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La Librería

Penelope Fitgerald

Novela finalista del Booker Prize, La librería es una delicada aventura tragicómica, una obra maestra de la entomología librera. Florence Green vive en un minúsculo pueblo costero de Suffolk que en 1959 está literalmente apartado del mundo, y que se caracteriza justamente por «lo que no tiene». Florence decide abrir una pequeña librería, que será la primera del pueblo. Adquiere así un edificio que lleva años abandonado, comido por la humedad y que incluso tiene su propio y caprichoso poltergeist. Pero pronto se topará con la resistencia muda de las fuerzas vivas del pueblo que, de un modo cortés pero implacable, empezarán a acorralarla. Florence se verá obligada entonces a contratar como ayudante a una niña de diez años, de hecho la única que no sueña con sabotear su negocio. Cuando alguien le sugiere que ponga a la venta la polémica edición de Olympia Press de Lolita de Nabokov, se desencadena en el pueblo un terremoto sutil pero devastador.

Penelope Fitgerald

La Librería

Título original: The Bookshop

© Penelope Fitzgerald, 1996

A un viejo amigo

1

En 1959, Florence Green pasaba de vez en cuando alguna noche en la que no estaba segura de si había dormido o no. Se debía a la preocupación que tenía sobre si comprar Old House, una pequeña propiedad con su propio cobertizo en primera línea de playa, para abrir la única librería de Hardborough. Probablemente era esa incertidumbre lo que la mantenía despierta. Una vez había visto volar por encima del estuario a una garza que intentaba, mientras estaba en el aire, tragarse una anguila que acababa de pescar. La anguila, a su vez, luchaba por escapar del gaznate de la garza, y se le veía un cuarto, la mitad o, en ocasiones, tres cuartos del cuerpo colgando. La indecisión que expresaban ambas criaturas era lastimosa. Se habían propuesto demasiado. Florence tenía la sensación de que si no había dormido nada -y la gente a menudo dice esto cuando quiere decir algo muy diferente- debía de haber sido por pensar en aquella garza.

Florence tenía buen corazón, aunque eso sirve de bien poco cuando de lo que se trata es de sobrevivir. Durante más de ocho años, a lo largo de media vida, había subsistido en Hardborough con la pequeña cantidad de dinero que su marido le había dejado al morir, y últimamente se había empezado a preguntar si no tendría la obligación de demostrarse a sí misma, y posiblemente a los demás, que ella existía por derecho propio. A menudo se consideraba que lo único que se podía exigir en el frío y claro aire del este de Inglaterra era llegar a sobrevivir. Muerte o curación, pensaban sus vecinos; una vida longeva o el envío inmediato a la tierra salina del cementerio.

Era pequeña de aspecto, delgada y huesuda, un poco insignificante vista desde delante y completamente insignificante por detrás. No se hablaba mucho de ella, ni siquiera en Hardborough, donde los amplios espacios permitían ver a todos los que se acercaban, y donde todo lo que se veía era objeto de comentario. Hacía pocos cambios estacionales en su atuendo. Todo el mundo conocía su abrigo de invierno, que era de esos que quizá estuvieran pensados para durar siempre un año más.

En Hardborough, en 1959, uno no podía tomarse una ración de Fish and Chips, ni había tintorería, ni siquiera cine, excepto un sábado por la noche de cada dos. En cierto modo, se sentía la necesidad de todas estas cosas, pero a nadie se le había ocurrido -y desde luego, nadie pensó que a la señora Green se le hubiera ocurrido tampoco- abrir una librería en el pueblo.

– Lo cierto es que no puedo comprometerme de una forma definitiva en nombre del banco en este momento (la decisión no está en mis manos), pero creo que puedo aventurarme a decir que no habrá ninguna objeción, en principio, para un préstamo. La consigna del gobierno hasta ahora ha sido que se restrinja el crédito a los clientes privados, pero hay señales evidentes de relajación, y no es que yo esté desvelando ningún secreto de Estado. Claro, que tendría poca competencia. O ninguna (alguna novela que otra, que me han dicho que prestan en la tienda de lanas Busy Bee). Nada que merezca destacarse. Y usted me asegura que tiene una experiencia considerable en el ramo.

Mientras se preparaba para explicar por tercera vez lo que quería decir con eso, Florence se vio a sí misma y a su amiga, veinticinco años atrás: dos jóvenes ayudantes en Müller's en la calle Wigmore, con el pelo ondulado al estilo Eugéne [1], y los lápices colgándoles del cuello con una cadena. El inventario era lo que mejor recordaba, cuando el señor Müller, después de pedir silencio, leía con una calma calculada la lista de las jovencitas y sus compañeros, elegidos por sorteo, que se encargarían de la revisión del día. Era 1934 y no había suficientes chicos, pero ella tuvo la suerte de que la emparejaran con Charlie Green, el comprador de poesía.

– Aprendí todo lo que hay que saber sobre el negocio cuando era una niña -dijo-. No creo que lo fundamental haya cambiado mucho desde entonces.

– Pero nunca ha desempeñado un puesto de gestión. Bueno, hay dos o tres cosas que quizá merezca la pena señalar. Digamos que se trata más bien de un consejo.

Había muy pocos negocios en Hardborough, y la idea de tener uno más, igual que la brisa marina que llega tierra adentro, movía ligeramente la pesada atmósfera del banco.

– No me gustaría robarle su tiempo, señor Keble.

– Ah, deje que sea yo quien juzgue eso. Creo que se lo plantearé de esta manera. Cuando se vea a sí misma abriendo una librería, pregúntese cuál es su verdadero objetivo. Ésa es la primera pregunta que uno debe hacerse antes de embarcarse en cualquier tipo de negocio. ¿Espera dar a nuestro pequeño pueblo un servicio necesario? ¿Espera obtener unos beneficios considerables? ¿O quizá, señora Green, va usted un poco a remolque, sin comprender del todo el mundo completamente distinto que los años 1960 pueden tener preparado para nosotros? A menudo pienso que es una pena que no haya unos estudios homologados para el pequeño empresario, o empresaria…

Evidentemente, había estudios homologados para los directores de banco. Inmerso como estaba el señor Keble en una corriente discursiva que dominaba a las mil maravillas, su voz adquirió ritmo, amparada por la experiencia de muchas navegaciones previas. Se explayó entonces sobre la necesidad de llevar la contabilidad de una forma profesional, sobre sistemas de préstamo y pago, sobre posibles descuentos.

– … me gustaría insistir en un punto, señora Green, que lo más probable es que a usted se le haya pasado y que, sin embargo, es muy evidente para quienes estamos en una posición desde la que podemos disfrutar de una perspectiva más amplia. La cuestión es ésta: Si durante un determinado período de tiempo los ingresos no son equiparables a los gastos, se puede predecir con bastante tino que las dificultades monetarias no se harán esperar.

Florence sabía esto desde el día en que recibió su primera paga, cuando a los dieciséis años había empezado a ganarse la vida por sí misma. Contuvo el impulso de responder de forma grosera. ¿Qué había sido de los buenos propósitos que se había hecho mientras cruzaba por el mercado hasta el edificio del banco, cuyos sólidos ladrillos rojos desafiaban la persistencia del viento, de ser prudente y obrar con tacto?

– En cuanto a los fondos, señor Keble, ya sabe que se me ha brindado la oportunidad de comprar prácticamente todo lo que necesito a Müller's, ahora que van a cerrar. -Logró decir esto con seguridad, aunque, en realidad, se había tomado el cierre de Müller's como un ataque personal a sus recuerdos-. No tengo una estimación al respecto todavía. Y, en lo que se refiere a las instalaciones, usted estaba de acuerdo en que 3500 libras era un precio más que justo por Old House y por el cobertizo de ostras.

Para su sorpresa, el director vaciló.

– La propiedad lleva mucho tiempo vacía. Por supuesto que es una cuestión entre su agente inmobiliario y su abogado… Thornton, ¿no? -Esto era una floritura artística, una especie de debilidad, ya que sólo había dos abogados en Hardborough-. Pero yo habría deseado que el precio bajara algo más… La casa seguirá ahí si decide esperar un poco… Ya sabe, el deterioro… La humedad…

– El banco es el único edificio en Hardborough que no tiene humedades -respondió Florence-. Quizá trabajar aquí todo el día le haya hecho a usted demasiado exigente.

– … y he oído hablar de la posibilidad… Creo que puedo decir que se ha mencionado la posibilidad de que la casa se destine a otros menesteres. Aunque, claro, siempre se puede realizar una reventa.

– Naturalmente, mi intención es reducir los gastos al mínimo.

El director se preparó para sonreír de forma comprensiva, pero se ahorró el esfuerzo cuando Florence continuó tajante:

– No tengo la más mínima intención de revender -dijo-. Sé que es un tanto peculiar dar un paso así a mi edad, pero, una vez hecho, no tengo intención de dar marcha atrás. ¿Para qué otras cosas se cree la gente que se puede utilizar Old House? ¿Por qué nadie ha hecho nada al respecto en los últimos siete años? Los grajos han anidado en la casa, se han caído la mitad de las tejas, huele a rata. ¿No es mejor que sea un sitio donde la gente pueda dedicarse a hojear libros?

– ¿Está usted hablando de cultura? -dijo el director, con una voz a medio camino entre la pena y el respeto.

– La cultura es para aficionados. No puedo permitirme llevar una tienda que tenga pérdidas. ¡Shakespeare era un profesional!

Hizo falta menos de lo previsto para que Florence, se alterara, pero, al menos, tenía la suerte de contar con un argumento que le importaba de verdad. El director respondió suavemente que leer requería de una cantidad enorme de tiempo:

– Me gustaría contar con más tiempo para mí. ¿Sabe?, la gente se equivoca acerca de los horarios que tenemos en los bancos. Personalmente, dispongo de muy poco tiempo por las tardes para dedicarme a mis propias aficiones. Pero no me malinterprete. Creo que un buen libro de cabecera tiene un valor incalculable. Cuando por fin puedo retirarme, no hago más que leer unas cuantas páginas y me entra un sueño incontrolable.

Florence calculó que, a ese ritmo, un buen libro le duraría al director más de un año. El precio medio de un libro era de doce chelines y seis peniques. Suspiró.

No conocía bien al señor Keble. De hecho, poca gente en Hardborough le conocía realmente. Aunque la prensa y la radio no parasen de proclamar que eran años de gran prosperidad para Gran Bretaña, en Hardborough casi todos seguían pasando apuros y, si podían, evitaban tener que ver al director. La pesca del arenque había disminuido, la demanda de marineros estaba en uno de sus momentos más bajos y había muchas personas retiradas que vivían de un único ingreso fijo. Personas que no le devolvían la sonrisa al señor Keble, ni el saludo desde la ventanilla bajada a toda velocidad de su Austin Cambridge. Quizá por eso habló tanto rato con Florence, aunque, ciertamente, la conversación estaba resultando muy poco profesional. Es más, en opinión del propio banquero, había llegado a un nivel personal totalmente inaceptable.

Se podía decir que Florence Green, al igual que el señor Keble, era de natural solitaria, pero esto no les hacía personas excepcionales en Hardborough, donde muchos de sus habitantes lo eran también. Los naturalistas locales, el encargado de cortar los juncos, el cartero, el señor Raven, el hombre de los pantanos, iban en bicicleta solos, inclinándose contra el viento, observados por los observadores, que podían saber qué hora era por su aparición sobre el horizonte. Algunos de estos seres solitarios no se dejaban ver siquiera. El señor Brundish, descendiente de una de las familias más antiguas de Suffolk, vivía tan encerrado en su casa como un tejón en su guarida. Cuando salía en verano, con su atuendo de tweed de un color entre verde oscuro y gris, parecía un matojo andante entre los tojos, o tierra entre el aluvión. En otoño se ponía a cubierto. Su mala educación molestaba de la misma forma que lo hace el tiempo, cuando empieza despejado por la mañana, para nublarse después, rompiendo las promesas que parecía traer consigo.

El propio pueblo era una isla entre el mar y el río, que murmuraba y se plegaba sobre sí mismo en cuanto sentía que llegaban los fríos otoñales. Cada cincuenta años o así perdía, como por un descuido o por indiferencia hacia semejantes asuntos, algún medio de transporte. En 1850 el Laze había dejado de ser navegable, y los muelles y los ferrys se habían ido pudriendo hasta desaparecer. El puente colgante se había caído en 1910, y desde entonces había que hacer diez millas más por Saxford para cruzar el río. En 1920 cerró el viejo ferrocarril. Casi ningún niño de Hardborough, todos excelentes nadadores y buceadores, había subido a un tren. Miraban la desierta estación de la LNER [2] con una admiración supersticiosa. En ella, unas placas de acero oxidadas, con anuncios de Fry's Cocoa y Iron Jelloids, colgaban al viento.

Las inundaciones de 1953 llegaron hasta el muro de contención y lo derribaron, de modo que era peligroso cruzar la boca del puerto, excepto cuando la marea estaba muy baja. Un bote de remos era ahora la única forma de cruzar el Laze. El hombre del ferry escribía el horario del día con una tiza en la puerta de su cabaña, pero ésta quedaba en la otra orilla, así que nadie en Harborough podía estar seguro de las horas a las que podrían cruzar.

Después de su entrevista en el banco, y resignada a la idea de que todo el mundo en el pueblo supiera que había estado allí, Florence se dispuso a dar un paseo. Cruzó pisando los tablones de madera que atravesaban los diques, precedida por crujidos y chapoteos de pequeñas criaturas, no sabía de qué tipo, que se lanzaban al agua a su paso. Por encima de su cabeza, las gaviotas y los grajos navegaban seguros de sí mismos sobre las mareas del aire. El viento había cambiado súbitamente y ahora soplaba hacia el interior.

Más allá de los pantanos se divisaba la cima del basurero y luego empezaban los ásperos prados, que no eran ni siquiera lo suficientemente buenos como para que los granjeros los vallaran. Oyó que gritaban su nombre, o más bien lo vio, porque las palabras se las llevó el viento al instante. El hombre de los pantanos le estaba pidiendo que se acercara.

– Buenos días, señor Raven.

Esto tampoco se pudo oír.

Raven hacía las veces, cuando no había otro tipo de ayuda a mano, de veterinario supernumerario. En aquellos momentos estaba en el prado que pertenecía al Consejo, donde cualquiera podía dejar pastar su ganado por cinco chelines a la semana. En el extremo opuesto había un viejo caballo castrado de color castaño, un Suffolk Punch, cuyas orejas se le movían como clavijas sobre la frente en dirección hacia cualquier humano que se adentrara en su territorio. Se había quedado clavado, con las patas tiesas, contra la valla.

Cuando estuvo a unos cinco metros de Raven, Florence entendió que le estaba pidiendo que le prestara la gabardina. Su propia ropa estaba rígida, una capa sobre otra, y no le iba a resultar fácil quitársela rápidamente.

Raven nunca pedía nada a no ser que fuera absolutamente necesario. Aceptó el abrigo con un movimiento de la cabeza y, mientras ella se quedaba de pie intentando abrigarse al socaire del seto de espino, él cruzó tranquilamente el prado hacia la bestia que lo observaba todo con gran ansiedad. El caballo siguió cada uno de los movimientos del hombre con las aletas de la nariz bien abiertas y, satisfecho de que Raven no llevara consigo un ronzal, pareció negarse a intentar entender nada más de lo que allí sucedía. Al final tuvo que decidir si entender o no, y un escalofrío profundo acompañado de un suspiro le atravesó el cuerpo desde la nariz hasta la cola. Entonces dejó la cabeza colgando y Raven le enroscó una de las mangas de la gabardina alrededor del cuello. Con un último gesto de independencia, el caballo volvió la cabeza hacia un lado e hizo como si buscara hierba nueva en una parte húmeda bajo la valla. No había nada, así que siguió al hombre de los pantanos torpemente por el prado, lejos del ganado indiferente, hacia donde estaba Florence.

– ¿Qué le pasa, señor Raven?

– Come, pero no le saca provecho a la hierba. No tiene los dientes afilados, ésa es la razón. Rompe la hierba, pero no la mastica.

– ¿Qué podemos hacer? -preguntó ella con amable disposición.

– Puedo arriesgarme a afilárselos -respondió el hombre de los pantanos.

Sacó un ronzal del bolsillo y le devolvió la gabardina. Ella se puso de cara al viento para poder abotonársela con más facilidad. Raven guió al viejo caballo hacia adelante.

– Ahora, señora Green, si pudiera usted sujetarle la lengua. No se lo pediría a cualquiera, pero sé que usted no se asusta.

– ¿Cómo lo sabe? -preguntó ella.

– Dicen por ahí que está usted a punto de abrir una librería. Eso significa que no le importa enfrentarse a cosas inverosímiles.

Metió el dedo bajo la carne suelta, horriblemente arrugada, por encima de la quijada del animal, y la boca se le abrió gradualmente en un bostezo extravagante. Quedaron expuestos unos imponentes dientes amarillentos. Florence agarró con las dos manos la lengua oscura y resbaladiza, suave por arriba, rugosa por debajo y, como un viejo ballenero, la sujetó de forma que no le cubriera los dientes. Ahora el caballo estaba quieto y sudaba copiosamente, a la espera de que llegara el final de su tormento. Sólo movía las orejas de forma espasmódica en señal de protesta por lo que la vida había permitido que le ocurriera. Raven empezó a raspar con una lima grande las coronas de los dientes de un lado.

– Aguante, señora Green. No se relaje. Es más resbaladiza que un pecado, lo sé.

La lengua se retorcía como si fuera un ser independiente. El caballo fue pateando el suelo con una pezuña detrás de otra, como si quisiera asegurarse de que todavía tenía las cuatro patas plantadas sobre tierra firme.

– No puede dar coces hacia delante, ¿verdad, señor Raven?

– Puede, si quiere.

Recordó que un Suffolk Punch es capaz de hacer cualquier cosa, menos galopar.

– ¿Por qué cree que abrir una librería es inverosímil? -le gritó al viento-. ¿La gente de Hardborough no quiere comprar libros?

– Han perdido el deseo por las cosas raras -dijo Raven mientras seguía limando-. Se venden más arenques ahumados, por ejemplo, que truchas que están medio ahumadas y tienen un sabor más delicado. Y no me diga usted que los libros no constituyen una rareza en sí mismos.

Una vez le soltaron, el caballo dejó escapar un suspiro cavernoso y se quedó mirándoles como si estuviera tremendamente desilusionado. De las profundidades de su noble tripa llegó una nota cínica, que sonó más como una trompeta que como un cuerno, y que fue desapareciendo hasta convertirse en una risita. Salieron nubes de polvo de su cuerpo, igual que de un felpudo cuando se sacude. Luego, abandonando por completo todo el asunto, trotó a una distancia segura y bajó la cabeza para pastar. Al instante vio un trozo muy verde de angélica y empezó a comer como un poseso.

Raven afirmó que el viejo animal no se daría cuenta, pero que sin duda se encontraría mejor a partir de entonces. Florence, honestamente, no podía decir lo propio de sí misma, pero alguien había confiado en ella, y eso no era algo que ocurriera todos los días en Hardborough.

2

La propiedad que Florence había decidido comprar no había recibido su nombre por nada. Aunque prácticamente ninguna casa -menos las de la urbanización de protección oficial a medio construir que se alzaba hacia el noroeste del pueblo- era nueva, y muchas databan de los siglos XVIII y XIX, ninguna se podía comparar con Old House. Sólo Holt House, propiedad del señor Brundish, era más antigua. Construida con tierra, paja, palos y vigas de roble quinientos años atrás, Old House había sobrevivido gracias a un sótano al que se descendía por una escalera de piedra. En 1953 el sótano había aguantado dos metros de agua de mar hasta que bajó el nivel de las últimas inundaciones. Aunque, a decir verdad, todavía quedaba algo de agua.

El interior estaba conformado por una gran habitación en la parte de delante, una cocina en la parte de atrás, y arriba un dormitorio de techo inclinado. No adosado a este edificio, sino dos calles más allá, junto a la playa, estaba el cobertizo de ostras que era parte de la propiedad y que ella esperaba utilizar como almacén para las reservas de libros. Pero resultó que, por una cuestión de comodidad, cuando lo construyeron se había mezclado yeso con arena de la playa, y la arena del mar no se seca nunca. Cualquier libro que dejara allí se arrugaría por la humedad en pocos días. Su decepción, sin embargo, le granjeó la simpatía de los tenderos de Hardborough. Todos conocían la situación y podían habérselo dicho. Sintieron un cambio en la balanza del poder intelectual y empezaron a desear que le fuera bien.

Quienes llevaban tiempo viviendo en Hardborough también sabían que esa casa estaba embrujada. No era un tema que se evitara, todos hablaban de ello con normalidad. Por ejemplo, había veces que en la plataforma del ferry, alrededor de la hora del crepúsculo, se veía la figura de una mujer que esperaba a que regresara su hijo, que se había ahogado hacía más de cien años. Pero Old House no estaba embrujada de una forma tan conmovedora. Estaba invadida por un poltergeist que, junto con el húmedo asunto sin resolver de las cañerías, había dificultado bastante la venta de la finca. El agente inmobiliario no tenía ninguna obligación legal de mencionar el poltergeist, aunque quizá hizo alguna alusión al respecto cuando habló de una «atmósfera de una época inusual».

En Hardborough a los poltergeists se les llamaba rappers [3]. Podían estar ahí, en el mismo sitio, durante años, y de pronto desaparecer de un día para otro sin dejar rastro. Pero era poco probable que alguien que hubiera escuchado alguna vez ese ruido, que expresaba de una manera tan precisa una furiosa frustración física, como si lo que hubiera detrás quisiera salir, lo confundiera con otra cosa.

– Su rapper ha estado tocando mis alicates -dijo sin rencor el fontanero cuando ella fue a ver cómo avanzaban los trabajos.

Su caja de herramientas estaba dada la vuelta y todo lo que contenía se había desparramado; había unos baldosines azul pálido con un bonito dibujo de nenúfares tirados por las escaleras. El cuarto de baño, con su instalación de agua a medio terminar, tenía el aspecto alerta de quien ha sido testigo de algo. Cuando el bienintencionado fontanero se tomó su descanso para el té, ella cerró la puerta del cuarto de baño, esperó un momento y volvió a mirar dentro rápidamente. Cualquiera que la estuviera viendo, pensó, creería que estaba loca. En Hardborough la expresión que se utilizaba en esos casos era «no estar bien del todo», igual que cuando uno estaba «muy enfermo» se decía que lo estaba «moderadamente».

– Si esto sigue así, a lo mejor termino no estando bien del todo -le dijo al fontanero, mientras pensaba que preferiría que éste no lo llamara «su rapper».

El fontanero, el señor Wilkins, estaba convencido de que lo superaría.

Era en ocasiones como ésta cuando más echaba de menos a los buenos amigos de sus primeras épocas en Müller's. Cuando entró y se quitó el guante de gamuza para mostrar su anillo de compromiso, adornado con un brillante, había una larga y alentadora lista de nombres para contribuir a comprarle un regalo. Cuando Charlie murió de neumonía en un campo de recogida improvisado al principio de la guerra, la lista era prácticamente la misma. Había perdido el contacto con casi todas las chicas de los departamentos de Correos, Envíos y Mostrador. Además, aunque tuviera sus direcciones, se sentía incapaz de admitir que se habían hecho tan mayores como ella.

No es que le faltaran conocidos en Hardborough. En Rhoda's, la tienda de ropa, por ejemplo, le tenían mucho cariño. Pero apenas respetaban su intimidad. Rhoda -es decir, Jessie Welford-, a quien le había pedido que le hiciera un vestido nuevo, no dudó en hablar de ello alegremente con los demás, e incluso les mostró el material:

– Es para la fiesta del General y la señora Gamart en The Stead [4]. No sé si yo habría elegido un color rojo… Tienen invitados que van a venir desde Londres.

Después de varias colectas de caridad, Florence conocía a la señora Gamart lo suficiente como para saludarla con un leve movimiento de cabeza y como para recibir de ella una sonrisa, pero jamás habría esperado que la invitaran a The Stead. Lo tomó, a pesar de que todavía no había llegado su stock de Londres, como un cumplido al inmenso poder de los libros.

En cuanto Sam Wilkins terminó de arreglar el cuarto de baño a su gusto, y las tejas quedaron colocadas de nuevo en el tejado, Florence Green dejó su piso y se instaló valientemente, con sus escasas pertenencias, en Old House. En conjunto, incluso con los azulejos de nenúfares firmemente colocados, no era un lugar que inspirara confianza. Los ruidos extraños que se atribuían al embrujo continuaron oyéndose por la noche, mucho después de que las mal instaladas tuberías hubieran quedado en silencio. Sin embargo, el coraje y la perseverancia son inútiles si no se ponen a prueba. Florence sólo deseaba que no se produjera ninguna interrupción cuando viniera Jessie Welford con el vestido nuevo para probárselo. Pero no se llegó a dar esa circunstancia. Recibió una nota en la que se le pedía que se lo probara en Rhoda's, que estaba en la casa de al lado.

– Creo que después de todo no es mi color. ¿Cómo lo llamaría usted? ¿Rubí?

Fue un alivio cuando Jessie dijo que era más bien un granate o un cobrizo oscuro. Pero había algo muy poco satisfactorio en el reflejo rojo, o cobrizo, que parecía moverse con pocas ganas en el espejo.

– No me queda nada bien en la parte de atrás. Quizá si intento andar pegada a la pared todo el tiempo…

– Se irá haciendo a él a medida que lo lleve puesto -dijo la modista con firmeza-. Necesita un poco de bisutería para desviar la atención hacia otro lado.

– ¿Está segura? -preguntó Florence.

Parecía que esta prueba se estaba convirtiendo en una conspiración para evitar que alguien se fijara en su vestido nuevo.

– Bueno, a fin de cuentas, yo diría que estoy más acostumbrada que usted a arreglarme y a salir por la noche -dijo la señorita Welford-. Juego al bridge, ¿sabe? Aquí no hay donde jugar, así que voy a Flintmarket dos veces a la semana. Un penique cada cien puntos por las mañanas, y el doble por las tardes. Y vamos de largo, por supuesto.

Dio unos pasitos atrás, haciendo sombra en el espejo, y luego volvió para coger unos alfileres por aquí y hacer unos ajustes por allá. Ningún cambio, Florence lo sabía muy bien, haría que pareciera cualquier cosa menos pequeña.

– Ojalá no tuviera que ir a esa fiesta -dijo.

– Pues a mí no me importaría ir en su lugar. Es una pena que a la señora Gamart le parezca que lo más adecuado sea encargarlo todo en Londres. Pero estará bien organizada. No habrá que andar contando los sándwiches. Y una vez que esté usted allí, no tendrá que preocuparse de su aspecto. Nadie se fijará en usted y, además, pronto se dará cuenta de que conoce a todo el mundo.

***

Florence estaba segura de que no sería así, y no lo fue. The Stead, en cualquier caso, no era uno de esos sitios donde los sombreros y los abrigos se dejan en la entrada para que uno pueda adivinar, antes de lanzarse a hacer su entrada, quién había llegado ya. En el recibidor, forrado con madera de olmo barnizada, se respiraba la calidez de una casa en la que nunca se ha pasado frío. Se vio de reojo en un espejo mucho más brillante del que había en Rhoda's, y deseó no haberse puesto de rojo.

