/ / Language: Español / Genre:nonfiction,

El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia

Philip Carlo

Durante más de cuarenta años, Richard Kuklinski, «el Hombre de Hielo», vivió una doble vida que superó con creces lo que se puede ver en Los Soprano. Aunque se había convertido en uno de los asesinos profesionales más temibles de la historia de los Estados Unidos, no dejaba de invitar a sus vecinos a alegres barbacoas en un barrio residencial de Nueva Jersey. Richard Kuklinski participó, bajo las órdenes de Sammy Gravano, «el Toro», en la ejecución de Paul Castellano en el restaurante Sparks. John Gotti lo contrató para que matara a un vecino suyo que había atropellado a su hijo accidentalmente. También desempeñó un papel activo en la muerte de Jimmy Hoffa. Kuklinski cobraba un suplemento cuando le encargaban que hiciera sufrir a sus víctimas. Realizaba este sádico trabajo con dedicación y con fría eficiencia, sin dejar descontentos a sus clientes jamás. Según sus propios cálculos, mató a más de doscientas personas, y se enorgullecía de su astucia y de la variedad y contundencia de las técnicas que empleaba. Además, Kuklinski viajó para matar por los Estados Unidos y en otras partes del mundo, como Europa y América del Sur. Mientras tanto, se casó y tuvo tres hijos, a los que envió a una escuela católica. Su hija padecía una enfermedad por la que tenía que estar ingresada con frecuencia en hospitales infantiles, donde el padre se ganó una buena reputación por su dedicación como padre y por el cariño y las atenciones que prestaba a los demás niños… Su familia no sospechó nada jamás. Desde prisión, Kuklinski accedió conceder una serie de entrevistas.

Philip Carlo

El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia

Este libro está dedicado a mi agente y querido amigo, Matt Bialer, por haber estado siempre allí, por su ayuda y orientación constante y su apoyo infatigable. Ha sido un camino largo y accidentado, Matt, un viaje penoso que no podría haber concluido sin ti…

ASESINO DESTACADO DE LA MAFIA, PADRE AMOROSO, BUEN VECINO

Durante más de cuarenta años, Richard Kuklinski, «el Hombre de Hielo», vivió una doble vida que superó con creces lo que se puede ver en Los Soprano. Aunque se había convertido en uno de los asesinos profesionales más temibles de la historia de los Estados Unidos, no dejaba de invitar a sus vecinos a alegres barbacoas en un barrio residencial de Nueva Jersey.

Richard Kuklinski participó, bajo las órdenes de Sammy Gravano, «el Toro», en la ejecución de Paul Castellano en el restaurante Sparks. John Gotti lo contrató para que matara a un vecino suyo que había atropellado a su hijo accidentalmente. También desempeñó un papel activo en la muerte de Jimmy Hoffa. Kuklinski cobraba un suplemento cuando le encargaban que hiciera sufrir a sus víctimas. Realizaba este sádico trabajo con dedicación y con fría eficiencia, sin dejar descontentos a sus clientes jamás. Según sus propios cálculos, mató a más de doscientas personas, y se enorgullecía de su astucia y de la variedad y contundencia de las técnicas que empleaba.

Este rastro de asesinatos duró cuarenta años, en los que Kuklinski viajó para matar por los Estados Unidos y en otras partes del mundo, como Europa y América del Sur. Mientras tanto, se casó y tuvo tres hijos, a los que envió a una escuela católica. Su hija padecía una enfermedad por la que tenía que estar ingresada con frecuencia en hospitales infantiles, donde el padre se ganó una buena reputación por su dedicación como padre y por el cariño y las atenciones que prestaba a los demás niños. El hogar de los Kuklinski se bañaba de luz todas las Navidades, y los veranos eran una sucesión de barbacoas y di' fiestas en el jardín y en la piscina de su casa, a las que acudían muchos vecinos del barrio.

Su familia no sospechó nada jamás.

Pocos años después de que la Policía pusiera fin a Kuklinski en manos de la justicia, este decidió conceder una serie de entrevistas a un cineasta especializado en documentales. El resultado estremecedor fueron tres documentales sobre la vida de Kuklinski emitidos por la HBO. John O'Connor, del New York Times, dijo: «Pocos espectadores olvidarán este retrato tan estremecedor. Si se tuviera que comparar con alguna película de ficción, tendría que estar a la altura de El silencio de los corderos».

Philip Carlo, conocido por su libro The Night Stalker, pasó más de 240 horas hablando con Kuklinski y centenares de horas más con la esposa y las hijas de este, además de con otras fuentes policiales y del hampa, para documentar y redactar este libro. El resultado es un retrato íntimo y definitivo de un asesino de la Mafia, dentro de la línea que marcaron libros como la biografía de Sammy el Toro, de Peter Maas, o Casino, de Nicholas Pileggi.

PHILIP CARLO se crió en Bensonhurst, en Brooklyn, donde vive la mayor concentración del mundo de miembros de la Mafia. Su conocimiento íntimo, de primera mano, de su forma de vida y de sus costumbres le sirvieron para convertirse en un gran autor de temas de criminología. Su célebre libro, The Night Stalker, es una crónica de la carrera brutal del asesino en serie Richard Ramírez. Carlo vive en Nueva York.

Nota del autor

Este libro se basa en más de 240 horas de entrevistas personales mantenidas con Richard Kuklinski en la Prisión Estatal de Trenton y en las oficinas del fiscal general en Fairfield, Nueva Jersey. En todos los casos posibles, los delitos y asesinatos que comentamos Richard y yo se comprobaron acudiendo a contactos de la Mafia, fuentes policiales, documentos, atestados y fotografías. Cuando Richard y yo hablábamos de su vida y de los delitos que cometió a lo largo de cuarenta y tres años, él jamás adoptó una actitud de fanfarrón ni de presumido. De hecho, una buena parte de lo que se relata en este libro solo la contó a base de insistirle y de animarlo a hablar. Según me parece a mí, Richard fue siempre sincero y veraz, directo y franco hasta un grado extremo.

El teniente Patrick Kane, de la Policía estatal de Nueva Jersey, ha sido una fuente inestimable de detalles, datos, impresiones, fechas y lugares. El sargento Rob Anzalotti y su compañero, el detective Mark Bennul, también han prestado gran ayuda para arrojar luz sobre el fenómeno oscuro y violento que fue, y que sigue siendo de hecho, al escribir estas líneas, la vida de Richard Leonard Kuklinski.

Se han cambiado los nombres de determinadas personas relacionadas con esta crónica.

Agradecimientos

Quiero empezar por dar las gracias a mi editor, Charlie Spicer, de la editorial St. Martin's Press, por sus consejos expertos, su orientación y su fe en este libro desde el momento en el que llegó a su mesa. Su ayudante, Joe Cleemann, también fue de gran ayuda en muchos aspectos. Gaby Monet, de HBO, fue un amigo insustituible que me ayudó enormemente a entender las grandes complicaciones de este relato. Muchas gracias a mi leal amigo y confidente Mike Kostrewa, por toda la orientación que me prestó con sus conocimientos sobre Jersey City y sobre la gente de origen polaco y su cultura. También quiero dar las gracias a la prisión estatal de Trenton, por haberme permitido que me entrevistara con Richard Kuklinski en el centro. También quiero dar las gracias a Anna Bierhouse, por sus sugerencias, y a toda la buena gente de Sanford Greenburger, que es la mejor agencia literaria del mundo: siguen tratando a los escritores como a artistas sensibles, cosa rara en nuestros tiempos. Sería un desagradecido si no diera las gracias a mis padres, Dante y Nina Carlo, por su apoyo incansable. Mi agradecimiento a Crystal Proenza, por la paciencia y buen ánimo que tuvo para convertir mis gruesos borradores escritos a mano en manuscritos impecables. También quiero dar las gracias a Bárbara, Merrick, Chris y Dwayne Kuklinski, por la amabilidad con la que me facilitaron datos y me manifestaron sus sinceras impresiones.

Estructura de la Mafia

Capo crimini/capo di tutti capí:mandamás/jefe de jefes.

Capo: jefe/Don.

Consigliere: asesor familiar o de confianza.

Sotto Capo/Capo bastone: jefe secundario, segundo jefe.

Contabile: asesor financiero.

Caporegime o capodecina: teniente, normalmente dirige un equipo de diez o más soldados.

Sgarrista: soldado de a pie que lleva a cabo los negocios cotidianos de la familia; «hombre hecho» de la Mafia.

Picciotto: soldado de menor categoría, esbirro; también llamado en la calle «botonero».

Giovane d'honore: asociado a la Mafia, suele tratarse de un miembro no siciliano o no italiano.

«Mi marido es un buen hombre, un hombre amable, un padre estupendo. Todos los amigos de mis hijos repiten siempre que les gustaría tener un padre como mi marido, como Richard.»

Señora Barbara Kuklinski, el día de la detención de Richard

«Richard es una persona fascinante, y a la vez es tan terrible como la peor pesadilla. Representa lo peor de lo que somos… pero resulta apasionante oírlo hablar.»

Sheila Nevins, productora de la HBO

«Es responsable de más de doscientos asesinatos… quiero decir, responsable de cometerlos en persona. Es un monstruo; ese tipo vivía para matar.»

Dominick Polifrone, agente infiltrado de la AFT

«Jamás haría daño a una mujer ni a un niño. No me sale de dentro.»

Richard Kuklinski

«Mataba con armas de fuego, veneno, bates de béisbol, cuchillos, estrangulando, con los puños, con picos para hielo, destornilladores, granadas de mano, e incluso por el fuego. No habíamos visto nunca a nadie como él. La verdad, ni siquiera habíamos oído hablar de nadie como él».

Bolt Carrol, fiscal general adjunto de Nueva Jersey

«Ahora que han pasado tantos años, todavía se me revuelve el estómago y me tiemblan las manos cuando pienso en él. Pero quiero a mi padre. ¡Lo quiero mucho! Nada de esto fue culpa suya. (…) Mi padre se casó con quien no debía.»

Merrick Kuklinski, hija mayor de Richard

«Cuando me decía que me quena, y solía decírmelo, yo le decía "y yo a ti". Eso, nada más. "Y yo a ti".»

Barbara Kuklinski

«Mi padre nos tenía aterrorizados. No sabíamos nunca cuándo ni dónde iba a explotar. Intentábamos que no se enterara mi hermano, porque él habría intentado hacer algo, protegernos, ya sabe, proteger a mi madre, y mi padre lo habría matado, estoy seguro. Una vez una mujer que iba en coche con unos niños no le respetó un ceda el paso, y él se bajó en un semáforo y arrancó la puerta del coche de la mujer.»

Chris Kuklinski, hija de Richard

«Creían que yo no sabía lo que él hacía, pero veía los muebles rotos y sabía que era obra de mi padre. Veía a mi madre con los ojos morados. Yo guardaba un hacha bajo mi cama y un machete cerca de la cama, por él.»

Dwayne Kuklinski, hijo de Richard

«Es muy astuto y taimado, como un depredador de la selva al que nadie ve hasta que es demasiado tarde. Sabíamos lo suyo, yo sabía lo que hacía, pasé años siguiéndolo, pero sin poder acusarlo de nada nunca.»

Detective Pat Kane, Policía estatal de Nueva Jersey

«Mi madre era como el cáncer. Destruía poco a poco todo lo que la rodeaba. Produjo a dos asesinos, a mi hermano Joe y a mí.»

Richard Kuklinski

«Existen dos Richards, y yo no sabía nunca cuál de los dos iba a entrar por la puerta. Podía ser generoso hasta la exageración, o podía ser el hombre más malo del mundo.»

Barbara Kuklinski

«Lo llamábamos "el hombre de hielo" porque congelaba a algunas de sus víctimas, las metía una temporada en un congelador que tenía, y después las sacaba, y así no sabíamos cuándo había tenido lugar el asesinato, ¿se da cuenta?»

Paul Smith, investigador del Departamento de Crimen Organizado de Nueva Jersey

«Me volví muy promiscua por culpa de mi padre. Lo único que podía controlar yo era mi cuerpo, y dejaba que la gente lo usara. Hacía lo que yo quería; hacía lo que no quería él que hiciera. Perdí la virginidad a los doce años, con un hombre mayor, en una furgoneta. Un hombre cualquiera que me encontró en una parada de autobús, allí, en la esquina.»

Chris Kuklinski, hija de Richard

«No siento nada por ninguno. Nada. Se lo tenían merecido, y yo lo hacía. Las únicas personas por las que tuve algún sentimiento de verdad fueron mi familia. Por los otros, nada. A veces me pregunto por qué soy así, por qué no siento nada dentro. (…) Ojalá pudiera decírmelo alguien. Tengo curiosidad.»

Richard Kuklinski

«Richard es absolutamente único. No ha existido nadie como él en la época moderna. Confía en mí porque yo no le he mentido nunca. Tiene una faceta bondadosa. Una vez me preguntó si le tenía miedo, y yo le dije que no, y le pregunté si debía tenérselo. Él se me quedó mirando. Eso sí que me dejó algo asustada, que me mirara así, sin más, con esos ojos heladores.»

Gaby Monet, productora de la HBO

«Lo que hicieron los federales fue un escándalo. Quiero decir, sabían que Sammy Gravano mandó a Richard que matara a un poli, y a pesar de eso hicieron un trato con Gravano para que saliera libre.»

Sargento Robert Anzalotti, Policía estatal de Nueva Jersey

«Los mataba a golpes para hacer ejercicio.»

Richard Kuklinski

«La Ley, que por su propia naturaleza está aislada y está por encima de todo, no tiene acceso a las emociones que podrían justificar el asesinato.»

Marqués de Sade

INTRODUCCIÓN

Rattus Norvegicus

Richard Kuklinski se sintió atraído por los amplios bosques del condado de Bucks, Pensilvania, por la paz y la tranquilidad, la soledad y el aire fresco que encontraba en ellos. Estos bosques le recordaban a la iglesia, que era uno de los pocos lugares donde había podido encontrar descanso y tranquilidad en su vida, y donde había podido pensar sin distracciones. En el bosque había paz, silencio y serenidad, como en una iglesia.

Los bosques del condado de Bucks también eran buen lugar para librarse de los cadáveres. Richard era asesino a sueldo de profesión, y la tarea de deshacerse de los cuerpos era siempre problemática. A veces no pasaba nada por dejar a las víctimas allí donde caían, en callejones, aparcamientos y garajes. Otras veces tenían que desaparecer. Se lo exigían expresamente con el encargo. En cierta ocasión Richard dejó a una víctima en un pozo helado durante casi dos años, para que el cadáver se conservara, con la intención de que las autoridades no pudieran determinar con exactitud la fecha exacta de la muerte. Así se acabó ganando el apodo de El hombre de hielo.

Richard procuraba cuidadosamente no dejar nunca dos cadáveres en el bosque de manera que estuvieran cerca uno del otro, para que las autoridades no albergaran sospechas y vigilaran una zona concreta. El asesinato era su oficio, y lo practicaba con especial habilidad. Había refinado el oficio de matar hasta convertirlo en una especie de expresión artística. No había trabajo demasiado difícil para él. Llevó a cabo con éxito todos los encargos que le dieron en su vida. Se preciaba de ello. En el submundo del asesinato, Richard Kuklinski era un especialista muy apreciado, una superestrella del homicidio.

Richard tenía la característica única de que llevaba a cabo encargos de asesinatos para las cinco familias del crimen organizado de Nueva York, además de para las dos familias mañosas de Nueva Jersey, los Ponti y los célebres De Cavalcante.

Era a mediados de agosto de 1972 y el bosque estaba lleno de vegetación verde y frondosa. Richard caminaba a la sombra tranquila de los olmos, los arces, los pinos y los chopos altos y elegantes, llevando una escopeta Browning de dos cañones con la culata adornada con hermosos grabados. En las enormes manos de Richard, el arma parecía un juguete infantil.

A Richard le encantaba ese juego del gato y el ratón que había inventado, que consistía en acechar a los animales sin que lo vieran y matarlos antes de que se dieran cuenta de su presencia. Richard era un hombre muy grande, medía un metro noventa y seis y pesaba ciento treinta kilos de músculo, pero tenía la extraña habilidad de moverse en silencio, con gran sigilo, apareciendo de pronto, y conseguía así matar ardillas, marmotas, mofetas y ciervos, lo cual le servía de práctica para el arte en el que Richard destacaba, su única y verdadera pasión en la vida: acechar, cazar y matar seres humanos.

El momento de matar no me gusta especialmente, ¿sabe? Me gusta mucho más el acecho, la preparación y la caza, explicaba Richard.

Fue en una de estas «excursiones de práctica» en el condado de Bucks, cuando Richard encontró aquello: un animal grande, con aspecto de roedor, que estaba parado junto a un grueso roble. Creyendo que era una marmota, se acercó discretamente a la criatura. Todo estaba callado y en silencio, salvo el rumor de las hojas movidas por una brisa suave. Avanzando pisando solo con las puntas de sus pies de la talla cuarenta y ocho, aprovechando los árboles y los arbustos para acercarse lo suficiente para tener un buen tiro (para Richard era importante matar con el primer cartucho) consiguió rodear al animal acercándose a favor del viento. Cuando estuvo en buena posición, apuntó y disparó.

Acertó al animal, pero este seguía vivo, agitando inútilmente las patas traseras en el aire cálido de agosto. Cuando Richard se acercó, advirtió que se trataba, en realidad, de una enorme rata parda (Rattus norvegicus), que lo amenazaba enseñándole los dos grandes colmillos.

Tipo duro, pensó Richard.

Richard no tenía especiales deseos de hacer sufrir a la criatura, y, admirando su coraje, la remató enseguida. Cuando se disponía a mar c harse, vio la entrada de una cueva, tras una espesa zarzamora, al pie de una ladera empinada de granito con manchas de musgo verde.

Richard, siempre curioso, llegó hasta la cueva y entró. Las olió al momento: eran ratas. Vio sus excrementos, pero no veía a los animales. La cueva se adentraba mucho en la roca granítica y se hacía tan oscura que no se veía nada. Richard llevaba una linterna eléctrica pequeña y la encendió. No se veían ratas en ninguna parte, pero las percibía, las olía. Además de estar dotado de una fuerza casi sobrehumana, Richard tenía un olfato y un oído maravillosos. Sus sentidos eran como los de un depredador, los de una criatura que caza constantemente para comer y sobrevivir.

Salió de la cueva y volvió despacio hasta su coche, pensando en la rata parda enorme, trazando una idea diabólica. Guardó la escopeta en su funda forrada de piel de oveja y la metió en el maletero de su coche. No quería que la vieran su esposa ni sus hijos. Richard ponía siempre un cuidado escrupuloso para evitar que su familia se enterara de a qué se dedicaba en realidad, para que no vieran su amplia colección de herramientas de muerte, en la que figuraban tanto cuchillos afilados como navajas de afeitar, pistolas de todo tipo, algunas con silenciador, cordeles para estrangular, diversos venenos (su preferido era el cianuro), porras con clavos, granadas de mano, una ballesta, picos para hielo, cuerdas, alambres, explosivos y bolsas de plástico, entre otras muchas cosas. Le gustaban sobre todo las pistolas del calibre 22, porque sabía que cuando la bala entraba en el cráneo, tendía a rebotar de un lado a otro, provocando grandes daños al cerebro. También le gustaban mucho las deninger del 38; eran armas pequeñas que se podían ocultar con facilidad, y, a corta distancia, cargadas con munición dumdum, eran mortales, podían abatir a un caballo. Richard solía llevar dos derringer del 38, un cuchillo y una pistola automática de gran calibre cuando salía a trabajar.

Richard regresó algunos días más tarde a la cueva del condado de Bucks. Lloviznaba. Los tonos verdes oscuros del bosque en agosto estaban brillantes y más pronunciados. Richard llevaba de nuevo su escopeta. Llevaba también una bolsa de papel de estraza con un kilo de carne picada. Cuando so acercó a la entrada oscura de la cueva, vio centenares de huellas de ratas en el suelo húmedo. Se adentró en la cueva cosa de quince pasos. Le llegó el olor fétido, a almizcle, de las ratas. Dejó la carne y se marchó.

Cuando Richard volvió al día siguiente, la carne había desaparecido por completo. Sabía que las ratas eran animales carroñeros, capaces de comerse cualquier cosa, y se preguntó si se comerían a un ser humano. Se preguntó si podría convertirlas en cómplices inconscientes de suplicios y asesinatos.

Richard, lleno de curiosidad, volvió a su Lincoln y regresó a Nueva Jersey. Vivía con su esposa, Barbara, y con los tres hijos de ambos, en una casa de madera de cedro de dos alturas en el 169 de la calle Sunset, en el pueblo de Dumont. Era un barrio agradable, de clase media alta, un buen lugar para criar a los niños. Allí todo el mundo conocía a sus vecinos. La gente se daba los buenos días y las buenas noches con sincera amabilidad.

Barbara era una mujer alta y atractiva de origen italiano. Tenía una elegancia. Simplemente con unos vaqueros viejos y una sudadera holgada tenía un aspecto cuidado, de estar a gusto. Tenía las piernas notablemente largas, era delgada y tenía curvas donde hay que tenerlas. No aparentaba haber tenido tres hijos (dos niñas, Merrick y Chris, que tenían entonces ocho y siete años, respectivamente, y un hijo, Dwayne, de tres. Barbara había perdido dos hijos estando embarazada, a consecuencia de los malos tratos físicos que sufría a manos de Richard, manos enormes. Barbara explicó hace poco: Cuando Richard se enfadaba, era como un elefante en una cacharrería: podía romperse cualquier cosa, nada tenía valor. Podía ser el hombre más tierno y considerado del mundo, para pasar en un momento a ser el mayor hijo de puta de este mundo, con una crueldad ilimitada.

Aquel día, cuando Richard llegó a su casa, Barbara estaba preparando la cena. Nunca sabía en qué estado de ánimo iba a llegar su marido a casa, y siempre lo recibía con una especie de inquietud desconfiada. Barbara no sonreía hasta que lo veía sonreír a él. Richard sonrió entonces y saludó a Barbara y a sus hijos con sendos besos. Ella comprendió al momento que no estaba de mal humor.

Barbara estaba casada con dos hombres distintos, el Richard bueno y el Richard malo, como había llegado a llamarlos mentalmente. Afortunadamente, ahora estaba con el Richard bueno. Después de lavarse, Richard montó un coche de bomberos rojo de Dwayne, sentado pacientemente en el suelo con su hijo, con el juguete y con un destornillador.

Barbara hacía todo lo que estaba en su mano por proteger a Dwayne del Richard malo. Casi todos los fines de semana lo mandaba a casa de la madre de ella para que no le pasara nada malo, y se apresuraba a sacar a Dwayne de la casa si advertía que a Richard le cambiaba el humor, que tensaba los labios sobre los dientes y se ponía pálido. Cuando Richard producía un leve chasquido con el lado izquierdo de la boca, todos sabían que había llegado el momento de huir. Ese sonido era como una sirena que anuncia un bombardeo aéreo.

Merrick, la hija de Richard, era su favorita. La niña tenía insuficiencia en un riñón desde muy pequeña, tenía que ingresar en el hospital con frecuencia y había sufrido varias operaciones. Richard siempre estuvo a su lado, junto a su cama, dándole la mano, acariciándole la cabeza. Según decía Barbara, no podía haber estado más atento y cariñoso.

Merrick no guardó nunca rencor a su padre por ninguno de sus actos. Las palizas que daba a Barbara, los muebles que rompía, los juguetes que destrozaba, las tazas y los recuerdos familiares que aplastaba: todo se lo perdonaba. Nada era culpa suya. No podía evitarlo. Sencillamente, no era capaz de controlar su ira: así se lo había explicado él a Merrick (solo a Merrick), y ella lo creía. Era su papá. La querría mucho y de todo corazón, pasara lo que pasara.

Pero su otra hija, Chris, recordaba y tenía en cuenta todos los arrebatos de ira de su padre, sobre todo los malos tratos que daba a su madre. También Chris quería a su padre; era el único padre que había conocido, y cuando era bueno tenía un corazón de oro; pero Chris odiaba al hombre en que se convertía su padre cuando tenía uno de sus ataques de ira irracional. A pesar de todo, por muy furioso que se pusiera Richard, nunca pegó a ninguna de sus hijas ni a Dwayne.

Si hubiera puesto la mano encima a cualquiera de mis hijos, yo habría encontrado el modo de matarlo, y él lo sabía, explicaba Barbara.

Pero Barbara no tenía en cuenta, o quizá no podía aceptar, las realidades del daño psicológico que producían a sus hijas en lo más hondo los arrebatos de Richard. Chris y Merrick tenían doradas cabelleras rubias y caras dulces en forma de corazón: habían heredado lo mejor de su padre y de su madre. Chris tenía ojos azul claros; Merrick los tenía de color miel. Ambas tenían un atractivo especial, con los anchos pómulos eslavos de Richard, la nariz larga y perfectamente recta de Barbara, la mandíbula fuerte y la piel clara de los polacos. Eran tan parecidas que la gente solía tomarlas por gemelas. A Barbara le gustaba comprarles ropa igual, siempre dos prendas de cada tipo. En la mayoría de las fotos familiares las dos niñas aparecen vestidas iguales, y tras las sonrisas para la cámara se aprecia una tristeza perceptible. Las niñas iban a la escuela parroquial y eran tímidas y educadas, las perfectas señoritas. Con su carácter afectuoso y generoso y su facilidad para la sonrisa, las dos hacían amigos con facilidad.

Chris y Merrick estaban ayudando a su madre a poner la mesa. Al poco rato, la familia se sentó a cenar, pollo asado con patatas, uno de los platos favoritos de Richard. Un extraño los habría tomado por una familia completamente normal, equilibrada y feliz. Pero, en realidad, el hombre que estaba sentado a la cabecera de la mesa, que trinchaba con paciencia el pollo asado y servía amorosamente a sus familiares sus raciones preferidas, era el asesino en serie más prolífico de Norteamérica.

El encargo llegó en la primera semana de septiembre. La víctima tenía que sufrir. Así lo establecían en el encargo. El cliente decía que si la víctima sufría, pagaría el doble, veinte mil dólares en vez de diez mil, al contado. La víctima vivía en Nutley, Nueva Jersey, en una casa de capricho, con camino de entrada particular en curva y columnas grandes y elegantes a ambos lados de una puerta grande de caoba que tenía un gran aldabón de bronce en forma de cabeza de carnero. Richard no sabía nada de la víctima, aparte de que tenía que sufrir antes de morir. Richard lo prefería así. Cuanto menos supiera acerca de la víctima, mejor.

Richard tenía la posibilidad de utilizar una cámara porque producía películas pornográficas que se distribuían en las costas Este y Oeste, y en todas partes entre ambas costas. El socio de Richard, el hombre que había puesto el dinero para poner en marcha la productora, era el tristemente célebre Roy DeMeo, un soldado psicópata al servicio de la familia Gambino. DeMeo tenía grandes dotes para ganar dinero. Traficaba con coches robados, drogas, créditos usurarios, pornografía y asesinato. Dirigía el equipo más brutal y temido de asesinos que se había conocido dentro del crimen organizado. Eran responsables de, literalmente, centenares de asesinatos. Su jefe directo, su capitán, era Nino Gaggi, que dependía a su vez de Paul Castellano, recién nombrado jefe de la familia Gambino, la más extensa y exitosa de todas las familias del crimen organizado que había existido en la ajetreada historia de Nueva York. Castellano había heredado el trono de una verdadera leyenda del crimen organizado, de su cuñado, el mismísimo Carlo Gambino.

Richard llevaba en la camioneta la cámara, la cinta adhesiva gris y las esposas que necesitaba para su plan. Sabía que la víctima salía de su casa todas las mañanas a las diez para ir a trabajar. Había estudiado con cuidado la ruta que seguía la víctima de su casa al trabajo, y pensaba secuestrarlo en un cruce apartado donde había una señal de stop y donde tenía que detenerse para hacer un giro. Richard prefería no trabajar a plena luz del día, pero siempre estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta para cumplir con su trabajo; y sabía que la gente tendía a estar menos a la defensiva a la luz del día, que era un elemento natural que él había aprovechado en varias ocasiones.

Cuando la víctima llegó por la carretera hacia la señal de stop, Richard estaba allí con aire de inocencia, de pie junto a su coche, con el capó y el maletero abiertos, las luces de emergencia encendidas y una sonrisa agradable en su bien parecida cara. Llevaba en la mano, oculta en el bolsillo del abrigo, un revólver Magnum 357. Richard hizo señas al hombre para que se detuviera. Cuando este se aproximó al cruce, Richard se acercó a él intencionadamente por el lado del conductor. El hombre, algo molesto, bajó la ventanilla.

– ¿Qué hay? -preguntó.

– Gracias por parar, amigo -empezó a decir Richard, y en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, en realidad, Richard apoyó el cañón de acero macizo del 357 en la frente del hombre mientras, con la otra mano, se apoderaba rápidamente de las llaves del coche, con tanta ligereza que parecía un juego de prestidigitación.

– ¿Qué coño…? -exclamó el hombre. Era un individuo grande, robusto, de enorme cara redonda, con varias papadas y cráneo calvo. Richard abrió la portezuela, lo sacó de un tirón y, sin dejar de apoyarle el revólver en el costado, lo obligó rápidamente a meterse en el maletero abierto del coche de Richard.

– Le pagaré, le daré…

– A callar -le interrumpió Richard. Le esposó las manos a la espalda y lo amordazó con la cinta adhesiva.

¡Si haces ruido, te mato! -dijo Richard con un tono que ya tenia practicado y que producía escalofríos, como el gruñido cercano de un león hambriento. cerro el maletero del coche y el capó, se sentó al volante y se puso en camino despacio. Había secuestrado a la victima en cuestión de segundos sin que nadie lo viera. La primera parte del trabajo estaba hecha.

Por entonces, las hojas de los árboles del condado de Bucks habían tomado coloraciones otoñales, rojos vivos, anaranjados ardientes, amarillos desnudos. Las hojas que caían poco a poco parecían las mariposas multicolores de los primeros días de la primavera. Richard detuvo el coche en un lugar remoto. Sacó al hombre del maletero y lo condujo hasta la cueva que había encontrado; llegó hasta el lugar donde había puesto la carne. Obligó a la víctima a tenderse allí y le rodeó cuidadosamente los tobillos, las piernas y los brazos con cinta adhesiva, envolviéndolo firmemente, como hace una laboriosa araña con la seda alrededor de su presa. Al hombre le saltaban, de la cara grande y redonda, los ojos aterrorizados. Intentaba con desesperación hablar, ofrecer a Richard todo el dinero que tenía, todo lo que quisiera, pero la cinta adhesiva gris seguía bien tensa, y no le salían más que gruñidos asustados. Richard ya había oído muchas veces lo que le quería decir. Eran palabras a las que había aprendido a prestar oídos sordos. Richard no tenía remordimientos, ni conciencia, ni compasión. Estaba haciendo un trabajo, y ninguno de esos sentimientos entraba en juego para nada, ni por lo más remoto. Richard volvió tranquilamente hasta su coche. Tomó la cámara y el trípode y un sensor de luz y de movimiento que encendería el foco y pondría en marcha la cámara cuando salieran las ratas. Montó cuidadosamente la cámara, el foco y el sensor de movimiento. Cuando le pareció que estaba todo en orden, cortó las ropas del hombre para quitárselas (este se había hecho sus necesidades encima) y lo dejó allí así, como estaba.

Cuando Richard bajaba la cuesta camino de su coche, sintió curiosidad, hasta con algo de humor, por saber qué pasaría. ¿Se comerían las ratas a un hombre, en efecto, mientras seguía vivo? También sentía curiosidad por conocer su propia reacción ante tal cosa. Richard solía preguntarse por qué podía tener tal sangre fía. ¿Era cosa innata en él, o lo habían hecho así? ¿Había nacido siendo ya el monstruo sin escrúpulos que era, o se había vuelto así por las circunstancias? Era una pregunta que se hacía desde mucho tiempo atrás, desde que era niño.

Aquel día Richard había prometido llevar a sus hijas Merrick y Chris a Lobels, una tienda especializada donde vendían uniformes para la escuela parroquial. Barbara se sentía algo indispuesta y no los acompañó. A las dos niñas les gustaba ir de tiendas con su padre porque les compraba todo lo que querían. Lo único que tenía que hacer cualquiera de las dos era mirar una cosa, y ya era suya. Richard se había criado en un entorno de pobreza extrema, de niño en Jersey City había tenido que robar comida para comer, y no quería que a sus hijos les faltara nunca de nada.

Las niñas, emocionadas, se sentaron junto a su padre en el asiento delantero. Ambas sabían que su padre solía discutir con otros conductores, y pidieron en silencio que no pasara nada así aquel día. Era como un ritual suyo, pedir que su padre no estallara cuando conducía.

Richard era como un policía de tráfico, explicó Barbara. No era capaz de ver que alguien hacía algo mal, que alguien hacía un giro sin poner el intermitente, sin decirle algo. Quiero decir, sin decirle algo, ya sabe, desagradable.

Cada niña necesitaba cuatro blusas y dos faldas para el curso escolar. En la tienda, en Emerson, Richard les compró cinco faldas grises de tablas, quince blusas, dos docenas de pares de medias de punto, dos chaquetas azules, cinco camisetas y media docena de pares de equipos de gimnasia. Ir de tiendas con papá era como la mañana de Navidad.

Richard, encantado de que sus hijas estuvieran contentas, pagó al contado, y se pusieron en camino. Iban a pasarse por Grand Union para comprar algunas provisiones y volver después a casa. A dos manzanas de la tienda, una mujer en una furgoneta salió sin respetar la prioridad de Richard. Este, molesto, se detuvo junto a ella en un semáforo, bajó la ventanilla y la riñó por no haberle cedido el paso. En el asiento trasero de la furgoneta iban varios niños.

– Papá… papá, no te enfades -le suplicó Merrick-. Por favor, papá.

Pero la mujer dirigió a Richard una mirada malintencionada, de condescendencia, y no le hizo caso, como si fuera un necio, un loco. Al momento, Richard se había bajado de su coche. Se acercó rápidamente a la furgoneta, abrió la portezuela y, de dos poderosos tirones, la arrancó de cuajo.

La mujer miraba a Richard, aterrorizada.

Este, satisfecho, volvió a subirse a su coche y se puso en marcha.

– Por favor, papá, tranquilízate, por favor -le suplicaba Chris.

– ¡A callar! -ordenó él, con voz que sonaba más a gruñido que a lenguaje articulado.

Richard regresó a la cueva cuatro días más tarde. Las ratas se habían comido vivo al hombre. Había desaparecido toda su carne. A la luz amarilla pálida de la linterna de Richard, la víctima no era más que un montón desordenado de huesos, un espectáculo inenarrable.

Richard contempló con curiosidad su obra, aquel monstruo que había creado. Comprobó que la cámara había registrado lo sucedido… cómo se habían acercado las ratas al desventurado, primero tímidamente mientras él se debatía furiosamente intentando liberarse; cómo las ratas, cada vez más numerosas, cada vez más atrevidas, empezaban a darle bocados, primero en las orejas, después en los ojos. Qué malas son, las muy cabronas, pensó Richard.

Richard recogió su equipo y se marchó. Una suave nevada había cubierto el bosque de un manto blanco de perla. Todo estaba blanco, limpio y encantador, como en un libro de cuentos. Un silencio blanco y solemne se había apoderado del bosque. La nieve recién caída cubriría sus huellas.

Richard llevó al hombre que había encargado el golpe la cinta de vídeo en la que se veía cómo comían vivo las ratas a la víctima.

– ¿Ha sufrido? -preguntó el hombre, con voz áspera, modales hoscos, ojos muertos como dos orificios de bala.

– Ah, sí, ha sufrido de verdad -dijo Richard.

– ¿De verdad? -preguntó el hombre.

– De verdad -dijo Richard, y le dio la cinta. La vieron los dos juntos. El hombre, muy contento, aunque algo consternado porque a Richard se le hubiera podido ocurrir tal cosa, y, además, llevarla a cabo, le entregó diez mil dólares por el contrato y otros diez mil dólares por los horribles sufrimientos que había padecido la víctima.

– Has hecho un buen trabajo -dijo. A Richard le gustaba agradar a sus clientes: gracias a ello había ido prosperando su negocio a lo largo de los años. Richard no sabía qué había hecho la víctima para merecer esa suerte. No le importaba. Todo aquello no era asunto suyo.

Cuanto menos supiera, mejor.

Después de rematar aquel trabajo bien hecho, Richard inició el camino de regreso a casa preguntándose por qué aquellas cosas no lo inquietaban, cómo se había vuelto tan frío, tan desprovisto de sentimientos. Pensó en su infancia, y apretó con fuerza la mandíbula hasta que los músculos le formaron bolas tensas, y profirió aquel leve chasquido por el lado izquierdo de su boca en forma de corazón. Respiró hondo, encendió la radio y sintonizó una emisora de música country. A Richard le gustaba la música country. La letra sencilla y los estribillos repetidos lo tranquilizaban.

Pensando todavía en su infancia, en las bárbaras crueldades que había sufrido, Richard siguió el camino de vuelta a su casa, donde se pondría otra vez el traje de esposo tierno, de padre cariñoso, de buen cabeza de familia.

Aparcó el coche ante su casa y se quedó sentado en el vehículo un rato, preguntándose cómo se había vuelto tan distinto de las demás personas. Con su enorme cabeza llena de estos pensamientos, Richard bajó despacio del coche y entró en casa, caminando con su paso callado, felino, como un boxeador de los pesos pesados en perfecta forma.

Primera Parte

EL NACIMIENTO DE LA PARCA

1

Es un pecado mortal

A principios del siglo XX, Jersey City, en el estado de Nueva Jersey, la ciudad donde nació y se crió Richard Kuklinski, era un animado centro de población polaca. Por sus muchas iglesias católicas polacas y la oferta de trabajo en la industria, los inmigrantes polacos acudían en gran número a Jersey City.

Las compañías ferroviarias Lackawanna, Eire, Pennsylvania y Central tenían sus bases en Jersey City. Los trenes llevaban todo tipo de productos a la Costa Este desde todas partes de los Estados Unidos, y aquella era la estación término. Había grandes depósitos de mercancías. Por muchas calles transcurrían vías de ferrocarril. Por el centro de la arteria principal de Jersey City, la avenida del Ferrocarril, entre las dos calzadas del tráfico, transcurría una vía elevada. Era corriente ver poderosas locomotoras negras que arrastraban largos trenes de color de óxido hasta el puerto. El traqueteo pesado y los pitidos agudos de las locomotoras de vapor se oían por todas partes, de día y de noche, todos los días de la semana.

Jersey City, en el extremo nororiental del Estado de Nueva Jersey, tenía una situación ideal, próxima a la animada metrópoli de Manhattan, y desde allí se despachaban en barco por toda la costa oriental productos de todo tipo. En el punto más próximo, frente al extremo sur del río Hudson, Jersey City estaba a poco más de un kilómetro de Manhattan, el centro del mundo, y los transbordadores llevaban constantemente mercancías a los muelles que cubrían la orilla de Manhattan. Los días despejados, Manhattan parecía tan próxima que daba la impresión de que se podía alcanzar de una pedrada desde Jersey City; de que estaba, como suele decirse, a tiro de piedra.

La verdad era que Jersey City era tan distinta de la ciudad de Nueva York como si fuera otro planeta. En Jersey City vivían los pobres de clase trabajadora, los que luchaban para salir adelante, para poner comida en la mesa. Era cierto que en Jersey City había mucho trabajo, pero se trataba de trabajo manual, agotador, con salarios bajísimos. En verano hacía un calor y una humedad insoportable. En las cercanías había marismas todavía no desecadas, y el aire nocturno de la ciudad se llenaba de nubes negras y ondulantes de mosquitos. En invierno, en Jersey City hacía un frío brutal; la ciudad sufría el azote constante de los fuertes vientos que bajaban por el río Hudson y subían del cercano océano Atlántico. En aquellos meses parecía un lugar de las regiones australes de Siberia.

Jersey City, situada junto a Hoboken, donde nació Frank Sinatra, era una población violenta, llena de obreros duros, con sus hijos, también obreros y también duros. Allí, los chicos tenían que aprender pronto a defenderse, so pena de convertirse en víctimas de los matones. Los fuertes salían adelante y se los respetaba. Los débiles quedaban marginados y despreciados.

La madre de Richard Kuklinski, Anna McNally, se crió en el orfanato del Sagrado Corazón, en la esquina de las calles Erie y Nueve. Sus padres habían emigrado de Dublín en 1904 y se habían instalado en Jersey City, que era por entonces la décima ciudad más grande de los Estados Unidos. Anna tenía dos hermanos mayores, Micky y Sean. Poco después de la llegada de la familia a Jersey City, el padre de Anna murió de pulmonía, y a su madre la atropello y la mató un camión en la calle Diez. Anna y sus hermanos fueron a parar al orfanato. Aunque Anna estaba delgaducha y mal alimentada, era una niña físicamente atractiva, con ojos oscuros de forma de almendra y piel perfecta de color crema.

En el orfanato del Sagrado Corazón se inculcaba a los niños la religión a la fuerza, y a Anna le metieron en el cuerpo a golpes el temor a Dios, el infierno y la condenación eterna unas monjas sádicas que trataban a los niños que estaban a su cargo como a criados y como a cabezas de turco que se llevaban todos los golpes. Antes de que Anna cumpliera los diez años, fue acosada sexualmente por un sacerdote que la despojó de su virginidad y de una tacada de su humanidad. Se convirtió en una mujer austera y fría que rara vez sonreía y que llegó a ver la vida con ojos duros e insensibles.

Cuando Anna tuvo que dejar el orfanato, a los dieciocho años, ingresó en un convento católico con intención de hacerse monja ella también. No tenía ningún oficio ni otro sitio adonde dirigirse. Pero Anna no tenía madera para la vida religiosa. No tardó en conocer a Stanley Kuklinski en un baile organizado por la parroquia, y su suerte quedó echada.

Stanley Kuklinski había nacido en Varsovia, Polonia, y había emigrado a Jersey City con su madre, su padre y dos hermanos. Cuando Stanley conoció a Anna, era un hombre apuesto que se parecía a Rodolfo Valentino. Iba peinado con raya en el centro, con el pelo muy engominado y pegado al cráneo, según la moda de la época. Stanley se quedó prendado de Anna y la cortejó incansablemente, hasta que ella accedió a casarse con él, unos tres meses después de haberlo conocido. Se casaron en julio de 1925, y en su foto de boda se ve a un novio y una novia muy bien parecidos y que hacían buena pareja: la unión era muy prometedora. Anna se había convertido en una mujer francamente hermosa. Se parecía a Olivia de Havilland en Lo que el viento se llevó.

Stanley tenía un trabajo aceptable, de guardafrenos en el ferrocarril de Lackawanna. El trabajo no era duro en sí mismo, aunque era siempre al aire libre, y Stanley padecía regularmente el calor del verano y los inviernos helados y brutales. Al principio, la unión precipitada de Stanley y Anna parecía buena. Alquilaron un apartamento sin agua caliente en una casa de tablas de dos pisos, en la calle Tres, a una manzana de la iglesia de Santa María. Pero a Stanley le gustaba beber, y cuando bebía tenía mal genio y mala intención, y Anna no tardó en enterarse de que se había casado con un tirano celoso y posesivo que era capaz de pegarle como si fuera un hombre, a la mínima provocación. Como Anna no era virgen en su noche de bodas (jamás fue capaz de decir a su marido que un cura la había violado una y otra vez), Stanley la acusaba de ser una perdida, una puta. Esto la hacía sufrir, pero ella soportaba con estoicidad estos insultos verbales, que con mucha frecuencia se convertían en violencia física. Stanley no era hombre corpulento, pero tenía la fuerza de un búfalo. Cuando había bebido, zarandeaba a Anna como si fuera una muñeca de trapo. Anna estaba tentada de contar aquellos malos tratos a su hermano Micky, pero no quería empeorar la situación, y en aquellos tiempos ni siquiera se pensaba en el divorcio. Anna seguía siendo muy religiosa, y los buenos católicos irlandeses no se divorciaban, y punto. Anna aprendió a aceptar su suerte en la vida.

En la primavera de 1929 Anna dio a luz a un niño, el primero de los cuatro que acabaría teniendo con Stanley antes de que el matrimonio se estropeara y terminara por fin. Lo llamaron Florian, en recuerdo del padre de Stanley. Anna no tenía muchos recuerdos de sus padres; de su infancia solo recordaba cosas malas, palizas y malos tratos.

Anna tenía la esperanza de que Stanley se ablandara al tener un niño en la casa, pero sucedió precisamente lo contrario. Cuando estaba bebido, empezó a acusar a Anna de infidelidad, diciendo incluso que Florian no era hijo suyo, que Anna se había acostado con otro hombre mientras él estaba trabajando.

Stanley era amable a veces con Florian, pero en general parecía indiferente hacia el pequeño y no tardó mucho tiempo en empezar a pegarle también a él. Si Florian lloraba, le pegaba; si manchaba la cama, le pegaba; y Anna no podía hacer nada. Su solución era irse a la iglesia de Santa María, a una manzana, poner velas y rezar. Anna no tenía otro lugar al que ir, y llegó a aborrecer a Stanley y a pensar muchas veces en abandonarlo, incluso en matarlo, aunque nada de eso llegó a suceder.

A pesar de todo, Stanley solía tener relaciones sexuales con Anna frecuentemente, quisiera ella o no. Se tenía a sí mismo por todo un galán, y solía caer encima de Anna sin previo aviso ni advertencia ni caricias previas: pim, pam, se acabó.

Anna se quedó embarazada por segunda vez y tuvo, el 11 de abril de 1935, un segundo hijo varón al que llamaron Richard. Pesó solo dos kilos doscientos y tenía una cabellera espesa de pelo reluciente, tan rubio que parecía blanco.

Al amontonarse las deudas, y con otra boca que alimentar, Stanley se volvió todavía más malintencionado y más distante. Cuando llegaba a casa los viernes por la noche, siempre estaba borracho y traía con frecuencia el olor de otras mujeres y carmín en el cuello de la camisa; pero era poco lo que Anna podía hacer al respecto, porque Stanley le pegaba por menos de nada. La consideraba como un objeto de su propiedad, que podía usar y del que podía abusar a su gusto. Lo peor era que se acostumbró a pegar a Florian y a Richard por faltas verdaderas o imaginarias, y los dos chicos llegaron a temer a su padre y a tenerle miedo, y se volvieron callados y taciturnos y muy tímidos. Stanley llevaba siempre un grueso cinturón militar negro, y en cuestión de un momento se lo quitaba y azotaba a sus hijos con él sin piedad. Si Anna intentaba intervenir, también ella recibía golpes. Parecía como si la violencia alimentara el apetito sexual de Stanley: después de pegar a su mujer y a los dos niños, solía tener ganas de sexo, y antes de que Anna se diera cuenta, ya la estaba penetrando a la fuerza.

A Richard ya le pegaba su padre en sus primeros recuerdos. Hace poco contó: Cuando mi padre (mi padre, qué risa) llegaba a casa y saludaba, su saludo consistía en darme una bofetada.

Stanley bebía güisqui con cerveza, submarinos. Cuando bebía, se volvía peor y su violencia se hacía más indiscriminada. Le dio por envolverse el puño con el cinturón militar y dar puñetazos con él a sus hijos. Eran como garrotazos. Tenía la costumbre de golpearlos en la cabeza con el puño forrado por el cinturón, y muchas veces dejaba sin sentido a Florian y a Richard. Richard le tomó tanto terror a su padre que se orinaba en los pantalones con solo verlo o con oír su voz, cosa que enfadaba todavía más a Stanley, que pegaba entonces al chico por haberse orinado encima. En la práctica, Stanley estaba despojando a golpes a su hijo segundo, poco a poco, de los elementos humanos indispensables de compasión y de solidaridad, trazando con gran claridad el camino que habría de seguir la vida de Richard.

Por último, Stanley Kuklinski hizo lo impensable: asesinó a su hijo Florian en una de sus palizas. Dio al frágil muchacho un golpe demasiado fuerte en la nuca, derribándolo al suelo, y Florian no se volvió a levantar. Stanley obligó a Anna a decir a su familia, a sus amigos y a las autoridades que Florian se había caído por las escaleras y se había matado dándose un golpe en la cabeza. Nadie puso en tela de juicio sus explicaciones, y se montó el velatorio de Florian en el cuarto de estar de los Kuklinski, a una manzana de la iglesia de Santa María, donde se había casado aquella pareja desafortunada.

Richard tenía solo cinco anos cuando Stanley mató a su hermano. Anna dijo a Richard que a Florian lo había atropellado un coche y «se había muerto». Richard no tenía una idea clara de lo que era la muerte. Solo sabía que Florian estaba en el cuarto de estar, metido en un ataúd de madera barato que olía a pino, como si estuviera dormido, pero no se despertaba. Su madre y otros familiares estaban allí llorando, rezando, poniendo velas, pasando las cuentas negras y brillantes del rosario; pero, a pesar de todo, Florian no se despertaba. Richard, con sus cinco años, miraba con atención a su hermano muerto, de palidez espectral, el único amigo que había tenido, y se preguntaba por qué no se levantaba. Hasta entonces siempre se había levantado…

Despierta, Florian, despierta, suplicaba en silencio. No… por favor, no me dejes aquí solo. Florian… Florian, despierta, por favor. Florian no se despertó.

2

La ley de la calle

Después de matar a Florian, Stanley aflojó un poco la mano con Richard, pero no tardó mucho en volver a comportarse como de costumbre. Las palizas se volvieron incluso más brutales y frecuentes. Parecía que Stanley culpaba a Richard de todas las injusticias que le pasaban, de todos sus tropiezos en la vida, y pegaba a su hijo con regularidad y sin motivo. El recurso de Anna seguía siendo irse a la iglesia y pedir en silencio ayuda a Dios, incluso después de que Stanley matara a Florian. Adoptó la costumbre de ponerse a rezar con fervor de cara a una pared mientras Stanley pegaba al pequeño Richard. Richard solía irse a acostar lleno de cardenales, magulladuras y dolores; a veces estaba tan magullado, lleno de cardenales color berenjena, que no podía salir a la calle ni ir a la escuela.

Como era de esperar, Richard se convirtió en un niño muy tímido y torpe, con poca confianza en sí mismo. El mundo le parecía brutal, violento, lleno de dolor y de agitación. Solía preguntarse dónde estaba su hermano Florian, pero no era capaz de averiguarlo. Su madre le decía que estaba «en el cielo», pero él no tenía idea de cómo se iba allí. Richard había estado muy unido a Florian, se abrazaba con él mientras su padre pegaba a su madre y destrozaba los modestos objetos de la familia, y ahora Florian había desaparecido y Richard tenía que plantar cara a su padre a solas. Era un chico delgado y frágil, y los matones del barrio no tardaron en empezar a meterse con él, lo que no hizo más que agudizar el aislamiento y el resentimiento que sentía Richard. Su angustia se multiplicó.

Había dos hermanos irlandeses que vivían en la misma manzana y que acosaban a Richard con regularidad. Un sábado por la mañana le dieron una paliza especialmente dura. Richard consiguió echar a correr y huir de ellos. Aquel día, Stanley estaba en casa y vio lo que pasaba por la ventana del cuarto de estar. Cuando Richard llegó al piso, Stanley se quitó el cinturón y se encaró con el chico, exigiéndole que volviera a bajar y luchara con los hermanos.

– ¡Ningún hijo mío va a ser un gallina de mierda! -vociferó, azotando a Richard en la cara con el cinturón.

Richard, con la cara ardiendo, con la huella roja del golpe en el rostro, volvió a bajar a toda prisa.

– ¡A por ellos! -le ordenó Stanley desde la ventana; y Richard hizo exactamente lo que le mandaban. Hallando dentro de sí una nueva ferocidad y una hostilidad reprimida, atacó a los hermanos, los encontró desprevenidos y dio una paliza terrible a los dos. El padre de estos, un irlandés alto y larguirucho llamado O'Brian, salió entonces de la casa y apartó a Richard de un empujón brusco.

Richard vio entonces con sorpresa que Stanley bajaba de un salto de la ventana del segundo piso, caía de pie, cruzaba la calle Tercera como una exhalación y daba una bofetada a O'Brian, al que dijo:

– Cuando tus chicos pegaban a mi chico, te quedabas mirando sin hacer nada. Ahora que mi chico se defiende, intervienes.

Acto seguido, Stanley dio a O'Brian un golpe tan fuerte que le hizo perder el sentido allí mismo, en la acera, delante de todo el mundo, a una manzana de la iglesia de Santa María.

A Richard le dieron ganas de correr hasta su padre, de abrazarlo y darle las gracias por haberse puesto de su lado, por haberlo arreglado todo; pero sabía que no podía hacer una cosa así de ninguna manera. Las muestras de afecto hacia su padre estaban prohibidas. Aquella tarde de sábado, Richard aprendió la ley del más fuerte. Richard se preguntaba muchas veces por qué su padre y su madre no lo querían, qué habría hecho él para merecer su indiferencia y su violencia. Se cerró más y más en sí mismo, estaba siempre solo, parecía que no era capaz de tener amigos, y dentro del niño se iba acumulando una rabia hirviente, ardiente.

Como Stanley se gastaba la mayor parte de lo que ganaba en beber e ir con mujeres los fines de semana en los bares de Jersey City y de Hoboken, la familia tenía que salir adelante con poco, y siempre estaban escasos de comida y de ropa de abrigo. Toda la ropa de Richard estaba sucia y andrajosa, y sus compañeros de la escuela empezaron a ponerle motes: tonto polaco, flacucho, espantapájaros, porque tenía delgados los brazos y las piernas. Richard adquirió en poco tiempo un complejo de inferioridad que llevaría encima durante el resto de su vida. Entre los chicos polacos, italianos e irlandeses había enfrentamientos constantes, y Richard se convirtió en blanco de las burlas, las provocaciones y los desprecios de los chicos irlandeses e italianos. Se burlaban de los agujeros que llevaba en la ropa, de sus zapatos rotos y descosidos. Parecía que a Anna no le preocupaba en absoluto el aspecto de Richard; su único interés era la iglesia, las oraciones, poner velas a los santos y rezar el rosario, cosas que de nada servían a su hijo.

Anna se quedó embarazada otra vez al poco tiempo y dio a luz prematuramente a una niña a la que llamaron Roberta. Se quedó embarazada una vez más, y los Kuklinski tuvieron un cuarto hijo al que llamaron Joseph, y que, como su hermano mayor, Richard, llegaría a convertirse en un asesino sin conciencia, en un psicópata.

Al tener que alimentar y vestir a tres hijos, Stanley se volvió todavía peor. Empezó a llevar a su casa a mujeres de vida alegre que encontraba en los bares, y con las que fornicaba a su gusto. Cuando Anna protestaba, él le pegaba con el cinturón, con los puños y con los pies. Era el rey de la casa y hacía lo que le daba la gana. Una vez, Richard intentó defender a su madre, y Stanley le dio en la cabeza un golpe tan fuerte que dejó al chico sin sentido durante la mitad de la noche. Cuando Richard volvió en sí, tenía en la sien un chichón del tamaño de un limón, y pasó varias horas sin recordar siquiera cómo se llamaba. Richard llegó a odiar a su padre y solía fantasear con matarlo.

Por fin, Stanley se enredó con otra mujer polaca y empezó a ir menos a casa, lo cual era de agradecer. Anna tenía por entonces dos trabajos, uno en la empresa Armond, de envasado de carne, y otro fregando suelos en la iglesia de Santa María, por las noches.

Anna, que había caído en el fanatismo religioso, intentaba inculcar el temor de Dios a sus hijos, sobre todo a Richard (se empeñó en que asistiera a una escuela católica), pero este había llegado a aborrecer a la Iglesia y sus enseñanzas restrictivas e hipócritas. Esto se debía en buena parte a la brutalidad de las monjas y los curas de Santa María, de la facilidad con que recurrían a los castigos corporales; llegó a creer que parecían todavía más malos y malintencionados que su padre, lo que ya era difícil, según dijo el propio Richard. Richard padecía una dislexia aguda, le costaba mucho trabajo leer, y cuando intentaba guiarse la vista al leer siguiendo el texto con el dedo, la monja le pegaba sin falta en la mano con una regla de metal.

Richard se acostumbró a hacer tonterías en clase. Le gustaba hacer reír a los demás, lo que siempre le valía un bofetón. A veces, las monjas de cara austera y amargada le tiraban de las orejas, que tenía demasiado grandes. Richard creía que les gustaba pegar y dar bofetadas a sus pequeños discípulos.

A instancias de Anna, Richard se hizo monaguillo. Todos los domingos madrugaba, iba a Santa María y ayudaba al cura a decir misa. Cuando los curas subían al púlpito, parecían bastante buenos y hablaban con efusión de la caridad y de la bondad y de huir del pecado; se hacían los compasivos, como si les importara aquello. Pero Richard creía que eran hombres de espíritu mezquino, que bebían alcohol, que condenaban los actos de los demás con facilidad y que reñían e incluso daban bofetadas a los chicos que no cumplían a su gusto con sus tareas de monaguillo. Uno de los curas abordó a Richard hablándole de manera indecente del sexo, de las virtudes de la masturbación, y Richard procuró no volver a quedarse a solas con aquel cura. Richard no sabía gran cosa del sexo, pero sabía que lo que latía tras los ojos de aquel cura, tras su cara, estaba mal, era pecado.

También las monjas recurrían con facilidad a la violencia repentina e irracional contra los niños que tenían a su cuidado. Cierta monja tenía la costumbre de usar el borde afilado de una regla de metal, y daba con ella tan fuerte a Richard en los nudillos que le hacía sangrar. Después de que esto se repitiera varias veces, Richard se hartó y dijo:

– Si me vuelves a pegar, so zorra, te parto la puta cabeza, ¡perra!

La monja, aturdida por las palabras de Richard, por el fuego que veía de pronto en sus ojos, huyó del aula y regresó al poco rato con un cura iracundo, de rostro enrojecido, que dio a Richard una bofetada tan fuerte que la cara le escoció y se le formó al poco rato una contusión enorme de color de fresa. Veía puntos blandos que giraban ante sus ojos. El cura asió a Richard de la oreja y lo arrastró hasta su despacho, donde se puso a pegar al chico con un libro. Richard advirtió más tarde que el libro era una Biblia. Aquella misma noche, Richard recibió una segunda paliza a manos de su madre.

A partir de aquel día Richard tuvo poco interés por la religión, y llegó a creer que las monjas y los curas eran un montón de canallas sadicos que aprovechaban la religión y el espectro omnipresente de Dios para asustar a la gente y para manipularla, obligándola a hacer lo que ellos querían, cuando ellos querían y como ellos querían. La religión no era más que una gran estafa, pensó, y no tardó en abandonar la Iglesia católica, sus enseñanzas, sus preceptos y su disciplina. Pero no dejaba de encontrar solaz sentándose en la iglesia cuando estaba vacía. Miraba el rostro dolorido de Cristo en la cruz y le preguntaba cosas: dónde estaba Florian; por qué era tan cruel la gente; por qué le pega han su padre y su madre. No recibía ninguna respuesta. Llegó a crin que si Dios existiera, jamás consentiría esa violencia con la que trataban a los niños los padres, los curas y las monjas.

Los animales… no es de extrañar que Richard no tardara en volcar su furia contra ellos.

Los perros y los gatos callejeros se convirtieron en blanco de su ira. Richard inventaba tormentos terribles, más sádicos de lo normal para un niño. Atrapaba a dos gatos, los ataba por la cola, los colgaba en un tendedero y contemplaba con deleite cómo se hacían trizas uno al otro. Tiraba gatos callejeros al incinerador, lo prendía, y disfrutaba de. los chillidos de los gatos, que intentaban en vano trepar por el conducto. Cazaba perros, les prendía fuego con gasolina y los veía correr envueltos en llamas. Mataba a los perros a golpes con porras, con trozos de cañería y con martillos.

Mató a tantos animales callejeros (que le servirían de entrenamiento para el asesinato indiscriminado de seres humanos) que limpió de ellos el barrio. Dentro del joven Richard Kuklinski había algo que marchaba muy mal; pero nadie se ocupó de sus problemas, de los demonios que ya tenía dentro, y estos adquirieron unas proporciones monumentales.

3

Manos Largas

Richard empezó a robar para comer. Con todo lo religiosa que era Anna Kuklinski, no era buena madre. Parecía que no era consciente de que sus hijos tenían que comer, y con regularidad. Cuando Stanley terminó por abandonar a la familia, Anna se convirtió en cabeza de familia solitaria y agobiada, trabajando en la empresa de envasado de carne y fregando los suelos de Santa María por las noches. Pero teniendo cuatro bocas que alimentar, además de pagar el alquiler y los demás gastos de la casa, siempre faltaba de todo, y Richard empezó a robar comida. Se levantaba temprano y hurtaba bollos y galletas de la furgoneta de Drake, que hacía el reparto diario a las tiendas y a las casas particulares de Jersey City. Aunque Richard era tímido y vergonzoso, tenía un valor especial cuando se trataba de robar.

Acechaba como un gato la furgoneta de Drake, y cuando el repartidor salía a hacer una entrega, Richard se colaba en la furgoneta, se apoderaba de bollos y de leche y se largaba. Lo hacía varias veces por semana, y gracias a ello su hermana Roberta y su hermano Joseph podían comer algo más que las gachas baratas que les daba Anna con desgana.

También Anna creía firmemente en los castigos corporales. En el orfanato del Sagrado Corazón le habían inculcado a golpes un ramalazo de maldad, y Richard creía a veces que su madre era más mala todavía que su padre, lo que ya era difícil. Anna intentaba obligar a Richard a que dejara de robar; le pegaba con casi todo lo que encontraba en la casa: zapatos, palos de escoba, cepillos, cucharones de madera, cazos y cazuelas. Hasta le pegaba en la cabeza (incluso después de que Florian hubiera muerto de esa manera) y lo dejaba sin sentido. Se acercaba por detrás y le pegaba cuando no lo esperaba. Una vez que Anna pegó a Richard con un palo de escoba, Richard se lo arrancó de las manos. Como su padre, Richard tenía muy mal genio. Anna tomó una sartén, y Richard huyó de la casa.

Solía preguntarse por qué lo odiaba tanto su madre, por qué era tan cruel. ¿Qué había hecho él para que lo tratara con tanto odio?

Otra buena fuente de comida eran los vagones de mercancías que se alineaban en los enormes depósitos de Jersey City. Los vagones estaban llenos de alimentos de todas clases, procedentes de todo el país, y Richard tomó la costumbre de colarse en ellos y robar piñas, naranjas y pedazos enormes de carne congelada de los vagones frigoríficos. Anna aprendió a aceptar las cosas buenas que traía a casa Richard. Ella no podía permitirse nunca esos alimentos, y pronto dejó de castigar a Richard por sus hurtos. Al fin y al cabo, él ya era el hombre de la casa, y desempeñaba el papel de su padre sin darse cuenta de ello. Había pasado a ocupar, en la práctica, el lugar de Stanley, y Anna, Roberta y Joseph veían en el joven Richard al sostén de la familia. A Richard le agradaba este papel. Le hacía sentirse importante, adulto, maduro para su edad. Llegó a robar tanto, que se llevaba a casa cualquier cosa que pudiera moverse.

4

Primera sangre

Anna consiguió de alguna manera un piso federal protegido en una nueva urbanización de casas de ladrillo de cuatro pisos, en la avenida de Nueva Jersey y la calle Quince. Era una gran mejora para la familia. Las casas tenían calefacción, buen aislamiento, todos los servicios modernos. Todo estaba limpio y nuevecito. A Richard le encantaba la casa nueva, los suelos de tarima nuevos, cómo entraba el sol a raudales por las ventanas, lo limpio y reluciente y hermoso que estaba todo.

Las viviendas estaban llenas de familias obreras de renta baja, y Richard encontró allí muchos posibles amigos y compañeros de juegos. Se había convertido en un muchacho alto, flaco, muy tímido, de pelo rubio y reluciente, ojos castaños claros con forma de almendra y orejas demasiado salientes. Los chicos de la urbanización empezaron pronto a burlarse de Richard; se reían de su aspecto, de su ropa, de su delgadez, de su pelo rubio y revuelto, de sus orejas.

– Eh, polaco tonto -solían decirle a modo de insulto.

Los chicos de la urbanización, una banda de cinco o seis que iban siempre juntos, no solo se burlaban de Richard, sino que tomaron la costumbre de maltratarlo físicamente; le daban empujones, bofetadas, le tiraban la gorra de béisbol, le exigían que les diera dinero. Richard tenía poco dinero, por lo que se ganaba más malos tratos, bofetadas y patadas en el culo cuando pasaba andando. Los malos tratos que sufría Richard a manos de los chicos de la urbanización echaban más leña al fuego del descontento que ardía ya en su interior.

El cabecilla de este grupo de golfillos era un chico grandullón, de pelo negro, llamado Charley Lañe. Tenía algunos años más que Richard, le sacaba una cabeza y era mucho más robusto. Parecía que su entretenimíento favorito era amargar la vida a Richard.

Richard no tenía amigos. Era un solitario. No tenía a nadie en quien confiar, con quién hablar, con quien jugar a la pelota. Quería tener amigos, tener algún aliado, un camarada que se pusiera de su parte, pero lodos los chicos que vivían en la urbanización no querían más que burlarse de él y provocarlo, despreciarlo e insultarlo:

– ¡Eh, polaco tonto! ¡Eh, cabeza cuadrada!

El hermano de Richard, Joseph, era demasiado pequeño para ser su amigo, y su hermana Roberta tenía su vida propia y poco en común con su hermano mayor.

Richard encontró solaz en las revistas policiacas. Las había descubierto en una tienda de chucherías del barrio, y con sus manos hábiles y largas conseguía hurtar ejemplares nuevos, emocionantes y reveladores, cada pocas semanas. Richard se había convertido en un ladrón habilísimo y lleno de arrojo. Más tarde diría, en confianza, que era ladrón nato. Ya sabía que su destino en la vida sería el delito, estar fuera de la ley, a espaldas de la sociedad, y aprendió a aceptarlo, incluso a celebrarlo.

En general, a Richard no le gustaba leer, pero aquellas revistas policiacas las devoraba. Leía despacio, guiándose con el dedo largo y delgado; solía tener que leer varias veces algunas frases para comprender las palabras, sus significados secretos y ocultos. Como el tema del delito lo atraía tanto, se preocupó de entender aquellas palabras, de darles vueltas en su mente joven, de imaginarse los robos, los atracos y los asesinatos que describían con vividez a base de frases cortas y sencillas. Cuando hacía buen tiempo, a Richard le gustaba bajar hasta el río Hudson y ponerse allí a leer, junto al agua callada de rápida corriente. Allí había silencio y nadie lo acosaba ni lo molestaba. Veía frente a Jersey City el bajo Manhattan, un lugar animado y bullicioso lleno de edificios altos y grandiosos y de gente rica que comía todos los días bistec y platos delicados, todo lo que querían, tanto como querían: a Richard no le cabía duda de ello.

Lo que más interesaba a Richard era cómo se resolvían los crímenes, sobre todo los asesinatos. Se pasaba horas enteras absorto en esas revistas policiacas, que le aportaban unas nociones de la conducta criminal que no podía encontrar en ninguna otra parte, unas nociones que él aprovecharía bien más tarde. Las palabras de esas revistas impresas en papel barato, con portadas de colores chillones, llenas de violencia a rebosar, como si fueran nubes siniestras de gas venenoso, llenaban la cabeza de Richard con fantasías de violencia, de asesinatos, de devolver el golpe a los que lo maltrataban, lo provocaban, lo insultaban. Empezó a pensar en hacer daño a la gente… en matar a la gente. En desquitarse. En vengarse.

Como todos los adolescentes, Richard quería hacer cosas de adultos. Anhelaba tener un coche, ir al volante y demostrar al mundo que tenía medios para poseer un coche, para ir donde quisiera, hasta Manhattan, «la ciudad», si le apetecía. En la calle Dieciséis, cerca de su casa, había un aparcamiento, y Richard empezó a robar coches para salir a darse paseos cortos y emocionantes por Jersey City y luego dejarlos de nuevo en el aparcamiento. Ya era alto para su edad, y aprendió enseguida los trucos de volante, freno y acelerador. A Richard le encantaban esos paseítos. Había decidido que algún día tendría un coche de capricho, un Cadillac, o quizá un Lincoln Continental. Le gustaría cruzar en coche el túnel de Holland, ir a visitar la ciudad, pero temía que alguno de los encargados de las cabinas de peaje lo detuviera, le hiciera preguntas. Richard hacía todo esto en solitario y le hacía sentirse mayor y más independiente. Solo tenía trece años y estaba orgulloso de tener huevos para hacer esas cosas.

Aquel invierno la situación con los chicos de la urbanización se volvió insoportable. No lo dejaban en paz. Las burlas y las provocaciones se volvían más frecuentes, más violentas, más malignas. Un día había intentado pelear y le habían dado una paliza terrible: entre cuatro le habían dado de patadas y puñetazos cuando estaba tendido en el suelo, al tiempo que le escupían. La paliza había sido tan dura que Richard se había tenido que quedar una semana en casa sin poder salir. Anna Kuklinski quería denunciar a los chicos a la Policía para que los detuvieran, pero Richard se negaba.

– ¡No soy un chivato! -repetía-. Voy a arreglar esto a mi manera.

Richard conocía ya las reglas estrictas de la calle, y la principal era no acudir nunca a los polis. En la localidad vecina de Hoboken había un contingente importante de la Mafia; de hecho, aquel era un centro de la Mafia, sede de la célebre familia De Cavalcante (que más tarde inspiraría la serie de éxito del canal HBO, Los Sopranos), y el joven Richard ya sabía bien que a la Policía solo acudían los chivatos.

No, él mismo se encargaría de aquello a su manera, a su modo. El muchacho llamado Charley Lane, jefe de los chicos de la urbanización, era el que le había hecho más daño, y la ira y la sed de venganza de Richard se centraban en aquel matón corpulento que caminaba contoneándose como un simio. Durante la convalecencia de Richard, los planes de venganza le dieron vueltas en la cabeza, día y noche, días enteros. Pensó en apuñalar a Charley, en golpearlo con una llave inglesa, en dejarle caer en la cabeza un bloque de hormigón cuando se estuviera paseando por las aceras estrechas que recorrían la urbanización. Decidió acechar a Charley en plena noche y atacarlo.

Aquello sucedió una noche helada, un viernes. Richard desmontó el travesaño del armario empotrado del vestíbulo, un madero grueso de sesenta centímetros de largo. Era ligero y mortal, perfecto para lo que tenía pensado. Junto al armario del vestíbulo había una foto de Florian que Anna besaba siempre que salía. Anna seguía sintiéndose muy culpable de lo que había pasado a su hijo mayor, de que Stanley lo hubiera matado impunemente, de haberse avenido a ocultar aquel asesinato, y llevó encima durante el resto de sus días aquel peso inmenso, agobiante. Este peso la iba aplastando poco a poco, le hundía los hombros, hasta la hacía parecer más pequeña, de menor estatura. El peso acabaría por adelantar su muerte. Junto al retrato de Florian había también imágenes de un Jesús dolorido y de una María virtuosa con túnica azul, que la religiosísima Anna besaba también cuando salía. En la casa solo había otra fotografía, un retrato de Micky, hermano de Anna. Micky vivía con su esposa, Julia, en un pueblo del Estado de Nueva York. Era un hombre amable y de buen trato que daba a su hermana lo que podía. Era la única persona que había sido buena con Richard; le había regalado un reloj de pulsera cuando terminó la escuela primaria. Un verano, Richard había pasado unas semanas en casa del tío Micky, una experiencia que había sido como un sueño que recordaría con deleite durante el resto de su vida.

Mi tío Micky fue la única persona mayor que me trató bien, explicó Richard. Era un buen tipo, y no lo olvidaré jamás.

En casa del tío Micky todo estaba limpio y reluciente y toda la comida era de primera, y Richard vio por primera vez que la gente vivía de otra manera, de una manera mejor, y eso tampoco lo olvidaría nunca. Siempre desearía tener eso mismo él también.

Los fuertes vientos de aquella noche de enero aullaban en las calles de la urbanización, agitando los árboles y haciendo temblar las ventanas. Aquella semana había nevado y las aceras estaban cubiertas de placas de hielo relucientes. Richard solo tenía una prenda de abrigo, un chaquetón de marinero tan raído que le asomaban los codos. Se puso varios jerseys andrajosos, se metió el travesaño del armario en la manga del chaquetón, y salió en busca de Charley Lañe con un ansia de venganza que lo consumía como unas fiebres. Se situó ante la entrada de la urbanización que daba a la avenida de Nueva Jersey, dando la espalda al edificio en que vivía la familia Kuklinski. Sabía que era más que probable que Charley volviese a su casa por aquella entrada. Él lo había visto pasar por allí muchas veces. En el muro al que Richard daba la espalda estaba la salida de humos del incinerador del edificio, y el calor le sentaba bien, pero el verdadero fuego que lo alimentaba era el que ardía en su interior. Veía que los hombres que vivían en la urbanización iban saliendo del bar de la acera de enfrente, adonde iba a veces su padre, Stanley. Allí de pie, en la fría noche de Jersey City, Richard pensó en su padre. El odio que sentía hacia él le había crecido dentro como un absceso, y Richard pensaba a veces en hacerse con una pistola e ir a matar a Stanley. Ya no lo consideraba su padre. Para él ya solo era «Stanley», y durante el resto de su vida solo lo llamaría «Stanley», jamás «mi padre» o «papá».

Richard no tenía idea de cuánto tiempo llevaba allí de pie, y ya estaba a punto de abandonar y volver a subirse a su casa cuando vio venir a Charley, que salía de la avenida de Nueva Jersey y se dirigía hacia la urbanización. Estaba solo. Richard sintió una tensión en el estómago. El corazón se le aceleró. Salió de su escondrijo en el momento oportuno. Cuando Charley vio aparecer a Richard ante él, le dijo con desprecio:

– ¿Qué coño quieres, polaco?

Richard no despegó los labios. Se limitó a mirarlo con un odio tranquilo y frío.

– ¡Quítate de en medio, o te doy otra paliza, puto polaco tonto!

– Sí, inténtalo -dijo Richard, y Charley se lanzó rápidamente sobre Richard; pero este sacó el arma que llevaba escondida y, sin dudarlo un momento, la blandió con todas sus fuerzas y golpeó a Charley en plena sien, justo encima de la oreja. Charley, aturdido, se llevó las manos a la cabeza y retrocedió, mientras los ojos se le llenaban de rabia, de sorpresa y de indignación.

Richard, lleno de una mezcla de miedo y de animosidad acumulada, siguió a Charley, le golpeó en la cabeza y lo derribó. Y siguió pegándole y pegándole. No quería matar al chico; solo pretendía enseñarle una lección que no olvidara nunca, solo quería que lo dejara en paz. Pero toda la rabia que tenía Richard acumulada dentro, todo un mundo de rabia, salió a la superficie, y Richard siguió golpeando con todas sus fuerzas al muchacho caído. Cuando hubo terminado por fin, Charley no se movía. Richard le dio de patadas, una y otra vez, llorando de rabia. Pero Charley Lañe seguía sin moverse. Richard le exigió que se levantara, que peleara. «Vamos, vamos», le dijo con rabia, con los dientes apretados. Charley seguía inmóvil como un tronco. Richard le dio unas bofetadas, lo tendió de espaldas y le tocó el cuello buscándole el pulso, como había leído en las revistas policiacas. Nada.

