/ Language: Español / Genre:thriller,

Profecía De Sangre

P. Cast

Elphame es mitad humana mitad centauro, hija de Etain, esposa de Epona. Es prácticamente humana pero su apariencia evidencia la rareza de su origen, sus piernas de centauro, su condición de híbrido, la separan del mundo. Cuando emprende su viaje hacia el castillo de MacCallan lo hace dejándose llevar por una atracción que desde niña ha sentido por las leyendas del mundo antiguo. Cien años atrás, unas criaturas demoniacas y sangrientas llamadas Fomorians arrasaron aquel lugar. Una premonición de su hermano pequeño, que le acompaña en el viaje, le dice a Elphame que allí encontrará no solo su destino sino también un compañero para su vida. La profecía se cumple cuando Elphame conoce a un mitad hombre y mitad Fomorian llamado Lochlan.

P. C. Cast

Profecía De Sangre

Partholon, 1

© 2004 P.C. Cast.

Título original: Elphame’s Choice

Traducido por María Perea Peña

A mi maravillosa hija, Kristin Frances,

mezcla perfecta de dos,

y mi inspiración para Elphame.

Agradecimientos

Como siempre, le doy las gracias a mi agente y amiga, Meredith Bernstein. ¡En este caso concreto, te mereces unas gracias enormes!

También quiero darle las gracias a mi editora, Mary-Theresa Hussey. Gracias, Mary-Theresa, por llevarme por el buen camino durante la compleja tarea de construir un mundo.

Gracias a mi padre, Dick Cast, por su valiosa información sobre los lobos (¡ha resultado ser muy beneficioso ser miembro de una manada!), y sobre la flora y la fauna en general.

Agradezco a mi cuñada, Carol Cast, enfermera, que me haya proporcionado información detallada sobre horribles lesiones y cadáveres. Cualquier error relativo a los fluidos corporales es mío y sólo mío.

Y me gustaría dar las gracias a mis estupendos lectores, que se enamoraron de Partholon hace años y siguen pidiendo más, y más, y más…

¡De veras os lo agradezco muchísimo!

Prólogo

Aquel día había comenzado con una normalidad engañosa.

La ofrenda del amanecer a Epona había sido especialmente conmovedora. La diosa había llenado a Etain tan completamente que, después, ella había llevado el brillo de su presencia durante toda la mañana, y por una vez, pudo pasar un rato a solas, libre temporalmente de sus deberes como la Encarnación de la diosa.

Las contracciones comenzaron como un vago malestar. No conseguía adoptar una postura cómoda en el diván. Le habló de manera desabrida, con una impaciencia poco corriente en ella, a la sirvienta que se acercó a cerciorarse de que su señora no necesitaba más agua caliente. Ni siquiera la idea de darse un largo baño en su piscina de aguas termales le parecía agradable.

Etain pensó que tal vez un paseo por su magnífico jardín la ayudaría a calmar lo que creía que era una digestión difícil de las fresas de la comida. Y le pareció que sí, que el paseo ayudaba, hasta que rompió aguas violentamente sobre sus zapatillas de seda.

La normalidad también se había roto.

– Era de esperar -susurró Etain.

Después, con un gesto de dolor, apretó los dientes. Se inclinó hacia delante y tuvo que apoyarse en el brazo de la mujer que la acompañaba.

– Shhh, Etain -dijo Fiona-. No hables, amiga mía. Concéntrate en la respiración.

Etain asintió e intentó acompasar sus jadeos con las respiraciones calmadas y rítmicas de Fiona. La contracción llegó a su intensidad más alta, y después se atenuó.

Después hubo un gran trajín. Las sirvientas cambiaron de ropa a la Encarnación de la Diosa, y después, avisaron a las Mujeres Sabias que vivían en los pueblos cercanos al Templo de Epona. Etain continuó paseando por los jardines agarrada a la cintura de Fiona; la amiga y consejera de la Elegida le había asegurado que caminar ayudaría en el nacimiento del niño.

Fiona sonrió a Etain para darle ánimos, y las dos mujeres se volvieron y se dirigieron hacia los ventanales de la habitación de Etain, que daban a su jardín privado. Las cortinas de color dorado se mecieron suavemente. La Encarnación de la diosa inspiró profundamente y se preparó para la siguiente contracción.

– Creo que esto es lo peor de todo -dijo. Como siempre, le hablaba a Fiona con plena confianza.

– ¿El qué?

– Lo inevitable de lo que va a suceder. No puedo impedirlo. No puedo hacer una pausa, ni alterarlo de ninguna manera. La verdad es que me gustaría poder decir: «Ha sido interesante, pero ahora quiero parar. Quiero bañarme, tomar una buena comida y dormir bien durante toda la noche. Seguimos mañana, ¿de acuerdo?».

Fiona se echó a reír.

– Eso sí sería agradable.

– ¿Agradable? -preguntó Etain, e hizo un gesto de dolor muy poco propio de una diosa-. Sería maravilloso.

Etain tomó aire y pudo apreciar la fragancia dulce de las lilas de su jardín, que estaban en flor. Las delicadas cortinas se hincharon con el aire en la puerta, y aletearon como unas mariposas gigantes sobre los pétalos de las rosas. Se detuvieron a pocos metros hacia el interior de la cámara que había acogido a la Amada de Epona durante muchas generaciones. La brisa les llevó el canto de las mujeres que entonaban alabanzas.

– «Somos la corriente del agua, el flujo de la marea, somos el torrente de sabiduría verdadera».

Aquellas palabras estaban entrelazadas con una armonía de tonos. El compás subyacente era hipnótico. Atraía a la Elegida de Epona, y le calmaba los nervios. Lentamente, su cuerpo hinchado se relajó, la canción de saludo de las mujeres se apoderó de sus sentidos.

– «Somos el sonido del crecimiento de la raíz de una diosa, que se extendió con fuerza y conocimiento, un brote interminable».

Aquellas palabras impulsaron a Etain hacia delante, y ella entró en su aposento con impaciencia. Las Mujeres Sabias llenaron la habitación. Ante la aparición de la Encarnación de la Diosa, el ritmo de su cántico aumentó. Ellas giraban con tanta gracilidad que parecía como si flotaran. Etain y Fiona se colocaron en el centro de su círculo de júbilo.

– «Somos el alma de la mujer, un regalo asombroso, rico y sabio. ¡Nos elevamos para alabar!».

Con la palabra «elevar», las mujeres alzaron los brazos hacia la cúpula y giraron nuevamente, tarareando la melodía. La ropa de seda que llevaban flotaba a su alrededor como si fueran hojas que caían de los árboles, y las envolvía en rayos de luz brillante. Todas las mujeres estaban sonriendo, como si tomaran parte en un evento maravilloso y no pudieran contener la felicidad que las embargaba. Mientras Fiona ayudaba a su señora a tomar asiento en el diván, ambas vieron un resplandor sin forma que rodeaba a cada una de las bailarinas, como si fueran halos espirituales.

– Magia -susurró Etain.

– Por supuesto -respondió Fiona-. ¿Esperabas menos para el nacimiento de una diosa?

– Por supuesto que no -dijo Etain. Sin embargo, aunque llevaba casi una década como Elegida de Epona, todavía le resultaba fácil sentirse sobrecogida por el poder de su diosa.

La canción terminó, y las bailarinas rompieron el círculo. Algunas de ellas se acercaron a Etain, cada una de ellas con una sonrisa y una palabra amable.

– Epona os ha bendecido, Elegida.

– Éste es un gran día para la diosa, Amada de Epona.

Por separado perdían un poco de su magia, y volvían a convertirse en lo que eran, mujeres que habían acudido a apoyarla y animarla durante el nacimiento de su hija. Tenían edades distintas, bellezas distintas, pero una sola voluntad.

La siguiente contracción comenzó en lo más alto del abdomen de Etain. Se puso tensa mientras el dolor se intensificaba y la contracción se apoderaba de ella y hacía temblar todo su cuerpo. Fue una oleada en la que se ahogaba.

Una joven le acarició los hombros.

– No luchéis contra ella, Diosa -le susurró-. No es una batalla que hayáis de ganar. Pensad que es el viento.

Otra de las mujeres añadió:

– Sí, volad con él, mi señora.

– Y respira conmigo, Etain -le dijo Fiona. La Encarnación de la Diosa pugnó por controlar la respiración mientras el dolor alcanzaba el punto máximo.

Después de un momento interminable, el dolor se desvaneció temporalmente, y alguien le enjugó el sudor de la frente con un paño húmedo. Fiona le acercó una copa de agua clara y fresca a los labios.

– Dejad que compruebe los progresos, mi señora.

Etain abrió los ojos y vio los ojos calmos, color azul, de la Sanadora. Era una mujer rubia, de complexión fuerte, de mediana edad, y que tenía la actitud confiada de una persona que conocía íntimamente su trabajo y lo llevaba a cabo a la perfección. La Elegida asintió y dobló las rodillas. Llevaba una camisola de color crema, tan fina que parecía hecha de nubes. La Sanadora se la subió hasta la cintura con movimientos suaves.

– Va bien, Amada de la Diosa -dijo con una sonrisa, y volvió a colocarle la ropa en su sitio.

– ¿Queda mucho? -preguntó Etain cansadamente.

La Sanadora miró a la Encarnación de la Diosa, comprendiendo su impaciencia.

– Sólo la diosa puede deciros eso con seguridad, mi señora, pero yo no creo que falte mucho para que tengáis a vuestra hija.

Etain sonrió y asintió. La Sanadora volvió con el grupo de mujeres, a quienes dio unas cuantas órdenes con una autoridad tranquila. Fiona le apartó un rizo de la cara a su amiga.

– No va a llegar a tiempo, ¿verdad? -preguntó Etain con la voz temblorosa.

– Claro que sí -respondió Fiona.

– No debería haberme empeñado en que se fuera. ¿En qué estaría pensando?

Fiona intentó, sin conseguirlo, reprimir la risa.

– Vamos a ver… ¡Ah, sí! Ya me acuerdo de lo que dijiste. Algo sobre que si no dejaba de preguntarte cómo te encontrabas a cada segundo ibas a despellejarlo.

– Soy una tonta -gimió Etain-. Sólo una tonta echaría a su marido de su lado cuando está a punto de dar a luz.

– Amiga mía -dijo Fiona, y le apretó la mano-. Midhir llegará a tiempo para el nacimiento de su hija. Sabes que Moira lo encontrará.

Sí, lo sabía. Por lo menos, eso pensaba la Encarnación de la Diosa; que Moira, la Jefa de Cazadoras de Partholon, encontraría a su marido, a quien había enviado el día anterior, en compañía de algunos amigos, a una excursión de caza. Sin embargo, su corazón y su cuerpo le decían que el bebé iba a llegar enseguida. Con o sin la presencia de su padre.

– Lo necesito, Fiona -dijo, con los ojos llenos de lágrimas.

Antes de que Fiona pudiera responder, Etain comenzó a sentir otra contracción, y apretó con fuerza la mano de su amiga.

– ¡Ay! ¡Ésta es muy mala! -gimió, entre náuseas y pánico.

Y entonces, las mujeres envolvieron a la Elegida con sus voces frescas y calmantes, tarareando la canción del nacimiento. Algunas de ellas hablaban con júbilo.

– Estamos con vos, mi señora.

– ¡Lo estáis haciendo muy bien!

– Respirad con Fiona, Elegida.

– Relajaos, Diosa. Recordad que cada uno de estos dolores trae a vuestra hija más cerca de este mundo.

– ¡Estamos impacientes por saludarla, mi señora!

Sus voces se convirtieron en el apoyo de Etain, que las usó para anclar su concentración mientras acompasaba las respiraciones con las de Fiona. «Oh, por favor, que Midhir llegue a tiempo».

«Paciencia, Amada». La voz fue como un cosquilleo en la mente de Etain. Etain sonrió al oírla. «El Chamán no se perderá el nacimiento de su hija».

– Gracias, Epona -susurró Etain, que con la promesa de la diosa sintió una inyección de energía-. ¡Fiona! ¡Vamos a caminar de nuevo!

– ¿Estás segura, Etain? -preguntó Fiona, con el ceño fruncido de preocupación.

– Has dicho que caminar ayudaría a que la niña naciera más rápidamente, ¿no? -le tendió las manos a Fiona, y Fiona la ayudó a incorporarse-. En este momento, más rápidamente me parece algo fabuloso -dijo, y le hizo un guiño a su amiga.

Fiona se tranquilizó. La Elegida sonrió al grupo de mujeres.

– Señoras, por favor, canten para mí mientras apresuro la llegada de mi hija.

Las mujeres aplaudieron alegremente. Algunas comenzaron a bailar, y la magia resplandeció a su alrededor. Etain tomó del brazo a Fiona, y ambas comenzaron a caminar hacia las cortinas diáfanas.

Etain inspiró profundamente.

– Esto es algo que voy a echar de menos del embarazo -dijo, y Fiona la miró-. Mi increíble sentido del olfato. Durante todo el embarazo he tenido el sentido del olfato muy agudizado -explicó; se acercó lentamente a un rosal y pasó la yema de un dedo, con suavidad, por los pétalos, antes de continuar caminando-. Sí, es asombro…

La palabra terminó en un gruñido, porque la siguiente contracción la tomó por sorpresa.

– Lentamente. Recuerda que no debes resistirte, Etain -dijo Fiona suavemente, mientras su amiga se apoyaba en ella-. ¿Quieres que volvamos con las otras mujeres?

Etain negó con la cabeza y jadeó.

– No. Me da la sensación de que respiro mejor aquí -dijo.

Pasó la contracción, y se irguió lentamente, secándose el sudor de la frente con la manga.

– Y me gusta cómo suenan sus canciones al viento, como si todo el mundo se llenara de la magia del nacimiento de esta niña.

A Fiona se le llenaron los ojos de lágrimas, y abrazó a Etain.

– ¡Así es, así es!

La Elegida de la Diosa apartó de su mente el dolor concentrándose en todas las cosas buenas que tenía, mientras continuaban paseando por el jardín. La nación de Partholon adoraba a muchos dioses, pero Epona siempre ocuparía un lugar especial en el corazón de la gente.

Epona le infundía vida al cielo de la mañana, y el rostro de Epona se reflejaba en la plenitud de la luna. Era la Diosa Guerrera de los Caballos, y la Benefactora de los Frutos de la Cosecha. Y Partholon siempre la consideraría su protectora. Fue lady Rhiannon la Elegida de Epona, junto al compañero de su vida, el Sumo Chamán Clan Fintan, quien repelió la invasión de los Fomorians, y salvó a Partholon de la esclavitud. El hecho de que hubieran pasado más de cien años desde aquellas guerras no tenía mucha importancia para los habitantes de Partholon. Nunca olvidarían la generosidad de Epona, y su Amada siempre sería objeto de adoración.

Ahora, ella era la Amada de la Diosa, la Elegida de Epona, se recordó Etain mientras jadeaba a causa de otra contracción. Y eso significaba que su primer vástago sería una niña, y que ella también tendría el favor de la diosa. Sería la bisnieta de la de la legendaria Rhiannon, que se enfrentó a los Fomorians. La idea de que, seguramente, su hija también sería la Elegida de Epona resultaba emocionante, y le hacía más soportable el tedio y el dolor del parto.

La siguiente contracción fue diferente a las demás, y Etain lo comprendió al instante. Sintió algo abrasador, y una necesidad imperiosa de empujar. Le fallaron las rodillas, y Fiona la ayudó a tenderse en el suelo.

– Tengo que empujar -jadeó ella.

– ¡Espera! -exclamó Fiona, y miró hacia la habitación-. ¡Mujeres! ¡Venid! ¡La Diosa os necesita!

Etain no supo si la había oído alguien, porque todo su ser estaba concentrado en su interior. La necesidad de empujar era tan fuerte y primaria que tuvo que luchar contra ella con toda la fuerza que le proporcionaba el miedo por la vida de su hija.

Entonces, un sonido se abrió paso en la concentración de la Elegida, y su alma dio un salto de alegría al reconocerlo. Era el sonido de unos cascos contra el suelo firme del camino. Etain pestañeó y vio al centauro torciendo la curva rápidamente, y poniéndose de rodillas a su lado.

– Aquí estoy, amor mío. Todo irá bien. Rodéame los hombros.

La voz profunda de su marido ahuyentó el dolor, y la contracción se disipó por completo.

Sin decir nada, ella pasó los brazos alrededor del cuello de su marido y apoyó la cabeza en su hombro mientras él la levantaba. En pocos instantes llegaron al aposento, y Midhir la depositó con delicadeza sobre el diván. Ella se aferró a él, pero no tenía que haberse preocupado. Midhir no pensaba soltarla.

– Me alegro mucho de que estés aquí -le dijo.

– No querría estar en ningún otro sitio -respondió él con una sonrisa, y le apartó un rizo del rostro sudoroso.

– Tenía miedo de que no llegaras a tiempo. No creía que Moira fuera a encontrarte.

– Ella no me ha encontrado. Me ha encontrado tu diosa -dijo él, y la besó suavemente.

«Oh, Epona, gracias por traerlo a casa conmigo, y gracias por haberlo hecho para que fuera mi compañero en la vida». Con los ojos llenos de lágrimas, vio a su guapo marido centauro arreglar los almohadones en los que ella estaba recostada. Incluso después de cinco años de matrimonio, su fuerza y su virilidad de centauro todavía la asombraban. Por supuesto, era el Sumo Chamán, y tenía la capacidad de cambiar de forma para poder tener relaciones con ella, pero ella lo amaba por completo, y se deleitaba con el hecho de que su diosa hubiera creado a un ser tan maravilloso para que fuera su compañero en la vida.

Antes de poder decirle de nuevo lo mucho que lo quería, Etain sintió el comienzo de otra contracción. Su gemido avisó a la Sanadora.

– Mi señor, ayudadnos a colocarla -dijo la mujer, y Midhir tomó en brazos a su mujer. En aquella ocasión permaneció en pie, tras ella, con las manos unidas bajo sus brazos, y su espalda apretada firmemente contra el pecho mientras él sujetaba su peso con facilidad. Fiona se situó a la derecha de Etain y la tomó de la mano, y otra mujer la tomó de la mano izquierda. La Encarnación de la Diosa miró a la Sanadora, que estaba arrodillada entre sus piernas, y se quedó vagamente sorprendida al darse cuenta de que la habían desnudado. La Sanadora la exploró suavemente con los dedos.

– Estáis preparada. Debéis empujar con la siguiente contracción.

Entonces, Etain empujó. Tras sus párpados cerrados hubo un estallido de colores brillantes. Vio manchas de oro y rojo y oyó un sonido gutural, inhumano, que provenía de sí misma. Por un momento, no pudo respirar.

Entonces, percibió un canto y, aunque no podía ver a las mujeres, sintió su presencia. Su canción la llenó, y recuperó el aliento.

– Otra vez, Diosa. ¡Veo la cabeza de vuestra hija! -la animó la Sanadora.

Etain oyó la letanía de plegarias que estaba susurrando Midhir. Eran palabras pronunciadas en su antiguo idioma, que siempre sonaban mágicas para su esposa, y que fueron un reflejo del ritmo de la canción del nacimiento. Sintió otra nueva contracción, que se apoderó de ella.

De nuevo, Etain se concentró en empujar. Tenía la sensación de que se estaba partiendo en dos. Luchó contra el pánico y el miedo, pero su mente conectó con el poder que la rodeaba. Dejó que el encantamiento del círculo del nacimiento la llenara, y se concentró en empujar con aquella combinación de voluntad y magia. Con una sensación líquida de liberación, notó que su hija se deslizaba al exterior de su cuerpo.

Entonces, las cosas sucedieron muy deprisa. Etain intentó ver a su hija, pero sólo percibió imágenes de la Sanadora, que envolvía una forma húmeda entre los pliegues de su túnica. A la mujer le temblaban las manos mientras cortaba el cordón umbilical.

Silencio.

A Etain se le doblaron las rodillas, y Midhir y Fiona la sentaron en el diván.

– ¿Por qué no llora? -preguntó Etain entre jadeos.

Midhir entrecerró los ojos con preocupación y rápidamente se volvió hacia la Sanadora, que todavía estaba inclinada sobre el pequeño lío de tela.

Entonces el grito dulce y fuerte de la recién nacida reverberó por la estancia, y Etain perdió el miedo. Pero sólo fue un alivio instantáneo, porque casi al instante se dio cuenta de que la Sanadora estaba pálida, y de que tenía una expresión de incredulidad.

Las demás mujeres también se dieron cuenta, porque de repente su canción de júbilo se había acallado.

– ¿Midhir? -preguntó ella, con un sollozo.

El centauro se acercó con una velocidad inhumana a su hija, y la Sanadora lo miró con confusión y consternación. Rápidamente, Midhir se puso de rodillas y destapó a su hija. Y se quedó inmóvil.

Su cuerpo impedía la visión a Etain, y ella tuvo que sobreponerse al agotamiento para incorporarse y ver lo que estaba sucediendo.

– ¿Qué pasa? -gimió.

Al oírla, Midhir reaccionó y tomó a su hija en brazos, y se dio la vuelta hacia su esposa con los ojos llenos de alegría.

– Es nuestra hija, amor mío -dijo, con la voz entrecortada por la emoción-. ¡Y es una pequeña Diosa!

Entonces, se acercó a Etain y le entregó a la niña, que se había quedado en silencio, pero que estaba pataleando. La Elegida de Epona vio por primera vez a su hija.

El primer pensamiento de Etain no fue de horror ni de sorpresa. Nunca había visto nada tan maravilloso ni tan bello. La niña era perfecta. Tenía la cabecita adornada con mechones oscuros de pelo color dorado. Su piel era de un marrón cremoso, de un tono entre el bronce y el oro. Era exactamente como si alguien hubiera mezclado su piel y la de Midhir. Aquél fue el pensamiento de Etain, que se había quedado absorta en la contemplación de su bebé. La piel dorada le llegaba hasta la cintura, donde su cuerpo, de repente, estaba cubierto con un suave pelaje del mismo color que su cabello, pero con manchas como las del pelaje de un cervatillo recién nacido. La niña se retorció y agitó las dos patitas, que terminaban en dos cascos brillantes. Entonces abrió la boquita y emitió un grito de indignación.

– Shh, preciosa -la arrulló Etain, y le besó la cara. Se quedó maravillada con la suavidad de su piel, y sintió tanto amor por su hija, que nunca lo hubiera creído posible-. Estoy aquí, y todo va bien.

Al oír el sonido de la voz de su madre, los ojos increíblemente oscuros del bebé se abrieron mucho, y sus gritos cesaron.

– Elphame -dijo Midhir suavemente, y se arrodilló a su lado-. Elphame -repitió con su voz grave y maravillosa, que le añadió magia a la palabra.

Etain lo miró entre las lágrimas. Aquel nombre le resultaba vagamente familiar, como si lo hubiera oído en sueños.

– Elphame… ¿Qué significa?

Él le besó la frente y besó la frente de su hija antes de responder.

– Es el antiguo nombre de los chamanes para la Diosa Doncella. Es Ella, la más exquisita, llena de la magia de la juventud, y del milagro de una vida que comienza.

– Elphame -murmuró Etain, mientras guiaba la boca hambrienta de su hija al pecho-. Preciosa mía.

«Sí, Amada». La voz de la diosa resonó en la mente de su Elegida. «El Chamán le ha dado un nombre verdadero. Ella se llamará Elphame. Anuncia a Partholon el nombre de tu hija, que es también la Amada de Epona».

Etain sonrió y alzó la cabeza. Con la voz magnificada por el poder de Epona, pronunció las palabras.

– ¡Regocíjate, Partholon! Nos han concedido un regalo digno de una diosa con el nacimiento de mi hija -dijo, mirando a las mujeres que la rodeaban, y a su marido, que tenía las mejillas cubiertas de lágrimas-. Se llama Elphame. Es una pequeña Diosa, ¡la más bella y exquisita!

Tras el anuncio de la Encarnación de la Diosa, hubo un resplandor y un sonido parecido a un rayo. Entonces, la brisa que había estado hinchando las cortinas hacia fuera cambió de dirección, y la gasa dorada entró en la habitación con una ráfaga de aire caliente y perfumado, y de repente todos quedaron envueltos en una nube de alas delicadas. A su alrededor revoloteaban cientos de mariposas que esparcieron magia con sus aleteos.

– ¡Gracias, Epona! -exclamó Etain entre risas. Se sentía encantada con aquella demostración de placer por parte de su diosa.

Entonces, las mujeres comenzaron a cantar en voz baja, y a danzar, al principio lentamente, y después con más rapidez, con alegría, para llevar a cabo la ceremonia de saludo tradicional a un niño recién nacido en Partholon.

Etain descansó en brazos de su marido, mientras él estrechaba suavemente a su familia contra el pecho.

– La magia de la juventud y el milagro de una vida que comienza -le susurró a su hija.

Etain le acarició con reverencia la frente, sin dejar de mirarla para no perderse ni uno solo de sus movimientos. Recorrió su cuerpecito con las yemas de los dedos, y le acarició las patitas y los contornos de cada uno de los cascos delicados. Sátiro. Aquel nombre se le apareció en la mente, pero no. La niña no parecía un sátiro. Era demasiado delicada y bien formada como para parecerse a Pan. Era una mezcla perfecta de humana, centaura y diosa.

Etain se echó a reír sin darse cuenta.

Midhir le apretó los hombros a su esposa.

– Yo también estoy maravillado con ella.

Etain asintió.

– Sí, pero no me río por eso.

Él arqueó una ceja.

Ella sonrió y le acarició un casco a Elphame.

– Algunas veces me daba unas patadas tan fuertes que yo pensaba que debía de estar vestida y calzada con botas. Ahora entiendo perfectamente lo que estaba sintiendo.

La risa de Midhir se mezcló con la de su esposa, mientras los dos se deleitaban con la magia de su hija recién nacida.

Capítulo 1

Poder. No había nada mejor. Ni el mejor chocolate de Partholon. Ni la belleza de un amanecer perfecto. Ni siquiera… No, no debería pensar en eso. Agitó la cabeza y cambió la dirección de sus pensamientos. El viento le revolvió el pelo. Normalmente se lo recogía, pero aquel día quería sentir el peso de su melena, y tuvo que admitir que le gustaba que flotara detrás de ella cuando corría, como si fuera la cola de color fuego de una estrella fugaz.

Su paso vaciló al perder la concentración, y Elphame recuperó rápidamente el control de sus pensamientos. Mantener la velocidad requería mantener también centrada la atención. El campo por el que estaba corriendo era relativamente llano, y carecía de rocas u obstáculos, pero no era inteligente distraerse. Con un mal paso podía romperse la pata, y sería tonta si creyera lo contrario. Durante toda su vida, Elphame había rechazado las creencias tontas, y el comportamiento estúpido. Las tonterías eran para gente que podía permitirse el hecho de cometer errores cotidianos, normales. Para ella no. No eran para alguien cuyo propio cuerpo decía que había sido tocada por la diosa, y que, por lo tanto, estaba aparte de lo que se consideraba cotidiano y normal.

Elphame respiró más profundamente y se obligó a relajar la parte superior del cuerpo. «Mantén la tensión en la parte inferior», se dijo. «Mantén la relajación en todo lo demás. Deja que la parte más poderosa de tu cuerpo haga el trabajo». Elphame notó que los músculos de sus piernas respondían. Braceó sin esfuerzo mientras sus cascos se clavaban en la suave alfombra de césped de aquel campo joven.

Era más rápida que cualquier humano. Mucho más.

Elphame se exigió más y más, y su cuerpo respondió con una fuerza sobrehumana. Tal vez no fuera tan rápida como un centauro en una distancia larga, pero muy pocos podrían vencerla en una carrera corta, tal y como decían sus hermanos con orgullo. Y con un poco más de trabajo, tal vez nadie pudiera ganarle. Aquella idea era casi tan satisfactoria como sentir el viento en la cara.

Cuando comenzó la sensación de quemadura, la ignoró, porque sabía que debía ir más allá del punto de simple fatiga muscular, pero comenzó a angular sus zancadas para que la carrera tomara un camino esférico. Así terminaría donde había comenzado.

Pero no para siempre, se prometió. No para siempre. Y se obligó a correr más.

– Oh, Epona -susurró Etain con reverencia mientras miraba a su hija-. ¿Es que nunca me acostumbraré a su belleza?

«Es especial, Amada», respondió la diosa, cuya voz resonó familiarmente por la cabeza de la Elegida.

Etain detuvo a su yegua plateada junto a los árboles que bordeaban un extremo del campo. La yegua movió la cabeza hacia atrás e irguió las orejas hacia su amazona; sus gestos eran la versión equina de una pregunta. Y Etain sabía que su yegua, la encarnación animal de la diosa Epona, le estaba haciendo una pregunta.

– Sólo quiero mirarla.

La diosa soltó un resoplido.

– ¡No estoy espiándola! -dijo Etain con indignación-. Soy su madre. Tengo derecho a verla correr.

La diosa echó hacia atrás la cabeza, como proclamando que no estaba tan segura de ello.

– Compórtate con respeto -dijo, moviendo las riendas de la yegua-. O te dejaré en el templo la próxima vez.

La diosa ni siquiera se dignó a resoplar, y Etain ignoró a la yegua, que a su vez la estaba ignorando a ella, murmurando algo sobre las criaturas ancianas malhumoradas, pero no lo suficientemente alto como para que la oyera. Después entrecerró los ojos y se los protegió del sol con la mano, para que nada interfiriera en su campo de visión.

Su hija corría a tal velocidad que la parte inferior de su cuerpo era un borrón; parecía que volaba sobre los brotes de trigo. Corría con una leve inclinación hacia delante, con una elegancia que siempre asombraba a su madre.

– Es la mezcla perfecta de centauro y humana -le susurró Etain a la yegua, que movió las orejas para oír las palabras-. Epona, eres muy sabia.

Elphane había completado el círculo imaginario de su camino, y estaba empezando a girar hacia el bosquecillo donde la esperaba su madre. El sol se le reflejaba en el pelo caoba oscuro. Brillaba y flotaba a su alrededor en mechones largos.

– Verdaderamente, no heredó ese maravilloso pelo liso de mí -le dijo Etain a la yegua, mientras intentaba meterse tras la oreja uno de los rizos, que siempre se le escapaban-. Tal vez los reflejos rojizos sí, pero el resto puede agradecérselo a su padre -prosiguió.

Y también podía agradecerle el increíble color oscuro de sus ojos. La forma alargada y redonda, sin embargo, era de Etain, y también sus pómulos altos y delicados. Sin embargo, Etain tenía los ojos verdes, y su hija los tenía como el azabache, igual que su padre. Aunque la forma física de Elphame no hubiera sido única, su belleza sería poco usual, y al unirlo a un cuerpo que sólo podía haber creado la diosa, el efecto era arrebatador.

Elphame comenzó a aminorar la velocidad, y cambió de dirección para dirigirse directamente hacia su madre.

– ¡Mamá! -exclamó alegremente, saludándola con la mano-. ¿Por qué no os unís a mí mientras hago el enfriamiento?

– De acuerdo, querida -le respondió Etain-, pero lentamente, ya sabes que la yegua se está haciendo vieja y…

Antes de que pudiera terminar la frase, la yegua se puso en marcha, alcanzó a la muchacha y se puso a su altura con un suave trote.

– Vosotras dos nunca os haréis viejas, mamá -dijo Elphame con una carcajada.

– Sólo se está luciendo delante de ti -respondió Etain, aunque acarició con afecto las crines de la yegua.

– Oh, mamá, por favor… ¿Ella se está luciendo? -preguntó Elphame, mientras miraba a su madre con una ceja arqueada. Etain llevaba un traje de amazona de cuero color crema que se le ceñía al cuerpo seductoramente, y algunas joyas brillantes.

– Ya sabes que llevar joyas es una experiencia espiritual para mí -dijo.

– Lo sé, mamá -respondió Elphame con una sonrisa.

El resoplido de la yegua fue sarcástico, y las carcajadas de Etain se entremezclaron con las de su hija mientras continuaban avanzando alrededor del campo.

– ¿Dónde he dejado mi pareo? -preguntó Elphame en un murmullo, mientras buscaba con la mirada cerca de los árboles-. Creo que lo puse en este tronco.

Etain vio a su hija buscando el resto de su ropa. Llevaba un peto de cuero sin mangas, que se le ceñía al pecho, y una pequeña banda de lino a modo de falda en las caderas, que se convertía en un triángulo por la parte delantera. Etain lo había diseñado para ella.

El problema era que, aunque el cuerpo musculoso de la muchacha estaba cubierto por un precioso pelaje de caballo de la cintura para abajo, y que tenía cascos en vez de pies, salvo por los extraordinarios músculos de la parte inferior de su cuerpo, era una mujer humana. Así pues, necesitaba una vestimenta que le concediera la libertad necesaria para ejercitar la velocidad sobrehumana que tenía por don, además de cubrirla decentemente. Etain y su hija habían experimentado con muchos estilos distintos antes de dar con aquella solución, que cubría ambas necesidades.

El resultado había funcionado bien, pero dejaba a la vista demasiado del cuerpo de Elphame. No importaba que las mujeres de Partholon siempre hubieran sido libres para mostrar su cuerpo. Etain desnudaba su pecho regularmente durante las ceremonias de bendición en honor a Epona, para dar a entender el amor de la diosa por la forma femenina. Cuando Elphame descubría sus patas terminadas en cascos, la gente la miraba con horror y reverencia a la vez, puesto que era evidente que estaba tocada por la diosa.

Elphame detestaba ser objeto de aquellas miradas.

Así pues, había adoptado la costumbre de vestir de manera conservadora en público, y sólo se quitaba las túnicas que llevaba normalmente cuando iba a correr, lo que hacía siempre a solas y alejada del templo.

– ¡Ah, ahí está! -exclamó, y se acercó a un tronco que no estaba muy lejos de ellas. Tomó la tela de lino, teñida del color de las esmeraldas, y comenzó a colocársela alrededor de la delgada cintura. Su respiración ya había recuperado el ritmo normal; la delgada capa de sudor de su piel ya se había secado.

Estaba en una forma espectacular. Tenía un cuerpo de líneas elegantes, atlético, pero muy femenino. Su piel oscura era sedosa, y sólo después de tocarla podía notarse que cubría unos músculos muy fuertes.

Sin embargo, poca gente se atrevía a tocar a la joven diosa.

Era alta; le sacaba varios centímetros a su madre, que medía un metro setenta centímetros. Durante su pubertad fue delgaducha y un poco torpe, pero pronto desarrolló las curvas y la plenitud de una mujer. La parte inferior de su cuerpo era la combinación perfecta de humana y mujer centauro. Tenía la belleza y el atractivo de una mujer, y la fuerza y la gracia de un centauro.

Etain sonrió a su hija. Desde el momento de su nacimiento había aceptado la singularidad de Elphame con un amor feroz y protector.

– No tienes por qué ponerte el pareo, El -le dijo.

– Sé que tú piensas que no es necesario, pero sí lo es. Para mí no es igual que para ti. A mí no me miran como a ti.

– ¿Alguien te ha dicho algo que te haya herido? ¡Dime quién ha sido, y conocerá la ira de una diosa! -exclamó Etain, con los ojos llenos de fuego verde.

– No necesitan decir nada, mamá.

– Preciosa mía… -dijo Etain, cuya ira desapareció-. Sabes que la gente te quiere.

– No, mamá. Te quieren a ti. A mí me idolatran y me adoran. No es lo mismo.

– Claro que te adoran, El. Eres la hija mayor de la Amada de Epona, y la diosa te ha bendecido de un modo muy especial. Deben adorarte.

La yegua avanzó hasta que pudo acariciarle el hombro a la joven con los labios. Antes de responder, El le rodeó el cuello con los brazos al animal y la acarició.

Después miró a su madre, y dijo con convicción:

– Soy diferente. Y, por mucho que tú quieras creer que encajo, para mí las cosas no son iguales. Por eso debo marcharme.

A Etain se le encogió el estómago al oír las palabras de su hija, pero permaneció en silencio para dejar que continuara.

– Se me trata como si fuera algo aparte. No es que me traten mal -añadió El apresuradamente-. Sólo, como si fuera algo aparte. Como si tuvieran miedo de acercarse a mí porque pudiera… no sé, hacerme añicos. O tal vez porque ellos pudieran hacerse añicos. Así que me tratan como si fuera una estatua que ha cobrado vida ante ellos.

«Mi preciosa y solitaria hija», pensó Etain, y notó el dolor familiar que le causaba el no tener solución para el sufrimiento de su primogénita.

– Pero nadie ama a las estatuas, al menos de verdad. Las cuidan, y las tienen en un lugar de honor, pero no las quieren.

– Yo te quiero -dijo Etain con la voz entrecortada.

– ¡Oh, ya lo sé, mamá! -exclamó la muchacha, mirando a Etain a los ojos-. Papá y tú, y Cuchulainn y Finegas y Arianrhod, todos me queréis. Sois mi familia, así que tenéis que hacerlo -añadió con una sonrisa rápida-. Pero incluso los miembros de tu guardia privada, que a ti te adoran incondicionalmente, y que darían la vida por ti, creen que yo soy intocable.

La yegua dio un paso hacia delante, y El se apoyó en ella. Etain tenía ganas de abrazar a su hija, pero sabía que Elphame se pondría tensa y le diría que ya no era una niña, así que tuvo que contentarse con acariciarle el pelo de seda, transmitiéndole el consuelo de Epona a través de sus manos.

– Por eso has venido aquí, ¿no es así? -le preguntó El en voz baja.

– Sí -respondió su madre-. Quería intentar convencerte, una vez más, de que no te vayas. ¿Por qué no te quedas aquí y ocupas mi lugar, El?

Su hija dio un respingo, y comenzó a negar con la cabeza con vehemencia. Etain continuó hablando, sin embargo.

– Yo he tenido un reinado largo, muy rico. Estoy dispuesta a retirarme.

– ¡No! -exclamó Elphame. Sólo con pensar en ocupar el lugar de su madre, sentía pánico-. ¡Tú no te vas a retirar! ¡Mírate! Aparentas muchos menos años de los que tienes, y te encanta celebrar los rituales de Epona. Además, la gente necesita que continúes. Y debes acordarte de lo más importante, mamá. El reino espiritual no está abierto para mí. Nunca he oído la voz de Epona, ni he sentido el roce de su magia… -la tristeza que le producía aquella verdad se le reflejó en la cara-. Nunca he sentido la magia.

– Pero Epona me habla a menudo de ti -dijo suavemente Etain, mientras le acariciaba la mejilla a su hija-. Ha velado por ti desde tu nacimiento.

– Lo sé. Sé que Epona me quiere, pero yo no soy su Elegida.

– Todavía no -matizó su madre.

Por única respuesta, Elphame se apoyó en el cuello de la yegua, mientras el animal la acariciaba afectuosamente con el morro.

– Sigo sin entender por qué tienes que marcharte.

– Mamá -dijo Elphame, que volvió la cabeza para mirar nuevamente a su madre-. Parece que me voy al otro lado del mundo. No sé por qué te molesta tanto que me vaya. He salido más veces de casa. Estudié en el Templo de la Musa, y eso no te molestaba.

– Era distinto. Claro que tenías que estudiar en el Templo de la Musa. Es donde se educan las mujeres más espectaculares de Partholon. Arianrhod está allí ahora -replicó Etain con una sonrisa de satisfacción-. Mis dos hijas sois espectaculares, y ésa es una de las razones por las que disfruto teniéndote a mi lado.

– Si me hubiera casado, habría tenido que irme a vivir al hogar de mi marido -dijo El.

– No hables como si no fueras a casarte nunca. Todavía eres muy joven. Tienes muchos años por delante.

– Mamá, por favor. No empecemos esta conversación otra vez. No hay nadie que sea como yo, y no hay nadie que quiera estar tan cerca de una diosa.

– Tu padre se casó conmigo.

Elphame sonrió con tristeza a su madre.

– Pero tú eres humana por entero, mamá, y además, el Sumo Chamán de los Centauros siempre es el compañero de la Amada de Epona. Él fue creado para amarte, es lo normal para él. Es evidente que Epona me ha marcado, pero no me ha elegido. No me ha enviado a ningún Chamán para que sea mi compañero. No creo que haya nadie, ni centauro ni humano, que fuera creado para amarme. No como os amáis papá y tú.

– ¡Oh, cariño! ¡No digas eso! Yo no lo creo. Epona no es cruel. Hay alguien para ti. Lo que ocurre es que todavía no lo sabe.

– Tal vez. O tal vez es que yo tenga que irme para encontrarlo.

– Pero ¿por qué allí? No me gusta imaginarte allí.

– Sólo es un sitio, mamá. En realidad no es más que un lugar en ruinas. Creo que ya es hora de que alguien lo reconstruya. ¿No te acuerdas de las historias que me contabas a la hora de dormir? Me dijiste que, en sus tiempos, fue un lugar hermoso.

– Sí, hasta que se convirtió en un lugar de muerte y mal.

– Eso ocurrió hace más de cien años. El mal ha desaparecido, y los muertos no pueden hacerme daño.

– Eso no lo sabes con seguridad -replicó Etain.

– Mamá -dijo Elphame, y la tomó de la mano-. El MacCallan era mi antepasado. ¿Por qué iba a querer hacerme daño su fantasma?

– Hay más gente que murió en la matanza del Castillo de MacCallan, aparte del Jefe del Clan, y de los nobles guerreros que dieron su vida intentando protegerlo. Y sabes que dicen que el castillo está maldito. Nadie se ha atrevido a entrar en esas ruinas, y mucho menos a vivir allí, durante un siglo -dijo Etain con firmeza.

– Pero tú siempre has atendido el altar de El MacCallan y has mantenido encendida la llama. Hemos mantenido viva la memoria de El MacCallan, aunque el clan fuera destruido. ¿Por qué te sorprende que quiera restaurar el castillo? Después de todo, yo también llevo su sangre en las venas.

Etain no respondió inmediatamente. Durante un instante, pensó en mentir a su hija, en decirle que la diosa le había transmitido la veracidad de la maldición del castillo. Pero sólo por un instante. Madre e hija habían tenido siempre una gran confianza, y Etain no quería destruirla ni aprovecharse de ella, y nunca mentiría sobre algo que le hubiera concedido Epona.

– No creo que El MacCallan quisiera hacerte daño, aunque es posible que su espíritu inquieto habite el castillo. Y admito que la maldición es una historia para asustar a los niños desobedientes. No es que tema por tu seguridad, es que no entiendo por qué debes ir con los trabajadores que van a despejar las ruinas. ¿Por qué no esperas hasta que esté todo limpio y habitable? Después podrás supervisar las últimas etapas de la reconstrucción.

– Necesito involucrarme en todos los aspectos de esto, mamá. Voy a reconstruir el Castillo de MacCallan y voy a ser su señora. La señora de un castillo y sus tierras. Tendré algo propio, algo en cuya creación he contribuido. Si no puedo tener un compañero e hijos propios, entonces tendré mi propio reino. Por favor, entiéndeme y dame tu bendición, mamá.

– Sólo quiero que seas feliz, preciosa.

– Eso me hará feliz. Tienes que confiar en que me conozco a mí misma, mamá.

«Debes dejarla marchar, Amada», dijo la diosa. Sin embargo, Etain se sentía como si le estuvieran clavando un cuchillo en el corazón. «Ella sabrá encontrar su propio destino, y yo la cuidaré».

Etain cerró los ojos y respiró profundamente. Después se quitó las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano.

– Confío en ti. Y siempre tendrás mi bendición.

Las arrugas de preocupación que se habían marcado en el rostro de Elphame se borraron.

– Gracias, mamá. Creo que éste es mi destino. Ya verás cómo será el Castillo de MacCallan cuando esté vivo otra vez -dijo, y después de acariciar a la yegua, añadió-: Vamos a darnos prisa. Tengo que terminar de hacer el equipaje. Se supone que nos vamos al amanecer.

Elphame fue charlando alegremente junto a su madre y a la yegua. Etain respondió adecuadamente a su conversación, pero no podía concentrarse en las palabras de su hija. Ya sentía el peso de su ausencia en el alma, como si fuera un agujero negro. Y, aunque aquella noche de finales de primavera era cálida, sintió un escalofrío en la espalda.

Capítulo 2

– Cu, recuérdame por qué accedí a que vinieras conmigo.

Elphame miró de reojo a su hermano e intentó acelerar el paso sin que se notara demasiado. Él iba entonando el verso número quinientos de una canción militar, y el coro interminable martilleaba en la sien derecha de Elphame al ritmo de su dolor de cabeza. Casi se arrepentía de haberse empeñado en que su hermano y ella viajaran separados del resto del grupo.

El caballo de Cuchulainn adaptó su trote automáticamente al paso de Elphame. Él comenzó a reírse.

– He venido, hermana mía, para protegerte.

– Oh, por favor, no me tomes el pelo. ¿Para protegerme? Lo que pasa es que necesitabas un descanso, dejar de perseguir a las doncellas del templo hasta los confines del mundo.

– ¿Hasta los confines del mundo? -preguntó Cuchulainn, y volvió a reírse-. ¿De verdad has dicho «hasta los confines del mundo»? Ya sabía yo que estabas pasando demasiado tiempo leyendo en la biblioteca de mamá. Y yo no persigo precisamente a las doncellas -dijo, moviendo las cejas de un modo muy sugerente.

Elphame intentó contener una sonrisa, aunque sin éxito. Lo miró afectuosamente.

– Ahora me recordarás que tú no tienes que perseguir a ninguna mujer a ningún sitio.

– Bueno, hermana mía, ésa es la pura verdad… -dijo él con otra sonrisa.

– Um… Pensaba que tenías que quedarte en casa para darle la bienvenida a… -Elphame carraspeó y se echó el pelo hacia atrás, e imitó a la perfección el tono de voz de su madre, y sus gestos-: A la encantadora hija soltera del Jefe del Castillo de Woulff, que pasaba por el Templo de Epona de camino al Templo de la Musa, donde va a comenzar su educación.

Cuchulainn frunció los labios y, durante un instante, Elphame lamentó haber bromeado. Después, con su habitual buen humor, Cuchulainn se encogió de hombros y sonrió.

– Se llama Beatrice, hermana mía. ¿Alguien que se llama Beatrice podría no tener una frente amplia y un porte majestuoso?

– Seguramente es muy bella -dijo Elphame entre risitas.

– Y sin duda, fértil, de caderas anchas y con capacidad para dar a luz a muchos hijos.

Los dos hermanos se miraron con un entendimiento completo.

– Me voy a alegrar mucho cuando Arianrhod y Finegas tengan edad suficiente como para que mamá empiece a buscarles pareja -dijo Elphame en un tono serio.

Cuchulainn suspiró.

– Los mellizos van a cumplir dieciocho años este verano. Dentro de tres años, mamá estará en su mejor momento de casamentera.

– Pobrecitos. Casi me da pena que nos hayamos metido tanto con ellos cuando éramos pequeños.

– ¡Casi! -exclamó Cuchulainn entre risas-. Por lo menos, todos estamos en esto. No es que mamá haga distinciones entre nosotros.

Elphame se limitó a sonreír y apresuró nuevamente el paso para colocarse delante de su hermano en el estrecho sendero que estaban recorriendo. «Pero no es lo mismo para mí», pensó. Sus hermanos eran humanos, atractivos, llenos de talento, muy admirados. Elphame no necesitaba mirar a su hermano para recordar cómo era. Tenía un año y medio menos que ella. Tenía sus mismos pómulos altos y bien definidos, pero mientras que los de Elphame eran delicados y femeninos, los de él eran masculinos y fuertes. Ella tenía un mentón desafiante, según su madre, y él tenía una barbilla obstinada, orgullosa, con una preciosa hendidura. En vez de tener los ojos negros y el pelo caoba oscuro como Elphame, Cuchulainn tenía los ojos de un color excepcional, entre el verde y el azul, y el pelo espeso y rubio, y no conseguía librarse de sus remolinos infantiles. Por eso lo llevaba muy corto y peinado hacia atrás. Su madre siempre protestaba porque él no quisiera dejárselo largo, como un guerrero en condiciones.

Sin embargo, Cuchulainn, hijo de Midhir, el Sumo Chamán y Señor Guerrero de los Centauros, no tenía que ser un «guerrero en condiciones». Tenía el nombre de uno de los antiguos héroes de Partholon, y realmente parecía un héroe, aunque no siempre se comportara bien. Era alto y tenía una figura excelente, y siempre destacaba en los torneos. Era el mejor espadachín de Partholon, y también el mejor arquero. Elphame había oído a más de una joven doncella suspirar y decir que debía de ser la encarnación del verdadero Cuchulainn.

No, a Cu nunca le había faltado la compañía femenina, pero todavía no había encontrado a su compañera. Elphame sonrió. «Aunque no será por falta de intentos», se dijo con ironía.

Aquél era un aspecto en el que se diferenciaba por completo de su hermano. Él tenía mucha experiencia y mucho éxito con el sexo opuesto. A ella nunca la habían besado.

Ni siquiera sus hermanos pequeños, a quienes Cu y ella habían apodado «Los Pequeños Eruditos», tenían problema para encontrar compañeros para los rituales de la luna. Aunque Arianrhod y Finegas no eran tan atléticos como sus hermanos mayores, se estaban convirtiendo en adultos inteligentes y bien educados. Eran casi como una imagen el uno del otro: altos, elegantes, completamente humanos, normales. Y, además, muy bellos.

El camino atravesaba un antiguo bosque a la derecha, y se ensanchaba. Cuchulainn hizo que el caballo se acercara a su hermana.

– Me recuerda a mamá -dijo Elphame de repente.

– ¿Quién?

– Arianrhod, ¿quién iba a ser? Por eso todos los chicos suspiran por ella. Claro que ella ni siquiera se da cuenta. No le importa nada. A menos que haya cambiado mucho durante su primer trimestre estudiando en el Templo de la Musa.

– Arianrhod siempre estará en las nubes.

– La astronomía y la astrología están vinculadas a las Parcas, y por eso es inteligente estudiarlas con suma atención -dijo Elphame, imitando a su hermana pequeña.

Cu se rió.

– Exacto, eso dice la Pequeña Erudita. La ironía es que esos jóvenes que están enamorados de ella la perseguirán más y más a causa de su indiferencia. Y también las muchachas están empezando a perseguir a Fin, y eso que todavía no se afeita.

– Bueno, sea cual sea el motivo, a ellos les gusta mucho Arianrhod.

Cuchulainn miró a su hermana.

– ¿Estás bien?

– Claro -respondió ella rápidamente, sin mirarlo a los ojos.

– Será distinto aquí, ya lo verás -le dijo Cuchulainn.

– Lo sé.

Lo miró y apartó la vista rápidamente, para que él no se diera cuenta de que se le habían llenado los ojos de lágrimas.

– Lo digo en serio. En el Castillo de MacCallan encontrarás lo que siempre has buscado. He tenido un presentimiento.

Elphame sabía lo que significaba aquello. Era parte de un código entre ellos. Igual que ella era la primera hija de su madre, la Encarnación de la Diosa, y por lo tanto estaba marcada por Epona, Cuchulainn era el primer hijo de su padre Chamán. Desde pequeño, sabía las cosas, simplemente. De niño le había explicado a su hermana que era como si pudiera oír las palabras que estaban en el viento. Algunas veces, aquel viento le decía dónde podía encontrar cosas que se habían perdido. Otras veces le decía cuándo iba a ir alguien de visita al templo. Y algunas veces predecía noticias portentosas, como la muerte prematura de un niño, o la ruptura de un juramento de sangre.

Aquel conocimiento sobrenatural asustaba a Cuchulainn cuando era pequeño. No era un enemigo al que pudiera vencer con sus músculos o con su inteligencia. Hacía que se sintiera como una aberración. Era un poder que él no había pedido, y que no quería ejercer.

Era algo que su hermana mayor comprendía muy bien.

Así que había acudido a Elphame siempre que tenía un presentimiento sobre algo o alguien. Su hermana entendía sus miedos, se identificaba con ellos. No le había dado la espalda, sino que se había convertido en su confidente, aunque la actitud de Elphame hacia las cosas del reino de los espíritus fuera muy diferente a la de él. Después de todo, ella era una manifestación física del poder de la diosa. Elphame no entendía por qué motivo rechazaba su hermano los dones de aquel reino de los espíritus, sobre todo cuando ella anhelaba sentir aunque sólo fuera un susurro del poder que su madre ejercía con tanta facilidad. Sin embargo, lo apoyó siempre con una actitud de calma. A medida que crecía, Cuchulainn aprendió a controlar su capacidad para la videncia y a no permitir que lo abrumara.

En aquel momento, Elphame miró a su hermano. Él nunca le había mentido. Y sus presentimientos nunca habían sido erróneos.

– ¿Me lo prometes?

– Sí -dijo él, al tiempo que asentía con tirantez.

Elphame sintió una gran alegría.

– ¡Sabía que reconstruir el Castillo de MacCallan era lo acertado! Pero ¿por qué has tardado tanto en decírmelo?

Cuchulainn frunció el ceño y respondió lentamente.

– El presentimiento no fue claro -dijo, y al ver que su hermana se desanimaba, se apresuró a explicarse-: No, eso no significa que fuera menos cierto. Sé que encontrarás tu destino en el Castillo de MacCallan. Sé que tu destino está entrelazado con tu compañero, pero cuando intento concentrarme en los detalles de ese hombre, sólo veo niebla y confusión -agitó la cabeza y sonrió con timidez a Elphame-. Tal vez sea porque eres mi hermana, y saber detalles de tu vida amorosa me resulta inquietante.

– Entiendo perfectamente lo que quieres decir. Cuando las doncellas hablan extasiadas sobre tu cuerpo -dijo ella, con un estremecimiento-, yo tengo que taparme los oídos y salir corriendo en dirección contraria.

Él refunfuñó brevemente, y se rió sin poder evitarlo. Se alegraba de que su hermana dejara de hacerle preguntas sobre aquel presentimiento.

Había meditado mucho sobre lo que debía contarle a Elphame acerca de su visión. Sabía que a su amada hermana le causaba dolor el hecho de pensar que nunca iba a encontrar un compañero, y sabía que tenía que contarle aquel presentimiento. Para él estaba claro que ella iba a encontrar su futuro y a su compañero en el Castillo de MacCallan, pero también sabía que había algo más, que no iba a ser tan sencillo como enamorarse. Una parte de su premonición había sido oscura y vaga. No tenía nada que ver con las visiones típicas de amor que había tenido anteriormente, en las cuales vislumbraba a un amigo en brazos de una joven, y tenía la certeza de que se pertenecían el uno al otro.

Cuchulainn había tenido una visión de su hermana en brazos de un hombre, pero no había sido capaz de ver a aquel hombre. Tal vez porque lo primero que había podido ver con claridad era la expresión de ternura y de felicidad que había en el rostro de su hermana, que normalmente era de seriedad, y aquella visión en especial había sido tan sorprendente que su concentración se había fracturado irreparablemente. Tal vez no. Y, sí, Cuchulainn había tenido el presentimiento de que los dos estaban destinados a pertenecerse. Sin embargo, cuando había intentado concentrarse nuevamente en el hombre, una luz cegadora de color escarlata había inundado la visión, y después, rápidamente, todo había quedado sumido en la oscuridad, como si los amantes estuvieran envueltos en un terciopelo, y el hombre se había desvanecido y había dejado sola a su hermana.

Era típico del reino de los espíritus dejarlo con tantas preguntas sin responder y con aquella sensación de inquietud. Él siempre había detestado la naturaleza esquiva y resbaladiza de su poder. No era algo seguro, como el peso de una espada, o como el blanco de una flecha.

Cuchulainn se alegró de que Elphame se hubiera adelantado por el camino, una vez más. Ella leía con demasiada claridad las expresiones de su rostro, y Cuchulainn no quería que viera su ansiedad y su temor. Flexionó la mano derecha. Sentía el peso fantasma de su espada, y mentalmente la agarró por la empuñadura y la blandió en el aire.

Sí. Cuchulainn estaba listo para proteger a su hermana de cualquier cosa que pudiera causarle un daño, fuera su compañero vital o no.

Capítulo 3

– No entiendo por qué no hemos podido quedarnos en Loth Tor con el resto de los trabajadores -se quejó Cuchulainn, mientras echaba otro tronco a la hoguera.

– Pensaba que los guerreros podían dormir en camas de cardos sin inmutarse -le dijo Elphame, y le tendió el odre de vino-. Toma un poco. Acuérdate de que mamá fue la que nos dio el vino -añadió significativamente.

– A los guerreros les gustan las camas blandas como a todos los demás -refunfuñó él, y bebió del odre-. El amor que siente nuestra madre por el vino ha sido una bendición durante este viaje, pero eso no me compensa por la falta de una buena cama -dijo. «Con una viuda lujuriosa dentro», añadió para sí.

– Cu, estás enfadado porque esa rubia regordeta te estaba ofreciendo algo más que un poco de estofado.

– Ser una viuda joven es una carga muy solitaria.

– No, si tú estás cerca -dijo Elphame entre risas-. Oh, vamos, no gimotees. Quiero ver el sol saliendo por encima de mi castillo, y no quiero hacerlo con un grupo de centauros y hombres mirándome mientras se inventan un ejército de demonios que acecha entre las sombras.

Cuchulainn refunfuñó de nuevo, tomó otro trago de vino y le entregó el odre a su hermana. Avivó el fuego y siguió quejándose. Estaba acostumbrado al carácter solitario de su hermana, y entendía sus motivos. Ella se había pasado la vida siendo reverenciada por los demás, porque había sido marcada por la diosa; era un ser único. No la trataban con crueldad; en realidad, era más bien lo contrario. Sin embargo, la gente le mostraba una gran reverencia, sobre todo aquéllos que no estaban acostumbrados a verla. La mayoría de los trabajadores que los habían acompañado procedían de los alrededores del Templo de Epona, así que se limitaban a tratarla con respeto y guardaban cierta distancia. Sin embargo, Cuchulainn se había dado cuenta de que, durante los cinco días de viaje que llevaban, la gente con la que se cruzaban dejaba sus tareas y se inclinaba al paso de «la joven Diosa, Elphame». Hacían reverencias tan marcadas que casi metían la cabeza entre el trigo de los campos a través de los que transcurría la carretera principal. Y a medida que se acercaban a su destino, el Castillo de MacCallan, se les habían unido personas y centauros nuevos, impacientes por aprovechar las nuevas oportunidades que ofrecería la reconstrucción del Castillo de MacCallan.

Su manera de reaccionar hacia su hermana era siempre igual: más miradas y más sobrecogimiento. Cuchulainn sabía que aquél era el motivo por el que Elphame se había empeñado en que dejaran la carretera y continuaran por un camino más estrecho y más difícil que atravesaba el bosque. Para Elphame era mejor no cruzarse con demasiadas personas, puesto que así habría menos oportunidades de que la reverenciaran.

Los dos hermanos habían acampado bajo las estrellas y no se habían detenido en ninguna de las aldeas que abundaban entre los viñedos y los pastos, hasta que habían llegado a Loth Tor, el pueblecito situado bajo la meseta en la que se erguía el Castillo de MacCallan. Aquella noche se habían reunido con su grupo y habían cenado en la Posada de la Yegua, la única taberna de todo el pueblo. Allí todo el mundo había hecho reverencias respetuosas a Elphame. Algunos le preguntaban si podían tocarla, y otros se la habían quedado mirando boquiabiertos. Cuchulainn vio que su hermana asentía educadamente a todo el mundo, concediéndoles con gracia su deseo de adorarla. Sólo una vez notó la tensión de sus hombros, y la rigidez con que se movía. Era como si se fuera a romper, de moverse con demasiada rapidez.

Cuando la comida terminó, ella dijo que necesitaba dormir bajo las estrellas y estar a solas con su hermano y Epona. Cu sabía que añadía el nombre de la diosa para que la gente no la siguiera y continuara mirándola. Sin decir nada, él había ensillado su caballo y se había puesto al galope para seguir, con dificultad, el paso de su hermana.

– Mejorará después de que lleves una temporada aquí -le dijo suavemente.

Elphame suspiró.

– Debería haberme acostumbrado ya, a estas alturas, pero no es así -dijo, y dio otro trago de vino antes de pasarle el odre a su hermano. Arqueó las cejas y añadió-: Es difícil de creer que mi destino esté por aquí.

– Cosas más raras han pasado.

– ¿Como por ejemplo?

– Como por el ejemplo, que tengamos los mismos padres, pero yo sea humano y tú tengas parte de caballo.

– Tengo parte de centauro, no de caballo -replicó ella, pero no dijo nada más.

– Duérmete -le dijo él-. Mañana tienes que estar descansada. Yo me quedaré despierto vigilando el fuego.

«Y a ti», añadió para sus adentros. Tal vez la tensión de su hermana hubiera disminuido desde que habían salido del pueblo, pero a él su instinto de guerrero lo tenía cauteloso e inquieto.

¿Por qué no conseguía tener una visión clara del futuro de su hermana? ¿Por qué tenía que ser su visión tan vaga y oscura? ¿Y por qué estaba bañada en sangre?

Elphame se acurrucó en su colchoneta y lo miró.

– No me puedes engañar, Cuchulainn -le dijo, con los ojos medio cerrados-. Esto es algo más que eso de «tengo que proteger a mi hermana».

– Hablas igual que mamá -respondió él, y murmuró en voz baja-: Ya era hora de que te dieras cuenta.

Su hermana estaba sonriendo cuando se quedó profundamente dormida.

Elphame soñó que su amante llegaba a ella entre una niebla oscura, que la envolvía como si a la noche le hubieran salido alas, y aunque tembló al sentir su caricia, no tuvo miedo. Se ofreció a la niebla y la niebla bebió de su amor, mientras ambos volaban juntos en la oscuridad del cielo nocturno y hacían su cama entre las estrellas.

– Sabía que iba a ser maravilloso -dijo Elphame, con un suspiro de felicidad-. Oh, Cu, ¡mira mi castillo!

Acababan de salir del pinar que rodeaba la meseta por el lado en el que se había construido el Castillo de MacCallan. El olor limpio y fuerte de los pinos se mezclaba con el olor salado del mar, y parecía que lo lavaba todo y lo hacía brillar, el verde exuberante de los árboles y el azul y el blanco de las olas que rompían contra las rocas. El castillo se alzaba ante ellos imponente, al borde de un magnífico acantilado.

Elphame miró su nuevo hogar, dejó que sus ojos se bebieran la maravilla de aquella primera visión. Estaba rodeado de árboles de Judas y cornejos, matorrales, zarzamoras y cerezos silvestres llenos de flores, y parecía que en él habitaba un hada que llevaba siglos durmiendo, y que estaba esperando el beso de su verdadero amor para despertar.

«Un poco como yo», pensó Elphame, y se sorprendió por aquel romanticismo. Sin embargo, la imagen que tenía ante sí, unida a la premonición de su hermano, hacía que se sintiera romántica. Y se dio cuenta, con sorpresa, de que era algo de lo que podía disfrutar.

¿Era aquello lo que había añorado durante tantos años? ¿Aquella impaciencia, como si alguien fuera a girar una llave dentro de ella y a liberar algo mágico?

El sol estaba empezando a asomar por encima de los árboles, y el cielo comenzaba a mostrar el azul de un día claro de primavera. Al instante, Elphame notó una increíble sensación de esperanza, como si el amanecer de aquel día fuera un comienzo nuevo también para ella. Entonces, comenzó a recitar una bendición que había oído muchas veces en boca de su madre.

Gran diosa Epona, mi diosa,

estoy ante un día nuevo,

un día lleno de tu magia.

Estoy ante un umbral, ante tu velo de misterios,

y te pido tu bendición.

Que pueda trabajar para tu gloria,

y también para gloria de mi espíritu.

Cuchulainn permaneció en silencio durante la oración de su hermana, en parte por respeto a Epona, y en parte por la sorpresa que se había llevado. Hasta aquel momento, nunca había oído a su hermana pedirle una bendición a Epona. En realidad, parecía que Elphame prefería evitar cualquier mención de la diosa que la había marcado tan obviamente. Hasta aquella mañana. Entonces, aunque apenas podía distinguir las palabras, Cuchulainn sintió la vibración de la magia en el aire, como la había sentido muchas veces durante los rituales que oficiaba su madre.

Si hubiera mirado a su hermano, Elphame se habría dado cuenta de que estaba asombrado, pero ni siquiera se volvió hacia él. Estaba hipnotizada por la belleza de aquella mañana y por lo que estaba sintiendo, que empezó a identificar como una sensación de pertenencia. De repente, el sol salió por encima de los pinos y sus rayos bañaron las murallas del castillo en una luz dorada, como si se hubieran incendiado.

– ¿Lo ves, Cu? Parece que las murallas están brillando.

– Lo que queda de ellas, querrás decir -respondió él. Todavía estaba sorprendido por el poder que había notado en su hermana, y su voz sonó más ronca de lo que hubiera querido. Carraspeó y miró hacia el castillo nuevamente. A él, aquel edificio le parecía una bestia vieja que estaba agazapada precariamente al borde del acantilado-. Elphame, no te hagas demasiadas ilusiones. Desde aquí se ve que el edificio está en ruinas. Tenemos mucho trabajo que hacer.

Ella le dio un puñetazo afectuoso en el brazo.

– Deja de ser como mamá. Vamos, démonos prisa.

Salió corriendo, y Cuchulainn espoleó a su caballo para poder alcanzarla.

Avanzaron con decisión a través de los matorrales hasta que encontraron el camino que llevaba a la entrada principal del castillo. Fue más fácil ir por allí, pero Cuchulainn siguió refunfuñando al ver la maleza y los árboles caídos que servían de obstáculos en lo que una vez fue una carretera amplia y despejada.

– ¡Oh, deja de protestar y mira qué árboles más espléndidos! -le dijo su hermana-. No me imaginaba que fuera tan bonito -añadió, mirando los cerezos en flor-. Es como caminar a través de un bosque de nubes rosas.

– Normalmente, no hay espinas y ortigas entre las nubes.

– No son ortigas, Cu, son zarzamoras. Con una buena poda, quedarán muy bien. Piensa en las maravillosas tartas de mora que vamos a comernos este verano.

