/ Language: Spanish / Genre:sf,

El Dios De Piedra Despierta

Philip Farmer

¿Cómo será el mundo dentro de millones de años? Esto era lo último que se hubiera imaginado averiguar el científico piel roja Ulises Singing Bear cuando estaba trabajando en un proyecto secreto referente al éstasis atómico. Pero fue lo que descubrió cuando le falló el experimento. Pues, convertido en su propio conejo de Indias, fue él quien se despertó a la vida en un lejano, muy lejano futuro. Esto es lo que nos ofrece aquí la fabulosa imaginación de Philip Jose Farmer, creador de universos, explorador del pasado y del presente, en una nueva novela de las épocas por venir… una novela llena de acción y aventuras, de luchas con espadas, de la brujería, de lo desconocido, y de las ciencias olvidadas en el tiempo y las civilizaciones que florecieron y murieron durante los milenios que aún han de trascurrir.

Philip José Farmer

El Dios De Piedra Despierta

Título original: The Stone God Awakens

Traducción de José M. Álvarez Floret

Despertó y no sabía dónde estaba.

Crepitaban las llamas a unos veinte metros de distancia. El humo le picaba en la nariz y le hacia llorar. Se oían gritos y voces de hombres.

Al abrir los ojos, vio que un trozo de plástico caía desde debajo de sus brazos, que tenía extendidos ante él. Algo golpeó levemente sus rodillas, se deslizó piernas abajo y cayó sobre un disco de piedra bajo él.

Estaba sentado en una silla… su silla de despacho. La silla estaba sobre el asiento de un inmenso trono tallado en granito, y el trono sobre una plataforma redonda de piedra. Había sobre la piedra manchas de un color oscuro, entre rojo y marrón. Lo que había caído era una parte de la mesa sobre la que había estado apoyado después de desmayarse.

Se hallaba al fondo de un gran edificio de gigantescas vigas y columnas de madera. Las llamas lamían la pared avanzando en su dirección. El techo del otro extremo había caído en parte y el humo salía por el hueco y se perdía en el viento. Pudo ver el cielo fuera. Era negro, y luego, lejos, flameó un relámpago. A unos cincuenta metros de distancia, había un cerro iluminado por las llamas, en cuya cima distinguió la silueta de los árboles copudos llenos de hojas.

Un instante antes era invierno. La nieve se apilaba profunda alrededor de los edificios del centro dé investigaciones de las afueras de Syracusa, Nueva York.

El humo se amontonaba bloqueando su visión. Las llamas saltaban más arriba y más lejos hacia las largas mesas y los bancos y las gruesas columnas que sustentaban el techo. Parecían éstas como tótems con sus extrañas cabezas grabadas, una sobre otra. Había en las mesas platos, jarras y algunos utensilios simples. Una jarra, volcada, había derramado un líquido oscuro sobre la mesa más próxima.

Se levantó y tosió cuando el humo envolvió su cabeza. Se agachó y salió del asiento del inmenso trono, que, ahora que estaba iluminado por las cercanas llamas, se reveló como una masa de granito salpicada de cuarzo en rojo y negro. Desconcertado, miró a su alrededor. Pudo ver el borde de una puerta parcialmente abierta (era una puerta de dos batientes, muy grande) y fuera había más llamas y cuerpos luchando, debatiéndose, tambaleándose, cayendo, y más gritos y chillidos.

Tendría que abandonar el lugar antes de que el humo o las llamas le alcanzasen, pero tampoco quería salir de allí para entrar en la batalla. Se agachó sobre la plataforma de piedra y luego descendió hasta el duro suelo de tierra de la sala.

Un arma. Necesitaba un arma. Palpó en el bolsillo de su chaqueta y sacó una navaja. Apretó un botón y brotó una hoja de unos quince centímetros. Era ilegal llevar un cuchillo de aquel tamaño en Nueva York en 1985, pero si un hombre quería defenderse en 1985, tenía que hacer algunas cosas ilegales.

Caminó con rapidez a través del humo, aún tosiendo, y llegó hasta la doble puerta. Se puso de rodillas y miró por debajo, pues el borde inferior de la puerta quedaba muy alto.

Las llamas del vestíbulo y de los otros edificios se combinaban para iluminar la escena. Danzaban alrededor peludas piernas y rabos, blancos, negros y marrones. Las piernas eran humanas y sin embargo no lo eran. Se inclinaban extrañamente; parecían patas traseras de cuadrúpedos que hubiesen decidido mantenerse en pie, como los hombres, desarrollando así unas piernas medio humanas medio animales.

Uno de aquellos seres cayó de espaldas, con una lanza clavada en el vientre. El hombre se sintió aún más confuso e impresionado. Aquella criatura parecía un cruce de ser humano y gato siamés, la piel del cuerpo era blanca; la cara, por debajo de la frente, negra; las partes inferiores de los brazos, piernas y rabo, negras. La cara era como la de un ser humano, pero con nariz redonda y negra como de gato, y orejas negras y puntiagudas. La boca, abierta en el gesto de la muerte, revelaba agudos cuentes felinos.

Arrancó la lanza una criatura también de piernas torcidas y largo rabo pero piel de un marrón uniforme. Y luego sonó un grito y las piernas se tambalearon hacia adelante y cayeron sobre la criatura mitad humano mitad gato siamés, y pudo ver más detalles del cuerpo del lancero. No era exactamente un hombre. También él parecía haber evolucionado de cuadrúpedo a bípedo, obteniendo una serie de rasgos humanos en el proceso, como por ejemplo una cara plana, ojos situados hacia adelante, barbilla, manos humanoides y un ancho tórax. Pero si la otra criatura le había parecido un gato siamés, ésta le parecía un mapache. Era marrón en todo su cuerpo salvo una faja sobre los ojos y las mejillas cubiertas de pelo negro.

No pudo ver lo que le había matado.

Nada le inducía a salir mientras las llamas no le obligaran. Siguió allí, acuclillado junto a la puerta y mirando por debajo de ella. Se sentía fuera de la realidad. ¿O era él la realidad, y aquella escena infernal una fantasía que había cobrado vida de algún modo en su mente?

Una llama le lamió la espalda. Parte del techo se derrumbó al otro extremo del edificio. Salió a gatas por debajo de la puerta, procurando pasar inadvertido.

Se pegó al edificio mientras el humo se arremolinaba a su alrededor. Ayudaba a ocultarle, pero también le hacía toser y le llenaba los ojos de lágrimas. Por eso no vio al ser de cara de mapache que se lanzó entre el humo hacia él, con el tomahawk alzado. Ni comprendió hasta que fue demasiado tarde que aquel ser no quería atacarle. Simplemente saltaba y gesticulaba, ciego, porque había perdido un ojo que colgaba de un hilo de nervios, y asfixiado por el humo. Probablemente no advirtiese su presencia hasta casi chocar con su cuerpo.

Él esgrimió el cuchillo y la hoja atravesó el peludo vientre. Brotó la sangre y la criatura se tambaleó hacia atrás saliéndose de la hoja. Su hacha cayó junto a la cabeza del hombre, que observó como su enemigo retrocedía, agarrándose el vientre, y luego daba media vuelta y se ladeaba. Sólo entonces comprendió que el ser de cara de mapache no se proponía atacarle. Cogió el tomahawk en su mano derecha tras cambiar el cuchillo a la izquierda y continuó su marcha a gatas, tosiendo a medida que el humo le rodeaba.

Se sentía paralizado, y sin embargo era capaz de actuar. La mente estaba sólo empezando a despertarse; el cuerpo se desperezaba también poco a poco. Se aproximó a él otro individuo de cara de mapache; éste le vio, sin duda alguna, pero no claramente. Atisbó entre el humo mientras corría hacia él. Llevaba una lanza corta y pesada con punta de piedra cogida con ambas manos y cruzada sobre el vientre, y se agachó como si no estuviese seguro de lo que estaba viendo.

Él se levantó entonces, con el hacha y el cuchillo preparados. Le parecía que no iba a tener muchas posibilidades. Sin embargo el bípedo peludo era de poco más de uno cuarenta de altura y pesaba unos sesenta kilos, mientras que él medía casi uno ochenta y pesaba unos cien kilos, aunque no sabía manejar con eficacia un tomahawk. Y resultaba irónico, pues tenía sangre iroquesa.

El ser de cara de mapache se agachó al aproximarse. Cuando estaba a unos diez metros de distancia se detuvo. Luego sus ojos se hicieron aún mayores, y lanzó un grito. Su grito debería haber pasado inadvertido en la algarabía general, pero otros seis (tres hombres gato, como se le ocurrió denominarlos, y tres individuos de cara de mapache) le vieron también. Detuvieron la lucha para mirar, y varios llamaron a los guerreros próximos. Todos dejaron de acuchillarse y aporrearse, y pronto se hizo el silencio.

El hombre avanzó hacia la escalera. El único que estaba lo bastante próximo para cortarle el camino era el cara de mapache que le había visto primero. Los otros podían arrojarle sus azayas o sus tomahawks, pero podía esquivarlos. Hasta entonces no había visto rastro de arcos y flechas.

El cara de mapache se apartó al aproximarse él, pero hacia la escalera, de modo que aún podía impedirle el paso si quería. Luego volvió a aproximarse y alzó la lanza y él tuvo que defenderse. Le fastidiaba desprenderse del tomahawk, pero si lo conservaba, no sería gran arma contra la lanza. Su única posibilidad era alcanzar a su adversario antes de que se acercara lo bastante para ensartarle. Lanzó el hacha con todas las fuerzas de su cuerpo entumecido. Y, por suerte, no por habilidad, el filo del hacha se clavó en el cuello del cara de mapache. Este cayó hacia atrás y quedó tendido en el suelo.

Sonó un grito entre los espectadores, que eran ya casi todos los guerreros. Incluso le pareció que los hombres gato gritaban en triunfo y los cara de mapache con desesperación. Los cara de mapache corrieron hacia las escaleras en masa, tirando sus lanzas y tomahawks. Unos cuantos consiguieron saltar las empalizadas, pero la mayoría fueron alanceados o macheteados por la espalda antes de que llegaran a las escaleras o cuando subían por ellas. Se hicieron unos cuantos prisioneros.

Sólo entonces comprendió el hombre que aquel cara de mapache tampoco había pretendido utilizar su lanza contra él. Había levantado la lanza sólo para dejarla a un lado, como en ademán de sumisión. Pero el tomahawk estaba ya en camino. La realidad no era una grabadora que pudiese dar marcha atrás para borrar lo sucedido.

Los seres gato se arremolinaron a su alrededor, aunque sin aproximarse lo bastante para tocarle. Puestos de rodillas, hacían gestos sumisos con las manos unidas. Sus armas estaban en el suelo bajo ellos. Sus expresiones resultaban extrañas; el pelo y las húmedas y redondas narices negras, y los dientes largos, agudos y separados, y los ojos, que eran como los de los gatos, hacían indescifrables sus expresiones. Pero sus actitudes expresaban asombro, temor y adoración. Fueran cuales fuesen sus expresiones, evidentemente no significaban ningún peligro para él.

Las llamas se hicieron tras él más brillantes, y vio que los ojos de algunos de aquellos seres resplandecían. Tenían las pupilas contraídas como estrechas fisuras frente a la claridad que tras él había.

Uno de ellos se aproximó más y extendió una mano para tocarle. La mano era, aparte de peluda, humanoide. Tenía cuatro dedos y uñas, no garras. El pulgar era oponible.

Sintió las puntas de aquellos dedos sobre su muslo, y le pareció que aquel roce abría una brecha en sus defensas. El cielo nocturno, los edificios ardiendo, las empalizadas de troncos, los cuerpos de rabudas criaturas de color marrón y blanco y negro, y ahora los ojos resplandecientes y las caritas de los niños y de las mujeres que se asomaban a las cabañas, todo giró, giró y giró. La criatura que estaba arrodillada ante él dio un grito de terror e intentó retroceder de rodillas. Él cayó, golpeándose el hombro, y quedó tendido mientras todo giraba a su alrededor. El único objeto fijo era la punta negra del rabo de la criatura que estaba tendida ante él. Pero comenzó a girar también al poco y se hizo grande y negra, y todo se hizo negro y silencioso.

Volvieron la luz y el sonido. Estaba tendido sobre blandas pieles y bajo ellas había una sustancia mullida y suave. Sobre él había un techo bajo de vigas ennegrecidas por el humo y oscuras figurillas de madera, taraceadas con piel, que colgaban de tiras de cuero fijadas al techo. La estancia, de unos seis metros por diez, estaba llena de criaturas gato. Las más próximas a su lecho eran varones, pero a los pocos instantes una hembra cruzó un pasillo que se abrió entre los machos. Medía uno cuarenta de estatura aproximadamente y tenía pechos redondeados bajo el pelo y pequeñas zonas sin éste alrededor de los pezones. Llevaba un collar de tres vueltas de cuentas formadas por grandes piedras azules y muñequeras de piel de las que colgaban figurillas de piedra. Sus ojos enormes eran de un azul profundo, y al hombre le recordaron los ojos de una hermosa gata siamesa que había tenido su hermana.

Los machos llevaban cuentas y pectorales de hueso, y tobilleras y muñequeras con figurillas o dibujos geométricos, y algunos de ellos tocados de plumas como los de los jefes indios de las películas del oeste. Sólo unos cuantos iban armados, y parecía que más como tocado ceremonial que con fines utilitarios, a juzgar por sus muchos adornos.

La hembra se inclinó hacia él y dijo algo. El no esperaba entenderla, y no la entendió. El lenguaje no era ni siquiera identificable como perteneciente a ninguna de las grandes familias de lenguas. No tenía nada de germánico ni de eslavo ni de semita ni de chino ni de bantú. Si algo le recordaba, era el suave idioma lleno de vocales de los polinesios, pero sin pausas glóticas. Más tarde, cuando su oído se habituó más a los sonidos, distinguió las pausas, pero éstas nada significaban, no significaban lo mismo que en polinesio. Eran tan poco útiles como en el inglés.

Tenían dientes de carnívoros, pero su aliento no era desagradable. La lengua daba la sensación de ser tan áspera como la de un gato. Pese a su apariencia totalmente extraña, se sorprendió pensando que era hermosa. Pero, en realidad, siempre había pensado que aquella gata siamesa era una criatura extraña y hermosa.

Se incorporó sobre un codo y empezó a levantarse. A su lado estaba su cuchillo, cubierto de sangre seca. La hembra retrocedió y los machos que había tras ella se apartaron para dejarle paso. Murmuraban sobrecogidos.

Él se sentó un instante, las manos sujetas a los bordes de la cama. En realidad no se trataba de una cama sino de un montón de pieles dentro de un nicho excavado en la pared del fondo y de varias antorchas que ardían fijadas en las paredes. A la puerta había una multitud de machos y también algunas hembras y niños. Los niños pequeños eran muy hermosos con sus grandes orejas negras y puntiagudas, sus caras redondas y sus grandes ojos. Los rabos no eran tan oscuros como los de los adultos.

Se puso de pie, y durante un segundo sintió mareos, pero luego su cabeza se despejó. En aquel instante, se abrió un nuevo pasillo y otra hembra avanzó por él. Llevaba un gran cuenco de arcilla en el que había símbolos geométricos pintados y una sopa de carne y verduras. Su olor era muy apetitoso, aunque no le resultaba identificable. Aceptó el cuenco y el utensilio de madera, que era cuchara por un extremo y tenedor de dos púas por el otro. La sopa era fuerte y deliciosa, y los trozos de carne sabían a corzo o venado. Durante un segundo tuvo la visión de un hombre mapache como origen de la carne, pero decidió que tenía demasiada hambre para pensar en aquello. Pese al silencio inquietante y a las miradas fijas en él de toda la asamblea, comió toda la sopa. La hembra se llevó luego el cuenco, y todos volvieron a cerrar filas como si esperasen su próximo movimiento.

Caminó hasta la puerta más próxima, que se abrió ante él. El sol acababa de salir por los cerros del este. Había estado desmayado mucho tiempo, especialmente teniendo en cuenta que debía de haber sido justo desde la impresión que había recibido al encontrarse en un medio tan extraño y aterrador.

Ahora que podía pensar con más claridad, se preguntaba: ¿dónde estoy? ¿Dónde demonios estoy?

Los cerros y los árboles que podía distinguir a lo lejos parecían pertenecer a la región donde estaba emplazada Syracusa. Pero ése era el único parecido.

El gran salón estaba sólo medio quemado, y los demás edificios que él suponía convertidos en cenizas estaban también sólo en parte quemados. Alrededor de ellos, el suelo aún estaba mojado por la lluvia que había sofocado las llamas.

A un lado del gran salón de troncos, el interior de la aldea empalizada parecía el de un asentamiento onodaga del siglo diecisiete, con sus grandes casas alargadas. Las escaleras y los cadáveres habían desaparecido. Unas cuantas jaulas de madera que había allí cerca encerraban a una docena de mapaches.

Las puertas de la empalizada estaban abiertas a unos campos de maíz y de otras plantas que había fuera. Trabajaban en ellas las hembras, mientras los niños corrían y jugaban y los jóvenes trabajaban con sus madres. Machos armados montaban guardia entre los campos; había otros en puntos de observación elevados alejados de los campos y dominándolos, y también y había observadores dentro de la empalizada.

El sol y el cielo azul eran los que conocía de toda la vida.

Los hombres gato, evidentemente, esperaban que él hiciese algo. Él esperaba no hacer nada que convirtiese su respeto en hostilidad. Estaba completamente desconcertado, y se hubiese vuelto loco de no ser por la firme base pragmática de su carácter.

La única salida sería aprender el idioma.

Indicó a la hembra a la que había visto primero, la que le recordaba la gata siamesa de su hermana. Se señaló a sí mismo y dijo:

– Ulises Singing Bear.

Ella le miró. Los otros murmuraron y se agitaron inquietos.

– Ulises Singing Bear -repitió.

Ella sonrió, o al menos abrió la boca mucho. Una sonrisa temible. Aquellos dientes podían arrancar un pedazo de carne de un solo mordisco. No es que fuesen proporcionalmente del mismo tamaño que los del gato casero. Eran pequeños en realidad, y los caninos sólo un poco mayores que los otros. Pero eran muy agudos y afilados.

Ella dijo algo, y él repitió su nombre. Era evidente que intentaba repetir las palabras, aunque quizás no supiese que estaba diciendo su nombre.

Al cabo de un rato, ella dijo también:

– Wurisa asiingagna wapiira.

Esto fue lo más que pudo aproximarse a los sonidos del inglés.

El se encogió de hombros. Tendría que adaptarse él. Aprendería su lenguaje.

– Wurisa -dijo, y sonrió.

La mayoría de ellos parecían desconcertados, y sólo mucho después supo por qué. Después de todo, se espera que el dios de uno sepa hablar el idioma de sus adoradores. Pero allí estaba su dios salvador, al que habían estado esperando cientos de años, que no sabía hablar la lengua de los dioses.

Afortunadamente, los wufea eran tan capaces de razonar como los seres humanos. Su sumo sacerdote y la hija de éste, Awina, dieron la explicación de que se hallaba presa de un sortilegio de Wurutana, el Gran Devorador, cuando Wuwiso, el dios de los wufeas, se había convertido en piedra. Wuwiso había olvidado su idioma, pero volvería a aprenderlo rápidamente.

Su principal instructor fue Awina. Ella estaba con él casi siempre, y como le encantaba hablar, aunque fuese con un dios que medio la aterraba, le enseñó enseguida. Ella era inteligente (a veces pensaba si no sería más inteligente que él) e ideó varios medios de acelerar su aprendizaje.

Ella tenía también sentido del humor, y cuando Ulises mostró entender un chiste, ella se dio cuenta de que su alumno avanzaba con rapidez. Él se sintió, por su parte, tan satisfecho de sí mismo y de ella que casi la besó. Pero entonces se cogió a sí mismo, como si dijéramos, por la piel del pescuezo y se empujó hacia atrás. Había llegado a tomar gran cariño a aquella criatura ágil y alegre. Pero no pretendía ir tan lejos. Sin embargo, ella era el punto focal, una isla en un universo desconocido y en un cambiante mar, y era una persona con la que resultaba agradable estar. Cuando ella se iba, sentía agitarse la inquietud en su interior, como lava bajo una puerta de hierro.

Por la época en que reconoció el primer chiste, se había familiarizado con el interior de la aldea y con la zona que la rodeaba en un radio de varios kilómetros. Siempre le acompañaban un sacerdote y una docena de jóvenes guerreros. Caminaban en cualquier dirección durante varios kilómetros, pero pasada cierta distancia se detenían. Él quería seguir, pero por otra parte no se sentía en condiciones de forzar las cosas con los que eran, después de todo, sus guardianes.

Al norte y al oeste la tierra era de cerros altos y redondeados, lagos y pequeños ríos y numerosos arroyos. Era como los alrededores de Syracusa. Al este, tras unos kilómetros de cerros, había un gran bosque de árboles de hoja perenne. Al sur, se extendían unos dos kilómetros de colinas y luego comenzaba de pronto una llanura. Se perdía a lo lejos y ni siquiera desde la cima de un cerro de unos doscientos metros de altura podía ver dónde terminaba la llanura. En el horizonte había una gran masa oscura que pensaba que podría ser una cadena montañosa. Luego, en el segundo viaje, concluyó que se trataba de un banco de nubes. La tercera vez que fue llegó a la conclusión de que no sabía lo que podía ser.

Le preguntó a Awina, y ésta pareció extrañada y dijo: «¡Wurutana!» Parecía como si no entendiese por qué él le preguntaba aquello.

Wurutana, supo entonces, significaba el Gran Devorador. Significaba también algo más, pero no conocía lo bastante bien el idioma para captar ciertas sutilezas.

Según Awina, había otras aldeas Wufeas al norte y al este. Sus enemigos, que se llamaban a sí mismos wuagarondites, vivían al oeste y al norte. En aquella aldea vivían unos doscientos individuos, y había en total unos tres mil wufeas.

Los wuagarondites tenían su propio idioma, que no estaba relacionado con el wufea, pero ambos grupos utilizaban un tercer idioma, un idioma de comercio y comunicación.

Esta lengua se llamaba ayrata.

Los wufeas no tenían tampoco metal propio, ni habían oído hablar de él. El cuchillo de Singing Bear era el primer objeto de acero que veían.

Además, no conocían el arco. El no comprendía cómo era posible tal cosa. Era admisible que no conociesen los metales porque quizás no los hubiese en aquella zona. Pero incluso las gentes de la Edad de Piedra tenían arcos y flechas. Luego recordó que los aborígenes australianos tenían tal retraso tecnológico que no habían descubierto el arco. No había razón alguna por que no lo hubiesen hecho. Eran lo bastante inteligentes. Pero no habían inventado el arco. Y entonces pensó en los indios americanos, algunos de los cuales ponían ruedas a los juguetes de sus hijos y no conocían sin embargo los usos de las ruedas, no habían construido grandes carros ni carretas.

En sus viajes, especialmente hacia el este, buscó madera adecuada y encontró un árbol que le parecía un tejo. Hizo que sus guardias cortasen ramas con sus hachas de piedra, y que llevasen la madera. Luego buscó tripa para la cuerda y plumas, y tras unos cuantos ensayos consiguió fabricar unos cuantos arcos y flechas.

Los wufeas estaban asombrados, pero enseguida captaron la utilidad y aprendieron el manejo, de los nuevos instrumentos. Tras practicar un rato con los blancos que él les construyó, sacaron a un prisionero wugarondite. Lo llevaron hasta pasados los campos y luego le dijeron que siguiese.

Ulises vaciló, porque no sabía hasta dónde podía extenderse su autoridad. Sabía por entonces que él era una especie de dios. Se lo habían dicho y aunque no lo hubieran hecho lo habría sospechado por su actitud. Había tomado parte incluso en varias ceremonias en el templo, aún no reconstruido del todo. Pero no sabía exactamente qué clase de dios era y qué poderes tenía. Parecía un momento adecuado para descubrirlo. No tenía razón alguna para interceder por el prisionero, pero se sintió incapaz de no hacerlo. No podía quedarse allí mientras los jóvenes guerreros probaban su puntería con el hombre mapache.

Al principio, algunos de los wufeas parecían inclinados a discutir. Le miraron con dureza y los hubo que incluso murmuraron algo entre dientes. Pero nadie se le opuso abiertamente, y cuando el sumo sacerdote, el padre de Awina, Aizira, se lanzó hacia ellos, agitando su cetro con sus cabezas de serpientes y de grandes aves y sus guijarros repiqueteantes en una calabaza, logró asustarles. La esencia de su discurso fue que se hallaban bajo un nuevo régimen. Sus ideas de lo que debería hacer un dios no tenían por qué coincidir exactamente con las ideas del propio dios. Si no se sometían rápidamente, podrían verse convertidos en piedra por los rayos lanzados por el dios. Eso invertiría el proceso por el que había despertado el dios de piedra, convirtiéndose en carne y volviéndose a caminar entre ellos.

Fue ésta la primera vez que Singing Bear tuvo una idea de lo que le había sucedido. Preguntó más tarde a Awina sobre el asunto, disfrazando sus preguntas de modo que ella no advirtiese su ignorancia. Awina sonrió tímidamente y le miró por el rabillo de sus inmensos ojos de alargado iris. Quizás se diese cuenta de que él no sabía lo que había sucedido. Pero si era lo bastante inteligente para comprender esto, debía serlo también lo bastante para saber que no debía decirlo.

Él había sido piedra. Y le habían encontrado al fondo de un lago vaciado por un gran terremoto. Estaba unido a una silla de piedra y tenía los codos sobre un trozo de piedra. Estaba sentado en la silla de piedra e inclinado hacia adelante. Pesaba tanto que fue necesaria la ayuda de todos los varones de dos aldeas para levantarle del lodo y arrastrarle sobre rodillos hasta la mayor de las aldeas. Allí le habían asentado en el trono de granito preparado para él desde hacía varias generaciones.

Ulises preguntó a Awina sobre el trono. ¿Quién lo había preparado? No había visto nada que indicara que los wufeas tallasen piedra.

El trono lo habían encontrado entre las ruinas de una poderosa ciudad de los Ancianos, según Awina. Se mostró muy vaga respecto a la identidad de los ancianos o al emplazamiento de la ciudad. Quedaba situada hacia el sur. En aquellos tiempos, veinte generaciones atrás, los wufeas vivían varias jornadas más al sur. Había allí una llanura, y miles de piezas de caza vagando por ella. Luego se había alzado Wurutana en el mismo lugar de las villas y la ciudad de los Ancianos, y los wufeas se habían visto obligados a huir hacia el norte ante la amenaza de Wurutana. Y también habrían tenido que continuar huyendo si Wuwisono no hubiese sido alcanzado por el rayo y dejado de ser piedra para hacerse carne.

El rayo le había alcanzado al parecer durante la tormenta que se produjo cuando atacaron los Wuagarondites. Había incendiado también el templo. Los otros incendios habían sido obra de los atacantes.

Aquella noche Ulises salió de su nueva residencia del templo. Contempló el cielo y se preguntó si estaría en la Tierra. No podía ser otro sitio. Pero, si era la Tierra, ¿en qué año estaba?

Las estrellas formaban constelaciones extrañas y la luna parecía mayor, como si estuviese más cerca de la Tierra. No era además el cuerpo plateado y desnudo que conocía de 1985. Era azul y verde y la recorrían masas blancas. De hecho se parecía mucho a la Tierra vista desde un satélite. De ser la luna, había sido sin duda terriformada. Sus rocas habían sido tratadas de modo que proporcionasen aire, formasen tierra y produjesen agua. Se había especulado sobre la posibilidad de terrificar la luna, pero las posibilidades de iniciar siquiera el proceso no llegarían hasta varios siglos después.

Si había una cosa de la que estuviese seguro, aparte de la certeza de estar vivo, era de que habían pasado mucho más de unos cuantos siglos, o de unos cuantos milenios, desde 1985.

Por una parte, para que un ser humanoide evolucionase a partir de los felinos habrían de pasar millones de años. De hecho, teóricamente, tal evolución era imposible. Los felinos de su época estaban demasiado especializados para, poder convertirse en aquellas criaturas. Constituían un callejón sin salida.

Cabía, sin embargo, la posibilidad de que los wufeas no descendiesen de felinos. La apariencia de gatos siameses podía ser engañosa. Quizás descendiesen de algún otro género. Seres racionales bípedos podían evolucionar de mapaches. Ellos estaban lo bastante generalizados. Pero, ¿podían descender seres racionales bípedos de manos humanas de los gatos de su época?

Quizás los wufeas gatunos y los seres mapaches (pero también gatunos), los wuagarondites, descendiesen de un mapache o quizás un primate, un lémur por ejemplo. No parecía probable, considerando los ojos. De hecho, parecía imposible. ¿Y por qué habían conservado los rabos? Que él supiese no tenían ninguna función útil. La evolución había eliminado los rabos de los grandes monos en los homínidos. ¿Por qué no había hecho igual con aquellas criaturas?

Había, además,, otra vida animal a considerar. Había caballos, una versión más pequeña de los caballos de su época, que recorrían las llanuras hacia el sur. Otra especie, o variedad, vivía en el bosque. Proporcionaban alimento a los wufeas, que no habían pensado aún en cabalgarlos. Los caballos tenían las mismas características que los de su época. Pero había un animal de rostro delicado y cuello jirafesco que se alimentaba de las hojas de los árboles. Él habría jurado que aquel animal había evolucionado del caballo.

Había una ardilla voladora, aunque no existía la especie de su época; ésta tenía alas como un murciélago y volaba como los murciélagos. Pero era un roedor, y debía de haber evolucionado de la especie normal.

Había también un ave, de más de tres metros de altura y patas gruesas, que daba la sensación de descender del pequeño correcaminos.

Y había otros animales cuya existencia significaba varios millones de años de evolución a partir de la forma que él había conocido.

Awina había mostrado curiosidad por saber de su vida antes de convertirse en piedra. Él juzgó oportuno hablar muy poco al respecto hasta descubrir qué suponía ella que había sido su vida. Ella le explicó las escasas leyendas religiosas que había sobre Wuwiso. En esencia él era uno de los antiguos dioses, el único que había sobrevivido a una batalla aterradora entre ellos y Wurutana, El Gran Devorador. Wurutana había triunfado y los otros dioses habían sido destruidos. Todos salvo Wuwiso. Este había logrado escapar, pero para engañar a su enemigo, que le perseguía, se había convertido en piedra. Wurutana no había podido destruir al dios de piedra, pero le había enterrado bajo una montaña para que nadie pudiera encontrarle. Luego Wurutana había empezado a crecer para cubrir la Tierra.

Entre tanto, Wuwiso yacía en el corazón de la montaña, insensible, ignorante, tranquilo. Y Wurutana estaba muy contento de que así fuese. Pero ni siquiera Wurutana era superior al más grande de todos los dioses, Tiempo. Tiempo barrió la montaña y más tarde un río llevó al dios de piedra hasta el fondo de un cañón y le depositó allí en el lecho de un profundo lago, y los wufeas encontraron al dios de piedra, tal como estaba profetizado. Y los wufeas llevaban varias generaciones esperando, esperando el rayo profetizado que había de volverle a la vida. Y, por fin, en la hora de mayor peligro, tal como estaba previsto, la tormenta había cubierto la tierra y el rayo liberado a Wuwiso de las ataduras de la piedra.

Ulises no dudaba que había ciertos elementos de verdad en aquel mito.

En 1985 (¿cuántas eras atrás?) él trabajaba como biofísico en el Proyecto Niobe. Estaba a punto de conseguir su doctorado en la cercana Universidad de Syracusa. El objetivo del proyecto era el desarrollo de un «congelador de materia», como decían los que trabajaban en él. El instrumento podía paralizar todo el movimiento atómico de un fragmento de materia por tiempo indeterminado. Las moléculas, los átomos y las partes que formaban los átomos (protones, neutrones, etc.) dejaban de moverse. Una bacteria sometida al complejo energético que irradiaba el congelador se convertía en una estatua microscópica. Quedaba como si fuese de piedra, pero de una piedra indestructible. Nada, ni ácidos ni explosivos, ni radiaciones atómicas ni grandes temperaturas, podía destruirla.

El instrumento tenía grandes posibilidades como agente preservador y como «rayo de muerte», o como «rayo de vida», si se prefería tal término. Pero hasta el momento resultaba inviable por su corto alcance y porque exigía cantidades enormes de energía. Además, no existía siquiera idea de cómo podía «despetrificarse» la materia «petrificada»

Habían sido petrificados una bacteria, un huevo de erizo marino, una lombriz de tierra y una rata. La mañana que Ulises cayó en su largo sueño, trabajaba en un experimento en el que iba a ser petrificada una cobaya. Si el experimento tenía éxito el paso siguiente sería petrificar un poney.

Todo había ido como antes… hasta cierto punto. Ulises estaba sentado en su mesa, pero se disponía ya casi a levantarse y cruzar hasta el panel de control que supervisaba. La máquina estaba ya encendida y se calentaba. Frente a su mesa pudo ver el panel con los indicadores de toma de energía y otros marcadores y controles.

De pronto la aguja del gran medidor de energía había avanzado hacia el rojo. Los operadores habían gritado y uno se había levantado de un salto. Ulises había alzado la cabeza en el momento en que giraba la aguja. Y era lo único que recordaba. Nada había entre entonces y el momento en que abrió los ojos en el templo en llamas.

Era bastante fácil imaginar, en términos generales, lo que había sucedido. Algo había pasado en aquel complicado aparato; había estallado o había lanzado un rayo fino y concentrado que teóricamente aún no era capaz de producir. Y él, Ulises Singing Bear, había sido atrapado por aquel rayo. «Petrificado» No sabía si los otros habían escapado a aquello o se habían convertido también en «piedra» Quizás no lo supiese nunca.

Y así, habían transcurrido eones, durante los cuales él había sido como una estatua de una de las materias más duras del universo. Podría haber continuado así cuando el sol estallase y destrozase la Tierra y le enviase entre los grandes fragmentos a través del espacio, hacia las estrellas. En realidad bien podría haber sucedido precisamente eso, y él haberse arrastrado durante millones, quizás billones y billones de años, mientras unas galaxias morían y se formaban otras nuevas. O toda la materia del oscilante universo retrocedía para formar un átomo primigenio y estallaba de nuevo y se veía lanzado a velocidades próximas a la de la luz, y luego quedaba atrapado en materia recién formada, para constituir quizás el núcleo de un planeta. Quizás estuviese dentro de una nueva estrella y fuese lanzado durante una erupción de gigantesca inmensidad al espacio y atrapado allí por el campo gravitatorio de un planeta y sorbido incendiando toneladas de aire en su caída y hundiéndose profundamente en la tierra. Y yacer allí mientras las frescas aguas oceánicas de los mares primigenios se convertían en materia salina. Y los continentes se desgajaban y flotaban alejándose unos de otros, sobre la superficie de la tierra. Y él se veía alzado con la formación de nuevas cadenas montañosas y expuesto al aire por los terremotos, lanzado por erupciones volcánicas, destapado por la erosión del viento y del agua muchas, muchas veces. Y tras innumerables enterramientos y desenterramientos, había caído al fin en manos de los wufeas. Y éstos le colocaron en un trono de granito. Y, por último, debido a la acción del rayo, o a ésta y a la descomposición natural del material congelador, había pasado en un microsegundo de la piedra a la carne. Con tanta rapidez que su corazón, que había interrumpido su latir durante Dios sabía cuántos eones, había proseguido con su sístole y diástole, sin advertir siquiera que había estado silencioso y helado durante eras.

Aquella fantasía, pensaba, era muy vívida, y contenía ciertas verdades, pero no creía hallarse en un nuevo Universo. Pensaba que seguía aún en la Tierra, por muy vieja que ésta fuese. Era demasiado coincidencia el que el planeta tuviese una luna tan parecida a la que él conocía y que hubiese en él caballos y conejos y muchos insectos exactamente iguales que los que él había conocido.

Nacer de la piedra era una impresión bastante fuerte. Podría haber desequilibrado la mente de muchos, y Ulises no estaba seguro de hallarse del todo cuerdo. Pero una vez desvanecida la primera impresión, la soledad empezó a herirle.

Resultaba bastante doloroso saber que todos sus contemporáneos y sus descendientes durante cientos de miles de generaciones eran polvo. Pero lo más insoportable era saberse el único ser humano vivo.

No podía estar seguro de ser el único ser humano vivo de la Tierra, y esta inseguridad le impedía hundirse en la desesperación. Siempre había esperanza.

Al menos, no era el único ser racional vivo. Tenía mucha gente con la que hablar, aunque los interlocutores fuesen tan extraños que a veces le repugnaran, y el lenguaje contuviese conceptos que él no podía entender del todo, y aunque sus actitudes le resultasen a veces desconcertantes o irritantes.

Su actitud hacia su supuesta divinidad dificultaba cualquier posible intimidad o calor. La única excepción era Awina. Si bien le miraba con medroso respeto, poseía un calor y una alegría de carácter arrolladores. Ni siquiera un dios podía ser inmune a aquello, ni Awina podía sobreponerse a sus propios impulsos. Estaba constantemente diciendo que no debería haber sido esto y aquello y que si la perdonaba, que no había querido ser tan escandalosa ni tan molesta, etc. Ulises le aseguraba entonces que no había nada en su actitud que hubiese de perdonar.

Awina tenía diecisiete años y debería haberse casado el anterior. Pero había muerto su madre, y su padre, con cuarenta años y sumo sacerdote, no había querido forzar un matrimonio. Su autoridad pasaba por momentos difíciles, porque según la ley no escrita todas las hembras ricas debían casarse como muy tarde a los dieciséis. Aizira era un individuo bastante agradable cuando las cosas iban bien y era estimado como sacerdote, y consiguió mantener a su hija en su casa. Sin embargo, no podía mantener aquella situación mucho tiempo más. Ella tendría que aceptar un compañero y luego trasladarse a su casa. Aunque el sumo sacerdote tenía privilegios, no podía casarse de nuevo. ¿Por qué? Nadie lo sabía. Era la costumbre, y no solía quebrarse la costumbre sin castigo inmediato.

Ahora bien, aunque no podía mantener a su hija junto a él todo el tiempo, Aizira tenía otra excusa para retrasar su matrimonio. Ella era la servidora del dios de piedra, y mientras el dios desease tenerla a su servicio, ella seguiría con él. ¿Alguien se oponía?

Nadie se opuso abiertamente. Así que Awina se quedaba con el dios hasta la hora de dormir, en que regresaba a casa de su padre. Se quejaba a veces de que su padre la tenía despierta hasta muy tarde hablando y que nunca podía dormir lo suficiente. Cuando Ulises dijo que pondría fin a aquello, ella le suplicó que no dijese nada. Después de todo, ¿qué era perder un poco de sueño si con eso hacía feliz a su viejo padre?

Entre tanto, Ulises hablaba ya con más fluidez el idioma wufea. Sus combinaciones de sonidos le resultaban fáciles de dominar, salvo ciertas leves variaciones vocálicas, utilizadas para indicar tiempos y actitudes relacionadas con los tiempos. Tomó también lecciones del idioma wuagarondite con los cautivos. Esta lengua no se relacionaba en nada con el wufea, por lo que pudo determinar, aunque quizás un especialista con pruebas escritas (que no existían, claro) podría haberlas remitido a un ancestro común. Después de todo, ¿quién sospecharía que el hawaiano, el indonesio y el thai descendiesen del mismo origen? Pero el wuagarondite contenía una serie de fonemas que le resultaban difíciles. Su estructura le recordaba la de los idiomas agonquianos, aunque por supuesto sólo era una semejanza superficial.

El lenguaje comercial, el airata, tampoco parecía relacionado con los otros dos. Sus sonidos le resultaban fáciles, y su sintaxis era tan sencilla y regular como la del esperanto. Le preguntó a Awina de dónde procedía, y ésta le dijo que se lo habían enseñado los zululuquis. Gutapa era la pronunciación wulfea de la palabra utilizada por los zululuquis; ella no podía pronunciar esto. El idioma propio de los zululuquis quedaba por encima de sus posibilidades, ellos habían introducido el airata «en todo el mundo» Todo el mundo sabía hablar algo de airata, y todos los consejos comerciales y bélicos y los tratados de paz se realizaban en airata.

Ulises escuchó la descripción que hizo Awina de los zululuquis y concluyó que eran seres procedentes de su mitología. No podían existir cosas así.

Había descubierto también por entonces que los wuagarondites estaban siendo reservados para el gran festival anual de la confederación de los wufeas. Los prisioneros serían entonces torturados y sacrificados por último a él. Por primera vez supo que dónde procedía aquella sangre del disco de piedra que había bajo su trono.

– ¿Cuántos días faltan para el festival del dios de piedra? -preguntó.

– Exactamente una luna -contestó ella. Ulises vaciló y dijo luego:

– ¿Y si prohibiese la tortura y la matanza? ¿Y si dijese que había que poner en libertad a los wuagarondites?

Awina abrió mucho los ojos. Era mediodía, y sus pupilas eran ranuras oscuras contra el azul del iris. Abrió la boca y lamió sus labios negros con su rugosa lengua.

– Perdón, Señor -dijo-. Pero, ¿por qué haríais eso que decís?

Ulises no pensó que ella pudiese comprender si intentaba definir los conceptos de piedad y compasión. Ella tenía aquellas características; era muy tierna y compasiva, en lo relativo a su propia gente. Pero para ella los wuagarondites no eran ni siquiera animales.

Él no podía menospreciarla por aquella actitud. Sus propias gentes, los onondagas y los sénecas, habían pensado del mismo modo. Y lo mismo sus otros antepasados, irlandeses, daneses, franceses y noruegos.

– Dime -preguntó-, ¿no es verdad que los wuagarondites también me proclaman dios suyo? ¿No llevaron a cabo aquel gran ataque intentando llevarme a su templo?

Awina le miraba tímidamente.

– ¿Quién lo sabría mejor que vos, Señor? -preguntó a su vez. Él movió una mano con impaciencia y añadió:

– He dicho más de una vez que algunos de mis pensamientos quedaron también convertidos en piedra. Y aún no recuerdo algunas cosas, aunque sin duda volveré a recodarlo todo. Lo que intento decir es que los wuagarondites son mi pueblo lo mismo que los wufeas.

– ¿Cómo? -exclamó Awina, y luego, en tono más bajo, añadió-: ¿Cómo, Señor?

Awina temblaba.

– Cuando un dios decide hablar, no siempre dice lo que su pueblo espera oír -dijo Ulises-. Si un dios dice sólo lo que todos saben, ¿para qué tener un dios? No, un dios ve mucho más allá y mucho más claramente que los mortales. Él sabe qué es lo mejor para su pueblo, aunque éste esté tan ciego que no sea capaz de ver lo que será bueno para él a la larga.

Hubo un silencio. Zumbó una mosca en la habitación, y Ulises se asombró de que hubiese sobrevivido aquella plaga. Si la Humanidad hubiese sido lo bastante inteligente, él… Y luego pensó que la Humanidad no era lo bastante inteligente. Incluso en 1985 parecía que el hambre y la contaminación, progenie de la humanidad, acabarían con el hombre. Y ahora parecía que toda la humanidad pudiese estar muerta salvo un solo superviviente accidental, él mismo. Sin embargo allí estaba una simple mosca, tan próspera como su prima lejana, la cucaracha, que también infestaba la aldea.

– No comprendo -dijo Awina- lo que mi Señor se propone, ni por qué los viejos sacrificios, que durante tantas generaciones parecieron satisfacer a mi Señor, y contra los que nunca abrió la boca…

– Deberías rezar para poder ver, Awina. Ya sabes que la ceguera puede llevar a la muerte.

Awina cerró la boca y luego se pasó la punta de la lengua por los labios. Él había descubierto que estas nebulosas afirmaciones les sumían en un pánico que les hacía imaginar lo peor.

– Ve y di a los jefes y sacerdotes que quiero celebrar una asamblea -ordenó-. En el tiempo en que un hombre recorrería andando lentamente el círculo de la aldea. Y di a los trabajadores que dejen de martillar en este edificio mientras celebremos la asamblea.

Awina salió corriendo y a los cinco minutos todos los dignatarios que no estaban cazando se habían reunido en el templo, Ulises, sentado sobre el duro y frío trono de granito, les dijo lo que quería. Parecían sorprendidos, pero no se atrevieron a poner objeciones. Aizira dijo:

– Señor, ¿puedo preguntaros qué os proponéis con esta alianza?

– Por una parte, me propongo acabar con esta guerra inútil. Por otra, me propongo reunir a los mejores guerreros de ambos pueblos en una expedición contra Wurutana.

– ¡Wurutana! -murmuraron todos, sobrecogidos y con claro temor.

– ¡Sí, Wurutana! ¿Os sorprende? ¿No esperabais que se cumplieran las viejas profecías?

– Oh, sí, Señor -dijo Aizira-. Es sólo que ahora que llega el momento tiemblan nuestras rodillas y se nos derriten las tripas. (Para los wufeas, el valor se asentaba en las tripas)

– Yo os dirigiré contra Wurutana -dijo Ulises.

Se preguntaba qué sería Wurutana y qué debía hacer para combatirlo. Había intentado reunir la mayor información posible sobre el asunto sin permitirles que supieran de su ignorancia. No creía adecuado utilizar su excusa de los pensamientos «petrificados» en el caso de Wurutana. Esto era admisible con otras cosas menos importantes. Pero Wurutana era tan importante que no debería haber olvidado el menor detalle al respecto. Esta parecía ser al menos la convicción de los wufeas.

– Enviaréis un mensajero a la aldea más próxima de los wuagarondites y les diréis que yo iré allí -dijo, dejándoles determinar el método práctico más conveniente para acercarse a un enemigo mortal-. Les diréis que voy a visitarles y que llevaremos a los prisioneros wuagarondites, salvos aunque no exactamente ilesos, y que los dejaremos en libertad. Y los wuagarondites pondrán en libertad a los wufeas que puedan tener prisioneros. Celebraremos una gran conferencia y luego iremos a las otras aldeas wuagarondites y celebraremos allí reuniones. Luego yo escogeré a los guerreros wuagarondites que quiera que nos acompañen, y cruzaremos las llanuras para atacar a Wurutana.

Había mucha luz dentro del templo. Estaban abiertas las dos puertas y había un gran agujero en un extremo que aún no había sido tapiado. La luz mostraba las expresiones bajo el corto y suave pelo de las caras de los hombres gato, y mostraba también las miradas que de reojo se dirigían. Sus ojos azules, verdes, amarillos, anaranjados, parecían siniestros y gatunos. Sus colas se balanceaban de un lado a otro, traicionando aún más su agitación.

Ellos suponían que les dirigiría a una guerra de exterminio contra los wuagarondites. Ahora les proponía paz, y, aún peor, deberían compartir su dios con sus viejos enemigos.

– Vuestro auténtico enemigo es Wurutana -dijo Ulises-, no los wuagarondites. Ahora id y haced lo que os he ordenado.

Al cabo de una semana salió por las puertas del norte, por el sendero de tierra dura que recorría los campos de maíz y los huertos. Los viejos y los guerreros más jóvenes quedaban atrás guardando la aldea y las mujeres y los niños les seguían, gritando y haciendo gestos de despedida. Tras él iban tres músicos wufeas, un tambor, un flautista y un portaestandarte. El tambor era de madera y cuero. La flauta un hueso ahuecado de un gran animal. El estandarte una larga lanza con plumas que brotaban en ángulos rectos del asta y las cabezas sobrepuestas de un pájaro parecido al águila, de un gran felino similar al lince, de un conejo gigante y de un caballo. Estas cabezas representaban los cuatro clanes, o fatrias, de los wufeas. Los clanes residían uno en cada aldea, y era el sistema de clanes lo que había mantenido, unidas a las diversas tribus wufeas. A su modo de ver, los tratados de paz y la unión no eran entre los clanes de las aldeas, ni entre cada tribu. Así, durante un tiempo, los clanes del conejo de cada aldea no habían combatido entre sí, pero los clanes lince y caballo sí. Luego éstos habían hecho la paz, y los clanes águila, que habían sido neutrales, habían aceptado también unirse a los otros. Sólo entonces habían presentado las aldeas de los wufeas frente unido contra los wuagarondites. Ulises no comprendía el sistema; parecía muy complicado y con pocas posibilidades de sobrevivir, pero los wufeas pensaban que su sistema era el único natural.

Tras el portaestandarte y los músicos, que interpretaban música atonal, iban el sumo sacerdote y sus dos acólitos. Estos llevaban gorros de plumas, grandes cuentas y adornos, y blandían cetros. Tras ellos iba un grupo de veinticinco jóvenes guerreros, todos adornados con plumas, cuentas y dibujos pintados en verde, negro y rojo en la cara y el pecho. Tras ellos iba un grupo de sesenta guerreros más viejos. Todos los guerreros iban armados de cuchillos de piedra, tomahawks y azagayas y llevaban arcos y carcajs de flechas. Estaban deseando probar sus nuevas armas con los wuagarondites. Es decir, lo estaban los guerreros más jóvenes. Los más viejos a duras penas ocultaban su menosprecio por las nuevas armas cuando Ulises llegaba hasta ellos y podía oírlos. Pero oía mejor de lo que pensaban.

A un lado, paralelos a los guerreros más jóvenes, iban la docena de wuagarondites. También llevaban armas, y parecían más tristes de lo que debieran. Les había asegurado Singing Bear que su pueblo no les haría ningún reproche por haber caído prisioneros. Al principio, los prisioneros protestaron. Dijeron que no se les permitiría ir a los Felices Campos de Guerra (interpretación hecha por Ulises de una frase misteriosa)

Ulises les había dicho que no tenían elección. Además, ahora las cosas eran distintas. Él, el dios de piedra, había decretado que podían ir a los Campos de Guerra Celestes después de que murieran. Es decir, si no persistían en sus estúpidas protestas. Se callaron, pero aún no podían aceptar emotivamente el nuevo orden de cosas.

La procesión caminó con presteza cruzando los ondulados cerros, siguiendo un sendero que los grupos de caza y los grupos de guerra habían utilizado durante generaciones. Había muchos árboles inmensos de hoja perenne y abedules y robles, pero no tantos como para formar un bosque. Había pájaros: petirrojos, cuervos, cornejas, gorriones, un colibrí esmeralda y miel; había ardillas voladoras negro oscuro y rojo mate; había una pincelada de gris que era la zorra; la puntiaguda cabeza de ojos brillantes de un animal parecido a la comadreja miraba por el borde del tronco de un árbol a unos quince metros sobre ellos; una rata roja se escurrió debajo de un tronco caído; y en lo alto de una colina, unos cincuenta metros a su derecha, un coloso marrón se incorporó y les miró. Era un oso totalmente vegetariano y no molestaba a nadie si no le molestaban a él. Comía el grano y los productos de sus huertos si no los guardaban, pero podían espantarle bastante fácilmente.

Ulises respiró bajo el fresco cielo azul y el aire suave penetró en sus pulmones. Los grandes y saludables árboles, los amenos pájaros y la vida animal. Verde por todas partes, aire limpio y sin corrupción, sentimiento de tener ca^a-cio bastante, todo esto combinado le hizo feliz por unos instantes. Pudo olvidar el dolor de saber que quizás fuese el único humano vivo. Podía olvidar… y entonces se detuvo. Tras él, el portaestandarte lanzó una orden, cesó el tambor, se extinguió la flauta, los guerreros bajaron sus murmullos.

Le faltaba algo. ¿Qué era?

No qué. ¿Quién? Se volvió y dijo a Aizira:

– Awina, tu hija, ¿dónde está?

Aizira le miró imperturbable.

– ¿Señor? -dijo.

– Quiero que Awina venga conmigo. Ella es mi voz y mis ojos. La necesito.

– Le dije que se quedara, mi Señor, porque las hembras no van en los viajes importantes entre aldeas, ni en expediciones de paz ni de guerra.

– Pues tendrás que acostumbrarte al cambio -dijo Ulises-. Envía a buscarla. Esperaremos.

Aizira le miró con expresión extraña pero obedeció. Aisama, el guerrero más rápido, corrió hasta la aldea, a kilómetro y medio de distancia. Al cabo de un rato volvió trotando con Awina a unos pasos de él. Llevaba una gorra cuadrada con tres plumas y un triple collar de grandes cuentas verdes al cuello. Corría como lo hacen las hembras humanas, y cuando disminuyó el paso a un ritmo de paseo rápido a unos cien metros de distancia, se movía como se mueve una hembra humana. Sus negras orejas, su rostro, su cola, sus antebrazos y piernas se movían al sol bajo una capa de pálido rojo, y su piel blanca brillaba como si fuese nieve bajo un luminoso sol de primavera. Sus grandes ojos azules y oscuros se posaron en él, y sonreía, mostrando sus dientes como estiletes muy separados.

Cuando llegó a él, se puso de rodillas y le besó la mano, diciendo:

– Mi Señor, lloré porque me dejabas atrás.

– Pronto se secaron tus lágrimas -dijo él.

Prefería pensar que ella había llorado, le resultaba más agradable, pero no podía estar seguro de si ella exageraba o le decía lo que creía que más le gustaría oír. Aquellos nobles salvajes eran tan capaces de disimulo como los más civilizados. Además, ¿debería él desear que ella se ligase a él emocionalmente hasta tal punto? Un lazo así podría conducir a un sentimiento más profundo, sobre cuyas consecuencias ya había él fantaseado. Las imágenes de sus fantasías le estimulaban y le repugnaban al mismo tiempo.

Ella ocupó su lugar a la diestra de él y guardó silencio. Luego empezó a hablar, vacilante, y, al cabo de un rato, charlaba ya por los codos tan divertida y comunicativa como siempre. El se sintió mucho más feliz; el sentido de pérdida se evaporó entre el aire claro y el sol brillante.

Caminaron todo el día, deteniéndose de vez en cuando a descansar o comer. Había suficientes arroyos y riachuelos para disponer de toda el agua que necesitasen. Los wufeas, aunque quizás descendiesen de los gatos, se bañaban siempre que podían. También lamían su propio cuerpo, tal como hacen los auténticos gatos. Eran gente limpia en lo que a sus cuerpos respecta, pero indiferentes a las plagas de sus aldeas, cucarachas, moscas y otros insectos. Y, aunque enterraban sus excrementos, no eran tan limpios con los de sus perros y cerdos y otros animales que poseían.

Al oscurecer, Ulises, sudoroso y cansado, decidió que acamparían para hacer noche junto a un arroyo. Tenía el agua bastante fresca y tan clara que podían verse los peces por el fondo a siete metros de profundidad. Se tendió junto a un árbol caído que cruzaba el arroyo y observó largo rato los peces. Luego se quitó la ropa y se puso a nadar mientras wufeas y wuagarondites le observaban detenidamente como siempre hacían cuando estaba desnudo. Se preguntó si sentirían una secreta repugnancia por su falta de pelo y por la distribución de éste. Quizás no. No podía esperarse que fuese como ellos pues, en realidad, era un dios.

Cuando salió, todos los otros, salvo los guardias que permanecían de vigilancia, y Awina, se bañaron. Ella le secó con un pedazo de piel peluda y luego pidió permiso para bañarse también. Cuando todos salieron él miró hacia el agua desde el tronco. Habían espantado a los peces. Pero unos cien metros más arriba los encontró de nuevo. Utilizó una gran vara de una madera que no conocía, pero que era muy liviana, una cordada hecha de tripa y un anzuelo de hueso con un gusano que Awina le consiguió. Era un animal de grueso cuerpo, del largo de su mano, de un rojo sangre y cuatro grandes ojos falsos compuestos de tres círculos concéntricos de blanco, azul y verde.

Echó el anzuelo doce veces sin éxito. A la treceava vez, picó uno. Entonces, tuvo que tirar directamente de la tripa, pues amenazaba con desprenderse. El pez tenía sólo treinta centímetros de largo, pero era muy fuerte y luchaba con denuedo. Tardó por lo menos veinte minutos en cansarlo. Cuando lo sacó y vio el cuerpo plateado con manchas escarlata y verde pálido, mirándole fijamente con amarillos ojos y cortas y cartilaginosas «patillas», se sintió más feliz incluso. Según Awina, que lo llevó a cocinar, el aipawafa estaba delicioso. Lo estaba.

Aquella noche, tendido en su saco de dormir, contemplando en el cielo la inmensa luna verdiazul y blanca entre las ramas de un abeto, pensó que sólo le faltaban dos cosas para sentirse del todo feliz. Una de ellas era un buen trago de una cerveza oscura y fuerte, alemana o danesa, o un buen whisky. La segunda era una mujer que le amase y a la que él pudiera amar.

Antes de que se diese cuenta de lo que había hecho, encontró la mano peluda de Awina en la suya y se la acercó a la boca. Él se había acercado inconscientemente y la había cogido y estaba a punto de besarla.

– ¡Mi Señor! -dijo Awina con voz trémula. El no contestó. Suavemente volvió a posar la mano de ella sobre su saco de dormir y le dio la espalda.

– ¡Cuidado! -dijo ella sin embargo, y él se incorporó y miró a través de las ramas lo que ella señalaba.

Negra y alada, una silueta sólo, cruzó la luna y luego desapareció.

– ¿Qué era eso?

– No sabía que anduviesen por aquí -dijo-. Hacía mucho tiempo ya que… era un opeawufeapauea.

– Una persona pensante alada… y sin pelo -murmuró él, traduciendo al inglés.

– Los zululuquis -añadió ella.

– ¿Son peligrosos?

– ¿No recordáis?

– ¿Preguntaría si no?

– Perdonadme, Señor. No quería irritaros. No, en general no son peligrosos. Ni nosotros ni nuestros enemigos los wuagarondites les matamos. Prestan un gran servicio a todos.

Ulises le hizo algunas preguntas más y luego se echó a dormir. Soñó con murciélagos de rostros humanos.

A los dos días llegaron a la primera aldea wuagarondite. Mucho antes, los tambores habían anunciado que les habían visto. Singing Bear echaba un vistazo de vez en cuando a los exploradores que corrían de árbol en árbol, o atisbaban detrás de los matorrales. Siguieron un ancho y profundo arroyo en el que había muchos peces blancos y negros de alrededor de un metro de longitud. Investigó y llegó a la conclusión de que no eran peces sino mamíferos: marsopas pigmeas. Awina dijo que los wuagarondites los consideraban sagrados y sólo mataban una vez al año a uno de ellos en una ceremonia. Los wufeas no los consideraron sagrados, pero como sólo se encontraban en territorio enemigo nunca se preocupaban de ellos. Si un grupo de incursión wufea mataba a uno, y los wuagarondites daban con el cuerpo, sabrían que había wufeas en la zona.