Más allá de la puerta se oían voces desconocidas que llegaban desde una habitación preciosa, pintada de un verde pálido que en aquella época todavía era muy del gusto de la sociedad georgiana. Las fotografías enmarcadas en plata sobre el piano y sobre varias mesitas ofrecían un atisbo de la red de parentescos que le daban a Violet Gamart acceso al poder más allá de las fronteras de Hardborough. Su marido, el General, andaba abriendo cajones y armarios con el objeto de no encontrar nada, y tener así una excusa para deambular de una habitación a otra. En los años cincuenta había muchas obras de teatro en Londres en las que los personajes hacían numerosas entradas y salidas por diversas puertas, y después volvían a aparecer en el segundo acto, tres horas más tarde. El General habría encajado bien en una obra de ese estilo. Se cernía sobre los refrescos, en permanente estado de alerta, mientras hacía experimentos con su sonrisa, a la espera de que se solicitara su ayuda, aunque sólo fuera por unos instantes, ya que abrir el champán no era cosa de mujeres.

Allí no había ningún director de banco, ningún vicario, ni siquiera estaba el señor Thornton, su abogado, ni el señor Drury, el abogado que no era su abogado. Florence reconoció la espalda del deán y nada más. Era una fiesta para el condado y para los visitantes que habían venido de Londres. Supuso, correctamente, que en algún momento se enteraría de por qué la habían invitado precisamente a ella.

El General, aliviado de ver a una mujer más o menos pequeña, que no parecía ser intimidante ni tampoco pariente de su esposa, le sirvió una gran copa de champán de una de las doce botellas que él mismo había abierto. Mientras no estuviera emparentada con su mujer no había muchas posibilidades de cometer un error, pero, aunque estaba seguro de haberla visto antes en alguna parte, sólo Dios sabía quién era exactamente. Florence le leyó el pensamiento, que resultaba transparente en su arduo avance de una duda a otra, y le dijo que ella era la mujer que se disponía a abrir una librería.

– ¡Eso es, claro! Ahora caigo. Está pensando en abrir una librería. Violet estaba realmente interesada en el asunto. Quería cruzar con usted una o dos palabras de las suyas sobre el tema. Supongo que luego le dedicará un minuto.

Como la señora Gamart era la anfitriona, podía dedicar un minuto a quien quisiera en cualquier momento. Pero Florence no se engañaba a sí misma sobre su propia importancia. Bebió un poco de champán, y las preocupaciones más nimias del día parecieron elevarse como pinchazos diminutos de alfiler a través de los sorbos dorados, y romperse antes de desaparecer.

Supuso que el General daría por terminada su labor, pero se quedó con ella.

– ¿Qué clase de cosas va a tener en su tienda, me decía? -preguntó.

Ella apenas sabía qué responder.

– No hay muchos libros de poesía en estos tiempos ¿eh? -insistió-. Al menos, yo no veo demasiados.

– Tendré algo de poesía, por supuesto. No se vende tan bien como otras cosas, y además me llevará un tiempo aprenderme los títulos.

El General se quedó sorprendido. Él nunca había necesitado mucho tiempo, cuando era subalterno, para conocer por su nombre a toda su tropa.

– «Es fácil estar muerto. Decid sólo esto: están muertos.» ¿Sabe quién escribió eso?

Le habría encantado poder decir que sí, pero no podía. El brillo titubeante de expectación en los ojos del General se apagó por completo. Era evidente que ya había intentado demostrar algo con esa misma frase en otras ocasiones, quizá en demasiadas. En una voz tan baja que ella le oyó a duras apenas entre el ruido que les llegaba procedente de la fiesta, continuó:

– Charles Sorley…

Florence se dio cuenta en seguida de que Sorley debía de estar muerto.

– ¿Cuántos años tenía?

– ¿Sorley? Veinte. Estaba en los Swedebasher -los Suffolk, ya sabe-. Noveno batallón, compañía B. Le mataron en la batalla de Loos, en 1915. Tendría sesenta y cuatro años si aún estuviera vivo. Yo tengo sesenta y cuatro. Eso hace que me acuerde del pobre Sorley.

El General se alejó arrastrando los pies hacia los demás invitados, que cada vez hacían más ruido. Florence estaba sola, rodeada de personas que charlaban con familiaridad, y algunas de las cuales tenían su réplica exacta en los marcos de plata. ¿Quiénes eran? No le importaba; al fin y al cabo, todos ellos se habrían sentido igualmente perdidos si hubieran terminado, como ella, en el Departamento de Envíos en Müller's. Escuchó la voz suave de un hombre joven justo detrás de ella:

– Yo sé quién es usted. Debe de ser la señora Green.

No diría eso, pensó Florence, si no estuviera seguro de que ella sí que le iba a reconocer. Y así fue: le reconoció. Todo el mundo en Hardborough podría haber dicho quién era, y, además, con cierto orgullo, ya que todos sabían que trabajaba en Londres y que hacía algo en la televisión. Era Milo North, de Nelson Cottage, en la esquina con Back Lane. Nadie sabía del todo qué era lo que hacía exactamente, pero en Hardborough estaban acostumbrados a no estar muy seguros de lo que hacía la gente en Londres.

Milo North era alto y pasaba por la vida sin hacer demasiados esfuerzos. Decir: «Yo sé quién es usted. Debe de ser la señora Green» suponía para él un gasto de energía poco corriente. Lo que podía parecer una delicadeza por su parte, normalmente no era más que una forma de evitar líos; lo que parecía simpatía era en realidad el resultado de su instinto para esquivar cualquier problema antes de que éste se originara. Era difícil imaginar lo que supondría hacerse viejo para una persona así. Sus emociones, a base de no ejercitarlas, casi habían desaparecido. Había descubierto que la capacidad para adaptarse resultaba tan adecuada para salirse con la suya como la propia curiosidad.

– Yo también le conozco, por supuesto, señor North -dijo ella-. Pero nunca me habían invitado a The Stead. Supongo que usted viene a menudo.

– Sí, me invitan a menudo -dijo Milo.

Le sirvió otra copa de champán a Florence y, como ella había pensado que se quedaría sola indefinidamente tras la retirada del General, se sintió agradecida.

– Es muy amable.

– No mucho -dijo Milo, que rara vez decía algo que no fuera cierto.

La docilidad no es lo mismo que la amabilidad. Su personalidad líquida iba tanteando el terreno, y se introducía sigilosamente por los puntos más vulnerables de los demás hasta encontrar un lugar apropiado en el que instalarse y sacar de él el máximo provecho.

– Vive sola, ¿no? -prosiguió-. ¿Se acaba de mudar a Old House, usted sola? ¿Nunca ha pensado en volver a casarse?

Florence se sintió desconcertada. Con este joven le resultaba fácil estar en calma, como en un remanso de agua, mientras que las elevadas voces que se oían a su alrededor se iban haciendo cada vez más y más incoherentes. Allí el tiempo parecía transcurrir más rápido. Las bandejas, que habían estado llenas de sándwiches y coronadas con perejil cuando ella entró, ya no tenían más que migas.

– Estuve muy felizmente casada, ya que me lo pregunta -dijo Florence-. Mi marido y yo trabajábamos en el mismo sitio. Luego entró en el antiguo Departamento de Comercio y Exportación antes de que lo convirtieran en un ministerio. Me hablaba de su trabajo cuando volvía a casa por las noches.

– ¿Y era usted feliz?

– Le quería, e intentaba entender su trabajo. A veces pienso que el hombre y la mujer no son precisamente lo más adecuado el uno para el otro. Aunque algo debe de haber, por supuesto.

Milo la miró con detenimiento.

– ¿Está usted segura de que no es una imprudencia tomar las riendas de un negocio? -preguntó.

– No le conocía a usted, señor North, pero pensé que por su trabajo quizá agradeciera que hubiera una librería en Hardborough. Probablemente en la BBC conocerá a escritores y a pensadores, y a todo ese tipo de gente. Supongo que vendrán a visitarle de vez en cuando y a respirar algo de aire puro.

– Si vinieran no sabría qué hacer con ellos… Los escritores van a cualquier parte. No estoy tan seguro de que los pensadores hagan lo mismo. Pero Kattie se encargaría de ellos, supongo.

Kattie debía de ser la chica morena con medias rojas -o quizá fueran mallas, que ahora se podían conseguir en Lowestoft y en Flintmarket, pero no en Hardborough- que vivía con Milo North. Eran los únicos en el pueblo que vivían juntos sin estar casados. Pero Kattie, que también era conocida por trabajar para la BBC, sólo bajaba a Hardborough tres noches a la semana, lunes, miércoles y viernes, lo que hacía que la cosa pareciera un poco más respetable.

– Es una pena que Kattie no haya podido venir esta noche.

– ¡Pero si es miércoles! -exclamó la señora Green sin poder contenerse a tiempo.

– No he dicho que no esté aquí, sólo que es una pena que no haya podido venir. Y no lo ha hecho porque yo no la he traído. Pensé que algo así sólo causaría problemas, y no merece la pena.

La señora Green pensó que él debería tener el valor de defender sus propias convicciones. Pensaba que se trataba de una pareja joven luchando contra el mundo. Ella, por su parte, era ya mayor y tenía, por tanto, derecho a estar agobiada.

– En cualquier caso, tiene que venir a mi tienda -dijo-. Cuento con usted.

– De ninguna manera -respondió Milo.

La cogió por los codos, tocándola apenas, y la zarandeó un poco para dar énfasis a sus palabras.

– ¿Por qué se ha puesto de rojo esta noche? -le preguntó.

– ¡No es rojo! ¡Es granate, o cobrizo oscuro!

La señora Violet Gamart, patrona por naturaleza de todas las actividades públicas de Hardborough, se encaminó hacia ellos. Aunque Florence estaba de espaldas, pudo advertir el temblor, pero pensó que se trataba de algo indicativo de la libertad de las Artes y, por lo tanto, no estaba fuera de lugar en su salón. Sin embargo, había llegado el momento de tener unas palabras con la señora Green. Le dijo que llevaba toda la noche intentando acercarse a ella, pero que se la habían llevado una y otra vez. Había venido tanta gente… Pero a la mayoría los podría ver en cualquier otro momento. Lo que realmente quería decirle era lo agradecidos que debían estarle todos por esta nueva aventura, por semejante previsión y tamaña empresa.

La señora Gamart hablaba con una especie de urgencia generosa. Tenía unos ojos oscuros y brillantes, que parecían mantenerse abiertos gracias a algún tipo de mecanismo que se encontraba al límite de sus posibilidades.

– ¡Bruno! ¿Le han presentado a mi marido? Ven y dile a la señora… la señora… lo encantados que estamos.

Por un momento, Florence sintió algo extraño, como una vocación, como si estuviera dispuesta a dedicar su vida a servir voluntariamente a la señora Gamart.

– ¡Bruno!

El General había estado intentando atraer la atención de todos hacia una herida que se había hecho en la mano con el alambre retorcido de uno de los corchos del champán. Se iba acercando uno por uno a todos los grupos de invitados, con la esperanza de arrancarles una sonrisa al decir de sí mismo que era un herido capaz de seguir andando por su propio pie.

– Hemos estado rezando todos por que hubiera una buena librería en Hardborough, ¿verdad Bruno?

Contento de que se solicitara su presencia, se acercó a ella.

– Por supuesto, cariño, rezar no es malo. Probablemente deberíamos hacerlo más a menudo.

– Sólo hay una cuestión, señora Green, una sin importancia en cierto sentido; todavía no se ha mudado a Old House, ¿o sí?

– Sí, llevo allí más de una semana.

– ¡Ah, pero si no hay agua!

– Sam Wilkins me arregló las cañerías.

– No olvides, Violet -dijo el General, agobiado-, que has estado en Londres mucho tiempo últimamente y no has podido mantenerte al tanto de todo.

– ¿Por qué no debería haberme mudado? -preguntó Florence con toda la suavidad de que fue capaz.

– No se ría de mí, pero soy tan afortunada que tengo algo parecido a un don, o quizá sea un instinto, para unir personas y lugares. Por ejemplo, recientemente… Claro, que me temo que no va a significar mucho para usted si no conoce las dos casas de las que estoy hablando…

– Quizá podrías decirme en cuáles estás pensando -dijo el General-. Y yo podría explicárselo todo con calma a la señora Green.

– Bueno, volviendo a Old House: eso es exactamente a lo que me refiero. Creo que puedo ahorrarle muchas decepciones y quizá incluso algo de dinero. De hecho, quiero ayudarla, y ésa es mi excusa para decir todo que le estoy diciendo.

– No es necesaria ninguna excusa, por supuesto -dijo Florence.

– Hay muchísimas propiedades en Hardborough más adecuadas, más apropiadas en todos los sentidos para una librería. ¿Sabía, por ejemplo, que cierran Deben?

Efectivamente, sabía que Deben, el pescadero, estaba a punto de cerrar. Todo el mundo en el pueblo sabía cuándo quedaba vacía una propiedad, quién tenía problemas financieros, quién necesitaría un poco más de espacio en nueve meses, y quién estaba a punto de morir.

– Nos hemos acostumbrado de tal forma, me temo, a que Old House estuviera vacía, que hemos ido retrasándolo todos estos años… Nos ha avergonzado usted bastante con sus prisas, señora Green… Pero la cuestión es que estamos todos algo alterados por la repentina transformación de nuestra Old House en una tienda; somos tantos los que teníamos la idea de convertirla en algún tipo de centro… Quiero decir, un centro artístico… para Hardborough.

El General escuchaba con gesto tenso.

– Habría que rezar por eso también, ya sabes, Violet.

– … música de cámara en verano… No podemos dejarlo todo en manos de Aldeburgh… Conferencias en invierno…

– Ya tenemos conferencias -dijo Florence-. La serie del vicario sobre el Suffolk pintoresco se repite cada tres años.

Eran unas tardes con mucho encanto, ya que no había necesidad de prestar demasiada atención y, ante las caras somnolientas de la primera fila, se sucedían las filminas sin orden aparente y sin que obedecieran a la voz del vicario.

– Deberíamos ser bastante más ambiciosos, en especial si pensamos en la gente que nos visita en verano y que probablemente viene desde muy lejos. Y es que, sencillamente, en el pueblo no hay otra casa antigua que tenga un ambiente tan apropiado. Piénselo un poco, ¿de acuerdo?

– He pasado seis meses negociando esta venta, y no me puedo creer que hubiera alguien en todo Hardborough que lo ignorara. De hecho, sé que todo el mundo estaba al tanto.

Miró al General para obtener una confirmación por su parte, pero éste tenía los ojos clavados en las bandejas vacías.

– Y, por supuesto -continuó la señora Gamart con el mayor énfasis-, la gran ventaja, que sería casi un pecado desaprovechar, es que ahora contamos justo con la persona adecuada para hacerse cargo. Quiero decir, hacerse cargo del nuevo centro, y ponernos a todos al día sobre libros y cuadros y música, y animar las cosas, y asegurarse de que todo marcha por el buen camino.

Le lanzó a la señora Green una sonrisa muy expresiva, que decía mucho más de lo que parecía. Había regresado a ese momento de intimidad perturbadora, aunque, mientras pronunciaba esta última frase, la señora Gamart, se había ido retirando con todo tipo de gestos y saludos en dirección a su protectora horda de invitados.

Cuando se quedó sola, Florence se dirigió hacia la pequeña habitación que había junto al recibidor para buscar su abrigo. Mientras revisaba metódicamente los montones, llegó a la conclusión de que, después de todo, no era demasiado mayor para tener dos trabajos; quizá habría que buscar un gerente para la librería, y ella tendría que apuntarse a algún tipo de curso sobre Historia del Arte, o sobre Apreciación de la Música -la música siempre se aprecia, mientras que el arte tiene una historia- que, se imaginaba, le supondría tener que ir a menudo a Cambridge.

Fuera, la noche estaba clara y había visibilidad por encima de los pantanos hasta el Laze, enmarcado por las luces de los botes de pesca que esperaban a que bajara la marea. Pero hacía frío y el aire le cortó la cara.

«Fue muy amable por su parte invitarme», pensó. Sin duda les habrá parecido extraño hablar conmigo.

En cuanto se marchó, los invitados se reagruparon, igual que el ganado cuando Raven se llevó al viejo caballo hacia un lado. Ahora eran todos de la misma clase, y todos miraban hacia el mismo lado, mientras pastaban juntos. Entre ellos podían arreglar muchos asuntos, aunque, a menudo, cuando conseguían arreglar algo se debía más bien a la intervención del puro azar. A medida que se acercaba la hora de empezar a pensar en irse a casa, la señora Gamart iba sintiéndose algo inquieta por lo que ella consideraba un punto negro en su plan para Old House. Esta señora Green, aunque sin duda muy discreta, no había terminado de aceptarlo todo al momento. No tenía demasiada importancia. Pero entonces Milo le puso un poco más de champán, y su mente empezó a dar unas vueltas vertiginosas y se lanzó a hablar con todos: con el segundo marido de su prima, que tenía algo que ver con el Consejo de las Artes; con su tío segundo, que no tardaría en ocupar un alto puesto de la Administración Territorial; con su brillante sobrino, que se presentaría a las elecciones por el municipio de Longwash, en West Suffolk, y que ya se había hecho un nombre como perseverante Secretario de la Sociedad para Ofrecer Acceso Público a los Lugares de Interés y Belleza; y con Lord Gosfield, que se había aventurado a venir desde su castillo en las marismas, porque si las fiebres aftosas le atacaban de nuevo no podría viajar en meses. Con todos ellos habló del Centro para la Música y las Artes de Hardborough. Y en las mentes de su brillante sobrino, de su tío y de todos los demás, se instaló la vaga noción de que quizá habría que hacer algo porque, de lo conrrario, Violet podría acabar siendo una lata. Hasta Lord Gosfield se sintió conmovido, aunque no había dicho nada en toda la noche y, de hecho, había conducido más de cien kilómetros precisamente para no decir nada en compañía de su viejo amigo Bruno. Todos procuraban ser amables con su anfitriona, porque eso les hacía la vida más fácil.

Había llegado la hora de marcharse. No estaban seguros de dónde habían dejado las llaves del coche, ellos o sus mujeres. Remolonearon en la puerta diciendo que no había que dejar que entrara el aire frío, mientras el viejo perro del General, que vivía con la sola expectativa de que se abriera la puerta, meneaba débilmente la cola sobre el lustroso suelo; luego los coches no arrancaban y la perspectiva de que algunos de ellos regresaran para pasar la noche se hizo peligrosamente real; al final se encendió el último chispazo y todos se pusieron en camino, gritando palabras de despedida y moviendo las manos, y, en el silencio que quedó después de todo aquello, se pudo oír de nuevo el viento de los pantanos.

3

A la mañana siguiente Florence se preparó arenques -no tenía mucho sentido vivir en East Suffolk si uno no sabía cómo cocinarlos-, dos rebanadas de pan con mantequilla y un té. La cocina estaba en la parte trasera de la casa. Era el cuarto más acogedor de Old House, con las paredes encaladas, y sin más ruidos que los suspiros del viejo pozo tapiado bajo el suelo. Los anteriores inquilinos sabían que eran muy afortunados de no tener que salir fuera para bombear agua; y se sintieron más afortunados aún cuando les instalaron el enorme lavabo pulido y lacado, hondo como un sarcófago. Un grifo de latón, que brillaba orgulloso, escupía agua helada desde una altura considerable.

A las ocho en punto desenchufó la tetera eléctrica y enchufó la radio, que inmediatamente empezó a hablar de disturbios en Chipre y Malawi, y luego anunció, con un leve cambio de entonación, que la esperanza de vida ahora era de 68,1 años para los hombres y de 73,9 para las mujeres, frente a los 45,8 para los hombres y los 52,4 para las mujeres que había a principios de siglo. Intentó que esto la animara. Pero el Aviso a las Embarcaciones -Mar del Norte, vientos ciclónicos del noroeste de fuerza variable rolando a más fuertes o temporal con mar gruesa o muy gruesa- hizo que se sintiera algo avergonzada. Avergonzada de estar allí sentada en su casa, de sus arenques del piélago y de lo inútil que era sentirse avergonzada. Por la ventana que daba al este divisó cómo la tormenta anunciaba su llegada, instalada sobre los guardacostas y contra un cielo de un color verde amarillento pálido.

Al mediodía aclaró. El cielo se había despejado desde una punta del horizonte hasta la otra, y una elevada nube blanca se reflejaba milla tras milla en el agua transparente del dique, de modo que los pantanos parecían sobresalir entre las nubes. Después de hacer los recados de la mañana, tomó un atajo de vuelta por el parque. Los alumnos de primaria estaban en su segundo recreo. Los chicos separados de las chicas, excepto los de la clase de los mayores, que rondaban los once años y que estaban dando vueltas unos alrededor de los otros. Una niña pequeña lloraba, completamente sola. La habían sacado de casa bien pertrechada, con una bufanda cruzada sobre el pecho y abrochada por detrás con un imperdible, y con unos guantes de lana enganchados a un elástico que pasaba bajo el cuello del abrigo. Saltaba a la vista que no encajaba en ningún grupo, ni con los chicos ni con las chicas. Florence intentó calmarla.

– Eres del jardín de infancia. No deberías estar fuera ahora. ¿Te has perdido? ¿Cómo te llamas?

– Melody Gipping.

Florence sacó un pañuelo limpio y le sonó la nariz. Una figura con aspecto poco cuidado y un pelo fino como la hierba seca se separó del grupo de las niñas.

– Está bien, señorita. Soy Christine Gipping, yo me ocupo de ella. Tenemos Kleenex en casa, son más higiénicos.

Se marcharon juntas. Los chicos se estaban pegando tiros; las chicas botaban viejas bolas de tenis en un círculo mientras cantaban:

Uno, dos, Pepsi-Cola,

Tres, cuatro, Casanova,

Cinco, seis, péinate, Siete,

ocho, da la vuelta,

Nueve, diez, hazlo otra vez.

Florence miró hacia el sur, donde una franja de bosque de pinos oscurecía el horizonte. Era una reserva de garzas, pero en 1953, cuando el mar anegó las tierras del bosque con sal, las aves volaron y dejaron de hacer sus nidos allí.

Cuando llegó a la verja del parque vio que se aproximaba, casi acechándola y con la mirada esquinada de un comerciante que ha fracasado, el señor Deben, de la pescadería. Seguro que la había seguido; de hecho, prácticamente admitió que lo había hecho.

– Se trata mi propiedad, señora Green. Va a salir a subasta, aunque eso no será hasta abril, o quizá más tarde. Pero preferiría que llegáramos a un acuerdo antes. Ahora, como usted ha mostrado interés por la propiedad… -no le dio tiempo a que ella respondiera que no había hecho nada parecido, sino que continuó hablando a toda velocidad-. Si no se va a quedar usted en Old House y tampoco se va a marchar del pueblo (se dará cuenta de que estoy demasiado ocupado para hacer caso de todos los rumores que llegan a mis oídos), lo lógico sería que hiciera una oferta para comprar otro local.

Debía de estar alterado por sus preocupaciones financieras, pensó ella. Había salido directamente de su tienda con el sombrero de pescadero puesto, hecho de paja, y con unos horribles pantalones de peto viejos. Mientras tanto, su astuto y embrollado discurso le había traído a Florence una idea repentina pero no extraña, que reconoció inmediatamente como la verdad. Una verdad que le había llegado en forma de advertencia, y por la que debería estarle muy agradecida.

– Ha debido de haber un malentendido, señor Deben. Pero no tiene la menor importancia, y me gustaría ayudarle. La señora Gamart fue extraordinariamente amable al hablarme de su plan para montar en el pueblo un Centro para las Artes, que nos beneficiaría a todos aquí, en Hardborough. Está buscando un lugar, y ¿qué mejor ubicación que una tienda de pescado vacía?

Sin darse tiempo a sí misma para reflexionar, salió precipitadamente por la puerta del parque, que, como de costumbre, estaba atascada de una forma bastante engorrosa, mientras intercambiaba despedidas con Deben. Cruzó High Street, giró a la derecha en la tienda de maíz y grano, y a la derecha de nuevo en dirección a Nelson Cottage. Por la ventana del piso de abajo pudo ver a Milo North, junto a una mesa cubierta con un mantel hecho a mano. Estaba allí sentado, sin hacer absolutamente nada.

– ¿Por qué no está en Londres? -preguntó Florence al tiempo que golpeaba la ventana. Le molestaba ligeramente lo poco predecible que era su día a día.

– He mandado a Kattie a trabajar esta mañana. Pero pase, por favor.

Milo abrió la diminuta puerta de la entrada. Era excesivamente alto para aquella casa, que estaba alquitranada y pintada de negro, como las chozas de los pescadores.

– ¿Le apetece un Nescafé?

– Nunca lo he probado -dijo ella-. Aunque he oído hablar de ello. Me han dicho que no se prepara con agua hirviendo. -Se sentó en una mecedora de madera muy delicada-. Estas cosas son demasiado pequeñas para usted -dijo.

– Lo sé, lo sé. Me alegro de que haya venido esta mañana. No hay nadie que me haga enfrentarme así a la verdad.

– Pues es una suerte, porque he venido a preguntarle algo. Cuando la señora Gamart hablaba, en su fiesta, de la persona ideal para llevar el Centro para las Artes, era usted, evidentemente, en quien estaba pensando, ¿no?

– ¿La fiesta de Violet?

– Esperaba que yo me mudara -es más, probablemente esperaba que me fuera a vivir a otro pueblo- con la idea de que usted se instalara en Old House y así dirigirlo todo.

Milo la miró con sus ojos de un gris transparente.

– Bueno, si se refería a mí, no creo que hubiera utilizado la palabra «dirigir».

Florence se acusó a sí misma de ser una vanidosa, de autoengañarse y de hacer interpretaciones erróneas con premeditación. Era la dueña de un comercio: ¿por qué iba a suponer alguien que ella pudiera saber una sola palabra de Arte? Curiosamente, durante los días siguientes estuvo tentada de ofrecerse a abandonar Old House. La sospecha de que se quedaba simplemente porque habían herido su vanidad se le hacía insoportable. «Por supuesto, señora Gamart, a quien nunca llamaré o me referiré como Violet, era a Milo North a quien tenía usted en mente… Que se instale inmediatamente. Mi pequeño negocio de los libros se puede reubicar en cualquier otro lugar. Sólo le pido que no se salten las convenciones sociales demasiado deprisa. East Suffolk no está todavía preparado. Kattie tendrá que vivir, durante los primeros años al menos, en el cobertizo…»

En momentos más tranquilos pensaba que si la señora Gamart y sus secuaces pudieran obtener algún tipo de subvención del gobierno y permitirse pagar el precio que ella pediría por su finca, más los gastos de mudanza y un beneficio justo, estaría abierta a nuevas oportunidades, quizá no en Suffolk, ni en Inglaterra siquiera. Así, además, tendría esa impagable sensación de quien comienza de nuevo; una sensación que ya no podía esperar sentir muy a menudo a su edad. No había duda de que era absurdo imaginar que la estaban echando y que el brazo de los privilegiados la empujaba hacia la húmeda pescadería del señor Deben.

Resumiendo, se había engañado a sí misma al dejarse convencer, por un momento, de que los seres humanos no se dividen en exterminadores y exterminados, y que los exterminadores tienden a colocarse en la situación dominante en cuanto pueden. La fuerza de voluntad es inútil si no se va a algún lado. Y la suya estaba en unos niveles tan bajos que ya no era capaz de darle las instrucciones necesarias para poder sobrevivir.

No obstante, esa voluntad resurgió sin esfuerzo alguno por su parte, y en cuestión de diez minutos, un martes por la mañana a finales de marzo. El tiempo estaba raro, y le recordó al día en que vio pasar la garza que intentaba tragarse la anguila. Mientras la ropa tendida se agitaba en dirección oeste con la brisa marina, el molino de los pantanos se había adueñado de la brisa del interior y se movía hacia el este. Dejó su pequeño coche en el garaje al lado de los guardacostas, lo más cerca que podía de Old House, y tomó el camino corto, casi un pasadizo, que comunicaba la playa con su puerta de atrás.

