo. Así había sobrevivido Poto, porque él y pTo habían sido terceros hijos. Era raro el primer hijo cuyo otro-yo hubiera sobrevivido.

Conque los diablos lo observaban, preguntándose a qué había ido. Salivando, sin duda, al pensar en asestarle una dentellada. Bien, pTo era joven y ágil, así que nadie lo atraparía. Era tan liviano que podía posarse en ramas altas a las que los diablos no podían trepar sin sacudirlas. Tenía un oído tan agudo que podía oír el sonido de sus dedos clavándose en la corteza del árbol.

Correría peligro si caía en una trampa, pero si se cuidaba estaría a salvo.

pTo tuvo un pensamiento inquietante: todo hombre o mujer capturado por los diablos debía haber pensado exactamente lo mismo, hasta el momento en que comprendió que se equivocaba.

La aldea de los Antiguos era pequeña en cantidad de habitantes pero enorme en tamaño. Las casas eran gigantescas. Habían talado y partido árboles enteros para construir las paredes y los techos de los edificios, salvo de los pocos hechos de sustancias extrañas que pTo nunca había visto. Era difícil entender para qué eran los edificios. El grande debía de ser un dormitorio. Pero ¿por qué había sólo uno? ¿Acaso los machos y hembras solteros dormían en la misma casa? Inconcebible.

Escogió su punto de observación, una rama delgada, con resistencia suficiente para permitirle lanzarse en un raudo vuelo, con muchas hojas para ocultarse de los Antiguos. Inspeccionó el tronco del árbol, pero era tan delgado que los diablos no podían haberlo ahuecado, así que no tenía que temer que usaran una puerta oculta en el árbol para caer sobre él. Para atraparlo, un diablo tendría que trepar por la parte externa del tronco, y pTo lo oiría.

A menos que no le oyera, a menos que pudieran ahuecar un árbol tan delgado…

pTo ignoró sus temores y se puso a mirar. Miró todo el día, y al atardecer había aprendido muchas cosas nuevas y extrañas. Lo más asombroso era que todos los adultos parecían estar casados, y que cada pareja vivía en su propia casa. De día un par de adultos y todos los pequeños usaban el edificio más grande; obviamente los Antiguos tenían una escuela. Pero ¿en el interior? Para pTo no tenía sentido encerrar a los niños para enseñarles cosas sobre el mundo.

pTo también aprendió que todos vivían en los edificios de madera; los edificios hechos de esa sustancia extraña y lisa servían como almacén o para un propósito arcano, pues rara vez los visitaban, y sólo para buscar una herramienta o algo parecido y devolverla a su sitio.

Los Antiguos tenían algunos animales en corrales, pero muy pocos, y eran extraños. Un par de ellos parecían cabras, pero eran enormes. Un par de ellos parecían vacas, pero eran diminutos. Y había muchos lobos —al menos ladraban, gañían y aullaban como lobos— y corrían libremente entre los Antiguos. ¡Amigos de los lobos! ¿Qué clase de criaturas eran esos Antiguos? ¿No temían por la seguridad de sus hijos? ¿O sus hijos nacían fuertes? No, en absoluto. pTo vio que una pareja de Antiguos llevaba niños colgando, y los niños parecían totalmente desvalidos.

Al principio el defraudado pTo creyó que todos los niños eran hijos únicos. Caía la tarde cuando comprendió que dos de los pequeños eran idénticos, y que tenían los mismos padres. ¿Tendrían un otro-yo? Sin embargo, los dos no iban siempre juntos; por eso pTo no había comprendido que no eran el mismo niño hasta el atardecer. Reflexionó sobre esto: sólo un par-natal entre todos los niños. ¿Acaso los padres Antiguos habían tenido tan mala suerte que habían perdido a los demás? ¿O era posible que sólo algunos niños nacieran en pares y todos los demás fueran únicos? ¿Qué eran entonces… animales?

Más tarde tendría tiempo para pensar en ello. Cuando hubiera aprendido el idioma, tal vez hallara el modo de hacer esas preguntas tan impertinentes. Por ahora sólo podía observar. Pero observaría especialmente a ese par, para ver cómo podían vivir su infancia tan separado el uno del otro. pTo se preguntó si eran mucho más fuertes que el pueblo o si no se tenían afecto.

Durante el día notó que la mayoría de los adultos pasaba mucho tiempo en la gran zona despejada, donde habían marcado la tierra con muchas hileras, como si aflojaran la arcilla para hacer una escultura descomunal, aunque el suelo estaba suelto y no se habría sostenido de haber intentado modelarlo. Pero después de observar varias horas, pTo comprendió que aquellos surcos tal vez fueran una etapa inicial de esos cuatro extraños prados cubiertos de hierba de diferente altura, pues también allí las raíces de la hierba parecían crecer en hilera. Y había otras zonas donde habían puesto plantas a propósito, y dos Antiguos fueron a una de ellas a recoger melones que luego abrieron y compartieron con los trabajadores mediado el día.

Éste fue el primer secreto que pTo aprendió de los Antiguos: que en vez de recordar año tras año dónde crecían las mejores plantas y tener cuidado de dejar una ofrenda de frutos y raíces en la tierra para que la Madre les diera nuevas plantas al año siguiente, podían llevarse las ofrendas de su lugar original de crecimiento y formar rebaños como si de pavos o cabras se tratase, de modo que bastaran poco hombres y mujeres para cuidarlas. Claro que esto sería peligroso. Los diablos sólo tendrían que encontrar un prado artificial como ése, y luego aguardar al acecho la llegada de los recolectores. Tal vez el pueblo no pudiera aprovechar ese secreto de los Antiguos. Aunque tal vez sí.

Por lo pronto, los diablos sí podían usarlo. Pero los diablos podrían haber aprendido fácilmente el secreto del pueblo, reunir animales en manada para que estuvieran a salvo de los depredadores y produjeran buena comida. En cambio, los diablos sólo habían aprendido a buscar los rebaños del pueblo para robar. Sin duda los diablos ya estaban planeando robar fruta y semillas de los prados de los Antiguos.

Esto era lo más raro de todo. Nadie montaba guardia. Algunos niños se turnaban en dos prados, uno donde la hierba maduraba toda al mismo tiempo y uno que tenía surcos nuevos, donde las aves parecían encontrar semillas recién plantadas. Allí los niños vigilaban las aves y las ahuyentaban cuando se posaban en tierra.

Se defienden de las aves, pero no de los diablos.

¿Eso significaba que los Antiguos ya eran amigos de los diablos? ¿O que ya los habían conquistado y sometido?

O tal vez —¿era posible?— los diablos habían sido tan sigilosos, y los Antiguos tan descuidados, que éstos no habían notado que los diablos los observaban.

Sin duda los Antiguos podrían ver algo de lo que veía pTo. Durante el día había visto varias partidas de diablos saliendo de la tierra o trepando a los árboles para mirar. pTo había visto que varios diablos se fijaban en él, y estaba seguro de que tramaban algún plan para capturarlo, o al menos ahuyentarlo. Los diablos eran inteligentes, pero no tanto. ¿O tal vez los Antiguos eran poco observadores? ¿Cómo podían ser tan poderosos si eran demasiado estúpidos para fijarse dónde estaban los diablos, qué estaban observando, dónde tendrían sus trampas?

Se puso el sol.

Era la hora en que los diablos se servirían de la trampa que habían planeado todo el día. De noche también se dedicarían a espiar a los Antiguos y a robarles. En la luz evanescente ya veía que los diablos se reunían en el linde del prado, pero los Antiguos no dieron la alarma, y su vigilancia parecía mínima: un hombre que caminaba con un farol en la mano (¡sin derramar nada!). Un farol. No tenía sentido. ¿Por qué no anunciar que se acercaba para que sus espías pudieran ocultarse?

pTo oyó un ruido tenue y áspero y notó que su rama vibraba. Sintió la tentación de esperar, de frustrar al diablo, de fingir que no sabía que lo acechaban. Pero después pensó que tal vez no recibiera otra advertencia. Tal vez el diablo esté más cerca de lo que creo. Y si me quedo un instante más…

Se elevó en el cielo y oyó un chillido de decepción, tan agudo y cercano que creyó sentir el aliento del diablo en la espalda. Así muere la gente, pensó. Por esperar más de la cuenta.

Ascendió a buena altura. Estaba un poco rígido después de pasarse quieto todo el día. Habría sido mejor si hubiera podido clavar las manos y los pies para colgar cabeza abajo, pero entonces habría corrido el peligro de quedarse dormido. No, esa rigidez era el precio por permanecer erguido e inmóvil todo el día. Aunque, por lo que había visto de los Antiguos, quizá no fuera necesario ser tan precavido. Tal vez pudiera ponerse a cantar y bailar y aun así los Antiguos no lo verían.

Sabía que los diablos ahora estarían en los prados de los Antiguos, pero pensó que debía correr el riesgo y coger muestras de las hierbas que estaban cultivando con tan perfecta sincronía. Primero fue al campo más maduro y vio de inmediato que el peligro era extremo. Los tallos no tenían fuerza para sostenerlo, aunque sí altura suficiente para estorbar su vuelo. Y lo que era peor, susurraban continuamente en la brisa, de modo que pTo no oiría los sigilosos sonidos de los diablos al desplazarse por la hierba. No se animaba a posarse en el suelo. Todos los diablos que hubiera en la hierba lo habrían visto, aunque él no pudiera verlos a ellos, y era posible que descendiera a pocos palmos de alguno y sólo se enterase cuando esas potentes manos le apretaran los brazos o las piernas o le desgarraran la resistente y delgada piel de las alas.

No se atrevía a descender, pero lo hizo, porque no regresaría de su expedición sin un trofeo. Los secretos que había aprendido eran lo más valioso que podía llevarse, lo sabía, pero se enfrentaría mejor a las críticas de Boboi si también llevaba algo en las manos. Así que descendió y se puso a partir tallos, tan cerca del suelo como pudo. No se molestó en mirar a su alrededor. De todos modos no habría visto nada. Si un diablo estaba muy cerca, era hombre muerto en cualquier caso, y si los diablos estaban más lejos, detenerse a buscarlos por entre esa hierba impenetrable no haría sino darles tiempo a aproximarse.

¿Cuántos tallos? Uno. Dos. Tres. Llevaba tiempo partirlos, ponerlos uno junto al otro. ¿Cuánto tiempo tendría? Cuatro. Cinco. ¿Cuántos tallos más necesitaba? Seis. Siete. ¿Todos estaban maduros? ¿O sólo llevaría tallos verdes, para su vergüenza? Ocho. Nueve.

Suficiente. Listo. A volar.

Cogiendo los tallos con un pie, se acuclilló y saltó hacia el cielo con todas sus fuerzas. Apenas podía desplegar las alas en la hierba, así que tuvo que extenderlas totalmente cuando se elevó por encima de los tallos, y una vez allí necesitó todas sus fuerzas para remontarse en el aire. Por un momento aterrador revoloteó justo sobre los tallos, avanzando sin elevarse. Debajo vio ojos —cuatro, seis, ocho— reluciendo en el claro de luna, brincando hacia él mientras pasaba. Si hubieran sido más altos, o si pTo hubiera sido más lento, ahora estaría echado entre los tallos mientras lo descuartizaban y se llevaban sus trozos a las madrigueras para compartirlos con sus mugrientas hembras.

Pero no eran más altos, y pTo no era más lento, así que se elevó y voló hacia la aldea de los Antiguos. Tenía que tocar uno de los edificios que no eran de madera. Pero esto era menos peligroso. Ningún diablo se había internado en la aldea, y el Antiguo del farol tal vez no lo viera. Además estaría en el techo, sin nada que le impidiera remontar vuelo.

El techo cedió levemente bajo su peso. Como sólo podía sostenerse con el pie que no aferraba los tallos de hierba, tuvo que encorvarse y usar las manos para palpar su textura. Tejido como un nido provisional, como un cesto, pero asombrosamente prieto y delicado. Ni siquiera el agua podía atravesar una urdimbre tan estrecha. Y pTo ni siquiera podía imaginar de qué fibras estaba hecha. Había brillado a la luz del sol. ¿Por qué los Antiguos mataban árboles para construir sus casas, cuando podían tejer una techumbre tan perfecta?

Una última tentación, después de la casa lisa. Voló hasta la base de la torre y la tocó. No se parecía en nada a la casa tejida. No cedía. Era como piedra, aunque no tan fría al tacto. Cuando pTo la golpeó suavemente con los nudillos, emitió una vibración tenue, como varios de los artefactos de los Antiguos que había en la aldea. Algo que seguía siendo verdad acerca de los Antiguos; incorporaban música a las cosas que fabricaban.

Un ruido lo sobresaltó, parecido a una voz, pero más alto y profundo. Se asustó tanto que echó a volar sin pensar. Sólo cuando estuvo en el aire pudo volverse para sobrevolar el lugar y ver quién había hablado. Era realmente una voz. Un Antiguo. Un varón. ¿Cómo se había acercado tan quedamente? Los Antiguos eran ruidosos en todo, como los sordos. Este también gritaba como un sordo, con voz estentórea y vibrante. Pero había podido acercarse a pTo tan quedamente que…

Tan quedamente que era obvio que no quería atacarlo. Debía de estar sentado a la sombra de la torre. Sentado desde antes. ¿Habría notado algo? ¿Habría visto los tallos que pTo había robado? ¿Estaría furioso? ¿Este robo convertiría a los Antiguos en enemigos del pueblo?

pTo pensó: No debo contar a nadie que el Antiguo me vio.

Pero descartó la idea de inmediato. Si alguna vez nos hacemos amigos de los Antiguos, recordarán los tallos que les robé del prado. Entonces soportaré el castigo. Pero mi gente ya sabrá que me vieron robar. Sabrá que dije la verdad desde el principio acerca de todo lo que hice, incluido el error de dejarme ver. Muchos me criticarán por mi descuido, pero nadie dudará de mi sinceridad, ni alegará que modifiqué mi informe para embellecerlo. Es mejor tener la confianza del pueblo que su respeto. Con confianza, podré ganarme su respeto después; sin ella, el respeto nunca sería merecido, y sería como veneno.

Cansado después de un día de inmovilidad, y sin saber cómo lo recibirían, pTo echó a volar sobre el desfiladero, hacia el valle donde vivía el pueblo.

Oykib miró al murciélago gigante que se alejaba sobrevolando el desfiladero. Sabía que para otros esto significaría el comienzo del cumplimiento de los viejos sueños, los sueños del Guardián de la Tierra. Pero para Oykib era otra cosa. El había oído la voz del Guardián hablándole a este visitante, y la había entendido.

La voz del Guardián era extraña. Era más sorda que la voz del Alma Suprema, menos nítida. Decía más con imágenes que con ideas, más con deseos que con emociones. A Oykib le costaba entender. Al llegar a la Tierra había tardado varias semanas en comprender que oía la voz del Guardián. Las conversaciones entre los humanos y el Alma Suprema eran mucho más claras; la voz del Guardián era como un trueno distante, una brisa entre las hojas. Más que oírse, se sentía. Pero cuando reparó en ella, cuando comprendió lo que era, se puso a escucharla. Sentado a la sombra de la nave estelar al anochecer, se concentraba gradualmente hasta que la voz estrepitosa del Alma Suprema pasaba a segundo plano.

Era más difícil porque el Guardián no hablaba continuamente con los humanos. Un sueño de cuando en cuando, a veces un deseo; y los sueños no siempre llegaban en momentos en que Oykib pudiera oírlos claramente. Pero el Guardián entablaba un diálogo casi constante con otra persona. Con muchas personas, que parecían rodear la aldea de Rodina, aunque no lograba precisar a qué distancia estaban. El problema era comprender lo que decían. Los sueños y deseos que captaba no tenían sentido. Al principio creyó que se debía simplemente a la confusión. Eran demasiados, eso era todo. Pero luego, cuando pudo distinguir un sueño de otro, cuando comenzó a seguir una ilación determinada, comprendió que la extrañeza era inherente a los mensajes. El Guardián acicateaba a esas personas con deseos que Oykib jamás había sentido, que no podía comprender; y de pronto había algo claro. El deseo de cuidar a un niño. El deseo de no pasar vergüenza frente a los amigos. Y cuanto más escuchaba, más entreveía esas extrañas apetencias: deseo de cavar, de raspar madera con las manos. Deseo de embadurnarse con arcilla. Estas cosas no tenían sentido, pero mientras Oykib estaba a la sombra de la nave, despojándose de su humanidad, esos deseos lo barrían y se sentía diferente. Otro. Distinto.

Él y Chveya habían especulado sobre ello, pues también ella había entrevisto, por el rabillo del ojo, hebras inexplicables que no conectaban a un ser humano con otro.

—Y sin embargo es imposible que vea esas cosas —le había dicho—. Yo sólo veo las hebras que conectan a personas que puedo ver, o al menos a personas que conozco. Pero no he visto a nadie a quien puedan pertenecer esas hebras.

—O las has visto por el rabillo del ojo —había sugerido Oykib—. Las has visto sin saber que las veías.

—En tal caso, debe haber muchas en torno a la aldea y los campos, y no las hemos visto. Ni siquiera una vez. Es una idea bastante absurda.

—Pero están reunidas en torno a nosotros, continuamente.

—A nuestro alrededor, pero lejos. Tú dijiste que el murmullo que oías era tenue.

—Comparado con la voz del Alma Suprema, sí. Como tratar de oír un concierto distante cuando alguien toca un pífano cerca de ti.

—¿Ves? Tú mismo lo has dicho. Un concierto distante.

—¿Y si nos están observando?

—¿Y qué? Que observen. El Guardián los está observando a ellos.

Naturalmente, los que creían en la verdad de los sueños estaban atentos a las criaturas aladas y los roedores. ¿Cómo los habían llamado Hushidh y Luet? Ángeles y cavadores. Pero en las cosas que escuchaba Oykib, y en las hebras de lealtad y preocupación que entreveía Chveya, no oían ni veían nada que les indicara cuál de las extrañas especies con que habían soñado vivía en las inmediaciones. Si de ellas se trataba.

Pero, fueran quienes fuesen esas criaturas, Oykib estaba cada vez más inquieto por los sueños y deseos que acudían a su cabeza. El deseo de comer algo caliente, salado y sanguinolento, trémulo y vivo… cuando lo comprendió por primera vez, sintió asco de sí mismo por tener semejante deseo. Y aunque sabía que el deseo venía desde fuera, aún lo perseguía como si hubiera sido propio. Pues esa criatura tibia y salada que deseaba comer viva era un tierno y suave bebé. Había algo confuso en la imagen: un retazo de cielo, un manto crujiente y correoso. Como en todas las comunicaciones entre el Guardián y esos extraños, nada era definido. Pero Oykib sabía una cosa: había sido la plegaria de una de esas criaturas al Guardián de la Tierra, y en la plegaria había pedido la carne de un chiquillo vivo.

¿Qué clase de monstruos eran esas personas?

Debo contárselo a alguien, pensó, pero no podía. Para contárselo, tendría que revelarles que había oído sus comunicaciones más secretas con el Alma Suprema durante muchos años. Todos se sentirían espiados, robados, violados. Y decírselo a Chveya sería preocuparla por la seguridad de su primogénito, que ya crecía en su vientre, por la seguridad de los pequeños a quienes ella enseñaba en la escuela todos los días.

Aunque podía contarle casi todo lo que oía, no podía hablarle de las cosas peores; durante la semana anterior, no había podido explicarle por qué despertaba sudando y boqueando en plena noche, ni por qué estaba tan taciturno con ella y los demás.

Esa noche, sin embargo, había hallado la respuesta a muchas preguntas. Pues cuando aquel murciélago de alas correosas descendió y se posó en el techo de una tienda almacén, Oykib percibió otra clase de criatura. Esta criatura también mantenía una comunicación casi continua con el Guardián, en otro desconocido idioma de deseos, pero era más brillante y más clara, aunque también más temerosa. Había preguntas, y se relacionaban con ideas que Oykib podía comprender; mejor aún, estaban asociadas con el lenguaje. Él no comprendía las palabras, pero sabía que podía aprender el idioma.

En cambio, comprendía muy bien los deseos. El afán de no defraudar a los demás, el afán de proteger a esposa e hijos, la ansiedad de revelar secretos.

La ansiedad de revelar secretos. Mientras Oykib miraba a la criatura posada en el techo de la tienda, entrevió los secretos que la criatura procuraba descifrar. Dos imágenes acudieron al instante. La imagen borrosa de una cabeza humana hecha de arcilla sin hornear, grande y monstruosa; y luego, mucho más clara, la imagen de Nafai. Sólo que no era Nafai. Era una criatura similar a ésta, pero con retazos de vello y alas harapientas, incapaz de volar, pero muy respetada, a quien escuchaban todos los demás.

Era Nafai pero no era Nafai.

De pronto comprendió. Es la palabra con que esta criatura nos designa a nosotros, los seres humanos. Antiguo. Antiguos. Nosotros somos los Antiguos.

Pero eso implicaría que sabían que una vez los humanos habían habitado la Tierra. Era absurdo. Era imposible recordar algo cuarenta millones de años. ¿Y cómo podían recordarlo? Por lo que sabía, la evolución de esas criaturas aún no había llegado a la inteligencia cuando los últimos humanos hollaban la Tierra.

Entonces la criatura brincó de la tienda y sobrevoló el claro dirigiéndose a la base de la nave estelar. Tocó el metal, tamborileó con los dedos. Hablaba con el Guardián. No, le cantaba al Guardián, tan embelesada estaba. Oykib sentía el regocijo y el pasmo de la criatura en su interior. Tuvo un pensamiento, tan claro como si hubiera sido propio: «Los Antiguos todavía ponen música en las cosas que fabrican.»

Había comprendido, aunque las palabras en que se expresaba pertenecían a un idioma que él jamás había oído. No se había emitido ningún sonido, pero en su memoria Oykib sabía cómo sonaría la voz de la criatura. Aguda y melodiosa, rica en vocales largas y matizadas, pero sin sibilantes ni nasales, sin ni siquiera fricativas. Las únicas consonantes eran oclusivas, pero tan musicales como el fraseo de un flautista que hiciera ondulantes pausas en una melodía. Tes y kas, ges y pes, bes y des, y una consonante gutural que Oykib no podía reproducir con su garganta. A veces estas consonantes tenían una bocanada de aire de más, a veces eran aspiradas. Era un bello idioma.

Pero lo más importante era que los deseos no eran oscuros y violentos, y el Guardián no parecía esforzarse en contener a la criatura. En vez de distraerla, el Guardián la alentaba, reforzando sus deseos. El contraste fue un alivio para Oykib después de tantas semanas de confusión y oscuridad.

—Al fin el Guardián nos ha traído un amigo —dijo en voz alta.

Se había olvidado de la cautela con que actuaba la criatura. No, el ángel. No había advertido que el ángel no lo había visto en la oscuridad. Pero en cuanto Oykib oyó su propia voz, supo que era demasiado alta. El ángel brincó a dos metros de altura y batió las alas en un frenético esfuerzo por escapar.

Pero el terror no lo dominaba. Regresó, revoloteando como para echar un buen vistazo a Oykib. Bien, mira todo lo que quieras, pensó Oykib, plantándose con las manos en jarras. No te haré daño, quería decirle Oykib con el cuerpo.

Y le dijo al Guardián: Ayúdale a saber que no soy su enemigo.

Como de costumbre, no hubo respuesta. Otros recibían sueños y susurros; Oykib sólo podía escuchar frases ajenas. Esta vez, sin embargo, todavía fresco el recuerdo del idioma y los deseos del ángel, Oykib no lamentó la falta. Tal vez oír a otros fuera el mejor don.

Cuando el ángel se remontó en el cielo nocturno, volando desfiladero arriba en el claro de luna, Oykib rodeó la nave estelar y regresó a su casa. Vio el fulgor del farol. ¿Quién estaba de guardia esa noche? ¿Meb? ¿Vas? Un elemaki, fuera quien fuese.

Era Obring. Obring siempre mecía el farol al caminar, con lo cual no podía detectar ningún movimiento extraño, pues la luz creaba sombras fluctuantes que podían ocultarlo. Una vez Elemak se lo había reprochado, pero Obring había respondido con una risotada:

—No hay nada que ver, Elya. Además, ahora todos obedecemos a Volemak, ¿recuerdas?

Elemak lo recordaba, como bien sabía Oykib. Y aunque Elemak nunca hablaba con el Alma Suprema en plegarias o en conversaciones, maldecía; y cuando sus maldiciones tenían verdadero propósito, su intensidad las ponía en la sintonía de comunicación del Alma Suprema, así que Oykib podía oírlas. Maldiciones silenciosas, nada dicho en voz alta. El hombre se dominaba. Y al final una plegaria, o tal vez sólo un mantra. No romperé mi palabra. Respetaré el juramento.

Oykib sabía a qué juramento se refería: el de obedecer a su padre mientras viviera. A excepción de Hushidh y Chveya, quienes podían ver las lealtades de la colonia extendidas como un mapa, Oykib sabía mejor que nadie que la paz era precaria. Todos sabían quiénes eran los elemaki y quiénes los nafari, todos veían que la aldea estaba prácticamente dividida en dos, con los nafari al este y los elemaki al oeste. La colonia no estaba unida y nunca lo estaría. Salud, Volemak. Salud y larga vida. Que no haya guerra entre nosotros antes de que mis hijos hayan nacido y crecido. Vive eternamente, anciano. Eres la única cuerda que sujeta esta cosecha en una sola gavilla.

Así que el inútil Obring montaba guardia mientras Oykib percibía oscuros murmullos y salvajes plegarias en la oscuridad y no se atrevía a hablar con nadie sobre ello.

Y esa noche parecía haber una nueva urgencia, una sensación de triunfo teñida de temor. Atrevimiento, eso era. Alguien se atrevía a hacer algo a lo que no se habían animado antes. Y el Guardián enviaba una corriente continua de distracciones. Algo está ocurriendo. ¿Qué es? ¡Háblame, Guardián! ¡Háblame, Alma Suprema!

Chveya estaba dormida cuando Oykib entró en la casa. A menudo era así. Chveya madrugaba y trabajaba con empeño todo el día, como si su embarazo no cambiara las cosas. Luego regresaba a casa y se dormía sin desvestirse, allí donde estuviera sentada o acostada. Una vez Oykib la encontró dormida de pie, sin que se apoyara en nada, de pie como un mástil en medio de la única habitación de la casa, los ojos cerrados. Respirando entrecortadamente: si hubiera estado acostada, habría sido un ronquido.

Esa noche estaba en la cama, pero totalmente vestida, los pies colgando sobre el suelo. Oykib no quería despertarla, pero por la mañana tendría calambres en las piernas y estaría molesta, sobre todo si por la noche necesitaba vaciar la vejiga y las piernas no le respondían.

Además, lo que había sucedido esa noche era importante: la llegada del ángel que había tocado la nave, la claridad de su diálogo con el Guardián. El hecho de que Oykib pudiera oír y comprender su idioma y los murmullos y correteos de esos seres oscuros que rodeaban la aldea.

Le acomodó los pies sobre la cama. Chveya despertó.

—¿Me ha pasado otra vez? —murmuró—. Quería esperarte despierta.

—No importa —dijo Oykib—. Duerme mientras puedas, lo necesitas.

—Pero estás contrariado.

—Preocupado y feliz —corrigió Oykib. Le contó lo que había sucedido y lo que opinaba sobre ello.

—Conque los ángeles comienzan a venir —dijo ella.

—Y eso nos dice quiénes son los otros que hemos visto. Esas criaturas parecidas a ratas. En la oscuridad.

—Creo que tienes razón —estuvo de acuerdo Chveya.

—¿Hushidh no soñó que le robaban los hijos?

—¿Y presientes que hay algo nuevo esta noche? —preguntó Chveya—. Creo que deberíamos avisar a todos. Poner más guardias.

—¿Y decirles qué? ¿Explicar qué? —preguntó Oykib.

—Sin explicaciones. Cuando le pidamos al abuelo que duplique o triplique las guardias esta noche, lo hará aunque le digamos que es sólo un presentimiento. Él respeta los presentimientos.