Unos siete kilómetros después, dejaron el arroyo y subieron un cerro muy empinado. Al otro lado, en un valle que habla sobre una colina baja, estaba la aldea wuagarondite.

Las casas del clan eran redondas. Por lo demás, se parecían mucho a la aldea de los wufeas. Los guerreros que estaban reunidos ante las puertas abiertas de la empalizada, sin embargo, tenían la piel marrón y franjas negras sobre ojos y mejillas. Y llevaban boleadoras y espadas de cierta madera además de las azagayas de piedra, los cuchillos y los tomahawks.

Su estandarte llevaba el cráneo de un correcaminos gigante. Awina le había dicho que aquél era el tótem del superclan, el jefe de todos los clanes de los wuagarondites. Respetaban al correcaminos, el apuakauey, pero iniciaban a sus jóvenes guerreros con una lucha contra un ave gigante. El iniciado iba armado únicamente de unas boleadoras y una lanza, y tenía que derribar a un ave enrollándole las boleadores a las patas y cortarle luego la cabeza. Había por lo menos cuatro jóvenes guerreros iniciados al año en cada aldea que morían en esta peligrosa ceremonia.

Encabezada por Ulises, la procesión comenzó a descender la larga y escarpada colina. Los wuagarondites tocaban los grandes tambores y soplaban cuernos. Un sacerdote, cubierto de plumas, agitó una calabaza hacia ellos, y posiblemente estuviese cantando algo, aunque a aquella distancia Ulises no pudo oír nada por encima del ruido de los instrumentos.

A mitad de la bajada del cerro, Awina dijo:

– ¡Señor! -y señaló hacia el cielo. La criatura de grandes alas y aspecto de murciélago descendía hacia ellos. Ulises la observó bien mientras pasaba ante él. Awina no había mentido ni exagerado. Era un humano o casi humano alado. Su cuerpo era más o menos del tamaño del de un niño de cuatro años. El torso era completamente humano salvo el enorme tórax. La clavícula tenía que ser muy larga para sostener los grandes músculos de las alas. Tenía la espalda chepuda, aunque la joroba parecía de músculo sólido. Tenía los brazos muy delgados, y las manos con dedos muy largos y larguísimas uñas. Las piernas cortas, frágiles y curvadas. Los pies muy anchos y el gran pulgar casi en ángulo recto respecto al resto del pie.

Las alas eran hueso y membrana, y sus extremos estaban ligados al bulto de músculo de la espalda. Tenía seis miembros, el primer mamífero de seis miembros que Ulises Veía. Pero quizás no fuese el último. Aquel planeta (o aquella Tierra) aún guardaba muchos secretos extraños para él.

La cara era triangular. La cabeza abultada, redonda y sin un sólo pelo. Las orejas eran tan grandes que parecían alas auxiliares. Los ojos, al igual que la cara, parecían pálidos desde lejos.

Aquella criatura desnuda no parecía tener un solo pelo.

Ulises sonrió cuando el ser alado descendió y plegó por la mitad sus alas y se apoyó en sus flacas piernas y anchos pies. Caminó bamboleándose hacia ellos, habiendo perdido toda gracia al tocar el suelo. Alzó un delgado brazo y habló con voz aflautada e infantil en airata.

– ¡Saludos, dios de piedra! ¡Ghlij os saluda y os desea una larga vida como dios!

Ulises le entendía bastante bien, pero aún no podía hablar la lengua franca con fluidez.

– ¿Hablas wufea? -preguntó.

– Desde luego. Uno de mis idiomas favoritos -contestó Ghlij-. Nosotros los zululuquis hablamos muchas lenguas, y el wufea es una de las menos difíciles.

– ¿Qué nuevas traes, Ghlij? -preguntó Ulises.

– Muchas noticias para divertir e informar. Pero con vuestro permiso, mi Señor, dejaré eso para más tarde. De momento, los wuagarondites me envían para que hable directamente con vos. Desean que vos, bueno… consideran que si sois también su dios… creen…

El tono del hombre murciélago era ligeramente sarcástico. Ulises le miró con dureza, pero Ghlij sólo sonrió, mostrando sus largos dientes amarillos.

– ¿Qué creen ellos? -preguntó Ulises.

– Bueno -contestó Ghlij-, ellos no pueden entender por qué vos escogisteis el bando de los wufeas cuando ellos no intentaban sino traeros a esta aldea donde podrían honraros adecuadamente, o lo que ellos consideraban tal.

Ulises hubiera querido seguir e ignorar a aquella criatura, que estaba poniéndole nervioso. Pero Awina le había dicho que las gentes murciélago eran los correos, los representantes, los murmuradores y los funcionarios de muchas cosas. Era parte del protocolo el que un hombre murciélago actuara como árbitro entre dos grupos que deseasen llegar a un acuerdo de paz o de comercio o a veces a una guerra limitada. Además, los murciélagos se convertían a veces ellos mismos en comerciantes, volando de un lado a otro con artículos pequeños, de poco peso, pero muy deseados en algún país desconocido, quizás el suyo.

– Diles que fui atacado por dos de los suyos. Y por eso les castigué a todos -respondió Ulises.

– Así se lo diré -dijo Ghlij-. Y, ¿pensáis castigarlos más?

– No si no hacen algo que lo exija.

Ghlij vaciló y tragó saliva ostensiblemente, descendiendo su nuez como un mono por un bastón. Evidentemente no era tan superior como pretendía ser. O quizás sabía que era vulnerable estando en el suelo, por muy gran opinión que tuviese de sí mismo.

– Los wuagarondites dicen que es muy justo que incluso un dios demuestre que es un dios.

Awina, de pie detrás de Ulises, susurró:

– Señor, perdonadme. Pero una palabra de consejo podría ayudar. Estos arrogantes wuagarondites necesitan una lección. Y si les dejas asediarte…

Ulises estaba de acuerdo con ella, pero no quería aconsejar a menos que se lo pidiesen. Alzó la mano para indicar que se estuviese quieta. Y a Ghlij le dijo:

– Nada tengo que probar, pero pueden pedirme cosas.

Ghlij sonrió como si hubiese sabido que Ulises diría aquello. El sol alzó pálidas llamas en sus ojos amarillos.

– Los wuagarondites -dijo- os piden entonces que matéis al Viejo Ser de la Larga Mano. El monstruo ha estado asolando los campos e incluso las aldeas varios años. Ha destruido muchas cosechas y almacenes y a veces deja aldeas enteras al borde de la muerte por hambre. El Viejo Ser ha matado a muchos guerreros que contra él se enviaron, ha mutilado a otros y ha vencido siempre. O ha huido, esquivando las grandes partidas de caza, para reaparecer en cualquier parte y asolar campos enteros de maíz o aplastar casas y derribar empalizadas de grandes troncos.

– Consideraré su petición -dijo Ulises- y contestaré en los próximos días. Entre tanto, a menos que haya algo más de que hablar, sigamos.

– Sólo hay cosas triviales, noticias y rumores que traigo de muchas aldeas de muchas tribus de distintos pueblos -dijo Ghlij-. Algunas pueden resultaros entretenidas e incluso instructivas, mi Señor.

Ulises no sabía sí esto último era una burla a la supuesta omnisciencia de un dios, pero decidió no pararse en ello. Sin embargo, si se hacía necesario, podía agarrar a aquel pequeño y flaco monstruo y retorcerle el cuello como lección. Los hombres murciélagos podían ser sagrados, o al menos privilegiados, pero si aquel tipo se ponía demasiado ofensivo, podía dañar la imagen de Ulises como dios.

Bajaron el cerro y cruzaron el valle, pasando un puente de madera que cruzaba un arroyo de unos cien metros de anchura. Al otro lado, había campos de maíz y otras plantas, y también prados en los que ovejas de lana roja con tres cuernos retorcidos pastaban la larga hierba verde azulada. El gran número de azadas y hoces de piedra y madera abandonados en los campos mostraban que mujeres y niños habían estado trabajando hasta el último momento.

Al compás de los tambores, los wufeas llegaron a las puertas, y allí Ulises se enfrentó a jefes y sacerdotes. El hombre murciélago se había lanzado desde la ladera y había volado sobre ellos mientras cruzaban el valle. Entonces descendió y aterrizó a escasa distancia de Ulises, corriendo un breve trecho después de llegar a tierra. Regresó, balanceándose sobre sus zambas piernas, con sus huesudas y coriáceas alas medio abiertas.

Hubo más conversación, con Ghlij como intermediario. Cuando el jefe supremo, Dchidaumoj, se puso de rodillas y frotó su frente con la mano de Ulises, los otros jefes y sacerdotes le imitaron y Ulises y su cortejo entraron en la aldea.

Hubo varios días de festejos y discursos antes de que Ulises continuase su marcha. Visitó en total diez aldeas wuagarondites. Ulises tenía curiosidad por saber qué pago recibía Ghlij por sus servicios. Ghlij iba ahora con ellos cabalgando a espaldas de un guerrero wuagarondite, sus torcidas piernas alrededor del grueso cuello peludo.

– ¡Mi paga! -dijo, agitando su mano grácilmente-. Oh, me alimentan, me alojan y se cuidan de algunas necesidades más que tengo. Soy persona sencilla. No quiero más que hablar con muchas gentes distintas, conversar, satisfacer mi curiosidad y la suya, ser servicial. De ese servicio es de donde obtengo mi mayor alegría.

– ¿Eso es todo lo que pides?

– Bueno, a veces acepto algunas chucherías, piedras preciosas o figurillas de buena talla, cosas así. Pero mi principal mercancía es la información.

Ulises nada comentó, pero percibió que había más en el negocio del Ghlij de lo que él decía.

En el camino de vuelta a la primera aldea wuagarondite, el jefe, Dchidaumoj, le preguntó qué pensaba nacer con el Viejo Ser de la Mano Larga.

– Las gentes de Nicheimanaj, la tercera aldea que visitamos, han enviado un mensajero diciendo que el Viejo Ser asoló uno de sus campos de nuevo. Mató además a dos guerreros que fueron en su persecución.

Ulises suspiró. No tenía más remedio que actuar.

– Vayamos inmediatamente tras esa criatura -dijo. Llamó a Ghlij a su lado y le preguntó:

– ¿Te han utilizado alguna vez los wuagarondites para localizar al Viejo Ser de la Mano Larga?

– Nunca -contestó Ghlij.

– ¿Por qué no?

– Nunca se les ocurrió, supongo.

– ¿Y tú nunca pensaste decirles lo valioso que podía ser?

– No. Imagino que el Viejo Ser es de más valor para mí vivo que muerto. Si muere, tendré muchas menos noticias interesantes.

– Localiza al Viejo Ser -dijo Ulises.

Ghlij achicó los ojos y sus finos labios se hicieron un hilo. Pero dijo:

– Por supuesto, mi Señor.

Ulises sabía, por conversaciones que había escuchado, que por lo menos cuatro generaciones de wuagarondites habían conocido al Viejo Ser. Pero no siempre estaba en territorio wuagarondite. A veces desaparecía durante años, durante los cuales debía de estar asolando los campos de gentes desconocidas del norte, el oeste, y quizás el gran bosque del este. Era un animal inmenso y tenía un gran territorio que cubrir.

Según la descripción que había ido componiendo entre todo lo que le dijeron, Ulises sabía que el Viejo tenía que ser un elefante de uno u otro género. ¡Pero qué elefante! ¡Debía de tener una altura de siete metros hasta el lomo y cuatro colmillos! Los colmillos superiores curvados hacia arriba y los inferiores hacia abajo y hacia atrás. La Larga Mano era la trompa.

La astucia del Viejo Ser, su habilidad para esquivar las trampas, sus mortíferas emboscadas, su destreza para desaparecer, eran legendarias.

– Es mucho más inteligente de lo que podría esperarse de un ser irracional -dijo Ulises a Ghlij. Awina estaba cerca de ellos.

– ¿Quién dijo que no supiese hablar? -dijo Ghlij.

– ¿Quieres decir que habla? -preguntó Ulises, sorprendido. Ghlij bajó los párpados y dijo:

– No puedo decirlo con seguridad, claro. Quiero indicar sólo que nadie sabe realmente si puede hablar o no.

– ¿Es el único de su género? -dijo Ulises.

– No estoy seguro. Hay quien dice que hay muchos de su género varias jornadas al norte. No sé.

– Deberías saberlo -dijo Ulises-. Andas mucho por ahí, Y vuelas lejos, y aunque tu no vayas al norte, sin duda otros de los tuyos lo hacen.

– No sé -dijo Ghlij, pero Ulises creyó percibir una burla apenas reprimida en su expresión. Contuvo su cólera, sin embargo, y dijo:

– Dime, Ghlij, ¿has visto alguna vez…? -pero se detuvo.

No había palabra en el idioma wufea equivalente a metal. Al menos que él supiera. Pasó a describir el metal. Luego, recordando su cuchillo, lo sacó y lo abrió. Ghlij, los ojos muy abiertos, respirando más apresuradamente de lo que debería, pidió permiso para coger el cuchillo. Ulises le observó mientras pasaba suavemente el borde de su pulgar por el filo, lo probaba con su áspera lengua y lo colocaba liso sobre la velluda mejilla. Por último le entregó de nuevo el cuchillo.

Los nechgais, dijo, contestando a las preguntas de Ulises, eran una raza de gigantes que vivían en una aldea giganta de casas gigantescas hechas de extraño material. Quedaba su ciudad en la costa sur de aquella tierra. Al otro lado de Wurutana. Los nechgais caminaban sobre dos piernas, y sólo tenían dos colmillos, muy pequeños en comparación con los del Viejo Ser. Pero tenían grandes orejas y una nariz tan grande que les llegaba a la cintura. Parecían descender de una criatura parecida al Viejo Ser.

Ulises estaba tan lleno de preguntas que no sabía cuál hacer primero.

– ¿Qué idea tienes tú de Wurutana? -preguntó. Formuló así su pregunta porque no quería que Ghlij supiese de su ignorancia sobre su antiguo enemigo. Ghlij, sorprendido, preguntó a su vez:

– ¿Qué queréis decir? ¿Mi idea?

– ¿Qué es Wurutana para ti?

– ¿Para mí?

– Sí. ¿Cómo le definirías?

– El Gran Devorador. El Todopoderoso. El Que Crece.

– Sí, ya lo sé, pero ¿qué te parece? A ti.

Ghlij debió de suponer que Ulises intentaba obtener una descripción de algo que no conocía. Ghlij sonrió tan sarcásticamente que Ulises sintió deseos de aplastar su pequeño cráneo.

– Wurutana es tan grande que no encuentro palabras para describirlo.

– ¡Tú, chismoso! -dijo Ulises-. ¡Mono con alas! ¿Que no puedes encontrar palabras?

Ghlij le miró hosco pero no dijo nada. Entonces, Ulises añadió:

– Bien, ¿qué esperas? ¡Cuéntame! ¿Hay seres como yo en alguna parte de esta tierra?

– ¡Oh, claro que los hay! -contestó Ghlij.

– Está bien, ¿Dónde?

– Al otro lado de Wurutana. Junto al mar, en la costa, varias jornadas al oeste de los nechgais.

– ¿Por qué no me hablaste de ellos? -gritó Ulises. Ghlij parecía atónito.

– ¿Por qué habría de hacerlo? -dijo-. Vos no me preguntasteis por ellos. Es cierto que se os parecen mucho, pero no son dioses. Son sólo otra raza de seres inteligentes, para mí.

Así pues, tenía la más urgente de las razones para dirigirse al sur. Tendría que enfrentarse a Wurutana, lo quisiese o no. Si los wufeas y Ghlij decían la verdad, Wurutana ocupaba toda la zona salvo las costas norte y sur.

Ghlij trazó un tosco mapa de los límites de la zona sobre el barro de un banco del río.

Al norte había un territorio que se consideraba desconocido. Abajo un tosco triángulo cuya parte norte formaba el lado más largo. Había océano o mar por todas partes salvo el norte desconocido. Ghlij dijo que corrían rumores de que también allí había mar.

Ulises se preguntó si aquella zona era todo lo que quedaba de la parte oriental de los Estados Unidos, Puede que hubiese subido el nivel del mar. Que hubiesen quedado sumergidos el Medio Oeste y la llanura de la costa Atlántica… Aquella tierra podía ser todo lo que quedaba de la antigua Cordillera de los Apalaches. Por supuesto, mientras estaba en estado «petrificado», podía haber sido transferido a otros continentes y aquello ser todo lo que quedaba de terminadas zonas del continente Euroasiático. O podía estar en otro planeta de otra estrella. No lo creía, pero era posible.

Si al menos pudiese encontrar algo que identificase aquel lugar. Pero después de tantos millones de años, todo habría desaparecido. Los huesos de los hombres se habrían descompuesto, salvo unos cuantos esqueletos fosilizados, y ¿cuántos humanos habrían tenido la posibilidad de convertirse en fósiles? El acero se habría oxidado, el plástico deteriorado, el cemento fragmentado, la piedra de las pirámides y de la esfinge, de las estatuas de mármol de los griegos y los americanos, serían polvo hacía mucho. Nada del hombre quedaría, salvo quizás algunas herramientas de pedernal hecha por los hombres de la Edad de Piedra. Estas podrían sobrevivir mucho después de desaparecer la historia del hombre con sus libros, máquinas, ciudades y huesos.

Las cadenas montañosas se habían gastado, habían surgido y habían sido destruidas de nuevo. Se habían extinguido continentes y fragmentado islas. Se habían vaciado los lechos oceánicos, habían brotado nuevas tierras, se habían sumergido otras. Lo que era áspero y elevado se había hecho suave y liso. Lo suave y liso, elevado y accidentado. Grandes masas de piedra chocando entre sí habían barrido y pulverizado los restos del hombre. Billones de toneladas de agua se precipitaron en valles recién abiertos y los barrieron o los enterraron en cieno.

Sólo quedaba la tierra y el mar, agua y tierra en nuevas formas, nuevas vasijas. Sólo la vida continuaba, y la vida había adoptado nuevas formas, aunque aún persistiesen las viejas.

Pero, si Ghlij, no mentía, el género humano aún sobrevivía…

El hombre no era ya el señor de la vida, pero vivía aun.

Ulises iría hacia el sur.

Primero debía matar al Viejo Ser de la Mano Larga para demostrar su divinidad.

Hizo más preguntas al hombre murciélago. Ghlij se ponía inquieto, e irritado incluso, a veces, pero nunca abiertamente enfurecido.

– Entonces -dijo por fin Ulises-, ¿hay volcanes y arroyos calientes al norte que despiden un hedor nauseabundo?

– Sí -contestó Ghlij.

Ghlij sabía más sobre el norte de lo que había querido revelar, pero Ulises no quiso, de momento, desentrañar las razones de su reticencia. Lo único que quería era información.

– ¿A qué distancia?

– Diez días de marcha.

Algo más de trescientos kilómetros, calculó Ulises.

– Nos guiarás hasta allí.

Ghlij abrió la boca como si fuese a protestar, pero no lo hizo.

Ulises convocó a los jefes y sacerdotes de los wufeas y los wuagarondites y les dijo lo que quería que hiciesen mientras él estaba fuera.

Los dignatarios se quedaron desconcertados ante sus instrucciones sobre la recolección y el tratamiento de los excrementos y la fabricación de carbón. Les dijo que ya les revelaría más tarde las razones.

Además, quería un grupo de guerra muy grande y tantos machos jóvenes como pudiesen acompañarle hasta el norte. De paso se ocuparían del Viejo Ser, aunque el grupo no se proponía en principios seguirle. Pero había mucho implicado en la muerte del Viejo Ser.

Sus órdenes no hicieron muy felices a los jefes, pero éstos se sometieron y dispusieron lo necesario para darles cumplimiento. Al cabo de una semana salieron hacia el norte Ulises, Awina, varios sacerdotes, doscientos machos jóvenes y un centenar de guerreros adultos. Iba con ellos Ghlij, aunque no siempre se mantenía a su lado. Volaba delante y exploraba el territorio, y muchas veces les localizó caza y tres exploradores hostiles. Estos exploradores hostiles parecían una variedad de los wuagarondites. Tenían la piel negra y unas franjas de pelo rojizo en ojos y mejillas, pero por otra parte eran iguales a sus primos del sur.

Los alkumquibes organizaron una gran banda guerrera e intentaron tender una emboscada al grupo de Ulises. Ghlij informó de su emplazamiento y los emboscadores resultaron emboscados. La sorpresa, junto con las flechas, que los alkumquibes desconocían por completo, la apariencia del gigantesco Ulises y la historia que los alkumquibes debían haber oído sobre su divinidad, convirtieron la batalla en una carnicería. Ulises no capitaneó ningún ataque, ni los jefes esperaban que lo hiciese. En eso se sentía contento. ¿Podía ser herido un dios? Prefirió no preguntárselo a nadie, por supuesto. Posiblemente esperasen que hasta los dioses sufrieran heridas. Después de todo, los griegos y otros pueblos habían considerado a sus dioses inmortales pero no invulnerables.

Dadas las circunstancias, permaneció a un lado y utilizó su gran arco con mortífera eficacia. Agradeció a su Dios haber dado clases de arco en el instituto y haber seguido practicando luego como afición en su edad adulta. Era un buen arquero, y su arco muchos más potente que los de los wufeas. Aunque eran nervudos y fuertes, pese a su pequeño tamaño, él era demasiado grande en comparación. Sus brazos tensaban el arco (el «poderoso arco de Ulises», aquel otro Ulises, pensó), y las flechas bastaron para matar a doce alkumquibes y herir gravemente a otros cinco.

El enemigo se retiró en desbandada a los seis minutos de iniciarse la lucha, y muchos de ellos fueron alanceados o macheteados por la espalda. Los supervivientes fueron bravos, sin embargo. Al llegar a su aldea, donde mujeres, niños y viejos guerreros aguardaban aterrados, todos los machos capaces de sostener un arma, incluidos niños de seis años, se plantaron ante las puertas, cerradas. Con un grito, los wufeas y los wuagarondites, hermanos de sangre como eran de ellos, se abalanzaron sobre los defensores. Lo hicieron de forma desorganizada, por lo que hubieron que retroceder muy pronto con muchas bajas. Ulises aprovechó el descanso para decirles que debían dejar a los alkumquibes y continuar la marcha.

Tal era su sed de sangre que se atrevieron a discutir con él. Él proclamó que si no hacían lo que decía los destruiría. Afortunadamente, nadie pensó que era un farol, o si alguno lo pensó no osó decirlo.

Ulises, mirando a los alkumquibes, tuvo de pronto una idea. Necesitaba cuantos cargadores pudiesen conseguir para el viaje de vuelta, y allí había por lo menos un centenar de jóvenes más.

Preparó, a través de Ghlij, una conferencia con el caudillo enemigo. Hubo una acalorada pero breve disputa, y luego el jefe, ante la perspectiva de la extinción de su tribu, cedió. Dos días después, los jóvenes alkumquibes marchaban con la partida de guerra como rehenes y posibles porteadores. La aldea, por otra parte, había enviado mensajes a las otras tribus alkumquibes para que dejasen en paz a los viajeros. Dos tribus no hicieron caso y atacaron, pero fueron también emboscadas y diezmadas. Y Ulises acabó con ciento cincuenta rehenes y porteadores más. Quemó las dos aldeas como lección, pero no permitió que se sacrificase a los habitantes.

A Ulises no le emocionaban gran cosa sus conquistas. El derramamiento de sangre le deprimía. Habían transcurrido millones de años de vida inteligente,, quizás cuatrocientas mil generaciones o más, quizás el doble de esto. Sin embargo los seres inteligentes, los que utilizaban el lenguaje, los señores de las bestias, no habían aprendido nada. ¿O sería aquélla su lección, el que aquella lucha y aquella sangre fuesen inevitables y perdurasen mientras la vida perdurase?

El gran grupo iba ahora mucho más despacio. Tanta gente no podía avanzar deprisa, y los diez días calculados de marcha se convirtieron en veinte. Pero no volvió a atacarles ninguna gran fuerza. Algunas tribus se apostaban en las laderas e intentaban apoderarse de algún guerrero. Pero eran sólo pequeñas escaramuzas. El mayor problema era alimentar al ejército. La presencia de tantos hombres espantaba la caza, y había que desplazar a pequeños grupos rodeando y adelantándose varios kilómetros por ambos lados. Y estos grupos se convertían en el objetivo de los indígenas. Pero, un día, Ulises organizó una cacería a sugerencia de Awina y una manada de caballos se despeñó por un precipicio. Comieron bien durante varios días, aunque hubieron de retrasar la marcha para ahumar la carne que quedaba.

Llegaron por fin al objetivo de Ulises: los volcanes y las fuentes cálidas. Allí encontró el azufre que buscaba. Era una forma traslúcida y verdosa que podía excavarse con las herramientas de piedra de sus «hombres» A las dos semanas tenía lo que podía transportar y el grupo inició el regreso.

Ulises explicó en las aldeas alkumquibes que los porteadores jóvenes volverían con regalos, después de dejar su cargamento en la aldea wufea.

Cuando el grupo regresó al punto de partida original, Ulises descubrió que había allí un gran suministro de nitrato de potasio. Los wufeas habían seguido sus instrucciones, entre ellas el tratamiento especial destinado a forzar la descomposición de los excrementos a ritmo rápido. Al cabo de unos días, tras los festejos y ceremonias, Ulises puso a sus guerreros, y a las mujeres que pudo sacar de los campos, a trabajar preparando pólvora negra. El resultado fue una mixtura adecuada de nitrato de potasio, carbón y azufre. La primera demostración aterró y sobrecogió a wufeas, wuagarondites y alkumquibes. Fue una bomba de unos dos kilos y medio que hizo estallar dentro de una cabaña a modo de demostración.

Ulises había instruido a todos de los diversos peligros de la nueva arma, incluido el de la inestabilidad de la pólvora. Les prohibió que la usasen sin su permiso y supervisión. Si no establecía límites, pronto habría desaparecido toda su reserva en puras diversiones.

Al sexto día instaló un cohete con una carga explosiva de un kilo en una caja de madera. Lo lanzó contra una pared rocosa proporcionando a todos un hermoso espectáculo.

Tras esto, Ulises dio instrucciones a Ghlij sobre el transporte y el lanzamiento de una bomba de medio kilo. Ghlij voló sobre un gran objeto hecho de madera y paja y modelado según las descripciones del Viejo Ser. Bajó en picado y después se elevó, e insertó el extremo de su mecha en un agujero en una cajita de yesca. Luego rápidamente soltó la bomba que cayó sobre el blanco, pero rodó de él y explotó a unos tres metros de distancia. A los cuatro intentos, Ghlij logró calcular adecuadamente y la bomba destrozó el maniquí.

– Muy bien -dijo Ulises, cuando Ghlij, riendo como un mono, se posó ante él-. Lo hiciste bien. Ahora, el paso siguiente será localizar al Viejo Ser. Tú deberías ser capaz de eso.

– ¡Puede encontrarse a jornadas al norte de aquí! ¡O al este! -protestó Ghlij.

– Tú lo encontrarás -dijo Ulises.

El hombre murciélago se alejó hosco a comer.

– Me pregunto -dijo Awina- por qué no se nos ocurriría a nosotros utilizarle para localizar al Viejo Ser. Deberíamos haberlo hecho. Pero, claro, nosotros no somos dioses.

– ¿Por qué se mostrará tan reacio a hacer esto por mí? -preguntó Ulises-. No corre gran peligro, salvo que calcule mal el momento de la explosión. Pero ya se mostraba reacio antes de saber de las bombas.

– No lo sé -contestó Awina lentamente, como si no quisiese hacer ninguna acusación… todavía.

Intentó que ella expresase cuantos recelos tuviese, pero ella negó tenerlos. El no insistió; la sabía capaz de esquivarle como un felino cuando quería. Pero decidió vigilar aún más a Ghlij. Sin embargo, si Ghlij no quería delatar al Viejo Ser, podía simplemente alejarse. O podía no buscarle.

Tres semanas después, se encontraban de nuevo en la tierra de los alkumquibes. Una semana antes el Viejo Ser había asolado los campos de la zona más al norte de los wuagarondites. Unos mensajeros le habían traído la noticia a Ulises, que había organizado a sus hombres y emprendido la marcha hacia el norte en una hora. Su fuerza la formaban veinte guerreros, treinta porteadores, Awina y él. Avanzaban a trote de lobo, unos cien pasos corriendo y otros cien andando. Devorando kilómetros desde el amanecer al crepúsculo. Ulises caía todas las noches en el saco de dormir y se hundía inmediatamente en el sueño. Cuando despertaba por la mañana protestaban todos sus músculos. Hasta el cuarto día no despertó sin dolores. Por entonces había perdido ya más peso que en la primera expedición. A diferencia de aquellos seres no humanos, más pequeños y ligeros, no podía correr todo el día sin extenuarse. Era demasiado grande y demasiado musculoso. Pero no podía permitir que viesen á su dios jadeante y cansado, así que mantenía el paso.

Había gastado ya los zapatos que llevaba cuando fue despetrificado y calzaba ahora mocasines. Le dolieron mucho tiempo los pies por ello, pero al final se acostumbró.

Calculó que habría perdido unos diez kilos desde el día que despertó. Pero el ejercicio le sentaba bien. No le quedaba grasa y tenía buen fuelle. Aun así, no había un wufea, incluida Awina, que no pudiese adelantarle a la carrera.

Muy dentro ya del territorio alkumquibe, el grupo se detuvo una mañana cuando apareció frente a ellos Ghlij. Volaba con rapidez, rozando las copas de los árboles e, incluso a lo lejos, su expresión les decía que había dado con el Viejo Ser de la Mano Larga.

Un momento más tarde se deslizó sobre la hierba y aterrizó junto a ellos.

– ¡Ahí delante está! -dijo, jadeando-. ¡Al otro lado de aquel gran cerro!

– ¿Y qué hace? -preguntó Ulises.

– ¡Comiendo! ¡Limpiando un árbol de todas sus hojas!

Ulises no esperaba en realidad que Ghlij localizase a la bestia. Quizás hubiese interpretado erróneamente las reacciones del hombre murciélago. O quizás algo había empujado al hombre murciélago a cambiar de actitud. Si así era, ¿quién o qué le habría hecho cambiar?

Ghlij tenía ciertas dificultades para despegar del suelo. No había bastante espacio abierto para que pudiese emprender carrera aunque no llevase carga. Con la bomba de dos kilos y medio no tenía ninguna posibilidad. Ni había allí posibilidad alguna de utilizar un despeñadero como rampa de lanzamiento. Los árboles cubrían la tierra por todas partes.

Ulises vaciló. Podría haber llevado a Ghlij a un punto a unos dos kilómetros por detrás de ellos, donde había una zona de la que podía despegar. Ghlij podía volver volando a reunirse con ellos. No quería esperar por él, pero tendría que hacerlo para que Ghlij pudiese cumplir su misión. Además, había tiempo de sobra. ¿A qué inquietarse por perderlo si acababa de pasar muchos milenios sin la menor inquietud?

Pidió a dos wuagarondites que llevasen a Ghlij a la zona despejada. Luego ordenó al grupo que avanzase poco a poco y con cuidado. Había diez guerreros preparados con sus arcos y flechas, y los otros diez, con los porteadores, tenían dispuestos sus cohetes y bombas.

Subieron la escarpada ladera del cerro entre los grandes árboles de hoja perenne que crecían ligeramente ladeados, coronaron luego, arrastrándose y de rodillas, la cima. Debajo, al otro lado, había un valle con muchos árboles pero con una serie de espacios abiertos. Aproximadamente la mitad de los árboles parecían como asolados por el invierno. Pero se había tragado sus hojas un animal, no una estación. Un animal tan grande que a Ulises le costaba trabajo admitir lo que le decían sus sentidos. Era más alto que algunos de los árboles jóvenes. Aunque gris como cualquier elefante, tenía uña enorme mancha blanca en el lomo derecho. Sus largos y amarillentos colmillos parecían tan pesados que Ulises se preguntó cómo podría el animal alzar la cabeza. Su trompa, proporcionalmente mayor que la de los elefantes de la época de Ulises, se movía sinuosamente entre los árboles, arrancando ramas enteras. Llevándoselas hasta la enorme boca y escupiéndolas luego después de deshojarlas. Incluso desde tan lejos llegaba a los cazadores los rumores y estruendos de su gigantesco estómago.

Soplaba viento del norte, por lo que el animal no podría ciernes ni oírles si tenían cuidado. Quizás su vista no fuese tan débil como la de otros ejemplares del clan elefantino, por lo que Ulises les advirtió de nuevo que se escondieran lo más posible.

El grupo tardó una hora en bajar la ladera y llegar, entre los árboles, al fondo del valle. Por entonces Ulises comenzaba a preocuparse por Ghlij. Era ya hora de que apareciese. ¿Qué le habría pasado? Quizás algunos renegados alkumquibes o miembros de otras tribus de más al norte andaban al acecho y habían matado a Ghlij y a los que le llevaban. Quizás… ¿Por qué preocuparse tanto? Si Ghlij no aparecía, nada se podía hacer. Atacarían sin él.

Ulises indicó a los otros que se quedasen donde estaban, que era, principalmente, detrás de los árboles. Cogió el bazoka de madera en el que había metido el proyectil también de madera y avanzo. Detrás iba Awina, con una pequeña antorcha que acababa de encender. Otras antorchas se encendían también con cajas de humeante yesca que estallaban en rojo calor en cuanto se echaban en ellas unas ramitas. Luego se aplicaban las antorchas a las cajas para hacer fuego. Este fue el momento crucial para Ulises. El humo, aun con el viento en contra, podía olerlo el animal, o sus ojos, aunque fuesen débiles, podían ver las espesas nubes negras.

El estruendo atronador del vientre, el destrozo de ramas, el rumor de la boca y el deshoje continuaban. Aquélla masa gris y ballenesca se agitaba en una especie de constante danza. La trompa trabajaba afanosamente, y todo parecía en paz en el mundo del Viejo Ser de la Mano Larga.

Una sombra cayó sobre Ulises. Alzó los ojos. La oscura forma alada de Ghlij volaba sobre él. Ulises le hizo señas de que se desplazase hacia la derecha. Si la sombra caía sobre el animal, que probablemente fuese tan excitable como un elefante africano, se asustaría o al menos se alertaría.

Ghlij no le vio o interpretó mal sus gestos. Siguió volando recto hacia adelante, hacia el animal, a una altura de unos quince metros. Llevaba la bomba sujeta al vientre con una mano y la pequeña antorcha en lo otra. El espeso humo que iba dejando tras él le hacía parecer un demonio de fuego.

Ulises lanzó un juramento y corrió hacia el Viejo Ser. A ambos lados suyos guerreros y porteadores, olvidando, en su nerviosismo y su miedo, toda precaución, se lanzaron hacia el animal. Su niñez había estado plagada de historias aterradoras sobre aquel monstruo, y algunos habían llegado incluso a verle a lo lejos o en acción. Los padres de algunos habían perecido aplastados por aquellas enormes patas. Pero no retrocederían para que les tuviesen por cobardes, y era mejor la muerte que la deshonra. Sin embargo, su audacia era excesiva, y además competían entre sí en ella, y estaban así traicionándose a sí mismos.

Y también traicionándome a mí, pensó Ulises.

Era demasiado tarde para hacer algo que no fuese atacar y confiar en la suerte. Si al menos Ghlij calculase bien y no errase el blanco… aunque, ¿cómo se podía errar el blanco con un animal tan grande?

Pero Ghlij erró. Al parecer pasó sobre el animal y luego dio la vuelta intentando avanzar sobre él con el viento en contra y sorprenderle por detrás. No era una maniobra muy inteligente. En, primer lugar, había ido directamente hacia el animal, arrojando así su sombra sobre él. Pero el animal no se había dado cuenta. Ahora, sin embargo, el humo de la antorcha llegaba hasta él aunque Ghlij estuviese a quince metros de altura.

El animal dejó de arrancar ramas, alzó su trompa, olfateó a un lado y a otro y luego comenzó a bramar.

Ghlij tiró la bomba y luego lanzó un chillido de frustración.

El coloso contestó con otro chillido y alteró súbitamente su inmovilidad en una carga que fue adquiriendo una velocidad increíble. El animal aún no había visto nada; sólo estaba asustado y corría a ciegas. Fuese cual fuese su estado o el motivo, se volvió hacia Ulises, y de pronto, el cohete pareció servir de poco.

Pese a lo cual Ulises se echó al hombro el bazoka cargado y gritó a Awina que encendiese la mecha. El no podía verla, pero le dijo con mucha calma lo que tenía que ir haciendo.

En ese momento, estalló la bomba de Ghlij a unos treinta metros por detrás del monstruo gris. El Viejo Ser aumentó la intensidad de sus bramidos y su velocidad. Cambió también de dirección, de modo que ya no se dirigía en línea recta hacia Ulises y Awina. A menos que volviese a cambiar de rumbo, pasaría a unos metros de ellos. Pero podría verles antes y atacarles.

El calor chamuscaba la mejilla de Ulises; el humo llenaba sus ojos; el cohete silbó al salir del tubo junto a su cabeza. Voló en un arco liso hacia el animal, que cargaba ahora contra ellos, tras verles dos segundos antes. Llevaba la trompa encogida y alzada y clavaba en ellos unos ojos rojizos. La masa oscura del cohete le golpeó en la pata izquierda y la explosión ensordeció a Ulises. Brotó tanto humo que no pudo ver siquiera al animal. No esperó a comprobar los efectos de la explosión sino que corrió a un lado con Awina. Un porteador se acercó corriendo a él con otro cohete, y luego volaron sobre él otros proyectiles, uno junto a él, y algo le golpeó en la espalda.

Cayó de bruces mientras el humo se agrupaba como una tienda a su alrededor. Tosió y luego se puso a cuatro patas antes de levantarse. Estuvo atontado varios minutos hasta que advirtió lo que había sucedido. Algún guerrero se había puesto demasiado nervioso y había dirigido el proyectil demasiado bajo. Este proyectil era el que le había golpeado y había destrozado luego un árbol junto a él.

Ulises se levantó. Tenía la ropa destrozada y estaba chamuscado y ahumado. Miró alrededor buscando a Awina, y luego lanzó un grito de alivio. Ella estaba de pie junto a él, desconcertada y enrojecidos los ojos y ennegrecida la piel por el humo. Pero no parecía tener herida alguna.

Se volvió al Viejo Ser. No oía nada; pero en realidad tenía que estar detrás de él.

El animal estaba en el suelo, pateando en el aire mientras brotaban arroyos de sangre de varios agujeros inmensos. Una de las patas, aunque se movía, estaba prácticamente destrozada.

Y luego, cuando guerreros y porteadores, gritando y chillando en triunfo, se acercaron a él, se puso en pie laboriosamente y, tambaleándose, cargó de nuevo. Los bípedos se esparcieron, chillando aterrados, y entonces el animal agarró a uno de ellos con su trompa y lo alzó en el aire y lo arrojó dando vueltas contra las ramas de un árbol.

Tras esto, el Viejo Ser se derrumbó otra vez y murió en un lago de cieno y sangre.

Milagrosamente, el wufea arrojado contra el árbol sobrevivió con sólo unos cuantos cortes y magulladuras.

Ulises tardó mucho en recuperar el oído y la calma. Cuando dejó de temblar, examinó al animal. Era, como decía Awina, una montaña en movimiento. Sólo el cortar los colmillos y transportarlos hasta la aldea de los wufeas sería un gran trabajo. Pero Ulises sabía que cuando wufeas, wuagarondites y alkumquibes peregrinasen hasta la aldea y viesen aquellos descomunales colmillos clavados en el suelo ante el templo, sentirían que su dios de piedra era un auténtico dios. Sentirían también, esperaba, una sensación más fuerte de unión. Los tres enemigos tradicionales habían participado en aquella cacería de su viejo enemigo común. Y los tres podían participar de la gloria.

Había una nota discordante en su triunfo. Era Ghlij.

Ulises preguntó al hombre murciélago qué había pasado.

– ¡Perdonadme, Señor! -dijo-. ¡Estaba sudando de nerviosismo! ¡Se me cayó la bomba de la mano! ¡Lo siento mucho, pero no pude evitarlo!

– ¿Fue también tu nerviosismo lo que te hizo gritar y avisar así al Viejo Ser?

– ¡Exactamente, Señor! Mi única excusa es que ese monstruo gigante despierta el terror y el pánico en el corazón de los mortales… ¡Mirad lo cerca que estuvo ese cohete de alcanzaros!

– No ha pasado nada -dijo Ulises.

– ¿Puedo irme ahora que el Viejo Ser ha muerto? -preguntó Ghlij-. Me gustaría volver a casa.

– ¿Dónde está tu casa? -preguntó Ulises, esperando cazarle desprevenido.

– Como ya he dicho, Señor, en el sur. A muchas, muchas jornadas de aquí.

– Puedes irte -dijo Ulises, preguntándose lo que Ghlij guardaba en su inexistente manga. Le parecía que Ghlij iba a informar sobre él, pero no tenía ni idea de a quién. No tenía sentido intentar retenerle-. ¿Volveré a verte pronto?

– No lo sé. Señor -respondió Ghlij, con aquella mirada oblicua que tanto irritaba a Ulises-. Pero quizás veáis a otros de mi especie.

– Te veré más pronto de lo que crees -dijo Ulises. Ghlij pareció sorprendido.

– ¿Qué queréis decir con eso, mi Señor? -preguntó.

– Adiós -dijo Ulises-. Y gracias por lo que has hecho. Ghlij vaciló y luego dijo:

– Adiós, mi Señor. Ha sido para mí una experiencia provechosísima y la más emocionante de toda mi vida.

Fue a despedirse de los jefes de cada una de las tres tribus y de Awina. Ulises estuvo observándole hasta que aleteó desapareciendo tras un alto cerro.

– Creo -dijo a Awina- que ha ido a informar a alguien de los resultados de su espionaje.

– ¿Corno, Señor? -dijo ella-. ¿Espionaje?

– Sí, estoy seguro de que trabaja para alguien que no es él mismo ni su pueblo. No puedo hablar aún de pruebas concretas. Pero tengo ese presentimiento.

– ¿Creéis que trabaje para Wurutana…? -preguntó ella.

– Quizás -contestó él-. Ya lo descubriremos. Iremos hacia el sur a buscar a Wurutana después de instalar estos colmillos a la entrada del templo.

– ¿Iré yo también? -preguntó ella. Sus grandes ojos azul gato siamés se fijaron en él, y su postura traicionaba tensión.

– Comprendo que será muy peligroso -dijo él-. Pero tú no pareces temer al peligro. Sí, me sentiré muy feliz si vienes conmigo. Pero no ordenaré a nadie que me acompañe. Sólo llevaré voluntarios.

– Me siento muy feliz pudiendo ir con mi Señor -dijo ella, y luego añadió-: Pero, ¿vais a enfrentaros a Wurutana o a buscar a vuestros hijos e hijas?

– ¿Mis qué?

– Esos mortales de los que habló Ghlij. Los seres que se parecen tanto a vos que han de ser hijos vuestros.

– Eres muy inteligente -dijo él, sonriendo- y muy perspicaz, Awina. Iré hacia el sur por ambas cosas, desde luego.

– ¿Y buscaréis una compañera entre los mortales que son hijos vuestros?

– ¡No lo sé! -contestó él, con más aspereza de lo que pretendía. ¿Por qué habría de alterarle aquella pregunta? Por supuesto que buscaría una compañera. ¡Vaya pregunta! Y entonces pensó, bueno, es una mujer, y es natural que haga esa pregunta.

Pero Awina anduvo pensativa y triste varios días. No salía de su tristeza hasta que él no se esforzaba por hacerla hablar y animarla un poco. Aun así, muchas veces la sorprendía mirándole con una expresión extraña.

Llegaron a la aldea wufea tras varios desvíos en su ruta para acercarse a aldeas próximas. Instalaron los colmillos de modo que formasen los vértices de un cuadrado ante las puertas del templo y luego construyeron un techo apoyado en ellos. Hubo festejos y ceremonias hasta que los jefes se quejaron de que los wufeas corrían el peligro de arruinarse. Además, no se estaban atendiendo adecuadamente los cultivos, y la caza necesaria para alimentar a todos los huéspedes había limpiado de animales el territorio en varios kilómetros a la redonda.

Ulises había ordenado que se fabricasen más bombas y unos cuántos cohetes. Mientras se hacía esto, organizó una gran cacería por las llanuras del sur. Quería capturar también algunos caballos salvajes y echar un vistazo desde más cerca a Wurutana.

El cuerpo principal de la partida regresó a las aldeas con gran cantidad de carne ahumada. Llevaba también con ellos caballos capturados con instrucciones de tratarlos suavemente y no sacrificarlos.

Ulises sé dirigió hacia el sur con cuarenta guerreros y Awina. Pasaron ante grandes manadas de elefantes del mismo tamaño, más o menos, que los elefantes africanos, pero con un montículo de grasa sobre las ancas y pelo considerablemente más largo. Vieron también rebaños de antílopes de diversas especies y géneros, algunos parecidos a los antílopes americanos y africanos de su época.

Vieron también manadas de perros salvajes con manchas blancas y rojas en sus cuerpos. Había también unos felinos grandes parecidos a las panteras y otros del tamaño de los leones y semejantes a los jaguares. Vieron también varios de los correcaminos de cuatro metros de altura. En una ocasión, Ulises vio a dos de estas grandes aves espantar a dos jaguares de un caballo que los felinos acababan de matar.

Su gente no parecía tan preocupada por las aves y los animales como por los kurieiaumeas. Eran éstos unos individuos altos de largas piernas, piel rojiza y cara blanca. Gente muy salvaje, según Awina. No se relacionaban con los wufeas, los wuagarondites ni los alkumquibes. Utilizaban boleadoras y atlatles o lanzajabalinas.

Nadie hablaba de dar la vuelta, pero cuanto más se adentraban en el territorio kurieiaumea, más nerviosos se ponían.

Ulises insistió en seguir hacia el sur. Pero a los dos días, y sin encontrarse al parecer más cerca del lugar deseado, decidió dar la vuelta. Sus preguntas indirectas le habían revelado, sin embargo, una información, aunque no estaba seguro de poder creer en ella.

A menos que malinterpretase sus comentarios, Wurutana era un árbol. Un árbol distinto a todos los demás que habían existido desde el nacimiento de los árboles.

Regresaron sin ver señal alguna de los feroces kurieiaumeas, y Ulises inició inmediatamente los preparativos para el gran viaje. Pero empezaban a caer las hojas, el viento a hacerse frío, y decidió esperar a la primavera.

Un mes después, con las primeras nieves, llegaron a la aldea Ghlij y su esposa, Ghuaj. Vestidos con pieles ligeras, parecían pigmeos esquimales alados. Ghuaj era aún más pequeña que Ghlij, pero mucho más escandalosa. Era una hembra quisquillosa, exagerada y parlanchína a la que Ulises detestó inmediatamente. Si hubiese tenido plumas y garras de pájaro, podría realmente habérsela considerado una arpía.

– ¿Te cansaste de esperar por mí? -dijo Ulises sonriendo.

– ¿Yo esperando? No sé lo que queréis decir, mi Señor -dijo Ghlij. Pero él y su esposa hicieron muchas preguntas a los habitantes de la aldea después de transmitir sus noticias y murmuraciones y de informar sobre los movimientos de la caza en el sur. No les fue difícil descubrir que el dios de piedra planeaba marchar sobre Wurutana después del deshielo de primavera. Ulises, por su parte, preguntó a Awina y a otros y descubrió que los hombres murciélago raras veces aparecían en aquella época del año. El sumo sacerdote dijo que ninguna «boca alada» había ido por aquellas fechas en por lo menos veinte años, y quizás más.

Ulises cabeceó al oír eso. Sospechaba que el hombre murciélago y su esposa habían sido enviados para descubrir qué le retenía a él. Y estaba seguro de que ambos se irían mucho antes de lo que solían hacerlo. Se despidió de ellos una fría mañana y decidió que partiría antes aun de lo planeado.

Entre tanto, sacó sus caballos y enseñó a los guerreros a montarlos. Las nieves del invierno no eran tan abundantes como acostumbraban. Aquello podía seguir siendo geográficamente Syracusa, pero el clima se había hecho más suave. Nevaba con frecuencia, pero no con tanta intensidad, y la nieve no solía cuajar. Había espacio de sobra para montar sus caballos, que conservaba dentro del templo. Aquella primavera habían nacido potros, e instruyó a los suyos para que se cuidasen de ellos. Insistió mucho en que tratasen humanamente a los animales.

Por fin la primavera liberó el suelo helado y las llanuras se llenaron de barro. Estaba aplazando la expedición por causa de una enfermedad que había aparecido entre los wufeas. Murieron docenas en unas semanas, y luego Awina cayó en cama con la fiebre. Estuvo a su lado casi constantemente y la alimentó él mismo. Aizira entraba a menudo a ejecutar las ceremonias de purificación. Desconocían la existencia de gérmenes causantes de la enfermedad. Creían en la vieja teoría de la posesión de los malos espíritus enviados por hechiceros. Ulises no discutió este asunto. Sin microscopios, no podía demostrar su explicación, y aunque hubiese podido de nada hubiese valido en la cura de la enfermedad. La fiebre y los forúnculos en la cabeza que la acompañaban solían durar una semana. Unos morían y otros se recobraban; no parecía haber ninguna razón aparente por la que unos sobreviviesen y sucumbiesen otros. Hubo muchos entierros diarios; y luego, por fin, la fiebre desapareció.

Ulises había pensado lo irónico que resultaría el que cayese víctima de una enfermedad después de estar oculto varios millones de años. Pero la enfermedad no le afectó. Lo que fue una ventaja en más de un sentido. De haberle afectado quizás los otros dudaran de su divinidad.

La fiebre se mantuvo en la zona durante un mes. Cuando desapareció, había acabado con casi un octavo de la población. La enfermedad no respetó la edad: murieron niños de pecho, chiquillos, adultos y ancianos.

Él se sentía desalentado, por varias razones. En primer lugar, se sentía más próximo a aquella gente, pese a sus rasgos no humanos, tanto físicos como psicológicos. Algunas de las muertes le dolieron mucho, sobre todo la de Aizira. Quizás el dolor de Awina por su padre le conmoviese más que la muerte del propio viejo, pero lo cierto es que le afectó. En segundo lugar, los wufeas necesitaban todos los brazos posibles para la siembra de primavera y para las cacerías de esa época. No podían prescindir de los guerreros de su expedición.

Sin embargo, el dios de piedra les había dado el arco y la flecha y el caballo como transporte. Cazaban ahora con mucha mayor eficacia que antes de que él hubiese despertado. Y así salieron en grandes cacerías comunales y trajeron grandes cantidades de carne de caballo y antílope. Además, la idea de criar caballos para alimentarse de ellos se les ocurrió sin que su dios se lo indicara. Dividieron los animales en dos grupos con objetivos de selección y cría. Uno de ellos lo formaban los animales de transporte y el otro sería alimentado y engordado para el sacrificio. Conocían los principios de la genética, pues habían criado perros y cerdos con diversos propósitos durante mucho tiempo.

Por entonces era demasiado tarde para salir a las llanuras, o demasiado pronto, según el punto de vista. Tendría que secarse el barro. Así que Ulises esperó y aumentó sus preparativos e imaginó aún más obstáculos contra los que debía prepararse o contra los que no podría hacerlo. A sus guerreros también les resultaba dura la espera. Cuanto más se demoraba la expedición, más sombríos y espantosos eran los relatos que corrían sobre las pérfidas hazañas de Wurutana.

Tres días antes de que partiera la expedición, aparecieron Ghlij y su esposa Ghuaj.

– ¡Mi Señor, creí que podría estar a tu servicio! -dijo Ghlij, y su coriácea cara de grandes dientes se afiló como la de un murciélago. O la de un zorro muy feo, pensó Ulises.

Ulises dijo que podía serle de gran utilidad. Y podía, hasta cierto punto. Pasado éste, no podía confiar en él. Ulises había tenido tiempo de cavilar mucho sobre el incidente del Viejo Ser y sobre los informes que le habían dado acerca de los hombres murciélago.

Ghlij abrió mucho los ojos cuando vio los cuatro carros que Ulises había hecho construir.

– Mi Señor -dijo-, habéis dado a vuestro pueblo muchas cosas nuevas y útiles. Con los arcos y las flechas y con la pólvora y el uso de los caballos, vuestro pueblo podría barrer a todos los pueblos del norte.

– Cierto, pero lo que a mí me interesa es derrotar a un sólo ser -dijo Ulises.

– ¡Ah, sí, a Wurutana!

Ghlij no pareció sorprendido. Si algo pareció fue, en realidad, satisfecho.

A la tercera mañana la caravana inició su marcha. Ulises montaba el caballo mayor que pudo encontrar. A su lado, Awina montaba una yegua, y luego iban Ghlij y Ghuaj a la espalda de dos guerreros. Tras ellos cabalgaban cuarenta guerreros y detrás iban los carros tirados por caballos y sesenta guerreros más. En los flancos, delante y detrás, cabalgaban los explotadores. El grupo estaba compuesto en partes casi iguales de wufeas, wuagarondites y alkumquibes. Ulises habría preferido que todos los combatientes fuesen de una misma raza, porque estaba harto de tener que impedir o resolver disputas o matanzas entre los viejos enemigos. Pero quería preservar la unión y preferir a una raza sobre las otras dos habría ofendido a las excluidas.

Formaban, desde luego, un grupo extraño y pintoresco. Por entonces había llegado a la conclusión de que los tres grupos eran felinos y tenían un ancestro común. El parecido de wuagarondites y alkumquibes con los mapaches era superficial.

El grupo recorrió las llanuras, deteniéndose al oscurecer o al final de la tarde junto a un pozo o un arroyo. Mataban mucha carne y todos comían bien. Día tras día, la inmensa masa del sur se hacía mayor, y luego, de pronto, comenzó a crecer rápidamente. En una ocasión se acercó a ellos una pequeña banda guerrera de los kurieiaumea, pero los invasores les igualaban en número. Además, pareció desconcertarles el que aquella gente montase a caballo. Se mantuvieron a respetable distancia e intentaron seguirles los pasos, pero después del segundo día se quedaron atrás. Luego, dos días más tarde, se enfrentaron con un ejército de casi un millar de emplumados y adornados kurieiaumeas. A Ulises no le sorprendieron. Los dhulhulijes les habían localizado medio día antes.

Ulises hizo parar la caravana y les estudió. Eran casi tan altos como él, pero flacos como galgos. Tenían la piel rojiza y las orejas emplazadas más adelante y más arriba. Aunque sus caras eran tan humanas como las de los wufeas, sus dientes eran también los de los carnívoros. Evidentemente no se trataba de felinos. Tenían un cierto aire perruno. Olían incluso como los perros, y sudaban por la lengua.

Kdamguwing, jefe de los alkumquibes, preguntó:

– ¿Debemos atacarlos, Señor?

Los otros jefes le miraron ceñudos por atreverse a hablar. Ulises alzó una mano para indicarle que esperase y contempló al enemigo con más detenimiento. Sonaban los grandes tambores de guerra, y todos ejecutaban una danza mientras sus jefes les arengaban. Formaban una marea que amenazaba con barrer y cubrir la caravana.

Dio órdenes y el grupo de guerra formó una cuña con él a la cabeza y los carros en el centro de la masa. Era una formación que los indisciplinados salvajes habían tardado mucho en aprender.

Aunque la mayoría de los guerreros iban armados con arcos y flechas, cierto número de ellos llevaban bazokas. Pero éstos, para ser eficaces, tenían que desmontar, pues el que manejaba el bazoka no podía cargarlo solo. Las partes superiores de los carros eran las plataformas en las que se habían montado los cañones lanzacohetes sobre columnas giratorias.

Ulises dio orden de avanzar, y la cuña inició un trote hacia los seres perrunos. El que una fuerza numéricamente inferior se atreviese a atacarles en su propio territorio pareció paralizar a éstos durante unos minutos. Pero por último los jefes les obligaron a avanzar y se lanzaron corriendo contra el grupo de Ulises. Sus filas fueron desorganizándose progresivamente a medida que se acercaban a los jinetes, y cuando los dos grupos estaban ya casi juntos, los hombres perro estaban prácticamente desperdigados y en una situación caótica.

Ulises hizo detenerse a la caballería; desmontaron los hombres de los bazokas y los arqueros lanzaron una andanada. A esta siguieron otras seis, todas ellas a órdenes de los sargentos que estaban pendientes de las señales de Ulises. Fue un excelente ejercicio. El entrenamiento daba frutos, pues unos doscientos kurieiaumeas cayeron atravesados por las flechas.

Luego, cuando salieron huyendo, cayeron sobre ellos dos cohetes con sus explosiones. Aunque iban cargados de fragmentos de piedra como metralla, el efecto principal de los proyectiles era el de sembrar el pánico. Los enemigos tiraban sus armas y huían. La caballería avanzó lentamente y se detuvo luego mientras un grupo recuperaba las flechas y cortaba las orejas a los muertos y a los heridos como trofeo.

Dos horas después, los hombres perro se reorganizaron y, recuperado el valor por las arengas de sus jefes, atacaron. Y de nuevo fueron derrotados y salieron huyendo.

Fue un gran día para los felinos, que solían perder normalmente cuando se enfrentaban a los caninos en territorio de éstos. Querían, por tanto, aprovechar la victoria, quemar las aldeas de los hombres perro y matar a mujeres y niños, pero Ulises se lo prohibió.

Dos días después, la masa negruzca que tenían frente a ellos se hizo de un verde oscuro. Más tarde, vieron flores de muchos colores y tonos. Aparecieron franjas grises en el verde. Estas se convirtieron en inmensos troncos y ramas y raíces.