El pasadizo era estrecho y, cuando el viento soplaba fuerte, las casitas de ladrillo y azulejo parecían agarrarse unas a otras, como decía el refrán, igual que el hijo de un marinero. Había que abrir la puerta de atrás con cuidado porque, si no, la llama piloto de la cocina se apagaba con la corriente. Giró la llave en la cerradura, pero la puerta no se abrió.

No desperdició más que un momento en pensar en bisagras oxidadas, madera deformada y cosas por el estilo. La fuerza hostil que empujaba contra su empuje, iba y venía, siempre con un poco de ventaja sobre ella, con la sagacidad de los dementes. La puerta temblorosa esperó a que lo intentara de nuevo. Desde el interior de la casa se oyó una sucesión de golpes. No sonó como si una cosa golpeara contra otra, sino más bien como una serie de explosiones diminutas, y todas seguidas. Entonces, cuando se dejó caer contra la puerta para recuperar el aliento, ésta se venció violentamente, girando hacia delante y hacia atrás como una mano que aplaudiera en un espectáculo cómico, y ella cayó de rodillas sobre el suelo de ladrillo.

Estaba segura de que todo el mundo en Score Lane la había visto estrellarse, de cabeza, contra el suelo de su propia cocina. Pero más poderosa que la vergüenza, el miedo y el dolor, era la sensación de injusticia. Al rapper le encantaba el cuarto de baño y el pasillo de arriba. Florence nunca había oído ni visto señales de su malicia en la parte de atrás de la casa. Los acuerdos tácitos existen incluso con los entes metafísicos, y el rapper no los había respetado. Su fuerza de voluntad, que Florence sintió en forma de indignación, fue creciendo hasta situarse al mismo nivel que el dolor de sus heridas. Lo Oculto, como lo llamaban las chicas de Müller's, ya podía meterse en sus propios asuntos tanto como lo no oculto. Ninguno de los dos evitaría que ella abriera su librería.

En consecuencia, el señor Thornton recibió instrucciones claras de resolver el asunto lo antes posible, lo cual significó que siguió procediendo al mismo ritmo que hasta el momento. Thornton & Co. llevaba muchos años en activo. El trabajo de los juzgados podía dejarse en gran medida en manos de Drury, el abogado que no era Thornton, pero Thornton era absolutamente de fiar. Había oído, por supuesto, que a su cliente la habían visto caerse por la calle, sujetar la cabeza de un caballo para ese viejo canalla de Raven, y visitar a Milo North, a quien el propio Thornton observaba con recelo. Por otra parte, la habían invitado a una fiesta en The Stead, un lugar donde él mismo no había sido invitado nunca, aunque todavía tenía esperanzas de que algún día los Gamart entraran en razón y retiraran la administración de sus asuntos de las manos de Drury quien, por lo demás, no estaba preparado para manejar cuestiones familiares de importancia… Así que la señora Green conocía a los Gamart. Bien, pero incluso en ese aspecto, creía él, debían actuar con cierta prudencia.

Mientras sacaba la documentación sobre Old House, explicó que se les había presentado una pequeña dificultad en lo que se refería al cobertizo de ostras. Podría alegarse que la comunidad de pescadores, por derecho propio desde tiempos inmemoriales, podía atravesarlo cuando iban hacía la orilla y, posiblemente, dejar secar las velas en la galería.

– Si se pasa por el cobertizo no se llega a la orilla -señaló ella-. Se llega a la oficina del gas. De todas formas, ahí no se puede secar nada; las paredes están húmedas por la condensación. La galería está destrozada, y ninguno de los pescadores sale ya al mar con barcos de vela. Sin duda, ese tema no tardará en solucionarse.

El abogado explicó que los derechos no se veían afectados de ninguna manera por la imposibilidad física de ponerlos en práctica. Los asuntos de compra y venta, añadió, no son tan sencillos como la gente se imagina.

– De hecho, estoy encantado de que haya venido hoy, señora Green. Algo que he oído, por pura casualidad, me ha hecho considerar si no estaría usted pensándose mejor todo este asunto de la transacción.

Se diría que estaba temblando de curiosidad.

– Al decir «pensándose mejor» quiere usted decir «pensándose peor», claro -dijo ella.

– Planteándoselo de nuevo, querida. Siempre es una pena perder a un miembro de una comunidad pequeña como Hardborough, pero si ofrecen mejores oportunidades en otro sitio, lo único que podemos hacer es aplaudir su decisión y tratar de ser comprensivos.

– ¿Quiere usted decir que ha pensado que yo querría cambiar de opinión y marcharme a otro sitio?

En encuentros como éste, habría deseado poder hacerse mucho más alta, aunque sólo fuera durante media hora, para poder mirar hacia abajo y no hacia arriba.

– ¿Quiere decir que ha pensado que yo me querría marchar de Old House, que, por cierto, es el único hogar que tengo, mientras usted todavía le sigue dando vueltas a los derechos de paso de los pescadores?

– Hay otras muchas propiedades vacías en Hardborough, y resulta que yo tengo una lista de algunas que hay un poco más lejos; Flintmarket, e incluso Ipswich. No sé si usted ha pensado…

Era mayo y el cielo se había poblado de bandadas de golondrinas que se elevaban y descendían con cada batir de sus alas, y se posaban en grupos de más de cien sobre la arena cerca de la orilla. Los fondos de Müller's llegaron en dos camionetas de Carter Paterson, y una semana después llegaron los pedidos de los mayoristas. Para el resto, para las novedades, tendría que esperar a los vendedores, si es que los pobres estaban dispuestos a internarse en los pantanos hasta un punto de venta como aquel, completamente desconocido. Como estaba claro que el cobertizo no se podía utilizar, Florence tendría que apilar todo el material en el espacioso armario debajo de las escaleras, mientras pensaba en cómo organizarlo.

Una mañana, cuando volvía de Flintmarket, se encontró la casa llena de chicos de doce y trece años ataviados con jerseys azules. Eran Scouts del Mar [5]. Ella les preguntó:

– ¿Cómo habéis entrado?

– El fontanero le entregó la llave al señor Raven -dijo uno de los chicos, cuadrado y firme como una bala de paja.

– Pero él no es vuestro capitán, ¿verdad?

– No, pero nos dijo que viniéramos aquí. ¿Por dónde quiere que empecemos?

– Quiero que coloquéis las estanterías -dijo ella de un modo igual de directo-. ¿Seréis capaces?

– ¿Cuántas brocas puede conseguir usted, señorita?

Entonces ella se fue y compró brocas y tornillos al peso. Los Scouts trabajaron durante dos horas, luego se fueron a casa a comer y cuando terminaron volvieron a llamar a la puerta. Para cuando estuvieron colocadas las estanterías, el suelo y casi todos los libros estaban cubiertos por medio centímetro de serrín.

– Podemos arreglarlo después y dejarlo todo ordenado -dijo Wally.

– Ya lo ordenaré yo -respondió Florence. Se sentía henchida de amor por ellos-. Me gustaría daros algo para vuestro cuartel general.

Su cuartel era un viejo barco de tres mástiles que había encallado en el estuario.

– Tenéis ya algún libro de códigos de morse, o el Diccionario Médico de Pears?

– Me temo que no.

Estaban los dos igual de desconcertados.

– Mira, Wally. Quiero que te lleves estos taladros. A mí ya no me sirven para nada, no sé utilizarlos. Si quiero hacer un agujero en algún lado, tendré que mandarte un recado.

– Gracias. Desde luego que nos vendrán bien -dijo Wally-. Pero con cada trabajo que hacemos estamos obligados a contribuir con el valor de doce ladrillos a la nueva Casa de Baden-Powell que están construyendo en South Kensington.

Florence le dio cinco libras y él se cuadró.

– South Kensington es un barrio de Londres -explicó el chico.

Los Scouts, sobre los que Raven ejercía una influencia misteriosa pero directa, regresaron para pintar, y después ella quedó libre, tras rechazar otra oferta al respecto, para ordenar los libros.

Los libros nuevos venían en paquetes de dieciocho, envueltos en un fino papel marrón. A medida que los fue sacando de las cajas, fueron formando su propia jerarquía social. Los más pesados y lujosos que hablaban sobre casas de campo, los libros sobre las iglesias de Suffolk, las memorias de los hombres de Estado en varios volúmenes, tomaron el lugar que les correspondía por derecho natural en la ventana delantera. Otros, indispensables, pero no aristocráticos, ocuparían las estanterías centrales. Ése era el lugar para los libros sobre coches -desde el Austin hasta el Wolseley-, obras técnicas sobre el pulido de los guijarros, la vela, los clubs de ponis, las flores silvestres y pájaros, y para los mapas de la región y las guías. Entre éstos, las exitosas memorias sobre la guerra, con sobrecubiertas de color caqui y rojo oscuro, se enfrentaban unas a otras como rivales en aguda hostilidad. Al fondo, entre las sombras, colocó los Perseverantes, sobre todo filosofía y poesía, a los que tenía poca esperanza de perder de vista. Los Permanentes -diccionarios, libros de consulta y ese tipo de cosas- irían directamente a la parte de atrás del todo, con las Biblias y los libros para premios que, era de esperar, la señora Traill, de la escuela primaria, entregaría a sus mejores alumnos. Por último, estaban las cajas de restos en mal estado procedentes de Müller's. Algunos incluso eran de segunda mano. Aunque le habían enseñado que nunca se miran los libros por dentro mientras se está trabajando, abrió uno o dos, viejas ediciones de Everyman con sus tapas de color aceituna estampadas en oro [6]. Allí estaban las elaboradas guardas que siempre le habían dado que pensar cuando era pequeña. Un buen libro es la preciosa savia del alma de un maestro, embalsamada y atesorada intencionadamente para una vida más allá de la vida. Después de vacilar un poco, los colocó entre Religión y Primeros Auxilios.

La pared de la derecha la dejó para los libros de tapa blanda. A un chelín y seis peniques cada uno, de colores vistosos, enormemente democráticos, llenaron las estanterías en filas bien disciplinadas. Se moverían con rapidez y contaban con su aprobación; pero se acordaba de aquel mundo en el que sólo los extranjeros se contentaban con tener sus libros encuadernados en papel. Los Everyman, con su dignidad raída, parecían enfrentarse a ellos lanzándoles miradas de reproche.

En la cocina (ya que no quedaba nada de sitio en la propia tienda) había dos cajones profundos consagrados a los Libros de los Libros: el Libro Mayor, el de Pedidos, el de Compras, el de Devoluciones y el de Dinero de Caja. Todavía en blanco, con sus dobles columnas intactas, estos libros no queridos amenazaban el bienestar silencioso de las estanterías vecinas. No muy buena con las cuentas, Florence habría preferido que se quedaran sin lectores. Esto suponía un problema, así que le pidió a la astuta sobrina de Jessie Welford, que trabajaba en una empresa de contabilidad en Lowestoft, que viniera una vez al mes para echarles un vistazo.

– Una breve comprobación del balance de vez en cuando -dijo Ivy Welford con condescendencia, como si fuera un tónico para los cortos de mente. Sus conocimientos mundanos, para una chica de veintiuno como ella, eran alarmantes, y habría que pagarla, por supuesto; pero tanto el señor Thornton como el director del banco parecieron aliviados cuando oyeron que había hablado con Ivy. Tenía la cabeza en su sitio, dijeron.

4

La Librería Old House abriría sus puertas a la mañana siguiente, pero Florence no tenía pensado hacer ningún tipo de celebración, porque no estaba muy segura de quiénes debían ser sus invitados. El estado de ánimo, sin embargo, lo es todo en estos casos. Con eso, uno puede tener una fiesta muy gratificante aunque se esté completamente solo. Estaba pensando en ello cuando se abrió la puerta de la calle y entró Raven.

– Pasa mucho tiempo sola -dijo.

Se disculpó por llevar las botas de goma, y miró a su alrededor para ver el trabajo que habían hecho los Scouts con las estanterías.

– Sobra un cuarto de centímetro allí, cerca del armario.

Pero ella no estaba dispuesta a sacarle defectos a la decoración. Además, ahora que los libros estaban colocados, bien echados hacia delante (no podía soportar que se deslizaran hacia atrás, como si estuvieran derrotados), cualquier anomalía quedaría oculta. Igual que sucediera con el vestido rojo, se acostumbraría a las estanterías a medida que las fuera usando.

– Y no hay quien mire ese enyesado -continuó Raven-. Se lo puede decir la próxima vez que les vea.

No creía que fuera capaz de distinguir a ninguno de los Scouts sin su uniforme; pero se equivocó, porque cuando apareció Wally, con su chaqueta del colegio y unos pantalones de la tienda agrícola, le reconoció al instante.

Dijo que traía un recado para la señora Green.

– ¿Quién te lo ha dado? -preguntó Raven.

– Fue el señor Brundish, señor Raven.

– ¿Qué? ¿Salió de Holt House y te lo dio?

– No, sólo se apoyó un poco contra la ventana e hizo un chasquido.

– ¿Con la lengua?

– No, con los dedos.

– Entonces, ¿cómo pudiste oírlo a través de la ventana?

– No lo oí. Fue más bien como si lo notara.

– ¿Qué aspecto tenía? ¿Pálido?

Wally pareció dudar.

– Pálido y oscuro. No es fácil describir su aspecto. Tenía la cabeza un poco hundida entre los hombros.

– ¿Tuviste miedo?

– Sentí que tenía que arriesgarme.

– Un Scout del Mar siempre debe arriesgarse -respondió Raven de modo automático-. Creo que no le he visto desde hace más de un mes, a pesar del buen tiempo, y hace mucho más que no le oigo hablar. No te dijo nada, ¿verdad?

– Sí, sí. Se aclaró la garganta un poco y me dijo que le diera esto a la señora Green.

Wally traía un sobre blanco con bordes negros. Aunque Florence lo había estado mirando fijamente todo ese tiempo, lo cogió con incredulidad. Nunca había hablado con el señor Brundish. Incluso en la fiesta de The Stead, no había tenido ninguna esperanza de conocerle. Era bien sabido que a la señora Gamart, como anfitriona de todo lo que tuviera valor en Hardborough, le habría gustado contarle entre sus amigos, pero como sólo había estado en The Stead durante quince años y no era originaria de Suffolk, sus esperanzas habían sido en vano. Quizá el señor Brundish no era consciente de su presencia. Además, en los últimos años había estado tan confinado en su casa que era algo sorprendente que supiera siquiera su nombre.

– No entiendo cómo esto puede ser para mí.

A Raven y a Wally no se les pasó por la cabeza irse hasta que Florence hubiera abierto el sobre.

– No se preocupe por los bordes negros -dijo Raven-. Esos sobres los mandó hacer, debía de ser el año 1919, cuando volvieron todos de la primera guerra y murió la señora Brundish. Yo todavía era un chaval.

– ¿De qué murió?

– Fue una cosa extraña, señora Green. Se ahogó cruzando los pantanos.

Dentro del sobre había una hoja de papel, también con bordes negros.

Estimada Sra.,

Me gustaría desearle suerte. En tiempos de mi bisabuelo había un librero en High Street quien, al parecer, tumbó a un cliente con un libro cuando éste se puso pesado. Se había producido algún retraso en la llegada de la última parte de una nueva novela, creo que era Dombey e hijo. Desde ese día hasta hoy, nadie ha tenido el valor suficiente para vender libros en Hardborough. Usted nos está haciendo un honor. Visitaría su tienda sin ninguna duda si saliera alguna vez, pero últimamente he decidido no hacerlo; en cualquier caso, estaré encantado de hacerme socio de su biblioteca.

Atentamente suyo,

Edmund Brundish

¡Una biblioteca! Ni se le había pasado por la imaginación. Además, en absoluto había sitio suficiente para montarla.

– Es evidente que no está contento con la Móvil -dijo Raven.

La camioneta de la biblioteca pública venía desde Flintmarket una vez al mes. Los libros, de tanto usarlos, habían adquirido un tufillo muy peculiar. Los que tenían algún interés por la lectura en Hardborough los habían leído todos varias veces.

Florence acompañó a Wally, que movió la cabeza como respuesta a su agradecimiento, hasta la puerta de la calle. Parecía un mensajero. Su bicicleta estaba cargada con paquetes, y del manillar, que él había colocado al revés para que se pareciera más a una bici de carreras, colgaba una cesta con una gallina dentro.

– Está triste, señora Green -dijo señalando a la gallina-. Me la llevo a casa de la hermanastra de mi primo. Quiere criar polluelos.

Florence puso la mano suavemente sobre la masa adormilada de plumas. La vieja gallina estaba hundida como en un montón suave y de color tostado, sin apenas abrir los ojos. Toda su energía estaba dedicada a producir calor. La propia cesta palpitaba con un ritmo lento y lleno de resolución.

– Gracias por traer la nota, Wally. Veo que tienes mucho que hacer.

Había traído su bolso, así que, en silencio, hizo su contribución para sufragar otro ladrillo.

Raven no se marchó enseguida. Explicó que había venido, en principio, para decirle que quizá necesitara a alguien joven y despierto para echarle una mano, puede que después de clase.

– ¿Estaba usted pensando en Wally?

– No, en él no. No es de los que se quedan en casa con los libros. Él es más de matemáticas. Si le hubiera gustado leer, habría abierto su carta mientras venía hacia aquí; pero ya ha visto que no lo ha hecho.

Raven había pensado más bien en una de las chicas Gipping. No dijo cuántas eran, ni parecía importarle cuál de ellas vendría. La fama que tenían de competentes la había difundido su madre, la señora Gipping. La familia vivía en esa casa que había entre la iglesia y la vieja estación de tren, y contaba con un buen pedazo de tierra. El señor Gipping era yesero, pero se le podía ver a menudo en la parte de atrás poniendo estacas a su plantación de guisantes o recogiendo patatas. La señora Gipping salía a trabajar de vez en cuando. Daba prioridad a Milo, los días en que Kattie estaba en Londres, y también iba regularmente a casa del señor Brundish.

– Yo hablaré con ella -dijo Raven-. Puede enviar a alguna de sus hijas después del colegio. Las clases acaban a las tres y veinticinco.

El señor Raven se marchó. Las pisadas mojadas de sus botas de goma por todo el suelo, barnizado más de una vez para la inauguración del día siguiente, parecían las huellas de una especie de anfibio amistoso. La sensación de que alguien le organizara algo era agradable. Ella sola no habría tenido el coraje suficiente para llamar a la puerta de la superpoblada casa de la señora Gipping.

Su mente volvió con desgana al problema de la biblioteca. Aquello sería un incordio, y puede que hasta un fracaso. ¿Sería razonable esperar, por ejemplo, que la señora Gamart se abonara? No se había vuelto a oír nada procedente de The Stead, pero la mirada de Deben mientras colocaba los arenques en su mostrador de mármol, una mirada llena reproche y conocimiento de lo que ocurría, le había dejado claro que la polémica seguía viva. Cuanto más modesta fuera en el manejo de su negocio, al menos durante el primer año, mejor. Pero, después de releer la carta del señor Brundish, dijo en voz alta:

– Veré qué puedo hacer respecto a la biblioteca.

Si había pensado en algún momento que el poltergeist relajaría sus esfuerzos una vez abierta la tienda, se había equivocado. En repetidas ocasiones durante la noche, detrás de cada uno de los tornillos que habían puesto los Scouts, se oía un golpe delicado y certero, como si el ente los estuviera numerando para futuras referencias. Durante el día, los clientes comentaban que había mucho ruido en la casa de al lado, en Rhoda's, y que nunca habían oído una máquina de coser que organizase semejante escándalo. Florence contestaba, consciente de estar diciendo la verdad, que nunca se sabía con estas casas tan viejas. Instaló una caja registradora con una campana, pensando que un ruido así distraería la atención de casi cualquier otra cosa.

El día de la inauguración no suscitó demasiado interés en Hardborough. La propia Old House no despertaba ninguna curiosidad. Llevaba vacía tanto tiempo, con las ventanas rotas y las puertas abiertas, que todos los niños de la zona habían jugado allí en alguna ocasión. La facturación de la primera semana fue de 70 u 80 libras. La señora Traill, de la escuela primaria, había encargado una suscripción a Vida cotidiana en la antigua Gran Bretaña; el señor Thornton había comprado un libro sobre pájaros, y el director del banco, bastante inesperadamente, uno sobre cómo ponerse en forma. El señor Drury, el abogado que no era el señor Thornton, y uno de los médicos de la clínica compraron sendos libros escritos por hombres de las SAS [7] que se habían lanzado en paracaídas sobre Europa y habían cambiado el curso de la guerra; también hicieron pedidos de libros escritos por comandantes aliados que ridiculizaban a los hombres de las SAS y dudaban de sus méritos. Esto fue el martes. El miércoles empezó a llover, y las chicas del internado que habían salido a dar un paseo se refugiaron en la tienda, que se llenó de cuerpos mojados y humeantes, apretados unos contra otros como si aquello fuera un redil de ovejas. Las chicas dieron la vuelta a las postales a las que, de mala gana, se les había concedido un lugar al lado de las ediciones de tapa blanda, y compraron tres. Hubo que encontrar sobres, y la caja se atascó cuando se le pidió que sumara 9 peniques y medio, más 6 y medio, más 3 y medio. El jueves -día de media jornada, aunque Florence decidió que esa primera semana haría una excepción- apareció Deben para demostrar que no había rencores, y estuvo curioseando y pasando sus manos callosas por los muebles. Encargó una partitura del Mesías.

– ¿Quiere que le haga un pedido? -preguntó Florence intentando adoptar un tono de voz amistoso.

– ¿Cuánto tardará en llegar?

– Es difícil aventurar una fecha. A los editores no les gusta enviar sólo una cosa cada vez. Tengo que esperar a tener doce títulos o así del mismo editor para hacer un pedido.

– Creía que tendría una obra como ésa en el almacén. El Mesías de Haendel se canta todas las Navidades, ¿sabe? Tanto en Norwich como en el Albert Hall de Londres.

– Es algo difícil tener en cuenta los gustos de todo el mundo cuando hay poco sitio para las existencias.

– No es como si tuviera que depender de la pesca del día -dijo Deben-. Por aquí no veo nada que se pueda deteriorar.

Todavía no había encontrado comprador para su tienda.

Por las tardes cerraba las contraventanas, ponía en orden los pedidos, se ocupaba de la correspondencia con su vieja máquina de escribir, y leía el Bookseller y el Smith's Trade News. Para cuando se metía en la cama estaba completamente agotada y ya no soñaba con la garza ni con la anguila ni, al parecer, con nada más.

Quizá su batalla para establecerse en Old House había terminado, o quizá se equivocaba al pensar que había encontrado su lugar o que podría encontrarlo alguna vez. Aunque no supiera con certeza a cuál de estas alternativas se refería, la batalla no podía ser decisiva en absoluto.

Cuando la librería llevaba abierta tres semanas, el general Gamart entró sin llamar la atención. Con un escalofrío repentino, Florence temió que le pidiera los poemas de Charles Sorley; pero él también quería las memorias de los hombres de las SAS.

– A menudo he pensado en escribir algo por mí mismo, ahora que tengo tiempo libre. Desde el punto de vista de la infantería, ¿sabe? El tipo que avanza y al que le pegan un tiro.

Florence le envolvió el libro con mucho cuidado. Le habría gustado tener el poder para que aprobaran una ley por la que se asegurara que aquel hombre nunca volviera a ser infeliz. Pero quizá no debería haber ido a la tienda siquiera. Estaba allí contra su voluntad, por decirlo suavemente. Miró a su alrededor como si estuviera en libertad bajo palabra, y se batió en retirada con su paquete.

La astuta sobrina de Jessie Welford se quedó un poco sorprendida cuando fue por allí la primera vez a echar una mano con la contabilidad. La facturación era mayor de lo que esperaba. No sabía que había tanto interés por la nueva empresa.

– ¿Echamos un vistazo a las transacciones? -preguntó sacando la punta de su Eversharp [8] de plata y usando ese tono que hacía que sus empleados se cuadraran-. Se han abierto tres cuentas: la escuela primaria y dos médicos. ¿Dónde está su provisión para deudas incobrables?

– Me parece que no he hecho ninguna -dijo la señora Green.

– Debería ser un 5 por ciento de lo que se le debe en el libro mayor. Luego, la depreciación… Eso tiene que aparecer en el debe, aquí, y como haber en la cuenta de propiedad. Todo débito ha de tener su crédito. Es esencial que usted pueda ver, con sólo mirar una vez en cualquier momento, exactamente cuánto debe y cuánto le deben. Ése es el objetivo de llevar bien los libros. Porque querrá usted saberlo, ¿no?

Deseó que así fuera y se sintió culpable. A menudo pensaba que como se enterase exactamente de cuál era su situación financiera hasta el último cuarto de penique, tal y como insistía Ivy Welford, no tendría valor para seguir adelante un solo día más. No se atrevía a mencionar siquiera que estaba pensando en abrir una biblioteca.

El tiempo había cambiado y reinaba un verano prematuro.

– ¡Alguien trae un envío para usted! -gritó Wally desde la bici, con un pie en el suelo-. Preguntó dos veces cuál era el camino, una en la gasolinera y otra en la vicaría. Ahora tiene problemas para dar la vuelta. Está intentando hacerlo en una sola maniobra, para cruzar directamente y venir por la parte de atrás.

Con el tiempo, esta furgoneta en concreto, elegante con su pintura roja y crema, se convertiría en la más conocida de Hardborough. Era la furgoneta de Brompton's, la tienda de Londres que ofrecía servicio de biblioteca a libreros de provincias, sin importar lo lejos que estuvieran. A petición de Florence, le habían traído los primeros volúmenes, y ella tenía que firmar un compromiso y leer las condiciones que proponía Brompton's.

Éstas parecían más una filosofía moral o las leyes de un Estado ideal, que la expresión de una transacción económica. Los libros disponibles para préstamo estaban divididos en tres clases: A, B y C. Los de la clase A eran los que se pedían mucho, los de la clase B eran simplemente aceptables, mientras que los de la clase C eran libros francamente viejos y que no interesaban a nadie. Por cada A que se llevara, debía llevarse tres Bes y un número considerable de Ces para sus lectores. Si pagaba más, podía llevarse más Aes, pero también un montón enorme de Bes y de Ces. Además, no se le enviaría nada nuevo hasta que devolviera la última remesa.

Brompton's no ofrecía ninguna sugerencia sobre cómo inducir a los lectores a que eligieran el libro más adecuado. Es posible que en Knightsbridge tuvieran sus propios métodos al respecto.

El mismo día en que se anunció la apertura de la biblioteca con apenas una nota escrita a mano y colgada en la ventana de la librería, se inscribieron treinta vecinos de Hardborough. Se podía considerar al señor Brundish como un socio seguro. Y, aunque él no hubiera dado ningún indicio sobre lo que le gustaría leer, los otros treinta lo tenían muy claro. Cómodamente retirados, o bien propietarios de sus prósperos negocios, admiradores de las imágenes de la realeza y nostálgicos del pasado, todos querían tener el recientemente publicado La vida de la reina Mary. [9] Esto a pesar de que la mayoría parecía tener conocimientos de primera mano acerca de las intimidades de la Casa Real en mucha mayor medida, por supuesto, que el biógrafo. La señora Drury dijo que la reina Madre no había hecho todos esos bordados ella sola; las partes difíciles se las habían hecho sus doncellas. El señor Keble, por su parte, aseguró que nunca volveríamos a ver a nadie como ella.