– Después de que construyas una cocina, querrás decir -murmuró él.

Elphame sonrió.

– La construiré -le aseguró-. Y sabes que a mí siempre me ha gustado el bosque. Los pinos son maravillosos, pero me parece que todos estos árboles en flor son incluso mejores.

Él negó con la cabeza.

– No estarás pensando en dejar todo esto intacto, ¿verdad? Parece que no te acuerdas de todo lo que has estudiado en Historia. Uno de los mayores errores que cometieron en el Castillo de MacCallan fue permitir que sus defensas se debilitaran -dijo, señalando con un movimiento del brazo todos aquellos árboles-. El MacCallan dejó que todo esto creciera junto a las murallas. El ejército de los Fomorians no tuvo ningún problema para ocultarse hasta que consiguieron entrar en el interior del recinto y comenzaron a matar a todos sus habitantes.

Elphame abrió la boca para responder que ya no estaban en guerra. No había habido un solo Fomorian en Partholon durante más de ciento veinticinco años. Nadie iba a intentar entrar en su castillo. Sin embargo, Partholon tampoco había estado en guerra antes de la invasión de los Fomorians, y aquellos seres habían atacado por sorpresa el Castillo de MacCallan. Sí, los Fomorians habían sido derrotados finalmente, y lo que quedó de su raza demoníaca abandonó Partholon a través de las Montañas Tier, hacia las Tierras Yermas. Si viajara hacia el noroeste, hacia las montañas, encontraría el Castillo de la Guardia que protegía eternamente, como un centinela, el paso hacia Partholon.

Sin embargo, ciento veinticinco años era mucho tiempo, y salvo por las refriegas entre algunos de los clanes y los ataques ocasionales de los Milesians, unos bárbaros que vivían en el mar, Partholon había conocido una larga era de paz y prosperidad, y no había ningún motivo lógico por el que aquello no pudiera continuar así.

Elphame observó a su hermano. Iba a recordarle todo aquello, pero se dio cuenta de que él estaba tenso. Tenía la frente arrugada y la mandíbula apretada.

– ¿Te preocupan los Milesians? -le preguntó lentamente.

Él se encogió de hombros.

– No sabría decirte. Pero tu castillo da al mar. Serías una líder sabia y prudente si te aseguraras de que MacCallan es defendible.

Mientras hablaba, no la miraba, sino que observaba el bosque que había a su alrededor, como si esperara que en cualquier momento fuera a saltar hacia ellos una horda bárbara para cortarles el cuello.

Elphame se estremeció. Era evidente que alguna cosa había inquietado a su hermano. Cuchulainn era, por lo general, muy calmado. Tal vez no hubiera experimentado un verdadero presentimiento, con todas sus visiones y su advertencia clara, pero había algo que le estaba molestando. Aunque él evitara constantemente el reino espiritual y odiara utilizar sus poderes, los respetaba, como hacía Elphame.

Ella asintió.

– Tienes razón, gracias por recordármelo. Habrá que cortar todo esto para clarearlo -respondió Elphame en tono grave y pensativo-. Por supuesto, voy a necesitar tus consejos para reconstruir y organizar las defensas del castillo -dijo, mirando con melancolía los árboles-. ¿Pero no podríamos quedarnos con algunos?

– Un bosquecillo o dos, alejados del castillo, no harán ningún daño -dijo él. Se relajó un poco y sonrió. Le había sorprendido que ella claudicara tan fácilmente-. Y tus zarzamoras pueden quedarse en su sitio. Tienen muchas espinas como para servirle de protección a un enemigo.

– Bien, ¡entonces haremos tartas de mora, después de todo!

Elphame sonrió a su hermano. Estaba más tranquila al comprobar que él había vuelto a ser el de siempre. Seguramente, Cu sólo se estaba comportando de un modo excesivamente protector y cuidadoso con ella, como de costumbre.

La carretera dibujaba una curva suave hacia la izquierda. Cuando volvía a enderezarse, los hermanos se encontraron a menos de veinte metros de la entrada del castillo. Las enormes puertas de hierro, que todavía se recordaban en las leyendas y que nunca se habían cerrado a nadie, habían desaparecido. Se habían oxidado y descompuesto. Elphame veía algunos restos entre la maleza. El hueco que habían dejado en el muro era como el vacío de la falta de un diente en una enorme boca.

Las murallas estaban sorprendentemente intactas, o por lo menos, lo que se podía ver desde aquella vista frontal. Algunas de las balaustradas se estaban deshaciendo, y ya no quedaba ninguna de las rampas de los arqueros. Las partes del tejado que eran de madera habían desaparecido, pero el esqueleto del castillo permanecía en pie, fuerte y orgulloso.

– Está mejor de lo que yo había pensado -dijo Cuchulainn.

– Es perfecto -respondió Elphame con entusiasmo.

– El, está mejor de lo que yo había pensado, pero sigue siendo una ruina -respondió Cuchulainn.

Aquel optimismo ciego de su hermana lo exasperaba. No sólo era una actitud absurda, a la vista del edificio en ruinas que tenían delante, sino que además era una actitud muy rara en su hermana. Antes de que pudiera decir algo más, Elphame le puso la mano en el brazo.

– ¿No lo sientes? -le preguntó en un susurro.

Cuchulainn se sobresaltó. Aunque su hermana estaba marcada físicamente por la diosa, nunca había mostrado ningún vínculo especial con Epona, ni con el reino de los espíritus. En realidad, aparte de su cuerpo único, Elphame no tenía poderes que la vincularan con aquel reino. Su hermano la observó atentamente.

– ¿A qué te refieres, El?

Sus ojos no se apartaron del castillo, pero mantuvo la mano en brazo de Cuchulainn, y él sintió el temblor de su hermana. El caballo se quedó inmóvil. La brisa suave había cesado. Incluso los pájaros se habían quedado en silencio.

– Me está llamando -murmuró Elphame-. No con palabras, pero puedo sentirlo -dijo, y miró a su hermano-. Es como si me hubiera estado esperando todo este tiempo, como si hubiera estado esperando que yo volviera a casa.

Capítulo 4

– Estoy impaciente por ver el resto -dijo Elphame. Salió de aquel trance de felicidad y comenzó a caminar hacia la puerta.

– Sin mí no.

Cuchulainn desmontó rápidamente y ató las riendas del caballo a la rama más cercana. La alcanzó corriendo y, cuando llegaron a las puertas, desenvainó la espada.

Elphame se detuvo y miró el arma con el ceño fruncido.

– ¿De verdad crees que es necesario?

– Es mejor que seamos precavidos.

Ella asintió. Después se dirigió hacia la entrada del castillo. Aquel espacio estaba invadido por la maleza, así que tuvieron que abrir un hueco entre las enredaderas y las zarza para poder pasar. Elphame fue la primera en poner un pie en el interior de las murallas. Su hermano la siguió de cerca.

La maleza acababa una vez que estuvieron dentro del castillo. Se encontraban en una zona espaciosa que había entre las murallas exteriores y el castillo propiamente dicho.

Cuchulainn miró a su alrededor con curiosidad. A cada lado había restos de un adarve, que debía de haberse extendido por toda la longitud de las murallas. Cu frunció el ceño. Era una pena que El MacCallan no hubiera apostado unos vigías allí.

– Mira, Cu, seguro que aquí había unas maravillosas puertas de madera -dijo Elphame en voz baja, como si estuviera entrando a una iglesia.

Cuchulainn la siguió a través de otro agujero que había en los muros interiores, y entraron en lo que obviamente había sido un enorme patio. El suelo estaba lleno de escombros y de suciedad, pero todavía se veían partes cubiertas con grandes losas de piedra lisa. Había unos grandes pilares de piedra labrada situados en círculo, que se alzaban para sustentar un techo abovedado, pero que ahora estaba abierto al cielo brillante de la mañana. Aquellos pilares gigantescos tenían las huellas ennegrecidas del fuego que había devorado el castillo.

Elphame tragó saliva.

– ¿Crees que vamos a encontrar restos de algún guerrero?

– No. No creo. Ha pasado demasiado tiempo. Lo que no consumieran las llamas lo habrán borrado el tiempo y los elementos.

– Pero si encontramos algún resto de los guerreros en El MacCallan, debemos darles sepultura adecuadamente. Ellos lo aprobarían -dijo Elphame.

– ¿Tú puedes sentirlos, El? -le preguntó su hermano.

Elphame se quedó inmóvil y ladeó la cabeza como si estuviera intentando oír una voz en el viento.

– Espera. No estoy segura.

Lentamente, se acercó al pilar central. Era tan grueso que ambos hermanos no hubieran podido tocarse las puntas de los dedos si se hubieran abrazado a él, cada uno a un lado. Elphame se dio cuenta de que el pilar tenía una talla muy delicada, de nudos que se entrelazaban y que formaban un diseño precioso, lleno de pájaros, flores y yeguas encabritadas. La belleza de aquel trabajo era visible incluso bajo las capas de hollín y suciedad.

– Debiste de ser maravilloso -le susurró Elphame al pilar.

Al instante, sintió un zumbido extraño por el cuerpo.

– ¡Oh! -jadeó.

– ¿Qué sucede? -le preguntó su hermano.

Ella le sonrió para tranquilizarlo.

– No te preocupes, no es nada malo. Es que siento algo aquí, en esta piedra.

Mientras la estudiaba, Elphame siguió percibiendo algo. Era como una presencia que escuchaba. «De ahí proviene el zumbido», pensó, y puso las manos sobre la columna. En cuanto su carne tocó la piedra, fue como si la superficie de la columna temblara. Ella la acarició con asombro. Por un momento pareció que la enorme columna se hacía líquida bajo las palmas de sus manos, casi como si al tocarla convirtiera la piedra en algo arcilloso y maleable. Entonces, sus manos y la parte de la columna que estaba tocando comenzaron a brillar, y el brillo se intensificó y rodeó su cuerpo. Elphame se vio invadida por una sensación increíble, como si se hubiera hundido en una piscina cálida de emoción, o como si su madre la hubiera abrazado. Le temblaban las manos, no de miedo, sino por la belleza pura de todo aquello.

– Oh. ¡Oh, sí! Los siento -susurró.

– Lo que estáis sintiendo no son los guerreros, Diosa -dijo alguien con una voz grave desde detrás de ellos.

Cuchulainn se movió con rapidez y se situó entre su hermana y el recién llegado, con la espada lista.

– ¡Danann! Ésta es una manera excelente de asegurarte de que no morirás de viejo, Maestro de la Piedra -dijo Cuchulainn, con la mano temblorosa, mientras envainaba la espada. Sin embargo, el viejo centauro no le prestó atención al guerrero. Estaba concentrado en Elphame, como ella en él.

– Si no estoy sintiendo los espíritus de los guerreros, ¿qué estoy sintiendo?

Al oír su voz, Elphame había separado las manos de la columna, pero todavía tenía un cosquilleo en la piel. Esperó con impaciencia la respuesta de Danann. Todo Partholon sabía que Epona había concedido al centauro una afinidad especial con la tierra. Los espíritus de la naturaleza le hablaban a través de la piedra, y por ese motivo, Elphame había solicitado la presencia del Maestro de la Piedra en el equipo que la ayudaría a reconstruir el castillo, aunque por su avanzada edad, Danann prefiriera dormir la siesta al sol que erigir muros. Sin embargo, él era el cantero más respetado de todo Partholon. Oía a los espíritus del interior de las piedras, así que era capaz de elegir las piedras perfectas para cada edificio. Con aquel renombrado Maestro de la Piedra como guía de la renovación, Elphame estaba segura de que lo que construyeran permanecería en pie con armonía durante siglos.

El centauro se acercó a Elphame y a la columna. Observó la piedra sin tocarla, y dijo:

– Éste es el pilar central del Castillo de MacCallan. Una vez, fue la fuerza del castillo -sonrió a Elphame y añadió-: Lo que sentís es el espíritu de la piedra, el corazón del castillo. No los espíritus de los guerreros que murieron.

Él posó la palma de la mano, suavemente, en la columna.

– Tocadla otra vez, Diosa. No tenéis nada que temer.

– No tengo miedo -respondió Elphame rápidamente, y sin dudarlo, puso una mano sobre la piedra, junto a la del centauro.

Danann cerró los ojos y se concentró.

El brillo comenzó bajo la palma de la mano de Elphame, y rápidamente la envolvió junto a Danann. De nuevo, se sintió invadida por un sentimiento. Estaba preparada para recibirlo y se concentró, intentó asimilar los retazos de emociones que casi eran pronunciados. «Alegría». Oyó la palabra mientras la felicidad la envolvía. «Paz». Elphame tuvo ganas de echarse a reír. «El final de la espera». Aquella frase se abrió paso en su mente. Entonces, el brillo se apagó, y Elphame se quedó sin aliento, casi mareada.

– ¡Lo sabía! Lo sentí en cuanto entré por esas murallas -dijo el viejo Maestro de la Piedra. Volvió la cabeza hacia ella y la miró. Elphame se vio reflejada en sus ojos azules-. Estáis en sintonía con el corazón de este castillo, Diosa. Las piedras os dan la bienvenida. Se regocijan porque su señora ha llegado -dijo con una sonrisa-. Como vuestra antepasada, lady Rhiannon, tenéis la capacidad de oír a los espíritus de la tierra.

– ¡Nunca había podido, hasta que llegué aquí! -gritó ella con alegría. ¡Magia! Por fin tenía un don diferente al de la aberración física.

Elphame, impulsivamente, puso la mano sobre la de Danann, y se la estrechó con gratitud. Casi al instante, se arrepintió. Ella nunca tocaba a nadie, salvo a los miembros de su familia.

Uno de los primeros recuerdos que tenía era el de haber tocado a la hija de un jefe del Clan, que estaba de visita en el templo. Los adultos estaban hablando de cosas de adultos, y Elphame se aburría. Había tocado con un dedo el brazo de la niña para llamar su atención y escaparse a jugar con ella. La niña se había puesto a gritar, diciendo que la Diosa la había tocado y que iba a morir. No hubo manera de sacar a la niña de su histeria. El Jefe del Clan se había marchado rápidamente, mirando con temor a Elphame, incluso después de que Etain le hubiera asegurado que Epona no tenía interés en la vida de su hija.

Tal vez los espíritus de la tierra hablaran con ella, y las piedras le dieran la bienvenida, pero a los mortales no les gustaba nada que los tocara una diosa viviente.

Con una pequeña exclamación, Elphame intentó apartar la mano de la de Danann antes de que él pudiera alejarse de su contacto, pero él no se lo permitió, sino que atrapó su mano.

– Los espíritus de la piedra me dicen que éste es vuestro lugar.

Elphame se ruborizó.

– Siempre he querido devolverle la vida al Castillo de MacCallan -dijo-. Gracias por venir con nosotros, Danann. Tu presencia significa mucho para mí.

– Es un honor ser de ayuda, Diosa -le dijo él. Entonces, le estrechó la mano y se la soltó.

No se apartó de ella con miedo, ni le hizo una reverencia temerosa.

«Es como si yo fuera la Jefa del Clan, una mujer normal y corriente, que le está pidiendo ayuda».

Aquella idea era tan inesperada para Elphame que pestañeó con sorpresa, y tuvo que volverse hacia su hermano rápidamente para ocultar su azoramiento.

– Cu, ¿puedes creer que siento el espíritu de las piedras?

– Claro que sí -dijo él con una sonrisa.

Estaba contento de verla tan animada y tan feliz. Aunque ella hablaba muy poco de aquel tema, Cu sabía que su hermana siempre había anhelado tener una conexión espiritual con la diosa que había creado su cuerpo. Elphame era la primogénita de la Elegida de Epona. Nunca era seguro, pero a menudo la diosa llamaba a la hija mayor de una Elegida anciana para que siguiera a su madre como líder espiritual de Partholon. Tal vez Epona estuviera preparando a Elphame para ocupar un día el lugar de su madre. Así era la vida, pensó Cu.

Se acercó a Danann y le estrechó la mano para saludarlo cálidamente.

– Creo que se me da mejor oír a los espíritus que sorprender a un guerrero que está protegiendo a su hermana -dijo irónicamente el centauro.

– Oh, a mí me parece que has hecho un buen trabajo sorprendiéndome así -respondió Cuchulainn.

– Cu está picajoso desde anoche. Ignóralo -le dijo Elphame, con una sonrisa, a Danann.

Cuchulainn no hizo caso de las bromas de su hermana.

– ¿Has venido solo, Danann?

– No, me reuní con el resto del grupo cuando salían de Loth Tor. Ellos han preferido esperar junto a las murallas exteriores. No tienen muchas ganas de entrar -dijo el centauro-. Los jóvenes se asustan fácilmente con los cuentos de miedo y las sombras.

Elphame sintió gratitud por la actitud sensata del centauro.

– Así son los jóvenes -dijo, mirando a Cuchulainn con superioridad de hermana mayor-. En vez de ponerse manos a la obra, se quedan esperando a que les digas lo que tienen que hacer.

Danann se inclinó ante ella con galantería y le ofreció el brazo.

– Entonces, Diosa, ¿queréis que os acompañe para que podáis decirles a los jóvenes lo que tienen que hacer antes de que pierdan toda su vida ociosamente?

Elphame vaciló. ¿De verdad iba a tocar a una persona que no fuera de su familia dos veces en el mismo día? Miró el brazo del centauro, y después miró a su hermano. Cuchulainn le guiñó un ojo y asintió. Ella respiró profundamente y posó la mano en el brazo del Maestro de la Piedra. Le temblaron los dedos, pero sólo un poco.

«Como una persona normal», pensó sin poder reprimir la sonrisa. Con Cu siguiéndolos de cerca, salieron desde las ruinas del patio al lugar donde esperaba el grupo.

Tal y como había mencionado Danann, eran gente muy joven y estaban deseosos de embarcarse en la aventura de reconstruir el Castillo de MacCallan porque querían hacerse un hueco propio en el mundo. Si el Castillo de MacCallan resurgía, habría tierras y oportunidades para ellos. Eso les había provocado impaciencia y excitación.

Cuando Elphame apareció ante los hombres y los centauros que se habían reunido nerviosamente a varios metros de la entrada, todos se quedaron en silencio. La mayoría estaban acostumbrados a ver a la joven Diosa, pero su aparición les afectaba de todos modos, y aquella mañana, en particular, estaba incluso más extraordinaria de lo normal. Su rostro estaba iluminado, y su piel brillaba. Varios de los hombres y de los centauros pensaron en lo espectacular que era, y cuando sus labios carnosos y sensuales esbozaron una sonrisa, muchos de ellos sintieron la respuesta en la sangre, pero sólo brevemente, hasta que recordaron que no podían sentir lujuria por una diosa, por muy tentadora que fuera.

Cuando Elphame habló, su voz se extendió por todo el grupo como si fuera el fuego de una tea.

– Las flores de los arbustos, los pájaros que cantan y la brisa, los pilares de este castillo… ¡Nos dan la bienvenida! Las mismas piedras del Castillo de MacCallan nos saludan con alegría. Dejará de ser una ruina -Elphame alzó los brazos por encima de la cabeza y gritó-: ¡Regocijaos! ¡Será nuestro hogar!

El calor le causó un cosquilleo por los brazos, como cuando había tocado la piedra y había sentido fuego en el cuerpo.

El grupo reaccionó como uno solo, no tanto a sus palabras, ni a la idea de reconstruir el castillo; le respondieron a ella, a su espectacular Diosa. Con una sola voz, vitorearon a su Diosa, y las viejas murallas repartieron el eco de los sonidos jubilosos de los vivos.

Desde su escondite, entre los árboles, Lochlan observó al grupo. Hombres y centauros, jóvenes y orgullosos. Reconoció el fuego de su sangre mientras respondían a la mujer. Y él también la reconoció. ¿Cómo no iba a reconocerla? Él sabía que iba a encontrarla allí. Sin embargo, verla le había sacudido. Parecía mucho más viva que en sus sueños, y verla en persona hizo que se diera cuenta de que nunca había comprendido de verdad el alcance de su belleza.

¡Su cuerpo! Irradiaba pasión y poder sobrenatural. Sintió un arrebato de deseo, caliente y fuerte, y su excitación hizo que sus enormes alas temblaran y se pusieran erectas. Rápidamente, apartó la vista de ella, para poder controlar su lujuria.

El dolor le atravesó las sienes e irradió por todo su cuerpo. Su cuerpo luchó contra su deseo de control, pero como siempre, Lochlan acudió a su pozo de humanidad para derrotar a sus impulsos más oscuros. Su pulso se calmó, y sus alas temblaron una vez más antes de plegarse sobre su espalda.

Ignoró aquel dolor familiar que siguió acosándolo, recorriendo su mente como un fantasma.

Cuando consiguió controlarse de nuevo, volvió a mirarla. En aquel momento, ella elevaba los brazos, y el grupo respondía al unísono. Él sonrió, mostrando unos caninos largos y peligrosos. Ella también conseguía que él quisiera gritar. Había hecho bien en ir solo; los demás no podrían entenderlo. Pero pensar en los demás le causaba desesperación. Podía sentirlos. Siempre los sentía, sentía su necesidad, su dolor, su fe en él. Se estremeció y apartó aquello de su mente. En aquel momento no. No podía pensar en los demás en aquel momento. No, cuando todo lo que tenía de honorable y de verdadero, todo lo que era humano en él, quería correr hacia ella y decirle que había llenado sus sueños y su corazón desde que tenía uso de razón.

Respiró entrecortadamente y se pasó la mano por la cara. No podía ir a ella a la vista de todo el mundo. Ellos lo verían sólo como un Fomorian, y lo matarían. No podría luchar contra todos ellos.

«Recuerda tu promesa», le susurró la conciencia, recordándole a su amada madre. «Recuerda la Profecía. Tu destino es encontrar el modo de sanar a tu gente y de llevarlos de vuelta a Partholon. Eres tú quien debe cumplir la Profecía de Epona».

Lochlan no podía actuar de modo egoísta. Tenía que pensar en los demás. Tenía que terminar con su dolor, aunque aquello significara…

Luchando contra una sensación de pérdida abrumadora, apartó la vista de ella y desapareció en lo más profundo del bosque.

Capítulo 5

– ¿Es que quieres sentenciarme a una vida de celibato? -le preguntó Cuchulainn a su hermana, refunfuñando.

Elphame sonrió.

– No creo que asignarte la vigilancia en el exterior, donde sobre todo hay trabajadores, mientras yo entrevisto a las mujeres para los puestos en el castillo, pueda afectar a tu activa vida amorosa.

– Vamos, chico. Yo iré contigo y elegiré a los que puedan ser canteros -le dijo Danann, dándole una palmadita en el hombro-. Después puedes llevarte a los demás y comenzar a limpiar el patio, como te ha dicho tu hermana -el viejo centauro le hizo un guiño a Elphame-. Piensa esto: es más probable que las mujeres te concedan sus favores en el lecho cuando las paredes que haya alrededor sean sólidas y estén limpias.

– Quieres decir todo lo contrario a esta ruina -dijo Cu.

– Exacto.

Cu refunfuñó de nuevo, pero siguió al Maestro de la Piedra hacia el patio, para reunirse con los trabajadores.

Elphame agitó la cabeza mirando a su hermano mientras se alejaba. Su voz fuerte le llegó desde el otro lado del patio, cuando él llamó al orden al grupo de hombres y centauros. Después de que ella hubiera saludado a los trabajadores, Cu, Danann y Elphame habían recorrido todo el castillo, y se habían dado cuenta de que antes de comenzar la reconstrucción debían retirar los escombros, así que los primeros trabajos, los de limpieza, eran tediosos, pero necesarios. Mientras miraba a su alrededor por el patio, Elphame se dio cuenta de que aquélla era una empresa enorme. ¿Podría hacerlo? ¿Sería capaz de restaurar el castillo?

Se sintió abrumada, y notó que se le encogía el estómago de ansiedad, pero rápidamente reaccionó. Era normal que sintiera algo de aprensión, pero tenía que empezar. Tenía que avanzar paso a paso. Mantener el control.

Aquél era su castillo. Su hogar.

– ¡Elphame! -la voz de su hermano atravesó el patio vacío-. ¡Las mujeres ya han llegado!

– Aquí es donde comienzo yo -se dijo. Miró hacia la columna central, sonrió para despedirse de ella y se encaminó apresuradamente hacia la entrada de las murallas.

Las mujeres habían formado un pequeño grupo en el exterior, a varios metros de las murallas del castillo. Elphame las observó desde las sombras, sin que ellas se dieran cuenta. Eran muy jóvenes y estaban asustadas. ¡Y eran muy pocas! Elphame contó rápidamente; había poco más de doce. El número de centauros y de hombres que se habían ofrecido voluntarios era el triple. Y todas las mujeres eran humanas. ¿No había acudido ninguna mujer centauro? ¿Ni siquiera una joven cazadora en adiestramiento? El sintió desilusión, pero rápidamente la superó. Tenía mucho que hacer, y tenía que hacerlo con los medios que tuviera en su mano. Tal vez el hecho de que fueran pocas le diera la oportunidad de conocerlas más personalmente. Eso sería un cambio agradable.

Cuando Elphame salió de entre las murallas, todas le hicieron una reverencia. Ella carraspeó y esbozó su mejor sonrisa de bienvenida.

– Buenos días. Me agrada mucho comprobar que tantas de vosotras estéis interesadas en reconstruir el Castillo de MacCallan y convertirlo en vuestro hogar. Los hombres se ocuparán de las tareas más pesadas, pero eso no significa que nuestro trabajo sea menos importante. Necesito cocineras, y mujeres que sepan coser y tejer -sin darse cuenta, su sonrisa se volvió soñadora-. A medida que el castillo vuelva de nuevo a la vida, quisiera llenar sus paredes con bellos tapices que hagan que incluso mi madre se sienta celosa.

En respuesta a la expresión dulce de la Diosa, varias de las muchachas sonrieron tímidamente. Elphame se sintió animada por aquella reacción, y continuó hablando con la voz segura, fuerte.

– Y por supuesto, necesitaré mujeres que me ayuden con el mantenimiento diario del castillo -Elphame se rió y miró significativamente la maleza que casi ahogaba el paso al castillo-. Algunos días necesitará más mantenimiento que otros, claramente.

Una de las mujeres soltó una risita nerviosa, y después se tapó la boca con la mano y se ruborizó.

– No tengáis miedo de reír -dijo Elphame-. Sé que ahora no lo parece, pero las piedras están cantando de alegría por nuestra llegada. MacCallan será un hogar lleno de alegría.

La muchacha se apartó la boca de la mano y sonrió con timidez.

– ¿Cómo te llamas? -le preguntó Elphame.

– Meara, mi señora.

– Meara. ¿Y cuál es el trabajo que mejor haces?

– Yo… eh… Se me da muy bien ordenar las cosas.

– Entonces, has venido al lugar más adecuado. Aquí hay mucho que ordenar -dijo Elphame, y miró a las demás-. Aquéllas a quienes se les dé bien limpiar, por favor, dadle vuestros nombres a Meara. Meara, por favor, te pediré que me entregues una lista con tus trabajadoras al final del día. Y ahora… ¿quiénes serán mis cocineras?

Con tan sólo una ligera vacilación, cuatro mujeres levantaron la mano. Una de ellas dio un paso hacia delante. Era pelirroja y tenía unos preciosos ojos verdes.

– Venimos del Castillo de McNamara, mi señora. La cocinera jefe de allí era… -hizo una pausa y miró a sus compañeras en busca de apoyo. Ellas asintieron para animarla-. Era muy malhumorada, y no le gustaban las cocineras jóvenes, sobre todo las que tenían ideas nuevas.

Elphame arqueó las cejas.

– Bueno, pues te aseguro que a mí no me importa que las cocineras sean jóvenes, y que me gustan las ideas nuevas. No creo que sea malhumorada, aunque tal vez Cuchulainn no esté de acuerdo conmigo.

Ante la mención de su hermano, las chicas sonrieron.

– ¿Y cuál es la mejor cocinera de entre vosotras? -preguntó Elphame. Tres pares de ojos se volvieron hacia la mujer que había hablado.

– Todas cocinamos bien, pero admito que yo tengo un don especial en la cocina. Me llamo Wynne. Las chicas que están conmigo son Ada, Colleen y Ula -dijo, señalando a cada una de las muchachas mientras hablaba.

– Wynne, me complace anunciar que eres mi nueva cocinera jefe -dijo Elphame-. Lo primero que tendrás que hacer será inspeccionar lo que queda de las cocinas del castillo. Toma nota de lo que hay que reparar para que empiece a funcionar rápidamente. Tenéis muchas bocas que alimentar.

– Sí, Diosa -dijo Wynne, con una reverencia.

Elphame apretó los dientes al oír que la llamaba «Diosa». Nunca la verían tal y como era, Elphame, una joven a quien le gustaba correr y reírse con su familia, y que tenía tendencia a pasar largas horas en la piscina de aguas termales de su madre. Siempre la considerarían una diosa.

Bueno, tal vez aquello comenzara a cambiar. Tomó una rápida decisión.

– Bien -dijo, y la charla que había comenzado cesó al instante-. Me gustaría pediros un favor. Vamos a trabajar codo con codo, y preferiría que me llamarais por mi nombre, en vez de llamarme «Diosa».

Las mujeres la miraron con asombro.

Elphame suspiró.

– O podéis llamarme «señora». Cualquier cosa menos «Diosa» -dijo, y continuó rápidamente-. Veamos, ¿qué más? Ya sé. ¿Hay alguien que sepa coser y tejer?

Varias mujeres levantaron la mano. Elphame se dirigió a una joven regordeta y rubia, con la cara sonrojada y brillante.

– ¿Cómo te llamas? -le preguntó.

– Caitlin.

– Caitlin, ¿sabes coser o tejer?

– Ambas cosas, Diosa… señora.

– Excelente. Tengo varias ideas para el tema de los tapices. Me gustaría que cada uno de los tapices de las estancias principales tuviera un tema distinto, y el del salón principal sería el mismo castillo. Quiero que los tapices muestren el Castillo de MacCallan de nuevo habitado, en toda su grandeza y esplendor.

Caitlin titubeó antes de responder.

– Pero, señora… ¿cómo vamos a saber lo que debemos tejer? -preguntó, y señaló hacia las ruinas-. Ahora no tiene demasiado esplendor.

Elphame frunció el ceño. Se le había olvidado que no todo el mundo tenía la imagen del castillo reconstruido en la mente.

– Supongo que tendré que encontrar una pintora…

– Yo podría dibujarlo, señora.

– ¿Quién ha hablado?

La misma voz respondió desde la parte posterior del grupo.

– Me llamo Brenna.

– Ven aquí, Brenna. No te veo.

Las mujeres se hicieron a un lado para dejar pasar a una mujer morena y delgada. Tenía la cabeza agachada, y Elphame se dio cuenta de que el resto de las muchachas apartaba la vista de su rostro, como si se sintieran incómodas. Entonces, la mujer elevó la cabeza. Elphame sintió una profunda impresión, y tuvo que hacer un esfuerzo por mantenerse impasible.

Brenna era joven, y una vez había sido bella. Elphame lo supo por el lado izquierdo de su rostro. El lado derecho estaba destrozado. Tenía una terrible cicatriz que le cubría desde el cuello hasta la frente. Era una cicatriz gruesa, con las manchas rosadas y blancas que distinguían la más profunda de las quemaduras. El lado derecho de su boca había perdido la línea del labio, lo cual era más horrible al compararlo con la carnosidad suave de la parte izquierda. Tenía el ojo derecho claro, e intacto. Era del mismo color castaño que su ojo izquierdo, pero las cicatrices tiraban de la piel y le daban un aspecto caído.

Se quedó inmóvil, permitiendo a Elphame que la observara.

– Creo que puedo dibujar vuestro castillo -dijo en voz alta y clara.

– ¿Eres pintora, Brenna? -preguntó Elphame.

– Tengo un poco de habilidad para el dibujo, sobre todo para dibujar cosas que imagino -dijo con una sonrisa. Elphame se quedó sorprendida al ver que era una sonrisa atractiva-. Así que creo que podría dibujar las cosas que vos imagináis, si me las describís.

Elphame asintió con entusiasmo, pero antes de que pudiera responder, Brenna continuó:

– Pero deberíais saber que no me considero artista. Soy una Sanadora.

Elphame sonrió.

– Eso es magnífico, Brenna. Con todos estos trabajadores reconstruyendo el castillo, es probable que tengamos algún percance que requiera el toque de una Sanadora. Sé que mi hermano, aunque es un gran guerrero, también es proclive a hacerse cortes y heridas.

Durante un instante, Elphame vio que la expresión de Brenna cambiaba, y fue como si una sombra pasara por el semblante de la joven. Sin embargo, Brenna respondió sin titubeos.

– Por supuesto, señora. Me agrada estar donde se me necesita.

– ¡Elphame!

Como un tornado, Cuchulainn atravesó el grupo de mujeres. Con los ojos chispeantes, saludó a varias de las más guapas antes de llegar junto a su hermana.

– Las carretas de las provisiones están atascadas en la carretera. He enviado a los centauros para que abran un buen camino en la maleza y despejen la entrada de las murallas. Cuando los carros estén aquí, creo que lo mejor será montar las tiendas en el exterior del castillo, por lo menos hasta que hayamos conseguido que este monstruo sea habitable de nuevo.

Elphame arqueó una ceja.

Cuchulainn se echó a reír.

– ¡De acuerdo! Perdóname por haber llamado «monstruo» a tu palacio.

– No es un palacio. Es un castillo.

– Bueno, tu castillo no es adecuado para los hombres ni para las bestias -dijo, y le guiñó un ojo a la regordeta Caitlin, que se ruborizó intensamente-. Ni para una preciosa señorita -añadió, señalando hacia atrás-. Al suroeste del castillo hay una pradera que llega hasta el acantilado, y será fácil clarearla. En un par de días podemos tener preparado el campamento. Hasta entonces, la gente de Loth Tor estará encantada de hospedarnos -dijo Cu, y sonrió a Elphame descaradamente-. Si eso es de vuestro agrado, mi señora.

Elphame se contuvo para no darle una torta.

– Sí, sí, muy bien. Pero necesito que algunos hombres acompañen a la cocinera jefe y a sus ayudantes. Es importante que las cocinas se arreglen rápidamente -dijo, y le dio un codazo en las costillas-. Los hombres necesitan algo más que carne seca y galletas si tienen que trabajar durante largas jornadas.

Cuchulainn se echó a reír y se agarró el costado. Le gustaba ver a su hermana tan relajada en público. Normalmente, sólo bromeaba con él en privado. Estaría muy bien reconstruir aquel castillo si iba a enseñarla a relajarse.

– Por mucho que me cueste admitirlo, tienes razón, hermana mía. Pondré varios hombres a disposición de tu cocinera -dijo, sonriendo con picardía-. Lo cual significa que tienes que presentármela.

Elphame puso los ojos en blanco, y después llamó a la cocinera jefe.

– Wynne, este molesto joven es mi hermano. Cuchulainn, te presento a la cocinera jefe.

Cuchulainn se inclinó ante ella.

– Me alegro de conocerte, Wynne la del cabello de fuego.

– Lo mismo digo -respondió ella, admirándolo sin disimulo.

– Ahora que sabes su nombre, Cu, envía a varios hombres para que la ayuden. Estarán dentro del castillo, como el resto de nosotros -le dijo Elphame, y lo empujó suavemente hacia la salida.

– Ah, siempre pensando en el trabajo, hermana mía -dijo Cu, e hizo una galante reverencia para todo el grupo-. Señoras, hasta luego.

Las mujeres se inclinaron y se despidieron.

– Mi hermano es un granuja -dijo.

– Sí, pero un granuja endemoniadamente guapo -suspiró Wynne, que todavía estaba mirando la figura de Cuchulainn mientras se alejaba.

Entonces se dio cuenta de que debía de haber traspasado los límites. Se quedó pálida y murmuró una disculpa apresurada.

Elphame agitó la mano para quitarle importancia y dijo:

– Recuerda bien lo de «endemoniadamente» y te ahorrarás mucho dolor de corazón -dijo.

¿Acaso nunca iban a relajarse en su presencia? ¿Siempre iban a comportarse como si ella fuera un ser sagrado? Estaba intentando comportarse con normalidad con aquellas mujeres. ¿No acababa de bromear con Cu delante de ellas?

«Llevará tiempo demostrarles que no soy diferente», se dijo con firmeza. Aquello era su nuevo comienzo, pero tenía que ser paciente. Lo que había sucedido en los años anteriores de su vida no se borraba en un día. Contuvo su frustración y se dirigió nuevamente al grupo.

– Vamos a trabajar. Sé que todas tenéis un talento especial, y lo valoro mucho -dijo, y sonrió a las mujeres, sobre todo a aquéllas a quienes ya conocía, y se dio cuenta de que Brenna ya no estaba cerca de ella. Había vuelto a la parte posterior del grupo-. Pero me temo que todas tendremos que imitar a Meara. Debemos limpiar y ordenar las cosas antes de poder concentrarnos en nuestras habilidades individuales. Así pues, comencemos a despejar la entrada de nuestro futuro hogar.

Sin esperar respuesta, Elphame caminó hacia el hueco que había en las murallas del castillo. Tomó una larga pieza de hierro oxidado, que una vez formó parte de las puertas de la muralla, y tiró de ella valiéndose de la fuerza de sus poderosas patas. El hierro salió de entre la maleza.

Alzó la vista y vio a las mujeres observándola a ella y mirando después hacia las sombras que había en el interior de las murallas del castillo. Estaban ansiosas y asustadas. Sin duda, recordaban los cuentos que les habían contado de niñas sobre la maldición del Castillo de MacCallan. Elphame casi podía ver el reflejo de los fantasmas en sus ojos. Sabía que necesitaban unas palabras de ánimo, pero a ella no se le daba demasiado bien aquello. El discurso que les había hecho a los hombres aquel día había sido una excepción. Todavía estaba demasiado emocionada por haber oído a los espíritus de la piedra del castillo. Dar discursos inspirados era la especialidad de su madre, no la suya.

Sin embargo, tenía que animarlas, y se le ocurrió una idea.

– Creo que es justo que nosotras limpiemos la entrada de nuestra nueva casa. Las mujeres son el corazón del hogar, sea un castillo, un templo o una casa modesta. Las mujeres infunden vida a la familia, como nuestra diosa, Epona, le infunde vida al mundo cada amanecer. Nosotras somos las mujeres de este castillo. Vamos a abrirlo para los vivos, y lo convertiremos en nuestro hogar.

Elphame oyó un suspiro colectivo; sus palabras habían aliviado un poco la tensión del grupo.

Meara se adelantó, agarró una rama seca y la arrojó a la pila que había comenzado Elphame.

– Por lo menos, sabemos que aquí nos necesitan -dijo, con un tono de satisfacción que hizo sonreír a las demás.

– Sí, eso es cierto.

Wynne tiró de una enredadera que estaba en mitad de la entrada. Sin dudarlo, sus ayudantes se unieron a ella. Después, el resto del grupo se puso a trabajar, charlando y riendo, y haciendo bromas sobre cómo las mujeres debían abrirles el paso a los hombres, o de lo contrario, se perdían.

Elphame las observó. Se dio cuenta de que eran un grupo trabajador. Nadie se quejó por tener que ensuciarse las manos. Nadie pidió un descanso. Pensó en lo que había dicho Meara: «Por lo menos, sabemos que aquí nos necesitan». Tal vez fuera eso. Aquellas mujeres tenían algo en común; en sus antiguos hogares, en sus antiguas vidas, no las necesitaban, así que habían ido allí en busca de un sentimiento de pertenencia, de ser necesitadas.

«Siempre tendrán eso conmigo, tendrán un hogar en el que serán necesitadas y apreciadas». Mientras Elphame se hacía aquella promesa, creyó que oía, por un instante, una voz en el viento, una voz que decía: «Bien hecho, Amada».

Capítulo 6

– Es muy oscuro. Da miedo -dijo Caitlin.

Su voz suave reverberó contra las paredes del Castillo de MacCallan, cuya entrada acababan de despejar.

Las mujeres habían dado unos pasos hacia el interior. Habían pasado toda la mañana limpiando el vano de la gran puerta, y había llegado el momento de comenzar la siguiente tarea: entrar al castillo y convertir aquella destrucción en un hogar bien organizado.

Pero primero, Elphame tenía que animar a las tropas. De nuevo.

– No es tan oscuro -dijo-. Lo parece porque todo está cubierto de hollín del fuego. Por no mencionar todos los años que ha pasado abierto a los elementos -añadió, y sonrió a Caitlin-. Pero sólo hace falta darle un buen fregado y una atención cuidadosa, y dejará de ser oscuro.

Caitlin, al igual que el resto de las mujeres, no parecía muy convencida. Elphame supo que debía enfrentarse a lo que estaban pensando, mencionarlo claramente para poder solucionar el problema.

– Y, en cuanto a la maldición -dijo-, no existe. Me lo ha asegurado la misma Encarnación de Epona, y me lo dice mi intuición. Aquí hay mucha belleza, y sólo tenéis que buscarla. Por favor, no permitáis que los cuentos que os contaban de niñas estropeen vuestra confianza en nuestro nuevo hogar -«ni en mí», pensó.

– Yo nunca he tenido miedo de esos cuentos, mi señora.

Elphame reconoció la voz de la mujer. Era Brenna, que salió de su acostumbrado lugar al final del grupo.

– Sin embargo -continuó Brenna-, creo que algunas veces la fantasía y la imaginación pueden ser más poderosas que la realidad. Por eso, es sabio disipar esos fantasmas irreales antes de que puedan enturbiar lo que es real.

A Elphame le gustaba la manera de hablar calmada y segura de Brenna.

– ¿Y qué sugieres, Brenna?

– Creo que estaría bien llevar a cabo una sencilla ceremonia de purificación, que limpie las energías negativas y nos proteja y nos dé la bienvenida al castillo.

Las otras mujeres estaban observando a Brenna con curiosidad y alivio.

– Dinos lo que necesitas -le dijo Elphame.

– La ceremonia es simple. Sólo necesitamos albahaca y agua fresca.

– Tal vez pueda encontrar albahaca silvestre en el huerto de las cocinas -dijo Wynne.

– Las hierbas son resistentes. Es posible que encuentres albahaca, si encuentras el huerto -respondió Brenna.

– Yo puedo encontrar el huerto en cualquier castillo -dijo Wynne.

– Y también debería haber algún recipiente en el que podamos traer el agua -apostilló Meara-. Este sitio estaba lleno de gente, y donde hay gente, tiene que haber recipientes.

– Buenas ideas, Wynne y Meara. La mitad de vosotras, marchad con nuestra cocinera jefe en busca de la albahaca, y la otra mitad, acompañad a Meara a buscar algún cubo o una vasija en la que traer agua -dijo Elphame con energía-. Después traed aquí lo que hayáis encontrado.

Elphame no esperaba que reaccionaran tan rápidamente, pero las mujeres hicieron dos grupos y se adentraron en el castillo. Sí, hablaban y se reían en voz alta, como si quisieran ahuyentar a cualquier cosa que anduviera entre las sombras, pero habían entrado en el edificio sin temblar ni gritar de miedo. Elphame recordó que, aquella misma mañana, los hombres y los centauros se habían negado a seguir a Danann al interior de los muros del castillo. En aquel momento, las voces de las mujeres rebotaban en aquellos muros. Era un paso en la dirección adecuada.

– A veces, el miedo puede superar al sentido común y dificultar tareas familiares y sencillas -dijo Brenna suavemente. No se había marchado con las mujeres. Elphame y ella estaban solas a la entrada del castillo.

Elphame sonrió.

– Ha sido muy inteligente pensar en la ceremonia de purificación. A mí sólo se me ocurría decirles que era una tontería asustarse de un lugar que proporciona tantas esperanzas para el futuro. Quería gritarles y obligarlas a que entendieran que esas historias no son ciertas. Tú lo has hecho mucho mejor.

– No, mi señora. Sólo más fácil de entender para ellas.

– ¿Eres Chamán? -preguntó Elphame con curiosidad.

Brenna sonrió.

– Me halaga que lo penséis, pero no, mi señora. No puedo curar el espíritu como un Chamán, pero sé que para poder curar la carne debo tener ciertos conocimientos del reino de los espíritus.

Elphame sonrió todavía más.

– Hablas como mi padre, aunque él dice lo contrario. Él no puede sanar el cuerpo, pero debe tener ciertos conocimientos físicos para poder curar los problemas del espíritu.

– Midhir es el Sumo Chamán. Sólo he estado una vez ante él, pero en aquella ocasión me mostró una bondad que nunca olvidaré.

– No sabía que conocieras a mi padre.

– No lo conozco en realidad, mi señora. Como he dicho, sólo he estado una vez ante él.

Elphame asintió.

– ¿De dónde eres, Brenna?

– Vivía en el Castillo de la Guardia.

– Me alegro de que decidieras venir con nosotros, pero espero que en el Castillo de la Guardia no echen demasiado de menos a su Sanadora.

Brenna apartó la mirada, pero antes de que lo hiciera, Elphame percibió un reflejo de dolor en sus ojos.

– Había llegado la hora de que me marchara. Debía comenzar de nuevo.

– Creo que te entiendo -murmuró Elphame.

Brenna la miró, y abrió la boca para decir que Elphame, con su rostro perfecto y bello, no podía entenderla. Sin embargo, no pudo pronunciar aquellas palabras, y no porque sintiera miedo de aquella mujer poderosa. Lentamente, recorrió con la vista el cuerpo de Elphame. Iba vestida como el resto de las mujeres, con un vestido de lino sencillo y práctico, que terminaba, como era costumbre en Partholon, por encima de las rodillas. Allí, Brenna detuvo la mirada. Elphame iba vestida como el resto de las mujeres, pero en aquel punto terminaban las similitudes. En vez de unas rodillas esbeltas y las pantorrillas bien formadas de una mujer, Elphame tenía unas patas equinas poderosas, cubiertas por un pelaje brillante de color caoba. Aquellas patas increíbles terminaban en dos cascos que brillaban como el ébano pulido.

No era humana, pero tampoco era una mujer centauro. Era alguien que estaba aparte de todos los demás en Partholon. Brenna elevó la vista y se encontró con la de Elphame.

– Sí, creo que vos podéis entenderme bien -dijo lentamente.

Y aquellas dos mujeres únicas se sonrieron con timidez.

Las mujeres volvieron mucho más rápidamente de lo que Elphame había previsto. El grupo de Meara había encontrado dos recipientes que podían usarse, un cubo y una vasija que habían escapado al fuego.

– Es evidente que ninguno se ha lavado durante años -dijo Meara-. Habrá que restregarlos bien, como a todo el castillo.

Elphame reprimió una sonrisa. Evidentemente, Meara era la mejor elección para encabezar un grupo de formidables limpiadoras, y era mejor que estuviera refunfuñando por todo el trabajo que tenían por delante que preocupándose por una maldición imaginaria.

– Hay un riachuelo cerca de aquí que cae desde el bosque al océano por los acantilados -dijo una de las mujeres.

– Eres Arlene, ¿verdad? -le preguntó Elphame.

La mujer asintió con timidez.

– Sí, mi señora. Me crié en Loth Tor, y conozco bien esta zona.

– Bien. Puedes mostrarle a Meara dónde está ese riachuelo. Meara, llévate a las mujeres que necesites para limpiar bien esos recipientes.

Con un gruñido de satisfacción, Meara les hizo un gesto a varias de las mujeres, y todas ellas se marcharon.

– Y yo he encontrado mucha albahaca -dijo Wynne.

Abrió la falda y dejó caer al suelo varias plantas de albahaca, y el aire se llenó de su aroma. Elphame inhaló profundamente, y se dio cuenta de que varias de las otras mujeres hacían lo mismo. Sonrió.

– También he encontrado las cocinas -prosiguió Wynne-. Están en mal estado -dijo con el ceño fruncido-. No va a ser fácil, pero creo que podremos repararlas. Los cimientos son fuertes, y la mayor parte sobrevivió al incendio.

Sin ninguna explicación, a Elphame se le llenaron los ojos de lágrimas al oír a Wynne. Pestañeó rápidamente, porque no quería que las mujeres malinterpretaran su respuesta emocional. Cuando estuvo segura de que no se le iba a quebrar la voz, respondió:

– Creo que vamos a encontrarnos con eso muchas veces en nuestro nuevo hogar. Los cimientos son fuertes, y ha sobrevivido gran parte de él.

Las mujeres asintieron, y Elphame notó que volvían a llenársele los ojos de lágrimas.

– ¡El! ¿Estás lista ya para recibir a los hombres? -preguntó Cuchulainn desde detrás de ellas, con su voz resonante, y las mujeres se sobresaltaron.

Cu le guiñó un ojo a Wynne, que estaba intentando sacudirse la tierra y las hojas de albahaca que se le habían quedado prendidas a la falda.

– Cuando les dije a los hombres que esto estaba lleno de mujeres guapísimas, hubo muchos voluntarios.

– Sí, sí, Cuchulainn, ya nos hacemos una idea -dijo Elphame-. Casi estamos listas para reunirnos con ellos, pero primero tenemos que llevar a cabo una ceremonia de purificación.

– ¿Una ceremonia de purificación?

– Sí. Nuestra nueva Sanadora ha pensado que sería una idea inteligente hacer un ritual de purificación y de protección antes de comenzar a trabajar en el interior del castillo. Y yo estoy de acuerdo con ella.

Cuchulainn fue quien frunció el ceño en aquella ocasión.

– Es una ceremonia sencilla, Cu. No vamos a hacer ningún encantamiento, ni a conjurar guías espirituales. Deja que te presente a la Sanadora…

Su voz se apagó. Un momento antes, Brenna estaba a su lado, pero ahora su lugar estaba vacío. Elphame recorrió el grupo de mujeres con la vista, y vislumbró a Brenna al final. De nuevo, se había deslizado en silencio hasta la parte trasera del grupo.

Elphame tuvo ganas de gruñir de frustración. Si iba a ser su Sanadora, tenía que dejar de esconderse cada vez que se acercara un hombre. ¿Qué pensaba Brenna, que su hermano iba a echarse a temblar de miedo o a gritar al verla? Entonces, Elphame recordó la mirada de la joven cuando le había dicho que necesitaba un nuevo comienzo. Tal vez aquélla era la respuesta que se esperaba, sobre todo por parte de un hombre joven y guapo. Pero Brenna no conocía a Cuchulainn como ella; tal vez a su hermano le encantara flirtear, pero tenía buen corazón. Él nunca le haría daño a una mujer deliberadamente.

– Brenna -dijo Elphame-. Me gustaría presentarte a mi hermano.

La Sanadora se acercó lentamente. Tenía la cabeza agachada, y no la alzó hasta que llegó junto a Elphame. Después, con un suspiro, miró hacia arriba. Elphame estaba observando a su hermano, y vio que su expresión se volvía grave al ver por primera vez las terribles cicatrices de la muchacha. Sin embargo, Cuchulainn no se estremeció, ni apartó la vista.

– Cuchulainn, te presento a nuestra nueva Sanadora, Brenna.

– Encantado, Brenna -dijo Cu, inclinando cortésmente la cabeza.

– Pensaba que debíais conoceros. Ya le he dicho a Brenna que tienes mucha tendencia a hacerte heridas -dijo Elphame, mirando con calidez a Brenna, que estaba muy concentrada observándose los pies.

– Estaré encantada de ayudar siempre que sea necesario -dijo Brenna.

– Como he dicho antes, Brenna tuvo la idea de realizar una ceremonia de purificación -prosiguió Elphame, mirando a las demás mujeres-. Y nosotras hemos pensado que era buena idea.

– ¿Eres Chamán, Brenna? -preguntó Cuchulainn.

Brenna alzó la mirada de mala gana y miró al guapo guerrero.

– No, mi señor, no lo soy. Pero tengo algunos conocimientos del mundo de los espíritus, y estoy familiarizada con los rituales que invocan su bendición.

– Bien. Creo que es sabio que pidamos ayuda a los espíritus para restaurar el Castillo de MacCallan.

Elphame pestañeó de la sorpresa. ¿Qué estaba diciendo? Cu odiaba cualquier mención del reino de los espíritus, porque siempre se sentía incómodo al hacerla. Ella lo miró con los ojos entornados.

– Cu, ¿te encuentras bien?

Antes de que él pudiera responder. Meara y su grupo de mujeres hicieron aparición. Tenían los brazos y la falda empapados, y llevaban los dos recipientes recién limpios y llenos de agua brillante. Al ver a Cuchulainn, se detuvieron e hicieron reverencias apresuradas, riéndose nerviosamente mientras el agua salpicaba el suelo.

Cu sonrió a las mujeres.

– ¿Cómo no iba a estar bien, rodeado de tantas caras bonitas?

Ya parecía más él mismo. Elphame sacudió la cabeza y le dijo que se callara, pero pensó que después iba a preguntarle por qué necesitaba repentinamente el apoyo espiritual.

– Ya puedes marcharte, Cu -le dijo, y se volvió hacia la Sanadora-. Brenna, ¿qué es lo que tenemos que hacer?

– Tomad la albahaca y aplastadla dentro del agua.

Mientras iba explicando la ceremonia, su voz pasó de ser el susurro con el que había hablado con Cuchulainn a la voz clara y segura de una Sanadora, la Sanadora a la que Elphame estaba empezando a respetar.

– Todas las mujeres deben tomar parte en esto. Todas debéis tomar algunas hojas de albahaca y meterlas en el agua. Al hacerlo, debéis concentraros en todas las cosas maravillosas que os gustaría que tuviera vuestro nuevo hogar.

Brenna llamó a Meara, que estaba junto a los recipientes. La muchacha tomó una rama de albahaca, la metió dentro del agua fresca y aplastó las hojas. Después agitó suavemente el agua.

– Bien -dijo Brenna.

– Es suave y frío, y huele muy bien -les dijo Meara al resto de las mujeres. Sin más titubeos, Wynne, Ada y Colleen tomaron algunas hojas y, en poco tiempo, el cubo y la vasija estaban rodeados de mujeres sonrientes que tenían los brazos hundidos hasta los codos en el agua.

– Cerrad los ojos -les dijo Brenna-, y pensad en lo que soñáis para vuestro nuevo hogar. Pensad en lo que deseáis.

Ellas lo hicieron, y Elphame observó que el semblante de las mujeres viajaba muy lejos. Tenían sonrisas de satisfacción en los labios.

– Debemos hacer lo mismo, mi señora -dijo Brenna.

Elphame asintió. Tomó una ramita de albahaca y se colocó entre Meara y Caitlin. Ninguna de las dos se sobresaltó ni se apartó de ella. Las mujeres estaban tan absortas en sus pensamientos que nadie se dio cuenta de que Elphame se acercaba. Ella cerró los ojos y metió las manos en el agua, y estrujó la albahaca.

Al instante, pudo oír los deseos de las mujeres que la rodeaban. Era como si el agua actuara como un conductor de pensamientos y sueños.

«Por favor, trae felicidad a mi hogar… Deja que conozca la alegría de tener un buen marido… Quisiera tener hijos… Por favor, no dejes que pase hambre… Quiero estar segura siempre… Quiero que me acepten como soy…».

Sus plegarias llegaron a Elphame en una ráfaga de emoción, y ella las acercó a su corazón y las atesoró. Después añadió su propio deseo, y casi sin darse cuenta, se apartó del anhelo de poder encajar, de ser normal. Por primera vez, su deseo fue otro que no estaba centrado en sí misma.

«Por favor, permite que los que entren en el Castillo de MacCallan encuentren un refugio seguro, y ayúdame a ser una líder comprensiva y sabia».

– Ahora, vos debéis completar el resto de la ceremonia, Diosa -le dijo Brenna.

Al oírlo, Elphame sintió un escalofrío. Había pensado que Brenna dirigiría toda la ceremonia. Ella nunca había llevado a cabo ningún tipo de ritual mágico. Incluso durante su educación en el Templo de la Musa, había evitado el entrenamiento de los encantamientos y la invocación de las deidades. Sabía que las otras estudiantes lo comentaban porque les parecía extraño, pero habían llegado a la conclusión de que lo evitaba porque era tan poderosa que no necesitaba una guía mortal, que ya estaba en comunión con el reino de los espíritus. La gente esperaba que siguiera los pasos de su madre y se convirtiera en la Elegida de Epona, y que reinara como la líder espiritual de Partholon. Con sólo pensarlo, Elphame se sentía enferma porque, desgraciadamente, la verdad estaba muy lejos de lo que ellos pensaban. Aunque lo había deseado, nunca había sentido la magia, ni de los espíritus, ni de los dioses, ni de Epona. No le serviría de nada estudiar la magia. No tenía magia, aparte de sus anormalidades físicas.

Hasta que había entrado al Castillo de MacCallan y había recibido el saludo de las piedras, pensó. Allí, las cosas eran distintas. El Castillo de MacCallan era un nuevo comienzo para todos ellos. Eso no significaba que ella fuera a ocupar el lugar de su madre. Significaba que por fin había encontrado su lugar. Dejando a un lado las inseguridades que la habían angustiado durante años, miró a Brenna a los ojos.

– ¿Qué debo hacer? -preguntó Elphame.

– Tenemos que llevar los recipientes a la entrada del castillo -dijo Brenna, y la tarea se realizó rápidamente. Ella situó los recipientes en el interior del hueco de las murallas y le dijo a Elphame que se situara entre ellos. Las otras mujeres se quedaron justo a la salida-. Ahora, debéis llamar a cada uno de los cuatro elementos por turno. Aire, fuego, agua y tierra. Pedidles que limpien este castillo y que lo llenen de protección, mientras salpicáis con agua perfumada en dirección a los cuatro puntos cardinales. No hay unas palabras determinadas que debáis recitar, tan sólo debéis decir lo que os salga del corazón. Nosotras os seguiremos, Diosa.

Después, Brenna le dio la espalda a Elphame y las mujeres hicieron lo mismo. Todas estaban de cara al este.

«El este…», pensó Elphame frenéticamente. El este era el comienzo de la dirección de todos los encantamientos. Su elemento era el aire. Y el este era la dirección en la que estaba orientado el castillo. Debía de ser un buen presagio.

Cerró los ojos, se concentró, y le envió una plegaria fervorosa a Epona.

«Epona, si puedes oírme, no voy a pedirte que me hables como hablas a mi madre. No espero eso. Sólo quiero pedirte que me ayudes a no decepcionar a estas mujeres, y ayúdame a honrar a los espíritus que he comenzado a sentir hoy. Por favor, enséñame las palabras más adecuadas para bendecir nuestro nuevo hogar».

Podía hacerlo. Abrió los ojos y se inclinó para tomar un poco de agua perfumada de albahaca entre las manos.

Se incorporó, miró hacia el este y permitió que el agua se le resbalara entre los dedos.

– Apelo a ti, Poder del Aire, para que seas testigo de este ritual. Eres el elemento que encontramos al nacer, cuando respiramos por primera vez. Te pido que llenes el Castillo de MacCallan mientras renace y que ahuyentes las fuerzas negativas de su cercanía. Infúndeles a estas murallas protección y paz.

De repente, la brisa movió la larga melena de Elphame. La hizo girar, de un modo juguetón, a su alrededor; atrapó las gotas de agua e hizo que bailaran en el viento, mostrándole así a Elphame, con claridad, que sus palabras habían sido escuchadas y aceptadas. La sonrisa de respuesta de Elphame estaba llena de alegría y asombro.

Después de que el viento cesara, ella respiró profundamente y se volvió hacia el sur, la dirección del fuego. El grupo de mujeres la imitó. Ella tomó más agua y la alzó.

– Apelo a ti, Poder del Fuego, para que seas testigo de este ritual. De ti obtenemos el calor, la luz y la energía. Tu fuerza ya ha purificado el Castillo de MacCallan. Te pido que continúes protegiéndolo, y a todos nosotros también, mientras lo convertimos en nuestro hogar.

Mientras hablaba, notó que los rayos del sol la calentaban, la atravesaban y llegaban hasta su alma.

Elphame y las mujeres giraron hacia la derecha nuevamente. Ella se llenó las manos de agua.

– Apelo a ti, Poder del Agua, para que seas testigo de este ritual. Tú estás presente en nuestro cuerpo en forma de lágrimas, leche y sangre. Nos llenas y nos sostienes. Lava todo el dolor antiguo del Castillo de MacCallan. Límpialo y llénalo con la alegría del presente mientras continúa erguido, vigilante como siempre, sobre tu costa.

El sonido distante de las olas rompiendo en lo más profundo del acantilado se intensificó de repente y resonó con fuerza por las murallas del castillo.

Cuando el sonido se acalló, Elphame giró de nuevo y se situó hacia el norte, el elemento de la tierra, de manera que completó el círculo.

– Apelo a ti, Poder de la Tierra, para que seas testigo de este ritual. Tú nos estabilizas y nos das refugio. Sentimos tu espíritu en las piedras de este castillo. Te pido que uses tu enorme poder para ahuyentar las energías negativas que puedan permanecer todavía en el Castillo de MacCallan, y que lo protejas con la fuerza de un nuevo crecimiento y de una antigua sabiduría.

La hierba sobre la que estaban se meció como si una mano gigante e invisible acabara de pasar sobre ella, y el aire que las rodeaba se llenó de la fragancia de una cosecha abundante.

Entonces, por impulso, Elphame se inclinó otra vez. Volvió a echar agua al aire hacia el cielo, y dijo con alegría:

– Y apelo a ti, Epona, para que seas testigo de este rito y le concedas al Castillo de MacCallan, nuestro nuevo hogar, tus bendiciones y tu protección.

Las gotas de agua explotaron alrededor de Elphame como si fueran estrellas líquidas, y todas las mujeres prorrumpieron en vítores.

– ¡Venid! -exclamó Brenna, y se acercó a uno de los recipientes de agua y albahaca, en el que hundió las manos con una sonrisa-. Vamos a bautizar nuestro nuevo hogar.

Entonces, salpicó las piedras, y las demás mujeres, entre risas y gritos de alegría, tomaron agua en las manos y, mientras la lanzaban contra la muralla, lavaron el último de sus miedos.

Cuchulainn, que estaba escondido en el bosquecillo que había junto a la entrada del castillo, observó a las mujeres. Aquel ritual de purificación había sido muy poderoso, eso estaba claro. Él apenas podía creer que fuera su hermana la que había pronunciado aquellas palabras y hubiera invocado un poder tan evidente y elemental. Sin embargo, tenía que creerlo. Acababa de verlo. Y el poder que tenía en su interior, aquel poder que tenía que reprimir y controlar con constancia, había saltado en respuesta al ritual mágico de Elphame, que evidentemente había contado con la bendición de Epona. Él había sentido la purificación, y cómo se erigían los muros invisibles de protección, como un círculo alrededor del Castillo de MacCallan.

Cuchulainn había pensado que tal vez estuviera sintiendo el residuo psíquico de la ira de Epona hacia los invasores Fomorian.

Más de un siglo antes, la Guerra Fomoniana había empezado con la matanza del Castillo de MacCallan, algo que había enfurecido a Epona, tanto, que la Elegida de Epona había reunido a las gentes de Partholon. Los centauros y los humanos habían unido sus fuerzas para derrotar a la horda de demonios. ¿Era aquél el motivo por el que Epona había marcado el ritual de su hermana? ¿Para mostrar su aprobación por la reconstrucción del castillo? ¿Era tan sencillo?

No. Él sabía que había algo más, algo que había estado presente en el rito. Y por mucho que intentara descifrarlo, no podía. Era algo esquivo, pero sabía lo que le recordaba. Era muy parecido al presentimiento que había experimentado durante la visión del que iba a ser el compañero en la vida de Elphame. Era oscuro. Era expectante. Y estaba allí.

Cuchulainn también estaba allí, y él protegería a su hermana de cualquier daño. Aunque aquel peligro proviniera de quien estaba destinado a amarla.

Posó la mano sobre la empuñadura de la espada. Con gesto grave, se dio la vuelta, y con ojos vigilantes observó el bosque, buscando lo que temía que fuera a romperle el corazón a Elphame.

Capítulo 7

Elphame pensó que olían como un huerto lleno de albahaca después de la lluvia. Se apartó un mechón de pelo mojado de la cara y sonrió. Las mujeres, y el castillo también, se habían purificado. Había sido un descanso muy agradable, y un ritual maravilloso. Elphame miró al cielo. El sol se estaba poniendo muy deprisa, y ella tuvo que contener un suspiro de frustración, puesto que la llegada de la noche detendría su trabajo. Rápidamente, estableció las prioridades. Lo primero que había que hacer era arreglar las cocinas.

Entonces se le pasó algo por la mente. «Limpia el patio principal. Deja que el corazón del castillo lata de nuevo». Elphame se quedó sorprendida. ¿Había pensado aquello por sí misma? No, «pensar» no era la palabra exacta. Había sentido un deseo repentino y acuciante de limpiar el patio.

– Mi señora, ¿cuál es nuestra siguiente tarea?

Elphame sonrió a Brenna. Después les hizo un gesto a todas las mujeres para que se acercaran. Buscó y encontró a Wynne.

– Vamos a poner en funcionamiento la cocina. Reconstruir un hogar da mucha hambre.

Wynne sonrió.

– Sé dónde está.

– Muéstranos el camino.

Las mujeres se pusieron a caminar por el castillo, sin titubeos, sin dudas. Sin risas nerviosas. Era como si el aire se hubiera liberado de las telarañas emocionales del pasado.

Elphame sabía que Cuchulainn iba a decirle que era una idealista y una boba, pero ella se sentía muy feliz.

Las mujeres entraron al patio principal y, de repente, su charla cesó. La columna central del Castillo de MacCallan se erguía ante ellas imponente, alzándose hasta una altura majestuosa por encima de sus cabezas. Elphame se separó del grupo y se acercó a ella. Sin embargo, en aquella ocasión no posó las manos en la piedra. Se volvió hacia el grupo.