Wurutana era un árbol, el árbol más poderoso que hubiese existido. Ulises, pensando en el Yggdrasil, el árbol del mundo de la religión noruega, se dijo que aquél era un digno rival. Era un árbol-mundo, si era cierta la descripción que le habían hecho Ghlij y Ghuaj. Era como una higuera de bengala de más de tres mil metros de altura en algunos lugares y que se extendía por miles de kilómetros cuadrados. Extendía ramas que acababan descendiendo a tierra, se hundían en ella y brotaban como nuevos troncos y nuevas ramas. Era una masa sólida, una inmensa continuidad. En algún punto de aquel inmenso pulpo arbóreo aún vivían el tronco y las ramas originales.

Cuando llegaron a la primera rama, que se hundía desde gran distancia en el suelo ante ellos, se detuvieron sobrecogidos. Y luego cabalgaron alrededor de aquella columna gris de arrugada corteza y calcularon que aquella rama tenía por lo menos quinientos metros de diámetro. La corteza era tan gruesa y estaba tan fisurada y rugosa que parecía la pared de un risco muy erosionado.

Nadie hablaba. Wurutana era sobrecogedor, como el mar, como un gran terremoto o una inundación o un huracán o un ciclón o la caída de un inmenso meteorito.

– ¡Mirad! -dijo Awina, señalando-. ¡Hay árboles que crecen en el árbol!

Se había amontonado tierra en algunas de las fisuras profundas de la rama, y el viento o los pájaros habían llevado hasta allí semillas, y en aquella tierra habían enraizado otros árboles. Algunos de ellos tenían una altura de más de treinta metros.

Ulises miró hacia la oscuridad del fondo. Tan espesa era la vegetación arriba que penetraba muy poco sol. Pero Ghlij había dicho que era más fácil viajar por las terrazas superiores que por el fondo. Se desprendía tanta agua del árbol que se formaban abajo grandes ciénagas. Había además arenas movedizas y plantas ponzoñosas que no parecían necesitar del sol, y culebras Venenosas que no necesitaban tampoco la luz. La caravana desaparecería en los pantanos y ciénagas en unos días.

Ulises no confiaba en el hombre murciélago, pero lo que decía parecía razonable. De las raíces llegaba un hedor húmedo y pestilente. Era un olor a corrupción y podredumbre y a cosas pálidas y furtivas y a un suelo empapado que sorbería a cualquiera que fuese lo bastante idiota para aventurarse en él.

Alzó la vista siguiendo la rama más próxima. Caía en un ángulo de cuarenta y cinco grados de alguna parte de aquel oleaje verde y multicolor situado a varios kilómetros de distancia.

– Cabalgaremos hasta la próxima -dijo- y miraremos.

Se hacía evidente que tendrían que dejar atrás los caballos. Era una lástima que no tuviesen cabras domesticadas. Había visto cabras saltando del borde de una extensión de corteza a otra. Eran unos animales de pelo color anaranjado, dos cuernos curvados y pequeñas barbas negras.

Había también otros animales, unos monos de cuerpo negro y cara amarilla con largos rabos anillados. Un mono babuiniforme, el trasero verde y el pelo escarlata. Un pequeño ciervo de nudosos cuernos. Un animal parecido al coatí. Otro parecido al cerdo y que gruñía como él. ¡Y miles de aves!

Cabalgaron durante algo menos de un kilómetro hasta llegar a la rama (o raíz) siguiente que penetraba en la tierra. El agua descendía por un canal, una profunda cavidad de la superficie de la rama, que se convertía en el lecho de un arroyo. Ghlij había dicho que había muchos arroyos, fuentes y riachuelos en los canales de las partes superiores de las, ramas. Ahora Ulises podía creerlo. ¡Qué poderosa bomba era aquel árbol! Podía enviar sus raíces a las profundidades de la tierra, atravesando rocas y piedras, y sorber el agua contenida en los arroyos y ríos subterráneos. Podía incluso acercarse al océano y convertir su agua en fresco líquido, eliminando las sales. Luego exudaba el agua por diversos puntos y creaba fuentes, arroyos y riachuelos.

– Este es un lugar tan bueno como el mejor -dijo-. Descargad los caballos… Y dejadlos en libertad.

– ¡Toda esa magnífica carne! -exclamó Awina.

– Lo sé. Pero no me gusta matarles. Nos han hecho un servicio; tienen derecho a vivir.

– Se los comerán en menos de una semana -masculló Awina, pero transmitió la orden.

Ulises contempló a los dos seres murciélagos mientras se efectuaba la descarga. Estaban sentados bajo la sombra de un saliente de corteza y hablaban en voz baja. Se les había permitido llegar hasta allí porque eran útiles como exploradores, y hablaban tanto que proporcionaban información aunque intentasen ocultarla. Ellos habían prevenido al grupo del ataque de los hombres perro y habían facilitado a Ulises suficientes datos para que éste pudiese componer cuadros parciales de lo que les esperaba.

Pero probablemente estuviesen también espiando a los invasores, y traicionasen al grupo en el momento adecuado. Al menos Ulises tenía que contar con esta eventualidad.

Paseó arriba y abajo varios minutos y luego decidió que les permitiría acompañarles unos cuantos días más. El Árbol era un medio con el que nadie estaba familiarizado salvo los dos seres murciélago. El grupo necesitaba todos los consejos posibles. Y aunque el Árbol no tenía muchas zonas abiertas, había las suficientes para que los dos pudiesen volar a través de él. Podían hacer viajes de exploración adelantándose al grupo. El único problema era que podían también adelantarse para informar a alguien que se acercaban Ulises y los demás.

Correría aquel riesgo durante unos días más.

Volvió a donde estaba el material apilado y seleccionó lo que debían llevar. Subir por aquel árbol sería casi siempre como escalar una montaña; sólo podían llevar consigo lo más esencial. De momento los pesados bazokas y los cohetes no parecían tener mucha utilidad. Vaciló unos minutos y por fin decidió abandonarlos. Llevarían sin embargo cierta cantidad de bombas.

No deseaba que los seres murciélago pudiesen volver allí y apoderarse de los cohetes, por lo que los vació y prendió fuego a la pólvora. Las explosiones resultantes estremecieron el Árbol en varios kilómetros. Pasaron horas antes de que monos y pájaros reanudasen sus gorjeos y gritos.

Tras asegurarse de que todo iba adecuadamente atado y distribuido, dio señal de que le siguieran. Caminaron siguiendo el arroyo, saltando de saliente en saliente de la corteza como si recorriesen un riachuelo sobre piedras. Se alegraba de llevar cuatro pares extra de mocasines. La áspera corteza gastaba en poco tiempo la piel más resistente. Los demás tenían callos duros como el hierro en las plantas de los pies. Sin embargo a los dos seres murciélago había que transportarlos. Sus débiles piernas se agotaban pronto. Cuando oyó que sus porteadores se quejaban, decidió que debía quitar de en medio aquellos estorbos. Les ordenó que volaran delante y fuesen esperándoles. Pero utilizando la excusa de que necesitaba exploradores. Era un medio en el que resultaba terriblemente fácil preparar una emboscada.

Pasaron el resto de la tarde caminando por la orilla del arroyo. El canal que corría por el centro de la rama tenía unos quince metros de anchura y unos tres de profundidad en el centro. Descendiendo en un ángulo de cuarenta y cinco grados, su corriente resultaba demasiado fuerte para poder vadearlo. Pero Ghlij dijo que más arriba, donde la rama era horizontal, la corriente era lo bastante suave para poder bañarse. Había también peces, ranas, insectos y plantas en el arroyo y, por supuesto, las criaturas que se alimentaban de ellos. Y no muy lejos debían andar también las criaturas que devoraban a aquellos predadores.

Llegaron a la zona horizontal una media hora antes de oscurecer. Descansaron mientras Ulises estudiaba la situación. Estaban parcialmente a oscuras allí, y cuando el sol estuviese directamente encima quedaría en completa oscuridad. Había sobre ellos ramas tan largas y gruesas como aquella en la que estaban, cubiertas de vegetación e incluso de grandes árboles. Además, entre las ramas, en planos horizontales y verticales, crecían enredaderas y lianas que se entrecruzaban en una estructura que parecía lo bastante sólida como para sostener a una manada de elefantes.

Había una cortina de robustas lianas y flores que sustentaban extrañas estructuras conchiformes en las que vivían pequeños animales como musarañas. Al parecer hacían sus nidos con saliva que al secarse quedaba tan dura como el cartón. Ghlij les previno que no se acercasen a aquellos animales, porque su mordedura era muy dolorosa y mortífera.

Había otros peligros, que Ghlij describió detalladamente a Ulises. O al menos fingió describirlos todos detalladamente.

Ulises procuró no parecer sorprendido ni asustado. Pero Awina y algunos más que oyeron a Ghlij parecían deprimidos. Hubo una extraña quietud aquella noche mientras asaron su carne en pequeñas hogueras «sin humo» Ulises no intentó animarlos; era preferible el silencio. Pero si continuaban con aquel humor pesimista tendría que hacer algo para levantarles la moral.

Preparó una caña y, utilizando un trozo de carne de ciervo como anzuelo, fue a pescar. Capturó una tortuga sin concha e iba a arrojarla de nuevo al agua cuando decidió que le serviría de desayuno. Pescó luego un pequeño pez que devolvió al agua. Unos cinco minutos después sacó un pez de unos cuarenta centímetros de longitud. Tenía unas aletas duras y pequeñas antenas a lo largo del cuerpo. Descubrió además que podía respirar aire. Parecía gruñir e intentó arañarle con las pequeñas garras que tenía en el extremo de las aletas. Lo metió en un cesto, y allí continuó gruñendo tan escandalosamente que lo echó de nuevo al agua. Volvería a capturarle a él o a un hermano suyo por la mañana para su desayuno.

El problema de dormir se resolvió con bastante facilidad, aunque no a su satisfacción. Había fisuras lo bastante pequeñas como para que todo el grupo pudiera ocultarse, pero, por otra parte, no podían dormir lo bastante juntos. Un enemigo podría aproximarse y eliminarlos uno a uno sin que el centinela le viese siquiera.

Nada podía hacer salvo doblar la guardia normal. Hizo un último recorrido de vigilancia personalmente y luego se tendió en una fisura cerca de Awina. Cerró los ojos pero pronto los abrió otra vez. Los chillidos, gruñidos, gorjeos y gritos hacían imposible el sueño y le destrozaban los nervios. Se incorporó, se tendió otra vez, volvió á incorporarse, dio la vuelta y habló en un murmullo a Awina. Cuando le tocaron en el hombro para que iniciase su turno, no había dormido nada.

La luna estaba alta entonces, pero su luz no penetraba en aquella caverna vegetal. Sus rayos brillaban luminosos a varios kilómetros de distancia en las llanuras, donde Ulises deseó estar en aquel momento.

Por la mañana todos tenían los ojos tan enrojecidos como el sol naciente. Ulises bebió un poco de agua en el riachuelo y luego se fue a pescar. Pescó cinco de los seres anfibios, tres peces parecidos a las truchas, dos ranas y otra tortuga. Se lo dio todo a Awina y ella y varios de los wufeas lo cocinaron.

Ulises habló animadamente, pero sin exageración, y después de comer pescado (les encantaba) todos se sintieron mejor. Sin embargo, cuando se echaron al hombro su carga, aún seguían cansados. Las sombras caían sobre ellos cuando pasaban de los pocos puntos donde el sol llegaba a las largas extensiones situadas bajo el entramado de ramas y lianas, y guardaban silencio. Había lugares donde la vegetación era tan densa que los seres murciélago no podían volar, y entonces tenían que llevarlos dos guerreros a la espalda.

El segundo día, estaban en mejores condiciones. Los ruidos de la noche les resultaban ya familiares, y pudieron dormir algo más. Comían bien. Aún seguían pescando suficientes peces. Un wuagarondite cazó un gran jabalí de color escarlata con una triple serie de colmillos curvados, y lo asaron y se lo comieron. Había además muchos árboles y arbustos con bayas y frutos. Ghlij decía que ninguno era venenoso, por lo que Ulises ordenó que él o su mujer los probasen antes de comerlos los demás. A Ghlij no le gustó la orden, pero obedeció, con una agria sonrisa.

Al tercer día, por recomendación de Ghlij, comenzaron a subir por un tronco. Dijo que si subían a las terrazas superiores, el camino sería más fácil. Ulises pensó que seres con alas, como por ejemplo otros seres murciélagos, podían también vigilarlos más fácilmente, pero decidió hacer caso a Ghlij durante un tiempo.

El grupo, claro está, ya se había visto obligado antes a subir por troncos. Ir de una rama a otra resultaba muy fácil si las ramas estaban ligadas por un complejo de lianas y otras plantas. Normalmente, así era. Pero de vez en cuando tenían que rodear un tronco para llegar a otra rama. Esto era lento, aunque no ofrecía grave peligro, si no se miraba hacia abajo. La corteza era como una pared rocosa muy áspera y accidentada, y escalarla resultaba muy fácil. Ulises se las arreglaba bastante bien para subir, aunque tenía las manos y la espalda arañadas y ensangrentadas. El menor peso, el nervio y la piel peluda de los no humanos constituían una ventaja.

Respirando pesadamente, Ulises superó el último tramo y se asentó en una rama. Habían empezado a ascender a primera hora de aquella mañana y estaba casi anocheciendo. Debajo, era ya de noche; las profundidades parecían lúgubremente oscuras. Se oyó el aullido de un felino parecido al leopardo. Una bandada de monos saltó unos cientos de metros más abajo. Calculó que estarían por lo menos a tres mil metros del suelo. No estaban, sin embargo, en la cima del Árbol. El tronco se elevaba por lo menos otros mil metros, y había una docena de grandes ramas entre aquélla en la que estaban y la cima de aquel tronco.

Después de oscurecer la temperatura descendió. Recogieron ramas y astillas y troncos de árboles secos y los apilaron en las fisuras que no estaban llenas de tierra. Allí el polvo no era tan espeso como abajo y había más corteza desnuda. El sol se ocultó y luego las nieblas les rodearon. Temblando y empapados, se apretujaron alrededor de las hogueras.

Ulises habló a Ghlij, que estaba sentado junto a él al calor de las llamas.

– No estoy tan seguro de que fuese buena idea. Es cierto que aquí hay menos vegetación y que podemos movernos mejor, pero podemos enfermar también con la humedad y el frío.

El hombre murciélago y su esposa eran pálidas imágenes demoníacas bajo la niebla y la vacilante luz de la hoguera. Se envolvían en mantas de las que se proyectaban sus desnudas cabezas y sus coriáceas alas. Ghlij castañeteó los dientes y dijo:

– Mañana, mi Señor, construiremos una balsa y podremos descender en ella por el río. Entonces os convenceréis de que mi consejo es bueno. Recorreremos mucho más territorio con mucha mayor rapidez. Veréis que la incomodidad de las noches quedará compensada sobradamente con la facilidad del viaje durante el día.

– Veremos -dijo Ulises, y se acomodó en su saco de dormir.

La niebla era en su cara como un húmedo aliento que la cubría de gotitas de agua. Pero el resto de su cuerpo estaba caliente. Cerró los ojos, y los abrió luego para mirar a Awina. Estaba en su saco, pero incorporada, la espalda apoyada en la pared de la fisura gris. Sus grandes ojos le miraban. Él cerró los suyos pero siguió viendo los de ella, y cuando se durmió soñó con ellos.

Despertó asustado, el corazón latiendo apresuradamente, jadeante. El grito aún sonaba en sus oídos.

Durante un minuto, pensó que se trataba de un sueño. Luego oyó las exclamaciones de los otros y el ruido que hacían intentando salir de sus sacos. El fuego estaba casi apagado, y las figuras que se movían en la oscuridad parecían monos en el fondo de un pozo.

Se levantó, con su azagaya preparada. ¿Preparada para qué? Todos parecían tan desconcertados como él. Estaban divididos en tres grupos, cada uno de ellos alrededor de una hoguera y al fondo de una fisura en forma de cañón, cuya parte superior quedaba a varios metros por encima incluso de la cabeza de Ulises. Entonces un objeto redondo apareció en la niebla a su lado y una voz dijo:

– ¡Mi Señor! ¡Dos de los nuestros están muertos!

Era Edjauwando, un wuagarondite de otro grupo. Ulises salió de la fisura y otros le siguieron.

– Han matado a dos a lanzadas -dijo Edjauwando.

Ulises examinó a los muertos a la luz de las brasas, incrementadas con un puñado de ramas. Las heridas del cuello podían ser de lanzazos, pero Edjauwando no hacía más que suponer cuales habían sido las armas utilizadas.

Los centinelas dijeron que no habían visto nada. Estaban apostados fuera de la fisura pero sentados y con la mitad de sus cuerpos en los sacos de dormir y el resto envuelto en mantas. Dijeron que los gritos habían partido de allí (y señalaban a la niebla), no del lugar donde estaban las víctimas.

Ulises aumentó la guardia y volvió luego a su fisura.

– Ghlij -dijo-. ¿Qué clase de seres inteligentes hay en esta zona?

Ghlij parpadeó y luego dijo:

– Dos, Señor. Los wuggrud, los gigantes, y los jrauszmiddum, que son parecidos a los wufeas pero más altos y con manchas como los leopardos. Pero nunca viven tan alto. O al menos son muy pocos los que lo hacen.

– Sin embargo, sean quienes sean -dijo Ulises-, no pueden ser muchos. Si no, habrían atacado a todo el grupo.

– Eso es probable -dijo Ghlij-. Pero por otra parte, a los jrauszmiddum les gusta jugar con sus enemigos lo mismo que los leopardos juegan con las cabritillas o el gato con el ratón.

Poco durmieron el resto de la noche. Ulises se quedó adormilado, pero le despertó una mano que agitó su hombro. Un alkumquibe, Wassundi, decía:

– ¡Mi Señor! ¡Despertad! ¡Dos de mis hombres están muertos!

Ulises le siguió hasta la hendidura donde habían dormido los alkumquibes. Esta vez los muertos eran los dos centinelas. Habían sido estrangulados y sus cuerpos arrojados a la hendidura sobre sus compañeros. Los otros tres guardianes, a sólo unos metros de distancia, no habían oído nada hasta que los cuerpos chocaron con el fondo de la hendidura.

– Si el enemigo cuenta con fuerzas suficientes, ha perdido una buena oportunidad de matar a muchos más -murmuró Ulises.

Nadie durmió el resto de la noche. Salió el sol y comenzó a disolver la niebla. Ulises observó la zona buscando huellas de los atacantes, pero nada pudo encontrar. Ordenó que envolvieran a los cadáveres en sus sacos de dormir y que los arrojasen por el borde de la rama. Después de que los sacerdotes ejecutasen sus ritos, por supuesto, habría sido más adecuado, de acuerdo con su religión, enterrar a los muertos. Pero en aquella rama, toda la tierra amontonada en las hendiduras la ocupaba un entramado de raíces de árboles y matorrales. En consecuencia arrojaron a los muertos por el borde de la rama, que era lo más próximo a un enterramiento de que disponían. Giraron y giraron en el aire, pasando a muy poca distancia de una gran rama situada a unos trescientos metros por debajo, y luego desaparecieron en un entramado de lianas.

Tras un silencioso desayuno, Ulises dio la orden de reanudar la marcha. Les condujo a lo largo de la rama durante la mitad del día. Poco después del mediodía, decidió pasar a otra rama un poco más baja que llevaba varios kilómetros corriendo en paralelo a la que seguían. Su vegetación era mucho más espesa; la razón de esto era el riachuelo. Ulises quería construir una balsa siguiendo el consejo de Ghlij.

Se realizó la transferencia a través de un entramado de lianas casi horizontal. Ulises dividió al grupo en tres secciones. Mientras el primero se arrastraba sobre las lianas, el resto permanecía de guardia con arcos y flechas. Era un momento excelente para que sus enemigos intentasen un ataque sorpresa, porque los que cruzaban se hallaban demasiado ocupados agarrándose a las lianas y comprobando dónde pisaban. Los que se quedaban atrás atisbaban entre la maleza por si había peligro de una emboscada. En aquella espesura podían ocultarse, muy cerca de allí, hasta un millar de enemigos sin que los viesen.

Cuando el primer grupo llegó al otro lado, se distribuyeron para proteger al siguiente, mientras un tercer grupo permanecía vigilando en retaguardia. Ulises había ido con el primer grupo. Observaba al grupo siguiente que se arrastraba sobre el entramado de lianas, que se curvaba sólo un poco bajo el peso de los alkumquibes y los suministros y bombas que llevaban. Había explorado ya la zona inmediata y se había asegurado que no había allí enemigos emboscados.

Cuando el primer alkumquibe se hallaba a unos siete metros de la rama, el tercer grupo lanzó un gran grito. Ulises, sorprendido, vio que señalaban hacia arriba. Alzó los ojos a tiempo para ver un gran tronco de unos tres metros de longitud que caía hacia el guerrero alkumquibe. No le alcanzó, pero atravesó el entramado, rompiendo lianas y enredaderas. El guerrero se encontró de pronto colgando del extremo de una liana. Los que iban tras él se habían quedado paralizados al principio y habían retrocedido luego precipitadamente cuando comenzaron a caer sobre ellos otros proyectiles, troncos, ramas y nubes de polvo.

Chillando, el primer alkumquibe perdió apoyo y cayó al abismo. Otro fue alcanzado en la espalda por un tronco de más de un metro de longitud y desapareció. Un tercero dio un salto para escapar a un trozo de corteza del tamaño, de su cabeza y cayó también. Un cuarto se escurrió por una abertura que se cerró tras él. Pero reapareció un momento después y alcanzó la dudosa seguridad de la rama.

Por entonces los troncos caían más cerca del primer grupo, obligándole a retroceder por la rama. Ulises tuvo también que retroceder, pero se había asegurado que los que tiraban aquellos proyectiles estaban en la rama que quedaba directamente encima. A los lados, más bien, pues se habrían visto obligados a descender por los lados de la áspera corteza para lanzar sus andanadas. Estaban a unos doscientos metros de altura respecto a ellos, y en consecuencia al alcance de los arqueros de la otra rama. Eran éstos wuagarondites al mando de Edjauwando, que no perdió el control y dio las órdenes oportunas y volaron andanadas de flechas hacia la rama superior.

Los enemigos eran felinos con la piel manchada como los leopardos y mechones peludos sobre las orejas y perillas caprinas. Seis de ellos, ensartados por las flechas, cayeron atravesando el entramado de lianas. Uno de ellos cayó sobre un alkumquibe y ambos se perdieron en el vacío. El resto de los alkumquibes consiguieron llegar al otro lado y se precipitaron entre los matorrales para situarse bajo la rama donde los jrauszmiddum no podían alcanzarles. Por entonces los wuagarondites hablan dejado de disparar, y Ulises les lanzó un grito a través de aquel vacío de setenta metros. Tras llegar a la conclusión de que los hombres leopardo habían vuelto a subir por los lados huyendo de las flechas, ordenó a los wuagarondites que cruzasen. Estos lo hicieron lo más deprisa posible, pero antes de que el último llegase a lugar seguro, fueron bombardeados desde arriba. Esta vez los troncos y las ramas no alcanzaron a nadie.

Ulises encontró por fin a los dos seres murciélago ocultos bajo un gran matorral de grandes hojas escarlata de seis puntas. Habían sido los primeros en cruzar, pues se habían lanzado desde el tronco superando la distancia de un vuelo. Hubiera deseado enviarles a la rama más alta para vigilar. A partir de entonces lo haría así. De hecho, tenía en aquel momento un trabajo para ellos.

– Quiero que voléis por ahí hasta encontrar el sitio en que viven los jrauszmiddum -dijo. La piel de Ghlij tomó un color aún más gris.

– ¿Por qué? -preguntó-. ¿Qué planeáis hacer?

– Los barreré -dijo-. No podemos permitirles que anden cazándonos de dos en dos o de tres en tres.

Ninguno de los dos quería aventurarse en terreno abierto, pero Ulises dijo que les cortaría las alas y les dejaría atrás si no obedecían sus órdenes. Luego decidió retener a Ghuaj como rehén mientras su marido estuviese fuera. No utilizó la palabra rehén ni dijo por qué quería que sólo uno de ellos explorase, pero ellos le entendieron perfectamente. Ghlij se lanzó a regañadientes desde un saliente de corteza de un lado de las ramas, y se deslizó suavemente hacia abajo, comenzó a aletear y luego ascendió en espiral. El enemigo no le arrojó ningún proyectil.

Mientras esperaba, Ulises hizo que sus hombres utilizaran sus hachas de piedra para construir seis grandes balsas. En una hora aproximadamente regresó el hombre murciélago y aterrizó en otro entramado de lianas. Llegó casi arrastrándose hasta la rama e informó que había visto a muchos hombres leopardo pero ninguna huella de su aldea.

Ulises dijo entonces al hombre murciélago que quería que volase río abajo y explorase. No quería que les tendiesen una emboscada estando en las balsas; serían entonces especialmente vulnerables. Ghuaj se quedaría con él. Ghlij no hizo ningún comentario. Se fue y estuvo fuera una media hora. Nada vio entre la densa vegetación.

La vida vegetal no era la única que florecía esplendorosa allí. Había miles de mariposas de diversos colores, con complicados dibujos en las alas. Una Libélula con una anchura de alas de más de un metro volaba sobre el agua, hundiéndose de cuando en cuando para agarrar grandes arañas acuáticas que patinaban por la superficie. A veces crujía una hoja, y Ulises veía cucarachas tan grandes como su mano. Pasó a su lado un lagarto volador; sus costillas se extendían sobresaliendo por ambos costados y entre ellas crecía una delgada membrana. En una ocasión, en la orilla opuesta, apareció otro que se hundió en el agua. Esta vez no cazaba, sino que huía de un cazador. Tras él iba un ave de como un metro de altura, una variedad más pequeña del correcaminos gigante de las llanuras. Se echó al agua también tras su presa y ninguno de los dos reapareció.

Ulises estuvo sentado un rato, pensando, mientras los otros hacían guardia o descansaban tendidos sobre la musgosa vegetación que cubría gran parte de la rama. El origen del riachuelo era una gran oquedad que había en la juntura del tronco y las ramas. Según Ghlij, el Árbol bombeaba agua y la expulsaba luego por varios puntos como aquél. El agua, o bien corría a través del canal, que se inclinaba imperceptiblemente hasta caer en cascada cuando la rama adquiría una inclinación brusca, o, con mayor frecuencia, cuando la rama se extendía horizontalmente, arroyos adicionales que se le unían de camino mantenían la corriente de agua, haciéndola superar en ocasiones ligeras elevaciones en su curso.

Este riachuelo corría al parecer durante muchos kilómetros, Ghlij calculaba unos cincuenta, aunque no estaba seguro. La rama, como muchas otras, zigzagueaba. Había incluso ramas que se doblaban sobre sí mismas.

Por fin Ulises se levantó. Awina, que había estado tendida junto a él, se levantó también. Dio la orden de marcha y subió a la primera balsa. Algunos wufeas subieron a la balsa con él y empujaron con grandes varas que habían cortado de una planta parecida al bambú.

La corriente avanzaba a sólo unos ocho kilómetros por hora allí. Había unos siete metros de profundidad en el centro del canal, y el agua estaba lo bastante clara para poder ver a través de ella hasta los primeros dos metros de profundidad. Después, se oscurecía. Ghlij dijo que se debía a las plantas del fondo, que desprendían de vez en cuando un líquido marrón. No sabía qué función tenía aquel liquido, pero sin duda cumplía alguna en la ecología del Árbol. No sabía tampoco por qué el líquido no ascendía hasta la superficie ensuciando así todo el río.

Había peces. Los habla de diversas variedades y tamaños, pero los mayores medían cerca de un metro de longitud y eran como peces joya con manchas rojas y negras. Parecían alimentarse de plantas. Un pez más pequeño, y mucho más activo, con la mandíbula inferior muy grande, se alimentaba de arañas acuáticas y perseguía también a las ranas. Pero éstas normalmente lograban escapar o se volvían y presentaban batalla. No tenían dientes, pero se pegaban al costado del pez y le arañaban los ojos. En una ocasión, uno de estos peces consiguió herir a una rana en una de sus patas traseras y entonces los demás se echaron sobre ella y la destrozaron a mordiscos.

Los balseros mantenían las balsas lo bastante cerca de la orilla para poder llegar al fondo e incluso a las orillas y poder impulsarse con las varas. Trabajaban al compás siguiendo las órdenes de los jefes, y empujando con un gruñido cuando los jefes contaban. Otros permanecían alertas con arcos y flechas preparados.

El nivel del agua cubría casi las orillas, y las plantas crecían espesas a lo largo de éstas. A veces la vegetación caía sobre el agua sin separación. Y había árboles que crecían inclinados sobre la corriente. Estaban llenos de pájaros y monos y otras criaturas. Los monos tenían el pelo más tupido que sus cantaradas de zonas menos elevadas.

De no ser por la amenaza de los seres leopardo, Ulises habría disfrutado en aquel viaje. Habría sido agradable sentarse allí y dejarse arrastrar por la corriente como Huck Finn en un río que Mark Twain jamás había imaginado.

Pero no podía ser. Todos tenían que estar alerta, listos para entrar en acción en cualquier momento. Y suponía que todos esperaban que surgiese una lanza de entre la densa vegetación en cualquier instante.

Transcurrieron dos tensas horas y luego las balsas llegaron a un punto donde el río se ensanchaba casi lo bastante para considerarlo un lago. Ulises había visto otras ramas que a veces se ensanchaban, pero nunca había estado en una. El agua alcanzaba también mayor profundidad y el lago tendría unos ciento treinta metros de anchura. Para cruzarlo, las balsas podían o bien ser empujadas por la corriente, que se había hecho muy lenta, o mantenerse cerca de la orilla, donde la profundidad fuese lo bastante pequeña para poder utilizar las varas. Ulises decidió mantenerse en medio donde, por lo menos, podían tranquilizarse unos instantes, pues se encontrarían fuera del alcance de las jabalinas de los jrauszmiddumes.

Un instante después, lamentó su decisión. Una manada de animales que parecían desde lejos hipopótamos surgió de la vegetación de la orilla y se lanzó al agua. Bufando y resoplando, comenzaron a cabriolear en el agua, acercándose a las balsas, aunque al parecer sin proponérselo.

A unos diez metros de distancia, pudieron comprobar que se trataba de roedores gigantes que se habían adaptado, al parecer, a la vida acuática. Tenían los ojos y las narices en la parte superior de la cabeza y una especie de lengüetas de piel por orejas. Habían perdido todo su pelo salvo una pequeña mata como la cola de un caballo que brotaba en la parte posterior de sus grandes cuellos.

En ese instante, en fila como si se tratase de una película de la selva, aparecieron en el lago tres grandes canoas. Dos venían por detrás de ellos y la otra por lo que constituía la salida del lago. Eran todas de madera pintada con cabezas de serpiente proyectándose de la proa y había en cada una de ellas diecinueve hombres leopardo, dieciocho remeros y un capitán al timón.

Unos segundos después, Ulises vio que varias inmensas criaturas brotaban de entre las plantas de la orilla y se lanzaban al agua. Parecían cocodrilos sin patas y de hocico corto.

Ulises abrió un saco de cuero impermeable en el suelo de su balsa y sacó una bomba. Piaumiwu, un guerrero que tenía la obligación de mantener un puro encendido en la boca constantemente, salvo cuando había fuego a mano, le alargó el puro. Ulises dio un par de chupadas hasta que estuvo bien encendido y luego lo acercó a la mecha. Esta chisporroteó y luego comenzó a lanzar un humo espeso y negro que el viento llevó hacia las dos canoas perseguidoras. La sostuvo hasta que la mecha estuvo a puntó, de desaparecer, y la tiró entonces en medio de las ratas acuáticas.

La bomba estalló unos instantes antes de llegar al agua. Los animales se sumergieron, y la mayoría de ellos no volvieron a salir a la superficie inmediatamente, pero uno surgió exactamente al otro lado de la balsa donde iba Ulises. Su cuerpo, brotando del lago, bañó de agua los tobillos de los que iban en la balsa. El animal bufó y volvió a hundirse y esta vez se alzó por debajo de la última balsa, que se inclinó peligrosamente. Gritando, unos cuantos wuagarondites cayeron al agua, y con ellos algunos sacos de suministros y de bombas. Luego el animal se hundió una vez más, y la segunda bomba de Ulises estalló en el aire cuando surgía de nuevo.

Los hombres leopardo habían cesado en sus gritos al oír la primera bomba. Dejaron también de remar y no volvieron a hacerlo inmediatamente, aunque sus jefes les gritaban órdenes. Por entonces, Awina había pasado varias bombas más, y los mejores lanzadores las habían encendido. Las tiraron todas al mismo tiempo, y una de ellas cayó junto a tres grandes ratas. Tres cayeron cerca de las dos canoas de guerra, y aunque la metralla no alcanzó a los jrauszmiddumes, las explosiones les asustaron. Comenzaron a cambiar de rumbo, intentando probablemente ponerse fuera del alcance de las bombas, pero esperando estar lo bastante cerca para arrojar sus lanzas.

Entonces entraron en acción los arqueros, y varios remeros enemigos y uno de los jefes cayeron atravesados por las flechas. Al mismo tiempo cayeron tres arqueros, atravesados por lanzas arrojadas desde la orilla.

Y una rata gigante surgió del agua como catapultada, aferró un lateral de una canoa de guerra con sus dos inmensas garras delanteras y la volcó. Todos sus ocupantes cayeron al agua entre gritos.

Había furiosos chapoteos en el lago. Ulises vio a uno de aquellos cocodrilos sin extremidades dando vueltas y vueltas con la pierna de un hombre leopardo entre sus cortas mandíbulas. Los reptiles estaban también entre sus propios hombres, los que habían caído al agua cuando la rata gigante había hecho inclinarse la balsa.

Pasaban tantas cosas al mismo tiempo que Ulises no podía hacerse cargo de todo. Se concentró en la orilla, donde el peligro era mayor. Los hombres leopardo que estaban allí emboscados sólo se dejaban ver de vez en cuando entre la vegetación cuando arrojaban sus lanzas. Ulises ordenó a los arqueros que disparasen contra la espesura de la orilla. Luego hizo una seña a los jefes de las tras balsas y les dijo también que dispararan contra la espesura de la orilla. Estos transmitieron las órdenes una vez recogidos los hombres que aún seguían en el agua.

La tercera canoa de guerra, la que llegaba de la salida del lago, iba al mando de un jefe valiente hasta la locura. Se mantenía de pie en la proa de la canoa, agitando su lanza y animando a los remeros para que remasen más deprisa. Evidentemente quería partir la primera balsa o lanzar la canoa sobre ella para un abordaje.

Los arqueros wufeas le atravesaron un muslo con una flecha, y otras seis flechas atravesaron a otros tantos remeros de su canoa. Pero él se arrodilló detrás del mascarón y gritó a sus hombres que siguiesen. La canoa continuó, un poco más despacio pero aún lo bastante deprisa para los propósitos de Ulises. Este prendió otra bomba y la tiró en el momento en que unos cuantos remeros abandonaban sus remos y se ponían de pie para arrojar sus lanzas. La canoa avanzaba dispuesta a chocar con la balsa. Al parecer nada podía detenerla.

La bomba de Ulises destrozó la parte delantera de la canoa y con ella al jefe. El agua penetró en la embarcación, que desapareció casi al lado de la balsa.

La bomba había estallado tan cerca que ensordeció y cegó a todos los de la balsa. Pero Ulises pudo ver lo que había sucedido un momento después. La mayor parte de los tripulantes de la hundida embarcación flotaban conmocionados o muertos en el agua, hasta que empezaron a hundirse arrastrados por los cocodrilos.

Los hombres leopardo de la orilla continuaban lanzando sus jabalinas. Ulises prendió otra bomba y la tiró. Cayó en el agua, explotando un momento después de tocarla. Cayó sobre la orilla una gran oleada, pero no podía hacer ningún daño al enemigo. Sin embargo debió de ser suficiente para asustar a los lanceros, porque dejaron de actuar. Ulises ordenó a sus remeros que condujesen las balsas hacia la orilla. Permanecer en el lago era demasiado peligroso. El agua estaba llena de cocodrilos sin patas; no sabia de dónde habían surgido tantos. Y las ratas gigantes atacaban a los hombres que estaban en el agua.

Las otras dos canoas, llenas de hombres leopardo muertos o agonizantes, quedaron a la deriva. Las flechas habían resultado mortíferas. Era un tributo al valor de su gente, y también a su disciplina, el que hubiesen conseguido aquella victoria.

Pasaron entonces a centrar su atención en la espesura de la orilla, y los gritos que oyeron les indicaron blancos alcanzados aunque invisibles. Cuando las balsas tocaron la orilla, Ulises y sus hombres saltaron de ellas, con sus sacos y aljabas, y penetraron unos cuantos metros en la selva. Allí se detuvieron para reorganizarse.

Ulises envió a algunos hombres otra vez a las balsas con orden de descender con ellas bordeando la orilla hasta que llegasen al final del lago. Contó a sus hombres. Habían muerto veinte. Quedaban un centenar, de los que había diez heridos. Y el viaje no había hecho más que empezar.

Continuaron siguiendo la orilla sin sufrir más bajas. Al final del lago se encontraron con las balsas y subieron a ellas reanudando su viaje río abajo. El canal se estrechaba a partir de allí y aumentaba la velocidad de la corriente. Al cabo de un rato se encontraron en un declive mucho más acusado de la rama, porque avanzaban a unos veinticinco kilómetros por hora.

Ulises preguntó a Ghlij si era seguro continuar en las balsas. Ghlij le aseguró que aún era seguro durante otros quince kilómetros. Luego debían desembarcar porque había cataratas durante otros cinco kilómetros.

Ulises le dio las gracias, aunque le molestaba hasta hablar con los dos seres murciélago. Durante la batalla se habían escondido detrás de los arqueros abrazados uno a otro. Ulises admitía que no tenía derecho alguno a esperar que participasen en la lucha. No era su guerra. Pero no podía evitar sospechar que Ghlij había visto a los emboscados. Según la ruta que había seguido en su vuelo tenía que haber visto sin duda una de las canoas de guerra. De todos modos, era posible también que no la hubiese visto. Además, si les llevaba a una trampa, ¿por qué se había quedado con ellos? Había corrido casi tanto peligro como el resto.

Reflexionando, Ulises llegó a la conclusión de que no estaba siendo justo. Estaba permitiendo que su antipatía hacia aquellos seres influyese en su juicio. Y no era que confiase en ellos. Aún creía que estaban trabajando para quien Wurutana fuese realmente, o puede que para su propio pueblo.

Las balsas continuaron aproximadamente a la misma velocidad. Al cabo de un rato oyeron el suave estruendo de las cascadas. Ulises dejó que las balsas siguiesen avanzando durante otros tres minutos y luego dio orden de abandonarlas. Según las órdenes dadas, los que estaban al borde de las balsas saltaron primero a la orilla. Los que estaban tras ellos avanzaron también y saltaron. Dos cayeron al agua cuando las balsas tropezaron con la orilla. Uno quedó atrapado y fue aplastado por la balsa contra la arena; al otro lo arrastró la corriente.

Los que quedaban en las balsas arrojaron todos los suministros salvo las bombas a la orilla. Ulises no confiaba en la estabilidad de la pólvora hasta el punto de correr el riesgo de aquel impacto. Las bombas fueron tiradas a las manos de los que estaban en la orilla.

Él fue el último en desembarcar. Vio cómo la corriente arrastraba las seis balsas y cómo se perdían al curvarse el canal tapadas por el espeso follaje. Unos cuantos kilómetros más abajo el grupo se encontró con las cataratas. La corriente se precipitaba por el estrechamiento del canal y se arqueaba sobre el tronco del Árbol, cayendo al abismo. Ulises calculó que habría unos dos mil metros hasta el suelo, lo que hacía a aquella catarata aproximadamente el doble que la más alta de su época, la catarata del Ángel, en Venezuela.

El grupo pasó a otra rama que sólo tenía un pequeño arroyo, de unos tres metros de anchura y uno de profundidad, en su canal. Siguieron la orilla, aunque hubiesen podido ir más deprisa vadeando. Pero había en el agua serpientes de bellos colores, muy venenosas, y unos cuantos cocodrilos sin patas. Ulises decidió llamar a éstos snoligósteros, según un animal similar de las leyendas de Paul Bunyan.

Antes del anochecer, pasaron a otra rama a través de m entramado de lianas. Siguieron por ella hasta que Ghlij vio un gran agujero en la articulación de un tronco y una rama en un tronco próximo. Dijo que podrían alojarse en aquel agujero, aunque quizás tuviesen que expulsar a los animales que lo utilizasen como albergue.

– Hay muchos agujeros como éste, muy grandes, en el Árbol -dijo-. Normalmente cuando la rama brota del tronco.

– No los he visto hasta ahora -dijo Ulises.

– No supisteis mirar -dijo Ghlij, sonriendo.

Ulises guardó silencio un rato. No podía eliminar la suspicacia que sentía hacia aquella criatura. Sin embargo podía estar cometiendo una injusticia. Y Ghlij quizás estuviese aún más deseoso que él de encontrar un sitio cómodo y fácil de defender. Por otra parte, un lugar bueno para la defensa podía ser bueno también para que un enemigo te rodease en él. ¿Y si los hombres leopardo les habían seguido hasta allí y les rodeaban?

Por fin, tomó una decisión. Su gente necesitaba un sitio donde pudiese relajarse, relativamente hablando. Además, sus heridos necesitaban atención, y a algunos habría que transportarlos si continuaban la marcha sin detenerse.

– Está bien -dijo-. Acamparemos en este agujero esta noche.

No dijo que pensaba quedarse allí unos cuantos días. No quería que Ghlij supiese nada de lo que él planeaba.

No había ningún ocupante al que expulsar, aunque restos de huesos y excrementos frescos indicaban que el propietario, un animal grande, podría volver pronto. Ordenó que se limpiasen los excrementos, y se instalaron allí. La entrada tenía unos siete metros de anchura por dos de altura.

La cueva era un hemisferio de unos doce metros de anchura. Las paredes estaban tan suaves y pulidas que parecían talladas. Ghlij le aseguró que se trataba de un fenómeno natural.

Recogieron madera y la apilaron bloqueando la mayor parte de la entrada y encendieron fuego. El viento empujó parte del humo hacia el interior, pero no lo bastante para que resultase demasiado incómodo.

Ulises se sentó apoyando la espalda en la lisa pared, y, al cabo de unos minutos, Awina vino a sentarse junto a él. Se lamió los brazos y las piernas y el vientre durante un rato y luego aplicó saliva limpiadora a sus manos y las restregó por la cara y las orejas. Era sorprendente lo que podía hacer aquella saliva. Al cabo de algunos minutos su piel, manchada de sudor y de sangre, volvía a ser inodora. Los wufeas pagaban estas prácticas higiénicas con bolas de pelo en el estómago, pero tomaban una medicina compuesta de diversas hierbas para librarse de esas bolas.

A Ulises le agradaban los resultados de la operación de limpieza, pero no le gustaba verlos lamerse. Era algo demasiado animal.

– Los guerreros están descorazonados -dijo ella, después de llevar sentada a su lado varios minutos.

– ¿Dé veras? -dijo él-. Parecen tranquilos. Pero yo creía que este sosiego se debía a que estaban muy cansados.

– Lo están. Pero también están deprimidos. Murmuran entre ellos. Dicen que vos, por supuesto, sois un gran dios, siendo el dios de piedra. Pero aquí estamos en el cuerpo mismo del propio Wurutana. Y vos, comparado con Wurutana, sois un dios pequeño. No habéis sido capaces de mantenernos vivos a todos. Estamos al principio de nuestra expedición y hemos perdido muchos hombres.

– Ya aclaré antes de que partieran que algunos morirían -dijo Ulises.

– Pero no dijisteis que todos morirían.

– No todos han muerto.

– Aún no -dijo ella.

Luego, al verle fruncir el ceño, añadió:

– ¡Yo no digo eso, Señor! ¡Lo dicen ellos! ¡Y no todos! Pero las cosas han llegado a un punto tal que los que han hablado están sopesando las palabras del miedo. Y algunos han hablado de los wuggrudes.

Ella utilizó la palabra Ugorto, su pronunciación de los sonidos y combinaciones de sonidos difíciles para ella.

– ¿Los wuggrudes? Ah, sí, Ghlij me habló de ellos. Se dice que son gigantes que devoran a los extranjeros. Criaturas inmensas y hediondas. Dime, Awina. ¿Has visto tú o algunos de los tuyos alguna vez a un wuggrud?

Awina volvió hacia él sus ojos azul oscuro. Lamió sus labios negros, que. de pronto se habían quedado secos.

– No, Señor. Ninguno de nosotros les hemos visto. Pero hemos oído hablar de ellos. Nuestras madres nos han contado historias sobre ellos. Nuestros antepasados los conocían cuando vivían más cerca de Wurutana. Y Ghlij los ha visto.

– ¿Así que Ghlij ha estado hablando?

Se levantó, se estiró, y luego se sentó otra vez. Tuvo el impulso de cruzar la cueva, pero recordó que era el mortal quién debía ir a ver al dios, y no el dios al mortal.

– ¡Ghlij! Ven acá -gritó.

El hombrecillo se puso torpemente en pie y cruzó la cueva hacia donde estaba Ulises.

– ¿Qué queréis, mi Señor? -preguntó.

– ¿Por qué andas propagando historias sobre los wuggrud? ¿Intentas acaso descorazonar a mis guerreros?

Ghlij le miró imperturbable.

– Jamás haría eso, mi Señor -dijo-. No, no he estado propagando historias. No he hecho más que contestar, verazmente, a las preguntas que tus guerreros me han hecho sobre los wuggrudes.

– ¿Son tan monstruosos como dicen las leyendas?

– Nadie puede ser tan monstruoso, mi Señor -dijo Ghlij sonriendo-. Pero son bastante terribles.

– ¿Estamos en su territorio?

– Si estamos en Wurutana, estamos en su territorio.

– Me gustaría ver a unos cuantos y arrojarles nuestras flechas. Así se les quitaría el miedo a mis hombres.

– Lo bueno de los wuggrudes -dijo Ghlij- es que uno acaba viéndolos, tarde o temprano. Pero por entonces quizás sea demasiado tarde.

– Y ahora estás intentando asustarme a mí.

Ghlij enarcó las cejas.

– ¿Yo, Señor? ¿Intentar asustar a un dios? Es Wurutana -prosiguió-, no los wuggrudes, quien ha desanimado a vuestros valientes guerreros.

– ¡Son valientes y animosos!

Y pensó: Les diré que nada podemos hacer respecto a Wurutana. No es más que un árbol. Un árbol grande y poderoso. Pero es una planta sin mente que nada puede hacerles. Y los otros, los jrauszmiddumes y los wuggrudes, no son más que los piojos de la planta.

Esperaría hasta la mañana para decírselo. Ahora estaban demasiado torpes y cansados. Después del descanso nocturno y un buen desayuno, les diría que podían descansar allí unos días, Y pronunciaría un discurso alentador.

Dio una vuelta por la cueva, asegurándose de que había leña bastante y de que se habían designado centinelas. Luego se sentó de nuevo en su sitio y mientras pensaba en su discurso se quedó dormido.

Al principio pensó que le despertaban para cumplir su turno de centinela que había insistido en cumplir. Luego comprendió que estaban dándole vueltas y que tenía las manos atadas a la espalda.

Una voz dijo algo en una lengua extraña. La voz era el bajo más profundo que había oído en su vida.

Miró hacia arriba. Llameaban antorchas en la cúpula. Las sostenían gigantes. Seres de casi tres metros de altura. Tenían las piernas muy cortas, el tronco muy largo y largos y musculosos brazos. Iban desnudos, y la distribución de su pelo se parecía mucho a la del hombre salvo por la zona peluda del vientre y de la ingle. La piel era tan pálida como la de un rubio sueco y el pelo rojizo o marrón. Tenían caras humanoides pero muy prognatas, con narices oscuras, redondas y húmedas. Las orejas eran puntiagudas y emplazadas muy arriba de la cabeza. Apestaban a sudor, basura y excremento.

Llevaban inmensos garrotes nudosos, grandes mazos de madera y lanzas con las puntas endurecidas al fuego.

El ser que había hablado antes (debía ser un wuggrudes) volvió a hacerlo. Tenía los dientes afilados y muy separados.

Hubo un rumor aflautado. Tardó unos segundos en darse cuenta de que era la voz de Ghlij y de que hablaba al wuggrudes en su idioma.

Ulises sintió tal cólera que se creyó capaz de romper las ligaduras que ataban sus muñecas. Pero éstas aguantaron.

– ¡Sucio y apestoso animal traicionero! -exclamó-. ¡Debería haberte matado!

Ghlij, sonriendo, se volvió hacia él y dijo:

– ¡Sí, deberíais haberlo hecho, mi Señor!

Y dicho esto escupió a Ulises y luego le dio una patada en las costillas. La patada hizo más daño al propio Ghlij, de delicados pies, que a Ulises. El wuggrudes gruñó algo y Ghlij se alejó.

El gigante se inclinó y cogió a Ulises por el cuello con una mano inmensa y le levantó. Aquella mano le asfixiaba. Cuando recuperó sus sentidos, vio que todos estaban atados. Bueno, todos no. Había unos diez muertos, con los cráneos aplastados.

La pared posterior estaba corrida mostrando un túnel. Dentro del túnel ardían antorchas alineadas en la pared..

Así que por allí les habían sorprendido. ¿Pero cómo podían tan pocos dominar a tantos, aunque esos pocos fuesen ogros? ¿Qué había pasado con los centinelas? ¿Cómo no les había despertado el ruido de la lucha?

Ghlij se sentó frente a él.

– Los wuggrudes me dieron unos polvos. Yo los eché en el agua que debían beber todos. Hace efecto de un modo sutil y lento. Pero es muy fuerte.

No había notado sabor alguno en el agua. Ni había tenido dolor de cabeza. Era realmente muy sutil.

Miró a su alrededor. Awina estaba sentada cerca de él, también con las manos atadas a la espalda. La idea de que pudiese sucederle algo a ella le enfureció.

Abandonó su propósito de preguntar a Ghlij por qué habían sido matados aquellos diez cuando un wuggrudes se inclinó y con un solo tirón de sus inmensas manos arrancó la pierna de un alkumquibe. Comenzó a desgarrar la carne a grandes mordiscos y a masticarla.

Ulises pensó que vomitaría. Pero lamentó no poder hacerlo. Awina había apartado la cabeza. Ghlij y Ghuaj permanecían en un rincón contemplando la escena con aire indiferente.

Había diez ogros (era la mejor forma de designarlos) en la cueva y cada uno de ellos devoró un cadáver. Luego arrojaron los huesos y se limpiaron la sangre de la boca y las mejillas con el dorso de la mano. Mantenían las partes no comidas apoyadas en el pecho. Su jefe lanzó un gruñido atronador hacia Ghlij, que señaló a Ulises y dijo algo. El jefe levantó un sucio y ensangrentado índice hacia Ulises y otro gigante se acercó a él y le hizo ponerse de pie, alzándolo por el cuello. Los dedos se hundieron con tal fuerza en su cuello que estaba seguro de que estallaría la sangre en sus venas. El gigante se colocó detrás de él y fue empujándole hacia la entrada del túnel apoyando la punta de su lanza en su espalda.

Ulises intentó mirar a Awina indicándole que no creía que todo estuviese perdido, pero ella aún seguía con la cabeza vuelta. Penetró en el túnel con un rumor de pies inmensos y el chisporroteo de las antorchas como único sonido. El túnel se curvaba suavemente a la derecha, seguía recto luego, volvía a doblar hacia la izquierda, volvía a enderezarse y de pronto se vio en una inmensa sala en el corazón del tronco.

Había antorchas alrededor, sujetas a las paredes. Su humo se elevaba hacia el techo velado por la oscuridad y desaparecía, al parecer a través de respiraderos. Había también una ligera corriente de aire en dirección al techo. El hedor era asfixiante; los olores de basuras y excrementos eran tan fuertes que parecían casi sólidos. Le apretaban la garganta amenazándole con estrangularle.

Ghlij dijo, tras él, «Shau», su equivalente de «¡Puaf!»

Había unas diez hembras adultas y treinta jóvenes y niños esparcidos por la habitación. Las hembras eran casi tan grandes como los machos y mucho más gordas. Pechos, caderas, muslos y estómagos eran inmensos y fofos. Al ver la carne en las manos de los machos, lanzaron un grito. Los machos les arrojaron los restos y mujeres y niños empezaron a comer.

La habitación estaba dividida en dos partes. La más pequeña estaba emplazada en un alto nicho al otro extremo, y había en ella un objeto en forma de disco adosado a la pared. Un tramo de escalones excavados en la madera daban acceso a él. Ulises subió por ellos mientras la dura punta de madera de la lanza le pinchaba la espalda. Ghlij y el jefe le siguieron.

El disco era en realidad una membrana tensada en un anillo de madera; junto a él había dos varas con los extremos ligeramente nudosos. Ghlij las levantó y comenzó a golpear la membrana. Ulises escuchó y contó. Aquello era una especie de código, estaba seguro. Quizás fuese un código Morse primitivo.

Ghlij dejó de tocar. La membrana vibró. Su superficie cambió de forma y brotaron sonidos. Puntos y rayas.

Ghlij permaneció allí con la cabeza ladeada y las inmensas orejas atentas. Cuando la membrana dejó de vibrar, comenzó a tocar de nuevo. Al cabo de un rato se detuvo a escuchar más vibraciones de duración desigual. Ulises podía establecer normas, unidades con punto-punto-raya-punto, raya, raya-punto-raya-punto, y varias más, pero, claro está, no tenían para él ningún sentido.

La membrana parecía un tímpano o el diafragma de un teléfono. Tras ella podía verse el extremo de un largo nervio-cable vegetal, y al otro extremo, sólo Dios sabía dónde, habría una entidad transmisora en otra membrana.

Ulises se preguntaba por qué habían considerado necesario llevarle a él allí. Lo descubrió un minuto después cuando Ghlij comenzó a hacerle preguntas.

– ¿Cómo planeabas conquistar Wurutana?

Ulises no contestó, y Ghlij dijo algo al jefe, que gruñó algo a su vez al gigante que había detrás de Ulises. Ulises dio un salto al sentir en su carne la punta de la lanza, y hubo de apretar los dientes para no gritar.

No tenía ningún sentido, en realidad, no contestar. Y quizás pudiese descubrir algo sobre Wurutana mientras daba información.

– No tenía la menor idea de cómo conquistar Wurutana -contestó-. Vine aquí más que nada por descubrir qué era Wurutana.

Ghlij sonrió y dijo:

– Olvidas decir que pensabas ir también a la costa sur para saber si existían allí miembros de tu especie.

Tamborileó en la membrana y luego escuchó la respuesta.

– Wurutana -dijo- ha decidido que debes trasladarte a la ciudad de mi gente. El wuggrudes te escoltará hasta allí.

Habló al jefe, que parecía protestar. Pero el pequeño Ghlij le habló con firmeza y luego agitó su puño y le chilló.

El gigante aceptó a regañadientes, y Ulises fue conducido escaleras abajo y luego fuera de la cámara. Tan pronto como estaban en el túnel pudo ya respirar más tranquilamente.

– Ghlij -dijo-. ¿Y Awina? ¿Y mis hombres?

– Oh, servirán de alimento a los wuggrudes, por supuesto.

Habló al gigante, que rompió a reír atronadoramente.

– Saldremos al amanecer -dijo Ghlij-. No todos los tuyos serán sacrificados. Quiero decir, inmediatamente. Los guardaran para sacrificarlos cuando lo necesiten.

Ulises vaciló. Quería pedir que Awina fuese con él. La idea de tener que ver cómo aplastaban su cráneo y cuarteaban su cuerpo y la devoraban cruda le estremecía. Le resultaría más fácil el que la dejasen atrás y le ahorrasen aquel espectáculo. Pero, por otra parte, había siempre una posibilidad de huir, aunque de momento pareciese muy remota. Si la dejaban atrás no tendría ninguna oportunidad. Con él podría vivir.

Pero Ghlij le odiaba, y podría hacer exactamente lo contrario de lo que Ulises deseaba. Pedirle que llevase a Awina con ellos podía significar que la dejase atrás irremisiblemente. O, aun peor, Ghlij, conociendo los sentimientos de Ulises hacia ella, podría haber hecho que la matasen ante sus propios ojos.

Tendría que arriesgarse a aquello. No podía, sencillamente, guardar silencio.

– Ghlij -dijo-. Tú pareces tener gran autoridad aquí, como representante de Wurutana, quienquiera que sea. ¿Puedes hacer que Awina venga con nosotros?

Ghlij sonrió y no dijo nada durante largo rato. Luego, antes de llegar al final del túnel, contestó:

– Veremos.

Pretendía torturar a Ulises con la inseguridad. No había duda. Ulises podía esperar. No podía hacer otra cosa.

Cuando entraron en la cueva, Ghlij dio orden de que se colocase a Ulises junto a Awina. Al hacerlo rió entre dientes, y Ulises se dio cuenta de que le agradaba pensar en la angustiosa conversación que sostendrían.

Tan pronto como estuvo junto a ella, Ulises dijo suavemente:

– A la primera oportunidad que tengas, busca en mi bolsillo y saca mi cuchillo.

Vio a Ghlij, al otro lado de la cueva, hablando con su esposa, que les miraba y sonreía aviesamente.

– Me acercaré mucho a ti -dijo Ulises-, como si estuviésemos hablando. Tú mete la mano en mi bolsillo y saca el cuchillo y ábrelo. Ya sabes cómo. Y luego corta las ligaduras.

Logró aproximarse e inclinó su cabeza hacia ella, moviendo la boca como si pareciese cuchichear. Ella olía a sudor y a miedo, y temblaba.

– Aunque no nos vean, y aunque pueda desatarte las manos, ¿qué podremos hacer contra ésos? -dijo, señalando a los gigantes.

– Ya lo veremos -dijo él.

Un gigante caminó hacia ellos, y Ulises se estremeció. Pero el gigante les volvió la espalda y se sentó delante de ellos. Ulises no podía haber deseado mejor pared tras la que ocultarse. La cabeza inmensa del gigante se abatió y sus ronquidos se elevaron como truenos distantes. Los otros se echaron a dormir, con la excepción de uno de ellos que se situó en la entrada. Este, sin embargo, no parecía particularmente interesado en vigilar a los cautivos. ¿Por qué habría de hacerlo? Estaban todos atados, y eran pequeños, y él se encontraba bloqueando la salida.