El joven Richard, atónito, horrorizado, comprendió que Charley Lañe estaba muerto y que él lo había matado. Las consecuencias terribles de aquel acto le dieron vueltas en la cabeza. Lo meterían en la cárcel, a la casa grande temida, durante el resto de su vida. Se puso de pie y se tambaleó. A pesar de lo mucho que odiaba a Charley, solo había pretendido hacerle daño, no matarlo. Había querido hacer sufrir a Charley, provocarle dolor y angustia. Pero esto, no. ¿Qué hacer, adonde acudir? Aquello no podía contárselo a nadie… ni a su madre, ni a su tío Micky, ni a nadie. Richard se forzó a sí mismo a respirar despacio y hondo, a pensar, a trazar un plan, mientras las ideas le corrían por la cabeza con velocidad furiosa.

Richard sabía por instinto que la única manera de salir de aquello era librarse del cadáver. Pero ¿cómo? ¿Dónde?

Tenía un coche robado en el aparcamiento de la calle Dieciséis, un Pontiac azul oscuro que había encontrado dos días antes delante de una tienda en el Hudson Boulevard con las llaves puestas. Se apresuró a ir por él, lo llevó hasta la avenida de Nueva Jersey y lo aparcó junto a la entrada de la urbanización. Charley pesaba mucho… un peso muerto. Richard lo asió del abrigo, comprobó que no había moros en la costa y arrastró con decisión el cadáver hacia el Pontiac, aprovechando el hielo para hacerlo resbalar más fácilmente. Abrió el maletero y consiguió levantar el cuerpo del muchacho muerto y meterlo dentro. Cuando cerraba el maletero, vio que había allí una herramienta vieja: era hacha por un lado y martillo por el otro. Antes de subirse al coche miró a un lado y a otro y se cercioró que no lo miraba nadie desde alguna ventana de la urbanización. Parecía que todo estaba despejado. Subió al coche, llegó hasta la cercana carretera Pulaski y se dirigió hacia el sur. No estaba seguro de lo que iba a hacer ni de cómo lo haría, pero estaba decidido a no dejarse atrapar. Encendió la calefacción del coche y se tranquilizó, sabiendo que si la Policía le hacía parar se encontraría metido en la mierda hasta las orejas; por lo tanto, siguió circulando por debajo del límite de velocidad y, mientras llevaba el coche, lo fue invadiendo poco a poco una sensación distinta, una sensación de poder y de omnipotencia. Una especie de invencibilidad. Recordaba todos los malos tratos que había sufrido durante años por culpa de Charley, las burlas y los desprecios, los puñetazos, bofetadas y patadas sin causa, y de pronto se alegró de haberlo matado. Llevaba muchísimo tiempo albergando fantasías de matar a gente, casi desde siempre, que él recordara, y ahora que ya lo había hecho, le gustaba la sensación que le producía.

En el interior silencioso del coche en movimiento, dijo en voz alta:

– Nunca, jamás consentiré que nadie me vuelva a maltratar, joder.

Y lo cumplió.

Después de dos horas al volante dando vueltas en la cabeza a lo que haría, Richard llegó a South Jersey, una zona de marismas desoladas y pinares. Se detuvo en un puentecillo sobre un estanque helado, rodeado de juncos altos de color amarillento que veía a la luz de los faros del coche. Por allí no había nadie. El viento aullaba. Se bajó del Pontiac y abrió el maletero. Charley Lañe era mucho más pesado que antes. Todavía no le había comenzado el rigor mortis, y se le podían doblar las articulaciones. Richard lo sacó trabajosamente del coche, lo tendió sobre el suelo helado y volvió con el hacha-martillo. Sabía que se podría identificar a Charley por los dientes, con lo que acabarían por echarle encima a él el asesinato, de modo que utilizó el martillo para sacar todos los dientes a Charley. Después extendió sus manos sin vida y le cortó las puntas de los dedos. Recogió las puntas de los dedos y los dientes con idea de quitárselos de encima en otra parte. Por último, se aseguró de que Charley no llevaba encima ningún documento de identificación, le encontró algún dinero en billetes, se lo quedó, levantó el cuerpo y lo tiró desde el puentecillo. El cuerpo rompió el hielo y lo atravesó. Richard volvió al coche y se dirigió de nuevo hacia Jersey City, pisando bien el acelerador. Por el camino fue tirando los restos de Charley que se había guardado, sabiendo que los pájaros y otros animales se los comerían tarde o temprano. Todo esto lo había aprendido como ávido lector de las revistas policiacas. De este modo, el camino de Richard en la vida quedó marcado de manera fija e irrevocable.

Cuando Richard llegó otra vez a Jersey City, ya estaba asomando rápidamente una helada aurora pálida. Vio que el cielo, por el este, adquiría un color anaranjado pardo, invernal. Supuso que ya habría llegado el momento de librarse del coche, de manera que lo dejó en un aparcamiento de Hoboken y se volvió andando a su casa, cambiado para siempre.

Orgulloso de sí mismo, de lo sereno que había estado bajo presión, de lo inteligentes que habían sido sus actos, se metió en la cama, pero no podía dormir. Sentía, por primera vez en toda su vida, que era alguien, una persona que merecía respeto. Podía controlar quién vivía y quién moría, cuándo, dónde y cómo. Lo último que pensó Richard antes de quedarse dormido por fin fue: Si me jodes…, te mato… ¡te mato!

5

Volver a nacer

En los días siguientes, Richard veía a los chicos de la urbanización, pero como no tenían a Charley para dirigirlos, para animarlos y mandarlos, dejaron en paz a Richard. Sin embargo, Richard no los dejó en paz a ellos. Habían pasado varios años atormentándolo, y él no lo había olvidado. Con un garrote que había encontrado, los fue atacando uno a uno y dándoles palizas sin compasión, y a partir de entonces no volvieron a molestar a Richard. De hecho, cuando lo veían venir se apartaban, ni siquiera lo miraban a los ojos.

Fue entonces cuando aprendí que es mejor dar que recibir, explicaba Richard hace poco.

Hubo muchas preguntas sobre lo que habría pasado a Charley, pero nadie vinculó jamás su desaparición repentina con Richard, el palo del armario, el Pontiac robado. Richard creyó que había cometido el crimen perfecto, llegó a considerarse a sí mismo un criminal astuto y peligroso, un elemento digno de ser tenido en cuenta. En cuestión de pocos días pasó de ser un chico asustadizo a convertirse en un hombre peligroso. Empezó a llevar consigo un bate de béisbol, que no dudaba en utilizar contra cualquiera que lo molestara, hombre adulto o chico. Tenía muchas cuentas pendientes que ajustar, y recorrió metódicamente Jersey City buscando, encontrando y pegando a todos los que lo habían maltratado o habían abusado de él. Era muy alto para su edad y tenía una fuerza membruda, nervuda, impropia de su edad. Se ganó en poco tiempo fama de tipo duro, de persona a la que no era cuestión de joder, y eso le gustaba… y mucho.

Pero el bate era demasiado grande y llamaba la atención, por lo que Richard optó por llevar un cuchillo de caza barato, que usaba sin reparo y con muy malas intenciones.

Richard no pensaba nunca en Charley Lane. Había muerto, y que se fuera al infierno. Ya fuera por la brutalidad de Stanley, por las palizas que le daba su madre, por los muchos traumatismos que había sufrido Richard en la cabeza, o por haber nacido con algún gen desfavorable, el caso era que Richard no sentía ninguna preocupación, ningún remordimiento, ningún reparo a la hora de cortar la cara a alguien, incluso de quitarle la vida.

La idea del asesinato era consecuencia natural de vivir en una selva, y Richard había conocido el mundo como una selva brutal, y había tomado la resolución de no ser presa sino depredador. Ya entonces saltaba a la vista que Richard era matador por naturaleza.

A Richard no le servía de gran cosa la escuela, y apenas volvió por allí. Empezó a frecuentar los billares cargados de humo, y los bares donde había mesas de billar. Le gustaba mucho el juego del billar americano, su fina precisión, sus reglas, su coordinación y su estrategia. Practicaba constantemente, horas enteras, perfeccionando su habilidad, su coordinación manual y visual, el golpe justo, necesario, para acertar los golpes más difíciles. Con su cuerpo alto y delgado y sus brazos de una longitud fuera de lo común, era capaz de inclinarse para dar con comodidad los golpes más complicados. No tardó en descubrir que el que sabía jugar bien al billar podía ganar dinero, y se imaginaba a sí mismo convertido en un vividor del billar célebre, en un jugador astuto y de palabra suave capaz de ganar hasta la camisa a cualquier adversario.

Richard tenía una extraña habilidad para moverse en silencio. Caminaba con naturalidad sobre las puntas de sus pies enormes y era capaz de acercarse a las personas sin que estas lo advirtieran. Una tarde volvió a su casa de manera inesperada. Al entrar en la casa oyó un ruido raro, suspiros fuertes, quejidos rítmicos. Avanzó despacio y se asomó al cuarto de estar, y vio allí a su madre, que estaba manteniendo relaciones sexuales en el sofá con un hombre, un hombre casado y con tres hijos que vivía en la casa de al lado. Su madre tenía las piernas abiertas y levantadas a ambos lados del hombre que le hacía el amor enseñando el culo gordo, blanco y peludo. A Richard le dieron ganas de clavar su cuchillo en la espalda a aquel hombre, pero se volvió en silencio y se marchó, asqueado, lleno de odio hacia su madre. Ella que siempre le decía lo sucio que era el sexo, no hagas esto, no hagas lo otro, y allí estaba a pleno día, follando con el tipo casado de la casa de al lado. Que hipócrita, qué golfa, qué puta, pensó; y se marchó a los billares de Jake, en Hoboken, y se puso a practicar…

Richard fue mejorando más y más en la práctica del billar americano, y empezó a ganar dinero, en efecto. Con su aire tímido y su cara de niño inocente, la mayoría de sus rivales se creían capaces de ganarlo, pero perdían siempre. Tenía discusiones y peleas con tipos en los billares y en los bares, y no dudaba en pegar con un taco de billar a cualquiera que se le enfrentara o que se negara a pagarle una apuesta. Descubrió enseguida que dando el primer golpe y con mucha fuerza, se ganaba, la pelea había terminado, la discusión quedaba zanjada. Y se acabó. La verdadera ley era siempre la del más fuerte.

Su reputación se extendió rápidamente por toda Jersey City y por Hoboken, y eran pocos los que estaban dispuestos a tener roces con Richard Kuklinski. Richard tuvo a veces enfrentamientos con tipos que estaban acompañados de otros amigos, y ni siquiera entonces retrocedió. Era intrépido hasta la temeridad. En cierta ocasión se peleó con dos hermanos que, acompañados de un tercer amigo, lo vencieron. Pero Richard esperó a que los tres tipos se marcharan del bar, los siguió hasta su casa, se enteró de dónde vivían y volvió una noche, pocos días más tarde. Esperó entre las sombras el momento oportuno y apuñaló por la espalda a uno de los hermanos. Después siguió al amigo y le clavó el cuchillo en el vientre cuando subía las escaleras de su casa. Buscó al tercer hermano, pero este se había largado de Jersey City. Richard se ganó fama de tipo verdaderamente peligroso. Otros duros de su edad se reunieron a su alrededor rápidamente. Él tenía dotes de jefe, poseía un ingenio vivo y ácido, y cortaba un cuello con la misma tranquilidad con que escupía en una acera sucia.

Al poco tiempo, Richard tenía ya una especie de banda propia. Eran cinco, tres polacos (contando al propio Richard), un chico irlandés y un italiano. Se llamaban los Rosas Nacientes, y todos se hicieron en la mano izquierda sendos tatuajes que representaban un pergamino con las palabras Rosas Nacientes. Para ellos significaban que tenían por delante cosas brillantes, y que cualquiera que los jodierá acabaría hecho abono para plantas. Hicieron un juramento de lealtad, y al poco tiempo empezaron a planear asaltos y atracos a mano armada juntos.

Richard compró su primera arma de fuego a un tipo con el que jugaba al billar. Era un viejo revólver del 38 con cañón de seis pulgadas. Se fue con su banda a una zona desierta del puerto de Jersey City para practicar el tiro al blanco. Todos eran hijos de obreros de puños duros y bebedores; todos ellos habían dejado los estudios secundarios, eran unos matones asociales, sin miedo, temerarios. Dispuestos a meterse en líos.

La segunda persona a la que mató Richard era un hombre llamado Doyle, un irlandés de cara roja que hablaba por un lado de su boca de labios estrechos. Frecuentaba un bar con billares de Hoboken, el local de Danny. Bebía mucho, y cuando bebía se volvía un bocazas, malintencionado y agresivo. Richard estaba jugando al billar con Doyle, con apuestas de por medio, y le ganaba una partida tras otra, y Doyle empezó a insultar a Richard, a llamarlo «polaco tonto» y «tramposo».

Todo el mundo sabía que Doyle era un poli de Jersey City, y ni siquiera Richard, con su tendencia homicida capaz de saltar a la mínima, era capaz de atacarlo en público. Pero cuanto más insultaba Doyle a Richard, más furioso se ponía este. Doyle recordaba mucho a Richard a su padre… un parecido que fue mortal para él. En vez de enzarzarse con Doyle a la vista de todos, Richard dejó tranquilamente el taco de billar, salió del bar y se puso a esperar a Doyle. Al cabo de un rato, también Doyle salió de bar, se subió a su coche, que tenía aparcado ante la misma manzana, encendió un cigarillo y se quedó allí sin hacer nada más. Richard no tardó en advertir que Doyle se había quedado dormido. Richard llevaba encima un cuchillo, como de costumbre. Pero Doyle era policía, y si Richard lo apuñalaba, tendría que matarlo, y sería el primero en la lista de sospechosos, cosa que quería evitar a todo trance. Se alejó, fue a una estación de servicio próxima, compró un litro de gasolina y volvió rápidamente junto a Doyle, que seguía dormido. La ventanilla del conductor estaba abierta. Sin pensárselo dos veces, Richard vertió la gasolina rápidamente y en silencio en el interior del coche, por encima de Doyle, encendió una cerilla y la arrojó al vehículo. Explotó una bola de fuego, y las vivas llamas y el calor intenso consumieron y mataron rápidamente a Doyle. Richard se quedó allí cerca, y llegó a disfrutar de los gritos de Doyle, del olor de su carne quemada, que le llevaba la fuerte brisa que subía del río Hudson.

Richard se volvió a su casa, satisfecho, sonriendo incluso, y jamás dijo una palabra a nadie de lo que había hecho, ni siquiera a sus compinches de los Rosas Nacientes.

Richard se había convertido en un joven muy alto y apuesto. Tenía el cabello rubio claro, ojos de forma de almendra y color de miel, pómulos marcados de eslavo y labios en forma de corazón. Se parecía a James Stewart de joven, y tenía unos modales tímidos engañosos, que atraían a las mujeres. En casi todos los bares y billares por donde andaba Richard había mujeres mayores, como las consideraba él, y estas no tardaron en intimar con Richard e invitarlo a acompañarlas a sus casas; y así perdió la virginidad Richard. No tardó mucho tiempo en darse cuenta de que las mujeres lo consideraban atractivo, cosa que a él le agradaba mucho, y empezó a vestirse de la manera que gustaba más a las mujeres; pero seguía siendo muy tímido, y le costaba mucho trabajo entablar conversación a no ser que lo abordara una mujer.

Sin embargo, era frecuente que lo abordaran las mujeres.

Una de estas mujeres, Linda, de veinticinco años, se llevó a Richard a su casa cuando él tenía dieciséis años y él se quedó a vivir con ella. Ella siempre quería sexo, y él siempre estaba dispuesto a darle ese gusto. Linda era bajita, de pelo negro, atractiva a su manera sencilla. Pero siempre estaba «con ganas», al parecer, y Richard le daba lo que ella quería, cuando lo quería, donde y como lo quería. Richard tenía el miembro viril especialmente grande, y al parecer ella no se cansaba de él.

Por entonces Richard había llegado a odiar a su madre y la visitaba cada vez menos. Su hermana Roberta se había ganado fama de muchacha perdida y fácil, y eso a Richard no le gustaba. Le advirtió varias veces que «no se bajara las bragas», sin resultado. Su hermano menor, Joseph, era como él, alto y delgado con una espesa cabellera rubia. Joseph iba mal en la escuela, tenía peleas constantes, había derribado a un profesor de un puñetazo. A instancias de Anna, Richard habló con Joe, intentó hacer que se portara bien, pero era como hablar con una pared.

Joseph, como Richard, tenía una personalidad antisocial; estaba claro que se trataba de un psicópata en ciernes. Para él, cortar la cara a alguien con una botella rota era algo sin importancia. El padre de Richard, Stanley, era un hombre de poca talla, de un metro sesenta más o menos, a pesar de lo cual tanto Richard como Joseph ya habían superado el metro ochenta y seguían creciendo. Esto hacía que Richard se preguntase si Stanley sería su verdadero padre. Richard había llegado a considerar a su madre una puta desaliñada y arrastrada, y no le tenía gran aprecio. Pero cuando se enteró de que Stanley iba por la casa y gritaba a Anna y le daba bofetadas, fue a ver a su padre, le apoyó en la cabeza un revólver del 38, levantó el percutor y, apretando los dientes y frunciendo los labios, le advirtió de que si volvía a acercarse a su familia, lo mataría y lo tiraría al río. Richard no volvió a hablar con su padre en muchos años, y Stanley no molestó a Anna nunca más. La verdad era que Richard sentía de corazón no haber matado a Stanley y solía pensar en volver a terminar el trabajo.

Aun ahora, después de tantos años, Richard lamenta no haber pegado un tiro a Stanley. Según confesó: Stanley era un cabrón de primera, un sádico. No le deberían haber dejado tener hijos. Me he preguntado mil veces, por lo menos, por qué no lo maté. Si tuviera que volver a hacerlo, habría rematado bien el trabajo, seguro que sí.

6

Los De Cavalcante

La banda de los Rosas Nacientes, dirigida por Richard, cometió más y más delitos: robos en almacenes, atracos a mano armada en tiendas de licores y en farmacias, robos en las bonitas casas de los ricos de Jersey City Heights y de Lincoln Park, los barrios más exclusivos de Jersey City. Gracias a la prudencia de Richard, que planificaba cuidadosamente todos los golpes y los meditaba desde muchos puntos de vista, tenían éxito. En su corta vida Richard había llegado a brillar en tres cosas: el juego del billar americano, la violencia brusca y la delincuencia.

Richard empezó a ganar bastante dinero y solía llevar encima un buen fajo de billetes. Pronto se aficionó al juego, a los naipes y las apuestas en las carreras de caballos, y el dinero se le iba de las manos. Era como un nuevo rico ignorante; no tenía un concepto claro de lo que era el dinero, de cómo gestionarlo, ahorrarlo e invertirlo para que produjera más. Para él, el dinero solo servía para gastarlo, cuándo, dónde y como le diera la gana. Fácil de ganar, fácil de gastar.

Le gustaba ir elegante, hecho un pincel, como dice él, y se compraba trajes de aspecto llamativo, amarillos chillones y rosados. Richard y los Rosas Nacientes frecuentaban todos los bares de Hoboken ataviados de esta manera. Había literalmente dos o tres bares por manzana; era la población con más bares por habitante de todo el país. Iban también a los salones de baile. Los hombres hacían comentarios a veces sobre la manera de vestir de Richard, y él los agredía de manera rápida y violenta. Sacaba el cuchillo y lo usaba por menos de nada, hasta que cesaron los comentarios sobre sus atuendos estrambóticos. Con todo, era digno de verse con un traje de color rosa y de solapas anchas, alto, delgado y larguirucho, muy ancho de hombros, con su pelo rubio claro peinado hacia atrás y sus ojos de color miel y de mirada intensa. Ya entonces resultaba perturbador recibir la mirada fija de Richard Kuklinski, con su cara pálida y seria.

Richard se acostumbró a beber más de la cuenta, y cuando bebía se volvía malintencionado y pendenciero, como le había pasado a su padre y, muy probablemente, a su abuelo. Los de la banda de los Rosas Nacientes y él solían enzarzarse en riñas en los bares, y casi nunca o nunca perdían una pelea, pues todos eran extremadamente violentos, y enviaban constantemente a gente al hospital con graves heridas de arma blanca, descalabraduras, huesos rotos. Richard y sus amigos llamaron la atención, cosa difícil en las duras poblaciones obreras de Hoboken y de Jersey City, llenas ambas de gente que llamaba la atención por el mismo concepto. No pasó mucho tiempo sin que los miembros de la familia del crimen organizado De Cavalcante se fijaran en la banda de los Rosas Nacientes.

Se llamaba Carmine Genovese; no era pariente del tristemente célebre Vito Genovese. Carmine era un «hombre hecho», un individuo astuto que metía los dedos, gordos como salchichas, en muchos platos apetitosos. Era bajito y redondo como una albóndiga, con la cabeza grande y también redonda como una albóndiga. De hecho, su mote era Albóndiga. Carmine había oído hablar muchas veces a lo largo de los años de los Rosas Nacientes, había oído decir que eran muy violentos, atrevidos e intrépidos, y que eran chicos de barrio que habían salido adelante penosamente, con ganas de prosperar. Una tarde los invitó a su casa y los hizo sentarse en la cocina mientras él preparaba una salsa de carne para acompañar a la pasta. Con su acento de tipo duro, hablando por el lado izquierdo de la boca, les dijo:

– Oigo hablar de vosotros constantemente, y lo que oigo me parece bien. Tengo un encargo para vosotros. Si cumplís, me encargaré de que se os pague bien.

Echó unos embutidos picantes a la cazuela de la salsa de carne. -Hay un tipo que vive en Lincoln Park. Aquí tenéis su dirección y su foto. Da problemas. Piensa con el culo. Debe desaparecer. Si lo hacéis bien, me encargaré de que se os pague como es debido, capisce? Yo ya os lo he preparado todo… vosotros solo tenéis que rematar la tarea. Tiene que desaparecer, ¿entendido?

Dicho esto, entregó a Richard una foto en blanco y negro de un hombre que se subía a su coche, un Lincoln negro. Richard la pasó a los demás. Todos la miraron. Richard sabía que aquella podía ser una oportunidad de oro para su equipo, que se les abría la puerta para ganarse buena fama entre el crimen organizado, lo que siempre habían deseado. Como cuatro de ellos no eran italianos, no podrían ser nunca «hombres hechos», ingresados en la Mafia, pero podrían convertirse en «contratistas independientes».

Todos sabían que la Mafia controlaba el comercio de Nueva York, que tenía completamente en un puño los sindicatos, los muelles, todos los vicios, los asaltos a camiones, los atracos, la usura y el asesinato.

Carmine añadió a la salsa de carne un montón de albóndigas bien redondas.

– ¿Os interesa el trabajo? -preguntó, mirándolos de reojo con sus ojos de reptil.

– Sí, desde luego -dijo Richard.

– Bien. Esto tiene que pasar pronto, ¿entendido? Si sale algo mal, me llamáis. Aquí somos dueños de la Policía, ¿vale?

– Vale -respondió Richard, mientras los otros asentían solemnemente con la cabeza.

– No os vayáis todavía, chicos. Quedaos a comer conmigo – pidió Carmine, y al poco rato todos compartieron una comida sencilla, aunque abundante, de espaguetis con salsa de carne y ensalada con grandes aceitunas verdes sicilianas que había adobado el mismo Carmine. Era uno de sus pasatiempos, según les explicó.

Cuando los Rosas Nacientes se despidieron de Carmine, fueron a un bar de Hoboken llamado La Última Ronda, cerca de los muelles. Se sentaron allí a debatir aquella oportunidad, todos nerviosos e inseguros salvo Richard. Una cosa eran las riñas en los bares, pero un asesinato a sangre fría era harina de otro costal. El peor del grupo era un tipo alto, robusto como un toro, llamado John Wheeler. Era boxeador aficionado del peso pesado, duro como una piedra. A pesar de su inquietud, dijo:

– Lo haré yo. Apretaré el gatillo yo. Sin problemas.

Bien, de acuerdo, arreglado, dijo Richard.

– Vamos a hacer esto pronto y bien. Chicos, es una gran oportunidad para nosotros, ¿vale? No vamos a cagarla.

Vale dijeron lodos. Entraron, apretados, en el coche de John, y fueron hasta Lincoln Park. Richard iba al volante. John llevaba el anna, un revolver del 32, muy poca cosa. Aquel era un buen barrio. Allí vivían los ricos. Los Rosas Nacientes habían robado en muchas casas de allí. Encontraron la casa: era una casa suntuosa, de madera, con aparatosas columnas y pórticos y con un jardín hermoso y bien cuidado. Era al principio de la primavera, y el jardín ya estaba salpicado de flores jóvenes. Aquello era bien distinto de los barrios donde se habían criado aquellos tipos; era eso que suele llamarse «la parte alta». Mientras estaban allí sentados, debatiendo cómo hacer el trabajo, la víctima salió por la puerta principal como si los hubiera estado esperando, con toda la tranquilidad del mundo al parecer. Todos los miembros de la banda de los Rosas Nacientes estaban nerviosos, tenían un hormigueo en el estómago.

– Allí está. Venga, John, hazlo -dijo Richard.

Pero John no se movió. Se quedó paralizado, pálido. La víctima se subió a su Lincoln de lujo y se puso en marcha.

– ¿Qué pasa? -preguntó Richard, molesto.

– No sé, es que, es que… no sé -dijo el duro y grandullón de Wheeler.

– Vale, sin problema, lo seguiremos, lo arreglaremos en su coche, en un semáforo -dijo Richard.

– Sí… sí, vale -dijo Wheeler. Richard puso el coche en marcha y todo el equipo de asesinos a sueldo improvisados se puso en camino.

Alcanzaron al Lincoln en un semáforo de la avenida West Side.

– Prepárate -dijo Richard, deteniendo el coche suavemente junto al Lincoln. Pero a Wheeler le temblaban tanto las manos que ni siquiera era capaz de apuntar.

– ¿Qué pasa? -preguntó Richard; y los demás preguntaron lo mismo.

– No lo sé, joder. No puedo.

El semáforo se puso verde. La víctima arrancó.

– Tenemos que hacer esto -dijo Richard-. Ya no nos queda otra opción.

Siguieron a la víctima hasta un bar de Hoboken, lo vieron instalarse ante la barra, pedir una copa y charlar con el barman.

– Lo haré yo -dijo Richard, y tomó el revólver de manos de Wheeler. Se quedaron sentados allí en silencio, meditabundos. No tardó en caer la noche. Empezó a llover. La víctima salió del bar y se encaminó hacia su Lincoln. Ahora parecía que se tambaleaba un poco al andar. No había moros en la costa. Sin decir palabra, Richard se bajó del coche, se dirigió rápidamente al Lincoln, con pasos firmes y decididos, se aseguró de que no miraba nadie, acercó el revólver a la cabeza de la víctima y tiró del gatillo, pum, un tiro en la sien izquierda, por encima de la oreja. Estaba hecho.

Richard volvió al coche, tranquilo, frío, en calma, se subió, y se pusieron en marcha. ¡Caray! sentían todos los demás, aunque ninguno dijo nada. Todos miraban a Richard con un nuevo respeto.

Por fin, tras varias manzanas, el grandullón, el malo de Wheeler, dijo:

– Rich, tío, eres frío como el hielo.

– Fresco como una puta lechuga -dijo otro.

Aquellas alabanzas agradaban a Richard. No sentía remordimientos, ni emociones, ni la menor sensación de culpabilidad. De hecho, no sentía nada. Había matado a la víctima con la misma tranquilidad con la que soltaba un eructo, sin darle vueltas en la cabeza después.

Al día siguiente, hacia mediodía, los Rosas Nacientes volvieron a la casa de Carmine. Richard llamó a la puerta. Carmine salió a abrir.

– ¿Qué pasa? -dijo-. Os había dicho que no volvieseis hasta que hubierais hecho aquello.

– ¿Has visto los periódicos? -le preguntó Richard.

– No… ¿por qué? -preguntó Carmine a su vez.

La única respuesta de Richard fue una leve sonrisa de satisfacción.

– Ah, que hijos de puta, lo habéis hecho, bravo. Qué hijos de puta -exclamó Carmine, y los invitó a pasar, les sirvió unas copas con mucha hospitalidad, les dio quinientos dólares a cada uno. Se les había abierto de par en par la puerta de acceso al crimen organizado.

7

Visto y no visto

Carmine cumplió su palabra y dio muchos encargos a Richard y a su equipo. De pronto empezaron a ganar dinero a espuertas. Demostraron sin ningún género de dudas que eran de confianza, que eran inflexibles y que cumplían con el trabajo, fuera el que fuera. Carmine sabía que la mejor manera de poner a prueba a socios en potencia era hacer que cometieran un asesinato. Una vez hecho aquello, ya se podía fiar uno de ellos, al menos en teoría, pues se habían implicado en un crimen grave. En aquellos tiempos eran pocos los hombres relacionados con la Cosa Nostra que se hicieran chivatos, y la manera mejor de garantizar la lealtad de una persona era hacer que cometiera un asesinato; y eso era precisamente lo que había hecho Carmine con los Rosas Nacientes. De hecho, el primer paso para entrar en cualquier familia de la Mafia era llevar a cabo un asesinato, lo que se llamaba hacerse «los huesos». Así se establecía ese vínculo vitalicio que tan buenos resultados había dado durante tantos años, en Italia primero, después por todo el mundo: la Mafia italiana era, y sigue siendo, la empresa criminal de mayor éxito de todos los tiempos, y Richard Kuklinski llegaría a convertirse en uno de sus ejecutores más destacados, en una superestrella del homicidio.

Carmine Genovese tenía unas fuentes de información increíbles en toda Nueva Jersey. Sabía qué camiones se debían asaltar, cuándo, dónde y qué transportaban; hasta tenía las matrículas de los camiones, que facilitaba al equipo de Richard. Carmine recibía la mitad de los beneficios delictivos, y los cinco de la banda se repartían la otra mitad. Asaltaban camiones llenos de electrodomésticos, joyas, ropa, álbumes, hojas de afeitar, muebles, máquinas y herramientas, e incluso alimentos de lujo tales como la carne y el caviar: cualquier cosa que se pudiera convertir rápidamente en dinero contante y sonante.

Por mucho que fuera lo que ganaban los del equipo de Richard, se lo gastaban todo en el juego y viviendo a lo grande. Richard no era demasiado aficionado a las carreras de caballos, pero le encantaba Las Vegas, e iba allí él solo o con Linda (la mujer mayor que él con la que seguía viviendo) y jugaba con desenfreno. También le gustaban mucho los espectáculos extravagantes y chillones de Las Vegas. Su músico favorito era Liberace [1], nada menos. Le encantaba jugar al bacarrá, y ganó mucho, pero perdió mucho más. Explicaba hace poco: No tenía ni idea de lo que era el dinero, y se me iba entre las manos como el agua. Debí invertirlo, comprar propiedades, pero lo derroché todo.

A Richard también le gustaba ver a las atractivas chicas de los espectáculos. Le solían hacer proposiciones las prostitutas de Las Vegas. Era difícil pasarlo por alto, con lo enorme que era, ataviado con un traje amarillo, pero él no se fue nunca con ninguna de las hermosas prostitutas que se le acercaban. Para él, las prostitutas eran putas, y no lo excitaban. Una chica que se ha tirado a ocho ese mismo día no me dice nada, explicó.

El golpe más importante que dieron Richard y su banda gracias a Genovese fue el asalto a una empresa de furgones blindados de North Bergen, Nueva Jersey. Genovese les había facilitado la combinación del sistema de cierre y de alarma, y tras pulsar unos cuantos botones pudieron entrar en el pequeño almacén de ladrillo donde estaban aparcados en fila los furgones blindados. Había una caja fuerte enorme llena de cajas de dinero y de oro. Carmine les dijo que no podía parecer que estaba complicado en el golpe uno de la empresa, por lo que lo primero que hicieron fue perforar la pared. Después, hicieron saltar la caja fuerte con explosivos y llenaron a rebosar uno de los furgones blindados de oro, billetes y monedas.

Por desgracia, habían cargado demasiado el furgón, y cuando salieron del garaje y bajaron a la calzada las cuatro ruedas traseras reventaron con fuertes explosiones. Intentaron seguir camino hasta un almacén que habían alquilado al efecto en las proximidades, pero el furgón blindado no avanzaba, y los de la banda tuvieron que volver atrás y tomar dos furgones más. Trabajando a marchas forzadas, descargaron el contenido del primero en los otros dos furgones, allí mismo, al borde de la carretera, no lejos de la entrada de la carretera de peaje, y se pusieron en marcha por fin. Si hubiera aparecido un coche de Policía, los habrían pillado, con toda seguridad, pero tuvieron suerte y llegaron a su refugio cuando empezaba a aclarar el día.

Habían robado en total dos millones de dólares en dinero y en oro. Camine se quedó con la mitad, y Richard y su grupo se repartieron un millón; tocaron a doscientos mil cada uno. Un gran golpe para aquellos jóvenes delincuentes, todavía verdes. La banda de los Rosas Nacientes se dio entonces la gran vida. Todos derrocharon sus partes y, cuando se quisieron dar cuenta, ya lo habían perdido todo, principalmente en las carreras de caballos, en las mesas de póquer y en mujeres.

Richard hizo varios viajes a Las Vegas, volando en primera clase, y se las arregló para perder todas sus turbias ganancias.

Yo era un chico tonto. No sabía nada. Pero ¡cómo lo pase! cuenta, sonriendo aún al recordarlo.

Con todos aquellos éxitos, la banda se volvió más atrevida, y sus miembros empezaron a creerse invencibles.

A dos de los Rosas Nacientes, John Wheeler y Jack Dubrowski, se les ocurrió que no estaría mal dar un atraco en una partida de cartas patrocinada por un «hombre hecho» de la familia De Cavalcante. Lo hicieron sin pedir permiso a Richard ni consultarlo, con lo que cometieron un error de juicio fatal para ellos. Una de las víctimas reconoció a John, a pesar de que los dos atracadores llevaban el rostro cubierto por pañuelos. La noticia llegó a oídos de un «soldado» de los De Cavalcante. Como sabía que Richard era el jefe de los Rosas Nacientes, y que estos trabajaban con Genovese, este soldado (se llamaba Albert Parenti) localizó a Richard y le hizo sentarse con él solemnemente en un rincón de un bar llamado bar de Phil. Parenti era un italoamericano de origen siciliano, de ancho pecho, calvicie incipiente, cara de comadreja, con las piernas tan arqueadas que caminaba como si se acabara de bajar de un caballo. Dijo a Richard:

– Sé que dos de tus chicos atracaron mi partida de la calle Washington. También sé que tú no tuviste nada que ver con ello; si no, no te estaría hablando con tantas contemplaciones. He venido a verte aquí por cortesía, ¿te das cuenta? Todos sabemos que eres un sujeto cabal; solo oímos decir cosas buenas de ti. Por eso te estoy hablando bien, ¿entendido? Esos tipos tuyos tienen que desaparecer. No hay otra manera.

Richard, furioso pero controlándose, no cometió el error de intentar negar la participación de sus hombres, ni de ponerse pendenciero en ningún sentido. Lo que hizo fue pedir clemencia.

– Permita que le diga, en primer lugar, que le agradezco que haya hablado conmigo de esta manera -dijo-. No tenía ni idea de esto. Lo siento mucho. Me encargaré de que se devuelva hasta el último puto centavo, todo…

– No se trata del dinero; es una cuestión de principios.

– Ya lo sé, solo digo que…

– Mira, voy a ir al grano: esos tipos tienen que desaparecer. Y te tienes que encargar tú, ¿te das cuenta? Son responsabilidad tuya, ¿entendido?

Richard recibió aquello como un puñetazo en la cara. A su manera callada, apreciaba a John y a Jack; eran los primeros y únicos amigos que había tenido. ¿Cómo iba a matarlos? Pero Richard conocía lo suficiente la marcha y la lógica de la justicia de la calle para saber que si no hacía lo que Parenti le pedía (¡lo que le exigía!), bien podría suceder que él mismo se convirtiera en objetivo eliminable.

Lo intentó otra vez.

– Déjeme que hable con ellos; déjeme que me encargue de que se marchan de la ciudad y no vuelven nunca, nunca jamás.

– Tienen que desaparecer. Eso es todo. Si no lo haces tú, lo haremos nosotros, capisce?

– Capisce -respondió Richard, viendo claramente el destino escrito con letras de sangre. Estaba escrito con la sangre de John y de Jack, y, si no se andaba con cuidado, con la suya también.

– Bueno, me alegro de que hayamos quedado de acuerdo -dijo Parenti con aplomo solemne. Se levantó y se marchó, seguido de cerca por los dos guardaespaldas que lo acompañaban. Richard, sintiendo de pronto un grave peso sobre sus hombros, un peso de vida o muerte, se quedó allí, quieto como la lápida de una tumba, sabiendo que su pequeña banda y él jamás podrían hacer frente a los De Cavalcante. Estos eran muchos, conocidos por su violencia, y hacerles frente o luchar contra ellos significaría una muerte segura para todos. Richard sabía también que John y Jack la habían cagado a base de bien, que habían transgredido las normas básicas de la calle y el principio fundamental que les había impuesto él mismo de no robar a nadie de la Mafia. Sabía que habían sellado su propio destino. Richard se levantó despacio, salió del bar, localizó primero a Jack, le pegó un tiro en la cabeza antes de que este se enterara de nada y lo dejó donde había caído. Encontró después a John, que salía del apartamento de su novia, lo mató de un tiro y lo dejó en la calle para que los De Cavalcante se enteraran de que el trabajo estaba hecho de verdad. Ambos habían muerto sin dolor, sin enterarse de lo que se les venía encima.

A pesar de todo, Richard se sentía terriblemente mal. Acababa de matar a dos de las personas con las que estaba más unido, a dos amigos a los que quería más que a hermanos. Habían hecho muchas cosas juntos. Y ahora habían muerto, habían muerto a sus manos.

Era ellos o yo, se decía una y otra vez. Pero aquello no le servía de gran cosa, contó más tarde en confianza.

Los De Cavalcante se enteraron enseguida de lo que había hecho Richard, claro está, y no tardaron mucho en darse cuenta de que Richard Kuklinski podía resultarles de gran valor: un asesino de encargo que sabía lo que tenía que hacer y cómo hacerlo y que tenía la boca cerrada… el tipo de persona que siempre están buscando todas las familias de la Mafia en todas partes. Era cierto que Richard no podría ser nunca un «hombre hecho», pero sí que podría trabajar como «contratista independiente» si demostraba que entendía bien que el silencio es oro. Antes de proponerle cualquier otra cosa, esperarían a ver si se podía confiar en él.

La Policía de Jersey City no encontró ningún testigo… ninguna relación con Richard; nadie sabía nada de los asesinatos de John y de Jack y no tardaron en olvidarse. Un simple ajuste de cuentas entre maleantes.

8

Paseos largos, muelles cortos

Era la primavera de 1954. Richard tenía solo diecinueve años, pero se comportaba con una seriedad propia de un hombre mucho mayor. Tenía una seriedad estoica impropia de sus años. Quizá fuera por la brutalidad de sus padres; quizá porque siempre había sido un inadaptado, una víctima de los malos tratos de los demás; quizá porque no había tenido infancia de ninguna clase. Quizá porque acababa de matar a sus dos mejores amigos. Fuera por lo que fuera, Richard ya no era un chico. Era un hombre que se disponía a dejar huella en el mundo.

Como muchos polacos, Richard era aficionado a caminar y le gustaba salir al campo y el aire libre. Solía darse paseos de varios kilómetros. No era partidario del ejercicio, de hacer pesas, de la gimnasia ni de salir a correr, pero le encantaba dar caminatas, que aprovechaba para pensar. Aunque Richard no hacía ejercicio, estaba dotado de una fuerza fuera de lo común. Cuando estaba mal de dinero hacía trabajos duros, no cualificados, cargando y descargando camiones sin perder de vista cualquier cosa que pudiera robar para convertirla en dinero contante y sonante. Pero parecía que aquella fuerza suya era innata, que le venía de los genes. Los naturales del norte de Polonia, de donde había venido su padre, eran gente dura y fuerte, y parecía que en Richard se manifestaban los mejores rasgos físicos de la estirpe. Recientemente, cuando se le preguntó si de joven había hecho ejercicio, si iba a un gimnasio o hacía pesas, dijo: El único ejercicio que hacía era el de acarrear cadáveres.

Richard sentía la curiosidad de conocer mejor Nueva York y tomó el transbordador hasta Manhattan, admirando desde el barco la silueta rica y multicolor de la ciudad, tan distinta de Jersey City y de Hoboken. Ya había estado varias veces en la ciudad con los otros de los Rosas Nacientes, pero nunca había ido solo. Los Rosas Nacientes ya eran cosa del pasado, formaban parte de su juventud. Por la calle corría el rumor de que Richard había matado a John y a Jack, y los otros miembros de la banda se apartaron de él. Al poco tiempo empezaron a ponerse heroína, y Richard, a su vez, se apartó de ellos. No le gustaban las drogas ni los que las tomaban. Los que tomaban drogas le parecían personas débiles e inseguras, gente de la que uno no se podía fiar. Richard se había convertido en una especie de solemne lobo solitario, de movimientos lentos y muy peligroso, virtudes de las que obtendría gran partido durante muchos años. Le gustaba estar solo. Evitaba tener amigos.

Cuando Richard se bajó del transbordador, cerca de la calle Cuarenta, dobló a la derecha y empezó a pasear hacia la parte baja, a lo largo de la orilla del río, por debajo de la carretera elevada del West Side. Era un lugar oscuro, húmedo y desolado. La mayor parte de los grandes muelles que se habían extendido antes a lo largo de la calle Oeste, un hervidero de comercio, de barcos y de gente opulenta, se pudrían y se morían, simples esqueletos de lo que habían sido. Había algunas farolas aquí y allá, y las calles eran de adoquines bastos, resbaladizos cuando estaban mojados. Por entonces, Richard ya llevaba siempre encima un cuchillo o una pistola. No se sentía vestido del todo si no iba armado, rasgo que le perduraría durante toda su vida profesional. Según dice, en aquella primera salida a Manhattan en solitario no tenía intención de hacer daño a nadie; pero se le acercó a pedirle dinero un vagabundo desagradable y arrogante. Richard no le hizo caso. El vagabundo lo siguió, exigiéndole que le diera dinero, y Richard siguió caminando. El vagabundo, un hombretón como un oso, grande, sucio y barbudo, asió a Richard del hombro y lo zarandeó.

– Eh, hijoputa, ¿estás sordo? -le dijo.

Richard, sonriendo, se volvió rápidamente y, antes de que el vagabundo se diera cuenta de lo que pasaba, ya había sacado el cuchillo y se lo había clavado en el pecho con dos movimientos rápidos.

– ¡Vete a joder a otra parte! -gruñó Richard mientras el vagabundo caía de rodillas y se desplomaba pesadamente al suelo. Todo había terminado en una fracción de segundo. Richard vio cómo se le apagaban los ojos, limpió la hoja del cuchillo en el mismo vagabundo y siguió su camino, sabiendo que había matado al hombre, contento de haberlo hecho.

Me gusta ver cómo se les apaga la mirada. Me gusta matar de cerca, de manera personal. Siempre quería que la última imagen que vieran fuera de mi cara, explicó.

Richard había llegado a disfrutar de poseer el control de quién vivía y de quién moría. Le hacía sentirse omnipotente. Consideraba que el hombre que acababa de matar no era más que una sabandija, y siguió buscando otras sabandijas. Siguió andando hasta llegar al túnel Battery y contempló Jersey City, al otro lado del agua, recordando cómo leía allí revistas policiacas cuando era niño, recordando a su hermano Florian, recordando la brutalidad de su padre, recordando a los amigos a los que había matado. Casi veía desde allí el lugar donde había matado de un tiro a John Wheeler. Qué mal trago, pensó.

Richard se volvió, con su rostro apuesto hecho una máscara de granito insensible, y caminó de nuevo hacia la parte alta, pasando por el camino cerca del vagabundo que había matado, que seguía tendido en el sitio, aunque ya no era más que una forma clara espectral a la luz amarilla melancólica de una farola.

Richard sabía que aquel asesinato no lo relacionarían con él, que la Policía de Nueva York no se pondría en contacto con la de Jersey de ninguna manera.

A lo largo de las semanas y de los meses siguientes volvió a Manhattan en muchas ocasiones y mataba a gente, siempre a hombres, nunca a una mujer, dice él, siempre a personas que tenían algún roce con él, que lo ofendían de alguna manera, verdadera o imaginaria. Mataba a hombres a tiros, a puñaladas y a garrotazos. A algunos los dejaba en el sitio. A otros los arrojaba al cercano río Hudson.

Para Richard, el asesinato se convirtió en un deporte.

La Policía de Nueva York llegó a creer que los vagabundos habían empezado a atacarse y a matarse entre sí, sin sospechar que un verdadero asesino en serie venía de Jersey City al West Side de Manhattan con el fin de matar gente, para practicar y perfeccionarse en el arte del asesinato.

Richard hizo del West Side de Manhattan una especie de laboratorio del asesinato, una escuela, como dice él. Aprendió los puntos más delicados y sutiles; dónde aplicar el cuchillo para conseguir el máximo efecto: en la nuca, hacia arriba, clavándolo en el cerebro; un tajo invertido a la garganta, cortando a la vez la tráquea y la arteria carótida. También era muy efectivo clavarlo directamente en el corazón.

Pero descubrió que la manera más rápida, y mucho menos sangrienta, era clavarlo en la nuca hasta llegar al cerebro. El asunto de la sangre era una preocupación constante, pues Richard no quería mancharse de sangre él mismo ni su ropa. En lo que respecta al arma de luego, un tiro en la cabeza, por encima de la oreja, por debajo de la mandíbula, resultaba ser lo más eficaz. Una vez ahorcó a un hombre: le echó al cuello una soga de cáñamo, levantó al hombre en vilo tirando de la soga, que se echó al hombro. Hice de árbol, explicó. También usaba un pico para hielo, que resultó ser un buen instrumento para malar, fácil de ocultar, si se aplicaba en el punto adecuado: era mortal si se clavaba directamente en el oído o en el ojo.

Ya en aquellos tiempos, las adoquinadas calles oscuras de la zona más apartada del West Side de Manhattan eran lugar de reunión de gais. Había muchos bares oscuros que acogían discretamente a una clientela homosexual. Uno de aquellos era el Scottish Annie, santuario de hombres a los que les gustaba ponerse faldas y vestirse de mujer. Esos bares oscuros de aquellas oscuras y apartadas calles eran el lugar ideal para los hombres que hacían lo que era en muchos casos una doble vida secreta.

Richard no tenía nada en contra de los homosexuales, según dice, y no los perseguía, aunque con su aspecto de James Stewart con ojos acerados atraía invariablemente a los gais; y si se ponían demasiado pesados, les hacía daño y hasta los mataba. Dice que esos asesinatos no tenían nada que ver con el sexo, que solo tenían que ver con que alguien se había puesto demasiado pesado.

Una noche, Richard estaba bebiendo en un bar próximo a la calle Grove y un hombre se le insinuaba una y otra vez.

– Mire, a mí eso no me va, ¿vale? -le dijo Richard por fin-. Búsquese otro, ¿de acuerdo?

Pero el tipo, un caballero alto con flequillo de corte militar, no estaba dispuesto a aceptar una negativa. Le insistía tanto que Richard tuvo que marcharse del bar. El tipo salió detrás de él y le hizo proposiciones, diciéndole:

– Sé que quieres. Vamos, vamos, grandullón.

Por fin, después de aguantar aquello a lo largo de dos manzanas, Richard vio un adoquín suelto, lo recogió y dio al tipo un golpe en la cabeza con tanta fuerza que parte del cerebro le salpicó en un escaparate.

– Te dije que me dejases en paz, joder -dijo Richard al muerto, y siguió caminando.

Richard llegó a darse cuenta de que cuando bebía se volvía francamente malo, y en casi todas aquellas salidas homicidas a Manhattan bebía, no hasta emborracharse, desde luego, pero sí hasta estar francamente achispado. Se dijo a sí mismo que debía beber menos, y beber cerveza en vez de güisqui. Richard también viajaba a otros lugares para matar a gente: a Newark, a Rhode Island, y también a Hoboken. Pero eran zonas menos pobladas, la gente parecía más atenta, más fisgona, por lo que Richard siguió volviendo a Manhattan, gozando del bullicio de su propio coto privado de caza.

Como Richard asesinaba casi siempre a «gente sin valor», vagabundos y mendigos, además de a algún que otro gay, la Policía de Nueva York hacía poco o nada por resolver aquella oleada repentina de asesinatos al azar.

A nadie le importó.

– Que se maten entre ellos -dijo un capitán de Policía a sus detectives en la comisaría del Distrito Diez. No se organizó ninguna vigilancia especial, ni salió ningún detective a hacer preguntas, cuaderno en mano, y Richard lo advirtió enseguida, pues no vio por ninguna parte mayor presencia de policías.

Tampoco mataba a alguien todas las veces que iba a Nueva York. En algunas ocasiones se limitaba a pasearse, bebía algo, daba vueltas en la cabeza a diversos planes suyos. Ahora que los Rosas Nacientes eran cosa del pasado, y que Carmine Genovese estaba en la cárcel por asuntos de juego ilegal, Richard ganaba mucho menos y se había visto obligado a trabajar descargando camiones, cosa que no le gustaba; pero siempre estaba atento por si podía robar algo que pudiera vender. Tenía en el Sindicato del Transporte un amigo llamado Tony Pro, gracias al cual Richard podía trabajar siempre que quería. También seguía jugando mucho al billar. Lo malo era que casi todo el mundo sabía ya que era un buen jugador, por lo que le resultaba muy difícil encontrar a alguien dispuesto a jugar con él apostando dinero.

Entonces, Linda se quedó embarazada. La noticia no produjo ninguna impresión a Richard. No amaba a Linda, no pensaba que fuera una buena ama de casa. No era más que un cuerpo caliente en la cama en las noches mas frías de Jersey City, una manera cómoda de desahogarse. Le dijo que abortara. Ella no quería. No era partidaria del aborto. La amenazó. Ella seguía sin querer abortar. Richard no tenía reparo en pegar a Linda. Él se había criado en una casa donde pegar a las mujeres era la norma, y golpeaba a Linda sin pensárselo dos veces cuando ella lo molestaba, cosa que cada vez hacía con más y más frecuencia: ella quería que se casaran, él no; ella quería que se buscara un trabajo honrado y lo conservara, él no; ella quería que se quedara en casa por las noches, él quería salir. La mayoría de sus discrepancias se resolvían mando Richard le daba una bofetada, diciéndole «¡cállate!» por un lado de la boca de labios estrechos. Hasta intentó hacerle perder el niño dándole puñetazos en el vientre; pero no dio resultado. El vientre le necia más cada semana que pasaba.

Con todo lo cruel que solía ser Richard con Linda, también podía ser dulce y delicado, atento hasta la exageración. Le compraba muñecos de peluche, flores frescas, dulces de lujo y ropa. Pero la verdad era que Linda no sabía qué le esperaba cuando Richard entraba por la puerta, un regalo o una bofetada. Al final, Richard acabó casándose con Linda en el ayuntamiento. No dijo a nadie que se casaba. Según dijo, lo hacía «por el bien del niño».

Richard se había convertido en un joven de humor muy variable; tenía subidas y bajadas de ánimo radicales. Cuando estaba de mal humor (como casi siempre), su presencia era francamente peligrosa para cualquier hombre o animal. Por entonces, casi todo el mundo de Jersey City y de Hoboken conocía a Richard Kuklinski, sabían lo peligroso que era, y lo evitaban de buena gana; pero él seguía teniendo altercados con hombres, altercados en los que Richard casi siempre terminaba matando al otro.

Para Richard, el asesinato se había convertido en parte integral de la vida cotidiana… en un proceso tan natural como el ciclo de las noches y los días, o el de las mareas en el próximo río Hudson. Al parecer, Richard tenía la disposición perfecta para matar a la gente sin reservas ni remordimientos; de hecho, sin volver a pensar en ello. Richard era cuidadoso siempre: si se le metía en la cabeza matar a alguien, o «hacerle daño», como dice él, procuraba elegir el momento y el lugar adecuados. Lo extraño era que Richard era más peligroso cuando estaba callado.

Si alguien hacía algo que lo ofendía, y él se callaba, era momento de poner tierra de por medio. Cuando se enfadaba, cuando los ojos se le llenaban de instinto asesino, emitía siempre una especie de leve chasquido por el lado izquierdo de la boca, un rasgo que lo acompañaría durante el resto de su vida.

Si iba a hacer daño a alguien, no se lo decía nunca. ¿Para qué darle a conocer tus intenciones?, dijo recientemente.

9

Juego triple

Mediados de febrero de 1956. Las temperaturas rondaban los diez bajo cero desde finales de enero. Unos vientos fríos terribles bajaban por el río Hudson desde el interior del Estado de Nueva York, y otros subían del Atlántico. El agua del río estaba revuelta y agitada, llena de pedazos de hielo grandes, de bordes agudos, del color de dedos manchados de nicotina. Richard estaba en un bar llamado el Bar de Rosie, en Hoboken, jugando al billar de ocho bolas con un camionero grande, de hombros cuadrados, de calva reluciente y manos grandes como paletillas de jamón. En el local había unas cuantas mesas de billar americano, una barra larga, algunas mesas y sillas destartaladas. Era un viernes por la noche. Había mucha gente en el local, teniendo en cuenta el tiempo que hacía; el aire estaba cargado de humo de tabaco como una nube baja y espesa. En la máquina de discos sonaba música country. Richard ganaba sin cesar. Parecía que acertaba todos los tiros. El camionero calvo se iba enfadando cada vez más y empezó a hacer comentarios desagradables a sus dos amigos, que estaban en la barra intentando ligarse a unas chicas.

Richard, sin decir nada, seguía metiendo todas las bolas sin fallar un solo tiro. El camionero empezó a llamar a Richard «polaco».

– Eh, polaco, ¿es que tienes una pata de conejo en el culo?

– Eh, polaco, ¿cuándo me vas a dejar tirar a mí?

– Eh, polaco, ¿de dónde has sacado ese puto traje de mariquita?

Richard dejó de jugar de pronto, se acercó en silencio al camionero y, sin decir palabra, le dio un golpe en la cabeza con el taco de billar, que saltó hecho pedazos. El camionero cayó allí mismo. Sus amigos que estaban en la barra se quedaron en el sitio. Richard se dirigió hacia la puerta.

– Que te jodan -dijo por el camino. Pero cuando menos lo esperaba, el camionero se había levantado y le tiraba puñetazos rápidos y furiosos, combinaciones bien dirigidas, como un buen boxeador. Tenía una fuerza enorme y estaba aporreando a Richard. La pelea se trasladó a una mesa de billar. El camionero consiguió dejar tendido a Richard sobre la mesa y empezó a asestarle puñetazos. Richard pudo apoderarse de una bola de billar y golpeó con todas sus fuerzas al tipo en la cabeza calva. El camionero cayó otra vez.

Richard no quería seguir en aquella situación, una pelea a vida o muerte en un bar por una verdadera tontería. Salió del bar de Hoboken, se subió a un Chevrolet azul que tenía y se dirigió a Jersey City, resintiéndose de sus heridas. El camionero calvo era el tipo más duro y fuerte con el que se había enfrentado en su vida, y todo por nada. Richard, pensando que debía aprender a controlar los impulsos que lo arrastraban a beber y a cometer homicidios, se disponía a pasar bajo un puente de ferrocarril entre las calles Quince y Dieciséis cuando un coche le cortó el paso y le hizo detenerse con chirrido de frenos. El camionero saltó del coche, furioso y con la cara enrojecida, seguido de sus amigos; llevaban trozos de cañería y se abalanzaban hacia Richard.

Richard tenía bajo el asiento un 38 de cañón corto. Lo tomó rápidamente y, cuando el camionero llegó hasta él, maldiciendo y levantando el trozo de cañería que llevaba, Richard le dio un tiro en plena frente. El camionero cayó, esta vez para no levantarse más, con una fuente de sangre como un dedo que le manaba a borbotones del agujero que le había salido de pronto en la cabeza, del tamaño de una moneda de diez centavos. Richard se bajó del coche y mató a tiros a los otros dos. Las detonaciones eran ensordecedoras bajo el puente de ferrocarril. Richard, sacudiendo la cabeza con incredulidad, comprendió que tenía que hacer algo, y deprisa, si no quería ir a la cárcel. Las ideas le acudían en tropel a la cabeza. Metió rápidamente los tres cadáveres en la parte trasera del coche del tipo calvo y lo llevó hasta la orilla del río, fría y desolada, que estaba a pocas manzanas de allí. Recogió su propio coche, lo aparcó junto al que contenía los cadáveres, metió los tres en el maletero y se puso en marcha, camino del condado de Bucks, en Pensilvania. Sabía que tenía que librarse de los cadáveres, que no podían encontrarlos nunca. Si los encontraban, sería evidente que los había matado él. Pensó en tirar el coche al río sin más, pero le preocupaba que lo localizaran y que encontraran los cadáveres, que relacionarían con él, naturalmente.

El año anterior, Richard había estado cazando ciervos en el condado de Bucks y había encontrado unas cuevas interesantes en las que había simas sin fondo. Había tomado buena nota de la existencia de aquellos hoyos interminables, que podían ser un buen lugar para librarse de un cadáver, aunque no se había imaginado que tendría que quitarse de encima tres de una vez. Richard tenía un sentido de la orientación extraordinario y consiguió encontrar las cuevas sin gran dificultad. Llevó hasta allí los cadáveres, uno a uno, y los arrojó a una gran sima siniestra. Los oyó caer rebotando en las paredes de la sima, pero sin oír el golpe contra el fondo. Repitió el proceso una y otra vez, aprisa, jadeando y resoplando, entre las nubes de vapor que producía su aliento en el frío de febrero, arrojando sucesivamente cada cadáver, sorprendiéndose de lo que pesaba un cuerpo cuando lo abandonaba la vida.

Peso muerto. Eso que dicen del peso muerto es verdad, explicó.

Una vez rematada con éxito la tarea, Richard se volvió en su coche a Jersey City, escuchando música country, decidido a dejar de meterse en riñas de bar, en peleas por naderías. Pero eso no llegó a suceder nunca. Si alguien, quien fuera, insultaba a Richard, le hablaba mal o le faltaba al respeto, Richard quería matarlo, y solía hacerlo. Era un tema recurrente que se repetía con frecuencia y trágicamente en la vida increíblemente violenta de Richard.

Cuando Richard llegó a Jersey City, limpió cuidadosamente sus huellas del coche, quitó las matrículas, lo llevó al borde de un muelle a orillas del Hudson donde él sabía que el agua era profunda, y lo echó al fondo del río gélido, servicial y que sabía guardar un secreto. El coche desapareció rápidamente. Si alguna vez encontraban el coche, sin ningún cadáver dentro, él no tendría ningún problema. El cielo seguía oscuro, pero ya apuntaba una aurora plomiza. El viento soplaba con fuerza. Richard caminó hasta su coche y se volvió a su casa, orgulloso de su capacidad de reacción, orgulloso de haber plantado cara al enemigo y de haber vencido.

Tenía la sensación de que se habían llevado su merecido, y al final se alegraba de haberlos matado. Lo último que pensó antes de quedarse dormido, mientras silbaban los vientos de febrero que sacudían las ventanas, era eso: se han llevado su merecido.

Cosa extraña, a Richard ni siquiera lo interrogaron acerca de la desaparición de los tres hombres. Al parecer, había tenido una suerte increíble. Los había matado en una calle tranquila, desierta, con pocas casas próximas. Bien podía haber pasado un coche por ahí, pero no había pasado ninguno. Aquella suerte seguiría a Richard durante muchos años. Era casi como si velara por el algún arcángel oscuro, demoníaco, que lo mantenía a salvo… fuera de los radares de la Policía.

Corrió el rumor de que Richard había terminado con los tres tipos, pero nadie se lo preguntó nunca, ningún policía lo interrogó, y desde luego que Richard no estaba dispuesto a contar a nadie lo que había hecho. Era reservado en grado sumo, otro aspecto de su personalidad que le resultaría útil durante muchos años.

10

Se alquila un asesino

Carmine Genovese había salido de la cárcel y necesitaba que matasen a otro hombre, aunque esta vez dijo a Richard que la víctima «tenía que sufrir», y que el cuerpo «tenía que desaparecer».

– Este tipo faltó a la mujer de un amigo mío -explicó Carmine-; le faltó mucho al respeto. Asegúrate de que sufre, ¿entendido? Si lo haces bien, te pagaré el doble… ¿vale?

– Vale, de acuerdo -dijo Richard. No preguntó qué había hecho aquel hombre, por qué tenía que sufrir. Aquello era irrelevante. No era asunto suyo.

También en esta ocasión, Carmine entregó a Richard una fotografía de la víctima y la dirección donde trabajaba, un establecimiento de venta de coches usados en el bulevar Raymond, en Newark. En la foto, la víctima estaba en el establecimiento, de pie junto a una mujer que se le parecía un poco.

– Si haces esto como es debido, te pagaré bien, capisce?

– Capisce -dijo Richard.

– A lo mejor podrías traerme un pedacito de él para que yo lo vea y pueda decir a mi amigo cuánto sufrió.

– ¿Un pedacito de él? -repitió Richard, un poco confundido.

– Sí, para que yo pueda contárselo a mi amigo.

– ¿Cómo de grande el pedacito? -preguntó Richard.

– No muy grande… quizá su mano… unos dedos del pie, ¿vale?

– Sí… claro, vale -dijo Richard-. Sin problema. Lo que quiero es dejar contento al cliente.

– Bien -dijo Genovese. Se dieron la mano. El contrato estaba sellado.

Richard, contento de que Carmine le hubiera dado un nuevo «encargo», salió de casa de este con la mente absorta de pronto en la tarea que tenía por delante. Como revelaría más tarde, aquella era la parte que más le gustaba, el acecho de la víctima. Richard comprendió inmediatamente la manera de hacerlo, y la esperó con impaciencia. Estaba claro que Richard se había convertido en un sádico psicótico que había descubierto el modo de hacer daño a las personas y matarlas y que encima le pagaran por ello. Qué buena era la vida.

El depósito de coches usados era amplio. Estaba adornado con banderines colgados a lo largo y a lo ancho, en todos los sentidos. Richard encontró enseguida a la víctima. Era alto y delgado y solía vérsele recorriendo el depósito con clientes. Hasta salía con ellos a probar algún coche. Antes de hacer nada, Richard pasó dos días observando el lugar, se enteró de cuándo había allí más gente, de a qué hora llegaba la víctima y de cuándo se marchaba. Cuando Richard tuvo en la cabeza un plan claro, aparcó su coche a varias manzanas de distancia, en una calle tranquila de almacenes abandonados. Cuando aparecían menos clientes a ver coches usados era hacia las once de la mañana, justo antes del almuerzo, y fue a esa hora cuando Richard entró en el depósito y se encaminó directamente a la víctima, con una sonrisa amistosa en la cara de pómulos marcados. Era a finales de marzo. El tiempo había empezado a templarse. Richard llevaba una cazadora amplia. En un bolsillo llevaba una Derringer del 38, en el otro un rompecabezas, una especie de porra con una pieza de plomo macizo del tamaño de un paquete de cigarrillos, forrada de cuero negro, con mango corto y delgado, ideal para dejar inconsciente a una persona de un solo golpe. Richard, sonriente, dijo a la víctima que necesitaba enseguida un coche barato, que el suyo se lo habían robado y que le hacía falta un vehículo para su trabajo.

– Que sea fiable -dijo-. No tengo maña con los motores, y no quiero quedarme tirado en alguna parte por la noche -explicó, adoptando de pronto una expresión seria. Richard era, de hecho, un actor consumado. Tenía el don natural, adquirido sin duda en la calle, de mirar fijamente a los ojos a una persona mientras le mentía descaradamente.

– Tengo el coche perfecto para usted -dijo la víctima, y lo condujo hasta un Ford de dos puertas. Richard lo inspeccionó cuidadosamente, dio patadas a las ruedas.

– ¿puedo salir a probarlo? -preguntó Richard.

– Claro -dijo la víctima-. Voy a por las llaves.

Pasó a la pequeña oficina que estaba a la izquierda. Richard ya había tendido la trampa; pronto la haría saltar. Subieron al coche. Se pusieron en marcha. Richard recorrió varias manzanas con el coche, comentando lo bien que se manejaba, y acto seguido se dirigió hacia su coche. La víctima, absolutamente inconsciente de lo que estaba a punto de paar, seguramente iría calculando mentalmente la comisión que se iba a llevar. Richard aparcó junto a su propio coche y dijo que quería mirar el motor.

– ¿Le importa? -preguntó educadamente, con una sonrisa.

– Claro, sin problema. No hay nada que ocultar. Está limpio como los chorros del oro.

La víctima estaba completamente metida en la situación, y no tenía ni idea de que en el maletero del coche de Richard había un hacha, una cuerda y una pala. Richard se bajó del Ford y abrió el capó. La víctima lo i siguió, claro está. Richard le señaló una cosa y, cuando la víctima se acercó a mirar, Richard le golpeó con el rompecabezas en la sien. Cayó allí mismo, como una piedra. En cuestión de segundos, Richard lo metió en el maletero de su coche, lo amordazó con cinta adhesiva industrial, le ató los pies y las manos a la espalda. Tranquilo y sereno, Richard salió a la carretera de peaje y se dirigió al sur, a los pinares de Jersey, unos bosques desiertos que eran perfectos para lo que tenía pensado. Era el mismo lugar donde se había quitado de encima a Charley Lañe, el matón de la urbanización, hacía tantos años. Richard ya tenía localizado un buen lugar, donde ocultó su coche tras una densa cortina de pinos muy oportunos. Allí abrió el maletero, sacó del coche al hombre aterrorizado y lo ató a uno de los árboles, de espaldas al árbol. Richard tomó un pedazo de cuerda, la metió a la fuerza en la boca de la víctima y ató el otro extremo al áspero pino, de manera que la lengua de la víctima le presionaba con fuerza la garganta, que se le contraía rápidamente. La víctima lloraba, intentaba hablar, pedir, suplicar, pero no profería más que gruñidos apagados, ininteligibles. Parecía que sabía por qué le estaba pasando aquello, como si lo hubiera estado esperando en cierto modo. Richard le dijo entonces claramente que terna que sufrir antes de morir, y volvió a su coche y sacó el hacha y la pala, disfrutando mucho con aquello.

Se aseguró de que la víctima veía el hacha y la pala, de que entendía bien lo que significaban en las enormes manos de Richard. La víctima se puso a chillar, intentó liberarse, pero era imposible. Se orinó en cima, cosa que Richard vería muchas veces en los años venideros. Richard empezó entonces a destrozar los tobillos y las rodillas de la víctima con el hacha. Después le cortó los dedos, de uno en uno. Richard retrocedió para apreciar el grado de dolor que estaba sufriendo la víctima. Había pensado llevar a Genovese los dedos en prueba de su sufrimiento, pero de pronto se le ocurrió una idea mejor, como dijo él…

Cuando Richard mató por fin a la víctima, excavó un hoyo en el terreno cubierto de agujas de pino, arrojó al hoyo lo que quedaba de la desventurada víctima, tomó la prueba que le había pedido Genovese y se volvió a Hoboken, llevándola en una bolsa de plástico que se había traído, y escuchando música country por el camino.

Encontró a Genovese en su casa.

– ¿Has hecho el trabajo? -le preguntó Genovese.

– Sí, está hecho -dijo Richard.

– ¿Me has traído algo bueno? -le preguntó Genovese.

– Desde luego -dijo Richard, divertido, dejando la bolsa en la mesa de la cocina. Genovese miró en su interior con curiosidad y vio que contenía la cabeza de la víctima. Una gran sonrisa llenó el rostro grande y redondo de Genovese.

– Qué hijo de puta… precioso… lo has hecho bien, hijo de puta -dijo Genovese, comprendiendo que en aquel polaco gigante había encontrado a un hombre poco común-. ¡Muy bien! Molto bravo… molto bravo! -añadió.

– ¿Quieres que me deshaga de esto? -preguntó Richard.

– No… déjalo aquí. Quiero enseñárselo a mi amigo. ¿Sufrió? -preguntó Genovese.

– Sí, ya lo creo que sufrió -dijo Richard; y Genovese le pagó allí mismo diez mil dólares al contado, por «un trabajo bien hecho».

Richard salió de casa de Genovese con un bulto agradable de dinero en el bolsillo, y sabiendo que se había terminado de labrar una reputación como asesino a sueldo eficiente.

11

El esbirro

Richard solía pensar frecuentemente en matar a su padre, Stanley.

Se ponía a pensar en él, recordaba la brutalidad y la insensibilidad que había sufrido, se ponía furioso por dentro y le daban ganas de matarlo a golpes. En varias ocasiones llegó a ir a un bar que frecuentaba Stanley, cerca de la urbanización, con idea de meterle una bala en la cabeza; pero Stanley no estaba.

Era como una idea repentina, explicaba Richard. El tenía suerte, porque cuando iba a buscarlo no estaba. Hasta ahora mismo, quiero decir aquí sentado, hablando de él, lamento mucho no haber acabado con él… ¡el muy cabrón!, ¡el muy cabrón sádico!

Stanley no llegó nunca a saber lo cerca que había estado de que lo matara su hijo segundo. Joseph, el hermano menor de Richard, era extremadamente violento. Tenía dificultades frecuentes en la escuela, se metía constantemente en líos, robaba, bebía más de la cuenta. Richard quería tenderle una mano, darle consejos, pasarle algo de dinero, pero por entonces aborrecía tanto a su madre que ni siquiera quería acercarse más a su apartamento.

Tras recibir la cabeza del vendedor de coches usados, Carmine Genovese cobró aprecio a Richard. Carmine tenía mucho dinero en la calle, y desde entonces se sirvió de Richard como cobrador y esbirro principal. Si Richard hubiera sido italiano, Genovese lo habría recomendado, sin duda, para que entrara en la familia, pero como era polaco no podía ser. A pesar de todo, Carmine le daba mucho trabajo. Richard cobraba dinero en su nombre a gente de toda la Costa Este. Era de fiar, honrado, y muy violento cuando hacía falta, demasiado violento a veces. Richard siempre estaba llamando a la puerta de Carmine llevando en la mano bolsas de papel de estraza llenas de dinero. Jamás robó a Carmine ni diez centavos; ni siquiera se le ocurrió nunca, por lo que Carmine llegó a apreciarlo mucho más. Casi todo el mundo que pedía prestado dinero a Carmine Genovese conocía bien las reglas y pagaba rápidamente, según lo acordado. Todos sabían también que no pagar podría ser mortal.

A Richard le gustaba trabajar para Genovese, en general. Ganaba dinero, aunque lo derrochaba casi todo; la gente lo respetaba y lo trataba con deferencia, y su reputación de «tipo relacionado con la Mafia» corrió por todo Jersey. Nadie se metía con él. Hasta otros tipos de la Mafia evitaban enfrentarse con Richard Kuklinski. Empezaron a llamarlo el polaco. Este sería su mote en la calle.

Richard se acostumbró a llevar dos pistolas y un cuchillo siempre que salía. Se sentía desnudo si no iba armado hasta los dientes. Le gustaban las derringer del 38 de dos cañones. Eran tan pequeñas que cabían fácilmente en la palma de la mano, y a corta distancia eran mortales. A Richard le gustaba matar de cerca, de manera personal, y para matar a alguien con una derringer tenías que estar encima de él. Por eso también le gustaba matar con cuchillo, dice.

Es una cosa íntima. Sientes entrar la hoja, romperse los huesos; ves el susto en la cara del tipo, ves cómo se le apaga la mirada.

Cuando se le preguntó si creía en Dios, si creía que matar a un ser humano era pecado, dijo:

El único Dios en el que creo es una pistola cargada, con gatillo sensible. Tiene gracia: muchos tipos, antes de matarlos, me llamaban Dios. «¡Ay, Dios, no! ¡Ay, Dios, no!», dice, sonriente, divertido por sus recuerdos.

La esposa de Richard, Linda, dio a luz un niño al que llamaron Richard. Richard no sentía amor ni apego emocional hacia su hijo. El niño era la consecuencia natural de un acto sexual, nada más. Richard ni siquiera fue al hospital a ver a Linda cuando esta dio a luz, ni tampoco la ayudó a volver a casa. Se portaba como si fuera el hijo de otro, no el suyo; pero Linda no tardó mucho tiempo en volver a quedarse embarazada.

Linda veía todas las armas de Richard pero no le preguntaba nunca para qué las tenía. Sabía lo violento y psicótico que podía ser Richard, y se hacía la ciega. También sabía que si lo interrogaba, si le pedía información, si le preguntaba cosas, él bien podía estallar y pegarle. En este sentido, Richard era una fotocopia de su padre, del hombre al que el más odiaba en el mundo; pero no pegó nunca a su hijo, ni pegaría jamás a ninguno de los cinco hijos que acabó teniendo.

En general, Richard apreciaba a los niños, veía en ellos a seres inocentes maltratados, y se enfurecía cuando veía a un adulto que pegaba a un niño. En una ocasión dio una paliza a un hombre al que vio pegar a sus hijos en un aparcamiento. Años más tarde, mataría a un amigo suyo porque este le pidió que asesinara a su esposa y a su hijo de ocho años.

No mato a mujeres, y no mato a niños. Y el que haga tal cosa, no merece vivir, explicó Richard. Con todo lo frío y absolutamente indiferente que era Richard hacia el sufrimiento de los hombres, no soportaba ver que hacían daño a un niño. También odiaba a los violadores (a los que se tiran del árbol, como los llama él), y siempre estaba acechando la presencia de predadores sexuales. Los consideraba sabandijas que se debían eliminar inmediatamente.

Richard seguía haciendo excursiones al West Side de Manhattan, donde mataba a cualquiera que lo estorbara, que fuera grosero o desconsiderado con él. Le gustaba mucho matar a los mendigos agresivos, con tal rapidez que ni siquiera se daban cuenta de lo que les había pasado hasta que caían al suelo.

Una noche Richard encontró a dos hombres gruesos, vestidos con ropa de cuero, que estaban violando a un niño detrás de un tráiler que estaba estacionado cerca del río Hudson. Iba paseándose, admirando los reflejos de las luces sobre el río en el lado de Jersey, que formaban como teclas de piano gigantes, cuando oyó un lamento quejumbroso, unos suspiros, unos golpes carnosos. Pasó despacio tras el camión, y presenció allí la violación: un hombre obligaba al chico a hacerle una felación, mientras el otro lo sodomizaba. Se reían. Estaban borrachos. Y ahora se habían metido en un buen lío. Richard sacó una derringer del 38 y, sin decir palabra, mató a los dos violadores de sendos tiros.

– ¡Gracias, señor, gracias! -exclamó el chico, subiéndose los pantalones, limpiándose la sangre de la nariz.

– Lárgate de aquí echando leches -dijo Richard; y con su cuchillo abrió el vientre a los dos hombres de la ropa de cuero, maldicióndolos para sus adentros, y los arrojó al río. Richard sabía que con el vientre abierto no se les podrían acumular los gases, y así los cadáveres se hundirían y se quedarían en el fondo.

Le gustó matar a esos dos violadores.

Richard se había hecho adicto a matar gente. Después de haber cometido un asesinato se sentía relajado, íntegro y bien, en paz consigo mismo y con el mundo. Richard se parecía mucho a un drogadicto que necesita su dosis para aliviar las punzadas de la adicción. Para Richard Kuklinski, el asesinato pasó a ser como una inyección de heroína pura, el mejor colocón posible. Y el Departamento de Policía de Nueva York no sospechó nunca que un hombre enorme de origen polaco, procedente de Jersey City, fuera quien estaba matando a todos aquellos hombres que encontraban. No había testigos ni pistas; nadie sabía nada.