Fueron hacia la puerta, pero en cuanto la abrieron se oyó un grito en la zona elemaki de la aldea. Era un grito humano, y encerraba toda la desesperación del mundo.

10. BUSCADORES

La que había gritado era Eiadh. Pronto los adultos se reunieron a su alrededor. Ya no gritaba, pero le costaba gran esfuerzo dominar la voz.

—¡Zhivya no está! —exclamó—. La pequeña. La han sacado de la cuna. Me he despertado y he visto unas sombras bajas que corrían. —Perdió el control al comprender el horror de la situación—. Sostenían las cuatro puntas de la manta. ¡Unos animales han secuestrado a mi bebé!

Elemak no estaba en su casa en ese momento, pero ahora estaba de rodillas en la puerta.

—Mirad esta huella —señaló—. Es de un animal. Entró y salió… dos animales. Y al salir llevaban una carga pesada. —Se levantó—. Vi una criatura volante que descendía en los campos y después sobre la tienda almacén. Luego fue hacia la nave. Poco después se largó desfiladero arriba. Sin duda fue a buscar a sus amigos. —Tocó la huella—. Esa cosa pudo haber dejado esta huella. La seguiré desfiladero arriba.

Pero Oykib miró la huella y supo que Elemak se equivocaba. Los pies del ángel eran como manos, o tal vez como potentes pinzas. Aquellas huellas pertenecían a una criatura con los pies más planos y con garras.

Una criatura que corre y excava, no una criatura que vuela, que se posa en ramas.

—El ángel no dejó esa huella —dijo Oykib. Elemak lo miró con odio acerado en los ojos.

—El que sabe leer los rastros de los animales es Elemak, Oykib —intervino Nafai.

—Pero yo vi al ángel…

—También Elemak —dijo Nafai—, y es su hija. —Se volvió hacia Elemak—. Dinos qué hacer, Elemak.

Chveya se volvió hacia Oykib y le apoyó la cara en el hombro. Así reaccionaba cuando Nafai decía algo equivocado, lo cual ocurría con asombrosa frecuencia para tratarse de un hombre tan brillante. Nafai actuaba correctamente, según la información que tenía; era adecuado dejar que Elemak decidiera en aquellas circunstancias. Pero a esas alturas podría haber sabido que a Elemak no le gustaría salirse con la suya sólo porque Nafai pedía a todos que le obedecieran.

Además Elemak no debía salirse con la suya, porque estaba equivocado. Oykib sabía que los ángeles no habían secuestrado a la niña. Los secuestradores no volaban. Había que buscarlos en tierra. Para peor, había entre los culpables algunos que ansiaban devorar la carne palpitante de un bebé. La búsqueda era urgente, y seguir la pista de unas criaturas volantes que no tenían a la niña sería una terrible pérdida de tiempo.

Como si pudiera leerle el pensamiento, Madre apoyó una mano en el hombro de Oykib.

—Sé paciente, hijo mío —le recomendó—. Sabes lo que sabes, y oportunamente serás oído.

¿Oportunamente? Oykib miró a Chveya. Ella fruncía los labios; estaba tan preocupada como él, e igualmente frustrada.

Elemak estaba organizando su partida de búsqueda, indicando a los hombres adonde ir.

—¿Todos los adultos están aquí? —preguntó Volemak—. ¿Quién está vigilando a los niños? Ahora sabemos que corren peligro.

De inmediato las mujeres con hijos se marcharon de la casa, regresando a sus hogares.

—Elemak —dijo Volemak—, déjame algunos hombres para proteger la aldea mientras no estás. Elemak accedió de inmediato.

—Quédate con Nafai y Oykib… él podrá explayarse a gusto sobre sus teorías. Pero dame a los demás.

—Yo soy un hombre —intervino Yasai.

Oykib se abstuvo de observar: «Sí, si el amargón es un árbol». No era momento para burlas. Y Yasai era de hecho un hombre.

—Si hay un ataque necesitaremos más hombres —dijo Volemak—. Tal vez a los jóvenes. Elemak no cedió esta vez.

—Nafai tiene el manto. Si necesitas más hombres, tienes a los muchachos mayores. Tratamos de seguir a criaturas que vuelan. No puedo hacerlo sin la mayor cantidad posible de hombres.

—Yo puedo proteger la aldea —terció Protchnu, tratando de aparentar más de los nueve años que tenía.

Elemak lo miró con gravedad.

—Tendrás que hacerlo. Obedece a tu abuelo sin objeciones.

Protchnu asintió. Oykib pensó que las vidas de todos habrían sido más felices en los últimos meses de haber seguido Elemak su propio consejo.

Poco después Elemak partió, y los únicos hombres que quedaron fueron Nafai, Issib, Volemak y Oykib.

—Bienvenidos a las filas de los inútiles —comentó secamente Issib.

—¿Inútiles? En absoluto —dijo Volemak—. Bien, Oykib. Dinos lo que sabes.

—Esta noche he visto un ángel. El mismo que vio Elemak. Pero estaba a sólo un par de metros, y he visto su pie. Él no ha podido dejar esta huella.

—¿Quién, entonces? —preguntó Nafai.

—Hay otros —dijo Chveya—. Los he visto. Nunca con claridad, pero lo suficiente para hacer ciertas deducciones. Hushidh también ha recibido indicios. Están a nuestro alrededor, pero debajo de los matorrales. Como dijo Eiadh, son sombras bajas. A veces en los árboles.

—¿Sabes todo esto sin haberlos visto? —preguntó Issib.

—Veo los contactos entre ellos. Borrosamente. —Chveya sonrió con desgana—. Es lo mejor que tenemos.

—No es suficiente —dijo Nafai. Miró a Oykib con frialdad—. Basta de rodeos, Oykib. ¿Qué sabes?

Por primera vez Oykib pensó que quizá no hubiera guardado su secreto tan bien como creía.

—Sé que no había malicia en ese ángel. Para él somos los Antiguos, y sólo está asombrado y siente respeto. Pero hay otras mentes, y nos han observado durante meses, y algunas.,. —Miró de reojo a Eiadh, comprendió que debía cuidar sus palabras—. Algunas podrían ser peligrosas para Zhivya.

—Los que hemos llamado cavadores —dedujo Nafai.

Volemak asintió.

—Y viven en las inmediaciones. Issib rió.

—¿Y qué? ¿Buscamos palas y nos ponemos a cavar?

Señaló con el brazo la vasta superficie que debían explorar.

—Los túneles tienen entradas —dijo Nafai.

—Hemos estado explorando por aquí, pero nunca hemos visto agujeros —señaló Protchnu.

—¿Por qué no hacemos lo obvio? —dijo Oykib—. Lo que habría hecho Elemak, si no hubiera estado tan seguro de que los secuestradores podían volar. Seguir las huellas.

Las huellas de los cavadores se perdían pronto en la confusión que habían creado los pies de los humanos al correr respondiendo al grito de Eiadh. Para colmo, en aquel momento Rasa conducía a las mujeres que sacaban a sus hijos de la cama para reunidos en la escuela. Pero Volemak, a pesar del tumulto, hizo repartir faroles entre los hombres y los niños mayores, y al cabo de pocos minutos Protchnu gritó.

—¡Aquí! ¡Iban en línea recta!

Era verdad. El rastro se reiniciaba donde habría cabido esperar dada la dirección tomada por los cavadores al huir de la casa de Elemak y Eiadh. Los demás corrieron hacia Protchnu, pero permanecieron a la zaga mientras él los conducía hacia el linde del bosque.

—Un momento —dijo Volemak—. Nafai, Oykib, poneos a cada lado y manteneos alerta. No quiero que Protchnu nos guíe hacia una trampa.

Empuñando faroles, armado con herramientas de jardinería, el improvisado y pequeño ejército se internó en el bosque. Cuatro adultos, un puñados de niños, y las mujeres que aún no tenían hijos. Vaya, aquello aterraría a sus enemigos. En cuanto entraron en el bosque, la búsqueda se hizo más difícil. Las hojas del suelo impedían dejar huellas muy claras. Protchnu tardó un rato en avanzar seis metros en la arboleda, y luego perdió el rastro.

Moviéndose despacio y con cautela, se abrieron en círculo, tratando de encontrar las huellas nuevamente. Entonces Oykib oyó un grito de Protchnu, que estaba a pocos pasos. El niño miraba las ramas.

—¡Qué tonto soy! —dijo, y regresó al sitio donde había perdido el rastro. Oykib lo siguió.

—¿Crees que se llevaron a la niña por los árboles?

—Subieron a un árbol —afirmó Protchnu—. ¿Recuerdas los tocones huecos que encontramos cuando talábamos árboles?

—Shedemei mencionó la posibilidad de una enfermedad…

Pero Protchnu ya había trepado al árbol y palpaba el tronco.

—Protchnu, no estarás buscando pasadizos secretos, ¿verdad?

—Quemamos los árboles huecos porque no podíamos usarlos para construir —dijo Protchnu—. Tendríamos que haberlos estudiado. Las huellas conducen a este árbol y desaparecen. Han ido a la alguna parte.

Protchnu calló repentinamente.

—Aquí cede un poco. Alza el farol, tío Oykib. He encontrado una puerta.

Protchnu insertó la hoja de su azada en una fisura de la corteza, y un trozo oblongo del tronco se abrió como una puerta. Hasta entonces formaba una parte del tronco.

—Protchnu, recuérdame que nunca te llame estúpido —dijo Oykib.

Protchnu ni le oyó. Ya se había dado la vuelta y había metido las piernas por la abertura.

Oykib dejó el farol y brincó para coger del brazo a Protchnu.

—¡No! —exclamó—. No necesitamos tener que rescatar a dos hijos de Elemak.

—Yo soy el único que puede pasar por la puerta —protestó Protchnu, forcejeando para librarse de Oykib.

—Proya, has estado genial. No seas estúpido ahora —replicó Oykib—. ¡No puedes meterte así en su madriguera! Ni siquiera sabes si dentro tendrás espacio para usar la azada. ¡Saca esas piernas antes de que te corten los pies!

A regañadientes, Protchnu se alejó de la puerta.

Los otros ya se habían acercado. Nafai llevaba un hacha, al igual que Oykib. Cuando Protchnu bajó del árbol, se pusieron a trabajar deprisa, hachando el tronco. El tronco cayó a los pocos minutos.

Ahora la abertura era algo más que una puerta diminuta. Tenía tamaño suficiente para que cualquiera de los adultos descendiera al agujero. Acercando su farol, Nafai anunció que la cámara tenía tamaño suficiente para que cupiera un humano de pie. En los túneles también cabían los humanos… siempre que se desplazaran a gatas.

—No creo que sea buena idea por ahora —dijo Volemak.

—No hay tiempo que perder, Padre —repuso Nafai.

—Ponte de pie y mira alrededor, Nyef.

Alzaron los faroles y miraron. En los árboles, en el suelo, cientos de cavadores los rodeaban, blandiendo garrotes y lanzas con punta de piedra.

—Creo que nos superan en número —comentó Issib.

—Son feos —dijo Umene, el hijo de Sevet—. Tienen la piel rosada y lampiña.

—Su fealdad es el menor de nuestros problemas —dijo Volemak.

—¿Alguna idea de quién es el jefe? —preguntó Nafai.

—¿Chveya no ha venido con nosotros? —preguntó Oykib.

Chveya ya estaba escudriñando a los cavadores. Frunció el ceño, señaló.

—Está allí, detrás de esos otros.

Nafai se quitó la camisa, dejando al descubierto la piel del pecho y la espalda. En cuanto lo hizo, su tez comenzó a refulgir. El manto de capitán, invisible mientras vivía bajo su piel, ahora irradiaba luz, haciendo de Nafai un dios, al menos a ojos de los cavadores. Oykib oyó una cacofonía de plegarias y maldiciones.

—Da resultado —dijo—. Los esfínteres se están aflojando. Habrá un círculo de suelo bien abonado cuando concluya esta noche.

Un par de niños rieron. Los adultos permanecieron serios.

Nafai se acercó al lugar que Chveya había señalado.

—¿Cuál de estos monstruitos es el que me interesa? —preguntó.

Chveya se le acercó, procurando no tocar su piel reluciente. Ahora podía reconocer al jefe, una criatura grande y fuerte que llevaba un collar de pequeños huesos alrededor del cuello.

—El del collar.

Nafai alzó la mano y señaló.

Su dedo resplandeció. Una chispa saltó de su mano hacia el líder de los cavadores. El collar que usaba como amuleto no lo ayudó demasiado. De inmediato se arrojó de bruces al suelo, temblando.

—No lo has matado, ¿verdad? —le preguntó Chveya.

Oykib apenas podía oírla. La algarabía de las aterradas plegarias de los cavadores sofocaba casi todas las otras percepciones de su mente. Pero aun el terror de esas criaturas estaba teñido de rabia y sed de venganza. Temían a Nafai, pero lo odiaban y querían destruirlo.

—Si piensas en hacerte amigo… —murmuró Oykib.

—Oykib —dijo Nafai, ignorando ambos comentarios—, necesito que hables en mi nombre. Es mi papel ser un dios. No puedo permitir que vean mis esfuerzos para comunicarme. Además eres el único que entiende mínimamente sus reacciones.

Oykib quedó asombrado.

—¿Cómo puedo hablar con ellos? No conozco su idioma.

—Has entendido algo del idioma de los ángeles, ¿verdad? Eso ha dicho el Alma Suprema.

—Pero nunca he comprendido ni oído su…

—Estás a punto de oírla ahora —dijo Nafai.

Conque el Alma Suprema sabe de qué soy capaz, pensó Oykib. Era la primera confirmación que tenía de esto. Pero ¿sabía el Alma Suprema de cuántas cosas no era capaz?

Avanzó hacia el líder, a quien ayudaban a levantarse.

—La niña —dijo Oykib. Imitó el gesto de acunar a un bebé en sus brazos. Los cavadores habían observado a los humanos el tiempo suficiente para entender aquel gesto.

El rey cavador masculló algo. Oykib quedó sorprendido por el idioma. Era lo contrario del idioma de los ángeles: sibilantes, fricativas, nasales; ninguna melodía, sólo zumbidos y gorgoteos. ¿O sólo me parece un idioma maligno y viscoso por lo que sé acerca de sus plegarias y apetencias ?

Cuando el rey cavador hablaba con sus seguidores, Oykib no entendía nada. Al cabo de unos instantes los cavadores trajeron a cuatro de sus soldados a rastras y los arrojaron a los pies de Nafai. Ahora Oykib detectaba claramente el terror, las maldiciones y plegarias de los cuatro.

—Estos son los autores materiales del secuestro —aclaró Oykib—. Creo que te los están entregando para que los castigues.

Nafai rechazó de inmediato el ofrecimiento.

—Pues que no quiero venganza, sólo a la niña.

—¿Y debo decir eso por señas? —preguntó Oykib. Pero lo intentó, usando el mismo símbolo para el bebé, y luego indicando que se llevaran a aquellos cuatro.

Pero al parecer los cavadores pensaban que el gesto significaba otra cosa. A una orden del rey, otros cuatro cavadores se acercaron de un brinco y apoyaron la punta de sus lanzas en la garganta de los cuatro secuestradores.

—¡No! —exclamó Oykib, oyendo al mismo tiempo la voz de Chveya. Nafai dio media vuelta y con un solo ademán de su brazo fulgurante derribó a los cuatro cavadores.

Luego pareció enloquecer. Señaló los árboles uno por uno, hasta que cada copa ardía.

—Está demasiado húmedo para que se propague el fuego —murmuró Oykib.

—Eso espero —dijo Nafai—. ¿Crees que quiero incendiar nuestra aldea?

Pero para los cavadores aquello era la ira de los dioses y su bosque estaba condenado. El rey se acercó a Nafai y se arrojó de bruces a sus pies. Luego se tendió de espaldas y agitó las piernas y los brazos, exponiendo por completo el vientre desnudo.

La mente de Oykib estaba llena de plegarias, y ahora, como el rey cavador estaba cerca y Oykib comprendía el contexto, pudo entender mejor lo que decía.

—Está rogando al dios, es decir a ti, que lo mate y perdone a su gente.

—Conque es un rey digno —murmuró Nafai—. Dile que sólo queremos a la niña. Pero primero respetaré su ofrecimiento. —Nafai movió la pierna para quedar a horcajadas sobre el cuerpo supino del rey. Bajó el hacha hasta tocarle el pecho con la hoja—. ¿Qué te parece? Son gente violenta, ¿verdad? Ayúdame con esto. Estoy inventando el ritual sobre la marcha.

—Sin sangre —le dijo Oykib—. Eso no estaría bien. El otro rey es el encargado de los ritos de sangre.

—¿Otro rey? —preguntó Nafai. Chveya también estaba desconcertada, pero lo confirmó.

—Hay tanta lealtad hacia el otro como hacia éste —explicó—. Pero también hay otro. Alguien a quien el rey mismo debe fidelidad. Alguien que está bajo tierra.

—Sin sangre —dijo Nafai—. ¿Entonces qué debo hacer?

—Dale el hacha —dijo Oykib—. Es lo que menos se atreve a esperar, pero lo que más ansia. Te dará su lanza y su collar de huesos.

Nafai soltó el mango del hacha.

—¡No! —gritó Protchnu detrás de él—. ¡No entregues tu arma! ¡Nunca entregues tu arma!

—Cállate, Proya —murmuró Volemak. El rey cavador empuñó el mango del hacha, rodó y se puso de pie. Podía alzar el hacha con facilidad, pero el mango no era adecuado para su mano y no podía levantar la hoja mientras sostenía la punta del mango. No había motivos para temer que pudiera usarla como arma.

El rey se agachó a recoger su lanza y se la ofreció a Nafai.

—¿Qué pasa si la acepto? —preguntó Nafai.

—No sé —dijo Oykib—. No creas que todo esto me viene presentado con un glosario y notas al pie.

Nafai aceptó la lanza. El rey se quitó el collar de huesos y se lo ofreció.

—No me gustan los huesos de esa cosa —dijo Nafai, vacilando.

—A mí tampoco —estuvo de acuerdo Oykib—. Creo que es hora de exigir nuevamente la devolución de Zhivya.

—¿Por qué crees eso?

—Porque no me gusta cómo está rezando para que aceptes el collar. Está desesperado porque lo aceptes, pero no creo que sea porque te ama.

—Bien —dijo Nafai—. Dile que quiero a la niña.

Oykib se interpuso entre Nafai y el rey, impidiendo la entrega del collar. El rey se balanceó sobre los cuartos traseros, con aire de… ¿qué? ¿Furia? Eso le pareció a Oykib. Hizo el gesto que representaba a la niña, luego le gritó al rey a la cara:

—¡Tráenos a Zhivya o todos moriréis, feos bastardos de piel rosada!

—Ya que ellos no te entienden —dijo Chveya—, ¿no podrías usar un lenguaje que luego no tuviéramos que explicar a los niños?

—Están tratando de comunicar furia —dijo Nafai—. ¿Da resultado?

—Da resultado —dijo Chveya—. Estáis dominando la situación. Pero no os tienen simpatía.

—Me rompes el corazón —bromeó Nafai.

—Rompe la lanza —le indicó Oykib.

—¿Qué? —se sorprendió Nafai.

—Eso es lo que él teme, mientras sostiene el hacha. Teme que rompas la lanza.

Nafai rompió el mango de la lanza sobre las rodillas. El crujido de la madera vibró en el aire.

El rey cavador cogió el hacha con ambas manos y trató de partir el mango. No pudo. Era demasiado grueso y estaba bien templado.

—Haz algo más que él no pueda hacer —dijo Oykib—. Tiene que fallar dos veces.

Nafai recogió la punta de la lanza. Usándola como cuchillo, se abrió un tajo en el vientre. La sangre salpicó el rostro del rey cavador, y Oykib vio horrorizado que Nafai se había cortado el músculo y expuesto las tripas. En pocos instantes el manto de capitán sanó la herida, que se cerró sin dejar cicatriz ante los ojos de los cavadores.

El rey cavador cogió la hoja del hacha, como si pensara en imitarlo.

—No quiero que se mate —dijo Nafai—. No tengo poder para curarlo.

—No te preocupes —dijo Oykib—. Has hecho lo correcto. El rey de guerra no puede verter su propia sangre por su pueblo. No me preguntes por qué, sé que es el dilema que él trata de resolver.

Chveya intervino.

—Viene alguien más.

Alzaron la vista y vieron que el ejército de cavadores adoptaba una actitud expectante.

—No es el rey de sangre —dijo Oykib—. Es la madre.

—¿La reina?

—Creo que es la pareja del rey de guerra, sí —dijo Oykib—. Pero es algo más que eso. Todos la llaman «la madre».

—¿Qué, tienen una rata rema? —dijo Chveya—. ¿Como una abeja reina o una hormiga reina?

—Son mamíferos —le recordó Oykib—. Creo que es un título religioso. Como el de rey de sangre y el de rey de guerra. —Procuró repetir el sonido que había oído con la mente—. Emeezem.

—¿Qué es eso?

—Su nombre. Es el nombre que pronuncian. Y su título es ovovoi.

Repite el nombre —pidió Nafai—. Tengo que decirlo bien a la primera.

—Emeezem —dijo Oykib—. Aunque no lo sé con certeza.

Nafai levantó la barbilla y ladró el nombre de la reina como un pregonero en un mercado.

—¡Emeezem!

Todos los cavadores callaron. Una figura salió de la arboleda y se aproximó lentamente a Nafai.

Era una hembra, sin duda, pero lo más sorprendente era que era más velluda que la mayoría de los machos. No llevaba objetos de adorno, cuyo propósito cumplían perfectamente los dibujos grises de su vello. Su aspecto era majestuoso, pero también frágil.

—Está rogando al dios que la perdone. Ella no sabía lo que planeaban esos machos estúpidos.

—Quiero la niña —declaró Nafai.

—Lo sabe. Sus mujeres la están buscando —dijo Oykib. De pronto notó que la reina forzaba la vista—. Acerca el farol al rostro de Nafai, Chveya.

Chveya acercó el farol, y la reina se tapó la cabeza y se encorvó cayendo al suelo.

—Ahora puede morir feliz —dijo Oykib—, porque al fin ha visto tu rostro en persona.

—¿Mi rostro? —preguntó Nafai.

—Eso parece decir —respondió Oykib—. Eres tú el que tiene línea directa con el Alma Suprema. A mí me cuesta bastante entender todo esto.

—No te pongas difícil —dijo Nafai—. El Alma Suprema no oye las cosas que estás oyendo. Tu contacto con el Guardián es mejor que el del Alma Suprema.

Oykib sintió un curioso calor en el cuerpo. Orgullo y temor, una extraña mezcla. El Alma Suprema me necesita para ayudar en esto. Ése era el motivo de su orgullo. Pero su temor era mayor. Si cometo un error, aquí no hay nadie que pueda corregirme.

Emeezem se levantó del suelo.

—Ha aguardado toda su vida para verte —dijo Oykib, tratando de interpretar las imágenes que le inundaban la mente, imágenes de la infancia de la reina, de lugares oscuros y subterráneos—. Ella cree que tú la hiciste reina. Porque la aceptaste.

—¿Cuándo habré hecho yo eso?

—Cuando ella era pequeña —dijo Oykib—. No lo entiendo, pero los recuerdos de su infancia te incluyen a ti.

—El vínculo que la une a ti es increíblemente fuerte —dijo Chveya—. Más fuerte que el vínculo que la une a su esposo. Es realmente asombroso, Padre.

—Te ruega que perdones la vida de su esposo. El tampoco sabía nada sobre el secuestro. El culpable fue el hijo del rey de sangre.

Emeezem silbó y escupió una fiera orden dirigida al esposo. El se puso de pie y repitió esas palabras. Poco después un macho de pone orgulloso salió de las filas, arrojando su arma con gesto altanero. Fue a plantarse frente a Nafai, pero no se inclinó ni demostró ningún respeto.

Emeezem y el rey de guerra le impartieron órdenes, pero él no parecía dispuesto a obedecer.

La reina se volvió hacia Nafai y soltó una retahíla que parecía ser una terrible invectiva.

—Te ruega que mates a Fusum —dijo Oykib—. Es el nombre del joven… él tramó todo esto, aunque todos habían recibido órdenes de no causarnos daño alguno.

—No voy a matarle —dijo Nafai.

—Tienes que hacer algo —replicó Oykib—. Éste es el más culpable. El rey de guerra no se atrevía a tocarlo porque es el hijo del rey de sangre, y por eso te entregó a los cuatro secuestradores. Pero tú eres un dios, Nyef. Tienes que hacerle algo o… no sé. El caos. El colapso del universo. Por lo menos, algo bastante desagradable.

—Detesto esta situación —dijo Nafai—. ¿Y si lo cojo prisionero?

—¿Y lo encierras en nuestra segura prisión? — preguntó Chveya—. Menos mal que lo primero que construimos fue una cárcel.

—Prisionero no, entonces. ¿Rehén?

—Derríbalo —dijo Oykib—. Están aterrados porque titubeas.

—Sólo quiero que me devuelvan a Zhivya —dijo Nafai—. No quiero ningún cadáver.

Volemak avanzó y se plantó junto a Nafai.

—Inclínate ante mí —le dijo—. O cualquier cosa que sea un equivalente para ellos.

—Entonces ponte a cuatro patas y besa el vientre de Padre —le indicó Oykib.

—No lo dirás en serio —exclamó Nafai—. El rey de guerra no me ha demostrado su respeto así.

—El rey de guerra ofrecía su persona como un sacrificio indigno. Tú saludas a Padre como tu padre y rey.

—Hazlo —dijo Volemak—. No tienen por qué saber que yo no poseo los poderes del manto. Que vean que también tú recibes instrucciones de alguien. Eso les indicará que, a pesar de lo que han visto, todavía desconocen el alcance de nuestro poder.

Nafai se puso a cuatro patas. Pero en aquella posición no podía llegar al vientre de su padre para besarlo. Apartó las manos del suelo y se irguió, apretó el rostro contra la camisa de Volemak.

Hubo un murmullo entre los cavadores.

—¿Puedes brillar aún más? —preguntó Volemak.

—Sí.

—Bien, cuando te toque la cabeza, deslúmbralos.

Volemak bajó la mano con gesto majestuoso y le tocó la cabeza. Nafai se convirtió en una explosión de luz. Hasta los humanos jadearon, y los cavadores gritaron de terror.

—Bien hecho —dijo Volemak—. Pensé que convenía afinar su percepción de nuestro poder. Ahora derriba a este cachorro engreído. No lo mates, sólo atóntalo como a los demás.

El resplandeciente Nafai se puso de pie y extendió la mano hacia Fusum.

El hijo del rey de sangre no se amilanó, ni siquiera parpadeó. Miró a Nafai a la cara, desafiante. El aire que los separaba crepitó, y el joven cayó derribado como un árbol. Se quedó temblando en el suelo.

—Tienes talento natural para el teatro —aprobó Volemak—. Ahora dile a Oykib que señale a los nueve cavadores dormidos y que los haga trasladar hasta la nave.

—¿La nave?

—No les hagas creer que discutes conmigo —protestó Volemak—. Hazlo. Rehenes. Y Shedemei podrá mantenerlos drogados o en animación suspendida mientras los estudia sin causarles daño. Confía en mí, Nafai.

—Confío en ti, Padre. Perdona mi titubeo.

Nafai miró a Oykib y le repitió airosamente las instrucciones de Volemak.

Al principio parecía absurdo que Nafai le repitiera las mismas palabras que había dicho Padre. Pero poco a poco cobró el poder de un ritual. Era una expresión de autoridad. El rey. El hijo del rey. El criado del hijo. Era preciso que los cavadores vieran el espectáculo. Pero también lo vieron los otros humanos, sobre todo los niños. Sobre todo Protchnu. Esto es poder y autoridad, Proya, pensó Oykib. Así es como debe funcionar, y por eso tu padre es un fracaso, porque Elemak jamás aceptaría órdenes de nadie. Los que no acatan ninguna orden no tienen aptitud para mandar a otros.

Cuando Nafai terminó de declamar, Oykib señaló ceremoniosamente a cada uno de los cavadores dormidos, indicando a los otros cavadores que los recogieran y los llevaran a la nave.