– Ésta es la columna central del Castillo de MacCallan -les explicó-. Recordad siempre que éste fue el hogar del honorable El MacCallan. Eran guerreros, pero también eran poetas y artistas. Muchas Elegidas de Epona tenían sangre MacCallan en las venas. Reverenciaban la belleza y la verdad, y por eso Epona mostró tanta rabia ante su destrucción -dijo, y señaló la columna-. Si miráis con atención, bajo las capas de suciedad y hollín podéis ver los símbolos de lo que era importante para los MacCallan. Criaturas y plantas del bosque, y el símbolo de El, una yegua encabritada, todo ello labrado en la piedra.

Varias de las mujeres asintieron y se acercaron para mirar con curiosidad el inmenso pilar.

– Deberíamos limpiarlo, para que pudiera apreciarse su belleza -dijo Meara.

– Así será -le respondió Elphame-. Limpiaremos todo este patio. Mirad el suelo -les indicó, y ellas obedecieron. Elphame no se paró a pensar que estaba llamando su atención hacia su excepcional cuerpo, y con uno de los cascos, apartó algo de tierra de la que cubría el suelo-. Debajo de toda esta suciedad hay un precioso mármol. Cuando esté limpio, brillará como los salones color perla del Templo de Epona.

Las mujeres se pusieron a hablar con excitación mientras observaban el tesoro oculto que había bajo sus pies.

«El corazón del castillo», pensó Elphame. La reacción de las mujeres daba a entender que a ellas también les había conmovido. «Pronto», le prometió a la columna manchada.

– Llévanos a las cocinas, Wynne -dijo después.

La cocinera comenzó a caminar decididamente por el patio, y atravesó un arco que comunicaba con una enorme estancia. Allí se detuvo.

En el Gran Salón, el techo estaba construido de la misma piedra gris que las paredes del castillo, así que el fuego no lo había consumido, pero todo estaba ennegrecido, y la enorme habitación estaba oscura y triste. Había madera quemada, seguramente de las mesas que una vez se usaron en los banquetes, y que estaban situadas junto a un marco que abarcaba desde el suelo al techo, y que debió de ser una cristalera que permitía que los habitantes del castillo comieran con la vista del austero patio principal del castillo.

Ya sólo quedaban escombros, pero Elphame vio los huesos sólidos del castillo, y por el brillo de los ojos de las mujeres se dio cuenta de que ellas también entendían el potencial de aquel salón.

– Hay dos entradas desde la cocina al Gran Salón -dijo Wynne-. Una está allí, y la otra, allí -explicó, y señaló dos huecos, cada una a un extremo de la pared más alejada-. Están comunicadas por una sala que se abre a la cocina -añadió, y miró a sus tres ayudantes-. Deberíamos elegir una de las puertas como entrada, y la otra como salida. De ese modo, no habrá accidentes.

Las ayudantes asintieron. Elphame tuvo que contenerse para no gritar de alivio. ¡Estaban empezando a verlo como un castillo habitado, vivo!

Como la cocina era parte del Gran Salón, su techo de piedra también estaba intacto, pero, como el resto del castillo, la sala estaba patas arriba. Elphame oyó el aleteo de los pájaros y los ruidos de otras pequeñas criaturas que huían, y supuso que una tribu completa de animales había tomado los enormes hogares de la cocina como residencia. Había hornos de ladrillo a lo largo de toda una pared, y cuando Wynne miró el interior de uno de ellos, la ardilla que lo habitaba saltó y se escabulló con pánico, y la cocinera soltó un gritito que se transformó en una carcajada.

– Seguramente ha pensado que yo era una rama de albahaca gigante y empapada -dijo, y el resto de las mujeres se echaron a reír con ella.

En la otra pared había un gran fregadero y una bomba de agua oxidada. A ambos lados de la bomba había armarios de piedra, y en el centro de la habitación había una gran isla de mármol cubierta de hojarasca y montoncitos sospechosos.

– Y bien, hermana mía, ¿qué hay de cena? -le preguntó Cuchulainn al oído.

Ella dio un respingo.

– ¡Tu pellejo, si vuelves a asustarme así!

– Su pellejo sería demasiado duro como para masticarlo, Diosa -dijo alguien de entre la multitud de hombres y centauros que esperaban tras él.

– Vaya, parece que aunque ha pasado poco tiempo, ya te conocen -dijo Elphame.

Cu alzó las manos.

– He venido en son de paz.

– Espero que hayas venido a trabajar.

– Eso también -dijo él-. Danos órdenes y las cumpliremos.

– En realidad, no soy yo quien debe darte órdenes, sino nuestra cocinera.

Cuchulainn se dio la vuelta con los ojos relucientes y miró a la pelirroja. Elphame notó que otros jóvenes también miraban a la cocinera con apreciación.

Wynne se ruborizó, pero aquélla fue la única señal de que tanta atención le agradaba. Irguió los hombros, se plantó las manos en las caderas y comenzó a dar órdenes.

– Podéis empezar a limpiar los hogares y los hornos. Algunos debéis subir al tejado para aseguraros de que los tiros no están atascados, y reparar las piedras que se hayan soltado. También debéis reparar esta bomba, y necesito que traigáis trapos, cubos y jabón para la limpieza general -dijo.

La habitación estalló en actividad.

Elphame se apartó rápidamente.

– Vamos, Cu -le dijo a su hermano, agarrándolo del brazo-. Quiero que me ayudes.

– ¿Adónde vas?

– Al patio principal. Algo me dice que es muy importante restaurarlo cuanto antes.

Cuando iban a salir de las cocinas, Brenna se acercó a ellos.

– ¿Puedo acompañaros, mi señora?

La Sanadora había salido de una zona en sombras que había al otro extremo de la cocina, y Elphame vio que varios de los hombres apartaban la vista de su cara.

– Por supuesto, Brenna -dijo Elphame.

– Yo también preferiría que vinieras -dijo Cu-. Como ha dicho mi hermana, a menudo necesito los servicios de una buena Sanadora.

Elphame sintió un arrebato de cariño por su hermano. Sus palabras hicieron que los hombres miraran de otro modo a la mujer, mostrándoles que él, como su hermana, la valoraba y la respetaba.

Brenna no respondió. Bajó la cabeza para que su pelo escondiera la mayor parte de su cara, y los siguió apresuradamente mientras salían de las cocinas.

Los tres llegaron al patio principal. A través del agujero del techo quemado pudieron ver que estaba anocheciendo rápidamente, y que el azul del cielo se estaba convirtiendo en naranjas y violetas. La belleza del aquel anochecer contrastaba con la destrucción y las ruinas que había en aquel patio. El suelo de mármol estaba cubierto de ramas de árboles y de suciedad. Había montones de vigas de madera del techo, carbonizadas, por todas partes, y sobre todo en el centro del espacio. Elphame recordó algo. Algo sobre el patio central del castillo…

– Brenna, Cu, vamos a ver si podemos apartar estas vigas del centro.

Sin esperar su respuesta, se acercó al montón de madera quemada y comenzó a trabajar. Pronto, Elphame tiró de una viga larga y dejó a la vista el borde de un pilón.

– ¡Sí! ¡Sabía que había algo aquí debajo! -exclamó con satisfacción.

Entonces redoblaron sus esfuerzos hasta que de entre los escombros salió una delicada estatua. Era la figura de una muchacha adolescente. Estaba en pie en mitad de la pila, sujetando un recipiente grande del que parecía que estaba derramando libaciones.

– ¡Es una fuente! -exclamó Brenna.

– Mírala, El. Tiene algo que…

Cu se acercó a la fuente para mirar de cerca la estatua. Con un pliegue de su kilt frotó la cara de la figura, y limpió una parte de mármol blanco que apareció luminoso y fantasmal. Cuchulainn tomó aire bruscamente, con asombro.

– Se parece a ti.

Capítulo 8

Elphame miró fijamente la estatua. Realmente, se parecía a ella. Tenía sus mismos pómulos, sus labios carnosos y sus cejas arqueadas y finas.

– Lady Rhiannon -dijo Brenna-. Esta fuente debe de ser una estatua de Lady Rhiannon cuando era niña. Ahora lo recuerdo. Antes de que se convirtiera en la Encarnación de Epona, vivía aquí. Era la única hija de El MacCallan, y era…

– Mi antepasada -dijo Elphame.

– También era una gran guerrera -intervino Cuchulainn mientras observaba atentamente la estatua-. Con su liderazgo, los Fomorians fueron derrotados y expulsados de Partholon.

– No debemos olvidar que Lady Rhiannon tuvo ayuda de su compañero, el Sumo Chamán ClanFintan.

Elphame miró a su alrededor sorprendida, intentando localizar a la mujer que había hablado desde el otro extremo del patio. Era una mujer centauro, y debía de ser una Cazadora para haber podido acercarse a ellos tan sigilosamente. Cuchulainn ni siquiera se había dado cuenta de que se aproximaba. Al pensarlo, Elphame sintió una gran alegría. ¡Se había unido a ellos una Cazadora!

– Tienes razón al corregirme, Cazadora -dijo Elphame formalmente-. Mi padre hubiera hecho lo mismo.

– No quería corregiros, Diosa, sólo recordároslo.

A medida que la Cazadora se acercaba a la luz que iluminaba la zona de alrededor de la fuente, Elphame se iba asombrando más y más por su belleza. La parte equina de su cuerpo era de color claro, con matices crema y rubio tan claro que parecía plateado. Elphame recordó el pelaje brillante de la Yegua Elegida de Epona. Nunca había visto un centauro con aquel color tan espectacular. Incluso sus cascos eran blancos como la nieve. Tenía la piel de alabastro, y llevaba el chaleco tradicional de los centauros. Su rostro era un estudio de perfección clásica. Elphame miró sus ojos, que eran de un asombroso color violeta.

La mujer centauro se detuvo ante ella e hizo una reverencia elegante.

– He venido a ofreceros mis servicios de Cazadora, Diosa Elphame, y también al Castillo de MacCallan. Soy Brighid Dhianna.

– Eres del clan de los Dhianna -dijo Cu, con una expresión grave y en un tono áspero.

– Soy de ese clan. Pero no tengo las mismas ideas.

Elphame entendió aquellas palabras. Entre los centauros había una corriente, cada vez más numerosa, de los que rechazaban el contacto con los humanos. Rara vez salían de las Llanuras de los Centauros, y rechazaban a los centauros que vivían en las comunidades humanas, porque los consideraban poco más que animales domésticos. Recordó a sus padres hablando de las implicaciones de aquella ideología segregacionista, y el disgusto de su padre centauro al referirse a ella. Y también recordó que él había mencionado al clan de los Dhianna, cuya poderosa líder Chamán apoyaba incondicionalmente aquella ideología. Eso explicaba el semblante serio de Cu.

– Brighid Dhianna, si estás buscando un nuevo comienzo, te doy la bienvenida al Castillo de MacCallan -dijo Elphame con solemnidad.

La Cazadora la miró directamente, sin vacilar.

– Sí, Diosa, busco un nuevo comienzo.

– Bien, entonces puedes empezar por llamarme Elphame y tutearme -dijo Elphame con energía-. Este guerrero de aspecto fiero es mi hermano, Cuchulainn -añadió, y Cu asintió con frialdad para saludar a la Cazadora-. Y ésta es nuestra Sanadora, Brenna.

Elphame se sintió agradada al ver que Brighid no se inmutaba al mirar a Brenna.

– Empieza a apartar vigas, Brighid. Está anocheciendo y me gustaría despejar esta fuente antes de que se vaya toda la luz.

Elphame se volvió hacia el montón de escombros, haciendo caso omiso de las miradas de desconfianza que se dedicaban su hermano y la Cazadora.

– ¡Ya está bien, El! Puedes seguir mañana. Todo el mundo se ha marchado ya, incluso tu cocinera tiránica y sus arpías están de camino hacia Loth Tor para tomar una comida caliente y echarse a dormir -dijo Cuchulainn con exasperación, ante la ilimitada energía de su hermana.

La Cazadora y él acababan de sacar otra parihuela llena de escombros del patio a la pila, cada vez mayor, que estaban creando en el exterior del recinto amurallado. Y Cuchulainn había vuelto al patio, no se había encontrado a Brenna y a su hermana recogiendo los cubos y preparándose para marchar. Su testaruda hermana estaba llenando otro cubo.

– Cu -le dijo ella, sin mirarlo-. ¿Por qué no te adelantas? Yo voy a sacar esto, y me pondré en camino -dijo, mirando el cielo a través del agujero del techo. Estaba a punto de anochecer.

– No. Todos los demás se han marchado. No quiero que vayas sola por el bosque.

– Oh, por favor. Ha habido gente yendo y viniendo de Loth Tor todo el día. No creo que ni siquiera se hayan quedado las ardillas, con tanto ajetreo y tanto ruido.

– Además, no va a estar sola. Yo iré con ella -dijo la Cazadora.

– Y yo -añadió Brenna.

Elphame arqueó una ceja y miró a su hermano.

– ¿Contento? No voy a estar sola.

Él refunfuñó, y después añadió con firmeza:

– Si no has vuelto a la Posada de la Yegua cuando sirvan la cena, vendré a buscarte. Y quédate con esto -dijo, y se desabrochó el cinturón. En él había una funda que contenía una de las dagas letales de Cuchulainn. Se lo lanzó a Elphame, que lo atrapó con habilidad-. Ya te he dicho más veces que deberías llevar un arma.

Se dio la vuelta y, murmurando algo sobre las mujeres tercas, salió del patio.

– ¡Eh! Mejor preocúpate por tu seguridad si Wynne se entera de que has llamado «arpías» a sus ayudantes -le dijo Elphame-. Hermanito molesto y posesivo -añadió con disgusto.

– Te quiere mucho -dijo Brenna.

– Pero es molesto -añadió Brighid.

– No lo habéis visto molesto de verdad. Si no vuelvo cuando él me espera, vendrá atravesando el bosque, con la espada al aire, asustando a todos los roedores y pájaros que haya por el camino.

Brenna se echó a reír. Era un sonido encantador, musical, y pronto, Brighid y Elphame se unieron a ella.

Siguieron trabajando unos minutos, y cuando hubieron llenado de escombros la última parihuela, Elphame se limpió las manos en la falda de la túnica.

– Creo que ya es suficiente. Puaj. Estoy deseando darme un baño y comer algo.

Brenna asintió mientras intentaba quitarse algo pegajoso del brazo. Incluso el pelaje reluciente de Brighid estaba lleno de polvo y tenía manchas de hollín.

La Cazadora agarró las tiras de cuero de la parihuela y se las puso sobre el hombro para trasladarla con su poderoso cuerpo de centauro.

– Por lo menos, vosotras dos podéis bañaros. Yo estoy segura de que en Loth Tor no habrá ninguna bañera lo suficientemente grande para mí -comentó, mientras empezaba a arrastrar la carga hacia el exterior.

Elphame y Brenna la ayudaron a mantener el equilibrio de la pila de escombros para no dejar caer nada por el camino.

– Nunca lo había pensado -dijo Brenna-. Sería horrible que las bañeras fueran demasiado pequeñas para mí -musitó.

– Es horrible si eres una mujer centauro -respondió Brighid, y sonrió a Brenna-. Si eres un centauro, no te importa tanto.

– ¡Aj, hombres! -dijo Elphame, acordándose de que su madre tenía que amenazar a Cuchulainn y a Finegas cuando eran niños para conseguir bañarlos-. Centauros o humanos, pueden llegar a ser repugnantes.

Las tres mujeres arrugaron la nariz y se echaron a reír.

– ¿Podéis creer lo mucho que ha crecido esta pila? -preguntó Elphame mientras vaciaban la parihuela en el montón de vigas y escombros.

– Lo creo -dijo Brenna, mientras hacía girar el cuello-. Espero que en Loth Tor haya un aguamiel decente. Vamos a necesitarlo para relajar los músculos esta noche. Y mañana.

– Bueno, ya está -dijo Elphame, sacudiéndose las manos con satisfacción-. Vamos al pueblo.

– ¡Bien! -dijo Brighid.

Sin embargo, después de unos cuantos pasos, Elphame se dio una palmada en la frente.

– Me he dejado dentro la daga de Cuchulainn. Si aparezco sin ella me va a echar una buena bronca. Esperad aquí. Sólo tardaré un momento.

Entonces, salió corriendo hacia la entrada del castillo.

¿Dónde había podido dejar aquella cosa? Había muy poca luz, y todos los montones de tierra y hojas parecían un cinturón con una funda.

– Debería haber tenido sentido común y habérmelo abrochado a la cintura cuando me lo dio -murmuró enfadada consigo misma.

«¿Buscas esto, muchacha?».

Elphame sintió un escalofrío. Aquella voz grave provenía de algún lugar a su espalda. Tenía una resonancia extraña, como si le llegara a través de una piscina de agua. Se volvió.

Él estaba sentado, en actitud relajada, sobre el borde de la pila de la fuente. Elphame no tuvo problema para verlo, puesto que su cuerpo resplandecía suavemente, como el reflejo de la llama de una vela sobre una perla. También veía las ruinas del patio detrás de él, a través de su cuerpo.

– ¡Oh!

Elphame no se había dado cuenta de que estaba conteniendo el aliento hasta que se le escapó de los pulmones. Se echó a temblar e intentó decirles a sus piernas que salieran de allí a toda prisa.

El espectro alzó una mano fuerte, encallecida.

«Tranquila, Elphame, no voy a hacerte daño».

Tenía la voz un poco ronca, pero su mirada era bondadosa, y estaba sonriendo.

«Allí está, muchacha», le dijo, asintiendo hacia el cinturón, que estaba sobre el borde de la fuente, no lejos de él. «¿Es eso lo que estás buscando?».

Elphame asintió rígidamente, y dio un paso hacia delante para tomarlo.

– Gra-gracias -dijo.

Él inclinó la cabeza con galantería.

«Es un placer», respondió, y dirigió su mirada desde Elphame hasta la estatua de la muchacha. La sonrisa del espectro se volvió conmovedora. «Me alegro mucho de que hayas venido por fin, Elphame. Ni siquiera los muertos pueden esperar para siempre».

– ¿Me conoces?

«Sí, muchacha, te conozco. Y eres una chica estupenda, muy guapa. La mezcla perfecta de dos. Eres la elección más adecuada».

– ¿Para qué? ¿Quién eres? -preguntó El, y comenzó a recuperar la capacidad de hablar.

«Confía en tu intuición, muchacha, y en tu corazón. Ellos te dirán quién soy».

Elphame respiró profundamente y observó con atención al espectro. Era de mediana edad, pero todavía tenía una figura poderosa, y llevaba los ropajes típicos del oeste, una blusa de lino y un kilt. Aunque fuera transparente, los colores eran fuertes: azul zafiro y verde claro, formando un contraste marcado sobre la tela escocesa. Elphame abrió mucho los ojos. Conocía aquella tela de lana. Su madre la había llevado durante años cada vez que viajaba al oeste. Ella misma tenía una igual. Y con todo el derecho. La sangre del clan de los MacCallan corría por sus venas.

– Eres El MacCallan.

Él sonrió y le hizo un guiño.

«Sí, muchacha, lo era. Ahora, ese puesto lo ocupas tú», dijo. Entonces se puso en pie, y con seriedad, ejecutó una reverencia elegante, que hizo que Elphame recordara a Cuchulainn. «Tus compañeras vienen a buscarte, y no puedo quedarme. En otro momento, muchacha… En otro momento…».

Y desapareció, dejando sólo una voluta de niebla fina que se quedó junto a la fuente.

– ¡Mi señora! ¿Va todo bien? -exclamó Brenna, desde la entrada.

– ¡Sí! -respondió Elphame.

Se pasó una mano temblorosa por la cara. Ella le había dicho a su madre que no creía que en aquel castillo hubiera ningún espíritu que quisiera hacerle daño, y lo había dicho en serio. Sin embargo, nunca se había planteado que pudiera haber espíritus de otro tipo con los que tuviera que conversar.

– Nunca pensé que iba a conocer a El MacCallan en persona.

– ¿Has dicho algo, Elphame? -preguntó Brighid, acercándose a ella entre la oscuridad-. Aquí está muy oscuro. No es de extrañar que estés tardando tanto.

– Debemos arreglar los apliques de las paredes y colocar antorchas -dijo Brenna con nerviosismo. Era sólo una pequeña silueta oscura junto al pelaje blanco, casi etéreo, de la Cazadora.

Elphame sonrió e intentó que su voz sonara con normalidad.

– Tienes razón. Me ha costado mucho encontrar la daga, pero ya la tengo, así que por fin podemos marcharnos -dijo, y con una última mirada hacia la fuente rodeada de niebla, Elphame se encaminó hacia la salida del castillo.

Capítulo 9

Por el camino recién despejado que atravesaba el bosque, perfumado con la dulce fragancia de los árboles en flor, Elphame comenzó a relajarse. Allí, con Brenna y Brighid charlando amigablemente sobre los sucesos del día, era difícil creer que un momento antes hubiera estado hablando con el espíritu de El MacCallan, el Jefe del Clan que había muerto hacía más de un siglo. Elphame no dudaba de lo que había presenciado, pero estaba anonadada, porque durante años nunca le había ocurrido nada remotamente mágico. Hasta aquella mañana, el reino de los espíritus había estado vetado para ella. Y ahora, los espíritus de las piedras le hablaban, y también los muertos, en menos de un día.

Pensó que tal vez se encontrara en estado de shock, y por eso era capaz de caminar y de hablar y sonreír a sus acompañantes como si no hubiera pasado nada, en vez de quedarse helada y sin habla. Tuvo que contener una risita de histeria. Oyó su nombre y asintió distraídamente al comentario que acababa de hacer Brenna.

– ¡Maravilloso! Te dije que era buena idea, Brighid.

– ¿Estás segura, Elphame?

El tono de la pregunta de la Cazadora sacó a Elphame de su ensimismamiento. Se dio cuenta de que Brenna la estaba mirando con una gran sonrisa.

– Por supuesto que sí lo está. Tú ya has dicho que no iba a haber una bañera lo suficientemente grande para ti y, mirad, el riachuelo forma una poza allí. Es grande.

Elphame siguió el dedo con el que estaba señalando Brenna. El terreno descendía de manera brusca y creaba una zona rocosa entre los pinos. Y allí, el riachuelo caía de un nivel a otro en forma de pequeñas cascadas, que formaban una poza antes de que la corriente dibujara un meandro y siguiera su camino hacia el bosque. Elphame miró a la Sanadora, intentando no dejar entrever su horror. ¿Acaso Brenna quería que se bañaran allí mismo? Ella nunca se había bañado frente a nadie, ni siquiera permitía que las sirvientas permanecieran en los baños del templo con ella. ¿Iba a ser capaz de desnudarse frente a sus dos compañeras?

– Me parece buena idea -dijo Elphame con determinación.

Antes de poder cambiar de idea, se dirigió hacia el riachuelo y comenzó a descender hacia la poza, entre las rocas. Oyó que Brenna y Brighid la seguían. Podía hacerlo. Si quería que la trataran con normalidad, tendría que empezar a comportarse con normalidad. Se detuvo a la orilla de la poza y esperó a que Brenna y Brighid se reunieran con ella. Era más grande de lo que parecía desde la carretera. Las tres cascadas hacían un sonido agradable, como si fueran cristales líquidos cayendo sobre las rocas alisadas por la acción del agua.

– Parece profunda -dijo Brenna.

– Parece fría -añadió Brighid.

– Bien -dijo la Sanadora, y comenzó a desabrocharse el broche que mantenía la tela de su túnica sujeta a la altura del hombro derecho-. Será muy refrescante después de un largo y sudoroso día de trabajo.

Se abrió la túnica y se quitó la parte superior, y después comenzó a desatar los nudos que mantenían la falda atada a su cintura esbelta.

Elphame no pudo apartar la vista del cuerpo de Brenna. En el lado izquierdo tenía la piel suave y sin una sola marca, pero, como en su rostro, el lado derecho estaba cubierto de profundas cicatrices, que iban desde el hombro hasta la parte superior de su pecho.

Brenna alzó los ojos y miró a la Diosa y a la Cazadora, que estaban observándola en silencio. Entonces, se dio cuenta de repente de que había olvidado sus horribles cicatrices. Apartó la mirada rápidamente y fingió que le estaba costando deshacer uno de los nudos, para que ellas no vieran que se le habían llenado los ojos de lágrimas.

– Lo siento -dijo Elphame en voz baja-. No quería mirarte fijamente.

Sin mirarla, Brenna respondió. Su voz sonó ahogada.

– No tienes que sentirlo. Todo el mundo me mira.

Elphame respiró profundamente y se desabrochó la túnica. Después fue desenvolviéndose la tela de la cintura, y dejó que cayera al suelo del bosque. Se inclinó y se quitó el pequeño triángulo que cubría sus partes más íntimas. Totalmente desnuda, se quedó inmóvil para permitir a Brighid y a Brenna que la observaran.

– Entiendo perfectamente lo que quieres decir. Por eso me he disculpado.

Brenna miró hacia arriba con los ojos muy abiertos de la sorpresa. Por primera vez en su vida, la Sanadora no pudo evitar mirar a otro ser humano con fijeza. Salvo que el cuerpo de Elphame no era humano. La parte superior era de una belleza que cualquier mujer envidiaría. Las caderas eran unas curvas poderosas que se unían a las patas musculosas de un caballo bien formado. A partir de la cintura, su piel se transformaba en el pelaje caoba de un caballo, que brillaba de salud y juventud. Sus partes más privadas eran como las de Brenna, cubiertas con un vello caoba oscuro y rizado que formaba un triángulo.

Ambas mujeres oyeron un sonido fuerte de cascos y se volvieron hacia atrás. Brighid estaba pisoteando unas piedras de la orilla, que comenzaron a formar burbujas.

– Jabón de roca -dijo la Cazadora-. Me he puesto a hacer algo útil mientras vosotras terminabais de inspeccionaros la una a la otra -se inclinó y tomó unos cuantos guijarros-. Creo que ya está bastante desmenuzado -dijo. Entonces, se quitó el chaleco y lo dejó cuidadosamente sobre una roca seca.

– ¿Por qué tú no nos miras? -le preguntó Brenna.

– Me educaron diciéndome que los humanos son unas criaturas raras y malformadas, así que vosotras dos me parecéis muy normales -dijo con una sonrisa sarcástica, y se metió al agua.

– Sé que no lo ha dicho como un cumplido, pero su actitud es un cambio refrescante -dijo Brenna.

– Sí, es verdad -convino Elphame. Después sonrió a su nueva amiga-. ¿Hemos terminado de inspeccionarnos?

– Eso creo, aunque me gustaría tocar tu pelaje, si no te importa.

– Claro que no.

Brenna pasó un dedo por la rodilla de Elphame hasta su casco brillante y negro.

– Oh, vaya… -susurró-. Es tan suave como parecía -dijo, y su parte de Sanadora tomó el control de la situación-. ¿Te haces heridas fácilmente en el pelaje, o es más duro que la piel humana? ¿Y cómo reaccionas a las plantas que hacen inflamarse la piel, como las ortigas, por ejemplo?

– Si tu hermano viene a buscarte y nos encuentra desnudas a las tres, sé que dos de nosotras vamos a estar muy incómodas con eso -dijo Brighid desde el centro de la poza.

Brenna palideció y miró hacia la carretera.

– Tiene razón. Eso sería horrible.

– Vamos al agua -dijo Elphame-. Ya me preguntarás luego.

– De acuerdo -respondió Brenna con una sonrisa.

– Tomad un poco de jabón de roca -les dijo Brighid.

Brenna respiró profundamente y se metió en la poza, y al sentir el frío del agua, se le escapó un jadeo.

Elphame sonrió y le salpicó un poco con el casco.

– ¿Sigues pensando que es buena idea?

Brenna, temblando de frío, asintió con entusiasmo.

– No está tan mal cuando te acostumbras.

– No te preocupes -le dijo Brighid-. El pelaje te protegerá. Al menos, en parte.

– Eso no es muy reconfortante, pero no os preocupéis. Voy…

Sin embargo, antes de entrar en el agua, Elphame se detuvo. Tenía una sensación desagradable en la nuca. Era una sensación con la que estaba familiarizada, algo como un escalofrío que le ascendía por la espalda y que le decía que la estaban vigilando. Con el pretexto de retirar su ropa, observó atentamente el bosque que las rodeaba. No percibió nada extraño. Los árboles eran sólo árboles, y no parecía que albergaran nada más malévolo que unos pájaros.

Sin embargo, tenía aquel cosquilleo incómodo en la espalda…

– Cuanto más tardes en entrar, más fría va a estar el agua -le dijo Brenna.

Elphame se volvió hacia la poza. La Sanadora tenía los labios casi azules, pero se estaba lavando el pelo con el jabón de roca de Brighid.

Elphame hizo caso omiso de sus percepciones, tomó un puñado de jabón y se metió en la poza helada.

Lochlan sabía que debería haber apartado la vista cuando ella se había quitado la ropa. Habría sido lo más honorable. Sin embargo, no pudo hacerlo, porque ella lo hipnotizaba. Se bebió su desnudez. Algunas veces, en sueños, se había visto a sí mismo acariciándole la piel durante un instante, o besándola, pero aquéllos eran sueños insustanciales y breves, que lo dejaban deseando más. Y en aquel momento, ella estaba allí, muy cerca de él… Le temblaron las alas oscuras, como un reflejo de su deseo creciente. Sintió calor y frío al mismo tiempo. Mirarla era una dulce agonía.

Cuando ella se volvió desde la poza para estudiar el bosque con atención, él se quedó inmóvil y se escondió entre las sombras de los árboles, pero notó cómo le latía la sangre en las sienes. Ella lo sentía. Su mente no lo conocía todavía, pero su alma ya reconocía que él estaba allí.

Entonces, ella entró en el agua, y su risa llenó el bosque. En los sueños de Lochlan, Elphame nunca se reía. Él sólo la había visto sonreír de vez en cuando, normalmente a su hermano guerrero o a uno de sus padres. En aquel momento, el sonido inesperado de su risa fue un regalo que enfrió su lujuria, pero que no consiguió disminuir el deseo que sentía por ella. Notó que se le curvaban los labios en una sonrisa. Elphame debería reírse más a menudo. Él quería verla feliz. Pensaba que podía hacerla feliz. Ojalá hubiera algún modo…

La Profecía. Lo obsesionaba. Lo atormentaba. ¿Cómo iba a cumplir aquella Profecía y poder vivir después? Sin embargo, si no lo hacía, su gente estaría condenada a una existencia llena de dolor, de locura. ¡No! No podía pensar en lo que iba a ocurrir si su búsqueda no tenía éxito. Su madre estaba tan segura… Su fe en su amada Epona era muy profunda. Él todavía veía su rostro, iluminada con los recuerdos, mientras llevaba a cabo los rituales de la diosa y le enseñaba las costumbres de Epona. Estaba muy segura, tanto como para haber superado una violación brutal y haber podido huir, débil y enferma después del parto, junto a las demás, en busca de un hogar para sus hijos híbridos. Se suponía que aquellas madres no iban a sobrevivir al nacimiento de sus criaturas. Sólo debían ser incubadoras para sus captores demoníacos, para los invasores Fomorians, cuyas hembras eran estériles. Las mujeres humanas no eran estériles. Podían ser fecundadas y usadas para crear una nueva generación de Fomorians. Que las madres no sobrevivieran al nacimiento de su horrenda progenie no tenía importancia.

Pero su madre había sobrevivido al parto, como un pequeño grupo de mujeres. Su diosa no la había abandonado. ¿Cuántas veces la había oído decir aquello Lochlan? Casi tantas veces como la había oído repetir la Profecía.

Se llenó de determinación. Sus sueños de Elphame lo habían llevado hasta allí. Sólo tenía que encontrar el camino en aquel laberinto de complicaciones para estar con ella. Cerró los ojos y se apoyó pesadamente en el grueso tronco del árbol tras el que se escondía. Eran parecidos, Elphame y él. La mezcla de dos razas.

La risa femenina y la brisa fresca y fragante se unieron para jugar con sus recuerdos. Casi podía ver a su madre, inclinada sobre el río en el que lavaba la poca ropa que tenían. Su madre siempre había trabajado mucho por muy poco, pero cuando él pensaba en ella, lo primero que recordaba era su sonrisa y su risa dulce.

«Tú eres mi felicidad», le decía ella una y otra vez. «Y algún día, tú dirigirás a los otros de vuelta a Partholon para que ellos también encuentren la felicidad, y quedaréis libres del dolor y de la locura».

Su madre era una idealista. Ella creía que la diosa iba a responder a sus peticiones y que cumpliría la Profecía. Y él había dejado de intentar convencerla de lo contrario. Ella quería creer que la humanidad que había en todos ellos era más fuerte que los impulsos oscuros que les causaba su sangre Fomorian, que la bondad derrotaría a la locura.

– En mí ocurrirá. Debe ser así -susurró-. Soy más humano que demonio. Mi padre violó a mi madre y la fecundó, pero su raza fue vencida por las fuerzas de Partholon, igual que el amor de mi madre venció al dolor y al horror de mi nacimiento.

Lochlan sabía que era poco inteligente recrearse en el pasado, y mucho más pensar en aquéllos a quienes había dejado atrás en las Tierras Yermas. Necesitaba controlar su pensamiento, concentrarse en su objetivo. Sintió una punzada de dolor en la cabeza. Pensó en aquel dolor como si fuera un amigo. Era de su ausencia de lo que debía temer, puesto que su ausencia significaría que la sangre oscura de su padre había vencido por fin.

Abrió los ojos y se agachó para poder mirar a Elphame de nuevo. Las mujeres estaban saliendo de la poza, sacudiéndose el agua y riéndose mientras temblaban y se vestían rápidamente.

Ante la cercanía de Elphame, Lochlan notó que se le aceleraba la sangre. «Por favor, Epona, ayúdame a hallar el modo de llevar a cabo la Profecía sin hacerle daño. Concédeme la oportunidad de ganarla».

Si pudiera encontrar el modo de hablar con ella a solas… No era algo imposible. En sus sueños, la había visto correr a menudo, y ella corría sola. Tendría paciencia. Había esperado un siglo. Podía esperar unos días más.

Capítulo 10

Cuchulainn estaba ensillando el caballo para ir a buscar a su hermana cuando las tres mujeres llegaron a la entrada de la Posada de la Yegua. Él iba a echarle un sermón a Elphame sobre el peligro de no hacer caso de su instinto de guerrero, pero al verlas lo olvidó.

Se estaban riendo y bromeando, las tres, lo que incluía a su solitaria hermana. ¡Estaba muy feliz! Y además, Cuchulainn vio algo que le sorprendió. La pequeña Sanadora iba a lomos de la Cazadora. Los centauros transportaban a humanos, sí, pero, normalmente, en situaciones de emergencia. La noble raza de los centauros no era de bestias de carga. Sin embargo, allí estaba la Cazadora, trotando despreocupadamente con una humana en la espalda. Cuchulainn estaba seguro de que los demás centauros del militante clan de los Dhianna habrían tenido un ataque de nervios si la hubieran visto.

Tuvo ganas de echarse a reír. También se preguntó si no habría juzgado con demasiada dureza a la Cazadora.

– ¡El! -dijo Cuchulainn, saludándola con la mano.

Ella le devolvió el saludo y les hizo un gesto a sus amigas para que la siguieran.

– Lo siento, Cu -le dijo con la voz entrecortada-. No queríamos tardar tanto, pero hemos encontrado una poza estupenda por el camino, y bueno… -Elphame se encogió de hombros y se retorció la melena para quitarse algunas gotas de agua.

¿Su hermana se había bañado con otras personas? Cuchulainn miró a la mujer centauro y a la Sanadora, y después a Elphame. Estaban húmedas. Las tres. Y estaban ruborizadas, y muy contentas consigo mismas.

– En realidad ha sido culpa mía -intervino la Cazadora, lanzándole a Cuchulainn una mirada de desafío-. Pensé que los humanos de Loth Tor no tendrían una bañera lo suficientemente grande para mí, y…

– Así que yo les sugerí que nos bañáramos antes de venir aquí -dijo Brenna con su voz suave y tímida-. Elphame nos recordó que debíamos apresurarnos.

– Ya veo -dijo Cuchulainn, rascándose la barbilla. Aquellas mujeres eran protectoras con su hermana, y él sonrió-. Ya veo que tendré que pasar más tiempo acechando en las pozas de la zona.

– Oh, Cu -dijo Elphame, arrugando la nariz-. No seas repulsivo.

– Bueno, no te estaría mirando a ti, muchacha -respondió Cuchulainn, imitando el acento de la zona.

Aquel acento le recordó a Elphame a El MacCallan, y le recordó también que debía contarle a su hermano lo que le había ocurrido con el espíritu de su ancestro.

– ¿Dónde vamos a comer, Cu? -le preguntó rápidamente.

Él señaló con la cabeza hacia la parte trasera de la Posada de la Yegua.

– Han colocado mesas fuera y van a sacar la comida -dijo, y miró significativamente a la Cazadora-. Parece que no hay sitio suficiente para darnos de cenar dentro.

Brighid emitió un sonido rudo, y Brenna tuvo que taparse la boca con la mano para disimular una risita.

– ¿Por qué no os adelantáis? -les preguntó Elphame-. Tengo que hablar del trabajo de hoy con Cuchulainn.

– Te guardaremos un sitio -dijo Brighid. La mujer centauro se detuvo e hizo una pausa, antes de añadir-: Y para tu hermano.

– Ya puedo bajar, Brighid -dijo Brenna.

Como no estaba segura de cuál era el protocolo adecuado para bajar del lomo de un centauro, comenzó a deslizar suavemente la pierna izquierda por la espalda de la Cazadora, pero antes de que bajara al suelo, sintió que una mano fuerte la agarraba. Brenna se volvió, esperando encontrarse a Elphame, que la estaba ayudando. Sin embargo, se encontró mirando directamente a los ojos azules de Cuchulainn.

– ¿Puedo ayudarte a desmontar?

– Yo… eh… yo…

Brenna tuvo que luchar contra el impulso de ocultar la parte derecha de su rostro. Tragó saliva. Había trabajado junto a Cuchulainn la mayor parte del día. Él sabía cómo era. No tenía por qué ocultarse.

– Sí. Sí puedes -consiguió decir finalmente.

Cu levantó a la Sanadora del lomo de Brighid. Era tan ligera, que parecía que tenía los huesos llenos de aire. Y su pelo húmedo olía a lluvia y a hierba fresca. La depositó suavemente en el suelo, y después le hizo una reverencia galante, pero ella ni siquiera lo estaba mirando. La Cazadora y Brenna ya estaban caminando hacia la posada. La brisa le llevó la voz dulce de Brenna.

– Gracias, Brighid. Siento haber sido tan mala amazona. Nunca se me ha dado bien montar…

– ¿Qué estás mirando con tanto interés? -le preguntó Elphame a Cu, dándole un golpecito en el hombro.

– ¿Una mujer centauro del clan de los Dhianna ha traído a una humana a sus espaldas?

Su hermana arqueó una ceja.

– Sí.

– ¿Y no os perseguía ningún Fomorian?

– No me he dado cuenta, pero tal vez debieras volver a echar un vistazo. Yo te guardaré un sitio en la mesa -respondió Elphame inocentemente, y se echó a reír al ver la expresión de su hermano-. Era más fácil, Cuchulainn. Brenna no podía seguir nuestro ritmo, y teníamos mucha prisa porque tengo un hermano excesivamente protector y molesto que me vigila constantemente. Así que Brighid se ofreció a traerla. Yo no podía traerla a hombros. Era lo más lógico.

– Si no eres un centauro del clan de los Dhianna. Entonces, lo lógico hubiera sido dejar que la mujer tuviera que correr.

Elphame se enfadó.

– Si Brighid fuera así, no estaría aquí. Quiero que le des una oportunidad. Es mi amiga.

«Es mi amiga». Cuchulainn nunca había oído a su hermana pronunciar aquellas palabras, y oírlas era un milagro que hizo que su desconfianza en la Cazadora le pareciera algo mezquino, egoísta.

– Lo siento, El -le dijo a su hermana-. Tienes razón. Lo único que encuentro realmente ofensivo de la Cazadora es su apellido -explicó. Aunque tampoco le gustaba el tono sarcástico que reservaba para hablar con él, pero al mirar a su hermana a los ojos supo que no debía mencionar eso.

– Entonces, ¿vas a darle una oportunidad? -le preguntó ella esperanzadamente.

– Por supuesto, El. Y tengo que admitir que tal vez haya estado un poco intranquilo porque he tenido un presentimiento vago, inquietante, que no he podido definir. Tal vez sólo sea el anuncio de los cambios que tú estás a punto de experimentar lo que me tiene incómodo.

– ¿Cambios? ¿A qué te refieres?

– Es evidente que has elegido el camino correcto en tu vida. Perteneces al Castillo de MacCallan, El, incluso las piedras te han dado la bienvenida. Y, mírate. Estás riéndote en público, y haciendo amigas.

A Elphame le brillaron los ojos de alegría.

– Estoy haciendo amigas -repitió.

– Puede que haya tenido una reacción un poco exagerada antes -dijo él-. Supongo que he oído demasiados cuentos de niños sobre los espíritus de los muertos y las maldiciones que pesan sobre ese castillo. Intentaré relajarme.

¿Cuentos de niños? Elphame observó a su hermano. Él le estaba sonriendo con una expresión abierta, de agrado, que daba a entender, mucho más que sus palabras, que Cuchulainn confiaba por fin en que ella debía estar en el Castillo de MacCallan. Así pues, ¿qué ocurriría si le contaba que había tenido un encuentro con el espíritu del mismo MacCallan? Elphame sabía lo que iba a ocurrir. Cuchulainn rechazaba y desconfiaba del reino de los espíritus. Siempre lo había hecho, aunque tuviera poderes. Si ella le hablaba de la visita del espectro, sin duda él volvería a ser obsesivamente protector con ella.

Además, Elphame no entendía por qué se le había aparecido El MacCallan. Su visita le había parecido algo benevolente, y verdaderamente, él parecía tan galante en espíritu como le describía la historia. Le había dicho que ella era la nueva MacCallan. Sin embargo, ¿qué significaba de verdad su visita? ¿Estaba dándole la bienvenida, o vigilándola?

No podía contarle a Cu que había estado con el espectro de El MacCallan. Por lo menos, no podía decírselo aquella noche. Esperaría a que estuvieran más asentados en el castillo, y a que supiera más de los motivos de El MacCallan. Tal vez su espíritu volviera a aparecérsele. Si no lo hacía, ¿para qué iba a preocupar a su hermano innecesariamente?

– El -dijo Cuchulainn-. ¿Me has oído? He dicho que iba a intentar relajarme un poco.

– Te he oído, sí -respondió ella rápidamente-. Es que estoy asombrada al ver que has admitido que te equivocabas. Ahora, si puedes dejar de perseguir a las mujeres y sentar la cabeza, y tener varios hijos, mi vida sería completa.

– Me das miedo cuando hablas así, porque te pareces demasiado a mamá. Ten cuidado, o se te quedará la voz así.

– Ahora soy yo la que está asustada -dijo ella con una sonrisa-. Vamos a cenar.

– Con tus amigas.

– Sí. Con mis amigas.

– Las estrellas brillan mucho más aquí que en el Templo de Epona -dijo Elphame.

– Eso es porque Loth Tor irradia menos luz que el templo -dijo Cu.

– Deberíais ver las estrellas en las Llanuras de los Centauros. Algunas veces brillan más que las llamas -dijo Brighid.

– Nunca he estado en las Llanuras de los Centauros, pero suena muy bonito -respondió Brenna, en tono de somnolencia.

– Debes ir un día. Hay espacios abiertos en los que una puede correr durante días, sin parar.

Elphame vio la mirada de su hermano y cabeceó para que Cuchulainn se tragara el comentario antipático que iba a hacer. Suspiró. ¿Por qué le resultaba tan irritante la Cazadora? Parecía que Brenna le caía bien. De hecho era muy amable con ella. Sin embargo, desde que se habían acomodado en su pequeño campamento, parecía que Brighid y él no dejaban de molestarse.

Elphame se relajó en la colchoneta, que había dispuesto entre las raíces retorcidas de un enorme y anciano roble. Mientras escuchaba a Brighid, que le estaba describiendo con una voz suave las Llanuras de los Centauros a Brenna, miró con satisfacción las estrellas. Cu y ella habían elegido un claro en el bosque, donde los robles superaban a los pinos. Ella quería alejarse un poco del resto del grupo, pero no había sentido la necesidad de retirarse por completo, como la noche anterior. La cena había sido una experiencia muy agradable. Los centauros, los hombres y las mujeres habían charlado y se habían reído mientras se conocían los unos a los otros.

Brighid había recibido mucha atención por parte de los centauros. Bastantes de ellos se habían acercado a conocerla, y aunque ella había sido amable, se había mantenido distante, cordial pero desinteresada. Después de que se hubieran presentado, Cu le había expresado, en un susurro, su irritación a El, y había dicho que Brighid era la Princesa de Hielo. Elphame supuso que una Princesa de Hielo era un ser muy deseado.

– Eh -le susurró Cu-. Tienes una sonrisa tonta.

– No es una sonrisa tonta, es una sonrisa de felicidad.

– Duérmete, Elphame. Incluso tus amigas han dejado de hablar.

Ella miró las otras dos figuras, que se habían quedado en silencio, y se dio cuenta de que tenía mucho sueño.

– ¿Y tú cuándo te vas a dormir, Cuchulainn?

– Pronto, hermana mía.

Cuchulainn echó otro tronco al fuego y se apoyó en el árbol, mientras veía que su hermana cerraba los ojos y se quedaba dormida. Miró a las otras dos mujeres. Parecía que ambas estaban profundamente dormidas. La Sanadora estaba acurrucada de costado, de espaldas a él. La gente no la había molestado aquella noche. Él se había sentado a su lado para asegurarse de ello. Se dijo que aquel sentimiento de protección que estaba desarrollando hacia Brenna se debía a que era importante para su hermana, y parte de los juramentos que había hecho al convertirse en guerrero decían que protegería a aquéllos que necesitaran protección. Entonces recordó su olor, y cómo la había sentido entre los brazos al ayudarla a bajar de la mujer centauro.

Apartó la vista del cuerpo de Brenna y se topó con los ojos abiertos de la Cazadora. Notó que se ruborizaba bajo su mirada perspicaz.

– Yo haré el primer turno de vigilancia. Te despertaré cuando la luna esté en mitad del cielo -dijo ella, y sin esperar respuesta, se puso en pie y desapareció en el bosque como un duende plateado.

Cuchulainn oyó el ruido amortiguado que hacía la Cazadora mientras atravesaba los arbustos lentamente, recorriendo el perímetro de su pequeño campamento.

– Maldita Princesa de Hielo -murmuró-. Que haga su parte de la vigilancia. Se equivoca si piensa que va a poder discutir conmigo.

Cu intentó encontrar una posición cómoda, pensando en lo contento que iba a estar cuando pudiera dormir nuevamente en una cama, y en lo molesta que le resultaba la Cazadora, y cuánto trabajo tenían por delante… Pensando en cualquier cosa que pudiera distraerlo de la voz suave de la Sanadora del rostro lleno de cicatrices, que olía a agua de lluvia y a hierba fresca.

El sueño arropó a Elphame como un padre cariñoso, y ella soñó. En su sueño, corría por un bosque de robles iluminado por la luz de la luna. Respiraba profunda y rítmicamente, y el viento le azotaba la cara mientras los árboles quedaban atrás como algo borroso.

El terreno, libre de raíces y arbustos, comenzó a ascender suavemente, y ella se deleitó con el calor que invadía sus poderosos músculos mientras emprendía la subida. Salió del bosque y se encontró en un claro pequeño, y de repente, la niebla la envolvió. Con la respiración profunda y acelerada, Elphame se detuvo. La niebla la rodeó espesa y gris, y ella sopló. De repente, el color cambió, y se manchó de rojo.

Aquel color la atraía. Estiró los brazos y estiró los dedos. Lentamente, comenzó a girar, y la niebla acarició su cuerpo, y ella se dio cuenta de que estaba desnuda.

– Elphame… -oyó una voz que flotaba en el viento.

Era la voz de un hombre, pero ella no lo reconocía.

– Ven a mí, Elphame…

La voz no la asustó. Su sonido tocó algo en lo más profundo de su ser, y su cuerpo respondió con una intensa ráfaga de calor. La humedad de aquella neblina escarlata la llenó, lamió su piel y les dio vida a unos sentimientos que hasta aquel momento ella sólo había imaginado. La niebla se hizo más densa, y con ella, su deseo.

– Sí… -la voz del hombre la urgió seductoramente-. Deja que te ame.

Elphame se vio envuelta en una telaraña ligera y vaporosa, y en todo aquel punto donde entraba en contacto con su desnudez, su cuerpo se despertaba. No, pensó con asombro. No estaba en una telaraña, estaba protegida por unas alas.

– ¡Tiene alas! -dijo en voz alta, y el sonido de su propia voz la despertó de repente.

En los bosques oscuros que había al norte del Castillo de MacCallan, Lochlan se incorporó de golpe. Se había despertado de un sueño apasionado, y su cuerpo ardía de necesidad. Había soñado que estaba con Elphame, y por primera vez, ella había sentido también su presencia. Emergió de un salto del refugio que había hecho en una cavidad formada por salientes rocosos, y desplegó sus alas palpitantes. Comenzó un ascenso largo y arduo por un borde del risco, con desesperación por quemar su deseo acumulado.

Le ardía la cabeza. Le dolía tanto que pensó que iba a explotarle, pero mantuvo el control y se concentró en forzar su poderoso cuerpo hasta que el sudor se deslizó por su piel y su respiración se hizo entrecortada.

Había vivido tanto tiempo… Ciento veinticinco años. Aquella longevidad que había heredado de la raza Fomorian era una maldición. ¿Y quién sabía cuánto tiempo iba a seguir latiendo su corazón y bombeando la sangre negra de su padre, con aquella locura tentadora, por su cuerpo? La lucha. La lucha constante le pesaba.

«Ríndete», le susurró el dolor. «Deja de luchar. Deja que la locura te controle. Deléitate con tu poder». Lochlan podría acabar con el dolor aceptando su oscura herencia. Apretó los dientes. Y entonces, él se comportaría como la raza de su padre. No sería más que un animal rabioso o un demonio. Cualquiera de las dos descripciones sería exacta.

Quería más. Quería más para sí mismo y para su gente.

Elphame… Su nombre era como agua fresca para su alma sedienta.

Se habían encontrado en el reino de los sueños, Lochlan estaba seguro. Ella había oído su voz, y se había abierto a él. Él la había envuelto con sus alas y la había acariciado. Y ella lo había reconocido, o al menos, parte de lo que era. Lochlan lo había oído claramente.

«¡Tiene alas!».

La voz de Elphame todavía vibraba en él, y la sorpresa maravillada de su tono de voz lo llenó de esperanza y de alegría, e hizo que le resultara más fácil soportar el dolor de su cuerpo.

Capítulo 11

Elphame continuó pensando en aquel sueño durante toda la mañana, e incluso por la tarde se dio cuenta de que estaba distraída por el recuerdo de las caricias de aquella niebla escarlata. Durante una de aquellas distracciones, se perdió lo que le estaba diciendo uno de los trabajadores.

– Y eso es todo, mi señora.

– Disculpa. Tenía la cabeza en las nubes. ¿Puede repararse?

– Como le he dicho, llevará trabajo, pero creo que sí -dijo el joven-. Ya he comenzado a desatascar el pozo principal del castillo. Cuando termine, el agua podrá fluir libremente desde el pozo a la cocina, y también a esta fuente, señora. A menos que haya alguna rotura en las tuberías, cosa que todavía tengo que descubrir.

– Bien, muchas gracias.

El joven hizo una reverencia y se alejó por el patio. Elphame miró a la estatua de la preciosa jovencita que se parecía tanto a ella. Ya habían limpiado todos los escombros que rodeaban la fuente, y habían comenzado la tarea de restaurarla. Danann había recomendado que usaran arena y agua jabonosa, así como un cepillo de cerdas fuertes para limpiar la estatua, y también las columnas enormes que rodeaban el patio, y de cuya limpieza se estaban encargando las mujeres subidas en andamios que habían montado para tal efecto. El sonido de su conversación se mezclaba con el de la reconstrucción del tejado. El castillo bullía de actividad.

– Seguramente debería estar supervisando algo terriblemente importante, en vez de obsesionarme contigo -le susurró a la estatua-. Sin embargo, no sé por qué, pero creo que tú eres terriblemente importante.

– Me parece muy bien que habléis con la piedra, mi señora -dijo Danann, y Elphame se sobresaltó. No sabía quién se movía con más sigilo, si Danann o la Cazadora, pero tenía la sensación de que ambos iban a ponerla nerviosa.

Elphame se recobró de la sorpresa y le acarició la mejilla a la estatua.

– No me resulta difícil hablar con ella. Me parece real. Esta fuente y este patio tienen algo que me resulta muy importante. Sé que hay otros deberes que debo atender, pero me siento atraída hacia aquí, el corazón del castillo. No puedo descansar hasta que esto reviva.

– Corazón… Revivir… -repitió lentamente Danann-. Interesante elección de palabras. Cuando uno habla de reconstruir un hogar, normalmente no lo describe con palabras que se refieren a un ser humano. ¿Sabríais decirme por qué lo hacéis vos?

– Para mí, el castillo está vivo. No lo veo como piedras y madera podrida.

– Sí, Diosa. Tenéis afinidad con este castillo.

– Para mí es algo nuevo, Danann. Nunca había sentido nada igual hasta que llegué aquí.

– Eso es porque hasta que vinisteis aquí estabais demasiado atrapada en vuestra vida como para sentir la magia que os rodea.

– Parece que he sido frívola y tonta.

– No, en absoluto. Eso es lo que les ocurre a casi todos los seres de Partholon. El problema es que vos no sois como los demás.

Elphame no sabía cómo responder. Detestaba que la llamaran «Diosa», pero en boca de Danann era más una expresión de afecto que un título. Y ella siempre había deseado dos cosas, ser como el resto de la gente de Partholon y poder sentir alguna forma de magia. Sin embargo, lo que Danann le estaba diciendo era que una de aquellas cosas excluía a la otra.

Elphame suspiró.

– Es difícil de entender.

– Sí, para aquéllos que han sido marcados por el reino de los espíritus es difícil de entender -dijo Danann amablemente. Después se puso a observar la estatua.

– Pero a mí me gustaría saber más -dijo, temiendo que el centauro no le explicara nada más-. ¿Estarías dispuesto a enseñarme, Danann?

– Yo no puedo instruiros, porque no soy un Maestro, sino un Chamán -respondió él-. Pero puedo guiaros.

– Oh, gracias, Danann.

– ¿Cómo iba a rechazar a una alumna tan encantadora? -dijo Danann-. ¿Por qué no os tomáis un descanso y venís a dar un paseo conmigo? Cuando permanezco parado durante un rato en el mismo sitio, me da la sensación de que los huesos se me encajan.

– Claro que sí. ¿Adónde te gustaría ir?

Danann sonrió enigmáticamente.

– Dejad que los espíritus os guíen, Diosa. Los seguiremos.

Elphame frunció el ceño.

– ¿Cómo?

– Dejaos llevar. Abríos a la influencia de los espíritus y comenzad a caminar.

Elphame respiró profundamente y aclaró la cabeza. Después comenzó a caminar, y el centauro la siguió. Lentamente, ella se dirigió hacia la cocina, pero cuando llegó al pasillo que había junto al Gran Salón, se sintió impulsada a girar a la derecha y alejarse del ajetreo de los trabajadores.

Recorrió el pasillo y atravesó un arco que conducía a un patio interior, mucho más pequeño que el principal. Se detuvo y observó la zona. No recordaba haber pasado por allí el día anterior, cuando estaban inspeccionando el castillo. El patio estaba abierto al cielo, pero no porque el tejado se hubiera quemado. En aquella zona no existía tejado. El suelo no era de piedra, sino de hierba, que le llegaba casi hasta las rodillas. Había varias entradas que daban al patio, y una de ellas era un tramo de escaleras que llevaba a una habitación grande y baja. Debían de ser las barracas de los soldados. Elphame se preguntó cómo serían los hombres que habían vivido y muerto allí.

Entonces se sintió atraída hacia las escaleras. Las piernas la llevaban como si tuvieran voluntad propia. Sin embargo, se detuvo a varios pasos del primer peldaño.

La tristeza la embargó de una manera repentina e inesperada.

– ¡Oh! -susurró, y tuvo que pestañear para que no se le cayeran las lágrimas.

– Respira, Elphame -le dijo Danann tuteándola por primera vez, y con su voz suave le dio sosiego a sus emociones-. El mundo natural está vivo, lleno de poder, información, consejo y sabiduría. No está intentando hacerte daño, sino hablar contigo. Calma tu mente y escucha.

Elphame tomó aire y, cuando exhaló, liberó su inquietud, y escuchó.

– ¡Venid aquí, malditos cobardes!

Reconoció aquella voz al instante. Él había hablado con ella la noche anterior. Una confusión de imágenes convergió sobre ella, y todo comenzó a temblar a su alrededor, y de repente, las sombras del pasado cobraron vida.

El MacCallan estaba frente a ella, en el primer peldaño de las escaleras de piedra. Lo rodeaban unas criaturas espantosas, con forma de hombre, aladas y negras. Él estaba herido, y la sangre brotaba profusamente de sus numerosos cortes. Sin embargo, seguía girando la espada a su alrededor. A sus pies había dos criaturas descabezadas que habían sido víctimas de su fuerza. Los monstruos lo tenían cercado y rugían, pero trataban de mantenerse fuera del alcance de la hoja letal de la espada.

«¡Acercaos, malditos cobardes!».

Repitió su desafío. Elphame no podía apartar los ojos de él. Sus palabras habían llamado la atención de más criaturas. Una por una se acercaron, hasta que fueron veinte las que lo rodeaban, con las alas tensas y las bocas ensangrentadas y torcidas de desprecio y expectación.

Elphame notó que se le aceleraba el corazón cuando los monstruos comenzaron a estrechar el cerco y a acercarse más y más a él. Sin embargo, El MacCallan no se dejó llevar por el pánico. Sus movimientos eran calmados, seguros. Ella vio brillar la espada, y oyó que cercenaba el cuerpo de la primera y la segunda de las criaturas, hasta que ya no pudo seguir. Entonces, ellos hundieron los colmillos y los dientes en su carne. Él luchó con los puños, que estaban resbaladizos de su propia sangre, tanta sangre, que toda la visión estaba bañada en escarlata.

Aunque El MacCallan cayó de rodillas, no gritó. Y no se rindió.

Pero Elphame ya no podía ver más. Aunque su mente le decía que estaba presenciando algo del pasado, la escena era demasiado real para ella. Había hablado con él la noche anterior, y todavía recordaba su voz ronca y agradable, y el brillo cálido de su mirada. Cuando El MacCallan cayó de rodillas, ella cayó con él y, sollozando, cerró los ojos y se cubrió la cara con las manos.

En cuanto sus rodillas tocaron la hierba, los sonidos de la batalla cesaron.

– Has sido testigo del pasado por un motivo -le dijo Danann, y su voz la ancló al presente-. Continúa escuchando. No dejes que los espíritus hayan hablado en vano.

Intentando calmar sus estremecimientos, Elphame se apartó las manos de la cara y abrió los ojos. El día estaba lleno de paz. El patio estaba iluminado por el sol de aquella tarde de primavera, y no había fantasmas que lucharan hasta la muerte. Elphame se enjugó las lágrimas e intentó calmar de nuevo su pensamiento, pero la imagen del noble Jefe del Clan le llenaba la mente.

Se mordió el labio y miró hacia el suelo. Había algo entre las hierbas, algo que relucía. Elphame se agachó y lo tomó. Era un objeto metálico. Lo puso a la luz.

Era un broche redondo, deslustrado, lleno de tierra incrustada. Sin embargo, ni siquiera el fuego y los años de exposición a los elementos habían podido extinguir la belleza de la yegua encabritada sobre la plata.

– Es el broche de El MacCallan -dijo Danann, inspeccionando aquel tesoro-. Por eso has sido conducida hasta aquí. Atesóralo, Diosa. El propio MacCallan te lo ha regalado.

Ella acarició el broche con un dedo, y mientras lo hacía, oyó el eco de la respuesta del Jefe cuando ella le había llamado El MacCallan.

«Sí, muchacha, ahora esa posición la ocupas tú».

A Elphame le parecía que tenía la aprobación del viejo espíritu. Lo sentía a través del calor que desprendía el broche.

Danann y ella se encaminaron hacia el patio principal. El centauro le concedió tiempo para que asimilara lo que le acababa de ocurrir, pero antes de que llegaran al ajetreo del patio, se detuvo.

– Ha sido una experiencia difícil para ti -le dijo.

Elphame miró el broche y asintió. Estaba un poco mareada.

– Lo mejor será que comas y bebas un poco ahora. Has visitado el reino de los espíritus, y no te sentirás enteramente de este mundo hasta que te sitúes entre los vivos alimentándote.

Ella asintió, y sintió otra ráfaga de mareo.

– Verlo morir ha sido horrible -dijo, con la voz ahogada.

– Ocurrió hace más de cien años. Intenta olvidar el horror, y recuerda el regalo que te han hecho. Tú has sido testigo de su muerte por un motivo que verás con claridad a su debido momento. Hasta ese instante, piensa en el regalo. Ahora debo despedirme. Los hombres ya habrán vuelto con otra carga de piedra. Tengo que supervisar su colocación.

– Gracias por enseñarme, Danann.

– No te he enseñado, sólo te he guiado -dijo él con una sonrisa-. Pero voy a darte un último consejo. Esta noche haz algo que le dé alegría a tu corazón. A menudo, los que escuchan a los espíritus se olvidan de vivir su propia vida. Ten en cuenta que el mundo tiene alma, y que no está en una tumba. Llénate de vida, Diosa, no de imágenes de muerte.

El viejo centauro hizo una reverencia y se marchó.

Capítulo 12

– ¿Y dónde dices que has encontrado esto? -le preguntó Cuchulainn a Elphame mientras inspeccionaba el broche de El MacCallan.

– Junto a las escaleras de piedra de los barracones de los soldados -respondió ella.

No le había hablado a Cuchulainn de la visión que la había conducido hasta aquel broche, y no sabía bien por qué, salvo que presenciar la muerte de El MacCallan había sido una experiencia muy privada para ella. Elphame adoraba a su hermano, y sentía por él la misma lealtad que él sentía por ella. Sin embargo, eran dos personas distintas. Ella reverenciaba el pasado y el mundo de los espíritus. Él desconfiaba de aquello que no comprendía, lo que no podía vencer con los puños y las armas. Elphame no quería oír a su hermano analizando minuciosamente, y quizá rechazando, lo que le había ocurrido aquella tarde. Quería mantener el pasado cerca, y para eso debía mantener en secreto su visión y también la visita del espectro.

– El patio está maravilloso -dijo, desviando la atención del broche.

Y no estaba exagerando sólo para cambiar de tema; paseó la mirada a su alrededor con asombro. Mientras atardecía, Cuchulainn y ella se habían reunido para supervisar el progreso de los trabajos. La zona sur del castillo estaba casi despejada por completo, y él le había asegurado a Elphame que la noche siguiente podrían acampar allí, en vez de hacerlo a las afueras de Loth Tor.

La mitad superior de las columnas que rodeaban el patio principal ya estaba limpia, y la belleza color crema de sus tallas intrincadas hacía un raro contraste con el resto del pilar. Parecía que las mitades restauradas se habían materializado del aire. Brenna se había tomado un interés especial en las antiguas columnas, y se había ocupado de supervisar personalmente los trabajos de limpieza. Cuando Elphame y Cuchulainn alabaron el trabajo que estaban haciendo las mujeres y ella, la pequeña Sanadora casi brilló de placer.

En aquel momento, los dos hermanos estaban junto a la entrada de la cocina, y aunque la actividad había empezado a ralentizarse, Elphame apenas podía creer el cambio que había experimentado en dos días. Los hornos estaban limpios, las piedras caídas se habían repuesto y los armarios y la isla central, además del suelo, habían recibido un vigoroso fregado. La bomba ya expulsaba agua a la amplia pila de mármol, y Wynne informó a Elphame de que al día siguiente podrían preparar comida en las cocinas del Castillo de MacCallan.

Elphame y Cuchulainn salían al patio cuando Brenna se acercó a ellos con excitación.

– ¡Oh, mira la fuente, Elphame!

– ¡Cu, funciona!

Elphame lo tomó de la mano y tiró de él hacia el centro del patio, donde había varias personas observando la fuente. Un agua turbia comenzó a manar del jarrón que sujetaba la estatua de Rhiannon y cayó en la pila, que ya estaba empezando a llenarse. Poco a poco, el agua se aclaró y finalmente brotó cristalina y comenzó a chispear bajo la luz del sol.

– Es realmente precioso, El -dijo Cuchulainn, pasándole el brazo por los hombros.

– Sí, es cierto -dijo Brenna.

La Sanadora estaba junto a Elphame, sonriendo felizmente, y en sus ojos bailaba el reflejo del agua.

Elphame no podía hablar. Después de años de frustración por su vida sin sentido, de repente era como si todos sus deseos se estuvieran cumpliendo. Casi tenía miedo de creerlo por si no era más que un sueño.

– Bueno, creo que ya es suficiente por hoy -dijo Cuchulainn, y se volvió hacia los hombres-. Dermont, diles a los demás que vamos a volver a Loth Tor a pasar la noche.

Los hombres y mujeres, hablando entre ellos, comenzaron a dispersarse. Elphame, la Sanadora y Cuchulainn se quedaron solos junto a la fuente.

– ¿Estás bien, Elphame? -le preguntó Cuchulainn.

– Sí, muy bien -murmuró ella.

– Estás pálida -le dijo Brenna.

Sin mirar a su hermano ni a la Sanadora, Elphame respondió:

– Me resulta un poco abrumador ver que mi sueño se está haciendo realidad. Algunas veces me emociono.

Cuchulainn refunfuñó.

– Hablas como una chica.

– Soy una chica, Cu.

Brenna, sin embargo, no se dejó distraer por aquella broma.