Pero a Ulises le preocupaban Ghlij y Ghuaj. En cualquier momento uno de ellos podría pensar en el cuchillo y acercarse a quitárselo. Ahora no podía verles, lo que significaba que tampoco ellos podían verle a él. Quizás eso no le gustase a Ghlij; querría disfrutar viendo sufrir a Ulises.

Pero Ghlij no se acercó a ellos. Quizás él y su esposa hubiesen decidido echar un sueño también, antes de la dura jornada que les esperaba. Ulises esperaba fervientemente que así fuese.

Como nadie les observaba ya, Awina pudo actuar con rapidez. Se giró dándole la espalda y luego tanteó en su bolsillo. En aquella situación, su agilidad felina y la pequeñez de sus manos y de su brazo fueron de gran ayuda. Rodeó con sus dedos un extremo del cuchillo y lo sacó lentamente. Lo dejó caer y ambos se quedaron rígidos cuando el cuchillo golpeó el suelo con un leve sonido. El gigante carraspeó sordamente y alzó la cabeza un instante. Cesaron los ronquidos. Ulises creyó que se le pararía el corazón. Pero la cabeza del gigante volvió a caer, y los ronquidos se reanudaron.

Awina apretó el botón y brotó la hoja. Tardó diez minutos en cortar las tiras de piel que sujetaban las manos de Ulises. Este, una vez libre, se frotó las muñecas y movió las manos para facilitar la circulación. Y luego, sin perder de vista al centinela, que les ofrecía su feroz perfil, Ulises cortó las ataduras de Awina.

El paso siguiente era decisivo. Si el centinela les veía, o los dos seres murciélago no estaban dormidos, podrían dar la voz de alarma. En aquella situación, poco podían hacer los dos indefensos cautivos frente a los gigantes.

Murmuró a Awina que avanzase lentamente pegada a la pared. Él la seguiría poco a poco hasta que el gigante dormido frente a ellos bloquease la visión del centinela. Entre tanto, Awina comenzó a cortar las ataduras del wufea próximo a ella. Cuando éste estuvo libre liberó al siguiente. Y así hasta que estuvieron libres diez y el cuchillo volvió a Ulises. Llevaría demasiado tiempo y sería demasiado arriesgado intentar liberarlos a todos.

Awina transmitía además sus instrucciones. Ni él ni ella podían ver a los seres murciélagos, pero el wufea próximo a ella dijo que estaban sentados con la espalda junto a la pared y la cabeza entre las rodillas. Parecían dormir.

Las antorchas estaban casi consumidas, y el fuego de la entrada hacía mucho que se había apagado. Pronto el amanecer iluminaría la entrada y luego la cueva. El centinela podría despertar a otro para que le sustituyese en cualquier momento. O quizás tuviese órdenes de despertarlos a todos al amanecer.

Awina puso el cuchillo en la mano de Ulises y murmuró:

– Dicen que están preparados.

Él miró por un lado de la espalda del gigante. El centinela se rascaba la espalda con el extremo de un palo y miraba hacia la entrada. Arcos, flechas, lanzas, cuchillos, botabas y demás implementos de los cautivos estaban apilados junto a la entrada. Cada gigante tenía sus armas al lado en el suelo.

Ulises se incorporó cautelosamente, asegurándose de que el gigante que tenía a su lado le ocultaría si se volvía el centinela. Con la hoja vuelta hacia dentro, cortó la yugular del gigante dormido. Brotó la sangre, el ronquido se convirtió en un gorgoteo, el gigante separó las rodillas y su cabeza se derrumbó entre sus piernas. Ulises cogió la lanza y con el ensangrentado cuchillo en los dientes, corrió hacia el centinela.

Tras él, esperaba, los otros cogerían las lanzas y mazas de sus captores y las utilizarían con mortífera eficacia.

Uno de los gigantes lanzó un grito al ser alcanzado.

El centinela soltó el palo con que se rascaba y volvió la cabeza.

Ulises le clavó la lanza en el vientre, pero no pudo profundizar gran cosa. La punta endurecida al fuego no era lo bastante aguda, y el vientre del gigante estaba protegido por una buena capa de grasa y de vigorosos músculos. Pesaba probablemente más de doscientos kilos, quizás doscientos cincuenta. El gigante dio un paso hacia atrás y luego se lanzó contra Ulises. Este agarró la lanza y retrocedió corriendo. Nada podía hacer más que huir. Afortunadamente el centinela tenía las manos vacías.

Pero el centinela, dando grandes gritos, se detuvo, agarró la lanza y la arrojó con tal violencia que Ulises perdió el equilibrio y cayó. El centinela, la sangre chorreando de la herida, se inclinó y cogió la lanza y la levantó para atravesar con ella a Ulises. Su enorme fuerza podría haber hecho clavarse la punta dé un poste de teléfono en el cuerpo de un toro hasta atravesarlo.

Ulises avanzó eludiendo la lanza y hundió el cuchillo en la capa de grasa y músculos, y rasgó hacia arriba. Al mismo tiempo, una furia negra y blanca saltó sobre los hombros del gigante desde atrás, y un cuchillo de piedra se clavó en su ojo derecho.

El gigante soltó la lanza y se tambaleó. Ulises sacó el cuchillo de su vientre, pero volvió de nuevo a la carga al ver que el gigante se disponía a coger a Awina. Ulises clavó de nuevo la hoja en la ingle del gigante, la hizo girar y la sacó otra vez. El gigante se palpó la herida, y Ulises atravesó de una cuchillada el dorso de su mano.

Silbó una flecha y el gigante cayó, con ella atravesada en el cuello. Awina saltó para no quedar aplastada por su peso. Había caído cuando el gigante se echó hacia atrás.

Ulises se giró. Los gritos y chillidos habían cesado bruscamente. Todos los gigantes estaban muertos en el suelo. La mayoría habían muerto en pleno sueño. Tres habían despertado a tiempo para luchar y habían matado a tres wufeas.

Se volvió de nuevo hacia la entrada y vio a Ghuaj lanzarse por el borde de la rama y luego a Ghlij tras ella.

Gritando, arrancó un arco y una flecha al wufea que había disparado contra el centinela, y corrió tras ellos. Ghlij había saltado desde un saliente y caía, aleteando. Ulises tensó el arco y, calculando inconscientemente el viento, apuntó y soltó la flecha. Esta atravesó la delgada membrana del ala derecha del hombre murciélago.

Ghlij cayó, chillando, pero luego sus alas comenzaron a moverse otra vez y logró descender, en vuelo controlado, hacia la gran rama de otro tronco. Allí le esperaba Ghuaj. Ulises los observó durante unos minutos mientras Ghuaj inspeccionaba la herida del ala y ambos hablaban furiosamente.

Ulises volvió a la cueva y dio a un guerrero su cuchillo para que liberase a los demás. Cuando todos estuvieron libres y armados, les dijo que debían penetrar hasta la cueva interna. Estaban ansiosos de venganza. Dentro de la gran cueva mataron a todos los wuggrud en unos cuantos segundos. Mataron a flechazos a las mujeres adultas, que podían ser tan peligrosas como los machos, y luego atravesaron con sus lanzas a los jóvenes y a los niños.

Ulises se acercó luego al nicho y tamborileó en la membrana. Esta vez la respuesta fue rápida, comprensible, y casi mortal. Desde un millar de aberturas de las paredes, el techo y el suelo, invisibles hasta entonces, brotaron chorros de agua a gran presión que les derribaron y envolvieron. Lucharon por ponerse en pie, pero en vano, pues el agua volvía a derribarles. Por fin consiguieron llegar hasta el túnel, que estaba medio inundado. Tosiendo y cayendo y chocando con los cuerpos muertos de los gigantes, consiguieron llegar a la caverna exterior y salir. La gran corriente de agua estuvo a punto de arrastrarles fuera de la rama.

Al cabo de un rato la corriente disminuyó y luego cesó por completo. Con mucha cautela, Ulises volvió a la cueva, que había quedado limpia de cuerpos y objetos. La mayoría de los implementos de Ulises y su grupo, afortunadamente, habían quedado fuera y no habían sido alcanzados por la corriente.

La entrada del túnel estaba sellada con una masa sólida y pegajosa muy parecida a los panales de abejas.

Ulises contó a sus hombres e hizo un cálculo de las municiones y demás artículos que aún conservaban. La mitad de sus hombres conservaban sus arcos y aljabas llenas de flechas. Quedaban diez bombas. Y ochenta y cuatro guerreros sin contarse él y sin contar a Awina. Estaban fatigados y doloridos. Las cuerdas de sus arcos y las plumas de las flechas estaban mojadas y resultaban inútiles de momento. También estaban mojadas las mechas de las bombas y posiblemente lo estuviese la pólvora. Tenían poca comida.

Aufaieu, que había pasado a ser el jefe wufea, dijo:

– Señor, estamos preparados.

Luego hizo una pausa.

– Para seguiros de vuelta a nuestras aldeas -añadió. Ulises intentó mirarle a los ojos, pero Aufaieu apartó la vista.

– Yo continúo -dijo Ulises-. Sigo hacia la costa sur y descubriré allí si existen mortales como yo.

Aufaieu no comentó que un dios debería saber esto.

– ¿Y Wurutana, Señor? -preguntó.

– Nada podemos hacer respecto a Wurutana, de momento.

¿Qué podría hacer él o cualquier otro? Wurutana no era más que un árbol, y fuera quien fuese el que estuviese en el poder, el que controlase a los seres murciélago y a los gigantes y posiblemente a los hombres leopardo, no había modo de localizarlo. Al menos de momento. El Árbol era sencillamente demasiado grande; la entidad que lo controlaba podía estar oculta en cualquier parte. Pero Ulises conseguiría algún día capturar a un hombre murciélago y obligarle a que le indicase dónde se encontraba el rey de Wurutana.

O esperaba hacerlo. Ahora que lo pensaba, ¿por qué razón debía buscar a aquel soberano oculto? Mientras permaneciese dentro del Árbol y no molestase a los que vivían en la tierra alrededor, bien podía dejarle en paz. Ulises había ido hasta allí sólo porque no sabía qué o quién era Wurutana y porque los wufeas y los demás parecían pensar que Wurutana era una amenaza para ellos y que el dios de piedra podía resolver el problema.

No había ningún problema que resolver respecto al propio Árbol. Continuaría creciendo hasta que cubriese toda la zona. Los wufeas y los demás podrían adaptarse a él, aprender a vivir en él, o construir barcos y partir hacia otras tierras.

– No hay nada que hacer respecto a Wurutana de momento -repitió-. Lo que haremos, lo que yo haré, será seguir y explorar la tierra siguiendo el mar hacia el sur. Si queréis abandonarme, podéis hacerlo. No quiero cobardes conmigo.

No le gustaba usar aquellas palabras. Ellos no eran cobardes ni mucho menos. No les reprochaba que se sintiesen descorazonados y ansiosos de regresar. También él sentía lo mismo, pero no estaba dispuesto a ceder.

– ¡Eso mismo, cobardes! -dijo Awina-. ¡Volved a vuestras aldeas, a los cianea que habéis deshonrado! ¡Las mujeres y los niños se burlarán de vosotros y os escupirán! ¡Y no seréis enterrados con los hombres valientes! ¡Seréis enterrados en la tierra reservada a los cobardes! ¡Las almas de vuestros antepasados os escupirán desde los Territorios de Caza Celestes!

Aufaieu se encogió como si le hubiesen propinado un latigazo. Miró en silencio a Awina y sus grandes ojos azules resplandecieron furiosos. Era bastante deshonroso que un hombre le hablase de aquel modo. ¡Pero que lo hiciese una mujer! Y sobre todo una mujer que había pasado exactamente por los mismos peligros y batallas que los hombres.

– Yo me voy inmediatamente -dijo Ulises; señaló hacia el sur-. Me voy en esa dirección. No volveré. Podéis seguirme o no. No hablaré más.

Aufaieu parecía dominado por el pánico. La idea de volver sin el dios de piedra que les condujese y confortase resultaba aterradora. Habían llegado hasta allí sólo porque él les había ayudado. Y además, si volvían sin él y llegaban felizmente a la aldea, tendrían que explicar a los suyos por qué habían abandonado a su dios de piedra.

Ulises se echó al hombro un saco que contenía alimentos y dos bombas y dijo:

– Vamos, Awina.

Cruzó la entrada y comenzó a abrirse camino alrededor del tronco. Cuando llegó al otro lado, donde comenzaba otra gran rama, se detuvo. Oyó ruidos tras él y dijo:

– ¡Awina! ¿Vienen?

Ella sonrió y dijo:

– Vienen.

– ¡Bien! ¡Sigamos entonces!

Se detuvo a unos cien metros de distancia, donde brotaba el agua de una cavidad situada en la parte superior de la rama y corría por una profunda canal. Cincuenta metros más abajo, la ranura se convertía en un amplio canal e iniciaba su curso un riachuelo. Esperó a que los otros subiesen bordeando el tronco, apoyándose en las proyecciones de la corteza, y cuando todos llegaron al arroyo, les habló así:

– Gracias por vuestra lealtad. No puedo prometeros más que otras penalidades parecidas a las que habéis padecido. Pero si encontramos cualquier cosa de valor, la compartiremos por igual.

Algunos guardaron silencio, otros murmuraron:

– Gracias, Señor.

– Ahora -dijo Ulises- construiremos de nuevo balsas. Pero con barandas que impidan que los animales nos cacen desde el agua.

Mientras un tercio de los hombres cortaba plantas parecidas al bambú para hacer troncos y remos, y lianas para atar los troncos, Ulises ordenó que otro tercio se mantuviese de guardia. El tercio restante fue a cazar. Cuando las balsas estaban listas para echarlas al agua, habían regresado ya los cazadores con tres cabras, cuatro monos, un snoligóstero y una gran ave parecida al avestruz. Se encendieron hogueras, y asaron la carne. Cuando el olor de la carne asada empapó sus narices, sus corazones se llenaron de alegría. Al poco rato, todos reían y bromeaban. Por entonces Ulises y Awina habían regresado con ocho peces.

Mientras Awina preparaba el pescado, Ulises se puso a cavilar sobre los últimos acontecimientos y sobre lo que haría después. Aunque no había vuelto a ver a los seres murciélago, sabía que le seguirían. Lo único que tenían que hacer era mantenerse fuera del radio de acción de sus flechas. Y cuando encontraran más hombres leopardo o más gigantes, los cuales estaban convencido de que descendían de osos, los empujarían contra Ulises y los suyos.

Además, debía de haber muchas más cuevas con diafragmas o membranas semejantes a la que había visto. Quizás hubiese una red que interconectase la mayor parte del Árbol con algún control central. Y era posible que este control fuese el jefe de los seres murciélago. Después de todo, no tenía más que su propia sospecha de que alguien distinto a la especie de Ghlij era la entidad conocida como Wurutana.

Si llegaba a la costa sur, podía descubrir que Ghlij le había mentido. Este podía haber contado aquella historia de que había allí seres humanos como un cebo adicional para hacerle entrar en el Árbol.

Llegó a la conclusión de que sólo podía hacer una cosa: seguir adelante y confiar en su propia suerte, su habilidad y su valor, y en la suerte, habilidad y valor de su grupo. Pero si por casualidad daba con el pueblo de los seres murciélago, lo invadiría si podía. Aunque los hombres murciélagos no fuesen la fuerza; o entidad controladora, eran los ejecutivos de Wurutana. Dispondrían sin duda de valiosa información.

No podía ver el sol debido a los troncos, ramas y follaje que había sobre él a ambos lados, pero la luz más intensa parecía venir del primer cuadrante de los cielos. Dio orden de embarcar, y subieron todos en las cuatro barcas. Recorrieron sin incidentes unos quince kilómetros, hasta que el sol entró en su último cuadrante. Y entonces vieron a Ghlij volando en paralelo a su curso. Estaba a unos sesenta metros a la izquierda y lo bastante alto como para que pudiesen verle sobre las cimas de los árboles que llenaban el espacio situado entre el riachuelo y el borde de la rama. Aleteó más deprisa al darse cuenta de que le observaban y luego desapareció bajo el muro de follaje. Unos minutos después le vieron sentado en la rama de un árbol gigante que crecía en la rama principal.

Algunos guerreros quisieron dispararle, pero Ulises les dijo que no desperdiciasen sus flechas. Se preguntó dónde estaría Ghuaj, y entonces pensó que quizás se hubiese adelantado para notificar los acontecimientos a los jrauszmiddumes o a los wuggrudes. O quizás hubiese ido a la ciudad de los dhulhulijes para empujarlos contra los invasores.

Las balsas pasaron el árbol en que estaba sentado Ghlij. Él les observó hasta que el riachuelo describió una curva que bloqueó su visión. Un momento después volvieron a verle aleteando en la misma dirección que ellos y luego desapareció. Pero volvió y se acomodó en la rama de otro gran árbol. Esta vez estaba lo bastante cerca para que Ulises pudiese ver el agujero en el ala producido por la flecha.

Ghlij permaneció en la rama hasta que las balsas se perdieron en otra curva. En cuanto la vegetación les ocultó, Ulises saltó de la balsa y se abrió paso a través de la espesura. Esperaba poder llegar junto a Ghlij antes de que éste levantase el vuelo. Después de todo Ghlij no tenía por qué apresurarse. El grupo al que vigilaba no podía alejarse demasiado.

Para llegar a su lado rápidamente, tenía que hacer bastante más ruido del que deseaba. Si hubiese sido un Tarzán, podría haber saltado de rama en rama por los árboles parásitos, y lo habría intentado de haber tenido más tiempo. Pero no lo tenía, y en consecuencia atravesó la espesura de lianas y espinos sin preocuparse de más, a toda prisa. Llevaba el arco alzado, pero al pasar entre unos matorrales las flechas se engancharon en las ramas y cayeron de la aljaba y tuvo que detenerse a recogerlas.

Por último dejó la aljaba en el suelo y cogió dos flechas en la mano. Tras esto pudo caminar mejor. Espantó a dos ciervos del tamaño de un chihuahua y tuvo que dar un salto al aparecer ante él una serpiente de cabeza triangular con dibujos negros, naranja y amarillos en la piel.

Llegó al borde justo cuando Ghlij saltaba de su árbol, extendía las alas y empezaba a volar. Ghlij descendió y luego volvió a elevarse, pasando muy cerca del borde de la rama, a unos ocho metros de donde estaba escondido Ulises tras un matorral. Ulises se levantó y apuntó un poco por delante de Ghlij y disparó la flecha. Esta atravesó la oreja derecha del hombre murciélago, que lanzó un grito y cayó hacia un lado. Ulises avanzó hasta el borde mismo de la rama y colocó otra flecha en el arco. Pero ya Ghlij había dejado de chillar y controlaba su caída. Estaba a unos quince metros por debajo y por delante, y esta vez Ulises lanzó la flecha no tan por delante de su objetivo. La flecha atravesó el ala derecha y el hombro de Ghlij. Sin embargo éste continuó volando. La saeta había atravesado sin duda sólo la carne, sin tocar ningún músculo vital. De todos modos Ghlij estaba herido y caía, sin poder controlar sus alas, en el vacío aterrador. Ulises intentó seguirle con la mirada pero pronto le perdió entre la oscuridad y la espesura del follaje.

A menos que el hombre murciélago chocase con algo, probablemente se recuperaría y conseguiría aterrizar en lugar seguro. Ulises suspiró y volvió a la balsa. Por lo menos le había dado el susto de su vida.

– Parad en la próxima curva -dijo, una vez de vuelta en su balsa.

Les explicó lo que había pasado y aunque les desilusionó el que no hubiese matado a Ghlij, disfrutaron con su descripción del miedo de éste. Salieron tras él, dejando las balsas entre la vegetación, donde cortaron las entremezcladas lianas y ocultaron los remos bajo los matorrales. Tras esto, cruzaron al otro lado y allí comenzó la difícil pero no imposible bajada por el borde. Antes de oscurecer, se encontraban en una de las grandes cavidades que abundaban en los lados de la rama. Solía haber en ellas animales: gorilas, monos, babuinos o felinos cuyo tamaño iba desde el del gato casero al del leopardo. El propietario de aquella cueva no estaba en ella, y cuando volvió, resultó ser un felino parecido al ocelote pero con manchas en la piel como el tigre. No luchó con ellos por su madriguera.

– Nos quedaremos aquí hasta que se nos acaben el agua y la carne -dijo Ulises-. Si Ghlij no resultó muerto o malherido, volverá aquí. Pero no nos encontrará. O, si nos encuentra, lo más probable es que acabe con una flecha en la barriga.

A Ulises no le gustaba la idea de ocultarse, porque sus «hombres» necesitaban acción. Pero si podía despistar a los seres murciélago y a quienes ellos hubiesen podido avisar, valdría la pena la inactividad y la tensión que pudiesen engendrar el permanecer allí ocultos.

A la mañana siguiente se alegró de su decisión. Le despertó Awina para informarle de que se oían extrañas voces, muchas voces, en algún lugar próximo. Salió cautelosamente hasta un lugar próximo a la entrada y escuchó. Las voces lejanas pertenecían a los dhulhulijes. Estaban llamándose unos a otros mientras volaban sobre la selva o caminaban torpemente entre la vegetación. Aunque pequeños, les resultaba difícil avanzar por la selva debido a que se les enredaban las alas y se les rasgaba muy fácilmente la delgada membrana de éstas.

– Nos quedaremos aquí todo el día -dijo Ulises-. Pero si siguen aquí de noche, saldremos y capturaremos a uno.

Penetraron en la cueva lo más profundo que pudieron. Y fue una suerte que lo hiciesen porque aproximadamente una hora después pasó ante ella un murciélago. Volaba deprisa, pero era evidente que observaba todas las fisuras y cuevas del lateral de la rama.

Después de que se fue el dhulhulij, Ulises se acercó a la entrada, se colocó a un lado, indicó al jefe wufea que se colocase al otro. Tal como Ulises sospechaba, el hombre murciélago decidió volver para hacer una investigación más detallada. El pequeño ser se posó en la entrada bruscamente, y tal era su impulso que hubo de correr un rato antes de poder parar. Era una maniobra absurda, y el hombre murciélago no debía pensar realmente que hubiese alguien allí. Quizás no hiciese más que seguir órdenes, y consideraba la operación pura rutina.

Si era así, se llevó el mayor susto de su vida. Le agarraron por todas partes antes de que sus ojos pudiesen ajustarse a la penumbra de la cueva. Una gran mano tapó su boca, y el borde de una dura palma golpeó su flaco cuello.

Ulises ató al inconsciente hombre murciélago. Cuando vio que abría los ojos le dijo, en airata, lo que tenía que hacer si quería conservar la vida. El prisionero indicó con un cabeceo que obedecería y le destaparon la boca. Pero colocaron un cuchillo sobre su garganta.

Se llamaba Jyuks, y pertenecía a una fuerza especial de ataque.

– ¿Y quién les había llamado allí?

Jyuks no contestó a esto. Ulises retorció el frágil pie un poco más mientras Aufaieu tapaba con su mano la boca del hombre murciélago. Jyuks seguía sin hablar, así que Ulises le hizo varios agujeros en un ala. Después de seguir un poco más con este tratamiento, Jyuks empezó a hablar. Había sido Ghuaj, la mujer de Ghlij, la que les había informado.

Si era así, la ciudad de los hombres murciélagos no podía estar muy lejos, pensó Ulises. Estaba de suerte.

– Ni mucho menos, -dijo Jyuks-. Aquel lugar era sólo un pequeño asentamiento, un puesto exterior.

– ¿Cuántos hombres murciélago había en aquella fuerza de ataque?

– Unos cincuenta.

Ulises no tenía medio de comprobar esto por el momento.

– ¿Cómo pensaban combatir a los invasores?

Al preguntar esto, contempló los afilados dardos de madera con punta de piedra del cinturón que rodeaba la cintura de Jyuks.

Los hombres murciélagos arrojarían los dardos contra los guerreros, claro. Y los jrauszmiddumes atacarían por tierra.

En aquel momento, se oyó un batir de alas. Otro hombre murciélago apareció a la entrada y penetró poco más de un metro en la cueva. Los alkumquibes estacionados a los lados de la entrada saltaron sobre él, pero el intruso logró esquivarlos y huir de ellos. Sin embargo un wufea le atravesó de un flechazo y el batir de alas se apagó sin un ruido. Se acuclillaron dentro del agujero, esperando que surgiese el grito indicador de que había sido visto el herido. Pero no llegó grito alguno.

– Más tarde harán recuento -dijo Ulises-. Y empezarán a buscar a los soldados perdidos, podéis estar seguros.

– ¿Y qué hacemos? -preguntó Awina.

– Si no empiezan a buscar antes del anochecer, saldremos de aquí. Volveremos a la selva de arriba. Si nos encuentran antes, nos enfrentaremos con una buena batalla.

No añadió que los hombres murciélago podían simplemente rendirlos por hambre.

Jyuks contestó a algunas preguntas. A otras simplemente se negó a contestar. Era una criatura tan frágil que podía soportar muy poco dolor. Cuando el dolor le resultaba excesivo, se desmayaba. Y cuando le reanimaban y volvían a torturarle, se desmayaba de nuevo.

No les diría dónde estaba la ciudad de los hombres murciélago. Les dijo que la ciudad encerraba el espíritu de Wurutana. Pero no les dijo lo que era el «espíritu» de Wurutana. Insistió en que no lo sabía. El nunca había visto a Wurutana. Sólo los príncipes de los hombres murciélago lo habían visto. Al menos, él suponía que lo habían visto. Nunca había oído a ningún jefe decir que hubiese visto a Wurutana. Siempre al espíritu de Wurutana. Aquel Árbol era el cuerpo de Wurutana.

Wurutana era el dios de los hombres murciélago. También de los hombres leopardo y de los hombres osos, aunque los sencillos wuggrudes tenían además numerosos dioses.

Ulises sintió curiosidad por la capacidad de control de Wurutana. Le preguntó si los jrauszmiddumes y los wuggrudes luchaban entre sí alguna vez:

– Oh, sí -dijo Jyuks-. Todas las tribus luchan con las de al lado. Pero ninguna nos combate a nosotros; todos obedecen la voz de Wurutana.

¿Y cuántos hombres murciélago había?

Jyuks no lo sabía. Insistió, incluso después de desmayarse varias veces, que simplemente no lo sabía. Sabía que eran muchos. Muchísimos. ¿Cómo no habían de serlo? Eran los favoritos de Wurutana.

¿Había gente como Ulises en la costa sur?

Jyuks no lo sabía, pero había oído decir que sí. Después de todo, la costa estaba a muchos vuelos de distancia, y sólo un grupo reducido de los hombres murciélago llegaban tan lejos.

Por fin llegó la oscuridad. Jyuks estaba de nuevo inconsciente. Los hombre murciélago habían dejado de volar por los alrededores. Ulises pensó que debían estar investigando más allá, río abajo. Cuando descubrieran que habían perdido a dos de los suyos, no sabrían cuándo habían desaparecido. Y era casi imposible buscar allí en la oscuridad. En cuanto consideró que estaba lo bastante oscuro, dio la orden de marcha. Jyuks fue atado a la espalda de Ulises y se desmayó. Ulises le había dado palabra de que no le matarían si proporcionaba información. Si bien Jyuks no había contestado a todas las preguntas, había contestado a la mayoría. Y Ulises admiraba además el aguante y el valor del hombrecillo. Sabía que era peligroso ser sentimental con el enemigo, pero no tenía ningún deseo de matar a aquel pequeño ser. Además, podría utilizarle más tarde. Regresaron a donde habían escondido las balsas y los remos. Arrastraron las embarcaciones de nuevo hasta el agua y el grupo se lanzó por el oscuro río. La luz de la luna no penetraba muy hondo. En ocasiones, un rayo se filtraba por una avenida de ramas. En una ocasión, un pequeño rayo iluminó en el agua, delante de ellos, grandes objetos oscuros y redondeados. Hubo un bufido, y una aguja de agua brotó de una de las criaturas. Luego el agua se agitó y los cuerpos desaparecieron. Las balsas pasaron por allí mientras sus ocupantes esperaban, tensos y ansiosos, a que las grandes ratas acuáticas apareciesen junto a las balsas, o, peor aún, debajo de ellas. Pero las balsas pasaron sin que nadie las molestase.

Ulises vio varias veces las líneas, al parecer interminables, de un cocodrilo sin patas deslizarse desde los matorrales negro plata al agua negro plata. Esperó la violenta aparición de una cabeza de cortas quijadas y muchos dientes ante la balsa y el cerrarse de los dientes alrededor de la pierna de alguien… o de él mismo. O el latigazo de una poderosa cola en la oscuridad y el estallido del hueso y la carne hecha pulpa y el cuerpo lanzado contra el agua.

Pasaron más kilómetros sin incidentes. Pájaros y animales desconocidos lanzaban sus extraños gritos. Luego la corriente se aceleró y avanzaban tan deprisa que los remeros no tenían necesidad ya de empujar contra el fondo. Ahora se ocupaban afanosamente de accionar sus remos sobre la orilla para que las balsas no chocaran con ellas.

La gran rama estaba inclinada hacia abajo casi en vertical aunque la inclinación no podían advertirla en la oscuridad los balseros. Si no hubiese sido por la aceleración de la velocidad de la corriente, no habrían creído que hubiese desnivel alguno.

A Ulises la velocidad le agradaba, pero le preocupaba también. Se acuclilló junto al atado Jyuks y le mojó la cara. El agua hizo abrir los ojos al inconsciente hombre murciélago.

– Tengo sed -masculló.

Ulises echó más agua en su calabaza y alzo la cabeza de Jyuks para que pudiese beber.

– Creo -dijo luego- que el río va a convertirse muy pronto en una catarata. ¿Qué me dices tú?

– No sé -contestó hoscamente Jyuks-. No sé nada de ninguna catarata.

– ¿Qué significa eso? -preguntó Ulises-. ¿Qué desconoces esta zona o que no hay ninguna catarata al final del río?

– No volé hasta el final de esta rama cuando vine -respondió Jyuks.

– Bueno -dijo Ulises-, tendremos que resignamos a avanzar sin saber si hay catarata o no. Quiero salir de aquí lo más deprisa posible, y seguiremos en las balsas mientras podamos. Podría ser difícil, pero no imposible, espero, desviar las balsas en el último momento.

No había segunda intención en sus palabras. Pero Jyuks no estaba tan ofuscado por el dolor que no pudiese darse cuenta de lo que podría suceder. En una emergencia, Jyuks, con las piernas y las manos atadas, dependería de que algún otro se decidiese a llevarlo a la orilla. Quizás no tuviesen tiempo bastante para que alguien le transportara o le tirara a la orilla, si alguien se sintiese inclinado a hacerlo.

Al cabo de un rato Jyuks habló de nuevo. Era evidente que se odiaba a sí mismo. Quería mantener la boca cerrada y aguantar lo que llegase. Pero era incapaz de afrontar la muerte al final de la rama. Quizás, pensó Ulises, hubiese para él algo especialmente aterrador en morir en el agua.

– A juzgar por la corriente -dijo lentamente-, debemos de estar a unos cuatro kilómetros del final. Donde está la primera catarata.

Ulises consideró la posibilidad de que Jyuks no estuviese asustado. Podía estar mintiendo para poder atraparlos a todos, enviarlos a todos a una muerte segura, incluido él.

– Seguiremos kilómetro y medio más -dijo Ulises-. Luego abandonaremos las balsas.

Había luz bastante para que pudiese ver la cara de Jyuks. De vez en cuando, la luz aumentaba cuando los rayos de luna penetraban por los resquicios entre hojas y ramas y troncos miles de metros por encima de ellos. La expresión del hombre murciélago era tan inescrutable como un trozo de cuero.

En aquel momento, un grito hizo incorporarse a Ulises y alzó un escalofrío hasta su nuca. Se volvió para ver lo que Awina señalaba. Era un enorme árbol que brotaba de una gran hendidura cubierta de barro a unos cincuenta metros de distancia. Tenía sólo unos veinte metros de altura, pero se extendía horizontalmente hasta unos treinta o más, a ambos lados del inmenso tronco. El grito procedía de algo situado en una de sus ramas. Un momento después vio cuál era su origen. Una serie de cuerpos oscuros se lanzaron desde la oscura forma de hongo al abismo bajo la gran rama a cuyo borde crecía el árbol. Grandes alas coriáceas se abrieron, agitándose con firmeza para elevar a aquel ser por encima de las balsas. Y al minuto siguiente había varios más.

Ulises sólo podía hacer una cosa. Si su gente se mantenía en las balsas, estaría expuesta a un ataque desde arriba. Peor aún, tendrían que abandonar las balsas más tarde mientras los atacaban y en condiciones que harían muy difícil la defensa.

Lanzó una orden, y los remeros de la parte exterior de las balsas empujaron vigorosamente contra el fondo. Las balsas avanzaron hacia las orillas, y los que estaban en el borde de ellas saltaron y se agarraron a los matorrales. Entre tanto, Ulises había comenzado a arrojar las cajas más pesadas por el aire a la orilla. Rezaba porque el impacto no hiciese explotar la inestable pólvora negra. Las cajas de las bombas cayeron entre el follaje sin reaccionar.

Luego levantó a Jyuks y lo alzó con un esfuerzo que hizo inclinarse hacia su lado la balsa. El pequeño hombre murciélago cayó chillando, de bruces, sobre un espeso matorral. Wulka, un wuagarondite le cogió.

Por entonces, ya descendía sobre la balsa el primero de los hombres murciélagos, con una corta jabalina en sus pequeñas manos. No llegó a situarse sobre ellos; una flecha atravesó su pecho y cayó con un sonoro chapoteo. Una gran masa sin patas se lanzó al agua desde los matorrales de la orilla opuesta, entre gruñidos.

Ulises disparó una vez, advirtió que la flecha había atravesado el hombro de un hombre murciélago, y luego se volvió y se lanzó a la orilla sin esperar a ver la caída de su enemigo. Sostuvo el arco con la mano derecha y se agarró a una rama con la izquierda. Su mano se cerró sobre una rama espinosa, y lanzó un grito de dolor. Pero no se soltó.

Algo golpeó la oscuridad junto a su pie derecho. Un proyectil tirado, o dejado caer, por uno de los hombres alados. Luego se hundió en la espesura sin pensar en los posibles daños que las ramas pudieran hacer a la aljaba o al arco. Una vez entre la espesura, avanzó a través de la vegetación hasta que le cubrió por completo un matorral grande y tupido. Llamó a sus jefes y a Awina hasta que todos le contestaron. En respuesta a otras órdenes suyas, se abrieron paso entre la espesura hasta situarse cerca de él. Durante este tiempo, los hombres murciélago habían estado haciendo pasadas sobre la selva y arrojando o dejando caer azagayas, dardos y pequeñas flechas. Nadie resultó herido, y al cabo de un rato los hombres murciélago abandonaron su bombardeo a ciegas. Estaban perdiendo demasiadas armas.

Entre tanto, los arqueros habían derribado a cinco de los hombres murciélago. Los restantes se retiraron al árbol a celebrar consejo.

Pese a su retirada, tenían aún el control de la situación. Sus enemigos sólo podía alejarse en una dirección y luego tendrían que descender por el tronco o subir por él hasta otra rama. Si hacían esto, quedarían expuestos a un ataque, y los hombres murciélago podrían liquidar a todo el grupo con pocas bajas por su parte o quizás ninguna.

Si el enemigo continuaba oculto en la densa vegetación de aquella rama, no haría más que aplazar lo inevitable. Los hombres murciélago mandarían por más soldados y, al final, les desalojarían. Sobre todo porque su área de caza sería reducida y acabarían muriendo de hambre, si los hombres murciélago no se molestaban en provocar una batalla directa.

Ulises había intentado contar a sus enemigos mientras planeaban en la oscuridad salpicada de luz lunar. Calculó que serían sobre un centenar. De momento, habían desaparecido dejando sólo seis centinelas que seguían volando por encima manteniéndose siempre fuera del alcance de las flechas.

Ulises se acuclilló bajo la espesura e intentó determinar lo que podían hacer. Y mientras pensaba, percibió un murmullo muy leve. Pidió a todos los que le rodeaban que se callaran y, al cabo, creyó identificar el ruido. Tenía que ser el estruendo de una catarata apagado por la distancia.

Dio órdenes a quien tenia más cerca, Awina, para que las transmitiera. Hubo cierta dilación porque el grupo, en su mayor parte, se resistía a abandonar su refugio. Tenían allí excelente protección, pero Ulises conocía a sus «hombres» y sabía lo que pensaban. Les explicó lo que pasaría en el futuro si no salían de allí. Una vez explicado, reaccionaron con bastante rapidez. No vivían gran cosa en el futuro; les costaba trabajo ver más allá de su situación presente.

El final de la rama, o, más bien, el lugar donde ésta se inclinaba bruscamente en un ángulo de noventa grados respecto a la horizontal, quedaba a unos tres kilómetros de distancia. El grupo avanzaba lentamente por lo espeso de la vegetación y también porque tenían órdenes de moverse pausada y lentamente.

Ulises vio la espuma en blanco y negro a algo menos de un kilómetro de distancia. Había subido a un alto árbol para ver mejor, asegurándose al mismo tiempo de que no le viesen los hombres murciélago, que volaban de vez en cuando por arriba. Como había esperado, se elevaban de la catarata nieblas que se extendían hasta cierta distancia. Arriba en el árbol, el estruendo del agua cayendo no quedaba amortiguado por la espesura de la selva.

Estaba a punto de descender otra vez del árbol cuando vio a un hombre murciélago que pasaba volando. Se agarró al árbol e intentó pasar por una protuberancia de la corteza. La luz de la luna no le iluminaba directamente, aunque se filtraba lo suficiente a través de las hojas como para que la oscuridad fuese más plata que negro. El hombre murciélago pasó ante él, aleteando tan lentamente que casi parecía no mover las alas. Pero de pronto éstas comenzaron a batir más deprisa y el hombre murciélago se elevó. Volvió hacia el árbol, cruzando zonas salpicadas de oscuridad y de pálido amarillo, mientras los rayos de la luna brillaban sobre su cabeza calva y arrancaban reflejos de sus alas, que eran más oscuras que su cuerpo. Descendió justo hasta la parte superior de los matorrales, y luego voló de nuevo hacia arriba, batiendo las alas. Antes de aterrizar en la rama del árbol, al otro lado del tronco de Ulises, se detuvo. Y aterrizó sobre la rama con tanta suavidad como un búho.

No tenía garras con que asirse a la rama, pero extendió las manos y se sujetó a una rama más pequeña para conservar el equilibrio. Después de plegar sus alas, apartó la cara de Ulises. Llevaba al cinturón un cuchillo de piedra y en la mano un venablo. De una cuerda que llevaba al cuello colgaba un instrumento curvado. Ulises supuso que sería una especie de cuerno. El hombre murciélago se había situado allí para vigilar al enemigo. Si localizaba a alguien, avisaría a los otros con su cuerno.

No había ningún ruido abajo lo bastante fuerte para borrar allá arriba el suave trueno de la catarata. Los hombres de Ulises habían visto al hombre murciélago y esperaban acontecimientos. La selva parecía desierta.

Ulises abandonó su posición y comenzó a rodear el tronco. Su arco y su aljaba estaban al pie del tronco. Por fortuna estaban al otro lado del hombre murciélago y cubiertos por la sombra. Ulises sólo tenía su cuchillo, que llevaba entre los dientes. Tenía que sujetarse con ambas manos y avanzar muy lento. Aunque la catarata atronaba, no lo hacía tanto como para que el hombre murciélago, de finísimo oído, no pudiera percibir el rumor de las hojas o el chasquido de una rama.

El hombre murciélago continuaba sin mirar hacia Ulises, que avanzaba por la misma rama en que él estaba sentado. Y Ulises permanecía derecho, equilibrándose fácilmente, porque la rama era gruesa. Deslizaba un pie hacia adelante y luego levantaba el otro, echaba hacia adelante luego su pie adelantado y alzaba el otro, y así sucesivamente. Por fin, se detuvo y cogió el cuchillo que llevaba en los dientes con la mano. Las alas del hombre murciélago, semiabiertas, se agitaron levemente y luego se inmovilizaron otra vez. En ese instante, Ulises vio el agujero en la membrana del ala derecha. Y reconoció el perfil de aquella cabeza y la forma de los hombros. Era Ghlij.

Su intención de matar se desvaneció. Ghlij podía serle útil.

Matarle sería más fácil que capturarle. Tenía que asegurarse de que podía inmovilizar a Ghlij y al mismo tiempo impedir que cayera. Aunque Ghlij pesaba sólo unos veinticinco kilos, podía herirse o incluso matarse cayendo desde diez metros de altura. Ulises tenía que asegurarse también de no abalanzarse demasiado bruscamente sobre él para que no cayeran los dos.

Se aproximó muy lentamente, temeroso de que el hombrecillo percibiera que la rama cedía bajo sus casi cien kilos. Pero Ghlij no estaba en el extremo de la rama, sino hacia la mitad, donde era aún gruesa. Y Ulises pudo golpearle en la nuca, no demasiado fuerte, porque tenía miedo a quebrar aquel frágil cuello. Sin un rumor, Ghlij se desmayó y cayó hacia adelante, y Ulises tuvo que agarrarle con la otra mano. Llamó a los que estaban ocultos en la espesura, que se acercaron. Un momento después, dejó caer al inconsciente hombre murciélago sobre brazos que esperaban. En cuanto cayó. Ghlij fue atado y amordazado. Al cabo de unos minutos, abrió los ojos. Ulises se situó bajo la luz de la luna de modo que Ghlij pudiese ver quién le había capturado. Le miró con ojos desorbitados y se debatió intentado desatarse. Aun seguía haciéndolo cuando Ulises se lo echó a la espalda como si fuese un saco. Ulises dijo a Wulka, el jefe wuagarondite que estaba llevando a Jyuks, que se encargara de Ghlij de nuevo, y Wulka obedeció alegremente.

Recorrieron un kilómetro con la mayor rapidez posible. Ulises tuvo el honor de ser el primero en empezar a descender. Las nieblas le envolvían, no sólo ocultándole a los hombres murciélago que pronto podían aparecer, sino también a sus compañeros. Con la oscuridad y con las nieblas que surgían del abismo, apenas podía ver a un metro de él, ni hacia adelante ni hacia abajo. Su cuerpo se cubrió de gotas de agua y sintió frío. El agua hacía también resbaladiza la corteza, así como sus pies y manos.

Pero no había más remedio que descender. Si hubiese estado solo, o con gente que no le supusiera un dios, podría haberse mantenido fuera de la niebla corriendo el riesgo de que le viesen los hombres murciélago. Pero no podía eludir sus obligaciones ni faltar a su palabra.

– La niebla es nuestra protección -dijo-. Pero como todas las protecciones, todos los escudos, tiene sus desventajas. Exige un precio. Nos oculta de nuestros enemigos, pero encierra también sus peligros. Correremos el peligro de resbalar y tendremos que caminar a ciegas.

Tendrían también que avanzar muy lentamente, pensó, mientras tanteaba con el pie una proyección de la corteza que había debajo. Tenía las manos sujetas en unos salientes, un pie medio introducido en una hendidura, y el otro se movía alrededor de un borde o rugosidad. Por último, lo asentó, y bajó suavemente, asegurándose de que podía sostenerse, y luego bajó de nuevo el pie. Este proceso continuó durante un período interminable, y luego la oscuridad se hizo menos densa y pudo ver un poco más que antes.

Había bajo él una extensión sólida. Cuidadosamente, avanzó por ella, tanteando cada centímetro invisible de corteza con los dedos de los pies. La catarata rugía a su izquierda y el agua salpicaba su pie izquierdo. Saltó al percibir el roce de algo, y esgrimió su cuchillo. Confusamente, vio la esbelta y pequeña figura en blanco y negro de Awina. Esta se aproximó más, sus ojos grande y redonda oscuridad. Él apartó el cuchillo, y ella se apoyó en él. Tenía la piel húmeda, pero al cabo de un minuto sus cuerpos comenzaron a calentarse mutuamente. Ulises recorrió con su mano la redonda cabeza de Awina y palpó las húmedas y sedosas orejas y recorrió luego su espalda. Parecía más al tacto una rata ahogada que el suave ser deliciosamente peludo que había conocido.

Brotaron de la niebla otras personas. Se apartó de Awina y se puso a contarlos según aparecían. Estaban todos.

Ghlij comenzó a agitarse. Había estado tan inmóvil como un saco de carne durante el descenso, pero ahora debía pensar que estaba lo bastante seguro para moverse y avivar de nuevo la circulación de su sangre. Ulises se lo había quitado de la espalda y le había desatado las piernas. El hombrecillo saltaba por allí sobre sus flacas piernas y sus grandes pies vigilado por dos wuagarondites dispuestos a ensartarlo al menor intento que hiciese de correr o volar.

Ulises salió cuidadosamente de entre la niebla. La cima de la catarata quedaba a unos doscientos metros de altura. No se veía ningún hombre murciélago. Sólo los matorrales y los laterales de los inclinados árboles quebraban el borde de la parte superior de la rama. Ulises se volvió y vio que la rama continuaba en un plano horizontal hasta perderse de vista. Nada les impedía construir nuevas balsas y continuar por el río. Pero debían ocultarse en la selva hasta que volviera a caer la noche. Podían dormir parte del día, aunque tenían que dedicar algún tiempo a cazar. Estaban quedándose sin alimento.

Al anochecer, sin sueño ya pero acuciados por el hambre, organizaron cuatro partidas de caza. Una hora después, desollaban un cocodrilo sin patas, una rata gigante, dos grandes cabras rojas y tres grandes monos.

Comieron bien aquella anoche, y todos se sintieron mucho mejor. Cortaron troncos y los ataron y luego se echaron al río. Antes del amanecer llegaron a otro declive profundo de la gran rama y a otra catarata. Descendieron, pero se mantuvieron fuera de la niebla y al amanecer llegaron al fondo de otro riachuelo; después de dormir y de cazar otra vez, hicieron huevas balsas. El fondo de la tercera catarata resultó ser también el final de Árbol, o, como Awina decía, los Pies de Wurutana.

Los grandes troncos, ramas y demás vegetación que crecía sobre ellos hasta una altura de tres mil metros formaban una estructura que sólo permitía pasar unos pocos rayos de sol. Reinaba allí a mediodía una profunda penumbra, y por las mañanas y las tardes una especie de noche, como si una tormenta de plumas de cuervo llenase los espacios que había entre las gigantescas columnas y contrafuertes que se hundían en la ciénaga. El suelo que había bajo el Árbol recibía las precipitaciones de las cataratas y del agua de lluvia que no absorbían las ramas y las hojas colosales del Árbol y la vegetación que crecía sobre él. Se había formado en la base del Árbol una ciénaga, una inmensa e inconcebible ciénaga. La profundidad del agua variaba de unos dos centímetros y medio a varios metros, los bastantes para que un hombre se ahogara. De aquella agua y de aquel barro, crecían extrañas plantas de tonos pálidos y rojizos y desagradable olor.

La penumbra les mostraba imágenes de pesadilla. Grandes trozos de corteza, muchos de ellos del tamaño de una cabaña, habían caído de los lados del Árbol y habían llegado hasta abajo, golpeando ramas y troncos y haciendo desprenderse otros trozos de corteza. El Árbol, como la Serpiente Mundo de la mitología nórdica, cambiaba de piel. La corteza estaba siempre pudriéndose, y luego se desprendía, bien para caer en las poderosas ramas, acabando allí de pudrirse, bien para descender como fría y negra estrella a hundirse en el agua y el cieno del pantano del fondo. Allí, medio hundida, la corteza se descomponía e insectos y gusanos que infestaban aquel mundo en penumbra la agujereaban y construían sus casas en ella.

Había largos y delgados gusanos color cadáver de cabeza peluda; escarabajos de un azul intenso armados de inmensas mandíbulas; animales de alargado hocico parecidos a las musarañas, de agudos dientes; escorpiones de un amarillo pálido; luminosas serpientes escarlata y negro con pequeños cuernos en el centro de sus cabezas triangulares; había criaturas de muchas patas, blandos cuerpos, docenas de antenas y gran longitud que emitían un gas hediondo que producía una sonora explosión al brotar; y toda una hueste de otros animales repugnantes. Los grandes fragmentos rotos de corteza, que yacían por todas partes, en la oscuridad como grandes peñascos dejados atrás por la retirada de un glaciar, estaban atestados de vida agusanada y venenosa.

Alrededor de las cortezas crecían pequeñas plantas finas y sin ramas; producían un fruto de un amarillo verdoso y en forma de corazón que brotaba de hendiduras que se formaban en las córneas vainas de las plantas. Había también una hierba espesa y pegajosa que se proyectaba medio metro por encima del agua cenagosa de abajo. Sobre ésta planeaba de vez en cuando un insecto de cuerpo y anchas alas color piel de hombre recién muerto; tenía la cabeza blanca con dos marcas negras redondas y una marca negra curvada hacia abajo bajo las otras dos, de modo que parecía un cráneo. Volaba silenciosamente, a veces rozando sólo a un miembro del grupo con la punta de las alas y haciéndole caer. Pero movimientos y ruidos quedaban apagados. La gente hablaba muy quedamente, susurrando las más de las veces, y nadie reía. Sus pies se hundían en el agua y el barro que había bajo ella y los alzaban lentamente, casi como disculpándose, para que el chapoteo fuese apagado y suave. Procuraban mantenerse agrupados y nadie quería alejarse entre los matorrales o quedarse detrás entre los altos troncos de un azul pálido y grisáceo para hacer sus necesidades.

Ulises había pensado, al principio, no eludir el pantano. Aunque el avance era lento y difícil, aquel lugar parecía más deseable que la zona superior, donde había demasiados enemigos de especies inteligentes. Pero un día y una noche entre los Pies de Wurutana fue suficiente para él y más que suficiente para los suyos. A la mañana siguiente, cuando una rana color sangre saltó de un trozo de corteza a su hombro y luego al agua que le llegaba hasta el tobillo, decidió que no podía más. Habían intentado dormir en un trozo de corteza tan grande como un pequeño castillo. Pero toda la noche les habían molestado las criaturas que brotaban de los agujeros de la corteza y los extraños ruidos de los animales de la ciénaga.

Decidió que les conduciría de nuevo hasta la rama más próxima. Tuvieron que bordear una amplia zona que parecía llena de arenas movedizas, por lo que no llegaron hasta mediodía a una columna de áspera superficie que se hundía en el pantano desde las alturas. Alegremente, comenzaron a ascender, y hacia el anochecer habían llegado a una porción prometedoramente horizontal de una rama. Había en ella un riachuelo que, sin embargo, parecía ponzoñoso. Su agua era carmín.

Ulises lo examinó y descubrió que el color se debía a millones de pequeñas criaturas, tan pequeñas que resultaban casi invisibles aisladas. Ghlij, que había decidido hablar por entonces, dijo que aquellos animales desovaban una vez al año. No sabía de dónde venían ni adonde iban. Las aguas de los ríos y los estanques se mantenían rojas durante una semana aproximadamente y luego se aclaraban otra vez. Entre tanto, servían como comida a los peces, pájaros y animales de la jungla. Les recomendó hacer una sopa con ellos.

Ulises siguió el consejo, pero obligó a Ghlij a tomar primero la sopa. Después de pasar varias horas sin ningún resultado desagradable para el hombre murciélago, Ulises permitió que todos comieran. El también comió y la sopa le pareció alimenticia y sabrosa. Durante los días siguientes, mientras remaban en sus balsas, sólo comieron de aquellos animales color carmín que no tenían más que recoger del agua. Al no tener que pararse a cazar avanzaban mucho más deprisa. Recorrieron unos setenta y cinco kilómetros, descendiendo tres cataratas, antes de llegar al nivel más bajo del riachuelo. Por entonces los animales carmín habían desaparecido.

Cuando ascendieron de nuevo, Ulises, actuando en parte por capricho y en parte por curiosidad, les llevó lo más alto posible. La ascensión duró tres días, en que tuvieron que escalar la rugosa y usurada superficie del tronco vertical. De noche dormían en una proyección de la corteza lo bastante grande para poder mantenerse todos juntos. Al tercer día, escalaron entre nubes y sólo se vieron libres de ellas hacia el anochecer. Pero por la mañana las nubes habían desaparecido y pudieron contemplar el abismo. Estaban a más de tres mil metros de altura. El tronco continuaba elevándose durante unos mil metros más, pero no tenía sentido que continuasen más arriba. Hasta allí era hasta donde crecían las ramas. Aquella rama parecía prolongarse eternamente, y su declive era muy suave.

De la unión entre la rama y el tronco brotaba una fuente, y a ésta se añadían otras luego, de forma que a un kilómetro el río resultaba navegable.

Cada kilómetro o así, la rama tenía un sector vertical que descendía hasta el fondo (o al menos no le veían fin) o bien se unía a otra rama más abajo.

Para impedir que los hombres murciélago volaran, Ulises había agujereado las membranas de sus alas y las había atado con tiras de cuero. Les había obligado a subir por el tronco solos, pues pesaban demasiado para que los transportase nadie en una ascensión tan prolongada. Iban en mitad de la fila que ascendía por la rugosa corteza para que no intentasen escapar. Eran tan ligeros que podían ascender mucho más deprisa incluso que los ágiles wufeas.

Ulises dio orden de acampar. Descansarían varios días, cazando y explorando los alrededores. Esperaba encontrar otro agujero en un tronco y tener posibilidad así de experimentar con la membrana de comunicación interna. Desde su experiencia con los gigantes había estado buscando constantemente agujeros. Estaba seguro de que tenía que haber millares, pero no había visto ninguno. Según los hombres murciélago, los había por todas partes. Resultaba irritante saber esto y sin embargo no ser capaz de encontrarlos. De todos modos, estaba también seguro de que todos los agujeros estarían guardados por los gigantes o. los hombres leopardo. No podía, en realidad, exponerse a otro encuentro con ellos si superaban en número a su grupo. Pero, de todos modos, estaba ansioso de encontrar una membrana de comunicación. Ahora ya conocía el código. El lenguaje era el idioma comercial, y el código similar al Morse, pues usaba una combinación de sonidos largos y breves.

Había sabido esto por Ghlij durante las noches en que todos deberían haber estado descansando de los esfuerzos del día. Jyuks se había negado en redondo a explicarle el código. Dé hecho, se negó incluso a admitir que hubiese algo parecido a un código. Pero Ghlij era distinto. Su umbral de dolor era más bajo, o menor el vigor de su carácter. O era más inteligente que Jyuks y comprendía que tenía que decir algo. Así que, ¿por qué no contarlo ya y ahorrarse dolores inútiles?

Jyuks maldijo a Ghlij y le llamó traidor y cobarde, y Ghlij dijo que si no se callaba le mataría a la primera oportunidad. Jyuks contestó que mataría a Ghlij a la primera oportunidad que él tuviese.

Aunque Ghlij reveló el código, no reveló (o no pudo) el emplazamiento de la base central de los suyos. Juró que tenía que estar a suficiente altura del Árbol para ver ciertas claves orientadoras que pudiesen guiarle hasta la base. Estas claves eran altos troncos cuyas hojas crecían siguiendo una norma que sólo podía determinarse situándose a unos ochocientos metros por encima de ellas. Podían incluso estar debajo de ellos en aquel momento, pero desde allí él no podía determinar si lo estaban o no.

Ulises se sacudió la desilusión. No tenía planes de atacar la base aunque supiese su emplazamiento. Carecía de fuerza suficiente para un ataque. Pero le hubiese gustado saber dónde estaba para cuando tuviese fuerzas suficientes poder atacarla. De un modo u otro descubriría su situación.

Estaba sentado, con la espalda apoyada en un trozo relativamente suave de corteza desprendida, con una gran hoguera a unos tres metros de él. Era casi de noche. Debajo, era noche. El cielo estaba aún azul, y las nubes distantes tenían un tono rosado, verde luminoso y gris hosco. Los gritos y chillidos de los animales de cazadores y cazados, se entremezclaban como pesadillas casi olvidadas de lo vagas que eran. Junto a él estaban los dos hombres murciélago, uno junto a otro, pero sin hablarse ni mirarse siquiera. Los wufea, wuagarondites y alkumquibes estaban alrededor de seis grandes hogueras. Había centinelas apostados en las ramas y también ocultos en salientes de la corteza a los lados de ésta. El sabroso aroma de la carne y el pescado asado llenaba el aire. Había salido una partida de caza rama adelante un rato atrás y vuelto con tres cabras de cuatro cuernos y pelo dorado, diez grandes peces (arrebatados a un gran felino con manchas negras y grises que los había cazado), sacos llenos de diferentes tipos de frutos y tres grandes monos muy peludos.

Los cazadores habían informado que la vegetación de la parte superior de la rama consistía principalmente en gruesos abetos, matas de fresas, una hierba que llegaba hasta la rodilla y que crecía en la tierra atrapada en las fisuras y un musgo que llegaba hasta el tobillo. En el riachuelo había abundancia de peces, pero no había snoligósteros ni ratas gigantes. Los principales predadores parecían ser los pumas negros y grises, un pequeño oso y varios tipos de nutria. Los demás animales eran las cabras y los monos.

Comieron bien aquella noche y durmieron lo más cerca de la hoguera que pudieron sin quemarse. A aquella altura, hacía mucho frío en cuanto desaparecía el sol.

Por la mañana, comieron para desayunar los restos de la cena y comenzaron luego a construir las balsas. Cortaron abetos, que sólo alcanzaban unos siete metros de altura, y construyeron balsas. Y se embarcaron en ellas con grandes ánimos y grandes esperanzas.

Por una vez, no se vieron desilusionados o engañados. El río les llevó a un ritmo agradable durante unos veinte kilómetros y luego concluyó en un ensanchamiento de la rama. Allí el río no se precipitaba por un declive de noventa grados en una catarata. Simplemente se derramaba por los lados de aquella amplia zona, bloqueado por una ascensión de la rama. El grupo desmontó las balsas y transportó los troncos por el repecho, que ascendía en un ángulo de unos cuarenta y cinco grados. Una vez arriba, se encontraron con otro arroyo que pronto se convirtió en río. Ataron de nuevo los troncos y dejaron que la corriente les llevara. Esta operación la repitieron diez veces. Luego la rama recorrió la extensión más larga sin interrupciones que habían visto hasta entonces. Se prolongaba durante unos veinte kilómetros, y el descenso fue tan suave que el agua simplemente se derramaba en la ciénaga. Ulises calculó que debían haber recorrido unos cuatrocientos kilómetros por aquella rama. Ghlij dijo que habían tenido mucha suerte encontrándola. Había muy pocas así.