La reina parecía entender la danza que estaban ejecutando. Por su parte, increpó duramente a su esposo, el rey de guerra, y él a su vez interpeló a los soldados que aguardaban en los árboles. Pronto, en grupos de cuatro, se reunieron en torno de los caídos y los levantaron.

En ese momento otras voces sonaron en el bosque. Emeezem pronunció una respuesta, y cuatro cavadores hembra salieron de las matas. Cada cual sostenía la punta de una manta, y en la manta yacía Zhivya, que se estaba riendo. La pequeña disfrutaba del paseo.

—Deprisa —dijo Volemak—. Protchnu, corre a la aldea a buscar a Eiadh, y tráela aquí. —A Nafai le dijo—: No reclames al bebé. Hazles esperar. Que entreguen a Zhivya a los brazos de su madre.

Mantuvieron esa pose en silencio. Pareció durar una eternidad, aunque no pudieron ser más de cinco minutos. Al fin Protchnu regresó con Eiadh, quien gritó de alegría al ver a la chiquilla. Corrió hacia las cuatro cavadoras y se agachó para recoger a Zhivya.

—Zhivoya, mi niña vivaz, mi niña risueña —canturreó, riendo y llorando y dando vueltas.

—Bien —dijo Volemak—. Nafai, ordena a Oykib que les ordene llevar los rehenes a la nave. Y ordena a Dazya que los conduzca allí, así podrá explicarle a Shedemei lo que hay que hacer. Quiero mantenerlos inconscientes y quiero que los estudien a fondo.

Dazya, la ex Primera Niña, avanzó un paso.

—Entiendo —asintió.

—Pero al parecer no has entendido que quería que Nafai te diera la orden —dijo Volemak sin mirarla.

Nafai miró a Dazya y le repitió las órdenes que Volemak ya había impartido. Dazya, sonrojándose, obedeció. Los soldados cavadores formaron una procesión a sus espaldas, llevando a los nueve cavadores inconscientes hacia la nave.

El orden jerárquico ya estaba claramente establecido. La reina Emeezem ahora interpelaba a Oykib. El problema era que no lo consideraba un dios, y no le hablaba dirigiéndole una plegaria. No era una comunicación con el Guardián ni con el Alma Suprema, así que para Oykib era un zumbido ininteligible.

—No puedo entenderles a menos que le hablen a un dios —dijo Oykib.

—Entonces quédate donde estás y niégate a escuchar —ordenó Volemak—. Cuando ella haga una pausa, señala a Nafai.

Oykib obedeció. La reina pronto comprendió la idea y le repitió las mismas palabras a Nafai. Oykib volvió a entenderla.

O tal vez no.

—Ella te ruega que vayas a ver qué bien han cuidado de tu…

—¿De mi qué?

—No tiene sentido —dijo Oykib.

—¿Cuidado de mi qué?

—De tu cabeza —dijo Oykib.

—¿Adonde quiere que vaya?

—Está bajo tierra —respondió Oykib—. Quiere que la sigas bajo tierra.

Nafai se volvió hacia Volemak y repitió ceremoniosamente las palabras de Oykib. Volemak aparentó escuchar gravemente.

—Primero ordena que se vayan estos soldados —dijo—. Y luego, Nafai, la seguirás a los túneles. Tú tienes el manto. Si se proponen traicionarnos, eres el único que estará seguro.

—Debo llevarme a Oykib —señaló Nafai—. No entiendo una palabra de lo que dicen. Volemak vaciló sólo un instante.

—Cuídalo —dijo.

11. AGUJEROS

Era asombroso que un dios supiera ser tan condescendiente. Emeezem se había atrevido a invitarlo porque era vieja y no tenía miedo, y porque en su vida había aprendido a esperar lo imposible. Y así como la había aceptado cuando era una niña fea e indeseable, hacía tantos años, el dios la aceptó de nuevo y la siguió a la ciudad.

¡Abandonar ese mundo de luz y entrar en las penumbras porque ella se lo pedía! ¡Dejar que el resplandor de su cuerpo inmortal iluminara las terrosas paredes de los profundos templos! Emeezem quería cantar y bailar mientras recorría los túneles. Pero conducía a un dios a su templo. Era preciso conservar la dignidad.

Especialmente por Mufruzhuuzh; hoy necesitaba dignidad. Nadie podía criticarlo por lo que había ocurrido. A fin de cuentas, era Fusum quien había planeado el robo del bebé, abocándolos a una mortal confrontación que Muf no había buscado ni deseado. Y se había enfrentado al dios con valentía. Todos vieron que no tenía miedo cuando le ofreció el corazón. Y luego, cuando el dios le desafió a que superase hazañas insuperables, pidiéndole cosas que sólo podía hacer el rey de sangre, si era capaz… bien, nadie podía culparlo por titubear, por no obrar. No tenía hacia dónde ir, así que se había quedado donde estaba.

Aun así era humillante para él que su esposa hubiera debido acudir a sacarlo del dilema. No importaba que fuera raro que la esposa del rey de guerra fuese también la madre raíz. El rey se avergonzó cuando un dios que a él sólo le había planteado acertijos insolubles aceptó a su esposa.

Pero ¿qué podía hacer Emeezem si la niña había llegado a sus manos? Muf ni siquiera sabía dónde la habían escondido. Sólo cuando la hermana de Fusum descubrió el terrible acto que éste había cometido fue a contarle la verdad a Emeezem, y entonces Muf ya estaba frente al dios. Fue simplemente una desdichada combinación de circunstancias. Mufruzhuuzh todavía era rey de guerra. El dios pondría las cosas en su lugar.

El dios era tan grande que tuvo que andar a cuatro patas para atravesar los túneles. Claro que podría haber caminado erguido, destrozando los techos. Pero prefirió no hacerlo, dejando los túneles intactos para la gente. ¡Cuánta amabilidad! ¡Cuánta generosidad para gusanos como nosotros, que reptan en la tierra!

Alrededor se oía el correteo de mil pies, mientras hombres y mujeres y niños se apiñaban en todos los pasajes abiertos, ansiando ver al dios. Emeezem vio manos que se alzaban para recibir la luz del cuerpo del dios, padres que levantaban sus bebés para que la luz del dios bendijera sus cuerpos. Y el dios la seguía, siempre rutilante.

Llegaron a la cámara donde años atrás Emeezem —no, entonces sólo era Emeez— había visto por primera vez la intacta cabeza del dios. Se detuvo, y le suplicó que los perdonara por dejarlo tanto tiempo en esa oscuridad.

El subdiós le habló al dios, quien respondió, se lamió el dedo, extendió la mano y tocó el dintel de la puerta. Así dejaba el fluido de su cuerpo en la entrada del recinto. Era mucho más que un mero perdón. Emeezem sintió un profundo alivio, y no fue la única. Oyó una voz masculina que cantaba:

—Pusimos tu gloriosa cabeza en la oscuridad, sin adorarla porque en la arcilla no veíamos tu luz. Pero tú nos devuelves las aguas de la vida, y traes luz al estómago de la tierra. ¡Oh noble, oh grande!

Y otros cantaban, aprobando esas palabras.

—¡Oh noble, oh grande! ¡Oh noble, oh grande! ¡Oh noble, oh grande!

El dios les hizo el cumplido de quedarse allí, inmóvil, hasta que el canto cesó. Entonces Emeezem continuó la marcha, corredor arriba, hasta el templo que había hecho construir para el dios, a partir del día en que la habían nombrado madre raíz. Había pensado que la estatura del dios debía guardar proporción con el enorme tamaño de su cabeza, y había hecho cavar el templo a gran profundidad para que el techo pudiera ser alto. También situó el templo de tal modo que el techo llegaba hasta una grieta de la roca, lo que permitía que un poco de luz diurna entrara en la cámara. Y en el punto más brillante de ese fulgor tenue y difuso, sobre un pedestal hecho con huesos de reses del cielo, había puesto la cabeza.

Ahora era de noche, así que había poca iluminación cuando el dios entró en el templo. Pero él llevaba su propia luz, y alumbraba cada rincón del recinto cuando se puso de pie. Otros entraron detrás de él, congregándose junto a las paredes del templo mientras él se acercaba al pedestal donde se erguía la escultura. Ahora vería cómo lo habían adorado, una vez que comprendieron que su extraña y enorme cabeza no era indicio de debilidad sino de poder. ¿Acaso no le habían ofrecido toda la cosecha primaveral de crías de reses del cielo ese primer año, para que su pedestal se levantara a mayor altura que el de ningún otro dios? ¿Acaso no habían desgarrado y compartido gran cantidad de carne de las reses del cielo en su honor, todos los años, desde entonces? Pero nadie había usado su cabeza en la época del celo, porque entendían que él no debía ser adorado de esa manera.

El dios caminó despacio hasta el rostro y se detuvo. Brillaba con el resplandor de su cuerpo, y su rostro radiante se reflejaba en un rostro terroso. Se acercó, lo tocó. Alzó la cabeza hacia la tenue luz de las estrellas y se hincó de rodillas.

Entiendo, pensó Emeezem. Nos muestras cómo adorarte. No podemos hacer exactamente lo que has hecho, porque nuestras rodillas no se doblan en esa dirección. Pero tocaremos el rostro como lo has tocado. ¿Había un motivo para que tocaras los labios? ¿Siempre deberán ser los labios? ¿O tocaremos la parte del rostro que deseamos que bendigas en nosotros? Debes decírmelo. Tal vez después, si te dignas manchar tus labios hablando nuestro idioma, si tu subdiós prefiere hablar nuestra lengua impura. Tocamos tu rostro, miramos la luz, nos acuclillamos ante tu rostro y lo miramos, sí, lo recordaré. Todos recordaremos.

Como todas las mujeres, Shedemei estaba asustada, asqueada y fascinada por la procesión de cavadores que entraron en la aldea, trasladando a los compañeros que Nafai había dejado inconscientes. Pero era responsabilidad suya hacer algo con ellos, así que dejó de lado sus sentimientos personales y condujo a los cavadores a la nave. Pronto comprendió las intenciones de Volemak; él le había visto efectuar estudios inofensivos de los pocos animales que había revivido, y sabía que podía aprender mucho sobre una criatura usando el instrumental de la nave. Era imperativo comprender las estructuras y sistemas físicos que configuraban la vida de los cavadores, pero era igualmente importante no causarles daño.

Aunque quizá no fuera buena idea permitir que los cavadores vieran el interior de la nave. Por lo poco que había dicho Dza, sabía que Nafai los había abrumado con el poder del manto de capitán. Tal vez las lisas y lustrosas superficies del interior de la nave realzaran ese efecto, tal vez no. Era peligroso dejar que los cavadores vieran que los humanos eran, a fin de cuentas, humanos; que obraban milagros con ayuda de herramientas y máquinas y no por medio de poderes divinos y congénitos.

Pero eso quedaría para otro día. Volemak había tomado su decisión, y era lo mejor. Y aunque no lo fuera, Shedemei obedecería. La paz que habían tenido durante aquellos meses, desde su llegada a la Tierra, se basaba en su autoridad; Shedemei obedecería aunque Volemak estuviera equivocado. Shedemei sólo quería la paz. La oportunidad de hacer su trabajo sin tener que tomar partido en la incesante lucha familiar entre los hijos de Volemak y Rasa.

Una vez que se hubieron ido los porteadores, lo primero era sedar a los cavadores para que no despertaran en un momento inoportuno. Habían transcurrido cuarenta millones de años de evolución desde que las líneas biológicas de la Tierra y Armonía habían divergido, pero en el nivel químico era donde la vida resultaba más conservadora. Una leve dosis del sedante más seguro bastaría. Shedemei habló con el ordenador médico mientras pesaba cada cuerpo. El ordenador calculó las dosis y ella apretó los tampones contra la piel rosada.

Una tez rosada y lampiña. ¿Por qué aquellos roedores habrían perdido la pelambre? Shedemei sospechaba que no existía una buena razón evolutiva para ello, que la razón era cultural. Alguna pauta de belleza se había generalizado y luego sólo los poseedores de ese rasgo de belleza podían aparearse. Pronto la piel rosada habría predominado en la cultura mientras que el vello quedaba relegado a algunos miembros despreciados. De otro modo no tenía sentido. La piel de cavador no tenía melanina. Con razón debían permanecer en túneles sombríos, a diferencia de sus antepasados las ratas. No podrían soportar las quemaduras si salían de los árboles.

Después de sedarlos, Shedemei inició sus análisis. Pero entonces la somnolencia la cubrió como una ola en la playa, y Shedemei comprendió que después de permanecer despierta toda la noche no estaba en óptimas condiciones para emprender investigaciones serias. Usó el carro para trasladar a los cavadores a cámaras de animación suspendida. Sintonizó las cámaras en soporte vital normal para que no pasaran a la modalidad de animación suspendida. Las dosis de animación suspendida tal vez no fueran adecuadas para los cavadores, y en ese caso no podría revivirlos.

Luego fue a su litera y se acostó a dormir un rato. Un par de horas y estaría bien. Recordó su modo de vida en Basílica antes de que la convencieran —qué va, no la habían convencido, sino engañado, manipulado, obligado— de sumarse al éxodo de Volemak en el desierto. En esos tiempos, cuando perseguía con entusiasmo un gen difícil de encontrar, trabajaba el día entero, durmiendo breves siestas que sumaban poco más de un par de horas de sueño por día. El entusiasmo del descubrimiento y la creación era más importante que dormir y comer. Nunca había querido dejar esa vida.

Bien, la había dejado, y no estaba del todo disconforme. Para empezar, Basílica había sido destruida cuando Moozh intentó edificar un imperio, así que en cualquier caso ella no habría podido continuar con su antigua vida. Y aunque Basílica aún estuviera en pie, el viaje por el desierto le había dado cosas buenas. Sus hijos Padarok y Dabrota, cuyos nombres significaban Regalo y Bondad, y que eran merecedores de esos nombres. Zdorab, su tímido y complicado esposo, un hombre que nunca había deseado a las mujeres y aun así le había dado dos hijos, aparte de su buena compañía durante tantos años. A pesar de que él carecía del deseo y ella del interés, se habían ayudado mutuamente a participar en la gran corriente de la vida y la creación. Habría sido lamentable pasarme la vida modelando vida sin participar nunca en ello. Me alegra que eso se haya evitado.

Pero ahora Rokya y Dabya eran adultos. Rokya estaba casado con Dza, la hija de Hushidh; Dabya estaba casada con Zhatva, el hijo de Luet. Pronto serían padres. Ya no necesitaban a Shedemei. Zdorab nunca la había necesitado, de hecho. Ella le gustaba, incluso la amaba, pero no era una necesidad. ¿Entonces por qué estoy aquí todavía? No quiero ver la destrucción de esta comunidad. No quiero que mis hijos deban tomar partido. No quiero estar aquí cuando se derrame sangre, cuando se pierdan vidas. Ni siquiera me interesa el desenlace. Sólo quiero estar a solas, trabajando con plantas, animales, estudiando cómo han divergido los ecosistemas, comprendiendo cada vez mejor cómo la vida se crea a sí misma. Quiero saber por qué hay vacas gigantes en las planicies, al norte de este macizo. Quiero saber por qué dos especies inteligentes evolucionaron en tan estrecha proximidad sin que una destruyera a la otra. Quiero saber por qué el Alma Suprema nos condujo a este lugar y no a otro, a uno de los muchos lugares donde podríamos haber fundado nuestra colonia sin inmiscuirnos en la vida de los cavadores y los ángeles.

Quiero que mi sueño se haga realidad.

Ah, sí, aquél era su mayor deseo, por encima de todos los deseos. El sueño que le había enviado el Guardián de la Tierra, hacía años, el sueño del jardín del cielo. Claro que ya se había cumplido. Las semillas y embriones que había llevado ya comenzaban a cumplir una función en la vida del planeta. Pero ¿el sueño no sería más literal? Una vez que estuviera consolidada la colonia, ¿no podría llevar la nave al cielo y girar en órbita, estudiando ecosistemas, desarrollando variaciones, mejoras e híbridos de las formas de vida de Armonía y la Tierra, para descender sólo de cuando en cuando para llevar muestras y mediciones e introducir nuevos organismos en el mundo? Entonces sería realmente la jardinera de la Tierra, con todo un planeta para jugar. Lo haría bien, le susurró al Alma Suprema. Entonces no tendría que participar en estos enredos de la colonia. No quiero preocuparme por rivalidades y lealtades. Sólo quiero aprender, cambiar, crear, transformar. Para eso sirve mi talento. No sirvo para entenderme con los seres humanos. Te he dado lo que necesitabas de mí. Ahora déjame tener lo que deseo.

(Está bien.)

Shedemei sintió que superaba la tensión y la angustia. El Alma Suprema había dicho que estaba bien. Ahora podría dormir.

Oykib agradecía estar nuevamente de pie, después de arrastrarse y agacharse por aquellos túneles bajos e interminables. No había podido ni prestar atención a su entorno, en parte porque la roca gris y parda y las paredes terrosas no ofrecían un paisaje muy variado, pero sobre todo porque los cavadores que los rodeaban no cesaban de rezar a los dioses, así que Oykib oía sus calladas súplicas, salmos e himnos como si le cantaran en el oído.

Pero, a pesar de la confusión, Oykib comenzaba a aprender algunas palabras, algunas formas y estructuras del idioma. Primero le llegó como música, de modo que oía los ritmos y melodías que contribuían a comunicar sentidos y emociones. Esto debe ser lo que oyen los perros en el habla humana, pensó. La música de nuestras voces les indica que estamos furiosos o contentos, tristes o asustados. Por ahora era lo único que entendía, pero sabía que pronto entendería más. Nunca había tenido que aprender una segunda lengua, así que ignoraba que le resultaría tan fácil. Tenía talento para ello. O quizá fuera más fácil aprender un idioma si uno tenía cierta comprensión de los hablantes antes de tratar de captar lo que decían.

—Ellos no la hicieron —dijo—. Ellos no hacen a sus dioses. Por lo que cuentan, los dioses se hacen a sí mismos. Te alaban por haberles dado una copia tan perfecta de tu cabeza.

—Sí, es perfecta, en efecto. Tal vez un poco más joven.

—Escucha esto: la cabeza tiene cien años.

—Imposible.

—Hace cincuenta años que la rema encontró esta estatua en esa cámara apartada que has bendecido… si eso es lo que hacías.

—Espero que sí —comentó Nafai.

—Y en ese entonces tenía cincuenta años. Al parecer la relación de la reina con esa estatua fue decisiva en su vida. Gracias a ti se casó con el rey de guerra. Porque tú la aceptaste.

—¿Estás seguro de entenderlo bien?

—Claro que no. Pero lo mismo me sucede con todo lo que he interpretado hasta ahora. Habrá tiempo de sobra para analizar todo esto, pero algo es seguro. Esta cabeza es más antigua que todo cavador viviente. Y afirman que no la hicieron ellos, aunque no entiendo cómo se las arreglan sus dioses de arcilla para modelarse a sí mismos. Destacan la perfección con que se han conservado los rasgos. Esto es porque no te adoraron igual que a otros dioses. Ellos no… esto te parecerá repulsivo… no se han frotado contra tu cabeza con el propósito de procrear.

—Conque sus otros dioses se relacionan con un culto de la fertilidad.

—Las imágenes que estoy recibiendo son bastante nauseabundas —dijo Oykib.

—La religión no siempre es bonita. Especialmente cuando un no creyente la mira desde fuera. Conque usan las otras estatuas como parte de un rito de apareamiento, pero dejaron la mía en paz.

—Porque eras muy feo —dijo Oykib, sin poder disimular su voz risueña.

—Para ellos, seguro. Imagínate lo que habrían pensado de haber sido tu cabeza.

—Los niños habrían salido corriendo de la cueva.

—¿Y qué hago con esta escultura?

—Inventa un ritual, Nafai. Hasta ahora te las has apañado bastante bien.

Nafai se hincó de rodillas ante la estatua e improvisó una reverencia simple e inofensiva. Cuando hubo concluido, se levantó y sonrió a Oykib.

—Esto es embarazoso —dijo—. Que esta gente me adore. Aunque algunos dirán que es algo que secretamente he anhelado toda mi vida.

—Pues no les cuentes que eres objeto de culto.

De pie en la cámara del templo, mientras la luz del manto iluminaba cada rincón, Oykib se tomó un momento para estudiar a los cavadores reunidos contra las paredes del recinto. Era indudable que descendían de las ratas, pero también era indudable que los miles de generaciones que los separaban de sus antecesoras los habían cambiado mucho más que a los humanos de Basílica. El hocico y los bigotes seguían siendo prominentes, pero mucho menos que en sus antepasados, y la mandíbula había cambiado de forma para permitir el habla. Oykib ansiaba comentar con Shedemei el sentido de todos los demás cambios estructurales.

—Oykib —llamó su atención Nafai.

En efecto, tenía un trabajo que hacer. Avergonzado de haberse permitido una distracción en un momento de tanta tensión se acercó a Nafai.

—¿Sí?

Pero Nafai no respondió, sólo siguió mirando la estatua que reposaba sobre un pedestal de huesos diminutos. Representaba una cabeza humana, pero no cualquier cabeza. Evidentemente era la cabeza de Nafai.

—¿Cuándo han podido hacer esto? —preguntó Nafai.

Oykib trató de analizar las plegarias que se elevaban en el recinto, y poco a poco extrajo cierta información.

—No puedo ocultar algo así. Mi rostro, tallado hace cien años. Como es seguro que yo no lo esculpí, alguien lo hizo. Alguien que sabía cómo era yo.

—El Guardián, obviamente.

—Sí, pero ¿no lo entiendes? Eso significa que el Guardián sabía cosas sobre nosotros en una época en que esa información no podía viajar a la velocidad de la luz. A la velocidad de la luz, el Guardián habría tenido que ver mi rostro casi ochenta años antes de que yo naciera para que aquí esculpieran la estatua hace cien años.

—Conque no lo sabemos todo sobre física. No me sorprende, ya que el Alma Suprema impedía que los seres humanos aprendieran demasiado sobre ciencia y tecnología.

—Pero Oykib, siempre he entendido que el Guardián era una especie de ordenador, como el Alma Suprema. El Alma Suprema fue creada por la humanidad durante su apogeo tecnológico, junto con nuestra nave estelar. Y en esa época no se sabía nada sobre comunicación más rápida que la luz.

—Pues alguien ha aprendido más.

—¿Quién, Oykib? Los seres humanos se fueron de la Tierra. ¿Quién construyó el Guardián, si tiene poderes que superan aquello que la humanidad podía producir en su apogeo?

—Tal vez no todos los humanos se fueron —respondió Oykib.

—Tal vez. Es un enigma. Entretanto, me gustaría salir de este lugar oscuro, fétido y mugriento. No debe faltar mucho para el alba, y estoy agotado.

—Yo también.

—¿Y cómo me libro de ésta? No tengo ni idea de cómo salir de aquí.

—Improvisa —le sugirió Oykib.

—Vaya, realmente me alegra que hayas venido para asesorarme.

Rompía el alba cuando la partida de Elemak llegó al lugar donde el desfiladero se convertía en una depresión y al fin en parte de un paso en la primera cadena de montañas. El ascenso en la oscuridad había sido lento, a pesar de los faroles. Tal vez precisamente a causa de ellos. Y no era una ayuda que Mebbekew y Obring compitieran por soltar la más larga y vil retahíla de palabrotas cada vez que resbalaban o que pasaban por un lugar particularmente difícil.

Zdorab odiaba escucharlos. De hecho, ahora lo comprendía, simplemente los odiaba, aun en los raros momentos en que guardaban silencio. Odiaba su manera de tratar a las mujeres. Odiaba su manera de tratar a los hombres. Odiaba su manera de pensar. Odiaba su manera de no pensar. No sabía a quién odiaba más. Por su parte, Obring era estúpido y brutal de nacimiento, y no por decisión propia. Era una condición crónica, la suya, que rayaba en lo continuo. En cambio Mebbekew era bastante brillante, pero optaba por comportarse como un estúpido. Parecía complacerse en la crueldad pero, a diferencia de Obring, no buscaba oportunidades para ser estúpido y cruel, sino que aprovechaba la ocasión cuando se le presentaba. ¿Cuál de ellos, pues, era más odioso? ¿El que era aborrecible por naturaleza o el que quería serlo pero no tenía suficiente ambición para descollar en ello ?

No sé por qué estoy aquí esta mañana, pensó Zdorab, saludando el alba en una serranía de la Tierra, persiguiendo a una criatura voladora que no ha dejado rastro y cuyo paradero desconocemos. ¿Por qué no estoy durmiendo en un sillón mullido, en una biblioteca de Basílica? ¿Por qué estoy realizando este agotador esfuerzo en compañía de la clase de hombres que más detestaba en la civilización? ¿Y, peor aún, recibiendo órdenes de ellos?

Zdorab sabía que casi todos los demás tenían pensamientos similares. No, no soñaban con camas mullidas en Basílica. Los más jóvenes nunca habían visto la ciudad, ninguna ciudad. No obstante, estaban llenos de resentimiento, sabiendo que no había esperanzas de lograr nada. Esas criaturas volantes debían vivir en sitios altos, inalcanzables. Y si habían secuestrado a la hija de Elemak, ¿cómo la salvaría un puñado de hombres? ¿Qué podían hacer con su improvisada selección de herramientas de labranza? ¡Entregadnos la niña, bastardos, o plantaremos un jardín!

Ante esta ocurrencia, Zdorab no pudo contener una sonrisa. Pero en cuanto alcanzó la cima, se encontró con la furibunda mirada de Elemak.

—¿Por qué sonríes, Zdorab?

—Estaba en otro mundo —le respondió Zdorab, inclinando la cabeza servil. Era una postura que había aprendido hacía tiempo. En general aplacaba la ira de los prepotentes—. Lo lamento.

—No lo lamentes. Cualquier mundo es mejor que éste.

Conque él también estaba resentido. Como si él mismo no hubiera sido una de las causas del viaje, con sus conspiraciones y confabulaciones en Basílica.

Pero Zdorab no dijo nada más. Se puso a mirar el terreno que el alba estaba desnudando. A esa altitud el aire era mucho más fresco y las matas no tan tupidas. Una niebla delgada se había formado en el valle, detrás del paso, como un río corriendo entre los árboles. La siguiente hilera de picos resultaba sobrecogedora por su escarpada belleza; detrás se apreciaban las cimas de un par de montañas tan altas que aun en esas latitudes tenían nieve. Había nevado varias veces cuando él vivía en Basílica, pero caían apenas unos centímetros de nieve que se derretía al cabo de un día. Sin embargo allí la nieve nunca debía derretirse. ¿Qué había dicho Shedemei? Montañas tan nuevas y altas que era un milagro que la corteza terrestre pudiera sostenerlas. Once mil metros. El Alma Suprema decía que en Armonía no había montañas tan altas, y por lo que revelaban sus archivos nunca antes había habido montañas tan altas en la Tierra. Éstas eran creaciones recientes de una placa oceánica que se había desplazado bajo lo que antaño fuera un istmo estrecho que unía dos continentes. Ahora era un gran macizo, el lugar más alto de la Tierra, y en su perímetro coexistían todos los climas y terrenos. En la costa oeste las montañas eran tan altas que impedían el paso de las nubes, creando un árido desierto. En el este había un paraje donde llovía sin cesar, día y noche, verano e invierno, de modo que, salvo algunos musgos resistentes que podían vivir bajo un perpetuo techo de nubes, no había allí más que roca.

¿Por qué Shedemei y yo no podemos abandonar esta aldea para explorar el nuevo planeta? Ellos no nos necesitan. No deseamos estar con ellos. Nuestros hijos ya han crecido y se han casado. Sería agradable visitarlos de cuando en cuando, pero no necesitan nuestros cuidados. Cuando ellos tengan hijos, les cantaré canciones tontas y los sentaré en mis rodillas. Dos veces por año.

Pensar en niños le hizo recordar por qué estaban allí. Por qué habían pasado la noche en vela, trepando a oscuras por un desfiladero. Y al mirar el valle vio que con las primeras luces los árboles desbordaban de vida. Criaturas voladoras brincaban al aire, volaban un corto trecho y regresaban a las hojas. Todas parecían llevar algo en los pies mientras volaban.