Ken Roe, capitán de detectives jubilado del Departamento de Policía de Nueva York, recordaba hace poco: «Por entonces no había registros centralizados de homicidios de toda la ciudad como los hay ahora. Cada comisaría tenía su fichero, pero nada más, y como casi todas esas muertes eran de vagabundos, de gente que en realidad no importaba a nadie, no había ningún incentivo para trabajar el caso como es debido. Verá, como mataba de muchas maneras diferentes, la Policía no creía que fuera todo obra de un solo tipo. En cierto sentido, en un sentido muy real, le estaban dando, sin saberlo, licencia para matar. Muy mal asunto».

El protector de Richard, Carmine Genovese, le encomendó otro trabajo especial. Un hombre de Chicago llamado Anthony de Peti debía a Carmine setenta mil dólares, no le pagaba según lo acordado, le venía con cuentos en vez de darle el dinero. Cuando Carmine le puso las cosas bien claritas, De Peti le prometió que le daría el dinero al cabo de dos días, «el miércoles».

– De acuerdo, enviaré a Richie para que vaya a recogerlo -le dijo Carmine; y llamó a Kuklinski.

– Vete a Chicago. Un tipo se va a reunir contigo en la sala de espera de la terminal de Pan Am, te va a dar el dinero que debe, setenta de los grandes, te vuelves directamente con el dinero, ¿vale?

– Vale.

Ten cuidado; es resbaladizo como una puta anguila mojada -le dijo Carmine.

A Richard le gustó ir al aeropuerto de Newark y tomar un vuelo a Chicago. Le hacía sentirse como un hombre de negocios de éxito. En aquella época, Richard lucía bigote de Fu Manchú y largas patillas que le terminaban en punta a la altura de la mandíbula. Ya era de por sí un hombre severo e imponente, y resultaba todavía más temible e intranquilizador con aquel bigote curvo y las largas patillas como dagas. Ya empezaba a perder el pelo, y la calvicie incipiente le recalcaba la frente, alta y ancha, y los planos severos de sus pómulos eslavos. Naturalmente, llevaba encima un cuchillo, además de una de sus queridas pistolas derringer. En aquellos tiempos uno podía tomar un avión sin problemas llevando armas encima.

Richard llegó al aeropuerto O'Haré de Chicago, inmenso y con mucho tráfico, fue directamente a la sala de espera, se sentó y esperó a que De Peti se diera a conocer, sin esperar ningún derramamiento de sangre. Pensaba que se trataba de una simple recogida. Desde su asiento miraba de un lado a otro, preguntándose dónde diablos se habría metido De Peti, sintiéndose un poco molesto ya. Por fin, se levantó y se paseó por toda la sala de espera, asegurándose de que lo veían bien todos los hombres presentes. Con su metro noventa y seis y sus ciento quince kilos de peso era difícil pasarlo por alto. Nada. Nadie daba señales de reconocerlo. Se disponía a llamar a Carmine cuando un hombre que había estado sentado todo el rato a menos de tres metros de él se levantó y dijo:

– ¿Rich?

– Sí.

– Soy Anthony De Peti.

– ¿Por qué coño no me dijo nada cuando me vio aquí sentado?

– Quería cerciorarme de que venía solo -dijo De Peti. A Richard no le gustó está respuesta. Despertó sus sospechas inmediatamente. Miró a De Peti con ojos torvos.

– ¿Tiene el dinero? -le preguntó.

– Sí; aquí mismo -dijo De Peti. Richard le sacaba la cabeza en altura, aunque De Peti también era ancho de hombros, con cara larga estrecha y aguileña y dientes salientes. De la estrecha nariz le asomaban pelos como las antenas de un insecto. Entregó a Richard un maletín negro.

– Pero no está todo -dijo.

– ¿Cuánto hay? -preguntó Richard.

– Treinta y cinco, la mitad.

– Esto no le va a gustar.

– Tendré el resto dentro de un día o dos.

– Escucha, amiguito, ahora estoy aquí yo y se suponía que debías tenerlo todo aquí, ahora. Tengo que volverme a Jersey en avión dentro de poco. Esto no le va a gustar.

– Le juro que lo tendré todo dentro de un día o dos.

– Sí, bueno; tengo que llamarlo. Vamos -dijo Richard, y condujo a De Peti a una fila de cabinas de teléfonos. Richard se puso al habla con Genovese.

– ¿Lo has encontrado? -le preguntó este.

– Sí; está aquí conmigo, pero no lo tiene todo.

– Qué hijo de puta, ¿cuánto tiene?

– La mitad… treinta y cinco, dice. Dice que tendrá el resto de aquí a un día o dos. ¿Qué quieres que haga.

– ¡Que se ponga!

Richard pasó el teléfono a De Peti. Este, sonriente, explicó que tendría el dinero pronto, «de aquí a un día, como mucho, lo juro», proclamó, procurando que Richard viera su cara sonriente, como dando a entender que todo estaba en orden, que no había ningún problema; que Carmine era amigo suyo, qué diablos. Devolvió el teléfono a Richard mientras en un altavoz próximo sonaba el anuncio de un vuelo.

– Sí -dijo Richard, al que no le gustaba De Peti. Richard tenía el don especial de conocer a la gente, como si fuera una especie de animal de la selva, y aquel tipo no le gustaba, no se fiaba de él.

– Rich, no te apartes de él, no lo pierdas de vista. Dice que hay gente que le debe dinero, que tendrá el dinero sin falta muy pronto.

– Está bien. ¿Qué quieres que haga con lo que me ha dado?

– ¡No lo sueltes! No lo pierdas de vista, ¿entendido?

– Sí -dijo Richard, y colgó.

– ¿Lo ves? Ya te lo había dicho -dijo De Peti-. Todo está arreglado.

– Estará arreglado cuando me des el resto del dinero -dijo Richard.

Dejaron el aeropuerto, y De Peti llevó a Richard de bar en bar, buscando a diversas personas, pero al parecer no encontraba a nadie. Al cabo de diez horas de aquello, de recorrer bares, Richard ya pensaba que aquel tipo intentaba darle esquinazo, ganar un tiempo al que no tenía derecho. Acabaron en un local abarrotado del South Side que se llamaba Say Hi Inn. La clientela era ruda. Pidieron unas copas. De Peti quiso llamar por teléfono; Richard lo vigilaba con ojos de águila, y vio que hablaba con un tipo grande y corpulento que tenía la cara tan picada de viruelas que parecía de gravilla. Richard vio con claridad en los ojos del grandullón algo que no le gustaba. Empuñaba en la mano derecha, dentro del bolsillo, su pistola derringer cromada, de cachas blancas, del calibre 38. La pistola iba cargada con dos proyectiles de los llamados dumdum que se expanden al contacto, produciendo heridas terribles. De Peti volvió a la barra, tomó un trago de su copa.

– Vendrá enseguida -dijo a Richard.

– ¿El tipo que tiene el dinero? -preguntó Richard.

– Sí; garantizado.

Pero al poco rato Cara de Gravilla se dirigió a la barra. Dio a propósito a Richard un empujón con el hombro, y este comprendió instintivamente que pretendía enzarzarlo en una pelea a puñetazos para que De Peti pudiera darle esquinazo. Richard se volvió hacia él despacio.

– ¿Aprecias tus cojones? -le preguntó.

– ¿Qué? ¿Qué coño…? -dijo el tipo.

– Si quieres conservar los huevos, lárgate de aquí echando leches -dijo Richard, enseñándole la pequeña y maligna derringer que le apuntaba directamente a la ingle-. O los mando a la mierda ahora mismo.

Cara de Gravilla se volvió y se marchó. Richard se dirigió a De Peti:

– ¿Así que te gustan los jueguecitos?

– Nada de jueguecitos… ¿de qué me hablas?

– Si empiezo yo con mis jueguecitos, te vas a hacer mucho daño. Estoy perdiendo la paciencia. ¿Me tomas por tonto? -le preguntó Richard.

– Va a venir con la pasta -dijo De Peti.

Pero no apareció nadie. El bar iba a cerrar. Por fin, De Peti dijo que debían tomar una habitación en un hotel cercano, que tendría el dinero sin falta «mañana por la mañana».

1 Dum-dum: proyectiles de plomo sin revestimiento. Su nombre procede del de un depósito de municiones británico en la India, en el siglo XIX. Las pistolas llamadas derringer, de solo uno o dos disparos, son armas de muy pequeño tamaño pero de calibre grande, y solo son efectivas a distancias muy cortas. Su inventor se llamaba Deringer (sic). (N. delT.)

– ¿Mañana por la mañana?

– Lo juro.

Richard llamó a disgusto a Genovese, y este le dijo que podía esperar. Tomaron una habitación en un hotel cercano. Richard se lavó y, cansado, se echó en una de las dos camas, y De Peti hizo otro tanto. Pero Richard desconfiaba, y no se durmió con facilidad. No sabía cuánto tiempo llevaba acostado, pero en su estado de duermevela notó un movimiento próximo. Abrió los ojos. Cuando se le acostumbraron a la oscuridad, atisbo apenas a De Peti, que se movía sigilosamente por la habitación, hacia él, le pasaba por delante y llegaba a la ventana. De Peti abrió la ventana y empezó a salir por ella, deslizándose como una serpiente, con intención de llegar a la escalera de incendios. Con dos movimientos rápidos, Richard se levantó, lo sujetó y lo volvió a meter en la habitación, donde le dio de puñetazos. Su rapidez de movimientos era impresionante para lo grande que era, y a muchos los pillaba desprevenidos. Richard encendió la luz.

– Baboso, hijo de perra, me has estado tomando el pelo todo el rato -le dijo, dándole una patada tan fuerte que lo hizo deslizarse por el suelo. Se moría de ganas de matarlo, de pegarle un tiro en la cabeza, de tirarlo por la ventana; pero sabía que no podía permitirse ese lujo. Aquel tipo debía mucho dinero a Carmine, y Richard no podía matarlo así sin más. En lugar de ello, llamó por teléfono a Carmine, en Hoboken.

– El puto gilipollas ha intentado escaparse -le dijo-. Lo he atrapado cuando salía por la escalera de incendios.

– ¡Hijo de puta! ¡Que se ponga!

De Peti, sangrando por la boca, dijo a Carmine que solo había querido tomar un poco el aire, no escaparse… desde luego que no había intentado huir.

– Lo juro, lo juro por mi madre -exclamó, llevándose dramáticamente las manos al corazón para dar más efecto.

– ¿Dónde está el dinero? -le preguntó Carmine.

– ¡Mañana, mañana, lo juro! -suplicó De Peti.

Richard volvió a tomar el teléfono.

– Dale hasta mañana -le dijo Carmine-. Si no suelta el dinero, lo tiras por una ventana que no tenga una puta escalera de incendios, ¿de acuerdo?

– De acuerdo -dijo Richard-. Será un placer.

Al día siguiente se repitió la misma historia de recorrer diversos bares y salones en busca de las personas que tenían el dinero. Richard pensaba que era como si De Peti quisiera jugar a trile con él. De Peti lúe a llamar por teléfono otra vez. Cerca del teléfono había una puerta, y Richard advirtió que De Peti la miraba. Colgó, volvió, dijo que tenían que ir a una pizzería. Pasaron allí esperando una hora, y después fueron a otros dos bares.

Richard estaba harto de los cuentos de De Peti.

– Vendrá, vendrá -repetía este; pero no aparecía nadie.

Richard, hastiado, volvió a llevar a De Peti al hotel y, sin decirle una palabra más, lo sacó por la ventana. De Peti, suplicante, le dijo entonces que le daría «todo el dinero», que lo tenía en un local suyo en el South Side.

– ¡Si me estás mintiendo, te mato allí mismo! -le prometió Richard.

– ¡No miento! ¡No miento! -insistía él, mientras los coches, los camiones y los autobuses circulaban por la ancha avenida, diez pisos más abajo.

Richard volvió a meterlo.

– Vamos.

Era una especie de bar con espectáculo erótico. Chicas semidesnudas que habían conocido tiempos mejores bailaban sacudiendo las tetas y moviendo los grandes culos, iluminadas por luces rojas fosforescentes. De Peti llevó directamente a Richard a un despacho, al fondo, abrió una caja fuerte que estaba oculta en una pared de un armario empotrado, sacó un fajo de billetes y le dio los treinta y cinco mil dólares.

– Dios, si tenías el dinero desde el principio, ¿por qué no me lo diste sin más? -le preguntó Richard, ya verdaderamente molesto, llenándose de ira.

– Porque no quería pagar -reconoció De Peti tímidamente.

Richard, al oír esto, empezó a verlo todo rojo. Ya tenía las pelotas retorcidas, como dice él, y aquello fue la gota que colmó el vaso.

– No me digas -dijo con una leve sonrisa, emitiendo aquel suave chasquido suyo por un lado de la boca.

– Voy llamar a una de las chicas para que te arregle los bajos -le ofreció De Peti.

– No, no hace falta -dijo Richard.

Después de contar el dinero, Richard apoyó bruscamente y con fuerza la pequeña derringer del 38 en el pecho de De Peti y apretó el gatillo. Pum. La detonación del arma quedó ahogada por el pecho de De Peti y por el ruido de la música del club.

De Peti, con un orificio terrible en el pecho, cayó al suelo de golpe, y al poco tiempo estaba muerto como una piedra.

Richard salió tranquilamente del club, paró un taxi a una manzana de allí, fue al aeropuerto y tomó un vuelo de vuelta a Newark. En cuanto aterrizó, fue a ver a Carmine Genovese.

– Y ¿qué ha pasado? -le preguntó Carmine en cuanto le abrió la puerta.

– Tengo que contarte dos cosas.

– ¿Qué cosas?

– En primer lugar, tengo el dinero. Todo. En segundo lugar, lo he matado. No había hecho más que tomarme el pelo -dijo Richard, sin saber si Carmine se iba a enfadar. Al fin y al cabo, había matado a un cliente suyo después de que este le pagara todo lo que le debía.

– Bien, bravo -dijo Carmine-. No podemos consentir que estos putos gilipollas nos tomen por tontos. Si corre la voz por la calle, adiós negocio. Has hecho lo que debías -añadió, dando unas palmaditas en la espalda enorme de Richard-. Eres un buen tipo, Richie. Mamma mia, ojalá fueras italiano. Te apadrinaría al momento, joder, al momento, joder -dijo, y pagó bien a Richard.

Carmine, que era un hombre muy rico, tendía a ser avaro y codicioso, como la mayoría de los mafiosos. Eran hombres que nunca tenían bastante.

Richard, satisfecho, se marchó al poco rato.

En Chicago una de las bailarinas de De Peti descubrió su cadáver. Llamaron a la Policía. Interrogaron a todos los presentes en el club, consiguieron una descripción imprecisa de un hombre grande al que habían visto salir del despacho.

Otro homicidio sin resolver.

12

Tipos de la Mafia y polis corruptos

SE llamaba Jim O'Brian. Era un irlandés grande, corpulento, de cara roja; había sido capitán de Policía y procedía de Hoboken. Era más corrupto que un cadáver; trabajaba en relación estrecha con la familia De Cavalcante del crimen organizado. Hacía cualquier cosa por ganarse un dólar: traficar con mujeres, con drogas, vender artículos robados. Como casi todo el mundo de los círculos delictivos de Nueva Jersey, había oído hablar de Richard Kuklinski, sabía lo fiable que era, que era el mejor cobrador de Jersey; sabía lo despiadado que podía ser cuando el trabajo exigía recurrir a la violencia. O'Brian abordó a Richard en un bar de Hoboken y le preguntó si estaría dispuesto a recogerle un maletín en Los Ángeles.

– ¿Te interesa? -le preguntó O'Brian.

– Claro, si la paga lo merece -dijo Richard. En general no le gustaban los polis, corruptos o por corromper. Tenía la impresión de que no se podía fiar uno de ellos, de que eran unos matones provistos de insignias y de pistolas; pero sabía que O'Brian trabajaba con la misma familia con la que trataba él.

– Solo te llevará un día, y te pagaré cinco de los grandes y todos los gastos.

– Claro; lo haré -dijo Richard; y a la mañana siguiente estaba en un asiento de primera clase de un vuelo de American Airlines a I os Angeles. A Richard le gustaba mucho viajar en primera clase. Eso le hacía sentirse una persona de éxito, que había subido mucho en el mundo.

Conlempló, divertido, a los demás viajeros que iban en el departamento. Sabía que todos eran gente honrada; se figuraba como se sorprenderían de enterarse a qué se dedicaba él en realidad; de que solía matar a gente y le gustaba hacerlo. Las azafatas sonrientes le sirvieron un buen almuerzo y unas copas, y no tardó en quedarse dormido.

Richard tomó un taxi que lo llevó directamente del aeropuerto de Los Angeles a un hotel de lujo en el célebre Sunset Boulevard. Se registró con nombre falso, subió a su habitación y, cuando estaba admirando la gran vista de Los Angeles que se dominaba desde la ventana, llamaron suavemente a la puerta. Abrió. Eran dos hombres, de lo más poco de fiar por su aspecto que había visto en su vida; uno parecía una rata, el otro una comadreja.

– ¿Eres Rich? -le preguntó Cara de Rata.

– Soy yo. Pasen.

Entraron a la habitación. Cara de Comadreja llevaba una maleta.

– ¿Eso es para mí? -preguntó Richard, con bastante amabilidad, aunque sin fiarse para nada de ninguno de los dos.

– Sí, es para ti -dijo Cara de Comadreja-. ¿Tienes algún documento de identificación?

– ¿Y tú? ¿Tienes algún documento de identificación? -repuso Richard.

– No.

– Entonces, ¿por qué he de tenerlo yo? -preguntó Richard.

Se quedaron mirándose mutuamente. Transcurrieron unos momentos incómodos. Richard metió la mano en la chaqueta y sacó una pistola de cañón corto.

– Este es mi documento de identificación -dijo-. Se llama 357. Y en este bolsillo tengo otro documento de identificación. Se llama 38 -añadió, enseñándoles las dos pistolas con toda seriedad, mirándolos fijamente.

– Vale -dijo Cara de Rata; tomó la maleta negra de manos de Cara de Comadreja y se la entregó a Richard, y los dos se marcharon enseguida. Richard se alegró de perderlos de vista, y ni siquiera intentó ver lo que había en la maleta. No era asunto suyo. Su trabajo consistía en llevárselo a O'Brian, en Hoboken, sin problemas. Comió bien en el restaurante del hotel, le pareció ver a John Wayne acompañado de unas mujeres hermosas que llevaban vestidos muy cortos, y no tardó en volverse al aeropuerto de Los Angeles.

En aquellos tiempos no se controlaba el acceso de drogas ni de armas a los aviones, y Richard pudo embarcar sin que nadie le dijera nada ni le hiciera ninguna pregunta. Llegó a Hoboken sin ningún incidente, entregó la maleta, le pagaron y, por lo que a Richard respectaba, el trato quedó cerrado.

Pero algunas semanas más tarde se enteró de que en aquella maleta había un kilo de heroína. Se puso furioso. Si lo hubieran detenido con la maleta, habría ido a parar a la cárcel, por mucho tiempo, sin duda. Se guardó su ira, pero cuando llegó el momento adecuado se desquitó de O'Brian: lo mató de un tiro en la cabeza y se libró del cadáver en South Jersey, no lejos del lugar donde había enterrado el del vendedor de coches cuya cabeza había llevado a Genovese; y nadie tuvo la menor idea de que O'Brian había acabado mal por haber manipulado a Richard Kuklinski, por haber puesto a este en peligro sin haber tenido la cortesía de decírselo siquiera. Naturalmente, Richard no dijo una palabra de lo que había hecho… ni siquiera a su protector y tutor, Carmine Genovese. Según lo veía Richard, un poli corrupto se había llevado su merecido, y él se alegraba de haberse encargado de ello.

A Richard le encargaron por entonces un trabajo poco corriente. Un jefe mafioso llamado Arthur De Gillio tenía que desaparecer. Estaba robando a su jefe, al jefe de la familia, y se emitió una condena de muerte. Carmine eligió a Richard para que hiciera el trabajo, lo hizo venir a su casa, lo invitó a sentarse con solemnidad y le dijo:

– Este va a ser el encargo más importante que te he dado en mi vida. Este tipo es un jefe. Tiene que morir. Te vas a encargar tú del trabajo. Este trabajo tiene un requisito especial. Debes quitarle las tapetas de crédito, me entiendes, y cuando lo hayas matado, le metes las tarjetas de crédito por el culo.

– Estás de broma -dijo Richard.

– No. Tiene que hacerse así. Así lo quiere el patrón. Y antes de matarlo, haz que sufra y que se entere de por qué muere y de lo que vas a hacerle -dijo Carmine, con la cara de albóndiga muy seria.

– Estás de broma -repitió Richard.

– ¿Tengo cara de estar de broma?

– No.

– ¿Y bien?

– Vale, sin problemas -dijo Richard, pensando que esos italianos estaban todos locos, llenos de reglas y reglamentos extraños; pero no era tarea suya poner en tela de juicio las costumbres de la Mafia; su tarea era llevar a cabo las órdenes, y se acabó.

– Será complicado… y peligroso. Siempre está rodeado de guardaespaldas -dijo Genovese, y dio a Richard la dirección de la casa de la víctima y de su oficina-. Si lo haces bien, ganarás muchos puntos, ¿entendido?

– Entendido.

– No te precipites. Hazlo bien. Tómate el tiempo necesario. Asegúrate de que no te reconoce nadie. Si te reconocieran, lo relacionarían conmigo, ¿entiendes?

– Entiendo.

– Cárgate a cualquiera que se te ponga por delante… sea quien sea.

– Vale -dijo Richard; y se marchó poco después.

Sabía que aquel era un encargo muy importante, y se sentía muy honrado por haberlo recibido: iba subiendo en la vida. Aquello lo llevaría hasta la primera fila. Era como un actor al que hubieran ofrecido el papel de su vida, un papel que lo convertiría sin duda en estrella, en luminaria dentro de la galaxia del crimen organizado.

Richard pasó diez días planificando meticulosamente este asesinato. Tal como había dicho Carmine, De Gillio siempre estaba rodeado de guardaespaldas, pero tenía una novia en un barrio residencial de Nutley y, cuando iba allí, cada pocos días, solo lo acompañaba un chófer-ordenanza, un chico delgaducho que era sobrino suyo. La novia vivía en un edificio amarillo de dos pisos, tranquilo y apartado, con un aparcamiento a la izquierda. El sobrino esperaba fuera, en un rincón discreto del aparcamiento, cerca de una valla de madera, mientras De Gillio, un hombre corpulento de grueso vientre y piernas cortas y arqueadas, entraba, hacía con su novia lo que tenía que hacer y volvía a salir. No tardaba más de una hora en salir: un polvete rápido a la hora de la siesta. El día que Richard pensaba actuar siguió a De Gillio hasta el apartamento de Nutley. De Gillio se bajó del coche y subió al apartamento con su andar contoneante. Richard esperó un cuarto de hora, se acercó al sobrino y, sin mediar palabra, le pegó un tiro en la sien con una pistola del 22 que llevaba acoplado un silenciador. La bala de pequeño calibre hizo papilla al instante el cerebro del chófer, que murió sin haberse enterado siquiera de que le habían pegado un tiro.

Despacio, tranquilamente, Richard se volvió a su coche, se subió, lo dejó cerca del de De Gillio, abrió el maletero y se puso a cambiar una rueda, con movimientos lentos, sin prisas, sin llamar la atención. Era un tipo cualquiera con un pinchazo, en un aparcamiento casi vacío. De Gillio salió de la casa casi con la puntualidad de un reloj suizo, contoneándose como un simio, sin prestar atención especial al tipo del pinchazo. Pero cuando llegó a su coche hizo una mueca de ira, creyendo que su sobrino se había quedado dormido. Richard empezó a andar entonces hacia De Gillio, sacando a la vez la pistola del 22 con el silenciador, un arma de ejecutor que hizo que De Gillio se detuviera al momento.

– ¡¿Es que me estás tomando el pelo, joder?! -exclamó De Gillio-. ¿Es que no sabes quién coño soy yo?

– Sí, sé quién eres. Eres un tipo que se va a venir conmigo -dijo Richard, mientras presionaba discretamente, aunque con firmeza, con la pistola del 22 en el vientre de De Gillio, lo asía del brazo y lo conducía hacia su coche-. Una persona quiere hablar contigo -le dijo.

– ¿Ah, sí? ¿Quién?

– Un amigo.

– Un amigo… ¡estáis muertos, joder! ¡Tu amigo y tú estáis muertos!

La respuesta de Richard fue apretar con fuerza el 22 contra el pecho de De Gillio. Levantó el percutor. De Gillio palideció. Richard lo llevo hasta detrás de su coche. El maletero ya estaba abierto. Antes de que De Gillio quisiera darse cuenta, Richard lo metió en el maletero de un empujón. Allí, De Gillio intentó resistirse. Richard le dio un golpe en la cabeza con su rompecabezas y lo dejó sin sentido. Le esposó las manos a la espalda, lo amordazó con cinta adhesiva, cerró el maletero y se dirigió a una zona desierta de Jersey City, junto a la orilla.

Una vez allí, Richard se bajó tranquilamente del coche, sacó a De Gillio del maletero y lo tendió en el suelo. Extrajo del maletero un bate de béisbol y, sin más preámbulo, empezó a golpear a De Gil Lio en las piernas, rompiéndole huesos a cada golpe, diciéndole:

– Esto te pasa por haber robado a tu jefe. Esto te pasa por ser un puto cerdo avaricioso -y seguía golpeando a De Gillio con fuerza terrible, en los brazos, en los codos, en los hombros, en las clavículas. Después, Richard se puso a trabajarle el pecho y le rompió todas las costillas.

Acto seguido, Richard se puso un par de guantes de goma azules, quitó a De Gillio su cartera, se guardó el dinero que llevaba, sacó las taijetas de crédito, le dijo:

– Me han encargado que te meta estas por el culo. ¿Te lo crees? Yo mismo no me lo creo todavía. Los jodidos italianos estáis locos.

A De Gillio se le salían los ojos de las órbitas de miedo y de dolor; intentó suplicar a Richard, ofrecerle dinero, todo el dinero que tenía; pero la cinta adhesiva aguantaba. Richard hizo oídos sordos a sus súplicas ahogadas.

– Despídete del mundo -dijo Richard, y golpeó a De Gillio en plena cabeza, aplastándole el cráneo, destrozándole el cerebro… matándolo.

Le bajó violentamente los pantalones y los calzoncillos, y le metió las tarjetas de crédito por el trasero. Envolvió a De Gillio en una lona de plástico, se lo llevó a Bayonne y lo dejó en un solar junto al agua, donde lo pudiera ver todo el mundo.

Cuando hubo terminado, Richard fue a ver a Carmine y le contó con detalle todo lo que había hecho.

– ¡Eres un buen hombre, el mejor! -exclamó Genovese, dando palmaditas efusivas a Richard, y le pagó con generosidad el trabajo bien hecho. Cuando encontraron a De Gillio, se llamó a la Policía, pero no había testigos ni pistas que apuntaran a Richard. Otro ajuste de cuentas entre mafiosos; nada nuevo en Jersey City, Hoboken o Bayonne.

La reputación de Richard como asesino eficaz y de sangre fría se extendió. Empezó a aceptar encargos de hombres de diversas familias de la Mafia, no solo de las familias Ponti y De Cavalcante de Nueva Jersey, sino también de las familias de Nueva York. Como no era «hombre hecho», podía trabajar sin problemas en calidad de giovane d'honore, contratista independiente. Planificaba con cuidado cada golpe y se ceñía escrupulosamente a las instrucciones.

Si querían que torturara a un tipo, yo lo hacía, explicó recientemente. Si querían que la víctima desapareciera, lo hacía. Llegué a disfrutar de verdad con la planificación y con la caza. Era algo así como… una ciencia.

Con todo, Richard perdía en el juego casi todo el dinero que ganaba. Se encontraba con los bolsillos llenos de billetes de cien dólares; se metía en unas cuantas partidas de cartas en las que se jugaba fuerte, y lo perdía todo. Fácil de ganar, fácil de gastar. Esta era su actitud. Una vez, en una partida de cartas en Hoboken, no solo perdió todo el dinero que llevaba sino que perdió también su coche y tuvo que volverse a su casa en autobús.

13

Contratista independiente

Linda dio a luz un segundo hijo varón al que llamaron David. Richard trataba a sus hijos con una indiferencia absoluta. Los veía como si fueran hijos de otro. La relación con Linda se había vuelto cada vez más tirante, y ya ni siquiera mantenían relaciones íntimas. Richard le daba algo de dinero de vez en cuando, pero nada más.

Sin embargo, mantenía una actitud extremadamente protectora hacia Linda y los chicos. Los consideraba como bienes de su propiedad, sobre todo a ella, y se enfurecía si alguien abusaba de Linda o de sus hijos o se aprovechaba de ellos.

En los bloques de apartamentos modestos donde vivían Linda y los chicos había un administrador que trataba a Linda con lisonjas y le hacía proposiciones cada vez más atrevidas. Ella no le hacía caso. Al cabo de cierto tiempo se volvió insultante, descarado, grosero. Linda quería decírselo a Richard, pero no quería problemas. Sabía que Richard tenía un mal genio explosivo y que saltaba a la mínima, que podía ser violentísimo, que tenía armas de fuego, cuchillos y armas terribles de todas clases, por lo que no le dijo nada del administrador insultante.

Pero un día el administrador dio unas bofetadas a los dos hijos de Linda, diciendo que hacían demasiado ruido. Aquello fue demasiado para Linda, que llamó a Richard a un bar que solía frecuentar, La Última Ronda, en una localidad próxima de Hoboken. Cuando Richard se enteró de que el administrador había abofeteado a sus hijos, colgó el teléfono con violencia, saltó a su coche y se dirigió a la casa a toda velocidad. Sus hijos le confirmaron que el administrador les había pegado por jugar en el pasillo. Richard salió a buscarlo, lleno de ideas violentas, con intención de matarlo y de tirar su cadáver donde nadie lo encontrara. Esto, deshacerse de los cadáveres, sería una de las especialidades más notables de Richard.

No tardó en enterarse de que el administrador estaba en un bar de enfrente donde también iba a veces Richard. Eran casi las cuatro y media de la tarde, y el bar estaba abarrotado de hombres que se tomaban una copa a la salida del trabajo antes de volver a casa con sus familias o a la soledad de sus apartamentos vacíos. Richard torció los labios hacia la izquierda y profirió ese suave chasquido suyo entre los dientes apretados. Abrió la puerta y entró. Lo recibió el olor del güisqui, del tabaco y de los trabajadores que bebían licores. Localizó al administrador, que estaba de pie ante la barra. Era un hombre grande y pendenciero, un matón, el tipo de hombre que más odiaba Richard.

Richard se acercó a él caminando con calma.

– ¿Con qué derecho ha pegado a mis hijos?

– No querían callarse… -dijo el administrador; pero antes de que hubiera tenido tiempo de terminar de hablar, Richard le golpeó con tal fuerza que pareció como si atravesara la sala volando, como en los dibujos animados. Richard lo siguió y le siguió pegando hasta dejarlo hecho un amasijo sanguinolento. Sabía que el barman era un policía pluriempleado, pero no le importaba. Cuando Richard se dirigía a la puerta, el barman le enseñó la placa y le pidió la documentación. La respuesta de Richard fue un gancho de derecha salvaje que lo dejó sin sentido. Richard habría matado al administrador allí mismo sin dudarlo si no hubiera habido tantos testigos.

No tardaron en aparecer unos detectives con cara de enfado, buscando a Richard por haber pegado al barman-poli. Richard fue a hablar con Carmine Genovese y le contó lo sucedido. Genovese se puso en contacto con algunos amigos suyos del Departamento de Policía, y Richard tuvo que pagar tres mil dólares para que se echara tierra al asunto. El administrador pasó tres semanas en el hospital; tenía roto un pómulo y la mandíbula. Cuando le dieron de alta, dejó el empleo y se largó de Jersey City con viento fresco. Hizo bien. Richard tenía pensado matarlo.

Algunos meses más tarde, Richard salía del bar La Última Ronda y su hermano Joe le llamó desde la acera de enfrente.

Joe, como Richard, medía ya casi un metro noventa y cinco y era rubio y apuesto.

– ¡Eh, Rich!

– ¿Cómo te va, Joe?

– Tirando, como siempre.

– ¿Qué hay?

– Rich… tengo… tengo que contarte una cosa.

– ¿De mamá?

– No… de Linda.

– ¿De Linda? ¿Qué pasa?

Joe miró fijamente a su hermano. Como todo el mundo en Jersey, sabía que Richard iba siempre armado, que era siempre peligroso.

– No sé cómo decírtelo… -empezó a decir Joe.

– ¿Decirme qué?

– Richard… he visto a Linda y a Sammy James meterse en una habitación en el Hotel Hudson.

– ¿Qué? -exclamó Richard alzando la voz, con el rostro de color rojo vivo.

– No te vayas a enfadar conmigo, Rich… pensé que debías enterarte, nada más.

– ¿Sabes en qué habitación?

– Sí; en la número 16, en la planta baja, junto a la máquina de coca-cola.

– Gracias, Joe -dijo Richard; y saltó a su coche y se dirigió al Hotel Hudson a toda velocidad.

Es cierto que Richard y Linda estaban prácticamente separados por entonces, pero Richard seguía considerándola su mujer, de su propiedad. Dejó el coche en el aparcamiento del hotel, que estaba en una zona discreta, cerca del río. Era un hotel donde se iba sobre todo a tener citas amorosas. Richard conocía a Sammy James. Habían jugado al billar formando pareja. Richard llegó hecho una furia a la habitación 16 y abrió la puerta de una patada de su enorme pie derecho.

Estaban los dos en la cama desnudos; de hecho, en ese momento estaban haciendo el amor. A Linda casi le saltaron los ojos de las órbitas con el susto. Richard asió a James, un tipo alto y musculoso de pelo negro ensortijado, y le dio de puñetazos. Linda contemplaba la escena, aterrada.

– ¡Desgraciado, traidor! -dijo Richard a James-. Te voy a romper todos los huesos del cuerpo menos uno: y si te vuelves a acercar a ella, te buscaré y te romperé el que falta.

Y Richard se puso a romper a golpes metódicamente casi todos los huesos del cuerpo de James, salvo el fémur de su pierna izquierda, subiendo repetidamente a la cama, saltándole encima, dándole patadas, pisotones, puñetazos.

Cuando hubo terminado con James, Richard dirigió su ira contra Linda. Sacó un cuchillo.

– Si no fueras la madre de mis hijos, te mataría -dijo-. Pero me limitaré a darte una lección que no olvidarás nunca.

Le asió el pecho izquierdo. Ella intentó resistirse. La dejó inconsciente de una bofetada, volvió a asirle el pecho izquierdo y le arrancó el pezón con el cuchillo. Hizo después lo mismo con el otro pecho y salió de la habitación como un huracán, dejándola así.

A partir de aquel día, Richard tuvo poco trato con Linda. Veía a sus hijos de vez en cuando; nada más. James se marchó de la ciudad y no volvió nunca a Jersey City.

Philip Marable era capitán en la familia Genovese del crimen organizado. Tenía un restaurante italiano popular en Hoboken y vivía en Bloomfield, allí cerca. El restaurante se llamaba Bella Luna. Servían buena comida del sur de Italia a precios razonables. En las mesas había manteles de hule amarillos y velas en botellas vacías de vino cubiertas de goterones de cera de varios colores.

Marable era un hombre que sabía vestir, siempre iba muy bien peinado, con pelo negro y espeso y ojos oscuros y amenazadores… todo un dandi. Hizo llamar a Richard y lo citó en el restaurante. Lo recibió calurosamente, lo invitó a sentarse, se empeñó en invitarlo a una buena comida. Richard se preguntaba qué querría de él. Cuando hubieron comido y se hubieron tomado un café exprés con anís, Marable dijo:

– Conoces a George West, ¿verdad?

– Claro -dijo Richard.

– Ese tipo nos está dando problemas. Ha estado atracando a mis corredores [los encargados de recoger las apuestas de la lotería clandestina], y quiero que desaparezca de la circulación -le explicó Marable.

– Se puede arreglar -dijo Richard.

– Asegúrate de que queda bien claro, ¿me entiendes?, que no se pueden consentir esas porquerías, ¿de acuerdo?

– Entendido -dijo Richard, satisfecho, viendo que se le abrían nuevos horizontes profesionales.

Dicho esto, Marable hizo deslizarse sobre la mesa un sobre blanco, con gran habilidad, como si fuera un truco que tuviera practicado. El sobre estaba lleno de dinero. Richard se lo guardó. La cena había terminado. Richard sabía que aquel encargo por parte de Marable era una gran oportunidad, y se puso a buscarlo inmediatamente. Buscó a West por todas partes, pero no lo encontraba. Vigiló su casa, los bares que frecuentaba, pero sin dar con él. Pero Richard estaba empeñado en cumplir el contrato pronto y bien, y siguió buscando a West como un tiburón que sigue el rastro de la sangre. Llevaba bajo el asiento delantero de su coche un rifle Magnum recortado del 22 con silenciador y cargador de treinta disparos. Era un arma pequeña y temible, una herramienta de asesino a sueldo, fácil de llevar, fácil de ocultar. Richard tenía una fuente cómoda e inagotable de armas. Conocía a un tipo llamado Robert, al que llamaban La Motora porque las orejas le asomaban demasiado, que vendía todo tipo de armas desde el maletero de su coche, armas de fuego nuevas, todavía en sus cajas de origen. Richard no mataba nunca a dos personas con una misma arma. En cuanto utilizaba una para un asesinato, se libraba de ella. Esta costumbre le daría muy buen resultado en los años venideros, pues así la Policía no llegó a detectar nunca sus actividades. También solía matar a la gente a tiros con dos armas de distinto calibre, a propósito, para que pareciera que los asesinos eran dos. La Motora, el vendedor de armas de fuego, tenía un Lincoln Continental grande y viejo lleno de pistolas, revólveres, rifles y silenciadores. Era un tipo alto y delgado con gafas gruesas de color rosado. También era mecánico y fabricaba silenciadores para casi todas las armas de fuego que vendía. Cuando a Richard le hacía falta algo, le bastaba con llamar a La Motora, y este aparecía con su amplio Lincoln. Richard compró hasta granadas de mano a este vendedor. El rifle recortado del 22 que iba usar con George West se lo había comprado a La Motora.

Richard pasó nueve días sin encontrar a West por mucho que lo buscaba; pero sabía que West estaba en la ciudad porque la gente lo veía. Era a finales de abril de 1958 y llovía casi todos los días.

Una vez que Richard volvía en coche de un bar de Bayonne donde había cobrado un dinero de Carmine Genovese, pasó por delante de una casa de comidas de estilo antiguo, de las de color plateado y distribuídas como un vagón de ferrocarril, y allí estaba bien visible George West, comiéndose un emparedado. Richard, sin creer en su buena suerte, se quedó mirando a West con tal intensidad que estuvo a punto de chocar con el coche que tenía delante. Volvió atrás y entró en un aparcamiento junto a la casa de comidas, localizó el coche de West y aparcó el suyo de manera que lo tuviera bien a tiro. A Richard le gustaba matar con lluvia. Había menos gente. Todo el mundo iba con prisas y no atendía más que a su camino.

West salió de la casa de comidas al poco rato y se dirigió a su coche mientras se limpiaba los dientes con un mondadientes. Richard lo puso tranquilamente en el punto de mira, apretó el gatillo del rifle semiautomático del 22 y disparó varios tiros a West en un par de segundos. Gracias al silenciador, el arma producía solo una leve detonación, como la de un petardo de los pequeños, según explicó Richard. Para asegurarse de que West había muerto, Richard se bajó tranquilamente del coche y se acercó a él. Nadie se fijó en Richard. A nadie le importaba. West seguía vivo. Le manaba la sangre de un orificio de bala que tenía en el cuello. Richard se cercioró de que no lo miraba nadie y metió dos balas de revólver en la cabeza de West, se volvió a su coche y regresó a Jersey City. Le habría gustado torturar un poco a West, era lo que le habían encargado, pero las circunstancias no habían permitido esos lujos. Había tardado nueve días en encontrar a West, y no había querido darle ocasión de escapar. Richard no contó a Marable el golpe ni cómo había sido; sabía que ya se enteraría él bien pronto; de hecho, estaba mal visto hablar de un asesinato después de que se encargara y se cumpüera.

A Marable le gustó el trabajo de Richard y le dio varios contratos más a lo largo del año siguiente. Uno fue el de un hombre que debía a Marable más de cincuenta mil dólares por deudas de juego pero se negaba a pagarle y se jactaba por toda Jersey, que no pensaba pagar, que no le daba miedo Marable: «¡Que lo jodan!». Richard pinchó un neumático del coche del tipo y, cuando estaba cambiando la rueda, se acercó sigilosamente y le dio en la cabeza con un desmontable de neumático en forma de L, con tal fuerza que le abrió el cráneo y el cerebro de la víctima se esparció sobre el coche y en los pantalones de Richard. Vaya lata.

Richard empezó a llevar siempre ropa de repuesto, pues había llegado a descubrir que asesinar a gente podía ser un asunto sucio. El encargo siguiente para Philip Marable fue el de un hombre que tenía un yate en Edgewater. Richard no sabía por qué tenía que morir aquel tipo; no le importaba; no era asunto suyo. Pero ya conocía a la víctima desde hacía años y no le caía nada bien, le parecía un fanfarrón bocazas. Richard fue a verlo a mediados de julio, una noche de calor húmedo. El barco estaba amarrado en un puerto deportivo tranquilo, y Richard aparcó en el aparcamiento de tierra del puerto y encontró el barco al final de un embarcadero. Era un barco de motor pequeño, azul y blanco, con camarote. Eran las once de la noche. Richard se pudo asomar por los ventanucos del barco y vio a la víctima, que estaba haciendo el amor con una joven que, según sabía Richard, no era su esposa. Podría haberlos sorprendido fácilmente, pero no quería hacer daño a la chica, de modo que se volvió a su coche y esperó a que la víctima terminara. Pasó tres horas esperando, pensando: Más te vale pasarlo bien, porque va a ser la última vez que toques carne.

A las dos de la madrugada, Richard empezaba a creer que la chica se quedaba a dormir allí, pero a las dos y media se bajó del barco, se subió a un monovolumen rojo y se marchó. Richard bajó inmediatamente de su coche y se dirigió al barco, llevando en el bolsillo una 38 con silenciador que había comprado a La Motora. En silencio, con movimientos felinos, tan mortal como una bocanada de gas cianhídrico, subió al barco, llegó a la cabina y entró, empuñando la pistola. Cuando la víctima lo vio, tan grande, tan malo y tan serio, se quedó tan aturdido que estuvo a punto de caerse.

– ¿Qué coño pasa? -preguntó.

– Te has ganado enemigos -le dijo Richard-. ¿Cómo lo quieres: rápido, o lento? -preguntó a su víctima, atormentándolo sutilmente.

– Por favor, hombre, tengo hijos, mujer…

– ¿Esa que se acaba de ir es tu mujer? -le preguntó Richard.

– No, es la querida. Por favor, Rich… tengo dinero, te lo daré todo, por favor, Richie, por favor… tú me conoces, yo…

– Amigo mío -le dijo Richard con calma-, cuando me ves a mí, se acabó. Soy la parca, amigo mío -añadió, con una sonrisa sardónica en la cara fría como la piedra.

– Por favor, no, por favor -suplicó la víctima, poniéndose de rodillas, retorciendo las manos como si rezara con fervor.

– Te voy a hacer un favor -dijo Richard.

– ¿Cuál?

– Te mataré deprisa.

Y, dicho esto, le pegó un tiro en la frente, por encima de la nariz. Un dedo de sangre brotó del agujero repentino. Richard esperó a que la sangre dejara de manar, a que el corazón se le detuviera. Entonces, arrastró a la víctima hasta la cubierta, procurando no pisar la sangre, y arrojó el cadáver al agua, maldiciéndolo en silencio. Después se volvió a su coche.

A lo lejos, en alta mar, se desencadenó una tormenta eléctrica, y Richard pasó un rato sentado en su coche, contemplando la loca danza de los relámpagos sobre un cielo negro de terciopelo, amenazador, mientras deseaba que los peces y los cangrejos se comieran a la víctima pedazo a pedazo.

Tuvo suerte de que no lo torturara… Supongo que… me pilló de buen humor.

14

Un tipo dispuesto a todo

Corría el año 1959. Richard tenía veinticuatro y había empezado a tener graves problemas con la bebida. Solía emborracharse, y entonces se volvía desagradable y pendenciero (igual que su padre) y se enzarzaba inevitablemente en peleas que terminaban en muchos casos en un asesinato improvisado.

Estaba en un bar llamado Pelican Lounge, en Union City, bebiendo submarinos (güisqui puro seguido de un vaso de cerveza). Riñó con otro hombre que estaba en la barra, y el tipo asestó un puñetazo a Richard. Pero antes de que este hubiera tenido tiempo de hacer nada, el barman, al que Richard conocía, le pidió que «siguieran fuera».

– Vamos -dijo Richard para animar al otro. Mientras salían, Richard tomó su cuchillo de caza, que llevaba en el bolsillo del abrigo, y cuando llegaron a la acera se volvió rápidamente y con un solo movimiento veloz, como el ataque de una serpiente de cascabel, clavó la hoja en la garganta del hombre, hacia arriba, llegándole inmediatamente hasta el cerebro.

El hombre cayó muerto.

Richard se marchó andando tranquilamente. Cuando llegó la Policía y se puso a hacer preguntas, nadie sabía nada.

Richard estaba en el bar Orchid, en Union City, bebido y algo alborotado. Un portero enorme, corpulento, lo obligó a marcharse, lo echó a la calle, cosa que Richard aceptó; pero, cuando salía, el portero le dio una fuerte patada en el trasero. Esto indignó a Richard.

Pero sabía que estaba demasiado borracho para defenderse como es debido, y juró que volvería. El portero le escupió: este fue su segundo error. A Richard no le gustaban los porteros de los locales. Le parecía que eran unos matones, y Richard despreciaba a los matones. De hecho, era un matador de matones.

Richard volvió a los dos días, sobrio, mortal, dispuesto a matar. Esperó en su coche a que cerrara el bar, a que saliera el portero. Cuando lo vio salir, Richard se bajó de su coche con un martillo en la mano. Siguió al portero, que se subió a su coche y encendió el motor. Richard se le acercó.

– Eh, grandullón, ¿te acuerdas de mí? -le preguntó.

– ¿Qué coño quieres? -gruñó el portero.

En un abrir y cerrar de ojos, Richard blandió el martillo y le golpeó en la sien con tal fuerza que el martillo se le hundió en el cráneo. Volvió a golpearle una y otra vez. Cuando hubo terminado, el portero estaba muerto, destrozado, irreconocible. Richard le escupió y se marchó.

Por mucho dinero que ganara Richard, solía estar arruinado, pues tenía el vicio del juego y perdía casi siempre. También tenía la costumbre de jugar cuando estaba bebido, lo que solo le servía para perder más y agravar sus problemas…

No estaba satisfecho de su vida, del rumbo que llevaba. En esencia, Richard había llegado a odiar el mundo y a casi todos sus habitantes. Veía el mundo como una selva maligna, hostil, poblada de criaturas peligrosas, de depredadores, lleno de iniquidades brutales. Pero sí se daba cuenta de que la bebida y el juego se estaban convirtiendo en un problema, aunque no sabía cómo dejarlos. En los círculos en los que se movía Richard, todo el mundo bebía y todo el mundo jugaba, todo el mundo se empujaba, todo el mundo mentía, engañaba y robaba. No se fiaba de nadie. Por menos de nada, mataba. Para él, la ecuación era sencilla: o matas o te matan. O comes o te comen.

Corrían rumores inquietantes acerca de Joseph, el hermano menor de Richard. Este oía decir que Joseph tomaba drogas, que Joseph era gay… y aquello lo inquietó. Richard consideraba que las drogas eran un billete de ida a ninguna parte, a una tumba temprana.

Richard oyó decir que Joseph frecuentaba un bar gay llamado Otra Manera, en Guttenberg, Nueva Jersey.

¿Cómo era posible?, se preguntaba. Había visto a Joseph con chicas en muchas ocasiones. La idea de que su hermano fuera gay, un marica, le resultaba perturbadora. No se lo creía, y lo quiso ver con sus propios ojos. Fue al bar en cuestión un viernes por la noche. El local estaba abarrotado de hombres y de chicos que se daban abiertamente muestras de afecto entre sí, y alh estaba Joseph, besando a un hombre vestido de mujer. Richard enrojeció al ver tal cosa.

Pidió una cerveza sin vaso, pues en aquel lugar ni siquiera quería beber de un vaso. En aquellos tiempos -contó Richard más tarde-, lo de ser, ya sabe, homosexual, se consideraba una mancha muy grave, y yo no estaba nada cómodo en aquel local en que los hombres se besaban y se daban la mano abiertamente. Es muy posible que fuera por culpa mía, pero no podía evitarlo; no conocía otra cosa. O sea, sé que en realidad la gente apenas puede elegir eso, su propia sexualidad; pero, aun así…

Cuando Richard levantó la vista, su hermano y el amigo de este habían desaparecido de pronto. ¿Dónde se podrían haber metido en tan poco tiempo? Richard buscó por todas partes pero no encontraba a Joseph. Quería hablar con él, decirle que estaba obrando mal. Fue al baño, y vio por debajo de la puerta del retrete que dentro estaban dos personas. Oyó la voz de su hermano. Se le revolvió el estómago de pensar lo que estaba haciendo. Lo invadió una rabia extraña. Abrió de una patada la puerta cerrada con pestillo y se encontró allí a su hermano, haciendo una felación al otro tipo, aquella infamia ante sus propios ojos.

Joseph, asustado, se puso de pie. Pero antes de que hubiera tenido tiempo de decir nada, Richard le dio un golpe y lo derribó al suelo sin sentido. Dio otro golpe al travestí, al que dejó también sin sentido. Ay, qué tentación sentía de cometer más violencia, de romper huesos, de hacer correr la sangre. Pero, en vez de ello, Richard se volvió y se marchó, enfurecido, mientras las consecuencias de todo aquello le daban vueltas en la cabeza.

Como un animal herido, se volvió a Hoboken, al Ringside Inn, con un humor de perros. Se instaló ante la barra y se puso a beber. Seguía la regla de no emborracharse nunca allí. Aquella era su base, su local habitual, y temía hacer daño a alguien, matar a alguien incluso, y no poder volver por allí, como le había pasado en muchos otros establecimientos de bebidas.

El Ringside Inn era propiedad de una mujer ruda, gruñona, fea como un pecado, según lo cuenta Richard. Se llamaba Sylvia, y parecía un chimpancé al que hubieran dado unos cuantos garrotazos en la cara para dejarlo más feo. Tenía un ojo más grande que el otro; la nariz, chata como una torta con dos agujeros; la cara, rodeada de mechas de pelo rubio teñido, como alambres. Sylvia apreciaba a Richard porque era bien parecido y jugaba en su local al billar americano con apuestas fuertes, con lo que atraía a la clientela. Acudían hombres, y algunas mujeres, de toda la Costa Este para jugar al billar contra Richard, apostando hasta doscientos dólares la bola.

Richard no quiso tener problemas allí, por lo que se marchó y acabó en el West Side de Manhattan, donde asesinó a un hombre por haberle pedido fuego con tono desafiante.

Después del incidente del bar gay, Richard y Joseph no volvieron a hablarse durante varios años.

Richard tuvo una racha larga de mala suerte; perdía la mayoría de las partidas de billar; perdía en las apuestas de todo tipo que hacía, sobre los resultados del fútbol americano o del béisbol, sobre qué cucaracha sería la primera que subiría por la pared del bar de Sylvia. Y seguía bebiendo cada vez más.

Richard, lleno de ira, hizo más viajes a Nueva York, volvió al West Side de Manhattan, donde sacaba su rabia, donde siguió matando a gente para dar rienda suelta a su odio al mundo. Hace poco se le preguntó a cuántos hombres había matado en la zona extrema del West Side de Manhattan. Richard respondió con toda la seriedad del mundo: Tantos como los dedos de sus dos manos cinco veces.

Le juro que si alguien me miraba mal, yo lo mataba, explicó.

Y el Departamento de Policía de Nueva York no hacía gran cosa por averiguar quién estaba cometiendo todos esos asesinatos bajo la carretera elevada del West Side, oxidada, ruidosa y anticuada. Como Richard mataba en la sombra de tantas maneras diferentes, con armas de fuego de distintos calibres, con porras, ladrillos y bates de béisbol, cuchillos, cuerdas y picos para hielo, el Departamento de Policía no pensó nunca que se tratara de un mismo hombre, que Richard Kuklinski, de Jersey City, había establecido alh su cazadero personal; que acechaba y mataba a seres humanos como si el West Side fuera su coto privado de caza. Claro está que Richard mataba de muchas maneras distintas a propósito, creyendo que así confundiría y despistaría a la Policía; y tenía razón.

Toda la razón del mundo.

Espoleado por los demonios interiores que lo acosaban, por la psicosis creciente, furiosa, que tenía dentro, Richard se estaba terminando de hundir. Seguía esperando el momento de dar un buen golpe, de que le encomendaran un buen contrato de asesinato, un robo lucrativo; pero el negocio marchaba mal.

A Carmine Genovese lo habían asesinado, le habían pegado un tiro en la cabeza cuando estaba guisando en la cocina de su casa: otro ajuste de cuentas entre mafiosos sin resolver. Richard apreciaba a Carmine, en la medida en que era capaz de apreciar a alguien. No fue al funeral de Carmine. Sabía que los polis estarían vigilando, y por eso no se acercó por alh.

La vida tenía poco que ofrecer a Richard.

Un amigo de Richard, un tipo llamado Tony Pro que dirigía el Local 560 del sindicato del Transporte consiguió para Richard un buen trabajo en la empresa de camiones Swiftline, en North Bergen. Los jornales eran buenos y el trabajo no muy difícil. Pero a Richard tampoco le gustaba. De hecho, le desagradaba mucho. Era un trabajo honrado, lo que él siempre había querido evitar. El era jugador, buscavidas, asesino a sueldo. ¿Qué coño pintaba él allí? Pero se resignó a mantener el trabajo mientras tenía los ojos abiertos en busca de algún buen cargamento que pudiera robar: aparatos de televisión, pantalones vaqueros, cualquier cosa que pudiera vender rápidamente para convertirla en un dinero que, sin duda, perdería enseguida en el juego. El pensaba aprovechar aquel trabajo honrado para dar buenos golpes, localizando los camiones que convendría asaltar.

Era la primavera de 1961. Richard Kuklinski tenía veintiséis años y no iba a ninguna parte. Según su propia cuenta, había matado a más de sesenta y cinco hombres. Fue entonces cuando conoció a Barbara Pedrici y todo cambió de pronto. El mundo que había conocido se convirtió en un lugar muy diferente.

Segunda Parte

BARBARA

15

Bambi conoce al Hombre de Hielo

Barbara Pedrici era una muchacha americana de origen italiano de dieciocho años, de pelo negro, ojos de color avellana intenso y nariz aguileña de forma perfecta. Medía un metro setenta y ocho, se sentía satisfecha de sí misma, tenía un aire natural de riqueza y de persona superior.

El padre de Barbara había llegado a Nueva Jersey procedente de la ciudad de Venecia, en el norte de Italia. Su madre era natural del hermoso puerto de Nápoles. Barbara acababa de terminar el bachillerato y no estaba segura de lo que quería hacer. Acariciaba la idea de estudiar en la escuela de Bellas Artes para hacerse pintora, pero a su madre eso le parecía «una pérdida de tiempo» y quería que Barbara buscara un trabajo, encontrara a un hombre, se casara, tuviera hijos. Hasta se ofreció a regalar a Barbara un coche si no estudiaba. Barbara se negó.

Barbara y su madre no se llevaban bien. Barbara era hija única; sus padres se habían divorciado cuando ella tenía dos años. A ella la había criado la Nana Carmella (la madre de su madre), y su tía Sadie, hermana de su madre. Las dos adoraban a Barbara, le daban siempre lo que ella quería y cuando lo quería. De modo que Barbara se había vuelto algo mimada; desde edad temprana se había acostumbrado a que le dieran todo lo que querían. Jamás le habían negado nada. Lo único que tenía que hacer era pedirlo y seguir pidiéndolo hasta que era suyo.

La madre de Barbara, Genevieve, era una mujer fría, austera, muy chapada a la antigua, como comentaba la propia Barbara hace poco. Genevieve no solía sonreír, no daba grandes muestras de afecto. Trabajaba duro, de costurera en una fábrica en North Bergen, y parecía que nunca tenía tiempo ni para una palabra amable para su única hija. Era como si en realidad no hubiera querido nunca tener hijos, y su hija fuera una molestia que le había caído en la vida.

Pero Barbara estaba muy unida a su abuela y a su tía Sadie. Sadie estaba mala del corazón y no podía trabajar, y dedicaba toda su vida a cuidar a Barbara, a mimar a Barbara, a procurar que Barbara tuviera todo lo que quería. Tanto Carmella como Sadie eran calurosas y efusivas, mientras que Genevieve era fría y reservada… más bien distante.

Barbara era una persona popular y sociable y tenía un sentido del humor seco y sarcástico. Le encantaba la música, ir de tiendas, ir al cine con sus amigas. Hacía una vida muy protegida; no había salido nunca de Nueva Jersey (salvo para visitar a su padre, en Florida) y no sabía absolutamente nada del mundo del que procedía Richard Kuklinski.

Aquel otoño, Barbara acompañó a su amiga Lucille, que había respondido a un anuncio de oferta de trabajo para una secretaria publicado por la empresa de transportes Swiftline. Mientras Barbara esperaba a su amiga en la recepción de las oficinas de la empresa, el propietario de la misma, Sol Goldfarb, la vio y se acercó a ella.

– Eres igual que mi hija -le dijo.

– ¿No me diga? -dijo Barbara, y se pusieron a hablar. Él le explicó que su hija era sordomuda.

– Vaya, lo siento -dijo Barbara. Él la invitó a pasar a su despacho. Goldfarb era un hombre alto, atractivo, de pelo y ojos negros, que vestía bien. Trabajaba mucho, le iba bien en los negocios, ganaba mucho dinero. Le impresionó tanto Barbara y el parecido a su hija, que le ofreció allí mismo un trabajo en contabilidad, que ella aceptó. Aunque Barbara no tenía la menor experiencia en el trabajo de oficina, aprendía pronto, era muy inteligente y, además, capaz de dominar a conciencia todo lo necesario. Siempre había sacado buenas notas sin gran esfuerzo. Aquel era su primer trabajo de verdad. Le gustaba ganarse su propio dinero, entrar en el mundo del trabajo, tener responsabilidades de persona adulta, y gozaba de la independencia que le proporcionaba aquello.

En la empresa había una máquina de refrescos, y fue allí donde Barbara se encontró por primera vez con Richard Kuklinski. Se saludaron, se sonrieron, y se volvieron al trabajo. Volvieron a coincidir en el muelle de carga, cruzaron algunas palabras sobre el tiempo. Aquello lo desencadenó todo. El señor Goldfarb los vio hablar y no le gustó. Fue a hablar inmediatamente con Barbara y, con interés paternal, le advirtió que no se acercara a Richard.

– Mira -le dijo-, sé que eres una buena muchacha, una muchacha inocente. No te trates con ese tipo. Es un bruto; está casado y tiene hijos.

– Ah, si yo no… -explicó ella, consternada-. Si solo hemos hablado del tiempo, ¿sabe?

– Bueno, vale, eso está bien. Pero no te acerques a él.

– Claro… por supuesto, vale -dijo ella, algo sorprendida. No había pensado en absoluto en Richard; la idea de entablar relaciones con él ni le había entrado en la cabeza. Todo habría acabado aquí, sin duda, si Goldfarb no lo hubiera llevado más lejos. Acto seguido, hizo llamar a Richard a su despacho y le dijo:

– Mira, Kuklinski, no quiero que se trate con el personal de oficina, ¿de acuerdo?

– Perdone, ¿de qué me está hablando? -preguntó Richard.

– De Barbara. No se acerque a ella.

Esto pilló completamente desprevenido a Richard. Ni siquiera había pensado en insinuarse a Barbara. No era su tipo. El ni siquiera había conocido nunca a una chica como ella, a una buena chica de una buena familia, por así decirlo.

Richard, siempre desafiante, siempre pendenciero, dijo:

– Estamos en un país libre, ¿sabe? La gente tiene derecho a hablar con quien quiera.

– Si lo veo hablar con ella otra vez, está despedido -dijo Goldfarb.

Aquello fue como una bofetada para Richard, que lo miraba con cara de sorpresa.

– Quédese el puto trabajo y métaselo por ese culo solemne -dijo Richard, haciendo ese suave chasquido por el lado izquierdo de la boca, con la cara enrojecida.

– Salga de esta empresa -dijo Goldfarb, poniéndose de pie.

Si Goldfarb hubiera sabido que estaba hablando con un psicópata furioso con todas las de la ley, no cabe duda que no habría adoptado un tono tan agresivo. Richard mataba a gente por mucho menos.

– Me debe dinero -dijo Richard.

– Vuelva más tarde y le darán su dinero. Fuera de aquí.

Richard le echó una mirada larga y penetrante.

– Volveré -dijo; y se marchó.

Richard había pensado matar a Goldfarb aquella misma noche. Lo seguiría hasta su casa y lo mataría a golpes ante la misma puerta. ¿Quién coño se había creído que era? Nadie hablaba así a Richard Kuklinski. Goldfarb había firmado su propia sentencia de muerte sin saberlo.

Richard volvió a las cuatro de la tarde para cobrar su dinero. Mientras esperaba a que le prepararan el cheque, Barbara salió de su despacho para sacar una coca-cola de la máquina. Richard le dijo que lo habían despedido por hablar con ella.

– ¿Cómo? -dijo ella, incapaz de creerse aquello, e incluso de comprenderlo.

– Me han despedido por hablar contigo -respondió él.

Barbara se sintió fatal. Ella sabía que el pobre hombre no había hecho nada malo, ni siquiera la había invitado a salir con ella.

– Lo siento mucho -le dijo-. Voy a hablar con él ahora mismo. Voy a hacer que te devuelvan el trabajo. Esto es injusto.

– No tiene importancia. Olvídalo. En todo caso, aquí no estaba a gusto.

– Vaya, me siento culpable.

– No te preocupes.

– Dice que me parezco mucho a su hija. Estoy seguro de que es por eso.

– Que se vaya al infierno… el muy cerdo.

– ¿Quieres que nos tomemos un café más tarde? -dijo Barbara, que quería ser amable con Richard porque lo habían despedido por hablar con ella, porque había perdido su medio de vida por su culpa, según creía ella.

– Sí, claro; me gustaría -dijo él.

– Vuelve a las cinco. Te espero fuera, ¿vale?

– Vale -dijo, apreciando que Barbara hubiera estado dispuesta a dar la cara por él, que quisiera esperarlo a la puerta misma de la empresa. Recogió su cheque y se marchó.

Si Barbara hubiera sabido quién era en realidad Richard, que era un verdadero lobo con piel de cordero, no cabe duda que se habría echado a correr huyendo de él, que no habría querido tener nada que ver con él. Pero lo que sucedió fue que se arregló después del trabajo, se peinó, se puso un poco de maquillaje y salió a esperar a Richard a la puerta de la empresa de transportes Swiftline.

El peor error de mi vida, diría años más tarde, sacudiendo todavía la cabeza con incredulidad. Debí haber puesto pies en polvorosa; pero, en vez de ello, salí a la puerta como un cordero al matadero.

Richard era alto y excepcionalmente apuesto, tímido y respetuoso, pero no era el tipo de Barbara, y era demasiado mayor para ella; pero, a pesar de todo, aquel día ventoso de otoño se fueron a tomar café, tuvieron una conversación agradable. Él le abría las puertas, era educado hasta la exageración, incluso se pasaba de caballeroso. Barbara creyó (equivocadamente) que podía controlarlo con facilidad, cosa que no le gustó. A ella le gustaban los hombres fuertes, los hombres que tomaban el mando de la situación. Pero, en cualquier caso, después de haber tomado café, él se ocupó de que llegara a su casa a salvo. Se empeñó en llevarla. La llevó hasta la casa donde vivía ella con su madre y su abuela. La tía Sadie los había dejado, ahora vivía ahí cerca con su marido, Harry. Richard preguntó a Barbara si le apetecería ir a ver una película.

– Claro, de acuerdo -dijo ella, con la inocencia y los ojos de pasmo de una cervatilla sorprendida de pronto por los faros de un coche que se le echa encima a toda velocidad. De un coche que venía del infierno y que llevaba al volante al mismo diablo.

16

Posesión

Aquel sábado Richard se presentó por la tarde en casa de la Nana Carmella. Saludó a la madre y a la abuela de Barbara sintiéndose tímido e incómodo. Lo consideraron bastante agradable, no cabía duda que era alto y apuesto, pero era demasiado mayor para Barbara, y no era italiano. Fueron al cine allí cerca, en North Bergen, vieron Godzilla y varios dibujos animados, uno de ellos de Casper, el fantasma simpático. Barbara dijo de pasada a Richard que le gustaba Casper. Después de la película fueron a tomarse unas pizzas y se sentaron a hablar. Barbara seguía sintiéndose culpable porque Richard había perdido su trabajo por su causa.

– No te preocupes -le dijo él, y lo decía en serio.

Richard estaba absolutamente impresionado con Barbara. Le parecía que era toda una señorita, educada, bien hablada y muy divertida. Siempre estaba haciendo bromas que hacían reír a Richard, cosa bien difícil. Barbara no tenía ninguna intención de tener un romance con Richard. Sí que le parecía que era muy atractivo, que tenía una sonrisa encantadora, unos ojos interesantes de color de miel. Pero estaba casado, tenía hijos… y era demasiado mayor para ella, no era su tipo.

El le dijo que, en realidad, su matrimonio iba muy mal; que no veía casi nunca a su mujer ni a sus hijos; que se iba a divorciar: en esencia, todo aquello era verdad, y Barbara se lo creyó, le tomó la palabra. ¿Por qué no iba a creerlo? Richard no tenía ningún motivo para mentir. Además, Barbara no había conocido nunca las mentiras ni los engaños en su corta vida. Eran cosa ajena a ella. Cuando salieron de la pizzería, Richard no olvidó abrirle la puerta y se apresuró a abrirle también la portezuela del coche, un Chevrolet viejo. Cuando llegaron ante la casa de la Nana Carmella, no intentó darle un beso de despedida, era demasiado tímido para eso. Ella le dio las gracias por la velada y entró en la casa, sin saber si volvería a verlo.

En el camino de vuelta a Jersey City, Richard no podía dejar de pensar en Barbara, en su sonrisa, en sus ojos encantadores, en el contraste de su cabello oscuro con su piel clara. Era como si lo hubieran hechizado, como si Cupido le hubiera clavado una flecha, una flecha especialmente puntiaguda. Richard solo había conocido hasta entonces «mujeres de bar». Mujeres de vida airada, putas y perdidas, como las consideraba él. También había conocido a muchas mujeres casadas que follaban como conejas en celo cuando no estaban sus maridos, dice él.

Richard había llegado a considerar que la mayoría de las mujeres (incluida su propia madre, desde luego) eran unas putas. No olvidaría jamás la imagen de su madre tirándose al vecino de al lado, un tipo desaliñado que tenía tres hijos, en plena tarde. Aquella imagen de su madre desnuda con las piernas muy abiertas, con los pies en todo lo alto, la tenía grabada a fuego en su mente extraña.

Pero Barbara no; ella era distinta; era buena e inocente, pura como la nieve recién caída. Llegó a la conclusión de que la quería. Estaba dispuesto a revolver cielo y tierra para conseguirla. Pero ¿cómo? se preguntaba. ¿Cómo conseguir que ella se prendara de él? No tenía gran cosa que ofrecerle. He aquí el dilema. Pero quería tenerla, poseerla, hacerla suya.

Pero ¿cómo?

Aquella noche, en cuanto Barbara entró en su casa, su madre empezó a ponerle pegas a Richard: era demasiado mayor para ella; vivía en Jersey City; parecía un hombre tosco; no era italiano. Este último era el mayor de sus pecados. La Nana Carmella no tenía nada que decir. Si a Barbara le gustaba, a ella le parecía bien. Pero la tía Sadie sí que tuvo mucho que decir. Contrató a un detective privado para que le diera informes de aquel tal Richard Kuklinski, de Jersey City.

Era el domingo por la mañana, hacía un día muy frío para estar en otoño. A Barbara le gustaba quedarse hasta tarde en la cama los domingos. Seguía dormida del todo cuando su madre la sacudió para despertarla, con cierta premura.

– Ese hombre con quien saliste anoche está aquí -dijo, evidentemente nada contenta.

– ¿Aquí? ¿Dónde?

– ¡Abajo!

– ¿Richard? -Sí.

Barbara, sorprendida hasta la consternación, salió de la cama, se arregló y bajó. Se encontró a Richard sentado en el cuarto de estar. Se levantó de un salto en cuanto la vio. Llevaba en la mano izquierda un gran ramo de flores, y en la derecha un muñeco de peluche blanco: Casper, el fantasma simpático.

Barbara, sin habla, aunque conmovida, se quedó inmóvil, con la boca entreabierta. Ningún chico le había dedicado nunca tales atenciones. ¿A qué venía todo aquello?

– Lamento mucho haberte despertado -dijo él-. No pretendía…

– No… no tiene importancia. Es todo un detalle -dijo, tomando las flores y el muñeco de Casper mientras sonreía educadamente.

Richard no había cortejado a una chica en su vida y no tenía idea de cómo se hacía, de lo que estaba bien hecho y de lo estaba mal. Barbara le ofreció café y puso las hermosas rosas en un jarrón. También era la primera vez: ningún chico le había regalado flores nunca.

A Genevieve le saltaba a la vista que aquel tipo polaco de Jersey City, que, como era bien sabido, era un sitio indeseable lleno de malhechores, andaba detrás de su hija… de su única hija; y aquello no le gustaba. Su hija era una buena chica, virgen… ¿cómo se atrevía aquel tipo a aparecer un domingo por la mañana, temprano, con flores y con ojos de enamorado? Genevieve creía que un hombre crecido como era él solo buscaba una cosa, el sexo, y eso no lo iba a conseguir de su hija, de su Barbara.

Genevieve trataba a Richard con frialdad e indiferencia, y Barbara comprendió que era mejor sacarlo de la casa, apartarlo de su madre, lo antes posible. Se duchó y se vistió, y Richard y ella salieron. Fueron a la plaza Journal, de Jersey City, una de las principales zonas comerciales, llena de bonitos cines con fachadas modernistas, el Loews y el Stanley, y de muchas tiendas agradables. Almorzaron en un restaurante italiano llamado Guido y se pasearon por las anchas calles mirando los escaparates y charlando.

Richard se sentía muy cercano a Barbara, como si la conociera de mucho tiempo. Por algún motivo inexplicable… confiaba en ella. Aquel día hasta hablaron de sexo, y Barbara le dijo que era virgen y que se sentía orgullosa de ello. Aquello dejó a Richard verdaderamente estupefacto. ¿Cómo era posible que una chica tan atractiva, tan sexi y tan deseable, fuera todavía virgen? Pensó que aquello no tema sentido, y se lo dijo.

– Bueno, pues lo soy -dijo ella con firmeza, molesta porque él había dudado de su palabra; pero en realidad sí que la había creído, y aquello le hizo quererla todavía más. Estaba más seguro que nunca de que era verdaderamente una buena chica, una persona en la que podría confiar. Vieron otra película, Éxodo, de Otto Preminger, y Richard volvió a llevar a Barbara a su casa. Esta vez intentó darle un beso de despedida, pero ella no se lo consintió. Tampoco lo invitó a pasar a la casa, pues quería mantenerlo apartado de su madre.

Aquel lunes, cuando Barbara salió del trabajo, Richard la estaba esperando en la puerta, y le traía flores otra vez.

Esto la pilló desprevenida, la dejó… algo intranquila. No habían quedado, pero ahí estaba él, empeñado en llevarla a su casa; y, naturalmente, ella tuvo que subirse a su coche; al fin y al cabo, él solo pretendía ser amable. ¿Cómo iba a negarse? Había quedado con una amiga para ir juntas a la tienda de discos, pero ahora tendría que dejarlo.

Barbara explicó hace poco: Si yo hubiera tenido algo de sentido común, habría visto entonces el aviso del cielo y habría puesto fin a aquello. Pero no había conocido nunca a nadie como Richard… tan… tan atento, y no tenía ningún punto de referencia, en realidad.

Barbara fue con Richard a la tienda de discos de North Bergen, y él se empeñó en comprarle los discos que quería. Ella quiso pagar, pero él no se lo consintió.

– Deja, quiero pagar yo -le dijo él.

Cuando la llevó a su casa, la Nana Carmella los vio y lo invitó a pasar y a cenar con ellas. Barbara tuvo que aceptarlo, aunque tenía la sensación de que se le estaba imponiendo la presencia de Richard. Genevieve se pasaba el día trabajando y no tenía verdadera afición a la cocina, pero la abuela Carmella era una gran cocinera y les sirvió una berenjena a la palmesana, nada extraordinario, pero Richard manifestó con entusiasmo lo mucho que le gustaba.

A Genevieve no le encantaba precisamente que estuviera allí… sabía lo que andaba buscando; pero lo toleraba y lo trató con relativa cortesía. Después de cenar tomaron unos pasteles que había hecho la Nana Carmella, se sentaron en el cuarto de estar y vieron el programa de Sid Caesar; todos salvo Genevieve se reían con ganas. Aunque Richard era tímido y no sabía cómo comportarse, sentía una extraña tranquilidad, se sentía como en casa. Nunca en su vida había tratado con una familia que no fuera gravemente disfuncional, y admiraba el calor de hogar que había en casa de Barbara. Quería tener él eso mismo. Nada le impediría tener a Barbara… tener su propia familia con Barbara.

Llegó a considerar a Barbara como un medio valioso para alcanzar un fin; estaba seguro de que ella podría enseñarle una cara de la vida de la que él no sabía nada. También estaba seguro de que podría conocer el amor verdadero si hacía suya a Barbara. No es que viera en ella a una mujer inteligente e independiente; la veía, más bien, como una posesión en potencia, como una cosa que podía adquirir, poseer y controlar, como un trofeo que se cuelga en la chimenea. Como un trofeo valioso que todos admirarían.

Externamente, Richard era el perfecto caballero, de palabra suave, educadísimo… por dentro se agitaba como un volcán, estaba decidido a tener y a poseer a Barbara Pedrici, costara lo que costara. Su esposa, Linda, estaba olvidada. Era cosa del pasado.

Todos los días, cuando Barbara salía del trabajo, Richard estaba allí. Ella se acostumbró enseguida a su presencia, de tal modo que llegó a darla por supuesta, a aceptarla; no le decía que tenía otros planes; no le decía que quería ir de tiendas con sus amigas, salir y hablar con las chicas y pasarlo bien con ellas. No quería herir sus sentimientos. En realidad, Richard ni siquiera le daba ocasión de protestar; se limitaba a estar siempre allí, con esa cara guapa suya y esos ojos intensos de forma de almendra, con flores, con su sonrisa tímida y solitaria, con sus modales educados. ¿Cómo iba a decirle ella que no? ¿Cómo iba a resistírsele? De hecho, empezó a apreciar su atención constante. Al fin y al cabo, era un hombre de más edad, atractivo, que evidentemente estaba loco por ella, y ella se sentía… bueno, se sentía halagada. Aquellas atenciones y aquella admiración le alimentaban el orgullo; ninguna amiga suya tenía un tipo mayor, muy guapo, que estuviera a su servicio, siempre ahí, abriéndole las puertas, educado, un caballero atento y considerado que pretendía agradar.