La reina Mary era, obviamente, un libro A. En lo que al tiempo se refiere, la señora Thornton había sido la primera en ponerlo en su lista; y Florence, segura de la justicia de su sistema, colocó la tarjeta de los Thornton dentro del libro. Todos los lectores tenían una tarjeta rosa y los libros estaban ordenados alfabéticamente, a la espera de que alguien se los llevara. Esto suponía un defecto grave en el sistema. Todo el mundo sabía, con sólo echar un vistazo, el libro que tenían los demás. No era necesario que se dedicaran a curiosear por todos lados, tocando las cosas en el espacio excesivamente pequeño que se había acomodado para la biblioteca, pero lo cierto era que no estaban muy habituados a la disciplina.

– Creo que ha habido algún error… Me parece que había dejado bien clara mi elección. Esto tiene toda la pinta de ser una historia de detectives, y en absoluto parece reciente -dijo la señora Keble, y luego añadió que volvería en media hora. Siempre creía que las cosas tardaban una media hora en resolverse.

– Tampoco me interesa La historia del pensamiento chino -dijo.

La biblioteca se abría los lunes de dos a tres. Normalmente era la hora más floja. La señora Keble no tenía ningún motivo para venir tan pronto, pero a las dos en punto solían entrar varios lectores a la vez, y el ambiente en la concurrida parte de atrás de la tienda empezaba a parecerse a los históricos asedios al Banco de Inglaterra. Durante el año 1945, recordó la señora Green, el Banco se había visto obligado a mantener a los clientes en orden, a fundir los tinteros para hacer balas y a pagar los reembolsos en monedas de seis peniques. Si la señora Thornton viniera de una vez a llevarse su Reina Mary… Pero satisfecha, quizá, con su irrefutable derecho adquirido, no se presentó, aunque se la esperaba cada vez que se abría la puerta de la calle. Mientras tanto, todo el mundo podía ver su tarjeta.

– … lo que significa, supongo, que se le permitirá ser la primera en llevarse La reina Mary. Me han dicho que es una lectora especialmente lenta, pero ésa no es la cuestión, claro.

– La señora Thornton fue la primera en pedir el libro. Eso es lo único que yo tengo en cuenta.

– Permítame que le diga, señora Green, que si tuviera un poco más de experiencia trabajando en comités, se daría cuenta de lo imprudente que resulta tomar decisiones teniendo en cuenta un único aspecto. Una pena.

– En un pueblo pequeño no podemos evitar saber ciertas cosas de los demás. Puede que algunos de nosotros nos sintamos más cercanos que otros al concepto de realeza. Algunos pueden pensar que tienen derecho a ser los primeros en leer acerca de la fallecida Reina Madre. Es posible que se trate de una devoción leal cultivada durante años.

– La señora Thornton fue bastante clara al respecto.

El aire de la tarde veraniega se hizo denso y caluroso. Dos lectores más se apretujaron en la habitación, y uno de ellos le dijo a Florence, en un aparte, que era bien sabido que la señora Thornton había votado a los liberales en las últimas elecciones. Tanto la parte de atrás de la casa como la puerta de la calle estaban bloqueadas por las señoras. A las cuatro -las horas de trabajo eran muy cortas en Hardborough- se unieron sus maridos.

– Nunca hubiera pensado que se iba a malinterpretar mi lista. Mírelo, está escrito ahí, claramente. Parece un fallo de la sencilla rutina burocrática. Si todo el mundo quería La reina Mary, ¿por qué no se encargaron más copias?

Así que la biblioteca de la Librería Old House echó el cierre por una temporada, para volver a abrir en un mes, momento en que la propietaria esperaba contar con algo más de ayuda. Esta acción constituía todo un reconocimiento de debilidad. Wally llevó una nota formal al señor Brundish para explicarle la situación. No había logrado ver al viejo caballero por ningún lado; de modo que le entregó la nota al lechero, quien se la dejó junto a la leche, bajo la arpillera del almacén de las patatas, que era donde el señor Brundish, cuyo buzón se había oxidado hacía tiempo, solía recibir su correspondencia.

5

«Necesito ayuda», pensó Florence. «Era una locura creer que podía llevar todo esto yo sola.» Pidió una conferencia con las oficinas del Flintmarket, Kingsgrave and Hardborough Times.

– ¿Podrás conectarme lo antes posible, Janet? -preguntó.

Había visto la motocicleta de Janet aparcada fuera de la oficina de teléfonos, y sabía que estaría en buenas manos.

– ¿Está intentando contactar con los anuncios clasificados, señora Green?

– Sí. Es el mismo número.

– No le merece la pena gastarse el dinero, si quiere poner un anuncio para un ayudante. Una de las chicas Gipping se pasará por su casa al salir del colegio.

– Es posible, Janet, pero no es seguro.

– Raven habló con ellas hace alrededor de una semana. A él le habría gustado que fuera la mayor, pero se tiene que quedar en casa mientras la señora Gipping está en la recogida del guisante. Quizá no le importe que sea la segunda o la tercera.

Florence le recordó a Janet que quizá hubiera alguien esperando una conferencia, pero ella le respondió que no había nadie más.

– Los de las líneas privadas se han ido casi todos a Aldeburgh para oír el concierto ése, y los demás están en el nuevo Fish and Chips. Esta noche es la inauguración.

– Bueno, Janet, a lo mejor se les incendia el local. Creo que utilizan aceite para cocinar. Deberíamos dejar la línea libre por si se produce alguna emergencia. ¿Lo va a llevar el señor Deben?

– No, no, al señor Deben le parece que va a ser un golpe mortal para su negocio. Está intentando que el vicario se ponga de su parte, alegando que el olor a frito podría invadir la iglesia durante los cánticos de la tarde. Pero el vicario le ha dicho que no le gusta meterse en esas discusiones.

Se preguntó qué dirían las telefonistas cuando hablaran de su librería.

Al día siguiente, a la hora del té, una niña de diez años, muy pálida, muy delgada y sorprendentemente guapa, se presentó en Old House. Llevaba unos pantalones tejanos y una chaqueta de punto rosa con un dibujo muy complicado. Florence la reconoció al instante. Era la niña que había visto en el parque.

– Eres Christine Gipping, ¿verdad? Había pensado más bien que tu hermana…

Christine respondió que ahora que las tardes se iban haciendo más largas, su hermana estaría en los helechos, con Charlie Cutts. De hecho, acababa de ver sus bicicletas escondidas entre la maleza, al lado del cruce.

– Conmigo no tendrá que preocuparse de esas cosas -añadió-. No cumplo once hasta abril del año que viene. A mí no me han salido todavía.

– ¿Y tu otra hermana?

– Le gusta quedarse en casa y cuidar de Margaret y Peter. Son los pequeños. Fue un desperdicio darles esos nombres, al final no pasó nada entre él y la princesa. [10]

– No quiero que pienses que no deseo darte el trabajo. Es sólo que no pareces lo suficientemente mayor, ni fuerte.

– Las apariencias no lo son todo. Usted parece mayor y, sin embargo, no parece fuerte. No habrá mucha diferencia si contrata a otro miembro de mi familia. Somos todas muy mañosas.

Su piel era casi transparente. Su pelo sedoso parecía no tener sustancia cuando se apartaba de su cara y se le despeinaba con la mínima corriente. Cuando Florence, todavía preocupada por no ofenderla, sonrió animadamente, ella le devolvió la sonrisa dejando ver dos dientes rotos.

Se los había quebrado el invierno anterior de una forma bastante curiosa: se había congelado la ropa tendida, y un chaleco helado le golpeó la cara. Igual que los demás niños de Hardborough, había aprendido a resistir. Todos corrían como malabaristas por los pasamanos de los puentes sobre los pantanos, se caían y se rompían los huesos o estaban a punto de ahogarse. Se lanzaban piedras unos a otros, o raíces arrancadas de los arados. A un chico algo retrasado le dijeron que los gusanos que se utilizaban como cebo le sentarían bien y le harían menos aburrido, y él se comió un bote entero. La propia Christine estaba peligrosamente delgada, aunque era algo sabido que la señora Gipping alimentaba bien a sus hijos.

– Iré a ver a tu madre mañana, Christine, y ya hablaremos de esto.

– Como quiera. Le dirá que tengo que venir siempre después de clase, y el sábado todo el día, y que usted no debe pagarme menos de doce con seis a la semana.

– ¿Y qué hay de los deberes?

– Los haré después de la cena, en casa.

Christine mostró su impaciencia. Estaba claro que había decidido empezar a trabajar enseguida. Dejó su chaqueta rosa en la parte de atrás.

– ¿La has tejido tú? Parece muy difícil.

– Es de la revista Woman's Own -dijo Christine-. Pero las instrucciones eran para manga corta.

Frunció el ceño. No quería admitir que se había puesto lo mejor que tenía para causar buena impresión en su primer encuentro.

– ¿No tiene hijos, señora Green?

– No. Pero me habría gustado.

– Para usted la vida ha pasado de largo en ese aspecto.

Sin esperar a que se le diera ninguna explicación, se paseó por la tienda abriendo cajones y poniendo pegas a la forma en que estaban ordenadas las cosas, mientras su fino pelo volaba en todas direcciones. No había suficientes postales expuestas, afirmó -ya se encargaría ella de elegir algunas más-. Y había paquetes enteros sin abrir en el fondo de los cajones porque la señora Green las odiaba.

Al principio, los métodos de la niña eran algo excéntricos. Con una habilidad para la organización que nunca había llegado a manifestarse, al ser la tercera hija de la familia, primero colocó las postales de una forma, luego de otra. Hizo caso omiso de los mensajes que mostraba cada una y las ordenó básicamente por colores, de modo que las rosas y las puestas de sol quedaron al lado de una langosta de color rojo brillante ataviada con un sombrero escocés, que se estaba llevando un vaso a la boca y decía: Just a wee doch an doris afore we gang awa! [11] Lo más probable es que se tratara de una muestra gratuita.

– En realidad tendrías que separar las románticas de las de humor -dijo Florence.

Éstas, qué duda cabe, eran las dos únicas actitudes que uno podía adoptar en la vida, a juicio de los fabricantes de las postales. La langosta se tomaba su marcha con humor. La puesta de sol venía acompañada de una frase triste.

– ¿Qué quiere decir esto de estar «encima» o estar «debajo»? -preguntó Christine con firmeza.

Este primer reconocimiento de que había cosas que no sabía animó un poco a su patrona. Christine se dio cuenta inmediatamente de que había perdido pie.

– Hay muchas más que ni siquiera ha desenvuelto -dijo con tono de reprobación.

Juntas, revisaron todo un paquete: hombres y mujeres desnudos y entrelazados, con un pie de foto que rezaba: Otra cosa que no hemos olvidado hacer hoy.

– Éstas las vamos a tirar ahora mismo -dijo Florence con convicción-. Hay algunos distribuidores que no tienen ni idea de lo que es apropiado.

Christine se retorció de risa y dijo que había unos cuantos en Hardborough a los que no les importaría encontrárselas en el buzón. Estaba bien preparada, pensó Florence. Su ayuda sería muy valiosa cuando tocara volver a abrir la biblioteca.

No parecía que hubiera nada que discutir esa tarde con la señora Gipping, que se quedó de pie pacientemente en la puerta entornada cuando Florence acompañó a Christine hasta su casa.

El pequeño Peter estaba plantando filas de pinzas de la ropa entre los guisantes tempraneros.

– ¿Por qué llega Christine tan tarde? -preguntó.

– Ha estado trabajando para esta señora.

– ¿Para qué?

– Tiene una tienda llena de libros para que la gente pueda leer.

– ¿Para qué?

Las camionetas y furgones que traían a los vendedores de las editoriales empezaron a aparecer con más frecuencia por el brillante horizonte de los pantanos, hundiéndose de vez en cuando en el lodo a la altura del cruce, y siempre, sin remedio, cuando intentaban dar la vuelta en la orilla. Incluso en verano se trataba de un viaje complicado. Los que lograban llegar sanos y salvos eran un poco reacios a desprenderse de las novelas románticas y los libros de noviazgos, que eran los que Florence quería realmente, a no ser que accediera a quedarse también con un montón de esas novelas de cubiertas ligeramente envejecidas, que tenían el aire de una mujer a la que nadie ha solicitado nunca su favor. Su solidaridad tanto con los vendedores como con los libros que envejecían irremediablemente, la convertían en una compradora algo imprudente. Además, los vendedores llegaban de tan lejos que ella no tenía más remedio que llevarles a la cocina y ofrecerles un té. Allí, con la esperanza de que tardarían todavía un tiempo en regresar a ese agujero dejado de la mano de Dios, los vendedores se podían permitir el lujo de revolver el azúcar y relajarse un poco.

– Una cosa es cierta: la competencia no le supondrá un problema. No hay otro punto de venta entre este páramo y Flintmarket.

A todos se les había caído el alma a los pies cuando se dieron cuenta de que no había servicio ferroviario alguno, lo que obligaría a que todos los pedidos tuvieran que llegar por carretera. Para cuando empezaban a sentir que había llegado el momento de ponerse en marcha, se había levantado el viento, y sus furgonetas, sin la carga que las había mantenido estables, se bamboleaban de un lado para otro, incapaces de ceñirse al eje de la carretera. Los jóvenes novillos, los animales más inquisitivos de todos, se acercaban por la hierba para mirarles apaciblemente.

– No sé por qué he comprado esto -reflexionó Florence después de una de estas visitas-. ¿Por qué me los he quedado? Nadie me forzó a ello. Nadie me aconsejó.

Tenía ante sí un paquete con 200 marcapáginas chinos, pintados sobre seda. La cigüeña, que simbolizaba la longevidad; un ciruelo en flor, para ilustrar la felicidad… Su debilidad por las cosas bonitas la había traicionado. Era inconcebible que alguien en todo Hardborough los quisiera. Pero Christine la consoló. Los visitantes los comprarían; cuando llegara el verano, no sabrían en qué gastar su dinero.

En julio, el cartero trajo una carta con matasellos de Bury St. Edmund's. Era demasiado larga, como podía verse por el grosor del sobre, para tratarse de un simple pedido.

Estimada Sra.,

Quizá le interese o le divierta saber cómo fue que llegué a tener noticias de su establecimiento. Un primo de mi mujer, que en paz descanse (quizá debiera llamarle tío segundo), está relacionado, por un segundo matrimonio, con ese joven prometedor, el diputado de la circunscripción de Longwash, quien me comentó que en una fiesta que dio su tía (la Sra. Gamart, a quien no conozco personalmente) se mencionó que Hardborough por fin iba a contar con una librería.

Florence se preguntó de qué manera podría esto considerarse divertido. Pero no debía ser tan dura.

Puede que le divierta más todavía saber que no la escribo por nada relacionado en absoluto con los libros.

Seguían varias páginas de fino papel de carta, de las que dedujo el dato de que quien las escribía respondía al nombre de Theodore Gill, que vivía en algún lugar cerca de Yarmouth, que era un pintor de acuarelas que no veía motivos para abandonar el estilo del cambio de siglo, y que le encantaría organizar o, mejor, que le organizaran, una pequeña exposición de su obra en Old House. El nombre de la señora Gamart y su brillante sobrino, no tenía duda, servirían de recomendación suficiente.

Florence miró sus estanterías, detrás de las cuales se podía distinguir medio metro escaso de pared. Siempre cabía la opción de utilizar el cobertizo de las ostras, pero incluso ahora, en pleno verano, la humedad era tremenda. Guardó la carta en un cajón en el que ya había varias del mismo estilo. Entre la clase media alta de East Suffolk, la mediana edad algo avanzada solía llevar aparejada una crisis, después de la cual casi todos se convertían en pintores de acuarelas y se especializaban en paisajes. No habría importado tanto si hubieran pintado mal, pero lo cierto era que se les daba bastante bien. Todos sus cuadros, por lo demás, eran muy parecidos entre sí. Una vez enmarcados, colgaban en las paredes de los salones, mientras por las ventanas el paisaje vacío, desteñido y enmarañado se unía con el cielo transparente.

Esta crisis, además, iba acompañada del deseo de exponer en un lugar más ambicioso que la entrada de la parroquia, y Florence la relacionaba con las cartas que había recibido de diversos «autores locales». Los cuadros tenían títulos como Puesta de sol en el Laze, mientras que los libros se titulaban A pie a través de los pantanos o El este de Inglaterra sobre cuatro ruedas. Porque, ¿qué otra cosa se puede hacer con las llanuras además de cruzarlas? No tenía ni la más remota idea de dónde pondría a los autores locales si éstos venían, como habían sugerido, a firmar ejemplares de sus libros a los compradores ansiosos. Quizá podría colocar una mesa debajo de la escalera, si es que lograba mover una parte de los libros. Se imaginó con todo detalle la decepción que sentirían estos autores, allí empotrados detrás de la mesa repleta de ejemplares, bolígrafo en mano, mientras pasaban las horas sin que viniera nadie a comprar ninguno de sus libros.

– El martes siempre es un día tranquilo en Hardborough, señor… sobre todo si hace bueno. No le sugerí que viniera el lunes porque ese día es más tranquilo todavía. Los miércoles también son tranquilos, excepto por el mercado, y el jueves abrimos sólo media jornada. Los clientes no tardarán en venir y preguntar por su libro, claro que sí. Han oído hablar de usted, es un autor local. Naturalmente que querrán tener su autógrafo, cruzarán los pantanos a pie, o a motor.

La sola idea de tanto sufrimiento y vergüenza era difícil de sobrellevar, pero al menos veía que, de momento, aquello no estaba ocurriendo. Metió la carta del señor Gill en el cajón.

Había estado casi demasiado ocupada para darse cuenta de que las vacaciones habían terminado. Ahora se fijó en las toallas de playa que colgaban en todas las ventanas de las casas más cercanas a la orilla. El ferry cruzaba el Laze varias veces al día, y el Fish and Chips ampliaba su espacio con trozos de hierro forjado traídos de la pista de aterrizaje abandonada. Apareció Wally para preguntarle a Christine si le gustaría ir de acampada, y Florence se preguntó si el muchacho no venía demasiado, y de forma demasiado persistente. Christine, en cualquier caso, rechazó la invitación con una dignidad que ella imaginó aprendida de sus hermanas mayores.

– Ese Wally lo que quiere es su tabla de lavar la ropa. Querrá utilizarla para su grupo de música. He visto que no le quita ojo siempre que se mete en la parte de atrás de la casa.

– Entonces será mejor que se la lleve -dijo Florence-. Nunca he sabido qué hacer con ella. También se puede quedar con el escurridor, si quiere.

Debería bajar a la playa. Era jueves, tocaba cerrar pronto, y Florence se sentía un poco desagradecida por vivir tan cerca del mar y tirarse semanas y semanas sin mirarlo siquiera. En realidad prefería la playa en invierno, pero se lo reprochó a sí misma, se dio un baño y luego estuvo un rato al sol al final de la hondonada sembrada de guijarros de colores. Los niños se agachaban para decidir cuáles meterían en sus cubos; hombres ya maduros elegían otros para tirarlos al agua. Los periódicos que habían traído consigo para leer, se los había arrebatado el aire. Las madres se habían refugiado del viento cortante en las cabañas de la playa, que se habían instalado en forma de campamento lo más lejos posible del frío e invasivo Mar del Norte. Más hacia el norte, la marea había traído cosas inaceptables a la orilla. Los huesos se mezclaban con la franja de desechos que depositaba la marea. La corriente había dejado allí los restos putrefactos de una foca.

Los lugareños de Hardborough se relacionaban sin temor con los visitantes. Florence vio al director del banco, desconocido con su traje de baño a rayas, acompañado de su mujer y del cajero. Hablaba a voces y se le oyó decir, a intervalos, que tanto trabajo le estaba convirtiendo en un soso, y que era la primera vez que había pisado la playa ese año. Su afirmación no merecía respuesta. Otra voz, tierra adentro, gritó que el mal tiempo les estaba respetando ese año. Raven pasó en su nueva furgoneta. La semana siguiente llevaría a algunos Scouts del Mar a Londres para su excursión anual. Echarían un vistazo a las obras de la Casa de Baden-Powell, y después, según habían votado por unanimidad, irían a la estación de Liverpool Street para ver salir los trenes.

Andar un poco más playa arriba, significaba hundirse a cada paso. La arena mojada y las piedras se desmoronaban como si no estuvieran dispuestas a soportar su poco peso, y luego se elevaban de nuevo rezumando, para llenar las pisadas de agua resplandeciente. Dejar una huella de cualquier tipo constituía un logro exultante. Más allá de los restos de la foca muerta, más allá de los guijarros donde, ochenta años atrás, un hombre había encontrado un pedazo de ámbar tan grande como su cabeza -aunque desde entonces nadie más había vuelto a encontrar ámbar-, Florence llegó a un camino desolado por el que los veraneantes no se atrevían a pasar. Era desigual y ascendía bruscamente de vuelta al parque. Pudo divisar algunas figuras humanas solitarias, y parejas paseando a sus perros. Se sorprendió al ver a cuántos de ellos conocía ahora como clientes ocasionales. Se saludaron con la mano desde la distancia y después, como el terreno era tan llano y la aproximación tan lenta, tenían que saludarse de nuevo a medida que se acercaban, y reservar las sonrisas para el último momento. Además de sonreír, casi todos los paseantes, contentos de poder tomarse un respiro, le preguntaron lo mismo: ¿cuándo volvería a abrir la biblioteca? Les hacía tanta ilusión. Los perros, tiesos de indignación, tiraban de sus correas hacia los lados. Florence se oyó a sí misma hacer numerosas promesas. Se sentía en desventaja estando descalza, y pensó que tendría que haberse puesto los zapatos antes de dirigirse al parque.

En las tardes lluviosas, cuando se levantaba el mal tiempo, Old House se llenaba de visitantes extraviados y desconsolados. Christine, que decía que ponían la tienda perdida de arena, era implacable con ellos, y les exigía que decidieran qué querían comprar.

– Hojear libros es parte de la tradición de una librería -le dijo Florence-. Debes dejar que se queden y toquen los libros.

Christine le preguntó a Deben qué haría él si todo el mundo tocara su pescado. Además, había montones de huellas de dedos mojados en las postales.

Ivy Welford vino a revisar las cuentas un poco antes de lo acordado. Su curiosidad era una forma de medir el éxito de la tienda y su reputación fuera de Hardborough.

– ¿Dónde están las devoluciones a proveedores?

– No hay -respondió Florence-. Los editores no aceptan devoluciones. Odian esos acuerdos de venta con derecho a devolución.

– Pero aquí veo que tiene devoluciones de clientes, ¿cómo es eso?

A veces a los lectores no les gustan los libros después de haberlos comprado. Se quedan asombrados, o digamos que detectan en el libro un matiz evidente de socialismo.

– En ese caso, el precio debería aparecer en el haber de su cuenta personal, y el debe bajo las devoluciones.

Era una acusación de debilidad.

– Ahora, el libro de compras. Ciento cincuenta marcadores chinos a cinco chelines cada uno, ¿es correcto?

– Había un pájaro diferente o una mariposa en cada uno. Algunos eran pájaros de arroz. Eran preciosos. Por eso los compré.

– No lo pongo en duda. No es de mi incumbencia cómo lleva usted el negocio. Lo que me preocupa es que aparecen en el libro de ventas como vendidos a cinco peniques cada uno. ¿Cómo explica usted eso?

– Fue un error de Christine. Pensó que estaban hechos de papel y leyó mal el precio. No se puede esperar que una niña de diez años sepa apreciar el arte oriental transmitido de generación en generación desde hace siglos.

– Quizá no, pero se ha olvidado de reflejar la pérdida de 4 chelines y 7 peniques por cada artículo. ¿Cómo voy a preparar entonces un balance de comprobación?

– ¿No lo podemos anotar como gastos de caja? -suplicó Florence.

– La caja debe ser para sumas muy pequeñas. Estaba a punto de preguntarle sobre eso. ¿Para qué ha sido este desembolso de 12 chelines y 11 peniques?

– Yo diría que para leche.

– ¿Está completamente segura? ¿Tiene un gato?

Al llegar septiembre, los veraneantes, al igual que los pájaros migratorios, mostraban el nerviosismo por el viaje de regreso que se aproximaba. La escuela había vuelto a abrir, y Florence se pasaba todo el día sola en la tienda.

Vino Milo y dijo que le gustaría comprarle un regalo de cumpleaños a Kattie. Eligió un libro para colorear de las Tierras de la Biblia. A Florence aquello le pareció una mera pose.

– Así que Violet no se va a salir con la suya -dijo Milo-. ¿Ha venido ya por aquí?

– No llevamos abiertos mucho tiempo.

– Seis meses. Pero vendrá, no lo dude. Tiene demasiado amor propio como para no hacerlo.

Florence se sintió aliviada y, a la vez, vagamente insultada.

– Espero poder reabrir la biblioteca muy pronto -dijo-. Quizá la señora Gamart…

– ¿Gana usted dinero? -preguntó Milo.

Sólo había dos o tres personas en la tienda, y uno era un Scout que venía todos los días después de clase para leer un nuevo capítulo de Yo volé con el Führer. Marcaba la página con una cuerda de la que colgaba un caramelo, para hacer peso.

– Lo que necesita de verdad es algo como esto -dijo Milo, sin prisas. Bajo el brazo llevaba un libro más o menos delgado, envuelto en el papel verde de la editorial Olympia Press-. Éste es sólo el primer volumen.

– Ah, ¿pero hay un segundo volumen?

– Sí, pero se lo he prestado a alguien, o me lo he dejado en algún lado.

– Debería usted guardarlos juntos, como cuando forman parte de una misma colección -dijo Florence con firmeza. Miró el título del libro, Lolita-. Sólo tengo novelas buenas en stock, ¿sabe? No se mueven demasiado rápido. ¿Es buena?

– La hará rica, Florence.

– Pero, ¿es buena?

– Sí.

– Gracias por sugerirlo. A veces necesito consejo. Es muy amable de su parte.

– Siempre comete usted el mismo error -dijo Milo.

Lo cierto es que Florence Green no había sido criada para entender a las personas como Milo. Igual que seguía considerando que la gravedad es una fuerza que atrae las cosas hacia sí, y no una simple cuestión que se encarga de las que menos resistencia opongan a ella, estaba segura de que el carácter era una lucha entre las buenas y las malas intenciones. Le costaba creer que Milo hiciera algo solamente porque le suponía menos esfuerzo en ese momento que hacer cualquier otra cosa.

Tomó nota del título, Lolita, y del nombre del autor, Nabokov. Parecía extranjero. Ruso, quizá.

6

A Christine le gustaba encargarse de echar el cierre cada tarde. A los diez años y medio tenía la certeza, quizá por última vez en su vida, de cómo había que hacer las cosas exactamente. Éste era su último año en primaria. La sombra del examen de reválida para pasar a la secundaria, al final del verano siguiente, ya se iba dejando notar. Quizá debería abandonar el trabajo y concentrarse en los estudios, pero Florence, por temor a que se malinterpretaran sus intenciones, no podía sugerirle a su ayudante que posiblemente había llegado el momento de que se marchara. En los últimos meses no había sido poca la influencia que habían ejercido la una sobre la otra. Si Florence se había hecho más resistente, Christine se había hecho más sensible.

La primera tarde de septiembre que realmente se podía decir que había hecho frío se sentaron, después de cerrar, en el cuarto delantero en dos cómodas butacas, como señoras. La niña se fue a la cocina a calentar agua y Florence se quedó escuchando el ruido que hacía el chorro del agua del grifo. Siguió una nota metálica cuando puso la lata roja de Coronation, donde guardaba las galletas, de golpe sobre la encimera.

– En casa tenemos una azul. También representa la abadía de Westminster, pero la procesión da toda la vuelta a la lata.

– Voy a encender la estufa -dijo Florence, que no estaba acostumbrada a estar sin hacer nada.

– Mi madre no cree que esas estufas de parafina sean seguras.