Subieron de la ciénaga húmeda, fría y nauseabunda hasta que hallaron una rama prometedora a unos dos mil metros de altura. Diez días más tarde, llegaron a una catarata, cuyo pie estaba a unos mil ochocientos metros por debajo de ellos. Y allí concluía el Árbol.

Ulises se sintió un poco desconcertado y un poco irreal. Había llegado a acostumbrarse a que el mundo fuese un árbol gigantesco con muchos niveles de ramas entremezcladas, troncos que parecían elevarse hasta el cielo y densa vegetación, hasta el punto que había concebido el mundo como sólo… Árbol.

Ahora había ante él una llanura que se extendía quizás a lo largo de ochenta o noventa kilómetros, y más allá las cimas de los montes. Al otro lado de la cordillera, si Ghlij no mentía, estaba el mar.

A su lado estaba Awina, lo bastante cerca para que su peluda cadera le rozase. Su larga cola negra se balanceaba acariciándole de vez en cuando las piernas por detrás.

– Wurutana nos ha dejado libres -dijo ella-. No sé por qué. Pero él tiene sus razones.

Ulises se enfureció.

– ¿Por qué no puedes pensar -preguntó- que nuestro éxito se debe a mis poderes como dios?

Awina se detuvo y le miró de reojo. Sus ojos eran enormes como siempre, pero las pupilas se habían achicado.

– Perdonadme, Señor -dijo-. Os debemos mucho. Sin vos habríamos perecido sin duda. Pero aun así, sois un dios pequeño comparado con Wurutana.

– El tamaño no significa necesariamente superioridad -replicó él.

Estaba enfurecido, pensó, no porque ella negase o menospreciase su divinidad. No estaba, desde luego, tan loco. Era sólo que deseaba que le rindiesen el tributo adecuado por haber conseguido sacarlos de allí. Que le honrasen como a un ser humano, aunque él se viese obligado a hablar en términos de divinidad.

Quería que Awina, sobre todo, reconociese esto. Pero, ¿por qué lo deseaba? ¿Por qué sería tan importante para él aquella criatura bella pero extraña, aquel ser inteligente pero no humano?

Por otra parte, pensaba, ¿por qué debería hacerlo? Ella había sido su principal ayudante desde el primer día, le había enseñado su primer idioma (en cierto modo le había enseñado a hablar), le había prestado numerosos servicios, siendo uno de los más importantes el apoyo moral. Y era muy atractiva, en un sentido físico. Llevaba tanto tiempo sin ver un ser humano, que se había acostumbrado a los no humanos. Awina era una hembra muy bella (casi pensó mujer)

Sin embargo, aunque sentía a menudo mucho cariño hacia ella, a veces le repugnaba. Esto ocurría cuando se le aproximaba demasiado físicamente. El se apartaba, y ella le miraba con una expresión inescrutable. ¿Sabía lo que pensaba él? ¿Interpretaba correctamente su reacción?

Ulises esperaba que no fuese así, porque en tal caso, ella era lo bastante inteligente y sensible para saber que la evitación del contacto físico era una defensa por parte de él. Y ella sabría, como sabía él, por qué él tenía necesidad de defenderse.

– ¡Vamos! -gritó a Wulka y a los otros jefes-. ¡Seguidme fuera del Árbol! ¡Pronto estaremos sobre terreno sólido y seco!

El descenso transcurrió sin novedad, aunque Ulises tuvo que reprimirse para no correr. La inmensa masa gris oscura del Árbol parecía aún más amenazadora, ahora que estaba a punto de librarse de él, que cuando había estado dentro. Pero nada sucedía. No surgieron ni gigantes ni hombres leopardo del Árbol para un ataque final.

Sin embargo, una vez que estuvieran en la llanura, serían fácilmente localizados por los hombres murciélago. Sería mejor permanecer a la sombra del Árbol hasta que cayese la noche y salir entonces.

Afortunadamente, el terreno que había en la base del gran Árbol en aquella zona no era tan pantanoso. En cuanto se separaron de la rama por la que descendía el río, encontraron terreno seco. Hicieron su campamento en el lado norte de una rama que se clavaba en la tierra en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Ulises estudió la llanura, cubierta de una hierba muy alta de un color parduzco, salpicada de árboles parecidos a la acacia. Había grandes rebaños de comedores de hierba y hojas por allí: caballos, antílopes, búfalos, aquel otro animal parecido a la jirafa que según su opinión debía proceder del caballo, el animal parecido al elefante que podría haber evolucionado del tapir, el conejo gigante de grandes patas, y el jabalí azul de largas zancas y curvados colmillos. Había también predadores, el correcaminos de cuatro metros de altura, el felino parecido a la pantera y arrogantes leones de pelo como de puercoespín.

Aquella noche, el grupo se apartó del Árbol. No llegaron muy lejos porque dedicaron mucho tiempo a cazar. Al amanecer hicieron pequeñas hogueras dentro de un bosquecillo de acacias y asaron la carne. Luego durmieron a la sombra de los árboles, dejando una guardia.

Al tercer día, llegaron a la cadena montañosa. No hubo siquiera que amenazar a Ghlij con torturarle. Aportó voluntariamente información sobre un paso, y marcharon así a lo largo de las montañas durante dos días hasta que lo hallaron. Tardaron otros dos en cruzar las montanas. De pronto, al anochecer, doblaron unas lomas y allí, centelleando a lo lejos, estaba el mar.

Luego se ocultó el sol y se oscureció el cielo. Ulises se sentía feliz sin saber por qué. Quizás era porque la montaña bloqueaba la visión del Árbol y la noche le impedía ver lo que pudiese recordarle que no estaba en su propia época, en la Tierra en que había nacido. No había duda de que las estrellas formaban constelaciones extrañas, pero podía pasarlo por alto. Luego, no pudo pasar por alto la luna. Era demasiado grande y demasiado verdosa y azulada y con motas blancas.

Se levantaron al amanecer, desayunaron, y luego comenzaron a descender por la ladera de la montaña. Al anochecer habían llegado al pie y a la mañana siguiente avanzaron a través de un territorio relativamente llano hacia el mar. Al principio había espesos bosques, pero, al segundo día, llegaron a una zona de muchos campos abiertos, casas, pajares y setos.

Las casas eran edificios cuadrados, a veces de dos plantas, normalmente de troncos, pero en ocasiones de bloques de granito, toscamente cortado, unidos con mortero. Los pajares eran en parte de piedra y en parte de madera. Ulises investigó varios de ellos y los encontró todos vacíos, sólo ocupados por animales salvajes. Estaban llenos de imágenes de madera y de piedra y algunos cuadros, todos primitivos, pero había suficientes figuras humanas para asegurarle que los artistas habían sido hombres.

Pensó: habían sido, porque no había signo alguno de cuerpo humano, vivo o muerto.

A veces, pasaban ante una casa o un pajar que habían sido quemados. No podía determinar si esto se debía a accidente o a guerra.

Los animales que habían habitado aquellas cuadras que no estaban quemadas y los habitantes de las casas habían huido o muerto.

No se veía por ninguna parte ni siquiera un hueso humano.

– ¿Qué ha pasado aquí? -preguntó a Ghlij. Ghlij alzó los ojos hacia él, encogió sus huesudos hombros y extendió sus alas lo más lejos que la atadura le permitía.

– ¡No sé, Señor! La última vez que estuve aquí, hace seis años, vivían en la región los vroomaws. Aparte de incursiones ocasionales de los vignoom y los neshgais, llevaban una vida pacífica. Quizás descubramos lo que pasó aquí cuando lleguemos al pueblo principal. Si se me permitiese volar delante, podría saberse enseguida…

Ladeó la cabeza y sonrió compungido. No podía, claro está, proponer aquello en serio, y Ulises ni siquiera le hizo caso. Pasaban entonces delante del primer cementerio, y Ulises mandó a la columna que se detuviese. Recorrió el camposanto, examinando las tumbas. Tenían éstas unas gruesas estacas talladas de madera rojiza y dura con los cráneos de varias aves y animales en la punta. No había otro medio de identificación en las tumbas, y Ghlij y Jyuks no sabían lo que querían decir aquellos cráneos.

La columna reanudó la marcha siguiendo el estrecho y sucio camino. Los caseríos se hicieron más numerosos, pero todos estaban desiertos.

– A juzgar por el estado de los edificios y la vegetación que ha crecido a su alrededor, diría que fueron abandonados hacedor lo menos un año -dijo Ulises-. Puede que dos.

Ghlij le dijo que los vroomaws eran los únicos seres humanos de que tenía noticia, salvo, claro está, los que eran esclavos de los neshgais. De hecho, los vroomaws quizás descendiesen de esclavos fugitivos de los neshgais. Por otra parte, los neshgais podrían también haber obtenido sus esclavos de vroomaws capturados. En cualquier caso, los vroomaws vivían en un área de unos ciento cincuenta kilómetros cuadrados y serían unos cuarenta y cinco mil. Había tres poblaciones principales, de unos cinco mil habitantes cada una, y el resto vivía en caseríos o de la caza. Habían tenido algún comercio con los hombres murciélago y con los pauzaydures. Estos últimos eran, según Ghlij, gente que vivía en el mar y no sobre él. Eran una especie de centauros-pulpos, si era cierta la descripción de Ghlij.

Ulises preguntó por la historia de los humanos, pero Ghlij dijo que nada sabía.

Ulises pensó que sabía menos sobre aquel mundo que cuando abrió los ojos en el templo en llamas de los wufeas. Bueno, no realmente. Pero estaba mucho más confuso. Había toda aquella serie de géneros y especies de seres inteligentes, muchos de los cuales no podían explicarse por la teoría de la evolución; y ahora allí estaban los seres humanos que habían desaparecido brusca y misteriosamente. Llevaba días entusiasmado con la perspectiva de ver un rostro humano de nuevo, y oír voces humanas, de tocar piel humana. Y habían desaparecido.

El sucio camino se retorcía a través de los campos para acabar llevándoles a una población amurallada a la orilla del mar. Había allí un puerto y muchas naves, que iban desde canoas a barcos de un sólo mástil como las embarcaciones vikingas, destrozados en la orilla. Al parecer una tormenta había barrido la mayoría de las embarcaciones de su anclaje y las había arrojado sobre la playa.

Daba la sensación de que todos los habitantes del pueblo hubiesen decidido irse durante la comida de mediodía. Un cuarto de las casas, aproximadamente, estaba quemadas, pero esto podía atribuirse a falta de cuidado con los fuegos de las cocinas.

Sólo había una cosa que alteraba el cuadro de toda una población huida en masa. Era un poste de madera muy alto en el centro de la plaza principal. En su cúspide había una cabeza de madera tallada. La cabeza no tenía pelo y tenía unas orejas muy grandes, como abanicos, no humanas, una nariz larga y serpentina y una boca abierta de la que se proyectaban colmillos elefantinos de casi un metro de longitud. La cabeza estaba pintada de gris oscuro.

– ¡Neshgais! -dijo Ghlij-. Esa es la cabeza de un neshgai. Han dejado esto atrás como un signo de conquista.

– Si tomaron por asalto el territorio, ¿dónde están los signos de violencia? ¿Dónde están los esqueletos?

– Evidentemente, los neshgai lo limpiaron todo después -contestó Ghlij-. Son gente muy limpia. Les gusta mucho el orden y el aseo.

Ulises buscó pruebas de entierros masivos y encontró varias fosas grandes. Excavó en una y descubrió unos cien esqueletos. Todos humanos.

– Los neshgais debieron llevarse sus propios muertos a su tierra -dijo Ghlij-. Todos los neshgais están enterrados en un sitio. Un lugar muy sagrado.

– ¿Cuánto tiempo llevan aquí los vroomaws? Supongo que esto lo sabrás.

– Bueno, yo diría que unas veinte generaciones -dijo Ghlij alzando la cara.

– Eso serían unos cuatrocientos años -estimó Ulises. ¿Por qué no habría podido despetrificarse un centenar de años antes? pensó. Entonces, podría haber dado con su propio género y haberse establecido entre ellos y tener hijos. Y con su conocimiento de la tecnología, los humanos no habrían sido conquistados por los neshgai. Probablemente habría sucedido lo contrario.

Por supuesto, él estaría ya muerto, enterrado con un poste sobre su tumba y el cráneo de algún animal al ex tremo del poste. AQUÍ YACE ULISES SINGING BEAR, 1952 d. C. -10.000.000 d. C.

Durante un rato, se sintió deprimido. Dado que la tumba sería su fin inevitable, ¿a qué preocuparse tanto? ¿Por qué no regresar a la aldea wufea y establecerse allí entre los que le adoraban? En cuanto a la compañera que tan imperiosamente necesitaba…

Al cabo de una hora, se había sacudido el pesimismo. Era esencia de la vida no creer en la propia muerte, actuar como si la vida fuese eterna. Y la vida tenía que actuar también como si problemas pequeños fuesen grandes. Adoptar una actitud realista hacia vida y muerte significaba aislarse en la irrealidad. En la locura. Resultaba irónico que el único medio de mantener la cordura fuese ignorar que uno se encontraba en un mundo loco o actuar como si el mundo estuviese cuerdo.

Exploró casas y templos y luego bajó a la playa. Había una embarcación, aún sujeta a un ancha, no muy dañada. Tenía el casco muy sucio y había que reemplazar algunas tablas, pero podía arreglarse con el material que había almacenado en los muelles. Explicó a sus jefes lo que quería que hiciesen. Estos asintieron como si hubiesen entendido, pero su expresión era dudosa. Quizás estuviesen asustados.

Pensó de pronto que quizás no supiesen nada sobre navegación. En realidad, salvo los hombres murciélago y él mismo, nadie del grupo había visto nunca el mar.

– Navegar quizás os resulte extraño y aterrador al principio -dijo-. Pero podéis aprender. Puede incluso gustaros, en cuanto sepáis lo que podéis hacer y lo que no en el mar.

Aún seguían vacilantes, pero se apresuraron a cumplir sus órdenes. Estudió los mástiles y las Velas disponibles. Todas las embarcaciones y naves utilizaban aparejo redondo. Al parecer, los vroomaws no sabían de aparejos anteriores y posteriores, lo cual significaba que probablemente no supiesen virar o navegar todo a ceñir. No podía entenderlo. No había duda de que el hombre llevaba varios miles de años saliendo al mar cuando inventó las velas que le permitieron virar hacia adelante y hacia atrás. Pero una vez inventada la vela, este, hallazgo debería haber permanecido siempre en la tecnología humana. Pero no era así, lo cual significaba que se había producido un catastrófico vacío en la continuidad de los conocimientos del hombre. Debía de haberse producido un retroceso absoluto al salvajismo sin ningún contacto con los mares en por lo menos varias generaciones. Y sin que se transmitiese ninguna técnica, ni siquiera oralmente.

Eligió una gran casa para vivir y se trasladó allí con Awina y los jefes, dejando a los otros en tres casas separadas con sus subjefes. Colocaron centinelas en la puerta principal, con orden de tocar grandes tambores en la casa que había junto a la entrada si veían algo sospechoso.

Tres semanas después, estaba preparada la nave. La echaron al mar y Ulises se llevó a todos sus hombres en su primera navegación. Sus marineros habían recibido instrucciones verbales. Ahora intentaban llevar a la práctica sus nebulosos conocimientos. Estuvieron varias veces a punto de hacer volcar la embarcación. Pero, tras una semana de constante aprendizaje, se hallaron en condiciones de un largo viaje a lo largo de la costa. Ulises, además de construir e instalar un aparejo que permitía virar por delante y por detrás, también construyó e instaló un timón. Las naves de los vroomaws utilizaban grandes remos o paletas para navegar.

Bautizó el barco con el nombre de Nueva Esperanza, y un hermoso amanecer salieron hacia la tierra de los neshgai.

La costa era llana y de muy buenas playas, con sólo algunos acantilados esporádicos. El agua no era muy profunda a unos tres kilómetros de la costa y no había rocas ni cayos. Los árboles, grandes robles, sicómoros, abetos, pinos y varias especies desconocidas en la Tierra de su época, llegaban hasta cerca de la playa. Había gran cantidad de animales: corzos, antílopes, el caballo gigante de largo cuello, al que llamó girse aunque pensaba en inglés (cosa que ya muy pocas veces hacía), búfalos, inmensos animales parecidos a los lobos, focas y puercoespines.

Preguntó a Ghlij por qué no había seres inteligentes en la tierra situada entre los neshgai y los vroomaws.

– No puedo más que hacer suposiciones -contestó el hombrecillo alado-. Pero yo diría que se debe a que todos los seres inteligentes de la costa se han ido a vivir con el Árbol.

Ulises percibió el con. ¿Por que no le Ghlij hablaba como si hubiese sido una invitación, y los seres inteligentes se hubiesen trasladado a una casa con otros?

– Es más fácil vivir con el Árbol -dijo Ghlij-. Uno puede ocultarse de sus enemigos. Hay mucha comida y es fácil de obtener.

– Y snoligósteros y ratas gigantes que devoran al pescador desprevenido -replicó Ulises-. Y si en el Árbol abunda la caza, abundan también los carnívoros feroces, muchos de los cuales no rechazan la idea de comerse a un hombre. Y si una tribu puede ocultarse fácilmente, también puede ser fácilmente sorprendida una vez localizada. La espesa vegetación tiene desventajas además de ventajas.

Ghlij se encogió de hombros y sonrió con aire de superioridad.

– Cierto. Pero es bueno que mueran unos cuantos de vez en cuando, porque si no las tribus llegarían a alcanzar tal número que no habría sitio y se acabaría la comida. Deben sufrir unos cuantos por el bien de muchos. Además, no hay ninguna guerra entre los pueblos del Árbol. Al menos, no hay guerras como las de las gentes de la llanura. El Árbol cuenta a sus tribus, y cuando una tribu tiene demasiada gente, el Árbol notifica a sus vecinos que pueden hacerle la guerra. También advierte a la tribu que va a ser atacada. Entonces, los jóvenes guerreros de las dos tribus se preparan para combatir. O, a veces, durante breves períodos, se permiten ataques a los propios lugares habitados. Y se permite matar a las hembras y a las crías. Pero esto no sucede con demasiada frecuencia, y cuando pasa, es bienvenido. Las pequeñas guerras añaden emoción (y valor) a la vida.

– Me pregunto por qué no irían a vivir al Árbol los neshgai y los vroomaws -dijo Ulises.

– ¡Los neshgai se creen mejores que el Árbol! -dijo Ghlij irritado-. Esos orgullosos barrigudos narizotas fueron en tiempos unos salvajes como los wuggrudes y los hombres leopardo. Pero luego desenterraron la ciudad de Shabawzing y encontraron allí muchas cosas que les permitieron pasar del salvajismo a la civilización en tres generaciones. Además, son grandes y torpes y no pueden vivir cómodamente en el Árbol, pues ni gatear saben.

– ¿Y los vroomaws?

– Vivieron con el Árbol… en tiempos. Pero se fueron, pese a las órdenes del Árbol de que se quedasen donde estaban. Son una gente muy rebelde y pendenciera, como descubriréis si los encontráis. Se trasladaron a la costa y construyeron allí sus casas. Algunos dicen que al principio se aliaron con los neshgai, que traicioneramente los esclavizaron. Y luego un grupo de vroomaws lograron escapar y llegaron aquí y construyeron una nación, pensando marchar algún día contra sus antiguos dominadores. Pero es evidente que los neshgais se adelantaron.

Ghlij parecía muy feliz del destino de los humanos.

– Luego les tocará el turno a los neshgais -añadió-. Pero su muerte vendrá del Árbol, que nunca olvida ni perdona. Los neshgais están amenazados con ataques de los fishnoomes, hermanos de los wuggrudes, y de los glassimes, hermanos de los hombres leopardo. El Árbol les ha enviado para acosar a los neshgais y, por último, exterminarlos.

Luego añadió, aún más maliciosamente:

– Y el mismo destino espera a las gentes de las llanuras del norte si no van a vivir con el Árbol. El Árbol acabará creciendo sobre las llanuras, sobre toda la tierra salvo una estrecha faja de costa. Y el Árbol no admitirá que habiten seres inteligentes en la costa. Los matará de un modo u otro.

– ¿El Árbol? -dijo Ulises-, ¿O los hombres murciélago, que utilizan el Árbol para someter a todos los demás a su voluntad? Que fingen ser servidores del Árbol pero en realidad son sus amos…

– ¿Qué? -exclamó Ghlij, con un cabeceo-. ¿No creeréis eso, verdad? ¡Debéis estar loco!

Sin embargo, había en su rostro una expresión burlona apenas oculta, que hizo a Ulises preguntarse si no habría dado con la verdad.

Si su teoría era más que una teoría, explicaría mucho.

Pero aún dejaría mucho por explicar. ¿Cómo se había formado el Árbol? No podía creer que aquella monstruosa mole vegetal hubiese evolucionado de modo natural de alguna de las plantas que vivían en su época.

Y luego, estaba el misterio del origen de todos los tipos de seres inteligentes no relacionados.

El barco continuaba navegando a lo largo de la costa, manteniéndose cerca de tierra y anclando cuando el cielo estaba demasiado encapotado para dar la luz suficiente para una navegación segura. Cuando se veía la luna, la nave continuaba su travesía toda la noche. Ghlij y Jyuks proporcionaban de vez en cuando información sobre los neshgais. Estaban casi siempre acuclillados en una plataforma que había junto a la base del mástil, sus alas casi barriendo la rechinante madera, con unas mantas sobre los hombros y las cabezas muy juntas. Aunque se odiaban, ahora hablaban entre sí. Se hallaban demasiado solos y se sentían demasiado míseros y asustados para no buscar refugio de vez en cuando en su idioma materno. Ulises no sabía qué hacer con ellos. Le habían dado la mayor parte de la información que quería. Estaba seguro de poder obtener más información, si daba con las preguntas adecuadas. Pero temía que se le escapasen algún día y pudiesen volver con un ejército. Cada día que pasaba aumentaban las posibilidades de que se escaparan.

Ulises no quería matarlos, aunque era la única solución lógica. Sin embargo, seguía en pie el hecho de que aún no habían revelado el emplazamiento de su ciudad base. Sólo en el aire, afirmaban, podían orientarse para volver a ella.

Ulises utilizó esto como pretexto para no matarles. Podían serle útiles algún día para indicarle el camino de su base. Si debían hacerlo desde el aire, así lo harían. Al parecer, nadie sabía de globos o dirigibles, y por eso los hombres murciélagos estaban muy tranquilos y pensaban que su secreto estaba seguro.

Al sexto día, Ulises vio por primera vez a unos hombres pulpo. Había alejado la nave de la costa debido a una gran roca que se interponía en su camino. Antes de que la nave llegase a doscientos metros de la roca, vio a aquellos curiosos seres en una estribación rocosa a algo más de un metro por encima de la superficie del mar. Aproximó el Nueva Esperanza lo más posible a la roca y él y su tripulación contemplaron a las cuatro criaturas que tomaban el sol sobre la roca. Se parecían más a los tiburones de su época que a los centauros-pulpo descritos por Ghlij. De pecho para abajo eran como peces, más bien como pulpos, pues las aletas eran horizontales, no verticales. La piel de la parte inferior del cuerpo era del mismo color bronce claro que la superior. Los genitales, tanto del macho como de la hembra, estaban ocultos entre capas del cuerpo inferior. Del tórax hacia arriba era totalmente humanos, y los dedos, en contra de lo que había supuesto, eran perfectamente normales. Tenían las narices muy pequeñas; Ghlij dijo que podían cerrarlas firmemente con acción muscular. Los ojos podían cubrirse de una capa transparente y rígida que brotaba de debajo de los párpados. El pelo de la cabeza era corto y suave, pareciendo desde lejos más que pelo la piel de las focas. Dos tenían el pelo negro, otra de un rubio ceniza, y la cuarta completamente rubio.

Ulises les hizo una seña y sonrieron. Una mujer y un hombre respondieron con otro saludo. Ghlij, que se había acercado a la borda, dijo:

– Bien hecho. No es bueno enemistarse con la gente del mar. Pueden arrancar el fondo de la nave si quieren.

– ¿Se muestran siempre amistosos?

– A veces comercian con los neshgais y los humanos. Traen extrañas piedras marinas o peces o artículos procedentes de embarcaciones hundidas y los cambian por vino o cerveza.

Ulises se preguntó si podría convertirlos en aliados en su guerra contra los neshgais. Es decir, si libraba una guerra contra los neshgais. Ghlij creía que no tomarían partido, a menos que una de las partes les ofendiese gravemente. Pero incluso los arrogantes neshgais les trataban con cortesía y les hacían obsequios de vez en cuando. Los neshgais tenían una gran flota que no deseaban ver en el fondo del océano.

La roca y su extraña carga se hundió tras ellos.

– Otro día como éste -dijo Ghlij- y llegaremos a la costa de los neshgais. ¿Entonces qué?

– Ya veremos -dijo Ulises-. ¿Tú hablas bien su idioma?

– Muy bien -dijo Ghlij-. Además, muchos de ellos hablan airata.

– Espero que no se asombren demasiado cuando me vean con mi tripulación. No me gustaría que nos atacaran sólo porque les alarmemos.

Una hora después del amanecer del día siguiente, pasaron ante un enorme símbolo grabado en la roca. Era una gran X dentro de un círculo roto. Aquel era el símbolo de Nesh, el dios epónimo ancestral de los neshgais, dijo Ghlij. Aquel grabado, que podría verse desde el mar a varios kilómetros, señalaba la frontera occidental de su tierra.

– Pronto veremos un buen puerto -dijo Ghlij-. Y una ciudad y una guarnición de tropas. Y algunos navíos mercantes y bajeles rápidos.

– ¿Navíos mercantes? -dijo Ulises, ignorando la amenaza de su tono-. ¿Con quién comercian?

– Sobre todo entre sí. Pero algunas de sus grandes naves recorren la costa hacia el norte y comercian con los pueblos que hay en aquellas costas.

Ulises empezó a sentirse excitado. No tanto por enfrentar el peligro de lo desconocido como por una nueva idea. Quizás los neshgais no hubiesen de ser sus enemigos. Quizás pudiesen ser amigos, y ayudarle. Desde luego, tenían un interés común en combatir al gran Árbol o a quien lo utilizase. Y posiblemente podrían estar trabajando con los humanos, no haciendo a los humanos trabajar para ellos. ¿Quién sabía cuántas mentiras no le habría dicho el hombre murciélago?

La costa se curvó profundamente hacia adentro, y entonces Ulises vio un rompeolas a la izquierda. Estaba hecho de grandes bloques de piedra y se extendía a lo largo de varios kilómetros. Más que un simple rompeolas, era un alto muro destinado a proteger el puerto y la ciudad de naves hostiles. En la cima del acantilado se veían algunos inmensos, edificios grises y luego, al cruzar la primera de las entradas, gran número de barcos y una ciudad en la ladera de la colina del fondo.

Habían pasado una torre situada en el extremo del rompeolas y visto dentro personas detrás de algunas de las estrechas aberturas de las ventanas. Algo atronó, y él miró atrás y vio una forma gigante sobre la torre. Sostenía una trompeta inmensa en su boca descomunal. La probóscide elefantina estaba alzada sobre el instrumento como si ella, no el instrumento, trompetease.

Ulises decidió que sería mejor si él acudía a saludarlos en vez de obligarlos a ellos a salir. Sin duda no creerían que aquel pequeño navío pretendiese atacarles. Situó la nave entre la amplia entrada del rompeolas, bajo las dos torres de ambos lados de la entrada. Saludó a la gente de la torre y le sorprendió ver que la mayoría de ellos eran humanos. Llevaban yelmos de cuero y escudos que supuso de madera. Blandían lanzas (de punta de piedra, desde luego) o sostenían arcos y flechas. Tras ellos se alzaban las figuras grisáceos de los neshgais. Los gigantes debían de ser los oficiales.

Nadie disparó desde las torres. Debieron pensar como él que un pequeño navío no podía entrar con propósitos hostiles.

No se sintió tan seguro un momento después, cuando vio un gran bajel, tipo galera, que avanzaba rápidamente hacia el suyo. Lo dirigían varios soldados, dos tercios de ellos humanos, y tenía timón. No tenía vela. Tampoco tenía remeros.

Entonces abrió mucho los ojos con la extraña sensación de que acababa de meter la cabeza en una guillotina. No había visto ni oído nada que indicase que los neshgais tuviesen una tecnología tan avanzada.

Pero cuando la galera giró tras ellos y luego se colocó a su lado para dirigirles, no emitió más sonido que el silbido del agua cortada por la fina quilla y el rumor de las olas al abrirse. Si la embarcación llevaba un motor de combustión interna, tenía también unos excelentes instrumentos para silenciar el ruido.

– ¿Quién conduce eso? -dijo a Ghlij.

– No lo sé, Señor -respondió Ghlij.

El tono con que dijo Señor indicaba que creía que los días de Ulises como dios estaban contados. Pero no parecía demasiado alegre. Quizás también el hombre murciélago corriese peligro de verse esclavizado. Sin embargo, esto no parecía probable, pues Ghlij había dicho que los hombres murciélago comerciaban con los neshgais.

Contempló la nave. ¿Cómo se compaginaba su avanzado método de propulsión con las primitivas armas de su tripulación?

Se encogió de hombros. Ya lo descubriría. Y si no, tendría cosas más importantes de que preocuparse. Siempre había tenido la virtud de la paciencia, y la había fortalecido enormemente desde su despertar. Quizás su «piedritud» increíblemente larga había capacitado a su psique para absorber parte de la resistencia del material inerte y duro.

Su nave bajó la vela, y los remeros alzaron los remos para disminuir la velocidad, cuando el barco comenzó a deslizarse a lo largo del muelle siguiendo las instrucciones de un oficial de la galera. Humanos vistiendo sólo taparrabos tomaron las amarras que les arrojaron los peludos tripulantes y arrastraron el navío por encima de varios sacos de aspecto gomoso. La galera se deslizó por el mismo camino un minuto después y luego paró sus invisibles motores silenciosos y se detuvo a unos centímetros de una estructura que había delante.

Ulises pudo ver entonces más de cerca a los neshgais. Medían algo más de tres metros y tenían unas piernas cortas y vigorosas como columnas, y grandes pies desparramados. Eran largos de cuerpo, (diríase que debían padecer mucho de la espalda) y sus brazos eran muy musculosos. En las manos tenían cuatro dedos.

Las cabezas se parecían mucho a la cabeza tallada que habían visto en el pueblo vroomaw. Las orejas eran enormes, pero mucho más pequeñas en proporción a la cabeza que las de un elefante. La frente era muy ancha y nudosa en las sienes. No tenían cejas, pero las pestañas eran muy largas. Los ojos eran marrones, verdes o azules. La pellejuda y arrugada probóscide, cuando colgaba, les llegaba al pecho. Las bocas eran anchas, y de los labios muy gruesos (casi negroides, en realidad) les brotaban dos pequeños colmillos en ángulo recto respecto al plano de la cara. No tenían más que cuatro molares, y esto, claro está, afectaría a su idioma. Su airata, la lengua comercial, tendría un tono distinto. Tan distinto que era casi un nuevo lenguaje. Pero cuando el oído se acostumbraba, resultaba inteligible. Sin embargo, los humanos tenían dificultad para reproducir sonidos neshgais, y en consecuencia su airata era un compromiso entre aquél que hablaban pueblos de dentadura similar y el que hablaban los neshgais. Por fortuna, los neshgais eran capaces de entender el airata especial de sus esclavos.

Sus pieles variaban de un gris muy claro a un gris marrón.

Llevaban picudos yelmos de cuero con cuatro orejeras, muy parecidos, pensó Ulises, al gorro de Sherlock Holmes. Llevaban cuentas enormes, piedras de varios tipos atadas con cuerdas de cuero, alrededor de sus gruesos cuellos. Grandes petos de hueso pintados en rojo, negro y verde cubrían sus pechos, relativamente estrechos. Su única ropa (universal entre los humanos y entre los neshgais también) era un taparrabos. Las piernas de los oficiales tenían enrolladas unas cintas verdes, y sus enormes pies iban embutidos en sandalias. Algunos llevaban capas de vivos colores, con grandes plumas blancas en los bordes.

A Ulises le parecía que aquellas criaturas combinaban una ajenidad repugnante con un aura de poder y sabiduría. Esto último era consecuencia de su propia actitud hacia los elefantes, claro. Luego se recordó que los neshgais podrían ser descendientes de probóscides, pero no eran elefantes, lo mismo que él no era un simple mono. Y aunque su tamaño gigante y su indudable gran fuerza les proporcionaran ventajas, también les creaban ciertas desventajas. Todo tiene sus inconvenientes.

Un majestuoso neshgai se mantenía separado y delante de los otros en el muelle. Fue él quien habló a Ulises mientras todos los demás escuchaban respetuosamente. Lanzó un agudo trompeteo por su larga nariz (un saludo, como Ulises descubriría) y luego pronunció un breve discurso. Ulises, aunque sabía que el otro hablaba en airata, poco pudo entender por lo extraño del acento. Pidió a Ghlij que lo tradujera, advirtiéndole que no mintiese.

– ¿Y qué me haríais, Señor? -dijo Ghlij, mirándole de reojo sin disimular su odio.

– Puedo matarte ahora mismo -dijo Ulises-. No te subleves tan pronto.

Ghlij soltó un bufido y luego repitió en airata más inteligible lo que el oficial, Gushguzh, había dicho.

El resumen era que Ulises debía rendirse con su tripulación a Gushguzh. Él le conduciría a la ciudad, al edificio principal de la administración, la casa del soberano y de su primer ayudante, Shegnif. Allí le entrevistaría. Si Ulises no aceptaba rendirse inmediatamente, Gushguzh ordenaría que les atacasen.

– ¿Es ésta la capital? -dijo Ulises, señalando la ciudad de la colina. Era la población mayor que había visto hasta entonces, pero aun así no podía albergar a más de treinta mil seres, incluidos los humanos.

– No -dijo Ghlij-. Bruuzhgish está a varios kilómetros al este. Allí es donde viven la Mano de Nesh y su ayudante Shegnif.

Ghlij utilizó una palabra para indicar la posición de Shegnif que podría traducirse como Gran Visir.

Gushguzh habló de nuevo, y Ghlij dijo que debían abandonar la nave y subir la colina hasta la guarnición. Les proporcionarían transporte a todos para trasladarse a la capital. Al parecer, no le preocupaban las armas que los recién llegados llevaban.

Ulises salió el primero para colocarse al lado del descomunal Gushguzh. El gigante desprendía un olor más parecido al de un caballo sudoroso que al de un elefante. A Ulises le resultó agradable. El atronar de los estómagos de los neshgais, sin embargo, era un fenómeno que habría de rodear constantemente a Ulises en aquella tierra. Además, el neshgai comenzó a mascar un gran palo hecho de verduras prensadas y daba órdenes a sus soldados sin dejar de mascar. Los neshgais dedicaban mucho tiempo a comer porque así lo exigían sus grandes estómagos. Pero no tanto como los elefantes.

Organizada al fin, la cabalgata desfiló calle arriba directamente hacia la colina. Los soldados neshgais, esclavos humanos y oficiales no humanos, siguieron a los recién llegados. Wulka llevaba a Jyuks a la espalda. Ulises llevaba a Ghlij, seguido del enorme Gushguzh. Caminaba muy digna y lentamente ladera arriba. Cuando llegaron a la cima, jadeaba, y le caía saliva de la boca. Ulises recordó el comentario de Ghlij de que los neshgais eran propensos a las enfermedades cardíacas, pulmonares y de espalda, y a dolencias en pies y piernas. Pagaban cara la combinación d«gran tamaño y estructura bípeda.

La calle estaba pavimentada con ladrillos unidos con mortero y tenía una anchura de unos quince metros. Las casas eran cuadradas, tenían tres cúpulas y estaban cubiertas de diversas figuras y dibujos geométricos y pintadas de modo parecido a lo que se llamaba «psicodélico» en tiempos de Ulises. No había ciudadanos ni esclavos en la calle porque los soldados los habían desalojado. Pero se asomaron a puertas y ventanas a su paso muchas caras grises o tostadas. Según Ghlij, los neshgais jamás habían visto felinos peludos como aquéllos.

Gushguzh les dejó a la entrada del fuerte de la guarnición, que era un edificio con forma de castillo hecho de ciclópeos bloques de granito, Pasó una hora; luego otra. Era como estar en el ejército, pensó Ulises. Correr y esperar. Diez millones de años habían creado un nuevo tipo de ser inteligente, pero el procedimiento militar no había variado en absoluto.

Awina estuvo un rato cambiando el peso del cuerpo de un pie al otro, hasta que por fin se acercó a Ulises y se apoyó en él.

– Temo, mi Señor -dijo-, que nos hemos puesto en manos de los narigudos, y que harán con nosotros lo que quieran. Somos demasiado pocos para defendernos.

Ulises le dio una palmada en la espalda, gozando, pese a su ansiedad, la suave sensualidad de aquella piel.

– No te preocupes -dijo-. Los neshgais parecen ser individuos inteligentes. Se darán cuenta de que tengo mucho que ofrecerles y que no deben tratamos como si fuésemos una manada de perros salvajes.

Esa había sido su principal razón para penetrar tan audazmente en territorio neshgai. Pero luego la galera le había dejado asombrado. ¿Y si aquella gente estuviese tan adelantada que nada de lo que pudiese ofrecerles fuese comparable a lo que ya tenían? Ciertamente no había visto signo alguno de transporte terrestre con motores, y eso resultaba extraño. Quizás los motores que la galera utilizaba exigiesen demasiado espacio y combustible para poder aplicarse a los automóviles. En cuyo caso, podría enseñarles a construir coches de vapor.

Entonces se abrieron las puertas del fuerte y salió una hilera de automóviles y camiones. Se parecían un poco a los primeros coches de su época, parecían carros y carruajes modificados. Eran todos de madera, salvo ruedas y neumáticos. Las ruedas parecían de vidrio u otro plástico que parecía vidrio. (El vidrio, por supuesto, era un plástico) Los neumáticos parecían de goma blanca, y (según se enteró más tarde) los hacían de la savia, especialmente tratada, de un árbol que no había existido en su época.

Los vehículos tenían que ser inmensos para albergar a los gigantescos neshgais. Los volantes eran enormes, parecían más timones de navíos. Debía necesitarse gran fuerza y grandes manos para girarlos, y quizás ésa fuese la razón de que sólo los neshgais condujesen, incluso en los camiones. Sin embargo, Ghlij dijo que nunca confiaban en los humanos para conducir vehículos o para utilizar instrumentos tecnológicos avanzados, salvo los transmisores de voces.

Ningún sonido brotaba del capó. Ulises puso su mano sobre la madera pero no percibió ninguna vibración. Preguntó a Ghlij qué impulsaba los vehículos, y Ghlij se encogió de hombros.

– No lo sé -dijo-. Los neshgais me dieron cierta libertad como vendedor de artículos e información. Pero no me describieron sus aparatos ni me dejaron siquiera aproximarme a uno sin supervisión.

Aquello debía haberle resultado muy frustrante a Ghlij, pensó Ulises, pues su objetivo primario allí sería sin duda descubrir el secreto de la tecnología neshgai.

Había en su cultura muchas contradicciones. Había tantas cosas primitivas allí, junto a instrumentos avanzados. Los neshgais tenían arcos y flechas, lanzas de punta de plástico, pero no tenían pólvora. O quizás supiesen de la pólvora pero no tenían armas de fuego porque carecían de metal o de un plástico que pudiese sustituir al metal.

Gushguzh apareció sentado en el asiento trasero del primer vehículo. Dejó de comer un inmenso plato de verdura y de beber de una jarra de leche el tiempo suficiente para pedir comida para los humanos y los recién llegados. La mayoría de la comida era verdura, pero había también algo de carne de caballo. Los caballos se utilizaban también, como descubriría, para arrastrar carros y carruajes para los esclavos humanos y los neshgais rurales.

Después de comer, la mayor parte del grupo de Ulises pasó a los camiones, y los soldados humanos se unieron a ellos. Ulises, sus jefes, Awina y los dos hombres murciélago entraron en el coche que iba detrás del de Gushguzh.

El coche avanzó por una carretera de ladrillo cubierta con plástico en el que había incrustados trozos de ladrillos para mejorar la tracción. Ulises observó al conductor, que controlaba su velocidad y el freno con un solo pedal bajo el pie derecho. El panel de instrumentos contenía una serie de marcadores y válvulas con varios símbolos. Ulises los estudió porque eran las primeras indicaciones de escritura que veía. Había algunos símbolos familiares, un 4 invertido, una H a su lado, una O, una T, una Z barrada, pero se trataba de símbolos cuya simplicidad hacía probable que hubiesen sido inventados independientemente.

Los vehículos tenían parabrisas, pero los laterales iban abiertos. El viento no era problema, pues los coches nunca sobrepasaban los cuarenta y cinco kilómetros por hora. Y descendían a veinte en las subidas. No brotaba ni un simple ronroneo de los motores.

Después de más o menos hora y media, la comitiva desembocó en la plaza de un gran fuerte, y el grupo pasó de aquellos vehículos a otros. Ulises no entendía por qué debían cambiar de coche como si fuesen viajeros del Pony Express. Luego pensó que su comparación con el Pony Express podría resultar más apropiada de lo que suponía. Quizás los motores no fuesen mecánicos ni eléctricos sino biológicos. ¿Podían estar utilizando los neshgais algún tipo de motor muscular?

Vio a un esclavo vertiendo combustible en el tanque a través de un tubo, a un lado del capó, y esto fortaleció su teoría. El combustible no era desde luego gasolina ni nada parecido. Era espeso como jarabe y tenía un olor vegetal. ¿Alimento para el motor vivo?

La comitiva partió de nuevo, dirigiéndose hacia el campo como antes. Era un terreno ondulado y de grandes bosques con sólo los claros de algunos cultivos y caseríos. Había algunas plantas extrañas en las tierras de cultivo y una vez, que se pararon a descansar, se acercó al campo más próximo. Nadie intentó detenerle, aunque había tres arqueros cerca de él. Las plantas tenían poco más de dos metros de altura y eran verdes y de finos tallos, con frutos en forma de caja de un verde oscuro. Cogió uno para examinarlo. El tallo se inclinó dócilmente sin el menor indicio de que fuese a romperse. Abrió la carnosa caja hundiendo los dedos en una ranura de su parte superior. Bajo las capas de suaves hojas verdosas había una placa delgada y cartilaginosa cuya superficie cruzaban líneas oscuras anchas y estrechas. Donde se unían las líneas había pequeños globos verdes y pulposos. Intentó imaginarse lo que parecería la placa cuando madurase.

A menos que estuviese dando demasiada cuerda a su imaginación, contemplaba un cuadro de circuito impreso aún no maduro.

Gushguzh dijo algo, y todos volvieron a los vehículos. Ulises pasó a observar los campos con más interés y, al cabo de kilómetro y medio vio otro cultivo que creyó poder identificar. O al menos, podía suponer razonablemente su naturaleza. Eran unas plantas bajas, achaparradas, y crecían en ellas cajas redondas envueltas en hojas. Las cajas eran de algo más de un metro de longitud, un metro de anchura y algo menos de profundidad. Su teoría era que aquellos eran los motores de los vehículos. Eran de origen vegetal, no animal, aunque podían ser plantas con muchas proteínas.

Consideró las implicaciones de su descubrimiento mientras cruzaban más campos con una variedad de cultivos cuya naturaleza no podía siquiera imaginar. Pasaron también por una serie de pueblos formados por las casas mayores, esculpidas y pintadas, de los neshgais y las más pequeñas, sin esculturas y a menudo sin pintar, de los humanos. Al cabo de un rato, dejó de teorizar sobre la tecnología vegetal de los neshgais y consideró las implicaciones de la estructura de los pueblos y de los caseríos. Los humanos parecían sobrepasar a los neshgais en una relación de seis a uno o de unos tres adultos humanos por cada adulto neshgai. Aunque eran inmensos y parecían muy fuertes, un neshgai no podía compararse con tres humanos actuando de acuerdo y mucho más rápidos, aunque algunos de los humanos fuesen hembras.

¿Qué impedía a los humanos rebelarse? ¿Tenían mentalidad de esclavos? ¿Había alguna arma que hacía invencibles a los nesgáis? ¿Vivían en realidad los humanos en una simbiosis con los neshgais que era lo bastante provechosa para ellos como para que no les preocupase la esclavitud?

Pensó en los soldados humanos que se sentaban frente a él. Eran medio calvos. Los hombres y las mujeres que había visto en los pueblos eran semicalvos, aunque los niños tenían pelo en toda la cabeza. Era un pelo muy rizado. Su piel era de un hermoso color aceituna. Los ojos castaños o, a veces, castaño verdosos. Las caras solían ser estrechas con tendencia a las narices aguileñas, las barbillas afiladas y los pómulos altos.

El único rasgo no humano era que carecían de dedo meñique en los pies. Pero esto podía achacarse a la evolución. Después de todo, algunos teorizadores, tanto científicos como profanos, habían dicho que el hombre podía perder esos dedos. Y sus muelas del juicio.

Se inclinó hacia adelante y habló en airata al soldado de enfrente. Pareció desconcertarse y alarmarse un poco, al principio. Ulises repitió su petición más lentamente. Esta vez el soldado comprendió la mayoría del mensaje. Su airata no era como el de Ghlij o el de Ulises, puesto que el airata era su idioma nativo y se había desviado un tanto del original. Pero Ghlij conocía las palabras extrañas y las traducía.

El soldado parecía receloso al principio, pero Ulises le aseguró que no le haría ningún daño. El soldado se volvió y preguntó al gigante que tenía detrás si debía obedecer. La gran cabeza elefantina se volvió, miró a Ulises y luego habló. El soldado abrió su boca y Ulises miró dentro y recorrió los dientes con el dedo. No había muela del juicio.

Ulises le dio las gracias. El neshgai sacó un cuaderno y escribió algo en él con una pluma estilográfica del tamaño de una linterna grande.

El viaje duró hasta bien entrada la noche. Cambiaron cinco veces de vehículo. Al final, descendieron entre grandes cerros a una llanura sobre un acantilado que daba al mar. La ciudad estaba aún bien iluminada con antorchas y bombillas de luz eléctrica. O lo que parecían bombillas, aunque Ulises pensó que bien podían ser organismos vivos. Estaban unidas a cajas marrones de baterías vegetales vivientes con células de combustible.

La propia ciudad estaba amurallada y parecía más que nada una ilustración de Bagdad de un ejemplar de Las Mil y Una Noches. La comitiva cruzó las puertas que se cerraron tras ella y recorrió las calles hacia el centro de la dudad. Se bajaron allí de sus vehículos y penetraron en un inmenso edificio subiendo a una enorme sala cuyas puertas se cerraron también tras ellos. Sin embargo, allí les esperaba comida, y después de comer literas donde dormir.

Awina subió a la litera que quedaba encima de la de Ulises, pero éste, al despertar a media noche, la descubrió a su lado. Temblaba y gemía suavemente. Ulises se quedó asombrado, pero logró controlarse y preguntarle, en voz baja, qué hacía allí.

– Tuve un sueño terrible -dijo-. Era tan aterrador que me desperté. Y me da miedo volver a dormirme. Y hasta estar sola en la cama. Así que bajé aquí para que vos me dieseis fuerza y valor. ¿Hice mal, mi Señor?

La acarició entre las orejas y luego le tiró cariñosamente de ellas.

– No -dijo él. Había llegado a acostumbrarse a que los felinos le tocasen para poder extraer de él parte de sus cualidades divinas. Era una superstición inofensiva y les beneficiaba psicológicamente.

Miró a su alrededor. Las bombillas, colocadas en cajas en la pared, no eran tan brillantes como al entrar en la sala. Daban luz suficiente para que pudiese ver con claridad a los que estaban cerca, sin embargo. Todos dormían. Nadie parecía darse cuenta de que Awina estuviese en su cama. Ni nadie hubiese puesto objeciones. Sabía por entonces que podía hacer con ellos lo que desease y que no protestarían. Él era su dios, aunque fuese, después de todo, un dios menor.

– ¿Cómo era el sueño? -dijo, sin dejar de darle palmadas. Acarició su mandíbula y luego su cara. Ella se estremeció y luego dijo:

– Soñaba que estaba durmiendo en este mismo lugar. Y entonces dos de los pieles grises vinieron y me sacaron de la cama y me llevaron fuera de aquí. Y recorrieron muchas salas y bajaron por muchas escaleras oscuras hasta una cámara profunda debajo de esta ciudad. Allí me encadenaron a la pared y empezaron a hacerme mucho daño. Clavaban sus colmillos en mí e intentaban arrancarme las piernas y por último me desencadenaron y me tiraron al suelo y empezaron a aplastarme con sus grandes pies.

»En aquel momento se abrió la puerta de la sala y os vi a vos en la habitación contigua. Estabais allí rodeando con el brazo a una mujer humana. Ella os besaba y vos me veíais y os reíais de mí cuando os suplicaba que roe ayudarais. Y luego la puerta se cerró de golpe y los neshgais comenzaron a patearme otra vez, y luego uno dijo: «¡El Señor toma esta noche una compañera humanal»

»Y yo dije: «Dejadme morir» Pero en realidad no quería morir. No quería morir lejos de vos, mi Señor.

Ulises pensó en aquel sueño. Ya había tenido muchos sueños relacionados con ella, los suficientes para saber lo que su inconsciente intentaba decirle, aunque también tenía conciencia de cuáles eran sus sentimientos. Sin embargo resultaba difícil interpretar aquel sueño. Si utilizaba la máxima freudiana de que los sueños representaban deseos, entonces ella deseaba que él tuviese una hembra humana como compañera. Y deseaba también castigarse a sí misma. Pero, ¿castigarse a sí misma por qué? Ella no sería culpable por ningún deseo de él. La cultura wufea tenía muchas cosas por las que su pueblo podía sentirse culpable, como todas las culturas, humanas o no humanas, pero esta no era una de ellas.

El problema era que la máxima freudiana nunca había demostrado ser cierta y, en segundo término, el subconsciente de individuos descendientes de gatos (si es que habían sido gatos) podría diferir del de la gente que descendía de monos.

Cualquiera que fuese la interpretación de sus sueños, era evidente que estaba preocupada por las hembras humanas. Sin embargo él nunca le había dado razón alguna para que le considerase otra cosa que un dios. O para que se considerase a sí misma algo más que una auxiliar de un dios, aunque el dios le tuviese cariño.

– ¿Te encuentras bien ya? -preguntó él-. ¿Crees que puedes volver a tu cama?

Ella asintió.

– Entonces, lo mejor es que vuelvas a dormir.

Ella guardó silencio un instante y él sintió que su cuerpo se tensaba al hacerle una caricia de despedida.

– Muy bien, Señor -dijo ella quedamente-. No quería ofenderos.

– No me ofendiste -dijo él.

No creyó necesario añadir más. Podría sentirse débil y pedirle que se quedase con él. También él necesitaba consuelo.

Ella subió a su cama. Él siguió acostado lo que le pareció un largo rato, mientras los cansados e inquietos wufeas, wuagarondites y alkumquibes roncaban, se agitaban o murmuraban a su alrededor. ¿Qué sucedería al día siguiente? Hoy, más bien, pues pronto amanecería.

Tenía la sensación de estar balanceándose en la cuna del tiempo. Tiempo. Nadie lo comprendía, nadie podía explicarlo. El tiempo era más misterioso que Dios. A Dios podía entendérsele. Se pensaba en Dios como en un hombre. Pero el Tiempo no se entendía, su esencia y origen no se percibían ni siquiera levemente a su paso.

Estaba balanceándose en la cuna del tiempo. Era un niño de diez millones de años. Quizás un niño de diez billones de años. Diez millones de años. Ninguna otra criatura viva había soportado tal cuantía de tiempo, fuese lo que fuese el tiempo; y sin embargo diez millones o diez billones de años nada eran en el tiempo. Nada. Él había soportado (no vivido) diez millones de años, y debía morir pronto. Y si moría (cuando muriese) podría muy bien no haber vivido nunca. No sería más que un aborto producido en algún sub-humano dos millones antes de que naciese. Eso y sólo eso, y ¿qué bienes le ofrecía a él la vida? ¿O a cualquiera?

Intentó ahuyentar estos pensamientos. Estaba vivo, y aquel filosofar era inútil, aunque fuese inevitable en un ser inteligente. Incluso el menos listo de los seres humanos debía de pensar sin duda en la futilidad de la vida individual y en el carácter incomprensible del tiempo por lo menos una vez en su vida. Pero recrearse en tales pensamientos era propio de neurótico. La vida tenía su propia respuesta, pregunta y respuesta envueltas en una sola piel.

Si al menos pudiese dormir… Se despertó al abrirse las grandes puertas y oírse el rumor de los inmensos pies de los neshgais que entraban. Luego tomó el desayuno y se dio una ducha (sus hombres se abstuvieron de imitarle) y utilizó su cuchillo para arreglarse las patillas. No tenía que afeitarse más que cada tres días y esta tarea le llevaba sólo un minuto. No sabía si eran responsables de su falta de barba sus genes indios o si intervenían también otros factores.

Se quitó la ropa, que estaba demasiado sucia y rota, y se la dio a Awina para que la lavase y cosiese. Metió el cuchillo en un bolsillo lateral del taparrabos que le dio un esclavo, se puso sandalias nuevas y salió de la sala siguiendo a Gushguzh. Los demás no estaban invitados. Las grandes puertas se cerraron en sus narices.

El interior del enorme edificio de cuatro plantas estaba tan esculpido y adornado y brillantemente pintado como el exterior. Había muchos esclavos humanos en los anchos pasillos, pero muy pocos soldados. La mayoría de los guardianes eran neshgais de cuatro metros de altura con yelmos de cuero a los que iban enrollados brillantes turbantes escarlata y que sostenían tanzas que parecían pinos y escudos sobre los que iba pintada una X dentro de un circulo roto. Se cuadraban al aproximarse Gushguzh y golpeaban el suelo con las lanzas alzando un ruido resonante en los suelos de mármol.

Gushguzh condujo a Ulises por varios vestíbulos y subieron dos tramos de retorcidas escaleras de mármol con pasamanos exquisitamente tallados y bajaron luego más pasillos que daban a glandes salas de inmensos muebles enjoyados y estatuas pintadas. Vio gran número de hembras neshgais. Medían éstas entre dos ochenta y tres metros de altura y carecían por completo de colmillos. Llevaban taparrabos y largos pendientes y, algunas, un anillo u ornamento insertado en la piel a un lado de sus probóscides. Sus pechos estaban situados muy abajo y plenamente desarrollados, como los de todas las hembras inteligentes que había visto, estuviesen o no amamantando. Desprendían un perfume agradable y penetrante, y las jóvenes se pintaban la cara.

Al fin se detuvieron ante una puerta de un intenso color rojo y maciza textura. Había en ella gran número de figuras y símbolos grabados. Los guardianes que había apostados saludaron a Gushguzh. Uno abrió las puertas y Ulises se vio conducido a una cavernosa sala en la que había muchas estanterías con libros y unas cuantas sillas frente a un sillón y una mesa gigantescos. Un neshgai, que llevaba gafas sin montura y un gorro de papel cónico muy largo en el que había pintados muchos símbolos, se sentaba tras la mesa.

Aquel era Shegnif, el Gran Visir.

Un momento después, Ghlij fue introducido en la sala por un oficial. Sonreía, y parte de su placer se debía sin duda al alivio de verse con las alas desatadas. Otra parte se debía a que esperaba presenciar la humillación de Ulises.

Shegnif hizo a Ulises algunas preguntas con voz profunda aún para los neshgais, que solían tener voz de trueno. Ulises las contestó verazmente y sin vacilación. Le preguntó cuál era su nombre, de dónde venía, si había otros como él, etc. Pero cuando dijo que venía de otro tiempo, quizás de hacía diez millones de años, y que un rayo le había «despetrificado», y que había ido allí después de pasar por el Árbol, Shegnif pareció también tocado por el rayo. A Ghlij no le agradó la reacción; borró su sonrisa y comenzó a moverse inquieto sobre sus grandes pies huesudos.

Tras un largo silencio sólo roto por los estruendos estomacales de los tres neshgais, Shegnif se quitó sus grandes gafas redondas y las limpió con un paño tan grande como una alfombra. Volvió a ponérselas y se inclinó sobre su mesa para contemplar al humano que tenía ante él.

– O eres un mentiroso -dijo- o un agente del Árbol. O, simplemente, estás diciendo la verdad. Dime, alas de murciélago -preguntó a Ghlij-. ¿Dice la verdad?

Ghlij pareció encogerse por dentro. Miró a Ulises y luego volvió a mirar a Shegnif. Era evidente que no se decidía a denunciar a Ulises como mentiroso o a admitir que la historia era cierta. Él quería desacreditar al humano, pero si lo intentaba y fracasaba, quedaría desacreditado él. Quizás eso entre los neshgais significase la muerte, lo que explicaría el sudor de su cuerpo en aquella fresca mañana.

– ¿Bien, qué me dices? -dijo Shegnif.

Ghlij era quien tenía toda la ventaja, pues Shegnif le conocía. Por otra parte, Shegnif quizás tuviese sus recelos respecto a Ghlij y su especie.

Su observación sobre «un agente del Árbol» debía significar que consideraba al Árbol una entidad, una entidad hostil. Si así era, debía tener su idea de los motivos de Ghlij, pues tenía que saber también que el hombre murciélago vivía en el Árbol. ¿O no lo sabía? Los hombres murciélago podían haberle dicho que procedían de más allá del Árbol, sin que él tuviese medio de comprobarlo. Al menos hasta la aparición de Ulises.

– No sé si miente o no -dijo Ghlij-. Me dijo que era el dios de piedra vuelto a la vida, pero yo no le vi volver a la vida.

– ¿Has visto al dios de piedra de los wufeas?

– Sí.

– ¿Y volviste a ver al dios de piedra después de la aparición de este hombre?