Poco a poco, Barbara iba apreciando más a Richard. Su labor de seducción daba sus frutos. Ahora le dejaba besarla; de hecho, ella le devolvía los besos… con pasión. Pero nada más. Se negaba a acostarse con él. Su madre le había advertido muchas veces a lo largo de los años que no tuviera relaciones sexuales nunca, nunca, antes de casarse. Aquello se lo habían inculcado a Barbara desde que era niña.

Pero cuanto más se resistía a las súplicas apasionadas de Richard, más la deseaba él. Tenía que poseerla. Empezó a burlarse de Barbara sobre el tema de la virginidad, le decía que si no quería acostarse con él era porque en realidad no era virgen, porque quería «ocultar la verdad». Al principio lo decía en broma, jugando con ella; pero cuanto más lo negaba ella, más se burlaba él, y más la retaba a enseñárselo. A demostrarlo.

Barbara, que era una joven de carácter fuerte e independiente por naturaleza, cedió por fin a los ruegos de Richard, más para hacerlo callar y demostrarle que era virgen que por cualquier otra cosa. La primera vez que tuvieron relaciones íntimas fue en un motel de Jersey City, y la experiencia no resultó especialmente agradable para Barbara. De hecho, le hizo daño. Pero Richard había llegado a la cima del Everest, y Barbara le había demostrado allí, en el motel, que era virgen, en efecto, pues allí estaba su sangre para demostrarlo. Por esto, Richard la deseó todavía más. Barbara era la única virgen que había conocido, y estaba empeñado en hacerla suya.

Estaba empeñado en casarse con ella.

17

La tía Sadie

Sadie, la tía de Barbara, era más una madre para ella de lo que lo había sido nunca Genevieve. Genevieve, fría y distante, no era persona de trato fácil. No parecía que apreciara a nadie. Iba a trabajar, volvía a su casa, comía, veía un poco la televisión y se iba a acostar: aquella era su vida, aquello era la vida para ella.

La tía Sadie, por su parte, era abierta, cálida y amistosa; le encantaban las películas; le encantaba la ópera; le gustaba salir; tenía ese carácter generoso y efusivo que es propio del sur de Italia. También era una mujer astuta y ladina, como también suelen serlo los italianos del sur, los napolitanos. Si Barbara, que sin duda era para ella más que una sobrina, una hija, quería tratarse con aquel hombretón polaco, a ella no le importaba. Pero la tía Sadie quería saber algo más de él… quién era, de dónde salía, cuál era su familia. Siempre que salía a relucir su familia, Richard cambiaba de tema. Sadie se preguntó por qué, y tomó la resolución de enterarse. Su hermano Armond era policía a tiempo parcial en North Bergen y, por mediación suya, Sadie localizó a un investigador privado que, cobrando los honorarios correspondientes, fue a Jersey City y a Hoboken y empezó a husmear y a hacer preguntas sobre Richard Kuklinski.

No tardó mucho tiempo en enterarse de que Richard era jugador, de que hacía daño a mucha gente, de que asaltaba camiones, de que tenía un genio terrible, de que tenía problemas con el alcohol y con el juego, y de que estaba relacionado con el crimen organizado. ¡Hasta le llegaron rumores de que Richard había matado a gente en riñas repentinas en los bares, o por dinero! Mamma mia! Richard no tenía antecedentes policiales, pero tenía fama de tipo peligroso: era un pendenciero, un malhechor que llevaba encima pistola y cuchillo. Armond resumió todo esto a Sadie. Esta, consternada, mandó inmediatamente a Armond a hablar con Richard, decidida a poner fin a aquella relación antes de que llegara más lejos. Armond encontró a Richard en un bar de Jersey City y le dijo que tenía que hablar con él.

– Claro -dijo Richard, desconfiando al ver que Armond había venido de pronto a Jersey City a hablar con él-. ¿Qué querías decirme?

– Barbara es una buena chica… -empezó a decir Armond.

– Sí; ya lo sé. Por eso me gusta -dijo Richard.

– Mira, me he enterado de todo lo tuyo, Richard. Sé quién eres. Y yo… la familia y yo queremos que no te acerques a Barbara.

– No me digas -dijo Richard, contrayendo los labios, entrecerrando los ojos.

– Exacto -le dijo Armond, haciéndose el duro.

– ¿Y si no, qué pasa? -le preguntó Richard.

– No será bueno para ti -dijo Armond.

– ¿Me estás amenazando? ¿Me estás amenazando, Armond?

– Te estoy diciendo que dejes en paz a Barbara. Es una buena chica.

– Mis intenciones hacia ella son completamente honradas.

– Estás casado y tienes dos hijos. ¿Cómo van a ser honradas?

– Me voy a divorciar.

– Ella no es para ti.

– ¿Quién lo dice?

– Yo. Lo digo yo. La familia quiere que no te acerques a Barbara. ¿Te enteras?

– Sí, bueno, pues no pienso hacerlo, ¿vale?

– Eso no sería… bueno para ti.

– Me estás amenazando. Mira, Armond: si quieres que llevemos esto por las malas, a mí no me importa, pero te digo ahora mismo, aquí mismo, como amigo, que solo quedará uno de nosotros, y que ese, escúchame bien, que ese no serás tú. Toma buena nota.

Richard esperó a que el otro asimilara sus palabras. Armond no era un tipo especialmente duro. Era alto y delgado, no fuerte. Pero había luchado en la Segunda Guerra Mundial, había ganado muchas medallas y había matado a muchos soldados japoneses; y solía ir armado. En ese momento iba armado, llevaba su revólver militar, un 38 con cañón de cuatro pulgadas. Richard llevaba encima dos pistolas. Se miraron fijamente el uno al otro.

– ¡Mi sobrina es una muchacha buena! -repitió Armond con firmeza-. ¿Es que no te das cuenta?

Si Armond no hubiera sido tío de Barbara, Richard quizá lo habría sacado a la calle y le habría pegado un tiro allí mismo, y se habría deshecho después de su cadáver. En vez de ello, le dijo:

– Como ya te he dicho, mis intenciones para con Barbara son completamente honradas. Dile eso a la familia; diles que me voy a divorciar; diles que quiero a Barbara y que no le haré daño nunca. Díselo… ¿vale?

– Vale… se lo diré -dijo Armond, viendo claramente la determinación escrita en el rostro de Richard; y volvió a casa de su hermana Sadie y le contó lo que le había dicho Richard.

– Hablaré con Barbara -dijo Sadie; e hizo sentarse a Barbara y le contó todo de lo que había enterado. Nada de aquello pareció inquietar a Barbara demasiado. Dijo que lo que hubiera hecho era todo cosa del pasado.

– Conmigo es agradable, amable y bueno de verdad -dijo, intentando defender lo indefendible.

– Está casado y tiene hijos -dijo Sadie-. Es un gánster.

– Se va a divorciar -dijo Barbara-. No es ningún gánster. Cuando lo conocí, estaba trabajando. Trabajaba mucho. Lo despidieron por hablar conmigo, ¿no es increíble? Solo por hablar conmigo.

– Ha hecho daño a mucha gente -dijo Sadie.

– Estoy seguro de que se lo tenían merecido -dijo Barbara, que no tema ni idea de lo grave que era el daño que había hecho Richard a mucha gente, de que era un asesino en serie con todas las de la ley.

– Barbara, yo te quiero -dijo Sadie-. Si te digo esto, es porque me preocupo. Creo que no sabes en qué te estás metiendo.

– Lo sé; y yo también te quiero, y te agradezco tu preocupación, que veles por mí. Mira, solo estamos saliendo, ¿vale? Quiero decir que no voy a casarme con él, que no nos vamos a escapar juntos. No te preocupes. No te preocupes, por favor.

– Pero sí que me preocupo. No quiero ver cómo te hacen daño. Puedes encontrar a alguien mucho mejor que ese tipo, te lo aseguro.

– Solo estamos saliendo -repitió Barbara.

– Vale… pero ten cuidado. No te vayas a enamorar de él; no vayas a consentir que te deje embarazada.

– Claro que no -dijo Barbara, y dio a su tía Sadie un abrazo largo y fuerte-. Te quiero.

– Yo también te quiero -dijo la tía Sadie, llevando muy dentro de si una sensación muy mala acerca de ese Richard Kuklinski de Jersey City, con su sonrisa tímida y oscura y sus mirada huidiza.

Aquella Navidad, Barbara decidió invitar a Richard a que compartiera con su familia la tradicional cena de vigilia de Nochevieja y la comida de Navidad, que sería el clásico banquete de cinco platos que duraría todo el día y parte de la noche. Para la familia de Barbara, como para casi todas las familias italoamericanas del país, la Navidad era una fecha muy especial del año; era una ocasión maravillosa para dar regalos, reír, cantar, comer y reunirse con todos. Barbara, que tenía grandes dotes de pintora, pintó hermosas escenas navideñas con acuarelas en las ventanas, y en el cuarto de estar había un gran árbol de Navidad.

Barbara consideró que aquella era una buena oportunidad para que su familia se enterara de lo amable, lo cortés y lo delicado que era Richard en realidad. Cuando Barbara dijo a su madre que quería invitar a Richard para que pasara las fiestas con ellos, a Genevieve no le hizo gracia, pero aceptó a regañadientes, como lo aceptó el resto de la familia. Si Barbara lo quería así, así tendría que ser. Cuando la muchacha no se salía con la suya, poma una cara larga y amargada y hacía saber a todo el mundo que estaba descontenta.

Cuando Barbara dijo a Richard que le gustaría que pasara las fiestas con su familia, lo pilló por sorpresa, pero aquello le agradó, y aceptó de buena gana y con interés la amable invitación. Sabía que Barbara estaba muy unida a los suyos, y que, si la quería, los suyos tendrían que aceptarlo a él. Era sencillo. Pero se sentía inquieto. Su familia no había tenido nunca árbol de Navidad ni comida especial. Para él, la Navidad no había significado nada, cero. Solía salir a comer a un restaurante barato, nada más. Ningún festejo. Aquella sería una experiencia completamente nueva.

18

Esto es para ti, Richard

Richard llegó a casa de Barbara en North Bergen el 24 de diciembre de 1961, víspera de Navidad.

Aquel asesino frío y sin escrúpulos estaba nervioso, de hecho tenía un hormigueo en el estómago. No había asistido jamás a una fiesta así; no tenía idea de lo que podía esperar, de qué hacer, de cómo comportarse, de lo que esperaban de él. Allí estaba toda la familia de Barbara, quince personas en total. La abuela Carmella se había pasado días enteros cocinando sin parar. Había hermosas fuentes enormes de comida, dispuestas para servirse. Barbara presentó a Richard, timidísimo, a sus primos, tías y tíos que no lo conocían todavía. Fue entonces cuando Richard conoció al primo de Barbara, Carl, hijo de Armond.

– Es mi primo favorito -dijo Barbara a Richard. Allí estaba también su tía Sadie, naturalmente, que trató a Richard con bastante amabilidad, aunque no le gustaba, no le gustaba nada de lo suyo, ni lo que hacía, ni de dónde venía, ni dónde se dirigía. Pero Sadie había tomado la resolución de estar agradable, de hacer que se sintiera bienvenido, pasara lo que pasara. Al fin y al cabo, era Nochebuena, un tiempo de amor y de unidad familiar, y si su Barbara quería que él estuviera allí, así tendría que ser. Sadie estaba dispuesto a aceptarlo de la mejor manera posible, esperando que aquello no fuera más que un capricho pasajero.

Pronto se sirvieron bebidas. Se hicieron brindis. El aroma de los platos deliciosos del sur de Italia impregnaba el aire, mezclándose con el fuerte olor de pino que procedía del árbol de Navidad. Richard sabía que no debía beber güisqui, y no tomó más que un vaso de vino blanco, por cumplir.

Cuando se sentaron todos a comer a la larga mesa, un gran espectáculo que habían preparado cuidadosamente Barbara, la Nana y la tía Sadie, Richard se sentó junto a Barbara. Empezaron con hermosas fuentes llenas de antipasti, pimientos rojos en aceite, salami, jamón, quesos de todas clases, pimientos rellenos, aceitunas, corazones de alcachofa. Después comieron los tradicionales espaguetis con almejas, seguidos de filetes de lenguado fritos, gambas rellenas y gambas scampi, calamares rellenos y colas de langosta a la plancha. Después hubo fruta, frutos secos y más quesos, seguidos de alcachofas napolitanas rellenas para la digestión. Y después, naturalmente, los postres.

Richard no había visto nunca una comida italiana hecha en casa como aquella, ni mucho menos la había probado, y le maravilló lo bueno que estaba todo. Animado y satisfecho tras la rica comida, le conmovió todavía más el modo en que los miembros de la familia expresaban abiertamente su afecto, se tocaban, se besaban y se abrazaban sin recato, entre bromas y risas constantes. Estaba viendo algo cuya existencia no había conocido hasta entonces: una familia unida que disfrutaba del hecho de estar juntos y manifestaba abiertamente sus sentimientos de cariño. Cuando se sirvió el café, con pasteles hechos por Carmella, además de sambuca y grappa, eran casi las doce de la noche, la hora a la que se repartían los regalos. Richard no había traído ningún regalo. No sabía que era costumbre darlos, y cuando la tía Sadie le entregó un regalo cuidadosamente envuelto y le dijo: «Esto es para ti, Richard, feliz Navidad», se conmovió. Se quedó sin habla. Y había más regalos para él, de Barbara, de la Nana Carmella, hasta de la madre de Barbara. Richard estaba tan conmovido que hasta se le llegaron a saltar las lágrimas, y en ese estado abrió sus regalos: un jersey, un frasco de colonia, una bonita chaqueta de ante que le regalaba Barbara. Richard, emocionado, se probó la chaqueta. Le sentaba perfectamente. Era el regalo más bonito que le habían dado en su vida.

– ¿Esto es siempre así? -preguntó a Barbara.

– ¿Qué quieres decir? -le preguntó ella, sonriendo.

– Que todos estén tan agradables, amables y generosos -dijo él.

– Claro… es Navidad -dijo ella-. Siempre es así, Richard.

Al día siguiente, Richard volvió a casa de la Nana Carmella cargado de regalos. Había pasado toda la mañana de compras y había procurado comprar regalos para todos los que estarían. Repartió alegremente sus regalos, recibiendo palabras de agradecimiento, besos, abrazos. No sabía que la gente podía ser tan cálida y efusiva, tan dispuesta a expresar sus sentimientos.

Al poco rato se sentaron todos otra vez a la mesa, y esta comida fue todavía más abundante que la de la noche anterior. Había antipasti, lasaña y berenjena a la parmesana, seguida de jamón y cordero, con patatas de tres clases, champiñones rellenos, bolas de arroz, cuencos enormes de ensalada, pasteles y fenochio (hinojo). Estuvieron comiendo durante horas, con un descanso entre plato y plato; se sirvió mucho vino, se hicieron brindis, hubo risas y se contaron chistes, algunos algo subidos de tono. También se cantaron villancicos.

Aquella Navidad, la familia de Barbara llegó a aceptar a Richard: se los había ganado con su timidez, con lo mucho que se veía que le gustaba estar allí, con los regalos que había traído, tan atento. Aunque no era italiano, lo hicieron sentirse bienvenido y querido, como si fuera en verdad uno de ellos, como de la familia. Sentía deseos de abrazarlos a todos, de rodearlos a todos con fuerza con sus fuertes brazos. Estaba radiante allí sentado, comiendo y sonriendo, y es posible que, por primera vez en su vida, Richard se sintiera verdaderamente contento de estar vivo. Richard se sentía… querido. Estaba tan conmovido, tan impresionado, que salió al patio cubierto de atrás y se echó a llorar, cubriéndose la cara con las manos. Barbara se lo encontró así y lo abrazó con fuerza, pensando que no era más que un niño grande.

Si ella supiera…

Cuando pasaron las fiestas y llegó el nuevo año, Richard y Barbara se siguieron viendo cada vez más. Pero Barbara empezaba a sentirse ahogada, acorralada. Richard siempre estaba allí. Mirara para donde mirara, siempre lo encontraba allí, esperándola, abriéndole las puertas, exigiéndole toda su atención. Le impedía ver a sus amigas, ni mucho menos salir con algún otro hombre, y ella se sentía encerrada. Había llegado a querer mucho a Richard, pero quería un respiro, ir a tomarse unos refrescos, y de tiendas y charlar largo y tendido con sus amigas. Decidió decírselo. Tenía derecho. Con solo diecinueve años, ya no podía hacer nada por su cuenta. Pensó cuál sería la manera mejor de hacerlo, le dio vueltas en la cabeza. No pidió consejo a ninguna amiga ni a nadie de su familia, pues no quería que nadie se enterara de lo acorralada que se sentía.

Mientras tanto, Richard decidió llevarla a su local favorito de Hoboken, el Ringside Inn de Sylvia. Richard había hablado de Barbara a Sylvia, le había contado lo bien que lo habían pasado en las fiestas, el banquete que habían comido. Barbara no tenía muchas ganas de ir al Ringside Inn. Era una parte de la vida de Richard con la que no quería tener nada que ver. Pero con lo amable que era, accedió a ir, y Richard presentó con orgullo a Barbara a todos los presentes y a Sylvia. Sylvia estuvo francamente grosera, hasta hostil. Le parecía que Richard había dejado de ir por allí por culpa de Barbara. Las partidas de billar americano de Richard atraían a la gente. Ella ganaba dinero gracias a él. Sylvia estaba resentida con Barbara, y se lo dijo abiertamente. El sentimiento era mutuo: a Barbara le pareció que Sylvia era la persona más grosera y más fea que había visto en su vida, y se lo dijo a Richard.

– No me gusta estar aquí -le dijo-. Está sucio; huele mal. No me gusta la gente… ¡No me gusta esa tal Sylvia! Dios, qué cara; podría parar un reloj con solo mirarlo, podría parar el Big Ben. Quiero marcharme, Richard.

Richard no podía entender ni por lo más remoto la mala impresión que se había llevado Barbara, ni por qué estaba Sylvia tan antipática, y los dos se marcharon.

– No quiero volver allí nunca más -dijo Barbara-, y la verdad es que tampoco entiendo por qué tienes que volver tú. Ese sitio es indigno de ti, Richard.

– Vale; supongo que habrá sido mala idea traerte -dijo Richard. No volvieron nunca allí en pareja, y al poco tiempo Richard dejó de aparecer por allí.

Días más tarde, Barbara hizo acopio por fin del valor necesario para decir a Richard lo que sentía. Había ido a recogerla al trabajo. Cuando se subió al coche, seguía sin tener idea de lo peligroso que era Richard, de que llevaba siempre pistola y cuchillo. Pero no tardaría en enterarse.

– Richard, tengo que hablar contigo -empezó a decirle.

– Di me -respondió él, percibiendo que iba a oír algo que no le iba a gustar.

– Mira, Richard, yo te quiero mucho. Lo sabes. Es que… bueno, me siento atrapada. Mire para donde mire, te tengo allí. Quiero algo de espacio; quiero salir con mis amigos. Quiero salir los sábados con mis amigas, como hacía antes.

Siguió explicándole con voz amable y considerada, cálida y sincera, por qué necesitaba algo de espacio. Era muy joven, y, según le dijo, no quería «un compromiso tan serio».

Le dijo que quizá le gustaría, incluso… ya sabes, salir con otros chicos.

Las palabras de Barbara cortaron a Richard como si fueran cristales rotos. Le hicieron daño. Le sacaron sangre. Cuando la oía hablar, llegó a palidecer, y torció los labios hacia la izquierda. Barbara no le vio bajar la mano y sacar el cuchillo de caza, afilado como una navaja de afeitar, que llevaba siempre atado al muslo, y mientras ella hablaba, él extendió el brazo y se lo puso a la espalda. Richard la miraba y sonreía mientras ella seguía disertando sobre la libertad, y el espacio, y lo joven que era. Levantó la mano y le dio un pinchazo con el cuchillo en la espalda, bajo el hombro izquierdo.

– ¡ Ay! -dijo ella-. ¿Qué ha sido eso?

Entonces, vio el cuchillo reluciente que tenía él en la mano.

– ¡Dios mío, me has clavado un cuchillo! ¿Por qué?

Al ver la sangre, los ojos se le llenaron de susto y de consternación.

– ¿Por qué? A modo de advertencia -dijo él, con voz de una tranquilidad desconcertante-. Eres mía… ¿entiendes? No vas a verte con nadie más, ¿entiendes? ¡Harás lo que yo diga!

– La verdad, esto es…

– Escucha, Barbara: si no puedo tenerte yo, no podrá tenerte nadie. ¿Entendido?

– Eso es lo que te has creído tú. ¿Quién demonios te crees que eres? ¿Cómo has podido clavarme un cuchillo de esa manera? ¿De dónde ha salido este cuchillo? -estaba atónita-. Se lo diré a mi familia. Se lo…

– No me digas -dijo él, con una voz tranquila, helada, con una voz que ella no le había oído nunca, impersonal, inhumana-. Dime qué te parece: ¿qué te parece si mato a toda ta familia, a ta madre y a tas primos y al tío Armond. ¿Qué te parece? -le preguntó.

Barbara, ya muy enfadada, se puso a gritarle, a insultarlo. Él la agarró de la garganta y se la apretó hasta dejarla inconsciente. Cuando volvió en sí, Richard iba conduciendo como si no hubiera pasado nada, tranquilo, fresco, dueño de sí mismo… como si se dirigieran al cine.

– Llévame a casa -dijo Barbara, procurando no ser demasiado agresiva. Evidentemente, la agresividad no daba resultado. Ya veía en él a un hombre muy peligroso, un loco, un psicótico, no se fiaba de él, le tenía un miedo mortal. Tenía que apartarse de él. Pero ¿cómo? Cuando llegaron a su casa, Richard volvió a advertirle que mataría «a cualquier persona que signifique algo para ti… ¿entiendes?».

– Sí; entiendo -dijo ella, mientras la mente le daba vueltas al hacerse cargo del terrible sentido de sus palabras. Mareada, con náuseas, se bajó del coche y entró en su casa caminando despacio. El se alejó en el coche.

Aquel día, la vida de Barbara dio un vuelco irreversible. De hecho, su vida estaba a punto de convertirse en una larga serie de pesadillas, de horrores, y nadie podía hacer nada por ella.

Ni su familia.

Ni la Policía.

Ni el propio Jesucristo.

Richard estaba indignado. ¿Cómo podía Barbara querer dejar de verlo, sentirse acorralada por él? Siempre había sido amable y delicado con ella. ¿Qué había hecho mal? ¿Qué podía hacer para volver a ganársela? La mente le daba vueltas como un tiovivo descontrolado. Se sentía mareado; el corazón le palpitaba con fuerza. Decidió que, si lo abandonaba, la mataría y la enterraría en South Jersey. Estando muerta, no podría hacerle daño. La solución, para él, era el asesinato, como siempre.

Al día siguiente, cuando Barbara salió del trabajo, Richard la estaba esperando en la puerta. Tenía flores para ella, un osito de peluche muy mono, buenas palabras en abundancia. Le dijo cuánto lo sentía; que el problema era que la quería demasiado.

– Barbara, nunca había sentido esto con nadie. La idea de perderte… es que me vuelve, sabes… me vuelve loco. Lo siento.

– ¿Y las amenazas?

– Sencillamente, no puedo perderte. No… no podría aguantarlo -le dijo-. Me volvería loco. Por favor, vamos a hacer que esto salga adelante. Vamos a intentarlo. Te quiero. Quiero casarme contigo.

– ¡Richard, ya estás casado, tienes hijos!

– Me voy a divorciar. Te lo prometo. Te lo juro. Te doy mi palabra.

Y, así, Richard convenció a Barbara, que era joven y crédula, de que tendrían un futuro maravilloso juntos. La verdad era que Barbara quería tener hijos, quería tener una familia y un marido atento y cariñoso, y sabía que ninguno podría ser más atento que Richard.

Si Barbara hubiera sido mayor, más madura, si hubiera visto algo más de mundo, si se hubiera conocido a sí misma mejor, habría encontrado la manera de poner fin a aquello allí mismo. Pero creía de verdad que Richard haría daño a las personas que ella más quería, y cedió a las súplicas incansables de Richard, aparentemente sinceras y sentidas.

Richard cenó aquella noche en casa de la Nana Carmella. Se había aficionado a los platos de la Nana Carmella y le gustaba mucho comer allí. En cierto sentido, estaba haciendo de la familia de Barbara su propia familia; los estaba asimilando como suyos, llenando un gran vacío que tenía dentro. La madre de Barbara había llegado a aceptar a Richard, y él se sentía en paz y como en casa cuando estaba allí.

A lo largo de las semanas y de los meses siguientes, mientras se acercaba la primavera, Barbara se sentía atrapada en una especie de telaraña pegajosa de la que no podía salir. Cuanto más se revolvía, más se enmarañaba. Richard era casi siempre bastante agradable, amable hasta caer en el servilismo. Podía ser muy divertido y de trato agradable. Pero no dudaba en pegarle, en apretarle la garganta, en amenazar con matarla a ella y a su familia. Barbara adoptó la postura de pensar: Mejor que me haga daño a mí que no a nadie de mi familia.

Cuenta que en un momento dado fue a hablar con la Policía, y le dijeron que si lo detenían por agredirla, saldría de la cárcel al poco tiempo, y ella creía que saldría con intención de matarla. Ya sabía que llevaba encima pistolas, además de un cuchillo.

Barbara pensó muchas veces en decírselo a su tío Armond y al hermano de la Nana Carmella, que era jefe de Policía de North Bergen, pero estaba absolutamente convencida de que si les contaba los malos tratos que le aplicaba Richard, le plantarían cara sin falta, y también sin falta Richard acabaría matándolos y enterrándolos en alguna parte. Él le decía abiertamente que haría eso. Ella lo creía. Calló y soportó los malos tratos, que no hicieron más que empeorar.

Barbara llegó a descubrir que Richard podía llegar a ser francamente sádico en grado sumo, frío como el hielo, según lo cuenta ella. Richard tenía, de hecho, todas las cualidades peores de su padre y de su madre, pero multiplicadas. Tenía la capacidad de Stanley para la crueldad repentina y prolongada, y la indiferencia de Anna ante los sentimientos de las personas. Richard había llevado esos sentimientos hasta altaras vertiginosas; era mucho más peligroso y cruel que lo que había sido nunca Stanley Kuklinski.

Por otra parte, cuando Richard era amable, era el tipo más agradable, simpático y generoso del mundo. Atento. Amable. Considerado. Muy romántico. Regalaba regularmente a Barbara rosas rojas de tallo largo, tarjetas de amor con frases románticas. Barbara se sentía como si estuviera en una montaña rusa. En una montaña rusa de la que quería bajarse con desesperación. Pero no sabía cómo.

La pareja mantenía ya relaciones íntimas con regularidad. Richard había alquilado un apartamento, y los dos se reunían allí para sus citas románticas. Richard no quería ponerse preservativo, Barbara no tenía acceso a ningún anticonceptivo, y pasó lo inevitable: Barbara se quedó embarazada. Parecía que aquello era lo que había querido Richard desde el principio: dejarla embarazada para obligarla a comprometerse más en su relación con ella.

Barbara estaba hundida. Ella, que solía ser una mujer animada, optimista, se sentía ahora deprimida, rodeada… acorralada, según explica.

Richard hablaba de casarse. Dijo que se alegraba de que estuviera embarazada, que siempre había querido tener hijos con ella, desde la primera vez que habían salido juntos. Barbara decidió que no quería casarse con Richard, que no quería tener a su hijo, y por fm, después de pasar mucho tiempo armándose de valor, acudió a su madre y le dijo la verdad…

– ¡Lo sabía! -dijo Genevieve con gesto severo, frío y airado-. Ya te lo dije. Ya te lo advertí. Eso era lo único que quería él, y tú se lo diste, a un hombre casado con hijos. ¿Cómo has podido? ¿Cómo has podido consentir que pase esto? Tú tienes más sentido común. Yo no te crié así…

Barbara, asqueada, se apartó de su madre.

La Nana Carmella fue mucho más comprensiva. No sabía nada del pasado de Richard. Él se la había ganado con su timidez y sus buenos

modales. Era verdad que no era italiano, pero ella, aunque con reticen cias, había llegado a a ceptar esto también, a aceptar a Richard. La Nana Carmella abrazó a Barbara y la tranquilizó, diciéndole que todo saldría bien.

Pero Barbara sabía que no. Sabía que se estaba hundiendo rápidamente en arenas movedizas. Era buena católica y no era partidaria del aborto. Aunque lo hubiera sido, en aquellos tiempos era difícil conseguirlo. Tomó la decisión de tener el niño. Pero no quería tener nada más que ver con Richard. Estaba seguro de que eso sería un viaje sin retorno a un lugar donde ella no quería ir. Saldría de la mejor manera posible de aquella mala situación en que se había metido. ¡Qué razón había tenido Sol Goldfarb acerca de Richard! Ojalá le hubiera hecho caso, se repetía a sí misma una y otra vez.

Barbara fue al banco, retiró todos sus ahorros y se marchó, se fue de la ciudad sin decir nada a Richard. Acudió a la única persona del mundo que la entendería, que la protegería, que la quería pasara lo que pasara y que no la condenaría en ningún caso: a su padre, Albert Pedrici. El señor Pedrici vivía en Miami Beach, y cuando Barbara se subió al avión, cuando el avión salió a la pista y despegó, ella se sintió como si estuviera dejando atrás un mal sueño, una pesadilla. Poco se figuraba que en realidad volaba hacia la pesadilla en la que se iba a convertir su vida.

19

Traición

Al Pedrici era un veneciano alto, apuesto, que amaba la vida y sabía gozar de ella. Tenía facilidad para reírse, para hacer amigos, era hombre sociable por naturaleza: todo lo contrario que la madre de Barbara. El padre de Albert había llegado a los Estados Unidos pasando por la isla de Ellis en 1906 y se había comprado una casa en la población de mayoría italiana de Hoboken, en la misma manzana donde vivían los Sinatra. Los Pedrici abrieron una tiendecita de alimentación en Hoboken y la familia salió adelante bien sin que les faltara nunca de nada. Albert conoció a la madre de Barbara cuando él tenía veintidós años y ella diecinueve. Fue como un amor a primera vista que los condujo a un matrimonio mal conjuntado y que no dio resultado. Albert y Genevieve se divorciaron cuando Barbara tenía dos años.

Durante su infancia, Barbara veía a su padre tanto como se lo permitían las circunstancias. Albert daba a Barbara todos los caprichos. Lo único que tenía que hacer ella era señalar una cosa, y ya era suya. La mimaba. Barbara estaba mucho más unida a su padre que a su madre, a pesar de vivir lejos de aquel; aun cuando su padre se fue a vivir a Miami, hablaban por teléfono con frecuencia, se escribían largas cartas. A Albert le encantaba vivir en Miami, el buen tiempo, el sol radiante, estar cerca del mar, la vida nocturna animada de la ciudad. Hacía mucha vida social con su segunda esposa, Natalie: iban a fiestas y a clubes por todo Miami. A Albert le gustaba bailar, y la pareja solía salir casi todos los fines de semana a «mover el esqueleto», como le gustaba decir a Albert.

Cuando Richard se enteró de que Barbara había huido de Nueva Jersey, se puso fuera de sí. Preguntaba constantemente a Genevieve y a la Nana Carmella adonde había ido Barbara. Ellas no querían decirselo. Richard estaba obsesionado. Volvía una y otra vez a la casa. No las dejaba en paz. No se ponía agresivo, ni grosero ni amenazador, pero Genevieve percibía que muy bien podía ponerse violento. Violentísimo. Había oído a Sadie y a Arnold contar algunas cosas sobre su violencia A pesar de todo, Genevieve dijo a Richard con toda claridad que se olvidase de Barbara, que siguiera con su vida, que se buscase una buena chica polaca de su edad.

– Usted no lo entiende -dijo él, sacudiendo la cabeza con desánimo-. Yo quiero a Barbara, la quiero con todo mi corazón. Nunca… nunca había querido a nadie como quiero a Barbara…

– Richard -le interrumpió Genevieve-, eres un hombre casado.

– Me voy a divorciar. Esa mujer, ese matrimonio, no han significado nunca nada para mí.

– Ya hace meses que lo dices, y no te has divorciado todavía. ¿A qué se debe eso?

– Yo… he tenido una racha de mala suerte. Necesito dinero para el abogado. Ya he hablado con él, es un abogado de Hoboken y no va a hacer nada mientras no le pague. Linda, mi ex, no significa nada para mí. La conocí cuando era muy joven. Nunca la quise. Los niños vinieron porque sí. Yo no quería, sabe usted, establecer un hogar, nada de eso. Barbara espera un hijo mío. Quiero casarme con ella. Desde la primera vez que salí con Barbara quise casarme con ella y fundar una familia con ella… lo juro. Barbara es una mujer de categoría. No había conocido a nadie como ella.

Hubo una larga pausa. Por fin, Genevieve dijo:

– Si te doy el dinero para el abogado de Hoboken, ¿te divorciarás?

– Inmediatamente, mañana mismo.

– ¿Lo prometes?

– ¡Por mi vida!

Genevieve lo miró larga y fijamente. Era un hombre muy apuesto. De hecho, Richard la había engatusado. Cuando quería, podía ser encantador… hasta llegar a encandilar a la gente.

– ¿Cuánto? -le preguntó.

– Mil -dijo él.

– Vuelve mañana y te lo daré -dijo ella.

– ¡No puede ser! ¿De verdad?

– Sí. De verdad. Yo no haría bromas con una cosa así.

Richard tomó en brazos a Genevieve levantándola como una muñeca, y la abrazó con tal fuerza que estuvo a punto de romperle las costillas.

– Entonces, ¿me dirá dónde está ella? -le preguntó, esperanzado.

– Sí; pero solo después de que te hayas divorciado… y me lo demuestres.

– Lo haré, lo prometo -dijo él.

Volvió al día siguiente; se llevó los mil dólares de Genevieve, que esta había ganado con mucho esfuerzo; se apresuró a ir a Hoboken, pagó al abogado, se prepararon los documentos, y Richard hizo que Linda los firmara. No le dejó otra opción. Después los firmó él, y, por medio del abogado, Richard y Linda quedaron divorciados ante la ley al poco tiempo. Richard no había querido nunca verdaderamente a Linda, y la odiaba desde el día que la encontró en el motel. Se alegró de verse libre de ella.

Richard volvió a visitar a Genevieve provisto de las pruebas de su divorcio, y esta vez ella le dijo dónde estaba Barbara… cosa que Barbara no perdonaría a su madre jamás.

Aquel mes de mayo hacía en Miami un calor y una humedad insoportable. Cuando se ponía el sol, el aire se llenaba de mosquitos. Había tantos mosquitos que no se podía salir a la calle. A Barbara no le gustaba Miami. No estaba acostumbrada a tanto calor. El embarazo le hacía sentirse especialmente incómoda. Temía que Richard hiciera daño a su familia. El había dicho una docena de veces que estaba dispuesto a hacerlo, y ella se sentía inquieta hasta el borde de la locura, no podía dormir, temía que en cualquier momento sonara el teléfono y le dijeran la noticia terrible, impensable: Richard ha matado a toda tu familia: a la Nana, a tu madre, a tu tía Sadie…

Barbara se preguntaba qué había hecho ella para merecerse una vida así. Había sido durante toda su vida una persona buena, temerosa de Dios. Siempre había hecho el bien, desde que tuvo uso de razón. Y ahora esto. Esa pesadilla viviente, que respiraba, que tenía ojos de serpiente. Barbara empezaba a pensar que debía de haber cometido en otra vida algún delito horrible, odioso, para haber quedado condenada a sufrir una situación tan injusta. Dios… no había Dios. ¿Qué Dios sería capaz de condenarla a ese destino?

Empezaba a preguntarse si se debería todo a que había tenido relaciones sexuales con Richard; relaciones caprichosas, lujuriosas, siempre que a él le había apetecido. Eso sería, sin duda. Aquello era lo que le había acarreado encima aquella maldición negra, aquel polaco psicótico de Jersey City. Llegó a creer que él era el castigo de las pasiones carnales de ella.

Barbara disfrutaba mucho de la compañía de su padre. El la apoyaba y la quería, y no la criticaba en absoluto, no le decía nada negativo. Le repetía constantemente que todo saldría bien, que tenía toda la vida por delante, que podría quedarse con él y con su mujer todo el tiempo que quisiera. No la presionaba en absoluto. Solo le daba amor, amor incondicional, sin esperar nada a cambio.

La tía Sadie la llamaba todos los días, y también ella la apoyaba y le daba optimismo, y hablaban de la alegría que era tener un hijo. La tía Sadie dijo que estaría encantada de cuidar a la niña (estaba segura de que sería niña) cuando Barbara estuviera dispuesta a volver a trabajar. Cada día que pasaba, Barbara se sentía más fuerte y más resignada a su destino. Dejó de castigarse a sí misma; empezó a dar largos paseos por la orilla del hermoso océano Atlántico, y le gustaba ir a nadar por la mañana, temprano, cuando el sol de Florida salía despacio por el este.

Se puso morena con el sol, y estaba muy guapa con su bronceado radiante, mientras su hijo se desarrollaba rápidamente en su vientre, cada vez mayor.

Llegó a Miami una furiosa tormenta procedente del sur. El cielo se puso negro de pronto, adquirió el color gris oscuro de la pólvora. Los fuertes vientos doblaban las palmeras, las movían como si estuvieran bailando al son de la música latina. Los relámpagos surcaban a su antojo el cielo oscurecido. Los truenos sacudían la atmósfera. A Barbara no le habían gustado nunca las tormentas, desde que era niña. Le parecían que eran malos presagios de desgracias venideras.

Barbara estaba sentada en el porche de la casa de su padre, viendo la tormenta, los relámpagos, cómo maltrataba el viento las palmeras, cuando vio de reojo que un taxi se detenía despacio ante la casa. Se bajó del vehículo un hombre solo, un hombre grande. Llevaba una maleta. Empezó a subir hacia la casa por el camino de acceso. Barbara comprendió de pronto, como herida por un rayo, que era Richard. Quiso levantarse y echar a correr, pero ¿dónde podría ir? ¿Dónde podía huir? Richard llegó a la puerta y llamó con fuerza. Barbara acudió disgustada, frunciendo el ceño.

– Te he encontrado -dijo él.

– Sí, ya lo veo.

– ¿Por qué huiste?

– ¿Por qué crees que hui?

– Estás preciosa. Has cambiado. Supongo que es verdad.

– ¿Que es verdad qué?

– Que las mujeres se ponen más guapas cuando están embarazadas.

– Eso lo dirás tú.

– ¿Puedo entrar?

– Si quieres que te diga la verdad, prefiero que no entres.

Se miraron el uno al otro, separados por el cristal de la puerta. Empezó a llover. Él seguía allí, bajo la lluvia.

– Me he divorciado -dijo, sacando los documentos del divorcio para enseñárselos-. Mira: tienen la firma de un juez.

Los papeles se están mojando.

– Me sorprende. No creí que lo hicieras.

– Te dije que lo haría, y lo hice. Te quiero, Barbara. Te quiero tanto, que me duele -le dijo. Y de esta manera, Richard consiguió acceder de nuevo a la vida de Barbara, con un cielo de tormenta rojizo y lleno de relámpagos a su espalda, como si la naturaleza intentara dar a entender algo a Barbara.

Cuando Barbara se enteró de que su madre había pagado el divorcio de Richard y le había dicho dónde estaba, llamó a su madre y se pasó un cuarto de hora riñéndola e insultándola sin parar. La respuesta de Genevieve fue la siguiente:

– No quiero que tengas un hijo sin marido. ¿Qué pensaría la gente? No está bien… No es… natural.

– ¿A mí qué me importa lo que piense la gente? No tenías ningún derecho a decirle dónde estaba. ¡Ningún derecho! ¡Ningún derecho!

Y le colgó el teléfono.

Barbara era joven e inexperta, y ahora se encontraba especialmente vulnerable con aquel embarazo repentino y no deseado, y no tardó en convencerse de que Richard cambiaría, de que el amor que le tenía lo arreglaría todo y que serían felices.

Al Pedrici aceptó con facilidad a Richard. Se daba cuenta de que Richard estaba loco por su hija, y decidió no estorbar a la pareja. Supuso que las cosas se arreglarían, que Barbara, cuyo embarazo resultaba más visible cada día, estaba mejor con un marido que sin ninguno. Al no tenía idea de lo violento que era Richard con Barbara, de sus amenazas homicidas, de la tranquilidad y la frialdad con que las profería, ni de que siempre iba armado. Barbara estaba segura de que incluso entonces Richard llevaba encima una pistola.

Barbara y Richard salieron a dar largos paseos y hablaron. Ella ya sabía que él tenía problemas con la bebida y con el juego y le hizo jurar que dejaría los dos vicios. Él lo juró de buena gana. Al consiguió encontrar a Richard un empleo de conductor de un camión de reparto, y él iba a trabajar con formalidad todos los días, sin quejarse, portándose bien, decidido a demostrar que podía ser un buen padre de familia. Un buen marido. Un hombre mejor. También tomó la resolución de dejar la vida delictiva. De dejar de matar a gente. De dejar la Mafia. Los días transcurrieron rápidamente, las semanas y los meses. Llegó el verano de Florida, que trajo todavía más humedad espesa y agobiante, así como más mosquitos gigantes. Al ir creciendo el vientre de Barbara, el calor y la humedad la molestaban cada vez más. Richard seguía insistiendo en que se casaran; Barbara accedió por fin, y cuando iba terminando el verano, Barbara y Richard se casaron ante un juez de paz en el ayuntamiento de Miami. Al y su esposa asistieron al acto. Aquella noche salieron todos a cenar bien en una marisquería. Se hicieron brindis. No hubo luna de miel; no había dinero para eso, y así, de pronto, Barbara Pedrici se convirtió en Barbara Kuklinski.

Aquel fue el peor día de mi vida, recordaba ella hace poco. Ahora que lo recuerdo, pienso que debería haberme tirado al mar y haberme ahogado, antes que casarme con Richard. Pero me casé con él, y mi suerte quedó echada.

Una noche, después de cenar, Richard vio que su nueva esposa se estaba fumando un cigarrillo, y tuvo una reacción desproporcionada: le arrancó el cigarrillo de la mano y lo aplastó con el pie.

– Si quiero fumar, fumaré -dijo Barbara, molesta.

La respuesta de Richard fue pisarle el pie derecho, cargando todo su peso y retorciendo, con lo que le rompió el dedo gordo del pie.

– ¿Estás loco? -preguntó ella haciendo un gesto de dolor-. ¿Qué le pasa?

– No vas a fumar -dijo él-. ¡Harás lo que yo te diga!

Y aquella noche Richard ni siquiera permitió a Barbara que se acostara. Le obligó a pasarse toda la noche sentada en un taburete gris de metal en el patio cubierto.

– Si te mueves de ahí, mataré a tu padre delante de ti -le dijo con una seriedad mortal; y dejó allí a Barbara.

Barbara, convencida de que Richard mataría de verdad a su padre, se pasó sentada en ese duro taburete de metal toda la maldita noche, como lo cuenta ella. La temperatura cayó bruscamente, como era habitual, y Barbara tenía tanto frío que empezó a temblar. Sin duda, debía haber acudido corriendo a la Policía, debía haber contado lo que había hecho Richard, lo que le estaba obligando a hacer; pero tenía tanto miedo por su padre que se pasó allí toda la noche, temblando y helándose, maldiciendo en silencio el cielo y la tierra, y a su madre, por haber dicho a Richard dónde estaba ella.

Barbara perdió al niño algunos días más tarde. Estaba segura de que la causa había sido lo que le había obligado a hacer Richard. Cualquier afecto que hubiera sentido alguna vez Barbara hacia Richard estaba siendo sustituido inevitablemente por otro sentimiento muy distinto: por el odio.

20

El amor, el matrimonio y los hijos

El 15 de octubre de 1962 Barbara y Richard Kuklinski regresaron a Nueva Jersey. Era una noche de frío terrible. El tío Arnold los fue a recibir al aeropuerto, lleno de sonrisas, abrazos y besos. Barbara se alegró mucho de ver a su tío y de haber vuelto a su casa. Cuando Barbara vio a la Nana Carmella, las dos lloraron de alegría y se dieron un abrazo larguísimo. Ahora que Barbara y Richard estaban casados, la familia estaba dispuesta a aceptarlo a él, para bien o para mal. El sueño de Richard de hacer de la familia de Barbara su propia familia se había hecho realidad. Era lo que había querido, y era lo que había conseguido. Al ver que los recién casados tenían poco dinero y no tenían donde vivir, Genevieve los invitó generosamente a alojarse con Nana y con ella hasta que «fueran saliendo adelante». Richard se había tomado muy en serio la tarea de hacer que su matrimonio con Barbara funcionara. Había jurado no volver a beber licores ni a jugar, y guardaba su palabra… en general. Barbara seguía sin tener una idea clara de lo implicado que había estado Richard en crímenes, en asesinatos, y Richard sabía que si quería tomarse en serio el matrimonio y tener una familia con Barbara, tendría que renunciar a todo aquello. Tenía que ser formal. Tenía que convertirme en un obrerete, en un hombre honrado, dice.

Como Richard no tenía estudios ni conocimientos especiales, sus oportunidades de encontrar trabajo estaban bastante limitadas. Pero Armond, el tío de Barbara, consiguió encontrarle un puesto de trabajo en los laboratorios cinematográficos 20th Century Deluxe, en la Octava Avenida, en Manhattan. A Richard no le gustaba tener que ir a la ciudad todos los días, pero tomaba obedientemente el autobús llevándose en una bolsa de papel de estraza el almuerzo que le había preparado Barbara. El trabajo consistía en mover y almacenar cajas y grandes rollos de película, en hacer recados y en recoger y tirar los trozos de película descartados. Estaba empezando por lo más bajo del escalafón. Los laboratorios cinematográficos 20th Century Deluxe producían copias de películas a partir de copias maestras, para distribuirlas por los cines de todo el país. Richard aprendía pronto, siempre estaba buscando nuevas oportunidades y estaba deseoso de subir en la empresa, de modo que empezó a fijarse bien en cómo hacían las copias los operadores con las máquinas. Había un operador con pelo de remolacha llamado Tommy Thomas que enseñó pacientemente el proceso a Richard, paso a paso. Al cabo de pocos meses, Richard empezó a trabajar de operador. Le subieron el sueldo, y empezó a ganar noventa dólares por semana. El trabajo empezaba a gustarle, y no tardó en encontrar el modo de ganarse algún dinero más haciendo copias piratas y vendiéndolas en el mercado negro. Los laboratorios hacían todas las copias de las copias maestras de Disney para la Costa Este, y Richard empezó a sacar copias piratas de La Cenicienta, Bambi y Pinocho, para las que siempre había un buen mercado. Estaban en primavera, y Richard convirtió en todo un negocio el pirateo de los dibujos animados de la Disney.

Richard y la madre de Barbara no se llevaban bien. A ella no le gustaba el modo en que él trataba a Barbara. Pero Richard sí apreciaba a Carmella: era difícil no apreciarla, con su bondad, su tolerancia y su enorme generosidad.

Parecía que el tiempo volaba. Volvieron a llegar las Navidades, y a Richard le encantó sentarse a la mesa de Navidad, llena de alegres adornos, esta vez en calidad de marido de Barbara. Orgulloso y satisfecho, comía, bebía, reía, e incluso cantaba con el resto de la familia. Era uno más.

En cuanto al amor, Richard no se cansaba de Barbara. La pareja no usaba anticonceptivos de ningún tipo, y Barbara no tardó en quedarse embarazada otra vez. Pero perdió también este hijo, tuvo un aborto por causas naturales. Los médicos le dijeron que tenía muy débiles los músculos del canal vaginal, y que los músculos no apoyaban debidamente el feto; era un problema que no había tenido ninguna otra mujer de la familia. Pero tanto Barbara como Richard querían tener hijos, familia propia, y se pusieron enseguida a buscarlos de nuevo.

Richard no tenía ningún reparo en pegar a Barbara delante de la Nana o de Genevieve. A él le parecía que aquello era normal, que un hombre pegara a su mujer, que la dominara físicamente a voluntad. Era lo único que había conocido en su vida, y daba bofetadas y empujones a Barbara delante de su madre.

– ¡Richard! ¡No hagas eso! -le reñía Genevieve; pero a él le traía sin cuidado. Una vez hasta llegó a arrojar un cojín a Genevieve y a decirle que no se metiera en sus asuntos.

La pareja alquiló un apartamento pequeño en el oeste de Nueva York. El poco dinero que tenían ahorrado se acabó rápidamente. A Richard no le gustaba nada estar en la ruina, tener que renunciar a cosas que deseaba: muebles, ropa, un coche nuevo, un televisor más grande, un equipo de música. Aquello le recordaba la pobreza agobiante y los sacrificios de su infancia. Estaba deprimido, de mal humor y lleno de mal genio, y lo descargaba en Barbara, que había llegado a considerar sus malos tratos como una parte integral, aunque retorcida, de su matrimonio, y aprendió a aceptarlos con estoicismo. Pero Barbara se iba distanciando de Richard cada vez más. A veces se sentía más como una cautiva suya que como su esposa, y, sorprendentemente, solía plantarle cara, le replicaba, estaba en desacuerdo con él, lo fustigaba con su ingenio agudo y cortante, lo que solo servía para alimentar la ira de él. Barbara siempre había sido una persona franca e independiente con bastante personalidad, y el gigantón de su marido no le iba a despojar de aquello. Le rompió la nariz por fumar; le rompió unas costillas por no untarle la mantequilla de cacahuete en el emparedado como le gustaba a él; le ponía los ojos negros a golpes; pero ella le plantaba cara, tenía un valor impresionante si se tiene en cuenta el tamaño de Richard y su fuerza casi sobrehumana. La fuerza de Richard asombraba constantemente a Barbara: era capaz de subir a cuestas una nevera, una cocina, una pila de porcelana, hasta el segundo piso del bloque de apartamentos, él solo, como sin nada.

Barbara se quedó embarazada por tercera vez, y por prescripción del médico evitó hacer esfuerzos, hacía ejercicios para reforzar los músculos débiles. Richard estaba atento con ella, no le dejaba llevar pesos. Pero seguía pegándole, maltratándola, si ella lo hacía enfadar o le replicaba.

– Grandullón, tipo duro, no eres más que un matón -le decía ella.

Cuando Richard volvía a casa de su trabajo, solía hablar del laboratorio cinematográfico y de su colega gay, Tommy Thomas. Aunque Barbara no lo conocía en persona, sabía el aspecto que tenía porque Richard se lo había descrito: tenía la cara pecosa, de rasgos aguileños, y pelo rojo de zanahoria.

Una noche, la pareja estaba en la cama viendo El programa de Milion Berle y apareció en la pantalla un hombre de aspecto extraño, de pelo rojo chillón. Barbara comentó de pasada lo raro que era, que se imaginaba que Tommy sería así. Sin previo aviso, Richard dio a Barbara una paliza, le rompió la nariz, la golpeó con tal violencia que ella tuvo una hemorragia vaginal. Llamó a su madre. Genevieve acudió a toda prisa, vio el estado de su hija y llamó a una ambulancia. Barbara estaba embarazada de cinco meses. El niño estaba naciendo de manera prematura; de hecho, cuando los médicos de urgencias la examinaron, ya asomaba una pierna. Ayudaron al niño a salir; era un varón. Estaba muerto.

Barbara estaba fuera de sí. Odiaba a Richard. Había deseado tanto tener un hijo, un chico; no había consuelo. Pensó denunciar a las autoridades lo que había pasado, pero tenía un miedo mortal a lo que pudiera hacer Richard a su familia, a su madre, a su primo Carl, al que Barbara apreciaba mucho, y Richard lo sabía; de modo que no dijo una palabra de la paliza y de cómo había perdido en realidad al niño.

Por la tarde, Richard se presentó en el hospital como si no hubiera pasado nada, llevando unas hermosas rosas rojas y una caja grande de bombones caros. No dijo nada de lo sucedido, salvo que había sido culpa de Barbara, a lo que esta respondió:

– Sí, claro, me he pegado a mí misma, soy responsable de haber perdido al niño. ¡Mentira!

Él no le hizo caso. Ella volvió a casa a los dos días. Estaba callada, hosca, y se estaba planteando su vida con Richard, cómo podría soportar a aquel loco violento con el que se había casado. Le rondaba la idea del suicidio. Se preguntó si él maltrataría físicamente a los hijos que pudieran tener.

Cuando Richard quiso acostarse con Barbara, ella se negó abiertamente durante mucho tiempo, pero él no estaba dispuesto a aceptar una negativa, y Barbara se quedó embarazada de nuevo, por cuarta vez. Richard le prometió que no le pegaría, pero si volvía a casa de mal humor y no le gustaba algo que había hecho Barbara, le daba una bofetada.

Cuando a Barbara empezó a crecerle el vientre de nuevo, se armó del valor suficiente para decirle:

– Richard, escúchame bien… escúchame muy bien: si Dios nos manda un hijo, y tú haces daño a ese hijo, si pegas a ese hijo, te juro que te mataré. Te cortaré el cuello cuando estés dormido. Te pondré veneno en la comida. Te mataré. Pegarme a mí, maltratarme a mí, es una cosa. Pero si pones un dedo encima a mi hijo, estás muerto.

Cosa extraña, Richard aceptó esto con facilidad; ni siquiera le replicó.

Barbara y Richard se mudaron de nuevo a un piso pequeño y bonito con jardín en Cliffside Park. Aquel cuarto embarazo fue muy difícil para Barbara. Los últimos meses los tuvo que pasar en cama. Visitaba a un pediatra todas las semanas. Entre las visitas al médico y todo lo demás, estaban cortos de dinero. Para salir adelante y tener algo ahorrado ante la llegada del niño, Richard tomó un segundo empleo llevando un camión de reparto. Trabajaba todo el día en el laboratorio, se volvía a casa en autobús, tomaba una cena rápida y volvía a salir a llevar el camión de reparto durante buena parte de la noche. Después, dormía unas cuantas horas antes de volverse de nuevo al laboratorio. Estaba siempre cansado, de mal humor; tenía agujetas, y seguía encontrándose corto de dinero. Tener un hijo salía caro. Me parecía que cuanto más trabajaba, menos teníamos. Me sentía como si… me estuviera ahogando, y que por mucho que me esforzaba, no conseguía mantenerme a flote, explicó Richard.

En contra de sus mejores intenciones y de la solemne promesa que se había hecho a sí mismo, Richard decidió hacerse delincuente otra vez; solo que esta vez se propuso tener mucho más cuidado y prudencia y no correr riesgos innecesarios.

No tardó en volver con su viejo amigo… el crimen.

Richard se puso en contacto con un par de tipos de Jersey City que conocía, dos irlandeses rudos que eran callados, uno tipos legales, discretos y duros, artistas profesionales del asalto a camiones. Uno se llamaba John Hamil, el otro Sean O'Keefe. Tenían contactos con tipos que trabajaban en diversas empresas de transportes, y a veces les daban el aviso de alguna buena carga. Sabían que Richard era de fiar y duro, que tenía la boca callada… y que era mortal. Los tres, avisados por un cargador de camiones, se pusieron a vigilar una empresa de transportes de Union.

Vieron que los camioneros se limitaban a entrar con la caja del camión en el patio de carga, se enganchaban a un tráiler y se ponían en camino sin más que saludar con un gesto al guardia de seguridad al pasar. Decidieron que aquella sería una manera fácil de poner la mano encima a cargas valiosas sin el menor-esfuerzo. Richard hasta asistió a una autoescuela para aprender a llevar tráilers de dieciocho ruedas. Era el único que tenía los huevos de entrar en el patio de carga y engancharse a un tráiler como si tuviera todo el derecho del mundo, tan tranquilo que a nadie se le ocurría decirle nada.

Cuando la nueva banda se enteró de que había un cargamento valioso de ropa vaquera, robaron un camión. Richard se vistió de camionero, hasta se puso una gorra del sindicato de camioneros, y entró con el camión en el patio, se enganchó al tráiler de ropa vaquera y se puso en marcha, procurando despedirse con la mano del guardia de seguridad, que le devolvió el saludo con una sonrisa. Todo funcionó como un reloj. Ahora solo les faltaba llevar el tráiler a un comprador de Teaneck y cobrar, y el trabajo estaba hecho. A Richard le agradaba lo bien que había salido el golpe. Pero seguía inquieto: ahora, por primera vez en su vida, tenía algo que perder: una esposa a la que quería y un niño al que querría también incondicionalmente. El plan era que John y Sean seguirían a Richard hasta el almacén de Teaneck, pero para seguir a Richard tuvieron que saltarse un semáforo y los hizo parar un agente de la Policía estatal de Nueva Jersey. Richard siguió adelante, con aprensión y sin dominar bien aquel tráiler enorme en la carretera. Se tranquilizó, se recordó a sí mismo que debía conducir despacio, que no debía hacer nada por lo que lo pudieran hacer parar. Tanto la caja como el tráiler eran robados, y él llevaba encima un revólver del 38 con cañón de dos pulgadas. Si un policía lo hacía parar por algún motivo, él lo mataría y seguiría adelante. Juró que no iría a la cárcel, que no lo apartarían de la única persona a la que había querido en su vida… ni de su hijo, que estaba por nacer. A aquel hijo lo amaría y lo cuidaría, se encargaría de que no le faltara nada.

Mientras Richard pensaba en el futuro esperando que no apareciera ningún policía, cortó el paso sin darse cuenta a un Chevrolet rojo. En él iban unos jóvenes. Estos se pusieron a su lado y empezaron a decirle cosas, a insultarlo, y después se le pusieron delante y redujeron la velocidad, obligándole a pisar con fuerza los pesados frenos neumáticos. Le hicieron el gesto de levantar el dedo corazón, un gesto que siempre encolerizaba a Richard. Siguieron así. El supuso que estaban borrachos. Pero seguían obligándole a reducir la velocidad y a pisar los frenos. Siguieron así durante varios kilómetros. Richard temió entonces que un agente de la Policía estatal lo viera conducir de manera irregular y le mandara parar, y entonces tendría un problema grande. Decidió frenar y detenerse por su cuenta, dejar que aquellos dos imbéciles siguieran su camino; y así lo hizo. Pero el coche también se detuvo y dio marcha atrás. Ay, mierda, pensó Richard. Yo no quiero meterme en líos, pero los líos me siguen a mí.

Se bajó de la cabina sacudiendo la cabeza, esperando que la situación se calmara cuando vieran lo grande que era; pero los dos tipos se bajaron de su coche insultando a Richard. Uno llevaba un bate de béisbol recortado.

– Mirad, chicos -dijo Richard-, no quiero líos. Seguid vuestro camino. Yo estoy trabajando, nada más.

– ¡Que te jodan, puto gilipollas! -dijo el tipo del bate, que no dejaba de amenazar con él a Richard.

– No me joderán a mí; te joderán a ti -dijo Richard, y sacó el 38 y los abatió a los dos a tiros. Después se acercó a ellos y los remató de sendos tiros en la cabeza, para asegurarse de que no pudieran irse de la lengua. Después se subió tranquilamente a la cabina y se puso en marcha. Sin más incidentes, llegó al almacén, cobró su parte del dinero y se volvió a su casa.

Siempre reservado, no contó nada de lo sucedido a Sean ni a John.

Con lo ganado en aquel trabajo, doce mil dólares, Richard se compró un coche mejor, un televisor grande en color y algunas cosas que necesitaban para la casa, y dejó un poco ahorrado. Barbara no le preguntó de dónde había sacado el dinero; bien sabía que no debía preguntarle… nada. Si él tenía algo que decirle, ya se lo diría.

Richard estaba satisfecho. Se había arriesgado, había dado un buen golpe; era todo un hombre, un buen cabeza de familia. Saldría adelante.

No pensó siquiera en los dos hombres que había matado. Para él eran como dos insectos que se hubieran estampado en el parabrisas. Eran víctimas de la carretera, nada más. Pero sí que se libró del revólver que había utilizado para aquel trabajo.

Los dos asesinatos no se relacionaron nunca con Richard: no había testigos ni pistas, solo dos hombres muertos a tiros en la carretera.

Cuando a Barbara le creció el vientre, Richard intentó controlar su mal genio. No quería hacerle daño, hacerle perder otro niño. No quería convertirse en lo que había sido su padre, explicó hace poco. Cuando me enfado, lo veo todo rojo y exploto como una bomba. Es una cosa que no me gusta de mí mismo. Sigue sin gustarme. Yo no quería hacer daño a Barbara. Quería a Barbara. Supongo que el problema era que estaba obsesionado con ella. Después de… después de pegarla o maltratarla, siempre me odiaba a mí mismo. Me odiaba de verdad. Me miraba al espejo y no me gustaba lo que veía.

Richard seguía llevando dentro el gusanillo del juego.

Con intención de multiplicar el dinero que había ganado en el robo del camión, acudió a una partida fuerte de cartas en Paterson. Richard llegó a la partida con seis mil dólares en el bolsillo, en billetes de cien. Durante unas horas tuvo una racha ganadora dorada, pero acabó perdiendo los seis mil. Se volvió a su casa furioso consigo mismo. Barbara no sabía nada del dinero que había tenido y que había perdido. Richard entró por la puerta con un humor de perros, siniestro. Ya estaba casi amaneciendo, pero Barbara sabía que no debía hacer preguntas a su marido sobre sus hábitos irregulares. Le preparó unos huevos. Él dijo que estaban pasados, los tiró al suelo y se fue a la cama. Menos mal que me lo quito de encima, pensó Barbara.

La tía de Barbara, Sadie, falleció. El corazón enfermo le falló por fin, y murió en paz mientras dormía. Barbara quedó destrozada. Había estado muy unida a Sadie. Richard la había apreciado (y él no apreciaba a mucha gente) y asistió al entierro con Barbara, estuvo allí sentado comportándose como es debido. Cuando Barbara lloraba, él la consolaba. No había visto nunca el modo que tenían los italianos de expresar abiertamente su dolor, y le sorprendió. Para Richard, la muerte no era más que un proceso natural; no era cosa como para quedarse hundidos. Parecía que estaba extrañamente distanciado del dolor normal que sienten las personas por la desaparición de un ser querido. Era la falta de empatia, síntoma clásico de la personalidad psicótica. Stanley Kuklinski había conseguido despojar a Richard a golpes de su empatia. Richard no había visto nunca a Barbara tan alterada, ni siquiera cuando había perdido al hijo el año anterior.

Aquella noche tenían que asistir al oficio fúnebre oficiado por el párroco, el padre Casso, pero Barbara y Richard llegaron tarde porque él tuvo que ir a alguna parte y la recogió cuando ya había empezado el oficio religioso. Ella estaba enfadada, y él no entendía por qué.

– Ya está muerta, ¿no? -le dijo él.

– No se trata de eso. Se trata de manifestar el respeto debido.

El no supo qué responder, no tenía ningún punto de referencia ni concepto claro de aquel tipo de respeto.

Merrick Kuklinski nació en marzo de 1964. Era una niña sana, al parecer. Barbara estaba entusiasmada. Había perdido tres hijos, y ¿quién sabía lo que podía pasar con los estallidos irracionales de Richard? A diferencia de los hijos que había tenido con Linda, Richard veía en aquella niña una bendición valiosa, y estuvo muy cariñoso con Barbara. No podría haber estado más atento en todos los sentidos. ¿Quería algo de beber, de comer? ¿Qué quería que le trajese? Barbara empezaba a pensar que, de hecho, se había casado con dos hombres claramente distintos, el Richard bueno y el Richard malo. Cuando era el Richard bueno -explicaba ella-, era el colmo de la amabilidad, de la generosidad y de la consideración. Cuando era el Richard malo, era el canalla más malo del mundo.

Cuando llegó el momento de volver a casa con Merrick, Richard llevó con orgullo en brazos a su niña, con el máximo cuidado y una gran sonrisa en su cara de pómulos marcados. Había querido tener una niña, y ya la tenía. Creía, cosa rara, que un hijo varón se habría disputado con el tiempo el afecto de Barbara, y por eso solo quería niñas. En aquella época no solía ver casi nunca a los dos niños que había tenido con Linda. Era como si el padre de estos hubiera sido otro hombre, y no Richard. No se sentía ligado con aquellos niños como con Merrick.

Cuando llegaron a casa con Merrick, toda la familia de Barbara fue a verlo. Todos estaban emocionados por Barbara, sabiendo que había perdido tres niños seguidos. La Nana Carmella de Barbara fue a la iglesia a poner velas para dar gracias a Dios, pues estaba seguro de que había intervenido para enviar a su hija la bendición de una niña hermosa y sana. Se sirvieron bebidas. Se hicieron brindis efusivos. Richard repartió puros, orgulloso, en el papel de padre sonriente. Qué bella era la vida.

Pero pronto descubrieron que Merrick no estaba tan sana como parecía. Tenía una obstrucción urinaria que le producía problemas renales, fiebre alta, convulsiones. Sufría constantemente, y tenía que ir con frecuencia al médico para someterse a muchas intervenciones y operaciones.

Mientras tanto, Barbara se había quedado embarazada otra vez. Su quinto embarazo fue relativamente sencillo, aunque sus últimos meses tuvo que pasarlos otra vez en la cama. Fue una época difícil para ella. No era persona de trato fácil; a veces era exigente y cortante. Tenía que hacer visitas frecuentes al médico. Las facturas se acumulaban. Richard tenía la sensación de que iba nadando contracorriente y no avanzaba por mucho que lo intentara. Se buscaba la vida, corría riesgos, pero le seguía costando trabajo salir adelante. Se sentía atrapado. Barbara tuvo una segunda hija a la que llamaron Christine.

Merrick se convirtió en una niña atractiva de grandes ojazos redondos que tenía que estar ingresada en el hospital con frecuencia. Richard le dedicaba toda su atención. Se quedaba junto a su hija mayor, le acariciaba el pelo, corría a llevarle cualquier cosa que le hiciera falta. Hasta dormía con ella, como hacía Barbara, en su habitación del hospital, en el suelo, sin más que una almohada y una manta delgada. Fue una agradable sorpresa para Barbara ver que Richard era un padre bueno y cariñoso. Se dio cuenta por primera vez de que Richard podía ser un hombre verdaderamente bueno, y se alegró de tenerlo a su lado en aquella situación difícil.

Las facturas de los médicos y del hospital se acumulaban. La pareja no tardó en estar hundida en las deudas. Aunque la madre y la abuela de Barbara hacían lo que podían, Richard tenía que pasarse cada vez más horas trabajando en el laboratorio. A veces hacía su turno de trabajo y se quedaba después toda la noche sacando copias piratas de películas y dibujos animados populares. Pero por mucho que trabajaba, por muchas horas extra que hiciera, por muchas películas pirateadas que copiase y vendiese, nunca había dinero suficiente. Barbara se quedó embarazada otra vez. La familia se trasladó a un piso mayor en Cliffside Park. Las deudas se acumulaban. Así lo recuerda Richard: Me parecía que me estaba hundiendo en un hoyo, y que cuanto más trabajaba, cuanto más me esforzaba, me hundía más y más. ¡Esa vida honrada no me daba resultado!

Richard llamó a John Hamil, de Jersey City.

– ¿Tenéis algo bueno? -le preguntó.

– La verdad es que sí, Rich.

El botín de aquel trabajo era un camión de relojes de pulsera Casio, que eran populares y fáciles de convertir en dinero. Había un tipo de Teaneck que estaba dispuesto a comprar todo el cargamento. Richard, John y Sean fueron a verlo. Tenía un almacén muy cerca de la Ruta 4. Era un tipo grande y corpulento que hablaba por un lado de la boca, como si tuviera la mandíbula paralizada. Confirmó que se llevaría todo el cargamento; se acordó un precio.

– Todo el mundo quiere esos putos relojes. Me llevaría cinco camiones si pudierais ponerles las manos encima -les aseguró.

Una vez acordado aquello, Richard y sus socios se dispusieron a robar el cargamento de relojes Casio. Les habían dado el soplo de dónde y cuándo estaría el cargamento. Siguieron al camión e hicieron detenerse al conductor enseñándole placas de Policía falsas. Richard se subió a la cabina y se pusieron en camino, dejando al conductor atado al borde de al carretera. Richard llevaba guantes, como siempre. Siempre que hacía algo ilegal, fuera lo que fuera, llevaba guantes. Consiguieron llegar al almacén de Teaneck. El hombre que había accedido a comprarles la carga se deshacía en sonrisas. Pero se empeñó en que su equipo de tres hombres descargara el camión para asegurarse de que estaba toda la carga… cien mil relojes de pulsera.

– Escucha, amigo, están todos -le dijo Richard-. Ni siquiera hemos abierto el tráiler.

– Tengo que comprobar -respondió él.

– De acuerdo. Sin problema, amigo -dijo Richard, deseando acabar con aquello, recibir el dinero y volverse a su casa con su familia. Naturalmente, iba armado. Llevaba dos pistolas bajo la chaqueta, metidas en los pantalones.

Los otros tres tipos descargaron los palés del tráiler con carretillas elevadoras. Richard, Sean y John, impacientes, los veían trabajar.

Cuando la carga estuvo en el suelo del almacén, abrieron las cajas y contaron los estuches de relojes. Eran exactamente cien mil. Toda aquella operación había durado dos horas.

Richard se estaba impacientando.

– Ya lo ves, amigo: te lo dije -espetó, sabiendo que el riesgo que corría se acumulaba cuanto más tiempo pasara allí. Richard se estaba poniendo tenso, y cuando Richard se ponía tenso, era frecuente que muriera gente de manera repentina.

– Pasad a la oficina -dijo el comprador. Richard tenía una mala impresión, de que se avecinaba algo desagradable.

– ¿Queréis una copa? -le ofreció el comprador, hablando por un lado de la boca.

– No, gracias; solo el dinero -dijo Richard.

– ¿Sabes? De eso quería hablarte -insinuó el comprador, que tenía más cara de comadreja a cada momento que pasaba.

– ¿De qué? -preguntó Richard, sabiendo de antemano la respuesta.

– Del dinero.

– ¿Qué hay que decir de eso, amigo? Hemos acordado un precio. Ya tienes los relojes. Ya es hora de que nos des el dinero. Así de sencillo.

– No es tan sencillo. He pensado que me gustaría… renegociar.

– ¿Cómo dices? -soltó Richard, frunciendo el ancho ceño, con ojos que se volvían fríos, helados, distantes.

– Cincuenta de los grandes en vez de setenta y cinco. Eso me vendría mejor -dijo la comadreja.

– Y una leche -contestó Richard. Acordamos setenta y cinco. ¿Y ahora que has hecho que los tuyos descarguen los relojes, quieres renegociar? Qué gracia. Eres muy gracioso, amigo, ¿lo sabías?

Richard echó una mirada a Sean y a John, diciéndoles con los ojos que estuvieran listos porque ahí iba a haber problemas. Tiros.

– Ya conoces a Tommy Locanada, de Hoboken. Es mi goombah [2]. Vamos a llamarlo, y él te dirá que cincuenta es un buen precio.

Eso terminó de enfadar a Richard.

– Puedes llamar a Jesucristo mismo si te da la gana, joder. No vamos a aceptar cincuenta. Acordamos setenta y cinco y así será.

– No será -dijo el comprador; y entonces a Richard se le terminó la paciencia, sacó la pistola y le pegó un tiro al comprador en la cabeza. Estaba muerto antes de llegar al suelo, antes incluso de enterarse de que su vida había terminado. Richard salió corriendo al almacén y mató rápidamente a los otros tres tipos de sendos tiros en la cabeza.

– No podemos dejar testigos -dijo; y volvieron a cargar los relojes en el camión y se marcharon, asegurándose de que no dejaban pistas. Cuando se descubrieron los cadáveres al día siguiente y se llamó a la Policía, los asesinatos se calificaron de «ajuste de cuentas del crimen organizado» y no se resolvieron nunca, no se relacionaron nunca con Richard Kuklinski.

Consiguieron vender el cargamento a Phil Solimene, un malhechor al que Richard conocía bien desde hacía muchos años. Solimene era un hombre de aspecto fiero, de cabellera negra y espesa muy engominada. Era amable y encantador. Solimene tenía muchos negocios, todos ilegales. Tenía en Paterson una tienda de artículos rebajados sin letrero en la puerta. Vendía de todo, y todo lo que vendía era robado: pequeños electrodomésticos, perfumes, café, frutos secos, alimentos enlatados de todas clases: todo fruto de robos y de asaltos a camiones. Encima de la tienda tenía a unas cuantas chicas que practicaban la prostitución, y vendía también películas porno, hasta aquellas en las que aparecían escenas duras de zoofília, de cualquier clase, mujeres jodiendo y haciendo felaciones con perros y con ponis. Había un gran mercado para esas cosas, y Solimene lo cubría de buena gana. Estaba dispuesto a vender cualquier cosa, hasta a su madre. También dirigía una banda de ladrones de casas y hacía de perista para todo tipo de ladrones que robaban en las viviendas de toda Nueva Jersey. En cierto modo era el Fagin [3] de Nueva Jersey. Las noches de los fines de semana, Solimene organizaba partidas de póquer en la trastienda. Richard lo apreciaba porque era un delincuente nato, todo un artista capaz de hacer cualquier cosa para ganarse un dólar: los dos hablaban el mismo idioma. Aunque Solimene no era un asesino nato, como Richard, tampoco tenía reparo en preparar una encerrona para que a alguien lo atracaran a mano armada y lo mataran. Solimene era uno de los pocos amigos que había tenido Richard en su vida; lo que resultó ser un error fatal.

La idea de volver a dedicarse plenamente a la vida delictiva le parecía cada vez más atractiva, como una olla de monedas de oro al final de un gran areoíris. Richard quería algo más en la vida. Una porción más grande y apetitosa del célebre pastel americano. Hasta pensó en volver a «hacer daño a la gente» por dinero, a practicar el asesinato a sueldo. Era un trabajo que hacía bien, que le gustaba y que le planteaba un desafío; pero ahora tenía familia, tenía algo que perder.

Con todo, seguía yendo a trabajar todos los días al laboratorio cinematográfico, robaba allí más y más. Según cuenta, descubrió por entonces que los tres propietarios de la empresa se robaban los unos a los otros, sisaban material (grandes latas de película) y copias maestras que podían servirles para hacer otras copias que venderían clandestinamente.

Cuando Richard se dio cuenta de lo que pasaba, los propietarios tuvieron de pronto un cuarto socio: él. Se volvió cada vez más atrevido, y empezó a vender las costosas latas de película, además de las películas y los dibujos animados que pirateaba.

En los laboratorios se copiaban y se revelaban con toda normalidad películas X. Eran completamente legales, y en aquellos laboratorios se procesaban casi todas las películas pornográficas que se producían en la Costa Este.

Richard empezó a piratear estas producciones; a veces se quedaba toda la noche haciendo funcionar cuatro y cinco máquinas a la vez. Funcionaba de acuerdo con otro tipo del laboratorio, un revelador, y entre los dos copiaban y revelaban pornografía de todo tipo.

Richard estaba viendo con regularidad pornografía dura por primera vez en su vida. Dice que no solía excitarlo; tenía a las mujeres que actuaban en esas películas por putas y perdidas, y no lo excitaban en absoluto. Aunque sí que le llamaban la atención las producciones del tipo «chica-chica». También procesaban películas porno en las que aparecían escenas de zoofilia, en una de las cuales aparecía Linda Lovelace, que todavía no era famosa, haciendo una felación con ganas a un perro pastor alemán muy contento. Richard vendía algunas de estas películas a Phil Solimene, y parecía que se las quitaban de las manos. Nunca hablaba de estas cosas con Barbara. Ella sabía que se dedicaba a la venta clandestina de películas de dibujos animados, y no le daba gran importancia, no le parecía cosa muy grave.