– No hay ningún peligro mientras se tenga cuidado de limpiarlas adecuadamente y no haya corriente por dos lados a la vez -respondió Florence, mientras enroscaba la tapa del contenedor con fuerza.

Alguna vez tenía derecho a llevar la razón.

La estufa no parecía pasar por su mejor momento aquella tarde. No había corriente, si es que eso era posible en Hardborough; pero la llama azul se elevó un instante, como si quisiera alcanzar algo, y luego se hundió de nuevo, más que antes. El nombre algo extravagante de la estufa era Nevercold [12]. Acababa de conseguir ponerla en marcha cuando entró Christine muy seria transportando una gran bandeja negra y dorada, sobre la que llevaba todo lo necesario para el té.

– Me gusta esta vieja bandeja -dijo-. Me la puede dejar en su testamento, si quiere.

– Creo que no me apetece pensar en mi testamento todavía, Christine. Soy una mujer de negocios en el ecuador de su vida.

– ¿Es japonesa?

La bandeja tenía un dibujo que representaba a dos ancianos pescando apaciblemente a la luz de la luna.

– No, es esmalte chino. Mi abuelo la trajo de Nanking. Era un gran viajero. No estoy segura de que hoy día sean capaces de hacer esmaltes como éstos en China.

Para entonces la Nevercold ardía ya con más regularidad. La tetera estaba delante, absorbiendo el calor, y el cuarto se hizo más acogedor. La diferencia de edad entre Christine y Florence pareció disminuir, como si no hubiera más que dos etapas en la vida de una mujer. En Hardborough, las tardes como aquélla, en la que apenas se oía el mar, se consideraban silenciosas. Disfrutaban, por lo tanto, del calor y la quietud; y, sin embargo, poco a poco, Christine, que hasta ese momento había estado relajada como una muñeca de trapo, empezó a ponerse tensa e impaciente. Naturalmente, no se podía esperar que una niña de su edad estuviera quieta durante mucho tiempo.

Al cabo de un rato se levantó y fue a la parte de atrás de la casa para asegurarse, según dijo, de que la puerta estaba bien cerrada. Florence habría querido impedir que saliera de la habitación, algo innecesario, como se demostró inmediatamente cuando regresó. Del pasillo de arriba llegaba un susurro casi inaudible, acompañado de débiles arañazos y golpes. Parecía que alguien estuviera arrastrando algo de un lado a otro, como un gato que estuviera tirando de un juguete demasiado pesado atado a una cuerda. Florence no se engañó a sí misma, al menos no más que otras veces, haciendo ver que no ocurría nada.

– Estás cómoda, ¿no, Christine?

La niña respondió que sí. No cabía duda de que había intentado adoptar su «mejor» tono de voz, el que exigía la profesora a las niñas cuando representaban el papel de Florence Nightingale o el de la Virgen María. Mientras, seguía aguzando el oído, con angustia, como si estuviera estirando las orejas o levantándolas.

– He estado pensando que podría ayudarte con tu examen -dijo Florence intentando empezar una conversación-. Con algo que te sea útil, quiero decir. Podemos leer algo juntas.

– No tenemos lectura. Te dan unos dibujos y tienes que decir cuál es el que no encaja con los demás. O te dan unos números, como 8, 5, 12, 9, 22, 16, y tienes que decir qué número viene después.

Igual que había sido incapaz de entender a Milo, Florence no habría sabido decir cuál era el siguiente número de la serie. Había nacido hacía demasiados años. A pesar de la Nevercold, la temperatura parecía haber caído de forma dramática. La puso al máximo.

– No tienes frío, ¿verdad?

– Siempre estoy pálida -respondió Christine altiva-. No hay necesidad de subir esa cosa por mí -añadió temblando-. Mi hermano pequeño también es pálido. Se supone que él y yo nos parecemos bastante.

Ninguna de las dos estaba preparada para reconocer que le gustaría proteger a la otra. Habría sido como permitir que el miedo entrara en la habitación. El miedo parecería más natural si el lugar hubiera estado a oscuras, pero la luz brillante de la tienda inundaba toda la estancia. El barullo sofocado de arriba se convirtió en un caos.

– Suena cada vez más, señora Green.

Christine había abandonado su voz de Florence Nightingale. La señora Green le cogió la mano izquierda, que era la que tenía más cerca. Parecía que pasaba por ella una pequeña corriente, que transmitía un pulso frío, como si la electricidad se pudiera convertir en hielo.

– ¿Seguro que estás bien?

La mano de Christine descansaba sobre la suya, ligera e inmóvil. Quizá fuera peligroso presionar a la niña, pero Florence sentía la abrumadora necesidad de hacer que hablara y de que se admitieran algo la una a la otra.

– Esa cosa me está pasando ahora mismo por el brazo como si tuviera un par de dedos caminando -dijo Christine muy despacio-. Y ahora se ha parado encima de mi cabeza. Se me han puesto los pelos de punta.

Era un reconocimiento en toda regla. Medio tensa, medio adormilada, se meció de un lado a otro en la butaca, adoptando una postura curiosa. El ruido de arriba paró un momento y luego estalló de nuevo, pero esta vez en el piso de abajo, aparentemente debajo de la ventana, que vibró con violencia. Parecía que el vidrio iba a estallar hacia dentro. Temblaron las tazas y comenzaron a dar vueltas encima de los platillos. Se oyó un repiqueteo enloquecido, como si algún idiota estuviera tirando guijarros, puñado tras puñado, contra el cristal.

– Es el rapper. Mi madre sabe que hay uno en esta casa tan vieja. Pensó que no actuaría conmigo aquí, porque todavía no me han salido.

Los golpes en la ventana se transformaron en un silbido, que se elevó, una y otra vez, hasta asemejarse al grito de un animal.

– No le hagas caso, Christine -gritó Florence con una energía repentina-. Sabemos perfectamente lo que no puede hacer.

– Eso no quiere que nos vayamos -murmuró Christine-. Quiere que nos quedemos para así poder atormentarnos.

Estaban rodeadas. El asedio duró poco más de diez minutos, durante los cuales el frío fue tan intenso que Florence no sentía la mano de la niña en la suya. No sentía ni las propias yemas de sus dedos. Diez minutos más tarde, Christine se quedó dormida.

Florence no esperaba que su ayudante volviera por allí; pero lo hizo al día siguiente, con la sugerencia de que si volvían a tener problemas podían ponerse las dos a rezar juntas la oración del Señor. Su madre había indicado que sería una pérdida de tiempo consultar al vicario. Los Gipping no pertenecían a la iglesia Anglicana y no iban a St. Edmund's, pero el párroco tampoco sería de gran ayuda; los fantasmas podían combatirse con lecturas y oraciones, pero no así los rappers. Entretanto, seguro que había llegado el momento de lavar los plumeros.

A Florence le dio pena ese aparente desdén hacia la elegante iglesia cuya torre protegía los pantanos, y cuyo suelo del famoso pórtico sur, entre contrafuertes angulosos, había sido decorado por un ancestro del señor Brundish con baldosas de sílex de color gris plateado y gris oscuro. Le habría gustado que, cuando hablara con el vicario, la conversación no versara sobre el dinero. Se había alegrado de donar parte de sus libros para la fiesta de la cosecha, aunque se preguntaba cómo Usted puede ser su propio mecánico y una pila de novelas podían considerarse frutos de la tierra y el mar. Para el canónigo debía de constituir una pesada carga -eso lo sabía muy bien- tener que dedicar tanto tiempo a recolectar fondos. Le habría gustado poder verle sólo un momento para preguntarle: ¿Tenía razón William Blake cuando dijo que todo aquello en lo que era posible creer era una imagen de la Verdad? ¿Y si era algo en lo que resultaba imposible creer? ¿Creía él en los rappers? Mientras tanto, decidió asistir a la misa matutina en St. Edmund's, y al salir se dio cuenta de que la semana siguiente le tocaba ocuparse de las flores. Se dio de bruces con la lista que estaba colgada en el porche: señora Drury, señora Green, señora Thornton, señora Gamart dos semanas; eso debía de ser porque tenía el jardín más grande.

La señora Gipping, cuya casa quedaba entre la vieja estación de tren y la iglesia, estaba trabajando en su huerto. Al ver pasar a la patrona de Christine de vuelta de la misa, le hizo una señal para que se acercara. Gipping, a la que se podía ver entre hileras de hojas verdes, estaba cuidando el apio tempranero, que aguantaría hasta Navidad.

En el calor húmedo de la cocina en un día de colada, la señora Gipping resultaba tranquilizadora. Su hija le había hablado de la visita del rapper; en su opinión, dijo, todos los trabajos tenían algún inconveniente.

– Querrá tomar algo, supongo, antes de ir a abrir su negocio.

Florence esperaba que le diera una taza de Nescafé, al que ya se había acostumbrado, pero, en cambio, dirigió su atención hacia una enorme calabaza que colgaba encima de la pila. Había una espita de madera incrustada en uno de los lados tersos y brillantes de la fruta. Lucía unas atrevidas franjas verdes y amarillas. Alineadas debajo, había tazas y algunos vasos, y si se le daba una vuelta a la espita salía, gota a gota, un líquido turbio que caía pesadamente sobre la taza más cercana. La señora Gipping explicó que no llevaba mucho tiempo allí colgada y que no se subía en absoluto a la cabeza, pero que ella había visto a un hombre fuerte entrar, tomar un sorbo de una calabaza de cuatro semanas y desplomarse sobre el suelo de piedra, poniéndolo todo perdido de sangre.

– Ya me dará usted la receta -dijo Florence educadamente.

Pero la señora Gipping le respondió que nunca se la daba a nadie, porque, si lo hacía, el Instituto de la Mujer, contra el que parecía albergar algún tipo de resentimiento, tomaría nota para incluirla en su repertorio de viejas tradiciones rurales.

Abrir la tienda producía en Florence, cada mañana, la misma sensación cargada de promesas y oportunidades futuras. Los libros estaban tan bien alineados como las verduras del huerto de la señora Gipping. Dispuestos para todos los visitantes.

Milo vino a la hora del almuerzo.

– ¿Qué? ¿Al final va a encargar Lolita?

– Todavía no lo he decidido. He pedido un ejemplar de lectura. Estoy algo desconcertada por lo que han dicho sobre ella los periódicos americanos. Un crítico ha afirmado que su publicación era una mala noticia para el ramo y para los lectores, porque era aburrida, pretenciosa, de lenguaje florido y repulsiva. Pero por otro lado había un artículo de Graham Greene que decía que era una obra maestra.

– No me ha preguntado qué es lo que pienso yo.

– ¿De qué serviría? Ha perdido el segundo volumen o se lo ha dejado en algún lado. ¿Llegó a terminar de leerlo?

– No lo recuerdo. ¿No se fía de su propia valoración, querida?

Florence se lo pensó.

– Me fío de mi valoración moral, sí. Pero yo soy sólo una comerciante; no tengo suficiente preparación para entender de Arte, y no sé si un libro es una obra maestra o no.

– ¿Qué le dice su valoración moral acerca de mí?

– Eso no es muy difícil de contestar -dijo Florence-. Me dice que debería casarse con Kattie, pensar menos en sí mismo y trabajar más duro.

– Pero no está usted segura en cuanto a Lolita. ¿Teme que lo lea esa pequeña Gipping?

– ¿Christine? En absoluto. En cualquier caso, nunca lee los libros que vende. Es la ayudante perfecta en ese sentido. Sólo lee Bunty, [13] y de vez en cuando.

– ¿O quizá teme que no les guste a los Gamart? Violet todavía no ha venido por aquí, ¿verdad?

Milo añadió que el General le había dicho, cuando los coches de ambos estaban esperando en el paso a nivel en Flintmarket, que su mujer no creía que Lolita llegara nunca a venderse en un sitio tan entrañable y aletargado como Hardborough.

– Prefiero no tener ninguna de esas cosas en cuenta. Si Lolita es un buen libro, entonces lo venderé en mi librería.

– En el peor de los casos ganaría dinero, ¿sabe?

– Ésa no es la cuestión -respondió Florence. Y, de verdad, no lo era.

Se preguntó por qué últimamente se hablaba de forma tan recurrente del peor de los casos. Hacía sólo unos días, en los pantanos, Raven le había enseñado unas suculentas hierbas verdes que, según dijo, se consideraban un manjar en Londres, y que alcanzarían un buen precio si las enviaba allí.

– Esto le puede ser de ayuda, señora Green, si las cosas no salen como es de esperar.

– Nos va bastante bien, de momento -le dijo a Milo-. Haré caso de sus buenos consejos sobre Lolita en su debido momento.

Milo pareció vagamente desilusionado.

– Deme un ejemplar de Bunty -dijo.

Florence le dijo que había un montón enorme en la parte de atrás, pero que no podía deshacerse de ninguno sin el permiso de Christine. Y las clases no terminaban hasta las tres y media.

Tras seis meses de negocio, Florence calculó que tendría unas 2500 libras en mercancía en el almacén; le debían unas 80 libras y su balance corriente con el señor Keble era de un poco más de 400 libras. Eso significaba un activo circulante de 3000 libras. Se alimentaba en gran medida de té, galletas y arenques, y no había gastado prácticamente nada en publicidad, si exceptuaba (y eso porque no podía hacerle el feo al vicario) un anuncio que puso en la hoja parroquial. Sus gastos de personal seguían siendo de 12 chelines y 6 peniques a la semana, 30 chelines durante las vacaciones. No hacía descuentos a nadie, excepto a la escuela primaria. Despachar no se parecía en nada a lo que había hecho en Müller's. Los vecinos estaban acostumbrados a dejarle cosas cuando pasaban por allí. Cualquiera que tuviera un vehículo de dos o cuatro ruedas (no sólo el servicial de Wally) era un portador potencial de algo. Ella misma se disponía a tomar el ferry para cruzar el Laze, ya que ese día tocaba media jornada, para llevar treinta ejemplares del Manual para el Reconocimiento de las Flores Silvestres al Instituto de la Mujer. Al recordarlo, cogió el libro de arriba del montón y miró las ilustraciones en busca de la planta de los pantanos que le había enseñado Raven. No se decía ni una sola palabra sobre ella.

7

Al final, la señora Gamart terminó por hacer una visita a la Librería Old House. Fue quince días después de que se abriera de nuevo la biblioteca, en esta ocasión con un ritmo mucho más relajado que la primera vez, como si los lectores se estuvieran controlando y el ambiente se hubiera tranquilizado al avanzar el año.

Christine no tardó en cogerle el tranquillo al sistema, y se propuso memorizar los nombres de los socios que no conocía, es decir, aquéllos que vivían fuera de Hardborough. Decidió clasificarlos por alguna característica física -la señora Mancha de Nacimiento, el Asmático Mayor, y nombres por el estilo-, igual que hacía Raven para distinguir a las vacas; si no, nunca sabría reconocer a las que se alejaban de la manada. Después venían los nombres de verdad y, a la hora de recordar los libros que habían pedido e incluso cuáles se iban a llevar, la niña no fallaba nunca. Su imparcialidad hacía que fuera especialmente estricta. Ahora la biblioteca no abría hasta que acababa el colegio, y bajo su régimen a nadie se le permitía mirar siquiera qué habían pedido los demás.

El tiempo otoñal hizo que la corta expedición a la biblioteca constituyera la distancia justa para los jubilados, tanto para los que se acercaban a propósito a pie o en coche, como para los que simplemente salían a pasear. Parecía que estaban dispuestos a aceptar los libros de clase B, e incluso los de clase C, sin quejarse demasiado.

La señora Gamart apareció por la puerta una tarde a finales de octubre. El sol ya estaba bajo, y su sombra la precedió mientras descendía por los escalones. Llevaba un tres cuartos Jaeger de piel de camello. Florence se tomó aquel momento como una crisis en su racha de suerte. Había estado demasiado ocupada últimamente como para pensar en la presión a la que se le había sometido seis meses antes con el fin de que abandonara Old House -o, mejor dicho, se mantenía ocupada para que esa idea no ocupara su mente por completo-. Ahora la invadió del todo. La tienda se transformó en un silencioso campo de batalla en medio de una tregua. Ella era la autoridad, estaba en su terreno y contaba con cierto apoyo, puesto que Christine acababa de llegar y estaba dejando las botas Wellington y la chaqueta en la parte de atrás. Por otro lado, a la señora Gamart, como cliente que era, había que tratarla con deferencia; y, en tanto mecenas, estaba en la posición invulnerable de quien lo había perdonado todo. Había hecho una solicitud en el nombre de las Artes, y ésta había sido rechazada; Old House seguía siendo una tienda y, sin embargo, ella continuaba comportándose con una sonriente dignidad.

La parte dedicada a la biblioteca estaba llena de socios que merodeaban silenciosamente por la estancia. También había algunos clientes en la parte delantera de la tienda.

– Ya veo que está usted muy ocupada. No, por favor, no salga. En realidad he venido a conocer la biblioteca. Tenía ganas de saber cómo funcionaba. Llevaba tanto tiempo queriendo hacerlo…

Christine, según tenían acordado, era quien se encargaba de los préstamos y las tarjetas de la biblioteca, sobre todo si había gente esperando. Encantada de ser indispensable, en aquellos momentos se peinaba ese pelo suyo tan pálido, quitándose los nudos, y se sentía llena de energía para tomar el relevo. Entonces, más o menos aseada, salió de golpe de la parte de atrás con el entusiasmo de un terrier al que se le ha autorizado, esa tarde en concreto, a hacer de perro pastor. Sus rápidos dedos empezaron a pasar las tarjetas rosas a toda velocidad.

– Un segundo, señora Keble. Les atenderé a todos por turno.

Esto no sería apropiado para la primera visita de la señora Gamart, así que Florence abandonó la caja para acompañarla y explicarle el sistema en persona. En ese momento sintió que algo la agarraba con fuerza por el codo, y notó una punzada en la parte baja de la espalda.

Se trataba de la esquina de un marco. Una mano apremiante estaba sujetándola. Detrás de ella había un hombre, no precisamente joven, que vestía una chaqueta de pana y que le sonreía como lo hacen los sapos, que no tienen otra expresión. La sonrisa, quizá, no encajaba con la cara. Acababa de bajar las escaleras con un lienzo de gran tamaño. Llevaba otros más pequeños bajo el brazo.

– Usted recordará mi carta. Theodore Gill, pintor de acuarelas, a su servicio. Hablamos de la posibilidad de una exposición… Una pequeña muestra de mi trabajo. Son poca cosa señora, pero auténticamente míos.

– No respondí a su carta.

Había marcos y bocetos por todos lados. ¿Cómo podían haber invadido la tienda tan rápidamente?

– El que calla otorga. Hay menos espacio de lo que esperaba, pero me las puedo arreglar para que alguien me preste unas mamparas. Un buen amigo mío, que también pinta unas acuarelas excepcionales…

– Espero que no quiera exponer él también.

– Más adelante… Veo que me entiende usted muy rápido. Pero eso será más adelante.

– Señor Gill, éste no es el mejor momento para hablar de sus cuadros. Mi tienda está abierta para todo el mundo, pero en este momento estoy muy ocupada. Ahora que ha visto usted cómo es Old House, se dará cuenta de que no tengo sitio para su exposición ni para la de nadie.

– Puesta de sol vista desde el parque de Hardborough con el Laze delante -interrumpió el señor Gill alzando la voz-. ¡De interés local! ¡Hacia el oeste, miren cómo brilla la tierra!

Durante todo este rato, desde más allá de donde alcanzaba su atención, en concreto desde la parte de atrás, había empezado a surgir un murmullo de tensión, incluso algo así como un grito. Mientras intentaba evitar que el señor Gill colgara su puesta de sol, en lo que a ella le pareció una reyerta indigna, se percató por primera vez de que se rompían filas y el avance había comenzado. La señora Gamart, con la cara muy colorada, una mano sujetando de forma extraña la otra y aparentemente poseída por una fuerte conmoción, atravesó rápidamente la tienda y se marchó sin decir palabra.

– ¿Qué…? ¿Qué ha pasado?

Detrás apareció Christine, más colorada todavía. Tenía los mofletes encendidos. Las lágrimas le corrían por las mejillas.

– La señora Gamart, de The Stead, no quería esperar su turno y cogió los libros de los demás y empezó a toquetearlos. ¡Eso no estaba permitido! ¡Y ha desordenado mis tarjetas rosas!

– ¿Qué has hecho, Christine?

– ¡Usted me dijo que mantuviera el orden! Así que le di unos buenos cachetes en los nudillos.

Todavía sostenía en la mano su regla del colegio, decorada con dibujos del pato Donald. Aprovechando la corriente de indignación que iba y venía, el señor Gill se las había apañado para colgar varios cuadros más en las paredes. Algunos lectores clamaban por el poco juicio del que Florence había hecho gala. Siempre habían pensando que era una locura confiar tanta responsabilidad a una niña de diez años. Mire, ahora estaba llorando. La señora Gamart había sido víctima de violencia física, y, además, uno de los clientes había intentado escabullirse con una postal y un sobre. Dijo que se había dado por vencido al ver que no recibía la atención adecuada. Entonces Florence le cobró 6 peniques y tres cuartos, y lo marcó en la caja. Y ésa fue la única ganancia de la tarde.

Si hubiera salido inmediatamente a High Street a pedir disculpas, se podría haber salvado la situación. Pero juzgó que lo más importante era consolar a Christine. Claro que los clientes tenían razón: a la niña se le había dado demasiada autoridad, un veneno, igual que cualquier otro exceso. Sin embargo, el único remedio en este caso consistía en darle más veneno aún.

– No quiero que le des más vueltas.

Pero, farfulló Christine, se habían ido con sus tarjetas rosas, y sin sus libros. Lloraba por la destrucción de su sistema.

– Queda éste para el señor Brundish. Estará esperando. Cuento contigo para que se lo lleves, como haces habitualmente.

Christine se puso la chaqueta y el anorak.

– Se lo dejaré donde siempre, al lado de las botellas de leche. ¿Qué va a hacer con todos esos cuadros?

El señor Gill había ido, según explicó, en busca de una taza de té, algo que no conseguiría hasta llegar al Ferry Café. Y en octubre era posible que estuviera cerrado. Quizá se llevara una dolorosa decepción; otra más, posiblemente, en toda una vida de decepciones. Florence tendría que encontrar tiempo para ocuparse de éste y otros asuntos; pero lo único que quería en ese momento era encontrar algo que dotara de más dignidad al recado de Christine.

– Espera un momento. Hay una carta que quiero que le lleves también al señor Brundish. No tardaré en escribirla.

Esa mañana había llegado por correo el ejemplar de Lolita para hacer la evaluación. Le quitó la sobrecubierta y miró la cubierta negra estampada en plata.

Estimado Sr. Brundish,

La carta que me escribió cuando abrí esta tienda me dio muchos ánimos y ahora me atrevo a pedirle consejo. Su familia, al fin y al cabo, ha vivido en Hardborough mucho más que cualquiera de las otras. No sé si ha oído hablar de la novela que Christine Gipping lleva con esta nota, «Lolita», de Vladimir Nabokov. Algunos críticos dicen que es pretenciosa, aburrida, de lenguaje florido y repulsiva; otros dicen que es una obra maestra. ¿Sería usted tan amable de leerla y dejarme saber si le parece que haría bien al encargarla y recomendársela a mis clientes?

Sinceramente,

Florence Green

– Entonces, ¿habrá respuesta? -preguntó Christine dubitativa.

– Hoy no. Pero en unos días, quizás una semana, estoy segura de que sí.

La biblioteca no cerró a la semana siguiente, pero Florence continuó con el negocio de manera callada y decorosa. Theodore Gill, con lo que parecía su interminable reserva de acuarelas, fue desalojado en lo que constituyó una valiente maniobra: Rhoda's, en el edificio de al lado, no era en absoluto una casa vieja; y, sí, quizá fuera una lástima que la hubieran remozado con un revestimiento rugoso y que hubieran pintado los marcos de las ventanas de color malva. Pero tenía un salón de exposiciones estupendo y lleno de luz.

– Tienes unas paredes tan bonitas, Jessie… -empezó a decir Florence con diplomacia-. No sé si has sentido alguna vez la necesidad de poner algunos cuadros.

– Una exposición semi-permanente -ofreció el señor Gill, que estaba merodeando por allí como de costumbre. Iba a echarlo todo a perder.

– No, sólo unas cuantas acuarelas por ahora. Podrías poner una o dos a cada lado de tu calendario de Recuerdos Tranquilos -dijo Florence, que había sido quien le había vendido el calendario a precio de coste.

Jessie Welford no respondió directamente, sino que se dirigió al propio artista.

– Nunca me ha parecido que las paredes necesitaran nada, pero si está usted en apuros, yo estoy dispuesta a aceptar.

El pintor estuvo dando golpes y martillazos toda la tarde; el ruido era casi tan irritante como el poltergeist. También se podía oír la risa reprobatoria de Jessie. En la ventana de su tienda pusieron una tarjeta para anunciar la exposición. Jessie siguió riendo, y dijo que ella nunca había tenido nada que ver con el Arte, pero que para todo tenía que haber una primera vez.

Florence no había pensado en cómo llegaría la respuesta a su nota. No se esperaba, en ningún caso, que fuera transmitida por la señora Gipping en persona. Pero, al día siguiente, la madre de Christine, de pie delante de Florence en la cola de la compra, dijo de pronto y con bastante franqueza que había ido a comprar medio kilo de frutas variadas porque el señor Brundish le había pedido que dejara una tarta hecha el domingo. Había decidido, y era mejor decírselo ahora para evitar problemas, invitar a Florence a tomar el té ese día. De esta manera, lo que supuestamente era un recurso para poder disfrutar de algo de privacidad, se difundió por todo Hardborough. Resultaba tan extraño que casi daba miedo. Nadie, excepto algún misterioso y viejo amigo de Cambridge o de Londres, había recibido nunca una invitación semejante. Ése era, sin duda, el motivo de que la señora Gipping no quisiera desperdiciar esa noticia ante un público más reducido.

Ir allí acrecentaría el malentendido con la señora Gamart, que todavía no había sido reconocida en Holt House. Aunque quizá pensar algo así no era más que vanidad. ¿Qué podía importar a dónde iba? Un instinto, quizá el instinto del comerciante, le decía que sí importaba. Pero la extraña respuesta del señor Brundish enviada por Wally, en la que mencionaba el honor, la comodidad, y una hora, las cinco menos cuarto en punto el domingo por la tarde, hicieron que Florence se decidiera. Él dijo que había pensado con mucho cuidado en lo que ella le había preguntado, y esperaba que quedara satisfecha con su respuesta.

Los primeros días de noviembre constituían una de las escasas épocas del año en que no hacía viento. En la tarde del día 5 se encendía una gran hoguera sobre la piedra, cerca de las amarras del estuario. La pila de combustible pasaba allí días enteros, como el nido gigante de una garza. Se trataba de una empresa conjunta sobre la que prácticamente todos los padres de Hardborough estaban dispuestos a dar algún consejo. El diesel, aunque se decía que le había quemado las cejas a alguien y que no le habían vuelto a crecer, se utilizaba para encenderla. Luego prendían los palos que, recogidos por toda la costa y cubiertos de la sal del mar, explotaban en una brillante llama azul. Las nutrias y las ratas salían huyendo por los diques; los niños se acercaban desde todos los rincones del parque, y para ellos se asaban patatas, que salían del fuego llenas de ceniza. Las patatas también sabían a diesel. Los responsables de la hoguera, una vez empezaba a arder, se alejaban del brillo cavernoso, y comentaban los acontecimientos del día. Hasta el director del instituto de formación profesional, que vigilaba las llamaradas desde una posición semi oficial, la señora Traill de la escuela y la señora Deben con su aspecto abatido, sabían dónde iría Florence el domingo a tomar el té.