– No -respondió Ghlij, vacilante-. Pero tampoco fui al templo a ver si estaba allí todavía. Le creí, aunque no debí creerle.

– Puedo preguntar a los felinos sobre él. Ellos sabrán si es o no el dios de-piedra -dijo Shegnif-. Si ellos le reconocen como el dios revivido, no creo que le llamen mentiroso. Supongamos que la historia es cierta.

– ¿Qué es, realmente, un dios? -dijo Ghlij, incapaz de reprimir el tono de burla.

– No hay más que un dios -dijo Shegnif, mirando fijamente a Ghlij-. Sólo uno. ¿O negarás eso? Los que viven en el Árbol dicen que el Árbol es el único dios. ¿Qué dices tú?

– Oh, yo estoy de acuerdo contigo en que hay sólo un dios- contestó rápidamente Ghlij.

– Y que es Nesh -dijo Shegnif-, ¿verdad?

– Nesh es ciertamente el único dios de los neshgais -dijo Ghlij.

– Eso no es lo mismo que decir que hay un sólo dios, el dios de los neshgais -dijo Shegnif. Sonrió mostrando una boca blanca, blancas encías y cuatro molares. Alzó un gran vaso de agua en el que había un tubo de cristal y sorbió agua a través de éste. A Ulises le sorprendió esto; había visto a los neshgais sorber agua con sus trompas prensiles y echársela luego en la boca. Pero aquélla era la primera vez que veía utilizar un tubo a modo de paja. Más tarde les vería beber directamente de vasos que tenían la boca estrecha para poder introducirla entre sus colmillos.

Shegnif posó el vaso y dijo:

– Da igual. No exigimos que los no neshgais adoren a Nesh, pues él sólo se preocupa de las oraciones de sus hijos y rechazaría el culto de quienes no fuesen ellos. Creo que eres bastante ladino, Ghlij. Procura ser más directo en el futuro. ¡Déjanos los circunloquios para nosotros los neshgais que nos movemos lentamente y pensamos muy despacio!

Sonrió de nuevo. Ulises empezó a pensar que quizás acabase agradándole el Gran Visir.

Shegnif hizo a Ulises preguntas más detalladas. Por último, les dijo que podían sentarse, y los oficiales se sentaron lentamente en sus sillas. Ulises se sentó en el borde de una, con los pies colgando. No parecía sin embargo tan pequeño y desvalido como Ghlij, que estaba como un pajarillo a la entrada de una gran cueva.

Shegnif unió las puntas de sus dedos grandes como plátanos y frunció el ceño cuanto una persona sin cejas pueda hacerlo.

– Estoy asombrado -dijo-. Eres, sin duda, la fuente viva de un mito que se originó hace un número indeterminable de milenios. Aunque no debería decir mito, pues tu historia parece ser cierta.

«Los wufeas te encontraron en el lecho de un lago que llevaba existiendo muchos miles de años. No hay duda de que encontraron una estatua de piedra que se parecía a ti. Incluso este evasivo hombre murciélago lo confirma. Pero, ¿sabes que has estado sobre suelo firme varias veces antes de que los wufeas te encontraran, que fuiste perdido o robado varias veces?

Ulises negó con un gesto.

– Tú has sido el dios, o el foco central, de más de una religión -dijo el Gran Visir-. Has sido el dios de un pequeño pueblo primitivo de una u otra especie, y te has sentado en tu trono, petrificado, mientras el pueblecito se convertía en la gran metrópoli, la capital de un imperio altamente civilizado. Y aún seguiste allí sentado mientras el imperio se fragmentaba y la civilización se desmoronaba, y la gente moría, y sólo quedaban ruinas llenas de lagartijas y búhos.

– Mi nombre es Ozymandias -murmuró Ulises en inglés. Por primera vez, su inglés le sonaba extraño.

– ¿Qué? -preguntó Shegnif, mirándole por encima de las gafas y bajando hacia él su probóscide.

– Hablaba para mí en un lenguaje que murió hace millones de años, Señoría -dijo Ulises.

– ¿Ah, sí? -dijo Shegnif, con un brillo especial en sus ojillos verdosos-. Haremos que nuestros científicos lo registren. En realidad, planeamos mantenerte muy ocupado durante algún tiempo. Nuestros científicos han recibido información sobre ti, y no pueden contener su impaciencia.

– Eso es interesante -dijo Ulises; ¿iba a ser sólo un animal de laboratorio para aquellas gentes?-, pero tengo mucho más que aportar que recuerdos del pasado. Tengo una utilidad presente y futura muy definida. Puedo ser la clave de la supervivencia de los neshgais.

Ghlij le miró extrañamente. Shegnif, irguiéndose, dijo:

– ¿Nuestra supervivencia? ¿De veras? ¡Explícate!

– Preferiría hablar sin que estuviese presente el hombre murciélago.

– ¡Señoría, protesto! -gritó Ghlij-. He permanecido en silencio, como vos deseabais, mientras este humano explicaba su mentirosa historia de sus supuestas aventuras en el Árbol. ¡Pero no quiero guardar silencio por más tiempo! ¡Esto es muy serio! ¡Está atribuyéndonos a nosotros los dhulhulijes planes siniestros, cuando sólo queremos vivir en paz y establecer relaciones provechosas para todos!

– No se ha emitido ningún juicio -dijo Shegnif-. Oiremos las declaraciones de todos, incluyendo la de tu colega Jyuks. De hecho, están siendo entrevistados en este momento los demás, y leeremos los resúmenes de las entrevistas hoy, más tarde. Por cierto, y esto te interesará a ti también, hombre murciélago, nuestros archivos indican que el dios de piedra estuvo una vez aquí. El desde luego se parece al dios de piedra. Y no es, indudablemente, uno de nuestros humanos. Supongo que te darías cuenta de que tiene pelo en toda la cabeza y cinco dedos en los pies.

– Yo no dije que fuese un esclavo o un vroomaws, Señoría -objetó Ghlij.

– Mejor para ti que no lo hayas hecho -dijo Shegnif.

Habló en una caja de madera de color naranja que tenía ante él, y las grandes puertas se abrieron. Ulises se preguntó si tendrían alguna especie de radio. No había visto ninguna antena en la ciudad, pero había estado allí de noche.

Shegnif se levantó y dijo:

– Seguiremos mañana. Tengo que atender asuntos más urgentes. Sin embargo, si puedes demostrar lo que dijiste que eras la clave de nuestra supervivencia, te escucharé con mucho gusto. Puedo preparar una entrevista especial contigo para última hora del día. Pero sería mejor que no me hicieses perder tiempo, mi tiempo es muy valioso.

– Hablaremos al final del día -dijo Ulises.

– ¿Y no tendré yo ninguna oportunidad de defenderme? -chilló Ghlij.

– Todas, como sabes muy bien -dijo Shegnif-. No hagas preguntas que no necesites hacer. Ya sabes que estoy ocupado.

Ulises fue conducido de nuevo a la sala de las literas, pero Ghlij fue trasladado a otra habitación, donde, al parecer, también estaba Jyuks. El último de los entrevistadores, de un equipo de humanos y de neshgais, salía justo cuando regresaba Ulises.

– ¿Cómo os fue, Señor? -le preguntó rápidamente Awina.

– No estamos en poder de seres totalmente irracionales -contestó-. Tengo la esperanza de que podamos convertirnos en aliados suyos.

No les habían quitado las cajas de las bombas. En realidad, aún tenían todas sus armas. Si los neshgais les permitían conservarlas porque las menospreciaban, aún podían demostrarles que se habían precipitado en su juicio. Una bomba derrumbaría las puertas cerradas de aquella sala, y unas cuantas más matarían y asustarían a las suficientes criaturas elefantinas como para permitir al grupo llegar al puerto. Y allí podrían apoderarse de una galera, que debía ser relativamente fácil de manejar. O si querían ir más lejos, podían apoderarse de un barco de vela de los muchos que había en el puerto. Que, según sus sospechas, poseerían también probablemente motores vegetales supletorios.

Pero no tenía sentido hacerlo más que como último recurso. Si los neshgais intentasen matarlos o esclavizarlos, sin duda se habrían apoderado de sus armas. Él daría órdenes a sus hombres de que se resistiesen si les pedían que entregasen las armas. Y les explicaría sus planes de fuga si sucedía esto.

Entre tanto, vería lo que pasaba con los neshgais. Les necesitaba tanto como ellos les necesitaban a él. Él tenía conocimiento y empuje, y ellos materiales y gente. Juntos, podían atacar al Árbol. O a los hombres murciélago, a los que creía auténticos dueños del Árbol.

A última hora de aquel día vino a buscarle un oficial que se presentó como Tarshkrat. Siguió la flotante capa del gigante hasta la oficina de Shegnif. El Gran Visir pidió a Ulises que se sentara y le ofreció un líquido oscuro parecido al vino. Ulises lo aceptó y le dio las gracias pero bebió muy poco. Aun así, aquel poco hizo cantar sus venas.

Shegnif sorbió el líquido con su trompa y se la introdujo en la boca mientras corrían por sus mejillas lágrimas de placer o de dolor. El recipiente de piedra que había ante ellos contenía más de dos litros de aquel licor, pero Shegnif no bebió mucho. Sólo intentaba dar la impresión de que lo hacía. Mientras escuchaba las palabras de Ulises, hundía la trompa con frecuencia en la vasija de piedra. Pero probablemente no hiciese más que agitar el líquido con la planta de la trompa.

Por último, levantó una mano indicando a Ulises que se callara, y dijo:

– ¿Así que crees que el Árbol no es una entidad inteligente?

– No, no creo que lo sea -dijo Ulises-. Creo que a los hombres murciélago les gustaría que todos creyesen que lo es.

– Probablemente seas sincero en lo que dices -atronó el Gran Visir-. Pero sé que estás equivocado. ¡Yo sé que el Árbol es un ser único e inteligente!

Ulises se irguió aún más y preguntó:

– ¿Cómo lo sabe?

– El Libro de Tiznak nos lo dice -dijo Shegnif-. O más bien se lo ha dicho a algunos de nosotros. Sólo puedo leer el Libro esporádicamente. Pero creo a los que afirman que leyeron eso sobre el Árbol.

– No sé qué quiere decir.

– Ni yo esperaba que lo supieras. Pero lo sabrás. Correrá a mi cargo que lo sepas.

– Sea o no un ser inteligente, el Árbol crece -dijo Ulises-. Cubrirá esta tierra en unos cincuenta años si sigue creciendo a este ritmo. Y, ¿a dónde habrán de irse los neshgais?

– Al parecer el Árbol tiene limitado su crecimiento cerca de la costa del mar -dijo el Gran Visir-. Si no nos habría cubierto hace mucho. Está creciendo hacia el norte, y con el tiempo acabará cubriendo toda la tierra del norte. Salvo cerca de la costa. No es el crecimiento del Árbol en sí mismo lo que tememos. Tememos a las gentes del Árbol. El Árbol ha estado enviándolos contra nosotros, y no dejará de hacerlo hasta que nos haya exterminado u obligado a vivir con él.

– ¿Cree realmente eso? -preguntó Ulises.

– ¡Lo sé!

– ¿Y qué me dice de los hombres murciélago?

– No sabía, hasta que me lo dijiste, que vivían en el Árbol. Siempre habían dicho que venían del norte. Si lo que me cuentas es cierto, son enemigos nuestros. Son, podríamos decir, los ojos del Árbol. Lo misino que los otros pueblos, los vignoon y otros, son las manos del Árbol.

– Si el Árbol es una entidad con inteligencia -dijo Ulises-, tendría que tener un cerebro central. Y ese cerebro, una vez localizado, podría destruirse. Si el Árbol es sólo un vegetal sin mente, controlado por los hombres murciélago, hay que localizar a éstos y destruirlos.

Shegnif meditó esto unos minutos. Ulises le observó por encima de su alto vaso y tomó un trago de aquel fuerte licor. Qué extraño, pensó, estar sentado en aquel sillón hablando con un ser que descendía de los elefantes, sobre unos hombrecillos alados y una planta que podría tener un cerebro o varios cerebros.

Shegnif agitó su trompa y se rascó la frente con la punta.

– ¿Por qué al matar al cerebro central del Árbol o a todos los hombres murciélago iba a cesar el crecimiento del Árbol?

– Si uno mata el cerebro de un animal, mata a todo el animal -dijo Ulises-. Esto podría cumplirse también con una entidad vegetal compleja, en cuyo caso el Árbol morirá. Los neshgais tendrán madera suficiente por lo menos para un millar de años -añadió.

Shegnif no sonrió. Quizás el sentido de humor de los neshgais no fuese el de los humanos.

– Si el cerebro está muerto -continuó Ulises-, aunque el Árbol viva al menos no organizará a sus habitantes para un ataque. Son primitivos, relativamente pocos en número, y se pondrían a guerrear entre sí, si el Árbol o los hombres murciélago no lo impidiesen.

»Si el Árbol es sólo un medio del que se sirven los hombres murciélago para controlar esta tierra, el matar a los hombres murciélago desorganizaría a los otros pueblos que viven en el Árbol. Y entonces podríamos afrontar el problema de matar al propio Árbol. Yo sugeriría envenenarle.

– Haría falta mucho veneno -dijo Shegnif.

– Yo sé mucho de venenos.

Shegnif alzó la piel donde deberían haber estado sus cejas, caso de tenerlas.

– ¿De veras? Bueno, venenos aparte, ¿cómo se podría localizar a los hombres murciélago? O atacarlos… Tienen todas las ventajas.

Ulises le explicó cómo creía que se podía hacer. Habló durante más de una hora. Shegnif dijo por último que ya había oído bastante. Habría rechazado sus ideas inmediatamente si se las hubiese expuesto cualquier otro. Pero Ulises había dicho que los instrumentos que construiría habían sido en otros tiempos comunes, y no veía ninguna razón para dudarlo. Tendría que meditar aquella propuesta.

Un poco atontado por el vino bebido, Ulises dejó al Gran Visir. Se sentía optimista, pero sabía también que Shegnif hablaría de nuevo con los hombres murciélago, y Dios sabía lo que podrían influir en él.

El oficial que le conducía le llevó a una suite de varias habitaciones en vez de a la gran sala donde había dormido. Ulises le preguntó por qué le separaban de los suyos.

– No lo sé -dijo el oficial-. Tengo orden de traerle a usted aquí.

– Yo preferiría estar con mi gente.

– No lo dudo -dijo el oficial, mirándole con la trompa rígida, extendida en un ángulo de cuarenta y cinco grados respecto al plano de su cara-. Pero mis órdenes dicen lo contrario. Transmitiré, sin embargo, su petición a mis superiores.

La suite había sido construida para neshgais, no para humanos. El mobiliario era enorme y, para él, inadecuado. Sin embargo, no estaría solo. Tenía como sirvientas a dos mujeres humanas.

– No necesito estas esclavas -dijo Ulises-. Puedo arreglármelas solo.

– Desde luego -dijo el oficial-. Transmitiré vuestra petición de que os dejen solo.

Y ése será el final, pensó Ulises. Se proporcionan esclavos no sólo para mi comodidad. Son también espías.

El neshgai se paró en la puerta, con las manos en el pomo, y dijo:

– Si necesita cualquier cosa que las mujeres no puedan proporcionarle, hable por esa caja de la mesa. Los guardianes de fuera le contestarán.

Abrió la puerta, saludó llevándose el índice de la mano derecha al extremo de su probóscide alzada, y cerró la puerta. El cerrojo chasqueó sonoramente al cerrarse.

Ulises pregunto a las dos mujeres sus nombres. Una se llamaba Lusha; la otra, Thebi. Las dos eran jóvenes y atractivas, si pasaba por alto la calvicie parcial y las barbillas demasiado prominentes. Lusha era delgada y de pechos pequeños, pero graciosa y atractiva. Thebi tenía grandes pechos, y bordeaba la gordura. Tenía los ojos de un verde brillante y sonreía mucho. Le recordaba muchísimo a su mujer. Existía la posibilidad, se dijo, de que descendiese incluso de su mujer, y por supuesto de él, pues habían tenido tres hijos. Pero la similitud con Clara podía ser sólo coincidencia, porque ella no llevaría ya genes de ancestros tan remotos.

Lusha y Thebi tenían un pelo oscuro, tupido y muy rizado, y comenzaba a nacerles en la mitad de su cabeza. Les caía hasta la cintura y estaba adornado por pequeñas imágenes de madera, anillos y varias cintas de brillantes colores. Llevaban pendientes, y los labios pintados de rojo y los ojos circundados de un aceite azulado. Llevaban también collares de cuentas y piedras coloreadas al cuello, y símbolos pintados en el vientre. Estos, le explicaron, eran la marca de su propietario, Shegnif.

Sus taparrabos eran de color escarlata con pentágonos verdes. Una franja negra y fina descendía por ambos lados de sus piernas y terminaba en círculos alrededor de los tobillos. Llevaban las sandalias pintadas en oro.

Le condujeron al baño, donde los tres hubieron de subir por una escalera portátil de madera proporcionada por el mayordomo. El se sentó en el lavabo que los neshgais utilizaban para lavarse las manos y las dos mujeres se colocaron al borde y le bañaron.

Más tarde, Thebi pidió comida y aquel licor oscuro (amusa en la lengua airata). El se subió a la cama con la escalera portátil y durmió en la parte de arriba, mientras ellas se enroscaban juntas en el suelo sobre una manta.

Por la mañana, después del desayuno, Ulises abrió la caja de la mesa y la inspeccionó. Contenía placas vegetales duras que parecían tarjetas de circuito impresas, pero el resto del equipo era sólido, aunque no metálico. Parecía estar vivo, y se alimentaba de una caja de vegetales con tres conexiones. Aquello podía ser una célula de combustible vegetal. No había control alguno. Al parecer el propio organismo poseía algún mecanismo biológico que operaba automáticamente como receptor o transmisor, probablemente en respuesta a órdenes dictadas.

Interrogó de nuevo a las dos mujeres después de examinar el aparato. Sin lugar a dudas eran espías, pero también podía obtener información de ellas. Le contestaron con bastante solicitud. Sí, eran esclavas y descendientes de una larga progenie de esclavos. Sí, sabían de la derrota y captura de los vroomaws Es decir, de algunos de los vroomaws. Parte de ellos se habían rendido sin luchar por las atractivas ofertas que les habían hecho los neshgais. Los otros se habían visto obligados a rendirse invadidos por fuerzas neshgais que les superaban abrumadoramente en número. Los vroomaws habían sido conducidos a las fronteras neshgais, donde quedaron asentados como tropas de guarnición con sus familias. Ellos protegerían a los neshgais de las invasiones del Árbol. Eran hombres libres, pero no podían salir de ciertas zonas. Tenían poco contacto con los esclavos. Thebi no lo dijo concretamente, pero dejó traslucir la idea de que existía más comunicación entre los esclavos y las tropas de la frontera de lo que los neshgais sabían.

Thebi no fue tan franca respecto al estado mental de los esclavos. Al menos, Ulises pensó que no estaba siendo, ni mucho menos, honrada. Tal vez tuviera miedo de que él informase a los amos o, quizás, de que la estancia tuviese micrófonos ocultos. Había buscado minuciosamente sin encontrar ninguno, pero su escasa familiaridad con los instrumentos vivos podía llevarle a ver uno y no identificarlo como tal.

Además, Thebi quizás no conociese exactamente la actitud general de los esclavos. Podía encontrarse muy aislada y no saber lo que pensaban fuera de palacio. Sin embargo, esto no parecía probable, pues daba la sensación de saber mucho de lo que estaba pasando en la frontera, aunque bien pudiera haberse enterado escuchando a los neshgais.

Tendría que descubrir por sí mismo hasta qué punto eran felices los esclavos. No es que tuviese planes de inducirlos a una revuelta o de incorporarse a cualquier movimiento clandestino que pudiese existir. No creía en la esclavitud, pero tampoco iba a alterar un statu quo sin una buena razón. Su objetivo primario, ahora que había encontrado seres humanos, era combatir al Árbol. Existía el problema de hallar una compañera adecuada y permanente, que pudiera proporcionarle hijos y una compañía agradable. La constitución genética de los humanos era algo distinta a la suya, pero esperaba que no lo fuese hasta el punto de que se tratase de especies distintas. Aunque pudiese tener hijos con una de ellas, no sabía si serían fecundos o no hasta que crecieran.

A media mañana, le llamaron a la oficina de Shegnif. El Gran Visir no perdió tiempo en saludos.

– Los dos hombres murciélago han escapado. Han huido volando como pájaros.

– Debieron pensar que aceptaríais mi historia -dijo Ulises-. Sabían que se descubriría la verdad.

En realidad no creía esto, pero esperaba impresionar a Shegnif con ello.

– El oficial que estaba a su cargo abrió la puerta para entrar en su habitación y ellos salieron volando antes de que pudiese atraparlos. Son mucho más rápidos que nosotros. Volaron por el vestíbulo, que era lo bastante ancho para sus alas. Tuvieron suene de que estuviese vacío y consiguieron salir por una ventana que, por desgracia, no tenía reja. Pero ahora yo debo explicar al Shauzgruz las implicaciones de esta fuga.

Shauzgruz significaba soberano, rey, sultán o jefe. Literalmente significaba La Nariz Más Larga. El shauzgruz actual era Zhigbruwzh IV, y le faltaban dos años para alcanzar la edad adulta. Shegnif era, en realidad, el que gobernaba, aunque podía ser sustituido en cualquier momento si Zhigbruwzh quería librarse de él. Sin embargo, el joven tenía mucho cariño a Shegnif. Tenía, además, otra razón para no destituir al Gran Visir. Según Thebi, había habido revoluciones palaciegas en las que los visires habían desplazado a la familia reinante introduciendo su propia dinastía. No se habían dado muchos casos, pues los neshgais parecían ser más estables y menos agresivos que los humanos. Pero había sucedido las veces suficientes como para que cualquier soberano se lo pensara dos veces antes de destituir a su visir. Especialmente teniendo en cuenta que el sobrino de Shegnif era general del ejército y poseía además muchas fincas, esclavos y navíos mercantes.

– Las implicaciones de esta fuga -dijo Ulises- son que los hombres murciélago saben lo que yo quiero hacer. Y darán por supuesto que aceptaréis mis ideas. Lo cual significa que atacarán antes de que podamos llevar a cabo nuestros planes. Atacarán iniciéis o no los preparativos para realizar lo que propongo, pues tendrán que suponer que lo haréis. Y el único medio de enfrentar este ataque inevitable es aceptar mis ideas.

– No estés tan seguro -dijo el neshgai-. Quizás pienses que me tienes cogido, pero podría decidir lo contrario. Somos un pueblo viejo y el único que posee una tecnología y una ciencia avanzadas. No tenemos por qué confiar en un nariz pequeña para derrotar a nuestros enemigos.

Ulises no le interrumpió. Shegnif estaba alterado, y asustado también, posiblemente, por la huida de los hombres murciélago y sus consecuencias. Y sabía muy bien que necesitaba lo que Ulises podía darle, pero tenía que hablar de aquel modo para animarse y para aliviar la herida que aquello significaba para la imagen del neshgai como ser todopoderoso. Podía hablar y ufanarse cuanto desease, y luego él y Ulises discutirían lo que iban a hacer. Esto fue lo que pasó al cabo de quince minutos, cuando a Shegnif se le agotaron por fin el aliento y las palabras.

Hubo un largo silencio. Luego Shegnif sonrió, alzando la trompa para que Ulises pudiese contemplar plenamente su sonrisa, y dijo:

– Sin embargo, en nada nos perjudicará hablar de lo que puedes aportar tú. Después de todo, hay que ser realista. Y tú procedes de un pueblo mucho más antiguo que los neshgais, aunque no me gustaría que se lo dijeses a nuestros esclavos, ni a los demás neshgais, por otra parte.

Era evidente que Shegnif se mostraba reacio a hacer pólvora porque no quería que los humanos, esclavos o libres, supiesen de ella.

Lo cual significaba que los esclavos no eran felices y que quizás se hubiesen rebelado en el pasado. Por otra parte, podía ser que estuviesen bastante satisfechos, pero que Shegnif supiese lo bastante sobre la naturaleza humana como para suponer que intentarían ocupar la mejor posición si disponían de medios.

No importaba el que pudiesen tener poca base para quejas razonables.

Ulises expuso sus ideas sobre el control de la pólvora. Shegnif sugirió la posibilidad de fábricas secretas, en las que sólo manufacturarían la pólvora los neshgais. Ulises aceptó esto porque era vitalmente necesario conseguir pólvora lo más pronto posible. Además, el supuesto secreto no podría mantenerse. Los neshgais que hiciesen la pólvora dirían algo, y los sensibles oídos de los esclavos lo captarían. O de no ser así Ulises podría propagar la noticia fácilmente. Todo lo que tenían que saber los humanos era que se mezclaban carbón, azufre y nitrato de potasio y sodio en determinadas proporciones. Y una vez descubierto el «secreto», nunca se olvidaría. ¿Nunca? No era la palabra adecuada. Un hombre que había sobrevivido diez millones de años no debía ser tan imprudente con aquella palabra. Transcurriría largo tiempo, relativamente hablando, antes de que los humanos lo olvidasen.

Ulises explicó luego cómo se podían fabricar pequeños dirigibles. Esto exigía mucha más tecnología y muchos más materiales que la pólvora. Shegnif frunció el ceño y dijo que levantaría algunas restricciones. Pero para propia seguridad de Ulises, y por razones de estado, no le permitirían ir a todos los lugares que quisiese.

Se hizo evidente que Shegnif no había entendido ni deseaba entender la idea básica de Ulises. Shegnif quería utilizar primero la flota aérea contra los vignums. De hecho, le gustaría utilizar la flota sólo en la zona periférica del Árbol. Así, la flota no estaría sujeta al ataque de hombres murciélago en gran número, y podría controlar la situación de los enemigos de la frontera.

Ulises se irritó ante tanta miopía y timidez. Sin embargo, los neshgais no eran el único pueblo que sufría falta de visión, se recordó. Lo que debía hacer ahora era tener dispuestas sus armas, su aviación y sus soldados, y preocuparse luego por su uso final.

Antes de que la conferencia concluyese, chocaron con otro obstáculo. A Shegnif no le gustó la idea de que la mayoría de los miembros de la fuerza aérea fuesen humanos. Quería muchos más neshgais a bordo de los dirigibles.

– Se trata de una cuestión de peso -dijo Ulises-. Por cada neshgai que vaya en un dirigible, menos combustible y menos bombas podrán ir. Habrá que reducir la capacidad de desplazamiento y la potencia de fuego.

– Eso dará igual si los dirigibles operan cerca de los límites del Árbol. Estarán cerca de las bases, y podrán realizar más vuelos para compensar. Eso no es problema.

Cuando Ulises vio a Awina al día siguiente, se sintió culpable… y también feliz. No había ninguna razón por la que tuviese que sentirse culpable. Después de todo, Lusha y Thebi eran humanas, no eran criaturas peludas, con ojos de gato, dentadura de carnívoro, rabo y piernas encogidas. Él era libre de hacer lo que más le agradase, y estaba tomándole mucho cariño a Thebi.

Sin embargo, Awina le hizo enrojecer de culpabilidad. Un instante después, mientras hablaba con ella, sintió una alegría que hizo que le latiera más deprisa el corazón y que le doliese el pecho.

No era lo que los humanos de su época llamaban enamorarse. No había amor con un propósito de contacto físico con ella, por supuesto. Pero había llegado a acostumbrarse a ella, a estar tan a gusto en su compañía, a apreciar tanto su forma de hablar y de servirla, que la amaba. La amaba como a una hermana, podía decir con sinceridad. Bueno, no exactamente como una hermana. Había algo más. En realidad, su sentimiento por ella era aún indefinible. O, quizás, se dijo a sí mismo en un ramalazo de franqueza, fuera mejor dejar aquel sentimiento sin definir.

Definiciones aparte, ella le hacía más feliz que ninguna otra persona de las que había conocido desde su despertar. E incluso desde antes de despertar.

Respecto a los sentimientos de ella no había duda. Abría mucho los ojos cuando veía a las dos mujeres, y sus labios negros se alzaban mostrando los agudos dientes. El rabo se le ponía rígido. Disminuía el paso, y luego le miraba a él. Le sonreía, pero no podía mantener la sonrisa. Y cuando llegaba muy cerca de él podía ver la expresión que había por debajo de aquella máscara negra de piel de terciopelo. Estaba irritada.

No lograba entender su reacción, pero no estaba dispuesto a tolerarla mucho tiempo. Ella tendría que adoptar una actitud realista. Si no lo hacía, tendría que irse. El no quería que pasara eso. Sentiría mucho tener que decirle que se fuera. Le causaría un profundo pesar, pero podría soportarlo y el dolor se desvanecería. El más que nadie debía saber lo que podía lograr el paso del tiempo.

Esto no le ayudó en absoluto.

Awina no intentaba ocultar sus intenciones, aunque controlaba la tendencia a la violencia que debía haber estado sintiendo.

– Es bueno estar de nuevo a vuestro lado, mi Señor. Tendrás a tu sierva, una persona libre y una adoradora, a tu lado.

Hablaba en airata, sin duda para asegurarse de que las dos mujeres comprendían.

– Es bueno tenerte otra vez conmigo -contestó él con gravedad.

Pestañeó al pensar qué diría ella cuando le explicase que debía dormir ahora en una habitación separada de la de él. Parecía un dios miserable. Un dios debía ser arrogante, estar por encima de los sentimientos de los simples mortales.

Sabiendo que estaba siendo cobarde, y odiándose a sí mismo por ello, renunció a hablar con ella. Para aplacar los reproches, razonó que tenía cuestiones más importantes que atender en aquel momento. Pero comprendió que lo único que hacía era mentirse a sí mismo.

Ella fue con él a la conferencia y las dos mujeres quedaron atrás. Ella era inteligente y podría explicar más tarde a su gente lo que pasaba. Se mostrarían durante algún tiempo inquietos y resentidos porque no había sitio para ellos en sus planes. Carecían del conocimiento y la habilidad necesarios para la próxima fase de la guerra contra el Árbol y sus servidores. Pero les diría esto y también les explicaría que podía llegar un momento en que fuesen muy necesarios. Una vez lanzado el ataque contra los hombres murciélago, los tres grupos de felinos serían mucho más valiosos en el Árbol que los paquidermos o los humanos. Eran más ágiles y estaban más familiarizados con el Árbol.

Los días y las noches eran ajetreados y productivos, aunque no tanto como él deseaba. Los neshgais parecían muy elefantinos, muy por encima de características humanas como la envidia, la competencia por prestigio, dinero y posición, el zancadilleo y la simple estupidez. Desgraciadamente no estaban por encima de tales cosas. Si bien es verdad que no parecían tan activos en estos asuntos como sus colegas humanos, se debía a que eran más lentos. Y así, los acontecimientos discurrían al paso de una tortuga enferma. O de un elefante anémico. Ulises pasaba la mitad de su tiempo resolviendo problemas administrativos, aplacando egos heridos, escuchando peticiones de ascensos o planes disparatados para utilizar los dirigibles, intentando descubrir lo que había sucedido con los materiales o con los trabajadores que había pedido.

Se quejó a Shegnif, que se limitó a encogerse de hombros y a agitar su trompa.

– Es el sistema -dijo-. Poco puedo hacer yo. Puedo amenazar con cortar unas cuantas trompas e incluso una cabeza. Pero si se descubriesen los culpables, y luego se les llevase a juicio, se perdería aún más tiempo. Tendrías que pasar mucho tiempo declarando ante el tribunal y no podrías atender bien tus proyectos. Nuestros tribunales son muy lentos. Como dice el proverbio: «Una vez cortada una cabeza, no puede volver a colocarse» Nosotros los neshgais no olvidamos que Nesh es, ante todo, el dios de la justicia. Nunca seremos demasiado cuidadosos evitando injusticias.

Ulises intentó ser sutil, y dijo:

– Los exploradores de la frontera informan que están reuniéndose en las ramas próximas al borde del Árbol gran número de vignums y de glassimes. Pronto nos atacarán. ¿Estáis dispuesto a pensar si sería una injusticia atacarles antes de que lo hagan ellos? ¿O vais a dejar que elijan el momento y el lugar?

– ¿Quieres decir -dijo Shegnif sonriendo- que si no emprendemos una acción rápida con las nuevas armas y los dirigibles, podremos sufrir una derrota? Bueno, quizás tengas razón, pero nada puedo hacer para acelerar tus proyectos. Ni tampoco para reducir su costo. Y no discutas conmigo.

No podía apelar a ningún otro. Cualquier apelación al soberano, Zhigbruwzh IV, pasaría por Shegnif, y aun en el caso de que el Visir diese el visto bueno, era poco probable que el soberano ignorase su consejo. Especialmente tratándose de la petición de un extranjero.

Ulises no estaba seguro de que Shegnif no planeara librarse de él en cuanto se completasen y entendiesen plenamente la manufactura de la pólvora y los dirigibles y la técnica de navegación. Después de todo, él era un humano, y no había razón alguna para que fuese leal a los neshgais. Era lógico que Shegnif sospechase que él era un agente del agente del Árbol. Ulises podría haber sido enviado para espiar el territorio, sublevar a los esclavos y conseguir que los neshgais construyesen una flota aérea que se volvería contra ellos mismos.

Ulises admitió para sí que si él fuera Shegnif consideraría estas posibilidades. Y sentiría la tentación de encarcelar a Ulises tan pronto como sus trabajadores básicos concluyeran.

Lo único que Ulises podría hacer era desear que Shegnif comprendiese que le necesitaría durante muchísimo tiempo. Shegnif debía saber, sin duda, que si los neshgais querían estar seguros debían destruir el Árbol.

Entretanto, se había iniciado la producción de pólvora negra, bombas y lanzacohetes. Habla empezado también la fabricación de ácido sulfúrico, y se había obtenido cinc suficiente para formar hidrógeno con el sulfúrico. El hierro, que también podría haber sido utilizado, parecía existir sólo en cantidades vertigiales. No es que faltase por completo, desde luego, pues existía en muchas rocas. Pero los materiales, el trabajo y el tiempo necesarios para extraerlo eran enormes; resultaba prohibitivo, a juicio de Shegnif. Ulises había adiestrado a un grupo para buscar cinc, y al cabo de diez días un hombre lo encontró en forma de escalerita. Este sulfito se cocía para formar el óxido, que se mezclaba con carbón comprimido y se calentaba hasta mil doscientos grados centígrados, o seiscientos grengzhuyns. El vapor de cinc se condensa fuera de la cámara de reacción y se depositaba luego en bloques de cinc. A través de un proceso a baja temperatura, el sulfito se cocía convirtiéndolo en sulfato, extraído más tarde con agua. El metal se obtenía luego por electrólisis, utilizando las baterías vegetales.

La envoltura del dirigible estaba hecha de la cáscara interna de la planta que proporcionaba los motores. Era sumamente ligera, fuerte y flexible; cincuenta, cosidas una a otra, formaban un saco bastante grande para contener el hidrógeno.

El principal problema era el motor. No había hierro bastante para hacer siquiera un motor, ni bauxita disponible para hacer aluminio, ni cualquier otro metal que pudiese sustituirlo.

La única energía propulsora era el motor-músculo vegetal utilizado para impulsar coches, camiones y naves. Ulises probó con el vapor de agua, con un sistema similar al del mecanismo de turbina de los motores terrestres primeros, pero no hacían girar un propulsor lo bastante grande y lo bastante rápido. Experimentó con los motores a reacción de los barcos, que absorbían y expulsaban el agua de forma similar a la del mecanismo de un pulpo. Sin embargo, no eran eficaces cuando expulsaban aire.

Una solución al problema vino de Fabum, un supervisor humano de una plantación de motores. Envió a Ulises una sugerencia oficial. El documento se perdió en la selva administrativa que se había desarrollado alrededor de aquellas, fuerzas aéreas embrionarias. Fabum se cansó de esperar respuesta y obtuvo un permiso de su superior neshgai inmediato para hacer él mismo el experimento. Encerró dos motores de automóvil en una góndola y enlazó las terminaciones musculares de los dos motores. El resultado fue que se triplicó la producción de energía, en vez de sólo duplicarse. Cuatro de estas góndolas, con ocho motores, podían hacer girar los propulsores que condujesen a un dirigible a cuarenta kilómetros por hora a través del aire quieto.

El jefe de Fabum acudió luego directamente a Ulises (acto que le valió varias reprimendas más tarde) y le explicó lo que había hecho Fabum. Fabum tuvo suerte de que su jefe no intentara arrebatarle el mérito, pero había neshgais honrados.

Por supuesto, la adición de más motores, y con ellos de más combustible, significaba más peso. Pero en el viaje a la ciudad-base de los hombres murciélago, calculaba Ulises, disfrutarían de una corriente de viento favorable en toda la ruta. Volver era otra cuestión. Si había que abandonar los dirigibles y regresar a pie, tendrían que hacerlo.

Shegnif, al enterarse de los últimos informes, se mostró muy complacido. Concedió a Fabum la libertad, lo cual significaba que aún era esclavo en la práctica. Pero podía vivir en un barrio mejor y ganar más dinero, si su patrón se cuidaba de pagarle más, y no tenía que pedir permiso para dejar el área inmediata.

El Gran Visir no estaba en absoluto preocupado por el limitado alcance o la escasa velocidad de los dirigibles. No planeaba utilizarlos más que en la periferia del Árbol, junto a las fronteras neshgais.

Tres semanas después, emprendió su primer viaje el primer dirigible. Era un día claro, y el viento soplaba sólo a unos diez kilómetros por hora. El vuelo duró una hora, con varias vueltas sobre el palacio para que el pueblo pudiese verlo. Luego, en el viaje de vuelta al hangar, el dirigible arrojó veinte bombas de quince kilos sobre un objetivo, una vieja casa. Sólo una de las bombas hizo blanco directo, pero fue suficiente para destruir el objetivo. Ulises explicó a Shegnif que la práctica mejorarla la puntería.

Se construyeron otros nueve dirigibles mientras se daba entrenamiento básico a sus tripulaciones. Ulises volvió a quejarse del excesivo número de oficiales neshgais y la consiguiente reducción de alcance y de capacidad de bombardeo. Shegnif replicó que eso no importaba.

Llegaron más informes de la frontera sobre la concentración de gigantes y hombres leopardo, y los choques entre patrullas fronterizas y pequeños grupos enemigos se hicieron más frecuentes. Ulises no comprendía por qué no habían hecho ya una incursión a gran escala. Tenían, sin duda, personal suficiente para penetrar en territorio neshgais si atacaba por sorpresa. Además, el mantener la paz entre aquellos grupos naturalmente hostiles, y alimentarlos, era una tarea que exigía mucha organización. Considerando que ninguno de los grupos parecía capaz del refinamiento necesario para esto, sospechaba de los hombres murciélago. Según los exploradores, había muchos más por la zona, pero no en tal número que resultase alarmante.

Por tres veces apareció sobre el aeropuerto un solitario hombre alado, fuera del alcance de las flechas, y les observó. Por cuatro veces, pasó un hombre murciélago volando junto a un dirigible en vuelo. Aparte de unos cuantos gestos ofensivos, no le causaron ningún daño.

Por entonces, Ulises había trasladado su cuartel general del palacio al aeropuerto (con licencia de Shegnif) El aeropuerto quedaba a unos quince kilómetros de la ciudad, y no podía permitirse muchos viajes de un sitio a otro. Utilizaba las plantas radio para informar a Shegnif dos veces al día.

Lusha se había ido. Aunque destinada a Ulises, había sido prometida en matrimonio a un soldado destacado en la frontera. Se despidió llorando, aunque estaba contenta de casarse con aquel hombre. Incluso Thebi, a la que no se podía acusar de estar celosa de ella, lloró y la besó y dijo que esperaba que volviesen a verse muy pronto. Awina pareció alegrarse de ver marchar a aquella mujer, pero mantuvo su actitud hosca hacia Thebi tan pronto como Lusha desapareció. Thebi, segura ya de su posición, había empezado a tratar a Awina como si fuese una esclava. Awina recibía los insultos indirectos y el tratamiento despectivo sin ninguna réplica. Al parecer no quería amenazar su relación con Ulises desplegando la violencia que normalmente habría utilizado si la insultaran. Pero bullía en su interior. Ulises estaba seguro de ello. Así que riñó a Thebi haciéndola llorar, y logrando con ello que Awina sonriera como un gato que acabara de comerse un salmón robado.

Ulises trabajaba hasta tarde por la noche y se levantaba tan temprano que cuando acababa de trabajar no pensaba más que en tenderse en la cama. No permitía que nadie entrara en su dormitorio, y Awina se alegraba de ello. Thebi no protestó porque se le diesen menos posibilidades de servirle. Era aún una esclava y, además, no estaba tan segura de él. Él era un ser extraño, pese a su similitud con ella y su pueblo, y actuaba y pensaba de forma muy extraña. Pero hizo saber a Ulises de varios modos, algunos sutiles y otros no tanto, que se sentía dolida.

Ulises empezaba a cansarse de aquellos equilibrios entre una mujer y otra. Simplemente no tenía tiempo para relaciones delicadas, y sentía a veces deseos de que ambas le dejasen solo. Aunque podría haberlas despedido a las dos con unas cuantas palabras, no quería herirlas hasta tal punto. Además, ambas le agradaban, aunque de modo diferente. Awina era muy despierta y muy inteligente. Procedía de una sociedad pre-literaria pero aprendía muy deprisa, y era capaz de actuar como una secretaria muy eficiente. Esto quedaba por encima de las posibilidades de Thebi, que era eficaz en las actividades domésticas, pero que no se interesaba por nada que no fuese el cuidado de un hombre o unos niños.

Un día, Ulises sacó los diez dirigibles y los sometió a una serie de difíciles maniobras. Había un viento firme que soplaba desde la costa a unos veinticinco kilómetros por hora, y los grandes sacos de gas se movían perezosamente cuando avanzaban contra el viento. En una ocasión, chocaron dos y rompieron ambas góndolas-motor. Inmediatamente, se separaron arrastrados por el viento. Ulises dio orden por radio de que se dejara salir el gas para que el aparato descendiese al suelo. Los tripulantes hubieron luego de caminar hasta el aeropuerto, unos treinta kilómetros. Ulises envió órdenes por radio para que fuesen a recogerlos con coches.

Los dirigibles volvieron luego, llegando al aeropuerto poro antes del crepúsculo. En el momento en que su nave era arrastrada al interior del hangar, miró por la escotilla posterior de la góndola. Allí, perfilados contra los rojos rayos muy cerca de la línea del horizonte, había una serie de pequeñas figuras. Podrían ser pájaros, pero sus siluetas le hicieron pensar que eran hombres murciélago. Dio orden de alerta y fue a su oficina.

Aquella noche le despertó un chillido que sonó en su cuarto. Saltó de la cama (construida para un humano) y abrió la puerta. Fuera, el centinela intentaba separar a dos formas que chillaban y luchaban. Allí estaban cara a cara y mano a mano Awina, que esgrimía un cuchillo de pedernal, y Thebi, que sujetaba la muñeca que sostenía el cuchillo. Awina era más baja y más liviana, pero también mucho más fuerte, y sólo la desesperación de Thebi y los esfuerzos del centinela habían impedido que el cuchillo se hundiera en el vientre de la mujer.

Ulises le ordenó con un grito que soltase el cuchillo.

Al mismo tiempo se produjo una explosión fuera del edificio y las ventanas volaron.

Ulises y el centinela se arrojaron al suelo.

Thebi soltó su presa y, mirando fijamente, se apartó de Awina.

Awina, ignorando la explosión, y las tres que siguieron, se arrojó contra la mujer.

Pero Thebi había alzado el brazo, y el cuchillo lo tajó, desatando un chorro de sangre sobre la cara de Awina. El cuchillo continuó tajando hacia arriba hasta cortar la mejilla de Thebi. Su fuerza, sin embargo, se había reducido mucho.

Thebi lanzó un grito. Ulises dio un salto y golpeó la muñeca de Awina, haciendo caer el cuchillo al suelo.

Otra explosión, mucho más próxima, voló la puerta del fondo del vestíbulo y produjo una nube de humo que penetró en éste.

Awina había caído de rodillas, pero se levantó de nuevo de un salto en cuanto llegó el humo hasta ella. Ulises cogió el cuchillo, pero ella le gritó:

– ¡No! ¡Devuélvemelo! ¡No lo utilizaré contra Thebi! ¿Es que no comprendes? ¡Están atacándonos! ¡Puedo necesitar ese cuchillo!

Aunque estaba medio ensordecido por la explosión, pudo oírla. Silenciosamente, lo cogió por la ensangrentada hoja y lo alargó hacia ella, que lo tomó por la empuñadura. A través del humo brotó una figura, gritando:

– ¡Señor, son los hombres murciélago!

Era Wulka, el wuagarondite, cubierto de humo de pólvora y sangrando por una herida del hombro.

Sin pararse ante él Ulises corrió hacia el hangar, donde estaba su oficina y su vivienda. Había dos dirigibles anclados al suelo por gruesos cables de plástico. Un pigmeo de grandes alas brotó de la oscuridad en la parte superior y se lanzó hacia Ulises. Este se echó hacia atrás, y por esto, o por mala puntería, la pequeña flecha envenenada se clavó en el suelo unos centímetros por delante de sus pies. Un arquero alkunquibe alzó su arco, apuntó fríamente al hombre alado y soltó una flecha que atravesó la pierna del hombre murciélago y se clavó en su vientre. El hombre murciélago cayó al suelo a unos metros de Ulises.

Había más hombres murciélago volando alrededor de la parte superior del hangar y varios más que se habían situado sobre los dirigibles. Estos lanzaban sus flechas venenosas. Al parecer, todos los que había dentro del hangar habían arrojado sus bombas. Fuera, iluminado intermitentemente por las bombillas eléctricas y las antorchas, se agitaba un enjambre de hombres alados. Se acercaban a las luces y se alejaban de ellas, arrojando pequeños dardos de madera con contrapeso de piedra, disparando pequeños arcos o soltando pequeñas bombas redondas encendidas.

Las explosiones de las bombas añadían su momentánea iluminación a la escena.

Había cuerpos derribados dentro del hangar y fuera, en el campo. La mayoría eran defensores: neshgais, humanos y felinos, pero Ulises pudo ver también por lo menos una docena de alas coriáceas extendidas entre los muertos y los heridos.

Se volvió y gritó a Awina:

– ¡Fuera, por la otra puerta!

Ella pareció sorprenderse y él repitió su orden. Ella corrió hacia la puerta del edificio. Él gritó de nuevo su orden a los felinos que disparaban contra los hombres murciélago que había sobre ellos, y luego añadió:

– ¡Apartaos de los dirigibles antes de que se incendien!

Habían tenido suerte hasta entonces. Ninguna de las bombas explotadas había dispersado el hidrógeno de los grandes sacos. Si lo hubiese hecho, todos los del hangar habrían muerto.

Cuando se volvió, hubo un sonoro estruendo, y brotó luz de un hangar próximo. Un dirigible, dos probablemente, pues había dos en cada hangar, acababan de incendiarse. Lo que significaba que los otros hangares podían incendiarse y destruir los dirigibles que albergaban.

Esperó a que sus hombres cruzasen la puerta o escapasen por el cavernoso fondo del hangar. Algunos no lograron; envenenados, cayeron.

Mandó a los wufeas salir y luego los condujo a través de varias salas hasta la puerta que se abría en el costado del hangar. Ya fuera, los dispuso en orden de batalla, y pasaron entre los dos hangares a la zona despejada del campo. Otro hangar de la derecha explotó en llamas, y, en dos minutos, los seis edificios ardían ferozmente. Toda su flota aérea estaba destruida.

Nada podía hacer más que sacar a los suyos a campo abierto. No podían volver, y tenían que apartarse de la luz hacia la oscuridad. Los hombres murciélago aún no se habían ido, pero volaban muy arriba, al parecer pensando en matar también a todo el personal de las fuerzas aéreas. Las tropas de Ulises le protegían por todas partes, pero él había cogido además un escudo de algún humano muerto y se lo había colocado sobre la cabeza. Unas cuantas flechas resonaron en su disco de madera y piel, y dardos de madera con punta de piedra y flechas caían a su alrededor. No les tiraron bombas, aunque habrían sido el modo más seguro de matar. Supuso que las habrían gastado en el ataque inicial. Era posible, sin embargo, que hubiesen avisado a otros hombres murciélago para que trajesen más bombas.

Luego se vieron al borde de la oscuridad y bajo los árboles. Formaron círculos concéntricos disparando contra los hombres murciélago que descendían lo bastante para poder convertirse en blancos razonables.

Lejos, hacia el oeste, hacia donde estaba la ciudad, las nubes reflejaban brillantes luces, probablemente de edificios ardiendo.

Había otros peligros además de los hombres alados. Un carro blindado apareció, y saltó un humano que corrió hacia él. Ordenó a Ulises que informara a los oficiales neshgai del coche. Ulises lo hizo, y supo que Bleezhmag, el equivalente a un coronel del cuerpo blindado, esperaba allí junto a la puerta abierta. Bleezhmag tenía una profunda herida en la frente, un ligero corte en la trompa y un agujero en el brazo izquierdo. Sus soldados humanos habían salido del coche y tiraban saetas de madera con ballestas del mismo material.

– Tengo órdenes del Gran Visir de sacarle de la zona de peligro, -dijo.

Alzó la vista hacia las figuras de grandes alas que volaban en la oscuridad con el resplandor del gas ardiendo.

– Nos han alcanzado dos veces con bombas, pero aparte de sordera temporal, no hemos sufrido heridas. ¡Vamos, entre!

– ¡No puedo abandonar a mis hombres! -dijo Ulises.

– ¡Oh, sí, claro que puede! -dijo Bleezhmag. Trompeteo con impaciencia (quizás un poco histéricamente) a través de su probóscide erguida en el aire-. ¡No son tan sólo los hombres murciélago! ¡Los otros pueblos del Árbol son atacan también! No son una horda, si nuestra información es correcta, pero son muchos, y han formado una punta de lanza que ha desbordado la mayoría de las defensas de esta zona. Ahora les estamos respondiendo adecuadamente, pero tardaremos muchos en expulsarlos. El Gran Visir dice que probablemente estén intentando capturarle a usted. No pueden esperar apoderarse de la ciudad. Pero podrían cogerle a usted.

Brotó otra sombra de la oscuridad, que resultó ser otro carro blindado. Como el primero, pareció una tortuga con su concha. El techo curvado lo formaban tres capas de una madera muy dura sobre una gruesa capa de plástico. Los lados eran de pared doble con puertas y troneras. Iban en él un conductor, un oficial y seis arqueros. Aunque no se había pensado en su resistencia a los explosivos años antes, al construirlos, había resultado capaz de soportar las pequeñas bombas de los hombres murciélago.

Ulises se acuclilló junto a la puerta mientras los arqueros permanecían cubriéndole. Luego hizo un gesto a Awina de que se acercara a él. Awina se acercó, siendo casi alcanzada por una saeta envenenada. Cayó a unos centímetros de ella. Un arquero tuvo suficiente fortuna para derribar de un flechazo al hombre murciélago que había disparado contra Awina. Su flecha atravesó al hombre murciélago un brazo, clavándose al costado. El hombre murciélago chilló y dejó caer su arco y luego cayó. Otro flechazo le atravesó las costillas cuando sus pies tocaban el suelo.

– ¡Entra! -dijo Ulises a Awina; luego dijo a Bleezhmag-: Iré si hacéis que el resto de mi gente sea transportada también.

– De acuerdo -dijo Bleezhmag.

Ulises hizo cm gesto a sus hombres, que estaban bajo los árboles, y los que aún se sostenían en pie ayudaron a los heridos a llegar a la zona descubierta donde estaban los vehículos. O los hombres murciélago hablan agotado su reserva de proyectiles o les tenían mucho miedo a los arqueros. No intentaron atacar al grupo desprotegido.

La comitiva salió a la carretera y la enfiló a treinta kilómetros por hora. Los faros apenas si daban luz comparados con los de los coches de la época de Ulises; iluminaban la carretera unos siete metros por delante de ellos. Ulises preguntó a Bleezhmag por qué llevaban encendidas las luces. No harían más que atraer a los invasores, y en realidad no eran necesarias, pues los conductores conocían bien aquella carretera.

– No tengo órdenes de apagarlas -dijo el neshgai. Se había derrumbado en su asiento y respiraba trabajosamente por la boca. Aún manaba sangre de sus heridas.

Ulises estaba en el asiento contiguo, que había ocupado otro oficial neshgai, posiblemente dejado atrás por muerto o malherido. A la derecha de Ulises iba un conductor neshgai. Tras él, en el espacio del centro, se amontonaban Awina y siete wufeas. Los arqueros miraban por las troneras la oscuridad semi-iluminada por los focos de los vehículos que le seguían.

– ¿Que no tienen orden? -dijo Ulises-. ¿Es que acaso tienen prohibido apagar los faros si no les dan orden de hacerlo?

Bleezhmag asintió.

– Pues le ordeno -dijo Ulises- que apague los faros. Quizás sea ya demasiado tarde, pero de todos modos hágalo.

– Yo soy oficial de blindados, y usted lo es de las fuerzas aéreas -dijo el neshgai-. No tiene autoridad sobre mí.

– ¡Pero le he sido encomendado! -dijo Ulises-. Está usted encargado de entregarme en la capital. ¡Mi vida está en sus manos! ¡Si no apaga las luces puede ponerla en peligro! ¡No digamos ya la vida de los soldados de que soy responsable!

– No daré la orden -balbució Bleezhmag, y se murió. Ulises habló entonces por la caja transmisora.

– Comandante Singing Bear, hablando en nombre del coronel Bleezhmag, que ha delegado su autoridad en mí por sus heridas. ¡Apaguen los faros!

Y entonces la comitiva siguió carretera adelante en la oscuridad. La carretera brillaba lo bastante para que pudiesen seguirla a una velocidad de unos veinte kilómetros por hora, y Ulises tenía esperanzas de llegar a la capital sin que les atacaran.

Apretó el botón que indicaba Cuartel General en el símbolo de un lado de la caja. Esto significaría una presión en un centro nervioso del organismo vegetal que despertaría una onda de frecuencia adecuada.

No obtuvo respuesta a sus repetidas peticiones de contacto con el Gran Visir o el general del ejército. Aunque se identificó, no consiguió nada. Volvió a la frecuencia utilizada por los vehículos para hablar entre sí y dijo al operador del coche de atrás que llamase también al cuartel general. Luego buscó en todas las frecuencias del transmisor, esperando descubrir cómo se desarrollaba la defensa. Oyó una serie de conversaciones, pero le dejaron tan confuso como lo estaban los que hablaban. Luego intentó comunicar con alguna de estas frecuencias, pero fracasó. El conductor neshgai, mirando por la tronera, dijo:

– ¡Comandante! ¡Veo algo en el campo delante de nosotros!

Ulises dijo que mantuviesen la velocidad y miró por la tronera. Vio una serie de pálidas figuras avanzando con rapidez por los campos, intentando sin duda córtales el paso. Encendió los faros, y las figuras se hicieron algo más claras. Brillaban ojos enrojecidos en el reflejo, y la palidez se convirtió en bípedos con manchas de leopardo y colas. Llevaban lanzas y objetos redondos, que debían ser bombas. ¿Cómo había conseguido pólvora la gente del Árbol?

Ulises habló por el transmisor:

– ¡Enemigo a la derecha! ¡Creo que a unos treinta metros! ¡Continúen a toda velocidad! Pasen por encima de ellos si se interponen. ¡Arqueros, fuego a discreción!

El primero de los apresurados hombres leopardo llegó a la carretera. De pronto apareció un brillo rojo y luego una bocanada de fuego. Había abierto una caja de fuego y la aplicaba a la mecha de una bomba. El fuego describió un arco cuando la bomba voló hacia el primer coche blindado. Restalló un arco, y brotó una saeta por la tronera. El enemigo lanzó un grito y cayó. Hubo un golpe en el techo, y luego una explosión que hizo tambalearse al coche y que los ensordeció a todos. Pero la bomba había rebotado en el techo y estallado en la carretera al lado del coche. Este prosiguió su marcha.

Brotaron más sombras, algunas con lanzas y unas cuantas con bombas y cajas de fuego abiertas. Los lanceros intentaban meter sus armas a través de las troneras y los de las bombas echarlas sobre los vehículos.

Los lanceros caían ensartados por las flechas. Las bombas caían sobre los vehículos y rebotaban de nuevo a la carretera, haciendo más daño al enemigo que a los que iban en los coches.

Luego el primer vehículo blindado les dejó atrás, y los supervivientes pasaron a atacar a los otros. Más de la mitad de los atacantes quedaban muertos o heridos. Un hombre leopardo, corriendo desesperadamente, saltó sobre el resbaladizo techo del último coche. Colocó una bomba en su cúspide, salió fuera y fue alcanzado por una flecha en la espalda. La bomba rompió las dos capas superiores y astilló la tercera. Los ocupantes no pudieron oír en mucho tiempo, pero por lo demás resultaron ilesos.

Cuando los vehículos entraron en la ciudad, descubrieron unos cuantos edificios ardiendo y algunos daños menores. Los hombres murciélago habían arrojado bombas y matado soldados y ciudadanos en las calles. Un grupo suicida había penetrado por las ventanas de la cuarta planta del palacio (que no estaba enrejada, aunque se habían dado órdenes de hacerlo dos semanas antes) Habían matado a muchos con sus flechas envenenadas, pero no habían conseguido matar al soberano ni al Gran Visir. Y todos los miembros del grupo suicida, salvo dos, habían muerto.

Ulises se enteró de esto por Shegnif.

– No mate a sus dos prisioneros, excelencia. Podemos torturarlos y sacarles el secreto del emplazamiento de su ciudad base.

– ¿Y qué? -preguntó Shegnif.

– Podríamos entonces utilizar una flota aérea, mucho mejor que la primera, para atacar y destruir la ciudad base de los hombres murciélago. Y para atacar al Árbol mismo.

Shegnif se quedó sorprendido.

– ¿Pero no te sientes deprimido por lo que pasó esta noche? -preguntó.