—Nos tienen pavor —murmuró Elemak.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Mebbekew.

—Porque están evacuando la aldea. Mira… se están llevando sus crías.

—Mira —dijo Zdorab—. Cuando las crías son un poco más grandes, son necesarios dos adultos para llevarlas.

—Buena vista —dijo Elemak—. Habrán sido necesarios cuatro para levantar a Zhivya. Y si creen que pueden escapar de mí llevándose sus crías…

—Pueden —dijo Vas con desdén—. Pueden escapar de nosotros cuando quieran, y precisamente llevándose sus crías a un lugar seguro. ¿ Qué harás, bailar en las copas de los árboles hasta alcanzarlos?

Elemak se volvió lentamente.

—Si no te interesa esta misión, vuelve a la aldea. Vas se disculpó de inmediato.

—Estoy cansado, Elemak. Estoy demasiado cansado para saber lo que digo.

—Entonces cierra el pico y mantén los ojos muy abiertos.

Zdorab suspiró y se alejó de aquella conmovedora escena de auténtica amistad. Las únicas personas que odiaban a Elemak más que sus enemigos eran sus amigos. Sin embargo lo seguían, porque sabían que él los necesitaba tanto que no podía ignorarlos, como habría hecho Nafai. Así es como muchos hombres ruines logran que otros los sigan, pensó Zdorab. No pueden conseguir gente buena, y necesitan a alguien, así que tienen que aceptar a individuos que no pueden encontrar un buen hombre que los reciba. Era un milagro que el mal persistiera en el mundo, pues las personas que lo practicaban no podían aguantarse, y por buenos motivos.

Zdorab detectó un movimiento en un árbol, ladera abajo. Uno de los murciélagos se había posado en una rama.

—Mirad —señaló.

—Lo veo —dijo Elemak.

—¿Qué está haciendo? —preguntó Yasai.

—Todos tenemos la misma cantidad de ojos —rezongó Elemak—. Mira y ya lo veremos.

El ángel bajó abruptamente del árbol, descendiendo hacia un pequeño claro que conducía a donde se encontraban los humanos. Zdorab tuvo entonces la oportunidad de verlo claramente, con las alas extendidas. Su rostro era espantosamente feo, pero eso no le sorprendía. Después de todo, descendía de alguna especie de murciélagos de hocico arrugado. Lo sorprendente era la solución fascinante que había hallado la evolución. Los brazos y las piernas eran grotescamente delgados, de la muñeca al tobillo, a cada lado del cuerpo, se desplegaban las alas, que dos hipertróficos dedos de cada mano mantenían extendidas. Los otros tres dedos de cada lado, en cambio, eran de tamaño normal, lo que daba a la criatura manos prensiles. Y la cabeza era desproporcionadamente grande. Era un milagro que pudiera volar. Estaba sin duda al límite de su crecimiento: de ser un poco más grande, perdería la capacidad de volar.

En aquel momento, sin embargo, caminaba hacia ellos. Caminaba con cierta gracia, pero evidentemente se encontraba más a sus anchas en las ramas o en el aire. Nunca sería un excursionista con aquellos pies.

Esos pies.

Zdorab tuvo la prudencia de callarse. El joven Yasai, en cambio, no.

—Oykib tenía razón —barbotó—. Es imposible que estos pies hayan dejado aquellas huellas en la aldea. Elemak se volvió lentamente hacia él.

—Conque quizá no fue esta cosa la que dejó las huellas. ¿Crees que no contaba con esa posibilidad? Lo cierto es que este sujeto hizo de vigía para los secuestradores. Si él no tiene a Zhivya, sabe dónde está.

Elemak avanzó un paso hacia la criatura.

La criatura se detuvo e hizo algo insólito. Se agachó y recogió un manojo de tallos que sostenía con el pie. Los depositó en la hierba, con gran ceremonia, como si los contara. Cuando los hubo dejado todos, la criatura retrocedió.

—Es grano de nuestros campos —señaló Obring.

—¿Ahora te das cuenta? —preguntó Vas.

—¿Qué importancia tiene? —dijo Mebbekew.

—El cree que por eso hemos venido —respondió Padarok, el hijo de Zdorab—. Porque robó nuestro grano. Nos lo está devolviendo.

—¿Y desde cuándo eres un experto en murciélagos gigantes? —preguntó Elemak.

—Tiene sentido —insistió Padarok. Zdorab le indicó que se callara.

—No, Padre, no me callaré. Esto es ridículo. Ese ángel robó grano del campo y no sabe nada sobre Zhivya. Si alguien se hubiera parado a pensar en ello, no nos habríamos pasado toda la noche subiendo una montaña en busca de un hombre inocente.

Elemak cogió a Padarok por la cabeza. Como su padre, Padarok era bajo y menudo. Parecía un títere en manos de Elemak.

—¿Hombre? —preguntó Elemak—. ¿Llamas hombre a esa cosa?

—Es un modo de hablar —murmuró Padarok.

—¡Ese hombre, como lo llamas, sabe dónde está mi hija!

Elemak sacudió a Padarok. El cuerpo de Padarok se aflojó. Zdorab temió que la sacudida le hubiera causado una lesión cerebral, incluso que lo hubiera matado. Y aunque Padarok pronto abrió los ojos y movió las piernas, la furia de Zdorab no se disipó. Para su propio asombro, Zdorab se encontró apoyando una guadaña sobre los hombros y el cuello de Elemak, diciéndole las palabras más increíbles.

—Suelta a mi hijo. Ya.

Elemak miró a Zdorab con ojos de lagarto.

—Y si no lo hago, ¿me cortarás el brazo?

—Sólo si no acierto el cuello —dijo Zdorab. Elemak soltó a Padarok.

—No me amenaces, Zdorab. Aunque tú hayas olvidado quién es nuestro enemigo, yo no.

De un rápido movimiento le arrebató la guadaña de las manos, con tal celeridad que Zdorab ni siquiera llegó a comprender qué sucedía. Elemak permaneció un instante con la guadaña en la mano, y Zdorab no supo si lo atacaría a él o a su hijo. Pero Elemak arrojó la guadaña al suelo y avanzó hacia la criatura.

La pobre criatura se marchitó visiblemente bajo la airada mirada de Elemak, pero se quedó donde estaba. Elemak adelantó un pie y trituró los tallos contra la hierba lodosa.

—No me importa el grano —dijo. Cogió a la criatura del brazo y bramó—: ¿Dónde está mi hija?

—¿En qué idioma esperas que te conteste? —se burló Padarok—. ¿O crees que trazará un mapa en el aire?

Por favor, no lo provoques, Rokya, pensó Zdorab, pero no lo dijo. A pesar de todo sentía orgullo.

Se había pasado la vida inclinándose ante hombres como Elemak, para que no le hicieran daño. Pero su hijo no se inclinaba. Habrá heredado mi talla, pensó Zdorab, pero tiene las agallas de su madre.

La respuesta de Elemak fue un rugido de rabia; al mismo tiempo estrujó a la criatura. Zdorab vio horrorizado que en brazos de Elemak la pobre criatura era como una frágil ramita. El brazo se partió, las alas se desgarraron y comenzaron a sangrar, cada articulación se torció sin remedio. La criatura gritó y calló, colgando fláccida en brazos de Elemak.

—Cielos —exclamó Meb—. El hombre a veces desconoce su propia fuerza.

—Buen trabajo —ironizó Padarok—. Ahora que está muerto, será un gran guía.

Elemak arrojó el animal muerto a un costado. La criatura chocó contra un tronco, se quedó allí un segundo y se deslizó al suelo.

—¿Dónde está mi hija? —gritó Elemak—. ¡Se han llevado a mi hija!

Su furia era tan terrible que todos retrocedieron, sólo un paso, pero lo suficiente para demostrar su temor. Excepto Padarok. Él no retrocedió.

Y eso significaba que afrontaría lo peor de la impotente furia de Elemak, que ya lo miraba de hito en hito.

Zdorab intervino, nuevamente llevado por un impulso.

—Ahora regresaremos, Elemak. Lo hemos intentado. Pero no hay modo de encontrarla si está allá arriba. Si matar a una criatura indefensa te hace sentir mejor, ya lo has hecho. No tienes que matar a más.

Elemak hizo un visible esfuerzo para dominarse.

—Nunca te perdonaré por decir eso —dijo Elemak.

—No hay aquí un alma a quien no hayas prometido, en una u otra ocasión, que nunca la perdonarías —dijo Zdorab—. Pero nosotros te perdonamos a ti, Elemak. Todos tenemos hijos. Pudo haber sido cualquiera de nosotros. Si pudiéramos recobrarla, lo haríamos.

—Si pudierais recobrarla —dijo Elemak—, yo sería vuestro humilde servidor para siempre.

Echó a andar ladera abajo.

Obring y Meb lo siguieron de inmediato, pero se detuvieron al pasar junto a Zdorab.

—Quién habría creído que el pobre tonto tenía agallas —dijo Obring, riendo despectivamente.

—Sigue así —dijo Meb—, y tal vez un día hasta tengas una erección. Entonces serás medio hombre.

Palmeó a Zdorab en la cabeza y siguió a Obring y Elemak.

Padarok se acercó a Zdorab y lo abrazó.

—Gracias, Padre. Creí que iba a desnucarme.

—Vimos lo que quería hacerte, Rokya —dijo Zdorab—, porque se lo hizo al ángel.

Entonces, junto al árbol adonde Elemak había arrojado a la pobre criatura, Yasai gritó:

—¡No está muerto!

—Pues tal vez debamos matarlo para acabar con su sufrimiento —sugirió Zhatva, el hijo mayor de Nafai. Todos se reunieron alrededor de la criatura.

—No es un perro —dijo Yasai—. Oykib dijo que era inteligente. Una persona, no una bestia. Shedemei podrá curarlo, si eso es posible.

La criatura pestañeaba lentamente.

—¿Estás seguro de que no es un reflejo? —preguntó Xodhya.

Yasai se quitó la camisa.

—Ayudadme a apoyarlo aquí —pidió—. Sin romperle el cuello.

—Ya lo tiene roto —dijo Motiga.

—Pero tal vez la columna vertebral no. —Yasai silbó sorprendido—. Qué poco pesa.

—Le duele —dijo Vas—. Cierra los ojos de dolor.

—Pero no se queja —intervino Zdorab—. Soporta el sufrimiento con entereza.

—Sí, es todo un hombre —dijo Zhatva. Pero no se estaba burlando. La criatura era digna de admiración.

—¿Y si Elemak ve que lo llevamos? —preguntó Motya.

—Ojalá lo vea —respondió Padarok—. La criatura no lo amenazaba, y mira lo que le ha hecho. Aunque hubiera sido un perro…

No tuvo que terminar la frase. Cuatro de ellos cogieron las puntas de la camisa. Los otros cogieron sus faroles e iniciaron el lento descenso.

Eiadh oyó los gritos de alegría de los niños y supo que la partida de Elemak había regresado de su búsqueda nocturna. Elya estaría exhausto y frustrado después de la infructuosa expedición. Pero cuando viera a Zhivya, eso lo compensaría todo.

Esa mañana Zhivya aún dormía, tal vez agotada por el trajín del día anterior. Eiadh la cogió con cuidado; la niña se movió pero no se despertó. El mayor temor de Eiadh era que recordara algo de aquella experiencia. Ya tenía edad suficiente para caminar, pero sin duda no para conservar el recuerdo de algo. No habría pesadillas sobre cavadores robándola de la cuna o sobre viajes por largos túneles. No debía preocuparse por eso.

Zhivya despertó cuando Eiadh la llevó hasta el linde de la aldea. Allí estaba Elemak, alto y fuerte. Pese a todos sus defectos, un hombre atractivo, una figura poderosa. Eiadh volvió a recordar por qué se había enamorado de él en Basílica cuando ella era una muchacha tonta y superficial. Había demostrado no poseer la capacidad de contención ni de abnegación que Eiadh admiraba en otros hombres, y en casa ella y los niños debían andarse con cuidado para no irritarlo. Pero era su esposo, y Eiadh no era desgraciada por ello. Y menos aquel día, cuando habían rescatado a su hija de los monstruos subterráneos.

Al acercarse, notó que Volemak le contaba lo ocurrido. Mientras hablaba, Volemak miró a Eiadh; Elemak también la miró, y vio que tenía el bebé. Elemak sonrió. Habría podido demostrar más entusiasmo, pero estaba cansado.

De pronto hubo una conmoción. Yasai, Rokya, Xodhya y Zhyat transportaban algo en una camisa. La de Yasai, puesto que éste llevaba el torso desnudo. Volemak los envió a la nave, donde Shedemei estaba estudiando a los rehenes cavadores. ¿Qué era? No habrían dañado a un ángel, ¿verdad?

En cuanto se le ocurrió, supo que eso era precisamente.

Volemak reprendía a Elemak, y ahora Eiadh estaba suficientemente cerca para oír lo que decían.

—Pero ¿iba desarmado? —preguntaba Volemak—. ¿No te ha amenazado?

—Ya te lo he dicho. Creía que sabía dónde estaba mi hija.

—¿Y por eso le has hecho daño? Incluso si no te importara que tengamos que vivir en este lugar y quisieras ganarte innecesariamente la enemistad de una tribu de criaturas inteligentes, podrías haber pensado que destruir a la única persona que podía ayudarte era el colmo de la estupidez.

Volemak estaba fuera de sí, pensó Eiadh. Elemak no soportaba los sermones, sobre todo en público. Hasta ahora había respetado su juramento de obediencia, pero ¿para qué provocarlo?

Claro que ella no había visto al ángel herido, y Volemak sí. ¿Qué había hecho Elemak?

—Oh, sí, soy el colmo de la estupidez —respondió Elemak—. Pero tu héroe perfecto, con su capa mágica, estaba allí abajo jugando a ser Dios con un hatajo de ratas.

—Él recobró a tu hija, él, con Oykib. Protchnu y conmigo. Y lo hicimos rodeados de cavadores armados que nos superaban en número, porque tú insististe en llevarte a todos los hombres en edad de combatir, salvo a un puñado.

—Si me hubieras ordenado que dejara más… —empezó Elemak, pero Volemak lo interrumpió.

—Oh sí, me habrías obedecido… mientras me acusabas de desear la muerte de tu hija. Bien, Elya, ella ha sobrevivido, pero no gracias a ti. Ahora veamos si ese inofensivo ángel tiene tanta suerte.

—¿Qué debo hacer? ¿Arrodillarme a los pies de Nafai para adorarlo? ¿Acaso es también mi dios? Eso fue demasiado para Eiadh.

—Podrías agradecérselo —murmuró—. El nos devolvió a Zhivya.

—No, no fue él sino el manto del capitán. Si yo tuviera el manto, me habría ido igualmente bien.

—No lo creas —dijo Eiadh—. Habrías estado en el desfiladero con el manto, usándolo para derribar ángeles mientras nosotros, sin defensa, éramos vencidos y exterminados por los cavadores.

—¿Cómo podía saber que unas criaturas que nunca habíamos visto se habían llevado a la niña?

—Oykib intentó decírtelo, pero te negaste a escuchar. Es uno de los motivos por los cuales no sirves para tener el manto. No sabes escuchar, y decides basándote en lo que sabes. Bien, Elemak, no lo sabes todo.

Eiadh oyó sus propias palabras y supo que hablaba más de la cuenta. La expresión de Elemak era escalofriante. No la había mirado así desde… desde que había jurado lealtad a Volemak durante el viaje.

—Conque así me recibe mi esposa cuando regreso a casa —se quejó.

—Me proponía recibirte con alegría —dijo Eiadh, inclinando la cabeza—. Lo siento.

Como ella se había sometido, Elemak pudo desquitarse con otros.

—Conque yo estaba equivocado —dijo—. Pero ninguno de vosotros se opuso. Sólo le respondió el silencio.

—Así que no me critiquéis si no tenéis sesos para presentar una idea mejor.

—Todos teníamos una idea mejor —dijo Padarok—. Todos sabíamos que estabas equivocado. Lo sabíamos desde el principio.

Esas palabras fueron como un bofetón para Elemak.

—¿Entonces por qué me seguisteis?

—Era tu hija la que faltaba —respondió Padarok.

—Eso no significaba que yo tuviera razón. Tal vez todo lo contrario, tal vez mi ofuscación no me dejaba pensar.

—En efecto, eso es lo que he dicho —dijo Padarok.

—¿Me seguisteis aunque no tenía razón? —preguntó Elemak—. ¿Me seguisteis sabiendo que estaba equivocado? —Su rostro despectivo no lograba disimular su evidente confusión.

—Elemak, ven adentro, ven a casa —le pidió suavemente Eiadh.

—No, quiero entender esto —dijo Elemak—. Quiero entender por qué estos presuntos hombres son tan estúpidos como para seguir a alguien porque está equivocado.

—Por favor, Elemak.

—No te seguimos porque estuvieras equivocado —dijo al fin Yasai—. Te seguimos porque actuabas irracionalmente. No sabíamos qué harías si rehusábamos obedecerte.

—¿A qué te refieres? Lo que importaba era encontrar a mi hija. Sólo eso importaba.

—¿De veras? —preguntó Eiadh—. En tal caso, te habrías detenido a escuchar a Oykib cuando trató de decirte que no eran los ángeles quienes se habían llevado a Zhivya. Ahora, por favor, deja de discutir. Todos están aquí y nadie ha resultado herido.

Elemak se zafó de la mano que ella le había apoyado en el brazo.

—No seas condescendiente conmigo, Eiadh.

—No te enfades, Elemak. Zhivya se perdió, y nos la han devuelto. Es un día de celebración, no de cólera. Incluso podrías dar las gracias a quienes nos la devolvieron.

—¿Agradecérselo? ¿Porque el Alma Suprema dio a Nafai la única arma que sirve? ¿Porque me siguieron en una persecución insensata por el desfiladero, sabiendo que era insensata?

Padarok se acercó a Elemak.

—No, Elemak. Te seguimos porque temíamos que le hicieras a uno de nosotros lo que terminaste por hacerle a ese inofensivo ángel. Y nuestros temores no eran infundados. Como recordarás, estuviste en un tris de hacerme lo mismo a mí.

Sólo entonces Eiadh reparó en las magulladuras que oscurecían la mandíbula y el cuello de Padarok.

—Si Zdorab no te hubiera hecho frente… —dijo Padarok.

Elemak enrojeció de furia… ¿o era de vergüenza?

—¿Crees que me detuvieron sus patéticas amenazas?

—No sé qué te detuvo —dijo Padarok—. Pero nunca sabemos si algo te detendrá. Así que te obedecemos cuando te encolerizas, porque tenemos miedo. Y si piensas en ello sin dejar que la furia te ofusque, comprenderás que tenemos motivos para tenerlo.

—Vamos a casa, Elya —insistió Eiadh.

Pero Elemak estaba decidido a resolver aquello.

—¿Habrías dejado morir a Zhivya porque teníais tanto miedo de mí que no osasteis discutir conmigo? Padre sacudió la cabeza.

—Sabíamos que Nafai la recobraría, si eso era posible.

—¿Nafai? —rugió Elemak—. ¡Nafai, Nafai, Nafai! ¡Confiasteis en que él lo haría! ¡Pusisteis la vida de mi hija en sus manos! ¿Qué sabe ese estúpido jactancioso, ese farsante, ese…?

—¡Él lo hizo! —gritó Eiadh—. ¡Idiota irascible! Él la salvó, así que hicieron bien en confiar en Nafai. —Sus gritos asustaron a la niña, que rompió a llorar. Pero Eiadh no podía callar—. Sabían que si te quedabas aquí, en tu cólera cometerías alguna tontería y causarías un desastre, así que era mejor que te marcharas al desfiladero, donde no iniciarías una guerra entre nosotros y los cavadores. ¿Lo entiendes, Elemak? Ahora que nos has obligado a decirte más de lo que queríamos, ¿entiendes al fin qué eres para nosotros? Si es preciso realizar una tarea delicada, sabemos que es mejor que no estés presente porque siempre, siempre, siempre harás lo que hiciste con ese ángel.

Eiadh sintió la satisfacción de haber dicho la verdad, de haberse desquitado con aquel hombre soberbio que le había complicado la vida durante tantos años.

Y luego vio algo que nunca había visto. Elemak no se enfureció. Encorvó los hombros. Se marchitó visiblemente. No miró a nadie a los ojos. Simplemente dio media vuelta y caminó hacia el bosque.

—Lo lamento, Elya —se disculpó Eiadh—. Estaba enfadada, no lo decía en serio.

Pero él sabía que lo había dicho en serio. Todos lo sabían, y todos sabían que era verdad. Lo habían sabido durante años. Al fin Elemak se enteraba también.

Regresó al día siguiente.

Calmado, aplacado. Otro hombre. Un hombre vencido. Eiadh trató de pedirle disculpas cuando estuvieron solos en casa, pero él salía y no quería escuchar. Compartían la cama, pero él nunca se le acercaba. Respondía a las preguntas de sus hijos, y a veces jugaba con ellos, se reía y sonreía como en los viejos tiempos. Pero no asistía a las reuniones de los adultos, y cuando Eiadh trataba de hacerle participar en las decisiones domésticas, siempre respondía del mismo modo.

—Lo que quieras —decía—. No me importa.

Y al parecer no le importaba. Trajinaba en los campos, pero ya no quería imponer su influencia. Cumplía con sus deberes, y trabajaba hasta el agotamiento, pero parecía invisible.

Lo maté, pensó Eiadh.

O tal vez haya dado el primer paso para curarlo.

Decidió aferrarse a esa esperanza.

Aquella personalidad enigmática, parca y retraída era sólo una etapa en su evolución hacia la condición de hombre maduro, sabio, moderado, bueno.

Un hombre como Nafai.

12. AMIGOS

Shedemei pidió a Volemak que reuniera a todos los que se encargaban de tratar con las dos especies inteligentes.

—Debemos tomar decisiones —dijo, y acabada la cena se reunieron en la biblioteca de la nave. Volemak y Shedemei, claro, y con ellos Nafai y Luet, Issib y Hushidh, Oykib y Chveya.

—He invitado a Elemak —explicó Volemak—, porque en Armonía reunió mucha experiencia tratando con culturas extrañas y dirigentes extranjeros. Ha rehusado venir, pero aun así le pediré que trabaje con los cavadores. A fin de cuentas, prácticamente viven encima de nosotros…

—En rigor, somos nosotros quienes vivimos encima de ellos —dijo Nafai.

Volemak hizo una pausa, como preguntándose cuándo aquel chiquillo tendría madurez suficiente para no hacer bromas durante una conversación seria. Luet tocó la pierna de Nafai con el dedo. Él le sonrió estúpidamente.

—Y es indispensable que lleguemos a un acuerdo viable —continuó Volemak—. No sé vosotros, pero la noche del secuestro yo vi una sociedad de cavadores con graves conflictos. Un secuestro organizado por el hijo del rey de sangre, en contraste con la adoración de la esposa del rey de guerra. El mismo hecho de que la esposa… ¿cómo se llama?

—Emeezem —dijo Oykib.

—El mismo hecho de que Emeezem haya ayudado a…

—Mufruzhuuzh.

—Bien… a Muf-no-sé-cuantos cuando él había fracasado, puede haber debilitado al rey de guerra. En consecuencia, si existe una facción que quiera limpiar la Tierra de seres humanos, y tal vez dos… Muf y los conspiradores que perpetraron el secuestro… creo que Elemak puede ser valioso para llegar a un entendimiento con los hostiles.

—Si está dispuesto —puntualizó Hushidh—. En este momento no está vinculado estrechamente a nadie. Ni siquiera a Protchnu, pues el muchacho no pudo dejar de alardear ante su padre de que él había descubierto la entrada de la ciudad de los cavadores en el árbol. No era un tema bien recibido en su casa.

—¿Viste esa escena doméstica? —preguntó Volemak.

—Me la ha descrito un testigo —respondió Hushidh.

—Conque es un chisme —dijo Volemak.

—Un chisme de primera mano —dijo Hushidh—. Muy preciso. De la mejor calidad. Volemak sonrió, luego repitió con firmeza:

—Un chisme.

—Creo que lo natural es escoger a Elemak para trabajar con los cavadores —intervino Nafai.

—No lo hará sólo uno —dijo Volemak—. Y haznos a todos un favor, Nafai. No dejes que se sepa que tú estás a favor de la idea de que Elemak tenga ese puesto.

Nafai asintió, repentinamente serio. Pero Luet no quedó convencida. Sabía que él comprendía que era mala idea que insistiera en ser amable con Elemak. Sólo un día antes Luet había tratado de explicárselo una vez más, y él la había interrumpido para comentar.

—Elemak no interpreta mi afán por darle autoridad como un gesto de confianza ni de amabilidad, sino de condescendencia y burla, lo sé. Pero no es burla ni condescendencia, Luet. Admiro su capacidad y confío en que hará muy bien lo que esté haciendo. No puedo contener mi ansia de llegar a él.

—Tú intentas llegar a él —explicó Luet pacientemente, por enésima vez—, pero él lo considera una intrusión.

Nafai sabía que era mejor callarse cuando se trataba de Elemak, pero no pudo aguantarse.

—Entonces todos pensarán que le guardo rencor o que no quiero que haga nada. Yo quiero que él haga cosas, así que debo decirlo, ¿verdad? Para que todos sepan que no hay resentimiento.

—¿No puedes confiar en mí? —dijo Luet—. ¿No puedes confiar en mí y callarte?

El le había hecho el solemne juramento —una vez más— de que no diría nada sobre el papel de Elemak en la comunidad. Y por la mañana, menos de un día después de su promesa, Nafai hacía exactamente lo contrario.

Volemak estaba encauzando la reunión hacia el tema central.

—De todos modos, no habrá una sola persona trabajando con los cavadores. Debemos tener la mayor cantidad posible de puntos de vista, al tiempo que cosechamos para obtener comida y almacenamos semillas para la estación seca. Pero todo esto no es más que un preámbulo. Esta reunión es cosa de Shedemei. Supongo que tendrá algún informe sobre la biología de los cavadores y los ángeles, y ese punto de partida es tan bueno como cualquiera.

—En realidad no es un informe —dijo Shedemei—. Es más bien una lista de preguntas. El análisis inicial revela que los cavadores y los ángeles, como todos los animales y plantas que hemos examinado desde que llegamos, muestran los cambios evolutivos normales respecto de sus antepasados de hace cuarenta millones de años. Los cavadores provienen de una especie de rata campestre común del sur de México, y los ángeles de una especie de murciélago común. En ambos casos la variación genética es del orden de sólo el cinco por ciento respecto del original. Pasará mucho tiempo antes de que podamos examinar las pruebas fósiles, pero aquí vemos que el cuerpo de los cavadores ha cambiado para poder sostener una cabeza más pesada y que sus manos han evolucionado para coger herramientas grandes sin perder la capacidad para cavar, trepar y matar sin herramientas.

Pasó de los esqueletos de rata y cavador que presentaba en la pantalla del ordenador a los esqueletos de ángel y murciélago.

—Los ángeles realizaron un trabajo más complejo… para seguir volando, sostener un cerebro más pesado y desarrollar la fuerza manual necesaria para empuñar herramientas. La solución consiste en mantener el uso de los pies como manos fuertes. Si se sostienen sobre un pie, estas articulaciones de las caderas les permiten la rotación suficiente para blandir un hacha de mano. Pero los brazos, que en los murciélagos tienen sólo vestigios de manos, han vuelto a convertirse en buenos instrumentos. No pueden aguantar mucho peso y, como hemos aprendido a través de un desdichado incidente, los brazos se rompen con facilidad. Así que las manos no se usan para actividades físicas pesadas, sino para tareas muy delicadas.

Shedemei se sentó y los miró fijamente. Luet al fin comprendió la sugerencia.

—¿Quieres decir que las estatuas de la ciudad de los cavadores fueron creadas por los ángeles?

—Las manos de los cavadores no tienen capacidad para realizar el exquisito trabajo que me habéis descrito —respondió Shedemei—. He analizado a los cavadores cuando estaban semiconscientes. Sólo pueden realizar tareas que requieran fuerza. Cuando se esculpe en arcilla blanda, se necesita mucha contención, no se puede apretar demasiado. Los cavadores son incapaces de eso. Transformarían la arcilla en pulpa.