Richard quería ganar más dinero y habló con un tipo que había conocido en los laboratorios y que tenía contactos, Anthony Argrila, asociado a la familia Gambino del crimen organizado. Argrila dijo que su socio, Paul Rothenberg, y él, estaban dispuestos a comprarle todas las películas que pudiera piratear Richard; y de esta manera, de la noche a la mañana, Richard se encontró, sin saberlo, vendiendo pornografía pirata a la familia Gambino, que controlaba las tiendas de pornografía de todo el país.

John Hamil llamó a Richard para decirle que un camión cargado de televisores iba a salir de una empresa de transportes, en el estado próximo de Pensilvania.

– Tenemos la matrícula del camión y todo lo demás -le explicó John.

– Contad conmigo.

– Rich, tenemos que darnos prisa.

– Yo estoy preparado -dijo Richard, y, a la noche siguiente, Sean, John y Richard se dirigieron a Pensilvania. Como no querían llevar un camión robado hasta Nueva Jersey sin tener preparado a un comprador, decidieron buscar un escondrijo seguro para el camión hasta que localizaran a un comprador. Siempre era mejor vender todo el cargamento de una vez: no era cuestión de vender al por menor, sino al por mayor. John conocía a un tipo que tenía una granja en el condado de Bucks, con un granero, y el hombre accedió a dejarles guardar el camión robado en su granero por quinientos dólares al contado, sin hacer preguntas.

Robaron el camión sin dificultad. Amenazaron al camionero con una pistola cuando se detuvo en un semáforo, en una calle solitaria. Lo ataron a una farola y lo dejaron allí para que lo encontraran las autoridades. Richard y sus socios llevaban máscaras. El camionero no sería capaz de describirlos aunque quisiera, y tampoco quería. No le habían robado nada suyo. ¿Para qué jugarse el tipo? Richard condujo el camión hasta la granja. Lo dejaron en el granero y se fueron a buscar comprador. Aquella era siempre la mejor manera de colocar un cargamento robado: sin prisas; comparando ofertas. De hecho, tardaron ocho días en encontrar a un tipo dispuesto a comprar toda la carga a un buen precio y pagando al contado a la entrega de la mercancía. Volvieron a la granja a recoger la carga. El granero estaba vacío; el camión había desaparecido. El propietario de la granja, un tipo alto, flacucho, al que le hubiera venido bien un afeitado y un buen baño, con pelo largo y falto de algunos dientes, dijo que «no tenía ni idea» de dónde estaba el camión, mirando fijamente a los ojos a los tres ladrones mientras se rascaba la cabeza.

– ¿Qué? -dijo Richard.

– No tengo ni idea de lo que ha pasado -dijo el hombre.

– Amigo, es imposible que alguien se haya largado de aquí con esa carga sin que tú te hayas enterado. ¿Es que tengo cara de tonto?

– No tengo ni puta idea de qué ha pasado -repitió el granjero-. ¡Lo juro!

– Te hemos pagado bien para que guardases el camión aquí. Lo queremos. ¿Dónde está?

– No lo sé… lo juro por mi madre, no lo sé -dijo el granjero, en sus trece.

Richard soltó un largo suspiro.

– No me obligues a hacerte daño… te haría mucho daño -dijo-. ¿Dónde está nuestro camión?

– ¡En serio, tíos, no lo sé!

– Amigo… te doy una última oportunidad. ¿Dónde está nuestro camión?

– ¡Le digo que no lo sé!

Richard pidió a John y a Sean que ataran al tipo a un árbol cerca del granero. Aquel era un lugar muy apartado, no había otras casas en kilómetros a la redonda. Era uno de los motivos por el que lo habían elegido. El tipo flacucho estaba suplicándoles y diciendo que no sabía nada. Richard le dio unas cuantas bofetadas.

– ¡No sé nada, lo juro! -aulló el granjero, sangrando un poco por el labio.

A Richard se le ocurrió una idea diabólica. Volvió tranquilamente al coche. Tenía en el maletero dos bengalas rojas, de las que se utilizan en caso de emergencia en carretera. Tomó una y volvió junto al granjero.

– ¿Dónde está nuestro cargamento? -preguntó, enseñando al hombre la bengala.

– ¡No lo sé, amigo!

Al hombre delgado le temblaba el labio inferior ensangrentado.

Richard pidió a Sean y a John que quitaran al tipo los zapatos y los calcetines. Era un hermoso día de primavera. Los pájaros cantaban. El sol estaba despejado y alegre. Las mariposas revoloteaban por el aire. Richard encendió la bengala. Saltó de ella una lengua de fuego blanca. Richard la acercó al pie izquierdo del hombre, lo justo para levantar ampollas en la carne sin quemarla. Intentaba dar al tipo ocasión de hablar, de desembuchar.

– Por favor, le digo que no lo sé… ¡lo juro!

Al oír esto, Richard le apretó la bengala encendida al pie. El tipo chillaba, chillaba, pero seguía negando que supiera nada del camión. El aire se llenaba del olor a carne quemada. Richard sabía el intenso dolor que producía aquello y empezaba a pensar que quizá aquel tipo no supiera nada de verdad. Siguió adelante para asegurarse. Lo dejó cuando el pie izquierdo del hombre parecía un trozo de carne chamuscada. Los huesos de los dedos de los pies se veían claramente; casi toda la carne había desaparecido; aquello ya no parecía un pie.

– ¿Dónde está nuestro camión? -le preguntó Richard.

– ¡No lo sé! ¡Por mi madre! ¡Lo juro por mi madre! -gritaba el hombre con expresión de sinceridad atormentada.

– Si nos lo dices, te llevaremos a un hospital, podrán cuidarte el pie, y nosotros nos iremos a lo nuestro. Es imposible que alguien se haya llevado ese camión de esta granja sin que te enterases. Hace un ruido como un puto reactor al despegar.

– No he estado aquí día y noche; ¡le juro que no lo sé!

Richard sonrió con su sonrisa de lobo maligno, empezó a trabajar en el otro pie, lo quemó hasta dejarlo hecho un amasijo sanguinolento y chamuscado. Mientras tanto, el hombre no dejaba de chillar y de blasfemar.

La primera bengala se consumió. Richard, John y Sean se apartaron a deliberar.

– Creo que ya lo habría dicho si lo supiera -dijo Sean.

– Eso creo yo también -asintió John.

– Sí; yo también empiezo a creerlo -dijo Richard, mirando al hombre, que lloraba como un niño-. Puede que no lo sepa de verdad.

Pero algo, un sexto sentido, le dijo que el hombre sí lo sabía. Richard volvió al coche, recogió la segunda bengala y volvió junto al granjero, que estaba fuera de sí.

– ¿Por qué te estás provocando a ti mismo tantos sufrimientos? -le preguntó Richard-. Dínoslo. Te dejaríamos en el hospital, y todo habría terminado.

– Pero ¡si no lo sé! -insistió él con voz de súplica.

Richard encendió la segunda bengala.

– Vale, allá vamos, ahora ya no voy a jugar, joder. Se acabaron los jueguecitos. Nos vas a decir dónde coño está nuestro cargamento, o te quemo los huevos.

Acercó la llama blanca de la bengala a la ingle del hombre.

– ¡Jesús, María, madre de Dios, no lo sé! -aulló el granjero, con los ojos casi saliéndose de las órbitas como en los dibujos animados.

Entonces Richard le acercó tranquilamente la llama a la ingle. La llama intensa quemó rápidamente el tejido, y Richard aplicó el calor ardiente a los testículos del hombre, que habían quedado al descubierto. Este chillaba y aullaba, suplicaba, prometía, juraba que no sabía nada. Cuando los huevos del hombre estuvieron quemados hasta quedar convertidos en una bola de carne encogida, Richard apartó la bengala. El tipo ya estaba tan fuera de sí que apenas era capaz de hablar.

Richard, que era un psicópata sádico con todas las de la ley, no sentía la menor compasión por aquel hombre. John y Sean estaban algo consternados. Era difícil no estarlo. El hombre era un espectáculo lastimoso.

– ¿Dónde está nuestro cargamento, amigo? -le preguntó Richard-. Esto no es más que el principio.

– No… no… no lo sé -consiguió exclamar el otro.

– Vale; despídete de tu polla -dijo Richard-. Te voy a quemar la puta picha -añadió, acercándole la bengala.

– ¡No! ¡Se lo diré! ¡Se lo diré!

– ¿Dónde está? -le preguntó Richard, ya francamente harto.

– En una granja, carretera abajo. Lo tiene mi amigo Sammy.

– Con que lo tiene Sammy -dijo Richard-. Jodido imbécil. ¿Por qué no nos lo dijiste de entrada, y te habrías evitado todo esto?

– Porque creí… creí que podría engañaros -dijo el granjero, jadeante, como si acabara de echar una carrera.

– ¿Y qué te parece? ¿Nos has engañado? -preguntó Richard.

– No.

– Te podrías haber ahorrado todo este sufrimiento.

– No quería hacerlo. Mi chica necesitaba un aborto. Necesitaba dinero desesperadamente.

– Creíste que el dinero valía más que tus huevos. Amigo, ya no tienes huevos.

– ¡Ya lo sé! -aulló él.

– Imbécil -dijo Richard-. ¡Puto imbécil!

Richard envió a John y a Sean a la otra granja, mientras él se quedaba con Huevos Quemados.

Cuando John y Sean se detuvieron ante la granja, Sammy salió de la casa.

– ¿Tienes nuestro camión? -dijo Sean.

– ¿Qué camión? -respondió él.

– Ya estamos otra vez -dijo John.

– John Atkins dice que tienes nuestro camión.

– ¿John ha dicho eso? No tengo ningún camión -dijo Sammy. Era un tipo bajo y grueso, con cabeza grande y redonda. Llevaba restos de comida en la barba. Las moscas le rondaban alrededor de la enorme cabeza. Su foto podría haber servido para ilustrar un artículo sobre la «basura blanca» en un diccionario [4]. Sean llamó a Richard y le contó lo que había dicho Sammy.

– Hacedle algo de daño -le propuso Richard. Sacaron las pistolas y empezaron inmediatamente a pegar con ellas a Sammy. Este se rindió al momento, dijo que el camión estaba al fondo, tras unos árboles, los condujo hasta allí. Por fin habían encontrado su camión.

En la granja de Huevos Quemados Richard decidió que los dos tipos debían morir. Pensó que el tipo al que había estropeado los pies y los huevos querría vengarse tarde o temprano, y sin pensárselo un momento los mató a los dos de sendos tiros en la cabeza, y los tres asaltantes se volvieron a Nueva Jersey, donde vendieron la carga al precio convenido.

Pero parecía que a Richard Kuklinski el dinero le quemaba las manos. Se llevó a la familia de vacaciones a Florida y perdió mucho dinero jugando al póquer y al bacará. Pero con algo de dinero del golpe y algo más que les dio la madre de Barbara y la nana Carmella, Richard y Barbara consiguieron comprarse una casa nueva, un adosado en el oeste de Nueva York. Richard había querido siempre tener casa propia, ser el rey de su propio castillo. Lo había conseguido por fin, y gobernaría su castillo con mano de hierro.

21

Paso al Llanero Solitario

Era a finales de 1969 y un joven que acabaría por desempeñar un papel crucial en la vida de Richard estaba concluyendo los cuatro años por los que se había alistado en las Fuerzas Aéreas. Se llamaba Patrick Kane.

Kane era un joven de veintidós años, alto y apuesto, de cuerpo esbelto, fuerte y musculoso y con una espesa cabellera negra que se peinaba hacia un lado. Tenía los ojos castaños, grandes y en forma de nuez, llenos de ilusión y de optimismo, en un rostro simétrico y ovalado. Kane se había criado en Demarest, Nueva Jersey, un pueblo pequeño donde todos se conocían. Pat era el menor de tres hermanos varones, un joven alegre, aunque pensativo, y todavía no estaba muy seguro de lo que quería hacer con su vida. Estaba pensando trabajar una granja de 100 hectáreas que tenía un amigo suyo en Pensilvania. Lo que lo atraía de esta idea era que en la granja pasaría todo el día al aire libre. Pat Kane siempre había deseado estar al aire libre, desde que era niño.

Pat Kane era un gran atleta que brillaba en todos los deportes que practicaba: lucha Ubre, béisbol, fútbol americano y baloncesto. Era muy rápido y fuerte y tenía excelentes reflejos y coordinación por naturaleza. Pero su deporte favorito era la pesca. Le encantaba pescar en lagos y en ríos tranquilos y apartados, comiendo lo que pescaba. No le gustaba la caza porque le parecía que era eminentemente injusto disparar a un animal inocente y desarmado que no podía defenderse disparando a su vez.

Kane había estado destinado en Sacramento (California) y en Islandia. Estando destinado en California conoció a su novia, Terry McLeod.

Se conocieron en una cita a ciegas, y fue amor a primera vista. Pal acababa de despedirse de ella y ya la echaba mucho de menos.

El día que Pat volvía a su casa fue a recogerlo al aeropuerto de Newark su hermano Eddie, de la Policía estatal de Nueva Jersey. Ed llevaba su uniforme impecable, gris y negro, de la Policía estatal, e iba al volante de un coche patrulla reluciente del mismo cuerpo. Los dos hermanos se dieron un abrazo largo y fuerte. Todos los miembros de la familia Kane estaban muy unidos. En el camino de vuelta a casa de sus padres, Eddie le dijo:

– Pat, el examen es el martes que viene.

– ¿Que examen? -dijo Pat.

– Para ingresar en la Policía estatal.

– Eddie, todavía no estoy seguro de lo que quiero hacer.

– Pat, es un gran trabajo. El sueldo es bueno, además de los beneficios sociales, y tienes ocasión de mejorar las cosas, de hacer de este mundo en que vivimos un lugar mejor. Estoy seguro de que serías un buen policía, Pat.

– Me lo pensaré.

– El examen es el martes que viene -repitió Eddie-. Pat, somos la primera y la única defensa contra los malos. Si no fuera por nosotros, la sociedad se vendría abajo.

Pat sabía que a su hermano no le faltaba razón; pero él no sabía si estaba dispuesto a hacer la vida reglamentada de un policía estatal. Sabía que la Policía estatal de Nueva Jersey funcionaba como un cuerpo militar: había que seguir directrices, reglas y reglamentos estrictos, cosa que Pat llevaba haciendo cuatro años. Ahora quería algo de espacio, respirar un poco, en vez de quitarse un uniforme para ponerse otro.

Cuando Eddie y Pat llegaron a la casa de los Kane, sus padres, Patrick y Helen, salieron a recibirlos a la puerta principal, y ambos abrazaron y besaron a Pat y le dieron la bienvenida a su casa. Era su hijo menor y habían estado preocupados por él. Antes de ingresar en la Fuerza Aérea, nunca había vivido fuera de su casa. Ahora estaba de vuelta, sano y salvo, y ellos se alegraban mucho.

– Bienvenido a casa, hijo. Bienvenido a casa -dijo Patrick Kane, abrazando con fuerza a su benjamín. Pat estaba tan contento de haber vuelto a su casa que se le saltaron las lágrimas.

– Entra en casa, hijo; te he preparado una comida estupenda -dijo Helen Kane.

Pat tardó un año entero en decidir lo que quería hacer con su vida. Pasó ese tiempo haciendo trabajos no cualificados. Iba mucho a pescar, hablaba con su novia por teléfono varias veces por semana, iba a visitarla cuando tenía medios. Pat tenía poco dinero; sus padres no eran gente rica y vivían bastante justos.

Fueron varios los factores que animaron por fin a Pat a ingresar en la Policía estatal. Por encima de todo, su hermano Ed. Pat veía a Ed casi todos los días con su bonito uniforme de la Policía estatal, pistola al cinto. En segundo lugar, Pat se dio cuenta de la gran importancia que tenían los agentes de la ley. Tal como había dicho Eddie, eran la primera y la única defensa que tenía la sociedad contra los violadores, los asesinos, los ladrones y los forajidos que tanto abundaban en la sociedad. Pat oía hablar todos los días de las atrocidades terribles que cometían unas personas con otras. No se podía leer un periódico ni ver un telediario sin enterarse de un nuevo crimen odioso. El tercer motivo por el que Pat se animó a ingresar en la Policía estatal fue el desafío que representaba. Las pruebas físicas y los requisitos eran durísimos. Había que estar en plena forma para superarlos. Por término medio solo superaban las pruebas físicas cincuenta aspirantes de los quinientos que se presentaban. En último lugar, la Policía estatal lo atrajo porque era un trabajo que se realizaba casi siempre al aire libre.

Pat Kane presentó la solicitud para ingresar en la Policía estatal en la primavera de 1971. Aprobó con facilidad las pruebas escritas y las físicas, y a finales del invierno siguiente se convirtió en agente de la Policía estatal del Estado de Nueva Jersey. Sus padres y sus hermanos asistieron a la ceremonia de graduación. Pat Kane estaba muy elegante y apuesto con su uniforme nuevecito, y, según explicó hace poco, tenía una gran ilusión por cambiar las cosas, por intentar hacer que este mundo cambiante en el que vivimos fuera un lugar mejor, manteniendo a los lobos a raya.

Una de las primeras cosas que hizo Pat tras licenciarse en la academia de la Policía estatal fue pedir a Terry que se casara con él. Ella le dijo que sí, y al poco tiempo se fue a vivir a Demarest, en Nueva Jersey, despidiéndose de su familia y de todos sus amigos, y se casó con Pat.

A Pat Kane le parecía que ya tenía todo lo que podía soñar un hombre: un buen trabajo, satisfactorio, bien remunerado, que le planteaba desafíos y le permitía estar al aire libre, y una esposa hermosa y fiel que lo tenía en un pedestal.

Terry lo dejó todo, su familia, su hogar, sus amigos, el entorno que le era familiar, para estar conmigo -explicó Pat hace poco. Para ser mi esposa. Por lo que a mí respectaba, yo era el hombre más feliz, del mundo.

Así quedó la suerte echada y se preparó el terreno para una de las investigaciones criminales más importantes e impresionantes de los anales del crimen en la era moderna en los Estados Unidos, e incluso en el mundo entero.

Tercera Parte

MUY MALAS COMPAÑÍAS

22

Saliendo adelante

Richard Kuklinski seguía trabajando muchas horas extraordinarias en otro laboratorio. Había un gran mercado para la pornografía, un mercado creciente, y Richard se encargaba de atenderlo.

Pero con todas las horas extraordinarias que hacía, otros compañeros del laboratorio acabaron quejándose al sindicato de laboratorios cinematográficos, y un delegado sindical acudió al laboratorio para hablar con Richard. El delegado era un irlandés de anchos hombros, muy pagado de sí mismo; era de esos hombres que no saben ejercer la autoridad: un matón. Detuvo a Richard cuando este salía del trabajo. El laboratorio donde trabajaba por entonces estaba en la calle Cincuenta y Cuatro Oeste. Fueron a hablar al parque DeWitt Clinton, en la Avenida Doce. Ya había oscurecido

– Hemos recibido quejas de que te estás quedando con todas las horas extras -empezó a decir el tipo del sindicato.

– Eh -dijo Richard-. A mí me preguntan si quiero hacer las horas, y yo digo que sí. Tengo mujer y dos crías. ¿Cuál es el problema?

– El problema es que estás robando a los demás.

– Y una leche. Ellos dicen que no quieren hacer las horas. Yo sí. Vete a paseo -dijo Richard, y se apartó del sindicalista. Este asió a Richard del hombro, y Richard se volvió y le asestó un directo de derecha. El del sindicato, al caer, se dio un fuerte golpe en la cabeza con el borde de un banco del parque. Se quedó tendido en el suelo, inmóvil.

Richard le buscó el pulso. No lo tenía. ¡Ay, mierda! -pensó-. Ahora sí que me he metido en lío gordo.

Sabía que los habían visto juntos, y supuso que alguien del sindicato sabría que aquel tipo había venido a hablar con él, y ahora estaba muerto. Mal asunto.

Richard ocultó enseguida el cuerpo en unos arbustos de por allí, fue a una ferretería próxima, compró unas cuerdas fuertes y volvió hacia el parque. Vio una caja de madera de botellas de leche ante una lechería y se apoderó de ella. Se cercioró de que no miraba nadie; arrastró al tipo hasta un árbol, le ató la cuerda al cuello, arrojó el otro extremo sobre una rama gruesa, izó al tipo, ató el extremo suelto de la cuerda a un banco, dejó la caja de leche bajo los pies colgantes del hombre y lo dejó así, bien muerto, oscilando a la brisa que subía del próximo río Hudson sin que nadie se hubiera enterado de nada.

Cuando la Policía encontró el cadáver del sindicalista, creyeron al principio que se trataba, en efecto de un suicidio; pero no tardaron en recaer las sospechas sobre la célebre banda de los Westies. Aquel era su terreno, el corazón de la Hell's Kitchen. Detuvieron a sus jefes, Micky Featherstone y James Coonan, para interrogarlos. Estos dijeron, sin mentir, que no sabían nada. Nunca se sospechó de Richard, ni siquiera se lo interrogó. Tenía una suerte sorprendente en lo que se refería a matar gente.

En general, Richard ya no se trataba con su madre ni con su hermana Roberta. Había llegado a odiar de verdad a su madre, la consideraba «un cáncer», y despreciaba a Roberta, la tenía por una puta; sin embargo, al cabo de algunos años sí que mantenía algún contacto con su hermano Joseph. Lo sucedido en aquellos servicios había quedado olvidado. A Richard le parecía que podría haber hecho algo más por ayudar a Joseph: darle consejos, orientación, tenderle una mano de hermano. Por entonces, Richard veía a su hermano una vez al mes, poco más o menos. Se veían en un bar, tomaban una copa, Richard le daba unos cuantos dólares, y nada más. Aunque no le gustaba la homosexualidad de su hermano, había llegado a aceptarla.

Joseph, como Richard, tenía un genio violento, homicida, y hacía daño a la gente con botellas rotas, con cadenas y con taburetes de bar en las riñas. Richard tuvo que ir varias veces a Jersey City para sacar a Joseph de algún aprieto. En cada ocasión en que Richard ayudaba a Joe, le advertía que era la última vez, le decía que ahora tenía una familia y que no podía estar acudiendo constantemente para sacarlo de apuros.

Richard recibió una llamada telefónica un sábado, a última hora de la tarde.

– Richie, tengo un problema -le dijo Joseph.

– ¿Sí? ¿Qué pasa ahora?

– Estoy en un bar. Aquí hay cuatro tipos que no me quieren dejar marchar.

– ¿Por qué no?

– Dicen que les debo dinero.

– ¿Y se lo debes?

– Estábamos jugando a las cartas, y supongo que perdí.

– ¿Cuánto?

– No mucho.

– Vete sin más, Joe.

– No me dejan. LO he intentado. Son cuatro. Tienen… bates de béisbol.

– ¿Bates de béisbol?

– Sí.

Richard soltó un largo suspiro de exasperación.

– Va a ser la última vez que te ayude… ¿entendido? -dijo.

– Sí -dijo Joe.

Richard colgó.

Todo el mundo sabía que Joseph Kuklinski era hermano suyo, y a Richard no le gustaba la idea de que varios tipos lo tuvieran como rehén, amenazándolo con los bates de béisbol. ¿Cómo se habían creído con derecho a hacer tal cosa?

Richard tenía un maletín que guardaba oculto en su garaje y cerrado con llave. Sacó del maletín dos pistolas derringer del 38 de dos cañones, cargadas con balas dum-dum y se las metió en los bolsillos de la chaqueta. Después, se metió un cuchillo de caza en el calcetín y salió en coche camino de Jersey City, más enfadado a cada kilómetro. Enfadado porque su hermano fuera tan metepatas, enfadado porque aquellos tipos se hubieran atrevido a retenerlo. Richard aparcó el coche a varias manzanas del bar, se aseguró de que no le habían tendido una emboscada, y entró en el bar. Su hermano estaba sentado en una mesa apartada, a la izquierda. En efecto, había cuatro tipos corpulentos sentados a su alrededor. Richard advirtió que uno de ellos tenía un bate de béisbol bajo la mesa.

– Vamos, Joe, vámonos -le ordenó Richard-. Joe empezó a levantarse. El más grande de los cuatro tipos se acercó a Richard.

– No va a ir a ninguna parte mientras no pague lo que debe. Me alegro de que hayas venido, Rich. Sabemos que eres un tipo legal.

– ¿Cuánto debe?

– Quinientos cincuenta.

– Yo me encargaré de que haga todo lo posible por pagaros. Vamos, Joe, vámonos -volvió a ordenarle Richard.

– Eh, yo digo que no se va.

– Joe, camina hacia la puerta, joder -le ordenó Richard.

– Sabemos quién eres, Rich, y que siempre llevas pistola. ¿Por qué no pagas tú lo que debe?

– No os pago nada. Si sabéis quién soy, sabréis que no voy a consentir que retengáis a mi hermano en contra de su voluntad. ¡Ven aquí, Joe!

Joe empezó a levantarse.

– Detenedlo -dijo el que estaba más cerca de Richard.

A Richard se le acabó la paciencia. Sacó la mano derecha del bolsillo, les enseñó la pistola que tenía en la mano.

– Tengo una bala para cada uno de vosotros -dijo-. ¡Vamos, Joe!

Entonces los cuatro retrocedieron. Joseph llegó hasta Richard. Los dos salieron por la puerta.

– Gracias, Rich -dijo Joe.

– Es la última vez. Tienes que dejarte de estas mierdas.

– Hicieron trampa. Eso fue lo que pasó: me prepararon una encerrona.

– Me importa un pito, Joe; yo no puedo estar dedicándome a estas cosas. Tengo mujer y dos hijas. Merrick está enferma. Me necesita. Ya no puedo dedicarme a estas cosas… ¿vale?

– Vale… lo entiendo -dijo Joe.

Ya estaban a media manzana del bar. Empezaron a cruzar la calle, y entonces se les vino encima un coche en el que iban los cuatro tipos del bar. El conductor intentó atropellar a los hermanos. Richard sacó una de las derringer y disparó dos tiros. Una de las balas dio en la cerradura del maletero y la puerta se abrió. Al cabo de pocos instantes, según pareció, se oyó ruido de sirenas de Policía. Richard tiró las dos derringer. Los dos extremos de la calle estaban bloqueados con coches de Policía. El conductor del coche les dijo que Richard les había disparado un tiro. Richard lo negó, naturalmente.

– ¿Con qué pistola? ¿Dónde está? -dijo Richard.

Pero los policías encontraron los dos orificios de bala en el coche, se pusieron a buscar la pistola y encontraron una de las derringer. Esposaron y detuvieron a todos. Richard estaba fuera de sí. Aquello le estaba sentando como un tiro. En la comisaría, Richard negó haber tenido ninguna pistola, y advirtió a los cuatro tipos del coche que cerraran la boca.

– Si no decís nada, saldremos todos libres, ¿entendido?

Los otros asintieron con la cabeza, pero entonces Joseph se puso a discutir con ellos de nuevo, diciendo que le habían hecho trampas, que le habían tendido una encerrona, que habían llamado a la Policía.

– Cállate… callaos todos, joder -ordenó Richard-. Los polis escuchan.

Se callaron. Los detectives los interrogaron. Todos callaron, pero los detectives sabían lo que había pasado y siguieron acosando a Richard. Este ni siquiera les dirigía la palabra. A Richard no le gustaban los policías; para él, eran unos matones corruptos con pistola y placa, y no dudaba en poner de manifiesto la opinión que tenía de ellos.

Cuando permitieron por fin a Richard hacer una llamada telefónica, llamó a un abogado penalista de Jersey City y le contó lo que había pasado. El abogado acudió a los calabozos y dijo a Richard que necesitaba dinero para «resolver la cuestión». Jersey City era uno de los municipios más corruptos de los Estados Unidos. Se podía comprar y vender a los policías y a los jueces por cuatro cuartos. Richard hizo enseguida otra llamada, se puso al habla con John Hamil, le contó lo sucedido y le pidió que diera tres mil dólares al abogado.

– Ya está hecho, hermano -dijo John.

Richard y los demás pasaron la noche en el calabozo. Richard llamó a Barbara para decirle que estaba trabajando en el laboratorio. Solía quedarse trabajando por la noche, haciendo horas extraordinarias.

A la mañana siguiente los llevaron a todos al juzgado para que comparecieran ante el juez. Richard, de pésimo humor, se ocupó de que nadie dijera nada. Su abogado los encontró en el calabozo de espera, les guiñó un ojo y dijo: «Todo está arreglado». No tardaron en ser llevados ante el juez, al que el abogado de Richard ya había entregado los tres mil dólares. El juez dijo que no veía «causa razonable» para llevar adelante el caso, les impuso una pequeña multa y los dejó libres allí mismo.

Cuando Richard y los demás salían del juzgado, uno de los detectives, nada contento, se dirigió a Richard.

– Le devuelvo su pistola -dijo, tendiendo a Richard su derringer. -Esa pistola no es mía -dijo Richard, y salió del juzgado. En la calle, dijo a su hermano:

– Se acabó. Si te metes en otro lío, no pienso ayudarte. ¿Entendido? -Sí -dijo Joseph con humildad-. Entendido.

23

El asesinato es cosa de familia

La perrita tenía una pata rota y estaba conmocionada; temblaba, tenía convulsiones y no dejaba de ladrar en el patio de un edificio de la Central Avenue de Jersey City, número 438. Eran las doce y media de la noche y el perro no dejaba dormir a la gente. El animal era de Pamela Dial, una niña de doce años que era pequeña para su edad y delgada. Pamela tenía el pelo negro y los ojos oscuros, grandes y redondos. Era una alumna muy aplicada de la escuela parroquial de Santa Ana, allí cerca. Vivía en el 9 de la calle Bleeker, con su madre, su padre y sus hermanos John y Robert, a la vuelta de la esquina de la manzana de Central Avenue donde vivían Joseph y Anna Kuklinski.

Pamela quería mucho a su perra, una perrita pequeña sin raza, blanca y negra. Siempre estaban juntos. La perra acompañaba a Pam a todas partes, meneando la cola y prestándole una atención poco común.

Antes, hacia las once de la noche de aquella fatídica noche de martes, Pamela había salido de la casa a buscar a su perra. Todavía no había terminado de hacer sus deberes, que estaban extendidos sobre su cama. Tampoco había dicho a su familia que salía a buscar a Lady. Cuando salió, sus padres estaban viendo el telediario de las once de la noche y ni siquiera se enterraron de que se había marchado.

Pamela encontró a su perrita y se volvía a su casa cuando se encontró con Joseph Kuklinski.

Joseph y Pam se conocían del barrio. Joseph era alto y apuesto, delgado y musculoso, tenía el pelo largo y rubio, bigote de Fu Manchú. Tenía entonces veinticinco años. Los dos se pusieron a hablar. Joseph preguntó a Pamela si le gustaría pasar un rato a solas con él. Sin entender claramente lo que quería decir, la niña le dijo que sí con toda inocencia y siguió a Joseph Kuklinski hasta un edificio de cuatro pisos en el 438 de Central Avenue, en el que subieron hasta la azotea. Joseph vivía con su madre en el 434 de Central Avenue, a solo dos edificios de distancia. Joseph había utilizado muchas veces a lo largo de los años las azoteas de los edificios de Central Avenue para sus aventuras sexuales, con parejas de ambos sexos. Pamela no tenía idea de lo que pretendía Joseph. A este lo llamaban en el barrio Joe el Vaquero, y a ella le parecía guapo. Le gustaba que le hubiera prestado atención, que quisiera estar a solas con ella. Pamela subió hasta la azotea por voluntad propia, sin saber nada de los demonios que tenía Joseph Kuklinski dentro de la cabeza.

Joseph había estado bebiendo; estaba cargado, olía a alcohol. En la azotea, fue directamente al grano e intentó mantener relaciones sexuales con Pam. Ella se negó. Él no aceptó la negativa. La violó, la sodomizó, y después la estranguló hasta matarla; mientras tanto, la pequeña Lady no dejaba de ladrar como loca. Joseph intentó atrapar a la perra, sin conseguirlo.

Cuando Joseph hubo terminado con Pamela, tomó su cuerpo sin vida como si fuera una muñeca de trapo y lo tiró desde la azotea. El cuerpo cayó al patio de cemento del 438 de Central Avenue con ruido sordo y de huesos que se rompían. Joseph consiguió entonces atrapar a la perra y la tiró también de la azotea. El pobre animal cayó cerca de Pamela, con varias patas y costillas rotas. Lady se arrastró hasta el cuerpo sin vida de Pamela y se puso a lloriquear, y después a aullar y ladrar sin descanso. Alguien llamó a la Policía para quejarse de los ladridos y aullidos insistentes. Acudió un coche patrulla. Los policías descubrieron el cuerpo sin vida y destrozado de Pamela Dial.

Hasta en un lugar tan agitado como Jersey City, el asesinato de una niña era un caso raro, un escándalo. Desde primera hora de la mañana, todos los detectives y policías uniformados disponibles en Jersey City se pusieron a buscar al asesino de Pamela, peinando el barrio, llamando a las puertas, haciendo parar a los automovilistas. Los detectives no tardaron en enterarse de que habían visto a Pamela hablando con Joseph Kuklinski la noche anterior. Cuando el sargento detective Ben Riccardi llamó a la puerta de los Kuklinski, Joseph seguía durmiendo y tenía resaca. Cuando lo llevaron a la comisaría y los detectives iracundos de Jersey City le amenazaron, confesó lo que había hecho.

La tiré de la azotea -dijo. Entonces pusieron las esposas a Joseph con brusquedad y lo detuvieron.

Aquel mismo día, Anna Kuklinski llamó a Richard y le contó que habían detenido a Joseph por matar a una niña de doce años. Aquello dejó atónito a Richard. No concebía que su hermano pudiera hacer tal cosa. Debía tratarse de un error. A pesar de que Richard no quería tener ningún trato con su madre, se apresuro a ir a Jersey City. El día anterior, precisamente, Richard había ido a ver a Joseph. Lo había estado esperando en un bar de Central Avenue, pero Joe no había aparecido. Richard sabía que Joseph estaba en su casa, que no trabajaba, pero no se había pasado por la casa para recoger a su hermano porque no quería ver a su madre: hasta tal punto había llegado a odiar a Anna. Las pocas veces que Anna había ido a su casa, siempre había intentado provocar problemas con Barbara, quien también había llegado a aborrecer a Anna, aunque la toleraba. No le quedaba otra opción; al fin y al cabo, era la madre de Richard.

Mi madre era un cáncer: mataba poco a poco todo lo que tocaba, dijo Richard hace poco.

Al principio, Richard estaba dispuesto a intentar ayudar a Joseph, a buscarle un abogado. Se reunió con su hermano menor en la cárcel de Jersey City, y Joseph le reconoció abiertamente que había violado y matado a la niña y que la había tirado de la azotea, a ella y a su perra.

– ¿Por qué coño has tenido que hacer una cosa así? -le preguntó Richard, tan enfadado que le daban ganas de pegar a su hermano, de matarlo a golpes. Richard tenía dos hijas, y la idea de que alguien pudiera hacer aquello a alguna de las dos lo dejaba frío y vacío por dentro, indignado.

– Porque ella lo quería -dijo Joseph.

Al oír aquello, Richard se levantó y se marchó. No volvió a hablar jamás a su hermano Joseph.

Aquel día me lavé las manos, no quise volver a tener nada que ver con él. En lo que a mí respectaba, ya no tenía hermano. Ya no tenía familia. Que se fueran todos al infierno.

Al cabo de algunos meses, a Joseph Kuklinski se le declaró culpable del asesinato de Pam Dial, se le condenó a cadena perpetua y se le envió a la Prisión Estatal de Trenton. Por lo que a Richard respectaba, ya no tenía hermano. Ni madre. Ni hermana. Ni familia.

24

Vamos a bailar el twist

El laboratorio cinematográfico donde trabajaba Richard se trasladó a un local nuevo en la calle Cuarenta y Seis, no lejos del célebre Peppermint Lounge de la calle Cuarenta y Cinco donde Joey D. y los Starlighters habían lanzado el twist, haciéndolo muy popular en el mundo entero. A Richard le gustaba a veces visitar el local al caer el día para tomarse uno o dos cócteles antes de empezar un turno doble de hacer copias clandestinas de películas pornográficas. Richard sabía bien que no debía beber licores, pero le suavizaban el ánimo. En cierto modo, se estaba automedicando, pues el alcohol tendía a tranquilizarlo; pero, al igual que su padre y su hermano, también se ponía desagradable cuando bebía. Aquella noche hizo un comentario subido de tono a una mujer que estaba en la barra; esta se ofendió y se quejó a su novio, que, a su vez, dijo algo desagradable a Richard. El novio era amigo del barman. Richard se encontró enzarzado al poco rato en una discusión con el barman, y extendió el brazo por encima de la barra y asió al barman de la corbata. Se disponía a darle un puñetazo, pero entonces intervino el portero, que apareció como por arte de magia y obligó a Richard a marcharse, amenazándolo con llamar a la Policía.

En la acera, ante el local, Richard hablaba con el portero, intentando explicarle que el barman era un bocazas, cuando de pronto el portero dio un puñetazo a traición a Richard.

– ¿Por qué has hecho eso? -le preguntó Richard, con más sorpresa y vergüenza que dolor.

– Porque eres un puto bocazas. Si vuelves por aquí, te mando al hospital -le aseguró el portero.

– Gracias por la advertencia -dijo Richard-. Volveré. Cuenta con ello, amigo.

Richard se volvió al laboratorio, echando chispas de rabia. El puñetazo le había producido un corte en el labio, y sangraba un poco. En realidad, no tenía ningún daño físico, pero el incidente lo corroía por dentro. No era capaz de olvidarlo. Otro cualquiera lo habría considerado una tontería y no le habría dado importancia.

Pero Richard no.

Se le agrió el humor.

No era capaz de pensar más que en aquel portero y en el modo de desquitarse. De vengarse. De matarlo. Pero ¿cómo? La calle Cuarenta y Cinco era muy transitada. El club era muy popular; siempre había gente que entraba y salía.

Richard descargó su ira en Barbara; la maltrató por no haberle hecho bien el emparedado, por no haberle cortado la corteza del pan tal y como él quería. Aunque Richard no tocaba nunca a ninguna de sus dos hijas, solía maltratar a Barbara delante de ellas, rompía los muebles delante de ellas.

Aquella noche, Richard no pudo dormir; no podía dejar de pensar en cómo lo había avergonzado el portero, en cómo le había faltado al respeto, en cómo le había pegado un puñetazo a traición. Richard tomó la resolución de asesinar al portero. Pasara lo que pasara, podía darse por muerto.

Al cabo de unos tres días, Richard estaba dispuesto. Ya lo tenía todo pensado. Aquella mañana salió de la casa llevando ropa de repuesto, ropa de trabajador. Llevaba una 22 en la bolsa de papel que contenía su almuerzo, dos emparedados de pavo con mucha mayonesa y pan de centeno, sus favoritos.

A última hora de la tarde, Richard salió al baño, que estaba en el pasillo. Allí se cambió y se puso la ropa que había traído y una gorra con visera que se caló bien, ocultándose la cara, y bajó a la calle. Richard sabía que el portero entraba a trabajar hacia las cuatro de la tarde, y tomó posiciones ante el edificio, con la pistola en el bolsillo del abrigo, mirando, esperando, buscando la oportunidad de lanzar el golpe, como un felino depredador hambriento que vigila una posible víctima. El club tenía un gran ventanal por el que él veía fácilmente el interior. Era un día frío de otoño de 1971 y Richard pensaba en matar.

Lo que le había hecho aquel portero era, para Richard, exactamente lo mismo que le hacía su padre: pegarle sin motivo, cuando menos se lo esperaba; y mientras Richard vigilaba el club, le pasaban ante los ojos recuerdos de la brutalidad de Stanley, en vivas imágenes en blanco y negro. A Richard solían volverle esos recuerdos de este modo, como en una película muda antigua.

Un conjunto musical empezó a ensayar dentro del club. Richard oyó la música desde la acera de enfrente. Todos los presentes en el bar miraban al escenario. Era el momento de actuar, de dar el golpe. Richard cruzó la calle estrecha, aprisa, como un gato, y abrió la puerta. El portero estaba allí mismo. Perfecto. Sin dudarlo un momento, le acercó la 22 a la cabeza y disparó; se volvió y salió tranquilamente sin mirar atrás. Dobló a la derecha, tomó un taxi en la esquina e hizo que lo llevara a la terminal de autobuses de la Autoridad Portuaria, en la calle Cuarenta y Uno. Allí volvió a ponerse la ropa de antes, tiró la que llevaba, y se volvió a pie a su trabajo. Había ya coches de Policía y ambulancias ante la Peppermint Lounge, con luces giratorias rojas. Se había reunido una gran multitud. Richard se detuvo y estuvo mirando unos momentos, como un curioso más, y después siguió hasta el edificio donde trabajaba él, sintiéndose bien e íntegro, en paz consigo mismo por fin.

No sospecharon de él ni por lo más remoto; nunca lo interrogaron en relación con el asesinato, nunca lo asociaron con él.

Richard había sufrido un cierto cambio: aquellas muertes recientes le recordaban su pasado, y ansiaba gozar del poder sobre la vida, decidir quién vivía y quién moría, cuándo, dónde y cómo.

Sabía que el asesinato era una de las pocas cosas de la vida en las que él brillaba de verdad. Le parecía que tenía un don para su práctica, y empezó a pensar en serio en ofrecerse de nuevo como asesino a sueldo, haciendo de ello su profesión, su trabajo, su especialidad, comprometiéndose a matar a quien le encargaran.

Pero se recordaba a sí mismo que ahora tenía esposa y dos niñas encantadoras. No podía hacer nada que las pusiera en peligro. Pero creía que si un asesinato se planificaba con cuidado, con meticulosidad, era relativamente fácil llevarlo acabo sin comprometerse, siempre que no existiera ninguna vinculación tangible entre el asesino y la víctima. El sabía que este era el motivo por el que resultaba tan difícil atrapar a los asesinos en serie: por el carácter aleatorio de los crímenes, a la Policía le resultaba casi imposible vincular al asesino con sus víctimas. Richard explotaría una y otra vez este factor.

Con estas reflexiones sobre la vida y la muerte en la cabeza, Richard regresó a Jersey City y a Hoboken e hizo saber que estaba disponible para realizar «trabajos especiales». También fue a ver a Toni Argrila, el distribuidor de pornografía. Se reunió con Argrila en el despacho de este, en el centro de Manhattan. Argrila era un cuarentón que se estaba quedando calvo, bajo y grueso, con un fuerte acento de Brooklyn. Paul Rothenberg y él eran responsables de casi toda la pornografía que se producía en Nueva York. Tenían otro socio capitalista que se llamaba Roy DeMeo.

– Tengo que ganar dinero en serio -le dijo Richard-. Tengo que volver a vivir la vida. Yo…

– Escúchame -le interrumpió Argrila-. Si quieres ganar dinero de verdad, dedícate al porno; se puede ganar dinero a espuertas. Nosotros te prestaremos todo lo que te haga falta. Sin problemas.

Richard no veía gran futuro en la producción de películas pornográficas. Aquello le parecía sucio y no quería complicarse tanto en el negocio. Una cosa era piratearlas y otra cosa era rodarlas él mismo. El asesinato… el asesinato no importaba, no tenía nada de malo. Pero producir películas porno era una cochinada… era indigno de él, por así decirlo.

– Te digo que hay montones de dinero en este puto negocio -le repitió Argrila.

– ¿De verdad?

– Claro que sí, joder. No hay problemas ni líos, y es completamente legal. Nosotros te daremos todo el material que te haga falta. Sé que eres un buen tipo, un tío legal. Tú nos pagas en función de lo que cobres, cuando te paguen a ti, y ya está en marcha el negocio.

– Me lo pensaré -dijo Richard, empezando a animarse con la idea; porque aquello, en efecto, era perfectamente legal. Cuanto más lo pensaba, más interesante le parecía la idea, y decidió hacer una prueba, maldita sea. Pero sabía que si se metía en aquello, en efecto, más le valía que saliera adelante, pues el dinero que se invertía en el negocio era dinero de la Mafia y él tenía que devolverlo a su debido tiempo. No le gustaba deber nada a gente de la Mafia, pero sabía que para aquel tipo de empresa no podía acudir a ninguna otra parte: no podía ir a un banco y decirles: Mire, tengo tres chicas desnudas y dos tipos con la polla tiesa, y quiero hacer películas, según explicó hace poco.

Así pues, Richard empezó a tomar en depósito grandes cargamentos de pornografía de Argrila y Rothenberg y a distribuirla al por mayor por toda la costa Este. El dinero empezaba a llegar a raudales. Richard se sorprendió de ver cuánta demanda había de pornografía, y tanto más cuanto más fuerte y aberrante fuera. Como estaba vendiendo a cuenta casi todo el producto que recibía de Argrila, pronto llegó a deber a este setenta y cinco mil dólares, ya que Richard se estaba gastando dinero que debería haber estado entregando a Argrila.

Richard ni siquiera sabía con seguridad si Argrila y su socio eran de verdad de la Mafia. Muchos tipos solían echárselas de estar relacionados con la Mafia, y Richard seguía tomando productos y retrasándose en el pago. También se le metió en la cabeza hacer sus propias películas, tener su línea propia, y decidió utilizar el dinero que debía a Argrila para poner en marcha su propio negocio. No tardaría en descubrir que esto había sido un error casi mortal.

Richard dejó el trabajo en el laboratorio cinematográfico y se dedicó por entero al negocio de la pornografía. Argrila y Rothemberg seguían pidiéndole dinero, y Richard seguía dándoles largas. Por su trabajo en los laboratorios cinematográficos a lo largo de los años, Richard conocía a bastantes personas que hacían películas pornográficas: productores, cámaras, incluso directores. Empezó a hablar con algunos de ellos y pronto se dio cuenta de que, en efecto, podría hacer sus propias películas pornográficas desde cero. Y eso mismo fue lo que hizo: empezó a producir películas porno; contrató a directores que conocía, llegaba a un trato con ellos y les dejaba encargarse de todo. A él solo le interesaba el resultado final: ganar dinero.

La salud de Merrick, la hija de Richard, no mejoraba. Solía sufrir dolores, y tenía fiebres altísimas, a veces de hasta 41 grados. Su enfermedad y sus padecimientos amargaban todavía más a Richard. Su sufrimiento, el sufrimiento de cualquier niño, era tan injusto, que él pensaba que Dios no podía existir, de ninguna manera. ¿Cómo podía haber un Dios que consintiera que sufriera un niño? Richard sentía una gran compasión hacia los niños, aunque no tenía absolutamente ninguna con los adultos. Barbara y él hacían todo lo que podían por Merrick, pero nada daba resultado. Al menos, él ya estaba ganando dinero y tenía los fondos necesarios para cuidar de Merrick.

Richard pensaba dedicarse solo algún tiempo a la pornografía, unos cuantos años como mucho, ganar un buen dinero y dejar aquel negocio con viento fresco. Quizá pudieran trasladarse a la Costa Oeste, comprarse una casa en la playa y descansar. Aquel era el sueño de Richard: tener una casa blanca de primera categoría en una playa y gozar de las vistas, de las puestas de sol maravillosas, ver jugar a las niñas en la orilla del mar.

Richard no decía a Barbara nada de lo que hacía ni de los planes que tenía para el futuro. Sabía que a ella no le gustaría. A pesar de todo lo que tiranizaba y maltrataba a Barbara, le tenía un gran respeto, valoraba su opinión, valoraba su juicio. Ella solía explicarle cosas que él leía en los periódicos y no entendía. Barbara era muy aficionada a la lectura y le contaba los libros que le habían gustado. Ella siempre estaba leyendo un libro, tanto novelas populares como obras clásicas. Richard seguía siendo disléxico, claro está, y tenía problemas de comprensión de la palabra escrita. Lo único que le había gustado leer en su vida habían sido las revistas policiacas; por algún motivo, nunca le había costado trabajo entenderlas.

Las películas que producía Richard se rodaban en almacenes deteriorados del Soho, que ahora son elegantes lofts. Richard no acudía nunca a los rodajes. No le interesaba ver cómo se hacían las películas. Tenía mal concepto de las personas que hacían esas cosas, y no quería tratarse con ellas. Para él, aquello era un simple negocio para ganar dinero. No tenía ningún interés libidinoso en el asunto. En cuestiones sexuales era más bien recatado. Como todas las películas que distribuía Richard se tomaban en depósito y solo se pagaban cuando el minorista las había vendido, los productores tenían que esperar un plazo inevitable hasta poder cobrar. Aquello era ineludible.

Cuando Richard estaba sobrio y no de mal humor, era una persona de bastante buen trato. Las personas con las que hacía negocios tendían a apreciarlo. Tenía buen sentido del humor y siempre estaba dispuesto a invitar a copas y a las comidas. En general, procuraba cumplir su palabra. Por ello, esperaba también que los demás cumplieran su palabra, lo que en demasiados casos no sucedía. Una persona que le falló fue un hombre llamado Bruno Latini. Era un tipo bajito, algo calvo, relacionado con la Mafia, que tenía un bar en la Octava Avenida. Richard le había dejado en depósito películas por valor de mil quinientos dólares. Como Latini, que tenía cincuenta y dos años, tenía relaciones con la Mafia (su hermano era Eddie Lino, capitán en la familia Gambino, del que luego se dijo que lo habían asesinado los policías corruptos Louis Eppolito y Steven Caracappa a petición de Anthony Casso, el Tubera), creyó que podría librarse de pagar. Empezó a dar largas a Richard, y)or fin dejó de devolverle las llamadas telefónicas. Esto fastidiaba a Richard, lo corroía por dentro.

La Navidad seguía siendo una fecha muy importante para Barbea, que se esforzaba mucho para que las fiestas fueran especiales: conpraba docenas de regalos maravillosos, instalaba un árbol enorme, decoraba muy bien la casa. Aquella Nochebuena, Richard estaba serio y taciturno. No pensaba en su familia, sino en Latini. Cuando todos se hubieron acostado, Richard tomó silenciosamente su coche y fue ala ciudad a buscar a Latini, con intención de matarlo. Era el 24 de dicienbre de 1972. Nevaba con fuerza, pero aquello no detuvo a Richad. Cuando llegó al bar, le dijeron que Latini se acababa de marchar, Richad fue al aparcamiento de la esquina suroeste del cruce de la calle Cincuenta y la Décima Avenida y se encontró allí a Latini, sentado en su coche. Latini invitó a Richard a subir al coche y le contó un cuento chino sobre los mil quinientos dólares. Richard sacó una 38 y le pegó dos tiros en la cabeza. Pasó unos momentos cegado y ensordecido por las detonaciones del arma en aquel lugar cerrado. Richard encontró la cartera de Latini. Contenía varios miles de dólares. Tomó sus mil quinientos dólares y dejó la cartera en su sitio con el resto del dinero. Cosa rara. Por fin, bajó del coche, regresó a su Cadillac y se volvió a Nueva Jersey.

La mañana de Navidad, un empleado del aparcamiento encontró a Latini muerto, con la cabeza destrozada. La Policía le encontró la artera, que contenía mil seiscientos dólares. Ni la Policía ni la Mafia relacionaron nunca este asesinato con Richard.

Lo maté por una cuestión de principios -explicó Richard-. Se había creído que me podía tratar como a un trozo de madera.

Aunque Barbara celebraba mucho las fiestas, estas tendían a deprimir a Richard. Le recordaban su infancia, y eso siempre lo enfadaba. Seguía pensando en su padre, en matarlo.

Tony Argrila seguía acosando a Richard, exigiéndole el dinero que le debía. Richard seguía dándole largas, dándole excusas en vez del dinero. Cuando Argrila empezaba a sulfurarse, Richard le daba algo de dinero, aunque no lo prometido, para hacerlo callar. Richard pensaba pagar, y hacía lo que podía, pero aquello no bastaba. Por fin, Argrila perdió la paciencia y llamó a su socio capitalista, Roy DeMeo, y de pronto las cosas se pusieron muy feas.

Roy DeMeo era un psicópata incontrolado, asociado a 1a familia Gambino del crimen organizado, que llegaría a inspirar un libro de éxito con el oportuno título de Máquina del asesinato, de los periodistas Jerry Capeci y Gene Mustain.

25

Los Gambino

Roy DeMeo nació y se crio en Canarsie, un barrio duro de una de las poblaciones más duras del mundo: Brooklyn, EE. UU. De niño, Roy había sido demasiado gordo, como una bolita, y había tenido que sufrir regularmente los insultos y los malos tratos de los chicos más matones del barrio. Tenía el pelo negro y espeso, ojos oscuros, piel cetrina y un vientre enorme, y caminaba contoneándose como un pingüino. Su hermano mayor, Anthony, al que llamaban Toby, era un chico fuerte y musculoso y siempre había estado allí para proteger a Roy; pero había ingresado en los marines, fue a combatir en Vietnam y no regresó. Así, el gordito Roy tuvo que aprender a valerse por sí mismo en las calles peligrosas de Canarsie.

El joven Roy DeMeo siempre admiró a los mafiosos del barrio, que no escaseaban. Estaban por todo Canarsie, y eran en su mayoría miembros de la familia Lucchese, con sus coches de lujo, sus mujeres de lujo, su ropa de lujo y sus fajos enormes de billetes de cien dólares. Eso era lo que quería Roy; ese era el sueño de Roy; ese era el futuro con el que soñaba Roy. Los héroes de Roy eran Lucky Luciano, Al Capone y Albert Anastasia, asesinos infames todos ellos. Esas eran las personas que Roy admiraba y que quería emular. Quería que lo respetaran y lo temieran como a ellos.

Aunque Roy era un chico listo, con facilidad para las matemáticas, no le fue bien en la escuela. La escuela no le interesaba lo mas mínimo. El sabía que lo que quería él no se podía conseguir en ningún aula. Lo que él quería solo se podía aprender en la calle; de modo que allí era donde pasaba su tiempo Roy; aquella era su escuela; allí fue donde estudiaba con aplicación DeMeo.

Lo primero que tenía que hacer era perder peso y adquirir músculo, y el joven DeMeo se puso a hacer régimen y a levantar pesas con furia, y al cabo de poco tiempo perdió las grasas infantiles y el vientre prominente y sus músculos se desarrollaron y se volvieron duros como piedras. Ahora, cuando alguien molestaba a Roy, él tenía mucho gusto en hacerlo trizas. Luchaba de manera muy sucia, mordía a sus rivales y les atacaba a los ojos, y pronto se ganó la fama que pretendía de tipo duro, de hombre atrevido, peligroso, con el que no convenía meterse… cosa difícil en Canarsie.

Siendo un joven adolescente, DeMeo empezó a hacer préstamos con interés de usurero con el dinero que ganaba trabajando en un supermercado. Cuando alguien no le pagaba a tiempo, él le daba una paliza, al parecer con gran deleite. No tardó en convertirse en un matón bocazas, maligno y sádico, que iba pavoneándose con la boca torcida como si hubiera estado chupando un limón. Tenía una actitud provocativa, como desafiando a todo el mundo. Era como una bomba de relojería.

DeMeo prestó dinero a un chico llamado Chris Rosenberg, que vendía bolsitas de marihuana a cinco centavos. Con el dinero que le prestó Roy, Chris pudo comprar cantidades más importantes, y al poco tiempo ya vendía por onzas, e incluso por libras. Roy hizo a Chris socio suyo, lo absorbió a él y su negocio de venta de marihuana. Este sería un tema repetido en la vida criminal, infame y sangrienta de DeMeo: hacía socios suyos a las personas que le debían dinero y no le podían pagar a tiempo. Aquel era, de hecho, un sistema de trabajo clásico de la Mafia desde los inicios mismos de esta. La palabra mafia, en minúsculas, designa a una persona respetable, a un individuo con honra y buena fama, que puede andar con la cabeza bien alta. Se ha llamado Mafia con mayúsculas a la empresa criminal que surgió en Sicilia a mediados del siglo XIX y que extendió por todo el mundo sus insidiosos tentáculos. La Mafia fue durante muchos años una empresa criminal muy secreta y de gran éxito como no se había conocido nunca en el mundo. Todos sus miembros hacían un juramento de sangre de fidelidad a la familia en la que ingresaban. Las fuerzas policiales no tuvieron una idea general de lo que era la Mafia siciliana hasta que Joe Valachi refirió en Washington al comité McClellan del Senado, en 1963, los detalles sobre esta (sus inicios, su funcionamiento, su estructura). De hecho, en Italia existen tres organizaciones criminales distintas: la Camorra de Nápoles, la 'Ndrangheta de Calabria y la Mafia de Sicilia. La Camorra era (y sigue siendo) la más violenta y feroz de las tres.

El tristemente célebre John Gotti fue uno de los pocos napolitanos a los que se les permitió ingresar en las filas de la Mafia siciliana, en la familia Gambino, cosa que muchos consideran un grave error de cálculo por parte de Carlo Gambino. Carlo Gambino, hombre de enorme astucia, era un siciliano pequeño, frágil, de aspecto modesto, que vestía y aparentaba ser un sencillo campesino natural de Sicilia, cuando en realidad dirigía la mayor y la de más éxito de las cinco familias del crimen organizado de Nueva York. Carlo abrió la puerta a John Gotti porque Gotti había matado a un hombre que cometió la estupidez de secuestrar al sobrino de Carlo, Sal, y asesinarlo después de que se hubiera pagado un rescate. Naturalmente, esto equivalía a un billete de ida al cementerio, y John Gotti mató con mucho gusto al imbécil que había concebido aquel secuestro y asesinato estúpido.

Carlo cometería más tarde un segundo error grave de juicio, el de nombrar a su cuñado, Paul Castellano, cabeza de la familia tras su muerte, en octubre de 1976.

Paul Castellano era un hombre alto, flaco, cetrino y de ojos oscuros que tenía una carnicería en la Avenida Dieciocho, cerca de la calle Ochenta y Seis, en el barrio de Bensonhurst, en Brooklyn, otro barrio muy duro y ocupado por la Mafia. Si la Mafia tenía una universidad, esta era sin duda el barrio de Bensonhurst, en Brooklyn. Los «hombres hechos», soldados, tenientes, capitanes, subjefes y jefes de las cinco familias, vivían en Bensonhurst. Allí se compraban sus casas, allí celebraban los bautizos y las bodas de sus hijos, allí hacían sus fiestas y vivían sus vidas. Las escuelas públicas de Bensonhurst estaban llenas de niños que eran hijos de hombres hechos.

Paul Castellano era un buen hombre de negocios, pero era muy mal jefe mañoso. Amplió su carnicería hasta llegar a convertirla en un gran negocio de venta de carne y de aves al por mayor que lo convirtió en hombre adinerado. Paul se casó con Kathy, hermana de Carlo, y este matrimonio bastó para que Paul ascendiera rápidamente en la jerarquía de los Gambino.

Paul era un hombre de notable codicia; no había salido de la calle propiamente dicha, y la mayoría de los veintiún capitanes de la familia Gambino le tenían antipatía. El malestar que suscitaba la codicia de Castellano desembocó por fin en la muerte de este, al que mataron ante el restaurante Asador de Sparks en diciembre de 1985. Los mataron a él y a su guardaespaldas y chófer, Tommy Bilotti, por encargo de John Gotti y de Sammy Gravano, el Toro. El encargo fue obra de un equipo de tres, y uno de estos tres hombres era, precisamente, Richard Leonard Kuklinski.

En teoría, Roy DeMeo debía haberse tratado con la familia Lucchese e ingresar en ella: esta familia tenía su base en Canarsie y poseía en la zona docenas de desguaces y de talleres de manipulación de coches robados. Pero Roy quería algo más para sí mismo; quería formar parte de la familia Gambino, que eran la realeza de la Mafia: allí era donde quería «hacerse» Roy. DeMeo era un gran negociante; tenía intereses en los sindicatos, en los coches y las tarjetas de crédito robadas, en las drogas y en la usura; era socio de restaurantes y bares, tenía mucho dinero en la calle. Pero DeMeo era un tipo ruidoso, alborotador, que llamaba la atención enseguida, rasgos que solían evitar siempre los tipos de la Mafia; y, además, tenía muy mal humor… gritaba, chillaba y sacaba la pistola por menos de nada. Creía que la mejor manera de conseguir el respeto de la gente era amedrentarla, pegarle, hacerla sangrar.

«Me importa una leche si a la gente le caigo bien o no; lo que me importa es que me tengan miedo.» Este era uno de sus dichos favoritos, y la gente le tenía miedo, en efecto, y con razón, pues Roy DeMeo era un psicópata furioso con todas las de la ley. Además del resto de sus actividades, mataba a personas por diversión y por dinero. Realizaba ejecuciones aprobadas por la Mafia, así como otras que le encargaba gente no del hampa. En esencia, vendía asesinatos al por menor. Roy había trabajado de carnicero en Key Food, una tienda de alimentos de Brooklyn, y dominaba especialmente bien el arte de descuartizar los cadáveres para librarse de ellos.

El lo llamaba desmontar, riéndose. Descuartizaba a sus víctimas manejando con pericia el cuchillo; las dividía en seis trozos manejables: la cabeza, los brazos, las piernas y el tronco, de los que se deshacía hábilmente en diversos lugares: la cabeza, en un cubo de basura; los brazos, en el cercano océano Atlántico; las piernas, en el vertedero de Canarsie, próximo a la carretera Belt Parkway y alto como una montaña.

DeMeo había formado un pequeño equipo para los asesinatos, un puñado de asesinos en serie llenos de sangre fría llamados Joey Testa, Anthony Senter, Chris Goldberg, Henry Borelli, Freddie DiNome y el primo de DeMeo, Joe Guglielmo, al que llamaban Drácula. Estos hombres llegaron a alcanzar puestos destacados en cuadro de honor de los homicidas de la Mafia a fuerza de tiros, puñaladas y garrotazos. Hasta que tuvieron que dar cuenta de sus actos ante la justicia, los miembros de la banda de DeMeo asesinaron a más de doscientas personas. Muchos de los asesinatos se llevaron a cabo en la trastienda de un bar que tenía DeMeo en la avenida Troy, llamado Gemini Lounge.

De Meo conoció a Nino Gaggi, «hombre hecho» de la familia Gambino y amigo personal de Paul Castellano. Tanto Gaggi como DeMeo traficaban con coches robados. DeMeo tenía un contacto en el Departamento de Vehículos a Motor y facilitaba NIV (Números de Identificación de Vehículo) a Gaggi limpios y documentaciones para coches robados. DeMeo estaba encantado de ayudar a Gaggi en lo que pudiera. Veía en Gaggi su puerta de entrada en la familia Gambino.

Nino Gaggi vivía en el 1.929 de la avenida Cropsy, en Bensonhurst. Era una casa de ladrillo de tres viviendas, con jardines pequeños por delante y por detrás. Gaggi era de la vieja escuela, callado y reservado, hombre menudo de manos pequeñas y aparentemente frágiles; pero era basto como el papel de lija grueso y tenía mal genio. Era muy discreto en todos los sentidos. No apreciaba especialmente a DeMeo por lo ruidoso, agresivo e insolente que era. Pero DeMeo era un genio en el arte de ganar dinero, y por eso Gaggi lo toleraba y, con el paso del tiempo, fue teniendo más tratos con él. En las fiestas de Navidad, DeMeo llevó montones de regalos a los tres hijos de Gaggi y brazaletes de diamante y relojes a la esposa de Nino, Rose, una rubia atractiva que guardaba a su marido una escrupulosa fidelidad. Gaggi tenía un perro pastor alemán agresivo que se llamaba Duke. Le gustaba aquel perro porque era duro y quería morder a todos, hombres y animales. Duke era tan agresivo que solía escalar la cerca de alambre del patio, de dos metros y medio, con los dientes y las patas, para atacar a los barrenderos de la calle Bay Veintidós. Gaggi tuvo que hacer instalar un reborde de alambre para que Duke no pudiera escaparse a causar destrozos en el vecindario. A Nino le encantaba la tenacidad de Duke, al que quería tanto como a cualquiera de sus hijos.

Un incidente sin trascendencia en la calle Ochenta y Seis de Bensonhurst sirvió para que Roy DeMeo ingresara por fin en la familia Gambino: cuando un tipo duro del barrio, campeón de boxeo, llamado

Vincenl Governara pero más conocido por Vinnie Mook, pegó a Gaggi y le rompió la nariz, Gaggi acudió a DeMeo y pidió a Roy que lo matara. DeMeo hacía a Nino todos los favores que este le pedía, y más adelante Nino patrocinó a DeMeo para que este fuera «hecho» por la familia Gambino, con lo que se hizo realidad el viejo sueño de DeMeo.

Como DeMeo vivía y trabajaba en el barrio de Canarsie, de Brooklyn, a pocos kilómetros del aeropuerto internacional John Fitzgerald Kennedy, tenía muchos contactos en el aeropuerto y participó en la organización de muchos robos de carga en los que se apoderó de mercancías procedentes de todo el mundo: vinos y champanes de Italia y de Francia, alimentos exóticos, joyas, dinero al contado y armas de fuego. Muchas armas de fuego. Cajas enteras de pistolas, revólveres, e incluso metralletas, Berettas de Italia, Walther PPK de Alemania, Uzi de Israel.

Roy era un verdadero fanático de las armas de fuego y las adoraba. Tenía una amplia colección, las suficientes para armar a un pequeño ejército, y vendía alegremente y con facilidad a miembros del crimen organizado todo el armamento robado en el aeropuerto Kennedy. Gracias a Roy DeMeo, cajas y más cajas de armas de fuego limpias, ilocalizables, llegaron a manos del hampa de Nueva York y de Nueva Jersey y, de este modo, DeMeo fue responsable indirecto de docenas de asesinatos mafiosos en todos los Estados Unidos.

Cuando Tony Argrila, amigo de DeMeo, fue a hablar con Roy y le dijo que Richard Kuklinski estaba atrasado en sus pagos y tenía un «problema de actitud», DeMeo dijo que hablaría con Kuklinski.

26

Una sociedad forjada en el infierno

Era un día sofocante de agosto de 1973, con casi 100% de humedad y unos 34 grados de temperatura. Nadie tenía prisa por ir a ninguna parte. Parecía que la gente se moviera a cámara lenta. DeMeo, con un humor de perros, se dirigía a las oficinas y laboratorio cinematográfico de Argrila y Rothenberg para cobrar su parte de los beneficios.

Hacía un año que DeMeo había ido a verlos y les había dicho que era su nuevo socio. Rothenberg se rio. DeMeo sacó una pistola y lo molió a golpes. Argrila y Rothenberg ya tenían un nuevo socio. Su negocio estaba al borde de la legalidad, y ni Argrila ni Rothenberg tuvieron huevos para recurrir a la Policía.

Aquel día de agosto, lo único que sabía DeMeo acerca de Richard era que era un tipo grande, que se hacía el duro y que estaba retrasado en los pagos. De Meo estaba en la oficina una vez que Richard se presentó a recoger algo de material. DeMeo trató a Richard con dureza. Richard no tenía idea de quién era DeMeo y no sabía que tenía verdaderas relaciones con la Mafia, de modo que le respondió con insolencia y de modo cortante. A Richard no le gustaba que aquel italiano bocazas intentara presionarlo.

– Soy amigo de Tony, aquí presente -dijo DeMeo.

– ¿Y qué? -replicó Richard.

– Que he venido aquí porque te has retrasado en los pagos y, según me cuentan, tienes mala actitud.

– Ya se lo he dicho a ellos: pagaré todo lo que debo cuando lo tenga.

– Sí, y ¿cuándo será eso? -le preguntó Roy, sulfurándose. La actitud de aquel polaco grandullón no le gustaba un pelo.

– Eso es difícil de saber -dijo Richard con una leve mueca burlona en su cara tallada a escoplo-. Ya sabes cómo son las cosas. El producto está en la calle. Yo estoy esperando a que me paguen. Cuando me paguen a mí, yo les pagaré a ellos… así de fácil.

– ¿Te crees muy listo? -le preguntó DeMeo.

– Lo que creo es que no me gusta que vengas por aquí e intentes apretarme las tuercas -le dijo Richard; y los dos hombres peligrosos (que todavía no sabían nada el uno del otro) se miraron fijamente con ojos iracundos, homicidas, como dos tiburones blancos que se observaran mutuamente, tomándose la medida el uno al otro.

DeMeo advirtió que Kuklinski no le tenía miedo y que no dudaría en pelear. Como todos los matones, DeMeo no estaba dispuesto a enzarzarse con un tipo tan grande y tan duro como parecía serlo Richard.

– Ya lo veremos -dijo DeMeo; y se volvió y se marchó hecho una furia.

– Sí, ya lo veremos -le dijo Richard cuando se alejaba.

Entonces Argrila dijo a Richard por primera vez quién era DeMeo, que era un tipo relacionado con la Mafia.

– No quiero que te hagan daño, Rich. Vete, vete antes de que vuelva.

Entonces Richard se volvió, salió al pasillo y pulsó el botón del ascensor.

DeMeo estaba que echaba humo. No iba a consentir de ninguna manera que aquel polaco grandullón le tomara el pelo, que le faltara al respeto. En la calle, en el Lincoln blanco de DeMeo, estaban su primo Joe Guglielmo, Anthony Senter y Joey Testa. Guglielmo tenía el pelo gris y se parecía a Bela Lugosi. De ahí su mote de Drácula. Anthony Senter y Joey se parecían tanto entre sí que los tomaban por hermanos, aunque no lo eran. Ambos tenían los ojos oscuros y eran hombres apuestos, con espesas cabelleras negras; pasaban del metro ochenta, eran musculosos y atléticos.

Seguido de sus hombres, DeMeo volvió a subir a vérselas con Richard, al que encontraron en el pasillo, esperando el ascensor. Richard se encontró rodeado de pronto, encañonado de pronto por varias pistolas.

– Entonces, tipo duro -dijo DeMeo-, ¿quieres morir? ¿Quieres morir, joder?

Y, dicho esto, asestó a Richard un fuerte golpe en la cabeza con la culata de su pistola. Richard, que sabía que se jugaba la vida, no reaccionó. Tenía en el bolsillo una derringer del 38, pero no la sacó. De Meo le dio algunos golpes más. Richard cayó. Guglielmo lo golpeó en la nuca y le dio una patada en la rodilla derecha. Después, todos se pusieron a dar de puñetazos a Richard. Aunque no le hicieron perder el sentido, le dieron una buena paliza. Richard no había recibido una paliza así en toda su vida. Lo invadía una rabia indescriptible, pero sabía que DeMeo lo mataría en el acto si se defendía. Solo llevaba encima una derringer de dos disparos. DeMeo encontró la derringer de Richard y se la quitó.

– O vuelves con el dinero, o te puedes dar por muerto, joder, te puedes dar por muerto, cabrón -dijo DeMeo; y se marcharon.

Richard se encontró solo por fin, tendido en el suelo y sangrando. Se levantó, entró en un cuarto de baño que daba al pasillo y se miró al espejo. Estaba hecho un desastre.

Soltando maldiciones en voz alta, limpiándose la sangre con toallas de papel, Richard juró que mataría a DeMeo. Las heridas que le habían producido los golpes con las pistolas eran profundas, y Richard tuvo que ir al Hospital de San Vicente, en la Séptima Avenida, para que se las cosieran. Le dieron treinta y ocho puntos en tres grandes brechas que tenía en la cabeza. Richard volvió despacio a Nueva Jersey, con los ojos morados, el labio hinchado, lleno de puntos. Tenía tan mal aspecto que no quería que lo vieran ni Barbara ni sus hijas, de modo que fue a casa de su suegra. Genevieve se quedó consternada al verlo y le preparó una bolsa de hielo. Él le dijo que lo habían asaltado, que cuatro tipos lo habían atracado a mano armada, lo mismo que diría a Barbara más tarde. Pasó aquella noche en casa de Genevieve, aunque apenas pudo dormir, pensando cómo torturaría a Roy DeMeo.

Richard no tardó mucho tiempo en enterarse de quién era, en realidad, Roy DeMeo, de que estaba asociado y tenía buenas relaciones con la familia Gambino y dirigía una banda despiadada de asesinos en serie. Richard sabía que si mataba a Roy, lo matarían a su vez a él más adelante, y al cabo de poco tiempo. Estaba tan furioso por lo que habían hecho DeMeo y los otros que, si no hubiera sido porque estaba casado y tenía hijas, quizá hubiera ido en busca de DeMeo y lo hubiera matado, pasara lo que pasara. Pero por Barbara y por su familia tenía que controlarse… de momento. Cosa bien difícil para Richard Kuklinski.

Pero Richard sabía que ya llegaría más adelante la ocasión de vengarse: sabría esperar. Pero juró que algún día daría una paliza a Roy DeMeo con una pistola y lo mataría.

Lo primero que hizo Richard fue arreglar con Tony Argrila el saldo de su deuda. Una vez hecho aquello, Richard fue a Brooklyn, al Gemini Lounge, y preguntó por DeMeo. DeMeo se quedó atónito al ver a Richard en persona, solo, en el bar.

– Me he enterado de que has hecho lo que debías -le dijo DeMeo-. Tienes huevos para haber venido aquí de esta manera.

– Quería hablar contigo.

– Sí; bueno, pues habla.

– En primer lugar, no sabía quién eras -dijo Richard, con diplomacia y humildad poco habitual en él-. En segundo lugar, Rothenberg y Tony se roban el uno al otro… lo he visto yo mismo. Sí que me he retrasado un poco en los pagos, pero no tanto como dicen ellos. Rothenberg siempre me está queriendo dar material sin que lo sepa Tony. Esto es verdad, Roy.

Richard se figuró, acertadamente, que había sido Rothenberg quien le había echado encima a Roy, y ahora le estaba devolviendo el favor.

– Te digo, hombretón, que tienes huevos; hace falta tener un par de huevos para haber venido aquí de esta manera. Creo que a lo mejor empezamos con mal pie: me enfadé cuando debería haber dialogado. He preguntado por ahí y me he enterado de que eres un tipo legal. Llevabas una pistola y no la usaste… tienes huevos.

– Roy, no quiero pelearme contigo, quiero que ganemos dinero juntos. Es lo único que me interesa: ganar dinero, hacer negocios.

– Me he enterado de que tienes contactos en todas partes. Podremos hacer cosas juntos. No me falles, y ganarás dinero… mucho dinero.

– Me parece bien.

– Vamos a sellarlo con un apretón de manos.

Y los dos asesinos se dieron la mano, con leves muecas burlonas en el rostro.

– Me han dicho que tu mujer es italiana. Ven a darte un paseo conmigo -le ofreció Roy. Subieron a su coche y fueron a una tienda de comida italiana que estaba a pocas manzanas de allí.

– Adelante -dijo Roy.

Entraron en la tienda. Era un local con serrín en el suelo y con salamis y provolones gigantes colgados del techo. Roy escogió carnes de

todo tipo, embutidos italianos dulces y quesos gigantes de todas clases, así como un bloque de mozarela del tamaño de una cabeza, conservado en agua.

– Aquí hacen mozarela fresca varias veces al día -dijo a Richard. Roy lo pagó todo (ciento cincuenta dólares) y entregó a Richard cuatro grandes bolsas.

– Lleva esto a tu casa, a tu mujer. Seguro que le gusta. Llámame dentro de un par de días, y haremos negocios, ¿vale? Yo tengo algunos negocios propios, y estoy dispuesto a financiarte todo lo que quieras.

– Vale -dijo Richard, verdaderamente impresionado por aquella faceta de generosidad de Roy DeMeo, poco frecuente en él.

– Gracias, Roy -añadió; y la cosa quedó arreglada.