– En absoluto -dijo Ulises-. En realidad el enemigo ha conseguido muy poco. Y quizás nos hayan hecho un servicio. Si no hubiesen destruido los dirigibles, me habría costado mucho trabajo conseguir que autorizaseis la construcción de aeronaves mejores. He pensado en unos aparatos mucho mayores. Exigirán mucho más material, más tiempo, y más investigación, pero servirán mucho mejor para la misión que planeo.

Había pensado que el Visir se enfurecería por sus sugerencias, pero Shegnif pareció complacido.

– Esta invasión -dijo-, que en realidad aún prosigue, pero que ya ha sido rechazada, me convence de una cosa. Podemos consumir todos nuestros recursos y nuestro personal en el mero hecho de defender nuestras fronteras. Aunque no veo cómo podemos hacer daño al Árbol, aunque matáramos sus ojos, los hombres murciélagos. ¿Acaso tienes una solución?

Ulises expuso sus planes. Shegnif escuchó, meneando su gran cabeza, palpándose los colmillos, palmeándose la frente con la punta de su trompa. Luego dijo:

– Autorizaré tus planes inmediatamente. Los vignoons y los glassims están retrocediendo, y pronto tendremos más tropas. Y hemos capturado a varios hombres murciélago heridos.

– Algunos de ellos podrán darnos información -dijo Ulises-. Y otros podremos utilizarlos para entrenar a los halcones.

De nuevo pasó a estar ocupado desde el amanecer hasta bien avanzada la noche. Aun así tuvo tiempo para investigar la pelea entre Thebi y Awina. No. había visto a Thebi después de abandonar la oficina hacia el hangar, pero ella fue a verle unos días después. Explicó que había salido tambaleándose afuera inmediatamente después de irse Ulises, y que se había desmayado entre los hangares. Despertó en el campo junto a un grupo de cadáveres. Su herida sangraba mucho pero no era profunda.

Ambas mujeres admitieron que habían estado discutiendo a cuál de las dos quería él más y quien debía ser su ayudante permanente. Thebi había atacado a Awina con las uñas, y Awina había sacado su cuchillo.

Ulises decidió no castigarlas físicamente ni con cárcel. Definió sus deberes y posiciones y cómo deberían comportarse en el futuro. Ellas debían ajustarse a aquellas normas. Si no, las alejaría de sí por mucho tiempo.

Thebi lloró, y Awina sollozó, pero ambas prometieron portarse bien.

Una de las primeras cosas que hizo Ulises fue reunir un buen número de adiestradores de halcones. Eran hombres libres que como único trabajo tenían el de criar y educar a varios tipos de aves de cetrería para sus amos, que cazaban con ellas. En vez de adiestrar a aquellas feroces aves para que persiguiesen patos, palomas y otras presas de pluma, les enseñarían a atacar a los hombres murciélago. Había suficientes hombres murciélago prisioneros para poder utilizarlos adecuadamente en cuanto se repusiesen de sus heridas.

Cinco meses después, Ulises asistió a la primera muestra de los resultados del nuevo adiestramiento. El joven soberano, el Gran Visir y el alto mando militar estuvieron presentes. Un hombre murciélago de expresión hosca que sabía lo que iba a pasar, fue liberado. Corrió a toda prisa por el inclinado campo, aleteando, y despegó lentamente. Había logrado elevarse hasta unos quince metros, contra el viento, cuando se giró y volvió hacia el campo. Llevaba una lanza corta de punta de piedra, y le habían prometido que si era capaz de defenderse con éxito frente a dos halcones, le dejarían en libertad para volver con los suyos.

Probablemente no creyese en la promesa. Sería estúpido que los neshgais le permitiesen llevar la noticia de aquella nueva armas a los suyos. Si mataba a los dos halcones, soltarían otros para que acabaran con él. No tenía ninguna posibilidad de dejarlos atrás volando.

Pero hizo lo que le dijeron y volvió sobre el campo a la altura acordada para que se pudiese presenciar claramente el ataque. Cuando llegó de nuevo al campo, los adiestradores alzaron las caperuzas de los dos halcones y los echaron al aire. Volaron en círculo un momento y luego, chillando roncamente, se lanzaron hacia el hombre murciélago. Este voló alejándose desesperadamente. Los dos halcones avanzaron como emplumados proyectiles y chocaron con él con un ruido que los observadores pudieron oír. Un instante antes de que le alcanzaran, el hombre murciélago había plegado sus alas y se había girado para enfrentarse a ellos. Uno le alcanzó en la cabeza, y murió acuchillado, pero no soltó sus garras. El otro alcanzó al hombre murciélago unos segundos más tarde hundiéndole las garras en el vientre. Chillando, el hombre alado cayó y golpeó el suelo con suficiente fuerza como para romperse los huesos de las piernas y uno de un ala. El halcón superviviente continuaba desgarrándole el vientre.

– No podernos tener un adiestrador para cada ave, por supuesto -dijo Ulises-. Estamos adiestrándolas ahora para que estén en jaulas individuales, cuyas puertas se abrirán por un mecanismo único. Ese mecanismo les quitará también las caperuzas y saldrán a atacar al hombre murciélago más próximo. Y seguirán atacando.

– Esperémoslo -dijo Shegnif-. No tengo mucha fe en la eficacia de los halcones. Nada les impide atacar en masa a un hombre murciélago y dejar a los otros.

– Mis adiestradores están trabajando en esto -dijo Ulises.

Pese a sus objeciones, el Gran Visir parecía complacido.

Hizo sus inclinaciones y toques de trompa al soberano, que fue devuelto a palacio en un adornado vehículo. Shegnif caminó junto a Ulises un rato, hablando, y, en una ocasión, le tocó afectuosamente en la nariz con la punta de la trompa.

– Fue una gran suerte que al dios de piedra le despertase un rayo -dijo-. Aunque sin duda debió ser Nesh quien envió el rayo.

Sonrió. Ulises aún no sabía exactamente si las frecuentes referencias del Visir a su dios eran piedad o ironía.

– Nesh te despetrificó para que pudieses ayudar a tu pueblo. Eso me dijeron los sacerdotes, y yo, aunque sea el Gran Visir de Su Majestad, me inclino cuando el más humilde de los sacerdotes me informa de la más significante verdad.

»Y así, me han encargado que te diga que eres realmente el afortunado. Eres el único extraño, el único no neshgai, que ha sido invitado a leer el Libro de Tiznak. De hecho, muy pocos neshgais tienen ese honor.

Descubrió lo que quería decir Shegnif a primera hora de la mañana siguiente. Un sacerdote, de capuchón y ropajes tan grises como su piel, con un cetro con una X en un circuló roto grabado en la punta, fue a buscarle. Se llamaba Zhishbroom. Era joven, afable y muy cortés. Pero dijo claramente que el sumo sacerdote mandaba, no pedía, que Ulises acudiese al templo.

Ulises salió por el extremo occidental de la ciudad y fue conducido al interior de un edificio de piedra cuadrado y de tres cúpulas. Su pequeñez le sorprendió. Era un cubo de unos veinte metros que contenía tan sólo una estatua de granito de Nesh en el centro. Nesh parecía un neshgai varón, aunque sus colmillos eran algo más largos de lo normal y su trompa más gruesa.

Había tres sacerdotes estacionados como centinelas, formando cada uno de ellos el vértice de un triángulo en cuyo centro estaba la estatua.

Zhishbroom condujo a Ulises ante el primer sacerdote y se detuvo. Presionó un pequeño bloque de piedra, y se hundió ante él un gran bloque de la pared de granito. Condujo a Ulises por una empinada escalera de escalones de granito que descendía iluminada por la fría luz vegetal. El bloque de granito se cerró tras ellos, y quedaron sepultados.

No había sospechado que hubiese otra ciudad subterránea.

Tenía unos seis kilómetros cuadrados de superficie y cuatro niveles. No habla sido construida por los neshgais. No tardó mucho en descubrirlo, aunque los sacerdotes no se lo dijesen. Ulises comprendió que estaba dentro de una especie de museo muy antiguo.

– ¿Quién construyó esta ciudad? -preguntó.

– No lo sabemos -contestó el sacerdote-. Hay pruebas de que estuvo habitada en otros tiempos por gentes que descendían de perros o algún tipo de cánidos. Pero no creemos que ellos construyeran esto. Ellos lo encontraron y se pusieron a vivir aquí, sin alterar los objetos que ves. Y luego desaparecieron. Debieron matarlos o irse por algún motivo. Hay gente de la que vive con el Árbol que se parece a estos pueblos antiguos. Quizás sean descendientes suyos.

»En cualquier caso, nosotros los neshgais éramos una tribu pequeña y primitiva que vagábamos por aquí; según algunos como refugiados, huidos del Árbol. Aquí encontramos muchas cosas que pudimos utilizar. Los circuitos vegetales, las baterías y los motores, por ejemplo, crecieron de semillas que encontramos conservadas en unos recipientes. Había también muchos objetos cuyo fin nunca hemos logrado descubrir. Si pudiésemos hacerlo quizás consiguiésemos destruir el Árbol. Quizás por eso intente el Árbol destruirnos. Quiere matarnos antes de que descubramos cómo matarle.

Hizo una pausa y luego añadió:

– Y allí está el Libro de Tiznak.

– ¿Tiznak? -dijo Ulises.

– Fue el más grande de nuestros sacerdotes, un anciano que descubrió cómo se leía el Libro. Sígueme. Te llevaré al Libro, según me han ordenado. Y a Kuushmurzh, el sumo sacerdote.

Kuushmurzh era un neshgai muy viejo y muy arrugado, de gruesas gafas y manos temblorosas. Bendijo a Ulises sin levantarse de su inmensa y almohadillada silla y dijo que le vería después de que hubiese leído el Libro. Es decir, si sabía leerlo.

Ulises siguió al joven sacerdote pasando ante un anaquel tras otro, todos protegidos por paredes transparentes de un material desconocido. Y luego entró en un cubículo que estaba vacío salvo por una placa de metal fijada en la base de una plataforma de metal. Se detuvo ante ella y dijo:

– Esto es muy extraño. ¿Qué había aquí?

– Creo que estabas tú -contestó Zhishbroom-. Al menos, ésa es la leyenda. La plataforma estaba vacía cuando los neshgais encontraron este lugar.

El corazón de Ulises latió más rápido, y sintió que su piel se convertía en un líquido frío y pegajoso. Se inclinó para contemplar las letras negras que había sobre el metal amarillo. La habitación estaba tan silenciosa que podía oír la sangre zumbar en sus oídos. La luz sin fuente era tan intensa como la cubierta de la Tumba de los Tiempos.

Las letras daban la sensación de poder proceder del alfabeto latino. O del alfabeto fonético internacional, que se basaba en una serie de alfabetos. Estudió las letras mientras el sacerdote permanecía tras él con la misma paciencia que uno de sus parientes elefantinos. Si aceptaba la similitud de las letras con las del alfabeto fonético internacional, podría descifrarlo. Había treinta líneas, y sin duda podría descifrar algunas palabras de vez en cuando, por mucho que hubiese cambiado el idioma.

Por supuesto, se dijo que el idioma podía no ser una forma de inglés. No tenía base para creer que estuviese aún en una porción del continente norteamericano. Podía encontrarse en Eurasia o en África. Y aquel idioma podía proceder de cualquiera del millar que existía en su época.

Aun así, los números arábigos no deberían haber cambiado. Y no aparecían por ninguna parte, salvo por unos símbolos que parecían eles. Quizás los números se deletreasen, por alguna razón.

Cuziz Zine Nea. Estas eran las únicas palabras escritas con mayúscula. ¿Significarían Ulises Singing Bear? El fonema inicial de Ulises se había africado por alguna razón, quizás porque le precediese una palabra final africada… quizás, en algunos casos, el sonido final de palabra inmediatamente anterior al sonido inicial de palabra de la siguiente influyese, al ser de una determinada clase. Lo mismo que Zine podía haber sido Singing antes, y la s hacerse z por ir precedida de un sonido fuerte. El ing se habría convertido en en, y luego la n en una nasalización de la s, pero durante la evolución del lenguaje había influido a todas las palabras que, siguiéndola, comenzaban con una fonema milabial o labiodental. Así pues, aunque la n final de Zine hubiese desaparecido, Bear (primero Ber luego Be fue Ne cuando seguía a cualquier palabra que hubiese tenido alguna vez una m o n final.

Si seguía adelante con esta teoría… silbó y murmuró luego:

– ¡Creo que lo tengo!

Aquellas palabras cobraban sentido. Las letras procedían del alfabeto fonético internacional o de algo parecido. El lenguaje había sido inglés, pero había pasado a tener una estructura análoga a la de las lenguas celtas de su tiempo. Había palabras que no podía traducir o cuyo significado sólo podía sospechar. En realidad, cada idioma admite palabras nuevas constantemente, y algunas de ellas se hacen más o menos permanentes. Y había que tener en cuenta posibles elisiones e intrusiones.

Pero no cabía duda. Aquí… ULISES SINGING BEAR; FAMOSO HOMBRE PETRIFICADO, ACCIDENTALMENTE… ESTASIS MOLECULAR DURANTE EXPERIMENTOS CIENTÍFICOS EN SIRACUSA, NUEVA YORK, LA ANTIGUA NACIÓN DE LOS ESTADOS UNIDOS DE NORTEAMÉRICA. ESTADO «PETRIFICADO» DESDE…

La fecha era ininteligible. No se utilizaban, por alguna razón, los números árabes. Pero la fecha tenía que ser el equivalente al 1985 después de Cristo. La fecha de la erección del monumento era también ilegible.

No importaba que fuese el 6985 después de Cristo o el 50.000 después de Cristo, aunque era más probable que la primera fecha estuviese más cerca de la realidad que la segunda. En cincuenta mil años el idioma se habría hecho totalmente irreconocible.

No importaba. Lo que importaba era que había estado en otro tiempo sentado allí sobre aquella plataforma de metal o plástico con aquella placa y que muchos visitantes, quizás millones, habían desfilado ante él y leído aquellas palabras (en diversas formas según los cambios del lenguaje) y contemplado sus inmóviles rasgos con asombro. Y también divertidos, pues los humanos no podían evitar los pensamientos irónicos ni siquiera en presencia de la muerte. Le contemplarían también con envidia, si hubiesen sabido que volvería a vivir después de que ellos fuesen polvo, muchos siglos después.

Se preguntó qué podría haberle sucedido. ¿Le habrían robado? O, más probable, ¿habrían sido localizados él y la plataforma en otro lugar y luego llevados allí? ¿Le habrían separado de la plataforma en el camino? ¡Quién podía saber lo sucedido!… Había sucedido además hacía tanto tiempo que siempre sería un misterio.

Alzó la cabeza, y Zhishbroom echó a andar delante de él. Bajaron varios pasillos y al final el neshgai se detuvo ante una pared encalada. Pronunció una palabra, y la pared pareció fundirse y luego se hizo borrosa, y luego se convirtió en un paso abierto. Ulises siguió al gigante a una pequeña habitación que parecía el interior de una pelota. Una sustancia reflectora y plateada cubría el interior en cuyo centro colgaba en el aire un inmenso disco plateado. Zhishbroom cogió a Ulises de una mano y le guió frente al disco. El disco colgaba vertical ante él y reflejaba su imagen.

Pero no reflejaba la de Zhishbroom, que estaba de pie detrás de él.

– Yo no soy capaz de leer el Libro -dijo el neshgai con tristeza, y añadió-: Llama cuando termines de leer. La puerta se abrirá. Te conduciré entonces ante Kuushmurzh, y podrás decirle lo que leíste.

Ulises no oyó salir al neshgai. Continuó contemplando su reflejo en el disco, y de pronto el reflejo desapareció. Fue como si se evaporara. Su carne se desvaneció capa a capa; sus huesos se perfilaron frente a él; pero también ellos se hicieron nada; sólo el disco quedó.

Dio un paso hacia adelante, pensando que no podía penetrar en el material sólido (¿pero cómo sabía que era sólido?) y luego estaba dentro. O creía estarlo. Como Alicia atravesando el espejo.

Aparecieron cosas a su alrededor como si hubiesen estado ocultas por una niebla invisible que se fundiera al sol de su presencia.

Continuó caminando y extendió una mano y no pudo tocar nada. Atravesó el gran árbol que había ante él, cruzó la oscuridad y salió por el otro lado. Una mujer, una hermosa mujer morena que sólo llevaba pendientes, un anillo en la nariz, anillos en los dedos, cuentas y dibujos pintados sobre la mitad de su cuerpo, cruzó ante él. Avanzaba con rapidez, como en una película en cámara rápida.

Las cosas corrían a su lado. Alguien incrementaba aún más la velocidad de la película. Luego la velocidad disminuyó, y se encontró ante otro árbol gigante a la luz de la luna. La luna llena era la luna que él había conocido antes de convertirse en piedra. El árbol era tres veces mayor que la mayor secoya de California. Había en su base varias entradas de las que salía una luz suave. Un joven de unos dieciséis años, con cintas y adornos en su enmarañado pelo y alrededor de sus orejas, dedos, pies, y otros apéndices, penetró en el árbol. Ulises le siguió por unas escaleras hacia arriba. No comprendía cómo podía subir por allí y sin embargo no ser capaz de tocar nada. Ni cómo su mano podía penetrar en el joven cuando intentaba tocarle.

El joven vivía dentro del árbol con una docena más. Los apartamentos, o celdas, del árbol tenían unos cuantos elementos decorativos y mobiliario. Había una cama de un material parecido al musgo, algunas mesas que no levantaban más de un metro del suelo, una pequeña cocina, y algunos cacharros y cubertería. Había una caja de madera, pintada por algún aficionado, en un rincón. Contenía alimentos y diversos líquidos. Y eso era todo.

Abandonó el árbol y vagó por el parque, que empezaba a desvanecerse. Tenía una sensación de paso del tiempo. Mucho tiempo. Cuando las cosas se estabilizaron aún era de noche. La luna había cambiado. Evidentemente tenía una atmósfera y mares, pero no el aspecto de planeta completo que tenía la luna del mundo en el que había despertado. Crecían a su alrededor muchos árboles, mucho mayores que los tipos secoya, a través de los cuales pasaba como un espectro. Tenían un gran tronco central e inmensas ramas que iban radiándose con vástagos verticales que servían de apoyo y por último se inclinaban y se hundían en la tierra. Eran versiones mucho más pequeñas de Árbol que él conocía. Formaban pequeños pueblos, y en ellos crecían árboles que proporcionaban todos los alimentos que necesitaban los ciudadanos, salvo la carne.

Había también árboles que contenían laboratorios experimentales. Albergaban éstos gatos y perros con capacidad craneana mucho mayor que la de los animales de su época. Y había allí monos que habían perdido la mayor parte de su pelo y el rabo y caminaban erguidos. Y muchos animales más que evidentemente estaban modificando los ingenieros genéticos.

El mundo comenzó a moverse más deprisa y luego se vio en la luna sin ninguna sensación de transición. La Tierra colgaba, marrón, cerca del horizonte; pese a las masas de nubes pudo reconocer el extremo oriental de Asia.

El paisaje lunar era suave y bello. Había grandes árboles, plantas luminosas, aves y animales pequeños. Hacia el este asomaba la aurora. Luego apareció el sol e iluminó la falda occidental de una montaña, en tiempos pared de un cráter, supuso, suavizada por la erosión del viento y el agua. O quizás alterada por los poderes como de dioses de los seres que habían dado a la luna una atmósfera y océanos y transmutado los pétreos suelos en fértil y oscura tierra.

Los seres como dioses debían haber proporcionado también a la luna una rotación más rápida, porque el sol se alzó rápidamente y, en unas doce horas, se ocultó de nuevo. Por entonces Ulises había cruzado la zona como de parque y visto los árboles que crecían allí, y que albergaban hombres y varios tipos distintos de géneros y especies de seres inteligentes. Todos los pueblos no humanos, salvo uno, parecían descender de animales terrestres.

La excepción era unos bípedos altos y de piel rosada con pelo muy rizado del cuello para arriba, en los sobacos, en las regiones púbicas y en la parte posterior de las piernas. Su cara era bastante humana salvo la excrescencia carnosa, como una especie de lunar, que adornaba la punta de su nariz. Había muchos de éstos, indudablemente visitantes de un planeta de alguna estrella distante. Si tenían naves espaciales, no había ninguna a la vista.

Ulises continuó deslizándose como un fantasma sobre la superficie de la luna y luego penetró, invisible y suave como la brisa, en un árbol que contenía un laboratorio. Y vio allí a humanos y no humanos observando un experimento. Había una figura inmóvil dentro de un cubículo transparente de plástico. Era el objetivo de unos rayos fluctuantes y multicolores que le dirigía un instrumento parecido a un disparador láser. Este derramaba sus rayos, que atravesaban las paredes del cubículo y bañaban a la inmóvil figura.

Reconoció la estatua. Era él mismo.

Al parecer, los científicos intentaban restaurar el movimiento natural de sus átomos.

Sabía muy bien el éxito que tendrían.

Pero, ¿qué hacía él en la luna? ¿Había sido prestado a los científicos de allí por alguna razón que nunca conocería? Si así era, habrían tenido que enviarle de nuevo a la Tierra, aunque tardasen en hacerlo miles de años.

Tan bruscamente como había salido de la Tierra se vio de nuevo en ella. No sólo había atravesado espacio. También mucho tiempo.

La Tierra estaba desolada. Soplaban feroces vientos. Las capas polares se habían fundido y terremotos, volcanes en erupción y desprendimientos de masas costeras habían alterado la superficie de lo que quedaba de la Tierra.

No había explicación para lo sucedido o para lo que había causado el holocausto global. Posiblemente fuesen la causa las inmensas gotas luminosas que cruzaban el humo que cubría la agostada Tierra. Pero nadie había que pudiese explicar. El humo desapareció y el aire volvió a ser claro salvo por las grandes tormentas de polvo. Pequeños grupos de seres inteligentes, y los animales que se habían refugiado bajo tierra con ellos, salieron. Sembraron semillas y cultivaron pequeñas parcelas de tierra. Plantaron también algunos árboles pequeños salvados bajo tierra.

Las gotas aparecieron de nuevo y se situaron sobre las colonias durante un tiempo. Sólo una actuó. Desprendió rayos energéticos que calcinaron el arbolito en que estaban los cuarenta supervivientes del homo sapiens.

Los otros seres inteligentes, hombres gato, hombres perro, hombres leopardo, hombres oso y hombres elefante no fueron atacados. Al parecer, los que manejaban las gotas (si es que no eran entidades vivas) querían exterminar sólo al homo sapiens.

Los hombres murciélago eran una forma modificada del homo sapiens, y también habían sido exterminados.

Pero cuando las gotas desaparecieron, salieron de sus escondites nuevos hombres murciélago.

Los esclavos de los neshgais y los vroomaws no eran humanos. Descendían de monos mutados. Por eso no les habían atacado las gotas.

Continuó caminando por la superficie de la Tierra. El tiempo se deslizaba a su paso y él se deslizaba sobre el tiempo. Ahora cada gran masa de tierra tenía sólo un árbol. Los árboles habían evolucionado y todos los de una masa de tierra se unían y fundían hasta convertirse en uno solo. Todos crecían y crecían. Los seres inteligentes, uno a uno, se fueron a vivir en su superficie. Llegaría un momento en que el Árbol se extendería por todo el continente. Sólo las regiones costeras se verían libres de él, porque el agua salada frenaba su crecimiento. Pero el Árbol podía evolucionar de modo que superase este freno, y lo haría. Y entonces cada Árbol continental se fundiría con el otro rindiendo su individualidad a través de algún mecanismo vegetal que Ulises no comprendía. Tendría un cerebro, una identidad, un cuerpo. Y sería el dueño del planeta. Por los siglos de los siglos. Amén.

A menos que los neshgais y el dios de piedra pudiesen derrotarle.

Ulises tuvo la sensación de volver a salir del disco… una Alicia recelosa, pensó.

Después, hablando con el sumo sacerdote, formuló su propia teoría respecto al Libro de Tiznak. El sumo sacerdote tenía una explicación teológica para las extrañas cosas que les ocurrían a los lectores del Libro. Nesh dictaba la experiencia según lo que consideraba que cada lector debía encontrar en el Libro. Pero el sumo sacerdote admitía que su explicación podía ser un error. No era un dogma.

Ulises pensó que el que había hecho el disco, fuese quien fuese, había puesto en él un registrador del pasado. Este registrador probablemente no existiese cuando sucedieron los acontecimientos que reflejaba. La peculiaridad del Libro (una de ellas) era que contenía lo que Ulises sólo podía describir como «puntos resonantes» Es decir, las demandas individuales de cada lector despertaban en el Libro aquello que interesaba al lector. Era lo mismo que elegir un libro sobre un determinado tema histórico en una biblioteca. El Libro, trabajando por medios mentales, detectaba lo que el lector quería saber y luego proporcionaba la información a su modo.

– Eso puede ser cierto -dijo el sumo sacerdote. Miró a Ulises con sus ojos azul oscuro desde debajo de su tricornio-. Tu explicación puede ajustarse a los hechos sin chocar por ello con la explicación oficial de que Nesh dicta los contenidos. Después de todo, quien hiciese el disco lo hizo porque Nesh le pidió que lo hiciera.

Ulises hizo una inclinación. No tenía sentido discutir aquello.

– ¿Comprendes ahora por qué el Árbol es una entidad inteligente y es nuestro enemigo? -preguntó el sumo sacerdote.

– El Libro me explicó que eso era así.

El sumo sacerdote sonrió y dijo:

– ¿Pero tú no crees necesariamente en el Libro?

Ulises pensó que era mejor no contestar. Estaba seguro, y podría haberlo dicho, de que gran parte de lo que contenía el Libro era cierto, pero que el disco lo habían construido seres inteligentes, y que toda criatura de carne y hueso podía cometer errores o estar equivocada. Pero, si decía eso, el sumo sacerdote le contestaría que el disco no podía equivocarse, puesto que Nesh había dictado su contenido, y Nesh, único dios, no podía cometer error alguno.

Cuando volvió al aeropuerto, había cambiado su actitud hacia Thebi. Ya no era la posible madre de sus hijos. Dudaba mucho que ella o cualquier esclava o vroomaw pudiesen concebir de él. Aunque parecían una forma levemente alterada de homo sapiens, probablemente tuviesen una estructura cromosómica distinta. Thebi probablemente fuese estéril respecto a él. Había pasado tiempo suficiente para demostrarlo.

Por supuesto, cabía la posibilidad de que ella fuese estéril también con los de su especie. Pero Lusha había estado con él suficiente tiempo como para poder concebir también. Aunque también era posible que ella fuese estéril. O que ambas mujeres, sin que él lo supiera, estuviesen utilizando métodos anticonceptivos. Esto no le parecía probable, pues jamás había oído tal cosa entre ninguno de los pueblos con que se había encontrado. La fertilidad se reverenciaba tanto entonces como en la primera era paleolítica de la Tierra.

Durante los meses que siguieron a su primera visita al templo de Nesh, encontró algún tiempo para hacer otras visitas. Aunque no le fue permitido volver a leer el Libro de Tiznak, pudo explorar la ciudad subterránea, el museo, según él. Encontró muchas cosas cuyo fin o utilidad se imaginó, aunque muchas resultaban inútiles porque no sabía cómo ponerlas en marcha. Halló un instrumento que no había evolucionado tanto respecto a los que él conocía de su época como para resultar irreconocible. Arrancó delgadas tiras de su piel y de una serie de esclavas y las colocó en el comparador. Los tejidos de las esclavas se volvieron de color escarlata al colocarlos junto a los suyos. No podía engendrar con ellas.

No cabía duda. Dejó a un lado el instrumento lleno de desilusión. Sin embargo, en algún punto de su interior palpitaba una esperanza.

La desechó. Tenía que apartarla. Si la convertía en algo fuerte, podría sentirse culpable luego.

Pero, ¿por qué?, se dijo. No podía evitar su incapacidad para ser padre de una nueva estirpe humana. No era vital el que en la Tierra hubiese de nuevo Humanidad. El género humano había estado a punto de destruir la Tierra. Las gotas voladoras se habían propuesto exterminar al homo sapiens y habían dejado sólo a los otros seres inteligentes. No es que éstos fuesen menos malos en potencia. Pero basta entonces no habían hecho daño alguno a la Tierra, y por eso seguían viviendo.

¿Por qué habría de engendrar él de nuevo su perniciosa y destructora estirpe?

No había razón alguna. Pero se sentía culpable por ser incapaz de hacerlo.

También se sentía culpable porque le gustaba más Awina que Thebi o cualquiera del género de Thebi.

Esto explicaba que mantuviese a Thebi como su sirvienta personal y añadiese luego otra esclava humana. Aún seguía llamándoles humanos, lo que, en cierto modo, eran. Se trataba de una muchacha de ojos verdes y dorada piel llamada Fanus. Era tan calva como las otras, pero tenía la barbilla menos afilada y rasgos más agradables.

Awina no dijo nada cuando apareció Fanus en la oficina de Ulises. Lanzó a éste una mirada de reojo que le dijo mucho y le hizo sentirse culpable por cómo la trataba. Para compensar, puso a las dos mujeres bajo la supervisión directa de Awina. Podría haberse dado cuenta de que esto convertiría la vida de ellas, sino en un infierno, en algo sumamente desagradable a veces. Pero tan ocupado estaba con su fuerza aérea que no se daba cuenta de nada.

Llegó por fin el momento en que quedó terminado uno de los primeros dirigibles. La gran aeronave plateada tenía doce poderosos motores y podía transportar muchos hombres o muchas bombas o un poco de ambas cosas. Por entonces, tras repetidas peticiones de Ulises, se había solventado el enfrentamiento entre la marina y el ejército. Ambos proclamaban que la aviación y su personal correspondían a su jurisdicción. El resultado fue que Ulises tuvo dificultades para conseguir material y personal y para tomar decisiones. Por último, irrumpió en la oficina, del Gran Visir y le exigió que crease una rama separada. Y que lo hiciese inmediatamente, allí mismo. Si no habría más dilaciones, tantas que el enemigo tendría tiempo de organizar otro ataque. Y éste sería una invasión a gran escala, no una incursión.

Shegnif aceptó lo que Ulises le dijo y nombró a éste almirante de la flota, aunque no jefe de las fuerzas aéreas. Dio este cargo a su sobrino, Graushpaz. Ulises le detestaba, pero nada podía hacer. Luego su investigación sobre el coste de los suministros y la calidad inferior de la mayor parte de ellos desató un verdadero escándalo. Shegnif intentó ocultar los resultados de la investigación de Ulises, pero Ulises pasó su informe al soberano, Zhigbruwzh.

Graushpaz, el sobrino, era quien vendía a las fuerzas aéreas aquellos artículos de inferior calidad.

Además, un oficial humano tuvo el valor de acudir a Ulises y explicarle que los humanos de las fuerzas aéreas estaban a punto de sublevarse por la mala comida que les daban. Graushpaz era quien vendía los alimentos a las fuerzas aéreas.

Ulises prometió interceder por el sobrino si no había más abusos ni dilaciones.

Shegnif aceptó, pero insistió en que Graushpaz siguiese siendo jefe de las fuerzas aéreas. En caso contrario, caería en desgracia y tendría que suicidarse.

– ¡Pero si todo el mundo sabe que es culpable! -exclamó Ulises-. ¿Por qué no ha de caer en desgracia?

– Todo el mundo lo sabe, cierto -convino Shegnif-. Pero a menos que caiga públicamente en desgracia, no tendrá que suicidarse.

– No aceptaré ningún trato más de ese género -dijo Ulises-. ¡E insisto en que no venga con nosotros cuando ataquemos a los hombres murciélago!

– Tiene que ir contigo -replicó Shegnif-. Es el único medio que tiene de redimirse. Debe hacer algo destacado en la guerra para compensar esto.

Ulises cedió en este punto. Más tarde, sonreía maliciosamente al pensar en ello. El pecado era ser descubierto. Los elefantinos neshgais no eran tan distintos de la raza humana.

No sonrió tanto cuando Shegnif continuó su política de sobrecargar los dirigibles de oficiales neshgais. Pese a su influencia con el soberano y el sumo sacerdote, no gozaba Ulises de toda la confianza del Gran Visir. Su actitud era comprensible con la revuelta de diez días atrás en una ciudad fronteriza. Los soldados vroomaws se habían negado a obedecer las órdenes superiores según las cuales debían vivir en la zona de los esclavos. Al parecer, consideraban una desgracia vivir con los esclavos. Cuando los neshgais trasladaron allí a otras tropas para enfrentarse a ellos, las nuevas tropas se habían unido a los rebeldes. Acudieron entonces soldados neshgais y hubo una batalla. Los esclavos habían aprovechado esto para matar a algunos de sus dueños neshgais. Por fin, los neshgais habían concentrado buen número de sus poderosas fuerzas aplastando la revuelta.

Noticias de esto se extendieron por toda la población humana. Había tanta tensión y tantas precauciones tomaron los neshgais en la capital que el trabajo de Ulises se demoraba seriamente.

Luego la situación mejoró para él cuando un ejército de unos trescientos hombres murciélago hizo una incursión en el aeropuerto. Esta vez fueron detectados por los vigías que Ulises había estacionado en el borde del Árbol. Tuvo así posibilidad de sacar cinco de sus dirigibles con su tripulación de arqueros, ballesteros y halcones. Los halcones pasaron su primera prueba de sangre, y las fuerzas aéreas descubrieron que su disciplina y su adiestramiento eran excelentes. Sufrieron algunas bajas, pero todas las naves regresaron. Los hombres murciélago, tras sufrir graves pérdidas, huyeron.

El prestigio de Ulises creció aún más. Pero el primer efecto de la incursión fue que los humanos comprendieron que debían luchar, de momento, del lado de los neshgais, no contra ellos. Los hombres murciélago habían arrojado mensajes comunicando que se proponían exterminar tanto a los neshgais como a sus aliados humanos.

Fue una fresca mañana, al amanecer, con cielo claro y una brisa de unos diez kilómetros por hora que soplaba del mar, cuando el primero de los diez dirigibles se elevó en el aire. La nave insignia, el Veezhgwaph (Espíritu Azul), tenía unos ciento treinta y tres metros de longitud y un diámetro de veinte metros. Su superficie era plateada, y llevaba en su proa, pintado en azul, un horroroso demonio. La barquilla de control estaba suspendida bajo la proa, y las tres cajas de los motores colgaban a ambos lados. Su hueco interior contenía una estructura hecha de cáscaras vegetales prensadas y unidas, de muy poco peso, celdillas de almacenaje, la quilla, un paso de comunicación principal, escalerillas y diez gigantescos globos de gas. En la parte superior había cuatro cabinas con arqueros, catapulteros, lanzadores de cohetes y halconeros. A ambos lados, en la línea del centro, había una especie de banco donde se sentaban los que accionaban las catapultas y lanzaban los cohetes. Otras aberturas daban acceso a flechas, bombas y halcones. Las estructuras de cola incluían varias cabinas, y había aberturas por el suelo del dirigible tras las cuales se emplazaban más flecheros y lanzadores de cohetes y halconeros.

Había también trampillas para lanzar bombas y para soltar anclas y ganchos de agarre.

Ulises estaba en el puente, en la cubierta inferior de la barquilla de control, detrás del timonel. Los operadores de radio, los pilotos, los oficiales responsables de transmitir órdenes desde diversas partes de la nave y varios arqueros estaban también en la góndola. Si no hubiese tantos neshgais, pensó Ulises con amargura, habría más espacio en el puente.

Caminó entre la tripulación hasta la parte trasera de la barquilla y miró afuera. Las otras naves iban detrás de él pero se elevaban rápidamente. La última era sólo un brillo redondo en el azul, pero les alcanzaría al cabo de una hora y pasarían a ser los primeros de la formación.

La belleza de las grandes naves del aire, y la idea de que fuesen creación suya, le emocionaban. Estaba muy orgulloso de ellas, aunque supiese ahora que eran más vulnerables de lo que en principio pensaba. Los hombres murciélago podían volar sobre los dirigibles y arrojarles bombas. No podrían hacerlo, sin embargo, mientras él no descendiese a una altura inferior. Las naves subían ahora y no dejarían de hacerlo hasta llegar a los cuatro mil metros. El aire era demasiado sutil allí para que pudieran volar los hombres murciélago. No podrían acercarse a los dirigibles mientras éstos no descendiesen sobre su objetivo.

Su objetivo era el centro aproximado del Árbol, de ser cierto lo que decían sus informadores. El dolor era un gran destructor de mentiras, y los hombres murciélago prisioneros de la primera y la segunda incursión habían sido sometidos a todo el dolor que habían podido soportar sus frágiles cuerpos. Dos habían aguantado hasta la muerte, pero los otros habían dicho al fin lo que juraban como la verdad. Sus relatos concordaban, lo cual no significaba aún que fuesen ciertos.

Los hombres murciélago que aún podían hablar les acompañaban para poder identificar las señales de los árboles y, por último, la ciudad base.

Abajo, el Árbol era una masa que se extendía por todo el horizonte, una encrucijada de ramas grises y rayos de sol brillando sobre las ramas y vividos colores de árboles y matorrales que crecían sobre el Árbol. De pronto, una pálida nube rosada brotó de una densa selva verde. Era una inmensa bandada de pájaros que dejaban las entrelazadas enredaderas que se extendían entre dos poderosas ramas. La nube rosada pasó entre una serie de troncos y luego se asentó y se ocultó dentro de otro entramada de enredaderas.

Ulises se volvió a tiempo para ver a Awina descender la escalerilla de la cubierta superior de la góndola. Awina era bella cuando sólo descansaba, tan bella como una gata siamesa en reposo. Pero cuando se movía, eran tan agradables a la vista como lo sería el viento si se pudiese ver. Ahora que Thebi y Fanus no estaban con ellos, y ella era la única que atendía las necesidades personales del Señor, era toda alegría y sonrisas. Había pensado pedirle que no fuese en la expedición, pero había decidido no hacerlo. Ella sabía que había muchas posibilidades de que no regresara. Pero si él le pedía que no fuese, se sentiría herida. Y había una firme posibilidad de que se pusiese a cavilar y acabase atacando a las dos mujeres, pues les echaría la culpa.

Llevaba las gafas que Ulises había decidido que formasen parte del uniforme de las fuerzas aéreas. No serían necesarias a menudo, si es que llegaban a serlo alguna vez, pero a él le gustaban. Daban un aire distinguido a los hombres que ocupaban las naves del cielo y le producían un nostálgico y agradable cosquilleo cuando las veía. Había sido aficionado entusiasta a la aviación de la Primera Guerra Mundial.

Una cadena de cuero con un brillante símbolo azul en forma de cruz maltesa en su extremo colgaba del cuello de Awina. Rodeaba su cintura un cinturón con un cuchillo de piedra completaba su uniforme.

Le miró para asegurarse de que no le interrumpía, y dijo:

– Mi Señor, esto es mucho mejor que subir y bajar por el Árbol y conducir balsas entre snoligósteros y gigantes.

Él sonrió y dijo:

– Eso es cierto. Pero no hay que olvidar que quizás tengamos que volver a casa a pie.

Y considerarnos afortunados si lo logramos, pensó.

Awina se acercó más, hasta que su cadera rozó la de él y uno de sus hombros entró en contacto con su brazo. La punta de su cola le cosquilleaba las pantorrillas de vez en cuando. Había demasiado ruido en la barquilla del dirigible para que oyese el ronroneo de ella, y no estaba lo bastante cerca para sentirlo. Pero creyó que ella estaba ronroneando.

Se apartó. No tenía tiempo de pensar en ella. Capitanear diez naves era trabajo de dedicación exclusiva. Oficiales y tripulación habían tenido todo el entrenamiento posible en el poco tiempo de que disponían. Pero no eran veteranos.

Las cosas habían ido bastante bien hasta entonces. A aquella altura, tenían un viento de cola que elevaba su velocidad a unos setenta y cinco kilómetros por hora. Eso significaba que no podían volver a aquella altitud; el viento les arrastraría hacia atrás, pese al esfuerzo de sus motores. Pero ahora podrían alcanzar su objetivo en ocho horas en vez de en las dieciséis que les habría costado llegar sin aquel viento. Dejaría descansar los motores durante, varias horas para que el viento les empujase, con lo cual llegarían a la ciudad de los hombres murciélago unas dos horas antes de caer la noche. Sería tiempo suficiente para lo que tenían pensado.

El Árbol se extendía bajo ellos como una gran nube gris y verde. De cuando en cuando aparecía una zona en la que las ramas no se entrecruzaban y Ulises casi podía ver el fondo del abismo. ¡Qué ser tan colosal! El mundo no había conocido nada igual en sus cuatro mil millones de años de existencia, hasta aproximadamente, calculaba, los últimos veinte mil años. Y allí estaba: el Árbol. Parecía vergonzoso, trágico más bien, destruir una criatura como aquélla.

Pero de pronto pensó: ¿Quién va a destruirlo? ¿Cómo?

De vez en cuando, veía pequeñas figuras de grandes alas que tenían que ser los hombres murciélago. Ellos sabían que las naves del dios de piedra y de los neshgais volaban hacia su ciudad. Aun sin verlos, Ulises daba por supuesto que había pigmeos de coriáceas alas ocultos entre el follaje, observando las diez agujas de plata que pasaban sobre ellos. No tendrían ni que enviar correos. Habrían transmitido hacía muchos mensajes a través de los diagramas y los cables neurálgicos del propio Árbol.

Suponía que se habrían dado cuenta mucho tiempo atrás de que las naves estaban destinadas a su ciudad base. Tenían suficientes espías, y sin duda habrían sobornado esclavos y quizás hasta a algún neshgai para que espiase para ellos. Corrupción y traición parecían inherentes a la inteligencia. En esto no habían tenido ningún monopolio los humanos.

Awina se apretó de nuevo contra él, y esto interrumpió sus pensamientos.

Pasaron las horas, mientras él se distraía atendiendo las exigencias del mando de la flota. Debajo, la escena cambiaba muy poco. Había cierta variedad en la unidad, pero sólo en las direcciones ligeramente distintas que las ramas tomaban, en las variadas configuraciones de los entramados de enredaderas, la mayor o menor altura de los troncos y las ocasionales nubes de pájaros (rosadas, verdes, escarlata, púrpura, naranja, amarillo) que cruzaban entre los troncos y sobre las ramas.

El sol alcanzó su cenit, y Ulises ordenó reducir la velocidad al mínimo capaz de impedir que los dirigibles perdiesen el rumbo. Se hizo entonces un relativo silencio en la barquilla, sólo alterado por las suaves voces de los oficiales que hablaban en las cajas de radio, el rozar de los inmensos pies de un neshgai, el resoplido de una trompa, el rumor de un inmenso estómago elefantino o la tos de un hombre. Había un sonido constante: el movimiento de la firme cubierta que ligaba la barquilla a la estructura principal.

El sol iba hundiéndose en el horizonte, y Ulises ordenó que le trajeran al primero de los hombres murciélagos prisioneros. Este era Kstuuvh, un hombrecillo asustado con las manos atadas a la espalda y las alas atadas también. Parte del fuego que su piel había sentido se reflejaba en sus ojos.

– Deberíamos ver ya la ciudad -dijo Ulises-. Indícamela.

– ¿Con las manos atadas? -dijo Kstutivh.

– Niega o asiente con la cabeza cuando te indique yo -dijo Ulises.

La mayoría de los troncos alcanzaban los tres mil metros, y allí parecían explotar en un hongo de color verde. Unos quince kilómetros por delante de ellos había un tronco que llegaba casi a los cuatro mil quinientos metros. Aquél debía albergar la ciudad de los hombres murciélago, en algún punto más abajo en una serie de ramas y dentro del tronco y de las ramas mismas. A partir de allí, nada podía verse salvo el Árbol mismo. Los hombres murciélago estarían, por supuesto, ocultos hasta el último momento.

– ¿Ese gran tronco es el de la ciudad?

– No lo sé -dijo Kstuuvh.

Graushpaz rodeó con sus dedos de gigante el flaco cuello del hombre murciélago y apretó. La cara de Kstuuvh se puso azul, se le desorbitaron los ojos, sacó la lengua.

El neshgai aflojó los dedos. El hombre murciélago tosió y carraspeó y luego dijo:

– No lo sé.

Ulises le admiró por aguantar de nuevo, aunque sabía el calvario que le aguardaba.

– Si no te lo sacamos a ti -dijo-, tenemos a otros de tu especie que no son tan tercos.

– Utilizad otra vez el fuego -dijo Kstuuvh.

Ulises sonrió. Los hombres murciélago sabían ya lo inflamable que era el hidrógeno y las precauciones que se habían tomando durante el viaje para impedir chispas y fuego.

– Con una aguja bastará -dijo.

Pero no prestó más atención al hombrecillo salvo para decir que se lo llevaran a la cubierta superior. Muchos hombres murciélago, incluido Kstuuvh, habían descrito aquella señal sometidos a tortura.

Dio las órdenes necesarias para que se colocaran en formación de bombardeo, en fila india. Empezaron a bajar, y luego comenzaron a oírse las órdenes de combate en las cajas radiofónicas de la flota. La nave insignia había descendido hasta los tres mil quinientos metros cuando llegó al gran tronco. Estaban aún fuera del alcance de los hombres murciélago, que sólo podían volar hasta los tres mil metros, y sólo si no llevaban un peso excesivo.

El Espíritu Azul pasó con la cima en forma de hongo del tronco a estribor. Algunas aves de inmensas alas, pequeños cuerpos y colores malva y rojo y algunas criaturas parecidas a las nutrias y de tupido pelo contemplaron el paso de aquel gigante de plata.

Varios kilómetros después de la cima del tronco, la nave insignia giró trescientos sesenta grados a babor y pasó sobre el tronco a tres mil metros por encima del suelo. Se movía a una velocidad de unos quince kilómetros por hora contra el viento, y ahora a unos veinticinco kilómetros

por hora. No había aún el menor indicio abajo de los hombres murciélago, aunque sí sobradas pruebas de otra vida. Una bandada en forma de uve, de miles de mamíferos voladores de cabeza amarilla, cuerpo verde y negras

alas, se alzó hacia ellos, viró y luego penetró de nuevo en

picado en el follaje a kilómetros de distancia.

La ciudad estaba bien oculta. Los observadores de las naves no podían ver más que la selva y las corrientes de agua habituales.

Sin embargo, los prisioneros, sometidos a tortura, habían dicho que debían vivir unos treinta y cinco mil seres en ella. Habían jurado que podían brotar del Árbol seis mil quinientos guerreros para defender la ciudad.

La nave capitana continuó descendiendo y luego, arrastrada hacia el tronco por el viento que golpeaba su gran costado, descendió a una rama situada doscientos metros más abajo.

– ¡Arrojen las bombas en cuanto estén listos! -ordenó Ulises.

Miró por la escotilla de babor. El tronco parecía alzarse hacia ellos tan rápidamente que tuvo que reprimir el impulso de ordenar que la nave se apartara de él. Había hecho sus cálculos y deberían, según ellos, pasar el tronco unos cien metros antes de que el viento les empujara hacia el norte.

Las trampillas de las bombas estaban abiertas y los encargados de lanzarlas, todos humanos, esperaban a que el objetivo estuviese a la vista.

Ulises también esperaba. Tras él se agitaba Graushpaz. Su estómago atronaba, y su probóscide, moviéndose nerviosamente, rozó el hombro de Ulises con su húmedo extremo. Ulises se estremeció.

– Bombas fuera -informó el lanzador. La nave se elevó inmediatamente al desprenderse de aquel peso. Ulises miró a babor. Las gotas oscuras aún seguían cayendo. Algunas no alcanzaron la rama, y continuaron hasta la de más abajo. Unas diez alcanzaron el objetivo. Se elevó una llamarada y salieron despedidos grandes fragmentos de madera entre fuego y negro humo. Eran fragmentos de los árboles más pequeños que crecían en el Árbol, y otras cosas que podrían haber sido pequeños cuerpos. Pero no se podía determinar si eran de animales o de hombres alados.

Las dos naves que iban tras ellos dejaron caer también su carga e inmediatamente se elevaron aliviadas. Cayó en el misino sitio suficiente número de bombas para practicar inmensos agujeros en la rama. Pero parecía muy lejos dé, hallarse tan debilitada corno para romperse. Además, aunque se rompiese, no caería. Había demasiadas ramas verticales que crecían por debajo. Era muy posible que quedase suspendida aunque se eliminasen todos sus retoños verticales. Las tramas de enredaderas la ligaban con las otras ramas y con otros troncos que podrían haberla sostenido. Sin embargo, las explosiones habían abierto nueva vía al río, que se derramaba ahora por los lados del tronco hacia una rama situada a unos cien metros por debajo.

Ulises se había dado cuenta de que sólo para cortar una rama era necesario todo el poder de fuego de la' flota. No perseguía eso. Sólo quería que salieran los hombres murciélago ocultos. En cuanto supiese dónde estaban escondidos, atacaría aquellos lugares.

El gran dirigible trazó un amplio círculo alrededor del tronco y se alineó en cuanto la última nave de las diez hubo soltado sus bombas. Esta vez, dio órdenes de que dirigieran la nave hacia abajo y la hicieran pasar por debajo de la rama bombardeada. Los hombres de las cabinas superiores de la nave informaron que el agua del río caía sobre ellos. Y después la nave pasó por debajo y hubo, un momento después, una serie de explosiones cuando las bombas alcanzaron la rama de más abajo. Algunas eran de alcohol gelatinoso y ardían ferozmente, alzando una inmensa nube de humo.

Aún no había ni rastro de los hombres murciélago.

Ulises dio orden de ahorrar bombas un rato. Hizo que la nave capitana diese otra vuelta, esta vez volando aún más bajo, aunque a mucha mayor distancia del tronco. El viento era escaso allí, y la nave podía maniobrar con más seguridad. Pero aun así, la distancia entre las dos ramas por las que el Espíritu Azul se deslizaba era de sólo setenta metros. No tiraron bombas esta vez. Ulises no quería que la nave se elevara porque podía chocar con la rama superior.

En aquel momento, el aire estaba lleno de aves y pájaros. Las explosiones y las naves habían asustado a toda la vida animal en kilómetros a la redonda. Muchas aves chocaron con las hélices de los propulsores, que esparcieron la sangre por toda la vecindad inmediata. Otras chocaban contra la cubierta o contra el cristal de las escotillas de control de la barquilla.

Ulises estaba demasiado atento a la maniobra de la nave para inspeccionar la entremezclada y convulsa superficie del Árbol buscando la ciudad. Pero cuando la nave empezó a girar en un espacio relativamente ancho entre troncos, oyó a Awina exclamar:

– ¡Hay una abertura!

– ¡Vamos hacia ella! -ordenó al timonel.

Bajo la rama que tenían delante había un agujero cavernoso. Era oval y de unos treinta metros de anchura. Sombreado por la rama, su oscuro interior parecía vacío. Pero Ulises estaba seguro de que había allí muchos hombres murciélago. Estarían esperando, hasta que tuvieran la seguridad de que la entrada había sido localizada, y entonces actuarían. O su comandante podría decidir que sería mejor iniciar la ofensiva.

– ¡Hay otro agujero! -exclamó Graushpaz.

Señaló hacia un óvalo oscuro que había bajo una rama del tronco a su derecha.

La nave pasaría entre los dos agujeros, lo cual significaba que podría ser atacada desde ambos lados simultáneamente.

Ulises transmitió esta información a las otras naves y les ordenó luego que no siguieran a la capitana sino que se elevaran y diesen la vuelta. Estaba corriendo un riesgo, dándoles a los hombres murciélago la oportunidad de situarse por encima de su nave. Ahora. Tenían bombas, y bastaba con que una abriese un agujero en la delgada piel y otra penetrase por el agujero para convertir el Espíritu Azul en una ruina llameante.

Habló de nuevo por la caja radiofónica a los lanzadores de cohetes de los laterales del navío y a las cabinas de la parte superior. Un minuto después, cuando la nave pasaba ante los agujeros a unos quince kilómetros por hora, objetos oscuros que escupían fuego y humo brotaron del dirigible hacia los agujeros. Varios cayeron fuera de las entradas, pero cinco pasaron por una y tres por la otra. Tenía cada uno una carga de cinco kilos de explosivo plástico y medio kilo de pólvora negra y una capa detonante de ácido pícrico.

Brotaron de las bocas de las entradas llamas y humo negro. Salieron volando cuerpos, y luego la nave dejó atrás los agujeros. Un momento después, salieron de ellos hombres alados, cayeron, comenzaron a aletear, y luego intentaron acercarse al dirigible. Continuaban saliendo incesantemente. Al mismo tiempo, brotaron hombres murciélago de agujeros hasta entonces invisibles, y también salieron a cientos de los entramados de enredaderas.

La segunda tanda de cohetes alcanzó de nuevo los agujeros más próximos y a muchos de los que había dentro. Un dirigible que volaba sobre un gigantesco entramado de enredaderas arrojó bombas de tiempo en el punto en que entramado y rama se unían. Las bombas hicieron desprenderse el entramado, que cayó, sujeto sólo de un lado, hasta quedar en posición vertical. Mil cuerpos por lo menos cayeron de las enredaderas, aunque la mayoría comenzaron a volar de nuevo hacia arriba. Había entre ellos muchos niños y mujeres.

Awina tiró del brazo a Ulises y le señaló a estribor y hacia abajo.

– ¡Allí! -dijo-. ¡Allí! ¡Bajo la tercera rama de abajo! ¡Hay un agujero inmenso!

Ulises lo vio también poco antes de que la nave lo dejara atrás al dar la vuelta al tronco. Este agujero era triangular y como de unos cincuenta metros. Salían de él formaciones de hombres murciélago, filas interminables. Avanzaban como en un desfile, saliendo en formación del agujero, caían, extendían las alas, controlaban su caída y luego empezaban a volar hacia arriba. No intentaban alcanzar el dirigible, como habían hecho los otros, pero volaban hacia arriba como si fuesen a recibirle.

Probablemente intentasen llegar lo más arriba posible y agruparse entonces para el ataque.

Ulises dio órdenes de disponer los dirigibles en formación de combate por encima de la altura asequible a los hombres murciélago. Esta maniobra duró quince minutos. Las naves tenían que ganar altura y al mismo tiempo trazar un círculo que pudiese agruparlas a todas para enfrentar al enemigo. Luego, la nave capitana, situada en cabeza, inició el ataque contra la nube de hombres murciélago que volaban dando vueltas al tronco debajo mismo de la base de aquella cúspide en forma de hongo.

Ulises se proponía atacar directamente la ciudad, pero sería necesario enfrentarse primero con los seres voladores.

Muchos de ellos tenían bombas. Los hombres murciélago habían ido a la aldea wufea y se habían enterado de cómo fabricar pólvora por los wufeas, que no sospechaban que los hombres murciélago fuesen ahora sus enemigos. Ulises se había enterado de esto por los prisioneros sometidos a tortura por los neshgais.

Por los datos que tenía, los hombres alados nada sabían de cohetes. Esperaba que así fuese. Los dirigibles resultaban muy vulnerables a los cohetes.

Además, no parecía probable que los hombres murciélago tuviesen una gran reserva de bombas. Probablemente no hubiese azufre en el Árbol. Habrían tenido que conseguirlo en la costa sur o muy al norte. Esperaba que no hubiese bombas dentro de las estancias del Árbol. Si todas las bombas disponibles las llevaban los defensores alados, se acabarían cuando éstos las lanzaran. En aquel momento, las fuerzas de los hombres murciélago parecían inagotables. Había sectores de cielo ennegrecidos por su presencia. Quizás el cálculo de los prisioneros de que había seis mil quinientos guerreros en la ciudad fuese cierto.

La flota y la masa de hombres alados volaban a encontrarse. Las naves se hallaban justo debajo de la máxima altura asequible a los hombres murciélago, pero antes de que el primero de éstos llegase a ellas, se alzaron, quedando emplazadas sobre el enemigo. Disparaban contra las nubes de hombres, y las explosiones y los pequeños fragmentos de metralla abatían a los hombres alados.

Voló cohete tras cohete, pero las naves no agotaban su reserva. Necesitaban algunos para el desembarco… si lograban desembarcar.

Cientos de hombres murciélago quedaron eliminados por las llamas y la metralla. Caían, agitando las alas, e iban a dar contra las ramas o los entramados de enredaderas o se hundían en el abismo oscuro de la parte más baja del Árbol. Muchos caían sobre los de más abajo y les dejaban inconscientes o les rompían las alas, y éstos también caían con los otros.

Las naves continuaron a toda velocidad dejando tras de sí las hordas. Describieron un círculo y enfilaron de nuevo hacia los hombres murciélago, que aleteaban desesperadamente para ponerse al nivel de ellas. Esta vez, sin embargo, se habían separado mucho entre sí para aminorar los efectos de las explosiones de los cohetes. Pese a esto, tuvieron varios centenares de bajas.

La flota les dejó atrás, dio la vuelta e hizo otra pasada. No arrojaron cohetes entonces, sino que salieron por las trampillas de la parte inferior unas cuantas bombas o fueron arrojadas desde los costados. Por entonces, aún quedaba una hora de día. La parte inferior del Árbol estaba ya sumida en la noche.

Por tercera vez, la flota dio la vuelta, y entonces las puntas de las naves descendieron, y éstas se deslizaron por una rampa de aire. Los jefes de los hombres murciélago vieron que las naves pasarían bajo ellos. Se preguntarían sin duda si se habrían vuelto locos los invasores, pero se proponían aprovecharse de ello. Continuaron volando alrededor en espirales descendentes primero y ascendentes después, siguiendo una espiral tras otra para evitar colisiones, presentando todo el ejército una aparente confusión de formaciones en sacacorchos siempre a punto de chocar entre sí, moviéndose hacia adelante y hacia atrás.

La nave insignia continuó bajando y luego, poco antes de llegar al primero de los defensores, se elevó. Cuando llegó a la parte frontal de la masa, estaban aproximadamente al mismo nivel que los hombres murciélago más altos. Ninguno de éstos podía situarse por encima.

Pero de todos modos estaban al mismo nivel, y la rodearon formando una red.

Estallaron cohetes entre los hombres alados. Explotaron entre ellos bombas catapultadas. El aire se llenó de masas de humo y de cuerpos cayendo. Un momento después, la nave insignia soltó parte de sus halcones. Las aves salieron por las escotillas, por todas partes, y se arrojaron a la cara de los hombres murciélago más próximos.