—Tal vez sólo hayas examinado a soldados y obreros —sugirió Issib.

—¿Notasteis algún dimorfismo allí abajo? —preguntó Shedemei a Nafai y Oykib.

—Ninguno —dijo Nafai.

—Y ellos admitieron que no hacían las esculturas —añadió Oykib.

—Pero son sus dioses —dijo Chveya—. Dioses a los que adoran ofrendándoles huesos de bebés de ángel muertos. Resulta incongruente.

—En efecto —dijo Shedemei—. Y eso nos lleva a las preguntas más importantes. La primera es por qué dos especies inteligentes se desarrollaron paralelamente, de esta manera, sin destruirse. Según los archivos de la biblioteca, varias especies inteligentes evolucionaron junto con los humanos a partir de un mismo origen. Los llamaron robustos y heidelbergs.

Pero los erectos exterminaron a los robustos, y los modernos liquidaron a los heidelbergs.

—Puede que los absorbieran —corrigió Issib.

—Sea como fuere, allí donde fueron los modernos no quedaron más robustos, heidelbergs ni erectos —dijo Shedemei—. ¿Por qué sobreviven los ángeles junto a los cavadores?

—¿Porque no compiten por los recursos? —preguntó Chveya.

—Mi buena alumna —sonrió Shedemei—. Pero lo cierto es que los cavadores devoran a los vástagos de los ángeles. Y adoran las estatuas que ellos hacen. Así que no es el mismo caso que, por ejemplo, el de los pulpos y las águilas, que no compiten en ningún sentido. Los ángeles son presa de los cavadores. Y sin embargo sobreviven.

—Amantes del arte —dijo Nafai.

Parecía otra broma, y Luet se dispuso a pellizcarlo, pero Shedemei respondió como si fuera un comentario seno.

—Creo que tienes razón, Nafai. Creo que se trata de algo biológico, y las esculturas forman parte de ello. ¿No dijiste, Oykib, que has sabido que en su culto las estatuas se asocian con la cópula y la reproducción?

Oykib se sonrojó y miró furtivamente a su esposa y a Nafai.

—No seas tímido, Okya —lo animó Volemak—. Nafai creyó prudente revelar a los demás tus facultades. No a todos, sólo a los que estamos aquí. No tiene sentido que los demás se vuelvan paranoicos con sus plegarias.

Issib sonrió con malicia.

—Nosotros, en cambio, somos tan perfectos que no nos molesta que nos espíes.

—Issya quiere decir —continuó Volemak— que aceptamos que entre nosotros hay quienes tienen la capacidad de enterarse de cosas que otros preferirían mantener en secreto. Pero tú has demostrado una discreción tan notable en tu infancia y tu madurez que no te tememos.

—Yo sí —le dijo Chveya—. Sólo por eso permití que me embarazaras.

—Veya —la reprendió Luet—, ¿tienes que ser tan grosera?

—Bien, Oykib, ¿es eso cierto? —dijo Shedemei.

—Sí. Algunos de los pensamientos relacionados con el culto… son lisa y llanamente pornográficos. Se trata de las estatuas. Hemos visto que la mayoría están desgastadas y algunas son simples terrones. Los cavadores demuestran su reverencia frotándose contra las estatuas.

—Eso es de gran ayuda —dijo Shedemei—. No he observado esa conducta en las ratas ni en otros roedores. ¿Habéis encontrado algo sobre ello en vuestros estudios?

—Tú eres la bióloga, Shedya —le respondió Hushidh—. Si tú no lo has encontrado, puedes dar por descontado que nosotros no.

—Ya que estamos con el tema de quién sabe qué —dijo Luet—, me gustaría saber por qué estoy aquí. Es decir, el esposo de Shedya no está aquí, y la tía Rasa no está aquí, así que no es que estemos haciendo esto en pareja ni nada por el estilo. Shuya y Veya son necesarias para entender a los cavadores y los ángeles porque ven cosas que no pueden comunicarse por medio del lenguaje. El método de Oykib es diferente, pero su resultado es el mismo. Nafai posee el manto, y hay una escultura de su rostro en la ciudad de los cavadores. Issib no puede trabajar en los campos y es bueno con el lenguaje, y nadie maneja el índice mejor que él, así que será vital para la investigación y el diálogo. ¿Por qué estoy yo aquí?

—¿Te sientes insegura, mi amor? —se burló Nafai solícito.

—Estás aquí —le respondió Volemak— porque eres tú. No todos necesitan una especialización para lo que tengo en mente. Y te comunicas mejor que nadie con el Alma Suprema.

—No cuando tú usas el índice —precisó Luet—. Yo no debería estar aquí.

—Cállate, Lutya —dijo jovialmente Hushidh—. Con tus dudas nos haces perder tiempo.

—Ten paciencia —recomendó Volemak—. Ya me explicaré, y ya lo entenderás. —Borró las ilustraciones de Shedemei de la pantalla y las reemplazó por un mapa de las inmediaciones—. Aquí estamos nosotros, y aquí están los cavadores. Y aquí arriba están los ángeles. Tratemos de imaginar qué cultura llegaremos a entender mejor.

—Especialmente si les da por secuestrar a alguien de nuevo —dijo Issib.

—Creo que esto puede tener un resultado desafortunado —comentó Volemak—. Primero, nos acercaríamos más a la especie que conocemos mejor, y eso podría ser un grave error. Segundo, y más importante, los ángeles interpretarían que somos aliados de los cavadores, y en consecuencia recelarían de todo lo que hiciéramos. Podrían volverse hostiles. ¿Veis el problema?

Issib asintió.

—Quieres que algunos de ellos se vayan a vivir entre los ángeles.

—Qué fúnebre resulta —bromeó Nafai. Y esta vez Luet lo pellizcó.

—No algunos de ellos, Issya —precisó Volemak—. Algunos de vosotros. Issib se enfadó.

—Yo no cuento —dijo—. No con la silla.

Luet comprendió. Issib había odiado los años en el desierto, pues era físicamente incapaz a no ser que estuviera en su silla flotante. Tener que soportar que Hushidh lo levantara, lo llevara y lo ayudara con sus necesidades corporales había sido bastante malo cuando sus hijos eran pequeños, pero ahora sería una humillación insoportable.

En las inmediaciones de la nave sus flotadores magnéticos funcionaban igual que en la ciudad de Basílica, dándole una libertad física casi normal. No estaba dispuesto a renunciar a eso.

—Oye —dijo Volemak—, he pensado mucho en ello, y si sabes escuchar coincidirás con mis conclusiones. Primero, no creo que debamos enviar a mucha gente a vivir con los ángeles, porque necesitamos la mayor parte de nuestra fuerza aquí, trabajando en los campos y consolidando la colonia. Así que enviaré sólo a dos parejas con sus hijos pequeños. No puedo enviar a Shedemei, pues ella tiene que estar aquí, usando los instrumentos de la nave. Pero necesito enviar a alguien que sea tan metódico como ella, y que esté igualmente familiarizado con la biblioteca. Tú eres el indicado, Issib.

—Cualquiera que esté aquí es el indicado, y la mitad de los que no están aquí —protestó Issib.

—Chveya y Hushidh poseen facultades similares —dijo Volemak—, y esas facultades son indispensables. Así que una se quedará aquí, y la otra se irá.

—Oykib es el más hábil aprendiendo idiomas —dijo Issib—. Enviadlo a él.

—Necesito a Oykib aquí —replicó Volemak—.

Quiero que aprenda el idioma de los cavadores junto con Elemak.

Luet comprendió lo que sin duda comprendían todos: no sería recomendable que Elemak fuera el único intérprete. Volemak no quería decirlo sin rodeos, pero no se podía confiar plenamente en Elemak. Y por el modo en que había actuado desde la noche del secuestro, tal vez no aceptara la misión de trabajar con los cavadores.

—Además —dijo Volemak—, los cavadores conocen a Oykib.

—También conocen a Nafai —dijo Issib.

—No te opongas en esto, Issya —insistió Volemak—. A Nafai lo consideran un dios, así que es importante que no lo vean con frecuencia. Que adoren la cabeza de arcilla y que el hombre en sí sea un misterio.

—En otras palabras —bromeó Nafai—, nadie que me conociera podría adorarme.

—Tú lo has dicho —dijo Volemak.

—Yo te adoro —dijo Luet en tono almibarado. Nafai le sonrió con exagerada dulzura.

—En cuanto a tu problema con la silla —aclaró Volemak—, Nafai y yo hemos pensado en instalar un repetidor en ese pico. Domina el valle de los ángeles y el desfiladero. Creo que tus flotadores magnéticos funcionarán allí.

—A menos que me ponga detrás de un árbol —dijo Issib.

—El repetidor se compone de cuatro instalaciones, para que siempre haya cobertura —explicó Nafai—. Tendría que ser un árbol muy grande.

—Si los flotadores funcionan, lo haré —afirmó Issib.

—Lo harás de un modo u otro —dijo Volemak—.

Sólo que si lo haces sin la silla estarás más enfadado. Pero piensa en esto como premio de consolación: te llevarás el índice.

—Así que allí estaremos —dijo Nafai—. Nosotros cuatro. Los hermanos que se casaron con las hermanas.

—Pero yo no serviré de nada —insistió Luet, tratando en vano de parecer objetiva.

—No más que Nafai —señaló Volemak—. Ni menos. Los ángeles no se impresionarán tanto como los cavadores con su piel reluciente. Su primer contacto con nosotros fue un acto de violencia gratuita. Aun con el asesoramiento de Hushidh e Issib, se requerirán delicadas maniobras para lograr que os acepten. Yasai y Padarok me han asegurado que nuestro ángel herido no actuó con violencia. Pero eso no significa que los demás sean necesariamente pacíficos. A fin de cuentas, son una especie inteligente. Si los humanos y los cavadores son buenos ejemplos de lo que eso significa, podemos suponer que son tan destructivos como nosotros.

—Entonces exterminémoslos —dijo Nafai. Todos lo miraron horrorizados.

—Eso sí que ha sido una broma —se apresuró a aclarar Nafai.

—Trata de no hacer esas bromas con los ángeles —lo reprendió Volemak. Nafai puso mala cara.

—Cuando soy responsable de algo, no hago bromas estúpidas —declaró. Luego sonrió—. Pero esta reunión es tuya.

—Gracias por la cooperación —dijo Volemak—. Bien, ¿alguna otra sugerencia?

—Sí —respondió Shedemei—. Esto va especialmente para los que iréis a trabajar con los ángeles, pero también vale para los que trabajen con los cavadores. Hay que fijarse en todo. No sólo en las diferencias respecto de nosotros, sino en las similitudes. Hay que tomar nota de todo inmediatamente, de cada detalle, porque cuanto más esperéis para anotarlo, más os acostumbraréis a su modo de hacer las cosas y más fácil os resultará pasarlo por alto. Issib tiene el índice, y yo tengo los ordenadores de a bordo. Deberíamos presentar informes todas las noches.

—¿Cuándo haremos todo esto? —le preguntó Oykib.

—El trabajo con los cavadores comenzará de inmediato —dijo Volemak—. Pero no iremos a ese desfiladero mientras no podamos devolver a este ángel en condiciones aceptables. Por ahora, los cuatro os turnaréis con ese pobre y descalabrado sujeto. Pasad con él tanto tiempo como Shedemei considere aconsejable. Trabad amistad con él, si es posible. —Los miró a todos son severidad—. Y procurad no llevarlo a ninguna parte donde pueda cruzarse con Elemak. Elya tendrá acceso a la nave, como de costumbre, pero le pediré que se aleje de la cubierta donde Shedemei ayuda al ángel a recobrarse. Creo que con eso bastará.

Shedemei quiso añadir algo más.

—Quiero que investiguéis especialmente todo lo relacionado con el sexo. La reproducción y la supervivencia son las dos fuerzas básicas que impulsan la evolución. No comprenderé la biología ni la cultura de estos seres hasta no saber lo que es imperativo para su apareamiento, reproducción, mantenimiento y defensa. Y esas esculturas cumplen una función en ambas culturas.

—El arte es vida —canturreó Nafai—. Y la vida es arte.

Luet lo pellizcó de nuevo, con todas sus fuerzas. Nafai gritó. Luet esperaba haberle dejado un moretón.

Mientras se disolvía la reunión, Shedemei e Issib pasaron unos momentos observando las imágenes y gráficos de los cuerpos de ángeles y cavadores.

—Iba a explicar esto a todo el grupo —dijo Shedemei—, pero la reunión ha tomado otro rumbo. Yo no conocía los planes de Volemak, y lo que importa es que tú tengas en cuenta esto para que busques una explicación cuando estés en el desfiladero con los ángeles.

—Aún no he dicho que vaya a ir —puntualizó Issib.

Shedemei lo miró desconcertada.

—Bien, muéstramelo de todos modos —dijo él.

—Aquí, en los cavadores machos. Y aquí, en nuestro ángel, que también es macho.

—No sé qué estás señalando.

—Tampoco yo —dijo Shedemei—. Pero es un órgano diminuto, tal vez una glándula. No estoy segura de su función. Pero no existe en los humanos, y tampoco en otras especies que yo haya estudiado.

—Bien, ellos son diferentes.

—No es tan simple. La diversidad biológica se origina por ramificación. Hay dos modos de que las criaturas tengan órganos similares. Una es que posean un antepasado común. La otra es por medio de la evolución convergente: presiones ambientales similares les hacen desarrollar estrategias similares para afrontarlas. Ahora bien, si tienen un órgano idéntico porque hay un antepasado común, tendría que haber pruebas de ello en todas las demás especies que surgieron de la misma fuente al mismo tiempo. Pero no la hay, Issib. Ninguna otra especie de rata o murciélago u otro roedor o animal emparentado tiene algo remotamente parecido a esta estructura, en este lugar o en las inmediaciones. Estoy hablando de ahora y estoy hablando de hace cuarenta millones de años, cuando se compiló la base de datos biológicos más antigua de la nave. No figura allí.

—Evolución convergente, pues.

—Pero, salvo en el caso de la estructura ósea y la musculatura, la evolución convergente sólo produce órganos con funciones similares. No hay motivo para que estén situados en el mismo lugar.

—A menos que se relacione con la reproducción masculina y el único sitio donde pueda funcionar esté por encima del escroto —dijo Issib.

—Exacto. Eso es lo que necesito que investigues, y lo que yo investigaré aquí: un motivo para que estas dos especies, y sólo estas dos especies, tengan este órgano. Si lo piensas, ¿por qué las dos únicas especies inteligentes de la Tierra tienen esta similitud?

—¿Porque se relaciona con su inteligencia? —preguntó Issib.

—Ésa es la primera idea —respondió Shedemei—. Pero no hemos tenido la oportunidad de estudiar a las hembras. Son inteligentes, también, pero si carecen de esta estructura…

—O de una que cumpla una función similar…

—Entiendes el misterio. Este órgano vino de alguna parte y cumple una función, y existe sólo en las dos especies inteligentes, y tal vez sólo en los machos. Quizá se relacione con la inteligencia. Quizá se relacione con el sexo, dada la posición.

Issib sonrió.

—Tal vez sean más similares a los humanos de lo que creíamos.

Shedemei puso mala cara.

—¿Quieres decir que la inteligencia masculina se relaciona con la testosterona?

—Yo lo diría de una forma más vulgar —dijo Issib.

—Sin duda —concedió Shedemei—, dado que eres varón. Pero, como has dado a entender, los machos humanos piensan a menudo con su apéndice masculino, y no tienen este extraño y pequeño órgano.

—Era sólo una broma, Shedemei, no un enunciado científico.

Shedemei sonrió.

—Lo sé, Issib. Sólo respondía a tu broma. Issib rió. La réplica era un poco forzada.

—Busca una explicación, Issib, es todo lo que pido. Consignaré todas mis observaciones en la base de datos para que podamos compartir información por medio del índice mientras estés allí.

—Si es que voy.

—Como quieras.

Mientras Issib y Shedemei deliberaban frente a una de las pantallas, Chveya detuvo a Luet y la llevó aparte, mientras los demás se iban de la biblioteca y de la nave.

—¿Por qué Padre se ha comportado de una forma tan infantil durante la reunión? —preguntó Chveya—. Es embarazoso.

—¿Infantil? No es para tanto. Él siempre ha sido así.

—Nunca le había visto hacerlo. Y no es gracioso.

—Lo es para él. Y también para mí, dicho sea de paso.

—No lo entiendo —dijo Chveya.

—Claro que no. Es tu padre.

Chveya había llegado a la escalerilla cuando Luet descubrió la verdadera respuesta a la verdadera pregunta de Chveya.

—Veya, querida mía, el motivo por el cual nunca le habías visto hacerlo es bastante simple. Así se comporta cuando se siente feliz.

Chveya enarcó las cejas, cabeceó pensativamente, cogió la escalerilla y bajó deslizándose como una niña.

—¡Ten cuidado! —le gritó Luet—. ¡Recuerda que estás encinta!

—¡Oh, Madre! —respondió Chveya con voz vibrante.

¿Y ella critica al padre por actuar como un niño? Luet sacudió la cabeza, cogió la escalerilla y bajó, peldaño a peldaño.

Poto colgaba cabeza abajo de la rama, las alas pegadas al cuerpo como la ropa que usaban los Antiguos. Escuchó en paciente silencio la arenga de Boboi, la arenga de todos sus partidarios. Había mucha gente, pero nadie había ido a hablar en nombre de Poto. Iguo, la esposa de pTo, lo habría hecho con gusto, pero estaba prohibido que una esposa hablara en esas circunstancias, pues todos sabían lo que diría. Ella colgaba cabeza abajo de la misma rama que Poto, pero guardaba silencio.

Aunque Poto estaba solo, tenía dos cosas a su favor. Primero, todos sabían que uno estaba en deuda con su otro-yo: Boboi podía utilizar todos sus argumentos —pTo sin duda está muerto; los Antiguos ya están furiosos, así que no los provoquemos más; los Antiguos sólo se llevaron el cuerpo de pTo para dárselo de comer a los diablos— pero en el corazón de cada hombre y mujer de la asamblea bullían los profundos y complejos sentimientos que cada cual sentía por su otro-yo. Los sentimientos de Poto eran ambiguos. pTo había ido allá desoyendo los consejos de Poto; y también había desoído los consejos de Poto cuando fue solo a enfrentarse a los Antiguos, a ofrecerse para devolver el grano robado. Pero pTo era su otro-yo, y cuando el irascible gigante barbado quebró el cuerpo de pTo como si fuera una ramita, Poto apenas pudo contenerse para no gritar y volar hacia el Antiguo, aunque eso significaba la muerte segura y estaba estrictamente prohibido. Cuando no puedes salvar a un prisionero, no ofrezcas otro. Poto trató de obedecer las leyes y la sabiduría del pueblo; otros lo alabarían después de haber callado en aquel momento, pero eso era un magro consuelo para él. pTo, tonto, gritó para sí. Y luego: Oh pTo, mi otro-yo, ojalá hubiera podido morir por ti.

¿Pues no indicaba el destino que era Poto quien debía morir? Cuando ambos tenían dos años —-demasiado grandes para que uno solo de sus padres cargara a cada uno— los diablos atacaron y encontraron el escondrijo de la familia. Sin vacilar, ambos padres cogieron los pies de pTo y lo llevaron al refugio alto. Fue un largo vuelo. Poto estaba solo en la rama, y un cavador trepaba rápidamente. Sabiendo que sus padres habían escogido a su otro-yo y no a él, Poto casi se quedó donde estaba. ¿Por qué iba a valorar su vida, si sus padres no la valoraban? Pero la voluntad de vivir era demasiado fuerte. Y también contaba el grito que pTo había dado cuando sus padres se lo llevaban: «¡Vive, alma pequeña!». Para sus padres. Poto no era nada, así que no viviría por ellos. Viviría por pTo.

Se desplazó hacia el extremo de la rama. El diablo se rió y avanzó lentamente. La rama se inclinó bajo su peso. Poto vio que otro diablo aguardaba bajo la rama, dispuesto a capturarlo en cuanto descendiera lo suficiente.

El diablo que estaba abajo saltó y sus zarpas rozaron la cabeza de Poto. En semejantes circunstancias muchos niños se aterraban tanto que intentaban volar, pero con alas tan débiles y pequeñas no podían elevarse y los diablos se divertían persiguiéndolos mientras ellos aleteaban a poca distancia del suelo. Los que intentaban volar siempre eran capturados, siempre eran llevados a los túneles de los diablos, donde los devoraban en festivales bárbaros y sangrientos.

Poto no trató de volar. En cambio, se armó de coraje y se acercó al diablo que estaba en la rama. Esto surtió el efecto de elevarlo por encima de la altura que el diablo de abajo podía alcanzar con sus saltos. Pero lo puso al alcance de la zarpa del diablo de la rama. La zarpa rozó dos veces los pies de Poto. Pero la segunda vez, el diablo se había estirado tanto que su equilibrio era precario. En ese momento Poto brincó. El diablo aulló y se cayó de la rama. Y antes de que pudiera trepar para un segundo intento, los padres de Poto regresaron y lo llevaron al refugio, donde pTo lo saludó con un abrazo y escuchó el relato de su terrible aventura. Desde entonces Poto supo que le habían perdonado la vida para que pudiera cuidar de su otro-yo; todos respetaban y conocían ese razonamiento: si Poto no estuviera destinado a proteger a pTo, los diablos lo habrían capturado ese día.

El segundo gran argumento a favor de Poto era que todos sabían que, al margen de lo que decidiera la asamblea, él iría a buscar a pTo y procuraría salvarlo, incluso ofreciéndose en lugar de su otro-yo, si no había muerto todavía. La asamblea no debía pronunciarse sobre la decisión de Poto, sino sobre el peligro que esta decisión representaba para el pueblo, y resolver si era preciso rasgarle un ala para impedir que fuera. Sería un castigo espantoso, pues privar a un hombre del vuelo era la máxima humillación. Era el castigo que se infligía a un hombre que vejaba a una mujer, y siempre conducía al mismo final: una muerte cruel y humillante en la siguiente incursión de los diablos. Como no era un bebé, no lo podían llevar a las cuevas, así que los invasores lo devoraban allí donde lo encontraban, sin molestarse en matarlo primero. Un ala-rota podía distraer momentáneamente a los atacantes y salvar la vida de algunos niños. Ese criminal no servía para otra cosa.

Sería un acto cruel, pues el único crimen de Poto era la intención de salvar a su otro-yo al margen de lo que decidiera la asamblea. Pero de nada servía negar que se proponía desafiar a la asamblea. Eso sólo lo humillaría; daría a entender que para él la ley significaba más que su otro-yo. Así como se esperaba de una esposa que suplicara el rescate de su marido, pero se le imponía silencio sin que importara si en realidad tenía que rogar por él o no, de un hombre se esperaba que desafiara los temores, las leyes, los peligros y la sabiduría para volar al rescate de su otro-yo. Infringiera la ley o no, debían castigarlo como si fuera culpable. De lo contrario, sería como si el pueblo lo considerase la más despreciable de las criaturas, un hombre incapaz de arriesgarse por su otro-yo. Mejor ser un ala-rota.

La asamblea, pues, debía decidir si rasgaría el ala de Poto o le permitiría arriesgar la seguridad del pueblo cuando bajara para una nueva confrontación con los Antiguos.

Al fin Boboi calló, pues ya había hablado el último de sus simpatizantes. ¿Cuántos eran? Menos de la mitad de la asamblea, pero suficientes. Sólo con que algunos de los que callaban votaran por ella, Poto perdería el ala y pTo se quedaría solo entre los Antiguos.

Era el turno de Poto. El pueblo ya estaba cansado. Sería breve.

—No creo que los Antiguos sean nuestros enemigos. Se enfurecieron con pTo, de lo contrario no habrían subido por el desfiladero para encontrarlo. Rechazaron su ofrecimiento, es verdad. Pero el que lo atacó actuó por su cuenta. Vi que los demás se apartaban de él o intentaban detenerlo…

—¿Cómo puedes saber qué se proponían los Antiguos? —le interrumpió Boboi.

Chillidos de protesta silenciaron esta insolente interrupción. A fin de cuentas, Poto había observado las normas de la cortesía. Intimidada por los chillidos, Boboi miró hacia otro lado.

—No soy el único que lo vio —continuó Poto—. Si hay algún testigo que niegue que los demás Antiguos no parecían aceptar que él maltratara a pTo, que hable ahora. Doy mi consentimiento.

Tal vez algunos disintieran, pero ninguno se atrevió a contradecirlo cuando él suplicaba por su otro yo —pTo no estaba muerto. Vi que abría los ojos con valentía para mostrarnos que estaba vivo. Y los Antiguos, al verle con vida, decidieron no comérselo, aunque no era un niño. Lo trataron tiernamente y lo pusieron en su cuero para llevarlo desfiladero abajo. No sé qué se proponían. Pero los Antiguos no tienen cuerpo de diablo, aunque en general sean lampiños bajo sus cueros, y tal vez no sean diablos en su corazón. Vinieron del cielo, ¿no es así? Quizá ya no estén enfadados con pTo y me permitan traerlo de regreso, o al menos quedarme a cuidarlo hasta que muera, si voy a hablar en su nombre.

Tragó saliva, tratando de pensar en los otros argumentos que había esgrimido Boboi, para refutarlos.

—No creo que los Antiguos estén furiosos con todos nosotros, pues de lo contrario no se habrían contentado con lastimar sólo a pTo. Amanecía, y sin duda vieron a las vigías que sobrevolaban la aldea. Sabían dónde encontrarnos, pero no pasaron a la cresta del risco. Ello indica que no nos responsabilizan a todos por los actos de uno. En consecuencia, no traeré peligro al pueblo, aunque les disguste mi presencia.

¿Qué más? Los argumentos de Boboi habían consistido principalmente en que muchas personas repitieran lo mismo una y otra vez. No le quedaba mucho por añadir.

—Gente de la asamblea —dijo Poto—, sólo puedo añadir esto. Mi otro-yo no cometió más falta que la de seguir los pasos del ilustre antepasado de su esposa, Kiti. Ambos sentían atracción por los Antiguos. pTo nos puso en peligro a todos, pero aunque Boboi había declarado que nadie debía acercarse a los Antiguos hasta que lo decidiera la asamblea, lo cierto es que la asamblea aún no había prohibido lo que él hizo. Fue imprudente, pero también valiente, y no actuó para sí mismo sino por lo que consideraba el bien del pueblo. ¿Debemos abandonar a un hombre así? ¿Su otro-yo debe perder el ala para no acudir al rescate? Creo que todos los presentes, Boboi incluida, se enorgullecerían de ser el otro-yo de alguien tan valiente como mi pTo. Dejadme ser un verdadero hermano y amigo. No conocemos los peligros que corre el pueblo. ¿Acaso un mal desconocido debe impedir un bien conocido?

Poto giró lentamente en la rama y extendió las alas, prestándose a que lo rasgaran si la votación era desfavorable. Oyó el sonido de los simpatizantes de Boboi cayendo al suelo. ¿Cuántos? Cayeron rápidamente, todos al mismo tiempo, y luego no hubo más. Se habían decidido muy fácilmente. Tal vez eso significara que sólo los que habían hablado en su nombre habían votado por ella.

O tal vez no.

Chveya despertó primero, como de costumbre. Antes siempre podía dormir más que Oykib pero, para su sorpresa, el embarazo ya había reducido la capacidad de su vejiga y tenía que levantarse antes del amanecer, le gustara o no. Y a menudo no le gustaba. Era inútil tratar de dormirse de nuevo. No podría conciliar el sueño, así que más valía levantarse a hacer algo.

Y lo que haría hoy sería sentarse en un taburete, contra la pared de esa casa de una habitación, tratando de imaginar Basílica, la Ciudad de las Mujeres. Madre le había hablado de miles de edificios, tan apiñados que se tocaban por todas partes excepto por delante. Y a veces la gente construía una casa nueva frente a otra, cerrándole la salida a la calle, a menos que uno tuviera dinero para contratar matones que ahuyentaran al intruso. Y podían construir en medio de la calle, bloqueándola por completo, salvo cuando los airados peatones desmantelaban el edificio al pasar.