– Creo que deberías seguir el consejo de tu hermano, Elphame. Ya has hecho suficiente por hoy. Necesitas comer bien y descansar esta noche para recuperar fuerzas. Te haré una tisana que te relaje los músculos. Voy a ir a buscar las hierbas que necesito.

Después, se alejó por el patio, hacia la salida de las murallas.

Antes de que su hermano pudiera seguir haciéndole preguntas, Elphame sonrió y dijo:

– ¿Sabes lo que me haría muy feliz ahora?

– ¿Qué?

– Correr -respondió-. No he dado una buena carrera desde que salimos del templo de mamá. Cu… -dijo, poniéndole una mano en el hombro antes de que la interrumpiera-. Necesito correr.

– No conoces este terreno. ¿Adónde vas a ir? La única zona que está despejada es el camino que hay entre el castillo y el pueblo.

Ella hizo un gesto negativo. No podía permitir que la vieran los demás. Estaban empezando a aceptarla, y si veían la verdadera velocidad a la que podía correr, seguramente comenzarían a tratarla de nuevo como a una diosa. Lo pensó mientras observaba el bosque que los rodeaba con ojo de atleta. Después sonrió.

– Correré en paralelo al acantilado. El bosque termina a varios metros de la caída, así que tendré visibilidad, y el acantilado es bastante recto.

– No sé, Elphame. No me gusta que te vayas sola. ¿Por qué no esperas a que recoja mi caballo y así pueda acompañarte?

– Cuchulainn, no es necesario. Me llevaré la daga -dijo, dándose unos golpecitos en la cintura, donde la llevaba asegurada-. Todavía hay mucha luz. Habré vuelto a Loth Tor y estaré tomándome la tisana de Brenna antes de que se ponga el sol.

– No me gusta nada.

– ¿Es que crees que me voy a caer por el acantilado?

– No, pero no me gusta.

– Cu, no seas como nuestra madre.

Él frunció el ceño.

– No soy como nuestra madre.

Elphame sonrió.

Cuchulainn suspiró.

– Vuelve antes de la puesta de sol. Quiero que estés a mi lado, tomando la tisana a esa hora.

– Sí, sí, no seas pesado -respondió ella con impaciencia. Le dio un abrazo y un beso rápido y se despidió.

Después, entre risas, salió corriendo, dejando que el viento se llevara la contestación tirante de su hermano.

Capítulo 13

Elphame recorrió un lateral de las murallas. El Castillo de MacCallan estaba construido sobre la costa impresionante del Mar de B’an. Ella siguió la línea del acantilado norte. Como las tierras de la zona sur, la costa se curvaba y entraba en el bosque, y dejaba el Castillo de MacCallan aislado, silencioso y austero en su posición prominente.

Cuando nadie podía verla desde el castillo, Elphame se detuvo para desatarse la falda. Se la quitó y la dejó sobre una piedra. Después comenzó a hacer estiramientos para calentar los músculos de las piernas. Elphame respiró profundamente la brisa marina. Muy abajo, las olas rompían rítmicamente contra las rocas del acantilado. El sol estaba descendiendo hacia el mar azul, y el cielo del oeste estaba empezando a teñirse con los colores del anochecer. Elphame se sentía tan bien allí que se preguntó cómo había podido vivir tanto tiempo en otro sitio.

Cuando hubo calentado los músculos, comenzó a correr vigorosamente, siguiendo la línea del acantilado. El ejercicio era muy satisfactorio. Se inclinó hacia delante y aceleró el paso. Danann era muy sabio. Elphame sentía que la tensión de aquellos últimos días se deshacía. Frente a ella vio un río ancho que salía del bosque y discurría hasta el borde del acantilado. Tomó la decisión de seguir su orilla. Junto al río, el terreno estaba cubierto de agujas de pino y de musgo, y mientras se adentraba en el bosque, se dio cuenta de que los árboles eran tan antiguos que sus ramas comenzaban mucho más arriba de su cabeza. Aquellos árboles gigantes la asombraron, y miró hacia arriba para empaparse de su belleza. Aquél era su hogar, el lugar al que pertenecía. Por primera vez en su vida encajaba de verdad. Elphame se sintió libre, feliz y también, quizá, un poco mareada…

No vio el barranco hasta que era demasiado tarde para detenerse. El terreno se abrió bajo ella, y Elphame cayó. Comenzó a dar vueltas y vueltas, y sintió un dolor lacerante en un costado. Instintivamente se encogió para protegerse la herida, y se golpeó la cabeza con algo. La oscuridad la engulló rápida y completamente.

Lochlan supo cuándo cayó Elphame. Había dejado momentáneamente su puesto de vigilancia del castillo para cazar. Acababa de matar un ciervo joven en el interior del bosque y estaba limpiándolo, rápida y eficientemente, con la seguridad de que habría terminado a tiempo para volver y ver a Elphame dejando el castillo, al atardecer. Tal vez ella volviera a bañarse, pensó, y sus alas temblaron. Al instante reprimió el movimiento, y el dolor de cabeza reapareció con insistencia. La pasión de los sueños de la noche anterior había estado cerca de él durante aquel largo día.

Pero ella no sólo era un objeto que desear y usar. Era algo más que una fémina hermosa y sensual. Era algo más que piel y sangre. Sangre… Sus alas temblaron de nuevo.

Entonces, notó una punzada de dolor penetrante en el costado, seguida de un golpe en la sien y en el hombro. Tuvo que soportar una oleada de náuseas y dejó caer la espada corta que estaba usando para despellejar al ciervo. Y lo supo.

– ¡Elphame!

Había ocurrido algo terrible. Ella estaba herida y lo necesitaba. Frenéticamente, Lochlan intentó calmar el pánico para recuperar el control de sus pensamientos. ¿Dónde estaba? ¿Cómo podría llegar hasta ella?

«Te lo dirá el corazón. Escúchalo».

La voz, muy parecida a la de su madre, resonó en su mente junto al dolor de la herida de Elphame. ¿Se estaba volviendo loco, finalmente? No le importaba, siempre y cuando aquella locura lo condujera hacia ella. Lochlan se concentró en la joven que creía su destino.

Sintió la respuesta con tanta certeza como sentía el dolor. Abrió las alas para que lo transportaran con aquella carrera deslizante y rauda que había heredado de la raza de su padre, y corrió hacia el norte.

Elphame recuperó el conocimiento al oír un trueno distante. Iba a vomitar, y al volver la cabeza para no ensuciarse, sintió un dolor en la sien derecha, tan intenso que le provocó un sollozo. Tuvo arcadas, y los movimientos fueron tan duros que el costado le ardió como si tuviera fuego en él.

Abrió lentamente los ojos. Sus pensamientos eran incoherentes. ¿Qué había ocurrido? ¿Por qué tenía tanto frío? Tenía las piernas congeladas, casi entumecidas. Miró hacia abajo, y se dio cuenta de que estaba tendida sobre una orilla llena de musgo, y de que la mitad de su cuerpo estaba sumergida en un río. El río cuyo curso había estado siguiendo. Recuperó la memoria, y recordó que estaba corriendo y que no prestaba la suficiente atención. Se había caído por un barranco.

Cuchulainn iba a matarla.

Lentamente, estiró los brazos hacia delante para poder palparse las piernas. Le temblaban las manos, pero no notó ningún hueso roto ni saliente por el pelaje húmedo. Se estremeció, y volvió a sentir una llamarada en el costado. Tenía una rasgadura en la camisa empapada en sangre. La abrió y apartó la mirada rápidamente. Tenía un corte largo y feo en las costillas, que sangraba profusamente. Al verlo se sintió mareada de nuevo, porque nunca había visto tanta sangre.

Apretó los dientes para soportar el dolor y cambió el peso para intentar ponerse en pie, pero tuvo una náusea tan intensa que cayó desplomada de nuevo, jadeando. Le palpitaba horriblemente el lado derecho de la cabeza, y se palpó con cuidado el lugar dolorido, y apartó la mano pegajosa y roja. Tuvo que contener otra náusea.

Estaba pasándose el dorso de la mano por la boca cuando oyó un gruñido extraño, gutural. Al otro lado del río el barranco no era tan pronunciado, y había árboles casi hasta la orilla. Los matorrales se movían como si hubiera alguien atravesándolos rápidamente. ¿Había pasado el tiempo suficiente como para que Cuchulainn hubiera notado su ausencia? ¿Podría ser él?

– ¿Cuchulainn? ¿Eres tú?

El ruido cesó al instante. Cuando comenzó de nuevo, se acercó a ella y, a la luz débil del anochecer, Elphame vio dos ojos rojos entre la maleza, justo antes de que una criatura saliera de entre las sombras.

Elphame sintió pánico. Era un jabalí verdaderamente grande. Tenía el cuerpo de la longitud de un hombre y estaba lleno de barro, y unos amarillentos colmillos sobresalían formando unos arcos letales de sus poderosas mandíbulas. El animal olisqueó el aire y frunció los labios con un gruñido espantoso. Entonces, sus ojos relucieron con un brillo feroz y bajó la cabeza. Elphame se puso en pie y se tambaleó. Apoyándose pesadamente contra la pared del barranco, pestañeó para poder ver algo mientras agarraba la daga de su hermano, que llevaba prendida a la cintura. Sin embargo, el brazo derecho no le funcionaba bien, y la daga cayó al suelo. El jabalí cargó.

Elphame apretó los dientes e intentó alejarse. Sabía que iba a morir. «Epona, ayúdame a ser valiente», rezó con fervor.

– ¡No!

Mientras gritaba aquella palabra como una maldición, una forma alada se lanzó desde la parte superior del barranco, por detrás de Elphame, hacia la bestia. El jabalí cayó al suelo debido al impacto, pero se incorporó con rapidez. Ya no estaba concentrado en Elphame. Tenía un nuevo enemigo, un atacante que estaba agazapado ante él, con las alas extendidas y una espada corta, cubierta de sangre, preparada.

Elphame se desplomó de nuevo contra la pared del barranco. Tenía la sensación de que la realidad se había fragmentado, de que estaba en otro mundo, porque aquella criatura alada no cabía en su mente.

El jabalí volvió a cargar, y el ser alado se apartó de un salto y hundió la espada en el costado del animal. El jabalí gritó de dolor y rabia y se giró para embestir otra vez. Sin embargo, de nuevo la criatura fue demasiado rápida, y volvió a apuñalar a la bestia. Echando espumarajos por la boca, el jabalí atacó salvajemente, y con un terrible silbido, la criatura alada se alzó sobre él y le atravesó la garganta con la espada. El jabalí chilló y cayó pesadamente en el río, tiñendo de rojo el agua con su sangre.

Entonces, la criatura se irguió y dio dos pasos, tambaleándose, hacia Elphame.

– ¡No te acerques! -gritó ella.

La criatura se detuvo en seco.

Elphame le estaba mirando las manos. Las tenía cubiertas de sangre, al igual que la espada. Él siguió su mirada e inmediatamente dejó caer la espada y abrió las manos.

– No voy a hacerte daño -le dijo, y se dio cuenta de que ella estaba temblando con violencia.

– Demasiada sangre -musitó Elphame.

No necesitaba decirlo. Lochlan ya notaba intensamente la sangre del jabalí en su cuerpo, porque llenaba sus sentidos. Sentía el espíritu del animal, todavía fuerte y furioso, en la sustancia pegajosa y roja que le teñía las manos. Llamaba a Lochlan con una voz bárbara que hacía bullir su propia sangre.

El demonio que llevaba dentro se removió. Quería hundir los colmillos en el cuello del jabalí y beber, y absorber su esencia bestial. Lochlan luchó contra todas aquellas sensaciones. Tenía que quitarse la sangre de encima antes de dejarse ganar por ella. Mientras resistía el dolor que le atravesaba la cabeza y reprimía aquel deseo oscuro, Lochlan se agachó rápidamente y se lavó las manos en el arroyo, frotándose frenéticamente. Después, con los brazos empapados, pero limpios, se incorporó.

– Ya no tengo sangre -dijo.

Había recuperado el control, y pudo hablarle con voz calmada, como si fuera una niña pequeña.

Ella le miró las manos y el cuerpo, y lo estudió con curiosidad y extrañeza, casi sin poder respirar como resultado de la impresión, de la pérdida de sangre y de la incredulidad. Era un hombre. Un hombre alado. Era muy alto, y tenía el pelo rubio, pero de un color excepcional, como si alguien hubiera domesticado los rayos del sol del amanecer, pensó Elphame. Debía de tenerlo muy largo, porque aunque lo llevaba recogido en una coleta, se le habían soltado algunos mechones durante la lucha con el jabalí y le llegaban hasta los hombros. Tenía la cara esculpida con maestría, con líneas fuertes y unos pómulos muy bonitos, muy altos. Sus ojos, que la observaban atentamente, eran ligeramente rasgados. Cada vez más asombrada, Elphame se dio cuenta de que era muy guapo. Tenía un cuerpo largo y delgado, y la piel muy pálida, aunque no enfermiza. Parecía un ser etéreo, como si no perteneciera al mundo de los mortales. Llevaba una camisa de color crema y unos pantalones de cuero marrón. No llevaba zapatos. Sus pies tenían algo extraño, pero estaba en mitad del río, así que Elphame no podía vérselos bien.

Entonces, miró sus alas. Las tenía plegadas y colocadas a la espalda, pero incluso así su tamaño era impresionante. Recordó cómo eran mientras él luchaba contra el jabalí. Estaban extendidas a su alrededor como si él fuera un enorme pájaro de presa con una envergadura de más de tres metros. No tenían plumas, sino una membrana que tenía aspecto de ser muy suave al tacto. La parte inferior tenía un color muy claro, como su piel y su pelo, pero la parte superior era más oscura, más parecida al gris oscuro de sus ojos.

– ¿Qué eres? -le preguntó.

– Me llamo Lochlan. Y no quiero hacerte daño. Nunca te lo haría. ¿Vas a permitir que te ayude, Elphame? -inquirió él con urgencia.

Elphame estaba perdiendo mucha sangre. Tenía los labios azules, y estaba muy pálida. Sin embargo, abrió los ojos con sorpresa al oír cómo la había llamado él.

– ¿Por qué conoces mi nombre?

– Siempre lo he sabido -dijo él, y dio un paso hacia delante.

– ¿Está ocurriendo esto de verdad, o estoy muerta?

Lochlan dio dos pasos más hacia ella.

– Te prometo que está ocurriendo, y que no estás muerta.

Entonces, él sonrió, y ella se quedó asombrada del calor que desprendía.

– Sin embargo, entiendo lo que sientes. Para mí también es como un sueño -le dijo Lochlan-. Aquí hace demasiado frío, y estás mojada. No es seguro que te quedes en el río.

La preocupación de su voz era real, y penetró a través de la niebla de dolor que amenazaba con abrumar a Elphame.

– Creo que no puedo andar -dijo ella.

– Yo te llevaré.

Elphame pensó que tenía que estar viviendo un sueño. Lo que le estaba ocurriendo era sólo un sueño muy realista, como el de la noche anterior. Pronto se despertaría y se encontraría a Cuchulainn echando otro leño al fuego. La reprendería por no dormir lo suficiente, y después fingiría que no estaba en vigilia, protegiéndola durante toda la noche.

Entonces, ¿por qué no? Era su sueño, y ella pensó que podría gustarle que la llevara aquel hombre alado.

– Puedes llevarme -dijo.

Él se arrodilló a su lado, intentando ignorar el olor de su sangre, llena de poder femenino. Entonces, oyó las palabras de la Profecía en la voz de su madre.

«Salvarás a tu gente de la locura con la sangre de una diosa moribunda».

¡No! Elphame no podía morir. Ni allí, ni en aquel momento.

Apretó los dientes, rechazando la llamada de la sangre, y aceptó el dolor que lo atravesaba cada vez que negaba sus deseos más profundos. La tomó en brazos con sumo cuidado, intentando no hacerle más daño del que ya estaba sufriendo.

– Perdóname -le dijo.

La levantó del suelo y ella emitió un gruñido que a Lochlan le partió el corazón. Él extendió las alas para guardar mejor el equilibrio y, con toda la rapidez que pudo, la sacó del barranco.

Comenzaron a sonar truenos, y la luz de un relámpago iluminó el cielo. Lochlan miró hacia arriba. Se estaba acercando una tormenta desde el mar. Elphame iba a necesitar un refugio, e iba a necesitar que le curaran aquellas heridas. Él miró a su alrededor y detectó un lugar adecuado bajo un gran pino, junto a cuyo tronco había un lecho grueso de acículas. Lochlan amontonó unas cuantas más con la garra y, con delicadeza, la tendió sobre aquel lecho improvisado.

– Elphame, necesito ver tu herida.

Ella abrió los ojos.

– Esto no es un sueño.

– No, no es un sueño. No quiero causarte más dolor, pero necesito comprobar la gravedad de la herida.

– Adelante -dijo ella, y volvió a cerrar los ojos.

Lochlan supo que tenía que mantener la calma. Aquél no era momento para temblar, ni para sentir pánico. Él era más humano que demonio, y podría hacerlo.

Respiró profundamente y abrió los bordes rasgados del corpiño de Elphame. El corte era muy largo y tenía mal aspecto, pero cuando lo inspeccionó, pudo ver con alivio que no era tan profundo como había creído. Palpó la zona con todo el cuidado que pudo, y no sintió ninguna costilla rota.

Estaba sangrando mucho, y Lochlan tuvo que apretar los dientes por el esfuerzo que le estaba costando mantener a raya al demonio de la sangre. Por una vez, se alegró de sentir aquel dolor en las sienes, que le permitía observar la herida con un interés clínico. Tendría que rellenar el corte para detener la hemorragia. Le miró la cabeza a Elphame; estaba manchada de sangre seca. Aquella herida de la cabeza le asustaba más que el corte del costado, pero no podía hacer mucho por ella.

Lochlan pensó en lo que necesitaba. En un siglo de vida había aprendido muy bien algunas lecciones. Su gente era longeva, pero no inmortal, y ciertamente, no inmune a las heridas. Lochlan había curado muchas heridas y había tratado incontables lesiones. Se levantó y se dirigió hacia el barranco.

– ¡No me dejes sola!

Aquellas palabras lo llevaron rápidamente junto a Elphame. Le acarició la mejilla.

– No, corazón mío. Pero tengo que taparte la herida y parar el sangrado. Eso es todo. No me voy a alejar mucho -le explicó, señalando hacia el barranco-. En la orilla del río había musgo.

Ella asintió silenciosamente, e hizo un gesto de dolor a causa del movimiento.

Lochlan notó que lo seguía con la mirada mientras él se aproximaba a toda velocidad al barranco. Se deslizó hacia la corriente de agua y, con la espada, cortó una porción de musgo sano. Después volvió junto a Elphame y se arrodilló a su lado.

– No quiero hacerte daño, pero no puedo permitir que sigas sangrando. Tengo que rellenarte la herida del costado. ¿Lo entiendes? -le preguntó, mirándola a los ojos. ¿Hasta qué punto eran claros sus pensamientos? ¿Sería muy grave la herida de la cabeza?

– Entiendo que me vas a hacer tanto daño que lo sientes antes de haber empezado -susurró ella con una sonrisa débil.

Aquella sonrisa, y aquella respuesta inteligente, fueron un alivio para Lochlan. Era como la Elphame que él conocía tan bien de sus sueños.

– Entonces, lo entiendes bien.

– Estoy lista -respondió Elphame mientras cerraba de nuevo los ojos-. Hoy he descubierto que no me gusta ver mi propia sangre.

La visión de su sangre… su olor… su contacto… A Lochlan tampoco le gustaba lo que le hacía a él. Trabajó con rapidez. Cortó una tira de musgo de la longitud de su herida y con cuidado la metió en el corte, intentando no oír el sonido del dolor que le estaba causando.

– Ya he terminado -dijo con la voz temblorosa.

Ella tenía las mejillas llenas de lágrimas y los ojos cerrados, y cuando volvió a abrirlos, tuvo que pestañear varias veces para poder enfocarlo.

– Hace mucho frío -musitó.

– Puedo darte calor, Elphame, pero debes confiar en mí. Te doy mi palabra de que no quiero hacerte daño.

– Confío en ti.

Su sonrisa dejó entrever sus colmillos, y Elphame se sintió desconcertada, pero no tuvo tiempo para sentir nada más, porque él se tendió a su lado y desplegó una de sus enormes alas para taparla. El ala permaneció a unos centímetros por encima de ella, inmóvil, como una manta viviente, y su calor la envolvió. Desde tan cerca, Elphame se dio cuenta de que la piel de la parte inferior estaba cubierta con unos pelos pequeños y finos. Entonces percibió su olor. Olía a pino y a sudor, y a algo salvaje que ella no sabía definir, pero que resultaba muy agradable a sus sentidos. Volvió la cabeza, lenta y cuidadosamente. La cara de la criatura estaba muy cerca de la suya, y él la estaba mirando con intensidad.

– ¿Qué eres tú? -le preguntó.

– Soy el hombre que te conoce desde que naciste.

Aquello no tenía sentido.

– Pero si no eres un hombre, y no me conoces.

– Te conozco desde tu nacimiento, Elphame. Te he visto siempre a través de mis sueños. Y soy un hombre, en parte.

– ¿Y la otra parte?

– Mi madre era humana. Mi padre era Fomorian. Tengo la sangre de ambas razas en mis venas.

Elphame sintió mucho frío de nuevo.

– Pero… eso no es posible. Los Fomorians fueron expulsados de Partholon hace más de un siglo.

Él quería explicárselo, intentar mitigar el miedo y la confusión que veía en sus ojos, pero su finísimo oído había captado un sonido. Alzó la cabeza hacia el viento. Entre el ruido de la tormenta que se avecinaba, oyó unos cascos. Tenía que ser Cuchulainn.

– Elphame, escúchame -le dijo con urgencia-. Tu gente se acerca. No puedo quedarme. Ellos sólo verían al Fomorian, y no al hombre.

Elphame pestañeó. A través del dolor intentó concentrarse en su rostro. Vio al hombre; a un hombre bello, heroico.

– Escúchame y recuerda lo que voy a decirte. Ahora no te estoy dejando. Siempre estaré cerca de ti, esperando tu llamada. ¿Lo entiendes?

– Yo… -comenzó ella, pero el sonido de la voz de su hermano, que la llamaba con desesperación, cortó sus palabras-. ¡Vete! -le dijo a Lochlan.

Él subió el ala, y el frío de la noche volvió a cubrir a Elphame. Antes de ponerse en pie, Lochlan le acarició la mejilla con los dedos.

– Llámame, corazón mío. Responderé.

Después se deslizó sigilosamente por el bosque y desapareció.

Capítulo 14

– ¡Cuchulainn! ¡Está aquí! -gritó Brighid.

La Cazadora galopó hasta Elphame y se detuvo con un derrape. Cuchulainn, que iba detrás, saltó del caballo y se puso de rodillas junto a su hermana. Entonces, Elphame se vio rodeada por la luz de las antorchas, mientras la noche estallaba con caballos, jinetes y centauros.

– ¡El! ¡Oh, no! ¡Por favor, no!

Cuchulainn le tomó una mano, y la sintió fría como el mármol. Elphame estaba cubierta de sangre y tenía la cara muy pálida, y si no hubiera pestañeado y murmurado su nombre, él habría creído que estaba muerta.

Elphame pensó que su hermano parecía un niño, y quiso reconfortarlo, pero tenía mucho frío. Tenía la sensación de que todas sus fuerzas se habían ido con Lochlan, y hablar le costaba un gran esfuerzo.

– Cuchulainn, apártate -le dijo Brenna con calma, y con firmeza, y sin la timidez con la que se dirigía a él habitualmente.

Cu la miró sin entenderla.

– ¡Vamos, apártate! Tengo que ver a tu hermana.

Brenna le dio la orden con tanta energía que el guerrero obedeció sin pensar.

La Sanadora se arrodilló junto a Elphame.

– Traed antorchas, y algo con lo que taparla.

La luz hizo que Elphame tuviera que cerrar los ojos de dolor, pero fue un alivio sentir que tapaban su desnudez con varias capas. Era extraño que no hubiera pensado en lo poco que llevaba mientras Lochlan había estado allí.

– Elphame, ¿quién soy? -le preguntó la Sanadora.

– Brenna -susurró ella.

– ¿Y dónde estás?

– En el bosque… Me he caído por un barranco -dijo, e intentó señalarlo, pero el dolor del hombro la hizo gemir.

Brighid siguió el medio gesto de Elphame con la mirada, y portando su antorcha, desapareció por un lado del barranco.

Brenna palpó con delicadeza y rapidez el hombro herido de Elphame, su cabeza, y finalmente la herida llena de musgo del costado.

– Has hecho bien en rellenarla. Ya habías perdido demasiada sangre.

– Yo no… -iba a decir Elphame, pero su Sanadora la interrumpió.

– No hables. Tienes que reservar las fuerzas para el viaje de regreso. Bébete esto -le indicó. Y con suavidad, ayudó a Elphame a levantar la cabeza mientras le ponía el odre en los labios.

Elphame bebió con avidez. El vino tenía especias y era dulce y fresco, y ella sintió que su energía la llenaba. Pudo sonreírle a su hermano.

– Estoy bien, Cu -susurró.

– No -replicó Brenna-. Todavía no estás bien. Cuchulainn, necesito una tela para ponerle el brazo en cabestrillo, y otra para vendarle la herida del costado.

Cuchulainn se quitó la camisa y comenzó a rasgar el lino en vendas largas.

– Sólo quiere presumir de torso -dijo Elphame con la voz temblorosa, pero los hombres y centauros se echaron a reír, como Brenna. Cuchulainn intentó fruncir el ceño, pero sólo consiguió poner una expresión de felicidad, y Elphame temió que se echara a llorar.

– Acabas de tranquilizarme mucho en cuanto a la severidad de la herida de tu cabeza -dijo la Sanadora.

La sonrisa de Cuchulainn se hizo enorme.

– Había un jabalí muerto al fondo del barranco -dijo Brighid, que acababa de regresar-. Y creo que esto es tuyo -le entregó a Cuchulainn su daga, pero estaba observando a Elphame con una expresión de curiosidad y cautela.

– Por Epona, Elphame, ¿un jabalí? -preguntó Cuchulainn. Había recuperado algo de color, pero volvió a palidecer.

Brenna comenzó a atar con cuidado las tiras de lino a la cintura de Elphame, y la salvó de tener que responder. Cerró los ojos y apretó los dientes para soportar el dolor, e intentó concentrarse. Lochlan. No había sido una aparición, puesto que ella le había visto matar al jabalí, el mismo jabalí que había encontrado Brighid. Él la había sacado del barranco, le había taponado la herida y la había cubierto con su ala para darle calor. ¿No debería decirles que la había salvado?

Él había dicho que su padre era un Fomorian.

«Sólo verían al Fomorian, y no al hombre».

Aquello no era posible. Los Fomorians habían sido derrotados y expulsados de Partholon más de un siglo antes. Las razas diferentes de Partholon se habían unido para asegurar que la horda de demonios fuera erradicada y que nunca volviera a amenazar a las gentes de Partholon, en particular a sus mujeres. Intentó apartarse de la cabeza las historias de violaciones y destrucción que había estudiado. El ser que acababa de salvarle la vida no podía ser un Fomorian. No tenía sentido.

Sin embargo, ella le había visto las alas. Él la había cubierto con su calor. Claramente, había sucedido lo imposible.

– Ya está -dijo Brenna, cuando hubo asegurado el brazo de Elphame a su pecho con el cabestrillo. Mientras terminaba había empezado a caer una fina llovizna-. Esto es todo lo que puedo hacer aquí. Debemos llevarla al castillo.

– Elphame.

Abrió los ojos y vio a su hermano arrodillado a su lado. Le sonrió, intentando calmar la angustia que veía en sus ojos.

– El -dijo él, y extendió ambas manos sobre su cara para protegerla de la lluvia-. Sé que va a ser muy duro para ti, pero tendrás que montar para volver al castillo.

Brighid se acercó a Cuchulainn.

– Yo la llevaré -dijo.

– No puede montar sola -dijo Cu-. Tendrá que ir conmigo.

– Entonces te llevaré a ti también. De todos modos, estarías demasiado ocupado sujetándola como para poder dirigir a ese caballo tuyo -respondió Brighid-. Y yo no daré un paso brusco que le cause dolor.

Cuchulainn se quedó mirando atónito a la Cazadora.

– ¿Puedes llevarnos a los dos?

– Con facilidad, sí.

La lluvia comenzó a intensificarse entre los árboles.

– Quiero sacarla de aquí ahora mismo -dijo Brenna-. Y no debe dormir, así que habla con ella, Cuchulainn.

Él asintió con tirantez, y después comenzó a repartir órdenes.

– Angus, Brendan, levantadla y dádmela -dijo. Se puso en pie y montó en el lomo de la Cazadora-. ¡Con cuidado! -les espetó al oír que su hermana gemía de dolor cuando comenzaban a levantarla.

Elphame intentó ayudar a los hombres, pero se le había puesto la visión borrosa, y cada vez que se movía, la herida del costado le dolía insoportablemente. Sintió los brazos fuertes de Cuchulainn a su alrededor mientras montaba a horcajadas sobre la Cazadora.

– ¿Listos? -preguntó él.

– Sí.

Cuchulainn agarró con fuerza a Elphame y la Cazadora comenzó a trotar suavemente. En algún rincón de su mente, Elphame pensó que le hubiera gustado disfrutar de la novedad de montar sobre un centauro. En vez de eso, estaba viviendo una pesadilla. A cada paso que daba Brighid, el dolor descargaba en su cuerpo, y su estómago daba un vuelco. Notaba una humedad en el costado, y sabía que estaba sangrando a través del musgo. Se desplomó contra su hermano.

– No falta mucho. Yo te sujeto -le decía Cuchulainn, susurrándole una letanía de ánimos-. Háblame, El. Cuéntame lo magnífico que será el Castillo de MacCallan cuando terminemos de reconstruirlo.

Las respuestas de su hermana a las preguntas constantes de Cuchulainn fueron vagas. Algunas veces describían habitaciones que él reconocía como las estancias en las que habían crecido, y otras no tenían sentido en absoluto. Mientras seguían avanzando comenzó a llover con fuerza. Las antorchas de los jinetes se apagaron, y Cuchulainn agradeció los fogonazos brillantes de los relámpagos, que ayudaban a iluminar el camino. La decisión de Brighid de llevarlos a los dos había sido muy inteligente. Si él hubiera estado montando su caballo, no habría podido controlarlo a través de aquella tormenta al tiempo que sujetaba a su hermana.

La Cazadora pronto sacó ventaja al resto del grupo, incluso a los centauros que se habían ofrecido a acompañarlos durante la búsqueda. Su determinación y su resistencia eran impresionantes. Cuchulainn tuvo que admitir que había juzgado mal a la Cazadora. Sin su ayuda nunca habrían encontrado a Elphame con tanta rapidez.

¡Ojalá él hubiera reaccionado de la misma manera cuando había tenido la primera premonición de que ocurría algo malo con Elphame! Pero había ignorado el presentimiento porque provenía del reino de los espíritus, la parte de su vida que intentaba reprimir e ignorar. Bien, pues en aquella ocasión, el reino de los espíritus no se había dejado ignorar. Aquello le producía un gusto amargo en la boca, y Cuchulainn se dio cuenta de que era en parte odio hacia sí mismo y en parte miedo.

Cuchulainn agarró con fuerza a Elphame. Ahora sabía qué era lo que le había estado angustiando desde que habían comenzado su viaje hacia el Castillo de MacCallan, cuál era la amenaza sin nombre que se cernía sobre su hermana. No era un amante desleal ni una antigua maldición. Era algo totalmente mundano, un accidente, y él estaba demasiado ocupado imaginándose fantasmas como para preverlo.

Brighid fue aminorando el paso, y Cuchulainn vio las murallas oscuras del castillo materializadas ante ellos.

– Llévala a la cocina. Allí es donde han hecho la mayor parte del trabajo -le dijo a la Cazadora, gritando para hacerse oír por encima del estruendo de la tormenta.

Brighid asintió y se dirigió hacia el Gran Salón. Allí se detuvo, finalmente. Giró la cintura hacia atrás y dijo rápidamente:

– La cocina va a estar muy oscura. Esperadme aquí mientras voy a recoger las antorchas de las carretas.

Brighid le ayudó a bajar a Elphame al suelo, y Cuchulainn sujetó cuidadosamente la cabeza de su hermana en el regazo.

– Vendré enseguida -dijo Brighid, y miró por última vez a Elphame con preocupación, antes de salir apresuradamente del salón.

– Es mejor estar quieta -dijo Elphame débilmente.

– Brenna llegará enseguida -le aseguró Cuchulainn.

– ¿Cómo sabías que tenías que venir a buscarme, Cuchulainn?

– Me sentía muy inquieto por ti.

Elphame sonrió débilmente.

– Llevas inquieto por mí desde que llegamos. ¿Qué fue lo que te empujó a venir a buscarme?

– No iba a hacerlo. Me dije que eran todo imaginaciones mías. Entonces vi llegar la tormenta y me preocupe, así que pensé en ir a recogerte y desafiarte a una carrera con mi caballo hasta Loth Tor, porque como ya habías estado corriendo, tal vez tendría posibilidades de ganarte.

Él vio que ella sonreía, y le devolvió la sonrisa.

– Así que estaba esperando en la entrada del castillo cuando oí un ruido que provenía del interior. Y, al igual que mi inquietud, me fue imposible pasarlo por alto.

– ¿Por qué?

– Porque me estaban llamando a gritos -dijo Cu, al recordar la voz grave que reverberaba por los muros del castillo-. El, tengo que decirte que los rumores sobre tu castillo son ciertos, en parte. Tal vez no esté maldito, pero te prometo que está encantado.

El siguiente relámpago iluminó los sorprendidos ojos de Elphame.

– ¿El MacCallan también ha hablado contigo?

Cuchulainn frunció el ceño.

– ¿Me estás diciendo que se te ha aparecido y no me lo habías contado? -le preguntó con incredulidad a su hermana.

– Bueno, yo… Sé que te disgusta mucho todo lo que tenga que ver con el reino de los espíritus.

– ¡Que me disgusta! -exclamó él. Al ver que su hermana se estremecía de dolor por su respingo, cerró los ojos y respiró profundamente-. El -dijo-, no se trata sólo de que me disguste lo espiritual. Piensa en todo lo que ha ocurrido desde que llegamos. Tú nunca habías sentido el roce de la magia de Epona, y de repente, te has convertido en un conducto vivo de ella. Aquí hay fuerzas que no entendemos, El.

Elphame hizo un gesto débil con la mano e intentó negar con la cabeza, pero el movimiento terminó en un gesto de dolor.

– Shhh -dijo su hermano-. No quería disgustarte. No estoy enfadado contigo.

– Lo sé, Cu -susurró Elphame, e intentó ordenar las ideas-. Pero debes recordar que para mí las cosas son distintas. Yo no temo al reino de los espíritus. Y tú no pensarás que El MacCallan o Epona desean nuestro mal.

– Claro que no. Pero quiero que recuerdes que, de igual modo que existe el bien, el mal también existe. Y el mal en el reino de los espíritus no puede vencerse con la fuerza de las armas.

– No -dijo ella-. Debe vencerse con honor, verdad y fuerza de voluntad.

– Debes prometerme que me contarás más de tus visitas espirituales. Sobre todo, si tienen algo que ver con nuestros antepasados.

– Te lo prometo -respondió Elphame-. A propósito, ¿te has dado cuenta de lo mucho que te pareces a El MacCallan?

Cuchulainn soltó un resoplido.

– ¡Por favor! Yo no me parezco a ese viejo fantasma sarcástico.

– ¿Qué te dijo?

– Voy a ver si lo recuerdo correctamente… Sí, me dijo algo como «Cuchulainn, ¿acaso no eres nada más que un montón de músculos sin cerebro? ¡Ve a buscar a tu hermana, la chica te necesita!» -rugió, imitando excelentemente la voz ronca del espíritu.

Elphame estaba entre risitas y gestos de dolor cuando Brighid y el resto del grupo entraron al Gran Salón. Brenna desmontó y se acercó a Elphame, y frunció el ceño con severidad mirando a Cuchulainn.

– Te dije que le hablaras, no que la pusieras histérica.

Lochlan vigiló, bajo el aguacero, para asegurarse de que Elphame llegaba al castillo a salvo. Ellos desaparecieron en el interior de las murallas, y pronto, el resto del grupo se les unió. Lochlan continuó vigilando durante toda aquella noche, y sólo volvió a dormir a su refugio cuando Elphame salió del castillo, al día siguiente, apoyándose pesadamente en su hermano para caminar, con rigidez, hacia la tienda que los trabajadores habían montado rápidamente para ella en cuanto había empezado a amanecer.

Lochlan sonrió. Él sabía que Elphame no aceptaría retirarse al pueblo para recibir cuidados como si fuera una flor delicada. Se sorprendió un poco al verla salir del castillo, pero seguramente era un compromiso que había alcanzado con su hermano. La mirada aguda de Lochlan se fijó en la expresión severa de Cuchulainn. Sí, el guerrero preferiría que ella se recuperara en el pueblo. ¿Acaso no entendía que ella obtenía fuerza de las piedras del castillo?

Sabía que no debía juzgar con dureza a su hermano, puesto que Cuchulainn quería mucho a Elphame, y sólo deseaba ahorrarle dolor, igual que él. Ojalá los dos pudieran ser aliados…

Lejos, al norte, Keir elevó la cabeza pálida y olfateó el aire. Sin embargo, el gesto era innecesario. No era un rastro físico lo que detectaba, sino algo espiritual, un retazo de lo que permanecía desenrollado a sus pies.

– Sí -dijo con triunfo-. Lochlan partió desde aquí.

Las alas de Fallon, que estaba a su lado, se movieron de nerviosismo mientras miraba el camino estrecho y escondido que llevaba a lo más profundo de las montañas.

– ¿Estás seguro? -le preguntó, casi sin poder creerlo-. Hemos buscado antes en esta zona y no encontramos nada de él.

– Lleva demasiado tiempo lejos, y se ha descuidado. He dicho muchas veces que su obsesión lo debilita, y esto es una prueba de ello. Ha relajado su pensamiento y yo vuelvo a sentirlo. Si pudieras concentrarte, tú también lo sentirías -le dijo Keir a Fallon, en tono de recriminación.

Fallon no se amedrentó. Eso sólo serviría para enfurecerlo, y la ira de Keir estaba ya lo suficientemente cerca de la superficie sin necesidad de atraerla. Fallon sentía la locura de Keir. Sentía cómo esperaba que su compañero se rindiera a ella, que dejara de luchar por su humanidad y se dejara abrazar por la herencia oscura que les habían dejado sus demoníacos padres en la sangre. Desde que Lochlan se había marchado, Keir se había hecho más y más salvaje. Parecía que Lochlan se había llevado consigo una parte de la condición humana de su compañero. Otro motivo más para encontrarlo, y para encontrar a la diosa ungulada de sus sueños…

Fallon cerró los ojos e ignoró el dolor insistente que le atravesaba la mente mientras contenía una punzada de ira. Lochlan debería haberles permitido que lo acompañaran. Su búsqueda era demasiado importante. Un solo error y todos quedarían condenados a la locura. Keir tenía razón: Lochlan se había dejado obsesionar por sus sueños, y no podían confiar en él por completo. Con un esfuerzo enorme, lo recordó, y vio sus ojos grises, que brillaban de buen humor y paciencia, y de comprensión, y lo sintió. Un pequeño tirón hacia delante. Abrió los ojos y sonrió a su compañero.

– ¡Lo he sentido!

Keir se relajó, y la oscuridad de su mirada se aclaró. Asintió con satisfacción.

– Vamos a decírselo a los otros.

Capítulo 15

El sol acababa de salir por encima de los altos pinos del bosque cuando Brenna anunció que Elphame podía dormir.

– Bébete esto -le dijo la Sanadora mientras le ponía una taza en los labios.

La tisana estaba caliente y era espesa, con un vago sabor a miel y a menta. Al instante, Elphame sintió que le pesaban los párpados.

– No tenías que drogarme, ¿sabes? Ya estoy muy cansada -dijo arrastrando las palabras.

Cuchulainn le apartó un mechón de pelo de la cara pálida.

– Duérmete. Brenna sabe lo que es mejor para ti.

Elphame intentó, sin éxito, concentrarse en el rostro de su hermano. Él todavía estaba muy preocupado. Tenía unas ojeras muy profundas.

– Tú también necesitas dormir -susurró.

– Pronto, El.

Elphame suspiró y cerró los ojos, y por fin permitió que el sueño la venciera.

Cuchulainn se sentó junto a la cama de su hermana. Se frotó la sien y giró el cuello para relajar la tensión.

– Elphame tiene razón. Necesitas dormir -le dijo la Sanadora sin mirarlo, mientras colocaba la ropa de la cama de Elphame.

Cuchulainn se dio cuenta de que la voz de Brenna se había suavizado de nuevo y ella se había dado la vuelta mientras hablaba. En realidad, no parecía la misma mujer que hacía poco tiempo había empezado a soltar órdenes como una guerrera. Observó a Brenna mientras formaba montoncitos de hierbas con las que había hecho la infusión de su hermana. La amistad entre Elphame y la Sanadora era una de las cosas que había predispuesto a Cu para ser amable con Brenna, pero la capacidad que había demostrado poseer al enfrentarse al accidente de su hermana había fortalecido el respeto que sentía por ella. Algunas veces él tenía la sensación de que debía protegerla, como lo haría con su hermana, y al instante siguiente la Sanadora estaba gritando órdenes y se comportaba con una seguridad que le recordaba a su propia madre. Era una mezcla de mujeres, y distinta a todas las demás que él hubiera conocido.

La luz que había en la tienda era tenue. Sólo había una vela encendida en la mesilla. Como de costumbre, ella llevaba una túnica con el escote alto, que le cubría por completo el pecho hasta el cuello, al contrario que la mayoría de las mujeres de Partholon, que normalmente se sentían libres de enseñar todo el escote que quisieran. El vestido recatado de Brenna era poco corriente, y más en una mujer joven. Cu entendía que ella debía de estar cubriendo más cicatrices, pero aquel pensamiento se le olvidó rápidamente. Lo que permaneció fue el deseo de ver lo que había bajo su ropa, y no porque tuviera curiosidad por sus heridas. Quería verla a ella de verdad, quería ver a la mujer que había bajo las cicatrices. Sus ojos se posaron sobre la piel de marfil de sus delicados brazos.

Brenna sentía su mirada. Sabía cuándo la estaba mirando un hombre. Había tenido una década de experiencia con los hombres y sus miradas venenosas. Notó que se le encogía el estómago. Durante una emergencia normalmente olvidaba su propio aspecto, pero cuando terminaba la enfermedad, o el accidente, o el parto, la Sanadora se convertía de nuevo en La Mujer de las Cicatrices. No era porque sus miradas fueran espantosas, sino porque, pese a que la observaran tanto, nunca la veían de verdad, y menos los guapos, como Cuchulainn. Sólo veían el horror que había dejado el fuego. Él era amable con ella, pero Brenna sabía que se debía a la devoción que sentía por su hermana. La verdad sería fácil de leer cuando ella alzara la vista de las hierbas y se encontrara con sus ojos. Sus cicatrices serían claramente visibles para él. Cuchulainn la observaría con una mezcla de fascinación y disgusto que ella conocía bien. Brenna suspiró y levantó la barbilla.

Cuchulainn notó que le ardían las mejillas. Ella lo estaba mirando directamente, y él estaba concentrado en su cuerpo como un joven torpe. Se pasó las manos por la cara y se puso en pie.

– Dormir. Oh, sí. Debería dormir -murmuró. Se sentía como un idiota.

La mirada sincera de Brenna no vaciló, y él se dio cuenta de que no podía esquivar sus ojos castaños.

– Yo me quedaré con ella. Si se despierta, le daré más tisana. En estos momentos, lo que más necesita es dormir -dijo Brenna.

– Pero ¿tú no estás cansada?

– Es mi don. Yo cuido a los que están heridos o enfermos.

– Ah, sí. Es cierto.

Brenna ladeó la cabeza y lo miró con curiosidad. ¿Qué le ocurría al guerrero?

– Cuidaré bien de tu hermana, Cuchulainn -dijo.

Cu se sorprendió.

– Eso no lo dudo -respondió, y tuvo que carraspear-. Creo que no te había dado las gracias por haber cuidado a mi hermana. Gracias, Brenna -dijo con una sonrisa nerviosa, y salió de la tienda.

Brenna cabeceó. Era evidente que el accidente de Elphame había afectado mucho al guerrero. No parecía el mismo. ¿Y por qué tenía aquella expresión tan rara mientras la miraba? Además, se había ruborizado. Ella también se ruborizó al acordarse. No, tenía que estar confundida. ¿Por qué iba a mirar su cuerpo Cuchulainn? Tal vez se hubiera enfriado durante la cabalgada. Eso explicaría el brillo de sus ojos y su rubor. Brenna se dijo que debía comprobar si al día siguiente el guerrero tenía buena salud, y se acomodó en la silla que todavía conservaba el calor de su cuerpo.

Se inclinó hacia delante y agarró la cinta de su bolso de Sanadora del borde de la mesa. Rebuscó en su interior y encontró el cuaderno y el carboncillo. Iba a ser un día muy largo. Dibujar la mantendría despierta ya ayudaría a pasar el tiempo. También le calmaría los nervios, porque de repente estaba muy inquieta. Comenzó a mover el lapicero sobre el papel con trazos seguros, mientras dejaba vagar la mente. Sin darse cuenta, plasmó la imagen que se había instalado en su inconsciente, y las líneas fuertes del rostro bello de Cuchulainn tomaron forma entre sus dedos.

En sueños, Elphame estaba envuelta en un calor suave que reconoció con facilidad. Eran las alas de Lochlan. Un delicioso temblor recorrió su cuerpo, y pudo sentir otra vez su roce suave, sólo que en aquella ocasión él no estaba curándole las heridas, sino acariciándola. Notó que su deseo aumentaba mientras se entregaba a él…

Y la voz de su madre hizo añicos el sueño erótico, como si fuera un jarro de agua fría y de culpabilidad arrojado sobre su necesidad cada vez más intensa.

«¡Pero si está herida! Tengo que ir con ella».

«No puedes. Debe aprender a crecer sin ti».

«Es mi hija. Tengo que ir a su lado».

«Pero ya no es una niña, Amada».

«Eso no hace que sea menos hija mía».

«Ella siempre será tu hija, pero debe crecer y convertirse en una mujer, para poder cumplir su destino. Eso es algo que no podría hacer si tú la protegieras de todas las dificultades de la vida».

«Pero…».

Su madre no pudo continuar, porque la otra mujer la interrumpió.

«¿Confías en ella, Amada?».

Elphame se sintió como si estuviera conteniendo el aliento mientras esperaba la respuesta de su madre.

«Sí, confío en ella».

«Entonces debes liberarla y dejar que vaya hacia su propio destino, como es parte de tu destino confiar en ella, Amada, y confiar en mí para que la vigile en tu lugar».

Elphame sintió una gran sorpresa al darse cuenta de que la otra mujer debía de ser Epona. ¿Realmente estaba escuchando una conversación entre su madre y la diosa, o estaba soñando? Fascinada, Elphame oyó que su madre tomaba aire temblorosamente.

«¿Puedo enviarle, al menos, un cargamento de botellas de vino y sábanas? Ese modo en el que está viviendo es bárbaro».

«Por supuesto, Amada…».

A medida que las voces se alejaban en la oscuridad, Elphame sonrió. Era tan típico de su madre pensar que todo podía arreglarse con un buen vino y unas sábanas de lino…

En sueños, Lochlan notó que ella lo tocaba. Sin despertarse, respondió e intentó abrazarla. No podía verla, pero sintió su piel suave bajo las palmas de las manos y, en su sueño, la envolvió entre sus alas.

Entonces, ella comenzó a desvanecerse.

Él se movió con inquietud, intentando recuperar el sueño. No lo consiguió, y despertó. Miró a su alrededor, entre la oscuridad de la cueva. El deseo que sentía por ella era algo tangible, una fuerza que se había formado durante más de un siglo. Inspiró profundamente para calmarse, pero le resultaba difícil. El olor a sangre todavía permanecía en su cuerpo, y las alas comenzaron a temblar de tal manera que tuvo que hacer un esfuerzo ímprobo para controlarse.

Entre el dolor que sentía, las palabras de la Profecía se burlaban de él. Elphame era la reencarnación de una diosa. No podía negarlo. Y la Profecía de su gente, que su propia madre le había transmitido, consistía en que sólo la sangre de una diosa moribunda podría salvarlos de la locura que les habían legado sus padres.

Estaba predestinado a matarla.

Lochlan apretó la mandíbula. ¡No! Tenía que haber otro modo de conseguirlo.

«Por favor, Epona, que no tenga que hacerle daño. Preferiría morir antes».

Lochlan se acurrucó de costado, intentando combatir el miedo y la soledad con el recuerdo de la bondad que había vislumbrado en los ojos de Elphame. Ella no lo había mirado como una criatura malvada. Había visto al hombre, no al Fomorian.

Él llevaba demasiado tiempo solo, y la soledad le estaba corroyendo. ¿Cómo estaría su gente? Era el comienzo de la primavera, y deberían estar plantando la comida que los sustentaría durante el invierno siguiente. Los cazadores comenzarían sus largas marchas hacia el mar para poder pescar y ahumar el pescado. La nieve se derretiría pronto, y podrían atrapar cabras salvajes para aumentar su rebaño doméstico. Había mucho que hacer para sobrevivir en las duras Tierras Yermas. ¿Estarían bien los niños? ¿Estaba la locura invadiéndolos a todos? Sabía que Keir habría ocupado su puesto de líder. Keir había ambicionado aquel puesto, y el poder que conllevaba. Sólo esperaba que la influencia de Fallon lo estuviera ayudando a ser un dirigente sabio, y que contuviera el lado oscuro de Keir, que siempre estaba muy cercano a la superficie.

Lochlan abrió los ojos. ¿Qué estaba haciendo? Como si hubiera echado agua sobre unas llamas, extinguió todo pensamiento de su hogar. Sabía que era muy peligroso que lo hiciera. El vínculo psíquico que comunicaba su sangre con la de su gente era muy fuerte. Pensar en ellos sólo serviría para fortalecerlo más, y eso era lo último que necesitaba: que ellos descubrieran el paso a través de las Montañas Tier hacia Partholon, y que lo siguieran hasta allí. Para la gente del Castillo de MacCallan, un grupo de Fomorians híbridos sólo podía ser una cosa: un ejército invasor. Y serían un ejército, reconoció Lochlan. Un ejército que sólo tendría un objetivo, capturar a Elphame y cumplir la Profecía.

«Piensa en ella», se dijo. «Piensa en su belleza y en su fuerza».

Tenía que haber una manera de conseguir ambas cosas, de salvar a su gente y quedarse con Elphame.

Capítulo 16

– Han pasado cinco días. Me voy a volver loca si no me dejáis salir de aquí -le dijo Elphame a Cuchulainn. Después entrecerró los ojos y lo cortó antes de que él pudiera responder-. ¡No! No quiero que me digas otra vez lo grave que es mi herida. Sé lo que me duele. Me pica el costado como si me hubiera mordido un hormiguero entero, y me arde el hombro. Y tengo una buena jaqueca. Pero te digo que tengo que salir de esta tienda, y me refiero a salir de verdad.

La puerta de la tienda se abrió, y apareció Brenna con una bandeja y una taza de tisana humeante.

– ¡Ah, no! No voy a tomar más de esa tisana para dormir. Estoy harta de dormir. Estoy harta de estar en la cama. Estoy harta de esta tienda. Y estoy especialmente harta de cómo huelo.

Brenna miró a Cuchulainn, que tenía una expresión de angustia. Él alzó las manos y le dio la espalda a su hermana.

– Tú eres la Sanadora -le dijo a Brenna-. Manéjala tú -dijo, y se dirigió hacia la salida.

– Y pensar que las doncellas suspiran por tu valentía… -dijo Elphame con disgusto.

– Esas doncellas no son mi hermana. Tú eres completamente distinta. Brenna, admito que es una paciente espantosa, y la dejo en tus manos capaces con mis más humildes disculpas -dijo él. Sonrió a su hermana, que lo estaba fulminando con la mirada, y con una reverencia salió de la tienda.

Brenna tuvo que hacer un esfuerzo para dejar de sonreír hacia la puerta vacía.

– ¡Burro! ¡Se empeña en protegerme en exceso! -exclamó Elphame mientras se apartaba un mechón de pelo de la cara-. Estoy repugnante, y huelo mal -dijo, y se acarició distraídamente el vendaje del costado-. Pero tiene razón. Soy una paciente muy mala.

Brenna sonrió.

– No tanto. Lo que ocurre es que te estás curando y te aburres. Si no estuvieras un poco inquieta me preocuparías.

– Eso no me consuela mucho -dijo Elphame, rascándose la cabeza.

– ¿Te ayudaría darte un baño?

– ¡Oh, por Epona, sí! -dijo Elphame, y se puso en pie con demasiada rapidez. Tuvo que apretar los dientes cuando el mundo comenzó a girar a su alrededor.

– Tranquila. Tómatelo con calma.

Brenna la agarró del brazo para sujetarla y la irguió con la sabiduría de una Sanadora experimentada. Elphame respiró profundamente, lentamente, hasta que el mareo pasó.

– ¿Mejor? -le preguntó Brenna.

– Sí. He sido una boba -dijo, mirando a su amiga de reojo-. ¿Todavía puedo bañarme?

– Más tarde, esta noche.

– Pero…

Brenna alzó una mano para detenerla.

– Es una sorpresa. No discutas con tu Sanadora.

– Con eso me vale -dijo El, y miró hacia la bandeja que Brenna había dejado sobre la mesa-. Incluso estoy dispuesta a beberme esa horrible poción si apresura mi camino hacia la limpieza.

Brenna se echó a reír.

– Sí, quiero que te tomes la tisana, pero no tienes que preocuparte. No es nada más que un poco de corteza de sauce para que te alivie el dolor de cabeza.

Elphame se sentó al borde de la cama y le dio un sorbito a la infusión.

– Y, cuando hayas terminado, ¿te apetecería dar un paseo corto? -le preguntó Brenna.

– ¿Fuera?

– Sí, fuera.

Elphame se tragó el té de golpe.

– Eres maravillosa.

La Sanadora se echó a reír y se echó el bolso al hombro. Elphame se puso en pie lentamente y Brenna la tomó del brazo. Cuando salieron de la tienda, Brenna dio sólo un par de pasos para dejar que Elphame se acostumbrara a la luz brillante de la tarde. Después la guió despacio hacia la izquierda, en dirección contraria al castillo.

– He encontrado una zona rocosa un poco al sur, justo al borde del bosque. Desde allí tendrás una vista preciosa del mar y de las murallas. Me pareció un buen sitio para ir. Allí yo puedo trabajar en esos dibujos para los tapices del castillo mientras tu te relajas y disminuyes tu nivel de frustración.

Elphame sonrió y asintió distraída, aunque su mente trabajaba febrilmente.

Iban a acercarse al bosque. Lochlan estaba en algún lugar dentro de aquel bosque. ¿Verdad? Porque, por enésima vez, ella maldijo sus recuerdos incompletos. Él había sido una realidad. Las pruebas físicas eran innegables. Lochlan había matado al jabalí y la había sacado del barranco, había curado su herida y le había dado calor, pero toda la experiencia estaba envuelta en una niebla de dolor y confusión. Cuando intentaba recordar cosas específicas que él el hubiera dicho, sólo podía reconstruir partes de su conversación.

Le había dicho que la conocía de sus sueños.

Le había dicho que iba a estar esperándola.

Había admitido que su padre era un Fomorian.

De repente, vio con claridad a Lochlan, con las alas extendidas, con un gesto de ferocidad mientras acuchillaba al jabalí. Pese a la calidez de la tarde, Elphame se estremeció.

Brenna la miró.

– Me siento bien -le aseguró Elphame-. Sólo estaba pensando en el accidente.

La expresión de la Sanadora se volvió comprensiva.

– Brighid me dijo que nunca había visto un jabalí tan grande. La lucha debió de ser horrible. Odio que tuvieras que sufrir tanto.

– Puedo decir que nunca me había asustado tanto -murmuró Elphame. ¿Era la omisión una mentira?

– Gracias a Epona que sobreviviste.

Elphame asintió, y deseó que Brenna cambiara de tema.

– No quería mencionar esto delante de tu hermano, pero me he dado cuenta de que tienes un sueño bastante inquieto. Creo que deberías saber que es normal que tengas malos sueños después de una experiencia traumática.

Elphame miró a Brenna, y después apartó rápidamente la mirada. No eran las pesadillas lo que la tenía inquieta. Notó que se ruborizaba.

– No tienes por qué sentir vergüenza, Elphame -le dijo Brenna-. Pero si los sueños te angustian, te daré una poción somnífera más fuerte, aunque yo preferiría no hacerlo.

– ¡No! -respondió Elphame-. Los sueños no son malos. Estoy inquieta porque no estoy acostumbrada a la inactividad. Me recuperaré en cuanto lleve un horario normal.

– Eso sucederá pronto. Tus heridas curan con una rapidez milagrosa.

– Oh, por favor, no se lo digas a nadie.

– Yo nunca divulgo los secretos de la Sanadora.

– Eso es un alivio. No quiero que la gente empiece otra vez a tratarme como si fuera una diosa en un pedestal.

– Es difícil estar aparte de los demás -dijo Brenna.

En aquella ocasión, Elphame no tuvo problemas para mirarla a los ojos.

– Sí. Es difícil.

Caminaron en silencio, ambas perdidas en sus pensamientos. Era una tarde muy bonita. Había llovido aquella mañana, y el bosque estaba más brillante de lo normal, como si Epona acabara de lavarlo. Iban por las praderas del sur del castillo, y Elphame se quedó impresionada al ver lo mucho que habían adelantado en el trabajo. La maleza y los árboles habían desaparecido, y no había quedado más que una hierba bien segada en varios metros a la redonda de las murallas exteriores del castillo. Cuchulainn debía de haber permitido, después de aquella distancia adecuada, que sobrevivieran algunos árboles llenos de flores rosas, flanqueando la carretera que llevaba al bosque. Elphame sonrió al ver que también había indultado varias zarzamoras. Tenía que acordarse de felicitar a su hermano y a los hombres por haber hecho tan bien el trabajo.

Cuando llegaron a las rocas que había elegido Brenna, Elphame se sentó con cuidado en una de ellas, desde la que tenía una vista excelente del castillo. Brenna se sentó también, y rebuscó en su bolso hasta que sacó un cuaderno y varios lapiceros de carboncillo. Después comenzó a dibujar. Elphame inspiró profundamente para respirar el aire fresco de la primavera. La sal del mar y el olor de los pinos le llenaron los sentidos, y bebió aquellas esencias fuertes mientras miraba su castillo.

– Es precioso, ¿verdad? -le preguntó a Brenna con reverencia, después de un rato.

– Sí -dijo la Sanadora distraídamente.

Brenna estaba muy concentrada haciendo volar el lapicero sobre la hoja. Cuando se detuvo, sopló con suavidad por la hoja y entrecerró los ojos críticamente.

– Ya he terminado. Creo que he conseguido poner la cuarta torre en su posición correcta -dijo.

Entonces le tendió el cuaderno a Elphame para que ella pudiera ver el dibujo.

El Castillo de MacCallan saltaba de aquella página. Brenna había dibujado los poderosos muros exteriores, con la puerta de hierro forjado, que había sido restaurada, aunque en realidad todavía no la habían instalado. Las banderas que estaban cosiendo las mujeres aparecían ondeando sobre cada una de las cuatro torres, cada una con su yegua encabritada. No había madera quemada, ni piedras ennegrecidas, ni agujeros en las almenas. El castillo aparecía joven y lleno de vida.

– ¡Oh, Brenna! Es perfecto. Es como si hubieras visto lo que yo tenía en la cabeza.

Brenna se sonrojó.

– Me lo describiste muy bien.

Antes de que Brenna pudiera detenerla, Elphame comenzó a pasar las páginas del cuaderno y vio algunos bocetos de partes del castillo, y algunos estudios de pies y manos. Y entonces, estaba Cuchulainn. Página tras página de Cuchulainn. Elphame se sorprendió. «Bien», pensó, «así son las cosas». Los dibujos de su hermano estaban hechos con ternura, y capturaban varios de sus estados de ánimo. Elphame se detuvo especialmente en uno en el que Cuchulainn estaba cansado y triste, y parecía mucho mayor de lo que era en realidad.

– Así es como estaba el día de mi accidente -dijo Elphame.

– Es… Yo… Sólo quería… -Brenna hizo una pausa, tragó saliva y comenzó de nuevo-. Tu hermano es un modelo muy interesante. Tiene unos rasgos perfectos, orgullosos, y demuestra muchas emociones distintas.

Elphame no podía apartar la vista de aquel dibujo de su hermano, en el que se apreciaba a la perfección el amor y la preocupación que sentía por ella.

– Lo has dibujado perfectamente. ¿Puedo quedarme con éste?

Brenna miró a su amiga con atención. No vio lástima en su semblante, ni tampoco ningún reproche.

– Por supuesto. Puedes quedarte con todos los que quieras.

– Sólo con éste. Los demás son tuyos.

Elphame sonrió con calidez a Brenna, pensando en lo mucho que se alegraría su madre si la conociera.

El sonido de unos cascos que se acercaban rápidamente las sorprendió a las dos, y como si lo hubieran conjurado al pensar en él, Cuchulainn apareció frente a ellas. Brenna leyó su expresión al instante.

– ¿Un accidente? -le preguntó, bajándose enseguida de la piedra en la que se había sentado.

– Angus estaba cortando unas maderas nuevas y la sierra se le resbaló. Me temo que tiene una herida muy fea -dijo él, mientras se inclinaba para tenderle la mano. Sin titubeos, Brenna depositó la suya en su palma y él la levantó y la sentó en la grupa del caballo. Después, Cuchulainn miró a su hermana con severidad-. No te muevas de ahí. Volveré pronto a buscarte.

– No tienes por qué apresurarte. Me siento bien aquí, alejada de mi cautividad -respondió Elphame.

Cuchulainn frunció el ceño y después espoleó al caballo. Brenna y él se alejaron hacia el castillo. El vio que Brenna se agarraba a la cintura de su hermano, y que Cu echaba un brazo hacia atrás, con un gesto posesivo, para sujetarla con firmeza contra sí.

Sí, así eran las cosas. Cuchulainn y Brenna. Su instinto no había errado. Se preguntó si alguno de los dos se daba cuenta. Seguramente, todavía no. Pese a toda la experiencia que tenía con las mujeres, Cuchulainn estaba tan poco preparado para el amor como su hermana.

Sin embargo, ¿cómo podía haber estado preparada para Lochlan? ¿Había sido sólo una alucinación? No, no podía ser. Había pruebas de que él era real. El jabalí estaba muerto, y el corte del costado de Elphame había sido rellenado con musgo. Sin embargo, ¿tenía Lochlan de verdad las alas de un Fomorian? Elphame se estremeció y miró hacia el bosque. No había sentido temor, eso sí lo recordaba. ¿Por qué no?

Porque su presencia había hecho que se sintiera bien. Ya sabía la respuesta, porque le había dado muchas vueltas a todo aquello durante los últimos cinco días.

– Lochlan -dijo, sin poder evitar pronunciarlo en voz alta.

Una brisa inesperada se llevó su nombre, y Elphame notó que se le ponía el vello de punta. Durante un momento, tuvo la sensación de que el nombre de Lochlan volaba a su alrededor, antes de que el viento se lo llevara y lo extendiera por el bosque.

Elphame cabeceó.

– El golpe que me di me está haciendo imaginar cosas extrañas.

– ¿Y qué es lo que estás imaginando, corazón mío?

Elphame se sobresaltó y dio un respingo. Miró hacia el bosque con los ojos abiertos como platos.

El hombre alado, como un enorme pájaro, se dejó caer desde la rama de un pino y aterrizó a pocos metros de Elphame. Permaneció dentro de las sombras del bosque, y plegó las alas a la espalda. Tenía una sonrisa tímida.

– No quería asustarte.

– ¡Por Epona, eres real! -balbuceó Elphame, y se sintió como una tonta.

– ¿Lo dudabas?

Elphame asintió con vehemencia.

– Constantemente.

Lochlan se echó a reír. Fue un sonido tan alegre que Elphame sonrió, y notó que se relajaba un poco.

– Entiendo tu confusión. Yo tenía la mente clara y no estaba herido, y pese a todo, durante estos cinco días que han pasado, me ha parecido que nuestro encuentro fue cosa de otro mundo.

– Como un sueño -dijo Elphame.

Lochlan negó con la cabeza.

– No, corazón mío, nuestros sueños son algo único, diferente a todo lo demás.

Elphame se ruborizó, pero no apartó la vista de sus ojos penetrantes. Lochlan salió de entre los árboles. Aunque tenía las alas bien plegadas contra el cuerpo, se movía con una elegancia que la hipnotizaba. Durante un momento, lo único que pudo oír, sentir o ver fue a Lochlan. Y entonces, su mente comenzó a trabajar de nuevo y se dio cuenta de algo. ¿Y si lo veían? Alzó una mano, y él se detuvo en seco.

– Quiero que me lo expliques todo. Quiero saber quién eres y qué está ocurriendo entre nosotros -dijo Elphame, mirando nerviosamente a su alrededor-. Pero no pueden verte. Ni siquiera le he hablado de ti a Cuchulainn.

Lochlan se quedó decepcionado, pero asintió con tirantez y dio unos pasos atrás, de modo que volvió a sumirse en la luz tenue del bosque.

Elphame se sintió azorada y, después, irritada. Los días de aburrimiento y frustración le habían puesto los nervios de punta, y de repente quería recriminarle, decirle que no era más que un extraño para ella porque acababa de conocerlo. Sin embargo, aquellas palabras falsas no salieron de sus labios. Elphame supo, con una certidumbre aterradora, que estaba viendo su futuro.