Ni siquiera estaba segura de cómo se entraba en Holt House. Al salir de casa se dijo a sí misma que había una campana de hierro a la derecha de la puerta principal. Se había fijado en ella a menudo. Era decorativa y enorme, y parecía que se iba a desprender dejando al visitante con un trozo de cadena en la mano. Menuda vergüenza si a alguien le sucediera algo así.

Pero cuando llegó, la puerta no estaba cerrada. Daba paso a un recibidor escasamente iluminado por una cúpula que había dos pisos más arriba. La luz se reflejaba en el cristal cansado de un enorme espejo veneciano colgado sobre el papel rojo oscuro de la pared, que tenía una cenefa de un rojo más oscuro aún. Justo al entrar, al lado de la puerta, había una estatua de bronce de un fox-terrier, algo más grande que el tamaño real, con una actitud suplicante y una correa en la boca. La correa era de cuero de verdad. En la cómoda del recibidor había cacharros de porcelana, ovillos de lana, y un cuenco lleno de tarjetas de visita amarillentas. El fuerte olor a alcanfor procedía, quizá, de este mueble, que estaba contra la pared de la izquierda.

– Antiguamente era para guardar un juego de croquet -dijo una voz en la penumbra-. Pero ya no se me presentan muchas ocasiones para jugar a nada.

El señor Brundish se acercó mirando a su alrededor con ojo crítico, como si se hallara en una provincia lejana de su territorio, que rara vez se dignaba a visitar. Su cabeza giraba con desconfianza hacia uno y otro lado sobre su corto cuello. Una limpia camisa blanca era todo lo que podía vislumbrarse entre las sombras. El cuello parecía la entrada de una madriguera en la que se escondía su cara oscura, y sus ojos, también oscuros, ofrecían una mirada ansiosa.

– Pase al comedor.

El comedor era un rectángulo, con balcones que daban al jardín. La vista hacia el exterior estaba cubierta en parte por un seto de haya, del que todavía colgaban hojas marrones, pesadas por la humedad de noviembre. A Florence le dio pena imaginar a alguien comiendo solo en una mesa semejante. Obviamente, estaba preparada para la ocasión con diversos cacharros de barro azul y blanco, que parecían premios de una feria. Perdida entre todos ellos había una tarta de frutas, una botella de leche y un jamón de un desagradable color rosa, todavía en la lata.

– Deberíamos poner un mantel -dijo el señor Brundish mientras sacaba uno de lino blanco almidonado de un cajón, e intentaba echar a un lado la gigantesca vajilla. Florence evitó esta operación al tomar asiento. Su anfitrión hizo lo propio inmediatamente. Se acomodó en un sillón de orejas y extendió sus manos largas y peludas a cada lado de su plato. Desgarbado y poco presentable, no era el tipo de figura que pudiera perder jamás la dignidad. Estaba esperando, con cierta humildad, a que ella hiciera los honores. La tetera de plata era del tamaño de una pequeña pila bautismal, difícil de levantar y casi tan fría como el mármol. En la parte de arriba había un lema: No tener éxito en algo es fallar en todo.

Afortunadamente, como sólo había un cuchillo en la mesa y nadie se había acordado de los tenedores, el señor Brundish no hizo ningún intento de imponerle la tarta o el jamón a su invitada. Tampoco bebió su té medio frío. Florence se preguntó si comería de forma regular. Quería hacer que se sintiera cómoda, pero estaba más habituado a amenazar, y le resultaba difícil cambiar de actitud. Esto era algo que a ella le atraía. Después de un rato de silencio absoluto, que no fue embarazoso ya que era obvio que él estaba acostumbrado, el señor Brundish dijo:

– Usted me hizo una pregunta.

– Sí, lo hice. Era sobre una novela nueva.

– Me hizo el cumplido de hacerme una pregunta seria -repitió el señor Brundish lentamente-. Usted creyó que sería imparcial. Sin duda pensó que estaba solo en el mundo. Cosa que no es así, por cierto. Si lo estuviera sería un perfecto conejillo de Indias para investigar si existe alguna acción que no le haga daño a nadie más que a uno mismo. Este tipo de problema me interesaba en mis días juveniles. Pero, como le digo, no estoy solo. Soy viudo, pero tenía hermanos y una hermana. Todavía tengo parientes y descendientes directos, aunque están repartidos por todo el globo. Por supuesto que uno puede acabar harto de esas cosas… Quizá le parezca que el té no está lo bastante caliente.

Florence dio un sorbo educadamente.

– Debe de echar de menos a sus nietos.

El señor Brundish se pensó esto con mucho cuidado.

– ¿Que si me gustan los niños? -preguntó.

Ella se dio cuenta de que la pregunta era sencillamente el fruto de su falta de práctica. Hablaba tan poco con la gente que había olvidado cómo funcionaban las normas de la conversación.

– No me lo parecía -dijo ella-. A mí sí.

– Tengo entendido que una de las niñas Gipping, la tercera, la ayuda a usted en la tienda. Y ésa es toda la ayuda que tiene.

– Tengo una contable que viene de vez en cuando, y luego está mi abogado.

– Tom Thornton. No sacará mucho de él. En veinticinco años de profesión nunca he oído que haya llevado un caso a juicio. Siempre llega a un acuerdo. ¡Nunca acepte un acuerdo!

– No tengo ningún problema legal. Eso no era en absoluto lo que quería preguntarle.

– Me atrevería a decir que Thornton se negaría a ir a su casa en cualquier caso. Está hechizada, y no le interesa. Por cierto, quizá le habría gustado lavarse las manos. Hay un cuarto de baño en el lado derecho del recibidor con varios lavabos. En la época de mi padre era especialmente útil para las cacerías.

Florence se echó hacia delante.

– Verá, señor Brundish, hay cierto grado de responsabilidad en intentar llevar una librería.

– Eso creo, sí. No todo el mundo lo aprueba, como sabe. Tengo entendido que hay ciertas personas que no terminan de aceptar la situación. Me refiero a Violet Gamart. Tenía otros planes para Old House, y ahora parece que se la ha ofendido de alguna forma.

– Estoy segura de que ella sabe que fue un accidente. -Era difícil decir otra cosa que no fuera la verdad en Holt House, pero Florence continuó-. Estoy convencida de que tiene buenas intenciones.

– ¡Buenas intenciones! ¡Piense con la cabeza! -dijo, y dio un golpe en la mesa con una cuchara pesada-. Quiere un Centro para las Artes. ¿Cómo puede el Arte tener un centro? Pero ella cree que lo tiene y quiere echarla a usted.

– Aunque lo hiciera -dijo Florence-, no me afectaría lo más mínimo.

– Me parece que usted podría estar confundiendo la fuerza con el poder. La señora Gamart, por sus relaciones y amistades, es una mujer poderosa. ¿Eso le preocupa?

– No.

El señor Brundish no conocía, o quizá nunca se la habían enseñado, la convención social de no mirar fijamente a los demás. Él sí lo hacía. Clavó la mirada en Florence como sorprendido de que estuviera allí y, aun así, ella se sintió animada ante esa concentración absoluta.

– ¿Puedo volver a mi primera pregunta? Estoy pensando en hacer un primer pedido de doscientos cincuenta ejemplares de Lolita, lo que supone un riesgo considerable. Pero, por supuesto, no le quiero consultar a usted desde un punto de vista comercial, eso no estaría bien. Lo que me gustaría saber, antes de hacer el pedido, es si usted cree que es un buen libro y si hago bien en venderlo en Hardborough.

– Yo no le doy tanta importancia como usted, supongo, a las nociones del bien y el mal. He leído Lolita, como usted me pidió. Es un buen libro y, por lo tanto, debería intentar vendérselo a los habitantes de Hardborough. No lo entenderán, pero será mejor así. Entender las cosas hace que la mente se vuelva perezosa.

Florence suspiró aliviada ante una decisión en la que ella no tenía nada que ver. Entonces, para reafirmarse en su independencia, cogió el único cuchillo que había, cortó dos pedazos de tarta, y le ofreció uno al señor Brundish. Con gran preocupación, él puso el trozo sobre su plato tan cuidadosamente como si estuviera volviendo a colocar una tapa en su sitio. Tenía algo que decir, algo que se acercaba más al verdadero motivo de la invitación que nada de lo que se hubiera dicho hasta entonces.

– Bueno, le he dado mi opinión. ¿Por qué cree que un hombre sería mejor juez en este caso que una mujer?

Al decir estas palabras introdujo un elemento nuevo en la conversación, tan perceptible como un cambio en la dirección del viento. El señor Brundish no hizo ningún intento por cambiar la situación, sino más bien al contrario: parecía alegrarse de haber llegado a un punto previamente acordado.

– No creo que los hombres sean mejores jueces que las mujeres -dijo Florence-. Pero pasan mucho menos tiempo lamentándose de sus decisiones.

– He tenido tiempo de sobra para tomar la mía. Pero nunca he tenido problemas para llegar a una conclusión. Deje que le diga qué es lo que admiro del ser humano. Lo que más valoro es la virtud que comparten con los dioses y con los animales, y que, por tanto, no debería considerarse una virtud. Me refiero al coraje. Usted, señora Green, tiene esa cualidad en abundancia.

Ella fue consciente, allí sentada en la tenue luz de la tarde, ante el despliegue absurdo de cuencos y tarrinas, de que en ese momento la soledad estaba hablando con la soledad y de que él estaba intentando llegar a un entendimiento con ella. Las palabras las había dicho despacio, como si en cada pausa le estuviera dando la oportunidad de responder. Pero, mientras se mantuvo el equilibrio un instante, ella luchó por poner algo de orden en lo que sentía o en lo que medio adivinaba, y el señor Brundish suspiró profundamente. Quizá descubrió que ella carecía de algo. Esa mirada tan directa se alejó lentamente de ella y se centró en su plato. Volvió la necesidad de entablar una conversación.

– Esta tarta habría sido un veneno para mi hermana -dijo él.

Poco después, y sin atreverse a hacer ninguna sugerencia en cuanto a recoger los platos, Florence se levantó para marcharse. El señor Brundish la acompañó hasta el recibidor. Había oscurecido bastante, y ella se preguntó si se quedaría sentado en la oscuridad o si encendería las luces al cabo de un rato. Él le deseó buena suerte, como ya había hecho antes, con su empresa.

– No debo preocuparme -dijo ella-. Mientras hay vida, hay esperanza.

– Qué idea tan terrible -murmuró el señor Brundish.

British Railways [14] realizó el porte de los ejemplares de Lolita desde la estación de Flintmarket, a 40 kilómetros de distancia. La aparición de la furgoneta provocó, como de costumbre, un aplauso entre los observadores. Llegaba algo nuevo a Hardborough. A la puerta de cada pub había paquetes preparados para salir, y Raven, para ahorrar gasolina, quería que le acercaran a los pantanos.

Christine estaba atónita ante el tamaño del pedido. No habían vendido jamás tanto de una sola cosa, ni siquiera de Cómo construir su propio barco de regatas. Y era tan largo… cuatrocientas páginas. Pero admiraba la integridad de su patrona y sus aparentes excesos. Florence le había dicho que el libro ya era famoso.

– Todo el mundo habrá oído hablar de él. Probablemente no esperan poder comprarlo aquí, en Hardborough.

– No esperarán encontrarse doscientos cincuenta ejemplares. Creo que ha perdido del todo la cabeza.

Cerraron más pronto que de costumbre para poder volver a decorar el escaparate. Colocaron Lolita en pirámides detrás de las contraventanas, igual que las latas en una tienda. Todas las viejas ventas se colocaron entre los Permanentes, y cambiaron de sitio, sin contemplaciones, a los dignos Ilustrados y demás libros grandes.

– ¿Qué es todo este dinero que hay en la caja? -preguntó Christine-. Tiene casi cincuenta libras sueltas aquí dentro.

Pero Florence lo había sacado intencionadamente, bastante segura de que lo necesitaría todo. El cajero la había mirado con una emoción controlada y esperó hasta que ella hubo salido del banco para ver qué pensaba el señor Keble del asunto.

8

4 diciembre 1959

Estimada Sra. Green,

Me ha llegado una carta de John Drury & Co. en representación de su cliente, la Sra. Violet Gamart de The Stead, en la que se indica que su actual escaparate atrae tanta atención indeseable de clientes potenciales y reales, que está causando una obstrucción temporal, muy poco razonable tanto por la cantidad como por la duración, del uso de la carretera, por lo cual su cliente tiene la intención de alegar perjuicios contra su persona ya que es necesario que ella, como juez de Paz y presidenta de numerosos comités (se adjunta listado) realice sus compras con mucha celeridad. Además, los usuarios habituales de su biblioteca, quienes, no debe olvidar, desde el punto de vista legal, son invitados, se han encontrado incómodos en unas ocasiones, apretujados y empujados en otras, y, en algunos casos, personas ajenas al distrito se han referido a ellos como viejezuelos, veteranos, carcamales e incluso matusalenos. La acción civil, que es independiente de cualquier medida policial que se tome en el futuro para acabar con la mencionada molestia, puede derivar en la entrega de una suma considerable por perjuicios.

Atentamente,

Thomas Thornton

Abogado y notario

5 diciembre 1959

Estimado Sr. Thornton,

Ha sido mi abogado durante varios años y entiendo que «representarme» significa «tomar parte activa a mi favor». ¿Ha visto el escaparate con sus propios ojos? Es cierto que estamos muy ocupados con las ventas en este momento, pero si pudiera recorrer 200 metros podría acercarse a la tienda y darme su opinión.

Sinceramente,

Florence Green

5 diciembre 1959

Estimada Sra. Green,

En respuesta a su carta del 5 de diciembre, cuyo tono me sorprendió ligeramente, he intentado en dos ocasiones diferentes acercarme a su escaparate, pero me ha sido imposible. Los clientes parecen venir de tan lejos como Flintmarket. Creo que tendremos que admitir que la obstrucción del paso es poco razonable en lo que a cantidad se refiere. En cuanto a sus otras observaciones, me parece aconsejable que, para el bien de ambos, guardemos copia de toda comunicación futura.

Atentamente, Thomas Thornton

Abogado y notario

6 diciembre 1959

Estimado Sr. Thornton,

¿Qué aconseja entonces?

Sinceramente,

Florence Green

8 diciembre 1959

Estimada Sra. Green,

En respuesta a su carta del 6 de diciembre, creo que deberíamos poner fin a la obstrucción, con lo cual quiero decir que hay que evitar que el público se reúna en la parte más estrecha de High Street, antes de que surja cualquier acusación. Asimismo deberíamos detener la venta de la novela sensacionalista y que tantas quejas ha recibido, escrita por V. Nabokov. No podemos remitirnos al caso de Herring contra el Consejo Metropolitano del Trabajo de 1863 en esta instancia, ya que la muchedumbre no se ha arremolinado como resultado de una hambruna ni debido a la escasez de artículos de primera necesidad.

Atentamente,

Thomas Thornton,

Abogado y notario

9 diciembre 1959

Estimado Sr. Thornton,

Un buen libro es la preciosa savia del alma de un maestro, embalsamada y atesorada intencionadamente para una vida más allá de la vida y, como tal, no hay duda de que debe ser un artículo de primera necesidad.

Sinceramente,

Florence Green

10 diciembre 1959

Para: Sra. Florence Green

Estimada Sra.,

No puedo por más que repetirle el consejo que ya le ofrecí, y permítame añadir que, en mi opinión, aunque esto es un asunto personal y por tanto fuera de mi ámbito, haría bien en disculparse formalmente con la Sra. Gamart.

Atentamente,

Thomas Thornton

Abogado y notario

11 diciembre 1959

Estimado Sr. Thornton,

¡Cobarde!

Sinceramente,

Florence Green

Si Florence era valiente, lo era de una forma bien distinta al general Gamart, que se habría comportado exactamente de la misma manera en medio de un fuego cruzado que en un momento de calma; o al señor Brundish, cuya forma de rebelarse contra el mundo consistía en impedir que el mundo entrara en sus dominios. La valentía de ella, al fin y al cabo, no era otra cosa que su determinación por sobrevivir. La policía, sin embargo, no tomó medidas ni consideró tomarlas siquiera, y, después de que Drury le explicara a la señora Gamart que no había ni mucho menos pruebas suficientes para proceder con el caso, la queja quedó olvidada. La muchedumbre se hizo más manejable, la tienda obtuvo 82, libras, 10 chelines y 6 peniques de beneficio en la primera semana de diciembre sólo con Lolita, y los clientes nuevos regresaron para comprar los pedidos de Navidad y los calendarios. Por primera vez en su vida, Florence tenía una alarmante sensación de prosperidad.

Es probable que se hubiera sentido menos segura de haber revisado el estado de sus alianzas. Jessie Welford y el pintor de acuarelas, que a estas alturas era ya un inquilino permanente en Rhoda's, le eran hostiles. El comentario de Christine, que dijo que preferiría irse a la cama con un sapo antes que con ese señor Gill y que estaba sorprendida de que no le salieran verrugas a la señorita Welford era del todo irrelevante; lo que ocurría era que hacían frente común: ni uno solo de los que abarrotaban High Street había entrado en la tienda de ropa y mucho menos había comprado una acuarela. Tampoco se había detenido nadie a mirar el pescado que ofrecía el señor Deben. Ahora todos los comerciantes estaban en contra, en mayor o menor medida, de la Librería Old House. Se tomó la decisión de no invitar a Florence a ser miembro del influyente círculo del Rotary Club de Hardborough y su distrito.

A medida que se acercaba la Navidad, Florence empezó a cometer algunas imprudencias. Retiró sus asuntos de las vacilantes manos del señor Thornton y se los encomendó a un despacho de abogados de Flintmarket. A través de esta nueva firma contrató a Wilkins, quien hacía trabajos tanto de construcción como de fontanería, para tirar el cobertizo de ostras, obra que, había que admitir, avanzaba con relativa lentitud. Ya decidiría más adelante lo que haría con el terreno. Después, para hacer sitio a los nuevos pedidos, se deshizo, como por un impulso, de los montones de material mohoso que le habían dejado los vendedores de las editoriales para adornar el escaparate: un Stalin y un Roosevelt de cartón de tamaño natural, un Winston Churchill más grande todavía, un tanque nazi al acecho que había que armar con tres piezas y pegar por la línea de puntos, un Stan Matthews con su balón de fútbol para colgar del techo con la cuerda que se incluía a tal efecto, carteles de dos metros con pisadas manchadas de sangre, un caballo a pilas con unos ojos que se movían cuando saltaba una valla, fotografías amenazadoras de Somerset Maugham y Wilfred Pickles… Todo fuera. Todo para Christine, que lo quería para el baile de disfraces de Navidad.

Se trataba de un evento que organizaban las instituciones benéficas locales.

– Le agradezco mucho que me haya regalado todo esto, señora Green -dijo Christine-. Si no, habría tenido que ir disfrazada de paquete de detergente Omo.

Las empresas de detergentes estaban dispuestas a enviar grandes cantidades de material, igual que el Daily Herald y el Daily Mirror. Pero todos en Hardborough estaban hartos de esos disfraces. Florence se preguntaba por qué la niña no quería ir de algo bonito, como un arlequín. Pero Christine cosió y pegó todo ese material tan poco prometedor, hasta conseguir un disfraz extraño pero atractivo: «Adiós a 1959». Con una de las sobrecubiertas de Lolita le dio el último toque, y Florence, que tenía los pies casi tan pequeños como los de su ayudante, le prestó unos zapatos. Eran de piel de cocodrilo, con las hebillas forradas de la misma piel. Christine, que nunca los había visto, aunque había curioseado lo suyo por el piso de arriba, se preguntó si serían de Christian Dior.

– ¿Sabe que una gitana le dijo a Dior que tendría diez años de buena suerte y que luego encontraría la muerte? -dijo.

A Florence le parecía que no podía permitirse hablar con ligereza de lo sobrenatural.

– Sería una gitana francesa, claro -añadió Christine para consolarse, mientras daba zancadas con los ilustres zapatos de cocodrilo.

La patrona del desfile de disfraces era la señora Gamart de The Stead. El juez, por deferencia a su relación con la BBC y, por lo tanto, con las Bellas Artes, era Milo North, que protestó amablemente argumentando que nunca se lo tendrían que haber pedido, mientras intentaba, en todo momento, evitar emitir un juicio definitivo sobre algo. Sus comentarios se recibían con estruendosas carcajadas. El desfile se hizo en Coronation Hall, que nunca se terminó de construir como le hubiera gustado a Hardborough, de modo que el techo seguía siendo de hierro forjado. La lluvia golpeaba con fuerza y sólo se dejaba de oír cuando se convertía en llovizna o aguanieve. Christine Gipping, que entró empujando a Melody en un carrito decorado con un alambre de espino que habían enviado para anunciar Escapa o muere, era una firme candidata a llevarse el premio al disfraz más original. Apenas había discusión posible…

El auto de Navidad se representó una semana después, un sábado por la tarde, cuando en la tienda había demasiado lío con las ventas navideñas para que Florence pudiera tomarse unas horas libres. Pero tuvo noticias de la actuación gracias a Wally y a Raven, que le hicieron una visita, y a la señora Traill, que fue a preguntar por sus pedidos para el siguiente cuatrimestre.

Las opiniones sobre la representación fueron variadas. Quizá se hubiera intentado darle demasiado realismo al hacer que Raven subiera al escenario un rebaño de ovejas que había traído de los pantanos. Por otro lado, nadie había olvidado su papel, y el baile de Christine había sido el gran éxito de la tarde. A resultas de su éxito con el disfraz, se le había otorgado el codiciado papel de Salomé, lo que significaba que tenía permiso para aparecer con el bikini de su hermana mayor.

– Tenía que bailar para hacerse con la cabeza de Juan Bautista -explicó Wally.

– ¿Y la música? -preguntó Florence.

– Era una grabación de Lonnie Donegan, Putting on the Agony, Putting on the Style. No creo que le gustara mucho, señora Traill.

La señora Traill respondió que después de tantos años como profesora de primaria ya nada podía sorprenderla.

– Me temo que a la señora Gamart no le pareció muy apropiada.

– Pues si no le gustó, no pudo hacer nada al respecto -dijo Raven-. Absolutamente nada.

Irradiaba un brillo de bienestar después de haberse tomado una o dos en el Anchor antes de ir hacia allí. Florence todavía estaba preocupada por los resultados de Christine en el examen.

– Es tan buena ayudante que no puedo dejar de pensar que al terminar el colegio a lo mejor podría dedicarse a esto. Tiene mucho talento para clasificar, y eso es algo que no se puede enseñar.

La mirada que atravesó los cristales de las gafas de la señora Traill sugería que todo sí se podía enseñar. En cualquier caso, el sentido de la responsabilidad pesaba sobre Florence. Consideraba que debía haber hecho más. Teniendo en cuenta que a la niña no le gustaba leer, con la única salvedad de Bunty, ni que le leyeran en voz alta, ¿no habría alguna otra posibilidad? Retuvo a Wally después de que se marcharan los demás, y le dijo que le había gustado mucho que le contara todo lo de la representación, pero, ¿habían ido él o sus amigos o Christine alguna vez a un teatro de verdad? Quizá podían ir al Maddermarket, en Norwich, si hubiera algo que mereciera la pena.

– Ninguno de nosotros ha ido nunca -respondió Wally con cierto reparo-. Pero el año pasado fuimos con el colegio a Flintmarket a ver a una compañía itinerante. Fue bastante interesante. Vimos cómo ajustaban la amplificación del sonido.

– ¿Qué obra hacían? -preguntó Florence.

– El día que fuimos nosotros daban Hansel y Gretel. Había muchas canciones en la obra. No la representaron entera. Sólo la parte en que el niño y la niña se tumban y se ponen un poco frescos, y vienen los ángeles y les cubren con hojas.

– No entendiste la obra, Wally. Hansel y Gretel son hermanos.

– Eso no cambia nada, señora Green.

Enero, como siempre, trajo consigo un día en el que la gente decía que parecía primavera. El cielo estaba poblado de vetas azules entre jirones de nubes; y el pantano, con sus miles de hierbajos y maleza, despedía un leve olor a resurrección.

Florence salió a dar su paseo por una zona que habitualmente solía evitar. Quizá no lo hiciera de manera deliberada, pero lo cierto es que no había ido por allí en mucho tiempo. Dando la espalda al Laze, pasó por el cabo, hacia el norte. Un cartel en una puerta cerrada con alambre rezaba: PRIVADO, TIERRA DE LABRANZA. Sabía que sobre el camino existía una servidumbre de paso, así que saltó por encima, y continuó. El sendero giraba bruscamente hacia el mar, que rompía contra la playa pedregosa quince metros más abajo. La hierba estaba mullida, como si fuera un fino cabello verde. En dirección al borde del acantilado se veía el fantasma de una vieja carretera secundaria, flanqueada de ruinas: ruinas de casas y de mansiones algo más ambiciosas. Cinco años atrás se había construido en ese lugar todo un complejo residencial sin tener en cuenta la erosión del mar, y antes de que nadie llegara a vivir allí, el acantilado arenoso había cedido y las casas habían empezado a deslizarse y a tambalearse. Todavía quedaban algunos carteles de PROPIEDAD EN VENTA. Una de las mansiones más pequeñas quedaba justo en el borde. La mitad de los cimientos y la fachada habían desaparecido, mientras que en el salón, expuesto a todos los pájaros del cielo, ondeaban en el vacío los últimos jirones de papel pintado.

Durante unos diez minutos -parecía primavera- Florence se sentó en el escalón de una de las puertas principales, decorado con azulejos. El Mar del Norte despedía un olor brutal a sal, limpio y putrefacto a la vez. La marea, que estaba bajando rápidamente, se detenía en las rocas sumergidas para convertirse después en espuma amarillenta, como si estuviera decidiendo qué traer o qué dejar atrás; cuántos barcos y cuántos náufragos, cuántas botellas de plástico. Le daba rabia no poder acordarse exactamente, aunque se lo habían dicho a menudo, de cuánto se erosionaba la costa cada año. Wally le daría la información inmediatamente. Había iglesias con carillón debajo de esas olas, y un terreno tan extenso que cabría una urbanización. Los historiadores negaban la leyenda, argumentando que habría habido tiempo de sobra para salvar las campanas, pero quizá no conocían Hardborough. ¿Cuántos años habían dejado Old House, cuando todo el mundo sabía que se estaba cayendo a pedazos?

Milo, acompañado de Kattie -alguien joven, en cualquier caso, que llevaba unas medias de color rojo brillante, así que no podía ser otra-, se acercaba andando por el camino del acantilado. Cuando los dos estuvieron más cerca, Florence tuvo la impresión de que Kattie había estado llorando, así que no parecía que el paseo hubiera sido un éxito.

– ¿Por qué está sentada en un escalón, Florence? -preguntó Milo.

– No sé por qué salgo a pasear siquiera. Los paseos son para los jubilados, y yo pienso seguir trabajando.

– ¿Hay sitio para mí en su escalón? -preguntó Kattie.

Estaba siendo sociable, intentando complacer y resultar conciliadora. Una de dos, o quería que Milo viera lo rápidamente que podía caer en gracia a otras personas, o quería demostrarle lo amable que podía ser con una aburrida mujer de mediana edad sólo porque Milo parecía conocerla. Fuera lo que fuera, Florence se sintió profundamente agradecida. Le hizo sitio en el escalón, y Kattie se sentó con cuidado. Luego se bajó la falda hasta cubrir completamente sus largas piernas rojas.