Costaba imaginar un lugar tan atestado. En toda su vida, Chveya había conocido sólo a la gente de la colonia. Las únicas personas nuevas eran los bebés que nacían. Los únicos edificios que había visto eran los que construían con sus propias manos, y los imposibles y mágicos edificios del puerto espacial, que no era una ciudad, pues su población estaba formada por la misma gente que ella había conocido siempre.

Pero los cavadores tenían una ciudad, ¿no? Aunque estuviera bajo tierra, salvo por las entradas abiertas en los árboles. Chveya se imaginaba cómo se debían de haber alborotado cuando los humanos llegaron de Armonía y empezaron a talar árboles, extendiendo el prado donde habían aterrizado. Habían rellenado los túneles que conducían a los árboles condenados, para que los humanos no los descubrieran al mirar en los troncos huecos. Pero aun con tantos túneles clausurados, la ciudad de los cavadores eran una vasta red de cámaras conectadas.

Chveya sabía que era real. Ahora podía ver las conexiones entre muchos cavadores, tal vez la mayoría, y sabía que había cientos allá abajo, continuamente yendo y viniendo. Era la única ciudad real que había visto, pero no la había visto de veras, y tal vez nunca la vería. Nunca se arrastraría por los túneles. Al menos eso esperaba. Su piel no brillaba como la de su padre, cuando él quería. Allá abajo sería de noche constantemente. Y ella estaría rodeada por extraños. No porque fueran tan raros, tan parecidos a animales, sino porque no los conocía, no sabía qué esperar de ellos. Aun Elemak, aun Meb y Obring, peligrosos y traicioneros como eran, le parecían menos peligrosos porque a fin de cuentas los conocía. Los cavadores eran totalmente exóticos.

Y así debía haber sido en Basílica. Nadie podía conocer a tantas personas, y caminar por la calle significaba andar entre extraños, entre gente que nunca habías visto y nunca verías de nuevo; personas que podían venir de cualquier parte, pensar cualquier cosa, que tal vez desearan cosas terribles que te destruirían a ti o a tus seres queridos sin que tuvieras manera de enterarte.

¿Cómo podía vivir de esa manera? ¿Cómo podían soportar la vida entre extraños? ¿Por qué no se metían en sus casas, atrancaban las puertas y se refugiaban gimoteando en un rincón?

Llegado el caso, pensó Chveya, ¿por qué no lo hago yo? Ahora, sabiendo que estoy rodeada por cavadores que no conozco, imprevisibles, que tienen el poder de destruirme a mí y a todos los que amo, ¿por qué todavía me acuesto por la noche, me levanto por la mañana?

Alguien batió palmas frente a la puerta. Chveya se levantó y fue a abrir. Era Elemak.

—¿Está levantado Oykib? —preguntó.

—No —respondió Chveya—. Pero es hora de que se levante.

—Estoy levantado —dijo Oykib desde la cama—. Despierto, al menos.

—Entra —dijo Chveya.

Elemak entró. Se quedó inmóvil hasta que Oykib se sentó en la cama e indicó a su hermano mayor que se sentara a los pies de la misma.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Volemak quiere que trabaje con sus rehenes cavadores —contestó Elemak.

—Si tú quieres —puntualizó Oykib.

—Cumpliré mi deber —dijo Elemak. Sonrió desagradablemente—. Presté el juramento.

—Bien, entonces ambos debemos aprender su idioma.

—Tú me llevas ventaja. Me gustaría que me enseñaras lo que sabes.

—No es mucho. Sólo algunas palabras. Todavía no conozco la estructura.

—Me gustaría aprender lo que sepas. Me gustaría que también Protchnu lo aprendiera. ¿Puedes darnos una clase sobre el idioma de los cavadores?

—Buena idea —dijo Oykib—. Sí, lo haré. Alguien se acercaba a la carrera. Protchnu se detuvo en la puerta.

—Padre —llamó. Elemak se levantó.

—Uno de esos ángeles está en el techo de la casa de Issib.

—¿Quién está de guardia? —preguntó Oykib, levantándose, poniéndose la ropa.

—Motya —respondió Protchnu—. Él me ha enviado a buscarte.

—¿A mí? —preguntó Elemak.

—Bien, a los adultos.

—Él no se refería a mí —dijo Elemak.

—Pero yo sí —dijo Protchnu desafiante.

—Avisa a Volemak —ordenó Elemak.

Chveya se sorprendió de que Elemak comprendiera tan bien cuál era su papel en la comunidad, y de que lo aceptara. Chveya sabía que el contacto de Elemak con los demás era muy débil últimamente, pero veía que su vínculo con su hijo mayor era brillante y fuerte. Aún así, permitía que su hijo viera su humildad. A Chveya le entristecía que no pudiera ser tan fuerte y orgulloso como deseaba Protchnu, pues a Protchnu debía dolerle, pero Elemak no se molestaba en disimular su…

A menos que Elemak quisiera que Protchnu sintiera ese dolor.

No, no podía creer que Elemak tuviera un complejo plan que implicara la creación de un profundo resentimiento en el corazón de su hijo.

Oykib ya estaba vestido y se dirigía hacia la puerta. Elemak no dio señales de que fuera a seguirlo.

—¿No sientes curiosidad? —le preguntó Chveya, siguiendo a Oykib.

—Ya he visto uno —dijo Elemak.

Cuando llegaron a casa de Issib, el ángel estaba posado en el techo. Issib, Hushidh y sus hijos lo miraban desde fuera, y ya se juntaba más gente.

—Parece muy asustado —comentó Chveya.

—No de nosotros —dijo Oykib. Señaló los árboles. Las sombrías siluetas de los cavadores se perfilaban en las ramas, en las matas—. Para ellos los ángeles son mveevo. «Reses del cielo.»

—¿Se los comen?

—Sólo a los bebés —dijo Oykib—. Digamos que las relaciones internacionales entre cavadores y ángeles se encuentran en un estadio primitivo.

Pero Chveya veía ahora otra cosa. El ángel del techo tenía el contacto más brillante y fuerte que ella hubiera visto entre dos personas y ese contacto conducía a la nave.

—Ha venido a buscar al otro —dijo—. Al ángel herido que está en la nave.

—Supongo —dijo Oykib.

—Yo lo sé —precisó Chveya.

—Está rogando que no lo entreguemos a los diablos antes de que encuentre a su… hermano. Pero más que un hermano.

—Llevémoslo —dijo Chveya. Se acercó al techo, estiró la mano, cogió la viga y empezó a trepar por la tosca pared de troncos.

—Veya —protestó Oykib—. Estás encinta.

—Y tú te quedas ahí —dijo ella.

Poco después ambos estaban en el techo. El ángel los miró, pero no se movió. Oykib tendió una mano, Chveya también.

El ángel extendió las alas, abriéndose como una sombrilla. El efecto era sorprendente. Aquella criaturita trémula se transformó de pronto en una sombra acechante. Conque aquel aspecto tendría el ángel herido si estuviera fuerte y saludable. Como en una mariposa, el cuerpo era delgado y frágil en medio del dosel de las alas. Sólo la cabeza guardaba proporción con la envergadura de éstas. Una cabeza grande y movediza.

—Bien, no podemos llevarlo a cuestas —dijo Oykib. Indicó al ángel que se acercara. El ángel dio un paso torpe—. No es un animal de tierra, evidentemente.

—No es un animal —dijo Chveya—. Es un hombre valiente y asustado, y ama a su hermano.

—Su otro yo —dijo Oykib—. Eso significa esa palabra. Su otro-yo.

Llevémoslo allá.

Fue hasta el borde del techo, se sentó, descendió. Oykib la siguió. El ángel se posó en el borde, bajó aleteando. Algunos niños gritaron y se alejaron.

Chveya notó que los cavadores del bosque se acercaban, pero aparentemente no se atrevían a internarse en territorio humano.

Oykib explicaba a Nafai y a Volemak lo que él y Chveya habían visto, lo que habían decidido.

—¿Es conveniente que los dos estén juntos? —preguntó Nafai—. ¿Cuál será su reacción cuando vea que su hermano está malherido?

—Por otra parte —dijo Volemak—, ¿cuál será su reacción si le impedimos ver a su hermano?

Nafai asintió. Oykib y Chveya condujeron al ángel hacia la nave.

pTo se había despertado varias veces desde que los Antiguos lo habían capturado, pero cada despertar había sido como un sueño. Flotaba de espaldas como si el aire se hubiera espesado y lo sostuviera sin esfuerzo. No sabía si podía desplazarse porque no lograba concentrar su voluntad ni siquiera para mover los labios. Y cuando abría los ojos, sólo veía a una hembra de Antiguo que también flotaba, yendo y viniendo. El cielo tenía un color neutro, como si las nubes aún no supieran si ser tormentosas o apacibles. Y había brisas tenues que no soplaban de un lugar determinado. No olía a nada vivo; percibía sólo su propio sudor y los aromas almizclados de la Antigua.

Luego caía en un sueño profundo.

¿Esto es la muerte? ¿Los Antiguos nos llevan al dios del cielo? ¿Así es la vida dentro de una nube?

La tercera o quinta vez que despertó —no sabía cuántos recuerdos se habían sucedido antes— comprendió que debía estar en la torre de los Antiguos, y que ese cielo no era tal cielo sino un techo.

Así que esto se podía considerar un túnel, como los que construían los diablos, sólo que encima del suelo. ¿O sería como el abrigo de un nido, como la paja trenzada que el pueblo colocaba encima de los nidos donde colgaban los bebés, primero de la pelambre de la madre, y luego de las ramas que había debajo del nido?

¿Los Antiguos son como nosotros, o son como ellos?

Como los diablos, por el modo en que el irascible Antiguo desgarró y arrojó a pTo y lo dio por muerto.

Como el pueblo, por el tierno cuidado con que los Antiguos lo alzaron en esos cueros que se ponían y se quitaban del cuerpo. Como el pueblo, por el modo en que lo llevaron colina abajo hasta que al fin, por suerte, él perdió la conciencia. Como el pueblo, porque él estaba vivo, en vez de devorado, descuartizado o encerrado como un prisionero.

O una tercera posibilidad. Tal vez fueran como los dioses. Después de todo, no había dolor.

Al fin llegó un día en que hubo dolor, pero además de sentir dolor pTo despertó del todo por primera vez. Ya no flotaba. Y ahora podía sentir las extremidades y los dedos, y moverlos. Algunos de ellos. Un gran peso le apretaba los huesos que se habían roto.

Movió la cabeza. Sí, podía mover la cabeza, arquear la espalda para ver que algo envolvía los huesos rotos, uniéndolos como injertos en una rama de árbol. El entablillado era tan pesado que no podía levantarlo, y cuando lo intentó el sordo dolor se volvió agudo.

¿Por qué dejan que vuelva el dolor? ¿Es un preludio de la muerte? ¿Me han juzgado y condenado? ¿O han decidido devolverme a la vida? Para ver de nuevo a mi otro-yo. A mi esposa. Mi pueblo.

Un sonido agudo, chillón. Ah sí, el lenguaje de los Antiguos. Tenía cierta melodía, pero también sonidos diablos, siseos y zumbidos.

Otro sonido. Su nombre, pronunciado con claridad, con amor, con preocupación.

—pTo —dijo la voz, y la reconoció al instante, aunque era imposible que fuera real.

—Poto —respondió, y con un susurro de sus correosas alas el otro-yo de pTo se posó en la misma superficie donde él yacía, y lo miró—. Te dije que no vinieras a la torre de los Antiguos.

—Y ahora has venido tú también —dijo pTo.

—Boboi quería arrancarme las alas para impedirlo —dijo Poto—. Estuve a punto de huir sin esperar el veredicto. Pero quería que pudieras regresar honrosamente si vivías. Así que esperé, y el pueblo me respaldó. A los dos, pTo. Te honran. Por el modo en que soportaste el castigo de ese Antiguo irascible.

—Era la criatura más terrible que he visto —dijo pTo—. Más terrible que los diablos. Poto sacudió la cabeza.

—He mirado a los diablos a la cara, y también a estos Antiguos.

—Pero los diablos no nos odian, Poto, sólo tienen hambre de nosotros. No hay odio como el odio de los Antiguos.

—Ellos me han conducido a ti, mi yo, mi hermoso yo. Sabían quién era y qué quería, y me han traído a ti.

La voz de la Antigua vibró de nuevo. Poto la miró a ella y a los demás. pTo miró en torno y vio que otros cuatro habían entrado en el… ¿nido?, ¿túnel? Lo que fuese ese lugar. Reconoció a uno de ellos… el macho que había visto aquella noche fatídica en que tocó la torre.

—Ese es el que me vio —dijo pTo—. Es el que vio robar las hierbas y debe haber dado la alarma.

—Pero ¿no es el irascible? —preguntó Poto.

—Ahora no siente ira —respondió pTo—. No como el otro. ¡Oh, nunca más quiero ver al Antiguo irascible!

—Al fin —dijo Oykib—. Algo parecido a una plegaria. La mitad de lo que dicen los cavadores está parcialmente dirigido a los dioses. Para mí sería más fácil si los ángeles fueran igualmente beatos.

—Pero ¿qué ha dicho? —preguntó Shedemei.

—Que nunca quiere ver de nuevo al irascible. El Antiguo irascible. —Se echó a reír—. Somos nosotros. Los viejos, los Antiguos.

—No es cosa de risa —dijo Shedemei—. Esto es muy importante. Luet o Nafai, id a buscar a Hushidh e Issib. Es preciso que estén aquí, que los conozcan… si han de ser nuestro enlace con los ángeles.

—Iré yo —se ofreció Nafai.

—No, Nafai, no seas tonto. Iré yo —dijo Luet.

—Iré yo —dijo Oykib.

—Te necesitamos aquí —señaló Shedemei—. Por si entiendes algo más. Nafai se fue.

—El idioma es vibrante y cantarín —dijo Luet—. Como burbujas en un arroyo. Como…

—¿Sí, Madre? —la acució Chveya.

—Como la música del Lago de las Mujeres, cuando yo flotaba al borde de un sueño verdadero.

—Tal vez el Guardián de la Tierra podía enviarte las canciones de estas criaturas —dijo Chveya.

—Silencio —pidió Shedemei—. Estos dos son mellizos, creo. Mirad, son totalmente idénticos.

—Cada cual llama al otro su otro yo —dijo Oykib—. Es mucho más que un hermano.

—Mis mellizos tienen ese sentimiento mutuo —dijo Luet—, pero los bebés de su edad no pueden expresar sus sentimientos con palabras.

—Silencio —insistió Shedemei—. Escucha, Oykib. Observad, todos.

Pero Chveya quiso añadir algo.

—Nunca he visto entre los humanos un amor como el que une a estos dos.

—Eres el más estúpido de todos los hombres —dijo Poto.

—Acepto ese honor —dijo pTo—. Y tú eres el más leal. Ojalá alguna mujer vea tu poder y tu fuerza, y te acepte como esposo.

—El herido ruega que alguna hembra admire la fuerza del que está sano y se aparee con él —dijo Oykib—. No, se vincule con él.

—Se case con él —sugirió Chveya.

—Bien, podría ser. La palabra tiene connotaciones de enlace y ligamen.

—Sé algo de enlaces —dijo Chveya—. Él se refiere al matrimonio. El herido es casado, el otro no… porque el herido tiene un fuerte lazo con alguien que no está aquí, que está desfiladero arriba.

—¿Tienen nombres? —preguntó Shedemei.

—¿Esperas que imite esos sonidos? —preguntó Oykib.

—Tendremos que hacerlo, algún día. Bien podrías intentarlo ahora.

—El nombre del sano es oh-oh, con algunas consonantes rápidas en medio. To-to. Po-to.

—¿Y el del otro?

Oykib resopló de frustración.

—El mismo. El mismo nombre.

—Otro-yo —murmuró Shedemei.

—No, es diferente. Po-ío, y el saludable es Po-to.

Silencio —ordenó pTo—. Escucha.

—¿Qué?

—Los Antiguos. Acaban de decir tu nombre. Escucharon.

—Poto —pronunció Oykib—. Masculló algo más, y luego dijo el nombre de nuevo—. Poto, Poto.

—Te quieren a ti —señaló pTo. Poto brincó al suelo, alejándose del campo visual de pTo. Pero pTo le oyó decir:

—Yo soy Poto. Antiguo, si es a mí a quien buscas. Que mi otro-yo no sufra más daño. Si quieres infligir más castigos, yo los recibiré.

—Nos está rezando a nosotros —dijo Oykib.

—Sensacional —exclamó Shedemei—. Ahora podremos ser los dioses de todos.

—Si vamos a desgarrarles las alas de nuevo, quiere que desgarremos las suyas, no las de su otro-yo.

—¿Por qué dice eso? —preguntó Chveya—. ¿Cree que estamos furiosos?

—El pobre no sabe qué pensar —dijo Luet—. Déjame tratar de dárselo a entender.

Luet se puso de rodillas y avanzó hacia el ángel sano.

—Poto —llamó, señalándolo. Él le dio la espalda y extendió las alas, aunque no del todo.

—Tócalas —sugirió Shedemei—. Muy suavemente. Son fuertes, pero no sé si son sensibles al dolor o no.

Luet tendió la mano y acarició delicadamente la piel de las alas. Era lampiña y lisa, como cuero de calzado, pero mucho más ligera, más elástica. El ángel parecía esperar algo más, pero al fin se volvió y la miró.

—Poto —repitió Luet, mostrando la mano con la palma abierta.

Él le estudió la mano y miró uno a uno los rostros, tratando de entender. Tal vez encontraba algún significado que ellos desconocían, o tal vez interpretaba el gesto a su manera. Pero al fin inclinó el cuerpo y le tocó la palma con la mejilla. Como si ya hubiera tenido esa intención, Luet cerró suavemente la otra mano sobre su cara, apoyándole la palma en la otra mejilla. Mantuvo esta posición un momento, alzó la mano.

El ángel habló en voz baja. No se dirigía a ella, sino al mellizo.

—pTo, se ha convertido en mi tía. Me ha dado un abrazo verdadero, y en el costado.

—Oh, Poto, pueda todo nuestro pueblo recibir semejante dádiva de los Antiguos —respondió pío, desde la cama.

—El que está en la cama ruega que todo su pueblo pueda recibir esta bendición de los Antiguos —interpretó Oykib.

—Perfecto —aprobó Shedemei.

—No tanto —dijo Luet—. Me niego a que nos presentemos como dioses ante esta gente.

Así que se inclinó ante él, ofreciéndole la cabeza para que la aferrara entre las manos.

—¿Qué hago, pTo? —exclamó Poto angustiado—. Se inclina ante mí como ante un padre, sin ni siquiera volver la cabeza de lado.

—Si la Antigua exige que seas su padre, hazlo —dijo pTo—. ¡No la enfurezcas! Son terribles cuando se enfurecen.

—Pero yo no puedo ser su padre —protestó Poto—. No está bien.

—No te preocupes —dijo pTo—. Ella no tiene padre. Ha muerto.

—¿Y cómo sabes eso, ala-rota?

—Ha muerto, Poto. Lo sé. Lo vi mientras dormía. Lo vi en mis sueños.

—Nunca has visto el rostro de la Antigua que está arrodillada ente mí.

—La he visto. Los he visto a todos. —Era verdad. pTo no lo había recordado hasta ahora, hasta el momento en que necesitó el recuerdo, pero de pronto lo recobró. Había visto todos sus rostros en sueños. Aun el del irascible, aunque entonces no sentía ira, rodeado por pequeños, por sus hijos. Y por la voz sabía quién era ésta. Era la que había visto con los dos primogénitos de pTo posados sobre los hombros—. Un día estará de pie en un prado de la aldea, y mis hijos se posarán en sus hombros.

—Bien —dijo Poto—, la tomaré como sobrina, entonces.

—Hija —replicó pTo—. Ella no tiene padre. Ahora tú serás su padre.

—Yo no tengo esposa —señaló Poto—. ¿Qué mujer se casará conmigo, si debe convertirse en madre de una Antigua cuando lo haga?

—La que deba ser tu esposa, y ninguna otra —dijo pTo—. ¿Te han escogido para ser padre de una Antigua y te preocupas por tu apareamiento? ¿Tan solo te sientes, mi querido y lunático yo?

—Parecen desconcertados —murmuró Luet.

—Quédate donde estás —dijo Oykib—. Voy comprendiendo algo. Creo que al aferrar tu cabeza entre las manos, será como si te convirtiera en pariente. Tú lo has tomado bajo tu protección. Y ahora le estás pidiendo que te adopte.

—Vaya —dijo Luet—. Tal vez no sea buena idea.

—Hazlo —recomendó Shedemei—. Quédate donde estás y deja que él decida.

La conversación entre las criaturas se interrumpió. Poto extendió las alas, y en vez de ponerlas a ambos lados de la cabeza de Luet, le abrazó todo el cuerpo. Ella sintió cómo la envolvían aquellas alas correosas y ligeras. Sabía que si extendía un brazo desgarraría el ala, y también sabía que desgarrando el ala no destruiría a la criatura, sino que se destruiría a sí misma.

—Ruega poder ser buen padre para ti —le dijo Oykib.

—¿Padre? —preguntó Luet.

—Dice que espera poder reemplazar a tu antiguo padre, que murió en un lugar remoto.

—¿Qué? —preguntó Chveya—. Madre, ¿cómo puede saber eso?

—Dice que no morirá a menos que pueda morir defendiéndote de los voraces diablos. Creo que es parte del discurso ritual de la adopción. Aunque, por supuesto, tú no eres una chiquilla.

—¿Puedes decirme cuál es la palabra que significa padre? —preguntó Luet.

—Veamos si la repite y puedo… El ángel añadió algo.

Bet —pronunció Oykib.

—¿Qué? —dijo Luet.

—La palabra es bet. La palabra que significa padre.

Cuando el ángel apartó las alas, Luet se acuclilló y lo miró a los ojos.

—Poto —dijo ella, señalándolo—. Bet. —Luego se señaló a sí misma—. Luet.

—¿Qué dice? —preguntó Poto—. Creo que me está diciendo su nombre, pero no sé qué sonido es. Es muy extraño.

—U-et —articuló pTo.

—No, hay algo primero. Pero no es un sonido diablo, sólo una torsión en la música. Wu-et.

—Escucha cómo trata de decir tu nombre —dijo Oykib—. No creo que tengan el sonido ele en su idioma.

—Wuet es bastante parecido —dijo Luet. Asintió aceptando el nombre que Poto podía pronunciar—. Wuet —pronunció señalándose de nuevo. Y a él—: Poto. Bet Poto.

—Potobet —corrigió el ángel.

—Potobet.

Poto la señaló de nuevo.

—Wuetigo —dijo.

—Wuetigo —repitió ella, señalándose.

El ángel asintió con un gesto de la cabeza, pero era un movimiento torpe y exagerado. No debía de ser el modo en que ellos indicaban su aprobación, pero había aprendido lo que ella hacía y la estaba imitando.

—Tío listo —se admiró Luet.

Señaló la cama donde estaba el otro ángel.

—¿Poto? —preguntó.

—pTo —dijo Poto.

—pTo —repitió Luet.

—pTobet —añadió Poto.

—Ah —dijo Shedemei—, si uno te adopta, el otro mellizo también es tu padre.

—Los mellizos deben cumplir una función importante en su cultura —dijo Oykib.

Desde la cama llegó la voz del ángel herido.

—Wuetigo —dijo. Y luego, para sorpresa de todos, torció la boca con gran esfuerzo y dijo—: Luetigo.

Rieron y batieron palmas con deleite. Al principio los ángeles se sobresaltaron. Luego, viendo que ellos cabeceaban al batir palmas, Poto también imitó el gesto.

En eso momento regresó Nafai, seguido por Issib y Hushidh.

—¿Me he perdido algo? —preguntó.

—No mucho —respondió Luet—. Te presento a mis padres adoptivos, Poto y pTo. Sólo que debo llamarlos Potobet y pTobet porque soy su hija. Y ellos me llaman Luetigo.

—Luetigo significa que eres su tía —dijo Oykib—. Recuerda que tú los has adoptado primero. El que está en la cama… Pooto…

—pTo —corrigió Chveya.

—El ángel herido —dijo Oykib—. Agradece mucho que les hayas concedido el honor de aceptarlos como sobrinos, y más aún que les hayas concedido el honor supremo de aceptarlos como padres. Significa mucho para ellos. Y creo que es permanente.

—Sí —asintió Hushidh—. Tú también lo ves, ¿verdad, Chveya?

—Te han incorporado a sus vidas, Madre —explicó Chveya—. Perteneces a su familia. Estás vinculada a ellos tal como estás vinculada a mí. No están bromeando. No es una mera formalidad.

—Ellos creen que esto significa que todos los Antiguos serán amigos del… pueblo… de los ángeles. Para siempre —dijo Oykib.

—Bien —dijo Nafai—. Hemos empezado bien. Ahora démosles tiempo para estar a solas. Guarda la medicina, Shedya, y larguémonos de aquí unas horas.

—No le gustará el dolor.

—¿Puedes darle algo que lo deje consciente?

—Sí —dijo Shedemei—. Pero ¿su mellizo me dejará hacerlo?

Poto parecía consternado, pero cuando Luet se inclinó ante él, ambas manos en ademán de súplica, pareció entender que la herramienta que empuñaba Shedemei no le causaría daño. Ella la aplicó al tobillo de pTo, y todos se marcharon de la habitación.

—Confían en nosotros —dijo pTo.

—O bien ambos somos prisioneros —repuso Poto.

—Ponlos a prueba. Trata de marcharte. Sé que te dejarán ir.

—No me iré hasta que tú te vayas conmigo.

—Entonces somos prisioneros. Pero es mi herida la que nos retiene, no los Antiguos.

Poto regresó a la cama y examinó las heridas de su otro-yo.

—pTo —dijo, maravillado—. El desgarrón del ala… está sanando.

—Es imposible —replicó pTo—. Una ala-rota nunca sana. Un ala-rota es comida de diablos.

—Pero es verdad. Los bordes del desgarrón se han unido, y se está formando una cicatriz, como en la piel velluda. Los Antiguos tienen el poder de curar el cuero.

—Oh, Poto. ¿Quién puede decir ahora que cometí un error al venir a ver a los Antiguos ?

—Boboi. Ella puede decirlo —comentó Poto secamente.

—¿Qué dices tú? —preguntó pTo.

—Digo que mi otro-yo encabezó la marcha. Digo que sin tu valor, atrevimiento y desobediencia, el pueblo habría sido extraño para los Antiguos. Pero ahora los Antiguos son nuestros amigos. Y una de sus hembras es nuestra tía, y nosotros somos sus padres.

Para Elemak, aprender el idioma de los cavadores era como un regreso a su juventud, a los días en que afrontaba los peligros de la carretera para ganarse un lugar como heredero de su padre. En aquellos días era rápido para aprender idiomas, y los aprendía de peones, de guías, y de los anfitriones de las ciudades que visitaba. Los primeros le costaron un gran esfuerzo, pero al cabo de un tiempo comenzó a encontrar elementos repetitivos, estructuras comunes. El bozhorz era como el cilme, pero con todos los sonidos b convertidos en p, y las vocales largas convertidas en diptongos terminados en u. Sólo había que poner bien los labios, tener cuidado con las palabras que no significaban lo mismo en otro idioma —ol-poic no significa «hogar» en bozhorz, así que no pidas a un hombre que te lleve a su olpoic si no quieres que te apuñale— y podías apañártelas. Después de un largo tiempo en la carretera resultó tan fácil que Elemak, aunque se enorgullecía de su habilidad con los idiomas, le prestaba poca atención.

Ahora estaba desacreditado como heredero de su padre, nunca podría errar de nuevo por el mundo —y aunque pudiera, no había un sitio adonde valiera la pena ir—, su esposa lo había repudiado delante de toda la población humana de aquel planeta, y sólo le quedaba aprender el idioma de aquellos desmesurados roedores.