27

Perdóname mis pecados, padre

La madre de Richard, Anna McNally, tenía una enfermedad terminal. Se estaba muriendo de un cáncer de hígado. Cuando Roberta, la hermana de Richard, llamó a este para anunciarle la muerte inminente de su madre, este ni siquiera quería ir a verla. Por fin tiene lo que se merece, pensó. Pero Barbara lo convenció de que debía ir a ver a su madre por última vez, y fueron los dos. Barbara no apreciaba a Anna; sabía que había sido una mala madre con Richard. Pero, a pesar de todo, era su madre, y a Barbara le parecía que debía verla por última vez antes de morir. Era lo correcto.

Con el paso de los años, Richard había llegado a aborrecer más y más a su madre. La culpaba prácticamente de todo: de haberse casado con Stanley; de haber tenido hijos con Stanley; del modo despiadado en que Stanley había pegado a Florian hasta matarlo; de cómo le había pegado Stanley a él mismo.

Pero cuando llegaron al hospital, Anna ni siquiera dio muestras de advertir su presencia. Estaba vuelta hacia la pared, con un rosario de cuentas azules en la mano, y repetía una y otra vez: «Perdóname mis pecados, padre», sin cesar, como si fuera un mantra tibetano. Richard le habló. Intentó despedirse de ella. Pero ella ni siquiera quiso mirarlo. Parecía que ya estuviera muerta pero que su cuerpo no se había enterado. Se había quedado encogida, hasta reducirse a un simple despojo de la mujer robusta y atractiva que había sido. La vida había sido cruel con Anna McNally, una lucha constante y amarga, llena de pesares, de trabajo duro, de dolor, de sufrimientos y de privaciones. Para Anna, la muerte sería una bendición, mejor sin duda que la vida que había tenido, y la recibía con los brazos abiertos.

Murió, en efecto, aquella misma noche. Richard acudió al velatorio de mala gana, solo porque Barbara lo convenció de que debía ir. No lloró. No dio ninguna muestra de emoción.

También asistió al velatorio Stanley Kuklinski, y Richard ni siquiera lo saludó. Bastante tuvo con contenerse para no agarrar a Stanley del cuello delante de todo el mundo y estrangular allí mismo a aquel hijo de perra frío y despiadado. Se contuvo haciendo un gran esfuerzo. Barbara se daba cuenta de lo mucho que lo alteraba ver a su padre: torcía los labios, se ponía colorado. Allí sentado junto a Barbara, Richard solo era capaz de pensar en matar a Stanley. Le pasaban por la cabeza imágenes vividas en blanco y negro de lo que le había hecho Stanley, como si fuera una película antigua en cámara lenta. Richard tuvo que contenerse mucho para no sacar a su padre a la calle, llevarlo a su coche, matarlo y arrojar el cadáver al pozo de una mina en Pensilvania. Dijo a Barbara que quería marcharse. Cuando volvían a su casa, en el coche, ella le preguntó:

– ¿Estás bien, Richard?

– Estoy bien -dijo él-. Es que… cuando veo a Stanley me vuelve todo. A ese hombre no le deberían haber permitido nunca tener hijos.

No dijo más. No quería que Barbara se enterara de la verdad, de lo que le había hecho Stanley en realidad, de que había asesinado a Florian.

28

El rey del porno de Nueva York

DeMeo cumplió su palabra y entregó a Richard, en depósito, toda la pornografía que este le pedía. Richard se compró una furgoneta con la que iba a Brooklyn y recogía las cajas de pornografía que producía Roy, cien películas por caja. Por entonces, Richard ya tenía muchos contactos en el negocio de la pornografía en todo el país. Distribuía pornografía, tanto la suya propia como la de DeMeo, a mayoristas de todas partes, y el negocio iba viento en popa. Por primera vez en su vida, Richard estaba ganando un buen dinero con regularidad.

Richard procuraba pagar escrupulosamente a Roy todo lo que le debía y en los plazos acordados. Roy empezó a apreciar a Richard. Admiraba su temeridad, el hecho de que hubiera aguantado la paliza «como un hombre»: así se lo decía a los de su cuadrilla. Que Richard tuviera una pistola y no la hubiera usado; que se hubiera presentado en el Gemini él solo. Sabía que para hacer aquello había que tener huevos.

Pero a los de la cuadrilla de DeMeo no les gustaba Richard. Lo consideraban estirado y poco amistoso (y lo era), y, además, no era italiano. Era polaco. Se burlaban de Richard a sus espaldas, se contaban chistes tontos de polacos a costa de Richard. Este advertía la hostilidad, las miradas frías, los gestos de desprecio, pero no le importaba. Supuso que estarían celosos de su relación con Roy, y tenía razón.

Con el transcurso de los meses, la «amistad» entre Roy y Richard se fue estrechando. Roy ya se había enterado de que Richard había realizado asesinatos, bien y con discreción, por encargo de la familia De Cavalcante, y un día que Richard se pasó por el Gemini para hacer un pago, Roy lo invitó a sentarse en la trastienda.

– Me han dicho que eres frío como el hielo y capaz de hacer trabajos especiales -le dijo Roy-. ¿Es verdad?

– Claro, sin problema.

– Yo tengo muchos trabajos especiales. ¿Te interesa?

– Desde luego.

– ¿Seguro?

– Claro.

– ¿Los harás sin hacer preguntas?

– No soy hombre curioso.

Roy miró fijamente a Richard. La mirada de Roy, con sus ojos negros penetrantes, era penetrante como dos taladros eléctricos.

Roy tenía que comprobar en persona si Richard era capaz, en efecto, de hacer un trabajo de manera fría y metódica.

– De acuerdo -dijo-. Vamos a dar un paseo. ¿Te apuntas?

– Claro -dijo Richard; y Roy, su primo Joe Guglielmo y Richard subieron al coche de Roy. Joe conducía. Richard iba en el asiento de atrás.

– Vamos a la ciudad -ordenó Roy. Siempre daba órdenes a la gente; nunca pedía las cosas por favor. Fueron en silencio hasta Manhattan. Hacía un día hermoso y despejado. El cielo estaba azul. Lucía el sol. Alguien iba a morir. Cuando pasaban por el túnel de Brooklyn Battery, Roy se volvió y dio a Richard una 38 de cañón corto con silenciador.

– Usa esto -dijo.

– De acuerdo -dijo Richard, y se guardó tranquilamente el arma bajo el cinturón. Siguieron hasta la zona alta y llegaron a una calle tranquila, con árboles, de la parte oeste del Greenwich Village. Era el antiguo cazadero de Richard. Pasaron ante un hombre solitario que paseaba con un perro.

– Para -ordenó Roy-¿Ves a ese tipo del perro? -preguntó a Richard. -Sí.

– Cárgatelo.

– ¿Aquí? ¿Ahora?

– Aquí, ahora.

Richard se bajó con calma del coche y caminó hacia el hombre del perro, que estaba por detrás del coche, a unos veinte pasos quizá. Cuando Richard se hubo cruzado con él, se detuvo, se volvió y siguió al desventurado. Quería hacer el trabajo delante mismo de Roy y de Joe. Cuando el paseante estuvo a la altura del Lincoln, Richard lo alcanzó, se cercioró de que no lo observaba nadie, sacó rápidamente la pistola y disparó al hombre un tiro en la nuca.

No se enteró de que se moría ni de por qué.

Cayó como un saco de ropa sucia, contó Richard.

Richard volvió tranquilamente al coche y subió.

– Eres frío como el hielo, joder -dijo Roy, sonriente-. Bien hecho. Eres de los nuestros.

Se volvieron a Brooklyn. Richard acababa de demostrar a Roy, sin ningún género de dudas, que era un asesino frío y duro como la piedra, y aquel asesinato terminó de sellar la sangrienta relación entre ambos. Cuando llegaron al Gemini Lounge y pasaron a la trastienda, estaban allí reunidos Joey Testa, Anthony Senter, Chris Goldberg y Henry Borelli.

– El grandullón es frío de narices -les anunció Roy-. Acabo de verle hacer un trabajo en plena calle. Es de los nuestros.

Y así ingresó Richard en una cuadrilla de asesinos en serie como no se había conocido otra igual ni se conocería después. En los años venideros escribirían un capítulo de la historia del homicidio.

Pero aquello no gustaba a Richard; no le gustaba que aquellos tipos supieran de él, lo que hacía, los «trabajos especiales» que llevaba a cabo. No se fiaba de ellos y no le gustaban; pensaba que, tarde o temprano, acarrearían problemas, para ellos mismos, para Roy y para el propio Richard.

Richard tuvo que pasar al baño. El ambiente estaba cargado de un olor extraño, denso, fétido. Mientras orinaba, miró detrás de la cortina de la ducha y allí, colgado sobre la bañera, estaba el cadáver de un hombre. Estaba degollado, y tenía clavado en el pecho un cuchillo de carnicero de mango negro. La sangre, densa y espesa, le caía poco a poco a la bañera. Lo estaban desangrando.

Estos jodidos sí que están metidos en el asunto, pensó Richard, y salió del baño.

– ¿Has visto al tipo que se está duchando? -le preguntó Roy, riéndose ruidosamente de su propio chiste. Los otros se rieron también.

– No; no he visto nada -dijo Richard; y se sentaron a comer spaghetti olio y broccoli rabe. A Roy le gustaba cocinar y le encantaba comer. Mientras comían y bebían vino tinto (con aquel tipo colgado sobre la bañera), hacían bromas, hablaban de deportes, de una chica a la que se habían tirado Joey y Anthony la noche anterior.

Después de tomar café espreso, Chris y Anthony extendieron en el suelo una lona de plástico azul. Sacaron al tipo del baño y se pusieron a cortarlo en «trozos manejables», como decía Roy.

– Así es más fácil deshacerse de él -dijo a Richard. Tenían instrumentos profesionales para autopsias, con sierras y cuchillos afilados como navajas de afeitar y que se habían construido especialmente para diseccionar cadáveres. En cuestión de minutos lo habían cortado en cinco trozos. Envolvieron cada trozo en papel de estraza y los metieron en sendas bolsas de basura negras de las más gruesas. Richard contemplaba todo aquello divertido, pensando: Estos tipos son otra cosa, admirando la facilidad y la habilidad con que descuartizaban el cadáver. Saltaba a la vista que tenían mucha práctica y que sabían lo que hacían. Chris Goldberg daba especiales muestras de disfrutar diseccionando el cuerpo.

Cuando Richard se disponía a marcharse para volver con su familia, pidió hablar a solas con Roy. Salieron a la calle. El sol ya se estaba poniendo. Llegaba una brisa agradable de Jamaica Bay.

– Mira, Roy -dijo Richard-; no me entiendas mal, pero el caso es que yo preferiría trabajar a solas contigo en los trabajos especiales.

– Me has leído el pensamiento -dijo Roy-. Grandullón, tú eres mi arma secreta. No voy a hacer que te trates con mi cuadrilla. No te preocupes. Son todos muy buenos, unos tipos legales de cojones; Chris es como si fuera hijo mío; pero no voy a hacer que te trates con ellos.

– De acuerdo -dijo Richard. Se abrazaron y se besaron en la mejilla, y Richard se volvió a Nueva Jersey con su familia. Y, de este modo, Richard Kuklinski se convirtió en el «arma secreta» de Roy DeMeo.

La Policía no pudo encontrar ningún testigo del asesinato del hombre que paseaba a su perro en el Village; ningún sospechoso lógico, ningún motivo para el asesinato: un nuevo homicidio sin resolver en Nueva York que había sido obra de Richard Kuklinski.

29

Cabeza de familia

Richard procuraba escrupulosamente ocultar sus actividades a su familia. Barbara no tenía idea de a qué se dedicaba en realidad; ella no se lo preguntaba, y él no se lo decía.

Además de distribuir pornografía, Richard tenía alquilado un almacén en North Bergen que le servía de base para vender artículos falsificados: jerséis, bolsos, pantalones vaqueros, incluso perfumes. Compraba grandes partidas de esos artículos a precio de saldo; tenía mujeres que les cosían etiquetas de marcas conocidas, y después los vendía en los mercadillos de todo el país. El dinero llegaba a espuertas. Richard seguía dedicándose a los asaltos a camiones, en calidad de intermediario entre los asaltantes y los compradores, obteniendo siempre un beneficio. Dejó de beber licores fuertes y procuraba no jugar. Quería mucho a su familia y no quería hacer nada que la perjudicara. Por una parte era marido y padre ideal, atento, cariñoso y generoso hasta la exageración. Llevaba con mucho gusto a sus hijas y a las amigas de estas a ver las películas que querían y a comer en los restaurantes que les gustaban; le encantaba comprar ropa bonita a sus hijas, siempre dos prendas de cada clase: todo era poco para sus hijas. Compraba constantemente para Barbara ropa, zapatos, joyas, abrigos de visón… lo que quisiera. Iban a restaurantes de lujo todos los fines de semana. Richard se encargaba siempre de que, cuando llegaran, ya les estuviera esperando en la mesa, en un cubo de hielo, el vino favorito de Barbara, el Montrachet. Le abría las puertas. Le sujetaba amablemente la silla cuando se iba a sentar.

Por otra parte, podía perder los estribos por cualquier tontería y volverse tiránico, maligno, una amenaza. La casa de los Kuklinski podía ser en un momento dado un edén apacible, para convertirse al cabo de un instante, en un islote azotado por los embates de un mar proceloso y turbulento.

Cuando mi papá estaba normal, tenía un corazón de oro. Cuando se enfadaba, era… era un maníaco, explicó hace poco su hija Chris.

Richard se compró un Cadillac blanco nuevo. La familia empezó a buscar una casa nueva en una parte mejor de Nueva Jersey. West New York, en el condado de Hudson, estaba cambiando; se instalaban allí miembros de muchas minorías, y Richard y Barbara querían mudarse a un barrio mejor.

Acabaron comprándose un dúplex, estilo rancho, en Dumont, Nueva Jersey, con tres dormitorios y garaje. Era un barrio agradable de clase media alta, un buen lugar para criar niños; un pedazo bastante jugoso del sueño americano hecho realidad. Barbara quiso tener una piscina y que el jardín se cubriera de buen césped, sano y de buen color. Ningún problema: Richard estaba deseoso y encantado de dar a Barbara todo lo que quería. Seguía sin tener una idea clara del valor del dinero, y se lo gastaba alegremente en cuanto le venía a las manos.

Los fines de semana los Kuklinski celebraban barbacoas espléndidas a las que invitaban a todos los vecinos de la manzana. Richard era en general un hombre abierto y amistoso, buen vecino, siempre dispuesto a echar una mano. Se ponía un delantal de cocinero y asaba alegremente hamburguesas y salchichas para sus hijas y para todos sus amigos. Los vigilaba cuando jugaban en la piscina, pendiente de que ninguno se hiciera daño. Repartía amablemente toallas y ayudaba a sus hijas a secarse; ordenaba con gusto el patio trasero después de que los chicos se hubieran pasado el día jugando. Barbara seguía queriendo tener más hijos; quería tener un chico; esperaba que tuvieran un hijo.

Pero cuando Richard se enfadaba, estallaba. Parecía incapaz de controlar su ira, y cuando se enfadaba, su crueldad no conocía límites, era como si se convirtiera en otra persona. Rompía los juguetes y las chucherías de sus hijas; destrozaba las sillas, las mesas y los objetos de a casa. Después de que Barbara hubo reformado la cocina, cuando estuvieron instalados todos los electrodomésticos y los armarios, Richard perdió los estribos y llegó a arrancar de la pared los armarios de cocina, además de sacar de su sitio el fregadero y arrojarlo por una de las ventanas de la cocina.

Después, siempre se sentía muy mal, hasta le repugnaba lo que había hecho. Se enfadaba tanto consigo mismo que no era capaz ni de mirarse al espejo. Cuando estaba así, en uno de sus arrebatos, lo único que podían hacer Barbara y sus hijas era apartarse de su camino, y eso era lo que hacían, en la medida de lo posible.

Además, cuando Richard estaba enfadado con Barbara, no dudaba en maltratarla delante de sus hijas. Era como si ni siquiera se diera cuenta de que estaban delante. Le daba bofetadas, empujones, golpes. Sus hijas, horrorizadas, contemplaban aquel espectáculo suplicándole que lo dejara, llorando, chillando y pidiéndole que no siguiera. Si no hubiera sido por la intervención de sus hijas, por sus súplicas, muy bien podría haber matado a Barbara en un ataque de rabia. Si la hubiera matado en uno de sus arrebatos, habría matado también a sus hijas.

– Si mamá muere, Merrick -llegó a decir a su hija mayor-, tendré que mataros a tu hermana y a ti, ¿sabes? No puedo dejar testigos… ¿lo entiendes?

– Sí, papá -dijo Merrick.

Barbara se sentía atrapada, según dijo. No podía acudir a ninguna parte. Si iba a la Policía y enseñaba sus lesiones, los ojos morados y las contusiones, quizá lo detuvieran; pero ella sabría que no tardaría en salir bajo fianza, y entonces saldría para matarla. Se lo había dicho así de claro en muchas ocasiones.

Y ella lo creía.

Barbara estaba convencida íntimamente, según explicó, de que Richard la destruiría si acudía a las autoridades o si hacía cualquier cosa por la que él pudiera perder a su familia. Antes que eso, los mataría a todos.

Pero, por extraño que pueda parecer, Barbara no estaba amedrentada ante Richard. Le plantaba cara, lo desafiaba, lo señalaba con el dedo retándolo a que volviera a pegarle… cosa que él solía hacer.

– Tío grande, te crees muy duro porque pegas a una mujer… ¡No eres duro! ¡No tienes nada de duro! -le decía ella a la cara.

Las cosas no habrían estado tan mal si mi madre se hubiera callado -explicó hace poco su hija Merrick-. Ella empeoraba las cosas… hacía peor todavía una situación que ya era mala de por sí. Era como si quisiera provocarlo. Yo le decía que se callara, «calla, mamá», que no le replicase, que no le plantara cara, «no digas nada, mamá», pero ella no se callaba.

La única manera que tenía Barbara de defenderse, de no perder su propia identidad, su propia personalidad, era plantar cara a su marido; y lo hacía, y sufría a menudo las consecuencias.

Así lo explicaba su hija Chris: Mi padre se cuso con la mujer que no debía. Yo diría que si mamá hubiera sido más mansa, quiero decir, si no hubiera tenido la lengua tan suelta, los arrebatos habrían terminado mucho antes. Pero ella no cerraba la boca, y la verdad es que empeoraba las cosas. Hasta cuando él le estaba pegando, cuando le estaba dando golpes, mi madre seguía provocando a mi padre, insultándolo y despreciándolo. Mi madre… mi madre incitaba aquello.

Pero Barbara no es de la misma opinión: Yo no iba a consentir de ninguna manera que me pisoteara, callándome y dejando que me maltratara. No podía acudir a ninguna parte, no podía recurrir a nadie, y por eso le decía a él… le decía lo que sentía. Es posible, o sea, ahora, volviendo la vista atrás, me parece que es posible que lo estuviera incitando, provocando; pero yo no estaba dispuesta a dejarme pisotear como una estera sin decir esta boca es mía; ni pensarlo.

Después, Richard siempre se sentía enfadado consigo mismo por haber aterrorizado a sus hijas. Pero nunca dijo que lo sentía ni que no volvería a pasar. Se portaba como si no hubiera pasado nada; todo iba bien y todo estaba arreglado. Era como si hubiera pasado una tormenta terrible, como si los daños no fueran más que las consecuencias naturales de la tormenta. Nada más. Aquello no había tenido nada que ver con él. La culpa había sido de la tormenta.

Su hija Chris tomó por costumbre llamar a la operadora telefónica tras los arrebatos de su padre y colgar cuando oía la voz de la operadora; la consolaba y la tranquilizaba de alguna manera saber que había alguien al otro lado del teléfono, alguien que podría ayudarla. Chris y su hermana empezaron a preparar una «bolsa de fuga», como la llamaban. Guardaban en ella algo de ropa, un par de juguetes queridos, un par de zapatos de repuesto para cada una. Pensaban que solo era cuestión de tiempo hasta que su padre matara a su madre de verdad, y querían tener un equipo de fuga preparado para poder salir corriendo por la puerta cuando llegara el momento.

Barbara repitió a Richard con toda claridad que si llegaba a poner la mano encima a sus hijas, ella le cortaría el cuello cuando estuviera dormido. Le dijo esto con tal sinceridad fría y tranquila que él lo creyó. Por otra parte, él mismo habría preferido cortarse las manos a llegar a hacer hecho daño físico a cualquiera de sus dos hijas.

Pero Barbara… Barbara era una cuestión muy distinta.

A veces, cuando Richard estaba perdiendo el control, cuando contraía los labios y se ponía pálido y producía aquel chasquido terrible con los labios, él mismo se daba de puñetazos, con tal fuerza que se dejaba sin sentido a sí mismo. Según reconoció hace poco, aquel era el único medio que tenía para evitar hacer daño a Barbara y aterrorizar a sus niñas: dejarse sin sentido a sí mismo; y así lo hacía.

El espectáculo de Richard dejándose sin sentido a sí mismo a golpes era terrible, espeluznante, pavoroso. No solo se daba puñetazos, sino que se daba de cabezadas contra la pared hasta caer sin sentido. Después, al cabo de un rato, volvía en sí y se marchaba de la casa en silencio, como un tornado que se alejaba y se perdía de vista calladamente por el horizonte.

Es verdad que Richard no pegaba a sus hijas ni las maltrataba físicamente de ninguna manera, pero les estaba produciendo una angustia y un dolor interior muy grandes… cosa que, al parecer, Barbara no tenía en cuenta. Ambas niñas parecían equilibradas y felices exteriormente, pero dentro tenían una gran agitación. No obstante, hacían amigos con facilidad, eran animadas y sociables, y obtenían resultados escolares relativamente buenos.

Pero Merrick seguía sufriendo problemas de riñón y de vejiga, fiebres altas, infecciones y convulsiones; pasaba mucho tiempo ingresada en el hospital y, en consecuencia, faltaba mucho a la escuela, varios meses al año.

Cuando Merrick estaba hospitalizada, su padre estaba siempre a su lado, llevándole lo que le hacía falta y asegurándose de que estaba cómoda y de que recibía buenos cuidados médicos. No solo se ocupaba de su hija, sino de todos los demás niños de la planta donde estaba ingresada. Siempre llevaba muñecas, juguetes y caramelos a los niños de la planta. Sentía una compasión tremenda hacia aquellos niños enfermos y estaba dispuesto a hacer de buena gana cualquier cosa por ellos, hasta a pagarles tratamientos y medicación que los padres no podían permitirse. Una niña de siete años que estaba en la habitación contigua a la de Merrick se estaba muriendo de cáncer, solo le quedaban unos días de vida. Sus padres no podían permitirse pagar el televisor del hospital, y se lo desconectaron. Cuando Richard fue a visitar a Merrick y se enteró de lo sucedido, se indignó porque hubieran desconectado la televisión de la niña, fue a buscar al técnico, le pagó y le hizo conectar inmediatamente el televisor. Richard era un verdadero doctor Jekyll y míster Hyde. Pero hiciera lo que hiciera, por muchos arrebatos que tuviera, por mucho miedo que le tuviera ella, Merrick perdonaba siempre a su padre, nunca le guardaba ningún rencor. Richard y Merrick estaban unidos por unos lazos especiales que no tenían Barbara ni Chris con Richard.

Tanto Chris como Barbara guardaban rencor a Richard por sus arrebatos, no le perdonaban ni olvidaban lo que hacía. Pero Merrick no. Hasta ahora, después de todo lo sucedido, Merrick no tiene una sola mala palabra para su padre, no le guarda el menor rencor. Es su sol y su luna, y ella estará a su lado hasta el final, pase lo que pase, donde sea, contra viento y marea.

Barbara se quedó embarazada otra vez, y este quinto embarazo fue relativamente fácil. Barbara quería y anhelaba tener un chico. Richard quería otra niña. Prefería a las niñas.

Contó en confianza que no quería tener un chico porque sentía muy dentro de sí que este le disputaría la atención de Barbara, e incluso la de sus hijas. A Richard le producían grandes celos todos los varones. Al fin, Barbara dio a luz un niño sano de tres kilos y medio al que llamaron Dwayne, en recuerdo de un cantante de música country del que Richard era aficionado.

30

Asesino a sueldo

– ¿puedes venir a verme a la casa de comidas que está junto al puente Tappan Zee, de mi lado del puente? -le preguntó DeMeo.

– Claro, estaré allí dentro de una hora -dijo Richard, y no tardó en ponerse en camino en su nuevo y ostentoso Cadillac El Dorado blanco, para reunirse con Roy. Roy y Richard habían desarrollado y perfeccionado aquella manera clandestina sencilla de ponerse al habla. Roy llamaba a Richard por su «busca» y le marcaba el número de una cabina de teléfonos de Brooklyn. Richard salía a una cabina próxima a su casa para devolverle la llamada, y así conseguían hablar sin miedo a los teléfonos intervenidos por el FBI, un temor constante y muy realista entre la gente de la Mafia. Estaban cayendo mafiosos como moscas por culpa de la ley de Organizaciones Corruptas e Influidas por el Crimen Organizado (OCICO), de reciente creación y que se aplicaba con habilidad. Para ser condenados bajo la ley OCICO e ir a la cárcel bastaba con hablar de cometer un delito, conspirar, como lo definía el texto de la ley; no era preciso haber llegado a cometer ningún delito.

Camino de su reunión con Roy, Richard se preguntaba qué trabajo tendría este entre manos. Desde el día que Richard había volado la cabeza al hombre que paseaba con el perro en el Village, había sufrido una metamorfosis radical. Se había comprometido por entero al asesinato, a matar por dinero.

Frío, desapegado y muy calculador, y ya abstemio, Richard se disponía a embarcarse en un viaje violento que dejaría a docenas de personas muertas, destrozadas, torturadas, enterradas y quemadas vivas, arrojadas a pozos sin fondo, arrojadas estando todavía vivas a ratas hambrientas, arrojadas a los cangrejos de los muelles abandonados del West Side de Manhattan.

Fueran los que fueran los asesinatos que estuviera cometiendo Roy DeMeo con su cuadrilla de asesinos en serie, guardaba su promesa y no complicaba nunca a Richard en ninguno. No; DeMeo utilizaría a Richard para los «encargos especiales», como los consideraba él. DeMeo se había convertido en el asesino principal al servicio de la familia Gambino. Realizaba encargos a diestro y siniestro, para esta familia y para otras, varios por semana. Su reputación de asesino eficiente y brutal había adquirido proporciones monumentales. Hasta los célebres hermanos Gene y John Gotti evitaban a DeMeo y a sus asesinos en serie. Su bar, el Gemini Lounge, había adquirido el sobrenombre bien merecido de «el matadero».

Richard y Roy se reunieron en el aparcamiento de una casa de comidas muy frecuentada, junto al puente Tappan Zee, en la orilla de Westchester. Se saludaron dándose un abrazo y besándose en la mejilla, según la costumbre italiana. Roy había elegido aquel lugar porque la mayoría de la gente que se pasaba por una casa de comidas de carretera iba camino de alguna parte y probablemente no volvería allí, y aquel lugar estaba fuera del terreno habitual de la gente de la Mafia; era muy poco probable que los viera juntos alguien de «la vida». Su negocio era el negocio del asesinato, una empresa seria en la que estaba en juego la vida y la muerte de todos los que participaban. No había lugar para los errores ni para los descuidos, para los tropiezos ni para los deslices.

– Tengo un trabajo para ti -le dijo DeMeo-. Nada extraordinario; pero procura que se haga deprisa y que nadie se entere… ¿entendido?

– Entendido.

DeMeo entregó a Richard una fotografía que llevaba escrita al dorso una dirección en Queens.

– Es este. Siempre va armado; ten cuidado.

– Me encargaré de ello -dijo Richard. Roy le entregó un sobre. El sobre contenía veinte mil dólares en billetes. No había nada más que decir. Cuanto menos se dijera, mejor. Se despidieron con un abrazo y un beso y se fueron cada uno por su lado.

Pero Richard seguía recordando en lo más hondo de su mente la paliza que le había dado Roy.

Al día siguiente, Richard estaba aparcado en una calle residencial de Queens, a dos manzanas del cementerio Calvary. La víctima vivía en una casa de ladrillo de dos viviendas, en el piso bajo. Advirtió enseguida que tenía una esposa bonita y dos niños pequeños. Que la víctima tuviera familia no importaba a Richard, no tenía nada que ver con el encargo que tenía entre manos; pero no quiso matarlo delante de su familia. Al cabo de cierto tiempo, la víctima salió de su casa, se subió a su coche y se puso en camino. Richard lo siguió hasta un aparcamiento urbano de cuatro pisos en el Queens Boulevard, y aparcó su coche en la plaza contigua al coche de la víctima. En primer lugar, pinchó la rueda delantera izquierda del coche de la víctima; después, dejó abierta la cerradura del maletero de su Cadillac, se sentó en su coche y se puso a esperar tranquilamente a que regresara la víctima. Richard tenía una paciencia fuera de lo común en aquellas situaciones. Era capaz de pasarse horas y horas sentado, dando vueltas a muchas cosas en la cabeza pero sin dejar de prestar atención a su tarea. En esta ocasión, la víctima volvió al poco rato, con unos paquetes. Cuando vio la rueda pinchada, torció el gesto y abrió el maletero de su coche. Era el momento ideal. Richard reaccionó rápidamente, salió de su coche en silencio.

– ¿Tiene un pinchazo? -preguntó Richard a la víctima, deteniéndose y haciendo ver que aquello le importaba, como si fuera un buen samaritano dispuesto a ayudar.

– Sí -dijo la víctima; y cuando quiso darse cuenta, Richard ya le había apoyado una pistola en la cabeza y le había obligado a meterse en el maletero del Cadillac, tumbado sobre el vientre. Acto seguido, lo esposó, lo amordazó con cinta adhesiva y le advirtió que estuviera callado. Cerró el maletero, puso el coche en marcha y salió del aparcamiento. Llevaba una pistola bajo el asiento y otra en el bolsillo. Si un policía le hacía parar, lo mataría… así de sencillo.

Richard tomó el camino de los pozos de mina sin fondo de Pensilvania, escuchando música country. Cuando llegó allí, a una zona desierta que él conocía bien, sacó al hombre del coche, lo obligó a caminar hasta un pozo de mina, le pegó un tiro en la cabeza y lo dejó caer por la honda sima, que pareció tragarse al desventurado. Richard lo había tirado con toda tranquilidad, como quien tira una bolsa de basura. Se volvió a su coche y regresó a su casa, con su mujer y sus hijos… como cualquier hombre que volvía a su casa después de un día de trabajo.

La gente del crimen organizado no tardó mucho tiempo en enterarse de que Richard estaba disponible para hacer trabajos, de que funcionaba bien y era de fiar. El hecho de que no era italiano y, por lo tanto, no podía ingresar en la Mafia como «hombre hecho», era un punto más a su favor que le permitía trabajar para cualquiera de las siete familias del crimen organizado de la Costa Este: los Ponti y los de Cavalcante de Nueva Jersey y los Gambino, Lucchese, Colombo, Genovese y Bonanno de Nueva York, sin conflictos, sin problemas y sin tener que dar explicaciones a nadie. No tenía que pedir permiso a nadie para llevar a cabo un contrato. Trabajaba por libre, y no tardó en recibir contratos de los «capitanes» afiliados a diversas familias.

Richard llevaba a cabo cada golpe con gran cuidado, con paciencia y astucia, sin prisas. No decía a nadie lo que hacía, ni cuándo, ni dónde ni cómo; aquello era asunto suyo, y no hablaba de sus asuntos. No andaba con gente de la Mafia, y siempre se volvía a su casa, con su famlia.

Barbara no tenía idea de dónde iba Richard cuando salía de casa. Había aprendido a no hacer preguntas a su marido, con su humor tan variable. Barbara había aprendido a vivir con Richard, a aceptarlo como era, a sobrellevar estoicamente sus cambios de humor, su mal genio, hasta sus malos tratos. En realidad, no le quedaba otra opción. Aceptaba los malos tratos, con tal de que no pegara a sus hijos. A Barbara ya le saltaba a la vista que Richard estaba resentido contra Dwayne; no era tan afectuoso con él, ni mucho menos, como lo había sido con Merrick y Chris cuando eran pequeñas, y esto preocupaba mucho a Barbara. Sabía que Richard era muy capaz de hacer daño a Dwayne en uno de sus ataques de rabia… partirle el cuello accidentalmente.

Para Richard, el asesinato de encargo se convirtió en una especie de juego del gato y el ratón a vida y muerte, en una partida de ajedrez mortal que él estaba decidido a ganar. Sabía que si lo atrapaban y lo descubrían perdería a su familia, la única cosa del mundo que le importaba. Pero Richard seguía aceptando encargos y cumpliéndolos. Estba dispuesto a ir a hablar con quien fuera, como cuenta él. Pensaba que si trabajaba con cuidado y con meticulosidad y no bebía podría ganar lo suficiente para retirarse, para comprarse una casa suntuosa en alguna parte, en la playa, y vivir bien, ofrecer a su familia todo lo que necesitara. No les faltaría de nada.

Naturalmente, las cosas no salieron así.

Por medio de su nuevo amigo, socio y cómplice Roy DeMeo, Richard conseguía todo tipo de armas de fuego cortas, escopetas y rifles Magnum semiautomáticos del 22, que Richard recortaba (tanto el cañón como la culata) para producir un arma perfecta para matar seres humanos a corta distancia. Roy tenía existencias inagotables de armamentos, que procedían de los robos regulares en el aeropuerto Kennedy, situado a solo diez minutos del Gemini Lounge.

DeMeo tenía El Matadero lleno de armas. Solía tomarlas en las manos, manosearlas y acariciarlas como si fueran los pechos de una mujer, como si fueran ositos de peluche cálidos y tiernos, y no instrumentos para matar violentamente. En mános de DeMeo, un arma de fuego era un medio para conseguir un fin: muertos.

Un día que Richard fue al Gemini Lounge para dejar un dinero de Roy, su parte de los beneficios con la pornografía, este lo recibió con grandes sonrisas, abrazos y muestras de alegría por verlo. Estaba reunido el grupo habitual de asesinos en serie: Anthony y Joey, Chris y Freddie DiNome, y el primo de Roy, Drácula. Sentados alrededor de la gran mesa redonda, comían bistecs con patatas y bebían vino tinto hecho en casa. En un rincón, a la izquierda, había unas pesas y una bolsa pesada.

A Richard no le caía bien ninguno de aquellos tipos, pero se sentó con ellos como uno más, a comer entre bromas y risas. Roy comía sin modales, hablaba con la boca llena, era un verdadero gavone (un grosero).

Al final de la comida, a Roy le cambió de pronto el humor (lo tenía más variable todavía que el propio Richard) y tomó una metralleta Uzi que llevaba montado un silenciador largo de aspecto temible. Era un arma capaz de disparar quince balas del calibre nueve parabellum en un segundo

– Una buena pieza, joder -dijo, apuntando de pronto con el arma a Richard y montándola con un ruido metálico espeluznante: clic-clic.

Todos los que estaban sentados a la mesa retrocedieron repentinamente, como obedeciendo a una señal. Ya nadie sonreía ni reía ni estaba alegre. Richard sabía que podía encontrarse en un abrir y cerrar de ojos con el pecho lleno de grandes orificios de bala. Miró a Roy con curiosidad.

– ¿Por qué me amenazas de este modo, Roy? ¿Qué coño pasa? -le dijo.

– Me han contado que andas diciendo porquerías de mí le dijo Roy.

– Eso es mentira. Si tengo que decir algo de ti, te lo digo a la cara. Que me pongan delante al cabrón que ha dicho eso: quiero oírselo decir yo mismo. ¡Es mentira! -dijo Richard, acalorándose. Roy lo miró fijamente con sus ojos negros de tiburón blanco, sin dejar de apuntarle al pecho con la Uzi. Richard parecía duro y desafiante exteriorménte, pero estaba muy tenso por dentro. Sabía bien que Roy era un asesino psicótico; que la Uzi podía destrozarlo, literalmente, en cuestión de segundos. Veía que Roy tenía el dedo en el gatillo. El silencio en la sala (en El Matadero) se hizo denso y pesado. A Richard le vinieron a la cabeza imágenes vividas del cadáver que había visto puesto a desangrar sobre la bañera.

– Sí, serías capaz -dijo Roy por fin, bajando la Uzi-. Tienes huevos, grandullón. Sé que tienes huevos -añadió, y se rió con esa risa suya desagradable de hiena; y todos volvieron a acercarse a la mesa. El momento había pasado tan aprisa como había llegado. Roy dejó la Uzi como si no hubiera pasado nada. Al poco rato, Roy y Richard salieron juntos. Roy se disculpó, a su manera. Richard le aseguró su amistad. Los dos se dieron un abrazo. Al rato, Richard salió de vuelta a Nueva Jersey. Por el camino iba maldiciendo a DeMeo entre dientes. DeMeo le había amenazado dos veces con un arma de fuego; lo había querido intimidar… lo había puesto en evidencia. Richard pasó todo el camino de vuelta a Dumond jurando que mataría a aquel desgraciado.

Cuando Richard llegó a su casa, Barbara advirtió inmediatamente que estaba de mal humor, y tanto ella como las chicas procuraron quitarse de en medio. Barbara se encargó de que Dwayne no saliera de su cuarto. Richard encendió el televisor y vio una película del Oeste (sus favoritas) mientras bufaba de rabia pensando en Roy DeMeo. Sí: mataría a Roy. Pero esperaría, tendría paciencia; lo haría cuando llegara el momento oportuno. Hasta entonces, se aprovecharía de él.

Tal como había temido Richard, Barbara se ocupaba constantemente del hijo de ambos. No se cansaba de prestarle atención, y Richard, en efecto, daba muestras externas de su resentimiento contra el pequeño Dwayne. Jamás había sentido aquello con sus hijas, pero sí que lo sentía con Dwayne. Barbara intentó quitar importancia a los celos de Richard, pero por dentro temía que Richard llegara a hacer daño a Dwayne; temía que Richard estallara por cualquier tontería y que descargara su ira sobre el pequeño Dwayne.

– Si haces daño a mi hijo, date por muerto -dijo a Richard en muchas ocasiones.

Según dice Barbara ahora, si ella hubiera sabido con quién estaba hablando, habría hecho las maletas y habría puesto pies en polvorosa con sus hijos. Pero ella sabía que, se escondiera donde se escondiera, él la encontraría, jamás la dejaría marchar. Se inquietó tanto por Dwayne, que empezó a dejarlo en casa de su madre durante los fines de semana, para que «no corriera peligro», como decía ella.

El distribuidor de pornografía Paul Rothenberg, socio de Tony Argrila, estaba dando problemas. Rothenberg era un tipo descarado, insolente, pendenciero y cortante; era un hombre rechoncho con una nariz como una patata. Lo habían detenido en muchas ocasiones por hacer y distribuir pornografía. Esto no era ilegal de por sí, pero Rothenberg forzaba los límites y vendía películas de zoofilia, películas en las que intervenían menores, películas de sadismo fuerte en las que corría la sangre, películas de «lluvias doradas», y lo detenían por distribuir este tipo de productos.

– Yo no las podría vender si la gente no quisiera verlas -solía decir; y seguía vendiendo estas producciones de hardeore extremo, perversas, que generaban grandes beneficios. Cuanto más perversas y aberrantes eran, más vendían; de hecho, se vendían como rosquillas en las tiendas a lo largo y ancho de los Estados Unidos.

Richard sentía resquemor hacia Rothenberg: lo culpaba de sus primeros problemas DeMeo, y esperaba el momento de vengarse. Richard creía en la venganza, con firmeza, con obsesión. Era incapaz de poner la otra mejilla. Esta idea no tenía nada que ver con él. Si alguien lo trataba mal, él no se sentía íntegro hasta haber hecho daño a esa persona.

El Departamento de Policía de Nueva York hizo una redada en el laboratorio cinematográfico y confiscó camiones enteros de pornografía, que el ahogado de Rothenberg valoró en un cuarto de millón de dólares. El Departamento de Policía sabía bien que el crimen organizado se había apoderado del negocio de la pornografía, y tanto la Policía como el fiscal del distrito, Robert Morgenthau, estaban decididos a desmontar aquel negocio insidioso. Estaban seguros de que la familia Gambino estaba muy metida en el negocio (era cosa que sabía todo el Mundo en la calle), pero necesitaban pruebas, pruebas tangibles que pudieran presentar ante un tribunal. Era tarea difícil, pues sería preciso que alguien se atreviera a declarar en calidad de testigo.

La Policía confiscó también los libros de contabilidad de Argrila y de Rothenberg, y encontraron cheques a nombre de Roy DeMeo, que los habría cobrado por medio del banco Credit Union de Brooklyn: se trataba de la primera vinculación directa con la familia Gambino.

La Policía sospechaba que Roy tenía relaciones con el crimen organizado, pero no tenían pruebas. Los detectives empezaron a seguir a DeMeo por todas partes, aunque él solía conseguir darles esquinazo, << era astuto como un zorro el primer día de la temporada de caza», según contó hace poco un detective del Departamento de Policía de Nueva York.

Evidentemente, Roy sabía que si Argrila y Rothenberg colaboraban con la Policía, él tendría problemas; y no solo él, sino también Nino Gaggi: Gaggi había estado presente el día en que Roy había impuesto su voluntad a Rothenberg. Roy sabía que tenía que proteger a Gaggi a todo trance: si a Gaggi lo detenían por aquel asunto, Roy se encontraría hundido en la mierda, era muy fácil que tuvieran que matarlo. Nino Gaggi había asesinado a gente por mucho menos.

DeMeo no creía que Tony Argrila hablara, pero no se fiaba de Rothenberg. Se puso en contacto con Rothenberg y lo invitó a una buena cena en un restaurante italiano en Flatbush, para sondearlo, y la impresión que se llevó no le gustó. Roy, como mucha gente que había salido de la calle y se había criado en ella, tenía muy desarrollado el sentido del peligro, y percibía que Paul Rothenberg no era de fiar, que estaba resentido por el dinero que Roy le había estado sacando; que le parecía que sus problemas con la justicia se estaban agravando de manera desproporcionada por sus tratos con Roy DeMeo. Roy, como amigo dispuesto a echar una mano, dio a Rothenberg unos cuantos miles de dólaes al contado para ayudarle a pagar a sus abogados y le dijo que, si le hacía falta más dinero, podría contar con él. Para Rothenberg, no se trataba de una cuestión de dinero. Siempre había guardado a Roy el resentimiento por la paliza que le había dado y no sentía la menor amistad ni vinculación hacia DeMeo.

– Es un puto desgraciado, y yo no voy a correr ningún riesgo por él -dijo a una de las chicas que trabajaban en el laboratorio. Cuando le preguntaron si sentía que corría peligro, dijo: «Sé demasiado como para que alguien me haga daño».

Fue un grave error de juicio por su parte. Estas palabras no tardaron mucho en llegar a oídos de DeMeo.

La fiscalía del distrito de Rothenberg pidió al abogado de este que convenciera a su cliente para que contara cómo lo estaba extorsionando la Mafia. A la fiscalía del distrito le importaba un pito la pornografía que hacían y distribuían Rothenberg y Argrila; lo que les interesaba era la Mafia; allí era de donde salían los titulares de prensa, y a todos los fiscales de todas partes les gustan los titulares. Un claro ejemplo de ello sería el de Rudolph Giuliani, que fue fiscal general. Los periodistas que cubrían su guerra al crimen organizado, de la que se hizo tanta publicidad, solían comentar que «jamás veía una cámara que no le gustara».

Se celebraron varias reuniones entre el abogado de Rothenberg, Herb Kassner y fiscales adjuntos. DeMeo, que tenía muchos contactos en el Departamento de Policía de Nueva York (policías corruptos que le vendían información) no tardó en enterarse de lo que se estaba cociendo. Convocó inmediatamente a Richard a una reunión en Brooklyn.

Cuando llegó Richard, estaba allí Nino Gaggi en persona. Llevaba una camisa amarilla de mangas cortas y gafas grandes de aviador. Se hicieron las presentaciones. Lo que quería Roy, el asesinato de Rothenberg, no podía confiárselo a sus hombres. Rothenberg los conocía a todos, y Roy quería poner aquel encargo en manos de un profesional. Sus hombres eran muy hábiles a la hora de matar y descuartizar en la trastienda del Gemini, pero Roy sabía que no podía confiarles un encargo que requería delicadeza, una planificación cuidadosa… discreción.

Roy fue directamente al grano, como de costumbre.

– Este puto judío de Rothenberg está dando problemas -dijo-. ¿Te has enterado de lo que dijo, que sabía demasiado como para que pudiésemos hacerle daño? -preguntó con incredulidad.

– Me había enterado -dijo Richard.

– Nuestro amigo aquí presente está preocupado. Si podemos ganar algo, es gracias a él; si no nos molesta nadie, es gracias a él.

Richard asintió con la cabeza respetuosamente. lo había entendido.

Gaggi tomó la palabra por primera vez.

– Cometí el error de dejar que me viera aquel kike [5]. Sabe quién soy. Es un problema. Ese mamón es capaz de meterme a la sombra.

Nino Gaggi tenía un miedo atroz a ir a la cárcel. El se consideraba a sí mismo un hombre de negocios, en cuyo negocio había que robar y matar, pero la cárcel no entraba nunca en sus cálculos. La mayoría de los mafiosos saben y no olvidan nunca que la cárcel forma parte inseparable de su terreno de actividad; pero Nino Gaggi no. Él estaba por encima de aquello. La cárcel no era para él.

– Yo me haré cargo de este problema -se ofreció Richard. Ya sabía para qué lo habían llamado a Brooklyn, y se daba cuenta de que era una buena oportunidad para entablar buenas relaciones con Gaggi y los Gambino-. Tendré mucho gusto en ir a verlo -añadió Richard.

– Bien -dijo Roy; e informó a Richard de dónde vivía Paul Rothenberg, el coche que llevaba, hasta el número de la matrícula. No hacía falta decir nada más. Ahora, ya todo era cuestión de tiempo.

Cuando Richard salía a hacer «un trabajo» solía llevarse su furgoneta de vidrios oscurecidos. Se llevaba una provisión de gaseosa y un recipiente de plástico que le servía de orinal.

Para ser un asesino a sueldo eficaz lo fundamental era la planificación y la paciencia, ser capaz de sentarse a vigilar y a esperar el momento oportuno para dar el golpe. Aquella era la parte del trabajo que a Richard más le gustaba, la que dominaba a la perfección: la planificación y el acecho.

El domingo 29 de julio hacía un día caluroso y húmedo. Richard aparcó discretamente su furgoneta a una manzana de la casa de Rothenberg y se sentó allí a esperar. Roy había dicho a Richard que Rothenberg estaba casado y que solía llevar a su mujer de compras. Además, Rothenberg tenía una amante negra. Richard la había visto varias veces. Aquel día, Richard llevaba una 38 con silenciador. Con calma y paciencia se puso a esperar a Rothenberg allí sentado, aguantando el calor de julio, oyendo música country.

Cuando Rolhenberg salió por Fin de la casa, sacó un trapo del maletero y se puso a limpiar los cristales del coche. Roy había pedido a Richard que le llamara cuando viera a Rothenberg, y Richard así lo hizo desde una cabina de teléfonos que había en la esquina. Marcó el número por el «busca». Roy le devolvió la llamada inmediatamente.

– ¿Qué hay? -le preguntó Roy.

– Lo estoy viendo ahora mismo. Está delante de su casa, limpiando los cristales de su coche -dijo Richard-. Parece que va a alguna parte.

– Llámame y dime dónde ha ido. Quiero ver yo mismo cómo acaba esto, si es posible.

– Roy, eso lo complicaría todo…

– Tú llámame, Rich -insistió Roy, siempre en su papel de jefe, de mandamás.

Richard colgó el teléfono. No le gustaba la idea de que Roy supiera cuándo se iba a producir el golpe; pero haría lo que le había dicho Roy.

La mujer de Rothenberg salió de la casa al poco rato. Los dos subieron al coche y se pusieron en marcha seguidos por Richard. Richard no conocía bien la zona, pero consiguió seguir a Rothenberg hasta que llegaron a un centro comercial. Como era fin de semana, había mucha gente de compras. Rothenberg aparcó, y su mujer salió del coche y entró en una tienda. Rothenberg se puso a leer la sección de deportes del Daily News. Richard llamó a Roy y le dijo dónde estaba, que pensaba acabar con él allí mismo. Gracias al silenciador, podría hacer el trabajo si se presentaba el momento adecuado.

– Voy para allá -dijo Roy-. ¡Espérame! -añadió.

– ¿Estás loco? -replicó Richard; pero Roy colgó. Enfadado, Richard se volvió a su furgoneta. Se quedó allí sentado, sacudiendo la cabeza con desagrado, mientras veía a Rothenberg leer el periódico. Sabía que cuando volviera a salir de la tienda la mujer de Rothenberg, habría pasado el momento. Él no pensaba matarlo delante de su mujer. Rothenberg estaba aparcado hacia el extremo izquierdo del gran aparcamiento, cerca de un callejón entre dos edificios de bloques de cemento donde se descargaban mercancías de los camiones.

En efecto, Richard vio que el Lincoln blanco de DeMeo entraba en el aparcamiento a toda velocidad, con chirrido de neumáticas. Richard levantó los ojos al cielo en gesto de consternación. En el coche venían tres tipos, Freddie, Drácula y Chris. Richard vio que Freddie se fijaba en su furgoneta y la señalaba con el dedo. Se dirigieron hacia donde estaba Richard. Roy se bajó del coche y se acercó a la furgoneta.

– ¿Dónde está? -preguntó Roy.

– Allí; pero, no entiendo… ¿a qué viene todo esto? ¿Para qué te has traído a tu ejército?

Antes de que Roy hubiera tenido tiempo de responder, Richard vio que Rothenberg se bajaba de su coche y se dirigía al callejón, moviéndose aprisa, mirando atrás, con cara de susto.

– Os ha visto -dijo Richard, fastidiado. Se metió el 38 en los pantalones, se bajó de la furgoneta y siguió a Rothenberg, que echó a correr por el callejón. Cuando Richard llegó al callejón, sacó la 38, apuntó con cuidado, disparó dos veces y abatió a Rothenberg. Ocultó la pistola y se volvió hacia la furgoneta.

Roy se acercó a él.

– Un tiro estupendo, Rich -dijo, sonriendo.

– Ya -dijo Richard, subiendo a su furgoneta, conteniendo la ira.

– ¿Estás enfadado, Rich?

– Venga, Roy; acabo de cargarme a un tipo, quiero largarme de aquí echando leches -dijo Richard; y se puso en marcha.

Richard se perdió, pero pudo llegar al rato a la carretera Belt Parkway y se dirigió a su casa, pensando que Roy DeMeo estaba majareta, que había visto demasiadas películas de gánsteres. Y tampoco le gustaba que otros tres tipos hubieran visto el golpe: era una cosa más que tenía en contra de Roy DeMeo. La lista se alargaba.

Cuando Richard volvía para reunirse con su familia, un hombre que llevaba un Mustang rojo le cortó el paso. Richard se puso junto al Mustang rojo y empezó a insultar al tipo, le amenazó con el puño. El conductor del Mustang hizo a Richard la seña de levantar el dedo medio. Richard, irritado, lo siguió hasta que salió de la carretera y lo alcanzó en un semáforo. Estaban los dos solos. El tipo saltó de su coche. Richard lo mató de un tiro, cambió de sentido y lo dejó ahí tirado, junto a su coche, un nuevo asesinato sin resolver cuyo autor era Richard. Sin testigos y sin motivos apreciables, la Policía no podía hacer nada. Al poco rato, Richard tiró la 38 en un arroyo, pero conservó el silenciador. Había utilizado aquella pistola para matar a dos personas en un plazo de cuarenta minutos.

Richard llegó a su casa, se comió un emparedado de pavo con pan de centeno, se sentó en el cuarto de estar y se puso a ver la televisión con Barbara. Los niños estaban dormidos.

Unos detectives muy serios y enfadados fueron inmediatamente a buscar a Roy DeMeo y lo interrogaron sobre el asesinato de Paul Rothenberg. Él no quiso decirles nada más que su nombre y su dirección. Anthony Argrila, para suerte suya, estaba de excursión en barca cuando Richard había asesinado a su socio. Juró que no sabía nada de Roy DeMeo, nada de nada, dijo que su socio tenía «muchos tratos con gente de la que yo no sé nada».

– La verdad -dijo a los detectives incrédulos- es que tenía tratos con gente que yo ni conocía. La verdad es que creo… no creo, estoy seguro de que me estaba robando, ¿saben? -dijo.

Pero la Policía vigiló a Tony Argrila, y lo vieron reunirse varias veces con DeMeo, con lo que demostraron que mentía como un bellaco; pero tampoco podían hacer gran cosa al respecto de momento.

Roy DeMeo deseaba, más que nada en el mundo, ingresar en la Mafia como «hombre hecho», y tenía la esperanza de que aquel asesinato le sirviera para ello. Con una gran sonrisa en su cara regordeta, de ojos oscuros, Roy fue a visitar a Nino Gaggi en casa de este, en la avenida Cropsy, en Bensonhurst, y contó orgullosamente a su jefe (que esperaba que fuese su patrocinador, que lo hiciera ingresar en la familia Gambino) que Rothenberg había muerto y que él lo había visto caer. Gaggi quiso conocer todos los detalles, y Roy se los refirió con mucho gusto.

– ¡Buen trabajo, muy buen trabajo! -dijo Nino a Roy, orgulloso de él y de cómo se había quitado de encima aquel problema que podía haber sido grave. Abrazó y besó a Roy, según la costumbre. Poco se figuraba Nino Gaggi que Roy DeMeo no tardaría en hacer que el mundo se le viniera encima de la cabeza calva.

Richard no pidió ni recibió pago alguno por este golpe. Era un favor. Pero Roy le dijo más tarde: «Tú y yo estamos en paz», perdonando a Richard cincuenta mil dólares que le debía por entregas de pornografía. Parecía que todo estaba arreglado, limpio y en orden.

31

Lady y Puilly-Fuissé

Barbara Kuklinski esperaba los fines de semana con ilusión y, al mismo tiempo, los temía. Aunque nunca sabía cuándo estaría en casa Richard (solía salir de casa sin previo aviso, por menos de nada, a cualquier hora del día o de la noche), ella procuraba hacer planes contando con él. A Barbara le gustaba vestirse e ir a restaurantes buenos; le gustaba la buena comida, la buena compañía, la buena conversación. A diferencia de su madre, Genevieve, Barbara era una persona abierta y sociable y le gustaba salir con amigos y con otros matrimonios los viernes y los sábados por la noche. En esto era igual que su padre.

Cuando salían, Richard pedía siempre lo mejor de lo mejor, costara lo que costara. Por lo que a él respectaba, el dinero servía para gastarlo, y lo gastaba como si tuviera en el jardín de su casa un árbol que diera billetes de cien dólares nuevecitos cada vez que se regaba. Chateaubriand, langosta, botellas de vino de trescientos dólares: eso era lo habitual. También a Richard le gustaba ponerse trajes hechos a la medida, corbatas de seda, zapatos italianos caros. Barbara le elegía casi toda la ropa. Él confiaba en su buen gusto; tenía confianza en su elegancia y en su buen hacer social. Si salían con otro matrimonio, como solía suceder, Richard se hacía cargo de la cuenta. No consentía que pagara nadie más. Barbara intentaba explicarle que no era indispensable que pagara él todas las cuentas, que bien podían pagar a medias o dejar que pagaran los otros. Pero él no lo veía así, y hacía oídos sordos.

Barbara no sabía de dónde salía todo ese dinero. Se figuraba que Richard había salido adelante por fin en los negocios, y no le hacía preguntas. Si le hubiera preguntado algo, la respuesta habría sido una mirada inexpresiva, una cara de piedra, como si él no la hubiera oído.

Barbara aprendió a aceptar como una cosa más los labios cerrados de su marido… y su generosidad. Cuando Barbara y Richard salían de noche por el centro, él solía estar callado, no hablaba mucho. Se quedaba allí sentado escuchándolo todo. Pero Barbara hablaba por los dos, cosa que a él le parecía bien. Hasta respondía las preguntas que le hacían a él. Richard ya no bebía más que un poco de vino. Sabía que los licores fuertes lo volvían violento, y tenía el buen sentido de evitarlos. Ya era lo bastante maligno de por sí.

Richard no solo era generoso, sino que podría ser increíblemente atento, un romántico incorregible. Por ejemplo, había dado a Barbara el nombre de Lady, y solía llamarla así, y encargaba que estuvieran tocando la canción de Kenny Rogers Lady cuando entraban en sus restaurantes favoritos: el Palosadium, el Archer's, el Over Rose's Dead Body, el Le Chateau y el Danny's Steakhouse, y encargaba también que ya estuvieran preparados los vinos favoritos de Barbara, Montrachet y Pouilly-Fuissé, enfriándose en cubos de hielo elegantes junto a su mesa. Hasta encargaba que adornaran la mesa con rosas rojas de tallo largo.

Todo era poco para Lady.

Barbara amaba a su manera, en silencio, a este Richard, al Richard bueno. Pero había llegado a odiar al otro Richard, y los malos sentimientos que albergaba hacia este pesaban con frecuencia mucho más que los buenos. Los sentimientos de Barbara oscilaban como un péndulo: amor, odio; amor, odio.

Cuando se vestían y salían, Richard solía ser amable, se portaba como un caballero. Pero tenía unos celos obsesivos. Si un camarero o cualquier otro hombre prestaba demasiada atención a Barbara o la miraba mucho, a Richard se le congelaba la cara y no tenía el menor reparo en volverse grosero, agresivo, violento incluso. Veía a Barbara, más que nunca, como una posesión personal, como un juguete favorito, y prestarle demasiada atención era peligroso.

Un sábado por la noche fueron al cine a Dumont. Cuando salían, Richard se apartó bruscamente de Barbara, se acercó a un tipo en el que esta no se había fijado siquiera y le preguntó bruscamente por qué miraba así a Barbara. El hombre dijo a Richard que estaba loco; que no la estaba mirando; que lo dejara en paz. Richard dio un puñetazo al hombre y lo dejó sin sentido.

– ¿Por qué, Richard? -le preguntó Barbara cuando salieron a la calle.

– Vi que te estaba mirando de manera irrespetuosa.

– ¿A mí?

– Sí.

– Yo ni lo había visto. -Era una cosa entre él y yo -dijo él.

Barbara aborrecía ir en el coche con Richard, pues este solía discutir con los demás conductores, y las discusiones, inevitablemente, le hacían perder los estribos, bajarse del coche, insultar a la gente, romper parabrisas con sus puños inmensos. Barbara sabía que cuando Richard estaba así, ella no podía hacer nada para hacerle entrar en razón. Ni ella, ni nadie. Ni siquiera un policía con una pistola en la mano. Era mejor quedarse callada, porque la furia de Richard podía volverse de pronto contra ella. Richard era una bomba de relojería andante. Cuando estaba furioso, casi se podía oír el tictac. Podía estallar en cualquier momento. Esta era la realidad. Esto era con lo que tenía que convivir ella. Hasta cuando iba en el coche con sus hijas, se enzarzaba en esas discusiones tontas, sin sentido, violentas, con otros conductores y conductoras. Una vez hasta lo detuvieron por romper el parabrisas del coche de una mujer mientras iban con él sus hijas. Pero la mujer no quiso presentar denuncia. Tenía un miedo mortal a Richard, y con razón. Verlo en uno de sus arrebatos de rabia era una experiencia temible. Nadie que lo veía lo olvidaba fácilmente. Dwayne era todavía demasiado pequeño para comprender del todo lo loco que podía volverse su padre; pero tanto Merrick como Chris conocían su carácter variable y violento, y ambas le tenían terror, estaban asustadas hasta lo más hondo de sus pequeños seres. Merrick solía temblar cuando Richard perdía los estribos. Pero Richard no puso jamás la mano encima a ninguna de las niñas. Aún hoy, después de tantos años, tanto Merrick como Chris palidecen y tiemblan con solo oír la voz de su padre.

Pero cuando Merrick tenía que ingresar en el hospital, cosa frecuente, Richard era atento y cariñoso a más no poder. ¡Cómo quería Merrick a ese papá, y cuánto temía al otro papá! En esos ratos tranquilos en el hospital, cuando Richard y Merrick estaban solos a última hora de la noche o de madrugada, Richard empezó a contar a su primogénita la historia de su infancia. Cómo su madre, su hermano Florian y él habían tenido que sufrir la brutalidad de Stanley; lo pobres que eran; cómo les faltaba siempre de todo; cómo robaba él para comer.

Nunca habló así a Chris; ni siquiera a Barbara: solo a Merrick. Ella lo miraba con sus ojos enormes de cervatilla, de color de miel, y lo escuchaba en silencio, comprendiendo más que lo propio de sus años. No es que Richard intentara explicar ni excusar de ninguna manera sus arrebatos de mal genio y su violencia contra Barbara. Solo pretendía que ella conociera la verdad. Que supiera cómo habían sido las cosas. Pero después de escuchar esas cosas, Merrick quería a su padre más todavía.

Había veces, en casa, en que Richard tenía uno de sus arrebatos y rompía cosas y, después, se encerraba en su despacho. Merrick iba a hablarle, le pedía que se tranquilizara, «relájate, por favor, papá». En esos episodios, Richard le explicaba como cosa normal: «Ya sabes que si… si mato a mamá, si pasa algo y se muere, tendré que mataros a todos. No puedo dejar testigos».

– Sí, papá. Ya lo sé, papá -decía ella.

Con todo lo extraño y terrible que era decir una cosa así a una niña, Richard intentaba hacer saber a Merrick por adelantado, por consideración hacia ella, lo que podía suceder. Quería que entendiera que si hacía una cosa así sería… por amor. Solo por amor.

Quería demasiado a Barbara.

Quería demasiado a sus hijos.

Aquel era el problema. La única manera en que podría superar su pérdida si mataba a Barbara sin querer, era matarlos. En esencia, aquel era el modo en el que Richard había resuelto todos sus problemas desde niño. Matando, problema resuelto. Richard tenía gran capacidad para confinar su dolor y su agitación emocional. Era como dos personas distintas que no se conocieran la una a la otra, como dos desconocidos en un mismo cuerpo.

– Pero a ti, Merrick… A ti será a la que más me costará matar, ¿lo entiendes?

– Sí, papá -decía ella, y lo entendía y lo aceptaba de buena gana. Sabía que era su favorita, y aquello valía mucho para ella.

Aquel mes de agosto, Richard y Barbara, junto con el primo de ella, Carl, y su esposa, Nancy, alquilaron una bonita casa en la playa, en el cabo Cod, durante dos semanas. Barbara seguía estando muy unida a Carl. Richard había llegado a aceptar a Carl, e incluso a apreciarlo, aunque, como era hombre, no toleraba que Barbara lo saludara con un beso, ni siquiera que lo abrazara. Solo podía darle un apretón de manos. Carl y Nancy tenían dos hijos, y a los chicos de ambos les encantaba jugar en la playa, hacer castillos de arena y divertirse en el agua. A Richard le gustaba jugar con los niños. Les ayudaba a hacer sus castillos y sus presas, les cavaba hoyos hondos, se dejaba enterrar en la arena, todo ello a pesar de que tenía la piel muy blanca y siempre acababa con quemaduras. Barbara le advertía que tuviera cuidado con el sol, como si fuera un niño, recordándole lo sensible que era; pero Richard disfrutaba tanto jugando con los niños que acababa siempre quemado, rojo como una langosta hervida.

Hacían barbacoas y asados en la playa, todos contentos, sonrientes y pasándolo bien. Al ver a Richard allí en la playa con los niños se le habría tomado por el mejor padre del mundo. Un padre de familia maravilloso y entregado, incapaz de matar a una mosca.

Aquel verano, la familia bajó también a Florida para visitar al padre de Barbara. El pequeño Dwayne no podía volar, porque la presión del avión le producía problemas de oído, y por eso la familia fue en coche. Se levantaron temprano, los chicos se subieron al coche emocionados por el viaje, por la visita a Disney World, por ver a su abuelo, y pusieron rumbo al sur por la autopista de peaje de Nueva Jersey. En todo este viaje a Florida, Richard no se enfadó ni una sola vez con otro conductor. Pararon a comer en un restaurante y siguieron adelante. Barbara y los niños cantaban y jugaban al póquer con las matrículas, a ver quién encontraba más números iguales en una matrícula, y a buscar nubes con formas de animales. Pasaron la noche en un hotel bueno donde los chicos jugaron en la piscina, y siguieron camino al día siguiente. Richard hasta cantaba con el resto de la familia por el camino.

Con todo lo bonito y divertido que estaba siendo el viaje, Chris y Merrick estaban recelosas y en guardia; no sabían nunca cuándo podía estallar su padre, cuándo podía decir Barbara algo que le molestara. Barbara tenía la lengua muy larga, y se servía de ella para herir a Richard si le apetecía. En cierto modo, era la manera que tenía de desquitarse de él por maltratarla.

En Florida se alojaron con el padre de Barbara. Este tenía ahora una casa junto al canal intercostero, y tenía una barca de pesca Chris-Craft de siete metros de eslora. Sacaba a los chicos de pesca con mucho gusto (Barbara no iba con ellos porque se mareaba) y pescaban con deleite pargos, jurel azul y peces globo que él mismo limpiaba y asaba por la noche. El padre de Hachara era un cocinero excelente, y siempre era un deleite comer cualquier cosa que hubiera preparado él. Según observó Chris hace poco: En aquellas excursiones de pesca mi padre no se enfadaba nunca, porque mi madre no estaba delante para alterarlo.

A veces veían tiburones en el mar, algo espectacular. Una vez, un tiburón tigre pequeño se apoderó de un pargo que estaba recogiendo Richard con el sedal. Los niños se quedaron horrorizados y fascinados. Los tiburones inspiraban a Richard ideas macabras.

A Barbara le gustaba mucho ir a buenos restaurantes de Naples, con terrazas al aire libre, cerca del mar, donde tomaban comidas exquisitas. Como a la mayoría de las mujeres casadas con tres hijos, le gustaba que le sirvieran. Los niños se comportaban maravillosamente, como tres personitas mayores, sin llamar la atención ni quejarse para nada. Richard se empeñaba siempre en encargarse de la cuenta. No consentía que Al se llevara la mano al bolsillo siquiera. Richard pagaba al contado, nunca con tarjetas de crédito. Llevaba encima un fajo de billetes de cien dólares que parecía un puñado de forraje. Por entonces ganaba su dinero de manera ilegal (no tenía ningún trabajo fijo normal) y no podía quedar ningún registro del dinero que gastaba con tanta alegría. Había un restaurante de lujo, el Phillipe's, que le gustaba más que otros a Barbara. Todos los camareros llevaban camisas blancas almidonadas, corbatas de pajarita y chalecos. Al conseguía que los niños dejaran de comportarse bien haciéndoles reír: se colgaba aros de cebolla en las orejas, les hacía cosquillas, les tiraba de los pies. Al Pedrici quería muchísimo a sus nietos y no se cansaba de su compañía.

Después de pasar unos días en casa de Al, los Kuklinski fueron en coche a Disney World y se alojaron en el hotel Contemporary, el mejor del complejo de Disney. Era caro, pero desde allí se podía tomar el monorrail que llevaba directamente a las atracciones, donde estaba lo más interesante. La familia madrugaba para poder disfrutar al máximo antes de que hiciera demasiado calor. Con todo lo que a Barbara le gustaba Florida (los largos baños de mar, ver a los niños jugar en la playa), no le gustaba aquel calor y aquella humedad. La dejaba cansada e irritable, y cuando Barbara estaba irritable, Richard y ella chocaban. A pesar de todo, aquellas vacaciones en Florida fueron muy divertidas.

Fueron de los mejores momentos de mi infancia -contaba Merrick-; pero no se sabía nunca cuándo podía estallar papá; de modo que era siempre… había siempre como una tensión al acecho.

32

El precio de la sangre

Para Richard Kuklinski, el dinero tenía importancia. Si tenías dinero, eras un triunfador; si no lo tenías, eras un fracasado, un don nadie muerto de hambre que tenía que privarse de las cosas buenas de la vida.

Después de matar a Paul Rothenberg, Richard estaba en buenas relaciones con DeMeo, pero, lo que era más importante, gozaba del favor de Nino Gaggi y, por mediación suya, de la familia Gambino. Roy invitó a Richard a cenar en un restaurante italiano llamado Villa, en Bensonhurst. Estaba en la Avenida Veintiséis, en una casa de estilo antiguo con grandes columnas en la entrada principal. En aquel restaurante servían cocina napolitana casera de primera categoría, la favorita de Nino. Allí todos sabían quién era Nino, y le servían como si fuera de la familia real italiana: ponían a su disposición inmediatamente lo mejor de lo mejor, comida, vino, servicio. Richard estaba impresionado. Habría sido difícil no estarlo. Saltaba a la vista que Nino estaba encantado de que Richard hubiera quitado de en medio a Paul Rothenberg, y había prometido que Richard «ganaría con nosotros».

DeMeo se comportaba como si él hubiera sido el creador y el artífice de Richard… como si este fuera una especie de monstruo de Frankenstein creado para matar, dispuesto a llevara cabo cualquier contrato sin hacer preguntas y sin que ninguna tarea fuera demasiado peligrosa para él.

Gracias a DeMeo, Richard pasaría a formar parte integral del brazo asesino de la familia Gambino del crimen organizado. El hecho de que Richard no fuera italiano y no se relacionara con otros mafiosos resultó muy beneficioso para él, y gracias a ello acabaría participando en las ejecuciones de los jefes de dos familias diferentes del crimen organizado, cosa de la que nadie más puede jactarse.

Después de la suntuosa cena con Gaggi y DeMeo en el Villa, Richard se volvió a Dumont con su familia. De Dumont a Bensonhurst había una diferencia como del día a la noche. En Dumont, Richard podía envolverse en un manto de respetabilidad: era un buen vecino, era el tipo que llevaba a todas partes a los amigos de sus hijas, que hacía de sacristán fiel y sufrido en la misa de los domingos. A Richard no le interesaba nada la Iglesia ni sus enseñanzas hipócritas, pero Barbara se empeñaba en que todos sus hijos asistieran a escuelas parroquiales privadas, bastante caras, y en que la familia asistiese en pleno a misa todos los domingos. En esas cuestiones, Barbara mandaba. Richard no tenía nada que decir al respecto. Asentía a todas sus exigencias e instrucciones en lo que se relacionaba con los niños: a qué escuelas iban, cómo vestían, qué amigos tenían, cómo se comportaban en la mesa.

La semana siguiente, DeMeo avisó a Richard por el «busca», y este fue a reunirse con él en la casa de comidas próxima al puente Tappan Zee.

– Hola, Rich -le saludó DeMeo; y los dos asesinos de piedra se abrazaron y se besaron efusivamente y empezaron a pasearse por el aparcamiento.

– Tengo un trabajo especial para ti. Un mamón cubano, allá en Miami, pegó y violó a la hija de catorce años de un socio nuestro. Ella no pudo reconocerlo en una rueda de reconocimiento porque el cabrón llevaba un pañuelo en la cara, pero sabemos quién es. Trabajaba de encargado de mantenimiento en el complejo residencial donde tienen ellos la casa. Se llama el Castaway, en el mismo Miami, en la avenida Collins. Richie, vete a verlo y asegúrate de que sufre, joder… ¡de que sufre de verdad! ¿Entendido?

– Será un placer -dijo Richard; y lo decía de verdad.

– Esto es de nuestro socio -dijo Roy, y dio discretamente a Richard un sobre que contenía veinte mil dólares. Los mafiosos ganan el dinero a espuertas, y veinte mil dólares era una menudencia, pero fue suficiente para que Richard saliera al día siguiente camino de Miami. En esta ocasión no se detuvo a comer ni a pasar la noche en un buen hotel. Hizo todo el viaje de un tirón. La gasolina y el aceite los pagaba al contado. Aunque tenía tarjeta de crédito, no quería usarla, porque no quería que quedase ningún rastro de aquel viaje. No había loto de la víctima, pero DeMeo le había dicho cómo era su coche y que lo aparcaba en las plazas reservadas para empleados del hotel adjunto; hasta le había dado el número de la matrícula.

Solo había unas personas a las que Richard odiaba más que a los matones, y eran los violadores. Por el camino iba pensando cómo se sentiría si una de sus hijas sufriera un ataque así… la rabia y el odio que lo invadirían. A pesar de lo frío e indiferente que podía ser Richard ante el sufrimiento, una joven violada le producía una gran compasión. Aquella ejecución la haría con gusto. Era un trabajo que no le habría importado nada hacer gratis.

Como siempre, Richard procuró cuidadosamente no superar los límites de velocidad, a pesar de que tenía prisa, impaciencia incluso, por hacer aquel trabajo. Llevaba una 38 cargada con balas de cabeza hueca y un cuchillo de caza muy afilado, de hoja curva y mango de madera dura. En el mango había cuatro muescas: a Richard le gustaba hacer muescas a sus cuchillos cuando los había utilizado para matar a alguien. No sé cómo tomé la costumbre -contaba-, pero siempre me gustó hacer muescas en mis cuchillos. Como las que hacían los pistoleros del Oeste. Con el paso de los años tenía docenas de cuchillos que había usado para matar. En algunos había de diez a quince muescas. Después, me deshacía de ellos sin más.

Richard pensaba hacer este encargo concreto con un cuchillo. Según dice, le gustaba mucho matar con cuchillo porque era muy personal; había que estar muy cerca de la víctima. Le gustaba ver cómo se apagaba la vida en los ojos de los que mataba. Sobre todo si se trataba de un violador. Aquello sería… divertido.

El Castaway era un gran complejo residencial de tres pisos en la avenida Collins, cerca de la calle 170, que daba a la avenida por un lado y al mar por el otro. Richard tomó una habitación en el hotel próximo, almorzó bien y llevó su coche al aparcamiento, buscando el coche de la víctima. No estaba. Richard se enteró al poco rato de que había dos turnos de trabajo, de las ocho de la mañana a las cuatro de la tarde, y desde esta hora hasta medianoche. Estaban en pleno invierno de 1974 y el aparcamiento estaba lleno. Sabía que tendría que tener cuidado para que no lo vieran llevarse a la víctima.

Se marchó, volvió a las tres y media y se puso a esperar. No tuvo que esperar mucho tiempo, pues la víctima no tardó en llegar con su coche al aparcamiento, tan tranquilo, cantando solo. Llevaba un Chevrolet rojo destartalado. El número de matrícula coincidía. Richard sonrió al ver al tipo, un latino alto y flaco, con cabellera negra espesa y grasienta, peinada hacia atrás. Richard vio rápidamente cómo debía hacerse el trabajo, y se marcho al poco rato.

Ya solo era cuestión de tiempo.

Richard volvió aquella noche, a las once y media, al aparcamiento del Castaway. En la acera de enfrente había un bar para jóvenes llamado Nebas, y había multitud de chicos rondando por allí. Richard aparcó su furgoneta lo más cerca que pudo del coche de la víctima. Se bajó, se acercó al Chevrolet rojo, le pinchó una rueda y se volvió tranquilamente a la furgoneta. Era un método seguro y bien probado, que Richard utilizaría muchas veces. Ya sabía dónde llevaría a la víctima cuando la tuviera en su poder, a un bosquecillo de palmeras aislado, junto al mar, a cosa de media hora del hotel, hacia el norte.

La víctima apareció hacia la medianoche, caminando hacia su coche con garbo. Vio la rueda pinchada, soltó una maldición en voz alta y abrió el maletero. Cuando se agachaba para sacar la rueda de repuesto, Richard se le plantó detrás sigilosamente y le apoyó la 38 en la baja espalda.