– Kattie no se creía que hubiera ruinas en Hardborough, así que la he traído para que las vea -dijo Milo, mirándolas a ellas primero y luego en dirección a las patéticas casas-. Estaban para entrar a vivir, ¿verdad? Me pregunto si seguirán teniendo agua.

Pasó por encima de un montón de escombros hacia los restos de una cocina, y probó los grifos. Un agua oxidada, del color de la sangre, salió con fuerza.

– Kattie podría vivir aquí estupendamente. No para de decir que no le gusta nuestra casa.

Florence, que quería cambiar de tema, le preguntó a Kattie por su trabajo en la BBC. Fue un poco decepcionante descubrir que no tenía nada que ver con la televisión, sino que su labor consistía en revisar las hojas de gastos para el Departamento de Programas Pregrabados, el DPP. Seguro que eso no resultaba muy gratificante para una chica que parecía tan inteligente como ella.

– Hemos ido a almorzar con Violet Gamart -dijo Milo balanceándose con naturalidad sobre la corta hierba, al borde mismo del acantilado-. Era una buena ocasión para mejorar el concepto que tiene de nosotros.

– ¿Por qué nunca puede usted decir nada amable de nadie? -preguntó Florence-. ¿La señora Gamart todavía quiere que usted dirija, o que al menos eso parezca, un Centro para las Artes en Hardborough?

– En su caso se trata de algo estacional. Todos los veranos sufre una crisis grave, cuando Glyndebourne y el festival de Aldeburgh salen en las noticias. Ahora estamos en enero, así que el ritmo es más lento.

– La señora Gamart estuvo de lo más amable -dijo Kattie agarrándose los hombros como hacía Christine a veces.

– A mí no me gusta la gente amable, exceptuándola a usted, Florence.

– Eso no me impresiona -dijo Florence-. Me da la sensación de que usted trabaja cada vez menos. No olvide que la BBC pertenece al Estado. Así que, al fin y al cabo, su sueldo sale de los fondos públicos.

– Eso es cosa de Kattie -respondió Milo-. Ella se ocupa de mis hojas de gastos. Volveremos andando con usted.

– Gracias, pero me quedaré un rato más.

– Por favor, venga con nosotros -dijo Kattie. Parecía que se estaba devanando los sesos para decir algo-. ¿No me querría contar cómo se las apaña para envolver los libros? Yo soy un desastre con el papel y el lazo.

Florence siempre utilizaba bolsas de papel, y no recordaba haber visto nunca a Kattie en la tienda, pero aceptó acompañarles de vuelta a Hardborough. Kattie no paró de coger trocitos de plantas y preguntarle con deferencia cómo se llamaban. Florence le tuvo que decir que no estaba segura del nombre de ninguna de ellas, excepto del tomillo y el llantén, mientras no tuvieran flor, y eso no ocurriría hasta dentro de unos meses.

Un día, durante la hora del recreo del último curso de primaria, que, en los días de frío, significaba básicamente que los alumnos se quedaban sentados en sus pupitres e intercambiaban todas las palabras sucias que hubieran aprendido últimamente, un extraño apareció por la puerta.

– No hace falta que os levantéis, niños. Soy el inspector.

– No es verdad -dijo el delegado de clase.

La señora Traill, que había estado comprobando la lista de asistencia, volvió al aula.

– Creo que no le conozco -dijo.

– ¿Señora Traill? Me llamo Sheppard. Quizá quiera usted echarle un vistazo a mi tarjeta de identificación del distrito escolar y autoridades correspondientes, que me permite, bajo la Ley de Pequeños Comercios de 1950, entrar en cualquier colegio en el que yo tenga una causa razonable para creer que niños escolarizados actualmente están, además, empleados en una tienda.

– ¡Empleados! -gritó la señora Traill-. Desde luego que les gustaría estar empleados, pero, aparte de los negocios familiares y el reparto de periódicos, me gustaría que me dijera qué es lo que hay para ellos. Quizá quiera volver a intentarlo cuando empiece la recogida de la patata. Por cierto, no recuerdo haberle visto por aquí antes.

– Debido a la falta de personal, nuestras visitas no se han hecho con la regularidad deseada.

– ¿Quién le sugirió que viniera usted a esta hora? -preguntó la directora-. Christine Gipping es la única que trabaja de forma regular después del colegio -añadió al no recibir respuesta.

– ¿Cuál es la dirección?

– La Librería Old House. Ponte de pie, Christine.

El inspector consultó su cuaderno.

– Supongo que será consciente de que tengo derecho a examinar a esta niña como considere oportuno respecto a los asuntos que engloba la Ley de Comercios.

Una tormenta de silbidos estalló en la clase.

– He traído a una colega conmigo -dijo el inspector con escaso entusiasmo-. Está fuera cerciorándose de que el coche está bien cerrado.

– Entonces no habrá interferencias criminales -dijo el delegado de la clase con voz tranquila.

Christine no se inmutó. Siguió a la inspectora, que entró dando explicaciones desde el jardín, apresuradamente, y que se dirigió después hacia la pequeña habitación que quedaba detrás del piano, donde se hacía el recuento del dinero de la cena.

Para: Sra. Florence Green, Librería Old House

Los inspectores del distrito escolar han examinado a Christine Gipping y le han solicitado que firme una declaración jurada acerca de los asuntos por los que fue sometida a examen. Aunque no hay indicios de irregularidad en su asistencia al colegio, parece ser que, como consecuencia de la llegada de un número uno en ventas, trabajó más de 44 horas en su establecimiento durante una semana de sus vacaciones. Además, ni su seguridad ni su bienestar están garantizados en su propiedad, que está embrujada de una manera del todo inaceptable. Cito literalmente las palabras de Christine Gipping. «El rapper no hace tanto ruido ahora, pero no conseguimos deshacernos de él del todo». Se me ha indicado que bajo las estipulaciones de la Ley, los hechos sobrenaturales están clasificados al mismo nivel que las cortadoras de bacon y otra maquinaria a la que no deben estar expuestos los jóvenes ante la posibilidad de que puedan sufrir algún daño.

De: Sra. Florence Green

La ley de Comercios que menciona sólo es aplicable a personas que tengan entre catorce y dieciséis años. Christine Gipping sólo tiene once. De otra forma, ¿por qué iba a estar en primaria?

Para: Sra. Florence Green, Librería Old House

Si Christine Gipping tiene, como usted asegura, once años, no le está permitido por ley trabajar en un negocio de venta que no sea un quiosco o una estructura móvil que conste de una tabla sujetada por caballetes que se desmonte al final del día.

De: Sra. Florence Green

No hay espacio en la acera de la calle High Street de Hardborough para tablas con caballetes que se puedan desmontar al final del día. Christine, como gran parte de los alumnos de primaria de Suffolk, y como usted bien sabe, está «echando una mano». Se examinará en julio y supongo que pasará a la secundaria en Flintmarket, donde no tendrá tiempo para ningún otro tipo de trabajo después de clase.

No se volvió a saber nada de los inspectores del distrito y esta queja, donde quiera que se originara, murió como las otras. Una breve nota de felicitación llegó de parte del señor Brundish. ¿Cómo podía haberse enterado? Recordaba que, en tiempos de su abuelo, el inspector siempre pasaba por los colegios con un hurón dispuesto a hacerse útil y acabar con las ratas.

Pero la Librería Old House, como un paciente que ha superado una crisis pero que no logra recuperar las fuerzas, tuvo unos beneficios menos prometedores que a finales de año. Era de esperar una situación semejante en los meses después de Navidad. Habría más capital disponible después de demoler el cobertizo y vender el terreno. Pero Wilkins era tremendamente lento. Nunca había sido un hombre rápido y, evidentemente, el frío actuaba en su contra. Parecía que estos viejos enclaves se vendrían abajo de un solo golpe, pero a veces podían ponerse tercos. Florence se vio obligada a repetirle todo esto al director del banco, que le había pedido que se acercara para tener una charla, y que había procedido a preguntarle si se había percatado del poco activo circulante que tenía en esos momentos.

– ¿El cobertizo va a dejar de ser un activo fijo para ser circulante?

– No es ninguna de los dos cosas de momento -respondió Florence-. Wilkins dice que la argamasa es más dura que el sílex.

El señor Keble le hizo notar que quizá no fuera el momento más apropiado para vender un pequeño terreno que se sabía que tenía tendencia a anegarse fácilmente. Florence no recordaba que se hubiera hecho mención de algo así meses antes, cuando discutieron el préstamo.

– Ahora habrá algo menos de actividad en su negocio, supongo. Quizá sea mejor así. Durante un tiempo dio la impresión de que iba usted a sacarnos de nuestras viejas costumbres de golpe. Pero todos los pequeños comercios tienen sus altibajos. Ésa es otra de las cosas que uno puede comprender más fácilmente desde una posición como la mía, donde se disfruta de una perspectiva más amplia.

Más adelante, esa misma primavera, el sobrino de la señora Gamart, el diputado de la circunscripción de Longwash, un joven brillante, triunfador y estúpido, presentó su proyecto de ley y obtuvo su aprobación. Se trataba de un admirable hito en su carrera. Las estipulaciones de esta ley resultaban aceptables para todos los partidos -eran humanitarias, democráticas, y contribuían a solucionar el creciente problema del ocio-, aunque difíciles de llevar a la práctica. Conocida como la Ley de Acceso a Lugares de Valor Educativo y de Interés, otorgaba a los consejos locales el poder de comprar, de manera obligatoria y según un acuerdo previo de compensaciones, cualquier edificio levantado entero o en parte antes de 1549 y que no se utilizara con fines residenciales, en el caso de que no hubiera en la zona otro edificio de una fecha parecida abierto al público. Los edificios adquiridos debían utilizarse para el recreo cultural del público. Florence se fijó en que había un pequeño párrafo acerca de este asunto en The Times, pero sabía que no le afectaría. Ni el consejo de Hardborough ni el de Flintmarket tenían dinero para proyectos de ningún tipo y, en cualquier caso, Old House se estaba utilizando «con fines residenciales»: ella todavía vivía allí, aunque esas palabras desviaron sus pensamientos hacia los problemas derivados del puro mantenimiento de la finca. El invierno se había llevado por delante un buen número de tejas, y había una mancha de humedad que se estaba extendiendo por el techo de la habitación, centímetro a centímetro, del mismo modo que el mar se iba comiendo la costa. También había humedades en el armario donde guardaba el stock, bajo la escalera. Pero aquél era su hogar y el de sus libros, y allí se quedarían todos juntos.

El contenido de la ley no se lo había sugerido la señora Gamart a su sobrino, pero se quedó encantada cuando él le contó, durante una comida en The House, que la idea se le había ocurrido estando en una de sus fiestas la primavera pasada. Como fuente de energía en un lugar como Hardborough que necesitaba tan poca, una energía, además, que a menudo se perdía en quejas, estaba seguro de que ella sería capaz de generar un círculo creciente de efectos secundarios que irían mucho más allá de la idea original. Siempre que se percataba de esto, la señora Gamart se sentía complacida, tanto por sí misma como por los demás, porque ella siempre había actuado según lo que creía que era lo correcto. No era consciente de que la moralidad rara vez representa una guía segura para la conducta humana.

Sonrió a su sobrino desde el otro lado de la mesa del almuerzo, y dijo que no tomaría el pescado.

– Me temo que vivir en Hardborough hace que no desees comer pescado en ningún otro lugar -dijo-. Allí se consigue tan fresco…

Era una mujer encantadora, bien conservada además, y había venido a Londres ese día para presionar a favor de algún asunto caritativo, nada que ver con la Librería Old House. Su sobrino no conseguía acordarse de qué era, pero ya se encargarían de recordárselo.

9

En el colegio de primaria de Hardborough, el examen para pasar a la secundaria no lo corregía la propia directora, como hacía habitualmente una vez que los niños se habían marchado a casa. Los ejercicios se intercambiaban con el colegio de Saxford Tye. Así, el expectante pueblecito tenía las necesarias garantías de imparcialidad o, como decía la señora Traill, ella se libraba de quedarse hecha polvo después de corregir los exámenes. Sin embargo, quizá no fuera tan sensible a la hora de repartir los resultados. Las admisiones para estudiar secundaria en la escuela de Flintmarket llegaban en sobres blancos y cuadrados. Las del instituto de formación profesional en unos alargados de color beige. Al llegar al colegio aquella mañana de verano cada niño del último curso miraría su pupitre, vería su sobre, y sabría su destino de inmediato. Lo sabría también el resto de la clase.

Cuando en los años venideros miraran hacia atrás, los niños de Hardborough no recordarían nada tan doloroso o tan decisivo como esos sobres que esperaban sobre sus mesas. Fuera hacía buen tiempo. Habían brotado las flores amarillas del tojo desde una punta del parque hasta la otra, y el verano había tomado posesión también de la clase. Se les había pedido a los alumnos que trajeran algo de la naturaleza para la clase de biología, así que había botes de mermelada con collejas blancas y rosas, y escaramujos; había paja desparramada por la mesa de la profesora, y en el alféizar de la ventana había una anguila que nadaba incómoda en un tanque de cristal.

Se acabó todo en un minuto. Christine fue una de las últimas en entrar en clase. Miró su sobre y supo al instante lo que siempre había esperado. Tenía uno largo de color beige.

La señora Gipping pasó en persona por la Librería Old House, una concesión que merece destacarse ya que, con lo ocupada que estaba, salía sólo cuando lo consideraba estrictamente necesario. Había venido a decirle a Florence que Christine no podría seguir trabajando, pero enseguida se dio cuenta de que Florence ya se lo imaginaba, y no hizo falta que le dieran el recado. En lugar de eso, se sentaron en la parte de atrás de la casa. La tienda estaba cerrada y a lo lejos se oía a los veraneantes de ese año gritando desde la playa.

– El viejo rapper no parece manifestarse cuando estoy yo -observó la señora Gipping-. Ése sabe cuándo no perder el tiempo, supongo.

– No lo he oído mucho últimamente -dijo Florence, y luego se acordó de la calabaza y sugirió que tomaran algo-. Vamos a tomar un vaso de coñac de cereza, señora Gipping. No acostumbro, y mucho menos por la tarde, pero puede que hoy haga una excepción.

Sacó dos vasos pequeños y la botella que, como muchas botellas de licor, tenía una forma extraña, insolente con su delgado talle y sus curvas, exigiendo que se la conservara para las ocasiones especiales.

– Ganó eso en la rifa de la iglesia, supongo -dijo la señora Gipping-. Estuvo allí tres años sin que nadie sacara el número. El vicario no sabrá qué hacer sin ella.

Quizá le trajera suerte. Ambas mujeres dieron un sorbo del líquido de color rojo brillante y tremendamente empalagoso.

– Dicen que al príncipe Charles le gusta esto.

– ¡A su edad!

Entonces, consciente de que era su deber como anfitriona afrontar la cuestión, Florence dijo:

– Siento mucho lo de Christine.

– Es la única de los nuestros que no ha entrado en el colegio de enseñanza secundaria. Es lo que llamamos una sentencia de muerte. No tengo nada contra la formación profesional, pero entrar ahí quiere decir lo siguiente: ¿qué posibilidades tendrá en la vida de conocer a un hombre con educación y de casarse con él? Nunca podrá aspirar a nada más que a un obrero o, incluso, a uno en paro. Y, créame señora Green, tenderá su propia colada hasta el día en que se muera.

La imagen de Wally pasó por la cansada mente de Florence. Wally llevaba un año en secundaria y no podía negarse que se le había visto últimamente con una novia nueva, también del colegio. Él le estaba enseñando a nadar.

– Christine es rápida y habilidosa -dijo intentando ver el lado bueno del asunto-. Y tiene mucho oído -añadió recordando el baile en la corte del rey Herodes-. Seguro que llega lejos en la vida, esté donde esté.

– No quiero que piense que tenemos algo en contra de usted -dijo la señora Gipping-. Eso es en realidad lo que he venido a decirle. Ninguno de nosotros cree que Christine hubiera pasado el examen aunque no hubiera trabajado aquí después de clase. Es más, puede resultar que constituya una ventaja. Supongo que la experiencia es algo que se tiene en cuenta. A los que dejamos el colegio no nos cogen sin experiencia pero, ¿cómo la conseguimos? En cambio, si Christine necesitara referencias, le hemos dicho que sólo tendría que acudir a usted.

– Por supuesto, no tiene más que pedirlo.

– No quiere dejar de ganar dinero mientras está en el instituto.

– Claro que no.

– Hemos estado mirando un poco. Hemos pensado que a lo mejor la cogen los sábados por la noche en la nueva librería en Saxford Tye.

La señora Gipping hablaba con una especie de honestidad tranquila. Se terminó su coñac de una forma que indicaba que sabía muy bien cómo hacer que un vaso pequeño durara un rato largo.

– Es demasiado dulce -dijo-. Pero no nos podemos quejar si es para la iglesia.

Después de que la señora Gipping se hubiera marchado, Florence sacó su coche del garaje, que era un cobertizo para barcos abandonados que había al lado de los guardacostas, y se fue a Saxford Tye. Aparcó en la calle principal y anduvo con tranquilidad al atardecer. Era cierto. En muy buena situación, al lado del recién arreglado pub Washford Arms, habían abierto una nueva librería.

No llevaba abierta mucho tiempo, así que no podía ser el motivo de que hubieran bajado las ventas en su tienda. Florence dejó que el último balance de comprobación, que le había estado rondando la cabeza de una forma muy desagradable, pasara a ocupar su mente con toda crudeza. En aquellos días, las tres denominaciones de libras, chelines y peniques permitían que hubiera tres tipos diferentes de amenazas asomando desde las tres implacables columnas. Compras: 95 libras, 10 chelines y 6 peniques (muy excesivas); ventas al contado: 62 libras, 10 chelines y 11 peniques con 75 centavos; personal: 12 chelines con 6 peniques; gastos generales: 2 libras, 8 chelines y 2 peniques; ningún pedido; entrada de beneficios: 2 libras, 17 chelines y 6 peniques; dinero en mano: 102 libras y 4 peniques; valor del almacén a 31 de julio: unas 6oo libras; dinero de caja: como de costumbre, no lo tenía muy claro. Los veraneantes no parecían tener tanto para gastar ese año, o quizá no tanto para gastar en libros. En el futuro, si paraban en Saxford en el camino, tendrían mucho menos.

Aunque no había forma de saberlo, Libros Saxford Tye no era una empresa como la suya, sino una inversión del corto de mente Lord Gosfield, que había emprendido la marcha desde su castillo en las ciénagas para acudir a la fiesta de la señora Gamart hacía más de un año. Desde entonces, todos sus conocidos parecían estar dedicándose a convertir sus segundas residencias en casas de veraneo, y ésa había sido su intención (dado que era propietario de buena parte de Saxford Tye). Pero había resultado impracticable porque todavía no se sabía de nadie que pasara allí las vacaciones. Hundido entre silos y montones de tubérculos, el pueblo era único en esa parte de Suffolk: no tenía siquiera una iglesia pintoresca que ofrecer al visitante. De hecho, habían dejado que la iglesia se quemara durante las celebraciones de 1925, cuando se aprobó la ley para subvencionar la remolacha, evitando así que la apática población se extinguiera. En cualquier caso, la construcción de una nueva carretera había convertido el pub Gosfield Arms, que tenía dos buenos lugares para dejar el coche, en un sitio razonable para hacer una parada en el camino a Hardborough o a Yarmouth. Las propiedades anexas podían convertirse en tiendas, y Lord Gosfield creía recordar que Violet Gamart, que sin duda era una mujer inteligente, había dicho algo sobre una librería. Le preguntó a su agente si hacer algo así no constituiría una buena maniobra. Y, en connivencia con éste, que tenía más luces que su jefe, los cerveceros habían conseguido que cualquiera que quisiera estirar las piernas, es decir, cualquiera que llegara hasta los relucientes cuartos de baño del pub, tuviera que pasar necesariamente por delante del escaparate de la nueva librería. Expuestos había caballos de latón y ceniceros en forma de remolacha, además del tipo de novelas que Florence no tenía ninguna intención de vender. A las seis y media el lugar estaba todavía abierto. No había duda de que aquello sería mucho más alegre para Christine.

Te voy a echar de menos Christine, y quería saber qué te gustaría que te regalara.

– Ninguno de esos libros. Ninguno de los que tiene usted.

– Bueno, ¿entonces qué? Voy a ir a Flintmarket mañana. ¿Qué te parece una chaqueta?

– Preferiría el dinero.

Christine era implacable. Sólo encontraría consuelo si causaba dolor. Su resentimiento iba dirigido contra cualquiera que tuviera algo que ver con los libros y con leer, o que pensara que el éxito estaba condicionado a la escritura de pequeñas composiciones o a saber qué dibujo era el que no pertenecía al conjunto. Los odiaba a todos. La señora Green, que se suponía que entendía de estas cosas y que siempre le había dicho que aprobaría, no era mejor que los demás. Christine no les daría la satisfacción de hacer distinciones entre ellos.

– Bueno, espero que vengas por la tienda a verme alguna vez.

– No tendré mucho tiempo.

– El autobús del colegio llega hacia las cinco, ¿no? Si estoy atenta, a lo mejor te veo.

– No debería hacer tantos esfuerzos. Dicen que no es bueno después de cumplir los cuarenta.

Quizá no lo fuera. Florence había advertido en sí misma una o dos excentricidades últimamente, que podían ser consecuencia de trabajar tanto, de la edad o bien de su vida solitaria. Cuando llegaba el correo, por ejemplo, a menudo se encontraba perdiendo el tiempo en mirar los matasellos y en preguntarse de quién podían ser las cartas en vez de abrirlas, que sería lo más sensato para enterarse al instante.

Las cartas, en cualquier caso, cada vez llegaban en menor número, y se podía decir que toda su vida empresarial se estaba contrayendo. La biblioteca que, al fin y al cabo, había sido una fuente constante, aunque modesta, de ingresos, estaba cerrada para siempre. El motivo era que, por primera vez en la historia, se había abierto una biblioteca pública en Hardborough. El municipio llevaba muchos años solicitando este servicio y sería difícil decir quién había sido el responsable de presionar para que el ayuntamiento tomara por fin medidas. La nueva biblioteca constituía un entretenimiento importante. Afortunadamente, había disponible un terreno apropiado: la propiedad que se adquirió fue la antigua pescadería de Deben.

El rapper se dejaba oír cada vez con menos frecuencia, aunque una vez Florence se encontró los libros de cuentas, con los que pasaba tanto tiempo últimamente, tirados violentamente en el suelo boca abajo. Las páginas estaban arrugadas y llenas de garabatos. Se sintió un poco incómoda cuando se los mostró a la sobrina de Jessie Welford, quien, además, le dijo que se temía que habría que buscar otro arreglo, ya que la habían ascendido en la oficina y en el futuro no tendría tiempo para echar una mano en Old House. La frialdad con la que se lo dijo reflejaba la opinión que tenían de ella en Rhoda's. Sólo al final, cuando estaba comprobando que no se dejaba nada, se ablandó un poco:

– Por supuesto que mi cometido no era otro que el de comprobar las transacciones, y profesionalmente no estaría bien que yo le diera otro tipo de consejo…

– No estaría nada bien, querida, no debo permitir que lo hagas -dijo Florence mientras miraba cómo la joven, tan autosuficiente, se acomodaba dentro de su gabardina.

– Bueno, pues entonces creo que eso es todo. Espero que no me haya dejado ninguna de mis pertenencias. ¿Qué es lo que decía mi padre…? Si estás en el fondo de la garganta, piensa en Jonás. Él salió airoso.

Iba a cenar al lado, a Rhoda's, así que salió rápidamente dejando a Florence con estas imágenes de desastre y naufragio. Afortunadamente, había que hacer la limpieza de primavera y el listado de los envíos, que los Scouts se habían ofrecido a preparar en su imprenta. Eso significaba que habría que levantarse una hora antes, o dos, por las mañanas. Miró con vergüenza las filas de libros que esperaban pacientemente a ser vendidos.

– Trabaja demasiado, Florence -dijo Milo.

– Intento concentrarme. Deje ésos en el suelo, acaban de llegar y todavía no los he revisado. Si uno pone todo su empeño, tiene que salir adelante.

– No sé por qué. Todo el mundo tiene que poner todo su empeño al final. Tienen que morir. Y no puede decirse que morir signifique salir adelante.

– Usted es demasiado joven para preocuparse por la muerte -dijo Florence, pensando que eso era lo que se esperaba que dijera.

– Quizá. Pero me parece que Kattie a lo mejor se muere. Gasta tanta energía…

Tres veces a la semana, pensó Florence. Suspiró.

– ¿Cómo está Kattie? -preguntó.

– No lo sé. De hecho, me ha dejado. Se ha ido a vivir con otra persona en Wantage. Está en el departamento de programas externos. Se lo cuento porque confío en usted.

– Supongo que se lo ha dicho a todo el que le quisiera escuchar.

– Le concierne a usted especialmente porque ahora tendré mucho más tiempo libre. Podré trabajar aquí media jornada, como su ayudante. Supongo que echa de menos a la niña.

Florence se negó a que aquello la cogiera desprevenida.

– Christine aprendió una barbaridad mientras estuvo aquí -dijo-. Y tenía bastante mano con los clientes.

– No tanta como yo -dijo Milo-. Le pegó a Violet Gamart, ¿no? Yo no haré eso. ¿Cuánto me puede pagar?

– A Christine le pagaba doce con seis a la semana y no puedo ofrecer más ahora mismo.

No había duda de que eso la libraría de Milo, aunque Florence le tenía bastante cariño. Si todo el mundo era como él en ese sitio de la televisión en Shepherd's Bush, tendrían serias dificultades para terminar las cosas. Se pasarían todo el día intentando convencerse los unos a los otros.

– Si está interesado en el trabajo -dijo Florence mientras pensaba que en Müller's consideraban aquello como de «entrometidos»-, puede venir por las tardes y probar durante unas semanas. Si no necesita los doce con seis, puede donar el dinero para la lancha de salvamento o para el fondo de los guardacostas. Sólo recuerde que yo no le pedí que viniera. Lo pidió usted.

Cuando el parlamento reanudó las sesiones, el proyecto de ley que había presentado el diputado de la circunscripción de Longwash se aprobó por tercera vez, y fue directamente a la Cámara de los Lores. En esta ocasión llamó todavía menos la atención. Muy pocos de aquéllos a quienes iba dirigida la ley leyeron sus enmiendas. Los edificios antiguos, por ejemplo, iban a ser objeto de compra obligatoria, incluso aunque estuvieran ocupados actualmente, en el caso de que hubieran estado vacíos en el pasado durante más de cinco años. El sobrino de la señora Gamart había contado con el consejo de personas expertas en la redacción de leyes. Era imposible saber quién era el responsable de este detalle o de aquél.

Todo el mundo pensó que el señor North era muy amable por echar una mano en Old House, sobre todo cuando el negocio no iba tan bien como antes. Lo más lamentable, quizá, era que siempre que Florence tenía que ir a Flintmarket para ver si habían llegado los nuevos pedidos, él echaba el cierre inmediatamente, y se le podía ver sentado en la silla más cómoda, colocada bajo los rayos del atardecer que entraban por el escaparate. Pero no se le podía culpar de que el negocio no fuera bien. Siempre tenía un libro de poesía, o de algo parecido, entre las manos.

Cuando ocurría esto, Milo jamás se acordaba de cerrar la puerta de atrás, y Christine podía entrar directamente, sin hacer ruido, ataviada con su nueva chaqueta del colegio.

Shower down thy love, O burning bright! for one

night or the other night

Will come the Gardener in white, and gathered

flowers are dead, Christine. [15]

– Mucho ojito, señor North -dijo Christine.

– ¡Qué expresiones tan desagradables os enseñan en ese colegio nuevo al que vas!

Christine se puso muy colorada.