Pero estaba bien. Incluso que Oykib le enseñara sus rudimentos estaba bien. A fin de cuentas, aunque Oykib fuera el hermano favorito de Nafai, no era Nafai. Si las cosas hubieran ido de otro modo, Oykib habría sido el hermano que la invalidez impidió que fuese Issib. Despierto sin ser taimado, obediente pero emprendedor, valeroso sin ser temerario, seguro de sí pero no jactancioso. Le gustaba Oykib. Le molestaba que Oykib no pudiera disimular cuánto le temía, cuánto desconfiaba de él. Claro que él le había propinado esa pequeña tunda en la biblioteca de la nave. Cuestión de temperamento. No valía la pena tratar de explicarle que estaba furioso con Nafai, con la traición de Nafai. No valía la pena tratar de congraciarse con él, de explicarle que si Nafai hubiera sido como Oykib habrían sido amigos. Le bastaba con aprender el idioma, con que lo ayudara a desentrañar sus enigmas, a buscar reglas y estructuras.

Porque había reglas y estructuras. No había ninguna similitud con los idiomas de Armonía, desde luego, porque el idioma de los cavadores había evolucionado independientemente, sin antecedentes humanos. Pero aun así había constantes. Modos de manifestar el tiempo, de manera que el idioma pudiera expresar pasado, presente y futuro, causa y efecto, motivo e intención. Los actores y los actos obligaban a que cada idioma desarrollara, de un modo u otro, sustantivos y verbos. Y pronto —casi tanto como cuando Elemak era joven— llegó a sentir el idioma, a captar su música. Cuando iban al linde del bosque a conversar con los centinelas cavadores, Elemak veía que les gustaba su modo de hablar, el sonido de su voz, el hecho de que uno de los dioses dominara su lengua.

Y notó que Oykib sentía cierta envidia. A fin de cuentas, él había sido el maestro, y al cabo de unas semanas era Elemak quien le enseñaba, si no el significado de las cosas, la gramática y la pronunciación, los giros idiomáticos. ¿Cuándo podía Oykib haber desarrollado el oído para esas cosas? Éste era su primer idioma extranjero, y para Elemak era el quincuagésimo. Aun así, había que admitir que Oykib sólo tenía alabanzas para la habilidad de Elemak, y al parecer no se resistía a aquel camino en la relación ni escamoteaba sus enseñanzas. Si Nafai hubiera actuado con tanta prudencia…

Al fin llegó el momento en que se sintió tan confiado como para tratar de comunicarse con los rehenes de la nave. Habían liberado a cuatro de los nueve tomados en principio: los soldados que habían estado dispuestos, a una orden del rey de guerra, a matar a los secuestradores. Pero los cuatro secuestradores se quedaron y, lo más importante, también Fusum, hijo del rey de sangre, el hombre que lo había planeado todo.

—Quiero rehabilitarlo —dijo Volemak—. Quiero que sea él quien lleve la cultura humana a los cavadores, porque él fue quien intentó destruirnos. Su amistad es la más valiosa.

Así que Elemak trabaría amistad con Fusum.

—Pero lo haré a mi modo, Padre, o no lo haré.

—¿Y qué modo es ése?

—Fusum es un hombre violento y colérico, Padre —dijo Elemak.

—Así que debemos enseñarle a actuar de otra manera.

—Primero debemos establecer quién es el maestro —dijo Elemak—. Luego podemos enseñarle otro estilo de vida.

Volemak tenía sus dudas, pero cedió.

—No le hagas daño, Elya. No hagas nada que agrave la enemistad que ya existe entre él y nosotros.

Elemak no lo lastimaría. Al menos, no le causaría heridas graves. Y a cambio de esa promesa, tuvo carta blanca en otros sentidos. Carta blanca, y sin observadores.

Al principio sólo podría reunirse con Fusum y los demás cavadores dentro de la nave, donde lo observaría el ordenador que aún llamaban el Alma Suprema, aunque no poseía ni una fracción del poder que el Alma Suprema original ejercía en Armonía. Bien, que la máquina observara. Que presentara sus informes a Volemak, Issib y Nafai. No habría secretos. Además, Nyef e Issya estaban ocupados con sus ángeles mellizos. Criaturas detestables. Huesos como ramas. Pero eran bonitas cuando volaban, y se habían congraciado con la gente de Nafai, y todos eran parientes. Nafai era demasiado estúpido para comprender que de nada servía aliarse con los débiles. Los ángeles eran inservibles. Reses del cielo, los llamaban los cavadores. Al parecer, el único motivo por el cual no habían exterminado a los ángeles era porque los cavadores querían contar con una provisión constante de su plato favorito. Comida inteligente, eso eran los ángeles, ganado volante, y Nafai e Issib trababan amistad con ellos.

Por favor, Padre, no me hagas quedar aquí para entablar amistad con los más recios, valientes y aguerridos de los fuertes y agresivos cavadores. Elemak sentía ganas de reír a carcajadas al pensar que las ingeniosas maniobras de Padre para establecer la paz estaban configurando un futuro donde Elemak sería experto en las únicas criaturas de la Tierra que valía la pena conocer, mientras que la pericia de Nafai se limitaría a sus tontas y frágiles presas.

Elemak habló con Oykib.

—Ahora empezaré a trabajar con los rehenes. Quiero reunirme contigo todos los días para comparar lo que he aprendido sobre su idioma y cultura con las cosas que tú hayas aprendido con los cavadores libres.

Oykib aceptó, y nunca insinuó que deseara ir a la nave con Elemak para trabajar con los rehenes. Buen muchacho, maravilloso muchacho.

Luego Elemak fue a ver a Shedemei.

—Despierta primero a los cuatro secuestradores —dijo—. Quiero practicar un rato con ellos. Aprender de ellos, oírles hablar entre sí, teniendo yo el control de las circunstancias para que no puedan huir al matorral cuando las preguntas se pongan difíciles.

—Son fuertes —dijo Shedemei—. Más fuertes de lo que crees.

—Pero yo no dudo de su fuerza —dijo Elemak—. Así que no creo que me sorprendan.

—Sólo digo que tal vez no convenga que estés solo.

—Y yo digo que no deseo ni siquiera sugerir que les temo. He manejado a hombres más peligrosos, hombres de culturas que desconocía por completo hasta que me mostraban sus actos. Es mi especialidad. Yo no me entrometo en tus trabajos de genética, ¿verdad?

Avergonzada, Shedemei despertó a los cuatro secuestradores, de uno en uno. Elemak procuró ser el primero que vieran al despertar. También procuró manejarlos con rudeza. Ellos sintieron su apretón mientras los conducía por los corredores de la nave. Los empujó por los tobillos en la escalerilla que llevaba a la cubierta de la nave que usaría como escuela, mesa de negociaciones y prisión.

Pasó cuatro semanas con ellos, aprendiendo todo aquello que pudo. Nuevo vocabulario todos los días, y reglas gramaticales cada vez más complejas, que compartía escrupulosamente con Oykib cada noche, cuando los cavadores estaban encerrados. Pero también ahondaba en la cultura, en las costumbres de la ciudad subterránea. Aprendió que el rey de sangre era sagrado, el que guiaba a los jóvenes en el tránsito hacia la edad adulta. El rey de sangre también presidía el festín en el que devoraban a las crías de las reses del cielo, y se cuidaba de distinguir a los hombres que habían realizado una buena cacería, y sobre todo a los que traían sus presas vivas, mutiladas pero sin sangrar. El rey de guerra entrenaba a los jóvenes en la lucha, el acecho y la matanza, escogía a sus oficiales, los conducía contra sus presas; pero el rey de sangre confería los honores, distinguía entre los valiosos y los ineptos.

Mufruzhuuzh había sido un gran rey de guerra, pero su error había sido casarse con Emeezem. No tenía elección, claro. Lo obligaron a ello. Y no era culpa suya que a ella la hubieran nombrado madre profunda por sus sueños y sus voces, señora de la ciudad subterránea. Pero la fuerza de Emeezem había debilitado a Mufruzhuuzh. La trataba con excesiva deferencia, la escuchaba más que a sus hombres. Eso dejaba un vacío.

Shosseemem, el padre de Fusum, tendría que haber llenado ese vacío. Tendría que haber intervenido para ayudar a los hombres a recobrar su fuerza en vez de permitir que el predominio de Emeezem la menoscabara. Pero las visiones de Emeezem dejaban a Shosseemem sin margen para actuar tanto como a Mufruzhuuzh. A fin de cuentas, ella había dicho que el Dios Intacto vendría del cielo, y había venido. Le veían entre los subdioses y los semidioses, le veían actuar con prestancia y poder, y no se atrevían a dudar de la autoridad de Emeezem, aunque ella aconsejara debilidad y pasividad.

Observad, les decía ella. Observad y esperad. Aprended antes de actuar. Bien, habían observado, habían esperado, y un día Fusum declaró:

—¿Qué sois, nombres o mujeres? Si sois mujeres, ¿dónde están los críos que debéis amamantar? Y si sois hombres, ¿por qué observáis y esperáis cuando habéis visto dónde guardan a los niños, y con qué escasa vigilancia? No tienen túneles ni nidos, así que sus crías están siempre en la superficie. ¿Por qué no se las hemos llevado al rey de sangre?

—Porque el rey de sangre no nos las pide. Y el rey de guerra no nos ordena actuar.

—Porque ambos están gobernados por mujeres. Pero yo soy hombre, y si no tengo hombres que me gobiernen, me gobernaré a mí mismo. Ellos no son dioses, aunque hayan venido del cielo. ¿No orinan en el suelo como nosotros? ¿No comen y respiran y defecan como nosotros? ¿Qué tienen de divino?

—Éstas son las mentiras que nos contó Fusum —insistieron en decir a Elemak—. Él nos engañó. Si hubiéramos sabido que en verdad erais dioses, como ahora sabemos, no le habríamos escuchado. Perdónanos, poderoso, no permitas que la ira de tu reluciente y divino padre nos abata.

Y así continuamente, hasta que Elemak quiso estrangularlos por su debilidad y deslealtad.

Pero no les dio a entender que los consideraba unos abyectos traidores. Les hizo creer que quería que le profesaran una devoción total al dios radiante, a Nafai, ese bastardo embustero. Y cuando hubo averiguado todo lo que deseaba, le dijo a Volemak que ya estaban preparados para salir de la nave y trabajar con Shedemei, Oykib, Chveya, Yasai y otros que intentaban aprender las costumbres de los cavadores.

Oh, Volemak y los demás estaban muy conformes con el trabajo de Elemak. Eran obedientes, aquellos cuatro. Ávidos de complacer, de compartir información y sabiduría. Mandaron buscar a sus esposas, que se sumaron a las conversaciones; qué bien se llevaban, los humanos y esos cuatro que una vez habían robado a una niña de la casa de Elemak.

—Estoy muy orgulloso de ti, hijo —le dijo Volemak—. Te enfrentaste a quienes causaron daño a tu familia y entablaste amistad con ellos. Ha sido un buen trabajo, y bien hecho.

Elemak sabía que no era así. La cosa habría sido vergonzosa, si hubiera sido sincera. Pero sabía la verdad sobre los cuatro secuestradores. Eran desleales. Cobardes. Fusum los había obligado a perpetrar el secuestro, y ahora ansiaban que Elemak los obligara a hacer otra cosa. Si Fusum tenía un poco de seso, los mataría en cuanto llegara al poder.

Porque Fusum llegaría al poder. Elemak estaba seguro de eso, pues cuanto más oía hablar a los secuestradores, más creía conocer a Fusum, sus pensamientos, sus sentimientos, sus deseos, y lo que haría para concretar esos deseos.

Lo que quería era sencillo: poder.

¿Y qué haría para conseguirlo? Lo que fuera necesario.

Elemak conocía a Fusum, sí, porque él era Fusum. O al menos podría serlo, si el hijo del rey de sangre tenía la sensatez suficiente de calibrar la situación y aguardar el momento oportuno, como hacía Elemak.

Llegó el día en que Shedemei preparó la cámara de animación suspendida de Fusum.

—Me gustaría estar a solas con él cuando despierte —dijo Elemak.

Ella le clavó los ojos.

—¿Por qué?

—Porque lo conozco —respondió Elemak—. Por lo que han dicho los demás. Es peligroso, y para domarlo debo demostrarle quién es el amo. Si estás aquí, verá que interviene otro humano. No sabrá que yo soy el único que controla cada aspecto de su vida. ¿Entiendes?

—Entiendo —asintió Shedemei—. Pero no estoy de acuerdo.

—Pero tendrás que dejarme a solas con él.

—Lo haré porque Volemak dijo que te dejara manejar las cosas a tu manera.

Shedemei dio media vuelta y se fue.

Al cabo de un rato, la tapa se abrió y Fusum pestañeó, tratando de entender dónde estaba. Elemak lo cogió por la garganta y lo levantó.

—¡Tú robaste a mi hija! —gritó, usando el idioma de los cavadores con riqueza y fluidez—. ¡Ibas a comértela! ¡Valiente guerrero eres! ¿Puedes luchar contra niños pero te acobardas frente a los hombres?

Fusum no reaccionó con miedo sino con rabia. Elemak se alegró de ver que Fusum tendía los brazos, aún bajo el efecto de las drogas de animación suspendida, y trataba de arrancarle el corazón. Muy bien. Conque no gimoteas.

—¿Y ahora me atacas, tonto?

Sin soltarle la garganta, Elemak lo alzó de la cámara y lo arrojó contra la pared.

Esta criatura no era un juguete débil y frágil como el ángel. Fusum cayó al suelo ileso; enseñó los dientes y sacó las zarpas para pelear. Pero estaba débil y mareado. No era una pelea justa, y así lo quería Elemak. Era una cuestión de autoridad y dominio, no de justicia. Si hubiera sido una cuestión de justicia, Elemak lo habría estrangulado mientras dormía.

Fusum saltó ágilmente, y lo habría cogido por sorpresa si Elemak no hubiera pedido a los secuestradores que le mostraran sus técnicas de lucha en combates simulados. Para aprender cómo se denomina cada cosa que hacéis, les había dicho. Bien, aprendió las palabras, pero también preparó una respuesta física. Fusum encontró que su propio peso se volvía en su contra y rodaba por el corredor, patinando hasta chocar contra la pared.

Se levantó con un gruñido, pero en aquel suelo liso no podía apoyar bien los pies y no pudo reunir el impulso suficiente para derribar a Elemak o hacer que se tambaleara. Cuando se disipó el efecto de las drogas, estaba exhausto y humillado por las sucesivas derrotas que le había infligido Elemak.

Cuando Fusum no pudo más, Elemak lo cogió de la pata trasera y lo arrastró por el corredor hasta la escalerilla central; luego lo llevó a la habitación donde lo mantendría encerrado cuando no estuviera con él. Durante el trayecto no se molestó en protegerle la cabeza de los golpes, ni permitió que Fusum tuviera equilibrio suficiente para cubrirse. Y cuando llegó a la habitación, arrojó a Fusum adentro, lo siguió, cerró la puerta y se echó a reír.

Los cavadores no se reían como los humanos, pero era evidente que el mensaje había llegado a su destino. Fusum se irguió sobre las patas traseras, exponiendo el vientre rosado y lampiño.

—¿Vas a sacrificarme como a un hombre? —preguntó—. Aquí está mi vientre, coge mi corazón y mis entrañas y devóralos ante mis ojos. No me importa. Comeré de mí todo lo que pueda arrebatarte. Elemak sabía reconocer la bravura.

—Preferiría comer mis propios excrementos a mancharme los labios con tu sangre de cobarde.

—Conque te propones darme una muerte de cobarde. Pues aquí tienes mi garganta. Córtala, no me importa. La vida no es nada para mí, porque los hombres no son nada ahora que han llegado los dioses. No hay hombres. Sólo mujeres y cobardes con dos colas.

Elemak no pudo contener otra carcajada. ¡Vaya desafío! Fusum era todo un bravucón. Naturalmente, lo habría defraudado si hubiera reaccionado de otra manera. Un Obring habría gemido y suplicado. Un Vas habría guardado un adusto silencio. Un Mebbekew habría tratado de regatear, de llegar a un trato. Pero Fusum era todo un hombre, y se empeñaba en privar a Elemak del placer de la victoria.

—Tonto —dijo Elemak en el idioma de los cavadores—. No quiero matarte. Quiero que seas rey. Eso silenció al cavador.

—Tu padre no vale nada —dijo Elemak—. Emeezem lo domina. Mufruzhuuzh no es jefe de guerra, y bien podría ser una res del cielo sin alas, por el bien que hace. Creía que tus conspiradores, los que perpetraron el secuestro, serían hombres, pero no son nada. Te traicionaron gustosamente para salvar el pellejo, y te culparon de todo. —Elemak parodió sus voces, usando un tono afeminado—. Fusum nos engañó. Él nos obligó. No fue culpa nuestra. Si hubiéramos sabido que erais dioses…

Fusum respondió con un silbido, escupiendo saliva. Era el máximo gesto de desprecio. De haber sido Elemak un cavador, podría haber provocado una pelea a muerte.

Elemak se echó a reír.

—Si tu saliva fuera veneno, valdría la pena gastarla en mí. Pero no tiene sentido. Si quieres salvar a tu gente, salvarla de nuestro poderío, soy la única esperanza que tienes.

—Si tú eres mi esperanza, no tengo esperanza.

—Eres un tonto de remate. Pero ¿qué puedo esperar de ti? A fin de cuentas, soy un dios, y tú eres un gusano que se arrastra por la tierra.

—No soy un gusano, y tú…

—Continúa, Fusum, mi muchacho, mi bebé desamparado, dímelo todo. Fusum sacudió la cabeza.

—Ibas a decir que no soy un dios, ¿verdad? —preguntó Elemak—. Seamos francos.

—He sentido tus manos sobre mi cuerpo. No son las manos de un dios.

—¿De veras? Sin duda te habrán tocado muchos dioses, así que sabes cómo son sus manos. Fusum no respondió.

—Te diré cómo son mis manos. Son las manos de un hombre más fuerte, más listo, más rápido y más lleno de odio que tú.

Fusum lo estudió.

—Un hombre, dices.

—Un hombre, digo. No un dios.

—Más fuerte, sí. Hoy, al menos. Más rápido, hoy. Más listo… tal vez. Hoy.

—Siempre, Fusum. En diez mil años tu gente no podría aprender lo que yo sé ahora.

—Más listo —concedió Fusum—. Pero nunca más lleno de odio que yo.

—¿Eso crees? Comparemos la historia de nuestras vidas, ¿quieres?

Lo hicieron. Y cuando terminó ese primer y largo día compartido, cuando Elemak al fin llevó comida a Fusum, ya no eran prisionero y guardia, rehén y captor, hombre y dios. Eran aliados, dos hombres privados del poder pero decididos a usar la común amistad para dominar a sus rivales. Necesitarían paciencia y planificación. Necesitarían tiempo. Pero tenían tiempo, ¿o no? Y aprenderían a tener paciencia. Elemak lo había aprendido. Fusum podía aprender.

—Recuerda —dijo Elemak, mientras Fusum comía ruidosamente—. Si llega el momento en que crees que puedes prescindir de mí, veré ese pensamiento en tu mente antes de que tú mismo lo veas, y cuando te dispongas a clavarme un cuchillo, descubrirás que ya te he clavado el mío.

Fusum se echó a reír con la carcajada zumbona de un cavador.

—Ahora sé que puedo confiarte mi vida.

—Puedes —dijo Elemak—. Sólo te aclaro que yo nunca te confiaré la mía.

Cuando Nafai y Luet, Issib y Hushidh partieron hacia la aldea de los ángeles, llevaban las herramientas a la espalda o, en el caso de Issib, en la silla que lo seguía. Yasai y Oykib habían trepado al lugar escogido la semana anterior para instalar la estación repetidora, de modo que Issib pudiera flotar fácilmente mientras recorría el desfiladero. Pero llevaba la silla por si hacía mal tiempo, o por si alguien le robaba los flotadores mientras dormía.

Dejaron a sus pequeños al cuidado de otros. Si todo iba bien en su primer contacto con la aldea de los ángeles, construirían casas y regresarían en busca de los niños; además se llevarían semillas, ropa y materiales de enseñanza. Si todo iba bien, esperaban tener una granja en funcionamiento a tiempo para la temporada de siembra.

pTo y Poto los conducían desfiladero arriba, elevándose de cuando en cuando, descendiendo para que los humanos pudieran hablarles cuando los alcanzaban. Todos sabían que muchos ángeles habían rechazado la idea de trabar amistad con los humanos, los Antiguos. Pero habían preparado un libreto que consideraban convincente, o que al menos, pensaban, les permitiría obtener autorización para vivir entre ellos. Y cuando llegaran a lo alto del desfiladero, al prado donde a pTo le habían roto los huesos y desgarrado el ala, comenzaron su representación.

pTo se posó en la cabeza de Nafai, y Poto en la de Luet. Apretaban los pies, ligeramente pero con firmeza, contra las mandíbulas de los humanos. Y desplegaban las alas, envolviendo los hombros de Nafai y Luet como capas, como tiendas.

—Como nidos —dijo Luet.

Nafai asintió. Pues aunque nunca habían visto un nido de ángel con sus propios ojos, habían oído las descripciones de pTo y Poto, habían contemplado sus dibujos, y al fin habían soñado con ellos y habían despertado de esos sueños seguros de que el Guardián de la Tierra les había mostrado la verdad. Tejidos con ramas flexibles y hierbas, los «nidos» eran en realidad techos que protegían las ramas donde dormían las madres y los niños cabeza abajo, envueltos en el manto de sus propias alas.

Sabían que desde las ramas, desde los árboles circundantes, los ángeles los observaban, los juzgaban.

Issib se deslizaba sin tocar el suelo con los pies. Hushidh lo seguía, diciéndole en voz baja dónde estaban los ángeles, y cuáles tenían un contacto más débil con pTo y Poto. Era preciso convencer a los renuentes, e Issib, de pie en el aire —un truco que nadie podía imitar, ni siquiera Nafai con su manto—, los deslumbraba: el dios visible, el único que podía volar.

—¿Dónde está Iguo, cuando su esposo regresa al hogar? —preguntó Issib en voz alta, en el idioma de los ángeles. Sabía que su voz grave sería difícil de comprender, pero habló deprisa, con la esperanza de que las consonantes fueran buena guía para entender las palabras.

Nadie salió del bosque, pero eso no le sorprendía.

—Su ala fue desgarrada, pero no tiene desgarrón. ¿Creéis que os haremos daño, cuando podemos curar el ala rota de un valiente explorador?

Aún no salía nadie.

—Cuando el Antiguo irascible hirió a pTo, lo hizo creyendo que el pueblo había secuestrado a su hija. Aún desconocíamos las oscuras y subterráneas costumbres de los diablos.

Luet se había opuesto al uso de la palabra con que los ángeles designaban a los cavadores, pero Issib había insistido en hablarles en un idioma que ellos comprendieran.

—A fin de cuentas, Elya y Okya llaman a los ángeles «reses del cielo» cuando hablan con los cavadores, ¿verdad? —había señalado Issib. Todos habían convenido en que «diablo» no era más insultante que esa expresión.

Issib continuó hablando con los ángeles escondidos.

—Ahora sabemos que el pueblo no baja del desfiladero para robar a nuestros hijos. En cambio, vemos que un valiente fue injustamente castigado, y que su otro-yo, un hombre tan valiente como el primero, se arriesgó para cuidarlo y salvarlo.

Al fin algunos ángeles asomaron, avanzando hacia las ramas de los árboles que rodeaban el claro. Algunos se erguían sobre las ramas, otros colgaban cabeza abajo. Era desconcertante mirarlos, pero Issib continuó.

—Ahora sabemos que el pueblo, que habría podido detener al valiente Poto, prefirió dejarle venir. Pues el pueblo ansiaba trabar amistad con nosotros, los Antiguos a quienes el Guardián de la Tierra trajo de regreso.

También habían discutido sobre esto. Los ángeles desconocían el concepto de Guardián de la Tierra, pero Nafai había insistido en introducir ese nombre desde el principio.

—Pronto descubrirán que no somos dioses —había dicho—. Que nunca se diga que les mentimos.

—¿Como mentimos a los cavadores? —preguntó incisivamente Luet.

—En este caso no tratamos de rescatar a una niña secuestrada —señaló Nafai—. Tratamos de trabar amistad con gente que nos ha visto actuar con despiadada crueldad no permitiremos que nos vean como dioses, aunque llamemos su atención con el truco de Issib.

Así que Issib pronunció el nombre del Guardián de la Tierra, usando la traducción que les habían dado pTo y Poto cuando al fin comprendieron qué y quién era el Guardián. Al menos, cuando entendieron tanto como los humanos, y tanto como ellos podían explicarles con su rudimentario dominio del difícil idioma de los ángeles.

—Los Antiguos os pedimos perdón por nuestro error. Entonces no os conocíamos, pero ahora sí. Os conocemos por estos dos hombres, valientes y virtuosos. Vosotros nos conocéis por la curación del ala de pTo. Permitid que nosotros cuatro vivamos entre vosotros. Pero antes, que Iguo se acerque a saludar a su esposo. Ven a comprobar, Iguo, que su cuerpo está entero, que es realmente pTo el que hemos traído.

Esperaron inmóviles y en silencio, salvo por algún murmullo ocasional de pTo y Poto. Paciencia, tened paciencia. Para ellos es difícil decidir si deben permitir que Iguo venga a nosotros.

Ella se acercó, aleteando torpemente bajo las ramas de los árboles cercanos, hasta que llegó al claro. Su torpeza, como pronto vieron, obedecía a que llevaba dos bebés aferrados a la piel del pecho, que le restaban equilibrio mientras volaba.

pTo jadeó sorprendido, mientras Poto canturreaba con deleite.

—Hijos —cantó—. La esposa del ala-rota le ha dado hijos mientras él sanaba. Ahora su alegría se ve reduplicada, pues regresa a la mujer que era su esposa y se encuentra con que también es madre.

pTo brincó de la cabeza de Luet y aterrizó ante su esposa.

Los dos hablaron suavemente, rápidamente, y la música de sus voces era hermosa aunque ninguno de los humanos pudiera entender las palabras. Mientras Iguo reconocía el cuerpo de pTo, especialmente el ala que le habían desgarrado, pTo examinaba a los dos bebés que ella había dejado en la hierba. Podían tenerse en pie pero no volar, y aunque sus palabras eran vacilantes sabían llamarlo padre. pTo lloró sin rubor cuando pudo tocarlos con los dedos y la lengua, cuando se le encaramaron al cuerpo y retozaron bajo el dosel de sus alas.

Al fin Iguo regresó adonde esperaban los otros ángeles.

—Lo que no puede sanar ha sanado —declaró—.

Lo que estaba perdido para siempre se ha encontrado. Entonces, que lo imperdonable sea perdonado, y que la amistad envuelva a los huéspedes que han venido a nosotros. Unámoslos a nuestros corazones y nuestras familias, a nuestros nidos y nuestros árboles.

Ésta era la propuesta formal que pTo y Poto les habían anticipado. Y ahora llegaba la votación. Sólo algunos cayeron de los árboles al suelo para manifestar su disconformidad o sus aprensiones. Y cuando la votación concluyó, los que se habían quedado en los árboles, pronunciándose por el sí, echaron a volar sobre el claro, aleteando y retozando y cantando, bajando para tocar a los humanos, para verlos con las manos y los pies además de con los ojos, para oír sus voces mientras luchaban con su engorroso idioma.

Dapai —llamaban a Nafai, porque no podían pronunciar la nasal y la fricativa—. Cuet —llamaban a Luet, usando la oclusiva gutural sorda en lugar de la impronunciable ele. Issib era Ittib, y Hushidh era Kuchid. pTo había comentado que los Antiguos parecían haber escogido nombres impronunciables para el pueblo.

Pero Dapai, Cuet, Itti y Kuchid se parecían bastante. Los ángeles habían dicho sus nombres y les habían dado la bienvenida. Seguidos por la silla, siguieron a los raudos ángeles hacia el valle que era su hogar.