– Amigo, necesito que vengas conmigo -dijo con voz distante y neutra, como si saliera de una máquina, de una grabación telefónica. Richard enseñó al otro la pistola, lo asió del brazo flaco y lo condujo a la furgoneta, lo echó dentro, lo esposó, le metió un calcetín en la boca y lo amordazó con cinta adhesiva industrial gris. Richard se puso tranquilamente al volante y salió del aparcamiento. Todo se había hecho en menos de dos minutos. Mientras Richard se dirigía hacia el norte por la avenida Collins, dijo a la víctima:

– Amigo -dijo-, quiero que sepas que me envían amigos de la chica a la que pegaste y violaste.

Al oír esto, el hombre empezó a gemir y a agitarse como un pez fuera del agua.

– Si no dejas de alborotar, te voy a hacer daño.

El hombre se quedó quieto, en silencio. Lo más inquietante de lo que había dicho Richard no era tanto las palabras, sino el modo frío y distante con el que las había dicho. Cada palabra era cortante como un cuchillo de sierra.

– Así que, amigo mío, quiero que sepas que lienes que sufrir antes de que te mate. Me han pagado bien por ello; pero la verdad es que yo haría esto gratis de buena gana. Quiero que lo sepas.

– ¡Mmm! ¡Mmm! -murmuró el hombre, aterrorizado.

– Si crees en Dios, amigo, será mejor que te pongas a rezar, porque has llegado al final de la carrera. El tren se va a detener y es hora de bajarse.

Richard atormentaba intencionadamente a la víctima, haciendo que aquellas palabras cáusticas fuesen las últimas que oyera en su vida.

– ¿Es que te habías creído que podías hacer una cosa así y seguir a lo tuyo como si no hubiera pasado nada? Bueno, amigo, esta vez elegiste a la chica equivocada.

Richard giró a la derecha, apagó las luces y entró por una pista de tierra que llegaba hasta la playa. Había una luna casi llena, sobre un cielo de terciopelo negro. La luz de la Luna, blanca, límpida y agradable, se reflejaba en el mar tranquilo, trazando un camino lunar reluciente sobre la superficie quieta del agua. Richard se detuvo, se sentó y se puso a escuchar. Todo estaba callado y en silencio. No había más sonido que el suave rumor de las ondas sobre la arena fina y blanca de la playa.

Richard se puso los guantes de plástico, sacó al violador de la furgoneta, lo arrastró hasta una palmera gruesa y muy inclinada y lo ató al árbol con cuerda amarilla de nailon. El hombre ya era víctima de un pánico frenético. Richard le enseñó el cuchillo de hoja curva reluciente. La luna se reflejaba de manera siniestra en el acero, afilado como una navaja de afeitar.

– Así que, amigo, vamos a empezar.

Y, dicho esto, Richard bajó bruscamente los pantalones a la víctima, le agarró con fuerza los dos testículos y tiró de ellos con tal fuerza que literalmente se los arrancó. A la víctima le estalló un dolor ardiente como el hierro al rojo vivo donde había tenido los testículos. Los ojos se le salían de las órbitas. Richard le enseñó sus testículos.

– ¿Qué tal? -le preguntó, sonriente-. Amigo.

Richard le dio tiempo para que se le pasara la conmoción y para que el dolor se asentara.

– Bonita noche, ¿verdad? -le preguntó-. Mira qué hermosa está la luna.

Acto seguido, tomó el cuchillo. Asió el pene de la víctima.

Esta fue la causa de todos tus problemas. Ya no te hará falta -le dijo, y se lo amputó con facilidad. Se lo enseñó al violador, mientras manaba la sangre del muñón carnoso que Richard había creado en un instante. Volvió a la furgoneta y guardó el miembro amputado en una bolsa de plástico de cierre hermético que había traído con ese fin.

Volvió con la víctima, le arrancó toda la ropa y empezó a cortarle poco a poco filetes de carne, como las tiras de un kebab, enseñándole las tiras que le iba quitando metódicamente, sin dejar de sonreír mientras trabajaba.

Al cabo de un rato, la víctima tenía un aspecto monstruoso, era un espectáculo terrible a la luz pálida y plateada de la luna de Miami. Richard volvió de nuevo a la camioneta. Se había traído un recipiente grande con sal gruesa, y procedió a cubrir de sal toda la carne que estaba al descubierto. Richard sabía que la sal produciría una nueva sinfonía de dolor. Esperó un rato a que la sal hiciera su efecto.

Después, Richard clavó la hoja del cuchillo en el bajo vientre de la víctima y tiró de ella despacio hacia arriba con su fuerza sobrehumana. A la víctima se le salieron las tripas, que quedaron colgando como un racimo nervioso de serpientes rojas azuladas.

Richard le cortó las ataduras, le puso un chaleco salvavidas, lo asió del tobillo y lo arrastró hasta el borde del agua, diciéndole por el camino:

– Amigo, sé que ahora va a bajar la marea, lo he consultado, y tú te vas a ir con ella. Te he puesto el chaleco salvavidas porque no quiero que te ahogues. Me apostaría hasta mi último dólar a que los tiburones te van a encontrar en menos de nada. He oído decir que por aquí hay unos tiburones tigre muy grandes y muy malos.

Y, dicho esto, Richard lo levantó, lo hizo girar y lo arrojó al agua, y se quedó mirando cómo se lo llevaba la marea. Después se volvió hacia la furgoneta, recogió todo lo que había cortado a la víctima, lo tiró al agua y se volvió a su hotel, donde se comió un buen emparedado (su favorito, de pan de centeno con pavo y mayonesa) y durmió como un niño de pecho. Richard siempre dormía especialmente bien después de haber hecho un buen trabajo.

Por la mañana, después de desayunar tranquilamente y de darse un buen paseo, emprendió el camino de vuelta a su casa, tranquilo, relajado, oyendo música country por el camino. Había disfrutado con aquel encargo, y se preguntó cuánto tiempo habían tardado en encontrar los tiburones al violador. Sabía que rondaban por la orilla de noche, y estaba seguro de que no habían tardado mucho.

Cuando Richard atravesaba Carolina del Sur, se puso a su altura una furgoneta que llevaba en la ventanilla la bandera de los confederados. Iban en ella tres tipos. Empezaron a provocar a Richard, a llamarle «amiguito de los negros», a hacerle la seña de levantar el dedo medio. Con toda la gente del mundo que tenían para elegir, habían ido a meterse con el menos oportuno. Richard los mandó a la mierda, les dijo que se largaran. Volvieron a hacerle la seña de levantar el dedo medio, muy serios todos, como si tuvieran malas intenciones, como si quisieran hacerle daño. El se adelantó, vio un área de descanso cerca de la carretera y se detuvo allí. Los otros también se detuvieron y se bajaron de su furgoneta. Uno llevaba una porra o algo parecido. Richard se bajó de su furgoneta y, sin mediar palabra, los mató a tiros a los tres, volvió a subirse a la furgoneta y se marchó. En menos de diez horas había matado a cuatro personas sin pensar más en ello, aparte de sus dudas sobre cuánto habrían tardado los tiburones en encontrar al violador. Estaba satisfecho de su trabajo, de su ingenio e imaginación, de su labor justiciera. Cuando la Policía encontró a los tres hombres muertos en el área de descanso, no pudieron hacer gran cosa, al no contar con ninguna relación tangible (testigos, pistas, huellas de neumáticos) entre los cadáveres y la persona responsable de los tres homicidios.

De vuelta en Brooklyn, Richard fue a ver a DeMeo. Se reunió con él en el Gemini Lounge, le contó lo que había hecho y le entregó el miembro amputado.

Roy sonrió. Aquello le gustaba.

– ¡Bien, estupendo! -exclamó-. Se lo enseñaré a nuestro amigo. Se quedará encantado. Un trabajo excelente. Precioso, joder. Eres el mejor… ¿has comido ya, grandullón?

– No, ¿y tú?

– Vamos a tomar un bocado -dijo Roy, y fueron a comer a gusto a un restaurante de Coney Island que a Roy le gustaba, llamado Carolina. Ante una fuente grande y vistosa de antipasti, Richard le dio más detalles del fin que había tenido el violador. A Roy le encantaba; sonreía, se reía, y el respeto que sentía hacia Richard iba en aumento.

– ¡Eres uno entre un millón, joder! -exclamó alegremente.

Richard sonreía con Roy, comía con deleite, pero no había olvidado la paliza que le había dado Roy ni cómo le había apuntado este con una metralleta Uzi cargada. Richard sabía que su venganza llegaría tarde o temprano. De momento se esperaría, aguardaría el momento, sonreiría, se llevaría bien con Roy y ganaría dinero con él. Le sacaría un beneficio. De hecho, Richard era un gran actor; no le costaba el menor trabajo sentarse a comer, a beber y a reír con un hombre al que sabía que iba a matar. Pero no se sentiría íntegro del todo mientras no hubiera matado a DeMeo. Así lo veía él, y así eran las cosas.

Gracias a DeMeo, la noticia del talento de Richard para los homicidios se difundió rápidamente en los círculos que frecuentaban todos los hombres de la Mafia. Los «hombres hechos» constituyen una sociedad cerrada y unida, y hablan constantemente unos con otros; son unos chismosos incorregibles, como lavanderas viejas.

Richard empezó a tomar nota de las ideas que se le iban ocurriendo sobre las maneras de torturar y matar a la gente; las apuntaba en un pequeño bloc de espiral. Sentado en su casa, viendo la televisión, veía algo y tomaba nota. La idea de echar sal al violador la había tomado de una película de piratas; la de utilizar tiras mojadas de piel sin curtir y la de echar agua caliente por la nariz también procedía de una película. Richard también se inspiraba en los dibujos animados, sobre todo los del Coyote y el Correcaminos: el empleo de grandes pesos, de fuegos, de trampas, el tirar a la gente por las ventanas, todo ello procedía de los dibujos animados del Correcaminos. También encontraba inspiración en las escenas de caos y violencia de los dibujos animados de Popeye.

Mientras tanto, el negocio de la pornografía de Richard florecía. Dejaba en depósito casi todo lo que producía o lo que le pasaba Roy al día o dos de recibirlo. Ahora que ya no estaba Paul Rothenberg, Richard y Roy estaban llenando el vacío que había dejado su fallecimiento repentino. Lo único que lamentaba Richard era no haber matado antes a Rothenberg.

El trabajo siguiente que hizo Richard para los Gambino fue en Los Ángeles. Viajó en primera clase, como de costumbre. Lo animaba mucho el hecho de ser un asesino profesional, allí sentado como todos los demás hombres y mujeres de negocios, con la única diferencia de que

su negocio consistía en quitar la vida, deprisa o despacio, como quisiera el cliente.

Por medio de contactos de la familia Gambino en Los Angeles, Ricard consiguió una 22 con silenciador, alquiló una furgoneta y fue a llevar a cabo el contrato. Tenía una foto del tipo y su dirección, y sabía que este hablaba todos los días a la misma hora desde una misma cabina telefónica. La víctima era un «hombre hecho», y el golpe estaba aprobado. Estaba pasando información a los federales, y tenía que desaparecer.

La víctima, que era un italiano grueso, barrigudo, salió de su apartamento, puntual como un reloj, fue a la cabina y empezó a hablar animadamente, gesticulando con la mano libre como si estuviera diririgiendo una orquesta. Richard tenía instrucciones de llamar a Roy cuando viera al tipo, y así lo hizo. Como de costumbre, Richard buscó una cabina telefónica, envió a Roy el número por el «busca», y Roy lo llamó.

– ¿Lo has encontrado? -preguntó Roy.

– Lo estoy viendo ahora mismo. Está al teléfono. Le encanta hablar.

– Está hablando con un tipo que está conmigo ahora mismo.

– ¿Quieres que actúe?

– Espera. Antes tenemos que enterarnos de una cosa -le dijo Roy.

Y así todos los días durante casi una semana, Richard estaba en su puesto, llamaba a Brooklyn mientras el tipo hablaba por los codos y le decían que «todavía no». A Richard no le gustaban nada tantas dilaciones, pero estaba dispuesto a ceñirse a los requisitos del trabajo. Llamaba a su casa varias veces al día, se aseguraba de que todo marchaba bien, como buen padre y marido atento.

Por fin, a Richard le dieron luz verde. Aquel día estaba lloviendo. Aparcó la furgoneta en un lugar por donde sabía que pasaría a pie la victima, entreabrió la puerta lateral un par de dedos y se puso a esperar. Richard sabía que la víctima había transgredido la regla de oro: estaba repitiendo unos mismos movimientos todos los días, facilitando mucho la tarea de Richard. En efecto, vio venir al hombre hacia la furgoneta, distraído.

Richard tomó la 22 y esperó a que la víctima estuviera en posición; y cuando estuvo justo a tiro, apretó el gatillo. Una leve detonación, y la bala alcanzó a la víctima en la cabeza, un poco a la izquierda de la sien. Cayó allí mismo, con muerte cerebral antes de haber llegado al suelo mojado. Richard habla utilizado un proyectil calibre 22Magnum de cabeza hueca, que había entrado en el cráneo de la víctima y había rebotado de un lado a otro, haciéndole papilla el cerebro al instante.

Richard se puso al volante y se dirigió al aeropuerto de Los Angeles, contento por haber rematado de una vez aquella tarea. No le había gustado tener que rondar por ahí durante varios días. Pero él era cazador y sabía que en la caza siempre era indispensable la paciencia.

Como siempre, Richard se deshizo del arma homicida camino del aeropuerto, y no tardó en embarcar en un vuelo de vuelta a Newark. Tomó un taxi hasta su casa y entró de buen humor. Le habían pagado treinta de los grandes por aquel trabajo. La Policía de Los Angeles no sabía nada de Richard y aquel asesinato no se relacionó con él.

Barbara estaba en la cocina preparando la cena; las niñas estaban poniendo la mesa; Dwayne leía un libro. Richard saludó a todos con sendos besos; sus hijos lo abrazaron y lo besaron.

– ¿Qué tal el viaje? -preguntó Barbara, que no tenía idea de lo que acababa de hacer Richard; solo sabía que había ido a Los Ángeles por «un asunto de negocios».

– Bien -dijo él. Nada más.

Al rato, la familia se sentó a cenar, rosbif con patatas, uno de los platos favoritos de Richard. Trinchó la carne con cuidado, en lonchas bien medidas, ni demasiado finas ni demasiado gruesas. Las chicas hablaban de la escuela, Dwayne sobre el libro que estaba leyendo, y Richard, como de costumbre, simplemente escuchaba.

Merrick estudiaba en la prestigiosa Academia Devonshire, una escuela privada carísima. Chris estudiaba en la Holy Angel, escuela parroquial también cara. Así lo quería Barbara, y así tenía que ser. En general, Barbara no reparaba en gastos, y desde luego que no sabía los riesgos que corría Richard para ganar el dinero necesario para pagar las escuelas privadas y todos los demás gastos y accesorios necesarios para asistir a ellas.

Barbara había descubierto pronto que el pequeño Dwayne era un niño superdotado, y ella no podía estar más orgullosa de él. Tenía un cociente intelectual de 170 y le encantaba leer; prefería con mucho leer un libro a ver dibujos animados o a jugar con sus juguetes. Le encantaba la serie de los Libros de Oro; los terminó enseguida y pasó a los clásicos: El libro de la selva, La isla del tesoro, Historia de dos ciudades, Moby Dick, Oliver Twist. Los libros le fascinaban. Barbara solía encontrárselo escondido bajo las sábanas, en la cama, leyendo un libro con una linterna. La madre trataba a Dwayne como si fuera un príncipe, y no dejaba de repetir a Richard lo listo que era Dwayne, sin la menor malicia. No era más que una madre orgullosa que se expresaba con efusión. Pero Richard no lo entendía así. Sí, Dwayne era hijo suyo; sí, estaba encantado de que el chico fuera listo… pero no dejaba de ser un varón, y a Richard no le gustaba que otros varones le robaran la atención de Barbara. Inevitablemente, Richard se puso celoso de Dwayne, y él mismo reconoce que trataba a su hijo menor, en general, con cierto desapego y distanciamiento.

Barbara no quería tener más hijos con Richard. Ya le producía bastante aprensión haber tenido tres hijos con él. Se hizo una ligadura de trompas para asegurarse de no volver a quedarse embarazada. Richard era un hombre muy sexual. Cuanto mayor se hacía, con más frecuencia quería hacer el amor con Barbara; todos los días… incluso dos veces al día y más. Ella no siempre atendía a sus propósitos, cosa que a él lo irritaba inmediatamente, y se acostaba con ella lo quisiera o no. Así era él por naturaleza. Así se portaba él. Aquella era una fuente frecuente de roces entre ellos, porque Richard no estaba dispuesto a aceptar un «No tengo ganas». Si ella le decía «Me duele la cabeza», él respondía: «A lo que quiero hacer el amor no es a tu cabeza».

Hasta se ponía violento con Barbara si ella decía que no. Lo tomaba como un rechazo, cosa que él no toleraba a ningún nivel y por ningún motivo. A él no le importaba siquiera que ella tuviera la regla. Era irrelevante para él. Richard guardaba a Barbara una lealtad obsesiva, no iba nunca con otra mujer, ni pensaba en ello siquiera, según dice, y por eso pensaba que tenía el derecho divino a poseer a su esposa siempre que le diera la gana. En general solía ser un amante delicado y considerado; no le hacía nunca daño al hacer el amor, ni quería atarla ni dominarla ni nada así. En cuestiones de sexo era convencional, hasta algo puritano. Pero era ardoroso como un latín lover, y solía querer hacer el amor con Barbara.

Barbara había aprendido a aceptar esto como todo lo demás, a verlo de la mejor manera posible. Pero Richard se preocupaba siempre de que también ella quedara satisfecha. En ese sentido era «muy considerado», según reveló ella recientemente.

Por las presiones econóimicas a las que estaba sometido Richard, siempre estaba buscando modos nuevos de ganar más dinero. Nunca tenían suficiente. Pero al correr la voz de la dedicación de Richard, de su habilidad y su eficacia, fueron poniéndose en contacto con él más personas para encargarle golpes, y el dinero de sangre llegaba con regularidad. Aceptaba encargos por todo el país; de hecho, por todo el mundo. Allí donde la Mafia tenía intereses, allí donde hacía negocios, había conflictos, desacuerdos, traiciones, faltas de respeto a las esposas, a las novias, a las hijas, y había personas que tenían que morir. Richard se encargaba de ello. Viajó a Wisconsin, Florida, las islas Hawái, Maryland, Carolina del Norte y del Sur, Georgia, Las Vegas, Misisipi, Chicago, Arizona, Los Angeles, San Francisco, Wyoming, Indiana… y mató a gente en todas partes. A algunos los dejaba en el sitio. Otros desaparecían para siempre… enterrados, aplastados en el maletero de un coche, arrojados a pozos sin fondo en Pensilvania, pasto de las ratas en el condado de Bucks.

Un hombre de Brooklyn debía a la familia Bonano 140.000 dólares. En vez de pagar, prefirió ir a hablar con los federales para que detuvieran a la gente a la que debía el dinero. Tenía un garaje. Convocaron allí a Richard. La gente a la que se debía el dinero ya estaba allí, esperándole. Querían ver cómo se hacía el trabajo; eran un capitán y cuatro asociados. Indicaron a Richard que podía actuar. Este derribó al tipo de un golpe y, con una pistola con silenciador, le disparó en los brazos, en los codos y en las rodillas, y después en los genitales, alargando la muerte delante de sus clientes, para que estos lo vieran, lo supieran y lo disfrutaran. Después de dispararle siete veces, Richard lo torturó con un cuchillo y, por fin, lo degolló. Todos quedaron satisfechos. Richard recibió veinticinco mil dólares. Le gustaba dejar satisfechos a sus clientes.

Un tipo de Tennessee debía dinero y no quería pagar. Los Gambino le habían entregado pornografía y él se burlaba de ellos, decía a sus amigos: «No pienso pagar; que los jodan». Enviaron a Richard a que le hiciera una visi ta. El hombre dio a Richard unos cheques que resultaron ser sin fondos. Richard lo tiró por una ventana, desde un octavo piso.

Un tipo grande y pesado, del que se creía que estaba hablando con la Policía, se subió a su coche y se puso en marcha, oyendo música por el camino. Richard lo siguió en una moto. Llevaba una escopeta de caza recortada de dos cañones, oculta en la chaqueta de cuero. La víctima se detuvo en un semáforo. Se puso a encender un grueso puro; echó una mirada al motorista corpulento que se había detenido a su lado.

No le dio mayor importancia. Al cabo de un momento, Richard sacó la escopeta y disparó con los dos cañones, sujetándola con su mano enorme y volando la cabeza por completo a la víctima. El semáforo se puso verde. La moto se alejó despacio, sin prisas. No había testigos; ninguna relación con Richard.

Un hombre de origen asiático, en Honolulú, también debía dinero, No pagaba. Ponía excusas. Se creía fuera del alcance de posibles represalias. Mandaron para allá a Richard. Sus instrucciones eran: «Que suelte el dinero, o lo matas». Richard se reunió con él en su habitación de un hotel muy caro de cinco estrellas. No había dinero. Muchas excusas flojas. Richard estaba educado y servicial. Salieron a la terraza.

– Qué vista tan bonita

– dijo Richard, contemplando el panorama maravilloso.

Sí, sí, es preciosa -asintió el asiático; y cuando quiso darse cuenta, caía a plomo hacia el suelo. Un gran golpe sordo, sangriento, huesos rotos un cuerpo destrozado, irreconocible e irreparable. Richard se volvió tranquilamente y se marchó. Cuando había matado, nunca corría.

Richard dijo hace poco: Me parecía que no tenía amigos porque creía que todo el mundo estaba contra mí, siempre contra mí, que no tenía ningún vínculo verdadero con nadie. Rabia, odio, eso era lo que llevaba yo encima. Eso era lo que aportaba yo al trabajo. Utilizaba bates de béisbol, desmontables de neumáticos, cuerdas, alambre, cuchillos, armas de fuego, arcos y flechas, picos para hielo, destornilladores veneno, explosivos, mis manos, por citar solo unos pocos.

Es interesante que cuando Richard cumplía un contrato no sentía ninguna animadversión hacia las víctimas. A excepción de los violadodores. Para él, matar a la gente era tan fácil como soltar una ventosidad. No sentía ninguna empatia, ni simpatía, ni nada así. Stanley Kuklinski había conseguido despojar a Richard de esos sentimientos, a golpes, hacía muchos años… hacía vidas enteras.

Richard se consideraba a sí mismo un gran gladiador en la palestra de la muerte, porque hacía, sencillamente, lo que era su vocación en la vida. Había aceptado, hasta había llegado a apreciar, el hecho de que formaba parte de una sociedad clandestina de élite: la de los que mataban por diversión; la de los que mataban por un beneficio. Pero lo que hacía único a Richard era que él hacía ambas cosas: mataba tanto para su disfrute personal como por un beneficio, y a una escala sin precedentes, sin que la Policía tuviera idea siquiera de su existencia.

Richard era capaz de trabajar en equipo con otros asesinos. Algunas veces el encargo lo requería, y él estaba dispuesto a hacerlo; pero siempre prefería trabajar en solitario. Uno de estos trabajos en equipo se realizó en Detroit, y consistió en abatir a un sindicalista que tenía relaciones con la Mafia. El tipo era un bocazas, repetía que no tenía miedo a la Mafia, que no tenía miedo a nadie, que si intentaban meterse con él haría tal cosa y tal otra. Era un individuo francamente duro, de labios estrechos y pómulos marcados, pelo ralo y peinado hacia atrás con gomina. Además de ser un bocazas, tenía verdaderos delirios de grandeza.

La orden de ejecución fue dictada por Tony P, «hombre hecho» de la familia Genovese que ejercía en Union City, Nueva Jersey. Russi Bufalino, jefe en funciones de la familia Genovese, encargó a Tony P. que se librara de aquel sindicalista.

Tony P. conocía a Richard desde que era un muchacho en Jersey City. Sabía que era de fiar y que no abriría la boca; por eso lo invitó a formar parte de un equipo de cuatro hombres, en el que participaban, además, dos hermanos, Gabe y Sal, y un tipo llamado Tommy. Richard era el único de los cuatro que era asesino profesional con todas las de la ley, doctorado en asesinatos. Richard no sabia quién era el que tenía que morir, y tampoco le importaba especialmente. Me importaba una mierda, explicó hace poco. El quién y el por qué no son nunca asunto mío.

Era el 29 de junio de 1975. Richard fue en su coche a Union City cuando todavía no era de día y se reunió con los demás. Salieron a la Ruta 80 Oeste y se dirigieron a Detroit, sin superar nunca los límites de velocidad. Richard iba en el asiento trasero. Tony P. iba con ellos. El se encargaría de atraer al sindicalista, invitándolo a comer. Richard llevaba una automática del 22 con silenciador y un cuchillo de caza afilado como una navaja de afeitar. Llevaba ambas armas atadas a las enormes pantorrillas. También llevaba un rompecabezas. El plan consistía en apoderarse rápidamente de la víctima. Richard se encargaría de que esto se realizara bien y sin alboroto, y de matar a la víctima, que después debería desaparecer «para siempre». Esto era indispensable.

El viaje hasta Detroit duró casi diez horas. Todos pasaron casi todo el viaje durmiendo, salvo el conductor. Richard no condujo. Llegaron a Detroit casi a media mañana; hacía un día caluroso y húmedo. Callados, serios e impasibles, cruzando pocas palabras, reservaron habitaciones en un hotel, se refrescaron, tomaron un desayuno ligero. Llevaban walkie-talkies que emplearían en la operación de apoderarse de la víctima. Richard habría preferido hacer aquello a solas, pero aceptó que tuviera que ser así. Él sabía que el asesinato podía llegar a ser un asunto muy complicado y comprometido.

Llegó una llamada de teléfono. Salieron y fueron al aparcamiento del restaurante Machus Red Fox, en Bloomfield Hills, un barrio residencial acomodado de las afueras de Detroit. Cuando entraron en el aparcamiento del restaurante, les estaba esperando allí de pie un hombre que a Richard le resultaba vagamente familiar. Tony R se bajó del coche. Los dos se dieron la mano y estuvieron hablando un minuto, y la víctima subió al coche con Tony R El hombre se sentó en el asiento delantero. No parecía ir demasiado a gusto. Se pusieron en camino. Richard iba a usar un cuchillo de una manera especial. Solo esperaba una señal de Tony R Cuando llevaban unos cuantos kilómetros, Richard recibió la señal. Empezó por dejar inconsciente a la víctima de un golpe con el rompecabezas. Así habría poca sangre, menos que limpiar. Richard sacó el cuchillo de caza, se inclinó hacia delante, asió la ancha barbilla del hombre y tiró de él hacia arriba para tener a su alcance la nuca. Acto seguido, apoyó el cuchillo en la base del cráneo, lo inclinó hacia arriba y, con su fuerza fuera de lo común, lo clavó hasta llegar al cerebro de la víctima.

El hombre dio una fuerte sacudida, se quedó inmóvil. Su último suspiro sonó como un estertor. A causa del ángulo del cuchillo, que llegaba directamente al cerebro, y de que Richard no retiró el cuchillo de la herida, hubo poca sangre. Se detuvieron al poco rato en un área de descanso, metieron el cuerpo de la víctima en una bolsa para cadáveres y lo guardaron en el maletero. Richard accedió a llevarse el cadáver hasta Nueva Jersey. Él habría preferido deshacerse de él allí, pero en Nueva Jersey lo querían. Los otros iban a volverse en autobús. Richard los dejó en una estación de autobuses y salió camino de Nueva Jersey. Ahora que el trabajo ya estaba hecho, estaba relajado y cantaba por el camino las canciones de la radio.

Cuando Richard llegó a Nueva Jersey, fue directamente a un desguace de automóviles junto a la carretera Pulanski, en Kearny, camino de Newark. El desguace era propiedad de un asociado de la Mafia. Allí echaron a la víctima en un bidón negro de doscientos litros. Cubrieron el cadáver de gasolina, le prendieron fuego y lo dejaron quemarse durante cosa de media hora. El aire se llenó de olor fétido de su carne, de sus órganos y de sus huesos ardientes. El perro del desguace aullaba; el olor a carne asada le abría el apetito. Después, sellaron cuidadosamente el bidón, lo soldaron y lo enterraron allí, en el desguace.

El encargo estaba cumplido, de momento. Pagaron a Richard muy bien, cuarenta mil dólares. Antes de marcharse del desguace se aseguró de limpiar todas las huellas dactilares que hubiera podido dejar en el coche. Todo cuidado era poco. Aunque nadie del equipo, salvo Tony P., sabía quién era Richard ni dónde vivía, él los conocía a todos. A él solo lo conocían por «el grandullón».

Cansado pero contento de cómo había ido el trabajo, Richard regresó a Dumont con su familia. Dwayne tenía una cometa nueva y Richard le enseñó a hacerla volar. Barbara estaba en la piscina con Chris y Merrick y con algunas amigas de las niñas. Hacía un día de mucho calor y se agradecía el alivio que representaba el agua fresca de la piscina. La familia hizo una barbacoa. Richard se encargó de asarlo todo, sirvió alegremente hamburguesas y salchichas a los chicos, bistecs a los mayores. «¿Poco hecho, o bien pasado?» preguntaba siempre Richard. Le gustaba mucho servir la carne tal como le gustaba a la gente, incluso a los niños. Cuando la carne se asaba, se acordó de cuando quemaron el cadáver del sindicalista.

Más tarde, uno de los hermanos, Sal, empezó a hablar con los federales; y como se temía que se sirviera de aquel asesinato para librarse de problemas en otro asunto en que estaba metido, sin relación con aquel, desenterraron rápidamente el bidón y lo metieron en el maletero de un coche que pusieron, a su vez, en una máquina compresora gigante que lo redujo a un bloque de metal de un metro veinte por sesenta centímetros. Junto con otros centenares de coches comprimidos, se vendió a los japoneses como chatarra que se reciclaría para construir coches nuevos que harían la competencia a los producidos en Detroit.

Y así terminó, según Richard, el jefe del sindicato del transporte Jimmy Hoffa.

Ahora forma parte de un coche, en alguna parte de Japón, dijo en confianza Richard hace poco, con una leve sonrisa burlona en su cara de grandes pómulos.

33

El Grandullón

Los tipos de la Mafia, sus asociados, sus aliados, sus afiliados y sus amigos son, en su mayoría, gente rencorosa y vengativa. No son partidarios de echar pelillos a la mar. Por ello, el negocio de Richard como asesino florecía. Cuanto más trabajaba, cuanto mayores eran sus éxitos, más contratos recibía de todo el país, y más tarde, incluso del extranjero: Richard asesinó por dinero en Sudamérica y en Europa.

Lo más corriente era que el encargo requiriera un asesinato rápido, nada muy complicado. Pero Richard estaba matando a tanta gente que recibía, inevitablemente, «peticiones especiales», como las llama él.

Un «hombre hecho» de Nueva Jersey tenía una hija encantadora, inocente, de grandes ojos, una preciosidad. Tenía diecinueve años. Había empezado a verse con un hombre mayor, un sujeto muy bien parecido. El padre quiso impedir que su hija se viera con aquel hombre mayor, que era evidentemente un galán mujeriego, de grandes dientes blancos y ojos negros relucientes, con un pendiente en la oreja izquierda, demasiado guapo para su propio bien.

El padre, impotente, llevó aparte al amigo y le preguntó educadamente:

– ¿Qué intenciones tiene usted para con mi hija?

– ¿Intenciones? -repitió el galán, perplejo. No tenía la menor idea de que el padre era de la Mafia.

– Sí… su madre y yo quisiéramos saberlo.

– Pues, simplemente… pasarlo bien, ¿sabe?

– ¿Pasarlo bien? -repitió el padre.

– Sí; ya sabe, divertirnos. ¡Pasarlo bien! -explicó el galán, con su gran sonrisa seductora y luciendo los dientes.

El pudre, que era siciliano, se puso rojo como una remolacha, pero no dijo una palabra más.

Este siciliano se puso en contacto con Richard por mediación de unos amigos; le dijo que quería que aquel tipo desapareciera, pero que antes «¡tenía que sufrir!».

– Será un placer -dijo Richard con toda sinceridad.

A los dos días, Richard se apoderó del galán y lo llevó a las cuevas del condado de Bucks, donde sabía que vivían las ratas. Richard tenía preparadas unas tiras delgadas de piel sin curtir. Quería probar una cosa nueva. Desnudó al galán, mojó las tiras de piel, le envolvió con una los testículos y le puso otra alrededor de cada brazo y otra en la frente. Era un día templado de septiembre. Richard contempló los sufrimientos del galán cuando se fue tensando la piel, divertido, desapegado, explicando al hombre por qué le estaba pasando aquello. Hizo algunas fotos Polaroid de los sufrimientos del galán, de sus huevos, ahora rojos como tomates. Se quedó allí un rato con el galán, viéndolo sufrir, oyendo sus súplicas. Richard, impasible, estudiaba los sufrimientos del hombre como un científico que observara una bacteria infecciosa al microscopio. Para Richard era una experiencia didáctica ver cómo se le clavaba en la carne la piel sin curtir, cómo empezaban a acercarse las ratas a la víctima. Aparecieron tantas ratas que Richard tuvo que marcharse por fin, aunque tomó más fotos Polaroid del galán antes de irse.

Volvió dos días más tarde. Del hombre no quedaban más que algunos restos del esqueleto mordisqueado. Las ratas se habían comido hasta las tiras de piel sin curtir. El aire estaba cargado del olor apestoso de las ratas y de sus excrementos desagradables. Richard arrojó los pocos restos por el pozo de una mina.

Cuando Richard enseñó al padre siciliano las fotos, este se quedó encantado, tenía una sonrisa de oreja a oreja y, viendo al Grandullón con nuevo respeto, le dio diez mil dólares más de lo acordado. Otro cliente satisfecho.

Richard empezó a preguntarse por qué no le inquietaba en absoluto ver y hacer esas cosas, cometer tales actos de barbarie. Pensó mucho en esto. La cuestión lo inquietaba y, hasta cierto punto, lo desconcertaba.

Se preguntaba cómo podía ser tan frío, tan indiferente hacia los sufrimientos de la gente. Aquello le hizo creer durante cierto tiempo que no estaba bien de la cabeza. Según explicó: Desde que era niño, siempre me sentí como un extraño, como relegado, y ahora, por las cosas que hacía, volvía a sentirme de nuevo así. Pero desde otro punto de vista, en general aquello no me molestaba… me acostumbré. Pero ¿por qué?, ¿por qué era así?, me preguntaba. Quiero decir, por qué era tan frío, tan indiferente ante los sentimientos de las personas. Ante su dolor. ¿Había nacido así, o me habían hecho de esa manera? Hasta con mi propio familia… lo malo que podía ser con ellos, con las únicas personas que me habían importado en la vida. Esto no me gustaba; no quería ser así, quiero decir, ser así con mi familia.

Pensé ir a consultar a un psiquiatra, por si podía darme, ya sabe, ayuda, alguna medicación quizá; pero, claro, no podía hacer eso. ¿ Cómo iba a decir al psiquiatra: mire usted, mato y torturo a la gente por dinero, y me gusta mi trabajo? Imposible.

Este «Richard introspectivo» contrastaba mucho con el asesino frío como una piedra que se había labrado una reputación como superestrella del homicidio entre los círculos mafiosos de todo el país. Richard, al que llamaban el Grandullón, se estaba convirtiendo en un asesino muy solicitado. Era eficaz y discreto, y no tenía tratos personales con gente de la Mafia. Era un verdadero padre de familia que se daba la circunstancia de que trabajaba de asesino a sueldo. Gracias a esto, Richard pasó muchísimo tiempo sin que se fijara en él la Policía ni el FBI. Muy poca gente sabía siquiera su nombre verdadero. No hacía vida social con gente de la Mafia. No asistía a sus bodas, a sus funerales ni a sus fiestas familiares.

Hasta el propio Roy DeMeo solo tenía su número de «busca». Era la única manera de ponerse en contacto con él, y así lo prefería. Nunca llevaba a gente de la Mafia a su casa ni les decía dónde vivía. Mantenía a su familia apartada de todo aquello.

Una de las pocas personas con las que Richard mantenía un trato personal era con Phil Solimene, de Patterson. Richard tenía a Solimene por amigo suyo; no tenía intención de matarlo, cosa rara en él, y hacía muchos tratos con Solimene: le vendía pornografía, le compraba y le vendía artículos procedentes de asaltos, asesinaba a gente a la que Solimene atraía con ofertas de falsos tratos y negocios. Hasta salían juntos Barbara y Richard y Solimene y su mujer. Esta relación, esta única amistad, acabaría por convertirse en el único punto vulnerable de Richard. Era un resquicio en aquella armadura que se había forjado con tanto cuidado.

Era el talón de Aquiles de su pie de la talla 48.

Mientras tanto, Roy DeMeo estaba descontrolado, era como un tren sin frenos que se dirigía al desastre. Había llegado a considerarse invencible, por encima de la ley, con derucho a hacer lo que le diera la gana, donde y cuando le diera la gana. DeMeo había convertido la pequeña trastienda del Gemini Lounge en un verdadero matadero. Con su cuadrilla de asesinos en serie mataban, descuartizaban y despedazaban a docenas de personas. Varias por semana. A veces, dos en un día. Todos aquellos asesinatos se le estaban subiendo a la cabeza a Roy. Empezó a considerarse intocable, un dios entre los mortales. Tenía a sueldo a varios detectives del Departamento de Policía de Nueva York, y así llegaba a sus manos regularmente la información que le servía para librarse de problemas, para evitar que lo detuvieran. Uno de estos policías corruptos era un detective de ojos saltones de la unidad de vehículos robados de Brooklyn. Tenía el pelo oscuro con entradas, ojos negros y velados y labios carnosos; tenía unos treinta y cinco años, por lo que era bastante joven para ser detective.

Peter Calabro estaba muy comprometido con Roy DeMeo. Cuando Calabro había querido librarse de su mujer, de la que estaba separado, Roy se encargó del trabajo, la raptó en Brighton Beach, Brooklyn, la ahogó y la echó al mar. Pero por puro azar la Guardia Costera encontró su cuerpo flotando cerca del cabo Sandy de Nueva Jersey. La madre de Carmella estaba convencida de que Calabro había sido responsable de aquello, y dijo a todos los policías que le prestaron atención que Peter Calabro había matado a su hija, que era un vil asesino, un «bellaco», según decía ella. El caso llegó a presentarse ante un gran jurado de Brooklyn, pero Calabro tenía una coartada a prueba de bombas y no había pruebas suficientes para sustentar una acusación. No se podía establecer con claridad si la muerte de Carmella había sido un homicidio o un suicidio.

Richard no había tenido nada que ver con el asesinato de Carmella Calabro, pero DeMeo se había ocupado en persona de ahogarla y de dejar su cuerpo en el mar. A diferencia de Richard, DeMeo no tenía ningún reparo en matar a una mujer.

DeMeo sabía que esta muerte forjaría un vínculo inseparable entre Calabro y él, y gracias a ello DeMeo gozaba de información constante sobre la mayor parte de las investigaciones que se realizaban sobre sus actividades de negocios enormemente delictivas, sobre todo sobre su lucrativo negocio de coches robados. DeMeo era como un pulpo codicioso; sus tentáculos llegaban a todas partes. Además, pagaba muy bien a Calabro su colaboración. Uno de los muchos «favores» que hacía el detective Calabro a DeMeo y a otros miembros de la familia Gambino era proporcionarle números de identificación VIN limpios para los coches robados.

Los negocios que tenía Richard con el polifacético Roy DeMeo eran de dos tipos, el asesinato y la pornografía, y en ambos ganaba dinero a espuertas. Cuando DeMeo tenía un «trabajo especial», llamaba a Richard, el Grandullón. A Richard también lo llamaban el Polaco, un nombre que a él no le gustaba demasiado [6], aunque sabía que cualquier mote sería mejor que su nombre verdadero. No es casualidad que todos los mafiosos tengan apodos.

Con la colaboración mortal de Richard, DeMeo se convirtió en el aparato bien engrasado de ejecuciones de la familia Gambino; y como DeMeo no era todavía «hombre hecho», aceptaba encargos de asesinato para casi cualquier persona que quería que se matara a otra.

Nino Gaggi, el mentor de Roy, repetía a este que se controlara un poco, que fuera más discreto, que dejara de matar a tanta gente; pero las cantidades enormes de dinero que estaba dando DeMeo a Gaggi servían para despejar casi todas las inquietudes de este. Gaggi tenía una verdadera ansia de dinero, era avaricioso a más no poder, y Roy DeMeo le entregaba con regularidad bolsas de papel de estraza llenas de billetes de banco; y en las fiestas DeMeo seguía presentándose en casa de los Gaggi con camiones cargados de regalos (literalmente), joyas costosas para Rose, la esposa de Nino, juguetes para todos los niños. Una especie de Papá Noel italiano salido del infierno.

En los meses que siguieron a la ejecución de Hoffa, Richard se reunió con DeMeo una docena de veces en la casa de comidas junto al puente Tappan Zee, y llevó a cabo con éxito todos los encargos que le hizo DeMeo, sin problemas ni repercusiones, sin complicaciones ni contratiempos.

Fue en esta época cuando Richard empezó a llevar a más víctimas a las cuevas para que las devoraran las ratas, mientras él filmaba sus muertes. hasta tomó la costumbre de sentarse en su casa a ver esos vídeos espantosos, cuando ya se habían acostado todos los demás. Mientras los veía, se tomaba un tentempié de medianoche, un emparedado de pavo con pan de centeno, con algo de mayonesa. Más que por divertirse, veía las películas intentando comprender las reacciones que le producían… por qué aquellas cosas no lo inquietaban en lo más mínimo, dice él; por qué no le importaban, según explicó hace poco.

Hasta llegó a enseñar una de las películas a DeMeo, que era un psicópata con todas las de la ley; y ni siquiera DeMeo fue capaz de soportar el espectáculo. Por las películas, DeMeo comprendió que Richard era un personaje fuera de lo común, que era, según creía él, un hombre sin alma.

– Es de hielo, joder -decía a los de su cuadrilla-. De hielo de verdad.

Y aquellas películas establecieron también unos lazos perversos de «amistad» entre Roy y Richard, que llegaron a disfrutar mutuamente de la compañía del otro… eran tal para cual.

Con todo, Richard seguía esperando la oportunidad de matar a Roy, de darle una paliza, humillarlo y quitarle la vida. Para Richard, este tratamiento era el remedio definitivo de todos los males. Richard se servía del asesinato para librarse de sus problemas del mismo modo que la gente se sirve de la aspirina para librarse de los dolores de cabeza.

Además de los asesinatos por contrato, Richard asesinaba a gente con la que mantenía tratos de negocios, a hombres a los que había dejado pornografía a cuenta y que habían decidido que no pensaban pagarle. Uno de estos tipos tenía una tienda de pornografía en el centro de Los Angeles. Era un hombretón como un oso, que se jactaba de ser duro, independiente, de no tener miedo a nadie. Debía a Richard diez mil dólares y, arrogante, hasta dejó de atender las llamadas de Richard.

Richard, enfadado, tomó un avión y fue a ver a aquel tipo. Se había traído en su equipaje dos granadas de mano de fragmentación que había conseguido por medio de DeMeo. Richard entró en la tienda del tipo sin haber anunciado su visita. Llevaba una granada de mano en cada bolsillo. El tipo estaba detrás del mostrador, que llegaba a la altura del pecho. Estaba sentado en un taburete alto, con un cojín; era un tipo grande, pesado y con cara de pocos amigos, de estar reñido con el mundo y con todos sus habitantes.

– Hola, amigo -dijo Richard, dirigiéndose hacia él, caminando sobre las puntas de los pies, torciendo la boca hacia la izquierda, emitiendo ese leve chasquido suyo.

– Hola, Grandullón, dijo el tipo, nada contento de ver aparecer de pronto a Richard en su tienda.

– He estado intentando ponerme en contacto contigo, amigo -dijo Richard.

– Sí; bueno… he estado muy liado; ya sabes cómo son las cosas.

– Tienes una cuenta pendiente conmigo, amigo.

– Sí, bueno… de momento, no tengo todo el dinero.

– ¿Y cuánto tienes? -le preguntó Richard.

– Nada.

– ¿Nada?

– Eso es; cero -dijo el tipo, sonriendo, mostrando unos dientes torcidos y manchados de nicotina, como si acabara de decir un chiste. Pero Richard no le vio la gracia.

– Qué gracioso -dijo Richard.

– Soy el rey de la comedia. Trabajaba de humorista antes de dedicarme a esto -dijo, indicando la tienda con un amplio gesto, como si fuera un logro notable y digno de admiración.

– Y ¿qué pasa con mi dinero? Lo necesito -dijo Richard.

– ¿Qué te parece si vuelves a pasarte por aquí dentro de… un mes, digamos?

– Eso no fue lo que acordamos.

– Sí, bueno, pues ahora sí lo es.

– ¿Porque tú lo dices?

– Porque yo lo digo.

Richard sonrió. Su sonrisa no era agradable de ver. Le salió de los labios aquel chasquido suyo, ti-ti-ti.

Richard sacó una granada de mano y le extrajo la anilla, aunque el propietario de la tienda no lo vio porque se la ocultaba el alto mostrador. Richard entregó la anilla de la granada al tipo que estaba detrás del mostrador.

– ¿Qué es esto? -le preguntó el tipo.

– Una sorpresa -dijo Richard, caminando hacia la puerta de la tienda.

– ¿Qué sorpresa?

– Esta -dijo, y arrojó la granada de mano detrás del mostrador, junto al tipo. Richard salió de la tienda. La granada estalló e hizo pedazos a aquel bravucón.

Este incidente, como tantos otros en los que participó Richard, no estuvo motivado principalmente por el dinero, sino por una cuestión de principios. Si consientes que un tipo de la calle te tome el pelo, al cabo de poco tiempo todos estarían haciendo lo mismo. Richard perdió diez mil dólares al matar a aquel hombre, pero tenía en cuenta que ganaría mucho más a la larga, porque la gente le pagaría lo que le debía. Tal como había aprendido Richard hacía muchos años en Jersey City, la ley que imperaba en la calle era la ley del más fuerte.

A mí me importaba un pito el dinero -explicó Richard-. Pero lo que no estaba dispuesto a consentir era que aquel pájaro me hiciera quedar por tonto, y lo eliminé para dejar las cosas claras. Y bien claras que las dejé, desde luego.

La Policía tampoco relacionó a Richard con este homicidio con granada de mano, como lo cuenta Richard.

Richard se aficionó a Los Ángeles, con su clima agradable, su forma de vida relajada, sus palmeras. La pornografía era muy popular en el sur de California, y Richard ganaba allí más dinero con su distribución que en la Costa Este. Le gustaba ir a las «convenciones del porno»; le parecían divertidas, según cuenta. Tenía allí mucho negocio, y le gustaba pasar temporadas en Los Ángeles. Le gustaba tanto la ciudad que acabó por alquilar un apartamento en Hollywood Oeste, cerca del Sunset Boulevard. Le gustaba sentarse en las terrazas de los cafés, con el buen tiempo, y ver pasar a la gente, ese circo abigarrado que es siempre Los Ángeles, los coches de lujo, las mujeres de lujo, la ropa de lujo. Barbara no conocía la existencia de ese apartamento. Ni siquiera sabía dónde estaba Richard cuando iba a «viajes de negocios». La única preocupación de Barbara, lo que llenaba toda su vida, eran sus hijos, sobre todo Dwayne. Concentraba en ellos toda su energía. Cuando Richard no estaba, la casa estaba en paz, en calma… normal. Solo Merrick echaba de menos a Richard cuando este estaba de viaje, aunque se veía forzada a callarse esos sentimientos.

Cuando Richard volvió de Los Ángeles, recibió de la familia Gigante un contrato que tenía que llevarse a cabo en un hotel de la cadena Howard Johnson, al pie de la ruta 46. Sin problemas. La víctima iba a acudir a la hora de desayunar a una reunión en ese Hotel Howard Johnson; era una trampa. Richard eligió el rifle Roger del 22, recortado hasta dejarlo en solo cuarenta centímetros y dotado de un silenciador pavonado. Estaba en el aparcamiento a primera hora de la mañana cuando llegó la víctima para reunirse con un teniente de la familia Gigante. Richard observó a los dos mientras desayunaban juntos, comían tortitas, se daban la mano y se despedían como amigos en el aparcamiento. Richard levantó el arma y disparó a la víctima una ráfaga de nueve tiros en tres segundos. El hombre se desplomó muerto al suelo. Richard se puso en marcha tranquilamente en su coche. Podía parecer a primera vista que la víctima había sufrido un ataque al corazón, hasta que se veía la sangre que le manaba de los orificios que le habían salido repentinamente. Otro trabajo bien hecho. Otro asesinato que la Policía no relacionó nunca con Richard.

Richard no tardó en recibir muchos contratos más de la gente de la familia Gigante, que él llevaba a cabo con mucho gusto. Aceptaba cualquier contrato, salvo los que consistieran en matar a una mujer o a un niño. Aquello era tabú para Richard; era una línea que no estaba dispuesto a atravesar.

Existían, no obstante, asesinas a sueldo femeninas, mujeres fatales mortales, que se aproximaban a la víctima, le ofrecían cálidos abrazos, sexo ardiente, una felación bien hecha, pero le servían la muerte repentina. Richard tenía la impresión de que esas mujeres eran presa legítima, y él estaba dispuesto a matar a alguna de ellas como si de un hombre se tratara. Pero aquello no le había pasado nunca, de momento.

Cuando Carlo Gambino murió de causas naturales en otoño de 1976, todo cambió de pronto y empezó a desencadenarse el terremoto que sacudiría los cimientos mismos del reino de la Mafia.

34

Revolviéndose en su tumba

Como Carlo Gambino creía fervientemente en los vínculos familiares, en la fidelidad y en la lealtad, designó a su cuñado Paul Castellano como sucesor suyo al frente de la familia, que ya era la más grande y de mayor éxito de toda la historia del crimen organizado. El tiempo haría ver que esta decisión fue un error de juicio monumental.

Paul Castellano no tenía condiciones para el cargo. Carecía del instinto innato, de la astucia y de la mundología necesarias para dominar los negocios heterogéneos de que tuvo que hacerse cargo de pronto. Castellano era un buen hombre de negocios, sí; pero como jefe de una familia del crimen organizado no servía.

Cometió una serie de errores graves. El primero fue exigir que los veinte capitanes de la familia Gambino acudieran a verlo una vez por semana en un club social llamado Club de Veteranos y Amigos que abrió en la calle Ochenta y seis, cerca de la Avenida Quince. Este sistema permitió al FBI obtener una amplia documentación de fotos y vídeos de los que iban y venían; y, de este modo, el Gobierno supo de pronto quiénes eran todos los capos de los Gambino, lo que resultó ser el principio del fin. Aquello equivalió a desvelar, de manera completamente innecesaria, la identidad de los miembros principales de la familia, del círculo íntimo, de los motores que impulsaban a la familia.

El segundo error fatal que cometió Castellano fue el de no detectar los equipos de escucha que instaló el FBI en su casa de Staten Island, que era como una fortaleza. Gracias a estos micrófonos, el FBI tuvo por primera vez una visión general del funcionamiento interno de un jefe mafioso, de quién hacía qué, y de cuándo, dónde, e incluso cómo lo hacía.

El tercer error fatal que cometió Castellano fue tener relaciones car nales con el ama de llaves dominicana a la que había contratado su esposa, la hermana de Carlo, incluso mientras su esposa estaba en la casa; una acto nefando que seguramente hizo que Carlo Gambino se revolviera en su tumba. Para un siciliano, aquello era el colmo de la infamia, una falta imperdonable, una blasfemia.

Y gracias a los excelentes aparatos de escucha que habían instalado en la cocina de los Castellano, el FBI oyó todas las conversaciones, de un acaramelamiento ridículo, que mantuvo Castellano con su amante estando su esposa en la casa. Estas conversaciones llegarían a hacerse públicas, aparecerían publicadas en un libro del que se reprodujeron pasajes en la revista New York, con lo que Paul Castellano se convirtió en el hazmerreír de todos los miembros hechos de todas las familias del crimen organizado en todas partes, hasta en Sicilia. Esto terminó de sellar el destino final de Castellano. Lo interesante para nosotros es que Richard Kuklinski desempeñaría un papel importante en dicho destino.

El único capo que estaba satisfecho con el nombramiento de Castellano era Nino Gaggi. Gaggi era amigo íntimo y confidente de Castellano desde hacía treinta años, y con la ascensión de este, Gaggi se encontró en una situación excelente; y, por medio de Gaggi, también Roy DeMeo.

DeMeo seguía deseando más que nada en el mundo llegar a ser «hombre hecho», ingresar en la familia, y ahora que esta tenía por jefe a Castellano, la posibilidad parecía muy real y próxima.

Al igual que Gaggi, Castellano era un hombre notablemente codicioso: nunca le bastaba con lo que tenía. DeMeo era una máquina de ganar dinero, y Castellano estaba impresionado por la cantidad de dinero que recibía de DeMeo a través de Gaggi. Gaggi pedía una y otra vez a Castellano que «hiciera» a DeMeo, pero Castellano dudaba: DeMeo le parecía demasiado escandaloso, demasiado temerario; era un psicópata que acabaría por llamar la atención de la Policía. Castellano se negó a aceptarlo.

Después, DeMeo agitó un verdadero avispero cuando acogió en el seno de los Gambino a los tristemente célebres Westies. Aquello fue otro gran error.

Los Westies eran un grupo de irlandeses, poco cohesionado, que funcionaban en la Hell's Kitchen de Manhattan, en el West Side. Sus especialidades eran la extorsión a los comercios del barrio, las apuestas, la usura, la lotería clandestina… y el asesinato.

Los jefes de la banda eran James Coonan y Micky Featherstone, dos asesinos fríos. Featherestone era un tipo de aspecto más bien frágil, de unos 65 kilos de peso, con manos pequeñas de niño y cara de crío, pero que estaba dispuesto a pegar un tiro en la cabeza a cualquiera como si tal cosa. Coonan era lodo lo contrario: ancho de hombros, huesudo, de mandíbula fuerte, con la cara roja y nariz gruesa; tenía el pelo rubio blanquecino, que llevaba cortado a flequillo al estilo militar.

DeMeo apreciaba a esos tipos porque eran absolutamente despiadados. Por consejo de DeMeo, empezaron a descuartizar a sus víctimas y a enterrar los cuerpos desmembrados en los depósitos abandonados del ferrocarril, en lo más apartado del West Side de Manhattan.

Una tarde que Richard fue a dejar dinero en el Gemini Lounge, DeMeo le pidió que se pasara por Harlem acompañando a Freddie DiNome, que iba a hacer una visita a un tipo negro que tenía allí un bar. El tipo debía mucho dinero a DeMeo y no lo estaba devolviendo según lo acordado.

– Grandullón, quiero que vayas a verlo y le digas que está en la jodida cuerda floja, ¿vale?

– Sin problema -dijo Richard-. Claro.

– Ve a recoger a Eddie Mack. El conoce al moreno, y tiene unos huevos de bronce, ¿vale?

– Claro, Roy -dijo Richard, y salió hacia la ciudad acompañado de Freddie DiNome, un sujeto feo, de cabello castaño ensortijado y una nariz que parecía una patata gigante. DiNome era un experto en automóviles que ayudaba a Roy a camuflar los coches robados dándoles documentaciones limpias. Tenía como mascota un chimpancé que un día le dio un puñetazo y lo dejó sin sentido. Richard no tenía ningún interés económico en aquel asunto; iba simplemente por hacer el favor a DeMeo.

DeMeo estaba muy crecido últimamente. Se figuraba que no tardaría en ser «hombre hecho», lo que había ansiado desde que era un chico gordito, blanco de las burlas de los matones del barrio. Para él, en cierto modo, ingresar como «hombre hecho» era como encontrar el santo Grial y ganar el premio gordo de la lotería, todo junto.

Eddie Mack era miembro de la banda de los Westies. Era un irlandés duro, y también él era asesino frío. Richard apreciaba a los Westies, le parecía que tenían huevos. Pero también le parecía que estaban descontrolados, que deberían estar atados en corto, o incluso enjaulados. En todo caso, llegó con DiNome a la ciudad y allí recogieron a Mack, un tipo regordete de pelo rubio largo, y los tres fueron a Harlem. El bar estaba en la Tercera Avenida. Eddie dijo que entraría él a hablar con el propietario, que los dos se conocían de la cárcel.

– Te acompaño -se ofreció Richard.

– No, no hace falta -dijo Mack, y bajó del coche y entró.

Richard iba armado, como siempre. Se quedó sentado en el coche preguntándose por qué demonios le habían pedido que fuera, si Mack no quería que entrase con él. Pero al cabo de unos minutos se produjo un estruendo dentro del local, ruido de objetos que se rompían, un tiro. Richard saltó del coche y entró a toda prisa. En cuanto entró en el local le dieron un golpe en la frente con un bate de béisbol. Retrocedió, vacilante, pero no llegó a caer. Veía pajaritos que cantaban. La acera le daba vueltas. Sacó una derringer del 38 y volvió a entrar, muy enfadado. Eddie Mack salió con las manos en el vientre.

– El jodio negro me ha pegado un tiro -dijo.

– Vamos por él -dijo Richard.

– Déjalo. Hay una jodida tribu -dijo Mack, subiéndose otra vez al coche-. Qué cabrones.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Freddie.

– Se quiso pasar de listo, fui a por él, y uno de esos me pegó un tiro en el costado. Allí dentro está oscuro, y yo no veía más que dientes y ojos. Esto no va a quedar así. Llevadme a casa. Tengo buenas armas. Voy a por ellas y volvemos enseguida.

– Vámonos -dijo Richard. Volvieron a Hell's Kitchen. Freddie llamó a Roy y le contó lo sucedido, dijo que querían armarse y volver allí. DeMeo, entre maldiciones, les dio luz verde. Eddie Mack tenía un baúl viejo lleno de armas, armamento de guerra que había conseguido por medio de DeMeo. Richard eligió una «barrecalles», una escopeta del doce con un peine de municiones redondo, como las metralletas de estilo antiguo. DiNome y Mack tomaron sendos Mac-10, pistolas ametralladoras que disparaban a razón de treinta y nueve proyectiles de nueve milímetros por segundo. Richard ayudó a Mack a vendarse el orificio de la bala, que le atravesaba un costado a la altura del ombligo, y se pusieron en camino. Volvieron directamente al bar y aparcaron delante, en la acera de enfrente. Richard, con la frente muy hinchada, saltó del coche, fue el primero en entrar y se puso a disparar con la escopeta. Freddie y Mack lo siguieron enseguida, ametrallando con las Mac-10, y entre los tres hicieron añicos el local y abatieron a todos los presentes.

Satisfechos, se marcharon y se volvieron a Brooklyn, haciendo bromas por el camino sobre el tema de que en aquel bar a oscuras no se veía a los negros. Cuando estuvieron en el Gemini, DeMeo hizo venir a un médico que conocía para que tratara la herida de Mack. Al parecer, la bala le había atravesado limpiamente el costado. Freddie contó a todos que Richard había entrado el primero con la escopeta y se había puesto a disparar.

– El Grandullón tiene huevos de elefante -dijo DeMeo con orgullo.

Richard tenía en la frente un chichón del tamaño de una naranja. Tenía un dolor de cabeza tremendo. DeMeo le dio las gracias una docena de veces, le regaló una cesta grande llena de alimentos italianos exquisitos.

– Esto le gustará a tu mujer -le dijo; y Richard se volvió a su casa, enfadado porque hubiera pasado aquello. Sabía que podían haberlo matado, por nada, por un asunto en el que él no tenía ninguna participación. Ya tenía una cosa más en contra de DeMeo.

Barbara se quedó atónita cuando vio cómo tenía Richard la cabeza.

– ¿Qué te ha pasado? -le preguntó, preocupada.

– Me he caído -dijo él, sin dar más detalles. Barbara le preparó una bolsa de hielo. Richard se tomó unas cuantas aspirinas, se sentó en su sillón del cuarto de estar y se puso a ver una película de Clint Eastwood mientras bufaba de rabia para sus adentros. Como cabría esperar, sus actores favoritos eran Clint Eastwood y Charles Bronson.

Por los círculos mafiosos corrió rápidamente la voz de que el Grandullón había ido a Harlem y había hecho trizas a una pandilla de «negros engreídos» que estaban pidiendo a gritos que los pusieran en su sitio, que los mataran; y Richard empezó a recibir todavía más encargos, más que nunca. Sus hazañas como asesino adquirían proporciones legendarias; sin embargo, todavía eran pocos los que conocían siquiera su nombre verdadero.

También corría el rumor de que echaba a sus víctimas a las ratas para que se las comieran vivas, y estos relatos divertían e impresionaban a la vez a los que los oían.

El Grandullón era muy solicitado.

Aquello empezó por una tontería, en la calle Ochenla y Seis de Bensonhurst. Nino Gaggi estaba sentado en su coche, aparcado en doble fila ante el Hy Tulip, que era una conocida tienda de alimentos judíos de la avenida Veinte, bajo el tren elevado del West End. Gaggi estaba esperando a Marie Gaggi, la esposa de su hermano Roy. Marie era una belleza de cabello oscuro y ojos azules. Casi todos los hombres se volvían al verla pasar por la calle. Aquel día, el 14 de febrero de 1975, cuando Marie salió de la tienda de alimentación algunos jóvenes del barrio hicieron comentarios groseros, soltaron silbidos. Nino Gaggi, al verlo, saltó de su coche con un martillo y empezó a lanzar golpes con él a los jóvenes, dispuesto a romper la cabeza a alguno. Era de la vieja escuela y no estaba dispuesto a tolerar esa falta de respeto. Uno de los adolescentes se llamaba Vincent Governara. No sabía quién era Nino, que era capo de la familia Gambino, ni tampoco sabía Nino quién era Governara, un boxeador excelente, campeón de boxeo. Governara, joven, ágil y musculoso, esquivó el martillo y dio a Nino un gancho de izquierda con el que lo noqueó y le rompió la nariz.

Nino no podía tolerar aquel insulto y juró matar a Governara.

Pronto corrió por todo Bensonhurst la voz de que Gaggi quería acabar con Governara, de que quería su sangre. A Vinnie Governara lo llamaban Vinnie el Lelo porque no tenía una gran capacidad mental, pero era un atleta de primera, gran jugador de frontón y de béisbol, además de campeón de boxeo. Parecía un Jerry Lewis a la italiana, con la boca grande. Vinne el Lelo era, además, un bailarín excelente. Las noches de música latina iba a la sala Hollywood Terrace, en la avenida Dieciocho, y daba todo un recital. Era tan buen bailarín que la gente le hacía sitio en la pista de baile para verlo actuar. Vinnie también era un luchador lleno de saña, golpeaba a la gente con combinaciones rapidísimas. Jamás había perdido una pelea callejera. Cuando Vinnie se enteró de quién era el hombre al que había pegado, se marchó de Brooklyn y se fue a Florida. Vinnie había nacido y se había criado en Bensonhurst y sabía bien el precio de derribar de un puñetazo a un «hombre hecho»: la muerte.

Vinnie el Lelo acabaría por tener gran importancia para el ingreso definitivo de Roy DeMeo.

Governara volvió al barrio algunos meses después de haber roto la nariz a Gaggi, y vieron su coche aparcado en la avenida Bath, unas pocas manzanas al sur de la calle Ochenta y Seis. Nino Gaggi encargó a su sobrino Dominick, veterano de la guerra de Vietnam que se había entrenado para operaciones especiales, que dispusiera una granada de mano para que estallara cuando Governara abriera la puerta del coche. La granada la proporcionó con mucho gusto Roy DeMeo.

Pero cuando Governara abrió la puerta del coche, haciendo saltar la anilla de la granada de mano, no cerró la puerta enseguida, y cuando estalló la granada, la mayor parte de la fuerza expansiva se escapó por la puerta abierta. A pesar de ello, la explosión rompió una pierna a Governara y lo arrojó hasta la otra acera de la avenida Bath, una arteria principal que atraviesa el corazón del territorio mafioso.

Huelga decir que Governara volvió a desaparecer de Bensonhurst. Se volvió a Florida y, prudentemente, pasó una temporada sin aparecer por allí… pero no tanto como debía; y cuando regresó a Bensonhurst, vieron su coche en la esquina de la avenida Veinte y la calle Ochenta y Cinco; casualmente a solo dos manzanas del Hy Tulip, donde había comenzado todo aquello.

Era el 12 de junio de 1976, el cumpleaños de Denise Montiglio, la esposa de Dominick. En casa de los Gaggi se celebraban siempre los cumpleaños por todo lo alto. Roy DeMeo estaba por allí, y regaló a Denise (una hermosa chica de barrio de origen italiano, de larga cabellera negra y una gran sonrisa encantadora) un reloj de pulsera con diamantes. Denise era sobrina política de Nino, y Roy estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta por agradar a Nino, por congraciarse con Nino.

Cuando Nino se enteró de que habían visto el coche de Vinnie Governara en la avenida Veinte, salió enseguida de la casa con su sobrino y con Roy DeMeo, abandonando la fiesta de cumpleaños, para ir a matar a Vinnie Governara por una ofensa, por una nariz rota, que este había cometido hacía ya quince meses. El sobrino de Nino, Dominick, tenía el pelo negro, ojos oscuros, pómulos marcados. Había intervenido en muchos combates en Vietnam, y tras volver de la guerra estaba callado y taciturno, parecía como si se cerniera sobre su cabeza un nubarrón de tormenta.

Nino se puso un bigote postizo ridículo, y los tres, Dominick, Roy y él, fueron hasta la avenida Veinte en el coche de Roy y se pusieron a esperar a Vinnie Governara. Era un sábado a media tarde. Había mucha gente por la calle, de compras. Nada de aquello impediría a Nino Gaggi vengarse. Matar a un hombre a plena luz del día, cerca de la calle Ochenta y Seis, era, en realidad, una empresa absurda y muy arriesgada; pero aquello no bastaba para disuadir a Nino. Estaba dispuesto a sacrificar todo lo que tenía con tal de desquitarse de Vinnie Governara, que no era más que un joven que luchaba por abrirse camino en la vida con un buen par de puños.

Nino Gaggi no tuvo que esperar mucho. Vieron llegar a Governara, que se dirigía tan tranquilo a su coche, un viejo Plymouth. Nino y Roy se pusieron a su espalda. Governara los vio y echó a correr. Allí mismo, a plena luz del día, Roy y Nino apuntaron a Governara, que huía, y lo abatieron con una ráfaga de balas del 38. Dominick no disparó con la 22 que llevaba. Cuando corrían otra vez hacia el coche de Roy, algunos transeúntes empezaron a perseguirlos. Gaggi levantó su 38. Todos se tiraron al suelo. Los asesinos subieron rápidamente al coche de DeMeo, se pusieron en camino y consiguieron huir. Governara murió a consecuencia de sus heridas a los pocos días, en el hospital de Coney Island.

Desde entonces, DeMeo pidió con mayor insistencia a Gaggi que hablara con Paul Castellano para que lo hicieran «hombre hecho». Gaggi prometió a Roy hablar con él; se encargaría de que a DeMeo lo «arreglaran» por fin, como decían ellos.

Aquel incidente entre Governara y Nino Gaggi solo afectó a Richard Kuklinski en el sentido de que conduciría por fin a que Roy DeMeo se convirtiera en «hombre hecho», lo que significaría que Richard ganaría más dinero con él y que DeMeo pasaría más contratos de asesinato a Richard.

El golpe siguiente que llevó a cabo Richard para DeMeo fue también en Los Angeles. La víctima debía dinero a los mafiosos, no pagaba, parecía como si estuviera retando a los mafiosos a que hicieran algo. DeMeo avisó a Richard por el busca, se reunió con él en la casa de comidas próxima al puente Tappan Zee, encomendó el contrato a Richard, y este volvió a viajar a Los Ángeles al día siguiente.

La víctima era muy desconfiada. Sabía que lo buscaban, y se movía con cautela. Richard pasó días enteros acechando ante su casa. El hombre vivía en un edificio de pisos de color rosa, en Sherman Oaks. Richard lo vio dos veces, pero no pudo hacer nada. Había testigos. A Richard no le gustaba rondar tanto tiempo para hacer un trabajo. Las probabilidades de que algo saliera mal aumentaba a cada hora que pasaba. Frustrado, intentó una cosa que había visto en unos dibujos animados de Bugs Bunny. Fue directamente a la puerta de la casa de la víctima y llamó. Veía luz por la mirilla y acercó un ojo. Cuando vio que la silueta oscura de la víctima se acercaba y llegaba a la puerta, apoyó en la mirilla el cañón de una 38, esperó el momento y disparó, matando a la víctima al instante de un tiro en un ojo.

Después de un nuevo trabajo bien hecho, Richard fue a hacer una buena comida en Hollywood Oeste, se dio un largo paseo, durmió bien aquella noche, y al día siguiente se volvió a reunirse con su familia.

El dinero seguía llegando en cantidad; pero, por mucho que ganara Richard, nunca parecía suficiente. Salía más deprisa que entraba, según contó hace poco.

Richard ya estaba llevando a cabo de cuatro a seis contratos al mes por término medio. Era un hombre muy ocupado y aplicado; siempre trabajaba con un cuidado escrupuloso; siempre tenía éxito. Hasta empezó a utilizar veneno para matar. También volvió a darse otra vez al juego, cosa que no le sentaba nada bien. Es difícil romper con los viejos hábitos.

35

Mamada doble

Era la primavera de 1977, una estación de renacimiento y de renovación; había terminado el crudo invierno de la Costa Este. Las hojas verdes y la hierba volvían a las calles tranquilas y arboladas de Bensonhurst, aquel barrio discreto donde se daba la mayor concentración mundial de asesinos en serie. Los pájaros cantaban. Se abrían las flores. Brillaba el sol. Los chicos volvían a las calles y organizaban partidos bulliciosos de stickball con palos de escoba recortados, de «churro, media manga y manga entera» y de pídola. Las niñas jugaban a la comba. A excepción de los enfrentamientos que se producían a veces entre gentes de la Mafia, Bensonhurst era un barrio seguro, un buen lugar para criar a los niños, por donde se podían pasear sin inquietud las mujeres y las muchachas.

Gracias a la insistencia de Nino Gaggi, al flujo inagotable de hermosos fajos de billetes de cien dólares que enviaba DeMeo a Gaggi y a Castellano y al asesinato de Vinnie el Lelo, Paul Castellano cedió por fin y accedió a «hacer» a DeMeo. Aquella primavera, Castellano estaba «abriendo los libros» y permitiendo el acceso a nuevos miembros, entre los que se contaba Roy DeMeo.

Para DeMeo, aquello era como recibir un doctorado después de una vida dedicada al estudio. Era la culminación de su vida, lo que siempre había deseado, un sueño hecho realidad. Según la costumbre establecida, se comunicó a todos los «hombres hechos» de todas las fámilias la noticia de que a Roy DeMeo lo iban a arreglar, y si alguien conocía algún impedimento para que a DeMeo lo «hicieran», debía decirlo, hacérselo saber a los Gambino. Nadie dijo nada en contra del ingreso de DeMeo.

La ceremonia, sencilla aunque muy seria, se celebró en el sótano acondicionado de un teniente de los Gambino que vivía en la calle Diecisiete Bay, en Bensonhurst. Estuvieron presentes Castellano y Gaggi, DeMeo y el veterano Jimmy Esposito. Gaggi hacía de patrocinador de DeMeo, naturalmente. Se celebró la ceremonia; se hizo un pequeño corte a DeMeo en el dedo hasta extraerle sangre, se pronunció el juramento, todo con una solemnidad cómica. Gaggi y Castellano besaron a DeMeo en las dos mejillas y le dieron un gran abrazo de oso, y DeMeo se convirtió oficialmente, formalmente, en miembro «hecho» de la familia Gambino del crimen organizado… en sgarrista.

Después tomaron una larga cena de cuatro platos en el Tomasos, en la calle Ochenta y Seis. Tras la cena hubo brindis y más abrazos y besos, y Roy DeMeo se marchó camino del Gemini, en la carretera Belt Parkway, convertido ya en «hombre hecho».

Sabía que a partir de entonces se le abrirían muchas puertas. Recibiría por fin el respeto y el temor que había anhelado siempre. Ahora podía ir ascendiendo por el escalafón. DeMeo tenía planes grandes y optimistas: tener su propia cuadrilla, llegar a capo y, quizá, hasta llegar con el tiempo a jefe de la familia. ¿Por qué no? DeMeo se consideraba más hábil que cualquier otro miembro de la familia Gambino, o incluso que cualquiera de cualquier otra familia. Y además, él era implacable, un asesino frío, lo que constituía un atributo muy necesario para ascender en el crimen organizado en Nueva York.

La reputación de DeMeo como asesino ya se había extendido por todas partes. Se le consideraba el ejecutor oficial de la familia Gambino, su mano mortal. Ninguna otra cuadrilla de los Gambino (había veinte en total) podía compararse siquiera con la banda de asesinos en serie de Roy DeMeo. Y Richard Kuklinski siempre estaba allí dispuesto, en un segundo plano, como un espíritu sobrenatural y malévolo dispuesto a salir de las sombras y a sembrar la confusión cuando lo convocaba DeMeo.

Richard Kuklinski era el Luca Brasi [7] de Roy DeMeo.

Aquella noche hubo otra fiesta en el Gemini Lounge. Acudieron todos los hombres de DeMeo. Se abrieron botellas de champán caro y se pronunciaron muchos brindis. En la mesa de la cocina había montones relucientes de cocaína para que se sirviera quien quisiera. Se había hecho venir a varias mujeres de vida alegre para animar la velada, para que hicieran un espectáculo lésbico y practicaran felaciones maestras. Por entonces no existía todavía el problema del sida y las mujeres se lo tragaban todo tranquilamente.

Roy se consideraba todo un galán; no se llevaba bien con su mujer, era muy lascivo y aquella noche le hicieron un trabajo doble: dos mujeres le chuparon y le lamieron el pene y los testículos a la vez. «Una mamada doble», como lo llamaba su cuadrilla.

Qué bella era la vida. Roy DeMeo esperaba mucho de la vida y era un hombre muy feliz. Era «hombre hecho». Estaba en la cumbre del Everest. Llegó, vio y venció.

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Las drogas eran uno más entre los múltiples problemas que empezaban a acosar a la cuadrilla del Gemini. Henry Borelli, Chris Goldberg, Joey Testa y Anthony Senter tomaban mucha cocaína. Anthony Senter se estaba quedando escuálido, paranoico, y ya no era de fiar. La cuadrilla del Gemini, por sus éxitos anteriores, había llegado a creerse que nada podría hacerles daño, ni la Policía, ni el FBI, ni mucho menos otra cuadrilla mañosa u otra familia del crimen organizado. Eran invencibles. Eran como Asesinato, S. A., y la Banda Roja, todo en uno, los reyes de una montaña cubierta de cadáveres descuartizados.

Roy DeMeo ya caminaba contoneándose como si midiera tres metros, como si fuera el rey de Brooklyn, con su cabeza de huevo, del tamaño de una sandía, llena a rebosar del gran concepto que tenía de sí mismo. Mataba o había matado con despreocupación a todo el que se interponía en su camino, a todos los que él consideraba que podían darle problemas, a todos los que le faltaban al respeto, a todos los que consideraba una amenaza, una fuente de disgustos. No corría riesgos.

– Los muertos no hablan -decía. Cuando tenía el menor conflicto con alguien, su solución era matarlo. Como Richard, se comportaba como si tuviera el derecho divino de matar a los seres humanos. Pero, a diferencia de Richard, Roy DeMeo se había rodeado de un puñado de asesinos en serie psicóticos y llenos de cocaína, lo que acabaría por resultar un grave error de juicio.