– No he venido aquí a mezclarme con los de su clase -dijo.

Una especie de angustia había hecho que volviera, y fue una gran decepción no encontrar allí a Florence, en parte para que la animara un poco y en parte para demostrarle que no volvería a aceptar ese trabajo a ningún precio. Además, podía aprovechar para enseñarle la chaqueta de punto que se había comprado con el dinero que había recibido. Se abrochaba hasta arriba, no al estilo antiguo.

– ¿Por qué has dejado de ayudar a la señora Green? -preguntó Milo-. Te echa de menos.

– Le tiene a usted, ¿no, señor North? Siempre está entrando y saliendo -dijo, y luego vaciló. No quería que pareciera que estaba buscando información-. Dicen que no la dejarán que se quede con esta librería -espetó.

– ¿Quién lo dice?

– Quieren Old House para otra cosa que se les ha ocurrido.

– ¿Y por qué has de preocuparte tú por eso, querida?

– Dicen que no se la puede quedar, que la llevarán a juicio. Eso significa ir al juzgado de la comarca. Tendrá que jurar que dirá la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

– Esperemos que no llegue a eso.

Christine tenía la sensación de que apenas había logrado reafirmar su posición. Estuvo dando vueltas, limpiando el polvo por aquí y por allá -el plumero necesitaba un lavado, como siempre, dijo-, mientras miraba con el reconocimiento de un extraño a sus viejos conocidos de las estanterías.

– Éstos no deberían estar con los Perseverantes -dijo levantando los dos volúmenes de la versión reducida del Oxford Dictionary.

– Nadie se ha ofrecido a comprarlos.

– De todas formas, no son Perseverantes. Son una raza aparte.

No había mucho más que hacer. Incluso ahora, al final del día, apenas había necesidad de poner las cosas en orden.

– Yo no veo que haya nada malo en esta tienda, excepto la humedad terrible y que nunca puedes saber cuándo va a empezar a dar la lata el rapper.

– Efectivamente, no puede haber nada demasiado malo en ella, o yo no estaría aquí.

– ¿Cuánto tiempo se va a quedar entonces?

– No lo sé. A lo mejor no tengo la energía necesaria para quedarme mucho más.

– A lo mejor no tiene la energía necesaria para levantarse y largarse -dijo Christine observándole, con menosprecio y fascinación, ahí sentado. Le vendría bien tener un pedazo de jardín y dedicarse a cultivar algo, pensó, aunque sólo fuera unas filas de rabanitos.

– Yo nunca tenía tiempo de estar sentada cuando era ayudante.

– Seguro que no. Eres una niña o una mujer, y ninguna de las dos tiene ni idea de cómo relajarse.

– Mucho ojito -dijo Christine.

10

El frío llegó después del estupendo verano de 1960. Para principios de octubre, Raven había empezado a hablar con pesimismo del ganado, que tosía de una forma lastimera. Por la mañana temprano el denso vapor blanco les llegaba hasta las rodillas, de manera que parecía que sus cuerpos flotaban por encima de la bruma. Sus cabezas, con unas orejas grandes a media asta, giraban lentamente envueltas en una nube de vaho hacia los escasos transeúntes.

La niebla no se levantaba hasta el mediodía, y bajaba de nuevo hacia las cuatro. Era una locura que el señor Brundish saliera en semejantes condiciones; y, sin embargo, en Holt House, completamente solo, se estaba preparando para hacer una visita. Hacia las once menos cuarto había logrado tener casi la apariencia de un boulevardier, con un abrigo de cuello de piel y un sombrero gris de fieltro, algo más elevado en la parte superior de lo que era costumbre en aquellos años. Los nativos de Hardborough sólo respiraban el aire otoñal a través de sus bufandas de lana, y el señor Brundish también llevaba una. Luego cogió un bastón de los muchos que le esperaban en la entrada.

La niebla hacía que sólo se viera el sombrero y las tres cuartas partes del señor Brundish, que se agachaba ocasionalmente con un respingo y un jadeo, mientras se deslizaba por Ropewalk, Sheepwalk y Anson Street. Pensaron, quienes le vieron por la ventana, que se dirigía al médico o, más alarmante aún, a la iglesia. Hacía años que el señor Brundish no oía una misa. Estaba pálido y parecía afligido. La opinión general coincidía en que tenía un aspecto muy moderado.

Si no era el médico ni la iglesia, sólo podía ser The Stead. Por improbable o imposible que pareciera, estaba subiendo las escaleras de la entrada con dificultad y, una vez se liberó de la bruma por fin, tocó el timbre.

La señora Gamart estaba haciendo una anotación mañanera en su diario, y había escrito: «Miércoles: un tiempo horrible para oct. Hortensia petolaria bastante húmeda». Oyó el timbre y estaba lista para levantarse, restándole importancia a la interrupción, cuando se dio cuenta de quién era el visitante. Entonces sintió la misma incredulidad que el resto de Hardborough, que había visto el avance del señor Brundish desde Holt House. La joven lugareña que ayudaba con la limpieza, y que había abierto la puerta, estaba medio aturdida, como si hubiera visto árboles andantes.

Que este viejo cansino la aceptara supondría entrar en una nueva dimensión en el tiempo y el espacio -en los siglos pasados del Suffolk habitado, y en su silencio actual y su vida expectante-. Desde los primeros meses de su llegada, él había rechazado todas sus invitaciones con la excusa constante de su mala salud. Sin embargo, no había duda de que se celebraban pequeños encuentros en Holt House, distinguidos por los visitantes que pasaban allí la noche, así como por los ancianos amigotes que llegaban desde los rincones más recónditos del este de Inglaterra. Sólo hombres quizá, aunque se comentaba -pero la señora Gamart no se lo creía- que la señora Green había ido a tomar el té, y nunca se había incluido a su propio marido. El General, sin embargo, con la complicidad transparente del sexo masculino, insistía en que el viejo señor Brundish era un tipo decente. Esta observación tan poco apropiada desconcertaba a la señora Gamart hasta dejarla sin palabras.

Y ahora el señor Brundish había venido. No pidió disculpas al entrar en la casa, ya que en su época, tratándose de una visita a las once, nadie lo habría considerado necesario. Sin pretender ocultar lo débil que estaba, sin fingir que se detenía un momento para admirar las dimensiones del recibidor, se agarró a las barandillas mientras intentaba recuperar el aliento. Se le cayó el bastón sobre el reluciente suelo.

– Recuperaré el bastón después. Afortunadamente no he perdido ninguna de mis facultades.

La señora Gamart, que había salido a recibirle, pensó que lo mejor sería llevarle a la sala. Los impresionantes balcones daban al mar, tan brumoso como la tierra. Se sentaron. Sin hacer más referencias a su salud el señor Brundish dijo:

– He venido a preguntarle algo. No es de muy buena educación, pero no creo que pueda plantearlo de otra forma. Si le importa que le pregunte, debe decirlo enseguida. Claro, que podría hablar con su marido.

Por costumbre y desde tiempo inmemorial, la señora Gamart rechazaba la idea de que su marido pudiera ser necesario para algo. La concentración de su visitante parecía vacilar e interrumpirse. Durante lo que pareció un rato considerablemente largo, estuvo sentado con los ojos cerrados, mientras su cara se teñía de una extraña palidez pizarrosa, como si el mar se la hubiera blanqueado. Luego prosiguió:

– Una extraña experiencia la de desmayarse. Uno nunca sabe si lo está haciendo correctamente. No hay nada a lo que agarrarse. Uno no se acuerda de la última vez… Sería mejor que me ofreciera algo -añadió subiendo el tono. Después, sin bajar la voz, dijo-: Esta arpía no puede negarme un vaso de coñac.

La señora Gamart miró con asombro al enfermo. Si estaba teniendo algún tipo de ataque, lo único que había que hacer era llamar al médico. Entonces se lo llevarían y, por supuesto, él estaría en deuda, como cualquiera que se pone enfermo en casa de otro. Aunque quizá el señor Brundish no supiera reconocer cuándo debía un favor, pensó ella. En cualquier caso, no podía haber hecho el doloroso camino desde Holt House, en un día como ése, simplemente para decirle que no estaba bien, a no ser que de repente quisiera enmendarse por su escasa perspicacia durante esos quince años. Pensó que sería mejor no ofrecerle estimulantes.

– ¿Quiere que pida que le hagan un café? -preguntó ella.

– Esta mujer intenta envenenarme. Ya se me pasará.

El señor Brundish abrió y cerró las manos, como si quisiera coger el aire, pero incluso ese movimiento estaba dotado de nobleza.

– Quiero que deje en paz a Florence Green -dijo.

A la señora Gamart la cogió enteramente por sorpresa.

– ¿Le ha pedido ella que venga aquí?

– En absoluto. Es una mujer que ya no es joven y que lo único que quiere es tener una librería.

– Si la señora Green tiene algún motivo de queja -dijo la señora Gamart-, supongo que podría contratar a un abogado. Creo que tiene cierta tendencia a cambiar de consejero legal.

– ¿Por qué quiere que se vaya de esa casa? Yo mismo vivo en una casa bastante vieja y sé lo incómodo que es. Además, la librería tiene corrientes, es imposible hacerle una segunda hipoteca y, por supuesto, la casa entera está encantada.

Para entonces, el tacto y la buena educación habían acudido en ayuda de la señora Gamart.

– ¿No se le ha ocurrido a usted, que seguramente es un hombre que se interesa por el bienestar y el patrimonio de este pueblo, que un edificio de tanto interés histórico podría utilizarse para algo mejor?

Había dado un paso en falso. Al señor Brundish no le importaban en absoluto ni el bienestar ni el patrimonio de Hardborough. Él era, en cierto sentido, Hardborough, y nunca se había parado a pensar si aquello le interesaba o no.

– La antigüedad no es lo mismo que el interés histórico -dijo-. De lo contrario, nosotros dos seríamos más interesantes de lo que somos.

A esas alturas la señora Gamart se había percatado de que, aunque su visitante probablemente estaba llevando la conversación según unas normas determinadas, éstas no eran las que ella dominaba. Necesitaría, por tanto, una defensa en consonancia.

– Lo repito: quiero que deje a mi amiga Florence Green en paz -gritó el señor Brundish-. ¡En paz!

– Su amiga, ya sabe, parece que se ha saltado la ley más de una vez. Si ése es el caso, yo, por supuesto, no puedo decir nada. Si sigue como hasta ahora, la ley tendrá que seguir su curso.

– ¿Tal vez se esté refiriendo a una ley que no existía el año pasado y que se coló en el Parlamento a nuestras espaldas? Me refiero a una orden que prevé la compra obligatoria. Puede llamarlo desahucio. Ése sería un término más justo. ¿Empujó usted a su precioso sobrino a que pasara ese proyecto de ley al parlamento?

Ella no podía rebajarse tanto como para hacer ver que no entendía de qué le estaba hablando.

– Es cierto que quizá el proyecto de mi sobrino afecte a la librería, ya que hay una disposición según la cual la propiedad tiene que haber estado vacía durante cinco años. Y eso, desde luego, sería aplicable a Old House…

¿Cómo habría obtenido esa información? Se diría que la había conseguido mediante unas raíces invisibles, sin moverse de Holt House. Sin ver ni escuchar.

– … Hay tantas autoridades a tener en cuenta, señor Brundish. Los simples mortales como yo -dudó un poco antes de continuar- y usted, apenas sabríamos por dónde empezar. Yo soy juez de Paz y estoy acostumbrada al servicio público, pero aun así estaría bastante perdida. No podríamos ni encontrar a la persona adecuada a la que escribir.

– Sé perfectamente bien, señora, a quién escribir. En los últimos años, si no me hubiera encargado de ello, habría perdido cientos de hectáreas de mis pantanos, algunas tierras de labranza y dos molinos. Déjeme que le diga que el comprador de Old House tendrá que ser el consejo municipal de Flintmarket, y que lo hará bajo la Ley de Procedimientos de Autorización para la Adquisición de Tierras de 1946, la Ley de Viviendas de 1957 y este grotesco esfuerzo de su sobrino. Si no se ha hecho nada hasta ahora, podemos hacer frente común contra ellos. Si hay noticias de que están dispuestos a llegar a un acuerdo, habrá que convocar una vista privada ante un inspector del gobierno.

El significado y el peso de esa primera persona del plural no podía llevar a equívoco. Violet Gamart entendió perfectamente el trato que se le estaba ofreciendo. Le estaba proponiendo una alianza, una alianza de trabajo en cualquier caso, entre Holt House y The Stead, y, a cambio, se le pedía algo que ella no podía ofrecer. Pero, ¿acaso importaba? Trataría de ganar tiempo. El señor Brundish tendría que venir otra vez para seguir persuadiéndola, y ella tendría que ir a verle a él para discutir los detalles. Su mente no estaba del todo bajo control. Se olvidaría de lo que había dicho la última vez, y se convertiría en una visita habitual. Ella no habría dado nada y, en cambio, habría ganado mucho. Entretanto, sería más inteligente no hacer demasiadas promesas.

– Ciertamente, podríamos pensar en alguna forma de facilitar el proceso, si es necesario. Todavía hay bastantes tiendas en alquiler, ¿sabe?, en pueblos más grandes que Hardborough.

– ¡Eso no es lo que estoy diciendo! ¡Usted tiene que hablar de lo mismo que estoy hablando yo! ¡Me ha sido muy difícil llegar hasta aquí con este tiempo! Esta mujer es estúpida o malévola…

– Me gustaría poder hacer más.

– Entiendo, entonces, que no hará nada.

Esto es exactamente lo que había querido decir, y lo que pretendía. Tenía que restablecer la situación y no serviría de nada ser ni evasiva ni franca. Él tendría respuesta para ambas posibilidades. Pero no tenía ninguna duda de que los viejos horrorosos también tienen un corazón al que se puede apelar. Le lanzó una sonrisa deliciosa, que templaba sus ojos negros y brillantes, y que había conmovido a gente mucho más importante que él.

– Pero no debe hablarme así, señor Brundish. No se da cuenta de lo que está diciendo. Debe de pensar que soy atroz. ¿Es eso?

Daba la impresión de que el señor Brundish estaba dando vueltas a las palabras en su cabeza, como si fueran guijarros que había que valorar.

– Me temo que no puedo responder ni sí ni no. Por «atroz» supongo que quiere decir «sorprendentemente ofensiva». Qué duda cabe de que ha sido ofensiva, señora Gamart; pero ha sido exactamente como esperaba.

Se levantó con cierta dificultad, y, con la ayuda de diversos muebles, no todos preparados para soportar su peso, recuperó su sombrero y se marchó de The Stead. Pero cuando llegó a la mitad de la calle -la niebla se había levantado para entonces, de forma que los habitantes de Hardborough pudieron verle claramente- el señor Brundish cayó muerto.

Los comerciantes locales, después de consultar con la Cámara de Comercio de Flintmarket, decidieron no cerrar el día en que se celebró el funeral del señor Brundish. Era día de mercado y había buenas posibilidades de que las ventas fueran mayores.

– Yo tampoco voy a cerrar -le dijo Florence a Raven, que en ocasiones hacía de sacristán. Raven se quedó sorprendido, porque en su opinión ella tenía derecho a asistir a la ceremonia, ya que se podía decir que tenía mayor relación con el muerto que muchos de los que irían. Tenía razón, pero Florence no le podía explicar lo mucho que necesitaba estar sola para pensar en su extraño corresponsal y defensor. ¿Para qué misterioso recado había cruzado la plaza, con su sombrero y su bastón, aquel día?

Se le enterró en la tierra pizarrosa del cementerio, entre muertos que se había llevado el mar de Suffolk, guardiamarinas ahogados a los once años, y pescadores desaparecidos. La esquina del noreste del terreno pertenecía a la familia Brundish, tan amante de la tierra. Hardborough, apretado bajo el nivel de sus pantanos, fue al menos por un día el centro de atención de la comarca. ¿Quién iba a pensar que el señor Brundish conocía a tantas personas y que fueran a llegar tantos parientes y tanta gente de Londres? Era miembro de la Royal Society, al parecer. ¿Cómo era posible? Todos los pubs habían solicitado que se les permitiera cerrar más tarde, y se sirvió una gran comida fría en The Stead, donde los invitados charlaron y rieron, y luego bajaron el tono de sus risas y apenas supieron qué hacer con ellas. Se sabía que el viejo había muerto intestado, y el señor Drury se puso manos a la obra. Debía iniciar una exhaustiva investigación para disponer de Holt House y de los pantanos y de los molinos y de las dos mil setecientas cinco libras con trece chelines y siete peniques que le quedaban en la cuenta corriente.

Todavía se estaba celebrando la ceremonia religiosa, y Florence, que no esperaba tener ningún cliente, estaba cerrando lentamente la caja, cuando entró en la tienda el general Gamart. Se quedó un momento bloqueando la luz del sol. Entonces, obedeciendo de manera evidente una orden dirigida a sí mismo, dio tres pasos al frente. Al principio pareció que aquello iba a ser todo. No dijo nada y en cambio se dedicó a juguetear con un montón de anuarios. Florence Green no tenía muchas ganas de ayudarle. Llevaba meses sin ir a la tienda, y ella suponía que acataba órdenes. Pero luego se lo pensó mejor. Sabía que había venido siguiendo un impulso de bondad. Al final, lo que ella valoraba por encima de cualquier otra cosa era la amabilidad.

– No querrá un libro, ¿no?

– No exactamente. Sólo he venido a decir: «Se ha ido un buen hombre». -El General se aclaró la garganta. No podía hacerlo mejor-. Creo que usted conocía bien a Edmund Brundish -añadió con voz ronca.

– Me siento como si así fuera, pero cuando lo pienso, lo cierto es que sólo he hablado con él una tarde en toda mi vida.

– Pues yo nunca he hablado con él. Estaba en primera línea, por supuesto, pero no en los Suffolk; estaba en la RFC, [16] creo. Quería volar. Qué extraño.

El General hablaba con más libertad ahora que se había quitado de encima la parte más incómoda, que era la de dar las condolencias.

– Otra cosa extraña es que nos vino a ver esa misma mañana.

– Quería hablar con su mujer, supongo.

– Sí, tiene usted mucha razón. Violet me lo contó todo. Hizo un gran esfuerzo por ir a verla, al parecer, para darle la enhorabuena por su idea; su idea, quiero decir, del Centro para las Artes. Es una pena que yo no pudiera intervenir e intercambiar alguna palabra con él. Debo decir que nunca habría pensado que el Arte fuera su tema preferido. Pero, en cualquier caso, un hombre bueno se ha ido. Doce años mayor que yo. Supongo que cualquiera de nosotros podría tener un colapso así, ahora que lo pienso.

No había nada que le detuviera, podía seguir así indefinidamente.

– No debe llegar tarde al almuerzo, general Gamart.

Florence sabía de los preparativos en The Stead. Su presencia sería necesaria para abrir el vino.

Consciente de que había estado algo falto de tacto, medio aliviado, medio insatisfecho, se despidió y se retiró.

Alrededor de un mes más tarde, Old House fue requisada bajo la nueva ley parlamentaria. Como una de las estipulaciones era la de que no debía haber en la zona otros edificios de la misma época que estuvieran deshabitados, se podía haber ofrecido el cobertizo en su lugar, así que fue una verdadera pena que Florence hubiera dado instrucciones para que lo derribaran. Wilkins había tardado casi un año en demolerlo, pero ahora avanzaba bastante rápido.

Llegaban grandes cantidades de papeles de un tamaño considerable al buzón de latón de la librería. El cartero se disculpó por traer tantos. Uno de ellos, que venía de Flintmarket, le notificaba a Florence Mary Green que tenían la obligación de comprar y adquirir, bajo las estipulaciones de la ley de 1959 o las leyes o partes de las leyes incorporadas a dicha ley, las tierras o herencias mencionadas y descritas en el programa según se mostraba en el plan adjunto (aunque se les había olvidado adjuntarlo) y a tal fin marcadas en rosa, así como todas las minas y minerales que hubiera en y debajo de las tierras en cuestión, aparte del carbón, y que estaban dispuestos a tratar con ella y con cada uno de ellos los aspectos concernientes a la compra de dichas tierras y a la compensación que debería recibir ella y cada uno de ellos con motivo de la requisición de dichas tierras, autorizada como se mencionaba más arriba. Florence sintió, mientras leía esto, que era el momento de que el rapper se dejara oír y, cuando no lo hizo, casi lo echó de menos.

La noticia también apareció en el Flintmarket, Kingsgrave y el Hardborough Times, e hizo que Florence se sintiera como una delincuente buscada por la justicia. Desde luego, no era producto de su imaginación el que sus viejos conocidos la evitaran por la calle, y que los clientes pusieran cara de sorpresa y dijeran: «Ah, me parecía haber leído en alguna parte que había cerrado». El señor Thornton, el señor Drury y el señor Keble y sus mujeres no volvieron a aparecer por la tienda, ya que estaba marcada.

No le importó tanto como creía. Suponía una derrota, pero la derrota es mejor recibida cuando al menos uno está cansado. La compensación sería suficiente para saldar la deuda con el banco y para dar la entrada de un alquiler, quizá en algún lugar muy diferente. El cambio sería bienvenido. Después de todo, se había dado cuenta de que hasta el señor Brundish había aceptado la idea del nuevo centro. Por alguna razón, esta idea le dolía más que la propia noticia de la Disposición-Para -Llegar-A-Un-Acuerdo.

Raven, acodado en la barra del Anchor, quería saber cómo esa panda del ayuntamiento de Flintmarket, que, según ellos mismos, nunca tenían un penique de sobra y que ni siquiera podían permitirse dragar sus propios pantanos, se las habían apañado para reunir el dinero y echar a la señora Green de Old House. Pero el municipio de Flintmarket estaba tan poco dispuesto a hablar de sus finanzas como cualquier otra institución pública. El comité de recreo manifestó en su informe lo muy esperanzador que era comprobar que si se deseaba o se necesitaba algo de verdad, siempre se podía encontrar un benefactor que tomara medidas para hacerlo posible.

Los abogados de Florence en Flintmarket estaban muy ilusionados al principio con la idea de llevar uno de los primeros casos bajo la nueva ley, como decían ellos. Hablaban de exigir que hubiera una declaración o de solicitar una petición de certiorari. [17]

– ¿Serviría de algo?

– Bueno, en realidad no puede haber ninguna base legal para enfrentarse a una decisión administrativa, pero se ha sostenido que de hecho el público puede hacerlo ateniéndose al derecho natural.

– ¿Qué es el derecho natural? preguntó Florence. Cuando los abogados se dieron cuenta de que su diente tenía muy poco dinero, olvidaron la petición de certiorari y discutieron el asunto de la indemnización. Igual que todos sus consejeros, adoptaron una actitud negativa y hostil. No habría reclamación por depreciación, ya que bajo una perspectiva legal los libros eran como la chatarra, que no pierde su valor por mucho que se mueva de un lado a otro. No se podía reclamar nada por los servicios prestados, ya que se trataba de un negocio unipersonal. El señor Thornton habría hecho alguna broma acerca del hecho de que era un negocio de una sola mujer, pero los abogados de Flintmarket no la hicieron. Quedaba la cuestión de la indemnización por Old House.

Cuando les llamó varias semanas más tarde, le hablaron de obstáculos y retrasos. Con esto querían decir, aunque no lo admitieran durante un tiempo, que era probable que no obtuviera ni un penique. Varias leyes de planificación urbana y rural especificaban que si una casa era tan húmeda que no resultaba apropiada para la vida humana, y existía la amenaza de que se hundiera, no se podía reclamar indemnización.

– Pero Old House ha estado ahí durante siglos sin hundirse. Yo estoy viviendo allí y todavía soy humana, y además, no es tan húmeda. Se seca en verano y a mitad del invierno. ¿Y qué pasa con la tierra?

El abogado se refirió a la tierra como «el solar vacío», como si Old House ya hubiera dejado de existir.

– De hecho, sólo se puede hacer una estimación si se trata de un terreno, pero tras una inspección del sótano se ha llegado a la conclusión de que la propiedad se asienta sobre un centímetro de agua.

– ¿Qué inspección? No se me notificó.

Al parecer, en distintas fechas en las que usted estaba fuera del local, el ayuntamiento envió a un constructor y enyesador experto, el señor John Gipping, para que hiciera una valoración de las condiciones de las paredes y el sótano.

– ¡John Gipping!

– Por supuesto, damos por hecho que entró de forma pacífica.

– Estoy segura de que fue así. No es en absoluto un hombre violento. Lo que me gustaría saber es quién le dejó entrar.

– Ah, su ayudante, el señor Milo North. Se entenderá que actuó como su empleado y siguiendo sus instrucciones. ¿Tiene algún comentario que hacer?

– Sólo que me alegro de que le dieran el trabajo a Gipping. Últimamente no le ha sido muy fácil encontrar empleo.

– Lo más extraño para nosotros es el que el señor North también ha firmado una declaración alegando que las condiciones de humedad de la propiedad han afectado su salud y que ha quedado incapacitado para un empleo normal.

– ¿Por qué lo hizo? -le preguntó a Milo-. ¿Alguien le pidió que lo hiciera?

– Me lo pidieron con cierta insistencia, y me pareció lo más sencillo.

Milo no siguió presentándose en la tienda para echar una mano; se lo encontró por casualidad cruzando el parque. Él no hizo nada por evitar el encuentro en esta ocasión. Es más, intentó ser útil y sugirió que si todavía quería un ayudante, era posible que Christine estuviera libre otra vez ya que, después de un cuatrimestre en el instituto, el director la había echado. Milo dijo que no conocía los detalles, y Florence no insistió en saberlos.

No podía hacer mucho más. El director del banco, con cierto pudor, le preguntó si le vendría bien concertar una cita para verle lo antes posible. Quería saber si lo que había oído acerca de que no tenía ningún derecho legal a una indemnización era correcto, y, en ese caso, qué era lo que pensaba hacer respecto al pago del crédito.

– Quería empezar de nuevo -dijo Florence-. Creí que podría hacerlo.

– Yo no le aconsejaría que se embarcara en otro pequeño negocio. Es curioso constatar cuánta gente ve el banco como una institución benéfica. Llega un momento en que cada uno de nosotros debe conformarse con admitir que ha llegado el final. Claro, que siempre queda el almacén. Si se pudiera liquidar eso, estaríamos en el buen camino para resolver este problema.

– ¿Eso significa que usted quiere que venda los libros?

– Para pagar el crédito, sí. Los libros y su coche. Me temo que será absolutamente necesario.

Por lo tanto, Florence se quedó sin tienda y sin libros. Se guardó, eso es cierto, dos ejemplares de Everyman que nunca se habían vendido bien. Uno era Unto this Last, de Ruskin, y el otro Grace Abounding, de Bunyan. Cada uno tenía su marcapáginas dentro: A todos los hombres seré vuestra guía, cuando más necesitéis tener a alguien a vuestro lado, y el Ruskin tenía además una genciana aplastada y descolorida entre las páginas. El libro debía de haber viajado, quizá cincuenta años atrás, a Suiza en primavera.

En el invierno de 1960, por lo tanto, después de haber mandado su pesado equipaje por adelantado, Florence Green tomó el autobús que iba a Flintmarket pasando por Saxford Tye y Kingsgrave. Wally le llevó las maletas hasta la parada. Una vez más, había llegado la época de las inundaciones, y los campos, a ambos lados de la carretera, quedaron ocultos bajo el brillo del agua. En Flintmarket tomó el tren de las diez cuarenta y seis hacia Liverpool Street. Cuando arrancó para salir de la estación, ella bajó la cabeza en señal de vergüenza, porque el pueblo en el que había vivido durante casi diez años no había querido tener una librería.

Penelope Fitgerald

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