Recordó lo que le había dicho Cuchulainn: «Sé que encontrarás tu destino en el Castillo de MacCallan. Y sé que tu destino está vinculado al de tu compañero…».

Lochlan era aquel compañero.

Entonces, recordó el resto de la frase de su hermano: «… pero cuando intento concentrarme en los detalles del hombre, sólo veo niebla y confusión».

Por lo menos, ya sabía el motivo por el que la visión de su hermano era incompleta, y no podía evitar pensar que Epona había sido muy sabia al ocultarle el rostro de Lochlan a Cuchulainn. Si él supiera que su compañero iba a ser un demonio Fomorian… Elphame ni siquiera quería pensarlo.

– Esto va a ser muy difícil -dijo.

Lochlan sonrió.

– Mi madre habría dicho que entonces es algo que merece la pena.

El cariño con el que mencionó a su madre hizo que la irritación de Elphame desapareciera.

– La querías mucho.

– Ella me dio la humanidad, y después me enseñó lo que significaba. Nunca me vio como si fuera un monstruo, sino como a su hijo.

– Tú no eres un monstruo -dijo Elphame.

– No. No lo soy, pero llevo la sangre de una raza de demonios en las venas, y eso es algo que ninguno debemos olvidar.

– ¿Debería tener miedo de ti?

– No puedo responder a esa pregunta por ti -dijo él-. Lo único que puedo decirte es que preferiría morir antes que hacerte daño.

Elphame notó que se le hacía un nudo en la garganta. Su mente y su corazón estaban batallando. Debería pedirle que se marchara. Le daría ventaja, y después informaría a Cuchulainn de que había una criatura Fomorian en Partholon. Tenía que dejar de pensar como una tonta romántica. Él no era más que un sueño peligroso.

– Me marcharé, si es lo que deseas -dijo él.

– ¿Puedes leerme el pensamiento? -preguntó Elphame con aspereza.

– No, no puedo, sólo puedo leer tu semblante y tus ojos. He soñado contigo desde que naciste. Ha sido tiempo más que suficiente para aprender cómo son todas las expresiones de tu cara, y para entender tus estados de ánimo.

Elphame lo miró a los ojos, intentando obviar la tristeza que percibió en ellos. Podía hacerlo. Podía pedirle que se fuera. Su destino era ser la Jefa del Clan, ser La MacCallan, y estaba marcada por el poder de Epona. Estaba aparte de los demás.

Como Lochlan.

Lo miró y analizó la verdad de la criatura que estaba ante ella. Tenía un cuerpo muy humano. Era alto y musculoso, y estaba bien formado. Sin embargo, los hombres no tenían alas, y no tenían la piel brillante como si irradiaran una luz pálida. Tampoco había visto nunca unos ojos de aquel color gris oscuro, como una tormenta. Elphame recorrió su figura con la mirada hasta que llegó a sus pies.

– Garras -dijo Lochlan, y se encogió de hombros-. Tengo garras. Tú tienes cascos. Si pudiera elegir, creo que preferiría tener cualquiera de esas dos cosas antes que los pies de un hombre. No puedo imaginar cómo es llevar zapatos.

Elphame se rió.

– Ésta es la primera vez que lo digo en voz alta, pero pienso lo mismo. Cuando era niña, mi madre se ponía triste porque yo no podía ponerme medias y zapatos, así que me abrillantaba los cascos hasta que relucían. Yo intentaba explicarle que a mí no me importaba, que me gustaban mis cascos, pero ella nunca lo entendió.

Lochlan le devolvió la sonrisa.

– Mi madre sólo me decía que me cortara las garras porque estaba cansada de remendar mis sábanas.

Era muy fácil hablar con él. Cuando dejó de analizar su humanidad, y comenzó a reaccionar como una mujer ante un hombre, se dio cuenta de que no era difícil olvidar que fueran tan distintos. Su corazón le decía que él no podía ser un monstruo, pero ¿podía confiar en su corazón?

Lochlan no mostró ninguna señal de su propia angustia mientras observaba su lucha interna y el conflicto de sus emociones. ¿Qué podía decirle? No podía pedirle que lo aceptara. ¿Cómo iba a hacerlo? ¿Qué ocurriría si no encontraba ningún modo de llevar a cabo la Profecía, si no era con su sangre? Debería dejarla en aquel mismo instante, darse la vuelta y huir, y no volver a verla, aunque al hacer aquello estuviera condenando a los suyos a la locura eterna.

Notaba el tirón del demonio que habitaba en sus venas. «Llévatela», le susurraba. «Tómala y haz lo que quieras con ella».

«¡No!», pensó Lochlan, y aceptó el dolor con agrado, como siempre que conseguía reprimir al demonio de su sangre. Aquel dolor era el mismo que estaba haciendo que su gente perdiera la humanidad y se abandonara lentamente a la locura y a la sed de sangre que era la esencia de la raza Fomorian. El dolor era el precio que debían pagar por intentar ser algo más que sus demoníacos padres. Habían nacido diferentes, únicos. En los vientres de sus madres, cada uno de ellos se había alterado, y en vez de pertenecer a la raza Fomorian, había evolucionado hasta ser algo casi humano. Sin embargo, la llamada de su sangre oscura siempre estaba presente, y era una tentación que debían reprimir. Era una seducción llena de sueños de muerte y de la enloquecedora esencia de la sangre.

¿Cómo iba a salvar a su raza de la violencia que los estaba destruyendo? ¿Matando a Elphame? ¿Cómo podía pedirle Epona algo semejante? No tenía sentido. Debía de haber otro modo de cumplir aquella Profecía.

Ella estaba muy cerca, y ya no era la mujer etérea de sus sueños, sino un ser vivo que respiraba, y que estaba a pocos metros de él. No podía dejarla. Todavía no. Había pasado un siglo luchando contra la oscuridad, y no iba a retirarse.

Lentamente, Elphame alzó la vista para mirarlo, y Lochlan vio su confusión, que era casi un espejo de la que él sentía.

– No tengo todas las respuestas que necesitas -dijo-. Están sucediendo muchas cosas que yo tampoco entiendo, pero te juro que mi corazón, incluso mi alma, están ligados a los tuyos. Si tú no estás a mi lado, sufriré por ti hasta que deje de respirar -dijo Lochlan.

Él sufría por ella. Elphame estaba empezando a sentir algo igualmente terrible y maravilloso. De repente, quiso acariciarlo. Quería sentir la seguridad de que él respiraba, de que era de carne cálida. Él había estado soñando con ella durante toda la vida, y ella sólo había soñado con él durante una fracción de aquel tiempo, pero Elphame ya sabía que quería algo más que sueños y esperanzas.

Sin dudarlo, bajó cuidadosamente de su asiento y se acercó a él.

– Elphame -susurró él-, no debería quedarme.

– Lo sé, pero no quiero que te marches -respondió ella, e intentó sonreír-. Pero tal vez el golpe que me di en la cabeza me esté nublando el juicio.

Lochlan frunció los labios.

– Entonces, parece que tu herida se me ha contagiado -dijo. Alzó la barbilla y señaló a un lado de la cabeza de Elphame-. Y parece que has mejorado mucho. Te curas con rapidez -añadió, y miró su hombro-. Veo que tu Sanadora te ha dado permiso para que te quites el cabestrillo.

– Brenna -dijo ella-. La Sanadora se llama Brenna. Tiene mucho talento, y además es mi amiga.

Él asintió pensativamente.

– Me gustaría ver cómo te ha curado el corte del costado.

Elphame se puso la mano sobre el vendaje que tenía bajo la túnica de lino.

– Creo que tendrás que aceptar mi palabra de que también se está curando bien.

Lochlan sonrió con picardía.

– Ya te he visto el costado desnudo.

Oh, por Epona… Elphame sintió un cosquilleo en el estómago. Deseó desesperadamente tener el don de su hermano para flirtear.

– Bueno, eso fue en un momento de urgencia, pero ahora no me va a atacar ningún jabalí. Y de todos modos, no creo que tenga muy buen aspecto. No me he bañado desde el accidente.

Elphame se pasó una mano, con un gesto nervioso, por el pelo. Le pareció que estaba sin vida, muy sucio. Incluso dio un paso atrás por miedo a oler tan mal como pensaba.

Pero Lochlan no le permitió que se retirara. Sin acercarse a ella, la tomó de la muñeca. Elphame notó el contacto de su mano y le pareció fuerte y cálida. Él tiró suavemente, y ella dio un paso adelante.

– ¿Cómo podría explicarte lo que veo cuando te miro? -le preguntó él-. Mi madre me educó en sus creencias. Me enseñó a comportarme como la gente de Partholon, su gente. Y ella me transmitió el amor por la diosa Epona. No sé cuántas veces la oí pedirle a Epona que nos protegiera, que nos ayudara, en especial, a mí y a los que eran como yo. Ella tenía un vínculo con su diosa que se mantuvo fuerte durante toda su vida. Mi madre era una mujer con una gran fe. Murió creyendo que sus plegarias obtendrían respuesta.

Lochlan volvió a tirar de Elphame para que se le acercara más, y en aquella ocasión ella siguió los latidos de su corazón y fue hacia él.

– Así que ya ves, para mí es como si hubieras salido de las plegarias de mi madre y hubieras entrado en mi corazón. Cuando te miro, veo el amor de mi pasado junto a la realización de mis deseos más profundos.

Suavemente, como si temiera que ella volviera a apartarse de él, le acarició la mejilla con las puntas de los dedos. Con lentitud, dibujó la línea de su mandíbula y después le acarició el cuello hasta que su mano descansó sobre el hombro herido de Elphame.

– ¿Todavía te duele?

– ¿El qué? -ella estaba tan cerca de él que sentía su calor.

– El hombro.

El contacto con Lochlan la había afectado profundamente. Él se daba cuenta, porque ella había separado inconscientemente los labios y tenía los ojos brillantes y húmedos. El hecho de poder afectarla tanto con sólo un roce hizo que él sonriera, y dejó a la vista sus incisivos, muy blancos y afilados.

Elphame apartó la vista rápidamente, pero Lochlan le puso un dedo bajo la barbilla e hizo que lo mirara a los ojos.

– Son sólo dientes.

– ¡Deja de leerme el pensamiento!

– Ya te he dicho que no puedo hacerlo.

– Entonces deja de leer la expresión de mi cara.

– No puedo evitarlo. Tienes una cara muy bonita, muy expresiva.

Cuando él volvió a sonreír, ella no apartó los ojos.

Tenía los colmillos distintos, largos y peligrosos. Elphame empezó a recordar fragmentos de los libros de historia que había en la biblioteca de su madre. Los Fomorians eran demonios y estaban sedientos de sangre, sobre todo durante el apareamiento. Se alimentaban de la sangre de las demás criaturas y atacaban a los humanos.

– ¿Tú… te alimentas de la sangre de los demás?

Lochlan pestañeó con sorpresa.

– No. No me alimento de la sangre de los demás. Me gusta la comida cocinada. Y muerta.

– Entonces, ¿por qué?

– ¿Que por qué tengo así los colmillos?

Elphame asintió.

– Es parte de mi herencia, Elphame. Soy lo suficientemente humano como para no alimentarme de sangre de los demás, pero soy lo suficientemente Fomorian como para poseer los vestigios de su sed de sangre.

– He leído que los Fomorians beben sangre unos de los otros.

Lochlan suspiró.

– Eso es cierto. Un Fomorian desea probar la sangre de su pareja, como ella desea la de él. El intercambio de sangre es parte del vínculo que forman juntos. ¿Te parece algo horrible?

Ella miró su boca, sus labios, y las líneas fuertes de su mandíbula.

– No lo sé -susurró. Después, su mirada viajó hasta sus ojos grises. ¿Cómo sería besarlo?

«Pregúntaselo». Aquel pensamiento le cruzó la mente. «Pregúntaselo».

Y para su sorpresa, lo hizo.

– Si me besaras, ¿me cortarías los labios con los colmillos?

– No, no te cortaría -respondió él suavemente.

Él la hipnotizaba. Elphame sentía los latidos del corazón en los oídos.

– Has dicho que todavía tienes vestigios de la sed de sangre. ¿Quieres probar mi sangre?

A través de sus manos, que en algún momento se habían quedado unidas, ella sintió el temblor que atravesó el cuerpo de Lochlan, como si fuera una respuesta instantánea a su pregunta.

– Hay muchas cosas que deseo de ti -dijo él-, pero no tomaré nada que tú no desees dar.

– Yo… Yo no sé lo que quiero. Nunca me han besado -balbuceó.

– Lo sé.

Los ojos de Lochlan pasaron de ser grises a ser tormentosos.

– Creo que te estaba esperando -murmuró Elphame.

– Como yo te he estado esperando a ti -susurró él.

«Ve despacio… no la presiones», le ordenó la parte racional de su mente. «Es muy joven… No tiene experiencia… Se asustará con facilidad».

Pero tenía que probarla.

Lentamente, dándole tiempo para que ella pudiera apartarse si quería, Lochlan se inclinó hacia ella y la besó.

Fue muy diferente a cualquier cosa que Elphame hubiera imaginado. Ella creía que besar sería algo embarazoso, por lo menos al principio. Había sido una ingenua. Los labios de Lochlan eran cálidos y firmes, y también seductores. Sus bocas encajaron a la perfección, y cuando sus lenguas se encontraron, a ella se le detuvo el pensamiento. Su cuerpo tomó las riendas. Elphame cerró los ojos y se empapó de él. Lochlan era el bosque, salvaje, bello e indómito. Y la atraía. Él metió una mano entre su pelo, y con la otra la ciñó contra sí. Elphame se lo permitió, se estrechó contra su cuerpo. Automáticamente, le rodeó el cuello con los brazos.

Incluso perdida en aquel beso, se dio cuenta de que algo le rozaba los antebrazos, y la novedad de aquella sensación hizo que abriera los ojos y separara los labios de los de él.

Sus alas habían empezado a desplegarse y a extenderse sobre él. Ella miró desde sus alas erectas a su rostro. Él tenía la respiración muy profunda, y sus ojos grises se habían oscurecido de deseo.

– Mi pasión se refleja en ellas -le explicó a Elphame-. No puedo controlarlas. Y menos cuando tú estás tan cerca, y te deseo tanto.

– Parece como si no fueran parte de ti.

– Son una parte oscura de mí, una parte contra la que tengo que luchar.

Ella volvió a mirarle las alas. Estaban extendidas por encima de ellos, como si él se la fuera a llevar por los aires. Elphame pensó que la parte inferior era del color de la luna.

– Son muy bonitas -susurró.

Lochlan apartó la cabeza hacia atrás como si lo hubiera abofeteado.

– No lo digas ni siquiera en broma.

– ¿Y por qué iba a bromear? -preguntó ella, y lamentó ver el dolor que había aparecido en sus ojos-. ¿Puedo tocarlas?

Él no podía hablar. Asintió lentamente.

Ella no vaciló. Alzó una mano y tocó la parte del ala que estaba extendida sobre el hombro izquierdo de Lochlan.

– Oh -susurró-. Son suaves. Pensaba que lo serían.

Entonces, abrió la mano y pasó la palma, delicadamente, sobre la superficie esponjosa. Las alas temblaron bajo su caricia, y se expandieron, mientras Lochlan exhalaba el aire de los pulmones con un gemido.

Elphame apartó la mano al instante.

– ¿Te he hecho daño?

Él cerró los ojos.

– ¡No! -exclamó-. No pares. No dejes de acariciarme.

El deseo puro que ella percibió en su voz la intrigó mucho, tanto como su cuerpo exótico. Elphame no quería dejar de acariciarlo, y volvió a alzar la mano hacia la suavidad del ala. Sin embargo, antes de que pudiera tocarlo, él atrapó su mano. Ella lo miró con desconcierto.

– Se acerca alguien -dijo él; ladeó la cabeza y añadió rápidamente-: Es la Cazadora.

– ¡Tienes que irte! No puede verte.

– Tengo que estar contigo de nuevo. Pronto -dijo Lochlan con un deje de frustración.

– Yo encontraré la manera. Por favor, vete. La Cazadora pensaría que me estás atacando -le suplicó Elphame.

– Llámame, corazón mío. Nunca estaré lejos de ti.

Lochlan se inclinó y la besó una vez más, con una desesperación que rayaba en la violencia. Sin embargo, Elphame no se estremeció, ni se apartó de él. Respondió a su pasión con su propia fuerza inhumana.

Él se separó de ella y, con un quejido, se adentró en el bosque. No volvió la cabeza para mirarla. No podía.

Capítulo 17

Elphame se pasó la mano temblorosa por los labios y se dirigió apresuradamente desde el borde del bosque a las piedras donde había estado sentada con Lochlan. Tuvo tiempo para acomodarse en la suya y respirar dos veces profundamente antes de ver a Brighid entre los árboles saludándola de lejos. Elphame le devolvió el saludo con la mano y se obligó a responder. Al mirarla, nadie se daría cuenta de que acababan de besarla, ni siquiera la Cazadora. Sin embargo, aunque una Cazadora no pudiera leer las caras, sí sabía leer un rastro…

Elphame se sobresaltó. Brighid podría leer el rastro de Lochlan. La expresión alegre de la Cazadora se transformó en un gesto de preocupación al notar que Elphame estaba muy pálida.

– Cuchulainn me ha pedido que viniera a recogerte para llevarte al castillo, porque habías pasado demasiado tiempo fuera y tal vez te hubieras debilitado -dijo-. Por tu aspecto, parece que tenía razón.

– Odio que tenga razón -dijo Elphame, intentando que su tono de voz fuera de despreocupación.

– Todos odiamos que tenga razón. Vamos, te ayudaré a bajar -le dijo, y la sujetó mientras bajaba de la piedra. Después arqueó una ceja y le preguntó-: ¿Necesitas que te lleve hasta el castillo?

– No, estoy bien -dijo Elphame.

– ¿Estás segura? Ya sabes que a mí no me importa -dijo Brighid.

– Sí, ya lo sé. Gracias, Brighid. Te agradezco mucho la oferta, pero creo que estoy agarrotada de no caminar durante tantos días. Me alegro de que hayas venido a buscarme -le dijo-. Te eché de menos ayer.

– Ayer se nos unieron otros cinco hombres, todos con sus jóvenes esposas.

– No lo sabía. Cuchulainn… ¡Ese burro que se empeña en protegerme excesivamente! Me trata como si yo fuera una maldita inválida.

– Tu hermano es muy molesto -dijo Brighid con una sonrisa-. Creo que, si ya te sientes lo suficientemente bien como para discutir con él es que te estás curando. Brenna se va a poner muy contenta -dijo Brighid.

– Pero no Cu -dijo Elphame con una sonrisa de satisfacción.

Iban caminando lentamente hacia el castillo, y cuando Brighid se dirigió más hacia el bosque que hacia el mar, Elphame se alarmó por si encontraba algún rastro de Lochlan. Rápidamente, señaló hacia el acantilado.

– Vamos a caminar cerca del borde. Me gusta ver el mar.

Brighid cambió de dirección, aunque cabeceando.

– No sé por qué te gusta. A mí me pone nerviosa.

Elphame la miró con sorpresa.

– Pensaba que tú nunca te ponías nerviosa.

La Cazadora resopló.

– Caerme sí. Me pone muy nerviosa. Eso deberías entenderlo bien.

Elphame se estremeció.

– En eso tienes razón. No quisiera repetir la experiencia.

Brighid se quedó en silencio mientras daban unos cuantos pasos más. Después, carraspeó y miró a Elphame de reojo.

– Tenía ganas de preguntarte una cosa sobre esa noche, pero pensaba que debía esperar hasta que te recuperaras, o hasta que pudieras pensar con más claridad. Creo que ya ha llegado ese momento.

– ¿Y qué es?

Brighid se detuvo y pensó durante unos momentos antes de hablar.

– Aquella noche, cuando mataste al jabalí, ¿había otra criatura contigo en el barranco?

– ¿Otra criatura? ¿A qué te refieres? -preguntó Elphame, que tuvo que hacer un gran esfuerzo por mantener una expresión de calma.

– No estoy segura. Encontré al jabalí con la garganta cortada, muerto en mitad del río. Y vi por dónde te habías caído. Pero también vi otras cosas. Vi huellas que no reconocía muy cerca de ti.

– ¿Otras huellas? No lo entiendo -dijo Elphame, con el estómago encogido. A ella no le gustaba mentir, y hasta el accidente no tenía ninguna práctica. Le dolía mentirles a sus amigos.

– Yo tampoco lo entiendo. Es evidente que estaba oscuro y que la lluvia ya había empezado a borrar las huellas, pero estoy segura de que lo que vi no era normal. Eran las huellas de un animal que nunca había visto antes -explicó Brighid, mirando a Elphame con preocupación-. Y he visto huellas similares en el bosque que rodea el Castillo de MacCallan.

Elphame intentó contener el pánico que sentía, y con la mayor despreocupación posible, dijo:

– ¿Y no podía ser un oso grande? Ya sabes que en estos bosques no ha cazado nadie durante un siglo. Debe de haber muchos animales salvajes.

Brighid suspiró.

– Podría ser, pero las huellas no eran de un oso. Es una criatura bípeda. Sé que parece descabellado, pero me pregunto si han vuelto los dragones a Partholon.

Elphame no tuvo que fingir la sorpresa. Los dragones eran el tema principal de los cuentos infantiles y de las baladas, lo habían sido durante siglos. Si habían existido de veras, fue mucho tiempo antes.

– Ahora pensarás que tengo alucinaciones -dijo Brighid.

– ¡No! No dudo de tu palabra. Tal vez haya dragones en este bosque.

Elphame miró a Brighid y sonrió.

– No se lo digas a Cuchulainn. Se empeñará en lanzar una partida de búsqueda de dragones.

Brighid se echó a reír.

– Brighid, me tranquilizaría que me prometieras una cosa.

La Cazadora arqueó las cejas.

– Sea lo que sea esa criatura, no vayas tras ella. Déjala. Por lo menos, hasta que estemos más instalados y puedas llevarte unos cuantos ayudantes.

Elphame pensó que aquellas palabras la convertían en una traidora, para Lochlan como para su amiga, pero no sabía qué otra cosa podía decir.

Brighid se encogió de hombros.

– Como desees, Elphame. Ya tengo suficiente trabajo cazando para proveer de comida a toda esta horda.

Siguieron caminando en silencio, y ambas iban pensando en las huellas de garras que había en el bosque.

Capítulo 18

– ¡El! ¡Por aquí!

Cuchulainn les hizo señas con el brazo en alto a la Cazadora y a Elphame, para que se reunieran con él junto a la entrada del castillo.

Elphame estaba disgustada porque un paseo tan corto la hubiera fatigado tanto, pero irguió los hombros con cuidado y sonrió.

Mientras Brighid y ella se acercaban a su hermano, Brenna salió del castillo, limpiándose las manos en el delantal manchado de sangre.

– ¿Qué tal está la mano del trabajador? Espero que la herida no fuera grave -le preguntó Elphame a la Sanadora.

– Va a recuperarse, pero espero que ya no vuelva a sentir ganas de saludar a alguna muchacha atractiva mientras está cortando madera -dijo Brenna.

Después miró a Elphame con los ojos entornados, y se dio cuenta de que estaba muy pálida. Pese a sus protestas, le levantó la camisa para comprobar el estado del vendaje de su costado.

– ¿Está bien? -preguntó Cuchulainn, mirando por encima del hombro de Brenna-. ¿Mando traer una camilla?

– ¡No, no necesito ninguna camilla! -exclamó Elphame con enfado-. Lo que necesito es tomar un baño, comer algo y descansar en privado.

Brenna sonrió.

– Entonces, la sorpresa que te hemos preparado te va a gustar mucho.

– ¿De qué sorpresa estáis hablando?

– Ven con nosotros, hermana mía -le dijo Cu misteriosamente. La tomó del brazo y la condujo hacia el interior del castillo.

Por el camino, todos aquéllos que se cruzaban con ellos saludaban con alegría a Elphame, y ella respondía con amabilidad. Al llegar al corazón del castillo, se quedó impresionada por los cambios que habían sucedido en sólo cinco días.

El patio había renacido. La fuente borboteaba alegremente. Alguien había colocado grandes macetas con helechos del bosque a su alrededor. Había apliques en las paredes y las columnas, y en ellos, antorchas que iluminaban con fuerza y daban calor, y que le conferían un color dorado al castillo. El suelo estaba impecable, suave y limpio. Los años sólo habían conseguido realzar la belleza de la piedra.

– ¡Oh, Cu! ¡Los pilares!

Le apretó afectuosamente el brazo a su hermano antes de acercarse a la gran columna central. La habían restaurado amorosamente. La luz danzante de las antorchas acariciaba la talla de la piedra, que formaba nudos intrincados, pájaros, flores y yeguas encabritadas.

Y la piedra canturreaba con una voz resonante y musical, que resonaba en el alma de Elphame. Incluso sin tocarla, notaba su llamada.

Elphame se acercó al pilar, anhelando tener una comunicación más íntima con la piedra. Entonces, se dio cuenta de que había docenas de ojos observándola, y recordó que no estaba sola. Apretó los puños. ¿En qué pensaba? No podía hacer aquella actuación para el castillo entero.

Entonces oyó el sonido de los cascos de un centauro acercándose por el patio. Danann salió de entre el grupo de trabajadores que se había congregado allí.

– La piedra te está llamando. Es un don único, y no debes titubear a la hora de responder.

Elphame miró nerviosamente a Danann, y después, al resto de los presentes.

– No -dijo él, y bajó la voz para que sólo ella pudiera oírlo-. No fragmentes tu atención. Sólo puedes hacer una cosa. Cuando la piedra habla, tú debes responder. Estás destinada a ser La MacCallan. Tu castillo te ha llamado desde una gran distancia, y desde un gran lapso de tiempo. Ahora debes responder con el alma, además de con el cuerpo.

Elphame se humedeció los labios y tragó saliva. Aquellas palabras tenían todo el sentido para ella. Estaba vinculada a aquel castillo, a sus muros y a sus suelos y a sus columnas, y a los espíritus de su pasado. Deseaba aquel vínculo, su alma lo anhelaba.

Miró una vez más a Danann, y él asintió para darle ánimos.

Elphame se aclaró la mente y posó las manos sobre la columna central. La vieja piedra se hizo líquida bajo sus manos, y comenzó el calor. Aquel calor se intensificó rápidamente y se extendió por sus brazos, por su cuerpo entero, y la ráfaga de sensaciones le llenó la mente con un solo grito de alegría.

«¡Fe y fidelidad!».

A ella le dio un salto de alegría el corazón al reconocer el lema de los MacCallan, que las piedras del castillo, de su castillo, gritaban con una única y victoriosa voz. Elphame jadeó de felicidad. Se dio cuenta de que Cuchulainn se había acercado a ella, y de que Danann había posado su mano huesuda sobre el brazo del guerrero.

– Tu hermana está a salvo. Ella obtiene su fuerza de estas piedras.

Elphame oyó la voz del Maestro de la Piedra como si proviniera de un punto muy lejano, pero aquellas palabras se le clavaron en la mente.

¿Podía obtener fuerza de aquellas piedras? ¿Cómo era posible?

En cuanto se hubo formulado aquella pregunta, el calor que la había invadido cambió, se movió, reaccionó. Se incrementó tanto, que Elphame tuvo la sensación de que sus manos se hundían en la piedra, que se había hecho maleable por unos instantes.

La energía llenó su cuerpo, y Elphame bebió la fuerza de la piedra. El dolor de su hombro y de su costado desaparecieron, y la jaqueca que la había torturado durante días se evaporó.

Elphame cerró los ojos y respiró profundamente, concentrándose, tal y como Danann le había enseñado. Se concentró en su conexión con la piedra viviente. «Gracias. No sé por qué me habéis concedido este don mágico, pero gracias».

El espíritu de la columna central del castillo respondió.

«Llevamos mucho tiempo esperando el regreso de El MacCallan y el pulso de la vida entre nuestras murallas. Nos regocijamos porque has venido a reclamar tu derecho de nacimiento. ¡Observa lo que es tuyo, Diosa!».

Con una fuerza que casi la asustó, Elphame notó que sus sentidos aumentaban mientras su espíritu se unía al espíritu de la piedra. Hubo un momento de confusión y de vértigo mientras se acostumbraba a su nueva capacidad de percepción. Después se hizo una con el castillo. Sus muros se convirtieron en su piel, sus miembros eran las torres y su espina dorsal era aquella columna. Elphame sentía cada rincón, cada espacio del castillo. Eran de tejidos y de sangre, de su sangre. «Ésta es mi casa», se dijo, y la amorosa caricia de su pensamiento fluyó hacia los cimientos del Castillo de MacCallan. El hogar ancestral de su clan vivía una vez más.

Cuchulainn vio que el reino de los espíritus envolvía a su hermana. Por primera vez en su vida, vio a la diosa que había en ella, y por un momento, tuvo la sensación de que ante sí tenía a una extraña. Sabía que era lo que ella había deseado siempre, y sabía que debería sentirse feliz por Elphame, pero le entristecía casi tanto como le impresionaba.

Apartó los ojos de Elphame y observó a la gente y a los centauros que los rodeaban. Muchos de ellos habían unido las manos, y dos mujeres se habían puesto de rodillas. Todos los rostros reflejaban la reverencia y el amor que sentían por su hermana diosa. La seguirían a cualquier parte. «Nosotros», se corrigió, «la seguiríamos a cualquier parte».

En aquel momento, Elphame echó la cabeza hacia atrás, y con una voz magnificada por el poder de los espíritus del castillo, gritó las palabras que la llenaban.

– ¡Fe y fidelidad!

– ¡Fe y fidelidad!

Automáticamente, Cuchulainn unió su voz a la de Elphame, y pronunció el antiguo grito de batalla de los MacCallan, y pronto, todas las voces del castillo se fundieron con las suyas. El grito resonó por las murallas de piedra viva, y se extendió más allá, hacia el mar y el bosque.

– ¡Fe y fidelidad!

Capítulo 19

Elphame miró a su alrededor mientras se frotaba las manos, en las que todavía sentía un cosquilleo. Se sentía exultante debido a la comunión con los espíritus de la piedra, y le resultaba imposible estar quieta. Estaba llena de fuerza, de esperanza y alegría, pero miró con cierta inquietud a la gente que la rodeaba. Se preparó para su reacción ante lo que acababan de presenciar. Sí, habían respondido a su grito, y se habían dejado llevar por la magia del momento, pero ¿a qué precio? ¿La verían como la Jefa del Clan y la aceptarían, o comenzarían a rehuirla de nuevo? O, peor todavía, ¿intentarían adorarla?

La pequeña jefa de mantenimiento, Meara, fue la primera en hablar. En sus mejillas se formaron dos hoyuelos cuando sonrió y le hizo una reverencia a Elphame.

– Yo he supervisado la limpieza de las columnas -dijo, al principio, con la voz vacilante, pero después superó el nerviosismo y continuó con calma-: Restauré la columna central con mis manos. No puedo comunicarme con los espíritus de la piedra como tú, pero juro que he podido sentir su fuerza, y su bienvenida -explicó. Impulsivamente, le tomó la mano a Elphame y se la estrechó-. Tenías razón. Ésta es nuestra casa. Las mismas piedras nos dan la bienvenida.

Elphame sintió una fuerte avalancha de emociones, e intentó encontrar la voz para responder.

Un joven se acercó a Meara. Le hizo una reverencia a Elphame; era uno de los hombres que la había puesto sobre el lomo de Brighid la noche de su accidente. Pero antes de que Elphame tuviera ocasión de saludarlo, él se puso de rodillas, la miró a los ojos y comenzó a hablar con la pasión de la juventud.

– Nunca he tenido un hogar propio. Soy el más pequeño de diez hijos, y durante toda mi vida me he sentido desplazado, como un vagabundo. Creo que muchos de nosotros nos hemos sentido así -dijo. Hizo una pausa y miró a su alrededor, a los demás humanos y centauros. Varias cabezas asintieron, y Elphame oyó un murmullo general de acuerdo-. Pero ya no será así. No nací en el clan de los MacCallan, pero como he trabajado para reconstruir sus muros, yo también siento la atracción de la piedra. Encajo aquí como nunca había encajado en otro sitio. Este castillo es un cimiento para mí, y si La MacCallan me acepta, le juraré lealtad y llevaré con orgullo el nombre del clan hasta mi muerte y más allá, si ella me lo concede.

– ¡Yo también! -dijo alguien a la derecha de Elphame, y otro hombre se puso de rodillas.

– ¡Y yo!

– ¡Yo también!

Elphame vio abrumada que todas las criaturas, incluida la orgullosa Dhianna, se ponían de rodillas, hasta que sólo Cuchulainn y Danann permanecían en pie. Entonces, Cu se acercó a su hermana.

– Yo ya pertenezco al clan de los MacCallan, pero en este día me uno a todos los que te están jurando lealtad, hermana mía -dijo, y se arrodilló ante ella.

– Hace décadas yo juré lealtad al Templo de Epona, y ése es un lazo que no puedo romper -dijo Danann lentamente-. Pero reconozco que eres la heredera legítima del clan de los MacCallan, y me ofrezco como testigo de todos los juramentos que te han hecho este día.

El viejo centauro hizo una reverencia ante Elphame.

– Gracias, Danann. Entonces, sé también testigo de que yo acepto el juramento de todos los humanos y centauros que están presentes aquí -dijo ella, con una voz clara y llena de fuerza del castillo, aunque estaba a punto de echarse a llorar de felicidad-. Y lo aceptaré a la vieja usanza -añadió, y levantó las manos para recitar las palabras ancestrales de vinculación entre los miembros del clan.

»A través de la paz de la brisa, os uno a mí. A través de la paz del fuego del hogar, os uno a mí. A través de la paz de las olas, os uno a mí. A través de la paz de la tierra calma, os uno a mí. A través de los cuatro elementos estáis unidos a mí, a La MacCallan, y a través del espíritu de nuestro clan, el vínculo se ha sellado. Así se ha dicho; así será. ¡Levantaos, miembros del clan de los MacCallan!

Todos prorrumpieron en vítores mientras el nuevo clan se ponía en pie. Elphame se enjugó las lágrimas de felicidad de las mejillas mientras veía felicitarse a los demás. De repente aparecieron odres de vino y la gente comenzó a pasarlos con entusiasmo, para hacer brindis por la salud de La MacCallan.

– Bien hecho, hermana -le dijo Cu al oído mientras la abrazaba.

– Es como si estuviera en un sueño, Cu -dijo ella-. Son míos.

– Son tuyos. Somos tuyos -respondió el guerrero con una sonrisa para su Jefa.

Todos le pertenecían, y a través de ellos, Elphame también pertenecía a aquel lugar.

Uno de los hombres sacó una flauta y comenzó a tocar una melodía ligera y animada. Pronto se le unió otra flauta, y el sonido de la lira. Elphame sonrió. Quería bailar y cantar para celebrarlo durante toda la noche, pero antes de que pudiera tomar a Cu de la mano para que su hermano bailara con ella, Elphame notó que alguien le ponía una mano sobre el brazo. Miró hacia arriba, y se encontró con la mirada de Danann.

– Es algo temporal -dijo en voz baja-. La fuerza que has obtenido de la piedra se desvanecerá pronto.

Cuchulainn la tomó del brazo y miró por toda la multitud hasta que encontró la cabeza oscura de Brenna, que estaba junto a la Cazadora, con la cara agachada para que el pelo le tapara las cicatrices. Al sentir la mirada de Cuchulainn, alzó la vista y vio la expresión preocupada del guerrero. Asintió, habló con Brighid y las dos comenzaron a acercarse a Elphame.

Cu se volvió hacia su hermana.

– He reconocido esa mirada tuya, hermana mía, pero a menos que quieras ponerte pálida y desmayarte delante de todo el mundo, creo que deberías pensar bien si quieres bailar.

Elphame frunció los labios, e iba a responder a Cuchulainn que ella no se desmayaba, pero en aquel mismo instante, el dolor de cabeza le martilleó las sienes con intensidad.

– Acabas de quedarte blanca -le dijo Brenna-. ¿Es la cabeza?

– ¿Si digo que sí voy a tener que beber más tisanas de las tuyas?

Brenna intentó disimular la sonrisa.

– Por supuesto que sí.

– Entonces, no me duele nada la cabeza.

– Mientes muy mal.

– Yo diría que es el momento perfecto para su sorpresa -dijo Danann.

Cuchulainn, Brenna y Brighid asintieron.

– ¡Clan de los MacCallan! -dijo Cuchulainn con fuerza, y la multitud quedó en silencio-. Vuestra Jefa va a retirarse a su aposento para descansar antes de la fiesta de esta noche.

Elphame frunció el ceño con confusión. ¿Su aposento? ¿No se refería a su tienda?

Por las miradas de alegría de la gente, y los gritos alegres con los que le deseaban un buen descanso, Elphame supo que ellos también estaban al tanto del misterio. Cu debía de haberle preparado una tienda dentro de las murallas del castillo, y eso le gustaba. Así pues, Elphame sonrió y se despidió saludando con la mano, mientras Cu, seguido de Brenna y de Brighid, la llevó desde el salón central por un pasillo que se curvaba hacia la derecha, y que estaba bien iluminado con antorchas. Ella miró a su alrededor con curiosidad, puesto que no había pasado mucho tiempo en aquella zona del castillo.

– ¿Adónde me estáis llevando?

Cuchulainn sonrió enigmáticamente. Elphame suspiró. Conocía aquella sonrisa, y sabía que no iba a sonsacarle nada.

– Terco -le dijo-. Siempre has sido muy terco.

Tras ellos, Brighid resopló y murmuró:

– Os parecéis como si fuerais hermanos.

A Brenna se le escapó una risita.

Elphame miró por encima de su hombro a sus dos amigas, con una ceja arqueada mientras Cuchulainn resoplaba también.

A la izquierda del pasillo se abría otro pequeño corredor, y Cuchulainn entró en él. Elphame pestañeó al encontrarse con una puerta gruesa de madera, que tenía tallada la yegua encabritada del emblema de los MacCallan. Había un aplique con una antorcha a cada lado de la puerta, y la madera de pino de la puerta brillaba a la luz del fuego. Elphame pasó los dedos por encima de la yegua.

– Es preciosa. Esta puerta no pudo sobrevivir al incendio -dijo.

– No. Varios de los hombres trajeron madera de tus bosques, y Danann la talló. Dijo que era adecuado que el emblema de los MacCallan adornara la puerta de la habitación de la Jefa del Clan -explicó Cuchulainn.

– ¿La habitación de la Jefa del Clan? -repitió Elphame con asombro.

– Es un regalo de tu clan -dijo él, y abrió la puerta.

Lo primero que vio Elphame fue que la habitación estaba inundada de luz. Había antorchas en todas las paredes y candelabros altos de metal con velas. En la chimenea ardía un buen fuego. Las ventanas eran altas y estrechas, y había dos de ellas en cada una de las cuatro paredes. Por sus huecos entraba la luz tenue del atardecer. Había pocos muebles en la estancia; una sencilla mesa de madera con sillas, un tocador pequeño con un espejo muy adornado y un diván dorado, y la gran cama, que estaba vestida con sábanas de lino grueso y un edredón del color del oro con bordados.

Elphame se acercó a la cama y pasó la mano por el edredón.

– Mamá -dijo con una sonrisa, y miró a su hermano-. Lo ha enviado mamá.

– Sí. Han llegado esta mañana, junto a varios barriles de su excelente vino y estas dos cosas -respondió su hermano, señalando el espejo y la silla.

Elphame se echó a reír.

– Mamá ha enviado lo esencial -dijo. Después se quedó callada, mirando a su alrededor.

– Os dije que se iba a quedar sin habla -dijo Cu, sonriendo como un niño.

– Por supuesto que está sin habla -respondió Brenna-. Vamos a enseñarle el resto.

– ¿Hay más?

Los tres asintieron. Brenna la tomó de la mano y la llevó hacia un pasillo de piedra. El pasillo se abría a una torre redonda en la que había unas empinadas escaleras, también de piedra, que llevaban a una especie de descansillo.

– ¿Te acuerdas de la torre que tenía que terminar de dibujar hoy? ¿La que habían acabado los trabajadores? -preguntó Brenna.

Elphame asintió.

– Es ésta. Tu torre ya está restaurada.

– Todos queríamos acabar la Torre de la Jefa del Clan en primer lugar -le dijo Cuchulainn.

– Todavía está muy desnuda, pero un día tú la llenarás de libros y de tus cosas. La harás tuya -dijo su hermano.

– Yo… -Elphame tuvo que carraspear-. Estoy impaciente por verla.

Brenna la tomó de la muñeca. Por un momento dejó de ser su amiga y se convirtió de nuevo en la Sanadora.

– No creo que sea buena idea. Sé que te he jurado lealtad, pero en lo referente a tu salud, estoy por encima de ti. Ahora, lo que necesita tu cuerpo es descanso y comida, no el ejercicio que supondría subir todas esas escaleras.

Antes de que Elphame pudiera protestar, Cu le dijo:

– La torre lleva aquí más de cien años. Puede esperar una noche más.

– Además, creía que querías darte un baño -dijo Brenna.

A Elphame se le iluminó la mirada.

– Si puedes conseguir que suban aquí una bañera, te prometo que me olvidaré de la torre, por lo menos hasta mañana.

– ¿Una bañera? -repitió Brighid, y se echó a reír-. Creo que tenemos algo mejor para La MacCallan.

La Cazadora asintió para señalar hacia la pared de la chimenea.

– Ésta es mi parte favorita. Sígueme -dijo. Entonces guió a Elphame hacia un hueco disimulado que había en la pared, al otro extremo de la chimenea.

Elphame observó a la Cazadora, que desapareció en el hueco. Su voz llegó a la habitación desde el interior, extrañamente amortiguada por los gruesos muros de piedra.

– Ten cuidado. Hay mucho espacio, pero está un poco húmedo y los cascos resbalan.

Elphame entró en aquel hueco y pestañeó. No era una habitación. Había unas escaleras muy amplias que se formaban a sus pies, y estaban iluminadas con antorchas que ardían en los apliques de las paredes. Vio que Brighid desaparecía a medida que la escalera descendía y giraba suavemente hacia la izquierda.

– Continúa -le dijo Cuchulainn-. Te va a encantar.

Elphame comenzó a bajar suavemente las escaleras, y terminó en una estancia pequeña, como una caverna. La Cazadora estaba junto a una profunda piscina de la que emergían volutas de vapor. El aire era muy cálido. Elphame se dio cuenta de que había una pequeña cascada que alimentaba la piscina, que al otro extremo desaguaba lentamente a través de un hueco de la pared. Había braseros que contenían piedras redondas y suaves, que iban a reemplazar las que ya debían de estar en el fondo de la piscina calentando el agua.

– Los jabones y los aceites son un regalo de las mujeres -dijo Brighid-. Cada una hemos traído nuestro jabón favorito -añadió. Yo te he traído jabón de roca.

– Y yo te he traído un aceite de camomila que es calmante -dijo Brenna-. Asegúrate de ponerte un poco en el costado. Y no te quedes demasiado tiempo en el baño.

– Te lo prometo -dijo Elphame.

– Yo no te he traído jabón ni perfumes -intervino Cuchulainn-, pero he convencido a la dueña de la posada para que te regalara esas toallas.

– Son perfectas -susurró Elphame.

– No -dijo Brighid-. Será perfecto cuando te hayamos dejado sola y puedas bañarte sin público.

Brenna frunció el ceño, pero no protestó cuando Brighid la tomó de los hombros y la empujó suavemente hacia la salida. Después, miró a Cuchulainn.

– Tu hermana sabe bañarse sola.

Él refunfuñó, pero salió del baño.

– Gracias, Brighid -dijo Elphame-. Eres una buena amiga.

– Cualquier cosa por La MacCallan -dijo la Cazadora, y le guiñó un ojo. Comenzó a subir las escaleras, pero se giró y miró a Elphame-. Se me olvidaba. Estamos organizando una cena especial para esta noche, en honor a tu recuperación. He cazado algo especial para comer. Pero tómate tu tiempo, porque Wynne me ha prometido que te va a guardar un plato caliente.

– ¿Lo has cazado sólo para mí? ¿Qué es?

– Jabalí.

Elphame, ignorando el dolor que le palpitaba en la sien, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

Capítulo 20

Elphame se puso una mano sobre el costado y respiró profundamente. Como siempre, Brenna tenía razón. Subir aquellas escaleras empinadas y retorcidas requería un esfuerzo demasiado grande para aquella noche, pero no había podido resistir la tentación de subir a la famosa Torre de la Jefa del Clan. Su torre. La verdad era que, aparte de la falta de aliento y de los dolores, se sentía muy bien. Cansada, sí, y tal vez un poco llena debido a la cena, pero maravillosamente.

Se había dado un buen baño y había comido jabalí asado con todos los demás, en mesas largas y anchas, grandes para acomodar a centauros y humanos, en el Gran Salón. Todavía no había cristales en las ventanas, y las paredes seguían ennegrecidas por el humo del fuego, y no habían colgado tapices para adornar la estancia, pero la atmósfera de camaradería era palpable. Brenna y Brighid se habían sentado a un lado de Elphame, y Cuchulainn y Danann al otro. Rodeada por ellos, y con su clan charlando ruidosamente a su alrededor, le había resultado fácil olvidar los dolores de su cuerpo… al contrario que a Lochlan.

Si miraba al vacío de vez en cuando y perdía el hilo de la conversación, nadie le dio importancia. La MacCallan estaba fuerte y se estaba curando, y acababa de superar unas graves heridas. Nunca habrían imaginado adónde vagaban sus pensamientos.

Después de la cena, Brenna se empeñó en que se retirara a su habitación a descansar, y ella obedeció, entre saludos y buenos deseos de todo el mundo. Sin embargo, aunque su dormitorio fuera muy cómodo y ella estuviera muy cansada, Elphame no habría podido conciliar el sueño, así que decidió subir a la torre.

Antes de que la escalera terminara, sintió la caricia de la brisa nocturna y el olor de la madera recién cortada con la que habían arreglado el tejado. Olía a bosque, al bosque en el que vigilaba y esperaba su amante. Inhaló profundamente, y al instante percibió una esencia que le recordó a Lochlan.

Emergió a la Torre de la Jefa del Clan desde el suelo, y se dio cuenta de que era más grande de lo que parecía desde abajo. Era perfectamente redonda, y las ventanas eran hendiduras de suelo a techo, espaciadas rítmicamente alrededor de la circunferencia. En las paredes había antorchas, y una gran chimenea, pero ninguna de ellas estaba encendida. La luna creciente proporcionaba una luz pálida y débil a la torre, y Elphame giró lentamente para acostumbrar la visión a la penumbra. Una de las ventanas era más amplia que las demás, y se acercó a ella.

Entonces, se dio cuenta de que no era una ventana, sino que daba a un pequeño balcón. Elphame salió y absorbió la vista. Aquel balcón estaba orientado hacia el este, hacia el bosque. Desde aquel punto observó el interminable mar de pinos, cuyas ramas se movían al viento. Las sombras aumentaban y disminuían bajo sus ojos, y Elphame los entrecerró. ¿Era aquello la forma de un ala que se mecía con la brisa?

Imposible.

Suspiró, y deslizó la vista por el castillo, bajo ella. A través de los agujeros del tejado que todavía no se habían reparado se filtraba la música y la luz. Sin embargo, Elphame se dio cuenta de que su clan ya había empezado a retirarse. Algunos grupos de gente y centauros salían del castillo y se dirigían hacia las tiendas. Cuchulainn le había dicho que en dos ciclos más de luna ya habrían arreglado habitaciones suficientes como para que todos pudieran dormir dentro del castillo. Aquello agradaba a Elphame. Quería que su gente estuviera dentro de las murallas. Apoyó el brazo en la balaustrada y sintió un suave cosquilleo de calor en la piel, cuando el espíritu del castillo reconoció su presencia. El Castillo de MacCallan reflejaba sus sentimientos. Ansiaba vivir de nuevo.

De repente, un movimiento captó su atención. Elphame vio a una figura saliendo del castillo, y reconoció a Brenna. La pequeña Sanadora se quedó inmóvil, como si necesitara recuperar el aliento, y después se apoyó contra la muralla. Con la espalda encorvada, se tapó la cara con las manos. Incluso desde aquella distancia, Elphame se dio cuenta de que los sollozos le agitaban los hombros.

Elphame frunció el ceño de preocupación. ¿Qué le ocurría a Brenna?

Apenas se había formulado la pregunta cuando sintió un calor intenso en el brazo que tenía apoyado en la balaustrada, y su mente conectó de repente con la piedra del castillo, como había conectado antes con la columna central. «¿Qué le ocurre a Brenna?». La pregunta se deslizó por todo el esqueleto del castillo y Elphame jadeó. Vio un reflejo dorado, como un hilo que se estiraba desde su cuerpo a través de la roca y que llegaba directamente al lugar donde la pequeña Sanadora estaba apoyada.

«Desesperanza… Soledad… Anhelos…».

Aquellos retazos de emociones desgarradoras volvieron por el hilo y bombardearon a Elphame. Estaba claro que alguien había hecho daño a Brenna, y Elphame se puso furiosa al ver cómo los sollozos agitaban a su amiga. Cuando Elphame había salido del Gran Salón, Brighid estaba charlando animadamente con la Sanadora. ¿Qué había ocurrido? ¿Quién le había hecho tanto daño en tan poco tiempo? ¡Por Epona! ¿Y dónde estaba su hermano cuando alguien estaba hiriendo a Brenna?

La ira de Elphame se transmitió a la piedra, y se puso el hilo dorado de color rojo.

Brenna alzó la cabeza de repente. Dejó de sollozar y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Entonces, irguió la espalda y comenzó a caminar hacia las tiendas.

Justo cuando desapareció entre las sombras, un hombre salió del castillo, y Elphame reconoció al instante la figura de su hermano. Cuchulainn se detuvo y miró hacia las espesas sombras que rodeaban el castillo. Entonces, Elphame oyó el eco de la maldición que profirió al darse cuenta de que las sombras estaban vacías. Cuchulainn volvió a maldecir y se marchó hacia las tiendas.

«No podemos elegir a quién amamos. Sería más fácil que pudiéramos, pero no podemos».

Aquella voz espectral estaba a su lado, profunda y un poco ronca, con su acento particular. Elphame dio dos pasos hacia atrás, sobresaltada, y tuvo que agarrarse el costado, porque el brusco movimiento le causó dolor.

«Ten cuidado con esa herida, chica. Todavía no te has curado del todo».

– ¡La herida no importa! -respondió Elphame-. Me has dado un susto de muerte. Casi me caigo de la torre.

Él se rió.

«No quería asustarte, pero tu hermano me ha distraído», dijo el espíritu, y señaló hacia abajo con la barbilla. «Con esa cabeza tan dura, ese chico se va a dar un buen golpe». El espíritu se encogió de hombros. Aquel gesto era tan parecido al de su hermano que a Elphame se le cortó la respiración. «Pero no podemos hacer nada. El amor nos vuelve idiotas a todos. Aunque me preocupa la pequeña Sanadora. Si no es capaz de confiar, no podrá amar. ¿Tú que piensas, muchacha?».

Elphame pestañeó con desconcierto.

«¿No sabes responder? No me digas que eres tan borrica como tu hermano».

– Mi hermano no es borrico -dijo ella-. Es obstinado y leal. Y si recuerdo bien la historia que estudié, son rasgos que comparte contigo.

El MacCallan se echó a reír con ganas.

«Sí, muchacha, lo recuerdas bien».

Elphame intentó relajarse al oír sus carcajadas. Él se apoyó contra la balaustrada.

«Pero no has respondido a mi pregunta».

– Eso ya lo sé. Recuerda que estás hablando con una Jefa de Clan, y a nosotros no nos gusta que nos hagan preguntas con superioridad.

El viejo espíritu movió la cabeza.

«Tienes razón al recordármelo, chica. Tu valor es una de las cosas que más me gustan de ti. Permíteme que reformule la pregunta. Como Jefa de Clan, ¿apruebas la unión de tu hermano y la Sanadora?».

– Sí, creo que harían una buena pareja.

El MacCallan asintió.

«A mí también me lo parece. Pero eso no es todo lo que quería preguntarte».

– ¿Y qué más quieres saber?

«Quiero saber si crees que el amor puede vivir sin la confianza. Y antes de que te enfades, has de saber que no es una pregunta vana, muchacha. Es una pregunta que todos los Jefes de clan deben hacerse».

Elphame lo miró fijamente. ¿Cuánto sabía aquel espíritu? ¿Estaba su existencia ceñida tan sólo al castillo, o también a los bosques? ¿Sabría lo de Lochlan? Ella se sintió preocupada. Sin embargo, ¿qué podía hacer si El MacCallan lo sabía? Ya se lo estaba ocultando a su hermano y a su clan. No podía ocultárselo también al reino de los espíritus.

– Tengo poca experiencia con el amor, pero me conozco. No creo que pudiera amar a alguien sin confiar en él.

«Ésa es una respuesta sabia, muchacha. Y me recuerdas a tu bisabuela. Conserva esa sabiduría. Concede tu amor con tanto cuidado como tu confianza, y serás una líder fuerte, además de una compañera fiel».

– Pero ¿cómo puedo saberlo? ¿Cómo puedo saber si es sabio confiar cuando el amor, y el deseo, se mezclan? Siempre he sabido juzgar el carácter de la gente, pero mi corazón nunca había estado involucrado. ¿Acaso el corazón no es capaz de complicarlo todo?

«Ah, claro que sí. Sin embargo, ¿cómo sabías que tenías que venir a restaurar el Castillo de MacCallan?».

– Tenía el presentimiento de que era lo correcto -dijo ella-. No… Era algo más que eso. No se me quitaba la idea de la cabeza. Desde que tengo uso de razón me intrigaban las historias del Castillo de MacCallan. Era como si me llamara, hasta que no fui capaz de encontrar la paz en ningún otro sitio.

El MacCallan asintió.

«El amor es muy parecido a eso. Cuando no puedas encontrar la paz si no es a su lado, lo sabrás».

– Entonces, ¿estás diciendo que debo confiar en mi corazón?

«En tu corazón no, muchacha. No seas tonta. Tu corazón no te guió para que te convirtieras en La MacCallan. Eso estaba en tu sangre, en tu alma. Escucha a tu alma, no a algo tan veleidoso como el corazón».

Elphame suspiró. Realmente, cualquiera hubiera pensado que hablar con el espíritu de un antepasado sería una experiencia esclarecedora. Sin embargo, no era así. ¿Que debía escuchar a su alma y a su sangre? Elphame no tenía ni idea de lo que significaba eso.

«Me agrada que lleves mi regalo», dijo el espíritu, y con su dedo transparente, señaló el broche con el que Elphame se había sujetado la túnica sobre el pecho.

Ella acarició el broche ligeramente.

– Para mí es muy importante que me lo dieras -dijo. Entonces, el recuerdo de su muerte le cruzó la mente-. Pero preferiría no haber presenciado tu muerte. Fue… Fue horrible. Sé que estás muerto, pero verte morir fue muy duro.

El MacCallan la miró a los ojos.

«Si no es duro, no merece la pena».

Elphame dio un respingo al oír aquello. ¿Por qué pronunciaba aquel espíritu unas palabras tan parecidas a las que le había dicho una criatura que, en parte, era Fomorian? Una criatura… Su corazón se rebeló a que su mente lo etiquetara así.

«Estás cansada, muchacha. Te dejaré descansar. Y no pienses que voy a estar espiándote. El castillo y el clan te pertenecen ahora».

– Pero no te vas a ir para siempre, ¿no? -le preguntó Elphame, mientras su espectro comenzaba a desvanecerse.

«No, chica. Estaré aquí cuando me necesites…».

Lenta y cuidadosamente, Elphame bajó las escaleras de caracol. El MacCallan tenía razón. Estaba exhausta. Afortunadamente, el esfuerzo de bajar de la Torre de la Jefa del Clan funcionó como una de las infames tisanas de Brenna. Cuando Elphame se tendió sobre la cama, se deslizó rápidamente en la inconsciencia.

Capítulo 21

Cuchulainn no tenía idea de cómo había podido suceder. Todo iba tan bien… Algunas veces, Brenna estaba tan relajada con él casi como con su hermana. Y él había hecho un esfuerzo muy grande para conseguirlo. Se frotó la nuca rígida y tomó un trago del odre de vino. Después, jugueteó con inquietud con los pequeños botes de hierbas y de infusiones que había sobre la mesa. Brenna los había dejado allí. Debía de haberlos olvidado con las prisas cuando habían llevado las cosas de Elphame de aquella tienda al nuevo dormitorio del castillo. Cuchulainn había intentado que Brenna se quedara con la tienda, pero ella se había empeñado en que la ocupara él.

– A ella le gusta su tienda -gruñó Cuchulainn-. Le gusta porque está al borde del campamento, bien alejada de las demás. Solitaria.

En su opinión, Brenna pasaba demasiado tiempo al borde de la vida, a menos que alguien estuviera enfermo o herido, claro. Entonces entraba de lleno en la batalla, y pasaba de ser una doncella tímida e insegura a ser alguien que podía comandar un ejército con una sola mirada.

O por lo menos, el corazón de un guerrero.

Cuchulainn exhaló un suspiro de frustración. Nunca le había resultado tan difícil. Si deseaba a una mujer, ella acudía a él. Sólo tenía que sonreír, flirtear, bromear un poco o engatusarla. Después, iban a él voluntariamente. Pero Brenna no. Él siempre había sabido que con ella las cosas serían distintas, porque ella era diferente. Su inocencia lo cautivaba. No podía dejar de pensar en ella.

Cuchulainn tomó otro trago de vino.

Así que había tenido mucho cuidado con ella, la había persuadido con delicadeza, como si fuera un pájaro tímido al que quería atraer hacia su mano. La respuesta de Brenna había sido frustrante, desconcertante. Cuanta más atención le dedicaba, más se alejaba ella, pero cuando él no estaba intentando atraerla, cuando estaban trabajando para arreglar la habitación de Elphame, o cuando tuvo que ir a buscarla por el accidente del trabajador, por ejemplo, ella hablaba con facilidad con él. Era durante aquellos momentos cuando Brenna se olvidaba de quién era él, y cuando podía relajarse.

Aquella idea no era muy halagadora.

Trató de entenderla. Sabía que tenía reticencias a estar con los demás, sobre todo con los hombres, y que era a causa de su herida. Como le había dicho Elphame, sus cicatrices eran extensas, y le llegaban hasta su alma. Sin embargo, a Cuchulainn cada vez le resultaba más difícil recordarlo.

– He dejado de ver esas malditas cicatrices -dijo. Hablaba arrastrando las palabras, pero no le importaba. Estaba solo. Igual que ella estaba sola-. ¿Cómo voy a poder decírselo si no me deja acercarme a ella?

¿Cómo podía decirle que, para él, su cara era sólo una parte de ella? ¿Que las cicatrices eran como sus ojos y su pelo y el resto de su cuerpo? ¿Que eran ella?

– Por Epona, no sé cómo hacerlo.

Aquella noche había sido el ejemplo perfecto de su ineptitud. Él creía que todo iba bien. Brenna le había sorprendido al acceder a sentarse a su lado en la mesa principal, con todos los demás, y él pensaba que era un movimiento claro en la dirección adecuada. Al echar la vista atrás, Cuchulainn pensaba que Brenna sólo había accedido a situarse en la mesa principal, a la vista de todo el mundo, para tener cerca a su paciente y poder vigilarla, y que no había tenido nada que ver con él, pero el juramento de Elphame ante su nuevo clan y la euforia de la noche lo habían llenado de optimismo ciego.

Y también, admitió que lo había llenado de demasiado vino.

Después de que su hermana se retirara había comenzado la música. Uno de los trabajadores había sacado un tambor, y cuando se le unieron otros músicos, todo el mundo prorrumpió en gritos de aprobación y comenzó a apartar las mesas y a formar parejas para el baile. Cuchulainn se sintió efervescente. Sólo podía pensar en lo mucho que deseaba bailar con Brenna. Ella se estaba riendo alegremente de algo que acababa de decirle la Cazadora, cuando él se acercó y, con una reverencia muy galante, le pidió que le hiciera el honor de concederle un baile.

Cuchulainn se dio cuenta de que Brenna palidecía, y que, con un gesto que él estaba empezando a detestar, agachaba la cabeza y se escondía tras su melena negra.

– No, no sé bailar.

Cuchulainn oyó su voz, que se había convertido en el susurro trémulo con el que se dirigía a él habitualmente. Al oírlo de nuevo, se sintió muy enfadado de repente.

– ¿Que no sabes bailar? ¿Una mujer que sabe suturar una herida, colocar un brazo roto y traer a un niño al mundo no sabe bailar?

Él no quería que su voz sonara tan sarcástica, de verdad.

Brenna alzó los ojos y, a través del velo de su cabello, Cuchulainn captó un brillo de ira en ellos. Entonces, pensó que cualquier emoción era mejor que su retirada.

– Las habilidades que mencionas las he podido practicar. Nunca he tenido oportunidad de aprender a bailar.

– Ahora la tienes.

Cuchulainn se encogió al recordar la arrogancia con la que le había tendido la mano. Habría apostado que ella iba a aceptar. Ni siquiera se había dado cuenta de que la gente que estaba cerca de ellos se había quedado callada para presenciar la conversación. Brenna había mirado a su alrededor como buscando una escapatoria, y él apretó los dientes al recordarlo. Su petulancia masculina la había convertido en el centro de atención.

– No… Yo… no -murmuró ella.

– Sólo es un baile, Brenna. No te estoy pidiendo que seas mi compañera para toda la vida -dijo él con una risa, aunque se odió a sí mismo en cuanto hubo pronunciado aquellas palabras.

– No… Yo nunca habría pensado algo así…

– Sé cuál es el problema -intervino entonces Brighid, y terminó con la vacilación de Brenna-. Cuchulainn nunca ha oído la palabra «no» en los labios de una mujer. Evidentemente, no conoce su significado.

El grupo que los estaba escuchando se echó a reír. Entonces, Wynne se acercó con un paso alegre, con una invitación abierta, moviendo su melena rojiza, y puso la mano en la que Cuchulainn todavía tenía tendida hacia Brenna.

– La Sanadora tiene razón, Cuchulainn. Tal vez debas elegir a una muchacha que tenga las habilidades que tú requieres y que no te diga que no -dijo seductoramente.

Entonces, los demás se rieron y comenzaron a animar ruidosamente a Cuchulainn mientras ella lo arrastraba hacia la zona del baile y comenzaba a moverse sensualmente al ritmo de la música. Cu la siguió con facilidad, repitiendo sus movimientos con la misma gracia. Wynne danzó, jugueteó, prometió, todo al ritmo del tambor. Frotó su cuerpo exuberante contra el de Cuchulainn y, a través de la nebulosa del vino, él percibió su olor. Olía a pan recién hecho y a especias y a mujer, pero en vez de atraerlo, como habría sido normal, su olor sólo le recordó todo lo que faltaba en ella. No olía a hierba recién cortada y a lluvia. No era Brenna.

Sin dejar de bailar, Cuchulainn se volvió hacia la mesa. Brighid seguía allí, rígida, y por un segundo, sus miradas se cruzaron. Después, con una expresión de disgusto, la Cazadora le dio la espalda. El asiento que había junto a ella había quedado vacío.

En aquel momento, Cuchulainn comenzó a sentir un nudo de angustia en el estómago. Se excusó con Wynne y se alejó. Tenía que encontrar a Brenna, y no la vio por el Gran Salón, ni tampoco la halló en el patio principal. Interrumpió a una pareja que se abrazaba apoyada en la columna central, y ellos le dijeron que la Sanadora había salido corriendo del castillo unos minutos antes que él.

Intentó alcanzarla antes de que ella llegara a su tienda, pero era demasiado tarde. Recordó que se había acercado a la tienda de Brenna y que había visto su pequeña silueta pasando por delante de la única vela que tenía encendida. Si hubiera sido cualquier otra mujer, él habría entrado en la tienda, le habría pedido perdón y le habría explicado que era un idiota borracho de amor y de deseo. Después le habría hecho el amor.

Pero Brenna no era cualquier otra mujer.

Así pues, Cuchulainn se retiró a su tienda para emborracharse lentamente hasta el olvido.

– Tenía razón en una cosa. Soy un idiota borracho.

Fue lo último que pensó antes de sumirse en el sueño. Al día siguiente iba a hacerse perdonar por ella, aunque no tenía ni idea de cómo conseguirlo.

Antes de dormir, Brenna siempre hablaba con Epona. No lo consideraba rezar. Ella no le hacía peticiones a la diosa, sino que hablaba con ella como si fuera una vieja amiga suya. Y, en realidad, Brenna llevaba tanto tiempo hablando con Epona que así era como pensaba de la diosa. Sus conversaciones con Epona habían comenzado después del accidente. Brenna sabía que no podía hacerse nada con respecto a sus heridas; de hecho, la joven Brenna de diez años pensaba que iba a morir. Tenía un dolor tan intenso, y había durado tanto tiempo, que nunca pensó en pedirle a Epona que la salvara. No quería la salvación, sólo quería el alivio. En vez de rogarle a Epona que la curara, Brenna se había pasado horas hablándole a la diosa. Pensaba que pronto iba a encontrarla en el reino de los espíritus. Ni siquiera después de sorprender a todo el mundo, incluso a sí misma, sobreviviendo, pudo dejar de hablar con la diosa. Se había convertido en un hábito que calmaba su mente y su cuerpo.

Aquella noche necesitaba calma.

Le temblaban las manos de ira contenida mientras quemaba un poco de hierba seca e inhalaba el olor familiar de la lavanda. Se sentó frente a su altar improvisado y acarició cada uno de los objetos, intentando aclararse la mente y prepararse para hablar con Epona. Sin embargo, aquella noche no encontró consuelo en sus objetos, la piedra turquesa que era del mismo color que el mar, la pequeña figura de madera de la cabeza de una yegua que ella misma había tallado, la perla en forma de gota y la pluma, que brillaba con el mismo color verde azulado de la piedra…

Del mismo color que los ojos de Cuchulainn.