Richard salió de su casa con una bolsa de papel de estraza arrugada llena de dinero para DeMeo; era la parte que correspondía a este del negocio de la pornografía. Ya eran socios en toda regla.

También Richard sabía que DeMeo era ya hombre hecho, que ya no era un picciotto sino todo un sgarrista. Sabía también que DeMeo tenía planes grandiosos. Richard creía que DeMeo ascendería rápidamente dentro de la familia Gambino, que al cabo de unos cuantos años tendría su propia cuadrilla aprobada por la familia. Pero Richard creía firmemente que DeMeo era demasiado temperamental, que era un maníaco descontrolado, que tenía un genio demasiado vivo como para durar y llegar hasta donde podría llegar por sus dotes. Creía también que, tarde o temprano, la cuadrilla de locos de DeMeo (como los consideraba él) acabarían por quemar el puente que se estaba construyendo DeMeo.

Richard seguía pensando en matar a DeMeo cuando llegara el momento oportuno. Que DeMeo fuera «hombre hecho» no se lo impediría. De hecho, nada se lo impediría. Era cuestión de tiempo; tenían que cumplirse todas las circunstancias oportunas. Richard había llegado a descubrir que no importaba quitarse de en medio a un «hombre hecho», con tal de que nadie se enterara. Asesinar a un «hombre hecho» sin que el golpe estuviera aprobado, y permitir que alguien se enterara, era un billete de ida a la tumba, una muerte segura.

Richard abrazó y besó a DeMeo en el club, le felicitó con efusión, representando el papel de amigo leal, de buen socio: hizo una actuación digna de un Oscar. Richard entregó a Roy su parte del dinero. Se portaba con DeMeo con honradez escrupulosa. Se aseguraba de pagarle hasta el último dólar que le correspondía.

Para sorpresa de Richard, Roy le invitó a ir de pesca en su barca, un nuevo juguete del que DeMeo estaba orgulloso. Hacía buen día, a Richard le gustaba la pesca, y accedió a ir. Tomaron el Cadillac de DeMeo y fueron al puerto deportivo próximo de la Bahía de Sheepshead. Los asesinos en serie Chris Goldberg, Joeh Testa y Anthony Senter ya estaban esperando a Roy en el puerto. Iba con ellos un cuarto tipo, un tal Bob, al que Richard no conocía. Se hicieron las presentaciones. Subieron al barco, una barco de motor blanco y reluciente de diez metros de eslora, provisto de algunas cañas de pescar, y zarparon. DeMeo se había llevado una caja grande de emparedados italianos gigantes, trozos de provolone y de mozarela, y gruesas lonchas de pepperoni. Saltaba a la vista que a DeMeo le encantaba su barco y que estaba orgulloso de él: era como un chico con una bicicleta nueva, con la mejor bicicleta del barrio, la envidia de todos. El cielo estaba despejado y muy azul. Hacía un calor poco común para la estación y el mar estaba en calma y acogedor. Cuando se hubieron hecho a la mar, DeMeo puso el motor a las máximas revoluciones y salieron directamente hacia alta mar. Richard se sentó a disfrutar del paseo, del aire fresco. Aunque los tipos de Roy todavía no habían llegado a apreciar a Richard, ni él a ellos, habían aprendido a aceptarlo; pero lo miraban con desconfianza.

A Richard le encantaba el mar desde su infancia en Jersey City, y le gustaba ir en barco, recibir el aire limpio y fresco del Atlántico. Joey y Anthony iban hablando con el tal Bob, contándole chistes, contándole la mamada doble que habían hecho esas dos chicas tan estupendas a Roy.

Cuando estuvieron lejos de la costa, Roy desaceleró el motor, lo apagó y anunció que aquel era buen lugar para pescar, pero que antes debían echar algo de cebo al agua.

– ¿Que vamos a pescar? -preguntó Bob.

– Tiburones -le dijo Roy.

Bob era un tipo bajito, cuadrado, con cara de bulldog. Tenía un leve acento que Richard no situaba. Puede que fuera canadiense. Después de bajar al agua con una red una cesta de cebo y de cebar un par de anzuelos grandes, Roy sacó los emparedados y almorzaron, tomando cerveza y vino blanco y contando chistes verdes. No se veía ningún otro barco. Richard sentía curiosidad por ver tiburones de cerca, a tan corta distancia, aunque en realidad no creía que hubiera tiburones en aquellas aguas. Sin embargo, no lo descartaba, y la idea lo animaba. Pero Roy estaba seguro de que allí había tiburones, decía que había pescado muchos en ese mismo lugar.

Richard percibía algo en el ambiente, peligro, pero no sabía por qué. Todo parecía en orden. Iba armado, como siempre; llevaba encima una pistola y un cuchillo. DeMeo estaba de muy buen humor. Cuando estaban terminando de almorzar, Chris vio un tiburón. Su aleta dorsal azul cobalto cortaba la superficie del agua. Todos se levantaron para verlo acercarse.

– ¿Lo veis? ¡Os lo dije! -anunció DeMeo. Al poco aparecieron otros tiburones; de pronto, parecía que estaban en todas partes. DeMeo se acercó a donde estaba de pie Bob. Su actitud cambió de pronto.

– Ya sé que eres un puto chivato. Calabro me ha contado lo que has estado haciendo -dijo a Bob; y sacó una pistola y le pegó un tiro en la cara. El desventurado soltó un grito y cayó. Los demás se apoderaron de él y lo echaron al agua.

Gritando, con los ojos desorbitados, el hombre intentaba mantenerse a flote, pero le costaba trabajo. Chris quería dispararle, pero Roy no se lo permitió.

– Deja que terminen con él los tiburones -dijo Roy. Bob sangraba profusamente. Sin duda, el corazón le latía con furia, y la sangre le brotaba por el orificio de la cara como un torrente rojo palpitante; y los tiburones no tardaron en rodearlo, en flotar a su alrededor, mientras Bob gritaba y azotaba desenfrenadamente el agua con las manos. Richard contemplaba aquello con interés, divertido, disfrutándolo. Los tiburones, que habrían percibido sin duda el olor de la sangre, no tardaron en dar pequeños mordiscos primero, después grandes bocados, a Bob, que chillaba, pedía, suplicaba; y este no tardó en hundirse para no volver a aparecer. A DeMeo y a los demás les pareció un espectáculo entretenido, muy divertido, mejor que un musical de Broadway; se daban palmadas, riendo y sonriendo. También a Richard le había parecido entretenido, apreciaba su originalidad.

– Ese puto chivato se ha llevado su merecido -dijo DeMeo-. Lo único que siento es que haya durado tan poco.

Todos le dieron la razón. Atraparon unos cuantos tiburones a los que disparaban en la cabeza cuando estaban cerca del barco, y después pusieron rumbo de nuevo al puerto deportivo. Por el camino, el cielo cambió de pronto, se puso gris y oscuro. Empezó a llover. Con la lluvia se levantó viento, empezaron a caer rayos y truenos. El agua se agitó. El mar, encrespado de pronto, se llenó de crestas blancas. Richard empezaba a sentirse mareado y estaba impaciente por volver a pisar tierra firme. Llegaron sin novedad al puerto, y Richard agradeció a Roy «aquella tarde tan entretenida».

– Estás lleno de sorpresas -dijo Richard.

– Tengo un millón -dijo Roy.

Cuando Richard iba por la avenida Flatbush (ya había oscurecido) se puso a su lado un coche lleno de negros que llevaban pañuelos rojos en la cabeza y que, sin motivo alguno, se pusieron a provocarlo, a llamarlo cracker y «blanquito». Llegaron a un semáforo en rojo.

– ¡Eh, cabrón! -dijo uno de ellos, ya a solo un par de metros de Richard-. ¡Lárgate de este barrio, joder!

– A mis siete amigos no les gusta que les hablen así -dijo Richard.

– ¿Qué siete amigos? -dijo el conductor, mirando a Richard como si estuviera loco.

– Estos siete amigos -dijo Richard, enseñándoles su pistola, que contenía siete balas. El tipo se saltó la luz roja, con chirrido de neumáticos, quemando goma. Richard llegó a la carretera Belt Parkway y se dirigió al Oeste para volver a Dumont con su mujer y sus hijos, dando vueltas en la cabeza a los sucesos del día. Le había gustado aquella idea de echar una persona a los tiburones; le pareció una manera novedosa de deshacerse de un cadáver.

Empezó a pensar nuevas maneras de matar, ampliando su repertorio. Los venenos le interesaban. Sabía que los asesinos llevaban muchos años utilizando con éxito los venenos. Llegó a la conclusión de que debería estudiar aquello mientras empezaba a cruzar el amplio puente Verazzano, admirando la vista, la multitud de luces de colores que rielaban en el agua como teclas de piano gigantes. Recordaba cómo admiraba el juego de las luces de Manhattan sobre el río Hudson cuando era niño en Jersey City.

El único amigo de Richard, Phil Solimene, era capaz de conseguir cualquier cosa si se lo proponía. Richard seguía acudiendo a la tienda de Solimene los viernes por la noche para participar en la partida de póquer en la que se jugaba suerte, y solía pasarse por allí varias veces por semana para charlar, enterarse de lo que se decía por ahí, tomar café. Richard volvía a jugar, cada vez más.

Si en Nueva Jersey había un Fagan, este era Philip Solimene. Parecía que todos los ladrones y descuideros conocían a Phil. Richard preguntó a Phil, como al descuido, si sabía dónde podía conseguir algo de veneno.

– ¿De qué clase? -le preguntó Phil.

– Para matar ratas… ratas grandes, ja, ja. Cianuro, estricnina, arsénico…

– Preguntaré por ahí-dijo Phil. Era lo que decía siempre Solimene cuando le pedían diversos artículos. Solimene no decía nunca que no, y lo más corriente era que consiguiera lo que se le había pedido.

Solimene sabía de primera mano lo mortal que era Richard. Él se había encargado de tender trampas a personas para que Richard las matara para robarles. Les ofrecía diversas mercancías en venta: perfumes, drogas, cintas vírgenes, pornografía, armas de fuego; y cuando se presentaba el comprador con el dinero, Solimene llamaba a Richard, que llegaba allí, contaba un cuento al comprador, lo llevaba a solas con él, lo mataba y se repartía el dinero con Solimene. Solimene había llegado a ver a Richard matar a gente.

Solimene apreciaba a Richard, le parecía que era un tipo legal que siempre cumplía su palabra, callado, firme y con huevos. Si Solimene tuviera que elegir a alguien entre todas las personas del mundo para encontrarse con él en un aprieto, elegiría a Richard sin dudarlo.

Solimene llamó a Richard cuatro días más tarde y le pidió que se pasara por allí aquella noche. Richard acudió a la tienda, y Solimene le dijo que tenía un amigo, farmacéutico de Union City y «negociante», que le vendería todo el veneno que quisiera. Así entró Paul Hoffman en la vida de Richard Kuklinski, durante un tiempo relativamente corto.

Hoffman era un hombre de talla media, gordo; era un individuo especialmente codicioso. Siempre estaba buscando el negocio, la manera de ganar más de lo que le correspondía en derecho y en justicia. Tenía una buena profesión, la farmacia prosperaba, pero no le bastaba: siempre quería más. Llevaba años comprando a Solimene cargamentos de medicamentos procedentes de asaltos. Le compraba de todo: aspirinas, barbitúricos, pastillas para adelgazar, antibióticos, medicamentos para las úlceras, perfumes, hojas de afeitar, a una fracción de su precio, y las vendía al precio de venta al público normal, obteniendo grandes beneficios. Cuando Richard conoció a Hoffman en la tienda de Phil, no le cayó bien. Aunque es verdad que a Richard le caía bien muy poca gente.

Hoffman no solo estaba dispuesto a vender a Richard todo el veneno que quisiera, sino que le enseñó a administrar la dosis adecuada para obtener el efecto deseado, el efecto máximo. Llegó a sentarse con Richard para darle instrucciones detalladas, ideas y consejos farmacológicos sobre el modo adecuado de aplicar y emplear las toxinas más peligrosas conocidas por el hombre, advirtiéndole que si utilizaba demasiado, la Policía podría determinar la causa de la muerte; si demasiado poco, no surtiría efecto. Hasta dio a Richard una cucharilla mi núscula para medir las dosis adecuadas. Richard empezó comprando cianuro. Venía en un grueso frasco de cristal que llevaba el símbolo de la calavera y las dos tibias. Cuando Richard tuvo en la mano el frasquito mortal, este le produjo una impresión muy extraña. Le daba, como quizá fuera de esperar, una impresión de poder y de omnipotencia.

Se trataba, en efecto, de un combinado muy peligroso. Richard Kuklinski y cianuro.

La víctima designada era un teniente de la familia Bonanno, un personaje paranoico, astuto; difícil de matar, porque sabía que andaban detrás de él y siempre iba acompañado de dos guardaespaldas de aspecto fiero. Se llamaba Tony Scavelli. Lo llamaban el Elegante, porque siempre iba vestido de punta en blanco. Era todo un galán, tenía una novia muy hermosa a la que le gustaba ir a cenar a los mejores restaurantes y después a algún club selecto, al Regine's, en Park Avenue, o al Xenón, en la calle Cuarenta y Cinco Oeste. Richard pasó diez días vigilando al Elegante, pero sin poder acercarse lo suficiente para pasar a la acción.

Richard decidió hacerlo en uno de los clubes, con veneno. Paul Hoffman le enseñó a mezclar el cianuro con un líquido especial y a meterlo en una jeringuilla.

«Un pinchazo mortal», lo llamaba.

Utilizando una jeringuilla con la aguja más fina e indetectable que pudo conseguir, Richard mezcló cuidadosamente el líquido y el cianuro hasta que todo el veneno quedó disuelto en el líquido por completo.

Llegó a la conclusión del que el club Regine's era demasiado pequeño, no había la multitud suficiente para que él pudiera acercarse a la víctima sin llamar la atención. Pero el Xenón era otra cosa. Era perfecto: lleno de gente, ruidoso, con luces de discoteca que se encendían y se apagaban. Para integrarse en el ambiente, Richard se puso un traje llamativo que él creía que le daba aspecto de gay.

Era un sábado por la noche. La víctima, su novia y sus guardaespaldas cenaron en un restaurante francés muy popular llamado Un, Deux, Trois, y se dirigieron después al Xenón. Richard, con un sombrero puntiagudo rojo, pantalones rosa, camiseta amarilla, un collar al cuello y zapatos con alzas, consiguió que lo dejaran entrar en el club, lo que ya era de suyo una hazaña. El local estaba lleno de público que bailaba, gente elegante y de categoría. La música era estruendosa, los altavoces retumbaban, las luces de discoteca giraban locamente. Aquellas luces confundían a Richard. A él no le gustaban. Veía que la gente se metía cocaína sin recato. Richard consiguió encontrar al objetivo. Estaba bailando al borde de la pista, a la derecha.

Llevando el ritmo de la música, sacudiendo por el camino su cuerpo enorme, Richard pasó junto a la víctima bailando, rozándolo, y al pasar le clavó la jeringuilla mientras se dirigía a la salida. La víctima se derrumbó al cabo de un minuto y no tardó en morir. Todos creyeron que había sufrido un ataque al corazón. En la autopsia realizada por el forense no se detectó siquiera el veneno.

Según Richard, uno de los tipos del equipo que había participado en la muerte de Jimmy Hoffa, llamado Sal Briguglio, se metió en algunos problemas con la ley, y corrió la voz de que intentaba aprovechar lo que sabía del asesinato de Hoffa para librarse de problemas. Por ello se desenterraron los restos de Hoffa, se metieron en el maletero de un coche que se redujo a chatarra compacta y se exportó a Japón. Richard recibió el encargo de matar a Briguglio. Con otro asesino de Nueva Jersey, Paulie Salerno, siguió a Sal hasta Little Italy. Cuando la víctima caminaba por las cercanías de la calle Mott, Richard lo golpeó desde detrás con un rompecabezas, lo derribó y le disparó muchos tiros con una 38 provista de silenciador, y después se alejó a pie rápidamente. Se llamó a la Policía. Los detectives interrogaron a la gente del barrio. Nadie había visto nada. Un nuevo asesinato relacionado con la Mafia en Little Italy… nada nuevo.

El veneno y Richard Kuklinski hacían tan buena pareja como la mantequilla de cacahuete y la gelatina: por primera vez en su vida, Richard compró libros y los estudió con cuidado, tratados de medicina sobre los venenos. Pasó varias semanas leyendo y tomando apuntes, aprendiendo por su cuenta las sutilezas y los detalles del arte de matar a la gente con veneno. Aprendió acerca del cianuro, el ácido prúsico, el ácido hidrocianhídrico, el cianuro de hidrógeno, la anilina y el ácido cianhídrico y sus aplicaciones. Siempre que veía a Paul Hoffman le preguntaba cosas, y Hoffman respondía con mucho gusto a las preguntas de Richard y proporcionaba a este los venenos en cuestión. Naturaímente, cobraba a Richard precios exorbitantes, pero a Richard no le importaba; aquello no era más que los costes de su negocio.

Richard era como un niño con un juguete nuevo; estaba deseoso por probar estos nuevos instrumentos de muerte. Dice que le encantaba la sutileza del veneno: no había violencia, ni tiros, ni sangre, ni huesos rotos; que era incoloro e inodoro, pero tan mortal como un tiro en la cabeza, o puede que incluso más.

Richard salió al mundo con frascos de veneno en el bolsillo para cumplir encargos de asesinatos. En muchos casos, Richard podía acercarse a la víctima, invitarla a comer, a beber algo… y utilizar sus nuevos amigos, como llamaba a los venenos.

Se llamaba Billy Mana. Era un «hombre hecho» de la familia Genovese. Su jefe quería que lo mataran. Richard se puso en contacto con Mana, lo invitó a tomar una copa diciéndole que tenía un cargamento de abrigos de piel que quería vender. «Baratísimos. Tengo prisa por dar salida a la mercancía», le dijo.

Mana, como todos los mafiosos, tenía hambre de dinero, y se reunió a tomar una copa con Richard en un bar de Union City. Richard llevaba encima un frasco de cianuro del tamaño de un dedo meñique. Cuando Mana fue al servicio, Richard vertió el veneno en su bebida, rápida y discretamente, como si fuera un truco de magia. Mana volvió al poco rato y apuró su vaso. Richard, generoso, pidió otra ronda. Pero antes de que la hubieran servido, Mana se atragantó, se llevó las manos a la garganta mientras se le hinchaban los ojos, y a los pocos momentos se derrumbó.

– ¡Un infarto! ¡Llamen a un médico! -dijo en voz alta Richard; y al poco desapareció, como si no hubiera estado allí nunca.

Richard, satisfecho, se volvió a su casa, con su familia, como Drácula cuando regresaba a su guarida. A lo largo de los meses siguientes, Richard utilizó el veneno para matar siempre que fue posible, en la comida, en las bebidas, en una pizza. Llegó a convertirse en un verdadero experto en la aplicación de sustancias mortales.

Naturalmente, aquello tuvo el efecto de fomentar todavía más su reputación como asesino a sueldo, y siguieron llegándole todavía más contratos. Ya viajaba por todo el país para asesinar a personas que la Mafia quería quitarse de en medio. Estaba dispuesto a ir a cualquier parte para hacer un trabajo. Estaba muy ocupado; demasiado ocupado. Sabía que aquello no podía durar siempre, pero le agradaba mucho el trabajo, el desafío, el rematar con éxito un encargo. Aquello lo hacía sentirse como un dios, como una verdadera fuerza mortal. Richard se convirtió en la estrella más brillante de la constelación de los asesinos fríos. Al difundirse la fama de Richard, la gente del hampa no quería tratarse con él, lo miraban con desconfianza y de reojo. Hasta el propio Roy DeMeo temía a Richard. DeMeo era una de las pocas personas del mundo que sabían lo peligroso y lo diabólico que era Richard de verdad. Cuando DeMeo tuvo una trifulca con John Gotti y su hermano Gene, pidió a Richard que asistiera a una reunión con ellos para servirle de guardaespaldas.

Los hermanos Gotti y su cuadrilla también tenían su fama de peligrosos y despiadados, dispuestos a matar primero y hacer las preguntas después. Pero ni siquiera ellos querían tener nada que ver con DeMeo y la banda del Gemini. Es verdad que DeMeo y John Gotti pertenecían a una misma familia, pero había tensiones entre ellos. Sin embargo, y como estaban en una misma familia, al menos en teoría, debían resolver las disputas y los desacuerdos hablando amistosamente, y no por medio del asesinato. Cuando DeMeo y John Gotti, dos hombres despiadados y soberbios, tuvieron un desacuerdo sobre el modo de repartir las mercancías robadas en el aeropuerto Kennedy, sobre quién se quedaba con qué, se hizo preciso que celebraran una «sentada»; así se llama en la Mafia el modo de resolver las disputas a base de razonar y conversar, en vez de por la violencia.

John Gotti, como DeMeo, tenía fama de hombre peligroso, arrojado, de buenos puños y de genio vivo. Hacía poco que había salido de la cárcel, donde había cumplido condena por su participación en un asesinato: Gotti había matado a Jimmy McBratney, el hombre del que se rumoreaba que había sido responsable del secuestro y asesinato del sobrino de Carlo Gambino. Gotti contrató al célebre Roy Cohn, que le consiguió un acuerdo de amigo: cuatro años por intento de asesinato, una ganga.

Gotti había cumplido la condena, estaba en la calle y producía agitación en la familia Gambino. Como otros muchos del clan Gambino, odiaba a Paul Castellano por muchos motivos: por la avaricia de Paul; por el empeño de este en que todos los capitanes acudieran a rendirle homenaje una vez por semana en el Club de Veteranos y Amigos; por el hecho de que lo hubieran nombrado por una relación de parentesco; porque no había impedido que el FBI le pusiera micrófonos en su casa; porque su relación con el ama de llaves se había convertido en un escándalo público muy comentado en el mundillo de la Mafia.

DeMeo no apreciaba a John Gotti ni confiaba en él; y cuando se celebró la «sentada», se llevó a Richard como guardaespaldas. Camino de la reunión, que se celebraría en casa de otro capitán de la familia Gambino, Roy dijo:

– Grandullón, no podemos fiarnos del puto Gotti. Vigílalo, y no me pierdas de vista a mí, ¿entendido?

– Entendido -dijo Richard.

Richard llevaba encima tres pistolas, y un cuchillo atado a la pantorrilla.

A Richard le gustaba que DeMeo hubiera tenido aquella confianza en él. Entre todos los asesinos de su equipo, DeMeo había elegido a Richard para que le guardase las espaldas. DeMeo sabía que Richard era el asesino más frío y más peligroso que se había encontrado en su vida, y confiaba en él. A lo largo de los años que habían pasado haciendo negocios juntos, Richard siempre se había portado con él con honradez escrupulosa, siempre había sido fiel a su palabra. DeMeo seguía sin tener idea que Richard esperaba la oportunidad de matarlo, que no había olvidado la paliza que le había dado, ni cómo le había apuntado con la Uzi cargada y se había reído. Por una parte, Richard apreciaba a Roy, le gustaba su carácter sociable y generoso cuando estaba de buen humor. Por otra parte, despreciaba su comportamiento escandaloso y agresivo, cómo pasaba del calor al frío en un abrir y cerrar de ojos.

Roy y yo nos parecíamos en muchos modos. Cuando yo estaba de buenas, era un tipo encantador, estaba dispuesto a dar hasta la camisa por un amigo. Pero cuando estaba de malas… me daba miedo a mí mismo, explica con toda sinceridad.

La reunión se celebraba en una casa de ladrillo de dos viviendas en el Mili Basin de Brooklyn. Era una casa sencilla, sin pretensiones. En el jardín delantero había una estatua de un metro de la Virgen María, vestida de blanco y azul, como si estuviera puesta para observar con ojos críticos a los visitantes. Richard estaba contento, orgulloso a su manera de que DeMeo confiara en él de ese modo, de que contase con Richard para que le guardase las espaldas. Richard sabía bien que podían encontrarse en una situación a vida o muerte, y DeMeo había querido que Richard estuviera presente para protegerlo.

Sentía que era como un honor, ¿sabe?, explicó Richard.

Richard llevaba, como tenía por costumbre, una camisa grande, holgada, de mangas cortas, con los faldones por fuera. La camisa ocultaba las pistolas que llevaba bajo el cinturón. Llevaba cargadores de repuesto en el bolsillo de los pantalones.

Ya estaban allí John y Gene Gotti, así como algunos soldados de su cuadrilla, y Aniello Dellacroce, jefe de la familia Gambino y mentor de John, que era un hombre diplomático, de la vieja escuela. Todos en la Cosa Nostra habían creído que Aniello se haría cargo de la familia Gambino a la muerte de Carlo. Era el candidato más cualificado. Se merecía el cargo, pero no lo había recibido. Sin embargo, para muchos de los capitanes, Aniello Dellacroce era el verdadero jefe de la familia; había conseguido mantener una paz inestable dentro de la familia tras la muerte de Carlo. Dellacroce parecía frágil y enfermizo, como si fuera a derrumbarse en cualquier momento. Tenía grandes círculos de color de berenjena bajo los ojos azules tristes, el pelo gris y ralo, la nariz achatada. Pero era una persona de carácter, un siciliano duro con espinazo de acero que creía que era mejor ganar dinero que hacer la guerra, pero que estaba dispuesto a matar en un abrir y cerrar de ojos cuándo y dónde fuera necesario. Aquella reunión era un encuentro informal. No era una «sentada» formal como tal. Se intercambiaron saludos, apretones de manos, abrazos reservados y respetuosos y besos en ambas mejillas, según la vieja costumbre. Flotaba en el aire el olor a colonia Oíd Spice y Canoe. Se presentó a Richard. Este saludó con un gesto respetuoso de la cabeza, dio apretones de manos; a él no le dieron abrazos ni besos. Todo el mundo sabía quién era: era el arma secreta de Roy, una verdadera máquina de matar… y les molestaba que DeMeo lo hubiera llevado. Era una afrenta. Pero si DeMeo había llevado consigo a Richard era precisamente por este motivo. Quería dejar las cosas claras, y lo había conseguido sin decir una sola palabra.

Todo aquello sucedía antes de que John Gotti se convirtiera en una superestrella de la Mafia, en una figura de leyenda según su propia apreciación y según la del público; pero ya por entonces era enormemente ambicioso y francamente mortal, y todos lo sabían. Pero Roy DeMeo tenía una amplia reputación de hombre peligroso que superaba con mucho la de John Gotti.

Cuando empezó la reunión, Richard se quedó de pie, tenso, en el cuarto de estar, mientras los demás pasaban a una mesa grande de comedor, de madera oscura. DeMeo se sentó dando la espalda a Richard, que observaba cuidadosamente lo que sucedía, como un juez de silla observa un partido en un torneo. No oía bien lo que se decía. John Gotti expuso con volubilidad su postura, Roy la suya, Dellacroce manifestó su opinión, y al poco todos se dieron la mano. Habían llegado a un acuerdo. Richard se daba cuenta de que los Gotti desconfiaban de DeMeo. ¿Acaso no tenían motivos? No era ningún secreto que Roy había convertido la trastienda del Gemini Lounge en un verdadero matadero; que DeMeo y su cuadrilla asesinaban a docenas de personas, las descuartizaban y se deshacían de los trozos de los cadáveres por todo Brooklyn. Gotti consideraba que DeMeo era un monstruo descontrolado que acabaría acarreando problemas a toda la familia con todos aquellos asesinatos.

Fuera cual fuera el tema de la disputa, Richard veía con claridad que se había resuelto en paz. La reunión no tardó en terminar. DeMeo y Richard se marcharon. En el coche, volviendo de nuevo al Gemini, DeMeo dijo:

– No se puede fiar uno de ese jodido de Gotti. Fíjate en lo que te digo: va a dar problemas. No me gusta. Se cree que es la leche, y no es nadie. Ni siquiera sería hombre hecho, si no hubiera sido por Dellacroce.

Richard se limitaba a escuchar. Cuando llegaron al Gemini, no entró en el club. Sabía que estaban dentro los hombres de DeMeo, y no quería tratarse con ellos. DeMeo agradeció a Richard que le hubiera acompañado, lo abrazó y lo besó, y acto seguido Richard se puso en camino hacia la casa, con la sensación visceral de que algún día habría problemas, en efecto, por causa de John Gotti. Aquello se veía con claridad en los ojos de Gotti, en su manera de moverse, en sus posturas, hasta en su manera de gesticular con las manos. Richard pensó que era como una tormenta dispuesta a desencadenarse.

Por entonces Richard ya no volvía nunca a su casa directamente. Siempre daba rodeos, salía a veces de repente de la carretera y se esperaba a que lo adelantaran los demás coches. No quería que lo siguiera nadie. No quería que nadie supiera dónde vivía. Richard quería, por encima de todo, proteger a su familia, mantenerla apartada del mundo de la calle y de sus actividades.

Barbara seguía sin tener idea de a qué se dedicaba Richard, de que era uno de los asesinos más eficientes que se habían conocido jamás en el crimen organizado. Pero una vez encontró en el garaje una pistola envuelta en un trapo, en un estante alto. La dejó donde estaba sin decirle nada siquiera; no sabía bien cómo iba a reaccionar.

36

La oficina

Richard seguía teniendo arrebatos de mal humor y maltratando a Barbara. Solía llegar a casa de mal humor y entablar una discusión con Barbara por cualquier tontería sin importancia; ella le replicaba, él perdía los estribos y provocaba daños: le daba bofetadas, soltaba maldiciones, rompía cosas con su fuerza sobrehumana.

Barbara había comprado una mesa de comedor preciosa. Era de grueso mármol italiano, con patas macizas también de mármol. Había costado una fortuna, pero ella la quería, y la compraron. A Barbara se le concedían todos los caprichos. La mesa era tan pesada que tuvieron que meterla en la casa e instalarla donde la quería Barbara entre cuatro hombres fuertes. Una tarde, Richard llegó a casa de mal humor. Barbara y él se enzarzaron y se pusieron a discutir. El empezó a perder los estribos. Quería abofetearla, retorcerle el cuello, estamparla contra la pared. Pero en vez de hacerle daño, levantó en vilo la hermosa mesa de comedor de mármol y la arrojó a través del hermoso ventanal que daba a la calle.

Barbara, atónita, lo increpó, sin tener idea de lo peligroso que era en realidad, sin saber con quién estaba discutiendo.

Fíjese, estamos hablando de una mesa que tuvieron que meter en casa entre cuatro hombres. El la levantó como si nada y la tiró por la ventana, contó ella más tarde, sacudiendo la cabeza al evocar el recuerdo, fumando.

Por desgracia, estos estallidos se producían delante de Merrick y de Chris, aunque no de Dwayne. Era Merrick la que solía tranquilizar a su padre. Ejercía sobre él un efecto calmante. Le hablaba con voz suave, lo convencía de que saliera de la casa, de que la llevara a echar de comer a los patos.

En la población de Demarest (donde nació y se crio Pat Kane), a diez minutos en coche, había un estanque pequeño en el centro de un parque. Se llamaba estanque de Harworth. Allí se reunían siempre bandadas de patos silvestres. A Richard le gustaba ir a aquel estanque tranquilo a echar de comer a los patos. Compraba pan en una tienda de allí cerca, se sentaba en un banco verde del parque, cerca de la orilla del agua tranquila, y daba de comer a los patos. Solía llevarse a Merrick, y entre los dos echaban a los patos trocitos de pan, que las aves se tragaban rápidamente; y, allí sentados, Merrick tranquilizaba a su padre, le hablaba de su infancia, le hacía olvidar su ira contra Barbara, su ira contra el mundo. Por algún motivo insondable, Merrick ejercía sobre su padre un efecto muy tranquilizador y calmante. Chris no solía hacer esto con su padre, pero Barbara sí que solía ir también allí acompañando a Richard. A ambos les gustaba sentarse en el banco, cerca del estanque tranquilo, echando de comer a los diversos patos, hablando en voz baja… en paz. El estanque tranquilizaba verdaderamente a Richard. Los patos ya lo conocían y se acercaban a él en cuanto lo veían.

Chris, hija de Richard, se fue retrayendo más y más dentro de sí misma, apartándose de su padre, apartándose de la familia. A Chris la trastornaban y la debilitaban mucho las discusiones y la violencia.

Chris era ya una niña de doce años muy atractiva. Tenía el cuerpo largo y esbelto; el pelo rubio largo y espeso, y una cara dulce, en forma de corazón, con grandes ojos azules. Una tarde de verano, Barbara y Richard discutían después de la cena y él empezó a romper cosas. Chris se levantó en silencio y se marchó de la casa. No soportaba la violencia, los gritos, el mal genio de su padre, la «bocaza» de su madre, como la consideraba ella; y fue a sentarse en un banco de madera cerca de la parada del autobús, intentando pensar qué hacer, con quién hablar, dónde encontrar ayuda, dónde dirigirse.

Chris había creído al principio que todos los padres discutían, que sin duda todos los padres hacían trizas la casa; pero ahora sabía que no era así en absoluto, que su padre era singular y que también su madre lo era. Seguía allí sentada mientras anochecía por momentos y empezaban a aparecer las luciérnagas. Un hombre que iba en una furgoneta roja se detuvo, la saludó, se ofreció a llevarla a donde fuera.

– No voy a ninguna parte -dijo Chris a media voz, sabiendo que no debería hablar con desconocidos. Barbara le había advertido muchas veces que no debía hablar con desconocidos.

– ¿Quieres venir a dar un paseo? -le preguntó el hombre. Tenía treinta y tantos años, pelo rubio, era atractivo, parecía agradable; parecía… interesarse por ella.

– Sí, vale -dijo ella; y se subió a la furgoneta con el desconocido, sabiendo que no debía hacerlo, sabiendo que sus padres se enfadarían, que la castigarían con severidad por haber hecho una cosa así; pero no le importaba. Estaba asumiendo el control; era dueña de sus actos, y se acabó.

Chris no tardó mucho rato en descubrir qué era lo que interesaba exactamente al hombre rubio. Este le preguntó si quería ir con él a un lugar apartado que conocía, para «hacer cositas».

– Vale -dijo ella, aun antes de darse cuenta de que lo había dicho. El hombre la llevó a un pequeño claro de un bosque cercano y se puso a besarla. Ella se lo permitió sin presentar resistencia. El hombre la llevó a la parte trasera de la furgoneta, la desvistió y mantuvo con ella relaciones de todo tipo, incluso el coito, mientras ella se lo permitía de buena gana. Aquel era el modo que tenía Chris de asumir el control de su vida. Su cuerpo era suyo y solo suyo; nadie se lo podía quitar, y ella estaba dispuesta a usarlo, a dejar que lo usaran, como ella quisiera. No disfrutó ni mucho menos con lo que estaba haciendo, con lo que el hombre la obligaba a hacer. Lo hacía para reafirmarse en su propia individualidad, para rebelarse. Chris sabía que si su padre veía una cosa así, lo más probable es que la matara, y al hombre lo haría pedazos, literalmente. Pero no le importaba.

Cuando terminó aquello, cuando el hombre hubo terminado, llevó otra vez a Chris, lleno de agradecimiento, a la parada del autobús, al banco donde la había encontrado, y ella se bajó de la furgoneta dándole las gracias con toda dulzura y educación, sin sentirse traumatizada en absoluto. Él no le pidió que volvieran a verse; ella no le dio ningún dato. No quería volver a ver a aquel hombre. Lo dos sabían que lo que había pasado estaba mal… muy mal, tan mal que era pecado, que era un delito.

Chris caminó despacio hacia su casa, habiendo perdido su virginidad. Barbara le preguntó dónde había estado.

– En casa de una amiga -dijo ella.

Richard sabía que sus arrebatos violentos estaban mal, y se odiaba a sí mismo por tenerlos. Sabía que no debía ser violento con Barbara, pero no podía controlar sus cambios de humor. Era como si estallara una bomba dentro de él. Richard decidió alquilar una oficina, un lugar donde poder meterse cuando estuviera de buen humor, un lugar donde pudiera prepararse para los golpes, tranquilizarse después de haber dado un golpe. Había llegado a comprender que no debía estar con su familia en momentos como aquellos. No era justo para con ellas. También sabía que era francamente peligroso.

Richard oyó decir a Argrila, el productor de pornografía, que había despachos disponibles en un edificio comercial de Spring, cerca de Lafayette, ideal para lo que tenía pensado él, y estaba en la ciudad. Richard solía ir a la ciudad por cuestiones de negocios, y aquella oficina pequeña le haría un buen servicio. La alquiló, y compró algunos muebles de oficina, una cama, un escritorio grande, una caja fuerte, un frigorífico. Hizo instalar teléfonos y, de pronto, Richard Kuklinski tenía una oficina, un lugar desde el que podía dirigir sus negocios, sus tratos criminales, sus contratos de asesinato. En la caja fuerte guardaba muchas armas, granadas de mano, esposas y parte de su creciente colección de venenos.

A partir de entonces, cuando sabía que tenía que hacer un encargo a primera hora de la mañana, un contrato que tenía que realizarse en la ciudad, dormía en la oficina, en su puesto de mando, como lo consideraba. Había hasta baño con ducha. No dijo nada de la oficina a Barbara. Le decía muy pocas cosas.

A Richard se le presentó otro trabajo, matar a un soldado de la familia Genovese. Tomaba drogas; cometía errores; comprometía a la familia. Tenía que desaparecer. Richard sabía que el hombre, Henry Marino, era cocainómano, y decidió aprovechar esta circunstancia para matarlo. Richard compró unos gramos de cocaína pura y la extendió cuidadosamente sobre un espejo en su nuevo despacho. Richard no tomaba cocaína ni ninguna otra droga. Pero entendía de drogas, conocía sus aplicaciones y sus efectos. Después de picar la cocaína con una hoja de afeitar, se puso unos guantes de plástico blancos y mezcló con la cocaína el cianuro suficiente para matar a un hombre. Hecho esto, guardó la cocaína en un frasco y, al rato, ya estaba en un avión rumbo a Las Vegas. A Richard le había gustado siempre Las Vegas, desde que era joven, y ahora iba allí a hacer un trabajo y se lo pagaría bien. Por lo que a él respectaba, ya lo tenía todo preparado.

Richard sabía que la víctima se alojaba en un hotel de lujo en el Strip. Tomó una habitación en el hotel, bajó al bar hacia las nueve de la noche y se tomó una cerveza. Richard no solía beber casi nunca o nunca cuando estaba haciendo un trabajo; pero sabía que Henry Marino solía recibir a la gente en el bar, alternaba allí con las chicas, y Richard no quería parecer fuera de lugar, quería que pareciera que su encuentro había sido por pura casualidad.

No tuvo que esperar mucho tiempo. Henry Marino entró al poco rato caminando con tranquilidad. Era un hombre alto y delgado, de pelo ralo. Richard lo invitó a una copa antes de que tuviera tiempo de rechazarla. Empezaron a pegar la hebra. Al cabo de un rato, Richard comentó como de pasada que acababa de dar un palo a un traficante colombiano de cocaína y que quería quitarse de encima unos cuantos kilos de cocaína de primera clase.

– ¿Conoces a alguien? -preguntó Richard con algo de misterio. Aquello despertó inmediatamente el interés de Henry.

– ¿Buen material? -preguntó, con el mismo aire de misterio.

– Pura, directamente de Medellín -dijo Richard.

– ¿Sí?

– Sí.

– ¿Qué ha sido de los colombianos?

– Se fueron a hacer compañía a los peces.

– Bien. Podría interesarme a mí… si es verdaderamente buena, y a buen, precio.

– Llevo una muestra encima; ¿quieres probar? -preguntó Richard con aire de inocencia, tendiendo la trampa.

– Claro -dijo Henry.

Richard le pasó discretamente el frasco. Henry sonrió, le guiñó un ojo y se dirigió al baño, caminando esta vez con prisa y decisión. Richard pagó las copas y se marchó.

A Henry Marino lo encontraron muerto en el baño con un frasco de cocaína en el suelo, y su fallecimiento se atribuyó a un ataque al corazón y no a un homicidio.

Aquella misma noche, Richard salió a jugar. Empezaba a jugar de nuevo grandes cantidades de dinero. Tenía dinero, ganaba mucho… ¿por qué no? razonaba él. Gozaba mucho con la emoción del juego, con el desafío que representaba. Cuanto más alta era la apuesta, más disfrutaba. Ganaba a veces, pero en general solía perder. Su problema, en pocas palabras, era que no sabía cuándo retirarse. De hecho, perdió lodo el dinero que había ganado matando a Henry Marino. Aquella pérdida lo hacía sentirse doblemente mal porque ahora tenía familia, una esposa a la que quería y exigía cosas buenas: que sus hijos fueran a las mejores escuelas privadas; que todo fuera lo mejor de lo mejor, la ropa, los coches, los restaurantes a los que iban, los vinos que bebían. Enfadado consigo mismo por haber perdido cuarenta mil dólares en pocas horas, Richard se volvió a Nueva Jersey con un humor de perros.

A Richard llegó a gustarle de verdad matar con veneno. Ahora utilizaba el veneno siempre que podía. La mayoría de estas muertes se dictaminaban como suicidios o como muertes naturales, principalmente porque Richard ponía un cuidado escrupuloso en las dosis: las justas para matar, pero no tan altas como para que se detectaran fácilmente. Sin embargo, en un caso interesante no fue posible que se dictaminara una muerte natural.

Richard seguía interviniendo en asaltos a camiones y en robos en casas y locales. Estaba dispuesto a hacer prácticamente cualquier cosa para ganar un dólar. Su vida estaba dedicada al crimen, y no había nada que no fuera capaz de hacer, salvo matar a mujeres o a niños. En aquel trabajo concreto participaron seis personas. Un equipo de cuatro ladrones de casas (cinco, contando a Richard) y el tipo de la compañía de seguros que les pasó el aviso, el «infiltrado».

Un rico hombre de negocios que vivía en Montclair, Nueva Jersey, tenía una valiosa colección de monedas y de sellos. Los guardaba en una caja fuerte en su casa. La caja fuerte era alta y estrecha y estaba dentro de un elegante armario empotrado de cedro. El tipo de los seguros sabía lo de los sellos y las monedas porque estaban asegurados por su compañía. Sabía, además, la combinación de la caja fuerte.

Richard conocía a aquellos ladrones de casas desde sus tiempos salvajes de Jersey City. Existía la posibilidad de que el propietario se presentara inesperadamente, y Richard se encargaría de quitárselo de en medio de manera rápida y silenciosa. La banda se reunió en Kansas City. Entraron en la casa sin problema, abrieron la caja fuerte sin incidentes, encontraron las monedas y los sellos y se marcharon sin problemas. El golpe había sido perfecto hasta allí; todo había marchado como un reloj.

Reunidos en casa de un miembro de la banda, Ralphie, el Serpiente, contemplaron su botín, las monedas antiguas, los sellos valiosos. AnIcs habían acordado repartirlo todo en seis partes. Pero se pusieron a discutir entre los seis sobre lo que debía llevarse cada uno. Aquello era precisamente lo que menos gustaba a Richard de trabajar con otros, esas liñas ridiculas, esas mezquindades… esa avaricia.

Richard, perdiendo la paciencia, dijo:

– Eh, mirad, tíos… todo ha ido a la perfección, ha sido una ganga; no vamos a echarlo a perder discutiendo entre nosotros. Habíamos quedado en repartirlo todo en seis partes, ¿no es así? Vamos a ello, entonces.

Pero seguían discutiendo quién se llevaba la mejor parte, cómo se debía hacer el reparto. Richard estaba cada vez más molesto.

Uno de los tipos dijo que tenía hambre; otro dijo que Harry seguía abierto. Harry era un establecimiento pequeño de comidas para llevar de Jersey City, poco más que un tugurio, pero hacían buenos emparedados con una «salsa especial» que tenía fama. Richard dijo generosamente que se encargaría él de ir por unos emparedados; anotó cuidadosamente lo que querían los demás y se puso en camino. Por entonces, Richard había tomado la costumbre de llevar encima un frasco de cianuro, sobre todo cuando salía a hacer un encargo. Lo llevaba encima en esos momentos. Como contó hace poco:

Así que la idea me vino a la cabeza cuando iba en el coche por los emparedados. O sea, al principio pensaba jugar limpio con aquellos tipos, pero después… después me dio por pensar que no son más que una pandilla de codiciosos, y que el reparto iba a ser de solo una parte: de mi parte. Yo les iba a enseñar lo que es la codicia de verdad.

Richard pidió tranquilamente los emparedados, unos refrescos y café.

Después de salir de la tienda, tranquilo y a solas en su coche, separó su emparedado y se puso unos guantes de plástico (llevaba siempre en el coche una caja tamaño gigante de guantes de plástico), abrió cada uno de los otros cuatro emparedados y, con sumo cuidado, los espolvoreó de cianuro de tal manera que la persona que se comiera el emparedado recibiría la dosis completa. Cada dosis venía a equivaler a la cantidad de sal que viene en cada sobrecito del McDonald's. Volvió a guardar los emparedados en la bolsa, dejando el suyo encima de los demás; se quitó los guantes y volvió a la casa para reunirse de nuevo con la banda, que seguía discutiendo. Richard sacó su emparedado, comentó que estaba muerto de hambre, se retiró a un rincón y se puso a comer con delectación; tenía hambre de verdad, y mientras comía vio cómo se comían los demás los deliciosos emparedados del Harry con salsa especial, sin dejar de reñir. El veneno surtió efecto a los pocos minutos. Súbitamente, todos se quedaron paralizados en el sitio, con los ojos desencajados, babeando por las bocas relajadas de pronto, abiertas como si se les hubieran salido las mandíbulas. Richard los observaba cuidadosamente mientras se comía su emparedado; se levantó y los contempló de cerca, estudiando los efectos del veneno como si fuera un científico que observara a unos monos en un laboratorio. Uno intentó ponerse de pie, pero era imposible. Habían perdido el movimiento motriz. Richard guardó cuidadosamente en la bolsa todo lo que quedaba de los emparedados, los refrescos y el café. Limpió después todas sus huellas dactilares, trabajando despacio y con método. Cuando se dio por satisfecho, tomó el botín y la bolsa de los restos y se marchó, cerrando la puerta con delicadeza.

Al día siguiente fue a verse con el perito de seguros que les había dado el soplo de aquel trabajo. Se reunieron en un bar de Teaneck, lleno de público. Cuando el tipo de los seguros no miraba, Richard le echó en la bebida un lingotazo, como lo llama él. El hombre cayó al suelo a los pocos minutos: un nuevo ataque al corazón en un bar de Nueva Jersey, qué desgracia. Un nuevo asesinato que no se relacionó con Richard Kuklinski.

Richard acabó vendiendo lo robado a un perista de Hoboken que conocía. Ganó en total cuatrocientos mil dólares. Guardó el dinero en una de las dos cajas de seguridad que tenía alquiladas en sendos bancos de Nueva Jersey.

Pero la mayor parte de ese dinero se esfumó al poco tiempo; Richard lo perdió en el juego. Por lo que a él respectaba, el dinero era fácil de ganar y fácil de gastar.

Si Barbara se hubiera enterado de que estaba derrochando de esa manera tales cantidades de dinero, se habría puesto como una fiera. El no le habló nunca de ello, ni de las cajas de seguridad que tenía. Eran secretos suyos, como una buena parte de la vida de Richard fuera de su casa, eran un secreto suyo. Eran asunto suyo.

Aquel domingo, Richard veía un documental sobre los animales salvajes, que eran de sus programas favoritos. A Richard le gustaban los animales mucho más que las personas. Cuando vio cómo inmovilizaban a un león macho adulto utilizando un rifle de dardos tranquilizantes, se le ocurrió una idea. ¿Por qué no usar un rifle como ese con los seres humanos?, pensó. Razonó que sería un medio ideal para apoderarse de una persona que debía morir. El domingo por la mañana, Richard fue a ver a su amigo Phil Solimene y le preguntó si podría conseguirle un rifle de dardos tranquilizantes, con los dardos y el tranquilizante.

– Claro, preguntaré por ahí -dijo Solimene; y al cabo de dos días Richard ya tenía el rifle, treinta y cinco dardos, y tranquilizante suficiente para dejar dormido a un equipo entero de fútbol americano.

37

El heladero

Richard recibió el contrato de matar a otro tipo de la Mafia. En esa ocasión, el contrato provenía de la célebre familia De Cavalcante, de Nueva Jersey. El encargo era con tortura. La víctima tenía que sufrir terriblemente; así estaba estipulado en el encargo.

Este encargo resultaba especialmente difícil porque el hombre en cuestión sabía que estaba condenado a muerte y se movía con unas precauciones paranoicas, con la desconfianza de un gato doméstico que tiene que sortear a un perro callejero enloquecido. La victima solía cambiar de sentido sin motivo cuando iba en su coche, o se detenía para que lo adelantaran los demás coches. Richard pasó once días siguiéndolo sin encontrar la oportunidad que buscaba. Después descubrió que el hombre se reunía en un hotel de la familia Marriott con una mujer, que debía de ser enfermera o esteticista porque llevaba uniforme blanco. Se pasaban tardes y veladas enteras en una de las habitaciones de lujo. Richard empezó a rondar por el hotel, buscando una buena ocasión para raptar a la víctima, esperando el momento oportuno.

Richard se topó por primera vez con aquel tipo en el ascensor, bajando del piso donde el hombre tenía su encuentro amoroso. Era un hombre pequeño, de pelo negro y ojos huidizos, boca de labios delgados y malignos y cejas espesas. A Richard le pareció claro que aquel tipo andaba metido en malos pasos. Se saludaron con sendas sonrisas. Richard sabía que el tipo era del hampa. Se abrió la puerta del ascensor y cada uno se fue por su camino. A las pocas horas, Richard fue a los servicios del hotel (había tomado allí una habitación) y, cuando estaba de pie ante un urinario, entró el tipo de ojos huidizos y se puso a usar el urinario contiguo. Richard pensó que aquel tipo lo andaba acechando y se dispuso a sacar la pistola, a luchar, a matarlo allí mismo.

– ¿Cómo le va? -preguntó Richard, mirándolo desde su altura mayor, con una sonrisa tensa.

– Ah, bien.

– Ya hemos coincidido antes.

– Ya lo sé.

– ¿Me está siguiendo? -preguntó Richard al hombre, volviéndose hacia él.

– No, ¿y usted a mí? -le preguntó el tipo.

– No. Estoy haciendo un trabajo, eso es todo. Usted no tiene nada que ver.

– Lo mismo hago yo.

– ¿Está seguro de que su asunto no tiene nada que ver conmigo?

– Segurísimo. ¿Y el suyo conmigo?

– De ninguna manera.

Los dos se miraron fijamente.

– De acuerdo.

– De acuerdo.

Los dos terminaron de orinar y se lavaron las manos. Richard tendió su mano a aquel tipo y se saludaron con un apretón de manos.

– De acuerdo -dijo-. Buena suerte.

– Lo mismo le deseo -dijo el otro, y se separaron.

Richard tenía la extraña capacidad de detectar inmediatamente a otros asesinos a sueldo. Conocía a fondo sus movimientos, su aspecto, sus ojos, sus gestos, y era capaz de detectar a otro asesino a un kilómetro, con un ojo cerrado y sin dudarlo; y estaba seguro de que aquel tipo pequeño estaba acechando a alguien para matarlo. Hasta llegó a ponerse en contacto con la gente que le había dado aquel encargo para preguntar si se lo habían encargado también a alguien más. Le aseguraron que no.

Hum.

Varios días más tarde, Richard estaba sentado en su furgoneta (por entonces solía usar sobre todo la furgoneta para acechar a las víctimas). Llevaba el rifle para dardos y cuatro dardos cargados de tranquilizante para animales. Si la víctima era fiel a sus costumbres, no tardaría en presentarse en el hotel. Richard pensaba apoderarse de él en el mismo aparcamiento, si las circunstancias lo permitían. Aquel día hacía calor. Richard tenía sed. Ya se había bebido los refrescos que había traído de su casa, y se había comido un emparedado de pavo con pan de centeno que le había preparado Barbara. Oyó la conocida musiquilla con la que anuncian su llegada las furgonetas de venta de helados y refrescos de la marca Mister Softee. Vio por el retrovisor que la furgoneta blanca venía despacio hacia él. Se bajó de su furgoneta e hizo señas al heladero, con la ancha frente llena de sudor. Se acercó al mostrador y se quedó atónito al ver que en la furgoneta de helados de Mister Softee iba el tipo del cuarto de baño.

– Otra vez usted -dijo Richard, divertido, aunque desconfiado y en guardia.

– Otra vez usted -dijo el tipo.

– ¿A qué se dedica? -le preguntó Richard.

– Me dedico a esto. Soy el heladero de Mister Softee. Utilizo la furgoneta para hacer, ya sabe, vigilancia; para seguir a la gente -dijo.

– ¿De verdad? ¡Muy listo, joder! -dijo Richard, impresionado, admirado de la originalidad de la idea. ¿Quién iba a sospechar de un heladero de Mister Softee? Genial.

– ¿Sigue trabajando? -le preguntó aquel heladero.

– Así es.

– ¿Quería alguna cosa?

– Sí, ¿me da una coca-cola?

– Claro -dijo el otro, y dio al Richard un bote frío de coca-cola. Richard hizo ademán de pagar.

– Es por cuenta de la casa.

– Esto me gusta -dijo Richard-. Gran idea. Esto sí que es camuflarse.

– Me llamo Robert, Robert Pronge -dijo el hombre, tendiéndole la mano.

– ¿Cómo te va? Yo soy Richard -respondió este; y se dieron la mano de nuevo.

– Es curioso cómo nos topamos el uno con el otro -dijo Richard.

– Yo guardo la furgoneta en un garaje aquí cerca. Así que, ¿estás haciendo un trabajo?

– Sí. El tipo es muy difícil de alcanzar.

– ¿Va en coche?

– Sí.

– Pues usa el coche…

– No puede ser así… el encargo tiene requisitos especiales.

– Entendido. Mira, si te puedes pasar por el garaje, te enseñaré unas cosas interesantes.

Voy ahora mismo. Te sigo -dijo Richard, y se subió a su furgoneta y, lleno de curiosidad, aunque en guardia, siguió a Pronge hasta un garaje de un barrio tranquilo de North Bergen.

Pronge dejó la furgoneta en el garaje y abrió un armario gris destartalado que estaba en un rincón del fondo del mismo garaje. Estaba lleno de armas: rifles, pistolas, granadas de mano, cajas de munición. Richard se quedó impresionado. No había oído hablar nunca de un heladero que se dedicara a matar gente. ¿Qué mejor disfraz que aquel? El hombre enseñó a Richard una granada de mano que tenía preparada para detonarla por control remoto. Resultaba que Robert Pronge también era asesino a sueldo.

– Lo que hago -le explicó Pronge- es poner la granada bajo el asiento del conductor del coche, y detonarla en el momento oportuno. El mando a distancia un radio de acción de unas dos manzanas.

– Muy listo -dijo Richard. Vio allí una botella de veneno.

– Veo que utilizas veneno.

– Desde luego. Lo uso siempre que es posible. He preparado un espray, pero hay que tener mucho cuidado con el viento al usarlo.

– ¿Cómo que un espray?

– He mezclado cianuro con DMSO [dimetil sulfóxido, un disolvente que se absorbe fácilmente por la piel] y lo he metido aquí explicó, enseñando a Richard un bote de espray blanco muy resistente.

– ¿Funciona?

– Desde luego que sí, joder. Mira esto -dijo el otro, claramente orgulloso de su invento.

Había por ahí un gato callejero rondando por los botes de basura. Pronge se acercó al gato haciendo como que le iba a dar algo de comer. Cuando estuvo lo bastante cerca, comprobó la dirección del viento, contuvo la respiración, echó espray al gato en la cara y retrocedió rápidamente. El gato cayó inmediatamente, moribundo.

– ¡Increíble, joder! -dijo Richard-. No sabía que existiera una cosa así. ¿Funciona con un ser humano?

– Desde luego que sí, coño -dijo Pronge. Y los dos se pusieron a compartir anécdotas y experiencias sobre cómo mataban a la gente. Que Richard Kuklinski y Robert Pronge se hubieran conocido era una coincidencia entre un millón. Aquello parecía una especie de plan diabólico en el que hubiera intervenido Satanás.

Robert Pronge había sido militar de Operaciones Especiales. Tenía una pasión en la vida: matar a gente. Tenía treinta y seis años. Era un tipo con una mente extremadamente diabólica; un hombre aparentemente normal que llevaba una furgoneta de helados, pero que en realidad era un psicópata desequilibrado. Richard diría más tarde de él: Los dos hombres más peligrosos que he conocido en mi vida eran Roy DeMeo y Mob Pronge. Pronge estaba completamente loco. Roy, al menos, tenía alguna apariencia de normalidad; pero Pronge estaba ido, ido… era increíblemente peligroso. Mucho más peligroso que Roy.

Robert Pronge era un asesino obseso. Odiaba al mundo, a todos sus habitantes, y casi todas las horas que pasaba despierto las dedicaba a diseñar maneras nuevas y originales de asesinar a la gente. Tenía en su garaje montones de revistas sobre Operaciones Especiales y sobre supervivencia; cajas de libros sobre cómo matar a la gente… sobre el empleo de los explosi vos, los venenos, las trampas, las pistolas, los rifles de visión nocturna.

Pronge, como Richard, llevaba a cabo contratos para la Mafia, y los dos se entendieron como si fueran parientes que llevaran mucho tiempo sin verse. A Richard le cayó bien Pronge enseguida, y a este le cayó bien Richard. Después de pasar algún rato intercambiando experiencias, Richard dijo que tenía que volver al trabajo, y se marchó después de haber quedado en volver a verse pronto con Pronge.

La tarde siguiente, Richard consiguió aparcar su furgoneta cerca del Lincoln de la víctima. Tenía a mano el rifle con dardos tranquilizantes. Había practicado con el rifle y estaba seguro de dar en el blanco a poca distancia. Algo después de la medianoche, la víctima salió del hotel y se dirigió a su coche. Cuando llegaba al vehículo, Richard le disparó el dardo, que se le clavó en la nalga izquierda. El hombre, sobresaltado, se volvió, buscó su arma, pero no llegó a alcanzarla. Cayó redondo. Richard lo recogió, lo echó a la furgoneta, le esposó las manos y los pies, lo amordazó con cinta adhesiva y partió camino de las cuevas del condado de Bucks, en Pensilvania.

El encargo exigía tortura, y Richard iba a echar al hombre a las ratas. Le agradaba mucho el buen resultado que había dado el rifle tranquilizante y se propuso volver a usarlo. Cuando llegó al condado de Bucks eran casi las cuatro de la madrugada. Richard detuvo la furgoneta, sacó a la víctima, le liberó los pies y lo llevó hasta la cueva. El tipo ya estaba histérico, lloraba como un niño, pero como estaba amordazado no podía emitir más que gruñidos y suspiros. Richard no quería oír nada de lo que pudiera decirle. Ya lo había oído todo otras veces y no quería volver a oírlo.

Richard cuenta que aquello no le producía ninguna emoción especial. Dice que se trataba de un trabajo, nada más. En la cueva, alumbrándose con una linterna potente, Richard obligó a la víctima a echarse y volvió a esposarle los tobillos. Hizo unos cortes al hombre en los brazos para que sangrara. Sabía que la sangre atraería rápidamente a las ratas. Richard instaló la cámara y el foco y se marchó.

Cuando Richard regresó, dos días más tarde, la víctima había desaparecido por completo. Solo había quedado una mancha en el suelo donde había estado.

Richard recogió la cámara, y aquella noche vio el vídeo en su puesto de mando de la calle Spring; y, en efecto, allí estaba grabado todo otra vez: cómo empezaban a aproximarse las ratas, cómo empezaban a morder a la víctima con precaución, cómo la cubrían por completo al poco rato. Richard se llevó el vídeo a Hoboken y se lo enseñó al capitán de la familia De Cavalcante que le había encomendado el trabajo. Le encantó. Aplaudía, daba palmaditas en la espalda a Richard.

– ¡Eres el mejor, joder! -exclamó; y pagó encantado a Richard cuarenta mil dólares.

Después de un nuevo encargo bien cumplido, de dejar satisfecho a un nuevo cliente, Richard se dirigió a su casa, mirando por el retrovisor, apartándose de pronto de la carretera para asegurarse de que no lo seguían. A Richard le gustaban las canciones antiguas, además de la música country, y se puso a escuchar Blue Moon. Dice ahora que esas canciones antiguas lo relajaban.

Richard sabía dentro de sí que aquello no podía durar eternamente; que si no dejaba aquello tendría problemas, tarde o temprano. No se preocupaba por sí mismo, sino por su familia, por sus hijos. Si salían a la luz sus actividades, sería un golpe terrible para ellos. Sacudía la cabeza al pensar en la vergüenza y la humillación que tendrían que sufrir si él quedaba al descubierto. Esta idea lo conmovía hasta lo más hondo de su corazón. Tomó la resolución de ganar el dinero suficiente para retirarse y después dejar aquella vida e ir por el buen camino.

Todavía soñaba despierto con tener una casa en la playa, en el sur de California. Se lo había dicho a Barbara muchas veces, pero ella no quería marcharse de Nueva Jersey. Le gustaba Nueva Jersey. Ella había nacido y se había criado allí; allí vivía la mayor parte de su familia; allí estudiaban sus hijos y tenían allí a sus amigos.

– No me voy a ir a vivir a California. Olvídate de eso -decía ella, con tono decisivo y tajante. Pero Richard seguía albergando aquella esperanza… aquel sueño.

Lo que quería hacer era dejar atrás todo aquello, irme a Los Angeles para no dedicarme más que a la pornografía (allí es un negocio grande); pero Barbara no quería, y no había más que hablar. Barbara tomaba todas las decisiones en esos asuntos… sobre la familia y demás.

El hijo de Richard y Barbara, Dwayne, era un chico verdaderamente superdotado. Siempre era el primero de su clase, y eso que iba al prestigioso colegio del Sagrado Corazón/Elizabeth Marrow. Dwayne se había convertido en un niño de pelo negro intenso, con ojos de curiosidad, de una inteligencia impropia de su edad. No parecían los ojos de un niño, sino los de un hombre maduro que ya había visto algo de mundo.

Barbara, Chris y Merrick seguían haciendo todo lo que podían por proteger a Dwayne de los furores y los arrebatos de Richard. Lo enviaban a pasar casi todos los fines de semana con la madre de Barbara. Richard intentaba controlarse algo más cuando estaba delante Dwayne. Parecía como si supiera instintivamente que si Dwayne lo veía tratar con violencia a Barbara, como lo veían las niñas, tarde o temprano Dwayne acabaría atacándolo, y él tendría que hacer daño a su hijo.

Dwayne era timidísimo con las personas que no conocía; pero era abierto y sociable con la gente que ya conocía. Tenía una curiosidad inagotable; seguía leyendo constantemente y era un niño educado y que se portaba muy bien, del que estaría orgulloso cualquier padre. Barbara y las chicas creían que habían protegido bien a Dwayne de Richard, y que este había sufrido pocos daños o ninguno en su desarrollo, en su manera de ver el mundo y de concebir la vida, en su psique.

Pero la verdad era que Dwayne sabía lo que pasaba. Era una personilla muy penetrante. Veía las señales en el cuerpo de su madre, los ojos morados y las contusiones, los muebles rotos, y sabía bien que su padre era responsable de ello.

Ese niño tan listo y curioso aceptaba al principio lo que veía, creyendo que esas cosas eran normales. Pero Dwayne no tardó mucho tiempo en hacerse cargo de la realidad de los actos de su padre, y aquello lo enfureció terriblemente. Dwayne quería mucho a su madre y a sus hermanas, y pensar que su padre hacía daño a su madre, que aterrorizaba a sus hermanas, le helaba el alma y lo llenaba de ira. Dwayne empezó a planear el modo de defenderse de su padre, lo que haría si Richard pretendía hacerle daño o incluso matarlo. Empezó a dejar en lugares estratégicos de su cuarto cuchillos y espadas que le había regalado Richard. Cuando Richard dio a Dwayne una pistola de aire comprimido, Dwayne se puso a trazar el modo de utilizarla para dejar ciego a su padre. Si dejaba ciego a su padre como había hecho Ulises con el cíclope, Dwayne podría defenderse de él, sin duda, acabar con él si hacía falta. Richard regaló a Dwayne un arco con flechas, y Dwayne lo sumó a su arsenal. Practicó con el arco para ser capaz de dar a su padre si era preciso.

Barbara estaba orgullosa de Dwayne con efusión y vehemencia, y no perdía ocasión de decir a Richard lo listo que era su hijo, dando a entender que Richard no llegaba a su hijo ni a la altura de los talones. Esto, naturalmente, suscitaba el resentimiento de Richard contra Dwayne, y a veces, cuando estaba enfadado, miraba fijamente a su hijo con un brillo terrible en los ojos. De hecho, en cierta ocasión, cuando acaban de cenar, Richard agarró a Barbara, la maltrató delante de Dwayne, y el chico se levantó inmediatamente y se interpuso entre Richard y Barbara.

Pareció por un momento que Richard iba a pegarle, pero se apartó, diciendo:

– Ya sabía yo que llegaría este momento.

– No… no hagas eso -advirtió Barbara a Dwayne-. ¡No lo hagas nunca!

El chico no respondió; pero, pasara lo que pasara, no estaba dispuesto a permitir que Richard hiciera daño a su madre. Así se iba forjando una tragedia terrible, con consecuencias dignas de un drama de Shakespeare.

En poco tiempo, Richard y Robert Pronge se hicieron… amigos. Cuanto más sabía Richard de Pronge, más lo apreciaba… al principio. Además, Richard había estado buscando un garaje que pudiera alquilar en algún lugar discreto; le hacía falta un lugar donde guardar artículos robados, y donde matar a alguien de vez en cuando; y acabó alquilando un garaje cerca de aquel donde guardaba Pronge su furgoneta.

Pronge dijo a Richard que tenía un trabajo pendiente en Connecticut, e invitó a Richard a acompañarlo. Pronge quería mostrar a Richard

el buen resultado que daba el espray de cianuro. Le explicó que era un invento desarrollado personalmente por él, y saltaba a la vista que estaba muy orgulloso de ello.

La víctima vivía en una bonita casa de piedra, en una calle tranquila. Salía a trabajar a una misma hora todos los días y volvía a su casa a una misma hora todas las noches. Una pauta de este tipo facilitaba bastante el trabajo de un asesino a sueldo. Pronge aparcó a unos treinta metros de la casa de la víctima. Richard y él se quedaron allí sentados, esperando a que la víctima regresara a su casa. Pronge comentó que no había viento.

– Esto no se puede usar nunca con viento… no lo olvides.

Cuando la víctima apareció con su coche por la esquina, Pronge se puso unos guantes y salió del coche con decisión, diciendo:

– Ahora vuelvo.

Cuando la víctima aparcó, Pronge había llegado casi a su coche. La víctima abrió la puerta del coche y se bajó, y en ese mismo momento Pronge le aplicó el espray a la cara. Pronge se volvió tranquilamente hacia su coche. No había dado diez pasos cuando la víctima cayó al suelo. No tardó en morir.

Richard se quedó maravillado e impresionado, cosa rara en él. Pronge llegó al coche y se pusieron en camino.

– Caray -dijo Richard-. Entonces, ¿está muerto?

– Ahora ya lo está.

– Bonito. Muy bonito. Me gusta.

– Pero no se debe usar nunca con viento si se está al aire libre.

– Claro -dijo Richard, sintiendo gran simpatía hacia aquel nuevo amigo, Robert Pronge. Este, antes de salir, había puesto sobre las matrículas de su coche otras, sujetas con imanes. Retiró entonces las matrículas falsas.

Richard quiso tener un espray de cianuro como aquel, y cuando llegaron otra vez al garaje donde Pronge guardaba su furgoneta de helados de Mister Softee, enseñó a Richard a preparar la mezcla y a meterla en la botella especial de espray que tenía. Richard no veía el momento de usarlo; era como un niño con un juguete nuevo.

Pero el encargo siguiente que le llegó no podría servirse de aquel instrumento de muerte único. Era un encargo que habría que hacer a la manera tradicional, con armas de fuego y balas a quemarropa. Sería el asesinato por encargo más importante que había llevado a cabo Richard hasta la fecha: matar al jefe de una familia de la Mafia. Todo un hito en su carrera sangrienta.

38

El restaurante de Joe y Mary

La familia Gambino intervino en el asesinato del célebre Carmine Galante tras una historia larga y complicada, llena de peripecias, de traiciones y de personajes pintorescos.

Carmine Galante era «un mamón duro», en palabras de un jefe rival. Había nacido en Riva del Gotta, en Sicilia. De joven tenía el pelo negro, espeso y ondulado, y ojos oscuros y negros de depredador. Galante ascendió por el escalafón de la Mafia por las malas, rompiendo cabezas y matando a gente alegremente por el camino. Había empezado a relacionarse con la Mafia tratándose con Vito Genovese, quien, según creen muchos, inspiró a Mario Puzo su personaje inmortal, don Vito Corleone.

El joven Galante había sido asesino a sueldo de Genovese. Cuando alguien tenía que morir, Genovese enviaba a Galante. Genovese era un fascista convencido, admirador ardiente de Benito Mussolini, y mandó a Galante que matara a un periodista italiano, Carlo Tresca, que escribía en Il Progresso y criticaba abiertamente a Mussolini. Galante le pegó cuatro tiros, dos en la cabeza y dos en el pecho.

Pero, con el tiempo, Galante ingresó en la familia Bonanno del crimen organizado, y no en la de Genovese. Joe Bonanno era un hombre mucho menos inestable y violento que Genovese, pero también se servía de Galante para que llevara a cabo asesinatos cuando era necesario. A principios de la década de los cincuenta, Joe Bonanno envió a Galante a Montreal. Aunque Bonanno condenaba abiertamente el tráfico de drogas, puso a Galante al frente de los negocios de la familia Bonanno en Montreal (extorsión, usura…), y Galante hizo de Montreal (con el beneplácito tácito de Bonanno) el puerto principal de llegada a Norteamérica de la heroína procedente de Marsella, fomentando y potenciando la llamada French Connection. Así fue ascendiendo Galante en la familia Bonanno, y en 1962 ya era jefe de la familia. Galante se creía por encima de la ley, de manera muy semejante a Roy DeMeo; pero tuvo tropiezos con la justicia, lo detuvieron en Brooklyn por tráfico de drogas y lo mandaron a la sombra veinte años. Cuando estaba en la cárcel, un psiquiatra dictaminó que Galante era un psicópata (menudo descubrimiento), y, desde la cárcel, Galante preparó y planificó su ascensión hasta el puesto más alto de La Cosa Nostra: capi crimini/capo di tutti capi, el jefe de todos los jefes.

En la cárcel, Galante, que era duro como las piedras, provocaba a los presos negros corpulentos, se ponía por delante de ellos en la cola de la comida diciéndoles: «Quítate de en medio, puto negro». Desde allí hizo saber abiertamente que pensaba tomar el mando de la familia Bonanno, que pensaba hacerse capo di tutti capi. Por entonces, Carlo Gambino era el jefe de todos los jefes, y Galante solía decir a todos los que le prestaban atención que pensaba quitarse de en medio a Gambino, que Gambino tenía miedo hasta de su sombra, que Carlo Gambino era «un gilipollas sin carácter».

Nadie esperaba con ilusión la puesta en libertad de Galante, y menos que nadie su propia familia del crimen organizado; pero el caso fue que salió de la cárcel en otoño de 1974, tras doce años de reclusión. Jamás declaró en contra de nadie. Jamás había intentado llegar a un trato con la justicia. Tuvo la boca cerrada y aguantó su condena. Nada que ver con los mafiosos de hoy en día.

Ahora Galante se estaba quedando calvo, llevaba grandes gafas de sol negras de plástico; tenía un gesto constante de desagrado en la cara severa, como si se hubiera pasado todos los años de reclusión chupando limones. Amargado, iracundo y muy peligroso, Carmine Galante consiguió en poco tiempo tomar el mando de la familia Bonanno. Por entonces, Joe Bonanno estaba prácticamente retirado y vivía en Tucson, y Galante consiguió arrebatar el liderazgo de la familia a Rusty Rastelli.

Galante puso a trabajar inmediatamente a la familia en la distribución de heroína. Él creía que era allí donde había más dinero, y concentró allí los recursos, la energía y la fuerza de la familia. Aquello fue el principio del fin: Galante estaba llevando a la familia a la ruina sin darse cuenta. También empezó a ordenar los asesinatos de otros miembros de la Mafia que, según le parecía a él, le hacían la competencia en sus intereses. Hizo matar en un año a nueve miembros de la familia Genovese (todos ellos «hombres hechos») que traficaban con drogas. A todos los que veían aquello les parecía dolorosamente claro que Carmine Galante seguiría matando hasta que llegase a dominar y controlar el lucrativo tráfico de drogas y toda la Mafia de América. Era cierto que su familia y él ganaban dinero a espuertas, pero también estaba escribiendo su propia sentencia de muerte.

Galante estaba tan descontrolado, tan codicioso, tan violento, que los jefes de las otras cuatro familias, junto con el poderoso jefe de Nueva Orleans, Santo Trafficante, mantuvieron una reunión secreta en Boca Ratón, en Florida, y llegaron a la conclusión de que Galante tenía que desaparecer, o acabaría por destruir él solo toda la Cosa Nostra.

Así, con la aprobación de toda la comisión, se aprobó el encargo de matar a Galante. Era un ocasión histórica, la primera vez que una comisión plenaria ordenaba la muerte del jefe de una familia. Era el verano de 1979.

Se establecieron contactos con los capitanes de la familia Bonanno y con la gente de confianza de Galante y se les informó de lo que iba a pasar, y ellos accedieron a no hacer nada. En realidad, no les quedaba otra opción. Hasta estuvieron dispuestos a colaborar con el golpe.

Se decidió que participarían hombres de varias familias. Se habló con los ejecutores de la familia Genovese. Paul Castellano había comprometido a la familia Gambino y envió a Nino Gaggi a que hablara con Roy DeMeo, y Gaggi contó a DeMeo lo que se estaba cociendo. DeMeo propuso inmediatamente a su asesino número uno para que se hiciera cargo del trabajo.

– Es el mejor que tenemos, con diferencia, y nadie sospechará de él. No es uno de los nuestros. No figura en el mapa. O sea, podemos plantarlo ahí mismo, al lado mismo de Galante.

Nino accedió y se lo dijo a Paul Castellano, y este asintió, dio luz verde como suele decirse, y la cosa quedó acordada.

DeMeo llamó en seguida a Richard. Se reunieron cerca del puente Tappan Zee, y DeMeo contó a Richard que querían que abatiera al jefe de una familia: había que matar a Carmine Galante.

– Tiene que morir -dijo DeMeo.

– Sin problema -dijo Richard. El sabía muy bien quién era Galante, lo consideraba un matón y un fanfarrón, y tendría mucho gusto en quitarlo de la circulación-. Será un placer.

– El propio Paul dio el visto bueno para que lo hicieras tú.

– Es un honor, de verdad.

– Esto será muy importante para ti, Grandullón. Te deberán mucho después de esto.

– Ya he dicho que será un placer -dijo Richard. Galante era bien conocido como matón, y Richard se dedicaba a matar matones desde el día que mató a Charley Lañe, de chico. Odiaba a los matones; disfrutaba de verdad matándolos. También sabía que aquel trabajo lo pondría en buena situación ante las familias, que era un golpe aprobado por la comisión misma. Para Richard, se trataba del encargo más importante de su vida, de un hito en su carrera de homicida.

Era a finales de junio. La maquinaria del asesinato de Carmine Galante estaba bien engrasada y avanzaba inexorablemente. Pero Galante no era hombre fácil de quitar de en medio. Era astuto y muy peligroso, y sabía que mucha gente quería su muerte. También él era as