Cuatro de las naves estaban con la nave insignia, y éstas habían soltado a una cuarta parte de sus halcones. Las otras cinco naves habían seguido descendiendo, y tal era la carnicería causada por los explosivos y los halcones que ningún hombre murciélago las molestaba.

Con los motores a toda velocidad, los cinco dirigibles pasaron los troncos en una maniobra circular y lanzaron más cohetes en los agujeros. Se concentraron sobre todo en el gran agujero, y un cohete debió alcanzar un depósito de bombas a juzgar por la serie de explosiones. Los bordes del agujero quedaron astillados, y cuando el humo se aclaró apareció una gran herida en un lado del tronco.

Ulises sonrió al ver esto, pero luego perdió su sonrisa. La última de las cinco naves estaba ardiendo.

De pronto, la nave empezó a caer, mostrando su esqueleto a través de las llamas, y pequeños cuerpos se arrojaron desde la barquilla y por las trampillas para no morir abrasados.

Blanca a causa del hidrógeno ardiendo, la nave chocó contra una rama cien metros más abajo del agujero y ardió allí ferozmente. Los árboles y la vegetación que crecían en las ramas comenzaron a arder también, y el fuego se extendió por la rama. El humo obligó a centenares de mujeres y niños a salir de un escondrijo hasta entonces invisible. Muchos cayeron en el abismo, quizás por los efectos del humo.

Graushpaz estaba asombrado contemplando el holocausto. Pero fue él quien primero vio el agujero que había sobre una rama. Todos los otros estaban debajo, y esto había frustrado los propósitos de desembarco de Ulises. Necesitaban un sitio donde pudiesen posar el dirigible delante de un agujero y descargar allí las tropas. Sin embargo, había que limpiar el aire primero. Radió órdenes, y las cuatro naves supervivientes se elevaron y luego comenzaron a girar. Las otras cinco giraron también, y entonces las dos mitades de la flota avanzaron a encontrarse. Ulises dedicó cinco minutos a asegurarse que todas seguían rumbos que no permitieran un choque, y luego centró sus esfuerzos en la defensa. Su flota aún estaba a nivel con los estratos superiores de los hombres murciélago. Estos habían restaurado lo bastante sus filas para hacer formaciones que ahora atacaban en masa. Los halcones o bien habían perecido o bien escapado, aunque cobrándose muchas víctimas.

Entonces fue liberado el segundo cuarto de las aves. Los halcones crearon un caos y dispersaron las filas delanteras, pero llegó hasta los dirigibles suficiente número de hombres murciélago. Fueron recibidos con una nube de flechas, pues no podían arrojar bombas demasiado cerca de las naves. Pero no detuvo todo esto a los hombres murciélago, que encendieron las mechas de sus pequeñas bombas y las arrojaron contra las naves. Algunas llegaron a alcanzar a la nave capitana y a hacer grandes agujeros en ella. Pero ninguna llegó a las grandes células de gas internas, y la filtración de hidrógeno era tan pequeña que no había ninguna al alcance efectivo de las bombas.

Las naves de ambos sectores estaban lo bastante cerca entre sí como para crear un fuego cruzado de flechas y cohetes. Caían guerreros a las profundidades, atravesados por las flechas, y muchos de ellos aún no habían arrojado sus bombas. Ulises vio explotar una bomba en la mano de un hombre murciélago alcanzado por una saeta. La bomba le hizo pedazos y liquidó a otros dos.

Dio la orden de elevarse y aumentar la velocidad. Caían hombres murciélago por debajo y por atrás.

– ¡Nesh! -dijo Graushpaz, y trompeteó. Ulises se volvió y vio una nave en llamas en el otro sector. Algún hombre murciélago había conseguido colocar adecuadamente una bomba, que había alcanzado al hidrógeno o roto una célula de gas.

Lenta, majestuosamente, cayó la nave partiéndose en dos antes de llegar al Árbol. Brotaban de ella llamas blancas y rojas, y una gran pluma de humo negro la seguía. Los hombres saltaban, algunos en llamas. Y caían también a su paso muchos, muchísimos cadáveres ennegrecidos de hombres alados. La nave había sido objeto de una concentración especialmente numerosa de hombres murciélago. Fue esta concentración la que les permitió incendiarla. Pero había tantos alrededor de ella, que murieron a centenares por las llamaradas y las explosiones.

Los que estaban a cierta distancia por debajo se apartaban frenéticamente para no verse atrapados por su llameante masa. La mayoría lo conseguían, pero el espacio aéreo estaba tan atestado que algunos no podían pasar a sus compañeros más afortunados y desaparecían en las llamas y caían con la nave, y se hacían cenizas antes de que aquel esqueleto ardiente aterrizara en una rama.

La vegetación que crecía en la rama en que fue a caer ardió violentamente. Pero el propio Árbol, aunque su superficie pudiese verse dañada por el fuego, no ardía.

Ulises reagrupó la flota y la dispuso en formación hacia el gran agujero que había sobre la rama. Los hombres murciélago estaban desconcertados y en desorden, volando en enjambre como moscas sobre un cadáver. No parecían ya numerosos. Quizás hubiesen perdido una cuarta parte de sus fuerzas. Lo que aun dejaría unos cuatro mil ochocientos, número abrumador contra los ocho dirigibles.

La nave volvió a situarse por encima del nivel que podían alcanzar los hombres murciélago. Disparaban, no flechas ni bombas ni cohetes, sino nubes de humo que envolvían a los hombres alados. Las naves arrojaron luego unas cuantas bombas más, esperando que las explosiones, en medio del humo cegador, sembrarían el pánico entre los hombres murciélago.

Los dirigibles giraron de nuevo y volvieron a una altura inferior, situándose sobre la espesa capa de humo. Los hombres de las cabinas superiores y de las cúpulas laterales informaron que gran número de hombres murciélago salía del humo y se lanzaban contra la nave. Unos cuantos la golpearon con tal fuerza que atravesaron la capa exterior, pero quedaron inconscientes o tullidos del golpe y la tripulación los capturó, los degolló y los arrojó por las escotillas.

Las naves, después del segundo y más bajo nivel, volvieron. Esta vez cuatro se situaron en el mismo nivel arrojando otra nube, pero la nave capitana y otras tres descendieron por debajo de la negra nube. El sol se ocultaba ya; en sesenta segundos desaparecería en el horizonte.

El Espíritu Azul se lanzó por una inmensa avenida de troncos y ramas a unos trescientos metros por debajo de la ciudad y a varios kilómetros al sur de ella. Estaba tan oscuro que Ulises hubo de encender los focos de las naves. No creía que los hombres murciélago les vieran hasta que fuese demasiado tarde, porque estaban ocupados con las nubes de humo y con las otras naves. A lo que ahora se sumaba la noche. Unos cuantos podrían divisar las luces, pero cuando comprendiesen de qué se trataba, sería demasiado tarde para actuar. Al menos eso esperaba Ulises.

Se situó detrás del timonel y atisbo el blanco túnel creado por los focos. A ambos lados y por encima y debajo había ramas de centenares de metros de grosor y troncos con una anchura de kilómetros. El dirigible continuaba su marcha sin el constante cabeceo del viaje por aire en movimiento con áreas de temperaturas distintas. Seguía una avenida vertical, libre de cualquier extensión del Árbol. Era tan ancha que el dirigible podía maniobrar en cualquier dirección hacia su objetivo, la cavernosa entrada que había sobre la rama.

Cuando la nave apuntó hacia arriba y las ramas que habían estado debajo quedaron a ambos lados, las luces iluminaron un enjambre de gentes aladas que volaban hacia el agujero. Parecían en su mayoría mujeres y niños huidos al estallar los cohetes en los otros agujeros. O tal vez fuesen los que vivían en los entramados de enredaderas que habían decidido que era demasiado peligroso quedarse allí aquella noche. Protegidos por la oscuridad, entraban en el agujero hacia las cámaras del tronco y las diversas ramas.

Cuando las luces les alcanzaron, algunos continuaron volando en la misma dirección, pero la mayoría se disgregaron y se ocultaron en la noche.

Ulises no les prestó ninguna atención, aunque ordenó a los arqueros que mantuviesen un estricto control por si había guerreros con bombas. Su atención se concentró en hacer maniobrar delicadamente al dirigible y situarlo ante el agujero de la rama.

Fue una maniobra muy audaz, o, quizás, como dijo alguno de los neshgais, «estúpida y suicida»

Lentamente, el Espíritu Azul avanzó hacia el agujero. Y luego, mientras su proa seguía aproximándose al tronco que había sobre el agujero, un proyectil brotó de ella. Su afilada punta de plástico se clavó en el tronco, y luego la cuerda ligada a él se estiró cuando el dirigible comenzó a retroceder. Dispararon más cohetes del mismo género, y tensaron las cuerdas atadas a ellos. Ulises había probado las cuerdas varias veces en condiciones simuladas parecidas a aquéllas, pero aún no estaba seguro de que las cuerdas aguantasen.

Arrojaron garfios de fijación, que se clavaron en las rugosidades de la corteza gris. Echaron cuerdas, y hombres y felinos se deslizaron por ellas y aseguraron sus extremos con agudas estacas de madera que clavaron en la corteza.

Más hombres y cierto número de neshgais siguieron a los primeros cuerda abajo. La, pérdida de peso hizo que la nave se elevara y tensara aún más las cuerdas. Pero aguantaron. Y entonces la tripulación comenzó a tirar de las cuerdas para arrastrar el dirigible a tierra.

Ulises salió de la barquilla y pisó la corteza. Los otros salieron tras él.

Al mismo tiempo, los hombres que aún quedaban en el interior de la nave soltaron los halcones. Unos volaron hacia arriba, hacia el humo, que iba dispersándose. Aunque no podían ver demasiado bien ya, podían oler al enemigo al que le habían enseñado a atacar con pico y garras. Otros se lanzaban por él agujero, evidentemente por haber olido a los seres alados que había allí.

Los tres dirigibles habían seguido su ruta. Liberarían sus halcones al cabo de un minuto y luego anclarían en ramas cercanas. Su tarea era más difícil que la de la tripulación del Espíritu Azul. Tendrían, que descender al tronco y luego seguir hasta por debajo de la rama y entrar en los agujeros de allí. Esto llevaría tiempo y les dejaría expuestos a un ataque mientras descendían por el lado del tronco. Pero Ulises contaba con la oscuridad, los halcones y los otros dirigibles que mantendrían aún ocupados en el aire a los guerreros alados. Además, las cuatro naves lanzarían otra nube de humo.

La entrada estaba vacía salvo por unos cuantos cuerpos de mujeres y niños.

Ulises se puso su yelmo de cuero y madera, con una luz delante. No iluminaba mucho porque su batería biológica era débil, pero era mejor que nada. Además, la luz combinada de la tripulación proporcionaría la adecuada visibilidad.

Ulises se colocó a la cabeza de la columna, pero Graushpaz le tocó en el hombro. Ulises se volvió, y el neshgai dijo:

– Exijo mi derecho a redimirme.

Ulises, que esperaba esto, divertido en el fondo, se hizo a un lado. Graushpaz habló entonces a los veinte oficiales neshgais. Fue un discurso breve y sencillo.

– He atraído la desgracia sobre mí y en consecuencia sobre vosotros, mis queridos oficiales y subordinados. Bien lo sabéis. Pero no se os pide que os redimáis a vosotros mismos. Nadie os reprochará el que no me sigáis a la ciudad de los hombres murciélago. Es probable que a todos nos espere la muerte, pues tendremos que combatir en estrechas cuevas que los hombres murciélago conocen bien. Pero la gente de nuestra raza oirá contar lo que nosotros hacemos hoy. Y Nesh lo sabrá, y si nos comportamos como debemos, podremos vivir después de la muerte en sus colmillos.

Los oficiales trompetearon y luego se situaron detrás de Graushpaz. Llevaban lanzas, mazas y hachas de piedra y cuchillos de piedra a la cintura. En la mano izquierda de cada uno había un escudo de madera y cuero lo bastante grueso para las armas de los pequeños hombres murciélago.

– Esperad un momento -dijo Ulises-. Tiraremos una docena de cohetes. Luego podréis entrar.

Entonces se adelantaron los humanos, para lanzar los cohetes. Salieron éstos con una llamarada y una estela de humo hacia el gran agujero. Algunos debieron desviarse, porque sus explosiones se oyeron muy apagadas. Ulises pensó que ojalá hubiesen alcanzado a hombres murciélago ocultos que les preparaban una emboscada al fondo. A juzgar por los gritos, bien podía ser así.

El inmenso jefe neshgai alzó su poderosa hacha de piedra, trompeteó solemnemente y gritó:

– ¡Por Nesh, nuestro soberano y nuestro Gran Visir!

Corrió rápidamente seguido de los veinte gigantes, y Ulises contó hasta diez y dio orden a sus hombres de que les siguieran. Detrás iba Awina y luego los wufeas, los wuagarondites y los alkumquibes. Tras ellos los soldados vroomaws. Los únicos que no penetraban en el agujero eran los de las bombas y de los cohetes de las cabinas y las cúpulas. Todo su grupo llevaba armadura acolchada y visera. Los hombres murciélago eran pigmeos de veinte kilos, pero sus flechas tenían un veneno mortal. Con una de ellas moría un neshgai de trescientos kilos en diez segundos y un hombre de sesenta kilos en dos.

– ¡Seguidme! -gritó Ulises, y le lanzó rápidamente a la caverna. Estaba oscura al principio, pero tras la segunda vuelta había un túnel lo bastante ancho para poder caminar dos hombres hombro con hombro. Llegó a la primera de las cámaras internas. La iluminaban centenares de lámparas de un vegetal que daba una luz fría. La luz alumbraba los ensangrentados y desmembrados cuerpos de mujeres, niños y viejos. Había también unos cuantos cuerpos con las cabezas aplastadas por las hachas de piedra y las mazas de los neshgais.

Después de esta cámara, entraron en una grande formada por una calle de ocho metros de anchura con cuatro niveles de cámaras abiertas a ambos lados. Al parecer las cámaras estaban ocupadas por familias. Proporcionaba luz el mismo vegetal, que se extendía creciendo en forma de enredadera por todas partes. Había más mujeres y niños muertos en la calle, y algunas caras asustadas atisbaban desde las cámaras de arriba.

Hasta entonces, todo indicaba que los varones adultos habían salido en bloque a atacar a los invasores.

Ulises tomó una rápida decisión. Dividió en dos sus fuerzas y dejó a una de las dos partes en la primera curva de la pared. Aguantarían allí si los varones intentaban entrar de nuevo mientras un mensajero se lo comunicaba a la otra parte. Todos los cohetes salvo tres quedaron con este grupo.

Si no hubiese sido por las instrucciones de los hombres murciélago prisioneros, se habrían perdido. Pasillos y pasillos, muchos de ellos tan anchos y altos como el que ellos seguían, se abrían por todas partes. Observándolos, Ulises pudo ver en ellos otros pasillos. El tronco (y las ramas que brotaban de él) era como un panal. Había sitio para muchos más de los treinta y cinco mil hombres murciélago que los prisioneros habían calculado que vivirían en la ciudad.

Pasaron por cámaras donde había animales domésticos, y otras donde crecían extraños plantas bajo la fría luz de las lámparas vegetales. Vieron muchas más caras pequeñas de mujeres y niños mirando por las puertas abiertas. Unas cuantas veces Ulises hizo parar al grupo y envió un explorador para que inspeccionara las cámaras que había sobre ellos. No quería caer en una emboscada. El explorador informó siempre que la mayoría de las cámaras estaban vacías.

El grupo continuó, y luego llegaron a la sección que Ulises había esperado que encontrarían. Había allí unos cuarenta cadáveres amontonados de hombres murciélago. Habían luchado bravamente, pero en vano, contra los gigantes. Había dos de éstos muertos, con sus pieles grises ahora púrpura. Los pequeños arqueros habían clavado sus flechas por debajo de las viseras; se habían situado sin duda a los pies de los neshgais y disparando hacia arriba antes de que las hachas les aplastasen la cabeza.

Habían estado defendiendo una gran cámara que tenía que ser el principal centro de comunicación de los hombres murciélago. Alrededor de las paredes, en tres niveles, habla por lo menos un centenar de inmensos diafragmas. Y había unos cincuenta cadáveres más y otros tres neshgais muertos. El suelo de la cámara tenía varios centímetros de sangre.

Graushpaz, al ver a Ulises, alzó su trompa y resopló agudamente.

– Esto ha sido demasiado fácil.-dijo-. No creo que me haya redimido.

– Pero la fiesta no ha acabado aún, ni mucho menos -dijo Ulises. Estacionó guardias a la entrada de la gran cámara y luego se aproximó a uno de los diafragmas. Tocó tres veces con rapidez, y el diafragma vibró y atronó tres veces.

Ulises había aprendido el código gracias a los prisioneros torturados. Aunque había tenido poco tiempo por estar ocupado en la contracción de las naves, había dedicado horas de sueño a aprenderlo adecuadamente.

Dijo entonces, por el diafragma:

– Soy el dios de piedra y estoy en la ciudad de los hombres murciélago.

Le habían dicho que el Árbol era una entidad y los hombres murciélago sus servidores. Y el Libro de Tiznak le habla dicho más o menos lo mismo. Pero aún no podía creerlo.

– ¡El último de los humanos! -vibró el diafragma en respuesta.

¿Habría acaso un inmenso cerebro vegetal en algún punto de aquel colosal tronco? ¿O quizás en otro tronco, en las profundidades del propio árbol? ¿O había un pequeño pigmeo alado ante otro diafragma en una cámara encerrada? Un hombrecillo decidido a mantener el mito del Árbol pensante…

– ¿Quién eres tú? -preguntó Ulises.

Hubo una pausa. Miró a su alrededor. Los neshgais estaban en medio de la cámara cupular formando con sus sombras imágenes grotescas, la piel de un púrpura azulado bajo la luz vegetal. Awina estaba, como siempre, al lado de Ulises. Las partes blancas de su piel parecían de un azul hielo, y sus ojos, tan oscuros, agujeros vacíos. Wuagarondites y alkumquibes parecían una especie de gato» surrealistas. Las máquinas de ábaco con sus cuadrados de cuentas y anillos eran pálidos robots subterráneos. Los hombres murciélago prisioneros estaban amontonados en un rincón, sus oscuras pieles negras ahora con aquella luz, pintada en sus caras la certeza de una muerte segura.

Ulises alzó una mano para indicar a los lanzadores de bombas que se acercasen. En aquel momento, vibró el diafragma.

– ¡Yo soy Wurutana!

– ¿El Árbol? -preguntó Ulises.

– ¡El Árbol!

El símbolo de exclamación en el código se hacia golpeando más fuerte. Así la entidad vegetal, si lo era, podía tener emociones, en este caso orgullo. Y, ¿por qué no? No podía existir vida inteligente sin emociones. La emoción era una fuerza tan natural y vital para la sapiencia como la inteligencia. Las historias de ciencia ficción con seres inteligentes de otros planetas sin emociones se basaban en una premisa irreal. Toda forma de vida necesita de la emoción para sobrevivir tanto como la inteligencia que piensa. Ningún ser vivo puede desenvolverse, ni existir siquiera, sólo con la lógica. A menos que se tratase de una computadora vegetal o proteínica, sin autoconciencia por tanto.

– Supe de ti hace varios miles de años -dijo el diafragma.

Se preguntó cómo aquel ser podía tener sentido del tiempo. ¿Percibía el paso de los años por algún sutil cambio interno que se correspondiese con el cambio de las estaciones? ¿O tenía algún reloj interno emplazado en él por los ingenieros genéticos que lo habían construido?

– Los que deben morir me hablaron de ti -añadió. Los que deben morir. Así designaba a las pequeñas formas de vida móvil que se comunicaban con él.

– Los que deben morir pueden sin embargo matar -respondió Ulises. Tuvo la respuesta que esperaba.

– ¡No pueden matarme! ¡Yo soy inmortal! ¡E invencible!

– Si es así, ¿por qué me temes? -dijo Ulises.

Hubo otro momento de silencio. Ulises tenía la esperanza de que el cerebro vegetal estuviese obnubilado por la rabia. Le producía un perverso placer desquiciar a aquella criatura, aunque no obtuviese ningún beneficio de ello.

Por último el diafragma atronó:

– Yo no temo a uno que debe morir.

– Entonces, ¿por qué intentaste que me capturaran? ¿Qué había hecho yo para merecer tu hostilidad?

– Quería hablar contigo. Tú eras una cosa extraña, un anacronismo, una especie que llevaba extinta veinte millones de años.

Ahora le tocaba estremecerse a Ulises. Así que eran veinte millones de años y no diez. ¡Veinte millones de años!

Se dijo a sí mismo que no había razón alguna para alterarse. Veinte millones de años no significaban más que diez.

– ¿Cómo sabes tú eso? -preguntó.

– Me lo dijeron mis creadores. Pusieron en mis células de memoria un enorme volumen de datos.

– ¿Eran humanos tus creadores?

El diafragma tardó varios segundos en moverse y luego dijo:

– Sí.

Así que por eso, pese a negarlo, le temía. Los hombres le habían creado, y en consecuencia un hombre podía destruirlo. Ese debía ser su razonamiento. Probablemente no supiese que aquel hombre era un salvaje ignorante comparado con los creadores del Árbol. Aún así, no era torpe. Si podía conseguir los metales adecuados, podría acabar construyendo una bomba atómica. Ni siquiera el Árbol soportaría una docena de explosiones nucleares.

Pero, ¿y si, como parecía probable, la tierra hubiese sido despojada de todos sus metales? Veinte millones de años de vida inteligente debían haberlo consumido todo salvo pequeñas bolsas o depósitos dejados por razones de economía. No había hierro ni cobre por ninguna parte. De eso estaba seguro. El hombre y sus sucesores lo habían arrancado todo de la tierra.

Sin embargo, el Árbol debía tener un centro al que fuese posible matar, después de lo cual moriría todo el cuerpo. Y parecía probable que el Árbol tuviese emplazados allí a los hombres murciélago para proteger aquel cerebro. Si el cerebro estaba en aquel tronco, podían localizarlo. Podía costarles una enorme cantidad de pólvora y de armas y muchos soldados, pero podían lograrlo. Y el Árbol sabía esto.

Y era posible también que el Árbol hubiese situado allí a los hombres murciélago como una falsa pista. El cerebro podía estar en un tronco situado a cien kilómetros de allí. O en el tronco de al lado.

Le arrancó de este ensueño el atronar del diafragma.

– ¡No hay ninguna razón para que seamos enemigos! Puedes vivir en mí con gran comodidad y seguridad. Puedo garantizarte que ninguno de los seres inteligentes que viven en mí te hará daño. Por supuesto, los no inteligentes escapan a mi control, lo mismo que las pulgas al de los seres inteligentes. Pero aunque nunca hay un cien por cien de seguridad para los que deben morir, la vida que puedo ofrecerles es mucho mejor que la que tendrían sin mí.

– Quizás sea cierto -contestó Ulises-. Pero los pueblos que eligen vivir en ti eligen también una vida salvaje e ignorante y muy limitada. No pueden saber nada de ciencia o de arte refinado. No pueden conocer el progreso.

– ¿Progreso? ¿Qué ha significado eso para la vida inteligente más que superpoblación y destrucción y envenenamiento de la tierra, el aire y el agua? La ciencia ha significado al final abuso, suicidio de la raza y casi la muerte de todo el planeta antes de que la raza se destruyese a sí misma. Esto ha sucedido una docena de veces por lo menos. ¿Por qué crees que los seres humanos se concentraron al final en la biología a expensas de las otras ciencias físicas? ¿Por qué crees que nacieron las ciudades-árbol? La humanidad comprendió que tenía que integrarse con la naturaleza. Y lo hizo. Durante un tiempo. Luego su arrogancia o su estupidez o su codicia o como quieras llamarla, se apoderó otra vez de ella. Pero el hombre fue barrido por los andromedanos, porque los andromedanos consideraron que la humanidad era una amenaza muy grave para ellos.

»Y así heredaron la Tierra otros seres inteligentes, a los que la humanidad había creado de los seres inferiores de la naturaleza. Y éstos comenzaron a repetir los errores y pecados de los hombres. Sólo que se vieron limitados en sus posibilidades porque la humanidad había agotado la mayor parte de las reservas minerales de la Tierra.

»Yo soy entre los seres inteligentes la única cosa que permanece, los que deben morir y que son también, como tú acertadamente dijiste, los que deben matar, y la muerte de la vida en este planeta. Yo soy el Árbol, Wurutana. No el destructor, como me llaman los neshgais y los wufeas, sino el Preservador. Sin mí, no habría vida. Yo mantengo a los seres inteligentes en su lugar, y al hacerlo les beneficio y beneficio también al resto de los seres vivos.

»Por eso debéis morir tú y los neshgais, a menos que os sometáis. Tú destruirías de nuevo la tierra si pudieses. No lo harías intencionadamente, por supuesto. Pero lo harías.

Los humanos habían vivido en sus árboles ciudades, que eran también sus bibliotecas de referencia y sus computadoras. Los grandes vegetales contenían células para almacenar información y para utilizar esta información como los residentes necesitaran. Pero luego, por diseño o por accidente de la evolución, el vegetal computadora se había convertido en una entidad inteligente y con conciencia propia. De servidor se había convertido en amo. De vegetal en dios.

Aunque Ulises no podía negar que fuese cierto la mayoría de lo que le decía, no creía inevitable que toda forma de vida inteligente se convirtiera en destructora de vida. La inteligencia tenía que ser algo, más que un vehículo al servicio de los intereses de la codicia.

– Llama a tus servidores, los hombres murciélago, y discutiéremos nuestros objetivos -transmitió Ulises-. Quizás podamos llegar a un entendimiento pacífico. Podremos luego vivir en paz. No hay razón para que luchemos

– ¡Los hombres han sido siempre destructores!

– Pon esas bombas junto a este diafragma -dijo Ulises a Wulka-. Empezaremos a trabajar aquí.

Colocaron las bombas junto al gran disco y apilaron los ábacos junto a ellas. Encendieron varias mechas, y todo el grupo retrocedió de la gran sala a la siguiente. Cuando la explosión cesó de retumbar en la sala y se despejó el humo, volvieron al lugar del disco. El diafragma había desaparecido. En el centro de la zona donde había estado había una fibra redonda y blanquecina de unos siete centímetros de grosor. Tenía que ser el cable neurálgico.

– Comenzad a cavar alrededor de él -dijo Ulises-. Veamos si lleva hacia abajo.

Había tomado la precaución de estacionar algunos hombres con cohetes a la entrada. Como no había provocado reacción alguna la voladura del diafragma, parecía probable que aquella cámara no tuviese las mismas defensas que las cámaras de los gigantes. Quizás el Árbol no hubiese considerado necesario establecerlas allí, habiendo muchas fuerzas de los hombres murciélago.

Había sido un error.

En el momento en que comenzó la excavación en la madera semidura que rodeaba la fibra nerviosa, llegó la reacción. Quizás el Árbol hubiese quedado conmocionado por la explosión y acabase de recobrarse. Quizás… ¿quién podía saber lo que había causado la dilación? Fuera lo que fuese, el Árbol se había recobrado por completo. Los chorros de agua que brotaron de miles de agujeros ocultos hasta entonces en las paredes eran tan fuertes que derribaban incluso a los elefantinos neshgais. Ulises sintió como si le golpearan varios bastones manejados por gigantes. Cayó de costado y luego dio vueltas y vueltas hasta chocar con un montón de entremezclados y pateantes cuerpos a la entrada.

O lo que había sido la entrada. Había ahora en ella una gruesa membrana semitransparente. Había descendido de lo que antes era una pared sólida.

El agua les llegó a las rodillas al cabo de un minuto. Habían logrado levantarse, aunque resultaba difícil mantenerse erguido. Afortunadamente el agua que se elevaba rápidamente a su alrededor impedía que los chorros les golpeasen las piernas. Sin embargo, estuviesen de pie o tendidos, pronto se ahogarían.

Pero la membrana se hinchó y luego se desplomó sobre ellos. Los hombres del otro lado la habían volado con bombas.

Ulises echó a un lado la gruesa piel cristalina, se levantó del agua, que le llegaba ahora hasta la cintura, y se sintió arrastrado hacia la salida con ella. Quedó enredado en otro amasijo de cuerpos, pero los hombres del otro lado fueron sacándolos uno a uno y ayudándolos a ponerse en pie.

– ¡La otra salida está cerrada! ¡Por algo parecido a un panal!

Se encaminó a la otra salida, que estaba tapiada por una masa semilíquida de un amarillo pálido, dentro de la cual había una materia blanquecina, semi-rígida, algo flexible y con forma de celdillas abiertas unidas entre sí.

Antes de que llegase al otro extremo de la estancia, le alcanzaron varios chorros que llegaban de direcciones distintas. Se vio lanzado hacia adelante, luego hacia atrás, y luego derribado. Rodó y rodó, chocando con el cuerpo húmedo y suave de Awina, fue a tropezar con la inmensa espalda de Graushpaz y luego quedó enterrado bajo cuatro o cinco wufeas.

El suelo tembló debajo. Pese a los gritos y a los chapoteos en el agua que ya le llegaba a las rodillas y al estruendo de los chorros, pudo sentir moverse el suelo.

Y luego el agua salió de la cámara, y él se arrastró sobre una resbaladiza masa de aquella materia parecida a los panales de las abejas hasta el pasillo.

El respiro fue breve. Surgía también agua de las paredes del pasillo y de las paredes de los cubículos abiertos de los otros niveles del pasillo. Chillando, mujeres y niños alados se lanzaron fuera de sus habitaciones del pasillo y luego se alejaron. Algunos cayeron sobre los invasores, derribándolos.

Los lanzadores de cohetes perdieron bazokas y proyectiles y los lanzadores de bombas éstas. Nadie conservaba sus armas. Todos necesitaban las manos para agarrarse y sostenerse, para empujar otros cuerpos, para protegerse de los chorros.

Ulises consiguió incorporarse sobre las rodillas y las manos después de ser derribado unas seis veces. El agua le llegaba casi a la nariz, pero impedía que los chorros fuesen eficaces hasta aquel nivel. Sin embargo, llevaba unos cincuenta metros andando a gatas cuando tuvo que levantarse. El agua se había elevado demasiado. Unos instantes después, ya le llegaba al pecho.

Por entonces los pasillos estaban atestados de entremezclados cuerpos, hombres murciélago que luchaban por la supervivencia y cadáveres que flotaban a su lado con la cara hundida en el agua o hacia arriba y las coriáceas alas extendidas.

Las armas del Árbol eran eficaces, pero no específicas. Ahogar al enemigo significaba también abogar a sus aliados.

Ulises esperaba que el Árbol no tendiese más membranas o panales. Si lo hacía, estaban perdidos. Habían perdido sus explosivos en el agua.

Miró a su alrededor buscando a Awina y, por un momento, la creyó perdida o ahogada. Luego la vio colgando del cinturón de Graushpaz. El inmenso neshgai caminaba por el agua, que le llegaba a la cintura, con los brazos cruzados sobre la cara para eludir los chorros. Se tambaleaba pero no caía, como otros de los suyos. Ulises sólo pudo ver otros seis neshgais, y sólo unos doce de los suyos y cien humanos parecían estar de pie.

Luego el neshgai empezó a nadar dejando de machacar a las pequeñas mujeres murciélago que se cruzaban con él. Avanzó más deprisa entonces, pues parecía haber un leve desnivel en el suelo que hacía que el agua fluyese hacia la gran entrada.

Pasó ante Awina y Graushpaz, y le gritó a ella que nadara tras él. Ella se soltó e hizo lo que le decía.

La pesadilla de los pasillos concluyó un minuto después. Penetró en el primer estrecho y curvado ensanchamiento, fue arrastrado por el agua y continuó hasta la curva siguiente. De golpe, descendió el nivel del agua, nadó hasta la rama y, unos segundos después, estaba fuera. El agua aun corría alrededor de él y le azotaba suavemente, pero podía ponerse de pie.

Unas manos le ayudaron entonces. Los hombres del dirigible habían dejado sus puestos. Les gritó que volvieran a la nave, pero ellos no le hicieron caso. Le dejaron para ayudar a otros arrastrados por el agua.

Awina, una vez de pie, se dirigió hacia él tambaleándose.

– Mi señor, ¿qué debemos hacer ahora?

Poco después llegó también Graushpaz. Al cabo de dos minutos llegaron otros cinco neshgais. El sexto no apareció.

Ulises miró hacia arriba en la noche. Los restos de una gran nube de humo se dispersaban.

El cielo estaba claro, y acababa de salir la luna. No podía verla porque el tronco bloqueaba su visión, pero percibía la palidez del cielo. Lejos, un objeto en forma de aguja cruzaba entre la negrura y las estrellas.

– ¿Dónde están los hombres murciélago? -gritó a Bifak, el humano que había mandado la nave durante la invasión del tronco.

– Al parecer muchos chocaron entre sí en el humo y cayeron. Y los halcones liquidaron a muchos, y otros chocaron entre sí intentando escapar de ellos.

Esto podría significar que los hombres murciélago habían sufrido graves pérdidas, pero no explicaba su total desaparición. ¿Adónde habían ido? ¿Y por qué?

Por entonces, el agua del gran agujero había desaparecido prácticamente. Las luces del dirigible mostraban una masa de cuerpos dentro del agujero y un detritus de cadáveres, sobre todo de hombres murciélago, goteando de éste. Bifak dijo que había muchos cuerpos más, pero que la mayoría habían sido barridos por la primera salida de las aguas o arrastrados y arrojados por el borde de la rama por la tripulación.

Debe de haber miles de cadáveres más dentro, pensó Ulises.

Dio órdenes a los supervivientes. Debían volver inmediatamente al Espíritu Azul y prepararse para despegar. No podían seguir más tiempo allí. Algún día volverían con una flota mucho mayor y con los hombres y el material necesarios para penetrar por el centro del tronco hasta el cerebro del Árbol.

En la barquilla del dirigible dijo a los oficiales que iniciaran las operaciones de despegue. Ordenó al operador de radio que se pusiese con contacto con las otras naves para saber cuál era la situación en el aire.

Durante la invasión del tronco había sido bombardeada e incendiada una nave. Había caído al abismo y probablemente estuviese medio enterrada en la ciénaga de las raíces del Árbol. Los otros dos dirigibles que habían aterrizado se disponían también a despegar. Habían perdido todos los grupos de desembarco, cuyo personal se había ahogado dentro del tronco o había sido arrastrado por el agua fuera de los agujeros, cayendo al abismo.

Ulises contempló el agujero del tronco mientras la tripulación se disponía a cortar las cuerdas que mantenían la nave sujeta a la rama. Tenía que fabricar una sustancia que pudiera aplicarse a las paredes de las cámaras internas del tronco. Había de ser algo que se secase muy deprisa y lo bastante fuerte para resistir los chorros de agua. Quizás alguna cola muy potente. Y las explosiones llegarían de arriba y de abajo, pues las trampillas de las aeronaves vomitarían toneladas de explosivos. Quizás el aparato tipo láser del museo subterráneo que había bajo el templo de Nesh pudiese cargarse. Con él podría abrir agujeros a través de la madera y el ataque al interior sería mucho más rápido y eficaz.

Alcanzaría aquel cerebro si era capaz de localizarlo. Pero si el cerebro no estaba en el tronco, en aquel tronco, podría también desistir de encontrarlo.

Pero ¿y si envenenase el Árbol entero? Podía utilizar un veneno muy potente, toneladas y toneladas de él, echarlas en las raíces, para que el poderoso sistema de circulación de agua del Árbol llevase el veneno a todas partes.

El Árbol sabía muy bien lo que hacía al intentar capturarle y luego matarle. Ulises era un hombre, y por tanto una amenaza para el Árbol.

– Listos para cortas amarras, Señor -informó el oficial.

– ¡Corten amarras!

La nave se elevó rápidamente hacia la rama que había unos doscientos metros más arriba y luego comenzó a girar cuando los motores de estribor alcanzaron la horizontal y sus impulsores se pusieron en movimiento. La nave giró lentamente y se alejó. Las cuatro naves que había en el aire empezaron a descender para cubrir a las otras. Sus focos taladraban la noche, cayendo sobre las grandes arrugas y fisuras grises y negras del tronco y la superficie cubierta de vegetación de la rama.

Ulises se situó detrás del timonel y miró por encima del hombro de éste hacia la noche.

– Me pregunto dónde están -murmuró.

– ¿Qué? -dijo Awina.

– Los hombres murciélago. Aunque murieran más de la mitad, aún constituyesen una fuerza poderosa…

Su pregunta pronto obtuvo respuesta. De la cima del tronco, una especie de caperuza de hongo en forma de montaña, brotó una horda de hombres alados. Caían con las alas plegadas, a cientos, y no abrían las alas hasta que habían alcanzado gran velocidad. Cubrían enseguida el espacio que separaba la cima del tronco de los dirigibles; parecían una plaga de langostas, de tantos que eran.

Habían estado esperando hasta que salieran las naves de la rama y bajaran las otras naves a cubrirlas. Era un ataque final para destruir toda la flota.

Sólo más tarde cayó Ulises en la cuenta de que los hombres alados no habrían podido ocultarse en aquella cima del tronco en forma de hongo. Estaba situada a unos cuatro mil metros de altura, y ningún hombre murciélago podía llegar hasta allí volando. Pero la explicación de lo imposible era fácil. Los hombres murciélago habían escalado el tronco. Aleteando para sostener sus cuerpos de veintitantos kilos, los hombres murciélago habían subido por la áspera superficie del tronco a una velocidad que ningún otro ser inteligente, y muy pocos monos, podrían haber igualado.

Ulises se preguntó por unos instantes si aquel plan procedería del cerebro del comandante de los hombres murciélago o directamente del cerebro vegetal que se albergaba en el tronco. Y se preguntó por qué las naves de la rama no habían sido atacadas cuando se encontraban en posición más vulnerable y con tan poca tripulación.

Más tarde, comprendió que aunque hubiesen podido volar sobre el Espíritu Azul, no habrían arrojado bombas sobre él. No les quedaban bombas. Incluso al principio, no más de un hombre murciélago de cada cincuenta tenía una bomba. No había habido tiempo suficiente para fabricar y transportar desde el norte gran número de ellas. Se habían gastado muchas en los primeros ataques, y otras se habían perdido, junto con los que las llevaban, con las nubes de humo y los halcones. El comandante supremo de los hombres murciélago, o el Árbol, comprendiendo esto, había ocultado a los hombres alados en la inmensa cima del tronco cuando la nube de humo era bastante espesa. El comandante supremo había supuesto que las naves que entonces estaban demasiado altas para que pudieran alcanzarlas bajarían a proteger a las tres de las ramas, y había acertado.

La mayor dificultad para defender los dirigibles que se elevaban de las ramas era la falta de personal. La mayor parte de la tripulación y de los soldados habían resultado muertos dentro del Árbol. Y así, aunque los tres hombres de las cabinas y de las cúpulas laterales y los arqueros luchaban bien, se veían desbordados. Al cabo de unos minutos, las tres naves estaban cubiertas de pequeñas formas aladas. Como pulgas se amontonaban sobre su superficie.

Para elevar la nave más deprisa, Ulises había inclinado las barquillas para que los propulsores apuntaran hacia arriba. La nave se elevó rápidamente hacia la altura en que no podían volar ya los hombres alados. Pero esto de nada serviría si podían romper las grandes células de gas dentro del fuselaje. La nave caería hasta una altura donde ellos podrían volar de nuevo.

Las cuatro naves que había más arriba, con toda su tripulación y armadas con buen número de bombas, cohetes y flechas, habían resistido con más éxito, sin embargo. Los explosivos habían dispersado a las primeras filas de atacantes y, al mismo tiempo, las tres naves soltaron la última de sus nubes de humo. Seguían llegando hombres murciélago, pero las naves volaban ahora a unos sesenta kilómetros por hora, y cuando los atacantes chocaron con ellas, bien rebotaron o bien atravesaron su capa exterior por el impacto. Los que atravesaron la capa exterior se rompieron las alas o sus frágiles huesos. Al cabo de unos minutos, los hombres murciélago estaban perdidos en otra nube. Habían perdido también su posibilidad de alcanzar las cuatro naves superiores.

Las tres que estaban más abajo, sin embargo, estaban cubiertas de hombres alados. Estos, después de matar a los lanzadores de bombas y cohetes y a los arqueros, penetraron en masa en el interior. Allí, durante un rato, no supieron qué hacer ni adonde ir, pues los capitanes de las naves habían apagado todas las luces interiores en cuanto comprendieron su situación. Y, pese a todo, las naves continuaron subiendo lentamente, ayudadas por los motores enfilados hacia arriba.

Los hombres murciélago localizaron por fin el centro principal de comunicación y luego la trampilla que daba a la cubierta de control. Estaba cerrada, pero pronto se lanzaron con diversas herramientas a abrirla, mientras otros hacían más agujeros en la cubierta. Los que habían salido detrás de la barquilla del dirigible no lograron llegar a ella, porque la nave iba muy deprisa. Los que salieron por delante pudieron agarrarse a la barquilla. Golpearon en vano las escotillas de plástico transparente con sus cuchillos de piedra. Entonces Ulises ordenó que se alzaran las escotillas y los hombres alados fueron ensartados y cayeron en la noche.

La entrada de la barquilla cedió con un chirrido. Chillando, los pequeños hombres murciélago bajaron por las escalerillas siendo traspasados, a veces dos a un tiempo, por las flechas. Graushpaz ordenó luego a los arqueros que se apartaran y él y otro neshgai avanzaron hasta la escalerilla esgrimiendo sus grandes hachas de piedra. Graushpaz, la luz relumbrando en la punta de su yelmo, subió por la escalerilla hasta la vía principal de comunicación. El otro neshgai le siguió.

Ulises, en la cubierta inferior de la barquilla, podía oír los gritos de los hombres murciélago y los trompeteos de los neshgais. Y luego, a su derecha, la oscuridad se convirtió en una llama deslumbradora al explotar un dirigible. El fuego lo envolvió en dos segundos, y la nave comenzó a caer inmediatamente.

Unas cuantas figuras saltaron de él, principalmente humanas, y la gran figura de un neshgai saltó de id barquilla de control. La mayoría de los hombres alados que había a bordo quedaron atrapados dentro del fuselaje. Nadie sabría nunca lo que había pasado. Quizás los hombres murciélago hubiesen disparado un cohete o encendido una cerilla demasiado cerca de una salida de hidrógeno. O, más probablemente, el capitán, comprendiendo que su nave estaba condenada, la había incendiado, matando así a varios centenares de hombres murciélago junto con él mismo y su tripulación.

Ulises lanzó un gruñido cuando vio que la nave se deshacía en llamas. Luego lanzó un grito al ver que otra nave avanzaba hacia la primera. Si no giraban rápidamente, chocarían con la nave en llamas y perecerían también.

– ¡Gira, imbécil! -gritó-. ¡Gira!

Pero la nave seguía en línea recta hacia las llamas.

Un instante después, centenares de cuerpos la abandonaron. Salieron de las cabinas, las cúpulas y los agujeros que habían hecho en la cubierta los hombres murciélago. Caían con las alas semi-plegadas y luego las extendían.

Cuando se fueron los hombres murciélago y disminuyó el peso, la nave se elevó y rápidamente quedó por encima de las llamas. Ulises sonrió, comprendiendo que el capitán había puesto deliberadamente a su nave en aquel rumbo. Los hombres murciélago matarían de todos modos a su tripulación, así que había intentado embestir a la otra nave. Pero en realidad no deseaba hacerlo. Debía de esperar que sucediese exactamente lo que había sucedido. Que los aterrados hombres murciélago abandonasen la nave permitiéndole así escapar.

El Espíritu Azul, sin embargo, se hallaba en grave peligro. Estaba tan sobrecargada que no podía elevarse más. Y los neshgais, aunque pudiesen estar librando una homérica batalla, se verían inevitablemente superados por el número. Habían logrado mantener la lucha hasta entonces sólo porque los pigmeos no llevaban arcos y flechas envenenadas. Al cabo de unos minutos los supervivientes se lanzarían de nuevo por la escalerilla.

– Fija el timón. Pero mantén los motores girados verticalmente. Y luego vete con los demás -ordenó al timonel.

Este no preguntó por qué debía abandonar su puesto. Pero comprendía que eran necesarios todos los hombres.

Ulises, estacionado en la cubierta superior, con los pies empapados en la sangre de los hombres murciélago, contó a sus «hombres» Tenía tres wufeas, dos wuagarondites, y un alkumquibe. Uno de los wufeas era Awina, pero sería una mortífera luchadora frente a los pequeños hombres murciélago. Aquello era lo que quedaba de los doscientos que habían salido con él para penetrar en el Árbol por su lado norte. Había también seis vroomaws «humanos»

– Tenemos una posibilidad -dijo-. Matar o expulsar a todos los hombres murciélago. ¡Seguidme!

Subió las escaleras con una maza de punta de pedernal en una mano y la otra en el pasamanos de la escalerilla para no resbalar en la sangre. Llevaba aún puesta toda su armadura, y la luz de su yelmo seguía funcionando. Pero esto era sólo para caso de emergencia, porque había apagado las luces al lanzarse los neshgais hacia el fuselaje.

Al principio nadie se enfrentó a él. Los hombres murciélago estaban demasiado concentrados en los neshgais para verle, incluso. Se amontonaban alrededor del único neshgai que seguía de pie. Todo estaba sembrado de cadáveres amontonados, y de cuerpos destrejados y aplastados.

Ulises corrió lo más deprisa que pudo, saltando por encima de los cadáveres, hasta llegar al lugar de la lucha. Aplastó tres cráneos y rompió los huesos de dos pares de alas antes de que los hombrecillos supieran que Graushpaz había recibido ayuda. El neshgai trompeteó y acumuló nueva fuerza para seguir liquidando enemigos. Su armadura acolchada y su celada de plástico estaban cubiertas de sangre, parte de la cual era suya. Tenía una profunda herida junto a la punta de la trompa, y dos tercios de un venabio brotaban de su espalda. Algún hombre murciélago había logrado escurrirse por una escalerilla próxima a la cúspide de la nave y había conseguido clavarle el venablo que había traspasado la armadura y alcanzado su carne.

Había unos cuarenta hombres murciélago aún capaces de luchar. Cayeron sobre los diez recién llegados con vesánica furia, y a pesar de fallar, muchos alcanzaron a los diez. Un wufea, dos wuagarondites y tres vroomaws quedaron muertos en sesenta segundos. Pero Graushpaz, un tanto aliviado por la llegada de refuerzos, aplastó tres cabezas de un revés de su hacha, extendió una mano y agarró la punta de un ala y destrozó sus articulaciones, enviando al aullante hombrecillo por los aires. Luego se volvió, trompeteó ferozmente y cargó contra los que rodeaban a los recién llegados. Su hacha aplastó a otros dos y luego quitó a Ulises un hombre alado que se le había echado a la espalda y le apretó el cuello una vez, rompiéndole la tráquea.

De pronto, los supervivientes comenzaron a correr hacia los agujeros de la cubierta exterior de la nave. Habían tenido suficiente. Pero antes de llegar a los agujeros se detuvieron. Y luego se volvieron con un grito de entusiasmo. Por los agujeros penetraban más hombres murciélago.

– ¡Tirad los cadáveres! -gritó Graushpaz-. ¡Elevemos la nave adonde no puedan alcanzarnos!

Y comenzó a desalojar el pasillo, tirando los grandes cuerpos de sus amigos, mientras gemía con el dolor del venablo en su espalda. La cubierta exterior del dirigible se rompía al caer sobre ella los cadáveres. Penetraba más aire silbando a través de los agujeros, pero no importaba. Ya entraba mucho aire por un centenar de agujeros.

Ulises gritó a los demás que tirasen el resto de los cadáveres. Los otros alzaron a sus camaradas muertos y los echaron por encima de la barandilla, y luego se ocuparon de los hombres murciélago. Habían continuado penetrando refuerzos a través de los agujeros, pero su número no era tan abrumador como habían supuesto. Serían unos cincuenta. Sumados a los que ya estaban allí, eran un total de sesenta. Suficientes, sin embargo, para matar a los trece supervivientes una docena de veces.

Descendió corriendo por el pasillo hasta pasar la portezuela que conducía a la barquilla de control. Continuó a su derecha por un puente entre máquinas que llevaba a una estación de defensa y allí buscó una bomba. Planeaba encender la mecha y situarla junto a una célula de gas. Los hombres murciélago entenderían lo que significaba; entenderían sus gestos. O salían de la nave o tiraría la bomba a la célula, y todos morirían instantáneamente. Quizás fuesen lo bastante fanáticos para dejarle hacerlo, pero sólo tenía aquella oportunidad. De cualquier modo, tirase la bomba o se negase a hacerlo en el último segundo, él y sus hombres estaban sentenciados. Pero los hombres murciélago podrían asustarse lo bastante para salir de la nave.

No había ni bombas ni cohetes. Todos habían sido consumidos.

Mejor así. Si no, algún hombre murciélago habría cogido una bomba o un cohete, lo habría prendido y todos los atacantes habrían huido antes de que el dirigible se incendiase.

Ulises dio la vuelta y corrió de nuevo por el puente hasta llegar a un puntal. Saltó sobre éste y subió por él hasta situarse en la estructura de la base de una gran célula de gas. Comenzó a dar voces hasta que todos volvieron la cabeza hacia él, y entonces rasgó la tela de la bolsa con su cuchillo.

La abertura era muy pequeña. Brotaba el hidrógeno soplando sobre su cabeza. Retrocedió y luego sacó una caja de cerillas del bolsillo. La mostró para que todos pudieran ver lo que era, e hizo un gesto de encender. Esperaba que los hombres murciélago supiesen lo que eran las cerillas. Si no, su gesto sería inútil.

Hubo un grito horrorizado entre los hombres murciélago y también entre sus propios hombres.

– ¡Hombres murciélago! -gritó-. ¡Salid inmediatamente de esta nave! ¡Si no, moriremos todos! ¡Ahora! ¡Arderéis como polillas!

Se oyó un estruendo. Graushpaz había caído por la baranda del puente y atravesado la cubierta exterior de abajo, desapareciendo en el vacío. Había pagado su deuda; sabía que tenía sólo unos minutos de vida. Se había tirado para aliviar de peso a la nave para que así pudiera elevarse.

Los que estaban en el puente principal y los hombres murciélago que estaban en los puntales, escalerillas y columnas del lado de estribor, se quedaron helados. Ni siquiera se movieron cuando Graushpaz se tiró por la baranda. Miraban fijamente las manos de Ulises, la caja de cerillas.

El comandante de los murciélagos llevaba un yelmo de cuero escarlata que indicaba un grado equivalente al de coronel. Estaba acuclillado en una escalerilla, con una jabalina en una mano y sujetándose con la otra a la baranda, crispado el rostro. Pasaba por un calvario de indecisión.

Entonces Awina avanzó lentamente y enarboló una maza. La arrojó y fue dar en la cara del comandante. Este cayó sin un grito.

Los otros se miraron entre sí. Su jefe había muerto, y el siguiente en el mando tenía que decidir si debían morir todos en un holocausto en los segundos siguientes o retirarse. El negarse a marchar aseguraría también la muerte del principal enemigo. Pero Ulises se daba cuenta de lo que estaban pasando. Su vida era tan corta. Aunque fuese mísera, era lo único que tenían. Y si huían, podrían luchar otra vez más tarde. Este argumento era tan cierto y persuasivo como veinte millones de años antes. Con la caja de cerillas en la mano izquierda, Ulises aplicó la punta de una de ellas al rascador.

– ¡Una pequeña llama! -gritó-. ¡Con eso basta! ¡Y todos moriremos quemados!

Entonces, un hombre murciélago tocado con un yelmo grisáceo, que indicaba un rango equivalente al de mayor, gritó con voz aguda:

– ¡Es preferible la muerte!

Blandió una fina lanza luego y dijo:

– ¡Ataquémosles!

Sin esperar a ver si le seguían, se lanzó con las alas extendidas hacia Awina. Pero el aire era allí más fino y no pudo deslizarse en el ángulo correcto. Fue a dar contra la baranda y Awina le golpeó en la cabeza con su tomahawk. Siguiendo sus pasos, llegaron unos veinte más, algunos de los cuales cometieron el mismo error que su jefe, yendo a estrellarse contra la baranda. Los otros fueron recibidos por las armas de los doce defensores que quedaban, que permanecían espalda contra espalda, seis mirando hacia un lado y seis hacia otro.

Ulises, viendo que el resto de los hombres murciélago habían salido tranquilamente por los agujeros por los que habían entrado, se metió en el bolsillo la caja de cerillas y corrió a ayudar a los suyos. Llegó a tiempo para coger una lanza y atravesar con ella la espalda de un hombre murciélago. Los supervivientes del último ataque, que eran.cuatro, se alejaron volando y salieron también por los agujeros.

Estaban todos tan cansados que apenas podían moverse. Uno de los wufeas se desplomó y murió. Pero Ulises insistió en que tres reparasen la célula de gas que él había rasgado y en que los otros fuesen con él a la barquilla. No dormiría hasta que consiguiese llegar otra vez a la tierra de los neshgais con el Espíritu Azul.

En realidad, pudo dormir varias noches. El dirigible se pasó quince horas luchando contra el viento mientras perdía altura lentamente. La tripulación buscó fugas y encontró algunas pequeñas, pero no pudo localizarlas todas. Cuando la nave abandonara el Árbol avanzaba por las capas más bajas de la gran planta. Esto favorecía su avance en cierto modo, porque allí no había viento. Pero el piloto tenía que estar constantemente sobre aviso. Debía navegar entre troncos y ramas, entre ramas y complejos de enredaderas, por pasadizos que apenas permitían maniobrar.

Quince kilómetros después de abandonar el Árbol, el dirigible descendió sobre la herbosa llanura y no pudo seguir.

Los supervivientes salieron de la gran masa con sus suministros, tras lo cual Ulises prendió fuego a la nave para asegurarse de que no caería en manos hostiles. No era que hubiesen visto hombres murciélago, pero no quería correr ningún riesgo. Si había algo que no deseaba era que los hombres murciélago aprendiesen a hacer dirigibles.

Continuaron a través de las llanuras hacia las montañas, al otro lado de las cuales estaba el país de los neshgais. Las otras naves habían ido delante hacía mucho. Sus motores, en contra del viento, se habían agotado rápidamente, y las naves habían tenido que retroceder antes de que los motores vegetales muriesen de agotamiento.

Dos días después vieron un gran dirigible que venía hacia ellos. Según lo prometido por radio, la nave había regresado a por ellos una vez descansados los motores.

Cuando la nave estuvo a la vista de los que caminaban por la llanura, su radio entró en acción. Kafbi, un oficial vroomaws, habló a Ulises:

– Tuvimos suerte de poder volver, mi Señor. Todo el país está en guerra. Cuando nos fuimos, los esclavos y los vroomaws se sublevaron contra los neshgais. El caos es total. Los neshgais dominan una parte del territorio y los rebeldes otra. Las otras naves fueron atacadas y destruidas en el aeródromo por los neshgais, pero nosotros conseguimos rechazarles. Luego vinimos por ti. Los esclavos y los vroomaws te buscan para que los conduzcas a la victoria. Dicen que tú eres el dios de los humanos, y que fuiste destinado en tiempo inmemorial a libertarlos y a librar al mundo de los monstruos de cabeza de elefante.

El Árbol se enteraría de aquello muy pronto, si es que no lo sabía ya. Ordenaría enseguida a los hombres murciélago y a las hordas que vivían en él que atacasen, mientras los neshgais y los humanos luchaban entre sí. Si por lo menos los humanos hubiesen aplazado aquel levantamiento hasta después de la derrota de su mayor enemigo… Pero los seres racionales no se atenían a la fría lógica, al menos no solían hacerlo. Vivían en pequeñas y opacas células de tiempo.

– El soberano y el sumo sacerdote perecieron -dijo Kafbi-. Ahora manda el Gran Visir, Shegnif. Sus fuerzas están atrincheradas en el complejo del palacio, y hasta ahora no hemos logrado desalojarlas.

Ulises suspiró. Veinte millones de años de derramamiento de sangre, de dolor y horror, estaban tras él. Y parecía como si hubiese aún más aguardándole en el futuro si seguía viviendo.

Así sería. Estaba de pie en la gran llanura, con Awina a su lado. Awina, cuya cola rozaba la pantorrilla de su pierna derecha mientras contemplaba nerviosa las maniobras de la nave.

– Mi Señor -dijo-, ¿qué haremos cuando hayamos derrotado a los neshgais?

El acarició su hombro peludo y dijo:

– Me agrada tu optimismo. Después de que los hayamos derrotado, no si los derrotamos, ¿verdad? Me pregunto qué habría hecho sin ti.

Durante unos segundos, sintió un peso en la boca del estómago. Habían podido matarla tantas veces, y él la hubiese perdido y hubiese tenido que arreglárselas sin ella.

– No hay razón alguna -dijo- por la que los esclavos y los vroomaws tengan que quedar diezmados para exterminar a los cabezas de elefante. Creo que sería mucho mejor para todos acordar una tregua y organizar una nueva sociedad en la que los neshgais no sean ni amos ni esclavos, sino iguales a los humanos. Les necesitamos tanto como nos necesitan ellos en la lucha contra el Árbol. Debemos pensar en un compromiso, Awina. No es debilidad buscar el compromiso. La fuerza está en el compromiso y en la alianza.

– Los esclavos y los vroomaws quieren venganza -replicó ella-. Han padecido cientos de años bajo sus amos. Ahora quieren pagarles con la misma moneda.

– Lo comprendo -dijo él-. Pero pueden olvidar el pasado, si se les ofrece un buen futuro.

– ¿Pueden? -preguntó ella.

– Tienen que hacerlo. En mi época, viejos enemigos olvidaron pasadas heridas e indignidades e incluso se hicieron amigos.

– Mi Señor -dijo ella, moviéndose de modo que su cadera rozó con la de él, su cola golpeó su pantorrilla y sus ojos le miraron de soslayo-, ¡la próxima vez hablaréis de llegar a un compromiso con el Árbol! Con nuestro viejo enemigo! ¡El Destructor!

¿Quién sabe? pensó. Si la mente de carne puede ponerse de acuerdo con otra mente de carne, ¿por qué no con una mente vegetal? Quién sabe…