Brenna cerró los ojos con disgusto. «Deja de pensar en él», se ordenó. Sin embargo, sus pensamientos, que normalmente eran disciplinados y lógicos, no obedecieron.

Volvió a sentir ira, y se deleitó con la frialdad de aquella emoción. Era mucho más fácil de soportar que la desesperanza y la soledad.

¿Cómo había podido ser tan ingenua? Pensaba que había encontrado la paz en su interior, que había conseguido aceptar su vida muchos años antes. Era una Sanadora. Nunca conocería la alegría de tener un marido, de tener hijos, pero su vida, la vida que había terminado una década antes, tenía significado. Se había dedicado a combatir a dos viejos conocidos suyos, el dolor y el sufrimiento.

¿Qué le había pasado recientemente? ¿Cómo era posible que su plácido interior se hubiera convertido en un océano turbulento?

Brenna se tocó la mejilla derecha, distraídamente, y notó la superficie irregular y suave de sus cicatrices. ¿Cuándo había pensado en el amor por última vez? Años antes, cuando había comenzado a tener el periodo. Durante aquella transición de la feminidad, había pensado en cómo habría sido su vida si hubiera estado un paso más alejada del hogar, o si su madre hubiera sabido que el cubo contenía aceite en vez de agua, o si su madre hubiera esperado para ver si ella había sobrevivido, o si su padre hubiera podido continuar con su vida…

Todo aquello había sucedido una década antes, pero aquella noche los recuerdos estaban muy frescos. Hacía mucho tiempo que no se permitía pensar en cómo podían haber sido las cosas. Normalmente era más lógica, y no había lógica en el hecho de desear lo imposible, o en desear que se deshiciera lo que ya estaba hecho.

Entonces, ¿por qué en aquel momento? ¿Por qué sus deseos, que se habían quemado en otra vida, habían renacido con unos ojos turquesa y una sonrisa de niño?

Brenna quiso acariciar la piedra, pero todavía le temblaban las manos, así que se las agarró en el regazo y apartó la vista del altar. Aquella noche no veía a la diosa reflejada allí, sino las sombras y los matices de Cuchulainn.

Inhaló la esencia de lavanda y se obligó a concentrarse en Epona. Afortunadamente, su mente se aclaró, y la tensión de sus hombros se relajó. Respiró profundamente otra vez, y comenzó a hablar con la diosa, aunque aquella noche su voz tuviera una aspereza poco habitual.

– Hoy me he sentido muy bien al jurar fidelidad y entrar a formar parte de un clan que siempre ha estado muy cerca de ti. Sentir que una pertenece a un sitio es… -hizo una pausa y se apretó las manos, tanto, que los nudillos se le pusieron blancos-. Es algo que no había vuelto a sentir desde hacía muchos años, y había olvidado la alegría que representa. Gracias por eso, por haberme concedido este nuevo hogar.

Al decirlo en voz alta, sus palabras se convirtieron en las piezas que faltaban en aquel rompecabezas. Brenna abrió mucho los ojos y sintió que la ira comenzaba a desvanecerse.

– Tal vez el aliciente de pertenecer a este clan sea lo que ha causado estos pensamientos -murmuró con una sonrisa triste-. He permitido, como si fuera una niña, que mis fantasías afectaran a mi sentido común. Unas fantasías muy bonitas que se centraban en una cara muy bonita.

Brenna suspiró. Ya no podía eludir más la cuestión. Estaba hablando con Epona, que la conocía muy bien. Deliberadamente, soltó sus manos y acarició con un dedo la pluma color turquesa.

– No fue sólo su cara, Epona. Fue la bondad que vi en sus ojos. Hizo que se me olvidara que lo único que él puede sentir por mí es lástima, no amor de verdad -murmuró, y agitó la cabeza. Su voz volvió a endurecerse-. Creen que la pena es amor, pero no es cierto. La pena es un dulce hediondo, algo que se utiliza para cubrir lo que está mejor escondido. Pero al final, la vida lava las capas y deja expuesta la verdad. Y la verdad ha quedado expuesta esta noche. Él pensó que iba a compadecerse de la pobre Sanadora y bailar con ella. Como de costumbre, un hombre guapo que piensa sólo en sus deseos. Yo tendría que haberlo sabido. No debería haber pensado nunca que…

Su voz se acalló. ¿Cómo podía haber creído que él estaba empezando a interesarse por ella? Pero ya sabía cuál era la respuesta. Estaba en los ojos de Cuchulainn, en aquellos fabulosos ojos de color turquesa. Él la había mirado con…

– ¡No! -exclamó-. Se acabaron los deseos vanos que sólo sirven para abrir viejas heridas.

Brenna se alegró de sentir ira de nuevo, una ira que desplazó la pena. Se puso de rodillas sobre la lavanda que ardía, y con firmeza, pasó las manos por el humo y bañó su cuerpo con la esencia de la hierba. Repitió aquella acción ritual tres veces. Después tomó la cabeza de la yegua y la apretó en la palma de la mano, y se estrechó el puño contra el pecho.

– Gran diosa Epona, por primera vez te ruego que me concedas algo para mí misma. Te pido que me ayudes a encontrar el centro de mi calma de nuevo, para que la paz regrese a mi corazón y a mi alma. Quiero sellar esta oración invocando a los cuatro elementos. El aire, que contiene el aliento de la vida. El fuego, que arde con la pureza de la lealtad. El agua, que limpia y purifica, y la tierra, que reconforta y alimenta.

Las palabras de Brenna no provocaron ninguna magia en el ambiente, pero ella pensó que detectaba un calor distinto en la figura de madera que tenía en el puño, y con aquel calor, la frialdad de la ira que tenía en el pecho murió. Brenna cerró los ojos y suspiró con tristeza. La ira no era el modo de arreglar las cosas. Sólo era un bálsamo temporal para los síntomas, pero que no resolvía el problema.

Volvería a encontrar la paz interior. Evitaría a Cuchulainn; eso no sería difícil. Brenna se había quedado en el Gran Salón el tiempo suficiente para ver cómo reaccionaba él a los encantos y la seducción de Wynne. La bella cocinera lo tendría muy ocupado.

Mientras se quedaba dormida, intentó ignorar el dolor que le causaba pensar en Cuchulainn con otra mujer.

Capítulo 22

Despertar en su propia habitación fue un verdadero placer, y más hacerlo a causa de los ruidos que hacían los trabajadores mientras retomaban las tareas de la restauración del castillo. Elphame se estiró lentamente para probar el dolor de su costado y el hombro. Con satisfacción, se acarició el corte. Ya no le dolía, sino que sentía entumecimiento y picor. ¿Sería demasiado hedonista por su parte el hecho de empezar el día con un largo baño en su piscina privada? Sonrió. No, si lo convertía en un baño corto. Se dirigió hacia las escaleras y aminoró el paso al sentir que estaban resbaladizas. No quería pensar en lo que diría Cuchulainn si se tropezara y se cayera de nuevo. Para guardar el equilibrio, apoyó las manos en las paredes rugosas de piedra, y al instante, estableció conexión con el espíritu del castillo.

«Tu hogar», le dijo el espíritu. «El Castillo de MacCallan es tu hogar».

El castillo la llenaba de una maravillosa sensación de pertenencia. ¿Alguna vez había sido feliz? No, creía que no. Antes de llegar a aquel castillo, su felicidad era insignificante, comparada con la alegría adulta que sentía en aquellos momentos. Ojalá pudiera completar su hogar…

Lochlan. Aquel nombre invadió su mente.

Tenía que encontrar la manera de poder reunirse en secreto con él. Tenía que pasar tiempo con él si quería averiguar con certeza si… ¿Cómo lo había dicho El MacCallan?

Saber si sólo a su lado podía hallar la paz. Y después, ¿qué? Frunció el ceño. Ya se ocuparía de aquel problema cuando llegara el momento. Tenía que dar pasos cortos, lograr una cosa y después otra.

Tal vez, una vez instalada en su dormitorio privado, las cosas fueran más fáciles. Tenía mucha más privacidad y quizá podría salir del castillo a hurtadillas para ir en su busca.

De repente, las piedras se calentaron bajo su mano, y la sensación de cosquilleo que tenía en los dedos se intensificó. Elphame siguió bajando hacia el baño maravillada, y volvió la cara hacia el muro de piedra. Posó ambas manos sobre la piel áspera del castillo y repitió su último pensamiento en voz alta.

– ¿Hay algún modo para poder salir del castillo a hurtadillas e ir en su busca?

Tal y como había sucedido la noche anterior, Elphame observó que un hilo dorado se desenrollaba dentro de la piedra, bajo sus palmas. Y como un relámpago, se retorció y se movió como una serpiente alrededor de la habitación hasta que se detuvo en un disco delgado de oro incandescente, que resplandecía en el extremo opuesto de la sala del baño. Sin romper la conexión de las manos con la piedra, Elphame recorrió la circunferencia de la habitación, siguiendo el hilo palpitante.

El disco estaba situado a la altura de sus ojos. No había antorchas que iluminaran aquella zona, así que el brillo del disco era asombroso. Elphame tocó aquella parte de la piedra donde estaba situado. No era áspera, como el resto del muro, sino suave, y del tamaño de la palma de su mano. Sobresalía ligeramente del resto de la pared, como si fuera un botón de piedra. Deslizó las manos a su alrededor, y después, siguiendo un impulso, lo apretó.

Entonces, con el sonido de una exhalación, se abrió una parte del muro que tenía el tamaño de una puerta. Elphame, sin poder dar crédito a lo que estaba ocurriendo, asomó la cabeza y se encontró con un túnel oscuro y que olía a humedad.

– ¡Elphame! -dijo Brenna desde la habitación-. ¿Estás ahí abajo?

Elphame comenzó a tirar de la puerta de piedra para intentar cerrarla.

– ¡Sí! ¡Ahora mismo subo!

Encontró el disco suave de nuevo, y lo apretó. Vio con alivio que la puerta se deslizaba silenciosamente y volvía a su lugar.

– Increíble -murmuró antes de subir las escaleras rápidamente, para reunirse con la Sanadora.

Más tarde, se prometió Elphame cuando estuviera a solas, exploraría su nuevo descubrimiento.

– ¡Buenos días! -dijo Brenna cuando Elphame salió de la habitación del sótano.

Elphame se dio cuenta de que su tono animado contrastaba con las ojeras marcadas de su amiga.

– Buenos días. Tienes cara de cansancio. ¿No has dormido bien?

La Sanadora comenzó a mover la bandeja que había dejado sobre la mesa.

– Estoy muy bien. Lo que debería preocuparte es tu propio sueño, sobre todo después del día tan ajetreado que tuviste ayer -le dijo a Elphame. Después le hizo una indicación para que se sentara y le tomó el pulso con una mano mientras estudiaba sus ojos y le palpaba con cuidado la cabeza y el hombro-. Esta mañana estás muy bien. Deja que vea la herida de tu costado.

Elphame se levantó el camisón y Brenna observó cuidadosamente a su amiga mientras asentía. Era evidente que estaba satisfecha con el progreso de la herida. Aplicó un bálsamo calmante sobre el corte. Brenna estaba cansada; cansada y triste. Elphame tenía que averiguar qué era lo que le había ocurrido.

– No quería marcharme anoche -le dijo-. Fue una celebración estupenda. Parecía que todo el mundo lo estaba pasando muy bien.

Brenna emitió una respuesta vaga, y Elphame tuvo la sensación de que su amiga fruncía los labios.

– ¿Ocurrió algo especial después de que me retirara? -prosiguió.

– No. Sólo hubo música y baile. No me quedé mucho tiempo.

Elphame arqueó las cejas.

– ¿De verdad? Eso me sorprende. Creía que lo estabas pasando bien.

– No. Sí. Quiero decir que sí lo estaba pasando bien. Pero era tarde, y estaba cansada, así que me fui a la cama.

Su despreocupación era fingida, y no la miraba a los ojos. ¿Cómo podía conseguir Elphame que Brenna confiara en ella?

Recordó la conversación que había tenido con El MacCallan. La confianza y el amor iban unidos, y para que hubiera confianza tenía que haber verdad. Debería decirle a Brenna la verdad y demostrarle que podía confiar en ella.

– Anoche subí a la Torre de la Jefa del Clan -dijo suavemente.

Brenna la miró con el ceño fruncido.

– No deberías haberlo hecho. Sé que te encuentras mucho mejor, pero tienes que tener cuidado y no esforzarte demasiado.

– Ya lo sé, ya lo sé. Tengo cuidado.

– Bueno, por lo menos no has sufrido ningún daño -dijo Brenna, y se alisó las arrugas del camisón-. Pero esta mañana no deberías bañarte -añadió, y sonrió al ver la cara de pocos amigos de Elphame-. Esta noche. Puedes bañarte de nuevo esta noche. Y ten cuidado de ponerte este ungüento de nuevo cuando te hayas secado bien la herida. Y ahora -le dijo con energía, mientras se limpiaba las manos en el delantal y se volvía hacia la mesa-, te he traído una buena tisana y el desayuno.

– Me beberé tu horrible poción si te sientas y desayunas conmigo.

– Muy bien -dijo Brenna, que se había llevado una agradable sorpresa-. Me encantaría desayunar contigo -añadió, y miró a Elphame con picardía-. Además, creo que hoy mi horrible poción te va a resultar bastante agradable. Le he puesto escaramujos y miel.

– Me mimas demasiado -respondió Elphame, mirando dubitativamente la tetera.

– Cualquier cosa por La MacCallan -dijo Brenna, e hizo una pequeña reverencia mientras sonreía a la Jefa del Clan.

Después, Elphame esperó hasta que la Sanadora hubo servido dos tazas de tisana y hubiera empezado a comer uno de los bocadillos de queso y carne del desayuno, antes de empezar a hablar.

– Las vistas desde la torre son espectaculares.

– Sí, ya lo sé -respondió Brenna-. Brighid no pudo subir, porque las escaleras son demasiado estrechas, así que se empeñó en que subiera yo y le contara todo lo que había visto arriba.

Elphame asintió, intentando no ser impaciente y soltar apresuradamente todo lo que quería decir.

– ¿Te has dado cuenta de lo bien que se puede ver a todo el que se aleja y se acerca al castillo?

– Sí. Seguramente, ésa fue la principal intención de quien la construyó. Quería que El MacCallan pudiera vigilar sin ser detectado con facilidad.

– Yo también lo creo -dijo Elphame, y carraspeó ligeramente-. En realidad, eso es exactamente lo que yo hice anoche.

– ¿De veras? -preguntó Brenna con curiosidad-. ¿Y viste algo interesante?

– Te vi salir del castillo -respondió Elphame con suavidad-. Estabas muy disgustada.

– No, no. Sólo estaba cansada.

– No. Era algo más que eso. Algo te había hecho daño. Mucho daño. ¿No confías en mí lo suficiente como para contarme qué fue?

A Brenna se le llenaron los ojos de lágrimas.

– Claro que confío en ti, Elphame. Eres mi amiga. Lo que ocurre es que me siento como una tonta.

Elphame le estrechó una mano.

– Por lo menos, tú no te has caído por un barranco y te has abierto la cabeza.

Brenna suspiró.

– En realidad, también me he caído, en cierto modo…

Su contestación se vio interrumpida por la aparición de Cuchulainn en el dormitorio.

– ¡Despierta, hermana mía! No puedes pasarte todo el día en la…

Cu se quedó callado al ver a Brenna. Elphame vio que la expresión de su amiga cambiaba, y que miraba con asombro a Cuchulainn. Brenna apartó su mano de la de Elphame, inclinó la cabeza y se puso a mirar la mesa. Fue muy fácil ver el dolor, puro y feroz, que se reflejó en su rostro, antes de que ella lo enmascarara todo con su velo de pelo negro.

– No sabía que estabas aquí, Brenna. De haberlo sabido no habría venido sin avisar. No quería interrumpiros.

Elphame miró a su hermano. Su expresión, como su voz, era la de un niño arrepentido. Miraba a Brenna con tristeza. Elphame se volvió de nuevo hacia Brenna. La Sanadora seguía mirando a la mesa con fijeza, ignorando a Cuchulainn.

Había sido Cu quien le había hecho daño a Brenna la noche anterior. Elphame pensó que debía tener una conversación muy seria con su hermano. ¿Cómo le había llamado El MacCallan? «Borrico». Tenía que admitir que tal vez el viejo espíritu tuviera razón.

– Cu, tienes que aprender a llamar a la puerta. Pero ahora que ya estás aquí, siéntate. Hay mucha comida, y aunque tengas modales de bárbaro, puedes sentarte a desayunar con nosotras.

Brenna se puso en pie tan rápidamente que su silla cayó al suelo.

– Tengo que irme. Todavía no he ido a visitar al trabajador que tiene la mano herida. Necesito cambiarle la venda -dijo, mientras pasaba por delante de Cuchulainn sin mirarlo.

– Espera, Brenna. Seguro que tienes tiempo para terminar el desayuno.

– No, debo irme. Vendré a verte después de la cena para inspeccionar de nuevo tu herida. No te esfuerces demasiado hoy, Elphame -añadió mientras salía por la puerta, como si no pudiera esperar.

Cuchulainn se quedó inmóvil.

Elphame frunció el ceño y cabeceó.

– ¿A qué esperas? ¡Ve tras ella! Anoche llegaste demasiado tarde, intenta hacerlo mejor ahora.

Cu se quedó asombrado.

– ¿Cómo lo sabes?

– Te lo explicaré después. Vete.

Él asintió y sonrió con tristeza. Le sopló un beso a Elphame desde la puerta.

– Gracias, hermana mía.

– Arregla lo que hayas hecho mal -murmuró ella mientras la puerta se cerraba.

Capítulo 23

– ¡Espera, Brenna! -dijo Cuchulainn, corriendo por el pasillo tras ella.

Brenna miró hacia atrás, y por un momento tuvo la tentación de huir. Estaba casi al final del corredor, y seguramente podía llegar a las zonas públicas del castillo antes de que él pudiera alcanzarla. Y entonces, ¿qué? Estar en público sólo serviría para empeorar las cosas. Por lo menos, allí nadie iba a presenciar lo que ocurriera entre ellos. Brenna se detuvo y se volvió hacia Cuchulainn. Empezó a bajar la cabeza para ocultarle la cara, cuando, inesperadamente, la ira de la noche anterior se desvaneció. No. Iba a enfrentarse cara a cara a su lástima.

– Te debo una disculpa por mi comportamiento de ayer.

– No me debes ninguna disculpa, Cuchulainn -dijo Brenna, y alzó una mano para interrumpirlo. Para su asombro, él la tomó y, antes de que ella pudiera protestar, se la llevó a los labios y le besó el dorso.

– Por supuesto que sí. Había bebido demasiado vino. Fui maleducado y bruto. Por favor, perdóname -le dijo él. No le había soltado la mano, y estaba dibujando círculos con el pulgar sobre la delicada piel que acababa de besar.

Brenna se quedó helada. Recibir un beso en la mano… Era algo tan sencillo… Los hombres y las mujeres intercambiaban saludos así todos los días. Sin embargo, a ella nunca le había besado nadie la mano. Ni a modo de saludo, ni con deseo. De repente, tuvo que contener el impulso de echarse a llorar.

– Por favor, no me acaricies así.

– ¿Por qué no, Brenna? -preguntó Cuchulainn en voz baja y suave.

¿Qué podía decirle? ¿Que no debía tocarla porque ella lo deseaba desesperadamente, o que no debía tocarla porque él era una herida de la que no sería capaz de recuperarse?

No podía decirle ninguna de aquellas dos cosas. Si lo hacía, iba a romperse en añicos. Así pues, buscó dentro de sí el resto de ira que pudiera quedar, y lo encontró al recordar su cuerpo ceñido contra el de Wynne mientras bailaban sensualmente la noche anterior.

– Porque a Wynne no le gustaría, pero sobre todo, porque a mí tampoco me gusta -dijo, y con desdén, apartó su mano de la de él-. Acepto tu disculpa. Sé que no querías ser cruel deliberadamente, pero no tienes que ser tan agradable ahora. Es degradante.

Entonces, se volvió para seguir su camino, pero Cuchulainn la agarró por la muñeca.

– Espera, yo…

Brenna miró fulminantemente hacia los dedos que le rodeaban la muñeca, y al instante, él la soltó.

– No voy a tocarte, pero, por favor, no te vayas. Deja que me explique.

– Cuchulainn, no tienes que explicarme nada.

– ¡Sí! Sí, tengo que hacerlo. Lo primero de todo es que yo no tengo ningún interés en Wynne.

– Eso no es asunto mío.

– ¡Brenna! Por favor, ¿puedes dejarme continuar?

Brenna se encogió de hombros, fingiendo una indiferencia que no sentía.

– Anoche estaba muy borracho. Mi única defensa, por patética que sea, es que normalmente tengo más sentido común, por lo menos con respecto al vino. Ayer dejé que la celebración me lo arrebatara. Cuando comenzó la música, sólo podía pensar en lo mucho que quería bailar contigo, y cuando me rechazaste, me quedé sorprendido y desconcertado. Pensaba que te caía bien, y por mucho que me duela admitirlo, la Cazadora tenía razón. No estoy acostumbrado a que una mujer me diga que no. Reaccioné como un niño mimado -dijo, y después la miró con una expresión de picardía-. Cuando dijiste que no sabías bailar, tendría que haberme sentado a tu lado y susurrarte los pasos de baile al oído, y decirte lo mucho que deseo enseñarte a bailar, en privado.

Brenna tuvo que recordarse que debía respirar.

– Te seguí. Al ver que te habías marchado, fui a buscarte. Brenna, a mí no me interesa Wynne. Me interesas tú.

Brenna notó que su rostro enrojecía de calor, y se enfureció.

– ¿Cómo puedes ser tan cruel?

– ¿Cruel? ¿Por qué es cruel decirte que te deseo?

– Porque es una mentira, o un juego, o una fantasía enfermiza.

– Ahora me insultas.

– ¿Que te insulto? Como siempre, piensas que tú eres el centro de todo. Tú bebiste demasiado. Tú pensaste sólo en lo que querías hacer. Tú deberías haber hecho esto o lo otro. ¿Es que nunca tienes en consideración los sentimientos de los demás?

– Sí, yo…

– ¡Escúchate! «Sí, yo». ¿Y yo qué? ¿Alguna vez has pensado que tal vez yo no quiera ser el juguete del gran Cuchulainn? ¿Has pensado que tal vez no te desee? Cuchulainn, eres mi amigo y el hermano de la Jefa del Clan, y eres un guerrero admirable. Te trataré con el respeto que mereces, y te curaré como a cualquier otro miembro del clan si lo necesitas. Pero no pienso dejar que me utilices para tu divertimento personal.

En aquella ocasión, cuando ella se dio la vuelta para salir del pasillo, Cuchulainn no la siguió.

– Cu -dijo Elphame desde el otro extremo del corredor. Su hermano se volvió y la miró con una expresión extraña-. Ven aquí. Vamos a hablar.

Él asintió.

– Siéntate -le dijo ella cuando ambos estuvieron en el dormitorio y le sirvió un poco de tisana-. Bébetelo. Brenna dijo que es bueno y fuerte.

Cuchulainn se echó a reír con amargura.

– Si ella hubiera sabido que yo iba a beberlo, lo habría envenenado.

– No digas tonterías. Dijo que te curaría si estuvieras enfermo. Si hubiera sabido que tú ibas a beberlo, habría hecho que tuviera mal sabor.

– Me odia, El.

– No lo creo. En realidad, sé que no te odia, pero ése no es el problema -dijo ella, y carraspeó antes de continuar-. Cuchulainn, como Jefa del Clan, tengo el deber de preguntarte cuáles son tus intenciones.

– ¿Mis intenciones?

Elphame comenzó a caminar de un lado a otro.

– No te hagas el bobo, Cu. Sabes muy bien que te estoy preguntando por tus intenciones hacia Brenna. Verás, creo que tiene algo de razón, por lo menos en parte de lo que ha dicho. Por supuesto que yo te conozco mejor que ella, así que no creo que mientas cuando dices que la deseas, pero no puedo evitar preguntarme si la estás persiguiendo como si fuera un juego. Después de todo, no estás acostumbrado a que las mujeres te digan que no.

Cuchulainn entrecerró los ojos peligrosamente.

– No estoy jugando a nada con Brenna.

– Me alegro de oírlo. Entonces, ¿la deseas porque no puedes resistirte a causarle entusiasmo a una chica con la cara desfigurada? ¿O tal vez para poder ver el resto de su cuerpo y averiguar hasta dónde llegan sus cicatrices?

Cuchulainn dio un puñetazo en la mesa.

– Si no fueras mi hermana, ¡haría que te tragaras lo que acabas de decir!

Elphame dejó de caminar, se puso en jarras y sonrió.

– Sabía que estabas enamorado de ella.

Cuchulainn echó la cabeza hacia atrás como si lo hubiera abofeteado.

– ¿Enamorado? No…

– ¿Acaso es demasiado fea como para que el gran Cuchulainn admita que la ama?

– Elphame -dijo él, bajando la voz de una manera amenazante-. Si no dejas de hablar así de ella, voy a…

Ella se echó a reír.

– Entonces, estás diciendo que no te parece fea.

Él le lanzó una mirada fulminante.

– Claro que no. Brenna es muy bella.

– ¿Y sus cicatrices?

– ¿Qué pasa con sus cicatrices? Son parte de ella. ¡Por Epona! No puedo creerme que tú estés diciendo estas cosas. Creía que era tu amiga.

– Y lo es. Por eso quería estar segura de ti, Cuchulainn. No pensaba que fueras a jugar con ella, pero tenías que decirlo en alto para que nosotros dos lo creyéramos.

Cuchulainn miró a su alrededor.

– Pero si estamos solos.

– Exactamente -dijo Elphame, y miró al cielo con resignación-. Tenías razón -dijo-. Es un borrico.

Su hermano la miró con cara de pocos amigos.

– ¿Has estado hablando con ese viejo fantasma otra vez?

– Sí, pero eso no es lo importante. Intenta centrarte, hermano mío. Estás enamorado de Brenna.

Cuchulainn se encorvó, asintió y se quedó mirando la taza de té.

– Y ella está un poco disgustada contigo.

– ¡Mff!

– Bien, tal vez eso sea un eufemismo -se corrigió Elphame.

– Creo que me odia, El.

– Tonterías. Escucha. Anoche subí a la torre…

– No deberías haberlo hecho. Ya sabes que Brenna te dijo que tuvieras cuidado.

– Sí, sí, ella ya me ha reprendido -dijo Elphame con impaciencia-. Olvídate de eso y escucha lo que vi desde arriba. Vi a Brenna saliendo del castillo. Estaba llorando, Cu, con tanta intensidad que tuvo que apoyarse en la muralla para mantener el equilibrio.

– Era por mi culpa. La avergoncé. Eso no significa que me quiera, El. Sólo significa que yo soy tan egocéntrico y tan insensible como ella piensa.

Elphame negó con la cabeza.

– No, Cu, no significa eso. Brenna se apoyó en el muro del castillo mientras yo estaba apoyada en la balaustrada del balcón de la torre. Es difícil de explicar, pero el espíritu de la piedra me conectó con ella y sentí lo que ella estaba sintiendo, desesperanza, dolor, soledad. Lo que ocurriera en el salón no la avergonzó, le rompió el corazón.

Cuchulainn se tapó la cara con las manos y gimió.

– Cu -dijo Elphame, y le apretó el hombro-. Tú puedes arreglar esto. Lo único que tienes que hacer es demostrarle que la quieres y conseguir que crea que puede confiar en ti.

Su hermano la miró entre los dedos.

– ¿Y cómo lo hago?

Ella le sonrió.

– No tengo ni idea.

Capítulo 24

Elphame se estiró suavemente y giró el hombro herido con cuidado de no revelar ninguna incomodidad. Estaba sentada en el suelo recién arado, entre dos caballones en los que iban a crecer plantas de menta. Por lo menos, eso era lo que le había asegurado Wynne. Elphame no sabía mucho de hierbas ni de jardinería, así que aquella vieja parcela situada detrás de las cocinas en la que las plantas estaban tumbadas sobre la tierra no le parecía un huerto de hierbas aromáticas. Sin embargo, las cocineras que estaban al mando de Wynne sabían lo que hacían. Quitaban malas hierbas, trasplantaban y charlaban sobre una u otra hierba. En realidad, Elphame habría preferido estar fregando los muros de piedra del Gran Salón, pero Brenna se lo había prohibido. Elphame frunció el ceño mientras aplastaba un poco de tierra alrededor de una plantita. La Sanadora se había negado a que Elphame hiciera algo más fatigoso que sentarse cómodamente y trasplantar pequeñas mentas.

Suspiró. No debería quejarse, porque al menos había escapado de su confinamiento. Era un día cálido, claro, con una brisa que extendía el aroma de las flores y del mar dentro de los muros del castillo. El sol era maravilloso, y también los ruidos que hacían los miembros del clan mientras reparaban los barracones de los guerreros. Habían colocado la puerta cerca de las cocinas, lo cual era muy práctico. Parecía que los guerreros siempre tenían hambre. Por lo menos, Cuchulainn siempre tenía hambre.

Una figura con un kilt se acercó a los trabajadores, dando órdenes y supervisando el progreso del techo. Elphame lo observó atentamente. Cu estaba mucho más malhumorado de lo normal, y ella tuvo que contener la sonrisa. Sin embargo, su hermano no era tonto, y sabía cómo conseguir lo que deseaba de verdad. Brenna no se hacía una idea de la batalla que iba a lanzar contra sus defensas. Elphame esperaba fervientemente que, fuera cual fuera la campaña de Cu, funcionara. Brenna y él formaban una buena pareja.

Distraídamente, Elphame comenzó a preparar otro hueco para la siguiente menta. ¿Y qué ocurría con su amante? Notó un escalofrío al recordar cómo había respondido Lochlan a su caricia. Sus alas…

– Estás sonrojada. Deberías descansar un rato…

Elphame dio un respingo de culpabilidad. Miró hacia arriba y se protegió los ojos del sol con una mano. Entonces vio las siluetas de Brenna y de Brighid.

– No estoy sonrojada. Me siento muy bien -dijo, y se puso en pie con agilidad.

– A mí me parece que está descansada -dijo Brighid.

Elphame le habría dado un beso a la Cazadora.

Brenna entrecerró los ojos.

– No estarás…

– ¡No! No estoy haciendo ningún esfuerzo -exclamó Elphame, interrumpiendo a su amiga-. Sólo estoy trasplantando estas cosas.

– Estás trasplantando brotes de menta -dijo Wynne alegremente, al entrar en el huerto. La cocinera inspeccionó la fila que acababa de terminar Elphame-. Y lo estás haciendo muy bien.

Elphame sonrió.

– ¿Lo veis? Estoy bien.

Brenna se relajó, aunque sólo un poco.

– Bueno, procura ir con calma. Y si te empieza a doler el hombro, no lo fuerces.

Wynne, Brighid y Elphame comenzaron a hablar sobre los menús del castillo, y Brenna aprovechó para mirar a hurtadillas a la cocinera. Era voluptuosa y bella. No era posible que Cuchulainn no la deseara, como no era posible que la deseara a ella. Con el transcurso del día, la ira que sentía hacia él se había ido calmando, y se había transformado en una irritación confusa. ¿Por qué se había empeñado Cuchulainn en que la deseaba? Brenna se mordió el labio al recordar su respuesta. En realidad, no pensaba que él fuera egoísta y cruel; lo único que ocurría era que se había sentido completamente trastornada por su declaración. Y por su caricia. Y por su cercanía.

– Buenas tardes, señoras -dijo Cuchulainn.

Su voz grave sonaba un poco forzada. Llevaba todo el día de mal humor, irritable, y sabía que estaba molestando a los trabajadores del tejado, más que ayudándolos, así que se había ido a buscar a su hermana, y la había hallado en el huerto. Al ver a Brenna, había decidido que tendría que seguir el impulso de su corazón, o de su instinto, o de ambas cosas.

Elphame le sonrió.

– ¿A que no tenías ni idea de que soy jardinera, Cuchulainn?

Él le devolvió la sonrisa y le limpió una mancha de tierra de la mejilla.

– No lo eres.

– Te vas a llevar una sorpresa, guerrero -ronroneó Wynne-. Nuestra Jefa tiene muchos talentos ocultos.

Cuchulainn apenas miró a la bella cocinera. Sus ojos buscaron y encontraron los de Brenna. Sonrió lenta y seductoramente, y el calor de aquella sonrisa le iluminó todo el rostro.

– Tal vez tengas razón, Wynne. Hay muchas cosas de nuestra Jefa, y de otras personas, que me han sorprendido. Y me estoy dando cuenta de que quiero saber más.

Brenna se quedó mirando al guerrero con la boca abierta. ¡Él la estaba mirando así, delante de todo el mundo! El mensaje de Cuchulainn estaba bien claro. Les estaba diciendo a las demás en quién estaba interesado. En ella. Brenna se quedó allí inmóvil, sin saber si quería desaparecer o quería que él siguiera mirándola así.

– Bueno, Cu… ¿necesitabas algo? -intervino Elphame.

Cu no apartó la mirada de Brenna.

– Sí hay algo que necesito, pero creo que ya lo he encontrado, hermana.

Brenna se quedó sin aliento y se puso muy roja.

– Si me disculpas, Elphame, tengo que ocuparme de algunas cosas -dijo, y apartó los ojos de Cuchulainn para poder aclararse la cabeza-. Tengo que irme -añadió rápidamente, y se dirigió a la salida del huerto.

– Entonces, ¿así son las cosas? -preguntó Wynne.

Sin dejar de mirar la figura de Brenna mientras ella se alejaba, Cuchulainn asintió.

– Así es.

Wynne miró al guerrero, se echó hacia atrás la melena rojiza y salió muy dignamente del jardín.

– Tal vez eso no sea lo más inteligente que has podido hacer, Cuchulainn -le dijo Elphame-. Ya sabes lo tímida que es Brenna. Creo que tal vez la hayas asustado, más que seducido.

– Quiero que sepa que voy en serio.

Brighid soltó un resoplido.

– ¿Y tú qué tienes que decir? -le espetó Cuchulainn.

La Cazadora se encogió de hombros.

– Nada, salvo que pareces un toro en celo. Sólo te ha faltado orinar a su alrededor para marcar tu territorio.

Elphame se dio cuenta de que su hermano empezaba a echar humo por las orejas, y se colocó entre ellos.

– Ya está bien. Marchaos fuera de las murallas del castillo.

La Cazadora y el guerrero miraron a Elphame sin comprenderla. Ella movió la cabeza con disgusto.

– Id a cazar los dos. Brighid, intenta no enfrentarte a mi hermano a cada instante. Cuchulainn, tú tienes que deshacerte de algo de esa tensión -dijo, señalando los hombros de su hermano. No te está ayudando con Brenna.

La Cazadora volvió a resoplar.

Elphame arqueó una ceja y se cruzó de brazos.

Brighid suspiró y miró a Cuchulainn con cara de pocos amigos.

– Vamos, guerrero. Veamos si eres capaz de matar un ciervo.

Cuchulainn frunció el ceño. No tenía ninguna intención de salir del castillo. Iba a ir tras Brenna y…

– Gracias, Brighid, es buena idea. Me alegro de que se te haya ocurrido esa idea -dijo Elphame-. Wynne siempre está diciendo que no tiene suficiente venado. Os veré a los dos a la hora de la cena -añadió, e ignoró la mirada fulminante que le lanzó su hermano mientras seguía a la Cazadora hacia la salida del huerto.

Con un suspiro, Elphame retomó la tarea de transplantar brotes de menta, pensando en las ventajas de romperle la cabeza a Cuchulainn para que Brenna tuviera que curarlo.

– Seguramente, él sería peor enfermo que yo, y ella terminaría poniéndole veneno en la tisana. Y nadie la culparía -murmuró.

Cuchulainn tenía que admitirlo: Elphame había tenido una buena idea. Él tenía que alejarse del castillo para aclararse la cabeza. No tenía puntería aquel día, pero se le habían calentado los músculos y se le había relajado la tensión. También tenía que admitir que Brighid era una magnífica Cazadora. Él había pasado años junto a su padre, así que la gracilidad y la fuerza de un centauro no eran nuevas para él, pero Brighid se movía con un sigilo que parecía casi sobrenatural.

– Por aquí -susurró ella, y Cuchulainn siguió su mirada hacia un riachuelo que atravesaba el prado. El ciervo estaba agachando la cabeza para beber.

Cuchulainn asintió y bajó silenciosamente del caballo. Puso una flecha en el arco y tensó la cuerda para hacer un tiro limpio. Había un tronco enorme en su camino, y él se movió lentamente para rodearlo. Se levantó una suave brisa, y Cuchulainn se quedó inmóvil, aunque soplaba en dirección contraria al ciervo. Entonces, percibió un olor fétido que le hizo fruncir los labios. Era el olor de la muerte y la putrefacción. Dio un paso para superar una rama del tronco, y oyó un sonido repulsivo al pisar un cuerpo en descomposición.

Sin poder evitarlo, se retiró con brusquedad. El ciervo, asustado, salió corriendo.

– Cuchulainn, ¿qué…? -comenzó Brighid, pero su mirada de irritación cambió por una de sorpresa al reunirse con él al otro lado del tronco.

– Un lobo muerto -dijo él, mientras se limpiaba la bota en el musgo-. Siento haber asustado al ciervo. Es que no me lo esperaba. Y menos así.

Brighid estaba estudiando atentamente el cuerpo del animal.

– Está empalada -dijo.

– Es muy raro, ¿verdad? El lobo debió de lanzarse contra esa rama astillada.

– Es una loba.

Cuchulainn la miró con extrañeza.

– Es una loba -repitió la Cazadora, señalando la parte inferior del cuerpo hinchado-. Y tenía lobeznos. Mírale las tetas.

Cuchulainn sintió curiosidad y se olvidó del hedor. Se acercó un poco más a la loba muerta.

– He visto este tipo de muerte pocas veces, y siempre les había ocurrido a lobas solitarias que acababan de parir. Están desesperadamente hambrientas -explicó la Cazadora-. Me imagino que están tan frenéticas que corren tras su presa con una intensidad que las ciega, y pierden conciencia de todo lo que las rodea. Seguramente, intentó saltar el tronco y, a tanta velocidad, la rama se le clavó como si fuera una lanza.

Cuchulainn se agachó. La loba se había empalado a sí misma a la altura del pecho. Él sacudió la cabeza.

– Pero ¿por qué estaba cazando sola? Los lobos viven en manadas.

– La mayoría sí, pero mira su tamaño. Claramente, es el animal más pequeño de una camada. Normalmente no le habrían permitido que tuviera lobeznos. Creo que la hembra dominante la echó de la manada, porque no quería compartir con ella al macho dominante, y la manada casi nunca permite que los miembros más débiles críen -la Cazadora siguió observando el cuerpo del animal, y leyendo la historia que contaba-. Mírale la cabeza y el cuello. Tiene muchas cicatrices. Debería haber muerto. Es asombroso que se recuperara y sobreviviera tanto tiempo por sí misma.

Muchas cicatrices… Debería haber muerto… Cuchulainn apretó la mandíbula. De repente, se incorporó y miró a la Cazadora.

– ¿Cuánto tiempo crees que lleva muerta?

Brighid se encogió de hombros.

– Unos dos días.

– No es demasiado tarde.

– ¿Para qué?

– Tal vez algunos sigan con vida. Vamos a buscarlos -dijo él, y se encaminó hacia su caballo.

– Cuchulainn, ¿a qué te refieres?

Él subió a la montura y la miró.

– Demuéstrame que eres tan buena Cazadora como yo creo que eres.

Ella alzó la barbilla.

– ¿Y cómo sugieres que lo haga?

Él sonrió con tristeza.

– Quiero que encuentres a los lobeznos.

Capítulo 25

La cena fue deliciosa, y aunque Elphame estaba empezando a preguntarse por la ausencia de su hermano y de Brighid, tomó un poco de vino y charló con Danann. Ella no era la niñera de Cuchulainn. Él sabía cuidarse. Igual que Brighid.

Además, estaba Lochlan. Cuando ella le había dicho a Brighid que fuera de caza con Cu, sólo estaba pensando en Brenna y en su hermano. ¿Y si la Cazadora se topaba otra vez con aquellas huellas tan poco corrientes? O, peor todavía, ¿y si las veía Cuchulainn?

Intentó sonreír y prestar atención, amablemente, a lo que le estaba diciendo el Maestro de la Piedra, y después se volvió hacia Brenna, intentando sacarle algo de conversación una vez más. La Sanadora no se dejó convencer. Estaba silenciosa, mirando su plato, y alzando la vista ansiosamente sólo cuando alguien entraba en el salón.

Tal vez no hubiera sido tan buena idea mandar de caza a Cuchulainn. Tal vez habría sido mejor dejarle que siguiera metiendo la pata con Brenna. Elphame suspiró. Se estaba sirviendo más vino cuando el sonido de unos cascos anunció el regreso de Brighid. La Cazadora entró en el salón con una media sonrisa. Captó la mirada de Elphame y le guiñó un ojo antes de que Cuchulainn entrara a toda prisa detrás de ella.

– ¡Brenna! -gritó-. Te necesito.

Elphame se dio cuenta de que Brenna daba un respingo, pero cuando la Sanadora vio la expresión de Cuchulainn, la doncella tímida desapareció, y al instante, se puso en pie y fue hacia él.

– ¿Estás herido? -le preguntó con la voz calmada de una Sanadora experta.

– No -dijo él-. No soy yo. Es ella -dijo Cuchulainn.

Entonces se abrió la pechera de la túnica y sacó un montón de pelo gris, pequeño y sucio.

Brenna intentó dar un paso atrás, pero él la agarró por la muñeca y no se lo permitió.

– ¿A qué estás jugando, Cuchulainn? -preguntó ella, en un tono frío de enfado.

Elphame miró por encima del hombro de su amiga al montón de pelo.

– ¿Está viva?

– De milagro -respondió Cuchulainn. Después se volvió hacia Brenna-. No estoy jugando a nada. Necesito que me ayudes a salvar a la lobezna.

– ¿Dónde está su madre? -preguntó Brenna mientras se zafaba de su mano, aunque en aquella ocasión no hizo ademán de alejarse.

– Está muerta, en el bosque. Como sus cuatro hermanos.

– ¿La has matado tú? -preguntó Brenna con censura.

Brighid resopló.

– Cuchulainn no era amenaza para ningún animal hoy. El guerrero ha fallado todos los disparos que ha hecho -dijo, ignorando la cara de pocos amigos de Cuchulainn-. Encontramos muerta a su madre, y él se empeñó en que yo siguiera el rastro hasta su guarida.

Elphame se acercó a su hermano y acarició suavemente la bola de pelo. Era una lobezna muy pequeña. No ocupaba del todo la palma de la mano de Cuchulainn. Tenía los ojos cerrados y llenos de suciedad, como el resto del pelaje. Tenía la nariz pálida y seca. Si no hubiera emitido un quejido, El habría pensado que estaba muerta.

– Está muy débil y deshidratada. Seguramente ha pasado dos días sin tomar ningún alimento -dijo Brenna. Le puso el dedo en la boca, y el animal succionó débilmente-. Es una buena señal que todavía quiera mamar, pero necesita leche, grandes cantidades, y a menudo. Y tal vez no sobreviva, hagas lo que hagas.

– ¿Lo que haga yo? -preguntó Cu-. Pero yo creía que tú…

– Trae a tu lobezna a las cocinas. Wynne tendrá una gasa para hacer queso. Te enseñaré a hacer una tetilla -dijo Brenna, y se dirigió hacia la cocina.

Cu volvió a meterse la lobezna en la túnica y, entre las risas que se hicieron en el salón, siguió a la Sanadora.

– Una lobezna, ¿eh? -preguntó Elphame, sonriendo a Brighid.

– En teoría era una idea excelente. Traerle una pobre cría desamparada a la Sanadora a la que está intentando cortejar. Les derretiría el corazón a la mayoría de las doncellas.

– Brenna no es como la mayoría de las doncellas.

– Exacto.

– ¡Está tomándola!

Cuchulainn sintió un inmenso alivio. Estaba sentado en una silla junto al pequeño escritorio de la tienda que había sido de su hermana y había pasado a ser la suya. Parte de su plan había funcionado. Brenna estaba a solas con él en su tienda. Wynne les había echado a los dos de la cocina diciendo que los únicos animales que podían entrar allí eran los animales muertos y listos para el puchero. Él tenía a la lobezna envuelta en una manta sobre el regazo, y llevaba un rato intentando que aceptara la leche de la tetilla artificial. La lobezna, al principio, se había negado a mamar, gimiendo lastimeramente, como si quisiera morir.

– Con cuidado, con constancia. No es una batalla que tengas que ganar -le dijo Brenna-. Ha sufrido mucho, y tienes que conseguir que se sienta lo suficientemente segura como para mamar.

Así que Cuchulainn la había animado y la había engatusado hasta que, al final, la lobezna aceptó la tetilla. Él sonrió a Brenna con euforia.

– ¡Es fantástico! ¡Mira qué bien está bebiendo!

Brenna tuvo que contener la sonrisa. Aquel guerrero joven y viril nunca había estado más atractivo que en aquel momento, despeinado, lleno de leche y oliendo a excremento de lobo.

– No te hagas ilusiones. No está fuera de peligro.

Cuchulainn frunció el ceño y le acarició el pescuezo a la lobezna, lo que hizo que la pequeña criatura gruñera y succionara con más fuerza.

– ¿Lo ves? -preguntó Cuchulainn-. Tiene el corazón de una guerrera. No murió, como los demás, y no va a morir ahora.

Brenna sonrió ligeramente.

– Puede que tengas razón. Bueno, tienes una noche muy larga por delante. Aquí tienes suficiente leche. Creo que deberías dormir con ella pegada a tu piel. Así se mantendrá caliente, y te despertará cuando necesite comer de nuevo -le dijo a Cu, que la estaba mirando con incredulidad-. Estarás bien. Vendré a veros por la mañana.

– Espera… No te marches.

– No habías creído que iba a pasar la noche aquí contigo, ¿verdad, Cuchulainn?

– Conmigo no. Con nosotros.

– ¿Me estás diciendo que debería tratar esta situación como si fuera un paciente humano?

Cu asintió.

– Entonces, mi opinión de Sanadora es que la paciente está en las manos capaces de su… padre adoptivo, y que no me necesita. Buenas noches, Cuchulainn. Aunque debería decirte dos cosas más: primero, aunque la lobezna huele muy mal, no la bañes esta noche. Sería demasiado para su organismo. Segundo, que no se te olvide pasarle un trapo húmedo por quitarle los líquidos y las heces, como haría su madre.

Con aquellas palabras, sonrió, se dio la vuelta y salió de la tienda.

Cuchulainn cerró la boca.

La lobezna gruñó de nuevo y le empujó la mano con la cabeza, en busca de más leche en la tetilla vacía.

– De acuerdo, de acuerdo. Cumpliré tus deseos -le dijo al animal, y le preparó más leche-. Pero has visto que nos sonreía, ¿verdad? Es una buena señal. Creo que pronto tendrá que admitir que le gustamos -dijo.

Siguió su conversación con el pequeño animal maloliente. Verbalizar la determinación era positivo. Si lo decía bastantes veces, se convertiría en realidad. Por lo menos, eso esperaba Cuchulainn.

Por fin, Elphame se quedó sola en su habitación, gracias en parte a la nueva adquisición de Cuchulainn. Al principio, Brenna la había acompañado a su dormitorio y se había quedado con ella durante su baño, mientras le contaba las desventuras de su hermano de aquel día. Elphame sonrió al recordarlo, mientras se envolvía en la suave túnica de lana de cuadros azules y verdes que le había enviado su madre, y se la abrochaba al pecho con el broche de El MacCallan.

Cuando estuvo arreglada, bajó de nuevo a su baño y recorrió la circunferencia, sin separar las manos del muro de piedra, hasta que llegó al disco dorado que refulgía en la pared. Lo presionó, y la puerta se abrió silenciosamente. Tomó una de las teas que alumbraban la sala del baño y se adentró en el túnel. Las paredes eran estrechas y el techo era bajo y áspero. El aire olía a podredumbre y a humedad. Elphame posó la mano sobre una de las paredes del túnel. A través de la superficie fría y mojada, notó el pulso del castillo, y la piedra se calentó bajo su contacto. Exhaló un suspiro de alivio al ver que el hilo dorado se desenrollaba rápidamente por toda la pared. Sabía que, al final de aquel túnel, en algún momento, la piedra se abría al bosque y a la noche.

Elphame comenzó a caminar. Mientras recorría el túnel, pensó en las generaciones que habían vivido en aquel castillo. ¿Cuántas veces habría recorrido un antepasado suyo aquel pasadizo? ¿Cuántas citas habría hecho posible? Citas… Notó un cosquilleo de nerviosismo en el estómago.

– Epona, por favor, permíteme que esté haciendo lo correcto -susurró.

En aquel momento, la llama de la antorcha comenzó a temblar, y Elphame supo que se había acercado a la salida del túnel. Había unos escalones de piedra que ascendían hacia una maraña de raíces y arbustos. Dejó la tea en un aplique de la pared y comenzó a apartar las plantas y las hojas que taponaban la salida. Con poco esfuerzo, consiguió salir como un corcho de una botella.

Elphame se quitó las hojas del pelo y dejó que su visión se acostumbrara a la oscuridad de la noche. Estaba lo suficientemente adentrada en el bosque como para no divisar ni una luz del castillo, pero oía las olas del mar, así que sabía que debía de estar cerca del acantilado. Miró hacia atrás, a la entrada del túnel, y sacudió la cabeza con asombro. Desde el exterior, parecía otro agujero del suelo del bosque, un pequeño saliente de tierra que se hundía y se curvaba. Se mezclaba tan bien con el terreno que Elphame debía tener cuidado, o le costaría encontrarlo cuando quisiera volver.

No tenía ni idea de dónde podía estar Lochlan.

Había acudido en su ayuda cuando iba a atacarla el jabalí. Había ido a verla cuando estaba sola, el día anterior. Sin embargo, ¿cómo lo había sabido? Elphame recordó lo que él le había dicho:

«Llámame, corazón mío. Yo nunca estaré lejos de ti».

Se encogió de hombros y pensó que en realidad no podía hacer otra cosa. Carraspeó y pronunció su nombre con timidez.

– Lochlan -susurró.

Frunció el ceño y se reprendió a sí misma. Él no podría oír aquello.

– ¡Lochlan! -exclamó Elphame, en voz alta.

Entonces, notó en la piel un cosquilleo, debido al poder que la rodeó súbitamente. El viento capturó el eco del nombre y lo extendió entre las ramas de los pinos, repitiendo «Lochlan, Lochlan, Lochlan…» una y otra vez, hasta que el sonido se disipó suavemente.

– Magia -dijo Elphame. El nombre de Lochlan era mágico.

Ella supo que estaba allí incluso antes de poder verlo. Lo sintió como sentía el pulso del castillo a través de la piedra. Sintió la presencia de Lochlan en su sangre.

– Lochlan -repitió, deleitándose con la magia que creaba al volar por el aire y envolverla.

– Estoy aquí, corazón mío.

Capítulo 26

Lochlan emergió de las sombras con las alas plegadas a la espalda. Parecía que su piel y su pelo eran de plata bajo la luz de la luna. Caminó hacia ella con los pasos sigilosos y deslizantes de la raza de su padre. Elphame no retrocedió, pero él tuvo la precaución de mantenerse a distancia.

– He sentido que estabas cerca, pero no me permitía creerlo.

– Entonces, ¿has oído que te llamaba?

– Sí. El viento nocturno me trajo tu voz y seguí su sonido hasta llegar a ti.

Elphame se puso nerviosa. Ojalá tuviera algo que hacer con las manos.

– ¿Te apetecería dar un paseo? -le preguntó ella.

– Sería un honor -respondió Lochlan, y le tendió la mano.

Ella titubeó. A la luz de la luna, su mano tenía un aspecto fantasmal, irreal.

– Nos hemos tocado antes, Elphame.

Ella lo miró a los ojos. Después, lentamente, entrelazó sus dedos con los de él. Su piel era cálida, y cuando sus muñecas se rozaron, Elphame notó su pulso.

– El acantilado está detrás de esos árboles -dijo él-. Creo que si caminamos por allí habrá más luz. Será más fácil que tú puedas ver bien.

Elphame asintió. En su presencia se sentía insegura de sí misma. Parecía que no podía mover las piernas. Se quedó quieta, mirándolo en silencio.

Él sonrió.

– ¿O prefieres que corramos?

Aquellas palabras acabaron con su azoramiento, y sonrió.

– No, de noche no, y menos por el bosque -respondió mientras, tomados de la mano, comenzaban a caminar-. He aprendido bien la lección. Si me vuelvo a caer, Cuchulainn no volverá a permitir que me aleje de su vista, lo cual sería tan inconveniente para él como para mí en este momento.

– Me imagino que Cuchulainn está muy ocupado con la reconstrucción del castillo. Si de repente sintiera la necesidad de vigilarte constantemente, sería difícil para él.

– Por no mencionar que está enamorado.

Lochlan abrió mucho los ojos de la sorpresa. Cuando respondió, comenzó a trazar círculos con el pulgar en la mano de Elphame.

– Yo sé muy bien que el amor puede complicar mucho las cosas.

– ¿De veras? -preguntó ella. La cabeza le daba vueltas.

Salieron del bosque. La luna se reflejaba sobre el mar durmiente, tiñéndolo de blanco y plata. El Castillo de MacCallan se erguía en la distancia, parcialmente oscurecido por los árboles.

Lochlan se volvió hacia ella.

– Sí, de veras.

Ella se vio atrapada en la intensidad de su mirada. Sus ojos estaban llenos de misterio, y tenían el seductor atractivo de lo desconocido. De repente, temió que si lo quería, cambiaría para siempre, y no sabía si estaba segura para entregarse a ningún hombre, sobre todo a uno que era tan distinto de cualquier persona que ella hubiera imaginado. Elphame se soltó de su mano. Seguida por Lochlan, caminó con inquietud hasta una de las rocas que había junto al acantilado y que los elementos y el paso del tiempo habían alisado. Se sentó en ella e intentó ordenar sus pensamientos.

– Dime. Explícame cómo es posible tu existencia -le pidió a Lochlan.

Lochlan supo que lo que le dijera iba a marcar el curso de su relación. Miró su perfil fuerte y familiar, y le envió una plegaria a Epona, pidiéndole ayuda.

– Es una cuestión compleja. En realidad, no sé exactamente por qué existo. Sabes tanto como yo de los eventos que condujeron a la Guerra Fomoriana. Hace más de cien años, ocurrió algo parecido a un cataclismo en la raza Fomorian. Sus féminas comenzaron a morir. A menudo he pensado que debió de ser voluntad de Epona que desapareciera una raza demoníaca, pero si ésa fue su voluntad, ¿por qué permitió que la guerra tuviera lugar?

Con la mirada fija en el mar, Elphame respondió con las preguntas que le había oído pronunciar tantas veces a su madre.

– Epona permite que su gente tome sus propias decisiones. No quiere que seamos esclavos. Quiere súbditos fuertes y libres. Y con esa libertad llega la posibilidad de cometer errores que a veces conducen al mal. Si los guerreros del Castillo de la Guardia no se hubieran convertido en personas negligentes y no hubieran descuidado sus deberes, los Fomorians no habrían podido entrar en Partholon ni comenzar a robar mujeres.

– Pero lo hicieron. Mi madre me explicó que así fue como comenzaron a recuperar su raza agonizante. Cualquiera pensaría que el hecho de mezclar su sangre con la de los humanos debilitaría a los demonios, pero no fue así. La raza prosperó, y pronto estuvieron listos para invadir Partholon -dijo Lochlan-. Hasta los tiempos de mi madre, ninguna mujer humana había sobrevivido al nacimiento de un hijo concebido por un Fomorian -continuó-. Mi madre era joven y fuerte, pero siempre insistió en que su fuerza tuvo poco que ver con ello. Dijo que había sobrevivido porque yo soy más humano que Fomorian. Mi madre era parte de otro grupo de mujeres capturadas, violadas y fecundadas por los Fomorians. Las mantenían cautivas hasta que llegaba el momento de dar a luz a sus demoníacos fetos. El hecho de que una mujer quedara embarazada de un Fomorian era su sentencia de muerte, porque durante el nacimiento, su cuerpo quedaba destrozado. Los Fomorians consideraban a las mujeres humanas una carga necesaria, un medio para alcanzar su objetivo de reforzar su especie. Las mujeres híbridas eran muy importantes para reconstruir la raza, pero todos los niños eran necesarios. Cuando todo Partholon se unió y se volvió contra los Fomorians, ellos intentaron huir hacia las montañas Tier. Algunos lo consiguieron. Se repartieron a las mujeres, con la esperanza de poder huir del ejército de Partholon y conservar su medio de procreación. Sin embargo, Epona tenía otros planes. Los demonios comenzaron a enfermar con la misma plaga que había diezmado el grueso de su ejército. Mi madre, embarazada, dirigió la revuelta de las mujeres de su grupo. Después, todas ellas buscaron pasos para las demás por las montañas, al mismo tiempo que destruían a los Fomorians según éstos iban debilitándose. Ellas deberían haber vuelto a Partholon y a casa en aquel momento, para poder esperar rodeadas de sus familias su final inevitable. Eso era lo que querían las mujeres. Sin embargo, entonces ocurrió algo inesperado: mi madre sobrevivió a mi nacimiento.

Elphame tuvo que mirarlo en aquel momento. La expresión de Lochlan estaba llena de emoción.

– Después, otra madre sobrevivió al nacimiento de su hijo mutante, y después otra, y otra…

Aquellas palabras le hicieron daño en el corazón a Elphame.

– Tú no eres un mutante.

– Soy medio humano, medio demonio. ¿Qué otra cosa puedo ser?

– Yo soy parte centauro y parte humana. ¿Me convierte eso en una mutante?

– Te convierte en un milagro.

– Exacto.

Él continuó explicándole la historia de su vida con el fantasma de una sonrisa en los labios.

– Sobrevivieron casi la mitad de las mujeres. Mi madre no tenía explicación para ello, salvo que Epona lo hizo posible -dijo él con la ceja arqueada-. Ésa era siempre la explicación de mi madre para todas las preguntas que no podía responder. Pero, fuera cual fuera el motivo, de repente había un grupo de mujeres jóvenes con bebés alados al pecho. Y querían mucho a sus hijos. Sabían que no podían volver a Partholon con sus bebés, y dejarlos no era una opción aceptable para ellas. Así pues, se dirigieron hacia las Tierras Yermas. Allí la vida fue dura, y nuestras madres suspiraban por Partholon, pero todos sobrevivimos, e incluso prosperamos. Nuestras madres nos enseñaron a ser civilizados y humanos.

– Hace más de un siglo -dijo Elphame con un suspiro. Le resultaba difícil de aceptar, aunque lo tuviera delante, con alas, vivo y coleando.

– Sé que es mucho tiempo -dijo él-. Ninguna de nuestras madres sabía mucho sobre la raza Fomorian, pero nosotros maduramos rápidamente, y nuestros cuerpos se hicieron muy resistentes. Y parece que nuestra parte oscura nos protege contra el envejecimiento.

Elphame pensó en lo que había leído en la gran biblioteca de su madre.

– Los Fomorians tenían aversión por la luz diurna, pero yo te he visto durante el día, y no parece que la luz te haga daño.

– No me hace daño, pero soy más fuerte de noche. Mi visión es mejor, mi oído y mi olfato son más certeros.

Extendió los dedos y los brazos. Elphame pensó que parecía un Chamán preparándose para invocar la magia de una diosa.

– El cielo nocturno me llama.

– ¿Puedes volar?

Él sonrió y dejó caer las manos a los lados.

– No es exactamente volar. A mí me parece que es montar el viento. Tal vez un día te lo enseñe.

Deslizarse por el aire entre sus brazos… Aquella idea le cortó la respiración.

– Esto no me parece real. Tú no me pareces real.

Lochlan se acercó a ella. Tomó un grueso mechón de su pelo y lo dejó caer, como si fuera agua, entre sus dedos.

– Una noche tuve un sueño. No lo olvidaré aunque viva durante toda la eternidad. En mis sueños presencié el nacimiento de una niña. Nació de una madre humana y de un padre centauro. Cuando el centauro la alzó en sus brazos y proclamó que era una diosa, yo supe que aquella niña maravillosa alteraría irremediablemente mi futuro. Tú siempre has sido real para mí, Elphame. Es el resto de mi vida lo que ha sido un sueño. Tú eres mi destino.

Elphame suspiró.

– No sé qué hacer con respecto a ti.

– ¿No puedes hacer lo mismo que hizo mi madre? ¿Permitirte amarme?

Todo en ella, su corazón, su alma y su sangre, gritó: «¡Sí! ¡Sí, puedo!». Sin embargo, la lógica y los años de enemistad entre ambas razas la impulsaron a ser razonable.

– No puedo. Yo sólo soy una doncella joven. Me han designado como La MacCallan. Mi gente me ha jurado lealtad. Mi primera responsabilidad es mi clan, no yo.

Lochlan sonrió con alegría.

– Pregúntame el nombre de mi madre.

– ¿Cómo se llamaba tu madre? -le preguntó ella sorprendida.

– Se llamaba Morrigan. El nombre se lo puso su padre, que la adoraba, por la legendaria Reina Fantasma. Vivía en el castillo ancestral de su clan, donde su hermano mayor era El MacCallan. Acababa de terminar su educación en el Templo de la Musa, y estaba disfrutando de unas vacaciones junto al mar mientras esperaba la fecha de su boda, una boda que nunca se celebró…

– Porque el Castillo de MacCallan fue atacado por los Fomorians, y la hicieron prisionera. Su hermano era El MacCallan -dijo Elphame, con un estremecimiento.

Lochlan se puso de rodillas ante ella y sacó su espada corta de la funda que llevaba a la cintura. Después la depositó a los pies de Elphame.

– La sangre del clan de los MacCallan corre por mis venas. Invoco el derecho de mi linaje y a partir de este momento te juro fidelidad hasta el momento de mi muerte y, si Epona lo permite, más allá.

Elphame lo miró. La luna estaba alta en el cielo, y bañaba a Lochlan en su luz pálida. Él la estaba mirando con los ojos brillantes, y ella se dio cuenta de que había aceptado su futuro.

Él le parecía su futuro. No podía explicarlo racionalmente, pero ella había cambiado desde que lo había conocido.

El viejo espíritu de El MacCallan tenía razón. Sentía paz junto a Lochlan. Elphame se bajó de la roca y se puso de rodillas, frente a él. Primero tomó la espada y se la devolvió.

– Guárdala. Puede que la necesites para defender a la Jefa del Clan.

– Entonces, ¿me aceptas?

Ella le acarició una mejilla con reverencia.

– Te acepto, Lochlan, en el clan de los MacCallan, como es tu derecho de nacimiento.

La tensión desapareció de los hombros de Lochlan, y él bajó la cabeza.

– Gracias, Epona -murmuró.

Cuando pronunció el nombre de la diosa, Elphame tuvo una visión del futuro. En una ráfaga cegadora, lo vio de rodillas, como en aquel momento, pero encadenado, cubierto de sangre… prisionero… agonizante…

Su mente gritó rechazando aquella visión. Ella no iba a permitir que lo destruyeran. La visión hizo que supiera lo que tenía que hacer, que se decidiera. Si lo aceptaba, si se permitía amarlo, alteraría su futuro, y aquella sentencia de muerte se anularía. Tal y como Morrigan había conseguido conquistar la oscuridad de la sangre de Lochlan, Elphame conseguiría vencer el odio del mundo.

– Dices que soy tu destino -le preguntó ella.

Lochlan asintió y habló con certeza.

– Te quiero, Elphame.

– Entonces, cásate conmigo.

Lochlan tomó aire bruscamente, pero aquél fue el único signo de su impresión.

– ¡Sí! -le dijo, tomándole ambas manos-. ¡Sí, me casaré contigo!

«Y que la maldita Profecía y el mundo se vayan al cuerno», pensó él con ferocidad. Antes de que ella pudiera dudarlo, Lochlan comenzó a recitar las palabras de unión que le había enseñado su madre, que a ella le había enseñado su madre, y la madre de su madre antes.

– Yo, Lochlan, hijo de Morrigan MacCallan, te tomo a ti, Elphame, hija de Etain, en matrimonio, en el día de hoy. Te protegeré del fuego si cae el sol, del agua si el mar se enfurece y de la tierra si tiembla bajo nuestros pies. Y honraré tu nombre como si fuera el mío.

– Yo, Elphame, Jefa del Clan de los MacCallan, te tomo a ti, Lochlan, en matrimonio en el día de hoy. Ni el fuego ni las llamas podrán alejarnos, ni un lago ni un mar ahogarnos, ni las montañas separarnos. Y honraré tu nombre como si fuera el mío.

– Así se ha dicho -terminó Lochlan.

– Y así se hará -dijo Elphame, y completó el ritual.

Se besaron para consumar aquellas promesas. Elphame se apoyó en Lochlan, y él la rodeó con los brazos. Tenía los labios muy suaves, y su olor la envolvió. De nuevo, Lochlan era el bosque, salvaje y masculino. Elphame lo bebió. Él era su oasis en la vida, cuando ella siempre había creído que no conocería el amor de un compañero.

Y ahora, se pertenecían el uno al otro.

El crujido de sus alas flexionándose y llenándose fue como una música para los oídos de Elphame. Se apartó de Lochlan, lo justo para poder verlas bien.

– Tus alas -susurró ella- son de terciopelo. Quiero que me envuelvas en ellas y que me lleves lejos.

Alargó una mano y le acarició una de ellas. Lochlan exhaló un suspiro, se estremeció y cerró los ojos. Ella apartó la mano y le acarició la cara. Lentamente, Lochlan abrió los ojos.