13. MATANZAS

Vas no se proponía hacer ningún mal. Era un simple observador, y un observador compasivo. En los meses transcurridos desde que Elemak maltratara aquella pesadilla voladora que llamaban ángel y que Eiadh lo repudiara delante de todo el mundo, Vas había notado que el hielo entre Elemak y Eiadh no parecía fundirse. De hecho, por lo que él sabía, no se hablaban y Elemak procuraba pasar el menor tiempo posible bajo el mismo techo que su mujer. No era que Vas se dedicara a seguir las idas y venidas de la gente. Era cuestión de observar que Elemak se quedaba en la nave con el prisionero cavador, aprendiendo a zumbar y a silbar mientras hablaba, y que la pobre Eiadh permanecía sin un hombre que le hiciera compañía.

Bien, Vas estaba casi tan solo como ella. Sevet, su querida esposa, la que le había traicionado repetidamente en Basílica, había vuelto a hacerlo de nuevo y estaba engordando de tanto tener niños. Peor, no le quedaba nada del encanto que había atraído a Vas cuando se casó con ella, pocos años antes. Por aquel entonces ella era una celebridad, una cantante popular y apreciada. Para Vas había sido un gran orgullo llevarla del brazo.

Pero hacía años que no cantaba. No había cantado desde esa noche en que Kokor regresó a su casa y encontró a su esposo Obring retozando sobre la núbil entrepierna de Sevet. Koya, más impulsada por la cólera que por la sed de justicia, atacó a la persona que más odiaba en el mundo, su hermana Sevet. El golpe le afectó la laringe, y desde entonces Sevet no había cantado una nota. La lesión no era física. Podía hablar, y con voz matizada. Y tarareaba canciones de cuna a los niños cuando éstos nacieron. Pero el canto, la plenitud de la voz, había terminado. Y también la fama a cuya brillante sombra Vas tanto se había regodeado. Así que Sevet ya no tenía muchos atractivos. Lamentablemente, ella era hija de Rasa y todos se habían embarcado en esa locura que los llevó al desierto, así que el matrimonio no había terminado, aunque toda chispa de amor que hubiera existido entre ambos se extinguió la noche en que ella lo traicionó con ese patético, mísero, estúpido y aborrecible gusano que era Obring, el esposo de la hermana.

Así que Vas estaba tan solo como Eiadh, y por razones similares. Ambos habían descubierto que sus cónyuges eran moralmente nulos, incapaces de la menor decencia. Vas había soportado su matrimonio sin amor e incluso había engendrado tres hijos con aquella zorra, y nadie sabía cuánto odiaba tocarla. Y no era sólo por su cintura gruesa o la pérdida del brillo de la fama de Basílica. Era por la imagen de las piernas de esa mujer en torno a los muslos blancos, desnudos, fláccidos y velludos de Obring, y el saber que ella ni siquiera lo había hecho para traicionarle sino para mortificar a su maligna y obtusa hermanita Kokor. Vas ni siquiera contaba para Sevet mientras ella…

Habían pasado muchos años, muchos: un siglo de vuelo interestelar, por no mencionar los años en el desierto, y otro año en este nuevo mundo. Pero para Vas era ayer, un ayer perpetuo, así que recordaba claramente el juramento que había hecho cuando Elemak le impidió matar a Obring y Sevet para redimir su honor y su virilidad. Había jurado que algún día, tal vez cuando Elemak estuviera viejo, débil e indefenso, pondría las cosas en su lugar. Mataría a Obring y Sevet, y con la sangre fresca en las manos, iría a ver a Elemak. Elemak se reiría y le preguntaría cómo podía matarlos por eso después de tantos años. Y Vas le diría: Elemak, no fue hace tanto tiempo. Fue en esta vida. Y en esta vida me desquitaré. Con ellos, por su traición. Contigo, por impedir que me vengara en caliente. En frío, se necesita más sangre para que funcione. Ahora la tuya, Elemak. Muere en mis manos, así como mi orgullo murió en las tuyas.

Lo había imaginado diez mil veces. Cuando Elemak intentaba matar a Nafai o Volemak y ellos lo detenían, lo vencían, lo humillaban, Vas observaba, rogando que no lo mataran, que lo reservaran para él. Diez mil veces había imaginado el modo en que Obring gemiría suplicando misericordia; y Sevet lo desdeñaría, sin creer que él la iba a matar hasta que el cuchillo la penetrara y Sevet pusiera esa expresión de inefable sorpresa. Sí, tendría que ser un cuchillo, un arma de mano, para sentir cómo la puñalada desgarraba el músculo, para sentir cómo el acero lubricado por la sangre mordía la carne, buscaba el corazón. La sangre manaría a chorros, manchándole el brazo en el último espasmo de la mísera vida de Sevet…

Ese día llegará, pensaba Vas. Pero primero, ¿por qué no prepararlo como corresponde? Elemak pensó que no tenía mayor importancia que otro hombre durmiera con mi esposa. ¿No será correcto y justo, pues, cuando esté agonizando, dulcificar sus últimos momentos de conciencia con estas palabras? Sí, Elemak, amigo mío, ¿recuerdas lo que me hizo mi esposa? Bien, tu esposa te lo hizo a ti, y lo hizo conmigo. Y Elemak me mirará a los ojos y sabrá que digo la verdad, y al fin comprenderá que yo no era una criatura pasiva, que nunca fui la obtusa herramienta por la que me tomó durante muchos años.

El único problema con ese sueño era Eiadh. Aunque no durmiera con Elemak, no significaba que tuviera interés por Vas. El no era tonto. Era un hombre observador. Sabía que Eiadh se sentía vulnerable. Sola. Y Vas podía ser compasivo. No acudiría a Eiadh coléricamente ni buscando vengarse de Elemak, en absoluto. Acudiría a ella como amigo, para ofrecer apoyo y consuelo, y una cosa llevaría a la otra. Vas había leído libros. Sabía que esas cosas pasaban. ¿Por qué no a él? ¿Por qué no con Eiadh, cuya cintura no se había engrosado, aunque había parido más hijos que Sevet? Eiadh, que todavía cantaba, no con la energía de una cantante famosa como Sevet, pero con radiante abandono, con una voz que podía despertar todos los anhelos del alma de un hombre. Sí, Eiadh, te he oído cantar y he sabido que alguna vez esa voz gemiría, que esa dulce garganta se echaría hacia atrás mientras tu cuerpo temblaba debajo del mío.

—¿Sí? —preguntó Eiadh.

Él ni siquiera había batido palmas. Ella debía de haberle visto llegar. Qué embarazoso.

—Eiadh.

—¿Sí? —repitió ella.

—¿Puedo pasar? —preguntó Vas.

—¿Hay algún problema? —preguntó Eiadh. Vas notó que pensaba en sus hijos.

—Que yo sepa no. Simplemente estoy preocupado por ti.

Eiadh no pareció entenderlo.

—¿Por mí?

—Por favor, ¿puedo pasar?

Ella se echó a reír, pero lo dejó entrar.

—Claro, Vas, pero no sé de qué me hablas. Sólo estoy bastante cansada, aunque todos se quejan de lo mismo. Si has venido a cortar las hortalizas para la cena, eres bienvenido.

—¿De verdad necesitas ayuda con las hortalizas?

—No, era un modo de decir. En realidad estoy cosiendo. Volemak insiste en que aprendamos a coser con estas espantosas agujas de hueso. Son tan gruesas que cada puntada abre un boquete en la tela, pero él piensa que llegará el día en que no tendremos más agujas de acero y… bien, para mí no tiene sentido. Ni siquiera en el desierto teníamos que… Pero te estoy aburriendo, ¿verdad?

—Perdona —dijo Vas—. No me aburres. Pero escuchaba más tu voz que tus palabras, si me disculpas que lo diga. Elemak es un hombre afortunado al tener una esposa que habla como si cantara.

Ella quedó desconcertada por el cumplido, pero rió ligeramente.

—No creo que Elemak se sienta muy afortunado —dijo.

—Entonces es un tonto. Alejarse de tanta bondad y belleza…

—Vas, ¿estás tratando de seducirme? —preguntó Eiadh.

Sonrojándose, Vas sólo pudo negarlo.

—De ninguna manera… ¿acaso has pensado…? Oh, qué embarazoso. He venido a hablar. Me sentía solo creía que tú… Pero si no consideras correcto que ambos estemos solos en la casa…

—No hay problema. Yo sé que mi virtud está a salvo contigo.

Vas sonrió con tristeza.

—Parece que la virtud de todos está a salvo conmigo.

—Pobre Vas. Tú y yo tenemos algo en común.

—¿De veras? —preguntó Vas. ¿Era posible que ella sintiera por él lo que él sentía por ella? Quizá no tendría que haber negado con tanta vehemencia su intención de seducirla.

—Aparte de lo obvio, quiero decir. Parece que ambos estamos destinados a interpretar un papel secundario en nuestra propia autobiografía.

Vas rió porque pensó que ella esperaba que lo hiciera.

—Con eso te refieres…

—Sólo quiero decir que ambos somos zamarreados de aquí para allá por las decisiones de otras personas. ¿Por qué abordarnos una nave estelar? ¿Se te ocurre algún motivo ? Sólo fue una cuestión de azar. Enamorarse de la persona menos indicada en el día menos indicado, y en el momento menos indicado de la historia.

—Sí. Ahora te entiendo. Pero ¿no podrían dos actores de reparto como nosotros montar su propia obra, en un pequeño escenario lateral, mientras los actores famosos pronuncian pomposos discursos ante el gran público de la historia? ¿No podrá haber alguna felicidad escondida en la oscuridad, donde el único público somos nosotros?

—No soy de las que se ocultan en la oscuridad —dijo Eiadh—. Me casé estúpidamente y lo supe muy pronto. También tú, me temo. Pero eso no significa que vaya a comprometer el futuro de mis hijos, por no mencionar el mío, por buscar consuelo o venganza. Acepto la felicidad que encuentro a la luz, a campo abierto. Amando a mis hijos. Tú también tienes buenos hijos, Vas. Busca consuelo en ellos.

—El amor de mis hijos no es el amor que anhelo —repuso él. Se atrevió a ser directo porque comprendió que Eiadh había visto sus intenciones pese a su afán de ocultarlas.

—Vas —dijo ella amablemente—, te he admirado durante mucho tiempo, porque lo soportas todo con notable paciencia. Ya no me cuesta apreciar tu fuerza más que la de Elemak. Y algo que admiro en ti es que puedes soportarlo todo sin inmutarte. No seamos como ellos. No caigamos en una ruindad que nos haría merecer lo que ellos nos hacen.

Vas era un hombre observador. Notó al instante que Eiadh se refería a algo reciente, no a un antiguo episodio ocurrido en Basílica. Eiadh parecía creer que él sabía algo que no sabía.

—Tú nunca merecerás lo que te hace Elemak —dijo, esperando obtener una reacción. Y la consiguió.

—Tú tampoco mereces lo que te hace Sevet. Cualquiera diría que había aprendido la lección hace tiempo, pero algunas mujeres no aprenden nada, mientras que otras lo aprenden todo.

Vas sintió un vahído. Había recordado tanto tiempo la vieja traición con Obring que no se le había ocurrido que tal vez Sevet se acostara con otro. Pero había muchas oportunidades: cuando él trabajaba en los campos, cuando montaba guardia, las dos veces que había ido con Zdorab en la lanzadera de la nave para explorar y cartografiar la comarca circundante. Sevet podía traicionarlo, aunque ni siquiera ella se atrevería por segunda vez, después de haber perdido tanto, de haber perdido la voz…

Pero a fin de cuentas no fui yo quien la privó de la voz. Fue Kokor, y estábamos fuera de Basílica cuando Sevet se curó. Tal vez Sevet haya aprendido a temer el temperamento de Kokor, pero ¿ cuándo le he enseñado a temer el mío?

El momento ha llegado, comprendió Vas. Esta vez no tendría paciencia. Esta vez no habría Elemak que lo detuviera. Sevet y Obring morirían, y luego buscaría a Elemak y libraría a Eiadh del lastre de aquel marido monstruoso. Y una vez eliminados todos los estorbos, ella aceptaría al hombre que la había liberado.

O no. ¿Pero qué importaba si alguien lo amaba o lo aceptaba? No trataba de conquistar la admiración ni el amor de nadie, salvo el suyo propio.

Hacía tiempo que lo había perdido, y era momento de recobrarlo.

—Cuesta creer que todavía sienta atracción por Obring —dijo Vas—. Ya podría ver qué clase de persona es, ahora que ha perdido el encanto juvenil… si alguna vez lo tuvo.

Eiadh rió, pero con expresión de desconcierto. ¿Qué significaría eso?

Significaba que no se trataba de Obring. Sevet le era infiel, pero no con Obring.

Entonces recordó lo que ella había dicho antes. Que tenían algo en común «aparte de lo obvio». ¿Qué era lo obvio? Tan obvio que sólo Vas lo había pasado por alto. Todos debían saberlo. Todos.

Eiadh debió reparar en su expresión, porque puso cara de asombro.

—Oh, Vas, pensaba que lo sabías. Creía que por eso venías aquí, para vengarte. Yo no me enfadé, pues ya no lo quiero en mi cama, así que no me importa adonde lleva su cuerpo sudoroso… no sé por qué, creía que adoptabas la misma actitud, pero veo que no, que no lo sabías, y lo lamento…

El no oyó el resto porque se levantó y se marchó de casa de Eiadh. La casa de Elemak.

—No cometas ninguna tontería, Vas —murmuró Eiadh. Y luego, sabiendo perfectamente que era muy probable que cometiera una tontería, fue en busca de ayuda. Volemak tenía que enterarse de que había un conflicto en ciernes. Él sabría evitarlo. Eiadh tendría que haberle hablado antes. El adulterio era algo terrible en esa pequeña comunidad. Elemak mismo había establecido esa ley en el desierto años antes. Eiadh no se había quejado porque estaba francamente contenta de no tenerlo cerca, con esas manos furibundas que habían lastimado a una criatura indefensa e inocente, esas manos que habían maltratado y aterrorizado a todos a bordo de la nave. Era mejor dormir sola y soñar con el único hombre verdadero que había conocido. Un hombre que una vez, cuando era un chiquillo, la había amado, o al menos había sentido atracción por ella. Un hombre que ahora ni siquiera la miraba con placer.

Con su pueril deseo por Nafai, jamás se le habría ocurrido que Vas no se quejaba del adulterio de Elemak y Sevet simplemente porque no sabía nada. ¿Cómo podía no saber? ¿Tan ciegos eran los hombres con las mujeres? ¿O se imaginaba que Sevet había dejado de sentir deseo sexual porque él había perdido su interés?

Habría un desastre y alguien moriría, estaba segura, pues nunca había visto semejante expresión de furia en el rostro de Vas. Había visto así a Elemak, pero Elemak estaba habituado a albergar esos sentimientos y contenerlos. Vas no tenía tanta práctica.

De camino a casa de Volemak, se cruzó con Mebbekew, que estaba despellejando una cabra que él mismo y un par de cavadores habían capturado mientras cazaban aquella mañana en las colinas.

—¿A qué tanta prisa? —preguntó él.

—Tal vez quieras venir a ayudar. Vas acaba de enterarse del adulterio de Sevet y creo que puede ser peligroso.

Por la palidez repentina de Meb, Eiadh supo que Sevet había permitido que más de un labriego arase en sus campos.

—De lo tuyo no —dijo Eiadh—. No sabe nada de ti.

—¿Quién más? —preguntó él, desconcertado. Eiadh se echó a reír.

—¿Todos los hombres son tan estúpidos como Vas y tú? Todos creéis poseer la luna, sólo porque nunca veis a nadie más mirándola.

Meb sonrió.

—Conque Vas se propone matar a Elemak —le dijo.

—Iré a ver a Volemak. Tenemos que detenerlo.

—Oh, estaré allí para ayudar, te lo aseguro. No me lo perdería por nada del mundo.

Pero Mebbekew no la siguió a casa de Volemak. En cambio, con el pesado mazo en la mano, trató de pensar adonde iría Vas primero. Al galpón de las herramientas, sin duda, a buscar un utensilio para descargar su violencia. Pelear a puño limpio, y menos si pensaba en vengarse, no iba con Vas. Conocía sus limitaciones. También Meb. Vas usaría algo afilado de mango largo. Y Meb tendría un mazo grande. Vas, siendo un hombre orgulloso, hablaría con su víctima, la llamaría por su nombre, se enfrentaría a ella. Meb, que no tenía el menor orgullo, atacaría por la espalda.

O aguardaría al acecho para tenderle una emboscada. Meb no se avergonzaba de ello. Sabía que en una pelea abierta no podía vérselas con ciertos rivales. La lucha no se contaba entre sus habilidades. Se proponía ser actor y, si existiera un verdadero Dios en vez de ese estúpido ordenador, todavía estaría en Basílica, en el escenario, conquistando la fama, conociendo nuevas mujeres y nuevos amigos todas las noches. En cambio estaba varado en esa aldea mugrienta, viviendo entre la roña y cubierto de sudor, polvo, lodo y picaduras de insectos, y ahora con un esposo muy enfadado. Supiéralo él o no, quizá Meb fuera el último hombre que había dormido con la esposa de Vas.

Irá a ver a Sevet. Irá a su casa.

Pero en casa de Vas no había nadie. Sevet no estaba. Se había ido con las mujeres. Sí. A dar clase. A esa hora del día enseñaba a los niños, como si la lectura aún tuviera importancia. ¿Qué iban a leer? ¿La última historia escrita por una rata en un agujero? Pero en ese momento eso le salvaba el pellejo a Sevet, así que para algo servía. Sevet era una amante muy agradecida. Y había adquirido cierta destreza en la flor de sus días, así que dormir con ella era un gran alivio después de la torpe, egoísta y pegajosa Dolya…

Lo cual no significaba que a Meb le molestara dormir con Dol cuando ella quería. Meb era joven, y ahora que Elemak ya no imponía la ley de adulterio, nadie parecía preocuparse salvo los adúlteros mismos. Eso era lo bueno de que la vigencia de las leyes dependiera de quienes creían en ellas. Ni siquiera sospecharían que las leyes se violaban, porque en sus mentes inocentes jamás se les habría ocurrido violarlas.

Si Vas no veía a Sevet, y si no sabía nada sobre Meb, buscaría a Elemak.

Eso significaba que se dirigía hacia la nave, donde Elemak estaría trabajando con el rehén.

Yendo hacia allá, Meb pasó frente a la casa de Obring y vio la puerta abierta, aunque Obring debía de estar durmiendo después de montar guardia la noche anterior y… ¿Era posible? ¿Vas seguiría resentido con Obring después de tantos años? ¿O Vas se imaginaba que Sevet se habría acostado de nuevo con Obring, después de esa grata velada en que Kokor los atacó? ¿O era sólo que el nuevo adulterio de su esposa reavivaba el recuerdo del viejo?

Aunque estuviera dormido, Obring no querría perderse la diversión y Meb prefería contar con la compañía de otro hombre, por si las dudas, aunque ese hombre fuera Obring y en consecuencia un cobarde poco de fiar. Yo también soy un cobarde poco de fiar, pensó Meb, así que no puedo reprochárselo.

Meb entró en la casa. Obring estaba echado en al cama, los ojos muy abiertos, las manos extendidas sobre la herida del pecho, aunque era dudoso que hubiera muerto a consecuencia de ésta. Lo había liquidado el profundo tajo en la garganta. Descargado limpiamente. La herida del pecho podía ser de un pico o un hacha. No de una azada, definitivamente. La herida de la garganta evidenciaba, sin embargo, que se trataba de una herramienta con filo. Una hoz. No. Un hacha. Suficiente filo para cortar la garganta, pero suficiente potencia para aplastar el pecho. Pobre Obring. Pobre de mí, si Vas decide desquitarse conmigo. ¿Un hacha contra un mazo? Tal vez sea mejor que espere la decisión de Padre. Que Nafai aparezca con su manto mágico y sacuda al pobre Vas con una descarga eléctrica.

¿Qué cuernos harán con un homicida?

Oyó gritos a cierta distancia, cerca de la casa de Volemak, pero los ignoró y se dirigió hacia la nave. Vas lleva prisa, y Elemak está esperando. ¿En qué cubierta tiene al cavador? Debí haber prestado más atención. Elemak se alegrará si llego a tiempo de salvarle la vida. Y si no llego, quizá pueda tenderle una pequeña emboscada a Vas. Si el homicida aparece convenientemente muerto, el problema de Padre quedará resuelto con elegancia.

Elemak y Fusum hacían un ejercicio de adiestramiento verbal, discutiendo. Elemak hablaba el idioma de los cavadores, Fusum procuraba dominar el lenguaje humano. Formaba parte del trato que habían hecho. Fusum enseñaría a Elemak los matices más sutiles de la lengua si podía entender lo que decían los humanos.

—No sois dioses —dijo Fusum—, así que vuestro idioma no es sagrado y no es pecado aprenderlo, ¿verdad?

Y Elemak había aceptado.

Fusum no era tan diestro ni tenía tanta práctica como Elemak en el aprendizaje de idiomas, y se había pasado la mañana resentido porque Elemak peroraba con elocuencia mientras él tartamudeaba respuestas rudimentarias. A veces soltaba un torrente de argumentos en su idioma natal, sólo para callar ante la sonrisa de superioridad de Elemak y volver a esforzarse con el lenguaje humano. Esos sonidos se parecían a los que emitían las reses del cielo. Animales. Eso decía Fusum, cuando se daba por vencido y rabiaba unos momentos.

Elemak disfrutaba.

Hasta que Vas apareció en la puerta, empuñando un hacha ensangrentada. Eso no figuraba en el orden del día de Elemak.

—¿Qué has hecho con ese hacha? —preguntó Elemak. Ese imbécil no habría matado a Sevet, ¿o sí? Ella debía de estar dando clase. No lo haría delante de los niños, ¿o sí? ¿Y quién se lo había contado? Después de tantos meses, ¿por qué se lo contaría ahora?

—De todos modos pensaba matarte —dijo Vas—. Porque hace años impediste que matara a Obring y Sevet. Nunca he olvidado cómo me humillaste, Elemak. Pero esto… dormir con Sevet. ¿Por qué no follaste con una hembra de cavador, si Eiadh no te recibía en su cama? Es tu estilo, ¿verdad Elemak? ¿Fornicar con alimañas indefensas?

Elemak le habló a Fusum en idioma cavador.

—No creo que puedas hacer nada para ayudar, ¿verdad?

—Habla en un idioma inteligible —exigió Vas.

—¿Qué? ¿No has estudiado el idioma de los cavadores como un buen chico? —preguntó Elemak.

Entretanto, Fusum había pensado cómo responder a la pregunta de Elemak en lenguaje humano.

—Me gustaría ayudarte, pero ese lunático tiene un hacha.

Vas lo miró fríamente.

—Muy buena decisión, niño rata. No me importaría dejar tus sesos desparramados por el suelo.

—En realidad —dijo Elemak, de nuevo en idioma cavador—:, te matará en cuanto me mate, y luego dirá que me atacaste con el hacha y que él luchó contigo, te la arrebató y te mató con ella.

Fusum lo miró ceñudo y respondió tercamente, en lenguaje humano para que Vas lo entendiera.

—El hacha está ensangrentada. Ya ha matado a alguien fuera de la nave.

—¿A quién has matado, Vas? —preguntó Elemak—. ¿A alguien que yo conozca?

—A Obring —respondió Vas—. Le he cortado la garganta. Después de destrozarle el corazón.

—Qué apropiado. Destrozar su corazón tal como él destrozó el tuyo —rió Elemak. No porque creyera que Vas no lo mataría. Al contrario, sabía que Vas lo intentaría, y como Elemak estaba en una posición de desventaja, sentado en el suelo sin nada donde apoyarse, tenía muchas probabilidades de conseguirlo. Vas lo tumbaría de un hachazo antes de que pudiera reaccionar.

—¿Te resulta gracioso? —preguntó Vas.

—Y triste, desde luego. Pobre Sevet. Cuando yo haya muerto, ella tendrá que volver a conformarse con tus torpes y ocasionales intentos de hacerle el amor.

—También a ella la mataré —dijo Vas.

—¿Y luego a quién? ¿A todos los demás, por ejemplo? Estás condenado, Vas. Debiste haber sido más listo. Debiste haber esperado un mejor momento.

—Ya he esperado demasiado.

—Debiste hacer que pareciera un accidente. Mejor aún, pudiste haber fingido que tratabas de salvarme la vida. Liquidarnos uno a uno, no a todos al mismo tiempo y con un hacha. Y estás manchado con la sangre de Obring. Muy torpe, Vas. Tendrán que matarte por esto. No podrán dejar suelto a un homicida.

—Tú morirás primero.

—Sin duda. Eso te hará sentir mucho mejor cuando ellos… ¿te estrangulen? ¿Te ahoguen? Tal vez Shedemei tenga alguna droga que te liquide sin dolor mientras duermes. Podrás soñar conmigo mientras exhalas el último aliento.

—No temo morir.

—Qué lástima —ironizó Elemak—. Porque yo sí. ¿Sabes por qué? Temo que haya vida después de la muerte. Temo que tenga que seguir viviendo, pero sin este cómodo cuerpo. ¿Y si me reencarno? ¿Y si regreso con un cuerpo como… el tuyo?

Dijo esto último tan despreciativamente como pudo. No surtió efecto.

—No lograrás hacerme actuar irreflexivamente —dijo Vas—. Sé que imaginas modos de arrebatarme el hacha antes de que te aplaste la cabeza. Pero ¿por qué voy a apuntar a la cabeza? Están tus piernas, extendidas como ramas de árbol. Puedo cortar una rama de cinco centímetros de un solo golpe. ¿Crees que podré hacer lo mismo con tu tobillo?

—No, no creo que puedas.

—¿Crees que podrás detenerme? ¿Sentado, tonto arrogante ?

—No tengo que detenerte —dijo Elemak.

—Qué bien. Porque no puedes.

—Pero Meb sí —puntualizó Elemak—. Está detrás de ti con un mazo enorme, y creo que planea hundirte la cabeza entre los hombros como si fuera un clavo.

Vas ni siquiera se molestó en darse la vuelta.

—Ya que invocas demonios para asustarme, ¿por qué no a Nafai? Es el único hombre de verdad que hay por aquí. No tengo miedo de Meb.

—Estoy de acuerdo contigo —convino Elemak—. Meb sólo es de temer cuando está a tu espalda con un martillo. De lo contrario es mierda de cavador. Pero esto no funcionará, Meb. No puedes hundirle la cabeza entre los hombros. La cabeza de Vas es tan blanda que reventará como un melón. Se desparramará por toda la habitación.

—No fantasees con mi cabeza —dijo Vas—. Mejor despídete de tus piernas. Alzó el hacha.

—Si te sirve de consuelo —continuó Elemak—, Meb también ha dormido con Sevet.

Vas titubeó, sin mover el hacha, sin asestar el golpe. Elemak siguió hablando.

—Tu pobre esposa se siente tan sola que se conforma con cualquier cosa que parezca un hombre. Hasta con Meb, que no tiene agallas para atacarte por la espalda. ¿Qué es ese mazo, Meb? ¿Un remedio para la picazón del recto?

Meb lo miró con odio. Le irritaba que lo azuzaran de aquel modo, y Elemak lo sabía.

—Meb —dijo Elemak—, esgrime ese maldito trasto y termina de una vez.

Y así fue. Meb resultó tener más fuerza de lo que Elemak esperaba. Pero Elemak tenía razón en cuanto al desparramamiento. Fue realmente repulsivo, sobre todo cuando Vas cayó al suelo y Meb le siguió golpeando la cabeza, tres, cuatro, cinco veces, hasta que quedó convertida en pulpa con trozos de cerebro y hueso esparcidos por toda la habitación. Cuando Meb se calmó y vio lo que había hecho, vomitó, como si la cabeza de Vas hubiera estallado por voluntad propia y no porque él la hubiera golpeado. Pero Elemak no se preocupó mucho por Meb. Era Fusum quien lo fascinaba, pues recogía trozos de los sesos de Vas y se los comía.

—No te acostumbres demasiado a ese sabor, Fusum —dijo Elemak en idioma cavador.

—Son parecidos a los sesos de pécari —dijo Fusum—. Así que ya estoy bastante acostumbrado.