– Me has visto durante toda mi vida, así que ya debes de saber lo que voy a contarte -dijo Elphame-. No tengo ninguna experiencia en el amor. Así que cuando te cierras a mí, no sé por qué lo haces. Debes decírmelo, debes guiarme. Cuando te acaricio las alas te comportas como si te hiciera daño, pero ayer me pediste que no dejara de acariciarte. No lo entiendo, pero me gustaría. Lo necesito. Ayúdame a entenderte, marido mío.

Aquella expresión de cariño hizo temblar el alma de Lochlan. Eran marido y mujer, y él sintió que se pertenecían mutuamente. Al haberla ganado, había encontrado su lugar en el mundo, y no habría fuerza capaz de separarlos.

– Mis alas son una extensión de mis deseos más profundos. Son parte de la herencia de mi padre, y llevan su sangre, así que reaccionan con una ferocidad elemental que no siempre es fácil de controlar. Cuando las acaricias, estás acariciando lo más abyecto que hay en mí.

– ¿Crees que tu deseo por mí es abyecto?

– ¡No! Por supuesto que no. Pero algunas veces, su intensidad me abruma. Cuando despiertas la necesidad que siento por ti, la lujuria oscura que late en mi sangre demoníaca también se despierta. Puede ser salvaje y peligrosa.

Elphame lo miró a los ojos, y no vio a ningún demonio allí. Sólo al hombre que había sido creado para ser su compañero toda la vida.

– Yo creo que tu amor por mí es más fuerte que tu demonio.

Lochlan llevaba una sencilla camisa de algodón, y ella lo miró fijamente mientras se la desataba y se la apartaba del pecho. A Elphame se le cortó la respiración al admirar la belleza de su cuerpo.

Ella abrió el broche que le sujetaba la tela y desenvolvió su cuerpo. Se sacó la fina camisa de lino por la cabeza. El aire nocturno de la primavera acarició su piel desnuda, y le provocó un delicioso escalofrío.

Salvo por sus alas, Lochlan permaneció inmóvil. Ella se apoyó contra el calor de su pecho, y pasó una mano por encima de su hombro para acariciarle el ala, dejando que sus dedos pasaran por aquella suavidad que le recordaba al terciopelo. Él se estremeció y la abrazó. Ella se moldeó contra su cuerpo, y aceptó su beso feroz. Lo rodeó con los brazos y halló el punto en el que sus alas se unían a su cuerpo, y jugueteó allí, acariciándolo, masajeándolo, e incluso arañándole ligeramente la espalda.

Con un movimiento repentino, Lochlan la alzó y la tendió sobre la hierba suave y el tartán de los MacCallan, y se agachó a su lado con las alas desplegadas, mientras intentaba recuperar el control de sus emociones. Ella le tendió los brazos. Deseaba sentir su cuerpo.

Él interceptó su mano con una risa suave.

– Despacio, corazón. Deja que te explore. Quiero conocer tu maravilloso cuerpo.

Ella gimió cuando él se cubrió un pecho con la palma de la mano.

– Sí… -dijo Lochlan, con la voz llena de deseo-. Eres como un canto de sirena para mí, y te seguiría aunque me guiara hacia la muerte -añadió, y pasó la mano por el corte que ella tenía en el costado-. Pero nunca permitiré que nada ni nadie te haga daño. Te protegeré con mi vida y te defenderé con la última gota de mi sangre.

«No llegará ese momento», pensó Elphame. Ambos iban a estar bien. Su clan iba a aceptarlo.

Entonces, todo pensamiento se le borró de la mente, cuando él movió la mano desde la curva de su cintura hacia el suave pelaje que le cubría la parte inferior del cuerpo.

– Tienes una suavidad indescriptible -susurró Lochlan mientras le acariciaba el muslo-, fundida con una fuerza asombrosa. Durante todos estos años me he preguntado cómo sería acariciarte, y que tú me acariciaras, pero nunca pensé que llegaría a saberlo -dijo, y pasó la mano por el interior de su muslo caoba-. Fue el motivo por el que finalmente hallé mi camino hacia ti. No podía soportar la idea de estar sin ti ni un minuto más.

Entonces, él deslizó la mano hasta que halló el calor del centro de su cuerpo. Elphame gimió y movió las caderas con inquietud. Las alas de Lochlan latieron llenas de vida y la sangre oscura de su padre comenzó a moverse rápidamente por su cuerpo. Durante un instante, él se vio tomándola con violencia, embistiéndola contra el suelo mientras se alimentaba de su cuello y ella gritaba.

«¡No!», gritó mentalmente Lochlan, rebelándose contra aquella imagen. Se apartó bruscamente de su cuerpo con la respiración jadeante y se sentó a su lado, temblando, con la cara escondida entre las manos mientras el dolor le atravesaba las sienes.

Entonces, Elphame se arrodilló a su lado y comenzó a acariciarle el pelo, murmurándole palabras de consuelo. Cuando sus alas empezaron a cerrarse, ella le apartó las manos, suavemente, de la cara.

– ¿Qué es lo que te da miedo? ¿Por qué te has alejado de mí? ¿Acaso lamentas nuestro matrimonio?

– ¡No! -exclamó él-. ¡Nunca! Eres tú la que debería arrepentirse. Soy un demonio, y casi no puedo controlar mis impulsos. No puedo hacer el amor contigo sin tener visiones de violencia y de sangre. Y eso alimenta mi lujuria, Elphame. ¿Lo entiendes? Aunque te quiero y te deseo por encima de todas las cosas, mi herencia oscura desea rasgar, saborear, violar.

– Cuando me haces el amor, ¿tienes pensamientos oscuros y violentos? -preguntó Elphame.

– Sí -respondió él con la voz quebrada-. No puedo evitarlo.

Elphame se puso en pie, y Lochlan supo, con una pena desgarradora, que ella iba a dejarlo.

– Entonces, yo te haré el amor a ti.

En vez de alejarse de él, Elphame se sentó a horcajadas sobre su regazo, con una gracia sensual. Entonces lo besó y le acarició las alas mientras volvían a latir y, al instante, se llenaban de deseo.

– Elphame, no sabes…

– Shhh -murmuró ella, y apretó un dedo contra sus labios para acallarlo, mientras le desabrochaba la cintura del pantalón y liberaba su erección.

Cuando Elphame empezó a explorar su dureza, él dejó de respirar, y cuando se elevó para situar su humedad sobre su miembro palpitante, lo único que pudo hacer Lochlan fue apoyar las manos en la hierba y luchar contra el impulso de clavarle las uñas en la cintura y atravesarla.

– Abre los ojos, marido mío. Mírame.

Él abrió los ojos y se encontró con su mirada luminosa mientras ella descendía y lo acogía en su cuerpo con lentitud.

Elphame tuvo que adaptarse a él, pero después de la impresión inicial de sentirlo en su interior, el deseo de sus sueños y fantasías estalló. Se meció contra él, notando cómo aumentaba la tensión. Cuando Lochlan empujó hacia arriba para corresponderla, ella echó hacia atrás la cabeza e incrementó el ritmo de los movimientos de su cuerpo. Las alas de Lochlan se irguieron por encima de ellos dos, ocultando el cielo y el bosque a los ojos de Elphame y encerrándolos en un mundo propio. Cuando él gimió su nombre, al liberar su simiente dentro de ella, Elphame lo abrazó mientras su propio cuerpo estallaba en espasmos de placer.

Volvieron hacia la entrada del túnel en silencio. El cielo ya estaba empezando a aclararse. Elphame casi no podía creer que hubiera transcurrido tanto tiempo. Le había parecido que sólo había pasado un breve momento en sus brazos. Ella lo tomó de la mano. Él sonrió y se la besó.

– ¿Estás segura de que no te he hecho daño? -le preguntó Lochlan de nuevo.

– Completamente segura. Y deja de preguntármelo. No soy una delicada doncella -dijo, y con un gesto irónico, añadió-: En realidad, ya no soy una doncella.

– Para mí es un milagro. No creía que pudiera controlar…

Se quedó callado y apretó los dientes al recordar que había arrancado puñados de hierba del suelo durante su orgasmo. ¿Y si hubiera tenido las manos posadas en su cintura, o en su pecho, o en la delicada curva de su cuello?

– Lochlan -dijo ella con vehemencia, deliberadamente, para sacarlo de los pensamientos de odio hacia sí mismo que se reflejaban en la expresión de su cara-. No ha ocurrido nada malo -le acarició la mejilla y le preguntó-: ¿No puedes deleitarte con el placer que hemos compartido?

Él la abrazó y apoyó su frente en la de ella.

– Perdóname. Es que tengo un demonio dentro, y me resulta difícil no batallar continuamente con él. La verdad es que esta noche me has dado una gran felicidad, y no debería permitir que nada manchara eso.

– No lo has manchado. Nada podría manchar esta noche.

Lochlan le dio un beso, deseando desesperadamente que sus palabras fueran ciertas. Caminaron por el bosque hasta que encontraron la entrada del túnel. Los dos amantes se detuvieron ante ella.

– Deja que vaya contigo -le dijo Lochlan de repente, tomando su cara entre las manos-. Estamos casados, y yo te he hecho un juramento de lealtad. Podremos conseguir que entiendan que mi amor por ti es más fuerte que la sangre de mi padre.

Elphame le cubrió las manos con las suyas.

– No puedo presentarle este matrimonio a mis padres como un hecho consumado, como si no tuvieran importancia, como si no tuvieran derecho a saberlo antes que unos extraños. No puedo hacerles eso, ¿lo entiendes?

– Quieres mucho a tu familia. Eso lo entiendo.

– No es sólo por amor. También es por confianza, por respeto y por lealtad. Es lo mismo que te he jurado a ti.

– Lo sé, corazón mío. Es sólo que no sé cómo voy a soportar estar separado de ti.

– Voy a enviarles un mensaje para que vengan. Cuando lleguen se lo diré a ellos y a Cuchulainn. Después, entre todos encontraremos la manera de explicárselo al resto de Partholon -dijo Elphame, aparentando más confianza de la que sentía.

– ¿Cuánto tardarán?

– Enviaré hoy mismo una paloma mensajera. Cuando reciba el mensaje, mi madre se pondrá rápidamente en marcha. Se va a poner muy contenta cuando les pida que vengan al Castillo de MacCallan. Seguramente, está inquieta por no haber podido participar en la decoración, y vendrá acompañada de carros cargados de cosas brillantes -dijo Elphame con una sonrisa que reflejaba el amor que sentía por su madre-. Sólo serán siete días, o un poco más.

– Te he esperado durante muchos años. Puedo esperar unos días más.

Elphame lo abrazó.

– Intentaré venir todas las noches. Estarás aquí, ¿verdad?

– Siempre, corazón mío -dijo él, entre su pelo-. Siempre.

Elphame salió de entre sus brazos de mala gana. Ella no miró atrás cuando entraba al túnel, pero sintió que él la estaba observando mientras desaparecía. La tea chisporroteaba y daba una luz débil que reflejaba la tristeza de Elphame. Cansadamente, entró en su dormitorio y cerró la puerta secreta. Al acurrucarse bajo el edredón, percibió el olor de su marido en su propia piel, como si fuera una caricia.

Antes de dormirse, Elphame le envió una plegaria llena de fervor a su diosa. «Por favor, Epona, permite que vean al hombre, y no al demonio».

Capítulo 27

Brenna se dijo que el hecho de querer ir a visitar a su paciente tan temprano era perfectamente normal. Aunque sólo estaba empezando a amanecer, la lobezna era muy pequeña, y había pasado por una experiencia horrible. En realidad, no debería haber dejado a aquella pequeña criatura con Cuchulainn. ¿Qué sabía el guerrero de cuidar a un ser tan frágil? Por eso había dormido tan mal. Brenna estaba preocupada por la lobezna. No era porque Cuchulainn la obsesionara.

La tienda del guerrero estaba silenciosa, pero ella vio las sombras temblorosas que proyectaba en la lona de la tienda la única vela encendida.

– ¿Cuchulainn? -dijo, y vaciló, con la mano posada sobre la entrada.

No hubo respuesta.

– ¿Hola? ¿Cuchulainn? -repitió, en voz un poco más alta, y creyó que oía una respuesta. Apartó la lona de la puerta y agachó la cabeza para pasar al interior de la tienda.

Brenna arrugó la nariz. El bulto que había sobre la cama se movió y llamó su atención. Cuchulainn estaba tumbado boca arriba, profundamente dormido, tapado con una manta de cintura para abajo. Tenía la camisa abierta en el pecho, y a la suave luz de la vela, ella vio el vello caoba oscuro de su pecho. Aquella visión la atrajo, lo cual era absurdo. Ella había visto muchas veces el pecho desnudo de un hombre.

Claro que ninguno de ellos era Cuchulainn, y ninguno de ellos la había mirado como él, dejando bien claro que era la Sanadora llena de cicatrices quien le interesaba, y no la bellísima cocinera. Brenna sintió un cosquilleo en el estómago al recordarlo. Entonces, hubo un movimiento que captó su mirada. La lobezna emitió un gemido lastimero, de cachorrito. Estaba tendida sobre el cuello de Cuchulainn como si fuera un pañuelo sucio. Una de las manos de Cuchulainn colgaba hacia el suelo, y la otra la tenía posada sobre el pequeño animal.

Brenna intentó no sonreír al darse cuenta, pero no lo consiguió.

Se acercó de puntillas a la mesa, y frunció el ceño al ver aquel caos. Había telas de gasa llenas de leche amontonadas, y un trozo de trapo que olía a orina. Tendría que volver más tarde con un cubo lleno de agua para fregar. ¿Cómo era posible que un solo hombre y una sola lobezna hubieran podido crear tanto desorden? Brenna se puso las manos en las caderas, agitó la cabeza y se preguntó si se había gastado toda la leche porque se la había bebido la lobezna o porque él la había derramado por toda la tienda. Miró a Cuchulainn, que seguía dormido. Por toda la tienda y sobre sí mismo, también.

La lobezna se movió, y Brenna suspiró. Tendría que ir en busca de más leche a la cocina. El animal iba a despertar pronto a su padre adoptivo, porque era evidente que estaba muy vivo y que iba a tener mucha hambre. Brenna sonrió. Sin duda, el padre adoptivo también tendría hambre. Recogió algunos de los trapos sucios. Llevarle algo de comer a él no sería muy distinto a llevarle leche a la lobezna. Ella sólo estaba cumpliendo con sus deberes como Sanadora del clan. Era lógico que la salud del hermano de la Jefa del Clan tuviera importancia para ella. Sin querer, volvió a mirar hacia la cama.

Él estaba despierto, y la estaba observando con una media sonrisa.

– Buenos días -susurró.

Brenna se limpió nerviosamente las manos en el delantal, y se acercó a él con determinación, pasando por alto su cara somnolienta y su pelo revuelto, y sus ojos color turquesa, e ignorando el hecho de que su sonrisa conseguía que le diera vueltas la cabeza.

– Buenos días -respondió-. Ahora que ya estás despierto, puedo examinar a la lobezna y…

Él la agarró por la muñeca e interrumpió sus palabras.

– Deja dormir a Fand -le dijo suavemente.

– ¿La has llamado Fand?

Como si estuviera respondiendo por él, la lobezna metió la nariz en el cuello de Cuchulainn y gruñó antes de volver a dormirse.

– Sí. Después de todo, Fand era el nombre de la mujer del legendario Cuchulainn -explicó él con los ojos brillantes-. Después de la noche íntima que acabamos de pasar, me pareció apropiado.

Brenna sonrió sin poder evitarlo. Él deslizó los dedos por su muñeca hasta que la tomó de la mano.

– Estaba soñando contigo -dijo Cuchulainn.

– Deja de…

Él continuó hablando sin hacerle caso.

– Éramos viejos. Tú tenías el pelo blanco y yo estaba encorvado y cojo -explicó con una sonrisa-. Vas a envejecer mucho mejor que yo. Pero eso no importa. Estábamos rodeados de nuestros hijos y nietos. Y, jugando entre ellos, había docenas de lobeznos -dijo, y contuvo una carcajada al oír un gruñido de Fand-. Fand es muy celosa -susurró, y le hizo un guiño a Brenna.

– Cuchulainn, por favor, deja de jugar…

En aquella ocasión, cuando él la interrumpió, sus ojos ardían, y todo el buen humor se había desvanecido de su rostro.

– ¡No me digas que estoy jugando contigo!

Le soltó la mano y, con delicadeza, se quitó la lobezna del cuello y la depositó en el hueco todavía cálido que había dejado en la almohada. Cuando se puso en pie, volvió a tomar a Brenna de la mano y la sacó de la tienda. Había neblina y todavía estaba oscuro. Cuchulainn bajó la voz para no despertar a los demás, que dormían en las tiendas de alrededor.

– ¿Qué es lo que he hecho para que creas que soy un hombre sin honor y que usaría a una doncella como juguete?

– La otra noche. El baile…

– Ya me he disculpado por eso -dijo él, con los dientes apretados de frustración-. Mi comportamiento fue estúpido y desconsiderado, pero no es mi comportamiento normal. Soy un guerrero cuya buena reputación es conocida en todo Partholon. ¿Cuándo ha dicho alguien que no tengo honor?

– Nadie lo ha dicho -respondió ella rápidamente-. Tu honor nunca ha sido cuestionado.

– ¿De verdad? -explotó él, y alzó las manos-. Dices que estoy jugando con tus sentimientos, usándote, fingiendo que te deseo. ¿Y te parece que eso no es cuestionar mi honor? -preguntó. Con esfuerzo, volvió a bajar la voz-. No quiero gritarte. No quiero alejarte de mí. ¡Por Epona! Parece que, en lo referente a ti, he perdido la capacidad de pensar y razonar.

Entonces, posó las manos en sus hombros y se los estrechó para anclarla ante sí.

– Brenna, me gustaría cortejarte. Si me dices cómo puedo ponerme en contacto con tu padre, le pediré permiso formalmente.

– Mi padre murió -dijo Brenna, con los labios entumecidos.

La expresión de Cuchulainn se suavizó.

– Entonces, tu madre. Se lo pediré a ella.

– También murió. No tengo familia.

Cuchulainn agachó la cabeza al sentir una oleada de tristeza. Cuánto dolor había en su pasado. Pero ya no habría más sufrimiento. Él nunca lo permitiría. Cuando alzó la cabeza de nuevo, tenía los ojos brillantes de la emoción.

– Entonces, tu familia es nuestro clan. La MacCallan y yo ya hemos hablado de mis intenciones, y aunque creo que ella piensa que no te merezco, estoy seguro de que me concederá permiso para cortejarte.

– ¿Elphame lo sabe? ¿Has hablado con ella sobre mí?

– Por supuesto. Es mi hermana.

– ¡No! Esto no puede ser. No es posible.

Cuchulainn se dio cuenta de que temblaba bajo sus manos, y de repente sintió que se le encogía el estómago. ¿Y si aquella reticencia no se debía a sus cicatrices o a su timidez? ¿Y si no lo deseaba?

– Brenna, no quisiera imponerte mi amor si tú no me deseas. Si no me deseas, sólo tienes que decírmelo, y te doy mi palabra de que, aunque me dolerá mucho, te dejaré en paz.

Ella lo miró fijamente.

– ¿Amor? ¡Mírame, Cuchulainn! Estoy desfigurada, y eso no termina en mi cara -le dijo, y pasó su mano por el cuello, por el pecho y hacia abajo, hasta la cintura, mostrándole con claridad hasta dónde llegaban las cicatrices.

Él se movió con cuidado y alzó una mano de su hombro. Con una caricia delicada, trazó el camino que ella misma acababa de recorrer. Lentamente, tocó las cicatrices fruncidas que Brenna tenía en un lado de la cara. Ella no hizo ademán de detenerlo, así que él siguió por su cuello, pasó por encima de la tela que cubría su pecho y, finalmente, descansó en su cadera.

– ¿Cómo puedes pensar que no eres deseable? Cuando te miro, veo a la primera mujer que se hizo amiga de mi hermana. Veo a la Sanadora, que tiene el corazón de una guerrera. Y veo la belleza de una doncella que llena mis pensamientos de deseo, y mis sueños de visiones de futuro.

– Cuchulainn, ha habido demasiada pérdida en mi vida. No sé si puedo arriesgarme más.

– ¿Eso es todo? -preguntó él con un gran alivio-. ¿No es porque no me deseas?

– Te deseo.

Su voz no fue la de una doncella tímida. Una vez más se había convertido en la Sanadora. Sus palabras eran fuertes y seguras. Cu sonrió, e iba a abrazarla, pero ella lo detuvo en seco.

– No. No he terminado. Admito que te deseo, pero no sé si quiero dejar que entres en mi corazón. Si lo hago, y después te pierdo, me temo que sufriré una herida de la que nunca podré recuperarme.

Cuchulainn sintió pánico. ¿Qué podía decir? ¿Qué podía hacer para transmitirle seguridad? Respiró profundamente y abrió las manos.

– Lo único que puedo hacer es darte mi palabra. Si crees que eso no es suficiente, entonces no puedo decir nada que te convenza de mi amor. Tienes que decidir creer en mí, Brenna.

Ella estudió al guerrero. Debía tomar una decisión, ¿y era lo suficientemente fuerte como para hacerlo? Abrió mucho los ojos. Aquélla era su respuesta. Lo único que sabía más allá de toda duda era que podía confiar en su fuerza. El fuego la había puesto a prueba, y ella había triunfado.

– He decidido creer en ti, Cuchulainn -dijo lenta y claramente. Y entonces, sonrió al ver su mirada de asombro.

Cuchulainn dio un grito de alegría y la levantó por los aires.

– Me voy a asegurar de que nunca me pierdas.

La dejó en el suelo y la abrazó. Cuchulainn se sentía increíblemente bien en contacto con su cuerpo. Ninguna mujer había encajado tan perfectamente entre sus brazos. Ni siquiera la había besado todavía, pero Brenna ya le había dado más que cualquiera de las bellas mujeres con las que había malgastado tanto tiempo.

Entonces, Cuchulainn notó que a Brenna le temblaban los hombros, y pensó que se le iba a romper el corazón. ¿No lo creía? ¿No se daba cuenta de que él nunca le haría daño?

– ¿Qué te sucede, amor mío? -le preguntó, y se inclinó hacia atrás lo justo para mirarle la cara. Vio que le brillaban los ojos, y que era la risa lo que le estaba sacudiendo el cuerpo.

– Oh, Cu -dijo ella entre risitas-. Hueles a orín de cachorro y a leche agria.

Cuchulainn frunció el ceño con severidad fingida.

– Fand no es un cachorro. Es toda una loba.

Y, como para darle significado a sus palabras, de la tienda surgió un quejido que pronto se convirtió en la versión juvenil del aullido de un lobo.

– ¿Te había dicho que tendrás que compartirme con Fand? -le preguntó Cuchulainn.

El aullido incrementó su intensidad.

– Voy a buscar más leche -dijo Brenna, que ya se estaba dando la vuelta.

Sin embargo, Cuchulainn no estaba listo para soltarla.

– ¿Vas a volver?

Ella lo miró a los ojos, que le recordarían eternamente al altar de Epona y a la magia de las segundas oportunidades.

– Sí, Cuchulainn. Volveré.

Él apartó las manos de sus hombros para que ella pudiera marcharse.

– ¡Date prisa! -le pidió a Brenna mientras se alejaba, y la urgencia de sus palabras fue subrayada por los aullidos lastimeros que emergían de la tienda.

El castillo estaba en silencio, pero mientras Brenna atravesaba el Gran Salón y llegaba a las cocinas, se vio rodeada por los sonidos y los olores de un castillo que despertaba. En la cocina había una actividad febril, y olía a delicioso pan recién hecho. Brenna intentó no molestar mientras tomaba una jarra limpia y la hundía en el barril de leche que habían ordeñado aquella mañana.

– Buenos días, Sanadora -le dijo Wynne. Varias de sus ayudantes asintieron para saludarla amistosamente.

– Buenos días -susurró ella.

No había olvidado la belleza de Wynne, pero al verla allí, con su melena rojiza recogida en una masa de rizos que se le derramaban alrededor del rostro perfecto, a Brenna le vaciló el corazón.

¿Cómo era posible que Cu la prefiriera a ella antes que a aquella mujer despampanante?

– ¿Vas a llevarle leche al animalito del guerrero?

– Sí -dijo Brenna. Era consciente de que la aguda mirada de Wynne estaba clavada en ella.

– Hay queso y pan recién hecho si queréis desayunar después de estar toda la noche alimentando a la criatura.

– Gracias, lo añadiré a la bandeja -dijo Brenna rápidamente. Sólo quería salir de la cocina.

– Te ayudaré -dijo Wynne.

Con movimientos precisos llenó una cesta con una gran rebanada de pan caliente, un trozo de queso y varias lonchas de fiambre, y lo puso todo sobre la bandeja de Brenna. Después sacó un odre de vino de la despensa y lo añadió.

Brenna la miró sorprendida, y se dio cuenta de que la joven cocinera la estaba observando con sus preciosos ojos verdes.

– Te deseo alegría, Brenna. El guerrero ha elegido bien.

Brenna se ruborizó con un placer inesperado. No pudo hacer otra cosa que sonreír y susurrar:

– Gracias.

Wynne le guiñó un ojo.

– Las mujeres debemos cuidarnos las unas a las otras. La próxima vez que me ponga enferma, espero que me des una de tus horribles pociones legendarias para sanarme. Y ahora, date prisa y desayuna bien, porque, chica, seguro que vas a necesitar las fuerzas.

Brenna enrojeció de nuevo y, sonriendo, salió apresuradamente de la cocina con la bandeja, y tomó unos trapos limpios de la cesta que había junto a la puerta mientras las mujeres se reían y la animaban con comentarios subidos de tono.

Nunca en su vida lo hubiera creído posible. La aceptaban. La incluían. Y Cuchulainn la deseaba. La felicidad que se le movía en el pecho era un pájaro pequeño que empezaba a agitar las alas y a elevarse por su alma.

Cuando entró en la tienda, Cuchulainn le dedicó una sonrisa fatigada.

– Fand tiene hambre -dijo, mientras la lobezna succionaba su dedo y gruñía al no obtener nada.

– Si se siente lo suficientemente bien como para estar enfadada contigo, creo que podemos decir que va a sobrevivir.

Brenna llenó la tetilla artificial mientras Cuchulainn se las veía con la lobezna. Cuando el animal se enganchó a la tetilla de leche, Brenna deseó de repente que hubiera alguna herida que tuviera que atender, o algún brazo que colocar.

– ¿No quieres sentarte a mi lado, Brenna? -le preguntó Cuchulainn, señalándole la cama con un gesto de la cabeza.

Brenna se sentó, agarrándose las manos en el regazo para impedir que le temblaran. Durante un rato, el único sonido que hubo en la tienda fue el que producía Fand al mamar ruidosamente y gruñir. Brenna observó a la lobezna, y se dio cuenta de que Cuchulainn la sujetaba con delicadeza entre las manos. De vez en cuando la acariciaba y le murmuraba palabras suaves de ánimo.

– Sólo soy yo, ¿sabes? -le dijo Cu a Brenna, con el mismo tono suave que utilizaba para la lobezna.

– ¿Sólo tú? -repitió, sintiéndose muy tonta.

– Sí. Soy el mismo a quien diste órdenes la noche del accidente de Elphame. El mismo cuyo rostro sabes leer al instante, en cuanto ocurre algo malo en nuestro clan. El mismo con el que has trabajado codo con codo para reconstruir nuestro hogar -dijo él. Sonrió y movió el cuerpo de modo que sus hombros y sus piernas se tocaron-. Te voy a decir un secreto. Por muy tarambana que te parezca, tú, mi dulce Sanadora, me asustas tanto que me dejas sin habla.

Brenna lo miró con incredulidad.

– Eso no tiene sentido.

– Te he dicho un secreto bastante embarazoso. Ahora te toca a ti.

Ella lo miró fijamente. Su lógica le decía que se protegiera a sí misma, que no se abriera a él, que no le dijera nada. Sin embargo, él la estaba observando con expectación, con calidez, y la esperanza que se había despertado en su pecho comenzó a latir de nuevo.

– Tienes los ojos del mismo color que dos regalos que me hizo Epona hace mucho tiempo -dijo ella con timidez, aunque sostuvo la mirada de Cuchulainn y no se escondió tras el velo de su cabello.

– ¿Regalos de Epona? ¿Y qué son?

– Una piedra turquesa y la pluma de un pájaro.

Al decirlo en voz alta, le pareció algo trivial, y se ruborizó. Sin embargo, Cuchulainn no se echó a reír, ni le tomó el pelo.

– ¿Me los vas a enseñar algún día?

Brenna asintió. ¿Cómo podía sentirse tan feliz por una sola pregunta?

Finalmente, la lobezna fue aminorando el ritmo de su succión, y Cu la miró.

– Por favor, dime que puedo lavar a esta bestezuela ya.

Brenna miró a Fand. Estaba acurrucada contra Cuchulainn, con la tripa distendida y un hilillo de leche que le salía de la boca. Después miró a Cuchulainn. Tenía el pelo revuelto y cara de sueño. Llevaba una camisa de lino blanco abierta al pecho, y tenía la piel manchada de leche y de excrementos de la lobezna. También su kilt estaba manchado. Tanto guerrero como lobezna necesitaban un baño desesperadamente.

– Como tu Sanadora que soy, puedo decir que puedes bañar a Fand -declaró, arrugando la nariz hacia ambos.

Cuchulainn arqueó una ceja.

– Aunque algunas veces parezco tonto en tu presencia, me doy cuenta de que tendré muchas más posibilidades de éxito a la hora de cortejarte si no huelo a orín de lobo. ¿Estás de acuerdo?

A Brenna le dio un vuelco el estómago.

– Sí.

– ¡Bien! -dijo él, y se puso en pie tan súbitamente que Fand gruñó de nuevo. Cu tomó a la lobezna y la metió dentro de su camisa-. ¿Has traído comida? -preguntó mirando la cesta y el vino-. Excelente.

Después se dio la vuelta y rebuscó en un baúl que había a los pies de la cama, del cual sacó una camisa y un kilt limpios; agarró la cesta de comida y puso los trapos limpios sobre ella. Finalmente, le tendió la mano libre a Brenna.

– Bueno, tienes que venir con nosotros. No creo que sea suficiente que Fand y yo nos bañemos en una palangana, y es demasiado pronto para ir a despertar a Elphame. Tendrás que enseñarnos la poza donde os bañasteis Brighid, Elphame y tú.

Brenna se quedó mirándolo sin saber qué decir. Aunque tuviera fuerza, todavía sentía que el miedo luchaba contra su deseo por el guerrero.

Cuchulainn la tomó de la mano y la puso en pie.

– ¿No quieres pasar tiempo a solas conmigo, Brenna?

Brenna tragó saliva y le dijo la verdad.

– Tengo miedo.

Él la miró fijamente a los ojos.

– Y yo también, amor mío.

La sinceridad de su respuesta hizo que su decisión fuera mucho más fácil. Exhaló un suspiro y respondió:

– Entonces, superemos nuestro miedo juntos.

Capítulo 28

La poza del bosque estaba convenientemente rodeada por una espesa niebla, como si Epona le hubiera puesto un velo para protegerla de los ojos inquisitivos del mundo.

– Parece muy fría -comentó Cuchulainn.

Fand se removió hasta que sacó la cabeza por la abertura de la camisa del guerrero, y miró a su alrededor con los ojos brillantes, mientras olfateaba el aire y hacía ruiditos de cachorro.

– Recuerdo que era refrescante, sí -dijo Brenna con una sonrisa.

Algunas veces, hablaba como su hermana, pensó Cuchulainn, y refunfuñó.

Después, decididamente, dejó la cesta en una piedra cercana y se sacó a la lobezna de la camisa.

– Bueno, cuanto antes termine con esto, antes podré comer -dijo.

Le entregó a Fand a Brenna, y ella sostuvo al animal, que gruñía y se retorcía, con incertidumbre.

– Cuchulainn, creo que será mejor que la bañes tú. Está mucho más cómoda contigo.

Cu asintió mientras se desabrochaba el kilt.

– Sí, sólo sujétala un momento mientras me desnudo.

Desnudarse… La palabra resonó por la cabeza de Brenna, y sus pensamientos comenzaron a rebotar por su mente. «¿Qué pensabas, Brenna, que iba a bañarse vestido?». En realidad, ella no había pensado nada hasta aquel momento. Hasta que él se desenvolvió el kilt del cuerpo, se quitó los zapatos de cuero y…

Cu se detuvo antes de sacarse la camisa de lino, que le llegaba hasta los muslos, por la cabeza. Se volvió a mirarla con una sonrisa juguetona en los labios.

– Si mi desnudez te incomoda, puedes cerrar los ojos. Yo tomaré a Fand y te avisaré cuando esté metido en el agua y puedas abrirlos de nuevo.

– Me incomoda -admitió Brenna-, pero no quiero cerrar los ojos.

Cuchulainn sonrió con encanto y picardía. Todavía estaba sonriendo cuando se quitó la camisa y, desnudo, le tomó la lobezna de las manos y se metió en la poza, entre chapoteos y maldiciones.

Ella se quedó allí quieta, mirándolo, pensando que la visión de su espalda ancha y de sus nalgas fuertes se le quedaría grabada para siempre en los ojos.

– ¡Brenna! -dijo él, por encima de los quejidos de Fand, al verse sumergida en aquella agua fría-. ¿Podrías aplastar un poco de jabón de roca?

Brenna asintió y tomó una piedra para romper la roca suave que había en la orilla de la poza. Estuvo a punto de aplastarse varios dedos junto al jabón de roca, puesto que no podía evitar que sus ojos viajaran a la poza.

– Ya está listo -dijo, intentando no mirarlo mientras emergía, aunque sin conseguirlo.

Sin dejar de sonreír, él se quedó ante ella con el agua por las rodillas. Tenía a la lobezna en brazos y no dejaba de tiritar, y tenía los labios un poco azulados, pero su sonrisa era cálida, pícara y maravillosa. Cuchulainn se inclinó hacia ella.

– Tengo las manos llenas. ¿Podrías ayudarme, amor mío? -le preguntó con los ojos brillantes.

Brenna se sintió como si estuviera dentro de un sueño erótico. Echó jabón de roca sobre Fand y Cu comenzó a frotarle el pelo y a sacar espuma. Sin embargo, Brenna no podía mirar a la lobezna. Sin querer, admiraba el cuerpo desnudo del guerrero. Antes de que la parte lógica de su mente pudiera interferir, comenzó a frotarle los hombros y el pecho con el jabón, y con movimientos suaves, rodeando a Fand. Cuchulainn no se movió salvo para cambiar a Fand de posición entre sus brazos y para que Brenna pudiera tener mejor acceso a su cuerpo.

Finalmente, Brenna lo miró a los ojos.

– Podrías unirte a mí, amor. No haría tanto frío con el calor de tu piel desnuda contra la mía.

Ella quería hacerlo. Lo deseaba con todas sus fuerzas, pero al pensar en desnudar su cuerpo dañado junto al de él, aquel montón de músculos cubierto por una piel dorada y perfecta, se le formó un nudo en la garganta.

– No puedo -susurró.

– Entonces, en otra ocasión, amor. En otra ocasión. Tenemos mucho tiempo -dijo él con ternura-. Hasta entonces, será mejor que me enjabones también el pelo. Las pulgas son unas compañeras de cortejo muy desagradables.

Brenna le lavó el pelo mientras él frotaba y regañaba y engatusaba a Fand, recriminándole su falta de modales y de gratitud. Brenna se rió con las tonterías de los dos, e intentó que a Cuchulainn no le entrara jabón en los ojos mientras terminaba de lavarlo.

Nunca había sido tan feliz.

– Hora de aclararse, mi niña -le dijo él a la lobezna, y, sujetándola contra el pecho, se puso en pie, le guiñó el ojo a Brenna y se sumergió en el centro de la poza.

Brenna sacudió la cabeza cuando los dos emergieron, salpicando ruidosamente, y comenzaron a secarse. Todo lo que hacía el guerrero era impactante. Tenía un aura de poder, y de la promesa de conseguir lo imposible. Y Brenna estaba empezando a creer que había sucedido eso, lo imposible. Su deseo más profundo se había realizado. Cuchulainn la había elegido a ella.

– Me muero de hambre -dijo él, mientras dejaba uno de los trapos en el suelo del bosque. Tomó la cesta y se acercó a Brenna.

– Tú cuida de tu lobezna -le dijo ella-. Yo me ocuparé de la comida.

Cuchulainn sonrió y se metió a Fand en la camisa limpia. Brenna comenzó a sacar la comida, y declaró con su mejor voz de Sanadora:

– Ahora ya sabes un poco sobre lo que siente una mujer cuando lleva a un hijo en su vientre durante todos esos ciclos de luna.

– Un hijo, ¿eh? ¿Deseas hablar tan pronto de los hijos? -le preguntó él, rascándose la barbilla como si estuviera reflexionando-. Mi madre se va a poner muy contenta.

Brenna se quedó inmóvil cuando iba a pasarle un pedazo de pan con queso y fiambre, y notó que enrojecía profundamente. Sabía que, al ruborizarse, la parte intacta de su rostro llamaba más la atención sobre las feas cicatrices, y por costumbre, bajó la cabeza para que el cabello le ocultara la cara.

– ¡No, Brenna! -dijo Cuchulainn, inclinándose hacia ella. Le puso un dedo en la barbilla y la obligó a mirarlo-. Por favor, no te escondas de mí.

– No quería esconderme… Yo… sólo… -tomó aire profundamente y, de nuevo, eligió decirle la verdad-: Me pongo muy fea cuando me ruborizo, y no quería que me vieras.

Entonces, Cuchulainn hizo algo totalmente inesperado. No recurrió a los tópicos para intentar acabar con la incomodidad de aquel momento, ni se negó a aceptar los sentimientos de Brenna. Sólo se inclinó más hacia ella y la besó. Fue un beso dulce, pero Cu le pasó la mano por la nuca y mantuvo sus labios unidos para poder completar el beso lentamente. Brenna no pensó en que su mano estuviera posada sobre el lado de su cuello que estaba lleno de cicatrices; no pensó en cómo debía de estar ruborizándose; no pensó en que era imposible que Cu sintiera deseo por ella.

Cuando, finalmente, se separaron, los dos estaban sin aliento, y él la estaba mirando con los ojos llenos de lujuria.

– Me gusta tu rubor -le dijo a Brenna con la voz ronca-. Me recuerda que no soy el único que está nervioso.

– Tú no estás nervioso -respondió ella, y sin querer se rió.

– ¿Me prometes una cosa, Brenna?

Ella asintió, pensando que había muy pocas cosas que pudiera negarle a aquel hombre.

– Prométeme que no te vas a esconder de mí nunca más. Prométeme que vas a confiar en que no voy a hacerte daño.

Brenna se quedó atrapada en sus ojos mágicos. Y sintió un absoluto asombro al entender lo que veía en ellos: vulnerabilidad. Ella podía hacerle daño con su respuesta. Él nunca le había desnudado su corazón a otra mujer, tal y como lo estaba haciendo en aquel momento con ella.

– No será fácil, pero te prometo que no me esconderé de ti nunca más.

– Gracias, Brenna, por el regalo de tu confianza. No voy a malgastarla -le dijo, y le besó la mejilla de las cicatrices mientras ella se quedaba inmóvil.

Y después, como si besarla fuera algo que hacía todos los días, Cuchulainn sonrió y tomó el pan y el queso de sus manos.

– Debería comer. Tengo que ir a ver a mi hermana. Será mejor que lo haga con el estómago lleno.

Brenna tomó un poco de pan con queso para sí.

– Ah -añadió Cuchulainn con un poco de timidez-. Tenía que decirte que también voy a llamar a mis padres para que te conozcan. Cuanto antes, mejor.

A Brenna se le aceleró el corazón.

– Conozco a tu padre. Es un gran Chamán.

– Sí, lo es -dijo Cuchulainn entre mordiscos al bocadillo.

– Pero no conozco a la Amada de Epona. Dicen que es muy bella.

– Es casi tan bella como la joven Sanadora con la que voy a casarme.

– ¡Ooh!

A Brenna se le escapó el aire de los pulmones. Tuvo una sensación de euforia mezclada con un encogimiento de estómago.

Cuchulainn sonrió.

– No te preocupes, amor. Mi madre lleva años intentando que me case. Te va a adorar.

Y después, al ver lo pálida que se había quedado Brenna, se puso serio y se inclinó para susurrarle contra los labios:

– Y ésa es mi promesa para ti.

La niebla de la mañana no se había disipado cuando Cuchulainn y Brenna se encaminaron hacia el castillo. Caminaban lentamente, tomados de la mano, y permitiendo que sus brazos se rozaran íntimamente. Brenna pensó que el color gris de aquel día era mágico. Le parecía que la puerta del reino de los espíritus se había quedado entreabierta para ella, y que había podido pasar con facilidad de un mundo al otro, junto a Cuchulainn. En vez de asustarse, la idea de que el reino de los espíritus la estuviera aceptando era reconfortante. Estaba tan contenta que no se dio cuenta de que Cuchulainn entrecerraba los ojos y comenzaba a mirar, desconfiadamente, a su alrededor por el bosque.

Cuchulainn tuvo un presentimiento vago, y lo detestó. ¿Acaso no podía dejarle en paz aquella carga del Más Allá? Elphame estaba a salvo en el castillo. Brenna caminaba alegremente a su lado. El bosque no albergaba más peligros que algún jabalí malhumorado. Sin embargo, de repente aquel presentimiento le había puesto el vello de punta, y Cuchulainn estaba seguro de que provenía del bosque, como cuando había ocurrido el accidente de su hermana. Tal vez Elphame estuviera pensando en correr de nuevo. Si era así, él tendría que quitárselo de la cabeza. Se podía razonar con ella, de vez en cuando, y había pasado demasiado poco tiempo desde su caída como para que hiciera un ejercicio tan agotador.

Se le pasó un pensamiento por la mente, tan breve que su conciencia apenas lo reconoció. Le susurraba un recuerdo de lo que ocurría cuando los humanos rechazaban los dones que les concedían los dioses.

Brenna se echó a reír cuando torcieron una curva de la carretera y una ardilla se asustó y salió corriendo.

– ¡Oh, boba! ¡No te vamos a hacer daño!

Cuchulainn se dijo que él también estaba siendo un bobo, si una ardilla bastaba para asustarlo tanto. Se obligó a relajarse y volvió a concentrarse en la encantadora mujer que caminaba tan contenta a su lado. Ella era su futuro, no un presentimiento sin nombre y sin cara. Él había elegido vivir con los pies en la realidad. Le dejaría la magia y el reino de los espíritus a su hermana.

Capítulo 29

Elphame atravesó el patio principal devolviendo el saludo a todos los trabajadores que la saludaban. Se detuvo junto a la fuente, que borboteaba alegremente. Tenía que acordarse de encargarle a Danann que tallase un banco para poder sentarse allí y disfrutar de la belleza de la fuente allí mismo, en el corazón de su castillo. La mañana era gris y apagada, pero no podía amortiguar el brillo que relucía en su interior. Su sonrisa era un reflejo de la alegría secreta que sentía, y no se percató de que varios de los hombres que se dirigían al Gran Salón para desayunar se quedaban boquiabiertos ante su belleza. Elphame mojó los dedos en el agua de la fuente, pensando en lo mucho que había durado su baño de aquella mañana, para liberar su cuerpo de la tensión que le habían causado las relaciones sexuales de aquella noche.

Lochlan… Quería gritar su nombre y decirle a todo Partholon que amaba, y que era amada. Que había ocurrido de verdad, que Epona había creado a un compañero para ella. Que no tendría que pasar la vida solitariamente, llenando sus días con el reflejo del amor de los demás.

El clan de los MacCallan debía aceptar a Lochlan. ¿Y si no lo aceptaban? ¿Estaría ella dispuesta a renunciar a su posición de Jefa del Clan para marcharse a las Tierras Yermas con su amante? La idea le provocó un escalofrío. Con un suspiro, miró a la estatua de mármol que se parecía tanto a ella.

– ¿Qué harías tú si estuvieras dividida entre dos mundos? -le preguntó en un susurro.

– ¡Hermana mía!

La voz resonante de Cuchulainn sobresaltó a Elphame, que se volvió con el ceño fruncido. Sin embargo, al ver a Brenna caminando a su lado, tomada de su mano, sonrió de felicidad. Cuchulainn tenía el pelo mojado, y llevaba la lobezna en su túnica.

– Buenos días, Elphame -dijo Brenna.

Por su rubor, Elphame se dio cuenta de que la Sanadora estaba conmovida. Se imaginaba lo emocionante que debía de ser todo aquello para ella.

Como Elphame, Brenna no esperaba encontrar el amor, y lo había hallado en un lugar muy común. Era, por decirlo de algún modo, un giro del destino al que había que acostumbrarse.

– Buenos días, Brenna -dijo con afecto-. Me alegro de verte, aunque parece que has estado en compañía de individuos cuestionables y animales salvajes.

– Seriedad, El -dijo Cuchulainn-. Va a pensar que lo dices de verdad.

Elphame sonrió a Brenna.

– Lo digo de verdad.

Brenna le devolvió la sonrisa, y su rostro perdió algo de rubor.

Cuchulainn carraspeó en aquel momento, y para sorpresa de Elphame, soltó la mano de Brenna y se arrodilló frente a ella. Elphame lo miró con una ceja arqueada pero, al ver su expresión grave, no dijo nada y esperó.

– Elphame, vengo a pedirte permiso formal para cortejar a Brenna. Deberías saber que mis intenciones son honorables y que quiero casarme con ella.

Elphame tuvo ganas de gritar de alegría y de rodearle a su hermano el cuello con los brazos, pero no iba a atentar contra la solemnidad de su petición, y no sería irrespetuosa con su amiga, que estaba esperando en silencio la respuesta que le demostraría si era aceptada o rechazada. Elphame miró a Brenna.

– ¿No tienes padre ni madre vivos, a quienes Cuchulainn pueda dirigirse para pedirles permiso?

– No. Yo era hija única, y mis padres murieron hace una década.

– Entonces, lo adecuado es que yo conceda este permiso, por mi posición de Jefa del Clan. Brenna, ¿aceptas el cortejo de Cuchulainn? Y, antes de que respondas, he de decirte que te apoyaré, sea cual sea tu respuesta.

Brenna miró al guerrero, que estaba arrodillado delante de ella. Él no se volvió a mirarla, sino que mantuvo la vista fija en su hermana. Brenna se dio cuenta de que tenía los hombros tensos, y eso era porque estaba preocupado por su respuesta. El hecho de que él no diera por sentado lo que iba a responder llenó su corazón de alegría, y tuvo que pestañear para que no se le cayeran las lágrimas. Cuchulainn la había elegido por encima de las demás mujeres, y en aquel momento estaba esperando para saber si ella lo aceptaba a él.

– Sí -respondió Brenna con la voz clara-. Acepto el cortejo de Cuchulainn con todo mi corazón.

– Entonces, como Jefa del Clan, te doy permiso para cortejar a Brenna, Cuchulainn. Y como hermana, quiero que sepas lo feliz que me ha hecho tu elección.

Entonces, siguiendo un impulso, elevó los brazos por encima de su cabeza, hacia la luz de la mañana.

– Pido a Epona que bendiga esta unión.

En cuanto Elphame invocó el nombre de la diosa, sintió una descarga de poder en el cuerpo. Durante una respiración, pareció que el tiempo se detenía. En aquel momento helado, Elphame sintió una gran tristeza y oyó el sonido de un llanto.

Pestañeó, y la ilusión pasó, pero le dejó un sentimiento de pérdida y de frío en la sangre. Cuchulainn la estaba observando con una expresión extraña, y Elphame disimuló rápidamente su angustia dándole unos golpes en el hombro a su hermano.

– Levántate, Cuchulainn, has elegido bien.

Los miembros del clan que se habían detenido a mirarlos prorrumpieron en gritos de alegría. Pronto, los tres estuvieron rodeados de gente que les daba la bienvenida, y para Elphame fue fácil deshacerse del extraño sentimiento que le había provocado su visión.

– El, ¿sabes lo que significa esto? -le preguntó Cu, mientras pasaba un brazo por los hombros de Elphame y el otro por los hombros de Brenna-. Que tenemos que avisar a mamá. Si se entera por terceros, nunca nos dejará en paz.

Elphame sonrió al percibir la ironía de lo que decía su hermano.

– Sí, vamos a avisar a mamá. Estaba pensando que ya es hora de que venga a hacernos una visita.

Elphame estaba sola en la torre. En aquella ocasión no estaba en el balcón que daba al bosque. Se había asomado a una de las ventanas que miraban al Mar de B’an. El día no se había despejado. Sólo se había aclarado lo suficiente como para poder iluminar la tormenta que se estaba acercando desde el oeste. Una masa de nubes enormes e hinchadas de lluvia se acercaba hacia la costa. Elphame y Cuchulainn habían ordenado al clan que comprobaran las ataduras de las tiendas, e incluso habían trasladado varias de ellas al interior de los muros del castillo. El trabajo de reconstrucción se interrumpió mientras se preparaban para aquella tormenta de primavera.

Los relámpagos atravesaban el cielo y después se clavaban en la superficie del mar. Elphame recordó otra noche llena de lluvia, truenos y dolor, la noche de su primer encuentro con Lochlan. Sabía que debería maldecir aquella tormenta porque retrasaba el trabajo en el castillo, pero no podía negar la emoción que le causaba el estallido de los relámpagos. Iría a verlo, y sólo tenía que esperar a que comenzara la lluvia para hacerlo. No le había resultado difícil conseguir quedarse a solas, aunque se sentía un poco culpable por haberle dicho a Brenna que tenía jaqueca de nuevo. La Sanadora le había asegurado que se debía al cambio de tiempo, que irritaba su herida, y le había preparado una tisana para que la ayudara a conciliar el sueño. Por supuesto, Elphame no se la había tomado. Brenna no iría a verla hasta por la mañana. La mirada ardiente de Cuchulainn y las palabras que le susurraba a la Sanadora le habían dejado bien claro a Elphame que los dos amantes estarían muy ocupados aquella noche.

«¿Crees que la torre es un buen lugar para pensar, muchacha?».

En aquella ocasión, el sobresalto que le causó la aparición del espíritu fue muy breve, y Elphame se dio cuenta de que debía de estar esperando su compañía.

– Sí, creo que sí. ¿Tú venías aquí a menudo?

«Pues sí. Sobre todo cuando tenía un problema que no me dejaba estar tranquilo».

– ¿Siempre quisiste ser El MacCallan?

«Sí».

– ¿Y nunca tuviste el deseo de huir?

«Sí, muchacha», respondió él, con una sonrisa llena de comprensión.

– Pero no lo hiciste.

«Y tú tampoco lo harás. Ser La MacCallan está en tu sangre. No puedes negar tu futuro, como yo no podía escapar del mío. Recuérdalo, chica. El destino puede ser cruel. A veces nos depara una gran tristeza, además de alegrías».

– Hoy, Cuchulainn declaró su intención de cortejar a Brenna y casarse con ella. Y ella lo aceptó.

El viejo espíritu asintió pensativamente, pero permaneció en silencio.

– Yo le pedí a Epona que bendijera su unión -continuó Elphame-, pero tuve un sentimiento extraño.

«¿Extraño?».

– Extraño, inquietante. Oí un llanto, y me invadió una gran tristeza. Después, todo se fue tan rápidamente como había llegado.

El fantasma se giró y miró hacia el mar.

«¿Los demás vieron esa señal?».

– No. Creo que nadie se dio cuenta de nada. Todos comenzaron a gritar de alegría. Cu no dijo nada al respecto, y Brenna estaba resplandeciente de felicidad.

El fantasma se volvió hacia ella.

– Epona me envió la señal sólo a mí. La diosa me está preparando para lo que va a suceder.

«Es sólo responsabilidad de La MacCallan. Y tu fuerza será necesaria cuando llegue el momento».

– ¡Podría detenerlos! -exclamó Elphame, sintiendo frío y náuseas-. Soy La MacCallan, y podría prohibir su unión.

«¿Y a qué precio, muchacha? No puedes engañar al destino, pero puedes causar mucha infelicidad si lo intentas. Conozco tu dolor. Yo tenía una hermana, una muchacha joven a la que quería con todo el corazón. Ojalá hubiera podido ahorrarle el dolor a Morrigan».

A Elphame se le aceleró el corazón. Su hermana, la madre de Lochlan. ¿Lo sabía? ¿Qué era lo que le estaba intentando decir?

El fantasma volvió a mirar al mar.

«Prepárate para la tormenta. Se está acercando».

Antes de que ella pudiera seguir haciéndole preguntas, el fantasma se desvaneció y desapareció de la torre. Elphame se quedó hundida en la tristeza. Sonó un trueno, y el cielo se abrió finalmente y acribilló al castillo a gotas de lluvia. Elphame se dio la vuelta y comenzó a bajar las escaleras con los hombros encorvados. Se sentía fría y vacía, no fuerte, como debería sentirse La MacCallan. Se sentía como una hermana asustada.

«Tu fuerza será necesaria cuando llegue el momento».

Las palabras del fantasma resonaron incesantemente por su cabeza. Necesitaba paz…

Y sólo había un lugar donde podía encontrarla aquella noche.

Capítulo 30

La lluvia hacía un ruido reconfortante contra la tienda mientras Brenna observaba a Cuchulainn, que estaba acostando a la lobezna, después de alimentarla, en una camita que le había hecho Brenna. Le parecía extraño tener a un hombre en su tienda. No era un sentimiento malo, sólo diferente… desconcertante… íntimo. Y, sin embargo, él estaba allí por invitación suya, en su tienda y en su vida. Fand gimoteó, y Cuchulainn le acarició la cabecita mientras le susurraba algo melódico. Brenna lo reconoció con sorpresa. Era una nana. Ella sonrió; el guerrero tenía una ternura increíble. Aquélla era una de las cosas que lo separaban de los demás hombres. Tenía emociones fuertes en su interior, emociones que no se correspondían con su apariencia curtida de guerrero. Su capacidad para amar a la lobezna, y para amarla a ella, era la prueba de que Cuchulainn era distinto, y Brenna le envió a Epona una oración de agradecimiento por haberlo creado.

Cuchulainn se puso en pie lentamente, y con un exagerado sigilo, se acercó para sentarse junto a Brenna, al borde de la cama. Le tomó la mano y se la llevó a los labios.

– Gracias por hacerle esa cama. Era muy sucio tener a una lobezna durmiendo toda la noche sobre mi pecho -dijo en un susurro.

Después miró a su alrededor por la tienda. La cama era igual que la suya, pero la de Brenna estaba perfectamente hecha. En el centro había una almohada rellena de hierbas fragantes. Ella tenía dos baúles, uno a los pies de la cama, y el otro cerca de su escritorio. El último estaba abierto, y Cuchulainn veía que estaba lleno de frascos y botellas, de tiras de lino y de cuchillos pequeños. Él arqueó las cejas.

– ¿Es aquí donde se originan tus legendarias pociones?

– Sí. También las cataplasmas, los bálsamos y muchas otras cosas curativas.

– ¿No tienes sangre de dragón ni lengua de sapo?

– Seguramente, si buscas bien. ¿Te gustaría que te hiciera una infusión con ellas? -preguntó Brenna, fingiendo inocencia.

– ¡No! -exclamó Cuchulainn, y bajó la voz inmediatamente, al ver que Fand se movía-. Pero me gustaría mucho ver los regalos que te hizo Epona, y que te recuerdan a mis ojos.

A Brenna se le cortó la respiración. No podía sorprenderse por el hecho de que él lo recordara. No debería sorprenderse por nada que él dijera o hiciera. Sin embargo, su amor era tan inesperado que ella no podía evitar sentirse como si estuviera en un sueño, y como si pronto fuera a despertar y a darse cuenta de que él sólo había sido una maravillosa ilusión.

– ¿Brenna? No tienes por qué hacerlo, si te resulta incómodo.

– No, no. Quiero compartirlos contigo -respondió ella.

Entonces lo guió hacia un rincón de la tienda, que estaba en sombras, y le indicó que se arrodillara a su lado. Después encendió cuatro pequeñas velas, una para cada punto cardinal, y el altar se iluminó.

Brenna le señaló el primer objeto.

– Tallé esta cabeza de yegua como recuerdo de un sueño que tenía a menudo cuando era niña. En el sueño siempre aparecía una mujer muy bella montada en esta yegua. Tenía el pelo rojizo y rizado -explicó Brenna con una sonrisa tímida-. Yo no podía reproducir la belleza de la mujer, así que me concentré en la yegua.

– ¿Puedo tocarla? -le preguntó él.

Brenna asintió.

Con reverencia, él tomó la talla de madera y la observó atentamente.

– Has hecho un buen trabajo recreando a la Yegua Elegida. Incluso has conseguido plasmar el arco arrogante de su cuello.

– ¿La encarnación equina de Epona? Pero yo no tenía intención de tallar a la Yegua Elegida.

Cu sonrió y le acarició la cara.

– ¿Y cómo no iba a ser así? Soñaste con ella, como soñaste con mi madre.

– No. Yo…

– ¿Recuerdas bien el sueño?

– Sí.

– Piensa en los ojos de la mujer.

Brenna se concentró en el sueño que había tenido con tanta frecuencia durante su dolorosa niñez. No le resultó difícil. Siempre le había proporcionado placer. La yegua y la mujer eran tan bellas, y estaban tan felices, tan libres de los horrores que Brenna había tenido que soportar, que ella no tuvo dificultad para pensar en la mujer, y en recordar sus ojos…

Entonces, se quedó sorprendida.

– ¡Tiene tus ojos!

No eran exactamente del mismo color, porque los ojos de Etain eran más verdes que azules, pero su forma era exactamente igual.

– En realidad, como ella misma te dirá, yo tengo sus ojos.

Brenna se echó a temblar. Había soñado con la madre de Cuchulainn una y otra vez.

Cuchulainn depositó la cabeza de la yegua sobre el altar. Primero, pasó un dedo por la piedra turquesa, y después acarició la pluma azul.

– Tenías razón, Brenna, estos dos objetos son del mismo color que mis ojos.

Después, fijó su atención en la perla perfecta, que tenía la forma de una gota, y comenzó a reírse suavemente.

– ¿Qué pasa? -preguntó Brenna.

– ¡Oh, amor mío! Estamos destinados el uno al otro -le dijo él, y le acarició la cara-. Soñaste con mi madre, y tienes la talla de la Yegua Elegida en tu altar. Coleccionas cosas que tienen el color de mis ojos, y ahora, esta perla -dijo, y se rió de nuevo-. Mi padre me traerá un anillo que voy a regalarte. Ha estado durante generaciones en mi familia. Es un aro de plata labrada con hojas de hiedra, y en su centro tiene una perla exactamente igual a ésta.

– Me la encontré -dijo Brenna, con una indescriptible alegría en el pecho-. Fue el año en que me convertí en mujer. Estaba sola, y muy triste. Estaba sentada junto a un riachuelo, y vi algo que me llamó la atención. Miré hacia abajo y allí estaba.

Cuchulainn la abrazó y la estrechó contra sí.

– Nunca más. Te prometo, Brenna, que nunca volverás a estar triste.

Entre sus brazos, compartiendo la fuerza de su cuerpo y de su amor, Brenna sintió que los últimos vestigios de la jaula helada que le atrapaba el corazón se derretían y se rompían. Miró al hombre a quien había decidido amar.

– ¿Querrías hacer algo por mí, Cuchulainn?

– Cualquier cosa.

Ella respiró profundamente.

– Hazme el amor.

En vez de responderle, él se levantó y la llevó hacia la pequeña cama.

– Apaga las velas -susurró Brenna.

Él le alzó la barbilla con un dedo.

– Vamos a pasar juntos el resto de nuestra vida. Te veré, Brenna, de pies a cabeza, y a menudo. Sé que esto es difícil para ti, pero preferiría empezar esta noche con honestidad entre nosotros.

La lluvia repiqueteaba contra la tienda, aislándolos en su mundo. Brenna apartó sus miedos y lo miró a los ojos.

– ¿Podrías apagar sólo algunas?

Él sonrió y le besó la frente, y después apagó todas las velas salvo una, que la depositó sobre la mesilla que había junto a la cama. Durante unos instantes, se quedaron inmóviles, frente a frente, mirándose.

– Estoy nerviosa -dijo Brenna con una sonrisa tímida, y le acarició una mejilla.

Cuchulainn atrapó su mano y se la apretó contra el corazón. Ella notó sus latidos rápidos.

– Yo también estoy nervioso, mi amor.

– Entonces, deberías besarme. Es mejor cuando nos tocamos.

Cuchulainn se inclinó para besarla, y ella se acercó a su abrazo. Y, como antes, los labios de su amante le hicieron olvidar que tenía cicatrices. Sólo podía pensar en su sabor y en su contacto, y en cómo hacía que su cuerpo cantara como respuesta.

Entre sus besos, Brenna sintió que él pasaba las manos incesantemente por su ropa, acariciándole un pecho con el calor de la palma de la mano, agarrándole las nalgas. Ella gimió y se ciñó contra su excitación. Y pronto, estaba explorando su cuerpo también. Encontró el broche con el que Cuchulainn se sujetaba el kilt al hombro, y lo soltó. Él la ayudó a desenvolver la tela, y después, se quitó la camisa de lino, y casi sin darse cuenta, ella se vio estrechada contra su cuerpo desnudo, dejando que sus manos lo recorrieran, y deleitándose con la fortaleza de sus formas duras y musculosas.

Cu se volvió y se sentó en la cama, y ella quedó en pie, entre sus piernas. Entonces, él posó las manos sobre la lazada que le cerraba el corpiño sobre el cuello a Brenna.

– Deja que te vea, mi amor -dijo él, con la voz ronca de pasión-. Deja que sienta tu cuerpo desnudo contra el mío.

Ella se mordió el labio y asintió. Cuchulainn le desató el lazo y la ayudó a quitarse el corpiño y comenzó a desatarle la falda. Entonces, Brenna quedó ante él, cubierta sólo con una camisola blanca de cuello alto. Lentamente, se la sacó por la cabeza, y la dejó caer al suelo, a su lado. Después se quedó inmóvil, con los ojos cerrados.

Al sentir la caricia suave de Cuchulainn, que seguía con los dedos el borde del tejido cicatrizado que iba desde su rostro, su cuello, le cubría el pecho derecho y el hombro y llegaba casi hasta su cintura, Brenna no pudo contener el temblor.

– Ah, amor -dijo él con la voz áspera-. Ojalá hubiera estado allí. Habría encontrado la forma de evitarlo, o te habría consolado después, y habría intentado disminuir tu dolor.

A ella se le estaban cayendo las lágrimas, y él se inclinó para besar el camino que habían seguido sus dedos. Cuando finalmente abrió los ojos para mirarlo, Brenna se dio cuenta de que él también estaba llorando.

– Ahora estás aquí -dijo ella.

– Y estaré aquí para siempre.

Brenna se sentó en la cama con él, y se deleitó con el contacto de su piel desnuda. Él no le dio la espalda, ni su deseo por ella se mitigó. Durante el resto de la noche, Brenna tuvo los ojos abiertos.

Lochlan alzó la cabeza sorprendido. Todavía no había oscurecido, pero podía sentirla. Ella acababa de llamarlo a través del viento y de la lluvia. El poder de sus llamadas le recorría la sangre. Sus alas se movieron y comenzaron a desplegarse incluso antes de que él saliera de su refugio. Comenzó la carrera deslizante que lo llevaría junto a Elphame. Su cuerpo agradeció el roce fresco de la lluvia. Él ardía de deseo, quería abrazarla y sentir sus caricias en las alas y en la piel. En aquella ocasión, quería tomarla completamente. Quería saborear su sangre. No debería, y lo sabía. Era algo demoníaco, vil, malo. Su respiración se aceleró. Con aquel dolor familiar que le atravesaba las sienes, Lochlan se detuvo en seco. Tenía que controlarse. No podía acudir a ella presa del deseo y de la sed de sangre. Cerró los ojos y agachó la cabeza para defenderse del dolor que le provocaba negar su necesidad de sangre.

¡La amaba! Se obligó a olvidar su cuerpo y a pensar en su sonrisa, en la confianza que se le reflejaba en los ojos. Ella era su esposa. Se había casado con él ante Epona. Su respiración se calmó. Hablarían. Tal vez aquella noche encontrara el modo de hablarle de la Profecía, y juntos, podrían encontrar el modo de salvar a su gente sin el sacrificio.

Comenzó de nuevo a correr, pero con sus necesidades más oscuras bien controladas. Ella lo había llamado, y él debía responder, pero lo haría como un hombre, no como un monstruo.

Elphame estaba esperándolo a la salida del pasadizo. La lluvia le había empapado la cara y el cuerpo, y Lochlan tuvo la impresión de que estaba cubierta de lágrimas. Cuando lo vio, ella sonrió, pero con una gran tristeza. Sin hablar, él la abrazó, y alzó las alas sobre ella para protegerla de la lluvia, pero Elphame no dejó de temblar.

– Ven conmigo a mi refugio. Es una cueva, pero está seca y caliente -le dijo él, mientras la besaba en la cabeza.

Ella lo miró, y él se dio cuenta de que había estado llorando.

– ¿Por qué no vienes conmigo a mi dormitorio? -le preguntó Elphame con emoción-. Esta noche necesito sentir a mi alrededor los muros de mi castillo, además de tus brazos.

– ¿Deseas decírselo a Cuchulainn esta noche, corazón mío?

Ella negó con la cabeza.

– No. He mandado un aviso a mis padres. Quiero esperar a que lleguen. Cu no nos va a interrumpir esta noche. Está con su nuevo amor.

– ¿Y por eso estás tan triste? ¿Cuchulainn ha elegido mal?

– Ha elegido a Brenna.

– ¿A la Sanadora? Creía que era tu amiga.

– Lo es -dijo Elphame-. Yo me puse increíblemente contenta cuando declararon su amor ante mí. Pero he tenido el presentimiento de una gran tristeza -dijo, y se estremeció.

– Vamos a tu castillo. Necesitas la fuerza de sus muros.

– También te necesito a ti, Lochlan. Te necesito desesperadamente.

Él la abrazó con fuerza.

– Estoy aquí, corazón mío.

Capítulo 31

Lochlan entró en el dormitorio de la Jefa del Clan junto a Elphame. Se aferró a su mano al sentir una oleada de emociones.

– Mi madre caminó por aquí -dijo con un susurro ronco-. Antes de conocer el dolor y el exilio que tuvo que imponerse a sí misma, conoció el amor y la felicidad aquí.

– No te hagas eso. ¿Crees que tu madre lamentó tu nacimiento en algún momento?

Lochlan pestañeó y se concentró en el rostro de Elphame. Después, negó con la cabeza.

– No. Desde que nací, hasta que ella murió, me quiso ferozmente, completamente.

A través de sus manos unidas, Elphame notó que la tensión de Lochlan se relajaba. Él miró a su alrededor por aquella espaciosa estancia, y continuó hablando.

– Sé que te resultará extraño, y que tu hermano y los demás miembros de tu clan no lo entenderían, pero tengo la sensación de que es bueno que yo esté aquí. Es como si las cosas se completaran -dijo con una sonrisa-. Mi madre estaría contenta si supiera que he regresado.

Ella se acercó a él y se apoyó en su hombro. Lochlan la rodeó con un brazo y con el ala oscura, y se inclinó para besarla con una ternura que le cortó el aliento. Entendía bien lo que había sentido su madre. Ella también lo amaba completa y ferozmente.

– Háblame de ese presentimiento que te ha preocupado tanto -dijo él, y la condujo hasta el diván dorado que había junto a la cama.

Con un susurro, las alas de Lochlan se plegaron contra su espalda, y él se apoyó en el respaldo del asiento. Entonces, dobló las rodillas para que ella pudiera sentarse en su regazo y acurrucarse contra su cuerpo.

– Ocurrió cuando Cuchulainn vino a pedirme permiso para cortejar a Brenna. Por supuesto, yo se lo concedí. Y casi al instante, pedí a Epona su bendición. En cuanto pronuncié el nombre de la diosa, me invadió una terrible tristeza, y oí un llanto.

– Tal vez tu presentimiento no tenga nada que ver con Cuchulainn y Brenna. ¿No es posible que Epona te estuviera enviando una visión sobre nuestro matrimonio, para intentar prepararte para la lucha que tenemos por delante?

Elphame negó con la cabeza.

– Ya lo había pensado. No. Este presentimiento estaba vinculado a Cuchulainn y Brenna -dijo ella, y tomó aire profundamente-. Además, El MacCallan estaba de acuerdo en que era una visión que me envió la diosa para advertirme de que debía ser fuerte.

Lochlan arqueó las cejas.

– ¿Has hablado con el espíritu de El MacCallan?

– Más de una vez. En realidad, él también se le ha aparecido a Cu. Así supo que debía venir a buscarme la noche de mi accidente. El MacCallan lo envió en mi busca.

– Mi tío… -dijo él, cabeceando, sin poder creerlo apenas.

– Y mi tatarabuelo -dijo ella-. Mencionó a tu madre la última vez que hablamos. La quería mucho.

De nuevo, la tristeza se reflejó en los ojos de Lochlan.

– No lo sé, pero creo que es buena señal que no haya aparecido para echarte del castillo. No tengo ninguna duda de que el viejo espíritu sabe todo lo que ocurre dentro de sus muros.

– ¿Debería marcharme? No desearía molestarlo.

Elphame negó con la cabeza.

– No te marches. Yo quiero que estés aquí. Te necesito. Recuerda que eres del clan de los MacCallan, por juramento y por sangre.

– No es la sangre MacCallan lo que me preocupa -respondió él, y le dio un beso en la mano a Elphame-. ¿Qué vas a hacer con respecto a tu visión?

Elphame suspiró.

– Creo que no hay nada que pueda hacer. El MacCallan me dijo que me preparara para lo que iba a ocurrir. Lo único que puedo hacer es ser fuerte y esperar.

– Eres fuerte, corazón mío. Y esperaremos juntos a lo que venga.

Aquellas palabras fueron un consuelo para ella, aunque Elphame se daba cuenta de que no debería ser así. La visión no tenía nada que ver con él, pero Lochlan era, sin duda, parte de la tormenta que se avecinaba. Ella sabía que su relación con él iba a ser un descubrimiento amargo para su familia y para su clan, pero no podía alejarse de Lochlan. Toda su vida había soñado con un compañero, aunque siempre hubiera pensado que nunca lo tendría. Y, una vez que lo había encontrado, no podía dejarlo marchar.

Le agarró la mano.

– Sí, incluso la tristeza más grande será más fácil de soportar si estamos juntos.

– ¿Has pensado que tal vez Epona te esté adelantando que Brenna va a rechazar a tu hermano? Si él la quiere mucho, eso sería una gran tristeza para él, pero es algo de lo que se recuperará.

– Brenna no lo va a rechazar. Tendrías que haberlos visto, Lochlan. Era como si hubieran descubierto un secreto maravilloso. No, Brenna no lo va a rechazar.

– Entonces, si Epona lo permite, ojalá tu hermano acepte nuestro amor cuando conozca nuestro secreto.

Un trueno resonó en el cielo, y el relámpago estalló peligrosamente cerca del castillo. Elphame se estremeció.

– La tormenta se acerca -dijo.

– Pasará, corazón mío.

Elphame miró a su compañero. Él la estaba mirando con seguridad, y eso le infundió confianza en sus palabras. Pensó que él sería un gran líder para su gente. Con disgusto, Elphame se dio cuenta de que aunque él había mencionado a las otras mujeres que habían sobrevivido al nacimiento de sus hijos Fomorians, y aunque ella sabía que tenía que haber más seres como él, no le había preguntado por los demás, los que él había dejado atrás.

– Lochlan, háblame de tu gente.

Él se quedó callado. Estuvo en silencio durante tanto tiempo que Elphame pensó que no iba a responder. Cuando comenzó a hablar, la voz de Lochlan sonó ahogada.

– Mi gente vive en las Tierras Yermas. La vida allí es difícil, pero, como ya sabes, somos muy longevos, y pocos de nosotros han muerto. Y, aunque yo me cuestiono si es recomendable, nacen muchos niños cada año.

– ¿Niños?

Lochlan sonrió sin humor.

– Sí, podemos procrear. Somos fuertes y resistentes. Mi gente prospera, casi tanto como sufre.

Elphame sacudió la cabeza.

– ¿Sufren? ¿Por qué?

– Nosotros compartimos ciertas similitudes. Nuestro aspecto es más humano que monstruoso, tenemos la capacidad de vivir de día, sin que la luz del sol nos haga daño, no necesitamos alimentarnos de sangre, y todos luchamos por aferrarnos a nuestra humanidad y alejarnos de nuestra herencia oscura. Tú ya lo sabes, Elphame. Has visto las pruebas de esa lucha en mí. Lo que no sabes es que cada vez que lucho contra el demonio que hay en mi interior, cada vez que elijo la humanidad en vez del camino oscuro, eso me causa dolor. El dolor que experimentamos mi gente y yo está llevando a muchos a la locura -dijo Lochlan, y apretó los dientes-. Es especialmente difícil para los niños. Ellos también nacen más humanos que demonios, pero no tienen madres humanas que los guíen, y las nuestras murieron hace mucho tiempo.

Elphame se sintió abrumada al pensar en un Lochlan muy joven luchando por ser humano, sin la ayuda de la fuerza y las creencias de su madre.

– Entonces, ¡deben venir aquí! Podemos ayudarlos. Mi familia te aceptará. Tienen que hacerlo. Cuando vean lo bueno que eres, y cómo luchas contra la oscuridad cada día, y la vences, comenzarán a confiar en ti como yo, y a través de ti, tu gente también se ganará su confianza.

Lochlan no podía apartar la mirada de la creencia que se reflejaba en sus ojos. Aquél era el momento para hablarle de la Profecía. Era el momento de confesarle que su misión era robarle su sino, pero que él había abandonado la Profecía, y a su gente, por amor a ella. Sin embargo, no podía hacerlo. Ella lo tenía envuelto en su sueño, y él no deseaba despertar.

– Ojalá fuera tan fácil -dijo.

– Si fuera fácil, no merecería la pena -contestó ella, repitiendo las palabras de la madre de Lochlan.

– Te quiero, corazón mío -le dijo él, y la abrazó-. Siempre te querré.

Elphame se apoyó en él y le devolvió su beso. Al oír que sus alas comenzaban a moverse con excitación, le susurró contra los labios:

– Llévame a la cama, esposo.

Con una fuerza más que humana, Lochlan se levantó rápidamente con Elphame en brazos. Sus pasos los llevaron a la cama en un latido. Pronto su ropa, empapada a causa de la lluvia, estaba en un montón a sus pies. Elphame se deslizó desnuda entre las lujosas sábanas. Lochlan se tendió sobre ella, con las alas desplegadas como un tremendo pájaro de presa. Apoyaba la mayor parte de su peso sobre los codos, y tenía las manos apretadas fuertemente en el edredón. Ella sentía la tensión temblorosa de todo su cuerpo, y cuando intentó hacer los besos más profundos, él se retiró, tratando de calmar su respiración y controlar su pasión.

– Lochlan, eres mi marido. No puedes tener miedo de amarme.

– ¡No tengo miedo de amarte! -replicó él, con la voz llena de lujuria y frustración-. ¡Tengo miedo de hacerte daño! -entonces, tomó aire y apoyó la frente en la de Elphame-. Mis manos se convierten en garras. Mi placer se convierte en sed de sangre. No puedo amarte sin sentir miedo por ti.

En su tono de voz hubo algo que despertó un instinto profundo en ella, y Elphame sintió que la ira de una diosa se avivaba y ardía lenta y constantemente. La piel comenzó a picarle, y la sangre, a fluir con un ritmo caliente y sensual.

– Me ofendes.

Lochlan alzó la cabeza y la miró con sorpresa. Ella lo apartó de sí con una fuerza que lo asombró todavía más. Elphame le acarició la parte inferior del ala deliberadamente, y él gimió.

– Yo no me asusto de tus caricias. ¿Acaso se te ha olvidado que soy más que humana? Soy más rápida, y soy más fuerte -le dijo, y volvió a acariciarle el ala. Cuando él gimió de nuevo, ella le mordió el hombro y le dejó una marca roja, como un sello-. Algunos dicen, incluso, que soy una diosa. No me trates como si fuera menos.

Entonces, atrapó su labio inferior con la boca y succionó.

Los ojos de Lochlan se llenaron de una luz oscura que chisporroteó, y ella sintió una respuesta de deseo. Recordó que él había admitido que tenía sed de sangre, y aunque no quería provocarlo, la idea de que hundiera los colmillos en su piel tenía algo que le resultaba erótico y atrayente, como si fuera una invasión sensual, parecida a cuando él entraba en su cuerpo. El aura de violencia contenida que rodeaba a Lochlan era palpable, pero no la asustaba, sino que la atraía hacia él. Era su compañero, y ella no lo veía como una anomalía ni una mutación. En realidad, tenía la sensación de que por fin había encontrado su igual.

– Ámame, Lochlan -ronroneó-. No voy a romperme, y no me voy a asustar.

Él la besó con tal fuerza que la aplastó contra la cama. Ella recibió su pasión con una fuerza equivalente, jugueteando y tentándolo con las manos y la boca. Cuando él entró en su cuerpo, no lo hizo con la misma contención que había demostrado la noche anterior, y ella se arqueó bajo él, provocándolo para que continuara. Él le agarró las manos y se las colocó en la almohada, por encima de la cabeza. Respiraba entrecortadamente mientras se inclinaba sobre ella. Elphame apenas reconoció la voz que le susurraba palabras oscuras en el oído.

– No te das cuenta de lo que estás pidiendo.

– Yo no doy mi confianza a medias.

Levantó la cabeza y volvió a morderle el hombro, con dureza, mientras se movía rítmicamente contra él.

Lochlan gruñó y apretó sus colmillos afilados contra el cuello de Elphame. Ella sintió una breve quemazón, y después, una intensa sensación erótica que se extendió desde su cuello por todo su cuerpo. La invadieron oleadas de placer mientras él se bebía su sangre al mismo tiempo que la llenaba con su simiente.

De repente, con un grito de agonía, Lochlan se alejó de su cuerpo. Elphame se sintió desorientada y se incorporó, pestañeando. Él estaba junto a la cama, mirándola con los ojos muy abiertos. Tenía sangre en los labios, y un hilillo rojo que le caía desde la boca a la barbilla. Elphame se llevó la mano al cuello y palpó dos heridas pequeñas, como pinchazos. Sonrió temblorosamente y dijo:

– Estoy bien, Lochlan. No me has hecho daño.

Él se limpió la boca con el dorso de la mano y miró con espanto la sangre.

– ¡No! No puede ser así. No permitiré que sea así.

Se tambaleó hacia atrás, negando con la cabeza.

– Lochlan, ¿qué te ocurre? Mírame. No me has hecho daño.

– ¡No! -repitió él-. ¡No permitiré que sea así!

Con la increíble velocidad de la raza de su padre, se deslizó a través de la habitación y desapareció por la entrada que conducía al baño y al túnel secreto.

– ¡Lochlan! -gritó Elphame, mientras se levantaba de un salto.

– No me sigas. No te acerques…

La voz de Lochlan le llegó sobrenaturalmente desde la escalera. Elphame cayó de rodillas y se puso a llorar.

Lochlan salió del túnel y corrió. No le importaba la dirección. Sólo sabía que tenía que huir. La noche era muy oscura, pero tenía una visión muy aguda y esquivó los árboles sin dificultad. La lluvia le acribillaba el cuerpo desnudo, pero lo agradeció. No era nada comparado con el dolor que sentía en el corazón. Gritó su agonía hacia la noche. Todavía podía saborear su sangre, y todavía oía la historia que le había revelado aquella sangre.

Se había equivocado. Todos se habían equivocado.

La Profecía era verdad. Su gente y él podían salvarse con la sangre de una diosa. Sin embargo, no era su sangre lo que se necesitaba como sacrificio, y no era la muerte física lo que se requería. Lochlan lo había averiguado. Al beber la sangre de Elphame se había llenado del conocimiento de la diosa. La sangre de Elphame no iba a salvarlos. Sólo si ella aceptaba la sangre de Lochlan obtendrían la salvación. A través de él, Elphame absorbería la oscuridad de la sangre Fomorian y asimilaría en su cuerpo la locura de toda una raza.

Sería peor que la muerte física. Si ella bebía de su sangre, se llenaría de maldad. Elphame viviría. No era su muerte física lo que anunciaba la Profecía. Viviría la larga vida de cualquier ser que llevara sangre Fomorian en las venas, pero se volvería completamente loca. Y Lochlan no podía condenarla a siglos de agonía, ni siquiera para salvar a su gente.

Debía alejarse de ella, y asegurarse de que ninguno de los suyos descubriera el camino que llevaba a Partholon a través de las Montañas Tier, y al Castillo de MacCallan. Debía mantener seguro el castillo de su clan, el hogar de su amor.

Siguió corriendo, braceando al mismo ritmo que movía las piernas, poderosas. Los latidos de su corazón eran como los truenos de la tormenta. Lejos… tenía que alejarse lo suficiente como para no oír el sonido mágico de su llamada, ni sentir su presencia. El terreno comenzó a ascender, y Lochlan agradeció el dolor ardiente de sus músculos. La lluvia le empapó la cara y lo cegó, aunque creyó atisbar unas figuras sombrías en el siguiente risco. Con una horrible aprensión, disminuyó la velocidad de su ascenso y esperó al siguiente relámpago para asegurarse. Cuando llegó, Lochlan se detuvo en seco.

En el risco, recortadas contra la tormenta, había cuatro figuras aladas.

Capítulo 32

Con sus alas del color de la tormenta, se deslizaron hacia abajo por el risco. Lochlan se mantuvo erguido, desnudo y fuerte, esperando a que lo alcanzaran. Aunque no podían leer literalmente el pensamiento de los demás, su gente estaba intuitivamente unida por la herencia de su sangre oscura, y Lochlan sabía que no deberían detectar sus emociones turbulentas. Sacó de sí la autoridad que ejercía de manera natural, y envolvió su mente y su corazón en un manto de silencio. Mientras se acercaban, vio que sus expresiones se volvían de asombro al notar su desnudez. Todos inclinaron respetuosamente la cabeza.

Con su típica obstinación de Fomorian, Keir fue el primero en hablar.

– ¿Qué te ha pasado, Lochlan?

– ¿No me saludas, ni me das una explicación del motivo por el que estáis aquí, y crees que tienes derecho a comenzar a interrogarme? -preguntó Lochlan entre dientes.

– Tienes razón al recriminármelo -dijo Keir, aunque su tono de voz no era de disculpa en absoluto-. Bien hallado, Lochlan.

Sus tres camaradas inclinaron la cabeza nuevamente y repitieron el saludo.

– ¡En absoluto! Vosotros no deberíais estar aquí -respondió él.

Keir tomó aire con un silbido peligroso, pero antes de que pudiera hablar, la mujer que estaba a su lado se adelantó y le hizo una reverencia a Lochlan.

– Llevas mucho tiempo separado de nosotros, Lochlan. Nos preocupaba que te hubiera ocurrido algo malo.

La voz de Fallon era dulce, y por un momento, su familiaridad fue como un bálsamo para la mente de Lochlan.

– No te ha fallado el instinto, Fallon. No he tenido suerte.

– ¿No has encontrado a la diosa ungulada? -preguntó Keir.

Lochlan lo miró con frialdad.

– La encontré, pero he descubierto que la Profecía no habla de ella.

La gente alada se movió con inquietud, mirando a Keir y después a Lochlan.

– ¿Y cómo lo sabes?

– Lo sé porque no es una diosa, es sólo una mutación entre dos razas. ¡No es diferente a nosotros!

– No puede ser -dijo Fallon con la voz quebrada.

– No se ha perdido toda la esperanza. Tengo un plan nuevo -dijo Lochlan, alzando la voz contra la tormenta. Un relámpago volvió a atravesar la noche, y la lluvia se intensificó.

– ¿Tenemos que quedarnos aquí? ¿No puedes ofrecernos ningún refugio? -preguntó Fallon.

Él quería gritarles que no había refugio, y obligarlos a volver a las Tierras Yermas aquella misma noche, pero sabía que si los echaba ellos verían la falta de lógica de sus acciones y pensarían que les estaba ocultando algo. Entonces no descansarían hasta descubrir su secreto.

– Seguidme rápidamente. Os llevaré a mi cueva -dijo.

Sin embargo, cuando se estaba dando la vuelta, Fallon lo detuvo agarrándolo suavemente del brazo.

– ¿Estás bien, Lochlan? ¿Por qué te hemos encontrado corriendo desnudo en medio de una tormenta?

Lochlan miró a Fallon y a su compañero, y a los demás miembros del grupo. Ellos lo estaban observando con cautela, como si creyeran que se había vuelto loco. En aquel momento no le importaba lo que pensaran; sólo le importaba que su mundo se había desmoronado. El sueño había terminado, y Lochlan no creía que pudiera soportar ver la luz del día.

– ¿Es que ninguno habéis sentido nunca la necesidad de volar en la violencia de una tormenta? -preguntó con frialdad.

Después desplegó las alas y se alejó de ellos, imponiendo un ritmo que les resultaría difícil seguir.

La caverna era lo suficientemente grande como para acomodarlos a todos. En silencio, Lochlan comenzó a encender una hoguera. Se vistió y compartió sus escasas provisiones con su gente, que seguían mirándolo con recelo. Debería haberse dado cuenta del momento en que entraban en Partholon. Debería haber sentido su presencia. El hecho de que no se hubiera percatado era señal de la distracción que le había causado Elphame.

Lochlan admitió que Keir había elegido bien a sus compañeros. Fallon, por supuesto, no se habría separado de él. Y los gemelos, Curran y Nevin, siempre habían sido leales a un fin: la culminación de la Profecía. Lochlan también los habría seleccionado para que lo acompañaran en una búsqueda como la que había organizado Keir.

Y Lochlan sabía lo que tenía planeado Keir. Había ido a Partholon para asegurarse de que Lochlan llevaba a la diosa ungulada a su tierra para hacer un sacrificio.

– Háblanos de ella, Lochlan -le dijo Nevin.

– ¿Por qué estás tan seguro de que ella no es la indicada? -como de costumbre, Curran tomó el hilo del pensamiento de su hermano y lo terminó.

Lochlan habló con cuidado, puesto que era consciente de que sus palabras podían salvar o condenar a Elphame.

– He pasado mucho tiempo observándola. No es una diosa. Sólo es una mujer humana cuyo cuerpo, por las razones que sean, lleva la marca de una madre humana y de un padre centauro. Ella no dirige a su gente durante los ritos de Epona. Sólo es la Jefa del Clan, no una diosa. No tiene el poder de Epona en su interior.

– Eso no puedes saberlo con seguridad -dijo Keir.

– Lo sé sin ninguna duda. Lo leí en su sangre.

– ¿Cómo?

– ¿Por qué?

– ¿Qué derecho tenías?

Lochlan alzó una mano para detener la avalancha de preguntas.

– La encontré al fondo de un barranco. Se había caído y estaba malherida. Iba a atacarla un jabalí, y yo lo maté. Después la llevé a un lugar seguro. Estaba sangrando aquella noche, y en su sangre, leí la verdad de su condición humana. No es una diosa, sólo es una humana mutante.

– ¿Te revelaste ante ella? -le preguntó Fallon con incredulidad.

– No. Estaba inconsciente, y deliraba. Me recuerda como si fuera un sueño que no puede ser real -dijo Lochlan, y estuvo a punto de atragantarse por la amargura que le causaban aquellas palabras.

– Si ella no es la que puede realizar la Profecía, ¿por qué has soñado con ella durante todos los años de su vida? -le preguntó Keir.

Lochlan se había preparado para responder aquella pregunta, y su respuesta llegó con facilidad.

– Los sueños son visiones que me provocaba mi sangre oscura para que me volviera loco cuando siguiera su pista y descubriera que no eran más que una fantasía que yo había perseguido durante un cuarto de siglo.

– Has dicho que tienes un plan. ¿Qué es lo que tenemos que hacer ahora? -preguntó Fallon.

Lochlan se acercó a la bella mujer alada, que había sido su compañera de juegos en la infancia y su amiga durante la edad adulta. Tenía el pelo rubio, casi blanco, largo hasta la cintura, y la luz del fuego de la hoguera le arrancaba brillos delicados. Tenía unos rasgos finos y perfectos, y los ojos de un azul tan claro que parecía que no tenían color. Él no quería mentirle. Odiaba tener que mentirles a todos. Sin embargo, no podía traicionar a su mujer.

– Mientras estaba vigilando a la mujer ungulada, oí muchas cosas. A menudo, los humanos hablan del Templo de la Musa.

Curran y Nevin asintieron.

– Nuestra madre se educó allí.

– Y la mía -dijo Lochlan-. Y muchas otras. ¿Recordáis lo que nos dijeron de él? El Templo de la Musa es un lugar de educación superior, donde hay nueve profesoras que son las Encarnaciones de las Musas.

– Piensas que con una de ellas podríamos completar la Profecía -dijo Keir lentamente.

Lochlan lo miró a los ojos.

– Creo que cualquiera de ellas podría hacerlo. ¡Pensadlo! La respuesta es sencilla. Yo me habría dado cuenta hace años si no hubiera estado obsesionado por esos sueños durante tanto tiempo. Por eso, mi sangre oscura me ha jugado esas malas pasadas, para impedir que reconociera lo evidente. La Profecía no dice que nos salvaremos con la sangre de una diosa ungulada moribunda. Dice que la sangre de una diosa nos salvará. De cualquier diosa.

– Así que iremos al Templo de la Musa -dijo Nevin.

– Y capturaremos a una de las diosas -añadió Curran.

Lochlan cabeceó con disgusto.

– ¿Y cómo pensáis hacerlo? ¿Creéis que podemos llegar hasta allí sin que nos descubran?

– ¡Tal vez ya es hora de que nos descubran! -exclamó Keir.

– ¿Quieres atacar Partholon? -preguntó Lochlan, en un tono peligroso.

– ¡No! Yo sólo quiero ocupar el lugar que me corresponde en Partholon.

– ¿Y crees que el lugar que te corresponde está a la cabeza de un grupo de demonios alados?

– ¡Nosotros no somos demonios! -gritó Fallon.

– Si hemos venido a Partholon a secuestrar a una de sus diosas para hacer un sacrificio de sangre, ellos nos verán así. Si sólo pensamos con la ira de la sangre de nuestros padres, no seremos mejores que ellos, por mucho que luchemos contra su herencia oscura.

– ¿Y qué es lo que sugieres tú? -preguntó Keir con amargura.

– Marchaos a casa. Ocupaos de que la gente esté bien. Yo iré solo al Templo de la Musa, y cuando vuelva a las Tierras Yermas será en compañía de una diosa. Cuando su sangre haya lavado la locura de la nuestra, entraremos en Partholon pacíficamente. Ningún habitante de estas tierras sabrá que hemos pagado nuestra salvación con la sangre de uno de los suyos.

– Tiene cierta lógica -dijo Curran.

Lochlan les dio la espalda y se puso a mirar hacia la lluvia. Parecía que aceptaban sus invenciones y medias verdades, pero él no iba a permitirse sentir alivio hasta que supiera que habían vuelto a las Tierras Yermas y estuviera seguro de que Elphame no corría peligro.

Keir lo miró con el ceño fruncido, y se apoyó contra la pared de la cueva. Fallon miró a su compañero, y después se reunió con Lochlan a la entrada de la cueva.

– ¿Todavía la quieres, amigo mío? -le preguntó suavemente.

– No. Nunca la he querido. Todo fue una ilusión.

– Así es mejor. Ahora, por fin, podrás elegir una compañera de entre los nuestros.

Lochlan asintió con tirantez.

– Estás distinto, Lochlan -dijo Fallon con preocupación.

– Tenías razón. Llevo demasiado tiempo alejado de los míos -dijo, y esbozó una sonrisa forzada-. Vamos, debes descansar. Mañana debéis emprender el camino de vuelta. El castillo está muy cerca, y está lleno de humanos y centauros. No es seguro que estéis aquí.

– Como tú digas, Lochlan -dijo Fallon, e inclinó la cabeza respetuosamente antes de volver junto a su compañero.

Lochlan oyó que se acomodaban para pasar la noche en la cueva. Él también estaba muy cansado, pero sabía que no iba a dormir. Si dormía, soñaría. Soñaría con Elphame, y aquella noche no podía permitírselo. Salió de la cueva en silencio. Habían cesado los truenos, pero seguía lloviendo. Subió a la loma que había sobre la entrada de la cueva y miró hacia las tierras que hubieran podido ser su hogar. Las tierras de El MacCallan le habían llamado, pero él no podría responder nunca a aquella llamada. No importaba lo que le dijeran su sangre y su corazón, ni que Elphame pensara que él la había abandonado y traicionado. Debía dejar aquel lugar.

Viajaría al Templo de la Musa, aunque sabía que era un viaje inútil. La idea de que la Encarnación de una Musa pudiera cumplir la Profecía no era nueva para él. Lochlan y su madre habían hablado muchas veces de ello, y a ambos les había parecido factible. Su madre siempre había estado convencida de que la clave de la Profecía se le revelaría a Lochlan cuando Epona enviara a una mujer marcada por la diosa para que la completara. Y el hecho de que su madre tuviera razón no era un gran consuelo para él en aquel momento.

¿Y qué iba a pasar con la Encarnación de la Musa? ¿Sería capaz él de secuestrar a una joven inocente y llevarla a su muerte? ¿No sería eso lo mismo que alimentar la oscuridad que había en su interior y alejarlo más de su condición humana? Apretó los dientes. No importaba. Lo haría, si servía para salvar a Elphame. No había nada que él no estuviera dispuesto a hacer por ella. Podía incluso dejarla.

Se le encorvaron los hombros. Eso no salvaría a Elphame para siempre. Su gente vería que la muerte de la Encarnación de la Musa no cumplía la profecía. Ellos habían creído durante años que la diosa ungulada que poblaba sus sueños era la salvación de la locura. Y volverían a creerlo.

¿Tendría que enfrentarse a su propia gente para salvarle la vida a Elphame? Lochlan se tapó la cara con las manos e hizo algo que no había hecho desde la muerte de su madre. Lloró.

Fallon se acurrucó contra el cuerpo de Keir. Él la cubrió con sus alas para darle calor. Después, le habló al oído.

– Tu amigo miente -le susurró.

Ella se apartó para mirarlo a los ojos.

– ¿Qué quieres decir, Keir?

– A pesar de la lluvia y de su sudor, percibí el olor de la diosa en él. Olía a su sangre y a su sexo -le dijo Keir.

Fallon lo estudió con atención. Ella no había percibido ningún olor extraño en el cuerpo de Lochlan, pero el sentido del olfato de Keir era más agudo que el suyo. En algunas ocasiones, él había superado incluso a Lochlan con su asombrosa capacidad para seguir una pista.

– Lo único que tienes que hacer es pensar en lo que has visto en sus ojos, y sabrás que digo la verdad. La diosa ungulada es la adecuada, pero Lochlan ha elegido quedársela para sí.

Fallon cerró los ojos y apoyó la cabeza en el pecho de su compañero. Recordó lo que había visto en la mirada de Lochlan aquella noche. La respuesta era evidente. Había visto agonía y dolor, todas las cosas que sentiría el noble Lochlan si hubiera elegido a la amante de sus sueños por delante de la salvación de su gente.

Keir tenía razón. Fallon sintió ira.

Capítulo 33

La luz del sol entraba por las ventanas de su habitación, y Elphame pestañeó bajo la claridad de la mañana. Se incorporó con demasiada rapidez, y todo comenzó a girar a su alrededor. Tenía la cabeza embotada, y la boca seca. Era como si hubiera bebido demasiado vino la noche anterior, aunque en realidad no había tomado ninguno. ¿Qué le ocurría? Se frotó el cuello, que le picaba un poco, y notó dos pequeñas heridas.

Lochlan…

Todo lo que había ocurrido aquella noche volvió de golpe.

Él la había dejado.

Elphame respiró profundamente. No iba a llorar más. Iba a pensar. Tenía que haber una explicación racional para el comportamiento de Lochlan.

Al principio todo iba bien. Él la había consolado por la futura tristeza de Cuchulainn. Le había prometido que se enfrentarían juntos a lo que les deparara el futuro. Y le había hecho el amor.

Entonces había probado su sangre, y se había apartado de ella abruptamente.

«¡No puede ser así! ¡No permitiré que sea así!».

¿Qué había querido decir con aquello? El hecho de que hubiera probado su sangre no era nada espantoso. Sin embargo, Elphame sabía que él había pasado toda su vida rechazando la herencia oscura de su padre, y la noche anterior le había revelado que la lucha estaba volviendo loca a su gente. Se estremeció al recordar con qué tristeza le había hablado de los niños. Tal vez, el hecho de probar su sangre había sido como una rendición para Lochlan, una especie de aceptación, una batalla que había perdido contra lo que más odiaba de sí mismo. ¿Eso significaba que, a partir de aquel momento, ella estaba vinculada a aquel odio?

¡No! No podía creerlo. Lochlan era su marido, y había jurado ante Epona que la amaría. La noche en que se habían unido en matrimonio ella había elegido confiar en él. El camino que tenían por delante no era fácil, los dos lo sabían. Elphame no iba a vacilar ante el primer obstáculo.

Lochlan le había dicho que no lo siguiera, así que ella creería en él y esperaría. Y hasta que volviera a aparecer, Elphame debía seguir con las actividades diarias de trabajo en el castillo y con la dirección de su clan. No podía permitirse los mismos lujos que otras mujeres jóvenes. Su clan no necesitaba a una Jefa que no hiciera otra cosa que suspirar por su amor perdido.

¿Había perdido a Lochlan? Aquella idea le provocó un escalofrío.

Para recobrar la normalidad, se levantó, tomó un baño y se vistió. Estaba acabando de colocarse el broche de El MacCallan cuando alguien llamó a la puerta.

– ¿Elphame?

Era Brenna, cuya voz sonaba vacilante.

– Pasa, Brenna -dijo Elphame, y esbozó una sonrisa de bienvenida-. Buenos días.

La pequeña Sanadora entró en el dormitorio, y Elphame tuvo la sensación de que toda la brillantez que había perdido ella la había ganado su amiga. Ya no escondía la cara detrás de la melena, y su rostro resplandecía. Avanzó con paso ligero por la habitación, y Elphame se dio cuenta de que incluso su forma de vestir había cambiado. Ya no llevaba la camisa atada bajo la barbilla.

– El amor te sienta bien, Brenna -le dijo.

– Es Cuchulainn el que me sienta bien -respondió Brenna, y se ruborizó, aunque no apartó la vista de su amiga.

– Me alegro de saber que todas sus aventuras del pasado por fin han tenido un buen uso -dijo Elphame.

Y, en cuanto hubo hablado, se arrepintió. ¡Qué cosa tan insensible acababa de decir! ¿Acaso no podía pensar con claridad y no herir a su amiga?

– ¡Perdóname, Brenna! Ha sido horrible por mi parte.

Brenna se echó a reír.

– No es horrible, es cierto. Yo ya sabía que Cuchulainn no era virgen -dijo, y bajó la voz-. Anoche fue muy útil que uno de los dos supiera lo que había que hacer -explicó con una risita-. Y, de todos modos, yo no puedo cambiar el pasado de tu hermano. ¿Por qué iba a querer hacerlo? Su vida lo ha hecho tal y como es, y yo lo quiero así -dijo. Tomó de la mano a Elphame y continuó-: ¡Oh, soy tan feliz! Nunca habría soñado que iba a amarme un hombre, ningún hombre, ¡y he conseguido el amor de un hombre como Cuchulainn! Si el corazón dejara de latirme ahora, moriría feliz y completa.

Elphame sonrió con afecto a su amiga. La felicidad de Brenna fue como un bálsamo para su corazón dolorido. Le recordaba que el amor era posible, y que eran posibles los finales felices.

– Tu corazón no puede dejar de latir todavía, hasta que no me hayas dado una docena de sobrinos y sobrinas.

Brenna se dio un golpecito con el dedo en la barbilla, pensando.

– ¿Una docena en total, o una docena de cada?

– Eso dejaré que lo conteste mi madre. Y, hablando de la Encarnación de Epona, has de saber que se empeñará en celebrar la boda ella misma, y pronto, aunque probablemente estará llorando durante toda la ceremonia.

Brenna se quedó seria.

– Cu dice que le caeré bien.

– No te preocupes, Brenna, te va a adorar. ¿Dónde está mi hermano? ¿Todavía en la cama?

– No, ha ido al Gran Salón. Le dije que quería asegurarme de que te encontrabas bien esta mañana -dijo Brenna. Entonces comenzó a observar críticamente a Elphame-. Estás pálida. ¿No has dormido bien?

– Sí, muy bien. Seguramente estoy pálida porque he pasado demasiado tiempo encerrada, y no lo suficiente al aire libre. Vamos a desayunar juntas, y después le pondré remedio a eso.

– ¿Qué te ha pasado en el cuello?

Elphame se pasó los dedos por las diminutas marcas y se encogió de hombros.

– Debo de haberme rascado.

– Parecen picaduras.

– Será una araña. Supongo que eso demuestra que nuestro nuevo hogar no es perfecto -dijo. Tomó a Brenna de la mano y tiró de ella hacia la puerta.

– Le recordaré a Meara que limpie bien todos los rincones de tu dormitorio para quitar las telarañas.

Elphame asintió distraídamente, y después se apresuró a cambiar de tema.

– ¿Cómo está la lobezna de mi hermano?

Brenna miró hacia arriba.

– ¿Te ha dicho que la ha llamado Fand?

Elphame se echó a reír, y notó que el nudo que tenía en la garganta se aflojaba. Mientras charlaba agradablemente con su amiga, recorrieron el patio principal y llegaron al Gran Salón, donde el clan se había congregado para el desayuno. Elphame recibió un cálido saludo de todo el mundo, y se alegró al ver que su hermano abrazaba a Brenna y la besaba.

Era la Jefa de un clan asombroso. Si Lochlan la había abandonado, sobreviviría. No, haría algo mejor que sobrevivir. Viviría, prosperaría y pasaría sus días rodeada del amor y el respeto de su gente. Y tal vez algún día les contaría a sus sobrinos la historia de un ser alado y de la diosa que durante un breve tiempo lo había amado.

Elphame sonrió al ver a la lobezna jugueteando entre los pies de su hermano mientras caminaban hacia el grupo de trabajadores que esperaba junto a las murallas del castillo. Casi no podía creer que la gordita e inquieta Fand fuera la misma lobezna que había encontrado Cuchulainn, medio muerta, pocos días antes.

– El, ¿estás segura de que te encuentras bien para hacer esto?

– No empieces, Cu. Ya has oído lo que ha dicho Brenna: que estoy bien como para volver al trabajo. Y eso es exactamente lo que quiero hacer hoy.

Cu la miró con una ceja arqueada.

– ¿Y por qué quieres cortar árboles y clarear el bosque en vez de hacer algo…?

– ¿Algo más fácil? Porque nunca me ha interesado especialmente lo fácil, Cu. Dime, ¿qué querrías hacer tú si llevaras inactivo tanto tiempo como yo?

– Tuviste un accidente muy grave, El -le recordó Cuchulainn.

– ¿Qué querrías hacer tú?

El suspiró de Cuchulainn se convirtió en una carcajada.

– Querría ensuciarme las manos y poner a trabajar los músculos.

– Lo mismo que yo -dijo ella con una sonrisa.

Los trabajadores los saludaron, y se sintieron agradados al saber que La MacCallan iba a acompañarlos en su trabajo. Tomaron las hachas y siguieron a Cuchulainn y a Elphame hacia el exterior de las murallas.

– He pensado esto -dijo Cuchulainn, señalando el bosque circundante-: Hemos clareado bastante terreno, pero me gustaría hacer retroceder todavía más la línea de árboles. Los constructores del tejado han pedido más leña, así que nos beneficiaremos doblemente -dijo.

Estaba a punto de dar indicaciones más específicas cuando notó un cosquilleo en el costado. Volvió la cabeza, y se quedó callado. Su hermana estaba a su izquierda, e irradiaba oleadas de calor. Cuchulainn sintió una inquietud familiar mientras presenciaba, de nuevo, cómo tomaba vida el poder de Epona en Elphame.

Elphame miró hacia más allá de los árboles. El cielo estaba de un intenso color azul, del color que sólo sucedía en una mañana de primavera tras una tormenta. El sol acababa de ascender por encima del bosque de pinos, y lanzaba luz y brillo hacia las murallas del castillo. El cuerpo de Elphame absorbió los rayos como la caricia de una madre, y sintió que el poder de la diosa la invadía.

– Epona ha marcado este día -dijo con voz reverente-. Démosle las gracias por su presencia y pidámosle su bendición para nuestro clan.

Mientras Elphame elevaba la cara hacia el sol, notó que los hombres se arrodillaban. Miró a su lado, y comprobó que Cuchulainn se había puesto también de rodillas. Todos tenían el rostro inclinado hacia el sol, y Elphame sintió que era lo correcto, y cuando alzó los brazos para invocar a Epona, el poder de la diosa le acarició la piel.

– Oh, Gran Epona, sentimos tu presencia poderosa y te pedimos que tu espíritu fluya por nuestro clan. Hemos comenzado un nuevo camino aquí, y con tu ayuda divina, continuaremos infundiéndole vida al Castillo de MacCallan, el hogar ancestral de aquéllos a quienes has amado siempre. Te damos las gracias y te pedimos que bendigas el viento, la luz y el agua del mar y de los ríos, y las tierras y los bosques. Nos honra que tu espíritu esté entre nosotros. ¡Ave, Epona!

Los que la rodeaban repitieron el grito, y para deleite de Elphame, el sonido reverberó por las murallas y llenó la mañana de amor y magia.

La criatura alada lo estaba observando todo desde las sombras del bosque. Lochlan les había mentido. Allí estaba la prueba irrefutable. La diosa ungulada estaba ante las murallas de su castillo, rodeada de su gente, que se arrodillaba en muestra de respeto a su poder. En ella brilló el espíritu de Epona. Y ella pidió la bendición de la diosa con palabras sencillas, como si fuera su derecho de nacimiento. Ella era, de verdad, una diosa viviente.

No podían marcharse de Partholon sin ella. El destino de su gente dependía de ello. La mente de la criatura se llenó de pensamientos oscuros, y en aquella ocasión, no hizo ningún esfuerzo por rechazarlos. La diosa ungulada debía entrar al bosque, alejarse de las murallas protectoras de su castillo. Lochlan no lo haría, así que ellos tenían que encontrar otra manera de conseguirlo.

En la oscuridad de la mente de la criatura se formó una idea que nació de la locura y de la sangre.

Capítulo 34

El sol estaba en lo más alto del cielo cuando apareció Brenna con una cesta de comida en las manos. La Sanadora hizo un mohín y se echó a reír cuando Cuchulainn la abrazó y le dio un beso sudoroso.

– ¡Aj! Los dos estáis empapados en sudor -dijo, y miró a Elphame.

– No, no te preocupes, no me he esforzado demasiado. Me encuentro perfectamente -le aseguró rápidamente su amiga.

Fand, que había estado dormitando a la sombra del pino más cercano, eligió aquel momento para despertar y se acercó corriendo torpemente hacia Brenna, que se arrodilló para rascarle detrás de las orejas.

– Bueno, tienes mucho mejor aspecto del que tenías esta mañana, pese al sudor y la suciedad. Sin embargo, ya es hora de que te tomes un descanso -dijo, y miró a Cuchulainn con una sonrisa-. He traído la comida. ¿Os gustaría compartirla conmigo?

Elphame vio a Brenna flirteando de verdad con su hermano. Era como si el amor de Cuchulainn la hubiera llenado tan completamente que, como el Castillo de MacCallan, hubiera renacido.

– Sí, nena, sí me gustaría -dijo Cuchulainn, y la miró con lujuria. Entonces, con un gritito, Brenna se apartó ágilmente de sus brazos sudorosos. Fand les ladró a los dos.

– No sólo tú, Cu -dijo Brenna, riéndose-. Nuestra Jefa también está invitada.

– Me encantaría ir con vosotros dos, pero tengo que ayudar a Wynne a seleccionar a las nuevas ayudantes de cocina.

– Así pues, sólo estaremos tú y yo -dijo Cuchulainn, arqueando las cejas hacia Brenna. Fand gimoteó, y el guerrero la tomó en brazos-. Quiero decir, nosotros tres -corrigió.

Brenna frunció el ceño mientras él acariciaba a Fand.

– Cuchulainn, si piensas tocar a alguien aparte de a ese animal, tendrás que lavarte primero.

Cuchulainn se inclinó hacia ella y bajó la voz.

– Me reuniré contigo en nuestra poza, Brenna -le dijo, y le entregó a la lobezna-. Adelantaos Fand y tú. Elphame y yo terminaremos con este árbol y después iré rápidamente. Y no se lo digas a nuestra Jefa, pero esta tarde tengo pensado tomarme un descanso privado…

– ¡Oh, eres horrible, Cu! -le dijo Elphame, dándole golpecitos en el brazo.

– Estoy de acuerdo -dijo Brenna con alegría, sujetando a Fand contra su pecho-. Pero de todos modos lo esperaré.

Después, con una mirada de picardía por encima del hombro, se despidió y comenzó a caminar por la carretera.

Cu la observó mientras se alejaba, sonriendo como un bobo. Elphame cabeceó.

– No te la mereces.

Cuchulainn respondió con alegría.

– Tienes razón, hermana. Pero ella me quiere de verdad. Y ahora, vamos a terminar de cortar este árbol para que pueda pasar el resto de la tarde en sus brazos.

Elphame lo miró riéndose, pero su sonrisa se quedó helada. Detrás del hombro de Cuchulainn había una nube oscura que de repente bloqueó la luz del sol. La nube tenía algo, transmitía frío y aprensión, y Elphame se estremeció.

– ¿Qué ocurre? -le preguntó Cuchulainn.

Ella pestañeó, y vio que la nube se había desvanecido. ¿Había sido real? El calor del día volvió a calentar su alma, y pensó que el frío que la había sacudido había sido consecuencia de un truco de la luz del sol entre los árboles.

– ¿El?

Ella sacudió la cabeza y agarró el árbol con firmeza.

– No me hagas caso, me he distraído. Vamos a darnos prisa. No debes hacer esperar a Brenna, y yo estoy de acuerdo con ella. Necesitas un buen baño -dijo riéndose, y arrugó la nariz hacia su sudoroso hermano.

Brenna se sentía feliz y ligera, y muy bella. Balanceó la cesta en la que llevaba queso, pan recién hecho, huevos cocidos y lonchas de cerdo ahumado. Incluso había conseguido un odre del vino que había enviado la madre de Cu. Salió de la carretera y sonrió al ver lo verde que se estaba poniendo todo, y las flores que habían brotado por todas partes. Parecía que el bosque se había vestido para ella, y aquel pensamiento tan tonto y tan romántico hizo que sonriera.

Fand soltó un gemido, y Brenna se dio cuenta de que la lobezna se había quedado atrás. Se dio la vuelta y la vio sentada en mitad del camino, mirando a Brenna lastimeramente.

– Vamos -le dijo Brenna-. El pino grande está allí -le explicó, señalando con el dedo hacia delante-, lo cual significa que ya estamos cerca de la poza.

Fand no se movió. Brenna chasqueó con la lengua.

– Vamos, cariño. He traído leche para ti. Extenderé la manta, y podrás dormir hasta que llegue Cu.

Por supuesto, sabía que la lobezna no podía entenderla, pero su tono de voz era suave y persuasivo, y siguió hablándole hasta que consiguió que el obstinado animal dejara el camino y corriera hacia ella.

– ¡Buena chica! -le dijo-. Cu va a estar muy orgulloso de ti.

Brenna estaba concentrada en la lobezna, así que no se dio cuenta de que una sombra se separaba del pino más cercano y comenzaba a seguirla.

El sonido musical de la cascada de la poza estaba cerca cuando Fand gruñó de repente.

– ¿Fand? ¿Qué pasa, bonita?

La reacción inicial de Brenna fue la de echarse a reír. A Fand se le puso el pelo del lomo de punta, y la lobezna enseñó los dientes y comenzó a caminar hacia atrás, hacia Brenna, para protegerla. La pequeña lobezna era adorablemente inofensiva. Sólo era una bola de pelo gris que emitía sonidos que todavía no eran de lobo. Brenna pensó que parecía más un erizo.

La oscuridad cruzó por delante de su visión, y los gruñidos de Fand se incrementaron. Entonces, Brenna volvió la cabeza y de sus labios escapó un jadeo.

La criatura alada era muy bella. Brenna advirtió que el color de sus ojos era único, y que tenía un cuerpo esbelto y fuerte. No sucumbió al pánico, ni gritó ni se alteró. Con una velocidad sobrenatural, la criatura se acercó a ella, y Brenna vio reflejarse en sus colmillos afilados la luz del día.

– Hago esto porque él me ha obligado. Es la única manera.

La criatura alada tenía una voz suave y melódica.

Brenna vio su propia muerte en los ojos de la criatura, pero no podía moverse. Se quedó inmóvil, atrapada en aquella mirada. Sin embargo, aunque su cuerpo no respondiera, su mente permaneció muy lúcida. Lo primero que pensó fue en lo distinto que era todo aquello a su accidente. Aquel día había estado lleno de fuego y dolor. Aquello estaba siendo, desde el principio, una invasión delicada. Pero luego la criatura la sujetó y hundió la cabeza hacia el lado de su cuello que no tenía cicatrices. Brenna sintió sus dientes contra la suavidad de la piel. Cuando la atravesaron, al principio se vio invadida de euforia, y no pudo reprimir un gemido. Después sintió algo como un tirón caliente y, como si viniera de muy lejos, oyó la rasgadura de la carne.

Cerró los ojos y pensó en Cuchulainn. «Epona, por favor, ayúdalo a que no sufra durante mucho tiempo». El tiempo se quedó suspendido mientras ella formaba una oración final: «Y gracias, por permitirme que conociera el amor y la aceptación antes de conocer la muerte».

La sensación de succión aumentó en su cuello, y Brenna comenzó a jadear. Sus piernas perdieron la fuerza. La criatura, sin dejar de beber su sangre, la sujetaba como en el abrazo de un amante. La luz que había contra los párpados de Brenna pasó del rojo al negro, pero antes de que sintiera dolor, y de que la muerte la reclamara, notó que la sacaban y la elevaban por encima de su cuerpo, y su alma se llenó de una paz indescriptible al llegar a los brazos de Epona.

– Creo que Kathryn sería una buena adquisición para mi plantilla -dijo Wynne, mientras se apartaba un rizo de la cara.

Elphame tragó otro bocado del delicioso estofado de venado que había preparado la cocinera y respondió:

– Ha admitido que no tiene mucha experiencia como cocinera, pero es joven y muy dispuesta. Estoy de acuerdo contigo en que aprendería rápidamente.

– Meara se va a enfadar. Odia perder a sus subordinados.

Elphame sonrió.

– Pues cocínale algo especial como oferta de paz.

Wynne asintió.

– Algo dulce.

– Muy dulce.

Algo interrumpió las risas de Elphame.

– ¡Elphame!

Reconoció la voz grave de Danann, se levantó y atravesó rápidamente el Gran Salón. Se encontró con el centauro en el patio central, y se quedó sin aliento al ver su expresión grave.

– Tu hermano te necesita.

El centauro se dio la vuelta y salió corriendo hacia las puertas de la muralla. Elphame lo alcanzó allí. Justo fuera del castillo había una gran confusión. Los hombres estaban ensillando frenéticamente los caballos, y los centauros se acercaban desde el bosque. Elphame oyó que alguien gritaba el nombre de Brighid. Y, en mitad de todo el mundo estaba Cuchulainn, inmóvil, esperando a que ensillaran su caballo. Estaba muy pálido y tenía a Fand en brazos. La lobezna estaba manchada de sangre. Elphame corrió hacia él.

– Es Brenna -le dijo Cuchulainn.

– ¿Qué le ha pasado? ¿Dónde está?

Elphame miró a Fand. La lobezna no tenía ninguna herida, así que la sangre no era suya.

– He encontrado a Fand junto a la poza del bosque, sola. Llamé y busqué a Brenna, pero no estaba allí. He visto huellas raras. No las entendí -dijo Cuchulainn con la voz entrecortada-. He vuelto a buscar a Brighid, y a recoger esto -añadió, y señaló su espada, que llevaba bien atada a la espalda.

A Elphame se le encogió el corazón con el mismo frío que había sentido un poco antes.

Brighid se acercó a ellos al galope.

– ¿Qué ha pasado?

– Creo que alguien, o algo, ha atacado a Brenna -dijo Cuchulainn, y le entregó la lobezna al hombre que acababa de ensillar su caballo. Después, montó de un salto-. Cerca de la poza donde os bañasteis. No sé interpretar las huellas.

– Enséñamelas.

Cuchulainn señaló hacia la carretera y, sin decir una palabra más, todos lo siguieron rápidamente. Elphame corrió al lado de su hermano, intentando no pensar.

Junto al gran pino, Cuchulainn dejó la carretera y desmontó rápidamente. Continuó unos cuantos metros y se detuvo junto a la cesta de comida abandonada.

– Aquí -dijo, y señaló el suelo.

Las flores silvestres que acababan de abrirse, y la hierba verde, estaban manchadas de salpicaduras de sangre.

Brighid hizo un gesto al grupo para que no siguieran avanzando y se inclinó para estudiar el terreno. Elphame vio que su rostro se contraía, y un momento después, la Cazadora alzó la vista y clavó los ojos en los de la Jefa del Clan, antes de volver a mirar el suelo. Cuando habló, lo hizo sin apartar la vista de las huellas.

– Quedaos detrás de mí.

El grupo se dividió en columnas de a dos, y Elphame y Cuchulainn iban dirigiendo a los que caminaban detrás de Brighid. Ella se dirigió rápidamente hacia la carretera siguiendo las huellas, que seguían a las de Brenna. La Cazadora cruzó la carretera y volvió al bosque. Pronto giró bruscamente hacia el norte.

Elphame corrió hasta ponerse a su altura.

– ¿Hay algún rastro de Brenna?

– Esa cosa la lleva.

Elphame se sintió enferma y volvió a ponerse junto a su hermano. Siguieron a la Cazadora sin hablar. Al principio, Brighid se movía con seguridad y rapidez, pero cuando el terreno comenzó a ascender y a formar los riscos escarpados, intercalados con riachuelos y barrancos, el ritmo de la Cazadora se aminoró y, finalmente, ella se detuvo. Se volvió a mirar a Cuchulainn con frustración.

– Lo he perdido. Se mueve de una forma distinta a cualquier cosa que yo haya seguido antes. Sus pasos son tan largos que parece que vuela.

Cuchulainn soltó las riendas de su caballo y se acercó a Brighid.

– No puedes perderlo. Tiene a Brenna.

– ¡Ya lo sé! -exclamó Brighid-. Daría cualquier cosa por poder seguirlo, pero se mueve por el aire.

Cuchulainn dio un paso atrás, casi como si ella lo hubiera golpeado.

– Si no puedes seguir su rastro, ¿cómo vamos a encontrarla?

– Vamos a formar una línea de búsqueda -dijo Elphame de repente, y señaló a uno de los hombres que había tras ellos-. Ve a Loth Tor y avisa a todo el pueblo. Que traigan antorchas. ¡Rápido! -le ordenó. Después se volvió hacia la Cazadora y su hermano-. Nos extenderemos desde aquí. Vamos a empezar a buscar. Yo volveré al castillo para avisar a todo el clan. Peinaremos este bosque como si fuéramos langostas. Encontraremos a Brenna.

Abrazó con fuerza a su hermano, y sintió el temblor de su cuerpo rígido antes de que él le devolviera el abrazo.

Después, Elphame asintió para despedirse de Brighid y salió corriendo por el bosque. Al principio, se concentró en la velocidad y en el terreno rocoso que estaba recorriendo, pero a medida que se acercaba al castillo, tuvo que enfrentarse a lo que no había querido admitir.

Las huellas eran de una criatura Fomorian. Ella las habría reconocido sin la mirada de Brighid. No podía ser Lochlan. No podía creerlo. No era posible, ¿o sí? ¿Y si el hecho de probar su sangre lo había vuelto loco? ¿Y si había huido de ella porque se había dado cuenta de que no podía mantener el control? Y ahora, Brenna estaba pagando el precio de su silencio, y de su decisión de confiar en una criatura que era, en parte, un demonio.

«¡No!», le gritó el corazón. Lochlan era su compañero. Su llegada había sido predicha por el mismo Cuchulainn. No podía ser un monstruo, ni un loco. Las huellas eran de un Fomorian, sí, pero Lochlan le había dicho que había más miembros de su raza que estaban luchando contra la locura. Podría ser que una de aquellas criaturas hubiera seguido a Brenna y hubiera sucumbido a sus deseos más oscuros.

Pero Elphame tenía que saberlo. Tenía que estar segura. Y sólo había una manera de conseguirlo…

Se detuvo en seco al borde del bosque que rodeaba su amado castillo. Bajo el refugio de los pinos se volvió hacia el norte, la dirección por la que Lochlan había entrado en Partholon. Alzó las manos y le habló al viento.

– ¡Lochlan! Ven a mí…

El nombre de su amante brilló con magia ante ella. El viento lo recogió y lo llevó por el bosque.

Elphame inclinó la cabeza, sintiendo el peso de su decisión sobre el alma. Después, salió de entre los árboles.

Capítulo 35

– Permaneced a diez pasos de vuestros compañeros. Hasta que se nos unan los demás, no podemos permitirnos el lujo de mantener una línea apretada. Tenemos que hallar el rastro de la criatura, para saber en qué dirección debemos seguir buscando -explicó Brighid, mirando al grupo de hombres y de centauros que los rodeaban a Cuchulainn y a ella-. Avanzaremos juntos, despacio. Las huellas son únicas. Debéis buscar huellas de garra, grandes, más grandes que las del casco de un centauro.

Los hombres se dispersaron entre murmullos. Cuchulainn se colocó junto a la Cazadora.

– ¿Qué es esta criatura? -le preguntó en un susurro.

Brighid recordó la mirada que Elphame y ella habían compartido cerca de la poza. Elphame sabía que las huellas eran las mismas que había hallado en el barranco la noche de su accidente. ¿Qué podía hacer? ¿Debía decirle a Cuchulainn que sabían que había una criatura con pies de garra por el bosque, pero que no lo habían difundido? Brighid se frotó la frente con el dorso de la mano y le dijo parte de la verdad al guerrero.

– No lo sé, Cuchulainn. Nunca había visto una criatura que dejara unas huellas así.

– La ha matado, ¿verdad?

– Sabemos que se la ha llevado, pero no he encontrado más sangre, y había muy poca en el lugar del secuestro. Eso nos dice que Brenna no se ha desangrado -explicó Brighid.

Entre ellos quedó, sin mencionar, la certidumbre de que había muchos modos de morir aparte de la pérdida de sangre. Brighid apartó la mirada de la de Cuchulainn, que estaba llena de dolor, y estudió la línea que habían formado hombres y centauros. Después alzó el brazo y gritó:

– ¡Empecemos!

Todos comenzaron a caminar lentamente. Para Cuchulainn, el tiempo se doblaba sobre sí mismo. Por lógica, sabía que el tiempo transcurría normalmente. Las sombras del bosque se alargaban, como prueba de que el día iba acabándose, pero él tenía la sensación de que sólo habían pasado unos instantes desde que había tenido a Brenna entre sus brazos y la había visto marchar por el camino a esperarlo junto a la poza.

Cuchulainn también recordó el presentimiento que lo había invadido cuando Brenna y él volvían de la poza, la mañana anterior. Había sido una advertencia. Él había sentido el destino de Brenna, y lo había ignorado, como había ignorado todo conocimiento que le llegaba por parte del reino de los espíritus en el pasado. Lo que estaba ocurriendo era culpa suya. Si no hubiera rechazado al reino de los espíritus, habría estado preparado. No habría permitido que Brenna se alejara de su vista. Sintió odio hacia sí mismo.

Y entonces, oyó un sonido distante que le puso el vello de punta. Le llegó por la espalda. Era a la vez un sonido, un roce, un presentimiento. Era la magia viva que viajaba en el soplido del viento.

– ¡Esperad! -gritó.

Al instante, Brighid elevó el brazo y ordenó a la línea de búsqueda que se detuviera.

Cuchulainn se concentró con todo su ser en el oído, y expandió sus sentidos sobrenaturales, que normalmente rechazaba. El sonido pasó a su lado, ascendió por la elevación rocosa que había ante ellos y después, tan repentinamente como había llegado, aquel presentimiento se desvaneció.

Cuchulainn suspiró y maldijo su propia incompetencia. Con un profundo sentimiento de derrota, le indicó a Brighid que diera la orden de avanzar de nuevo, cuando volvió a notar un tumulto de sensaciones.

Cuchulainn alzó la cabeza y señaló el risco.

– Allí. Allí hay algo.

Cuando llegaron a la cima, encontraron una pradera de hierba rodeada de robles, en vez de los pinos altos e imponentes que abundaban en aquella zona. En la oscuridad de los árboles algo llamó la atención de Cuchulainn, y pronto vio una criatura alada salir al claro. Llevaba en brazos el cuerpo inerte de Brenna.

¡Un Fomorian! Eso debía de ser aquel monstruo. El tiempo volvió a cambiar, y se aceleró de modo que los movimientos se volvieron borrosos, y los sonidos irreales. La criatura se detuvo, y miró a los ojos a Cuchulainn. La vibración satisfactoria del arco de Brighid cuando soltó la flecha se mezcló con el ruido metálico de la espada de Cuchulainn al ser desenvainada. La criatura se echó a un lado, y aunque la flecha se le clavó hasta el timón en el hombro, Cuchulainn se dio cuenta de que el monstruo portaba a Brenna cuidadosamente, como si en algún lugar de su enfermiza mente quisiera mantenerla a salvo.

– ¡Brenna! -gritó Cuchulainn, y echó a correr por el claro.

La criatura se quedó inmóvil, en silencio, y no hizo ademán de protegerse. Sólo se movieron sus alas, que crujieron y se abrieron. Sus ojos, del color de una tormenta, no vacilaron. Cuchulainn notaba que Brighid, y el resto del grupo, lo seguían hacia el monstruo. Intentó no mirar a Brenna. Intentó no ver lo pálida y quieta que estaba.

Cuando Cuchulainn estuvo a menos de un metro de la criatura, ésta habló.

– Demasiado tarde. Está muerta.

Su voz era profunda y poderosa, y Cuchulainn notó su evidente tristeza. El guerrero apuntó al cuello de la criatura con la espada.

– Déjala en el suelo y acepta tu final.

La criatura alada se arrodilló lentamente y dejó a Brenna sobre la hierba. Cuando se puso en pie, los demás avanzaron como uno solo, pero Cuchulainn los detuvo con un grito.

– ¡No! Yo lo mataré.

Con una rapidez sobrehumana, Cuchulainn se lanzó hacia la criatura. Sin embargo, un instante antes de que la espada le cortara el cuello, el Fomorian habló de nuevo, y la palabra que gritó hizo que Cuchulainn se detuviera justo cuando el filo cortaba el mismo hombro en el que había penetrado la flecha.

– ¡Elphame!

Cuchulainn entornó los ojos y mantuvo la espada lista, sin apartarla del cuello del Fomorian.

– ¿Cómo te atreves a pronunciar el nombre de mi hermana?

Lochlan había caído sobre una rodilla. Su ala rota colgaba hasta el suelo, que se había llenado de sangre, y con la mano, intentaba contener la hemorragia de su hombro herido. Sin embargo, miró a Cuchulainn fijamente, y su voz seguía siendo fuerte y segura.

– Pronuncio el nombre de la Jefa del Clan porque tengo derecho de nacimiento, y exijo al clan que respete mi derecho a que ella oiga mi petición. Sólo ella puede decidir mi futuro.

– ¡Tú no eres del clan de los MacCallan! -rugió Cuchulainn.

Lochlan se puso en pie, y con los dientes apretados a causa del dolor, proclamó:

– Mi madre era Morrigan, la hermana menor de El MacCallan que regía estas tierras. Hoy lo hago público. ¡Sólo La MacCallan puede llamarme impostor!

– Llévalo ante tu hermana -dijo Brighid-. Ella quería a Brenna tanto como tú. Será un gran placer para ella ordenar que desmiembren a esta bestia.

Cuchulainn miró a la criatura. Las alas, las garras y los dientes indicaban sin duda que era un Fomorian, pero a pesar del dolor y la rabia, Cuchulainn veía claramente que sus rasgos eran humanos.

– Atadle las manos y amarradlo a mi silla. Si no puede caminar hasta el castillo, lo arrastraré.

Mientras ataban a Lochlan, Cuchulainn se arrodilló junto a Brenna. Estaba muy pálida. Le acarició la cara. También estaba muy fría. Tenía una expresión tan llena de paz que parecía que estaba dormida. Salvo por su cuello. La criatura le había arrancado un trozo de carne. Cuchulainn asimiló la realidad de su muerte y notó cómo atravesaba su mente, su corazón y su alma.

– ¡Traedme un trozo de tela! -gritó, sin apartar la vista de su rostro.

La Cazadora le entregó un trozo del forro de su chaleco, y Cuchulainn se lo ató al cuello a Brenna, para que nadie pudiera ver el terrible daño que le habían hecho. Después se inclinó y la besó en los labios helados.

– Te llevaré a casa, amor mío -murmuró.

Brighid le sujetó las riendas del caballo mientras montaba, y después, con gentileza, le entregó el cuerpo de Brenna. Sujetando bien el cuerpo de su amante, espoleó al caballo y lo puso al trote. Sintió satisfacción al notar que la criatura alada se tropezaba y caía y era arrastrado unos cuantos metros antes de poder ponerse en pie de nuevo. Que sufriera como había sufrido Brenna. Él se aferró a su cuerpo, e intentó no pensar en lo que significaba su muerte. La había perdido para siempre. Nunca volvería a sentir sus caricias suaves, ni ver la sonrisa con la que se adentraba en el mundo nuevo del amor y de la pertenencia a una familia. No podía pensar en eso en aquel momento. Sólo podía pensar en dos cosas: en llevar a Brenna a casa, y en que su asesino dejara de respirar.

El clan estaba silencioso, reunido junto a las murallas del castillo, preparado, esperando a que se repartieran las últimas antorchas encendidas. Sopló una brisa fría, y Elphame se estremeció. Estaba empezando a atardecer, y el sol descendía hacia el mar, tiñéndolo todo de color escarlata. Ella notó que tenía la boca seca. Incluso el cielo estaba lleno de sangre.

– Todo está listo -le dijo Danann.

Elphame se volvió para mirar a su gente.

– Todavía hay luz suficiente para que podamos movernos con rapidez. No os alejéis. Cuchulainn y el grupo no están lejos de aquí. Cuando nos reunamos con ellos, Brighid os reorganizará.

Todos asintieron. Elphame se volvió para comenzar la marcha hacia el norte, pero antes de que pudiera comenzar a moverse, unas sombras emergieron del bosque. Se le aceleró el corazón y le falló el paso al ver primero a Brighid, y después a Cuchulainn, saliendo de entre los pinos.

«¡No!».

Su mente gritó aquella palabra, pero ella no pudo pronunciarla. Cuchulainn llevaba a Brenna en brazos. Elphame no tuvo que mirar a la cara a su hermano para darse cuenta de que su amiga estaba muerta.

Y después, en medio del dolor, vio que Cuchulainn tiraba de algo detrás de su caballo. El ser se tropezó y cayó cuando su hermano comenzó a galopar para llegar rápidamente junto a ellos. Cuando tiró de las riendas para detener al animal, la criatura ensangrentada y rasgada rodó y quedó a pocos pasos de ella y del resto del clan.

Al principio, Elphame sólo vio alas y miembros largos, manchados de sangre. Por un instante se permitió pensar que no era él. Después, Lochlan se puso de rodillas y la miró a la cara.